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Revista Hegemonía. Año III Nº. 24

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 24 AÑO III | FEBRERO DE 2020

labatallacultural.org

HEGEMONIA

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HEGEMONIA

Periódico de Política y Cultura

LA BATALLA CULTURAL

EDITOR

Erico Valadares

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece

mensualmente. Hegemonía se sostiene con el

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regulares y de auspiciantes, exceptuándose de

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emitidas en esta revista y eventualmente firmadas

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y no representan necesariamente el pensamiento

ni la línea editorial de La Batalla Cultural.


HEGEMONIA

52

CONTENIDO EXCLUSIVO

Los dos popes

34

SUPLEMENTO ESPECIAL

Sociología del

estaño para la

construcción del

nacionalismo

popular (IV)

10

IDENTIDAD PERONISTA

Todos

contra

Axel

26

ANÁLISIS

¿Quién

soy yo?


EDITORIAL

La hora clave

La Argentina y el mundo se

encontraban en momento

de definición al momento

de cerrar esta 24ª. edición

de la Revista Hegemonía.

Justo al escribir esta editorial,

el ministro de Economía Martín

Guzmán se presentaba frente al

Congreso para decir que el Fondo

Monetario Internacional y los

bonistas también son responsables

de la crisis de la deuda

por la que atraviesa nuestro

país y en la que probablemente

se defina buena parte de del

destino de la Argentina en el

mediano y en el largo plazo. Si

bien no está muy difundida la

conciencia del hecho, la realidad

es que en esta pugna y en

este embrollo de una deuda que

no puede pagarse en los actuales

términos y condiciones —y

difícilmente pueda pagarse de

cualquier otra forma que no sea

con una quita monumental de

capital e intereses— se decide

el futuro de los que hoy somos

unos 44 millones de argentinos.

De fracasar las negociaciones

y aplicarse como consecuencia

los castigos previstos en el contrato

firmado por el desgobierno

de Mauricio Macri, la Argentina

podría ser arrojada a una espiral

descendente de la que solo

saldría después de muchos años

y con un sacrificio colosal. La

inconsciencia de lo que está pasando

realmente en la Argentina

de hoy es esa inconsciencia, la

de qué pasaría si el gobierno de

Alberto Fernández fracasara en

aquello que es su tarea principal

y casi única: sacar al país del

berenjenal en el que Mauricio

Macri nos metió al endeudarnos

de una forma que no tiene

precedentes históricos.

Por otra parte, en el mundo

pasan cosas que nos hacen

4 HEGEMONIA - febrero DE 2020


sospechar de que estamos

en la antesala de un proceso

revolucionario que reordenará

la sociedad a escala global. Las

palabras son rimbombantes, altisonantes,

pero aun así no son

lo suficientemente elocuentes

para describir la actual coyuntura

política a nivel mundial.

Mientras los medios distraen

a la opinión pública con epidemias

y “guerras comerciales”

que no son tal, se lleva a cabo

una disputa a muerte por la conducción

del sistema capitalista

como un todo. Lo que no vemos

porque no nos lo muestran los

que en teoría tendrían que mostrarlo

es que no existe ninguna

“guerra comercial” ordinaria

entre Estados Unidos y China,

sino que allí se está dirimiendo

quién va a tener la manija para

definir las reglas del juego de

aquí en más.

Y eso no es moco de pavo. En

su paso por Cuba y con el pretexto

de presentar en la Feria

del Libro de La Habana su libro,

Cristina Fernández advirtió

esa situación límite y corrió el

velo de la distracción mediática

poniéndole a las cosas sus

debidos nombres. La vicepresidenta

y conductora política del

peronismo dejó en evidencia

que entre yanquis, chinos, rusos

y algunos protagonistas más,

divididos en dos bandos, tiene

lugar una lucha encarnizada

por la conducción del sistema

capitalista a nivel mundial. Y

no debemos confundirnos: esa

conducción no es el fin, sino

el medio. La conducción del

sistema es el instrumento para

reordenar el mundo en el marco

de lo que hace pocos años se

dio en llamar la cuarta revolución

industrial. En una síntesis

muy apretada, puede decirse

que una tecnología nueva quiere

desarrollarse plenamente y ese

pleno desarrollo va a resultar en

la destrucción del concepto que

hoy tenemos de trabajo, además

de destruir todo el actual

orden mundial. Los poderosos

del mundo están luchando, por

lo tanto, por ver quién va a tener

la conducción de esa destrucción

creativa para desde allí

determinar la orientación de lo

nuevo. La lucha no es por aranceles

y tarifas de exportación e

importación, ese es el síntoma.

La lucha es una revolución en la

que las dos facciones revolucionarias

tratan de imponerse una

a la otra para imponer asimismo

su idea de lo que debe ser después

de la guerra.

No se quedará el atento lector,

por cierto, con apretadas

síntesis mal expresadas en la

editorial de una revista: querrá

profundizar, querrá saber de

qué se trata. Es por eso que

esta 24ª. edición de la Revista

Hegemonía viene con un récord

absoluto de páginas y cantidad

de contenido, para dar cuenta

de la profundidad del problema

a nivel local y a nivel mundial:

en esta edición, además de un

artículo dedicado al análisis

de cómo Cristina Fernández y

el Papa Francisco unen fuerzas

para afrontar los desafíos del

momento, sale la cuarta entrega

de Sociología del estaño para la

construcción del nacionalismo

popular, enteramente dedicada

a la cuestión de la lucha por

la conducción del capitalismo

global expuesta por Cristina en

Cuba, pero poniendo de manifiesto

las razones por las que

esa lucha tiene lugar, además

de esbozar la alternativa que

tenemos los pueblos frente a

esta tremenda reconfiguración

del mundo que ocurre hoy frente

a nuestros ojos, de la que somos

testigos.

He ahí la diferencia entre esta

Revista Hegemonía y todos los

demás medios de información,

análisis y opinión. Aquí no

consideramos digno el análisis

de lo visible ni la discusión

interminable sobre la agenda

de los medios de difusión dominantes.

Aquí buscamos ver

siempre un poco más allá, leer

entre líneas e historizar para

acercarnos asintóticamente a la

inalcanzable verdad. Inalcanzable,

sí, e inexistente de un modo

filosófico, pero siempre utópica

en el sentido que le daba Eduardo

Galeano a la utopía, que es

el sentido de aquello que sirve

para caminar.

Caminemos, el atento lector

con nosotros, en esta apasionante

aventura de ser un poco

menos ignorantes todos los

días. Llegaremos a tiempo.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - febrero DE 2020


OPINIÓN

La micropolítica al

servicio de lo inhumano

UNAI

RIVAS CAMPO

E

l sábado 18 de enero

Fernando Báez Sosa era

asesinado a golpes por

una patota de rugbiers a

la salida de un boliche de

Villa Gesell. Existen filmaciones

y testimonios que implican a los

rugbiers en la golpiza y por esas

mismas filmaciones y testimonios

sabemos que los rugbiers

tampoco dejaron que nadie se

acercara a asistir a la víctima.

Luego de ser detenidos, los

acusados trataron de culpar

del asesinato de Fernando a un

joven que estaba a cientos de

kilómetros del lugar. Cualquiera

que haya salido por fiestas

y boliches argentinos sabe

que los rugbiers tienen mala

fama y que esa mala fama se

la han ganado a pulso. Todos

hemos escuchado o vivido la

misma historia durante años.

Insistimos, la misma historia:

patota de rugbiers agrediendo

a personas indefensas desde la

superioridad física y numérica.

Estos son los hechos. A partir

de aquí empieza la carnicería de

las interpretaciones.

La Revista Anfibia, famosa

por sus textos cuidados y por

escaparle al amarillismo, salió

a decir que Fernando había sido

asesinado por culpa del machismo

patriarcal. Otros medios

culparon al elitismo de los más

ricos y enmarcaron el crimen

dentro de la lucha de clases y

no faltaron aquellos que acusaban

a los deportes de fomentar

valores de orden competitivo,

mientras que los sectores de

6 HEGEMONIA - febrero DE 2020


carácter más conservador culparon

al alcohol, a los boliches y

a la música trap. Todos parecían

tener prisa, demasiada prisa por

acomodar el hecho a su particular

interpretación de las cosas.

A esto nosotros lo llamamos

sobreideologización.

Entonces aquí no vamos a

sobreideologizar, no vamos a sumarnos

al festival del cacareo y

la opinología. De ningún modo.

Bastante dolor existe ya como

para construir teoría sobre los

restos de un joven de 19 años.

Nosotros vamos a interpretarlos

a ellos, tomaremos el bisturí y

analizaremos la conducta de los

sobreideologizados en nuestra

mesa de disección. Vamos a poner

el foco en ellos, en su liviandad,

en el alma de panelista, en

esa inhumanidad que tuvieron

para meter con calzador el crimen

de Fernando dentro de su

pequeña ideíta del mundo.

Cabe señalar que todos y cada

uno de estos sobreideologizados

—tanto por “derecha” como

por “izquierda”— no hicieron

otra cosa que contextualizar el

crimen. Entonces, para empezar

la disección debemos hablar

sobre qué entendemos por

contexto, sobre cómo lo aplican

ellos y sobre cómo lo aplicamos

nosotros. Contextualizar, en

principio, no sería ni bueno ni

malo. Nosotros aquí, en esta

revista, también nos dedicamos

a contextualizar los hechos

políticos, pero la diferencia está

justamente ahí. Nosotros hacemos

política con los hechos políticos.

Y el crimen de Villa Gesell,

con todo lo que nos duele, es un

hecho personal. Una tragedia

que toma estado público no

convierte a esa tragedia en un

asunto político. Entiendo que

a algunos esto les parezca frío

de nuestra parte. No lo es. Lo

frívolo sería hacer justamente lo

contrario. Un pibe ha muerto. Un

pibe ha muerto presuntamente

asesinado por diez presuntos

hijos de puta. ¿De veras creen

que sería más humano que nos

pusiéramos a analizar la muerte

de este chico desde las teorías

de Gramsci?

¿Sería ético hacer algo así? En

absoluto. Estos análisis son un

lujo que solo se pueden permitir

los moralistas. Ellos, los moralistas,

se sienten libres de hacer

o decir cualquier barbaridad

mientras esa barbaridad no

rompa sus reglas sobre el bien

y el mal. Para los moralistas

ser bueno es algo tan simple

como portarse bien. Pero la

ética es distinta, la ética no

trata sobre el qué, la ética trata

sobre el cómo. A diferencia de

la moral, la ética no descansa

en la comodidad de unas reglas

y nos empuja a asumir las

consecuencias emocionales de

nuestros actos. La ética no nos

culpa ni tampoco nos perdona

y tampoco viene con un manual

de buena conducta debajo del

brazo. La ética somos nosotros

mismos, desnudos, frente al

dolor encarnado en cada decisión.

Por eso, desde la ética,

decimos que estos sobreideologizados

son moralistas. Son los

hipócritas de la virtud que, con

aires de superioridad, se creen

buenas personas por su lealtad

al código moral de turno. En ese

sentido, se parecen bastante a

los rugbiers.

Diferenciar entre ética y moral

resulta clave para separar

la paja del trigo. Solo de esta

forma podremos distinguir la

ideología de la sobreideología.

Ocurre que el problema no

está en la ideología, que es tan

necesaria como inevitable. El

marxismo, el peronismo o el

feminismo responden a ideas

profundamente respetables. Sin

embargo, cuando la ideología

cruza la línea de lo personal se

La imagen publicada por la Revista Anfibia, en la que se pone el acento sobre el

deporte practicado por los criminales como si eso —una práctica deportiva— fuera

determinante para un comportamiento antisocial y delictivo. La superficialidad del

análisis con fines de satisfacer el sesgo de confirmación conduce a la estigmatización

y al error.

7 HEGEMONIA - febrero DE 2020


vuelve moralista, deja de lado

los asuntos políticos y mete sus

narices en la virtud del individuo,

la ideología pasa a convertirse

en sobreideología. Es una

cuestión de límites.

Los viejos conservadores de

la “derecha” fueron los primeros

sobreideologizados. En los

EEUU, diez años atrás, un político

del Partido Republicano

debía ser fiel a su esposa heterosexual

si no quería terminar

con su carrera. En aquel entonces

la “derecha” estaba sobreideologizada.

Hoy los sobreideologizados

somos nosotros.

Así, mientras la élite económica

propone a candidatos como

Donald Trump, el progresismo

se centra cada vez más en su

cruzada moral de las cosas pequeñas,

dejando de cuestionar

la injusticia del poder económico

que gobierna el mundo para

atacar con furia las pequeñas

injusticias que atraviesan nuestras

relaciones personales. Reiteramos

que algunas de estas

injusticias personales pueden

ser muy dolorosas, pero no son

políticas.

Sucede que el progresismo ha

sustituido la macropolítica por

la micropolítica. Algunos defenderán

la micropolítica diciendo

que esta hará de nosotros mejores

personas, pero de nuevo

es falso. No hay humanidad en

la moralidad. No hay afectos en

la moralidad, no hay cuidado

ni nada que se le parezca. Lo

único que trae la moralidad son

reglas. Y si no nos creen, solo

vean la frivolidad con la que se

trató el crimen. Incluso la Revista

Anfibia terminó cayendo

en la trampa. Léanlos y verán

cómo lo único que les importó

fue encajar el crimen dentro de

sus parámetros. El límite de lo

personal quedó completamente

roto. Resulta que esa es la marca

de la moralidad: cuidar a los

humanos sin lo humano.

El fenómeno de la micropolítica

no es nuevo. Proviene del

mundo académico y ha sido debatido

a lo largo de las últimas

cinco décadas. Allá por los años

‘70, Derald Win Sue, profesor

de psicología de la Universidad

de Columbia, definió el término

“microagresión” para hablar

de violencias racistas que se

ejercían de forma involuntaria.

El hecho de hablar de “agresiones

involuntarias”, es decir de

agresiones que uno no estaría

ejerciendo en forma consciente,

explica por qué el progresismo

está obsesionado con la

deconstrucción. ¿Escucharon

a esos varones que, con tono

culposo, dicen que tienen que

Familiares de Fernando Báez Sosa, en pleno duelo por la pérdida de un hijo, un hermano, un familiar. Pese al dolor y la oscuridad

por el que es obligada a atravesar, esta familia ha optado por el prudente y respetuoso silencio, evitando definiciones

políticas de lo que no las tiene, actitud que difiere muchísima a los de los opinólogos que todo lo utilizan para satisfacer sus

objetivos particulares.

8 HEGEMONIA - febrero DE 2020


seguir trabajando sus actitudes

machistas? ¿Aunque no las

tengan? Bueno, de esto hablan.

Resulta que la micropolítica

no solo rompe el límite de lo

personal, también se mete en

el inconsciente. Como si todos

tuviéramos adentro alguna

clase de pecado original que

ofendiera el ego de un delirante

dios progresista. De ahí surgen

conceptos como “apropiación

cultural”, “micromachismo” o

“daltonismo racial”, siendo este

último muy gracioso ya que denuncia,

por ejemplo, la violencia

de tratar a un negro como si no

fuera negro, ignorando así las

raíces históricas de su opresión.

Un desquicio, pero no cualquier

desquicio. Un desquicio moral

con pretensiones de desquicio

político. La consecuencia de

haber renunciado a disputar la

cancha al poder real para jugar

en el pelotero de los poderes

pequeñitos.

Pero quizás quien mejor

abordó el tema de la micropolítica

fue Gilles Deleuze. El caso

del filósofo francés es curioso

porque la mayor parte de los

progresistas lo aclaman, pareciera,

sin haberlo leído. En Mil

Mesetas, libro que escribe junto

a Félix Guattari, explica que el

fascismo se impone desde la

micropolítica. Según Deleuze,

textualmente, “hay fascismo

cuando una máquina de guerra

se instala en cada agujero, en

cada nicho” y “si el fascismo es

peligroso se debe a su potencia

micropolítica”. A diferencia de

los académicos progresistas

norteamericanos, Deleuze comprendía

los peligros de la política

pequeñita. Quizás alguna vez

creímos, me incluyo, que los únicos

sobreideologizados peligrosos

estaban en eso que llaman

“derecha”. Pero cuando la

sobreideologización entra por la

puerta, rompiendo las barreras

El filósofo francés Gilles Deleuze, uno que comprendió el peligro de hacer política

con los pequeños relatos y las pequeñas miserias.

de lo personal y transformando

cada crimen en un hecho político,

la humanidad salta por la

ventana. Y ahí ninguna ideología

se salva. Ni siquiera la nuestra.

Alejandro Dolina cuenta la

anécdota de un kiosquero al

que, después de un asalto con

violencia, le hicieron una nota

preguntándole qué opinaba

sobre la política de derechos

humanos de Néstor Kirchner.

Celebramos que, por ahora,

ningún medio progresista haya

ido a preguntarle a la familia

del joven fallecido qué opina

del patriarcado. Ya solo eso les

falta. Como sea, si no lo han

hecho aún, no creemos que sea

por falta de ganas.

Seguiremos entonces negándonos

a hacer política con el

asesinato de Fernando Báez

Sosa. Entendemos que el hecho

ha tomado interés público y los

medios de comunicación tienen

derecho a informar al respecto.

Ojalá se informe, eso sí, desde

los hechos. Las interpretaciones

políticas aquí solo sirven para

hacer daño. Nos limitaremos a

dar nuestro más sentido pésame

a la familia. Otra cosa no haremos.

No corresponde.

9 HEGEMONIA - febrero DE 2020


IDENTIDAD PERONISTA

Todos

contra

Axel

MARCO A.

LEIVA

Desde que asumió la primera

magistratura de la

provincia de Buenos Aires,

Axel Kicillof se ha convertido

en la obsesión de los

medios de comunicación representantes

del poder oligárquico

y corporativo. Joven, apuesto y

con una sorprendente trayectoria

en la docencia y la gestión

pública, Kicillof ocupó un cargo

históricamente impopular en la

Argentina. Desde Krieger Vasena,

pasando por Celestino Rodrigo,

Martínez de Hoz o Cavallo,

los argentinos solemos mirar

de reojo al que ocupe el sillón

de ministro de Economía. Pese

a haber estado allí, el entonces

candidato Kicillof recorrió todo

el territorio de la provincia a

bordo del célebre Renault Clío

manejado por quien hoy es su

jefe de gabinete y fue siempre

bien recibido en todas partes

gracias a su popularidad “gasolera”.

Así se granjeó el epíteto

de “austero”, en contraposición

con el perfil más cool de una

María Eugenia Vidal que vivió

10 HEGEMONIA - febrero DE 2020


cuatro años atrincherada en una

base militar por un supuesto

temor a “la mafia”. Padre de

familia, profesor universitario,

tomador compulsivo de mates.

Un tipo “bien”. Un cuco.

Kicillof ganó la gobernación de

la provincia habiendo superado

incluso la diferencia que Alberto

Fernández alcanzó respecto de

Mauricio Macri. Como se diría

en la jerga: ganó “por paliza”.

