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Revista Hegemonía. Año III Nº. 35

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 35 AÑO IV | ENERO DE 2021

labatallacultural.org

HEGEMONIA

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pírrico


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte

de sus lectores mediante suscripciones regulares y

de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición

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Teléfono: (2245) 40-3510

Mail: hegemonia@labatallacultural.org

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en esta revista y eventualmente firmadas son

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representan necesariamente el pensamiento ni la

línea editorial de La Batalla Cultural.


HEGEMONIA

34

CONTENIDO EXCLUSIVO

Un

triunfo

pírrico

14

IDENTIDAD PERONISTA

El plan maestro

del coloniaje

20

ANÁLISIS

Morir de

miedo

50

FILOSOFÍA POLÍTICA

El gobierno de

los médicos:

¿protección o

control?


EDITORIAL

Las cosas por su nombre

Durante la inauguración del I

Congreso Internacional de

la Lengua que se realizó en

Zacatecas el 7 de abril de

1997, el gran Gabriel García

Márquez hizo un discurso que

habría de quedar en la historia y no

solo desde el punto de vista de los

hispanohablantes. Ese discurso se

tituló Botella al mar para el dios de

las palabras y significó un punto de

inflexión en varios sentidos, empezando

por un redescubrimiento del

inmenso tesoro del idioma castellano

—hablado por cientos de millones

de individuos en todo el mundo—

y de la mismísima hispanidad,

la que por esos años de neoliberalismo

y triunfo de un Consenso de

Washington en el que el dominante

se presentaba como anglosajón,

con el apetito por devorar todas las

demás culturas y globalizar. Ese día,

García Márquez además nos enseñó

la real importancia de las palabras.

“A mis 12 años de edad estuve a

punto de ser atropellado por una

bicicleta”, empezaba el entrañable

Gabo. “Un señor cura que pasaba

me salvó con un grito: «¡Cuidado!»

El ciclista cayó a tierra. El señor

cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya

vio lo que es el poder de la pala-

4 HEGEMONIA - enero DE 2021


bra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos,

además, que los mayas lo

sabían desde los tiempos de Cristo

y con tanto rigor que tenían un dios

especial para las palabras”.

“Nunca como hoy ha sido tan grande

ese poder. La humanidad entrará

en el tercer milenio bajo el imperio

de las palabras”. Un discurso profético.

Hoy, ya bien entrado el tercer

milenio, la palabra es el verdadero

poder mostrándose desnudo frente

a nuestros ojos sin que tengamos

la capacidad de apreciar esa desnudez.

Hoy la palabra se usa para

desviar la atención, para generar

todo tipo de factoide y llevar a cabo

un plan. Si se quiere amedrentar,

se dice “virus”. Si el objetivo es,

en el mismo sentido, asegurar la

obediencia de las masas, se dice

“muerte” y se dice “protocolos”. Y

si se quiere estirar la maniobra para

que dure, se dice “vacunas”. Son

todas palabras con su peso específico,

aunque no sepamos nada

de lo que significan esas palabras.

No sabemos del virus, nunca nos

preguntamos por los contenidos

de la categoría protocolo y mucho

menos por sus finalidades reales. Y

tampoco sabemos qué realmente

son las vacunas más que tener un

desmedido optimismo en su cualidad

de panacea universal.

La cosa en sí no es importante

aquí, no la conocemos. Nadie realmente

sabe qué es el coronavirus ni

entiende cómo es la vacuna. Lo que

sí importa es la palabra, o cómo con

el uso oportuno de determinadas

palabras se puede hacer avanzar

o retroceder a la humanidad. Desde

el advenimiento del virus de la

inmunodeficiencia adquirida (VIH),

la humanidad empezó a asociar la

palabra virus con muerte, aunque

la asociación no es necesaria: no

habría vida en el planeta si todos

los virus existentes en el mundo

fueran mortales. No es así, pero las

palabras asociadas unas a las otras

tienen el poder crear realidades y

entonces hoy “virus” es “muerte” y

el poder lo sabe.

El poder lo sabe y pudo haber llamado

a esta nueva y aparentemente

recargada versión de la vieja —y a

veces también mortal, no conviene

equivocarse— gripe por unas siglas

técnicas, tal como hizo con el SARS,

el MERS y el H1N1. Pero no, esas siglas

no meten miedo. Matan como

mata cualquiera de las versiones de

la gripe, incluyendo a la influenza

o la mal llamada “gripe española”.

Pero no meten miedo, había que

darle un nombre, una palabra. Y

así aparece la idea del coronavirus

que es “corona” porque tendría esa

forma y no importa. Lo que importa

es que tiene “virus” en el nombre y

eso mete miedo.

Entonces la palabra es el poder y

hay que recuperarlo. Es por eso que

en esta Revista Hegemonía hemos

resuelto decir las cosas como son,

ponerle palabras a la realidad.

Siempre lo hemos hecho, aunque

a partir de ahora con la diferencia

de que diremos las palabras que se

corresponden con los hechos, ya no

tantos eufemismos que dejan casi

toda la interpretación libre al atento

lector. Hemos resuelto empezar

este nuevo año diciendo todo lo que

sabemos sin vueltas y sin anestesia.

Y eso se hace con el poder de la

palabra justa y precisa.

El atento lector encontrará que

esta 35ª. edición de Hegemonía

viene un poco distinta, verá que

algo cambió. Y, en efecto, hay un

cambio. Hay menos de justificar y

acomodar y más de decir las cosas

como son en su cruda realidad.

Nada que no hayamos hecho antes,

por supuesto, lo que cambia es la

forma: apostaremos ahora a hacer

aquello que un filósofo de la nacional

había llamado decir la verdad en

altavoz, ya no susurrando como en

una conspiración.

Conoceremos la verdad y la verdad

nos hará libres, cueste lo cueste y

caigan todas las vacas sagradas

de la ideología, hasta de la propia,

si fuera necesario. Allá vamos, a

ser libres de una vez siguiendo la

prescripción dejada por ese patriota

americano que escribía para que lo

quieran más sus amigos.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - enero DE 2021


OPINIÓN

El uso selectivo de la moral

ERICO

VALADARES

Toda la historia del éxito de los

llamados formadores de opinión

en la sociedad de masas

moderna es la historia de la

manipulación de los pocos sobre

los muchos sin que estos hayan

sido jamás capaces de comprender

el problema, lo que puede corroborarse

fácilmente al observar cómo la

“voluntad” y la “opinión personal”

entre las mayorías populares han

coincidido siempre con la voluntad y

la opinión de las clases dominantes

en todas las sociedades sin excepción.

En la observación histórica del

fenómeno de la manipulación de

las mayorías por unas minorías muy

poco numerosas veremos muchas

cosas, pero fundamentalmente que

todos los procesos de manipulación

masiva han estado basados en la

incapacidad manifiesta del individuo

manipulado para todo lo que

sea tener conciencia del hecho de

que alguien lo manipula. Dicho de

una forma más simple, la manipulación

masiva se caracteriza y es

más efectiva a medida que el sujeto

manipulado va perdiendo de vista

los hilos con los que mueven desde

arriba su “voluntad” y su “opinión

personal” hasta llegar a creer que

expresa sus propias ideas al repetir

6 HEGEMONIA - enero DE 2021


una narrativa dominante. Cuando

eso sucede, el éxito de los formadores

de opinión es total.

Eso es lo que supo denunciar sutilmente

el genial Quino en una viñeta

de antología en la que se ve a un

potentado cómodamente sentado

en un sillón, reflexionando mientras

sostiene un vaso de whisky: “Por

suerte la opinión pública todavía no

se ha dado cuenta de que opina lo

que quiere la opinión privada”. He

ahí una de las obras más lúcidas

de Quino, quizá la más reveladora

de eso que es una enorme obviedad

y que, no obstante, permanece

invisible para las mayorías. La

mentada “opinión pública” no es en

la práctica más que un reflejo de la

opinión privada, es la reproducción

irreflexiva de la opinión de unos pocos

privilegiados con capacidad de

controlar la información que consumen

las mayorías y de controlar con

ellos su opinión y toda su voluntad,

por supuesto.

Claro que para el atento y asiduo

lector de esta revista lo anterior sonará

como una perogrullada y hasta

una redundancia. Por lo menos

desde el advenimiento del kirchnerismo

a principios de este siglo, o

más precisamente a partir del inicio

de la guerra contra los grupos económicos

mediáticos que se desató

allá por el año 2008 como secuela

del mal llamado “paro del campo” y

el cisma entre el gobierno y el Grupo

Clarín, el mecanismo y la propia

mecánica de la manipulación no se

le escapan al que observa la política

con un ojo más o menos crítico y

medianamente informado. No hay

ninguna novedad en eso, todo el

mundo sabe que los medios corporativos

representan los intereses

de sus propietarios en un sentido

de clase social ―es decir, de los

dueños de los medios en un sentido

estricto y luego de sus pares en la

cima de la pirámide, en un sentido

amplio― y que desde ese lugar

forman la opinión de las masas

para que hagan lo propio y defiendan

también esos intereses, que les

son a todas luces ajenos. ¿Pero si

todo el mundo lo sabe, cómo es que

sigue funcionando el truco?

Es que todo el mundo no lo sabe

y, aún peor, quizá no lo sepan

muchos de los que creen saberlo.

La mecánica y el mecanismo de la

manipulación se complejizan a medida

que se hace más compleja la

propia lucha por el poder y son hoy

mucho más sofisticados que hace

diez, quince o veinte años, ni hablar

respecto a lo que fueron en el siglo

pasado. Al avanzar las tecnologías

de la información y además la capacidad

de procesamiento de datos,

avanzan asimismo los métodos de

manipulación, se hacen más sofisticados

y a la vez más sutiles. Y allí es

donde empiezan a caer victimados

también aquellos que en un determinado

momento habían visto los

hilos del titiritero y hasta se habían

sumado a denunciarlos, esto es, de

un modo general, la manipulación

se renueva hasta el punto de recapturar

a los que ya habían podido

liberarse de la telaraña. Lo que

estamos viendo en los días de hoy

es eso, es un escenario en el que

los manipulados de siempre siguen

siéndolo, pero ya no están solos en

ese lugar. Ahora se dejan manipular

también muchos de los que antes

no se habían dejado.

Eso pasa porque las técnicas de

manipulación avanzan, como veíamos,

se hacen más sofisticadas y

más complejas mientras que el nivel

promedio de conciencia respecto al

hecho permanece inalterado. El que

ya había asimilado la información

de que “Clarín miente” se quedó

con eso y sigue en alerta frente al

mensaje emitido por los medios del

Grupo Clarín, pero la situación ya es

Imagen del ataque a un móvil de C5N durante una manifestación de los que consideran a

C5N como un canal “enemigo”. La idea de que algunos medios representan la voz de una

parte y otros representan la de otra parte de la sociedad ha calado hondo en la conciencia

del argentino politizado, pero es una quimera. En realidad, todos los medios responden a los

intereses de sus propietarios y de la clase social a la que pertenecen. Y cuando esos propietarios

hacen un pacto, todos los medios pasan automáticamente a dar el mismo mensaje

ideológico. Tal es la situación actual.

7 HEGEMONIA - enero DE 2021


La consigna “Clarín miente” se instaló con fuerza entre un sector de la militancia y los simpatizantes de uno de los dos proyectos políticos en

pugna durante el gobierno de Cristina Fernández. El tiempo pasó y la situación fue mutando hasta que la consigna quedara desactualizada:

ahora ya no mienten solo los medios del Grupo Clarín y todas las empresas mediáticas se unieron en alianza para emitir una sola narrativa

falsificada de la realidad.

más compleja: no mienten solo Clarín

y demás medios de propiedad de

las clases dominantes. Hoy mienten

y manipulan todos los medios de

comunicación que se ubican de un

lado y del otro en la llamada grieta.

La situación ahora es distinta y la

diferencia es precisamente la grieta,

donde la verdad cae derrotada.

Y muere.

La grieta es esa sofisticación del

mecanismo de manipulación. Y eso

es así por la lógica razón de que

cuando se produce una ruptura en

el esquema político de un país y esa

ruptura no se resuelve en el corto o

en el mediano plazo con el triunfo

de uno de los dos bandos en pugna,

es porque ambos bandos han suscrito

un pacto hegemónico. Ninguna

guerra como la que se desató a

partir del lock-out patronal del año

2008 podría seguir empatada tanto

tiempo como para que llegue hasta

los días de hoy, a casi trece años

de aquel episodio inicial, sin resolverse.

No es que la grieta se haya

consolidado ni es que nos hayamos

acostumbrado a vivir en ella, sino

que la grieta pasó de representar un

empate en vías de resolución a ser

ella misma el sostén de un pacto

entre los altos mandos.

Cuando eso pasa, lejos de cuestionar

seriamente al proyecto

opositor y de difundir el proyecto

político propio, los comunicadores

empiezan a profundizar la grieta ya

como un fin y no como un medio.

En una palabra, lo que antes era el

contexto de la lucha o el escenario

sobre el que esa lucha se daba, es

ahora la totalidad de la política, es

la política en sí misma, perfecta,

terminada. En vez de una lucha

entre opuestos irreconciliables en

una grieta lo que tenemos es un

esfuerzo combinado entre esos falsos

opuestos por reproducir dicha

grieta hasta el infinito.

La grieta es el fin y los comunicadores

que aparentemente se paran

firmes de un lado o del otro empiezan,

en realidad, a trabajar en el

sentido de la no resolución de las

controversias. Y allí se forma una

verdadera sociedad de la opinión,

8 HEGEMONIA - enero DE 2021


donde sin cuidado de lo que es

verdad y de lo que no lo es, habrá

siempre dos opiniones radicalmente

opuestas sobre todos y cada

uno de los asuntos en la agenda

que los propios medios instalan y

desarrollan todos los días. He ahí

lo fundamental de la cuestión: en

poder del monopolio absoluto de la

información, el nuevo consorcio mediático

entre viejos enemigos crea

la enfermedad y, al mismo tiempo,

crea dos medicamentos distintos,

con fórmulas que al parecer son

opuestas. La hegemonía impone la

agenda y también impone las alternativas

para discutir la agenda. Y

aquí empieza un juego que llamaremos

de aquí en más el uso selectivo

de la moral.

Quiero tener la razón y ser

moralmente superior

es que en ninguno de los dos bandos

en pugna a nadie ya le interesa

la verdad y el resultado necesario

es una fragmentación progresiva

del tejido social cuyo destino históricamente

ha sido la guerra civil.

La guerra, de la que la verdad es la

primera víctima, como veíamos. Así

estamos los argentinos hoy, todos

en una loca carrera por tener la

razón y a la vez por demostrar que el

disidente no la tiene. Estamos todos

marchando a paso acelerado hacia

una fragmentación total del tejido

social con nefastas consecuencias.

Quizá lo peor de todo este asunto

sea precisamente la incomprensión

de que la fragmentación social

está muy lejos de ser un accidente

y mucho menos un fenómeno inevitable

de la naturaleza. La perpetuación

de la grieta y la rotura del

tejido social son el resultado de una

consciente manipulación en la que,

véase bien, a los individuos se los

manipula para que obren en contra

de sus propios intereses sin tener

la más mínima sospecha de que los

están operando para que lo hagan.

Y una vez más el origen de esto,

que es inaudito, está en los medios

de difusión. En el pacto hegemónico

que suscribieron los dirigentes

políticos al concluir que es imposi-

Se les atribuye a varios autores,

desde Esquilo hasta Winston Churchill,

la sentencia inapelable de que

la primera víctima de toda guerra es

la verdad. Y entonces uno de los aspectos

más desopilantes y a la vez

espantosos de esta sociedad de la

opinión agrietada e hipermediatizada

es ese mismo, es el uso selectivo

de la moral. Se trata de un asunto

verdaderamente insidioso, verá el

atento lector, en el que las causas

se van a mezclar con los efectos

en la comprensión de muchos y el

resultado será que se pierdan finalmente

de vista los hilos de la manipulación

inicial incluso para los que

alguna vez los habían visto.

Pero es todo manipulación, tanto

de un lado como del otro de la grieta.

Lo que pasa cuando la moral es

utilizada de un modo selectivo con

la única finalidad de tener la razón

sobre el otro, el que por su parte se

para en frente e intenta hacer exactamente

lo mismo, pero en espejo,

Las diez estrategias de la manipulación mediática, cuya autoría se le suele atribuir erróneamente

a Noam Chomsky y en realidad se basan en la obra de Sylvain Timsit. Todo lo expuesto

en esta teoría está en pleno funcionamiento hoy en la Argentina y en todo el mundo.

9 HEGEMONIA - enero DE 2021


ble resolver el empate, los medios y

los operadores que en ellos “trabajan”

se dedican a crear realidades

paralelas como compartimientos

estancos, allí donde a los soldados

del bando propio se les informa que

son poseedores de toda la verdad y

de que son moralmente superiores,

en oposición a los soldados del

enemigo, los que solo mienten y

son moralmente inferiores. Toda la

verdad revelada y la moralidad del

lado propio, toda la mentira y toda

la inmoralidad del lado opuesto.

Uno mismo como el bien absoluto

y el otro como el mal absoluto. Y si

bien existe de hecho una verdad, en

ninguno de esos bandos hay interés

en ella. Aquí lo que todos queremos

es imponernos y es reafirmar nuestra

superioridad moral sobre el otro.

Entonces empieza el juego del uso

selectivo de la moral y todos los

medios van llenando los compartimientos

estancos, primero con el

asunto del día —que es el mismo

Imagen de la reunión de transición entre un Alberto Fernández entrante y un Mauricio Macri

saliente. En un futuro muy lejano se generalizará la comprensión de que esta es la imagen

que simboliza un pacto hegemónico que se firmó con la finalidad de resolver un empate. A

esto responden los medios de difusión hoy en su totalidad.

para todos— y luego con una verdad

revelada sobre ese asunto para

cada una de las parcialidades en

la minigrieta que se quiere formar

dentro de la gran grieta general,

cuya preservación y reproducción

indefinida es el objetivo. Piense el

atento lector en dos ejemplos clásicos

de esto para ilustrar la situación,

que podrían ser el de un Pablo

Duggan y el de un Diego Leuco (o de

cualquier otro par supuestamente

antitético) en un asunto fútil como

el del episodio en el que estuvo

involucrada la diputada Carolina

Píparo en la madrugada del primer

día del año (o de cualquier asunto

fútil de los que dominan la agenda a

diario). ¿Qué ocurre allí? Pues ocurre

que la hegemonía mediática que

resulta de la alianza entre todos los

medios impone la agenda y luego

pone a sus operadores a promocionar

dicha agenda tanto de un lado

como del otro de la grieta.

