Quilombazo Nro 2

quilombazoeditorial

Segunda entrega del fanzine insignia de esta editorial. Con aportes de: Pablo Guaymasi, Polo Colina, Nicolás Viglietti, Gastón Sánchez, Luis Parodi, Melisa Freytes y Juanma Rondán.

quilombazo


Cortes programados, por barrio:

Barrio Portada: Mariela Viglietti

Barrio “La Fórmula” : Luis ‘Mary’ Parodi, ilustrado por Meli Freytes

Barrio “Mormonworld”: Gastón Sánchez y Pablo Guaymasi

Barrio “El Payaso del pueblo”: Gastón Sánchez, ilustrado por Juanma

Rondan

Barrio “Recoveco” : Gastón Sánchez

Barrios “Meditador”, “Avestruz”, “Pareja”, “Casita”, “Corazón”: Polo

Colina

Barrio “Empalme granero”: El Negro Viglietti

La Empresa no se responsabiliza por los desperfectos o la pérdida total

de bienes muebles o inmuebles por estos cortes, anunciados con antelación.



La Fórmula

Luis Parodi

Después de haberme traído la comida y el agua de anoche, el alemán

no volvió a bajar al sótano donde me mantiene encerrada desde hace ya unos

días. Trato de contener el pánico y pensar con más claridad. En un primer momento

pensé que, al haber conseguido la información que necesitaba, ya no le

sería útil y acabaría con mi vida. Pero no fue así. Sigo estando aquí, atada en

una silla y en la oscuridad de este sótano húmedo y mugriento, tratando de

pensar en una manera de escapar.

Trato de alejar por un momento el pesar por haberle dado a este monstruo

la información que necesitaba, pero amenazó con matar a cada uno de

los integrantes de mi familia, a quienes me describió con rasgos y datos muy

concretos. De seguro se trata de alguien capaz de hacer eso y mucho más, por

lo que terminé contándole lo que sabía de la investigación de Esteban, e incluso

la dirección de su casa. Debí saberlo antes: el buscar un conocimiento de

tal magnitud seguramente y más temprano que tarde, llamaría la atención de

personas poderosas y peligrosas. Sólo espero que él esté bien. Mientras tanto,

sigo luchando por librarme de las sogas que me mantienen prisionera.

***

No lo hice por fama, tampoco por reconocimiento. Mucho menos por

dinero, eso ni siquiera se me cruzó por la cabeza. Mirando un poco hacia atrás,

creo que fue una mezcla de curiosidad e intuición lo que me motivó a buscar

esa fórmula que lo explique todo. Empezó como una duda, una pequeña picazón

en algún rincón casi olvidado del cerebro, hasta transformarse en una

obsesión. Una que me ha tenido trabajando durante los últimos 10 años, y que

me ha costado muchas cosas, tanto a nivel personal como económico y laboral.

Si existe la proporción áurea, que se reproduce en incontables objetos y disposiciones

en el universo, ¿por qué no ha de existir una fórmula que explique

la existencia misma?

Fueron 10 años de frustraciones, de prueba y error, de llegar hasta el

borde para terminar retrocediendo más de lo que se había avanzado. Pero hace

un mes pude ver la luz. No, no morí ni estuve a punto de hacerlo. Pero en la actividad

cerebral menos esperada pude encontrar la respuesta al interrogante.

El componente crucial de la fórmula, aquel que se negaba a aparecer durante

las largas y -muchas veces- frustrantes jornadas de análisis, llegó en sueños.

Aquella mañana al abrir los ojos y contemplar la claridad, pude ver mucho más

que eso. Me puse a trabajar febrilmente, aferrándome a esa idea para que no

se terminara diluyendo entre el sopor matinal, como suele pasar con la mayoría

de las historias escritas en ensoñaciones. Ese mismo día con el renovado

ímpetu de poder, finalmente, avizorar el final del trayecto, lo logré. Llegué a

desentrañar la fórmula que explica la existencia de todo. No sólo de la vida,

de todo. Una fórmula que puede desenmadejarse hasta el mismísimo inicio

de los tiempos, llámenle Big Bang, creación, o como quieran. Logré dar con la

fórmula de Dios.

Claro que en mi febril búsqueda de esa verdad, ahora revelada, pasé

por alto algo que ahora era el objeto central de mi preocupación: ¿qué hacer

con semejante información? ¿En quién confiar? No son tiempos, considero, en

los que una revelación tal pueda ser transmitida libre y despreocupadamente,

hay muchos intereses en juego, acá en Argentina y en el mundo. Con toda esta

carga sobre mis hombros, me he visto convertido en un paranoico de manual.

Me acostumbré, en este último mes, a mirar constantemente sobre mis hombros.

A darme vuelta al azar, para ver si alguien me persigue. Ciertamente, los

nervios son mucho mayores a cuando aún no lograba desentrañar el enigma

de la fórmula. A todo esto no ayuda que Lorena, una de las pocas personas que

sabía en lo que estaba trabajando, ya no responda a mis llamadas. Lorena llegó

hasta mí con la excusa de ser una pariente lejana que estaba construyendo su

abolengo, y que mi bisabuelo sería hermano del suyo, quien habría vivido y

muerto en la distante Colombia. De entrada desconfié de esta excusa, aunque

accedí a encontrarme con ella para ver cuáles eran sus verdaderos motivos.