Pero eso le valió hacerse de

enemigos poderosos: desde el

día 1, fue blanco de todo tipo de

tergiversaciones y de críticas por

parte de los medios masivos de

comunicación que, además, son

ahora opositores y como se sabe

son formadores de la “opinión

pública”. Pero, ¿por qué es tan

peligroso Kicillof? Pues porque

un político cuya reputación no

se puede cuestionar desde lo

ético, con capacidad de gestión,

con buena imagen, joven y para

más, peronista, es una piedra

en el zapato. Un tipo capaz de

llevar la política a los hogares

burlando el blindaje y el bombardeo

de la social media y el

community management puede

tener proyección en el tiempo y

poner en jaque el proyecto del

poder corporativo. El respaldo

irrestricto del que parece gozar

11 HEGEMONIA - febrero DE 2020


por parte de Alberto Fernández,

pero también de Cristina Fernández

de Kirchner hace suponer

tal vez que el rol de Kicillof

puede ser más profundo: es un

hombre con un peso específico

que se ganó a fuerza de militancia

en la calle y es capaz de funcionar

como línea de flotación y

respaldo del gobierno nacional.

Un político difícil de derrotar,

porque no hay por dónde entrarle

Ȧsí es como se llegó a la situación

de hoy. Es virtualmente

imposible encender la televisión

o leer los diarios, los portales

de noticias o las redes sociales

sin leer algo sobre Kicillof.

Por poco o por mucho, Kicillof

siempre yerra. Es decir que una

figura como el gobernador, tan

impenetrable por lo sólida,

no se puede derrotar sino a

través de la guerra mediática.

Una guerra sin cuartel y sin

piedad, día tras día. Desde su

asunción el pasado miércoles

11 de diciembre nos ha tocado

leer, escuchar y ver que en la

provincia hay impuestazo, que

no se les paga a los maestros,

que no se les aumenta el salario

a los empleados públicos, que

hay tarifazo en la luz, que no se

reparten las vacunas (que Vidal

había olvidado en un depósito y

las dejó vencer), que hay default

de la deuda, que no hay default

de la deuda, pero que entonces

“la plata estuvo todo el tiempo”,

pero que “bueno, si les pueden

pagar a los bonistas, que les

aumenten más a los docentes”…

Aparentemente, en poco

menos de dos meses la provincia

de Buenos Aires dejó de ser

el territorio de la paz y el imperio

del estado de derecho y de la

lucha contra las mafias para

convertirse en un solar lúgubre e

inhabitable. O eso parece si uno

se toma el trabajo de leer las

“noticias”.

El presidente de Rusia Vladimir

Putin ha dicho alguna vez:

“el jefe de Estado siempre ha

sido y será la persona que es

responsable de todo lo que

sucede”. Y el jefe de Estado de

la provincia de Buenos Aires

es Kicillof. Pero el gobernador

no nació de un repollo y tras

cuatro años de desgobierno de

parte de la Alianza Cambiemos

encarnado en la figura de María

El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, en una reunión con los periodistas. Por su proyección, carisma y

liderazgo, Kicillof sufre desde el vamos el embate de los medios del poder fáctico, que no pueden permitir el ascenso de un

referente de esta talla en el campo de los pueblos.

12 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Eugenia Vidal, la papa quemaba.

Kicillof asumió en medio de

una crisis de deuda, con una

epidemia en curso, con un aumento

de las tarifas inminente,

propuesto para que le explotara

en la cara. Parece que la “bomba”

de la que se habló en cierto

sector de los medios durante

2015 no la armó Kicillof como

ministro, sino que le tocaría

desactivarla como gobernador.

Una de las primeras medidas

que impulsó su gobierno, la modificación

del régimen impositivo,

fue presentada por la prensa

“independiente” como “impuestazo”,

cuando se trataba de una

readecuación de los valores de

los impuestos inmobiliarios, que

afectaba a un ínfimo porcentaje

de los bonaerenses. Pero los

diputados y senadores de la

oposición estaban preocupados

y se negaban a votar en la legislatura

el “adefesio” de Kicillof.

Los medios alertaban acerca

del peligro que esa ley representaba

para el bolsillo de todos

los bonaerenses de a pie. Las

señoras estaban alarmadas en

las verdulerías, preguntándose

de qué modo las afectaría aquel

“impuestazo”. Respecto del

asunto, el mandatario afirmó:

“Disfrazar esto de impuestazo

cuando recaudábamos lo mismo

que María Eugenia Vidal es el

impuestazo más triste del mundo.

En cuatro años (a los medios

adeptos al anterior oficialismo)

no se les movió un músculo de

la cara cuando venían aumentos

de luz del 2000%. No es chicana.

Y ahora están rasgándose

las vestiduras porque estamos

rescatando a los sectores del

desastre que ocurrió en la Argentina”.

Algo similar sucedió hace pocos

días, con el vencimiento de

los 25 millones de dólares con

que Vidal se había comprometido

el 26 de enero. Veinticinco

La exgobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, artífice de la bomba y del campo

minado heredados por Kicillof. Vidal renueva su imagen y empieza a predicar

otra vez como si fuera absolutamente ajena a los graves problemas de la actualidad.

¿Volverán a creerle en las próximas elecciones?

millones en moneda extranjera a

un mes de terminar su mandato.

Una pesada herencia, sin dudas.

Y los tenedores sí. Y los tenedores

no. Indecisos respecto de si

debían ceñirse o no a la oferta

de la provincia. Finalmente ganó

el no, como se sabe. Los tenedores

no aceptaron la prórroga

que el gobierno de la provincia

había ofrecido incluso cuando

no postulaba ninguna quita sino

tan solo un aplazamiento. Y es

sintomática de la mala intención

de los medios hegemónicos la

placa roja de cierto canal de televisión

que declaraba el default

como con concupiscencia, apenas

iniciada la conferencia del

gobernador. “Kicillof declara el

default”, manifestaban. Extraño

default aquel que resulta en el

pago contante y sonante de las

deudas en tiempo y forma. Y al

día siguiente de la declaración

del pago, ¿cuántas veces nos ha

tocado leer u oír un tuit de cierto

político opositor que rezaba que

la plata estaba, “chinwenwencha”?

Es decir que el default

13 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Desde que fue ungido como candidato del peronismo en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof empezó un impresionante

despliegue de doctrina peronista, lo que sorprendió a los que veían en él un dirigente “de izquierda”. Más peronista de lo esperado,

Kicillof ahora representa un peligro real para los privilegios de las clases dominantes en la Argentina.

hubiera sido un fracaso, pero el

pago es un acto de hipocresía o

peor, una capitulación.

El asunto educativo es otro

ejemplo. Luego de defender a un

gobierno que derogó la paritaria

docente por decreto —al que se

le voló una escuela por los aires,

acabando con la vida de dos trabajadores

de la educación—, hemos

asistido al espectáculo del

desgarramiento de innumerables

vestiduras ante la mentira

de la supuesta suspensión del

aumento que estaban pactados

para el corriente mes. Y otra vez

debe salir Kicillof a defenderse

solo, hombre orquesta que gobierna

y comunica: “La idea es

que los docentes no pierdan con

la inflación”, declaró. “No voy

a hablar de tragedias ni golpes

bajos, pero relevamos 750 escuelas

que no estaban en condiciones

de empezar las clases.

Empezó el plan para que puedan

iniciar las clases en marzo, cosa

que no venía pasando porque

había muchas escuelas cerradas

por esta cuestión”, contó

el mandatario. En lo que a los

salarios de los docentes respecta,

explicó que “cobrarán ahora

con el aumento. La idea es que

no pierdan con la inflación”. Sin

embargo, todos tenemos algún

pariente que está despotricando

sobre el congelamiento de los

salarios. En la era de la posverdad,

no hay hechos. Solo hay

interpretaciones.

Pero el peligro de un hombre

como Axel Kicillof reside en su

capacidad para rearmarse. Aún

siendo el blanco de la guerra

mediática, permanece firme y su

gestión no parece tener fisuras.

A pesar de los embates ha sido

capaz de honrar deudas de

dudosa legitimidad sin comprometer

salarios y sin solicitar el

salvataje del gobierno nacional.

Diseñó un plan de reactivación

de las pequeñas y medianas

empresas urbanas y rurales,

comerciales y productivas que

podría ser la llave para movilizar

la economía que Macri y Vidal

dejaron en “terapia intensiva”,

como la describió el presidente

Fernández. Le ganó la pulseada

a Jorge Macri por el “atornillamiento”

en el grupo Bapro

y su imagen positiva sigue en

ascenso. Atendiendo a la máxima

de que gobernar es crear

trabajo, parece ser más que el

marxista que lo acusan de ser

y el keynesiano que algunos

suponen, un peronista con

mucha proyección. Dogmático,

didáctico. Un tipo peligroso, un

verdadero “kuko”. El tipo al que

todos los poderosos quieren

arruinar. El modelo de gestión

provincial más fuerte del oficialismo,

el mayor aliado y tractor

de Fernández. El niño mimado

de Cristina. Y, quién sabe, ¿el

sucesor con K?

14 HEGEMONIA - febrero DE 2020


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15 HEGEMONIA - febrero DE 2020


ANÁLISIS

La pesada herencia de

honrar deudas ajenas

ERICO

VALADARES

Se hicieron eco de la noticia

todos los diarios, en

todos los medios estuvo

replicado: el ministro de

Economía de la Nación

Martín Guzmán pasó por Nueva

York y mantuvo un encuentro

“muy productivo y positivo” con

burócratas del Fondo Monetario

Internacional (FMI). Tan

“productivo” y “positivo” que

en dicho encuentro se pactó

ya para febrero el viaje de una

misión del Fondo a la Argentina,

además de confirmarse la reunión

del propio Guzmán con la

titular del organismo Kristalina

Georgieva en el Vaticano el 5 del

próximo mes, en la que deberá

continuar el amargo diálogo

entre deudores y acreedores

en una relación infernal de una

deuda que tanto los unos como

los otros saben que no es pagable.

El viaje y la catarata de anuncios

derivados fueron más

que suficientes para colmar

la bronca de los que ya venían

mostrando insatisfacción ante

otro viaje oficial, el de Alberto

Fernández a Israel. En menos

de dos meses, el gobierno

nacional-popular ha dado una

buena cantidad de señales que

no cayeron simpáticas entre los

que esperaban ver en este ciclo

más continuidad que ruptura

respecto al gobierno de Cristina

Fernández de Kirchner. Por lo

menos en la previa, el gobierno

de Alberto no se parece en nada

al de su antecesora indirecta.

No parece serlo en materia de

16 HEGEMONIA - febrero DE 2020


políticas públicas y tampoco lo

es en la orientación de su diplomacia

y política exterior. Luego

de que Néstor Kirchner pagara

la deuda heredada e invitara

amablemente a retirarse del

país a los funcionarios del FMI

que se habían enquistado en el

Banco Central y en el Ministerio

de Economía, el gobierno de

Cristina Fernández se mantuvo

lejos de tener encuentros “productivos”

y “positivos” con cualquier

enviado o representante

del Fondo y mucho más lejos de

ir a jugar de visitante con ellos

en Nueva York. La relación entre

el gobierno kirchnerista y el

Fondo Monetario Internacional

fue literalmente ninguna, hecho

singular que fue presentado

por ese gobierno —con mucha

razón— como un símbolo de la

independencia, la soberanía y la

dignidad que dan el desendeudamiento.

Ahora, a poco más

de cuatro años de finalizado

aquel ciclo, el nuevo gobierno

peronista hace todo lo opuesto,

se reúne con funcionarios del

FMI en Nueva York y coordina

allí futuros encuentros, además

de anunciar la llegada de una

misión del organismo al país.

Y califica todo eso como “muy

productivo” y “positivo”.

¿Quedaría justificada entonces

la bronca de los que veían

en el gobierno de Alberto Fernández

una perfecta continuidad

del kirchnerismo finalizado

en el año 2015 y ahora ven

con desazón cómo avanza la

relación “productiva” y “positiva”

entre el Estado argentino

y el FMI? Sí, pero solo si no se

atiende el hecho de que entre el

10 de diciembre del 2015 y el

mismo día del año 2019 pasaron

exactamente cuatro años en

los que nuestro país fue gobernado

por una verdadera banda

de saqueadores. De hacer caso

omiso de ese hecho y considerar

que el presidente Fernández es

el sucesor directo del kirchnerismo

sin que medie un periodo de

gobierno de las corporaciones

en el que se abrieron otra vez

las puertas de la Argentina al

FMI, entonces quedaría absolutamente

justificada la bronca

de los que no pueden oír pronunciarse

nombres como Fondo

Monetario Internacional, Israel

y Reserva Federal de los Estados

Unidos, entre otros que han

aparecido con mucha frecuencia

en los medios en las últimas semanas.

Pero no es así, el 2019

no viene inmediatamente después

del 2015 y entre Alberto

Fernández y Cristina Fernández

de Kirchner ha pasado el presidente

Mauricio Macri, hecho

evidente que la crítica ideológica,

irreflexiva y mordaz prefiere

ignorar.

Es imposible, no obstante,

ignorarlo. Es escandalosamente

cierto que el FMI volvió a aterrizar

en la Argentina durante

el gobierno de Mauricio Macri y

en ese periodo se contrajo una

deuda efectiva de unos 44 mil

millones de dólares con ese

organismo multilateral prácticamente

dominado por los

Estados Unidos. Por más que

quisiera hacerlo, Fernández

no puede hoy hacerse el loco

frente a la realidad de que Macri

le dejó como pesada herencia

una deuda que posiblemente

no pueda pagarse, como suele

pasar con las deudas dichas

normales. Nadie puede hacerse

el loco teniendo sobre su cabeza

una deuda monumental

que, de no pagarse o renegociarse

para pagarse de alguna

otra forma, podría resultar en

nefastas consecuencias para

la economía del país. En una

palabra, toda la admiración

hacia Néstor Kirchner por haber

expulsado el FMI y hacia Cristina

Fernández de Kirchner por

no volver a abrirle las puertas

de la Argentina para que vuelva

es una admiración hoy ideológica.

Hoy, tras cuatro años de

gobierno de Mauricio Macri y de

la firma de un acuerdo por 57

El presidente Néstor Kirchner, heredero de una pesada herencia y una crisis de

deuda que supo resolver exigiendo tiempo para reactivar el crecimiento del país.

“Los muertos no pagan sus deudas”, solía decir. Ahora le toca a Alberto Fernández

ponerse el traje de Kirchner y lograr la misma hazaña, aunque desde luego la

situación presente es mucho más grave que la encontrada por Néstor Kirchner en el

2003.

17 HEGEMONIA - febrero DE 2020


mil millones de dólares, de los

que 44 mil millones nos fueron

enviados y nadie sabe muy bien

dónde están, la realidad efectiva

es que los argentinos estamos

profundamente endeudados y

el gobierno —sea el que fuere en

el momento— debe resolver la

cuestión si no quiere generarse

un descalabro en la economía

nacional. La realidad es que el

país que le toca gobernar Alberto

Fernández no es aquel país

desendeudado que dejó Cristina

Fernández al finalizar su mandato

el 10 de diciembre de 2015,

sino un país económicamente

arruinado y sobreendeudado:

el país de la famosa y pesada

herencia macrista.

Claro que la descripción de

que Alberto no sucede a Cristina

directamente y de que en el medio

hay un Macri de cuatro años

endeudándonos con el FMI y con

bonistas privados es bastante

pueril y hasta parecería ser

innecesaria. Pero tan pueril e

innecesaria no es cuando dicha

descripción se dirige a gente

que hoy está escupiendo fuego

contra el gobierno nacional-popular

como si el FMI apareciera

literalmente de la nada, invitado

por Alberto Fernández. No es

así, como tampoco es cierto que

países como Israel y personajes

como el inefable Benjamín

Netanyahu aparezcan involucrados

en nuestra política exterior

como por arte de magia. Lo que

les falta a los que atacan con

furia las primeras definiciones

del nuevo gobierno, digamos,

“por izquierda”, es la perspectiva

histórica a corto y mediano

plazo. Si no se tiene en cuenta

que Mauricio Macri trajo al

El presidente Mauricio Macri, quien ganó las elecciones con una monumental

estafa y luego hundió la Argentina en una crisis sin precedentes. Macri ahora es

dirigente de la FIFA y parece alejarse de la política local, aunque sigue midiendo

como principal figura de la oposición.

FMI, firmó un acuerdo de 57 mil

millones de dólares y dejó una

deuda efectiva de 44 mil millones

de dólares que no estamos

en condiciones de pagar, entonces

es posible llegar a la conclusión

de que Alberto Fernández

quiere llevarse bien con el FMI

porque pretende orientarse

hacia una relación de dependencia

con ese organismo. De

manera análoga, si uno ignora

que la política de seguidismo y

obsecuencia hacia los Estados

Unidos en sus agresiones imperialistas

a principios de los años

1990 resultaron en los atentados

a la embajada de Israel y a

la AMIA, en el posterior memorándum

de entendimiento con

Irán y en todo el asunto Nisman,

uno tiende a pensar que Alberto

Fernández desea alinearse con

Israel por razones de convicción

ideológica. Lo que resulta de

la pérdida de la perspectiva

histórica es la incapacidad de

comprensión de los hechos del

presente y el ver la historia no

como una película, sino como

una foto fija.

¿Por qué? Porque, como solía

decir precisamente Cristina,

nada ni nadie nace de un repollo,

todo viene históricamente

determinado. Entonces las

decisiones del presente no son

otra cosa que la continuidad de

la historia al saldar las deudas

de ayer. La metáfora de la deuda

es muy oportuna, por cierto, ya

que es además materialmente

aplicable en el caso de la relación

que viene estableciendo el

gobierno de Alberto Fernández

para tratar de, en esa relación,

resolver el problema de una

deuda que la Argentina hoy no

está en condiciones de pagar

y quizá jamás lo esté de no

mediar allí una renegociación.

Dicho de una forma tal vez un

tanto brutal, Alberto Fernández

no envía a Martín Guzmán

18 HEGEMONIA - febrero DE 2020


a Nueva York a hacer buenas

migas con el Fondo Monetario

Internacional porque quiera

tener una buena relación con

ese organismo. Alberto Fernández

busca tener esa relación

porque de otro modo su gobierno

durará hasta que venga el

primer vencimiento de la deuda

y es probable que la Argentina

entera estalle cuando eso pase.

La pesada herencia de honrar

deudas ajenas es la determinación

histórica a corto plazo que

no le permite hacer a su voluntad

al que se hace cargo de la

herencia que es una deuda.

Complicadas maniobras

La determinación histórica es

un condicionamiento para los

que vivimos y hacemos en el

presente. Todo lo que somos y

hacemos hoy está condicionado

o determinado por lo que hicieron

otros ayer, sin que nada de

eso sea discutible. Un pensador

como Sartre lo expresaría con

mucha más certeza y elegancia

diciendo que “somos lo que

hacemos con lo que hicieron de

nosotros”, esto es, nunca somos

todo aquello que desearíamos

ser porque las condiciones en

las que nos desarrollamos no

son necesariamente las que

deseamos. Las condiciones de

nuestro desarrollo presente son

una herencia normalmente muy

pesada. Así en la vida, así en

todos los órdenes de la vida.