Así, desde el punto de vista del

consumidor final, lo que hay allí es

un Pablo Duggan demonizando en

C5N a la diputada Píparo y, por otro

lado, un Diego Leuco santificándola

en TN. Parecen opuestos, parece

tratarse de una contradicción insalvable,

pero no hay nada de eso. Lo

único que hay son Duggan y Leuco

trabajando juntos en una misma

empresa: la de convencer a la sociedad

de que la suerte de una diputada

marginal como Carolina Píparo

es de interés general, esto es, de

que el resultado de esa controversia

es importante para la sociedad. Duggan

y Leuco hacen lo mismo, que

es vender la agenda del poder, cada

cual en su compartimiento estanco.

¿Por qué eso funciona y la sociedad

compra como importantísimo

el problema o el drama personal de

una diputada de poca monta? Pues

porque, en el contexto de la grieta

general, operadores como Duggan y

Leuco construyen con mucha habi-

10 HEGEMONIA - enero DE 2021


lidad un discurso según el que en

el resultado de esa nimiedad habrá

un triunfo moral para unos y una

derrota moral para otros. Y para eso

es necesario hacer un uso selectivo

de la moral: si el involucrado en el

patético episodio hubiera sido un

diputado no macrista, sino kirchnerista,

allí tendríamos instalado el

tema en todos los medios de igual

manera, pero con Duggan y Leuco

en roles invertidos.

Es contrafáctico, por cierto, pero

hay antecedentes. Cuando en el año

2013 el hijo del periodista Eduardo

Aliverti atropelló a un ciclista en la

autopista Panamericana y condujo

unos 20 kilómetros con el cuerpo

sobre el capó de su vehículo, en los

medios de lo que en la grieta de hoy

se identifica con el macrismo se

exigió durante semanas la crucifixión

del hijo de Aliverti y del propio

Aliverti, aunque este ni siquiera

estaba presente en el momento del

hecho. Aliverti es kirchnerista y si su

hijo atropella a un ciclista, entonces

debe tronar el escarmiento; pero

si es el marido de Píparo quien

atropella a un motociclista, bueno,

entonces la cosa ya cambia de

figura en el discurso de los mismos

operadores. He ahí el uso selectivo

de la moral.

Y además en temas que son absolutamente

irrelevantes para el

conjunto de la sociedad. Si el hijo

del locutor kirchnerista Aliverti y

el marido de la diputada macrista

Píparo son santos o demonios es

una controversia que no solo no

resolverá ningún problema social

sino que, por el contrario, va a ser

utilizada para invisibilizar los problemas

reales. La agenda no es la

agenda de la problemática social

real y actual, es la agenda de lo que

le convenga al pacto hegemónico

en cada momento.

Juan García, el hijo del locutor kirchnerista Eduardo Aliverti. En el año 2013, García se vio

implicado en un episodio muy similar al de Carolina Píparo y allí se dio el caso testigo que

hoy podemos usar para contrastar el uso selectivo de la moral: los que condenaron entonces

a García hoy piden “mano blanda” para el marido de Píparo, mientras en el campo “opuesto”

se da lo mismo, pero a la inversa. A nadie le interesa ya la verdad de las cosas y todo se

resume a un tener la razón y ser moralmente superior a los demás, aunque para eso haya

que hacer malabares con la moral propia.

Mis convicciones

Así es la grieta cuando deja de ser

el escenario de una lucha entre dos

proyectos políticos alternativos y

pasa a ser el fin de la política en sí

mismo. Mientras el precio de los

combustibles sube entre un 2% y un

4% cada quince días y la inflación

sigue fuera de control, haciendo

imposible el consumo de alimentos

para la enorme mayoría, los medios

siguen imponiendo la agenda

moralista como prioridad para que

la discutamos como si se tratara de

nuestras convicciones. Un 60% de

los niños en nuestro país está por

debajo de la línea de pobreza y las

familias han reemplazado la carne

por las harinas para no pasar hambre,

pero al agotarse la controversia

sobre las habilidades automovilísticas

del marido de una oscura

diputada provincial —toda nimiedad

tiene un límite natural, no se las

puede estirar indefinidamente—

aparece el caso de un explotador laboral

que abusa de sus empleados

en algún balneario del país. Y se lo

estira todo lo posible para que dure,

informando detalles insustanciales

del caso, a cuentagotas, todos los

días. Un día se “descubre” que además

de explotador tiene una causa

por atentado al pudor y al otro día

se “revela” que también es rugbier

y luego que es un proxeneta, etc. Y

así nos “informan” a diario para que

hagamos nuestro uso selectivo de

la moral y tengamos la razón sobre

el otro mientras el país se nos cae

encima a todos.

11 HEGEMONIA - enero DE 2021


La magia de Joaquín Salvador Lavado Tejón, el genial Quino, quien supo sintetizar conceptos

enormes como el de la manipulación mediática en sus viñetas.

Y así sucesivamente. Siempre habrá

y de hecho hay casos de violencia,

de abuso o de excesos individuales

en la sociedad, la cuestión

se reduce a elegir uno de esos casos

y ponerlos en evidencia mediatizándolos

y presentándolos como

excepcionales. No lo son, se trata

de lo cotidiano en la sociedad de

masas, somos en el mundo miles de

millones de individuos y todos los

días se dan episodios como el que

involucró a Carolina Píparo o al empresario/delincuente

de Pinamar.

Lo único que tienen que hacer los

medios es elegir uno de esos casos

entre millones, ponerlo en clave de

grieta y hacer un uso selectivo de la

moral para que la sociedad compre

y se ponga a discutir el asunto en

los mismos términos.

No existe la mentada “opinión pública”,

todo depende de las fuentes

de información a las que el público

está sujeto y en las que forma al fin

su opinión. La “opinión pública”

es, como decía Quino, la opinión

de los privados y de acuerdo a sus

intereses en cada momento, es una

manipulación mediática constante

que hoy por hoy nos tiene atrapados

a todos sin distinción de en qué

lado de la grieta nos ubiquemos.

Ante el empate hegemónico y el

subsiguiente pacto hegemónico que

se suscribe como materialización

de la imposibilidad de resolución

política en una sociedad, el resultado

es la proscripción de la política y

su reemplazo por una lucha moral,

accesoria. Nuestras convicciones

nos impiden buscar la verdad: de un

lado de la grieta no quieren discutir

la política porque el gobierno es

propio y hace agua por todos lados;

del otro no pueden discutirla porque

los medios “propios” no se lo permiten,

hacen el blindaje del pacto

al que se han suscrito. Y así pasan

enormes elefantes por detrás y el

mundo se nos pone cada vez más

cuesta arriba a todos. A todos, en

ambos lados de la grieta.

Arriba se han puesto de acuerdo,

esa es la verdad. Y eso es, a todas

luces, una enorme conspiración. Se

nos impone una nueva realidad que

se presenta como “nueva normalidad”,

el mundo cambia a un ritmo

inaudito y en el sentido de un desmejoramiento

de las condiciones de

vida de los pueblos. Están pasando

cosas demasiado importantes, están

pasando verdaderos elefantes a

nuestras espaldas mientras defendemos

nuestras convicciones morales

y luchamos por tener la razón en

esta sociedad de la opinión. Todo

pasará, es improbable que haya

resistencia. Resistir hoy sería reconocer

la existencia del pacto hegemónico,

admitir que todo es una

enorme simulación y que el rumbo

ya está fijado. Pero eso, como se

sabe, es cosa de conspiranoicos. Y

nadie quiere estar en ese lugar. Mejor

es seguir el juego y gritarle al de

al lado que ser moralmente superior

es exigirle la renuncia a Carolina Píparo

o repetir una vez más que todo

rugbier es una bestia mientras el

de al lado grita que eso es, precisamente,

ser moralmente inferior. Con

el uso selectivo de la moral, al fin y

al cabo, todos tendremos la razón y

dormiremos tranquilos con la certeza

de haber derrotado al mal.

12 HEGEMONIA - enero DE 2021


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13 HEGEMONIA - enero DE 2021


IDENTIDAD PERONISTA

El plan maestro

del coloniaje

MARCELO

GULLO

Es un hecho fáctico de fácil

comprobación científica que

el aborto es un proyecto de la

oligarquía financiera internacional,

completamente ajeno

al corazón del pueblo argentino y

apenas posible en nuestro país por

intermediación de una progresía

porteñocéntrica que se ha adueñado

del peronismo a través de la

utilización de sus símbolos en un

proceso de entrismo y simulación.

Si uno observa a todas las oenegés

que promovieron el aborto en

la Argentina e investiga quién las

financia, si uno les pregunta a los

militantes proaborto: “Señorita,

señor, ¿usted de qué vive, quién

pone la plata para que usted pueda

dedicarse todo el día a militar a

favor del aborto?”, sabrá que todo

el dinero proviene de fundaciones

cuyas sedes están en Londres, en

Nueva York o en Ámsterdam, que

son las fundaciones de los grandes

hombres de las finanzas internacionales,

por llamarles elegantemente,

pues históricamente se les ha llamado

“los buitres del mundo”, los

dueños de nuestra deuda externa

y los causantes de las principales

penurias e iniquidades de la historia

universal.

14 HEGEMONIA - enero DE 2021


Hacia el advenimiento de Obama

como presidente de los Estados

Unidos, para estimar una fecha, los

grandes grupos financieros mundiales

han comenzado a destinar

ingentes volúmenes de dinero a

subvencionar a todas las oenegés,

universidades, todos los profesores

y los políticos del mundo que

estuvieran a favor del aborto. Tal es

el caso de una lista publicada por

algunos medios de la Argentina que

contenía los nombres y apellidos

de todos los políticos de nuestro

país beneficiados por el dinero de la

Open Society, la fundación encabezada

por el magnate hungaroamericano

George Soros. Información,

por otra parte, que nunca fue desmentida

por ninguno de los involucrados.

Y una vez más prevalece el

criterio de verdad ineludible: si los

buitres del mundo, si los vampiros

del mundo invierten todo el dinero

que tienen en promover el aborto,

el ciudadano común puede no

conocer demasiado acerca de los

intereses geopolíticos que subyacen

al proceso de instalación del aborto

como una “urgencia” que debe de

sancionarse en todas las regiones,

pero sin lugar a duda este no puede

ser bueno para los pueblos del

mundo. Si Drácula me sugiere dejar

la ventana abierta por las noches,

de seguro deberé cerrarla, porque

aquello que desea el vampiro sin

lugar a dudas no puede ser beneficioso

para mí.

Entonces, la intencionalidad

geopolítica de la oligarquía financiera

internacional respecto del

fomento del aborto indiscriminado

en los países dependientes puede

verificarse de manera científica y a

través de criterios científicos. ¿De

qué modo? Pues muy sencillamente,

recordemos que en los países

europeos, en los Estados Unidos o

en Canadá, sedes de las compañías

líderes de la plutocracia mundial,

cada vez que una persona jurídica

tal como una entidad financiera

lleva adelante una “donación” a

cualquier oenegé “filantrópica”

la transacción se registra en los

asientos bancarios y contables de la

empresa. Y de hecho la afirmación

de que los buitres del mundo se han

dedicado sistemáticamente a volcar

dineros hacia las fundaciones abortistas

es fácilmente demostrable,

toda la información está disponible

no solo en los asientos contables

de las empresas que envían dineros

sino también en las páginas web

de las organizaciones “sin fines de

lucro”. Esto significa una cosa: los

buitres del mundo que siempre buscan

expoliar a las naciones y jamás

ejercen actividad no lucrativa alguna

están financiando a cada una

de las subsidiarias de las oenegés

abortistas alrededor del planeta. Es

Drácula no solo pidiéndonos que le

abramos la ventana, sino haciendo

lobby para que nos convenzamos de

la conveniencia y la urgencia de una

buena sangría a manos suyas.

Entonces, todas las oenegés abortistas

sin excepción alguna reciben

dinero del extranjero, lo que nos

demuestra sin margen de discusión

la clara intencionalidad de la oligarquía

financiera mundial de fomentar

la legalización del aborto en las

regiones del mundo en las que aún

esta práctica no ha sido regulada

por los Estados nacionales. Ahora

bien, ¿cuál es el motivo para que

eso suceda? ¿De qué manera se

benefician los buitres del mundo

con la práctica del aborto indiscriminado?

El primer motivo es el que

denunció el General Perón en su

tercera presidencia. Perón se opuso

rotundamente a toda política de

control de la natalidad pero fundamentalmente

al aborto, oponiéndose

por entonces al representante

geopolítico de la oligarquía financiera

internacional, el secretario de

Estado del gobierno de los Estados

Unidos Henry Kissinger, en un

contexto en el que aún la oligarquía

El progresismo porteñocéntrico que se adueñó de la narrativa peronista: Mayra Mendoza,

Lucila de Ponti, Mónica Macha y Gabriela Cerruti, marchando junto a los títeres del poder

global que militan en el macrismo Daniel Lipovetzky y Silvia Lospennato. Los campeones

del ajuste a los trabajadores y a los jubilados marchan del brazo para llevar a cabo la tarea

requerida por los ricos del mundo. Y además con una épica que se pretende revolucionaria.

15 HEGEMONIA - enero DE 2021


financiera internacional estaba

íntimamente representada por el

Estado norteamericano. Kissinger

organizó y convocó a la célebre

Conferencia de Bucarest, luego de

la que pensaba imponer en todo el

mundo el aborto a mansalva como

estrategia geopolítica del tándem

Estados Unidos/oligarquía financiera

para controlar la natalidad a

escala global.

Fue en ese contexto que surgió

la narrativa del aborto como derecho,

lo que aún hoy constituye un

contrasentido, pues se trata de la

negación primigenia del derecho

elemental a vivir y nacer. Así, tanto

los Estados Unidos como la Unión

Soviética, unidos en un proyecto

común de control de la natalidad,

apoyaron en esa ocasión la prédica

del aborto serial indiscriminado

como derecho inalienable de la

mujer y ninguna nación se hubiera

atrevido a oponerse de no ser por la

férrea postura argentina impulsada

por el General Perón. Pues fue el

presidente Perón quien aún en vida

dio a su delegación la orden de boicotear

abiertamente el proyecto de

imponer el control de la natalidad

a escala global a través de la publicidad

del aborto indiscriminado.

Hizo falta que la delegación argentina

bajo las órdenes expresas de

su máximo conductor histórico se

plantara contra la oligarquía internacional

para que todos los demás

pueblos del mundo se unieran a la

Argentina y le ganaran la pulseada

a Henry Kissinger, por entonces uno

de los hombres más poderosos del

mundo.

El objetivo era claro: los Estados

Unidos como brazo ejecutor de los

planes de la élite global buscaban

dejar a la América Hispana completamente

vacía para su posterior

explotación por la oligarquía

financiera mundial, pues de hecho

el continente sudamericano es la

región más rica del planeta entero,

en recursos minerales, hídricos, en

biodiversidad y ventajas comparati-

Horacio Verbitsky es un oscuro operador con un aún más oscuro pasado de traiciones y extraños negocios durante la última dictadura cívico-militar,

además de ser un reconocido agente de servicios de inteligencia foráneos en nuestro país. Así y todo, siempre vestido como un

lord inglés, Verbitsky es una unanimidad entre el progresismo entrista, prácticamente un intocable. A través del Centro de Estudios Legales y

Sociales (CELS), una oenegé de su propiedad, Verbitsky declara haber percibido millones de pesos en donaciones desde los centros del poder

global en la Open Society, la International Planned Parenthood Federation (IPPF), la Fundación Ford —cómplice del genocidio entre 1976 y

1983— y en muchos otros. Todo eso consta de los documentos oficiales publicados en la propia web del CELS y al alcance de cualquier ciudadano.

Pero Verbitsky conserva igualmente su estatus de autoridad progresista y hasta peronista.

16 HEGEMONIA - enero DE 2021


Henry Kissinger, quien todavía vive y está a punto de cumplir los 97 años de edad, fue el organizador

de la Conferencia de Bucarest para la promoción del aborto como un derecho. Si

Kissinger defiende los “derechos” de uno, entonces uno debería reflexionar sobre la calidad

humana de esos “derechos”. Y también acerca de su real utilidad, por cierto.

vas para la agricultura, un auténtico

reservorio de materias primas de

escala global. Por eso, el imperialismo

internacional del dinero

tiene diseñadas para nuestra región

dos ideologías de la dominación:

el aborto —que está comprobado

científicamente que contribuye a la

caída progresiva de los índices de

natalidad de las sociedades en las

que se lo practica de manera legal

y que la oligarquía financiera está

propiciando de manera escalonada

comenzando por Argentina para

seguir hacia los países vecinos en

un efecto dominó— y el fundamentalismo

indigenista fragmentador o

supremacismo indigenista balcanizador.

La gran paradoja de nuestro

tiempo consiste en que independientemente

del hecho de que el

presidente Alberto Fernández no se

reconoce a sí mismo como peronista,

de todos modos esté utilizando

la estructura del peronismo —el

otrora máximo movimiento contrahegemónico

del tercer mundo—

como partido de la administración

de la dependencia, impulsando

entre otros mecanismos de sujeción

la prédica a favor del aborto indiscriminado.

Así, el movimiento que

supo torcerle el brazo a Kissinger

hoy se encuentra en la incómoda

posición de estar siendo utilizado

precisamente para garantizar el

cumplimiento a rajatabla del plan

que Kissinger debió resignar a instancias

de Juan Perón.

Del mismo modo resulta paradójico

el entrecruzamiento entre

la cuestión indígena propiamente

dicha y la problemática de las

mujeres más pobres con la prédica

de la muerte o discurso abortista,

porque para el pueblo profundo de

nuestra América la vida es sagrada

y la prédica a favor del aborto

es considerada apenas como una

reivindicación de la pequeña burguesía

universitaria capitalina, en el

caso de la Argentina, abiertamente

porteñocéntrica. Y es que eso es,

nada menos que una reivindicación

de la pequeña burguesía porteña

cuya mentalidad es netamente

eurocentrista y está colonizada

completamente y desde tiempos

inmemoriales por las modas europeas.