Esto de jugar al detective como en las novelas de Chandler siempre me atrajo.

Si uno se pone a ahondar, el trabajo detectivesco es muy similar al trabajo

científico, sólo que con cigarrillos y whisky en lugar de probetas y pizarrones.

O por lo menos así lo es en el glamoroso e irreal mundo de los libros de ficción.

Lorena terminó siendo una periodista que, de alguna manera que aún ignoro,

había tomado conocimiento de la búsqueda en la que estaba trabajando. Un

poco por seguirle el juego, otro poco porque me cayó realmente bien, decidí

darle a conocer algunas pistas acerca de la fórmula. Obviamente, no le di los



elementos suficientes para inferir que la había completado. Ahora no atiende,

tampoco había nadie en su casa… y sentado en este café, al lado de la ventana

mientras miro cómo la gente pasa y el cigarrillo encajado en el cenicero se consume

solo, desconfío de casi todos.

Como el tipo de dos mesas más allá, por ejemplo. Con esto de la paranoia,

uno empieza a fijarse en detalles que antes quizás pasaba por alto. O a lo

mejor sea una consecuencia más de mi gusto por las historias de detectives.

Pero este rubio… algo raro tiene. Esos guantes negros con los que sostiene el

diario, la forma en que lo mira pero parece en realidad no prestarle atención…

incluso el acento extraño con el que le pidió el café al mozo. Pero bueno, a

lo mejor soy yo. Quizás mi mente, de tanto hacerla trabajar, me está jugando

malas pasadas. Pero por las dudas, pido la cuenta y me voy. Para un paranoico

que esconde el secreto de la existencia, no es recomendable estar mucho tiempo

en un solo lugar.

***

Cuando colgué el teléfono todavía no terminaba de comprender exactamente

la conversación que había tenido. Parecía un diálogo de ficción. Pese

a que pasaron más de dos semanas, todavía podía recordar casi exactamente

las palabras de mi superior: “Otto, al parecer, hay alguien en Argentina que

ha descubierto una fórmula que explicaría toda la existencia. Queremos que

vayas allá, averigües y, de ser cierto, consigas esa fórmula para el Reich”. Pese a

que por mi manejo fluido del español era lógico que me seleccionaran para una

misión en esa parte del mundo, el objeto de la misión era por demás extraño.

¿Una fórmula que explique la existencia? Siempre creí que ese era un terreno

de las religiones y la metafísica. No comprendí en aquel momento el alcance

que un descubrimiento semejante podía tener, e inmediatamente comencé a

alistarme para el viaje hacia la parte sur de América.

Lo primero que noté luego de llegar a Buenos Aires es que era cierto

lo que se comentaba de ella: en gran parte se asemeja mucho a una capital

europea. No sólo por sus construcciones y su arquitectura, sino también por

sus habitantes. No hay prácticamente negros y mulatos como en otras partes

de Latinoamérica, sino que la mayoría de los inmigrantes han venido (y

siguen viniendo) de Europa. Algo que ayudó, sin duda, a que mi acento pasara

un poco más desapercibido. Gracias a contactos en puestos clave del gobierno

argentino pude superar el control de Migraciones sin ningún inconveniente,

e incluso me habían conseguido ya una casa en la ciudad. Un elemento crucial

porque un espía no puede desarrollar completamente sus actividades en un

hotel, que es un lugar que tiene una exposición y un movimiento de personas

muy grande. En el caso de la casa que se transformó en mi sede de operaciones

en Buenos Aires, tenía dos características fundamentales: está ubicada en un

barrio tradicional lo que asegura poco movimiento, sobre todo por las noches,

y cuenta además con un sótano. Esa habitación resultó fundamental para

poder llevar adelante mis averiguaciones, que me condujeron hasta este momento,

en el que estoy muy cerca de dar con la persona que estoy buscando: un

matemático de nombre Esteban que acaba de levantarse de una mesa cercana

del bar, y se dirige hacia la salida.

Sigo al científico desde la distancia que la prudencia y mi entrenamiento

aconsejan. El hombre parece estar un tanto paranoico, lo cual me

lleva a extremar las precauciones. Según mis fuentes, su casa no queda lejos

de este lugar, pero quiero estar seguro para poder planificar los pasos a seguir

de la mejor manera. Avanza unas cuadras por una concurrida avenida, para

luego doblar en una calle lateral poco transitada. Me tiento de abordarlo en

ese momento: la oscuridad y la soledad de la calle serían mis aliadas. Pero no

tendría manera de trasladarlo hasta mi base de operaciones, mejor actuar con

paciencia. Una vez confirmado su domicilio, vuelvo a mi casa transitoria: es

hora de alimentar a mi huésped del sótano y alquilar un vehículo.

