Mundos Verticales (Madagascar)

dmoreu

Reportaje para National Geographic.


MUNDOS

VERTICALES

Madagascar, paraíso de la escalada

El escalador belga Sean Villanueva

fotografía a su compañero de expedición,

Siebe Vanhee, mientras prepara el

desayuno en su hamaca de pared, a

350 metros de altura en el Atsimo, una

de las cumbres del macizo del Tsaranoro.

La noche anterior habían consolidado

el tramo más difícil de la vía «Fire in the

Belly», que abrieron en agosto de 2015.

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Por David Moreu

Fotografías de Simon Carter y Sean Villanueva

Ciertos lugares del mundo se han

hecho famosos por el halo de leyenda que los

envuelve, por el recuerdo de un pasado ilustre,

de aventuras protagonizadas por piratas y

navegantes, de revoluciones políticas y de

batallas que cambiaron el curso de la historia.

Uno de esos lugares es Madagascar, un país insular

de grandes contrastes ubicado en pleno océano

Índico, frente a la costa sudoriental de África. La

cuarta isla más grande del mundo fue también una

de las mayores colonias francesas desde 1897 hasta

1960, año en que la oposición logró proclamar

la independencia del país e instaurar la primera

república en un contexto geopolítico, social y económico

dominado por las guerras antiimperialistas

que se extendían por todo el continente africano

y que tan bien retrató en sus libros el periodista

polaco Ryszard Kapuściński.

Desde entonces ha sufrido importantes transformaciones,

aunque el modo de vida sigue girando

en torno a la agricultura, la extracción de

piedras preciosas (allí se concentra la mitad de la

producción mundial de zafiros) y una creciente

industria turística. De forma paulatina, la isla se

ha consolidado como un destino popular para

aquellos que buscan experiencias únicas en un

marco natural incomparable. Sin embargo, poco

ima ginaban sus habitantes que Madagascar se

convertiría en uno de los paraísos mundiales de

la escalada y que recibiría expediciones procedentes

de todos los rincones del planeta, siempre con

la mirada puesta en sus cumbres de ensueño.

«Es un lugar especial por su entorno natural,

por la atmósfera que se respira y por su gente, además

de por la calidad y la morfología de las rocas

–dice el escalador suizo Fred Moix–. El paisaje y

EUROPA

Canal de

Mozambique

ÁFRICA

MADAGASCAR

ASIA

Antananarivo

Fianarantsoa

PARQUE NACIONAL

DE ANDRINGITRA

OCÉANO

ÍNDICO

Macizo del Tsaranoro

Los macizos del Tsaranoro y

del Karambony se han convertido

en dos grandes referentes de

la escalada libre internacional.

Ambos se alzan imponentes

en medio de las tierras áridas

y poco habitadas del sudeste

de Madagascar.

la vegetación son únicos, completamente distintos

al resto de los países africanos que he visitado.»

Los amantes de la escalada encontrarán unas

condiciones perfectas en el norte de la isla, donde

se alzan las montañas cercanas a la ciu dad de Antsiranana

(antiguamente llamada Diego Suárez) y

a la bahía homónima. Allí podrán disfru tar de

verticales de caliza que desafían la gravedad rodeados

de una vegetación exuberante, además de

apreciar a vista de pájaro la arquitectura colonial

que ha sobrevivido al paso del tiempo.

Los aficionados a la modalidad libre que quieran

afrontar retos de mayor envergadura tienen una cita

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ineludible en el valle de Tsaranoro, en el sudeste

de la isla, justo en el límite con el Parque Nacional

de Andringitra. Aquí se yergue el macizo del Tsaranoro,

una mole de piedra que se ha hecho popular

gracias al boca a boca y cada año recibe la visita

de los mejores escaladores, ansiosos por enfrentarse

a sus numerosas paredes de granito.

Toda aventura tiene un punto de partida, y las

expediciones al Tsaranoro empiezan en el Aeropuerto

Internacional Ivato de Antananarivo, la

capital de Madagascar, ubicada en el centro geográfico

de la isla. Una vez allí, es recomendable

pasar un par de días en la ciudad para conseguir

todo aquello que sea imprescindible y no se haya

podido embarcar en el avión y también para aclimatarse

al hemisferio Sur: la mejor época para

viajar a estas latitudes tropicales es entre mayo y

principios de octubre, cuando la temporada de

lluvias ha terminado y el calor no es tan persistente.

