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La Placeta de Lorca nº 73 - julio 2020

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El ajedrez de Fajardo

El menhir de Serrata

Antonio M. Beltrán

@antoniombeltran

La veía cada día mientras cruzaba el puente del

Barrio para volver a mi casa después de alguna

rueda de prensa del alcalde, que en aquellos

tiempos era el tristemente desaparecido Leoncio

Collado. Pasaba junto a la higuera empeñada en

abrirse camino entre los sillares del puente y ahí,

junto a la Ferretería del Gafas, ahí estaba la señal de

tráfico, desafiante. Menhir de Serrata, 2,5 km. O quizás

fuera algo menos, o algo más. A menos de diez minutos

del casco urbano de Lorca. Era mayo de 2007, yo

solo llevaba unas semanas viviendo en la Ciudad del

Sol y cada día me enamoraba con una cosa diferente.

Había que ir a verlo, y ahí que nos fuimos. Con

Jaume, un amigo que estaba pasando unos días conmigo,

y con Óscar, el eficaz operador de cámara que

se había convertido en mi compañero de fatigas en 7

Región de Murcia. Nos metimos en mi coche –aún no

teníamos vehículo de empresa– y avisamos a la editora

del informativo: Reservadnos las imágenes de

cierre, que vamos a grabar un menhir en medio de

un bosque. ¡Ahí es nada!

Cogimos la carretera de Caravaca, pasamos por debajo

de la autovía, primer desvío a la derecha, dejamos

atrás la cerámica. Óscar se abrazaba a la cámara para

que no se rompiera con los baches; Jaume se bajaba del

coche cada pocos metros para ayudarme a pasar esquivando

los pedruscos y los matorrales de aquel camino

que pensábamos que nos iba a llevar al menhir: una columna

de más de 4 metros de altura, descubierta en los

años 70 junto a un conjunto de puntas de flecha, un cuchillo

e incluso una vasija de cerámica.

Echamos más de media hora dando vueltas por

el monte. Aparcamos el coche debajo de una higuera,

nos alejamos corriendo para esquivar a las avispas y

seguimos monte a través, con nuestros jadeos como

única compañía, hasta que nos encontramos con un

agujero cuadrado en el suelo. «¡Son los restos del

menhir!», nos dijimos, llevándonos las manos a la cabeza.

Entonces vimos llegar a un señor mayor paseando

al perro por aquel lugar inverosímil. «¿Qué

hacéis, zagales?», se interesó. «Hemos venido a ver

el menhir, pero se ve que se lo han llevado al museo».

El hombre nos miró con sorna. «El menhir lleva toda

la vida en la Cañada del Burro. Esto que veis es un

hoyo para enterrar a una cabra. O a un cristiano». Y

nos lo dijo de tal manera que mis amigos y yo optamos

por marcharnos a la mayor velocidad posible,

quedándonos hasta hoy con la duda de dónde hincarían

aquel menhir las personas que ya vivían entre

los campos y los montes de Serrata 5.000 años atrás.

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