También así en la política.

Las condiciones en las que

Alberto Fernández asume como

presidente de la Nación y sobre

las que se desarrolla su

gobierno desde el último 10 de

diciembre son una suma de todo

lo que ocurrió política y socialmente

en la Argentina y en el

mundo antes de esa fecha, es

decir, son un cúmulo virtualmente

infinito de cosas casi en su

Incómodo para muchos. La reunión entre Alberto Fernández y Benjamín Netanyahu

en Israel cayó como una bomba entre sectores de la militancia, pero fue justificada

en el marco de la negociación de una deuda que la Argentina no puede pagar y la

necesidad de hacerse de amigos en el mundo que puedan ayudar en ese problema.

totalidad ignoradas por nosotros

y hasta por el propio Alberto

Fernández. Al asumir el gobierno

en el Estado, un presidente se

encuentra con esas condiciones,

a las que debe atender a la

hora de tomar las decisiones y

orientar la gestión, sin importar

mucho las intenciones que haya

tenido antes de asumir el cargo.

Un jefe de gobierno puede haber

prometido, por ejemplo, construir

un determinado número de

viviendas para reducir el déficit

habitacional y hasta puede

querer hacerlo genuinamente,

pero si al hacerse de la botonera

se encuentra con que en la caja

del Estado no existen los fondos

para llevar a cabo la obra y que

tampoco existe la posibilidad de

recaudar esos fondos, la obra no

19 HEGEMONIA - febrero DE 2020


El Papa Francisco, recibiendo en el Vaticano al ministro de Economía Martín Guzmán.

Entre los amigos que pueden aportar a la solución del embrollo infernal de la

deuda, el más amigo de todos es Francisco. Y también el más influyente.

se llevará a cabo mientras ese

dinero no esté. Y si nunca llega a

estar, entonces por más voluntad

política genuina que haya

las viviendas serán nada más

que otra promesa de campaña

incumplida. No es una cuestión

ideológica, no se trata de querer

y sí de poder. La cuestión de las

condiciones heredadas es material,

es lo que el General Perón

solía llamar la realidad efectiva.

El ejemplo es bastante elemental

y aun así sirve de base

para extrapolarlo y aplicarlo a

cosas mucho menos elementales

que el “solo se puede hacer

obra pública si hay dinero en

la caja del Estado”, una mera

operación de restar, sumar y ver

cuánto tiene uno en el bolsillo.

En el fondo, filosóficamente

hablando, se trata de heredar

condiciones y desarrollarse uno

sobre ellas. De hacer con lo que

hicieron de nosotros, como diría

Sartre. Siempre es así, por más

compleja que sea la cuestión:

siempre se toman las decisiones

del presente atendiendo los

condicionamientos que resultan

de la acción de los hombres en

el tiempo pasado. Y así es cómo

Martín Guzmán va a Nueva York

a buscar el beneplácito del FMI

en el problema de una deuda

que no podemos pagar. La

deuda impagable es el condicionamiento;

hacer reuniones

“positivas” y “productivas” con

el Fondo Monetario es lo que se

hace de eso para salir adelante.

Pero no es solo eso, sino que

hay más y las maniobras se van

complicando hasta que los de a

pie perdemos de vista las relaciones

existentes entre los hechos

de la gran política. Ya está

bastante claro —al menos para

los que tenemos la voluntad

intelectual de relacionar hechos

antes de sacar las conclusiones

del caso— que el viaje de

Alberto Fernández a Israel viene

determinado por una secuencia

de hechos históricos que empiezan

con la desintegración de la

Unión Soviética, la elevación de

los Estados Unidos a la condición

de única superpotencia

global en un orden mundial unipolar,

pasan por el consiguiente

y necesario seguidismo de la

Argentina a las políticas imperialistas

de esa superpotencia

y por el resultado de ese seguidismo,

a saberlo, los atentados

de 1992 y 1994 en la Ciudad

de Buenos Aires. Todo eso va a

resultar en el memorándum de

entendimiento con Irán y en la

muerte del fiscal Alberto Nisman.

Ya está claro, reiteramos,

que el viaje del presidente Fernández

a Israel es otro capítulo

en esa novela interminable: Fernández

va a Israel a participar

de un acto en conmemoración

a las víctimas del Holocausto

para poner paños fríos sobre

la espantosa relación entre

la Argentina, Israel, Irán, los

atentados, los servicios secretos

y mucho más, relación en la que

llevamos todas las de perder.

Fernández va a Israel porque

recibe de herencia esa relación

espantosa, porque esas son las

condiciones sobre las que debe

necesariamente desarrollarse.

20 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Entonces la conclusión es que

Alberto Fernández sabe que,

de no recomponer y armonizar

esa relación, Israel —o alguien

a instancias de Israel— puede

hacerle daño a la Argentina.

Aquí es donde la cosa empieza

complejizarse, ya que es poco

probable que Israel, el Estado

de Israel, le haga más daño a

la Argentina de lo que ya hace

inmiscuyendo a sus espías en

nuestros asuntos internos. No es

probable que Israel le haga una

guerra abierta a la Argentina y

tampoco que nos castigue con

sanciones económicas, puesto

que el comercio exterior con ese

país mueve muy poco la aguja

en nuestra balanza comercial.

¿Qué podría hacer entonces

Israel contra la Argentina si la

Argentina no hiciera un esfuerzo

diplomático para recomponer la

relación atendiendo los hechos

históricos? Pues Israel podría

activar a otros para que produzcan

ese daño.

Y de pronto aparece la relación

entre el viaje del presidente

Alberto Fernández a Israel y el

del ministro de Economía Martín

Guzmán a los Estados Unidos

para reunirse con los burócratas

del FMI. Allí donde veíamos a

priori dos hechos no relacionados

entre sí existe una relación y

es la vieja y conocida promiscuidad

existente entre Washington

y Tel Aviv. Según ciertos analistas,

Israel no es un títere de los

Estados Unidos en Medio Oriente,

sino que es precisamente lo

opuesto. Los Estados Unidos

son, en realidad, el brazo armado

del sionismo internacional en

el mundo y, por esa razón, están

siempre a disposición de los

israelíes para operar indirectamente

los intereses de estos. Si

están en lo cierto los analistas

de política internacional que

sostienen esa teoría, la de la

funcionalidad de Washington al

sionismo internacional con sede

en Israel, entonces llevarse mal

con Tel Aviv puede tener y necesariamente

tendrá como consecuencia

una represalia por parte

de Washington.

¿Qué es lo que podrían hacer

entonces los Estados Unidos

a instancias de Israel contra

la Argentina en el corto plazo

y a modo de represalia? Por lo

pronto podrían no interceder o

hacerlo desfavorablemente en

las negociaciones entre nuestro

país y el FMI por aquella deuda

de 44 mil millones de dólares

que no podemos pagar y que

estamos tratando de renegociar

con reuniones “positivas” y “productivas”.

¿Cómo? Pues con

una llamada telefónica: el FMI

es un organismo multilateral,

pero solo en teoría. En la práctica

es unilateral y está dominado

por los Estados Unidos desde el

vamos. Nada se hace allí sin el

visto bueno de Washington y el

FMI es, al fin y al cabo, un vulgar

instrumento más del imperialismo

para el sometimiento de

los pueblos en los países dichos

“en vías de desarrollo”. Si los

Estados Unidos quieren, el FMI

ejecuta la deuda argentina

impagable con solo un clic y

nuestro país cae en el abismo

de la cesación de pagos que

suele llamarse “default”, resultando

en una crisis terminal de

la economía y en la apertura de

las puertas del infierno para los

45 millones de argentinos.

Si los Estados Unidos quieren,

que es como decir —con

los analistas que sostienen la

predominancia del sionismo

internacional en la Casa Blanca

de Washington— si el que quiere

es Israel. Si ellos quieren, nosotros

desbarrancamos. He ahí

el condicionamiento que recibe

Alberto Fernández al asumir

como presidente de un país

que no tiene soberanía política

ni independencia económica:

en nuestro ser lo que hacemos

La titular del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva. Católica,

Georgieva tiende a aceptar la influencia del Papa Francisco en la negociación de la

deuda argentina. Si eso ocurre, será adecuado definirlo como un acto de la divina

providencia.

21 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Martín Guzmán, en Nueva York junto a un colaborador. Los viajes del ministro de Economía y su tacto en el trato con sus anfitriones

puede ser clave en las negociaciones de lo que, a primera vista, parece innegociable.

de lo que hicieron de nosotros

sartreano la parte del “lo que

hicieron de nosotros” es una

colonia. Somos lo que podamos

hacer de esa colonia sometida

a los intereses de los poderosos

del mundo.

Alguien dirá y con justa razón

que es imposible dejar de ser

colonia buscando hacer buenas

relaciones con la metrópoli

dominante y que, por lo tanto,

en vez de hacer reuniones “positivas”

y “productivas”, lo que

tendría que hacer la Argentina

para liberarse es cortar relaciones

con el FMI y dar por toda

respuesta a la deuda dejada

por Mauricio Macri un hermoso

“que lo pague Magoya”. Todo

eso es cierto y es hasta ideológicamente

justo en nuestra opinión,

aunque no viene sin cola:

hacerse el loco frente al Fondo

Monetario Internacional —y

quebrarlo, por supuesto, porque

el dinero prestado por el FMI al

gobierno de Macri es inaudito,

incluso para los estándares y

la capacidad de financiarse del

propio FMI— resultaría en la

reacción de prácticamente todo

Occidente, empezando por los

Estados Unidos, lógicamente.

Y allí no habría alternativa que

la de seguir los pasos de Venezuela,

casarnos con Oriente y

empezar a resistir acá a todo lo

que el pueblo venezolano viene

resistiendo hace décadas en

materia de boicot a la economía

y las respectivas penurias en

el cotidiano. En una palabra,

existe la opción de enfrentar al

dominante y declararle la guerra,

de ignorar al FMI y esperar

a que nos caigan los tiros desde

las potencias occidentales

confiando en que vendrá el

auxilio desde Beijing y Moscú.

Esa opción está y es exactamente

la que han elegido tomar en

Caracas desde hace mucho. Los

resultados de la opción venezolana

están a la vista.

Consecuencias

Vaya el atento lector a Caracas

y pregúntele a un funcionario

venezolano o directamente al

propio Nicolás Maduro qué opina

respecto a los atentados a la

embajada de Israel en Buenos

Aires y a la AMIA, a la firma de

memorándum de entendimiento

22 HEGEMONIA - febrero DE 2020


entre la Argentina e Irán y a la

muerte del fiscal Alberto Nisman.

En Caracas el atento lector

se va a encontrar con una respuesta

más o menos así: “Las

bombas en la embajada israelí

en Buenos Aires y a la AMIA son

obra del mismísimo Estado de

Israel, son autoatentados o los

llamados atentados de falsa

bandera. El memorándum iba

dirigido a dilucidar esa verdad,

cosa que Israel no puede permitir

que pase y entonces Israel

orienta al Mossad a hacer la

pantomima de Nisman para encubrir

sus actos de terror contra

su propio pueblo, acusando de

encubrimiento a los que buscaban

llegar a la verdad histórica”.

En Venezuela dicen eso. ¿Por

qué? Porque ya están jugados y

pueden expresar su opinión sin

estar tan condicionados. Nicolás

Maduro no viaja de visita

oficial a Israel, sino a Irán. En

Argentina, al parecer, eso no se

puede hacer. ¿Por qué? Porque

Venezuela ha elegido el camino

de la guerra de liberación nacional

y nosotros no. Es cierto

que podríamos tomar ese camino,

siempre y cuando estemos

dispuestos a atenernos a las

consecuencias.

He ahí la cuestión, o la pregunta

que debe hacerse cualquiera

al hacerse —valga la redundancia—

del poder político en

el Estado en Argentina: ¿Está

dispuesto el pueblo argentino

a atenerse a las consecuencias

de una guerra de liberación

nacional al estilo venezolano?

El atento lector comprenderá

que no tenemos nosotros aquí la

respuesta a semejante pregunta

totalizadora y que, en un sentido

más bien ideológico, nos gustaría

decir que el pueblo argentino

no solo está dispuesto, sino

que está deseoso de atenerse a

esas consecuencias para liberar

la patria del yugo imperialista

de una vez por todas, llegando

a nuestra segunda y definitiva

independencia. Pero no se trata

de hacer de este espacio una

tribuna de opinión ideológica,

sino un medio de análisis de los

hechos, por lo que va a quedar

sin respuesta la pregunta de si

el pueblo argentino está dispuesto

a sufrir las penurias que

resultan de una guerra de liberación

nacional como la que se

está librando hoy en Venezuela.

No tenemos aquí toda la información

necesaria para saber la

respuesta, aunque desde luego

y conociendo los bueyes con los

que aramos sospechamos que

dicha respuesta será negativa.

Los que sí deben tener esa

información y están obligados a

saber a ciencia cierta si el pueblo

argentino está dispuesto a

transitar el camino de liberación

nacional que el pueblo hermano

de Venezuela viene transitando

desde que llegó Hugo Chávez

son los que nos gobiernan hoy.

Alberto Fernández tiene la

obligación de saber si el pueblo

en su conjunto, esto es, en su

mayoría, quiere empezar hoy

una lucha de décadas durante

la que la vamos a pasar muy

mal, pero que dará como resultado

un futuro brillante para

las generaciones venideras. Y si

nos orientamos por los hechos

políticos del viaje del propio

Alberto Fernández a Israel y

del intento de construcción por

parte del ministro de Economía

Martín Guzmán de una relación

“positiva” y “productiva” con el

Fondo Monetario Internacional,

podemos concluir que también

Alberto Fernández cree que la

respuesta al enigma será negativa.

Alberto Fernández no elige

el camino de la confrontación

Con las armas en la mano, Venezuela ha elegido el camino de la guerra de liberación

nacional para lograr su segunda y definitiva independencia. En un sentido histórico,

Chávez y Maduro hacen lo que hubiera hecho Bolívar en la misma situación:

desenvainan la espada y cargan contra el enemigo, asumiendo las consecuencias

de su elección.

23 HEGEMONIA - febrero DE 2020


con los poderosos del mundo

porque cree saber que la mayoría

de los argentinos —cuya

opinión y voluntad quiere seguir

representando en la política—

no desea transitar ese camino.

De un modo contrafáctico, si

la opinión de la mayoría de los

argentinos fuera la opuesta y

estuviéramos en pie de guerra

como los venezolanos exigiendo

la liberación nacional a cualquier

precio, entonces Alberto

Fernández ni hubiera llegado a

ser presidente porque la política

argentina no propondría como

candidato ganador a un conciliador

para satisfacer la demanda

de una mayoría que no quiere

conciliar nada en absoluto.

Como se ve, Alberto Fernández

es presidente de Argentina porque

su opinión conciliadora es

reflejo de la opinión de la mayoría

del pueblo argentino.

Al igual que todos los demás

dirigentes políticos habidos y

por haber, Alberto Fernández

no hace lo que quiere, sino que

hace y es con lo que hicieron de

él. Y hace, en esencia, lo que

quiere la mayoría del pueblo al

que gobierna, justamente para

seguir gobernándolo con el voto

de ese pueblo. A la cuestión de

exigirles a los dirigentes que

hagan lo que las minorías politizadas

queremos que hagan se

impone la solución de que primero

es necesario trabajar para

que eso no sea una demanda de

minorías, sino de las mayorías

populares. Si lo que queremos

es cortar relaciones con Israel

y decirle al FMI que no vamos a

pagar una deuda contraída por

un gobierno de las corporaciones,

lo que tenemos que hacer

es persuadir a nuestro pueblo

de que ese es el camino y de

que atenerse a las consecuencias

será un precio razonable

a pagarse por la obtención de

nuestra liberación nacional.

Como en Venezuela. Lo que no

puede hacerse simplemente

porque no puede lograrse es

exigirles a los dirigentes que se

opongan a la opinión y la voluntad

de la mayoría de los electores

y pierdan las elecciones, de

mínima, o tengan un estallido

social, de máxima. Si le demandamos

el suicidio político a un

presidente electo por el voto

popular no nos podemos quejar

luego si ese presidente hace oídos

sordos a nuestra demanda,

porque eso es precisamente lo

que hará. Ahora y siempre, aquí

y todas partes. Nadie se suicida

para darle el gusto a otros y

todos somos, ni más ni menos,

solo lo que hacemos con lo que

hicieron de nosotros. Eso y tan

solo eso somos.

Los presidentes Alberto Fernández y Mauricio Macri, donde el segundo es la

expresión material de la definición sartreana: ser lo que se hace con lo que hicieron

de uno. Fernández no puede más que construir a partir de la pesada herencia que

recibió al ganar las elecciones y reemplazar a Macri.

24 HEGEMONIA - febrero DE 2020


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25 HEGEMONIA - febrero DE 2020


ANÁLISIS

¿Quién soy yo?

ERICO

VALADARES

La Argentina aun dormía

cuando alrededor de las

tres de la madrugada del 24

de marzo de 1976 el general

José Rogelio Villareal le

anunció solemnemente a María

Estela Martínez de Perón que

los militares la estaban derrocando

de un golpe. “Señora”,

decía Villareal, poniendo allí

en palabras formales aquello

que ya estaba consumado. “Las

Fuerzas Armadas han decidido

tomar el control político del país

y queda usted arrestada”. En

ese anuncio quedaba formalizada

la apertura de las puertas de

un infierno que para el pueblo

argentino iba a significar seis

años de genocidio, destrucción

del aparato productivo y profunda

rotura del tejido social, de

la que el país jamás pudo recuperarse

del todo. Allí mismo, al

anunciarse el golpe de Estado a

María Estela Martínez de Perón,

empezaba a escribirse la página

más oscura y triste de la historia

argentina.

La señora Martínez de Perón,

más conocida como Isabelita,

era entonces la presidenta

legítima de la Nación al haber

sido electa vicepresidenta por

el voto popular en la fórmula

con su marido, el General Juan

Domingo Perón, menos de

dos años y medio antes de la

fatídica noche en la que José

Rogelio Villareal irrumpiera

para anunciarle que su gobierno

terminaba de un golpe y que

ella, Isabelita, iba a quedar

arrestada. Tras el fallecimiento

26 HEGEMONIA - febrero DE 2020


del presidente Perón en 1974,

Isabelita se puso el cargo de

presidenta al hombro tal como

marcaba la ley y asumió, en ese

acto, el control político de un

país que era un hervidero. Para

marzo de 1976 la lucha entre

las fuerzas del orden del Estado

argentino y los llamados grupos

guerrilleros que pugnaban por

hacer una revolución en el país

había tocado el límite de la tensión,

la violencia y la locura. Ya

eran parte del paisaje político

en la Argentina de esos tiempos

los enfrentamientos entre

esas fuerzas del orden y los que

los mismos militares llamaban

“subversivos”, la lucha política

se había trasladado al campo

de lo bélico y se vivía un clima

de incertidumbre respecto a

cómo se iba a zanjar la cuestión.

