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Revista Hegemonía. Año II Nº. 22

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 41-2008 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 22 AÑO II | DICIEMBRE DE 2019

labatallacultural.org

HEGEMONIA

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HEGEMONIA

Periódico de Política y Cultura

LA BATALLA CULTURAL

EDITOR

Erico Valadares

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Romina Rocha

DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN

La Batalla Cultural

3 DE FEBRERO 2975 | Mar del Plata

Tel./Fax (0223) 495.5552 - 495.9888

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ni la línea editorial de La Batalla

Cultural.


HEGEMONIA

16

CONTENIDO EXCLUSIVO

El lado alegre

de la transición

26

CONTENIDO EXCLUSIVO

Rehenes del

trotskismo

cultural

10

ANÁLISIS

Los traficantes

de ideología y

los fantasmas

40

ANÁLISIS

Ecología

y lucha:

mitos y

verdades


EDITORIAL

Un nuevo tiempo

Desde que apareció primera

vez a comienzos del año

pasado, la Revista Hegemonía

se editado todos

los meses con un propósito

muy específico: aportar desde

la argumentación de la realidad

a la construcción de una nueva

mayoría que posibilitara el triunfo

electoral del peronismo para

dotar al país de un gobierno

nacional-popular. Ese objetivo

se logró en las elecciones del

mes de octubre y se consolidó el

último 10 del presente mes, con

la asunción del poder político en

el Estado por parte de las nuevas

autoridades electas. Hemos

llegado a tiempo, como solemos

decir, porque siempre se está a

tiempo de construir un tiempo

nuevo a pesar de todo lo que

llueva.

Entonces hoy aparece por

primera vez esta Revista Hegemonía

en el contexto de un

gobierno nacional-popular y es

necesario ahora redefinir las

metas de cara al futuro. Y si la

lucha fue para llegar hasta aquí

y tener un gobierno que represente

nuestros intereses de

mayoría popular, el objetivo de

aquí en más no puede ser otro

que la defensa y el sostenimiento

de dicho gobierno por encima

de las opiniones particulares

que pululan en el país de la

opinología. De ahora en adelante

—y esperamos que por un

largo tiempo— nuestra lucha se

orientará a la defensa de lo que

supimos conseguir con tanto

esfuerzo, con sangre, sudor y

lágrimas, como solía decir el

4 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


inefable Winston Churchill.

A pocas horas de iniciado el

nuevo gobierno del pueblo-nación

argentino empezaron a

volar las opiniones “de izquierda”

y “de derecha” contra dicho

gobierno. Las primeras exigían

solución inmediata a todos los

problemas generados durante

los cuatro años anteriores, que

fueron años de saqueo y demolición,

mientras que las demás

tenían por objetivo condicionar

a Alberto Fernández, atarlo de

pies y manos y asegurarse de

que no pueda cambiar nada en

absoluto y fracase. Es decir, por

un lado los exégetas maximalistas

de la revolución total, absoluta

e instantánea; por otro,

los reaccionarios derrotados en

las urnas tratando de salvar sus

privilegios. Por ambos flancos le

vino el plomo al nuevo presidente

de la Nación desde el primer

minuto, sin que el presidente

haya podido ni siquiera sentarse

en el sillón a abrir la caja y ver

qué hay adentro.

Pero claro, el signo del peronismo

es el ser corrido a la vez

“por derecha” y “por izquierda”

y puede decirse que no hay ningún

peronismo si eso no ocurre.

Si los opinólogos vienen al unísono

con consignas “de izquierda”

o “de derecha”, es porque el

peronismo se está desplazando

peligrosamente hacia uno de

los extremos ideológicos de la

interna del liberalismo. El peronismo

se caracteriza justamente

por no participar en esa interna

ni de un lado ni del otro de la

falsa contradicción entre capitalismo

y socialismo, sino por

romper esa hegemonía mundial

con la propuesta de una Comunidad

Organizada en base

a valores más bien espirituales

que materiales. Lo distintivo del

peronismo es su tercera posición

respecto a esa grieta liberal

y materialista, es no comulgar

en el materialismo capitalista y

tampoco hacerlo en el materialismo

socialista.

He ahí que es perfectamente

natural que Alberto Fernández

sea bombardeado tanto desde

el trotskismo delirante y funcional

al poder las corporaciones

como por el gorilaje abiertamente

gorila del poder fáctico

del dinero. Como buen peronista,

el presidente Fernández se

quiere abrir de la interna entre

“izquierda” y “derecha” —que es

la interna de las corporaciones,

como se ve— para llevar a cabo

un proyecto político autónomo,

que no es otra cosa que la materialización

de las cuatro banderas

del peronismo: soberanía

política, independencia económica,

justicia social y nacionalismo

cultural. Eso es lo que las

corporaciones no quieren, no

pueden permitir que nadie se

salga de su interna liberal con

un proyecto propio. Y como con

la Unión Democrática de Spruille

Braden en 1946, manda al

ataque tanto a la “derecha”

como a la “izquierda” que le

responden.

Ahí está, por lo tanto, perfectamente

delineado el objetivo

tanto de esta Revista

Hegemonía como de La Batalla

Cultural, que es su proyecto de

comunicación madre: defender

al gobierno peronista de los

ataques de las corporaciones,

que vendrán “por derecha” y

también “por izquierda” y siempre

con un solo propósito, que

es el desestabilizar al gobierno

peronista para golpearlo, destituirlo

y dar paso a un nuevo

ciclo de saqueo y sometimiento

contra el pueblo-nación argentino,

tal como viene pasando en

nuestros vecinos de la región.

Tenemos rodeado el rancho en

el nivel de la política local, pero

también en a nivel regional. Tenemos

una economía destrozada

y paralizada, tenemos un millón

de necesidades y urgencias

en nuestro pueblo. Y tenemos

también muchos confundidos

en nuestras filas que ya se están

prestando a las operaciones del

poder. Para hacerles ver el error

es que escribimos, para que

el atento lector de esta revista

sepa con qué argumentos se le

puede abordar al confundido y

persuadirlo a cesar con el fuego

amigo contra el gobierno que

tanto nos costó construir y que

no podemos rifar de ninguna

manera.

A partir de ahora vamos con

eso. Y que sea un larguísimo

viaje para que sigamos llegando

a tiempo.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


OPINIÓN

Esto recién empieza

ERICO

VALADARES

En un acto organizado para

su despedida a tres días

de entregar la botonera del

poder político en el Estado,

el presidente Mauricio

Macri se dirigió a sus seguidores

con una breve arenga en una

Plaza de Mayo repleta, aunque

no desbordada ni nada parecido

a eso. Allí, en esa Plaza gorila

donde abundaron las expresiones

de odio y hasta las agresiones

a noteros televisivos identificados

por el gorilaje como

enemigos, llamó la atención una

frase del presidente Macri: “Esto

recién empieza”.

Está claro que ningún gobierno

que termina su mandato en

tiempo y forma se va diciendo

“adiós” y que, por regla general,

lo que se usa es un “hasta pronto”

que sostenga el ánimo de la

tropa propia de cara a futuras

batallas. En ese sentido, no

debió ser llamativa la expresión

de Macri, puesto que claramente

y desde un punto de vista de

praxis política, esto para Macri

y para los suyos efectivamente

recién empieza. De aquí en

más Mauricio Macri buscará

consolidar el lugar deseado de

jefe de la oposición al gobierno

peronista —lugar que no está

garantizado ni mucho menos— y

desde allí intentará construir un

relato que suavice el recuerdo

de su paso por el gobierno para

volver a tener los votos, si le dan

los años de vida para hacerlo.

Así vistas las cosas, no es extraño

que Macri diga que “esto

recién empieza”. ¿Qué otra cosa

podía decir? Ningún dirigente

político, por más derrotado que

esté, les va a decir a sus seguidores

que bajen los brazos y

sigan a otro. El llamado capital

político no es algo que se suela

entregar así tan mansamente.

Entonces Macri hace bien en sus

propios términos al decir que

“esto recién empieza”, aunque

6 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


la arenga les siga haciendo

ruido a muchos. ¿Qué cosa es lo

que recién empieza?

Desde el punto de vista de los

que trabajamos y/o alentamos

para que el peronismo hiciera la

unidad de los sectores populares,

progresistas y demás opositores

a las políticas de saqueo

de Macri, lo de “esto recién

empieza” es extraño porque

entre nosotros existe la percepción

de que Macri está muerto

políticamente, esto es, que se

trata de un cadáver político.

Frente a la catástrofe económica

y social que va dejando el

gobierno saliente, resulta para

nosotros hasta obvio que Macri

no debería postularse nunca

más a un cargo público y menos

que menos al cargo de presidente

de la Nación. “No gana nunca

más ni para concejal, ni para

administrador del consorcio del

edificio”, decía uno de los nuestros

al evaluar con un simpático

comentario la pesada herencia

que deja el presidente Macri a

partir del 10 de diciembre.

¿Pero es así? Cabría preguntarse

hasta qué punto es un

cadáver político un dirigente

que sumó el 41% de los votos

en las últimas elecciones y, aun

perdiendo en primera vuelta,

quedó a tan solo 7 puntos del

ganador y próximo presidente

de la Nación, Alberto Fernández.

Es sin dudas una derrota

digna, muy digna si la ponemos

en el contexto de lo que fue la

obra de destrucción nacional de

Macri. Es que si la política fuera

lo que debió ser y los dirigentes

políticos fueran debidamente

juzgados como prescribía

Maquiavelo, a saberlo, solo

por sus logros en el campo de

batalla, entonces Macri tendría

que tener solamente el voto de

sus familiares, amigos, socios,

el suyo propio y poco más que

eso. Pero la política no es lo que

debe ser y los votos de Macri no

están en relación con su obra.

Macri tiene hoy el 41% de los

votos aun habiendo hecho todo

el desastre que hizo.

Entonces no, Macri no es un

cadáver político ni está cerca de

serlo, Macri no es como Fernando

de la Rúa después de su renuncia

en diciembre del 2001 ni

mucho menos. Macri es, como

se ve, un dirigente político activo

y vigente mucho más allá de lo

que pensemos nosotros de él.

Y eso es así porque, para serlo,

Macri no necesita que lo valoremos

bien ni que lo votemos: solo

necesita que lo haga su propio

núcleo duro y que sus secuaces

estén dispuestos a aceptar su

liderazgo sin armarle internas.

Por eso el problema a resolver

aquí no es Macri. Si lo miramos

a Macri, lo observamos en

su patética individualidad y si

ponderamos lo que es, lo que

hizo y lo que hace no vamos a

estar cerca de comprender por

qué Macri no termina de morir

políticamente. El problema a

resolverse aquí es precisamente

el núcleo duro de Macri o ese

41% del electorado argentino

que lo votó a Macri aun con todo

el desastre macrista a la vista.

Para entender cómo Macri puede

seguir y seguirá vigente en la

política es necesario observar

bien a los que sostienen a Macri.

Ahí está la clave.

Es un error grosero pensar

que los seguidores de Macri se

van a amilanar porque nosotros

digamos que el gobierno de

Macri fue un desastre o incluso

si los indicadores económicos

y sociales confirmen que fue un

desastre. Eso para ellos es tan

irrelevante como pueden ser

para nosotros las denuncias que

hacen contra Cristina en el lawfare

mediático y judicial. Para

El presidente Mauricio Macri, aquí flameando una bandera argentina en una de las

concentraciones masivas en su apoyo. La apropiación de los símbolos nacionales

por la oligarquía —asunto muy tratado en esta revista y en La Batalla Cultural— es

una de las cartas ganadoras que el poder real conserva en la política gracias a

renuncia que desde lo nacional-popular “de izquierda” se hizo de esos símbolos.

7 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


los seguidores de Macri nada

de lo que digamos nosotros, las

estadísticas o la misma justicia

sobre Macri es relevante, les

da igual. Si Macri sigue siendo

el jefe de la oposición desde el

10 de diciembre en adelante, el

núcleo duro gorila se va a abroquelar

y se va a alinear detrás

de su liderazgo. Ese es un hecho

de la realidad fáctica y contra la

realidad fáctica, como ya sabemos,

no se puede.

Los seguidores gorilas de Macri

no solo no se van a amilanar,

sino que tienden además a envalentonarse

a partir de la misa

realizada en Plaza de Mayo para

agasajar al líder. Al verse todos

reunidos en comunión y al ver

que son una buena cantidad de

gente, a ellos les va a pasar más

o menos lo que nos pasó a nosotros

a partir del 9 de diciembre

de 2015. Ellos van a tomarse

fuerte de las manos para resistir

con aguante y hasta van a corear

que “vamos a volver”. ¿Por qué

no, si ellos son como nosotros,

pero en espejo?

Si no comprendemos que la fe

de los gorilas de Macri y nuestra

fe son de la misma naturaleza,

entonces será imposible para

nosotros entender cómo es posible

que Macri siga políticamente

vivo. La fe de ellos y la nuestra

son la misma fe allí donde lo

único que varía es el objeto del

acto de fe. Por lo tanto, si hemos

podido resistir manteniendo una

cierta cohesión en el grupo y hemos

podido seguir un relato con

coherencia interna hasta que se

produjera el retorno de la fuerza

y de los dirigentes en cuyas

políticas tenemos fe, ¿por qué

no habrían de hacer lo mismo

ellos?

