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Revista Hegemonía. Año III Nº. 31

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 31 AÑO III | SEPTIEMBRE DE 2020

labatallacultural.org

HEGEMONIA

la hora

del deber

patriótico


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte

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HEGEMONIA

34

CONTENIDO EXCLUSIVO

La hora

del deber

patriótico

44

HISTORIA + GEOGRAFÍA =

GEOPOLÍTICA

La diplomacia

inglesa: resorte

oculto de nuestra

historia

52

OPINIÓN

El enigma

de Berni

18

ANÁLISIS

Cerdos


EDITORIAL

Ir al hueso, al fin

En un momento crucial para

el futuro de la Argentina. Así

aparece esta nueva edición de

nuestra Revista Hegemonía, la

31ª. en una serie ininterrumpida

que empezara allá por marzo

del 2018. No ha habido desde

entonces un punto más álgido de la

política que el presente y así, en un

clima de definiciones inminentes, lo

evidente son las responsabilidades.

Por primera vez desde el triunfo del

Frente de Todos en octubre del año

pasado se hace necesario interpelar

a la conductora del movimiento. Y

eso es así porque, precisamente, ha

llegado la hora de la decisión.

Nada de eso es ni podría ser menor

y mucho menos en un escenario

político como el argentino, que es

de una grieta profunda en la que los

máximos exponentes del campo son

incuestionables en la lógica típica

de San Ignacio de Loyola. Citado

con frecuencia por Fidel Castro en

sus alocuciones, San Ignacio solía

decir que en una fortaleza sitiada

toda disidencia es traición. La grieta

es ese estado de sitio permanente

en la política, es una situación

en la que el peligro del triunfo del

enemigo es siempre inminente y por

eso el estado de guerra que impide

4 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


el cuestionamiento a los generales

por parte de la tropa. Nadie cuestiona

a los que realmente dirigen

los movimientos, es imposible para

el llamado kirchnerista interpelar a

Cristina Fernández. Hacia el interior

de los campos el único comportamiento

posible es la obsecuencia

y es la sumisión. No es que no se

puedan criticar las decisiones de la

conducción: es que ni siquiera se

puede exigirle a dicha conducción

que conduzca efectivamente.

Cualquier intento en el sentido

de interpelar a la conductora del

movimiento que —al menos en

teoría— detenta el poder político en

el Estado fue considerado traición.

Cuestionar a Cristina Fernández de

Kirchner por su silencio y su ausencia

en el lugar del dirigente máximo

y de única autoridad política real

para un tercio del electorado no estaba

y sigue no estando permitido.

A Cristina Fernández se le permite

todo, incluso el abandonar su puesto

de lucha y/o dedicarse solamente

a la intriga judicial, dejando a su

tropa en manos de nadie. De nadie,

puesto que la conducción es unipersonal

e intransferible, no depende

del resultado de las elecciones ni

de que el conductor ocupe un cargo

en la administración pública. El

conductor lo es por la voluntad de

los conducidos y no puede delegar

su obligación en otros. Por lo tanto,

hoy por hoy nadie orienta a la tropa

y la consecuencia es una fragmentación

que se profundiza día a día.

Una parte de los soldados elige

hacerle caso al presidente, otros

siguen a los operadores mediáticos

de los medios considerados “propios”

y otros tantos más buscan

alternativas en los cuadros medios,

sin saber a ciencia cierta si alguno

de ellos representa la voluntad

muda de la actual conducción.

Cristina Fernández no habla y, al

no hacerlo, deja la conducta de la

tropa librada a la interpretación

individual de cada soldado.

Ese es un desbande y es lo que

se ve actualmente. El mal llamado

kirchnerismo, que es el peronismo

bajo la conducción de Kirchner y

luego de Fernández de Kirchner,

se encuentra en estado de lucha

intestina y desorientación frente

a un gobierno que en teoría le es

propio y no obstante no traduce

esa propiedad en políticas públicas

acordes a la ideología general del

campo. En una palabra, la conductora

del peronismo sigue en silencio

y el presidente electo a partir de la

designación de la conductora se

aleja progresivamente del peronismo,

haciendo una gestión errática

y absolutamente divorciada de la

doctrina del movimiento. Y así se

acerca el límite de dicha situación,

donde la crisis es indisimulable, las

respuestas no aparecen y la tropa

no sabe para qué lado disparar. El

límite es ese mismo: o Cristina Fernández

habla y pone orden, ordena

el campo de una vez para seguir la

lucha, o habrá un quiebre del mismo

campo que va a coincidir con la

debacle económica, social y política

del país.

Cuando el peronismo flaquea, la

Argentina cae. Está registrado en

la historia del país, cualquiera lo

puede corroborar. El peronismo es

la única fuerza política con capacidad

práctica para gobernar la

Argentina en un sentido estricto,

esto es, darle al país un gobierno a

modo de dirección, rumbo y control.

Y el peronismo es tropa y es conducción

explícita, por lo que si alguno

de estos elementos falta u opta por

estar ausente, la Argentina se inestabiliza

y se vuelve ingobernable.

Eso es lo que nos está pasando hoy

como peronistas y como argentinos

—“argentino” y “peronista” son

sinónimos, por lo antes expuesto— y

es lo que el atento lector verá en

esta edición de la Revista Hegemonía.

No es una edición plena de

alegría, sino de tensión. Pero es un

intento de echar algo de luz sobre

la oscuridad actual. Y si la aclaración

no gusta, que por lo menos le

sirva al lector para comprender que

el silencio de arriba puede tener

mil razones, pero el de abajo es la

verdadera causa del estancamiento

y del fracaso. Eso intentamos lograr

esta vez.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


OPINIÓN

Guerra

santa

ERICO

VALADARES

En ciertas ocasiones la política

en sus niveles más altos se

inspira, trasciende la burbuja

que parecería serle inherente

y capta el espíritu de una

época. Es cierto, por supuesto, que

esas ocasiones son más bien raras:

la dirigencia política acostumbra

caminar muy retrasada respecto

al pensar y al sentir de un pueblo

en cualquier momento, suele ser

mucho más conservadora que el

promedio incluso por razones de

autopreservación. Al ocupar en sociedad

un lugar de cierto privilegio,

el sector dirigente suele tomarse las

cosas con mucha parsimonia y sin

apuro. Esa es la burbuja y por eso

son escasas las veces en las que la

dirigencia logra hacer una correcta

interpretación del sentido común de

una época. La política en el sistema

de representación que llamamos

“democracia” desde la modernidad

en adelante es la negación misma

del sentido común, allí donde los

representantes se constituyen en

una vanguardia intelectual respecto

a sus representados. Y el resultado

práctico es esa desconexión entre

6 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


las ideas de las mayorías y el discurso

ideológico de los representantes

en la política entendida como una

actividad de pocos.

Pero esas ocasiones existen y

una de ellas tuvo lugar en la última

semana del mes de agosto, cuando

el presidente de la Nación Alberto

Fernández anunció informalmente

la realización de una marcha de la

“gente de bien” para cuando pase

la coyuntura del coronavirus. Allí, en

esa expresión, el presidente Fernández

hizo una impecable lectura del

sentido común al anunciar de modo

informal una futura concentración

de los “buenos” en tanto haya cesado

la amenaza de contagio. Al decirlo

y al utilizar la categoría “gente

de bien”, en un destello Fernández

expuso con mucha sensibilidad la

idea de una permanente división social

entre buenos y malos que existe

desde siempre y que, por otra parte,

se agudiza de tiempos en tiempos.

El concepto de “gente de bien” es

muy similar y está emparentado con

otro concepto, el de “gente bien”,

que fue de sentido común hasta

hace muy poco y que refería a una

cuestión de clase social donde los

ricos y la clase media —que entra

siempre “de colada” al exclusivo

club, motu proprio— se diferenciaban

de la “gente mal” por exclusión,

de las clases populares trabajado-

7 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


El presidente Alberto Fernández, en una de sus intervenciones públicas. Quizá de manera

involuntaria o inconscientemente, Fernández expresó aquello que está en el fondo del actual

problema argentino: el que la grieta haya dejado de ser política y haya pasado a ser moral e

intelectual. Ya no se trata de ideas distintas, sino de una lucha entre buenos y malos, entre

superiores e inferiores. Y eso nunca termina bien.

ras percibidas como socialmente

inferiores. La existencia de una

grieta definitiva entre dos grandes

grupos sociales es innegable, puede

rastrearse en toda la historia de la

humanidad y es fácil concluir que

Alberto Fernández se refería a esa

división, poniendo de manifiesto su

pertenencia al grupo de los “buenos”

y ubicando a todos los demás

en la categoría opuesta, la de los

“malos”.

Esa idea, la de que la sociedad

está compuesta por dos grandes

grupos con los buenos de un lado y

los malos de otro, es la que circula

hoy y siempre en el sentido común

de los argentinos. Eso fue lo que

Alberto Fernández supo interpretar

en su discurso ideológico, pero en

ello no habría ninguna novedad de

no mediar algunas circunstancias

que están modificando la normalidad

de siempre. En condiciones

consideradas normales, el hallazgo

de una sociedad partida en dos

grandes bandos donde uno de los

dos se considera superior no constituiría

ninguna originalidad y el único

mérito de Alberto Fernández habría

sido el de reproducir en su discurso

el sentido común. No es así. Hoy se

da la particularidad de que en la

división entre “buenos” y “malos”

no queda del todo claro quiénes son

los unos y quiénes son los otros.

Entiéndase bien: no es que escaseen

las certezas, sino que sobran.

En circunstancias dichas normales

la división entre la “gente bien” y

la “gente mal” se da consuetudinariamente

y queda invisibilizada

la grieta, esto es, nadie discute

los juicios de valor por los que, por

ejemplo, los ricos y la clase media

son “bien” y las clases populares

trabajadoras son “mal”. En ese ordenamiento

por clases sociales se

forma una hegemonía y el consenso

se logra mediante la aquiescencia

de los subalternos. La expresión

“gente bien” circula entre los que

no lo son, entre los que saben que

no lo son, para referirse a los que sí

lo son. Y se establece una especie

de paz de los cementerios, como

solía decir Eduardo Galeano, donde

la grieta existe, es de clases sociales

y se acepta como si se tratara de

un hecho natural. En una palabra,

para la normalidad del sistema el

juicio de valor que asigna los roles

de “gente bien” a los que están en

la punta superior y en la mitad de

la tabla y de “gente mal” a los que

pelean el descenso, la grieta de clases

sociales no supone un conflicto

visible porque las propias clases se

definen, si se quiere, objetivamente.

Autopercepciones

No es lo que ocurre en la actual

grieta donde el presidente Alberto

Fernández asigna a los propios el

valor de “gente de bien”, a la vez

que hace lo inverso respecto a los

demás, tácitamente, calificándolos

de lo opuesto. Aquí no existe

la normalidad que se quiere objetiva

al fundamentarse en criterios

económicos, que es la estabilidad

estamental de las clases sociales.

El hallazgo o la lectura del sentido

común que hace Fernández es el

descubrimiento de una certeza

que no viene dada por criterios

objetivos: la de que la “gente de

bien” es la que comulga con determinadas

ideas y la “gente de mal”,

por exclusión, es la que tiene las

ideas contrarias. En ese sentido y

al prescindirse del criterio social

que da el orden establecido por el

esquema de propiedad privada,

se forman grupos transversales y

al interior de estos, tanto entre los

“buenos” como entre los “malos”,

habrá individuos de cualquier clase

social. ¿Por qué criterios, entonces,

8 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


se definen quiénes serán los buenos

y quiénes serán los malos en la

grieta?

Los criterios son morales e intelectuales,

siempre de acuerdo

con la escala de valores de cada

individuo, que es una cosa siempre

muy relativa. Ya no es como en el

asunto de la “gente bien”, cuando

los criterios económicos les otorgaban

a los “bien” una superioridad

de tipo social, una superioridad de

clase que podía cuantificarse en

dinero y en patrimonio. Actualmente

la superioridad es intelectual y es

moral, es una cuestión de considerarse

uno mismo inteligente y bueno

en oposición a los demás, que

lógicamente serán los malos y los

estúpidos o no inteligentes. Y eso es

absolutamente subjetivo. ¿Cuáles

son los criterios prestablecidos para

definir quiénes son más inteligentes

y mejores? ¿Quién juzga esa cuestión?

Pues nadie más que uno mismo

y en su propia escala de valores.

Por eso lo subjetivo y por eso, como

veremos, una situación de tablas.

Una cuestión de un empate que se

da por la inexistencia de árbitros o

jueces competentes.

Como casi todo en la actual posmodernidad,

que suspende todas

las certezas que fueron la base

de la modernidad anterior, aquí lo

que hay es una readecuación de la

escala de valores, lo que en sí no

es bueno ni es malo. Cada nueva

era llega con su propia escala de

valores y la impone en el tiempo

hasta llegar a ser dominante. En la

posmodernidad es un valor positivo

la autopercepción, esto es, la

definición del ser en base a cómo el

sujeto se percibe a sí mismo y no a

otros criterios objetivos o convencionales.

En una palabra, aquí el

que se perciba a sí mismo bueno lo

será y el que se perciba inteligente

también lo será. Y estará, por lógica,

socialmente autorizado a poner

al otro distinto en las categorías

diametralmente opuestas sin que

nada o nadie arbitre en esas definiciones.

En esta posmodernidad

lo que vale es la autopercepción y

todo lo que de ella resulte, como

por ejemplo la taxonomía del otro.

Aquí empieza el problema, porque

si la ubicación en la escala de

valores es un asunto de autopercepción

y es así una cosa subjetiva,

entonces lo que hace el uno

también puede hacerlo el otro.

Si en uno de los extremos de una

grieta —que por otra parte ya dejó

de ser política hace mucho y pasó

a ser justamente una grieta moral

e intelectual— van a considerarse

El concepto binario de la eterna lucha entre el bien y el mal, que aparentemente existe en la cultura general de la humanidad desde siempre

y que fue retomado, reinventado y relanzado con mucho éxito por el cristianismo. El problema del concepto no es que sea erróneo, puesto

que existen efectivamente el bien y el mal, sino que al aplicarse al debate político da como resultado el terrible empate allí donde nadie se

autopercibe del lado del mal.

9 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


más inteligentes y mejores que los

demás, nada impide que del otro

lado de la grieta pase lo mismo,

rigurosamente lo mismo. Nada lo

impide y es precisamente eso lo que

está ocurriendo en los tiempos que

corren: no hay nadie que no esté

absolutamente convencido de estar

del lado de la verdad y de la bondad

Representación artística de la caída de Acre. Las cruzadas fueron incursiones occidentales

en el Medio Oriente con el objetivo de controlar las rutas comerciales. Pero ese objetivo

fue disimulado en consignas “santas” y eso mismo tuvo lugar, guerras santas en las que en

ninguno de los bandos existió el cuestionamiento sobre las razones reales de la masacre.

Los involucrados fueron a imponer su superioridad moral e intelectual, aunque los organizadores

querían las rutas de comercio con Oriente para hacerse más ricos.

y, en consecuencia, nadie duda de

que el otro ideológicamente opuesto

sea la imagen de la corrupción

moral y la decadencia intelectual.

Lo que pasa hoy no solo en la Argentina,

sino en todo el mundo, es que

la grieta no separa a opuestos con

diferentes ideologías. Lo que hay en

cada lado de la grieta son convicciones

profundas sobre uno mismo

y sobre el que no está de acuerdo

con uno. Específicamente hablando

y en unos términos que están al

alcance de la comprensión general,

el kirchnerista está convencido de

que es moral e intelectualmente

superior, mientras que el antikirchnerista

cree exactamente lo mismo,

pero al revés y en espejo. Eso es un

empate.

Es un error creer que el opuesto

conoce y admite ideológicamente

su error. Más bien todo lo contrario:

nadie se autopercibe moral e

intelectualmente inferior, aunque

en efecto lo sea. De no existir un

código fijo que lo determine, no hay

forma de convencer al otro de que

hace el mal o de que se equivoca.

Y el código fijo ya no está, murió

con la modernidad industrial y sus

certezas, por lo que en base a la

autopercepción subjetiva no hay

posibilidad de resolver el problema.

Debería quedar claro a esta altura

del partido, como suele decirse,

que es imposible convencer a nadie

realmente si no existe una verdad

fija para lograr ese convencimiento.

Si seguimos luchando para que

“ellos” nos entiendan a “nosotros”

y vean al fin que cometen un error

al pararse del lado equivocado

de la vida es simplemente porque

seguimos atados a la modernidad y

tenemos aún la fe en que la razón se

impondrá después de todo.

Eso no pasa hoy y quizá no haya

pasado nunca, lo que constituye

una perspectiva todavía más oscura

de cara al futuro. Y es que si

la modernidad fue un gran relato

lleno de anomalías, como parecería

efectivamente haber sido, existe la

posibilidad de que ni siquiera los

valores fijos sean suficientes para

dirimir las disidencias y hacer el

consenso necesario para avanzar.

La historia de la modernidad da

ejemplos de ello, como en el caso

10 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


de los nazis en Alemania. En cierto

momento del desarrollo histórico,

Occidente consideró que el nazismo

era intelectual y sobre todo moralmente

inferior, procediendo a su

eliminación mediante el uso de la

fuerza brutal de la guerra. Pero los

nazis no estaban de acuerdo con

eso, sino más bien todo lo contrario.

Desde su punto de vista subjetivo,

los nazis se autopercibían la raza

superior en todos los aspectos y

basados en esa misma percepción

se dispusieron a eliminar al otro

diferente y luego a hacer la guerra

total contra los occidentales, a los

que también consideraba inferiores.

Una situación de tablas que

solo pudo resolverse a los tiros allí

donde nadie iba a lograr convencer

al de en frente. ¿Y si, en efecto,

fuera humanamente imposible ese

convencimiento?

El empate es la

derrota de ambos

Dramática imagen de la grieta moral e intelectual en Brasil, durante el proceso electoral

que dio como resultado el triunfo de Jair Bolsonaro. El grito furioso y el ataque frontal de un

partidario de Bolsonaro contra un simpatizante del Partido de los Trabajadores denotan eso

mismo, la certeza absoluta por parte del primero de su propia ubicación en el lado del bien.

Al no lograr convencer de ello al que piensa distinto, aparece la violencia que es la guerra.

Una guerra santa cuyas consecuencias suelen ser nefastas para los involucrados que la

luchan de a pie, en la infantería: las mayorías populares.

