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Revista Hegemonía. Año IV Nº. 41

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 41 AÑO IV | JULIO DE 2021

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HEGEMONIA

poskirchnerismo


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

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HEGEMONIA

42

CONTENIDO EXCLUSIVO

Poskirchnerismo

12

IDENTIDAD PERONISTA

Las banderas

del peronismo

30

ANÁLISIS

Contrarrevolución

de redes sociales

56

FILOSOFÍA POLÍTICA

Sísifo: un mito

para un nuevo

periodismo


EDITORIAL

Tigre al acecho

La Argentina empezaba una

nueva campaña y un nuevo

proceso electoral al momento

de cerrar esta edición de la

Revista Hegemonía. La política

nacional ardió el penúltimo sábado

de julio con el cierre de las listas de

candidatos, una de esas jornadas

frenéticas en las que algunos logran

satisfacer su voluntad personal y

otros quedan “heridos”, como se

usa decir en la jerga. Las listas cerraron,

las alianzas presentaron sus

nombres propios y no hubo sorpresas:

básicamente lo que ya se venía

anunciando en los dos principales

distritos del país —Capital Federal y

provincia de Buenos Aires— terminó

confirmándose. Y quedó abierta la

temporada de caza al voto.

Pero el voto es solo eso mismo, es

la voluntad de los electores limitada

a opciones prestablecidas por la dirigencia

política. La verdadera elección

ya tuvo lugar y finalizó cuando

las alianzas mostraron el orden de

sus listas, pues con un cálculo aproximado

ya podemos saber quiénes

serán los nuevos diputados, senadores

y concejales en cada distrito,

no hay casi margen de error. Las

elecciones se definen en las mesas

chicas donde se arman las listas y

la política, en consecuencia, pasa

por otro lado. La lucha política está

muy lejos de resumirse a las elecciones,

es mucho más que eso y

es una guerra silenciosa e invisible

para la mayoría de los que andamos

4 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


de a pie.

Y el ejemplo clásico de ello se dio

justamente en este cierre de listas

de candidatos del 24 de julio. Según

algunos “analistas” que parecerían

observar solo lo superficial

para decirle al público aquello que

el público ya sabe y quiere escuchar,

a modo de sesgo de confirmación,

el gran perdedor al cerrar las

listas habría sido Sergio Massa al

no poder ubicar a sus soldados en

los lugares dichos de privilegio. Al

parecer y siempre de acuerdo con

esos “análisis” superficiales, el presidente

Alberto Fernández habría

logrado imponerse con ubicar dos

de sus soldados más leales en el

encabezado de las boletas electorales

tanto en la provincia de Buenos

Aires como en la Ciudad. Victoria

Tolosa Paz y Leandro Santoro, dos

albertistas de la primera hora, van

a encabezar las listas del Frente

de Todos respectivamente en esos

dos distritos y entonces Fernández

saldría fortalecido de la contienda,

ubicando a los suyos en los principales

lugares de acceso al Poder

Legislativo.

¿Puede ser cierto eso? Utilizando

solo la lógica, es fácil comprender

la imposibilidad de que un presidente

desgastado, debilitado y

percibido como un títere pueda

imponer su voluntad a quienes se

identifican como sus titiriteros, algo

no cierra en la narrativa de un Alberto

Fernández rescatado de la total

irrelevancia a mediados del 2019

y luego asumiendo, dos años más

tarde y como por arte de magia, la

conducción del proceso por encima

de Sergio Massa y de nadie menos

que Cristina Fernández. El observador

con algo de sentido común ve

allí más bien todo lo contrario, ve el

hecho de que si Cristina Fernández

y Sergio Massa no ocuparon con

sus candidatos todos los lugares de

relevancia de las listas es porque no

quisieron hacerlo. Y entonces acá

está pasando algo que no vemos.

¿Por qué no quieren los que pueden?

Por eso está la lucha política visible

y está la lucha política invisible,

esa inmensa teoría de la conspiración

permanente cuya realidad no

nos es dada a conocer más que por

conjeturas a los que no estamos

sentados en la mesa chica. Hacemos

eso, recibimos información

cuya calidad en el fondo siempre

es indeterminada y a partir de esa

información hacemos conjeturas.

Aquí, en los foros de discusión sobre

la política hasta en los grandes

medios, en todas partes es siempre

lo mismo. Conjeturas, la rosca

política real es a puertas cerradas

y solo la conocen a ciencia cierta

los que participan en ella desde el

lugar de las decisiones.

Existe una conjetura muy fuerte, la

que vamos a exponer en esta edición

de nuestra Revista Hegemonía:

el Frente de Todos es un poco del

kirchnerismo y un poco del massismo,

esas son las dos fuerzas reales

agrupadas allí y entonces vuelve a

aparecer una vieja pregunta: ¿Por

qué habría de asociarse Sergio

Massa con el kirchnerismo para las

elecciones del 2019, si el mandato

de Massa es y siempre fue precisamente

la destrucción del kirchnerismo?

¿Y por qué habría de durar esa

alianza contra natura? Si Massa hubiera

sido postergado en el armado

de listas para estas elecciones de

medio término, pues muy tranquilo

en su lugar no estaría. Y la verdad es

que lo está.

