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Revista Hegemonía. Año III Nº. 28

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 28 AÑO III | JUNIO DE 2020

labatallacultural.org

HEGEMONIA

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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte

de sus lectores mediante suscripciones regulares y

de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición

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línea editorial de La Batalla Cultural.


HEGEMONIA

48

CONTENIDO EXCLUSIVO

Peronismo

total

ahora

16

HISTORIA + GEOGRAFÍA =

GEOPOLÍTICA

La insubordinación

fundante

60

OPINIÓN

En una fortaleza

sitiada, toda

disidencia es

traición

30

PENSAMIENTO

NACIONAL-POPULAR

En nombre de

qué sacrificarse


EDITORIAL

El derecho a exigir

Nacional, popular y democrática.

Así se autodefine la fuerza

dominante en el Frente de Todos,

la alianza formada como

relevo de los viejos Frente

para la Victoria y Unidad Ciudadana

para triunfar en las elecciones

del 2019 y terminar con el ciclo

de saqueo oligárquico que había

empezado en diciembre de 2015

con la derrota del peronismo en las

elecciones de aquel año. Nacional,

popular y, fundamentalmente, democrática,

en oposición al autoritarismo

que supuestamente solo existe

en el campo del enemigo. De este

lado nos definimos democráticos

en un sentido de demos y de cratos,

de gobierno popular. Pero también

hablamos de democracia en un

sentido de diversidad de opinión

y de tolerancia con el distinto esa

diversidad. ¿Lo somos realmente, o

se trata más bien de un eslogan?

Lo que llamamos campo nacional-popular

estaba convulsionado

al momento de lanzar esta 28ª.

edición de nuestra Revista Hegemonía

por la sublevación de ese

sector del peronismo que se suele

clasificar como “doctrinario”. Con

Guillermo Moreno a la cabeza, esos

peronistas habían empezado a exigirle

al gobierno del Frente de Todos

—y más específicamente al jefe del

gobierno, el presidente Alberto Fernández—

que rectificara el rumbo de

su gestión abandonando el sesgo

“progresista” y socialdemócrata

que había tenido desde el momento

de asumir el cargo en los primeros

días de diciembre del 2019. Moreno

demandaba específicamente

una rectificación de las políticas

económicas y una reformulación del

4 HEGEMONIA - junio DE 2020


consejo de expertos que asesoraban

a Fernández en el tránsito de la

crisis provocada por la pandemia.

Moreno exigía un gabinete de cuadros

peronistas para llevar a cabo

un programa económico peronista

y también le sugería al presidente

que incorporara a su consejo de

expertos algo más que médicos,

haciendo de eso un consejo integral

para la resolución también integral

de la problemática nacional.

Moreno había querido aportar al

debate presentando un plan económico

alternativo, aunque no obtuvo

respuestas. Entonces la bomba estalló

al advenir el conflicto por la cerealera

Vicentín: Fernández anunció

la intervención y posterior expropiación

de la empresa, encendiendo la

llama de la pasión y la locura entre

la militancia dicha “kirchnerista”,

que vio en el hecho una reedición

de aquellos días gloriosos en los

que Cristina Fernández recuperaba

para el Estado argentino piezas de

su patrimonio como YPF, Aerolíneas

Argentinas y los fondos que habían

estado en la timba de las AFJP. El

“kirchnerismo” salió entonces a

apoyar apasionadamente el anuncio

del presidente Fernández, tan

solo para encontrarse con que un

histórico del peronismo y un experto

en temas económicos como Moreno

decía que la idea no era buena. Esa

fantasía idílica de un bloque homogéneo

y compacto yendo al choque

contra la “derecha” para “bancar”

al gobierno se esfumó ahí. No existe

tal bloque y, en realidad, al interior

del Frente de Todos hay muchas

más disidencias que acuerdos.

Los detalles de la discusión son

irrelevantes cuando lo que se quiere

observar es lo siguiente: de este

lado no estamos muy dispuestos a

tolerar las disidencias internas y solemos

reaccionar muy mal frente a

ellas. Somos capaces de los peores

insultos, de lanzar los más hirientes

agravios contra el de al lado si este

se atreve a plantear un desacuerdo.

La triste realidad es que hemos sido

programados para seguir sin cuestionar

los movimientos del gobierno

cuando consideramos que dicho

gobierno es propio. Y estamos programados

para atacar furiosamente

al que entre nosotros se atreva a no

hacerlo.

Esa es la discusión del momento.

¿Qué tan democráticos en el sentido

de tolerar la disidencia estamos

dispuestos a ser? Por otra parte,

cabría preguntarse si en el fondo

lo que hay aquí no es una lucha por

el campo, una lucha a muerte por

la definición de qué cosa va a ser

el peronismo en este siglo XXI. ¿No

será que a lo mejor Moreno tiene

razón cuando dice que un radical en

el Banco Central, un socialista en el

Banco Nación y un indefinido egresado

de Harvard en el Ministerio de

Economía no pueden dar una política

económica peronista, simplemente

porque no son peronistas?

¿El peronismo será lo que digan los

no peronistas, o será lo que está

previsto para ser en su doctrina, la

que dejó el General Perón por escrito

justamente para resolver estas

cuestiones?

Para muchos la fortaleza está

sitiada, los gorilas están al acecho y

prontos para volver a la menor señal

de debilidad. Y entonces cualquier

disidencia interna es traición, aunque

nada de eso haría avanzar mucho

la cuestión si efectivamente el

gobierno propio estuviera cometiendo

errores, puesto la debilidad del

gobierno no vendría dada por las

disidencias que apuntan a rectificar

esos errores: vendría dada precisamente

por las consecuencias de

esos errores si nadie está dispuesto

a discutirlos para rectificarlos.

Así aparece esta 28ª. edición de

la Revista Hegemonía, metiendo

como siempre el dedo en la llaga y

cuestionando aquello que, desde el

lugar de la comodidad de lo establecido,

nadie parecería dispuesto

a cuestionar. Meter el dedo en la

llaga y sacar del lugar pretendidamente

sectario del “doctrinario” al

peronista que simplemente exige

peronismo. Peronismo total ahora y

siempre. Para eso estamos y confiamos

que en ese sentido le seremos

útiles al fiel y atento lector: en el

sentido de ayudar a ver qué hay en

el reverso de la trama.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - junio DE 2020


OPINIÓN

El gobierno de los que

se la saben lunga

ERICO

VALADARES

Para poner orden en el mundo,

los griegos crearon una infinidad

de categorías, muchas

de las que hasta los días de

hoy siguen siendo de utilidad.

En la taxonomía de las formas de

gobierno posibles que hace Platón,

por ejemplo, la democracia aparece

y ya como una cosa muy imperfecta,

hasta peligrosa e inadecuada.

Platón hace hablar a Sócrates para

decir que, en la democracia, la

opinión de un individuo ignorante

tendía a tener el mismo valor que

la opinión de un sabio y que eso

no era conveniente para la organización

de lo que hoy llamamos

sociedad, del grupo. Allí está la

muy oportuna metáfora fisiológica,

en la que un paciente enfermo no

reúne en asamblea a una multitud

en su auxilio para votar democráticamente

el mejor método de cura,

sino que busca el consejo de uno

solo, del que sabe más del asunto:

el médico. En igual medida, cuando

una sociedad está enferma o la

patria está en peligro, opina el gran

crítico de la democracia, no conviene

confiar la solución de la enfermedad

o del problema a una multitud

en cuyo seno da lo mismo un burro

que un gran profesor. Lo mejor ahí

6 HEGEMONIA - junio DE 2020


es recurrir a la dirección de los que

saben más y eso es una sofocracia,

un gobierno de los sabios, lo que

equivale en estas categorías platónicas

a la aristocracia, o el gobierno

de los mejores.

He ahí en su origen filosófico y brevemente

expuesta la idea del “gobierno

de científicos” que lanzó el

presidente Alberto Fernández para

definir su propia gestión: en el concepto

platónico del gobierno de los

que saben más, de la sofocracia, un

tipo de liderazgo basado en una real

o supuesta autoridad intelectual y

que es requerido en un momento

de trance. De eso, de la percepción

de que existe hoy una “tiranía” de

los que se la saben lunga, como

diría el que se expresa en lunfardo,

salen las desopilantes ocurrencias

de nuestra oposición gorila como

la ya célebre “infectadura”. Claro

que esa oposición y esos gorilas

no se caracterizan precisamente

por su erudición ni por su amor a la

filosofía y por eso mismo tienden a

expresar sus ideas de manera más

bien brutal. La “infectadura” es eso,

es una forma gorila y lógicamente

brutal para decir “sofocracia” y

todo eso, a su vez, es un resultado

necesario de la caracterización de

“gobierno de científicos” lanzada

por Alberto Fernández. Pero no es el

único resultado ni el más funesto.

En todo lo que la conducción de

un movimiento político dice con la

boca o con el cuerpo también hay

una respuesta o un reflejo inmediato

en el comportamiento de los

subalternos en dicho movimiento.

Cuando en su discurso el presidente

opta por correr del centro de

la discusión a los siempre cuestionables

dirigentes políticos y los

reemplaza por los científicos, lo que

les está informando a los militantes

en ese acto es que a partir de allí se

constituye un liderazgo de tipo intelectual.

Y aún más: que esa conducción

está en manos de una intelectualidad

que no debe ser objetada,

pues es poseedora de una modalidad

de inteligencia que desde el

advenimiento de la modernidad se

asemeja a la verdad absoluta. La

consecuencia de esa información es

que nuestra militancia —ya de por sí

con tendencia a la soberbia, a raíz

de su convicción jacobina, pero fundada,

de que su proyecto político es

el mejor disponible en el mercado—

va a comportarse frente a los civiles

no militantes de un modo tal que la

consecuencia será la enajenación

del favor de esos civiles. En otras

palabras, cuando a la militancia

se le dice que está en poder de un

argumento irrefutable por cualquier

individuo que no sea científico, la

militancia hará de eso dos cosas.

Primero se abstendrá ella misma de

cuestionar dicho argumento, puesto

que la opinión científica no es una

opinión, sino lo más cercano a la

verdad revelada. Y luego rechazará

de plano y sin mucho diálogo toda

expresión de disconformidad por

parte de los civiles que represente

una contradicción a esa verdad revelada.

Gobierna la ciencia, gobiernan

los que saben más y los que no

saben deben callar y hacer caso.

No habría ningún problema en ello

si la sofocracia pudiera en los días

de hoy sostenerse más allá de la

opinión de los civiles no militantes,

pero eso no pasa. En realidad, son

Platón hace hablar a Sócrates para hacer una crítica a la democracia y para ponderar la

sofocracia, el gobierno de los que más saben y que equivale en sus mismas categorías a la

aristocracia, o el gobierno de los mejores. Como se sabe, la aristocracia siempre está a un

paso de desviar en oligarquía, una historia bien conocida en nuestro país.

7 HEGEMONIA - junio DE 2020


pongas en peligro al grupo queriendo

saber más que los científicos”

naturalmente se va a frustrar, se va

a alejar del extremo que se comporta

así y se va a acercar al extremo

opuesto, donde están los Pichetto,

las María Eugenia Vidal y las Patricia

Bullrich, entre otros. Todos más

oportunistas que centrodelantero

en el área y denunciando que gobierna

de facto un vulgar médico

y que eso, como se sabe, es una

“infectadura”.

La ciencia al poder

La opinión de Sandra Pitta y su firma en el documento que firmaron varios para denunciar

la “infectadura” golpearon durísimo en la base de apoyo del gobierno. Pitta es una de las

que se las saben lunga, puesto que es científica e investigadora del Conicet, condiciones

que para la militancia y los simpatizantes del kirchnerismo es casi sagrada. Si los científicos

siempre tienen la razón y el Conicet es el oráculo de la sabiduría universal, ¿por qué habría

de estar equivocada Sandra Pitta en su postura? Contradicciones que son los callejones sin

salida generados por la santificación de lo que no es santo.

esos civiles los que con su voto

deciden todas las elecciones en un

escenario clásico de tres tercios en

el que en cada extremo hay alrededor

de un 30% ya convencido ideológicamente

de lo suyo y ninguno de

los extremos es capaz por sí solo de

ganar las elecciones. A cada dos y

cuatro años, esos extremos deben

persuadir a los que están justo en el

medio y obtener su favor en forma

de voto para formar la mayoría necesaria

y ganar, no hay otra forma. Y

en esa lucha permanente por el voto

de los llamados “ni-ni” aparece la

militancia “de este lado” empoderada

en un argumento no refutable

y destilando soberbia. Pero también

aparece su contraparte, representada

en dirigentes como Miguel Ángel

Pichetto, que capitalizan sobre eso

al decir que en efecto se trata de

una “infectadura” porque gracias a

la pandemia gobierna un médico y

no el presidente electo para gobernar.

En el medio, en lugar de los

“ni-ni”, los expulsados por una militancia

envalentonada de un lado se

van corriendo a buscar refugio en el

extremo que ofrece una explicación

más o menos plausible del hecho.

El que tenga una disconformidad

—la que fuere, real o ideológica,

es lo mismo para el caso— y reciba

de una parte por toda respuesta el

argumento de “quedate en casa, no

Esos son movimientos naturales de

la política que no requieren mucha

más explicación. El que haya estado

simpatizando o militando por

el proyecto nacional-popular en

las elecciones del año 2015 recordará

muy bien cómo los nuestros,

convencidos de que un triunfo de

Mauricio Macri sería nefasto para

el país, cortaron de cuajo cualquier

posibilidad de diálogo con los

civiles no militantes que entonces

tenían alguna disconformidad puntual

respecto al gobierno de Cristina

Fernández que estaba finalizando.

Lo que pasó ahí fue una clásica

sobreideologización y una pérdida

de contacto de los nuestros con los

“ni-ni” que terminó empujando a

muchos de estos hacia el otro extremo,

derechito a los brazos de Macri.

En parte también por eso perdimos

las elecciones ese año y los temores

se confirmaron: Mauricio Macri

llevó a cabo un monumental saqueo

y la Argentina es hoy un país que

ha retrocedido varios casilleros

respecto a la situación existente en

diciembre de 2015.

Perdimos de vista entonces el hecho

de que las elecciones se ganan

con mayoría de votos y que los votos

necesarios para formar esa mayoría

no estaban todos de antemano

8 HEGEMONIA - junio DE 2020


en el canasto de ninguna de las

dos parcialidades en pugna. Había

que ir a buscarlos entre los “ni-ni”,

había que hacer política ganándose

otra vez el favor de los que nunca se

definen del todo por uno u otro proyecto

político. Algo de eso empieza

a pasar hoy otra vez y no es difícil

proyectar el movimiento hacia el

futuro, ver cómo las consecuencias

pueden impactar en las elecciones

de medio término del año que viene

y, más importante aún, en las generales

del año 2023. Una militancia

sobreideologizada va a tender

necesariamente a encontrar más

rechazo entre los “ni-ni”, que de

ideología ni fa ni fu. En consecuencia,

a medida que ese rechazo vaya

en aumento, en vez de enmendar el

error y abrir canales alternativos de

diálogo con los civiles, la militancia

tiende a cerrarse cada vez más

sobre sí misma, a hacerse cada vez

más endogámica en su búsqueda

por lugares seguros, lugares libres

de molestos cuestionamientos. Ese

es el famoso microclima militante

que resulta de la necesidad natural

de contención en un entorno hostil.

Ahora bien, ¿por qué? ¿Por qué el

cuestionamiento se percibe como

algo hostil por los que, al menos en

teoría, tendrían que estar preparados

para dar respuestas a esos

cuestionamientos? En principio porque

no consideramos que los cuestionamientos

a nuestro proyecto

político sean válidos. Pero no tanto

porque nuestro proyecto sea perfecto,

no lo es. Nuestro proyecto político

es perfectible y tenemos plena

conciencia de ello. La cuestión es

que el proyecto opuesto —que es

el de la fuerza brutal de los gorilas

antipatria y antipueblo— es directamente

inviable. Como sabemos eso,

sabemos que la alternativa no es

realmente una alternativa, automáticamente

descalificamos los cuestionamientos

porque consideramos

un delirio la posibilidad de volver

a optar por un proyecto de colonia

que destruyó la Argentina cada vez

que se hizo del poder en el Estado,

ya sea por el voto o por el golpe.

“¿Por qué tengo que discutir con un

Miguel Ángel Pichetto, el referente de la oposición que lanza la hiriente acusación de un gobierno de facto, en el que las decisiones las tomaría

el Dr. Pedro Cahn. La denuncia de Pichetto fue tomada con sorna por los militantes y simpatizantes del “albertismo”, pero cayó como una

bomba en la conciencia de los que no pertenecen a ese grupo y se sienten frustrados por el aislamiento social obligatorio.

9 HEGEMONIA - junio DE 2020


globo?”, se preguntan los nuestros.

“No puede ser que sean tan tarados

a punto de votar a Macri de nuevo”.

A eso se le suma lo que para

nosotros es una obviedad: Mauricio

Macri y sus gorilas chocaron la

calesita, como dice el buen sentido

popular. Y la chocaron hace muy

poquito, eso está bien fresco en

la memoria. Sí, pero quizá solo

en nuestra memoria. Lo que para

nosotros es obvio es que Macri o

cualquiera de los dirigentes que

forman en su espacio gorila son una

especie de Fernando de la Rúa, son

una opción por la que nadie nunca

más puede volver a votar. Y nada de

eso se verifica en la realidad cuando

llega la hora de contar los porotos:

lo cierto es que ya para el 2021 la

alianza gorila volverá a aparecer

con un nuevo nombre de fantasía,

muchos colores, bailes sobre el

escenario y, lógicamente, globos. Y

otra vez obtendrá millones de votos

en todo el país. Así es la política y

si desde este extremo ideológico no

hacemos lo necesario para formar

los consensos y la mayoría para ganar,

esos millones de votos van a ser

suficientes para que el gorila gane

otra vez y vuelva a tener el poder

político en el Estado para finalizar

la obra de destrucción de Macri,

que quedó trunca por el triunfo del

peronismo en el 2019.

Entonces estamos convencidos

de que “a Macri no lo votan ni los

parientes” y estamos equivocados.

Pero hay más. A la convicción

de que nuestro proyecto es mejor

porque la opción no es viable y a la

certeza de que los gorilas pusieron

el país de sombrero se les suma

ahora otra certeza ideológica, la

que al principio de este texto describíamos:

el nuestro es un “gobierno

de científicos”, es una sofocracia y

es la conducción de los que entre

nosotros saben más. Es la ciencia al

poder. ¿Quién podrá cuestionar eso

y ponderar el voto a un Macri, a una

Vidal o a una Bullrich? ¿Se imaginan

lo que sería la Argentina frente

a la pandemia del coronavirus si

Macri hubiera ganado las elecciones

del 2019?

De todas las certezas ideológicas

esta última es lógicamente la más

nueva y es también la que con más

fuerza nos va a empujar hacia la

endogamia del microclima militante.

¿Por qué? Porque es lo obvio

ululante, al menos para nosotros:

existe una amenaza real a la salud

pública y frente a esa amenaza se

impone la necesidad de un “gobierno

de científicos”. No pueden

gobernar esta crisis los “globos”

que bailan sobre el escenario y se la

pasan durmiendo sobre una reposera

y, en realidad, no la puede gobernar

nadie que no sea científico.

“¡Todo el poder a los laboratorios y

a los tubos de ensayo!”, gritaría un

hipotético Lenin frente al escenario

actual. ¿Quién podría dudar de

ello? Es esa obviedad tan grande,

tan potente para nosotros, la que

no puede ser objetada y que nos

hace reaccionar con furia cuando

algún “anticuarentena, antivacunas,

terraplanista, estúpido, etc.”

plantea alguna disconformidad o

Horacio Rodríguez Larreta viene aprovechando la cercanía al presidente para “lavar” su imagen y posicionarse como uno de los presidenciables

del proyecto gorila para las elecciones 2023. Como se sabe, entre esos presidenciables Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich siempre van

a correr con ventaja respecto a los demás, puesto que son hijos dilectos de la oligarquía auspiciante y beneficiaria del proyecto.

10 HEGEMONIA - junio DE 2020


disidencia. ¿Acaso son idiotas y no

entienden que si salen van a contagiarse,

van a matar a otros y van a

morir?

No hay debate posible. Ya no lo

había cuando nuestras certezas

ideológicas eran solo las de la

inviabilidad del proyecto político

alternativo al nuestro y del hecho de

que los gorilas saquearon y dejaron

destruido el país, menos que menos

habrá posibilidad de debatir ahora

que nos han empoderado en una

verdad científica. Véase bien, ya

no es solo la convicción netamente

política de tener el mejor proyecto

hasta por descarte y de que el otro

se fue prácticamente corrido del

gobierno. No, no. Ahora nuestra

verdad es científica y nadie está

dispuesto a discutir eso, ni ahora ni

nunca.

Verdades reveladas

La ciencia no se discute. O, mejor

dicho, no la discutimos los que no

somos científicos y eso se asemeja

muchísimo, tanto en la forma como

en el fondo, a un oráculo de sabios

desde el que baja la verdad en forma

de revelación. Un científico presenta

una hipótesis argumentada

en un lenguaje no accesible para los

mortales, la camarilla de científicos

analiza la argumentación y, si una

determinada cantidad de ellos considera

que está bien, la hipótesis

es aceptada por la comunidad. Así

es cómo funciona lo que llamamos

“ciencia” y no podría ser de otra

forma. ¿Cómo podrían someter sus

argumentaciones a la opinión de

gente que no está calificada para

comprender de qué se trata? No

podrían, lógicamente. La ciencia es

un asunto de los científicos como lo

es el arte de los artistas o el golf de

los golfistas, si se quiere. Son campos,

como diría Pierre Bourdieu. Eso

El etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, titular de la Organización Mundial de la Salud

(OMS). La OMS es una fuente inagotable de autoridad para muchos de los “nuestros”,

los que consideran sagrada la palabra de dicho organismo. No obstante, tanto Adhanom

Ghebreyesus como la propia OMS están acusados de ser funcionales a los intereses chinos,

más aún cuando es bien conocida la adicción de los dirigentes africanos en general por los

yuanes que China derrama generosamente en jugosos sobres.

siempre funcionó así, nunca va a

funcionar de otra forma. Y entonces

está bien, no hay realmente ningún

problema en ello.

