09.04.2020 Visualizaciones

CONTRA TODA ESPERANZA

Condensado del libro "Memorias de un preso político" del cubano Armando Valladares, burócrata menor en La Habana, tenía 23 años de edad cuando cometió el error de expresar su oposición al comunismo. Por este delito pasó 22 años en el infierno de un gulag cubano, donde sufrió hambre, torturas y amenazas de ser ejecutado como preso político de Fidel Castro. Su libro es una sombría historia de largos años de sufrimiento, pero también un testimonio conmovedor de la fortaleza indomable del espíritu humano y un mensaje de amor, de perdón y de fe: amor por sus compañeros, que recibieron un trato brutal y fueron asesinados en las cárceles de Castro; perdón para los guardias que lo atormentaron cruelmente; y fe en el Dios que lo reconfortó.

Condensado del libro "Memorias de un preso político" del cubano Armando Valladares, burócrata menor en La Habana, tenía 23 años de edad cuando cometió el error de expresar su oposición al comunismo. Por este delito pasó 22 años en el infierno de un gulag cubano, donde sufrió hambre, torturas y amenazas de ser ejecutado como preso político de Fidel Castro.
Su libro es una sombría historia de largos años de sufrimiento, pero también un testimonio conmovedor de la fortaleza indomable del espíritu humano y un mensaje de amor, de perdón y de fe: amor por sus compañeros, que recibieron un trato brutal y fueron asesinados en las cárceles de Castro; perdón para los guardias que lo atormentaron cruelmente; y fe en el Dios que lo reconfortó.

SHOW MORE
SHOW LESS

¡Convierta sus PDFs en revista en línea y aumente sus ingresos!

Optimice sus revistas en línea para SEO, use backlinks potentes y contenido multimedia para aumentar su visibilidad y ventas.

EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

[CONTRA TODA ESPERANZA]

LÁTIGO NEGRO

[ediciones camaleón)

]

[edicionescamaleon@gmail.com

1

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

[CONTRA TODA ESPERANZA]

LÁTIGO NEGRO

2

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Contra toda esperanza

3

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Memorias de un preso político

Condensado del libro de Armando Valladares

Armando Valladares, burócrata menor en La Habana,

tenía 23 años de edad cuando cometió el error de

expresar su oposición al comunismo. Por este delito pasó

22 años en el infierno de un gulag cubano, donde sufrió

hambre, torturas y amenazas de ser ejecutado como preso

político de Fidel Castro.

Su libro es una sombría historia de largos años de

sufrimiento, pero también un testimonio conmovedor

de la fortaleza indomable del espíritu humano y un

mensaje de amor, de perdón y de fe: amor por sus

compañeros, que recibieron un trato brutal y fueron

asesinados en las cárceles de Castro; perdón para los

guardias que lo atormentaron cruelmente; y fe en el

Dios que lo reconfortó.

4

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

EL FRÍO cañón de la metralleta en la frente me despertó. Abrí los ojos

asustado. Tres hombres armados rodeaban mi cama. El tipo del arma me

dijo que tenía que acompañarlos y que me vistiera.

Iniciaron el registro. Traté de tranquilizar a mi madre y a mi hermana;

les dije que con toda seguridad se trataba de un error, puesto que yo no

había cometido ningún delito.

Yo era entonces funcionario en la Caja Postal de Ahorros, adscrita al

Ministerio de Comunicaciones, en el gobierno revolucionario de Fidel

Castro. Había hablado con frecuencia a favor de la libertad de expresión,

pero, después de todo, había sido uno de los postulados de la revolución

de Castro.

Por fin terminaron el registro minucioso. Habían repasado los libros

hoja por hoja, vaciado los tubos de pasta dentífrica, pero no habían

encontrado nada. Sin embargo, tenía yo que acompañarlos para

responder a unas preguntas de "rutina". Dijeron a mi madre que no se

preocupara, que regresaría en seguida.

Salimos a la calle. Eran las 4 de la madrugada del 29 de diciembre de

1960; hacía frío. Me colocaron las esposas en las muñecas, me subieron

a un Volkswagen gris y me llevaron al barrio Miramar de La Habana,

entonces la sede central de la Policía Política de la Seguridad del Estado,

la Lubianka cubana. Allí me encerraron en un pequeño calabozo.

Aquella tarde me sometieron al primer interrogatorio. Un agente de la

Policía Política me dijo que ellos lo sabían todo, que yo era un enemigo

de la Revolución. Me defendí diciéndoles que no había atacado a la

Revolución como institución.

—Pero has atacado al comunismo —replicaron.

—Sí, es cierto —les dije—, considero que el comunismo es una

dictadura peor que la que acabamos de padecer.

Castro siempre había afirmado categóricamente que no era comunista.

Pero ahora, a medida que nombraba a conocidos comunistas a puestos

clave en el Gobierno, parecía todo lo contrario. Así fue el primer

interrogatorio. Al día siguiente se efectuó el segundo.

5

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

—Usted estudió en una escuela de curas —me dijo un oficial.

— ¿Eso qué importa? Fidel Castro estudió en un colegio de los Padres

Jesuitas.

—Pero Fidel es un revolucionario y usted es un contrarrevolucionario,

aliado a los curas y a los capitalistas, y por eso lo vamos a condenar.

—No hay ninguna prueba contra mí —objeté.

—Nos basta con nuestra convicción. Sabemos que eres un enemigo

potencial de la Revolución. Mira... —y me alargó unos periódicos de la

tarde. En grandes letras, en la primera plana se leía: PAREDÓN PARA

LOS TERRORISTAS. El pueblo pide un escarmiento y.. . —dejó la

amenaza en el aire.

VARIOS días después me llevaron a la fortaleza de La Cabaña, que había

sido construida por los españoles para reforzar la protección del puerto

de La Habana y ahora funcionaba como prisión política. Al entrar pude

ver el patio frente a las galeras, oscuros y húmedos calabozos hechos

originalmente para dar cabida a 30 prisioneros cada uno, y en los cuales

había ahora 350. Me ficharon, me entregaron el uniforme de preso y me

asignaron a la galera número 12.

Dos primos, Ulises y Julio Antonio Yebra, habían sido detenidos la misma

madrugada que yo. Julio Antonio era médico. En el registro efectuado en

su casa le habían encontrado un viejo fusil calibre 22. La Policía Política

dedujo que era para atentar contra Fidel Castro. Julio Antonio fue

juzgado y condenado a muerte.

—Esta noche estaré cerca de Dios —dijo a sus compañeros de celda

el día siguiente a su detención.

A las 9 de la noche nos reunimos en grupos para rezar. El ruido de un

motor se dejó escuchar, luego algunas voces. Afuera de las galeras había

una larga escalera de piedra que bajaba a un foso. Allí había un madero

al que ataban al condenado. Antes de que lo amarraran, Julio Antonio

dio la mano a cada uno de los guardias que componían el pelotón y les

dijo que los perdonaba.

— ¡Pelotón: atención...!

—Apunten... ¡fuego!

— ¡Abajo el comu . . .! —el grito de Julio quedó inconcluso.

6

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Luego se escuchó el golpe seco del tiro de gracia detrás de la oreja.

Jamás olvidaré ese único sonido mortal.

Todas las noches había fusilamientos. Cuando escuchaba las descargas de

fusilería el horror se apoderaba de mí, y me abrazaba a Cristo con

desesperación. Yo había llegado a la cárcel con formación religiosa. Mis

creencias eran genuinas, pero probablemente superficiales, pues no

habían sido sometidas a una dura prueba. Tenía y mantenía la religión

que había aprendido en el hogar, en la escuela; pero era algo así como

quien adquiere buenos modales. Sin embargo, cuando veía yo partir a

aquellos jóvenes llenos de valor a morir frente a los paredones gritando

"¡Viva Cristo Rey!", comprendí que Él servía para dar a mi vida y a mi

muerte, si llegaba a suceder, un sentido ético que las dignificara.

Miles cayeron ante los pelotones de fusilamiento a todo lo largo de Cuba.

Algunos habían defendido al ex dictador Fulgencio Batista; la mayoría

había combatido al lado de Castro y se había desilusionado. Al año de

1961, designado oficialmente como "Año de la educación", lo llamaríamos

posteriormente los presos "Año del paredón".

Isla de Pinos

TRECE días después de mi detención, me llevaron a juicio. En la sala, los

miembros del tribunal charlaban entre sí, reían, fumaban tabacos y leían

revistas de muñequitos. El prestar interés no era necesario, y ellos lo

sabían. Las sentencias ya las había aprobado la Seguridad del Estado.

El fiscal no tenía una sola prueba en mi contra, así que arremetió contra

la explotación yanqui. Luego se volvió hacia el presidente del tribunal y

le dijo que yo había cometido los delitos de estragos y sabotaje. No había

hecho yo nada semejante. No obstante, me declararon culpable, me

sentenciaron a 30 años de prisión y me llevaron de nuevo a La Cabaña.

Luego, después de recibir mi sentencia el 15 de enero de 1961, me

trasfirieron con otros 300 presos a la prisión de Isla de Pinos, al sur

de Cuba. Cuando llegamos, tras un espantoso viaje en un antiguo avión

de trasporte que habían usado para trasladar ganado, feroces guardias

nos daban bayonetazos y nos proferían obscenidades: "Llegaron a la

Isla, ¡hijos de puta! ¡Van a saber lo que es bueno!"

