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Revista Hegemonía. Año III Nº. 33

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 33 AÑO III | NOVIEMBRE DE 2020

labatallacultural.org

HEGEMONIA

¿Llega la

SALVACIÓN?


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte

de sus lectores mediante suscripciones regulares y

de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición

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Teléfono: (2245) 40-3510

Mail: hegemonia@labatallacultural.org

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en esta revista y eventualmente firmadas son

de exclusiva responsabilidad de sus autores y no

representan necesariamente el pensamiento ni la

línea editorial de La Batalla Cultural.


HEGEMONIA

36

CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Llega la

salvación?

46

IDENTIDAD PERONISTA

El recuerdo

para la

liberación

18

OPINIÓN

Hacer a América

global otra vez

10

ANÁLISIS

El primer

ministro


EDITORIAL

La mano de Dios

Como siempre a la espera

de fuertes definiciones que

sirvan para alimentar la

argumentación y hacer que el

contenido sea lo más sustancial

posible, en la redacción de esta

Revista Hegemonía decidimos una

vez más retrasar la salida de una

nueva edición. Esta, que es la 33ª. y

estuvo desde luego dedicada a empezar

con el tratamiento de lo que

hay en el reverso de la trama del

coronavirus, terminó retrasándose

aún más por el inesperado paso a la

inmortalidad —acaso nadie espera

la muerte, se trata normalmente de

un evento inesperado— del que quizá

sea el máximo exponente de la

cultura nacional en la actualidad. Al

fallecer Diego Armando Maradona

la Argentina se puso entre paréntesis,

quedó suspendida en el aire. Y

nuestra revista no pudo ser indiferente

a ello, por lo que la cuestión

candente del momento tuvo que

esperar dos días más hasta finalmente

ver la luz.

La relación entre Maradona y el ser

nacional es tan íntima y tan fuerte

que, por primera vez desde que esta

revista empezó a publicarse allá

por principios del año 2018, se nos

hace imposible hablar del temario

4 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


propuesto para una edición. Los

artículos igualmente se publican

aquí y el atento lector los verá en

las páginas subsiguientes, pero las

mentes y los corazones de los que

trabajamos en la factura de dichas

publicaciones está en otra parte.

Lo que nos atañe y de lo que hablamos

es de las consecuencias no

sanitarias de la pandemia de coronavirus

y otras roscas políticas que

modifican el presente y el futuro de

los pueblos, aunque todo eso pasa

forzosamente a un segundo plano

ante la contingencia. Todos hablan

de Maradona porque eso es lo que

todos sienten.

Ahora bien, ¿por qué? ¿Por qué

el fallecimiento de un exjugador y

director técnico de fútbol tiene la

propiedad de modificar tan profundamente

y por varios días la agenda

de lo que se debate? He ahí que

desde un punto de vista cultural

Maradona nunca fue realmente un

jugador de fútbol y mucho menos

un director técnico, sino un ícono.

En la Argentina y en muchos países

del mundo existe la percepción de

que el personaje de Diego Armando

Maradona es un significante pleno

de significado, una cosa cuasi

divina para muchos. Para los argentinos

es y siempre fue un símbolo de

rebeldía, un objeto de autoestima

nacional que trasciende largamente

el efímero orgullo del triunfo

deportivo. Los goles de un Messi o

los eventuales campeonatos que

pueda ganar la selección (no fueron

muchos desde que Maradona se

retiró) son alegrías y son festejos.

El Mundial de 1986 y lo hecho por

Maradona, no obstante, son una

reafirmación de lo que existe todavía

de modo muy incipiente y quiere

terminar de realizarse: nuestro ser

nacional.

Maradona es un ícono fuerte de

nuestra cultura por eso, tan fuerte

como un Gardel o un Perón y quizá

aún más fuerte para muchos argentinos.

Gardel no deja de ser un

diferendo eterno con los hermanos

uruguayos y Perón pertenece a un

sector específico de la política, pero

Maradona es de otra naturaleza: es

la argentinidad entera, inequívoca,

presente y actual. Es la argentinidad

al palo, como solemos decir, al ser

el espejo de nosotros mismos en

un modo colectivo. Y también al ser

el desiderátum de lucha y triunfo

sobre el poderoso que todo argentino

persigue. La “mano de Dios”

y el mejor gol de la historia de los

campeonatos mundiales, ambas

hazañas llevadas a cabo contra la

selección de Inglaterra a tan solo

cuatro años de la Guerra de Malvinas,

el martirio futbolístico al que

fue sometido después de eso por

los potentados de la FIFA y todas

las demás circunstancias de su

extraordinaria vida son un relato en

el que cualquier argentino puede

sentirse representado. Se dice que

Maradona vivió más de un siglo en

los sesenta años de vida biológica,

pero eso solo importa para el individuo.

Para el grupo, para el argentino

de modo colectivo, lo importante

es que Maradona realizó el proyecto

vital de millones, esto es, que vivió

por muchos más allá de sí mismo.

Por lo tanto, Hegemonía sale con

mucho retraso y sin tratar del asunto

Diego Armando Maradona más

que en este editorial, no corresponde

que analicemos en caliente el

impacto que ha tenido y va a seguir

teniendo ese ser extraordinario sobre

la cultura del pueblo-nación. Un

asunto de semejante importancia

necesita las suficientes meditación

y contemplación, debe ser tomado

muy en serio. Y es por eso que en la

próxima edición de esta Revista Hegemonía,

la 34ª. que corresponderá

al mes de diciembre de un nefasto

2020 que ya se va, aparecerá en

todo su esplendor la observación

sociológica y política de un fenómeno

universal que nació en este suelo

y es la representación más acabada

de todo lo que somos, para bien y

para mal. Aparecerá en diciembre

el análisis de la síntesis humana de

nosotros mismos, que es una verdadera

maravilla. Es, porque Maradona

solo puede existir en tiempo presente

y en el futuro del ser nacional

que queremos consolidar.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


OPINIÓN

La información:

¿Un derecho

o una mercancía?

JESSICA

LILLIA

El derecho a la información es

un derecho humano que les

permite a las sociedades del

mundo desarrollarse y alcanzar

la libertad de pensamiento y

expresión. Es un derecho imprescindible

para el sostenimiento de

las democracias y un impulsor para

alcanzar nuevos derechos, posibilitando

a cada individuo buscar

y recibir información pública para

que pueda compararla, analizarla

y cuestionarla facilitando de esa

manera la construcción y la consolidación

del pensamiento crítico.

La UNESCO (Organización de las

Naciones Unidas para la Educación,

la Ciencia y la Cultura, por sus

siglas en inglés) ha declarado que

la libertad de información se define

como el derecho a tener acceso

a ese bien cultural y que es parte

integrante del derecho fundamental

a la libertad de expresión, reconocido

por la Resolución 59 de la

Asamblea General de las Naciones

Unidas que fue aprobada en 1946 y

que, a su vez, se expresa en el Artículo

19 de la Declaración Universal

de Derechos Humanos (1948) de

la siguiente manera: “Todo individuo

tiene derecho a la libertad de

opinión y de expresión; este dere-

6 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


cho incluye el de no ser molestado

a causa de sus opiniones, el de

investigar y recibir informaciones y

opiniones, y el de difundirlas sin limitación

de fronteras por cualquier

medio de expresión”.

La libertad de información también

ha sido consagrada en otros instrumentos

internacionales de relevancia,

como el Pacto Internacional de

Derechos Civiles y Políticos (1966) y

la Convención Americana sobre los

Derechos Humanos (1969). En el

Pacto de San José de Costa Rica se

lee en el Artículo 13: “Toda persona

tiene derecho a la libertad de

pensamiento y de expresión. Este

derecho comprende la libertad de

buscar, recibir y difundir informaciones

e ideas de toda índole, sin

consideración de fronteras, ya sea

oralmente, por escrito o en forma

impresa o artística, o por cualquier

otro procedimiento de su elección”.

En la posmodernidad, la industria

del consumo es el centro de dominación

cultural por excelencia. Los

medios de comunicación pasan a

ser los modificadores constantes

de la opinión pública y también

influyen en los ámbitos políticos y

económicos. Es necesario crear un

“enemigo” conveniente para los

intereses de la empresa comunicacional

y lograr que los consumidores

respondan positivamente,

es decir, que acepten como verdad

esa construcción con la que dicha

empresa se asegurará mantener su

statu quo.

Si bien apareció cierto escepticismo

en esta etapa posmoderna, es

tanta la cantidad de información

que se difunde que no se logra

analizar todo el material recibido

y siempre queda instalada alguna

noticia informativa que se asienta

como “verdad” dentro de nuestras

mentes. Somos vulnerables ante

esto al considerar algo como cierto

sin serlo y emitir opinión en base a

premisas falsas.

Los medios masivos de comunicación

privados convirtieron la

información en una mercancía. En

algunos países, como en Argentina,

son empresas monopólicas y se han

transformado en un poder mediático

hegemónico que representa los

intereses de una élite minoritaria en

detrimento de los intereses de las

mayorías.

Debe destacarse que una gran

cantidad de medios, especialmente

los que predominan en el mercado,

pertenecen directamente a grupos

económicos extranjeros, como en el

caso de Viacom. O bien sucede que

pertenecen a grupos económicos

que en apariencia son nacionales,

pero que no resisten al análisis

superficial de sus listas de accionistas,

donde encontramos capitales

extranjeros entre sus principales

tenedores. Los casos más resonantes

son los de Goldman Sachs y del

Grupo Clarín.

Evidentemente este oligopolio de

la información no es estrictamente

un fenómeno local. Tal como ha

sucedido en otras industrias a lo

largo de las últimas décadas, el

poder económico se ha ido concentrando

cada vez más. Y son incontables

a nivel internacional los casos

de medios que aun manteniendo

por momentos sus nombres de

fantasía o su estética tradicional,

han sido adquiridos por alguno de

los grandes grupos multimediales

hegemónicos. Es el lector, oyente

o televidente quien cree tener la

posibilidad de elegir entre cientos

de voces diferentes cuando, en realidad,

todas esas voces responden a

un mismo puñado de dueños.

Está claro que esa concentración

del mercado de información en

internet, radio, televisión y prensa

gráfica es permitida por los gobiernos

de cada nación cuando

deciden cómo será la distribución

de las licencias. Si se permite la

concentración de medios, entonces

se privatiza el derecho ciudadano

al acceso de la información difundida

con cierto grado necesario de

objetividad. Los dueños de esas

empresas responden a una ideología

determinada que definirá el tipo

y la manera de brindar a la sociedad

la información sobre los diversos

acontecimientos del mundo.

Estos medios no contribuyen al

servicio del interés público en un

7 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


*

SÓLO EL 37%

DE LOS ARGENTINOS CREE QUE

LOS MEDIOS CUBREN TEMAS

POLÍTICOS RAZONABLEMENTE

74% 93% 75%

UTILIZA PLATAFORMAS

DE SOCIAL MEDIA

CONSUMO DE MEDIOS

EN ARGENTINA

95%

DE LOS ARGENTINOS

57% 70%

DE LOS ARGENTINOS

LEE DIARIOS

EN SUS DIFERENTES FORMATOS

(DIGITAL, PAPEL, A TRAVÉS DEL

TELÉFONO MÓVIL O DISPOSITIVOS

FIJOS DE ACCESO A INTERNET)

HABITANTES TOTALES:

44,9 MILLONES

32 M

16 M

6,8 M

4,2 M

2,75 M

0 10 20 30 40 50

VE TELEVISIÓN

ACCEDE POR CONEXIONES

FIJAS O MÓVILES A INTERNET

sentido estricto desde una dimensión

ética comunicacional y operan

a escala global sobre la opinión

pública. Pero este fenómeno no es

exclusivo del sector privado: muchas

naciones cuentan con medios

de comunicación prestigiosos como

la TV Pública argentina, la BBC

británica, Russia Today o Deutsche

Welle en Alemania. En estos casos,

la falta de presión de los mercados

tampoco asegura un respeto por la

veracidad o la objetividad. Como es

de esperarse, difícilmente encontremos

en estos canales información

DE LOS ARGENTINOS

ESCUCHA RADIO

42,9%

ESCUCHA NOTICIEROS/

INFORMATIVOS EN RADIO

ESTÁ ABONADO A

SISTEMAS DE TV DE PAGO

PROMEDIO DIARIO DE

NAVEGACIÓN Y CONSUMO DE TV

8:19’

3:18’

3:11’

INTERNET

(DISTINTOS DISPOSITIVOS)

PLATAFORMAS

SOCIAL MEDIA

TELEVISIÓN

(BROADCASTING Y STREAMING)

crítica del gobierno de turno de

esos países, lo que los transforma

en aparatos de propaganda estatal

que vendrá siempre disfrazada de

objetividad en mayor o menor medida,

según el caso.

El rol del consumidor

El objetivo principal de los medios

monopólicos es la mercantilización

de la noticia para seguir acumulando

riqueza. Y para lograrlo, utilizan

técnicas sofisticadas, imperceptibles

para el sentido común tales

como la manipulación, la tergiversación

y hasta la omisión de temas

—sobre todo aquellos que afectan

sus intereses económicos— para

sostener y reproducir un sujeto

consumidor.

Aquí la ética periodística de la

empresa de comunicación queda en

jaque. Si los medios deben cumplir

con los principios y valores establecidos

por esa ética para garantizar

el derecho al acceso de información

veraz de la ciudadanía, no debería

suceder todo lo mencionado anteriormente.

Los medios deben tener

un accionar democratizador, deben

informar para que la ciudadanía

construya opinión sobre la base de

lo que recibe de los medios, los que

tienen la responsabilidad social de

generar contenidos lo más objetivos

posible.

Hasta aquí pareciera que estuviéramos

todos al tanto de cómo

es el juego. Sin embargo, muchos

de nosotros caemos inconscientemente

en la trampa de los medios y

reproducimos pasivamente cientos

y miles de noticias que no cuestionamos

o no filtramos por el buen

sentido. Filtrar por el buen sentido

significa parar unos minutos y pensar

antes de repetir algo, cuestionar

cuál es el origen ideológico del medio

de comunicación, analizar qué

tipo de mensaje transmite la noticia

y/o con qué intencionalidad dice

lo que dice. De esta manera, por lo

menos, seremos conscientes de lo

que consumimos.

Antes de ser consumidores pasivos

de noticias e información prefabricada

que se ha transformado en

mercancía, el ejercicio de un derecho

humano requiere del sujeto un

mínimo cuestionamiento y algo de

sentido crítico.

8 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


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9 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


ANÁLISIS

El primer ministro

ERICO

VALADARES

En un fenómeno que viene

repitiéndose con cada vez

mayor frecuencia en las últimas

semanas desde que los

embates contra el gobierno

fueron subiendo de tono, la figura

del diputado Sergio Massa ocupa

un lugar inusitado de protagonismo

para un miembro del poder legislativo.

Con una desenvoltura propia

del que sabe lo que quiere y sabe

asimismo adónde va, Massa simula

hoy el rol de presidente de la Nación

en muchos actos propios del

poder ejecutivo, inaugurando obras

y coordinando políticas con los

poderes territoriales, sobre todo allí

donde se inauguran esas obras. A

nadie se le puede escapar el hecho

singular de la presencia de Sergio

Massa en dichos actos y ya no en el

lugar del reparto que naturalmente

le correspondería a un diputado oficialista,

por más titular del Congreso

que sea, sino en el de la conducción

del mismísimo proceso, en el

del que lleva la voz cantante y habla

en nombre del gobierno entero.

La división de poderes es una

verdad teórica a gritos en el sistema

republicano que en la Argentina,

no obstante, casi siempre suele

perderse de vista. La permanen-

10 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


te injerencia del poder ejecutivo

sobre el poder judicial —que es

histórica en nuestro país y ya se ha

naturalizado hasta formar parte

del paisaje— y la promiscuidad del

poder legislativo han dado lugar en

la cultura a la idea de que todo es

lo mismo y así aceptamos como un

hecho natural, por ejemplo, el que

este o aquel individuo esté o no en

libertad de acuerdo a la orientación

y el deseo puntual del gobierno en

un determinado momento. Al someterse

a la política y al fallar según

la conveniencia del que gobierna

en el Estado, sea quien fuere, el

poder judicial se ha puesto desde

siempre en una posición subalterna,

en la de un poder auxiliar. Sus

gritos ideológicos por “independencia”

se toman desde luego para

la chacota en la opinión pública.