Para cuando los militares decidieron

al fin concretar su plan

golpista —el que venían gestando

durante meses—, el sentido

común del pueblo argentino ya

exigía abiertamente la llegada

de la “mano dura” para “poner

orden” en un país que se había

convertido en un enorme campo

de batalla. La “opinión pública”

había sido previamente manipulada

para demandar esa mano

dura y ya durante el gobierno

de Isabelita aprobó —al menos

tácitamente— las maniobras

militares contra la guerrilla en el

monte tucumano que quedaron

conocidas como “Operativo Independencia”,

aunque le pareció

poco. En una palabra, lejos

de comprender lo que estaba

por empezar, el pueblo argentino

amaneció ese 24 de marzo

creyendo que el golpe de Estado

contra un gobierno legítimamente

electo iba a ser parte de

la solución y no del problema.

Nunca es fácil ver lo obvio

ululante ni son muchos los que

están dispuestos a admitir hoy

la triste realidad de que el golpe

del 24 de marzo de 1976 venía

a satisfacer una demanda de

las mayorías en ese momento.

Solemos elegir la comodidad

de pensar en un pueblo argentino

aferrado al Estado de

derecho mientras una camarilla

de militares venía por la fuerza

bruta a usurpar el poder contra

la opinión de todos los demás,

pero no es así. Salvo en cierto

círculos políticos y militantes,

siempre muy minoritarios, no

hubo repudio al golpe de Estado

de 1976 y la tristemente célebre

portada del Diario Clarín del 25

de marzo de ese año expresaba

fielmente la opinión de casi

todos los que emitían opinión

política. “Total normalidad”,

estampaba Clarín en primera

plana y así efectivamente vivió

el argentino el comienzo y los

primeros años de aquella dictadura

genocida, cuyo objetivo fue

desde el vamos el desmantelamiento

de un país entero y en

todos los órdenes de su existencia.

Las expresiones “no te metas”

y “mirá para el otro lado”,

que se usaban cotidianamente

hasta bien entrada la década

de los años 1980 respecto a la

acción genocida de la dictadura

son la prueba más cabal de que

la mayoría de los argentinos

aprobó el accionar de ese régimen

durante la casi totalidad

de su duración. Y así, creyendo

que los militares venían a restablecer

la total normalidad, el

argentino promedio aplaudió un

golpe contra sí mismo.

Ante la tristísima realidad de

que el pueblo argentino fue

más bien cómplice que víctima

de su propio crimen, es natural

que nos preguntemos por qué.

¿Por qué habrían de legitimar

las mayorías una dictadura que

llevaba a cabo un genocidio

contra esas mismas mayorías,

genocidio que finalmente iba

a resultar en la destrucción del

país y en la condición para que

eso tuviera lugar, esto es, en la

desaparición de 30.000 argentinos

en un corto periodo de tan

Portada del Diario Clarín del 2 de julio de 1974, con el anuncio del fallecimiento

del general Perón y la posterior asunción de Isabelita como presidenta de la

Nación.

27 HEGEMONIA - febrero DE 2020


solo unos cinco o seis años? La

respuesta a semejante enigma

—que es enigmático, pero solo

en apariencia— está en la forma

cómo los dueños de la palabra

de entonces hicieron percibir

la realidad política y social. La

lucha política entre la militancia

armada y dispuesta a hacer la

revolución nacional y las fuerzas

de la reacción fue presentada

sistemáticamente por los medios

como el caos durante varios

años en la previa al 24 de marzo.

Con cada enfrentamiento

entre los bandos siendo interpretado

públicamente como

síntoma del desorden social y

del descontrol político, se fue

formando entre las mayorías

la idea de la necesidad de que

alguien viniera a “poner orden”.

Por lo tanto, es perfectamente

natural y hasta comprensible

que el argentino se haya desayunado

con satisfacción ese 24

de marzo la noticia de que en

la madrugada anterior habían

llegado los que iban a “poner orden”

y que había sido derrocado

el gobierno del “desorden”. El

pueblo argentino en su inmensa

mayoría aplaudió el golpe contra

el gobierno constitucional de

Isabelita y no dejó de aplaudir

ni aun con el paso de los meses

y los años, cuando ya quedaba

bien claro que ese golpe resultaba

en una dictadura genocida. Y

lo que hubo cuando cesaron los

aplausos fue tan solo silencio.

He ahí que, entre la propaganda

continua de los formadores

de opinión, el triunfo de los

golpistas militares y el olvido de

muchos peronistas, hasta el día

de hoy exista en Argentina una

tendencia a valorar muy negativamente

el gobierno de Isabelita

de Perón y hasta a afirmar que

el golpe en su contra “estuvo

bien”, sin que nadie o casi nadie

se percate de que eso equivale

a decir que estuvieron bien el

propio golpe y la dictadura resultante.

No es para nada infrecuente

escuchar de bocas que

se presentan como “peronistas”

la condena a Isabelita en los

más duros términos. Lo que sí

es bastante raro es encontrarse

con que esa condena venga fundamentada

por el conocimiento

de la totalidad de los hechos

que antecedieron el golpe del

24 de marzo de 1976. En una

28 HEGEMONIA - febrero DE 2020


La presidenta María Estela Martínez de Perón, pionera del empoderamiento femenino

en la gestión de lo público y que, por ello, debió ser reivindicada por la militancia.

No obstante, el relato dominante del poder puso a Isabelita en el basurero de

la historia.

palabra, lo que más hay entre

los militantes y simpatizantes de

lo que hoy llamamos el campo

nacional-popular es un repudio

a la imagen de la viuda de Perón,

sin que ese repudio pueda

argumentarse más que con una

expresión emocional.

“López Rega”, “Operativo

Independencia” y “Rodrigazo”

son parte de esa expresión

emocional. Son hechos, sin

lugar a dudas, que marcaron los

casi 21 meses de aquel gobierno

peronista existente entre

la muerte del general Perón y

la madrugada golpista del 24

de marzo de 1976. Nadie va

a negar la evidencia histórica

de que hubo seis ministros de

Economía en esos 21 meses y

de que ese es un síntoma del

fracaso de la gestión de lo público.

También es innegable la

firma de los “decretos de aniquilamiento”

mediante los que

las fuerzas armadas y del orden

quedaron autorizadas a matar a

los militantes del Ejército Revolucionario

del Pueblo (ERP) en

el monte tucumano. Todo eso es

cierto y fue ampliamente difundido

durante la siguiente cuatro

décadas por los formadores de

opinión en los medios dominantes,

pero también replicado por

muchos militantes —varios de

ellos peronistas— hasta hacerse

de sentido común la idea de

que el gobierno de Isabelita fue

un desastre. Lo que nunca fue

difundido por nadie es todo lo

otro, a saberlo, la obra de gobierno

concreta de quien se animó

a agarrar una auténtica papa

caliente tras el fallecimiento

del principal líder popular en un

país que políticamente estaba

en llamas desde Ezeiza o quizá

desde mucho antes. Isabelita

todavía vive y está cumpliendo

89 años edad. Y es muy probable

que, al mirarse al espejo,

se pregunte a sí misma, sobrecogida

frente a tanta verdad

difundida en décadas: “¿Quién

soy yo?”.

Lo que nadie quiere decir

No existen prácticamente en el

escenario actual dirigentes que

se animen a reivindicar la figura

de María Estela Martínez de

Perón. No los hay lógicamente

entre los no peronista y entre los

antiperonistas, pero tampoco

los hay entre los peronistas.

Apenas se escuchan algunas

voces —muy marginales en

términos de difusión— desde el

llamado peronismo ortodoxo o

doctrinario que se atreven a recordar

el hecho de que el propio

general Perón eligió a Isabelita

para casarse en terceras nupcias

y para formar junto a él en

la fórmula Perón-Perón, recordista

de votos en las elecciones

del año 1973. Y otro hecho, el

de que Isabelita intentó continuar

y hasta profundizar la obra

de su marido una vez asumida

como presidenta en su reemplazo.

Les puede parecer extraño

sobre todo a los más jóvenes y a

los que han elegido la comodidad

de consumir el relato dominante

para colocar el gobierno

de Isabelita en un nivel incluso

más bajo que el de la dictadura

que lo sucedió, pero la verdad

de los hechos indica que en un

país políticamente en llamas

María Estela Martínez de Perón

hizo peronismo.

En primer lugar, es imposible

abstraerse de que la fórmula

Perón-Perón triunfó en las elecciones

de 1973 con el 63,7%

de los votos, lo que equivale a

decir que Isabelita llegó a ser

vicepresidenta de la Nación con

casi dos tercios de la voluntad

popular expresada en las urnas,

lo que no solo no es poco, sino

que sigue siendo el récord de

mayor cantidad proporcional de

29 HEGEMONIA - febrero DE 2020


voto en nuestro país. Entonces

dos de cada tres argentinos

quisieron que Isabelita fuera

vicepresidenta y, ante el fallecimiento

del titular, Isabelita fue

legítimamente presidenta de la

Nación con esos votos, que eran

suyos y del general Perón en sociedad.

Si luego por la acción de

los formadores de opinión esa

legitimidad se fue perdiendo

hasta que las mayorías avalaran

un golpe contra el gobierno

al que habían votado masivamente,

esa es otra cuestión. Lo

cierto es que queda descartada

la hipótesis de que se trataba

de una “paracaidista”. A los que

siguen recordando las circunstancias

en las que Perón conoció

a Isabelita en Panamá —se

desempeñaba ella como bailarina—,

vale la pena recordar que

esas circunstancias no difieren

mucho de las que mediaron en

el encuentro entre Perón y Eva

unas tres décadas antes. Y tampoco

es demasiado reiterar la

obviedad, la de que si Perón la

eligió para casarse y luego para

que lo acompañe en la política

nada menos que como vicepresidenta

en una fórmula arrasadora,

entonces algo debió saber

Perón. No es adecuado para ningún

peronista querer saber más

que el conductor sobre asuntos

de conducción y mucho menos

sobre temas de la vida privada

del propio conductor. Eso se

llama ser más peronista que

Perón, actitud que infelizmente

abunda.

Una vez electa y luego de la

muerte de Perón a mediados de

1974, Isabelita asume el gobierno.

Primero a regañadientes: se

sabe que quiso renunciar ese

mismo día, el 1º. de julio, ante

la noticia del fallecimiento de

su compañero. Pero no hubo

finalmente tal renuncia e Isabelita

decidió continuar la obra

del gobierno peronista desde el

lugar de conductora. Y ya aquí

tenemos el primer problema,

que se ve en una comparación:

si para Cristina Fernández de

Kirchner fue muy difícil ser presidenta

de la Nación en pleno

siglo XXI, con votos propios y sin

haber sido bailarina en la noche,

es fácil imaginarse lo que le habrá

costado a Isabelita sortear

los prejuicios de la época para

ser la primera mujer presidenta

de América Latina. Ya desde

el vamos está el problema de

hacerse respetar estando en un

lugar que para el sentido común

de la época —y hasta de hoy—

no le correspondía ocupar.

Ella igual siguió. Y mientras

hoy discutimos cómo aplicar

una tibia ley de medios para

equilibrar un poco la balanza en

la infernal concentración mediática

que existe, en plena década

de los años 1970, rodeada por

dictaduras como la de Pinochet

en Chile y con todo el viento en

contra, Isabelita directamente

nacionalizó las agencias de noticias

extranjeras que operaban

(literalmente) en el país, recuperó

para el patrimonio nacional el

Canal e incorporó a ese patrimonio

36 emisoras comerciales de

radio. Nacionalizó también los

canales 9, 11 y 13, hoy otra vez

30 HEGEMONIA - febrero DE 2020


privados y algunos de ellos en

manos del monopolio, además

de Panamericana de Televisión

y la Editorial Codex. Y de paso

sanción la Ley de Prensa, para

terminar de poner orden en el

desorden que las corporaciones

hacían con el monopolio de la

palabra. Véase bien: en vez de

ir a negociar alguna solución

de compromiso con los ricos

propietarios, Isabelita golpeó la

mesa y estatizó los medios, medida

que hoy es una utopía y se

ubica en la mal llamada extrema

“izquierda” del arco. Isabelita

puso la comunicación en manos

del pueblo argentino, algo que

hoy no somos capaces de hacer.

Ni cerca.

Por otra, parte en algo que

hoy también nos angustia y nos

cuesta llevar a cabo, Isabelita

puso orden en el asunto de los

combustibles nacionalizando

las bocas de expendio. Y otra vez

se hizo de unos poderosos enemigos:

las petroleras multinacionales,

que no le encontraron

mucha gracia al ver su distribución

pasando a manos del Estado

y del pueblo argentino. En

el caso de la minería, Isabelita

simplemente dejó sin efecto los

contratos firmado por los cipayos

y golpistas que antecedieron

al último gobierno peronista y

canceló el acuerdo que dejaba

la minería argentina a merced

de la voluntad de un conglomerado

brasilero. Si para nosotros

hoy es virtualmente imposible

enfrentarnos a las Barrick Gold

y demás corporaciones mineras

que extraen la riqueza de nuestro

suelo, no lo fue para Isabela

entre 1974 y 1975. No lo fue,

aunque como ya sabemos ella

tuvo que pagar un precio altísimo

por su atrevimiento.

La pelea contra las corporaciones

trasnacionales fue dura y no

se limitó al petróleo y a la minería.

Isabelita suspendió los contratos

del Estado argentino con

gigantes como ITT y Siemens,

terminando con el curro de la

“patria contratista” en ese sector,

con el que esas empresas

se favorecían enormemente de

un monopolio garantizado por

el Estado. A partir de allí, Entel

pudo crecer y desarrollarse sin

trabas como empresa estatal

y nacional de comunicaciones

para el beneficio de todos sus

socios, que eran los argentinos

en su conjunto.

El capital financiero concentrado

es otros de los problemas

con los que tenemos que lidiar

hoy y quizá sea el más grande

de todos. Para terminar con la

fiesta de los muchachos que

viven de especular con el trabajo

ajeno, Isabelita suspendió el

negociado de bonos de la deuda

interna y externa, lo que equivale

a decir que cortó de cuajo

con un problema que hoy tiene

asfixiado el país y sobre todo la

provincia de Buenos Aires: el de

haber emitido títulos del tesoro

sin control y de no tener con

qué pagarlos hoy. Así fue cómo

Isabelita gobernó sin contraer

ningún empréstito, esto es, sin

recurrir al endeudamiento futuro

de los argentinos. La deuda

externa dejada por Isabelita

al ser forzada a abandonar el

gobierno era rigurosamente la

misma, con valores irrisorios y

con los intereses ya pagados.

La deuda argentina hoy es miles

de veces superior que en 1976 y

fue incrementada brutalmente

durante la dictadura que resultó

del golpe del 24 de marzo. Está

fácil concluir que Isabelita se

había convertido en un estorbo

para los que lucran con el

endeudamiento de los pueblos,

desde Rivadavia hasta Macri.

Puede aducirse que el gobierno

de Isabelita fue represivo,

aunque para hacerlo es menester

abstraerse del contexto de

Los militares golpistas y genocidas de 1976 que derrocaron a Isabelita e impusieron

una dictadura brutal en la Argentina. La militancia peronista (o algunos sectores

de ella) suele olvidar que estos eran los enemigos de la viuda de Perón y que la

derrocaron por tener un proyecto país radicalmente opuesto al suyo.

31 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Isabelita, junto al ya presidente Raúl Alfonsín a mediados de la década de los años

1980. Con el retorno de la democracia, Isabelita recuperó su libertad plena luego

de haber estado presa durante el régimen que la había derrocado.

la época. Y así y todo, esa represión

fue una represión legal

en tanto y cuanto se hizo con

la ley, todo lo opuesto a lo que

hicieron sus sucesores, los que

entraban en las casas por las

noches a secuestrar para luego

torturar en oscuros sótanos y

desaparecer gente. Frente a

los guerrilleros trotskistas que

habían fundado un país llamado

“Tucumania” y pretendían así

fragmentar el territorio soberano

argentino, Isabelita sancionó la

Ley de represión a la subversión,

esto es, aun tratándose de reprimir

eligió hacerlo por la vía legal

y por hacer valer el monopolio

de la fuerza del Estado a la luz

del día. Y no solo eso: en la Ley

de represión a la subversión se

incorporó el concepto de subversión

económica, que es para

reprimir a los ricos que no se

internan el monte, pero tratan

de desestabilizar el país desde

lujosas oficinas. Isabelita fue

finalmente desvinculada más

tarde de la causa que investigó

excesos en el Operativo Independencia

y alguno dirá que en

su gobierno operó la Alianza

Anticomunista Argentina (AAA),

formada por sectores del peronismo

y del sindicalismo para

perseguir militantes dichos “de

izquierda”, pero la verdad es

que la AAA aparece en 1973, de

modo que mal puede adjudicarse

eso a Isabelita sin adjudicarlos

igualmente al propio Perón.

No justifica, por supuesto, pero

destruye uno de los grandes

mitos de la leyenda negra que

se escribió sobre la última etapa

del gobierno peronista.

Isabelita hizo mucho más peronismo,

como la sanción de la

Ley 20.744 de contratos de trabajo

—que sigue vigente— y creó

el sistema nacional integrado

de salud para brindar atención

médica de calidad a los sectores

más bajos de la sociedad. Hizo

una simbólica reunión con su

gabinete en la Antártida Argentina,

con el objetivo de reafirmar

la soberanía de nuestro país

sobre ese territorio, se peleó

con los bancos y sus mesas de

dinero, declaró inalienables e

imprescriptibles las reservas de

energía y demás recursos (gas,

petróleo y mineral, incluso las

caídas y curso de agua interiores),

expulsó al embajador británico

en el diferendo por Malvinas

y mucho más. Todo está

guardado en la memoria, o más

bien en la historia que algunos

quisieron (y lograron) ocultar.

Isabelita se despertará hoy por

la mañana cumpliendo sus 89

años de edad en España, donde

vive actualmente. Y es probable

que se mire al espejo como de

costumbre, aunque de un modo

algo distinto. Ya sepultada en

vida por la avalancha de información

que se produjo sobre

ella con el objetivo de ocultar

lo que ella hizo para despertar

la furia golpista de las bestias,

María Estela Martínez de Perón,

Isabelita, se cuestionará hoy de

una manera ontológica, preguntándose

y preguntando: “¿Quién

soy yo? ¿Soy el monstruo que

dicen que soy o soy aquello que

el general Perón hubiera querido

que fuera?”. También es

probable que no pueda llegar

a ninguna conclusión, quizá ya

ni le importe demasiado. Lo

importante es que mínimamente

los peronistas tengamos la

capacidad de reflexionar frente

a los hechos sin dejarnos arrastrar

por la ola brutal del discurso

dominante, que es profundamente

antiperonista. No es

Isabelita, sino nosotros mismos,

los que estamos frente al espejo

hoy y nos preguntamos: “¿Quién

seremos los peronistas al fin y

al cabo? ¿Seremos lo que dicen

de nosotros o seremos lo que

debemos ser para ostentar con

justeza el título de peronistas?

