CONTRA TODA ESPERANZA
Condensado del libro "Memorias de un preso político" del cubano Armando Valladares, burócrata menor en La Habana, tenía 23 años de edad cuando cometió el error de expresar su oposición al comunismo. Por este delito pasó 22 años en el infierno de un gulag cubano, donde sufrió hambre, torturas y amenazas de ser ejecutado como preso político de Fidel Castro. Su libro es una sombría historia de largos años de sufrimiento, pero también un testimonio conmovedor de la fortaleza indomable del espíritu humano y un mensaje de amor, de perdón y de fe: amor por sus compañeros, que recibieron un trato brutal y fueron asesinados en las cárceles de Castro; perdón para los guardias que lo atormentaron cruelmente; y fe en el Dios que lo reconfortó.
Condensado del libro "Memorias de un preso político" del cubano Armando Valladares, burócrata menor en La Habana, tenía 23 años de edad cuando cometió el error de expresar su oposición al comunismo. Por este delito pasó 22 años en el infierno de un gulag cubano, donde sufrió hambre, torturas y amenazas de ser ejecutado como preso político de Fidel Castro.
Su libro es una sombría historia de largos años de sufrimiento, pero también un testimonio conmovedor de la fortaleza indomable del espíritu humano y un mensaje de amor, de perdón y de fe: amor por sus compañeros, que recibieron un trato brutal y fueron asesinados en las cárceles de Castro; perdón para los guardias que lo atormentaron cruelmente; y fe en el Dios que lo reconfortó.
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[CONTRA TODA ESPERANZA]
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Contra toda esperanza
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Memorias de un preso político
Condensado del libro de Armando Valladares
Armando Valladares, burócrata menor en La Habana,
tenía 23 años de edad cuando cometió el error de
expresar su oposición al comunismo. Por este delito pasó
22 años en el infierno de un gulag cubano, donde sufrió
hambre, torturas y amenazas de ser ejecutado como preso
político de Fidel Castro.
Su libro es una sombría historia de largos años de
sufrimiento, pero también un testimonio conmovedor
de la fortaleza indomable del espíritu humano y un
mensaje de amor, de perdón y de fe: amor por sus
compañeros, que recibieron un trato brutal y fueron
asesinados en las cárceles de Castro; perdón para los
guardias que lo atormentaron cruelmente; y fe en el
Dios que lo reconfortó.
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EL FRÍO cañón de la metralleta en la frente me despertó. Abrí los ojos
asustado. Tres hombres armados rodeaban mi cama. El tipo del arma me
dijo que tenía que acompañarlos y que me vistiera.
Iniciaron el registro. Traté de tranquilizar a mi madre y a mi hermana;
les dije que con toda seguridad se trataba de un error, puesto que yo no
había cometido ningún delito.
Yo era entonces funcionario en la Caja Postal de Ahorros, adscrita al
Ministerio de Comunicaciones, en el gobierno revolucionario de Fidel
Castro. Había hablado con frecuencia a favor de la libertad de expresión,
pero, después de todo, había sido uno de los postulados de la revolución
de Castro.
Por fin terminaron el registro minucioso. Habían repasado los libros
hoja por hoja, vaciado los tubos de pasta dentífrica, pero no habían
encontrado nada. Sin embargo, tenía yo que acompañarlos para
responder a unas preguntas de "rutina". Dijeron a mi madre que no se
preocupara, que regresaría en seguida.
Salimos a la calle. Eran las 4 de la madrugada del 29 de diciembre de
1960; hacía frío. Me colocaron las esposas en las muñecas, me subieron
a un Volkswagen gris y me llevaron al barrio Miramar de La Habana,
entonces la sede central de la Policía Política de la Seguridad del Estado,
la Lubianka cubana. Allí me encerraron en un pequeño calabozo.
Aquella tarde me sometieron al primer interrogatorio. Un agente de la
Policía Política me dijo que ellos lo sabían todo, que yo era un enemigo
de la Revolución. Me defendí diciéndoles que no había atacado a la
Revolución como institución.
—Pero has atacado al comunismo —replicaron.
—Sí, es cierto —les dije—, considero que el comunismo es una
dictadura peor que la que acabamos de padecer.
Castro siempre había afirmado categóricamente que no era comunista.
Pero ahora, a medida que nombraba a conocidos comunistas a puestos
clave en el Gobierno, parecía todo lo contrario. Así fue el primer
interrogatorio. Al día siguiente se efectuó el segundo.
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—Usted estudió en una escuela de curas —me dijo un oficial.
— ¿Eso qué importa? Fidel Castro estudió en un colegio de los Padres
Jesuitas.
—Pero Fidel es un revolucionario y usted es un contrarrevolucionario,
aliado a los curas y a los capitalistas, y por eso lo vamos a condenar.
—No hay ninguna prueba contra mí —objeté.
—Nos basta con nuestra convicción. Sabemos que eres un enemigo
potencial de la Revolución. Mira... —y me alargó unos periódicos de la
tarde. En grandes letras, en la primera plana se leía: PAREDÓN PARA
LOS TERRORISTAS. El pueblo pide un escarmiento y.. . —dejó la
amenaza en el aire.
VARIOS días después me llevaron a la fortaleza de La Cabaña, que había
sido construida por los españoles para reforzar la protección del puerto
de La Habana y ahora funcionaba como prisión política. Al entrar pude
ver el patio frente a las galeras, oscuros y húmedos calabozos hechos
originalmente para dar cabida a 30 prisioneros cada uno, y en los cuales
había ahora 350. Me ficharon, me entregaron el uniforme de preso y me
asignaron a la galera número 12.
Dos primos, Ulises y Julio Antonio Yebra, habían sido detenidos la misma
madrugada que yo. Julio Antonio era médico. En el registro efectuado en
su casa le habían encontrado un viejo fusil calibre 22. La Policía Política
dedujo que era para atentar contra Fidel Castro. Julio Antonio fue
juzgado y condenado a muerte.
—Esta noche estaré cerca de Dios —dijo a sus compañeros de celda
el día siguiente a su detención.
A las 9 de la noche nos reunimos en grupos para rezar. El ruido de un
motor se dejó escuchar, luego algunas voces. Afuera de las galeras había
una larga escalera de piedra que bajaba a un foso. Allí había un madero
al que ataban al condenado. Antes de que lo amarraran, Julio Antonio
dio la mano a cada uno de los guardias que componían el pelotón y les
dijo que los perdonaba.
— ¡Pelotón: atención...!
—Apunten... ¡fuego!
— ¡Abajo el comu . . .! —el grito de Julio quedó inconcluso.
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Luego se escuchó el golpe seco del tiro de gracia detrás de la oreja.
Jamás olvidaré ese único sonido mortal.
Todas las noches había fusilamientos. Cuando escuchaba las descargas de
fusilería el horror se apoderaba de mí, y me abrazaba a Cristo con
desesperación. Yo había llegado a la cárcel con formación religiosa. Mis
creencias eran genuinas, pero probablemente superficiales, pues no
habían sido sometidas a una dura prueba. Tenía y mantenía la religión
que había aprendido en el hogar, en la escuela; pero era algo así como
quien adquiere buenos modales. Sin embargo, cuando veía yo partir a
aquellos jóvenes llenos de valor a morir frente a los paredones gritando
"¡Viva Cristo Rey!", comprendí que Él servía para dar a mi vida y a mi
muerte, si llegaba a suceder, un sentido ético que las dignificara.
Miles cayeron ante los pelotones de fusilamiento a todo lo largo de Cuba.
Algunos habían defendido al ex dictador Fulgencio Batista; la mayoría
había combatido al lado de Castro y se había desilusionado. Al año de
1961, designado oficialmente como "Año de la educación", lo llamaríamos
posteriormente los presos "Año del paredón".
Isla de Pinos
TRECE días después de mi detención, me llevaron a juicio. En la sala, los
miembros del tribunal charlaban entre sí, reían, fumaban tabacos y leían
revistas de muñequitos. El prestar interés no era necesario, y ellos lo
sabían. Las sentencias ya las había aprobado la Seguridad del Estado.
El fiscal no tenía una sola prueba en mi contra, así que arremetió contra
la explotación yanqui. Luego se volvió hacia el presidente del tribunal y
le dijo que yo había cometido los delitos de estragos y sabotaje. No había
hecho yo nada semejante. No obstante, me declararon culpable, me
sentenciaron a 30 años de prisión y me llevaron de nuevo a La Cabaña.
Luego, después de recibir mi sentencia el 15 de enero de 1961, me
trasfirieron con otros 300 presos a la prisión de Isla de Pinos, al sur
de Cuba. Cuando llegamos, tras un espantoso viaje en un antiguo avión
de trasporte que habían usado para trasladar ganado, feroces guardias
nos daban bayonetazos y nos proferían obscenidades: "Llegaron a la
Isla, ¡hijos de puta! ¡Van a saber lo que es bueno!"
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La prisión "Modelo" de Isla de Pinos era entonces la más grande de
Cuba. La construyó el dictador cubano Gerardo Machado en los años
treinta. Constaba de cuatro edificios enormes, circulares, y dos
rectangulares, con una capacidad mucho mayor que la necesaria cuando
fueron levantados. Alguien señaló al dictador que era demasiado
grande, que jamás se llenaría aquel presidio, y Machado respondió:
—No te preocupes, ya vendrá alguien que lo llenará.