Sergio Massa no fue derrotado,

está tejiendo pacientemente su

trama. Massa es el proyecto del

poskirchnerismo para cerrar la grieta

y darle a la Argentina un gobierno

consensuado bajo el que pueda

terminar de realizarse el saqueo,

ya sin el estorbo de quienes queremos

impedir ese saqueo. Como

en la década de 1990, cuando con

el Pacto de Olivos el pueblo quedó

sin representación y el Consenso de

Washington pudo imponerse en su

totalidad.

Eso es lo que veremos en esta edición

de Hegemonía, la 41ª. de una

larga serie de ya casi cuatro años,

todos los meses con la narrativa alternativa

de esta gigantesca teoría

de la conspiración que es la política

y que aquí llamamos simplemente

el reverso de trama.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


OPINIÓN

El truco del diablo

ERICO

VALADARES

Con la II Guerra Mundial

prácticamente resuelta y el

panorama de un mundo en

reconstrucción por delante, se

realizaba a mediados del año

1944 en una pequeña localidad

del interior de los Estados Unidos

una reunión cumbre entre los representantes

de los países ganadores

del gran conflicto bélico del siglo

pasado y sus amigos. En el Hotel

Mount Washington de New Hampshire

los países aliados en la guerra

establecieron —bajo la tutela y la

dirección efectiva de los estadounidenses—

las nuevas reglas para las

relaciones de comercio y de finanzas

que iban a ordenar de allí en

más el mundo de la posguerra: los

Acuerdos de Bretton Woods, cuyo

brazo largo de sus consecuencias

llega hasta los días de hoy. Entre lo

acordado por los poderosos en esa

reunión de tres semanas en el viejo

y lujoso hotel estuvo la creación

del Fondo Monetario Internacional

(FMI), o el inicio de un nuevo orden

económico global.

Los Acuerdos de Bretton Woods

efectivamente reconfiguran el

planeta en una escala inimaginable

hasta entonces y el FMI quizá sea

el símbolo más visible y duradero,

6 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


aunque normalmente incomprendido,

de dicho reordenamiento. En

los papeles, el FMI fue creado con

la finalidad de brindar servicios

financieros a los países miembros

para que estos puedan afrontar las

sucesivas crisis del sistema capitalista

salvaguardando en todo momento

sus estructuras económicas,

es decir, como un fondo común al

que todos aportan y cualquiera de

los miembros podría acudir frente a

la contingencia de una crisis. De hecho,

siempre en teoría, el propósito

declarado del FMI es el de otorgar

préstamos a los países miembros

que experimenten dificultades en

su balanza de pagos y en esa declaración

de principios que orienta

o debería orientar su praxis, el FMI

establece como aspiración el que

todo país miembro que recurra al

auxilio de este organismo multilateral

sea capaz de pagar su deuda lo

más pronto posible.

Y es precisamente la idea de que el

FMI aspira a que sus miembros paguen

rápidamente el dinero recibido

a modo de préstamo la que existe

en el sentido común de los pueblos,

el concepto de un FMI que presta

y espera cobrar con módicos intereses

el dinero prestado. La mentalidad

del almacenero con la que

todos venimos equipados de fábrica

nos indica que el que presta dinero

quiere cobrar, necesita cobrar o

perderá el dinero que prestó. Así,

en esa lógica elemental que está al

alcance de cualquier inteligencia,

el FMI existe como existe cualquier

prestamista, con la finalidad de

prestar y recuperar lo prestado en el

plazo más corto posible con ciertos

intereses. Eso es lo que afirma el

FMI como principio y es lo que está

instalado en la conciencia colectiva:

el FMI es un financista como cualquier

otro y además es comunitario,

esto es, los países participantes

aportan al socorro mutuo. Una

verdadera maravilla de un mundo

diseñado para la paz luego de dos

guerras mundiales devastadoras.

Pero en la práctica no hay nada

de eso. En los últimos días del mes

de junio, los medios nacionales

anunciaban que el FMI iba a repartir

ingentes cantidades de dinero en

concepto de auxilio financiero a

los países frente al impacto de la

pandemia del coronavirus. En total,

el FMI tenía previsto el desembolso

de 650 mil millones de dólares para

atender las necesidades de sus países

miembros y una pequeña parte

de esa friolera —exactamente 4.300

millones de dólares— serían graciosamente

destinados a la Argentina,

justo el país que más dinero le debe

al Fondo y justo el que viene dando

todas las señales de que no sería

capaz de honrar aquellos compromisos

asumidos en el gobierno de

Mauricio Macri, por los que el capital

de la deuda externa del país con

el FMI asciende hoy a escandalosos

44 mil millones de dólares.

Llueve sobre mojado, más préstamos

al que ya está debiendo

mucho y no sabe cómo va a pagar.

Entonces el anuncio de un nuevo

rescate —en esta ocasión con el

pretexto de la pandemia, que no

admite cuestionamientos— confundió

a muchos, nadie supo muy

bien si se trataba de una bocanada

de aire fresco para festejar en un

momento difícil o un incremento

más del capital debido al que habrá

que lamentar mañana. Es que, al

fundarse sobre una declaración de

principios hipócrita, el FMI confunde

cada vez que aparece en el

relato. ¿Son ayuda o son sabotaje

sus intervenciones? ¿Es buena o es

mala la noticia de que el FMI nos

vuelve a prestar dinero?

La respuesta está incluida en la

Vista actual del Hotel Mount Washington en Bretton Woods, New Hampshire, Estados Unidos.