Ya Arturo Jauretche había

descrito a ese grupúsculo bajo la

categoría de “mediopelo”. La lógica

jauretcheana pervive hasta nuestros

días con la única salvedad de

que en la actualidad esa pequeña

burguesía universitaria y antiperonista

que él describió con precisión

se ha erigido a sí misma en dueña y

señora del movimiento peronista, a

través de un ejercicio sutil y paulati-

17 HEGEMONIA - enero DE 2021


Pedro Cahn y Ginés González García. El uno se beneficia de sendas donaciones extranjeras

en su oenegé Fundación Huésped —de muy turbia trayectoria en un “combate” al HIV que es

difícil de entender— para imponer el aborto; el otro tiene una enorme cantidad de pequeños

kioscos en el Estado y una gestión patética al frente del Ministerio de Salud. Ambos participaron

de la cruzada verde y ninguno de los dos hace ningún esfuerzo para ocultar sus nexos

con el poder global, hasta dejando fotografiarse con embajadores de potencias usurpadoras

de soberanía y otros piratas de renombre. Ambos fueron debidamente escondidos por Alberto

Fernández tras el fracaso en la contención del coronavirus.

no de entrismo político. Un entrismo

tardío y triunfante que se ha quedado

así con el movimiento de liberación

nacional más importante de la

historia de la América Hispana y el

tercer mundo, proceso cuyo resultado

es la quietud del pueblo fruto de

la perplejidad en la que los acontecimientos

lo están sumergiendo.

En términos futbolísticos, podría

decirse que la situación se asemeja

a la de un simpatizante que fuera

a la cancha de Boca a ver a su

equipo sin saber que en realidad

tanto los jugadores como el equipo

técnico y la dirigencia del club han

sido cooptados por la hinchada de

River, que no solo no desea que

Boca gane sino abiertamente busca

desintegrar al club y eliminarlo de

la faz de la Tierra. El simpatizante ve

el partido y no entiende por qué el

equipo que reconoce como propio

atenta contra su club, circunstancia

ante la que no puede sino sumirse

en la angustia, la desazón y la perplejidad.

El pueblo argentino está

perplejo porque no entiende que

quienes reconoce como referentes

propios en realidad son emisarios

de intereses de terceros y no sale

de su perplejidad e incomprensión

porque nadie tiene las suficientes

agallas para decirle qué demonios

está sucediendo, ya que o bien

prevalece el temor que la progresía

infunde, quienes saben callan

porque temen a un titular de Clarín

o Página/12 o bien son cómplices

porque detentan cargos ejecutivos

en el gobierno o porque son abiertamente

puestistas, esto es, tienen

la aspiración a tener un puesto en el

Estado que les garantice un porvenir

seguro en un contexto de crisis

terminal de la economía.

El entrismo se pone de manifiesto

en la extrapolación de elementos

de la doctrina justicialista pero

también en la falsificación de los

símbolos peronistas y las figuras

propias del peronismo, en un proceso

de resignificación del peronismo

que invierte radicalmente

el sentido de los símbolos para

otorgarles un sentido opuesto al

original. El caso paradigmático es el

de la Evita “abortera”, que consiste

en la apropiación mendaz de un

símbolo venerado por el pueblo, la

imagen de Eva Perón, para otorgarle

de manera premeditada y alevosa

un significado opuesto al que tuvo

en vida y que quedó plasmado por

escrito en los textos que la propia

Eva produjo.

El objetivo de esa utilización

mendaz no es sino la confusión, la

intencionalidad deliberada es confundir

al pueblo. Pero no es el único

ejemplo. A menudo oímos hablar de

Scalabrini Ortiz, pero cuando desde

la progresía proponen la reconstrucción

de la red ferroviaria no es para

producir los ferrocarriles en Argentina

y nacionalizarlos, sino que sugieren

comprarlos a China y otorgarlos

en concesión. Hablan de Jauretche,

nombran a una universidad nacional

en su honor, pero establecen

como lectura obligatoria a Foucault

y no a Jauretche. En eso consiste el

entrismo, en la resignificación de

los símbolos. Mientras el símbolo

se mantiene en apariencia intacto,

su significado se corrompe y se

pervierte con el deliberado objetivo

de llevar confusión a un pueblo que

reacciona con una pasividad hija de

la perplejidad imperante.

Pero el entrismo no es un proceso

accidental, sino que cuenta con la

complicidad de la dirigencia pero-

18 HEGEMONIA - enero DE 2021


nista, tanto política como sindical.

¿Acaso la CGT, otrora ponderada

como la columna vertebral del

movimiento justicialista, se ha

pronunciado en contra del aborto?

No, porque los dirigentes gremiales

tienen miedo. El movimiento de los

trabajadores argentinos que puso

el pecho a las balas denunciando y

luchando a mano armada en contra

de la dictadura hoy se atrinchera

y se cose la boca por temor a la

progresía. Los hombres que lucharon

contra la Revolución Fusiladora

de 1955, que pelearon cuerpo a

cuerpo y pusieron el pecho a las

balas durante el Plan CONINTES hoy

temen a los editorialistas de Página/12.

Pero los peronistas no podemos

tener miedo, somos un movimiento

revolucionario y contrahegemónico

nacido para ser la vía de liberación

de los condenados de la tierra.

¿Desde cuándo los peronistas nos

doblegamos ante la corrección

política emanada del discurso de

los buitres del mundo? Cuando en

1974 Juan Perón advirtió a los pueblos

acerca de la intencionalidad

deliberada de parte de los representantes

de la sinarquía mundial

de establecer políticas de control

de la natalidad no se rigió por argumentos

ideológicos o éticos, que

son pasibles de diversidad de opiniones,

sino que estaba alertando

a las naciones dependientes acerca

de la relación íntima y directamente

proporcional entre el poblamiento

de la tierra y el desarrollo de las naciones

o lo que es lo mismo, entre el

despoblamiento y el estancamiento.

Si en una región en la que todo

está por hacerse gobernar es crear

trabajo, el trabajo es una quimera

cuando no existen brazos para

empuñar las herramientas de labor

y las armas para la defensa del territorio.

Si el proyecto de la oligarquía

financiera internacional propicia la

práctica del aborto indiscriminado

como vía “pacífica” para devastar a

los pueblos de la América Hispana,

las naciones en cuestión hemos de

rebelarnos y empecinarnos en nacer,

renacer y seguir creciendo. Que

la progresía haga lo que quiera, que

diga lo que quiera y que se arrodille

ante el poder si así lo desea, pero

nunca tendrá para sí el corazón de

nuestro pueblo, porque este pueblo

peronista nunca ha tenido por costumbre

arrodillarse ante nadie.

***

La controversia acerca de George Soros en su país natal, Hungría, donde fue considerado persona non grata y tuvo prohibida la entrada.

Soros es un enorme delincuente de las finanzas globales que disimula en “filantropía” el apoyo a movidas que se presentan como “progresistas”,

pero que tienen por objetivo desestabilizar las sociedades nacionales para horadar y sacar provecho en el mediano plazo. Y en Hungría

se percataron de ello, Soros probablemente no vivirá para volver a ver su tierra natal.

19 HEGEMONIA - enero DE 2021


ANÁLISIS

Morir de miedo

ERICO

VALADARES

Tras un año de control, confinamientos

y terrorismo informativo

a granel, la pandemia del

coronavirus transita hoy una

etapa más bien precaria en la

que todo parecería estar a punto de

explotar en una crisis de escepticismo.

Quizá nunca antes en la historia

de la humanidad haya habido tanta

gente escéptica, en una actitud casi

cínica frente a la realidad o frente a

lo que se presenta como la realidad

en el relato mediático dominante.

Si bien la fe en dicho relato sigue

intacta como en el primer día en la

consciencia de algunos, ya son muchos

más los que pasaron de hacerse

preguntas a negar directamente

la existencia de un problema. Y todo

eso a raíz de una manipulación que

cada día es más difícil de disimular

y ocultar.

Las restricciones a la vida cotidiana

impuestas en países como el

nuestro en el marco de la prevención

del coronavirus han trastocado

muchísimo la realidad efectiva de

muchos, sobre todo de aquellos

ubicados en los sectores más vulnerables

de las clases populares. Para

muchos de nosotros, el atípico año

de 2020 significó un tránsito brusco

desde una normalidad dificultosa

20 HEGEMONIA - enero DE 2021


―una vida dicha normal al acecho

de dificultades económicas que

ya se ven como permanentes y un

clima político enrarecido que también

se había normalizado― a una

incertidumbre total en la que a las

dificultades de siempre se les suma

aquello que cada vez más se percibe

como una verdadera bota sobre

el pecho. Es como si de la noche a

la mañana se hubiera impuesto un

sistema opresivo que no resuelve

ninguno de los problemas previos,

aunque se justifica ideológicamente

por estar diseñado para resolver

un problema nuevo que se percibe

como más problemático que la

suma de todos los anteriores.

He ahí el punto. A esta altura de

los acontecimientos y a casi un año

del inicio de las restricciones a esa

normalidad dificultosa que existió

hasta marzo del 2020, no son pocos

los que ya dudan de que dichas

restricciones hayan servido para

resolver cualquier problema en absoluto.

Ese es el caldo de cultivo del

escepticismo, allí donde la caída

de la fe en una parte del sistema va

derivando en la caída de la fe en el

sistema entero. Así son los puntos

de inflexión en la historia: cuando

un evento es presentado con un

grado excepcional de tremendismo

y los sistemas que así lo presentan

fallan estrepitosamente en dar

soluciones, las mayorías pierden

entonces la fe en el sistema como

un todo y el que cae, al fin y al cabo,

es el propio sistema.

Eso es lo que está pasando hoy a

casi un año de la presentación del

coronavirus en Argentina con un

grado superlativo de tremendismo.

Allá por el mes de marzo del año pasado,

previamente preparados por

las noticias de espanto que llegaban

de lugares como China e Italia,

en nuestro país el sistema presentó

al coronavirus como ese “enemigo

invisible” que había llegado para

poner en jaque la existencia humana.

Y eso naturalmente movilizó de

inmediato a toda la sociedad, la

que en ese momento olvidó o puso

entre paréntesis toda la problemática

económica y política existente,

que estaba al rojo vivo, para concentrarse

en la lucha final contra el

“enemigo invisible” que amenazaba

con liquidarnos a todos. Esa lucha

se percibió como final, como se

ve y se sabe, fue presentada por

el sistema como decisiva para la

supervivencia y por eso mismo toda

la sociedad aceptó inmediatamente

suspender sus demandas económicas

y aceptó suspender asimismo

la propia política para unirse frente

a un enemigo que se hizo ver como

tremendo. Y así el gobierno en el

Estado, que es la representación

política y ejecutiva del sistema en

todo lo visible, pudo imponer aquellas

restricciones a la normalidad dificultosa

sin apenas encontrar más

que alguna resistencia muy aislada

en sectores entonces calificados

como “delirantes” y rápidamente

descalificados por esa razón.

Esa sería, en cierto sentido, la

descripción de la guerra. Cuando

una sociedad es embestida por la

guerra, se suspenden automática y

temporalmente en el seno de dicha

sociedad todas las tensiones internas

y también dejan de atenderse

todas las problemáticas anteriores.

Todos los recursos existentes

se vuelcan al esfuerzo de guerra

y nadie se atreve a cuestionarlo,

puesto que la guerra es la amenaza

a la propia existencia humana.

Claro que las guerras no ocurren por

arte de magia ni son un fenómeno

de la naturaleza, además de que no

siempre son defensivas. Las guerras

La burla a la cuarentena y a las medidas de prevención, un hábito que se está extendiendo

sobre todo entre los más jóvenes. La caída de la fe es generalizada y eso da lugar a una

situación caótica, en la que se polariza una cuestión trascendental y se pierde así el sentido

del debate. Entre “coronaviristas” fanáticos de las restricciones y de la represión a los que

no cumplen las medidas sanitarias y los “negacionistas” para quienes el coronavirus es una

elucubración informática, nadie parecería estar muy preocupado en observar las consecuencias

económicas, políticas y sociales de la pandemia. Y se da la paradoja de que los más

interesados en discutir la coyuntura son los que menos la discuten en efecto al posicionarse

en lugares extremos cuyas opiniones no aportan conclusiones relevantes.

21 HEGEMONIA - enero DE 2021


son decisiones políticas y muchas

veces ocurren muy lejos del territorio

propio, aunque siempre son

presentadas a la sociedad como un

evento tremendo frente al que solo

cabe aunar esfuerzos para lograr el

triunfo. Y entonces las guerras sirven

para suspender la normalidad

dificultosa de las mayorías, esto

es, para quitarles la normalidad,

dejarles las dificultades y sumarles

una dificultad nueva sin que nadie

se percate de la maniobra ni mucho

menos, sino precisamente haciendo

un consenso social acerca de la

maniobra.

Pero las guerras son coyunturas

cuya resolución es real o percibida.

Los argentinos tenemos en Malvinas

el ejemplo clásico de ello: en

un contexto de debacle económica

total y de fin de ciclo político, la

Junta Militar se lanzó a la aventura

bélica de concretar la recuperación

de la soberanía nacional sobre ese

territorio largamente usurpado por

una potencia imperialista. Al empezar

la Guerra de Malvinas, toda

la problemática interna mágicamente

se suspendió, no hubo en la

sociedad argentina más que apoyo

incondicional a la Junta Militar en

su esfuerzo de guerra. Incluso el

movimiento obrero organizado, que

hasta allí venía manifestándose con

cada vez más fuerza en las calles

y ya no exigía solo una respuesta

a las penurias económicas sino

directamente el retorno de la democracia,

tuvo que llamarse a silencio.

Con Malvinas la Junta Militar logró

poner pausa en una lucha política

que iba perdiendo por goleada y

esa es la razón por la que en algunos

medios adictos a la dictadura

se vieron titulares como “Estamos

ganando” en letras de molde. Lo

tremendo del triunfo sobre lo tremendo

de la guerra, el método para

justificar la suspensión de la normalidad

dificultosa y para sumarle la

muerte en las trincheras a la problemática

existente con total consenso

social.

Entonces la resolución de la Guerra

de Malvinas fue en un primer

momento percibida y luego fue real.

Los llamados “anticuarentena”, en su gran mayoría organizados en grupos de las redes sociales para protestar contra las medidas sanitarias

de prevención contra un virus cuya existencia niegan rotundamente. Los “anticuarentena” terminaron siendo muy funcionales a la imposición

de cada vez más medidas restrictivas, pues fueron utilizados en el relato dominante como ejemplo negativo, esto es, como imagen del que

cuestiona por antonomasia. Durante meses el cuestionamiento a las maniobras de imposición de la “nueva normalidad” política, social y

económica fueron inviables: al que se atreviera a cuestionar se le imponían los hirientes motes de “anticuarentena”, “terraplanista”, “anticiencia”

y “antivacunas”, con lo que se logró acallar durante un largo tiempo a todos críticos desde una postura de superioridad moral pretendida.

Y mientras tanto el poder avanzó sin oposición, haciendo uso del coronavirus para imponer en etapas una “nueva normalidad” que, en

realidad, es un nuevo orden. Ese es el precio que se paga por la polarización y la supresión del debate en posiciones fanatizadas.

22 HEGEMONIA - enero DE 2021


En un comienzo “íbamos ganando”

y luego se firmó la rendición incondicional,

todo eso en cuestión de

semanas. Lo cierto es que siempre

hubo una resolución a la vista, a la

coyuntura bélica se le veía la luz al

final del túnel, ya sea con la falsa

noticia de que Argentina estaba a

punto de triunfar en el campo de

batalla y de recuperar las Islas Malvinas

o con la noticia real y brutal de

la derrota que llegaba tan solo unos

días después. Sea como fuere, la

suspensión de la normalidad dificultosa

en aquel lamentablemente

extraordinario año de 1982 siempre

tuvo para los que la padecieron una

resolución a la vista.

No es lo que sucede hoy con el

coronavirus. A la euforia delirante

por el advenimiento de una vacuna

―que es hoy equivalente al “Estamos

ganando” de otrora― se le

imponen brutalmente los rumores

sobre segundas, terceras e infinitas

nuevas cepas del virus que parecerían

mezclarse con segundas,

terceras e infinitas nuevas olas de

contagio. Y la posibilidad de retornar

a la normalidad dificultosa para

resolver los problemas existentes

antes de marzo de 2020 se va viendo

cada vez más desdibujada, cada

vez menos factible. De hecho, va en

aumento la promoción mediática de

una “nueva normalidad”, la que ya

es percibida por el sentido común

como la suma entre los problemas

anteriores y problemas nuevos,

como el de aprender a vivir con unas

restricciones que van a inviabilizar

el trabajo para dos de cada tres

individuos y, por supuesto, el de pagar

los costos del esfuerzo de guerra

que van a quedar una vez pasada

la coyuntura. Lejos de ver una luz

al final del túnel, a los que nos toca

padecer esta guerra contra un “enemigo

invisible” se nos sugiere que

el mundo nunca más será el mismo

y que vamos a extrañar muchísimo

La euforia delirante en la forma de triunfalismo propagandístico, estampada en la portada

de una edición de la ‘Revista Gente’ durante la Guerra de Malvinas. Las guerras tienen la

propiedad de suspender la lucha social y política al interior de las sociedades involucradas.

De hecho, esta misma guerra salvó a Margaret Thatcher de una destitución segura en Gran

Bretaña y el triunfo le aseguró varios años más de mandato. Con el coronavirus se quiere

hacer algo parecido al suspender el debate político y reemplazarlo por un relato único a

nivel mundial con el objetivo de que, al prenderse otra vez las luces de la política, exista ya

un nuevo ordenamiento que nadie podrá discutir. La diferencia es que en esta ocasión la

euforia y el triunfalismo se van a alternando con la desesperanza: un día la vacuna como

panacea universal y al otro día una nueva cepa que pondría las cosas de vuelta a foja cero.

aquella normalidad dificultosa en la

que todo estaba muy complicado,

por cierto, pero en la que bota sobre

el pecho no había. Se nos sugiere

que estamos cambiando un esquema

y un estilo de vida problemáticos

por otro esquema y otro estilo

de vida igualmente problemáticos

y además opresivos. Vamos a cambiar

lo que había por lo mismo, pero

con la bota sobre el pecho.