Habiéndose visto los antecedentes,

el panorama en la Argentina de

la grieta es oscuro. En estos momentos

la sociedad argentina se

encuentra en una situación tal que

prácticamente nada puede hacerse

sin que uno de los dos sectores

mayoritarios de la política intente

y logre sabotear la iniciativa. Pero

lo fundamental de esa discordia

generalizada es que no tiene lugar

porque la calidad de lo propuesto

sea mala, sino porque se descalifica

de entrada al que hace el proyecto

y trata de concretarlo. Si bien en un

comienzo parecía que el gobierno

de Alberto Fernández había logrado

el nivel de consenso suficiente para

hacer ciertas transformaciones,

pronto se vio que la grieta está aún

muy lejos de cerrarse. La idea de un

impuesto a los más ricos y hasta el

proyecto de estatización de la empresa

Vicentín son claros ejemplos

de la profundidad del problema, ya

que allí había dos proyectos orientados

a favorecer a la enorme mayoría

y, no obstante, fueron resistidos

por el sector social cuya ideología

rectora se basa principalmente en

los valores de la clase dominante

y oligárquica. Por eso, en vez de

pensar, de hacer las cuentas en frío

y concluir que un impuesto sobre

los más ricos de la sociedad podría

probablemente revertirse en una

mejor calidad de vida para todos los

demás, lo que el sector “contreras”

hizo fue oponerse y hasta tomar

las calles para expresarse en esa

oposición. No se lo pudo convencer,

no hubo argumento lo suficientemente

bueno para persuadirlo. “Un

momento”, habrá pensado el atento

lector. “Si no entienden eso es que

no van a entender nada, quizá no

haya forma de convencerlos”.

He ahí la conclusión a la que nadie

quiere llegar. Si fuera realmente

imposible convencer al otro de que

defender a las grandes fortunas

del país o los chanchullos de una

empresa privada y evasora es un

error, la perspectiva sería bastante

oscura, aunque no deja de ser absolutamente

lógica. Si la grieta es un

asunto de definir quién es moral e

intelectualmente superior, entonces

difícilmente podría ser una grieta

política, esto es, no podría tratarse

de este o de aquel desacuerdo

puntual. No es que se hayan opuesto

a la estatización de Vicentín, al

impuesto a las grandes fortunas o

a lo que fuere. Se oponen al otro

que presenta esos proyectos en el

contexto de un mensaje ideológico.

Ningún “contreras” se fija realmente

en el contenido de los proyectos y

mucho menos en la argumentación

lógica empleada en su defensa. A

11 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Estudiantes alemanas aprendiendo la diferencia entre arios y judíos durante el III Reich. Hoy, con el diario del lunes, es sencillo para la

mayoría determinar que allí estaba el mal y que el bien, por otra parte, estaba en las potencias occidentales y la Unión Soviética, cuya alianza

derrotó por la fuerza a Hitler y terminó con el nazismo en Alemania. Pero durante la coyuntura esa escala de valores no era universal. De hecho,

los nazis se consideraban a sí mismos intelectual y moralmente superiores a todos los demás, sobre todo a los judíos. Y tuvieron que ser

“convencidos” por la fuerza de que eso no era así. La modernidad también tuvo sus grietas y sus guerras santas.

partir del momento que desde el

lado “contreras” se olfateó algo

de kirchnerismo en el gobierno de

Alberto Fernández, en ese mismo

momento se terminó la idea de la

conciliación. Muy poco duró, a decir

verdad. Y ni siquiera fue necesario

mostrar demasiado kirchnerismo y

menos que menos peronismo, puesto

que el gobierno de Fernández

tiene muy poco y nada de ambos.

Ahí está la evidencia de que el

“contreras” considera intelectual y

moralmente inferior al kirchnerista,

no lo tolera y jamás accederá a ser

funcional a su triunfo, aunque el

resultado de esa resistencia sea

la debacle generalizada. Y lo mismo

con el kirchnerista respecto al

“macrista”, que es como se suelen

calificar erróneamente a esos “contreras”

que a todo se oponen cuando

el animador es el otro. Cuando

el kirchnerista advierte la presencia

de “macrismo” en lo que fuere, en

ese preciso momento deja de escuchar

y se cierra en sus propias con-

12 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


vicciones. ¿Por qué? Pues por eso

mismo, porque entre kirchneristas

y “macristas” hay un abismo infranqueable:

la grieta moral e intelectual

donde en ambos lados existe

la certeza de la superioridad propia

y nadie va a convencer a nadie de

nada. No se supera la situación de

empate y mientras tanto quedan

trabadas todas las iniciativas cuyo

objetivo es salvar la patria.

Así es cómo el empate en la grieta

intelectual y moral se convierte en

la derrota de todos los involucrados,

incluso de los que no toman

parte en la lucha. La solución lógica

sería convencer a uno de los bandos

de eso mismo, de que se deje

convencer, pero esa es la imposibilidad.

Ambos bandos están ya convencidos

al 100% de sus propias

convicciones y principalmente del

error inherente a las convicciones

del otro, nadie está dispuesto

a ceder un centímetro. ¿Podrá

desatarse el nudo gordiano? De

acuerdo a la experiencia histórica

está claro que no y que cuando la

grieta se convierte en una controversia

permanente que no puede

ser arbitrada ni siquiera por una

escala de valores común —o cuando

esa escala de valores se pierde, lo

que es lo mismo—, la tendencia es

siempre a la guerra. Y en este caso

a una guerra santa, un conflicto que

no se resuelve sin la destrucción de

uno de los bandos porque ambos

tienen o creen tener convicciones

innegociables. No se trata de una

crítica a ninguno de los dos, ya

hemos visto que es inútil intentar

hacer ver que la verdad está en la

resolución de los problemas y que

eso no se logra sin consenso a cada

momento. Es inútil querer explicarle

a un “contreras” que su pretendida

superioridad moral e intelectual es

una quimera cuando su apoyo es

siempre a gobiernos que hicieron

saqueos, genocidios y corrupción

galopante, a veces todo eso junto.

Y es igualmente inútil explicar la

imposibilidad de la homogeneidad

de los bandos en “buenos” todos de

un lado y “malos” todos de otro a un

kirchnerista cuando “de este lado”

hay un Sergio Massa, por ejemplo.

Cuando la guerra es santa a nadie

le interesa la argumentación ni la

razón, es lo que es. No deja de ser

una tragedia si lo que se tiene en

cuenta son las consecuencias en el

mediano y en el largo plazo, pero

también es lo inevitable. Ni siquiera

la propia descripción de la grieta

puede apreciarse fuera de las convicciones

propias. Un “contreras”

se ofende ante la verdad de que

su bando impuso las peores dictaduras

y los gobiernos más dañinos

para los intereses permanentes del

pueblo-nación argentino; un kirchnerista

se sentirá agredido por la

observación de que los campos no

son homogéneos, de que no todos

los suyos son buenos y, en realidad,

no hay buenos ni malos en la política.

Las convicciones son casi religiosas

y están basadas en relatos

paralelos en ambos lados de la grieta,

relatos que una vez instalados

en la conciencia adquieren el carácter

de verdad revelada. Lo típico

de la guerra santa, que es adonde

se dirige la Argentina de no mediar

a la brevedad algún hecho trascendental

que tuerza la historia. Pero

eso pertenece al ámbito del acaso y

es lo imponderable. Por lógica, los

argentinos vamos derechito al conflicto

total si seguimos así. Ningún

pueblo subsiste al estancamiento

permanente.

Sergio Massa es uno de los cisnes negros en la hipótesis de buenos todos de un lado y

malos todos del otro. Si el kirchnerismo representa el bien absoluto y de “este lado” están

todos los buenos, ¿cómo se explica la presencia en el campo de un Massa, notorio agente

del imperialismo occidental de las corporaciones para la destrucción, la fragmentación y

el remate de la Argentina? Como la guerra es santa y no admite argumentaciones, nadie se

detiene en estas cuestiones y en ninguna cuestión en absoluto.

13 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


IDENTIDAD PERONISTA

Sobre la grieta y la disputa

por el sentido social

FLAVIO

BONANNO

Desde el equipo técnico del

Frente de Todos, así como

desde Juntos por el Cambio,

conocen las ventajas de capitalizar

el sentido social de

la política nacional que circula en

redes y que se reproduce en la calle.

En contexto de cuarentena, dirigentes,

periodistas y conferencias de

prensa eternas dirimen la carrera

electoral que débilmente comienza

a mostrarse de cara al 2021 y en la

que el gobierno fijará su consenso,

la oposición tomará impulso de

cara al 2023 o se fortalecerá una

tercera opción electoral a largo

plazo.

Nuestro complejo país nace de una

tendencia casi ontológica a dividirse

en dos y pensarse en términos de

antagonismos. Ya desde el proceso

de la independencia, historiadores

e intelectuales hacen un esfuerzo

estéril para evitar caer en dicotomías

que, tarde o temprano, las

grandes mayorías recuperamos y

expresamos en nuestro discurso:

unitarios y federales, conservadores

y radicales, peronistas y antiperonistas,

kirchneristas y antikirchneristas,

entre un sinfín de etcéteras.

El concepto de una grieta, cuanto

menos político, está profundamen-

14 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


te instalado en nuestra sociedad

actual. Y cada lado se esfuerza en

sintetizar un margen ideológico que

le permite conservar un núcleo duro

a través de sintetizar algunos sentidos

sociales que convoquen a esos

sectores de la sociedad. Sin embargo,

¿qué sucede con todo aquello

que no se encuentre de un lado ni

del otro?

Con una democracia consolidada,

sería impensado que esos antagonismos

evocados se resolvieran de

otra manera que no fuera mediante

elecciones. Y esta es una premisa

inclaudicable, estimo, para todas

las partes. En ese aspecto, el núcleo

kirchnerista —¿o cristinista?—

ha tenido que aprender sobre la

alternancia a fines del 2015. Tras

más de una década en el gobierno,

sus semblantes ideológicos,

así como muchos aspectos de su

última gestión, se habían agotado

entre los propios, perdiendo la mayoría.

Sin embargo, de vencedores

vencidos se trató la experiencia de

la coalición Cambiemos, que duró

un mandato y rápidamente perdió

el consenso adquirido en los comicios

que pusieron a Mauricio Macri

en la función de presidente de la

Nación, como a María Eugenia Vidal

en la gobernanza de la provincia de

Buenos Aires.

El 2020 comenzó con una conducción

nominal de los destinos

del país en el presidente Alberto

Fernández. Y digo nominal porque,

para propios y ajenos, esto fue solo

posible a través de una idea de

conducción estratégica por parte

de Cristina Fernández de Kirchner.

En la provincia de Buenos Aires la

sorpresa la dio La Cámpora con Axel

Kicillof. Por otra parte, el espacio

que venía dirigiendo el expresidente

Macri comenzó a resquebrajarse,

abriendo la posibilidad de nuevos

liderazgos. En ese contexto adquirió

fuerza el jefe de gobierno de la

Ciudad de Buenos Aires Horacio

Rodríguez Larreta, quien sí defendió

su posición con un triunfo electoral

en su distrito.

Y de pronto... ¡cuarentena! Coronavirus,

encierro, una crisis económica

casi sin precedentes a escala

global y una serie de elementos

que trajeron un marco de excepcionalidad

al año político. Repentinamente

la grieta cesó y abril traía

la sensación de acuerdo nacional:

todos sentíamos que era necesario

cuidarnos y el presidente, el gobernador

bonaerense y el jefe de

gobierno de la Ciudad convergieron

en ese sentido. Pero los meses pasaron

y un nuevo sentido desplazó

de eje a la cuestión sanitaria, que

no pretendo deslegitimar: la idea

de falta de un plan político y económico

complementario, a partir

de un presidente que comenzó a

contradecirse en sus decisiones y

que repentinamente se replegó en

su núcleo duro.

Grieta de nuevo. Movilizaciones,

en principio marginales, que fueron

creciendo y legitimando la emergencia

de una nueva oposición en la

medida que se pasó de cuestionar

el aislamiento a señalar aspectos

concretos de una crisis económica

que, con los meses, alcanzaría a

mayores segmentos de la población.

Coincidentemente, los niveles

de apoyo al presidente en los sondeos

sobre la opinión pública decrecieron

sustancialmente, evidenciando

no solo una crítica externa sino

interna —incluso entre exfuncionarios

del gobierno de Cristina— y, por

supuesto, en esas mayorías que no

se identificaran en principio con

Representación histórica de la grieta en nuestro país entre unitarios y federales. Siempre

son dos ideas distintas que, en determinado momento, caen en el olvido al transformarse

el diferendo en una grieta de tipo moral donde del lado propio está toda la razón y del lado

opuesto, toda la ignorancia, la oscuridad y el mal.

15 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


En un primer momento de la gestión de la crisis del coronavirus, hubo un conato de cierre de grieta “por arriba” —es decir, en el nivel de la

política— entre Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta. Pero ese fue un espejismo, puesto que la grieta ya no es política y no se resuelve

mediante acuerdos entre los dirigentes. Finalmente, la movida le resultó útil a Rodríguez Larreta, que supo aprovechar la ocasión para

empezar a disputarle a Mauricio Macri la conducción del espacio antikirchnerista.

ninguno de los supuestos dos lados.

Y es que el consenso alrededor

del aislamiento social y preventivo

obligatorio se fue perdiendo en la

medida que se complejizó la agenda:

escalada inflacionaria, desempleo

e índices de pobreza crecientes.

Y el paradigmático movimiento

de intervención sobre Vicentín, que

generó ruido en propios y opositores,

tras un ida y vuelta que terminó

en la nada. Tras semanas de extensión

indefinida de la cuarentena,

el gobierno perdió la batalla por

el sentido: la dicotomía “salud o

economía”, que le dio un margen de

credibilidad —somos más los convencidos

de que la política sanitaria

fue necesaria y relativamente exitosa—,

fue cediendo ante la idea

de “salud sí, economía también”,

lo que derivó en una conclusión,

verdadera o no, que hoy circula en

redes, en medios y en la calle y de

que el único plan de Alberto es el

encierro.

Agosto comenzó de forma positiva

para el gobierno. Hubo acuerdo con

acreedores por el pago de la deuda.

Lejos quedó lo que la mismísima

Cristina señalaba en campaña, la

revisión sobre el pago y la discusión

sobre quiénes lo financiarían. Hoy,

se entiende, es suficiente como

para llegar hasta fin de año, además

de toda la batería de asistencialismo

que tiene como bandera

al célebre Ingreso Familiar de

Emergencia. Con lo sucedido hasta

ahora, los propios dirán que no es

suficiente como para evaluar la gestión

del nuevo gobierno nacional y

del nuevo gobierno bonaerense. Sin

embargo, los primeros movimientos

por la captura de un sentido social

mayoritario ya se pusieron en marcha

y tuvieron como punto de mayor

euforia, al menos hasta ahora, la

movilización opositora del 17 de

agosto.

Expresiones del kirchnerismo duro

que parecían haber sido guardadas

durante las elecciones del año pasado

fueron retomadas en la medida

que la oposición alzó la voz. Con

el plan de reforma judicial, ambos

lados de la grieta se predisponen

a discutir poder real nuevamente

y volver a la era de los carpetazos,

tan característica de la gestión de

Macri. De consolidarse esta tendencia,

quedarían muy en segundo

plano las agendas que circulan

hoy en redes y en la calle, entre ese

sector mayoritario que no pertenece

a ningún núcleo duro: inflación, inseguridad,

desempleo, restricciones

al sector privado y la necesidad de

salir rápidamente de las consecuen-

16 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


cias del aislamiento.

Esas agendas mayoritarias condensan

sentidos que, increíblemente,

no terminan de interpretar los

dirigentes de ninguno de los dos núcleos

duros. Agendas gubernamentales

que articulen inmediatamente

con las demandas colectivas y que

el filósofo argentino Ernesto Laclau

llamó “significantes flotantes”, la

unidad mínima de construcción de

una hegemonía o consenso necesario

para imponerse políticamente.

Todos evocan estas agendas y de

eso se trata, pero ni oficialistas ni

opositores convencen a las mayorías,

al menos hoy, de representar

aquello. Si así fuera, no serían únicamente

núcleos duros y generarían

un consenso pocas veces logrado

en nuestra historia nacional.

Esta conquista política, claro, es

más fácil de montar cuando no se

cuenta con los condicionamientos

de pertenecer a uno u otro lado de

la grieta. Así lo interpretó Sergio

Massa, que consiguió un interesante

resultado en las legislativas

del año 2013. Aunque, sabemos,

recientemente se reconcilió con

Cristina y hoy es una cara muy visible

dentro del Frente de Todos. Ante

un supuesto descontento creciente

con el gobierno y ante una posible

incapacidad del equipo de Macri

para reinventarse, resta preguntarse:

¿cuánto durará el porcentaje de

adherencia con el que cuenta hoy el

oficialismo? ¿Y los cuarenta puntos

con los que se fue la actual oposición?

¿Qué posibilidades tendría

una tercera opción electoral?

Quizás se lo estén preguntando los

más heterodoxos dentro de ambos

lados y, por qué no, quienes plantean

críticas internas, como es en el

caso de la emergencia de un peronismo

disidente que hoy parece encuadrarse

detrás de las propuestas

políticas que encabeza el exsecretario

de Comercio Interior Guillermo

Guillermo Moreno, el funcionario de la década ganada caracterizado por los medios hegemónicos

como “polémico” y que intenta construir un discurso de consenso en base a las

necesidades reales del pueblo argentino más allá de las diferencias ideológicas, que parecerían

finalmente ser insalvables. Al fin y al cabo, el “polémico” es el único que no se sirve

de la polémica para seguir agrietando la sociedad. Más bien todo lo contrario.

Moreno, quien ha decidido separar

estratégicamente al justicialismo

de un potencial fracaso por parte de

Alberto Fernández. Incluso también

podrían emerger como candidatos

alternativos al “mainstream” de la

grieta algunos moderados que hoy

se encuadran en alguno de ambos

frentes, pero que podrían manifestar

alguna escisión estratégica

de cara a las legislativas del año

próximo.

Desde luego, todo se da en el

contexto de un mundo que observa

el fracaso de la globalización y

la emergencia de sus fragmentos

políticos. Liberalismo exacerbado,

nacionalismos de exclusión y modificaciones

drásticas sobre la geopolítica

heredada del siglo XX. En ese

escenario la grieta local queda

chica y, además de la necesidad de

decisiones en relación con la política

interna, se impone una nueva

agenda internacional que exige una

mirada mucho más amplia que la

mezquindad de evitar que el adversario

nacional se imponga sobre los

propios intereses.

En todo caso, si la política adquiriera

las características de una

lógica matemática —o al menos de

una semiótica social como la que

propusiera el semiólogo argentino

Eliseo Verón—, quienes mejor

sinteticen estos sentidos sociales

circulantes mejor posicionados

estarían de cara a las definiciones

que se aproximan. Claro está, esto

lo dejo a criterio de los asesores

de cada dirigente. Importa para

nuestra democracia que al menos la

clase política procure, por una cuestión

ética, recuperar la agenda de

las mayorías y mejorar la calidad de

vida de los argentinos, indiferentemente

de sus planes de permanencia

en el ejercicio del poder político.