Consigo un automóvil lo suficientemente discreto como para no llamar

la atención, y por la madrugada empiezo a montar guardia frente a la vivienda

de Esteban. Sale de la casa apenas despuntada el alba, y mira para ambos

lados antes de cerrar la puerta de calle. Me acerco por detrás, sigilosamente, y

el pañuelo con Cloroformo hace el resto del trabajo. Lo cargo rápidamente en

el asiento trasero del auto antes de despertar cualquier sospecha, y vuelvo por

el camino más corto a mi base de operaciones. Decido atarlo a una silla en el

comedor de la vivienda y no en el sótano: no es conveniente interrogar a dos

personas relacionadas en la misma habitación. Primero tengo que determinar

si es cierto el descubrimiento que llevó a cabo y, de ser así, la orden primaria

es la de convencerlo de trabajar para el Reich. Un científico con la capacidad

de desarrollar un conocimiento semejante sería un agregado clave para la

construcción de un nuevo imperio, uno donde la raza aria pueda concretar su

destino de grandeza. En caso contrario, debo obtener la fórmula a toda costa

y luego disponer de la vida de su descubridor: el riesgo que representaría ese



conocimiento en otras manos es demasiado grande.

Me sorprendo al descubrir que Esteban no está asustado al despertar

atado a una silla, en un lugar extraño. Más allá de la sorpresa inicial, parece

haber calma y hasta cierto dejo de alivio en su expresión y en su forma de

hablar: casi como si hubiera sabido que este desenlace era inevitable y que

estaba esperando que sucediera. Eso me dio la corazonada de que el descubrimiento

era real. Sólo alguien que se sabe poseedor de un conocimiento superior

puede estar seguro de que vendrán por él.

***

De repente, ruidos en la parte de arriba de la casa. Seguramente este

maldito nazi ya regresó, pero esta vez los sonidos son diferentes. Se sienten

muebles que se corren, y pasado unos minutos, algunos golpes. Mientras

tanto, logro que una de las cuerdas que me aprisionan se afloje lo suficiente

para que mi muñeca pueda empezar a girar dentro de la atadura. Ignorando

el ardor que provoca la fricción la muevo constantemente hasta que el milagro

ocurre: logro liberar mi mano derecha. A partir de ahí, y temiendo ser descubierta

empiezo a trabajar incansablemente, buscando la manera de liberarme

por completo. Afortunadamente, eso sucede antes de que la puerta del sótano

vuelva a abrirse. En la oscuridad me acerco a la misma: es de esas puertas horizontales

que se levantan como una tapa. Antes de descubrir que mi captor fue

lo suficientemente descuidado como para dejarla abierta, escucho un poco a

través de la misma. Descubro que el alemán está hablando con alguien más.

Es una voz de hombre y luego de unos segundos caigo en la cuenta de que se

trata de Esteban. Ser responsable de su captura me hace sentir enormemente

culpable, y decido hacer algo por ello.

Lenta, lentísimamente comienzo a abrir la tapa del sótano, tratando

de no realizar ningún ruido. Por suerte la casa es grande, y el acceso al sótano

se ubica a un par de habitaciones de distancia de donde el secuestrador y

Esteban se encuentran. A mi derecha, puedo ver una habitación con la puerta

abierta, y decido meterme inmediatamente en ella. Parece ser que se trata del

cuarto de esta basura, puedo ver un uniforme nazi completo colgado de un

perchero. Empiezo desesperadamente a revolver la habitación con el fin de encontrar

algo que pueda usar como arma cuando la suerte, por fin, me favorece.

Insertada en su funda de cuero, lustrosa y brillante se encuentra una de esas

pistolas con el cañón más fino que el resto del cuerpo, esa que los soldados alemanes

suelen usar. La levanto, parece estar lo suficientemente pesada como

para estar cargada con balas. Tiene una pequeña palanca en la parte de atrás

con la escritura Gesichert. Intuyendo que se trata del seguro, la muevo. Tomo

la pistola con las dos manos y me dirijo al comedor.

Me oculto en la oscuridad, tras el marco de la puerta. La escena que

puedo ver, apenas iluminada a franjas por la luz que se filtra a través de la

persiana, es patética. Allí está Esteban, un genio víctima de su propia genialidad.

Atado a una silla con las manos detrás, como lo estuve yo hace momentos

nada más. Su cara es prácticamente irreconocible. Está hinchada y sangra

profusamente a través de varios cortes, producto seguramente de los golpes

de nuestro torturador, quien abandonó su pulcro traje y se calzó una especie

de delantal de cocina. Al parecer estos cerdos nazis no tienen problemas en

manchar sus manos con sangre, pero sí su ropa. Justo en ese momento deja

su manopla dorada adornada con un águila en la mesa contigua, y toma de

la misma un encendedor igualmente dorado, y un paquete de cigarrillos. Se

da vuelta levemente para encender el cigarrillo, quedando de esa manera de

espaldas a la puerta en donde estoy encaramada.

El susto, el horror amenaza con no dejarme reaccionar, pero la repulsión

hacia este bastardo, a su ideología, a su forma de actuar es aún mayor.