Aquí estuvieron reunidos durante tres semanas los delegados de los países ganadores

en la II Guerra Mundial para definir el nuevo orden de la política económica para la posguerra.

Uno de los resultados de esas deliberaciones fue la creación del Fondo Monetario

Internacional.

7 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


premisa, más precisamente en la

parte de la hipocresía sobre la que

el FMI se funda y se sustenta. El FMI

no es un prestamista como cualquier

otro y mucho menos un organismo

comunitario cuya finalidad

real es la de salvar a sus socios en

la hora más difícil, está muy lejos de

ser lo que afirma en su declaración

de principios. El FMI no existe para

prestar dinero y cobrar, sino todo lo

opuesto: el Fondo Monetario Internacional

existe para prestar dinero

y asegurarse de que sus deudores lo

sean para siempre, es decir, que no

le paguen jamás.

El de Bretton Woods es el secreto

peor guardado de la historia, no

es secreto en absoluto. El FMI es

y siempre fue desde su fundación

un vil instrumento de dominación

imperial por el mecanismo del

crédito. John Quincy Adams, uno

de los primeros presidentes de

los Estados Unidos en su etapa

de liberación nacional, decía que

hay dos maneras de conquistar y

esclavizar una nación. La primera

es la espada, la ocupación militar

común y silvestre de la que todos

los imperialismos de la historia se

han servido. La segunda, mucho

más sutil e incluso más barata, es

John Maynard Keynes, aquí entre los delegados Stepanov de la Unión Soviética y Rybar de Yugoslavia, dos países que ya no existen y no obstante

estuvieron entre los ganadores de la II Guerra Mundial. La propuesta de Keynes era la de crear una especie de banco universal con una

moneda global y por eso Keynes fue derrotado por Harry Dexter White, quien traía entre manos la propuesta estadounidense para la creación

del FMI tal y como lo conocemos hoy.

8 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Un daguerrotipo de John Quincy Adams, el sexto presidente de los Estados Unidos. En la

época de Quincy Adams —principios del siglo XIX— los Estados Unidos eran un país en

proceso de liberación nacional y estaban aún bastante lejos de ser dominantes. Por eso

el pensamiento de Quincy Adams y de todos los dirigentes estadounidenses de la época

remontando hasta los “padres fundadores” expresa un profundo antiimperialismo: tenían en

frente a nadie menos que los británicos, la potencia colonial del momento.

la deuda. Todavía del lado colonial

del mostrador, John Quincy Adams

dejaba constancia de los métodos

modernos de dominación, los que

serían abundantemente explotados

por los mismísimos Estados Unidos,

sobre todo en el siglo XX a partir del

fin de la II Guerra Mundial con la

creación del FMI.

El FMI es la expresión mayor de la

máxima de John Quincy Adams, es

una forma de institucionalizar la

dominación por deuda mediante el

mejor truco del diablo, como diría

Baudelaire. Nadie cree que el FMI

presta dinero para que no le paguen,

sería una cosa de locos y ese

diablo no puede existir. Pero existe

y es eso mismo, es una caja con muchos

dólares que presta y no quiere

cobrar el dinero prestado, hace

de todo para no cobrar. Al fin y al

cabo, el dinero es solo dinero y ellos

mismos, los de la Reserva Federal

de los Estados Unidos en control

del FMI, lo imprimen. ¿Por qué los

dueños de la tinta habrían de querer

que les devuelvan papeles pintados

por ellos mismos, si pueden pintar

todos los papeles que les vengan en

gana?

De ninguna manera, el FMI no

existe para cobrar el dinero que

presta, sino para no cobrarlo jamás

y así hacerse con el control de la

economía de los países deudores,

o aquella dominación de la que

hablaba John Quincy Adams en el

siglo XIX. ¿Y para qué quiere eso? El

atento lector con memoria a corto y

mediano plazo no tendrá dificultades

en recordar las exigencias del

Fondo a países como el nuestro a

partir de un acuerdo de endeudamiento.

Apenas realiza el primer

desembolso acordado y el dinero

llega al banco central del país

deudor, el FMI empieza a exigirle a

este paquetes de leyes y reformas

económicas, normalmente de austeridad,

bajo el pretexto de garantizar

un uso racional de los recursos

hacia un superávit que le permita al

deudor tener las cuentas en orden y

poder así finalmente pagar lo que le

debe justamente al FMI. Parecería

ser lo más lógico que puede haber

y, no obstante, es una monumental

patraña.

En nombre de la austeridad y el superávit,

de las cuentas en orden y el

buen comportamiento, el FMI exige

ajustes que siempre —siempre, no

se conoce una sola excepción a esta

regla— resultan en la retracción de

la economía del país deudor y, en

consecuencia, en una disminución

de la recaudación fiscal al haber

menor actividad económica. Como

el resultado necesario de dicha

retracción es más déficit y no el

superávit que se anuncia hipócritamente

como objetivo, justamente

porque la actividad económica es

cada vez menor cuando se ajusta y

hay menos dinero en el bolsillo de

quienes consumen, aparece otra

vez el FMI exigiendo más ajuste

fiscal, el que de nuevo resultará

en caída en la actividad y en más

déficit. Y así hasta el infinito. ¿Será

posible que en casi ocho décadas

de prestar y no cobrar los técnicos

9 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Portada del Diario Clarín del 17 de diciembre del año 2000, en la que se anuncia el blindaje

resultante del acuerdo con el FMI. Esto habría de terminar en un verdadero desastre y casi

exactamente un año más tarde, el 21 de diciembre del 2001, Fernando de la Rúa renunciaría

a la presidencia de la Nación y se iría en helicóptero, dejando un tendal de destrucción

y muertos que condicionaron para siempre a la Argentina. Siempre que el FMI aparece hay

descalabro en el país.

del Fondo Monetario Internacional

no se hayan percatado de que el

ajuste destruye la economía de los

países deudores y así nunca nadie

va a poder pagar lo que debe?