17 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


ANÁLISIS

Cerdos

ERICO

VALADARES

Muy a menudo el discurso

ambientalista es utilizado

por el poder a través de la

instalación de un discurso

progresista a ultranza con el

objetivo de meter confusión y dispersión.

Es harto sabido que corporaciones

calificadas como oenegés,

llámense Greenpeace u otras de

similar naturaleza y menor calibre,

utilizan la cuestión de la defensa de

la ecología para operar estratégicamente

contra ciertos países que

buscan su desarrollo, como en el

caso de Rusia. Allí, a cada intento

de ampliar la capacidad productiva

de la industria del petróleo y el

gas —que responden por la gran

parte del PBI de los rusos—, las

corporaciones “ecologistas” han

estado desde siempre para trabar

ese proceso mediante el despliegue

de argumentos ambientalistas. Y

lo mismo en tantos otros países dichos

en vías de desarrollo, nunca en

18 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


las potencias centrales industriales

que responden por casi toda la destrucción

ambiental a nivel global.

Eso es verdad y, no obstante, no

significa que la cuestión de la preservación

del medio ambiente sea

menor y mucho menos irrelevante.

Desde la revolución industrial en

adelante, el hombre ha generado

una enorme cantidad de daño a la

ecología en nombre del progreso,

puesto que la modificación de la

naturaleza es inherente a la propia

actividad industrial. La industria

contamina y altera lo que viene

dado naturalmente en su proceso

productivo que implica el uso de

elementos químicos y combustibles

fósiles, la extracción de

recursos naturales y el consumo

de materias primas en gran escala.

En una palabra, en los últimos

doscientos cincuenta años y aún

más intensamente durante el siglo

XX y principios de este siglo XXI las

sucesivas revoluciones industriales

se lograron en base al sacrificio

medioambiental y eso no es sino la

más lógica consecuencia del proceso.

Lo que desde el advenimiento

de la máquina a vapor en adelante

entendemos por “progreso” es esa

alteración del medio natural y su

transformación, que es una cosa

dañina para el planeta. Y entonces

la contradicción no puede estar entre

desarrollo industrial y protección

de la naturaleza, ya que el hombre

moderno y posmoderno lo es porque

asimismo tiene su industria. No

la puede negar. La contradicción

pasa por el nivel de desarrollo de la

industria y sus fines.

Es por eso que el debate serio

sobre la cuestión ambiental jamás

incluyó a los llamados extremistas

de la ecología, a los que sugieren

revertir la modernidad mediante

la supresión de toda industria. No

hubo ni nunca pudo haber entre las

opciones de la modernidad la prescindencia

de lo que la define como

etapa cualitativamente distinta en

la historia del desarrollo humano,

realmente nunca fue materia de

discusión “olvidar” la industria y

volver a la artesanía premoderna

como método de producción para

satisfacer las demandas que la

propia industria creó. No se puede

“desinventar” lo que ya fue creado,

no se concibe hoy un mundo sin

máquinas, sin motores, sin energía

y sin producción en serie. En dos

siglos y medio la industria multiplicó

por ocho una población mundial

que había tardado unos 10.000

años en llegar a mil millones. Hoy

somos ocho veces más humanos

sobre la tierra que en el año 1800

y no hay producción artesanal que

alcance para satisfacer a todos ni

mucho menos.

Entonces la reversión de la industrialización

no estuvo y sigue no

estando en discusión, la industria

en sí no se discute porque se hizo

necesaria al crear su propia demanda.

Lo que realmente se debate hoy

en el mundo es el cómo, esto es, de

qué manera y con qué intensidad

seguirá esa industrialización. Y en

esa discusión se pone de manifiesto

la relación entre los países industrializados,

los que se desindustrializaron

en los últimos 50 años

mediante la llamada deslocalización

de su aparato industrial y el

resto, que somos todos los demás

o los países que nunca llegaron a

industrializarse y son para la metrópoli

las provincias proveedoras

de materias primas, combustibles y

alimentos. Si no puede prescindirse

de la industria y es necesario en

cambio resolver la cuestión de un

equilibrio relativo con el medio ambiente,

por lógica el debate puede

estar en tan solo un lugar: en definir

quiénes van a aportar más y quiénes

van a aportar menos al esfuerzo

para lograr ese equilibrio.

Ahí está prácticamente toda la

Protesta ambientalista en Occidente, organizada por la miríada de oenegés estilo Greenpeace

con diversos intereses. Cuando se hace un uso “progresista” del discurso del cuidado del

medio ambiente, el resultado es el aprovechamiento de las consecuencias en la manipulación

de la opinión pública para mover la aguja en la lucha entre bandos.

19 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


entre los Estados Unidos y China

que se dio en llamar “guerra comercial”

es solamente eso, es un país

que supo deslocalizar su industria

hacia países emergentes de Asia y

ahora pretende relocalizarla en la

comprensión de que sin aparato industrial

no es posible ocupar decenas

y cientos de millones de brazos.

De un lado, los Estados Unidos en

esa comprensión y en la política

de Donald Trump cuyo objetivo es

la relocalización de la industria; de

otro, China intentando impedirlo y,

a la vez, tratando de impedir que se

metan otros en la conversación. Esa

es la parte que nos toca.

El testamento de Dios

El Mariscal Francisco Solano López, quien supo dotar a Paraguay de maravillas modernas

en pleno siglo XIX como el telégrafo, el ferrocarril, la siderúrgica y mucho más. Todo lo hizo

con capitales y tecnología propios, utilizando el dinero de las exportaciones de productos

primarios como la yerba mate para reinvertirlo en la industrialización y en enviar a los hijos

del país a estudiar y a aprender en el extranjero la técnica que luego aplicaban en su patria.

Paraguay estuvo a un paso de ser lo que hoy llamamos un país “de primer mundo” y por eso

la corona inglesa ordenó su destrucción, la que llevaron a cabo los cipayos de Brasil, Argentina

y Uruguay en la infame Triple Alianza.

discusión sobre la contradicción

del desarrollo industrial y la preservación

de la naturaleza, no se trata

de otra cosa. Desde que la agenda

ecológica empezó a discutirse

seriamente hace unas cinco décadas,

lo que realmente se discute

es quiénes tendrán autorización

para alterar y destruir la naturaleza

y quiénes deberán ser “verdes”. El

equilibrio entre la industria y el medio

ambiente se quiere hacer mediante

la prohibición para algunos

—para la mayoría, de hecho— del

acceso al desarrollo industrial, no

con el equilibrio en un sentido estricto.

No es una cuestión de limitar

la producción industrial en todo el

mundo, sino de impedir que los más

tengan industria. El conflicto actual

Desde el principio de la revolución

industrial fueron los países occidentales

los únicos privilegiados

autorizados a tener desarrollo de

industria y progreso en un sentido

moderno. A todos los demás se los

condenó al subdesarrollo y solo

hay en toda la historia tres países

que han logrado transitar el camino

de la industrialización después

de la revolución industrial inicial.

O cuatro, si se tiene en cuenta la

experiencia de Paraguay, abortada

prematuramente por la intriga inglesa

mediante la Guerra de la Triple

Alianza. Paraguay llegó efectivamente

a un conato muy interesante

de desarrollo industrial que pudo

haber arrastrado en su estela a toda

la región sudamericana, llegando

incluso a la siderurgia y a la fabricación

de armamento, todo con tecnología

propia y capitales propios.

Pero la aventura soberanista del

Mariscal Solano López fue ahogada

en sangre y solo tres países lograron

completar el proceso, saliendo de

una situación semicolonial hacia la

independencia industrial: la Unión

Soviética, Corea del Sur y, más

20 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


recientemente, China. La primera

y la última mediante procesos de

industrialización forzada propiciados

por la existencia en esos países

regímenes de carácter totalitario

y la otra gracias a una inusitada

ayuda de una potencia central. La

Unión Soviética y China se industrializaron

tardíamente gracias a

sus revoluciones socialistas y Corea

de Sur hizo lo propio aprovechando

los camiones de dinero volcados en

el país por los Estados Unidos en su

esfuerzo de construir allí un “paraíso

capitalista” para hacer oposición

a los socialistas del norte y ganar

la lucha ideológica. Y nada más.

Desde que las potencias centrales

hicieron la revolución industrial el

ascenso desde el subdesarrollo

colonial al poder industrial estuvo

cerrado para todos los demás

países del mundo. En el caso de

los paraguayos, como se sabe, ese

acceso se cerró con la imposición

de un genocidio.

Entonces la lista de los herederos

de Dios sobre la tierra es bien

acotada. En ella están las potencias

centrales de Occidente (los Estados

Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia,

Bélgica, Holanda, Austria, quizá

en menor medida y hasta cierto

punto Italia, Canadá y Australia), los

socios no occidentales de estos (Japón,

Corea del Sur e Israel) y China,

puesto que Rusia todavía no pudo

hacer del desguace de la Unión

Soviética una industria competitiva,

aunque conserva todo el desarrollo

tecnológico de los soviéticos y por

eso sigue en el juego. Todos los

demás países del mundo oscilan

entre economías absolutamente

primarias (las naciones africanas

y de Hispanoamérica en general),

industrialización precaria o apenas

subsidiaria (Argentina, Brasil

y México, entre otros), emergentes

resultantes de la deslocalización

(casi todos en el sudeste de Asia)

y los periféricos cercanos histórica

y geográficamente a las potencias

centrales (España, Suecia y pocos

más). Esa es, en una síntesis muy

apretada, la naturaleza del juego

en la modernidad y es la tensión por

el equilibrio entre desarrollo industrial

y cuidado del medio ambiente.

Unos pocos están en el testamento

de Dios y pueden seguir expandiéndose

a expensa de los demás.

El mapa antes propuesto puede

verse claramente al superponerse

con otro mapa, el de los países que

producen un símbolo de la industria

del siglo XX: el automóvil. Las

únicas naciones que han logrado

desarrollar la suficiente tecnología

para producir motores al 100% propios

son solo los del primer grupo

de privilegiados y los del último,

los de cercanía histórica y geográfica.

Desde Ford y General Motors/

Chevrolet en los Estados Unidos,

El Justicialista, intento argentino hacia la fabricación de un motor propio. Al igual que proyectos similares en Brasil como el Gurgel, todos los

esfuerzos sudamericanos por lograr un automóvil nacional fueron boicoteados y saboteados por las corporaciones occidentales.

21 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


La soja en Argentina, un fenómeno en expansión pese a la caída en los precios internacionales. A medida que China va elevando el nivel de

vida y de consumo de sus 1.400 millones de habitantes, crece la demanda por soja y lógicamente se expande la frontera de la siembra, puesto

que la soja es absolutamente extensiva y destructiva para el suelo y el medio ambiente en general.

Peugeot, Renault y Citroën en Francia,

Volkswagen y Mercedes Benz

en Alemania, Fiat y Alfa Romeo en

Italia, Toyota y Nissan en Japón y

hasta Volvo en Suecia, los únicos

fabricantes de automóviles son los

países realmente industrializados,

quedando para los demás la importación

total o el ensamble de tecnología

ajena, en el mejor de los casos.

El automóvil es el símbolo más

puro de lo expresado, es la forma

más clara de graficar dónde está la

revolución industrial sin ambages.

Todos los países no pertenecientes

al grupo de los privilegiados que

intentaron desarrollar sus motores

fueron miserablemente boicoteados

y saboteados hasta fracasar, como

ocurrió en Argentina y en Brasil, por

ejemplo. Y, por otra parte, la Unión

Soviética, China y Corea del Sur

fueron admitidos a regañadientes

en el club de los industrializados al

desarrollar sus Lada, su Chery, su

Hyundai, sus Kia y sus Daewoo.

Esa es la comprensión básica

necesaria para empezar a entender

qué cosa decimos hoy cuando

hablamos de equilibrar el desarrollo

industrial y el cuidado del medio

ambiente. Cuando el atento lector

sienta hablar de eso, debe saber

de antemano y sin dudas que ese

equilibrio implica una limitación a

la industria, pero jamás en las potencias

centrales. Más allá de toda

hipocresía y de todo discurso ambientalista

utilizado para el sostenimiento

del statu quo, la verdad es

que aquí se trata de un solo asunto:

de evitar que países con economía

primaria dejen de serlo y de reprimarizar

aquellos que hayan tenido

algún conato de industrialización a

lo largo del siglo XX. En este último

grupo estamos los argentinos, los

que bajo la conducción de Juan

Domingo Perón iniciamos un proceso

de industrialización con la

sustitución de importaciones en un

comienzo y luego avanzamos hasta

lograr muy interesantes niveles de

desarrollo industrial en el tiempo,

con avances y retrocesos. El discurso

ambientalista hoy se utiliza

para lograr ese fin, pero además

con un toque perverso de hipocresía.

Desde las potencias centrales

se busca impedir con argumentos

22 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


“ecológicos” la industrialización

en la periferia y también —he ahí la

hipocresía— se busca deslocalizar

las actividades contaminantes no

industriales a esos mismos países

y con los mismos argumentos. En

otras palabras, prohíben el acceso

a la industria con una mano mientras

imponen la producción subsidiaria

de materias primas y alimentos

que en sus territorios no quieren

producir por razones ecológicas,

sanitarias o ambas. Ese es el caso

de la producción de carne de cerdo

que China quiere ahora deslocalizar

y ubicar en otros países, entre ellos

la Argentina.

Mil millones

necesitan comer

logrado industrializarse con el

proyecto de Solano López, ese país

habría sido un exportador menos de

materias primas (pasaría a insumirlas

en sus propias fábricas), un

importador más de las mismas materias

primas al no ser suficientes

las reservas locales (haciendo subir

el precio de las commodities en el

mercado internacional) y un importador

menos de productos industrializados,

lógicamente. Todo eso

en uno solo y mucho más: un “mal

ejemplo” para sus vecinos regionales,

a los que tarde o temprano se

les ocurriría hacer lo mismo, destruyendo

el sistema entero.

Mercados, materias primas y luego

combustibles. Ahí está toda la

revolución industrial desde el punto

de vista de los que nunca participamos

más que como auxiliares.

Pero habría de haber más y aunque

también se les requería alimentos

a las colonias del mundo subdesarrollado,

sobre todo en tiempos

de guerra, no fue sino con el advenimiento

de China como potencia

industrial que esa exigencia llegó

a ser central. China concentra toda

la industria y por eso necesita el

suministro constante de ingentes

cantidades de materia prima y combustibles

como cualquier potencia

industrial desde la máquina a vapor

en adelante, pero con una vuelta de

He ahí que a lo largo de la historia

de la modernidad la constante

entre las potencias industriales es

la ingente demanda de materias primas

y combustibles, resultando en

la famosa división internacional del

trabajo. Como las potencias centrales

necesitan mover su industria y a

la vez necesitan mercados para colocar

sus manufacturas, manipulan

desde siempre el sistema-mundo

para ubicar a los países periféricos

en el lugar fijo del exportador de

productos primarios baratos —sin

valor agregado— e importador de

productos industriales caros. La

revolución industrial limitada a los

que hicieron esa revolución y unos

poquitos que lograron meterse por

la ventana es eso, es la asignación

de roles a todos los demás donde

esos roles son en función del sostenimiento

de la industrialización

limitada a los pocos. Así es cómo

los paraguayos fueron agredidos y

diezmados en un 90% de su población

masculina cuando se atrevieron

a subvertir el sistema-mundo de

la modernidad. Si Paraguay hubiese

Vista de una fábrica de artefactos electrónicos en el sudeste de Asia, adonde se han deslocalizado

los capitales procurándose mano de obra más barata para maximizar sus ganancias.

Ahora el proceso tiene una vuelta de tuerca más y Asia empieza también a deslocalizar,

pero no la industria que da valor agregado y genera puestos de trabajo. Lo que los asiáticos

se quieren sacar de encima es la producción primaria, la actividad agrícola y ganadera que

no agrega valor ni emplea a nadie: solo contamina y destruye.

23 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


tuerca más: al tener una población

que ninguna de esas potencias

jamás tuvo, China también necesita

una escandalosa cantidad de

alimentos para sostener a unos

1.400 millones de chinos. No es

una situación ni siquiera parecida a

la de los británicos respecto al trigo

y la carne de Argentina, de Australia

y de Nueva Zelanda en el siglo XIX y

principios del siglo XX. Lo que China

necesita hoy de los países periféricos

en materia de cantidad no tiene

precedentes históricos. Ninguna

potencia industrial jamás demandó

tantos alimentos de sus colonias y

semicolonias como demanda China

hoy para seguir en carrera y eso está

modificando totalmente las economías

en todo el mundo.

Es lo que está en la base del proyecto

de deslocalización de unas

25 granjas y frigoríficos para cría

de cerdos y la producción de carne

porcina. China quiere que la Argentina

le provea más de 100 millones

de esos animales, o lo equivalente

a 1,3 millones de toneladas de

dicho producto primario por año.

Pero véase bien que la cuestión es

una deslocalización, es decir, es

de “importar” granjas que de otro

modo tendrían que estar en China o

en otra parte, pero se van a instalar

aquí. Y eso nos lleva a cuestionar,

de entrada, la primera obviedad

ululante: ¿Por qué China, que es el

tercer país más extenso del mundo

con casi 10 millones de kilómetros

cuadrados de territorio soberano,

va a deslocalizar una actividad que

podría desarrollar puertas adentro?

¿Por qué criar millones de animales

al año en otra parte, trasladando

una actividad económica vital y

empezando a tener costos fiscales

y de transporte que antes no existían?

Nótese el atento e interesado

lector que esas no son preguntas

retóricas, que son preguntas cuyas

respuestas revisten de mucha

importancia. ¿Por qué exportar la

producción de algo que puede producirse

en el mismo país?

En la respuesta ni siquiera puede

aducirse que las razones de ello

son similares a las que motivaron

a los occidentales a deslocalizar

su industria a los países asiáticos

—entre ellos la mismísima China—

Panorama de las inundaciones en Argentina. La soja, además de desertificar, impermeabiliza la tierra y produce en el mediano plazo catástrofes

ambientales donde antes solo había un entorno armónico.

24 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


desde mediados del siglo pasado.

Está claro que el costo laboral pesó

muchísimo en ese proceso y que las

corporaciones se mudaron a Asia

buscando trabajo semiesclavo o

directamente esclavo allí donde la

legislación lo permitiese. Eso acá

no gravita, puesto que los salarios

en Argentina todavía son más

altos que en China y en el sudeste

asiático en general. Dicho de otra

forma, los capitales chinos que

quieren deslocalizarse e instalarse

en nuestro país con la producción

de carne de cerdo aquí no vienen en

busca de trabajo menos calificado

y más barato. Y tampoco en busca

de trabajo más calificado, puesto

que la actividad es primaria y no lo

requiere. Las granjas chinas vienen

a instalarse en la Argentina por razones

que nada tienen que ver con

lo laboral, lo salarial o lo técnico.

Aquí hay otra cosa.

