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Revista Hegemonía. Año III Nº. 36

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 36 AÑO IV | FEBRERO DE 2021

labatallacultural.org

HEGEMONIA

EL PACTO

HEGEMÓNICO


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte

de sus lectores mediante suscripciones regulares y

de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición

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Teléfono: (2245) 40-3510

Mail: hegemonia@labatallacultural.org

3 DE FEBRERO 2975 | Mar del Plata

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Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas

en esta revista y eventualmente firmadas son

de exclusiva responsabilidad de sus autores y no

representan necesariamente el pensamiento ni la

línea editorial de La Batalla Cultural.


HEGEMONIA

40

CONTENIDO EXCLUSIVO

El pacto

hegemónico

30

IDENTIDAD PERONISTA

Toda la verdad

histórica

12

OPINIÓN

El poder existe y

un callejón

sin salida

18

FILOSOFÍA POLÍTICA

Alberto, Xuxa y

cómo hacerle el

juego a la derecha


EDITORIAL

La verdad nos hará libres

La hipótesis del momento es la

siguiente: ¿Es posible manipular

a los que supuestamente

no eran manipulables para que

estos funcionen de una manera

determinada, radicalmente opuesta

a sus propias creencias ideológicas?

Es posible. Si el escenario se arma

correctamente y las alternativas

son controladas, todo es posible. Y

entonces el poder real sabe que con

un poco de sofisticación a la hora

de armar bien el escenario y de conducir

la situación hacia un esquema

coyuntural en el que no exista nada

por fuera de las opciones ofrecidas

es posible lograr lo inaudito. Y en

esta edición de aniversario de nuestra

Revista Hegemonía, la 36ª. en

tres años ininterrumpidos, el atento

lector verá la descripción de dicho

armado, o cómo desde arriba están

conduciendo al llamado kirchnerismo

a una contradicción insalvable

que hará colapsar la grieta.

Un proyecto de país debe imponerse

y aplicarse allí donde en los

últimos años ningún proyecto pudo

llevarse a cabo en su totalidad al

4 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


existir un empate hegemónico, una

situación de tablas entre dos proyectos

políticos opuestos. Desde

el 2011 a esta parte, desde que el

kirchnerismo alcanzó la condición

de superpotencia política en un

ordenamiento bipolar que excluye

automáticamente a cualquier tercero

en discordia, la Argentina estuvo

paralizada. Y no por la ineptitud de

los dirigentes en todo lo que refiera

a la gestión de lo público ni mucho

menos, sino porque la sola existencia

de dos polos opuestos —sin capacidad

mutua de destrucción, esto

es, ninguno de los dos puede hundir

al enemigo— ha sido la garantía de

que ni el uno ni el otro hayan podido

desplegar su proyecto político sin el

estorbo permanente del contrario.

Hubo y hay un empate hegemónico

entre dos fuerzas que no pueden

conciliar al tener objetivos muy

distintos, contradictorios. Tal es la

situación en nuestro país desde que

el kirchnerismo ganó las elecciones

con un impresionante caudal de

votos y demostró empíricamente

que ya no estaba a tiro de piedra

de las operaciones mediáticas del

poderoso. Luego, con la frustración

de la ley de medios, el kirchnerismo

sabría que aquello era un verdadero

empate al comprender que también

era incapaz de destruir a su

enemigo de siempre. Y como en la

Guerra Fría, donde ninguno de los

polos pudo avanzar sobre el otro sin

generar el colapso de todo el sistema

en el proceso, se estableció una

convivencia en la que nadie pudo ya

gobernar con la plena aplicación de

su proyecto.

El kirchnerismo no pudo seguir con

las políticas de la década ganada y

el poder no pudo imprimir tres tapas

de Clarín para sacarse de encima a

un gobierno molesto y volver gloriosamente

al plan oligárquico y

cipayo. Ambos se estorbaron mutuamente

en una grieta infinita y, en

el medio, el país quedó paralizado.

Ya va una década de parálisis y

más allá de triunfos parciales para

el uno y el otro bando, nadie pudo

imponerse, ha habido un empate y

como resultado tenemos un país sin

proyecto.

Esa situación no puede durar al

no ser conveniente para ninguno

de los involucrados: todos quieren

y necesitan aplicar su proyecto,

esa aplicación es la razón de su

existencia en la política. Y por eso

va a aparecer el pacto hegemónico,

una maniobra sofisticada de construcción

de sentido. El pacto hegemónico

es la introducción en uno

de los dos campos en pugna de los

elementos de su propia implosión,

con la finalidad de que los integrantes

de dicho campo consensúen al

fin la aplicación del proyecto del

enemigo sin darse cuenta de que

lo hacen. El pacto hegemónico es

la idea equivocada de que la grieta

sigue mientras en la realidad fáctica

ya está todo definido y el rumbo

está fijado.

Esto, que parece un embrollo y en

verdad no cuesta mucho comprender

si se observa bien la cosa, es lo

que exponemos en esta edición de

la Revista Hegemonía, es la simulación

de una lucha política entre los

que ya se pusieron de acuerdo en el

armisticio para que la soldadesca

vaya gradualmente adaptándose al

nuevo orden. Todo es una cuestión

de conocer o desconocer la verdad

de la lucha entre factores de poder,

esa verdad que permanece siempre

oculta bajo las formalidades del

discurso, las que existen precisamente

para lograr esa ocultación.

La verdad que nos hará libres y a la

que, no obstante, solemos temer.

Esa verdad perseguimos hoy por

encima de pertenencias partisanas

formales, por encima de lo que se

dice y realmente no es. Con la finalidad

de conocer la verdad acerca de

un nuevo orden que va a imponerse

por la fuerza del engaño es que llegamos

hoy al tercer año de nuestra

existencia, fieles al principio original

de la fundación de esta revista y

de La Batalla Cultural hace ya siete

años: acercarnos asintóticamente a

la verdad, aunque la hegemonía sea

demasiado poderosa. Aunque sea

imposible torcer el rumbo cuando

pactan los fuertes, hacerlo para ser

un poco más libres. Solo la verdad

nos hará realmente libres.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


ANÁLISIS

Subversión

ROSARIO

MEZA

El término “subversión” posee

en Argentina una connotación

espeluznante, pues se trata de

uno de los argumentos típicos

de la dictadura genocida como

pretexto para el exterminio de la

disidencia en medio de la sociedad

movilizada de la década de 1970.

Sin embargo, el proceso de subversión

es verificable y se puede

rastrear en la práctica, aún en la

actualidad y en todas las latitudes.

Ya en la década de 1980 el periodista

y excolaborador de la KGB Yuri

Alexandrovich Bezmenov describió

durante su exilio en los Estados Unidos

y Canadá el proceso de subversión

que la Unión Soviética intentó

cristalizar en los Estados Unidos a

lo largo de toda la Guerra Fría. De

acuerdo con la definición de Bezmenov,

el proceso de subversión

consiste en la actividad agresiva

destructiva que un Estado o nación

lleva adelante contra un enemigo

con el propósito de desmantelar

una nación o área geográfica y

establecer allí un sistema político

afín o dependiente de la potencia

subversiva. En el caso de la Unión

Soviética, la ideología exportada

que se pretendía implantar en las

naciones enemigas y en particular

6 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


en los Estados Unidos era el marxismo-leninismo.

Qué entendían

por “subversivos” los genocidas

argentinos en la década de 1970 no

es tópico de este pequeño artículo,

aunque bien puede el lector imaginarse

una ensalada entre roja,

peronista, china y cubana, tomando

en cuenta el contexto de la época.

El caso es que la subversión es un

proceso de ingeniería social muy

preciso y muy sutil, cuyo fin último

persigue la construcción de una

hegemonía novedosa allí donde

una generación atrás imperaba un

sistema de ideas de rasgo opuesto.

Se trata entonces de un esquema

que se puede dividir en fases para

su análisis, incluso ordenándolas

de manera cronológica. La primera

fase o etapa del proceso de subversión

es la desmoralización. Esta

consiste en la irrupción al interior

de la comunidad enemiga de agentes

exógenos a ella. ¿Sería muy

alocado pensar, por ejemplo, en

una serie de oenegés “filantrópicas”

que vinieren a instalarse en un

territorio determinado con el fin de

oficiar por ejemplo de guardianas

de los “valores occidentales” o los

“derechos humanos”? Sea como

fuere, aunque el ejemplo no sea

preciso ni tenga asidero demostrable

en la realidad, lo cierto es que

en la etapa de la desmoralización

agentes exógenos a la comunidad,

que pueden ser intelectuales,

hombres de las artes, estudiantes

de intercambio u organizaciones sin

fines de lucro se ocupan de insertar

ideas ajenas a la idiosincrasia de la

población original.

Así, por ejemplo, aunque no sea

posible hacer un enlace con la realidad

fáctica, puede arribar la noción

importada de alguna práctica tabú

entendida como deseable, esperable

o incluso como un derecho

humano fundamental. Los agentes

de la subversión operan de ese

modo, introduciendo modelos ideales

que no resultan naturales a una

sociedad para que esta reaccione e

iniciar el lento proceso de la disgregación

social que hasta el arribo de

la ideología foránea parecía lejano.

Una vez encendida la chispa,

los agentes pasan a un estado de

latencia, a la espera de la siguiente

etapa en la que sostendrán un rol

activo. Por ahora se mantendrán

dormidos, pues bien es sabido que

cuando el enemigo se equivoca lo

mejor es dejarlo hacer.

Es necesario, entonces, e indispensable

que una comunidad se

encuentre abierta a la penetración

de agentes externos a ella para que

tenga lugar el proceso de subversión.

Una comunidad cerrada

no resulta pasible de subversión

sencillamente porque no permite

el ingreso de agentes subversivos

o porque, aún permitido este, una

cultura fuerte los expulsa de hecho,

esto es, no permite que las ideas

exógenas se arraiguen y tomen

cuerpo al interior de la comunidad.

Una sociedad abierta será permeable

a la infiltración al interior de las

instituciones que moldean la vida

de los seres humanos (la familia, la

escuela, la religión, el sistema de

relaciones laborales, la administración

política del Estado y el sistema

de justicia) por parte de agentes

de la subversión que introducirán

propaganda a favor de la ideología

que estos deseen implantar.

Esta propaganda promoverá el reemplazo

de la religión por otras formas

de la “espiritualidad” importada

o enlatada, instigará al sistema

educativo a priorizar saberes fútiles

por sobre la enseñanza pragmática,

instalará en la agenda familiar discusiones

laterales que erosionarán

las relaciones sociales promoviendo

inquietudes falsas, a menudo mediadas

por cuerpos burocratizados

Cuando penetra en culturas como las de nuestra América Hispana y la de Brasil, la ideología

de género como valor occidental posmoderno e instalada como “derecho humano” se

presenta en la forma de guerra santa. Al provocar la reacción de la cultura, la ideología de

género asume la identidad de la guerrilla urbana y se plantea en esos mismos términos, que

son los de la subversión. Y efectivamente la ideología de género es subversiva, aunque no

para subvertir al poder: la ideología de género es el uso político de esas cuestiones para

fines que nada tienen que ven con el género, sino con la destrucción del tejido social.

7 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


u organizaciones controladas no por

la sociedad civil sino por una élite

local preocupada más por sus salarios

que por el bienestar general.

O sea que a lo largo de la fase de la

desmoralización de una sociedad

el ejercicio de la desmotivación y la

arenga del conflicto están principalmente

conducidos por los medios

masivos de comunicación a los que

en la actualidad les podemos sumar

las redes sociales como agentes de

la subversión cuya labor resulta más

evidente cuanto más receptiva sea

la comunidad que las utiliza.

A la desmoralización de la sociedad

civil sobrevendrá la paulatina

erosión de la estructura de poder

por parte de grupos o cuerpos a

quienes nadie eligió y que no poseen

la calificación ni la voluntad

popular a su favor, y la consecuente

desconfianza de parte de la población

hacia el Estado como institución,

la política como instrumento

de la transformación social y los

agentes de la “ley y el orden” como

auténticos auxiliares de la justicia.

El resultado natural de la desmoralización

es precisamente el relativismo

moral y la apatía de la sociedad

respecto de todo esquema de poder

institucional.

Así, en unos quince o veinte años,

o en el tiempo que lleva educar a

una generación dentro del sistema

escolar, será posible instalar en el

esquema de valores de un grupo

elementos desconocidos, con el objeto

de provocar conflicto allí donde

antiguamente reinaba la paz y en

definitiva facilitar que la comunidad

en cuestión comience a trastabillar

en sus contradicciones internas.

Se trata, decía Bezmenov, de una

operatoria similar a la del judoca

que aprovecha la fuerza del envión

del oponente para desestabilizarlo

y conducirlo hacia una caída estrepitosa.

Y precisamente la segunda etapa

del proceso de subversión lo constituye

la desestabilización, que se

extiende alrededor de unos cinco

años y consiste en el debilitamiento

de los vínculos sociales fruto de

las grietas surgidas al interior de

la estructura social durante la fase

de desmoralización. A lo largo de

esta segunda etapa, las partes que

componen a una comunidad no

son capaces de relacionarse bajo

ningún concepto a menos que medie

un conflicto. Se trata entonces

de un proceso de radicalización de

las relaciones sociales, a menudo

rayana en la judicialización de cada

una de las situaciones cotidianas

de conflicto social. En este punto,

los medios de comunicación van a

radicalizar su postura de antagonistas

respecto de las demandas de la

sociedad, alienados y separados de

esta, exacerbando el conflicto social

y conduciendo hacia la desazón

El húngaro George Soros, el gran subversivo. Para constituir su oenegé Open Society (literalmente “sociedad abierta” en inglés), Soros se

basó en la filosofía expresada por Karl Popper en ‘La sociedad abierta y sus enemigos’ para sostener la idea de que las sociedades deben

abrirse a lo que llega desde fuera para ser mejores. Y así Soros va “abriendo” las sociedades “cerradas” en todo el mundo para que en ellas

puedan penetrar ideologías que van a subvertir los valores ordenadores de esas sociedades y las van a fragmentar. La jugada de largo aliento.

8 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


generalizada.

Además, a lo largo de esta fase

van a despertar los “durmientes”,

o sea, los agentes de la subversión

que se habían mantenido en reposo

a lo largo de todo el desarrollo de

la fase de desmotivación, no bien

lograron instalar en agenda las

ideas propias de su ideología foránea.

Ahora los subversivos estarán

ocupando lugares clave como figuras

prominentes de cualesquiera

ámbitos que los hubieran acogido

y desde allí encabezarán la tarea

de desestabilizar a la comunidad

movilizándola en sentido opuesto a

sus valores y costumbres tradicionales.

Los subversivos pueden ser

políticos prestigiosos, artistas de

renombre, líderes de organizaciones

de defensa de los derechos de los

unicornios, etcétera. Lo fundamental

de su labor es que son capaces

de traccionar parte de la voluntad

de la comunidad en sentido opuesto

al habitual, de manera de generar

colisiones y precipitar la crisis.

Esta resulta siendo la tercera

etapa del esquema, pues cuando la

comunidad ya no puede funcionar

de manera productiva y finalmente

colapsa, sobreviene la crisis. En el

ejemplo del judoca, pues, la crisis

sobrevendría cuando el oponente,

embalado en el ímpetu de su

embestida, finalmente se estrella

contra el piso impulsado por su

propio peso. La crisis entonces es

el momento más bajo del conflicto

social, en el sentido no de la resolución

de las diferencias sino precisamente

por lo contrario, la grieta

se ha ensanchado tanto que solo

existen dos orillas que se miran con

recelo y no se tocan, mientras en el

medio la nada —la anomia— impera.

Ante ese panorama, las únicas

salidas parecieran ser la guerra civil

impulsada desde dentro por una “izquierda

radical” o la resolución del

problema “por arriba”, a través de

La pareja de subversivos Sergio Massa y Malena Galmarini, en la nómina de “aliados” a

sueldo de la Open Society en Argentina. La alianza matrimonial entre los Massa y los Galmarini

fue cooptada por los poderes fácticos y puesta a trabajar por la fragmentación del

país mediante la destrucción de la cultura nacional. Así es como esta familia de dirigentes

abraza y promueve la ideología de género, el aborto y cuanta expresión contracultural que el

poder dicte para ensanchar la grieta y avanzar hacia la desintegración. Sin todo el dinero y el

prestigio que tiene, la familia Massa Galmarini sería considerada por el sentido común como

de vulgares delincuentes.

la invasión directa del territorio por

parte de la potencia subversiva, que

había venido frotándose las manos

con fruición por años, a la espera

de ver a su enemigo de rodillas y en

total indefensión.

Lo trágico del asunto es que,

hastiada e incluso diezmada por

las luchas intestinas, en ocasión de

la crisis la comunidad va a pedir a

gritos por la venida del salvador mesiánico,

ese que dará pie a la etapa

de normalización, la última del

esquema, durante la que tiene lugar

la subversión en sí propia, esto es,

la cristalización del proceso que se

ha venido gestando a lo largo de por

lo menos unos veinte o veinticinco

años. Al final del proceso, la nación

que era libre pasa a ser dependiente

y todo ello sin que la metrópoli

subversiva haya tenido por qué

detonar una sola bomba, acaso sin

siquiera revelar su faz como potencia

hegemónica, tal es la forma más

perfecta de la hegemonía.

Pensemos en una potencia nacional

—o, por qué no, supranacional—

que tenga intenciones de subvertir

a las naciones para que estas se

sometan “libremente”. Podríamos

afirmar con toda certeza que es el

sueño de la élite global y posiblemente

podríamos aventurarnos a

realizar afirmaciones arriesgadas

como que precisamente las naciones

dependientes, incluida la

Argentina, están siendo parte de un

proceso de subversión que se propone

instalar al globalismo como

ideología hegemónica para que los

pueblos entreguen su soberanía, su

independencia y su identidad cultural

de manera “voluntaria”. Se trata

claramente de un suicidio inducido,

cuya preparación tarda en cocerse

aunque el botín resulta demasiado

apetecible como para no tener

paciencia. Uno de los rasgos más

salientes del poder es su capacidad

para esperar, sobre todo si a cambio

de la espera el premio se habrá

acrecentado.

Pero no todo está perdido, aún el

9 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


A nivel global, la adolescente sueca Greta Thunberg es un ejemplo de ariete del poder por

antonomasia para la introducción de ideologías ajenas a las culturas nacionales en esas

mismas culturas para su posterior destrucción y desintegración de las comunidades que en

ellas se fundan. El trabajo de Thunberg es armar grietas sobre asuntos ecológicos y sumar a

la división en los países en desarrollo. Thunberg, aunque un títere de fuerzas que ella misma

ignora, es una subversiva.

viejo Bezmenov advertía que la subversión

se puede revertir, aunque

al igual que en las enfermedades

cancerosas, la detección temprana

garantiza una cura. Cuanto antes

una población tome nota de estar

siendo víctima de la ingeniería social

y obre activamente para extirpar

los elementos contaminantes, más

reversible será el proceso. Pero la

tarea es ardua y es activa, una sociedad

agrietada cuyas esferas de

poder se encuentren cooptadas por

la infiltración subversiva difícilmente

logre salir del atolladero si no se

planta en defensa de sus principios.

Pero, ¿cuáles principios? Bezmenov

hablaba de una religión fuerte como

único medio para revertir el proceso,

podemos pensar en una cultura,

una doctrina fuerte, un elemento

aglutinante de la sociedad que

oficie de barrera de contención para

las ideologías foráneas.

En la etapa de desmoralización

la reversión es tan sencilla como

recostarse en los valores supremos

de la cultura, la familia y la tradición

religiosa de la comunidad. El

Estado debe mediar las relaciones

entre los individuos, pero también

los vínculos económicos, las relaciones

laborales y la codicia de las

empresas. En la etapa de desestabilización,

la sociedad civil pero

también el Estado deben identificar

a los agentes de la subversión y

expulsarlos de la nación, aún a costo

de restringir algunas libertades

individuales. Resulta fundamental

que las minorías desestabilizadoras

no obtengan poder político, revertir

la desestabilización implica el rol

activo de líderes positivos de la comunidad

que adviertan acerca de la

importancia de arribar a acuerdos

sociales y promover el autocontrol.

Pero, una vez más, la etapa más

fácil de retroceder es la primera,

evitar la desmoralización es tan

simple como restringir la importación

de propaganda. ¿Significa

esto promover un nacionalismo

de campanario? No, simplemente

significa que cada individuo pueda

interiorizar los valores supremos de

una fe aglutinante de manera tal de

no resultar permeable, de no constituir

una masa en disponibilidad

para ser cooptada por la ideología

foránea. Es preciso entonces, para

que la subversión no cuaje, devolver

a un pueblo la fe, una fe que amalgame

a la sociedad, la gobierne y la

preserve de la penetración. Resulta

imperioso brindar a los pueblos un

elemento inmaterial que movilice su

espíritu y los ayude a sobrevivir a los

tiempos de dificultades. En la década

de 1970 treinta mil argentinos

murieron perseguidos por su condición

de “subversivos”, aunque será

materia de debate quiénes eran los

subversivos en ese contexto.

Lo innegable es que, a pesar de la

persecución, la injusticia, la ignominia

y el terror, los detenidos-desaparecidos

morían en la dignidad de

la lucha, embanderados detrás de

una causa superior a ellos mismos.