Esa es la cuestión, la explicación

de por qué el FMI no quiere cobrar

el dinero que presta y que el FMI, en

realidad, no presta: invierte. Cuando

un país se hunde en la espiral de

deuda, ajuste, déficit, más deuda

para cubrir el déficit y más ajuste

exigido hasta la quiebra y el default,

los países y las corporaciones que

controlan el FMI tienen al fin luz

verde para venir a cobrar con aquello

que, de otro modo, tendrían que

pagar carísimo: las riquezas reales

del territorio. Ahí está la diferencia

fundamental entre el dinero y la

riqueza, allí donde el primero puede

imprimirse y de hecho se imprime

masivamente por los que pueden

imponer el valor del papel pintado

sobre todos los demás, pero la

riqueza real no se consigue así. El

acceso a los recursos naturales, al

potencial productivo de alimentos

y a los mercados consumidores en

exclusividad para la constitución de

cárteles y monopolios, he ahí lo que

los dueños del FMI quieren cuando

mandan un país a la quiebra con el

instrumento de la deuda.

Entonces el FMI no presta dinero,

sino que hace una inversión y con

esa inversión compra la soberanía

de los países para entregársela a

quienes controlan el organismo,

que son las potencias occidentales

lideradas por los Estados Unidos,

la Reserva Federal de ese país y

las corporaciones que se esconden

detrás de esas banderas. El FMI

“pierde” el dinero que prestó, no lo

cobra en dólares contantes y sonantes,

pero es que nunca quiso hacerlo

en primer lugar. Lo que el poder

que controla el FMI quiere son las

riquezas de los países dichos “subdesarrollados”,

no que les devuelvan

los dólares que ellos mismos

imprimen y que para ellos no tienen

ningún valor real.

La deuda externa que la Argentina

tiene con los muchachos de Bretton

Woods no se puede pagar sin la

recuperación de los fondos fugados,

los que probablemente descansan

ahora en paraísos fiscales y generan

jugosos intereses para el que allí

los depositó. Pero el FMI no quiere

que esa recuperación se produzca

y hará todo lo que esté a su alcance

para que eso caiga en el olvido. Lo

que el FMI quiere es seguir llevando

a cabo el actual plan de ajuste con

un Ministerio de Economía sumiso y

copado por sus técnicos, quiere que

el ajuste destruya el aparato productivo

del país y que la Argentina

quiebre de una manera definitiva en

el mediano plazo, reconozca formalmente

su incapacidad para pagar

y acepte la tutela de las potencias

y las corporaciones, del imperialismo

actual de un modo general.

Nos quieren esclavos, esclavos por

deuda e insolvencia.

El diablo existe y su mejor truco

es el hacernos creer lo contrario,

hacernos creer que es cosa de

conspiranoicos el pensar en la existencia

de un plan cuyo objetivo es

el saqueo, legalizado y legitimado,

de nuestras riquezas reales. Para un

país como el nuestro, aceptar el dinero

de un préstamo del Fondo Monetario

Internacional equivale a eso

mismo, a vender el alma al diablo.

Y el problema que tenemos hoy es

que nuestra soberanía es inexistente,

el FMI dirige nuestra economía y

la dirige hacia la catástrofe mediante

un ajuste que nunca va a tener

fin. La deuda solo puede pagarse

con el dinero que se fugó durante

el gobierno de Mauricio Macri o no

se puede pagar en absoluto, todos

los anuncios de “acuerdo” con el

Fondo son humo para ocultar la

dura realidad de que pusieron los

dos pies acá con la idea de no irse

nunca más.

10 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


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11 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


IDENTIDAD PERONISTA

Las banderas

del peronismo

FACUNDO

CELASCO

El peronismo, o más precisamente

el justicialismo, es una

doctrina completa con sus bases

filosóficas, su cosmovisión

y los lineamientos prácticos de

su puesta en ejercicio.

El General Perón fue muy taxativo

al enunciar que “Una doctrina sin

teoría resulta incompleta pero una

doctrina o una teoría sin las formas

de realizarlas resultan inútiles, de

manera que uno no ha cumplido

el ciclo real e integral mientras no

haya conformado e inculcado una

doctrina, enseñado una teoría y

establecido las formas de cumplir

una y otra”.

Esto significa que la doctrina

peronista fue pensada por su autor

desde el inicio con el fin de

no constituir letra muerta sino un

basamento ideológico y pragmático

de la política de su gobierno. En ese

sentido, el General Perón llevó a la

praxis política su máxima filosófica

fundamental: mejor que decir es hacer

y mejor que prometer es realizar.

12 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


El peronismo es la doctrina de la

justicia social porque propende al

bien común, pero vale también definir

de qué hablamos cuando nos

referimos a la justicia social.