Los gorilas de Macri no se van

a esfumar en el aire, no se van a

ir a ninguna parte ni van a cambiar

de opinión. Y es probable

que estén al acecho del nuevo

gobierno nacional-popular desde

el minuto uno, aprovechando

cada contradicción para meter

bombas “por derecha” e intrigas

“por izquierda”. Por lo tanto,

no conviene consumir el humo

del “no vuelven más” o el de un

Macri inhabilitado a postularse

a elecciones, porque si pensamos

así y damos por muerto al

enemigo gorila no vamos a estar

prevenidos para hacer lo que

hay que hacer y evitar el retorno

de la política que destruye la

patria.

¿Y qué es lo que hay que

hacer? En primer lugar, según

nuestro modesto entendimiento,

debemos aprender a ignorar

las provocaciones que vengan

desde los cuarteles gorilas y

también a evitar la confrontación

con el gorilaje pedestre

con el que nos cruzamos en el

cotidiano. Es importante comprender

que, hagamos lo que

hagamos o digamos lo que digamos,

la opinión de ese sector

no va a variar jamás. Esa es una

opinión formada de núcleo duro,

Existe una percepción —ciertamente equivocada— de que un dirigente será execrado por todos si aplica políticas económicas

de saqueo a las mayorías populares. Eso no solo no es así, sino que puede ser muy bien todo lo opuesto si dicho dirigente cuenta

con el favor de los medios de difusión y representa simbólicamente las aspiraciones de muchos. Es así cómo Macri termina

su mandato con un nivel de popularidad que no está en relación con su obra de gobierno, realidad efectiva que a muchos de

nosotros nos cuesta comprender, asimilar y aceptar.

8 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


sobreideologizada al extremo.

Y ahí también ellos son nuestro

espejo: si el atento lector piensa

en sí mismo y se pregunta sobre

la posibilidad de ser convencido

por algún gorila en la lid, verá

que eso es imposible. A ellos no

los vamos a convencer de nada

ni ellos a nosotros y, en consecuencia,

cualquier escaramuza

con ellos es para nosotros inútil,

nociva y directamente contraproducente.

No es por ahí.

Es preciso comprender cabalmente

que ellos, de ser muchos,

no son suficientes por sí solos

para ganar las elecciones y

hacer un gobierno, de la misma

forma que nosotros con nuestros

votos tampoco lo somos.

Hay alguien más involucrado

en esto y es el sentido común

despolitizado o no sobreideologizado

que no suele votar en

una elección en coherencia

con cómo votó en las elecciones

pasadas. En una palabra,

las elecciones las va a ganar

siempre el bando que en vez de

perder el tiempo y la energía

lidiando con los que piensan de

modo diametralmente opuesto

mantenga el contacto con

los que no piensan igual, pero

tampoco radicalmente distinto.

La mayoría necesaria para ganar

en las urnas y hacer un gobierno

se construye con el diferente

que duda y cambia su voto en

cada elección, no con el que por

sobreideologización está en las

antípodas del que desea triunfar

y formar ese nuevo gobierno.

Por lo tanto, lejos de desear

que otro se mande a mudar

porque piensa distinto y aun

más lejos de dar por muerto al

enemigo en base a su obra de

destrucción, es preciso no volver

a caer en el microclima militante

de hablar solo con los que ya

están convencidos de antemano

y, todavía más importante, hay

que tratar de no espantar al

indeciso “del medio” con delirios

de sobreideologizado que

en política son inviables. Las

elecciones no se ganan con coreografías

en las plazas, con tuitazos

ni saliendo a gritar como

desquiciados nuestra verdad. La

política se hace y las elecciones

se ganan teniendo cerca al que

no comulga con nosotros y tampoco

con los que se nos oponen

radicalmente, con los que votan

a los unos y a los otros según

sea la percepción que tengan en

el momento del estado en el que

se encuentren ambos bandos.

Sí, claro que esto recién empieza.

Van a querer volver, quizá

con Macri o quizá con otro nombre

propio y otra cara, aunque

siempre con las mismas políticas

de saqueo y destrucción.

Van a querer volver y ya empezaron

a construir el relato para que

ese retorno se produzca, como

nosotros hemos construido el

nuestro también en la Plaza

de Mayo a partir de aquel 9 de

diciembre de 2015. Van a querer

volver basados en su núcleo

duro y en la voluntad de los “del

medio” y ahí es donde entramos

nosotros. Si no nos encerramos

y no nos creemos poseedores de

la verdad revelada, si comprendemos

que el otro piensa distinto

por una infinidad de razones

y aceptamos que eso está bien

porque siempre fue así, porque

es la manifestación de la misma

naturaleza humana, entonces

tenemos grandes posibilidades

de seguir contando con el voto

de los indecisos para no volver

a caer en proyectos políticos

nefastos para el conjunto del

pueblo. Esto recién empieza

y solo depende de nosotros.

Esto va a ser lo que nosotros

queramos que sea, como decía

Cristina, precisamente, ese 9 de

diciembre que hoy es ya historia.

Hay que decidir. ¿Talibanes

piantavotos o militantes expertos

en el arte de la persuasión?

Hoy los talibanes son ellos y por

eso pierden y lloran. ¿Queremos

volver a ese lugar amargo? Cualquier

buen peronista conocerá

la respuesta y obrará en consecuencia,

porque lo que está en

juego aquí es la patria.

9 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


ANÁLISIS

Los traficantes de

ideología y

los fantasmas

ERICO

VALADARES

Unas 20 horas. Eso fue lo

que duró la “tregua” de

la oligarquía al nuevo

gobierno nacional-popular

que había asumido el

poder político en el Estado ayer

hablando de superar el desastre

dejado por Mauricio Macri

y de poner la Argentina de pie.

Menos de 20 horas después de

la asunción formal de Alberto

Fernández los poderes fácticos

aun en uso de los servicios de

inteligencia del Estado —pese a

que formalmente ya soltaron la

manija— armaron ya la primera

operación de sentido contra el

gobierno peronista recién nacido,

sin privarse de involucrar

de entrada en esa operación a

civiles inocentes.

Mientras el presidente Alberto

Fernández amanecía con el

cumplimiento de los protocolos

y formalidades de asunción del

cargo que quedan reservados

para el segundo día, como la

10 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


reunión con mandatarios y

delegados extranjeros, en las

inmediaciones de un lugar tan

simbólico como la estación

de trenes de Avellaneda unos

supuestos ferroviarios cortaban

las vías del ferrocarril Roca para

protestar contra el despido de

entre 1.500 y 2.500 trabajadores,

dato que variaba en el

discurso de los manifestantes

según el micrófono del canal de

turno. Sin cualquier representación

sindical y afirmando no

tener delegados ni nadie que

los represente, los supuestos

ferroviarios hablaban por intermedio

de un vocero identificado

simplemente como “Walter” y

afirmaban estar cortando las

vías para protestar con esos

despidos, que habrían tenido

lugar durante el gobierno de

Mauricio Macri.

La estación de trenes de

Avellaneda es un lugar muy

simbólico porque en sus inmediaciones

fueron ejecutados por

la policía los militantes sociales

Darío Santillán y Maximiliano

Kosteki, de 21 y 22 años de

edad respectivamente, durante

el gobierno interino de Eduardo

Duhalde el 26 de junio de

2002. La estación de Avellaneda

pasó a llamarse Kosteki

y Santillán luego, durante el

gobierno de Cristina Fernández,

en homenaje a los militantes allí

caídos. La simbología del lugar

entonces es evidente y más aún

en el contexto de esta primera

operación contra el gobierno de

los pueblos: al momento de ser

ejecutados Kosteki y Santillán,

además de Eduardo Duhalde

en la presidencia de la Nación,

estaba Felipe Solá como gobernador

de la provincia de Buenos

Aires. Tanto Duhalde como Solá

son hoy cercanos a Alberto Fernández,

el segundo como canciller

recién asumido y el primero

como allegado.

Entonces la primera conclusión

que hará el lector atento a

lo simbólico y a lo histórico es

que lo de hoy sobre las vías del

ferrocarril Roca en Avellaneda

probablemente haya sido un

mensaje directo al presidente

Alberto Fernández. Nunca son

al azar los lugares elegidos para

llevar a cabo un hecho político o

para construir un factoide, como

tampoco son inocentes los momentos

ni las formas. Todo viene

determinado por los intereses

reales en pugna. La oligarquía

ya mandó a avisar por los servicios

de inteligencia que todavía

controlan que no va a tolerar

cambios estructurales en lo que

es realmente importante en política,

a saberlo, la cuestión de

pesos y centavos, o de cómo se

distribuyen esos pesos y centavos

de la riqueza nacional.

Sin entrar en muchos detalles,

podemos decir que la Argentina

está virtualmente quebrada y

que alguien va a tener que aportar

un poco más que los demás

si lo que se quiere es levantar

esa quiebra. En una palabra,

es inminente al momento de

escribir estas líneas que el

nuevo equipo económico anuncie

definiciones en el sentido de

imponer retenciones a la actividad

agrícola de los grandes

productores rurales para que

la oligarquía se vea obligada a

pagar la fiesta del gobierno que

ella misma animó, el de Mauricio

Macri. Entonces es probable

que el nuevo gobierno nacional-popular

decida que es hora

de cortar con el ajuste fiscal a

los pueblos y que la economía

nacional se recupere mediante

la imposición de retenciones al

agro. La oligarquía, lógicamente,

no quiere pagar esa cuenta,

Otro de los traficantes de ideología que volvió a aparecer luego de cuatro años de

inactividad es Raúl Castells. Con su aspecto de lumpen delincuente, Castells es

una figura ideal para agitar el pobrismo en la conciencia de los llamados justicieros

de la justicia universal en abstracto, que se ponen de parte de cualquiera que

tenga los aspectos formales de aquello que, ideológicamente, parece ser justo.

11 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


no quiere las retenciones y ya le

declaró la guerra al presidente

Fernández antes incluso de que

Fernández dé las definiciones

duras de su política económica.

Por otro lado están los servicios

de inteligencia. Ya al asumir

el cargo de presidente de la Nación,

Alberto Fernández afirmó

que en su gobierno habrá mayor

control de los recursos anotados

como “gastos reservados” que

se destinan a financiar tareas de

inteligencia, lo que vulgarmente

se llama espionaje. Eso significa

que se termina la fiesta de

los miles de millones de pesos

que se revolean año tras año

sin ningún control por parte del

Congreso de la Nación y van

a parar en manos de los que

hacen el espionaje en el Estado.

Y significa, por supuesto, que

ese espionaje se va a acabar y

muchos se van a quedar sin el

llamado curro.

Entonces Alberto Fernández ya

empieza su gobierno haciendo

dos enemigos muy poderosos, la

oligarquía y los oscuros servicios

de inteligencia, enemigos

que combinados le han hecho

hoy un movimiento de pinzas

para asestarle el primer golpe

al gobierno peronista recién

nacido. Y más que un golpe, un

mensaje mafioso: si Alberto se

atreve a imponerle retenciones

al agro y a quitarles los recursos

de los “gastos reservados” a los

servicios de inteligencia habrá

nefastas consecuencias.

Para los que estamos de este

lado observando la realidad y en

la defensa simbólica del nuevo

gobierno peronista todo eso

está más que claro. Aquí lo que

hay son dos poderes fácticos

—el poder económico y el de la

inteligencia en espionaje— unidos

en una cruzada para, de

mínima, debilitar y condicionar

al nuevo gobierno de los pueblos.

Y de máxima para destruirlo

antes de que pueda aprender

a caminar.

El lugar elegido para asestar

ese golpe y enviar ese mensaje

de tipo mafioso fue la estación

de Avellaneda. El método fue el

corte de vías por parte de supuestos

trabajadores anónimos

que portaban banderas anarquistas

y afirmaban no tener

ninguna representación sindical.

Y allí también, en el corte

de vías por parte de “militantes

de izquierda” también hay un

mensaje para la flamante vicepresidenta

de la Nación, Cristina

Fernández. El 20 de octubre de

2010, en circunstancias similares

a las que se produjeron hoy,

caía abatido el militante trotskista

Mariano Ferreyra, asesi-

Mural con la imagen de los militantes sociales Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. La mal llamada “izquierda” en Argentina

ha hecho un uso intensivo de esta simbología para ubicar al peronismo en el lugar de la represión, lo que en sí es una inversión

de sentido: el trotskismo, que es esa “izquierda”, es el notorio y vulgar instrumento de la oligarquía, del imperialismo y de la

reacción y es, por lo tanto, la represión por antonomasia, aunque se disfrace de otra cosa.

12 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


nado por una patota sindical al

servicio del entonces secretario

de la Unión Ferroviaria, José

Ángel Pedraza. Mariano Ferreyra

fue acribillado ese día y siete

días después fallecía el compañero

de Cristina, el presidente

Néstor Kirchner.