El poder judicial no es ni jamás fue

independiente en la Argentina y ese

es un síntoma muy fuerte de que la

división republicana de los poderes

es una entelequia, amén del propio

sistema republicano como un todo.

Pese al malestar expresado por

ciertos sectores conservadores de

la política, la Argentina es una república

solo muy en teoría. Aquí no

existe en la práctica nada de aquello

que en otras partes se usa como

parámetro para regir la convivencia

dicha democrática en el equilibrio

que el establishment necesita para

reproducirse sin grandes amenazas.

No existe aquí la división de poderes

que en Occidente funciona como

una barrera de contención tanto a

las aspiraciones individuales de los

dirigentes como a los intentos de

subversión revolucionaria, no está

esa fortaleza institucional que es el

desiderátum de los liberales republicanos.

“¿Y por qué?”, se preguntará

el atento lector. ¿Por qué en

Argentina y en los demás países de

la región en general no funciona la

institucionalidad de la división de

poderes que en Europa parecería

ser un dogma, una ley política pétrea

e intocable?

Parte de la respuesta puede estar

en que no hemos podido saldar

aquí nuestras diferencias fundamentales

para darnos un proyecto

de país fijo, invariable en la alternancia

de dirigentes y partidos en

el poder político estatal. En parte,

como veíamos, nuestra política es

auténtica en el sentido de que en

ella se juega más o menos en serio

el rumbo nacional, cosa que en los

viejos países europeos no ocurre o

ha dejado hace mucho de ocurrir.

Países como Francia, Alemania e Inglaterra

ya han saldado sus contradicciones

internas fundamentales

y tienen sus proyectos de país bien

definidos, lo que en sí no está mal

ni bien, simplemente es una etapa

del desarrollo histórico de esos pueblos-nación.

El hecho de que en la

alternancia ganen las elecciones los

laboristas o los conservadores en el

Reino Unido no cambia realmente la

política nacional en su esencia: las

que llamamos “políticas de Estado”

son invariables allí porque difícilmente

podrían ser modificadas por

un gobierno de turno y eso es así,

está claro, al descansar el sistema

en la estabilidad de la división de

poderes. Si un dirigente o grupo se

hiciera del poder ejecutivo en el Estado

y desde allí intentara subvertir

el sistema en su esencia, se encontraría

con las limitaciones de los

demás poderes públicos en eso que

desde Montesquieu en adelante se

dio en llamar los pesos y contrapesos

o aquello que los anglosajones

definen graciosamente como checks

and balances.

Pero eso solo en parte, por supuesto,

ya que en la inexistencia de una

estabilidad conservadora de tipo

El constante pataleo de los sectores conservadores en Argentina por una independencia del

poder judicial que jamás tuvo lugar y probablemente nunca llegue, puesto que el comportamiento

de los jueces y fiscales y su adicción al poder político de turno han puesto la Justicia

en un lugar de subalternidad del que probablemente no logre salir. La división de poderes

republicana en nuestro país solo existe en la teoría de los gorilas, que son los primeros en

romper esa división cuando tienen el poder político en el Estado.

11 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


La costumbre de reunir amistosamente a los presidentes demócratas y republicanos en los

EEUU. De izquierda a derecha, George Bush (R), Barack Obama (D), George W. Bush (R), Bill

Clinton (D) y Jimmy Carter (D). Esta costumbre es una muestra de la definición del proyecto

de país que ninguno de los partidos del establishment jamás trató de subvertir hasta el

advenimiento de Donald Trump. Por lo general, la invariabilidad del proyecto político de los

países occidentales descansa en la división de poderes que ellos llaman “democracia”.

europeo en América también juegan

ciertos factores culturales que son

insoslayables. El americano en su

mestizaje y en su desarrollo histórico

es muy distinto al europeo, no

corresponde pensar en la Argentina

y en otros países de nuestra América

morena como si fueran países

occidentales. Bien mirada la cosa,

ni siquiera los Estados Unidos y

Canadá, que se consideran occidentales

como Francia o Alemania,

lo son del todo. También son naciones

americanas y más allá de que

Occidente predomina en términos

económicos y culturales en esos

países, allí también lo americano

está funcionando, quizá en los Estados

Unidos más que en Canadá.

El advenimiento de Donald Trump

y todo el trastorno —en un sentido

de subversión del statu quo— que

implicó ese advenimiento es una

muestra de que en los Estados

Unidos tampoco existe esa división

de poderes que en Europa occidental

garantiza la estabilidad e impide

que un cambio en la conducción del

poder ejecutivo perturbe el esquema.

Está visto que un Trump genéricamente

lo puede perturbar en los

Estados Unidos, las elecciones allí

pueden ser tan auténticas como lo

son hoy en Argentina. Y allí predomina

el carácter americano fácticamente

sobre la idea de que hay una

extensión de Europa en América.

Formas y sistemas

No es casualidad, sino una cuestión

cultural y de determinación histórica,

que por toda América continental

se haya impuesto la república

como forma y el presidencialismo

como sistema político. Si el atento

lector hace un breve recuento entre

los países de nuestro continente

americano de norte a sur, con la

salvedad de las islas del Caribe, se

va a encontrar con que en todas las

naciones independientes tenemos

la forma republicana y el sistema

presidencialista pleno en todas

partes, excepto en Canadá, Belice y

Surinam, países todavía muy vinculados

a su tradición colonial. Y eso

es en oposición a lo que ocurre en

Europa occidental, donde se impone

el parlamentarismo republicano

o monárquico, pero siempre el

parlamentarismo como sistema de

gobierno muy distinto a la ejecutividad

del sistema presidencial.

¿Qué es esto? Pues, en líneas muy

generales, la diferencia entre dos

grandes familias de modelos de

organización política: por una parte,

el modelo europeo clásico resultante

de la revolución burguesa de

fines del siglo XVIII en Francia y, por

otro, el modelo americano cuya idea

central es la de un poder ejecutivo

con votos e independiente de la

intriga parlamentaria. Si se tratara

de un cuadro sinóptico muy simplificado,

esas dos familias podrían

ordenarse en dos columnas donde

la naturaleza de la primera se

definiría por la tendencia a despojar

de atribuciones de poder al ejecutivo

y la naturaleza de la segunda

por tender a lo opuesto, es decir, a

concentrar el poder político en la

figura de un presidente. Si estas

tendencias generales se comprenden,

se comprenderá asimismo

que el parlamentarismo europeo es

una creación original de la burguesía

revolucionaria con el objetivo

de hacer la destrucción política y

creativa de la monarquía absoluta

premoderna, mientras que el presidencialismo

americano, al no partir

del principio de la destrucción de

12 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


un poder centralizado de antemano

ya que aquí apenas hubo alguna

monarquía importada y muy excepcional,

se crea justamente para fundar

desde la nada un poder central

capaz de ordenar la totalidad.

La idea de esa oposición conceptual

es clave para entender por qué

desde el advenimiento de la modernidad

los europeos han optado

por darse gobiernos cuyo poder

ejecutivo surge del y se sustenta en

el poder legislativo, cosa que aquí

no ocurrió. De ahí la separación de

las funciones de jefe de Estado y

jefe de gobierno, donde el primero

es el rey, la reina o el príncipe en la

forma monárquica (Reino Unido, España,

Holanda, Suecia, Dinamarca

y otros) o el presidente en la forma

republicana (Alemania, Austria, Grecia,

Italia, etc.), siempre una figura

ceremonial o decorativa, mientras

el segundo es un primer ministro

que surge indirectamente del voto

popular y gobierna verdaderamente.

Cuando Europa hizo eso, lo que logró

fue ubicar el poder en la institución

burguesa por antonomasia, el

Parlamento, deconstruyendo la idea

del conductor individual para destruir

la monarquía absoluta. Y también

dejar afuera de la discusión a

las mayorías populares: ya sea en la

forma monárquica relativa donde el

jefe de Estado ceremonial surge de

una sucesión familiar o en la forma

republicana donde surge o debería

surgir del voto directo, tanto el rey o

el presidente en el parlamentarismo

no tienen funciones de gobierno. La

reina de Holanda o el presidente de

Italia, figuras meramente simbólicas

con alguna que otra atribución

menor y sin poder político. En esos

parlamentarismos gobierna el

primer ministro, un diputado elegido

por sus pares en el seno del

Parlamento y no por el voto popular

directo para gobernar mientras los

demás diputados así lo deseen.

Para los americanos acostumbrados

a un presidencialismo duro en

el que el jefe de Estado es también

el jefe de gobierno, una sola persona

elegida por el voto popular y

directo, puede parecernos extraño

y de hecho es así, pero la verdad es

que en el modelo europeo de organización

política el pueblo no elige

al gobierno. Lo hacen los diputados

electos estos sí en comicios distritales,

que van al Congreso a formar

mayorías y también una suerte

de colegio electoral. Uno de esos

diputados será el primer ministro,

pasará del poder legislativo al poder

ejecutivo y gobernará sin votos, lo

que equivale a decir que lo hará

mientras a la mayoría de los demás

diputados le parezca que debe

seguir haciéndolo. En los sistemas

Representación gráfica de las formas y sistemas de gobierno distribuidos por el mundo donde se ve la predominancia del presidencialismo en

el continente americano y la del parlamentarismo en monarquías constitucionales y repúblicas en Europa.

13 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


parlamentarios existe el mecanismo

de la moción de censura por el que

el Parlamento puede en cualquier

momento formar una nueva mayoría

a espaldas de las mayorías populares

y remover sin más trámites

al primer ministro, cambiando el

gobierno. En casi todos los casos, si

una moción de censura es aprobada

por mayoría en el Parlamento, en

ese momento un gobierno finaliza.

Y eso, como es de suponerse, sería

la inestabilidad permanente en

países como el nuestro, donde la

continuidad de un gobierno quedaría

siempre pendiente de acuerdos

muchas veces contra natura con

sectores antagónicos para mantener

la mayoría de diputados. Aquí,

donde nada está dicho y todavía

está en juego el proyecto de país,

vincular la estabilidad del poder

ejecutivo a la rosca del poder legislativo

sería eso y por lo tanto en

América predomina el sistema presidencialista,

el jefe de Estado y el

jefe de gobierno son una y la misma

persona elegida por el voto directo.

En nuestra región el presidente

tiene los votos, lo pone el pueblo

y solo en ocasiones muy extremas

y difíciles su mandato puede ser

terminado por el poder legislativo.

No venimos de una tradición monárquica

absoluta y tampoco se

impuso ningún esquema propio de

la burguesía revolucionaria, por lo

que tendemos a concentrar el poder

ejecutivo en vez de vaciarlo.

Es la política, estúpido

Representación artística de la ejecución de monarca absoluto Luis XVI en el cuarto año de

la revolución burguesa de Francia. La monarquía inglesa fue más astuta que la francesa,

comprendió que el desarrollo de la industria le daba el triunfo a la burguesía y pactó: le

entregó el poder político al Parlamento burgués, se colocó en un lugar simbólico de jefatura

del Estado y evitó correr la suerte de sus primos galos.

Allá por el año 1816 el General Manuel

Belgrano formuló el Plan del

Inca, una propuesta de forma monárquica

y sistema de gobierno parlamentarista

para nuestro país en

el que el jefe de Estado ceremonial

sería un heredero de la casa de los

incas y el jefe de gobierno un primer

ministro surgido del Parlamento. La

idea de Belgrano es un grito de la

modernidad occidental unos pocos

años después de la revolución burguesa

que había terminado en Europa

con las monarquías absolutas y

se inspira claramente en el modelo

inglés, en el que la monarquía no

fue eliminada como en Francia sino

relativizada, puesta en un lugar simbólico

y alejada del poder político.

Es un lema moderno de los ingleses

el de que el monarca reina, pero no

gobierna, una forma de expresar en

pocas palabras la llamada monarquía

constitucional que existe hasta

los días de hoy en ese y en otros

países europeos. Apoyado por San

Martín, Güemes y las provincias

del norte argentino, Belgrano quiso

14 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


coronar a un inca para la función

simbólica actualmente ejercida por

las reinas de Inglaterra, Holanda,

Suecia y otras naciones de la región

con el objetivo de instalar aquí el

parlamentarismo. La idea no prosperó

y se impuso en el tiempo la

tendencia americana hacia la forma

republicana y el sistema presidencialista

que dura hasta el presente

sin ser apenas cuestionados.

Pero en la práctica ocurren cosas

y los sistemas nunca son del todo

puros, esto es, si bien se definen de

una manera pueden por momentos

adoptar elementos de otros sistemas,

primero de modo informal y

luego formalizándolos si resultan en

estabilidad. Uno de los elementos

que el presidencialismo argentino

suele importar del parlamentarismo

europeo en determinadas coyunturas

es la figura del primer ministro,

o la de un jefe de gobierno fáctico,

sin votos, cuya función es la de

suplantar al jefe de Estado en el

ejercicio práctico del poder ejecutivo.

En nuestro presidencialismo eso

es útil en momentos en los que se

hace necesario preservar la imagen

del conductor para superar horas

muy críticas sin dañar al gobierno

entero y se instrumenta normalmente

mediante el despliegue de un jefe

de gabinete. En apariencia un funcionario

más del gobierno, el jefe de

gabinete puede por momentos ejercer

la función ejecutiva como si se

tratara de un primer ministro —de

hecho, es el primero de los ministros

del gabinete, un ministro que

coordina a todos los demás— y puede

tener un perfil muy bajo cuando

el presidente avanza y se expone, o

puede tener un perfil muy alto cuando

el presidente necesita retroceder

y/o preservarse. Un ejemplo claro

de ello puede encontrarse durante

los doce años de gobierno peronista

entre el 2003 y el 2015: Néstor Kirchner

avanzó durante cuatro años y

Manuel Belgrano formuló con el Plan del Inca un proyecto de monarquía constitucional para

la Argentina en los moldes británicos, con un descendiente de los incas en el trono y el poder

político en manos de un Parlamento de estilo burgués. El plan no prosperó y la Argentina

siguió el camino republicano que marcaban los Estados Unidos en la época y que terminó

siendo predominante en todo el continente.

nunca tuvo la necesidad de preservarse,

por lo que le alcanzó tener

como jefe de gabinete a un muy

pasivo Alberto Fernández. Ya durante

los ocho años de Cristina Fernández

de Kirchner las cosas fueron

diferentes y luego de la dura derrota

en las elecciones legislativas del

2013 Cristina cambió el perfil bajo

de Juan Manuel Abal Medina por un

Jorge Capitanich que entraba con

los tapones de punta a ocupar el lugar

del pararrayos. Cristina Fernández

necesitó entonces preservarse,

exponerse menos y por eso delegó

prácticamente la función ejecutiva

en Capitanich, refugiándose en el

lugar de la jefatura de Estado.

Jorge Capitanich fue entonces una

suerte de primer ministro del gobierno

peronista, recibió y absorbió

con el cuerpo los golpes que la presidenta

no estaba en condiciones

de recibir ni de absorber al haber

sido derrotada por Sergio Massa, el

que había sido su jefe de gabinete

luego de la expulsión a mediados

del año 2008 de Alberto Fernández

a manos de quien lo había puesto

allí: Néstor Kirchner. El triunfo de

Massa en las legislativas del 2013

supuso un recrudecimiento de los

embates contra el gobierno, una

situación otra vez destituyente

15 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Como jefe de gabinete tras la derrota en las elecciones legislativas de 2013, Jorge Capitanich

se puso al hombro la tarea de representar en la práctica el rol de primer ministro como

jefe de gabinete, aliviándole a Cristina Fernández el peso solitario de la conducción. La

figura del jefe de gabinete existe también con esa finalidad, que es la de suplantar momentáneamente

la presencia del conductor sin la necesidad de cambiar el ciclo político.

luego del golpismo en el lock-out

patronal de cinco años antes. Y así

la figura del jefe de gabinete fue

utilizada informalmente para una de

sus potenciales funciones, que es

la de un primer ministro a la usanza

parlamentarista.

