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Revista Hegemonía. Año II Nº. 21

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 21 AÑO II | NOVIEMBRE DE 2019

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HEGEMONIA

américa

morena

y la

guerra


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EDITOR

Erico Valadares

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Romina Rocha

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Tel./Fax (0223) 495.5552 - 495.9888

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Cultural.


6CONTENIDO EXCLUSIVO

Construir una

derrota

HEGEMONIA

38

SUPLEMENTO ESPECIAL

La guerra

del litio

48

OPINIÓN

A veces parece

derrota, pero es

solo estrategia

24

ANÁLISIS

A punta de

pistola


EDITORIAL

Lo obvio ululante

El escritor y periodista Nelson

Rodrigues fue una de

las mejores plumas que ha

dado Brasil en todos los

tiempos. De su extensa,

generosa y picante obra consta

un título que, de no haber sido

por la altísima calidad de los

demás títulos, habría sido por

lejos el más destacado: Lo obvio

ululante, crónicas compiladas

y publicadas en el año 1968.

Nuestro atento lector sabrá que

hemos apropiado la expresión

contenida en ese título y que la

utilizamos frecuentemente para

describir aquellas situaciones y

aquellos hechos cuya verdad es

indisimulable, aunque la intenten

disimular y logren hacerlo en

muchas conciencias.

Lo obvio ululante es el plan

sistemático y es el golpe. Claro

que no aparecen explícitamente,

no lo dicen en los grandes

medios de difusión, pero están.

Están y son lo obvio ululante,

son lo que no se le va a escapar

al observador más o menos

atento ni aunque lo traten de

disimular los que viven del

negocio de ser disimulados. En

Bolivia lo que hay es un golpe

de Estado y es en el marco de

un plan sistemático cuya finalidad

es la apropiación de los

recursos naturales de América

Latina, una especie de Plan

Condor posmoderno que está

4 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


muy a la vista. Eso es lo obvio

ululante, lo que motivó que esta

21ª. edición de nuestra Revista

Hegemonía apareciera hoy con

una cantidad de páginas y de

contenido el 50% superior a lo

habitual. Para decir lo obvio,

que es lo obvio ululante, hemos

tenido que escribir el 50% más.

De acuerdo con el Diccionario

de la Lengua Española de la

Real Academia, “ulular” es un

verbo intransitivo que significa

“dar gritos o alaridos”. Lo ululante

es exactamente eso, es la

verdad a gritos, expresándose

mediante alaridos frente a la indiferencia

de los que eligen hacerse

los sordos. Otra brillante

pluma como la de Bertolt Brecht

ya se había referido a esto. Brecht

hacía una crítica a los tiempos,

diciendo que era necesario

defender hasta la obvio. Pero

Brecht se equivocaba, porque

no había que defender hasta lo

obvio, sino precisamente solo lo

obvio. Lo único que es preciso

decir para ser un revolucionario

en cualquier tiempo es lo obvio.

Y mientras más ululante sea esa

obviedad, más revolucionaria

será.

Es por eso que Hegemonía

aparece hoy tan recargada, porque

es preciso poner en categorías

esa obviedad ululante, hay

que ordenar de alguna forma

esos gritos y esos alaridos. Hay

muy poca gente hoy interesada

en hacerlo, ya sea por ignorancia,

por distracción o por dolo.

Sea como fuere, existe una tendencia

al engaño cuando los latinoamericanos

hablamos de lo

que nos pasa aquí en la región

más rica del planeta. No existe

la voluntad de tomar el toro por

las astas y decir con todas las

letras lo que es obvio hace por

lo menos cinco siglos: nos están

robando y quieren seguir haciéndolo

indefinidamente. Aunque

nuestros comunicadores socialmente

irresponsables pierdan el

tiempo en sendos análisis sobre

la terrible contradicción entre

cambas y coyas, sobre la guerra

santa entre la Pachamama y el

crucifijo y sobre la moral irreconciliable

de los bolivianos según

el color de piel que tengan, la

verdad a gritos es que nada de

eso tiene que ver con lo que

realmente pasa en Bolivia y en

América Latina en general. No,

no nos peleamos ni nos fraccionamos

en “grietas” delirantes

porque seamos demasiado

distintos y nuestra convivencia

sea inviable. La desunión de los

pueblos de América Latina es

el divide et impera de los ricos

del mundo, muy interesados en

seguir extrayendo de aquí monumentales

riquezas mientras

nosotros discutimos el sexo de

los ángeles y nos matamos por

eso.

Lo obvio ululante —que el

atento lector está a punto de ver

ordenado en categorías en las

próximas páginas— es eso, es

la conclusión lógica de que esta

es una guerra y de que toda la

guerra, como toda la política,

es una mera cuestión de pesos

y centavos. Aquí no hay ninguna

contradicción religiosa, racial

o sexual que amerite la lucha

entre pares. Lo único que hay es

el interés de otros en que esa

lucha tenga lugar y en que nos

desangremos entre nosotros,

pues así jamás nos ponemos a

defender lo nuestro.

Es así cómo llega esta edición

de nuestra Revista Hegemonía,

la 21ª. y sumando contra todo

pronóstico. Llega hablando en

profundidad de los temas que

molestan, dando las conclusiones

que a algunos no les convienen.

Así llega y esperamos que

así, recargada en cantidad y en

calidad de contenido, sea del

agrado del atento lector, pero

fundamentalmente que le sirva

para ordenar un conocimiento

que ya tiene. Como siempre,

venimos a decir lo que todo el

mundo ya sabe, lo que por alguna

extraña razón parece tratarse

de un enigma. Venimos a ayudar

en el ordenamiento de la información

en medio al ruido de una

posmodernidad que quiere anular

el razonamiento para impedir

la lógica y sus conclusiones.

Ha llegado la hora del logos y

vamos a tener que pensar. Si no

usamos la cabeza, América Latina,

alguien por nosotros la va a

usar. Eso pasa hace cinco siglos

y eso ya no tiene que pasar.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


CONTENIDO EXCLUSIVO

Construir

una

derrota

ERICO

VALADARES

Dos países de América del

Sur como Uruguay y Bolivia

empezaban en el año

2005 a escribir con sus

pueblos una historia distinta.

Ese año el Frente Amplio

llegaba al poder en el Estado

con Tabaré Vázquez tras más de

tres décadas de lucha contra el

establishment político uruguayo

de blancos y colorados, mientras

que Evo Morales ponía primera

para ganar las elecciones

e irrumpir en el escenario empoderando

por primera vez a los

pueblos en Bolivia. Eso pasaba

hace 15 años, hace casi una

década y media, en un contexto

de avanzada de los gobiernos

populares en otros países muy

importantes de la región como

Argentina, Brasil y Venezuela.

Todo eso ocurría el mismo año

del rechazo al ALCA en Mar del

Plata y parecía realmente que

allí empezaba a escribirse una

historia nueva para los pue-

6 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


blos-nación en América del Sur,

con un pronóstico de expansión

de la ola dicha populista por

todo el resto del continente.

Pero esa expansión nunca

ocurrió y con el tiempo fue

transformándose en retroceso al

caer, uno por uno, los proyectos

políticos en los países donde los

pueblos habían ganado terreno,

salvo en Venezuela. Primero golpearon

institucionalmente en el

2012 y pusieron fin al gobierno

de Fernando Lugo en Paraguay,

luego fueron por Dilma Rousseff

en Brasil con un método muy

parecido de “golpe blando” y,

en el 2016, cayó ese gobierno

popular en Brasil también. Unos

meses antes el peronismo había

perdido las elecciones en Argentina

y pronto les tocó el turno

a los ecuatorianos, que si bien

eligieron en las urnas seguir con

su proyecto de democratización

de la riqueza nacional, fueron

víctimas de la traición. Así, en

el periodo de cinco años entre

el 2012 y el 2017 se esfumaron

cuatro de los siete proyectos políticos

de orientación popular en

este subcontinente, quedando

de pie el chavismo en Venezuela

7 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


—a fuerza de resistir a todo tipo

de embates directos e indirectos

por parte del imperialismo de

las corporaciones—, Evo Morales

en Bolivia y el Frente Amplio

en Uruguay. Y estos dos últimos

han finado recientemente con el

golpe “pasivo” contra Morales

a principios de noviembre y el

triunfo electoral de la reacción

uruguaya con Luis Lacalle Pou,

que ocurría justo al momento de

escribir estas líneas.

La verdad es que otra vez

Venezuela estaría sola de toda

soledad, al igual que al comienzo

de todo el proceso, si

no fuera porque el peronismo

logró hacer la unidad y triunfar

en unas elecciones en las que

en teoría la victoria era contra

todo pronóstico. Con la llegada

de Alberto Fernández a la presidencia

de Argentina se abre la

posibilidad de cortar el reflujo,

aunque desde luego la realidad

es durísima: salvo por Venezuela,

Alberto no podrá contar con

la solidaridad de nadie más en

América del Sur y, en verdad,

va a estar literalmente rodeado

por gobiernos reaccionarios en

todos sus vecinos. La situación

hoy es radicalmente opuesta

a la que se verificó durante un

breve periodo de la década

pasada, cuando salvo en Chile,

Colombia y Perú, existieron con

el poder político en el Estado

representaciones de los intereses

de los pueblos en todos los

países sudamericanos. Hoy el

escenario es el opuesto y, por

elecciones, por golpe y por una

mezcla de ambos, la reacción

tiene el poder en el Estado por

todas partes, también ahora en

Uruguay.

Ese es el diagnóstico superficial

y eso es lo visible, el retroceso

del poder popular por todo el

subcontinente cuando todo indicaba

que eso no iba a ser así.

Las corporaciones han logrado

El oncólogo Tabaré Vázquez, presidente de Uruguay en dos mandatos entre el 2005

y el 2010 y desde el 2015 a la actualidad. Vázquez lideró el gobierno del Frente

Amplio uruguayo durante 10 de los 15 años de la duración de dicho gobierno y se

despedirá en los próximos meses, al parecer pasándole el bastón al candidato de

la reacción, Luis Lacalle Pou.

instalar un escenario regional

muy parecido al que existió aquí

en la década de los años 1990

del “fin de la historia” decretado

por Francis Fukuyama ante

la caída del Muro de Berlín, la

disolución de la Unión Soviética

como proyecto alternativo a nivel

global y la imposición de los

Estados Unidos como expresión

de los intereses de las corporaciones

y hegemonía unipolar.

He ahí lo visible en contexto y

solo queda preguntarse cómo

los pueblos de América del Sur

han permitido semejante retroceso

después de haber estado

empoderados políticamente en

el Estado. ¿Qué pasó o donde

estuvo el error para que esa

situación de avance popular no

se expandiera por toda la región

y además retrocediera hasta el

estado actual?

En los últimos años, por lo

menos en Argentina, se puso

de moda el uso de la expresión

“autocrítica” prácticamente

para empezar a armar cualquier

discurso político. No hubo quien

no hablara de autocrítica al analizar

la derrota de los pueblos

en las elecciones del año 2015

no apelara a un ensayo de los

errores supuestamente cometidos

en los doce años anteriores

para que aquello tuviera lugar.

Los argentinos en su mayoría

votaron a Macri y recibieron en

consecuencia un brutal ajuste y

un saqueo sin precedentes. ¿Por

qué?, nos preguntábamos, queriendo

saber qué cosa habíamos

hecho mal para que el pueblo-nación

argentino eligiera en

las urnas abandonar un proyecto

político propio para reemplazarlo

por uno que a todas luces era

de las corporaciones. Entonces

aparecía la “autocrítica”, que

en realidad no era tal sino una

extensa enumeración de los

“errores” de Cristina Fernández.

No era realmente una autocríti-

8 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


ca en el sentido de buscar en la

propia militancia aquellas cosas

que no se hicieron o que se hicieron

mal: se trataba de hacer

solo eso, de enumerar “errores”

de Cristina, los mismos que

aparecían ya en el relato de los

medios de difusión dominantes.

Esa fue básicamente toda la

“autocrítica” que hicimos los

militantes de la causa nacional-popular

en Argentina entre

la derrota en el ballotage del

año 15 hasta bien entrado el

año 19, que sería finalmente

el último año de un gobierno

de Mauricio Macri que habría

de durar la mitad del tiempo

previsto al no llegar a los dos

mandatos u ocho años. Cristina

volvió al escenario, puso orden

y reemplazó esa falsa “autocrítica”

por una actitud de borrón

y cuenta nueva que resultó en la

unidad peronista y en el triunfo

de Alberto Fernández. La jugada

de Cristina es magistral, nadie

realmente se la esperaba y posibilitó

que el pueblo argentino se

sacara de encima rápidamente

a Mauricio Macri para volver a

soñar con un país en serio. Eso

es fantástico, sin lugar a dudas,

pero hay algo que sigue faltando

y es la autocrítica bien entendida,

la que va sin comillas. No, no

falta la “autocrítica” a Cristina

Fernández, dado que esa crítica

ya se hizo al debatirse hasta el

cansancio sus errores reales,

percibidos o inventados por sus

detractores. Lo que sigue faltando

aquí es la autocrítica real

de los sectores militantes, falta

todavía que dejemos de hablar

de CFK y nos pongamos a hablar

de nosotros mismos.

Es bastante frecuente entre la

militancia en general la crítica

mordaz a los dirigentes propios,

somos muy rápidos para señalar

los errores que percibimos en

la conducta de los que, valga la

redundancia, nos conducen. Eso

La delirante Jeanine Áñez, el títere que los golpistas bolivianos impusieron para no

blanquear del todo el golpe con la asunción de un militar. La maniobra es inteligente,

pero tuvo poca efectividad: al haber forzado la renuncia de Evo Morales con una

“sugerencia” que equivale a la punta de una pistola, los militares dejaron en evidencia

que son los ejecutores del golpe aunque prefieran no exponer a uno de los

suyos como jefe formal del gobierno de facto que vino a terminar con una década y

media de gobierno nacional-popular en Bolivia.

no estaría mal, por cierto, si no

fuera porque el exceso de esa

crítica a los dirigentes terminara

resultando en la ausencia total

de autocrítica militante. En otras

palabras, al criticar excesivamente

a los demás por lo que

hacen o dejan de hacer, obviamos

hacer el análisis de lo que

nosotros mismos hacemos mal

u omitimos, lo que debió ser una

práctica habitual del militante,

como solía ocurrir en los viejos

partidos comunistas, por ejemplo.

Pero la autocrítica no es una

práctica habitual y tampoco es

una práctica a secas entre nuestra

militancia no adoctrinada en

esta posmodernidad, hecho que

siempre viene con cola.

Estamos haciendo

algo mal

Cuando la militancia es incapaz

de hacer autocrítica y la dirigencia

logra igualmente superar

una situación adversa mediante

la aplicación de una buena

estrategia, el resultado es que

los militantes damos vuelta la

página y pasamos a la siguiente

etapa sin hacer el aprendizaje

que la derrota suele brindar.

En el caso de la militancia del

proyecto nacional-popular en

Argentina eso fue así porque

gracias a la unidad del peronismo

hecha “por arriba” pudimos

revertir la derrota electoral del

año 2015 ya en el primer intento,

aunque nunca estuvimos ni

cerca de entender los errores

que hemos cometido en esa derrota.

En realidad, ni sospechamos

que buena parte del triunfo

de Mauricio Macri se debe a

errores propios de la militancia.

Cristina y Alberto hicieron la

unidad en el Frente de Todos,

salvaron las papas y todos festejamos

a lo grande. El problema

es que el problema, justamente,

lo han resuelto otros y aquí no

pasó nada.

Pero pasó mucho, pasó de

9 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


El politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama, ideólogo del “fin de la historia” como resultado de la desintegración

del campo socialista en el Este y el ascenso de los Estados Unidos como única superpotencia mundial. En tiempos

recientes, Fukuyama reconoció públicamente su error en el análisis y dijo que nunca hubo tal cosa como un “fin de la historia”.

La historia es nuestra y la hacen los pueblos, diría Salvador Allende, personaje fundamental al que Fukuyama evidentemente

optó por ignorar cuando pronosticó lo suyo en los años 1990.

todo. La derrota suele tener

consecuencias nefastas para

el que pierde y la derrota del

2015 va a resultar en que el

peronismo asuma el próximo

10 de diciembre un país literalmente

puesto de sombrero,

con un estado económico y

social muy distinto al que existía

cuatro años atrás. Macri se va

y volvemos a tener un ciclo de

gobierno nacional-popular, pero

nadie sabe a ciencia cierta si

el daño generado por los cuatro

años de saqueo es del todo

reversible. No había que perder

las elecciones del 2015 y se

perdió igualmente, con todas

las consecuencias del caso a la

vista y poca o ninguna conciencia

acerca de nuestra participación

en el hecho. Como el error

fue subsanado sin la necesidad

de que hiciéramos autocrítica y

procediéramos de una manera

distinta a la de siempre, nadie

realmente hizo el aprendizaje

y vamos a volver el próximo 10

de diciembre, sí, pero probablemente

con las mismas mañas

que nos hicieron perder en el

pasado.

El atento lector puede hacer

la encuesta de sociología del

estaño a la que ya estamos

acostumbrados preguntándose

a sí mismo o a un militante o

simpatizante de lo nacional-popular

que tenga cerca qué cosa

hicimos mal nosotros —no

Cristina, nosotros— para que el

elector en Argentina diera mayoritariamente

su voto a un candidato

a que todas luces venía

con el proyecto de un saqueo

entre manos. Nueve de cada

diez encuestados no solo no van

a asumir que hicieron algo mal

para que eso sucediera, sino

que además van a poner afuera

la responsabilidad. Van a hablar

del rol de los medios, del “desgaste

natural” después de doce

años de gobierno, de que el

argentino promedio es “facho”,

de la campaña del miedo, de

la injerencia de los yanquis, de

Alberto Nisman, de las operetas

judiciales y de la mar en coche.

Casi todo cierto al 100% y con

su respectiva cuota de influencia

sobre el resultado final. ¿Y

nosotros? Nosotros mismos,

los que debemos multiplicar la

cosmovisión de lo nacional-popular

en el cotidiano para que

prenda en el sentido común de

las mayorías, ¿en qué fallamos?

“En nada”, dirá la mayoría de

los nuestros. “Nosotros somos

los que aguantamos los trapos y

estuvimos resistiendo mientras

10 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


estuvo Macri”, agregarán, como

si de un partido de fútbol se

tratara. En la conciencia de los

nuestros esto es una cuestión

de aguante y de no aflojar en las

convicciones propias, puesto

que el que tiene razón siempre

va a triunfar al fin. Esta delirante

idea—la de que la justicia es tan

solo una cuestión de tiempo y

de resiliencia— viene importada

del relato fantástico muy visto

en las películas de Hollywood y

prende como fuego en la paja

en el sentido común de los que

simpatizamos por la causa de

los pueblos. Por alguna extraña

razón no es frecuente entre nosotros

la comprensión de que la

política es una lucha y no triunfa

necesariamente el que tiene la

razón, sino el que pelea más y

mejor. El hecho de que los “malos”

casi siempre ganan porque

son más fuertes está a la vista

y es históricamente verificable,

pero aun así seguimos creyendo

en la redención milagrosa.

Una de las consecuencias

de consumir ese humo es que

jamás aflojamos, esto es, no

damos un paso atrás en el

sentido de tomar carrera para

avanzar. Como estamos convencidos

de que tenemos la razón

y de que es solo una cuestión

de tiempo para que la razón se

imponga, no somos capaces de

hacer un repliegue o de cambiar

de actitud estratégicamente

para obtener el triunfo. No, no

hacemos eso. Lo que en verdad

hacemos es extremar nuestras

convicciones de siempre en el

discurso y ponernos cada vez

más agresivos frente al que no

acuerda con nosotros, ya sea

por ideología o por repetición

de ideología ajena. En vez de

comprender que fuimos derrotados

y de que, por lo tanto, es

necesario reinventarse y hablar

distinto para persuadir otra vez

a los que no están persuadidos,

formando una nueva mayoría sobre

bases nuevas para ganar de

nuevo, reforzamos la reiteración

sistemática de las ideas que nos

hicieron perder en primer lugar.