Me decido: no habrá momento mejor que este. Levanto la pistola frente a mí,

tomándola con ambas manos. Avanzo uno, dos pasos. Lo suficiente como para

asegurarme de no fallar. Apunto, cierro los ojos, y aprieto el gatillo. Una, dos,

tres veces. Abro los ojos. Mientras el estruendo de los disparos aún flota en el

aire, veo el cuerpo del alemán caer desplomado. Su torso rebota en la mesa dejando

una mancha de sangre para finalmente caer desparramado en el suelo.

Su rostro refleja una mueca de sorpresa mientras los últimos estertores de la

muerte recorren su cuerpo. Alzo la pistola para descerrajarle un tiro más, tal es

el odio que me causa, pero la voz de Esteban me llega desde del otro lado de la

habitación.

—Lorena, ya está, lo hiciste. Ya mataste a este hijo de puta. No sigas,

por favor.

Su voz, tan calma pese a que hasta hace segundos estaba siendo

sometido a una paliza brutal, evitó que estallaran las lágrimas y los gritos que

pugnaban por salir. Temblando, dejé la pistola en el suelo y fui a desatarlo.

Todo me parecía tan irreal que parecía estar pasándole a alguien más. Como si



fuera una espectadora en el capítulo más exagerado de la película de mi vida.

Lo desaté y lo ayudé a incorporarse, lentamente. Cuando quise limpiarle

un poco de la sangre que le cubría la cara la corrió hacia un lado, con

un gesto que en ese momento interpreté de dolor: estaba demasiado hinchado

como para siquiera ser tocado. En cambio, volvió a hablar con esa voz que

parecía nunca alterarse.

—Vení, tenemos que sacar tus huellas de esa arma.

Me sacó gentilmente el arma de las manos y fue dificultosamente a la

cocina, en busca de un paño. Posiblemente mi estado de shock hizo que demorara

muchísimo en reaccionar. Acababa de quitarle la vida a una persona

y no podía parar de pensar en eso, aunque se tratase del mal nacido que me

secuestró y me mantuvo prisionera. Cuando encuentro a Esteban en la cocina,

ya estaba comenzando a limpiarla muy meticulosamente.

—¡Esteban, pará! ¡Dejemos todo como está! Busquemos un teléfono y

llamemos a la Policía. Ellos van a entender que lo hice para salvarte, y en defensa

propia. Esta mierda seguro iba a matarnos a los dos.

—¿Y cuando la Policía empiece a investigar qué sería tan importante

para que un nazi viniese hasta Argentina a torturar a un científico? No…

además, no confío en ellos. Están muy lejos de ser como los detectives de las

novelas… Ahora veo todo más claro. Así como vino este nazi asqueroso, vendrán

otros. Nazis, fascistas, rusos, yanquis, argentinos… Busqué un conocimiento

que no es para que el ser humano lo tenga. Esa fórmula no debe estar

nunca disponible, para nadie.

Hizo una pausa para mirarme a los ojos. No podía entender cómo alguien

podía estar tan lúcido con tanto dolor a cuestas, y en medio de tanta

locura. Todavía me generaba espanto el estado en el que estaba su cara. Al punto

tal, que no noté que había dejado el paño a un lado, y había vuelto a tomar el

arma con su mano.

No te me acerques, por favor. Cualquier modificación en el rastro de sangre

daría a entender que hubo otra persona acá. Apenas puedas, quemá tu ropa y

tus zapatos, y no hables de esto con nadie.

—¡No, no lo hagas! ¡Tiene que haber otra salida!

—Adiós, Lorena.

Esas fueron sus últimas palabras. Nuevamente, el estruendo del disparo

me hizo cerrar los ojos. Para cuando volví a abrirlos el cuerpo de Esteban ya

estaba tumbado entre el suelo y la alacena, como un triste muñeco de trapo

olvidado, en un creciente charco de sangre, la pistola todavía humeante en su

mano. Esta vez las lágrimas se hicieron río, era demasiado el horror.

Me costó un par de minutos recomponerme hasta que entendí que

no debía quedarme ahí. Posiblemente los disparos alertaron a alguien. Miré

alrededor. Tanto desastre simplemente por la ambición. La de Esteban, por

intentar hallar esa fórmula. La mía propia, por tratar de averiguar si tal cosa

era posible, y jugar a la femme fatale como rol en mi oficio de periodista. La de

los nazis, claro, por someter al mundo a su régimen. Miré al alemán por una

última vez, y pensé en el horrible flagelo que le esperaba a la humanidad si,

finalmente, triunfaban. Por lo menos, pensé, no sería por nuestra culpa. Salí

de la casa por una ventana, no deseaba que las llaves de la puerta principal tuvieran

mis huellas, además de que no quería perder tiempo en buscarlas.