Ese alguien fue Fidel Castro.
Hermosos y bien cuidados jardines era lo primero que veía el recién
llegado. Al centro, el edificio de la dirección; a cada lado, en forma de
arco, un grupo de casas para los oficiales. Al fondo se veían las moles
enormes de las circulares, donde estaban los reclusos.
Uno junto al otro nos alineamos. Luego, ordenaron a un grupo de presos
tomar por una carretera que se adentraba por el resto de las
instalaciones del penal. "¡Vamos, corran!", gritaban los guardias, y
pinchaban a los presos con las bayonetas. Vimos cómo sus pantalones se
iban tiñendo de sangre en los muslos. Uno de ellos tropezó y cayó, y los
guardias lo patearon hasta dejarlo sin conocimiento, sobre un charco de
sangre. Se lo llevaron arrastrando.
Nos condujeron a bayonetazos hacia las oficinas y dirección del
reclusorio. Luego descendimos por una escalera a una especie de
sótano, donde nos esperaban ya los milicianos frente a unos montones
de ropas de presos. Eran los uniformes del ejército de Batista con una p
(preso) negra en la espalda y otras dos en las perneras. "¡Vamos,
encuérense todos!" Todo era agitación, todo había que hacerlo de prisa,
bajo constantes amenazas de ser golpeados o bayoneteados.
Nos quitaron todo lo que tenía valor. Mi reloj atrajo la atención de un
guardia y casi me desgarra la muñeca para arrancármelo. Luego tomó el
crucifijo de madera que llevaba yo al cuello, lo tiró al suelo y lo pisoteó
hasta hacerlo pedazos.
Después de forcejear para ponernos los uniformes, pues casi ninguno
quedaba bien, salimos frente a un cartel en la pared de aquel sótano: LA
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REVOLUCIÓN ES MÁS VERDE QUE LAS PALMAS. La puerta de entrada a la
segunda alambrada se abrió: se alzaba allí una garita de hormigón con
reflectores y una ametralladora. Ante nosotros se levantaban,
impresionantes, las enormes edificaciones de hierro y hormigón de las
circulares. Nos detuvimos frente al rastrillo de la circular 4. Los
hombres detrás de aquellos balaustres de hierro parecían cadáveres, con
los rostros blanquecinos por la falta de sol. Luego de contarnos,
entramos. Alfredo Carrión, Pedro Luis Boitel y yo, quienes habíamos
permanecido juntos durante el traslado, encontramos espacio en una
celda del sexto piso. Exhaustos, nos acomodamos lo mejor que pudimos
para dormir.
Gusanos hervidos y libros prohibidos
A LAS 5 de la mañana el toque de la corneta llamaba para el recuento.
Después venían los alimentos: en el desayuno, agua con azúcar; en el
almuerzo, arroz y chícharos; en la tarde, harina de maíz y un caldo
grasiento.
Generalmente los chícharos u otros granos eran destinados a la prisión
cuando estaban en mal estado, llenos de gusanos. Así, cuando venían los
granos llenos de gusanos el "rejero" pregonaba: "¡Chícharos con
proteína!" Y se racionalizaba la situación: los gusanitos estaban
muertos, habían hervido en los tachos de vapor, ¿qué daño nos podían
hacer? Después de todo, eran proteínas.
Bañarse en aquellos primeros días no fue posible. Tenían que llevar el
agua en un camión-cisterna, y la cuota había que consumirla
estrictamente para tomar.
Las noticias del mundo exterior sostenían y alimentaban a muchos
presos. Los comunistas lo sabían y hacían todo lo que podían para
mantenernos aislados.
Pero en la circular 3, un ex militar del derrotado ejército había logrado
armar un rudimentario radio que tenía locos a los soldados de la
guarnición. Inútilmente hacían una requisa tras otra tratando de
encontrar el aparato.
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Los presos habían logrado organizar un lenguaje de señas con las manos.
De esa forma se nos trasmitían las noticias de la radio desde la circular 3.
Las circulares 1 y 2 estaban demasiado lejos para el lenguaje de las
manos, y la comunicación se establecía usando la clave Morse.
También se había logrado, con un tirapiedras, tender una línea entre
las circulares 3 y 4 para el envío de cartas. El último avance consistió en
conseguir un nailon de pescar, que tenía la ventaja de ser incoloro, lo
que permitió dejarlo fijo. Todo duró hasta una tarde en que un oficial,
caminando entre las dos circulares, miró distraídamente hacia arriba;
dio un respingo y se quedó petrificado mirando a lo alto. Allí, delante de
sus ojos, había un pajarillo posado en el aire, sin moverse, en el vacío. Así
lo descubrieron: un lindo y libre pajarillo nos echó a perder la línea con
su idea de posarse en ella.
Los libros estaban prohibidos, pero una mañana se nos comunicó que
la dirección del penal iba a autorizar la entrada de libros y periódicos.
Dos semanas después un camión de libros y revistas desembarcaba
frente a la circular. La mayoría de los textos eran marxistas. También
había revistas de propaganda editadas para el extranjero por países del
Este: Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, etcétera.
El objetivo de aquella autorización era adoctrinar y confundir a la
mayoría de los prisioneros, que eran campesinos, obreros y militares con
escasa formación académica. Boitel planteó una solución drástica:
quemar todos los textos marxistas, pero en seguida la descartamos.
Nosotros estábamos presos por defender, precisamente, un modelo de
sociedad en el que nadie pudiera quemar nunca los libros adversarios.
Bahía de Cochinos
EL PRESIDIO estaba situado tan cerca de la costa norte de la isla, que se veía
el mar Caribe desde los pisos superiores. Al oeste se encontraba la Sierra
Caballos, al sur, una extensa planicie reservada para los ejercicios de la
milicia; al este, pinares muy verdes y pequeñas colinas. Por las noches, al
sur, repercutían las ametralladoras y las estelas anaranjadas de las balas
trazadoras cruzaban veloces la penumbra.
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Cierta mañana, justo al amanecer, oí el tableteo de ametralladoras y el
estampido de los cañones. De un salto llegué hasta la ventana. Las
llamaradas entre rojizas y anaranjadas de las baterías instaladas en las
lomas iluminaban el firmamento.
Casi sobre nosotros estallaban los obuses antiaéreos en unos hongos de
humo negro, y entre ellos se paseaba lentamente un avión bombardero
B-26, con su fuselaje plateado brillando al sol mañanero. El avión se
lanzó en picada sobre una fragata frente a las costas, disparando cohetes.
La popa de la nave saltó del agua, envuelta en un torbellino de humo
negro.
Era el 17 de abril de 1961. Se iniciaba la invasión de Bahía de Cochinos.
Aquel hecho produjo una excitación extraordinaria entre los presos. De
pronto, sin embargo, camiones militares se desplegaron en
zafarrancho de combate alrededor de las circulares y las tropas
empezaron a disparar hacia las ventanas. Era evidente que no se nos iba
a permitir observar. Pero al atardecer conocimos las primeras
informaciones a través de la radio clandestina. Se combatía en la ciénaga
de Zapata, en Bahía de Cochinos.
Los informes de la radio de Miami eran alentadores. Decían que las
fuerzas invasoras, arrollándolo todo a su paso, se acercaban triunfantes
a La Habana. Nuestra euforia ya no tuvo diques. Algunos gritábamos a
todo pecho, saltábamos y abrazábamos a los amigos.
Los informes eran falsos, por supuesto. La invasión había fracasado.
Supimos después que la respuesta de Castro fue dura. Cerca de 500,000
personas fueron detenidas en todo el país: sacerdotes, obreros,
ancianos y mujeres, militares y estudiantes. A medida que se llenaban las
cárceles hacinaron a cientos de personas en el patio y en la fosa de La
Cabaña. Metieron los cadáveres de muchas víctimas en bolsas de
plástico y los enterraron en fosas comunes.
Envalentonados por el fracaso de la invasión, los mandos de las
prisiones se volcaron sobre nosotros; la represión —tanto física
como psicológica— se hizo más violenta y sistemática. Los guardias
habían colocado dinamita en los cimientos de las circulares y
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amenazaban con hacernos volar si se producía otro intento de
invasión. Algunos pobres sintieron tal terror que enloquecieron y se
lanzaron al patio desde el sexto piso. Las condiciones también se
hicieron más severas. La privación de alimentos se acentuó. Las
inmundicias, cucarachas y ratones empezaron a aparecer en los
alimentos.
Luego del fracaso de Bahía de Cochinos, Boitel, Ulises Yebra y yo
analizamos la situación y concluimos que, por muchos y largos años, la
revolución permanecería en el poder. Ante esa perspectiva solamente
había una cosa que hacer: tratar de escapar.
Contacto en septiembre
HICIMOS planes. Yo me encargué de levantar un mapa con los caminos,
elevaciones y postas de los alrededores. Con un pequeño catalejo
fabricado con cristales introducidos clandestinamente observaba de
cerca el terreno circundante, la rutina de los guardias y todo el
movimiento de la guarnición.