¿Por qué? Por ideología. O,

mejor dicho, por sobreideologización,

por incapacidad de

comprender que lo que para

nosotros está muy claro puede

no estarlo tanto para el otro. “Es

obvio que Macri es un vago y un

delincuente, no entiendo cómo

no lo ven y lo siguen votando”,

nos decía una militante bien

talibán frente a los 40% y más

obtenido por la alianza Juntos

por el Cambio en las elecciones

de octubre. Desde el punto de

vista de esa militante apasionada

y sobreideologizada, Macri

no tendría que tener ni el voto

de sus parientes después del

desastre que hizo durante sus

cuatro años como presidente. El

hecho de que Macri representa

los intereses de un sector antipopular

en la política argentina

estaba tan claro para esa militante

como puede estarlo para

nosotros y para el atento lector.

Lo que esa militante sobreideologizada

no tenía en claro era

otro hecho, el de que no todo en

sociedad está claro para todos

los individuos y, por el contrario,

nunca suele haber mucho

consenso alrededor de lo que

realmente es.

He ahí la primera autocrítica

que debimos hacer los simpatizantes

y los militantes de la

causa de lo nacional-popular:

nuestra verdad está lejos de ser

una verdad revelada y más lejos

aun de ser compartida por las

mayorías automáticamente. Eso

no pasa y por eso es necesario

persuadir constantemente al

otro, socializando lo que para

nosotros es la verdad. Y como

nunca hicimos esa autocrítica

y nunca nos pusimos a debatir

seriamente la cuestión, el resultado

fue la incapacidad de salir

a persuadir a otros. Hasta bien

entrada la campaña electoral

muchos de los nuestros seguían

La unidad del peronismo —simbolizada aquí por la presencia de Cristina Fernández

en el Partido Justicialista— fue hecha “por arriba”, esto es, por encima de la incomprensión

y la inflexibilidad de la militancia. Así, Alberto y Cristina “salvaron las

papas” y el argentino pudo sacudirse el yugo macrista, pero la militancia no hizo el

aprendizaje necesario, sigue pensando que hace todo bien y probablemente vuelva

a cometer los errores que alguna vez nos llevaron a la derrota. He ahí el resultado

de la ausencia de un proceso de autocrítica colectiva.

11 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


ofendiendo, sobre todo en las

redes sociales, a los que no

estaban persuadidos de nuestra

verdad. En vez de dar ese estratégico

paso atrás y cambiar la

actitud, elegimos profundizar la

confrontación con el de al lado,

con el par de a pie, casi siempre

refregándole en la cara su

responsabilidad en el desastre

de Macri por haberlo votado en

el 2015.

Sí, claro que finalmente ganamos

las elecciones y pudimos

derrotar el proyecto encabezado

por Mauricio Macri en las urnas,

aunque de ninguna manera lo

hicimos gracias a la persuasión

militante de todos los días. No

fue así. Los 48 puntos obtenidos

por Alberto Fernández son la

suma del núcleo duro de Cristina,

lo que pudo sumar el propio

Alberto, el aporte de otros

dirigentes como Sergio Massa,

el concurso de los sindicatos

y del peronismo en general y

poco más que eso. Los que en

el 2015 habían votado a Macri

y cambiaron este año su voto

sin haber venido arrastrados

por los referentes mencionados

lo hicieron porque su situación

económica se había deteriorado

gravemente, esto es, votaron en

defensa propia o fueron convencidos

por las circunstancias,

que es como decir lo mismo.

La verdad es que los militantes

pusimos muy poco en ese 48%

más allá de nuestro propio voto

y también es muy probable que

hayamos puesto muchísimo

en el 40% de Macri al sostener

una postura inflexible frente a

nuestros pares. Esa es la verdad

que duele y que tanto dificulta

la autocrítica. Nosotros sabemos

que de ponernos nosotros

mismos bajo la lupa del análisis

de nuestro comportamiento,

el resultado de dicho análisis

será demasiado desagradable.

Tan desagradable como la triste

conclusión de que, hoy por hoy,

como militantes restamos más

de lo que sumamos.

Bien mirada la cosa somos

electores cuyo voto vale muchísimo,

pero por otra parte piantamos

el voto de otros. Estas

elecciones del año 2019 en

Argentina no las hemos ganado

gracias a nosotros como militantes

de la causa, sino precisamente

a pesar de nosotros

como tal. En un hecho fácilmente

verificable la existencia de

buena cantidad de gente que

no vota al peronismo porque

no nos soporta. ¿Y por qué eso

pasa? Porque somos tajantes,

extremadamente obstinados y

hasta porfiados. Y el otro se da

cuenta de eso, percibe ese com-

Evo Morales es el actual presidente constitucional de Bolivia, puesto que su renuncia jamás fue aceptada por el Congreso,

como marca la ley. La militancia del MAS no pudo asimilar el hecho de que las mayorías avanzaron socialmente y por eso empezaron

a tener nuevas demandas. Eso despejó el camino a la reacción, que se montó sobre esas demandas para desestabilizar el

país y hacer el golpe con la venia de una parte importante de la sociedad boliviana.

12 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


portamiento y tiende a ponerse

en frente muchas veces con la

única finalidad de hacernos la

contra. El problema de entender

la política como un partido de

fútbol es ese: el otro siempre va

a tender a hacer lo mismo.

Nadie tiene noticia de un hincha

de Boca que haya persuadido

mediante la argumentación

a un hincha de River para que

cambie de casaca. Eso no pasa

ni debe pasar, puesto que la

naturaleza de la rivalidad deportiva

es la inflexibilidad y está

bien que así sea, puesto que en

esa rivalidad no se juega mucho

más que cuestiones simbólicas

de honor que no le dan de comer

a nadie. Pero la política es otra

cosa, es la lucha por el poder

en el Estado con la finalidad de

transformar la realidad. Por lo

tanto, la política no es como el

fútbol y la derrota tiene consecuencias

mucho más graves que

las clásicas “gastadas” de los

amigos y compañeros de trabajo

cuando nuestro equipo pierde.

En la política, cuando pierde

el equipo de uno, entonces a

uno lo pasan por arriba durante

varios años y uno sufre de

verdad. Entonces al otro hay que

persuadirlo para que se ponga

nuestra casaca y hay que hacerlo

constantemente, porque el

que cambia hoy vuelve a cambiar

mañana y la persuasión,

como se ve, nunca es de una vez

y para siempre.

¿Por qué la

derrota viene?

Ahora bien, habíamos empezado

este análisis hablando

de Uruguay y de Bolivia, donde

luego de 15 años de aplicación

de proyectos políticos de tipo

nacional-popular sobrevino

la derrota de los pueblos y la

reacción. En Bolivia se ve claramente

una suerte de “clase

La alianza cívico-militar en el gobierno nacional-popular es la garantía de que

Venezuela no sea cíclica y que no tenga reacciones cada 10, 12 y 15 años, como

suele suceder en los demás países de la región. Hegemonizando las instituciones

militares y religiosas, el chavismo se asegura la hegemonía sobre la sociedad civil y

“ata la vaca” sin dejar lugar para que maniobren los golpistas reaccionarios.

media” revoltosa que no existía

antes del 2005, cuando Evo

Morales llegó a la presidencia.

Esa “clase media” se manifiesta

hoy activamente en apoyo al

golpe de Estado que derrocó a

Evo y lo hace afirmando estar

“harta de la tiranía”, pidiendo

un “cambio”. En Uruguay, por

otra parte, los mismos pueblos

empoderados en la política por

el Frente Amplio desde el año

2005 en adelante concurren

ahora masivamente a votar

por la reacción, también con

el argumento de la necesidad

del “cambio” y enumerando

los errores de los gobiernos de

Tabaré Vázquez y del “Pepe”

Mujica. Es decir, después de 15

años los que estaban persuadidos

de algo fueron persuadidos

de lo diametralmente opuesto y

entonces los proyectos de tipo

nacional-popular en Bolivia y en

Uruguay fueron derrotados.

¿Por qué? ¿Cómo es posible

que cambie de opinión el que

pudo tener una opinión, precisamente,

gracias a la existencia

del proyecto político que se sustentaba

en esa opinión? Nuestra

militancia suele exasperarse

ante el hecho, suele hablar de

“desclase”, de “memoria corta”

y mucho más para dar la

respuesta al interrogante planteado.

Y no sin razón, por supuesto,

ya que es evidente aquí

la mordedura a la mano que dio

13 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Publicidad electoral del reaccionario uruguayo Lacalle Pou con el lema “Está bueno

cambiar”. Por todas partes los alfiles de las corporaciones se montan sobre el eslogan

del “cambio” para forzar el retroceso de los pueblos en América Latina y vienen

teniendo mucho éxito en su propósito porque nunca cambiamos los que realmente

tendríamos que hacerlo: nosotros mismos.

de comer, para decirlo informalmente.

El problema es que ya

estamos naturalizando esa mordedura

y hay gente de este lado

convencida de que luego de

cierto tiempo —típicamente una

década o una década y media,

los 10, 12 y 15 años que vemos

en todas partes— las mayorías

populares se olvidan de donde

vienen y, al tener resueltas todas

las urgencias por el gobierno

popular, se vuelven en contra

de ese gobierno hasta destruirlo.

Estamos naturalizando eso

como una fatalidad y estamos

empezando a sospechar que

América Latina es cíclica, que

no hay nada más que hacer salvo

disfrutar los años de bonanza

y aguantar los de malaria.

Hay un nivel altísimo de determinismo

en esas conclusiones,

por cierto, aunque es innegable

el hecho de que todas las evidencias

parecerían corroborar

la teoría. Salvo en Venezuela,

todos los ciclos de gobierno

nacional-popular del presente

siglo en América del Sur han

sido más o menos largos como

en los casos ya mencionados de

Bolivia y Uruguay (2005/2019),

pero también como en los de

Brasil (2003/2016), Ecuador

(2007/2017) y Argentina

(2003/2015). Todos ellos del

orden de una década y una

década y media de duración.

Hay algo allí que empieza, se

desarrolla, se desgasta y se

muere a manos de los mismos

que en primer lugar lo habían

generado y es realmente muy

difícil no caer en la tentación de

explicarlo todo con la teoría del

desclase de los llamados “piojos

resucitados”, los que apenas

tenían para comer antes del

advenimiento de los gobiernos

del pueblo y hoy, aupados a una

ilusión de “clase media”, piden

“cambios”.

La explicación por el “desclase”

de las mayorías populares

—sumada a la del trabajo de

colonización cultural de los

medios de difusión— suena muy

bien y parece servir para explicarlo

todo, pero no hace avanzar

la cuestión. ¿Qué hacemos

con eso los que nos negamos

a resignarnos a la idea de los

ciclos, que es una sobredeterminación?

Si nos resignáramos

a que eso es así tendríamos que

aceptar también la otra idea, a

saberla, la de que América Latina

no tiene futuro y esto siempre

va a ser un paso adelante y dos

pasos atrás, sin importar todo lo

que logremos avanzar en materia

económica y social cada

vez que los pueblos tengamos

el poder político en el Estado.

Si vamos a aceptar la idea de

los ciclos como un mandato

ya resulta inútil de antemano

cualquier lucha política, puesto

que será solo una cuestión de

tiempo hasta que los poderes

fácticos, la oligarquía y las

corporaciones se hagan con el

gobierno y destruyan todo lo que

podamos haber realizado. Entonces

la teoría de los ciclos es

antipolítica y es profundamente

reaccionaria, como se ve. Y hay

que falsarla.

No hay ciclos, lo que hay es

un anquilosamiento de los que

tendríamos que ser dinámicos

como la propia modificación de

la realidad social que nosotros

mismos impulsamos. Es curioso

como los militantes del proyecto

político cuyo objetivo es cambiarlo

todo somos los menos

capaces de comprender que al

hacerlo, precisamente, lo que

cambia es el nivel de conciencia

social de los pueblos a los que

nuestro proyecto les cambia la

vida. Parece un trabalenguas y

no lo es, sino el reconocimiento

de lo obvio ululante: queremos

cambiar la realidad, pero queremos

hacerlo sin cambiar nosotros

mismos jamás de discurso.

Pretendemos hablarle a un

sujeto hoy como le hablábamos

hace una década y media,

cuando ese sujeto estaba en

otro lugar.

Por su parte, el proyecto político

reaccionario que actualmente

utiliza el “cambio” como eslogan,

pero no pretende cambiar

nada sino justamente conservar

el statu quo, es el más capaz de

14 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


renovar su discurso una y otra

vez para adaptarlo a los tiempos.

Es realmente una paradoja,

en la que los conservadores son

intelectualmente progresistas y

los progresistas son intelectualmente

conservadores, sin que

ningún progresista se percate

del hecho. Mientras ellos, los

militantes del “cambio” que

nunca llega son absolutamente

pragmáticos y dicen lo que hay

que decir en cada momento

para obtener el triunfo, nosotros

pretendemos repetir nuestra

verdad realidad indefinidamente

y pretendemos —esto es lo más

delirante del asunto— que el

receptor lo acepte pasivamente,

que nos escuche decir siempre

lo mismo, nos aplauda y nos sea

políticamente fiel hasta el fin de

los tiempos.

Concretamente, en los casos

de Uruguay y de Bolivia, que

nos sirven para hacer un poco

de abstracción de lo nuestro y

explicar con más facilidad, la

militancia de los pueblos no

fue capaz de comprender que

al estar satisfechas las necesidades

básicas de las mayorías

por acción del propio proyecto

nacional-popular hecho gobierno,

esas mayorías van a exigir

siempre algo más. No sirve con

decirles que recuerden de dónde

venimos, que si gana la reacción

van a destruir todo lo que

hemos conquistado en todos

estos años, eso no prende en las

conciencias de los más. Lo más

probable es que el individuo que

antes no comía y ahora come

empiece a demandar un discurso

político, digamos, un poco

más sofisticado. Al parecer, en

Uruguay se le reprochaba al

gobierno del Frente Amplio el no

haberse ocupado de la seguridad

pública, mientras que en

Bolivia muchos de los que hace

14 años estaban hambrientos

empezaron a exigir “calidad

institucional”. Sí, es comprensible

la indignación del que mira

la cosa con perspectiva histórica

a mediano plazo: antes no

tenían nada y ahora quieren té

de Ceylán, como diría Enrique

Santos Discépolo. Pero es así y

hay que atenderlo.

De una manera general, en

el trato cotidiano con nuestros

pares a los militantes y simpatizantes

de lo nacional-popular

nos cuesta mucho tolerar a los

llamados “piojos resucitados”.

Además, estamos siempre

fuertemente condicionados por

el signo ideológico rector del

proyecto político por el que militamos

o simpatizamos y por eso

tendemos a asociar las demandas

por mejor seguridad pública

con el discurso de “mano dura”

y los reclamos de más “calidad

institucional” con la farsa de

la democracia tutelada, cosas

que ubicamos simbólicamente

en la mal llamada “derecha”.

No queremos ser “de derecha”,

nos horroriza la posibilidad de

que nos digan “fachos” y en

consecuencia evitamos como la

misma muerte el caer en discusiones

serias sobre seguridad

pública o lo que se suelen llamar

los “valores republicanos”,

etc. Por una parte, no toleramos

a los “desclasados” y, por otra,

tenemos una serie de temas

tabú sobre los que nos negamos

a debatir. Y es allí, justo allí,

El General Manini Ríos, ariete por “extrema derecha” de la alianza electoral de

Lacalle Pou en Uruguay. Gracias al aporte de Manini, el frente reaccionario pudo

captar las voluntades de los uruguayos que exigen seguridad pública y compran,

naturalmente, el discurso de la “mano dura” contra el delito. Manini Ríos fue destituido

del Ejército por Tabaré Vázquez y allí inició su carrera política, debutando

con un 11% en la primera vuelta, performance impresionante para un principiante

y más que suficiente para posicionarse en el escenario con capacidad de negociar

(un total de 3 senadores y 11 diputados electos por su partido, Cabildo Abierto).

15 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


donde la reacción opera para

subvertir la conciencia de las

mayorías populares en el tiempo,

persuadirlas y hacer que voten

por un proyecto político que

no es el suyo o lo apoyen en sus

intentonas golpistas. La reacción

opera sobre las demandas

del que avanzó socialmente y

se apropia de la representación

de esas demandas, levanta las

banderas que nosotros no podemos

o no queremos levantar

e impone con ellas la derrota de

los pueblos, que se nos aparece

como cíclica.

Pero no hay nada de cíclico en

ello y si el Frente Amplio perdió

las elecciones en Uruguay no es

porque el desgaste “natural”

tocó su límite y la gente pidió el

“cambio”. Si el próximo presidente

de Uruguay va a ser un reaccionario

como Lacalle Pou es

porque Lacalle Pou y los demás

reaccionarios que lo acompañan

supieron ponerse al frente

de las nuevas demandas de las

sociedad uruguaya y representarlas

simbólicamente, aunque,

como se sabe de antemano,

una vez que asuma el gobierno

Lacalle Pou no va a atender

esas demandas ni mucho menos,

sino que va a hacer la gran

Macri o la gran Bolsonaro y va

a dedicarse a implementar el

proyecto político de las clases

dominantes en el sistema, que

para eso existe. Más allá de eso,

si se confirman los resultados en

el escrutinio definitivo, Lacalle

Pou va a lograr ponerle un punto

final al gobierno del Frente Amplio

y no porque eso es cíclico

y así tiene que ser, sino porque

los militantes del Frente Amplio

fueron incapaces de evolucionar

en su discurso y se vieron

ideológicamente limitados para

hablar de aquello que el pueblo

uruguayo quería debatir. Y otro

tanto pasó con la militancia del

MAS de Evo Morales, aunque

desde luego las circunstancias

golpistas en Bolivia son mucho

más dramáticas.

La derrota de los pueblos

viene cuando los que luchamos

políticamente la causa popular

no logramos avanzar, ya sea por

indolencia o por limitación ideológica.

Cuando los militantes

no entendemos que los pueblos

cambian y que nuestro discurso

debe acompañar ese cambio,

cuando nos quedamos rehenes

de la sobreideologización y no

ofrecemos las soluciones pragmáticas

que la gente demanda,

entonces se produce el cambio

de opinión y la puerta queda

abierta para que la reacción

llegue y destruya al pueblo-nación,

mientras reemplazamos la

autocrítica por la autoindulgencia

y maldecimos un ciclo que

no existe para expiar culpas.

Tanto la victoria como la derrota

se construyen, no hay nada

que venga casualmente ni nada

cae del cielo. Los argentinos

tenemos otra vez la posibilidad

de iniciar un nuevo gobierno

nacional-popular, subsanar los

innumerables problemas que va

dejando el gobierno reaccionario

y luego de volver a avanzar.

¿Qué haremos cuando avancemos

y cambien las demandas

de nuestra gente? ¿Nos pondremos

pragmáticamente al frente

de esas demandas, representando

los intereses del pueblo?

¿O seremos rehenes de nuestra

superstición cíclica y de nuestra

limitación ideológica, dejando

el camino despejado para el

triunfo del enemigo? Depende

de nosotros, está en nosotros

elegir. La experiencia histórica

propia y la de nuestros hermanos

de América Latina tiene que

alcanzar para que comprendamos

que los únicos artífices de

nuestro destino somos nosotros

mismos. Y que todo lo demás es

humo.

16 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


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17 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


ANÁLISIS

Izquierda, centro, derecha.

El humo que nos quieren

seguir vendiendo

ERICO

VALADARES

Cuando el atentísimo lector

mira hacia el cielo y ve la

luna, tiene la impresión o

la idea de que está mirando

hacia arriba y de que,

en consecuencia, la luna está en

un plano superior al suyo propio.