Un mal negocio

El atento lector se preguntará en

este punto cómo se logra tal cosa,

es decir, cómo es posible que nos

vendan el tránsito entre una nor-

23 HEGEMONIA - enero DE 2021


En todo el mundo, las restricciones a la circulación y la suspensión de las libertades individuales

se plasmaron con una extraordinaria presencia de las fuerzas represivas de los

Estados en las calles y en contacto directo con la población civil. Ese despliegue infernal de

las armas favoreció enormemente la generación de la idea de que el coronavirus impuso un

régimen dictatorial en prácticamente todos los países, reforzando la percepción de que algo

se estaba tratando de imponer. Eso fue tomado por uno de los extremos en el debate para

embarrar aun más la cancha y para seguir invisibilizando el hecho de que la “nueva normalidad”

no la imponen los Estados, sino las élites globales que aprovechan la coyuntura para

llevar a cabo su plan.

malidad dificultosa a una “nueva

normalidad” en la que todos los

problemas anteriores persistirán,

se profundizarán y además habrá

restricciones que antes no existían.

“Es un muy mal negocio”, concluirá

el lector y con razón: es en efecto un

pésimo negocio salir de una situación

y entrar a la misma situación

repotenciada y además con un elemento

represivo nuevo, no quedan

dudas de ello. Las dudas están justamente

en cómo se logra eso, en

qué cantidad de ingeniería social se

requiere para lograr un consenso en

dicho tránsito. Para empezar a responder

a semejante cuestionamiento

sería necesario revisar los nudos

de la historia, o aquellos puntos de

inflexión en los que la humanidad

aceptó el tránsito de una época a

otra y lo hizo prestando su consentimiento

aun cuando dicho tránsito

significaba un pésimo negocio para

la propia humanidad.

Algunos especialistas en cuestiones

sanitarias ya afirman que el

futuro de la humanidad es un futuro

de bocas tapadas, de distancia

entre individuos (lo antisocial como

norma) y de extinción de dos entre

cada tres actividades cuya normalidad

nunca se discutió hasta marzo

de 2020. Véase bien: algunas voces

ya no hablan de contingencias, sino

de lo que va a quedar. Según esas

opiniones, las restricciones a lo que

hoy consideramos una vida socialmente

normal no son coyunturales

para limitar el contagio de un virus

igualmente coyuntural. Cuando

organismos multilaterales de usura

y dominación a escala global como

la Organización Mundial de la Salud

(OMS) sugieren y los dirigentes

políticos en un plano local afirman

que “vamos a tener que aprender a

convivir con el virus” o insisten en

que la “nueva normalidad” es ya

inevitable, lo que se quiere instalar

es precisamente esa idea de la

inevitabilidad del tránsito entre una

situación y otra situación igual, pero

opresiva. En una palabra, se hace

cada vez más fuerte la idea en el relato

dominante de que entre nuevas

cepas, nuevos virus y segundas, terceras

e infinitas olas de contagios

esto no tiene fecha prevista para

terminar o de que la contingencia

va a durar mínimamente lo necesario

para que toda una generación

nazca y se eduque en los principios

generales de la “nueva normalidad”

hasta que esa normalidad deje de

ser nueva y pase a ser normalidad a

secas.

Y la clave está en la ingeniería

social, en esa fuerza transformadora

y persuasiva en la construcción

de consensos. Lo que la ingeniería

social hace es convencer a los

individuos y por lo tanto al grupo

hasta ponerlos en movimiento hacia

una posición menos favorable tanto

para los propios individuos como

para el grupo. Con ingeniería social

logran o quieren lograr convencernos

a abandonar una posición

incómoda, pero habitual, para

“avanzar” hacia otra posición aún

más incómoda, a la que no estamos

habituados y en la que además

habrá un régimen político nuevo,

con menos libertades. Y hasta nos

pueden convencer de las bondades

del suicidio social y económico. Un

ejemplo de ello es ese sector de

la economía que hasta marzo del

2020 se dedicó al turismo, ese servicio

que se les brinda a los que viajan

con fines recreativos. Desde que

empezó la pandemia del coronavirus

y hasta los días de hoy, todas las

señales emitidas por las crecientes

restricciones a la circulación y a

la interacción social entre seres

humanos están dando un mensaje

muy claro: lo que conocemos como

turismo ya es una actividad inviable,

no podrá existir en la “nueva norma-

24 HEGEMONIA - enero DE 2021


lidad” nada parecido a una actividad

turística. De un modo inequívoco

y ante la inevitabilidad de la

permanencia del riesgo sanitario en

infinitas olas y en sucesivas nuevas

cepas virales, queda explícito que el

sector turístico va a desaparecer de

la economía.

En efecto ya está desapareciendo,

empezando por las pequeñas y

medianas empresas familiares que

solían dedicarse a la actividad y no

resistieron a estos primeros diez

meses de restricciones a la circulación

y a la interacción social. Con

el consentimiento de quienes viven

del turismo la ingeniería social está

logrando destruir ese sector de la

economía, condenando a los mismos

prestadores de consentimiento

a una incertidumbre brutal. A modo

de paliativo temporal ―una suerte

de morfina que se le administra al

que muere para aplacar el dolor

de los últimos minutos― y como

un eufemismo, los Estados se dan

“soluciones creativas” para que

haya turismo con barbijo, sin aglomeraciones

de gente y, por lo tanto,

con aforos máximos que son un mal

chiste. Esas “soluciones creativas”

apuntan a que en una playa, por

ejemplo, haya el 10% o el 20% de

los veraneantes habituales para que

se pueda respetar la distancia entre

hombre y hombre que la opinión

científica considera hoy segura.

Y eso nos conduce a una primera

disyuntiva: si el turismo va a tener

una capacidad del 20% respecto a

la que supo tener antes del coronavirus,

entonces por lógica el precio

de los servicios tendrá que multiplicarse

por cinco o habrá que hacer

despidos masivos en el sector para

deshacerse de todos los trabajadores

que ya hoy están sobrando. O

bien ambas cosas, puesto que ningún

empresario va a sostener una

plantilla entera para atender a una

quinta parte del público, lo que es

lógico. Y entonces el turismo puede

no dejar de existir, sino volverse

una actividad muy exclusiva de los

que lo puedan pagar y empleadora

de solo una fracción del material

humano que hoy demanda.

Pero hay más. ¿Qué hacer con toda

la infraestructura turística existente

que son los hoteles, paradores,

balnearios, parques turísticos,

agencias, teatros, cines, centros de

diversión y un largo etcétera? Todo

eso se ha construido para una totalidad

que, a precios practicables,

pudo asegurarse hasta aquí el ejercicio

del derecho al ocio, no para

una quinta parte que pueda pagar

precios que para todos los demás

son prohibitivos. Como se ve, todas

las señales indican que el turismo

que conocemos desde mediados

La falsa idea de lo que será la “nueva normalidad”, promocionada fuertemente en los medios de comunicación dominantes: toda la interacción

social de siempre, pero con distancia y barbijo permanentes, lo que en realidad es una utopía y una patraña. La “nueva normalidad” real

que se quiere imponer es la prohibición de la interacción social y su traslado al ámbito de las pantallas de computadoras y teléfonos celulares.

Como en una ventana de Overton, se evita decir toda la verdad sobre el futuro proyectado para desactivar la oposición en el tiempo.

25 HEGEMONIA - enero DE 2021


del siglo pasado no existirá en un

futuro a corto plazo o bien ya existe

tan solo como una simulación, ya

es un moribundo al que le administran

morfina para aplacar el dolor.

Y así puede extrapolarse el ejemplo

a todas las actividades sociales y

económicas que implican la movilidad

de personas y la interacción

social entre esas mismas personas

en destino. Piense el atento lector

en cualquier actividad, desde la

del que vende helados o bebidas

en espectáculos de tipo artístico,

cultural o deportivo ―los recitales,

los festivales, los partidos de fútbol

que en nuestra región y en casi

todo el mundo mueven y agrupan

en pequeños espacios a verdaderas

multitudes― hasta la mismísima

educación, con alumnos, maestros,

profesores y personal no docente

desplazándose ida y vuelta todos

los días para amontonarse en aulas

y en patios de colegios, en las oficinas

del personal, en todas partes.

“Mi abuela murió

de coronavirus”

Claro que en el caso específico del

turismo moribundo, la morfina va

a durar hasta que nos percatemos

de la obviedad ululante, que es la

siguiente: aún el 20% de aforo es

garantía de nada en absoluto, esto

es, que sin aglomeraciones ya sea

en una playa, en un parque nacional,

en una pista de esquí o donde

fuera, siguen dándose los traslados

y en algún momento habrá interacción

entre humanos, aunque sean la

quinta de parte de los que antes había.

¿Cuánto tardará el propio turista

en asociar el viaje con el contagio

y, consecuentemente, en optar por

no viajar? ¿Cuánto tardarán los sindicatos

docentes en percatarse de

Otra imagen delirante que se utiliza en los medios para generar una falsa idea de lo que será

la “nueva normalidad”: la posibilidad de que la industria del turismo pueda funcionar con

al 20% de su capacidad sin catastróficas consecuencias sociales y además sin contagios.

Aeropuertos, hoteles y playas para casi nadie, con todos distanciados de otros humanos y

con la boca tapada. Ni George Orwell se atrevió a tanto.

que aun con cinco o diez alumnos

en aulas construidas para recibir a

cincuenta, con todas las bocas tapadas

y embadurnados en alcohol

en gel lo que hay allí es interacción

social y también hay contagios? El

apuro de los Estados nacionales en

normalizar la educación a distancia

y en declarar que el retorno a

las aulas estará condicionado por

varios factores es un anuncio de

eso. De hecho, ya muchos saben

que, planteada así la cuestión, con

nuevas cepas y nuevas olas surgiendo

a gran velocidad, los factores

que condicionan el retorno a las

aulas o a cualquier otra actividad

que implique interacción social real

―no mediada por computadoras y

otros dispositivos electrónicos― son

insoslayables. En una palabra, ya

saben que si la gente sale de sus

casas habrá contagios sin cuidado

de todos los llamados “protocolos”

que se apliquen. Y que si no sale

también, como hemos visto en el

fracaso rotundo de las cuarentenas

en todo el mundo y sobre todo aquí.

Entonces la “nueva normalidad”

sin interacción social entre seres

humanos viene con la potencia de la

realidad inevitable. Viene a cuentagotas,

es cierto, con mucha morfina

para los que no van a tener lugar

en ella y mucho eufemismo para

todos los demás. Viene en la forma

de una ventana de Overton, donde

decir hoy que el 60% o el 70% de

las actividades económicas van a

dejar de existir sería un escándalo

y hasta el escarnio, pero si a esas

actividades se las va matando de

a poco hasta convencer finalmente

de su inviabilidad en un mundo

donde la interacción social va a ser

un delito, entonces a cada paso,

a cada cepa y a cada nueva ola de

terror las mayorías irán aceptando

su suerte paulatinamente. De a

poco nos están informando acerca

de los contenidos de la “nueva

26 HEGEMONIA - enero DE 2021


Las “soluciones creativas” que van apareciendo aquí y allí para usarse como paliativo y no

decir en qué realmente consiste la “nueva normalidad”. Meten a los alumnos en cajas y afirman

que eso detiene los contagios, sin explicar qué sucede cuando esos mismos alumnos

van y vienen de la escuela o simplemente se reúnen en el patio durante el recreo. Un virus

como el coronavirus, tal como está planteado y descrito, no es compatible con la educación

presencial ni con nada que implique la reunión de ser humanos, ya sea en espacios abiertos

o cerrados. O bien no es lo que dicen ser, o bien el futuro será un futuro absolutamente antisocial

en el que se criminalizará “en nombre de la salud” al que intente subvertir el orden.

normalidad”, aunque sus arquitectos

ya saben perfectamente de qué

se trata en su totalidad. Nos van

mostrando el proyecto de a vistazos

y además reforzando la asociación

entre todo lo que se ha preparado

antes del coronavirus de cara al futuro.

El desarrollo de la informática

y las comunicaciones, por ejemplo,

que hoy está ya en condiciones de

suplantar la interacción social real.

Las llamadas videoconferencias

van dejando de ser la excepción y

pasando a ser la regla, allí donde

ya hay gente hoy planificando todas

sus actividades políticas, sociales y

culturales con la mediación de una

pantalla, cada cual cuidándose en

su casa. Las redes sociales, por su

parte, no han tomado su nombre de

modo azaroso, sino de una proyección

fríamente calculada de que

esas serán literalmente las únicas

redes sociales del futuro.

Es la metáfora de la rana en una

olla de agua fría que se deja cocinar

sin saltar a medida que sube

la temperatura del agua de la olla

puesta sobre una hornalla. Y entonces

la cuestión se reduce a por qué

el hombre actúa como una rana, es

decir, por qué viendo cómo se deteriora

el mundo de sus relaciones

sociales no hace una proyección

lógica para ver hacia dónde lo están

conduciendo. O aún más grave:

¿Por qué frente a un proceso de

destrucción creativa cuyos efectos

puede percibir en el cotidiano al

restringirse una a una sus propias

libertades inherentes el hombre se

mantiene pasivo y se deja conducir

mansamente hacia un tránsito que

a todas luces le será desfavorable?

Cualquier inteligencia mediana es

capaz hoy de ver lo que los poderes

reales del mundo están haciendo

con el mundo bajo el pretexto de la

crisis sanitaria global y, aún así, son

más bien pocos los que ponen el

grito en el cielo para exigir la detención

del proceso de tránsito hacia

esa “nueva normalidad”. ¿Por qué?

Sería difícil comprenderlo si no

comprendiésemos asimismo la potencia

que tiene el miedo tanto en

la conservación de un estado de cosas

como en su transformación. Son

dos momentos, como se ve, el de la

conservación y el de la transformación,

ambos constantes y alternativos

en la historia de la humanidad.

En un primer momento, el hombre

se resiste a los cambios por miedo a

la muerte violenta y así va resistiéndose

a las revoluciones por considerar

que está seguro en el lugar donde

se encuentra en ese momento.

Podría pensarse que ese momento

dicho conservador se agota cuando,

por el contrario, el hombre se hace

del coraje necesario para cambiar,

pero no es así. En realidad, también

el cambio está motivado por el miedo

y el segundo momento, que es el

de la transformación, no es opuesto

al primero ―el de la conservación―

sino precisamente su contracara.

Eso decía Thomas Hobbes al referirse

a esa categoría, la del miedo

a la muerte violenta que impele al

hombre a aceptar al Leviatán, esto

es, a mantenerse pasivo frente a un

poder coercitivo que, por otra parte,

le garantiza una cierta estabilidad

en la existencia. Para Hobbes, el

hombre busca y conserva el statu

quo social o “estado civil” también

por miedo a una muerte violenta

que sería segura en lo que el propio

Hobbes llamaba “estado de naturaleza”,

o la lucha de todos contra

todos.

Entonces por miedo a la muerte

el hombre primero transforma y

luego conserva, pero luego vuelve

a transformar cuando pierde la fe

en el “estado civil” de un momento

y considera que en dicho estado

también existe el riesgo a la muerte

violenta. Claro que Hobbes se refería

al génesis de la sociedad civil y

del Leviatán como ese poder estatal

27 HEGEMONIA - enero DE 2021


Retrato de Thomas Hobbes, el filósofo que sistematizó el miedo como motor del cambio y

luego de la conservación. El miedo a la muerte violenta impele al hombre a entregar en el

altar de la seguridad todas y cada una de sus libertades individuales, aunque dicha entrega

implique un descenso brusco en su calidad de vida.

que garantiza la seguridad a cambio

de restringir ciertas libertades individuales,

pero el mecanismo aquí

es el mismo. El hombre hoy tiene

miedo a la muerte violenta, que es

la muerte por enfermedad, real y

actual, por lo que opta por mantenerse

pasivo frente a la constitución

de un nuevo Leviatán destruidor

de libertades, pero garante de la

seguridad. Ese nuevo Leviatán se

expresa frente a sus ojos como la

“nueva normalidad”, es el admirable

nuevo mundo que deberá aceptar

para alejar el peligro de muerte.

Y ese Leviatán es otra vez un poder

central, aunque no necesariamente

estatal, uno que viene a restringir

las libertades individuales para

controlar masivamente y frente al

que el individuo entrega su consciencia

para no morir.

Nadie sabe si el coronavirus surge

de procesos naturales o si fue creado

en laboratorio con la finalidad de

infundir el miedo a escala global e

imponer justamente esa “nueva normalidad”

que será como el Leviatán

hobbesiano de nuestro tiempo, pero

tampoco es tan relevante saberlo.

Surgido de mutaciones genéticas

naturales o de un tubo de ensayo,

el coronavirus es el miedo, o más

precisamente el miedo a la muerte

violenta por el que el hombre está

dispuesto a mantenerse pasivo y a

aceptar la imposición de un nuevo

orden. Está dispuesto a aceptarlo

en silencio aunque, véase bien, dicho

orden venga a destruir todo su

universo simbólico, sus relaciones

sociales, su trabajo hasta reducirlo

a una condición de pobreza y hasta

de indigencia. Nada importa frente

al miedo a la muerte violenta. Hay

allí afuera una enorme cantidad de

gente que no solo está dispuesta a

aceptar las condiciones del nuevo

Leviatán: también está dispuesta a

defenderlo ideológicamente. Ante

cualquier cuestionamiento a la maniobra

de tránsito hacia la “nueva

normalidad” y ante el intento de

poner en tela de juicio a los poderes

que quieren concretar ese tránsito,

el que tiene miedo responde, grave

e indignado: “Mi mamá murió de

coronavirus, no acepto discutir ese

asunto”, como si al cuestionar al

poder central del planeta uno estuviera

negando la existencia de un

virus o como si discutirlo suscitara

otra muerte, quizá la propia.

El motor de la transformación es

el miedo y aquí estamos, en medio

a una destrucción creativa cuya

magnitud no tiene precedentes en

la historia de la humanidad. No se

trata del virus, siempre los hubo y

siempre los habrá. Se trata de cómo

hemos llegado a una etapa de nuestro

desarrollo social en la que es

posible hoy utilizar el miedo al virus

como instrumento de transformación

de un planeta entero con sus

casi ocho mil millones de habitantes

humanos. La caída de la fe en el

actual “estado civil” ha culminado y

nos encuentra enloquecidos, peleando

ideológicamente entre pares

hasta percibir que hemos vuelto al

“estado de naturaleza” hobbesiano.