En el peronismo y entre peronistas,

se sabe, no hay nada mejor

para el uno que el otro, aunque

a veces nos ponemos selectivos

y nos comemos bien la curva.

32 HEGEMONIA - febrero DE 2020


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33 HEGEMONIA - febrero DE 2020


SUPLEMENTO ESPECIAL | PARTE IV

Sociología del estaño

para la construcción

del nacionalismo

popular

ERICO

VALADARES

A

principios del mes de

febrero y a pocas horas

del cierre de esta edición

de Hegemonía, Cristina

Fernández fue a Cuba y

habló durante aproximadamente

una hora en la prestigiosa

Feria del Libro de La Habana.

Ante la presencia de las máximas

autoridades de ese país,

con el pretexto de hacer la

presentación de su libro Sinceramente,

Cristina se despachó y

se metió de lleno en los grandes

temas de la organización social

del mundo, utilizando pasajes

de su obra como disparadores

para lanzar profundas reflexiones

sobre asuntos como la

conducción del sistema capitalista

a nivel global, la ausencia

de regulación a la actividad

de los poderes fácticos de tipo

económico y mucho más. Y allí,

en esas reflexiones, apareció la

versión más peronista de Cristina

Fernández, la versión de una

conductora ocupada de lo que

hace a la organización del país

al que conduce, por supuesto,

34 HEGEMONIA - febrero DE 2020


pero también de lo que trasciende

esa realidad y tiene más que

ver con aquello que el General

Perón solía llamar la verdadera

política, esto es, la política

internacional. Cristina fue eso

en La Habana: fue Perón exportando

la cosmovisión peronista

más allá de las fronteras de

la Argentina y presentándola

como la única alternativa viable

al fracaso del socialismo y del

liberalismo, que fueron los dos

grandes relatos de la modernidad

industrial y que ya no son

suficientes para dar respuestas

a las inquietudes de nuestro

tiempo.

Cristina fue entonces Perón,

pero además lo fue de un modo

filosófico más que simbólico.

Lejos de ir a Cuba a reproducir

indiscriminadamente la simbología

peronista—algo que no

suele hacer y cuya omisión le

vale duras críticas por parte de

los que exigen de la conducción

un despliegue simbólico ostensivo—,

Cristina emuló al Perón

analista de la política internacional,

al estratega inclinado

sobre el tablero de la lucha por

el poder a nivel global. Sin la necesidad

de decir abiertamente

que el peronismo y su Comunidad

Organizada son la alternati-

35 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Adam Smith, uno de los padres del paradigma económico liberal triunfante en la

revolución burguesa de Occidente.

va a las ideologías de los siglos

XIX y XX que fracasaron en este

siglo XXI y generar con ello una

polémica inservible, Cristina

hizo en Cuba una crítica a los esquemas

de organización social

a nivel global y dejó sobrentendida

en sus cuestionamientos la

necesidad de proponer lo nuevo.

Lo nuevo, como se sabe, es la

superación dialéctica hasta en

términos hegelianos y marxistas

de la vieja contradicción, es la

síntesis de todo lo que existe en

un momento dado y ya se vuelve

insuficiente en ese momento

para dar respuesta a las anomalías

del paradigma dominante.

En una palabra, cuando ese paradigma

dominante hace crisis

y ninguna de las teorías existentes

alcanza para apuntalar el

edificio de la totalidad, deben

derrumbarse dichas teorías para

que no se derrumbe asimismo el

edificio entero. Y debe surgir de

todo eso la síntesis cuya teoría

finalmente se impondrá como

paradigma para volver a ordenar

la totalidad de cara al futuro.

La totalidad es la sociedad a

nivel global, es la humanidad

en su encrucijada en el tiempo.

Y el derrumbe del paradigma

dominante es la incapacidad

de resolver esa encrucijada con

los postulados teóricos propios

de dicho paradigma. Cuando la

teoría del ordenamiento social

estamental de la aristocracia

no pudo resolver la cuestión

de la propiedad privada o de lo

que se suele llamar “seguridad

jurídica”, condición necesaria

para que la pujante burguesía

hiciera las inversiones de capital

que finalmente posibilitaron

el desarrollo de la gran industria,

la burguesía impuso como

alternativa el liberalismo y se

llevó literalmente por delante a

la aristocracia y todo su paradigma

de sociedad estamental.

Eso pasó a fines del siglo XVIII,

inicialmente en Europa, en

aquello que quedó conocido

vulgarmente como “revolución

francesa” y fue eso, un cambio

brusco de paradigma político en

el que una clase social desplazó

a otra del lugar de clase dominante

en Francia. Allí hubo una

encrucijada que la vieja clase

dominante aristócrata no supo

resolver teóricamente y fue

entonces prácticamente atropellada

por una clase emergente

que llegaba con la alternativa.

El liberalismo burgués hizo la

síntesis necesaria y triunfó,

reordenando el mundo de allí

en más y hasta los tiempos que

corren con los postulados de su

teoría y cosmovisión.

Casi dos siglos y medio después

de aquello la sociedad de

un modo global se encuentra

otra vez en la encrucijada de estar

bajo un sistema teórico que

hace agua por todos lados al no

poder resolver las innumerables

anomalías de la totalidad. Ni el

liberalismo de los burgueses ni

el socialismo, que es derivado

de su revolución contra la aristocracia

y de su industrialización,

son capaces hoy de dar las

respuestas a lo que en entregas

anteriores de esta serie titulada

Sociología del estaño para la

construcción del nacionalismo

popular llamamos la introducción

de una nueva tecnología

industrial. Hay una nueva forma

de producir —que incluye la

informática, la inteligencia artificial

y la robótica, además de

las redes de comunicación— que

está exigiendo un marco regulatorio

igualmente nuevo, el que el

liberalismo con su esquema de

propiedad privada y tampoco el

socialismo con el colectivismo

36 HEGEMONIA - febrero DE 2020


pueden resolver. Al igual que

en el siglo XVIII, hay algo que

económicamente quiere desarrollarse

y no encuentra en el

paradigma presente el marco

regulatorio para hacerlo. En términos

genéricos, está pasando

rigurosamente lo mismo ahora

que entonces: el capitalismo

industrial no podía ser sin un

liberalismo que le garantizara

la propiedad privada y la seguridad

jurídica sobre las inversiones,

por lo que el liberalismo se

impuso, derrotó a la aristocracia

y el capitalismo se desarrolló

finalmente en la modernidad

industrial; hoy el capitalismo

posindustrial no puede ser sin

un paradigma político que le

permita llegar al desarrollo sin

destruir la humanidad entera

en el proceso. El capitalismo

posindustrial se desarrolla y se

desarrollará igual. Lo que está

por definirse ahora es el cómo.

De paradigmas

El atento lector verá claramente

en estas líneas el carácter de

inevitabilidad del que se revisten

los procesos económicos a

lo largo de la historia. Cuando

una tecnología —sea la que fuere,

estemos hablando aquí de la

rueda, del arado, de la máquina

a vapor o de los robots con inteligencia

artificial, puesto que

genéricamente se trata siempre

de una y la misma cosa— surge,

es inevitable que el hombre desarrolle

la idea hasta aplicarla

a la producción optimizándola

en el tiempo. Así es cómo la

elemental rueda llega a ser la

base de los vehículos de transporte

actuales al combinarse

con la transformación de la

energía iniciada con el concepto

de la máquina a vapor, luego a

la aplicación de la combustión

interna en motores y finalmente

a la electricidad almacenada en

baterías de litio de alta capacidad.

El automóvil eléctrico no es

otra cosa que la combinación de

esas tecnologías optimizadas

hasta sus límites, sin que nada

de eso esté sujeto a la voluntad

de nadie en particular ni pueda

evitarse. Es entonces una obviedad

decir que el automóvil

eléctrico, último grito revolucionario

en materia de transporte,

ya existe en potencia cuando

surge la idea de la rueda, quizá

en Mesopotamia unos 5.000

años antes de Cristo. Son siete

Cristina Fernández de Kirchner, durante la presentación de su libro en La Habana. Cristina dio una cátedra de geopolítica frente

a los cubanos, que saben del tema más que nadie en el mundo.

37 HEGEMONIA - febrero DE 2020


milenios de aplicación de una

tecnología y de optimización

progresiva de dicha tecnología

en la producción. Alguien dirá

que es un razonamiento delirante

porque el hombre mesopotámico

de aquel entonces no pudo

ni siquiera soñar el concepto

de automóvil y mucho menos la

idea de un motor eléctrico, pero

la verdad es que desde un punto

de vista contemporáneo no hay

automóvil eléctrico sin rueda y

entonces aquí hay una secuencia

lógica. Una secuencia muy

lógica, por cierto, y con algo

mucho más importante: una

secuencia lógica que independe

de la voluntad de nadie para ser.

La única condición realmente

necesaria para ello es el advenimiento

de la idea inicial.

Y si el atento lector llegara a

ser un “fierrero” como el que

escribe, esto es, un admirador

del automovilismo, será capaz

de ver todo eso al observar en

funcionamiento la maravilla

suprema de un Fórmula 1 con

motor híbrido, cuya potencia de

800 caballos en tan solo 1600

centímetros cúbicos se obtiene

en parte de la combustión interna

y en parte de la electricidad

para alcanzar velocidades imposibles

para cualquier otro vehículo

terrestre en condiciones de

manejo constante y mixto. Un

coche de Fórmula 1 funciona

por horas sin descomponerse,

tomando curvas y contracurvas

muy exigentes a una velocidad

promedio superior a los 230

kilómetros horarios. Promedio,

no máxima. Una verdadera

maravilla tecnológica y, aun así,

Evo Morales y el coche eléctrico fabricado en Bolivia, una muestra de cómo la

revolución tecnológica se va abriendo camino y pasa incluso por los lugares más

insospechados.

desde el punto de vista de un

“fierrero”, allí están por ejemplo

la rueda mesopotámica, la

transformación de energía de

los Watt, la combustión interna

de los Diesel y la electricidad

almacenada en baterías de litio.

Allí lo que hay es tan solo desarrollo

económico inevitable que

existe ya hace miles de años en

potencia.

He ahí en un ejemplo prosaico,

aunque maravilloso desde

luego, el carácter de inevitabilidad

de los procesos de

desarrollo tecnológico y, por

lo tanto, económico. De ser tal

como describimos aquí el coche

híbrido de Fórmula 1 una consecuencia

inevitable de la rueda

mesopotámica y de su posterior

combinación con la potencia

resultante de la transformación

de la energía que está en

la máquina a vapor y luego en

la combustión interna y en la

electricidad, lo único que nos

interesa saber de ello para el

fin perseguido en este modesto

artículo es que nada de eso

depende la voluntad de nadie

en particular. Lo que hoy existe

es resultado de un proceso que

ocurre y luego debe ser regulado

para que sirva al propósito de

satisfacer la necesidad general

y no al revés: de ninguna manera

el proceso nace de una

regulación ni mucho menos se

limita a ella, es decir, para una

tecnología es irrelevante qué paradigma

social y político existe

al momento de desarrollarse

dicha tecnología. Si el paradigma

tiene las respuestas necesarias

para ordenar el proceso

y hacer que sea beneficioso

para el conjunto de la sociedad,

entonces no hay conflicto; pero

si el paradigma no tiene esas

respuestas y pretende demorar

—es imposible, como se ve,

impedirlo— el avance tecno-

38 HEGEMONIA - febrero DE 2020


lógico, entonces la necesidad

económica resultante de ese

avance va a destruir el paradigma

presente y va a demandar

uno nuevo. Dicho de una manera

brutal, si el paradigma de

organización social y política

de Mesopotamia alrededor del

quinto milenio antes de Cristo

no hubiera tenido las respuestas

para ordenar el proceso tecnológico

del desarrollo de la rueda

y hacerlo beneficioso para el

conjunto de la sociedad, habría

caído entonces el paradigma de

organización social y política,

pero jamás el desarrollo de la

rueda. El desarrollo tecnológico

seguiría naturalmente su curso

luego de haberse iniciado con

el advenimiento de la idea y

seguiría arrasando con todo a su

paso, porque es tan inevitable

como imparable.

Entonces el paradigma premoderno

de la aristocracia dicha

“feudal” o “medieval” quiso

resistir al desarrollo de la gran

industria capitalista al no dar

respuestas a las inquietudes

de la época, las que exigían la

resolución de las cuestiones de

la propiedad privada y la seguridad

jurídica de las inversiones

de capital. No es que la aristocracia

fuera reacia a la máquina

a vapor en sí misma, sino a

respetar la propiedad privada

de quienes invertían el capital

necesario al desarrollo de esa

máquina. Y como una cosa no

pudo resolverse sin la otra, es

decir, no podían realizarse las

inversiones sin que antes la burguesía

naciente tuviera la seguridad

de que las reglas del juego

serían favorables, la primera

revolución industrial solo fue

posible mediante la revolución

“política” de la burguesía. Vale

decir que la expresión “política”

ahí siempre va entre muchas

comillas, puesto que la separación

de la política y la economía

Representación artística de la toma de la Bastilla de San Antonio de París, evento

simbólico por antonomasia de la revolución burguesa en Francia y en todo Occidente.

es antinatural, como se ve, allí

donde la una no puede existir

sin que realice la otra. Es incorrecto

pensar que la revolución

industrial que simbólicamente

ubicamos en Inglaterra resultó

en la revolución “política” de los

burgueses que se ubica en Francia

y por eso llamamos vulgarmente

“revolución francesa”. En

realidad, se trata de un mismo

proceso en el que el desarrollo

tecnológico y económico le

demanda a la política (entendida

como poder en el Estado) el

paradigma adecuado para ser.

En Europa occidental pasó eso

mismo, con la burguesía haciéndose

de una innovación tecnológica

y exigiéndole al Estado que

garantizara la seguridad jurídica

de las inversiones necesarias

para realizar materialmente esa

innovación que era una idea, un

proyecto. En Inglaterra la aristocracia

comprendió el carácter

de inevitabilidad de la cosa, dio

un paso al costado y entregó el

poder político en el Estado a un

parlamento controlado por la

burguesía en ascenso; en Francia

los aristócratas no fueron

tan inteligentes, se resistieron

atrincherados en su paradigma

estamental y terminaron siendo

debidamente barridos por

el progreso revolucionario. Lo

inevitable.

La máquina a vapor fue un

proyecto tecnológico que,

para realizarse materialmente,

necesitó crear su propio proyecto

político. Probablemente

lo mismo haya ocurrido en los

casos de la rueda, del arado y

de todas las grandes innovaciones

tecnológicas a lo largo de

la historia. Y en los tiempos que

corren nos encontramos frente a

la misma encrucijada, a saberla,

la de un proyecto tecnológico

que exige un proyecto político

acorde para su realización

material. La máquina a vapor de

la primera revolución industrial

se construyó y se hizo apta para

su aplicación a la producción

industrial cuando el proyecto

político liberal de la burguesía

triunfó sobre el proyecto político

estamental de la aristocracia,

reemplazándolo. Por lo tanto,

39 HEGEMONIA - febrero DE 2020


El automóvil prototipo de Fórmula 1, supra summum del desarrollo tecnológico aplicado a las máquinas. No existe nada más

rápido y eficiente sobre la tierra que un coche de estas características y, sin embargo, ahí solo hay conceptos que existen en

potencia desde siempre.

el proyecto tecnológico de lo

que el empresario alemán Klaus

Schwab dio en llamar la cuarta

revolución industrial solo va a

poder implementarse plenamente

cuando el actual paradigma

sea superado por uno nuevo,

por un proyecto político propio

de esa cuarta revolución industrial

de la informática aplicada

a la robótica con inteligencia

artificial. Mientras eso no ocurra,

habrá inestabilidad política

a nivel mundial a la espera del

hecho simbólico que marque,

cual la caída de la Bastilla, el

triunfo del nuevo paradigma y

de la revolución.

Eso es lo que dice Cristina

Fernández cuando va a decir

en Cuba —nada menos que en

un lugar tan simbólico como

Cuba— que la “guerra comercial”

entre los Estados Unidos y

China no es tal, sino una disputa

por la conducción del sistema

capitalista a nivel global. Y

también cuando habla de la

insuficiencia regulatoria por

parte de la sociedad sobre los

poderosos del mundo, esto es,

sobre el poder fáctico de tipo

económico que para 1789 no

tenía aun la predominancia que

tiene hoy. Cristina Fernández

está diciendo con palabras propias

que el actual paradigma de

organización social y política en

el mundo hizo crisis y que, por lo

tanto, va a ser necesario que ese

paradigma se derrumbe y sea

sustituido por otro. La cuestión

de la conducción del sistema

capitalista se dirime entre el

libre mercado y el Estado en un

sentido de representación de los

intereses de los menos y de los

más por una y por otra parte: si

el sistema capitalista de aquí

en más va a ser conducido por

el libre mercado como expresión

propia de los intereses de esas

minorías privilegiadas que son

la nueva aristocracia, entonces

el proyecto político sobre el que

se va a implementar la innovación

tecnológica de la cuarta

revolución industrial tiende a

llevarse puestas a las mayorías

en el corto y en el mediano

plazo; pero si dicha conducción

recaerá sobre la política en el

Estado, entonces es probable

que se imponga un marco

regulatorio que permita el pleno

desarrollo tecnológico sin que

eso resulte en un genocidio a

nivel planetario.

¿Qué quiere decir eso? Que a

diferencia de lo que ocurrió con

la introducción de la máquina a

vapor en la primera revolución

industrial de los burgueses en

Occidente, las nuevas tecnologías

no vienen a multiplicar la

producción en escala industrial

en un sentido de creación de

puestos de trabajo, sino todo lo

contrario. La máquina a vapor

tenía la virtud de producir más y

mejor, pero demandaba ingentes

cantidades de trabajo humano

en su operación de modo

que empleó en el proceso a los

artesanos a los que reemplazaba

y también a las grandes masas

de campesinos desplazados

por el cercamiento de tierras

en los campos que quedaron

conocidos como enclosures. La

clase obrera industrial es hija

o es producto de la revolución

burguesa, se forma a partir del

triunfo de ese proyecto tecnológico,

económico, político. Y

ahí está toda la modernidad

40 HEGEMONIA - febrero DE 2020


industrial desde mediados del

siglo XVIII hasta el presente. El

mundo que conocemos e incluso

el concepto de “trabajo” que

tenemos son resultado directo

del advenimiento de la máquina

a vapor y de su plena aplicación

a la producción industrial y se

sintetizan en la categoría de modernidad

industrial. Lo mismo

no ocurre, sin embargo, con el

símbolo del periodo posterior

que es el actual y que todavía

llamamos “posmoderno” o

“posindustrial” por no tener

aún el nombre adecuado para

darle: en esta etapa del desarrollo

tecnológico la máquina

no solo no requiere de grandes

cantidades de trabajo humano

para funcionar, sino que gracias

a esa inteligencia artificial que

está en el núcleo de su naturaleza

tiende precisamente a

prescindir directamente de toda

forma de trabajo humano. Por lo

menos en potencia, la inteligencia

artificial es la sustitución de

la humanidad en los procesos

de producción y por eso —básicamente

por eso— la lucha hoy

es por la conducción del sistema

capitalista para dirimir quién

va a dirigir la producción industrial

de la inteligencia artificial,

de la robótica y de todo lo que

está diseñado para ser el 100%

automatizado. Parafraseando

a un Kirchner, cabe hacerse la

pregunta fundamental: ¿Esa

producción industrial va a ser

con la gente adentro o con la

gente afuera?