El problema empieza cuando la

opinión emitida por un campo determinado

se quiere generalizar en

la sociedad en la forma de política.

O, mejor dicho, cuando la opinión

de ese campo no está conjugada

con la opinión de los demás campos

que forman el vasto, vastísimo

entramado social. La articulación

de ese entramado es el trabajo de

la especialidad general de todas las

especialidades: la política. Por lo

tanto, queda en evidencia que una

cosa tal como un “gobierno de científicos”

es tan indeseable en términos

democráticos —en los términos

del objeto de la crítica platónica,

antidemocrática— como podría ser,

por ejemplo, un gobierno de artistas

o de golfistas. No es ninguno de los

campos el más idóneo para asumir

la conducción de una sociedad que

es mucho más vasta que cualquiera

de esos campos, cuyos intereses

exceden muchísimo el interés particular

de cada uno de los campos.

El gobierno siempre es un gobierno

de los dirigentes políticos, de los

que están preparados para articular

entre todos los campos, entre todos

los sectores y además para comunicar

correctamente esa articulación

de una forma que todos puedan

comprenderla.

Hasta ahí el asunto del “gobierno

de científicos” que, como se ve, es

una quimera. Eso no es más que

una consigna cuya utilidad se limita

a una coyuntura muy puntual: la de

una pandemia como la del coronavirus.

Hay una pandemia, una amenaza

a la salud general. Y la mejor

solución para alejar esa amenaza es

la ciencia, puesto que la ciencia es

la investigación necesaria para dar

con la cura a la enfermedad pandémica.

Ergo, no hay nada más conveniente

para el grupo que un “gobierno

de científicos”, una sofocracia

que también es una aristocracia,

una dirección puesta en las manos

de los mejores.

11 HEGEMONIA - junio DE 2020


Problema en puerta. El Dr. Pedro Cahn, cabeza del “gobierno de científicos”, aquí junto a su

hijo Leandro y a la diputada sorora Silvia Lospennato en un evento a beneficio del aborto en

la fundación Huésped. Cahn tiene vínculos con la International Planned Parenthood Federation,

de la que ha percibido dinero a través de la fundación. La oposición está esperando

el momento justo para destapar esas oscuras conexiones del Dr. Cahn y generar una nueva

crisis en el gobierno: lo que hizo Pichetto, en ese sentido, fue preparar el terreno colocando

al Dr. Cahn en el centro de la escena para luego caerle con todo.

Nadie puede dudar de eso, pero

eso tiene un límite: la limitación

de la ciencia para dar respuesta

sobre las problemáticas de otros

campos y sectores de la sociedad.

Como decíamos, una sociedad es

una cosa muy heterogénea, no se

reduce a la prédica ni a los intereses

particulares de ninguno de los

sectores de los que ella misma, la

sociedad, está compuesta. Concretamente,

cuando los científicos

dicen —correctamente, hasta donde

sabemos— que es hora de guardarse

en casa para evitar que haya un

contagio masivo de la enfermedad

pandémica, no dicen qué hay que

hacer, por ejemplo, con la economía

de los que se van a guardar en casa.

Y eso es lógico, porque un médico

no va a decir una palabra sobre

economía, no es su campo. Un

médico va a decir una palabra sobre

medicina y se supone que la diga

bien. Pero no alcanza. Además del

médico y del científico, tienen que

decir una palabra el economista, el

abogado, el contador, el sociólogo,

el ferretero, el aguatero, el trabajador

autónomo, el obrero y, en fin,

todos los que están en sociedad. Todos

tienen que decir su palabra y es

trabajo de la política articular esa

palabra para que todos los sectores

de la sociedad vean satisfecha su

demanda y la sociedad funcione.

El que dice la palabra final, siempre,

como síntesis de la palabra

de todos los demás es el dirigente

político, cuya función es la función

general de dirección intelectual y

moral de la sociedad, sea cual fuere

su forma de gobierno.

Todos los sectores tienen su verdad

revelada. Si se le pregunta al

gremio de la construcción qué hay

que hacer, ese gremio dirá que es

necesaria la obra, pública y privada.

Y es así, la obra es necesaria en una

sociedad. El asunto es que para la

realización de la obra tienen que

funcionar muchas otras cosas que

no están en la órbita de la construcción.

Y entonces un gobierno de los

albañiles y los maestros mayores

de obra también sería una quimera,

aun cuando el contexto fuera el de

un país recién bombardeado que

necesita reconstruirse. Alemania no

salió de las ruinas de los bombardeos

de la II Guerra Mundial con un

gobierno de albañiles. Salió con un

gobierno de políticos que articularon

las múltiples demandas de la

sociedad, entre las que estaba la

construcción civil.

El saber “técnico”

inobjetable

Pero el asunto del “gobierno de

científicos” sigue siendo fuerte,

principalmente por la coyuntura de

amenaza a la salud general. Y sigue

12 HEGEMONIA - junio DE 2020


siendo fuerte porque el sentido

común les atribuye a los científicos

un saber técnico inobjetable. Cuando

el científico habla nadie discute,

fundamentalmente porque nadie

entiende muy bien lo que el científico

dice y entonces lo mejor es

hacer caso. Ese es el saber técnico

inobjetable desde el punto de vista

de los que no lo tenemos: una cosa

inasible, grave, envuelta en un

manto de seriedad que no admite la

discusión. Y veremos que ese saber

técnico inobjetable —siempre en

la percepción del sentido común,

claro, porque todo es objetable si el

que objeta sabe de qué se está hablando—

no es propiedad exclusiva

de los científicos del laboratorio y el

tubo de ensayo. Hay muchos otros

científicos que disimulan su opinión

particular en un manto de saber técnico

inobjetable justamente para

que no se les discuta lo que dicen.

Durante los años 1990 y hasta

entrados los años 2000, en la

Argentina debieron imponerse las

políticas neoliberales que el Consenso

de Washington exigía. Caído

el Muro de Berlín, disuelta la Unión

Soviética y habiendo triunfado la

hegemonía unipolar de los Estados

Unidos, el Consenso de Washington

era un mandato para todos los

dirigentes políticos de América, no

había forma de decirle que no al

no haber alternativa. No estaba ya

la URSS como polo opuesto para

equilibrar la balanza de la geopolítica

y limitar el poder de Occidente.

Entonces había que hacer lo que

Occidente quería, pero había un

problema: ¿Cómo explicarles eso

a las sociedades sin que nadie se

retobara? ¿Cómo implementar

políticas neoliberales, a todas luces

ruinosas para las mayorías, sin que

nadie objete esa implementación y

el fundamento de esas políticas?

Pues haciéndolas pasar por saber

técnico inobjetable y así nace en los

años 1990, aquí en la Argentina,

por ejemplo, el “gobierno de los

economistas”. Estos economistas

no se presentaban frente a la sociedad

como dirigentes políticos a los

que se les puede discutir, sino como

técnicos cuyo saber solo podía ser

discutido por otros técnicos. Los

economistas entonces no hacían

política: lo que hacían era poner

en práctica un saber técnico inobjetable

y expresado en un lenguaje

que ningún no economista podía

entender del todo. Así fue cómo el

argentino se acostó y aceptó que

Domingo Cavallo llevara a cabo

la totalidad del proyecto político

dictado por el Consenso de Washington.

“Cavallo es un tipo que sabe

mucho de economía y sabe lo que

hace”, decíamos en esa época. Y los

resultados están a la vista.

Pero son patrañas. Cavallo nunca

habló desde el lugar del saber técnico

inobjetable, simplemente porque

eso no existe. Todo es objetable si

se le conoce la naturaleza a la cosa.

Cavallo habló siempre desde la

opinión, siempre desde el lugar de

la política. Domingo Felipe Cavallo

fue un dirigente político al que se le

encargó la aplicación de las políticas

neoliberales de un pacto firmado

muy lejos de acá. Cavallo fue un

político, eso son los que asumen

la dirección del gobierno formal o

informalmente, porque el gobierno

siempre es eso, un gobierno de

dirigentes políticos.

Hoy, después de la catástrofe del

2001 y la caída en desgracia de los

economistas “técnicos”, a los que

En los años 1990, Domingo Cavallo fue incuestionable, puesto que se presentaba como un

individuo que se la sabía lunga y un poseedor de un saber técnico inobjetable. Sin embargo,

Cavallo nunca fue más que un dirigente político sin votos que usurpó el poder con el pretexto

de la técnica para imponer el mandato neoliberal del Consenso de Washington en Argentina.

13 HEGEMONIA - junio DE 2020


se les cayó la máscara, los técnicos

inobjetables son los científicos.

Las innumerables demandas de los

sectores sociales quedan enterradas

bajo la sentencia magistral de

los que tienen ese saber técnico

inobjetable y no son, por esa razón,

objetados. Si alguien se atreve a

decir en la Argentina o en cualquier

país cuya media de educación sea

más bien alta que la ciencia no es

más que una opinión entre muchas

otras y que una sociedad no puede

dirigirse por una sola opinión particular,

ese atrevido será atacado con

furia por la turba cientificista, que

será muy adicta al saber y al conocimiento,

pero no se priva de utilizar

métodos “bárbaros” o “medievales”

de linchamiento público cuando

alguien se atreve a cuestionar la

existencia de ese dios moderno

que es la ciencia. Entonces nadie

dice nada y la ciencia va al poder,

para aplicar desde allí lo que considera

correcto y ciertamente lo es,

aunque también es absolutamente

insuficiente para la organización

social.

Es preciso decirlo: los científicos,

como los economistas, son unos

tipos muy especiales. Raros, diríamos

en el barrio. Son gente que

no pertenece a la media social y

fundamentalmente que no tiene lo

que se llama los pies sobre la tierra

en materia de arraigo en la realidad

cotidiana. El elemento del científico

es el laboratorio y eso es el éter, el

científico es “inmundo” en el sentido

estricto etimológico de la palabra:

no tiene mundo, no tiene calle,

no está conectado con el barro

social y no está, por lo tanto, preparado

para gobernar. El que sí está

preparado es el dirigente político,

pues funda toda su construcción en

lo que llamamos las bases, la gente

de carne y hueso que vive, sufre y

goza en humanidad real. Y cuyas

demandas, a los ojos de un científico,

van a aparecer siempre como

irracionales.

La cultura occidental hace mucho

detectó ese carácter especial de

los científicos. La figura del “científico

loco” es ya todo un clásico de

esa cultura prácticamente desde

la revolución burguesa, industrial,

desde el surgimiento del personaje

del Dr. Frankenstein en la obra de

Mary Shelley. A partir de eso, en

Occidente supieron lo que nosotros

sabemos hoy de los economistas:

que son gente especial, rara en todo

sentido. Y que de ninguna manera

Representación artística de Federico Nietzsche, el filósofo alemán llegó a la conclusión de que el hombre había matado a Dios para llegar al

conocimiento, esto es, que la modernidad había corrido a Dios del debate para cuestionarlo todo con la ciencia. El tiempo pasó y la ciencia

moderna terminó asumiendo el lugar de la divinidad que había destruido en primer lugar y hoy es la fe moderna.

14 HEGEMONIA - junio DE 2020


es apta para conducir los destinos

de todos los demás. Aquí en la

Argentina, no obstante, ese asunto

es todavía un tabú y la figura del

“científico loco” como caricatura

del que vive entre tubos de ensayo,

cobayos y tablas periódicas no solo

no existe, sino que está prohibida.

Es el brazo largo del sarmientismo

que impone la obligatoriedad de

reverenciar al que sabe. Al que más

sabe no se lo puede caricaturizar y

mucho menos se le puede discutir.

Sabe como sabían los que en la premodernidad

podían leer y monopolizaban

la palabra del Todopoderoso

expresada en la Biblia. El científico

hoy es eso, es el sacerdote de una

fe ideológica muy moderna, la fe

positivista en la ciencia que —en el

decir de Nietzsche— mató a Dios

para que el hombre llegara al conocimiento.

“Dios ha muerto” entonces

cuando llegamos a la ciencia,

aunque el resultado final fue que la

ciencia quedó restringida en manos

de una minoría segregada de la realidad

social y entonces lo único que

hizo la modernidad fue reemplazar

el Dios celestial por el dios ciencia,

cuya fe ideológica es el orden y es

el progreso y los sacerdotes son los

científicos.

No hay ningún problema en ello, la

humanidad necesita fe para subsistir

y la modernidad no pasó por

alto ese detalle. El problema sería

si nos dejáramos gobernar por la fe

y si, en consecuencia, intentáramos

conducir al pueblo con la consigna

de “lo dicen los que saben, hay que

hacer caso y no hay que discutir”.

Muy mal nos iría así y no, eso no es

un gobierno. La cuestión de gobernar,

como diría un gran patriota y

un gran peronista como Rodolfo

Kusch, “no radica en mandar,

sino en escuchar al que recibe las

órdenes. Por eso ante la crisis no

caben las soluciones elaboradas

minuciosamente por los estudiosos

El Dr. Frankenstein, en la obra de Mary Shelley. Ya en el siglo XIX, en pleno auge de la

revolución científica que desarrolló la industria, el imaginario colectivo detectó la figura del

científico loco que asombra con sus delirantes creaciones. A partir de allí, se perdió en parte

la reverencia occidental a la ciencia.

en nombre de un racionalismo de

estudiante recién recibido, sino que

es preciso entroncar con alguna

constante. Y en América no hay otra

constante que la de su pueblo. La

base de nuestra razón de ser está

en el subsuelo social. Es lo que

demuestra el peronismo y este, a

su vez, es la consecuencia de una

verdad que América viene arrastrando

a través de toda su historia.

Fue la verdad que alentaba detrás

del Inca Atahualpa y es la que sigue

palpitando, aun hoy, después de la

muerte de Perón. Contra esa constante

que es el pueblo, se estrellan

las izquierdas y las derechas y los

centros”.

Y se estrellan las torres de marfil,

por cierto. Es conveniente hacer

política escuchando al subalterno,

que es el soberano, para atender

puntualmente sus demandas. Si

el gobierno no hace eso y no conjuga

rápidamente las soluciones

elaboradas minuciosamente por

los estudiosos con la demanda del

subsuelo social, entonces es solo

cuestión de tiempo para que la idea

de la “infectadura” prenda en el

pueblo y seamos derrotados una vez

más por la soberbia. Una vez más la

cuestión se reduce a autocrítica o

derrota, a humildad o soberbia. Una

vez más.

15 HEGEMONIA - junio DE 2020


HISTORIA + GEOGRAFÍA = GEOPOLÍTICA

La insubordinación

fundante

MARCELO

GULLO

La irrupción de la pandemia

del COVID-19 en el escenario

político internacional no hizo

sino precipitar la crisis económica

y política mundial, cuyos

síntomas resultaban cada vez más

evidentes antes de la llegada del

coronavirus a todos los rincones del

planeta. A medida que transcurren

los meses, además, se está poniendo

de manifiesto que la oligarquía

financiera internacional se ha valido

de la crisis para intentar el mayor

experimento de control social de

la historia de la humanidad. Sin

embargo, es posible que los pueblos

de la América hispana salgan

airosos en esa puja brutal entre

la oligarquía global y los pueblos

libres. Debe hacer, eso sí, un uso

provechoso de sus riquezas naturales

y humanas, estar a la altura de

las circunstancias de esta última

oportunidad histórica depende de

su capacidad para dar nacimiento a

una insubordinación fundante que

rubrique su independencia definitiva.

La pandemia del COVID-19 dejó al

desnudo los objetivos ocultos del

16 HEGEMONIA - junio DE 2020


capital financiero internacional. El

miedo natural de los hombres a la

muerte fue el instrumento del que

se valió el poder internacional con

el propósito de alcanzarlos y así, a

través de la “palabra autorizada” de

la Organización Mundial de la Salud

(OMS), uno de sus nuevos ministerios

de las colonias, la estructura

hegemónica del poder mundial

empujó a los gobiernos del mundo

hacia una cuarentena total e irreflexiva.

Sin embargo, ahora queda

claro que entre la cuarentena total

e irreflexiva y la negación absoluta

e irracional de la cuarentena estaba

el justo medio. A través de la

cuarentena, la oligarquía financiera

internacional generó condiciones

para la consecución de sus tres

principales objetivos a nivel global:

un objetivo económico, uno antropológico

y uno geopolítico.

Como afirma el virólogo y premio

Nobel francés Luc Montagnier, el

coronavirus “es un virus creado

artificialmente en un laboratorio”.

No sabemos si su expansión se

debió a un error o un acto premeditado,

pero lo que sí sabemos es que

estamos vivenciando el experimento

de control social más grande de la

historia y que la OMS y los medios

de comunicación, por afán de rating

o complicidad, se prestaron en todo

momento a ese experimento. El

miedo a la muerte hizo su trabajo

y todos terminamos encerrados en

nuestras casas como si fuésemos

peligrosos delincuentes, mientras

los poderes financieros operan para

cristalizar su proyecto de dominación

global.

Objetivos del capital

financiero internacional

aprovechar la crisis para profundizar

el proceso de concentración

de capital. Es evidente que en la

mayoría de los países el pez grande

se va a comer al pez chico, que las

pequeñas y medianas empresas están

y seguirán siendo devoradas por

las grandes multinacionales. Eso ha

sucedido en todas las crisis provocadas

por el capitalismo y más en

esta ocasión. Las consecuencias

económicas de la cuarentena están

a la vista en la mayoría de los países

e implican la posibilidad para unos

pocos actores de amasar crecientes

volúmenes de ganancia.

El otro objetivo es de orden

geopolítico. El capital financiero

internacional es el gran actor de

las relaciones internacionales y

eso viene de larga data. Tuvo sus

etapas fundantes con el imperialismo

británico y con el imperialismo

norteamericano. No obstante, luego

de la caída del muro de Berlín y

sobre todo a partir de las leyes que

desregularon el sistema financiero

de los Estados Unidos en el gobierno

de Bill Clinton creció más. Tras la

ausencia de las leyes por las que el

Estado controlaba el sistema financiero

y con el avance tecnológico, el

capital financiero internacional empezó

a tener vida propia. Se convirtió

en una especie de Frankenstein.

El capital financiero internacional

tiene condiciones incluso para

controlar el complejo mediático-cultural.

Según una investigación de

la Universidad de Zúrich, el 60 por

El objetivo económico de este experimento

de control de las personas

es el de paralizar las economías y

Barack Obama y Hillary Clinton, los “demócratas” al servicio de las élites globales haciendo

el trabajo de difundir las ideologías dichas “progresistas” que son corrosivas para la integridad

de los pueblos-nación en su cultura.

17 HEGEMONIA - junio DE 2020


ciento de la economía mundial está

en manos de 600 empresas, estas

600 empresas son controladas por

300 bancos y estos 300 bancos,

a su vez, controlan a la mayoría de

las agencias de información del

mundo. Con esa base, en las últimas

décadas el capital financiero

internacional impuso dos etapas

de subordinación cultural sobre los

pueblos: neoliberalismo y progresismo.

Aquí entra a jugar el objetivo

antropológico del capital financiero.

Se trató de un movimiento de

pinzas mediante el que la oligarquía

financiera internacional fomentó

dos ideologías presuntamente

opuestas, aunque ambas funcionales

a sus intereses. Eso se puede ver

claramente al evaluar cómo y dónde

sus fundaciones y organizaciones

pusieron el dinero. En una primera

etapa, entre los gobiernos de

Clinton y Obama, el capital internacional

hizo hincapié en la difusión,

como ideología de subordinación,

del neoliberalismo. Como sabemos,

esta teoría está centrada en

el libre comercio, la desregulación

de las economías estatales y en el

desmantelamiento de la legislación

que protegía a los trabajadores.

Más tarde, a partir del gobierno

de Obama, este complejo mediático-financiero

empieza a poner su

acento en otro lugar. Sus fundaciones,

extrañamente, empiezan a

subvencionar a los sectores llamados

“progresistas”, a aquellos que

el filósofo español Gustavo Bueno

llamaba “izquierda indefinida”. En

el centro de ese progresismo se

encuentran la ideología de género,

el garantismo y, como señalaba

Andrés Soliz Rada, el fundamentalismo

indigenista. Organizaciones

dirigidas por pseudoizquierdistas

recibieron a manos llenas el dinero

de esa oligarquía financiera internacional

para predicar el progresismo.

El motivo de ese juego a dos puntas

es claro. Por una parte, con el

libre comercio se proponía la destrucción

material de los pueblos: en

La ideología “de género” se oculta bajo la supuesta justicia universal de los argumentos que

esgrime, pero es utilizada por el poder real para fracturar el tejido social e imponer el esquema

del hombre individual fuera de cualquier contexto comunitario, absolutamente indefenso

frente a los poderes que lo dominan.

la década del ‘90 se debilitó enormemente

a los Estados nacionales

y a los sindicatos, quitándole así a

la humanidad la protección natural

que tenía. Con el progresismo, por

otra parte, se busca la destrucción

espiritual y cultural de los pueblos.

Esta ideología engendra la posverdad,

la idea de que no existe verdad,

de que todo es relativo. Hoy se

puede ser una cosa, mañana otra.

El progresismo dio lugar al reinado

del ser y el no-ser al mismo tiempo

y entonces, si no hay verdad, no hay

valores y el hombre no puede construir

poder cuando se le presentan

adversidades en la vida. Las nuevas

generaciones comenzaron a vivir en

el nihilismo. Como “no existe la verdad”,

no tienen ninguna motivación

para dar su vida por algo en favor

del bien común.

Estas ideologías fragmentan de tal

manera a los pueblos que no sólo

hacen desaparecer el concepto de

clase, sino también el concepto

mismo de pueblo. Sin la protección

de su Estado, sin sindicato, sin

pueblo, en el nuevo escenario al

hombre se le quiere quitar la última

protección que le queda: la familia.

Ese es el objetivo antropológico, el

de construir una sociedad de individuos,

de hombres como seres solos

frente al poder mundial, fácilmente

dominables.