Boitel inició una operación de inteligencia: conseguir información vital
de otros presos. Yebra se encargó de los uniformes. Nuestros
pantalones color caqui, que ya habían perdido las letras P tras las
constantes lavadas, podrían teñirse de verde olivo. Los cintos militares
los daban como parte del uniforme de preso. Las botas las teníamos ya.
En cambio, hacían falta camisas y boinas, hojas de segueta para cortar los
barrotes, instrumental de primeros auxilios, cuchillas, y muchísimas
cosas más.
Con nosotros iría un cuarto hombre, Benjamín Brito, que sería el guía.
Brito era marinero y conocía las ciénagas de la isla, ya que se había
dedicado a la caza de caimanes por aquella zona.
Mientras hacíamos los preparativos, la Dirección General de Cárceles y
Prisiones decidió concedernos dos visitas al año, una en el mes de
junio y la otra en septiembre. Esa decisión convirtió a nuestros planes
en una verdadera posibilidad. Cuando los visitantes llegaron en junio,
hubo escenas dolorosas, dramáticas: las mujeres se abrazaban
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llorando a los presos, los niños igual, pues habían viajado tal vez
cientos de kilómetros para verlos.
Cuando partieron los familiares, la mayoría de los presos parecían
estar cabizbajos, pero Boitel, Yebra y yo nos sentíamos eufóricos, pues
habíamos logrado pasar tres notas minúsculas, iguales las tres, en las
que solicitábamos provisiones y una embarcación que nos recogiera en
la costa. El lugar y la hora exactos se confirmarían durante la visita de
septiembre.
En agosto llegó un colchón para Boitel que enviaba su novia. Los
guardias lo habían cortado de arriba abajo para hurgar en el relleno de
guata en busca de algún objeto o carta que pudiera traer escondidos. Lo
revisaron con cuidado, pero dentro de los gruesos rebordes iban cuatro
camisas de miliciano, las boinas y las seguetas.
Iniciamos un entrenamiento de marcha para adquirir resistencia.
Todos los días recorríamos la circunferencia de la circular decenas de
veces. También necesitábamos adquirir el color moreno que tenían los
milicianos. Cazando el sol por las ventanas de las celdas fuimos
tostándonos un poco.
EL 5 de septiembre, el día de la segunda visita, amaneció gris y lluvioso.
Todos pensábamos con preocupación en nuestros familiares, que
habían llegado en ferry el día anterior y habían pasado la noche sin
lugares donde cobijarse.
La salida fue como la de la visita anterior. Llamaron por números,
revisaron la ropa y nos concentraron en el corral de visitantes. La
mayor parte de los familiares estaba dentro del corral, pero los míos y
los de otros prisioneros no aparecían. Los habían obligado a bajar del
barco para trasportar un contingente de milicianos castristas.
Deambulaba yo por el corral, preocupado y triste, cuando Benito López,
hombre de negocios a quien habían detenido por hablar en contra del
comunismo, me llamó para presentarme a su hija, Martha. Frente a mis
ojos estaba una linda jovencita quinceañera, alta, elegante y de finos
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modales, con una cara infantil y dulce. En sus ojos se reflejaba una
firme voluntad, mezcla de ternura y valor. Empecé a platicar con ella.
La visita era la más numerosa en la historia de la prisión, y cerca de 6000
personas se encontraban allí cuando comenzó a llover con tremendo
ímpetu. En unos minutos todos estábamos empapados hasta los huesos.
Luego de mil solicitudes y gestiones se nos permitió trasladarnos al
comedor. Martha y yo nos sentamos uno frente al otro en una estrecha
mesa. Ella estaba con los cabellos chorreantes, vestía un sencillo traje
claro que, mojado, se le pegaba al cuerpo. Yo la encontraba
radiantemente bella. Ella tenía 14 años y yo 24. Iniciamos una charla
sobre temas generales, yo buscando información acerca de sus
actividades, dedicaciones. Cruzó los brazos sobre la mesa y reclinó en
ellos la cabeza. El cansancio del viaje y las 48 horas sin dormir hicieron el
resto; se quedó dormida mientras su admirador le hablaba. Me quedé
contemplándola y sentí una gran ternura; una ternura que nunca
había experimentado.
Cuando Martha despertó se sintió apenada y me pidió disculpas. Reímos
juntos. Luego terminó la visita. Decenas de guardias comenzaron a
separar a los presos de sus familiares. Empujaban a las ancianas con el
fusil atravesado. Al ver aquello, un rugido de indignación se levantó de
nosotros. Pero teníamos un cordón de bayonetas apuntándonos al
pecho.
Mientras, Boitel había hecho contacto con el hombre que hacía los
arreglos para que nos recogiera el barco. Ya se habían establecido los
pormenores del encuentro.
La fuga
21 DE octubre de 1961. Se iniciaron los preparativos luego de terminado
el recuento de la tarde. Con el tirapiedras se rompió el foco frente a la
celda. Sacamos la soga que fabricamos destejiendo los hilos de los sacos
de yute y atamos un extremo. Nos pusimos los uniformes de guardias y
nos frotamos el cuerpo con petróleo para desorientar a los perros.
Luego terminamos de cortar los barrotes que habíamos estado
serrando desde hacía varias semanas, y los quitamos. Cuando nuestro
vigía dio la señal de que todo estaba bien, arrojamos la soga por la
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ventana y Brito se deslizó por ella con rapidez; detrás, Yebra, seguido
por Boitel. La soga se le destrenzó a Boitel, lo que le obligó a dejarse caer,
y se golpeó fuertemente, produciéndose una fractura en el talón del
pie. Cuando yo salté, me quedé con unas hilachas en las manos. Caí
sobre un montón de escombros y sentí un dolor terrible en el pie
derecho. Haciendo caso omiso del dolor, me incorporé, me encomendé a
Dios y eché a caminar.
Avanzamos por el patio de la prisión y a lo largo de una trinchera que
partía del cuartel de la guardia. Tropecé con algo duro y el pie me dolió
casi hasta el grito. Pero entonces salimos de la prisión y fuimos
avanzando por un seto de arbustos que nos ocultaba. Al final nos
volvimos para echar un vistazo a las moles imponentes de las circulares.
La nuestra estaba iluminada por las bombillas de la torre central.
Ningún preso había podido ver las circulares desde aquella perspectiva.
Nos adentramos en el monte, y arribamos a un desnivel muy abrupto del
terreno. El tobillo me dolía terriblemente. Nos detuvimos el tiempo
necesario para cortar la bota que me oprimía casi hasta la puntera. Esto
me alivió un poco y continuamos la marcha hasta llegar a un terreno
llano; la luna derramaba su blanquecina luz sobre el terreno
amarillento. Brito dijo que debíamos atravesar corriendo aquel tramo.
Como yo no podía correr, Brito me cargó sobre sus espaldas con una
agilidad y una fuerza increíbles.
Durante la noche, con Brito a la vanguardia, de explorador, nos
dirigimos hacia la costa.
La vegetación comenzó a cambiar poco a poco, y aparecieron los
mosquitos, en nubes, agresivos. Nos acercábamos a las ciénagas del río
Júcaro, a la desembocadura del mismo. Pronto nos encontramos en una
vegetación compuesta de altas hierbas y palmas, conforme
avanzábamos paralelamente al río. Yo había perdido uno de los
guantes, y no podía sacar la mano del bolsillo, porque los mosquitos
ya me la tenían acribillada. Por fin se detuvo Brito. Estábamos
exactamente frente al punto de la cita. Habíamos llegado 30 minutos
antes de tiempo. A la 1 de la madrugada estaría allí nuestra
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embarcación, y al amanecer, cuando el recuento matutino delatara
nuestra ausencia, nos encontraríamos en alta mar y proa a. Gran Caimán.
Dio la una, pero nuestro barco no llegaba. La una y media. 2. A las 3
de la madrugada el desaliento comenzó a dominar nuestros ánimos. ¿Qué
podía haber ocurrido? Los que debían venir a recogernos sabían a lo
que nos exponíamos si éramos capturados. La muerte, casi seguro. Si
algo fallaba, habían dicho que vendrían a la mañana siguiente. Así que, al
amanecer, nos retiramos de la costa y nos escondimos en la ciénaga,
alentados por la idea de que, pasara lo que pasara, habíamos destruido
el mito de que nadie podía escapar de la prisión.
Después supimos que se había dado el estado de alerta en toda la isla.
Miles de milicianos y tropas regulares salieron en nuestra persecución.
Nos suponían armados, y por esta razón, siempre que llegaban a un
bosquecillo donde pensaban que pudiéramos estar ocultos, la tropa se
echaba a tierra, emplazaba las ametralladoras B-Z checas y abría fuego.
Esas eran las ráfagas que escuchábamos.
Ya casi de tarde, avistamos militares que se acercaban al punto donde
nos encontrábamos. Los guardias comenzaron a disparar y nos fuimos
desplazando hacia la derecha del cerco. Ya estábamos salvados. Los
guardias ya no buscarían más allí, y los superiores darían por rastreada
la zona.