Llegué a mi casa, me bañé y luego en la misma bañera, usé una lata y

un poco de alcohol etílico para seguir el último consejo de Esteban. Traté de

dormir un poco. Fue en vano, no podía dejar de pensar en lo sucedido. Tomé

real dimensión de lo mucho que me costaría desprenderme de esta tragedia

cuando el editor del diario, luego de regañarme por el par de días de ausencia,

me ordenó que fuera a cubrir lo que parecía ser un caso de homicidio seguido

de suicidio, en una casona en un barrio acomodado de la ciudad.

—Y yo soy el único que la sé. Ni siquiera guardé un registro en algún

lado.

—¡Esteban, no! ¿Qué estás haciendo? – grité mientras veía como lentamente

llevaba el arma a su sien.

—Posiblemente salvando a la humanidad. ¡No! A la existencia misma.



El payaso del pueblo

Gastón Sánchez

Siempre con una sonrisa y contagiando a los demás con chistes y humoradas

tan estúpidamente divertidas como repugnantes.

Todos se sorprendían de mi ingenio a la hora de hablar idioteces que

sacaban carcajadas en propios y ajenos. Era muy sencillo para mí ganarme la

confianza de desconocidos, tenía la capacidad de burlarme de todo lo malo,

inclusive de mis propias desgracias hasta aminorar el peso de las realidades

más duras que me sobrevenían.

En cada reunión, cada charla, todos ellos parecían estar expectantes a

la próxima payasada que fuera a decir para desplomarse de la risa.

Pero todas esas risas se apagaban cuando yo me marchaba y las luces

se apagaban en mi vidriera. Llegaba a mi casa como todas las noches y me encerraba

a convivir con mi soledad tan tortuosa, encendía las luces y contemplaba

el vacío de tener todo menos compañía real. Volvía a apagarlas y caminaba

cabizbajo como un preso hacia la habitación.

Me pasaba las noches ebrio o drogado hasta que la realidad dejaba de

doler. En mi soledad no había humor ni ganas de sonreír y todo se desmoronaba.

Varias noches sin dormir y cuando finalmente podía hacerlo, el sueño

reflejaba imágenes de mi vida pasada, cuando realmente era feliz. Con mi

compañera, mi hija. Cuando me sentía querido por alguien.

Despierto temblando, cada sueño es más real que el anterior y me carcomen

mis propios pensamientos. Esto está matándome mientras me vuelvo

cada día más loco.

No puedo llorar, no me sale hacerlo aunque lo necesito, o eso creo.

Trago el nudo de mi garganta y me visto para ir a trabajar, allí me esperan

deseosos de risas y carcajadas provenientes de mi singular ingenio.

Ellos no saben que estoy muriendo y yo no sé el infierno personal que

seguramente ellos atraviesan en sus hogares. Entonces hacemos de cuenta que

nada pasa y las risas vuelven a salir, al menos de esa forma y por un rato, la vida

no es tan asquerosa como cuando estoy puertas adentro.









Empalme granero

El Negro Viglietti

Hacía horas que lo único que escuchaba era el ruido del mouse, clickeando

una y otra vez, persiguiendo la deadline para entregar ese trabajo infernal

que se le escapaba. El cenicero sobre el escritorio, a un costado del teclado,

estaba lleno de colillas y hedía con estanqueidad. La mano izquierda estaba

crispada en tocar los acordes de los accesos directos, la derecha era una lagartija

ágil deslizándose por el pad, liso y suave de tanta actividad. La luz del monitor

y de la lámpara cercana le iluminaban con tranquilidad.

Y, de repente, se cortó la luz.

La computadora se extinguió enseguida. La luz de la lámpara y la de la

cocina, que entraba levemente por la puerta entreabierta, titilaron brevemente

para dejar que la sombra empezara a cubrir todo. Todo se sumió en silencio,

la sordera verdadera que queda de fondo, cada vez que estamos atareados con

algo. Cuando pensamos que tenemos el silencio tomado de la mano en realidad

es el ruido blanco al que nos acostumbramos; el ruido de la pava, la heladera,

el cooler de la compu o el zumbido de los fluorescentes. Nunca estamos en

verdadero silencio.

Nunca, claro está, hasta que se corta la luz.

Se levantó puteando en voz alta, dando un golpe sobre la superficie del

escritorio. Caminó rápidamente, mientras el corazón le latía a mil, llegando a

perderse en los insultos que estaba pegando en el aire. Hacía una semana que

trabajaba sin apagar la compu. ¿Cuándo había sido la última vez que había

guardado el progreso de lo que estaba haciendo? ¿Fue ayer, antes de dormirse

en el sillón? ¿O fue antes de ayer, cuando se puso a ver una peli para descansar?

No, no quería pensar en eso…

Tomó el cenicero que tenía y lo tiró por el ventanal que dominaba la

estancia, anteriormente un living de casa chalet, amplio y espacioso. Sintió

el zumbido del cascote labrado que era el cenicero pasar sin nada que le opusiera

resistencia (la ventana estaba abierta y no había tocado la reja de hierro

fundido), pero luego lo sintió impactar amortiguadamente en el césped y la

tierra, rodando levemente. Hubiese querido romper algo, descargar la bronca

que tenía. Tenía que entregar ese manual compilado para pasado mañana,

¿llegaría? No, no había forma.