Y esta afirmación no es una mera

hipótesis, podemos sostenerla con

rigurosidad científica. Estas oenegés

pseudoizquierdistas han tenido

la desfachatez de publicar abiertamente

su objetivo de atomizar a la

sociedad. Un ejemplo de ese interés

por desarticular por completo el

tejido social lo constituye el artículo

publicado en el foro OpenDemocracy.net

el 24 de marzo de este

año, escrito por Sophie Lewis, que

se titula La crisis del coronavirus.

Ahí se plantea textualmente: “En

resumen, la pandemia muestra que

18 HEGEMONIA - junio DE 2020


no es el momento para olvidarse de

la abolición de la familia. La familia

privada, en cuanto a modo de reproducción

social, todavía francamente

apesta. Nos merecemos algo mejor

que la familia. Y el tiempo del coronavirus

es un excelente momento

para practicar su abolición”. Vale la

reiteración: se busca dejar al hombre

solo frente a un enorme poder,

al quitarle los tres fundamentos

de la solidaridad: el Estado y las

estructuras sindicales, el pueblo y

finalmente la familia.

Entonces está en juego el objetivo

económico que es la concentración

del capital y un objetivo antropológico,

el dejar solo al individuo.

En ese esquema, desde el punto

de vista geopolítico, los poderes

financieros internacionales buscan

golpear a toda fuerza patriótica

que se oponga a la constitución

del nuevo orden mundial a manos

de esa oligarquía. En Rusia, por

ejemplo, Vladímir Putin decidió

reconstruir el poder nacional ruso y

concibió que en el origen del poder

de las naciones hay una fe fundante.

Entonces decidió hacerlo a partir

del cristianismo ortodoxo ruso, que

es la fe fundante rusa. Así, comenzó

a reconstruir el poder ruso desde

los cimientos, desde la fe fundante,

como siempre ha pasado en todo

tiempo. Ese es el motivo por el que

los poderes oligárquicos lo golpean.

Y del mismo modo golpean a

Donald Trump, ya que el presidente

norteamericano reaccionó contra

esa ideología progresista que está

socavando la fe fundante de los Estados

Unidos. El capital financiero

internacional, sin embargo, ha sabido

hacer uso del ala “demócrata”

de la política estadounidense para

permear a través de la ideología

progresista y de género al interior

de la sociedad norteamericana.

El caso de China posee características

particulares. En principio,

Putin, aquí junto a un jerarca de la Iglesia Ortodoxa. El retorno a las tradiciones religiosas

de la Rusia de todos los tiempos fue la piedra angular con la que Putin empezó a reconstruir

la unidad nacional, congregando a los pueblos rusos alrededor de lo que para esos pueblos

siempre fue materia de consenso.

ha existido una alianza entre el

capital financiero internacional y

China desde tiempos de Mao Zedong,

cuando el líder revolucionario

recibió a Henry Kissinger. Más

tarde, Deng Xiaoping profundizó la

relación del gigante asiático con la

oligarquía financiera y esta alianza

logró imponer la globalización

en beneficio de China, que llegó a

industrializarse y a crecer a razón

de un 9 por ciento anual. Pero nadie

puede aliarse con el diablo sin que

el diablo al final lo traicione y en

medio de esa alianza la oligarquía

financiera internacional quiere más

de China.

Está claro que el poder transnacional

gana muchísimo aliándose

a China, pero no es suficiente. La

República Popular China es el único

país que controla su aparato financiero,

el único poder estatal financiero

poderoso en todo el mundo.

La oligarquía financiera internacional

desea ese aparato, quiere que

ese país se lo entregue y eso supone

un conflicto en las mismas entrañas

del gobierno oriental. Hay sectores

patrióticos que se oponen a esta

entrega, pero también sectores del

Partido Comunista dispuestos a

entregarlo y hacerse ricos ellos, sus

nietos y sus bisnietos.

Virus y consecuencias

económicas

La crisis sanitaria mundial y la

concomitante cuarentena infinita

impulsada por la Organización

Mundial de la Salud como brazo

científico de la oligarquía transnacional

significaron un golpe particularmente

duro para Europa, sobre

todo para España e Italia. Pero

tampoco ese golpe es azaroso, pues

trae aparejadas consecuencias funcionales

a los intereses del capital

internacional.

Allí fueron aprovechadas las cir-

19 HEGEMONIA - junio DE 2020


El presidente de los Estados Unidos Donald Trump es el villano perfecto de casi todas las corporaciones mediáticas a nivel global, aunque ha

llevado a cabo una tarea de reconstrucción nacional en su país que no se ha visto en muchas décadas. Más allá de la campaña “progresista”

en su contra, es probable que Trump obtenga su reelección basándose en los votos de quienes ven en su figura un baluarte del sostenimiento

de la cultura de las mayorías populares en Estados Unidos.

cunstancias para desindustrializar

completamente a Italia y a España.

El capital financiero mundial hace

alianzas en cada región con poderes

distintos y en Europa las ha

hecho con Alemania, país que juega

el rol industrial en la nueva división

internacional del trabajo al interior

de este nuevo orden internacional.

Italia y España se convertirán en

una especie de gran parque temático

para que lo visiten los turistas

asiáticos y entonces asistimos a la

desindustrialización de Italia, España

y, en menor medida, de Francia.

Para Hispanoamérica también

el golpe es terrible. Estamos a las

puertas de la desindustrialización

completa de Argentina y es posible

que cuando pase la crisis, Argentina

—país que alguna vez fue el más

industrializado del Cono Sur— se

parezca al Paraguay después de

la Guerra de la Triple Alianza. Sin

embargo, aunque suene paradójico,

esta crisis constituye una oportunidad,

porque Sudamérica es una de

las pocas regiones en el mundo con

tres condiciones clave: es capaz de

autoabastecerse de alimentos, de

energía y de materia gris. Cuando

existen esas condiciones se puede

aprovechar las crisis para llevar

adelante una insubordinación fundante.

Las crisis mundiales generan condiciones

de liberación para las colonias,

pues durante la contingencia

las metrópolis tienden a ejercer un

dominio más laxo sobre las periferias.

Entonces estamos atravesando

un gran momento para realizar su

insubordinación fundante. Para ello

hace falta que surja el rechazo a la

ideología de la dominación creada

por el poder mundial, a la vez que

es preciso un adecuado impulso

estatal de parte de los gobiernos de

nuestra región.

Se trata de un desafío muy grande,

no será nada fácil lograr el objetivo.

Los pueblos hispanoamericanos

hemos sido subordinados por dos

ideologías, el neoliberalismo y el

progresismo. Si somos capaces

de rechazar a ambas ideologías al

mismo tiempo, será posible. Es el

momento en el que los pensadores

nacionales deben cumplir el papel

que cumplieron, por ejemplo,

Alberto Methol Ferré, Helio Jaguaribe,

Abelardo Ramos o Andrés Soliz

Rada. Si los pueblos estamos a la

altura de las circunstancias, sacaremos

provecho de esta especie

de última oportunidad histórica.

Urge una insubordinación fundante

que nos permita desarrollar una

nueva industrialización, esta vez

tecnologizante y ecológica. Es como

un partido de fútbol en el que ha

terminado el primer tiempo y la oligarquía

financiera internacional les

gana 7 a 0 a los pueblos del mundo.

Asistimos al más grande golpe de la

historia al humanismo, pero hay salida.

Queda todo el segundo tiempo

por jugarse.

20 HEGEMONIA - junio DE 2020


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21 HEGEMONIA - junio DE 2020


ANÁLISIS

Everybody

loves

Donald

ERICO

VALADARES

El título de este modesto artículo,

se ve a simple vista, aparece

como una ironía. Y también

como una referencia a una serie

de televisión estadounidense

que fue muy consumida en estos

pagos. En dicha serie, todo giraba

alrededor de Raymond, el personaje

principal: para bien o para mal,

todo tenía que ver con Raymond.

Todos amaban a Raymond.

El crimen de un ciudadano negro

de los Estados Unidos a manos de

la policía desató la locura, pero no

solo en los Estados Unidos, país

en el que ese crimen es un asunto

interno de los que quizá sirven para

poner al descubierto las estructuras

sociales existentes y poco más

que eso. El crimen de George Floyd

ha enloquecido a muchos por todo

el mundo, sobre todo en países

culturalmente muy dependientes

de Occidente en general y de los

Estados Unidos en particular como

el nuestro. Aquí no se habla de otra

cosa que no sea de George Floyd.

22 HEGEMONIA - junio DE 2020


Pero en realidad nadie habla de

George Floyd, quien hace hasta

unas pocas horas era un desconocido

y ahora está muerto. Floyd

es la excusa para hablar del que

todos aman, cada cual a su manera:

Donald Trump. Es para hablar de

Trump y hacer decir a Trump aquello

que le conviene a cada sector en

particular que traen a colación a

George Floyd. El problema acá es

hacer de Trump algo que sirva tanto

para un barrido como para un fregado

y que sirva, fundamentalmente,

para tapar en el plano local unos

baches que de otra manera serían

muy difíciles de tapar.

Es harto sabido a esta altura del

partido que la política tal como la

pensaron los burgueses revolucionarios

de Francia está agotada. “La

revolución francesa ha muerto”,

decía un François Furet pocos días

antes de la caída del Muro de Berlín

y del bicentenario de esa revolución

que en 1789 con la caída de la

Bastilla había inaugurado simbólicamente

la modernidad. Furet dijo

eso sin el diario del lunes, lo dijo en

pleno calor de los acontecimientos y

por eso su mérito es doble. François

Furet dijo que la política de la revolución

burguesa se había agotado

y de ello se desprende que con ella

se agotan todas sus lógicas, entre

ellas la lógica de ordenamiento espacial

de “izquierda” a “derecha”.

Todo lo que sucedió después de los

dichos de Furet fue tan solo una

simulación de modernidad.

Entonces la “derecha” y la “izquierda”

como lugares políticos reales

están agotadas, ya no pueden debatir.

Lo único que les queda para

seguir simulando vigencia es polemizar

la una con la otra, mutuamente

y dentro de un termo ideológico,

sobre asuntos que nada tienen que

ver con la política en un sentido de

ordenamiento social. La “izquierda”

y la “derecha” ahora y desde 1989

no hacen otra cosa que repasar

todo el catálogo histórico para

revisar las categorías modernas y

pelearse sobre ellas. Así es cómo la

“izquierda” acusa de fascistas a los

de la “derecha” y estos responden

acusando a sus hermanos gemelos

de comunistas, en un mundo en el

que comunistas y fascistas ya son

piezas de museo.

¿Por qué la “izquierda” y la “derecha”

hacen eso en vez de poner en

discusión las problemáticas reales y

actuales en cada uno de los países?

Porque existen así, entre comillas

nada más. Al no tener proyectos

políticos viables, al haber fracasado

tanto el liberalismo como el socialismo,

la “izquierda” y la “derecha”

son simulaciones, son fantasmas

que existen entre comillas y no

tienen nada para ofrecerle a la

política. Y por eso, para demorar su

hundimiento dialéctico —proceso

descrito ya en Hegel y en el propio

Marx—, se sirven la una de la otra

para hacerse la oposición mutua

discutiendo la irrealidad.

Rápido de reflejos, el globalismo ya convirtió George Floyd en un ícono, inundando la cultura

con su imagen. El argumento es poderoso porque la muerte de Floyd es la injusticia universal

por antonomasia y es prácticamente imposible no distraerse uno de la agenda propia

cuando el poder mediático marca la agenda global con un signo tan potente. Así es cómo la

“izquierda” y la “derecha” siguen manteniéndose con vida a más de 30 años de la caída de

su política hegemónica: arrastrando la discusión hacia su campo con movidas como esta.

23 HEGEMONIA - junio DE 2020


François Furet anunció el agotamiento de la revolución burguesa de Occidente pocas semanas antes de la destrucción de un símbolo de dicho

esquema: la caída del Muro de Berlín, que pondría fin a la modernidad en la política y a la pugna entre “derecha” e “izquierda” al declararse

la quiebra ideológica de esta.

La “izquierda” ama al comunismo y

la “derecha” ama al fascismo, pero

también lo opuesto es verdadero.

Nadie habla más de “fachos” que

un zurdo y no hay diestro que, en

cada diez palabras que emita, no

hable del comunismo hasta como

muletilla. La “izquierda” ama al

fascismo y la “derecha” ama al

comunismo. No podría ser de otra

forma: al haberse agotado los argumentos,

lo único que les queda para

argumentar es el peligro que supuestamente

representaría el otro.

Dependen de que ese peligro siga

vigente en la cultura para existir. La

“derecha” ama a la “izquierda”, la

“izquierda” ama a la “derecha” y

todos aman, como veremos a continuación,

a Donald Trump.

Fetiches

Es que cuando la argumentación

escasea y no hay ideas nuevas para

modificar la realidad social, la única

solución pasa por desempolvar el

archivo. La “izquierda” y la “derecha”

hoy son como esos clubes de

fútbol muy tradicionales que hace

décadas no ganan un campeonato.

Lo único que pueden hacer para

seguir vigentes y seguir siendo

grandes es hablar de viejas glorias

del pasado, como de esa copa que

ganaron cuando los partidos se

veían en blanco y negro y esa vuelta

olímpica que nadie vio, porque

todavía se escuchaba por radio.

Pero los partidos se siguen jugando

y nuevos jugadores siguen apareciendo.

Y lo único que les queda a

los que hace mucho no salen campeones

es tomar la imagen de esos

jugadores y ver en ella la imagen de

24 HEGEMONIA - junio DE 2020


viejos ídolos del pasado.

La “izquierda” y la “derecha”

hacen eso, hacen fetichismo de lo

nuevo tratando de homologarlo con

lo viejo, que para ellos —los que ya

están viejos, muy viejos— fue la gloria.

Es así como cada arquero nuevo

debe ser parecido a un Antonio

Roma o a un Amadeo Carrizo, todo

volante debe tener la elegancia de

un Roberto Perfumo o la magia de

un Ricardo Bochini y todo delantero

debe tener la furia goleadora de un

Arsenio Erico, el paraguayo que maravilló

en el fútbol argentino. Nada

es nuevo, todo es una repetición

infinita de un pasado que no puede

terminar, porque si termina mueren

los que del pasado viven.

Eso es lo que hacen tanto la “derecha”

como la “izquierda” con

todos los dirigentes políticos del

presente: los colocan en las categorías

del pasado. Así Jair Bolsonaro

es un “fascista” y Angela Merkel,

por otra parte, es “liberal”. Alberto

Fernández tiene que ser “comunista”

y Cristina Fernández puede ser

todo eso a la vez, según el gusto

del cliente. Y entonces cuando los

Estados Unidos estallan en furia por

el crimen de un negro en la brutalidad

policial y Donald Trump entra

a jugar, a Trump lo van a usar para

desempolvar todas las categorías

del pasado y mantenerlas así vigentes.

¿Trump avisa que va a enviar al

Ejército a reprimir las protestas

callejeras si los gobernadores y los

intendentes no controlan sus territorios?

Pues no hay mejor oportunidad

que esa para que la “izquierda”

reflote el objeto fetichista de su

amor, que es el fascismo. Trump

va a ser un “fascista” y, al haber

fascismo en el mundo, lógicamente

deben estar los “antifascistas”, que

son los comunistas. Naturalmente.

La “derecha”, por su parte, hace

lo mismo y descubre en los llamados

“antifascistas” la expresión del

comunismo, por lo que la “derecha”,

de pronto, recobra vigencia

al resucitar su enemigo histórico. Y

es siempre una utilización, siempre

es una simulación y es un eterno

llevarse agua para su molino por

parte de los que ya tienen el molino

clausurado hace tiempo. Todos

aman a Trump porque Trump permite

desplegar las categorías viejas

de un tiempo viejo, aunque Trump

sea lo nuevo en un tiempo nuevo. Si

Trump fuera lo viejo no habría ganado

las elecciones: estaría junto a la

“derecha” y la “izquierda” recordando

viejas vueltas olímpicas.

Pero ahí no está, sino que está gobernando

y aplicando todas y cada

una de las normas maquiavélicas

—las que nunca pierden vigencia,

porque se refieren a la naturaleza

misma de la política y a la naturaleza

del hombre en sociedad— para

convertir un estallido social en una

grieta y sobre esa grieta construir

Los grupos de “izquierda” caracterizados como “feministas” y “antifascistas”, aquí haciendo

un acto simbólico frente a un muñeco de cera de Donald Trump. La “izquierda” necesita a

Trump para corroborar la “hipótesis del mal”, que es la de la existencia del fascismo. Si el

fascismo existe, entonces debe existir el antifascismo y ahí está el negocio de la “izquierda”

en el tráfico mayorista de ese poderoso estupefaciente que puede ser la ideología.

25 HEGEMONIA - junio DE 2020


su reelección. Los “periodistas” en

los canales y en las radios no lo ven,

piensan que ahí hay “crisis terminal”,

pero en la grieta del orden o

el desorden Trump está dejando

pegados a todos los gobernadores

y les está mostrando a los estadounidenses

que en esa grieta él es el

orden.

Implicaciones

Todos aman a Donald Trump, pero

lo aman mucho más los que dicen

odiarlo, puesto que no pueden

parar de hablar de él. Sin cuidado

de ello, Trump se desmarca de su

fan club marginal y no se pone la

casaca del fascismo, del liberalismo

ni del comunismo. Eso ya pasó

y Trump lo sabe. Trump se dirige al

corazón del sentido común de su

pueblo-nación con el mensaje que

el pueblo-nación entiende porque

le es propio: el mensaje del nacionalismo.

Trump es eso, es un nacionalista

en un mundo donde solo el

concepto de nación podrá terminar

con la orgía ideológica moderna

que puso al mundo en bancarrota.

Donald Trump es lo que los peronistas

vamos a llamar, en el decir de

Guillermo Moreno, un nacionalista

de exclusión. Es un líder que va a

poner bien alta en el cielo la bandera

de los Estados Unidos luego de

que los “demócratas” y también los

“republicanos” la hayan entregado

al globalismo apátrida y la hayan

arrastrado por todo el barro. Trump

va a poner esa bandera bien alta

en el cielo, pero excluyendo en el

proceso a un cuarto de la población

yanqui. Los ricos van a seguir siendo

tan ricos como siempre y la burguesía

nacional y los trabajadores con

un mínimo de calificación se van a

Los “antifascistas” son conocidos por estar presentes allí donde el poder global haya armado alguna insurgencia contra un gobierno legítimamente

constituido. Aquí se los ve junto a los “rebeldes” sirios, haciéndole la guerra a Bashar Al-Assad.

26 HEGEMONIA - junio DE 2020


beneficiar de la relocalización de la

industria al territorio del país. Y el

25% restante, que es el lumpenproletariado

escasamente calificado

y educado, va a ser invisible en la

marginalidad total.

Eso es el nacionalismo de exclusión,

esa es la jugada: la grandeza

de la patria para el 75% de los

compatriotas. “No está mal”, dirá

alguien. “Al fin y al cabo, es razonable

que tres cuartos de la población

de un país vivan con dignidad, es un

buen número”. Pero hay una alternativa

mejor, una que contempla al

100% y no va a dejar a nadie al costado

del camino. Esa alternativa no

es “de derecha” ni “de izquierda”,

como se sabe, puesto que tanto la

“derecha” como la “izquierda” ya

no son. Esa alternativa es igual de

nacionalista, pero es de inclusión

social. La alternativa es el peronismo

nacionalista popular, que con

su Comunidad Organizada quiere

cerrar los números de la economía

con todos adentro y repartiendo la

torta.

La discusión de Trump no es ni

podría ser con los “antifa” que salen

a prender fuego todo. Esos son solo

los muñecos que Trump va a usar

coyunturalmente para obtener su

reelección. La discusión de Trump

es con un proyecto parecido al suyo

y que para el suyo es una amenaza

por ser superador. Donald Trump es

el enterrador de la “derecha” y de la

“izquierda”, no su objeto de fetiche.

Y cuando Trump termine de enterrar

lo que queda de la revolución burguesa

de Europa el nacionalismo de

exclusión va a avanzar por todo el

mundo. Ya está avanzando, expresando

sus consignas en muchos

países donde la “derecha” piensa

que gobierna y la “izquierda” ve

fascismo.

Entonces la mesa estará servida

para el debate real del siglo XXI,

que será entre nacionalismos. Al

Napoleón Bonaparte, un hijo de la revolución burguesa, avanzó por toda Europa imponiendo

el imperialismo francés en forma de “liberación burguesa” y “republicana”. En una de sus

movidas, sacó de circulación al rey Fernando VII y posibilitó de rebote que aquí nuestros

criollos hicieran su propia revolución.

nacionalismo de exclusión de tipo

occidental le saldrá su antítesis: el

nacionalismo de inclusión de tipo

hispanoamericano, argentino para

ser más precisos. Trump tendrá que

discutir con el peronismo, porque

el peronismo va a plantear que hay

un nacionalismo viable sin la necesidad

de excluir a nadie. Eso será el

futuro.

Muchos de los nuestros aun no lo

comprendieron y se quedaron con el

relato mediático de “derecha” y de

“izquierda” que, vaya casualidad,

ven en Trump tan solo machismo,

xenofobia, racismo y sectarismo

religioso. Muchos de los nuestros

siguen tratando de hacer entrar a

Trump en las viejas categorías históricas

que proponen los fantasmones

ideológicos por ambos flancos

y todavía no lo comprendieron, pero

27 HEGEMONIA - junio DE 2020


Donald Trump es la representación simbólica ideal del mal: machista, xenófobo, racista y desagradable para el paladar sensible del sentido

común “progresista”, muy frecuente entre los jóvenes de nuestro país. El problema para estos jóvenes “progresistas” es que ninguno de ellos

vota en los Estados Unidos: votan los estadounidenses, entre los que hay muchísimos que se sienten plenamente representados por Trump en

su cultura, sobre todo en lo que se usa llamar “los Estados Unidos profundos”.

Trump tiene la llave de lo nuevo. Al

enfrentarse a las élites globales,

Trump ataca al corazón del sistema

del que aquí en la Argentina nuestra

oligarquía sigue dependiendo

para sostenerse en el lugar de clase

dominante. Trump ataca a la oligarquía

global, de la que nuestra

oligarquía criolla es dependiente en

la función colonial que ellos asignaron

a nuestro país. Caído ese sistema,

caen los que en el plano local lo

sostenían y sacaban tajada.

