Libro Relatos de la Revuelta

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Este libro recoge las vivencias de quienes formaron parte de este proceso histórico. Las historias recopiladas no están en un orden cronológico y se desarrollaron a lo largo del país y en el extranjero. Las emociones plasma- das en cada línea son el reflejo del sentimiento colectivo. Un sentimiento de cambio y justicia social.


RELATOS DE LA REVUELTA POPULAR



RELATOS DE LA REVUELTA POPULAR

Primera edición: Octubre, 2020. Santiago, Chile.

Coordinador: Primera Línea – Prensa

Editores: Alexis Polo, Ignacio Kokaly

Diseño de portada: Francisco Javo

Dirección Artística: Mario Hans, Yanara Toro

Registro de Propiedad Intelectual

ISBN 978-956-9283-31-4

Primera edición de 600 ejemplares

SIGNO Editorial

Jorge Calvo j.calv.r@gmail.com

Diseño y diagramación: Ximena Catalina Pedraza

Autor de Imagen en portada: Francisco Javo.

Impresión Gráfica LOM

Ilustraciones:

Ignacio Paredes @barefootonslugs

Francisco Javo @fco_javo

Serpiente Sal @serpientesal

Nicolás Pasten @vtheimpaler

Valentina Zapata @v.frufru

Josefina Henríquez @finahnrqz

Fernando Muñoz @mueranmalditos

Gustavo Paredes Labraña @uoie.a

Fabián Coppola @fabian_coppola

Mato Rivera @matorivera

Ropa Sucia @ropasucia

Sebastián Cifuentes @scfnts.t

Gars @gars.tveb

Diego López @voltvire

Todas las partes de esta publicación pueden ser reproducidas, almacenadas o

transmitidas en cualquier medio, electrónico, químico, óptico, de grabación o

fotocopia, con la sola obligación de mencionar la fuente.



Este libro está dedicado a aquellos que un día se atrevieron a soñar con

un país más justo y próspero; que salieron a la calle para gritar y exigir la

dignidad que todo ser humano merece, con la convicción de ver, algún día,

un mejor futuro. A quienes abrieron las grandes Alamedas y repletaron

las calles a lo largo de todo Chile. A las y los que machacan ollas, a las y

los que prenden barricadas; a las y los secundarios que tomaron de los

hombros a un país entero y lo hicieron despertar saltando torniquetes;

a cada integrante de la Primera Línea que, con sus escudos, y a veces

con su propia carne, frenaron los disparos de las armas que el Gobierno,

Carabineros y militares apuntaron contra su propio pueblo. Para aquellos

que fueron mutilados por el solo hecho de abrir sus ojos y negarse a

cerrarlos frente a tanta injusticia desatada. Para los que un día salieron y

jamás volvieron. Para las y los que luchan.

Nada ni nadie está olvidado. Más pronto que tarde nos miraremos a los

ojos cuando la dignidad se haga costumbre, y recordaremos que, en este

país lleno de miseria y abuso por parte de un puñado de inescrupulosos,

no estamos solos en la lucha. Nos estamos volviendo a encontrar entre

lágrimas y risas, entre carteles y golpeteos de olla, entre fugaces sueños

que pronto serán realidades vívidas; y en la intimidad cómplice de cantar

juntos frente al fulgor de una barricada, con la lealtad anónima de una

persona encapuchada dispuesta a arriesgarlo todo con tal subvertir el

orden establecido, seremos capaces de decirnos, con toda soltura, lo que

este breve apartado pretende expresar: Gracias.



INTRODUCCIÓN A

LOS RELATOS DE REVUELTA POPULAR

El 18 de octubre marcó un antes y un después en el Chile contemporáneo.

Millones de personas se movilizaron a lo largo del territorio

para exigir dignidad, esa dignidad que fue arrebatada a punta de fusiles

y bombas por las fuerzas armadas en absoluta complicidad con

quienes gobiernan hoy.

“No son 30 pesos, son 30 años”, fue la consigna que levantaron millones

en octubre pasado, enumerando cada uno de los derechos que

les fueron arrebatados por el Estado y entregados a empresas transnacionales.

Sin embargo, el letargo no podía durar para siempre. El

oasis que tanto enorgullecía a la clase dominante era un espejismo

cargado en los hombros de la clase trabajadora.

La valentía y el arrojo de cientos de estudiantes secundarios hicieron

despertar a un país entero cansado de la corrupción, de la injusticia y

la miseria propia del sistema capitalista. El 18 de octubre, y a pocos

días del primer salto a un torniquete, miles de almas se encendieron.

El sueño colectivo volvía, era más palpable que nunca. No obstante,

un puñado de mezquinos empresarios y la clase dominante, como

lo hicieron tantas veces a lo largo de la historia de Chile, no dudaron

en declararle la guerra al pueblo. Asesinatos, torturas, violaciones y

mutilados fue la estrategia que llevó a cabo Sebastián Piñera para

acallar las voces que exigían a gritos dignidad por todo Chile.

A pesar del dolor, la rabia y la impotencia ante tanta crueldad desatada

por los aparatos represivos del Estado, y especialmente de Carabineros,

el pueblo y su marcha de gigante no se detuvo.

Este libro recoge las vivencias de quienes formaron parte de este

proceso histórico. Las historias recopiladas no están en un orden

cronológico y se desarrollaron a lo largo del país y en el extranjero.

Las emociones plasmadas en cada línea son el reflejo del sentimiento

colectivo. Un sentimiento de cambio y justicia social.

Equipo Primera Línea – Prensa



18 de octubre, Jorge Müller

Me daba lata ir a clases, era la única clase a la que asistía de los

cuatro ramos que me quedaban. Fui, sentí que fueron tres horas

perdidas. Salí corriendo de la u a las 12:30. El Metro estaba repleto

de carabineros y perros policiales. Tenía que trabajar de las 12

a las 22. Llegué, estuve media hora, la tele transmitía en vivo la

represión que se estaba viviendo en toda la red del Metro y a las

afueras de las estaciones. Me fui. Dejé mis cosas en el casillero

porque volvería. En Bellas Artes ya no había Metro, solo un montón

de gente peleando afuera con carabineros que mantenían la

estación cerrada. Caminé a Plaza de Armas, ahí la estación estaba

en poder de un grupo de secundarias. Me subí al Metro para llegar

a Tobalaba. Ya no había casi estaciones abiertas. Estaba en eso.

Sonó el teléfono. Tres perdigones. Debemos sacarlo rápido del lugar

en el que está. Corrí de Salvador a Universidad de Chile. Una

nube lacrimógena cubría todo el lugar. Barricadas en los alrededores

y el estruendo de las escopetas que no dejaban de sonar. De

repente, un impacto. Sangre en el brazo, quema. Te encontré, te

saqué de ahí. Llegan los demás. Nos movemos a un lugar seguro.

Ya es de noche. El Gobierno invoca la Ley de Seguridad. La estación

de metro que tenemos cerca está ardiendo. Me voy, debo llegar

a casa. Ya casi no hay micros. La gente habla, parece que los

milicos salen a la calle. El trauma revive. Camino en dirección al

oriente, 9 troncales del Transantiago están ardiendo. Las llamas

son tan grandes como la cordillera. Recuerdo que tengo celular.

Llamadas pérdidas, mensajes sin contestar. Llegué a la casa, mi

mamá me miró de pie a cabeza. Estoy entero. Vemos la TV, efectivamente

los milicos estaban en camino. Mañana arreglaré la bici.



28 de noviembre, Karina Albarrán

A las 11 am, fui a la Plaza de la Dignidad con mi cartel, muy dolida por

las balas de carabineros que dejaron ciegos a cientos de compañeros,

entre los cuales, me marcaron mucho los casos de Fabiola

Campillai y Gustavo Gatica. Esa mañana andaba sola, me di hartas

vueltas en la plaza hasta que un chico que estaba acompañado de

varios más me dijo que no tuviera vergüenza, que ahí todos iban solos

y me invitó al grupo. Todos ellos de la primera línea, eran como

una familia, me contaron sus experiencias, me convidaron de todo

lo que tenían, nos pusimos a cantar, tocando el bombo. En ese momento,

nos empezaron a rodear con guanacos y zorrillos. Seguimos

cantando, Ariel, el chico que me invitó al grupo y yo estábamos escalando

el caballo de la plaza cuando ellos, los carabineros, se tomaron

el lugar y nos salieron persiguiendo, todos corrimos, pero yo

no sabía para dónde arrancar, si para Pío Nono o Bustamante, Ariel

me agarró de un brazo y no sé cómo salimos de ahí, casi me agarran,

sentí terror, quedamos todas y todos mojados por el guanaco.

Al rato me despedí de él y me fui, nunca más supe de ese chico, él

me contó que había sido víctima de varias detenciones por estar

luchando, me contó las torturas recibidas por carabineros e incluso

que tenía una insensibilidad en su mano por lo mismo. Pasaron

los días, lo llamé mucho, envié WhatsApp, incluso fui a la plaza a

preguntar por él y nadie sabía nada. Un vendedor de pañuelos me

dijo que muchos de ellos han terminado mal, porque las torturas de

parte de carabineros no han terminado, siguen como siempre, lo

que más espero que él esté bien, ya que sin su ayuda sería otra más

de las miles de torturadas o presas políticas.