Puede decirse que la Argentina en

esos días se convirtió de facto no en

un parlamentarismo, sino más bien

en una suerte de régimen semipresidencial

similar al existente en

países como Francia, Rusia o Portugal,

entre otros. El semipresidencialismo

es un primo, está emparentado

con el parlamentarismo al

funcionar de manera similar, pero

dando algunas atribuciones extra

de jefe de gobierno al presidente en

su lugar natural de jefe de Estado,

entre ellas la de nombrar al primer

ministro. Entonces este primer ministro

no es más que el equivalente

en nuestro sistema presidencialista

a un jefe de gabinete, pudiendo

tener más o menos protagonismo

de acuerdo a las necesidades del

momento. De hecho, en otro sistema

semipresidencial como el de

Rusia el carácter bicéfalo del poder

ejecutivo le ha permitido a Vladimir

Putin sortear las limitaciones

de reelección alternando entre los

lugares de presidente y de primer

ministro siempre teniendo el control

del gobierno más allá del cargo formal

que ocupó en cada momento.

Se suele pensar que Putin ha sido el

presidente de Rusia en las últimas

dos décadas y eso no es correcto.

Lo que sí es cierto es que Putin ha

cortado el bacalao en Rusia durante

los últimos 20 años.

Así, como un primer ministro en el

régimen semipresidencial es como

puede funcionar el jefe de gabinete,

si las circunstancias lo exigen, en

el presidencialismo argentino. Para

que la comparación sea justa con el

parlamentarismo alemán o italiano,

el jefe de gabinete no debería ser

nombrado por el presidente sino

más bien surgir del Parlamento,

debe ser un diputado líder del bloque

mayoritario. Si en una situación

de crisis se quisiera preservar la

imagen del presidente o suplantarlo

por cualquier motivo y girar hacia un

régimen parlamentario de hecho,

la figura fuerte del poder ejecutivo

debería recaer necesariamente en

el poder legislativo. Y eso es precisamente

lo que parecería estar

pasando hoy entre Alberto Fernández

y Sergio Massa.

Como se sabe, Massa es el titular

del poder legislativo en su lugar de

presidente de la Cámara de Diputados,

es un diputado que lidera a

sus pares en dicho poder. Massa no

tiene ni podría tener votos para gobernar,

no se postuló en las últimas

elecciones a un cargo ejecutivo,

sino para legislar en una división

de poderes ideal. Pero aparece con

más y más frecuencia llevando a

cabo tareas propias de un jefe de

gobierno, mientras Alberto Fernández

se va desplazando hacia una

función protocolar muy característica

de los jefes de Estado en el

régimen parlamentario. Mientras

Sergio Massa inauguraba otra obra

en el distrito bonaerense de Cañuelas

(función ejecutiva, de jefe de

gobierno), Alberto Fernández escoltaba

a Evo Morales hasta la frontera

para repatriarlo luego de que

cesara el golpe en Bolivia (función

protocolar, de jefe de Estado). Así,

en la práctica y en la actual coyuntura,

el gobierno argentino funciona

informalmente como un parlamentarismo

puro en el que la función

ejecutiva recae en el Parlamento, en

la figura del jefe del bloque mayoritario,

al tiempo que la función

decorativa es ejercida por el presidente

electo por el voto popular. En

una palabra, nadie a votó a Massa y

Massa gobierna igualmente, como

16 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


si estuviéramos en Italia.

Alguien podrá y con cierta razón

observar que eso es una traición a

la voluntad popular aduciendo precisamente

eso, que Sergio Massa

no tiene los votos para gobernar en

un sistema presidencialista, que

nadie declaró ni aclamó el parlamentarismo

en la Argentina y que

no tenemos primer ministro, pero la

política es un poco más compleja

que eso. De cierto modo, al menos

en la política, siempre se supo que

la figura fuerte además de Cristina

Fernández es Sergio Massa, no Alberto

Fernández. Y se sabe también

que el horno no está para bollos,

que la crisis es muy profunda y que

se avecinan definiciones que quizá

no sean, digamos, del todo populares.

El ajuste exigido por el Fondo

Monetario Internacional coincide

con la agenda de Massa y es, por

lo tanto, natural que Massa sea la

cara visible del proceso de aquí en

más. O quizá simplemente Massa

se esté probando el traje, ejerciendo

hoy como un primer ministro

informal las funciones que tarde

o temprano tendrá que cumplir ya

formalizado como presidente de la

Nación. Nadie lo duda, se trata de

un secreto a voces o de una verdad

a gritos: existe una pugna entre Sergio

Massa y Cristina Fernández por

la conducción del proceso, el de Alberto

Fernández es un gobierno de

transición que debe durar mientras

esa pugna no se resuelve. Y allí, en

esa disputa, Sergio Massa avanza

varios casilleros al ponerse de facto

al frente del poder ejecutivo para

pavimentarse el camino a sí mismo

hacia el objetivo.

No está bien ni mal, es solo política.

Esta simulación de sistema parlamentario

que existe hace mucho

en las disquisiciones de un Eugenio

Zaffaroni es útil en sus límites para

poner en evidencia aquello que a

esta altura del partido nadie parecería

muy preocupado en ocultar.

A Massa le conviene proyectarse,

a Alberto Fernández le conviene

preservarse evitando la exposición

en una coyuntura sin respuestas.

El primer ministro Sergio Massa es

el resultado natural de una alianza

cuya alternativa siempre fue, justamente,

la de catapultar al tigrense

al lugar que viene acariciando

desde que ganó aquellas elecciones

de medio término hace siete años

y puso un punto final a la década

ganada. Al fin y al cabo, en palabras

del propio Alberto Fernández,

Massa “es la persona que más se

preparó para ser presidente”. Y eso

es lo que deberá suceder, a menos

que la otra socia mayoritaria tenga

otros planes y alguna carta escondida

en la manga.

Junto a la intendenta de Cañuelas Marisa Fassi, Sergio Massa inaugura obras como si fuera un auténtico jefe de gobierno. Toda la postura y

todo el discurso de Massa dan a entender que el tigrense está listo para asumir la conducción en cualquier momento, cosa que inevitablemente

se formalizará si Massa logra imponerse en su lucha contra Cristina Fernández y hacerse con el control total del Frente de Todos.

17 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


OPINIÓN

Hacer a América

global otra vez

DANTE

PALMA

el perro se

acabó la rabia”. Esa

parece ser la lógica

de buena parte de los

“Muerto

análisis de las elecciones

en Estados Unidos. Trump

sería así una suerte de outsider

oportunista que se alzó con el poder

y creó una grieta política, social,

racial, cultural e ideológica que

sumió a la principal potencia del

mundo en un mal sueño de 4 años.

Nadie sabe cómo llegó allí pero

ahora “está muerto” y la política

estadounidense podrá volver a la

alternancia bipartidista sin mayores

estridencias.

¿Es esta lectura correcta? Me

temo que no, o en todo caso solo

acierta en el carácter outsider de

Trump. El resto confunde deseo

con diagnóstico. Porque Trump era

el síntoma y no la enfermedad; un

síntoma que corrió el velo y dejó

expuesto todo. Esto no significa

hacer de Trump un hombre virtuoso

ni mucho menos. De hecho, quizás

18 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


haya sido su narcisismo el que lo

haya llevado a exponer, en la disputa

contra sus adversarios, una

radiografía de Estados Unidos. Pero

no hagamos psicología barata...

De todo aquello que Trump expuso,

lo más sorprendente fue cómo

dejó al descubierto el modo en que

Silicon Valley, en tanto poder fáctico,

establece las condiciones de la

libertad de expresión. Efectivamente,

subidos a una cruzada contra

las fake news y los “mensajes de

odio”, una casta de guardianes del

buen decir cuyo nombre propio se

desconoce impone una nueva moral

pública. Algunos meses atrás Trump

se lo había advertido a Twitter: o

blanquean que tienen editores y

entonces son un medio de comunicación

más que debe atenerse a las

reglas que le competen a un medio

de comunicación, o dejan que la red

social se autorregule y que cada uno

diga lo que quiera aun cuando ese

mensaje pudiera ser falso o pudiera

ofender a alguien. Pero la suerte ya

estaba echada: el presunto paraíso

de la neutralidad de Twitter, Facebook,

etc. desapareció el día en que

estas megaempresas contrataron

sus propios editores.

Sumemos a esto a las grandes ca-

19 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Donald Trump y Twitter, la guerra prolongada que simboliza la lucha por el sentido entre el

poder político y las corporaciones globales. La red social del pajarito no duda en censurar al

presidente estadounidense cada vez que considera que este difunde información falsa —las

vulgarmente llamadas ‘fake news’—, lo que conduce a un problema filosófico y fundamental:

si Twitter puede editar los contenidos de sus usuarios, entonces Twitter no es una red social

sino un medio de comunicación. Y al serlo, debería ajustarse a las generales de la ley que

regula a los medios en los Estados Unidos, cosa que no ocurre. Es en ese gris donde las

corporaciones hacen la guerra contra el que se atreva a denunciarlas.

denas cortando el discurso en vivo

de Trump o utilizando un graph en

que editaban o respondían lo que

él indicaba y la insólita situación

por la que, a casi una semana de la

elección, Biden se ha transformado

en el “presidente proyectado”.

¿Qué es esto de “presidente proyectado”?

Como ustedes saben, más

allá del conteo final y de denuncias

de fraude a partir de situaciones

sospechosamente anómalas, casi

con total certeza, es un hecho que

Biden será declarado presidente.

Sin embargo, al momento en que

escribo estas líneas aún no lo es.

Por lo tanto, han sido las grandes

cadenas las que han determinado

que Biden es un “presidente proyectado”.

A juzgar por el modo en

que, salvo alguna excepción, todo

el mapa de medios, analistas y

encuestadores incluso ya en 2016,

pero más aún en 2020, jugó contra

Trump, podría decirse que Biden (o

cualquier candidato demócrata) era

el “presidente proyectado” por el

mapa mediático desde hace mucho

tiempo. Y la realidad no podía arruinar

semejante proyección.

Otro velo que Trump corrió es el

de cierta hipocresía respecto de la

defensa de la diversidad. Porque los

discursos de la diversidad seleccionan

diversidades como si hubiera

identidades que no cumplen requisitos,

o diversidades más diversas

que otras. La diversidad religiosa

estadounidense no califica como

sujeto de la diversidad ni tampoco

la identidad de los trabajadores

que históricamente se sintió representada

por los demócratas. Eso

supone un problema: hay una mitad

de los Estados Unidos fuertemente

arraigada a la tradición, la religión,

la familia, incluso en el derecho a la

portación de armas y a ideas claramente

de derecha, pero todo ello es

puesto en una misma bolsa en tanto

“diferencia” que no será tolerada.

Hay buenas razones para justificar

ello y aquí estoy lejos de decir que

todo es lo mismo o subirme a la

agenda del Tea Party porque también

sabemos los problemas que

puede traer a la tolerancia tolerar a

los intolerantes, pero Trump obtuvo

70 millones de votos y allí hay una

diversidad importante. ¿O acaso

creemos que la mitad de los Estados

Unidos reeditaría el Ku Klux

Klan y saldría a matar negros o a

sojuzgar mujeres? Algunos sí, pero

la gran mayoría no. Repitámoslo:

la mitad del país votó a un candidato

como Trump. Y eso es mucho.

En esos 70 millones hay votos de

pobres, mujeres, negros, latinos,

trabajadores, etc. que no se sienten

representados por los demócratas

y que no son unos fascistas locos.

Muchos de ellos simplemente

entienden que las políticas y los

discursos globalistas no han traído

beneficios para sus comunidades

y prefieren al magnate outsider

porque están hartos de la política,

del establishment, de la corrección

política, de los grandes medios. Nos

hemos acostumbrado a desacreditar

a los votantes de Trump pero son

sospechosamente muchos y fueron

muchos a pesar de la euforia de

Wall Street tras el triunfo de Biden

y de que probablemente lo hayan

vencido porque la elección se dio

en medio de una pandemia que, por

supuesto, no fue manejada con prudencia

pero que, de no haber existido,

hubiera cambiado la suerte del

republicano.

¿Por qué esta diversidad no califica

de diversa como para ser respetada?

Porque el discurso relativista

allí demuestra que no es tal y las

diferencias entre izquierdas y derechas

son llevadas al terreno moral

y cognitivo. No se trata de ideas o

agendas en pie de igualdad sobre

las que se discute políticamente.

20 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Más bien se las presenta como

ideas evolucionadas e involucionadas

que circunstancialmente

discuten en un mismo tiempo

histórico pero que corresponden a

distintos tiempos. Hay nuevas ideas

que en tanto tales son buenas. Son

las de la agenda demócrata. Esas

son diversidades a ser respetadas.

Pero hay otras ideas que son

consideradas de otros tiempos y

entonces son malas. Esa diferencia

no es aceptable. Expuesto así no

hay disenso democrático sino solo

civilización y barbarie; modernidad

o atraso; el otro no es un par con

ideas que interesa discutir sino solo

alguien que está fuera de tiempo en

este tiempo; a ese otro solo le resta

aggiornarse o perecer. Presentar

esta grieta ideológica en términos

de evolución moral o como una evolución

cognitiva por la que hay una

mitad, la de las globalizadas costas

oeste y este que tiene un desarrollo

cognitivo superior a ese Estados

Unidos profundo presuntamente

arcaico o ignorante del centro, es

otra de las formas de entender el

enfrentamiento como la disputa

entre amigos y enemigos y supone

la deshumanización del enemigo.

Si el otro solo es un inmoral, o un

bárbaro atrasado pierde en tanto

tal su condición de humano y se lo

debe vencer o hacer callar.

Por último, vinculando con lo que

decíamos al principio, quedarse con

los modos de Trump, sus actitudes

pretendidamente racistas, homofóbicas

o misóginas que horrorizan a

Hollywood es quedarse en la superficie.

Seguramente todo eso era

Trump, pero el establishment no se

oponía a Trump por esas razones,

lo cual no lo hace ni un hombre de

izquierda ni un revolucionario. Es

que, aunque haga falta aclararlo,

Los apoyadores de Donald Trump, cuya ideología no es aceptada por los entusiastas de la “diversidad” como una diversidad de pensamiento.

La “diversidad” de los grupos progresistas en general acepta que el otro piense distinto, siempre y cuando las ideas del otro cumplan con

ciertos requisitos más bien morales que intelectuales. Si no es así, las ideas del que piensa distinto van a parar al tacho de basura de la ideología,

siendo descalificadas de plano. Como se ve, la progresista es una “diversidad” limitada y controlada.

21 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


no se trata aquí de defenderlo a

Trump. Pero hay que decir que si

bien Trump benefició con baja de

impuestos a los ricos, también se

opuso a la destrucción del empleo

y a la precarización que impuso la

globalización en Estados Unidos.

Fue eso lo que lo transformó en

el demonio y sus exabruptos, sus

caprichos, su vehemencia, su radicalización,

sirvieron la mesa para

que la maquinaria de destrucción

pública hiciera el resto. Así, estar

en contra de la globalización al

modo Trump, que es muy distinto a

los modos de estar contra la globalización

en otros países, lo ubicó

inmediatamente en la categoría de

“populista” que es extraordinaria

porque, como incluye izquierdas y

derechas, sirve para estigmatizar

todo aquello que ose desafiar los

valores del sistema.

Con Biden regresará el multilateralismo

y se irradiará fuertemente la

agenda progresista a nivel mundial

a través de instituciones, organismos,

ONG, etc. Black Lives Matter

será bandera, algo que desde aquí

no puedo más que celebrar, pero

también me gustaría advertir que

hay muchos trabajadores y pobres

que no se sienten representados por

esa agenda incluso siendo negros.

Es una tontería que unas vidas, las

negras, excluyan a las otras, pero es

Joe Biden junto a Xi Jinping, en visita oficial como vicepresidente de Barack Obama. Además

de las relaciones carnales con China, Biden es muy cercano a las élites globales en la figura

de personajes como George Soros, quien según la revista Forbes y la cadena BBC de Londres

ha donado cerca de medio millón de dólares a la campaña del candidato demócrata.