Para evitar el proceso de subversión,

nos explicaba Bezmenov, hace

falta la fe, no es necesario disparar

una sola bala. Tan solo basta brindarle

a un pueblo algo supremo en

lo que creer, algo que defender, por

lo que valga la pena luchar hasta

dar la vida por ello. “Nadie es capaz

de sacrificar su libertad ni su vida

por un hecho tal como que dos más

dos es cuatro” —nos advertía Bermenov—

pero sí, agregamos, por la

fe popular en la justicia social.

10 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


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11 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


OPINIÓN

El poder existe y un

callejón sin salida

ERICO

VALADARES

A

medida que chocan y van

destrozándose contra la

realidad todas y cada una de

las esperanzas inicialmente

existentes entre los de abajo

en el gobierno de Alberto Fernández

y la base electoral dura del

kirchnerismo empieza a percatarse

de que el profesor de leyes no vino

realmente a cumplir lo que demagógicamente

había prometido durante

la campaña, una inquietud se forma

y se reitera entre la militancia y los

simpatizantes de lo nacional-popular,

lo que en la Argentina hoy es

el llamado kirchnerismo: ¿Por qué

fue Alberto Fernández el elegido por

Cristina Fernández como candidato

titular en su lista para las elecciones

de octubre de 2019? Y aún

más: ¿Acaso Cristina no sabía a qué

venía ese compañero de fórmula

elegido?

Ambas preguntas están muy mal

formuladas al partir de supuestos

que son falsos. Es muy poco probable,

prácticamente imposible que

Cristina haya elegido a Alberto para

derrotar a Mauricio Macri, ganar las

elecciones generales y gobernar el

país. Por otra parte, suponer que la

conductora de uno de los movimientos

políticos populares más grandes

12 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


del planeta no sabe a quién elige

para formar en una lista es directamente

delirante. Cristina Fernández

tiene que tener y de hecho tiene a

su disposición la suficiente información

para saber exactamente quién

es quién dentro e incluso fuera del

movimiento que conduce, puede

acceder y accede a la información

detallada hasta del último candidato

a concejal en cualquier pueblito

del interior, si quiere. Ambos cuestionamientos,

como se ve, se basan

en premisas que por lógica no

pueden ser verdaderas, están mal

formuladas y no conducen a ninguna

parte.

Por lo primero, la obviedad ululante:

en ninguna circunstancia una

personalidad como Cristina Fernández

escogería a un siniestro operador

del poder fáctico de tipo económico

como Alberto Fernández para

formar parte lo que fuera, menos

que menos para presentarlo como

candidato titular a la presidencia

en una lista suya. La nominación,

digámoslo de esta manera, de

Alberto Fernández como candidato

a la presidencia en la lista ganadora

no podría resultar de la voluntad

de Cristina Fernández, salvo que

esta no estuviera en sus cabales

o que mediaran allí intenciones

ocultas, ambas opciones muy poco

probables. Y para saber que eso es

así el atento lector solo tiene que

tener dos informaciones de público

y notorio conocimiento. La primera

es esa personalidad tan particular

que es la de Cristina Fernández,

una personalidad memoriosa que

no perdona ni olvida, sobre todo

cuando de traiciones se trata. La

segunda es la biografía de Alberto

Fernández, o su trayectoria errática

en la política. En posesión de

esas informaciones y con el uso del

método hipotético-deductivo, de la

lógica más elemental, será posible

ya comprender con muy poco margen

de error qué hay aquí.

Será posible entonces comprenderlo

sin la necesidad de entrar

todavía en los detalles de por qué

Cristina Fernández no pudo elegir a

su candidato, siendo ella la primera

electora al tener un caudal de votos

propios superior al de cualquiera

de sus rivales, ni tampoco preguntarse

aún quién en realidad puso a

Alberto Fernández como cabeza de

la lista del Frente de Todos en las

elecciones de octubre del 2019. Estas

dos cuestiones van a resolverse

cuando resolvamos en la presente

edición de esta Revista Hegemonía

el problema del pacto hegemónico,

aunque desde luego la respuesta

está a la vista: la elección de Alberto

Fernández es el resultado

lógico de dicho pacto, es la materialización

de una manera de hacer

política que hoy es predominante en

nuestro país.

Lo importante, lo esencial para

comprender ahora está en la respuesta

a la siguiente pregunta, esta

sí mucho más esclarecedora: ¿Por

qué Cristina Fernández, teniendo

el caudal electoral más importante

de la política nacional, no encabezó

directamente las listas ella misma

en el lugar de candidata a presidenta?

Esa fue efectivamente la pregunta

que muchos se hicieron aquel

sábado 18 de mayo por la mañana,

cuando la entonces senadora de la

Nación anunció en las redes sociales

con un video de unos diez minutos

la sorpresiva fórmula electoral.

“¿Por qué no va ella misma como

candidata? ¿Por qué postula a otro

y se coloca en el lugar subalterno —

aunque estratégico, como se sabe—

de vicepresidenta?”.

Así pensamos todos ese día, entre

la estupefacción y la sorpresa de un

anuncio que nadie parecería haber

visto venir. Pero el tiempo pasó, la

campaña se puso en marcha y pron-

La dupla Fernández-Fernández, fórmula ganadora de las elecciones de octubre de 2019 que

puso fin al gobierno de Mauricio Macri, aquí en el acto de asunción de mandato. Si bien algunos

ya sospechaban que algo no era como se presentaba públicamente, no fue sino hasta

que Alberto Fernández empezó a mostrar la real orientación de su gobierno que se encendieron

las alarmas. Y hoy las cartas están casi todas sobre la mesa.

13 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Cristina Fernández, en un multitudinario acto realizado en el estadio de Racing Club de cara a las elecciones de medio término del año 2017.

Con Unidad Ciudadana se llevó a cabo la prueba definitiva para conocer la verdadera proporción del caudal electoral cristinista: sin hacerse

acompañar más que por leales del propio riñón, Cristina Fernández demostró que seguía siendo la primera electora de la política nacional. El

poder tomó nota y luego actuó en consecuencia.

to ya nadie se acordó de preguntarse

por la naturaleza de aquella

fórmula electoral estrambótica. Por

una parte, un candidato titular que

había sido expulsado del gobierno

de su ahora candidata a vicepresidenta

al romperse el acuerdo

coyuntural de dicho gobierno con

el Grupo Clarín, del que el ahora

titular siempre fue un operador y un

lobista. Por otra, la extravagante

asignación del puesto de vice a la

que jamás había sido segunda de

nadie. La famosa fórmula Fernández-Fernández

era eso mismo y

sigue siéndolo, un verdadero aborto

de la naturaleza, un ordenamiento

patas arriba cuya inviabilidad no se

le escapa al más despistado de los

observadores.

Así y todo la asimilación fue rapidísima

y en cuestión de días, para no

decir horas, ya nadie cuestionaba la

fórmula. Los que la apoyamos nos

pusimos la camiseta con alegría

mientras los detractores volvían a

la repetición irreflexiva del discurso

macrista, hegemónico en el campo

de lo que ahora es la oposición y

entonces era gobierno. Ya nadie

sospechó de aquello que en ese

momento fue calificado como una

“jugada estratégica maestra” y, por

el contrario, fue suficiente la explicación

del techo electoral cristinista

para satisfacer las inquietudes. Es

sabido que Cristina Fernández tiene

uno de los niveles de imagen negativa

más altos entre los dirigentes

políticos de la actualidad, en gran

parte gracias a la intensa y prolongada

campaña mediática de difamación

contra su figura.

De haber sido candidata, Cristina

Fernández habría tenido alrededor

de un 30% de los votos, coincidiendo

con el núcleo duro kirchnerista

que dice estar dispuesto a acompañarla

en cualquier circunstancia,

pero no mucho más que eso.

Y entonces sus votos habrían sido

insuficientes para alcanzar el 45%

mínimo necesario para ganar las

elecciones en una primera vuelta

sin someterse a un ballotage en el

que podría ser derrotada por un hipotético

“efecto Le Pen”, o la unión

de todos los demás en contra de un

mal que consideran ser el mayor. He

ahí aquella explicación ofrecida por

los analistas en mayo de 2019, al

momento de anunciarse la lista del

Frente de Todos y la propia composición

de dicho frente. Por eso,

Cristina Fernández supuestamente

habría necesitado de una alianza

con un candidato que le aportara

los votos que faltaban y ese candidato,

como se ve, fue Alberto Fer-

14 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


nández.

Eso nos conduce al primer nudo de

la cuestión, que es la incontrastable

realidad de que Alberto Fernández

simplemente no tenía votos.

El atento lector ciertamente sabrá

que, además de haberse desempeñado

como lobista, operador entre

bambalinas, profesor universitario

y jefe de Gabinete en un gobierno

de otros, los pergaminos políticos

de Alberto Fernández son escasos

o más bien inexistentes. Fernández

jamás ganó una elección en su

vida y solo ocupó brevemente una

banca de legislador de la Ciudad de

Buenos Aires —en rigor, de concejal—

porque ingresó por la regla

de proporcionalidad en una lista

perdedora, la de Domingo Cavallo

en las elecciones del año 2000. Lo

único que siempre hizo fue reptar en

la política detrás de la escena, operando

aquí y allí como un verdadero

lobista. Alberto Fernández no es un

dirigente político, sino más bien un

operador entre los muchos que hay

en todas partes, lo que ya serviría

para empezar a explicar su total

incapacidad para gobernar.

Alberto Fernández es inexistente

como dirigente político hoy, a

catorce meses de haber asumido

como presidente de la Nación, lo

que hace suponer correctamente

que era mucho menos que eso en

mayo de 2019, cuando fue elegido

para encabezar las listas del Frente

de Todos. ¿Por qué, entonces, fue

Alberto Fernández el encargado de

sumar los votos que él mismo no

tenía en primer lugar? No parecería

ser una opción muy lógica y, efectivamente,

no tiene ningún sentido si

la premisa es sumarle votos a una

coalición. Alberto Fernández no

suma ningún voto y es evidente que

no lo pusieron allí para que lo haga.

La respuesta tiene que estar en otra

parte.

Es también sabido que en su

errática trayectoria como operador

y lobista del poder, además de un

cavallista ideológicamente convencido,

Alberto Fernández siempre fue

un empleado de Héctor Magnetto.

De hecho, al pactar el gobierno de

Néstor Kirchner con el Grupo Clarín

con el objetivo de contrarrestar la

presión de la oligarquía nucleada

en el Diario La Nación —quienes ya

le habían picado el boleto a Kirchner

a pocos días de asumir la presidencia

en el año 2003—, Alberto

Fernández fue inmediatamente

ubicado en la Jefatura de Gabinete

a modo de garantía de cumplimiento

de lo acordado entre Magnetto y

Kirchner. Eso no es secreto para nadie,

ni siquiera un secreto a voces.

Es un hecho conocido de la realidad

y simplemente es algo que no se

dice porque ni Kirchner ni Magnetto

estarían demasiado orgullosos hoy

de aquel pacto suscrito, nadie saca

a la luz el rol de Alberto Fernández

como hombre de Magnetto en el gobierno

de Kirchner porque a nadie le

interesa, pero es la verdad.

El ultranacionalista francés Jean-Marie Le Pen, aquí junto a su hija y heredera política, Marine.

Le Pen fue durante muchos años el conductor del Frente Nacional de Francia sin poder

jamás acceder al poder político en el Estado en virtud del efecto que, precisamente, lleva su

nombre: la unión de todos los demás sectores de la política en un ballotage contra el que

comúnmente se considera el mayor de los males. Le Pen tenía un piso de votos muy duro y

un techo aún más duro, irrompible. He ahí el “efecto Le Pen”, una historia y un legado que su

hija intenta no continuar.

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Una bella pieza promocional del film ‘El Padrino’ y en alusión la brillante definición del odio

al enemigo como impedimento para el buen juicio. Mario Puzo describe magistralmente la

política y el poder en general en su obra, la que debe leerse en clave maquiavélica.

Alberto Fernández fue el candidato

titular de la lista ganadora y es hoy

en consecuencia el presidente de la

Nación porque el poder existe. Y si

el poder existe, entonces todos los

que no lo tenemos estamos desde

el vamos limitados por la voluntad

del poder, esto es, por los intereses

de los verdaderos poderosos del

mundo. El poder existe y no perdona

ninguna ofensa, pero no por ninguna

naturaleza vengativa del poderoso

ni mucho menos: el que tiene

el poder lo tiene fundamentalmente

por ser inteligente y saber que lo

personal no es político, que no conviene

personalizar la lucha ni odiar

al enemigo. “No odies a tu enemigo,

eso te afectará el juicio”, explicaba

Mario Puzo en El Padrino, esa monumental

descripción del poder y

de las tesis de Maquiavelo. El poder

no perdona una ofensa en su contra

por una cuestión de disciplina, de

sentar el ejemplo futuro y disuadir a

potenciales díscolos.

Un buen ejemplo actual de ello es

la interminable persecución judicial

contra Amado Boudou. Boudou es

un buen economista, un hombre

leal y un potencial dirigente con

mucho carisma y con pasión por el

trabajo, pero no es mucho más que

eso. Bien observado, Boudou está

en una segunda línea por detrás de

los grandes de la política, nunca se

le dejó avanzar. ¿Y por qué? ¿Por

qué tanta saña del poder contra un

individuo que aún no llegó y probablemente

nunca llegue, por lo que

veremos, a ser uno de los principales

arietes de lo nacional-popular?

La explicación más frecuente da

cuenta de que Boudou había sido

el elegido de Cristina Fernández

para encabezar la continuidad en

las elecciones del año 2015, que

finalmente se perdieron con Daniel

Scioli como candidato, por lo que

el poder lo habría destruido preventivamente

para romper esa continuidad,

pero es poca explicación.

De ser así, el poderoso solo tendría

que dedicarse a matar cuadros del

enemigo mientras aún están en

ciernes. No es que no lo haga, las

operaciones contra los que asoman

la cabeza de modo promisorio por

parte del poder son reales, aunque

no alcanzan para entender el caso

Boudou.

Amado Boudou cometió un pecado

mortal desde la óptica del poder

fáctico de tipo económico y, al

cometerlo, se metió en un callejón

sin salida. Boudou fue el artífice de

la recuperación de los multimillo-

16 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


narios fondos que habían estado en

la timba de las Administradoras de

Fondos de Jubilaciones y Pensiones

(AFJP), destruyendo en un acto un

pingüe negocio de los ricos, entre

los que estaba el propio Héctor

Magnetto con el Grupo Clarín y muchos

otros poderosos reales. Claro

que Magnetto y sus congéneres no

le tienen mucha estima a Boudou

por lo que hizo, han perdido una

millonada ahí. Pero la persecución

contra Amado Boudou no responde

a ninguna vendetta ni nada por el

estilo, sino a la necesidad de disciplinar

a los dirigentes políticos con

el ejemplo para que en el futuro a

nadie se le ocurra golpear otra vez

en el centro de los intereses de los

ricos. Es todo cálculo, no hay resentimientos.

“En barrio de ricachones”,

decía un famoso golpeador de

ricos mediante el vulgar delito, “sin

armas ni rencores, es solo plata y no

amores”.

He ahí que pocos individuos en la

historia argentina les han hecho

tanto daño a los intereses de los

de arriba como Cristina Fernández,

hay pocas coyunturas como la de

su gobierno, coyuntura en la que se

golpeó fuertemente contra el núcleo

del negocio eterno del poder.

Y entonces es lógico que Cristina

Fernández se haya metido, al igual

que Boudou y todavía mucho más

adentro, en un callejón sin salida.

La actual vicepresidenta de la

Nación está desde ya condenada

a nunca más tener paz en su vida,

será perseguida hasta el último de

sus días y tendrá la certeza de que

esa persecución continuará contra

sus hijos y hasta contra sus nietos,

si es que estos se animan a decir

una palabra sobre lo público. Ya le

han dictado sentencia, una sentencia

fáctica dictada por un poder que

no es temporal. Cristina Fernández

fue condenada por un poder que

nunca se acaba ni se presenta a

elecciones.

Lo pagará con el cuerpo el individuo

Cristina Fernández, por supuesto,

aunque la condena no es al

individuo, sino a lo que representa.

Que el infierno de Cristina Fernández

sea eterno servirá para disciplinar

a los demás —o al menos así lo

espera el poderoso— y para que no

vuelva a existir otra Cristina Fernández

en la política argentina. Ese es

el callejón sin salida en el que se

meten los que osan desafiar al que

puede: aun años y décadas después

de finalizada su obra el castigo

persigue, no hay forma de evitarlo ni

hay clemencia. No se puede ir para

adelante y tampoco para atrás, no

se les permite a los atrevidos retractarse

ni retirarse. Tienen que seguir

allí para siempre pagando por el

daño que les hicieron a los que no

admiten que nadie les inflija daños.

Tienen que seguir y seguir el juego

hasta el último día, no hay posibilidad

de retiro. Y acá está la clave

para empezar a comprender por

qué es presidente Alberto Fernández

aparentemente de la mano de

Cristina Fernández de Kirchner.

“Con Cristina sola no alcanza y sin

Cristina no se puede” es una máxima

válida no solo para un sector de

la política, que es el propio, sino

para la política argentina como un

todo. No había forma de construir

un gobierno estable en las elecciones

de octubre de 2019 sin ella y el

poder siempre supo que eso era así.

Por eso sigue Cristina Fernández,

aunque realmente no sigue más

que tratando de levantar su propia

proscripción. De ahí el pacto hegemónico,

del que la gran atrevida es

más bien rehén que signataria. Pero

esas ya son cuestiones para tratar

en profundidad y en las páginas de

la presente edición de febrero de la

Revista Hegemonía, que el atento

lector tiene en sus manos.

Amado Boudou, marcado por el poder como ejemplo de disciplina que se quiere imponer.

Boudou deberá quedar en la memoria de las próximas generaciones de dirigentes políticos

argentinos como el que se atrevió a cruzar un límite prohibido y por eso fue castigado con

una persecución eterna. Y lo mismo vale, aun con más intensidad, para Cristina Fernández

de Kirchner, la atrevida por antonomasia.

17 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


FILOSOFÍA POLÍTICA

Alberto, Xuxa y cómo

hacerle el juego a la derecha

DANTE

PALMA

Dado que estos son tiempos

donde todo hay que aclararlo,

digamos lo obvio: criticar al

actual gobierno no significa

equipararlo con el gobierno

anterior. Es que la administración

Macri, junto a los dos años de

Fernando de la Rúa, han sido, sin

dudas, los peores gobiernos desde

el regreso de la democracia con el

agravante de que el primero recibió

un país con dificultades, pero infinitamente

mejor que el que recibiera

De la Rúa. Dicho esto, no acuerdo

con la idea de que diferir con un

conjunto de políticas y prácticas

del gobierno de Alberto Fernández

sea hacerle el juego a la derecha tal

como advierten muchos usuarios de

redes devenidos estrategas políticos.

Dejemos, entonces, la razonable

responsabilidad del silencio

para los funcionarios y tratemos de

pensar juntos. Que la autocensura,

abundante y naturalizada en tiempos

de escraches, trolls y cancelaciones

a la carta no nos gane la

partida.

El desempeño del gobierno en

estos casi 14 meses no cumplió con

las expectativas de los votantes del

Frente de Todos. Pero pongamos

aquí dos asteriscos: el primero,

18 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


naturalmente, está vinculado a

que cualquier análisis deberá ser

matizado por la situación de la

pandemia; el segundo, futurología

mediante, afirmará temerariamente

que, aun con los propios votantes

disconformes y una sociedad que

al no poder enojarse con un virus

se va a enojar con el gobierno de

turno, es probable que las elecciones

de este año sean ganadas

por el oficialismo. En este sentido

la lógica de la grieta ayuda pues

persiste en el votante de Alberto la

idea de que “antes que a Macri lo

voto a Alberto”. Insisto, salvo algún

cisne negro, esa lógica prevalecerá

y la dispersión natural de votos de

las elecciones de medio término no

alcanzará para que el oficialismo

pierda, máxime cuando es probable

que más dispersa esté la oposición.

Y, sin embargo, no hay ninguna

medida económica estructural que

haya favorecido a las grandes mayorías

de modo que esa porción volátil

del electorado que puede votar a

Macri y a Alberto de una elección

a otra, en algún momento pasará

la factura como se la pasó a Macri

mientras esperaba los brotes verdes.

Quizás un milagro evite un colapso

sanitario en el primer semestre

y los pronósticos de rebote de

la economía traigan algo de alivio.

Eso sí: estará en el gobierno lograr

que ese rebote sea redistribuido y

no sea capitalizado por el grupo de

siempre a través de la inflación.

Dejando de lado discusiones no

menores acerca de socialdemocracia,

peronismo, etc., quizás lo

más saliente sea la forma que tiene

el gobierno de entender el poder y

que reproduce a nivel país la lógica

de la necesidad de estabilidad del

Frente. Dicho más fácil, Alberto y

el Frente parecen haber entendido

que si el espacio no se quiebra será

posible sostenerse en el gobierno.

Para que eso suceda se intenta

mantener a todos los componentes

satisfechos con cargos, presupuestos

y, por qué no decirlo, en algunos

casos, kioscos. Para ser justos, es lo

que ha sucedido siempre con distintos

gobiernos. Pero el elenco estable

parece intocable. Los funcionarios

que no funcionan permanecen

en el poder y cuando finalmente

se van se “les paga” con muy buenas

alternativas que hasta pueden

incluir embajadas, etc. Esta lógica,

trasladada a nivel país, supone

intentar que nadie se enoje demasiado

y en la práctica esto lleva a un

gobierno de Xuxa, “un pasito para

adelante y un pasito para atrás”: se

impulsa un acuerdo porcino y nos

sacamos una foto diciendo “No al

acuerdo porcino” mientras esperamos

que Paul McCartney proponga,

al país de la carne, un lunes vegano;

aborto sí, pero con ley de los 1000

días; Vicentín sí, pero al final no;

controlamos el maíz porque la mesa

de los... pero al final tampoco; del

“somos el gobierno de la vida, métanse

todos adentro” a mirar para

otro lado porque hay que impulsar

la economía e ir a la escuela por

más que haya más muertos que antes.