La duda no es sobre si el actual

paradigma de organización

social y política del mundo está

desfasado o si se va a derrumbar,

esas son las certezas. La

incógnita es respecto al paradigma

que va a superar y va a reemplazar

al que ya está caduco:

si la conducción del sistema capitalista

va a quedar en manos

del libre mercado cuya única

finalidad es la maximización de

las ganancias de los propietarios,

no habrá reservas por parte

de estos en descartar quizá el

80% o el 90% de la población

mundial que va a quedar inservible

para el trabajo. De ahí la

idea espantosa de un genocidio

a escala global. Pero si la conducción

del sistema capitalista

va a estar en manos del Estado

—como propone China en su

lucha contra las corporaciones

multinacionales representadas

en los Estados Unidos—, será

posible construir un paradigma

nuevo que permita el pleno

desarrollo tecnológico y que se

haga cargo a la vez de los que

iban a ser descartados por su

inutilidad respecto a la producción.

Cuando la expresidenta

y actual vicepresidenta de la

Argentina dice que en la “guerra

comercial” entre Estados

Unidos y China hay, en realidad,

una lucha por la conducción del

sistema capitalista entre el libre

mercado y el Estado nacional,

lo que dice es que existe un

enfrentamiento feroz para ver

quién tiene la última palabra a

la hora de establecer ese nuevo

paradigma. Todos saben que la

revolución tecnológica es inevitable,

como lo fueron todas las

demás revoluciones tecnológicas

hasta aquí. Lo que aun no se

sabe es cómo ni en qué términos

se va a dar la revolución política

que es condición necesaria para

el pleno desarrollo de la técnica

en un proyecto propio.

Reordenar el mundo

(para salvarlo)

En La estructura de las revoluciones

científicas, publicado en

1962, Thomas Kuhn advierte

sobre la existencia de los paradigmas

en las revoluciones

científicas, dando la que en

nuestra opinión es la mejor y

más sintética definición de revolución,

una que puede utilizarse

en la política mucho más que en

la epistemología: revolución es

Perspectiva del antiguo parlamento británico. En Inglaterra, la monarquía comprendió

que la revolución era inevitable y que iba a tener que entregar las garantías

jurídicas a la propiedad privada. Incapaz de hacerlo en su paradigma estamental,

la aristocracia dio un paso al costado y entregó directamente el poder político

para que la burguesía en su parlamento diseñara y aplicara el nuevo paradigma

revolucionario.

41 HEGEMONIA - febrero DE 2020


cambio brusco de paradigma, o

de paradigma dominante, que

es la forma más adecuada de

expresar lo que diremos a continuación.

Hasta fines del siglo XVIII, el

paradigma dominante en la

política de Occidente sostenía

la organización política y social

estamental. La sociedad

se dividía por estamentos sin

posibilidad de ninguna movilidad

social, una cosa parecida

en cierto punto a lo que son las

sociedades de castas aun hoy

existentes en países como la

India. Nadie baja de donde está

y, fundamentalmente, nadie

asciende desde el lugar donde

le tocó nacer. Así, si un individuo

habiendo nacido en una cuna

aristocrática resultaba ser la

ineptitud por antonomasia, su

lugar de aristócrata quedaba

igualmente asegurado y así iba

a terminar sus días, encumbrado,

aunque no se supiera atar

los cordones de los zapatos ni

hacerse un mate cocido. De

modo análogo, aun habiendo

sido agraciado por Dios o por la

naturaleza (como más le guste

decir al atento lector) con una

mente brillante, con el genio, si

al individuo agraciado le tocaba

nacer en una familia de siervos

tenía enormes probabilidades

de morir siendo un siervo o, en

el mejor de los casos, de escalar

hasta el lugar social del oficio,

para lo que debía contar con la

suerte de ser “adoptado” por un

maestro como aprendiz. Así era

el paradigma estamental que la

Ilustración empezó a cuestionar

desde mediados del siglo XVIII

hasta culminar con la revolución

burguesa en Occidente.

¿Entonces qué cosa es, sino un

cambio brusco de paradigma,

esa revolución de los burgueses

en Europa occidental? Destruir

el esquema social ordenado en

estamentos inmóviles y reemplazarlo

por una sociedad de

clases en las que —al menos

teóricamente— el hijo de un

banquero puede perderlo todo

si no es lo suficientemente apto

y el hijo de un obrero puede

llegar a ser un gran industrial.

En teoría, como decíamos, la

sociedad de clases de la burguesía

representó un enorme

avance respecto a la inmovilidad

estamental de la aristocracia. Y

entonces la revolución burguesa

en Francia, en Inglaterra y luego

en todas partes fue una revolución

porque pudo cambiar de

cuajo un paradigma dominante,

reemplazándolo por otro.

Contrario a lo que suelen pensar

los sobreideologizados “por

izquierda”, una “revolución”

no es un movimiento político

que gusta según los criterios

ideológicos del que juzga. Una

revolución es solamente eso,

es un cambio brusco de paradigma

dominante, siempre y

cuando el nuevo paradigma sea

nuevo, esto es, no se trate de

una restauración. Así fue cómo

la burguesía ilustrada hizo una

revolución y destruyó el poder

aristócrata y también fue cómo

los bolcheviques hicieron una

revolución proletaria unos cien

años más tarde contra su propia

aristocracia, la del zar de Rusia.

En ambos casos el paradigma

dominante fue reemplazado por

42 HEGEMONIA - febrero DE 2020


otro, sin importar del carácter

de este más que el hecho de que

se trataba de algo radicalmente

nuevo.

Cada vez que la teoría de Kuhn

se aplica a la política y una

revolución o cambio brusco de

paradigma tiene lugar, lo que

sucede en la sociedad es un

reordenamiento general. Tras la

revolución burguesa de fines del

siglo XVIII se reordenó la sociedad

en clases sociales orientadas

a la propiedad privada de

los medios de producción. Ya no

se trataba de tener o no tener

abolengo ni títulos de nobleza,

sino de tener o no tener la propiedad

privada de la máquina a

vapor, lo que deriva del cambio

en el modo de producción o del

nacimiento de la modernidad

industrial. Otro tanto ocurrió en

la revolución rusa, que también

resultó en una sociedad de

clases sociales, pero poniendo

en el lugar de clase dominante

a los obreros y quedando la

propiedad de los medios de

producción en manos de estos

con el poder en el Estado. Sin

importar tanto en qué resultó

cada una de esas revoluciones,

lo cierto es que cambiaron de

cuajo, derrotaron un paradigma

que hasta allí había sido dominante

y lo reemplazaron por

otro. Y eso implica, como se ve

claramente, un reordenamiento

general revolucionario.

Ahí está el punto. El proyecto

tecnológico de la llamada

cuarta revolución industrial está

exigiendo un proyecto político

que le sea propio en el sentido

de dar las respuestas a las necesidades

del desarrollo pleno

de la tecnología que introduce.

Y ese proyecto político es en sí

un paradigma nuevo, el que a su

vez solo puede superar al actual

mediante una revolución que

cambie todo de cuajo. Habrá un

cambio brusco de paradigma

Un símbolo de la cultura bélica de los Estados Unidos, aquí reconceptualizado para

significar la lucha decisiva entre Este y Oeste por la conducción del capitalismo a

nivel global.

dominante y habrá, en consecuencia,

un reordenamiento general

a nivel mundial. Nada de

eso es discutible en realidad y

ya está ocurriendo frente a nuestros

ojos. La única cuestión que

queda por resolverse es la de

cómo será ese reordenamiento.

En La Habana Cristina Fernández

habló de una disputa por

la conducción del capitalismo

a nivel global al referirse a la

“guerra comercial” entre Estados

Unidos y China. Esa “guerra

comercial” es la fachada detrás

de la que se oculta el verdadero

objetivo de las fuerzas en pugna:

hacerse de la conducción

del mundo para determinar

los términos en los que se va a

dar su reordenamiento. De una

parte, están las corporaciones o

lo que Cristina Fernández refiere

como el libre mercado. De otra,

los Estados nacionales como la

propia antítesis de esas corporaciones.

Los unos pretenden

imponer un reordenamiento que

suprima la política y coloque

todo el poder en manos de esta

nueva aristocracia del dinero

que actualmente concentra la

gran parte de la riqueza mundial,

o una especie de retorno

a lo premoderno, pero con una

monarquía reinando sin corona

y sobre el planeta entero, una

monarquía no territorial y sin

título de nobleza; los otros quieren

aferrarse a la política como

instancia de resolución de los

conflictos de intereses entre las

minorías y las mayorías. Todo el

futuro de la humanidad depende

de cómo se resuelve —y de

quien gana— esa lucha, ya que

la forma en la que cada uno de

los bandos quiere reordenar el

mundo será determinante para

la existencia o la supresión de

los que en un mundo automatizado

vamos a quedar desfasados.

Si el libre mercado que simboliza

la nueva aristocracia

del dinero triunfa, dirige políticamente

la cuarta revolución

industrial y aplica su proyecto

político para dar respuesta al

proyecto tecnológico que está

emergiendo, lo más probable

es que lo haga de una forma tal

que no tenga ninguna relación

con el destino de las mayorías

43 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Representación del fusilamiento del zar y su familia por parte de los bolcheviques revolucionarios en Rusia. Al igual que la

burguesía francesa e inspirados en ella, los bolchevique inauguraron la modernidad rusa con mucho retraso y con una novedad:

el lugar de clase dominante quedaría reservado a los obreros y no a la burguesía.

de trabajadores que van a ser

superados por la máquina.

Orientados naturalmente al

solo objetivo de maximizar sus

ganancias, los ricos no tienden

a buscar alternativas para

asegurar la subsistencia de

los miles de millones de seres

humanos que ya no van a tener

trabajo en el sentido clásico de

producción. En una palabra, al

permitir el desarrollo pleno de la

robótica con inteligencia artificial,

los poderosos del mundo

no van a estar muy preocupados

por el destino de los trabajadores

desplazados. Si triunfa

su proyecto, es lógico que se

ocupen de buscar una solución

de descarte de esos trabajadores,

puesto que sin ingresos

no servirán ni siquiera como

consumidores. Y bien mirada

la cosa, con los recursos del

planeta agotándose, es natural

que los ricos estén pensando en

una forma de despoblar rápidamente

el mundo, asegurando su

propia existencia en una sociedad

donde trabajan las máquinas

y no existe la necesidad de

mantener a nadie más que a

los dueños de esas máquinas.

Claro que esta alternativa es la

del triunfo de las corporaciones

y podrá ser efectiva para salvar

el mundo, aunque a costa de la

eliminación del 80% o el 90%

de los que hoy existimos y ya

no podremos existir si somos

reemplazados por robots sin

una alternativa. Despoblar el

planeta Tierra es una excelente

manera de salvarlo de la destrucción.

El problema es que los

eliminados en el proceso vamos

a ser nosotros mismos, los que

no concentramos la riqueza del

mundo y no tenemos poder si

estamos aislados, no organizados.

Pero el poder de las mayorías

existe y puede mover la aguja

si se organiza políticamente.

He ahí la figura de los Estados

nacionales, de la política como

instrumento de soberanía de los

pueblos. En la “guerra comercial”

que tiene en vilo al mundo

en asuntos de aranceles, tarifas

y otros humos, uno de los bandos

es el bando del nacionalismo

popular, del pueblo-nación

entendido como organización

política con poder en el Estado.

Aquí está la forma de superar

el actual paradigma dominante

con una revolución, reordenar

el mundo para permitir el pleno

desarrollo de las tecnologías de

la cuarta revolución industrial y,

a la vez, buscar las alternativas

para el qué hacer con los miles

de millones de hombres y mujeres

que ya no van a ser productivos

en sentido industrial, comercial

y de servicios. El desafío es

el de hacer esa alternativa en la

política, el de derrotar el actual

paradigma y también el libre

mercado que se quiere imponer

para despoblar la Tierra. El

desafío, en una palabra, es ver

cómo demonios se hace para

permitir que desaparezca el

trabajo productivo —industrial,

comercial y de servicios— sin

permitir que desaparezcan

asimismo los trabajadores.

¿Qué hacer con toda esa gente

desfasada, prácticamente inútil,

cuando las máquinas hagan

todo lo que hace hoy un trabajador

humano, aunque mejor, más

rápido y a costos muy inferiores,

casi nulos? ¿Cómo reordenar

44 HEGEMONIA - febrero DE 2020


el mundo sin que ese reordenamiento

sea un genocidio de proporciones

hoy inimaginables?

Alternativas de futuro

Si la cuarta revolución industrial

es tecnológica y entonces políticamente

inevitable, la cuestión

del reordenamiento del mundo

se reduce no al si ni al cuándo,

sino al cómo. La disputa por la

conducción del capitalismo a nivel

global es una disputa por ese

cómo, por cómo se va a llevar a

cabo el reordenamiento mundial

cuando las máquinas tengan

luz verde para desencadenar

toda la capacidad ya existente y

reemplacen a los trabajadores

humanos desde la línea de montaje

industrial hasta las bocas

de expendio comerciales. El

asunto es muy serio, como se ve,

porque en el cómo está la existencia

o la supresión de quienes

vamos a ser reemplazados por

una tecnología que ya hace todo

lo que nosotros hacemos, pero

mejor, más rápido e infinitamente

más barato. En el cómo

no está la cuarta revolución

industrial en sí, sino el lugar de

la humanidad en su conjunto

frente a esa revolución.

Alguien dirá que es imposible

sustituir en muchos aspectos la

calidad de lo que se hace humanamente,

pero ese es un error

en la proporción de las cosas.

Es cierto que existen determinadas

profesiones, artes y oficios

para los que, por lo menos en

la actualidad, no existe reemplazo

de hombre por máquina

sin mediar una merma en la

calidad del producto final. Quizá

todavía sean mejores los diagnósticos

médicos hechos por

un médico humano y también

que la sensibilidad en el pintar

un cuadro o fabricar un pan no

esté accesible para el robot en

el actual estado del desarrollo

de la inteligencia artificial. Eso

podría ser rigurosamente cierto

y aun así movería muy poco la

aguja en términos de generación

o destrucción de puestos de

trabajo. Es posible que los ricos

prefieran consumir un pan casero

o hacerse ver por un médico

con la suficiente humanidad

como para hacer un diagnóstico

que incluya lo espiritual. Y

entonces es probable que los

ricos del mundo elijan mantener

algunos pocos elementos en su

corte aristocrática posmoderna

para que realicen esas tareas.

El problema es que los ricos

del mundo siempre son —por

lógica— muy pocos en cantidad

y si solo quedaran ellos sobre

la Tierra, requerirían asimismo

de muy poquitos profesionales,

artistas y oficiales para la mejor

atención de sus exquisitas necesidades.

La característica fundamental

de la sociedad industrial que

existió plenamente quizá entre

comienzos del siglo XIX y fines

del siglo XX es la masividad de

todo. La producción fabril es

masiva y demanda ingentes cantidades

de obreros en la producción,

los que a su vez perciben

un salario suficiente para ser

ellos mismos consumidores de

aquello que producen, por lo

menos después de Henry Ford

y del triunfo del fordismo. La

población mundial se multiplicó

por siete en los últimos dos

siglos gracias a esa masividad

luego de haber estado estable

por unos 12.000 años. Todo eso

gracias a la masividad que es la

capacidad de producir bienes y

servicios en cantidad suficiente

para atender las demandas de

enormes masas de población.

Sin la capacidad industrial de

fabricar cosas tan elementales

como las vacunas, los medica-

El filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, padre de una teoría muy útil para explicar la

política en tiempos revolucionarios.

45 HEGEMONIA - febrero DE 2020


mentos y los alimentos, difícilmente

habría habido en los

últimos doscientos años —y fundamentalmente

en los últimos

cien— la espectacular explosión

demográfica que hizo ascender

de mil a siete mil millones la

cantidad de seres humanos en

este planeta. Claro que esa masividad

requiere de producción

en serie de grandes cadenas

de producción, distribución,

transporte a larga distancia y

comercialización, cosas que no

se logran artesanalmente. Por

lo tanto, si las máquinas toman

el lugar del hombre desde la

fábrica hasta el comercio y los

ricos forman una corte con los

elementos que consideren esenciales

para la manutención de

su propio bienestar, el resultado

será que las grandes mayorías

vamos a quedar afuera de todo:

no tendremos trabajo, puesto

que la producción, el transporte

y la distribución masivos no

serán necesarios en un mundo

donde son muy pocos los que

perciben un ingreso suficiente

para consumir lo producido. En

otras palabras, si se destruye el

trabajo en un sentido de producción

y no se lo sustituye por otro

tipo de trabajo, lo que se vuelve

superfluo es la propia producción.

Los robots tienden a reemplazar

al trabajador humano tan

solo para, acto seguido, quedar

inservibles ellos mismos. ¿Para

el consumo de quiénes van

a producir masivamente qué

cosas, si ya no existen las masas

con capacidad de consumo?

No debemos, no obstante,

equivocarnos al pensar que esa

contradicción es un estorbo

para que los ricos del mundo

impongan su proyecto político

de exclusión del 80% y hasta el

90% de la población mundial

actualmente existente. En realidad,

como decíamos anteriormente,

los poderosos ya saben

perfectamente que el planeta

no soporta muchos años más de

sistema capitalista basado en

el consumo masivo al agotarse

peligrosamente los recursos del

mundo. Y es que, de hecho, la

gran pugna hasta aquí ha sido

por reducir el consumo en los

países en vías de desarrollo

mediante la destrucción sistemática

de la economía de esos

países. El atento lector lo sabrá

hasta por experiencia propia:

cada vez que en nuestro país

hubo crecimiento económico

con inclusión social y las grandes

masas empezaron a consumir

cosas que antes no consumían,

eso a alguien le molestó y

la rueda se detuvo de golpe para

que detuviera ese consumo. No

es que no quieran que países

como la Argentina tengan cierta

estabilidad política porque no

simpatizan con nosotros ni nada

por el estilo, sino que no pueden

permitir que los argentinos

consumamos los recursos de

un mundo que está exhausto.

Cuando el patentamiento de

Henry Ford, posando junto al mítico Ford T, el automóvil que inauguró una era en la que los trabajadores consumían lo que ellos

mismos producían.

46 HEGEMONIA - febrero DE 2020


automóviles fue récord en un

país como la Argentina, lo que

ocurrió fue que el proyecto

político que había logrado ese

récord fue destruido y reemplazado

por otro, por uno que llegó

para prohibirles el consumo a

las mayorías. Entonces es pueril

el “argumento” de que los ricos

no van a destruir el trabajo

industrial, comercial y de servicios

porque no tendrán a quienes

venderles su producción.