19 de octubre, anónimo

Sábado por la mañana y comienza un pedaleo matutino reconociendo

las huellas del estallido. Olla en mano, capucha en el bolso

y resortera en la mochila salgo rumbo al Metro.Tibios caceroleos se

asomaban, los que se convertían rápidamente en espontáneas expresiones

de rabia cada vez que pasaban los milicos. De pronto, nos

dimos cuenta que los pacos custodiaban el Metro: cuatro de ellos,

muy confiados o simplemente dejados a la suerte de la calle. De a

poco comienza la lluvia de piedras, que pronto azotaba sus cabezas

como granizo, algunos más decididos van confiados a ganar el

mano a mano: una milagrosa lacrimógena les salva el culo mientras

los gritos de guerra aparecían. Primera victoria. Sobre la misma, dos

patrullas llegan desde La Florida, nos quieren encerrar, pero cada

pasaje se transforma en trinchera y todas y todos los vecinos son

combatientes. El viento sopla a nuestro favor, se escuchan un par de

disparos que atraviesan el viento como puñal vengativo y los pacos

huyen. Ganamos la calle y celebramos nuevamente. Cansados nos

ponemos de acuerdo para comer algo y reponer energías, no sin antes

hacer que los milicos se devuelvan: uno de ellos con el rostro ensangrentado.

La primera línea daba su primer golpe en Puente Alto,

de ahí en más, todo sería caos.



16 de Febrero. Exequiel Cifuentes R

Cada día de lucha en Plaza de la Dignidad es un día que quedará

marcado por diversas razones, pero hay uno que sin duda quedará

en mi mente. Fue un domingo por la mañana que me dirigía con

mi familia al metro Parque Bustamante, a la altura del skatepark y

bajando por Av. Francisco Bilbao veo un grupo de cabros dispuesto

a cruzar la calle en dirección al parque, no le di mayor importancia

hasta que uno se desprende del grupo, cruza la calle corriendo con

cámara en mano y comienza a sacar fotos en dirección al grupo,

es ahí donde miro con mayor detención al grupo y al medio veo a

uno de ellos que estaba con lentes oscuros y el típico bastón que

usan las personas ciegas o con déficit visual, era Gustavo Gatica,

es indescriptible lo que sentí, me bloqueé, pero seguí caminando

con una de mis hijas en brazo y cuando estaba frente a él, aún algo

bloqueado y sin recordar su nombre, le digo solamente “¿Gatica?”

y él con una enorme sonrisa me dice “sí”, en ese momento mis ojos

se llenaron de lágrimas y lo abracé con mi brazo libre, algo le dije

y él algo me dijo, y luego siguió caminando con su bastón y sus

amigos a los lados, los cuales también se despidieron de nosotros

con otra enorme sonrisa.



24 de enero, Vanessa Guerra Ortiz

Un viernes especial. Era el cumpleaños de mi tata, ese era mi

panorama, ir a regalonear al tata y, como cada viernes, mi hijo

me pidió permiso para ir a la Plaza de la Dignidad y, como cada

viernes, a regañadientes le dije que sí. Pensé, “qué saco con

decirle que no, me va a inventar cualquier chiva y va a ir igual”.

Me voy con mis niños a la casa de mi mamá, la tarde transcurre

como siempre; piscina para los niños. Mis hermanas también

están con sus hijos, todo va bien. Pensé en mi hijo, el que estaba

en la Plaza de la Dignidad. Alrededor de las 6 de la tarde le envié

un WhatsApp, dos, tres, varios. No contesta. Justo ese día no me

compartió su ubicación. De pronto, alguien me mandó un mensaje

a mi Facebook, me dice que está en un consultorio, mi niño le pidió

contactarse conmigo porque lo detuvieron. ¿Qué hago?, pensé.

Por ahí averigüé en qué comisaría estaba. Llegué al lugar y no me

dicen nada, la hora pasó lenta, lo vi en un calabozo. Él lloraba y me

abrazaba como un niño. Pasó toda la noche en un calabozo, fue

a un control de detención junto a imputados por violación, robo,

etc. Mi hijo solo fue detenido ¡Por protestar! No he podido olvidar

ese día.



6 de enero, Jacqueline Díaz

Impotencia, rabia y frustración, no puedo recordar ese día con

otras palabras. Nunca fui una estudiante sobresaliente, por lo

tanto, me esforcé para la PSU. Tuve el privilegio de poder asistir a

un preuniversitario, pero nunca obtuve buenos resultados en los

ensayos y cada día me iba desmotivando más y más. La fecha para dar

la PSU se acercaba y me sentía nerviosa. Además, mi concentración

cada día empeoraba, ya que me era imposible estudiar sabiendo que

afuera de mi habitación había gente siendo asesinada, torturada y

violentada psicológicamente. La represión volvía a presenciarse

con toda su brutalidad en Chile. Anhelaba pedagogía, carrera que

no pide puntajes exageradamente altos, pero a pesar de eso, sentía

que mi sueño no llegaría a concretarse. El seis de enero me levanté

sabiendo que no estaba preparada psicológicamente. Llegué a la

sede, había una barricada y pacos intentando apagarla. Un grupo de

jóvenes se manifestaba contra de la PSU. Todo pasó muy rápido y

no entiendo cómo, pero solo me bastó oír un sonido de acelerador

para voltear y observar como una patrulla atropella a un anciano

erróneamente, ya que la intención era hacía las y los estudiantes.

Reaccionamos rápido para ayudar al anciano y a gritar: ¡Pacos

culiaos! Mi aflicción se tornó en cólera. ¿Cómo se supone que rinda

una prueba después de presenciar eso? Muchísimas sedes tuvieron

problemas graves los días que se rindió la PSU, y todo siguió con

normalidad. El DEMRE nunca demostró un real interés por las y los

miles de estudiantes afectados y mucho menos por dar soluciones

concretas que arreglaran todas las irregularidades cometidas

durante este proceso. Llorar por no alcanzar tu objetivo y que eso

te separe de tu sueño, que la prueba defina cuánto pagaste por tu

educación, me parece una abominación. Así que hoy digo basta.

Lucharé por una educación digna, inclusiva, no sexista, gratuita y de

calidad. Lo merecemos.



4 de noviembre, Benjamín Bravo

Ese día el Bustamante estaba copado de clamores, de ollas

rotas de tanto cantar en nombre de la dignidad y de los surcos de las

manos cansadas de tanto luchar. El calor acogedor de las barricadas

y los capuchas se alzaban impávidos frente a los cañones perros,

cuando con mi hermano nos percatamos que las risas burlescas y

la treintena de pacos se asomaban desde la Plaza de la Dignidad.

La lacrimógena que impactó al cabro en el pecho fue solo una

introducción de lo que vendría después. La gente comenzó a gritar

y a correr en dirección opuesta, acaso escapando de un imperio de

arena que pretende que tengamos más miedo del que ellos nos tienen

a nosotros. La acidez hizo que el aire se pusiera denso y los balazos

nos obligaron a devolverlos en forma de piedras. Ahí fue cuando nos

dimos cuenta que los perdigonazos venían de todos lados, los pacos

habían copado el parque desde todos los puntos posibles. Nos vimos

en la obligación de escondernos atrás de los autos, que solo durante

unos instantes pudieron contener los disparos que se acercaban

más y más. Nos arrodillamos, esperando que se dieran cuenta,

finalmente, de nuestra condición de desarmados. Mi hermano me

abraza, no dijimos nada, pero ambos sabíamos que los balazos

que a estas alturas se encontraban a menos de diez metros no nos

atemorizaban. Por un momento, pude sentir el calor del pueblo al

que le han quitado todo, incluso el miedo. Se escucha un estruendo e

inmediatamente siento que me impacta en mi frente. Cierro los ojos

y grito, más de dolor que de terror. La sangre no paraba de entrar

por mi boca y por mis ojos. Los pacos llegan y, al verme sangrando,

comienzan a disparar, pegar y ahorcar con más fuerza. En ese

instante, nervioso, borroso y peligroso, supe que ningún cañón iba a

callar a un pueblo que respira lucha.



10 de diciembre, Italoko

Era el día de los DD.HH. y la acusación constitucional contra

Chadwick. Bajé del cerro hasta la Plaza de la Revolución,

Antofagasta. Me reuní con quienes conocí luchando. La

manifestación fue encabezada por una carroza fúnebre por los

1.313 niños muertos en manos del SENAME. En todo momento

fue una intervención artística. Tras un sobrecogedor minuto

de silencio, marchamos a la Avenida Brasil y ahí aparecen los

pacos, quieren tomar el parque. Combatimos cuerpo a cuerpo,

un compañero hasta le quitó el escudo a uno, nos vaciaban

escopetas a solo metros de distancia, pero juntos resistimos,

haciéndolos retroceder. Entre la lluvia de mechas y piedras, me

llegó un camotazo, mandando mi casco a la chucha y tirándome

al piso. Los cabros me llevaron donde la brigada, ellos me

examinaron, extraen perdigones, curan heridas, hasta piden

traslado, pero les agradecí por ayudarme y volví a la lucha. En

ese momento, aparecen los refuerzos de carabineros, pero los

de la micro apenas se bajaban y volvían a subir quemados. Los

de la perrera tuvieron que comerse sus lacrimógenas, no dieron

el ancho, les quitamos la calle de tal forma que no les quedó

otra que irse a guardar. Los fuegos artificiales y bengalas

iluminaban la noche y la banda tocaba incansablemente, todos

cantan. Aún herido, sentí felicidad. Era alrededor de las 00:30 y

me tocaba subir, muy herido, pero una colectivera al verme con

vendas y escudo me pregunta si soy “Primera Línea”, que ella

apoyaba la lucha llevándonos seguros a nuestras casas, nunca

olvidaré ese día porque vi hermandad de verdad.



25 de enero, Otut HLH

Yo acostumbro ir a todas las manifestaciones, desde octubre

que asisto a cada convocatoria, a muchas fui con mi hijo.

Marchamos ambos sin temor alguno, jugando a la pelota con

todo aquel que quisiera apañar. Pero el 25 de enero del 2020

asistí solo, vi una vez más cómo la represión policial, sus abusos

constantes y sus detenciones arbitrarías marcaban la jornada

pacífica que intentamos llevar en la Plaza Lautaro de Concepción.