¿Dónde está la relación? A

principios del año 2015, hablando

en un contexto de crítica a los

servicios de inteligencia por el

caso del suicidio de Alberto Nisman,

Cristina dijo que “la bala

que mató a Mariano Ferreyra

rozó el corazón de Néstor”. Para

Cristina, Néstor vendría a morir

una semana después del crimen

del militante trotskista por no

soportar el peso de aquel muerto

que le habían arrojado.

Entonces el mensaje de hoy

de la oligarquía y los servicios

de inteligencia es para el presidente

Alberto Fernández al

invocar la relación entre Kosteki,

Santillán, Duhalde y Solá, pero

también es para la vicepresidenta

Cristina Fernández porque

invoca además la relación entre

Mariano Ferreyra y Néstor Kirchner.

Y es un mensaje muy claro:

no aceptaremos retenciones al

agro ni la quita de los recursos

destinados a los “gastos reservados”

de la Agencia Federal de

Inteligencia.

Pero hay algo más y es la

pregunta que nadie parece

querer formularse: ¿Cómo es

que funcionan estas operaciones?

¿Cómo hacen la oligarquía

y los servicios para producir

disturbios donde el resultado en

potencia siempre es un enfrentamiento

armado y víctimas

fatales? ¿Cómo es posible que

nadie vea que eso está orquestado

y es una manipulación de

la realidad?

Eso es así porque se trata de

una puesta en escena y para

que dicha puesta en escena sea

exitosa, esto es, creíble para

Otro mural, pero ahora hacienda una mezcla delirante entre el militante asesinado

por una patota sindical Mariano Ferreyra, pañuelos de colores, docentes, trabajadores,

adolescentes y banderas rojas. Todo en la misma imagen, dejando en

evidencia el tráfico de ideología que se hace mediante la utilización de la imagen

de militantes que ya no están. Eso no es nuevo: la novedad es que aquí la operación

de sentido tiene por objetivo directamente desprestigiar la fuerza política que

representa los intereses de las mayorías. Como Mariano Ferreyra fue asesinado

durante el gobierno peronista de Cristina Fernández —aunque no mediara en ello

ninguna represión por parte del Estado—, el trotskismo lo usa indefinidamente

como la “prueba cabal” de que el peronismo es represor de trabajadores. Una vez

logrado instalar eso en la cabeza de algunos, pasa a la siguiente etapa, que es la

de hacer entrar todo lo demás por añadidura o por tráfico de ideología.

la opinión pública en general,

en ella deben intervenir como

parte visible otros que no sean

la oligarquía y mucho menos

los agentes de inteligencia. Es

importante que el público no

vea que en esas operaciones los

que cortan las vías de un ferrocarril

son, en realidad, títeres

adiestrados por los servicios de

inteligencia. Esos títeres deben

verse siempre como humildes

trabajadores y como militantes

políticos. Aquí es donde entran

los traficantes de ideología.

Si el atento lector observa

bien, hay un patrón común entre

Kosteki y Santillán, Mariano

Ferreyra y los incidentes de hoy

en Avellaneda. Más allá de que

todos esos hechos ocurren en

las inmediaciones de ferrocarriles,

en todos ellos está involucrada

la mal llamada “izquierda”.

En todos esos episodios

aparecen militantes trotskistas

o filotrotskistas dispuestos a

enfrentarse con las fuerzas del

orden y/o con los sindicatos organizados.

Siempre —y he ahí el

patrón— hay trotskistas siendo

usados como carne de cañón en

las operaciones de sentido del

poder fáctico.

¿Por qué? Porque son baratos.

Cada vez que la oligarquía

desea llevar a cabo un hecho

político para golpear profundamente

a un gobierno de tipo

nacional-popular, la oligarquía

recurre a los dirigentes trotskistas

para que ellos envíen a

sus militantes al muere. Quizá

algún día sabremos a ciencia

cierta si los dirigentes trotskistas

lo hacen colaborando con la

oligarquía o engañados por ella,

pero lo que está a la vista es

lo obvio ululante: siempre que

quieren armar quilombo para

desestabilizar un gobierno peronista

aparecen los traficantes

13 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


de ideología para poner la carne

humana necesaria al éxito de la

operación.

¿Por qué eso es así y golpea

tan duro? ¿Por qué la bala que

mató a Mariano Ferreyra rozó

el corazón de Néstor Kirchner

hasta matarlo? Porque el peronismo

es la representación real

de las clases populares y de los

trabajadores en la Argentina y

la más mínima sospecha por

parte de la sociedad de que los

peronistas matan a un trabajador

impacta en el peronismo

con la potencia de una bomba

atómica, es la contradicción

suprema y la única que el peronismo

jamás podrá resolver. Es

como si algún día se supiera,

por ejemplo, que el Estado de

Israel perpetró los atentados a

la AMIA y a su propia embajada

en Buenos Aires como atentados

de falsa bandera para

provocar la guerra y lucrar con

la producción y venta de armas.

Probablemente no sea así y no

estamos afirmando que lo sea,

el Estado de Israel es incapaz de

semejantes atrocidades, pero

la metáfora aquí nos sirve. La

contradicción suprema para uno

siempre es matar al propio y los

trabajadores son los propios del

peronismo.

Mariano Ferreyra tenía las

cualidades de trabajador y de

militante, al igual que Kosteki

y Santillán. Lo mismo que los

supuestos ferroviarios, al menos

en aspecto, que hoy cortaron las

vías del ferrocarril Roca. Trabajadores

y militantes, todo lo que

para el peronismo es sagrado.

Eso es lo que los traficantes de

ideología ponen para que la oligarquía

opere y condicione a los

gobiernos de tipo nacional-popular.

Es difícil, nadie se anima

a decirlo abiertamente, pero es

así. Es así y hoy ellos avisaron:

habrá muchos más simulacros

de lío en las calles con trabajadores

y militantes expuestos

a las fuerzas del orden. Si el

peronismo deja que eso corra

suelto, en el mismo caos se van

a producir las fatalidades que

el poder necesita para golpear;

y si el peronismo intenta tomar

el toro por las astas, queda

pendiente del accionar policial y

de su capacidad (o voluntad) de

resolver las cosas de otro modo

que no sea a los tiros. En ambos

casos la cosa es extrema y

pende sobre nosotros la espada

de Damocles gracias a la colaboración

de los traficantes de

ideología, que se presentan en

la política como la “izquierda”

y no son otra cosa que el vulgar

instrumento del imperialismo

y la reacción, como decía Fidel

en la Tricontinental hace más de

medio siglo.

Nadie nos prometió un jardín

de rosas, hablamos del peligro

de estar vivo, decía Fito Páez en

Al lado del camino. Por deformación

de oficio, sabíamos que

iba a ser complicado sostener el

nuevo gobierno peronista en las

actuales circunstancias, aunque

jamás pudimos imaginar que

sería tan difícil. No hay periodo

de gracia, no hay posibilidad

de “luna de miel”. A las pocas

horas de asumido el gobierno

de Alberto Fernández y aún lejos

de hacerse con los resortes del

Estado en su totalidad, aparece

el aviso del poder. Hablamos del

peligro de estar vivos y esto va a

estar muy complicado.

Estemos preparados para días

muy oscuros, porque ellos son

capaces de todo. Literalmente.

14 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


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15 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


CONTENIDO EXCLUSIVO

El lado

alegre de la

transición

16 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


17 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


Llegó al fin el día tan esperado

por millones de

argentinos. Más que el

inicio de una nueva etapa

en la política nacional, el

último 10 de diciembre marcó

en nuestro país un hito simbólico

de enormes proporciones.

Ese día, frente a los ojos de una

multitud que se hizo presente en

la Plaza Congreso y luego en la

Plaza de Mayo y de otros tantos

que la siguieron por televisión,

se daba la transición en clima

de normalidad entre dos gobiernos

de signo político opuesto,

un hecho que en nuestro país

puede clasificarse como inusual

o muy poco frecuente. Allí, en el

Congreso de la Nación, Mauricio

Macri le pasaba la banda y el

bastón de la investidura presidencial

a Alberto Fernández sin

más sobresaltos que el insólito

cruce entre el presidente saliente

y la flamante vicepresidenta,

Cristina Fernández. Y más allá

de dicho cruce —que no pasó de

una mueca durante el apretón

de manos protocolar y aun así

habrá de quedar para la historia—,

puede decirse que la transición

entre el gobierno gorila de

un solo mandato y el gobierno

peronista que concentra las esperanzas

de todo un pueblo se

dio en total normalidad, como

diría Clarín en otras circunstancias

más oscuras.

La emoción estaba a flor de

piel a eso del mediodía, cuando

Alberto Fernández emuló a

Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández, respectivamente vicepresidenta

y presidente de la Nación argentina, ovacionados por la multitud en el escenario

instalado en Plaza de Mayo al culminar la fiesta nacional-popular.

Néstor Kirchner y habló en su

discurso de asunción acerca de

un país que debe levantarse luego

de una quiebra. Lo hizo frente

a una asamblea legislativa con

mayoría propia en ambas cámaras

y unos invitados de lujo,

entre los que se encontraban

Rafael Correa, Fernando Lugo

y muchos más. Lo hizo luego

de llegar manejando su propio

auto, detalle que hizo estallar

la ovación de los que lo vieron

llegar y es una característica

del perfil que Alberto Fernández

viene cultivando como parte de

la estrategia de construcción de

una imagen que lo instale con

luz propia y originalidad en el

escenario a medida que pase el

tiempo.

En otro tiempo, era el 15 de

mayo de 2003 y Carlos Menem

se bajaba del ballotage para

que quedara automáticamente

electo como presidente de la

Nación argentina Néstor Kirchner

con tan solo el 22% de la

voluntad popular expresada en

las urnas. Faltaban entonces

diez días para la asunción y un

despechado José Claudio Escribano

publicaba en el Diario La

Nación un venenoso artículo titulado

Treinta y seis horas de un

carnaval decadente, en el que

condenaba el nuevo gobierno al

fracaso y decía que la Argentina

había resuelto darse un gobierno

por un año. Fueron doce años

y medio en total lo que duró el

gobierno kirchnerista entre el

mandato de Néstor Kirchner y

los dos de Cristina Fernández,

pero Escribano no podía saberlo.

Lo que Escribano hizo con la

publicación de esa tristemente

célebre nota de opinión fue

enviarle un mensaje a Néstor

Kirchner: la oligarquía argentina

cuya tribuna de doctrina es

La Nación se oponía al nuevo

gobierno. El propio Escribano

había solicitado una reunión con

18 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


La alegría del pueblo argentino por este nuevo retorno a la democracia popular se expresó en el ingenio popular desplegado

tanto en Plaza Congreso como en Plaza de Mayo, pero fue mejor representado por la felicidad de una juventud que ya arranca

con fe en la patria. El recambio generacional es un logro y una característica distintiva del peronismo.

Néstor luego de conocerse la renuncia

de Carlos Menem y dicha

reunión había tenido por finalidad

la presentación de un pliego

de condiciones de la oligarquía

al nuevo gobierno peronista.

Néstor Kirchner rechazó de

plano esas condiciones, invitó

a José Claudio Escribano amablemente

a retirarse y luego se

aseguró de hacer en el gobierno

todo lo opuesto a lo que prescribía

el poder fáctico en su pliego

de condiciones. Ese artículo de

Escribano fue una vendetta que

quedó sin efecto porque Néstor

Kirchner no aceptó la extorsión

oligárquica.

Si bien Alberto Fernández asume

el gobierno 16 años después

de aquel 2003 en circunstancias

parecidas en lo económico

y en lo social, pero absolutamente

opuestas en lo político,

aquí hubo también treinta y seis

horas de carnaval. De un carnaval

popular, nada decadente

y más bien todo lo contrario.

El carnaval que se armó en las

calles y continuó al día siguiente

para la asunción de Axel Kicillof

como nuevo gobernador de la

provincia de Buenos Aires fue la

fiesta de la renovación y hasta

de redención que el pueblo

argentino necesitaba después

de cuatro años de una apabullante

oscuridad. No hubo en

esta ocasión extorsión por parte

de las plumas refinadas de la

oligarquía en las páginas de La

Nación. Lo que sí hubo fue una

inmensa fiesta en la que todo un

pueblo expresaba fundamentalmente

alivio frente al hecho de

la superación de la pesadilla de

gobierno de las corporaciones

que iba terminando a exactos

cuatro años, ni un día menos, de

haber llegado al poder político

en el Estado.

El carnaval popular fue como

la suspensión momentánea de

las controversias internas del

Frente de Todos y el instante

de fiesta antes de enfrentar la

realidad de que al nuevo gobierno

del peronismo le toca un país

en ruinas y a la vez en llamas.

Durante algunas horas pueblo y

militancia se unieron para celebrar

la llegada de la esperanza

y perdieron de vista la situación

crítica de una Argentina con

índices económicos y sociales

en algunos casos peores que los

de diciembre de 2001. Ese día

quedaron en el olvido el maltrato

sistemático y el saqueo del

gobierno que finalizaba, pero

tampoco nadie pensó en lo que

venía por delante. La asunción

del nuevo gobierno peronista

en la Nación y en la provincia de

Buenos Aires fue una fiesta que

19 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


no iba a poder empañarse con

nada.