¿Cuáles serán las contrapartidas exigidas por Soros en sus donaciones?

evidente que poner el eje en pobres

y trabajadores socavaría la distribución

económica del capitalismo

actual. Y eso sí importa, especialmente

a los que se benefician de

esa distribución.

Trump se va exponiendo una división

que él ayudó a exacerbar, pero

que lo precedía. También se va tras

promover un fenómeno de tensión

y movilización política como pocas

veces se vio en la historia con récord

de participación en las urnas.

Efecto, claro, de la pasión a favor y

en contra que generó, pero efecto

de politización al fin. Veremos cómo

resuelve su interna el partido republicano

ya que hay buenas probabilidades

de que Trump no tenga una

nueva oportunidad. Sin embargo,

imagino que la grieta que ya existía

seguirá existiendo por más que se

intente regresar a la paz de la alternancia

de un sistema bipartidista

con presidentes que, de uno o del

otro lado, buscan surfear olas antes

que generarlas. La única diferencia

será que la polarización no estará

expuesta en los medios. La oposición

a las políticas de Biden será

subterráneas y no tendrá una categoría

especial en Netflix, Disney ni

HBO; tampoco habrá discursos antidemócratas

en alfombras rojas. Las

mentiras lanzadas desde el poder

no tendrán una “advertencia” para

desprevenidos en Twitter y cada vez

que el gobierno demócrata vuelva a

su tradición de impulsar guerras se

nos recordará el beneficio de tener

una vicepresidenta mujer afroamericana

con madre inmigrante india

aun cuando las guerras no se transformen

en más justas ni menos

dañinas por esa razón. Si la bandera

de Trump era “Hacer a América

grande otra vez”, la bandera de

Biden podría ser “Hacer a América

global otra vez”.

22 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


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23 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


ANÁLISIS

El nuevo orden mundial

ROSARIO

MEZA

A

lo largo de las últimas semanas

los medios de comunicación

de nuestro país plasmaron

un fenómeno pocas

veces visto tanto aquí como

en el mundo: con una sospechosa

homogeneidad por “derecha” y por

“izquierda” todo el espectro ideológico

mediático ha coincidido en

respirar aliviado ante la posibilidad

de una inminente derrota electoral

de Donald Trump, la que sin llegar a

ser oficial ha sido asimismo ampliamente

celebrada por todo el arco

político y mediático del país.

Al momento de escribir estas

líneas, la elección aún no se había

resuelto, el escrutinio no había

terminado y el presidente Trump

seguía dando la pelea judicial ante

el aluvión de irregularidades que

sus votantes denunciaban, previsiblemente

de manera infructuosa.

Algunos de los principales mandatarios

del continente y del mundo

rehusaban aún felicitar al candidato

demócrata, entre ellos Andrés

Manuel López Obrador, Jair Bolsonaro,

Vladímir Putin y el mismo Xi

Jinping. Y, sin embargo, muchos de

los líderes de la región se apuraron

en saludar a Joe Biden y su flamante

vicepresidenta Kamala Harris, la

primera mujer negra en alcanzar ese

24 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


puesto en su país. Toda una victoria

para el progresismo. Entre ellos se

cuentan el propio Alberto Fernández,

Cristina Fernández de Kirchner

y Nicolás Maduro, en consonancia

con su detractor Juan Guaidó, quien

hizo lo propio.

Por el lado del periodismo el

entusiasmo se replica tanto en los

medios de la “derecha” como en

el arco de medios “progresistas”

y de “izquierda”. Mientras un azorado

Nelson Castro se lamentaba

“perdemos, perdemos” cuando

todo parecía indicar aún que Trump

se encaminaba sobre rieles hacia

una reelección segura, Tato Young

comparaba al presidente estadounidense

con la vicepresidenta

Cristina Fernández alegando que

eran “parecidos, pero diferentes” y

Alejandro Borensztein auguraba la

“caída del kirchnerismo norteamericano”.

El mismísimo Víctor Hugo

Morales, en igual sentido, afirmó

en su editorial de C5N que “nosotros

ya estamos mejor” por el solo

hecho de que haya otro inquilino

en la Casa Blanca. Pero, ¿quién es

“el tío Joe”? Si hemos de atender

al relato de los medios de opinión

de la Argentina, gracias a la victoria

de Biden “El mundo se salvó de un

futuro Hitler”, como expresó la exdiputada

Elisa Carrió. Pero, ¿se trata

de un “veterano y afable heredero

de Obama”, tal como lo describiera

allí por agosto la BBC de Londres,

o es posible trazar otro perfil del

anciano futuro presidente?

Joseph Biden nació en Pensilvania,

el 20 de junio de 1942. De

formación en leyes, fue uno de los

candidatos más jóvenes en alcanzar

la senaduría en representación del

estado de Delaware, allí por 1972.

Reelecto en cinco ocasiones (1978,

1984, 1990, 1996 y 2002), Biden

es hoy uno de los políticos más

veteranos de su país, llegando a

presentarse como candidato presidencial

en tres ocasiones antes de

resultar posiblemente vencedor en

esta cuarta oportunidad.

Como senador y vicepresidente de

Barack Obama, Biden impulsó campañas

para investigar una cura para

el cáncer —su propio hijo Beau, un

prominente miembro del Partido

Demócrata, falleció inesperadamente

por dicha enfermedad en

2015— y favorecer el reconocimiento

de derechos civiles y sociales

a las minorías de su país. Pero no

todo lo que reluce es oro. Así como

sus detractores acusan a Biden de

estar demasiado maduro para el

cargo que está a punto de ocupar,

otros sostienen que “es un desfasado

miembro del establishment con

tendencia a meter la pata”. Algunas

de sus declaraciones memorables

incluyen la afirmación de que “no se

necesita ser judío para ser sionista.

Yo soy católico y soy un sionista” o

“si tienes problemas para decidir si

me apoyas a mí o a Trump, entonces

no eres negro”, que le valió el

disgusto de la comunidad negra de

los Estados Unidos.

A lo largo de la carrera presiden-

Joe Biden y el tapabocas o barbijo, una relación de conveniencia: frente a la imagen de un

Trump temerario por veces, el concepto de un anciano fragilizado, casi pusilánime, fue suficiente

para que empatizaran millones de estadounidenses que hoy siguen presos del miedo

al coronavirus. Mientras Trump hacía vida normal, Biden pasó la gran parte de la campaña

escondido y solo se mostró en actos sin gente, para las cámaras. Y siempre para recomendar

quedarse en casa, usar barbijo y obedecer. En momentos de crisis, el mensaje del miedo y la

amenaza de muerte suelen ser muy efectivos.

25 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


La senadora y presumiblemente futura vicepresidenta de los Estados Unidos, Kamala Harris,

figura con la que el Partido Demócrata pudo finalmente “atar la vaca” con el progresismo

local y agradar a las sucursales progresistas en las colonias. En lo interno, la presencia de

Harris terminó de convencer al sector de Bernie Sanders a no saltar del barco cuando Biden

flaqueó en el discurso dicho “de izquierda”. En lo externo, en países como la Argentina, los

demócratas lograron la adhesión de todo el progresismo liberal al presentar en la lista a una

mujer negra, mestiza e hija de inmigrantes. Cartón casi lleno para la idolatría.

cial, de hecho, Biden abusó de su

perfil de anciano venerable, haciendo

usufructo de la campaña del

miedo al coronavirus para distanciarse

de un demonizado Trump,

a quien acusa sistemáticamente

de no cuidar la salud de los ciudadanos

norteamericanos en medio

a la contingencia que los medios

argentinos han dado en llamar en

un pleonasmo “pandemia mundial”.

A menudo se ha visto a Biden

escondido tras un barbijo, haciendo

las delicias de los comunicadores

que predican la amenaza a la raza

humana por parte de un virus cuya

efectiva peligrosidad parece exagerada

en comparación con la tremenda

crisis mundial que ha contribuido

a generar. Su promesa de confinar

por meses a los norteamericanos en

caso de resultar electo o el mensaje

que emitió tras su declaración como

ganador por parte de los principales

medios de comunicación siguen la

línea de la falsa disyuntiva entre salud

y economía que en nuestro país

parece haber conducido al gobierno

de Alberto Fernández a una encerrona

sin salida. Hacia la noche del

lunes 9 de noviembre, el candidato

demócrata escribió en sus redes

sociales: “Hasta el 20 de enero no

seré presidente. Pero mi mensaje

de hoy hacia todos es: ‘Usen mascarilla’”.

Y no mucho más. Por fuera de

sus antiguas declaraciones de corte

progresista y su cuidado discurso

“pro-salud”, nada se puede decir

respecto de una campaña de Biden

que estuvo enteramente atravesada

por la pandemia, situación que el

candidato se cuidó de aprovechar

a su favor, brindando la imagen de

veterano sobrio y paternal, orador

ante pocos oyentes, guardando el

distanciamiento social y siempre

atento a las recomendaciones de la

Organización Mundial de la Salud.

Imagen contraria a la construcción

que se hizo de un Donald Trump

como sinónimo de adicto al poder y

oligofrénico.

Pero un candidato no surge de un

repollo. Un Biden balbuciente que

a menudo no parece estar en su

elemento es el correlato necesario

de la construcción que de Donald

Trump han hecho los principales

medios masivos de comunicación

no solo de su país sino del mundo

entero. Pues la campaña no ha

estado centrada en la pata propositiva

de un posible gobierno de los

“demócratas”, sino precisamente

en lo “inviable” de un mundo gobernado

por Donald Trump. Y es

que los modelos económicos están

más o menos claros para quien se

digne mirar. Históricamente, “republicanos”

y “demócratas” han

sabido representar dos caras de

un mismo proyecto imperialista de

país, mientras que la alternancia

permite avances y retrocesos en las

cuestiones que atañen a la agenda

de las minorías sexuales, raciales

o religiosas. Es decir que, hasta la

irrupción de Donald Trump en la

escena política norteamericana,

de ninguna manera se le hubiera

ocurrido a un candidato hablar

en campaña de lo que sí importa,

esto es, de los pesos —los dólares,

más precisamente— y los centavos.

26 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Basta con señalar los rasgos desagradables

a la moral progresista

del actual presidente para que la

población urbana, los medios de

comunicación y la intelectualidad

orgánica del progresismo hagan

campaña en favor de quienquiera

que sea su oponente. El odio ideológico

a Trump que se construyó en

los últimos cuatro años funcionó

en viabilizar la construcción de una

alternativa patética. Biden está

senil y simboliza eso, la debilidad.

La oposición por parte del establishment

logró viabilizar eso en un

escenario donde nadie se fija ya en

el proyecto político de Trump, sino

en sus definiciones ideológicas

sobre asuntos secundarios como la

“rosca” racial, religiosa, moral, de

género, etcétera.

Sin embargo, el viejo Joe dista

históricamente de ser una blanca

palomita. Como vicepresidente de

Barack Obama guarda un llamativo

récord, si se toma en cuenta

la obsesión del periodismo por la

xenofobia de Trump: el gobierno del

primer presidente negro de los Estados

Unidos ha sido el encargado

del mayor número de deportaciones

de la historia de su país, superando

los tres millones de extranjeros

deportados. A menudo, además, ha

llamado la atención del público el

modo de actuar de Biden ante las

mujeres, aunque curiosamente el

mote de “misógino” es uno de los

favoritos de la prensa internacional

para caracterizar a Trump. Como senador,

Biden propició las invasiones

a Afganistán e Irak e hizo lo propio

en Libia y Siria, siendo el vice de un

beligerante Obama. Sobre el asunto

Venezuela, uno de los más álgidos

entre los seguidores y simpatizantes

del kirchnerismo en la Argentina,

Biden ha sido taxativo: “Maduro es

un dictador”.

Allí por 2016, en los últimos días

de su vicepresidencia, Joe Biden

viajó a la cumbre internacional

de Davos, donde se reunió con el

entonces presidente de la Argentina

Mauricio Macri y con el flamante “líder

de la oposición” Sergio Massa,

entrevista en la que el estadounidense

expresó complacido: “El nuevo

presidente trae consigo al jefe de

la oposición. Eso es lo que deberíamos

hacer en casa”. Es que a Biden

se le reconocen dos virtudes: la

primera es su voluntad dialoguista,

que quedó fehacientemente de manifiesto

en su entusiasta defensa de

todo conflicto armado que su país

propiciara, fuese el impulsor del

color político que fuera. En segundo

lugar, su cualidad de “conocedor de

la realidad argentina”, de acuerdo

con precisiones del Diario La Nación.

Tan es así que sus opiniones

respecto de la política argentina

datan de 1982, cuando en pleno

conflicto por la Guerra de Malvinas

el entonces senador expresó: “Claramente,

Argentina es el agresor.

La extraña y quizá excesivamente afectuosa relación de Biden con las mujeres y con los niños,

cuyas desagradables imágenes circularon copiosamente por las redes sociales durante

la campaña. Frente a este comportamiento lascivo —en todo contradictorio con los valores

impuestos por el feminismo ultramoralista de la actualidad—, el progresismo en todo el

mundo y, por supuesto, también en la Argentina optó por hacer la vista gorda.

27 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Mi resolución lo único que busca es

definir de qué lado estamos y ese

es el lado británico. Los argentinos

necesitan deshacerse de la noción

de que los Estados Unidos son

verdaderamente neutrales en este

asunto”.

Independientemente de las contradicciones

entre el discurso y la

praxis política de un Joe Biden que

se muestra como un líder progresista

y “pro-derechos”, aunque su

historial demuestra las inclinaciones

belicistas e injerencistas de su

política, lo cierto es que la cuestión

de base para los pueblos del mundo

—y para la Argentina en particular—

sigue siendo la repartición de la

torta. Mientras los medios “amigables”

al gobierno de Alberto Fernández

auguran pletóricos un exitoso

futuro acuerdo de nuestro país con

el Fondo Monetario Internacional

(que a la sazón incluiría además la

toma de más deuda), en los Estados

Unidos resuena con fuerza el nombre

de Larry Fink como secretario

del Tesoro en un eventual gabinete

presidido por Biden. La noticia no

ha repercutido en Argentina con

el volumen que debiera, pues Fink

es hoy el gerente de la compañía

BlackRock, es decir, de uno de los

acreedores privados del país que

Laurence “Larry” Fink, el consejero delegado del fondo BlackRock, el acreedor privado de la

Argentina que más embarra la cancha en las negociaciones por la deuda externa. BlackRock

es además propietario del laboratorio Pfizer, uno de los grandes competidores por ver quién

les vende la vacuna milagrosa a los gobiernos del mundo. Todo tiene que ver con todo y allí

Fink estuvo sonando para el Tesoro estadounidense, lo que finalmente no se concretó. No

obstante, Fink tendrá protagonismo en el próximo gobierno “progresista” de los Estados

Unidos y el progresismo en todo el mundo se quedará pegado con las consecuencias.

más se han opuesto a la reestructuración

propuesta por el ministro del

“giro ortodoxo del kirchnerismo”,

como calificó a Martín Guzmán el

Diario La Nación. BlackRock es además

dueño del laboratorio Pfizer,

el que días después de declarado

electo Biden dio a conocer una

vacuna contra el coronavirus que

promete un 90% de efectividad... y

que la Argentina está muy interesada

en adquirir.

Todo parecería indicar entonces

que la buena voluntad del progresismo

vernáculo de encontrar señales

positivas para el país en un futuro

gobierno del Partido Demócrata,

atizada sin dudas por la prédica

defensora de los derechos civiles de

las minorías oprimidas, no poseería

en la realidad efectiva —esto es, en

la cuestión de cómo se distribuye la

riqueza— el asidero que todo argentino

desearía por el bien de los pueblos.

De hecho, más allá de cuestiones

secundarias de orden moral,

de género y de minorías étnicas, un

hipotético gobierno de Biden tiende

a encaminarse hacia una ruptura

con la política de rebeldía de Trump

hacia el establishment, que priorizó

la repatriación del trabajo antes

que la especulación financiera y al

pueblo norteamericano por sobre

la élite global. Mientras que Trump

pelea en soledad como un estrafalario

Quijote contra los molinos de

viento, esperando que se dé vuelta

la taba y los votos le den la razón,

Biden se acomoda tranquilamente

como una pieza fundamental del

nuevo orden mundial. No disruptiva,

no problemática, una pieza que

encaja justo.