Nos corrimos a los tribunales y se llenó de pacos, quienes con

lacrimógenas y empujones aterrorizaban a todos, de pronto,

escuché el grito desesperado de una madre que había perdido a

su hija de 7 años, la misma edad que mi hijo. Automáticamente la

comenzamos a buscar entre todos hasta que la encontramos, en

su desesperación la niña corrió hasta llegar 2 cuadras más allá del

lugar en el que estábamos. Es tanta la violencia de los pacos que

yo decidí no volver a ir con mi hijo, por miedo a que me pase lo que

a esa niña y su madre. Solo el pueblo ayuda al pueblo, por suerte la

encontramos bien. Pero pudo ser una víctima más de la ineptitud

y brutalidad de los carabineros de $hile. Cuidemos y cuidemos a

nuestros hijos, sigamos luchando por todos.



13 de diciembre, Jorge Cifuentes

En la intersección de calle Ramón Corvalán con Carabineros

de Chile, después de casi ser atropellado por una tanqueta,

cobardemente me dispararon por la espalda un cartucho de

balines a menos de 10 metros. Impactaron en mi cuerpo 8 balines

(cabeza, espalda, brazo y pierna) de los cuales 4 quedaron

incrustados en mi cuerpo, el de la cabeza lo sacaron ese mismo

día los compas de primeros auxilios en Vicuña, me indicaron

ir a urgencias, ya que no sabían la gravedad de las heridas,

eran muy profundas. En resumen, de los otros 3 perdigones,

el del brazo fue extraído después de un mes, pero los otros 2

perdigones los tendré en mi cuerpo de por vida. He tratado de

explicar cómo fue ese momento, pero es muy difícil, pasó todo

muy rápido, pero me acuerdo de todo. El momento del impacto

fue como viento que chocó con mucha fuerza, me di cuenta

que estaba herido después de haber arrancado varios metros y

haber ayudado a un chico que estaba inconsciente en el suelo,

lo arrastré con otro compa hasta donde habían unos chicos con

cascos de Cruz Roja, ahí recién toqué mi cabeza y me vi tan

ensangrentado, que no podía apoyar mi pierna y por cosas del

destino me encontré de frente con mi hermano menor quien me

socorrió y llevó hasta Vicuña, donde fui atendido por un equipo

de primeros auxilios. Después de esto seguí yendo a Plaza de

la Dignidad (cuando pude caminar). No mentiré diciendo que

no me dio miedo volver a Primera Línea, pero necesité algunos

días para adquirir nuevamente esa valentía. Hasta el día de hoy,

mientras pueda ir a Dignidad, iré, después del trabajo y todos

los viernes que son sagrados. Por mi parte, mientras no haya

justicia, no habrá paz.



18 de octubre, Mauricio

Estaba en Tobalaba, llevé mi cámara fotográfica por las evasiones

masivas que ocurrían en varias estaciones de metro, casi seguro

me cruzaría con una en mi trayecto. Pasadas las 16.00 Tobalaba

es caos, los pacos están atrincherados en la estación y afuera

cientos de personas se enfrentan con lo que tienen a mano contra

las superadas fuerzas de la represión. Suena el teléfono, un compa

fotógrafo me cuenta que están cerrando varias estaciones de

metro y que él está abandonando su trabajo para dirigirse donde

estoy yo. Nos juntamos, registramos los enfrentamientos con los

refuerzos policiales recién llegados, las lacrimógenas llovían en

pleno Providencia hasta cerca del mall, no teníamos ni mascarilla.

Desorientados entre tanta convulsión social encendimos la radio

del celular, cada vez cierran más estaciones, hay un llamado

a la entonces llamada Plaza Italia a las 18.00, nos disponemos

a caminar. Avanzamos por Providencia, llegamos a Pedro de

Valdivia, los pacos están escondidos dentro de la estación

mientras afuera desde el más cuico al más humilde destruyen todo

a su paso, hasta las viejas momias de Providencia canturrearon

con el pueblo. Continuamos, estamos llegando a Salvador y ya no

son cientos, sino que miles de personas caminando en dirección

a la Zona Cero, no hay autos, no hay transporte público, no hay

pacos, no hay nada, solo gente que repleta la calle, plaza y vereda.

Llegamos a Plaza Italia, barricadas y enfrentamientos, los pacos

están rodeados y hacen una última lluvia de gases antes de

escapar. Avanzamos por la Alameda, hasta Santa Lucía se ven

enfrentamientos, llegamos hasta Portugal, pero retrocedimos,

los gases son demasiado fuertes. Cae la noche y comienzan los

saqueos, mejor no sacar fotos. En Vicuña Mackenna reanudan los

enfrentamientos a punta de guanaco y perdigón. Al poco rato los

oficiales vuelven a escapar. Una micro arde, llegaron los bomberos

y la gente observa. Son casi las 23.00, no sé cómo volver a mi casa.



17 de enero, Ana Bernal

Soy de Talca y desde el día sábado 19 de octubre asisto a todas

las marchas junto a mis tres hijas; Cami (25), Javi (19) y Cata (17).

Nos hicimos conocidas de un gran grupo de personas, según yo,

formamos familia, familia en revolución. Me caracterizo por llevar

todos los días un cartel con algún mensaje, dos o tres veces no he

tenido cartulina y he recurrido a algún cartón por ahí. Un 17 de enero

escribí en un cartel “¿Qué culpa tengo yo si tengo la sangre roja,

el corazón a la izquierda y me limpió el poto con la derecha?” una

fotógrafa que andaba me fotografió. Grande fue nuestra sorpresa

cuando mis hijas comienzan a ver en muchas partes mi foto, en el

Instagram de muchas personas. Hasta Daniel Muñoz lo puso en su

historia. Fue muy compartido, desde ahí más me reconocían en las

marchas y varias veces se me acercó alguien a pedirme una foto

con “la tía del cartel” como me decían. Un día tomamos un Uber y

en el camino conversando con el chofer me dijo que le parecía cara

conocida. Claro, me había visto en alguna foto por ahí. Al llegar a

destino me pidió sacarse una foto conmigo y no me quiso cobrar la

carrera. Por recuperar la dignidad de nuestro pueblo.



10 de diciembre, Sebastián Cano

Estaba en una marcha en Viña, partimos desde el Reloj de Flores

hasta la Plaza Sucre, nos devolvimos hasta San Martin, pasamos

por el Mall de 15 Norte y nos devolvimos a Plaza Sucre por Libertad.

De todas las marchas a las que fui, esa fue la más pacífica, no hubo

ningún destrozo. Estábamos ya terminando la jornada, recuerdo

que había un cabro dando una información para la próxima

marcha y en eso llegan los pacos, sin ninguna provocación,

tirando lacrimógenas y disparando. Nos tratamos de armar como

primera línea, pero eran muchos para los pocos que intentamos

hacer el aguante. Llegaron pacos en motos, a pata, como 5-7

furgonetas, 2 piquetes, camionetas y autos. Nos encerraron en

Av. Álvarez por los 2 lados (pal que cacha esa calle sabe que deben

haber sido muchos para cerrar de lado a lado). Entonces no nos

quedó más que correr, y como tenían todo cerrado nos metimos

a un estacionamiento que tenía salida hacia otra calle. Yo iba a

mitad de camino, ya dentro del estacionamiento, y veo que venían

entrando una cachá de pacos en motos, a pata y una furgoneta

que arrasa con todo a su paso, atropellando a 3 jóvenes, y nos

bloqueó la salida hacía la otra calle. Los pacos ahí dentro estaban

descontrolados disparando lacrimógenas, balines y pegando

lumazos. Se me tiran dos a pillarme y tuve que correr a una reja

que daba a la calle, ahí fue cuando me enganché en unas puntas

y me rajé la mano. Libré, pero me corté el tendón del dedo índice.

Llegué con el dedo colgando a emergencias y estuve a nada de

haberlo perdido. 30 puntos me pusieron en total. Hoy, siendo 10

de abril, aún no recupero la movilidad completa de mi dedo.



18 de octubre, Joel

Un 11 de septiembre, miles se fueron a dormir sin pensar que un

18 de octubre otros los despertarían. El sueño se había acabado.

Muchos decían que había sido una pesadilla. No todos concordaban

en sus interpretaciones, pero al final, lo importante era estar de pie

y despierto. Mientras caminaba por la vereda norte de la Alameda

antes de llegar a la Estación Central, buscaba qué micro podía tomar.

Sin embargo, todas iban llenas y, al ver a algunos pacos en el frontis

de la Estación Central, crucé a la vereda sur. El olor a lacrimógena

encendía el aire y con ello mi conciencia. Los pacos mantenían cerrada

la entrada que daba directamente a la estación, pero la entrada del

mall que daba al mismo lugar estaba abierta. Adentro, había un grupo

de secundarios detrás de los torniquetes de la estación de trenes

y un piquete a unos 20 metros de ellos. Al ser un sector comercial,

había un flujo constante de personas. Muchos se detenían a mirar y

a gritarles cosas a los pacos, interponiéndose entre éstos últimos

y los manifestantes. Hasta el día de hoy, prefiero pensar que, todos

quienes nos interponíamos, lo hacíamos conscientemente como

un gesto de rebeldía y de defensa hacia los cabros secundarios.

Mientras la rabia inundaba cada rincón de la estación, el piquete

inició su cacería y logró llevarse a dos o tres de estas personas. Pero

sus esfuerzos por apagar la protesta resultaban inútiles, la rabia de

los transeúntes solo aumentaba. Algunos empezaron a lanzarles

objetos al piquete, y éstos, por su parte, lanzaron lacrimógenas. Ese

día el gas inundó la Estación Central de Santiago. Los pacos habían

perdido el control de la situación, pues ya no tenían legitimidad frente

a ese inmenso grupo de personas. Su poder empezaría a residir cada

vez más en el miedo y en la brutalidad de su actuar.