Eso se ve así y, no obstante,

hasta donde lo sabe la ciencia,

en el universo no existe tal cosa

como “arriba” y “abajo”, lo que

constituye una verdad científica

relativa que está lejos de habitar

en nuestro sentido común.

El sentido común, como solía

explicar Antonio Gramsci, se forma

con elementos de la ciencia

y del folklore o la superstición

y nadie realmente está pensando

en el cotidiano si la luna

está arriba o abajo respecto a

nosotros, los que la miramos.

Y aunque podría objetarse que

para mirar la luna uno debe

levantar la cabeza y eso es mirar

hacia arriba objetivamente, se

demuestra fácilmente que eso

tampoco es cierto: si usted,

atento lector, se acuesta en el

suave pasto en una noche despejada,

verá fácilmente la luna

sin la necesidad de levantar la

cabeza, esto es, sin tener que

mirar hacia arriba en relación a

su propio cuerpo. Ni hablar de

aquellos con el físico lo suficientemente

aventajado como

para mirar el cielo haciendo la

llamada vertical, lo que es en sí

bastante difícil de hacer para

los que ya estamos un poco

entrados en años. Pero si usted

lo hace y haciendo la vertical

mira la luna, resulta que lo hará

18 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


mirando, desde su propio punto

de vista, hacia abajo.

Otro tanto ocurre con la cartografía,

con los mapas que

aprendemos desde pequeños en

la escuela. Hemos sido educados

para comprender que el norte

está arriba y el sur está abajo,

gracias a la enorme difusión

que los del norte —primero los

europeos y luego los norteamericanos,

cuya cultura occidental

es hegemónica desde que el

mundo es mundo— le han dado

a la proyección de Mercator, una

de las formas de proyectar el

globo en un plano ordenando el

mundo de un modo vertical con

ellos allá arriba y nosotros acá

abajo.

Entonces en la distorsión de

Mercator Francia está arriba y

la Argentina está abajo, que es

como nos han enseñado desde

siempre. El problema es que

eso no sería cierto ni siquiera si

tomáramos como referencia la

misma tierra: si uno viajara desde

el punto más alto de Argentina,

que es el Cerro Aconcagua,

hasta el punto más alto de Europa

occidental, que es el famoso

Mont Blanc, la verdad es que no

haría otra cosa que bajar más o

menos unos dos mil metros. Hay

incluso lugares habitados en

América del Sur más altos que

la cima del Mont Blanc, como La

Rinconada, en Perú. ¿Entonces

por qué? ¿Por qué Europa está

arriba y nosotros los americanos

estamos abajo?

Porque alguien en algún momento

determinó que eso es así.

Lo mismo pasa en la política, la

que solemos comprender mediante

ordenamientos espaciales

determinados por alguien.

Todos nosotros tenemos muy

instalada la idea de una especie

de “arco” que va de derecha a

izquierda, idea que usamos para

ubicar simbólicamente (y ordenar

de la misma forma) las fuerzas

políticas en pugna. Ese es un

ordenamiento espacial horizontal

y allí vamos colocando según

la valoración ideológica a cada

partido, agrupación e individuo

en la izquierda, en el centro y

en la derecha, o en lugares que

se quieren aún más precisos

como la “centroizquierda”,

la “extrema derecha”, la “ultraizquierda”,

etc. Lo hacemos

siempre dentro de los límites de

ese ordenamiento espacial que

va de izquierda a derecha en

sentido de lectura. Lo que nunca

hacemos es preguntarnos de

dónde viene ese ordenamiento

ni por qué lo utilizamos.

Nunca nos lo preguntamos

porque esas categorías se

han hecho muy fuertes luego

de haber sido instaladas por

más de 200 años en nuestras

conciencias. Pero nada de eso

baja del cielo ni se trata de un

ordenamiento natural, sino que

tiene fecha y lugar precisos de

nacimiento. Y también tiene un

por qué.

A mediados del 1789 y a poco

de andar la Revolución burguesa

de Francia —la que solemos

llamar vulgarmente “revolución

francesa”—, se reunieron diputados

de todo el país para

decidir qué hacer con aquello

que venía bastante sangriento y

se iba a poner aún mucho más.

Esos diputados, naturalmente,

eran los representantes de las

fuerzas políticas existentes en

el momento y esas fuerzas eran

básicamente tres: los monárquicos,

que querían restaurar

la monarquía de los borbones;

los moderados, que eran más

bien pocos y eran los famosos

ni fa ni fu, muy poquitos en esa

época de grieta; y los republicanos,

burgueses nacionales que

querían instalar una república

en Francia.

Como es de suponerse porque

aquello era una revolución, los

ánimos estaban caldeados y

entre monárquicos y republicanos

no se podían ni ver. Francia

estaba en llamas en un proceso

recién iniciado que unos cuatro

años más tarde iba a resultar en

guillotina para el rey Luis XVI,

luego para María Antonieta y

para la aristocracia monárquica

en general. Entonces estaba

todo mal desde el vamos entre

los burgueses revolucionarios

que querían la república y los

aristócratas reaccionarios que

Espectacular perspectiva artística —obra de Charles Monnet— de la Asamblea

Nacional Constituyente francesa el 4 de agosto de 1789, en la que se ven a los muchachos

de uno y otro bando separados para evitar, digamos, disturbios. La obra

está expuesta permanentemente en el Museo de la Revolución, ubicado en Vizille,

un pueblo en las inmediaciones de Grenoble.

19 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


querían la monarquía, y si se los

sentaba juntos lado a lado en

el mismo recinto había grandes

posibilidades que al presidente

de la flamante Asamblea Nacional

Constituyente se le pudriera

el rancho en trifulcas mortales.

Entonces a los ingeniosos

franceses se les ocurrió sentarlos

a los diputados de distintas

orientaciones políticas con cada

bando en un extremo de la sala.

Los burgueses revolucionarios

fueron ubicados a la izquierda

y a los aristócratas reaccionarios

se los sentó a la derecha.

Y como básicamente todas las

categorías que el mundo moderno

utiliza para representar la

política tienen su origen en esa

“revolución francesa”, a partir

de allí la izquierda en todos los

países pasó a simbolizar la revolución

o el cambio del statu quo,

mientras que la derecha empezó

a ser símbolo de la reacción o

del mantenimiento del statu

quo.

Claro que el tiempo pasó, los

burgueses finalmente derrotaron

todos los intentos de restauración

monárquica durante el

posterior siglo XIX y destruyeron

la clase aristocrática que había

sido la clase dominante en Francia,

estabilizaron la república y

triunfó su revolución. Entonces

la burguesía pasó a ser la clase

dominante, el sistema capitalista

de los burgueses prosperó

Retrato de Gerardo Mercator, el cartógrafo flamenco ideólogo de la proyección que

hoy lleva su nombre, útil para representar el globo en un plano preservando la forma

de los continentes, aunque no sus tamaños reales. Es imposible hacer proyecciones

de lo esférico sobre un plano sin distorsionar alguna de las características

de lo que se quiere representar.

con sendas revoluciones industriales

y los burgueses, véase

bien, ya no se podían sentar a

la izquierda del parlamento,

puesto que ese lugar había quedado

simbólicamente reservado

a los que querían cambio en el

statu quo y la burguesía ya no

quería ninguno. Los burgueses

ya habían triunfado y basta de

revolución.

Ese lugar, el lugar de la izquierda

revolucionaria, empezó

a ser ocupado por una nueva

fuerza política que en 1789 no

existía más que como un apéndice

de la burguesía: el proletariado,

o bien todos aquellos

que no eran aristócratas, clero

ni burguesía. En una palabra,

por la inmensa mayoría del

pueblo francés que son los que

trabajan para comer. Después

de la publicación del Manifiesto

Comunista, en el que Marx

formaliza la contradicción entre

burgueses y proletarios —recordemos

que los sectores medios

que llamamos hoy “clase media”

aun estaban lejos de existir—,

los socialistas empezaron a

levantar la liebre: los burgueses

habían utilizado a los trabajadores

“sans-cullote” para hacer

una revolución por la igualdad,

fraternidad y la libertad, pero

no hicieron otra cosa que tomar

el lugar de la aristocracia como

clase dominante para hacer lo

mismo que hacía la aristocracia

antes de la revolución, a saberlo,

explotar el trabajo ajeno,

pero ahora reemplazando la

servidumbre por salario.

Entonces la burguesía pasó a

la derecha conservadora y toda

la masa de trabajadores pasó

—por lo menos en teoría, porque

del dicho a la representación

hay un trecho— a la izquierda

que se ocupaba ahora por los

rojos. He ahí toda la configuración

de la política en el mundo

por lo que quedaba del siglo XIX,

20 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


durante todo el siglo XX y hasta

nuestros días, ya que seguimos

usando ese ordenamiento ahora

mismo, a 230 años de la caída

de una Bastilla que bastante

lejos estaba de acá.

La parte que nos toca

(o no nos toca)

Imagen de Jeff Bezos, supuestamente el hombre más rico del mundo. Corporaciones

como Amazon son la nueva monarquía a nivel mundial, aunque desde luego los

más peligrosos son los monarcas que no ponen la cara como hace este millonario.

Entonces aquí estamos, en

América Latina y en pleno siglo

XXI, ordenando nuestra política

con categorías que hemos

importado de Francia hace más

de dos siglos, categorías que ya

resultan obsoletas incluso para

los propios franceses. Las mal

llamadas “izquierda” y “derecha”

ya no sirven para representar

una contradicción que se

asemeja mucho más a la contradicción

premoderna anterior a la

“revolución francesa”, que era

entre la monarquía y el pueblo a

secas.

Claro que hoy no existe la

monarquía con poder en el

Estado más que en reliquias del

catálogo histórico como Arabia

Saudita y alguno que otro rezagado

más. La clase aristocrática

ha sido barrida del mapa por la

burguesía revolucionaria y hoy

ya no corta ni pincha en ninguna

parte, esa no es la cuestión. El

tema es que hoy existe otro tipo

de monarquía: la de los ricos del

mundo y sus corporaciones trasnacionales,

que no usan corona

ni ostentan títulos nobiliarios

formales, pero reinan absolutos

sobre el mundo entero con

mano de hierro. Se sabe que el

1% de la población concentra

hoy la mitad de la riqueza mundial,

quedando el resto para ser

repartido entre el 99% restante,

nosotros mismos. Los informes

de Oxfam Internacional sobre

este asunto son escalofriantes,

pero sirven para que el atento

lector se dé una idea de la existencia

de una monarquía absoluta

en pleno siglo XXI y mucho

más poderosa aún que aquellas

modestas monarquías territoriales

que fueron derrotadas por

los revolucionarios de Francia.

La contradicción principal que

en los albores de la modernidad

industrial fue “monarquía o

pueblo”, pasó a ser “burgueses

o proletarios” y se caracterizó

siempre como “derecha, centro

e izquierda” vuelve a sus orígenes

y se va a llamar “corporaciones

o pueblos”, donde las

corporaciones son el instrumento

de los ricos del mundo para

concentrar la riqueza y constituir

una verdadera monarquía sin

corona a nivel planetario. Y es

mucho peor que el monarca coronado,

como se ve, cuya mano

de hierro pesaba solo dentro de

los límites de un territorio definido.

Las corporaciones del 1%

más rico del planeta son imperiales

en el sentido de transnacionales,

es decir, no reinan solo

en Francia o en Inglaterra, sino

en el mundo entero.

El resultado es que el ordenamiento

espacial horizontal que

va de izquierda a derecha no

solo ha quedado obsoleto, sino

que además es nocivo al impedir

la comprensión de lo que

está en juego realmente en los

tiempos que corren. La política

de hoy se ordena de manera

vertical entre los de arriba —que

están muy, pero muy arriba y no

como la luna, sino de un modo

objetivo— y los de abajo, sin

importar en absoluto la ideología

que tengamos cada uno de

nosotros. La lucha política de

hoy es absolutamente pragmática

y no ideológica: hay un puñado

de seres humanos que están

acaparando toda la riqueza del

mundo y con eso están llevando

el hambre y la miseria a la enorme

mayoría de la humanidad.

¿Quién podrá sostener ideológicamente

esta situación?

21 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Ficciones distópicas como ‘1984’ han previsto el gobierno a nivel mundial, aunque

han errado el tiro al poner la metáfora en el plano de la política. Las corporaciones

son invisibles para el sentido común y su dictadura no tiene el aspecto de un partido

ni nada que pudo haberse previsto en el siglo XX.

He ahí el problema que el 1%

más rico del mundo ya detectó:

su posición es ideológicamente

insostenible, no puede existir

ningún debate sobre esa cuestión

porque nadie será capaz de

argumentar políticamente para

sostener este statu quo. No es

posible debatir eso porque eso

se cae y entonces hay que debatir

otra cosa. Acá está el humo

de seguir hablando de “derecha”

e “izquierda” en este siglo

XXI de la monarquía absoluta

de las corporaciones trasnacionales,

cuando claramente es

necesario empezar a hablar de

los de arriba y de los de abajo.

Ejemplos prosaicos de esta

locura que estamos transitando

los hay a calderadas, como diría

Jauretche. Y lo nacional-popular

—que en Argentina se llama

peronismo— es quizá el menos

prosaico que tenemos para

empezar a explicar. Resulta que

el peronismo es la fuerza política

de los pueblos en su lucha

frente a las corporaciones y, por

lo tanto, no se coloca ideológicamente

ni en la “derecha” ni

en la “izquierda”. El peronismo

entendió desde el vamos que

la contradicción va a ser entre

los pueblos-nación y las corporaciones

sin pueblo ni nación,

apátridas, en una palabra. Lo

comprendió ya a mediados del

siglo XX, nótese bien, cuando la

contradicción simbólica entre

“izquierda” y “derecha” aun

era absolutamente hegemónica

y casi nadie se animaba a

discutirla. Perón ya sabía que

liberalismo y socialismo no

eran más que una interna de las

corporaciones para distraer de

la verdadera lucha y lo expresó

claramente en su doctrina. La

genialidad de Perón fue el haber

hablado de la sinarquía internacional

mientras nuestra oligarquía

cipaya y funcional al imperialismo

se batía con obreros

que no había, porque nuestro

país no estaba industrializado,

y la mal llamada “izquierda”

hablaba de una burguesía que

tampoco existía, por el mismo

motivo. Mientras “por derecha”

como “por izquierda” se vendía

humo al por mayor, Perón fue

preciso, identificó el problema

real y lo empezó a combatir sin

más preámbulos.

¿Y qué pasó? Pues lo obvio

ululante: asustadas por la

denuncia a su interna ficticia,

las corporaciones se olvidaron

del liberalismo y del socialismo,

mandaron a sentarse la “derecha”

y la “izquierda” en la mesa

de Spruille Braden y ordenaron

la formación de la Unión Democrática,

un rejunte de gorilas

“por derecha” y “por izquierda”

con sede en la embajada de los

Estados Unidos. En otras palabras,

cuando las papas quemaron

porque alguien se animó

a sacarse los pies del plato

hegemónico, las corporaciones

suspendieron a las apuradas su

falso debate entre liberalismo

y socialismo, entre “derecha” e

“izquierda”, y ordenó que fueran

todos los supuestos enemigos

entre sí a aunar fuerzas contra el

atrevido General “populista” en

la embajada yanqui.

Perón y el peronismo supieron

aquello que las corporaciones

no quieren que se sepa: ya no

hay “izquierda” ni “derecha”, la

contradicción entre socialismo y

liberalismo es una falsa contradicción

porque en ambos ganan

siempre las corporaciones sin

importar el color de la bandera

del que esté gobernando con

el poder en el Estado. La verdadera

contradicción es entre

pueblos-nación y corporaciones,

donde los primeros quieren la

soberanía política, la independencia

económica y la justicia

social para que las corporaciones

pierdan y los pueblos ganen.

Entonces el ordenamiento

espacial de nuestro tiempo no

es un ordenamiento horizontal

de “izquierda” a “derecha” a la

usanza de la burguesía revolucionaria

de Francia. Ese ordenamiento

está siendo utilizado

por gente que no es burguesa ni

22 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


proletaria —que es oligarca en

todos los sentidos, que es de la

clase que había sido derrotada

por los burgueses— para hacer

una restauración monárquica

sin corona y sin que ningún

monarca ponga la cara. El ordenamiento

de nuestro tiempo

es el mismo que inspiró a los

burgueses revolucionarios del

siglo XVIII, es un ordenamiento

vertical en el que arriba está el

1% aristocrático y abajo estamos

los plebeyos del 99%. Y

nada más que eso. Aquí no hay

nadie que sea “de derecha” ni

“de izquierda”. Aquí lo único

que hay son los de arriba y los

de abajo.

El mejor truco del diablo, decía

un hijo de la revolución como

Charles Baudelaire, es hacerle

creer al mundo que él mismo,

el diablo, no existe. ¿Por qué

hace eso? Para que nadie se

ponga a confrontarlo, para que

luchen entre hermanos e iguales

y que nada cambie jamás.

El diablo quiere mantenerse

invisible para que no podamos

verlo y combatirlo, y la mejor

manera que tiene de hacer eso

es llenando el mundo de hologramas

de diablo para que los

estemos persiguiendo los que

tendríamos que estar haciendo

justicia con el diablo real.

Nos dice el diablo que es “de

derecha” el que por ejemplo va

a misa y tiene sus creencias y

que es “de izquierda” el ateo

anticlerical; nos dice por todos

los medios y todos los días que

es “de derecha” el que tiene una

determinada moral y que es “de

izquierda” el que tiene la moral

opuesta. Pero la verdad es que

sin importar nada de eso somos

todos de abajo y mientras nos

destrozamos entre subalternos

por esas cuestiones que no le

llenan la panza a ningún pibe

en el barrio, el diablo sigue allí,

sigue siendo el 1% más rico del

universo y sigue concentrando

más y más riqueza rumbo a la

destrucción de los pueblos-nación

y de la humanidad entera.

Solo nos queda preguntar

hasta cuándo vamos a seguir

viendo en horizontal lo que es

escandalosamente vertical, o

hasta cuándo vamos a permitir

que el diablo siga haciendo su

mejor truco. ¿Hasta cuándo

vamos a hablar en términos

de “izquierdas” y “derechas”

que ya no existen hace por lo

menos un siglo para no tener

que hablar de que los de arriba

están destruyendo el mundo

con su codicia? ¿Hasta cuándo

importar categorías que no son

ni nunca fueron nuestras para

jugar a la fantasía y hacernos los

tontos?

¿Hasta cuándo vamos a ignorar

el diablo llamando “derecha”

al enemigo de arriba para

legitimar y seguir cristalizando

la idea falsa de que existen

una “derecha” y una “izquierda”

y que la lucha está ahí?

Claro, porque si el enemigo es

la “derecha”, entonces o bien

nosotros somos la “izquierda” o

hay una “izquierda” más allá de

nosotros. ¿Y nosotros qué cosa

somos? ¿Qué hacemos con

Perón y su claridad meridiana

sobre la sinarquía internacional?

¿Hasta cuándo hacernos

llamar “peronistas” mientras ignoramos

la doctrina peronista?

¿Hasta cuándo, señores, vamos

a fumar de este humo importado

y además viejo?

El embajador estadounidense Spruille Braden, representado como el que venía a

exterminar el nazifascismo de Perón en Argentina. Así fue cómo las corporaciones

hicieron entrar tanto a la “derecha” como a la “izquierda” en la Unión Democrática:

con el cuento liberal de que el peronismo es nazi.