Los decretos son solo sugerencias,

la necesidad es contingente y

la urgencia relativa. A las restricciones

horarias no se las debe llamar

“toque de queda” porque suena a

viejos tiempos y nuestra concepción

del poder nos dice que ya nada se

La idea de la grieta, que ha penetrado profundamente en la cultura del pueblo argentino.

Todos hablan de la grieta y hasta obras de teatro veraniego de parodia se hacen para seguir

dando vueltas alrededor del asunto. Y entonces la grieta existe, es lo que sostiene la unidad

en ambos lados opuestos: por miedo al triunfo del otro, los unos son capaces incluso de

autocensurarse y de padecer en silencio la penuria.

19 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


La vuelta a las aulas, que el gobierno de Alberto Fernández ha autorizado para “darles de comer”

a los dirigentes de la oposición que quisieron hacer de ello una bandera. Una cuestión

de decir que sí a todo y “después vemos”.

puede imponer, porque en el modo

progresista de entender el poder los

gobiernos acaban siendo gobiernos

de la impotencia cuando no de la

incompetencia. Comunicacionalmente

los errores abundan, lo cual

no quiere decir que todo se reduzca

a un problema de comunicación. A

veces fallan las políticas y encima

se comunican mal. Estigmatizamos

a 6-7-8 y la ley de medios para, a

cambio de ello, llevar a Robertito

Funes Ugarte a la TV Pública y continuar

con el esquema de distribución

de pauta a medios que, como pocas

veces, militaron la zozobra, el terror

y la desinformación jugando con la

vida de la gente.

Se habló de un gobierno de científicos

cuando la gente votó un

gobierno de políticos. Claro que es

bueno que los políticos se rodeen

de los que saben. Pero que gobierne

la política. Los técnicos, sean de

Bunge y Born o sean de la facultad

de Sociales, son técnicos. Y la pobreza

no se soluciona, sigue aumentando,

por más que la performatividad

del lenguaje nos quiera hacer

creer voluntaristamente que todo se

reduce a un problema del decir.

Justamente, conectando estos

últimos puntos, hay una escuela de

asesores que trasciende a este gobierno,

claro, pero que ha instalado

que siempre hay que dar “buenas

notis”, un decirle que sí a todo. ¿Los

medios te instalaron que hay que

abrir las escuelas, más allá de si es

sensato o no y más allá de por qué

las razones que se esgrimían antes

no sirven para este momento? No

importa, deciles que sí. Después

vemos. Antes que nos gane Larreta

con su blindaje, decí todo que sí.

“Vamos a vacunar 10 millones de

personas entre enero y febrero”. No

hace falta ser médico ni funcionario

para darse cuenta que Argentina,

aun si las vacunas hubieran llegado

en tiempo y forma, no hubiera

tenido la capacidad de hacer eso.

Si esos 10 millones de personas

recibieran las dos dosis habría que

vacunar más de 300.000 por día.

No pudieron ni vacunar 300.000 en

un mes. Pero no importa: vos decí

que sí. ¿Y si vacunamos a 10 millones

con una dosis? Tampoco se va a

poder, pero vos decí que sí. Es siempre

una suerte de gobierno feliz en

un mundo feliz. Si rinde, ponete al

frente. Pero cuando solo queda dar

malas noticias, borrate. Alberto y

su dificultad para delegar no suelen

hacer caso. Pero finalmente el presidente

pareció entender. Nótese, si

no, la comunicación de la pandemia

lo que ha sido. Quizás tengan razón

esos asesores, por supuesto, pero

no deja de sorprender el modo en

20 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


que el ejercicio del poder dinamita

las popularidades a la misma

velocidad con la que se vive. Cuatro

años de un gobierno son casi anacrónicos

para la lógica del apuro, el

vértigo y la ansiedad. Los tiempos

de las democracias republicanas no

son los del capitalismo financiero ni

los de la cultura del descarte.

En 2020, la tibieza del gobierno

le quitó la posibilidad de hacer lo

que hacen los gobiernos liberales:

una política de shock en momentos

de zozobra. No modificó sustancialmente

ni el mapa de medios, ni

la concentración económica, ni el

sistema de salud, ni el comercio exterior,

ni el sistema energético, ni la

estructura tributaria, etc. y especialmente,

en lo que respecta a la justicia,

probablemente lo va a pagar

de manera directa. De hecho, intuyo

que por allí intentará la oposición

fracturar al gobierno. Porque fracturar

la coalición no es condición

necesaria pero sí suficiente para

volver al poder. Y lo hará, probablemente,

llevando al gobierno contra

la pared avanzando contra CFK. ¿Y

cuando quieran meter presa a CFK,

qué va a hacer el gobierno?

Lo más curioso es que esa moderación

no le ha sido útil al gobierno

para evadirse de las críticas. De

hecho, le achacan lo mismo que

le achacaban al de CFK: Venezuela,

populismo (ahora en modo de

Formosa e infectaduras), putinismo,

Irán y un montón de otros delirios

más.

Por último, sin caer en purismos y

asumiendo cuáles son los tiempos

que corren, ideológicamente hay

confusión en el gobierno y por momentos

pareciera que éste asume

la caricatura que de él ha hecho

la oposición: de repente el Frente

que incluye a muchísimos peronistas

parece tener como columna a

cualquier tipo de identidad excepto

los trabajadores. Por supuesto que

70 años después de Perón algunas

cositas han cambiado, pero hoy el

Frente parece ser un espacio del

pobrismo y las nuevas agendas

identitarias sin un plan de desarrollo;

apenas una mera administración

pretendidamente redistributiva

de la escasez; redistribución que no

va de arriba hacia abajo sino que

saquea siempre a los del medio,

los grandes perdedores de la época

y los que en los tiempos de Perón

fueron enormemente beneficiados

porque el peronismo fue un gran

creador de clase media. Sin embargo,

ahora los pocos grandes cada

vez tienen más, los millones de

pobres reciben alguna migaja extra,

pero quien paga la fiesta es una

clase media cada vez más empobrecida

que de media solo le queda la

pretensión, la cultura y la nostalgia.

La base electoral del gobierno es

gente cagada de hambre a la que

hay que repartirle guita para que

no explote, jóvenes posmodernos

sobre y desideologizados con agendas

veganas de grandes urbes y un

grupo de gente que ve esto y critica

por lo bajo por responsabilidad y

por temor a lo que hay en frente.

¿Y cabe alguna duda de que lo que

hay enfrente es peor? ¿Cabe alguna

duda de cómo estaríamos ahora si

los que saquearon al país en cuatro

años, armaron listas negras e

hicieron persecución ideológica al

tiempo de mostrar ser enormemente

incapaces de estar al frente del

Estado, nos estuvieran gobernando?

No hay dudas al respecto y es

eso lo que le da unidad al Frente, lo

que hace que las críticas se hagan

en privado y lo que probablemente

le vuelva a dar el triunfo al oficialismo

en 2021. Pero el gobierno tiene

una deuda con sus votantes y con

el país. Desconocer eso y ocultarlo

es hacerle el verdadero juego a la

derecha.

Cristina Fernández y las vacunas, en una sola foto dos de las grandes indefiniciones o incógnitas

del gobierno del Frente de Todos. Por una parte, el presentar la aguja como la panacea

universal sin la capacidad de entregar mínimamente la propia aguja. Por otra, el silencio de

la vicepresidenta frente a una gestión mala, plagada de errores. ¿Qué hará Cristina Fernández

en este año electoral?

21 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


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22 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


POLÍTICA NACIONAL

La resistencia albertista

Frente a las últimas definiciones

prácticas e ideológicas del

gobierno de Alberto Fernández,

fundamentalmente desde

fines de octubre a esta parte,

viene en picada el nivel de apoyo

de la base electoral militante y

simpatizante a ese gobierno que en

la grieta se denomina kirchnerista.

En los últimos noventa días se

multiplicaron exponencialmente las

quejas y luego las críticas hasta que

al fin aparecieron las expresiones

de desilusión, o la voz de los que

de una vez optan por “soltarle la

mano” al presidente luego de haber

defendido su gobierno durante largos

meses. Y si bien los dirigentes

siguen sin dar definiciones, quizá

abrazados a los cargos que ocupan

en la gestión, abajo las cosas están

más que claras.

Poco más de un año duró el romance

entre el núcleo duro kirchnerista

y el albertismo oficialista.

Poco más de un año, casi catorce

meses desde esa asunción épica

allá por diciembre de 2019. Los que

ya durante el año pasado tenían

dudas ahora se le oponen frontal y

abiertamente a Alberto Fernández,

valiéndose incluso de hirientes motes

para calificarlo. Los que estaban

firmes en la defensa del gobierno

expresan su desilusión por todos los

medios posibles. Y los verdaderos

talibanes, los que aseguran estar

dispuestos a dar la vida por Cristina

Fernández, son ahora la nueva

23 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


resistencia albertista, lo que en sí

es una contradicción: si el gobierno

es de Alberto Fernández y Alberto

Fernández no hace nada de lo que

habría hecho Cristina Fernández de

Kirchner si el gobierno fuera suyo,

¿qué es lo que motiva a los kirchneristas

a abandonar sus supuestas

convicciones ideológicas para

ponerse la camiseta del albertismo

y atrincherarse con un gobierno a

todas luces ajeno a su manera de

pensar?

Hay una contradicción flagrante. El

verdadero talibán kirchnerista es un

sujeto, por lo menos en apariencia,

ultraideologizado: compra el paquete

completo del programa de Cristina

Fernández sin discutir el contenido,

no acepta cuestionamientos a la

jefa y tampoco a su propio proceder

de fanático. El talibán kirchnerista

es un fundamentalista de la década

ganada, de los logros de gestión de

Néstor Kirchner y Cristina Fernández,

a los que tiene en su panteón

de los héroes y mártires de la patria.

Entonces ese talibán es la reserva

ideológica y moral, es la última línea

de lealtad y defensa del proyecto

político del kirchnerismo. ¿Pero

lo es efectivamente?

He ahí la contradicción que, como

veíamos, es escandalosa. La pretendida

reserva moral e ideológica

de un proyecto político atrincherada

en la defensa de un gobierno que en

la práctica viola uno tras otro todos

En un gesto inusitado de frescura, Alberto Fernández llega al volante de su propio coche a

asumir la presidencia de la Nación. En ese momento, entre la euforia por haber derrotado

el macrismo unas semanas antes y la ansiedad de una transición que se hizo larga, la fe del

kirchnerismo en el nuevo presidente era absoluta. Pero las cosas habrían de cambiar con el

correr de las semanas y hoy, a catorce meses de aquello, el panorama es muy distinto para

Alberto Fernández respecto al kirchnerismo y un apoyo que se esfuma.

los preceptos sagrados de la ideología.

Desde que asumió en diciembre

de 2019, Alberto Fernández no hizo

otra cosa que continuar las políticas

del enemigo mortal del kirchnerismo

en la grieta —el macrismo, objeto

del odio de todo kirchnerista, o

el mal absoluto— o simular avanzar

tan solo para retroceder enseguida,

la famosa “arrugada” que en teoría

es un pecado mortal en la cosmovisión

kirchnerista. Todo lo que hizo

Alberto Fernández en catorce meses

es antikirchnerismo suavizado por

buenos modales, discurso abstracto

e ideología de género para tapar

los baches. Y aún así hay kirchneristas

atrincherados junto a un Alberto

Fernández ajeno que además se

hunde. ¿Por qué?

“Porque ella lo puso”, contestan

rápidamente. Si ella lo puso, veremos,

por algo debe ser y entonces

debe haber algún designio oculto

que los de abajo somos incapaces

de comprender. Es el propio misterio

de la fe cristiana, es el credo

quia absurdum de una militancia

que se declara en su mayoría atea y

deconstruida, aunque no hesita en

hacer de su ideología una nueva religión.

Tienen fe en Cristina Fernández,

ella lo puso ahí y por algo será.

“Ella escribe derecho en renglones

torcidos”, tendrían que decir para

significar que acá hay algo que no

entendemos y que por eso no deberíamos

cuestionar.

La fe no se cuestiona y por eso

es fe, por supuesto, es algo que

uno siente y no puede ni pretende

explicar, simplemente siente que

está bien y elige profesar. Es legítimo,

todos tenemos fe en algo que

no podemos explicar ni estamos

dispuestos a cuestionar, pero hay

una diferencia entre la fe en un Dios

cristiano, por ejemplo, y la fe que el

kirchnerismo tiene en Cristina Fernández:

aquella fe cristiana no implica

atrincherarse con el diablo en

24 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


La cerealera Vicentín, en el centro de una polémica inesperada para la militancia y los simpatizantes del kirchnerismo. Algunos ven en esa

“arrugada” del gobierno frente a los ricos delincuentes un punto de inflexión en la relación entre Fernández y el kirchnerismo. A partir de

Vicentín empezaron los cuestionamientos, inicialmente tímidos y reprimidos por la coyuntura sanitaria, pero que luego se hicieron ruidosos.

desmedro de uno mismo. Dios creó

al diablo, por cierto, como todas las

demás cosas de acuerdo con la fe

cristiana. “Dios lo puso allí”, como

se ve, puso al diablo donde está y,

no obstante, no se tiene noticia de

un solo cristiano atrincherado con

el diablo simplemente porque Dios

lo puso allí.

Es cierto que algunos cristianos

optaron y optan por servir al diablo,

aunque ninguno de ellos jamás

adujo “Dios lo puso allí” para

justificar su proceder. Por lo tanto

y por lógica, si alguien quisiera ser

albertista —alguien quiere, puesto

que albertistas en la viña del Señor

también los hay—, entonces debió

declararse albertista abiertamente,

no refugiarse en un “ella lo puso

allí” para maquillar un giro ideológico

de ciento ochenta grados desde

el kirchnerismo transformador de

la realidad social a un albertismo

conservador del legado macrista,

pero con el barbijo bien puesto,

embadurnado en alcohol en gel y

con la ideología de género como

bandera. El albertismo es eso, es

macrismo a cuentagotas, con la voz

bien bajita para no espantar a los

pacatos y absolutamente sumiso

a las órdenes que bajan en forma

de “progresismo” y “sanitarismo”

de los organismos multilaterales

de usura y saqueo al servicio de las

élites globales.

Y eso es antikirchnerismo. No les

será difícil a los memoriosos recordar

aquellos tiempos de “patria o

corporaciones” en los que el kirchnerismo

denunciaba a los buitres

del mundo y desconfiaba tanto del

Fondo Monetario Internacional

(FMI) como de la Organización Mundial

de la Salud (OMS) o de cualquiera

de esos organismos supranacionales

del globalismo apátrida.

Hubo denuncia y desconfianza

en esos tiempos, el nacionalismo

cultural como cuarta bandera del

peronismo orientador había vuelto a

estar a la orden del día y aquello fue

una lucha. Ahora no, ahora las cor-

25 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


La extraña cordialidad entre Mauricio Macri y Alberto Fernández se vio durante toda la transición

y una vez más durante la ceremonia de transmisión de mando, que incluyó abrazos.

Esa fue la primera señal de que algo no era como la mayoría pensaba.

poraciones están en el núcleo del

gobierno, a los ricos se los cuida, al

mal llamado “campo” no se lo desafía

y al trabajador se lo ajusta para

que con su trabajo pague la deuda

dejada por Mauricio Macri y que

asciende a los miles de millones de

dólares. Antikirchnerismo explícito,

obsceno, pero imperceptible para el

talibán atrincherado.

Ignorar las señales

Pero el talibán no es ciego ni sordo

frente a las muchas señales que recibe

todos los días de que está haciendo

mal. En realidad, ese talibán

elige ignorar deliberadamente esas

señales. ¿Por qué? Es difícil saberlo

a ciencia cierta y quizá cada individuo

tenga sus motivaciones, las que

podrán ir desde la comodidad de

la inercia, del dejarse llevar por la

corriente para evitar roces, hasta la

prosaica necesidad de sostener un

gobierno para no darle la razón al

rival en la grieta, que es el macrista,

aunque el gobierno en cuestión sea

un macrismo sin Macri con el que

los propios macristas están muy

cómodos. Lo cierto es que las señales

de que Alberto Fernández es el

llamado “topo” son clarísimas, solo

las puede obviar el que las quiera

obviar adrede.

Y no son de hoy, no es que Alberto

Fernández haya empezado a mostrar

la hilacha en los últimos dos

o tres meses, no es así. De hecho,

todas las cartas han estado sobre la

mesa desde que Alberto Fernández

rompió la tradición de ir a Brasilia

como destino del primer viaje oficial

de un presidente de la Nación y en

cambio fue a Israel a abrazarse con

Benjamín Netanyahu. Todo kirchnerista

sabe, o por lo menos debió saber,

que el “Bibi” Netanyahu estuvo

detrás de la operación Nisman que

se realizó para golpear a Cristina

Fernández y que el mismo “Bibi”

realiza un verdadero genocidio en

Palestina. Pero Alberto Fernández

va a Jerusalén a pedir la bendición

para su gobierno y eso, extrañamente,

cae como una “total normalidad”

entre los kirchneristas.

Netanyahu es uno de los enemigos

más visibles y con esa señal debieron

prenderse al menos algunas

luces de alarma. Nada de eso

ocurrió, el episodio del primer viaje

oficial a Israel cayó en el olvido y

todo siguió como si nada. Claro,

eran aún los primeros días de nuevo

gobierno, era la llamada “luna de

miel” o el “periodo de gracia”, no

correspondía empalar a Alberto Fernández

por haber viajado a Israel a

negociar vaya uno a saber qué. Pero

las señales fueron apareciendo, una

tras otra: luego de la suspensión

de la actividad política a raíz del

coronavirus y la suba extraordinaria

de imagen positiva de un Alberto

Fernández que se puso el ambo de

médico y prometió salvar la patria

frente a la amenaza del virus chino

(promesa que tampoco cumplió),

aparecieron el fiasco en la fallida

estatización de Vicentín, la persistencia

del problema de los presos

políticos, la entrega de la soberanía

naval sobre los ríos, el Atlántico Sur

y las Islas Malvinas con el Decreto

949/20, firmado entre gallos y

medianoche, mientras las atenciones

estaban sobre las exequias de

Diego Maradona, la inflación fuera

de control, las oscuras movidas de

los Vila, los Manzano y los Mindlin

—un gran macrista al que Alberto

Fernández reivindicara públicamente

como “amigo”— en la venta de

Edenor y un largo, larguísimo etcétera.

Todas señales inequívocas de una

continuidad macrista, de un gobierno

furiosamente antikirchnerista.

Pero el talibán kirchnerista, supuesta

reserva moral e ideológica de las

políticas de Estado diametralmente

opuestas a las de Alberto Fernández,

sigue atrincherado, ignorando

26 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


las muchas señales de peligro y defendiendo

lo indefendible. Si fueran

solo los cuatro o cinco albertistas

reales en esa delirante resistencia

contra el malestar de un país que

votó por terminar con el empobrecimiento

y el ajuste eterno, vaya y

pase. Pero no, en esa resistencia

también hay muchos kirchneristas

fanáticos, gente que teóricamente

tendría que estar en las calles

protestando contra las políticas de

maltrato a los pueblos, de prioridad

para los ricos y de entrega de

la soberanía nacional a manos de

un globalismo angurriento, aunque

bien “progresista”.

Eso no pasa, esos talibanes kirchneristas

no están en las calles, sino

más bien en las redes sociales justificando

todo mediante el empleo de

ardides discursivos propios de los

macristas a los que declaran odiar y

combatir. La pandemia, la “pesada

herencia”, el contexto internacional,

la oposición que no deja gobernar,

la mar en coche. Todos pretextos

para resistir en la trinchera de la

negación de la realidad. “¡Dejen gobernar!”,

gritan los albertistas en la

resistencia, a veces con palabras un

poco más elaboradas y otras veces

incluso literalmente.

“Ella lo puso ahí” y por eso la

resistencia albertista prescribe el

silencio, no duda mandar a callar

al que se queja por los precios

estratosféricos de los alimentos

de la canasta básica y de la carne,

esencial en la cultura del pueblo

argentino. “No le hagas el juego a

la derecha”, recomienda, sin explicar

a qué se refiere cuando habla

de una “derecha” cuyo programa

de gobierno, si es que la “derecha”

existe, es precisamente el que viene

poniendo en práctica el propio

Alberto Fernández. “El que se queja

es macrista”, remata, sin ver la

escandalosa evidencia de que las

políticas de Alberto Fernández son

directamente una continuidad quizá

suave del macrismo: ahora el ajuste

es “responsable”, sin que nadie

parezca muy preocupado por el hecho

de un gobierno que ganó con la

propuesta de terminar con el ajuste

y no lo termina, solo le agrega un

adjetivo que no modifica en nada la

naturaleza del propio ajuste.

El último grito de la moda entre

la resistencia albertista es el mal

uso de la definición de la política

como “arte de lo posible”. Ahora

lo posible es esto, es continuar el

macrismo para que no se enojen los

mercados, el mal llamado “campo”

y los ricos en general, continuar el

ajuste y la entrega para agradar a

los ajustadores y a los entreguistas.