Por una parte, la geopolítica de la

revolución industrial. Los que logran

entrar tarde al club son los que más

celosamente tratan de impedir el

ingreso de nuevos socios justamente

para no devaluar su propia membresía.

La industrialización es un

privilegio en tanto y en cuanto sea

eso mismo, un privilegio de muy poquitos.

Por eso, desde el punto de

vista de Beijing, cualquier esfuerzo

será poco a la hora de impedir que

países como Brasil y Argentina —

potenciales rivales en la pugna por

mercados y commodities— lleguen

a industrializarse. Al contrario, muy

por el contrario: el retroceso hacia

la reprimarización de las economías

de Brasil, Argentina y México le

interesa a China en la misma medida

que le interesó a Gran Bretaña la

destrucción del Paraguay de Solano

López o a los Estados Unidos el sometimiento

de todos los demás. No

es por maldad ni por crueldad, no

es más ni menos que la geopolítica

del imperialismo, que es siempre

Las granjas de cerdos en China, una actividad que ahora se quiere exportar, alejando del

gigante asiático todo el costo ambiental y todo el riesgo sanitario inherentes a la actividad.

la misma. Es el cuidado del valor

de la membresía en el club de las

potencias industriales y dicho valor

está íntimamente relacionado a la

exclusividad. El primer interés de

China hoy es que nadie más haga lo

que los mismísimos chinos hicieron

después de Deng Xiaoping, que es

industrializarse con tasas anuales

de crecimiento exorbitantes.

Pero hay más y aquí aparece el

asunto del cuidado del medio

ambiente, que funciona ahora en

el esquema del desarrollo desigual

y combinado. Para que la ecología

esté equilibrada en China sin que

eso represente un desabastecimiento,

lógicamente es preciso destruir

el medio ambiente en otras partes.

Si las 25 mega granjas de cerdos se

deslocalizan hacia la Argentina, entonces

el impacto ambiental dejará

de existir en China y se trasladará a

nuestro país. Se estima que las heces

de 100 millones de cerdos por

año son algo parecido a una calamidad

ambiental al ser absorbidas por

la tierra y/o arrojadas al agua, pues

terminan fatalmente penetrando las

napas subterráneas hasta afectar

seriamente la cuenca hídrica en su

totalidad. Esa es la calidad del agua

que luego se va a consumir en el

país de destino de las mega granjas

y nada de esto puede pasarse por

alto. A esa calamidad se le suma

el incremento brutal en los gases

invernaderos que los cerdos generan

e impactan hoy en China, uno

de los países más contaminados

del mundo.

También es presumible que seguirá

avanzando la frontera de la soja, alimento

básico de los cerdos, incentivando

aún más la deforestación y

los incendios intencionales que se

llevan a cabo con el objetivo de despejar

los campos para la siembra

de la oleaginosa. Nada que ya no

esté ocurriendo hoy en la Argentina,

por supuesto, puesto que la soja

consumida hoy por la industria de la

carne de cerdo en China ya la estamos

produciendo. Con las granjas

instaladas acá, se exportará menos

soja y quizá aumente la demanda

25 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


a medida que crece la cantidad de

animales. Y en eso habrá un aumento

en las inundaciones por impermeabilización

del suelo, además de

sequías prolongadas y todo tipo de

desastres ambientales resultantes

de la actividad agrícola orientada a

proveer el forraje. Todo eso sin hablar

de la destrucción de la riqueza

del suelo —patrimonio natural único

que tenemos los argentinos— al

intensificarse la producción de la

soja, terriblemente dañina para la

fertilidad de la tierra en el mediano

plazo.

La soja es la desertificación, por

cierto, pero ese es el menor de los

males y probablemente lo padeceremos,

aunque no vengan aquí a

instalarse las mega granjas. La sola

existencia de China como potencia

industrial ya es de por sí un factor

de garantía para el avance de la

producción sojera y entonces la discusión

pasa por otro lado. Lo que se

suma al argumento ambiental utilizado

con hipocresía es el argumento

sanitario en los mismos términos.

Beijing ya comprendió que la cría de

animales en escala industrial está

en la base de la proliferación de

enfermedades. Todas las grandes

epidemias de este siglo, desde la

gripe aviar, el H1N1 (precisamente

la gripe porcina) y el propio coronavirus,

tuvieron su origen en China.

No es casualidad y Beijing lo sabe:

los enormes criaderos de animales

para el consumo humano representan

un riesgo también enorme para

la salud comunitaria. Y aunque lo

nieguen una y otra vez, detrás del

interés en deslocalizar las granjas

e instalarlas en países periféricos

como el nuestro está la preocupación

sanitaria, un peligro que China

desea erradicar a la brevedad,

transfiriendo el problema a otros.

No existen las casualidades y tampoco

la solidaridad entre países en

la geopolítica. Las potencias centrales

no deslocalizaron en su momento

a los países del sudeste de

Asia la industria que ahora quieren

recuperar para llevar el desarrollo

a Vietnam, a China, a Tailandia y a

los vecinos de la región. Las corporaciones

se instalaron allí para

explotar la mano de obra de esos

pueblos y maximizar sus ganancias

a expensas de esos pueblos, nadie

se va a industrializar jamás con

capitales ajenos. De manera análoga,

China no quiere deslocalizar su

producción primaria para generar

trabajo en Argentina. China tiene

1.400 millones de habitantes y necesita

todos los puestos de trabajo

en casa.

Aquí hay una evidente cadena

de intereses geopolíticos, en cuyo

extremo inferior estamos los países

no industrializados de América y

África. El establecimiento de las

relaciones sur-sur que condujeron

a la formación del ahora abandonado

BRICS dio una fugaz ilusión

de que la historia con los chinos iba

a ser distinta y que en el marco de

una nueva hegemonía global podía

estar nuestra segunda y definitiva

independencia, pero no es así. No

hay milagros. La naturaleza del

imperialismo no varía según el color

de la bandera visible en cada momento

y si la Argentina desea lograr

soberanía política e independencia

económica debe necesariamente

hacer su política y atender sus

propios intereses económicos,

debe hacer su propio juego. Al fin

y al cabo, todos quieren lo mismo:

gobernar el mundo. Y no hay independencia

bajo tutela. Todos los

países de África que aceptaron ser

vertederos de basura terminaron

mal. La Argentina no puede tener el

mismo fin.

26 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


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27 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


TEORÍA POLÍTICA

La ventana de Overton

ROSARIO

MEZA

La teoría de la ventana de Joseph

P. Overton es una teoría política

que describe a través de una

escala de valores o de etapas

la tolerabilidad que determinados

conceptos o ideas suscitan al

interior de una comunidad. Así, la

ventana estaría cerrada ante conceptos

considerados inaceptables,

intolerables o prohibidos moral e

incluso legalmente al interior de

esa comunidad y abierta de par en

par cuando el concepto, habiendo

atravesado los cinco estadios de

cerrazón —o apertura, como lo prefiera

el lector— alcanza un grado de

popularidad tal que tiende a resultar

intolerable o reprochable ética

e incluso legalmente el rechazo de

ese concepto por parte de la mayoría

constitutiva de la comunidad.

Esta teoría fue retomada por el periodista

ruso Evgueni Gorzhaltsan,

quien en 2014 recuperó el esquema

de la ventana de Overton para advertir

a la sociedad acerca de la capacidad

material de las élites para

instalar en la agenda mediática a

través de la ingeniería social temas

tabúes y promover la legalización de

toda clase de conductas consideradas

como aberrantes en el pasado.

De allí su célebre artículo ¿Cómo

28 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


legalizar cualquier fenómeno, desde

la eutanasia hasta el canibalismo?,

en el que sistematiza en pasos, a

modo de manual de instrucciones,

la operatoria necesaria para abrir la

ventana de Overton o acaso, la caja

de Pandora.

El primer estadio de la operatoria

consiste en plantarse frente a una

ventana cerrada y con los goznes

repletos de herrumbre y mugre con

la determinación final de lograr

abrirla. Pareciera que está cerrada

a cal y canto, empujamos y no cede.

Pensemos en el viejo Lévi-Strauss

estudiando las estructuras de

parentesco de las sociedades y

descubriendo que el más extendido

tabú de la humanidad tiende

a ser el incesto. O pensemos en

el canibalismo, uno de los temas

más aberrantes a nuestros ojos. A

ninguno de nosotros se nos ocurriría

manifestar abiertamente unas

ganas irrefrenables de fornicar con

nuestra parentela o comernos a

nuestros congéneres. Ante el caso

de sentir algo como eso, sin duda

recurriríamos a algún especialista y

nos someteríamos a toda clase de

terapias.

Entonces la primera etapa de la

ingeniería de apertura de la ventana

deberá consistir necesariamente en

trasladar el problema a esa ínfima

porción de la sociedad que se jacta

de no admitir tabúes y de moverse

plenamente por la curiosidad y la

búsqueda de la verdad, la comprensión

del universo y los mecanismos

de funcionamiento de este: la

comunidad científica.

Si deseáramos que, por ejemplo, el

canibalismo pasase a ser una práctica

naturalizada y ensalzada en los

más encumbrados círculos sociales,

lo primero que deberíamos hacer

sería financiar a través de alguna

oenegé “filantrópica” una serie de

congresos y simposios de antropólogos

o sociólogos que instalasen la

cuestión en la comunidad científica,

considerándola como una práctica

ancestral reconocida en culturas de

la antigüedad, por ejemplo. A la vez,

financiaríamos a grupos interesados

en el tema para que lo llevaran

la práctica de manera radical y estruendosa,

de forma tal de llamar la

atención de los medios masivos de

comunicación, que siempre están

atentos a la caza de toda clase de

curiosidades.

De esta manera, una vez traspasado

el límite de lo meramente “académico”,

la cultura de la repetición

haría lo propio. En la era de las

comunicaciones, las posibilidades

de replicar una acción se multiplican

por millones. Los medios masivos

de comunicación y las redes

sociales contribuyen a reproducir de

manera exponencial los presuntos

delirios de un grupo de radicales.

Por otra parte, la divulgación de

las conclusiones de los “científicos”

sobre la práctica que se desea

instalar como aceptable contribuirá

a retroalimentar la agenda mediática,

esas conclusiones serán objeto

de acalorados debates académi-

El fallecido Joseph Overton, autor de la teoría de la ventana, que describe el nivel de aceptación

de postulados políticos en un determinado tiempo o etapa del desarrollo social.

29 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


La obra ‘Saturno devorando a su hijo’, perteneciente a la serie de pinturas negras de Francisco

de Goya, representación artística del canibalismo ubicada a principios del siglo XIX.

cos, televisivos, en las redes sociales,

incluso en el nivel micro de

los bares de la esquina o la mesa

familiar. Así, la ventana, cerrada en

un comienzo, comenzará a abrirse y

quedará partida, aunque no aún en

mitades exactas, pues no habremos

llegado al nivel de aprobación del

tabú que implicaría la situación de

empate.

En este punto comenzarán a dejarse

oír esporádicamente epítetos

del orden de “intransigente” o

“fanático” dirigidos hacia aquellos

miembros de la comunidad que

aún se mostrasen abiertamente en

contra no solo de practicar el canibalismo,

por ejemplo, sino también

reticentes a aceptar que otros sí lo

practicasen de manera “natural” o a

modo de “experimento”.

La maquinaria de pensamiento

compuesta por los medios de comunicación

y las organizaciones no

gubernamentales de la élite tenderá

a divulgar un discurso pretendidamente

aséptico de subjetivemas,

limpio y en un registro lingüístico

científico que justificará que parte

de la comunidad comience a considerar

como aceptable la práctica,

por ejemplo, del canibalismo. Una

parte fundamental de ese discurso

normalizador estará destinada a

trastocar el lenguaje de manera tal

de borrar de los conceptos la carga

peyorativa que solían acarrear. Así,

por ejemplo, se instalarán eufemismos

o eslóganes destinados a

publicitar la cuestión. En vez de “canibalismo”

diremos “antropofagia”,

en vez de “perversión”, “parafilia”,

en vez de “aborto”, “interrupción

del embarazo”.

Otra parte constitutiva del discurso

normalizador consistirá en la

apelación a una tradición histórica

o mitológica, real o inventada, que

contribuirá a legitimar la práctica en

el imaginario social. De este modo,

habremos sentado las bases para la

instalación de un verdadero parteaguas

social.

En este estadio de la situación, la

ventana está abierta a la mitad. Si

deseamos abrirla del todo, hemos

de lograr que no solo la práctica sea

aceptable y sus detractores sean

vistos como individuos intransigentes

y anticuados, sino que aspiraremos

a que las máximas cúpulas

del Estado y los individuos más

reputados de la comunidad aboguen

abiertamente por la práctica

deseada.

30 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Para ello, deberemos apelar al

sentido de la “justicia” de las sociedades

posmodernas y progresistas

y en particular, de sus juventudes.

Por eso es necesario proponer la

práctica como un derecho humano

inescindible. Cuando logremos instalar

la idea común de que comer

carne humana, por ejemplo, es un

derecho, será natural que los sectores

más progresistas de la sociedad

adhieran a ese derecho e incluso

promuevan su práctica.

Nadie te obliga a comer carne

humana” —dirán los vehementes

militantes de la causa antropófaga

— “pero eso no te da autoridad para

impedirme ejercer mi derecho a

comer lo que yo desee”. Y así, todo

aquel que se opusiera al derecho a

la antropofagia —o la “antropofilia”,

llegado el caso de tal deformación

del lenguaje— ya no será visto como

un “fanático” o “intransigente” sino

abiertamente como un retrógrado,

conservador o reaccionario.

Paralelamente comenzarán a

emerger desde las entrañas de la

comunidad exponentes pioneros de

la antropofilia surgidos de las capas

más respetables de la sociedad.

“Expertos” e influencers darán a

conocer los beneficios y las propiedades

de la antropofilia en sendos

sitios de internet y programas televisivos

de segundo orden. De este

modo, el canibalismo se consolidará

como una práctica razonable,

aunque restringida al ámbito de lo

privado o a círculos de culto.

En este estadio cobran importancia

los intelectuales orgánicos

de la causa. Desde la ciencia y las

artes prestigiosos miembros de la

sociedad harán asequible al pueblo

llano la costumbre de practicar la

antropolifia, la industria del entretenimiento

la tomará como un tema

predilecto, se crearán asociaciones,

clubes, agrupaciones de difusión

del manifiesto ideológico de la

antropofilia y los adolescentes en

los recreos conversarán el tema,

fantaseando con sus primeras

incursiones en ese mundo novedoso

y excitante del consumo gourmet de

la carne humana.

Asimismo, surgirá un culto a la

figura de personajes relevantes de

la historia que habrían practicado

la antropofilia, incluso colocándolos

en el lugar de adelantados a su

época y víctimas de una sociedad

retrógrada y represora de sus impulsos

naturales de comerse a sus

iguales.

Por extensión y como resultado

de la esperable reacción de buena

parte de la sociedad ante el avance

El doctor Pedro Cahn, aquí junto a la diputada macrista Silvia Lospennato. Elevado a la

condición de sabio y eminencia en el marco de la crisis del coronavirus, el Dr. Cahn adquirió

una gran notoriedad y pasó a ser conocido por el gran público. Desde ese lugar, Cahn utiliza

el argumento cientificista para abrir ventanas y transformar en materia de sentido común lo

que antes había sido tabú. Al pararse desde la lógica de la ciencia, que es la fe moderna, Pedro

Cahn no puede ser cuestionado, aunque casi siempre lo que emite es opinión subjetiva.

31 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


de una costumbre no mucho tiempo

atrás prohibida, los militantes de la

causa se colocarán a sí mismos en

el lugar de víctimas e incomprendidos

y se granjearán la simpatía y

solidaridad de otros miembros de

la sociedad, no antropofílicos pero

sí abiertos a respetar cualesquiera

derechos que cualquier minoría se

arrogare.

Finalmente, para que la ventana

termine de abrirse de par en par

será necesario legalizar por completo

la práctica y legitimarla a

punto tal de considerarla esperable,

deseable y a sus opositores, promotores

del odio o intolerantes de las

minorías.

Para legalizar la antropofilia, o la

interrupción del embarazo, la unión

parental entre personas del mismo

sexo, el consumo de sustancias

estimulantes, la muerte asistida,

el aislamiento social preventivo y

obligatorio o cualesquiera otros

eufemismos que se desee instalar

habrá que formar una masa crítica

“de abajo hacia arriba”, es decir,

que volviendo a la vieja máxima

baudeleriana de que el mejor truco

que inventó el diablo ha sido el de

convencer al mundo de su propia

inexistencia, la última etapa de la

legitimación consiste precisamente

en hacer creer a la comunidad

que ha sido ella la que demandó la

legalización de la antropofilia, y no

al revés, que de manera pasiva y artificial

se le ha implantado esa idea.

En este juego de mímesis radica la

magia de la ingeniería social, por

ello es tan difícil desactivarla.

La proliferación de encuestas que

midan la aprobación social del

asunto, las marchas y contramarchas

callejeras, la creación de una

simbología identificativa de la minoría

antropofílica, las discusiones

entre militantes de la causa y sus

detractores serán moneda corriente

de la última etapa.

La bandera antropofílica cobrará

entonces una notoriedad masiva,

lo que ocasionará la proliferación

de repudios, que a su vez serán

repudiados por indignados periodistas

en los canales de noticias y

escrachados en las redes sociales.

“No toleramos las expresiones de

antropofobia”, escribirán los diputados

en sus cuentas de Twitter.

“Las expresiones de violencia y de

odio no tienen cabida en un estado

de derecho”.

De ese estado de candencia a

la legalización de la práctica y la

prohibición de manifestarse públicamente

en contra de ella hay solo

un paso. Más temprano que tarde,

dependiendo de las coyunturas, se

habrá logrado el objetivo. La ventana

estará abierta. Quién sabe qué

tempestades o monstruosidades

serán capaces de colarse a través

de ella.

La película de Netflix ‘Cuties’ es un buen ejemplo de cómo se da el proceso de apertura de la ventana de Overton en los medios de comunicación

para penetrar en la cultura. Netflix genera la polémica sobre el asunto de hipersexualización infantil y la pedofilia de un modo general. Y

ahí está el asunto sobre el tapete, como se fuera discutible. Todo lo discutible está a un paso de ser factible y luego de ser real.

32 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


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La hora

del deber

patriótico

ERICO

VALADARES

No es secreto para nadie y mucho

menos un elemento del

reverso de la trama el hecho

de que en la actual coyuntura

política ambos bandos en

pugna se encuentran sin conducción

explícita. De cierta forma, lo

que ocurre hoy en la Argentina es

que la política navega a la deriva al

haber sobre el escenario una enorme

masa de opinión que no sabe

muy bien qué debe opinar, o por lo

menos qué es lo que realmente persigue

como fin último. Por una parte,

desde el fin de la presidencia de

Mauricio Macri, el sector identificado

con las ideas típicas de la oligarquía

y que históricamente ha sido

definido por el peronismo como

“gorila” se encuentra en una fase de

transición que ya dura casi un año.