Buscó el paquete de puchos, se calzó uno en la boca y se acercó hacia la

ventana, todavía agitado. Las lucecitas del encendedor pintaron su cara y sus

manos de anaranjado brevemente. Aspiró hondamente y largó todo el humo

de la primera calada en clara señal de enojo. Trató de tranquilizarse, reconsiderando

el trabajo que tenía por delante.

Hacía dos años que vivía ahí, en la que había sido la casa de sus viejos,

instalado con las pocas cosas que tenía para poder sobrevivir. Había tenido

trabajos independientes, changas y una que otra cosa buena en el camino para

rebuscarse el mango, pero la realidad era que se estaba comiendo la herencia

(que también era exigua) en contarse el cuento del artista. Venía trabajando

como ilustrador desde hacía un rato largo, pero la realidad era que sobrevivía

como podía. Pegaba uno o dos trabajos buenos, después venía la sequía de laburo

y más luego, trabajos mal pagos pero que había que agarrar. Su última

década en la tierra había sido pasar de pensarse un artista joven, de vanguardia,

a trabajar lentamente en una imagen amalgamada como relleno de muela

cariada en el confort social de verse ilustrando cuentos para chicos. O, como

ahora, manuales profesionales para ministerios de mierda del gobierno.

El gobierno. ¡Ja! Si viviera en un país en serio y abundara el trabajo

que él quería hacer, no tendría que haberse visto rebajado a fumar Crimson

Point ahora. Vicio de mierda, también. ¿No sería que era bastante mediocre en

lo que hacía y, además, tenía una actitud de trabajo bastante pedorra? Había

rechazado muchas cosas por no necesitarlas, realmente, y ahora se arrepentía.

Porque sabía que el trabajo generado venía por recomendación y, además, por

rotación. Alguien que siempre estaba ocupado era alguien que no tenía que

preocuparse por nada en la vida.

Sí, claro, pensó. Podés ser un mediocre de mierda y un culo sucio que

no quiere laburar, pero lo que si no sos, se dijo a sí mismo, es un esclavo del

sistema. No señor. Estaba al margen, generando su propio status quo, su propia

paga, su propia forma de ser. Y, sobre todo, dejándose tiempo para ilustrar

lo que él quería: tapas de discos, manuales de juegos de rol, posters de películas

y series. Carajo, hasta había pegado una changa coloreando los teasers digitales

de una serie producida en Argentina. ¡Era sólo cuestión de tiempo!

Y, mientras tanto, el tiempo se descomponía, literal y metafóricamente.

Literal, porque el vientito caliente de verano que entraba por el ventanal

y el olor a ozono anunciaban tormenta inminente. Metafóricamente,

porque hacía dos años que se comía los ahorros de sus viejos en una vida que

no podía solventar por sí mismo. Menuda solución.

Abrió la puerta de entrada y dejó que el viento de la tormenta sacara el

tufo a culo y encierro que había en la casa. Hacía por lo menos seis días que no



salía. Se sentó en las escalinatas de entrada (la casa estaba construida en una

de las pocas lomas que dominaban todo el barrio, de cara al Ludueña y más

allá, el Paraná) y caló una pitada larga de su cigarrillo.

Que harto que estaba de todo esto, pensó, con el dolor de la indulgencia

entrando en el pecho como una daga. No quiero que esto se transforme en

mi única forma de encontrarme conmigo mismo, se dijo mientras hundía la

cabeza entre las piernas, agarrándose la cabeza con la mano con el cigarrillo.

No puede ser que la única forma de poder sobresalir sea a través de la presión

y las sombras. La muerte de los viejos lo había dejado algo roto, pero al mismo

tiempo se había acabado el trabajo de tener que aparentar y generar nuevas

fachadas ante ellos. No que le importara, claro, pero tampoco quería romperles

el corazón a los dos. Con todo lo rompepelotas que eran, los quería, y ya estaban

grandes.

El accidente parecía mentira. Algo sacado de un cuento o una historieta.

Se los había llevado puestos un camión con acoplado una madrugada que

volvían del Bingo en lo de la Marta, su tía. La susodicha les había dicho que se

quedaran a dormir, que era tarde y los dos estaban un poco bebidos, pero a

los dos les chupó un huevo. Les reconocieron por los dientes, que era lo único

que más o menos pudieron reconstruir de la pulpa que escurría debajo de la

chapa aplastada que había sido el auto. No le habían dejado mucho: la casa, el

auto (je) y un breve ahorro en el banco, que consistía en un fondo que estaban

juntando hacía poco para irse de vacaciones a España.

Se mudó, pagó sus deudas y empezó sus planes de vivir exclusivamente

del dibujo. Y así le había ido, pensó. Miró hacia abajo; todo Empalme

granero, el barrio donde había crecido, le resultaba ahora algo ajeno y extraño.