Como una señal de los nuevos

tiempos que se inician con el

nuevo gobierno la ceremonia

de transmisión de los atributos

de mando se realizó finalmente

en el Congreso de la Nación, tal

como prescribe la ley, y el presidente

saliente estuvo allí para

entregarle los símbolos al nuevo

mandatario. Esto dicho en otro

contexto o en países donde la

normalidad institucional que

vulgarmente suele llamarse

“democracia” no suele verse

alterada con tanta frecuencia

como en Argentina sería una

nimiedad. Pero no lo es nuestro

país: el solo hecho de que

gobierno gorila o antipopular

haya podido sostenerse hasta

finalizar el tiempo de mandato

presidencial previsto en la Constitución

ya es en sí toda una

novedad. Desde que empezó la

seguidilla de golpes de Estado y

otras debacles en 1930, ningún

gobierno no peronista fue

capaz de sostenerse durante la

totalidad del tiempo previsto

para la duración del mandato

presidencial. El clave del discurso

“contrera”, el hecho se debe

a que “el peronismo no deja

gobernar”, aunque eso es insuficiente

desde luego para explicar

cómo de los cinco presidentes

no peronistas desde 1955 hasta

el presente dos fueron derrocados

por sendos golpes militares

(Arturo Frondizi y Arturo Umberto

Illia), uno tuvo que abreviar

su mandato en unos meses

ante el descalabro que resultó

de sus políticas económicas

erráticas (Raúl Alfonsín) y uno

fracasó estrepitosamente luego

de gobernar apenas dos años

(Fernando de la Rúa). Es cierto

que en la caída de este puede

aducirse la participación de

ciertos sectores del peronismo

de la provincia de Buenos Aires

y que en la de Alfonsín había ya

un gobierno peronista electo en

elecciones anticipadas, pero

El momento clave del saludo protocolar con mueca entre Mauricio Macri y Cristina Fernández, visto desde un ángulo distinto al

que se difundió en las redes sociales. En términos simbólicos, ella no suele dejar cabos sueltos.

20 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


lo cierto es que la presencia de

Mauricio Macri en el Congreso

de la Nación ese 10 de diciembre

para la transmisión de los

atributos de mando constituye

un hecho inusual, sino directamente

inédito, en la política de

nuestro país posterior a 1930.

Pese a que su gestión resultó

en una catástrofe social y económica

que, bien mirada, es

la suma de las catástrofes de

Alfonsín y De la Rúa (inflación y

recesión combinadas, sumadas

a un terrible endeudamiento y a

un saqueo sin precedentes), la

señal de que los tiempos cambian

es que Mauricio Macri llegó

relativamente indemne al 10 de

diciembre de 2019 para finalizar

su mandato y hasta puede

decirse que con cierto caudal

de votos para aspirar a subsistir

en la política, algo que Alfonsín

y De la Rúa no pudieron lograr.

¿Qué puede estar pasando para

que eso pase? ¿En qué consiste

realmente este cambio de

época?

Nada que realmente preocupara

a la multitud que se apostó

en las inmediaciones del Congreso

de la Nación para presenciar

la ceremonia de asunción

de Alberto Fernández como presidente

de la Nación y luego se

desplazó hasta la histórica Plaza

de Mayo para seguir allí la fiesta

popular hasta la noche. Una vez

concluidas todas las formalidades

de la jura de los ministros

del nuevo gobierno —que tuvo

lugar mientras afuera seguía

el carnaval popular—, llegó el

momento cumbre de aquel 10

de diciembre, el momento por el

que todos habíamos esperado

ansiosamente durante cuatro

años y un día: Alberto y Cristina

subían al escenario para hablarle

a la gente por primera vez

como presidente y vicepresidenta

de la Nación ya en posesión

formal de sus cargos. Desde la

Afiche de colección en una pared de Plaza de Mayo, en las inmediaciones de Calle

Defensa. La conciencia de que lo que vuelve es la alegría parecía ser común entre

la multitud que asistió a los festejos sin provocar disturbios ni mucho menos.

noche de aquel 9 de diciembre

de 2015, cuando Cristina

Fernández se vio obligada a

abreviar su mandato en algunas

horas para que no hubiera con

Mauricio Macri ninguna transición

formal ni el más mínimo

contacto, la militancia había estado

contando los minutos para

verla a ella otra vez allí. Allí, en

ese mismo escenario desde el

que anticipó con lujo de detalles

lo que estaba por venir, llamó a

la militancia a tomar su bandera

y hacerse dirigente de sí misma

y finalizó ese acto histórico

antes de la medianoche para no

convertirse en calabaza. Y allí

estaba ella nuevamente, luego

de que la dieran por muerta una

y mil veces, de que la amenazaran

a ella y a su familia con

las cárceles del lawfare y de

que le pronosticaran una dura

derrota electoral. Cristina se

subía otra vez al escenario que

le es característico para ocupar

el lugar que le corresponde. Es

cierto que no es el de la primera

magistratura, pero eso no le

importó a los cientos de miles

de presentes. Cristina estaba

de nuevo allí luego de cuatro

años y un día, nuevamente en el

21 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


El presidente Eduardo Duhalde conversando con el nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. En la unión

entre dirigentes que habían estado alejados entre sí está la fuerza de la unidad peronista para recuperar un país devastado.

lugar de las decisiones donde se

siente cómoda.

Cristina empezó recordando

ese 9 de diciembre y dijo:

“Aquella noche les dije que no

era magia lo que habíamos

vivido. Era un Argentina solidaria

donde nos importaba lo

que le pasaba al de al lado. Sé

que estos cuatro años han sido

muy duros. Trabajo, salario,

pobreza, el hambre que tanto

preocupa a nuestro presidente

y que debería desvelar a todos

los argentinos bien nacidos”. Y

agregó: “Fueron cuatro años duros

para quienes fuimos objeto

de persecución, a quienes se

nos buscó hacernos desaparecer

literalmente. A través de la

humillación y de la persecución.

Sin embargo, y pese a todo,

estamos aquí”.

Luego, emulando a Eva Perón

y a Salvador Allende, se dirigió

al presidente Alberto Fernández

y dijo: “Los pueblos no son

tontos. Conciben la lealtad con

los dirigentes que sienten que

los representa y los defiende.

Esa voluntad, esa humildad y

ese coraje tienen que tener un

objetivo: el amor. Al que siempre

nos ha movido. Por lo menos a

nosotros en esta plaza. Mucho

amor. Tenga fe en el pueblo y en

la historia. La historia la terminan

escribiendo, más tarde

o más temprano, los pueblos.

Sepa que este pueblo maravilloso

nunca abandona a los que se

juegan por él. Convóquelo cada

vez que se sienta solo o que

sienta que los necesita. Ellos

siempre van a estar cuando los

llamen por causas justas”.

Cuando Cristina terminó de

hablar, Alberto Fernández tomó

el micrófono y sorprendió a

quienes esperaban de él un discurso

de tono bajo. Como quien

no quiere la cosa, Fernández

arrancó reivindicando los años

dorados del gobierno kirchnerista,

del que fue funcionario hasta

el año 2008: “Un día la vida

me cruzó en el camino a Néstor

Kirchner. Jamás pensé que mi

vida iba a cambiar como cambió,

que se me iban a abrir las

puertas para ser protagonista

junto con él de la más maravillosa

tarea que fue poner de pie

al país y levantar las banderas

de la libertad y la democracia.

El día que me crucé con Néstor

tuve una alegría adicional que

le voy a agradecer a la vida

eternamente: ese día me crucé

con Cristina. En realidad, por

la locura de la Argentina, alguna

vez nos distanciamos y nos

reencontramos sabiendo que no

había diferencias centrales entre

nosotros, que nos habíamos

22 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


distanciado por formas y esa

distancia solo favoreció para

que este espacio se divida y que

volvieran a ganar los que siempre

ponen obstáculos para que

la Argentina se desarrolle, los

mismos que aparecen en escena

para endeudarnos, privilegiar a

sus amigos, dejar con hambre a

las familias”.

La multitud, que había pasado

toda la jornada bajo el sol de

casi verano entre la Plaza Congreso

y la Plaza de Mayo, estalló

en júbilo con esas palabras del

presidente Fernández. Pero no

habría de terminar allí. A continuación,

Alberto Fernández

se encargó de frenar en seco a

la militancia cuando esta empezaba

con los cánticos contra

Mauricio Macri: “No, no, ya no,

ya no, todo eso ya pasó. Eso ya

pasó, en esta plaza estamos

Cristina, yo, nosotros unidos

para poner la Argentina de pie.

Al pasado reciente recordémoslo,

tengamos memoria, nosotros

sabemos que con nuestra división

ellos se hacen fuertes, por

eso nunca más vamos a dividirnos.

Ese es un sistema político

que solo favorece a unos pocos

y castiga a las mayorías populares,

un sistema que empobrece

y trae miseria, nos endeuda y

nos atrapa en lo más cruel del

sistema financiero internacional.

Pido que al pasado lo recordemos

para no repetirlo”.

“Todo concluye al fin, todo

termina. Esto está terminando

y concluyendo. Está naciendo

otro país donde todos tenemos

lugar”, decía Alberto Fernández

a la continuación, para el aplauso

y el alivio de la asistencia. Y

luego de una crítica frontal al

individualismo y la meritocracia,

se despachó: “Vamos a trabajar

todos juntos, hacer la mejor

epopeya que podemos hacer

como sociedad, unir nuestro

esfuerzo para que nunca más

falte un plato de comida en la

casa de cada argentino. Vamos

a poner fin al hambre, es algo

que debe avergonzarnos, y para

no avergonzarnos más hagamos

lo que corresponde. Hoy vamos

a dar vuelta una página más de

la historia, a partir de hoy empezaremos

a construir un tiempo

en el que lo más importante va

a ser el que produce y trabaja

y vamos a desterrar a los que

especulan con la timba financiera”.

Ya sobre el final de un acto y

de un día repletos de emoción,

Alberto Fernández cerró con

palabras que habrán de quedar

grabadas a fuego en la memoria

de los argentinos: “Aspiro a que

sean la consciencia crítica. Que,

si alguna vez me desvío, salgan

23 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


a la calle y me digan ‘Alberto,

esto no fue lo que nos prometiste’.

No dejen que nadie los

domestique, que nade los calle,

que nadie los haga resignarse

a un presente. Ustedes tienen

que ir por el futuro y no el presente.

Decían que no volvíamos

más. Volvimos y vamos a ser

mejores”, remató, con un fallido

en la última palabra que sirvió

de insumo para innumerables

memes en las redes sociales.

Alberto Fernández y Cristina

Fernández de Kirchner se bajaron

del escenario ya como presidente

y vicepresidenta de la

Nación, respectivamente, pero

no sin antes la ya indefectible

“selfie” junto al nuevo gobernador

de la provincia de Buenos

Aires Axel Kicillof, la flamante

primera dama Fabiola Yañez y

el hijo de Alberto, Estanislao.

Alberto y Cristina se bajaron esa

noche del escenario y se subieron

al control de la botonera de

un país que está literalmente en

ruinas, en medio a una profunda

crisis económica, social e

institucional. Igualito que en

el 2001, cuando después de

dos delirantes semanas de una

sucesión que no se estabilizaba,

Eduardo Duhalde se hizo

con el control de una Argentina

que era una bomba. Alberto y

Cristina se subieron al gobierno

nacional con la memoria de

Duhalde presente y el vaticinio

de Guillermo Moreno, el que

no suele equivocarse en estos

menesteres: “Para ser Kirchner,

Alberto tendrá primero que ser

Duhalde”. Todos los que hemos

vivido esa experiencia entendimos

esas palabras y ahí estamos,

viendo cómo hará Alberto

Fernández para ponerse el traje

de Duhalde y hacer la pacificación

de una sociedad que está

en pie de guerra. ¿Se pondrá Alberto

también el traje de Néstor

Kirchner una vez terminado el

trabajo de ser Duhalde? ¿Se lo

pondrá él mismo o el privilegio

le tocará a otro? Demasiadas

preguntas para un proceso que,

al escribirse estas líneas, no

tiene aún dos semanas de vida.

Un proceso que se inició con

treinta y seis horas de un carnaval

popular bien merecido y que

pretende ir mucho más allá de

los doce años y medio logrados

por el peronismo kirchnerista

entre los años 2003 y 2015. La

Argentina necesita ese proyecto

de largo plazo para consolidar

la recuperación que necesariamente

vendrá y transformarla en

las bases de un proyecto nacional

justicialista con destino

de potencia mundial. Eso pudo

haber empezado ese día en Plaza

de Mayo. De ser así, dentro

de cien años los que todavía no

han nacido celebrarán ese 10

de diciembre como celebramos

los contemporáneos hoy el 25

de mayo de 1810, como un

acto fundacional de una nueva

y gloriosa nación: la nuestra.

No viviremos para verlo, pero la

trascendencia es característica

de la cosmovisión peronista y

allá vamos. Allá vamos.