Los que no han salido de sus casas

en los últimos diez meses por miedo

se enfrentan en las redes sociales a

los que, en el otro extremo ideológico,

niegan directamente la existencia

del coronavirus. Y mientras eso

pasa nadie pone el foco en los contenidos

de la “nueva normalidad”

que se está instalando como un

Leviatán con la promesa de restablecer

la seguridad y la fe perdidas

bajo sus propias reglas. Tenemos

miedo y nos pasan los elefantes por

detrás.

***

28 HEGEMONIA - enero DE 2021


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29 HEGEMONIA - enero DE 2021


POLÍTICA INTERNACIONAL

Nuestro nombre

es Ashley Babbitt

A

lo largo de la historia, Rusia

ha tenido, y todavía tiene,

muchos problemas y conflictos

que oponen a nuestro

país a los Estados Unidos,

en especial a un nivel geopolítico.

Hemos luchado los unos contra

los otros en diferentes lados de las

barricadas muchas veces. Pero lo

que está sucediendo en los Estados

Unidos en estos momentos es algo

totalmente distinto. Se trata de una

cuestión de principios.

30 HEGEMONIA - enero DE 2021

La mitad de la población de EE.UU.

se encuentra bajo el yugo totalitario

de la otra mitad. En este país ha

llegado al poder una verdadera dictadura

liberal de izquierda. Y, ante

semejante situación, nos vemos

obligados a dar nuestro apoyo a la

mitad de la población estadounidense

que está siendo oprimida.

Por lo tanto, ya no se trata de una

elección como tal: lo que se ha

producido en Estados Unidos es un

golpe de Estado que fue apadrinado

gracias a una conspiración realizada

por unas élites ilegítimas. La

presidencia de los Estados Unidos

ha sido secuestrada. En estos

momentos, los Estados Unidos se

encuentran bajo el control de una

junta extremista. Ahora experimentan

lo que es el Maidán o el tercer

mundo.

Pero la novedad en todo esto es

que por primera vez en la historia

los globalistas han utilizado un

escenario propio de una revolución


de color (el cual incluye el robo electoral,

fraudes y campañas de desinformación)

en su propia casa. Entonces,

por fin han descubierto por

completo su rostro y somos capaces

de observarlos con claridad. Antes

llevaban a cabo semejantes prácticas

en nombre de los “intereses

nacionales de los Estados Unidos”.

Pero ahora los propios estadounidenses

son víctimas de estas prácticas

globalistas. Sin embargo, era

algo que debía esperarse, ya que, si

comienzas a hacer uso de la mentira

y la violencia, llegará el momento

en que no podrás cesar de usarla

y, cuando llegas a un cierto punto,

serán la mentira y la violencia las

que empezarán a usarte.

La lucha que hoy está aconteciendo

ha adquirido un carácter internacional

muy claro. La lucha entre

los globalistas contra los antiglobalistas

es, al día de hoy, mucho

más importante que la lucha de los

rusos contra los estadounidenses, o

la lucha de Occidente contra Oriente,

o de los cristianos contra los

musulmanes.

Entonces nuestro nombre es

Ashley Babbitt. Sí, ella participó en

las guerras imperialistas promocionadas

por los Estados Unidos. Pero

su sacrificio, el 6 de enero de 2021,

representa algo más que el último

servicio que ella ha prestado al

Estado y al pueblo estadounidense.

Ha dado su vida para alcanzar una

libertad y justicia verdaderas para

su pueblo. Y la libertad y la justicia

son valores universales que comparten

tanto los rusos como los estadounidenses,

o los musulmanes

y los cristianos, o los occidentales y

los orientales.

Entonces, nuestra lucha no tiene

el carácter de una guerra contra los

Estados Unidos. El Estados Unidos

que conocíamos ya no existe. La

división que se ha producido en la

sociedad estadounidense se ha

vuelto irreversible. Y todos nosotros

estamos experimentando esta misma

situación en todas partes, tanto

dentro como fuera de los Estados

Unidos. Estamos librando la misma

lucha a una escala global.

También, deberíamos reevaluar

nuestra actitud hacia la tecnología.

Microsoft, Google, Twitter, Apple,

Youtube, Facebook, etc., no son únicamente

herramientas comerciales

que puedan ser consideradas como

si fueran “neutrales”. Son armas

ideológicas y máquinas de vigilancia

que practican la censura. Necesitamos

destruirlas. Tenemos que

encontrar la forma de salir de esta

tecno-esfera controlada por la locura

de los globalistas. Aunque queda

abierta la cuestión de si debemos

desmantelar por completo la tecnología

como tal (solución ecologista

que no podemos ignorar o rechazar

por completo) o si debemos desarrollar

redes independientes que

estén libres del control ideológico

sesgado de los globalistas y que

han sido impregnadas por sus

ideas. Mientras tanto, es posible

que nos movamos en ambas direcciones

a la vez. Lo mismo ocurre con

los medios de comunicación: nos

han demostrado hasta ahora que

son realmente el único mensaje que

existe. Un mensaje que es totalmente

unilateral.

No estoy de acuerdo con las teorías

que difunden muchos de los

observadores de que el asalto a

Capitol Hill fue en realidad una

provocación hecha por la quinta

columna. No. Este asalto fue la

Las protestas en Plaza Maidán, presente en la narrativa de Dugin. Esa fue un serie de protestas

violentas que tuvieron lugar en Ucrania entre los años 2013 y 2014 y fueron catalogadas

por los medios estadounidenses como una típica revuelta tercermundista. Ahora los propios

estadounidenses empiezan a tener hechos como los de Maidán en su propio territorio.

31 HEGEMONIA - enero DE 2021


Ashley Babbitt, la mujer estadounidense que participó del asalto al Capitolio y murió de un

disparo donde los disturbios. Los Estados Unidos empiezan a tener una inestabilidad política

doméstica que supo fomentar fuera de sus fronteras y hasta episodios lamentables como

la muerte de civiles en protesta, algo inimaginable hace tan solo algunos años.

respuesta natural de la otra mitad

de los Estados Unidos contra los demócratas:

se trata de la mitad que

ha sido humillada por el robo y el

fraude electoral. Los trumpistas nos

han demostrado que no existe algo

así como un privilegio liberal de la

izquierda para organizar guerras

simétricas y utilizar la violencia con

fines políticos. Si uno comienza a

usar la violencia, debe esperar una

respuesta parecida. Los Antifa y

BLM comenzaron los disturbios.

Capitol Hill fue la respuesta lógica

contra ellos. Los manifestantes

demostraron ser lo suficientemente

fuertes como para apoderarse,

mediante el uso de la fuerza, de un

Parlamento estadounidense que

estaba dedicado a los fraudes y a

los trucos sucios, mientras contaba

votos falsos que eran hechos por

gente que estaba muerta o cartas

que nunca nadie envió.

En estos momentos, nuestra

lucha ha adquirido una dimensión

realmente global: estamos en una

guerra contra los demócratas:

estamos a favor de esta mitad al

interior de los Estados Unidos y no

a favor de los Estados Unidos en

general. Esto, de hecho, lo cambia

todo. Debemos apoyar el Heartland

antes que nada, ya sea que se trate

del Heartland estadounidense o

del euroasiático. La geopolítica de

las elecciones estadounidenses del

2020 nos revelan claramente estas

fronteras: las costas atlantistas,

ultraliberales, globalistas de color

azul contra un Heartland conservador

y tradicionalista que es de color

rojo. El azul perverso contra el rojo

conservador.

La verdadera lucha comienza a

partir de ahora. El miedo que sintieron

los demócratas durante las

pacíficas protestas que se llevaron

a cabo en frente del Capitolio se

convertirá en un recordatorio de

algo que jamás olvidarán. El ver a

la gente estadounidense de a pie,

en su mayoría personas que han

sido desposeídas, que se mantenían

en silencio y que eran consideradas

como unos “deplorables”,

marchando sobre el Congreso ha

sido un momento verdaderamente

sorprendente. Mientras tanto, los

diputados se escondieron debajo

de sus sillas, mostrando quiénes

son los verdaderos “deplorables”

y cobardes. En este maravilloso

momento, esos senadores llegaron

por fin a comprender que ya no se

32 HEGEMONIA - enero DE 2021


hallan seguros en ninguna parte.

Están experimentando lo que nosotros

siempre hemos experimentado.

A partir de ahora los demócratas

serán atacados en todas partes del

mundo. Ahora lo saben: nosotros

los observamos exactamente como

ellos nos observan; los seguimos

exactamente como ellos nos siguen;

recopilamos su información y creamos

expedientes de ellos del mismo

modo en que los demócratas, los

globalistas y sus títeres lo hacen

con nosotros. De ahora en adelante,

cualquier conexión con los

demócratas, y el apoyo que se les

preste, será considerada como un

hecho de colaboracionismo y una

participación en sus crímenes de

lesa humanidad. Mataron a miles y

cientos de miles fuera de los Estados

Unidos. Pero el mal no conoce

límites. Siempre está basado en la

hybris. Así que han comenzado a

matar también a los estadounidenses.

Ashley Babbitt ha sido solo el

comienzo. Esta vez, ellos planean

iniciar un verdadero genocidio al interior

de los Estados Unidos. Y este

genocidio ya ha comenzado.

Solo existen dos partidos a nivel

mundial: el partido de los globalistas

que promueve el Gran Reinicio y

el partido de los antiglobalistas del

Gran Despertar. Y no existe nada en

el medio. Entre ambos se abre únicamente

un abismo. Y ese abismo

quiere ser llenado por un océano de

sangre. La sangre de Ashley Babbitt

es la primera gota que ha sido

derramada.

Esta lucha se ha convertido en una

realidad universal. Está representada

por el Partido Demócrata de los

EE.UU., junto con los representantes

del globalismo, el cual incluye a

todas las industrias de alta tecnología,

además de las altas esferas

financieras que encarnan, a partir

de ahora, el mal absoluto.

Este gran mal ha construido su

base en los Estados Unidos. Y en

estos momentos, en el centro de

este mismo infierno, ha comenzado

la rebelión final, el Gran Despertar.

Un último comentario: el trumpismo

es mucho más importante

que el mismo Trump. Trump tiene

el mérito de haber iniciado este

fenómeno. Pero ahora el trumpismo

debe ir mucho más lejos que el

mismo Trump.

*Por Aleksandr Dugin

Analista internacional

La icónica e impactante imagen de un punto de inflexión: un manifestante armado ingresa al despacho de la titular de la Cámara de Diputados

Nancy Pelosi, se sienta cómodamente y se hace fotografiar. Algo se rompió en los Estados Unidos y el hecho de la ruptura generada por

Donald Trump en el pacto hegemónico entre republicanos y demócratas es indisimulable.

33 HEGEMONIA - enero DE 2021


CONTENIDO EXCLUSIVO

Un triunfo

pírrico

ERICO

VALADARES

En un contexto infernal de recesión,

alta inflación que pronto

sería hiperinflación, caos social

y anuncio de fin de ciclo a nivel

mundial, Carlos Menem ganaba

cómodamente las elecciones

presidenciales de 1989 frente a un

radicalismo que se hundía en el estrepitoso

fracaso de Raúl Alfonsín.

Son verdaderamente dramáticas las

circunstancias en las que Menem

gana esas elecciones y asume como

presidente de la Nación y lo son a

tal punto que Alfonsín no solo debe

adelantar las elecciones generales,

sino que debe abreviar aún más su

mandato haciendo de apuro la transición.

Para los contemporáneos

de esa época todo estaba más que

claro, el peronismo era la solución a

los problemas que los radicales habían

generado con su pasividad en

lo económico frente a la oligarquía

voraz y en lo social frente a un pueblo

en harapos. Quizá hoy, a más de

treinta años de aquellas elecciones

en las que Menem triunfó sin des-

34 HEGEMONIA - enero DE 2021


peinarse, no quede del todo claro

de qué se trataba entonces. Pero la

historia es inapelable: Menem aparecía

como el salvador de la patria

y el peronismo otra vez como fuerza

hegemónica en la política nacional

después del drama y la infamia del

golpe cívico-militar de 1976.

Menem ganó entonces y fue presidente

de la Nación además porque

hábilmente supo capitalizar

el humor social y sintetizarlo en

consignas que aparecían como la

respuesta lógica a las demandas

populares del momento. Frente a un

escenario de caos y hambre generalizado

que fueron el resultado

necesario de la masacre sobre el

aparato productivo del país llevado

a cabo por Martínez de Hoz durante

su paso por el Ministerio de Economía

en el gobierno de facto, Menem

supo tocar la fibra de los argentinos

al hablar de “revolución productiva”

y “salariazo” en un sentido de recuperación

de la industria y aumentos

en los salarios de los trabajadores.

De un modo muy simplificado,

Menem supo decir en un momento

lo que la mayoría de ese momento

quería escuchar, supo ilusionar a

los pueblos con lo que esos pueblos

necesitan en carácter de urgencia. Y

35 HEGEMONIA - enero DE 2021


Afiche de campaña realizado por el Partido Justicialista (PJ) para la promoción de Carlos

Menem como candidato a presidente. Menem supo utilizar tanto el aparato del PJ como

la constelación de símbolos del peronismo para triunfar y sostener su gobierno mientras

llevaba a cabo un proyecto político absolutamente antiperonista. La militancia y los simpatizantes

en general —Menem lo supo entonces— se enamora fácilmente de la simbología y a

la vez pierde de vista los contenidos de la política.

así el peronismo ganó, un poco por

el fracaso del radicalismo alfonsinista

y otro poco por la habilidad

del conductor, quien con una muy

sofisticada demagogia ajustó su

discurso a los contenidos del sentido

común y lo cautivó.

Pero no era cierto. Carlos Menem

no venía a impulsar ningún

“salariazo” y menos aún nada que

se pareciese a una “revolución

productiva”, sino todo lo contrario.

Menem llegaba para profundizar el

modelo neoliberal que había sido

impuesto por la fuerza brutal tras

el golpe de Estado de 1976 y había

seguido, con un barniz de socialdemocracia,

con Raúl Alfonsín desde

1983 en adelante. Ese proyecto de

tipo neoliberal era precisamente

el remate de la poca industria que

había resistido a las embestidas

de Martínez de Hoz y a la ineptitud

de los Grinspun y los Sourrouille,

respectivamente los oscuros ministros

de Economía de la dictadura

y del posterior alfonsinismo. Lejos

de pensar en una ruptura histórica

con ese neoliberalismo, Menem ya

traía entre manos la profundización

del modelo. Así, es correcto decir

hoy que “revolución productiva” y

“salariazo” fueron consignas demagógicas

y así, justamente, es como

las percibe el pueblo argentino en la

actualidad. Ambas consignas solo

aparecen en un contexto de sorna.

Claro que Menem tuvo sus razones

para llevar a cabo semejante estafa

electoral, las mismas razones por

las que los militares impusieron el

terror con el golpe en 1976 y por las

que Alfonsín no se atrevió a tocar la

esencia de la matriz productiva de

hambre dejada por aquellos militares.

Poderosas razones, por cierto,

razones que bajan desde lo más

alto con la fuerza de la verdad revelada

a la que nadie quiere, puede

o tiene la fuerza para cuestionar. El

neoliberalismo de fines de los años

1970 se imponía con golpes y dictaduras

en países como Argentina

y Chile, por ejemplo, pero también

“democráticamente” en los países

centrales con Margaret Thatcher

en Gran Bretaña y Ronald Reagan

en los Estados Unidos. En realidad,

una vez probado en naciones periféricas

como la nuestra, fue instalado

en las potencias centrales por las

corporaciones y allí empieza a existir

realmente como proyecto político

independiente del liberalismo en el

que se inspira en parte y con la histeria

y psicosis del que distorsiona

la obra original. Ese es el neolibe-

36 HEGEMONIA - enero DE 2021


ralismo y esa es la poderosa razón

que baja como imposición sobre los

militares golpistas de 1976, los que

a su vez fueron golpistas precisamente

para cumplir ese mandato.

El mandato seguía en plena vigencia

al derrumbarse la dictadura

luego del fiasco en las Islas Malvinas

y debidamente asumido por

Raúl Alfonsín, quien no hizo más

que continuar con la instalación del

proyecto neoliberal disimulada en

su cara “amigable”, que es la cara

socialdemócrata. Cuando el sentido

común percibe por fuerza de las

circunstancias que neoliberalismo y

socialdemocracia no son dos caras

de la misma moneda, sino primos

hermanos, no hay en ello ningún

error. Es así como la socialdemocracia

alfonsinista fue, en esencia,

económicamente, la continuidad

del neoliberalismo de la dictadura

genocida. Lo fue sin genocidio,

sin botas. Lo fue por la imposición

de las poderosas razones bajadas

desde muy arriba y lo fue “democráticamente”

como ya lo era entonces

en los Estados Unidos con Reagan y

en Gran Bretaña con Thatcher.

Y así también lo fue con Menem,

como una continuidad natural de

lo que sigue vigente, pero con el

agregado de una razón aún más

poderosa: al triunfo global del neoliberalismo

se le sumaba, mientras

Menem ganaba las elecciones de

1989, la caída del Muro de Berlín

y la posterior desintegración del

bloque socialista en el Este. Cuando

ese proceso de descomposición culminó

en 1991 con la caducidad de

la constitución de la Unión Soviética,

el bloque capitalista occidental

con los Estados Unidos a la cabeza

quedó como única superpotencia

mundial, quedó sin interlocutores

a la altura. Los Estados Unidos

del neoliberalismo y sus satélites

igualmente neoliberales como Gran

Bretaña quedaron con la hegemonía

total a nivel mundial, una

especie de Roma posmoderna cuyo

poder no tiene antecedentes en la

historia de la humanidad. Carlos

Menem asume como presidente de

un país —o como virrey de una semicolonia,

lo que sería más ajustado

a la realidad— en el contexto del

triunfo del neoliberalismo y además

de una hegemonía absoluta. El

atento lector debe comprender bien

el peso de estas palabras y debe ser

capaz de ver las razones de Menem

sin justificarlo ideológicamente: la

proyección de Menem en la política

nacional ya nace bajo el control

total de la metrópoli. Hasta los

militares y Alfonsín tuvieron la opción

de especular con el equilibrio

que daba la existencia de la Unión

Soviética en el mundo, aunque no

lo hicieron y optaron por someterse

del todo a las potencias centrales.

Menem nunca tuvo esa opción, su

presidencia nace prácticamente ya

en el contexto de un orden mundial

unipolar.