Casi de otro mundo. El corte de luz general no ayudaba: no había ni una luz

en la calle y el cielo estaba cubierto de nubarrones negrísimos. La oscuridad

era tal que apenas podía distinguir las siluetas de los autos estacionados y el

contorno de la calle que doblaba hacia la avenida. ¿Cuánto de todo esto estoy

viendo a través de mis ojos y cuánto me está poniendo el cerebro por delante,

desde la memoria? Pensó en su cabeza reconstruyendo el escenario familiar,

para ayudarlo a sobrevivir. Apagó el pucho contra el escalón en el que estaba

sentado y se incorporó.

Se cerró la camisa, que tenía abierta por el calor que hacía dentro de la

casa, y tanteó los bolsillos. Billetera. Llaves, encendedor. Puchos. No tenía más

puchos. La puta madre, tendría que ir al kiosko antes que se largara a llover.

Cerró casi mecánicamente la puerta y dio dos vueltas de llave. El viento que se

levantaba era cada vez más violento, y sentía cómo la camisa se sacudía furiosamente

detrás de él, pegándosele en el pecho. Los pocos pelos que tenía largos

se sacudían con rabia, pero se alegró de haber ido al peluquero hacía poco para

no tener que renegar con eso. Mejor, pensó. El camino al kiosko le iba a permitir

olvidarse por un momento en el trabajo perdido.

Con despaciosidad, fue mirando los frentes de las casas. La mayoría de

las fachadas permanecían en silencio, mudas y sordas, como panteones en un

cementerio. En algunas ventanas que no estaban del todo cubiertas adivinaba

una que otra llama, se veía el resplandor de una vela, se percataba de la resolana

del fuego. Pero eran pocas. Le dio cierto escozor el notar que, si bien las

hojas secas y la basura de la calle se agitaba con el viento, las copas de los árboles

permanecían en pleno silencio. Como si el aire decidiese ponerse violento

al nivel del suelo, pero no al revés.

Raro.

Llegó al kiosko y golpeó la ventanita con sus nudillos. La señora tardó

en llegar y no entendió enseguida el pedido gracias a que el viento hacía

que la ventana se agitara con un ruido infernal. Mientras la doña buscaba los

cigarrillos en el fondo, miró hacia las otras calles: el mismo silencio, la misma

negrura. Se le ocurrió buscar el celular para ver la hora, pero se percató de que

se lo había dejado en su casa.

—¿Sabe qué hora es?

—Deben ser las nueve. No tengo idea la verdad, me quedé sin batería.

Pagó, agradeció, volvió al kiosko pensando en todos los últimos cambios

que había hecho en el Manual. Había aceptado hacer, además de las ilustraciones,

el diseño de los interiores. Gratis. Se odiaba por ser tan pelmazo

de regalar su trabajo, pero también era síntoma de que estaba con un miedo

terrorífico a quedarse solo. Completamente solo, y lleno de dudas.

Llegó, abrió la puerta y se encerró dentro. La casa de sus viejos olía

horrible y sólo ahora lo notaba: olía a ropa vieja, a sudor, a cabellera grasosa y a

comida rancia. Llegó hasta la cocina y rebuscó en el gabinete donde su madre

solía guardar las velas durante su infancia, y encontró apenas dos pedazos

pequeños. Pensó en lo estúpido que había sido al haber ido hasta el kiosko

pensando en puchos pero no en velas y, cuando terminaba de pensar en eso, el

techo vibró con la llegada de la lluvia.

Se apuró hasta el ventanal del living para respirar el aire húmedo de la

tempestad, pero había algo raro en esa lluvia que le erizó los pelos de la nuca.

El viento seguía entrando, cálido y violento, trayendo consigo un poco de la

lluvia. Terminó cerrando la ventana para evitar que se mojara todo, sintiendo

el sonido enmudecido del golpeteo de las gotas sobre el cristal. Manoteó el

toallón, que siempre estaba cerca para limpiarse, y se secó la cara y las manos.

Definitivamente había algo raro en la lluvia, pero no sabía qué era.



Miró hacia afuera. La negrura era completa y ahora, notaba, la lluvia

manchaba opacamente los cristales de la casa. El viento gemía desde las

pequeñas ventilaciones de la casa y la furia de la tempestad no parecía ceder ni

un ápice. Buscó el celular sobre su escritorio: batería muerta. La lluvia le había

dejado un olor horrible encima. ¿Qué era lo que llevaba consigo? Buscó los fósforos

(no sabía por qué, pero el encendedor no le parecía correcto) y encendió

uno de los cabos de vela que le quedaban, a fines de empezar a mirarse en el

espejo del baño.

Manchas oscuras, como de grasa o aceite de motor, le habían quedado

en la cara y los brazos. Y supo, sin querer explicárselo, que estaba lloviendo

petróleo. O algo peor.

Subió las escaleras hasta el segundo piso: afuera, por la ventanita del

cuarto de sus viejos, no se veía nada. Sólo se escuchaba el golpeteo de la lluvia,

pesada, oleosa y el escurrirse de algo resbaloso por los canales de desagüe. Sí,

no era lluvia: él se había criado en esa casa y sabía cómo se escuchaba el agua

de lluvia. No podía ser petróleo. ¿Una nube contaminada? Capaz que era algo

como la lluvia ácida, pero peor. Capaz que no estaba viendo bien por la puta

oscuridad y había flasheado.