Los ricos del mundo no quieren

vender ninguna producción, no

quieren ya lo masivo y quieren

realmente consumir solo ellos

mismos lo que queda todavía de

recursos en el planeta.

La respuesta al enigma de

cómo los ricos piensan sostener

el sistema capitalista sin trabajo

industrial, comercial y de

servicios es que el capitalismo

actual ya no es industrial, no es

comercial ni es de servicios. El

capitalismo actual es el que el

poder fáctico de tipo económico

a nivel global —las corporaciones,

los ricos que concentran

buena parte de la riqueza de la

humanidad— quiere proyectar

hacia el futuro haciéndose de

la conducción del proceso, es

un capitalismo financiero que

requiere de muy poca gente

para funcionar. Y por eso los que

trabajamos no debemos cometer

el error de creernos imprescindibles

de cara al futuro de

la humanidad. No es así, no es

necesariamente así.

Desde el punto de vista de un

aristócrata posmoderno, los

burgueses de los siglos XVIII,

XIX y XX cometieron el error de

multiplicar los panes y los peces

con el esquema de producción

industrial, distribución y comercialización

masivas. El error fue,

siempre de acuerdo con el punto

de vista del que hoy está encumbrado,

el haber superpoblado el

planeta, aunque desde luego es

Infográfico en el que se exponen las cuatro etapas de la revolución industrial. La

“Industria 4.0” es la representación de la cuarta revolución industrial de la robótica,

la inteligencia artificial y la comunicación en redes de alta velocidad.

imposible que un burgués clásico

de la primera y la segunda

revoluciones industriales pudiera

imaginarse un futuro en el

que habría una forma de ganar

dinero y hacerse rico sin producir.

Así y todo, el error está y los

ricos de hoy están pensando en

métodos para subsanarlo. Para

el gusto de ellos, en el mundo

sobra gente. Mucha gente.

La conclusión es una obviedad

a esta altura y es que si los

poderosos del mundo siguen

haciendo bajo lo que Cristina

Fernández llamó una insuficiencia

regulatoria y por eso triunfan

en la pugna por la conducción

del sistema capitalista hacia el

futuro, entonces esos poderosos

van a llevar a cabo un genocidio

a escala global sin precedentes.

El peligro real en el triunfo del

1% más rico del mundo que

concentra la propiedad de las

corporaciones, los bancos y el

control del mercado financiero

no es que vayan a implementar

un mal proyecto político para

el 99% restante. Eso ya ocurre

ahora, el proyecto político

actual ya es nefasto para las

mayorías en todo el mundo. El

peligro es que el triunfo del 1%

va a significar la selección de

un 10% para el servicio artesanal

de las cosas que los ricos

quieren y no pueden lograrse

con toda su calidad mediante

la aplicación de la tecnología

y, en consecuencia, el descarte

directo del 90% absolutamente

inservible para lo que fuere y

demasiado costoso en términos

de consumo de recursos.

Entonces la opción del triunfo

de la nueva aristocracia en la

lucha por la conducción del capitalismo

no es una opción para

el atento lector y para nosotros,

puesto que somos ese 90%

destinado al descarte en caso

de que ese triunfo se produzca.

La cuestión se reduce, por lo

47 HEGEMONIA - febrero DE 2020


El Papa Francisco, baluarte de la lucha de los pueblos contra la codicia de los ricos

que acumulan gran parte de la riqueza mundial. Esa acumulación delirante está

en la base del problema que se dirime en la guerra por la conducción del sistema

capitalista.

tanto, a evitarlo, lo que equivale

a decir que los pueblos deben

triunfar o morir en la lucha, no

habrá como resultado de la derrota

una vida peor, sino ninguna

vida. No se trata de algo que

pueda relativizarse mediante la

resignación, cual mentalidad de

siervo premoderno convencido

ya al nacer de la fatalidad de la

calidad de la cuna. Se trata de

una cuestión de vida o muerte,

en la que la vida está en la

organización para el triunfo y la

muerte está en el fracaso de esa

organización.

La nueva aristocracia no viene

a imponer un paradigma para la

cuarta revolución industrial que

contemple la existente de enormes

cantidades de peones pata

al suelo, como solía decir Arturo

Jauretche del preperonismo que

es la premodernidad en la Argentina.

El proyecto político del

libre mercado que quieren imponer

los poderosos a nivel global

va a posibilitar la cuarta revolución

industrial en toda su plenitud,

sí, pero sin la dimensión

humana necesaria para evitar

la reducción de lo humano a su

mínima expresión. Es así como,

de cara al futuro, solo existe

una alternativa realmente viable

para que la humanidad subsista

tal como la concebimos hoy: la

alternativa del triunfo del nacionalismo

popular en la pugna

por la conducción del sistema

capitalista. Del nacionalismo

popular como antítesis del libre

mercado de las aristocracias

posmodernas.

Si las máquinas con inteligencia

artificial y control remoto por

redes de comunicación a alta

velocidad van a destruir el trabajo

en su sentido de producción

y eso es inevitable por tratarse

de una innovación tecnológica,

la cuestión no puede estar en resistir

con el sostenimiento de un

trabajo productivo que ya al día

de hoy está desfasado. Ya existen

computadoras que reciben y

contestan llamadas telefónicas

no mediante la consulta a una

base de datos previamente cargada

por operadores humanos,

sino directamente construidas

y cargadas por ellas mismas.

Las computadoras hoy tienen la

capacidad de “aprender”, esto

es, de recibir información inexistente

en una base de datos y,

mediante un cálculo de probabilidades

o algoritmos, tomar

decisiones sobre lo informado,

registrar el resultado y utilizarlo

en operaciones futuras. Eso es

“aprender” de un modo técnico,

es la definición de “aprendizaje”,

pero fuera de la existencia

de los que fuimos naturalmente

diseñados para hacerlo. Resulta

que pudimos clonar esa

capacidad y la hemos podido

reproducir e algo que nosotros

mismos hemos creado: la inteligencia

artificial. Es imposible

que un operador humano tenga

una fracción de la capacidad

de atención de una máquina

que puede procesar millones

de consultas a la vez, con una

capacidad virtualmente infinita

de memoria para “recordar” los

datos y, por lo demás, las 24

horas del día, los siete días de

la semana sin descanso. Si esa

máquina encima “aprende”,

entonces ya está todo dicho.

¿Cómo o con qué razonamientos

lógicos podría detenerse el

desarrollo y la plena aplicación

de algo así a la producción?

No se puede y el que intente

interponerse en el camino de

ese desarrollo y aplicación será

inevitablemente arrollado por

ellos, como lo fueron, por ejemplo,

los saboteadores de máquinas

de la primera revolución

48 HEGEMONIA - febrero DE 2020


industrial. No se trata de evitar

lo inevitable y mucho menos de

lanzarse a una misión imposible

por el gusto heroico del martirio.

Se trata de pensar lateralmente

y concluir que, de ser incapaces

de competir con la máquina en

el campo del trabajo productivo,

debemos ser asimismo capaces

de pensar en otro tipo de

trabajo. El desafío es encontrar

nuevas formas de servirnos unos

a los otros y de, fundamentalmente,

generar los recursos

necesarios para que ese servicio

sea remunerado en cantidad

suficiente para la satisfacción

material de las necesidades

humanas de las mayorías populares.

Habrá que reinventar el

concepto de trabajo y habrá que

tener el poder, la conducción,

para asegurarnos de que eso se

pague, de que alguien lo pague.

De un modo general y muy

sintético, la única solución para

la destrucción del trabajo productivo

industrial, comercial y

de servicios es su reemplazo por

el trabajo “improductivo” en ese

mismo sentido. Los que hoy trabajan

en fábricas produciendo

bienes para el consumo masivo

y serán sustituidos por máquinas

más eficientes, rápidas y

baratas tendrán que ocuparse

de otra cosa cuando eso pase.

Y eso será necesariamente una

actividad “improductiva” en los

criterios de lo que el capitalismo

industrial de la revolución burguesa

consideró “productivo”.

No será desde luego un trabajo

industrial ni podrá reubicarse en

otros sectores de la economía

como el primario y el terciario,

puesto que allí también habrá

máquinas haciendo todo mucho

mejor, más rápido y más barato.

Habrá que crear un nuevo sector

para acoger a todos los que

vamos a quedar desfasados.

Claro que la solución más

obvia en la actualidad y frente

a lo que sabemos hoy es la

absorción por parte del sector

público de todos los trabajadores

descartados por las empresas

privadas, cosa que no es

infrecuente —aunque siempre

en pequeñas proporciones— en

América Latina cuando llegan

las grandes crisis. La solución

más evidente para el hombre

de este tiempo es proyectar en

el futuro un mundo en el que el

90% de la población mundial

esté empleada en los Estados y

dedicada a servir a la sociedad

de las más diversas formas. El

primer efecto de lo que parece

un delirio si es dicho como lo

decimos nosotros aquí y no se

desarrolla con propiedad sería

un aumento brusco en la calidad

de vida general, puesto que tendríamos

prácticamente a todos

trabajando para servir al conjunto

y no habría lugar de la gestión

de lo público que no tuviera una

sobreabundancia de recursos

humanos para llevar a cabo esa

gestión hasta la perfección.

Pero también está el segundo

efecto, que sería la explosión

inimaginable del gasto público

hasta tornar inviable el propio

Estado: si en el futuro fuéramos

todos empleados públicos y

apenas existiera gente trabajando

en funciones muy puntuales

en el sector privado, la primera

y más obvia pregunta que se

49 HEGEMONIA - febrero DE 2020


haría el atento lector con su conciencia

de hombre de su tiempo

sería la siguiente: ¿Quién va a

pagar los impuestos para sostener

todo eso?

Dicho de otra forma y quizá un

tanto brutalmente, en un hipotético

mundo donde los robots

con inteligencia artificial hacen

todo lo productivo en un sentido

propio del modo de producción

capitalista y el 90% de los hombres

está empleado en el sector

público, en lo “improductivo”,

no habría a primera vista posibilidad

de que el Estado recaudara

lo suficiente para sostener

en sus nóminas la casi totalidad

del empleo: a menos trabajo

productivo formal, menos recaudación

y menos dinero en caja

para pagar los salarios de los

trabajadores “improductivos” en

la administración de lo público.

Parece muy lógico y lo es, pero

La línea de montaje industrial, ya casi enteramente automatizada. Cuando los

robots se encuentran con la inteligencia artificial y empiezan a “aprender”, es imposible

que la máquina no supere al hombre en prácticamente todas las actividades

productivas.

siempre en los términos del

paradigma dominante actual

que, como ya sabemos, está

cayendo. Si en la pugna por la

conducción del capitalismo a nivel

global triunfan los pueblos y

no el libre mercado del 1% más

rico y somos los pueblos los que

finalmente vamos a definir el

nuevo paradigma del mundo de

la cuarta revolución industrial,

es evidente que también las lógicas

tributarias serán otras. La

manera como el hombre de hoy

piensa en el esquema de quién

paga para que el Estado lleve a

cabo su obra no puede, naturalmente,

ser la misma. Y acá está

la clave: cuando una revolución

tiene lugar e impone un nuevo

paradigma para ordenar social

y políticamente la sociedad,

quedan automáticamente caducas

las lógicas del paradigma

superado, lo que podría traducirse

poéticamente en aquello

de que el mundo va a ser lo que

nosotros queramos que sea.

Son desde luego irrelevantes

los detalles de cómo podría ser

ese paradigma en todo lo que se

refiere a quién paga la cuenta y

cómo, porque el hacerlo podría

resultar pronto en una obra de

ficción utópica o distópico ante

la imposibilidad de saber hoy

qué puede pasar en el futuro.

Pero lo esencial está más que

a la vista: habiéndose ahorrado

el costo laboral que supone el

trabajo humano al reemplazarlo

por robots con inteligencia

artificial y asimismo sin tener la

conducción del proceso —conducción

que precisamente está

en disputa ahora mismo y es el

motivo central de este artículo—,

los ricos podrán financiar

su cuarta revolución industrial y

nada va a impedir el desarrollo

tecnológico inevitable, pero no

podrán evitar que los Estados

nacionales determinen que lo

ahorrado en costos laborares

sea igualmente pagado, pero

en concepto de impuestos. Así

podría llevarse a cabo la sustitución

del trabajo humano en todo

lo productivo sin la necesidad

de descartar lo humano, puesto

que la sociedad organizada en

el Estado tendría los recursos

necesarios para sostenerse

a sí misma empleando a las

mayorías en otras tareas dichas

“improductivas”. En una palabra,

se elimina el trabajo en los

términos del sistema capitalista

de tipo industrial sin eliminar el

salario en un sentido de ingreso

familiar estable, con lo que se

garantizan esos ingresos y la

subsistencia de los que, de otro

modo, estarían destinados al

descarte por genocidio.

Antes de ubicar la idea esbozada

en la categoría de utopía y

abandonar la lectura a poco de

terminarla, piense el atento lec-

50 HEGEMONIA - febrero DE 2020


tor de la siguiente forma: ¿Por

qué existió la plusvalía como

base del modo de producción

capitalista hasta aquí? ¿Quién

determinó que el trabajador

entregara su fuerza de trabajo

por un salario fijo inferior al valor

producido con esa fuerza de

trabajo? Pues la burguesía, que

triunfó sobre la aristocracia premoderno

a fines del siglo XVIII,

hizo una revolución para cambiar

el paradigma y reordenó el

mundo en sus propios términos.

Antes de la revolución burguesa

no existía el salario moderno

como resultado de la plusvalía

burguesa: eso pasó a existir

porque esa fue la respuesta que

la burguesía dio al problema de

la producción en un régimen de

propiedad privada y eso es todo.

Nada de eso baja del cielo en tablas

sagradas ni está escrito de

antemano en el ADN de nadie,

todo eso es simplemente una

creación de un grupo que triunfó

sobre otro y pudo, al hacerse

de la conducción del proceso,

establecer sus propias reglas.

¿Por qué entonces los pueblos,

haciéndose de la conducción

política de la cuarta revolución

industrial presente, no van a establecer

las suyas? ¿Por qué no

habrían de buscar los pueblos

empoderados en el Estado la

solución humana para la destrucción

del trabajo productivo,

si con la conducción tendrían la

manija para hacerlo?

Entonces la cuestión es el

cómo y lo que aquí quedó apenas

esbozado no pasa de una

provocación. El objetivo de esta

entrega de la Sociología del

estaño para la construcción del

nacionalismo popular —la cuarta

de otras que vendrán hasta

que puedan recopilarse todas

en una obra unitaria— fue ese,

el de provocar la imaginación

del atento lector para pensar

en una sociología a la manera

Arturo Jauretche, aquí junto al general Perón. Jauretche es el padre de la sociología

del estaño, hoy necesaria para pensar un mundo apto para la subsistencia de las

mayorías populares. El paradigma ordenador de ese mundo será necesariamente

el nacionalismo popular.

de Augusto Comte, como se

explica en la primera entrega

de esta serie. Para pensar una

sociología nueva que, como

herramienta de reordenamiento

de la sociedad, se exprese finalmente

en el discurso político y

sirva para organizar en torno a

dicho discurso a las mayorías en

defensa propia. Una provocación

que es a la vez una invitación

a pensar en las categorías

teóricas del paradigma que

haremos nosotros mismos para

posibilitar el progreso inevitable

de la tecnología sin permitir que

ese progreso dé como resultado

nuestra propia destrucción.

Como hace Cristina Fernández

en Cuba al hablar del problema

urgente de la conducción global

del sistema capitalista y de

la insuficiencia de regulación

a los poderes fácticos de los

ricos y poderosos del mundo. O

como hace el Papa Francisco,

quien desde el Vaticano ubica

en las estructuras del pecado la

codicia de los que acumulan la

riqueza de la humanidad en pocas

manos y preparan un genocidio

para despoblar el planeta.

Como hacen muchos de los que

estamos pensando un futuro en

el que los números cierren con

la gente adentro, pero aun sin

un marco teórico adecuado para

la contención de nuestras ideas

y sueños. La invitación es a la

construcción de ese marco teórico

en la forma de una sociología

no académica, no adiestrada: la

construcción de una sociología

del estaño a la moda jauretcheana

para apuntalar el discurso

político del nacionalismo

popular, de lo nacional-popular

y del pueblo-nación, del proyecto

político típico de las mayorías

en defensa de sus propios

intereses y organizadas para

ello en los Estados nacionales,

antítesis del libre mercado de

los ricos. Está hecha la invitación

para que sigamos esa

construcción en marzo, cuando

aparezca la próxima edición de

esta Revista Hegemonía. Llegaremos

a tiempo, sí o sí llegaremos

a tiempo. Incluso porque

no existe alternativa al triunfo de

los pueblos en su cultura.

51 HEGEMONIA - febrero DE 2020


CONTENIDO EXCLUSIVO

Los dos

popes

ERICO

VALADARES

La Argentina tiene hoy y

desde hace alrededor de 60

días un presidente electo,

un representante genuino

de la voluntad popular de

las mayorías expresada en las

urnas. Alberto Fernández es eso

hoy, el presidente de la Nación

encargado de la tarea de salvar

la economía luego de cuatro

años de un gobierno que se

construyó sobre la estafa a la

voluntad del pueblo y dejó tierra

arrasada a su paso, además

de pesados compromisos de

deuda que en la actualidad son

el principal problema a resolverse.

Entonces Alberto Fernández

está donde tiene que estar y allí

está legítimamente para llevar

a cabo la tarea que le ha encomendado

el pueblo-nación argentino.

Es lo que corresponde

y, aun así, no es posible afirmar

hoy que el presidente Alberto

Fernández sea el máximo referente

de la política argentina: es

jefe de Estado y jefe de gobierno

de acuerdo con las reglas del

sistema presidencial clásico

52 HEGEMONIA - febrero DE 2020


de la política en América, pero

aún no es y está bien lejos de

ser el líder. En la política real los

liderazgos se fundan en un tipo

de legitimidad que trasciende

el voto concreto en la urna, que

se construye en el tiempo más

subjetiva que objetivamente. Y

ese liderazgo hoy no está en la

Casa Rosada.

Lo anteriormente dicho, no

obstante, difícilmente vendría

en detrimento de la autoridad

del presidente Fernández. La

tiene y la ejerce todos los días

con el objetivo de estabilizar su

propio gobierno en medio al fuego

cruzado de opiniones de propios

y ajenos. Alberto Fernández

está gobernando la Argentina

de hecho y por derecho, está

intentando resolver con políticas

públicas los innumerables

problemas dejados por el anterior

gobierno estafador y eso es

precisamente lo que se espera

de él. Hasta ahí no hay ninguna

anormalidad ni hay una situación

de doble comando, como

quieren insinuar los medios de

difusión del poder fáctico. Las

decisiones de gobierno se toman

allí dónde deben tomarse:

en Balcarce 50, sede del gobierno

nacional. Buenas, malas,

acertadas o equivocadas, esas

53 HEGEMONIA - febrero DE 2020


decisiones de la gestión de

gobierno ya no parten de lujosas

oficinas corporativas con sede

en países extranjeros —como

sucedió, efectivamente, durante

el periodo de desgobierno títere

cuya cara visible fue Mauricio

Macri— ni existen evidencias de

que partan desde cualquier otro

lugar que no sea el despacho

presidencial. Por lo tanto, la

autoridad de Alberto Fernández

como presidente es real, es

legítima y es la autoridad previsible

en condiciones normales o

dichas democráticas. El asunto

es que aun así Alberto Fernández

no es el líder, simplemente

porque otro u otros siguen

ejerciendo ese liderazgo fácticamente.