La justicia social es la más importante

de las banderas del peronismo,

la que le otorga su nombre

pues constituye el fin último que la

doctrina persigue. Entendemos por

comunidad organizada peronista

una comunidad en la que a través

del ejercicio de la soberanía política

la sociedad se desarrolle plenamente

mediante la independencia

económica, fundamento material de

la justicia social cuya fase inmaterial

es el nacionalismo cultural.

He ahí la relación existente entre

las tres banderas del peronismo y

lo que podríamos considerar una

cuarta bandera o uno de los pilares

ideológicos de la praxis peronista,

el nacionalismo.

Entendemos por soberanía política

el pleno ejercicio de parte de un

pueblo del gobierno efectivo sobre

su territorio. La soberanía es la

facultad de mandar, por definición

es soberano quien sea capaz de

dictar leyes de cumplimiento efectivo.

Pero un país donde el Estado

no posea en sí mismo la potestad

13 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


El escudo del peronismo, simbolizando —entre otras cosas— las manos que se ayudan y

representan la justicia social, una de las tres banderas.

de gobernar plenamente sobre su

territorio no es un país soberano. En

la actualidad, la Argentina no posee

la libertad de dictar leyes que abarquen

a la totalidad de su territorio,

en este mismo momento parte de

nuestro país es usurpado de manera

ilegítima por una potencia extranjera

que se arroga la facultad de

gobernar sobre población argentina

y de explotar los recursos naturales

pertenecientes a nuestro territorio

insular.

La soberanía política es entonces

una bandera fundamental para el

desarrollo de la nación, pues de

ella depende que las riquezas de un

pueblo le pertenezcan de hecho y

no solo de nombre. Mientras existan

fuerzas militares ocupando nuestras

Islas Malvinas nuestro país

no será soberano y por lo tanto, la

comunidad organizada que los peronistas

soñamos no será posible.

La independencia económica es

la segunda de las banderas que

la doctrina de la justicia social

enarbola. Esta guarda una íntima

relación con la anterior porque del

pleno ejercicio de la soberanía

territorial depende el aprovechamiento

de cada uno de los recursos

que hacen al pueblo-nación, desde

su territorio, su actividad económica,

el recurso humano y todas las

potencialidades económicas que

permitan el crecimiento sostenido

condición del desarrollo nacional.

Juan Perón imaginó que un país

libre y soberano debía estar necesariamente

industrializado, pues es

preciso que un país no dependa de

otros para su desarrollo ni para la

provisión de insumos ni bienes de

capital, pero también porque una

industria pesada es el fundamento

necesario de la defensa del territorio.

Un país soberano debe ser

capaz de ejercer sobre las potencias

foráneas la disuasión respecto de

cualquier iniciativa de ocupación

y esta solo se logra a través del

fortalecimiento de un ejército profesional

capaz de ejercer de manera

activa la defensa en caso de conflicto.

Un país desmilitarizado o con un

ejército mal equipado, sin aviones,

barcos y radares es un país vulnerable,

que será fácilmente ocupado o

depredado de manera ilegal, como

sucede en la actualidad sin que las

fuerzas naval y aérea tengan mucho

para hacer.

Los resultados están a la vista,

mientras que durante el mandato

del General Perón la Argentina

poseía tecnologías de punta que

le permitían fabricar aeronaves y

barcos de guerra y mercantes, en la

actualidad, tras años de desmantelamiento

de la patria peronista, la

ocupación británica avanza, el Mar

Argentino permanece en constante

pugna entre potencias como China

e Inglaterra, esta última con el aval

de la OTAN encabezada por los Estados

Unidos. La ausencia de sobe-

14 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


ranía territorial habilita la piratería

de parte de los buitres del mundo,

quienes se empeñan en depredar

los inconmensurables recursos

de nuestro país, enriqueciendo al

enemigo, robusteciendo su posición

estratégica y condenando al estancamiento

al pueblo argentino.

Cuando hablamos de independencia

económica nos referimos

a un país cuyo aparato productivo

sea movilizado exclusivamente

por empresarios nacionales que

favorezcan el empleo de brazos y

cerebros argentinos. En ese sentido,

la independencia del país depende

del desarrollo de la ciencia y la

técnica, esto explica el fomento a

la educación llevado adelante por

el peronismo a lo largo de todo su

mandato, desde la escolarización

primaria y media hasta la educación

técnica y superior.

Pero otros factores inciden en el

desarrollo material de los pueblos.

Ya desde los tiempos de Raúl Scalabrini

Ortiz estaba claro que la única

forma de sujeción económica a la

que las naciones se someten no es

la ocupación directa. Al estudiar el

sistema ferroviario argentino Scalabrini

advirtió que el sistema de

transporte de nuestro país estaba

íntegramente en manos de capitales

británicos. En la actualidad

la ecuación se sostiene, aunque

estos han mutado en canadienses

o sudafricanos para disimular la

operación. El sistema de puertos

de nuestro país, con potencialidades

para el comercio exterior y

una extensísima costa marítima,

responde a potencias como Gran

Bretaña y China, mientras que el

comercio fluvial permanece en manos

de capitales de origen europeo,

aunque se estima que la próxima

licitación del comercio a través de

la principal cuenca fluvial del país,

la red troncal Paraná-Paraguay,

quedará a cargo de capitales de

origen chino. Es decir, que los enormes

volúmenes de recursos que

se recaudan a través del comercio

exterior de un país prioritariamente

exportador están siendo absorbidos

por potencias extranjeras y no se

reinvierten en el pueblo. Eso significa

una pérdida de recursos propios

de los argentinos, lo que demuestra

que las luchas reivindicativas por la

soberanía no son meramente simbólicas

sino que inciden de manera

directa en el desarrollo del país.