He ahí que “revolución productiva”

y “salariazo” no podían ser más

que consignas demagógicas en

semejante contexto. Menem siempre

supo que no iba a haber nada

de eso, sino profundizar el modelo

económico neoliberal. Entonces

Menem mintió, hizo una enorme

estafa electoral y ganó porque tenía

que ganar, ganó al no tener rivales

en el momento. Puede decirse que

ese fue el curso natural de las cosas

de acuerdo a sus circunstancias,

Ronald Reagan y Margaret Thatcher, los abanderados del neoliberalismo en Occidente.

Después de ellos, el proyecto neoliberal obtendría el triunfo final al desintegrarse la Unión

Soviética y el bloque socialista del Este, configurándose una hegemonía unipolar geográficamente

ubicada en los Estados Unidos. En ese contexto geopolítico se construye la

presidencia de Carlos Menem.

37 HEGEMONIA - enero DE 2021


que lo opuesto a eso habría sido

una sublevación inspirada en la

cubana, pero ya demasiado tardía

y sin opciones de referencia en

el contexto global. La revolución

cubana, como se sabe, se da en

pleno auge de la Guerra Fría entre

las dos superpotencias del momento,

entre el Occidente liberal representado

en los Estados Unidos y el

Oriente socialista representado en

la Unión Soviética. Y por eso Fidel

Castro pudo “agarrarse” de uno de

los gigantes en pugna para llevarle

la contra al otro. ¿Cómo emular a

Fidel Castro con treinta años de

retraso y en un ordenamiento global

totalmente distinto?

Imposible, por cierto. Ahí está lo

de “curso natural de las cosas” que

nada tiene de natural, pero así se

percibe. Ese orden naturalizado va a

oficializarse unos meses más tarde

La caída del Muro de Berlín en 1989, el mismo año en que Menem llega a la presidencia de

la Nación. Los “vientos de cambio” entonados por los alemanes de Scorpions soplaban por

todo el mundo y la Argentina no pudo ser ajena a eso.

al ser plasmado en aquello que se

llamó el Consenso de Washington,

es decir, en un nuevísimo estatuto

legal del coloniaje. Frente a la potencia

central todopoderosa, hegemónica

a nivel global y sin rivales a

la vista, Menem se sube y sube a la

Argentina al Consenso de Washington,

suscribe ese estatuto legal del

coloniaje como —atención— única

opción viable en el momento, lo

que lejos de demostrar la inocencia

de Menem es la prueba cabal

de su cipayismo. Lo que se quiere

demostrar con este recuento no es

la inocencia de dirigentes políticos

que siempre saben lo que hacen, es

todo lo contrario: es probar que la

Argentina es un país dependiente,

es una semicolonia a la que no se le

permite optar. Dicho de otra forma,

que nuestra política local no es

autónoma y, por lo tanto, no representa

los intereses de la ciudadanía

porque cumple mandatos bajados

desde muy arriba.

Pactos

En un país semicolonial la política

local nunca es autónoma en un

sentido de la no existencia real del

proceso que simula. Las semicolonias

de un modo general lo son por

eso mismo, porque las decisiones

trascendentales no son tomadas

por los representantes electos a

partir del mandato popular constituido

en elecciones, las propias

elecciones son una suerte de farsa

en todo lo que se refiere a cómo se

va a distribuir la riqueza, que es lo

trascendental. Para resolver esa

cuestión y tomar las decisiones del

caso los gobiernos en las semicolonias

siguen las instrucciones que

bajan de las metrópolis en la forma

de “consensos” en los que nadie

realmente consensua nada, sino

que los lineamientos del proyecto

político-económico que es el dominante

en un momento se imponen

del más fuerte al más débil sin

mediar ninguna discusión. Esa es la

síntesis del imperialismo en la política,

un esquema cuyas consecuencias

son la dominación foránea y la

explotación de los recursos en los

países dominados o subalternos.

Cuando esa situación se da, la

política local se las arregla para

disimular el carácter remoto del gobierno

real mediante la suscripción

de pactos entre las fuerzas políticas

nacionales. En una palabra, cuando

la orden baja desde los centros del

poder global, en las semicolonias

los “enemigos” deben sentarse y

pactar que, más allá de la controversia

ideológica que los divide, lo

esencial no debe tocarse. El Pacto

de Olivos es un ejemplo de eso al representar

la transición entre el radi-

38 HEGEMONIA - enero DE 2021


En un determinado momento de los años 1990, el pueblo argentino se percató de que las “relaciones carnales” entre nuestro país y el poder

global simbolizado en los Estados Unidos eran un indicativo de que nuestra política no era autónoma. Aquí no gobernaban los representantes

del pueblo electos por el voto, sino remotamente un poder extraño al país en todo sentido.

calismo alfonsinista y el peronismo

menemista en la política local, con

todas sus diferencias formales, pero

acordando la continuidad del neoliberalismo

como proyecto político

bajado como orden desde el poder

global. No es mucho más que eso,

es la formalización del hecho de que

un cambio de gobierno no puede

significar una ruptura con el orden

mundial o, más precisamente, con

los lineamientos impuestos por la

potencia hegemónica de la que el

país subalterno es un satélite.

Si se comprenden dichos pactos

en esa clave, resulta entonces fácil

comprender cómo el neoliberalismo

impuesto a sangre y fuego con el

golpe cívico-militar de 1976 siguió

vigente como proyecto político

hasta la caída de Fernando de la

Rúa a fines del año 2001, esto es,

durante unos 25 años. Raúl Alfonsín

pudo hasta juzgar a los jerarcas

militares de la dictadura, siempre

y cuando no tocara la esencia del

proyecto instalado por esa misma

dictadura. Y luego debió hacer con

Menem el Pacto de Olivos para pasar

el bastón y asegurarse de que la

transición fuera suave en ese sentido.

Otro tanto va a pasar más tarde

entre Menem y De la Rúa y, aun sin

ningún pacto tan públicamente visible

como el de Olivos, la presencia

de Domingo Cavallo en el gobierno

delarruista es la demostración de

que quizá el mismo De la Rúa junto

a Carlos “Chacho” Álvarez y demás

progresistas de la época se hayan

ilusionado con cierto nivel de ruptura

y luego claudicado frente a la

realidad de que eso no sería posible

en aquel momento.

Bien mirada la cosa, esa continuidad

semicolonial no es ni mucho

menos un patrimonio exclusivo de

la Argentina, sino precisamente

un mandato metropolitano al que

la política en ninguna semicolonia

puede ignorar. Un rápido vistazo

a cómo todos los presidentes de

nuestra región se plegaron al Consenso

de Washington durante la

década de los años 1990 es un muy

fuerte indicio de que la hipótesis

es verdadera. Desde Fernando

Henrique Cardoso en Brasil —un

dirigente político que en sus años

mozos había sido un destacado

intelectual de la llamada izquierda

a nivel continental y hasta estuvo

exiliado por la dictadura de su país

por eso—, pasando por Alberto Fujimori

en Perú, Carlos Andrés Pérez

en Venezuela, Abdala Bucaram en

39 HEGEMONIA - enero DE 2021


El llamado Pacto de Olivos fue la ocasión en la que Raúl Alfonsín y Carlos Menem acuerdan

la transición en los siguientes términos: sea lo que fuere el nuevo gobierno, los lineamientos

del coloniaje debían permanecer intocados. Y así fue, incluso más allá del propio Menem y

llegando hasta entrado el siglo XXI con Fernando de la Rúa, que no dudó en llamar a Domingo

Cavallo —el nuevo Martínez de Hoz— para el manejo de la economía.

Ecuador y llegando a Ernesto Zedillo

en México, en todas las semicolonias

de nuestra región la política se

plegó alegremente al mandato del

Consenso de Washington y aplicó

un neoliberalismo tan obsceno que

haría sonrojar a la propia Thatcher

y al mismísimo Reagan. Privatizaciones,

ajustes fiscales sucesivos

y cada vez más profundos, olas

de despidos en el sector público,

achicamiento del Estado y mucho

más, he ahí el proyecto político-económico

del neoliberalismo que nace

en los años 1970 y sigue hasta bien

entrado el siglo XXI en las semicolonias

como un mandato y en la

forma de un “consenso” no consensuado

por nadie, sino impuesto por

la fuerza brutal del orden mundial

unipolar.

Esa parte de la narrativa, que es

la de historizar el análisis, es útil

para comprender que en el presente

la situación general permanece

básicamente inalterada luego de

un breve periodo de ruptura. En los

primeros años de este siglo se dio

una extraordinaria coyuntura de

astros bien alineados y en países

muy importantes de la región existió

la voluntad de romper con el proyecto

neoliberal del Consenso de

Washington. Cuando en Venezuela

Hugo Chávez logró hacerse acompañar

primero por “Lula” da Silva

en Brasil (2002) y Néstor Kirchner

(2003), pudo darse lo que quedó en

la historia como el “No al ALCA” en

Mar del Plata, un evento simbólico

y claramente rupturista. Ese año

(2005) llegaría al poder en el Estado

Evo Morales en Bolivia y luego se

sumarían Rafael Correa en Ecuador

(2007) y un breve Fernando Lugo

en Paraguay (2008), además del

ambiguo gobierno del Frente Amplio

en Uruguay, iniciado con Tabaré

Vázquez en el 2005. He ahí toda

la coyuntura rupturista que duró

aproximadamente una década y

luego se apagó con la caída de cada

uno de esos regímenes populares

por distintos medios. Entonces se

termina la ruptura y no hay forma

de restaurar la continuidad, puesto

que el Consenso de Washington

caducó ante la emergencia de Rusia

y principalmente China como candidatos

a potencias centrales en el

mediano plazo. ¿Qué será de una

política semicolonial no autónoma

en las postrimerías de una dominación

que había sido sagrada y ya no

rige?

No conviene equivocarse: el poder

global siempre está y siempre intenta

imponer su voluntad en todas

partes, sobre todo en las colonias

y semicolonias. A la caída de un

esquema de dominación, inmediatamente

y casi siempre en simultáneo,

allí donde conviven lo viejo

y lo nuevo durante la transición,

se impone un nuevo esquema con

nuevos jugadores o con una mezcla

entre nuevos y viejos reciclados,

pero siempre hay un sistema-mundo

—como diría Immanuel Wallerstein—

en el que unos dominan y

otros son dominados. La quiebra

del Consenso de Washington al

haberse sublevado algunos de los

que antes participaban en dicha

hegemonía no es señal de que

habrá un “mundo libre” posterior a

esa quiebra, sino que el centro va a

desplazarse. Así, en algunos años

podríamos estar hablando de un

Consenso de Beijing, un Consenso

de Moscú o incluso, lo más proba-

40 HEGEMONIA - enero DE 2021


ble, de un esquema imperialista sin

ubicación geográfica determinada

en manos de las corporaciones desterritorializadas.

Pero la dominación

siempre está.

El problema de tener

la camiseta puesta

Desde el punto de vista de los que

estamos en el territorio y nos organizamos

ahí políticamente, la política

local es el todo, no la parte. Es

muy difícil para el hombre de a pie

percibir empíricamente la dependencia

de la política local respecto

de una voluntad global que está

muy lejos y normalmente es poco

visible. El propio sistema-mundo en

el que se enmarcan todas las políticas

locales, dependientes en mayor

o menor medida del centro o centrales

en sí mismas, es una suerte de

entelequia para el que lidia todos

los días con las cuestiones nacionales

de la política. En otras palabras,

es muy difícil comprender que toda

la lucha política que vemos a diario

es una simulación de lucha para

ocultar el hecho de que las decisiones

ya están tomadas de antemano

en otra parte y, en consecuencia,

uno tiende a seguir el juego de la

política local con la idea de que esa

es la instancia decisiva: el que gane

en la lucha por el poder en el Estado

va a imponer un proyecto político-económico

propio, resultante

de la voluntad popular. Así es como

pensamos.

Y a veces eso efectivamente ocurre,

por ejemplo, en los periodos de

ruptura con el orden global, periodos

que coinciden con la debilidad,

la decadencia y la quiebra de un

esquema viejo. Venezuela transitó

un claro periodo de autonomía de

su política durante la mayor parte

del gobierno de Hugo Chávez. De

hecho, Chávez hizo valer el peso de

las enormes reservas petroleras del

país para colocar a los venezolanos

en el mapa de la geopolítica como

jugadores relevantes, toda una hazaña

para un país que antes había

sido una miserable factoría. Otro

tanto ocurrió en Brasil con “Lula”

da Silva, con Argentina durante la

década ganada del kirchnerismo

entre el 2003 y el 2013 y con Bolivia

mientras la conducción estuvo

en manos de Evo Morales, además

Los tres mosqueteros, “Lula” da Silva, Hugo Chávez y Néstor Kirchner, junto al D’Artagnan criollo, Cristina Fernández. Durante alrededor de

diez años se dio en nuestra región una coyuntura extraordinaria de ruptura con la dominación global y dicha ruptura enterró el Consenso de

Washington. Pero la coyuntura tocó su fin y ahora se establece un nuevo esquema de dominación.

41 HEGEMONIA - enero DE 2021


en circunstancias muy parecidas a

las de Venezuela en lo que respecta

a la soberanía nacional sobre los

hidrocarburos como recurso natural

del pueblo-nación. Por momentos

la política local tiene autonomía y

las decisiones se toman más por

los representantes legalmente

constituidos que por el poder fáctico

global. El episodio del pago

integral de la deuda con el Fondo

Monetario Internacional (FMI) por

Néstor Kirchner en el año 2005 y

las consecuencias tanto ideológicas

como económicas del hecho son un

emblema de eso.

Pero esos periodos de autonomía

relativa de la política local respecto

a los poderes fácticos globales

son la excepción, nunca la regla.

En las semicolonias la normalidad

es la sumisión y por eso mismo son

semicolonias, lo que es una obviedad

ululante. Terminados los periodos

de ruptura como el del primer

peronismo (1946/1955) y el de

la década ganada kirchnerista en

Argentina, se produce un realineamiento

al orden establecido, el que

de cierto modo es un orden nuevo.

Y cuando eso ocurre, los que en el

plano local habían estado haciendo

Portada del Diario Clarín anunciando de forma espectacular el pago integral de la deuda del

país con el Fondo Monetario Internacional. En ese momento y hasta principios del 2008,

el Grupo Clarín fue el aliado fundamental del gobierno kirchnerista en su lucha contra la

oligarquía representada en el ‘Diario La Nación’.

política con cierta autonomía no

perciben el cambio de inmediato y

siguen discutiendo políticamente

como si la instancia de decisión

fuera todavía el poder político local.

No son pocos los que piensan que

la mal llamada “Revolución Libertadora”

que derrocó a Perón en el año

1955 tenía voluntad propia y proyecto

nacional, cuando en realidad

aquellos golpistas no eran sino el

residuo de la Unión Democrática del

embajador estadounidense Spruille

Braden y a esos intereses respondían.

Eso genera mucha confusión

entre los militantes de la política

local, que tardan en comprender

que están “militando” en una gran

simulación, esto es, que luchan en

la política solo por cuestiones muy

laterales mientras las decisiones

centrales —las de la política económica,

que define quién se va a

beneficiar, quién no lo hará y quiénes

no van a comer— se toman en

otra parte y por gente cuya existencia

es insospechada para la propia

militancia. A eso solemos llamar,

precisamente, poder fáctico, puesto

que se trata de un poder real sin la

legitimidad que dan los votos en las

elecciones. Hablamos muchísimo

de los poderes fácticos, aunque

perdemos de vista su existencia a

cada paso y seguimos pataleando

sin comprender que, en términos

coloquiales, el jamón ya viene cortado

de antemano cuando la política

no es autónoma.

Y a veces esa situación se da con el

peronismo gobernando en el Estado,

lo que es aún más confuso para

la militancia y genera verdaderos

descalabros en la moral de la tropa.

Un ejemplo de eso fue el menemismo:

Menem se había plegado

al Consenso de Washington, aceptando

mantener allí la instancia de

decisión. Pero la militancia peronista

en su mayoría tardó muchos

42 HEGEMONIA - enero DE 2021


Hugo Chávez y la epopeya del petróleo como recurso natural propio del pueblo nación-venezolano. Chávez puso a Venezuela fuera de la órbita

del poder global reclamando la soberanía de los recursos naturales del país y esa fue para los venezolanos una época dorada.

años en percatarse de que Menem

era más bien un virrey que un presidente

y siguió apoyándolo incondicionalmente

mientras ese virrey

enajenaba el patrimonio nacional,

hacía seguidismo de los Estados

Unidos en cada ocasión y remataba

en el piso lo que había quedado

de la industria nacional con la

llamada convertibilidad, además

de enajenar las riquezas del país.

Véase bien, esto es lo esencial y, a

la vez, lo espantoso de la cuestión:

la militancia peronista militó en los

años 1990 por un proyecto político

de destrucción nacional, militó

activamente por un plan económico

francamente antiperonista. Y lo hizo

entonando la Marcha, poniendo los

dedos en V y reivindicando al mismísimo

General Perón. La militancia

en el peronismo tenía la camiseta

puesta y no supo ver que el símbolo

estampado en esa camiseta se estaba

utilizando para llevar a cabo la

destrucción de todo lo que el propio

símbolo representó históricamente.

Eso fue lo que le pasó al peronismo

a la caída del sistema mundial bipolar

y en la ascensión del Consenso

de Washington, que no fue inmediatamente

registrado por la militancia

en su momento y pasó inadvertido.

El Consenso de Washington duró

lo que duró y fue derrotado a principios

de este siglo al alinearse los

planetas aquí en el “patio trasero”

de los Estados Unidos mientras

China y Rusia se levantaban por su

parte, entre otras sublevaciones

regionales que se dieron en el periodo.

Ya nadie duda del carácter de

administrador de una factoría que

tuvo el gobierno de Carlos Menem

y hablar hoy del Consenso de Washington

es un poco reiterativo, son

noticias de ayer, en el decir de un

poeta autóctono hasta por denominación.

¿Pero qué pasa hoy, luego

de la derrota de dicho Consenso, de

un periodo de ruptura y de la caducidad

también de ese periodo? Se

establece un nuevo ordenamiento

mundial, un nuevo esquema de

dominación imperialista que ya

no es el Consenso de Washington

y tampoco pasa necesariamente

por los Estados Unidos, aunque los

Estados Unidos sí se constituyen

allí como parte. Pasa que otra vez la

política local es dependiente, deja

de ser autónoma y pone la instancia

de decisión en otra parte.