Eso es, desde el punto de vista de la

resistencia albertista, lo posible hoy

en política. En una palabra, lo posible

es hacer macrismo sin Macri,

matar de hambre al pueblo mientras

se juega a lo psicópata con la

llegada de una aguja salvadora, una

aguja que vendrá a lo sumo a resolver

uno de los cientos de problemas

existentes. Hacer macrismo sin Macri

para que no vuelva Macri a hacer

macrismo con Macri. Por eso la

pregunta es obligada: si el arte de

lo posible hoy es continuar la obra

de destrucción de Mauricio Macri,

¿para qué ganarle las elecciones a

Macri en primer lugar? ¿Solo para

quedarse pegados con la ejecución

de un programa político en el que

uno no cree y que además despertará

la furia del pueblo?

Las crisis son bombas que políticamente

le estallan en la cara al

El primer viaje oficial de Alberto Fernández no fue a Brasilia, según marca la tradición, sino a

Jerusalén, donde se lo vio demasiado amistoso con un Netanyahu sindicado desde siempre

por el kirchnerismo como la representación del mal. Malas señales que se acumulaban.

27 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


El presidente Fernando de la Rúa, el antecedente más directo de un gobierno que optó por continuar con el programa de un presidente

anterior hasta que la bomba le estallara en cara. Aquí, junto Domingo Cavallo, el símbolo máximo de esa continuidad entre el gobierno de la

Alianza y el menemismo, o del “menemismo sin Menem”. La resistencia albertista emula a De la Rúa sin comprender que el destino deberá

ser el mismo.

que en un determinado momento

gobierna, jamás a su predecesor y

mucho menos a su sucesor, quien

llega justamente porque la bomba

estalló. Si el arte de lo posible es

“darle tiempo” a Alberto Fernández

para que haga macrismo sin Macri

hasta el estallido de la bomba,

¿cuál sería el gran negocio que defienden

hoy los supuestos kirchneristas

reconvertidos en albertistas y

mártires futuros de la resistencia?

¿Inmolarse en nombre del que fue

echado a patadas del gobierno allá

por el 2008 al quebrarse el acuerdo

entre el kirchnerismo el Grupo

Clarín luego del lock-out patronal?

¿Jugarse la existencia y poner en

peligro la patria para defender al

que en el 2015 acusó a Cristina

Fernández de haber asesinado al

fiscal sionista y golpista Alberto

Nisman, el mismo que al servicio de

Sergio Massa anduvo por todos los

canales de televisión denunciando

la corrupción en el gobierno del que

había sido expulsado?

No se entiende muy bien cuál es

el negocio que hacen y, finalmente,

se trata de una contradicción hasta

biológica, como diría Salvador

Allende. El “ella lo puso allí” no permite

el cuestionamiento de por qué

eso es así, no admite razonar para

entender los motivos por los que

Cristina Fernández tuvo que aceptar

la imposición de un empleado histórico

del Grupo Clarín, un lobista

de Repsol contra la recuperación de

YPF y un lobista de Marsans contra

la estatización de Aerolíneas Argentinas,

como candidato titular en su

lista. Ningún talibán piensa en ello,

nadie reflexiona y se solo repite y

repite que “ella lo puso allí”, con lo

que se coloca uno voluntariamente

en un lugar que no es antikirchnerista,

sino directamente antiperonista

al poner a los hombres por encima

del movimiento y de la patria. ¿Por

qué? No se sabe, son misterios de

la fe de los atrincherados que resisten

con aguante.

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29 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


IDENTIDAD PERONISTA

Toda la verdad histórica

MARCELO

GULLO

El tres veces presidente Juan

Perón fue sin duda alguna

un profundo conocedor de la

verdadera historia argentina y

un gran admirador del Brigadier

General Juan Manuel de Rosas.

Sin embargo, muchos militantes del

campo nacional-popular desconocen

hoy día la admiración de Perón

por la figura de Rosas y su decidida

adscripción al revisionismo histórico.

Tanto más grave es el desconocimiento

de ese hecho por parte

de ensayistas e historiadores que

se ubican desde hace poco en el

campo nacional-popular. Por otra

parte, algunos historiadores “mitroliberales”

o “mitromarxistas” poco

profundos creen que Perón adhirió

al revisionismo histórico luego de

su derrocamiento en septiembre de

1955 como reacción a la autodenominada

“revolución libertadora”

que definía al golpe de estado

de septiembre de 1955 como un

“nuevo Caseros” y al gobierno del

General Perón como la “segunda

tiranía”. Se impone entonces documentar

la temprana adscripción

del joven Perón a la figura de Juan

Manuel de Rosas y al revisionismo

histórico. Por otra parte, es preciso

detallar las declaraciones y acciones

que Juan Domingo Perón realizó

en su dilatada carrera política para

restablecer la verdadera historia de

la Argentina.

Habitualmente, el joven teniente

Juan Perón escribía afectuosamente

hasta dos cartas mensuales a sus

padres, manifestándoles asidua-

30 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


mente su estado de ánimo y alguna

que otra apreciación personal de la

situación política nacional e internacional.

Así, el 26 de noviembre de

1918, el joven oficial de infantería

se dispuso a escribir a sus padres.

En dicha carta, el teniente Perón

escribió:

“No olvides papá que este espíritu

de patriotismo que vos mismo supiste

inculcarme brama hoy un odio

tremendo a Inglaterra que se reveló

en 1806 y 1807 y con las tristemente

argentinas Islas Malvinas, donde

hasta hoy hay gobierno inglés; por

eso fui contrario siempre a lo que

fuera británico. Francia e Inglaterra

siempre conspiraron contra nuestro

comercio y nuestro adelanto y si

no a los hechos: en 1845 llegó a

Buenos Aires la abrumadora intervención

anglo-francesa; se libró el

combate de Obligado, que no es un

episodio insignificante de la historia

argentina, sino glorioso porque en

él se luchó por la eterna argentinización

del Río de la Plata. Rosas fue el

más grande argentino de esos años

y el mejor diplomático de su época,

porque fue gobernante experto y él

siempre sintió gran odio por Inglaterra

porque esta siempre conspiró

contra nuestro Gran Río, ese grato

recuerdo tenemos de Rosas que

fue el único gobernante desde

1810 hasta 1915 que no cedió ante

nadie”.

La carta, escrita sin ningún tipo de

intencionalidad política, expresa

el sentimiento auténtico del joven

Perón sobre la figura histórica de

Juan Manuel de Rosas. Es evidente

que Perón ya había descubierto

la falsificación de la historia realizada

por Mitre y su descendencia

intelectual y que el joven teniente

sentía una profunda admiración por

la figura de Rosas. Por otra parte,

como afirma Fermín Chávez, “[Perón]

no tocaba de oído”. Los documentos

históricos no dejan así lugar

a ninguna duda sobre la adhesión

del joven Perón al revisionismo

histórico.

Cuando el teniente Perón manifestó

a su padre su admiración por

Rosas, gobernaba la Argentina el

presidente Hipólito Yrigoyen quien

—como afirma Arturo Jauretche—

mantenía su rosismo como un culto

secreto que practicaba en su círculo

íntimo de amigos, sin atreverse

jamás a profesarlo públicamente.

Cuando Perón fue a partir de 1946

presidente de los argentinos, aparentemente

tampoco emprendió

la reivindicación histórica de Juan

Manuel de Rosas. Cabe entonces

realizar la siguiente pregunta: ¿No

pudo, no supo o no quiso el presidente

Perón asumir la defensa de

Juan Manuel de Rosas al que había

calificado, siendo joven, como “el

más grande argentino de su época”?

Para responder acertadamente es

preciso entender que Perón como

político y estadista nunca fue un

jugador de póker, sino de ajedrez.

Es preciso comprender que en esos

años reivindicar a Rosas era equivalente

a reivindicar en nuestros

días a un dictador genocida como

Videla.

Rosas no había sido ni un tirano

ni un asesino —como lo presentaba

la historia mitrista hegemónica en

Reliquia de historia. La imagen de un Juan Perón en su infancia. Años más tarde, ya como

teniente, Perón les manifestaría a sus padres su admiración por Juan Manuel de Rosas,

aunque tardarían en darse las condiciones para que esa admiración se tornara pública.

31 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Hipólito Yrigoyen fue otro de los líderes de la época que admiraron en secreto a Juan Manuel

de Rosas. El “Peludo” solía expresar esa admiración en la forma de un rosismo entre amigos,

solo en presencia de su círculo más íntimo.

todos los niveles de la educación en

Argentina desde la escuela primaria

a la universidad— y Perón lo sabía

perfectamente, pero dado que la

mayoría de los argentinos había

sido educada en el antirrosismo,

llegó a la conclusión de que había

que hacer la reivindicación histórica

de Rosas de forma indirecta.

Todavía en la década de 1940 Bernardino

Rivadavia aparecía como

la figura histórica más importante

de la historia argentina. Fue entonces

que Perón planificó que el año

1950 debía ser el Año Sanmartiniano.

Puesto San Martín como figura

central de la historia argentina, el

estudio de su accionar político y

de su epistolario conduciría como

una autopista al triunfo del revisionismo

histórico pues quedaría en

evidencia la enemistad entre San

Martín y Rivadavia y la admiración

del Libertador por Juan Manuel de

Rosas. Este fue el razonamiento de

ese gran ajedrecista político que fue

Juan Domingo Perón.

Perón llegó a la conclusión de que

los argentinos, estudiando profundamente

la vida de San Martín,

descubrirían que desde el inicio de

su gobierno Rivadavia se había negado

por completo a colaborar con

los ejércitos que luchaban contra

los realistas españoles. Que Rivadavia

negó todo tipo de ayuda tanto

al ejército de Martín Miguel de

Güemes que daba batalla en Salta

y Tarija, como al Ejército Libertador

del Gral. José de San Martín que

combatía en el Perú. Que los dos

delegados enviados por San Martín

para solicitar ayuda financiera

y apoyo logístico para culminar la

guerra de independencia obtuvieron

como respuesta por parte de Rivadavia

y la Legislatura de la provincia

que a Buenos Aires le convenía que

no se fueran los realistas de Perú y

que Buenos Aires debía replegarse

sobre sí misma.

Perón estaba seguro de que ubicando

a San Martín como figura

central de la historia argentina sus

conciudadanos llegarían por fin

al conocimiento de documentos

históricos sustanciales como la

correspondencia epistolar entre San

Martín y O’Higgins y entre San Martín

y Rosas y que entonces podrían

leer párrafos como los que siguen:

“Ya habrá sabido Ud., —le decía San

Martín a O’Higgins— la renuncia de

Rivadavia. Su administración ha

sido desastrosa. Y solo ha contribuido

a dividir los ánimos; él me ha

hecho una guerra de zapa, sin otro

objeto que minar mi opinión suponiendo

que mi viaje a Europa no

había tenido otro objeto que el de

establecer gobiernos en América.

Yo he despreciado tanto esas groseras

imposturas, como su innoble

persona.” San Martín le escribía a

O’Higgins el 20 de octubre de 1827

desde Bruselas.

En momentos en que San Martín

cruza correspondencia con O’Higgins,

el Libertador temía que

la anarquía fratricida en que los

unitarios habían sumido a la Argentina

terminara por derrumbarla

y por hacer fracasar la lucha por su

independencia para la que tanto se

había sacrificado. Es por ello que el

3 de abril de 1829 le escribe a su

amigo Tomás Guido: “Para que el

país pueda existir, es de necesidad

absoluta que uno de los dos partidos

en cuestión desaparezca de

él. Al efecto se trata de buscar un

salvador que, reuniendo el prestigio

de la victoria, el concepto de las

32 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


demás provincias y más que todo un

brazo vigoroso, salve a la patria de

los males que la amenazan.”

El 5 de agosto de 1838, el Libertador

Gral. José de San Martín,

indignado por la intervención francesa

en el Río de la Plata, que tenía

como objetivo oculto la creación

de la República de la Mesopotamia

bajo protectorado francés y por el

apoyo que los unitarios daban a la

misma, le escribe a Juan Manuel de

Rosas la primera de una larga serie

de cartas en las que pone su espada

al servicio de la Confederación

Argentina en el caso de que se desate

la guerra abierta contra Francia:

“He visto por los papeles públicos

de esta, el bloqueo que el gobierno

francés ha establecido contra nuestro

país, ignoro los resultados de

esta medida; si son los de la guerra,

yo sé lo que mi deber me impone

como americano. Ud. sabrá valorar,

si usted me cree de alguna utilidad,

que espere sus órdenes, tres días

después de haberlas recibido me

pondré en marcha para servir a la

patria honradamente, en cualquier

clase que se me destine.”

El 10 de junio de 1839, más indignado

aún por el apoyo que los

unitarios exiliados en la Banda

Oriental del Uruguay —entre los que

se encontraban Bernardino Rivadavia,

José Ignacio Álvarez Thomas,

Juan Lavalle, Salvador María del

Carril, Florencio Varela y Juan Cruz

Varela— brindan a Francia, San

Martín le escribe a Juan Manuel de

Rosas: “Lo que no puedo concebir

es que haya americanos que por

un indigno espíritu de partido se

unan al extranjero para humillar a

su patria y reducirla a una condición

peor que la que sufríamos en tiempo

de la dominación española; una

tal felonía ni el sepulcro la puede

desaparecer”.

El 23 de enero de 1844, San Martín

dicta su testamento y, exultante

por el triunfo de la Confederación

Argentina en la guerra contra Francia,

establece en la cláusula tercera

del mismo: “El sable que me ha

acompañado en toda la guerra de

la independencia de la América

del Sur le será entregado al general

de la República Argentina Don

Juan Manuel de Rosas, como una

prueba de la satisfacción que como

argentino he tenido al ver la firmeza

con que ha sostenido el honor de la

república contra las injustas pretensiones

de los extranjeros que trataban

de humillarla”.

El 6 de mayo de 1850, el Libertador

San Martín le escribe, desde

Boulogne-Sur-Mer, la última de sus

cartas al Brigadier Juan Manuel de

Rosas:

“Mi respetado General y amigo:

No es mi ánimo quitar a Ud. Con

una larga carta, el precioso tiempo

que emplea en beneficio de nuestra

patria. Como argentino me llena

de un verdadero orgullo, al ver la

prosperidad, la paz interior, el orden

y el honor restablecidos en nuestra

patria y todos estos progresos efectuados

en medio de circunstancias

Ya en sus años maduros, el General José de San Martín se pondría a disposición de Rosas

para luchar contra los franceses y los ingleses que pretendían humillar al país. En su testamento,

San Martín ordena entregarle a Rosas por su performance en Obligado el sable corvo

que lo acompañó en toda la campaña libertadora de América. Perón, en consecuencia, supo

que la reivindicación de la figura de San Martín iba a resultar en el rescate histórico de la de

Rosas, cosa que efectivamente ocurrió y así tenemos la línea histórica del peronismo, que

empieza en San Martín, pasa por Rosas y sigue con Perón.

33 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


tan difíciles en que pocos Estados

se habrán hallado. Por tantos

bienes realizados, yo felicito a Ud.

sinceramente, como igualmente a

toda la Confederación Argentina.

Que goce Ud. de salud completa y

que al terminar su vida pública sea

colmado del justo reconocimiento

de todo argentino, son los votos que

hace y hará siempre a favor de Ud.

este su apasionado amigo y compatriota”.

Dentro del marco de los festejos

del bicentenario del nacimiento

del Libertador General San Martín,

el gobierno peronista procedió a

rebautizar la calle Carlos María de

Alvear como Avenida del Libertador.

La estrategia que Perón eligió para

reivindicar la memoria de Rosas

fue evidentemente una estrategia

de largo plazo y, convencido como

estaba de que para tales fines

era mejor persuadir que imponer,

durante sus dos primeros gobiernos

el presidente Perón no repatrió los

restos de Juan Manuel de Rosas,

como muchos de sus seguidores

—entre ellos John William Cooke—

hubieran deseado pero, no es difícil

imaginar que, si hubiera procedido

a la repatriación la suerte del cadáver

de Rosas no hubiera sido muy

distinta que la que sufrió el cadáver

de Evita, varias veces ultrajado y

profanado.

Sin embargo, es preciso mencionar

que fue durante la segunda presidencia

de Perón que se llevó a cabo

el 5 de diciembre de 1953 el primer

homenaje oficial a los héroes de la

Vuelta de Obligado por resolución

del gobierno de la provincia de Buenos

Aires encabezado en ese entonces

por el mayor Carlos Aloé. Este

homenaje se volvió a repetir el 20

de noviembre de 1954 y su orador

principal fue el ministro de Educación

bonaerense, el Dr. Raymundo J.

Salvat.

En una entrevista de 1973, Tulio

Jacovella le preguntó a Perón por

qué durante sus dos primeros gobiernos

había sido tan tibio el apoyo

oficial al revisionismo histórico y le

manifestó que muchos intelectuales

marcaban que no había habido una

política educativa claramente revisionista.

Perón respondió entonces:

“Tienen razón. Había que esperar

que existiera una conciencia nacional

bien difundida a todos los niveles.

Estos hechos deben madurar y

para eso hace falta muchos años.

Teníamos que enfrentarnos con cien

años de mentiras y estas cosas no

se pueden hacer por decreto. Teníamos

maestros y profesores secundarios

y hasta universitarios que

habían sido formados —en realidad

deformados inconscientemente—

durante muchas generaciones

desde el primer grado de la escuela

primaria. Además, estaban los

medios masivos de información que

respondían a esa óptica por razones

obvias. Pero ahora es distinto:

el pueblo pide, como un derecho

más, la verdad histórica. ¿Hemos

devuelto los trofeos de guerra del

Paraguay, y no vamos a repatriar

con la debida solemnidad los restos

de Rosas, legatario del sable del

Libertador?”.

El golpe de Estado de 1955

y la línea Mayo-Caseros

La línea histórica del peronismo clásico, San Martín, Rosas y Perón, donde la soberanía

política del primero se junta con la independencia económica del segundo para sintetizarse

en el último con el agregado moderno de la justicia social, concepto típico del siglo XX de las

revoluciones obreras. El peronismo es una filosofía política completa porque además tiene

una continuidad ideológica histórica verificable.

Los publicistas de la autodenominada

“revolución libertadora”

concibieron que la campaña antiperonista

debía realizarse en forma

prácticamente inseparable de la

política de vilipendio contra Rosas.

Fue por ello que se decidió que en

todos los discursos oficiales una y

34 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Juan Manuel de Rosas en la cultura nacional de nuestros tiempos. Gracias a la paciente estrategia de Perón y al trabajo de hormiga del

revisionismo histórico, hoy sabemos del valor y del patriotismo de quien la oligarquía había caracterizado como un “tirano sangriento”, o lo

equivalente a un genocida en las categorías actuales. La comprensión del rol de Juan Manuel de Rosas en la defensa de la incipiente industria

nacional y de la independencia económica en Vuelta de Obligado hoy existe.

otra vez se debía recordar que “los

acontecimientos de fines de 1955

debían ser entendidos como una repetición

análoga del derrocamiento

de Rosas”.

Fue entonces dentro de esa estrategia

propagandista que, por instigación

del almirante Isaac Rojas,

en octubre de 1955 la dictadura

militar que derrocó al gobierno

constitucional de Perón procedió

a crear una comisión nacional

destinada a investigar lo que la

dictadura denominaba “excesos del

peronismo”. Los resultados de esa

supuesta investigación se publicaron

poco después, bajo el título de

Libro negro de la segunda tiranía.

En su discurso de asunción, Pedro

Eugenio Aramburu afirmó que su

gobierno era la continuación de

la “línea Mayo-Caseros”. En esa

oportunidad el general pronunció

las siguientes palabras: “Un solo

espíritu alienta al movimiento de la

revolución: es el sentimiento democrático

de nuestro pueblo, que

afloró en 1810 y resurgió después

de Caseros”.

Pocos meses después, el 3 de

febrero de 1956, Aramburu procedió

en el Colegio Militar a conmemorar

el aniversario de la batalla de

Caseros, afirmando en esa ocasión:

“Caseros no es solo la batalla que

devolvió a la patria su libertad, sino

también la reivindicadora de la gesta

de Mayo escarnecida en la noche

de la tiranía, y tan magna empresa

fue afrontada con fe, patriotismo y

ansias de justicia”.

Si por un lado la propaganda de

la dictadura militar comparaba al

gobierno de Juan Domingo Perón

con el gobierno de Juan Manuel de

Rosas, por otro gustaba de establecer

cierta analogía entre el gobierno

del general Aramburu y los gobiernos

de Mitre y Sarmiento. Quizás,

Aramburu y Rojas establecían esa

analogía porque el país que imaginó

Sarmiento en el siglo XIX era el

mismo que ellos querían ver restaurado

en pleno siglo XX luego de la

caída del “segundo tirano”.

Sin ningún lugar a dudas, el núcleo

central del discurso propagandístico

de la dictadura cívico-militar

que derrocó al gobierno constitucional

de Juan Domingo Perón

consistió en asimilar su supuesta

misión histórica con la que habían

cumplido Urquiza y los unitarios al

derrocar a Juan Manuel de Rosas el

3 de febrero de 1852. En el plano

discursivo estableció entonces, la

dictadura de Aramburu y Rojas, una

analogía entre la batalla de Caseros

y el golpe de estado de 1955

35 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


contra el gobierno constitucional

de Juan Perón. La dictadura militar

consagró entonces la analogía

supuestamente denigratoria entre

Perón y Rosas. Preciso es remarcar

que el alcance de esta propaganda

se extendió hasta los programas de

estudio de historia en las escuelas

primarias, los colegios secundarios

y las universidades. El prestigioso

profesor Tulio Halperín Donghi fue el

encargado de darle a la propaganda

antiperonista de la dictadura un

cierto barniz científico académico.

