Quilombazo 3

Quilombazo

Portada por Juan Cruz Isla, “El favorito”.
Hevrioh - Gastón “Jefecito” Sánchez y Polo “El Puro” Colina.
Quetepanza - “El jóven” Miljaus - @miljauslandia
Bajo el Pantano - Gastón “Jefecito” Sánchez y Lele “Sapiencial” Lou
Salpicaduras - Nicolás “Rip Van Winkle” Viglietti
Para llenar espacio - Pablo “Santo y seña” Guaymasi
La Voz de la Tormenta - Gastón “Jefecito” Sánchez

QUILOMBAZO


QUILOMBAZO

Hevrioh - Gastón “Jefecito” Sánchez y Polo “El Puro” Colina.

Quetepanza - “El jóven” Miljaus - @miljauslandia

Bajo el Pantano - Gastón “Jefecito” Sánchez y Lele “Sapiencial” Lou

Salpicaduras - Nicolás “Rip Van Winkle” Viglietti

Para llenar espacio - Pablo “Santo y seña” Guaymasi

La Voz de la Tormenta - Gastón “Jefecito” Sánchez

Portada por Juan Cruz Isla, “El favorito”.

2021

Córdoba, Argentina.

Recuerde que el agua se expande cuando se enfría y se contrae cuando

se calienta entre los 4 grados centígrados y 0 grados centígrados












Salpicaduras

Caen las gotas desde el cielo. La parada del bondi es chiquita,

poco más que un fierro clavado en la tierra apisonada. La calle se va

transformando en barro con la lentitud de todos los días.

El bondi llega, desparramando el lodazal. Es de noche todavía y

el frío cala los huesos. Todos los rostros que hay ahí arriba, además de

mojados, están resignados. Resignados a la suerte y al agua.

Cuando se baja del bondi, la llovizna de madrugada se transformó

en lluvia torrencial. Lluvia demasiado generosa para esta época

del año. Pasa, se cambia y se pone el uniforme con los mismos movimientos

de siempre. Pasa a la salita donde la radio AM deja que la voz

sonriente de algún cogotudo blanquito de las noticias de hoy. El cenicero

está casi lleno y la cafetera está rota.

Cuando para, salen. Acá, en el centro, el agua se escurre por las

bocas de tormenta. Hay mucha porquería en la calle, claro, pero nada

que ver comparado con los barrios que están pasando circunvalación.

Los mismos barrios a los que el agua llega en hilitos por caños mal colocados

son los lugares donde la inundación se queda.

Cuando se baja, la esquina es una pequeña laguna. Unos pibes,

con el calorcito de la mañana, juegan nadando en los canales improvisados

que son las calles. Las viejas de pollerones y pantalones arremangados

los cagan a pedos y tratan de destapar los desagües en vano. Él

y sus compañeros tienen que destrabar la boca de tormenta en la otra

esquina.

Se arremanga y empieza a sacar, de la mugre y el agua servida,

muchas cosas. Plástico, botellas, bolsas, envases. Se va manchando de

marrón mientras trabaja.
























Salpicaduras

El supervisor fue bien claro: si se demoraban mucho más tiempo

nadie les pagaría las horas extra. Busca la pala más ancha que tenga y se

pone en el patio, con la carretilla, a hacer los viajes necesarios hasta el

estanque.

El batallón de ingenieros tenía un nombre más adornado que la

mierda para ser lo que en realidad era: una fábrica a medio desarmar,

propiedad y potestad del ejército, donde los colimbas como él laburaban

a destajo para fabricar algunas cosas. Antes había sido una refinería

química. Ahora era un lugar de caras amargas y cheques chiquitos.

No había equipo de seguridad más que las botas de goma. El calor

era terrible y no era anormal que trabajaran en cueros para combatir

el tufo de la tarde santafesina. Mariano pasaba transpirando al lado de

él, llevando los mismos escombros al estanque. No sabían qué era lo que

paleaban ni qué tenía el estanque, un cilindro petizo de concreto más

viejo que cualquiera de ellos. Pero sabían que había algo corrosivo ahí

adentro.

La última palada iba demasiado cargada, pero estaba tan harto

de esa tarde, tan cansado de ese trabajo y de esa tarea, que se descuidó.