Eso tiene varios problemas para

los contemporáneos, siendo que el

primero de ellos es el mismo que

tuvieron aquellos peronistas que

militaron el proyecto del Consenso

de Washington como si se tratara

de peronismo, a saberlo: tenemos

la camiseta puesta y el símbolo

estampado en esa camiseta no

representa las ideas que históricamente

supo representar. Dicho de

otro modo, quizá brutal, el actual

presidente de la Nación Alberto Fernández

es un virrey y las decisiones

están en otra instancia muy superior

43 HEGEMONIA - enero DE 2021


Carlos Menem junto a los Rolling Stones. El menemismo fue un espectáculo grotesco de factoides

y humo al por mayor para disimular los contenidos neoliberales del proyecto político

y tener anestesiadas a las mayorías mientras se las despojaba. Hoy los factoides vuelven a

estar a la orden del día, Bob Dylan ha reemplazado a Mick Jagger y la ideología de género es

el anestésico para una juventud que está perdiendo de vista la política.

a la de su gobierno, el que a su vez

es una simulación. Y el problema

es que, al igual que aquellos menemistas

en los años 1990, nos está

costando comprender el hecho.

El segundo problema es que todavía

no sabemos ni siquiera cómo

denominar el actual esquema de

dominación, no tenemos aún un título

rimbombante y definitivo como

“Consenso de Washington” para

referirnos con precisión al actual esquema

de dominación imperialista.

¿Por qué? Por dos razones: primero

porque estamos sobre la coyuntura,

es decir, el proceso está en pleno

desarrollo y somos los contemporáneos

del proceso, no observadores

posteriores que analizan la cosa ya

terminada y en posesión de todos

los datos. Lo estamos viviendo, lo

transitamos y no lo observamos

precisamente porque estamos muy

ocupados transitándolo. La segunda

razón se deriva de la primera y es

que aún no entendemos el juego, no

sabemos quiénes son los jugadores

globales y no nos queda del todo

claro quién es el que manda. Sabemos

únicamente y por observación

de los hechos actuales que allí

están las corporaciones y las élites

globales que las poseen intentando

desplazar a los Estados nacionales

para imponer un proyecto propio,

al que hoy llamamos precariamente

globalismo. Y otras cosas no

sabemos más que por sospecha.

Tenemos al sucesor del Consenso

de Washington plenamente operativo

y funcional, pero no nos es dado

conocerlo bien, no podemos ver su

verdadera cara.

¿Qué pasa con la doctora?

Entonces tenemos la camiseta

puesta y sostenemos a un gobierno

cuyo discurso simula ser peronista

para cumplir un mandato ajeno al

pueblo soberano, que es el mandato

de un poder global aún desconocido

para nosotros. Y esta situación

no es parecida, sino directamente

calcada de la vivida por la militancia

peronista en los primeros años

de gobierno de Carlos Menem.

¿Por qué? ¿Por qué sostenemos

a un presidente cuyas políticas

evidentemente no responden a los

intereses del pueblo argentino y

solo pueden venir diseñadas por un

poder extraño a la Argentina como

pueblo-nación? No es muy complicado

concluir que el presente ajuste

fiscal que se lleva a cabo con una

combinación de inflación sostenida,

devaluación de la moneda y

de los salarios e impuestazos es

el cumplimiento a rajatabla de las

recetas del ya mentado FMI. Hasta

el más inocente de los observadores

interesados en política sabe que

esas son las exigencias que el FMI

les impone a los países deudores de

ese organismo multilateral de usura

y saqueo, como tampoco es difícil

comprender que no es accidental

una política exterior que hace

alianzas con países como Israel

mientras le da la espalda a Venezuela.

Fue con un préstamo venezolano

que Néstor Kirchner pagó y

echó de estas tierras al FMI, fue con

una operación de los servicios de

inteligencia israelíes como golpearon

y desestabilizaron al gobierno

de Cristina Fernández en el oscuro

episodio de Alberto Nisman del año

2015 para determinar el resultado

de las elecciones. Todo está concatenado

y no es difícil de observar si

se le presta la debida atención.

Y si se le presta la debida atención

además quitándose la camiseta

para ver de qué realmente se trata,

lo que se verá allí es que en más de

un año de gobierno Alberto Fernández

no solo no cumplió ninguna de

sus promesas electorales —la vieja

estafa electoral menemista, otra

vez— sino que hizo lo diametralmente

opuesto en muchos casos. Claro

que muchas de esas claudicaciones

y traiciones a la voluntad popular

44 HEGEMONIA - enero DE 2021


quedan hoy disimuladas por el velo

de la pandemia y se disimulan también

con una intensa promoción de

la ideología de género, muy apreciada

entre los sectores más jóvenes

de la población. Por una cosa

o por la otra, por la pandemia que

justifica prácticamente todo o por la

ideología de género que desactiva o

por lo menos anestesia el malestar

entre los jóvenes, no somos capaces

todavía hoy de admitir que el

actual gobierno de Alberto Fernández

es el resultado de un pacto, de

una reedición del Pacto de Olivos

entre Menem y Alfonsín en el sentido

de que sirve para garantizar la

continuidad de un proyecto político

impuesto por poderes fácticos ubicados

muy lejos de aquí. Uno tiende

a “darle tiempo” a Alberto Fernández

por la pandemia, aunque eso

no explica la catástrofe económica,

o tiende a “darle tiempo” porque

está conforme con la promoción de

la ideología progresista de género,

pero lo cierto es que siempre va a

“darle tiempo” a lo macrista. Y es

precisamente tiempo lo que necesita

Alberto Fernández para atar la

vaca.

Deberíamos cuestionar y exigir

que Alberto Fernández cumpla lo

prometido en la campaña electoral,

esto es, que nos entregue a sus

votantes aquello por lo que hemos

votado y no cometa una estafa

electoral, pero sería en vano. Como

veíamos, nuestra política ya no es

autónoma, ha pasado el tiempo de

la ruptura heroica del kirchnerismo.

Aunque quisiera hacerlo, Fernández

no podría cumplir lo prometido ni

hacer nada parecido a representar

los intereses del pueblo argentino,

simplemente porque su mandato

les pertenece a las élites que lo

pusieron allí. Por lo tanto y ante

la imposibilidad de exigirle peras

al olmo pidiéndole al gobierno de

Alberto Fernández la toma decisiones

que ya se han tomado en otra

parte, lo que deberíamos hacer es

formularnos la más evidente de las

preguntas, aquella que debió ser

formulada ya a mediados del año

2019. ¿Por qué está Alberto Fernández

allí y no Cristina Fernández

de Kirchner? ¿Por qué, teniendo

ella el capital electoral propio,

Alberto Fernández adulando al gran genocida Benjamín Netanyahu en Israel, los mismos que destruyeron el último gobierno kirchnerista

con la puesta escena alrededor del suicidio inducido de Alberto Nisman. Fernández hace todo lo opuesto a lo que el kirchnerismo representó

ideológicamente, pero usando el capital político del kirchnerismo para lograrlo. “Hay que bancar”, gritan los soldados atrincherados, sin

percibir que sus oficiales ya firmaron la rendición.

45 HEGEMONIA - enero DE 2021


La reunión de transición entre Alberto Fernández y Mauricio Macri, un nuevo Pacto de Olivos.

Pase lo que pase, Fernández deberá continuar el ajuste fiscal y la entrega de la soberanía en

el altar del poder global que había iniciado Macri, indicando que aquí lo que hay es continuidad

semicolonial y nuestra política ha vuelto a ser inauténtica.

eligió poner como candidato titular

a un dirigente oscuro, sin votos,

uno que jamás había ganado una

sola elección y que además operó

abiertamente contra su gobierno en

la dramática coyuntura del lockout

patronal del 2008? Todo eso,

véase bien, en palabras de la propia

Cristina Fernández de Kirchner, no

se trata de ninguna conjetura. ¿Y

entonces por qué?

La fórmula ritual que utiliza la

militancia para saldar brutalmente

esa cuestión y seguir haciéndose la

desentendida es que “con Cristina

sola no alcanzaba, sin Cristina no se

podía”, significando la necesidad

de entrar en alianzas con otros dirigentes

para ganar las elecciones.

La fórmula es correcta, pero solo en

parte. Si Cristina Fernández hubiera

de entrar en alianzas coyunturales

con otros dirigentes con la finalidad

de sumar los votos que faltaban

para ganar las elecciones y derrotar

a Mauricio Macri, bien pudo haberlo

hecho con dirigentes que en primer

lugar tenían votos para aportar a la

causa y ese nunca fue el caso de Alberto

Fernández. No fue por aportar

votos a la construcción y tampoco

por un carisma que no posee que Alberto

Fernández formó como candidato

titular en una lista por encima

de Cristina Fernández de Kirchner.

No tiene votos, no tiene carisma y

no tiene gestión, puesto que jamás

gobernó en su vida de operador

entre bambalinas. ¿Y entonces, de

nuevo, por qué?

“Porque había que poner a un

detractor, así dábamos el mensaje

de unidad por encima de las diferencias

políticas”, responden desde

la trinchera. Y tampoco se trata de

un argumento satisfactorio. Veamos

bien la calidad del “detractor”

que se ha elegido para conducir los

destinos de la patria con la chequera

del peronismo: cuando la oligarquía

decretó la muerte anticipada

del gobierno de Néstor Kirchner en

las páginas del Diario La Nación y

ya en el 2003, apenas empezaba a

caminar ese gobierno, el flamante

presidente Kirchner tuvo que tomar

la decisión de aliarse con otro

sector del poder fáctico para sobrevivir.

Así fue cómo nació la alianza

entre el primer kirchnerismo y el

Grupo Clarín de Héctor Magnetto,

una alianza que quedó sellada con

la ubicación estratégica de un gran

magnettista en la Jefatura de Gabinete

de Ministros. Ese magnettista

fue Alberto Fernández, un exmilitante

de Domingo Cavallo en la Ciudad

de Buenos Aires y para entonces un

lobista del Grupo Clarín. Magnetto

apoyaría el gobierno de Néstor

Kirchner hasta el año 2008, cuando

el lock-out patronal hizo estallar el

acuerdo y —oh, casualidad— Alberto

Fernández se va expulsado por el

propio Néstor Kirchner del gobierno

de Cristina Fernández, que iba por

sus primeros meses luego de triunfar

en las elecciones del año 2007.

Luego ese “detractor” se alineó

con Sergio Massa en el Frente Renovador

mientras iba por todos los

medios de comunicación acusando

a Cristina Fernández de lo que se

pueda imaginar. Marchó con los

fiscales golpistas para instalar la

sospecha de homicidio en el caso

Nisman y luego para exigir que Cristina

Fernández fuera procesada por

el hecho en las intrigas de pasillo

judicial. En una palabra, este “detractor”

es mucho más que un detractor,

es directamente un soldado

del enemigo desde la primera hora

y fue, no obstante, el elegido para

encabezar la lista de candidatos en

una elección decisiva y ser el presidente

de la Nación por el peronismo

en alianza con otros sectores muy

minoritarios. Y entonces la pregunta

46 HEGEMONIA - enero DE 2021


será la siguiente: ¿Quién lo eligió

para ocupar el lugar de la conducción,

si la conductora natural vivía y

se encontraba habilitada para postularse

ella misma a la presidencia

al momento de presentar las listas?

“¡Cristina lo eligió!”, vociferan

otra vez desde la trinchera, que

está cada vez más embarrada, sin

comprender que lejos de defender

a su referente le están cargando

con el peso de la responsabilidad

de haber hecho entrar a un topo. Y

es muy poco probable que Cristina

Fernández haya elegido a dicho

topo, tanto por carácter personal

—el carácter de la que nunca perdona

la traición— como por lógica. Si

Cristina Fernández hubiera podido,

se hubiera presentado ella misma a

elecciones como candidata titular

o, en todo caso, hubiera elegido

a un verdadero detractor, no a un

cínico traidor, para llevar a cabo la

misión si el techo fuera demasiado

bajo y los votos no alcanzaran para

ganar. El que sepa mínimamente

esto ya está hoy en condiciones de

afirmar que Cristina Fernández de

Kirchner no eligió a Alberto Fernández

como titular en su fórmula,

sino que Alberto Fernández le fue

impuesto a Cristina Fernández de

Kirchner como tal. No es necesario

que ella misma lo diga, no lo hará

en el corto plazo. Con el método hipotético

deductivo ya alcanza para

determinar que eso no fue así como

nos lo contaron.

La verdad está a la vista y aparece

cada vez que la propia Cristina

Fernández habla del llamado “lawfare”,

que es la persecución judicial

sistemática contra aquellos dirigentes

que molestan al poder fáctico.

Se la hicieron a Rafael Correa y Correa

debió alejarse del Ecuador para

no conocer la cárcel; se la hicieron

a Evo Morales y no tuvieron tiempo

de concretar la faena; se la hicieron

a “Lula” da Silva y el brasileño fue a

dar con los huesos al calabozo efectivamente.

La evidencia es escandalosa,

el plan para Cristina Fernández

está escrito en las estrellas y a

la vista del mundo entero. Y aun así

nos cuesta comprender que Cristina

Fernández se vio obligada a abdicar

para suspender momentáneamente

la persecución judicial en su contra.

Y en esa abdicación se le exigió que

siguiera la farsa de los poderosos

poniendo en la presidencia a un

candidato propio del poder. Ese es

Alberto Fernández, el famoso topo.

Pero puede ser aún peor, porque

es improbable que la amenaza de

cárcel fuera suficiente para doblegar

la voluntad de una dirigente la

talla de Cristina Fernández. Los dirigentes

políticos de esa naturaleza

no suelen temer las consecuencias

de la lucha política para sí mismos,

suelen tener muy bien resuelta la

cuestión de que la política es la

continuación de la guerra por otros

medios y asumidos los costos de

desafiar al poder fáctico. Y otra

vez nos sale al cruce el ejemplo de

“Lula” da Silva, a quien no le importó

pagar ese costo con su propia

libertad y supo incluso transitar con

una admirable dignidad el encierro.

La cárcel para uno mismo no es

amenaza suficientemente grande

para asustar a los que hacen cosas

grandes, así es “Lula” da Silva y así

es Cristina Fernández, que son de la

misma talla. Pero si la persecución

judicial con amenaza de cárcel no

alcanza para obligar a pactar a Cristina

Fernández, ¿qué cosa lo sería?

Pues la mafia tiene sus métodos y

los conocemos, aunque más no sea

por haberlos visto representados en

el cine. La mafia, esa organización

delictiva que reúne a hombres de

los negocios y de la política para

hacer de la política un negocio, esa

misma que hoy y siempre ha controlado

el Poder Judicial en la Argentina.

¿Y qué hace la mafia cuando

pretende golpear duramente a un

El famoso “cafecito” entre Sergio Massa y Alberto Fernández en el que este supuestamente

convenció a aquel a sumarse al Frente de Todos. Patrañas, es precisamente al revés: Sergio

Massa es el jefe político de Alberto Fernández en el Frente Renovador y lo ha impuesto como

candidato en el Frente de Todos en primer lugar. Y luego hizo la puesta en escena de hacerse

rogar durante algunos días para que nadie se percatara de la maniobra.

47 HEGEMONIA - enero DE 2021


dirigente político díscolo, a uno que

se resiste a plegarse? ¿Qué es lo

que hace la mafia para vencer la

resistencia de aquellos a los que ni

la cárcel para sí mismos o incluso la

muerte los hace retroceder? Ataca

a lo que uno más ama, que son los

hijos. El atento lector recordará que

Florencia Kirchner está involucrada

en una causa judicial delirante por

supuesta asociación ilícita llevada a

cabo —todo supuestamente, véase

Luiz Inácio “Lula” da Silva y la dignidad. Arrestado por el Departamento de Orden Político y

Social (DOPS) de la dictadura en Brasil, “Lula” da Silva conoció entonces la cárcel, salió y

triunfó a la larga. Y luego fue derrotado otra vez y nuevamente marchó preso. Así es la política

en su naturaleza, la continuación de la guerra por otros medios. Dirigentes de la talla de

un “Lula” da Silva no temen la cárcel: la consideran una distinción.

bien— cuando Florencia Kirchner tenía

12 años de edad. Al enterarnos

de dicha denuncia, todos pensamos

que se trataba de pirotecnia y que

jamás semejante barbaridad jurídica

podría prosperar. Pero prosperó y

no era pirotecnia, era una jugada de

ajedrez muy anticipada para poner

a la hija de Cristina Fernández en la

línea de fuego y apretar más tarde

a la propia Cristina Fernández con

una amenaza real contra algo que

no puede soslayar.

La propia Cristina Fernández no

teme la cárcel y además, en los

términos del acuerdo, sería electa

vicepresidenta, un lugar desde el

que es bastante difícil arrastrar a

alguien al calabozo. Máximo Kirchner

es diputado nacional y tiene

sus fueros, no sería tarea sencilla

desaforarlo en un Congreso de

mayoría oficialista y luego encarcelarlo.

La que no tiene fueros y puede

ser arrestada preventivamente en

cualquier momento por la simple orden

de un juez en cualquier juzgado

de un país que tiene muchísimos

juzgados es Florencia Kirchner. De

hecho, Florencia Kirchner frente al

Poder Judicial no es más que una

ciudadana de a pie como podría

ser el atento lector o el que escribe

estas líneas, no existe ningún

impedimento para que vaya presa

a cualquier hora de la madrugada

si así lo determinara un juez previamente

endulzado por el poder. He

ahí la amenaza real que ninguna

madre —porque Cristina Fernández,

antes de todo, es una madre— puede

soslayar, la de que la hija de sus

entrañas vaya a un penal por algo

que no hizo y encima en razón de su

propia actividad política.

Con la información disponible hoy

es difícil dudar. Aquí hay un pacto

hegemónico que le fue impuesto

a Cristina Fernández mediante la

extorsión y Alberto Fernández es un

topo, es el candidato del poder para

48 HEGEMONIA - enero DE 2021


La familia Kirchner durante la asunción de Cristina Fernández en la presidencia de la Nación,

año 2007. Antes de fallecer, Néstor Kirchner le habría pedido a su compañera que cuidara a

Florencia, la hija menor a la que el poder ya venía queriendo involucrar en causas judiciales

para presionar y extorsionar. Con ese mandato familiar se encuentra Cristina Fernández hoy

y nadie la puede reprochar por querer cumplirlo.

implementar el proyecto del nuevo

Consenso de Washington con la

complicidad engañada de la militancia

y los simpatizantes del peronismo.