7

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

La prisión "Modelo" de Isla de Pinos era entonces la más grande de

Cuba. La construyó el dictador cubano Gerardo Machado en los años

treinta. Constaba de cuatro edificios enormes, circulares, y dos

rectangulares, con una capacidad mucho mayor que la necesaria cuando

fueron levantados. Alguien señaló al dictador que era demasiado

grande, que jamás se llenaría aquel presidio, y Machado respondió:

—No te preocupes, ya vendrá alguien que lo llenará.

Ese alguien fue Fidel Castro.

Hermosos y bien cuidados jardines era lo primero que veía el recién

llegado. Al centro, el edificio de la dirección; a cada lado, en forma de

arco, un grupo de casas para los oficiales. Al fondo se veían las moles

enormes de las circulares, donde estaban los reclusos.

Uno junto al otro nos alineamos. Luego, ordenaron a un grupo de presos

tomar por una carretera que se adentraba por el resto de las

instalaciones del penal. "¡Vamos, corran!", gritaban los guardias, y

pinchaban a los presos con las bayonetas. Vimos cómo sus pantalones se

iban tiñendo de sangre en los muslos. Uno de ellos tropezó y cayó, y los

guardias lo patearon hasta dejarlo sin conocimiento, sobre un charco de

sangre. Se lo llevaron arrastrando.

Nos condujeron a bayonetazos hacia las oficinas y dirección del

reclusorio. Luego descendimos por una escalera a una especie de

sótano, donde nos esperaban ya los milicianos frente a unos montones

de ropas de presos. Eran los uniformes del ejército de Batista con una p

(preso) negra en la espalda y otras dos en las perneras. "¡Vamos,

encuérense todos!" Todo era agitación, todo había que hacerlo de prisa,

bajo constantes amenazas de ser golpeados o bayoneteados.

Nos quitaron todo lo que tenía valor. Mi reloj atrajo la atención de un

guardia y casi me desgarra la muñeca para arrancármelo. Luego tomó el

crucifijo de madera que llevaba yo al cuello, lo tiró al suelo y lo pisoteó

hasta hacerlo pedazos.

Después de forcejear para ponernos los uniformes, pues casi ninguno

quedaba bien, salimos frente a un cartel en la pared de aquel sótano: LA

8

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

REVOLUCIÓN ES MÁS VERDE QUE LAS PALMAS. La puerta de entrada a la

segunda alambrada se abrió: se alzaba allí una garita de hormigón con

reflectores y una ametralladora. Ante nosotros se levantaban,

impresionantes, las enormes edificaciones de hierro y hormigón de las

circulares. Nos detuvimos frente al rastrillo de la circular 4. Los

hombres detrás de aquellos balaustres de hierro parecían cadáveres, con

los rostros blanquecinos por la falta de sol. Luego de contarnos,

entramos. Alfredo Carrión, Pedro Luis Boitel y yo, quienes habíamos

permanecido juntos durante el traslado, encontramos espacio en una

celda del sexto piso. Exhaustos, nos acomodamos lo mejor que pudimos

para dormir.

Gusanos hervidos y libros prohibidos

A LAS 5 de la mañana el toque de la corneta llamaba para el recuento.

Después venían los alimentos: en el desayuno, agua con azúcar; en el

almuerzo, arroz y chícharos; en la tarde, harina de maíz y un caldo

grasiento.

Generalmente los chícharos u otros granos eran destinados a la prisión

cuando estaban en mal estado, llenos de gusanos. Así, cuando venían los

granos llenos de gusanos el "rejero" pregonaba: "¡Chícharos con

proteína!" Y se racionalizaba la situación: los gusanitos estaban

muertos, habían hervido en los tachos de vapor, ¿qué daño nos podían

hacer? Después de todo, eran proteínas.

Bañarse en aquellos primeros días no fue posible. Tenían que llevar el

agua en un camión-cisterna, y la cuota había que consumirla

estrictamente para tomar.

Las noticias del mundo exterior sostenían y alimentaban a muchos

presos. Los comunistas lo sabían y hacían todo lo que podían para

mantenernos aislados.

Pero en la circular 3, un ex militar del derrotado ejército había logrado

armar un rudimentario radio que tenía locos a los soldados de la

guarnición. Inútilmente hacían una requisa tras otra tratando de

encontrar el aparato.

9

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Los presos habían logrado organizar un lenguaje de señas con las manos.

De esa forma se nos trasmitían las noticias de la radio desde la circular 3.

Las circulares 1 y 2 estaban demasiado lejos para el lenguaje de las

manos, y la comunicación se establecía usando la clave Morse.

También se había logrado, con un tirapiedras, tender una línea entre

las circulares 3 y 4 para el envío de cartas. El último avance consistió en

conseguir un nailon de pescar, que tenía la ventaja de ser incoloro, lo

que permitió dejarlo fijo. Todo duró hasta una tarde en que un oficial,

caminando entre las dos circulares, miró distraídamente hacia arriba;

dio un respingo y se quedó petrificado mirando a lo alto. Allí, delante de

sus ojos, había un pajarillo posado en el aire, sin moverse, en el vacío. Así

lo descubrieron: un lindo y libre pajarillo nos echó a perder la línea con

su idea de posarse en ella.

Los libros estaban prohibidos, pero una mañana se nos comunicó que

la dirección del penal iba a autorizar la entrada de libros y periódicos.

Dos semanas después un camión de libros y revistas desembarcaba

frente a la circular. La mayoría de los textos eran marxistas. También

había revistas de propaganda editadas para el extranjero por países del

Este: Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, etcétera.

El objetivo de aquella autorización era adoctrinar y confundir a la

mayoría de los prisioneros, que eran campesinos, obreros y militares con

escasa formación académica. Boitel planteó una solución drástica:

quemar todos los textos marxistas, pero en seguida la descartamos.

Nosotros estábamos presos por defender, precisamente, un modelo de

sociedad en el que nadie pudiera quemar nunca los libros adversarios.

Bahía de Cochinos

EL PRESIDIO estaba situado tan cerca de la costa norte de la isla, que se veía

el mar Caribe desde los pisos superiores. Al oeste se encontraba la Sierra

Caballos, al sur, una extensa planicie reservada para los ejercicios de la

milicia; al este, pinares muy verdes y pequeñas colinas. Por las noches, al

sur, repercutían las ametralladoras y las estelas anaranjadas de las balas

trazadoras cruzaban veloces la penumbra.

10

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Cierta mañana, justo al amanecer, oí el tableteo de ametralladoras y el

estampido de los cañones. De un salto llegué hasta la ventana. Las

llamaradas entre rojizas y anaranjadas de las baterías instaladas en las

lomas iluminaban el firmamento.

Casi sobre nosotros estallaban los obuses antiaéreos en unos hongos de

humo negro, y entre ellos se paseaba lentamente un avión bombardero

B-26, con su fuselaje plateado brillando al sol mañanero. El avión se

lanzó en picada sobre una fragata frente a las costas, disparando cohetes.

La popa de la nave saltó del agua, envuelta en un torbellino de humo

negro.

Era el 17 de abril de 1961. Se iniciaba la invasión de Bahía de Cochinos.

Aquel hecho produjo una excitación extraordinaria entre los presos. De

pronto, sin embargo, camiones militares se desplegaron en

zafarrancho de combate alrededor de las circulares y las tropas

empezaron a disparar hacia las ventanas. Era evidente que no se nos iba

a permitir observar. Pero al atardecer conocimos las primeras

informaciones a través de la radio clandestina. Se combatía en la ciénaga

de Zapata, en Bahía de Cochinos.

Los informes de la radio de Miami eran alentadores. Decían que las

fuerzas invasoras, arrollándolo todo a su paso, se acercaban triunfantes

a La Habana. Nuestra euforia ya no tuvo diques. Algunos gritábamos a

todo pecho, saltábamos y abrazábamos a los amigos.

Los informes eran falsos, por supuesto. La invasión había fracasado.

Supimos después que la respuesta de Castro fue dura. Cerca de 500,000

personas fueron detenidas en todo el país: sacerdotes, obreros,

ancianos y mujeres, militares y estudiantes. A medida que se llenaban las

cárceles hacinaron a cientos de personas en el patio y en la fosa de La

Cabaña. Metieron los cadáveres de muchas víctimas en bolsas de

plástico y los enterraron en fosas comunes.

Envalentonados por el fracaso de la invasión, los mandos de las

prisiones se volcaron sobre nosotros; la represión —tanto física

como psicológica— se hizo más violenta y sistemática. Los guardias

habían colocado dinamita en los cimientos de las circulares y

11

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

amenazaban con hacernos volar si se producía otro intento de

invasión. Algunos pobres sintieron tal terror que enloquecieron y se

lanzaron al patio desde el sexto piso. Las condiciones también se

hicieron más severas. La privación de alimentos se acentuó. Las

inmundicias, cucarachas y ratones empezaron a aparecer en los

alimentos.

Luego del fracaso de Bahía de Cochinos, Boitel, Ulises Yebra y yo

analizamos la situación y concluimos que, por muchos y largos años, la

revolución permanecería en el poder. Ante esa perspectiva solamente

había una cosa que hacer: tratar de escapar.