19 de octubre, Leblanc

Yo pensé que era otra marcha, otra oportunidad para emocionarme

por la algidez colectiva. Ese sábado 19 de octubre cuando se activó

el mambo en las regiones, no tuve miedo.

Venía de una reunión de trabajo y tomé dos micros para viajar

desde el plan de Viña al plan de Valpo, al bajarme de la micro

en Errázuriz me di cuenta que la Estación Bellavista se estaba

quemando. Saqué el celular y grabé. Ese fue liberador. Luego

empecé a buscar los contactos de mis amigos con quienes me

iba a encontrar, la adrenalina del ambiente y la sed de justicia

comenzaban a apoderarse de mi cuerpo, cuando vi mi celular

volar por el aire en manos de un hombre que se alejaba de mi

rápidamente. Pensé medio segundo y dije: es mi herramienta de

trabajo. Lo que me hizo sacar la fuerza más profunda y correr tras

el descontextualizado gritando ¡Mi celulaaar! Conmigo corrieron

varios hombres persiguiendo al ladrón, y por esta defensa

colectiva, que duró la mitad de una manzana, más o menos, el

loco no tuvo de otra que soltar mi teléfono mientras huía de

una pequeña turba que pensó que estaba persiguiendo al

mismísimo Sebastián Pinera. Volví más tranquila y mojada al

grupo de personas que observaba a una distancia prudente

como un supermercado transnacional era desvalijado por un

grupo de justicieros que sacaba comida de perro, cajones de

palta, cervezas, entre otros productos para ser repartidos entre

los que mirábamos con miedo y alegría la hazaña cometida.

La historia, obvio que termina con la llegada de carabineros

y una lacrimógena que casi me golpea el torso superior, pero

le doy énfasis a que me rehusé a ver cómo me quitaban algo

importante y decidí por mis propias manos recuperarlo, me

oriné en el proceso, pero ese día supe que Chile cambiaría.

Lo que no supe y sé ahora es que ese día también comenzaría

a cambiar la forma de ver el mundo y que no descansaríamos

hasta que la justicia y la dignidad se hicieran costumbre.



16 de noviembre, Matías Vapo

Es sábado, estaba tranquila la plaza, pero como siempre, no tardaron

en aparecer los pacos, y con ellos, todo su arsenal de químicos.

Teníamos dos pacientes, estábamos con el cabro de DD.HH., todos

sin mascarilla ni antiparras, hasta que pasó el guanaco N°51, ese

que siempre tiene químicos. Nos mojó todo: los insumos, nuestras

mochilas y a nosotros; terminamos todos abatidos por los químicos,

algunos rescatistas vomitando, otros ahogados y a mí me ardían

los ojos al punto de no poder abrirlos; cuando nos estábamos

recuperando pasó el piquete, y los desgraciados nos tiraron gas

pimienta, nuevamente, cuando ya estábamos abatidos. No entiendo

por qué los pacos nos odian tanto, yo solo quiero que no muera nadie

más, que los cabros puedan llegar a sus casas.



18 de octubre, Javiera Abarca

Hacía dos días cumplía mis 18 años, pero sabía que las cosas iban

mal a nivel país y era algo mezclado, sentía felicidad, pero a la vez

una angustia tremenda. Ese día iba a celebrar mi cumpleaños

con amigas y tenía que ir a comprar al súper del Costanera

con mi mamá. Me fui caminando y fue extraño, había mucha

gente en las calles, en el Metro Los Leones había pacos, y las

personas intentaban entrar a la fuerza. Ya en mi casa, estaba

preocupada por mis amigas, si llegarían o no y si necesitaban

ayuda. Pues llegaron todas, pero la preocupación era tanta

que fue un cumpleaños extraño. Tocamos la cacerola todas

juntas por la ventana del departamento, se iban a ir, pero

tuvieron que quedarse debido a que habían dictado toque de

queda. La preocupación era mayor. Escuchábamos gritos,

balazos y cacerolas todo el rato. No pudimos dormir muy bien.

Al día siguiente, nos despertamos y lo primero que vimos fue

las noticias y Piñera hablando, era un odio tremendo. Desde

entonces mi familia y yo no paramos de salir a las calles, a

marchar y a protestar, hasta con mi hermana pequeña. En

navidad conocimos a la primera línea que vivía en carpas por

los alrededores de Plaza Dignidad, les llevamos una cena

completa. Pasamos Año Nuevo en Plaza Dignidad, sentía

que se convertía en un nuevo espacio para la sociedad.

Esperemos que Chile no se vuelva a dormir, despertamos y

con ganas, hay que seguir así.



1 de febrero, Raiza Contreras

Estábamos piola en el pentágono de Talca con mi hijo, de cinco

años. Cachamos que venían los pacos, así́ que empezamos a

movernos. Obvio, no me quería topar con ellos y su arsenal si

estaba con él. Íbamos bajando por Siete Oriente hacia el norte y

vimos un zorrillo, que pensamos por sus movimientos, se iba a

devolver. Yo iba con el Nahuel en los hombros y al ver el vehículo,

lo tomé en brazos. Estábamos de frente, a unos diez metros,

los pacos nos vieron. Avanzaron hacia nosotros expulsando

gas lacrimógeno, yo cubrí́ a mi cachorro. Se detuvieron frente

nosotros, mi amigo que intentaba cubrirnos y dos cabras en la

misma, y lanzaron más gas, directamente a nuestros cuerpos.

Una de las compas abrió́ la puerta de la bodega donde trabajaba

y nos dejó entrar, nos salvó. Entramos al baño del lugar y entre

agua con bicarbonato y suero, calmamos la situación. Insisto,

ellos vieron al Nahuel. Vieron también que era una cagá de

gente que iba arrancando por donde ellos pasaron. Fue un

momento intenso. Lo brígido, es haber pensado que se iban a

detener al notar que disparaban su mierda a un niño de cinco

años. Él no estaba tirando piedras, no estaba rompiendo nada,

ojalá algún día lo haga, solo iba por la calle con su mamá.



20 de noviembre, L. F.

En dos días confirmé el vuelo y los detalles. 48 horas después

mi vuelo cruzaba la cordillera rumbo a Santiago de Chile. 20

de Noviembre. Una dirección y el dinero que adquirí en el

Aeropuerto, me guiaron hasta la estación Santa Ana bajo el

ardiente sol del mediodía. No recuerdo cual fue el primer grafiti

que vi, ni tampoco el primer cartel, pero fue una catarata de

voces. Jamás lo olvidaré en mi vida. Las proclamas rayadas,

las paredes gritaban, incendiaban la ciudad, se rompía el

silencio en cada muro, se respiraba un pueblo que no callaba

más. Sí, el pasado era silencio. Dejé las cosas, improvisé un

almuerzo y me fui a la Plaza de la Dignidad. El lugar donde

había que estar. A veces cuesta tomar real dimensión de los

acontecimientos en el momento que suceden, pero esa plaza

fue convertida en faro para los luchadores de Latinoamérica.

Me convocaba su rebelión contra el capitalismo y sus miserias,

había que participar, como sea, y ponerle el cuerpo a la lucha.

No bastaba ya con leerlo en los medios, era una cita de honor

de la que había que ser parte. Me resulta imposible describir

aquí cada día, cada sensación, cada emoción, la camaradería

en las marchas, la valentía de sus jóvenes, la experiencia de

los adultos, la primera línea... y una moral intacta. Ustedes

inspiran luchar hasta el último de nuestros días. Cae uno, nos

levantamos todos. No quería volverme. En tiempos donde se

refuerzan y multiplican los controles sociales y los aparatos

represivos, en donde todo futuro parece impredecible,

incierto, me queda una certeza. Sé, que más temprano que

tarde, no importa cómo, pero con la fuerza renovada y nuestros

principios intactos, nos volveremos a encontrar a las 17hs en

Plaza Dignidad, como siempre, como nunca. Nos vemos en la

calle, ahí donde los explotados del mundo se rebelen, ahí nos

encontraremos. Esto no ha terminado.



18 de octubre, Soledad Vargas

Viernes 18 de octubre, en el trabajo organizamos una

completada. Cuando son las 15 horas comemos sin saber que

cada minuto que pasa, la protesta crece. Los secundarios han

revolucionado la ciudad saltando los torniquetes del Metro.

Reviso las redes sociales y se reportan varias estaciones del

subterráneo cerradas. Al rato ya no son solo algunas estaciones,

sino que líneas completas. Después de insistir un buen rato, nos

dejan salir antes del trabajo. Son las 17 horas y me encuentro en

Alameda con calle Estado. Ya no hay metro, las últimos micros

pasan llenas y la gente sale en masa de sus trabajos, miran

desconcertados el escenario, se toman las calles para hacer

parar las viejas y colapsadas micros del Transantiago, pero a

los pocos minutos la paciencia se agota, son años esperando,

aguantando. Y de un momento a otro, de manera espontánea

y natural, son miles los que comienzan a protestar. Mientras

camino a lo que antes se conocía como Plaza Italia, ya se

pueden ver las primeras barricadas. Mi pareja, audiovisual, ya

se encuentra grabando desde las alturas las primeras imágenes

de la revuelta sin saber todavía que sus capturas serán parte

de la historia. Me junto con mi hermana en el Parque Forestal, y

somos testigos de cómo la plaza se comienza a llenar. Se siente

el olor a lacrimógena y ya se sabe que hay protestas por todo

Santiago. Se hace de noche, caminamos por Vicuña Mackenna,

hay barricadas, cánticos y una sensación de incertidumbre

mezclada con esperanza. En medio del caos, siento felicidad.