24 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


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25 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


CONTENIDO EXCLUSIVO

Rehenes del

trotskismo

cultural

ERICO

VALADARES

A

solo nueve días de la

asunción del nuevo gobierno

peronista y mientras

en el Congreso de la

Nación se llevaba a cabo

una maratónica sesión para votar

la Ley de Emergencia Social,

orientada a ser el instrumento

legal para levantar la quiebra

de cuatro años de un fenomenal

saqueo, en las inmediaciones

de la estación de trenes de la

localidad de Avellaneda pasaban

cosas. Por segunda vez en

una semana un pequeño grupo

de individuos cortaba la circulación

del Ferrocarril Roca, el

que conecta la Capital Federal

con el sur del Gran Buenos Aires

transportando todos los días a

cientos de miles de argentinos,

trabajadores en su casi totalidad.

Y una vez más quedaban

varados en plena hora pico e

imposibilitados de emprender

el regreso a sus hogares luego

de una jornada laboral los miles

de pasajeros en la estación

de Constitución. De nuevo un

diciembre caliente en Argentina,

ya todo un clásico de nuestra

cultura política.

Un clásico fin de año caliente,

sí, aunque la pregunta en esta

ocasión es inevitable: ¿Por qué?

Si bien está claro que el estado

de la economía en general y de

la economía de las familias en

26 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


particular es el peor en muchos

años y eso ameritaría toda la

inestabilidad social esperable

para un mes de diciembre,

también es cierto que el nuevo

gobierno aún no ha tenido tiempo

suficiente para demostrar

si es capaz o no de revertir la

situación heredada del anterior

gobierno oligárquico. Entonces

lo que es un fin de año clásico y

una inestabilidad social esperable

para un mes de diciembre

en Argentina no tendría razón de

ser. ¿Por qué manifestarse con

piquetes y cortes de vías, si el

nuevo gobierno apenas empezó

y está justamente haciendo

pasar por el Congreso los instrumentos

para cambiar el rumbo

del país?

Desde el punto de vista de la

finalidad social de la protesta

social, valga la redundancia,

este corte de vías reiterado en el

Ferrocarril Roca no tiene ningún

sentido. Lo que está a la vista es

que de haber allí algún tipo de

reivindicación o reclamo puntual,

eso podría muy bien llevarse

a la mesa de negociación del

recién restablecido Ministerio

de Trabajo para su resolución. Y

si la finalidad fuera el reclamo

general por la situación económica

del país —que es patética—,

entonces menos razón aun

tendría de ser, puesto que dicha

situación no se le puede imputar

a un gobierno que apenas tiene

dos semanas de existencia y todavía

está lejos de hacerse con

los resortes de la administración

pública de un modo fáctico. En

otras palabras, no tiene ningún

27 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


sentido la protesta social en

esta coyuntura y el diciembre

caliente en la actual situación

es anecdótico, hasta desubicado.

Hay mucho por reclamar,

pero no hay a quién porque los

responsables por el descalabro

ya no están y los que están en su

lugar no lo son.

Pero la cosa se vuelve más delirante

si quitamos de la discusión

el argumento de la pertinencia

del reclamo social en las

protestas de los que cortan vías

en este diciembre de cambios,

porque si no existe en dichas

protestas una finalidad social el

analista se ve entonces obligado

a buscar otros intereses para

explicarlas. Si no hay un reclamo

gremial que pueda resolverse

por los canales institucionales

del Ministerio de Trabajo y no

hay posibilidad de imputar el

descalabro económico a un gobierno

que aun está asumiendo

sus funciones, que no termina

todavía de acomodarse en el

sillón y en las innumerables

oficinas de la administración de

Estado, entonces las protestas

no son tal y van a ser necesariamente

otra cosa. ¿Qué otra

cosa pueden ser los cortes de

vías reiterados en el Ferrocarril

Roca?

No van a faltar, por cierto,

teorías al respecto. La más

fuerte de ellas es que por detrás

de todo esto están los servicios

de inteligencia operando en

tándem con los poderes fácticos

que fueron recientemente

desalojados del Estado al ser

derrotado su candidato en

elecciones. El anuncio del nuevo

presidente Alberto Fernández de

la quita de los recursos destinados

a los oscuros “gastos

reservados” de los servicios de

inteligencia del Estado cayó

como una bomba en la Agencia

Federal de Inteligencia (AFI) y

no podía venir sin cola, lógicamente.

No hay un solo espía en

la Argentina de hoy que no esté

preocupado respecto a su futuro

en el oficio odioso del espionaje.

¿Con qué dinero van a espiar,

intervenir teléfonos y operar

esos espías si se les quitan los

fondos para los “gastos reservados”?

Está claro que el negocio

está allí, esto es, en financiar el

Imagen del primer corte de vías en el Ferrocarril Roca, ya en las primeras horas de

nuevo gobierno peronista: literalmente una docena de individuos generando el

malestar de decenas de miles de trabajadores. ¿Dónde está la prioridad?

espionaje contra los intereses

de la sociedad argentina con el

dinero que la propia sociedad

aporta con sus impuestos. Y

entonces la AFI está en llamas,

sus espías están buscando

socios para condicionar, apretar

al nuevo gobierno y evitar su

propio desguace a manos de

ese gobierno. Y los están encontrando.

Si se observan los aspectos

formales del medio centenar

de fantasmas que se pararon

esta semana sobre las vías para

interrumpir la circulación de

Ferrocarril Roca lo que se va a

ver allí es la ya clásica y gastada

metodología usada por los

servicios de inteligencia para

infiltrarse en la protesta social,

desordenarla y sacarla de su

cauce para deslegitimarla frente

a la opinión pública. Aparecen

las banderas anarquistas y los

“trabajadores” anónimos, gente

nunca antes vista en ninguna

parte ni conocida por los sindicatos

del sector. Son verdaderos

fantasmas con disfraz de

anarquista en un país donde el

movimiento sindical no tiene

esa orientación ideológica ni la

ha tenido al menos en los últimos

70 años. Son los “anarquistas”

que durante el gobierno de

Macri bombardearon a piedrazos

un teatro en para embarrar

la presentación de una película

sobre Santiago Maldonado y

se infiltraron en varias marchas

militantes para provocar disturbios,

justificando la represión

de la protesta social por parte

de las fuerzas de seguridad y del

orden.

En circunstancias normales de

comprensión de la coyuntura el

problema de 50 fantasmas parados

sobre las vías de un ferrocarril

y perjudicando a decenas

de miles de trabajadores tendría

que resolverse muy fácilmente.

No quedan dudas de que las

28 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


fuerzas de seguridad y del orden,

en un operativo ordinario,

deberían despejar las vías antes

incluso de que se formara el

piquete, arrestando rápidamente

a los fantasmas en cuestión

y poniéndolos a disposición de

la Justicia para que respondan

por alguna figura legal asociada

al atentado contra el sistema

de transporte público o cosa

similar. Sin grandes anuncios

ni demasiada visibilidad en los

medios de difusión, las fuerzas

de seguridad del Estado deberían

aplicar la represión en un

sentido de economía de la violencia,

es decir, sin la necesidad

del uso de armas ni el riesgo

de producir víctimas, efectuar

el arresto protocolar de esos

cincuenta individuos sin mayor

escándalo. Un operativo ordinario,

como decíamos, para evitar

la escalada del conflicto, prevenir

futuras movidas de la misma

naturaleza y fundamentalmente

reestablecer el servicio ferroviario

antes de que su interrupción

genere malestar entre la población

civil. Es una simple cuestión

de orden elemental sin el

que ninguna sociedad moderna

puede funcionar correctamente,

como se ve.

Y, no obstante, no solo no

hubo un operativo ordinario de

las fuerzas de seguridad de la

Nación para despejar las vías

en las dos interrupciones del

Ferrocarril Roca que tuvieron

lugar desde el 10 de diciembre

último, sino que ningún operativo

en absoluto y en ambos casos

primó la prescindencia por parte

del poder político recién asumido

en sus funciones. Nada

se hizo y el servicio de trenes

estuvo interrumpido durante

varias horas en dos ocasiones,

ambas en días de calor extremo

y en hora pico, que es cuando la

masa de trabajadores finaliza su

jornada laboral y se dispone a

Claudio Moroni es el titular de un recuperado Ministerio de Trabajo. Durante el gobierno

del presidente Mauricio Macri, la cartera había perdido estatus ministerial

y ahora la vuelve a tener. De igual forma, los “manifestantes” eligieron el conflicto

a la mesa de negociación. ¿Tendrían alguna demanda real para negociar con el

nuevo ministro o el conflicto siempre fue el verdadero objetivo?

emprender el regreso. En ambos

cortes lo que se hizo fue observar

desde lejos y esperar a que

ese medio centenar de fantasmas

con banderas anarquistas y

conocidos por nadie se retirara

por voluntad propia, ya cansados

ellos mismos de estar allí

expuestos al rayo del sol en las

vías del tren. Dicho de otra forma,

si el objetivo era perjudicar

a los trabajadores para causar

un malestar social, ese objetivo

se logró con creces en ambas

ocasiones y sin mayores costos.

En los términos muy propios

de la política y de la construcción

de consenso con las mayorías

populares, de cuyo voto y

apoyo depende cualquier gobierno

para ser y luego subsistir,

no hay nada más “piantavotos”

que permitir la generalización

del malestar social. Es una

cuestión elemental y es bien

sabido que en la Argentina el

conflicto gremial que se expresa

con corte de calles, rutas y vías

de tren tiene como consecuencia

inmediata el que una gran

cantidad de individuos quede

imposibilitada de circular y vea

alterada su rutina diaria, resultando

esos individuos insatisfechos.

Cuando ese conflicto

es real, esto es, cuando ya se

agotaron las instancias de

negociación entre el gobierno

en el Estado y un sector de la

sociedad, entonces el malestar

social de terceros que aparece

como consecuencia de dicho

conflicto es inevitable y no hay

más alternativa que pagar el

costo político y minimizar daños

en la medida de lo posible. Si

los trabajadores de un sector

de la sociedad recurren al corte

de la circulación de vehículos

y trenes al considerar que sus

29 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


El presidente Fernando de la Rúa, el arquetipo argentino de dirigente que no dirige, desoye los reclamos de la sociedad, no hace

política y, en consecuencia, sobre el que estallan todas las bombas. Nadie quiere ser como Fernando de la Rúa.

reclamos no son atendidos

correctamente o si el conjunto

de la sociedad lo hace frente a

la incapacidad política o desidia

de un gobierno frente al

descalabro social, entonces los

cortes de vías de circulación son

una consecuencia secundaria,

puesto que el reclamo es legítimo

y no corresponde allí aplicar

ninguna represión sobre quienes

protestan. Es el arquetipo de

un Fernando de la Rúa, en cuyo

gobierno las protestas fueron

resultado natural de la ineptitud

de los funcionarios en general

y no el problema en sí. La cuestión

reside en no llegar jamás a

esa instancia extrema, no llegar

a ser un Fernando de la Rúa desoyendo

los reclamos de la sociedad

en su conjunto o en sus

sectores, de eso se trata hacer

política y gobernar. ¿Pero qué

pasa cuando el supuesto reclamo

no reclama nada en absoluto,

no busca ninguna resolución

por los canales institucionales

en el Estado y está orientado directamente

a generar un hecho

para alterar la estabilidad del

gobierno mediante la agitación

social? ¿Qué sucede cuando el

malestar social es consecuencia

no de un conflicto real en la puja

permanente de intereses económicos,

sino de una operación

cuyo fin no es otro sino la generación

de ese malestar social?

No debería haber dudas

respecto a eso. Más allá de

cualquier orientación ideológica

que medie en el análisis de una

situación en la que está en juego

la estabilidad social, ningún

gobierno podría dudar de que

siempre la prioridad es evitar

a como dé lugar ese malestar

entre las mayorías trabajadoras.

Aun habiendo en el Estado un

gobierno que no defiende los

intereses de dichas mayorías

populares, está claro que a

ningún gobierno —sea del signo

político que sea— tiene interés

en que en las calles haya malestar.

Entonces cualquier gobierno

en condiciones normales va

a ordenar que las fuerzas de

seguridad del Estado se ocupen

de desalojar las vías, las calles o

las rutas para normalizar lo más

rápidamente posible la circulación.

Y si eso es de inmediato,

de modo a que los trabajadores

ni lleguen a percatarse de que

allí hubo demoras significativas,

mejor.

Pero las condiciones actuales

en la Argentina no son normales

y el gobierno peronista recién

nacido permitió que la circulación

del Ferrocarril Roca se interrumpiera

dos veces durante la

primera semana posterior al 10

de diciembre de 2019. He ahí lo

fáctico, el hecho concreto que

no está sujeto a interpretaciones.