Contacto en septiembre

HICIMOS planes. Yo me encargué de levantar un mapa con los caminos,

elevaciones y postas de los alrededores. Con un pequeño catalejo

fabricado con cristales introducidos clandestinamente observaba de

cerca el terreno circundante, la rutina de los guardias y todo el

movimiento de la guarnición.

Boitel inició una operación de inteligencia: conseguir información vital

de otros presos. Yebra se encargó de los uniformes. Nuestros

pantalones color caqui, que ya habían perdido las letras P tras las

constantes lavadas, podrían teñirse de verde olivo. Los cintos militares

los daban como parte del uniforme de preso. Las botas las teníamos ya.

En cambio, hacían falta camisas y boinas, hojas de segueta para cortar los

barrotes, instrumental de primeros auxilios, cuchillas, y muchísimas

cosas más.

Con nosotros iría un cuarto hombre, Benjamín Brito, que sería el guía.

Brito era marinero y conocía las ciénagas de la isla, ya que se había

dedicado a la caza de caimanes por aquella zona.

Mientras hacíamos los preparativos, la Dirección General de Cárceles y

Prisiones decidió concedernos dos visitas al año, una en el mes de

junio y la otra en septiembre. Esa decisión convirtió a nuestros planes

en una verdadera posibilidad. Cuando los visitantes llegaron en junio,

hubo escenas dolorosas, dramáticas: las mujeres se abrazaban

12

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

llorando a los presos, los niños igual, pues habían viajado tal vez

cientos de kilómetros para verlos.

Cuando partieron los familiares, la mayoría de los presos parecían

estar cabizbajos, pero Boitel, Yebra y yo nos sentíamos eufóricos, pues

habíamos logrado pasar tres notas minúsculas, iguales las tres, en las

que solicitábamos provisiones y una embarcación que nos recogiera en

la costa. El lugar y la hora exactos se confirmarían durante la visita de

septiembre.

En agosto llegó un colchón para Boitel que enviaba su novia. Los

guardias lo habían cortado de arriba abajo para hurgar en el relleno de

guata en busca de algún objeto o carta que pudiera traer escondidos. Lo

revisaron con cuidado, pero dentro de los gruesos rebordes iban cuatro

camisas de miliciano, las boinas y las seguetas.

Iniciamos un entrenamiento de marcha para adquirir resistencia.

Todos los días recorríamos la circunferencia de la circular decenas de

veces. También necesitábamos adquirir el color moreno que tenían los

milicianos. Cazando el sol por las ventanas de las celdas fuimos

tostándonos un poco.

EL 5 de septiembre, el día de la segunda visita, amaneció gris y lluvioso.

Todos pensábamos con preocupación en nuestros familiares, que

habían llegado en ferry el día anterior y habían pasado la noche sin

lugares donde cobijarse.

La salida fue como la de la visita anterior. Llamaron por números,

revisaron la ropa y nos concentraron en el corral de visitantes. La

mayor parte de los familiares estaba dentro del corral, pero los míos y

los de otros prisioneros no aparecían. Los habían obligado a bajar del

barco para trasportar un contingente de milicianos castristas.

Deambulaba yo por el corral, preocupado y triste, cuando Benito López,

hombre de negocios a quien habían detenido por hablar en contra del

comunismo, me llamó para presentarme a su hija, Martha. Frente a mis

ojos estaba una linda jovencita quinceañera, alta, elegante y de finos

13

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

modales, con una cara infantil y dulce. En sus ojos se reflejaba una

firme voluntad, mezcla de ternura y valor. Empecé a platicar con ella.

La visita era la más numerosa en la historia de la prisión, y cerca de 6000

personas se encontraban allí cuando comenzó a llover con tremendo

ímpetu. En unos minutos todos estábamos empapados hasta los huesos.

Luego de mil solicitudes y gestiones se nos permitió trasladarnos al

comedor. Martha y yo nos sentamos uno frente al otro en una estrecha

mesa. Ella estaba con los cabellos chorreantes, vestía un sencillo traje

claro que, mojado, se le pegaba al cuerpo. Yo la encontraba

radiantemente bella. Ella tenía 14 años y yo 24. Iniciamos una charla

sobre temas generales, yo buscando información acerca de sus

actividades, dedicaciones. Cruzó los brazos sobre la mesa y reclinó en

ellos la cabeza. El cansancio del viaje y las 48 horas sin dormir hicieron el

resto; se quedó dormida mientras su admirador le hablaba. Me quedé

contemplándola y sentí una gran ternura; una ternura que nunca

había experimentado.

Cuando Martha despertó se sintió apenada y me pidió disculpas. Reímos

juntos. Luego terminó la visita. Decenas de guardias comenzaron a

separar a los presos de sus familiares. Empujaban a las ancianas con el

fusil atravesado. Al ver aquello, un rugido de indignación se levantó de

nosotros. Pero teníamos un cordón de bayonetas apuntándonos al

pecho.

Mientras, Boitel había hecho contacto con el hombre que hacía los

arreglos para que nos recogiera el barco. Ya se habían establecido los

pormenores del encuentro.

La fuga

21 DE octubre de 1961. Se iniciaron los preparativos luego de terminado

el recuento de la tarde. Con el tirapiedras se rompió el foco frente a la

celda. Sacamos la soga que fabricamos destejiendo los hilos de los sacos

de yute y atamos un extremo. Nos pusimos los uniformes de guardias y

nos frotamos el cuerpo con petróleo para desorientar a los perros.

Luego terminamos de cortar los barrotes que habíamos estado

serrando desde hacía varias semanas, y los quitamos. Cuando nuestro

vigía dio la señal de que todo estaba bien, arrojamos la soga por la

14

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

ventana y Brito se deslizó por ella con rapidez; detrás, Yebra, seguido

por Boitel. La soga se le destrenzó a Boitel, lo que le obligó a dejarse caer,

y se golpeó fuertemente, produciéndose una fractura en el talón del

pie. Cuando yo salté, me quedé con unas hilachas en las manos. Caí

sobre un montón de escombros y sentí un dolor terrible en el pie

derecho. Haciendo caso omiso del dolor, me incorporé, me encomendé a

Dios y eché a caminar.

Avanzamos por el patio de la prisión y a lo largo de una trinchera que

partía del cuartel de la guardia. Tropecé con algo duro y el pie me dolió

casi hasta el grito. Pero entonces salimos de la prisión y fuimos

avanzando por un seto de arbustos que nos ocultaba. Al final nos

volvimos para echar un vistazo a las moles imponentes de las circulares.

La nuestra estaba iluminada por las bombillas de la torre central.

Ningún preso había podido ver las circulares desde aquella perspectiva.

Nos adentramos en el monte, y arribamos a un desnivel muy abrupto del

terreno. El tobillo me dolía terriblemente. Nos detuvimos el tiempo

necesario para cortar la bota que me oprimía casi hasta la puntera. Esto

me alivió un poco y continuamos la marcha hasta llegar a un terreno

llano; la luna derramaba su blanquecina luz sobre el terreno

amarillento. Brito dijo que debíamos atravesar corriendo aquel tramo.

Como yo no podía correr, Brito me cargó sobre sus espaldas con una

agilidad y una fuerza increíbles.

Durante la noche, con Brito a la vanguardia, de explorador, nos

dirigimos hacia la costa.

La vegetación comenzó a cambiar poco a poco, y aparecieron los

mosquitos, en nubes, agresivos. Nos acercábamos a las ciénagas del río

Júcaro, a la desembocadura del mismo. Pronto nos encontramos en una

vegetación compuesta de altas hierbas y palmas, conforme

avanzábamos paralelamente al río. Yo había perdido uno de los

guantes, y no podía sacar la mano del bolsillo, porque los mosquitos

ya me la tenían acribillada. Por fin se detuvo Brito. Estábamos

exactamente frente al punto de la cita. Habíamos llegado 30 minutos

antes de tiempo. A la 1 de la madrugada estaría allí nuestra

15

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

embarcación, y al amanecer, cuando el recuento matutino delatara

nuestra ausencia, nos encontraríamos en alta mar y proa a. Gran Caimán.

Dio la una, pero nuestro barco no llegaba. La una y media. 2. A las 3

de la madrugada el desaliento comenzó a dominar nuestros ánimos. ¿Qué

podía haber ocurrido? Los que debían venir a recogernos sabían a lo

que nos exponíamos si éramos capturados. La muerte, casi seguro. Si

algo fallaba, habían dicho que vendrían a la mañana siguiente. Así que, al

amanecer, nos retiramos de la costa y nos escondimos en la ciénaga,

alentados por la idea de que, pasara lo que pasara, habíamos destruido

el mito de que nadie podía escapar de la prisión.

Después supimos que se había dado el estado de alerta en toda la isla.

Miles de milicianos y tropas regulares salieron en nuestra persecución.

Nos suponían armados, y por esta razón, siempre que llegaban a un

bosquecillo donde pensaban que pudiéramos estar ocultos, la tropa se

echaba a tierra, emplazaba las ametralladoras B-Z checas y abría fuego.

Esas eran las ráfagas que escuchábamos.

Ya casi de tarde, avistamos militares que se acercaban al punto donde

nos encontrábamos. Los guardias comenzaron a disparar y nos fuimos

desplazando hacia la derecha del cerco. Ya estábamos salvados. Los

guardias ya no buscarían más allí, y los superiores darían por rastreada

la zona.