Perón, quien desde su juventud había

sido un fervoroso admirador de

la figura de Rosas, procedió entonces

desde el exilio a aceptar como

un honor la analogía entre él y el

Restaurador de las Leyes. “El general

Aramburu —escribe Perón— es el

último vendepatria y lo más lamentable

es que el primero fue también

un general: Carlos María de Alvear.

En Alvear se explica por su origen

oligarca; mucho menos explicable

lo es en Aramburu, descendiente de

inmigrantes”.

Nótese que es tal la importancia

que Perón da al tema de la recuperación

de la verdadera historia

argentina que lo expone al final de

su libro Los vendepatria a modo

de conclusión y efectúa a la par

un agudo análisis histórico de los

acontecimientos: “Desde los tiempos

de la independencia aparecen

estos episodios en cada uno de los

hechos históricos que jalonan las

etapas de la vida argentina. Ya en el

pronunciamiento inicial del 25 de

mayo de 1810 se mezclan los gritos

de libertad con los de Fernando VII.

San Martín, para poder organizar su

ejército en Mendoza, debió vencer

muchas veces el sabotaje y los

ataques insidiosos de los traidores

que llegaron hasta destituirlo de

su cargo de gobernador intendente

de Cuyo. A lo largo de su vida fue

siempre perseguido por los agentes

de la traición, al punto de verse

obligado a vivir la mitad de ella en

el destierro, obligado por las oscuras

fuerzas reaccionarias. Es curioso

que Bernardino Rivadavia, su peor

enemigo, haya sido quien contrató

el empréstito a Londres”.

Luego, entrando de lleno en el

tema del rescate de la figura histórica

de Juan Manuel de Rosas,

Perón afirma de manera inequívoca:

“El gobierno del brigadier Don Juan

Arturo Jauretche, junto a Perón. Don Arturo fue el sociólogo del estaño, en alusión a los bares de aquellos tiempos —cuyas barras se hacían

con ese metal—, desde donde el intelectual observaba a la sociedad no desde una biblioteca, sino desde abajo, en la realidad fáctica del

cotidiano. Fue Jauretche quien mejor describió la línea histórica Mayo-Caseros, con la que los “gorilas” intentaron legitimar la “revolución libertadora”

homologándola con la gesta de San Martín y luego con la traición del 3 de febrero de 1852. Pero el peronismo tenía otros planes.

36 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Manuel de Rosas es sin duda alguna

la elocuencia más evidente de

esta sorda lucha. Él debió enfrentar

no solo el ataque de las escuadras

inglesa y francesa sino también a

los traidores de adentro aliados a

los enemigos externos de la patria,

hecho que hiciera exclamar al general

San Martín que ni el sepulcro

podría borrar para ellos semejante

infamia y que lo impulsara a donar

su espada a Rosas como reconocimiento

de argentino a su labor en

defensa de la dignidad e integridad

de la patria no solo contra los

enemigos externos sino también

contra los traidores emboscados. La

dictadura Aramburu/Rojas ha invocado

la ‘Línea Mayo-Caseros’ que

manifiesta seguir. Es indudable que

su confección es real. Ellos como

los enemigos de Rosas, tienen su

línea indiscutible: la de la traición a

la patria”.

Más tarde Perón haría integralmente

suyo un editorial del diario

Palabra Argentina, para afirmar:

“Caseros no es una derrota de una

concepción política sino la circunstancial

de un hombre. Se triunfó

militarmente sobre un gobernante,

pero se reinició al país en el camino

de la tragedia que aquel conjurara.

Caseros no fue la liberación de la

dictadura sino la declinación del

sentido nacional de personalidad y

soberanía. No fue el triunfo de una

doctrina nuestra sino la imposición

por la fuerza de un espíritu formado

en filosofías e intereses extraños.

No fue una revolución interna sino

una conjuración extranjera que persiguió

el debilitamiento argentino

y que explotó hábilmente las ambiciones

políticas de segundones y

adversarios”.

Finalmente, como respuesta a

aquellos que ya comenzaban a

afirmar equivocadamente que la

derrota nacional no se había producido

en Caseros sino en Pavón,

Del otro lado. El longevo historiador Tulio Halperín Donghi fue el encargado de dar el marco

teórico que la “revolución libertadora” necesitaba para homologar su golpe a la gesta sanmartiniana

y a la Batalla de Caseros. Halperín Donghi falleció recientemente, en el 2014, a

los 88 años de edad.

Perón afirma: “En Caseros se inició

el proceso de declinación política,

económica y moral que abrió al país

una etapa dramática de anarquía

y desconcierto, de envilecimiento

y entreguismo, de guerras civiles y

luchas separatistas, de gobiernos

fraudulentos e instituciones corruptas.

La conciencia que triunfó en

Caseros fue extraña a la continuidad

histórica de la nación”.

El golpe militar que derrocó a

Perón intervino las universidades

expulsando de ellas a todos los

profesores que simpatizaban con el

peronismo, intervino la Confederación

General del Trabajo, proscribió

al partido justicialista, prohibió

con pena privativa de la libertad el

pensar y sentir como peronista y comenzó

una implacable persecución

política de los dirigentes y militantes

peronistas que fueron encarcelados,

torturados y muchos de ellos

asesinados por el solo hecho de ser

peronistas.

En ese contexto, la “resistencia

peronista” comprendió rápidamente

que si la dictadura militar

identificaba a Perón con Rosas, no

había duda alguna entonces de que

la historia que ellos habían recibido

en la escuela primaria que hablaba

del tirano Rosas debía ser falsa.

Si mentían con respecto a Perón

llamándolo el “segundo tirano

37 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


El Brigadier General Juan Manuel Rosas, al fin reconocido por al menos un sector de la política argentina como el justo defensor de la soberanía

nacional en Vuelta de Obligado, tal como había dispuesto San Martín en su testamento.

sangriento” seguramente también

mentirían con respecto a Rosas a

quien llamaban “el primer tirano

sangriento”. Este razonamiento llevó

a la resistencia al acercamiento

con los historiadores revisionistas

que comenzaron a ser miembros

asiduos de todas las organizaciones

políticas y sindicales peronistas.

Este fenómeno de identificación de

las figuras de Rosas y Perón ocurría

al tiempo que Perón desde el exilio

comenzaba la reivindicación expresa

y contundente de la figura de

Juan Manuel de Rosas y hacía suyos

todos los postulados del revisionismo

histórico.

Durante sus dieciocho años de

exilio, en cientos de cartas que

eran luego publicadas en pequeños

periódicos o en folletos y revistas

de las organizaciones sindicales,

Perón vindicó una y otra vez la figura

histórica de Juan Manuel de Rosas

identificándose con sus ideales, su

destino y su suerte. Así escribe Perón,

en carta a Manuel Anchorena,

en el año 1971:

“¿Ignoran acaso los argentinos

que el General San Martín murió

en el exilio arrojado de su patria

por los que entonces lo calificaron

de ambicioso y ladrón? ¿Ignoran

acaso los argentinos que Don Juan

Manuel de Rosas, que sirvió la

misma causa que San Martín, tuvo

el mismo destino que este y también

murió exiliado? Los mismos

que sirvieron a sus órdenes poco

38 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


tardaron en acomodarse a la nueva

situación, mientras los fieles eran

degollados, lo que siempre suele

ocurrir en esta lucha sin grandeza

motivada por los intereses enfrentados

con los ideales. San Martín,

desde su lejano exilio lo comprendió

y le rindió el mayor homenaje

que puede rendir un soldado a otro

soldado: regalándole su espada

libertadora con palabras que ponen

en evidencia que ambos servían una

misma causa: la independencia de

la patria y la soberanía de su pueblo.

Ambos murieron en el ostracismo

después de un largo exilio y

aun muertos permanecieron largos

años enterrados en la lejana tierra

que les dio amparo. Aunque tarde,

un deber de conciencia insoslayable

doblegó la ignominia de las

pasiones y los restos de San Martín

fueron repatriados. La nación y el

pueblo argentino sufren la afrenta

de no haberlo hecho con otro ilustre

argentino: el Brigadier General Don

Juan Manuel de Rosas. Yo sé mucho

de cuanto estoy diciendo porque la

experiencia en cuero propio suele

ser la parte más efectiva de la

sabiduría. También yo he tratado de

servir los ideales que sirvieron San

Martín y Rosas y he tenido el honor

de seguir su misma suerte. Por eso,

aun muriendo en el exilio, estaré en

la mejor compañía y no me quejo de

mi destino”.

En sus libros, cartas y entrevistas

Perón se identificaba con Rosas y

estimulaba la lectura de los autores

más destacados del revisionismo

histórico. De esta forma el revisionismo

que hasta 1955 había sido

cultivado por pequeños grupos de

historiadores y aficionados a la historia

se convirtió en un movimiento

de masas.

El peronismo proscripto conformaba

la mayoría absoluta de la

población argentina y el revisionismo

histórico con la bendición de

Perón desde el exilio, se convirtió

en el ADN del peronismo. Desde

el exilio, el caudillo afirmaba que

la línea histórica nacional era San

Martín-Rosas-Perón y en las manifestaciones,

el pueblo peronista

comenzaba a cantar “Militares,

militares/militares de cartón/militares

son los nuestros:/San Martín,

Rosas, Perón”.

Después de dieciocho años de

exilio, Perón logró romper el “mito

del no retorno”. Restaurada la

democracia después de dieciocho

años de persecuciones, torturas

y proscripción del peronismo, se

produjo la anulación por parte

de las cámaras legislativas de la

provincia de Buenos Aires de las

leyes de condena dictadas en el

año 1857 contra la persona del

Brigadier General Don Juan Manuel

de Rosas y el restablecimiento de

todas sus dignidades y honores. Por

iniciativa de Carlos Cornejo Linares,

en 1974 se dictó una ley nacional

que disponía los honores de jefe

de Estado y la repatriación de los

restos de Juan Manuel de Rosas.

El embajador argentino en Londres

Manuel Anchorena recibió entonces

del propio general Perón el mandato

correspondiente para proceder

a la repatriación de los restos de

Rosas. Perón, que había roto el mito

del “no retorno”, quiso de esa forma

repatriar los restos de Rosas como

último acto de la reivindicación de

la figura histórica del Restaurador

que él admiraba desde que lucía

en 1918 su uniforme de teniente

del Ejército argentino. Pero al viejo

conductor lo sorprendió la muerte el

1º. de julio de 1974.

Estampilla conmemorativa del Pacto de San José de Flores (1860), que no sería cumplido

y resultaría en la Batalla de Pavón al año siguiente. La maniobra de ubicar el punto de

inflexión en Pavón ha sido desbaratada por el revisionismo histórico. Perón concluía que en

Caseros “se inició el proceso de declinación política, económica y moral que abrió al país

una etapa dramática de anarquía y desconcierto, de envilecimiento y entreguismo, de guerras

civiles y luchas separatistas, de gobiernos fraudulentos e instituciones corruptas”.

39 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


CONTENIDO EXCLUSIVO

El pacto

hegemónico

ERICO

VALADARES

En la Universidad Nacional

de Tres de Febrero (UNTREF)

existía, o debe seguir existiendo,

la cátedra de Problemas

de Historia del Siglo XX como

materia correlativa y común a todas

las carreras de grado. Haya elegido

formarse en Historia, en Geografía,

en Ingeniería de Sonido, en Higiene

y Seguridad, en Artes del Circo o en

cualquier licenciatura, profesorado

o ingeniería de los que la UNTREF

ofrece a la comunidad, el estudiante

deberá necesariamente superar

esa materia que es una vista superficial

de la historia de nuestro

tiempo, extendiéndose hasta la

revolución burguesa de Francia e Inglaterra

de fines del siglo XVIII en la

búsqueda de los antecedentes mínimos

para comprender los nudos.

Eso mismo es una materia común

correlativa en el ámbito universitario,

o lo equivalente al ciclo básico

común (CBC) existente en la Univer-

40 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


sidad de Buenos Aires, pero aquí

en la UNTREF en simultaneidad con

las demás materias específicas de

la carrera elegida por el estudiante

universitario, ya dentro del plan de

estudios propiamente dicho.

El objetivo de Problemas de Historia

del Siglo XX es contribuir a la

formación de profesionales con un

nivel mínimo de conocimiento de la

historia moderna y para eso existe,

aunque en la práctica representa

un incómodo escollo para los que

no están muy interesados en saber

nada de eso y a veces vienen ya de

la escuela secundaria habiendo

pasado por la historia sin prestarle

mucha atención al asunto. Eso se

ve en las comisiones muy heterogéneas

de Problemas de Historia del

Siglo XX en la UNTREF, donde algunos

estudiantes padecen. En una de

esas clases un apasionado profesor

explicaba esquemáticamente las

alternativas de la revolución rusa

de 1917, la de febrero y la de octubre:

bolcheviques, mencheviques,

zaristas, oficiales transpirando para

mantener la disciplina en el frente

durante la I Guerra Mundial, conspiración,

rosca, rosca y más rosca. El

diseño del cuadro mostraba claramente

eso, una lucha entre factores

41 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Viñeta clásica que representa esquemáticamente la relación entre las mayorías populares y

las minorías dirigentes. El autor de esta obviedad quiso significar que el poder del representante

—y hasta su propia existencia como tal— descansa en la voluntad de los representados.

Y no obstante, la percepción del hecho suele ser siempre la opuesta.

de poder por el control de la política

en el Estado de aquello que más

tarde sería la Unión Soviética al

triunfar finalmente el bolchevismo,

todo en una lectura lineal, más

bien clásica de la coyuntura. Y así

venía la lectura hasta que una joven

alumna de Estadística o Artes del

Circo —es lo mismo para el caso, se

trataba de alguien sin interés por

la historia— levantó la mano tímidamente

y preguntó, azorada por

el panorama descrito: “¿Y la gente,

profesor? ¿Dónde estaba el pueblo

a todo esto?”.

Los alumnos, que éramos muchos

para los estándares de una modesta

universidad del Gran Buenos Aires,

comprendimos al instante que

aquella había sido una pregunta

impertinente. No aparecía el pueblo

por ninguna parte y eso debía

ser así por alguna razón evidente,

aunque hasta allí desconocida para

los oyentes. Luego de hacer una

mueca y de resoplar, el profesor

miró fijamente a la estudiante y sentenció,

sin misericordia, escupiendo

el fuego de su pasión docente: “¡El

pueblo no existe! ¡La política grande

es un juego de pillos!”. Esa definición

habría de quedar grabada

a fuego de una vez y para siempre

en la conciencia de este cronista y

de todos los que ese día tuvimos la

suerte o la desgracia de ser desengañados.

La política grande es un

juego de pillos en el que el pueblo

simplemente no existe.

En efecto, en la lectura de la narrativa

histórica el pueblo como sujeto

activo en la política no aparece sino

como un fenómeno muy reciente,

primero como instrumento ciego de

la burguesía revolucionaria francesa

en los albores de la modernidad y

de allí en más apenas con cierto

protagonismo en ciertos episodios

muy puntuales como, por ejemplo,

en nuestro 17 de octubre de 1945

de la liberación de Juan Perón,

cuando las bases literalmente

atropellaron a los conductores y

coparon la escena en un acto de

excepcional espontaneidad. Y poco

más que eso. En líneas generales,

la narrativa histórica es el relato de

una lucha entre dirigentes en los

niveles de la política grande, esto

es, en el ámbito de discusión propio

de las decisiones trascendentales.

El liberalismo revolucionario francés

e inglés parió en Occidente al ciudadano

e inmediatamente lo sometió

a un esquema de representación

para que en la democracia actual

tal y como la conocemos la ciudadanía

no delibere ni gobierne, sino

por medio de sus representantes.

He ahí que la historia como narrativa

de la política del pasado y la

política como la historia haciéndose

en el presente se vean casi siempre

como ese “juego de pillos” donde el

pueblo parece no intervenir muy a

menudo. La lectura de los diarios de

hoy o de cualquier día servirá para

corroborar la hipótesis, a saberla,

la de que la política es un interminable

debate entre dirigentes

protagonistas mientras el pueblo

aparece solo en la forma de una

cifra estadística, una masa amorfa

que se expresa en los porcentajes

de apoyo de este o aquel dirigente

en las encuestas o en las elecciones.

Quizá para subsanar ese inconveniente

democrático masivo, que

es indisimulable si se observa bien

la cosa, es que se haya creado el

concepto de militancia como un término

medio entre los protagonistas

y los espectadores mudos. Por lo

menos en la comprensión actual de

un argentino frente a la política, los

militantes serían un nexo entre el

poder político y un pueblo políticamente

inexistente, o una alternativa

para permitirles una postura menos

pasiva a las masas sin dejarles la

opción de deliberar y gobernar de

modo directo, lo que sería técnicamente

inviable en una sociedad de

masas, por otra parte.

Sea como fuere, la hipótesis de la

política como un “juego de pillos”

es la famosa obviedad ululante,

42 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


aunque también es cierto que eso

es más evidente en algunas coyunturas

que otras. Por momentos

la política convoca a las masas

populares, las interpela directamente

y por lo menos se tiene allí

la impresión de un protagonismo

de los pueblos. Esas son las coyunturas

que el liberalismo llama

despectivamente “populistas”,

es o sería el “populismo” un momento

de la política en el que los

dirigentes rosquean menos en las

mesas chicas y más en los espacios

dichos “de participación popular”

como los locales partidarios en el

territorio, las asambleas vecinales,

sectoriales, etc. Ahí tenemos en

resumen aquello que Ernesto Laclau

sistematizó en su intrincada prédica

como la “articulación populista” de

las partes. Para Laclau la sociedad

moderna no es el pueblo como una

totalidad que el peronismo dice

que es, sino más bien un conjunto

de partes atomizadas por interés

sectorial a las que la política debe

“articular” para representar mejor a

los representados.

El pueblo al poder

A la moda de Laclau o a la manera

peronista, es en las coyunturas

dichas “populistas” por el liberalismo

elitista cuando los pueblos se

acercan más a la instancia de definiciones

de las cosas propias de su

propio destino. Una de esas coyunturas

se inició en nuestro país allá

por el año 2003 luego de un largo

periodo de política como un “juego

de pillos” a espaldas del pueblo y

a contramano de sus intereses. Ese

año, con un discurso que interpelaba

a las mayorías populares, Néstor

Kirchner inauguró su presidencia

bajándose de un pedestal al que

realmente nunca se había subido

para ir a resolver un conflicto gremial

en el territorio a puro sentido

común. Y allí empezaba su “populismo”,

es decir, su manera de

convocar al pueblo para acercarlo a

la instancia de decisión de la política.

Laclau diría que Néstor Kirchner

“articuló” los distintos intereses

existentes en la sociedad, pero el

peronismo ve en eso un gobierno típicamente

peronista que convocó al

pueblo en su conjunto a la tarea de

reconstrucción de un país dejado en

ruinas por el estallido resultante de

un largo periodo de política como

“juego de pillos” sin el concurso de

las mayorías populares. Dos maneras

de decir lo mismo.

Ahí hay un claro quiebre, un verdadero

cambio de época. Luego de

una breve primavera alfonsinista

en la que en un primer momento

parecía haber empezado un tiempo

de representación política legítima,

Alfonsín fue desdibujándose hasta

apagarse del todo en la oscuridad

de un Pacto de Olivos que es la

expresión del “juego de pillos” por

antonomasia: un pacto hegemónico

entre los dirigentes del bipartidismo

a espaldas del pueblo y que embarcó

a la Argentina en un proyecto

político ajeno a los intereses del

pueblo-nación. Eso habría de estallar

a fines del año 2001 sin que el

pueblo comprendiera entonces qué

cosa fue la que lo golpeó.

“Con Néstor Kirchner volví a creer

en la política” es una expresión muy

típica de los que hoy tenemos más

de cuarenta años de edad y había-

‘La libertad guiando al pueblo’, obra artística universal de Eugène Delacroix en representación

de la revolución de 1830, una de las etapas históricas de la revolución general burguesa

de Francia que vulgarmente se suele llamar “revolución francesa”. Como Delacroix, varios

intelectuales han transmitido la idea de que aquella fue una revolución popular, aunque

a la luz de los hechos y mirando de cerca el proceso, se ve que los burgueses usaron y así

representaron a las masas populares para llevar a cabo su propio proyecto político, que era

el liberalismo. De aquí nace la idea del pueblo como sujeto activo de la política, pero nunca

hubo nada de eso.

43 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


mos estado en la inercia mientras

el destino común se definía en unas

mesas chicas, precisamente en la

rosca de los pillos. El quiebre es

en la actitud de los representantes

frente a sus representados, por

supuesto, pero es también y de

modo concomitante en la actitud

de estos ante aquellos. Si durante

los últimos años de Raúl Alfonsín,

todo el mandato de Carlos Menem

y el fiasco de Fernando de la Rúa la

política fue un asunto ajeno al pueblo,

con Néstor Kirchner se invertía

la fórmula y ahora el dirigente abría

el cauce para la expresión de los

dirigidos. Eso ya había pasado con

Juan Perón y volvía a suceder con

Néstor Kirchner, un gobierno de tipo

popular, “populista” para el muy

refinado gusto estético de las élites.

El pueblo al poder, en una palabra.