Como bien recordará el lector, el

General Perón se cuidó de expresar

en todo momento que una teoría

sin correlato en la práctica es letra

muerta.

Pero también está esa otra forma

sutil de sujeción de los pueblos,

la deuda externa. En la actualidad

nuestro país adeuda solo al Fondo

Monetario Internacional (FMI) nada

menos que cuarenta y cuatro mil

millones de dólares, cuatro veces

la deuda que el presidente Kirchner

saldó y que databa en su gran

mayoría de la etapa posterior a la

dictadura genocida (1976-1983).

La deuda externa condiciona la

independencia económica de un

país porque lo obliga a subordinar

su política económica y social a la

recaudación de fondos destinados

al pago de la deuda. Los organismos

multilaterales de crédito como

el FMI, a los que el General Perón

ciertamente les rehuía, llevan

a cabo la práctica tramposa de

prestar dinero con el propósito de

favorecer el endeudamiento, y no

como versan en sus cartas constitutivas,

para brindar ayuda económica

Imagen del sepulcro del Brigadier General Juan Manuel de Rosas, notable defensor de la

soberanía política, otra de las banderas del peronismo.

15 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


a los países miembros en etapas

de contingencia. Para hacer frente

a sus obligaciones, los Estados se

subordinan a las orientaciones que

el organismo posee la potestad de

exigir, condenando a los pueblos al

ajuste, la recesión y la renovación

del ciclo de endeudamiento, lo

que en última instancia significa la

pérdida total de la independencia

económica. Un Estado que no es

capaz de resolver las necesidades

de su pueblo sino que debe recaudar

para pagar deuda no solo no es

libre, además es obsoleto pues en

última instancia en la práctica la

economía de un país endeudado la

manejan los acreedores.

Es por eso que los gobiernos

peronistas (1946-1955/1973-

1976/2003-2015) hicieron particular

hincapié no solo en la importancia

de no tomar deuda, sino que

además hicieron el esfuerzo soberano

de llevar adelante ciclos de desendeudamiento

del país. A mayor

desendeudamiento, mayor libertad

de acción para un gobierno popular,

esa es la ecuación peronista.

Entonces vale una vez más preguntarse,

¿y qué es la justicia social?

Hemos planteado que esta es más

bien un fin en sí mismo y que constituye

el efecto de la aplicación en

la práctica de las demás banderas.

La justicia social es entonces

la eliminación de las diferencias

entre los hombres, entendida como

igualación de las oportunidades y

democratización del goce general

en el marco de una comunidad

organizada.

La justicia social solo es posible en

una patria soberana y libre, pues no

se alcanza la igualdad en un territorio

que no se gobierna ni es posible

alcanzar la plenitud del goce material

del pueblo cuando la nación

está sujeta al arbitrio de potencias

extranjeras. Justicia social no es

caridad, no es asistencialismo, no

es colectivismo.

El peronismo no cuestiona la propiedad

privada sino que entiende

que un empresariado privado de capitales

nacionales es el agente de la

inversión en desarrollo para el país.

Capitales nacionales y trabajadores

argentinos actuando en armonía

bajo el arbitrio del Estado peronista

y en particular, de las organizaciones

corporativas de representación

de cada una de las partes: la CGT

Ocupadas por el invasor imperialista británico, nuestras Islas Malvinas son el símbolo de la falta de soberanía política que nuestro país padece

al no controlar una parte significativa de su territorio.

16 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


El Fondo Monetario Internacional, la más grande amenaza del presente a la tercera de las

banderas del peronismo: la independencia económica.

que nuclea a los representantes

sindicales de los trabajadores y las

entidades empresariales que nuclean

al capital (CGE, UIA). Esa es la

organización social del peronismo.

En ese contexto, la búsqueda de

la justicia social se asocia íntimamente

con la institución del trabajo,

como ordenador social y como fuente

de la dignidad del hombre. Debido

a su raigambre profundamente

cristiana, el peronismo entiende

que es el trabajo la actividad esencial

del hombre, pues este le otorga

la satisfacción del cumplimiento

del deber y la dignidad de merecer

los dones de Dios. Pero desde su

pata profundamente pragmática el

peronismo sostiene que cada uno

debe producir como mínimo lo que

consume pues de ese equilibrio depende

que los recursos disponibles

en la comunidad sean suficientes

para el sostenimiento material de

todos los hombres y mujeres vivos y

activos, los pasivos, ancianos y los

niños en etapa de crecimiento.

La justicia social posee entonces

una dimensión solidaria, en el sentido

de que reconoce que quienes

aún no han alcanzado la cúspide de

su desarrollo potencial se sostengan

por los esfuerzos de quienes

están en condiciones de trabajar, y

del mismo modo quienes por haber

alcanzado la vejez ya han visto

flaquear sus fuerzas físicas. Por eso

para el peronismo los únicos privilegiados

son los niños. Esta concepción

humanista del trabajo se funda

en la cosmovisión cristiana que

subyace a la doctrina justicialista.

Esta se sostiene además por

el nacionalismo, del que hemos

planteado que es el fundamento

inmaterial de la patria justicialista.