De un momento a otro los pacos abandonan el sector, solo

queda el pueblo gritando el emblemático “evadir, no pagar, otra

forma de luchar”. No existe locomoción pública y antes de la

medianoche un bus del Transantiago comienza a arder. Aunque

jamás dimensioné todo lo que pasaría, sabía que era una noche

histórica.



17 de enero, Layne

Ya oscurecido en dignidad y alrededores, la resistencia seguía

imponiéndose en la calle Ramón Corvalán, estuvimos aguantando

horas, como empezó a ser la tónica de los viernes. Yo con mi escudo,

parado, junto a otros escudos resistiendo el guanaco, ya varias

veces me tocó encararlo de frente y salí airoso, miedo es lo que

me faltaba, obviamente, o ellos creían que lo tendría, en medio de

esa calle, orilla izquierda, estábamos parapetados, preparados

para seguir avanzando, cuando el guanaco se acerca demasiado a

nosotros, más de diez metros no nos separaban de él, por alguna

razón no retrocedimos, y ahí comenzó una masacre con el chorro a

nuestros escudos, empezó a botar a varios, los recuerdo. Llegó mi

turno, como muchas veces sentí una fuerza tremenda en mi escudo,

más frontal que nunca y más cerca que ninguna ocasión, no tenía

soporte atrás esta vez, y yo parado, afirmé el escudo con mi izquierda

enganchada y la derecha de soporte abajo, resistí la primera oleada,

inmediatamente vino la segunda, más de cinco segundos no aguanté

y sentí que se hundió de golpe hacia mi brazo, desde ese momento

me descolocó, no logré sostenerlo más y me dio vuelta, y con eso volé

hacia atrás, realmente volé, o yo sentí eso, caigo en una calle plagada

de camotes, un compa agarró el escudo de mi brazo, se puso delante

mío haciendo el aguante, traté de pararme, pero ya mis compañeros

me tenían de pié antes de pensarlo, todo fue rápido, me dan ánimos,

me preguntan cómo estaba, yo empapado dije “sigamos no más”,

me devuelven el escudo, estaba dispuesto a seguir y me señalan

el brazo, mi codo derecho sangrando profusamente, me colgaba la

carne, una herida profunda. Llegó salud y tuve que abandonar, la

adrenalina bajó y el dolor empezó a llegar. Cojeando, entre vítores y

aplausos, por alguna razón levanto mi puño ensangrentado.



27 de diciembre, Danny

La represión del 27 de diciembre fue brutal. Estaba en calle Ramón

Corvalán, en pleno enfrentamiento con carabineros, lo único que

veía eran bolas de fuegos pasando por al lado mío, agachándome

para que no me llegaran, protegiéndome con mi mochila. Había

tanto humo que no se lograba ver y respirar nada, solo escuchaba

disparos de perdigones y lacrimógenas. Sentí miedo, estaba

sola. Logré salir del campo de batalla como pude, llegué a los

puestos improvisados de salud (en el puente frente al Forestal).

Diagnóstico: intoxicación por gases (lacrimógena y pimienta)

y ceguera temporal. Estuve varios días con dolor de cabeza y

nauseas. Ese día sin duda marco mi vida después del 18 octubre,

sobre todo cuando me enteré que ese mismo día Mauricio Fredes

perdió la vida, y así como he tenido episodios en la plaza cerca de

mi casa, como va menos gente, me han disparado al cuerpo, me

han apuntado y así tengo para hacer un libro con cada aventura

que he pasado.



28 de diciembre, Beatriz Villar

La noche del asesinato de Mauricio Fredes, escribí mi primer

poema para él. Estoy reponiéndome de un cáncer que estuvo a

punto de costarme la vida; es por eso, que había ido sólo una vez

hasta la Plaza Dignidad, en silla de ruedas, y acompañada por

Lucas, mi hijo menor. El sábado 28 de diciembre, copié a mano

el poema y comencé a arreglarme. Le dije a Lucas que quería ir a

la esquina donde se estaba acercando gente a rendir homenaje a

Mauricio. Al llegar, sentí que era oportuno que leyera mi poema

en voz alta. Así lo hice, con profunda emoción; al finalizar, pedí

que pusieran mi papelito en el altar, y me abracé a mi hijo,

sollozando... dolorida. Nos retiramos del lugar, al rato comenzó

la represión; una represión que, así como no logra desarticular la

lucha de millones, tampoco me impidió escribir tres poemas más

para el “Lambi”.



18 de octubre, Sandy Moya

Las calles estaban agitadas y el transporte parado. Me pedían

asistir a un evento de baile en que participaba. Yo, con el afán de

acallar desde el comienzo el evento, siendo ignorada y entre la

sensación de no querer ir a un baile mientras todo pasaba frente

mis ojos, era frustrante. El afán de bajar el perfil a lo que sucedía

y tratar de invisibilizar lo que era imposible, solo sería el comienzo

de la gran revuelta nacional en Chile. Entre todo el ajetreo civil,

logré llegar al lugar donde se realizaría el evento, al cabo de unas

horas se suspende. Las calles eran un mar de gente caminando,

gritando, haciendo ruido y barricadas. Entre mi alegría de ver lo que

sucedía, el levantamiento del pueblo y mis ganas de participar, me

largué del lugar. Debía caminar varios kilómetros hasta Santiago

Centro, donde vivo. Eran las 21.00 horas. Me crucé con la explosión

en un supermercado, luego con la explosión de Enel, barricadas,

cacerolazos desde los balcones y resistencias contra la policía.

Dentro del susto, el rumor de la salida de militares, mis tobillos

sangrando por un mal calzado, la noche y la necesidad de llegar

a mi casa, como pude caminé/corrí entre este acabo de Chile que

solo lo entendí recién al día siguiente. Ya me acercaba a mi destino,

aun así, lo veía lejano. Una vez en el departamento y con el corazón

aún agitado, con un par de amigas feministas planificamos nuestra

participación y una junta en Dignidad, lo que hasta ese entonces aún

era Plaza Italia, para el domingo en la mañana, al igual que lo hicieron

nuestras feministas del pasado en dictadura y así unirnos para hacer

frente a lo que sucedía. Ese, solo sería el inicio de un largo camino,

a ratos hermoso, a ratos frustrante, a ratos con miedo, a ratos con

demasiada valentía.



12 de noviembre, Lorena Leiva

“¡Córrete de ahí weón!” le gritaron de lejos a un colega, al segundo

me tiraron hacia atrás y todo se silenció. A 10 metros lo veía cómo

se reía de mí, cómo salía humo de su arma mientras todo se movía

sin hacer ruido. Sentía húmedas mis piernas y al mirarme, estaba

ensangrentada. Entré en piloto automático y guardé mi cámara, aún

seguía un poco atrincherada tras un quiosco en calle Centenario

en Quilpué. A la prensa siempre le disparan, más si somos

independientes. Mientras me movían de lugar, el teniente Gonzalo

Ariel Gutiérrez Fuentes se reía de mí dejándome dos perdigones de

por vida en mi pierna. Aún siento el ruido del disparo y la sensación

de perforar una sandía al recordar como los perdigones entraron en

mi pierna.



20 de octubre, Enrique Quiroz

Me levanté para devolverme a Santiago después de estar un día en

Quilpué. El clima era de incertidumbre, la revuelta se sentía en el

estómago y tenía muchas ansias de volver. Una vez llegado al terminal,

me di cuenta que no había micros, así que empecé a caminar haciendo

dedo hasta que una moto ofreció llevarme por dos lucas hasta la Plaza

de la Dignidad. Después de pensar un rato, lo acepté porque casi no

pasaban autos. Cuando llegué y después de darme un paseíto por un

Santiago en llamas, me junté con una amiga. El ambiente en la plaza

era de efervescencia, éramos en su mayoría personas menores de

25 que teníamos mucha rabia. A lo lejos y a lo cerca se veía humo de

incendios de bancos y multitiendas, barricadas y piedras de justicia

en el suelo y en el cielo que tenían un objetivo común. Pero ese

domingo era distinto a los demás domingos y a las demás marchas,

porque ahora nos enfrentábamos a los milicos y a los pacos. Así lo

sentíamos, había una excitación generalizada, queríamos justicia y

estábamos dispuestos a darlo todo. En eso, desde el oriente vimos

cómo un pelotón de milicos venía hacia nosotros en fila y con sus

pistolas apuntándonos, las personas que estábamos ahí salimos

corriendo, pero ya no corríamos para arrancar, ahora corríamos para

enfrentar a esos siglos de injusticia, explotación y muerte. Ahora

corríamos para enfrentarlos cara a cara, o más bien fusil contra

puño. Corrimos hacia ellos y ellos empezaron a disparar perdigones

sin dudarlo, las personas alrededor comenzaron a caer con heridas

y a pesar de que las piernas temblaban seguíamos todos juntos con

más convicción que nunca. Entre la efusión empezamos a cantar

“morir luchando, sumisos nicagando” mientras avanzábamos hacia

los asesinos. Cinco, diez, quince fueron las personas que alcancé a

contar como heridas.



18 de octubre, Benjamín Díaz

Soy fotógrafo aficionado y vendedor de libros. El 17 de octubre

había estado en una evasión en Estación Central, los pacos nos

pegaron y gasearon. Al otro día, el 18, tenía que ir a entregar

libros, llevé la cámara por si acaso. A eso de las 14 hrs ya no pude

seguir entregando y tuvimos que bajarnos todos en Los Héroes,

el olor a lacrimógena era muy fuerte, las calles estaban llenas de

gente que intentaba arrancar y se subían a las micros hasta que

no cabía nadie más. Caminé desde Los Héroes hasta Estación

Central tomando fotos de lo que pasaba. Los pacos estaban

vueltos locos, como nunca. Pegando y llevando detenido a muchas

personas. En Estación Central los pacos intentaron quitarme la

cámara y rompieron mi bolso. Al rato dispararon los primeros

balines, hiriendo e incluso dejando sangrando a una niña. Alcancé

a tomar el último tren a San Bernardo. Se escuchaban disparos y

gritos en todos lados. Esa noche se levantaron barricadas en todo

Santiago. El cielo se veía rojo.



