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El ajedrez de Fajardo
El menhir de Serrata
Antonio M. Beltrán
@antoniombeltran
La veía cada día mientras cruzaba el puente del
Barrio para volver a mi casa después de alguna
rueda de prensa del alcalde, que en aquellos
tiempos era el tristemente desaparecido Leoncio
Collado. Pasaba junto a la higuera empeñada en
abrirse camino entre los sillares del puente y ahí,
junto a la Ferretería del Gafas, ahí estaba la señal de
tráfico, desafiante. Menhir de Serrata, 2,5 km. O quizás
fuera algo menos, o algo más. A menos de diez minutos
del casco urbano de Lorca. Era mayo de 2007, yo
solo llevaba unas semanas viviendo en la Ciudad del
Sol y cada día me enamoraba con una cosa diferente.
Había que ir a verlo, y ahí que nos fuimos. Con
Jaume, un amigo que estaba pasando unos días conmigo,
y con Óscar, el eficaz operador de cámara que
se había convertido en mi compañero de fatigas en 7
Región de Murcia. Nos metimos en mi coche –aún no
teníamos vehículo de empresa– y avisamos a la editora
del informativo: Reservadnos las imágenes de
cierre, que vamos a grabar un menhir en medio de
un bosque. ¡Ahí es nada!
Cogimos la carretera de Caravaca, pasamos por debajo
de la autovía, primer desvío a la derecha, dejamos
atrás la cerámica. Óscar se abrazaba a la cámara para
que no se rompiera con los baches; Jaume se bajaba del
coche cada pocos metros para ayudarme a pasar esquivando
los pedruscos y los matorrales de aquel camino
que pensábamos que nos iba a llevar al menhir: una columna
de más de 4 metros de altura, descubierta en los
años 70 junto a un conjunto de puntas de flecha, un cuchillo
e incluso una vasija de cerámica.
Echamos más de media hora dando vueltas por
el monte. Aparcamos el coche debajo de una higuera,
nos alejamos corriendo para esquivar a las avispas y
seguimos monte a través, con nuestros jadeos como
única compañía, hasta que nos encontramos con un
agujero cuadrado en el suelo. «¡Son los restos del
menhir!», nos dijimos, llevándonos las manos a la cabeza.
Entonces vimos llegar a un señor mayor paseando
al perro por aquel lugar inverosímil. «¿Qué
hacéis, zagales?», se interesó. «Hemos venido a ver
el menhir, pero se ve que se lo han llevado al museo».
El hombre nos miró con sorna. «El menhir lleva toda
la vida en la Cañada del Burro. Esto que veis es un
hoyo para enterrar a una cabra. O a un cristiano». Y
nos lo dijo de tal manera que mis amigos y yo optamos
por marcharnos a la mayor velocidad posible,
quedándonos hasta hoy con la duda de dónde hincarían
aquel menhir las personas que ya vivían entre
los campos y los montes de Serrata 5.000 años atrás.