La derrota en las elecciones generales

de 2019 socavó profundamente

la autoridad de Macri y dejó a los

simpatizantes del proyecto político

que hoy es opositor a la espera de

una sucesión interna que en estos

34 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


primeros días de septiembre parecería

empezar a definirse. La controversia

por la quita de un punto

de coparticipación a la Ciudad de

Buenos Aires por parte del gobierno

nacional terminó por derrumbar

la falsa imagen de amistad entre

Alberto Fernández y Horacio Rodríguez

Larreta, despegando a ambos

en la percepción del electorado y

catapultando a este último hacia un

lugar destacado en el campo opositor.

Rodríguez Larreta terminó de

ponerse el traje de líder del campo

oligárquico a partir de esa controversia

y captó la atención de ese

tercio duro de la opinión pública,

posicionándose como el candidato

que en las hipotéticas elecciones

del año 2023 querrá presentarse

basándose en ese núcleo duro cuyo

peso mínimo es superior al 30%.

El jefe de gobierno de la Capital

Federal supo capitalizar la visibilidad

que Alberto Fernández le otorgó

desde los primeros días de la gestión

de la crisis por el coronavirus,

acumuló notoriedad a partir de allí

y ahora se alza con un altísimo nivel

de visibilidad, pronto a desplazar a

Macri del lugar de la conducción del

bloque oligárquico.

Por otra parte, en el campo opues-

35 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta, en uno de los tantos saludos amistosos

que tuvieron lugar entre ambos desde el inicio de la crisis del coronavirus. Al ubicarlo en el

centro de la escena y al calificarlo como un amigo, Fernández le dio a Rodríguez Larreta la

visibilidad que este necesitaba para levantar cabeza, hacerse visible a nivel nacional y poder

disputarle la conducción del campo opositor a Mauricio Macri. No son pocos los analistas

que proyectan a Rodríguez Larreta como candidato opositor en las elecciones de 2023, lo

que representa un gran peligro: el actual intendente de la Ciudad de Buenos Aires es un oligarca

de pura cepa y es infinitamente más inteligente, capaz y presente que Mauricio Macri.

Un enemigo mucho más calificado y, por lo tanto, con más capacidad de daño.

to las cosas parecerían estar lejos

de cualquier definición. Y no precisamente

por la falta de una figura

clara en el lugar de la conducción,

sino más bien por su ausencia

práctica. Desde que terminó su

presidencia en diciembre de 2015,

Cristina Fernández de Kirchner ha

optado por un silencio prudencial

durante casi todo el tiempo, salvo

durante la campaña para las elecciones

de medio término en 2017 y

de nuevo, con baja intensidad, en la

campaña siguiente, para los comicios

que dieron como ganadora la

fórmula del Frente de Todos. Cuando

no tuvo que hacer campaña, que

es la mayor parte del tiempo, Cristina

Fernández se ha recluido, limitando

su participación a expresiones

muy esporádicas y puntuales.

A cada etapa de la lucha política y

en cada una de las cuestiones que

iban surgiendo entre fines de 2015

y el presente, el tercio duro del proyecto

nacional-popular apenas ha

tenido alguna orientación de unos

cuadros medios que están a años

luz de poder suplir y menos que menos

superar a la conductora natural.

A diferencia de lo que ocurre con el

tercio duro de la idea oligárquica

de país, el campo de lo nacional

no ha tenido en los últimos cinco

años más orientación diaria que la

de los operadores en los medios de

difusión dichos “propios”, lo que

equivale a decir que ante la ausencia

de Cristina Fernández el llamado

kirchnerismo tuvo que hacerse conducir

por verdaderos mercenarios

mediáticos como Gustavo Sylvestre

y Pablo Duggan, entre otros.

Esa es una triste realidad que hoy

se traduce en una fragmentación

inaudita de aquello que parecía

indestructible hace tan solo cinco

años. Como Cristina Fernández no

hace lo que supo hacer durante su

periodo de gobierno, que es hablar

todos los días y orientar a la tropa

propia, a dicha tropa le quedan tan

solo dos opciones: la de dejarse

conducir por la estridencia de los

operadores mediáticos de los C5N y

afines o la de improvisar, esto es, la

de interpretar la realidad por cuenta

propia. Claro que ninguna tropa

del orden del 30% del electorado

se forma con librepensadores ni es

posible hacer que marchen todos en

la misma dirección sin la presencia

constante de una conducción clara

y entonces la única opción real es

la de seguir a los “comunicadores”

que día tras día predican a los gritos

en los canales y radios y hacen

correr ríos de tinta en la prensa

escrita con un nivel tan inaudito de

fanatismo irreflexivo que apenas

logran sostener la atención de los

más obsecuentes. El efecto práctico

del silencio de Cristina Fernández

desde diciembre del año 2015 es la

“conducción” de los que no pueden

conducir porque no tienen la legitimidad

para hacerlo, es decir, ninguna

conducción en absoluto.

Todo lo anteriormente descrito,

que es la ausencia de conducción

natural por parte de Cristina Fernández

y todas las consecuencias

nefastas de ello sobre la organización

y la moral de la tropa, es lo

que nadie se anima a decir porque

se trata de lo más antipático que

puede haber. El atento lector sabe

hasta intuitivamente: Cristina Fernández

no debe ser cuestionada y el

36 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


que se atreva a hacerlo será rápida

e impiadosamente lapidado al interior

del campo. El servicio brindado

por Cristina durante su presidencia

entre el 2007 y el 2015 es invaluable,

suficiente para elevarla a la

categoría de prócer. Y a los próceres

no se los cuestiona. El problema es

que esa elevación está resultando

en una derrota y en una debacle.

¿Qué es lo que ha hecho Cristina

Fernández en los último cinco años

en términos de conducción, en un

sentido de orientación de la tropa,

en el campo de lo nacional-popular?

Pues muy poco. Entre el final

de su presidencia y mediados de

2017 prácticamente no se la vio, lo

que fue correctamente interpretado

como una medida de preservación

de su imagen luego de desgastantes

ocho años de gobierno con

mucha intensidad política. Después

de las elecciones legislativas de

ese año y hasta mediados de 2019

la situación fue la misma, con la

conductora del movimiento bien

guardada, preparándose para una

batalla decisiva en las elecciones

generales. Al parecer, esa batalla

se ganó con un movimiento de la

propia Cristina que se considera

una genialidad de la estrategia política,

aunque ahora, a diez meses de

aquel triunfo electoral del Frente de

Todos que aupó a Alberto Fernández

a la primera magistratura empieza

a circular la idea de que el haber

quemado entonces las naves para

triunfar haya resultado quizá en una

victoria pírrica.

Mientras Alberto Fernández camina

con un paso errático y además

perturbado por la crisis del coronavirus,

Cristina sigue enfrascada en

el silencio que la viene caracterizando

en los últimos cinco años. Las

expectativas de que iba a retomar

el protagonismo desde el lugar de

la vicepresidencia finalmente no se

confirmaron y desde diciembre la

conductora natural del movimiento

apenas se ha expresado en escasas

ocasiones, solo en cuestiones inherentes

a su rol como presidenta del

Senado y para referirse —siempre a

través de Twitter— a la llamada rosca

judicial, a la persecución de la

que ha sido víctima desde hace mucho.

Eso es todo, Cristina Fernández

jamás dijo explícitamente qué opina

acerca de la política, de la gestión

de gobierno y del manejo de la economía

de un modo general, nunca

condujo realmente a la tropa hacia

un lugar común, el objetivo. La

conducción quedó definitivamente

en manos de los operadores mediáticos

considerados “propios”, que a

los gritos dan todos los días largas

peroratas ideológicas para intentar

suplantar la palabra de la conductora

ausente. Aunque ungido por

la propia Cristina al ser anunciado

como titular en la fórmula electoral,

el presidente Fernández aún está

muy lejos de hacerse de la autoridad

necesaria para ocupar el lugar

de la conducción. En una palabra,

se da una extrañísima situación parecida

a la acefalía, pero sin serlo,

en la que no logran conducir los que

hablan y hasta gritan todos los días,

mientras sigue en silencio la que de

hecho tiene la conducción en sus

manos. Y el resultado práctico es la

desorientación de la tropa propia,

que se fragmenta un poco más a

cada día y vuelve a batirse en escaramuzas

por las más insignificantes

razones.

¿Dónde estás, Cristina?

A mediados del año 2018, cuando

la controversia por el proyecto de

legalización del aborto amenazaba

con partir al medio un campo

nacional-popular que hasta ese

momento venía dando palos de ciego

y peleándose internamente por

cualquier motivo fútil, Cristina Fernández

hizo una fugaz y providencial

aparición pública en un foro organi-

Los famosos patios militantes, en lo que Cristina Fernández orientaba a la militancia, normalmente

luego de algún acto institucional o cadena nacional de radio y televisión. En esa

época el kirchnerismo tenía orientación permanente y marchaba entero en la misma dirección,

sin fracturas ni grietas. Al faltar esa orientación constante, empezaron las divisiones y

las luchas intestinas.

37 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Cristina Fernández, en CLACSO, poniéndole un límite al ala progresista del kirchnerismo y reordenando el campo ante el peligro de fractura

en el asunto transversal del aborto legal.

zado por el Consejo Latinoamericano

de Ciencias Sociales (CLACSO)

en Buenos Aires. Ese día, Cristina

“paró la bronca” entre sus soldados

orientando a todos con una directiva

muy sencilla: en el movimiento

hay pañuelos verdes, pero también

hay pañuelos celestes. Cristina

ordenó que reinase la tolerancia en

lo interno y a partir de allí el conflicto

entre verdes y celestes, que

era inminente y ya había registrado

escaramuzas localizadas, mutó en

una situación de tensión estable y

controlada que dura hasta los días

de hoy. He ahí el ejemplo de lo que

puede hacer un conductor natural

y es imposible para el que no tiene

ese nivel de legitimidad. Con una

pequeña cantidad de palabras en

una sola intervención pública, Cristina

Fernández logró pacificar allí

donde los demás no habían hecho

más que hacer subir el tono. Tan

solo una aparición, no fue necesario

más que eso para desarmar

una bomba atómica ideológica que

las corporaciones habían activado

para desarticular el campo nacional-popular,

dividirlo en facciones

identificadas en oposición como

“progresista” y “conservadora” y

debilitar así la resistencia al gobierno

oligárquico a solo un año de

las elecciones. Cristina vino, dio la

orden de pacificar y desarmó esa

bomba.

Cristina Fernández tiene ese poder,

se lo ha ganado en el campo

de batalla. Pero el poder de la

conducción natural, lejos de ser

un privilegio, es más bien una gran

responsabilidad. El problema de la

conducción política es que el tenerla

no depende de la voluntad del

propio conductor, esto es, uno no

llega a ser el conductor con tan solo

desear serlo y tampoco puede renunciar

a la conducción cuando ya

no la quiera. La conducción política

es una delegación del poder en la

que los muchos eligen al conductor

sin que esa elección pase necesariamente

por un proceso electoral

formal. Así, Cristina Fernández llegó

al lugar de la conducción después

de ser electa presidenta de la Nación,

llegó allí por su desempeño en

el campo de batalla de la política o

precisamente porque las políticas

públicas que aplicó desde la presidencia

representaron la voluntad

de los que hoy se denominan kirchneristas

de un modo muy genérico.

Y sigue en ese lugar aún cinco años

después de vencido su mandato

presidencial porque la conducción

no tiene que ver con las urnas ni con

cargos públicos de ninguna naturaleza,

es irrenunciable y es intransferible.

Únicamente los conducidos

por Cristina Fernández, los que la

elevaron a ese lugar, pueden bajarla

de allí. La propia Cristina no puede

hacerlo y tampoco puede subdelegar

en otro u otros la responsabilidad.

La decisión no es del conductor,

sino de los conducidos.

Por lo tanto, el problema expresado

en términos prácticos y libres de

cualquier eufemismo es que mientras

Cristina Fernández viva el tercio

duro del llamado kirchnerismo va

a querer que ocupe el lugar de la

conducción. Es por eso que no se le

puede disputar ni contestar, porque

los más quieren que ella esté allí y

38 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


nadie, ni siquiera ella misma, puede

con eso. En tanto y en cuanto Cristina

tenga la posibilidad de hablar,

sus conducidos van a esperar su

palabra para orientarse. El problema,

ahora sí, es que Cristina vive,

puede hablar y no lo hace. Cristina

Fernández es la conductora que hoy

no conduce y no permite que nadie

más lo haga, no podría permitirlo ya

que no está habilitada para hacerlo.

Solo el 30% duro del núcleo kirchnerista

puede optar por seguir a

otro dirigente y eso, como se supone,

no va a ocurrir.

El cuestionamiento necesario no

es ni podría ser, en consecuencia,

al carácter de la conducción de

Cristina Fernández de Kirchner. En

otras palabras, nadie puede ni va a

cuestionar la conducción en sí, sino

precisamente la ausencia no justificada.

El respeto de los kirchneristas

a su conductora es inmenso, tan

grande que aun en circunstancias

oscuras como las actuales nadie se

atreve a interpelar a Cristina para

exigirle que dé las orientaciones

del caso. Tiene lugar así un delirio

de hipocresía en el que algunos

simulan hacerle caso a un Alberto

Fernández absolutamente ilegítimo,

del que nadie olvida un pasado muy

reciente en el antikirchnerismo,

mientras que otros —cada vez más

numerosos— se sublevan ante el

presidente y directamente lo desconocen.

La sola exposición de

este diagnóstico es suficiente para

enfurecer a los más fanáticos o el

núcleo más duro dentro del núcleo

duro, pero es una reacción irracional.

Lo expuesto es una descripción

objetiva de la situación que independe

de opiniones o expresiones

de deseo. La verdad es una sola y

está a la vista: Cristina está ausente

de la conducción de un movimiento

muy heterogéneo y no se expresa

políticamente ni siquiera para

respaldar las políticas del gobierno

cuyo jefe teórico fue elegido por ella

misma. Alberto Fernández gobierna

en medio a una crisis sin precedentes,

toma decisiones e implementa

políticas públicas; el tercio duro del

kirchnerismo observa sin tener de

parte de su conductora natural la

confirmación de que eso está bien,

pero tampoco ninguna señal de

que esté mal. Nada. Cristina viene

obligando a los suyos a tener criterio

propio.

¿Por qué?

Y el criterio propio no suele ser

compatible con la naturaleza de

la organización política para la

lucha. Invirtiendo la máxima de

Carl von Clausewitz, puede decirse

con mucha certeza que la política

es la continuación de la guerra por

otros medios allí donde existe una

lucha encarnizada por la riqueza

en una sociedad. No se definen en

la política cuestiones menores, no

es una discusión en la que nadie

entre dispuesto a ser derrotado. Es

en efecto una guerra total en la que

solo existe lugar para la organización

de la mayor cantidad posible

de individuos, todos tirando para

el mismo lado. Si en un grupo que

se quiere involucrado en la lucha

el rumbo se definirá por el criterio

subjetivo propio de cada individuo,

entonces habrá derrota asegurada

para esa parcialidad. Cuando se

trata de determinar el fin último y

los contenidos de un proyecto político

para la victoria lo que debe haber

es conducción firme y disciplina de

la tropa, cosas que hoy están escaseando.

Si Cristina Fernández no conduce

de la forma que supo hacer en la

época de las cadenas nacionales y

los famosos patios militantes, con

A fuerza de gritos, peroratas ideológicas y un alto nivel de culto a su propia personalidad,

Gustavo Sylvestre intentó suplir la ausencia de la conducción desde el estudio de un

canal de televisión, pero lo único que logró fue fragmentar aún más el campo al construir

un discurso apto solamente para los más obsecuentes. Sylvestre es muy criticado por su

comportamiento y su amarillismo, su renuencia a discutir los datos de la realidad para hacer

avanzar al gobierno, pero no le entran balas: sigue haciéndose el distraído y hablando para

el sector más fanático, sin contribuir al debate interno necesario.

39 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


una presencia orientadora constante

y una narrativa plena de coherencia

interna, la consecuencia natural

es el desbande. Alguien supo decir

que el kirchnerista promedio no

existe sin conducción, pero eso es

maledicente e incorrecto. En realidad,

ningún grupo en la política

existe sin su debida conducción y

por las razones antes enumeradas.

La política como lucha por el poder

en el Estado y el fin de administrar

de una o de otra manera la riqueza

en una sociedad no es apta para

inorgánicos, simplemente porque

así no es posible triunfar. El kirchnerismo

como parcialidad política es

una tropa clásica en la continuación

política de la guerra, es decir, se

trata de un partido absolutamente

orgánico y diseñado para triunfar,

no para fracasar como los trotskistas,

los anarquistas, la izquierda

en general u otros donde cada uno

hace lo que quiere y luego se asumen

todas las consecuencias de la

derrota como si se tratara de una

fatalidad. He ahí todo: el kirchnerista

sin conducción es un trotskista,

es un militante de izquierda condenado

al fracaso eterno e incluso con

similar ideología. ¿Por qué? Porque

pierde la organicidad, que es su

mayor fortaleza.

Entonces la organicidad del tercio

duro llamado kirchnerista se va a

perder paulatinamente a medida

que la conducción se omita y no

conduzca como acostumbraba a

hacer. Y, en consecuencia, el kirchnerismo

se verá y ya se está viendo

cada vez más parecido al trotskismo,

con sus militantes y simpatizantes

enroscados en asuntos que

Ilustración de portada de la edición en italiano del clásico ‘De la guerra’, obra de Carl von

Clausewitz. Este militar prusiano es el autor de la definición que coloca la guerra como

continuación de la política por distintos medios. La definición de von Clausewitz es correcta

incluso si puesta al revés: la política como continuación de la guerra por medios no bélicos

es una evidencia insoslayable.

nada tienen que ver con la finalidad

última del proyecto político, simplemente

porque al no ser orientados

van por la vida agarrando todas las

banderas, pañuelos y consignas

que vayan apareciendo por el camino.

Como todos piensan distinto

hacia el interior de la parcialidad, lo

que va a ocurrir finalmente es que

algunos van a optar por una bandera

y otros optarán por otra, lo mismo

con los pañuelos y las consignas, de

modo que terminarán peleándose

internamente por asuntos que no

hacen al proyecto político que los

convoca y se dispersarán fatalmente.

Eso fue lo que estuvo a punto de

pasar en la delirante guerra entre

celestes y verdes en el año 2018,

hasta que Cristina se apersonó para

ordenar y salvó la escisión.

Ahora bien, la conclusión está a

la vista. Cristina Fernández debe

aparecer ya para reordenar el campo,

porque en este momento una

parte de los suyos simula seguir a

Alberto Fernández, otra pone el oído

en los operadores mediáticos y su

narrativa precaria, llena de incoherencias,

otros más se pliegan a la

miríada de agrupaciones y algunos

ya directamente se sublevaron. Hay

una fragmentación en el campo, es

importante y sigue empeorando.