No vale pensar en Trump como un

Hitler ni nada parecido. Si vamos a

hacer una caracterización histórica

en serio, sin querer llevar agua para

el molino de nadie, hay que hacerla

bien. De un modo práctico, geopolítico,

Donald Trump solo nos interesa

en un sentido. A los argentinos

no aculturados y no dependientes

culturalmente de los Estados Unidos

poco nos importa lo que haga o

no haga Trump de su política interna.

Poco y nada. Trump nos puede

interesar por esto y solo por esto:

porque puede llegar a tener en la

historia del equilibrio mundial un rol

parecido al de Napoleón Bonaparte.

Cuando Napoleón invadió España a

principios del siglo XIX y destronó a

Fernando VII, el resultado o la consecuencia

—ciertamente no prevista

y mucho menos deseada por Napoleón—

de eso para nosotros fue que

28 HEGEMONIA - junio DE 2020


aquí se dieron las condiciones para

que los criollos patriotas avanzaran

sobre el virrey Cisneros y empezaran

a hacer nuestra independencia. Debilitado

el poder del que Cisneros

era subalterno, quedó al descubierto

el propio Cisneros y allí empieza,

un tanto tímida al principio, nuestra

historia como país independiente.

Pero empieza.

Si Trump hace la de Bonaparte y

avanza sobre el poder del que nuestra

clase dominante es subalterna,

si destruye a la oligarquía global

que sostiene a nuestra oligarquía

local como un satélite, podrán estar

dadas las condiciones para que los

criollos patriotas de hoy avancemos

sobre el virreinato. La oligarquía

global es el globalismo que se

materializa en las corporaciones y

en los organismos internacionales,

a los que Trump les ha declarado la

guerra. Esa es la corona y nuestra

oligarquía es el virreinato, ahí está

la verdadera similitud, muy alejada

de las caracterizaciones fantasmales

que hacen la “izquierda” y la

“derecha” para seguir con su simulación

moderna en plena posmodernidad.

No es cuestión de simpatizar o no

con Donald Trump, no nos corresponde

ninguna de las dos opciones.

Trump es el presidente de un país

que no es el nuestro, no podemos

opinar ni bien ni mal de él por lo que

él haga respecto a la política interna

de los Estados Unidos. A Donald

Trump lo votan los estadounidenses

y si estos eligen darle un nuevo

mandato en noviembre, bien por

ellos. Y si no, bien también. Siempre

será su soberanía expresada en las

urnas y nunca es asunto nuestro.

Napoleón Bonaparte tampoco nos

cae simpático ni desagradable, solo

útil en la medida en que una de las

consecuencias de sus actos terminó

beneficiando nuestro proyecto de

país. Al fin y al cabo, todos aman

a Trump como aman a Bonaparte,

sobre todo la “izquierda”, que por

cierto ve “bonapartismo” en todos

lados. Todos aman a Trump, sí,

pero no todos en un sentido literal.

Todos los que ya quedaron caducos

en la política, no tienen patria

y se meten en los asuntos de otros

países porque en su propio país ya

no existen políticamente más que

fantasmas. Los que estamos en el

juego queriendo dar la vuelta olímpica

en HD esperamos de Trump

que puertas afuera cace el ratón

del globalismo apátrida que hoy

nos tiene bajo la bota con sus FMI,

sus OMS, sus Open Society y demás

arietes del poder real y mundial. Lo

que los argentinos amamos es la

Argentina y solo nos metemos con

nuestros asuntos, aprovechando las

coyunturas favorables cuando estas

se presentan en la forma de consecuencia.

29 HEGEMONIA - junio DE 2020


PENSAMIENTO NACIONAL-POPULAR

En nombre de

qué sacrificarse

El Martín Fierro, ya lo dijimos,

se ubica precisamente en una

época en que en Argentina se

da una transición. Se termina

una época de mestizaje para

iniciar otra de total europeización

del país. La organización nacional

se encarga de desterrar de nuestra

campiña al gaucho y entonces es

natural que el Martín Fierro encierre

en gran medida eso que era propio

de nuestra comunidad.

Se puede pensar que en el Martín

Fierro no hay una filosofía. Pero si

así lo hacemos, es porque nos apegamos

en este campo demasiado a

los europeos. Y estamos seguros de

que el Martín Fierro tiene filosofía o,

mejor, que su filosofía entronca con

lo que hasta aquí hemos dicho.

Se trata entonces de rastrear en

el Martín Fierro algo así como un

pensar, o pesar, de la existencia,

a los efectos de que, una vez que

hayamos establecido el horizonte

de pensamiento o el horizonte simbólico

en el que desplaza el mismo,

poder ubicar un pensamiento y ver

recién a partir de ahí en qué queda

nuestra propia propuesta de la

30 HEGEMONIA - junio DE 2020


negación.

El canto tiene en el Martín Fierro

una dimensión simbólica inusitada.

En el texto se invoca, antes de

cantar, a los santos del cielo y a

Dios. Además, muchos cantores, se

dice, no llegaron al canto porque

“se cansaron en partidas”, lo cual

indica que para cantar es necesaria

una especie de catarsis. El canto

también está ligado a la vida humana

porque se nace cantando y se

muere cantando y siempre el canto

está disponible para hacer “tiritar

los pastos”. Incluso la índole del

canto se asocia frecuentemente al

manantial y, en general, a la fluidez

y a la urgencia de cantar.

“Yo no soy cantor letrado/mas si

me pongo a cantar/no tengo cuando

acabar/y me envejezco cantando:/las

coplas me van brotando/

como agua de manantial”.

Por otra parte, es curioso que a través

de todo el poema no aparezca el

oyente, aquel para quien se canta.

¿Qué significa entonces el canto en

el Martín Fierro?

Para entender esto es preciso

distinguir en el poema tres vectores

de interpretación. Uno es el poema

en sí, como objeto dado delante de

uno, que se compra en forma de

libro en la librería o en los quioscos.

Otro es el del autor, a quien todos

achacan las cosas puestas en el

poema. Pero hay un tercero del que

nadie habló sino muy superficialmente

y es el gauchaje que lo solía

comprar junto a la yerba y el tabaco

en las pulperías. Esta es la tercera

dimensión no tomada en cuenta por

nuestra crítica. Entrar en él es encontrar

recién la verdadera dimensión

del poema, su valor total, porque

si el gauchaje no hubiese hecho

suyo el poema, nadie se acordaría

hoy ni del Martín Fierro ni de José

Hernández. Si esto no lo sabíamos

antes es por la falsa orientación

de nuestra crítica literaria que se

ocupa de hombres y libros y no de la

masa de lectores. Es un defecto del

país que también se da en la política.

Sabemos de manifiestos y de

figuras políticas, pero no del hombre

que sufre la política, como que

no sabemos de nuestro pueblo.

Por eso, si alguien dijera que

Hernández utiliza el término cantar,

porque eso era lo que hacía el gaucho,

le diría que miente. Es la trampa

de nuestra crítica liberal. En ella

incurre Tiscornia cuando recuerda a

Sarmiento y dice que la misión del

gaucho cantor “es narrar y comentar

ingeniosamente, improvisando

en verso, temas tradicionales o del

momento”, suponiendo que ahí

termina la explicación.

Pero si el gauchaje asimiló la idea

del canto en el Martín Fierro, el

problema del canto ya no es algo

que se expone en el poema, sino

que se traslada a la nacionalidad.

La nacionalidad recurre al canto y

ya no a José Hernández. El poema

no es solo el de un Martín Fierro que

pretende “narrar ingeniosamente”,

ni tampoco es un panfleto dirigido

a un ministro. Poco o nada interesa

ya José Hernández o el libro,

sino que interesa lo que el pueblo

creyó entender en el poema. Por

eso interesa saber por qué cantaba

31 HEGEMONIA - junio DE 2020


el gaucho. Más aún, ¿por qué, en

general canta el pueblo?

El canto en el Martín Fierro no

es entonces un canto que dice o

informa. Si bien se informa que se

quiere narrar una “historia”, esta

es relativamente pequeña si se la

compara con otro tema central que

se anuda reiteradamente en torno

a la idea de una pena “estraordinaria”.

Se reitera a cada instante

la imposibilidad y la frustración de

vivir, sin saber en realidad qué es lo

que se frustra y qué es lo que Martín

Fierro ha perdido. Porque la historia

que se relata en los cantos II y III no

basta. La buena vida del gaucho antes

de ser perseguido pareciera más

bien ser un estereotipo concretado

en un paraíso perdido que no es tal,

ni nunca existió.

Además, el tema de la autoridad

como causante de las desgracias

del gaucho resulta demasiado floja

como para justificar la asimilación

casi mítica del poema, por el simple

hecho de que todas las referencias

al mal contenidas en el poema

rebasan los perjuicios que causa la

autoridad.

“Viene el hombre ciego al mundo,/

cuartiándolo la esperanza/y a poco

andar ya lo alcanzan/las penas a

empujones;/¡la pucha, que trae

liciones/el tiempo con sus mudanzas!”

Se diría entonces que la autoridad

fuera apenas el ejecutor de un mal

congénito al hecho de vivir, que

impide superar el horizonte de fatalismo

que se cierne sobre la existencia.

La impresión que el lector se

lleva del poema no es una lamentación

por lo que ocurre a Martín

Fierro, sino la persistencia de una

“pena estraordinaria” que llega por

momentos al paroxismo. ¿Es que el

canto y esa pena están vinculados?

Por este lado perdemos el horizonte

folklórico dentro del cual el poema

ha sido analizado para entrar

en otro donde nos asomamos a la

grandeza de su contenido, o mejor

dicho lo que el gauchaje debió

absorber del mismo.

Ante todo, el canto está utilizado

en el poema en oposición al mero

decir. Una cosa es cantar y otra, es

decir. Decir es colocar una frase

fuera de uno mismo para que otros

la escuchen. Si digo “es un hermoso

día” estoy informando algo. No es

lo mismo que cantar, sino que es

menos. Porque cuando solo digo

“hoy es un hermoso día”, ¿expreso

acaso todo lo que tengo que decir, o

solo una parte? ¿El mundo consiste

en realmente, en un momento dado,

en nada más que en “un hermoso

día”? Evidentemente, no. El mundo

consiste en muchas más cosas que

en eso. En cierto modo decimos

algo para simplificar las cosas, para

hacer notar que el mundo es fácil.

Pero he aquí que he dicho el “día es

hermoso” simplemente porque quise

olvidarme de algo muy desagradable.

O, al contrario, puede haber

algo más hermoso que el día, pero

solo alcanzo a confirmar la belleza

del día, porque no tengo palabras

para expresar toda la belleza.

Entonces cuando digo algo lo expreso

como por una rendija y atrás

32 HEGEMONIA - junio DE 2020


queda todo lo que además habría

que decir y no alcanzo a expresar.

Pero esto mismo, ¿no se expresará

con el canto? Detrás de lo que

digo puede haber algo así como un

río, un torrente o un océano y esto

último solo lo expresa el canto. Es

lo que pasa con el Martín Fierro. Por

eso utiliza el término “cantar” y no

“decir”.

La diferencia entre el decir y el

cantar estriba en que se dice algo

para que se escuche o se vea y esto

es demasiado chico para todo lo

que el canto puede expresar. Lo que

el canto expresa, desde el punto de

vista popular ha de ser tan grande

que, cuando uno deja de cantar,

tiene que romper la guitarra como

hace el cantor e irse a las tolderías.

¿Y qué significado tiene esto? Lo

que en realidad se relata al final de

la primera parte del poema con la

ida de Martín Fierro a las tolderías

no es una fuga, sino más bien un

suicidio. Martín Fierro en realidad

muere, porque muere su canto

junto con su guitarra. Y, si romper la

guitarra es suicidio, canto y existencia

son lo mismo o mejor, están

mucho más fundidos que el decir y

la existencia. Si dijo “dame el martillo”,

estoy usando el martillo para

vivir, pero si canto en el sentido de

Martín Fierro no uso nada, sino que

exhibo toda mi existencia, al desnudo,

en el plano de la “pena estraordinaria”.

El canto expresa toda la

verdad del existir.

Tratemos ahora de ver en qué

consiste esa verdad del existir que

se expresa en un canto como el que

invoca el poema. En la segunda parte

del poema asistimos a la payada

entre Martín Fierro y el Moreno. Es

curioso que la pregunta de Martín

Fierro gire precisamente en torno al

canto del cielo, de la tierra, del mar

y de la noche. ¿Es que el mundo

también tiene canto? El Moreno

en sus respuestas hace notar que

ese canto del mundo se enreda con

la pena, porque en casi todos los

casos se refiere a un llanto. El canto

adquiere entonces una visión inusitada.

En primer término, expresa la

verdad desnuda de la existencia, lo

que es propio de ella y en segundo

término se vincula al sentido del

mundo. En ninguno de los dos casos

llegamos a saber concretamente

qué dice el canto, ni el poema nos

dice qué canta realmente Martín

Fierro, ni sabemos realmente qué es

“el canto del mundo”.

El canto está diciendo una palabra

que no es palabra común, sino algo

así como la gran palabra, esa que

encierra el sentido de lo existente,

que tiene un aspecto relativamente

comprensible como lo es la “pena

estraordinaria”, la “historia” del

personaje, las vicisitudes que sufre,

pero que tiene otro aspecto que no

es comprensible, aunque se puede

extender, por su carácter misterioso,

al mundo, como en la payada

con el Moreno. Y lo que es importante

tiene a su vez que ser cantado

de verdad y con música.

Quizá encontremos una explicación

a todo esto en un texto indígena de

origen maya-quiché, el Popol-Vuh.

Cuando se refiere a la creación, relata

que “solamente había inmovilidad

y silencio en la noche”. Y agrega:

“Llegó aquí entonces la palabra,

vinieron los dioses en la oscuridad,

en la noche. Y hablaron entre sí”.

Palabra y hablar son usados aquí en

la misma dimensión, aunque en un

sentido religioso, como el canto del

Martín Fierro. Cuenta el texto más

adelante que los dioses destruyeron

cuatro humanidades porque los

hombres, que eran imperfectos, no

hablaban con ellos. Sólo el quinto

33 HEGEMONIA - junio DE 2020


hombre, hecho de maíz, hablaba

con ellos de tal modo que llega a

decir: “Vemos lo grande y lo pequeño

en el cielo y en la tierra”. El quinto

hombre tenía la palabra, pero

como eso no debía ser, los dioses le

velan los ojos para que vea solo lo

que está cerca y para que solo esto

fuera claro para él.

Ahora bien, he aquí el sentido

simbólico del Martín Fierro. Ver de

cerca es lo mismo que decir y verlo

todo es lo mismo que cantar. Detrás

de la oposición existe la suprema

abstracción que da sentido al existir

en general. Decir nomás, o lo que es

lo mismo, ver de cerca, es lo contrario

de cantar que es todo lo otro,

porque el canto se refiere a lo que

no se puede ver ya, pero que exige

recobrar toda la vista. Y todo el canto

para ver toda la verdad. Es ver el

canto del cielo, de la tierra, del mar

y, además, el verdadero sentido de

la “pena estraordinaria” que quiere

cantar Martín Fierro. Es intentar

expresar lo que no tiene lenguaje

aún, ya sea porque no lo crearon los

hombres o porque el país no lo ha

brindado, o porque es tan noble y

tan tremenda esa verdad que más

vale romper la guitarra e irse a las

tolderías.

Si entre el canto y el habla de los

dioses hubiera una relación, cabe

preguntarse qué pasa con la creación

a que apuntan estos últimos.

El verbo divino termina en la creación.

Y si el canto es lo mismo que

el verbo divino nuestro problema se

agrava. Es lo que denuncia el Martín

Fierro. ¿Será que nosotros sentimos

el canto, pero tenemos mucho miedo

de dar curso a la creación?

¿Es que el Martín Fierro expresa

la gran paradoja de lo argentino?

¿Es como si dijera que todos, desde

los gobernantes hasta nuestra

vida privada, rompemos la guitarra

constantemente porque tenemos

el canto de nuestra verdad, pero no

logramos crear el mundo con ella?

¿Será por eso que en lo cotidiano

decimos “qué me importa”, “para

qué” o “no vale la pena” y cuando

pensamos en grande y examinamos

qué pasó con nuestro país lo vemos

como un largo silencio mantenido

a través de 150 años sin canto y en

un mero decir? ¿Será que nuestro

país no pudo decir su canto, aunque

lo tiene, de tal modo que cuando en

lo cultural o en lo político quisimos

asumir nuestra verdad nos dio vergüenza,

a no ser que recurriéramos

a la misma agresión que necesita

34 HEGEMONIA - junio DE 2020


Martín Fierro en los primeros versos

del poema para justificar su canto?

Pensemos en pocos ejemplos:

Yrigoyen, el peronismo, nuestra

habla cotidiana, el pueblo en general

o nuestra vida misma de todos

los días, nuestra situación actual,

nunca logran decir toda la verdad y

siempre son rechazados. Siempre,

junto al exceso de verdad, la imposibilidad

de concretar el canto.

Por eso se explica la segunda

parte. El pueblo no quiere callar y le

exige a José Hernández la así llamada

Vuelta de Martín Fierro. ¿Por

qué? Pues porque Hernández había

dado por muerto a Martín Fierro y

el pueblo necesitaba que su héroe

volviera del infierno para hacer lo

que hacen los héroes civilizadores,

o sea, ordenar y crear el mundo.

Pero he aquí que Hernández escribe

la segunda parte, pero no cumple

con el deseo del pueblo. Si bien lo

hace retornar, el Martín Fierro de la

segunda parte no crea el mundo,

sino que lo tolera. Aquí se separa lo

que el pueblo piensa y lo que piensa

Hernández.

José Hernández, a partir de la

segunda parte, va un poco a la zaga

del poema, se queda atrás de lo que

el pueblo exige, igual que nosotros.

Nosotros, como clase dirigente, nos

quedamos atrás de la propuesta del

pueblo. En ese punto cabe pensar

que la paradoja argentina no es

la del pueblo, sino la nuestra. Es

nuestro el problema de dirección.

Por este lado Martín Fierro tomado

desde el punto de vista del pueblo

constituye una denuncia aún no

satisfecha. Y eso es natural, el pueblo

sabe siempre qué pasa con la

Argentina. En cambio, nosotros, no.

Por eso también no queda la

totalidad de la segunda parte, sino

sus temas. Aquellos que el pueblo

cree recuperables o, mejor dicho,

lo que realmente tiene sentido

para la vida cotidiana. Queda la

moral del viejo Viscacha y el tema

de la persecución. Con respecto

a lo primero, se trata al parecer

de una moral utilitaria y funcional

que llega a ser tal porque tolera un

estado de cosas que es más fuerte

que el pueblo mismo. Pero eso es

solo folklore de la moral, la caída

al suelo (deflación) de un ideal que

en el fondo flota sin concretarse a

través de todo el poema. En realidad,

Martín Fierro se sacrifica,

pero no sabemos en nombre de

qué. No nos dice en qué consiste

la redención argentina. Por eso es

significativa al final del poema la

dispersión de los personajes a los

cuatro vientos. Es que se dispersan

para no tergiversar su fuerza moral

que sienten en toda su profundidad.

Como si dijeran que ese país que

nos dan todavía no es el nuestro.

Obran como por la negación. Si con

la organización nacional se quiso

imprimir al país una lógica blanca

en la que se procuraba montar un

mundo visible y concreto, el pueblo

elige una lógica negra, según la que

da preferencia a la pena antes que

a las cosas. Como si para él valiera

más el hombre que su comercio.

Por eso optan por seguir perseguidos.

Se dispersan como si huyeran,

para que no los encuentren los

perseguidores. Y es que el Martín

Fierro se da en el límite donde no

logramos ser totalmente argentinos,

donde lo argentino se explica

por la fuga y la dispersión, o sea por

la frustración. Lo argentino es una

entidad en fuga porque siempre hay

persecución. Y el perseguidor no

llegó a ver toda la verdad que hay en

el simple hecho de vivir. Es la razón

de ser de todos los perseguidores.

Desde Sarmiento, que persigue

35 HEGEMONIA - junio DE 2020


para destruir la significación que

tiene el perseguido. Se persigue

porque no se quiere ser, porque se

huye de la autenticidad. Porque en

un mundo sin persecución se vería

la verdadera cara del perseguido

que no es otra que la del mendigo.

Y para evitar esto conviene que no

se detenga, que se disperse a los

cuatro vientos. Porque si se detuviera,

asomaría toda la inteligencia

en que radica lo argentino, por la

misma razón de que solo vivir ya es

inteligencia y porque la autenticidad

cultural no puede darse sino

con la indigencia humana en general.

Ser realmente una nacionalidad

ha de parecer ser una gran indigencia,

aunque es lo que supieron

asumir las grandes nacionalidades

en el mundo, pero es lo que queremos

evitar. Por eso se montó una

nacionalidad a la inversa, en nombre

de la civilización en contra de

la barbarie. Por eso no heredamos

una nacionalidad sino una empresa

montada sobre la base del hombre

sin ideales.

Y he aquí el sentido actual del

Martín Fierro. Nos advierte que la

barbarie se encubre y que no se

resuelve. Que es preferible dispersarnos

a los cuatro vientos porque

todavía nos persiguen. Pero no solo

en Martín Fierro sino el mundo actual

sigue la misma propuesta. Aún

hoy, en donde sea, se nos propone

lo mismo: por una parte, romper la

guitarra e irnos a la toldería y suprimir

el canto o, por la otra, obligarnos

a decir civilización y libertad,

pero como quería Sarmiento, sin

canto.

Claro está que ni una cosa ni la

otra puede ser. ¿Es que falta esa

incitación a la creación que yace

en el fondo del Martín Fierro? Ver

lejos y crear el mundo al fin, vencer

a las frustraciones en las cuales nos

embarcaron siempre y decir al fin

que así somos, pero sin tapujos. Es

probable que entonces asome el

mendigo. Pero afirmar que somos

mendigos y partir de ahí, ya es una

forma de crear el mundo. Es lo que

estamos viviendo al fin.