Pero nada es en la realidad tan idílico

como en la teoría y Kirchner no

pudo simplemente ignorar el “juego

de pillos” haciendo solo política

popular. Exactos diez días antes de

asumir su mandato, la oligarquía

nucleada e ideológicamente expresada

en el Diario La Nación le

marcaba la cancha publicando en

ese medio a través de José Claudio

Escribano, el gran vocero de los

oligarcas dominantes, un artículo

titulado Treinta y seis horas de

un carnaval decadente, en el que

determinaba que la gobernabilidad

estaba comprometida y registraba

que la Argentina había resuelto

darse un gobierno por un año. Los

oligarcas de La Nación sabían de

los planes de Néstor Kirchner en el

sentido de apoyarse en el pueblo

para construir allí —y no en pactos

Dramática imagen de las protestas y la represión durante la crisis del año 2001. El pueblo

fue arrollado por las consecuencias de un largo periodo de “juego de pillos” en la política,

esto es, por el resultado de su propio enajenamiento. En diciembre de 2001 le estalló

literalmente en la cara a Fernando de la Rúa una bomba que su gobierno nunca se dispuso a

desarmar e incluso contribuyó a armar.

con los pillos de siempre— su gobernabilidad,

una gobernabilidad fundada

en la legítima representación

política, en la defensa de los intereses

populares más que en acuerdos

políticos de mesa chica. Por eso la

oligarquía en La Nación se apuró en

golpear y en dar por terminado el

gobierno de Néstor Kirchner antes

incluso de que empezara.

A raíz justamente de ese estilo

antipopular que había predominado

en la política argentina antes

del advenimiento de Kirchner, el

escenario era el de una fragmentación

inaudita. Alrededor de una

veintena de candidatos se habían

presentado a las elecciones del

2003 y solo unas pocas de esas

fórmulas superaron el 1% de la

voluntad popular expresada en las

urnas. El propio Néstor Kirchner fue

electo con tan solo el 22% de los

votos ante el abandono de Carlos

Menem, el candidato más votado

en aquellas elecciones con un 25%,

quien optó por evitar un “efecto Le

Pen” en su contra. En ese escenario

delirante empezaba a caminar

Néstor Kirchner como presidente de

la Nación y ya expulsado de antemano

por la oligarquía y su “tribuna

de doctrina”. Sin el respaldo que da

la mitad más uno necesaria de los

ballotages y con la amenaza de los

pillos sobre la espalda, Kirchner se

metió de lleno en el juego de ellos

y acordó con Héctor Magnetto el

apoyo del Grupo Clarín a su gobierno

a cambio, lo sabemos hoy, de

lo que Magnetto en ese momento

anhelaba: la fusión entre Cablevisión

y Multicanal para hacerse del

monopolio de la televisión por cable

a nivel nacional.

Ese pacto todavía no es hegemónico,

fundamentalmente porque no

es un pacto entre todos los pillos en

pugna. Y ni siquiera es importante

para lo que se quiere demostrar en

este modesto artículo, salvo por dos

44 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Junto al pueblo. Néstor Kirchner jamás se subió al pedestal del dirigente separado de las

mayorías y siempre fue muy cercano a sus representados, abriendo el cauce para la expresión

y la participación de estos. No obstante, Kirchner debió atender el “juego de pillos” y se

vio en la obligación de entrar en acuerdos para no ser golpeado por los pillos de la política.

consecuencias suyas. La primera

es que va a resultar más tarde en

un empate hegemónico, esto es, en

una situación de tablas entre dos

sectores antagónicos del poder y en

la exclusión inmediata de cualquier

tercero interesado en participar. Y

segundo que, probablemente para

asegurar el cumplimiento del pacto

firmado, Magnetto le exigió a Néstor

Kirchner colocar a uno de sus hombres

en la Jefatura de Gabinete, que

es el centro neurálgico de cualquier

gobierno en nuestro sistema. Ese

hombre magnettista fue el actual

presidente de la Nación como

consecuencia de aquello, Alberto

Fernández. Y aquí habrá una relación

de causa y efecto que veremos

más adelante.

Néstor Kirchner sabía que los

acuerdos con sectores del poder

fáctico de tipo económico son una

cosa inestable, efímera por naturaleza

al fundarse sobre exigencias

crecientes que en algún momento

se vuelven imposibles de atender y

resultan en la ruptura. Al saberlo,

utilizó el respaldo del Grupo Clarín

para contrarrestar la amenaza

golpista de la oligarquía agazapada

en el Diario La Nación, pero siguió

asimismo con la construcción de

una gobernabilidad fundada en la

voluntad popular de los representados.

Y así fue creciendo en imagen

positiva frente a la opinión pública,

cosechando el apoyo de los sectores

que antes habían estado atomizados

y haciendo crecer su Frente

para la Victoria con el concurso de

cada vez más gente, para redondear

al fin un gobierno cuyo éxito es hoy

un consenso para la óptica de la

sociedad argentina. Los años de

Néstor Kirchner como presidente de

la Nación entre el 2003 y el 2007

son recordados por muchos como

los mejores años para el pueblo en

décadas.

Claro que ayudaron factores externos

muy favorables como el precio

internacional de la soja que la Argentina

exporta por varios miles de

millones de dólares anuales y son

un ingreso fiscal fundamental para

el Estado, además de una naciente

integración regional al coincidir

otros fenómenos del “populismo”

como Hugo Chávez en Venezuela

y “Lula” da Silva en Brasil, entre

otros. Esa integración regional se

expresó con la potencia de una

épica en el “No al ALCA” de Mar del

Plata del año 2005, en el que los

“tres mosqueteros” hicieron pasar

un mal momento al entonces presidente

de los Estados Unidos George

Bush y al fin se dieron el gusto de

echarlo simbólicamente, enterrando

el Área de Libre Comercio de las

Américas justo en la cumbre que

debió poner dicho acuerdo multilateral

en funcionamiento. Néstor

Kirchner supo beneficiarse de una

coyuntura favorable mientras recomponía

la política en el plano

local y se afianzaba con su gobernabilidad

de tipo popular. El resultado

de eso fue una cómoda victoria de

Cristina Fernández de Kirchner, su

compañera, en las elecciones del

2007 con un 46% de los votos, más

que el doble de lo obtenido por

Néstor Kirchner cuatro años antes.

Elisa Carrió fue la segunda más

votada ese año y se ubicó bien lejos

de cualquier posibilidad de triunfo,

o a unos 23 puntos por debajo de

Fernández de Kirchner.

Empates hegemónicos

Cristina Fernández de Kirchner

ganó aquellas elecciones del año

2007 con un buen caudal de votos

ya propios —es oportuno recordar

que muchos habían votado a Néstor

Kirchner en el 2003 “por descarte”,

esto es, sin conocerlo y solo porque

los demás parecían peores— y una

ventaja excepcional, augurando

una tranquila transición y la perfecta

continuidad del gobierno de su

marido. Pero a poco de empezar a

45 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


La entonces primera dama Cristina Fernández, el jefe de Gabinete Alberto Fernández y el presidente Néstor Kirchner. En el acuerdo con el sector

del poder fáctico que es el Grupo Clarín, Héctor Magnetto exigió como garantía la colocación de un hombre suyo en el centro neurálgico

del gobierno, que es la Jefatura de Gabinete de Ministros. Ese hombre fue precisamente Alberto Fernández, el mismo que sería impuesto otra

vez por el poder fáctico en nuestros días.

andar pasaron cosas y ya a principios

del año siguiente, pocos meses

después de la asunción presidencial,

la oligarquía volvió a la carga

dispuesta a cumplir el vaticinio de

José Claudio Escribano, aunque con

unos tres años de retraso. Empezaba

el lock-out patronal que quedó

vulgarmente conocido como “paro

del campo” en una larga batalla por

modificar el régimen de retenciones

fiscales a la exportación del agronegocio.

Héctor Magnetto vio en el

proceso el pretexto ideal para romper

el acuerdo al haber obtenido ya

la fusión de Cablevisión y Multicanal.

Por un cúmulo de razones que

no caben en este escueto texto, el

Grupo Clarín deja de ser oficialista

y pasa a formar en la oposición

junto al Diario La Nación, dejando al

recién nacido gobierno de Cristina

Fernández de Kirchner virtualmente

sin apoyo mediático.

Alguien empezaba a sobrar en el

gobierno tras la ruptura del pacto

entre Héctor Magnetto y Néstor

Kirchner: el jefe de Gabinete Alberto

Fernández, a quien Cristina Fernández

había “heredado” al continuar

el acuerdo suscrito por su marido

durante el gobierno anterior. Ahora

Magnetto se ubicaba en las antípodas

del oficialismo y la presencia

de un agente suyo en el gobierno

kirchnerista no solo había dejado

de ser necesaria, sino que pasaba a

ser directamente inadmisible. Así es

como Néstor Kirchner en persona se

ocupa de expulsar a Alberto Fernández

de la Jefatura de Gabinete con

una patada que aún resuena en los

pasillos de Casa Rosada, de acuerdo

con el relato mítico de los que

por allí hoy transitan. El que lo puso

a Alberto Fernández en ese lugar

fue quien finalmente lo sacó de allí,

en una escena que habrá sido de

película e infelizmente no quedó

registrada en ninguna cámara de

seguridad, aunque más no sea. Este

hecho será esencial para la comprensión

de la magnitud del ultraje

que impone el pacto hegemónico.

Cristina Fernández salió muy golpeada

y además sin apoyo mediático

del lock-out patronal golpista en

su contra, cuyo corolario fue la traición

de su vicepresidente, el radical

Julio Cobos, en la votación decisiva

y fallida del proyecto de modificación

del esquema de retenciones

en el Senado. Dura derrota frente

a la oligarquía, un golpe resistido y

temporalmente neutralizado a base

de un muy alto costo político y un

vicepresidente desertor a poco de

iniciar el mandato. Todo parecía

indicar que la suerte de Cristina Fer-

46 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


nández estaba sellada y su gobierno,

terminado. Pero la presidenta

supo retomar la iniciativa con una

catarata de lanzamientos de nuevas

políticas de Estado orientadas a

asistir a los más vulnerables y a recuperar

el patrimonio nacional que

se había enajenado mientras duró

el “juego de pillos” del anterior pacto

hegemónico entre el alfonsinismo

y el menemismo en los años 1990.

Además de la asignación universal

por hijo, que tuvo un impacto social

monumental tanto en el ingreso

de familias que seguían excluidas

como en la atención sanitaria y el

acceso a la educación para los niños,

se siguieron la recuperación de

los dineros de las Administradoras

de Fondos de Jubilaciones y Pensiones

(AFJP) que estaban en la timba

financiera de los peces gordos, la

reestatización de empresas clave de

la economía como YPF, Aerolíneas

Argentinas, etc., entre otras iniciativas

para patear el tablero.

Con todos los medios en contra,

pero gestionando con un vértigo y

una pasión solo vistos quizá con Perón

en sus mejores momentos entre

1947 y 1952, Cristina redondeó con

un nivel inaudito de apoyo popular

el primer mandato de un gobierno

que luego del lock-out patronal del

2008 había sido declarado muerto,

lo que se verifica en las impresionantes

exequias de Néstor Kirchner

a fines del año 2010 y, por supuesto,

en la performance electoral al

año siguiente. Cristina Fernández

obtuvo su reelección en las elecciones

del año 2011 con un 54%

de los votos y con asombrosos 37

puntos de ventaja sobre el segundo

candidato más votado, el “socialista”

Hermes Binner, quien solo pudo

cosechar un magro 16,8% pese a

la intensa y furiosa campaña mediática

en su favor y en contra de su

rival. Cristina Fernández de Kirchner

había logrado elevar el kirchnerismo

a la condición de superpotencia

política y electoral sin la necesidad

de suscribir acuerdos con los poderes

fácticos que controlan los

medios de comunicación, ya no era

posible derrotarla únicamente con

campañas mediáticas y la extorsión

de las famosas tres tapas de Clarín

no tenía efecto porque Cristina

Fernández había cautivado una

parte del electorado suficiente para

sostenerse más allá del desgaste

mediático diario, al que su sector se

había hecho inmune.

Y allí nomás, al conocerse la

verdad numérica que resulta de

las urnas, se dio el empate hegemónico.

Quedaba claro que las

corporaciones mediáticas no eran

ya capaces de destituir a Cristina

Fernández y pronto se sabría, al fracasar

la llamada ley de medios, que

Cristina Fernández tampoco tenía la

capacidad de hundir a su enemigo.

Como en la Guerra Fría, pero en una

miniatura de coyuntura política local,

se instalaba un escenario sobre

el que dos superpotencias convivían

al ser incapaces ambas de destruir

una a la otra y, a la vez, cooperaban

automáticamente para excluir

a cualquier tercero interesado en

meterse en la discusión. Eso es un

empate hegemónico, una situación

en la que hay tablas entre dos

enemigos y dicha situación resulta

lógicamente en la imposibilidad de

que surja una alternativa a ambos

al haberse copado todo el escenario

por la rivalidad hegemónica. Ha

nacido la grieta en la Argentina.

Lo que hoy llamamos “grieta” en

nuestro país empieza a darse, sin

lugar a dudas, a partir del lock-out

patronal del 2008. Es allí cuando

muchos empiezan a tomar partido

por uno de los dos bandos en

pugna hasta que queda muy poco

por fuera de esas dos opciones de

proyecto de país. De un lado, toda

Los gobiernos populares de Brasil, Argentina y Venezuela, en una coyuntura extraordinaria.

Acompañado por “Lula” da Silva y Hugo Chávez, Néstor Kirchner tuvo la oportunidad dorada

de levantar un país de sus ruinas y eso efectivamente hizo, ayudado además por el alza en

los precios internacionales de las commodities que nuestro país exporta.

47 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Con el lanzamiento de políticas públicas con masivo impacto social, Cristina Fernández

retomó la iniciativa luego de la intentona golpista del 2008 que había hecho tambalear su

recién nacido gobierno. A partir de fines del 2008 y hasta las elecciones del 2011 se da la

enorme acumulación de capital político y así nace el kirchnerismo de un modo efectivo, real.

Los polos de poder ahora son dos y ahí está el empate hegemónico, la grieta, que empieza a

resolverse en el presente.

la oligarquía y la falsa burguesía

nacional, cuya fortuna se construye

no en base a la inversión de capital

propio, sino mediante la patria contratista

y la apropiación indebida

de empresas en la mesa de torturas.

De otro, un gobierno popular

que había cautivado la voluntad de

todos los que identificaban como

enemigos a aquellos. Dos proyectos

de país opuestos también en ambos

lados de la grieta, intereses realmente

irreconciliables entre la especulación

y el trabajo, la sumisión

y la soberanía, lo privado y lo público,

las corporaciones y el pueblo.

Pocas veces las cosas estuvieron

tan claras en la Argentina como en

aquel año clave y cumbre de 2011.

Tablas

Pero también allí empieza la debacle,

puesto que toda cumbre supone

necesariamente un inmediato

declive. A partir de las elecciones

del 2011 y ante la realidad de

que ninguno de los dos bandos en

pugna tenía la capacidad de derrotar

de una vez y para siempre a su

enemigo en la grieta, empezaba una

guerra fría en la que el kirchnerismo

se dedicaría a desbaratar el monopolio

mediático de Clarín, mientras

que el otro bando —donde estaba el

Grupo Clarín junto a otros poderosos—

buscaba la forma de socavar

al gobierno y buscaba la bala de

plata, o esa operación infalible que

hiciera implosionar un campo que

era entonces demasiado sólido, el

campo de lo nacional-popular. El

gobierno de Fernández de Kirchner

invirtió prácticamente todas sus

energías en la guerra santa contra

Héctor Magnetto mientras el poder

fáctico seguía en la búsqueda de la

operación final. Y en eso llegaron

las elecciones de medio término del

año 2013, las que habrían de ser

decisivas para el kirchnerismo.

Nadie lo supo entonces, pero el

triunfo de Sergio Massa en la madre

de las batallas electorales que

se da en el distrito de la provincia

de Buenos Aires habría de poner

punto final a una década de logros

y avances iniciada por Néstor Kirchner

allá por el año 2003. Massa no

necesitó ganar a nivel nacional —no

lo hizo, de hecho— para posicionarse

mágicamente como opción

lógica a la sucesión presidencial

programada para de allí a dos años.

El núcleo duro del kirchnerismo

seguía intacto en alrededor del 30%

del electorado total o algo más que

eso, pero el poder ya había formado

la idea de que ese tercio duro podía

ser derrotado de mediar el suficiente

desgaste en lo sucesivo. Sergio

Massa haría muy bien su trabajo

de ariete del poder y forzaría, ya en

enero de 2014, sendos cambios en

el gabinete del gobierno nacional,

cambios que modificaron por su

parte la orientación de las políticas

de Estado. Con el nuevo gabinete

vinieron el ajuste y la devaluación

de la moneda, dos desconocidos

durante la llamada década ganada

entre el 2003 y el 2013. Eso era

Massa hablando desde un lugar de

poder.

Se equivocan, no obstante, los que

ven en Massa un tercero en discordia

entre las dos superpotencias,

el kirchnerismo y la oligarquía o el

poder fáctico. Massa en realidad

siempre fue un agente de estos

últimos en la política, siempre

representó esos intereses y nunca

sostuvo más que un proyecto político

de ortodoxia económica que es

la concentración de la riqueza y es

hambre para las mayorías. No hay ni

podría haber terceros en discordia

cuando rige un empate hegemónico

en la política, los que se presentan

como terceros en dicho escenario

son siempre en realidad alternativas

de uno u otro campo. Entonces Sergio

Massa fue la opción del poder

fáctico desde el 2013 y de cara a

las elecciones generales de 2015

48 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


en caso de que fallara la construcción

de Mauricio Macri.

Como se sabe, Macri no habría de

fallar y Massa tendría finalmente

que plegarse. Eso fue así por varias

razones que van desde las dificultades

que tuvo el kirchnerismo para

construir un sucesor claro para Cristina

Fernández de Kirchner hasta

una mediocre gestión económica

desde la renovación del gabinete en

enero de 2014 que, si bien puede

considerarse un éxito comparada

con lo que estaba por venir, hizo

resentirse una sociedad que se

había acostumbrado al bienestar en

los años anteriores. Pero el plan de

Mauricio Macri va a funcionar y Macri

ganará en un ballotage ajustado

las elecciones del año 2015 fundamentalmente

porque el poder halló

su bala de plata en el caso Alberto

Nisman. La consigna del “cambio”

prende en noviembre de 2015 y eso

indica la existencia de un método

distinto al golpe de Estado clásico

para la destrucción de un proyecto

político popular hegemónicamente

empatado. Para destruir al gobierno

de Juan Perón fueron necesarios

bombardeos y la extorsión armada;

para destruir al de Cristina Fernández,

alcanzó con una operación judicial

y de servicios de inteligencia

sumada al desgaste mediático.

Ya en diciembre de 2012 la propia

Cristina Fernández se adelantaba a

la aplicación de esos nuevos métodos

golpistas al decir en cadena

La dupla Amado Boudou y Cristina Fernández de Kirchner, fórmula arrasadora de las elecciones del año 2011. A partir de esas elecciones y

habiéndose ya estabilizado el escenario político en dos polos opuestos, una oposición antikirchnerista consolidada pasó a trabar todas las

iniciativas del gobierno, que pudo hacer dos primeros años razonables hasta el 2013 y se vio paralizado del todo al ser derrotado a manos de

Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires ese año. Allí el empate hegemónico resultó finalmente en tablas y en parálisis, situación que

dura hasta los días de hoy.

49 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


nacional de radio y televisión,

premonitoria, que “cuando a algunos

les fallan los fierros mediáticos

intentan construir fierros judiciales”.

Ahí estaba la analogía entre

los viejos y los nuevos métodos

golpistas, los “fierros” son en una

clara alusión a las armas que los

militares aplicaron durante todo

el siglo XX para interrumpir violentamente

los procesos políticos de

corte democrático o popular. Ahora

esos “fierros” son mediáticos y son

judiciales y entonces el “triunfo” de

Mauricio Macri en las elecciones

del año 2015 no es ningún triunfo,

o lo es en el sentido que les daban

los militares golpistas a sus golpes.

“Triunfaban” cuando derrocaban a

un gobierno civil por la fuerza y el

de Mauricio Macri equivale o es la

continuación histórica de eso, es un

verdadero golpe mediático-judicial.

Claro que todo empieza con la

bala de plata de Alberto Nisman,

una operación judicial pergeñada

claramente entre la embajada de

Israel y la llamada “familia judicial”,

que con la declaración de inconstitucionalidad

de la ley de medios ya

había definido claramente de qué

lado iba a ubicarse en su naturaleza

de poder fáctico. Con Nisman el

poderoso da inicio a la que será la

estrategia para convertir el empate

hegemónico en un triunfo o, por lo

menos, como veremos, en un pacto

hegemónico. Esa estrategia será

Mauricio Macri, el presidente payaso ungido a fines del 2015, pero sin triunfo posible. En la

situación de tablas del empate hegemónico entre dos polos de poder, Macri pudo hacer un

saqueo y robar casi sin límites, pero no pudo modificar los engranajes del país con la aplicación

integral del proyecto del poder. Una presidencia o dos como la de Macri no es realmente

lo que el poderoso quiere, sino un pacto hegemónico duradero en el que la “oposición”

colabore con la reconfiguración del país a su gusto.

la de la guerra judicial, lo que se

dio en llamar por su equivalente en

inglés: el “lawfare”.