Esa noche nos encontrábamos nuevamente en el punto acordado. El
cielo se veía despejado y las estrellas lucían radiantes. La pierna me
dolía terriblemente, y a Boitel también le molestaba el talón. Pero Dios
nos había proporcionado la entereza que se requería para llevar a cabo
la fuga. Estábamos vivos y llenos de optimismo.
Nuevamente el barco no apareció. Después supimos que la gente del
barco sencillamente no creía que podíamos escapar de la prisión;
pensaban que se trataba de fantasías de presos. Así que, cuando
amaneció, no pudimos hacer otra cosa sino volver a nuestro escondrijo.
Aquella tarde nos encontraron.
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"¡Jamás saldrán de allí!"
PARA INTERROGARNOS, nos llevaron al despacho del teniente Julio Tarrau,
director de la prisión. Miró fijamente a Boitel, el único del grupo que
conocía. Boitel había sido líder estudiantil en la universidad, en La
Habana; había luchado contra Batista en la clandestinidad y se había
convertido en activo anticomunista con la llegada de Castro al poder.
Castro le tenía un odio especial. Supimos de boca del comandante de la
operación de búsqueda que cuando Castro conoció que Boitel se había
escapado, llamó al teniente Tarrau y le dijo que, si Boitel lograba
evadirse de la isla, Tarrau tendría que cumplir sus 35 años de condena.
Ahora Tarrau nos miraba con furia y odio. "Los cuatro van a pudrirse en
las celdas de castigo", espetó. "¡Jamás saldrán de allí! Se van a
arrepentir de lo que me han hecho".
Sentí que se me helaba la sangre. El director Tarrau no amenazaba por
el gusto de hacerlo.
Nos llevaron al pabellón de castigo, que estaba ubicado cerca del
hospital. Durante el régimen de Batista, a Castro lo habían recluido en
un cuarto en aquel hospital. Le habían permitido visitas diarias, libros
no censurados, sol, tabacos, buenos alimentos en abundancia e incluso
visitas conyugales. Esa no sería nuestra suerte.
Las celdas tenían unos dos metros y cuarto de altura. El techo era una
malla de acero, de huecos grandes. Desde estas mallas al techo del salón
había espacio suficiente para que los guardias pudieran caminar por
encima y mantener así una vigilancia total de los castigados. Las puertas
estaban cubiertas por una plancha de hierro soldada a los barrotes.
Solamente en la parte inferior de la reja quedaba una estrecha franja
que no cubría la plancha: era la aspillera por la que metían el plato con el
rancho.
En un rincón de cada celda un agujero hacía las veces de letrina. Y un
pedazo de tubo doblado encima era la ducha. La celda estaba totalmente
vacía, y la cama era el piso de granito. Los guardias nos ordenaron que
nos quitáramos la ropa, y nos pusieron en celdas distintas, con una
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celda vacía entre cada uno de nosotros. Me quedé sentado en el suelo
frío. La pierna me dolía muchísimo.
No cerraron la reja, y como la bombilla del pasillo daba a espaldas de
los guardias, no me percaté de que iban armados con palos gruesos y
cables eléctricos trenzados. Pero me di cuenta de que a mis compañeros
ya les estaban pegando. Escuché los impactos secos de los golpes en los
cuerpos desnudos y los gritos y ofensas de los guardias. Sentí que el
estómago se me contraía, que me faltaba aire, y una opresión que me
aplastaba el pecho.
"¡Levántate, maricón!", me gritó el guardia al tiempo que bajaba el brazo
armado. Y todo fue como un vértigo repentino. La cabeza me dio vueltas
y vueltas, y caí al suelo. Los golpes me producían la misma sensación que
si me pegaran a la carne un hierro al rojo vivo. De pronto sentí el dolor
más intenso, indescriptible y brutal de mi vida. Uno de los guardias
saltó con todo el peso de su cuerpo sobre mi pierna rota e inflamada.
A la mañana siguiente soldaron las puertas. Nos dijeron que era una
orden personal de Castro, y que nos quedaríamos años en aquellas
celdas. No podía ponerme en pie (la pierna seguía muy inflamada) y
me movía sentado, arrastrándome sobre las nalgas. A mediodía,
aprovechando que había menos frío, me tiré a dormir.
La impresión de frialdad fue lo que me despertó. Estaba bañado de
arriba abajo y sentado en un charco pestilente de orines y excremento.
Un guardia estaba sobre mi cabeza, con un cubo en la mano. Me miraba
con odio.
Me desplacé hasta la letrina para abrir la ducha y bañarme. Estaba
cerrada. Durante más de tres meses permanecieron los grifos
clausurados. En todo ese tiempo no se nos permitió bañarnos ni una sola
vez. Únicamente aquellos baños de orines y excrementos con los que nos
obsequiaban los guardias desde la malla del techo.
Al anochecer, llegaban las cucarachas y se me subían al cuerpo; su andar
cosquilleante me hacía despertar sobresaltado. También había ratas, que
buscaban alimento por la noche. Y los guardias se cercioraban de que
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no durmiéramos más que unas cuantas horas. Desde el techo
introducían unas varas largas por los agujeros de la malla y nos
aguijoneaban. No había forma de escaparse de ellas.
El dolor, el miedo y la falta de sueño me afectaban seriamente. Acudí
entonces a Dios. Le pedía que me permitiera resistir, que me diera la fe
y la fortaleza de espíritu necesarias para soportar aquella situación sin
que enfermara de odio. Y su presencia, que yo sentía, hizo de mi fe un
arma indestructible.
Las semanas sin bañarme hicieron que se me cubriera el cuerpo de una
capa grasosa, oscura, que producía escozor en las axilas, los genitales y la
cabeza. Una erupción de granitos pequeñitos me invadía todo el cuero
cabelludo. Los hongos también comenzaron a aparecer dada la suciedad
de mi cuerpo, que era el ambiente ideal para su proliferación.
Mi gran preocupación era no adquirir una hepatitis. Teníamos que comer
con los dedos, pero como no quería tomar los macarrones o la harina o el
pan con las manos llenas de excrementos, cogía el plato por el fondo,
colocaba el borde entre los labios y con cortas sacudidas iba echándome
su contenido dentro de la boca. Así comía, como lo haría un perro:
metiendo la boca en el plato.
Lo único que me salvaba de convertirme en animal era la invención de
mundos interiores, que yo enriquecía por el extraño procedimiento
de cerrar los ojos e imaginarme luz, aire, soles inextinguibles,
horizontes a los que no podían ponerse alambradas. Me bastaba, en la
oscuridad de aquel rincón inmundo, cerrar los ojos para que el milagro
bíblico de hacerse la luz se repitiera dentro de mí. Allí, en mis
mundos, estaba fuera del alcance de mis carceleros; me sentía libre en
mi universo secreto.
La primera victoria
SEGUÍAMOS desnudos y el invierno se tornaba riguroso. La inflación de la
pierna había cedido mucho, pero los huesos habían soldado mal y tenía
el pie torcido hacia adentro, con una visible deformidad. Las colonias de
hongos continuaban invadiendo mi cuerpo, que estaba cada día más
negruzco y mugriento. Adquirí entonces una infección intestinal. Las
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diarreas eran constantes y me deshidraté. Al fin accedieron a llevarme
al hospital.
Los médicos también eran prisioneros. Tenía la mente ofuscada por la
fiebre, pero recuerdo que, con una tapa de latas de conserva, dividida a
la mitad, me raspé la costra de mugre que tenía sobre el cuerpo. Esta
salía enroscándose como una corteza. Con sueros y antibióticos se
eliminó la infección intestinal.
El doctor Armando Zaldívar se había unido a los rebeldes anticastristas
en las montañas del Escambray. Capturado y condenado a 30 años,
llevaba ya varios meses en la prisión de Isla de Pinos.
Zaldívar consiguió que me hicieran una radiografía del pie. Los huesos
fracturados habían soldado fuera de su sitio, formando un amasijo. Ya
nada podía hacerse allí.
Volvieron a meterme en una celda, solo. Los meses trascurrían lentos; el
encierro iba embotando mis sentidos. Boitel, Yebra, Brito y yo solíamos
hablar a gritos, pero era un esfuerzo agotador. Después de varios meses
en las celdas de castigo, ya débiles, decidimos hacer una huelga de
hambre exigiendo que nos regresaran a las circulares.
Entonces desconocía absolutamente el comportamiento del cuerpo y
de la mente en semejante situación. Pensaba que con cinco o seis días
sin comer era posible morir. Sin embargo, al cuarto día ya la sensación
de estómago estragado había desaparecido. Físicamente me sentía bien,
pero la angustia de morir por hambre me llenaba de miedo.
El que no acudiera ninguna autoridad nos hacía pensar que les
importaba poco que muriéramos. Pero cierto día se detuvo un
sargento frente a mi celda con una noticia alentadora: "¡Valladares, la
circular 4 se alzó! ¡Dicen que los apoyan a ustedes y que mañana se
declaran en huelga, y la circular 2 también”!
Una hora más tarde trajeron al enfermero de la circular, para que nos
viera. Cuando nos dijo que nos regresarían a la circular al día siguiente,
experimenté una de las más grandes alegrías de mi vida. Para que nunca
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más volviéramos a planear una fuga juntos, fuimos dispersados por las
cuatro circulares, uno en cada una. Sin embargo, salir de allí era como
salir del mismísimo infierno.