23 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


ANÁLISIS

A punta de pistola

ERICO

VALADARES

Cuando nombró como jefe

del Ejército Argentino al

General César Milani a

mediados del año 2013,

la entonces presidenta

Cristina Fernández sabía a ciencia

cierta que en nuestro país y

en América Latina en general la

institución de las armas es —por

razones lógicas de fuerza, la que

según Perón es el derecho de

las bestias— la más importante

de todas las instituciones de

la sociedad. Cristina lo sabía

y quiso hacer algo al respecto,

quiso empezar a ganar la batalla

cultural en esa institución

poniendo como jefe de la misma

a un militar peronista cuya

misión de allí en más sería la

de cambiar la matriz ideológica

de las fuerzas armadas hasta

alinearlas con el proyecto nacional-popular

que la propia Cristina

conducía.

No obstante, como es ya de

público conocimiento, la apuesta

al General Milani no solo no

prosperó y no rindió lo esperado

por Cristina, sino que se convirtió

pronto en un talón de Aquiles

para su gobierno cuando Horacio

Verbitsky denunció a Milani

por delitos de lesa humanidad

y les entregó las carpetas a la

mal llamada “izquierda” y a los

medios para que se desatara en

el linchamiento público del jefe

del Ejército. Cristina se quedó

pegada, como suele decirse en

el barrio, pero también la ligó

Hebe de Bonafini por haber

avalado el nombramiento.

El General Milani sería más

tarde absuelto por la Justicia en

una de las causas por secuestro

y tortura, pero ya era tarde: Milani

fue obligado a renunciar al

puesto de jefe del Ejército casi

dos años después de haber sido

nombrado y sin haber podido

empezar a realizar el proyecto

de cambiar la matriz ideológica

de la institución de las armas en

Argentina. He ahí, en una síntesis

muy apretada, cómo fracasó

el intento de Cristina Fernández

por destruir la hegemonía

antiperonista en las fuerzas

armadas y de reemplazarla por

24 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


otra, una hegemonía peronista o

de tipo nacional-popular, que es

como decir lo mismo.

¿Qué es exactamente lo que

sabía Cristina Fernández cuando

hizo su apuesta por Milani en el

Ejército Argentino? Pues que, en

última instancia, lo que asegura

la continuidad o determina la

ruptura de un proyecto político

es la fuerza brutal de la pólvora.

Cristina sabía y lógicamente sigue

sabiendo lo que Fidel Castro

y Hugo Chávez supieron desde

siempre: cuando un proyecto

político de tipo nacional-popular

avanza sobre los privilegios

de las clases dominantes en

un país o cuando los intereses

de las corporaciones entran en

conflicto con los de los pueblos,

son las armas las que van a

dirimir finalmente esas contradicciones

en ese país. En una

palabra, cuando un gobierno se

encuentra con la encrucijada

de pisarles los callos a los ricos

y hacer las transformaciones

de fondo, ese gobierno y esas

transformaciones van a existir o

van a perecer según quien tenga

la hegemonía en la institución

militar.

Las armas en nuestro país

siempre estuvieron en manos

de los que a partir del advenimiento

del peronismo quedaron

conocidos como los “gorilas”, o

la oligarquía antipueblo, rentista

y cipaya. Esa es la clase

dominante en un país que jamás

conoció la revolución burguesa

y sigue existiendo como pudo

existir, por ejemplo, Francia

antes de 1789. Las armas en Argentina

están en manos de esa

clase dominante porque esa es

la clase que tiene la hegemonía

cultural en los cuarteles. De ahí

la percepción general de que los

militares son “gorilas”, cosa que

no tiene gollete. Los militares

son eso, militares, y responden

naturalmente siempre al poder

del que tenga la manija en cada

momento. Los militares no son

peronistas ni son antiperonistas,

sino que están ahora y desde

siempre bajo la hegemonía

de la oligarquía “gorila” y a ella

responden.

Entonces Cristina nombró al

General Milani en el 2013 como

jefe del Ejército Argentino para

empezar a destruir esa hegemonía

“gorila” y quitarse de encima

la espada de Damocles que pende

sobre la cabeza de cualquier

gobierno que no sea propio de

las clases dominantes. La espada

de Damocles es la amenaza

permanente de sublevación

militar y aunque eso parezca

cosa del pasado, la amenaza es

real y es un condicionamiento

constante a la democracia y a la

política en general. Lo que sabe

Cristina Fernández y sabían

Hugo Chávez y Fidel Castro es

que no se puede llevar a cabo

ningún proceso de transformación

social real sin el apoyo

activo de los militares. Si estos

están del otro lado o simulan

una cierta neutralidad o pasividad,

la espada de Damocles

caerá más temprano que tarde

sobre la cabeza del atrevido que

intente tocar los intereses de las

corporaciones y/o los privilegios

de la oligarquía que les sirve a

estas desde el lugar indigno de

personera cipaya.

Eso es lo que empezó a comprender,

de la peor manera, Evo

Morales en Bolivia. Evo encontró

al fin el límite de las transformaciones

propuestas por su

gobierno nacional-popular al no

tener la hegemonía sobre la institución

de las armas y la famosa

espada de Damocles, como

se ve, cayó sobre su cabeza un

domingo delirante a eso de las

cuatro de la tarde. Evo Morales

fue víctima de un ingenioso

golpe militar “pasivo”, esto es,

un golpe en el que los militares

El General César Milani, la apuesta de Cristina Fernández para hegemonizar la institución

de las armas mediante la instalación de la doctrina peronista en el Ejército

argentino. La apuesta no dio los resultados esperados al ser literalmente bombardeada

por el “fuego amigo” de un operador de inteligencia como Horacio Verbitsky,

constituyendo uno de los goles en contra más grandes de la historia de la política.

25 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


golpistas no tuvieron que poner

un solo tanque en las calles.

Con la sola prescindencia de los

militares y de la policía alcanzó

para que Evo entendiera la

magnitud del peligro y renunciara.

Cuando los militares y los

policías de Bolivia se retiraron

de la escena, liberaron la zona

y permitieron que la oposición

furibunda incendiara las casas y

tomara de rehenes a los familiares

de los dirigentes del gobierno

nacional-popular boliviano,

Evo comprendió que aquello iba

a ser una masacre y que debía

renunciar.

Por lo tanto —la conclusión

es lógica—, Evo Morales nunca

renunció al cargo de presidente

de Bolivia, sino que fue obligado

a hacerlo. Fue obligado a punta

de pistola.

Tirar hipótesis

a la marchanta

El delirante domingo golpista

en Bolivia empezó con un Evo

Morales haciendo concesiones

para resolver la crisis política

que se desató tras las elecciones

del 20 de octubre, en

las que el propio Evo resultó

ganador en primera vuelta para

un tercer mandato consecutivo

hasta el año 2025. Evo resolvió

descabezar la junta electoral,

anular las elecciones que había

ganado y llamar a nuevas

elecciones, a empezar todo el

proceso de nuevo. Pero lejos

de quedar conformes con esa

concesión, los golpistas olieron

sangre y debilidad, y extremaron

las hostilidades contra los

miembros del gobierno y sus

Por su parte, el General Williams Kaliman, el golpista que le “sugirió” a Evo Morales

que renunciara. Lo que Kaliman hizo fue un “golpe pasivo”, esto es, liberó la

zona y prescindió de reprimir a los golpistas violentos de la oposición que incendiaban

viviendas y hacían secuestros extorsivos sin control por parte de los militares.

Absolutamente vulnerable, Evo debió renunciar y esa renuncia fue, como se ve, a

punta de pistola, aunque la pistola no haya estado visible.

familiares mientras acordaban

con los militares un ultimátum.

Y así, con toda la zona liberada,

en posesión de rehenes y desatando

el caos por todo el país,

los golpistas lograron que los

militares le soltaran la mano a

Evo con la “sugerencia” de su

renuncia. El golpe militar estaba

ya consumado sin la necesidad

de disparar un solo tiro. Bien

mirada la cosa, el golpe se consuma

precisamente porque los

militares se negaron a disparar

tiros contra los delincuentes que

incendiaban, saqueaban y secuestraban

personas con fines

extorsivos. Al negarse a intervenir

en la situación, los militares

y la policía dejaban librados a

su suerte y en manos de la turba

enloquecida a los civiles desarmados

que son los funcionarios

del gobierno nacional-popular

boliviano y sus familiares. Ese

fue el fin: caía la espada de

Damocles sobre la cabeza del

presidente Evo Morales.

Ahora bien, ¿por qué? Tanto

en los medios tradicionales

como en las redes sociales las

24 horas posteriores al golpe de

Estado hubo un show de hipótesis

formuladas sin toda la información

necesaria y una carrera

loca por ver quién daba el diagnóstico

más verosímil sobre qué

era lo que estaba pasando en

Bolivia. Periodistas profesionales

y opinólogos aficionados se

disputaron con locura el premio

de mejor adivino del golpe.

El dramaturgo griego Esquilo

decía que la primera víctima de

la guerra es la verdad. Y ella,

la guerra, se instaló en Bolivia

cuando las fuerzas del orden se

retiraron de la escena y liberaron

la zona de hecho, permitiendo

que la oposición golpista

cometiera los más escandalosos

delitos a sus anchas. Ahí cayó

fulminada la verdad, por lo que

cualquier información que llega

26 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


hoy desde Bolivia y no sea la

palabra en primera persona del

protagonista está contaminada

por la mentira. Y si hilamos bien

fino, incluso esa palabra está

contaminada, puesto que bajo

presión el propio Evo Morales

ha sido forzado a no decir toda

la verdad respecto a quiénes estaban

llevando a cabo el golpe y

por qué. Evo tuvo que callar para

evitar lo peor.

Entonces se inundaron los

diarios, los canales de televisión,

las radios y las redes

sociales con las más disparatadas

hipótesis. Ante la ausencia

de la verdad todo vale y así es

como algunos opinaban que el

golpe era un golpe racista y que

a Evo Morales lo derrocaban

“por indio”, mientras que otros

arriesgaban que, en realidad,

allí lo que hay es una lucha simbólica

entre Cristo y la Pachamama,

entre la cultura criolla y

las culturas originarias. También

están los que ven a los Estados

Unidos como único impulsor del

golpe, obviando en el proceso

a todos los demás actores y, en

consecuencia, perdiendo de vista

que este golpe —como todos

los demás golpes y la política

en general— es tan solo una vil

cuestión de pesos y centavos. La

geopolítica ya no es la geopolítica

de los Estados nacionales,

sino de las corporaciones multinacionales.

El golpe de Estado en Bolivia

es la guerra y es la guerra del

litio, elemento químico, mineral

o metal (se lo refieren de las tres

formas en igual medida) muy

utilizado en las tecnologías del

futuro. Las baterías de nuestros

celulares, cámaras, computadoras

y cuánto artefacto electrónico

pueda imaginarse se

hacen con litio. Los automóviles

del futuro, que serán eléctricos

y tendrán baterías de litio.

Bolivia tiene la mayor reserva

Los golpistas civiles, encabezados por Jeanine Áñez, aquí exhibiendo símbolos religiosos.

El humo de la religión y de lo racial confundió muchísimo a nuestros analistas

políticos, que tardaron varios días en percatarse de que aquello era una puesta

en escena orientada a ocultar que el golpe de Estado en Bolivia es, en realidad, la

guerra del litio o la guerra genérica por los recursos naturales de América Latina.

de litio del mundo, con un 40%

de todas las existencias en el

planeta. Entonces la guerra del

litio era una cuestión de tiempo,

porque el litio boliviano fue

nacionalizado por Evo Morales

y esa nacionalización se hizo

en los mismos términos del gas

natural: para explotar los recursos,

una empresa extranjera

debe asociarse con el Estado

boliviano para llevarse de allí

solo una pequeña parte de las

ganancias.

Cuando Evo Morales asumió

como presidente en año 2006,

las corporaciones petroleras

explotaban libremente los hidrocarburos

del país y se llevaban

alrededor del 80% y hasta el

85% de las utilidades del negocio,

quedando entre el 15% y

20% para los bolivianos, dueños

de los recursos, según el contrato.

Al llegar a la presidencia, Evo

Morales nacionalizó el gas natural

e invirtió esa ecuación: hoy

las que se quedan con el 20%

son las gigantes multinacionales

del petróleo, que además

deben hacer toda la inversión

y llevar a cabo el trabajo de explotación.

El 80% queda limpio

para el pueblo boliviano, gracias

a la defensa de lo nacional que

es la bandera de Evo Morales.

Lo mismo ocurre con el litio

y eso, desde el punto de vista

de las corporaciones, no puede

ser. Los ricos del mundo quieren

explotar libremente las reservas

de litio de Bolivia, dejarles

chaucha y palito a los bolivianos

y llevarse alrededor del 80% de

las utilidades, como ocurría con

el gas natural antes del 2006.

De un modo genérico, la guerra

es siempre la guerra por los

recursos naturales entre las corporaciones

trasnacionales y el

27 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


El presidente Evo Morales, aquí conduciendo el prototipo de automóvil eléctrico de fabricación 100% nacional. Evo anunció su

intención de fabricar en Bolivia —y no en Alemania, como quieren las corporaciones— los coches que utilizan baterías de litio

boliviano y a los dos meses de ese anuncio se produjo el golpe en su contra. Indisimulable.

pueblo-nación, es una cuestión

de pesos y centavos en la contradicción

fundamental pueblos

o corporaciones, ya sean esos

recursos el litio, el gas, el petróleo,

el agua, los alimentos o los

que fueren.

Como se ve, es el mismo

problema con Venezuela y las

reservas de petróleo más grandes

del mundo que yacen bajo

los pies de los venezolanos y

que Hugo Chávez tuvo el desparpajo

de nacionalizar y proteger,

además manipulando los precios

internacionales del crudo

en su propio favor mientras eso

fue posible. Es una cuestión

de quiénes van a beneficiarse

de los recursos naturales genéricamente,

siempre se trata

de eso. No destituyeron a Evo

Morales “por indio”, por creer

en la Pachamama o porque no

le caía simpático a alguno. Lo

han destituido, lo quieren preso

y probablemente muerto porque

Evo Morales está estorbando

en el negocio ideal de los que

buscan siempre el negocio

ideal, aunque haya que pagarlo

con la sangre de los pueblos que

son los legítimos dueños de los

recursos.

¿Quiénes son los

ricos del mundo?

Ahora bien, si la guerra del litio

era una cuestión de tiempo y es,

de modo genérico, una guerra

por los recursos naturales, entonces

todas las guerras por los

recursos naturales son tan solo

una cuestión de tiempo. Esta lógica

es indiscutible y encuentra

todos los casos para corroborar

su hipótesis en las innumerables

guerras por los recursos naturales

que el imperialismo ha

hecho en todo el mundo desde

que las corporaciones cortan el

bacalao. Desde el caucho en las

selvas del Amazonas, pasando

por el oro y los diamantes en el

África, el petróleo en el Medio

Oriente y en Venezuela y el gas y

el litio en Bolivia, entre muchos

otros casos quizá de menor

relevancia, la constante siempre

está y es siempre la lucha entre

las corporaciones y los pueblos

por ver quien se va beneficiar

realmente con la explotación de

esos recursos naturales. Cuando

un país es rico en un determinado

recurso natural, se verifica

la tendencia general a la inestabilidad

política permanente

en ese país. ¿Por qué? Porque

al pueblo de ese país le hacen

la guerra las corporaciones

por los recursos naturales y, en

consecuencia, esos pueblos-nación

sufren la inestabilidad y la

pobreza que deriva de esta. Son

los ricos del mundo fácticamente,

pero son pobres porque no

28 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


les permiten organizarse políticamente

para la defensa y justa

distribución de las riquezas que

les pertenecen.

Entonces la lógica sigue

apilando argumentos y la guerra

por los recursos naturales

es una cuestión de tiempo y

además genera inestabilidad

política, pobreza y sufrimiento

para los pueblos-nación que

poseen de hecho esos recursos.

Aquí ya estamos en condiciones

de hacer con el atento lector

la proyección necesaria y ver

que entre los países ricos en

recursos naturales el nuestro,

la Argentina, es uno de los más

ricos del mundo. Y la conclusión

es que la guerra por nuestros

recursos naturales —el agua, los

alimentos, el petróleo, el gas

natural, el litio y mucho más— es

solo una cuestión de tiempo. En

una palabra, lo que hoy le está

pasando a Bolivia nos va a pasar

necesariamente a nosotros. No

es una cuestión de sí o no, es

una mera cuestión de cuándo.

He allí que el modelo venezolano

o cubano de batalla cultural

en la institución de las armas no

es una opción, sino una necesidad

imperiosa. Si la Argentina

no tiene unas fuerzas armadas

debidamente adoctrinadas en la

doctrina de lo nacional-popular

para la defensa de los recursos

naturales de la patria, entonces

esas fuerzas armadas van a ser

la espada de Damocles que caerá

sobre la cabeza del gobierno

que se atreva a plantear la

defensa de esos recursos. Dicho

de otra manera, la defensa de

esos recursos por parte de los

pueblos-nación o su apropiación

ilegal por parte de las corporaciones

solo se resuelve de

una manera: a punta de pistola

y a los tiros. La cuestión está en

ver quién va a tener las pistolas

para tirar esos tiros.

Para lo que aquí queremos

expresar, el caso de Venezuela

es emblemático: las fuerzas

armadas están profundamente

adoctrinadas en la doctrina

bolivariana de Hugo Chávez y

son parte necesaria de cualquier

gobierno que se forme

allí. Los venezolanos dicen

tranquilamente que el suyo

es un gobierno cívico-militar,

expresión que aquí está prohibida.

Condicionados por nuestro

pasado reciente, que es un pasado

de militares como espada

de Damocles sobre la cabeza

de gobiernos populares, con

genocidio incluido, no solo no

podemos hablar de un gobierno

cívico-militar, sino que además

cultivamos un fuerte desprecio

por los que llamamos despectivamente

“milicos”. Venezuela

puede defender sus recursos

naturales y ya está visto que es

virtualmente imposible derrocar

allí al gobierno —como hicieron

con Evo Morales— mientras los

militares estén formando en ese

gobierno como parte esencial

del mismo. No es que los venezolanos

tienen un gobierno civil

con el control teórico sobre los

militares previsto en la Constitución:

lo que pasa allí es que los

militares son el gobierno junto a

los civiles, el gobierno es propio

de ellos y esa alianza no se

rompe con facilidad. Venezuela

es un régimen nacional-popular

porque es un nacionalismo

popular cuyo objetivo es la

defensa y la justa distribución

de las riquezas del pueblo-nación.

Todos los demás países de

América del Sur estamos muy

lejos de eso.

Venezuela está, por lo tanto,

preparada para defender sus

riquezas a los tiros, que es la

única manera posible frente al

embate de las corporaciones

cuando vienen por todo. ¿Qué

hicieron los militares bolivianos

cuando les tocó defender esos

Evo Morales, llegando a la seguridad del exilio en México luego de un periplo

ocasionado por países que no permitieron el sobrevuelo de su espacio aéreo. La

preservación de la vida del líder —como solía decir Fidel Castro— es condición

ineludible para que no se apaguen las esperanzas de los pueblos.

29 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


recursos? Se acostaron y dejaron

pasar las corporaciones

como Pedro por su casa. ¿Qué

podemos esperar de los militares

argentinos separados del

proyecto político, repudiados

por el sentido común popular

“antimilico” y adoctrinados

por el liberalismo cipayo de la

oligarquía igualmente cipaya?

Pues otro tanto, a saberlo, los

militares argentinos no solo no

van a mover un fusil para defender

los recursos naturales del

pueblo-nación argentino, sino

que están pendiendo cual espada

de Damocles sobre la cabeza

del gobierno al que le toque el

turno de defender esos recursos

frente al saqueo de las corporaciones.

Los militares argentinos

hoy están aislados a punto de

no reconocerse a sí mismos

como parte del pueblo-nación,

que es lo que justamente posibilita

que se presten, por ejemplo,

para ejecutores de un genocidio

contra el pueblo-nación al que

se perciben ajenos.