Esa noche nos encontrábamos nuevamente en el punto acordado. El

cielo se veía despejado y las estrellas lucían radiantes. La pierna me

dolía terriblemente, y a Boitel también le molestaba el talón. Pero Dios

nos había proporcionado la entereza que se requería para llevar a cabo

la fuga. Estábamos vivos y llenos de optimismo.

Nuevamente el barco no apareció. Después supimos que la gente del

barco sencillamente no creía que podíamos escapar de la prisión;

pensaban que se trataba de fantasías de presos. Así que, cuando

amaneció, no pudimos hacer otra cosa sino volver a nuestro escondrijo.

Aquella tarde nos encontraron.

16

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

"¡Jamás saldrán de allí!"

PARA INTERROGARNOS, nos llevaron al despacho del teniente Julio Tarrau,

director de la prisión. Miró fijamente a Boitel, el único del grupo que

conocía. Boitel había sido líder estudiantil en la universidad, en La

Habana; había luchado contra Batista en la clandestinidad y se había

convertido en activo anticomunista con la llegada de Castro al poder.

Castro le tenía un odio especial. Supimos de boca del comandante de la

operación de búsqueda que cuando Castro conoció que Boitel se había

escapado, llamó al teniente Tarrau y le dijo que, si Boitel lograba

evadirse de la isla, Tarrau tendría que cumplir sus 35 años de condena.

Ahora Tarrau nos miraba con furia y odio. "Los cuatro van a pudrirse en

las celdas de castigo", espetó. "¡Jamás saldrán de allí! Se van a

arrepentir de lo que me han hecho".

Sentí que se me helaba la sangre. El director Tarrau no amenazaba por

el gusto de hacerlo.

Nos llevaron al pabellón de castigo, que estaba ubicado cerca del

hospital. Durante el régimen de Batista, a Castro lo habían recluido en

un cuarto en aquel hospital. Le habían permitido visitas diarias, libros

no censurados, sol, tabacos, buenos alimentos en abundancia e incluso

visitas conyugales. Esa no sería nuestra suerte.

Las celdas tenían unos dos metros y cuarto de altura. El techo era una

malla de acero, de huecos grandes. Desde estas mallas al techo del salón

había espacio suficiente para que los guardias pudieran caminar por

encima y mantener así una vigilancia total de los castigados. Las puertas

estaban cubiertas por una plancha de hierro soldada a los barrotes.

Solamente en la parte inferior de la reja quedaba una estrecha franja

que no cubría la plancha: era la aspillera por la que metían el plato con el

rancho.

En un rincón de cada celda un agujero hacía las veces de letrina. Y un

pedazo de tubo doblado encima era la ducha. La celda estaba totalmente

vacía, y la cama era el piso de granito. Los guardias nos ordenaron que

nos quitáramos la ropa, y nos pusieron en celdas distintas, con una

17

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

celda vacía entre cada uno de nosotros. Me quedé sentado en el suelo

frío. La pierna me dolía muchísimo.

No cerraron la reja, y como la bombilla del pasillo daba a espaldas de

los guardias, no me percaté de que iban armados con palos gruesos y

cables eléctricos trenzados. Pero me di cuenta de que a mis compañeros

ya les estaban pegando. Escuché los impactos secos de los golpes en los

cuerpos desnudos y los gritos y ofensas de los guardias. Sentí que el

estómago se me contraía, que me faltaba aire, y una opresión que me

aplastaba el pecho.

"¡Levántate, maricón!", me gritó el guardia al tiempo que bajaba el brazo

armado. Y todo fue como un vértigo repentino. La cabeza me dio vueltas

y vueltas, y caí al suelo. Los golpes me producían la misma sensación que

si me pegaran a la carne un hierro al rojo vivo. De pronto sentí el dolor

más intenso, indescriptible y brutal de mi vida. Uno de los guardias

saltó con todo el peso de su cuerpo sobre mi pierna rota e inflamada.

A la mañana siguiente soldaron las puertas. Nos dijeron que era una

orden personal de Castro, y que nos quedaríamos años en aquellas

celdas. No podía ponerme en pie (la pierna seguía muy inflamada) y

me movía sentado, arrastrándome sobre las nalgas. A mediodía,

aprovechando que había menos frío, me tiré a dormir.

La impresión de frialdad fue lo que me despertó. Estaba bañado de

arriba abajo y sentado en un charco pestilente de orines y excremento.

Un guardia estaba sobre mi cabeza, con un cubo en la mano. Me miraba

con odio.

Me desplacé hasta la letrina para abrir la ducha y bañarme. Estaba

cerrada. Durante más de tres meses permanecieron los grifos

clausurados. En todo ese tiempo no se nos permitió bañarnos ni una sola

vez. Únicamente aquellos baños de orines y excrementos con los que nos

obsequiaban los guardias desde la malla del techo.

Al anochecer, llegaban las cucarachas y se me subían al cuerpo; su andar

cosquilleante me hacía despertar sobresaltado. También había ratas, que

buscaban alimento por la noche. Y los guardias se cercioraban de que

18

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

no durmiéramos más que unas cuantas horas. Desde el techo

introducían unas varas largas por los agujeros de la malla y nos

aguijoneaban. No había forma de escaparse de ellas.

El dolor, el miedo y la falta de sueño me afectaban seriamente. Acudí

entonces a Dios. Le pedía que me permitiera resistir, que me diera la fe

y la fortaleza de espíritu necesarias para soportar aquella situación sin

que enfermara de odio. Y su presencia, que yo sentía, hizo de mi fe un

arma indestructible.

Las semanas sin bañarme hicieron que se me cubriera el cuerpo de una

capa grasosa, oscura, que producía escozor en las axilas, los genitales y la

cabeza. Una erupción de granitos pequeñitos me invadía todo el cuero

cabelludo. Los hongos también comenzaron a aparecer dada la suciedad

de mi cuerpo, que era el ambiente ideal para su proliferación.

Mi gran preocupación era no adquirir una hepatitis. Teníamos que comer

con los dedos, pero como no quería tomar los macarrones o la harina o el

pan con las manos llenas de excrementos, cogía el plato por el fondo,

colocaba el borde entre los labios y con cortas sacudidas iba echándome

su contenido dentro de la boca. Así comía, como lo haría un perro:

metiendo la boca en el plato.

Lo único que me salvaba de convertirme en animal era la invención de

mundos interiores, que yo enriquecía por el extraño procedimiento

de cerrar los ojos e imaginarme luz, aire, soles inextinguibles,

horizontes a los que no podían ponerse alambradas. Me bastaba, en la

oscuridad de aquel rincón inmundo, cerrar los ojos para que el milagro

bíblico de hacerse la luz se repitiera dentro de mí. Allí, en mis

mundos, estaba fuera del alcance de mis carceleros; me sentía libre en

mi universo secreto.

La primera victoria

SEGUÍAMOS desnudos y el invierno se tornaba riguroso. La inflación de la

pierna había cedido mucho, pero los huesos habían soldado mal y tenía

el pie torcido hacia adentro, con una visible deformidad. Las colonias de

hongos continuaban invadiendo mi cuerpo, que estaba cada día más

negruzco y mugriento. Adquirí entonces una infección intestinal. Las

19

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

diarreas eran constantes y me deshidraté. Al fin accedieron a llevarme

al hospital.

Los médicos también eran prisioneros. Tenía la mente ofuscada por la

fiebre, pero recuerdo que, con una tapa de latas de conserva, dividida a

la mitad, me raspé la costra de mugre que tenía sobre el cuerpo. Esta

salía enroscándose como una corteza. Con sueros y antibióticos se

eliminó la infección intestinal.

El doctor Armando Zaldívar se había unido a los rebeldes anticastristas

en las montañas del Escambray. Capturado y condenado a 30 años,

llevaba ya varios meses en la prisión de Isla de Pinos.

Zaldívar consiguió que me hicieran una radiografía del pie. Los huesos

fracturados habían soldado fuera de su sitio, formando un amasijo. Ya

nada podía hacerse allí.

Volvieron a meterme en una celda, solo. Los meses trascurrían lentos; el

encierro iba embotando mis sentidos. Boitel, Yebra, Brito y yo solíamos

hablar a gritos, pero era un esfuerzo agotador. Después de varios meses

en las celdas de castigo, ya débiles, decidimos hacer una huelga de

hambre exigiendo que nos regresaran a las circulares.

Entonces desconocía absolutamente el comportamiento del cuerpo y

de la mente en semejante situación. Pensaba que con cinco o seis días

sin comer era posible morir. Sin embargo, al cuarto día ya la sensación

de estómago estragado había desaparecido. Físicamente me sentía bien,

pero la angustia de morir por hambre me llenaba de miedo.

El que no acudiera ninguna autoridad nos hacía pensar que les

importaba poco que muriéramos. Pero cierto día se detuvo un

sargento frente a mi celda con una noticia alentadora: "¡Valladares, la

circular 4 se alzó! ¡Dicen que los apoyan a ustedes y que mañana se

declaran en huelga, y la circular 2 también”!

Una hora más tarde trajeron al enfermero de la circular, para que nos

viera. Cuando nos dijo que nos regresarían a la circular al día siguiente,

experimenté una de las más grandes alegrías de mi vida. Para que nunca

20

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

más volviéramos a planear una fuga juntos, fuimos dispersados por las

cuatro circulares, uno en cada una. Sin embargo, salir de allí era como

salir del mismísimo infierno.