Cristina Fernández debería aparecer

para cumplir el deber patriótico de

impedir que su parcialidad quiebre

y les entregue en una bandeja de

plata el poder político en el Estado

a los del bando opuesto, que es el

bando del proyecto oligárquico. Ese

deber patriótico es el de establecer

otra vez los lineamientos centrales

del proyecto político nacional-popular

y, básicamente, decirles a los

suyos lo siguiente: “Miren, nosotros

militamos esto y nada más que

esto. Vamos a discutir la riqueza

del país, porque ahora mismo la

oligarquía se la está llevando entera

mientras el pueblo argentino se

40 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


hunde en la miseria, en la pobreza y

sufre”. El deber patriótico es con el

pueblo argentino, al que el kirchnerismo

declara defender.

Existe una infinidad de hipótesis

por las que Cristina Fernández no

aparece para orientar de una vez al

tercio duro del kirchnerismo, hipótesis

que van desde un cierto pacto

hegemónico cuyo objetivo sería la

alternancia controlada excluyendo

al tercero en discordia hasta un

plan a mediano plazo de construir

otra vez a partir de un fracaso de

Alberto Fernández. Ninguna de esas

hipótesis tiene evidencias para

corroborarse y circulan más bien en

los sótanos de la política, no están

realmente a la luz del día y a la vista

de todos. La que sí anda dando

vueltas hace rato y encontró eco en

la voz de uno de los que realmente

saben qué pasa es la hipótesis

ya bien conocida de la extorsión

judicial, según la que Cristina Fernández

no puede aparecer y debe

permitir que Alberto Fernández —

quien le habría sido impuesto como

candidato titular al efecto— haga

a sus anchas porque pesa sobre

ella y/o sobre su familia una seria

extorsión. “Si habla, la meten presa

a ella, a Florencia o a ambas”, se ha

escuchado decir a más de uno, sin

la argumentación necesaria para

empezar a juzgar el valor de verdad

de la proposición.

Esa argumentación no se había

mostrado abiertamente hasta la

última semana del mes de agosto,

cuando el exministro de Planificación

de la década ganada Julio de

Vido la puso en palabras durante

una entrevista a Radio Cooperativa.

Allí De Vido dijo, palabras más o

menos, que la notable y prolongada

ausencia de Cristina Fernández en

el lugar de la conducción se debe a

una extorsión judicial y, a partir de

eso, todo el panorama empieza a

aclararse donde antes había la más

Mezclados y confundidos. Ante la ausencia orientadora de la conducción, a cierto sector del

kirchnerismo le pareció válido sentarse en una misma mesa con la “izquierda” antiperonista

nucleada en el trotskismo en ocasión del intento malogrado de aprobación de la ley de

aborto legal en el año 2018. Allí se vio que sin una conducción peronista, la actual militancia

tiende a correrse hacia uno de los extremos y a mimetizarse con los que están en ese

lugar y han sido enemigos históricos del peronismo desde la Unión Democrática de Braden

en adelante.

absoluta oscuridad. Sin medias

tintas, Julio de Vido puso las cartas

sobre la mesa en su entrevista con

la radio: “Cristina evidentemente

conduce el peronismo con alguna

falencia en la comunicación con los

compañeros, pero claramente es

la conductora política de los peronistas.

Estamos en un momento

de duda, de situaciones de crisis

producto de que ella no tiene el

nivel de explicitación de su política

tal vez por el nivel de presión que

tiene por la persecución que está

sufriendo. La presión existe”. He ahí

todo. La conductora del peronismo

no puede conducir abiertamente,

no puede orientar la tropa como se

supone que debería, porque está

condicionada y es víctima de una

persecución, que es una extorsión

judicial. Cristina Fernández debe

callar para evitar que caiga sobre

ella y sobre su familia el peso brutal

de la vendetta de un poder fáctico,

que es el de los jueces y fiscales en

corporación estilo medieval.

De Vido dijo aquello que nadie

quería decir y que, sin embargo,

debería estar rozando el sentido

común si la cuestión se piensa bien.

En los dominios de ese sentido

común existe la idea de que para

los problemas más complicados la

respuesta correcta normalmente es

la más sencilla y entonces, a partir

de las palabras de Julio de Vido, se

concluye simplemente que Cristina

Fernández sigue “guardada” y “no

tiene el nivel de explicitación de su

política tal vez por el nivel de presión

que tiene por la persecución

41 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


que está sufriendo”, esto es, que no

habla y no conduce explícitamente

a la tropa porque hay una extorsión

judicial impidiéndolo. ¿Qué otra

motivación podría tener? ¿Por qué

no habría, luego de tantos años

de servicio al pueblo argentino,

de cumplir su deber patriótico en

esta hora tan oscura del país?

Suponer que Cristina se omite por

algún cálculo personal sobre el

fracaso de Alberto Fernández o por

haber suscrito una suerte de pacto

hegemónico sería desconocer el

historial y el carácter verdadero

de esta conductora. Claro que la

posibilidad de que alguna de esas

hipótesis sea más o menos cierta

existe, todo es posible, aunque

sigue siendo improbable que después

de haber dado tanto Cristina

Fernández pase a ocuparse de la

especulación o se meta en pactos

oscuros que empañarían su brillante

trayectoria. Es muy improbable,

como se ve. Y entonces la hipótesis

de la persecución judicial como una

extorsión expuesta por Julio de Vido

crece en importancia. Es, ahora sí,

muy probable que el poder real haya

desarrollado al fin esa bala de plata

para detener a un enemigo.

Sea como fuere, no lo sabremos

ahora. Si existe tal extorsión por

parte de quienes tienen el poder de

imponerle a Cristina un castigo para

ella intolerable, entonces la propia

Cristina no podrá denunciar la situación

sin que eso implique en que

dicho castigo se haga efectivo. Más

allá de que otros dirigentes díscolos

se animen a decirlo hasta que tome

estado público la cosa, no lo sabremos

a ciencia cierta hasta Cristina

Fernández en persona lo revele. Y si

lo hace, será porque el peligro ha

pasado. No se trata de eso, sino de

poner en evidencia lo esencial: sin

cuidado de la situación personal del

conductor, su obligación no cesa. El

deber patriótico de Cristina Fernández

de Kirchner es el de tomar en

sus manos la conducción de la política

y liderar el proceso hasta que

la Argentina pueda dejar atrás su

hora más oscura. Eso no cambia, la

responsabilidad del conductor, además

de ser irrenunciable e intransferible,

es invariable. No depende

de circunstancias ni acepta excusas,

aunque las amenazas a familiares

—todo un clásico en la política

argentina— ciertamente son atendibles

puesto que ya afectan más allá

de los límites de uno mismo y hasta

otros que no tienen ninguna responsabilidad

en el asunto. El deber

patriótico está y también está el

enemigo, ahora queriendo hacerse

representar por la pura sangre de la

oligarquía como Horacio Rodríguez

Larreta, quien gracias a Alberto

Fernández se ubicó en el escenario

con éxito, desplazó a Sergio Massa

y ahora espera del otro lado con una

capacidad intelectual infinitamente

superior a la de Mauricio Macri. El

deber patriótico es el de derrotarlo y

no permitir que vuelvan nunca más,

porque la Argentina quizá ya no

resista tanto maltrato.

Cristina Fernández, llegando una vez más a tribunales para afrontar la persecución judicial a la que viene siendo sometida hace ya varios

años. La hipótesis de un apriete y una extorsión judicial contra la propia Cristina y su familia tomó relevancia al ser expuesta abiertamente

por Julio de Vido en los últimos días.

42 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


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43 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


HISTORIA + GEOGRAFÍA = GEOPOLÍTICA

La diplomacia inglesa: resorte

oculto de nuestra historia

La diplomacia inglesa es el

instrumento ejecutivo que, en

sus relaciones con el extranjero,

tiene la necesidad de

expansión y la voluntad de

dominio del imperio de la Gran Bretaña.

Donde hay un pequeño interés

presente o futuro, la diplomacia

inglesa tiende sus redes invisibles

de conocimiento, de sondeo, de

preparación o de incautación.

La acción de la diplomacia inglesa

está generalmente imantada en

un sentido favorable al lucro de las

compañías inglesas, pero no soldada

a sus minúsculos problemas de

codicia o de sordidez ocasional. La

diplomacia inglesa no descuida lo

pequeño y circunstancial, pero vela

ante todo por la grandeza permanente

del imperio en que todo lo británico

halla amparo. Más influencia

y territorios conquistó Inglaterra con

su diplomacia que con sus tropas o

sus flotas. Nosotros mismos, argentinos,

somos un ejemplo irrefutable

y doloroso. Supimos rechazar sus

regimientos invasores, pero no

supimos resistir a la penetración

económica y a su disgregación

44 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


diplomática.

Las hazañas de la diplomacia

inglesa en el mundo son innumerables.

Su relato constituiría la mejor

lección que se puede proporcionar

a un pueblo desaprensivo como el

nuestro.

La historia contemporánea es en

gran parte la historia de las acciones

originadas por la diplomacia

inglesa. Ella está seccionando,

instigando rivalidad, suscitando

recelos entre iguales, socavando a

sus rivales posibles, aunando a los

débiles contra los fuertes eventuales,

en una palabra, recomponiendo

constantemente la estabilidad y la

solidez de su supremacía.

La diplomacia inglesa no reconoce

amigos ni la cohíben los agradecimientos

naturales. Quien se apoye

en ella para medrar pagará muy

caro el apoyo. Bernardino Rivadavia

fue un prócer que en nuestra tierra

facilitó en mucho la tarea diplomática

de Inglaterra. Cuando Rivadavia

vio al final de su presidencia que la

compulsión inglesa lo había arrastrado

hasta la más terrible impopularidad

y se sintió precipitar al vacío

irremediablemente, aprovechó las

últimas energías para vengarse, e

instruir al país en los peligros de la

diplomacia inglesa. La diplomacia

inglesa no lo perdonó nunca y fue

implacable con él. El 15 de julio de

1827 lord Ponsomby escribía a Canning:

“Los diarios propagados por el

señor Rivadavia difamaban constantemente

a la legación de S. M.,

insinuando contra ella las peores

sospechas y describiendo sus actos

como dirigidos a acarrear deshonor

y agravio a la República.”

En realidad, Rivadavia solo trataba

de disculparse a sí mismo mostrando

que la paz firmada con el Brasil,

que el país consideraba deshonrosa,

era impuesta por la diplomacia

inglesa. Poco después, el 20 de

julio de 1827, Ponsomby escribía a

Canning: “Confío en que esta aparente

prevención contra Inglaterra

cesará cuando la influencia y el

ejemplo del señor Rivadavia sean

completamente extinguidos”.

Cinco días después, Rivadavia

renunciaba a la presidencia y se

disolvía para siempre en el silencio

histórico. No se conocen papeles

posteriores a su presidencia. ¿No

quiso reivindicarse ante la posteridad?

¿No escribió sus memorias?

No lo sabemos. Vivió aislado en el

anónimo. Cuando quiso actuar se

lo desterró. Estuvo en la Isla de las

Ratas frente a Montevideo. De allí

lo exilaron a Santa Catalina, pequeña

isla del sur del Brasil. Más

tarde se refugió en Río de Janeiro,

después en Cádiz, donde murió

‘Política británica en el Río de la Plata’, obra esencial de Raúl Scalabrini Ortiz para comprender

cómo nuestro país dejó de ser una colonia española y pasó a ser una semicolonia

británica por la brillante acción de la diplomacia de los súbditos de la reina.

45 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Bernardino Rivadavia optó por entrar en relaciones carnales con los ingleses, haciendo aquí

el juego de los intereses de la corona británica. Más tarde, los ingleses “le soltaron la mano”

a Rivadavia y lo destruyeron al terminar con su carrera política y condenarlo a una muerte

en el más absoluto anonimato. Inglaterra fue Roma en el siglo XIX y, como se sabe, Roma no

paga traidores. La naturaleza del imperialismo es invariable a lo largo de la historia.

olvidado a los 65 años de edad el 2

de septiembre de 1845. ¡Había sido

aniquilado!

Las normas habituales de caballerosidad

no amilanan a la

diplomacia inglesa. Ella va a su

fin por cualquier atajo. Acaba de

publicarse un libro de laudes a lord

Strangford, que según el señor Ruiz

Guiñazú resultaría otro de nuestros

benefactores. Lord Strangford era

representante de Inglaterra ante la

Corte de Portugal. Una anécdota

bastará para filiar la calidad de su

moral. La traducimos literalmente

de la Historia do Brasil, del escritor

brasilero João Ribeiro: “Cuando

Napoleón decretó el bloqueo continental

contra Inglaterra, Portugal se

alió a los ingleses. En marcha forzada

a través de España, las tropas

francesas penetraron en Portugal.

El rey, llorando en secreto, aceptó

el consejo del ministro inglés lord

Strangford y decidió huir al Brasil

con su corte. Tradiciones que indirectamente

remontan a Tomás

Antonio de Vila Nova refieren que

la noche del 28 de noviembre, lord

Strangford fue a bordo de la nave

Medusa y entró a proponer condiciones

interesadas e insoportables

en base de las cuales, únicamente,

el comandante inglés del bloqueo,

Sidney Smith, consentiría en la salida

de la corte portuguesa para el

Brasil. Una de esas condiciones era

la apertura de los puertos del Brasil

a la concurrencia libre y reservada

de Inglaterra marcándole, desde

luego, una tarifa de derechos insignificante

y, además, que uno de los

puertos del Brasil fuese entregado

a Inglaterra”. Esta deslealtad al

aliado en desgracia, este aprovechamiento

de una situación crítica,

de la que son beneficiarios y consejeros,

para obtener beneficios aún

mayores, es de una impiedad tan

impudente que ni siquiera se puede

comentar. La dejamos para enseñanza

en su desnudez esquemática.

El arma más terrible que la diplomacia

inglesa blande para dominar

los pueblos es el soborno. Así se

inició su grandeza y han sido fieles

a la tradición. En la documentada

biografía de María Estuardo, Stefan

Zweig nos cuenta con frases

descarnadas los métodos de la

gran Isabel de Inglaterra. “Más de

200.000 libras ha sacrificado ya

Isabel, tan parsimoniosa en general,

para arrancar a Escocia, por medio

de sublevaciones y campañas

bélicas, del poder de los católicos

Estuardos, y aun después de una

46 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


paz solemnemente concertada,

una gran parte de los súbditos de

María Estuardo está secretamente

a sueldo de la reina extranjera. Pero

Isabel desea algo más que una pura

protesta contra la nueva pareja real.

Quiere una rebelión y así lo solicita

del descontento Hamilton el severo

encargo de no comprometerla a

ella misma, ‘in the most secret way’,

según sus palabras, por el conducto

más secreto, confía a uno de sus

agentes la comisión de apoyar a los

lores con tropas y dinero, como si lo

hiciera por su cuenta y nada supiera

de ello la reina inglesa. Ni el secretario

íntimo de María Estuardo se

mostró capaz de resistir el contagio

de la enfermedad epidémica de la

corte escocesa: el soborno de Inglaterra

y la reina tuvo que despedirlo

de su servicio”.

Desde aquellas lejanas épocas, los

métodos ingleses persisten perfeccionados.

Son idénticos en la India,

en Persia, en Egipto y en la República

Argentina. Por eso Inglaterra es,

ante todo, enemiga de los valores

morales que se obstinan en servir

al pueblo en que nacieron. Por eso

Inglaterra, que indudablemente vio

la maniobra preparatoria del 6 de

septiembre, colaboró gustosa con

su silencio y quizá con alguna complicidad

menos inerte, a la caída

del presidente Yrigoyen. Inglaterra

no teme a los hombres inteligentes.

Teme a los dirigentes probos.

Una de las características más

temibles de la diplomacia inglesa,

porque dificulta enormemente el

inducir en qué dirección está trabajando,

es la de operar a largo plazo.

Asombra conocer los planes ingleses

trazados a principio del siglo

pasado y comprobar la meticulosidad

con que se han llevado a cabo.

Lord Liverpool decía en 1824,

refiriéndose a la América Hispana:

“El mayor y favorito objeto de la

política británica durante un plazo

quizá mayor de cuatro siglos debe

ser el de crear y estimular nuestra

navegación y el de establecer

bases seguras para nuestro poder

marítimo”. Esta idea central era

glosada y aplicada por Canning: “La

disposición de los nuevos estados

americanos es altamente favorable

para Inglaterra. Si nosotros sacamos

ventaja de esta disposición

podremos establecer por medio

de nuestra influencia en ellos un

eficiente contrapeso contra los

poderes combinados de Estados

Unidos y de Francia, con quienes

tarde o temprano tendremos contienda.

No dejemos, pues, perder la

dorada oportunidad. Puede ser que

no dure mucho tiempo la ocasión de

oponer una poderosa barrera a la

influencia de Estados Unidos. Pero

si vacilamos en actuar, todos los

nuevos estados serán conducidos a

concluir que nosotros rechazamos

sus amistades mutuas por principio,

como un peligroso y revolucionario

carácter”.

Crear bases marítimas, instigar a

unos estados contra otros, mantenerlos

en mutuos recelos, impedir la

unión de las dos fracciones continentales,

la América del Norte y la

América del Sur, tal es justamente

la obra perniciosa desarrollada en

Retrato del lord John Ponsonby, el diplomático británico artífice del capítulo de nuestra

secesión territorial que luego fue la independencia de la Banda Oriental, actual Uruguay. Un

auténtico zorro de la diplomacia y enorme defensor de los intereses de la corona británica en

cada uno de los puestos diplomáticos que le fueron asignados.

47 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


silencio por Inglaterra.

Su resultado más visible es el collar

de bases marítimas que rodea

a América. Las Malvinas, que son

actualmente una estación naval

de primer orden, construida especialmente

para la defensa de los

intereses británicos en Sud América,

según los términos textuales de

la Conferencia Naval de Singapur,

realizada en 1932. Las Malvinas

en el Sud. Las islas de Trinidad,

San Vicente, Barbados, Jamaica,

Bahamas y Bermudas en el Centro

y en Norte de la América, además

de las posesiones continentales

de Guayanas y de la Hondura Británica.

Con cuánta razón escribía

Canning a Granville, poco después

del reconocimiento de los nuevos

estados americanos, en 1825: “Los

hechos están ejecutados, la cuña

está impelida. Hispanoamérica es

libre y si nosotros sentamos rectamente

nuestros negocios ella será

inglesa”.

Si no tenemos presente la compulsión

constante y astuta con que

la diplomacia inglesa lleva a estos

pueblos a los destinos prefijados

en sus planes y los mantiene en

ellos, las historias americanas y sus

fenómenos sociales son narraciones

absurdas en que los acontecimientos

más graves explotan sin

antecedentes y concluyen sin consecuencia.