Los casos opuestos de Bolivia

y Venezuela nos interesan como

parte de un proyecto de Patria

Grande latinoamericana, sin

lugar a dudas, pero nos interesan

mucho más como uno y otro

espejo en los que podemos mirarnos

para proyectar cómo será

nuestro futuro a mediano plazo.

¿Qué haremos cuando el poder

fáctico de las corporaciones determine

que es hora de saquear,

digamos, el Acuífero Guaraní?

¿Haremos una alianza cívico-militar

para integrar de una vez

por todas a los civiles y a los

militares en un proyecto político

de tipo nacional-popular de defensa

de nuestras riquezas? ¿O

seguiremos repitiendo el casete

de nuestra sobreideologización

“antimilico” que nos impusieron

las corporaciones en años

1970 y 1980 cuando utilizaron

a los militares como espada de

Damocles contra el pueblo? El

asunto está allí, en comprender

que las armas no tienen ideología

predeterminada y pueden

usarse para defender o para

matar el pueblo según la ideología

del que tenga la hegemonía

cultural en los cuarteles. Está en

comprender que en Venezuela

hacen una revolución a la que

no han podido ni podrán destruir

y la hacen, al igual que en

Cuba, con la alianza entre civiles

y militares donde estos últimos

apuntan sus armas contra el

enemigo de los pueblos y no

contra los pueblos.

Primero fueron por Venezuela

y fallaron. Luego fueron por

Bolivia y triunfaron. Cuando

vengan por nosotros, ¿seremos

Venezuela o Bolivia? En Venezuela

las reservas de petróleo

más grandes del mundo siguen

perteneciendo a los venezolanos

y así seguirá siendo; en Bolivia

acaban de arrebatar la llave

para enajenar todo el gas y todo

el litio, dejando al pueblo boliviano

en la más absoluta miseria.

Los golpistas van a reventar

con todo, que eso es lo que les

encargaron los que los financian

para hacer el golpe.

¿Venezuela o Bolivia? El que

fuere buen argentino que elija

lo que mejor le esté, porque una

tercera opción en estos menesteres

no la hay. Ellos van a

venir a los tiros y no nos vamos a

poder defender con diplomacia

y bellos discursos en la tribuna

de la ONU. Ellos van a venir a

los tiros, van a querer hacernos

firmar a punta de pistola la

renuncia a lo nuestro.

30 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


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31 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


ANÁLISIS

¿Por qué los chilenos

rompen todo?

ERICO

VALADARES

El título de este artículo es

una provocación, es una

forma brutal de reducir

los disturbios que hace ya

semanas vienen teniendo

lugar en Chile a un simple “los

chilenos rompen todo”. Pero

como la realidad es mucho más

compleja que eso y no es cuestión

de que rompan todo nada

más que por romper todo, ya

que los chilenos no son estúpidos,

la conclusión tiene que

venir por adelantado. Argumentaremos

aquí para concluir

finalmente que los chilenos

rompen todo simplemente

porque en Chile los pueblos no

tienen alternativa. Si no rompen

todo los van a seguir rompiendo

a ellos, cosa que al parecer viene

pasando hace por lo menos

unos 30 años. Al no tener una

opción política viable para la

representación de sus intereses,

a los chilenos no les queda otra

que eso mismo, romper todo.

Para un argentino es imposible

comprender lo que pasa en un

país tan parecido y a la vez tan

distinto al nuestro como es Chile,

un vecino con el que tenemos

a lo largo de más de 5.300 kilómetros

la tercera frontera más

extensa del mundo, sin buscar

lo que falta en Chile y sobra en

la Argentina. Solo en contraste

vamos a poder saber por qué los

chilenos sufrieron tres décadas

32 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


de ajuste brutal, se empobrecieron

y se endeudaron para

que los ricos sean cada vez más

ricos y solo después de treinta

años pusieron realmente el grito

en el cielo, saliendo a romper

todo y a batirse en escaramuzas

mortales con los carabineros,

la brutal policía militarizada

que Pinochet adiestró para usar

como instrumento y garantía de

un genocidio permanente.

Chile es un país que empezó

a existir como tal a partir de lo

que los jóvenes de hoy llamarían

un “spin-off” de Perú. Pedro de

Valdivia no fue uno de los “Trece

de la Fama” que en la Isla del

Gallo en Colombia decidieron

seguir adelante con Francisco

Pizarro hacia la conquista y derrota

del Incario, pero luchó más

tarde en el bando de Pizarro

contra Diego de Almagro antes

de abrirse de la conquista de

Perú y emprender negocito propio.

La conquista del territorio

de Chile a través del Atacama

fue esa empresa propia de Pedro

de Valdivia, la aventura que

al parecer nadie en su tiempo

estaba dispuesto a asumir.

Quizá por esa ruta primitiva y

quizá porque hacia el este hay

una cordillera como la de los

Andes que Chile sea hoy un país

cuya cultura es parecida a la de

Perú, al menos desde el punto

de vista de un argentino (que

puede tener distorsiones, como

todo). La pasividad de los peruanos

frente a los atropellos del

poder se va trasladando a Chile

en el imaginario de los que estamos

de este lado de la cordillera

y el argentino suele reputar al

chileno como más “quedado”

cuando el asunto es organizarse

políticamente, al igual que

el peruano. He ahí por qué nos

vemos tan distintos a pesar

de que estamos unidos por el

cordón umbilical de José de San

Martín en nuestra primera gesta

de liberación nacional.

Entonces desde acá muchos

opinamos que Chile es un “spinoff”

de Perú y que, por lo tanto,

el chileno tiene igual tendencia

a organizarse políticamente, a

saberlo, ninguna tendencia. El

chileno no va a ofenderse por

ello —esperamos—, puesto que

solo se trata de una percepción

subjetiva y no de una valoración

objetiva.

Lo que sí es objetivo porque

consta de la historia fácilmente

verificable es que Chile nunca

tuvo en su historia nada

parecido al peronismo que

en Argentina fue y es el movimiento

político para movilizar y

organizar a las masas populares.

Alguien podrá argumentar

que el homólogo de Perón en

Chile fue Salvador Allende y

que Allende sí pudo organizar

políticamente a los pueblos

mientras fue gobierno, pero esa

comparación no sería adecuada

porque no existe en Chile hoy un

“allendismo” que haya sobrevivido

al propio Allende al que los

chilenos puedan recurrir en su

tradición y mística para organizarse

allí. Esto es lo que pasa

en Argentina, donde después de

casi medio siglo de la desaparición

física del líder este sigue

presente simbólicamente en la

cohesión del grupo para los que

viven: el peronismo para nosotros

sigue siendo no solo una

opción real, sino la única.

Salvador Allende fue presidente

de Chile durante casi tres

años entre 1970 y 1973, cuando

fue derrocado y asesinado por

un golpe de Estado genocida

liderado por Augusto Pinochet.

Allende llegó a ser presidente a

los 62 años de edad después de

haber perdido tres elecciones,

un caso tal vez bastante similar

al de Lula da Silva en Brasil.

Durante su gobierno tomó decisiones

impactantes en defensa

de los intereses del pueblo-nación

chileno: estatizó los sectores

claves de la economía y

nacionalizó el cobre, la principal

riqueza del país; llevó a cabo

una profunda reforma agraria,

congeló los precios y aumentó

los salarios de los trabajadores.

Imagen de las manifestaciones populares en Chile, donde se lee esta bandera, que

reza: “Nos están matando”. Claro que la referencia es al proceder de los carabineros

adiestrados por Pinochet para ser genocidas, pero hay algo más. A los chilenos

los vienen matando hace décadas con la aplicación de políticas que se corresponden

con un proyecto de descarte de las mayorías populares, sin que el pueblo-nación

chileno haya podido hacer nada al respecto por carecer de la herramienta

necesaria para modificar la realidad.

33 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Es mucho y es suficiente para

ubicar a Allende en la galería de

los grandes patriotas latinoamericanos,

pero por alguna razón

no alcanzó para que Allende

sobreviviera al propio Allende

en un sentido político. Si bien

su imagen está estampada en

banderas allí donde el pueblo

chileno se está movilizando,

también es cierto que no hay

mayorías movilizadas dentro del

marco de un “allendismo” ni eso

existe —como se ve— en la forma

de aglutinador de dirigentes y

militantes de distintas tendencias

ideológicas para hacer una

unidad electoral que podría

ofrecerle al pueblo chileno una

opción al pinochetismo eterno.

¿Por qué? Porque Allende,

infelizmente, fracasó. Perdió y

la derrota, como solemos decir

siempre, tiene consecuencias

nefastas para el que pierde

cuando este no tiene otros poderes

para defenderse. Es muy

difícil decir esto, pero lo cierto

es que al ser derrotado por un

golpe artero y ser asesinado por

sus verdugos, la obra de Allende

quedó trunca y esos mismos verdugos

se encargaron de destruir

su imagen en un proceso similar

(pero exitoso) al que en Argentina

se dio en llamar la “desperonización”.

Al fracasar Salvador Allende

y al ser sucedido por una feroz

dictadura neoliberal al servicio

del imperialismo, los vencedores

triunfaron en su propósito de

borrarlo de la memoria colectiva

justo lo suficiente para que nadie

se organizara alrededor de

esa memoria. Ahí está la razón

por la que no pueden homologarse

el peronismo y el “allendismo”:

la desperonización

de la Argentina fracasó desde

1955 —año del golpe de Estado

autodenominado “Revolución

Libertadora”, que fue en rigor

una reacción fusiladora contra

los peronistas— en adelante.

Perón seguía vivo en el exilio y

su retorno siempre fue inminente

hasta que de hecho volvió,

Imagen histórica de un Salvador Allende acorralado en el Palacio de la Moneda

mientras se sucedían los bombardeos a esa casa de gobierno. En sus manos, el

fusil Kalashnikov que le había regalado Fidel y que los golpistas más tarde habrían

de utilizar para armar la farsa del suicidio y lucrar mucho simbólicamente con eso:

los líderes que se suicidan son más fáciles de borrar de la memoria y por eso en

Brasil tampoco existe un “varguismo” relevante al día de hoy. Para Pinochet era

fundamental instalar que Allende se había suicidado y encima con el fusil soviético

que le había obsequiado Fidel. Y así se instaló nomás, para asegurar el triunfo de la

fuerza brutal de la antipatria en el terreno de la cultura.

tuvo un breve tercer gobierno

y ya nadie pudo, quiso o supo

borrarlo de la memoria de los

pueblos.

Entonces Pinochet logró

aquello que todos los dictadores

desde Aramburu en

adelante habían querido hacer

y no pudieron. A la muerte de

Allende en Chile ya nadie pudo

hacer ninguna resistencia,

mientras que en la Argentina la

prohibición de siquiera nombrar

a Perón o hacer referencia a

cualquier cosa que tuviera que

ver con el peronismo fue brillantemente

sorteada por los peronistas

con ingenio: se hablaba

del “Pocho”, del “Macho” (y

de la “Hembra”, para referirse

a Evita), se hacían encuentros

clandestinos de la resistencia

peronista y así la llama del peronismo

quedó prendida en los

18 años de exilio del General.

Claro, el General estaba en el

exilio y naturalmente iba a volver

en algún momento. Lo mismo

no pasaba con Allende, porque

fue asesinado por la perfidia y

la fuerza brutal de la antipatria,

como solía decir la propia Evita.

Lo que los chilenos no tienen y

los argentinos sí es el peronismo

como opción siempre latente de

proyecto político en defensa de

los intereses de los pueblos. Y

la única vez que los argentinos

salimos a romper todo con una

magnitud similar a la que vemos

hoy en Chile fue en el 2001,

cuando el peronismo estaba

en quiebra y no aparecía en el

horizonte de quienes gritaban

“que se vayan todos”. En todas

las demás ocasiones de crisis,

incluida la actual, el argentino

optó por la alternativa electoral

y no por la lucha en las calles,

por el salir a romper todo,

porque sabía que en esa opción

estaba el peronismo y presentía

que valía la pena esperar por él.

34 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Allende (y los chilenos)

en su laberinto

No es ningún descubrimiento

original el decir que no existe el

peronismo en su versión local

chilena. En todo caso, habría

que mirar desde el punto de vista

del argentino para empezar a

comprender por qué aquí pudo

haber existido un movimiento

de masas como el peronismo,

mientras que en Chile eso no

ocurrió aun habiendo habido allí

un líder de la talla de Allende.

En primer lugar, está muy claro

que las circunstancias históricas

de Allende y Perón son

muy distintas, esto es, ocurren

en coyunturas a nivel regional

y mundial prácticamente

opuestas, sino directamente

opuestas. Perón llega justo al

final de la II Guerra Mundial y

al empezar la llamada “edad

de oro” del capitalismo, el

génesis del Estado de bienestar

keynesiano en Occidente. Por

su parte, Allende llega sobre el

final de esa etapa, en vísperas

de empezar la crisis del petróleo

que iba a determinar el fin de la

“edad de oro” y la destrucción

del Estado de bienestar en los

países occidentales. De hecho,

al desencadenarse todo eso en

el cierre de una etapa histórica,

nació el neoliberalismo y nació

aplicándose en la práctica

por primera vez justamente en

Chile al ascender Pinochet con

el golpe del 11 de septiembre

de 1973. Chile fue después de

ese golpe el tubo de ensayo de

las potencias occidentales para

probar las teorías neoliberales

y el resultado es, precisamente,

el Chile profundamente desigual

de hoy.

Como se ve, el golpe ocurrió

justamente para que Chile fuera

ese tubo de ensayo de la etapa

neoliberal que se iniciaba.

Entonces Perón tuvo el poder

Brillante caricatura de Carlos Latuff representando los últimos momentos de resistencia

del Hombre de la Paz y los suyos en el Palacio de la Moneda.

político en el Estado mientras

las potencias de Europa occidental

se estaban reconstruyendo

luego de la guerra y Allende,

por su parte, lo tuvo cuando

esas potencias ya estaban a

punto de abandonar el modelo

de país que había posibilitado

su reconstrucción. Para 1970,

el neoliberalismo ya despuntaba

como teoría alternativa y

la crisis del petróleo posterior

acentuó la voracidad del imperialismo

sobre las semicolonias

de todo el mundo, principalmente

sobre las de nuestra América

Latina. En una palabra, cuando

Allende quiso hacer algo parecido

a lo que había hecho Perón

entre 1946 y 1955, el tiempo

de hacer eso ya había pasado

y no había en el mundo lugar

para un Allende. La prueba de

ello es que el propio Perón fue

sustancialmente distinto en su

tercer gobierno (1973/1974)

a lo que había sido en los dos

primeros entre los años 1940 y

1950, porque el mundo estaba

distinto.

¿Qué es lo que quiso hacer

Allende y no pudo? Pues lo que

el propio Allende llamó el “socialismo

por la vía democrática”,

esto es, una mezcla de todo

un poco. Allende quiso hacer el

socialismo realmente existente,

pero sin la dictadura del prole-

35 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Reunión entre Pinochet y Kissinger, en el marco de la implementación del Plan

Condor y la imposición del saqueo neoliberal en América Latina.

tariado que se usaba entonces

para blindar esos regímenes de

los embates del imperialismo.

En el año 1971 Fidel Castro

estuvo de visita en Chile durante

25 días, lo que es un montón de

tiempo para una visita oficial de

un jefe de Estado a otro país.

Fidel recorrió todo Chile y tomó

nota de lo que vio allí, hizo un

análisis de la situación para

recomendarle a Allende que, digamos,

endureciera un poco su

régimen. Allende al parecer se

ofendió y contestó que su revolución

la iba llevar como mejor

le pareciera, aunque aceptó el

fusil soviético AK-47 que el cubano

le dejaba como regalo. Ese

fusil tenía que utilizarse —según

la percepción y el consejo de

Fidel— para fusilar a unos cuántos

potenciales traidores que

andaban dando vueltas. Esos

traidores en potencia finalmente

lo fueron de hecho y el fusil

obsequiado por Fidel se ve el

11 de septiembre de 1973 en el

Palacio de la Moneda, en manos

de un Allende ya acorralado y

defendiéndose de algo imposible

de defender. Allende no usó

a tiempo ese fusil para hacer lo

que Fidel le había recomendado

y tuvo que usarlo a destiempo

en una situación insalvable. Y

encima, para colmo de males,

el famoso AK-47 les sirvió a

los golpistas para instalar la

espantosa versión oficial de

que Allende se había suicidado

disparándose con ese mismo

fusil, constituyendo así un trofeo

de guerra o un regalo simbólico

sin precedentes al enemigo.

Es la cosa más fácil del mundo

concluir con el diario del lunes

que Allende debió hacerle caso

a Fidel Castro, fusilar a algunos

potenciales traidores, endurecer

su régimen y pactar con la

Unión Soviética para sostener

su socialismo en Chile de la

misma forma que los cubanos

sostenían el suyo en Cuba. Pero

no, Allende no quería eso, sino

un socialismo como el cubano

en lo económico y una especie

de socialdemocracia al estilo de

Europa occidental en las formas.

Tampoco quiso pactar con

la Unión Soviética para ponerse

en su órbita, como hicieron los

cubanos en 1961/1962. Y así

quedó expuesto a la vendetta

letal del imperialismo y de la

CIA. El resto es historia.

El laberinto de Allende quizá

haya sido no comprender o no

aceptar que la lucha de clases

en términos marxistas requiere

necesariamente la militarización

y el endurecimiento del régimen

hasta la dictadura del proletariado.

El desposeer a las clases

dominantes con reformas agrarias,

nacionalizaciones de los recursos

naturales y estatización

de las empresas/sectores clave

de la economía tiene que conducir

al conflicto armado con esas

clases, que no van a aceptar ser

desposeídas. Perón siempre lo

supo y por eso nunca estuvo ni

cerca de subirse al marxismo ni

de plantear la lucha de clases,

sino que optó por presentar un

proyecto propio. La Comunidad

Organizada peronista no prevé

la desposesión de nadie por la

fuerza, ordena las relaciones

entre el capital y el trabajo y fue

siempre profundamente democrática

en el sentido más utilizado

del término, que es el institucional.

Y así y todo Perón fue

víctima de un golpe de Estado

que lo destituyó en 1955, luego

de resistir a un intento de golpe

cuatro años antes. ¿Por qué

no se lo iban a hacer a Allende,

que abrazó el socialismo marxista

sin acudir a la protección

de la Unión Soviética y lo hizo

en plena etapa de ascenso del

neoliberalismo a nivel global?

Eso no podía prosperar y efectivamente

no prosperó, dejando

36 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


además el camino despejado

para que triunfaran culturalmente

Augusto Pinochet y sus

“Chicago boys”, los economistas

neoliberales formados en la

Universidad de Chicago cuyas

políticas forjaron desde 1973 en

adelante el Chile de la desigualdad

profunda y de la inmovilidad

social absoluta. Entonces

Allende murió, fue borrado de la

memoria de los pueblos como

símbolo de organización para la

lucha política y Chile siguió la

huella que le marcaban desde

el norte. En tales circunstancias

es absurdo pretender que exista

hoy algo como un “allendismo”

equivalente al peronismo y es

igualmente delirante exigir que

el actual Partido Socialista de

los Ricardo Lagos y las Michelle

Bachelet no sea un miserable

instrumento de alternancia para

la aplicación continuada de

las políticas de Pinochet. ¿Qué

otra cosa podría ser? ¿Qué se le

puede pedir a un Ricardo Lagos

que los medios de difusión

corporativos de América Latina

reputan como un gran referente

de la “socialdemocracia”? ¿Qué

más puede hacer una Michelle

Bachelet que escribir informes

denunciando la violación de los

derechos humanos en Venezuela,

pero callando cuando esas

violaciones ocurren en Chile, en

la puerta de su propia casa? La

verdad es que tanto Lagos como

Bachelet son absolutamente

coherentes con el escenario político

en el que se desarrollaron,

son el resultado más acabado

de la inexistencia de alternativa

real para el pueblo-nación chileno

frente a su propio laberinto.