Las circunstancias en las

que Alberto Fernández asumió

el gobierno de la Argentina distan

muchísimo de ser normales

y en consecuencia Alberto Fernández

prescindió frente a los

cortes de vías en el Ferrocarril

Roca, permitiendo que decenas

de miles de trabajadores quedaran

varados en Constitución,

expuestos al rayo del sol de los

últimos días de la primavera en

uno de esos cortes. Alberto Fernández

permitió que eso pasara

aun sabiendo que allí iba a pagar

un costo político alto cuando

los varados concluyeran, como

de costumbre, que el responsa-

30 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


ble de aquella situación era el

gobierno nacional. ¿Por qué?

Porque las circunstancias

políticas hoy en la Argentina son

absolutamente anormales y eso

incluye el estado en el que se

encuentra la “tropa propia” de

Alberto Fernández. La situación

actual en la política argentina es

anormal hasta el punto de anarquizar

a los que tendrían que

estar orgánicamente firmes en

defensa de un gobierno recién

nacido que muchísimo les costó

conseguir. En una palabra, Alberto

Fernández prescindió dos

veces de “poner orden” frente a

una operación cuyo objetivo era

“marcarle la cancha de entrada”

porque no existe normalidad ni

siquiera en su base de sustentación.

El presidente Fernández

prescindió frente al atentado de

los fantasmas disfrazados de

trabajadores porque el horno

no está para bollos, como suele

decir el sentido común popular.

Desorientados

argentina está en pie de guerra

y dispuesta a discutir cualquier

asunto lateral como si el futuro

de la humanidad dependiera

de eso. El argentino hoy está

extremadamente movilizado,

atento a prácticamente todo y

hasta ansioso por hacer lío a la

primera de cambio. Es como si

estuviéramos todos esperando

esa primera de cambio para

tomar las calles como en Chile y

hundir el país entero en el caos

social del que nadie sabe muy

bien cómo salir. He ahí la bomba

dejada por Mauricio Macri:

cualquier movimiento del nuevo

gobierno podría ser interpretado

por propios y ajenos como esa

primera de cambio y la bomba

podría estallar.

Pero el problema de Alberto

Fernández no es la incomprensión

de los ajenos, sino precisamente

la de los propios. Bien

mirada la cosa, si entre la “tropa

propia” existiera un cierto nivel

de unidad de opinión respecto a

lo fundamental, entonces sería

más bien irrelevante la exasperación

de todos los demás, ya

que en la correlación de fuerzas

existiría el equilibrio necesario

en la toma de las decisiones

ejecutivas necesarias para

desarmar la bomba que deja

Mauricio Macri al finalizar su

gobierno. Si existiera entre los

que hicieron posible su elección

un consenso sobre cómo hay

que gobernar una vez asumido

el gobierno, entonces la bomba

macrista quedaría desarmada

de antemano en la certeza de

que con el correr de los días se

estabilizaría la situación social

con la reactivación económica y

de que, en el mediano plazo, la

construcción de un país normal

y a la vez más justo estaría garantizada.

Nada más útil a la estabilidad

deseada que la unidad

de criterio entre los que quieren

construir esa estabilidad. Pero

No es necesario ser un analista

político para concluir que el

país que deja Mauricio Macri

al finalizar su gobierno es una

enorme bomba de tiempo y es

un campo minado donde cualquier

paso equivocado puede

resultar en una explosión. La

metáfora es más adecuada que

nunca: en la Argentina de hoy la

economía es un descalabro, la

situación social es similar a la

que antecedió el estallido de diciembre

de 2001 en términos de

indicadores de pobreza, miseria

y desocupación real, además

de presentar un escenario de

inflación galopante que en el

2001 no existía. Poca gente

quiere comprenderlo, pero está

a la vista que las condiciones

sociales son hoy aun peores que

en diciembre de 2001 y que,

además de eso, la sociedad

Sergio Berni es el flamante ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires

y el más idóneo de los funcionarios actuales para lidiar con trotskistas a sueldo y

servicios de inteligencia. En este caso, Berni no puede actuar porque las vías de los

ferrocarriles son jurisdicción de la Nación, aunque estén en territorio provincial.

31 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


Los civiles progresistas, auténticos trotskistas culturales. Alberto Fernández

llevaba apenas 18 días de haber asumido como presidente de la Nación y el progresismo

perfumado de los sectores medios —que durante el gobierno del presidente

Macri se manifestó solamente en Twitter— ya salía a las calles a agitarla con

consignas. Esta es la idea que estos individuos tienen de “militancia”, a saberla,

oponerse cuando las condiciones son favorables para hacerlo.

la unidad de criterio no existe y

eso fue lo que quedó en evidencia

en ambos episodios de corte

de vías del Ferrocarril Roca.

Lo que no existe hoy entre la

“tropa propia” que posibilitó la

elección de Alberto Fernández

es la comprensión de la necesidad

de defender y sostener

el actual gobierno peronista a

como dé lugar y de que eso no

se logra sino por encima de los

valores ideológicos, los que en

el Frente de Todos son muchos

y muy variados, muchas veces

hasta contradictorios entre sí.

Los que logramos de alguna

forma poner nuestras diferencias

entre paréntesis durante la

campaña electoral para derrotar

a Macri no estamos siendo

capaces de comprender que el

desafío de sostener lo conquistado

es mucho más grande que

el de ganar las elecciones. En

realidad, hay mucha gente “de

este lado” pensando inocentemente

que ya ganamos y que

ahora cada uno puede hacer o

decir lo que le venga en gana

porque Macri está derrotado.

Ahí está el problema.

De un modo general, lo que le

falta a la “tropa propia” con la

que pensamos sostener políticamente

el nuevo gobierno es

peronismo. Al tratarse de un

enorme rejunte de gente que

piensa muy distinto y cuyo único

consenso haya sido quizá en

torno a la necesidad de correr

a Mauricio Macri de la Casa

Rosada, entre los militantes, los

simpatizantes y los amigos del

Frente de Todos triunfante en

las elecciones de octubre hay

una gama muy amplia de opiniones

de “derecha” a “izquierda”,

donde la tendencia a esta

posición es la más numerosa y

la más ruidosa. El peronismo,

elemento supuestamente aglutinador

político y factor natural de

equilibrio ideológico del Frente,

brilla por su ausencia a la hora

de aplicar el pragmatismo tan

necesario para estabilizar un

gobierno recién nacido y un país

al borde del colapso y el estallido.

Así, ante la necesidad de

aplicar dicho pragmatismo en la

resolución de las cuestiones, el

gobierno de Alberto Fernández

ha demostrado ser rehén de una

ideología liberal “de izquierda”

que no permite ideológicamente

la toma de ciertas decisiones.

Esa ideología es el trotskismo

cultural, que en la forma de

“progresismo” ha penetrado en

el campo nacional-popular, ha

corrido de allí al nacional justicialismo

que niega la dicotomía

entre “izquierda” y “derecha”

y ha puesto la extorsión ideológica

sobre las decisiones de

gobierno: ciertas cosas no se

hacen ni aunque de ellas dependa

la subsistencia del mismísimo

gobierno.

Volvamos al caso particular

que aquí nos atañe y es revelador:

¿Por qué el gobierno recién

nacido de Alberto Fernández

eligió prescindir frente al atentado

de los fantasmas de la AFI

contra el sistema de transporte

público? ¿Por qué prefirió arrancar

pagando un costo político

que no le corresponde en el

enojo generalizado de miles de

trabajadores varados en Constitución?

¿Por qué simplemente

no optó por usar las facultades

del poder ejecutivo para activar

las fuerzas de seguridad del

Estado y despejar las vías del

Ferrocarril Roca? Porque está,

desde luego, condicionado

por la orientación ideológica

de la mayoría de los militantes

y simpatizantes del frente

electoral sobre el que el propio

gobierno se ha constituido como

tal. En otras palabras, si alguien

se presenta como trabajador y

elige una modalidad piquetera

de protesta, entonces no corresponde

aplicarle a ese alguien

ninguna represión. “Un gobierno

popular que se precie de serlo

no reprime”, es la sentencia

ideológica que subyace este

asunto. “Y si el gobierno repri-

32 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


me, entonces no es popular”,

concluye la sentencia.

Pero dicha sentencia ideológica

es profundamente antiperonista

y ya ni siquiera argumentando

que, en realidad, los

que armaron los piquetes en el

Ferrocarril Roca no son trabajadores

sino carneros al servicio

de la AFI. Eso es discutible y

alguno va a preferir creer que sí

se trataba de trabajadores, pero

sigue siendo irrelevante. No es

necesario para el peronismo

discutir la naturaleza de quienes

cortan las vías del tren para

determinar la necesidad de la

represión, el peronismo pragmáticamente

va a discutir siempre

otra cosa. Lo que el peronismo

no ideologizado “por izquierda”

ni “por derecha” va a discutir es

si corresponde que un gobierno

peronista se quede de brazos

cruzados frente al sufrimiento

de decenas de miles de trabajadores

(estos sí, puesto que por

el sistema de trenes urbanos

viaja la clase trabajadora en su

enorme mayoría y allí no hay

sospechas de origen) varados

en una estación, bajo el sol de

casi verano y extenuados luego

de su jornada de trabajo. ¿Qué

duda puede tener un peronista

ante la urgencia de habilitar el

servicio de trenes lo más rápidamente

posible, llamando al

orden a esos cincuenta piqueteros

apostados sobre las vías del

tren? Ninguna, las dudas no las

tiene ahí el peronismo, sino la

“izquierda” ideológica que detesta

el pragmatismo y pretende

resolver los problemas reales

del país de un modo dogmático.

Como se ve, no es ningún

misterio. De una parte, un puñado

de individuos cortando la

circulación de los trenes sin ni

siquiera someter sus supuestos

reclamos a la discusión en el

Ministerio de Trabajo. De otra,

decenas de miles de trabajadores

al borde de la rebelión al no

encontrar en el Estado la respuesta

a su problema inmediato.

¿A quiénes debería priorizar

el peronismo pragmático? ¿Y

cuál será siempre la prioridad

de la “izquierda” dogmática?

Ahí, en la escala de prioridades

de unos y otros, está la diferencia.

Para ver con claridad esa

diferencia el atento lector tendrá

solamente que hacer un cálculo

elemental, pragmático en todo

sentido: frente a la alternativa

de representar los intereses de

un grupo social enfrentándose

con los intereses de otro grupo,

¿por cuál de los grupos es más

conveniente optar si lo que se

quiere es sostener una gobernabilidad

fundada en la opinión

de las mayorías? ¿Por una masa

de decenas de miles de trabajadores

o por un grupo de unos

cincuenta militantes?

Parece fácil, pero no lo es

tanto cuando median en la

cuestión valores ideológicos que

priman sobre la realidad efectiva.

La base social histórica del

peronismo, como se sabe, es la

mayoría trabajadora o las clases

populares de un modo genérico.

Lo mismo no puede decirse de

la mal llamada “izquierda”, la

que históricamente ha basado

toda su política en la militancia.

Y no es lo mismo. Hablamos

aquí, por un lado, de millones de

Vista del segundo corte de vías en el Ferrocarril Roca, a poco más de una semana de asumido el nuevo gobierno. Aquí puede

verse claramente que se trataba de muy pocos individuos apostados sobre las vías e interrumpiendo el servicio.

33 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


individuos que no están unidos

por una ideología sino por el

hecho de pertenecer a una clase

social subalterna que vive de su

trabajo. Por otro lado, hablamos

de una minoría ideologizada

cuyo denominador común es

justamente esa adhesión a una

ideología determinada. Aun admitiendo

que los piqueteros del

Roca son militantes anarquistas

auténticos y no servicios financiados

por la AFI, el peronismo

doctrinario va a priorizar siempre

los intereses de las mayorías

sobre los de esos militantes y va

a despejar las vías para que los

trenes vuelvan a circular. Y solo

entonces, habiendo atendido la

demanda de los más, se pondrá

a discutir con los menos para

determinar qué respuesta puede

darles, si es que corresponde

darles alguna.

El llamado “progresismo” que

viene penetrando las filas del

peronismo es culturalmente

trotskista en ese sentido, en el

de priorizar siempre a los militantes

y no a las mayorías populares.

Eso se vio claramente

en los últimos años del gobierno

nacional-popular de Cristina

Fernández hasta el 2015. De

pronto el discurso político ya no

interpelaba a los trabajadores

sino a la militancia kirchnerista

y eso condujo a un encierro

en cierto microclima del que

el peronismo ya no supo salir

a tiempo para evitar la caída.

Penetrado por el “progresismo”

culturalmente trotskista, el

kirchnerismo fue incorporando

los métodos y las formas trotskistas:

el creciente sectarismo,

la retórica de “izquierda”, el

desprecio y el ninguneo a los

civiles no iniciados ideológicamente.

Y así el kirchnerismo fue

construyendo la derrota electoral

del año 2015 a manos de un

títere de las corporaciones como

Mauricio Macri, una marioneta

bastante burda que vino montada

este sobre un discurso que

interpelaba a la mayoría con

elementos del sentido común y

contrarios a la “verdad revelada”

ideológica de las minorías

militantes. En resumen, copado

por el “progresismo” que es el

trotskismo cultural el peronismo

dejó de serlo, se corrió a

la “izquierda” del arco político

y, al correrse hacia uno de los

extremos, enajenó de sus bases

a las mayorías de trabajadores

que son culturalmente peronistas,

desprecian los extremos en

política, no están ideologizadas

y mucho menos sobreideologizadas.