Apoyado en dos burritos de madera, eché un último vistazo a las
celdas del pabellón de castigo. Allí había sufrido durante siete terribles
meses, pero me llevaba una noción más ajustada de mi capacidad de
resistencia y un descubrimiento singular: el dolor puede ser un
instrumento de lucha.
Y también lo puede ser la solidaridad. Cuando entré en el patio de la
prisión, una atronadora ovación y ¡vivas! retumbaron para recibirme.
Fue tan emocionante verlos aplaudiéndome en forma tan sincera que no
pude evitar, entre abrazos y saludos, que los ojos se me llenaran de
lágrimas.
En los días posteriores a mi regreso me informé de cuanto había
ocurrido durante la ausencia. Había un número sorprendente de libros
de las prensas del mundo libre, que nuestros familiares se las habían
ingeniado para introducir clandestinamente. Algunas cosas pequeñas
también habían mejorado.
Pero la comida empeoraba de día en día. Todos sentíamos debilidad por
la carencia de alimentos. Con el éxito de nuestras huelgas en mente,
decidimos declarar otra huelga de hambre. La mayoría de los presos en
las demás circulares se unieron a nosotros.
La respuesta fue predecible. Ninguna concesión. Ni negociaciones.
En la circular 1 Tony Lamas subió por las vigas del edificio hasta el
punto más alto del techo cónico. A una altura de más de 30 metros, tuvo
que caminar por unas vigas estrechas para alcanzar el lugar donde iban
a converger todas las demás, distribuidas como los rayos de una rueda
de bicicleta. Abajo, el vacío y la muerte. Y estaba en huelga de hambre. El
más ligero mareo significaba caer y destrozarse contra el suelo. Cuando
alcanzó ese punto sacó una bandera cubana hecha por los hombres de
su circular y la colgó para que todos la vieran.
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Este hecho tuvo una gran significación entre nosotros. Lo
considerábamos un triunfo, porque la guarnición no pudo nunca quitar
aquella bandera. No hubo entre ellos quien se atreviera a subir hasta
allá. Y allá se quedó nuestra enseña patria, ondeando al aire, como
recordando que entre nosotros estaban los mejores hombres, no entre
ellos.
Después de aquello, las autoridades nos hicieron varias concesiones. Creo
que capitularon porque sencillamente no sabían cómo enfrentar un
movimiento huelguístico de miles. Aquella victoria nos vivificó.
Pero, si bien habíamos ganado una batalla, la guerra continuó.
Trabajos forzados
CONFORME pasaban los meses y los años, Martha y yo, con mil trabajos,
nos escribíamos en secreto. Usábamos una tinta invisible que se podía
confeccionar muy fácilmente con agua y almidón de yuca. Cuando no
podía obtener el almidón de yuca, utilizaba los orines. Como estaba
permitida la entrada de libretas escolares, Martha escribía en ellas con
la tinta invisible y las enviaba a la prisión. Cuando yo recibía esas
libretas, parecían nuevas a las autoridades. Para revelar la escritura,
usaba yo una solución de agua y tintura de yodo.
Luego, en 1964, pude ver a Martha durante una visita que hizo a su
padre, Benito. Más de tres años había trascurrido desde que nos
viéramos por primera vez. La adolescente se había convertido en una
hermosa muchacha. Cuando llegó, nos miramos a los ojos sin pronunciar
una palabra. Las palabras no eran necesarias. Ella se ruborizó. Nos
tomamos de la mano y todo desapareció a nuestro alrededor. Éramos
como la primera pareja de enamorados bajo un cielo abierto y azul. En
ese mundo viviríamos para siempre, dejando atrás el terror y la
angustia.
Pero en el verdadero mundo, la angustia siempre estaba presente.
En agosto de 1964 se inició la formación de las primeras cuadrillas de
trabajo forzado en los edificios que albergaban entonces a presos
políticos plantados, esto es, aquellos que no aceptaban el Plan de
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Rehabilitación. El Partido Comunista comprendía que las golpizas no
eran el único medio para vengarse de los opositores del régimen.
La rehabilitación política lograría el aniquilamiento interno del preso, la
destrucción de sus principios.
Ofrecían privilegios y prebendas a quienes renunciaran a sus creencias,
adoptaran el marxismo y juraran lealtad a Castro. Mejorarían sus
habitaciones y su alimentación. Recibirían atención médica. Terminarían
el hostigamiento y la persecución de sus familias. La Revolución era
"bondadosa" y "generosa"; quizá hasta volvieran a sus hogares con su
familia.
Cada uno de los que aceptaron el Plan de Rehabilitación Política tenía
una muy especial circunstancia, y por eso no entré jamás a juzgar esa
decisión. No todos los hombres están obligados a resistir
indefinidamente, ni a sufrir el martirio que a veces resulta de tal
resistencia.
El 9 de agosto aquellos de nosotros que no se unían al programa
recibimos una lección más de terror. La guarnición irrumpió en el
edificio 6, que entonces albergaba a plantados, y empezaron a golpear a
diestra y siniestra. A los cinco minutos los heridos y contusos sumaban
decenas.
El teniente Porfirio García, jefe de Orden Interior, dirigía la requisa
personalmente, bayoneta en mano. Se la hundió a Ernesto Díaz Madruga,
en la ingle, reventándole la vejiga. Luego, cuando iba cayendo, uno de los
secuaces de Porfirio lo remató. Luego lo agarraron por los tobillos y lo
arrastraron escaleras abajo. De la boca le salían buches de sangre
negruzca. Ya era cadáver. El asesinato de Ernesto tuvo por objetivo
hacernos comprender que nuestras vidas no tenían valor alguno para
ellos.
Después empezó el programa de trabajos forzados. Uno de los oficiales de
la guarnición, un tal capitán Morejón, dijo que al que resistiera un solo
año el Plan de Trabajos Forzados y no pidiera la rehabilitación política
de rodillas, él le iba a dar una medalla de oro.
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Y así fuimos a trabajar en las ciénagas infestadas de mosquitos o en la
cantera. Después del tercer día mi cuadrilla trabajó sólo en la cantera.
No teníamos ni botas, ni espejuelos. Las esquirlas de roca traspasaban el
pantalón como verdaderos proyectiles y se incrustaban en las piernas. El
brillo enceguecedor del sol en las piedras nos fue comiendo la vista.
"Manzanillos", uno de los capataces y un guardia a quien apodaban
"Perro Prieto" comenzaron a golpearnos por sistema. Todos los días, en
cada circular, dejaban decenas de heridos y lisiados.
Hubo una tensión enorme cuando empezaron las palizas. Sentía yo un
nudo en el estómago, como si lo tuviera lleno de concreto. Era el miedo
puro. Traté de controlarlo. Muchos no podían hacerlo, e inventaban
formas terribles de evitar el trabajo forzado y las golpizas. Algunos se
fracturaban los brazos o las piernas. Otros se hinchaban como
monstruos frotándose plantas urticantes. Un hombre se clavó un pico en
el pie. Otro incluso se amputó el pulgar para poder quedarse en la
circular.
Con todo, el capitán Morejón perdió simbólicamente su apuesta. Ante la
agresión de un enemigo común que nos torturaba y nos asesinaba, se
produjo identificación total. Cada vez que golpeaban o asesinaban en los
campos a uno de nosotros, era un hermano al que mataban y nos dolían
el alma y la sangre. La angustia y el horror fueron uniéndonos más y
más.
El uniforme azul
EN MAYO de 1966, Boitel y yo, junto con otros 150 plantados
recalcitrantes, fuimos sacados de las circulares y llevados a un muelle.
Las especulaciones acerca de nuestro traslado dieron un vuelco hacia el
optimismo: creíamos que se nos iba a canjear, como había sucedido con
algunos de los presos de bahía de Cochinos. Nos pusieron a bordo de un
ferry y, después de un viaje de 12 horas, llegamos a Batamanó ya
amaneciendo el día 29 de mayo.
Cuando unos autobuses nos llevaron a La Habana, y luego tomaron por la
Vía Monumental, rumbo a la prisión de La Cabaña, las acciones del
canje comenzaron a bajar. A pie cruzamos el foso donde se alzaba el poste
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carcomido con la pared de sacos al fondo. El "Matadero de Castro ",
como lo llama el pueblo. El fatídico paredón.
Nos destinaron a la galera 7, la última, la más pequeña, la más lóbrega,
Después nos llevaron al “comedor” y nos dieron tres cucharadas de arroz,
un hueso de pollo sin carne y un pedazo de pan. Comprendí que
intentaban manipularnos a base de hambre. Y vendrían más medidas
semejantes.
En marzo de 1967 nos llegó la noticia del desmantelamiento de la prisión
de Isla de Pinos. Los prisioneros eran diseminados a todo lo largo del país,
en campos de concentración. Al llegar a sus lugares de destino les
entregaban un nuevo uniforme, de color azul, el mismo que usaban los
presos por delitos comunes y los rehabilitados. Los que se negaban a
ponérselo eran torturados. Los guardias los encapuchaban y los hundían
en pozos; los quemaban con tabacos encendidos, les golpeaban la cabeza
contra la pared hasta que caían al suelo sin conocimiento. Luego los
vestían con el uniforme azul y los amarraban con sogas. A los dos días, sin
darles agua ni alimentos, los desataban, y si el preso se quitaba el
uniforme, volvían a propinarle otra paliza. El Gobierno pretendía hacer
desaparecer la categoría de "preso político" y adscribirnos a la de
delincuentes.