¿Y por qué? Bueno, pues, porque

nadie defiende una patria que no

reconoce ni ama. El nacionalismo

es la garantía de que los pueblos

lucharán a brazo partido por su soberanía

política y su independencia

económica. El amor al terruño es la

garantía de la justicia social.

Pero no solo eso, amar a la patria

no implica odiar a las demás

naciones, sino que implica el reconocimiento

de la hermandad en la

pertenencia a una unidad cultural,

la hispanidad, con respeto de las

diversidades propias de cada una

de las naciones que la componen.

Amar a la patria es el fundamento

de la defensa no solo territorial,

sino también cultural. Un pueblo

abierto a doctrinas foráneas no es

capaz de reconocer la colonización

cultural de parte de potencias

extranjeras. La penetración cultural

que convence a los pueblos de que

es conveniente entregar de manera

libre y sumisa su libertad y su soberanía

solo es posible en comunidades

que no hayan sido educadas en

la lealtad a la propia bandera.

Así, las banderas del peronismo

constituyen mucho más que

eslóganes vacíos de contenido o

entelequias irrealizables. Las tres

banderas del peronismo (soberanía

política, independencia económica

y justicia social, complementadas

por el nacionalismo cultural) son la

guía práctica que debe seguir todo

gobierno que se declare a sí mismo

peronista.

Los peronistas tenemos esa costumbre

de medirnos mutuamente

el aceite, solemos cometer la soberbia

de arrojarnos mutuamente

acusaciones de gorilismo o antiperonismo.

Pero una vez que hemos

interiorizado la doctrina no existe

modo de errar en la percepción de

lo que responde o no a la doctrina

que escribió Perón. Al fin y al cabo,

el líder fue claro: “somos lo que las

veinte verdades y las tres banderas

dicen”. Ahí está el peronómetro.

Siempre ha existido, está escrito

en lenguaje llano, preciso y demostró

en la práctica ser la auténtica

y única vía para el progreso de la

Argentina. El peronómetro son las

tres banderas.

17 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


OPINIÓN

Juan Domingo Macron

ERICO

VALADARES

No hay nada más difícil actualmente

en la política que

hablar de política. Esto, que

parecería ser una paradoja

y es más bien fáctico, es la

comprensión definitiva de la llamada

“doctrina del shock”, o el

hecho de que siempre se impone en

la agenda una contingencia o una

declamación ideológica que justifica

la suspensión del debate de

fondo sobre la organización política

de la sociedad. Ya no debatimos las

alternativas en esa organización,

sino muy puntuales polémicas sobre

las que nos paramos de un lado

y del otro en la grieta, defendiendo

con pasión y sin pensarlo muy bien

la postura de los dirigentes a los

que asumimos como referentes.

Y mientras tanto nadie discute lo

que en verdad debería discutirse en

política: el qué haremos con lo que

hicieron de nosotros, como diría

Sartre.

Entonces la política ya no es tal,

es una rosca infinita en la que lo

único que les interesa a los involucrados

es tener la razón en cada

tema de la agenda y ganarse en

las próximas elecciones con ello la

mayor cantidad de cargos y bancas

para su parcialidad. Todo se redu-

18 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


ce, como veíamos, a una cuestión

de contingencias y declamaciones

ideológicas cuando de las primeras

no las hay. Pero siempre las hay: en

la actualidad y desde principios del

año pasado, esa contingencia es

el coronavirus y esa declamación

ideológica es la entelequia del bien

común.

El coronavirus y el bien común,

contingencia y declamación ideológica

detrás de las que, utilizándolas

como pretexto, se está llevando a

cabo la redefinición de los aspectos

esenciales de nuestra organización

política en sociedad. En otras

palabras, desde el poder se hace

un uso del coronavirus y del “bien

común” como consigna ideológica

para hacer cosas que nada tienen

que ver con el coronavirus y menos

que menos con el bien común sin

comillas, cosas que tienen que

ver más bien con el orden político,

económico y social en el sentido de

modificarlo.

Entonces tiene lugar la paradoja,

que es el resultado claro de un enorme

proceso de ingeniería social.

En cualquier espacio de debate, al

intentar discutir esos cambios que

se están implementando en segundo

plano, detrás de las cortinas,

inmediatamente aparecen de un

lado y del otro de la grieta alrededor

del coronavirus los que desvían la

discusión desde la política hacia el

pretexto, es decir, hacia cualquier

parte. La ingeniería social es eso,

es llenar la agenda pública con un

asunto que arrastrará la atención

de la opinión pública hacia un lugar

de mucha distancia respecto a la

política. Y por eso es imposible hoy

hablar de política en el debate de la

política.

El atento lector intenta hablar de

política, de lo que va a determinar el

nivel de vida propio y general, pero

no puede hacerlo. Si intenta decir

que hay algo pasando detrás de la

cortina, es inmediatamente puesto

en uno de los bandos de la grieta

y descalificado. No participa en la

grieta, no es pro ni anti lo que allí se

esté debatiendo, pero será ubicado

automáticamente, por ejemplo, en

el lugar del “negacionista”, del que

no está interesado en el bien común

y del que atenta contra ese bien común.

No importa lo diga. Si no dice

lo que marca la agenda hegemónica,

será rápidamente descalificado

y el tema que propone caerá en el

olvido.