19 de octubre, Pablo Navarro

Estaba en el aeropuerto de Puerto Montt esperando la llegada de

mi madre mientras miraba un televisor que reportaba lo sucedido

en Santiago. Mientras más veía los comentarios de la televisión,

más me enojaba, más furia se desataba en mí, mi cólera nunca

había sido tan fuerte en toda mi vida hasta ese momento. Debía

ir con mi madre a la isla donde vive, en el viaje comentábamos lo

sucedido en Santiago, y yo me daba cuenta de mi necesidad de

quemarlo todo, de ir a Santiago con todos mis compañeros a gritar

y manifestar mi enojo, que para ese entonces ya era colectivo.

Pero no podía hacer nada, debía llevar a mi madre a Calbuco para

ir a la isla Puluqui. En el transbordador me di cuenta que en redes

sociales la gente estaba mostrando su apoyo al movimiento,

mostraban las imágenes brutales de los pacos, en donde la única

preocupación era reprimir y no reparar. Yo me consideraba una

persona templada, buscaba los puntos medios y siempre elegía la

opción pacifica, aunque me cueste, pero creía en la conciliación y

el respeto mutuo. Al ver el actuar del gobierno y de los medios de

comunicación tradicionales decidí cambiar mi forma de ser, ya no

voy a perdonar, no voy a permitir, merecemos respeto y dignidad,

así que a pesar de querer estar en mi ciudad, Puerto Montt, para

protestar ese fin de semana, y no poder por estar con mi familia,

le declaré la guerra a los medios de comunicación, y definí mi rol

en la revolución: difundir información, mostrar la falsedad de la

televisión y hacer despertar a todos mis cercanos. Sigo subiendo

historias, sigo difundiendo la prensa independiente, sigo

trabajando en equipo. La lucha no se acaba hasta que la dignidad

se haga costumbre. Yo lucho para que despertemos todos.



18 de octubre, Valeri Reyes

Los medios advertían el caos en Santiago, una llamita se prendió

en todos lados, acá, desde el lado “B” de la “Ciudad Bella”, desde

una población en la periferia, salí a cacerolear con mi hijita y

vecinos, el corazón casi se me salía y en cada esquina donde

la gente se amontonaba a gritar. Familias enteras, de todas

las edades, habían salido de casa aquella noche, en Santiago

habían anunciado toque de queda, y acá nos dolía el alma, y nos

sobraba rabia. Esa noche las calles ardieron, esa noche fueron los

pacos quienes corrieron, en cada esquina, en cada paradero, se

prendieron barricadas, no era solo Santiago, era un país entero

que gritaba ante tanta injusticia, mi pequeña miraba asombrada

¿Qué pasa mamá?



23 de octubre, Anaís Reveco

Madrugada del día miércoles 23 de octubre. Yacía yo sobre ese

colchón de espuma barata mientras divagaba sobre lo que había

sido mi vida la semana anterior, previo a que el estallido social

me golpeara como un camión de carga. El ejército estaba en las

calles. La verdad es que yo no sabía mucho sobre política, pero lo

que si sabía es que los milicos en la calle nunca fueron algo que

trajera gloria y paz al país, sino más bien desgracia y muerte. Por

supuesto que las noticias en la televisión trataban de hacer ver

todo más bonito. Pero yo no me lo creía. Quizá mi familia podía

creerlo, hacer ojos ciegos y culpar al lumpen por “vandalizar el

país”, pero yo no, yo estaba de acuerdo con mi pueblo. Después

de todo yo mismo era de clase media baja, o bueno, supongo que

podría llamarme a mí misma pobre, si el mismo Piñera se declara

clase media ¿Dónde quedamos nosotros? Recuerdo tener miedo,

recuerdo que en la calle corrían las balas; cada día había un

asesinato más, una violación más, una tortura más por parte de los

pacos y milicos del Estado chileno. Recuerdo la mañana siguiente

a esa noche cuando encendí la televisión y vi las calles llenas de

pacos, y como abrasaba el guanaco por la ex plaza Italia, como los

milicos disparaban y lanzaban lacrimógenas a su propio pueblo.

Esa misma mañana mi pololo me llamó para decirme que su tía

había llamado por teléfono, que quería que el junto a su familia se

fuera a Canadá, que no quería que pasara lo mismo que el 73. Ese

día lloré mucho y tuve mucho miedo y pena porque la familia de mi

pololo eran exiliados de la dictadura militar, porque en su familia

había detenidos desaparecidos y torturados políticos, y porque

no quería bajo ningún motivo que la historia se volviera a repetir.



21 de octubre, Javiera Berraza

La policía llegó, comenzó a disparar a quemarropa, éramos personas

desarmadas en el centro de la ciudad. La gente hizo lo que más

pudo para hacer retroceder a la policía. Intenté ayudar, llevé a

una pequeña que estaba perdida hasta el paradero de su madre.

El ambiente humeaba gas lacrimógeno, no podría correr más

y veía como las personas retrocedían y la policía avanzaba. Me

escondí detrás de un quiosco naranja. En esta situación no pensé

claramente como saldría de ahí sin que la policía me viese. Junto

a mí había dos personas escondidas, una chica y un señor que ya

había sido abatido por la espalda con balines de goma. Estábamos

en la calle Sotomayor, debíamos subir hasta llegar al Paseo

21 de mayo. Sentíamos como la policía avanzaba y debíamos

actuar rápido, correr lo más rápido que pudiésemos para no ser

alcanzados, pero no calculamos algo. Ellos dispararían. No sentí

el ruido del arma, pero si el dolor. Detrás de mi rodilla se extendía

un dolor inimaginable, podía sentir el área caliente y comencé a

cojear

– ¡Me dieron! ¡Me dieron en la pierna! - gritaba, mientras el señor y la

chica regresaban por mí.

Nos escondimos, estábamos sentados esperando que la policía se

fuese, pero ellos estaban avanzando, venían por nosotros y debíamos

salir de ahí rápido.

-¿Estás bien? Sé que duele, pero debemos salir de aquí, nos va

a ir peor si nos quedamos- decía el señor quitándose su polera

blanca para hacer señal de bandera. Estábamos completamente

desarmados.

-Está bien, vamos- respondí, mientras me paraba e intentaba apoyar

la pierna sobre el suelo. -A la cuenta de tres salimos- dijo la joven.

1... 2... 3... Miré hacia atrás, no debí hacerlo. Vi esos ojos, ese rostro

que se escondía detrás de una capucha verde y su traje policial. Me

miró, levantó su escopeta, y disparó nuevamente.



19 de octubre, Estefanía Fontealba

Ese viernes 18, sábado 19 en Australia. Seguía el desarrollo de

los hechos en redes sociales mientras tomaba sol en una playa

de Sídney. Gracias a la generosidad de familiares en Australia,

después de haber crecido en Renca pasando frío, hambre y con

padres llenos de deudas, me encontraba viviendo en un país que

me dio lo que no pude recibir en Chile. Sin embrago, nada puede

llenar el vacío de no vivir donde uno creció. No imaginé que,

desde ese 19 de octubre, serían semanas interminables pegada

a una pantalla viendo y compartiendo videos de violencia militar

y policial que aparecerían incesablemente en mi Facebook o

serían enviados a mí por personas del colegio y vecinos de mi

barrio, con quienes no había hablado hace años. Los pijamas se

convertirían en mi vestimenta diaria. Dormiría poco y los platos

y ropa sucia se acumularían. Ese día, sentí más que nunca, que

mi país me llamaba. Quise estar allá para unirme a la catarsis

colectiva y liberar la rabia. Esa rabia de haber visto a mi papá

obrero levantarse a las 5am y llegar a la casa muy tarde todos los

días, todo por un sueldo miserable que no alcanzaba para mucho.

Esa rabia de haber visto morir a familiares por no haber recibido

atención médica de calidad. Esa rabia que viene de la guata

recordando la pobreza de mi barrio y su alcaldesa corrupta; la

violencia estatal, la discriminación, el hacinamiento, la injusticia,

la depresión de mi abuela que falleció con dolores profundos en

el alma y una pensión minúscula y la depresión de mi mamá que

lleva años tomando pastillas. Me dolió no poder estar allá en ese

momento histórico protestando en la calle con mi gente. Ese

día, no sabía que conocería otros chilenos en Sídney con quienes

marcharía, protestaría afuera del consulado y con quienes hasta

bailaría “Un Violador en tu Camino” en un parque.



7 de noviembre, Federica Pinter

Era un martes de noviembre, se había hecho un hábito ir a la

plaza después de trabajar, ya había unas dos mil personas cuando

llegamos. Con mi pareja y su amiga estábamos sentados cerca

del obelisco, descansando un rato después de varias vueltas. Era

feliz en la plaza, no nací en este país y por fin me sentía parte de

su pueblo. Mientras conversábamos, notamos movimiento más

arriba de la plaza, nos pusimos alertas. Empezamos a ver una

gran cantidad de personas bajando rápido por la Alameda hacia

donde estábamos, la causa era obvia: los pacos. Más personas

corriendo desde el Parque Bustamante, otras más subiendo hacia

la plaza. Corrimos junto a muchas personas hacia Andrés Bello,

también venían los pacos por ahí. Estaba claro, nos arrinconaban.

Cruzamos junto a muchos hacia el Bella por el puente, alguien

gritó que no siguiéramos, que nos esperaban también por allá.