En La Cabaña el cambio de uniforme se efectuó sin apelar a la violencia. Los
que no aceptamos el uniforme fuimos despojados de todas nuestras
pertenencias, con la excepción de la ropa interior. Luego las autoridades
iniciaron una verdadera ofensiva de ofrecimientos para que nos
volviéramos a vestir: reducción de sentencia, pases de 48 horas que nos
permitieran ir a casa.
Mientras ráfagas de viento helado barrían las galeras, las autoridades
aguardaban, confiadas en que terminaríamos por ceder.
Con un amigo del plan de rehabilitación que trabajaba en el botiquín,
conseguí un rollo de papel higiénico que me enrollé alrededor del cuerpo,
como si fueran las vendas de una momia. Es increíble el grato bienestar
que ese papel me producía. Era como si me hubiera vestido con un
pantalón de lana. Pero luego me lo quitaron.
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En febrero de 1968 trasportaron a unos 50 de nosotros a la cárcel de
Boniato, en la provincia de Oriente, a 900 km de distancia. Hicimos todo
el viaje, desnudos.
Cerca de Boniato, en San Ramón, estaban situadas las horribles celdas
"gavetas", llamadas así por su forma larga y estrecha. Medían apenas 1.5
metros de largo y 60 cm de ancho. Había que permanecer acostados, casi
sin moverse. Antes de nuestra llegada un grupo de presos había
permanecido en las gavetas durante seis meses. Uno quedó inválido; otro
enloqueció; pero los demás se resistieron a ponerse el uniforme azul. Si lo
hubieran aceptado, las autoridades nos habrían dado idéntico tratamiento
a nosotros. Lo verdaderamente heroico de quienes fueron víctimas de
aquel experimento fue la comprensión de que de su actitud dependía que
los demás reclusos pasaran por las gavetas o no.
Sin embargo, las autoridades no cejaban en su empeño. Cuando
llevábamos algunos días en Boniato, un oficial de la Policía Política se
dirigió a nosotros:
—Hay una disposición del Ministerio del Interior que dice que tienen que
usar el uniforme azul.
Nuestro portavoz, un hombre llamado Perdomo, contestó:
—Teniente, no somos delincuentes, ni estamos tampoco en los planes de
rehabilitación. Los convenios internacionales sobre trato a los prisioneros
de los que el gobierno cubano es signatario, dicen que a los presos
políticos no se les puede obligar al uso de uniformes.
—En los países socialistas no hay presos políticos —repuso el oficial—.
Así que, o se visten, o todo el rigor de la Revolución caerá sobre ustedes.
—Ninguno va a vestirse, teniente —respondió Perdomo.
A la media hora, varios pelotones armados de machetes, cadenas, barras
de hierro y bayonetas se formaron afuera de nuestras celdas. Se dio la
alarma entre nosotros. Tuvimos una asamblea relámpago y decidimos no
dejarnos golpear impunemente. Nos armamos con los palos usados para
fregar los suelos, zapatos, escobas y los destupidores ("destapadores") de
excusados.
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Y comenzó la batalla. Los guardias atacaron con cadenas y palos. Como la
reja tenía sólo poco más de un metro de ancho, nos era posible cubrirla
para impedir que pasaran. Perdomo y otros presos, esgrimiendo los palos
de trapear, se batían con los guardias, que, acostumbrados a golpes sin
respuesta, no comprendían aquella reacción nuestra.
Por fin los guardias se retiraron. Organizamos una posta rotativa para
vigilar toda la noche, pero apenas dormimos del sobresalto, pensando
que aparecerían en cualquier instante con gases lacrimógenos. Pero
amaneció sin ningún incidente.
YA PARA agosto de 1968 el gobierno de Castro estaba convencido de
que nuestra posición se había consolidado. Nos enviaron de regreso
a La Cabaña. Al principio mejoraron las condiciones de vida, pero
pronto empezaron a deteriorarse. Iniciamos una huelga de hambre
por un trato más humano. A los 21 días las autoridades cedieron.
Durante los primeros días nos alimentaron con caldos y puré, e
incluso nos permitieron atención médica. Los casi 13 meses que
siguieron fueron los más tranquilos de toda nuestra estancia en la
prisión. Se nos permitieron visitas, y algunos recibimos autorización
para casarnos. Martha llegó el 17 de septiembre de 1969, y en la oficina
de los militares firmamos los documentos legales y quedamos así
"casados". Aquel acto no tenía para nosotros absolutamente ningún
valor espiritual. Nos sentiríamos y seríamos en verdad esposos
cuando nos uniéramos ante Dios.
Celdas tapiadas
EL 11 de febrero de 1970 nos trasladaron nuevamente a la prisión de
Boniato. Como seguíamos negándonos a usar el uniforme azul, se
reanudó el terror. Ese día se inició un plan de experimentación biológica
y psíquica tan brutal como cualquiera que haya conocido el mundo.
Al amanecer del día siguiente la guarnición inundó el pasillo. Llegaron
con hierros enfundados en pedazos de mangueras para que no
desgarraran la piel, palos, gruesos cables eléctricos trenzados, cadenas
enrolladas en las manos y bayonetas. Uno a uno, golpearon a todos
los presos. Me dieron la peor golpiza de mi vida. Sin embargo, lo que
más me afectaba era esperar a que llegaran a mi celda. Envidié mil
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veces no estar en la primera celda: así entrarían, me golpearían y
saldría de una vez de aquella tortura de esperar. Sentir que se iban
acercando a mí, celda por celda, me destrozaba los nervios.
Llegaban por la mañana y por la tarde. Su meta era obligarnos, por medio
del terror y de la tortura, a aceptar el Programa de Rehabilitación Política,
a abrazar el marxismo castrista. Nos llevaban al borde de la muerte y
nos mantenían allí, sin permitirnos cruzar la línea.
Algunos hombres que se habían enfrentado a la dictadura castrista en
combates a tiro limpio en las montañas, que hicieron derroche de valor y
heroísmo, no podían enfrentarse al terror. Se ponían el uniforme azul, y
esas deserciones nos dolían. Pero en cierto modo consolidaron la
posición de los intransigentes. A medida que huían nuestras fuerzas,
sentíamos que nuestra fe y nuestra determinación se afirmaban aún más.
Todas las tardes, al anochecer, la voz atronadora del Hermano de la
Fe, como llamábamos a Gerardo predicador protestante, recorría
aquellos pasillos llamando al culto de oración. Para impedir nuestras
prácticas religiosas, los guardias entraban en las celdas y nos golpeaban.
Pero en cuanto salían los guardias, empezábamos a cantar y a orar de
nuevo. Por encima del escándalo la voz del Hermano de la Fe entonaba el
"Gloria, gloria, Aleluya".
El Hermano de la Fe había estado en La Cabaña y en Isla de Pinos. Él
mismo fue su sermón más conmovedor. Siempre nos consolaba, nos
llamaba a participar del culto, lavaba la ropa de los enfermos, y ayudó a
muchos a enfrentar la muerte con valor y serenidad. Por, sobre todo, nos
enseñó a no odiar; todos sus sermones llevaban ese mensaje.
Cuando los guardias lo golpeaban, los ojos del Hermano de la Fe
fulguraban, los brazos abiertos al cielo azul parecían pedir perdón
para sus verdugos, y le oíamos gritar: "¡Perdónalos, Señor, que no saben
lo que hacen!" Lograba trasmitirnos su fe en las circunstancias más
desesperadas, incluso cuando lo asesinaron en Boniato, en 1975;
todavía pronunciaba palabras de perdón para sus verdugos cuando las
balas de ametralladora atravesaron su pecho.
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En Boniato nos trasfirieron a unas celdas "renovadas", las tapiadas, y nos
encerraron allí. Las celdas tenían unos 3.9 metros de largo por 1.75 de
ancho. No había nada de luz, salvo la que entraba por unos agujeros en
la plancha de hierro que tapiaba la ventana. Por las mañanas el sol
calentaba la plancha hasta no poder tocarla, y la celda se convertía
entonces en un horno. Sudaba yo a chorros, de forma agotadora. Todo
aquel infierno minaba poco á poco el equilibrio de nuestras mentes.
Precisamente ese era el objetivo de nuestros carceleros. Durante varias
semanas agregaban a los alimentos una cantidad excesiva de sal; luego
la suprimieron totalmente. Con estas prácticas se alteraba el
metabolismo de los reclusos. Aquellos que padecían trastornos renales
y de la tensión arterial se agravaban.
La ausencia de proteínas hizo que se presentaran los llamados edemas
nutricionales. Se hinchaban primero los tobillos y las piernas, luego los
muslos, los testículos, el abdomen, los pulmones y la cara. También
brotaron los hongos, ya que la oscuridad y la humedad eran ideales
para su proliferación.