En ellas actúan arcángeles

o demonios, pero no hombres.

En su apreciable libro Glanz und

Elend Südamerikas, el observador

alemán Kasimir Edschmidt sintetiza

de esta manera sus impresiones

personales: “Nada es durable en

este continente. Cuando tienen

dictaduras quieren democracias.

Cuando tienen democracia buscan

dictaduras. Trabajan para imponer

un orden, articularse, organizarse

George Canning, otro demonio de la diplomacia inglesa. Luego de intervenir en el sabotaje

contra España mediante el apoyo a los procesos de independencia en América Hispana —

procesos de recolonización, porque al salir los españoles entraron los ingleses en el rol de

potencia dominante— con mucho éxito, Canning llegó a ser primer ministro pocas semanas

antes de morir.

y configurarse, pero en definitiva,

vuelven a combatir entre ellos. No

pueden soportar a nadie sobre

ellos. Si hubieran tenido un Cristo o

un Napoleón lo hubieran aniquilado”.

La observación puede ser exacta,

pero la explicación causal es

desacertada. No se trata de un

continente histérico. Se trata de un

continente sistemáticamente desorganizado

por las intrigas de la diplomacia

que a toda costa quieren

doblegarlo y anularlo. Se trata de un

continente sostenido por tan altas

miras y por una idea tan noble, que

no desmaya en la obra de reconstruir

los caminos que lo conducen

al cumplimiento de su presentida

misión. A la tenacidad destructiva

de las codicias extranjeras, América

opone con terquedad irreductible

una confianza en sí misma inquebrantable.

Los historiadores oficiales se ven

en figurillas para dar una explicación

razonable de sucesos que

están cronológicamente concatenados,

pero que sin la mención de las

intrigas extranjeras son deshilvanados

e inexplicables. No hablamos

de esos textos plagados de fraudulencias

con que los señores Levene

y Vedia y Mitre envenenan la mentalidad

tierna de los adolescentes.

Tomemos un libro que debía llenar

todos los requisitos de seriedad y

fidelidad. Es un libro escrito por un

militar para uso de militares. Es La

Guerra del Paraguay del Teniente

Coronel Juan Beverina. Según el

comandante Beverina, la República

Oriental del Uruguay es libre nada

más que porque nos cansamos de

defenderla. Oigamos esta monstruosidad.

“La severa lección dada

al imperio de Brasil en Ituzaingó, 20

de febrero de 1827, lo alejaba momentáneamente

de la Provincia Cisplatina.

Pero el gobierno argentino

que, cansado de tanta lucha, quería

48 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


El actual Banco Central de la República Argentina (BCRA), que fue fundado en 1935, en plena década infame y durante el mandato de Agustín

P. Justo, pero que tiene sus orígenes en el prototipo de banco central creado aquí por ingleses para la emisión discrecional de moneda y

para la gestión de créditos ficticios orientados a consolidar la dominación británica en nuestro país.

la paz y la tranquilidad a todo trance,

no trepidaba, un año más tarde,

en conceder a la Banda Oriental su

independencia”. ¡Un país que se

cansa de defender sus fronteras!

Este es el tipo de enseñanza que se

imparte a nuestros oficiales.

La historia oficial argentina es una

obra de imaginación en que los hechos

han sido consciente y deliberadamente

deformados, falseados y

concatenados de acuerdo a un plan

preconcebido que tiende a disimular

la obra de intriga cumplida por

la diplomacia inglesa, promotora

subterránea de los principales

acontecimientos ocurridos en este

continente.

La política inglesa que se caracteriza

en la historia universal contemporánea

por su egoísmo tenaz y por

su habilidad implacable, se presenta

ante nosotros, en los textos

oficiales, animada por sentimientos

tan inmaculadamente desinteresados

que son más propios de santos

que de seres humanos.

La historia que nos enseñaron

desde pequeños, la historia que nos

inculcaron como una verdad que

ya no se analiza, presupone que el

territorio argentino flotaba beatíficamente

en el seno de una materia

angélica. No nos rodeaban ni avideces

ni codicias extrañas. Todo lo

malo que sucedía entre nosotros,

entre nosotros mismos se engendraba.

Los procesos de absorción

que ocurrieron en todas las épocas,

del más pequeño por el más fuerte,

del menos dotado por el más inteligente,

no ocurrieron entre nosotros,

de acuerdo a la historia oficial. Las

luchas diplomáticas y sus arterías

estuvieron ausentes de nuestras

contiendas. Solo tuvimos amigos en

el orden internacional extra americano.

Los conductores de más garra

y de menos pudicia, los constructores

de los imperios más grandes

de que haya noticia, se amansaban

milagrosamente en nuestra contigüidad

y se avenían a trabajar sin

retribución por nuestro propio bien.

Canning fue nuestro amigo desinteresado.

Palmerston y Guizot, también.

Disraeü y Gladstone, nuestros

protectores, casi. Las tentativas de

conquista de 1806 y 1807 fueron

errores de algunos marinos y guerreros

que, al fin, nos fueron útiles

al difundir ideas de libertad.

Muy del gusto de los ingleses es,

por ejemplo, la interpretación que

con aire solemne hace de nuestra

historia José Ingenieros, quien trata

de resumir los conflictos argentinos

como el resultado de la lucha de

dos intereses domésticos: el latifundista

y el porteño aduanero. ¿Es

que no hay un tercer factor obrando

en la disidencia, por lo menos?

49 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


¡Qué fácil es, en cambio, la historia

argentina, en la franqueza simplota

de Alberdi, cuando este confiesa

que la invasión que Lavalle llevó en

1840 contra don Juan Manuel de

Rosas, se hizo con dinero francés!

El dinero francés fue lo importante,

lo demás, lo secundario. Textualmente

dice Alberdi en sus Escritos

Póstumos: “Cuando los fondos

estuvieron listos y la opinión preparada,

el ejército se formó en un día”.

Para eludir la responsabilidad de

los verdaderos instigadores, la historia

argentina adopta ese aire de

ficción en que los protagonistas se

mueven sin relación con las duras

realidades de esta vida. Las revoluciones

se explican como simples

explosiones pasionales y ocurren

sin que nadie provea fondos, vituallas,

municiones, armas, equipajes.

El dinero no está presente en ellas,

porque rastreando las huellas del

dinero se puede llegar a descubrir a

los principales movilizadores revolucionarios.

Una historia construida con tales

aberraciones es un magnífico retablo

para formar el ámbito de ese

ídolo insaciable que se denomina

capital extranjero. Esa historia es

la mayor inhibición que pesa sobre

nosotros. La reconstrucción de la

historia argentina es, por eso, urgencia

ineludible e impostergable.

Esta nueva historia nos mostrará

que los llamados “capitales invertidos”

no son más que el producto

de la riqueza y del trabajo argentinos

contabilizados a favor de Gran

Bretaña.

Cuando hablamos de textos oficiales

nos referimos a los textos habituales

en los colegios nacionales y

en las escuelas normales, porque

son ellos los que difunden un conocimiento

que se asienta, finalmente,

como sentimiento en las clases

intelectuales dirigentes del país.

A modo de ejemplo y para que el

lector pueda luego deducir toda la

culpable irrealidad de la historia

argentina, en que la acción de la

diplomacia inglesa ha sido disimulada

o borrada por completo, vamos

a analizar tres puntos básicos del

decenio 1820-1830, que precede a

la aparición de Rosas en el escenario

público y que tantas semejanzas

tiene con el decenio 1930-1940.

En el transcurso de esos años, los

ingleses crean un banco emisor

para manejar discrecionalmente la

economía de las Provincias Unidas,

muy semejante en facultades y

propósitos al actual Banco Central

de la República. Nos endosan

un empréstito ficticio con el que

encadenan las finanzas locales y

se aseguran bases comerciales y

militares, seccionando a su entera

voluntad el territorio del virreinato.

La historia del primer empréstito

argentino, la historia del Banco Nacional

y la historia de la creación de

la República Oriental del Uruguay,

nos revelarán documentalmente

algunas de las acciones nefastas

para la salud colectiva acometidas

por la diplomacia inglesa en el Río

de la Plata.

Raúl Scalabrini Ortiz

Política británica en el

Río de la Plata (1940)

50 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


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51 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


OPINIÓN

El enigma de Berni

ERICO

VALADARES

Dicen los expertos que ganar

elecciones es una cuestión de

saber representar ideas actuales

y de ser bien conocido

por el electorado. Y poco más

que eso. Incluso la falta de recursos

para llevar a cabo una campaña

puede superarse —o esos recursos

pueden aparecer sobre la marcha,

que es más o menos lo mismo— si el

candidato principal de una lista es

muy conocido y a la vez representa

las ideas vigentes en la conciencia

de una significativa proporción de

electores del distrito en cuestión.

He ahí la verdad no relativa de que

es muy bueno y también muy difícil

para cualquier candidato sostener

un alto nivel de imagen positiva y

entonces, en su defecto, es preciso

hacerse primero de mucha imagen

negativa. Hasta la valoración negativa

es mejor para un candidato que

ninguna valoración en absoluto, por

la prosaica razón de que el elector

muchas veces vota por el que considera

malo, pero nunca por el que no

conoce. Lo realmente imposible es

ganar elecciones sin ser famoso.

He ahí que en elecciones incluso la

mala fama es más útil que el anonimato,

lo que puede corroborarse

con mil ejemplos. Salvo en aquellas

ocasiones en las que se da el “efecto

Le Pen” y se forma un consenso

social contra el candidato, que son

por otra parte muy poco frecuentes,

un individuo considerado malo puede

perfectamente resultar electo si

el conocimiento de su figura por la

generalidad es alto. Y aún el “efecto

Le Pen” podría no ser un obstáculo

52 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


en determinadas circunstancias:

de no haber existido el ballotage

o segunda vuelta en nuestro país,

Carlos Menem habría resultado

electo presidente de la Nación por

tercera vez en el año 2003, aunque

el 75% del electorado lo rechazaba

de plano. En esas elecciones el

desconocido era Néstor Kirchner,

quien terminó siendo consagrado

al retirarse Menem de la contienda

para evitar una avalancha en su

contra, o el ya mentado “efecto Le

Pen”. Las circunstancias políticas

del 2003 eran por cierto muy especiales:

había una profunda crisis política

desde el estallido de diciembre

del 2001 y en las elecciones de

aquel año pudo verse claramente la

representación de la profundidad

de dicha crisis en la inmensa fragmentación

del escenario. Se presentaron

en total 18 candidatos a

la presidencia de la Nación, siendo

que 10 de ellos no pudieron superar

el 1% de los votos y otros tres

(Leopoldo Moreau, Patricia Walsh

y Alfredo Bravo) oscilaron entre el

1% el 2% de la voluntad popular

expresada en las urnas. De los 18

en carrera, solo cinco competían en

serio: el propio Carlos Menem, Néstor

Kirchner, Ricardo López Murphy,

Adolfo Rodríguez Saá y Elisa Carrió,

estos dos últimos aún sin contar

con todo el nivel de notoriedad que

tienen en el presente. La hazaña de

Néstor Kirchner, por lo tanto, solo

sería posible en un escenario así

de delirante. Y aun así, véase bien,

el 25% del electorado optó por el

“malo” de la película y el desconocido

Kirchner solo pudo resultar

electo finalmente por el “efecto Le

Pen” que resultó en el abandono de

Menem.

Pero hay otras circunstancias en

las que el “malo” puede ganar tan

solo por tener un alto nivel de conocimiento

por parte de los electores.

En las elecciones que no tienen

ballotage como las de medio término

o legislativas, por ejemplo. Aquí

directamente la imagen negativa es

irrelevante puesto que no se realiza

ninguna segunda vuelta para definir

mayorías absolutas y, además,

como en cualquier elección, no existe

la hipotética modalidad de voto

en contra, en la que el elector podría

teóricamente tachar al “malo”

y restarle votos. Entonces desde

el punto de vista de un candidato,

ganar unas elecciones legislativas

y hacer entrar al parlamento una

buena cantidad de legisladores en

su estela será solo una cuestión de

representar las ideas de una parte

importante del electorado y, fundamentalmente,

de ser reconocido por

la mayoría, incluso por la contra,

esto es, por los que rechazan al candidato

y no le darían jamás el voto,

como veremos más adelante.

Por eso el asunto es que, para

ganar, no es suficiente con solo

ser conocido por los propios, sino

también por los ajenos. Bien observada

la cosa y en realidad, lo

primero puede obtenerse mediante

lo segundo, es decir, un candidato

puede hacerse conocido por los que

representa ideológicamente a través

del rechazo de quienes le llevan

la contra. Piénsese, por ejemplo,

en el caso de Amalia Granata en

las elecciones del 2019 en la provincia

de Santa Fe. Al momento de

postularse a una banca de diputada

provincial, Granata ya era bastante

conocida a nivel nacional por su actividad

en la farándula y por un supuesto

encontronazo amoroso con

un cantante de renombre internacional,

pero no en la política. Dicho

de otra forma, Amalia Granata tenía

el nivel de exposición necesario y

solo le faltaba cumplir una condición

para el éxito electoral, que es

el representar ideas actuales. Lo

que le faltaba a Granata era tan

solo el reconocimiento por parte de

los que en ese momento pensaban

igual que la propia Granata, lo que

equivale a una operación de sentido

en la que el elector pasa a ver representada

su ideología abstracta en

una figura concreta. ¿Cómo lograr

eso? ¿Cómo hacer que los pañuelos

celestes y toda la masa antifeminista,

o una parte significativa de

Con absoluta serenidad, Néstor Kirchner sigue por televisión el anuncio del abandono de

Carlos Menem en las elecciones del año 2003. En ese mismo momento, de acuerdo con la

ley argentina, Kirchner se consagraba presidente de la Nación por haber obtenido la segunda

mayor cantidad de votos en la primera vuelta electoral.

53 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Amalia Granata, el fenómeno electoral que se construyó a partir de la provocación al

progresismo. Al sostener escandalosamente las ideas consideradas “conservadoras” por

los progresistas, estos militantes se encargaron de hablar incesantemente de Granata y de

difundir su imagen hasta el infinito, instalándola entre todos los que no comulgan con el

progresismo y, sobre todo, entre los que lo detestan.

ella, comprenda que sus banderas

se corporizan en un individuo como

Amalia Granata o similar? Pues

precisamente apelando al rechazo

de los que piensan todo lo opuesto

para empezar.

Odiame mucho

Podría parecer algo extraño en un

principio, pero cuando la grieta

se instala en la política el amor

también puede construirse a partir

del odio. Si se analiza fríamente

la cosa, se verá que toda la grieta

actual funciona en ese esquema y la

gran parte del apoyo que los representantes

en cada extremo obtienen

proviene del rechazo del opuesto,

allí donde pares se forman en oposición

y se mantienen vigentes en tanto

y en cuanto el otro exista. Mauricio

Macri es una auténtica estulticia

y sus electores lo saben, pero le

siguen dando apoyo para llevarle

la contra a Cristina Fernández. Por

eso Macri seguirá vigente mientras

Fernández exista y solo podrá bajar

de ese lugar de representación si

otro llegara a reemplazarlo como

par opuesto, que es justo lo que

vienen tratando de lograr individuos

como Horacio Rodríguez Larreta,

por ejemplo. Mientras exista el odio

a Cristina Fernández en un vasto

sector del electorado, va a existir

igualmente su contracara. Esa es la

lógica de la grieta que rige prácticamente

toda la política argentina

hace ya muchos años, una lógica

que se traga impiadosamente a los

que intentan salirse de ella transitando

los llamados caminos del

medio.

Por eso el procedimiento de

Mauricio Macri o de cualquier otro

personaje que logre superarlo y

reemplazarlo en el lugar del llamado

antikirchnerismo es y será siempre

el mismo, a saberlo, el hacerse

odiar mucho por el opuesto. La

parte de la representación de la

ideología de los propios e incluso

la calidad de la gestión de gobierno

una vez ganadas las elecciones se

vuelven absolutamente secundarias.

Macri hizo en cuatro años entre

el 2015 y el 2019 un gobierno que

perjudicó principalmente a sus propios

electores ubicados en la clase

media al priorizar a una minoría rica

cuyo voto es insuficiente para elegir

siquiera un concejal de pueblo chico,

pero la situación no cambia y allí

sigue su tercio duro, más fiel que

nunca. En la grieta ideológica tiene

poca importancia el aspecto fáctico

de la política que es la gestión de

gobierno, la transformación de la

realidad en tanto fin de la lucha por

el poder en el Estado. Lo que importa

es ver la derrota del otro, es ver

de rodillas al que piensa distinto,

aunque esa sea en la práctica la

derrota y la genuflexión de toda la

comunidad.

Así es cómo el dirigente político

deja de ser un dirigente y pasa a ser

un provocador cuyo único objetivo

es hacerse odiar por los que su

electorado odia en primer lugar. En

una palabra, todavía en el ejemplo

propuesto, Macri no intenta hacerse

querer por una parte del electorado

beneficiando a dicha parte

con políticas públicas orientadas

a mejorar su calidad de vida, sino

todo lo contrario. Lo que Macri hace

es perjudicar a la mayoría para en-

54 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


riquecer aún más al 1% ya de por sí

muy rico —el que es numéricamente

demasiado escaso para ser base

electoral de nadie— y luego lanzar

sendas provocaciones dirigidas al

campo ideológicamente opuesto.

¿Para qué? Pues para que lo odien

los que ya son odiados por otros y

hacer valer aquella máxima de que

el enemigo de mi enemigo es mi

amigo. A veces la política es así de

prosaica, muchas veces se hace en

base a un comportamiento infantil,

desprovisto de toda lógica.

Esa es la parte del enigma que hoy

vemos en la figura de un Sergio Berni,

por ejemplo, que cuesta tanto

descifrar. Envuelto en la trama e incapaz

de ver la prestidigitación frente

a sus ojos, el vasto sector progresista

suele pensar infantilmente

que todo el mundo es bueno (en los

términos del propio progresismo,

por supuesto) o que, si no lo es, debería

serlo. Y que en consecuencia

de lo que se trata es de denunciar el

mal para que los malos abandonen

el vicio y se vuelvan buenos, cosa

que en la realidad fáctica no pasa.

Dicho de otra manera, lejos de cometer

un error, Berni se hace odiar

adrede por el progresismo para que

el propio progresismo salga rabioso

a denunciarlo como el mal absoluto

y así hacerse conocido por la enorme

mayoría del electorado que está

por fuera del microclima progresista

y en buena parte —aquí está el sentido

de la jugada— se le opone.