La culpa la tiene Fidel es una

película realizada en 2006

como coproducción entre Francia

e Italia. El film es verdaderamente

delicioso y cuenta la

historia de una familia pequeñoburguesa

parisina que decide

abandonar todo para militar en

Francia la causa del socialismo

chileno durante el gobierno de

Allende. La vida de esa familia

se desorganiza totalmente en

su actividad militante y he ahí

que, como indica el título de la

obra, la culpa la tiene Fidel al

inspirar en todo el mundo a la

militancia socialista. No obstante,

la película que vemos en el

Chile del presente, en el que los

pueblos se ven obligados a salir

a romper todo al no tener en

la política una alternativa que

represente sus intereses, tendría

que tener otro título. Esa película

es un drama y debió titularse

La culpa la tiene Salvador, por

Allende, porque supo inspirar y

a la vez no supo, no quiso o no

pudo transformar esa potente

inspiración en trascendencia

para legar al pueblo chileno un

movimiento que lo sobreviviera

como individuo. Allende es

lógicamente inimputable por el

hecho, ya que no pudo prever

las consecuencias de su indecisión

ante los consejos que daba

Fidel. Allende hizo lo que le

pareció ser lo mejor para Chile y

por eso es uno de los más destacados

patriotas que ha dado la

Patria Grande latinoamericana

en todos los tiempos. Pero así

y todo… ¡qué bien les vendría

a los chilenos un peronismo

“allendista” en este preciso

momento, cabros!

37 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


SUPLEMENTO ESPECIAL

La guerra

del litio

ERICO

VALADARES

Pese a la aparente complejidad

del discurso y el

enmarañado de opiniones

e intereses que parecen

cruzarse, la lucha por el

poder en el Estado que llamamos

política es, en el fondo, tan

solo una cuestión de intereses

económicos. La política siempre

es un asunto de pesos y centavos

y la lucha por tener el poder

político siempre tiene por único

objetivo definir desde ese poder

en cada momento el destino de

los recursos existentes. Suena a

cinismo, por cierto. Y a lo mejor

lo es, aunque en la realidad

efectiva y despojándose de

todo lo accesorio el observador

siempre llega a la conclusión

de que la política es una mera

cuestión de quién va a tener la

manija para decidir el destino

de la riqueza.

La política, por lo tanto, es la

administración de la riqueza en

un determinado territorio. Así,

38 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


la política municipal será una

lucha por ver quién va administrar

los recursos económicos en

algo tan limitado como puede

ser un municipio, mientras que

en el otro extremo de la escala

la geopolítica será la lucha por

decidir quién administrará la

riqueza del mundo. No importa

dónde ni cuándo: desde que el

hombre se separó de los demás

animales, empezó a hacer

categorías para ordenar simbólicamente

su mundo y supo que

la categoría del poder es la del

que toma las decisiones económicas

—aunque quizá no lo haya

comprendido cabalmente en

ese momento—, en todas partes

lucharon unos hombres contra

los otros por el poder de dirimir

en su propio favor la cuestión de

pesos y centavos.

Es por eso que toda política es

económica y toda economía es

política, como solemos decir los

que nos oponemos a la movida

liberal de “despolitizar” las ciencias

económicas convirtiéndolas

en una suerte de “ciencia dura”

más parecida a la física que a

la sociología, por ejemplo. Los

golpistas de 1976 en Argentina

39 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Retrato de un jóven Federico Ratzel, el geógrafo que elaboró la teoría del “espacio

vital”. Más allá de la posterior utilización de dicha teoría por parte de Adolf Hitler

—por la que no se puede imputar a Ratzel, puesto que falleció en 1904—, hoy más

nunca se siguen corroborando sus postulados y lo determinante en la existencia

de un determinado Estado nación es el acceso a la suficiente extensión territorial

y consiguiente cantidad de recursos naturales. Es fácil concluir lo obvio: un país se

expande sobre otros y subsiste, o no lo hace y desaparece del mapa al ser objeto

de la expansión de terceros. Esta lógica irrefutable hoy es la lógica de las corporaciones,

que avanzan sobre el territorio y los recursos de los pueblos-nación para

asegurar su propia existencia como tales.

sabían muy bien que eso era así

y atentos a su necesidad de imponer

una política económica de

saqueo de los pueblos no tardaron

en cambiar la titulación en

la Universidad de Buenos Aires

de “Economía política” a “Economía”

a secas, en un intento de

separar lo inseparable para que

las decisiones sobre la distribución

de la riqueza en nuestro

país aparecieran como cosa bajada

del cielo, como algo cuasi

“natural” y no políticamente

discutible. Así es como para los

neoliberales de los años 1970,

1980 y 1990 los economistas

eran unos “técnicos sin ideología”

que aplicaban fríamente los

postulados de su ciencia como

lo haría un médico legista frente

a un cadáver o quizá un químico

en su laboratorio.

Eso fue necesario, como se ve,

para que pasaran las políticas

económicas neoliberales sin

que la población sospechara

que lo que se estaba implementando

era una ideología política.

Los máximos exponentes de esa

nefasta concepción en Argentina

fueron José Alfredo Martínez

de Hoz en una punta y Domingo

Cavallo en la otra. El primero fue

el “oráculo” de los años 1970

y el segundo lo fue en los 1990

y hasta entrados los 2000. La

cosa se instaló con tanta fuerza

en el sentido común que mientras

Cavallo hacía desastres

como ministro y superministro,

los de a pie repetíamos que

“Cavallo sabe mucho de economía,

hay que hacerle caso a su

técnica”. Lo que no veíamos es

que no había tal técnica y que

tanto Cavallo como Martínez

de Hoz no hacían otra cosa que

decidir el destino de la riqueza

nacional basados en una ideología

que es la ideología neoliberal,

mediante la que los ricos

se quedan con la porción más

grande de la torta y son cada

vez más ricos, mientras que los

pobres somos despojados y somos

en consecuencia cada vez

más pobres. Y eso es política,

la riqueza y también la pobreza

son decisiones políticas.

Gracias a esa operación de

sentido, los argentinos en particular

y los latinoamericanos en

general solemos pensar en prácticamente

cualquier cosa menos

en el dinero cuando pensamos

en política. Ese es un problema

que tenemos, una zoncera,

como diría Arturo Jauretche.

Vemos la política como una

guerra simbólica o una lucha

de opiniones, pero no vemos

el reverso de la trama: cuando

estamos ocupados con lo que

no es, lo que realmente es pasa

inadvertido.

40 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Eso es precisamente lo que

está pasando actualmente alrededor

del asunto del golpe de

Estado en Bolivia. Dirigentes políticos

y comunicadores cargan

en sus discursos sobre los aspectos

más bien simbólicos del

hecho y nadie parecería estar

dispuesto a decir qué es lo que

realmente está en juego y por

qué. Entonces el golpe de Estado

en Bolivia sería una vendetta

de los criollos (que se creen

blancos) contra los indígenas,

sería una lucha entre los que le

rezan a la Virgen María y los que

le rinden culto a la Pachamama

o sería una contradicción entre

los de la “derecha derechita”

y los de la “izquierda zurdita”.

También podría ser una cuestión

de rivalidad entre los de la

región oriental del país y los del

Altiplano, porque en todos lados

se cuecen habas y ellos también

tienen sus porteños y sus cordobeses,

sus capitalinos y sus

provincianos, todo en versión

boliviana, por supuesto.

Así es cómo el relato dominante

sobre lo que pasa actualmente

en Bolivia se nos aparece

como un relato sobre la moral

religiosa o racial de los individuos

y grupos en pugna. Hicieron

un golpe de Estado brutal,

exiliaron a un presidente legítimo

y ya empezaron a tirar tiros

contra la población insurrecta.

Todo eso hicieron y hacen tan

solo para definir si en Bolivia es

mejor la Pachamama o la Virgen

María, si son superiores los

coyas del Altiplano o los criollos

que se hacen llamar “blancos”

de Santa Cruz de la Sierra, si es

mejor la “derecha” o la “izquierda”.

Esto tendría que hacernos

mucho ruido y, sin embargo,

seguimos consumiendo el relato

fantástico de la moral que todo

lo explica como si de una novela

se tratara. No nos hace ruido

que estén metidos todos, desde

la CIA, la OEA y el Departamento

de Estado de EE.UU. hasta el

oscuro poder fáctico del mundo

solo para dirimir esas cuestiones

superestructurales. ¿Cómo

puede ser eso?

Puede ser porque no existe

el interés de las partes involucradas

en el conflicto o no ha

llegado todavía el momento de

ir a los bifes y decir claramente

cuál es el verdadero objeto de la

disputa. De parte de los golpistas,

por razones obvias: no pueden

decir que vienen a saquear

los recursos naturales de Bolivia

y por eso venden humo en

cantidades ingentes hablando

de religión y raza en exceso; de

parte del MAS y de Evo Morales,

porque existe la conciencia de

la necesidad de convocar otra

vez a los sectores de la sociedad

boliviana sobre los que originalmente

se construyó poder. Evo

ganó en el 2005 y fue reelecto

varias veces con el apoyo de los

campesinos y de los indígenas

de la zona andina en general y,

por lo tanto, hacer de ese conflicto

un conflicto racial y religioso

podría servir al propósito

de reagrupar esos sectores para

formar una nueva mayoría.

Todo eso es ponderable y en

la política esas son cuestiones

de estrategia discursiva para la

lucha, sin dudas, aunque desde

el punto de vista del que quiere

comprender qué pasa —que es

el atento lector y somos nosotros—

nada de eso hace avanzar

la cuestión. Para cualquier

individuo con un mínimo sentido

crítico tiene que hacer mucho

ruido la ejecución de semejante

golpe tan solo para dirimir unas

cuestiones que, bien miradas,

tienen escasa importancia

incluso para los propios bolivianos.

¿A quién podría importarle

si los campesinos son indígenas

José Alfredo Martínez de Hoz, el ariete de los golpistas de 1976 en la implementación

de un proyecto político de saqueo de los pueblos y de separación ideológica,

imposible a todas luces, entre política y economía.

41 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


y adoran la Pachamama mientras

los criollos se autoperciben

blancos y empuñan el crucifijo?

Alguien podría aducir que

cruzadas se hicieron en nombre

de la religión y guerras santas

siempre las hubo, por lo que

sí es posible que en Bolivia las

cuestiones de moral religiosa o

racial sean lo suficientemente

relevantes como para que por

ellas se haga la guerra. Pero ahí

hay un error: las cruzadas y las

guerras santas, todo lo que se

hizo y se hace “en nombre de

Dios” tiene un trasfondo económico

que esas cuestiones

justamente quieren ocultar.

Claro que las cruzadas se valían

del fanatismo religioso de los

cristianos dispuestos a matar y

a morir en el Medio Oriente por

su fe: había que recuperar la Tierra

Santa que estaba ocupada

por el invasor musulmán y todo

lo que ya se sabe. No obstante,

desde el punto de vista los dirigentes

políticos que llevaron a

cabo esas cruzadas la cuestión

era asegurar el flujo comercial

con Oriente en una época en

la que navegar por el Cabo de

la Buena Esperanza no era ni

remotamente una posibilidad.

Otro tanto puede decirse de

Israel funcionando estratégicamente

en la geopolítica con su

ocupación actual de Palestina

mientras los israelíes hablan

subrepticiamente de judaísmo

en oposición a todos los demás.

Humo para disimular la cuestión

real que subyace todas las

luchas habidas y por haber: la

cuestión de la riqueza, o bien de

cómo se va a distribuir y de quiénes

se van a beneficiar de ella.

¿Por qué los bolivianos

se pelean?

Para el que conozca aunque superficialmente

el inventario de

la riqueza existente en el territorio

boliviano no habrá dudas de

que Bolivia es uno de los países

más ricos del mundo. Solo con

las reservas de gas natural y la

capacidad de producir alimentos

alcanzaría para que Bolivia

tenga ese estatus. Pero hay

mucho más.

Las versiones son encontradas,

pero al parecer Bolivia

tiene entre el 40% y el 70% de

las reservas mundiales de litio,

lo que en sí ya es superlativo.

El litio es el elemento esencial

para la fabricación de baterías y

las baterías son básicamente el

futuro: toda la nueva tecnología,

desde celulares hasta computadoras

portátiles, funciona con

baterías de litio. No hay posibilidad

de que la industria de esos

artefactos pueda prescindir del

litio si quiere seguir fabricando

lo que fabrica y el litio no

abunda en todo en el planeta,

existiendo en Bolivia, en Argentina,

en Chile, en Australia y en

escasa cantidad en alguno que

otro lugar. Por lo tanto, es lógico

que corporaciones como LG,

Samsung, Sony, Huawei y otras

estén muy interesadas, digamos,

en controlar la explotación

del litio que tanto necesitan.

Aquí ya tenemos el famoso “cui

bono” para empezar a señalar

quiénes pueden estar detrás de

la pantomima de golpe militar

pasivo que armaron en Bolivia

para derrocar a Evo Morales y

reemplazarlo por algún títere

Álvaro García Linera y Evo Morales, legalmente vicepresidente y presidente de Bolivia ya que sus renuncias nunca fueron aceptadas

por el Parlamento, junto al general Williams Kaliman, que luego sería golpista, cual Pinochet para Allende.

42 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


más o menos adiestrado.

Cuando Evo Morales llegó a

ser presidente, el gas natural

de los bolivianos no era de los

bolivianos. La explotación del

gas estaba en manos de empresas

privadas extranjeras, las

llamadas corporaciones. Estas

corporaciones explotaban el gas

natural y lo negociaban a sus

anchas, quedándose con entre

el 80% y el 85% de las utilidades

del negocio. Lógicamente, a

Bolivia solo le tocaba el 15% y el

20% de ese dinero y los bolivianos

eran pobres sentados sobre

un tesoro. Evo Morales advirtió

que iba a ser imposible hacer

justicia social con esas migajas

y pronto se las arregló para

invertir la ecuación: de allí en

más el gas natural sería renacionalizado

y las corporaciones

interesadas en su explotación

debían seguir haciendo todas

las inversiones del caso, todo

igual que antes, con la diferencia

fundamental de que el 80%

de las utilidades del negocio

quedaba ahora reservado al

Estado y las corporaciones se

llevarían el restante 20%.

Esos fueron tiempos difíciles

en los que desde los medios los

operadores de siempre anunciaban

el propio apocalipsis con la

amenaza de que así nadie iba

a venir a invertir en Bolivia, de

que se iban a perder puestos de

trabajo y de que no iba a haber

nadie interesado en extraer el

gas de las entrañas de la tierra.

Nada de eso ocurrió y las corporaciones

siguieron invirtiendo y

aún más que antes. ¿Por qué?

Porque aun el 20% de las utilidades

hacían del negocio un

negocio con excelente rentabilidad

para cualquier empresa

más interesada en trabajar que

en robar.

Así fue y así pasó. Más tarde

se descubrieron las reservas de

litio y Evo Morales, ni lerdo ni

El general Williams Kaliman, saludando al títere golpista Jeanine Áñez: instrumentos

vulgares y viles del poderoso.

perezoso, aplicó el mismo criterio

que había utilizado con el

gas natural, reservando el 80%

de las utilidades para el Estado

boliviano. Y otra vez empezaron

con lo suyo los profetas del

odio, a anunciar con bombos y

platillos que eso iba a espantar

a los inversores, que se iban

a perder puestos de trabajo y

toda la cantinela de siempre.

Claro que nada de eso tampoco

ocurrió y allí iba Bolivia a explotar

normalmente su litio —con

un proyecto que además era

sustentable—, reservándose la

parte de la torta necesaria para

hacer la justicia social y seguir

con las transformaciones sociales.

Pero algo pasó.

El 4 de noviembre último,

seis días antes del golpe de

Estado en su contra, Evo Morales

canceló el contrato que se

había celebrado entre la estatal

Yacimientos de Litio Bolivianos

(YCB) y la corporación minera

alemana ACISA. Al parecer,

ACISA había declarado que su

proyecto era instalar una fábrica

de automóviles eléctricos en

Alemania, para lo que necesitaba

el acceso al litio boliviano. El

problema es que Evo tenía otros

planes y estos tenían más que

ver con la instalación de dicha

fábrica no en Alemania, sino

precisamente en Bolivia.

El deterioro de los términos de

intercambio es la maldición de

América Latina, solía decir Fidel.

Ese deterioro es el hecho de

que las materias primas tienden

a abaratarse mientras que

las manufacturas, por el contrario,

tienden a encarecerse.

Lo que vio Evo en esa relación

de intercambio es que no era

conveniente seguir exportando

materia prima en bruto y que

era necesario agregar valor a

la materia prima mediante la

industrialización. He ahí que en

Bolivia ya existe un prototipo de

automóvil eléctrico con baterías

de litio, allí donde no había

nada más que litio en bruto.

¿Qué es esto? Pues el intento

de Evo Morales de “sacar los

pies del plato” respecto a la

relación histórica de nosotros,

los americanos, con las corpora-

43 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Sacrilegios y penitencias

El Mariscal Francisco Solano López fue golpeado y asesinado por el imperialismo

a través de los cipayos de Brasil, Argentina y Uruguay. Toda la historia de nuestra

América morena hasta los días de hoy, sin exagerar, se resume en la historia de

cómo Solano López quiso industrializar el Paraguay para sacarlo del juego perverso

del deterioro de las relaciones de intercambio y por eso le hicieron la guerra. Lo

mismo que en Bolivia y lo mismo que en todos los demás países de la región.

ciones de los países centrales,

una relación en la que nosotros

somos proveedores de materia

prima barata y ellos proveedores

de manufacturas caras. Evo

quiso cortar con eso, le dijo que

no a una corporación alemana y

mandó a avisar que las fábricas

de baterías y de autos eléctricos

no las iba instalar en Berlín, sino

en Cochabamba.

Piense el atento lector en la

magnitud de esa decisión. Piénselo

pensando, por ejemplo, en

el Mariscal Solano López y en

la Guerra de la Triple Alianza. El

que conozca esa historia más

allá del relato mitrista dominante

sabrá perfectamente que

a Solano López le hicieron una

guerra de cinco años de duración

y que liquidaron el 90%

de la población masculina de

Paraguay porque Solano López

tuvo el desparpajo de querer

industrializar su propio país.

Piense ahora en Perón y en sus

planes quinquenales de industrialización

que fueron hechos

trizas por el golpe sangriento

de 1955. Piense, atento lector,

en todos los proyectos políticos

de América Latina que quisieron

divorciarse de la relación

desfavorable de los términos de

intercambio y fueron golpeados

brutalmente. Piense, haga el

debido recuento y verá que a

todos ellos se les hizo la guerra

y se los destruyó. No hay casualidades

en la historia y, si no las

hay, ¿quién pudo haber sido el

criminal y por qué siempre se le

hace la guerra o el golpe de Estado,

el crimen, a los que quieren

cortar con la subordinación

de los términos desfavorables

de intercambio?

Quizá hubiera sido aceptable

para el imperialismo que Bolivia

se pusiera a transformar una

pequeña parte de su litio en

baterías y hasta ahí nomás. En

Bolivia se fabrican hoy unas mil

de esas baterías por día, una

nimiedad, por cierto. Quizá eso

hubiera sido aceptable y hasta

un poco más que eso también,

tal vez un cierto grado de industrialización

para transformar

el litio en baterías, siempre y

cuando esa transformación no

moviera el amperímetro en el

mercado mundial de baterías.

Es probable que eso sea así

porque en Bolivia ya se venía

fabricando dicha cantidad de

baterías de litio y nada pasaba

realmente.

Hay límites en las actuales reglas

del juego que jamás deben

ser violados. Uno de esos límites

sagrados es el mercado mundial

de automóviles: los que ya están

se reparten entre sí las cuotas

de mercado y luchan a brazo

partido contra todos los que no

están y quieren estar. Normalmente

esta última lucha se salda

en favor de los que ya están y

se castiga duramente a los que

se atreven a querer estar.