De comisarios políticos y

otros soles

Horacio Verbitsky es el principal comisario político de los progresistas en la actualidad.

Con su entrismo sostenido durante décadas, Verbitsky empapó al peronismo

de ideología liberal hasta desfigurarlo absolutamente. Verbitsky es reputado como

un prócer por gran parte de los militantes y simpatizantes, gente que ni sospecha

del palmarés de maldades y operaciones realizadas por este espía.

Pero la etapa kirchnerista del

peronismo fue una etapa repleta

de transformaciones y

fue también el momento del

despertar para la política de

muchos. El kirchnerismo —sobre

todo después del lock-out

patronal del año 2008— supo

interpelar a quienes habían

estado de espaldas a la política,

supo convocar al debate a los

que en el 2001 gritaban “que se

vayan todos” y habían llegado

a creer que “todos los políticos

son iguales”. Entonces el kirchnerismo

es una fuerza en sí

dentro del peronismo y es hoy

la más importante de todas las

fuerzas que lo componen. Nadie

duda de eso desde que Cristina

Fernández hizo el experimento

de Unidad Ciudadana en el año

2017 y afrontó las elecciones de

aquel año contra el mundo entero

con los votos kirchneristas

y nada más. Allí quedó claro que

el kirchnerismo es un núcleo

34 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


El lock-out patronal del año 2008, punto de inflexión e hito de entrada de cientos de miles de argentinos despolitizados y sin

cultura política —como diría el General Perón— a la militancia luego de décadas de enajenamiento de los asuntos públicos.

durísimo en sí mismo y que ese

núcleo puede ser de alrededor

del 30% y más del electorado.

Eso es fenomenal, hay pocos

casos en el mundo entero de

dirigentes que tengan la misma

cantidad o más votos y adherentes

que Cristina Fernández

sin mediar el concurso de otros

referentes. El kirchnerismo es un

fenómeno y es una de las mejores

cosas que le han pasado a

la política argentina, sin lugar a

dudas, pero desde el punto de

vista de la construcción también

supone un problema, porque

el kirchnerismo es un gigante

bobo. Bobo y muy “progresista”,

el kirchnerismo ideológicamente

es una suerte de trotskismo

cultural que puede clasificarse

como “de izquierda abstracta”.

Entonces el kirchnerismo pesa

muchísimo a punto de imponer

condiciones en cualquier

construcción política. Y como

la militancia kirchnerista es

políticamente “progresista” y

es culturalmente trotskista, las

condiciones que el kirchnerismo

va a imponer siempre serán

condiciones ideológicas “de

izquierda” como, por ejemplo,

la de que cualquier represión es

inaceptable, incluso si se tratara

de reprimir a unos cincuenta

gatos locos sospechados de

trabajar para los servicios de inteligencia

para que una mayoría

de trabajadores no sufra. Claro

que eso va a entrar en contradicción

frontal con la praxis de

un gobierno que el kirchnerismo

considera propio, como una

continuación de sí mismo en

otros pagos: el de Venezuela.

Allí, el chavismo viene abandonando

el dogmatismo y viene

dando leña siempre que es

necesario dar leña, sin preguntarse

mucho si el que va a poner

el lomo es militante, servicio de

inteligencia, agente de la CIA

o el propio diablo. El chavismo

venezolano ha comprendido que

el dogma “de izquierda” conduce

siempre a la disolución y a la

implosión del poder político en

Estado al no tener en sí mismo

la capacidad de superar las

contradicciones inherentes al

ejercicio del poder político. En

la práctica, cuando se ve acosado

por la reacción, el gobierno

venezolano hace uso de las

fuerzas del orden del Estado y

pone orden lo mejor que puede,

como tiene que ser si el objetivo

es sostener un proyecto político.

El kirchnerismo aplaude

cuando eso pasa, aunque sigue

repitiendo que toda represión es

condenable.

Esa contradicción entre el

discurso y la praxis es solo un

botón de muestra del nivel de

desorientación que existe en las

filas del trotskismo cultural que

es el “progresismo” kirchnerista

y que termina afectando al

gobierno de Alberto Fernández.

Hay más contradicciones, como

el sostenimiento de un discurso

de soberanía nacional, por un

lado, que incluye el reclamo

sobre las Islas Malvinas, y la

retórica “antimilico”, por otra,

que consiste en atribuirle automáticamente

a todo lo militar

una valoración negativa. ¿Cómo

35 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


defender la soberanía del territorio

de una nación frente a la

agresión foránea si no parándose

firmes con las armas en la

mano? Y otra vez el chavismo

en Venezuela muestra el camino

doctrinario del pragmatismo,

porque lejos de ser “antimilico”,

el gobierno nacional-popular

de Venezuela se caracteriza

a sí mismo como una alianza

cívico-militar, cosa que pondría

a cualquier “progresista”

al borde del colapso nervioso

por asociarse en el lenguaje lo

“cívico-militar” con las dictaduras

del Plan Cóndor en los años

1970, sobre todo en los países

del Cono Sur.

Todas esas contradicciones

son muy típicas y pueden verse

en el discurso de cualquier “progresista”

promedio, además

de tantas otras que no hacen

sistema con la responsabilidad

de gobernar un país. La diferencia

entre el trotskismo político

—que es el 2% y moneditas de

delirantes agrupados en partidos

que parecen sectas— y el

trotskismo cultural, que es el

“progresismo”, es precisamente

esa: los progres hacen alianzas

y frentes, ganan las elecciones y

llegan a gobernar con poder político

en el Estado, cosa que los

trotskistas no hacen. Pero como

ideológicamente ambos están

programados con el mismo

dogma ideológico, el trotskista

termina siendo inocuo mientras

el “progresista” va a funcionar

para el gobierno del que forma

parte como un auténtico lastre

de ideología. Y cuando ese “progresismo”

es lo suficientemente

numeroso, apasionado y ruidoso

hasta formar un kirchnerismo,

por ejemplo, entonces va a tomar

de rehén al gobierno entero

y lo va a poner bajo la extorsión

ideológica permanente. Eso es

lo que la pasa al nuevo gobierno

peronista hoy, porque no puede

aplicar el pragmatismo que

necesita para prosperar y cazar

los ratones que hay que cazar

sin que eso entre en ruta de

colisión ideológica con la parte

fundamental del frente que lo

sostiene. Si el presidente Alberto

Fernández diera la orden de

reprimir, esposar y poner disposición

de un juez a cincuentas

fantasmas que cortan las vías

del ferrocarril, una ruta o un

puente, entonces los mayores

problemas no los tendría el presidente

Fernández con la oposición

gorila, sino precisamente

con el “progresismo” que tiene

al lado.

El problema no son los dirigentes

del nuevo gobierno, no es

que tomen malas decisiones o

se equivoquen al omitirse en situaciones

como la de los cortes

en las vías del Ferrocarril Roca.

El problema son las condiciones

que los militantes propios les

imponemos a esos dirigentes

desde un lugar ideológico que

nada tiene que ver con la realidad

efectiva de gobernar todos

los días y encima de hacerlo en

un país que es una bomba de

tiempo. Al constituirnos en un

frente junto a una “izquierda”

culturalmente trotskista y plagada

de contradicciones groseras

como el discurso nacional sin

nacionalismo y el discurso de la

paz sin orden, nos vemos condicionados

por la opinión de una

enorme cantidad de militantes

cuyos comisarios políticos son

La alianza cívico-militar, garantía pragmática de la continuidad de la revolución nacional-popular en Venezuela. Aquí en Argentina

pareceríamos estar ideológicamente a años luz de lograr algo así, puesto que los nuestros son en su mayoría “antimilicos”.

36 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


notorios trotskistas culturales

como Gabriela Cerruti y Horacio

Verbitsky, entre otros progres

además sospechados de operar

intereses más bien oscuros.

Somos rehenes hoy de una

tendencia ideológica que nosotros

mismos hemos levantado,

de un pensamiento abstracto

y profundamente ingenuo “de

izquierda” que hizo entrismo en

el peronismo hasta colonizarlo.

Incluso la militancia peronista

empieza a dudar acerca de si es

conveniente hacer políticas de

seguridad pública que incluyan

la represión al delito sistemático

que los medios llaman “inseguridad”.

“¿No estaremos siendo

muy fachos?”, nos preguntamos,

mientras los trabajadores

argentinos —la propia base

social del peronismo, en una

palabra— viven acosados por

los delincuentes en los centros

urbanos. He ahí el resultado del

entrismo trotskista cultural en

el peronismo: hemos llegado a

pensar que la defensa de los trabajadores

es cosa de “fachos” y

nos hemos vuelto, así, defensores

de minorías lúmpenes.

El resultado práctico del corrimiento

del peronismo hacia

uno de los extremos ideológicos

que históricamente negó es el

enajenamiento de la base social

peronista, de los trabajadores

que son las mayorías en todas

partes. Es el priorizar la ideología

sobre la doctrina, la vía

dogmática sobre el pragmatismo,

la opinión militante sobre

el sentipensar de las mayorías

populares no sobreideologizadas.

Entonces el peronismo es el

“peronismo de izquierda”, se corre

a la “izquierda” y se presenta

frente a la sociedad argentina ya

no como la representación de la

totalidad del pueblo sino como

eso, como un partido de “izquierda”

o dicho “progresista”.

Y, lógicamente, un partido que

Pasajeros varados en hora pico en las inmediaciones de la estación de Constitución,

en su inmensa mayoría trabajadores, durante el primer corte a las vías del

Roca. Si esta no es la base social del peronismo, ¿esa base social dónde está?

solo tendrá el voto y el apoyo de

una parte, que es la “izquierda”

y es el “progresismo”, mientras

las mayorías populares son

embaucadas periódicamente

por los aventureros en discursos

que prometen “mano dura” y

“orden” como fachada de un

saqueo. ¿Qué tan delirante sería

pensar en una Patricia Bullrich

como candidata de la reacción

oligárquica en las próximas

elecciones si el peronismo

fracasara en el intento de ponerle

un freno al delito o si fuera

incapaz de garantizar el normal

funcionamiento del servicio

público de transporte de masas

frente a reiterados piquetes de

la mal llamada “izquierda”?

Si el peronismo se corre a uno

de los extremos y abandona

en consecuencia el lugar de la

representación de los intereses

de la totalidad del pueblo

argentino, entonces no sería

para nada delirante proyectar

a los reaccionarios ocupando

el espacio dejado por el peronismo,

montándose sobre un

discurso “populista de derecha”

y arrastrando a una buena parte

del electorado hasta ganar las

elecciones. No solo no es ningún

delirio, sino que pasó precisamente

en las elecciones del año

2015, con un peronismo corrido

hacia la “izquierda” y abandonando

el lugar de la representación

de la totalidad. Los resultados

de esa experiencia están a

la vista de todos.

El actual gobierno peronista

debe ponerse firme y evitar la

extorsión ideológica, venga de

cualquiera de los extremos. Ser

rehenes del trotskismo cultural

que llamamos “progresismo”

y desorienta a los militantes y

simpatizantes de kirchnerismo

va a resultar siempre en contradicciones

ideológicas que funcionan

como trabas a la gestión

efectiva de gobierno y eso no es

aceptable. Todos los gobiernos

populares de la región hallaron

su límite al encerrarse en

dogmas importados que nada

tienen que ver con la idiosincrasia

del hombre americano. Solo

resiste Venezuela, a fuerza de

deshacerse del corsé ideológico

y de aplicar las soluciones

pragmáticas requeridas en cada

coyuntura. Y el atento lector,

afecto a corroborar las hipótesis

antes de aceptar la validez de

sus argumentos, puede hacer ya

mismo la comparación y preguntarse

qué diferencias ideológi-

37 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


cas existen entre un kirchnerista

y un trotskista, salvo el hecho

de que este no quiere saber

nada con gobernar en ninguna

parte. El lector verá que no hay

ninguna y que todas las causas

ideológicas que son banderas

del trotskismo lo son también

en el kirchnerismo, sin que eso

constituya ninguna casualidad.

El trotskismo cultural es el

corrimiento a la “izquierda” y es

muy útil para hacer oposición,

sin lugar a dudas, pero es altamente

nocivo cuando empieza

el segundo tiempo y toca patear

hacia el otro arco, es decir, ya

no oponerse a nada sino precisamente

hacerse cargo de la

tremenda responsabilidad de

gobernar en el Estado. Ellos,

los trotskistas políticos, nunca

tuvieron esa responsabilidad ni

piensan tenerla y pueden seguir

indefinidamente en la infancia

tirapiedras, están cómodos allí.

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos

con nosotros mismos, colonizados

por el trotskismo cultural y

apremiados por la responsabilidad

de gobernar atendiendo

las demandas de un pueblo

que exige la caza de ratones y

no suele preguntar el color del

gato? Es cuestión de comprenderlo

y de descolonizarse, de

deshacernos del traje de adolescente

idealista “de izquierda”

que nunca supo hacer otra cosa

que poner bombas aquí y allí. Es

cuestión de dejar de ser rehenes,

hacerse cargo y ponerse la

patria al hombro de una vez, que

es lo propio del peronismo como

movimiento político por antonomasia

del pueblo-nación argentino.