Apoyado en dos burritos de madera, eché un último vistazo a las

celdas del pabellón de castigo. Allí había sufrido durante siete terribles

meses, pero me llevaba una noción más ajustada de mi capacidad de

resistencia y un descubrimiento singular: el dolor puede ser un

instrumento de lucha.

Y también lo puede ser la solidaridad. Cuando entré en el patio de la

prisión, una atronadora ovación y ¡vivas! retumbaron para recibirme.

Fue tan emocionante verlos aplaudiéndome en forma tan sincera que no

pude evitar, entre abrazos y saludos, que los ojos se me llenaran de

lágrimas.

En los días posteriores a mi regreso me informé de cuanto había

ocurrido durante la ausencia. Había un número sorprendente de libros

de las prensas del mundo libre, que nuestros familiares se las habían

ingeniado para introducir clandestinamente. Algunas cosas pequeñas

también habían mejorado.

Pero la comida empeoraba de día en día. Todos sentíamos debilidad por

la carencia de alimentos. Con el éxito de nuestras huelgas en mente,

decidimos declarar otra huelga de hambre. La mayoría de los presos en

las demás circulares se unieron a nosotros.

La respuesta fue predecible. Ninguna concesión. Ni negociaciones.

En la circular 1 Tony Lamas subió por las vigas del edificio hasta el

punto más alto del techo cónico. A una altura de más de 30 metros, tuvo

que caminar por unas vigas estrechas para alcanzar el lugar donde iban

a converger todas las demás, distribuidas como los rayos de una rueda

de bicicleta. Abajo, el vacío y la muerte. Y estaba en huelga de hambre. El

más ligero mareo significaba caer y destrozarse contra el suelo. Cuando

alcanzó ese punto sacó una bandera cubana hecha por los hombres de

su circular y la colgó para que todos la vieran.

21

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Este hecho tuvo una gran significación entre nosotros. Lo

considerábamos un triunfo, porque la guarnición no pudo nunca quitar

aquella bandera. No hubo entre ellos quien se atreviera a subir hasta

allá. Y allá se quedó nuestra enseña patria, ondeando al aire, como

recordando que entre nosotros estaban los mejores hombres, no entre

ellos.

Después de aquello, las autoridades nos hicieron varias concesiones. Creo

que capitularon porque sencillamente no sabían cómo enfrentar un

movimiento huelguístico de miles. Aquella victoria nos vivificó.

Pero, si bien habíamos ganado una batalla, la guerra continuó.

Trabajos forzados

CONFORME pasaban los meses y los años, Martha y yo, con mil trabajos,

nos escribíamos en secreto. Usábamos una tinta invisible que se podía

confeccionar muy fácilmente con agua y almidón de yuca. Cuando no

podía obtener el almidón de yuca, utilizaba los orines. Como estaba

permitida la entrada de libretas escolares, Martha escribía en ellas con

la tinta invisible y las enviaba a la prisión. Cuando yo recibía esas

libretas, parecían nuevas a las autoridades. Para revelar la escritura,

usaba yo una solución de agua y tintura de yodo.

Luego, en 1964, pude ver a Martha durante una visita que hizo a su

padre, Benito. Más de tres años había trascurrido desde que nos

viéramos por primera vez. La adolescente se había convertido en una

hermosa muchacha. Cuando llegó, nos miramos a los ojos sin pronunciar

una palabra. Las palabras no eran necesarias. Ella se ruborizó. Nos

tomamos de la mano y todo desapareció a nuestro alrededor. Éramos

como la primera pareja de enamorados bajo un cielo abierto y azul. En

ese mundo viviríamos para siempre, dejando atrás el terror y la

angustia.

Pero en el verdadero mundo, la angustia siempre estaba presente.

En agosto de 1964 se inició la formación de las primeras cuadrillas de

trabajo forzado en los edificios que albergaban entonces a presos

políticos plantados, esto es, aquellos que no aceptaban el Plan de

22

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Rehabilitación. El Partido Comunista comprendía que las golpizas no

eran el único medio para vengarse de los opositores del régimen.

La rehabilitación política lograría el aniquilamiento interno del preso, la

destrucción de sus principios.

Ofrecían privilegios y prebendas a quienes renunciaran a sus creencias,

adoptaran el marxismo y juraran lealtad a Castro. Mejorarían sus

habitaciones y su alimentación. Recibirían atención médica. Terminarían

el hostigamiento y la persecución de sus familias. La Revolución era

"bondadosa" y "generosa"; quizá hasta volvieran a sus hogares con su

familia.

Cada uno de los que aceptaron el Plan de Rehabilitación Política tenía

una muy especial circunstancia, y por eso no entré jamás a juzgar esa

decisión. No todos los hombres están obligados a resistir

indefinidamente, ni a sufrir el martirio que a veces resulta de tal

resistencia.

El 9 de agosto aquellos de nosotros que no se unían al programa

recibimos una lección más de terror. La guarnición irrumpió en el

edificio 6, que entonces albergaba a plantados, y empezaron a golpear a

diestra y siniestra. A los cinco minutos los heridos y contusos sumaban

decenas.

El teniente Porfirio García, jefe de Orden Interior, dirigía la requisa

personalmente, bayoneta en mano. Se la hundió a Ernesto Díaz Madruga,

en la ingle, reventándole la vejiga. Luego, cuando iba cayendo, uno de los

secuaces de Porfirio lo remató. Luego lo agarraron por los tobillos y lo

arrastraron escaleras abajo. De la boca le salían buches de sangre

negruzca. Ya era cadáver. El asesinato de Ernesto tuvo por objetivo

hacernos comprender que nuestras vidas no tenían valor alguno para

ellos.

Después empezó el programa de trabajos forzados. Uno de los oficiales de

la guarnición, un tal capitán Morejón, dijo que al que resistiera un solo

año el Plan de Trabajos Forzados y no pidiera la rehabilitación política

de rodillas, él le iba a dar una medalla de oro.

23

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Y así fuimos a trabajar en las ciénagas infestadas de mosquitos o en la

cantera. Después del tercer día mi cuadrilla trabajó sólo en la cantera.

No teníamos ni botas, ni espejuelos. Las esquirlas de roca traspasaban el

pantalón como verdaderos proyectiles y se incrustaban en las piernas. El

brillo enceguecedor del sol en las piedras nos fue comiendo la vista.

"Manzanillos", uno de los capataces y un guardia a quien apodaban

"Perro Prieto" comenzaron a golpearnos por sistema. Todos los días, en

cada circular, dejaban decenas de heridos y lisiados.

Hubo una tensión enorme cuando empezaron las palizas. Sentía yo un

nudo en el estómago, como si lo tuviera lleno de concreto. Era el miedo

puro. Traté de controlarlo. Muchos no podían hacerlo, e inventaban

formas terribles de evitar el trabajo forzado y las golpizas. Algunos se

fracturaban los brazos o las piernas. Otros se hinchaban como

monstruos frotándose plantas urticantes. Un hombre se clavó un pico en

el pie. Otro incluso se amputó el pulgar para poder quedarse en la

circular.

Con todo, el capitán Morejón perdió simbólicamente su apuesta. Ante la

agresión de un enemigo común que nos torturaba y nos asesinaba, se

produjo identificación total. Cada vez que golpeaban o asesinaban en los

campos a uno de nosotros, era un hermano al que mataban y nos dolían

el alma y la sangre. La angustia y el horror fueron uniéndonos más y

más.

El uniforme azul

EN MAYO de 1966, Boitel y yo, junto con otros 150 plantados

recalcitrantes, fuimos sacados de las circulares y llevados a un muelle.

Las especulaciones acerca de nuestro traslado dieron un vuelco hacia el

optimismo: creíamos que se nos iba a canjear, como había sucedido con

algunos de los presos de bahía de Cochinos. Nos pusieron a bordo de un

ferry y, después de un viaje de 12 horas, llegamos a Batamanó ya

amaneciendo el día 29 de mayo.

Cuando unos autobuses nos llevaron a La Habana, y luego tomaron por la

Vía Monumental, rumbo a la prisión de La Cabaña, las acciones del

canje comenzaron a bajar. A pie cruzamos el foso donde se alzaba el poste

24

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

carcomido con la pared de sacos al fondo. El "Matadero de Castro ",

como lo llama el pueblo. El fatídico paredón.

Nos destinaron a la galera 7, la última, la más pequeña, la más lóbrega,

Después nos llevaron al “comedor” y nos dieron tres cucharadas de arroz,

un hueso de pollo sin carne y un pedazo de pan. Comprendí que

intentaban manipularnos a base de hambre. Y vendrían más medidas

semejantes.

En marzo de 1967 nos llegó la noticia del desmantelamiento de la prisión

de Isla de Pinos. Los prisioneros eran diseminados a todo lo largo del país,

en campos de concentración. Al llegar a sus lugares de destino les

entregaban un nuevo uniforme, de color azul, el mismo que usaban los

presos por delitos comunes y los rehabilitados. Los que se negaban a

ponérselo eran torturados. Los guardias los encapuchaban y los hundían

en pozos; los quemaban con tabacos encendidos, les golpeaban la cabeza

contra la pared hasta que caían al suelo sin conocimiento. Luego los

vestían con el uniforme azul y los amarraban con sogas. A los dos días, sin

darles agua ni alimentos, los desataban, y si el preso se quitaba el

uniforme, volvían a propinarle otra paliza. El Gobierno pretendía hacer

desaparecer la categoría de "preso político" y adscribirnos a la de

delincuentes.