Sin embargo, el final está abierto.

A pesar de las celebraciones con

bombos y platillos, aún no es posible

afirmar con seguridad quién

caminará por la alfombra roja de

la Casa Blanca el próximo 20 de

enero. El sistema electoral de los

28 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Joe Biden y los colores patrios, un clásico en las campañas electores estadounidenses que le permitió al demócrata ocultar sus verdaderos

colores: los del globalismo apátrida cuya estrategia es la sobreideologización mal llamada y pretendidamente “progresista”.

Estados Unidos es complejo, bastante

más de lo que los argentinos

estamos acostumbrados a comprender,

por lo menos desde que

la reforma constitucional de 1994

estableció el sistema de elección

directa. Mientras que en la Argentina

quien obtiene más votos gana,

ya sea en una primera vuelta o en

un ballotage, en los Estados Unidos

los ciudadanos eligen electores,

que a su vez se espera que voten en

un muy reducido colegio electoral

de 538 miembros al candidato del

partido del que dichos electores son

delegados.

Pero puede haber matices. Históricamente

el Partido Demócrata comienza

ganando la elección al tener

como bastión electoral a una suerte

de “La Matanza” de los demócratas,

California, que caracterizamos

así no por su nacionalismo popular

sino porque se trata del estado que

aporta más electores al colegio

electoral —cincuenta y cinco, en

total— y que por lo tanto siempre

resulta aventajando a los demócratas

en la primera etapa del recuento,

tal como sucede en Argentina

con el municipio más populoso del

conurbano bonaerense, de tradición

históricamente peronista. Además,

de manera sintomática los centros

urbanos de la Costa Este y principalmente

los centros financieros del

país tienden a volcarse de manera

sistémica hacia sus buenos alumnos

demócratas.

Pero la elección finalmente la terminan

decidiendo los trabajadores

y por eso, mientras que los estados

como Florida son tan codiciados

por su densidad demográfica y el

número de electores que posee

(veintinueve) estos distritos también

ponen a prueba la política real,

la de los pesos y centavos, pues

la comunidad latina de Florida o

los negros de Georgia constituyen

muestras que ponen en contraste

la cuestión racial con la política

económica. Por lo tanto, el hecho

de que Trump haya ganado la península

y sostenga la pelea en distritos

como Georgia o Carolina del Norte

son argumentos que matizan el discurso

de oposición a Trump que lo

construye como un xenófobo intolerante

de las minorías raciales. Otros

distritos, tanto urbanos como rurales,

donde Trump es fuerte realzan

la hipótesis de que aún en medio

a la crisis del coronavirus, el presidente

ha sostenido el trabajo, bajo

la premisa maquiavélica de que

uno olvida más rápido la muerte

del propio padre que la pérdida del

patrimonio. Al cerrar esta edición,

distritos como Arizona, Wisconsin y

Pensilvania, donde abunda la clase

trabajadora y que en un momento

parecían ganados por el tío Joe, aún

permanecen en suspenso.

Independientemente de los resultados,

esta elección en los Estados

Unidos ha desnudado una obviedad

a gritos: el mundo desea, por algún

motivo, que Trump pierda y Biden

asuma la presidencia. Qué actores

o qué poderes han traccionado esa

voluntad uniforme, que engloba a

la totalidad del arco político, es una

pregunta válida para que el lector

se la plantee en soledad. Arturo

Jauretche, en su lenguaje llano y al

alcance de la gente sencilla, solía

decir que cuando el patrón y el peón

votan al mismo candidato, uno de

los dos pierde y por lo general no es

el patrón.

Lo que está claro es que nos hallamos

ante uno de esos momentos

extraordinarios de la historia en los

que se han corrido todos los velos

y, a contraluz, es posible vislumbrar

apenas el reverso de la trama. Qué

mundo configurará este escenario,

aún permanece en el misterio. Por

ahora y solo por ahora, la moneda

permanece en el aire.

29 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


OPINIÓN

Entrismo

ROSARIO

MEZA

Hoy como cuando vio la luz en

1945, el peronismo como

filosofía y doctrina política

postula la superación de la

ideología burguesa de Occidente

y el comunismo de Oriente,

asentándose en una tercera posición

que es la síntesis superadora

de ambos extremos ideológicos.

Esta postura, no obstante, genera a

menudo ruidos y contradicciones en

una vanguardia militante que históricamente

ha caído en la trampa

de dejarse seducir por las doctrinas

foráneas. Paradójicamente, siempre

es más fácil para el intelectual

o el curioso obtener un ejemplar de

cualquier autor marxista europeo

que hacerse con la doctrina de Juan

Perón, lo que muchas veces conlleva

que el curioso en cuestión lea

lo que tiene a la mano y a través de

ese filtro y esas categorías ordene

su propio mundo y su cosmovisión.

Pero ya lo dice el refranero popular:

el que no conoce a Dios a cualquier

santo le reza. Esto significa una

cosa: los intentos por conciliar la

doctrina justicialista con postulados

propios de la doctrina marxista

nacen fallidos, son un oxímoron, no

pueden prosperar pues por definición

el peronismo no es marxista,

30 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


es de tercera posición, esto es,

justicialista.

Claro que el lector estará pensando

que esa es una obviedad de

obviedades, todo peronista sabe

que la doctrina de Juan Perón no es

liberal y no es marxista. Y está bien,

responderemos, pero el peligro de

no repetir las obviedades es que estas

tiendan a olvidarse. Y los ejemplos

históricos corroboran la hipótesis.

Tanto “por derecha” como “por

izquierda” el peronismo siempre ha

sido una fruta prohibida y apetecible

para los parásitos ideológicos,

que con el fin último de reproducirse

y matar al máximo movimiento

de liberación nacional que ha dado

esta tierra, han sabido penetrarlo

cavando túneles cavernosos en

su estructura, con consecuencias

invariablemente infaustas para las

mayorías populares representadas

e identificadas con el peronismo.

Tal es el caso de la unión entre los

conservadores liberales —y neoliberales—

que permearon no a la expresión

partidaria del justicialismo,

pero sí al gobierno electo bajo ese

signo en 1989, que gobernó una década

entera. La década menemista

constituyó el ejemplo más cabal de

parasitación del peronismo, que

estuvo a punto de matarlo y lo dejó

gravemente herido. Una muestra de

ello es la crisis de representatividad

que duró hasta el año 2003, cuando

ningún candidato en las elecciones

generales logró obtener más

de un cuarto de la voluntad popular

expresada en las urnas.

Pero el parasitismo de “derecha”

es una cosa más bien rara. Es extraño

que un movimiento de liberación

nacional, que además es un

movimiento de masas, reproduzca

ideológicamente el discurso conservador

en lo social, liberal a ultranza

en lo económico, punitivista en lo

que atañe a la administración de

la justicia, excluyente en materia

de derechos políticos, sociales y

económicos y demás etcéteras que

entendemos por discurso “de derecha”.

Como antes lo expresábamos,

la ocasión en que en lo material

se llevó adelante un programa de

gobierno neoliberal en nombre

del peronismo, este no se expresó

desde lo discursivo ni desde lo

partidario, sino a través de la penetración

en los cargos ejecutivos por

agentes infiltrados que respondían

a la ideología neoliberal de la élite

global —la sinarquía que el General

Perón solía mentar.

Las aves menos raras y más prolíferas

entre las carroñeras que

sobrevuelan el peronismo suelen

ser “rojas”, esto es, “de izquierda”.

Y es que resulta más natural pensar

la penetración del marxismo cultural

que del liberalismo al interior del

peronismo, pues el sujeto privilegiado

tanto del peronismo como del

abanico de facciones de “izquierda”

es el mismo: la clase trabajadora.

Y ahí nacen las confusiones, los

parásitos y los híbridos.

El primer ejemplo de esa hibridación

entre marxismo y peronismo,

que causaría un terremoto cuyas

réplicas se extenderían por años,

Caricatura de John William Cooke, la tendencia a la izquierda socialista en el peronismo

clásico. La memoria estaba fresca en esos días y Cooke no tuvo mucho éxito en su intento,

pero luego vendrían las guerrillas marxistas y el progresismo en tiempos recientes a darle la

razón: la de un “peronismo socialista” prende con muchísima fuerza en amplios sectores del

movimiento nacional justicialista.

31 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Durante los años 1990 y al calor del Consenso de Washington, el menemismo hizo un exitoso entrismo liberal para poner a la Argentina en la

órbita de la flamante hegemonía unipolar de los Estados Unidos y Occidente en general, pero con la sutileza de seguir con la retórica peronista

para disimular el hecho. En el caso del entrismo por izquierda el discurso peronista es directamente suprimido y va siendo reemplazado

progresivamente por el discurso de izquierda.

lo encarna John William Cooke. El

Bebe nunca entendió del todo al peronismo.

Lo interpretaba a través de

su filtro, de las categorías foráneas

que había aprendido. Cooke veía

en el pueblo peronista un objeto

de adoctrinamiento en la teoría del

comunismo, ignoraba que la doctrina

justicialista ha logrado lo que

no logró Marx: unificar vertientes

inconciliables de la sociedad, diversas

y auténticamente heterogéneas,

pero amalgamadas por esa doctrina

de la igualdad de los derechos,

profundamente humanista y profundamente

cristiana. Mientras que

Cooke y sus seguidores desearon

“formar” a la masa para adoctrinarla

en valores revolucionarios importados,

Perón ya había logrado hacer

de esa masa informe una entidad

variopinta pero lo suficientemente

estable para ejercitar su potencialidad

revolucionaria.

Y es que el Bebe cometió un poco

el mismo error que los propios

detractores de Perón. Como un Gino

Germani cualquiera, que atribuía

a la “masa” peronista cualidades

de lo más despreciables, como

su heteronomía y su propensión a

verse enredada por la discursiva y

el encanto de un líder carismático,

paternalista y clientelar, Cooke

creyó que al pueblo peronista había

que educarlo, no fue capaz de ver

que era ese pueblo quien tenía una

lección para ofrecer. El carácter

policlasista del peronismo le generaba

desconfianza, estaba pensando

en un “proletariado” al modelo

europeo. Así fue cómo quien fuera

el más joven diputado electo del

país se distanció de Perón, de quien

había sido íntimo y delegado hasta

la traición de Frondizi, la huelga de

los matarifes del frigorífico Lisandro

de la Torre y el nefasto Plan CONIN-

TES y emigró a Cuba con el sueño de

encolumnar al PJ detrás de la revolución

que vio la luz en la isla allí

32 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


por 1959. Acaso Cooke haya sido el

primero en pensar en un “peronismo

sin Perón”, pues veía que el líder

resultaba un escollo para sus ambiciones

revolucionarias, así como lo

fue para las ambiciones dialoguistas

de Augusto Timoteo Vandor.

Pero también se puede pensar un

clima de época. Si Cooke no entendió

al peronismo en su auténtica

dimensión como revolución cristiana,

no puede considerársele como

el único colgado del guindo que hizo

esfuerzos sobrehumanos por encajar

al peronismo dentro de la caja

de las ideologías de cuño marxista,

aunque fuera con fórceps. La “tendencia

revolucionaria” es un ejemplo

de ello y se muestra como una

resultante de Cooke o bien como

un proceso paralelo a él, cuyas

influencias pueden tranquilamente

haber sido las mismas. El caso es

que la “izquierda peronista” que se

diferenció a sí misma de una “derecha

peronista” y una “burocracia

sindical” es otro éxito de la parasitación

del peronismo por parte del

marxismo, que contribuyó a caldear

los ánimos sociales en un contexto

ya conflictivo, de extrema violencia

política y social, con consecuencias

extremadamente graves para la

historia del país.

Pero esa historia es un cuento de

nunca acabar. En la actualidad, a

cuarenta y cuatro años del golpe de

Estado que las tres armas realizaron

contra la presidenta constitucional

María Estela Martínez de Perón y

luego de que dentro de la historia

oficial del peronismo triunfara el

ala más propensa a reivindicar a la

Tendencia, siguen emergiendo a la

arena pública personajes que, al

igual que el Bebe Cooke, desean

plantar palmeras en la Patagonia.

Allí lo tenemos a un Juan Grabois,

ese indefinible actor que juega más

de guardián del statu quo que de

revolucionario, pero con ínfulas de

Che Guevara de las pampas argentinas.

Es extraño Grabois. Se le

conoció una alianza bastante estrecha

con la exministra de Desarrollo

Social del gobierno de Mauricio

Macri, cuando el joven dirigente de

la Confederación de los Trabajadores

de la Economía Popular hacía

de nexo entre sus bases y las altas

esferas del gobierno oligárquico

para obtener prebendas en forma

de planes sociales. Hoy, caído

Macri, sus vínculos con la oligarquía

terrateniente se ponen de manifiesto

en la alianza con una heredera

del clan Etchevehere, cuyo apellido

da cuenta de su rancio abolengo. La

telenovela de Dolores Etchevehere,

a quien los medios de comunicación

amigables al gobierno llegaron

a caracterizar prácticamente como

una Robin Hood moderna (o una

Juana de Arco, vaya uno a saber)

pintan de cuerpo entero el oportunismo

político de Grabois pero

también las declaraciones de este

dan cuenta de la ensalada ideológica

que hay en su mente.

Grabois se define como cercano al

peronismo, aunque propone ideas

En el episodio de Dolores Etchevehere —quien por su parte ya ha vuelto al anonimato— en la

ocupación de un campo familiar, Juan Grabois dio una muestra de cómo debería ser el peronismo

según la opinión de la izquierda y el progresismo: avance contra la propiedad privada

y lucha de clases resultante de dicho avance. El establishment conservador reaccionó y puso

coto a la aventura de Grabois en Entre Ríos, puesto que allí se tocaban intereses de una

familia oligárquica. Pero el mensaje está dado y hay un numeroso sector que autopercibe

peronista y a la vez quiere llevar a cabo la revolución socialista.

33 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


alienígenas a este como una reforma

agraria de facto. Y ahí yace ese

marxismo oculto, insidioso, que

desea siempre pescar en la pecera

del peronismo o mejor, sumergirse

en ella y mimetizarse como un pez

más. Por un lado, los medios de

comunicación “amigos” ridiculizan

las propuestas de un cuadro como

Guillermo Moreno, quien sugiere

que con una ley de alquileres aplicada

al complejo sojero de la pampa

húmeda bastaría para garantizar

el acceso a la tierra por parte de

los productores —es decir, casi una

reforma agraria de hecho, pero sin

la espectacularidad que ese título

supone— pues aquellos propietarios

que no estén conformes con los

niveles de renta pueden proceder al

loteo y la venta, lo que conllevaría la

formación de una auténtica burguesía

agraria, en un sistema en el que

el propietario de la tierra sea quien

la explote y no quien sencillamente

goce de la renta. Por otro, esos

mismos medios enaltecen a Grabois

por sus valores “revolucionarios”,

lo que demuestra una vez más

el carácter de verdadero “hecho

maldito” del peronismo, pero en el

sentido de que siempre, sin excepción,

por “derecha” y por “izquierda”

han buscado desvirtuarlo para

desactivar su genuino potencial

transformador.

Mientras el progresismo se frota

las manos ante la perspectiva

de poseer y devorar esa fruta tan

apetecible que es el peronismo,

dulce al paladar del pueblo y amarga

para la sinarquía que ve en él

una manzana envenenada capaz

de echar por tierra sus planes de

conquista, el pueblo permanece en

ebullición, a la espera. El pueblo

peronista observa la escena con

extrañamiento, sigue aún hoy, y con

tanta agua pasada bajo el puente,

sin comprender esas ideas raras y

ambiguas que el marxismo cultural

le propone. El pueblo peronista

no entiende de proletariado ni de

reforma agraria ni de hoces o martillos.

Entiende de paz, pan y trabajo,

de principios y de valores cristianos,

de humanismo y cristianismo.