Fácticamente, sí, existen otros

liderazgos políticos en nuestra

política por encima del de

Alberto Fernández, sin que eso

signifique ninguna usurpación

o ilegalidad, ni mucho menos.

Lo que ocurre en la actualidad

es que la conducción política

del pueblo-nación argentino no

coincide con la conducción de

gobierno emanada de las urnas,

cosa que ya se veía venir cuando

Cristina Fernández de Kirchner

lanzó la inesperada maniobra

de presentarse como candidata

a vicepresidente, dejándole la

titularidad a otro a mediados del

año pasado. En ese momento

todo indicaba que Cristina Fernández

sería quien encabezara

las listas de cara a las PASO

del mes de agosto y luego a las

elecciones generales de octubre,

pero ella tenía otra idea y

sorprendió a todos anunciando

que el candidato a presidente

en la unidad del peronismo sería

un Fernández, pero Alberto. Y

que ella lo acompañaría desde

el lugar de vicepresidenta.

Allí quedó claro que no iban a

coincidir la conducción política

con la conducción del gobierno y

los medios empezaron a hablar

de “chirolitas” y de “dobles

comandos”, elaboraron mil teorías

para concluir que Cristina

Fernández iba a gobernar mediante

el uno de una marioneta.

Lo cierto es que el hecho estaba

a la vista y la conductora natural

El presidente Alberto Fernández, frente al monumental desafío de desactivar una

bomba atómica en medio a un campo minado y sin tener la conducción política

para hacerlo. Fernández es un hábil negociador y deberá desplegar todo su talento

para tener éxito.

“se bajaba” de la carrera por la

conducción de gobierno, generando

una situación que nadie

pudo haber visto venir antes del

sorpresivo anuncio. Es así como

hoy tenemos un presidente que

gobierna y tenemos por otra

parte una vicepresidenta que

ejerce el liderazgo de la conducción

política y es referente para

la tropa propia, para los civiles

no politizados ni ideologizados y

también para el enemigo de los

pueblos, que jamás la pierde de

vista y está pendiente de todos

sus dichos y movimientos.

Desde el vamos, desde antes

del triunfo de lo que se iba a

denominar Frente de Todos y fue

la unidad del peronismo y otros

sectores dichos “progresistas”,

quedó establecido que eso sería

así, que tendríamos un presidente

con la gestión de gobierno

en la mano y, a su sombra,

ocupando el lugar de la vicepresidencia,

la principal referente

de la política nacional ejerciendo

la conducción política

de hecho. “Cual Cámpora para

Perón”, dirá alguien al recordar

un episodio de nuestra historia

reciente, aunque con inexactitud.

Cámpora fue presidente de

un Perón concretamente proscripto,

que no podía presentarse

él como candidato a presidente

y se valió de la figura de su

delegado personal para sortear

las trabas jurídicas impuestas

por la dictadura de Alejandro

Lanusse. Al producirse el regreso

efectivo de Perón, esto es, al

levantarse la proscripción en su

contra, Cámpora hizo lo que se

esperaba de él, dio un paso al

costado a las pocas semanas y

llamó a nuevas elecciones para

que Perón pudiera postularse

y triunfar con más del 60% de

los votos, un récord relativo que

jamás pudo superarse. Como se

ve, el pueblo-nación argentino

quería a Perón y Perón tenía el

54 HEGEMONIA - febrero DE 2020


El general Juan Domingo Perón y su delegado personal, Héctor Cámpora. Perón se valió de una inteligencia maniobra para

sortear la prescripción impuesta por la dictadura de Alejandro Lanusse, hizo ganar las elecciones a Cámpora y luego arrasó él

mismo en nuevas elecciones realizadas a las pocas semanas.

liderazgo, por lo que Cámpora

fue un instrumento de lealtad

peronista para lograr un fin

concreto.

Entonces sería incorrecto

decir que Fernández está para

Fernández como Cámpora para

Perón en la relación entre Alberto

y Cristina. Hasta donde

sabemos los que no sabemos

todo lo que saben los que

conducen los destinos de la

nación, no existe ningún plan de

que Alberto Fernández renuncie

a la brevedad para convocar a

nuevas elecciones. Al parecer no

es nada de eso y el carácter de

“transicional” que algún sector

del peronismo le atribuye al actual

gobierno se refiere más bien

a una etapa de cuatro años en

la que será necesario estabilizar

el país, pero no en un sentido de

puente corto hacia un gobierno

definitivo. Cuatro años, eso es lo

que debería durar el gobierno de

Alberto Fernández, coincidiendo

con la duración legal de su mandato

hasta el año 2023. Nadie

espera realmente lo contrario y

entonces Alberto Fernández no

es Héctor Cámpora para Cristina

Fernández, sino un presidente

con votos propios que se dispone

a cumplir el mandato popular.

La situación no es la misma

y entre los Fernández no existe

—al menos hasta donde puede

verse, como decíamos—una

relación de jerarquía entre jefe y

delegado como la que se estableció

entre el general Perón y

Héctor Cámpora. Aquí lo que

pasa es lo que se ha expuesto

anteriormente: existe un jefe de

gobierno y de Estado en pleno

uso de sus facultades legales y

existe un liderazgo fáctico que

se expresa por otra parte, sin

que eso resulte en un doble comando.

Un Fernández gobierna

y otro Fernández lidera gracias

a la voluntad del pueblo-nación

argentino.

Ahora bien, para el fin que

perseguimos en este modesto

artículo, la información disponible

es más que suficiente para

demostrar la tesis propuesta, a

saberla, la de que no existe hoy

coincidencia entre la conducción

del gobierno y la conducción

política. Es imposible decir

más que eso y es imposible

encontrar más relación entre el

gobierno de Alberto Fernández y

el de Héctor Cámpora que esa.

Todo lo demás que pueda decirse

se ubica en el campo de la

especulación o de la futurología,

que puede concretarse, pero no

puede anticiparse al no existir

en el presente los datos duros

necesarios para hacerlo. Alberto

Fernández en el presidente de

la Argentina y gobierna; Cristina

Fernández de Kirchner conduce

la política y la conduciría igualmente,

aunque no ocupara el

cargo que actualmente ocupa,

porque su liderazgo es eso, es

un liderazgo natural.

Liderazgos naturales

Pero el nuestro también es un

país mayoritariamente católico

55 HEGEMONIA - febrero DE 2020


Cristina Fernández de Kirchner, ejerciendo su liderazgo natural frente a una multitud durante la campaña para las elecciones

legislativas del año 2017. Junto a Francisco, Cristina tiene hoy un lugar asegurado en el centro del escenario a nivel local y

también mundial.

y nuestros tiempos, extraordinarios.

Desde que el polaco Karol

Wojtyla fue ungido como Juan

Pablo II a fines de 1978 hubo

una sucesión de tres máximos

jefes no italianos en la Iglesia

católica. Luego del polaco

Wojtyla vino el alemán Ratzinger

y, finalmente, lo extraordinario:

el primer papa no europeo de

la historia, que es el argentino

Jorge Bergoglio, quien toma el

nombre de Francisco para su

pontificado. Estos son tiempos

extraordinarios en los que el jefe

de una institución que es fundamental

en nuestro país y que

tiene más 1.300 millones de

miembros en todo el mundo es

un argentino. Con el solo hecho

de su nacionalidad ya alcanzaría

para suponer el peso descomunal

del liderazgo de Francisco en

la política del país que lo vio nacer:

sería delirante imaginar un

Papa argentino sin ascendiente

sobre las mayorías populares

en la Argentina del catolicismo

como religión predominante.

Aunque el cardenal Bergoglio no

tuviera la historia que tiene, no

tuviera todas las implicaciones

militantes en la política nacional

por lo menos en las últimas

cuatro décadas y no opinara políticamente

como opina, el solo

hecho de ser argentino y jefe de

la Iglesia católica sería suficiente

para ejercer un liderazgo de

hecho en nuestro país. El propio

lugar destacado que ocupa en

el escenario geopolítico desde

el Vaticano es gravitante en sí

mismo simplemente porque es

imposible ignorar la magnitud

de la realidad de que hay un

Papa argentino.

Por distintas razones y diferentes

caminos, tanto el cardenal

Bergoglio como Cristina Fernández

de Kirchner se han erigido

como figuras poseedoras de esa

autoridad moral que aquí llamamos

liderazgo natural. A esta altura

de sus vidas y sus carreras,

tanto Bergoglio como Fernández

de Kirchner están, como suele

decirse, más allá del bien y del

mal: no es necesario que ocupen

cargos políticos y ni siquiera

que estén permanentemente

en evidencia. Pueden incluso

ocultarse durante meses y años

si así quisieran hacerlo, aparecer

un buen día súbitamente y

tener en ese mismo momento

la autoridad y el liderazgo que

tenían al momento de borrarse

voluntariamente del escenario.

De hecho, Cristina Fernández

solía tomarse largos periodos

de inactividad política durante

el desgobierno de Mauricio

Macri, tan solo para mostrarse

inesperadamente y mover todo

el tablero con sus dichos o

actos. Nunca fue necesario que

Fernández de Kirchner estuviera

todos los días presente en los

estudios de radio y televisión

y mucho menos que hiciera

puestas en escena permanentes

para mantenerse vigente. El

liderazgo natural no requiere de

la presencia de líder para ser y,

en ese sentido, el liderazgo de

Fernández de Kirchner es simi-

56 HEGEMONIA - febrero DE 2020


lar al del general Perón, quién

estuvo exiliado durante largos

18 años —además en una época

de rudimentarias tecnologías

de comunicación e información,

muy distinta a la inmediatez de

las redes sociales y los teléfonos

móviles de hoy— para volver un

día, movilizar toda la sociedad

argentina, patear el tablero y ganar

las elecciones con más del

60% de los votos luego de hacer

ganar a un delegado personal

suyo a control remoto. No fue

necesario que Perón estuviera

abonado a los canales de televisión

de la época para mantener

su vigencia y, de hecho, durante

su proscripción y exilio hubo

momentos en los que estaba

directamente prohibido hablar

públicamente de él y del peronismo.

El liderazgo natural de Cristina

Fernández de Kirchner es así,

es un liderazgo natural como

el de Perón. Y es fácil concluir

que, si Macri hubiera tratado

de “deskirchnerizar” la Argentina

mediante la imposición de

una prohibición parecida a la

que existió durante el exilio y

proscripción de Perón, es poco

probable que lograse algo sino

agigantar aún más la figura de

Cristina. Cuando se da la excepción

histórica y se establece un

liderazgo natural, el intentar negarlo,

ocultarlo o prohibirlo solo

arroja como resultado lo opuesto

a lo que se desea lograr.

Cristina Fernández de Kirchner

es esa excepción histórica,

como lo son Lula da Silva en

Brasil —habiendo estado preso y

sin ocupar cargos públicos hace

varios años— y Vladimir Putin

en Rusia, o como lo fue Hugo

Chávez en Venezuela. Son todos

liderazgos naturales construidos

en base a una autoridad moral

que se consigue mediante una

conducta sostenida en el tiempo,

carisma y algo de fortuna

a lo largo del camino. Cristina

Fernández es entonces un par

de Lula da Silva y de Vladimir

Putin, aunque acá hay una

diferencia sustancial. Gracias a

lo extraordinario de los tiempos,

en la Argentina se ha dado una

situación tan infrecuente en

la historia que en la memoria

no registramos antecedentes

históricos: en nuestro país se ha

yuxtapuesto o hay un concurso

de liderazgos naturales. En una

palabra, lo que solo ocurre una

vez cada tantas décadas y con

mucha suerte, está ocurriendo

por duplicado hoy. Hay dos generales

Perón coexistiendo en la

Argentina. Son los dos popes.

Dualidad y discurso

unificado

Quizá los contemporáneos no

tengamos hoy la dimensión

exacta de extraordinario de la

coyuntura que estamos transitando

ahora mismo, lo que en

sí es normal: el hombre suele

valorar correctamente los hechos

históricos, pero solo a

distancia. Normalmente, son

las generaciones posteriores las

que dan la correcta valoración

de lo que para esas generaciones

ya es pasado al momento

de hacer dicha valoración, o lo

que suele llamarse simplemente

perspectiva histórica. Los que

estamos insertos en esta realidad

solemos perder de vista

lo que está pasando. ¿Y qué

está pasando, en verdad? Está

pasando que hay dos generales

Perón en circulación, ninguno

de ellos ejerce la presidencia de

la Nación y, no obstante, ambos

mueven sobremanera la aguja

en la política nacional e internacional.

Y los que asistimos a eso

en vivo y en directo no tenemos

mucha conciencia de ello, de

que hay dos verdaderos popes

y de que ambos están usando

El Papa Francisco, socio de Cristina Fernández en la lucha de la causa de los pueblos,

que empieza con la crisis de la deuda en nuestro país.

57 HEGEMONIA - febrero DE 2020


sus liderazgos naturales para

operar por la causa del pueblo

nación-argentino y hasta de la

humanidad entera.

Cristina Fernández de Kirchner

y el cardenal Jorge Bergoglio (ya

Papa Francisco, por supuesto)

son esa concurrencia de popes

históricamente extraordinaria.

Es como si nuestro país tuviera

no uno, sino dos generales

Perón para transitar la actualidad

de la definición de su

destino. Pero no solo eso, sino

que el mundo en el debate de su

reordenamiento en virtud de una

revolución en ciernes cuenta

con dos actores argentinos en

la lucha contra el libre mercado

de los ricos y las corporaciones.

Aquí está lo fundamental de

esta extraordinaria coincidencia

de liderazgos naturales: Cristina

y Francisco llegan de manera

hasta providencial, llegan a

tiempo para ser en la historia lo

que Hegel hubiera llamado la

astucia de la razón. Para Hegel,

la historia tiene un fin último, un

fin universal. Y si bien dicho fin

se ve demorado por la irracionalidad

de las acciones humanas,

a menudo surge la astucia de la

razón manifestándose en grandes

personalidades, a través

de las que la historia retome y

sigue su curso de racionalidad

hacia el fin universal previamente

dispuesto. Esa es la forma

moderna que Hegel encontró

para homologar el concepto de

divina providencia utilizado por

San Agustín en La ciudad de

Dios, esto es, la forma de referirse

a algo que se expresa más

allá de la imperfección del hombre

en sociedad para reencauzar

esa sociedad. La astucia de la

razón es eso, es algo que surge y

se manifiesta de vez en cuando

en enormes personalidades,

sobre todo cuando la irracionalidad

generalizada resulta en

descontrol social.

Cristina y Francisco son una

rara concurrencia en la que esa

astucia de la razón o esa divina

providencia se manifiesta no

en uno, sino en dos personajes

destacados a la vez y justo en

tiempos de zozobra. La Argentina

se encuentra frente al desafío

de obtener su segunda y defini-

San Agustín de Hipona, en una representación religiosa de la divina providencia.

58 HEGEMONIA - febrero DE 2020


tiva independencia en el marco

de una coyuntura económica

terminal —ocasión ideal para revoluciones,

de acuerdo incluso

a los exégetas del “cuánto peor,

mejor”— mientras el mundo se

enfrenta a la encrucijada de

un cambio de época resultante

de la incorporación de nuevas

tecnologías a la producción y

de una extrema acumulación de

riqueza por parte de unas minorías

privilegiadas y egoístas.

En este contexto histórico de

irracionalidad absoluta surge

la astucia de la razón a la moda

de Hegel o la divina providencia

de San Agustín —como mejor le

guste al atento lector—, encarnada

en dos popes de la política

grande. Hay, ciertamente, algo

que se está expresando más allá

de lo inmediatamente visible.

La concurrencia es una dualidad

y por eso es rara, pero es

astuta porque se expresa con

un discurso unificado. Mientras

Cristina Fernández quita

el velo de lo que los medios de

difusión presentan como una

simple “guerra comercial” entre

los Estados Unidos y China,

revelando que allí lo que hay es

una disputa por la conducción

del sistema capitalista a nivel

global y el establecimiento del

paradigma que va a ordenar

el futuro, Francisco denuncia

y ubica en las “estructuras del

pecado” la monstruosa concentración

de riqueza que pone la

humanidad al borde del colapso.

El Papa denuncia eso y pone

el aparato de la Iglesia católica

a funcionar en el combate a esa

concentración, unificando su

discurso con Cristina otra vez

más cuando ella habla de insuficiencia

regulatoria sobre los

poderes fácticos, o esos mismos

ricos que concentran la riqueza.

Si el atento lector pone toda

su atención y hace el esfuerzo

de leer entre líneas, verá como

El filósofo Hegel, padre del concepto de astucia de la razón con la que la historia

se manifiesta puntualmente para subsanar la irracionalidad humana y retomar su

camino hacia el fin universal.

en una epifanía que los dos

popes de la política argentina

están diciendo y están haciendo

campaña por lo mismo en los

niveles más altos de la política

internacional, la que Perón definió

como la verdadera política.

Y cuando uno toma conciencia

de lo extraordinario de la concurrencia

de esa doble astucia

de la razón argentina y de lo que

está haciendo por la humanidad

entera, en ese momento se da

una idea al menos aproximada

de la dimensión histórica de

lo que estamos viendo pasar

delante de nuestros ojos.

Entre nuestros hermanos de

América Latina se usa decir, a

modo de chascarrillo, que un argentino

se suicida subiéndose a

lo más alto de su ego y arrojándose

desde allí. Algo de verdad

hay en ello, tenemos el ego muy

inflado y solemos sobrevalorar

mucho de lo nuestro cuando eso

logra tener relevancia internacional.

Pero somos inimputables

por el hecho: si la astucia de la

razón o la divina providencia elige

manifestarse en ejemplares

que pertenecen a este conjunto

de muy poquitos individuos,

difícilmente podríamos evitar

la idea de que somos un poco

especiales en medio del montón.

A lo mejor es solo una idea

y no es así, no hay nada especial

en la condición de argentino.

A lo mejor es tan solo eso, un

ego demasiado inflado, aunque

nada de eso tiene importancia

frente a la realidad efectiva de

que hoy dos argentinos están

luchando por los pueblos en el

centro de la discusión global. Es

para estar orgullosos y es para

rezar por ellos, si el que se siente

el orgullo es de rezar. Rezando

por ellos estaremos rezando

por la humanidad entera, que de

eso se trata al fin y al cabo.

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LA EXPRESIÓN DE LO NACIONAL-POPULAR

POR ELÚLTIMOLADRILLO

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