El mercado de automóviles en

el mundo funciona de un modo

tal que todas las corporaciones

fabricantes involucradas venden

la totalidad de su producción

sin mayores problemas. ¿No

se habrá preguntado jamás el

atento lector por qué los coches

cero kilómetro de una misma

gama siempre cuestan básicamente

lo mismo, moneditas más

o menos, sin importar sin son de

FIAT, de Renault, de Volkswagen,

de Ford o de cualquier otras de

esas corporaciones fabricantes?

Pues pregúntese.

Eso es así porque cada fabricante

ya tiene su cuota de

44 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


mercado asignada y los fabricantes

respetan mucho eso para

evitar la guerra entre los ricos,

cosa que raramente ocurre. Y al

estar ya asignadas de antemano

las cuotas, un problema enorme

sería si alguien más quisiera

entrar a competir en ese mercado

regulado por la “mano invisible”,

pero de hierro. Si un nuevo

fabricante lograra ingresar,

aunque más no sea para vender

en su propio país y sin intentar

exportar su producción, eso ya

causaría un desequilibrio simplemente

porque las cuotas de

mercado en ese país se verían

afectadas. Entonces el mercado

de automóviles es una de esas

fronteras que nadie debe jamás

cruzar.

La penúltima vez que alguien

cruzó esa frontera y salió indemne

del tránsito —la última fue en

el caso de China, que no sirve

de ejemplo porque China tiene

la suficiente fuerza para jugar

un juego propio y prácticamente

sin represalias— fue cuando las

corporaciones de Corea del Sur

desarrollaron sus motores con

tecnología el 100% nacional y

empezaron a fabricar coches el

100% surcoreanos. Pero eso se

debió en gran parte a lo que hoy

puede considerarse un error estratégico

de los Estados Unidos

en la aplicación de su política

exterior. Al hacerse el armisticio

en la Guerra de Corea y al

quedar la península coreana al

fin dividida en dos, los Estados

Unidos se apresuraron el volcar

grandes cantidades de dinero

en Corea del Sur con el objetivo

de hacer de ese país una suerte

de paraíso del capitalismo. ¿Por

qué? Por razones de propaganda

del sistema: el contraste entre

la riqueza del capitalismo en

Corea del Sur debía ser enorme

frente a la pobreza del socialismo

en Corea del Norte y para

eso los yanquis la pusieron toda

en Seúl, creyendo que así perjudicaban

a los de Pyongyang.

El caso es que tanto en el norte

como en el sur de la península

lo único que hay son coreanos

y estos son ultranacionalistas en

materia de priorizar lo suyo. Muy

bien por los generales surcoreanos

que tomaron el dinero de

los yanquis y lo pusieron entero

básicamente en la industria y en

la educación, donde el fomento

a la segunda apuntaba a formar

los técnicos necesarios para

desarrollar bien la primera. Así

fue cómo surgieron las grandes

corporaciones de electrónicos

como LG y Samsung, pero también

las gigantes de los motores,

que son Hyundai, Kia Motors,

Daewoo y SsangYong, entre

otras. Corea del Sur entraba de

prepo y bajo la protección ideológica

de los Estados Unidos a

disputarles mercado a empresas

como Ford, FIAT, Renault,

Peugeot/Citroën, Volkswagen,

Chevrolet y Toyota, hasta entonces

dueñas y señoras absolutas

del mercado habiendo apenas

La fábrica de Hyundai en Corea del Sur es la más grande del planeta, funciona las 24 del día y emplea a unos 34.000 obreros.

El camino desarrollista de Corea del Sur es el “mal ejemplo” que prosperó —no pudo ser asfixiada mientras estuvo incipiente— y

es lo que el imperialismo quiere evitar que tenga lugar en países como Bolivia y Argentina, por ejemplo.

45 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


tenido algún problemita con los

fabricantes soviéticos que nunca

realmente lograron exportar

demasiado.

He ahí que los motores surcoreanos

ya se abrieron paso,

tienen una cuota de mercado

que antes se repartían las dueñas

del juego y ahora es tarde

para que los Estados Unidos

les digan que vayan para atrás.

El capital del capitalismo surcoreano

es de tipo nacional y

no acepta injerencias externas.

Sí, se lo deben a los yanquis y

no lo niegan, pero su desarrollo

industrial es propio y lo van a

defender hasta la muerte. Como

tiene que ser.

Por eso resulta que, de un

modo incipiente, Bolivia quiso

hacer la gran Corea del Sur y

quiso abrirse paso en el selecto

club de fabricantes de los

motores del futuro —que serán

eléctricos y no a combustión

interna, como ahora—, pero sin

la protección ideológica y sin

la financiación de una potencia

mundial. Bolivia cruzó la frontera

que no debe cruzarse jamás

sin atenerse a las consecuencias

cuando Evo Morales canceló

el contrato con la alemana

ACISA y les dijo a esos alemanes

que la fábrica había que ponerla

en Bolivia y no en Alemania. No

es muy difícil ver en la historia

como las corporaciones boicotearon

hasta reducir a cenizas

los proyectos de motores nacionales

de Argentina con el Siam

Di Tella y de Brasil con el Gurgel,

el proyecto soñado de la burguesía

paulista que nunca pudo ser.

En Bolivia hay un Di Tella, un

Gurgel que vio la posibilidad

de aprovechar las reservas de

litio propias para hacer allí

una Hyundai de cero. Pero ese

empresario no está en Corea del

Sur: está en Bolivia y el proyecto

político que le servía de paraguas

acaba de ser derrocado

por un golpe de Estado. Ese

boliviano emprendedor quizá

no lo sepa aun del todo, pero su

proyecto y su sueño de ser un

capitalista nacional y un fabricante

de motores ha terminado

el domingo 10 de noviembre a

eso de las cuatro de la tarde,

cuando luego de ser extorsionado

por el jefe golpista del Ejército

Evo Morales firmó su renuncia

a punta de pistola. Ahora los

golpistas vendrán por él y por

su fábrica, van a desguazar a

ambos porque ese es el mandato

de los que han financiado el

golpe.

No, el golpe de Estado en

Bolivia no se llevó a cabo con la

finalidad de desalojar la Pachamama

y reinstalar a Cristo en

el Palacio Quemado de La Paz,

no fue para que los criollos con

delirios de blanco impongan su

superioridad moral sobre los

campesinos indígenas y no fue,

en fin, porque la idea se le haya

ocurrido a ningún boliviano.

El golpe de Estado en Bolivia

es la guerra del litio y no es un

asunto de los bolivianos: es un

asunto de las corporaciones que

quieren saquear las riquezas

de Bolivia y, en todo caso, los

bolivianos que participaron y

participan del golpe —con o sin

uniforme militar— lo hacen en

mera calidad de títeres. Los van

a usar mientras sirvan y luego

los van a descartar, exactamente

como vienen haciendo

con nuestros países de América

Latina hace ya unos cinco siglos.

Cinco siglos igual.

46 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


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47 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


OPINIÓN

A veces parece derrota,

pero es solo estrategia

ERICO

VALADARES

A

las seis de la tarde del

último domingo 27 de

octubre, Radio Mitre ponía

al aire su informativo

de cada media hora. Con

voz solemne y tremendista a la

vez, Héctor Tricinello y Marcelo

Elorza —la dupla histórica de

operadores mediáticos radiales

del Grupo Clarín— anunciaban

que Alberto Fernández era el

nuevo presidente de la Argentina

y que había ganado por una

diferencia superior a la obtenida

sobre Mauricio Macri en las primarias

del 11 de agosto. Elorza

y Tricinello también anunciaban

sobre el cierre de los centros de

votación que Axel Kicillof superaba

a María Eugenia Vidal y

era el nuevo gobernador electo

de la provincia de Buenos Aires.

Todo eso, como se ve, a las seis

de la tarde en punto, mientras

en muchos colegios había gente

aún votando y faltaba muchísimo

hasta que empezaran a

aparecer los primeros resultados

oficiales.

Esos resultados saldrían horas

después y no confirmarían del

todo la “noticia” dada por Radio

Mitre a las seis de la tarde. Es

cierto que Axel Kicillof resultó

electo gobernador de la provincia

más importante del país y

que Alberto Fernández terminó

imponiéndose sobre Mauricio

Macri, pero no por una diferencia

superior a la verificada en las

PASO ni mucho menos. En realidad,

contados casi todos los

porotos (con el 97,13% de las

mesas escrutadas a nivel nacional

al momento de escribir estas

líneas), el Frente de Todos con

Alberto Fernández ganaba las

elecciones presidenciales por

48 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


el 48,1%, contra el 40,3% de

Mauricio Macri en Juntos por el

Cambio. Una diferencia de casi

8 puntos, muy inferior a la que

el Frente de Todos había logrado

para arrasar en las PASO.

Claro que Tricinello, Elorza,

Radio Mitre y tampoco el Grupo

Clarín recibirán ningún castigo

por la mentira irresponsable de

anunciar resultados que nadie

conocía en ese momento y que

además no eran ciertos. No

se trata de eso, puesto que en

la Argentina cualquiera dice

cualquier cosa y existe total

impunidad para hacerlo. Pero

subsiste la pregunta, la que no

quiere callar: si Radio Mitre es

un medio que opera sus intereses

incluso cuando “informa”

el estado del clima y del tránsito,

lo hace hasta en las notas

deportivas, ¿por qué habría de

anunciar un resultado irreal y

encima favorable a una fuerza

política que es enemiga de sus

intereses? ¿Qué ganaba Radio

Mitre al “informar” que Fernández

había obtenido sobre Macri

una ventaja superior a la que

realmente obtuvo?

Arturo Jauretche solía decir

que si al despertarse por la

mañana tenía dudas respecto a

cómo opinar sobre cierto asunto,

abría el Diario La Nación, se

fijaba en cómo opinaban sus columnistas

y se paraba del lado

diametralmente opuesto a esa

opinión. Para Jauretche y para

cualquier argentino informado,

es una obviedad ululante la de

que el Diario La Nación opera

mediáticamente los intereses de

la oligarquía terrateniente y que

nunca imprime una sola letra

que no les sea conveniente a

esos intereses. Lo mismo ocurre

en los días de hoy con los medios

del Grupo Clarín, entre los

que está Radio Mitre como una

de las naves insignia. Entonces

el enigma sigue y hasta aquí no

sabemos por qué Radio Mitre

mintió respecto al resultado de

las elecciones dando por ganador

al candidato opositor con

más votos de los que realmente

tuvo, pero de algo nadie puede

dudar: si en Radio Mitre dijeron

eso es porque eso les interesaba

al Grupo Clarín y a las clases sociales

cuyos intereses el Grupo

Clarín opera. En una palabra, si

dijeron que Alberto ganaba “por

muerte”, es porque el enemigo

de los pueblos quería que eso

fuera cierto.

Pero no fue cierto y la diferencia

quedó nomás en 8 puntos,

con casi 9 de cada 10 votos

yendo a las fórmulas de Juntos

por el Cambio o del Frente de

Todos. Hay fuertes sospechas

sobre el resultado —que es bastante

extraño y contradice una

tendencia que era clara—, aunque

no parecería haber nadie

importante de una parte o de

otra cuestionando los números.

La cosa parece encaminarse a

quedar en el 48/40 anunciado,

salvo que en el escrutinio definitivo

aparezca otra cosa. No obstante,

más allá de lo que pueda

especularse sobre eso, lo cierto

es que el deseo no realizado de

los operadores del Grupo Clarín

era de que Fernández arrollara

a Macri por más de 15 puntos

de ventaja y es necesario comprender

por qué, puesto que el

candidato de Clarín en estas

elecciones no era precisamente

Fernández, sino Macri.

Para empezar a desentrañar

esto que parecería ser un

enigma, puede ser de utilidad

hacer un ejercicio de abstracción

y pensar qué pudo haber

pasado el lunes posterior a las

elecciones si los resultados

hubieran arrojado, por ejemplo,

un triunfo del Frente de

Todos por unos 15 ó 20 puntos

de ventaja sobre Juntos por el

Cambio. Si proyectamos sobre

ese lunes el escenario del lunes

12 de agosto, que fue el día

posterior a las PASO, podemos

fácilmente imaginar a un Macri

fuera de control, “detonando” la

economía del país en cuestión

Marcelo Elorza y Héctor Tricinello: dos caras pocos conocidas, pero voces que han

adiestrado y siguen adiestrando a cientos de miles de oyentes todos los días en

Radio Mitre en la sobreideologización del odio y el resentimiento social.

49 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


de horas para castigar al pueblo

que no lo votó y para dejarle tierra

arrasada a su sucesor. Y en

esa destrucción no es difícil ver

el caos prendiendo en las calles

y la situación absolutamente

fuera de control. Es muy probable

que, de haber perdido por

mucho, Macri habría hecho eso.

¿Por qué? Porque Macri es un

pirómano y lo que normalmente

mueve al pirómano a patear el

tablero e incendiarlo todo es la

derrota que lo excluye del juego.

Por el contrario, lo que disuade

al pirómano de serlo es el triunfo

o, por lo menos, la derrota

que lo mantiene en el juego y

le permite proyectar/soñar con

futuros triunfos. Si Macri perdía

por gran diferencia en las elecciones

generales y se retiraba

humillado de ellas, lo que iba a

quedar en evidencia es que su

capital político se había esfumado

y eso necesariamente iba

a resultar en su desplazamiento

del lugar de jefe del Partido

Gorila, que hará la oposición

a nivel nacional a partir de la

asunción de Alberto Fernández

como presidente de la Nación,

presumiblemente el próximo 10

de diciembre.

Nuestro sistema político y el

de muchos otros países tiene la

particularidad de que entre las

elecciones y el cambio formal de

mando suele mediar un tiempo

razonable, no asume el gobierno

inmediatamente el que gana

las elecciones. En nuestro caso

actual, hay un periodo de 44

días entre el 27 de octubre de

las elecciones y el 10 de diciembre

de la asunción del gobierno

electo. Por eso, de no renunciar,

morir o quedar inhabilitado en

el interín, Macri va a tener la

llamada botonera durante esos

44 días. Macri va a seguir gobernando

la Argentina durante un

mes y medio a pesar de haber

perdido las elecciones y eso

es legal. Por lo tanto, al menos

técnicamente, todas las decisiones

que tome Macri en esos 44

días van a ser legítimas, o por lo

menos legales.

Macri tiene la responsabilidad

de gobernar hasta el mediodía

del 10 de diciembre y puede

hacerlo de dos maneras: bien o

María Eugenia Vidal y sus secuaces, derrotados en la provincia de Buenos Aires —ahora sí— por una paliza de alrededor de 14

puntos. Axel Kicillof no tuvo miramientos en barrer al Partido Gorila y hacerse con la gobernación de la provincia.

50 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


mal. Si lo hace bien y no descontrola

la economía más de

lo que ya está descontrolada,

Alberto Fernández asumirá el

gobierno de un país en pésimo

estado, pero recuperable; si lo

hace mal, puede que no lleguemos

al 10 de diciembre, que no

haya transición ordenada y que

cunda el caos. Ahora bien, esta

última alternativa no es compatible

con alguien que quiere

seguir teniendo aspiraciones

políticas y mucho menos con el

que pretende seguir siendo jefe

de un espacio relevante como es

y siempre fue el Partido Gorila,

tenga la denominación formal

que tenga. Si la “detona” toda y

se va de Casa Rosada como se

fue Fernando de la Rúa en diciembre

del 2001, Macri será lo

que suele llamarse un “cadáver

político”. Al igual que De la Rúa,

por supuesto.

Entonces es fácil concluir que

el Grupo Clarín, al anunciar

que Alberto Fernández había

triunfado por una diferencia

suficiente para descontrolar

Macri e inspirarlo a la destrucción,

quería que se instale el

caos en la Argentina, quería

que Macri fuera borrado del

escenario político o bien quería

ambas cosas. No hay otra forma

de interpretar eso, puesto que

detrás de cada “noticia” en los

medios del Grupo Clarín está la

operación de los intereses del

poder real. Si Clarín anunció un

resultado que “mataba” a Macri

y lo impulsaba a destruir el país,

es porque Clarín quería a Macri

políticamente muerto y al país

destruido.

Lo que quiere cada uno

En un mundo ideal, donde cada

cosa se corresponde con la

idea que se hace de esa cosa,

el deseo de la oposición política

siempre es el de destruir lo

Fernando de la Rúa no supo, no pudo o no quiso transitar la tormenta, ordenó la represión

e instaló el caos social antes de renunciar y por eso fue un cadáver político

durante todo el resto de su vida.

antes posible al enemigo. Por

lógica, en ese mundo ideal un

opositor aprovecharía la primera

oportunidad para realizar ese

deseo. Pero la realidad fáctica

—la realidad efectiva— está muy

lejos de ese mundo ideal y existe

de hecho una serie inmensa

de otras relaciones en el tablero

que muchas veces no vemos o

no tenemos en cuenta. Una de

ellas es el ver quién se beneficia

directa o indirectamente de

cada hecho.

Por descarte y siguiendo el

método que Jauretche aplicaba

con el Diario La Nación de su

época, no resulta difícil concluir

que si el Grupo Clarín quiere

un Macri derrotado por paliza,

muerto políticamente y destrozando

el país a primera hora del

día posterior a las elecciones,

entonces los enemigos del Grupo

Clarín no pueden querer lo

mismo. Es ciertamente muy raro

decirlo, es extraño concluir que

al Frente de Todos y al peronismo

en general les interesa que

un auténtico gorila como Macri

pierda por poco, esté emocionalmente

contenido y llegue

sano y salvo al 10 de diciembre,

pero es así.

¿Por qué? Por todo lo dicho

hasta aquí: Macri no va a entregar

la botonera antes del 10

de diciembre y si lo hace, es

porque ha dejado malherido al

país antes de irse. Si Macri no

controla y conduce la Argentina

estable hasta la transición

formal o el cambio de mando,

Alberto Fernández va a asumir

el gobierno habiendo ganado

las elecciones, sí, pero probablemente

en medio a una crisis

realmente infernal que no sería

buena para él y mucho menos

para el pueblo argentino.

51 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


Florencia Saintout, derrotada contra todo pronóstico. La Plata es la ciudad más importante de las que perdió el peronismo y

aquí la suma de los candidatos en la interna habría sido suficiente para obtener el triunfo, pero esa suma no sumó. ¿Por qué?

Entonces ahora el poder fáctico

quiere helicóptero para Macri

y caos total para el pueblo, pero

Alberto Fernández quiere paz y

orden en la transición para asumir

con normalidad el gobierno

de un país al que tendrá que

reparar. El poder fáctico ya perdió

las elecciones y únicamente

puede querer complicarle lo más

posible la existencia al presidente

electo, he ahí la solución

al enigma de Elorza y Tricinello

anunciando en Radio Mitre unos

resultados que finalmente no

fueron: ellos deseaban esos resultados

para incendiar el país,

destruir a un Macri que ya no

les sirve e inviabilizar el próximo

gobierno para condicionar de

entrada a Alberto Fernández. Ni

más ni menos.

La prueba de ello es que Alberto

Fernández y el peronismo

unido en el Frente de Todos tuvieron

la posibilidad de “fletar”

a Macri el mismo lunes posterior

a las PASO y no lo hicieron. Si

al peronismo le hubiera convenido

—digámoslo de manera

bien coloquial— el gato muerto,

lo hubiera matado ya el 12 de

agosto por la mañana, dándole

el golpe de gracia ahí nomás

llamando al pueblo destituir a

Macri. Pero no, el peronismo

llamó entonces a la calma, a la

prudencia, y no al gaticidio.