Localizar un medio de transporte será una de

las prioridades del grupo porque los campos base

se encuentran en la famosa Ruta nº 7, que se adentra

en los territorios del sur del país a través de

500 kilómetros de carretera asfaltada y de otros

20 por senderos polvorientos, con la silueta de las

montañas dominando el horizonte.

SIMON CARTER

mundos verticales 61


El escalador alemán Toni Lamprecht,

un especialista en la modalidad

boulder, acarrea el equipo en una

mochila a lo largo de un sendero

acondicionado para las expediciones

en la base del Tsaranoro.

Otro alemán, Benno Wagner, abre

el largo 13 de «Manara-Potsiny»,

una vía de dificultad 8a que se

estira sobre 600 metros, divididos

en 18 tramos, en la famosa pared

Be del Tsaranoro.

«El camino estaba en malas condiciones, casi

siempre atascado por el paso de rebaños, gente

andando y autobuses públicos destartalados,

a reventar de viajeros y con gallinas en el techo

–recuerda la escaladora australiana Monique

Forestier de la larga ruta hacia el sur de Madagascar–.

Lo que debería haber sido un viaje de un solo

día nos llevó tres jornadas en medio de un paisaje

deforestado y con signos de pobreza, aunque

los niños de las aldeas nunca dejaban de sonreír.»

Este trayecto, ya sea en una furgoneta privada

o en un taxi-brousse compartido con gente del

lugar, es lo más parecido a emprender un viaje en

el tiempo hacia la otra realidad del país, aquella

que permanece ajena al caos de las ciudades y aún

mantiene el encanto de los campos de arroz, los

paisajes rurales con casitas minúsculas y los puestos

de mercado que se arremolinan a ambos lados

de la carretera. El pueblo más cercano al valle de

Tsaranoro es Ambalavao, un lugar de referencia

en el comercio de cebúes y la última oportunidad

que tienen los equipos para abastecerse de comida.

La Ruta nº 7 se adentra en

los territorios del sur del país

a través de 500 kilómetros

de carretera asfaltada y de otros

20 por senderos polvorientos.

Todavía les quedan dos horas de camino. A unos

kilómetros al sudeste, en medio de un paisaje de

tonos verdes y ocres, se alza el Tsaranoro. «Recuerdo

la sensación de aventura al estar junto a animales

extraños en un valle perdido en el fin del

mundo, algo surrealista –comenta Fred Moix–.

Un escenario que, por su geología, su fauna y su

vegetación, no desentonaría en una película de

ciencia ficción.»

A pesar de que la escalada en esta parte de Madagascar

vive una época dorada, adentrarse en este

territorio sigue siendo un reto de proporciones

épicas debido a la falta de infraestructuras y a que

solo hay dos campos base a pie de montaña. Por

un lado está el Camp Catta, que abrió en 1997 y

se convirtió en un referente cuando esta zona aún

no aparecía en los mapas turísticos. Actualmente

está muy solicitado por sus bungalows, el camping

low cost y su ubicación privilegiada, aunque no

solo está dirigido a escaladores sino también a un

sector de turistas más amplio. Por otro lado está el

Tsarasoa Camp, que se inauguró en 2004 bajo la

filosofía de la permacultura y está gestionado por

un francés amante de los deportes de aventura que

quiere contribuir a un desarrollo más sostenible de

la región. «Ahora hay más alojamientos, escuelas,

centros de salud, fuentes de agua potable e incluso

ha aumentado la superficie de campos de arroz

y el número de árboles –explica Gilles Gautier, su

propietario–. El valle se está abriendo al mundo.»

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SIMON CARTER (AMBAS)


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Esta espectacular panorámica muestra

los grandes contrastes del valle de

Tsaranoro. En medio de un paisaje

árido y abrupto que se extiende hasta

el horizonte, se yerguen majestuosas

paredes de granito. Benno Wagner,

a punto de coronar la cima del sector

Lemur Wall, deja tras de sí una vía de

dificultad 8a y 255 metros de ascenso.