Alberto Fernández no necesita

ni siquiera terminar su mandato

en tiempo y forma y mucho menos

lograr una reelección, lo que sí necesita

es de algún tiempo para atar

la vaca. Alberto Fernández necesita

de la pasividad del peronismo para

concretar el ajuste, hacer pagar la

deuda dejada por Mauricio Macri a

las mayorías populares y allanar el

camino para el ascenso triunfal de

su jefe político local: Sergio Massa.

El Frente de Todos es una enorme

farsa como lo fue el Frente Justicialista

de Unidad Popular, el FREJU-

PO de Carlos Menem para ganar

en 1989. El Frente de Todos es el

Frente Renovador en alianza con el

poder fáctico global representado

en el territorio por la oligarquía. Y

esa farsa tiene por objetivo someter

a la Argentina a una dominación

total, el exponer al pueblo-nación

argentino a la disolución.

El Frente de Todos es el instrumento

político de demolición de 210

años de dificultosa construcción

política y es el arma con la que

pretenden destruir al peronismo en

el proceso. Vinculado a lo que se va

a percibir como un rotundo fracaso,

el peronismo tendrá el destino del

radicalismo posterior a la caída de

Fernando de la Rúa y así toda la

política argentina se habrá hundido,

dejando libre el camino para la

sumisión absoluta de los intereses

nacionales a los intereses de quienes

de aquí se quieren llevar todas

las riquezas. Y todo eso se está

haciendo hoy, mientras buena parte

de la militancia peronista grita que

la pandemia todo lo justifica, ve

“ampliación de derechos” en una

ideología de género importada e

impostada y considera que “hay que

darle tiempo”. Todo lo hacemos nosotros

mismos por tener la camiseta

puesta y los ojos cerrados frente a

la realidad a gritos. Exactamente

como hicimos con Carlos Menem

y el Consenso de Washington de

aquella crónica de nuestra muerte

nacional.

Cuenta la historia de la antigüedad

que unos trescientos años antes de

Cristo el rey Pirro de Epiro derrotó a

los romanos en una batalla feroz, en

la que perdió una enorme cantidad

de hombres. Pirro ganó esa guerra

y también la perdió, puesto que el

costo del triunfo fue altísimo, más

alto que el valor del botín. La crónica

también dice que el bueno de

Pirro se percató de que saboreaba

una victoria allí donde no había

nada que saborear. Había sido un

triunfo pírrico, el primero de la historia.

Y al percatarse de ello dijo estas

palabras frente a un panorama

desolador: “Otro triunfo como este

y tendré que volver solo a casa”. Lo

que hizo Pirro fue aquello que en

nuestro riquísimo idioma castellano

solemos llamar el quemar las naves,

o lo que habría hecho por su parte

Hernán Cortés en México para sofocar

un motín unos mil ochocientos

años después de Pirro. Sea como

fuere, es siempre lo mismo cuando

el triunfo legítimo es una imposibilidad

y asimismo uno accede a

literalmente a cualquier cosa para

lograrlo. El resultado es un triunfo

pírrico, una victoria que es derrota.

He ahí la punta del ovillo para tirar

y empezar a responder la pregunta

sobre quién realmente ganó las

elecciones del año 2019 en nuestro

país. La historia enseña.

***

49 HEGEMONIA - enero DE 2021


FILOSOFÍA POLÍTICA

El gobierno de los médicos:

¿protección o control?

DANTE

PALMA

Epidemiólogos, infectólogos,

virólogos, médicos en general

se han transformado en

referencias recurrentes en

los tiempos de pandemia. La

mayoría de ellos constituyen comités

de expertos convocados por los

gobiernos al momento de tomar

decisiones. Cada uno de los lectores

tiene las herramientas para

poder identificar a qué país le ha

ido mejor y cuánta responsabilidad

le cabe a cada gobierno de modo

que mi intención no es adentrarme

allí. Más bien me interesa pensar

cómo, por la aparición repentina de

un virus, prácticamente la totalidad

de la población del mundo se vio

obligada a cambiar sus hábitos y a

aceptar acciones impuestas por los

expertos que rodean a los gobiernos

de un modo que jamás podíamos

imaginar.

De repente, en nombre de la salud

y más allá del confinamiento obligatorio,

debimos aceptar que se nos

tome la temperatura para ingresar a

un local de compras o en medio de

una carretera; que existan certificados

de inmunidad capaces de abrir

la puerta a una jerarquía social

que distinga “los inmunes” de los

“no inmunes”; que aplicaciones a

50 HEGEMONIA - enero DE 2021


las cuales tenemos que brindarles

nuestra geolocalización nos indiquen

por qué calle ha transitado un

apestado y nos limite la circulación

si los apestados somos nosotros,

etc. Si bien buena parte de esta

información ya la brindábamos

voluntariamente a empresas como

Google o Facebook, la novedad es

que estas nuevas formas de control

se hacen en nombre de la salud de

la población y de la recomendación

de “los expertos” que levantan el

dedo y nos dicen qué debemos

hacer. Claro que estos expertos que

comenzaron a manejar nuestras vidas

no son los expertos de la economía

o de otras disciplinas sociales

sino los médicos. El fenómeno no

es nuevo, tampoco son nuevas las

advertencias que podemos hacer.

Es la medicalización de la vida.

Fue el filósofo francés Michel

Foucault el que, sumando elementos

para desarrollar las nociones de

biopolítica y biopoder, esto es, las

formas de ejercicio de poder que

tienen por objeto la vida biológica

del hombre, trató de articular los

diferentes estudios de historiadores

acerca del origen de la medicina

tal como la conocemos hoy día. Su

interés estaba en mostrar lo que

él llamó “la medicalización de la

vida”. ¿Por qué? Porque para Foucault,

un estudioso de las formas de

constitución de la subjetividad, el

poder se ejerce a través del proceso

de normalización de individuos y

poblaciones. Y en este proceso, la

medicina, al menos desde el siglo

XVIII, ocupa un rol central. La “medicalización

de la vida”, entonces,

refiere a la función política de la

medicina, al modo en que su saber

se va extendiendo hasta ámbitos

que trascienden lo estrictamente

médico para convertirla en un saber

central del control social de los

Estados modernos.

Para desarrollar algo más este

punto, me serviré de un breve

artículo de Foucault denominado

Nacimiento de la medicina social.

La discusión que está de fondo

gira en torno a cuándo comenzó la

“medicina social”, esto es, en qué

momento de la historia la medicina

dejó de ocuparse de los cuerpos

individuales para ocuparse de “lo

social”. Si bien hay quienes ubican

a la medicina social como emergiendo

en la década del 40 del siglo

pasado, Foucault indica que esto

es un error pues hacía dos siglos

ya que el paradigma liberal había

puesto el énfasis sobre las poblaciones

en general.

Foucault entiende que el desarrollo

del biopoder asociado a la medicina

social atravesó tres etapas a partir

del siglo XVIII: la medicina de Estado,

la medicina urbana y la medicina

de la fuerza de trabajo.

La primera etapa se dio hacia finales

del siglo XVIII en Alemania de la

mano de la aparición de “la Ciencia

del Estado”. A la administración pública

le interesaba el cuerpo de los

individuos en tanto que su conjunto

constituía el Estado y frente a los

conflictos económicos, políticos y

territoriales, una Ciencia del Estado

debía tener un control de su población.

Alemania constituyó así una

“policía médica” cuya función era

obtener un sistema completo de

registro que además de las tasas de

natalidad y mortalidad, hacía énfasis

en la observación de la morbilidad

y los fenómenos epidémicos.

Además, se quitó a las universidades

y a la corporación de médicos la

decisión sobre el tipo de formación

y los títulos, pasando todo a manos

del Estado; se generó una organización

administrativa para controlar

la actividad de los médicos y se

nombraron funcionarios médicos

por región.

La segunda etapa, la de la medicina

urbana, se desarrolló en Francia

hacia fines del siglo XVIII de la

El Estado se disfraza con el traje sanitario para imponer dos ideas: la de un peligro mortal e

inminente y la de la necesidad de sumisión del ciudadano al control “por su propio bien”. El

que controla ya no es un agente de policía, sino alguien que se parece a un médico salido de

un quirófano, lo que parecería ser muy grave. No está generalizada la crítica a esa forma de

biopoder que vemos desplegada hoy en todas partes.

51 HEGEMONIA - enero DE 2021


Nuevamente el Estado enfundado en traje médico, ahora avanzando sobre la intimidad

de los hogares. Queda claro que existe una amenaza a la salud pública y que medidas de

contención deben adoptarse para la lucha contra esa amenaza. Lo que todavía no se discute

son los alcances de esas medidas en todo lo que se refiere a la relación del Estado y la sociedad

en un esquema democrático. ¿Hasta qué punto es adecuada la renuncia a las libertades

individuales en nombre de una emergencia sanitaria social? Ese es el equilibrio que

en el futuro se discutirá al analizar las consecuencias sociales y políticas del coronavirus.

mano de, justamente, el vertiginoso

proceso de urbanización que sentó

las bases de lo que es hoy París. El

hacinamiento, las masas de pobres

que comenzaban a aparecer alrededor

de las fábricas, las epidemias

y el extrañamiento que suponía

una forma de vida que nada tenía

que ver con la vida rural, generaba

nuevos focos de conflictos. Según

Foucault, la burguesía, que todavía

no se alzaba con el poder formal,

propició y perfeccionó para esta

época el modelo de la peste que

se venía utilizando desde la Edad

Media.

En realidad, para ser más precisos,

desde la Edad Media había dos

grandes modelos: el de la lepra y el

de la peste.

El de la lepra era una medicina de

la exclusión, porque se separaba al

individuo para darle salud al resto.

El leproso era enviado a un lugar

alejado para mantener a salvo a

los sanos. Sin embargo, el modelo

de la peste que se perfeccionó a

partir del siglo XVIII era una medicalización

que no excluía sino todo

lo contrario: se trataba de distribuir

a los enfermos, individualizarlos,

clasificarlos y vigilarlos controlando

constantemente su estado de salud.

Había que incluirlos, pero para

controlarlos. Se trataba, ni más ni

menos, que del modelo de medicalización

a través del formato de la

cuarentena.

Y en tiempos de covid-19 estoy

casi obligado a citar la descripción

que Foucault hace de las cuarentenas

medievales: “Todas las personas

debían permanecer en casa

para ser localizadas en un lugar

determinado. Cada familia en su

hogar y, a ser posible, cada persona

en su propio aposento. Nadie debía

moverse. La ciudad debía dividirse

en barrios a cargo de una autoridad

especialmente designada (...) De

este jefe dependían los inspectores,

que debían recorrer las calles

durante el día o permanecer en las

esquinas para verificar si alguien

salía de su vivienda (...) Se trataba

(...) de un sistema de vigilancia

generalizada (...) Estos vigilantes

debían presentar un informe detallado

(...) Se empleaba, por tanto,

también un sistema de centralización

de la información. En todas las

calles por donde pasaban [los inspectores]

pedían a cada habitante

que se asomara a una determinada

ventana a fin de verificar si seguía

viviendo (...) El hecho de que una

persona no apareciera en la ventana

significaba que estaba enferma

[o que había muerto]. Se procedía a

la desinfección casa por casa”.

Si cambiamos al inspector que nos

pedía que saliéramos a la ventana

por la app que te descargás en el

teléfono y te mide la temperatura,

notaremos que no hay demasiados

cambios.

En cuanto a la tercera etapa que

menciona Foucault, la de la medicina

de la fuerza de trabajo, esta se

desarrolló en Inglaterra, el país de

la revolución industrial, donde resultaba

imperioso ejercer un control

social sobre los pobres y los trabajadores.

Hacia fines del siglo XIX,

los conflictos sociales tenían como

protagonistas a los obreros y las

condiciones paupérrimas a las que

se veían sometidos los pobres se

transformaban en una amenaza social,

política y sanitaria para las clases

acomodadas. Se lanza una “ley

de los pobres” por la cual el Estado

se hace responsable de la salud de

52 HEGEMONIA - enero DE 2021


las clases menos aventajadas y, al

mismo tiempo, según Foucault, se

establece un mecanismo de control

sobre esas poblaciones que incluye

registros de vacunación, epidemias

y enfermedades, localización de

lugares insalubres, etc.

En este sentido, no es casual que

hubiera reacciones y revueltas contra

el control médico. Incluso desde

sectores religiosos se abogó por el

derecho a morir y a enfermarse según

el propio deseo y el destino sin

intervención alguna del Estado.

La tiranía de los médicos

A propósito, y para graficar, cabe citar

la novela del inglés Samuel Butler,

Erewhon, publicada en 1872,

es decir, justo en el momento al

que Foucault hacía referencia. Más

allá de la propuesta de su novela,

antecesora de las grandes distopías

del siglo XX, Butler realiza una

crítica potente al espíritu victoriano.

Lo hace a partir de las posibilidades

literarias que le otorga imaginar una

civilización que estaría aislada más

allá de las montañas.

En esta particular civilización, los

feos eran sacrificados y enfermarse

era castigado penalmente porque

el enfermo es un individuo que no

logra realizarse, supone una carga

económica para el Estado y es un

riesgo para el resto de la sociedad.

En la página 136 de la edición de

Akal de 2012, por ejemplo, podemos

encontrar la sentencia de un

juez frente al caso de un “tuberculoso

reincidente”: “Me aflige ver a

alguien tan joven y con tan buenas

perspectivas en la vida rebajado a

esta condición penosa a causa de

su constitución, que únicamente

cabe considerar como maligna. Sin

embargo, su caso no es uno en el

que haya que mostrar compasión,

no es este su primer delito: ha llevado

usted una vida criminal. (...) Se le

condenó a usted el año pasado por

bronquitis aguda y ahora que tiene

usted veintitrés años, ha pasado por

la cárcel en no menos de catorce

ocasiones por enfermedades más o

menos odiosas”.

Sin embargo, lo que más interesa

a los fines de esta nota es que

existe una segunda razón por la

cual padecer una enfermedad en

Erewhon es castigado por la ley. Se

trata de una razón política vincula-

El filósofo francés Michel Foucault sistematizó hace varias décadas la teoría del biopoder y la biopolítica como formas de ejercer el poder territorial

con el pretexto de la salud pública. Mucho tiempo después Foucault vuelve a estar en el centro de la escena con su sociología y vuelve

a tener la razón. Foucault falleció en 1984, aparentemente victimado por el virus de la inmunodeficiencia adquirida (VIH), uno de los tantos

virus que muchas opiniones señalan como instrumento de biopolítica y biopoder, precisamente.

53 HEGEMONIA - enero DE 2021


Las actuales aplicaciones para teléfonos móviles, muy útiles para el control de la circulación

de individuos sobre el territorio y aún más útiles en la posibilidad de que se activen en ellas

la geolocalización u otros métodos de monitoreo de la actividad individual. Se trata de una

suerte de perfeccionamiento del panóptico que ni el propio Foucault pudo haber soñado.

da a la posibilidad de una “tiranía

de los médicos”. En el veredicto

recién mencionado el mismo juez lo

expone: “Pero independientemente

de esta consideración e independientemente

de la culpa física

que acompaña a este grave delito

suyo, hay otro motivo por el cual

no deberíamos mostrar clemencia,

aunque nos sintiésemos inclinados

a ello. Me refiero a la existencia de

ciertos hombres que permanecen

escondidos entre nosotros a los que

llaman médicos. En caso de que se

relajase el rigor de la ley o de la opinión

pública tan solo un poco, estas

personas descarriadas, que se ven

obligadas ahora a trabajar en secreto

y a las que solo corriendo un gran

riesgo se puede consultar, pasarían

a frecuentar los domicilios, su organización

y su conocimiento íntimo

de los secretos familiares les daría

tal poder político y social que no se

podría resistir. El cabeza de familia

estaría subordinado al médico, que

interferiría entre marido y mujer,

amo y sirviente, hasta que el poder

de la nación recayera únicamente

en manos de los médicos y todo

aquello que apreciásemos estuviese

a su disposición”.

Las palabras del juez resumen lo

dicho hasta aquí y expresan el sentimiento

de, al menos, una parte de

la Inglaterra de fines del siglo XIX,

aquella que ya advertía el control

social que suponía una medicina

cuya pretensión era ir mucho más

allá de su ámbito de incumbencia.

De todo lo expuesto, naturalmente,

no debe inferirse un llamado a

renunciar a los avances de la ciencia

y menos aún supone desconocer

el modo en que la medicina, que

siempre es social, nos ha mejorado

la vida a todos. Tampoco pretendo

decir que el Estado es un monstruo

malo o caer en grandes teorías

conspirativas. Para ello ya alcanza

con las hipótesis de los antivacunas

o con los que sostienen que el

covid-19 es una creación artificial

lanzada para justificar el ingreso a

una etapa de capitalismo autoritario.

Se trata simplemente de advertir

que en nombre de la salud también

hay control social y que debemos

ser conscientes de ello al momento

de determinar cuánto estamos

dispuestos a ceder en pos de nuestra

tranquilidad. No hay en este

sentido ningún manual y los límites

se corren todo el tiempo según las

circunstancias. En todo caso, lo que

sí puedo decir es que es una buena

noticia que los gobiernos se rodeen

de expertos, pero los expertos están

lejos de ser infalibles, especialmente

cuando pretenden ir mucho más

allá de su parcializado saber. Sin

menospreciar la dificultad que supone

diagnosticar y actuar sobre un

cuerpo individual para brindarle salud,

extrapolar ello al cuerpo social

es un error enorme y, sin embargo,

demasiado frecuente.

Lo que sirve para un paciente puede

no servir para la comunidad toda

o quizás sí desde el punto de vista

sanitario pero la vida individual y la

de una comunidad resultan mucho

más complejas. Es decir, consultar

expertos es algo que todo gobierno

y todo individuo que pertenezca a

una comunidad debe hacer. Pero la

perspectiva de totalidad que debe

tener un gobernante o un individuo

común al momento de tomar decisiones,

no puede quedar completamente

atada a la mirada parcial del

experto, porque todos somos cuerpos

biológicos, pero también somos

mucho más que eso.

***

54 HEGEMONIA - enero DE 2021


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