En el cruce del puente apareció un guanaco, empezamos a correr

hacia arriba por Santa María, nos perseguían, mi pareja corriendo

delante de mí, su amiga más atrás muy cansada, no me daban más

los pulmones, nos estaban alcanzando. Vimos a varias personas

esconderse detrás de las columnas de un edificio residencial, las

seguimos. Eran unas columnas delgadas, de un lado de la entrada:

mi pareja y un flaco, del otro: yo, su amiga y tres personas más.

Pánico. Era lo único que se sentía en el ambiente. Todos tiritando,

callándonos entre nosotros, y abrazándonos a más no poder para

protegernos. Pasó el guanaco y un par de pacos detrás. Una de

las chicas con las que nos abrazábamos sollozaba pidiendo que

no nos encontraran, pensé en lo que pasaría si eso ocurría. Se

me hizo un nudo en la garganta. Seguíamos temblando de miedo.

Los pacos retrocedieron y regresaron a la plaza. El riesgo había

pasado. Después de ese día, volvimos con más fuerza a la plaza. Y

seguiremos volviendo.



18 de octubre, Tania

Viernes 18 de octubre, 8 de la mañana. Todo normal, nada que

presagiara lo que se venía en un par de horas. Suena el timbre y

me dirijo a la sala del Cuarto Medio a hacer la clase del “electivo de

Historia”. Temática: Movimientos sociales, siglo XIX y XX. Empecé

a hablar de las primeras organizaciones obreras de fines del

siglo XIX y de cómo funcionaban en torno a las Sociedades de

Resistencia. ¿Sociedades de Resistencia? ¿Cómo es eso Profe?

Me preguntó Vanesa. Respondiéndole, llegué al concepto: “Acción

Directa”. ¿Y eso?, me preguntó Constanza. ¡Ah, la acción directa!

Exclamé yo. ¡Cuánta falta le hace a este país!, dije bajito, pero

Antonia me escuchó. ¿Por qué Profe?, ya poh, ¿Qué es la acción

directa? Miren, dije yo, la acción directa es re fácil de entender.

Les pongo un ejemplo. ¿Qué hicieron los trabajadores en la década

del 50 cuando subieron el pasaje de los tranvías en la llamada

“Rebelión de la Chaucha”? Salieron a quemar los tranvías, respondí

inmediatamente. Eso es acción directa. Según ese ejemplo,

pregunté, ¿Cómo actuaríamos ahora, desde el punto de vista de la

acción directa, si suben el pasaje del Metro? ¡Quemamos el Metro!

Me respondieron a coro unas 9 alumnas entre risas. Yo también reí

y seguí haciendo mi clase. Pasó el resto de ese viernes, dieron las

13:30 y cuando estaba lista para irme a mi casa, una colega dijo

“no hay Metro”, está cortado. Caminé hacia el metro de la USACH y

sí, estaba cerrado. Había un caos gigante. Paraderos llenos. Gente

desorientada. Fuerzas Especiales rondando. Tomé como pude

una micro. Llegamos a la altura de República y el aire apestaba

a lacrimógenas. Llegué a casa. Prendí la tele para ver qué pasaba

y, oh sorpresa, habían quemado dos estaciones de metro, previa

evasión masiva por parte de estudiantes secundarios. Me quedé

helada… Eso es la acción directa niñas, pensé para mi interior.



31 de enero, Pazteno

Llegué a Plaza de la Dignidad con mi bidón dispuesto a apagar

lacrimógenas. Siempre me coloco en la intersección de la calle

de los pacos con Vicuña Mackenna, ese día fueron alrededor de 12

lacrimógenas que pude apagar, más que las de costumbre. Hubo

un momento en que los pacos disparaban lacrimógenas una tras

otra, pasando cerca de mí cabeza, hiriendo a compañeros, no se

podía ver, aguanté la respiración lo que más pude, solo corría,

hasta que al fin pude salir de entre todo ese humo tóxico. Decidí

descansar un momento, me sentía ahogado, así que me alejé y

me dirigí hacia la entrada principal del metro Baquedano, pero

antes de llegar, el mareo y la falta de oxígeno me hicieron caer,

con las pocas fuerzas que me quedaban me saqué la capucha y

mi máscara, que me hacían sentir aún más ahogado, en eso se

acercan unas personas a socorrerme, rociándome en el rostro

agua con bicarbonato y de laurel, ayudándome a respirar, veía todo

borroso y como en cámara lenta, decidieron llevarme a un puesto

de primeros auxilios más cercano, literalmente arrastrándome,

no podía caminar bien, mis fuerzas se habían agotado por un

momento, solo atiné a cubrirme el rostro y a preguntar por

mis cosas. Estuve varios minutos en el puesto intentando

recuperarme, llegué tiritando y desorientado, logré recuperarme

gracias a los paramédicos, que aparte de ayudarme a despejar mis

vías respiratorias, me dieron una colación y agua, aconsejándome

no volver de inmediato, reposar una media hora y luego volver a mi

fusión como mata-lacri. Solo quiero agradecer a las personas que

me ayudaron, a quienes me rociaron para neutralizar los síntomas

de los lacrimógenos, a quienes me llevaron hasta el puesto de

primeros auxilios y a las y los paramédicos, sin ellos, la historia

hubiese sido completamente distinta.



18 octubre, I.H.Z

Recuerdo ese día y se me pone la piel de gallina. Estaba en la

pega en Providencia con Pedro De Valdivia, durante la mañana vi

en Instagram que empezaba a quedar la cagá, a eso de las 15hrs

se rumorea que algunas líneas de metro no funcionaban, yo tenía

prueba en el instituto y andaba con toda mi ropa y cuchillos afilados.

Estudio gastronomía. Salí a eso de las 5 y media ya a esa hora no

había Metro y obligado a tomar micro. Cuando salí por fin de mi

pega a la calle veo mucha gente y autos por Providencia, comencé

a caminar a Tobalaba para ver si tomaba la L4, tuve que ir por la

calle, ya que las veredas estaban llenas, cuando llegué a Tobalaba

había muchos escolares guerreando con los pacos, comencé a

entender lo que pasaba. Luego de que me suspendieran la prueba

y ver que no había transporte a ningún lado tuve que llamar a mi

hermano para que me fuera a buscar, llegó como en 3 horas, ya que

habían tacos en todos lados, devuelta lo mismo, gente en todos

lados, íbamos escuchando la radio, que en Alameda habían cortes

y barricadas, toda la gente tocaba sus bocinas, cuando llegué a

mi casa dejé mis cosas y salimos con mis primos con una olla a

cacerolear, llegando a Grecia con Vespucio había mucha gente y

micros quemadas, era verdaderamente emocionante, no había

pacos ni nadie que nos reprimiera después de mucho tiempo, fue

un momento de libertad, y luego de eso empezó a correr la voz de

que soltarían a los milicos, nadie sabía que iba a pasar. Me devolví

a mi casa y toda mi familia estaba preocupada porque sería un

nuevo 73. Salió Piñera hablando de toque de queda y Estado

de Emergencia, al otro día todo era extraño como una ciudad

fantasma sin metros ni micros ni transporte.



18 de octubre, Matías Carrión

Por circunstancias de la vida, me encuentro viviendo en Barcelona

hace algún tiempo. Me formé como sociólogo, principalmente,

por el interés que despertaron en mí las movilizaciones sociales y

levantamientos populares enmarcados en las protestas estudiantiles

de 2006 y 2011.

Aquel 18 de octubre de 2019, junto a mi compañera participábamos

de una jornada de protestas en el centro de la ciudad. Después

de transcurridas algunas horas, las calles que generalmente

están atestadas de turistas ansiosos por consumir, se habían

transformado en espacios de enfrentamiento y disputa, delimitados

con barricadas, y que tenían como objetivo, la jefatura de la Policía

Nacional ubicada en Vía Laietana (antigua Vía Buenaventura Durruti).

Por la noche habíamos quedado con algunos amigos chilenos, y en

medio de múltiples cervezas, debatíamos apasionadamente sobre la

autodeterminación catalana y lo relevante de la acción directa como

estrategia de lucha. Entre conversaciones y cervezas, soñábamos

con un levantamiento popular en un Chile que recordábamos dormido

y sometido -sin pataleo- a las dinámicas abusivas del capital(ismo)

neoliberal.

A eso de las 4 am (11 pm hora Chile) tomé mi skate y volví a casa entre

medio de barricadas aún encendidas. Al llegar a mi barrio, enciendo

el teléfono y sin creerlo, recibo un bombardeo de información con

lo que estaba sucediendo en las calles de Chile. Entre la borrachera

y la emoción, no pude aguantar las lágrimas por el tan esperado

alzamiento de mi pueblo.

A veces hace bien soñar despierto.



23 de noviembre, Küyen

Ese día con un amigo nos juntamos a las 13hrs porque teníamos

planeado ir a comer un helado, pero el olor a lacrimógena y los

canticos de la protesta nos llamaron mucho más la atención. A

eso de las 18hrs el guanaco empieza a avanzar nuevamente junto

con los pacos y los disparos. Empezamos a correr y me detengo

al ver que se cae un señor, lo ayudo a levantarse, íbamos lento, ya

que se había doblado el pie. Seguimos escuchando los disparos

y sentí cómo una lacrimógena me impacta el pie izquierdo, al

mismo tiempo sentí 3 pinchacitos en las piernas, pero los ignoré.