Varios médicos y psicólogos ejercían una vigilancia estricta sobre
nosotros. Les interesaba más el deterioro mental que el físico. Había
interés en saber cómo y cuánto se habían dañado las mentes. De hecho,
algunos hombres habían enloquecido por completo.
Por esa época la memoria me fallaba y sufría de una enorme confusión
mental. Me alarmaba del menor ruido y esto me producía una
taquicardia muy fuerte. Comenzaron a darme ataques de asma.
Intentaba mantenerme sereno y respiraba con lentitud, pero aun así
era horrible la sensación. Escuchaba yo los estertores de otros presos
que se asfixiaban buscando desesperadamente una bocanada de aire que
no podía entrar por los bronquios obstruidos.
Un día de abril de 1972 nos permitieron salir al patio. Los amigos se
abrazaban, llorando de emoción. Teníamos los ojos hundidos en el fondo
de las cuencas; la piel pegada a los huesos. Yo miraba a mis amigos con
una lástima casi hasta las lágrimas, y de pronto me di cuenta de que
ellos me miraban de igual forma. Todos parecíamos ancianos de 80
años.
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Aún recuerdo ese día como si fuera ayer. El cielo estaba azul, y el sol
tibio. Todo me daba vueltas. Martín Pérez, que caminaba a unos pasos
de mí, se llevó la mano a los ojos y se desplomó suavemente sobre la
hierba, perdiendo el conocimiento; luego otros fueron cayendo. Tuvieron
que acudir militares para ayudar al regreso.
Ese mes de abril, un grupo de 50 fuimos llamados. Afuera esperaban ya
los carros-jaula. Una vez más nos llevaron a La Habana, donde Fidel
Castro seguía negando la existencia en Cuba de campos de concentración,
de prisioneros políticos y de torturas. "Desde mi silla de ruedas" DE
NUEVO en La Cabaña, supimos que Pedro Luis Boitel, mi amigo y
compañero de fuga de Isla de Pinos, agonizaba en la prisión del Castillo
del Príncipe como consecuencia de una huelga de hambre que
mantenía en protesta por el trato inhumano que recibía. Las autoridades
no hacían nada para ayudarlo. Por fin lo visitó en su celda el teniente
Valdés, jefe de la Policía Política en aquella cárcel. Los amigos de Boitel le
pidieron que le consiguieran asistencia médica.
—Informaré al Ministerio, y que la superioridad decida —contestó
Valdés.
Pasaron las horas y a Boitel no iban a darle cuidados médicos. Murió el
24 de mayo de 1972, temprano por la mañana, después de 53 días de
huelga de hambre.
Unas semanas después, un grupo de oficiales se reunieron en la casa de
un oficial del Ministerio del Interior, en las afueras de la capital. Los
hombres iban a cazar patos, mientras preparaban, las escopetas el jefe
de Cárceles y Prisiones, Medardo Lemus, comentó que Fidel Castro había
dado la orden de que "liquidaran a Boitel para que no jodiera más".
El Gobierno empezó a aplicar una nueva política. Luego de usar durante
años cuanta tortura, violencia física y psíquica pudiera existir,
comprendieron que no funcionaba. Así que nos cerraron la puerta para
siempre, agregando años a nuestras sentencias. A menos que el reo fuera
a un "frente de trabajo" y se pusiera el uniforme azul, jamás sería
puesto en libertad.
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Cuando Martha y yo nos casamos, habíamos hablado de lo útil que
sería su trabajo en el extranjero en favor de mi liberación. Decenas
de miles de personas habían marchado a Estados Unidos en los
llamados Vuelos de la Libertad, en 1965. Desde entonces ella hubiera
podido irse. No había querido hacerlo, a pesar de las amenazas a su
propia libertad. Pero era vital que el mundo conociera la verdad acerca
de las celdas tapiadas, de Boitel y de otras atrocidades. Por fin partió
con su padre, tras su liberación en abril de 1972.
Ahora podía establecer un correo clandestino con Martha. Por razones
de seguridad (los presos en Cuba aún usan las mismas técnicas) no puedo
revelar los detalles acerca de las personas que me ayudaron y los
métodos que empleamos para introducir y sacar información. Pero,
en pedacitos de papel que entraban clandestinamente yo le escribía a
Martha varias veces a la semana. No todas las cartas lograban salir, pero
muchas sí. Planeábamos hacer una campaña de opinión pública que
obligara a Castro a ponerme en libertad.
No era una tarea fácil. En aquella época, la mayoría de la gente en el
exterior tenía una visión distorsionada de la realidad cubana. La prensa
mundial, en gran parte, no había informado lo que ocurría
verdaderamente en la Cuba de Fidel Castro, y los gobiernos de muchos
países capitalistas le ofrecían apoyo diplomático, algunos, incluso
generosa ayuda financiera.
Crear un estado de opinión pública lo suficientemente fuerte como para
que se hiciera algo concreto en favor de nuestra libertad no sería nada
fácil. Pero confiaba en Martha, y en que Dios nos ayudaría. Mis
denuncias eran peligrosas; podían incluso matarme. Pero tenía que
correr ese riesgo.
En el mes de junio de 1974 el coronel Lemus entró al patio y dijo que
no nos darían de comer a menos que aceptáramos las condiciones
políticas. Nos negamos. A las dos semanas de aquel ayuno
obligatorio ya no podía caminar. Me fallaba el cuerpo maltratado,
pero se agigantaba mi espíritu de rebeldía. Sabía que podía morir,
pero no me asustaba aquella posibilidad. Para mis creencias, no
significaba el fin, sino el comienzo de la verdadera vida.
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El 12 de agosto de 1974, a los 46 días de iniciada la negación de
alimentos, dieron por terminada la medida. Y comenzó la lucha, que
duraría varios años, por la asistencia médica. No teníamos sillas de
ruedas, así que nos arrastrábamos sobre unos cajones de madera. Me
habían dicho que padecía yo de polineuritis, enfermedad del sistema
nervioso, causada por el ayuno obligatorio, que puede afectar los
reflejos y la locomoción. Así que traté de darme yo misma terapia física.
Acostado en mi litera, usaba las manos para mover todas las
articulaciones de mis piernas, para evitar que se atrofiaran por
completo.
Para entonces nos entregaban la correspondencia cada dos o tres
meses. Cierto día, un nuevo cartero militar se apareció con un
paquete de tarjetas postales, y todas eran para mí. Las había visto en
la dirección, y supuso que debía yo recibirlas. Eran de miembros de
Amnistía Internacional. Fue así como supe que había personas en
todo el mundo que conocían ya nuestra situación. La noticia nos causó
júbilo.
Varios días después, dije a las autoridades que, si no nos daban sillas
de ruedas, las pediría a mis amigos de Amnistía Internacional. Pocos
días después nos las entregaron a los seis que estábamos inválidos.
Aquel vivir en una silla de ruedas dio una nueva perspectiva a mi vida.
Empecé a describir en versos mis impresiones y mis estados de
ánimo. Y me empeñé en que aquellos poemas llegaran al extranjero.
Escribí 21 copias. Una llegó a manos de Martha.
Desde mi silla de ruedas, publicado y traducido a varios idiomas, fue el
libro que me dio a conocer en muchos países del mundo y contribuyó a
que la pared de silencio e indiferencia que existía con relación a los
presos políticos comenzara a agrietarse. Olvidados de casi todos, los
únicos en el mundo Occidental que por tantos años de torturas habían
sido probados en su fe a la democracia, en su amor a Dios, a la libertad y
a la justicia, su situación por fin se conoció. Fue así como mi poesía se
convirtió en un arma de combate.
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"Prisionero de Castro, prisionero de conciencia"
EN ENERO de 1977 el gobierno cubano estrenó una gran prisión, el
Combinado del Este, capaz de albergar hasta 13,500 reclusos, y a todos nos
trasfirieron allí. A mí me pusieron en una celda de aislamiento en el
hospital de la prisión. Mi libro, y el interés de políticos e intelectuales en
todo el mundo comenzaban a preocupar a las autoridades cubanas. No
podían ya matarme; empezaba a ser conocido.
Supe interpretar bien la situación, y multipliqué mis denuncias, escribí más
cartas y preparé un nuevo libro de poesías, anécdotas y documentos. Supe
que Amnistía Internacional me había adoptado como "prisionero de
conciencia". La campaña en favor de mi liberación era como una bola de
nieve ladera abajo. Castro juraba y perjuraba que mientras esa campaña
existiera yo no sería liberado, pero en una carta a Martha le dije que no
perdiera la ofensiva.
El general Enyo Leyva, viceministro primero del Interior, fue un día a
verme en el hospital. Me saludó sonriente:
—Yo creo que ese libro tuyo, Valladares, exagera algunas cosas —me dijo.
—No es mi libro, general —le contesté, sonriente también—, es nuestro
libro, porque el argumento lo pusieron ustedes.
—Bueno, vamos a llevarte a un verdadero hospital para que recibas
tratamiento. Ahora no puedes decir que te damos golpes o te torturamos.
¿Por qué no escribes un libro diciendo eso?
—Lo haré, general, en cuanto la Revolución escriba otro relatando cómo
fuimos golpeados, torturados y asesinados en Isla de Pinos y en Boniato.