No será esa cosa romántica

y perfumada estilo Mayo

Francés que es característica

del “progresismo”, pero da la

satisfacción de lograr profundas

transformaciones de la realidad

efectiva. ¿Qué puede ser más

satisfactorio para un peronista

que eso?

El nuevo gobierno será peronista

en la defensa de las mayorías

trabajadoras o será liberal

“de izquierda” priorizando los

intereses particulares de las minorías

militantes, no se pueden

las dos cosas a la vez. Si opta

por lo segundo y sigue de rehén

del trotskismo cultural, es solo

cuestión de tiempo para que la

oligarquía ocupe “por derecha”

los espacios vacíos y vuelva a

formar un nuevo consenso para

ganar las elecciones. Es que,

en la política como en la naturaleza,

no existen los espacios

vacíos: todo lo que uno deja sin

ocupar viene el otro y lo ocupa

rápidamente. De ahí la máxima

de que “peronistas somos todos”,

una genialidad del General

Perón para no dejar espacios

vacíos y hegemonizar la política

argentina. ¿Estaremos a la altura

de ese genio?

38 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


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39 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


ANÁLISIS

Ecología y lucha:

mitos y verdades

UNAI

RIVAS CAMPO

El 23 de Diciembre el parlamento

de Mendoza modificó

la ley 7722 que impedía

el uso de químicos tóxicos

en la actividad minera. Tres

días después, tras una serie

de movilizaciones populares,

la reglamentación de la ley fue

suspendida. Nosotros no diremos

más que eso al respecto. El

futuro de la ley lo tendrán que

evaluar los mendocinos. Entendemos

que son miles de millones

de dólares los que están en

juego y también entendemos el

miedo y la bronca de las poblaciones

afectadas por la contaminación.

Nosotros no somos

expertos en cianuro. No vamos a

emitir juicios benevolentes ni titulares

incendiarios. Demasiada

gente hubo ya opinando sobre

lo que no sabía. Por eso hablaremos

sobre lo que sí sabemos.

Vamos a valernos de lo sucedido

alrededor de la ley 7722 para

analizar las diferencias entre

luchar y gobernar. Hablaremos

así sobre los mitos y las verdades

que se juegan alrededor de

40 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


la política y la ecología.

El primer mito con el que se

debe romper es con el mito de

la crítica. El mito que establece

que aquellos que critican se

elevan moralmente sobre los

que elegimos no hacerlo. Los

autoproclamados críticos creen

que mejoran el mundo, pero es

falso. Ejercer una crítica constante

sobre cada elemento no

mejora el conjunto de las cosas.

Un espíritu crítico no tiene un

valor moral superior. Hacer críticas

no nos hace más virtuosos.

Hacer críticas es solo hacer críticas.

El valor de una crítica solo

puede ser juzgado en relación a

su contexto.

Más allá del mito de la crítica,

la verdad es que el mundo se

transforma con el poder político.

Y no se construye poder político

si en nuestras bases impera la

idea de una crítica constante.

Eso no significa que no podamos

discrepar, pero esas discrepancias

deberán estar siempre

al servicio del conjunto político.

Si las críticas no están al servicio

del conjunto no estaremos

criticando sino incendiando. Si

nuestras críticas benefician o

fortalecen las posiciones de la

oligarquía solo seremos militantes

de nuestro ego. Sere-

41 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


mos enajenados al servicio del

poder. Seremos Rita Segato

pidiéndole a Evo su deconstrucción

a tres días del golpe en

Bolivia. Y no queremos serlo,

nadie sensato quiere serlo.

Los críticos están enamorados

del mito de “la lucha”. Entendemos

que “la lucha” es un concepto

atractivo. Existe un lado

seductor en la idea de luchar.

Cuando se lucha se crean dos

bandos: los buenos y los malos.

Y los buenos somos nosotros.

Por supuesto que luchar es

algo doloroso. Nadie desea ser

cagado a palos. Eso lo entendemos.

Pero sería muy necio

negar las ventajas morales que

implica luchar por una causa

en particular. Todo es perfecto

cuando se milita lo específico.

Todo es moralmente ideal

cuando no estamos en el poder

y le tiramos piedras al poder. No

hay que asumir contradicciones

ni tampoco se paga el precio

que implica tomar una decisión.

Porque los que luchan no deciden,

presionan al que tiene el

poder para tomar la decisión.

Y presionan siempre sobre

cuestiones específicas. Lo que

queremos decir es que la lucha,

por la lucha misma, sin una

vocación de poder, no sirve para

tomar decisiones. Y cuando no

sirve para tomar las decisiones,

la lucha solo alimentará nuestro

ego de seres libres y rebeldes.

El mito de “la lucha” guarda

otra creencia equivocada. Un

error fundamental. Se trata de la

idea de que las luchas siempre

mejoran las cosas. Ese es un

mito fácil de refutar con la realidad.

Solo hace falta ver como

“las luchas” funcionaron como

un paraguas moral en el golpe

en Bolivia y en los sucesivos

intentos de golpe en Venezuela.

Aún, a día de hoy, sectores de la

izquierda boliviana insisten en

decir que el golpe a Evo Morales

fue el resultado de una lucha.

Lo peor de todo es que tienen

razón. El ejército y la policía se

valieron del mito de “la lucha

cívica” para dar su golpe.

La verdad es que la lucha no

es ni buena ni mala. La lucha

es una herramienta política

como otra cualquiera. A veces

sirve y a veces nos puede jugar

en contra. Y como ya hemos

dicho más arriba la lucha debe

ser siempre entendida desde

una lógica política de conjunto.

Con el ojo siempre puesto en la

construcción y el desarrollo de

un gobierno popular. Solo así

podremos transformar la realidad.

Es un error considerar a la

lucha como aquello que trasforma

la realidad. La lucha puede

servir para pelear el poder, pero

nada se transforma luchando.

La verdad es que las cosas se

Civiles no militantes dirigiéndose a una protesta en Mendoza con sus pancartas. La idea del cuidado de la ecología como valor

supremo —que es verdadera desde cualquier punto de vista, salvo del que desea destruir el planeta— tiene la propiedad de

suspender la razón y reemplazarla por una postura netamente emocional: una vez que el individuo quedó convencido de que la

naturaleza no se toca, es muy difícil explicarle que los países desarrollados han destruido el medioambiente para desarrollarse

y que ahora les exigen a los países en desarrollo que no realicen ninguna actividad extractivista o industrial poniendo el cuidado

a la ecología como argumento para esa exigencia. La suspensión de la razón invisibiliza la cuestión que lo subyace todo en la

política y en las relaciones sociales en general: la cuestión de pesos y centavos.

42 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


transforman gobernando y no se

gobierna con marchas y protestas.

Se gobierna ejerciendo el

poder político sobre un conjunto

de intereses contrapuestos.

Para ello es necesario mirar el

conjunto y las luchas específicas

no miran el conjunto. Las luchas

específicas se centran en pelear

causas particulares y además

las pelean “desde afuera”. Concluimos

entonces que la lucha

sin una perspectiva política de

conjunto sirve para poco o para

nada. Esa es una verdad política

que nunca debemos olvidar.

Pero el mito principal trata

sobre lo que significa ser el presidente

de un gobierno popular.

Hay que dejar algo en claro: no

lo votamos a Alberto Fernández

para encabezar manifestaciones.

Lo votamos para gobernar.

Esto a veces, para él significará

escuchar a los que protestan en

las calles, otras veces conciliar

intereses y en otros momentos

tendrá que decir que no. Debemos

asumir que no todas las decisiones

de un gobierno popular

van a gustarnos. En ocasiones el

gobierno aceptará los reclamos

de una lucha específica y otras

veces no lo hará. De eso se trata

el ejercicio del poder. Gobernar

no es luchar. Gobernar es tomar

decisiones y las decisiones

duelen. Toda decisión supondrá

siempre un conflicto entre

intereses afectados. Insistimos

en que ese conflicto es un dolor

que debemos asumir. Lo importante

será no perder nunca de

vista el conjunto. El pueblo en

su conjunto debe ir siempre primero.

Esa debe ser la brújula de

Alberto. Y también la nuestra.

Sobre la ecología existen

también multitud de mitos y verdades

en pugna. Vamos a tratar

de explicar cuál es a nuestro

entender el vínculo que existe

entre la política y la ecología. En

primer lugar vamos a partir de

La famosa Greta Thunberg, durante su encuentro con la entonces directora del

Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, en el Foro de Davos. La sola

presencia de Thunberg en dicho Foro es suficiente para indicar los intereses que

subyacen (y financian, por supuesto) su campaña mundial.

una verdad. Sucede que toda

nuestra civilización se basa en

el extractivismo. Toda. Miremos

a nuestro alrededor. Todo lo que

conocemos se sostiene gracias

a la minería. Esto es un hecho.

Y a partir de ese hecho es que

podemos empezar a pensar.

Porque los ecologistas tienen

derecho a quejarse de la minería

con su teléfono celular, pero

sería importante decir que ese

teléfono no está precisamente

hecho de cáñamo. Ojalá fuera

así, pero no lo es.

Otra verdad es que los países

periféricos tenemos el derecho y

la necesidad de desarrollarnos.

Y para eso vamos a contaminar

igual que lo hicieron Europa y

los EEUU en su momento. Para

ese desarrollo necesitamos del

extractivismo en una primera

etapa. Y también dólares o

yuanes o cualquier otra moneda

que nos permita negociar. Al

menos hasta que nuestra moneda

tenga peso propio en el

mapa geopolítico. Esos dólares

y yuanes también nos los puede

aportar el extractivismo. Y necesitamos

dólares, muchos dólares.

Ahí tenemos otra verdad.

En ese sentido sospechamos

del movimiento ecologista, no

como lucha local, sino como

movimiento mundial. La ecología

hoy está demasiado atada

a los intereses de los países

centrales. El primer mundo está

muy alterado con este tema,

demasiado, como para no

43 HEGEMONIA - diciembre DE 2019


darnos cuenta de que aquí hay

algo más que paisajes bonitos

y aguas limpias. Tienen miedo

a que nos desarrollemos. Están

muy cómodos con la balanza de

poder actual y no quieren más

países sentados en la mesa

donde se toman las decisiones.

Entonces, los países centrales,

que no llegaron a ser centrales

por ser estúpidos, usan el mito

de “la lucha” ecológica a favor

de sus intereses y en contra de

los nuestros.

La causa de la “salvación

planetaria” se tambalea cuando

investigamos el negociado

alrededor de las energías renovables.

Gracias a este mito los

Estados otorgan escandalosos

beneficios a las empresas

eléctricas. A causa de la presión

mediática los Estados se ven

obligados a financiar la construcción

y el mantenimiento de

proyectos que solo han servido

—como en el caso de la energía

eólica— para matar pájaros hasta

su extinción. Por eso, cuando

escuchamos al periodismo

replicar las palabras de la niña

Greta, nosotros nos preguntamos

quién le financia esos yates

ecológicos tan bonitos y lujosos

en los que se desplaza. Esos

yates también son de verdad.

Por supuesto que no todo es

mito en la ecología. Detrás de

los gritos coacheados de la niña

Greta hay verdades. El cambio

climático existe y también existen

evidencias que señalarían

que una parte de ese cambio

sería por causa de la influencia

humana. Ahora bien, es un

auténtico despropósito que

nosotros los países periféricos

financiemos la lucha contra el

cambio climático. Es un auténtico

despropósito que aquellos

que ya contaminaron todo lo

que les dio la gana hagan ecología

a costa de nuestro derecho

al desarrollo. Si los países

centrales quieren que no contaminemos

está muy bien, pero

que paguen.

Al final la verdad está en la

caja. La caja construye el poder

y eso es lo que políticamente

debemos discutir. Debemos

discutir la ecología con las

verdades políticas en la mano.

Cuánto dinero se queda en la Argentina,

cuánto de lo extraído se

queda en la Argentina y cuántos

empleos quedan para los argentinos.

Una vez que sabemos eso,

y en diálogo con las poblaciones

locales afectadas, es cuando

podemos empezar a pensar un

proyecto soberano de país, sin

mitos y con sensatez.

Y vamos a necesitar mucha

sensatez para bancar la que

se viene. Vivimos doce años de

kirchnerismo y cuatro años de

macrismo. Algo hemos tenido

que aprender: a nivel individual

es más cómodo luchar contra un

gobierno que defenderlo. A nivel

colectivo será vital pensar como

país. Pensar en los intereses del

país en su conjunto. Entender

que la patria es primero porque

la patria somos todos. Debemos

pensar como pueblo. No podemos

ser la suma de cuarenta

millones de culos mirándose a

sí mismos. El mito dice que la

tierra es lo único que dejaremos

a nuestros hijos. La verdad es

que si no construimos un pueblo,

a nuestros hijos ni tierra les

quedará.

44 HEGEMONIA - diciembre DE 2019

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