SIMON CARTER

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El escalador suizo Fred Moix asegura

el tramo 6 de la vía «Cas Nullard»

del Karambony, con una dificultad 6a,

450 metros y 10 largos (izquierda).

En la fotografía de la derecha, el francés

Felix Frieder en el tramo 3 de la vía

«The Swiss Guides Route», de dificultad

6b+, 170 metros y 4 largos en el sector

Lemur Wall de Tsaranoro.

SIMON CARTER (AMBAS)

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En la pared Be del Tsaranoro, los

alemanes Wagner y Lamprecht

se disponen a abrir el tramo 16

de la nueva vía «Manara-Potsiny»,

de dificultad 8a, 600 metros

y 18 largos.

Una vez el equipo ha llegado a destino, solo hay

que dar un paseo antes de la puesta de sol y mirar

hacia lo alto para descubrir las nueve paredes de

granito alineadas que forman el Tsaranoro y que

resultan únicas para la práctica de la escalada libre.

Entonces es inevitable cerrar los ojos e imaginar

cómo logró llegar la primera expedición liderada

por los británicos Di Taylor y Tony Howard hasta

ese punto remoto de Madagascar hace tres décadas,

cuando aún no se conocía su potencial ni había

carreteras. Sin embargo, no fue hasta 1995 que los

alemanes Kurt Albert y Bernd Arnold abrieron la

primera vía en el Karambony, una ruta hoy ya clásica

de 420 metros de longitud, 10 largos (o tramos

de distancia variable) y dificultad 7b+ que bautizaron

con el nombre de «Rain Boto».

Otro de los atractivos que esta

región ofrece a los escaladores

es la posibilidad de abrir

nuevas vías en algunas de

las verticales más famosas.

Pero ¿cómo se establece el nivel de dificultad de

una vía? El criterio es bastante subjetivo, y existen

diversas escalas de graduación. En España y otros

países europeos se utiliza el sistema francés, que

otorga el número 1 a las más sencillas y va ascendiendo

hasta el 9, la dificultad máxima alcanzada

hasta el momento. Estos valores del 1 al 9 se conceden

por tramos y se complementan con letras

(a, b, c) y símbolos (– y +) para detallar su nivel

técnico. Por ejemplo, un largo 8b+ es de una dificultad

superior a un 8b y un 8a, pero inferior a un

9a–. El nivel otorgado a una vía corresponderá al

de su tramo de mayor dificultad.

Con el paso de los años se han abierto más de

30 vías en esta zona de Madagascar, que van desde

la dificultad 6a hasta la 8c+ y coronan paredes

de más de 800 metros de altura. Cada expedición

es irrepetible y solo algunos profesionales se han

convertido en leyenda gracias a gestas que parecían

imposibles y que fueron culminadas en condiciones

a veces extremas. Sin lugar a dudas, el

ascenso libre más recordado es el que protagonizó

a finales de septiembre de 2010 el checo Adam

Ondra en la ruta «Tough Enough» del Karambony

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SIMON CARTER


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Más

de treinta

vías de

escalada

Con su inconfundible perfil recortado en el horizonte, el conjunto de cumbres que forman

el macizo del Tsaranoro, en el sudeste de Madagascar, se ha convertido en uno de los paraísos

mundiales de la escalada, con nueve paredes clásicas que ofrecen más de treinta vías

excepcionales para todo tipo de aficionados. En el extremo norte se alzan las paredes de

Vatovarindry y Mitsinjoarivo; en el centro está el macizo del Tsaranoro con las paredes Atsimo

(800 metros en la vía «Tokagasy»), Be (800 metros en la vía «Gondwanaland»), Kelly (750 metros

en la vía «Norspace») y Nord (490 metros en la vía «Bravo les Filles»); y en el extremo sur,

el Karambony (380 metros en la vía «Tough Enough»), Ecole y el sector de Lemur Wall.