Las gotas, gordas y lentas como aceite, le caen en el brazo. No atina más

que a sacárselas del brazo derecho con un manotazo, pero le empieza a

picar. Y después a arder. Todo.

Grita, mientras se cachetea el brazo sin sentido. Mariano larga la

carretilla y lo agarra del brazo izquierda. Está aterrado. Hay que llevarlo

a la guardia, dice. Las ampollas del brazo se ponen cada vez más y más

grandes.



La voz de la tormenta

Luego de la fatídica muerte de mi padre en un choque de ruta

perdí la única familia que siempre tuve.

Aquella noche me emborraché como un condenado y descubrí

que debía dedicarme al canto.

¿Por qué?, se preguntarán.

Sencillo.

Entre tantos litros de alcohol que consumí, me di cuenta que

debía homenajear a mi recién difunto progenitor y no se me ocurrió

mejor forma de hacerlo que cantando.

Como pude, recopilé en mi memoria los versos de “rezo por vos”

y canté a viva voz la letra que me partía el alma en pedazos.

El resto es historia.

Supe que no debía hacer otra cosa mientres viva que no sea cantar.

Me despertaba cantando, me acostaba cantando, cagaba cantando.

Fueron épocas de mierda para el pueblo donde vivía.

Mi voz era un desastre. Pero cada vez que vociferaba algo musical,

un chaparrón sacudía los cielos. Inexplicable, delirante, posibles

ideas de un huérfano de cuarenta años. No sé. Pero ocurría.

El problema de la sequía se vio opacado por la nueva complicación

que eran las lluvias constantes. Debí haber parado de cantar

cuando se inundó mi casa por tercera vez en una semana, o cuando la


cosecha de la huerta comunitaria se perdió en su totalidad. Pero no.

Debía homenajear a mi padre a pesar de todo. Él lo hubiera querido así.

Igual, cuando duermo, no llueve. Los vecinos y las vecinas se

acostumbraron a vivir así, tomando medidas de prevención ante las incesantes

lluvias. Por supuesto que no saben que mi horrorosa voz es la

causante de esto. Expertos vienen de todas partes del país a investigar

sobre el pueblo donde llueve todos los días, muchos meteorólogos perdieron

su trabajo ante el inevitable clima y los pastores evangélicos culpan

a la sociedad enferma de ésta Sodoma y Gomorra rural por la colera

de dios descargada en lágrimas celestiales sobre la población pecaminosa.

Yo me río de todo esto y sigo cantando.

Desde chico, siempre amé el olor a lluvia, a tierra mojada. Esto es

un orgasmo sensorial permanente para mí.









Salpicaduras

La nochecita es el espacio que le queda para hacerlo. Nadie la

jode a esa hora.

Se saca toda la ropa y se queda, agitada y desnuda, en la orilla.

No escucha nada más que los sapos y los grillos. ¿O son chicharras augurando

más calor? Le importa un carajo. Se mete en el agua como si

nunca hubiera salido de ahí.

Algo de eso hay, de volver al agua. Si bien en el cielo todavía hay

un azul profundo, como moretón viejo, y no es noche cerrada aún, las

estrellas se empiezan a ver. Las luces de la ciudad, del otro lado del río,

se retuercen en la superficie de esa cosa negrísima de lomo resbaloso.

Nada de espaldas. La corriente la lleva. Se deja llevar un poco,

nada otro poco. Toca con el pie: todavía hay fondo, fondo arenoso y lleno

de yuyos, conchillas, porquerías. Está segura de que debe haber pececitos

dando vueltas a su alrededor.

Se hunde, como hizo miles de veces antes. La orientación no le

falla y sale a la superficie cerca del viejo muelle. Al lado suyo, silencioso y

majestuoso, un camalotal enorme prosigue su camino. Algo se remueve

arriba.

La ve justo a tiempo: una bicha le salta a la cara. La esquiva de

pedo y nada, no sin prisa, a favor de la corriente, hacia el muelle.

Empieza a levantarse, para emerger. Sale cerca de un pibe que

está pescando y se caga en las patas. Se le ríe en la cara y vuelve, nadando,

a su punto de partida.


QUILOMBAZO

cerrá la canilla mientras te cepillás

los dientes, hippie del aire