Juntos por el cambio,

literalmente

Ahora Mauricio Macri tiene el poder

político en el Estado, sin que eso

signifique ni mucho menos el fin del

empate hegemónico todavía. Todo

lo contrario: mientras más hablaba

Macri hipócritamente de “cerrar la

grieta” y de “gobernar para todos

los argentinos”, más se retobaba

y se radicalizaba su par opuesto

que es el kirchnerismo. Macri no

hizo otra cosa que ensanchar la

grieta hasta niveles de espanto y

en un momento determinado la

parte mínimamente politizada de la

sociedad argentina que es ese 60%

interesado de alguna forma en el

asunto pasó a estar definitivamente

dividida en dos compartimientos

estancos, sin ninguna comunicación

entre ellos. Los llamados “macristas”,

que en rigor son los antikirchneristas,

consumiendo por su

parte únicamente los medios de comunicación

que blindaban a Macri y

pintaban a Cristina Fernández como

el mal absoluto. Para ellos el gobierno

de Macri era el mejor desde

los orígenes de la política argentina,

era un gobierno que hacía de todo

para desarmar una supuesta bomba

dejada por una década y más de

“populismo irresponsable”. Por otra

parte, los kirchneristas prendidos

todo el día a medios de comunicación

como C5N, donde se señalaba

a Macri como la representación del

mal y se sostenía la perfección de la

década ganada, la que debía reeditarse

derrotando a Macri para hacer

un nuevo gobierno kirchnerista.

La incomunicación entre esos

sectores como compartimientos

estancos en una sociedad politiza-

50 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


da y partida al medio fue el punto

más alto —o más bajo, según se lo

mire— de la grieta. Y por lo tanto

también allí tenía que culminar el

empate hegemónico al volverse insostenible

la situación en el sentido

de que ninguno de los dos bandos

era capaz ya de aplicar su proyecto

político. He ahí el problema que nos

atañe: cuando la grieta es total y los

núcleos duros están del todo cristalizados

ya nadie puede gobernar

simplemente porque el otro no lo

permite. Esa es la verdadera causa

del fracaso o del éxito modesto, digamos,

del segundo periodo de gobierno

de Cristina Fernández porque

después del 2011 el campo opuesto

ya estaba lo suficientemente cristalizado

como para oponerse automáticamente

a cualquier política de

Estado sin ni siquiera mirar para ver

de qué se trataba. Con el envión de

los anteriores ocho años de gestión

exitosa y de la legitimidad que da el

54% de los votos, Cristina hizo dos

buenos años más de gobierno hasta

el 2013, pero de allí en más y luego

del batacazo massista en las legislativas

la cosa se trabó y el kirchnerismo

no pudo hacer nada más. No

por ineptitud o por haber cambiado

prodigiosamente de proyecto, sino

porque el empate hegemónico se

había instalado y así la política real

es inviable.

Fíjese el atento lector que en

una situación menos extrema y de

mucha menos grieta fue necesario

un pacto hegemónico, el Pacto de

Olivos entre las dos fuerzas del bipartidismo,

para que Carlos Menem

pudiera aplicar las políticas neoliberales

del Consenso de Washington

sin que el radicalismo alfonsinista

estorbara los planes. Así, un

Raúl Alfonsín aparentemente derrotado

tuvo que pactar con un Carlos

Menem que en apariencia venía

triunfante para que este pudiera

cumplir el mandato de los Estados

Las masivas protestas del 2017 contra el proyecto de reforma del sistema de jubilaciones

y pensiones. El ejemplo de la batalla por este proyecto de reforma previsional es una clara

muestra de lo que ocurre cuando uno de los polos intenta avanzar sobre los engranajes de la

máquina en medio a un empate hegemónico: el otro polo subleva al pueblo y todo se torna

muy dificultoso, es imposible avanzar con un plan integral. La imposición de la totalidad de

un proyecto político solo es posible si el polo opuesto colabora o es físicamente eliminado,

como ocurrió en los 1990 y en la dictadura genocida entre 1976 y 1983, respectivamente.

Unidos como único polo de poder

global luego de la caída del Muro de

Berlín y la posterior disolución del

campo socialista en el Este. Pero

Menem era tan “triunfante” como

pudo haber sido Macri en el 2015

y Alfonsín igual de “derrotado” que

Cristina Fernández en el mismo año,

es decir, nada en absoluto. Ningún

proyecto político puede aplicarse en

un bipartidismo sin la colaboración

de la oposición, no hay triunfo ni derrota

total mientras existan las fuerzas

opuestas, aunque los dirigentes

caigan o pierdan las elecciones.

El Consenso de Washington y sus

políticas neoliberales jamás podrían

haberse instalado en la Argentina

si el radicalismo alfonsinista

no hacía con Menem el Pacto de

Olivos, esa es la verdad. Si el alfonsinismo

se paraba de manos, indefectiblemente

iba a movilizar a la

sociedad para frenar aquel saqueo

de las riquezas nacionales y aquella

destrucción de la industria y del

trabajo que el neoliberalismo llevó

a cabo. Pero no hubo oposición, el

radicalismo alfonsinista se acostó,

como se dice en la jerga, dejando al

pueblo argentino sin representación

política para luchar. El resultado fue

el desinterés de las mayorías por

una política que ya no representaba

a nadie y la reconversión de esa

política en aquel “juego de pillos”

que veíamos anteriormente, esto

es, una rosca privada de unos pocos

individuos sin la participación del

pueblo. Se usa decir que “el argentino

estaba en cualquiera” mientras

Menem aplicaba la totalidad del

plan neoliberal con Domingo Cavallo

al frente de la política económica,

pero eso es cierto solo en parte.

No es que el pueblo argentino

haya estado en cualquiera porque

súbitamente perdió el interés por

la cosa pública, sino porque sus representantes

pactaron para dejar al

pueblo sin representación política y,

por lo tanto, fuera de la discusión.

La dictadura cívico-militar de

1976 también impuso un proyecto

51 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Portada del diario procesista ‘La Nueva Provincia’, de Bahía Blanca, anunciando el Pacto del

Olivos entre Alfonsín y Menem que iba a posibilitar la aplicación de la totalidad del proyecto

político del Consenso de Washington. La curiosidad aquí es el anuncio en la parte superior

de la portada de la instalación de mil líneas telefónicas en un barrio: la ineficiencia de las

empresas estatales como Entel fue el principal argumento para su privatización y aquí, con

la telefonía ya privatizada, iban apareciendo con la privatización los teléfonos que Entel

nunca instalaba justamente para generar una percepción de ineficiencia de lo público y

justificar su posterior enajenación. Toda una época en una portada de diario.

político importado, a espaldas del

pueblo y en su desmedro, pero lo

hizo por la fuerza brutal de las armas.

Para hacer lo que querían los

Chicago Boys con Martínez de Hoz

a la cabeza, la dictadura tuvo que

eliminar físicamente a los que iban

a parar las patas para representar

los intereses del pueblo e impedir el

saqueo. No pactó con ellos, simplemente

los capturó y los desapareció

a muchos de ellos para poner sobre

la mesa la amenaza a todos los demás

y disuadirlos. Eso es una dictadura

cuando viene con un mandato

político y económico, es el reemplazo

del pacto entre dirigentes por la

supresión real de los dirigentes del

campo opuesto, ni más ni menos.

Ahora bien, ¿cómo se hace eso si

no existe la posibilidad, la voluntad

o ambas de hacer un genocidio para

llevar a cabo un proyecto político

y económico? ¿Cómo se rompe el

empate sin tener que eliminar físicamente

mediante un golpe militar

a uno de los dos bandos empatados?

Pues con un pacto hegemónico,

precisamente.

Entonces Mauricio Macri empezó

el saqueo y lo quiso continuar por

al menos cuatro años más ganando

las elecciones del año 2019, las últimas

hasta aquí. Pero el kirchnerismo

no se había acostado como hizo

en su momento Raúl Alfonsín al ser

derrotado electoralmente y si bien

es cierto que Cristina Fernández se

abstuvo de conducir después de

dejar la presidencia en diciembre de

2015, el tercio duro kirchnerista no

cambió de idea ni estuvo jamás dispuesto

a permitir que Macri llevara

a cabo ninguna política de Estado.

El kirchnerismo se opuso a todo lo

que hizo Macri y trabó todo lo que

pudo el avance del macrismo gobernante

hasta desgastarlo profundamente

y derrotarlo en las urnas

luego de un solo periodo de cuatro

años de gobierno. Así es como se ve

públicamente el proceso, esto es lo

que todos sabemos. Lo que quizá

no sepamos o no nos esté dado ver

es que el empate hegemónico no se

resuelve, como veíamos, en elecciones.

Uno de los bandos puede

ganar o puede perder en las urnas

y aun así será estorbado por el otro

si gana y va a estorbar al otro si

pierde, resultando eso en un juego

de suma cero que es un empate. El

empate hegemónico no se resuelve

sin el hundimiento total de uno de

los dos bandos en pugna o sin un

pacto entre ellos. Tienen que estar

todos juntos por el cambio o no hay

cambio en absoluto.

El poder existe

Hasta aquí hemos hecho un repaso

de un cúmulo de información que

es de público conocimiento, no hay

nada que no esté al alcance del

atento lector que se pone a investigar

y a revisar la historia. Pero de

aquí en más tendremos que manejarnos

con discreción puesto que

la información no está disponible,

esto es, hablamos de hechos que

siguen en curso y cuyos detalles

no verán la luz de la difusión mientras

siga ese curso. Lo que hay son

hipótesis, algunas más fuertes que

otras a la luz de lo que ya es conocido,

pero hipótesis al fin. La verdad

es que la verdad —valga la redundancia—

solo la saben los protagonistas

involucrados en la lucha,

52 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


ellos conocen el plan para romper

el empate hegemónico y construir

el pacto hegemónico que lo reemplazará

para que un proyecto

político pueda finalmente aplicarse

en su totalidad. Nadie sabe nada,

ni siquiera los contenidos de ese

proyecto, aunque desde luego todo

se puede intuir y aún mucho más, se

puede deducir apelando a la lógica.

Para hacer esa lógica tendremos

que basarnos en tres premisas

que son verdaderas a todas luces.

La primera es que el poder existe

y necesita poner en marcha un

proyecto político determinado. La

segunda es que alguien no desea la

aplicación de dicho proyecto, sino

que quiere aplicar otro radicalmente

opuesto. Y la tercera es que esa

discordia resulta en un empate y en

un estancamiento inútiles y hasta

nocivos para todos. Si entendemos

que el empate realmente no le interesa

a nadie más que de un modo

coyuntural, entonces podremos

comprender que el empate se va a

romper en algún momento o ya se

está rompiendo ahora mismo.

Más allá de la vulgata, una hegemonía

es una cosa muy sofisticada,

quizá lo más sofisticado que haya

en la política. A diferencia de una

dominación común y silvestre, en la

que los dominados jamás dejan de

luchar para sacudirse el yugo, en

una hegemonía los hegemonizados

no solo están de acuerdo con la

sumisión que se les impone, sino

que además trabajan activamente

para preservarla y reproducirla. No

hay en la hegemonía una verdadera

lucha con el objetivo de subvertir

el orden establecido. Lo único que

hay en la hegemonía es una simulación

eterna de lucha para que

nada cambie en el fondo, por lo que

dominantes y subalternos cooperan

mutuamente en el sostenimiento

del statu quo.

La metáfora para ver la diferencia

entre dominación y hegemonía es

la de una toma de rehenes en la

que uno o unos pocos tienen las

armas y con ellas someten a los

muchos, que aquí son los rehenes.

Cuando esa es una situación de

dominación, los rehenes están en

permanente tensión y expectantes

del momento preciso para hacerse

de las armas y subvertir la situación,

rindiendo a los captores y terminando

con la toma. Esa es una dominación,

los captores dominan a los

rehenes por la fuerza y no se pueden

distraer jamás, porque en cuanto lo

hagan serán atacados por sus víctimas,

desarmados e incluso más.

Una hegemonía, por su parte, es la

misma situación o parecida, pero

con la diferencia de que aquí todos

los rehenes o más bien la mayoría

de ellos no están interesados en

hacerse de las armas de sus captores

para terminar con la opresión y,

muy por el contrario, cooperan con

los captores para que a nadie se le

ocurra hacerlo. Mientras la toma

de rehenes sea hegemónica, los

captores pueden relajarse, pueden

dormirse tranquilos y hasta pueden

dejar las armas sin vigilancia, al alcance

de los rehenes. Pueden hacer

todo eso con la certeza de que si

algún rehén díscolo tuviera la idea

de rebelarse e ir por las armas que

están a la vista, sería rápidamente

reprimido por los otros rehenes, por

los que funcionan en la hegemonía.

Ahí está diferencia entre simple

dominación y hegemonía, pero

La dictadura cívico-militar entre 1976 y 1983 cerró la grieta con sangre y terminó con el

empate hegemónico de la época mediante un genocidio o la destrucción física de uno de

los dos bandos en pugna. Y así pudo aplicar la totalidad del proyecto político que les había

encargado el poder global. Esa aplicación fue tan rápida, brutal y profunda que aún al día

de hoy, a casi cuatro décadas de finalizada aquella coyuntura, queda mucho de pie de lo

instalado por los genocidas, tanto en la matriz económica como en la cultura del pueblo-nación

argentino.

53 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Con la caída del Muro de Berlín y la disolución del campo socialista en el Este, los Estados Unidos se encontraron liderando solos en un orden

mundial unipolar y para nosotros eso se expresó en el Consenso de Washington. La aplicación de esas políticas fue de la mano de Carlos Menem,

pero con la complicidad de los radicales, que se acostaron. Aquí, Menem y el presidente estadounidense Bush en una representación

de lo que se dio en llamar “relaciones carnales”.

también está la descripción de la

política moderna de un modo general:

si a un díscolo se le ocurre la

brillante idea de subvertir el sistema

democrático representativo, que

es hegemónico hoy, a ese díscolo

le va a caer la represión y no precisamente

por parte del poderoso

que está muy lejos en la cima de la

pirámide, sino más bien de las fuerzas

políticas en pugna y hasta cierto

punto enemigas. En la lucha todo

está permitido, menos cuestionar la

naturaleza de la lucha en sí o intentar

modificarla y eso nos conduce al

problema central de la representación.

¿Qué pasa cuando los representantes

se separan demasiado

de los representados hasta dejar,

precisamente, de representarlos y

empezar a representar solamente

sus propios intereses particulares?

¿Qué pasa cuando los representantes

opuestos de intereses generales

también contradictorios pactan en

favor de uno de esos intereses para

saldar el empate entre ellos?

Pues bien, eso fue exactamente

lo que pasó en el Pacto de Olivos

entre el radicalismo de Alfonsín y el

peronismo de Menem: ambas fuerzas

opuestas pactaron un proyecto

político a espaldas y en desmedro

de sus representados, formaron

una hegemonía política para la

aplicación del neoliberalismo del

Consenso de Washington y dejaron

directamente sin representación a

las mayorías para luchar en contra

de eso. Oponerse a las políticas

neoliberales en los años 1990 pasó

a ser considerado un atentado a la

democracia y cualquier esbozo de

oposición fue reprimido por ambas

fuerzas políticas hegemónicas del

bipartidismo. No hubo posibilidad

de que el neoliberalismo del

Consenso de Washington no se

aplicara en su totalidad entonces. Y

se aplicó nomás, como ya es harto

conocido.

El por qué eso funcionó tiene que

ver con la narrativa de la época, que

es un poco difícil de comprender si

no se hace el esfuerzo de ubicarse

uno en ese periodo y pensar con la

cabeza de un argentino de 1989. A

tan solo seis años del fin de la dictadura

y a dos del primer alzamiento

de los llamados Carapintadas, es

lógico que la interrupción del proceso

dicho democrático apareciera

entonces como una posibilidad

real. Y si un pacto se presenta como

necesario para evitar ese peligro,

es natural que la sociedad lo acepte

como la solución lógica para un

problema que es actual. Los pactos

se hacen para la aplicación de un

54 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


proyecto político determinado en

su totalidad, sí, pero se presentan

frente a la opinión pública como

la forma de resolver un problema.

En cierto sentido lo es, aunque el

problema real normalmente no es

el que se declara como pretexto.

Una cosa es la que se ve, otra muy

distinta es la que es.

Cuando Néstor Kirchner asumió el

gobierno de la Nación en el 2003

el problema real coincidía con el

problema formal, es decir, no había

ningún empate hegemónico que

impidiera la aplicación de un proyecto

político en su totalidad y eso

mismo declaró e hizo Kirchner sobre

un escenario de fragmentación,

todavía no hegemónico. A medida

que avanzaba, Kirchner iba formando

con los retazos fragmentados un

campo propio y, a la vez, el campo

opuesto, las fuerzas se reagruparon

en el tiempo hasta darse el empate

cuya cumbre la ubicamos en el

2011. Pero mientras ese empate no

se dio el kirchnerismo pudo avanzar

con su proyecto político, más

allá de escaramuzas aisladas que

siempre las hay. La Argentina no

pudo estancarse entonces porque

no existía el escollo de una oposición

dispuesta a trabar todo con un

proyecto alternativo y directamente

opuesto, eso es lo que va a pasar a

partir del año 2008, va a tomar su

forma definitiva en el 2011 y va a

llegar hasta nuestros días con el estancamiento

total como resultado.

Ahora el país está estancado, no

puede darse un proyecto político

de tipo nacional-popular y tampoco

un proyecto opuesto, a saberlo, uno

que favorezca al poderoso como

pasó en los años 1990. Puede tener

gobiernos de corto aliento que apliquen

una parte de esos proyectos,

pero con mucha dificultad y siempre

muy lejos de lograr el objetivo. Hoy

por hoy el kirchnerismo no puede

ser y el antikirchnerismo, que vulgarmente

se hace llamar “macrismo”,

tampoco. Están empatados en

la grieta y se espera el desempate,

que solo puede venir por el camino

de la fuerza o por el del acuerdo. La

primera es la opción del golpe de

Estado, la segunda es la del pacto

hegemónico. Lo que no puede pasar

es que esta situación actual dure

indefinidamente.

A desempatar

¿Por qué un empate hegemónico no

puede durar para siempre? Porque

el poder existe, simplemente. Y al

existir, el poder debe necesariamente

llevar a cabo su plan, imponer

su proyecto político. El poder es el

poder porque lo hace, porque siempre

encuentra la forma de gobernar

más allá de la voluntad de los que

no lo tienen, que son las mayorías

populares. El empate hegemónico

no puede durar y no porque los

pueblos tengan urgencias, porque

necesiten una resolución del problema.

El empate hegemónico se

tiene que resolver porque el poder

no tolera la disidencia: la aplasta o

la acuesta de acuerdo con el espíritu

de la época. El poder existe y va a

desempatar la hegemonía.

En las elecciones legislativas del

Imagen de un oficial de caballería durante uno de los alzamientos militares de los llamados

Carapintadas. Para 1989 y aún en los primeros años de la década de los 1990 la amenaza

de un golpe de Estado por parte de los militares era real. De hecho, los Carapintadas ya

habían comprendido la estrategia menemista y se propusieron interrumpir por la fuerza esa

aventura, sin éxito: la imagen de los militares en general había quedado muy desgastada

luego del genocidio del que participaron como brazo ejecutor entre 1976 y 1983.

55 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


año 2017, Cristina Fernández hizo

una medición precisa de la dimensión

de su caudal electoral. Sin

hacerse acompañar más que por

dirigentes subalternos y del riñón

propio, esto es, sin hacer alianzas

electorales, Cristina Fernández se

presentó como candidata a senadora

por la provincia de Buenos Aires.

Perdió, es cierto, pero por escasos

puntos frente a la lista del oficialismo

y además obtuvo alrededor del

37% de los votos, un indicativo de

que el núcleo duro del kirchnerismo

tenía entonces la magnitud de un

tercio del electorado. Con sus votos

propios y en contra de los aparatos

mediático y estatal, Cristina Fernández

demostró cabalmente que

el kirchnerismo existe y no tenía en

ese momento ninguna hendija por

donde el poder pudiera meterse. Y

el poder, en efecto, tomó nota del

hecho.

Sin especular ni hacer intrincados

cálculos, estamos en condiciones

ya de saber que es falsa la afirmación

de que Cristina Fernández no

podía ganar las elecciones generales

del año 2019 de haberse

presentado como candidata titular

en ellas. Así de simple, no había

ningún impedimento para que ese

35% en promedio a nivel nacional

se transformara dos años más tarde

en el 45% mínimo necesario para

La asunción mítica de Néstor Kirchner en 2003, llena de abrazos con los populares presentes

al acto y con un discurso que quedará para la posteridad. Kirchner se encontró con

el camino despejado de empates al ascender en medio a una infernal fragmentación de la

política, resultado del estallido de diciembre de 2001. Así, el kirchnerismo —que aún no

era tal y solo lo sería realmente ya con Cristina Fernández en la presidencia— pudo avanzar

rápidamente para levantar al país de sus ruinas en cuestión de meses y años.

ganar en primera vuelta y acceder

a la presidencia de la Nación. Entre

las maldades de cuatro años de

gobierno macrista, las dificultades

económicas, el concurso de otros

sectores con capacidad de sumar

algunos votos y cierta nostalgia de

los buenos tiempos de gobierno

nacional-popular, Cristina Fernández

pudo haber alcanzado tranquilamente

ese 45% ganador en octubre

de 2019. Dicho de otra forma,

está claro que Cristina Fernández

pudo haber sido hoy la presidenta

de la Nación y, no obstante, no lo

es. Está en el lugar subalterno de

vicepresidenta y el titular es Alberto

Fernández, el mismo que había sido

expulsado del gobierno kirchnerista

en el año 2008 por ser un agente

de Héctor Magnetto y al romperse

aquel acuerdo entre Kirchner y Magnetto.