¿Por qué? Porque, como decía

Voltaire, lo perfecto es enemigo

de lo bueno. Para cualquier

militante de la causa de los

pueblos lo perfecto y lo soñado

hubiera sido la destrucción total

del jefe del Partido Gorila. Pero

hay varios problemas: en primer

lugar, esa destrucción no se

iba a limitar solo a Macri, sino

que se iba a extender a todo el

país, puesto que Macri antes

de subirse al helicóptero se iba

a asegurar de dejar tierra arrasada

y eso, como se sabe, se

traduce en profundo sufrimiento

para el pueblo. Además, al no

poder terminar su mandato de

acuerdo a lo que marca la ley,

Macri perpetuaría el mito de

que el peronismo no permite

gobernar a otros y los destituye

a la primera de cambio, como se

dice. ¿Por qué darles a los gorilas

otra vez esa excusa ridícula

por donde se la mire, si se podía

desalojarlos con todas las de la

ley ganándoles las elecciones y

asumiendo en tiempo y forma?

Pero no termina ahí. Debemos

también preguntarnos si

nos conviene como peronistas

realmente que Macri sea de

aquí en más un cadáver político

y pase la posta de la conducción

del Partido Gorila a otro. Bien

mirada la cosa, existe el peligro

de que el sucesor de Macri sea

un referente mucho más capaz

que el propio Macri, lo que en sí

no es cosa muy difícil de conseguir.

Llámese Lousteau o el

mismo Espert, cualquier diri-

52 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


gente gorila es más inteligente,

capaz y está más limpio que

Macri. Nada puede convenirle

más al peronismo en el gobierno

que una oposición conducida

por el responsable de la debacle

económica y ese es Macri, el

que además tiene aversión al

trabajo y está muy complicado

con varias decenas de causas

judiciales. La única verdad es la

realidad y la realidad es que, en

la política como en otros órdenes

de la vida, es preciso elegir

bien a los amigos, pero mucho

mejor a los enemigos.

Entonces llegamos a esta

situación un tanto delirante

en la que los poderes fácticos

quieren descartar a Macri y nosotros

lo queremos cuidar para

que llegue sano y salvo al 10 de

diciembre y se constituya luego

en jefe de la oposición. Una

situación que nadie más allá

de los cuatro o cinco individuos

sentados en la mesa chica de la

política hubiera podido anticipar

hace tan solo algunos meses. Y

sin embargo es así, por aquello

de las relaciones que están en el

tablero y que muchas veces no

vemos o no tenemos en cuenta,

simplemente porque no tenemos

toda la información necesaria

para hacerlo.

¿Perdimos o ganamos?

es que hubo festejos, claro que

sí, aunque fueron mucho más

moderados de lo que se puede

pensar.

Aquí lo que hay es una incomprensión

de lo que el peronismo

acaba de lograr. Y es mucho: sin

la necesidad de volcarse a la

calle en enfrentamientos mortales

con la policía y los militares,

sin tener que lamentar un solo

muerto y casi sin despeinarse,

la fuerza política de los pueblos

desalojó por el voto al presidente

y a la gobernadora de la provincia

más importante del país

tras un solo mandato de estos.

Cuatro años y afuera, cosa sin

precedentes. En la Argentina los

mandatos del poder ejecutivo

son de cuatro años —hasta la

promulgación de la Constitución

de 1994 eran de seis, sin posibilidad

de reelección— y se da por

descontado que la reelección

es un hecho. Entonces lo más

lógico este año era un triunfo

cómodo del presidente Macri y

de la gobernadora bonaerense

María Eugenia Vidal, pero eso

no ocurrió y ahí está la hazaña.

Desde el llano, el peronismo

volteó lo que parecía involteable

y puso punto final a un gobierno

del Partido Gorila.

Sin ir mucho más lejos, tenemos

apenas cruzando la Cordillera

de los Andes el ejemplo

El humor entre la militancia de

los pueblos el lunes después de

las elecciones del 27 de octubre

estaba raro. Pese a que el

peronismo ganó las elecciones

tanto a nivel nacional como en

la provincia más importante del

país, no todos festejaban y algunos

incluso se mostraban algo

irritados, quizá por considerar

que la magnitud del triunfo no

era suficiente, quizá porque se

perdió en distritos clave donde

no había que perder o quizá por

todo eso y algo más. Lo cierto

Chile es el ejemplo radicalmente opuesto de lo que pasa en la Argentina. Mientras

aquí hemos logrado superar al gobierno de los ricos en tan solo cuatro años y sin

la necesidad de romper todo en las calles, allí los chilenos sufren hace décadas

las consecuencias del ajuste permanente y ahora están volcados a las calles en un

intento desesperado de liberación, aunque Sebastián Piñera (en la imagen) parece

estar más que dispuesto a resistir indefinidamente, atornillado en el sillón.

53 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


radicalmente opuesto. Volcados

a las calles y lamentando buena

cantidad de muertos y desaparecidos,

los chilenos no logran

destituir a Sebastián Piñera. La

lucha es feroz y Piñera resiste,

atornillado como nunca al sillón.

Todo chileno sabe que, de llegar

Piñera indemne a las elecciones

del 2021, lo más probable es

que el magnate se haga suceder

por un “opositor” no alternativo,

esto es, por uno que sostenga el

modelo de país de exclusión de

las mayorías en Chile. Los chilenos

no tienen hoy alternativa

política, no tienen proyecto político

para cambiar su realidad.

Lo que los chilenos no tienen es

peronismo y están, en consecuencia,

frente a la posibilidad

de ser gobernados para siempre

por su versión local del Partido

Gorila universal.

Triste panorama que nos hace

replantear la cuestión sobre si

los pueblos perdimos o ganamos

las elecciones del domingo.

Está muy claro que ese fue un

triunfo rutilante y con tintes

épicos del pueblo argentino

en su conjunto: aun en medio

al descalabro económico, el

argentino acudió a las urnas con

total paz y orden y decidió darse

un gobierno propio, cosa que

los chilenos y muchos otros no

pueden hacer por no contar con

un proyecto político alternativo

como el peronismo.

Perdimos, es verdad, en algunos

municipios muy importantes

de la provincia de Buenos Aires

en los que existía la posibilidad

clara de victoria. Son escandalosos

los casos de La Plata, Tres

de Febrero y Lanús, tres municipios

que combinados suman

una población de alrededor de

un millón y medio de habitantes

y en los que el resultado de las

PASO había arrojado la victoria

del peronismo. Pero también

estamos lamentando la derrota

en Mar del Plata, Dolores y Bahía

Blanca, entre otros, donde

existía la posibilidad real de un

triunfo que finalmente no llegó.

Claro que eso acentúa el sabor

agridulce de un triunfo electoral

en el que parecería estar faltando

algo.

Cada uno de esos municipios

es un escenario particular y sería

difícil analizar uno a uno en

estas líneas para comprender

qué pasó ahí. Lo cierto es que

en todos ellos ocurrió aquello

que se venía anunciando y que,

por otra parte, era previsible:

el famoso corte de boleta. Con

Macri y Vidal hundiéndose en

Juan Debandi (der.), aquí en campaña junto a Sergio Massa. La derrota en Tres de Febrero fue una de las más difíciles de digerir

para la militancia peronista, que apostaba a un triunfo en ese importante distrito del Gran Buenos Aires.

54 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


las PASO, los candidatos de

Juntos por el Cambio en esos

distritos optaron por municipalizar

la discusión y por

despegarse de la imagen de

la gobernadora y el presidente

caídos en desgracia. Tuvieron

éxito, como se ve, sencillamente

porque podían hacerlo. Al ser

parte de una fuerza política cuya

identidad ideológica parece muy

difusa —aunque es muy concreta,

objetivamente gorila—, les

resultaba fácil a los candidatos

de Juntos por el Cambio negar a

sus referentes a nivel nacional y

provincial y llamar abiertamente

al corte de boleta. Esa es una

ventaja que el Partido Gorila

tiene sobre el Partido Nacional,

que es el peronismo: los peronistas

no pueden, no saben y no

quieren jamás llamar al corte de

boleta en ninguna parte. A ningún

candidato peronista se le

ocurriría negar públicamente a

Cristina Fernández, por ejemplo,

aun en la derrota más estrepitosa.

El peronista no niega ni

se despega de su conductor, el

gorila no tiene problemas en

hacerlo si lo hace para salvar las

papas del fuego y no perder un

territorio.

Entonces el triunfo del peronismo

y del pueblo argentino —

al que el peronismo representa

cabalmente en la política— es

claro y es una verdadera hazaña

a la vista de las circunstancias

en las que se dio. Es una victoria

tan clara como la necesidad

de desplegar una estrategia

poselectoral para asegurar la

transición más o menos ordenada,

evitar el estallido y el caos

social. En el extremo, nuestros

talibanes expresan insatisfacción

por la no destrucción total

y absoluta del enemigo, al que

deseaban ver humillado, de

rodillas y en fuga. Pero esos

talibanes son una minoría y

jamás representan la opinión

Néstor “Panamá Papers” Grindetti, el intendente reelecto de Lanús que simboliza

la estrategia territorial de negar y esconder a Mauricio Macri en los municipios

para ganar las elecciones. Grindetti municipalizó su campaña totalmente, incluso

llamando abiertamente a cortar boleta.

doctrinaria del peronismo,

según la que las prioridades

están ordenadas con la patria

primero, el movimiento después

y finalmente los hombres. El

peronismo representa los intereses

del pueblo-nación argentino

y jamás va a optar por satisfacer

los deseos de la parcialidad si

esos deseos entraran en contradicción

con los intereses

de la mayoría del pueblo. Si la

conducción peronista comprendió

que la destrucción total y

absoluta de Macri iba a resultar

en un profundo sufrimiento para

el pueblo y en una amenaza a la

estabilidad del próximo gobierno

nacional-popular, la conducción

hizo lo que tenía que hacer

para evitar ese sufrimiento y

esa inestabilidad. Está en cada

uno de nosotros comprenderlo o

lanzarse a la búsqueda del martirio

en la lucha, contrariando la

verdad peronista Nº. 11, la que

reza lo siguiente: “El peronismo

anhela la unidad nacional y no

la lucha. Desea héroes, pero no

mártires.” Está en cada uno de

nosotros abrazar verdaderamente

la doctrina peronista y hacerle

caso a Perón, o hacerse llamar

“peronista” mientras se hace

cualquier otra cosa que nada

tiene que ver con esa doctrina.

Está en cada uno de nosotros

parafrasear al “Che” Guevara,

aunque adaptándolo ligeramente:

“El peronismo no se lleva en

la boca para vivir de él, se lleva

en el corazón para cuidar al

pueblo con él”.

Está en cada uno de nosotros

y el que fuere buen peronista

que elija, porque las cosas aquí

están bastante claras incluso

para el que no las quiere ver. No

hay lugar para aventureros en la

nueva Argentina que empezó el

domingo a eso de las 10 de la

noche.

55 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


EL OTRO CINE

Joker y el reflejo de una

comunidad desguazada

ROMINA

ROCHA

Desde el estreno de la

película de Todd Phillips

el pasado 4 de octubre

en nuestro país, Joker

(Estados Unidos, 2019.

123min.) ha pasado a ser materia

de opiniones y análisis de

lo más variados y abundantes,

por lo que esta reseña intentará

no ser reiterativa, aunque pueda

pasar por muchos lugares que

ya han sido transitados. Porque

lo que sucedió con un villano por

demás conocido por el promedio

de la sociedad gracias a los

años de cómics y remakes de la

saga Batman, con un antecedente

tan fuerte como el Guasón

interpretado por Heath Ledger

que supo hacer tambalear al

histórico Jack Nicholson en el

mismo rol, indica que el personaje

de Arthur Fleck que compuso

Joaquín Phoenix ha tocado

una fibra sensible. Fue más allá,

nos atravesó transversalmente.

Nos puso a pensar.

Y en ese ponernos a pensar

surgieron reflexiones tanto individuales

como colectivas que resultan

necesarias para analizar

el momento que atravesamos

en la Argentina post Macri. Las

56 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


asociaciones son inevitables, ya

que Joker (o “El Broma”, en su

traducción literal) atraviesa de

manera directa lo que sucede

cuando se deja a un sujeto de

lado desde todos los ángulos

posibles. La historia de Arthur

Fleck es la de muchas personas

en el mundo: un tipo de mediana

edad que vive con su madre y

la cuida, soltero, sin hijos ni proyectos,

con un laburo de mierda

y sujeto a rutinas que agotarían

la cabeza de cualquiera en

cualquier lugar. Es el resultado

de la sociedad del consumo,

esa que determina que algunos

accedan a un bienestar que les

es restringido a otros, pero también

es parte de un esquema

cultural que se refuerza en torno

a erradicar todo aquello que nos

resulte incómodo.

La marginalidad, en el caso

de Fleck, se da no sólo por lo

descrito sino también por una

condición (aparentemente

médica) que lo hace reír descontroladamente

cuando se

pone nervioso. Similar al síndrome

de Tourette, pero con la

enorme ironía de una sonrisa

que enmascara un sufrimiento

atroz. Sin embargo y a pesar de

la cantidad de elementos que

forman parte de la vida cotidiana

del protagonista, lo que

vemos en él es una permanente

pasividad ante la desgracia que

atraviesa en todo ámbito en el

que lo vemos transitar. El flagelo

al que está sometido de manera

permanente por esa vida que

vive casi muerto, con un cuerpo

demacrado y una composición

fenomenal de Phoenix para

retratar esa vida miserable, el

propio Fleck lo recrudece al

justificar, casi sin quererlo, que

su existencia esté determinada

de esa manera.

Pero hay varios puntos de

quiebre en el relato, el primero

de ellos que comienza en un

acto casi reflejo de supervivencia

que lleva la historia hacia su

primer gran tragedia: asesina

a tres personas, hijos de la alta

sociedad, en el subterráneo

de Nueva York. Y es la primera

vez desde que empieza el largometraje

que Arthur Fleck se

defiende de una de las tantas

agresiones que recibe sistemáticamente.

Y es la primera vez en

toda su vida que se siente bien.

He ahí el punto crucial de toda

la trama.

Porque no es, como podría

analizarse superficialmente,

una oda a la violencia ni una

justificación sádica del crimen.

Tampoco es una romantización

del asesinato ni mucho menos

una oda a la fatalidad. Reducir

el discurso del film a esos aspectos

es desmerecer la profundidad

de los planteos que giran

en torno a esto. Hay un detalle

progresivo de las cuestiones

que lo llevan al protagonista a

gozar de darle muerte al otro;

uno fundamental es la crítica al

sistema de salud norteamericano

ya que la historia, a pesar de

provenir de los cómics y de ser

57 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


la antesala de la Ciudad Gótica

que todos más o menos conocemos,

transcurre en la Nueva York

anterior a Giuliani, el alcalde

que desde hace unos años trabaja

allí con una fuerte política

de seguridad pública y que ha

dado algo de orden al caos que

siempre fue esa ciudad por causa

de los inmensos contrastes

que en ella conviven. La ciudad

en la que vive Fleck es un rejunte

de marginalidades, de lujos

exorbitantes y de distancias

irreparables entre lo que unos

pueden y otros no. De ahí que el

asesinato en el metro tome tal

importancia para el resto de la

película, que transcurre por dos

vías en paralelo hasta que se

encuentran en el final.

Por un lado está Fleck, con ese

descubrimiento de sí mismo que

se va desarrollando y desenvolviendo

de manera magistral gracias,

nuevamente, a la hermosa

labor actoral de Joaquín Phoenix.

Porque, aunque en lo estético

y compositivo hay algunos

detalles demasiado hollywoodenses,

lo cierto es que están

justificados absolutamente por

el mensaje que se logra irradiar

a un público que, en general, va

al cine por el morbo y el entretenimiento

y, en este caso, se

termina chocando con un espejo.

Y es un espejo crudo, directo,

que interpela profundamente

y hasta molesta, generando en

algunas salas en las que se proyectó

aplausos y en otras, que

la gente se levante y se retire

antes del final. Esto pasó y sigue

pasando acá, donde a casi dos

meses de su estreno se sigue

proyectando en cines, dado el

fenómeno de público que convocó

esta versión de un personaje

que ahora, a entender de esta

reflexión con excusa de reseña,

somos un poco cada uno de

nosotros.

En ese proceso de descubrimiento

creciente que hace la

figura principal, las limitaciones

del sistema económico en el

que vive, el abandono absoluto

del Estado ante la salud mental

y la depresión en un EE.UU. en

crisis lo que se va mostrando es

cómo el sujeto violentado desde

la cuna hasta su adultez es

moldeado para pasar desapercibido,

para integrar de manera

lo más homogénea posible al

conjunto y ser funcional a él,

una vez que descubre su propia

existencia (“al fin me empiezan

a ver”, dice, en un momento

de este despertar) ya no quiere

prescindir de ella. Y se hace cargo

de llevarla y realizarla hasta

sus últimas consecuencias.

Podría decirse que es la reivindicación

del lumpen, ya que todos

conocemos cómo siguió la historia

del Guasón y cómo termina

siendo realmente el villano de

la serie. Pero no es así, porque

sería eso dejarle toda la carga

al personaje, al individuo, y no

hacernos cargo de lo que como

comunidad construimos a su

alrededor.

Ahí está el espejo que moles-

58 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


ta, el que nos convoca a pensar

cómo nos comportamos con el

otro, cuán tolerantes somos,

cuán comprensivos y compasivos,

cuán atentos estamos y

cuánto realmente nos importa

todo eso. Porque mientras él

encara su propia redención, con

una transformación morfológica

digna en sí misma de toda admiración

hacia el laburo actoral

de Phoenix (sí, otra vez, porque

es el gran hacedor de la historia

más allá de los huecos de guion

y de los excesos estéticos y temporales

del director), el resto de

la comunidad que lo rodea y a

la que él deja de ver para poder

verse a sí mismo, también encara

un proceso de resurgimiento

luego de toda una vida de estar

sometidos a un autocontrol del

que, hasta ese momento, no habían

sido del todo conscientes.

Es, por temporalidad además,

muy similar a lo que sucedió en

Chile con las manifestaciones.

Comenzaron con los estudiantes

que durante años buscaron la

manera de manifestarse sin que

los cagasen a palos hasta que

un día perdieron el miedo y se

bancaron los palos. Y ahí le dieron

el impulso al resto para salir

a bancar la situación. Un pueblo

sometido y autoflagelado durante

más de 40 años un buen día

despertó y fue por un proceso

silencioso, sí, pero también fue

por una chispa que se encendió.

Eso pasa en Joker, de eso habla

y da una respuesta (una de

tantas) a lo que puede resultar

cuando se aprieta demasiado

a una comunidad. Pero, sobre

todo, lo que hace esta película

es ponernos a pensar cuál es

nuestro rol en todo eso, qué es

lo que hacemos cada día y en

cada ámbito para sobrevivir o

empezar a vivir la vida.

El dilema existencial que se

expresa puede ser tomado desde

muchos lugares, pero no hay

dudas de una cosa: Joker logró

que en todo ámbito la gente,

que muchas veces pensamos

que no está pensando en muchas

cosas, se pusiera a discutir

sobre el drama de la soledad y

la violencia como resultado de

la violencia. Lo que logró Joker

fue que todos quisieran expresar

una opinión, para bien o para

mal, sobre lo que en esas poco

más de dos horas de fílmico se

quería comunicar. Y lo que logró,

además, es que muchos que se

sintieron toda la vida invisibles

pasaran, al menos por un instante,

a ser los protagonistas de

una historia que se puede escribir

de muchas maneras, pero

que nos toca profundamente

porque habla de humanidad. Y

de hacerse cargo también.

Por eso, este mes en el que necesitamos

empezar a pensarnos

de verdad y a hacernos responsables

de la enorme tarea que

tenemos por delante para salvar

la Patria, desde acá recomendamos

a quienes no hayan visto

Joker que lo hagan y que piensen,

luego, en qué espejo se

quieren mirar. Vale la pena y la

libertad también.

59 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019


LA EXPRESIÓN DE LO NACIONAL-POPULAR

POR CAPE

60 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2019

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