‘La negación en el pensamiento popular’

Rodolfo Kusch

Ilustraciones:

Florencio Molina Campos

36 HEGEMONIA - junio DE 2020


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37 HEGEMONIA - junio DE 2020


ANÁLISIS

La semiología

del parasitismo

ERICO

VALADARES

De tiempos en tiempos

hacen circular en estos

nuevos medios de difusión

ideológica que son las redes

sociales alguna punta

del iceberg, la puntita visible que

le permite al avisado saber que por

debajo hay mucho más hielo. Las

redes sociales sirven para la difusión

de las generales de una ideología,

de todo aquello que quepa

en los límites de un meme, de una

imagen impactante o un mensaje

corto y explosivo. La ideología se

difunde así en las redes sociales,

en la forma de pequeñas pastillitas

que van orientando por opinión

particular a los individuos hacia la

tendencia ideológica en cuestión.

Lo que nunca se ve es el iceberg,

nunca está a la vista el sentido de la

tendencia. Uno, al consumir en las

redes sociales la pequeña pastillita

diaria, no tiene la posibilidad de ver

de antemano los resultados del tratamiento.

En una palabra, al consumir

el medicamento todos los días

de a una pastilla, pero sin antes

tener acceso a la lectura del prospecto,

uno tiende a obtener resultados

que desconoce. Esos resultados

son el adoctrinamiento ideológico

del que no espera ser adoctrinado,

es la letra entrando pasivamente.

Pero la conclusión no es a la moda

de los liberales, de los que son los

38 HEGEMONIA - junio DE 2020


primeros en adoctrinar y también

los primeros en poner el adoctrinamiento

en el lugar del mal absoluto.

La doctrina y el adoctrinamiento,

como se sabe, no son malos en sí

mismos, sino que dependen de los

contenidos que imparten. Todas

las instituciones tienen su doctrina

y con ella adoctrinan a los suyos,

esa es la forma que tienen para

reproducirse, expandirse y ser. Si la

Iglesia católica no hubiera adoctrinado

a los católicos en el tiempo,

a lo largo de los siglos, la propia

institución no hubiera podido reproducirse

y no existiría. La doctrina

es lo propio de las instituciones y el

mal o el bien no puede estar en el

simple acto de adoctrinar, sino en el

contenido específico de la doctrina

que se quiere impartir.

Y puede estar también en el método.

Cuando una ideología se

sirve de los símbolos de otra o de

lo que esta supuestamente podría

representar, eso es una estafa.

Cuando eso pasa, eso es un entrismo

ideológico que tiene lugar por

lo siguiente: la primera ideología

se sirve de los símbolos y hace una

extrapolación de los postulados de

la segunda porque ella, la primera,

no tiene la fuerza necesaria para

hacerlo con sus propios símbolos

y con sus postulados abierta e

independientemente expresados.

En una palabra, siendo insuficiente

para triunfar en la política por sus

propios medios, haciendo su propio

juego, una parcialidad ideológica

“cuela” su agenda y su discurso

entre los símbolos y el discurso de

otra parcialidad, con el objetivo de

servirse de la fuerza de esta, ponerla

a funcionar hasta que empiece a

debatir los temas propuestos por la

ideología que hace el entrismo.

En términos concretos, cuando

una parcialidad ideológica es muy

poco numerosa y/o no encuentra la

forma de tener arraigo entre las mayorías

para triunfar con su ideología

en la política, lo que hace es entrar

en “alianzas” con otra parcialidad

que sí es numerosa y está arraigada

entre las mayorías. Esas “alianzas”

son simbióticas, lo que en la metáfora

fisiológica se podría describir

como un parasitismo. El parasitismo

es un proceso de simbiosis en

el que el parásito —aquí, la parcialidad

ideológica sin fuerza propia

y sin arraigo entre las mayorías en

una sociedad— se vale de la energía

del anfitrión para alimentarse,

crecer y, eventualmente, matar al

propio anfitrión, asumiendo sus activos

luego del deceso para cumplir

con ellos una función muy distinta.

El anfitrión es justamente la fuerza

que en primer lugar había tenido luz

propia y arraigo popular hasta que

se dejó parasitar y murió. Y un ejemplo

claro de ello puede verse en la

relación simbiótica parasitaria entre

los radicales y lo que inicialmente

se dio en llamar Propuesta Republicana,

el PRO.

El PRO fue, en sus comienzos, una

pequeña agrupación vecinal cuyo

territorio fue la Ciudad de Buenos

Aires mientras Mauricio Macri fue el

jefe de gobierno de dicho territorio.

Con la caja de la ciudad más rica

del país y probablemente una de las

La doctrina social de la Iglesia católica, mediante la que dicha institución logró ordenar

el mundo durante siglos. La reproducción de la doctrina en forma de adoctrinamiento es

eso, es el darle continuidad en el tiempo a una institución a través de la transmisión entre

generaciones de una doctrina. El que los términos “doctrina” y “adoctrinamiento” hayan

sido cargados de sentido negativo es el resultado de la acción de los liberales, que adoctrinan

muchísimo con su monstruoso aparato cultural —que incluye desde Hollywood hasta

el reciente Netflix—, pero ponen el grito en el cielo para decir que el adoctrinamiento es un

“crimen” contra la libertad individual.

39 HEGEMONIA - junio DE 2020


El entrismo y el parasitismo “de derecha”, descritos en una sola imagen: Mauricio Macri parasitando a Raúl Alfonsín —uno de los tres símbolos

más fuertes de la Unión Cívica Radical y quizá el más fuerte de todos, por ser más reciente— luego de haberlo usado para cruzar la General

Paz y ganar las elecciones de 2015.

más ricas de América hispana en

la mano, Macri desarrolló su propio

partido político con su propia

ideología en el ámbito vecinal, pero

con el objetivo de ser nacional. El

problema es que el PRO no prendía

en ninguna otra parte fuera de la

Capital Federal (se usaba decir,

hasta el año 2015, que no cruzaba

la General Paz, en alusión a la

avenida que marca el límite entre

la Ciudad de Buenos Aires y el resto

del país) y no iba a poder cumplir la

función para la que había sido originalmente

creado: ganar las elecciones

a nivel nacional y hacer un

presidente propio para llevar a cabo

su programa ideológico, que era un

programa de saqueo oligárquico.

Para ganar las elecciones, el PRO

debió parasitar en otra fuerza política

ya existente, en una que tuviera

fuerza, estructura y arraigo propios.

Si el PRO no hacía eso, no podría

jamás haber cruzado la General Paz

y la presidencia de Mauricio Macri

no podría ser.

Pero fue, fácticamente fue así. Y lo

fue porque el PRO supo parasitar en

la Unión Cívica Radical, supo utilizar

sus símbolos, movilizar a sus militantes

y servirse de su estructura

nacional, de su arraigo real entre

las mayorías. Antes de ser parasitada

por el PRO, la Unión Cívica

Radical era un partido decadente,

un tanto devaluado y ya bastante

desviado de su propia ideología. La

UCR ya se había convertido —más o

menos desde la Unión Democrática

de Spruille Braden en 1946 y luego

definitivamente a partir del gobierno

de la Alianza en 1999— en un

partido gorila, lo que en sí es una

verdadera contradicción respecto a

lo expresado por los padres fundadores,

por los Leandro N. Alem, los

Hipólito Yrigoyen y otros próceres de

un partido popular. Eso fue la Unión

Cívica Radical en sus comienzos y

en sus primeras cuatro décadas, un

partido popular cuya orientación

ideológica fue de oposición a la

oligarquía. La UCR fue así hasta que

se dejó parasitar por los gorilas: primero

enfermó, pasó a ser un partido

decadente y goriloide. Y finalmente

murió cuando los gorilas tuvieron la

fuerza suficiente para abandonar el

cuerpo exhausto del anfitrión e ir a

hacer rancho aparte.

Sucesión y herencia

Hoy el PRO de un modo genérico,

en un sentido de partido político

propio de la oligarquía, tenga el

nombre de fantasía que tenga, tiene

la fuerza propia para existir en la

política argentina sin la necesidad

de entrar en “alianzas” simbióticas

parasitarias, ya puede hacer por

sus propios medios. Pero el resultado

necesario es que murió en el

proceso el anfitrión del que el PRO

se había servido para llegar a ser

lo que es. Para que el partido de la

oligarquía sea una fuerza política

relevante a punto de tener la capacidad

de disputar el poder político

en el Estado, fue necesario que un

partido originalmente popular se

convirtiera primero en goriloide,

luego en gorila y finalmente cayera

40 HEGEMONIA - junio DE 2020


muerto, dejándole al que alguna

vez fue su parásito todos sus activos

políticos en forma de herencia. El

PRO es heredero de la UCR en ese

sentido, es un heredero material del

cuerpo decadente al que parasitó

sobre el final de su vida. Propuesta

Republicana debió asumir los

activos de la difunta Unión Cívica

Radical para cruzar al fin la General

Paz y ser una fuerza nacional. El

asunto es que la UCR murió.

Siempre es una cuestión de sucesión

y herencia, como se ve. Si bien

el parásito en un primer momento

hace entrismo para ir colando su

ideología e ir metiéndose de a poco

en un juego al que de otra manera

no hubiera podido acceder, el

objetivo final es siempre la muerte

del anfitrión parasitado para la

sucesión y la asunción de los activos

del muerto en herencia. En

otras palabras, el parásito no deja

jamás de parasitar, salvo que ocurra

una de dos: la muerte del exhausto

anfitrión, o bien un proceso de desparasitación

en el que, en cambio,

muere el parásito.

Ahora bien, la UCR se preparó para

ser parasitada desde que se constituyó

en un partido goriloide junto

a los demás gorilas “por derecha”

y “por izquierda” en la mesa de la

Unión Democrática servida por la

embajada de los Estados Unidos

en 1946. A partir de allí, los radicales

fueron decadentes, siempre

más preocupados en obstaculizar

al peronismo que en ser un partido

auténticamente popular y ya para

1999, con el triunfo de la Alianza

de Fernando de la Rúa con ciertos

sectores dichos “progresistas” —en

rigor, antiperonistas a secas—, la

UCR pasó a ser directamente una

fuerza política gorila. A partir de

eso, las condiciones estaban dadas

para que la Unión Cívica Radical

fuera finalmente parasitada por un

agente gorila oligárquico que diera

muerte a su cuerpo decadente y

asumiera su capital político en herencia.

Eso fue lo que ocurrió el año

2015, frente a mirada atónita de

algunos radicales históricos que no

querían saber nada con eso. Esos

radicales quisieron desparasitar y

no tuvieron la fuerza para hacerlo,

puesto que otros radicales —más

numerosos y con más peso dentro

del partido— ya habían acordado

con el parásito. Entonces la UCR no

es víctima de su propio crimen, sino

más bien cómplice: los radicales

se dejaron parasitar por Mauricio

Macri y su banda, por la oligarquía

en la política, se quedaron quietos

o hasta facilitaron activamente la

acción del parásito, en vez de combatirlo.

La verdad es que la UCR se

dejó parasitar y el resultado fue su

muerte. La UCR es hoy un expartido

político en actividad, es como esos

jugadores que ya están técnicamente

retirados y siguen jugando dos

o tres temporadas más para hacer

aquello que se llama “robar” en el

fútbol.

El parasitismo se presenta inicialmente

como entrismo y luego

tiende a conducir a la muerte al

anfitrión. Es un problema que se

puede detectar a tiempo y que

puede erradicarse mediante una

desparasitación en la que el cuerpo

expele al agente externo antes de

que sea demasiado tarde. Por lo

tanto, cuando una fuerza política

muere luego de ser parasitada es

porque se dejó parasitar, no es un

accidente y mucho menos es algo

inevitable, no es una enfermedad

incurable frente a la que solo cabe

la resignación. De ninguna manera

una fuerza ideológica con capital

político propio y predicamento entre

las mayorías debe necesariamente

permitir que existan parásitos en

su cuerpo y no, las alianzas coyunturales

con fines electorales tampoco

son excusa para permitir el

entrismo. Una fuerza política con luz

propia debe tener los instrumentos

doctrinarios para impedir la mezco-

Mauricio Macri, el parásito, junto a un Ernesto Sanz fuera de foco y parasitado. Sanz se reía,

probablemente del golpe que les dio a los militantes de la Unión Cívica Radical al permitir el

parasitismo a cambio de monedas. Pero ahora ya no se ríe: Sanz se quedó “pegado” con un

saqueo oligárquico del que no se benefició, porque al momento de repartir el botín solo cobraron

los “pura sangre” de la oligarquía y sus amigos, aunque va a tener que seguir dando

explicaciones igual. El parasitismo nunca es conveniente para el parasitado en el mediano y

en el largo plazo.

41 HEGEMONIA - junio DE 2020


lanza, para mantener su identidad

en todo momento, mucho más allá

de las alianzas en las que entre a

cada momento puntual. Si la UCR

se hubiera aferrado a la doctrina

popular de sus padres fundadores

y no se hubiera convertido en un

partido goriloide con la sola finalidad

de obstruir a Perón en 1946,

no habría entrado en relaciones

promiscuas con los conservadores,

los liberales, los comunistas y los

socialistas de la Unión Democrática

de Braden. O bien hubiera conformado

allí quizá un frente coyuntural,

orientado al frío cálculo electoral,

pero siempre manteniendo su identidad

pese a las contradicciones del

momento. Si así hubiera sido, el parasitismo

del PRO en el 2015 habría

encontrado los debidos anticuerpos

entre la militancia y la dirigencia,

estos militantes y dirigentes habrían

puesto el límite para evitar la muerte

del partido.

Pero no fue así y la UCR se dejó

estar. Al abandonar su doctrina

popular para comer en la mesa de

la embajada de los Estados Unidos

junto a la oligarquía conservadora

“por derecha” y junto a los instrumentos

de dicha oligarquía “por

izquierda”, la UCR dejó la tierra

sembrada. Sus militantes y dirigentes

se volvieron cada vez más gorilas

y, cuando el PRO apareció en el

horizonte con una oferta de alianza

electoral, ninguno de esos dirigentes

y militantes vio el peligro. Por el

contrario, entendieron que eso era

una fusión y festejaron la “oportunidad”

de ser gobierno junto a la

fuerza brutal de la antipatria, como

diría nuestra Evita. Y como esa

fuerza brutal llevó a cabo un saqueo

sin precedentes, los radicales se

quedaron “pegados” y pagan el costo

político del saqueo sin haberse

beneficiado ellos mismos de dicho

saqueo más que con alguna miserable

propina aquí y allí. Vendieron

un partido centenario, histórico y

popular, lo vendieron por monedas y

ahora están muertos.

El entrismo

La primera etapa de la relación

simbiótica parasitaria en política

es el entrismo, que en la metáfora

La llamada Unión Democrática de Spruille Braden, en la que los radicales se metieron promiscuamente en la cama con el gorilaje “por

izquierda” para luchar contra un fascismo inexistente. En esta imagen, que es de un acto en 1946, pueden verse claramente los letreros

anunciando la coalición entre radicales, socialistas, progresistas y comunistas “por la libertad” y “contra el nazismo” de Perón. A partir de

este enorme tropiezo, la UCR abandonó definitivamente la doctrina de Leandro N. Alem y de Hipólito Yrigoyen para colocarse en otro lugar:

el lugar del goriloide, del casi gorila cuyo único objetivo es obstaculizar al peronismo. Con eso, la UCR se fue preparando para ser parasitada

“por derecha” y el resultado es la debacle final del año 2015. Hoy la UCR es un expartido político en actividad, existe solo como un fantasma

o una proyección. Su lugar ha sido ocupado por los amarillos del PRO, que ahora tienen presencia nacional y ya no necesitan a los radicales.

42 HEGEMONIA - junio DE 2020


El trotskismo, una pequeña secta ideológica fraccionada en varios partidos de nula expresión

política que, combinados, difícilmente representan más que el 2% de la voluntad

popular en cualquier elección. A diferencia de sus primos socialistas, progresistas y comunistas

—con quienes comparte casi la totalidad de la agenda en lo que se refiere a causas

de minorías sexuales, raciales y religiosas—, los trotskistas no hacen entrismo mediante

la formación en frentes electorales. El trotskismo se presenta por cuenta propia y saca los

mismos resultados magros de siempre porque su estrategia es el entrismo cultural, sobre

todo en el ámbito universitario, donde coopta una buena cantidad de jóvenes, los adoctrina

fuertemente y los desvía de la lucha por la liberación nacional.

sería la parte en la que el parásito

se encuentra con el cuerpo del anfitrión

y lo penetra o se sube a dicho

cuerpo. En política, el entrismo suele

ocurrir en coyunturas en las que

se hace necesaria la alianza entre

distintos para obtener un triunfo,

ya sea electoral o bélico. Cuando

esos distintos se unen, empiezan

a marchar juntos y allí se forman

relaciones entre sus miembros. Un

ejemplo de eso fue el Frente para la

Victoria del año 2003 y los demás

frentes que se formaron después

para sucederlo refrescando la

marca o el nombre de fantasía de la

empresa. Al Frente de la Victoria fue

a confluir junto al peronismo una

cantidad de identidades políticas

que no son peronistas —he ahí la

alianza, que siempre es entre distintos,

o no sería una alianza— y de

otras que en el pasado habían sido

directamente antiperonistas. Por

qué eso se formó así es un asunto

de análisis de esa coyuntura y no

cabe en este modesto artículo. La

cuestión es que, además del peronismo

como luz propia más brillante

en la política argentina, a la coalición

se unieron los llamados “furgones

de cola” cuyas identidades se

autodefinían radicales, socialistas,

progresistas y comunistas. Según

esa fuente de conocimiento abierta

que es Wikipedia, el Frente de la

Victoria fue una coalición peronista,

sí, pero que en el arco político horizontal

heredado de la revolución

burguesa de Francia se ubicó en la

“centroizquierda”. El entrismo “de

centro” con los radicales y el entrismo

“de izquierda” con los progresistas,

socialistas y comunistas marcó

la cancha de entrada: ubicó a una

coalición de orientación peronista

en un lugar del arco político europeo,

precisamente en la “centroizquierda”.

¿Cómo es posible eso,

si la doctrina del peronismo niega

tanto la “derecha” como la “izquierda”

y el “centro”? El peronismo,

al superar dicho ordenamiento

horizontal, no puede ubicarse en la

“derecha”, en la “izquierda” ni en

el “centro”, simplemente porque

es la superación de esa forma de

entender la política. El peronismo

es la representación de la totalidad

del pueblo-nación argentino mucho

más allá de las opiniones particulares

de los individuos, no establece

como requisito para ser peronista el

tener un pensamiento zurdo, diestro

ni céntrico. No pertenece a ese

esquema importado e impone una

forma muy argentina e hispanoamericana

de hacer política. ¿Y entonces?

¿Cómo es posible que una

coalición de orientación peronista

no se ubique abajo, que es donde

está el pueblo, sino en una hipotética

“centroizquierda”?

Es posible porque el entrismo

pone en contacto a los distintos y

modifica la manera de pensar de

los participantes de la fuerza que

es el objeto de dicho entrismo.

Esa modificación ocurre porque

el anfitrión permite el entrismo al

no adoctrinar correctamente a su

propia tropa. Sin conocimiento de

la doctrina peronista, los peronistas

quedan vulnerables frente a lo que

los aliados coyunturales digan, de

pronto, qué debería ser el peronismo.

Entonces, en vez de celebrar la

unión en la diferencia y el hecho de

que gente pensando distinto esté

unida en torno a un proyecto de país

común, lo que termina pasando

es que se produce una verdadera

promiscuidad ideológica en el

interior de la coalición y el entrismo

aprovecha esa situación para colar

43 HEGEMONIA - junio DE 2020


Carlos Menem, aquí junto a María Julia Alsogaray. El entrismo “por derecha” en el peronismo

y la presión del Consenso de Washington en un mundo ahora ordenado por una hegemonía

unipolar fueron demasiado fuertes y el peronismo sucumbió, se desvió de su rumbo

de tercera posición y se alineó con el liberalismo yanqui. El resultado fue un alejamiento del

peronismo respecto al pueblo-nación argentino y un desastre político, económico y social

del que, por muy poco, el peronismo se salvó.

su ideología, venderla como si fuera

propia de la fuerza dominante en el

Frente y convencer a los militantes

de dicha fuerza, que siempre son

mucho más numerosos que todos

los demás combinados, de que la

ideología de una parte minoritaria

es la ideología general de todos los

que están unidos en alianza.

El peronismo ha sido históricamente

el objeto del entrismo tanto “por

derecha” como “por izquierda”, no

hay en ello ninguna novedad. Una y

otra vez el peronismo supo imponer

su doctrina para desparasitarse a

tiempo y no morir, siempre apeló a

la doctrina para volver a las bases

y abandonar tendencias antinaturales

de “derecha” y de “izquierda”

que existen alejadas del sentido

común del pueblo-nación argentino.

El peronismo solo existe como

representación de dicho sentido

común en la política y si se desvía

o empieza a ir en contra del pensar

y del sentir de las mayorías populares,

empieza a dividirse en peronismos

“de derecha”, “de centro” y “de

izquierda”, lo que ya en sí es una

imposibilidad fáctica: como veíamos

anteriormente, la naturaleza

del peronismo es la superación del

ordenamiento espacial horizontal

creado en la Asamblea Nacional de

Francia y al calor de la revolución

burguesa del siglo XVIII. El peronismo

pone ese ordenamiento en

vertical y convoca al pueblo —a los

de abajo— a organizar la comunidad

contra los de arriba, que son las

históricas mil familias oligárquicas.

Por lo tanto, cuando el peronismo

aparece como “de izquierda”, “de

derecha” o “de centro”, lo que hace

es dejar sin representación a los de

abajo, a las grandes mayorías populares

que no saben de posiciones

ideológicas importadas de Francia

ni están interesadas en saber. El

peronismo “de derecha” hace el

juego de los liberales y el peronismo

“de izquierda” hace el juego de los

socialistas, pero el General Perón y

la doctrina peronista son muy claros

desde el vamos respecto a eso ya en

la consigna fundamental de que no

somos liberales ni marxistas, sino

peronistas. El peronismo no hace

el juego de nadie, solo representa

los intereses del pueblo argentino.