Entiende que en la mesa no faltaba

el pan cuando gobernó Perón y a la

Revolución Cubana no la vio ni por

televisión. Aún no sabemos qué nos

dejarán estos tiempos de parásitos,

solo el tiempo nos dejará visualizar

en su cabal magnitud la totalidad

del daño que este nuevo intento por

vaciar de contenido al peronismo y

transformarlo en un significante vacío

llegará efectivamente a producir

en el espíritu del pueblo argentino,

que es antes que nada peronista.

Pero es muy probable que mientras

sea el extrañamiento el sentimiento

que los embates provoquen, aún

queden esperanzas de la victoria

definitiva del pueblo, la independencia

definitiva de los poderes

foráneos que nos han colonizado

desde los albores de la organización

del pueblo-nación argentino.

34 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


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35 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


CONTENIDO EXCLUSIVO

¿Llega la

salvación?

En las escenas iniciales de la

película Soy leyenda (Estados

Unidos, 2007. 101 min.), el

personaje de una ficcional

doctora Alice Kripin anuncia en

un programa de televisión que ha

encontrado la cura para el cáncer al

modificar exitosamente el virus del

sarampión. En dicha escena introductoria

—que ha pasado inadvertida

para muchos, aunque explica

todo el film— la ficticia doctora

Kripin habla con esa moderación

impostada que es tan característica

de los británicos de “tomar algo

diseñado por la naturaleza (el virus

del sarampión) y reprogramarlo

para hacerlo funcionar de un modo

favorable al cuerpo humano”. Tras

un poco más de explicaciones

seudocientíficas del guion cinematográfico

y alguna que otra analogía

con autos veloces y con poner

policías al volante de esos autos,

la doctora Kripin informa que se

han sometido al tratamiento con el

virus genéticamente modificado del

sarampión 10.009 pacientes oncológicos

y que el 100% de ellos había

resultado “cáncer free”. “¿Entonces

Ud. realmente ha encontrado la

cura para el cáncer?”, le pregunta

la entrevistadora, a lo que la doc-

36 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


tora Kripin, gastando una flema

ya exagerada, contesta: “Sí, sí. Lo

hemos hecho”. Allí termina la fugaz

participación de Emma Thompson

en esta película interpretando a

Alice Kripin y empieza la historia

propiamente dicha, que es la de un

apocalipsis zombi resultante de las

modificaciones genéticas hechas

sobre el virus del sarampión.

Soy leyenda no es más que eso,

una obra de ficción basada en una

novela del año 1954 y una alegoría

o la expresión metafórica de los

posibles resultados de la manipulación

humana sobre la naturaleza. El

hombre ha modificado muchísimo

lo natural desde siempre, por cierto,

sobre todo a partir de la primera

revolución industrial, sin que nada

de eso hay resultado jamás en ningún

apocalipsis zombi ni nada por

el estilo. Se trata entonces de una

obra literaria y luego filmográfica

por duplicado (se había filmado ya

en 1964 bajo el título de El último

hombre sobre la Tierra) que deja

una reflexión cuya respuesta al

interrogante implícito quizá no esté

aun al alcance del conocimiento

general: ¿Tendrá consecuencias

la modificación que hemos hecho

históricamente a la naturaleza en

37 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


todo lo que se refiere a la alteración

genética de las cosas? No lo sabemos

y ahí está la ficción, como de

costumbre, formulando una hipótesis

que además nos resulta hoy muy

útil para formular otras hipótesis

sobre otro tema del que también

sabemos poco y nada: el actual

coronavirus que ha sido declarado

pandemia por la Organización Mundial

de la Salud (OMS) a principios

de este año.

No se sabe todavía si Soy leyenda

será una metáfora del coronavirus,

una analogía de la vacuna creada

para resolver el problema o nada

más que una obra de ficción sin

relación con la realidad, nadie sabe

si el coronavirus es el resultado de

experimentos con la naturaleza o si

eso será precisamente la vacuna y

el coronavirus fue el pretexto para

llegar hasta aquí. Lo que sí se sabe

es que después de casi un año con

población mundial socialmente

aislada o mínimamente distanciada,

noviembre comenzó con una

avalancha de noticias acerca de la

carrera por esa vacuna salvadora

con la que se quiere terminar con

el problema. Durante meses al hilo

y hasta el cierre de esta edición,

las 24 horas del día los principales

medios de comunicación dedicaron

su programación y sus páginas

al coronavirus, básicamente para

meter miedo. Y ahora el debate es

feroz acerca de si la vacunación

deberá ser masiva, obligatoria y si

da lo mismo adquirir una vacuna a

un laboratorio privado, a uno estatal

o producirla de manera local con

tecnología propia y en laboratorios

públicos. La conclusión resulta

siendo siempre la misma: no importa

quién fabrique la vacuna, qué

precio tenga o cualesquiera otros

detalles sobre su producción. Lo

verdaderamente fundamental es

obtenerla como sea para inmunizar

a toda la población en lo inmedia-

Producción de una dramática escena de ‘Soy leyenda’, la obra de ficción en la que se insinúa el peligro existente en la modificación genética

de la naturaleza por el hombre. Ante la urgencia de conseguir una cura para un mal como el cáncer, la alteración genética termina resultando

en el colapso total de la humanidad. Las obras de ficción son eso, alegorías de lo que realmente podría ser.

38 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


to. Solo así se espera posible el

advenimiento de la célebre “nueva

normalidad”. Entonces lo único que

se sabe y se puede anunciar desde

ya es que, por lógica, allí hay tongo.

Más allá de los debates ideológicos

en torno a la procedencia de la

vacuna —los anglófilos mediáticos

siempre se han inclinado a esperar

con ansia aquella que provenga

de Oxford, aunque también han

visto con beneplácito el anuncio de

Pfizer producido días después de la

elección presidencial en los Estados

Unidos, siempre en detrimento

del ejemplar provisto por el Estado

ruso, la Sputnik V— el consenso

tejido por los medios de comunicación

y repetido por el sentido común

supone la necesidad imperiosa de

hacerse a como dé lugar y cuanto

antes con una vacuna, proceder a la

vacunación masiva de la población

mundial y recién entonces y respirar

aliviados, rogando por la no llegada

de un nuevo brote. Pareciera que ya

no es posible proseguir con el ritmo

natural de la vida de la especie humana

sin mediar la “bala de plata”

de la que el titular de la OMS Tedros

Adhanom renegó categóricamente,

pero cabe preguntarse por qué

resulta tan imperativa una vacunación

masiva. ¿Es de hecho inviable

la supervivencia de la especie sin

una vacuna contra el coronavirus? Y

más aún: ¿Significará su llegada de

hecho una salvación para la humanidad,

será posible a partir de ahora

resolver la crisis monumental que la

pandemia contribuyó a agravar e incluso

acaso a generar? La respuesta

a esos interrogantes permanece

en el misterio, es una incógnita y no

es posible inferirla del comportamiento

de los actores involucrados

en el asunto.

Sin embargo, la histeria mediática

que envolvió durante todo el proceso

la cuestión de la vacuna es un

síntoma de la efectiva utilización de

El etíope Tedros Adhanom, titular de la Organización Mundial de la Salud, quien insiste en la

imposibilidad de que cualquier vacuna sea la “bala de plata” para terminar con el coronavirus.

Por lo que se ve, hay intereses contrapuestos: algunos desean vender la panacea universal

y otros, por el contrario, desean estirar el problema todo lo posible para estirar asimismo

su propio protagonismo, amén del negocio del sector que los financia.

la pandemia de coronavirus como

fundamento del control social y

más aún, como concentrador de la

riqueza para un grupo privilegiado

de actores. Independientemente del

origen o la naturaleza real del coronavirus

—que constituye hoy una

discusión estéril al no haber toda la

información—, es innegable a esta

altura de los acontecimientos que la

epidemia ha sido usufructuada por

los poderes fácticos con el objeto

de garantizar para sí el aprovechamiento

de la mayor porción posible

de la torta mundial. Si el virus mutó

de manera accidental o incidental,

si fue creado deliberadamente en

un laboratorio con fines específicos

de control poblacional o como arma

bacteriológica, si se trasladó a la

población por casualidad o accidente

o surgió a consecuencia del

hacinamiento de animales para el

consumo humano, todas las hipótesis

acerca del surgimiento del

primer brote del virus chino resultan

irrelevantes en este momento pues

el resultado es en esencia exactamente

el mismo. Sin importar quién

o qué haya originado la epidemia

ni por qué, lo cierto es que esta ha

sido funcional a los intereses del

sector que por regla general se suele

beneficiar por las crisis periódicas

del sistema capitalista. Resulta

entonces ingenuo suponer que

39 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


El miedo al coronavirus expresado en la cultura popular. Como base del negocio para asegurar

la obediencia de las masas, las élites globales vendieron miedo incesantemente a través

de sus medios de difusión durante casi todo el 2020. Aun al día de hoy, a la vista de que la

amenaza no es tal ni mucho menos, hay millones que se niegan a salir del escondite y evitan

cualquier contacto con otros seres humanos, a los que identifican como potenciales agentes

de contagio y muerte.

luego de la ocurrencia de un evento

tan extraordinario y de escala global

no se viera favorecido algún sector

específico de la economía mundial.

Esta no constituye un fenómeno

natural que se reproduzca de manera

autónoma por reglas fijas similares

a las que gobiernan la física de

los cuerpos o la matemática, es un

fenómeno humano y social regulado

y dirigido por la actividad y la consciencia

humanas. La historia, por

su parte, depende de los procesos

propios de la economía política

y por lo tanto no fluye de manera

natural, sino que depende del modo

en que los poderes fácticos diseñen

la reproducción de la vida material

del género humano.

Desde el inicio de la modernidad,

de hecho, los procesos políticos y

por lo tanto económicos del sistema-mundo

han estado regidos por

el actor vencedor en las revoluciones

que tuvieron lugar en la Europa

del siglo XVIII. Sin discriminación

de los regímenes resultantes en

un modelo de república parlamentaria

o aquellos que pactaron con

las autoridades de antiguo régimen

para establecer monarquías

constitucionales, lo cierto es que

los procesos políticos han estado

directa o indirectamente regulados

por el mismo sector corporativo que

gobierna la producción y distribución

de los bienes, esto es, por la

burguesía que con el correr de los

siglos se afianzó hasta formar una

auténtica élite mundial supranacional

e independiente de los Estados

nacionales.

No obstante, aquello que parecería

una verdad de Perogrullo tiende a

menudo a ser menoscabado por el

sentido común, el que desestima

de plano las teorías llamadas “de

la conspiración”. Buena parte de la

sociedad despolitizada y también

una considerable porción de la

militancia que consideramos propia

suelen descartar la idea —o la

evidencia, diríamos— de que existan

poderes que mueven hilos en

favor de ciertos sectores de poder

y en detrimento de otros sectores

sociales más débiles. Dándole

apenas la derecha a Adam Smith,

diríamos que no tiene lugar en la

praxis económica el laissez-faire,

no lo permiten los que controlan

lo que pasa y lo que se hace. Pero

la “mano invisible del mercado” sí

existe, hay un motor que regula y

dirige el comercio, aunque el titiritero

se esconde y no se deja ver. No

es que el mercado se autorregule,

sencillamente quien regula el mercado

toma la precaución de esconderse

tras un velo y hacer creer al

sentido común que todo aquel que

ose desenmascarar al artífice es un

“conspiranoico”, un bruto o un loco.

Asistimos entonces en este 2020 a

la utilización por parte de los poderes

fácticos de un evento global

como la pandemia, la que además

de implicar la pérdida de un considerable

número de vidas humanas

de manera directa contribuye a

generar una brutal destrucción de

la riqueza del planeta, implicando

en la práctica la pérdida o la degradación

de la vida de manera indirecta.

En una palabra, a las crisis

sanitarias sobreviene un proceso de

distribución regresiva de la riqueza,

la parálisis de la actividad económica

implica pérdidas incontables en

materia de producción y conduce a

su vez a la quiebra a innumerables

empresas de bienes y servicios que

no son capaces de hacer frente a la

40 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


sostenida caída de sus volúmenes

de ventas. Mientras la gran mayoría

lucha por subsistir, aquellos que se

benefician de la caída de los precios

internacionales de los bienes y

servicios aprovechan la riada para

pescar. Las empresas grandes compran

otras de menor escala a precio

vil, adquieren materias primas a

futuro, negocian fusiones empresariales,

fagocitan negocios de

menor envergadura, barren cuanta

riqueza les amerite la circunstancia

y esperan un nuevo ciclo económico

expansivo para afianzarse con una

concentración cada vez más exagerada

de la riqueza en su poder.

En otro tiempo, el negocio por

excelencia era la guerra que movilizaba

ingentes volúmenes de bienes

de consumo ordinario relativamente

marginal, como el armamento, pero

también de recursos humanos e

inteligencia y arrojaba a su paso

muerte y destrucción, dos negocios

visiblemente rentables. Todo aquello

que se destruye se debe reconstruir

y allí estaban las dinastías financieras

del mundo ofreciendo sus

servicios para contribuir a la destrucción

en una primera instancia y

a la reconstrucción después. Desde

el financiamiento en metálico o la

venta de armamento y pertrechos

o la erección ulterior de las ciudades

destruidas en zonas de guerra,

los poderes fácticos aprovecharon

siempre los eventos extraordinarios

—que a menudo se cuidaron muy

bien de propiciar— para enriquecerse

aún más.

Para muestra sobra un botón. Un

ejemplo paradigmático del aprovechamiento

de la guerra por parte

de la burguesía internacional lo

constituye la familia Rothschild,

una de las principales dinastías de

banqueros a nivel mundial. Del clan

Rothschild se dice que ha llegado

a ser a lo largo de sus casi tres

siglos de existencia la familia más

adinerada de la historia. Los Rothschild

pasaron de ser una familia de

orfebres prestamistas de ocasión

a una auténtica dinastía financiera

internacional haciendo usufructo de

las necesidades de financiamiento

de los nacientes Estados nacionales

durante las guerras napoleónicas.

A partir de ese hito se multiplicó

tan ampliamente la variedad de

sus negocios, incursionando en

los bienes raíces y en tantas otras

actividades que en la actualidad se

les atribuye de manera directa una

fortuna de 400.000 millones de

dólares, aunque sus negocios están

tan diversificados que no es posible

sacar un cálculo exacto de a cuánto

asciende su capital.

Pero la pandemia facilitó las cosas

y la enorme ventaja de este evento

global es la facilidad con que le es

dado a la élite hacer uso del terror

al enemigo invisible. Ha sido como

robarle una golosina a un niño a la

salida de la escuela y la clave es el

instinto de supervivencia natural

de la especie humana. No es fácil

provocar una guerra, las guerras requieren

mucho trabajo diplomático

Jacob Rothschild, el cuarto barón y heredero de la familia que viene haciendo negocios con

la guerra y el miedo hace unos tres siglos y hoy es una de las principales en la élite global

que gobierna de facto el mundo entero. Según los que hablan de “conspiranoia”, los Rothschild

son solo ricos y no hacen nada más que serlo, o bien directamente no existen.

41 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


y tiempo, pues por regla general los

seres humanos no estamos de ánimo

belicoso ni deseamos poner en

juego nuestro pellejo. Una amenaza

fantasma que se suspenda en el

aire y cause enfermedad y muerte a

su paso al estilo de la nevada mortal

de Oesterheld, por el contrario,

es un escenario bastante sencillo

de armar y una oportunidad dorada

que no debe desaprovecharse. Sea

o no cierta la terrible mortandad del

coronavirus, exista o no de hecho el

propio virus, haya este mutado de

manera natural o se haya desarrollado

en un laboratorio, la facilidad

con la que el establishment puede

operar sobre los pueblos del mundo

para generar terror a una enfermedad

es escandalosa. Mientras los

doscientos mayores grupos financieros

del mundo controlen a las

principales seiscientas firmas que

producen el 60% de los bienes y

servicios producidos en el mundo,

incluidos entre estos los servicios

de comunicación audiovisual,

siempre será posible operar sobre

el sentido común de una manera

mucho más sencilla de llevar a la

práctica que la que implica una

guerra, pero con los mismos resultados.