En La Cabaña el cambio de uniforme se efectuó sin apelar a la violencia. Los

que no aceptamos el uniforme fuimos despojados de todas nuestras

pertenencias, con la excepción de la ropa interior. Luego las autoridades

iniciaron una verdadera ofensiva de ofrecimientos para que nos

volviéramos a vestir: reducción de sentencia, pases de 48 horas que nos

permitieran ir a casa.

Mientras ráfagas de viento helado barrían las galeras, las autoridades

aguardaban, confiadas en que terminaríamos por ceder.

Con un amigo del plan de rehabilitación que trabajaba en el botiquín,

conseguí un rollo de papel higiénico que me enrollé alrededor del cuerpo,

como si fueran las vendas de una momia. Es increíble el grato bienestar

que ese papel me producía. Era como si me hubiera vestido con un

pantalón de lana. Pero luego me lo quitaron.

25

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

En febrero de 1968 trasportaron a unos 50 de nosotros a la cárcel de

Boniato, en la provincia de Oriente, a 900 km de distancia. Hicimos todo

el viaje, desnudos.

Cerca de Boniato, en San Ramón, estaban situadas las horribles celdas

"gavetas", llamadas así por su forma larga y estrecha. Medían apenas 1.5

metros de largo y 60 cm de ancho. Había que permanecer acostados, casi

sin moverse. Antes de nuestra llegada un grupo de presos había

permanecido en las gavetas durante seis meses. Uno quedó inválido; otro

enloqueció; pero los demás se resistieron a ponerse el uniforme azul. Si lo

hubieran aceptado, las autoridades nos habrían dado idéntico tratamiento

a nosotros. Lo verdaderamente heroico de quienes fueron víctimas de

aquel experimento fue la comprensión de que de su actitud dependía que

los demás reclusos pasaran por las gavetas o no.

Sin embargo, las autoridades no cejaban en su empeño. Cuando

llevábamos algunos días en Boniato, un oficial de la Policía Política se

dirigió a nosotros:

—Hay una disposición del Ministerio del Interior que dice que tienen que

usar el uniforme azul.

Nuestro portavoz, un hombre llamado Perdomo, contestó:

—Teniente, no somos delincuentes, ni estamos tampoco en los planes de

rehabilitación. Los convenios internacionales sobre trato a los prisioneros

de los que el gobierno cubano es signatario, dicen que a los presos

políticos no se les puede obligar al uso de uniformes.

—En los países socialistas no hay presos políticos —repuso el oficial—.

Así que, o se visten, o todo el rigor de la Revolución caerá sobre ustedes.

—Ninguno va a vestirse, teniente —respondió Perdomo.

A la media hora, varios pelotones armados de machetes, cadenas, barras

de hierro y bayonetas se formaron afuera de nuestras celdas. Se dio la

alarma entre nosotros. Tuvimos una asamblea relámpago y decidimos no

dejarnos golpear impunemente. Nos armamos con los palos usados para

fregar los suelos, zapatos, escobas y los destupidores ("destapadores") de

excusados.

26

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Y comenzó la batalla. Los guardias atacaron con cadenas y palos. Como la

reja tenía sólo poco más de un metro de ancho, nos era posible cubrirla

para impedir que pasaran. Perdomo y otros presos, esgrimiendo los palos

de trapear, se batían con los guardias, que, acostumbrados a golpes sin

respuesta, no comprendían aquella reacción nuestra.

Por fin los guardias se retiraron. Organizamos una posta rotativa para

vigilar toda la noche, pero apenas dormimos del sobresalto, pensando

que aparecerían en cualquier instante con gases lacrimógenos. Pero

amaneció sin ningún incidente.

YA PARA agosto de 1968 el gobierno de Castro estaba convencido de

que nuestra posición se había consolidado. Nos enviaron de regreso

a La Cabaña. Al principio mejoraron las condiciones de vida, pero

pronto empezaron a deteriorarse. Iniciamos una huelga de hambre

por un trato más humano. A los 21 días las autoridades cedieron.

Durante los primeros días nos alimentaron con caldos y puré, e

incluso nos permitieron atención médica. Los casi 13 meses que

siguieron fueron los más tranquilos de toda nuestra estancia en la

prisión. Se nos permitieron visitas, y algunos recibimos autorización

para casarnos. Martha llegó el 17 de septiembre de 1969, y en la oficina

de los militares firmamos los documentos legales y quedamos así

"casados". Aquel acto no tenía para nosotros absolutamente ningún

valor espiritual. Nos sentiríamos y seríamos en verdad esposos

cuando nos uniéramos ante Dios.

Celdas tapiadas

EL 11 de febrero de 1970 nos trasladaron nuevamente a la prisión de

Boniato. Como seguíamos negándonos a usar el uniforme azul, se

reanudó el terror. Ese día se inició un plan de experimentación biológica

y psíquica tan brutal como cualquiera que haya conocido el mundo.

Al amanecer del día siguiente la guarnición inundó el pasillo. Llegaron

con hierros enfundados en pedazos de mangueras para que no

desgarraran la piel, palos, gruesos cables eléctricos trenzados, cadenas

enrolladas en las manos y bayonetas. Uno a uno, golpearon a todos

los presos. Me dieron la peor golpiza de mi vida. Sin embargo, lo que

más me afectaba era esperar a que llegaran a mi celda. Envidié mil

27

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

veces no estar en la primera celda: así entrarían, me golpearían y

saldría de una vez de aquella tortura de esperar. Sentir que se iban

acercando a mí, celda por celda, me destrozaba los nervios.

Llegaban por la mañana y por la tarde. Su meta era obligarnos, por medio

del terror y de la tortura, a aceptar el Programa de Rehabilitación Política,

a abrazar el marxismo castrista. Nos llevaban al borde de la muerte y

nos mantenían allí, sin permitirnos cruzar la línea.

Algunos hombres que se habían enfrentado a la dictadura castrista en

combates a tiro limpio en las montañas, que hicieron derroche de valor y

heroísmo, no podían enfrentarse al terror. Se ponían el uniforme azul, y

esas deserciones nos dolían. Pero en cierto modo consolidaron la

posición de los intransigentes. A medida que huían nuestras fuerzas,

sentíamos que nuestra fe y nuestra determinación se afirmaban aún más.

Todas las tardes, al anochecer, la voz atronadora del Hermano de la

Fe, como llamábamos a Gerardo predicador protestante, recorría

aquellos pasillos llamando al culto de oración. Para impedir nuestras

prácticas religiosas, los guardias entraban en las celdas y nos golpeaban.

Pero en cuanto salían los guardias, empezábamos a cantar y a orar de

nuevo. Por encima del escándalo la voz del Hermano de la Fe entonaba el

"Gloria, gloria, Aleluya".

El Hermano de la Fe había estado en La Cabaña y en Isla de Pinos. Él

mismo fue su sermón más conmovedor. Siempre nos consolaba, nos

llamaba a participar del culto, lavaba la ropa de los enfermos, y ayudó a

muchos a enfrentar la muerte con valor y serenidad. Por, sobre todo, nos

enseñó a no odiar; todos sus sermones llevaban ese mensaje.

Cuando los guardias lo golpeaban, los ojos del Hermano de la Fe

fulguraban, los brazos abiertos al cielo azul parecían pedir perdón

para sus verdugos, y le oíamos gritar: "¡Perdónalos, Señor, que no saben

lo que hacen!" Lograba trasmitirnos su fe en las circunstancias más

desesperadas, incluso cuando lo asesinaron en Boniato, en 1975;

todavía pronunciaba palabras de perdón para sus verdugos cuando las

balas de ametralladora atravesaron su pecho.

28

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

En Boniato nos trasfirieron a unas celdas "renovadas", las tapiadas, y nos

encerraron allí. Las celdas tenían unos 3.9 metros de largo por 1.75 de

ancho. No había nada de luz, salvo la que entraba por unos agujeros en

la plancha de hierro que tapiaba la ventana. Por las mañanas el sol

calentaba la plancha hasta no poder tocarla, y la celda se convertía

entonces en un horno. Sudaba yo a chorros, de forma agotadora. Todo

aquel infierno minaba poco á poco el equilibrio de nuestras mentes.

Precisamente ese era el objetivo de nuestros carceleros. Durante varias

semanas agregaban a los alimentos una cantidad excesiva de sal; luego

la suprimieron totalmente. Con estas prácticas se alteraba el

metabolismo de los reclusos. Aquellos que padecían trastornos renales

y de la tensión arterial se agravaban.

La ausencia de proteínas hizo que se presentaran los llamados edemas

nutricionales. Se hinchaban primero los tobillos y las piernas, luego los

muslos, los testículos, el abdomen, los pulmones y la cara. También

brotaron los hongos, ya que la oscuridad y la humedad eran ideales

para su proliferación.

Varios médicos y psicólogos ejercían una vigilancia estricta sobre

nosotros. Les interesaba más el deterioro mental que el físico. Había

interés en saber cómo y cuánto se habían dañado las mentes. De hecho,

algunos hombres habían enloquecido por completo.