El general no se inmutó.
—Mira, yo tengo dos años menos que tú y, sin embargo, tú pareces
muchísimo más joven. Así es que no te hemos tratado tan mal.
—En mi aspecto tiene mucho que ver la satisfacción interior del
individuo, general. Seguramente que usted no duerme con la
tranquilidad de conciencia y espiritual con que duermo yo.
El general dejó de sonreír.
A finales de 1979 fui a parar al Hospital Ortopédico de La Habana, donde
cambió el trato completamente. Habilitaron para mí un cubículo con
mesas de fisioterapia y tanque para hidromasajes. Me permitían hablar
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con todos, salir a los jardines y tomar el sol. En aquellas condiciones creí
sinceramente que sería liberado.
En tanto, la sección francesa del P.E.N. Club, asociación internacional de
escritores, me nombró miembro de honor. Otro grupo que desempeñó un
papel importante en mi liberación, Of Human Rights, envió una carta a
Castro, firmada por decenas de representantes norteamericanos,
pidiendo mí libertad.
Venezuela, cuyas relaciones con Cuba estaban tensas, mantenía como una
constante mi libertad. El embajador venezolano en La Habana, César
Rondón Lovera, trató el asunto con Carlos Rafael Rodríguez, uno de los
ministros de Castro.
—¿Por qué no lo ponen en libertad y liquidan esa situación
desagradable? —comentó.
Carlos Rafael Rodríguez movió la cabeza en forma negativa:
—Valladares es un prisionero de Fidel; Fidel es el único que puede tomar
decisiones al respecto.
En marzo de 1980 apareció mi segundo libro, El corazón con que vivo,
que provocó verdadera histeria entre los coroneles de la Policía
Política. Me volvieron a llevar a Combinado del Este, donde me
encerraron en una celda sin ventanas.
Semanas después se me comunicó que un tribunal militar me había
celebrado juicio y condenado en ausencia por mis escritos y poesías.
Nuevamente tenía que permanecer en las celdas de castigo por tiempo
indefinido.
Me quitaron lápiz y papel, pero yo había logrado esconder una cuchilla
de afeitar y una hojita de las usadas para recetas médicas. Corté una
astilla de la tabla que me servía de asiento en la silla de ruedas, luego la
afilé, y dándome un corte en uno de los dedos, fui exprimiendo gota a
gota lo que sería la tinta. Escribí así; con mi propia sangre, una
poesía:
Me lo han quitado todo
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—bueno, casi todo—
porque me queda la sonrisa
el orgullo de sentirme hombre libre
y en el alma un jardín
eternamente florecido.
"Perdónalos, Señor"
EN EL OTOÑO de 1981 me trasladaron de nuevo al hospital y me metieron
en una celda de unos cuatro metros cuadrados. La habían pintado toda
de blanco brillante, y en el techo había diez grandes tubos de neón.
Pasaría allí más de un año; y en torturas psíquicas, los peores meses
del presidio.
La reja de entrada daba a un pasillo cuyas ventanas habían sido selladas
con planchas de madera, impidiendo de esa manera que yo pudiera ver
siquiera la claridad del día. Cuando abrí el grifo para tomar agua, no salió
ni una gota. El calor era insoportable, porque además de que la pared del
fondo era calentada por el sol tropical, exactamente debajo estaba la
cocina del hospital. No había interruptores de luces, así que era
imposible apagar los diez tubos de neón. La luz era tan fuerte que me
herían las pupilas incluso cuando cerraba los ojos.
El agua me la daban únicamente a las horas de comida. De nada valían
mis peticiones de un recipiente para guardar un poco. En todo momento
tenía sed.
Luego, un día oí que trabajaban en la habitación contigua. Un oficial de
la Policía Política vino a mi puerta. "Ya está lista su sala particular de
fisioterapia" dijo. "Esto es para que usted vea que la Revolución, sin
consideraciones políticas, contempla al hombre como ser humano".
Me reí, y él se volvió y se alejó, furioso.
Al día siguiente, recibí la visita del mayor Guido, de la Policía Política.
"Bueno, Valladares, como ya nadie habla de usted, y su esposa Martha ya
no aparece en los periódicos hemos decidido proseguir el tratamiento de
fisioterapia. Si ha demorado tanto ha sido porque nosotros no cedemos
ante presiones de nadie".
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Yo sabía que su actitud estaba determinada por lo único que hace a los
comunistas conceder algo: las presiones internacionales. Así que las
palabras de Guido fueron las noticias más alegres. Estaba yo convencido
de que me iban a poner en libertad, de que la fisioterapia tenía como
finalidad borrar las huellas de las torturas. Los mismos hombres que me
habían dejado inválido, ahora me curarían.
Mi interpretación de los hechos resultó acertada. Después supe que
Martha había realizado un viaje por países de Europa en busca de apoyo
para mi liberación. Se reunió con Pierre Schori, secretario internacional
del Partido Social Demócrata y actualmente subsecretario de Relaciones
Exteriores de Suecia. Trató de convencerla de que desistiera de su
campaña pública.
—Señora, así nunca lo sacará de la prisión —le dijo.
Martha le respondió que no era inteligente seguir manteniéndome en
prisión.
—Eso daña la imagen de Castro y de su régimen —comentó Martha.
—Señora, en Castro chocan la inteligencia y la soberbia. Y siempre triunfa
la soberbia —terminó diciendo Schori.
Sin embargo, la bola de nieve se volvía incontenible. En Noruega,
Martha se entrevistó con la actriz Liv Ullmann y un grupo de periodistas
e intelectuales. Sensibilizados por lo que Martha les contó, fundaron un
comité para trabajar por mi libertad en Oslo. Ahora Castro tendría
que ceder.
Mi tratamiento continuó conforme iban pasando los meses. Después de
que aprendí a caminar nuevamente, me llevaron a Villa Marista, sede de
la Policía Política. Toda una cohorte de coroneles me condujo a un
despacho lujosísimo, donde esperaba el general jefe de las instalaciones.
—Valladares, lo hemos traído aquí porque vamos a ponerlo en libertad.
¿No le agrada la noticia?
—¿Y por qué van a ponerme en libertad, general? —le dije, sin creerlo
mucho. Había mantenido desde muchos años atrás la conducta de no
ilusionarme con nada que ellos dijeran.
—Porque la Revolución irá dándole solución a casos como el suyo, a
pesar de su rechazo al Plan de Rehabilitación Política.
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No pude dormir esa noche. Temía que fuera una nueva jugada de la
Policía Política. Sin embargo, varios días después llegó el general con
Pierre Charasse, el embajador de Francia. Me dijo que el presidente
Francois Mitterrand había pedido mi liberación a Castro y que este
había accedido.
Comprendí en unos segundos que el juego había cambiado, y pedí al
señor Charasse que trasmitiera mi agradecimiento al presidente de
Francia. Sin embargo, agregué que no podía aceptar a menos que mi
familia también pudiera salir de Cuba.
Dos días después las autoridades trajeron a mi familia. Mi madre y yo
nos abrazamos después de muy largos años sin vernos; mi hermana me
besaba emocionada. Luego Charasse me dijo que en conversaciones entre
Castro y el gobierno francés se decidió incluir a mi familia en la
negociación.
—Martha ha esperado por ti veintidós años —me dijo mi hermana,
abrazándome— Vete, Armando, y que sea lo que Dios quiera.
LLEGÓ la hora de la partida. La comitiva de varios coches enfiló rumbo al
Aeropuerto Internacional José Martí. Un sol rojo, como de sangre, teñía la
tarde de grana y en mi corazón elevé una plegaria por mis compañeros
que quedaban atrás, en la noche interminable de las cárceles políticas
cubanas.
Una mezcla de tristeza y alegría me fue hundiendo en los recuerdos de
22 años en la cárcel: La fuga frustrada; Boitel, que murió por una
huelga de hambre porque Castro quería verlo muerto; los amigos
asesinados en los campos de trabajos forzados; la dinamita, las gavetas,
las celdas tapiadas. Una legión de espectros, desnudos, lisiados, cruzó
por mi mente. Y en medio de esta visión apocalíptica, entre la orgía de
golpes y sangre, surgió un hombre, la figura famélica, esquelética, del
Hermano de la Fe, con el pelo blanco, los ojos azules fulgurantes y el
corazón lleno de amor, levantando los brazos al invisible cielo y pidiendo
clemencia para sus verdugos: "¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que
hacen.!"
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En noviembre de 1982 la madre y la hermana de Armando Valladares
recibieron permiso para salir de Cuba. En diciembre asistieron al
matrimonio, ante Dios, de Armando con Martha López en la iglesia católica
de Saint Rieran, en Miami. Actualmente, Armando Valladares vive en
Madrid con su esposa y dos hijos adoptivos. Como presidente de la Coalición
Europea para los Derechos Humanos en Cuba, dedica sus esfuerzos para
liberar a los miles de presos políticos que aún están cautivos en los gulags de
Fidel Castro.
CONDENSADO DE "CONTRA TODA ESPERANZA. 22 AÑOS EN
EL GULAG DE LAS AMÉRICAS". © 1985
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