Y eso no es “de izquierda” ni “de

derecha”.

He ahí la doctrina, que es indiscutible

en sus propios términos y es la

fuente a la que el peronismo siempre

supo acudir para desparasitarse

y corregir desviaciones tanto “de

izquierda” como “derecha”, volviendo

a colocarse abajo en un ordenamiento

espacial vertical. El caso es

que ya van 17 años desde el advenimiento

del Frente de la Victoria y

la coalición original con un sector

del radicalismo, con el progresismo,

el socialismo y el comunismo.

Son 17 años desde entonces y el

entrismo solo ha ido en aumento

desde entonces, el peronismo no

se ha desparasitado nunca en ese

periodo del entrismo “de centro”

y “izquierda” que lo tiene atado a

un lugar de “centroizquierda” muy

alejado de las necesidades del

pueblo argentino. ¿Por qué? ¿Por

qué el peronismo no se sacude a

los parásitos de una vez y vuelve a

colocarse junto al pensar y al sentir

de la mayoría popular a la que

debe naturalmente representar?

Quizá porque los tiempos sean muy

distintos desde la caída del Muro

de Berlín y la disolución del campo

socialista en el Este, que garantizó

el equilibrio político internacional

desde el fin de la II Guerra Mundial.

Al desintegrarse ese bloque y al

decretarse el “fin de la historia”

en los términos de un entonces

triunfante Francis Fukuyama, los

partidos políticos en todo el mundo

fueron vaciados de contenido y se

convirtieron en vulgares instrumentos

electorales, en sellos. Lo que los

partidos políticos dejaron de hacer

entonces, entre otras funciones que

44 HEGEMONIA - junio DE 2020


en el siglo XX fueron determinantes

para la existencia de un partido,

fue adoctrinar correctamente a sus

militantes. Así, existen hoy una gran

cantidad de “peronistas” que no

solo jamás accedieron a la doctrina

porque el Partido Justicialista (que

es el partido del peronismo) se abstuvo

de dictar los clásicos cursos de

formación doctrinaria: hay “peronistas”

que directamente desconocen

los contenidos de dicha doctrina y

quizá se espantarían si llegaran a

enterarse de la existencia de ciertos

decálogos sintéticos de la doctrina,

si llegaran a saber las definiciones

contenidas en, por ejemplo, las 20

verdades peronistas. Y algunos de

esos “peronistas” podrían llevarse

un chasco importante si se pusieran

a leer un libro de Perón.

El entrismo se hace entonces posible

y a la vez muy difícil de combatir,

puesto que los militantes peronistas

son muchos, están doctrinariamente

dispersos y están, además,

vulnerables frente a minorías sobreideologizadas

“de izquierda”, “de

centro” y “de derecha”. Esas minorías

se acercan a los peronistas sin

doctrina y se acercan ya muy duchos

en su propia ideología. Pescan

en una pecera, cazan en un zoológico,

se encuentran con que decirles

que ser peronista es seguir el camino

de las máximas ideológicas del

liberalismo, de la socialdemocracia

y del socialismo, el progresismo y

el comunismo funciona. Un liberal

se acerca y dice que ser “peronista”

es adherir al Consenso de Washington

y ahí está el “peronismo” de

los años 1990. Un socialdemócrata

se acerca y dice que el “peronismo”

son las buenas formas y el no

enfrentamiento con la oligarquía y

ahí está el aletargamiento percibido

actualmente por algunos, un “peronismo”

que parece no saber a qué

vino. Un comunista se acerca y dice

que el “peronismo” es la lucha de

clases y el resultado son las guerrillas

de los años 1970. Y, finalmente,

un progresista se acerca y dice que

el “peronismo” es la agenda occidental

de las minorías y el resultado

es la militancia de Starbucks en

una permanente nube de humo.

Cuando el militante peronista no

está debidamente adoctrinado para

ver qué es realmente el peronismo,

compra todos esos “peronismos”

entre comillas y el resultado es una

desviación, un alejamiento de las

mayorías populares y una confusión

en el interior del peronismo, que

normalmente se salda con luchas

intestinas o con una feroz reacción

por parte de los gorilas de arriba,

la oligarquía, como ocurrió desde

el 24 de marzo de 1976, cuando

destituyeron el gobierno peronista

de María Estela Martínez de Perón y

abrieron las puertas del infierno.

Las evidencias

semiológicas

Como decíamos anteriormente,

el entrismo es un parasitismo que

puede detectarse muy tempranamente,

no hay ninguna necesidad

de padecerlo hasta que decaiga el

cuerpo y esa decadencia resulte en

la muerte del anfitrión. Si el peronista

quiere y tiene conocimiento de

La semiología del entrismo “de izquierda”, al descubierto. El llamado “progresismo” es un

subproducto del socialismo y del comunismo, es una lavada de cara a esas ideologías para

venderse en el siglo XXI. Pero como el “progresismo” no tiene arraigo ni predicamento entre

las clases populares en Argentina, lo que hace es intervenir la simbología del peronismo

para colar su ideología y venderla como doctrina peronista. Eso es una falsificación y es

un hacer decir a Perón cosas que Perón nunca dijo. Y el resultado es un alejamiento del

pensar y del sentir de las mayorías populares, un corrimiento a la “izquierda” y el colocar al

peronismo en un lugar de vulnerabilidad, desde el que puede entonces ser atacado por la

“derecha”. Si el peronismo va a ser “progresismo”, entonces va a ser un subproducto del

socialismo y del comunismo, va a ser “de izquierda”. Y entonces la “derecha” va a tener el

enemigo que necesita para denunciar y seguir vigente.

45 HEGEMONIA - junio DE 2020


su doctrina, con tan solo una mirada

superficial a lo que hacen los

antiperonistas “por derecha” y “por

izquierda” con los símbolos peronistas

cuando quieren hacer entrismo

alcanza para darse cuenta de

que hay parásitos en el cuerpo. La

clave está en observar el comportamiento

y analizar el discurso no del

enemigo abiertamente gorila, sino

de nuestros propios aliados coyunturales.

Allí vamos a ver cómo esos

aliados no se limitan a los términos

del acuerdo, los violan y los rebasan

para hacer entrismo haciendo

pasar su ideología por “peronismo”.

Cuando el peronista vea eso, sabrá

que allí hay alguien parasitando en

el peronismo para hacer entrismo.

Hay que observar atentamente la

semántica del entrismo para detectar

al parásito.

No conviene quedarse con las

etiquetas que cada cual se cuelga

de sí mismo para identificarse. Es

preciso ver qué hace y qué dice

efectivamente el que se autodefine

“peronista”, contrastar eso con

la doctrina y sacar conclusiones.

Y entonces es preciso analizar la

expresión de esos “peronistas” que

desde la “derecha”, desde la “izquierda”

y desde el “centro” intentan

hacer decir a Perón cosas que

Perón nunca dijo y, peor aún, cosas

opuestas a las que Perón defendió

en su discurso y en su praxis. Es preciso,

en una palabra, estar atentos

a la semiología de los mensajes que

circulan y que son dirigidos al pueblo

peronista como si se tratara de

doctrina y no son más que vulgares

falsificaciones de la verdadera doctrina,

la que está escrita y no puede

Más entrismo “de izquierda”. La imagen de un hipotético e imposible beso homosexual

entre Eva Perón y Cristina Fernández fue una simbología que los “progresistas” colaron en

el peronismo para decirles a los peronistas sin doctrina qué cosa es la doctrina peronista

“aggiornada”. Pero no, porque el peronismo no asume la militancia de causas de minorías

ni se opone a ellas. El peronismo simplemente representa los intereses de las mayorías

populares y su único enemigo es la oligarquía cipaya, las mil familias dueñas de todo el

país. Y ese sector social no se define por su orientación sexual, por su género, su religión ni

su raza: se define precisamente porque vive de las rentas extraordinarias y sobre el sacrificio

del pueblo-nación argentino.

ser borrada. Y una vez que esas

falsificaciones sean detectadas, el

deber de todo peronista es hacer

presión sobre los dirigentes para

que ellos, los dirigentes, que son

los encargados de la conducción

del movimiento, pongan orden en

la casa común recordando frecuentemente

con claridad los principios

doctrinarios del peronismo.

Por otra parte, los dirigentes son

responsables hoy y siempre de

reanudar el funcionamiento del

partido peronista en todo lo que se

refiere a la formación doctrinaria

y eso, como se sabe, no es negociable:

la doctrina se imparte a los

que quieren adquirirla y se imparte

de acuerdo a los lineamientos

expresados en la doctrina. No se

trata tampoco de un concurso de

creativos, en el que cada cual está

habilitado a hacer pasar su opinión

ideológica por “doctrina”. La doctrina

del peronismo es lo que es y está

escrita, puede gustarle o no gustarle

a alguien, nadie está obligado a

abrazarla. Pero si un individuo no la

abraza porque no está de acuerdo

con sus contenidos, porque piensa

que el peronismo debió ser otra

cosa o por la razón que sea, no

hay en ello ningún problema. Ese

individuo encontrará seguramente

su lugar en otras fuerzas minoritarias

cuya ideología refleje mejor su

manera particular de pensar. Y si

no encuentra ninguna, siempre es

libre de ir y formar su propia fuerza

política. Al fin y al cabo, eso fue lo

que hizo Perón al ver que ninguna

de las opciones disponibles en su

tiempo expresaba la soberanía política,

la independencia económica y

la justicia social. Eso no existía en el

radicalismo, no existía en el conservadurismo

y no existía en el liberalismo.

Entonces Perón fue y creó el

peronismo, que es de Perón y no

puede ser modificado por nadie que

no esté autorizado en el testamento

46 HEGEMONIA - junio DE 2020


de Perón para hacerlo.

Cada vez que el peronismo fue

víctima de una movida que se dio

en llamar “aggiornar” la doctrina,

fue arrastrado hacia desviaciones

de “derecha”, de “izquierda” y

de “centro”. Y el resultado fue un

alejamiento de la doctrina de los

abajo y la consiguiente enajenación

de los pueblos. El pueblo-nación

no entiende de intrigas ideológicas

cuyos términos han sido importados

de Francia. Lo que el pueblo-nación

argentino sí entiende es el concepto

de Comunidad Organizada, en el

que cada individuo ocupa el lugar

que le corresponde en la sociedad y

la solidaridad del grupo es la amalgama

de la unidad y la garantía

última de que nadie va a quedar al

costado del camino. La burguesía

nacional debe asumir la tarea de

industrializar el país y debe ser

regulada por el Estado para que no

fugue su riqueza, para que asegure

todos los derechos del trabajador,

que son el salario digno, el aguinaldo,

la obra social, la jubilación, las

vacaciones pagadas y todo lo que el

peronismo establece en su doctrina

para que la familia sea el núcleo

fundamental del desarrollo de la

sociedad. Al Estado, por su parte,

le corresponde garantizar todos

los servicios públicos de calidad,

desde la salud, hasta la educación,

pasando por la seguridad ciudadana,

la justicia, el suministro de

energía, etc. Esa es la doctrina del

peronismo, que cuando se desvía a

la “derecha” deja que el mercado

haga desastre y cuando se desvía

hacia la “izquierda” empieza a

predicar en términos de lucha de

clases, de razas, de género y de

religión, perdiendo el contacto con

el sentido común de nuestra gente.

Cuando eso pasa, el peronismo

deja de ser lo que debe ser y deja de

materializar su doctrina. Se deja parasitar

por los que no tienen votos

ni arraigo entre las clases populares.

El objetivo de esos entristas es

conducir el peronismo a la muerte

y asumir su herencia para imponer

aquí una tradición política que no

es la nuestra. Quieren alejar a la

Argentina del camino autónomo

de tercera posición respecto a las

potencias dominantes y nos quieren

someter a una de esas potencias

para que hagamos su juego.

Eso está pasando ahora y pasó

en los años 1990, en sentidos

ideológicos opuestos. En los años

1990, el entrismo “de derecha”

nos puso en la órbita del Consenso

de Washington y abandonamos

nuestra tercera posición para ser

funcionales al imperialismo yanqui.

Ahora, el sentido es inverso: quieren

hacer entrismo “de izquierda” para

que seamos funcionales tanto al

globalismo dicho “progresista” de

ese sector de las élites que son los

George Soros y los Bill Gates como

al imperialismo naciente de China,

que desea desplazar a los Estados

Unidos en el lugar de potencia

dominante. Solo la tercera posición

podrá equilibrar el mundo con la

exigencia de un orden multipolar en

el que se respete la soberanía de

los pueblos. El peronismo es la única

fuerza política con luz propia en

la Argentina y solo depende de otras

fuerzas de un modo marginal, en un

sentido de hacer alianzas coyunturales

aquí y allí y ganar las elecciones

en cada momento. Por lo tanto,

el peronismo no debe mimetizarse

con nadie, debe mantener su identidad

peronista y hacerla respetar por

sus aliados. Y dichos aliados siempre

podrán optar entre seguir en

alianza con el peronismo y triunfar,

o abrirse y hacer su propio juego de

manera autónoma, como hacen los

trotskistas desde siempre. El problema

es que eso resulta en un 2%

de la voluntad popular y una escandalosa

derrota. El peronista puede

estar bien tranquilo que, al ponerles

un límite a nuestros aliados coyunturales

y al cerrarles la posibilidad

de que hagan entrismo, lo que va

a pasar no es que se van a enojar y

se van a ir. No se van a ir a ninguna

parte, porque ellos dependen de

nosotros muchísimo más de lo que

nosotros dependemos de ellos. Al

fin y al cabo, la misma biología lo

demuestra: el anfitrión puede vivir

sin el parásito, pero el parásito sin

anfitrión simplemente se apaga y

deja de existir. No hay razón para

tenerle miedo a la dignidad y a la

autonomía cuando la sartén la tiene

uno mismo por el mango.

47 HEGEMONIA - junio DE 2020


CONTENIDO EXCLUSIVO

Peronismo

total

ahora

ERICO

VALADARES

Hubo en la historia de nuestro

país dos periodos en los que

la aplicación de un proyecto

político en el Estado supo

garantizar la felicidad del

pueblo-nación argentino. El primero

de esos dos ciclos es el que va

de 1946, desde el triunfo de Juan

Domingo Perón en las elecciones

de ese año, a 1955, al tener lugar el

golpe de Estado gorila y la posterior

dictadura que se autodenominó

“Revolución Libertadora”. Durante

esos diez años bajo la batuta de

Perón, el trabajador conoció sus

derechos y tuvo acceso a un nivel

de dignidad nunca antes alcanzado

en nuestro país ni en ningún país

de la región. Y al dignificarse el

trabajador en un proceso de rápida

industrialización de la economía

con justicia social, la totalidad del

pueblo-nación argentino experimentó

la felicidad común. Tanto es

así que esos años del primero y del

segundo gobierno del General Perón

entre 1946 y 1955 son referidos

48 HEGEMONIA - junio DE 2020


en nuestra cultura como “los días

más felices”.

Pasaron casi cincuenta años

desde aquel golpe gorila para que

el argentino tuviera acceso a otro

ciclo de felicidad garantizado por un

gobierno que realmente defendió

sus intereses. Ese periodo quedó

conocido como “década ganada”

y es el que va desde la consagración

de Néstor Kirchner en mayo

de 2003 hasta fines del año 2013,

cuando en el seno del gobierno

nacional-popular un cambio en el

gabinete derivó —como suele pasar

con los cambios de figuras en un

gabinete— en la aplicación de una

política económica distinta a la inicialmente

planteada para transitar

los dos últimos años del segundo

mandato de Cristina Fernández de

Kirchner. Fue entre los años 2003

y 2013 cuando se reeditaron entonces

aquellos días más felices

del peronismo original y el pueblo

argentino fue feliz otra vez.

Dos ciclos de diez años cada uno,

veinte años en una historia de dos

o de cinco siglos, según el punto

de vista que defina desde cuándo

somos argentinos. Pero más allá

de esa controversia, que aquí es

infértil, lo cierto es que ambos

49 HEGEMONIA - junio DE 2020


ciclos tienen en común el hecho de

que hicieron peronismo total en el

Estado. Y que, en consecuencia, le

dieron felicidad al pueblo argentino.

He ahí la hipótesis: cuando el

peronismo es total, esto es, cuando

un gobierno despliega la totalidad

de la doctrina peronista expresándola

en sus políticas públicas, sube

el nivel de calidad de vida de los

argentinos tanto material como

espiritualmente. Cuando eso pasa,

el pueblo argentino es feliz.

El argumento surge de la observación

histórica y nada tiene que ver

con nostalgias ni declamaciones de

amor por un peronismo idílico. El argumento

es que el peronismo total

o la aplicación de la doctrina peronista

desde el poder político en el

Estado es más que suficiente para

que el pueblo argentino esté satisfecho

con su gobierno y no lo quiera

cambiar. Se sabe que en nuestro

país son necesarios el 40% más uno

de los votos y una diferencia de 10

puntos sobre el segundo más votado

o el 45% “derecho”, es decir, sin

importar cuántos votos tengan los

demás, para ganar unas elecciones

generales en primera vuelta, sin la

necesidad de un ballotage. Y eso

nos conduce inmediatamente a la

cuestión de los llamados núcleos

duros y el electorado de tres tercios,

allí donde hay dos fuerzas hegemónicas

alternándose en el poder en el

Estado y cada una de ellas cuenta

con un voto “duro” que corresponde

a un tercio del electorado total.

A ese tercio se le debe sumar una

cantidad de votos “ni-ni” en cada

elección para llegar al triunfo electoral

y, por el momento, es importante

comprender que ninguna

parcialidad política es capaz de

ganar las elecciones con su tercio

propio, con el voto de sus militantes

Expresión en la cultura con la pintada militante del concepto de “los días más felices” como

caracterización del peronismo, ya todo un clásico argentino. Existe la percepción —incluso

en aquellos que coyunturalmente se enojan— de que los ciclos peronistas han garantizado

la felicidad del pueblo argentino y ahí reside la fortaleza del peronismo, en la convicción de

que representa en la política los intereses de las mayorías.

y simpatizantes únicamente. Para

ganar en las urnas, una parcialidad

debe fidelizar a los ideológicamente

convencidos, impedir que se dividan

o se dispersen, pero además debe

obtener entre los “ni-ni” los votos

que faltan para llegar al 40%, al

45% o al 50% más uno, como ocurre

en aquellos países donde rige

esa definición de mayoría absoluta.

Entonces no se trata de nostalgia,

sino de sacar bien las cuentas: si el

peronismo es total, el tercio duro

queda fidelizado y a dicho núcleo se

van a sumar los votos de una cantidad

de electores que están felices y

quieren seguir estándolo. Cuando el

pueblo está feliz, el gorila es impotente

con su núcleo duro que oscila

entre el 25% y el 30% de oligofrénicos

y otros resentidos sociales. Si

a ese núcleo duro el gorila no logra

sumarle una buena cantidad de

gente que está infeliz, el peronismo

va a llegar siempre a los 45% necesarios

para ganar en primera vuelta

y normalmente a mucho más que

eso. El peronismo total da felicidad

y esa felicidad garantiza un nivel de

apoyo social que se traduce siempre

en votos, que son suficientes

para ganar todas las elecciones en

primera vuelta sin importar la individualidad

del candidato presentado

u otras cuestiones secundarias. Si

existe el peronismo total y el pueblo

está feliz, el candidato peronista

puede ser un auténtico helado de

lechuga —el que no tiene gusto a

nada— y va a triunfar igualmente.

Ahora bien, es precisamente esa

imposibilidad matemática del triunfo

electoral gorila en un país donde

existe la felicidad entre el pueblo

la razón de los golpes de Estado. El

gorila sabe muy bien que es imposible

desplazar al peronismo en las

urnas cuando el peronismo es total.

Por lo tanto, cuando el peronismo

es total, al gorila no le queda más

opción que la del golpe de Estado

50 HEGEMONIA - junio DE 2020


para interrumpir los procesos políticos

de claro avance de los pueblos.

Lo que veremos aquí es eso, es que

tanto “los días más felices” como la

“década ganada” tuvieron que interrumpirse

de manera antidemocrática,

porque de otra forma no hubiera

sido posible finalizar esos ciclos.

La fuerza brutal

de la antipatria

Celebraciones en el partido de La Matanza por la “década ganada”, sin olvidar el llamado a

reflexionar sobre los logros alcanzados y por todo lo que en ese entonces aún faltaba y hoy

se ve muy lejano.

En 1955, haciendo una proyección

bien sencilla, el gorila supo que

Perón iba a ser invencible y que

probablemente gobernaría alternando

con algún candidato de su

riñón por todo lo que le quedara

de vida, al cabo de lo que habría

tenido lugar ya un recambio generacional

y el núcleo duro del gorila

se habría esfumado. Perón vivió dos

décadas más después del golpe en

su contra y entonces el gorila no

estaba tan errado en su proyección:

sin un golpe, el peronismo duraría

treinta años ininterrumpidos bajo la

conducción ordenadora de Perón y

luego duraría por toda la eternidad,

aun sin la presencia de Perón, puesto

que todo rastro de cultura antiperonista

sería borrado del mapa por

acción de la biología, que no falla.

Al momento de llevarse a cabo el

golpe militar de 1955, había un

peronismo, era total y el pueblo era

feliz. Había un núcleo duro peronista

de alrededor del 30% y había, por

otra parte, un 25% más de no peronistas

que eran felices y estaban

dispuestos por eso a seguir votando

al peronismo para perpetuar el ciclo.

El gorila no podía derrotar a Perón

y aunque Perón postulara como

candidato a un segundo suyo, el

voto al peronismo jamás estaría por

debajo del 55%, cantidad relativa

más que suficiente para una paliza

mucho más que un triunfo electoral.

La oligarquía gorila no podía derrotar

a Perón en las urnas y entonces

optó por derrocarlo mediante el

empleo de la fuerza bruta.