Por esa época la memoria me fallaba y sufría de una enorme confusión

mental. Me alarmaba del menor ruido y esto me producía una

taquicardia muy fuerte. Comenzaron a darme ataques de asma.

Intentaba mantenerme sereno y respiraba con lentitud, pero aun así

era horrible la sensación. Escuchaba yo los estertores de otros presos

que se asfixiaban buscando desesperadamente una bocanada de aire que

no podía entrar por los bronquios obstruidos.

Un día de abril de 1972 nos permitieron salir al patio. Los amigos se

abrazaban, llorando de emoción. Teníamos los ojos hundidos en el fondo

de las cuencas; la piel pegada a los huesos. Yo miraba a mis amigos con

una lástima casi hasta las lágrimas, y de pronto me di cuenta de que

ellos me miraban de igual forma. Todos parecíamos ancianos de 80

años.

29

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Aún recuerdo ese día como si fuera ayer. El cielo estaba azul, y el sol

tibio. Todo me daba vueltas. Martín Pérez, que caminaba a unos pasos

de mí, se llevó la mano a los ojos y se desplomó suavemente sobre la

hierba, perdiendo el conocimiento; luego otros fueron cayendo. Tuvieron

que acudir militares para ayudar al regreso.

Ese mes de abril, un grupo de 50 fuimos llamados. Afuera esperaban ya

los carros-jaula. Una vez más nos llevaron a La Habana, donde Fidel

Castro seguía negando la existencia en Cuba de campos de concentración,

de prisioneros políticos y de torturas. "Desde mi silla de ruedas" DE

NUEVO en La Cabaña, supimos que Pedro Luis Boitel, mi amigo y

compañero de fuga de Isla de Pinos, agonizaba en la prisión del Castillo

del Príncipe como consecuencia de una huelga de hambre que

mantenía en protesta por el trato inhumano que recibía. Las autoridades

no hacían nada para ayudarlo. Por fin lo visitó en su celda el teniente

Valdés, jefe de la Policía Política en aquella cárcel. Los amigos de Boitel le

pidieron que le consiguieran asistencia médica.

—Informaré al Ministerio, y que la superioridad decida —contestó

Valdés.

Pasaron las horas y a Boitel no iban a darle cuidados médicos. Murió el

24 de mayo de 1972, temprano por la mañana, después de 53 días de

huelga de hambre.

Unas semanas después, un grupo de oficiales se reunieron en la casa de

un oficial del Ministerio del Interior, en las afueras de la capital. Los

hombres iban a cazar patos, mientras preparaban, las escopetas el jefe

de Cárceles y Prisiones, Medardo Lemus, comentó que Fidel Castro había

dado la orden de que "liquidaran a Boitel para que no jodiera más".

El Gobierno empezó a aplicar una nueva política. Luego de usar durante

años cuanta tortura, violencia física y psíquica pudiera existir,

comprendieron que no funcionaba. Así que nos cerraron la puerta para

siempre, agregando años a nuestras sentencias. A menos que el reo fuera

a un "frente de trabajo" y se pusiera el uniforme azul, jamás sería

puesto en libertad.

30

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Cuando Martha y yo nos casamos, habíamos hablado de lo útil que

sería su trabajo en el extranjero en favor de mi liberación. Decenas

de miles de personas habían marchado a Estados Unidos en los

llamados Vuelos de la Libertad, en 1965. Desde entonces ella hubiera

podido irse. No había querido hacerlo, a pesar de las amenazas a su

propia libertad. Pero era vital que el mundo conociera la verdad acerca

de las celdas tapiadas, de Boitel y de otras atrocidades. Por fin partió

con su padre, tras su liberación en abril de 1972.

Ahora podía establecer un correo clandestino con Martha. Por razones

de seguridad (los presos en Cuba aún usan las mismas técnicas) no puedo

revelar los detalles acerca de las personas que me ayudaron y los

métodos que empleamos para introducir y sacar información. Pero,

en pedacitos de papel que entraban clandestinamente yo le escribía a

Martha varias veces a la semana. No todas las cartas lograban salir, pero

muchas sí. Planeábamos hacer una campaña de opinión pública que

obligara a Castro a ponerme en libertad.

No era una tarea fácil. En aquella época, la mayoría de la gente en el

exterior tenía una visión distorsionada de la realidad cubana. La prensa

mundial, en gran parte, no había informado lo que ocurría

verdaderamente en la Cuba de Fidel Castro, y los gobiernos de muchos

países capitalistas le ofrecían apoyo diplomático, algunos, incluso

generosa ayuda financiera.

Crear un estado de opinión pública lo suficientemente fuerte como para

que se hiciera algo concreto en favor de nuestra libertad no sería nada

fácil. Pero confiaba en Martha, y en que Dios nos ayudaría. Mis

denuncias eran peligrosas; podían incluso matarme. Pero tenía que

correr ese riesgo.

En el mes de junio de 1974 el coronel Lemus entró al patio y dijo que

no nos darían de comer a menos que aceptáramos las condiciones

políticas. Nos negamos. A las dos semanas de aquel ayuno

obligatorio ya no podía caminar. Me fallaba el cuerpo maltratado,

pero se agigantaba mi espíritu de rebeldía. Sabía que podía morir,

pero no me asustaba aquella posibilidad. Para mis creencias, no

significaba el fin, sino el comienzo de la verdadera vida.

31

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

El 12 de agosto de 1974, a los 46 días de iniciada la negación de

alimentos, dieron por terminada la medida. Y comenzó la lucha, que

duraría varios años, por la asistencia médica. No teníamos sillas de

ruedas, así que nos arrastrábamos sobre unos cajones de madera. Me

habían dicho que padecía yo de polineuritis, enfermedad del sistema

nervioso, causada por el ayuno obligatorio, que puede afectar los

reflejos y la locomoción. Así que traté de darme yo misma terapia física.

Acostado en mi litera, usaba las manos para mover todas las

articulaciones de mis piernas, para evitar que se atrofiaran por

completo.

Para entonces nos entregaban la correspondencia cada dos o tres

meses. Cierto día, un nuevo cartero militar se apareció con un

paquete de tarjetas postales, y todas eran para mí. Las había visto en

la dirección, y supuso que debía yo recibirlas. Eran de miembros de

Amnistía Internacional. Fue así como supe que había personas en

todo el mundo que conocían ya nuestra situación. La noticia nos causó

júbilo.

Varios días después, dije a las autoridades que, si no nos daban sillas

de ruedas, las pediría a mis amigos de Amnistía Internacional. Pocos

días después nos las entregaron a los seis que estábamos inválidos.

Aquel vivir en una silla de ruedas dio una nueva perspectiva a mi vida.

Empecé a describir en versos mis impresiones y mis estados de

ánimo. Y me empeñé en que aquellos poemas llegaran al extranjero.

Escribí 21 copias. Una llegó a manos de Martha.

Desde mi silla de ruedas, publicado y traducido a varios idiomas, fue el

libro que me dio a conocer en muchos países del mundo y contribuyó a

que la pared de silencio e indiferencia que existía con relación a los

presos políticos comenzara a agrietarse. Olvidados de casi todos, los

únicos en el mundo Occidental que por tantos años de torturas habían

sido probados en su fe a la democracia, en su amor a Dios, a la libertad y

a la justicia, su situación por fin se conoció. Fue así como mi poesía se

convirtió en un arma de combate.

32

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

"Prisionero de Castro, prisionero de conciencia"

EN ENERO de 1977 el gobierno cubano estrenó una gran prisión, el

Combinado del Este, capaz de albergar hasta 13,500 reclusos, y a todos nos

trasfirieron allí. A mí me pusieron en una celda de aislamiento en el

hospital de la prisión. Mi libro, y el interés de políticos e intelectuales en

todo el mundo comenzaban a preocupar a las autoridades cubanas. No

podían ya matarme; empezaba a ser conocido.

Supe interpretar bien la situación, y multipliqué mis denuncias, escribí más

cartas y preparé un nuevo libro de poesías, anécdotas y documentos. Supe

que Amnistía Internacional me había adoptado como "prisionero de

conciencia". La campaña en favor de mi liberación era como una bola de

nieve ladera abajo. Castro juraba y perjuraba que mientras esa campaña

existiera yo no sería liberado, pero en una carta a Martha le dije que no

perdiera la ofensiva.

El general Enyo Leyva, viceministro primero del Interior, fue un día a

verme en el hospital. Me saludó sonriente:

—Yo creo que ese libro tuyo, Valladares, exagera algunas cosas —me dijo.

—No es mi libro, general —le contesté, sonriente también—, es nuestro

libro, porque el argumento lo pusieron ustedes.

—Bueno, vamos a llevarte a un verdadero hospital para que recibas

tratamiento. Ahora no puedes decir que te damos golpes o te torturamos.

¿Por qué no escribes un libro diciendo eso?

—Lo haré, general, en cuanto la Revolución escriba otro relatando cómo

fuimos golpeados, torturados y asesinados en Isla de Pinos y en Boniato.

El general no se inmutó.

—Mira, yo tengo dos años menos que tú y, sin embargo, tú pareces

muchísimo más joven. Así es que no te hemos tratado tan mal.

—En mi aspecto tiene mucho que ver la satisfacción interior del

individuo, general. Seguramente que usted no duerme con la

tranquilidad de conciencia y espiritual con que duermo yo.

El general dejó de sonreír.