¿Por qué?

No hay forma de explicarlo sin poner

a Cristina Fernández de Kirchner

en las categorías ultrajantes de

claudicación, abandono y traición.

Si ella pudo haber sido presidenta

y optó por dejarle el lugar a un

operador de las corporaciones para

que dicho operador continúe con

el ajuste macrista a cuentagotas y

siga matando al pueblo, entonces

la abanderada del pueblo claudicó,

abandonó y traicionó al pueblo. Si

pudo ganar y no quiso, si optó por

dejar ganar a un auténtico topo mal

disimulado y si el resultado de eso

es una renovación de la opresión

sobre las mayorías populares, no

le caben otras categorías que esas

mismas. He ahí la respuesta más

sencilla al enigma, la hipótesis de

la claudicación y la traición. Fácil,

pero la respuesta más sencilla no

es necesariamente la correcta ni

estamos frente a un problema que

se resuelva fácilmente.

No conviene olvidar en ningún

momento que el poder existe y es

el que más intensamente juega

56 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Unidad Ciudadana fue el experimento de Cristina Fernández para las elecciones de 2017 con el objetivo de medir el verdadero caudal electoral

del kirchnerismo. En Unidad Ciudadana hubo progresistas, radicales, socialistas, comunistas, peronistas no muy doctrinarios, abogadas

mediáticas y otros personajes, todos del riñón de Cristina Fernández. Lo único que no había eran votos más allá de los aportados directamente

por la conductora: todos los votos de Unidad Ciudadana fueron de la conductora y allí estaba todo su capital electoral.

para imponer su proyecto. No hay

realmente nada que el poder no

esté dispuesto a hacer para lograr

sus objetivos ni el poderoso tiene

ningún límite moral y ético, pensar

con la cabeza de uno para proyectar

las acciones del poder fáctico es un

error grosero, puesto que el poder

fáctico no se deja conducir por los

códigos de ética y moral que rigen

para los de a pie. La diferencia es

precisamente esa, el que tiene el

poder lo tiene porque está en el

mundo de un modo muy distinto a

todos los demás, los que no tenemos

el poder y únicamente tendríamos

la posibilidad de organizarnos

para la defensa mutua.

Por lo tanto, la hipótesis de la

extorsión judicial es la única que

permite entender esta situación de

desempate hegemónico mediante

la sumisión de la principal dirigente

de uno de los bandos en pugna,

para forzar un pacto hegemónico,

sin suponer lo que verdaderamente

es absurdo: la claudicación y la traición

de la que no claudica ni traiciona.

Y es absurdo por una sencilla

razón, la que está al alcance de la

comprensión de cualquier inteligencia.

¿Por qué Cristina Fernández habría

de claudicar, a cambio de qué

cosa traicionaría su propia obra?

¿Por dinero? ¿Por qué? No tiene

ningún sentido, no es una hipótesis

real. Aquí tiene que haber otra cosa.

El poder existe y tiene desde siempre

para la Argentina un proyecto,

el mismo que tiene para todos los

países de nuestra América y para

los de África: el proyecto político

semicolonial, que aquí se hubiera

impuesto sin mayores problemas de

no haber advenido el peronismo a

mediados del siglo pasado. Cuando

Juan Perón irrumpe en la escena, la

Argentina estaba destinada a ser

una factoría de materias primas y

alimentos para la satisfacción de

las necesidades de otros y para el

provecho de una oligarquía parasitaria

que nunca tuvo reparos en

prostituir la patria y en prostituirse a

sí misma como clase dominante en

el plano local, pero subalterna en el

mundo. En Paraguay la insubordina-

57 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


ción fue temprana con Solano López

a mediados del siglo XIX y el poder

les hizo a los paraguayos el fratricidio

de la Guerra de la Triple Alianza

para imponer su proyecto de sumisión.

En Chile la insubordinación

fue tardía y solo llegó con Salvador

Allende en la década de los años

1970 y el poder otra vez asesinó

a Allende, como a Solano López,

para someter al pueblo-nación

chileno a su orden. Y así en toda la

región, la misma historia calcada

aquí y allí en todos los países de

América hispana y en Brasil, menos

en la Argentina. Aquí el peronismo

vuelve a nacer una y otra vez en las

sucesivas generaciones para frenar

el entreguismo oligárquico y para

ofrecer un proyecto alternativo de

tipo nacional-popular.

Ese es el proyecto cuya aplicación

se encuentra trabada por el empate

hegemónico recurrente entre la oligarquía

y el peronismo. En 1955 se

hizo un golpe de Estado para despejar

el camino y el empate siguió,

la resistencia peronista aguantó

hasta el retorno de Perón. En 1976

el golpe fue aún más sangriento y el

saqueo fue feroz, pero el peronismo

no murió. En los 1990 se hizo un

pacto hegemónico que casi arrastra

al propio peronismo a la ignominia

de haber sido cómplice y hasta

brazo ejecutor del plan colonial,

aunque una vez más el peronismo

resurgió y el resultado fue una década

ganada con el símbolo del “No

al ALCA” como mascarón de proa.

Ahora quieren reeditar el Pacto de

Olivos para que el peronismo otra

vez ponga su nombre al servicio

de un saqueo. Y eso mismo están

logrando, gracias a la confusión de

una buena parte de los peronistas

que no comprenden cómo los están

usando en su propio desmedro.

La maniobra es escandalosa, tan

evidente que constituye un insulto

a la inteligencia de los argentinos.

Mediante una extorsión judicial

contra la principal dirigente del

peronismo —o más probablemente

contra su hija, ya que el poder no

tiene escrúpulos de meterse con

la familia y pegar donde realmente

duele—, forzaron un nuevo Pacto

de Olivos que debe resultar finalmente

en el ascenso de un Sergio

Massa, de un Rodríguez Larreta o

de cualquier agente de los intereses

foráneos que esos intereses tengan

preparado al momento de dar la

estocada final. Para lograrlo, simulan

una grieta y una alternancia que

tengan distraídos a todos y peleándose

los unos contra los otros, los

kirchneristas y los “macristas”, a

ver quién tendrá la razón en discusiones

morales que no conducen a

ninguna parte. Y para completar el

paquete con esa dosis de humillación

sádica, le imponen a su rehén

al mismo personaje siniestro que le

habían impuesto a su marido en el

año 2003 para asegurar el cumplimiento

del acuerdo, pero ahora no

como jefe de Gabinete. Lo ubican

directamente como presidente de

la Nación para que tenga el poder

ejecutivo unipersonal y pueda hacer

un verdadero desastre mientras la

verdadera conductora calla para

evitar que caiga sobre sí la espada

de Damocles del vulgar “lawfare”.

“Si lograron encarcelar, proscribir y

Billete de mil guaraníes paraguayos con la imagen del mariscal Francisco Solano López, el nacionalista de la temprana insubordinación

del Paraguay. Solano López se atrevió a desafiar al poder para liberar a su país y fue destruido por una guerra fratricida. Lo mismo le pasó a

Allende en Chile más de cien años después y con todos los que intentaron ser libres. Guerra, golpe, sangre o persecución judicial, el poderoso

siempre encuentra la forma de someter a los díscolos.

58 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


finalmente acallar a ‘Lula’ da Silva

en Brasil por la propiedad de un

inmueble de poca monta que jamás

se pudo probar”, pensará la conductora

frente al panorama desolador,

“¿cómo no van a poder encarcelar

a una joven acusándola de

haber participado en una supuesta

asociación ilícita cuando la joven en

cuestión tenía doce años de edad

y era, por lo tanto, inimputable a

todas luces?”.

El poder existe y toma rehenes, los

toma para forzar la suscripción de

pactos hegemónicos, de ser necesario.

El empate entre la oligarquía

y el kirchnerismo como representación

presente del peronismo de

todos los tiempos se tiene que romper,

el camino debe estar despejado

de oposición para la aplicación

del proyecto político semicolonial

en el nuevo ordenamiento mundial

parido por el coronavirus. Alberto

Fernández es ese pacto hegemónico,

no una parte signataria. Es el

encargado de conducir a la Argentina

al desastre para imponer la

anomia en una tierra arrasada y, de

paso, involucrar al peronismo en el

crimen. Cuando estalle otra vez el

país en una versión potenciada de

la crisis del 2001 que hará ver como

asunto menor esa misma crisis, el

terreno estará sembrado para que

venga un “salvador de la patria”

con el proyecto del globalismo bajo

el brazo, el que aplicará sin resistencia

sobre un pueblo derrotado.

Y si es inteligente —siempre lo es,

porque viene del poder— ese mesías

no tendrá más que ordenarle

al Poder Judicial el arresto de todos

los dirigentes políticos anteriores,

desde Mauricio Macri hasta Cristina

Fernández, pasando por el propio

Alberto Fernández, al que el poder

va a descartar después de usarlo,

para instalarse con un discurso honestista

que terminará de anestesiar

a la sociedad argentina y cerrar

Sobre Florencia Kirchner pesan causas judiciales cuyo objeto son supuestos delitos cometidos

cuando la joven en cuestión era menor de edad y, por lo tanto, inimputable a todas

luces. El Poder Judicial es adicto al poder fáctico económico y no tendría problemas en ejecutar

una rápida y sorpresiva prisión preventiva contra Kirchner en caso de incumplimiento

por parte de su madre del pacto. He ahí una hipótesis muy fuerte de la extorsión judicial.

al fin la grieta por las malas. “Está

vendiendo la patria, pero es honesto

y terminó con la corrupción”,

dirán en cada esquina, en cada

comedor comunitario y en cada

trueque de la miseria en un país miserable.

Da más o menos lo mismo

que ese “salvador de la patria” se

llame Massa, Rodríguez Larreta o

Bullrich, el resultado será el mismo:

la derrota total del pueblo-nación

argentino y un nuevo estatuto legal

del coloniaje con la fuerza del

consenso que dan los pactos hegemónicos.

Nadie se va a retobar. Esa

es la profundidad del problema, o al

menos por allí debe andar.

¿Por qué?

Lo que quizá resulte un tanto difícil

de comprender es la sofisticación

de toda esta maniobra, que parecería

ser un tanto retorcida. Si la

cuestión fuera proscribir a Cristina

Fernández, se sabe, sería más sencillo

hacerlo directamente usando

la extorsión judicial contra ella misma

o contra su familia para exigirle

un paso al costado. En otras palabras,

si la hipótesis más fuerte que

es la de una extorsión judicial fuera

cierta, lo más lógico para el extorsionador

sería simplemente despejar

el camino de la política quitando

a Cristina Fernández del escenario.

De haber hecho eso en el 2019, si

hubiera logrado de ella ese paso al

costado, no hubiera habido fórmula

mágica para ganarle a Mauricio Macri

y Mauricio Macri probablemente

hubiera ganado tranquilamente las

elecciones para seguir con el plan

de ajuste del poderoso que había

venido llevando a cabo, con resistencia,

desde el 2015 en adelante.

¿Por qué simplemente no impedirle

a Cristina Fernández que juegue y

listo, más o menos como hicieron

con “Lula” da Silva en Brasil?

Porque la Argentina, al haber tenido

un movimiento como el peronismo,

es un escenario bastante más

complejo. Y entonces los métodos

para la ingeniería social deseada

tienen que ser también más sofisti-

59 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


Mauricio Macri y Sergio Massa, con el actual presidente de los Estados Unidos Joe Biden. Desde el punto de vista del poder global, Macri y

Massa son dos opciones para la aplicación de un mismo proyecto político. Macri quedó atascado en el empate hegemónico, Massa se metió

en el campo del enemigo para garantizar el pacto, romper el empate e imponer la totalidad del proyecto luego del “fracaso” de un Alberto

Fernández que trabaja mancomunadamente por el mismo fin.

cados. Brasil no tiene un movimiento

político de masas resistente al

tiempo como el peronismo argentino,

sino una partidocracia muy rígida

en la que nada se hace por fuera

de los partidos políticos. No existe

realmente un lulismo por encima de

los partidos e incluso por encima

del propio “Lula” da Silva, un movimiento

capaz de reagruparse y dar

la lucha igualmente en la eventualidad

de la caída, el exilio o la proscripción

de su principal referente.

Para hacer ganar a Jair Bolsonaro

en Brasil fue suficiente con tener

a “Lula” da Silva unos meses en la

cárcel y con eso alcanzó para desarticular

la relación entre el Partido de

los Trabajadores y el pueblo. Si el

candidato no es el jefe carismático,

las masas no comprenden el liderazgo

indirecto que se ofrece como

paliativo y tienden a dispersarse y a

desmovilizarse en el tiempo.

En nuestro país, no obstante, la

cosa es un poco distinta. Es probable

que Mauricio Macri hubiera

ganado con cierta facilidad las elecciones

de 2019 frente a una eventual

ausencia de Cristina Fernández.

Si ella no jugaba, en el campo de

lo nacional-popular hubiera habido

una lucha intestina por los lugares

de conducción en las listas y eso

hubiera resultado en la división,

dándole el triunfo a Macri. Eso es

cierto y puede corroborarse en la

consigna del momento al lanzarse

la fórmula mágica Fernández-Fernández,

la consigna de la “unidad”.

Se sabía entonces que solo con la

unidad iba a ser posible derrotar a

un oficialismo de un solo mandato,

que si no se cuadraban todos detrás

de un liderazgo único Mauricio Macri

forzaría un ballotage y allí, con el

concurso de todas las fuerzas de la

reacción, obtendría el triunfo como

en el 2015. Por lo tanto, desde el

punto de vista del poder fáctico,

renovar el mandato presidencial de

su cadete era solo una cuestión de

correr a Cristina Fernández de la

lucha electoral del momento.

Pero he aquí que esa solución

temporal hubiera dejado intacto

el empate hegemónico, ya que el

kirchnerismo como expresión mayoritaria

y actual del peronismo iba a

seguir allí, resistiendo e impidiendo

60 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


la plena aplicación del proyecto

político deseado por el poder. En

otras palabras, no alcanza para el

plan a mediano y a largo plazo ganar

una elección o dos, tener cuatro

u ocho años de gobierno trabado

por una oposición que no cambia

de idea. Para hacer exitosamente

las transformaciones profundas que

se hicieron, por ejemplo, durante la

década de los años 1990 del Pacto

de Olivos, es necesario cerrar la

grieta por arriba y eso no se logra

sin hundir o desmovilizar al bando

contrario. Si se lo intenta hacer así,

solo por arriba mediante la prohibición

de los dirigentes, por abajo la

lucha va a seguir, la grieta va a estar

y el empate hegemónico va a quedar

intacto.

No pierda de vista el atento lector

que la cuestión aquí ya no es quién

va a ser el presidente, quién va a

ser el vice, quién va a ganar o quién

va a perder las elecciones en un

determinado momento. La cuestión

es cerrar la grieta de la única manera

real y efectiva posible, que es

por abajo. Si la grieta sigue abierta

entre los de abajo el empate hegemónico

también persiste y nadie va

a poder efectivamente aplicar la totalidad

de un proyecto político. Los

nombres propios y los resultados

electorales son para la anécdota

cuando no se puede hacer aquello

que se quiere hacer en el fondo:

las transformaciones económicas

y sociales, el cambio definitivo de

esas matrices. Un proyecto político

triunfa cuando puede hacerlo plenamente,

como triunfó el neoliberalismo

en los años 1970, 1980 y 1990,

cambiando la sociedad desde la

cultura hasta los engranajes de la

economía y llegando con su brazo

larguísimo y sus consecuencias

nefastas hasta los días de hoy.

El nuevo ordenamiento mundial

pretendido debe necesariamente

aplicar su proyecto político en su

totalidad y en varias décadas sin

oposición, sin interrupción y hasta

sin discusión, la cosa no funciona

de otra forma. El inconveniente que

presenta un movimiento político

de base y arraigado en el pueblo

como el peronismo, desde el punto

de vista del poder, es que sin el

peronismo no alcanza. El poder no

puede tener al peronismo en frente:

cada vez que lo tuvo se vio trabado

y hasta se vio obligado a retroceder.

No, no, el poder necesita al peronismo

de su lado, necesita que los peronistas

funcionen en su proyecto. Y

eso no se logra quitando del camino

a los dirigentes, porque las bases

se van a retobar aún más y no van a

ser funcionales. El poder necesita

que el peronismo acompañe, exactamente

como ocurrió en los años

1990 con Carlos Menem.

He ahí la clave de todo este asunto.

En vez de proscribir otra vez a los

líderes peronistas para imponer el

proyecto del poder con un gobierno

radical títere —como se intentó hacer

en los años 1950 y 1960 con los

Arturo Frondizi, los José María Guido

y los Arturo Illia, no funcionó y

fue necesario volver con las botas—,

el poderoso directamente coopta

al propio peronismo para hacerlo

funcionar. No es una hipótesis, sino

una realidad fáctica que consta de

nuestra historia reciente, basta con

observar el régimen neoliberal de

Menem para ver cómo el proyecto

neoliberal fue aplicado en su totalidad

por la mano del peronismo y

con la complicidad de los radicales.

Ese fue el pacto hegemónico de

Olivos para acostar a un pueblo con

la farsa de una “democracia representativa”

que nunca representó los

intereses de los representados.

Entonces Alberto Fernández es

eso, es el proyecto político que tenía

que aplicar Mauricio Macri, pero

sin el estorbo del peronismo, que

ahora colabora porque Fernández

es peronista y la líder carismática lo

El progresista Fernando Haddad y la comunista Manuela D’Ávila, la fórmula perdedora en

las elecciones de 2018 en Brasil que consagraron a Jair Bolsonaro. Con el líder carismático

preso y proscripto, los pueblos no entendieron la alternativa del Partido de los Trabajadores

y optaron por Bolsonaro. Al no existir un liderazgo colectivo similar al del peronismo en la

Argentina, al faltar el líder carismático los pueblos se dispersan y se desmovilizan.

61 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


En un silencio forzado. Acosada por la extorsión judicial contra su familia, Cristina Fernández

debe sostener el pacto hegemónico sin manifestarse más que por muy esporádicas y

crípticas “cartas”, en las que desliza sutiles acusaciones. Pero la comprensión de ese mensaje

cifrado no está al alcance de las mayorías y esas “cartas” solo servirán para que, en el

futuro, pueda saberse que hubo un intento en comunicar la situación durante la coyuntura.

puso allí. ¿Cómo puede oponerse el

peronismo a un peronista que llegó

de la mano de la principal referente

del peronismo? No puede y ahí está

la maniobra genial resultando de

una extorsión judicial. No aprietan

a Cristina Fernández para que se

retire: si se retira, deja el cauce

abierto para que surja otro líder, el

que necesariamente conducirá a las

masas a la rebelión o tendrá otra

vez que ser cooptado, lo que no es

algo fácil de lograr y mucho menos

rápido. Cristina Fernández no se

puede retirar de la política, tiene

que seguir para avalar con su firma

la permanencia en el Estado de un

gerente del proyecto del poder.

Claro que un sector del peronismo

ya detectó la sucia maniobra e

intenta hacerle oposición a Alberto

Fernández, intenta trabarlo para

que no pueda llevar a cabo el plan,

pero son más bien campanas de

palo. Como el kirchnerismo es la

parte mayoritaria del peronismo en

la actualidad, los kirchneristas tienden

a aferrarse a la última instrucción

dictada por su referente, que

fue la de votar y de sostener a Alberto

Fernández. Eso es lo que hará

el kirchnerismo mientras Cristina

Fernández no dé nuevas instrucciones,

cosa que probablemente no

ocurra porque pesa sobre sí aquella

extorsión judicial de la hipótesis

más fuerte. Si dicha extorsión

judicial no existe, entonces Cristina

Fernández cambió de idea, traicionó

o ambos. Y eso es casi imposible

de explicar lógicamente sin mediar

algún trastorno mental, puesto que

con dinero no se la podría sobornar.

Por lo tanto, la hipótesis más fuerte,

prácticamente la única con viabilidad

lógica, es la de la extorsión

judicial con Cristina Fernández de

rehén en una situación a la que no

puede subvertir.

El sector del peronismo que detectó

la maniobra está en plena lucha

por lograr instalar su narrativa y

salvar al propio peronismo de una

ignominia similar a la de los años

1990, la que por otra parte podría

ser fatal para el movimiento peronista

como un todo. Si el peronismo

se queda pegado otra vez con el

remate de la patria en las mesas de

la especulación global y eso resulta

de nuevo en una catástrofe social

para el pueblo-nación, esta vez

puede no haber resurgimiento. El

peronismo pudo renacer luego de la

debacle del 2001 porque esa bomba

le estalló en la cara a un radical

y el que murió fue el radicalismo,

aunque todo el sistema político

salió lastimado de una crisis que

hizo peligrar la propia constitución,

la joven construcción política de

nuestro país.

Si esta bomba actual le estalla en

la cara a un declarado socialdemócrata

o “liberal de izquierda” que se

hace llamar “peronista” y ganó las

elecciones gracias al peronismo, el

pueblo se va a quedar con esta última

información, va a sindicar a los

peronistas como responsables del

desastre y el peronismo va a morir

junto a la patria, puesto que se trata

de sinónimos. El sector que intenta

evitar esa muerte la tiene muy complicada

porque el kirchnerismo está

empecinado en no razonar, en no

pensar. Y cuando la cabeza no piensa,

el cuerpo sufre. Tiempos oscuros

vendrán mientras la extorsión siga

resultando en el silencio de la que

debería estar a los gritos.

62 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021


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64 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2021

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