De repente, lo asaltó un pensamiento atroz: ¿Cuánto de todo esto estoy

viendo a través de mis ojos y cuánto me está poniendo el cerebro por delante,

desde la memoria? Si esa tormenta era una tormenta cualquiera, podía ser

que su cabeza le estuviera jugando una mala pasada.

Había una forma de averiguarlo, claro. Tirar un fósforo fuera y verlo

apagarse, claro está, extinto por la lluvia o el agua contaminante que estuviera

cayendo con rapidez, desde el cielo. Si realmente era una alucinación o una

mala pasada por haberse quedado en la soledad, trabajando en esa deadline

durante tanto tiempo, entonces no habría problema en hacer esa prueba, ¿verdad?

¿Hacía cuánto que no veía otro ser humano? Se había encerrado con

el pretexto de trabajo y no tenía oportunidad de encontrarse con nadie ahora.

Hasta se había dejado de hablar con sus amigos porque se sentía… raro. Como

que no había nada de qué hablar, no había intereses en común. ¿Y esa lluvia?

Aunque pudiera contactarse con alguien más, ¿Quién, ahí afuera, le creería

que estaba lloviendo aceite?

Abrió lentamente la ventana. El olor químico invadió la habitación

de sus viejos. No, realmente había algo en esa lluvia que no era lluvia. Pensó

en que si era petróleo o cualquier otra cosa combustible volaría al carajo. Explotaría.

Todo se encendería tan rápido y tan repentinamente que el shock le

despegaría la carne de los huesos.

Tiene que ser otra cosa, se dijo. Encendió el fósforo.

Tembló.

Justo antes de lanzarlo por la ventana, una carcajada le salió de la garganta,

con angustia.

***

Despertó repentinamente, acostado sobre el escritorio, cuando la colilla

del cigarrillo empezó a quemarle la punta de los dedos. La computadora

lo bañaba con su brillo helado. Miró la hora: casi las nueve de la noche. Se

había quedado dormido trabajando en ese manual del orto. Guardó el archivo

y apagó la computadora: suficiente por hoy.

Revisó: la quedaba un pucho y había tenido el sueño más intenso de

toda su vida. Mejor ir a comprar algo para comer, puchos e irse a dormir temprano.

Abrió la puerta de la casa: una brisa cálida le sacudió la cara mientras,

simultáneamente, toda la luz del barrio se cortó al unísono.



Recoveco

Gastón Sánchez

El piso está lleno de yerba usada.

Las sábanas están llenas de hierba quemada.

El gato se escapó o murió, no lo sé. Hace dos meses no le doy de comer,

hace dos meses ni siquiera que yo como.

Sólo me muevo para cambiar la emisora de la radio cuando el locutor

de mierda empieza a hablar de boludeces que no me interesan.

Suena “Basureta” de Kase y mis lágrimas ruegan salir, no les doy permiso

y las muy hijas de puta en actitud anárquica se rebelan contra mí y caen

por mis mejillas de todas formas.

El baño es un asco, el living igual, las arañas desde sus redes me miran

con lástima o desprecio. El patio está lleno de hojas secas y le doy la última seca

al último pucho de la primera etiqueta en lo que va del día.

Los días y las noches son iguales, hace sesenta y dos días que no toco

la pila de libros que leí ya doscientas veces, ni quiero agarrar mi cuaderno para

escribir nada. Las hojas parecen gritarme que les haga el amor y escupa un

poco de toda la rabia que llevo dentro.

Pero me asomo por el costado del húmedo colchón y escupo al suelo

un manojo de saliva con un rojo sangre medio opaco. Manoteo cual ahogado

la lata de birra de anoche que quedó a medio tomar, derecha entre el falso piso

de cadáveres de sus hermanas. Hago un fondo blanco con el asco de la cerveza

caliente, la aplasto y la arrojo con sus familiares ya extintas. Me volteo y me

tapo hasta la cabeza con la frazada blanca, me fundo con el olor a marihuana,

sudor, sangre y lágrimas que ésta emana y cierro mis ojos para tratar de conciliar

el sueño.

Quizá, al abrirlos, todo sea distinto y me encuentre nuevamente feliz,

¿acaso lo fui alguna vez? Y libre, por fin libre, lejos de este recoveco.



Agradecimientos

Luis Mary Parodi agradece haber nacido en un planetoide donde la

radio sea un medio de comunicación.

Gastón Sánchez agradece el poder ser jefe, uno de sus sueños en esta

vida.

Pablo Guaymasi le agradece a los enanos de Marte el que hayan abducido

al verdadero Trump.

Polo Colina da las muchas gracias a sus personajes, que se prestan

siempre a jugar con diferentes objetos, escenarios y fotografías.

El Negro Viglietti agradece la paciencia infinita del Jefecito y del resto

de la banda.



Recuerde desenchufar los bienes muebles

durante los cortes programados

a fines de evitar desperfectos

tecnicos.

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