Pues al igual que la guerra,

el miedo a la muerte es un buen

‘V de Venganza’, otra obra de ficción que, por su parte, describe el miedo como mecanismo

de dominación de masas. Aunque concluye con un mensaje esperanzador de sublevación

general, la obra transmite la oscura idea del gobierno fáctico sustentado en el terror.

negocio. En una primera etapa generando

la destrucción del aparato

productivo y su pasaje a manos de

los grupos concentrados y en una

segunda etapa, vendiendo incluso

el antídoto contra ese miedo. Negocio

redondo de punta a punta.

La imagen pareciera cinematográfica,

digna de una ficción distópica

o un cómic a lo V de Venganza, pero

de hecho las élites operan constantemente

sobre el sentido común

generando contenidos que tienden

a hegemonizar su ideología global.

Mientras todos los canales de

televisión del espectro de “derecha”

a “izquierda”, las líneas editoriales

de las redes sociales y los medios

en general estén en el bolsillo de la

élite global que se replica en infinidad

de instituciones incluso llamadas

“de beneficencia”, generar una

conducta mundial determinada es

tan fácil como bajar línea en torno

a una idea y repetirla al infinito. Tal

sería el caso, por ejemplo, del aislamiento

social que ya no llamamos

“cuarentena” por una cuestión de

duración. Constituiría un ejercicio

interesante contar cuántas veces se

ha oído o leído allí por marzo o abril

en los medios masivos de comunicación

argentinos la orden “quedate

en casa”. Otras recomendaciones

como el uso estricto de barbijos

aún en la vía pública y en soledad

o estrategias como el conteo diario

de infectados y fallecidos por coronavirus

han resultado funcionales

a generar una atmósfera densa de

terror en la que la vida pareciera

estar constantemente en riesgo.

Y no solo la propia vida: el experimento

del coronavirus se ha aprovechado

del amor natural del ser

humano hacia sus pares, de la cualidad

gregaria intrínseca a la naturaleza

de la especie para favorecer la

disgregación social, pues el temor

al propio contagio repele y más aún

repele el temor a dañar a los seres

42 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


La delirante idea de que personas sanas usen barbijos en su día a día es la prueba cabal de cómo funciona la dominación por el miedo. Esa

dominación es tan efectiva y el miedo es tan irracional que no es infrecuente ver al día de hoy individuos usando barbijos mientras van solos

por la ruta. Nadie comprende que la única finalidad del barbijo es evitar que el portador escupa a otros al hablar y muchos están convencidos

de que se protegen teniéndolo puesto todo el día. Literalmente cualquier cosa puede imponerse sobre las masas si el miedo es correctamente

aplicado en dicha imposición, aunque se trate de un absoluto delirio.

queridos. Es un mecanismo de una

perversidad macabra y, sin embargo,

perfectamente efectivo en

generar la disolución paulatina del

tejido social y el resquebrajamiento

de las relaciones interpersonales.

La reforma laboral de facto que

gobiernos como el argentino parecen

haber realizado con la buena

excusa de la pandemia (sumada en

este caso a la “pesada herencia”

recibida del gobierno oligárquico)

puede citarse como ejemplo del uso

que los poderes globales han hecho

de la contingencia sanitaria hasta

el día de hoy. La destrucción del

tejido social, la pérdida millonaria

de puestos de trabajo, la reducción

de los salarios a consecuencia de

la parálisis de la economía son

algunas de las consecuencias que

un gobierno puede atribuir sin

dificultades a la crisis del coronavirus.

Mientras el ajuste sucede, la

legitimidad de las autoridades no

se erosiona en la misma medida en

que lo hubiera hecho de no mediar

esa circunstancia extraordinaria

que justifica lo injustificable.

Países como la Argentina ya negociaban

su libertad condicionada por

el endeudamiento brutal ante los

poderes fácticos y ahora además se

desesperan por obtener la vacuna

que les permita reiniciar la actividad

económica incluso al precio de

pagarles a sus propios acreedores

por ella. Es una paradoja perfecta

y para lograrla solo bastó el terrorismo

mediático, cuyo costo es

mínimo pues el aparato de opinión

ya le pertenece al poder fáctico y el

beneficio es total: la industria de la

información crece, las farmacéuticas

se desarrollan y aprovechan su

condición oligopólica para formar

precios, los salarios decaen, la

incertidumbre favorece la aceptación

de parte de los trabajadores de

la degradación de las condiciones

laborales. Todo ello gracias a la

pandemia.

Entonces surge la “esperanza”

de hallar la salida del laberinto.

Veíamos que son impredecibles

los resultados de la aplicación

de cualquier vacuna, todo es una

incógnita. Pero si debemos atender

a los antecedentes, a la lógica que

los procesos de crisis del sistema

capitalista han sostenido a lo largo

de la historia, no sería descabellado

suponer que a la crisis le sobrevenga

un ciclo expansivo cuya resultante

sea la consolidación del modelo

de concentración del capital que

43 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


la propia crisis facilitó. Síntomas

como la generalización en algunas

ramas de actividad de la robotización

en desmedro del recurso

humano, la extensión cada vez más

masiva del trabajo en el hogar o la

aceptación de condiciones paupérrimas

de contratación por temor a

la pérdida de la fuente de ingresos,

esto es, el disciplinamiento de facto

de las clases medias trabajadoras

y populares y la formación de un

ejército de desocupados en disponibilidad

parecen augurar una “nueva

normalidad” no muy auspiciosa.

La llegada de una vacuna no parece

garantizar un ciclo de crecimiento

con inclusión social y distribución

progresiva de la renta, más bien

todo lo contrario. Aun cuando a la

epidemia le siga un proceso expansivo

de crecimiento económico,

este no implicará necesariamente

la independencia económica de

los pueblos ni la ampliación de la

participación popular en relación

con el PBI. Un proceso de esas características

dependerá exclusivamente

de la voluntad política de los

pueblos en exigir a sus autoridades

el cumplimiento de las premisas

básicas de su contrato electoral.

Aquellos gobiernos que se empecinen

en sostener la discursiva de la

globalización y en someterse a los

designios de la “mano invisible” del

mercado, que es nada menos que la

mano de la sinarquía que mentaba

el General Perón, indefectiblemente

conducirán a los pueblos a la

consolidación de su dependencia.

La historia no es un hecho natural

como los procesos que estudia la

biología ni se rige por leyes exactas

como las de la matemática, se

parece más a la dramaturgia, pues

se escribe y se reescribe. Depende

de los actores atenerse al guion de

manera pasiva o correr el velo, mirar

quién se oculta detrás del telón y

arrebatarle la pluma para comenzar

a escribir la obra.

En Soy leyenda se insinúa que

la perspectiva de terminar con la

terrible amenaza del cáncer mueve

a la naturalización de las modificaciones

genéticas que finalmente

conducen al desastre. La película

quiere decir eso, quiere expresar el

peligro implícito en aceptar pasivamente

que unos iluminados jueguen

a ser Dios. Hoy la amenaza mortal

es el coronavirus y el miedo o el deseo

de terminar con el peligro está

naturalizando la idea de que cualquier

aguja es buena, está haciendo

aceptable en Brasil, por ejemplo,

que se tramiten ante la vista de

la generalidad “autorizaciones de

emergencia” para vacunar masivamente

quemando varias etapas de

investigación sobre la vacuna. No

se sabe todavía por qué esto es así

y no parece que todo es tan solo un

gran negocio para vender vacunas,

no lo es. Aquí hay algo más, algo

que aún no vemos y quizá no veamos

hasta que no está terminado el

proceso. Y seguramente hay alguien

—al que tampoco logramos ver—

moviendo los hilos, jugando con el

miedo que se supo instalar inicialmente

y haciendo de ese miedo

una urgencia presente. El sentido

común, como veíamos, considera la

sospecha una cosa típica de conspiranoicos

y piensa en la historia

como un proceso azaroso, no dirigido

por nadie. El sentido común no

ve los hilos y se ríe, pero una cosa

es cierta: hacerse llamar “conspiranoico”

por otros es un buen precio a

pagar por estar atento. Sin una buena

dosis de conspiranoia es imposible

advertir aquello que es como

el diablo de Baudelaire, cuyo mejor

truco es convencernos a todos de su

propia inexistencia. En estos tiempos

solos los conspiranoicos están

cuerdos.

44 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


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45 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


IDENTIDAD PERONISTA

El recuerdo para la liberación

MARCELO

GULLO

No ha sido infrecuente en los

últimos tiempos que los analistas

de la política internacional

dediquen sus estudios

a proyectar las condiciones

de formación y la cronología del

nuevo orden mundial, cuyo advenimiento

parece casi imposible

de soslayar a la luz de los acontecimientos.

Mientras tanto, tiene

lugar al interior de las principales

potencias del mundo la pugna entre

pelear por una hegemonía mundial

o establecerse como potencias

regionales en el contexto de ese

nuevo ordenamiento, uno de tipo

multipolar. La consolidación de este

último parece inexorable, independientemente

de las voluntades

políticas de los propios actores que

juegan en el esquema mundial. Tardará

más años o menos en alcanzar

la plenitud, pero parece imposible

de frenar un proceso que ya muestra

sus primeras manifestaciones.

A los argentinos en particular y

los hispanoamericanos en general,

sin embargo, nos resulta lejana

la discusión acerca de cómo podríamos

participar en un orden

multipolar cuando las condiciones

parecen estar condenándonos al

eterno rol de patio trasero o colonia

económica de alguna potencia que

nos someta. Desde las guerras de

independencia en adelante, pare-

46 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


ciera finalmente haber sido ese el

lugar que el orden mundial otorgó a

las antiguas colonias de la corona

española y entonces cabría preguntarse

si de hecho es posible lograr

efectivamente una independencia

definitiva de los países de nuestra

región, para que por una vez en la

historia seamos capaces de erigirnos

en el lugar de poder que nuestras

ventajas comparativas parecen

decretarnos como destino natural

y, no obstante, aún inconcluso. La

respuesta sigue siendo positiva. La

independencia de la Argentina depende

de la unidad con el resto de

los Estados iberoamericanos y esta,

a su vez, está sujeta al ejercicio de

memoria que los pueblos americanos

tienen la obligación de ejercer

como condición sine qua non de

su liberación: la insubordinación

fundante de la independencia iberoamericana

depende directamente

de que los pueblos recuerden que

forman una única nación mestiza

capaz de funcionar como un organismo

fuerte frente a la amenaza

externa de otros polos de poder.

Pero no parece tan sencillo. La

élite global ya tiene pensado un

miserable puesto para la región y en

todo momento trabaja incansablemente

en función del objetivo de debilitar

la voluntad soberana de los

pueblos y empujarlos a someterse

en todo momento a sus designios.

En ese sentido, la estrategia que

predica el establishment apátrida

para todos los pueblos del mundo

es el liberalismo como ideología

de la dominación. El liberalismo

de “izquierda” que llamamos progresismo

y el liberalismo de “derecha”

que llamamos neoliberalismo

conforman una dictadura liberal

fuera de la que es ilegítimo pensar

el mundo, pues ella misma regula

lo que es “políticamente correcto”.

Se trata, en el sentido más estricto,

de una auténtica dictadura de lo

políticamente correcto, entendido

este último como aquello que se

adecua a alguno de los dos moldes

o formatos que el liberalismo se ha

dado y bajo los que actúa solapadamente.

Ahora bien, ¿cuál es la

estrategia de la oligarquía financiera

internacional para Iberoamérica

en general y para la América del Sur

en particular? De responder a esa

pregunta depende directamente la

estrategia que nuestra región deba

abordar para rebelarse en contra de

los poderes fácticos y refundar su

segunda independencia, la definitiva.

La oligarquía financiera internacional

es el núcleo del establishment

y tiene diseñadas dos ideologías

específicas de subordinación para

nuestra región: el abortismo o la

prédica del aborto como método de

control demográfico y el fundamentalismo

indigenista fragmentador

como prédica de la supremacía

indígena plurinacional por sobre el

nacionalismo hispanoamericano,

o la apelación al derecho de autodeterminación

de los pueblos por

encima del derecho de integridad

territorial de los Estados soberanos.

Son dos estrategias internas

al propio liberalismo que, por sus

características particulares, cuajan

al interior de los pueblos de la

región, los que resultan permeables

a ambas estrategias debido a que

estas responden a problemáticas

latentes al interior de las sociedades

hispanoamericanas: la problemática

poblacional y la problemática

indígena.

Por lo primero, la pregunta fundamental

es: ¿por qué? ¿Por qué la

oligarquía financiera internacional

encuentra atractivo seducir a los

pueblos de la América del Sur para

que militen el abortismo indiscriminado?

Si bien es cierto que en

algunos de los núcleos urbanos de

la región existe una cuestión social

latente derivada de la densidad

Junto a la minería tradicional, la ingente producción de alimentos y el agua dulce en auténtica

superabundancia, el litio es uno de los recursos naturales de América codiciados por los

ricos del mundo en general. Para que la explotación de esos recursos sea un proceso lineal

y sin apenas resistencia. Para ello, es fundamental despoblar a los territorios a explotar y en

eso andan las élites globales con su tráfico de ideología al por mayor.

47 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


La presión ejercida por oenegés financiadas por las élites globales como Amnistía Internacional

deja al descubierto el interés de dichas élites en la legalización de la práctica.

Descartando cualquier motivación filantrópica que los ricos del mundo jamás tienen por

definición, es una obviedad que en la cuestión existen intereses geopolíticos. Las élites globales

necesitan controlar la política demográfica de los países para acceder a sus riquezas.

demográfica y las condiciones

de vida pauperizadas de muchas

poblaciones, la cuestión del aborto

no parece ser una prioridad en la

agenda cotidiana de los pueblos

hispanoamericanos pues estos son

mayoritariamente practicantes de

alguna de las formas de la fe cristiana

y, por lo tanto, renuentes a

una práctica que consideran abominable.

La instalación del tema en

agenda debe necesariamente ser

artificial y premeditada y la respuesta

es sencilla: América del Sur

es una de las regiones del mundo

más ricas en materias primas, en

biodiversidad y en biomas, con

casi la totalidad de los climas y

microclimas e infinidad de recursos

determinados por ellos. El Cono Sur

es de hecho una región mucho más

rica que África, pues en primer lugar

abarca todas las latitudes, desde el

sur austral hasta la zona tropical,

pero sobre todo porque la enorme

columna vertebral del continente,

la Cordillera de los Andes, determina

la mayor diversidad climática

y de biomas del planeta. Todos los

climas, todas las diversidades y

todos los minerales están en América

del Sur, por lo que las posibilidades

de producción, de convertir

a la región en el granero del mundo

y en la minera del mundo son incalculables,

infinitas. Tal como ya

lo contestó Perón cuando le hicieron

esta pregunta en la década de

1970, el objetivo de la prédica del

aborto indiscriminado es el despoblamiento

de la América del Sur. La

oligarquía financiera quiere, desea

y necesita como condición determinante

de su proyecto una América

del Sur despoblada, vacía de personas

y en consecuencia fácilmente

dominada y explotada, subordinada

simplemente a la condición de

invaluable reservorio de materias

primas listas para su expoliación.

Pero este plan es de largo aliento y

ha venido preparándose desde hace

décadas, incluso desde la época

del General Perón. Fue el líder del

mayor movimiento de liberación

nacional gestado en esta tierra

quien a lo largo de la década de los

1970, antes de asumir su tercera

presidencia —pero también en casi

todos sus discursos como presidente

de la Nación y en su testamento

político, el Modelo Argentino para el

Proyecto Nacional— quien advirtió

que el destino de la Argentina como

potencia regional y mundial debía

estar acompañado por un proceso

de población del territorio nacional,

motivo por el que el aborto siempre

fue considerado por Perón como un

instrumento de la sinarquía para retrasar

el desarrollo de las naciones

emergentes.