Eso es lo que está funcionando

en las declaraciones recientes de

Sergio Berni, en las que denuncia

a los organismos de derechos

humanos por su vagancia y declara

su inutilidad. La crítica iba dirigida

específicamente al Centro de Estudios

Legales y Sociales (CELS), una

oenegé “progresista” de propiedad

del operador Horacio Verbitsky y

no a toda la militancia de la causa

de los derechos humanos en Argentina,

pero tampoco hay ningún

error en la generalización. Cuando

Berni generaliza y acusa de vagos

e inútiles a todos los que ocupan

cargos en aquellos organismos, lo

que hace es golpear la parte más

sensible, en todo lo que hay de

más sagrado para el progresismo

en nuestro país. Berni sabe que

ese sector va a reaccionar violentamente

y va a armar un escándalo

de grandes proporciones. Y que con

eso va a dar a conocer su figura a

los que no comulgan con el progresismo

o directamente se le oponen.

Mauricio Macri, haciendo uno de los tantos “papelones” que nunca lo fueron. Todas y cada una de las supuestas payasadas de Macri fueron

verdaderos factoides cuyo objetivo era lograr que los militantes de la idea opuesta lo señalaran como el mal y así indicarles a todos lo demás

que Macri representaba el antikirchnerismo. Esa situación sigue inalterada y, de hecho, hace pocas horas Macri publicó un artículo de opinión

en el Diario La Nación y allí fue todo el kirchnerismo a darle la publicidad que el expresidente necesita para seguir vigente y defender su

lugar de conducción frente al avance de Rodríguez Larreta.

55 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Asesorado o no, Berni sabe que por

lo menos unos dos tercios del electorado

no comulgan en los valores

progresistas, es decir, no entienden

el mal como lo entiende el progresismo.

Los derechos humanos en

esos dos tercios no son un valor sagrado

o bien son un valor negativo,

asociándose con aquello del falso

“garantismo” que en el sentido común

de las mayorías es sinónimo de

protección a los delincuentes, entre

otros chanchullos. Berni busca el

reconocimiento en esos dos tercios

que son la mayoría de los votantes

y para ello se sirve del progresismo,

forzándolo a difundir sus ideas

entre los electores de ese sector

mayoritario por simple oposición. Si

esos electores detestan a los progresistas

y estos dicen que Berni es

malo, como es de suponerse, Berni

va a ser automáticamente bueno al

recibir el rechazo del progresismo.

Berni se hace conocer por los que

no lo conocían y en una sola jugada

se hace querer por muchos de estos,

con una estrategia exactamente

igual a la aplicada con tanto éxito

por la muy bien asesorada Amalia

Granata y por tantos otros antes

que ella en la lógica de la grieta:

obligando a los que lo odian a hacer

la difusión de su imagen.

Descíframe o te devoro

El “perro” Horacio Verbitsky, blanco principal de la crítica de Sergio Berni. Además de

golpear lo sagrado, que es el concepto de derechos humanos, Berni golpeó a Verbitsky, que

ha sido canonizado por la militancia kirchnerista y no puede ser cuestionado por nadie sin

que las consecuencias sean infernales para el atrevido que cuestiona. Por estas o por otras

razones, Sergio Berni es hoy el enemigo Nº. 1 de los progresistas, con lo que tiende a subir

en la valoración del restante 70% del electorado.

Por eso Sergio Berni es un claro

resultado de la grieta que ya está

instalada en la política argentina

hace tantos años. Ni más ni menos

que eso, sin que ello tenga un

carácter despectivo ni nada que se

le parezca. Berni es un dirigente que

aplica la inteligencia estratégica

para superar políticamente una

limitación que, de otro modo, lo

dejaría fuera del juego. No hay nada

de ilegal en eso y mucho menos de

inmoral, puesto que la moral política

se orienta al triunfo en el campo

de batalla y no a la “bondad” en un

sentido de moral cristiana. Todo lo

explicado por Maquiavelo hace cinco

siglos sobre la moral política se

encuentra prácticamente expuesto

en la estrategia de Berni de cara a

futuras elecciones.

Al golpear en el centro de los

valores sagrados del progresismo

y sabiendo que ese es un sector

numeroso, pero minoritario, Sergio

Berni empieza a posicionarse en

la carrera orientando su discurso a

las siguientes parcialidades de un

escenario político tremendamente

fragmentado: 1º. Toda la parte no

progresista del kirchnerismo, que lo

ve como un alfil de Cristina Fernández

en un campo que la propia

Cristina Fernández hoy no puede

ocupar ideológicamente; 2º. Virtualmente

todo el peronismo no kirchnerista,

que lo va a valorar por su

fidelidad a la doctrina del nacional

justicialismo y su prédica caracterizada

como “conservadora” por los

progresistas, a los que el peronismo

ubica en el lugar del gorila “de

izquierda”; 3º. Una parte significativa

de los indecisos, o los llamados

“ni-ni” en la grieta, los que tienden

a identificarse con sus ideales de

ley y orden; 4º. Una cantidad aún

no determinada de conservadores

reales ubicados “del otro lado” de

la grieta respecto al kirchnerismo,

a los que Macri defraudó por haber

sido demasiado tibio en el combate

al delito. 5º. Una camada numerosa

de jóvenes no alineados con

el progresismo y que se adscriben

erróneamente a una ideología “libertaria”

muy difusa, por absoluta

ausencia de representación actual.

Como se ve, se trata de una porción

muy importante del electorado, mucho

más que suficiente para hacer

triunfar una lista en elecciones de

medio término y quizá incluso para

disputar el poder político en el Estado

después de eso en las elecciones

generales.

Ahora bien, ahí está revelada la

jugada estratégica, que es buena

56 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Contra todo pronóstico, el gobernador de la provincia de Buenos Aires Axel Kicillof —considerado

muy progresista por todos, desde los propios hasta los extraños— sigue sosteniendo

y apoyando a Sergio Berni, quien queda ratificado en el cargo de ministro de Seguridad del

gobierno de Kicillof. Esta es la parte del enigma que nadie puede descifrar y que amenaza

con devorar a todos, como la esfinge.

y tiende a funcionar, como siempre.

Lo que queda es el enigma:

¿Cómo hace Berni para desplegar

esa estrategia en el mismo seno del

kirchnerismo, que es mayoritariamente

progresista? Eso es lo que

confunde enormemente no solo a

los propios kirchneristas, sino a los

mismísimos operadores mediáticos

de la contra. En los medios del

Grupo Clarín, por ejemplo, aún no

saben qué hacer con Sergio Berni y

oscilan entre utilizarlo para golpear

a Cristina Fernández y a Axel Kicillof

y defenestrarlo sin mucha convicción.

El trabajo de los operadores

mediáticos del antikirchnerismo

aquí se ve complicado por la naturaleza

del público al que se dirigen.

Ellos saben que gran parte de dicho

público tiende a simpatizar con

Berni a la medida que el progresismo

le vaya declarando la guerra y

saben que, en el fondo, las ideas de

Berni coinciden con buena parte de

la cosmovisión general del público

que consume el contenido del Grupo

Clarín. Por lo tanto, defenestrar

a Berni hoy para los que operan la

realidad en medios como TN, Canal

13 y Radio Mitre es un arma de doble

filo. ¿Cómo decirles a los propios

que es malo el que representa

las ideas sostenidas desde siempre

por uno mismo como buenas sin

descalificar esas mismas ideas?

Por otra parte, toda la política

argentina ya leyó la tendencia —que

es mundial— hacia aquello que el

progresismo y la “izquierda” caracterizan

como “conservadurismo”.

Cristina Fernández no es ajena a

esa lectura, sino todo lo contrario.

Fernández es la que con más claridad

la ve y por lejos es la dirigente

con mayor capacidad de analizar el

presente y proyectar el futuro. Ella

sabe mejor que nadie “cómo viene

la mano” en el mundo y por eso

hace jugar a su alfil “por derecha”,

justamente para ocupar en la política

un espacio ideológico que la

propia Cristina Fernández no puede

ocupar al haberse identificado con

el bando opuesto, lo que en sí descifra

parte del enigma. Para el sentido

común de la militancia, Cristina

Fernández es progresista y Axel

Kicillof lo es mucho más, incluso

por haberse iniciado políticamente

en la mal llamada “izquierda”. ¿Y

entonces? ¿Cómo es posible que en

un gobierno como el de Kicillof y en

un espacio político como el de Fernández

exista y tenga protagonismo

un referente como Sergio Berni, que

al parecer es la propia contradicción

ideológica?

Está claro que las ideas de “mano

dura” contra el delito expresadas

por Berni no generan el mismo nivel

de escándalo cuando quien las

expresa es una Patricia Bullrich o un

Gómez Centurión y ahí está, precisamente,

el secreto del éxito de la

jugada estratégica que está instalando

a Sergio Berni en el escenario

político nacional con un nivel de

reconocimiento muy alto. Más allá

de los cuatro grandes —Cristina

y Alberto Fernández, por un lado,

Mauricio Macri y Elisa Carrió, por

otro— Berni es el personaje de la

política argentina que más crece en

imagen positiva y negativa a la vez,

esto es, en conocimiento neto por

parte del elector de a pie. Y eso se

debe tanto a la enloquecida moción

de rechazo por parte del progresismo

como por la crónica venenosa

de los medios ubicados en el antikirchnerismo,

que lo ven a Sergio

Berni hasta en la sopa. Y al no

existir la mala publicidad, Berni se

sirve de todos los que hablan de él

para hacerse conocido y posicionarse

expectante en el escenario. Se

sirve, los usa a todos y mucho más

a los que han decidido odiarlo por

“facho”, mientras los mira con ese

gesto adusto, con aquello que en el

juego de naipes se suele denominar

“a cara de perro”, sin dar ninguna

pista de lo que está pensando. Y a

todos les da la directiva: “Descífrenme

o los devoro”. Dentro de poco,

por lo visto, Berni hará la digestión

con muy buen provecho.

57 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


OPINIÓN

Nos lo merecemos

ANDREA

MELO

No es lo mismo, dice la canción

que popularizó allá

por comienzos de los 2000

Alejandro Sanz. Tampoco es

lo mismo la tercera posición

justicialista que “la ancha avenida

del medio” o la discusión de temas

que se parecen a la fabricación

de humo para evitar parecer políticamente

incorrecto si hablamos

de tocar intereses. Decía Perón

que la tercera posición constituye

una solución universal, distinta al

marxismo y al liberalismo capitalista

precisamente porque su planteo

es antiimperialista. La vigencia

de aquel programa eriza la piel al

considerar enseñanzas que se han

vuelto más aplicables que nunca

en el mundo actual. No es lo mismo

conformarse que pelear.

Apariencia o realidad. La tercera

posición es realidad efectiva, no

un simple planteo utópico. Implica

una posición superadora frente a

los fanatismos que se “anulan” y

se alimentan, a los polos que se

58 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


enfrentan en apariencia, pero al

final (¿o al principio?) concuerdan

y hasta resultan parecidos. La

Argentina de Perón tiene grandes

ejemplos de gobernanza en tiempos

de crisis internacional y nacional,

concluyendo que solo la planificación

puede hacer efectivos esos

planteos. Basta con revisar los dos

Planes Quinquenales y el Trienal

para evidenciar que es planificación

lo que requiere el desarrollo argentino.

Decía Perón que “un plan no

es solamente estudiar cómo está el

país, cómo queremos que esté y establecer

los caminos que conducen

desde la situación a los objetivos.

Indudablemente implica mucho

esfuerzo”, pero, además, este debe

ser concreto, sintético y claro, tres

cosas que cualquier plan necesita

para ser ejecutado. No bastará con

ello, pues, todos deben saber que

tienen que hacer y hacerlo, ya que

“la obra de arte no está en concebir

una cosa sino en realizarla”. En

este sentido tanto la “ultraderecha”

como la “ultraizquierda” suelen

terminar (¿o comenzar?) aliadas,

logrando ejecutar sus planes inconvenientes

para nosotros, motivo por

el que se requiere de una convicción

firme sobre nuestras conveniencias

nacionales. Así, la tercera posición

debe concebirse como tercer mundo

en acción y como sensibilidad

nacional. Perón siempre supo que

había que levantar la bandera de la

liberación frente a los internacionalismos

comunistas y capitalistas.

Sus implicancias en el plano nacional

e internacional. Por un lado, resulta

pertinente hablar del tremendo

y peligroso error de considerar a

la tercera posición como una de tipo

“neutra” en términos de voluntad

política y acciones acordes a estos

fines. Sí, hay gente que solo trata

de confundirnos. Al mismo tiempo

hemos de desmontar el carácter

sectario que propios y ajenos insisten

en afirmar cuando se pretende

hacer hincapié en el peronismo: por

el contrario, por tal, nos referimos

a la existencia concreta de un gran

movimiento nacional que, por ende,

no puede ser sectario, sino popular

y masivo, con hombres de distinta

extracción.

Afiche de propaganda de la tercera posición como alternativa política liberadora en México.

Por todo el mundo los pueblos van descubriendo las serias limitaciones tanto del liberalismo

como del socialismo y ven en el nacional justicialismo la opción para quitarse las cadenas.

59 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


Al respecto, si por tercera posición

entendemos aquella mediante la

que alcanzar “la felicidad del pueblo

y la grandeza de la Nación”,

debemos comprenderla como una

posición netamente argentina para

los argentinos. No está de más

remarcar que toda la filosofía de la

tercera posición se encuentra en la

doctrina nacional justicialista y fue

delineada en las acciones de gobierno

llevadas adelante en los primeros

gobiernos peronistas a cargo

de Juan Domingo Perón, incluyendo

conquistas gremiales, sociales y

culturales de todo tipo. Se advierte

asimismo la consideración de una

economía que coloca el capital al

servicio de la ciudadanía. Por eso

cuando Perón se propuso la reconstrucción

nacional incluyó en esta el

combate a la oligarquía, causante

de nuestra destrucción interna. No

está de más señalar que un objetivo

fundamental es alcanzar el equilibrio

necesario entre Estado, empresariado

y trabajadores. Subordinar

el poder económico al político en

este sentido no implica que es

obligatorio ser peronista, pero sí ser

patriota. Así es como descartamos

planes cuyo desarrollismo interno

convive con la dependencia extranjera

o los proyectos tecnocráticos

a la orden del día, superándolos

con un sí a la práctica política que

plantea soluciones adaptadas a la

situación particular.

En el plano internacional se trata

de que “nadie sea más que nadie,

ni menos que nadie”. Palabras más,

palabras menos, ni individualismo

El carácter belicoso e imperialista de la “derecha” y de la “izquierda” en la obra del artista

peronista Daniel Santoro.

ni colectivismo: justicia social. Se

trata de considerar la posibilidad

de un plan mundial de cooperación,

con varios puntos a considerar. Para

ser lisos y llanos, la tercera posición

es la esencia de la geopolítica

justicialista, que busca realizar a la

Argentina potencia desde un sentido

nacional junto con el planteo de

la tan ansiada unidad regional que

derive en continentalismo. He aquí

los aspectos externos e internos de

dicha posición. Pues, claro está que

esa posición equidistante de los

imperialismos no solo determina

nuestra política exterior sino interior.

Es la posición correcta frente a

los desviados planteos de la “derecha”

y la “izquierda” que siempre

responden a intereses antinacionales.

En palabras de Perón, “el mundo

capitalista sostiene que la libertad,

el capital, la propiedad y la economía

son bienes absolutamente

individuales. El comunismo sostiene

que constituyen bienes sociales.

Los justicialistas declaramos, en

cambio, que la libertad individual

tiene una función social que cumplir”,

que solo se alcanza cuando

se defiende la propia soberanía,

sin ella es imposible encauzar a los

pueblos en el camino de la justicia y

la libertad plena.

Por eso debemos ser cautos a la

hora de analizar las formas y los

fondos, pues hacer una ensalada

entre ambos aspectos puede llevarnos

a considerar que la tercera

posición se trata de plantear temas,

pero desde la convicción de una

neutralidad que no toca intereses y

sólo plantea cuestiones que quedan

en la superficie como modo naíf de

poner en la agenda lo que nunca se

va a discutir en serio. Otro posible

aspecto a considerar es la necesidad

de evitar subirnos a la ola de

la irracional moda extranjerizante

respecto de algunos temas que no

60 HEGEMONIA - septiembre DE 2020


permiten trabajar sobre aquello que

es urgente en términos de bienestar

general. En la jerga tradicional

sería no poner el carro delante del

caballo o no ser funcional a esos

polos aparentemente enemigos que

manejan los hilos de algunos actuales

debates.

Vale, que a lo mejor lo merecemos.

Para cerrar, un tercer aspecto de

la tercera posición permite avizorar

planteos de índole humanista,

propios de cualquier doctrina que

se reconozca de amor y paz. Hoy

más que nunca es hora de poner la

soberanía de las naciones al servicio

de la humanidad. La doctrina

justicialista y las enseñanzas de

Juan Domingo Perón —para algunos

el padre eterno— entiende que

los grandes pueblos son aquellos

que quieren serlo, pero no solo

eso. También se requiere que nos

cuidemos tanto de la penetración

económica como de la ideológica

conducida por esos dos grandes

imperialismos. Me animo a afirmar

que Perón sabía muy bien lo que

nos deparaba el futuro y por eso

planteó la tercera posición, pues “la

vida de la raza humana así lo exigía”.

Un tercer mundo organizado

que muestre al mundo la posibilidad

de tender a un universalismo,

que se convierta en instrumento

regulador y colaborativo para el

desarrollo y subsistencia de los

pueblos del mundo. Todo su planteo

se enfrenta a la codicia e imprevisión

humana junto con el abuso

tecnológico, producto del egoísmo

imperialista.

Quizás se trate una vez más de

llamar a los pueblos del mundo a

imponer la racionalidad de la supervivencia

sobre este irracional suicidio

colectivo. Serán así necesarias

y urgentes una revolución mental

en los hombres, una modificación

de las estructuras sociales y productivas

en todo el mundo, un uso

Ilustración representando a Aleksandr Duguin, el filósofo ruso que descubrió al peronismo

como síntesis de la tercera posición nacionalista y popular, además de caracterizar a Juan

Domingo Perón como el profeta ontológico. Duguin es el más importante pensador en Rusia,

el país donde mejor se realiza la tercera posición superadora tanto del liberalismo como del

socialismo luego de haber transitado —y fracasado— ambas experiencias.

soberano de los propios recursos,

el respeto del ciclo biológico de la

naturaleza (gran advertencia de

Perón respecto de que la tecnología

puede ser un arma de doble filo)

para combatir el lucro desmesurado

y la codicia, conocido motor de

nuestras sociedades. Crecimiento

planificado, industrialización correspondiente,

integración regional

y acción solidaria mundial. “La

humanidad debe ponerse en pie de

guerra en defensa de sí misma. Al

fin y al cabo, el hombre es hermano

del hombre”, decía Perón.

Por suerte, para algunos, los

grandes conductores nunca mueren.

Por desgracia, para otros, estos

principios y valores deben de seguir

intactos. Militancia y dirigencia con

y sin doctrina, no es lo mismo.

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