A finales de 1979 fui a parar al Hospital Ortopédico de La Habana, donde

cambió el trato completamente. Habilitaron para mí un cubículo con

mesas de fisioterapia y tanque para hidromasajes. Me permitían hablar

33

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

con todos, salir a los jardines y tomar el sol. En aquellas condiciones creí

sinceramente que sería liberado.

En tanto, la sección francesa del P.E.N. Club, asociación internacional de

escritores, me nombró miembro de honor. Otro grupo que desempeñó un

papel importante en mi liberación, Of Human Rights, envió una carta a

Castro, firmada por decenas de representantes norteamericanos,

pidiendo mí libertad.

Venezuela, cuyas relaciones con Cuba estaban tensas, mantenía como una

constante mi libertad. El embajador venezolano en La Habana, César

Rondón Lovera, trató el asunto con Carlos Rafael Rodríguez, uno de los

ministros de Castro.

—¿Por qué no lo ponen en libertad y liquidan esa situación

desagradable? —comentó.

Carlos Rafael Rodríguez movió la cabeza en forma negativa:

—Valladares es un prisionero de Fidel; Fidel es el único que puede tomar

decisiones al respecto.

En marzo de 1980 apareció mi segundo libro, El corazón con que vivo,

que provocó verdadera histeria entre los coroneles de la Policía

Política. Me volvieron a llevar a Combinado del Este, donde me

encerraron en una celda sin ventanas.

Semanas después se me comunicó que un tribunal militar me había

celebrado juicio y condenado en ausencia por mis escritos y poesías.

Nuevamente tenía que permanecer en las celdas de castigo por tiempo

indefinido.

Me quitaron lápiz y papel, pero yo había logrado esconder una cuchilla

de afeitar y una hojita de las usadas para recetas médicas. Corté una

astilla de la tabla que me servía de asiento en la silla de ruedas, luego la

afilé, y dándome un corte en uno de los dedos, fui exprimiendo gota a

gota lo que sería la tinta. Escribí así; con mi propia sangre, una

poesía:

Me lo han quitado todo

34

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

—bueno, casi todo—

porque me queda la sonrisa

el orgullo de sentirme hombre libre

y en el alma un jardín

eternamente florecido.

"Perdónalos, Señor"

EN EL OTOÑO de 1981 me trasladaron de nuevo al hospital y me metieron

en una celda de unos cuatro metros cuadrados. La habían pintado toda

de blanco brillante, y en el techo había diez grandes tubos de neón.

Pasaría allí más de un año; y en torturas psíquicas, los peores meses

del presidio.

La reja de entrada daba a un pasillo cuyas ventanas habían sido selladas

con planchas de madera, impidiendo de esa manera que yo pudiera ver

siquiera la claridad del día. Cuando abrí el grifo para tomar agua, no salió

ni una gota. El calor era insoportable, porque además de que la pared del

fondo era calentada por el sol tropical, exactamente debajo estaba la

cocina del hospital. No había interruptores de luces, así que era

imposible apagar los diez tubos de neón. La luz era tan fuerte que me

herían las pupilas incluso cuando cerraba los ojos.

El agua me la daban únicamente a las horas de comida. De nada valían

mis peticiones de un recipiente para guardar un poco. En todo momento

tenía sed.

Luego, un día oí que trabajaban en la habitación contigua. Un oficial de

la Policía Política vino a mi puerta. "Ya está lista su sala particular de

fisioterapia" dijo. "Esto es para que usted vea que la Revolución, sin

consideraciones políticas, contempla al hombre como ser humano".

Me reí, y él se volvió y se alejó, furioso.

Al día siguiente, recibí la visita del mayor Guido, de la Policía Política.

"Bueno, Valladares, como ya nadie habla de usted, y su esposa Martha ya

no aparece en los periódicos hemos decidido proseguir el tratamiento de

fisioterapia. Si ha demorado tanto ha sido porque nosotros no cedemos

ante presiones de nadie".

35

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

Yo sabía que su actitud estaba determinada por lo único que hace a los

comunistas conceder algo: las presiones internacionales. Así que las

palabras de Guido fueron las noticias más alegres. Estaba yo convencido

de que me iban a poner en libertad, de que la fisioterapia tenía como

finalidad borrar las huellas de las torturas. Los mismos hombres que me

habían dejado inválido, ahora me curarían.

Mi interpretación de los hechos resultó acertada. Después supe que

Martha había realizado un viaje por países de Europa en busca de apoyo

para mi liberación. Se reunió con Pierre Schori, secretario internacional

del Partido Social Demócrata y actualmente subsecretario de Relaciones

Exteriores de Suecia. Trató de convencerla de que desistiera de su

campaña pública.

—Señora, así nunca lo sacará de la prisión —le dijo.

Martha le respondió que no era inteligente seguir manteniéndome en

prisión.

—Eso daña la imagen de Castro y de su régimen —comentó Martha.

—Señora, en Castro chocan la inteligencia y la soberbia. Y siempre triunfa

la soberbia —terminó diciendo Schori.

Sin embargo, la bola de nieve se volvía incontenible. En Noruega,

Martha se entrevistó con la actriz Liv Ullmann y un grupo de periodistas

e intelectuales. Sensibilizados por lo que Martha les contó, fundaron un

comité para trabajar por mi libertad en Oslo. Ahora Castro tendría

que ceder.

Mi tratamiento continuó conforme iban pasando los meses. Después de

que aprendí a caminar nuevamente, me llevaron a Villa Marista, sede de

la Policía Política. Toda una cohorte de coroneles me condujo a un

despacho lujosísimo, donde esperaba el general jefe de las instalaciones.

—Valladares, lo hemos traído aquí porque vamos a ponerlo en libertad.

¿No le agrada la noticia?

—¿Y por qué van a ponerme en libertad, general? —le dije, sin creerlo

mucho. Había mantenido desde muchos años atrás la conducta de no

ilusionarme con nada que ellos dijeran.

—Porque la Revolución irá dándole solución a casos como el suyo, a

pesar de su rechazo al Plan de Rehabilitación Política.

36

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

No pude dormir esa noche. Temía que fuera una nueva jugada de la

Policía Política. Sin embargo, varios días después llegó el general con

Pierre Charasse, el embajador de Francia. Me dijo que el presidente

Francois Mitterrand había pedido mi liberación a Castro y que este

había accedido.

Comprendí en unos segundos que el juego había cambiado, y pedí al

señor Charasse que trasmitiera mi agradecimiento al presidente de

Francia. Sin embargo, agregué que no podía aceptar a menos que mi

familia también pudiera salir de Cuba.

Dos días después las autoridades trajeron a mi familia. Mi madre y yo

nos abrazamos después de muy largos años sin vernos; mi hermana me

besaba emocionada. Luego Charasse me dijo que en conversaciones entre

Castro y el gobierno francés se decidió incluir a mi familia en la

negociación.

—Martha ha esperado por ti veintidós años —me dijo mi hermana,

abrazándome— Vete, Armando, y que sea lo que Dios quiera.

LLEGÓ la hora de la partida. La comitiva de varios coches enfiló rumbo al

Aeropuerto Internacional José Martí. Un sol rojo, como de sangre, teñía la

tarde de grana y en mi corazón elevé una plegaria por mis compañeros

que quedaban atrás, en la noche interminable de las cárceles políticas

cubanas.

Una mezcla de tristeza y alegría me fue hundiendo en los recuerdos de

22 años en la cárcel: La fuga frustrada; Boitel, que murió por una

huelga de hambre porque Castro quería verlo muerto; los amigos

asesinados en los campos de trabajos forzados; la dinamita, las gavetas,

las celdas tapiadas. Una legión de espectros, desnudos, lisiados, cruzó

por mi mente. Y en medio de esta visión apocalíptica, entre la orgía de

golpes y sangre, surgió un hombre, la figura famélica, esquelética, del

Hermano de la Fe, con el pelo blanco, los ojos azules fulgurantes y el

corazón lleno de amor, levantando los brazos al invisible cielo y pidiendo

clemencia para sus verdugos: "¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que

hacen.!"

37

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

En noviembre de 1982 la madre y la hermana de Armando Valladares

recibieron permiso para salir de Cuba. En diciembre asistieron al

matrimonio, ante Dios, de Armando con Martha López en la iglesia católica

de Saint Rieran, en Miami. Actualmente, Armando Valladares vive en

Madrid con su esposa y dos hijos adoptivos. Como presidente de la Coalición

Europea para los Derechos Humanos en Cuba, dedica sus esfuerzos para

liberar a los miles de presos políticos que aún están cautivos en los gulags de

Fidel Castro.

CONDENSADO DE "CONTRA TODA ESPERANZA. 22 AÑOS EN

EL GULAG DE LAS AMÉRICAS". © 1985

38

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.


EDICIONES CAMALEÓN

LATIGO NEGRO

© EDICIONES CAMALEÓN (CAMALEÓN EDITORES)

abril 2020

Oficina Regional para América Latina y el Caribe Calle 68 96-15,

Barrio Alborada Floresta-Ciudad: Bogotá, D.C., República de Colombia

Apartado Postal:111121

Teléfono: 3174670837

EMAIL:edicionescamaleon@gmail.com

39

SECCIÓN LIBROS EDICIONES CAMALEON BOGOTÁ, D.C.

Hooray! Your file is uploaded and ready to be published.

Saved successfully!

Ooh no, something went wrong!