En la actualidad el proceso se

ha intensificado y asistimos a una

ofensiva de la oligarquía financiera

internacional para imponer el

aborto en toda la región, comenzando

por Argentina. De acuerdo con

una suerte de “teoría del dominó”,

el cálculo estipula que a la caída

de la Argentina caerán automáticamente

Chile, Perú y los países

más pequeños que conforman la

América del Sur. Por eso se pone

de manifiesto en este momento la

siguiente paradoja histórica, que es

enorme: el partido representante

del movimiento fundado por el General

Perón, un movimiento contra

hegemónico de liberación nacional,

ha abandonado su potencial revolucionario

para transformarse en

un partido de administración de la

dependencia que obedece al establishment

mundial. El presidente

Alberto Fernández rubricó su adherencia

y su obediencia a la agenda

de la oligarquía financiera internacional

al presentar en el día de la

48 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


militancia peronista el proyecto de

legalización del aborto, haciéndose

eco así de uno de los principales

ejes del plan de la oligarquía financiera.

El aborto es una orden abierta

de parte del establishment para

asegurarse el acceso a un continente

escasamente poblado que resulte

más funcional a su proyecto de

reprimarización de las economías

y el sometimiento de las naciones

mediante relaciones de coloniaje

entre los países centrales y el continente.

No sin el ingrediente extra de

la utilidad de proyectos antipopulares

y controvertidos como el aborto

para atizar las luchas intestinas

entre facciones sociales defensoras

de posturas antagónicas.

La segunda ideología diseñada

por la élite global para los pueblos

sudamericanos es el fundamentalismo

indigenista fragmentador. Pero

antes de adentrarnos al análisis

de las consecuencias del impulso

de esta ideología, nefastas a largo

plazo para toda la región, es indispensable

realizar la salvedad de no

se trata de la legítima reivindicación

de los hermanos indígenas más

postergados, aquellos de quienes

habló Manuel Ugarte. No se trata

de las reivindicaciones sociales

del indígena, con la deuda social

que es real, está largamente documentada

y que debe plantearse en

todo momento, con el objetivo de

repararse una deuda histórica. El

fundamentalismo indigenista fragmentador

es una ideología insidiosa

que va de la mano de la leyenda

negra de la conquista española de

América, la primera fake news de

nuestra historia y la obra más genial

del marketing político británico. Y

cuando nos referimos a esta como

fake news, queremos significar que

para entender la historia del continente

americano se debe necesariamente

resaltar la labor del imperio

español en establecer en el territorio

del Nuevo Mundo una serie de

condiciones de unidad nacional que

hacen del pueblo americano una

nación única en su clase: la lengua

castellana y la fe cristiana han sido

las dos condiciones de nacionalidad

más importantes que España

heredó a los pueblos americanos.

Pues tal como lo explican Rodolfo

Puiggrós y José Carlos Mariátegui,

la España que llega a América en

1492 es una España premoderna,

aun no guiada por el afán de lucro

rector de la modernidad y, a pesar

de los enormes errores que el reino

español cometió, la principal virtud

de la conquista española es el

mestizaje.

El mestizaje crea un pueblo nuevo,

unido en una única lengua y en

valores comunes. Con el arribo del

inmigrante europeo al continente

americano, al extrañamiento sobreviene

el mestizaje. Al mezclarse

con el que llega, la población que

estaba deja de ser como era y el

que llega deja de ser como llegó.

Desde California, Texas y Arizona

hasta la Tierra del Fuego, España

forma así un único pueblo conti-

La bandera de los autodenominados mapuches, flameando en lo más alto durante una

manifestación por la nueva constitución chilena y desplazando del lugar protagónico a la

bandera nacional. De a poco el indigenismo fragmentador impone el concepto de plurinacionalidad

al interior de un solo Estado para que más tarde esa idea pueda utilizarse en la

balcanización del territorio, como ocurrió ya en Yugoslavia.

49 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


Bolívar y San Martín, libertadores de América que pensaron en una patria grande antes de

que los británicos metieran cizaña y fragmentaran la región en países no necesariamente

representativos de la realidad de los pueblos en ese momento. Excepto en Brasil, en Belice

y en las Guayanas, no había desde el Río Bravo hasta la Patagonia más que hispanoamericanos,

un solo pueblo-nación que se hubiera contenido perfectamente en un solo país de

vastísima extensión e incalculables riquezas y poder.

nente que no pudo constituir una

única nación por intriga de las

logias británicas que boicotearon

los proyectos unionistas de San

Martín y de Bolívar. El pueblo continente

hispanoamericano, se constituyó

entonces por acción de la

diplomacia británica en una nación

inconclusa. Los iberoamericanos

no somos pobres ni somos subdesarrollados.

Si parecemos serlo es

porque estamos divididos, porque

hemos sido subordinados a un lugar

de subdesarrollo, siendo nuestro

destino natural la unidad nacional

y estando nuestro desarrollo atado

necesariamente a esta.

Ahora bien, el fundamentalismo

indigenista fragmentador toma

la leyenda negra de la conquista

española y se hace carne de ella

para partir del rechazo del proceso

de mestizaje y de la unión de dos

pueblos que formaron un pueblo

nuevo. De allí que rechace la lengua

castellana y los valores cristianos,

enarbole las banderas indígenas

y desconozca de manera cada vez

más radical la autoridad de los

Estados nacionales. Es decir, que

la élite global hace uso de la existencia

de una cuestión indígena en

América para instalar debates secesionistas

lo que impide la unidad de

los pueblos iberoamericanos y, aún

más grave, provocar invariablemente

el surgimiento de movimientos

independentistas al interior de los

estados americanos.

Pero antes de seguir adelante es

preciso hacer una digresión para

entender que de hecho la región de

la América Hispana conforma una

nación única, inconclusa. Supongamos

que llega a Montevideo

un extranjero, digamos un ruso.

Este hombre pregunta dónde se

encuentra, le responden que está

en Uruguay. Allí, observa, se habla

castellano y se le reza a un dios. Al

día siguiente, el hombre cruza el Río

de la Plata y llega a Buenos Aires

donde encuentra con sorpresa que

los habitantes hablan la misma

lengua que en Montevideo, le rezan

al mismo dios que allí y consumen

los mismos alimentos. Esto es, llega

a un lugar donde tienen las mismas

costumbres y los mismos valores.

“Debo estar en el mismo país”,

piensa el viajero. Pero pronto se

entera de que ahora está en Argentina.

Extrañado, el ruso se sube a un

avión y cruza la cordillera, tan solo

para encontrarse con el pueblo-nación

chileno y sus innumerables

similitudes con los anteriores. Así,

un viajero podría recorrer el continente

completo desde la Tierra del

Fuego hasta México y nunca hallarse

frente a un pueblo que hable otra

lengua o rece a otro dios. Independientemente

de las variaciones étnicas

e idiomáticas de cada una de

las regiones, en esencia se trata de

una única nación al entenderse el

concepto de nación bajo un criterio

no biológico, sino cultural, lingüístico

y de valores. El indigenismo

fundamentalista afirma que existen

tantas naciones como pueblos indígenas

y que debe haber el mismo

número de banderas. Mientras

los nacionalismos americanistas

propenden a la unidad nacional y

la conformación de una auténtica

patria grande, el fundamentalismo

50 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


indigenista como ideología importada

por el progresismo pretende

la subdivisión de aquello que ya ha

sido dividido de manera artificial

con fines de dominación.

Lo que el establishment internacional

se propone para la América

Hispana entonces es vaciarla de

población, dividirla en tantas unidades

políticas como sea posible y

que cada una de ellas se reconozca

como nación independiente. Si bien

la Argentina es un caso extremo de

país con enorme extensión territorial

—el octavo más extenso del

planeta, de hecho— y muy escasa

población, el patrón se repite por

toda la región. Países como Perú o

Brasil poseen extensos territorios y

con zonas virtualmente desérticas

desde el punto de vista demográfico.

Todo el centro geopolítico de

América del Sur está vacío, despoblado.

Y quieren que se siga despoblando.

El liberalismo de izquierda que

llamamos progresismo se apropia

de causas nobles y las utiliza a

su favor, hace uso de problemas

que los pueblos deberían resolver,

pero ante esos problemas propone

remedios que son peores que la

enfermedad. Tales son los casos de

las reformas constitucionales en

Chile y en Perú donde, mientras que

es fácilmente reconocible la necesidad

de modificar esos regímenes,

aunque con el deber de evitar la

situación que tuvo lugar en Rusia,

es decir, evitando el caos posterior,

la élite global impulsa modelos

constitucionales que incluyan el

concepto de plurinacionalidad.

¿Cuál es el problema de la noción

de la plurinacionalidad? Pues basta

con observar lo sucedido en Yugoslavia

para comprenderlo: durante el

siglo XX ese país se formó sobre las

bases del establecimiento de la plurinacionalidad

como figura que se

impone en el derecho internacional

por sobre el derecho a la integridad

territorial de las naciones. Cuando

Yugoslavia vio surgir al interior de

su seno movimientos secesionistas

en Croacia y Eslovenia, esgrimió su

derecho consagrado a la integridad

territorial ante la amenaza de

Alemania, que pretendía aceptar y

declarar unilateralmente la inde-

Buenas migas. El liberalismo “de izquierda” y el liberalismo “de derecha” se dan la mano en la cuestión del aborto para declarar la existencia

de la agenda común. El progresismo y el neoliberalismo son dos caras de una misma moneda liberal cuyo proyecto es la desposesión de las

mayorías populares y todo el poder a las oligarquías mundiales.

51 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


pendencia de Croacia y de Eslovenia.

Surgido el conflicto, en los

foros internacionales del derecho

se planteó la disyuntiva sobre qué

derecho primaba, si el derecho a la

integridad territorial que sostenía

Belgrado o el derecho de autodeterminación

de los pueblos que clamaban

Croacia y Eslovenia. En ese

contexto, el derecho internacional

respondió a través de la Organización

de las Naciones Unidas sosteniendo

que, dado que Yugoslavia

había reconocido la existencia de

naciones diversas al interior de su

territorio, primaba el derecho de autodeterminación

de los pueblos, lo

que finalmente derivó en la disolución

de Yugoslavia en estados más

pequeños y por ende más pobres.

Si los pueblos de la América Hispana

sancionamos constituciones plurinacionales,

caemos en la trampa

del imperialismo. Habrá sublevaciones

regionales en 20, 30 o 40 años

y en esas sublevaciones se reclamará

la primacía del derecho de la

autodeterminación de los pueblos

por sobre la integridad territorial de

los países de la región. Así, el derecho

internacional se amparará en la

jurisprudencia asentada por el caso

yugoslavo para legitimar la balcanización

de la América del Sur. Lo que

el establishment está cocinando a

través de esta forma específica de

la subordinación cultural que llamamos

fundamentalismo indigenista

fragmentador no es sino la atomización

del territorio que, complementándose

con la implementación

del abortismo serial, conllevarán el

vaciamiento social y la fragmentación

de la región más rica del mundo

para que sirva exclusivamente

como reservorio de materias primas

que abastecerán a los países centrales,

consolidando así el proyecto

colonizador definitivo de la América

Hispana.

Soldados separatistas croatas durante la guerra civil en la que se disolvió Yugoslavia. Al

formarse y quizá a tono con el espíritu progresista que predominó en Europa hasta la II Guerra

Mundial, ese país de los Balcanes reconoció la plurinacionalidad en el seno del Estado

yugoslavo, seguramente con las más nobles intenciones. El problema para los yugoslavos

es que más tarde esa idea de la existencia de varias naciones —croatas, serbios, bosnios,

eslovenos, montenegrinos y aún más— fue fatal para la unidad. Cada uno de esos grupos

empezaron a reclamar su independencia y ahora son una miríada de Estados con escaso

territorio, virtualmente ninguna riqueza y sin ningún poder para la defensa de sus intereses

en la geopolítica. Son países fantasmas en el equilibrio internacional.

Al truncar la unificación de los

estados americanos en una nación

americana y al estimular la fragmentación

del continente en nuevos

Estados-nación, la oligarquía

financiera internacional se asegura

que no pueda surgir en Iberoamérica

un nuevo poder que se incorpore

al orden multipolar que se avecina.

Y hablamos aquí de Iberoamérica

y no de América del Sur porque

como nos enseñó Perón, la unidad

de Iberoamérica es imposible sin la

integración entre los dos gigantes

del sur, Argentina y Brasil, el núcleo

de aglutinación de la América del

Sur que haría posible la unión de

todo el continente desde México

hasta la Tierra del Fuego. La integración

regional que nos permita

convertirnos en uno de los polos de

un nuevo orden multipolar empieza

necesariamente por la integración

argentino-brasileña para conseguir

la aglutinación de la América del

Sur. Una América del Sur que debe

incorporarse a ese mundo multipolar

no como proveedora de materias

primas simplemente, pues la actividad

primaria es insuficiente para

ofrecer oportunidades de trabajo

a toda la población y significaría la

incorporación como un polo pobre,

no como un polo de poder. Para

constituirse en un polo de poder,

Iberoamérica deberá asentarse en

su identidad nacional aglutinadora,

concluir esa nación inconclusa.

Todo lo que atente contra el

mestizaje es parte de la estrategia

del establishment para evitar la

concreción efectiva de la unidad, el

robustecimiento de América como

potencia unificada. Sin la reconstrucción

de la unidad perdida no

puede surgir una insubordinación

fundante que decrete la independencia

definitiva de la región,

erigida en un polo de poder capaz

de negociar en condiciones favorables

y de igualdad con los demás

52 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


actores del mundo. Es necesario,

entonces, recordar. Los pueblos

americanos deben recordar que la

experiencia de mestizaje los había

aglutinado en una nación extensísima,

que fue la diplomacia colonial

británica la que operó en la primera

fragmentación territorial de América

en diversos Estados y es la misma

diplomacia, encarnada ya en la

oligarquía financiera internacional

la que pretende reducir a su mínima

expresión los estados americanos

para consolidar así su dominación

definitiva. Si en las experiencias

de unión europeas, por ejemplo, el

ejercicio consistió en olvidar (olvidar

las ofensas mutuas acaecidas

antaño), la América debe partir

desde lo positivo, desde el recuerdo,

para reconstruir la unidad que

le es natural y le fue artificialmente

extirpada.

El advenimiento del nuevo orden

mundial a cuyos albores asistimos

presentará una única oportunidad,

acaso la definitiva, para que

el Cono Sur e Iberoamérica toda

se erijan potencia mundial, condición

que la mano divina le pareció

otorgar ineludiblemente a través

de una geografía privilegiada y la

experiencia histórica extraordinaria

del mestizaje, que dio a luz a

un pueblo nuevo cuyos rasgos son

superadores de los componentes

iniciales, pues del proceso emergió

una nación única, genuinamente

americana y homogénea en lengua,

valores y pasado en común.

El cumplimiento de ese mandato

divino permanece como siempre en

manos de los pueblos. Se trata, definitivamente,

de refundar la unidad

natural que el proceso de conquista

significó, pero también de depurar a

la nación continente de todo rastro

de las ideologías foráneas implantadas

por la oligarquía financiera

internacional. El neoliberalismo y el

progresismo encarnado en la multiplicidad

de oenegés que financian

y publicitan las ideologías de

subordinación en los países de la

región deben ser expulsados en lo

inmediato y sus proyectos, desechados.

Los gobiernos como administradores

de la dependencia deben

dar lugar a movimientos de nacionalismo

popular que entiendan que

los principios y los valores propios

de los pueblos son la matriz justa

y necesaria donde han de reposar

las democracias americanas. En la

América del futuro solo habrá lugar

para nacionalismos de inclusión

que consoliden los vínculos de mancomunidad

y fraternidad fundantes

de la auténtica patria grande que

soñaron San Martín y Bolívar, la que

es condición determinante de la

independencia definitiva de los pueblos

y del surgimiento de un nuevo

actor fuerte en la geopolítica de los

próximos siglos: nuestra América

unida.

Oficiales uruguayos en Asunción al finalizar la Guerra de la Triple Alianza, en la que americanos

masacraron a otros americanos para garantizar el éxito de la revolución industrial en

Inglaterra. La Triple Alianza —que fue cuádruple, porque fue dirigida por los británicos— es

un resultado de la frustración del proyecto de San Martín y Bolívar: en vez de hermanos

unidos, fratricidas y cipayos. Nos matamos para satisfacer a los de afuera.

53 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020


LA EXPRESIÓN DE LO NACIONAL-POPULAR

POR PUNCH

54 HEGEMONIA - NOVIEMBRE DE 2020

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