Lo mismo ocurrió sesenta años

después, cuando con un golpe de

tipo mediático y judicial el gorila

puso fin a otro ciclo de gobierno

peronista y de felicidad para el pueblo

argentino. No va a faltar quien

aduzca que el triunfo de Mauricio

Macri fue un triunfo electoral y que

esa fue la legítima voluntad del

pueblo, pero es necesario matizar

esa afirmación sin olvidar aquello

que es más allá de la opinión particular

de cada uno. Por una parte,

está claro que hubo una manipulación

de voluntad popular más bien

escandalosa al llevarse a cabo una

muy intensa campaña de desgaste

mediático y judicial en la que el

gorila no se privó de nada. El Poder

Judicial tiró toda la carne a la parrilla

con sus “investigaciones” de

casos de supuesta corrupción y los

medios difundieron conclusiones,

digamos, apresuradas de dichos

casos hasta el infinito. Machacaron

día y noche durante meses al hilo

con una corrupción que nunca pudo

probarse, pero que hizo mella en la

conciencia del pueblo. Y también

se inventaron a un Nisman, el que

hicieron pasar como un crimen con

todos los dedos señalando para el

mismo lado. El golpe mediático y

judicial para terminar con la “década

ganada” fue eso y la incidencia

de dicho golpe en el resultado de

las elecciones del año 2015 es hoy

una verdad hasta de sentido común.

Nadie va a negar abiertamente

que esas elecciones estuvieron

atravesadas y hasta definidas por

ese golpe “blando”, un golpe que

se realizó así ante la imposibilidad

práctica de acudir a los militares en

este siglo XXI para la interrupción

de procesos democráticos.

Por otra parte, también es cierto

que en los dos últimos años del

segundo mandato de Cristina Fernández

el peronismo no fue total. La

ida de Guillermo Moreno del lugar

de quien cuidaba el nivel de consumo

de las mayorías y el cambio

de gabinete de ministros a fines

del año 2013 resultaron en un giro

en la política económica respecto

a la que venía implementándose

51 HEGEMONIA - junio DE 2020


Portada del Diario La Nación en ocasión del acto de asunción del General Eduardo Lonardi al frente del gobierno golpista resultante de la

autodenominada “Revolución Libertadora”, en rigor una reacción fusiladora a secas. El júbilo de La Nación es una excelente muestra de que

ese golpe fue un enorme triunfo, un batacazo de la oligarquía cipaya en 1955.

desde aquel mayo del 2003. La

consecuencia fue que el gobierno

de Cristina Fernández llegó a

las elecciones del 2015 rodeado

de “progresistas” y otros aliados

menores, todos aupados a puestos

claves en la gestión. Esos aliados

abandonaron el programa ideológico

del peronismo y eso dio muy

malos resultados. La economía no

estaba en buenas condiciones y los

dos últimos años del gobierno de

Cristina Fernández fueron más bien

recesivos. Se había perdido la felicidad

del pueblo en esos dos últimos

años de gobierno y eso habría de

pagarse caro.

Así y todo —véase bien, aun con la

concurrencia de lo que podría calificarse

como una tormenta perfecta

en la mezcla de embates del enemigo

y errores propios—, Mauricio

Macri ganó las elecciones del año

2015 por una diferencia mínima

de unos 650 mil votos, menos de

dos puntos porcentuales. Toda esa

monstruosa campaña mediática y

judicial, con “corrupción” por doquier

y hasta un muerto en la cuenta,

todos los errores de un gabinete

“progresista” que tiró los papeles

de la doctrina y quiso reinventar el

agua tibia, un candidato no muy carismático

como Daniel Scioli y hasta

traiciones en ciertos distritos populosos.

Todo eso para que el gorila

gane por un estrechísimo margen,

en segunda vuelta y pidiendo permiso.

Entonces la pregunta es inevitable:

más allá del golpe mediático y

judicial, más allá de las operaciones

de sentido con Nisman y todo lo

demás, ¿habría triunfado el gorila

si el peronismo no hubiera dejado

de ser total en los dos últimos años

de gobierno de Cristina Fernández

y la felicidad del pueblo no hubiera

escaseado?

Está claro que no y está clara, fundamentalmente,

la irrelevancia del

pataleo gorila cuando el peronismo

es total. Las operaciones de sentido

pueden ser diarias desde los medios

durante décadas y hasta siglos

si se quiere, pero aún así el gorila

será incapaz de desplazar al peronismo

del lugar del poder político

en el Estado si el peronismo es total

y representa así cabalmente los

intereses de las mayorías populares

en Argentina. El peronismo solo

depende de sí mismo, solo necesita

ser total para reproducirse al infinito

y ganar indefinidamente todas

las elecciones.

La conclusión es esa, es que el

peronismo solo puede perder las

elecciones cuando no es peronismo,

o cuando no es un peronismo

total. Si lo es, si despliega toda la

doctrina peronista en sus políticas

públicas y garantiza la felicidad del

52 HEGEMONIA - junio DE 2020


pueblo argentino, es irrelevante el

núcleo duro gorila y son irrelevantes

las operaciones de sentido del

gorila. Haga lo que haga aquello

que nuestra Evita caracterizó como

la fuerza brutal de la antipatria, el

peronismo siempre será invencible

mientras sea total. No se trata de

una opinión, sino de un cálculo

frío: el gorila solo puede ganar las

elecciones si hay infelicidad en la

sociedad argentina y el peronismo

es la garantía de que eso no ocurra.

El peronismo deja de ser total

y hasta deja de ser peronismo a

secas cuando se desvía hacia los

extremos de “izquierda” y de “derecha”,

pasando a representar esas

opiniones particulares y dejando

de ser la expresión de la cultura del

pueblo-nación en la política o la representación

de los intereses de las

mayorías. Cuando el peronismo se

desvía hacia la “izquierda” o hacia

la “derecha” por el entrismo y por la

pérdida de sus principios doctrinarios,

entonces deja de representar

los intereses de las mayorías populares

y se ve como ajeno a la cultura

del pueblo, se ve como si fuera

importado. Y cuando eso pasa, a los

peronistas se los empieza a llamar

“doctrinarios” —como si existiera un

“peronismo no doctrinario”— para

segregarlos e ir apartándolos del

lugar de las decisiones. La “izquierda”

o la “derecha” se apoderan del

centro del campo y ponen en el lugar

del hereje a esos “doctrinarios”,

los llaman minoritarios e instalan

la idea de que se trata de gente

trasnochada, gente que se aferra a

ideas que ya son viejas y necesitan

ser “aggiornadas”. En ese momento

cuando el peronismo deja de ser

total, empieza a ser un menjunje de

ideologías que le son extrañas a la

cultura del pueblo-nación argentino

y al propio peronista. Estamos ahí a

un paso de que ese peronismo parcial

dé lugar a cualquier otra cosa,

que se va a llamar “peronismo” sin

serlo. Allí empieza la derrota, la que

en los años 1990 se dio por entrismo

“de derecha” y hoy se anuncia

con el entrismo “de izquierda”, el

entrismo de los “progresistas” que

se han hecho del centro del campo y

corren desde ese lugar a los “peronistas

doctrinarios” que exigen

un peronismo total para salvar las

papas.

Tener vergüenza

y pedir permiso

Entonces resulta que ahora los

llamados “progresistas” se han

adueñado del campo de lo nacional-popular

y empiezan a cortar el

jamón, vienen con sus pañuelos de

colores y sus fantasías ideológicas

orientadas al consumo de minorías

bien alimentadas y sobreideologizadas,

ubicadas más bien en los

sectores medios de nuestra sociedad

que en las clases populares.

Vienen estos “progresistas” y, en

vez de asumirse como tales, adoptan

para sí la identidad del peronista

y determinan que el peronismo

ahora va a ser eso, un espacio para

el debate de temas ideológicos que

no constan de la doctrina peronista.

Su argumento para hacerlo es tan

pedestre como puede ser la mentalidad

“progresista” en todos los

tiempos: a la doctrina peronista hay

que “aggiornarla”, ya no corresponde

que se limite a las tres banderas

que son la soberanía política, la independencia

económica y la justicia

social y tampoco conviene hacerles

mucho caso a las veinte verdades

establecidas por el General Perón.

En realidad, para el gusto de estos

“progresistas” que han copado las

El affaire Nisman, una trama exquisitamente armada para “tirarle un muerto” importante

al gobierno peronista de Cristina Fernández de Kirchner y debilitarlo. El occiso era en efecto

de máxima importancia y aún así le sirvió al gorila —junto a todo el paquete de operetas

diversas y los errores propios del peronismo en el gobierno— para ganar por poco más de un

punto porcentual, una diferencia irrisoria.

53 HEGEMONIA - junio DE 2020


unidades básicas y las han convertido

en centros de rosca e intriga

intelectual —para que no funcionen

como antes, como integradoras de

la política con la comunidad—, no

sirve estar hablando muy seguido

de Perón, puesto que se trata de un

militar un tanto “facho” en la opinión

de muchos biempensantes de

clase media. Van a hacer un peronismo

sin Perón y encima creyendo

estar reinventando la rueda.

Vergüenza debe darle al peronista

y debe por eso pedir permiso para

hablar de su doctrina, de sus tres

banderas y sus veinte verdades.

Cuando al peronista se le ocurre

observar que, en realidad, el peronismo

es eso y no las consignas

interpoladas por la “izquierda

progresista”, rápidamente al peronista

lo corren con el argumento

de que “nadie tiene el peronómetro

para definir qué es el peronismo”.

Y entonces el peronista se rinde,

porque tiene instalado en su cultura

que el peronómetro no se le

aplica a nadie. Los “progresistas”

han encontrado la forma de penetrar

en el peronismo, colgarle

todas sus banderas y de resistir en

la ocupación cuando los peronistas

vengan a reclamar contra esa

usurpación. Basta con mencionar al

peronómetro y el peronista se echa

hacia atrás avergonzado. De ahora

en más, los peronistas van a pedir

permiso antes de hablar de peronismo

en el interior de un movimiento

peronista “aggiornado”.

Como los dirigentes definen el

programa político y los dirigentes

no son otra cosa que militantes

elevados a lugares de gestión en

el Estado, esa usurpación “progresista”

terminará impactando en los

contenidos programáticos del proyecto

político una vez que el peronismo

gana las elecciones. Eso va a

pasar porque estarán a cargo de la

gestión de gobierno unos dirigentes

de cualquier color, menos del color

del peronismo. Así es como lugares

clave de la gestión de la Economía

serán ocupados por “progresistas”

con fantasías ideológicas. El Banco

Central estará en manos de un radi-

Las celebraciones del triunfo gorila en el año 2015, a sesenta años exactos de la “Revolución Libertadora”. Una vez más el gorila lograba interrumpir

un ciclo de felicidad para el pueblo argentino, esta vez con un golpe “blando” de tipo judicial y mediático que les permitió a Mauricio

Macri y a María Eugenia Vidal ganar las elecciones nacionales y en la provincia de Buenos Aires, respectivamente. No obstante, queda claro

que el giro político del gobierno en los dos últimos años de mandato de Cristina Fernández de Kirchner fue determinante para la derrota del

peronismo. Si hay felicidad, difícilmente prenden en el pueblo las operaciones de sentido y las intrigas judiciales orientadas a desestabilizar.

54 HEGEMONIA - junio DE 2020


cal, el Banco Nación será conducido

por un socialista y el propio Ministerio

de Economía tendrá como titular

a un alumno de Harvard al que no

se le conoce ningún historial de militancia

peronista en ninguna parte.

Más allá de los demás ministerios y

demás puestos de gestión política

del nuevo gobierno electo con una

mayoría de votos peronistas, que

también fueron casi todos copados

por la “izquierda progresista”, está

claro que el manejo de la política

económica no está hoy en manos

peronistas y eso va a repercutir en

el resultado de la gestión. Lejos de

priorizar los intereses de las mayorías

populares —que es lo que hace

el peronismo históricamente y por

eso mismo es la representación de

los intereses del pueblo en la política—,

los “progresistas” van dar

lugar a sus fantasías ideológicas,

las que suelen ser muy bien ponderadas

por los biempensantes de clase

media, aunque no son muy útiles

a la hora de poner el pan sobre la

mesa de las familias trabajadoras.

El peronismo parado sobre su

doctrina no se opone a las fantasías

ideológicas de colores del “progresismo”

ni las apoya, simplemente

habla de otra cosa. La diferencia

entre los peronistas y los “progresistas”

es que estos últimos suelen

hacer de su militancia una reivindicación

de causas ideológicas

que son justas desde el punto de

vista de ellos mismos, mientras que

los peronistas ya están inclinados

por la causa común de las mayorías

populares en Argentina. Entre

militar lo que uno quiere y militar lo

que la patria demanda, como se ve,

hay una diferencia brutal. Y como

el objetivo de la militancia se eleva

y determina la postura de la dirigencia,

la invasión “progresista” en

el peronismo dará como resultado

un gobierno “progresista” electo

con votos peronistas, un gobierno

Gabriela Cerruti, Elizabeth Gómez Alcorta, Ofelia Fernández y Victoria Donda, grandes

referentes del “progresismo” de colores que hacen muchísimo ruido en los medios y en las

redes sociales, pero aportan muy poquitos votos a cualquier construcción política. Pese a su

escaso peso electoral en la composición del triunfo del Frente de Todos en el año 2019, al

“progresismo” se le dio un lugar central en el gobierno de Alberto Fernández, desplazando

de ese lugar al peronismo. El resultado es la inexistencia de peronismo total y, en la opinión

de algunos, de cualquier peronismo a secas.

que tiende a priorizar las fantasías

ideológicas y a olvidarse de las

necesidades urgentes de las clases

populares. He ahí el significado de

la expresión “a este gobierno le falta

peronismo” y no es otra cosa que

el reconocimiento del hecho de un

exceso de fantasías políticas “progresistas”

allí donde debió haber

peronistas prácticos persiguiendo

la resolución de los problemas también

prácticos del pueblo argentino.

Por eso en un gobierno peronista

con dirigentes “progresistas” hay

ingentes partidas presupuestarias

para la difusión de la ideología “de

género”, para la atención del muy

mal llamado “garantismo” y, en

fin, para debatir al pie de la letra

todos y cada uno de los puntos de

la agenda que baja de los poderes

fácticos globales —la sinarquía internacional,

en palabras del General

Perón— a través de un sinfín de

oenegés “filantrópicas” cuyo objetivo

es difundir esa agenda y establecer

las prioridades por encima de

las necesidades reales de un país.

Cuando la gestión de gobierno cae

en manos de los “progresistas” que

están en la nómina de esas oenegés,

esa agenda pasa a ser la agenda

del gobierno, dejándose a un

costado la atención de las necesidades

inmediatas del pueblo, de las

que el peronismo históricamente se

ha ocupado. El gobierno de pronto

deja de ser peronista y pasa a ser

“progresista”, aunque las mayorías

lo hayan votado para que haga lo

primero y no lo segundo. Y empiezan

los problemas al por mayor.

¿Desde cuándo? Desde que el

peronista debe pedir permiso y

debe avergonzarse por exigir que

un gobierno propio lleve a cabo el

programa ideológico establecido en

la doctrina peronista. Cuando eso

pasa y el peronista percibe que lo

empiezan a correr de todas partes

55 HEGEMONIA - junio DE 2020


con el argumento del peronómetro,

el peronista comprende que ya no

es bienvenido en el peronismo.

Lo han “aggiornado” otros con la

finalidad de vaciarlo de su sentido

original y volver a llenarlo con otras

categorías y contenidos, los del

“progresismo” socialdemócrata

occidental.

Consecuencias

El resultado es que al peronista le

han usurpado el peronismo sin que

eso signifique tan solo un robo de

las banderas históricas ni nada simbólico,

sino más bien una pérdida

de los principios rectores que han

orientado al peronismo para que

ocupe el lugar de la representación

de los intereses de las mayorías

populares. Si el peronismo va a

ocuparse de la agenda de colores

del “progresismo” socialdemócrata

occidental —que es una agenda

de minorías bien alimentadas y

sobreideologizadas—, entonces no

va a ocuparse de los intereses de

las mayorías populares, no las va

a representar en la política. Y esas

mayorías van a quedarse sin representación,

quedando a la vez libres

para darle su voto a cualquier fuerza

oportunista que haga demagogia

con aquello que el pueblo necesita.

Así es como el peronismo pierde en

las urnas, cuando deja de ser total

Claudio Lozano (socialista), Miguel Pesce (radical) y Martín Guzmán (egresado de Harvard)

son los titulares del Banco Nación, del Banco Central y del Ministerio de Economía, respectivamente.

Ningún peronismo a la vista en la conducción de la política económica del gobierno

no puede, como es de imaginarse, resultar en muchas políticas económicas orientadas

por el programa ideológico peronista.

y hasta deja de ser peronismo a

secas.

La cuestión es, como habrá notado

el atento lector, de carácter fundacional.

Lo que está en juego aquí

es la definición de qué cosa será el

peronismo de cara a este siglo XXI.

¿Será lo que quiso Perón al dejar su

voluntad expresada por escrito en

las páginas de la doctrina? ¿O será

lo que otros, después de Perón y no

autorizados por él, quieran interpolar

en la doctrina con el pretexto de

“aggiornarla”? No es una cuestión

simbólica, no se trata de una defensa

apasionada de los símbolos

como hacen los barrabravas frente

a otros barrabravas que les quieren

robar los trapos. Nada de eso. Se

trata de saber si el peronismo va

a seguir siendo la representación

de los intereses del pueblo-nación

argentino en su conjunto o si va a

seguir el camino de la Unión Cívica

Radical y de otros partidos históricos

en todo el mundo, que fueron

vaciados y diluidos tras la caída del

Muro de Berlín y la desintegración

del bloque socialista en el Este. Si

va a haber dilución y el peronismo

“aggiorna” su doctrina para imponer

las premisas ideológicas del

“progresismo”, la consecuencia

será que las mayorías populares van

a pasar a asociar la categoría de

“peronismo” con la inutilidad, como

hacen ya con la categoría de “radicalismo”.

Al no estar interesadas

las mayorías en asuntos de pañuelos

ni en ideologías de colores

importadas, sino en la resolución

práctica de sus problemas inmediatos,

que son más bien urgentes, la

asociación del peronismo con esa

resolución va a desaparecer en la

conciencia del pueblo-nación argentino.

El peronismo será entonces

otro sello electoral, uno más entre

los tantos que hay y fueron vaciados

de sentido y licuados al advenir

la posmodernidad con sus doble

56 HEGEMONIA - junio DE 2020


hermenéuticas nihilistas. El destino

de un peronismo “progresista” de

colores es el destino del radicalismo:

el del significante vacío.

Pero ningún peronista debe angustiarse

en la espera desesperada por

una solución, por la respuesta al

problema o por el genio que venga

a salvar al peronismo de la muerte.

La respuesta y la solución ya están,

el héroe es y siempre fue colectivo

en tanto y en cuanto, para subsistir

como representación real de los

intereses de las mayorías populares

y del nacionalismo popular por

antonomasia, el peronismo no debe

inventar el agua tibia. Lo único que

debe hacer es aferrarse a su doctrina,

a los principios y valores definidos

ya de antemano por el General

Perón. Esos principios y valores

alcanzan para que el peronismo se

sostenga en el lugar de la representación

política de las mayorías por

la sencilla razón de que son los mismos

principios y los mismos valores

contenidos en la cultura del pueblo-nación

argentino. No es poesía

cuando el buen sentido popular

dice que “peronista” es sinónimo de

“argentino”, sino descripción de la

realidad: existe la comprensión de

que la doctrina peronista es el compendio

de la cultura política de la

Argentina, lo que queda confirmado

al ver el arraigo que todavía existe

en los barrios más postergados a

las figuras de Perón y Evita. De alguna

manera el argentino entiende

que eso simboliza su felicidad, que

cada vez que eso se encontró con el

poder político en el Estado y pudo,

desde allí, aplicarse totalmente en

la práctica, el resultado fue un ciclo

de felicidad para los muchos, para

todos.

Las ideologías de colores para consumo

de las minorías deben tener

su relevancia relativa en la política,

pero de la mano de los “progresistas”

como aliados coyunturales

A partir de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS y el bloque socialista

del Este, la hegemonía unipolar de los Estados Unidos se apresuró en vaciar de contenido a

los partidos políticos en todo mundo con el objetivo de destruir la política representativa. El

resultado fue que muchos partidos cayeron en la volteada y se convirtieron en cascarones

vacíos, en sellos electorales sin ninguna representatividad de la ciudadanía real y absolutamente

intercambiables entre sí. El peronismo, más en tanto movimiento que en tanto

partido político, logró resistir y seguir reproduciéndose. Ahora lo quieren licuar mediante el

entierro de su doctrina y el reemplazo de sus principios y valores por ideología “de izquierda”

importada e implantada artificialmente en nuestro país, sin ningún arraigo en la cultura de

nuestro pueblo-nación.

del peronismo, hasta ahí nomás.

El peronista no debe ocuparse de

eso, pues ya tiene demasiado para

abrazar con los mil y un problemas

de un país que fue objeto de un

saqueo oligárquico y luego vio cómo

lo que le quedaba de producción y

trabajo súbitamente se paralizaba

por varios meses. Saldremos de

este trance con más de la mitad

de nuestro pueblo en situación de

pobreza y con unos cuantos caídos

en la miseria, saldremos de este

ciclo infernal con un país arruinado.

No hay felicidad y, al no haberla,

el pueblo-nación argentino está

preparado para hacer literalmente

cualquier cosa en las urnas. Por lo

tanto, si el peronismo con el poder

político en el Estado no es total,

seguirá la infelicidad del pueblo y

al núcleo duro del gorila se le sumarán

muchísimos votos, quizá los

suficientes para que el gorila gane

y haya un nuevo ciclo de saqueo

oligárquico. Probablemente será

el último, puesto que la Argentina

como construcción política difícilmente

resistirá a tanta destrucción

y tenderá a la disolución.

Por eso también “peronista” es

sinónimo de “argentino”, pues si el

peronismo se deja diluir y se deja

rebajar a la condición de significante

vacío, de sello electoral desprovisto

de la doctrina de las mayorías

populares, es probable que también

se diluya la Argentina y se rebaje

a la condición de país con Estado

fallido, pronto a ser desguazado,

fragmentado y balcanizado. Si el

peronismo cae va a caer la Argenti-

57 HEGEMONIA - junio DE 2020


na, porque lo que realmente cae es

la fe de los argentinos en que esta

construcción política es viable. Si

no es feliz, el pueblo argentino bajará

los brazos y empezará a haber

anomia, condición necesaria para la

desintegración de la unidad nacional-popular.