Tsaranoro

Pared V

Vatovarindry

Pared M

Mitsinjoarivo

A1

Pared A

Atsimo

Pared B

Be

A2 A3 A4 A5 B1 B2

Pared P

Kelly

Pared N

Nord/Avaratra

P4

B3P1 P2 P3

N1

N2

K1

N3

Pared K

Karambony

Pared E

Ecole

K2 K3

E4

E5

K5

K4 E1 E2

Pared W

Lemur Wall

E3

W1

W2 W3

W4

W5

M1

V1 V4

V2 V3

CADA UNO DE LOS SECTORES, O PAREDES DEL MACIZO, TIENE VARIAS VÍAS,

QUE EN EL MAPA SE INDICAN CON LA INICIAL DE LA PARED CORRESPONDIENTE.

(considerada la más exigente del hemisferio Sur):

completó sus 380 metros y 10 largos de dificultad

8c en una única jornada memorable.

Otro de los atractivos que esta región ofrece a

los escaladores es la posibilidad de abrir nuevas

vías en algunas de las verticales más famosas y

dejar así sus nombres escritos para la posteridad.

Esto es lo que probablemente se propusieron los

belgas Sean Villanueva y Siebe Vanhee cuando se

desplazaron hasta el Camp Catta en agosto de 2015

y descubrieron una vía no explorada en el Atsimo

del macizo del Tsaranoro. Evidentemente, se trataba

de un reto tentador y lo prepararon a conciencia

para no cometer errores. «Nos llevó seis

días de trabajo llegar hasta la cumbre –rememora

Siebe–. Tuvimos que escalar hacia lo desconocido

con el taladro y los parabolts para protegernos de

posibles caídas al vacío.»

Un ascenso de tales características siempre está

condicionado por el peso del material, las paradas

que se realizan cada siete metros para asegurar

las cuerdas y las decisiones que se toman para avanzar

sin riesgos. En estos casos la veteranía es un

grado, y los dos amigos fueron precavidos: llevaron

provisiones para varias jornadas y una hamaca de

pared para pasar las noches en las alturas. «Nos

despertábamos con el sol en la cara y una vista

impresionante del valle, la selva y los pueblos en

el horizonte –relata Sean–. Al anochecer incluso

se escuchaba la música que llegaba del campo base.

La experiencia no podía ser más auténtica.»

Alcanzar la cima fue la demostración de que

aquella nueva vía era una realidad y la bautizaron

como «Fire in the Belly» (o «fuego en la barriga»,

inspirándose en el libro homónimo de Sam Keen),

aunque todavía les quedaba cumplir la segunda

parte del reto: escalarla en estilo libre. Volvieron

al campo base, descansaron un par de noches y

regresaron a la pared únicamente con el material

básico. Esta vez el ascenso fue mucho más rápido,

se turnaron a la hora de encabezar los tramos más

exigentes y solo tardaron tres días en coronar esta

vía de 700 metros, 12 largos y dificultad 8a+.

«Muchas veces llegas a la cumbre cansado y la

meteorología te obliga a descender de inmediato

–explica Siebe Vanhee–. Pero en aquella ocasión

tuvimos tiempo de disfrutar del reto, reponer fuerzas

y apreciar todo lo que habíamos logrado.» j

ILUSTRACIÓN: DAVID MARTÍNEZ. FUENTE: CAMPCATTA.COM

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Fred Moix asegura a la experimentada

escaladora australiana Monique

Forestier en su ascenso del tramo 6

de la vía «Pectorine», con dificultad 6b,

350 metros y 7 largos, en el sector

de Lemur Wall del valle de Tsaranoro.

Esta vía, convertida en un clásico,

fue abierta en 1999 por Gerard Thomas

y Jacky Sananes.

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Siebe Vanhee escala el largo 10 de

la vía «Fire in the Belly», que abrió

junto a su compatriota Sean Villanueva

en agosto de 2015 en el Atsimo del

macizo del Tsaranoro. Consolidar

este tramo de dificultad 8a+ les llevó

dos días de trabajo porque tenían

que parar cada siete metros, utilizar

el taladro y fijar los parabolts.

SEAN VILLANUEVA

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En el Tsaranoro, los momentos de

euforia suceden a los de máxima tensión

y dificultad. Sean Villanueva y Siebe

Vanhee pasaron seis noches colgados

en su hamaca de pared. ¿Su objetivo?

Liberar en el Atsimo una nueva vía de

700 metros, 12 largos y dificultad 8a+

que bautizaron como «Fire in the Belly»

(«fuego en la barriga»).

SEAN VILLANUEVA

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