Llegamos a una esquina segura, el señor me agradece y me

encuentro a mi amigo, le digo que me llegó una lacrimógena y que

parece que me llegaron perdigones, me revisa y efectivamente,

tenía 3 perdigones en las piernas. Me lleva en brazos a la cruz roja

para que me los retiren, sentí dolor, pero ese dolor fue opacado

por impotencia; un paco me dejó marcada y no podría protestar

ni caminar bien durante quizás cuántas semanas. A eso de las

19hrs/20hrs nos fuimos. Al llegar a mi casa, me quedo parada

afuera, aún tenía la ropa mojada y se veían las vendas que me

pusieron en las heridas que dejaron los perdigones; no sabía

cómo entrar sin que mi mamita se preocupara. Después de unos

minutos entro y me la encuentro sirviendo la once, me recibe

feliz, pero su cara cambia al verme. Corrió a abrazarme y se puso

a llorar, soy sensible igual que ella así que comenzamos a llorar

juntas. Entre sollozos me reta por andar con la ropa mojada y

empieza a putear a los pacos por ser tan bastardos, después de

un rato me suelta y me dice “gracias por ser tan valiente, me llenas

de orgullo, mi pequeña Gladys Marín”.



26 de noviembre, Marcel Donner

Un día más de huelga general, un día más para salir a la calle.

Como ya era costumbre, caminé desde mi casa hasta Plaza

Sotomayor, el principal lugar de concentración en Valparaíso.

Entre cánticos y gritos, el mar de gente se abrió́ paso hasta llegar

a Plaza O’Higgins. Después de un rato, me fui unas cuadras

más atrás, hasta Plaza Italia, a descansar un poco, pero no duró

mucho, porque encima venía un zorrillo embistiendo con desenfreno.

Corrí́ a través de la plaza, y para mi “buena suerte” las

lacrimógenas caían siempre a mí lado o justo en frente, jamás

sobre mí ni de los compas que corrían conmigo. Mientras los

pacos nos disparaban perdigones, seguí́ corriendo por una calle,

y de pronto, pensé́ con horror “los que van quedando atrás

de alguna forma evitan que me llegue algo”, y me sentí́ muy mal,

pero solo podía seguir corriendo. Logré por fin llegar a Plaza

Victoria, donde muchos nos refugiamos. Me senté́ en un banco.

Luego llegó una chica que se sentó́ en la misma banca y se sacó

la capucha, y después otros compas; todos nos sonreímos, estábamos

“bien”. Pero esa silenciosa “paz” fue breve porque un

piquete venía cerca por Pedro Montt. Los que estábamos en esa

banca nos paramos, pusimos de nuevo capuchas y pañuelos, e

instintivamente dijimos casi al unísono “buena suerte”, antes

de correr en distintas direcciones. Corrí́ unas cuadras antes de

iniciar mi travesía de vuelta a casa. Tenía que atravesar todo el

plan de Valparaíso, que era un campo de batalla, los pacos no

respetaban ni las calles aledañas al Hospital Van Buren. Pero

llegué ileso. Jamás volví́ a ver a ninguno de mis compas anónimos

de Plaza Victoria, pero de todo corazón espero que, al igual

que yo, ese día y los siguientes hayan tenido “buena suerte”.



22 de octubre, Emilia Vivencio

Vivo en la Florida, tengo 34 años, al comienzo de todo yo iba a un

metro cerca de mi casa a manifestarme, pero el 22 de octubre

comencé a ir a la Plaza de la Dignidad de lunes a viernes por

dos semanas, ese 22 llegué sola a las 12 a Dignidad, mi gente

iba a llegar después de almuerzo y estuve sola, en un momento,

quisimos caminar hacia La Moneda y los pacos no nos dejaron,

comenzaron a disparar. Yo no dudé en correr hacia ellos lanzando

piedras. Nos escondimos detrás de las palmeras y comenzaron a

disparar directo a nosotros. Sentí en un momento un dolor en mi

pierna y grité fuerte. Unos niños me tomaron para sacarme del

lugar, no lograron ver mis marcas porque me levanté y volví con

más rabia a enfrentar a los pacos, tenía 7 marcas en mis piernas,

una enorme. Desde aquel día voy todos los viernes a enfrentar a

la policía sin armas ni escudos, llevo mi honda y me sumerjo entre

los muchachos para luchar.



6 de noviembre, Pablo Tripayán

Alisté mi mochila, preparé los guantes, las gasas y el suero; eran mis

primeros días como voluntario de la salud en Arica. Cayó la noche y

con ello la brutalidad militar y policial acechó. Se oían gritos, unos

decían “avancemos”, otros “ayuda”, éramos cientos bajo la oscuridad.

Entre unas 10 personas, tomaron una reja enorme y la hicieron

avanzar, era una barricada. Los disparos los sentía atrás mío, las

balizas y sirenas le daban un tono de combate al momento. De

pronto gritan “¡paramédico!”, corrí preguntando “¿Dónde está?”. A

los pies de un poste de luz, yace un hombre de más o menos 30 años

en el suelo y con un impacto de lacrimógena en la frente, no paraba

de sangrar. Rápidamente le presté los primeros auxilios y le dije

que tenía que ir al hospital, a lo que él me dice: “Tranqui, compita.

Tenemos que seguir”. Volvió raudamente. Al momento, vuelven a

gritar “¡paramédico!”, esta vez, era un hombre con un impacto de

lacrimógena en el hueso nasal, su nariz estaba destrozada, había que

llevarlo al hospital de inmediato, no supe más de él.

Ese día conté 42 atenciones, vi cosas que quizás nadie en la vida

debiese ver, pero de alguna forma, esos eventos me ayudaron en

seguir apoyando y ayudando a los que más lo necesitan, a pesar de

cualquier circunstancia. Hasta que la dignidad se haga costumbre.



Valentín, 12 de noviembre

Fue dos noches antes del aniversario de la muerte de Camilo

Catrillanca, la primera vez que usé un escudo. Valdivia oscuro,

los pacos cortaban la luz cuando iban a avanzar, como para

crear la mística del asedio. Barricadas, perdigones, humo,

gritos, piedras. Al armar mi escudo con tejas viejas, no me

había imaginado la tremenda responsabilidad que me estaba

cargando. Quería estar más protegido, pero eso queremos

todos cuando nos están disparando. ¡Escudos adelante! Era

un llamado directo a servir al pueblo. Tenía miedo, algunos

perdigones pasaban por debajo y me pegaban en las piernas,

pero por suerte ninguno entró. Éramos una barrera de escudos

al frente, viendo como el piquete avanzaba, los disparos cada

vez más cerca y lacrimógenas atrás cerrando el escape. Quería

correr, pero al mirar atrás, había una fila de gente agachada,

confiando en mi escudo para que no les pasara nada. Algunos

temblaban de miedo, otros, mojados, con frío. Quería llorar, no

podía dejarles desprotegidos. Tampoco quería que me agarren

a lumazos y me echaran al camión. Había que estar firme,

mantener la posición. Eran oleadas. Defender una barricada lo

más posible, crearle un espacio a la gente para escapar segura y

correr en el último momento. Logramos varios avances, hicimos

retroceder piquetes a camotazos, fue el saqueo del PS, de la

DC, del Santa Isabel, de la iglesia, echamos al Cristo a la fogata,

bailamos en rebeldía, gritos de guerra, rescate de caídos. No

había estado antes tan excitado. Fue una noche excelente. Los

pacos no tenían el personal suficiente para reprimir todos los

focos de manifestación. Nos turnábamos a un lado y otro de

la ciudad para pelear. ¡Escudos adelante! Hacia el final de la

noche, sufría esas palabras. “Pobrecito, míralo cómo va con su

escudo”, dijeron unos que me vieron avanzando. Debe haberles

dado lástima el estado en el que estaba. No podían ver que en

el corazón estaba sonriendo.



Jacqueline Román, 8 de marzo

Había participado en algunas marchas desde el 18 de octubre

con mis hijas mayores, pero ese 8 de marzo, por trabajo, solo

me acompañó mi hija de 15 años. Llegamos temprano y partimos

detrás de la primera línea. Con mis 44 años y habiendo sido

criada a la antigua, llegar ahí fue un acto de rebeldía a mi crianza.

Cuando comenzamos a marchar, mis lágrimas comenzaron

a caer, era una enorme felicidad que invadía mi corazón. Ser

parte de algo tan grande como defender mis derechos, los de

mis hijas, y de todas aquellas personas que no pudieron estar

presente; era un honor y un orgullo. Le demostramos a este

gobierno que somos mujeres empoderadas y que las futuras

generaciones lo serán aún más. Cada grito fue por todas y

todos aquellos que fueron dañados o muertos por este sistema

que sólo ha atropellado nuestros derechos.

Soy una agradecida de haber vivido y seguir luchando en esta

hermosa revolución.



16 de noviembre, Daniel Ortega

Era el viernes 16 de noviembre, el mismo día que murió Abel

Acuña. Como todos los viernes, íbamos con dos amigos a

la Plaza de la Dignidad a protestar por un Chile más justo.

Tipo 21:30 retumban y relucen los fuegos artificiales que

indicaban la finalización de un día más de protestas. A las 21

hrs dejaban de pasar micros para devolvernos a casa. Yo y

mis amigos decidimos irnos, tocaba caminar no más. En ese

tiempo vivía en Peñalolén Alto, casi llegando a la cordillera.

Fue una ruta llena de esperanza, de saber que el movimiento

se estaba haciendo fuerte, iba solo caminando, cuando de

repente, un auto blanco, sin patente, se detiene a la altura de

Tobalaba con José Arrieta y se bajan 4 tipos encapuchados.

Me dicen: “¡Párate ahí! ¡Párate ahí!”. Mi cabeza y mi mente, en

un segundo, dedujeron que eran pacos de civil y que andaban

“cazando“. Atiné a correr por mi vida. Avancé media cuadra,

crucé la calle y escuché dos disparos hacía mis piernas. Por

suerte, ninguno me tocó. Llegué a la esquina, en ese lugar

habían más compas protestando, me dicen; “¿Flaco, qué te

pasó?”, “Na’ zafé de los pacos”, les respondí. Luego de eso,

quedé asustado y no fui en tres semanas a la Plaza de la

Dignidad, cuando pasó el susto, volví con todo.