Entonces la conclusión

se cae de madura y es que todo

peronista está obligado a sacar de

su mochila el bastón de mando y

correr del centro del campo a los

“progresistas” que lo vienen a diluir,

imponiendo en este debate fundacional

la opinión mayoritaria de que

el peronismo será lo que tenga que

ser y eso no es más ni menos de lo

que ya está definido en la doctrina

del movimiento.

No hay alternativa, el peronismo

se aferrará a su doctrina o será

patéticamente derrotado en las

urnas en las próximas elecciones.

La infelicidad del pueblo-nación

argentino conducirá al desastre

electoral y luego al desastre social,

a la destrucción de dos siglos de

construcción política a manos de

la fuerza brutal de la antipatria. No

hay ahí ninguna alternativa y a todo

peronista le corresponde en este

momento exigir peronismo total

ahora, para que la felicidad general

del pueblo sea una realidad y con

ella podamos construir un futuro de

potencia que nos corresponde por

naturaleza, pero fundamentalmente

por la prepotencia del trabajo.

Peronismo total ahora, aunque los

indefinidos nos vengan a convidar a

la indefinición o a corrernos con un

peronómetro que existe, pero que

no está en su poder. Existe el peronómetro

y no lo tenemos ninguno de

los que vivimos: está en la voz de las

calles. Si trae felicidad a la mayoría

del pueblo argentino, entonces es

peronista. Y si sirve a los intereses

de los de afuera y al egoísmo narcisista

y arrogante de los iluminados,

pues de “peronismo” no puede

tener más que impostación. Si el

gorila quiere, pues que se lance otra

vez a la aventura golpista y resolveremos

la cuestión cuando llegue la

hora, pero que no venga a diluirnos

para derrotarnos desde adentro

corriéndonos con la imbecilidad

del peronómetro aplicado a los

peronistas por el “progresismo”. A

los peronistas no nos corre nadie y

menos que menos cuando la patria

está en peligro.

Alberto Fernández, actual presidente de la Nación, quien logró el triunfo electoral empleando un discurso peronista para arrastrar los votos

del peronismo. A él todo peronista debe exigirle peronismo total, porque eso fue lo que mayoría peronista votó en las elecciones del 2019.

58 HEGEMONIA - junio DE 2020


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59 HEGEMONIA - junio DE 2020


OPINIÓN

En una fortaleza sitiada,

toda disidencia es traición

ERICO

VALADARES

Seis meses. Tan solo seis

meses han pasado desde

que empezó el gobierno del

Frente de Todos, asumiendo

primero como herencia un

país saqueado y luego el desafío

de transitar buena parte de esos

meses en la contingencia de una

pandemia. Fueron apenas 184 días

y, no obstante, al presidente Alberto

Fernández se le están terminando

tanto la luna de miel y como el

periodo de gracia. Pese al grado de

dificultad de gobernar en un país

endeudado y económicamente

paralizado, que es altísimo y bien

conocido por la opinión publica en

general —nadie ignora que en la

Argentina hoy la cosa está “cuesta

arriba”—, no parecería haber ya

contemplación y empiezan a llegar

múltiples demandas en simultáneo

desde prácticamente todos los

sectores. Y por si eso fuera poco, en

el conflicto sobre la situación de la

cerealera Vicentín estalló lo inesperado

por muchos: una interna en el

seno del mismísimo peronismo.

Es natural la angustia de los que

sufrimos en carne propia los años

de saqueo en el gobierno de Mauricio

Macri e hicimos lo imposible

para superarlo en las elecciones del

año pasado. Y muchos nos preguntamos,

observando la interna: “¿Por

qué hay tanto problema ahora, si

60 HEGEMONIA - junio DE 2020


recién empezamos y deberíamos estar

todos unidos para que no vuelva

el gorila al gobierno?” La angustia

se justifica en la conciencia del

que comprende el peligro de una

reacción blanca, siempre al acecho,

en la que los mismos saqueadores

de hace muy poquitos meses pueden

volver envalentonados y hasta

reivindicados. El peligro está en

que un eventual fracaso del actual

gobierno del Frente podría significar

en la comprensión de muchos que

Macri tenía la razón cuando decía

que un triunfo de Alberto Fernández

sería una debacle para la Argentina.

Los que estamos “de este lado”

sabemos muy bien que eso no es

así, pero con saberlo nosotros no

alcanza. La angustia entonces viene

de la anticipación o la posibilidad

de que muchos otros crean que eso

es así. ¿Cómo argumentar frente

a un fracaso manifiesto? ¿Cómo

probar que nos dejaron un país

chocado y que luego nos golpeó una

pandemia y que por eso no hemos

podido llevar a cabo todo lo prometido

durante la campaña?

He ahí la angustia de muchos hoy,

que sería harina de otro costal si no

estuviera en la base de una actitud

tendiente a sostener la unidad a

cualquier precio. Preocupados y angustiados

ante la posibilidad de que

vuelvan los gorilas saqueadores,

muchos de nosotros suspendemos

ciertos valores que en la política de

lo nacional-popular genéricamente

siempre han sido sagrados, como

la apertura al debate de ideas. El

miedo al retorno de Macri o de un

gorila similar a Macri es tan poderoso

que, frente al cuestionamiento

de uno de los nuestros, el primer

reflejo de muchos es gritarle al

disidente que se calle. Estamos

dispuestos hoy a sostener la unidad

mediante la imposición de la opinión

única y el cierre de cualquier

debate. Cuando un histórico como

Guillermo Moreno presenta un plan

económico alternativo y cuestiona

el manejo del gobierno, hay gente

que ve “oposición” en eso, se asusta

y se aferra a la idea de unidad

para exigirle silencio. Eso es lo que

está pasando ahora en nuestros

cuarteles, mientras allá afuera las

demandas sociales van en aumento

y la economía nacional es una

catástrofe.

Pero la idea de una “unidad”

sostenida sobre la eliminación del

disenso se basa tanto en la angustia

del miedo al gorila como en la

incomprensión de la naturaleza de

las alianzas políticas y de la política

en general, en la que la unidad

tiene dos momentos: el momento

de la lucha por el poder en el Estado

y el momento de ejercer el poder

en el Estado. Son dos momentos

distintos de la política y, al no

comprender eso, lo que hacemos

es exigir que una unidad propia de

la lucha se sostenga en el ejercicio

del poder. Hemos pasado de un

momento al otro sin todavía poder

cambiar el chip. Y entonces vienen

los problemas.

En la conciencia de muchos de los

que hoy consideramos nuestros,

la campaña electoral del 2019 no

terminó, nunca hemos pasado al

momento de discutir realmente

cómo es la mejor forma de gobernar

el país que nos dejaron. Y eso, en

aspecto mucho más que en esencia,

es similar a la actitud de los que

consideramos que están en frente:

entre los que apoyaron y votaron a

Mauricio Macri en el 2015, los siguientes

cuatro años fueron años de

aceptar cualquier cosa, de no discutir

nada y de acallar a los eventuales

disidentes internos que surgieran.

Así fue como Macri pudo sostener la

fidelidad de su tropa, amenazando

siempre con un indeseable retorno

del llamado “kirchnerismo”. Lo

que Macri hizo para poder llevar a

cabo un saqueo y al mismo tiempo

sostener el apoyo de los saqueados

fue decirles a estos que la cosa se

A raíz del anuncio de la expropiación de Vicentín, volvieron a aparecer los cacerolazos para

reforzar en la conciencia del que está “de este lado” la idea de la fortaleza sitiada. Si hay

caceroleros diciendo que no, se hace necesario que gritemos que sí y hacer de esto una

nueva grieta. Esa es la única forma que los argentinos conocemos para debatir política hoy:

la forma de los extremos polarizados, cada cual en su fortaleza sitiada.

61 HEGEMONIA - junio DE 2020


pondría peor si Cristina Fernández

ganaba las elecciones y volvía ese

“kirchnerismo” al poder político

en el Estado. Con esa espada de

Damocles pendiendo sobre sus

cabezas, los que temían al “kirchnerismo”

aceptaron mansamente y sin

hacer cuestionamientos que Macri

implementara la casi totalidad del

proyecto político que a él le habían

encomendado los poderes fácticos.

La casi totalidad, sí, porque el resto

del proyecto estaba reservado para

ejecutarse en un segundo mandato

de Macri, cosa que jamás ocurrió.

Entonces muchos de los que sufrimos

el gobierno de Mauricio Macri y

pusimos de nosotros para superarlo

hoy estamos en esa situación, la

de tener sobre nuestras cabezas la

espada de Damocles del retorno del

gorila al poder político en el Estado.

Y por eso seguimos en campaña,

seguimos exigiendo la unidad del

“es con todos” que, en la práctica,

es la aplicación de la máxima de

San Ignacio de Loyola, tan citada

por Fidel en su momento: “En una

fortaleza sitiada, toda disidencia es

traición”.

La estrategia de Fidel al citar a San

Ignacio era clara, era la de instalar

un permanente estado de sitio

—real, por supuesto, no se trató

nunca de una cortina de humo—

frente a la amenaza de la invasión

yanqui. Cuba fue siempre y sigue

siendo una fortaleza sitiada, bloqueada

y embargada por la fuerza

brutal del imperialismo occidental.

En una situación así, una situación

de máxima polarización y de peligro,

cualquier disidencia va a ser

naturalmente traición y en Cuba la

disidencia está y siempre estuvo

prohibida por ley. Cuba se gobierna

por un esquema de partido único

que garantiza la inexistencia de

disidentes y, por supuesto, la imposibilidad

de que dichos disidentes

operen en la política los intereses

del enemigo.

Los dos momentos

de la política

Ignacio de Loyola, el militar santificado por su lealtad al Papa y a la Iglesia católica, tan citado

por Fidel Castro cuando este hacía la caracterización de Cuba como una fortaleza sitiada.

Así fue como los cubanos pudieron

resistir a los más de sesenta años

de asedio por parte del imperialismo

occidental sin claudicar. Y

eso es heroico, sin lugar a dudas.

Pero cuando la idea de la fortaleza

sitiada se traslada a un esquema

que no es de partido único, la

exigencia de unidad a cualquier

precio se ve distorsionada y puede

llegar a degenerar en una suerte de

pacto hegemónico entre las fuerzas

políticas dominantes con el objetivo

de sostener su alternancia. Si esas

fuerzas hegemónicas fueran A y B,

tanto A como B ejercerían indefinidamente

el poder político en el

Estado en un permanente estado de

sitio ideológico, siempre afirmando

que la supervivencia del gobierno

propio es la garantía del no retorno

de un gobierno del enemigo. Y

el resultado sería esa alternancia,

puesto que el enemigo siempre va

a volver más temprano que tarde,

pero además la eliminación del debate

interno tanto en A como en B.

La sola perspectiva de que A pueda

volver a gobernar opera como un

condicionante sobre los militantes

62 HEGEMONIA - junio DE 2020


La fortaleza ha estado sitiada en Cuba desde que triunfó en ese país la revolución. En consecuencia, toda disidencia interna se considera

traición en tanto y en cuanto hay un asedio, un bloqueo y un embargo ejercidos por el imperialismo occidental, es cuestión de vida o muerte.

¿Se asemeja esa situación a la discusión al interior de una fuerza política en un esquema de democracia representativa como el nuestro?

de B y estos van a tender al sostenimiento

de la unidad a cualquier

precio, incluso mediante la imposición

de una dictadura partidaria

interna.

Eso es lo que pasa y es por eso que

los argentinos en general no podemos

superar el momento de la lucha

por el poder en el Estado y pasar al

momento del ejercicio en el poder

político en el Estado, que es el

momento de discutir seriamente un

proyecto de país en su aplicación.

Estamos siempre en medio a una

campaña electoral permanente, en

la que apenas pasadas las elecciones

ya empezamos “militar” contra

el enemigo de cara a los próximos

comicios y el resultado es que nunca

nos ponemos a debatir entre los

que ganamos las elecciones sobre

la mejor manera de ejercer el poder

político en el Estado, de gobernar

para modificar la realidad.

El momento de la lucha por el

poder en el Estado en el marco de

lo que se suele llamar democracia

representativa —del esquema de

partidos múltiples que en Cuba,

por ejemplo, no existe— es el momento

de las elecciones. En dicho

momento, las fuerzas en pugna

luchan entre sí y a la vez tejen alianzas

para ganar en la correlación

de fuerzas, que en este caso es el

asunto de quién tiene más voto en

la urna para ganar. Entonces en el

momento de la lucha por el poder

en el Estado todos son amigos,

esto es, uno quiere tener la mayor

cantidad posible de amigos para

tener la mayor cantidad posible de

votos, sin fijarse mucho en el color

particular de cada amigo. Esas son

las alianzas, o la naturaleza de las

alianzas. Es allí donde aparece el

“es con todos”, con la finalidad de

que seamos muchos y ganemos las

elecciones, como ocurrió efectivamente

en octubre del 2019.

Pasado ese primer momento de

la lucha por el poder político, no

obstante, empieza el segundo momento,

que es el de ejercer el poder

político en el Estado conquistado

en las elecciones. Ese es el momento

de aplicar un proyecto político

precisamente mediante la implementación

de políticas públicas que

resultan de un programa ideológico.

Véase bien: el proyecto político que

va a aplicarse en el Estado es el resultado

o se determina siempre por

un programa ideológico, nunca por

dos o varios programas ideológicos.

Y aquí tenemos el primer problema,

ya que para ganar las elecciones

fue necesaria la composición de

un frente al que vinieron a aportar

fuerzas políticas con distintos programas

ideológicos y ya sabiendo

de antemano que el triunfo electoral

será la garantía de que solo se va

a aplicar el proyecto de una de las

fuerzas que componen el frente.

En otras palabras, para ganar las

elecciones en un primer momento

la cosa va a ser “con todos”, pero

eso pasará a ser una quimera en lo

que se refiere a cómo se va a gobernar,

es decir, a qué políticas se van

63 HEGEMONIA - junio DE 2020


Todos contra ellos: el Frente de Todos se formó con el objetivo de lograr esta imagen de

derrota en Juntos por el Cambio y desplazar así a Mauricio Macri del poder político en el

Estado. Por lo tanto, el Frente de Todos no es ni nunca se pensó como algo ideológicamente

homogéneo, sino precisamente como una alianza entre distintos. Entonces es lógico que

haya desacuerdos en el seno del Frente de Todos.

a aplicar al ejercer el poder en el

Estado. Ahí no se puede aplicar una

política que deje contentos a todos,

eso es imposible. Se aplica la

política del sector de la alianza que

se haga con la manija.

Se supone que eso es así y que el

proyecto político que va a ser predominante

en un gobierno que resulta

de un frente electoral será a su vez

el resultante del programa ideológico

de la fuerza que aporte la mayoría

de votos al triunfo y que, para

sostener todo lo posible la unidad

en el frente, habrá un debate interno

en el que las fuerzas minoritarias

podrán intervenir para aportar lo

suyo a la gestión de gobierno. Esto

es, el proyecto político siempre es el

resultado del programa ideológico

de la fuerza mayoritaria, pero a las

fuerzas menores se les permitirá

opinar en la medida que hayan

aportado al triunfo y así se construirá

dialécticamente, si se quiere,

el proyecto político. En una alianza

coyuntural como el Frente de Todos,

al menos en teoría, eso debió funcionar

con el peronismo mayoritario

imponiendo su programa ideológico,

aportando la mayoría de los

cuadros para la gestión de gobierno

y ponderando puntualmente la opinión

de sus socios minoritarios de

distinto color ideológico a la hora

de aplicar el proyecto político, pero

siempre sin desviarse del programa

propio, que es el programa de la

doctrina peronista.

¿Ganó el peronismo?

Eso es lo que en teoría debió pasar

y es lo que pasa en todos los gobiernos

que resultan de un triunfo

electoral de un frente en el que

se agrupan los distintos con una

misma finalidad central. Derrotar

al saqueo oligárquico de Mauricio

Macri fue esa finalidad tanto para

el peronismo como para un sector

del radicalismo, los socialistas, los

comunistas y otras fuerzas menos

expresivas de la política argentina.

Por eso esas fuerzas se constituyeron

en el Frente de Todos: no porque

piensen igual o porque tengan el

mismo programa ideológico, ni mucho

menos, sino porque el objetivo

central era el desplazamiento de la

oligarquía del lugar de poder político

en el Estado. Una vez que ese objetivo

se logra y el Frente de Todos

gana las elecciones, el peronismo

debe asumir la administración del

Estado con sus cuadros políticos

y debe empezar a implementar su

programa ideológico, reservando

algunos espacios de gestión a sus

aliados para que aporten puntualmente,

pero sin modificar la

tendencia general de las políticas

públicas, que siempre deben ser de

corte peronista.

¿Por qué? Porque el peronismo en

el Frente de Todos es el que aporta

la mayor cantidad de votos y podría

decirse simplemente que Alberto

Fernández no gana con los votos de

los radicales díscolos, de los socialistas,

de los “progresistas” ni de

los comunistas, sino con los votos

del peronismo. De haberse formado

sin la concurrencia del peronismo,

el Frente de Todos difícilmente podría

llamarse así y probablemente

no obtendría más que el 4% o el 5%

de la voluntad popular expresada en

las urnas, no ganaría ninguna elección.

Pero ganó el Frente de Todos

con la enorme mayoría de los votos

peronistas en el territorio y entonces

naturalmente es el peronismo

quien debe asumir la conducción

del poder político en el Estado.

Entonces hay problemas porque

el peronismo empieza a querer

expresarse en disidencia afirmando

que las políticas públicas aplicadas

en los últimos seis meses no son

realmente de corte peronista, esto

es, que no resultan del programa

ideológico contenido en la doctrina

del peronismo. “El peronismo

ganó las elecciones”, dicen. “Pero

64 HEGEMONIA - junio DE 2020


gobierna el progresismo aplicando

su programa ideológico, aunque

el progresismo no tiene ni aporta

votos a ninguna construcción ganadora”.

Y es más: a los peronistas

que se expresan así se los tilda de

“traidores” y se los acusa de hacer

disidencia en una fortaleza sitiada.

No solo los han desplazado de la

conducción y de la gestión, sino que

no se les permite decirlo, porque si

lo dicen le dan de comer al enemigo

y eso, en un estado de sitio permanente,

es intolerable.

Hay problemas cuando una cantidad

de peronistas empieza a detectar

esa situación y empiezan a decir

que “voté al peronismo y quiero

peronismo, me lo tienen que dar”.

El peronista llega a esa conclusión y

empieza a gritar su verdad, tan solo

para que los mismos que lo colocaron

en la marginalidad y luego lo

desplazaron de la gestión de gobierno

tras ganar las elecciones con su

voto le digan “traidor”. A todas luces

se trata de una situación absurda,

contradictoria, que el peronista

percibe como opuesta a la realidad.

Se trata de una situación en la que

se sirven del voto del peronista

para ganar, lo desplazan luego de

la construcción y la aplicación del

proyecto político y, finalmente, lo

colocan en el lugar del “traidor” si

el peronista se subleva contra la

traición sufrida.

No hay ningún misterio, van tan

solo seis meses de gobierno y esto

recién empieza, el rumbo todavía

no está definido de una vez y para

siempre. Si a partir de ahora el presidente

Fernández decide ubicar al

peronismo en los lugares claves de

la gestión, desplazando de allí a los

radicales y a los “progresistas” que

debieron estar acompañando y no

ejecutando las políticas públicas, el

resultado será un peronismo total.

Si el gobierno le hace caso a la fuerza

política que aportó los votos para

ganar las elecciones y para que

ese gobierno sea eso, un gobierno,

no habrá ya distorsión ni conflicto

por los que tengamos que lanzar el

hiriente mote de “traidor” a nadie.

Cada cosa estará en su debido

lugar, el peronismo estará haciendo

aquello que debe hacer y las demás

fuerzas minoritarias estarán acompañando,

siempre habilitadas a dar

su opinión libremente en la diversidad

de la democracia representativa

actual.

Aunque la conducción esté en

manos del peronismo y se aplique

el programa ideológico contenido

en la doctrina del General Perón,

ningún peronista sería “traidor”

por expresar algún tipo de disidencia

frente a la conducción. Es muy

importante comprender la diferencia

entre el verticalismo peronista y

la obsecuencia, el seguidismo que

son más bien típicos tanto de la

“izquierda” como la “derecha” en

su naturaleza, que es profundamente

antidemocrática. El peronismo

es de otra madera, es democrático

en sus formas y en sus contenidos,

es la democracia del pueblo-nación

argentino materializada en un

programa ideológico cuyo objetivo

es la felicidad de ese pueblo. Si el

presidente Fernández avanza hacia

el peronismo total en democracia

habrá paz y felicidad para el pueblo.

Y, en consecuencia, no habrá más

problema que el de tener a raya al

enemigo gorila, el que hoy por hoy

está encantado al ver que intentamos

sostener nuestra unidad en

base a la represión de la expresión

disidente en nuestro propio seno. El

enemigo sabe que eso no funciona,

no le funcionó y no va a funcionar

jamás. El gorila está encantado

cada vez que le gritamos “traidor” al

que exige peronismo total, porque

eso es precisamente lo que el gorila

no quiere. El gorila no quiere peronismo

total ni ningún peronismo a

secas porque no quiere la felicidad

del pueblo argentino.

Guillermo Moreno, a quien cierto sector del Frente de Todos lanzó el mote de “traidor” por

exigirle al gobierno que cumpla lo prometido en campaña y aplique el programa político del

peronismo. Efectos de la percepción de la fortaleza sitiada: se le dice “traidor” al que exige

el avance necesario para fortalecer la construcción.

65 HEGEMONIA - junio DE 2020


LA EXPRESIÓN DE LO NACIONAL-POPULAR

POR ELÚLTIMOLADRILLO

66 HEGEMONIA - junio DE 2020

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