El ejemplo por antonomasia de ello

se dio en los primeros días de este

mes de julio, cuando el presidente

francés Emmanuel Macron pasó a

la ofensiva anunciando que habrá

serias restricciones a los derechos

constitucionales de los franceses

que no quieran recibir la vacuna experimental

contra el coronavirus. Al

hacer eso, Macron se metió de lleno

en la grieta no solo de Francia, sino

de prácticamente todos los países

donde dicha grieta existe —que son

todos, por supuesto, la ingeniería

social es global—, posicionándose

como personaje destacado en el

debate público mundial. Ahora estamos

todos a favor o en contra de

Macron como extensión de los que

estábamos a favor o en contra de la

vacunación obligatoria. Macron hizo

carne de esas ideas en el debate

hegemónico y hoy las representa.

Las consecuencias de eso en

nuestro país fueron desopilantes.

En primer lugar, Macron logró que

lo abrazaran muchos de aquellos

que ya lo habían señalado como el

enemigo por sus políticas de ajuste

neoliberal y su represión contra

los chalecos amarillos, esa forma

heterodoxa de organización para la

El coronavirus —o al menos la idea que se hace del problema en la cultura— es la contingencia

que modifica profundamente el debate político en la actualidad hasta imposibilitarlo.

Es virtualmente imposible hablar hoy de la organización política de la sociedad de cara al

futuro sin caer en las limitaciones que el virus impone a nivel global. Y así, los vivos van avanzando

con las alteraciones sobre el orden global cuyo resultado deseado es un mundo muy

distinto al actual en la “pospandemia”. Las mayorías tienen miedo y duermen mientras las

minorías hacen su negocio.

19 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Protestas en Francia en las que el pueblo adivina los objetivos de Emmanuel Macron y los expresa caricaturizando al presidente francés como

un déspota premoderno. Los franceses ya saben que Macron quiere llevar a cabo una reacción contra los principios revolucionarios fundamentales

de la Francia moderna y en su intento de avanzar sobre derechos y garantías esenciales con el pretexto del “bien común” eso habría

de quedar ampliamente corroborado.

lucha que el pueblo trabajador francés

se inventó para luchar contra el

ajuste. De la noche a la mañana, el

todavía llamado kirchnerismo asumió

a Emmanuel Macron como un

referente propio a raíz de un acto de

imposición que es autoritario, pero

que se considera como conveniente

para el bien común por parte de sus

novísimos admiradores en el fan

club argentino.

Es el milagro de la transformación

en la política, donde puede pasar

que un detractor como Alberto

Fernández se convierta en aliado y

un traidor como Sergio Massa pase

a ser amigo si eso es conveniente

para tener la razón en la contingencia.

Si hay que ganar las elecciones,

los malos se pueden volver buenos

y los buenos, malos. Todo eso según

lo que sea más conveniente para el

logro del objetivo inmediato y, más

importante, sin cuidado de las consecuencias

a futuro. Lo desopilante

aquí es que Macron, exempleado

de la familia Rothschild y la propia

expresión del mal, pasa de buenas

a primeras a ser un referente porque

en la opinión de quienes lo adoptan

como tal tomó una decisión favorable

al bien común. Solo por eso.

Como se ve, no es la primera vez

que el kirchnerismo lo hace y tampoco

es la primera vez en lo que va

del año. Hace unas pocas semanas,

en una movida demasiado imprudente,

la dirigencia y buena parte

de la militancia acrítica no dudó en

lanzar al tapete la idea de un Joe

Biden caracterizado como “Juan

Domingo Biden”, es decir, la homologación

de un turbio dirigente

político estadounidense con la figura

sagrada del máximo exponente

del peronismo. Biden dio dos o tres

declamaciones ideológicas —en

las que además no cree y mucho

menos piensa llevar a cabo, su plan

de gobierno es el programa de las

corporaciones— y eso fue suficiente

para que esa parcialidad viera en él

la reencarnación yanqui del General

Perón. ¿Serán para ellos las también

turbias Nancy Pelosi y Hillary

Clinton, cuyas manos están manchadas

en sangre, las homólogas

de Eva Perón?

Es posible. Lo imposible es saber

lo que pasa por la cabeza del dirigente

que lanza semejantes consignas

y del militante que las reproduce.

Lo cierto es que a partir del

golpe a la mesa dado por Macron,

la militancia otra vez no dudó en hacerlo

propio y es así como estamos

ante un “Juan Domingo Macron”, la

adopción como referente propio del

que probablemente sea la expresión

más oscura del imperialismo

occidental en la actualidad junto a

Joe Biden, precisamente. Macron y

20 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Biden son el mal declarado, son la

banca Rothschild, son el complejo

industrial-militar, la especulación

financiera global, la industria

farmacéutica y todo aquello que el

General Perón combatió en vida.

Pero se convierten mágicamente en

sus homólogos en un cambalache

que pocas veces se ha visto en la

historia de la política.

Olvidar las consecuencias

Pero nada es gratis y todo lo que se

dice o se hace, se paga. La dirigencia

está presionada por la “doctrina

del shock” impuesta desde fuera y,

por eso, la militancia está confundida,

desorientada. Y así se cometen

errores graves que deberán pagarse

en el futuro. De ponerse al lado de

delincuentes globales, globalistas y

globalitarios como Joe Biden y Emmanuel

Macron no se vuelve, como

se usa decir en la jerga propia de la

política. No se tienen en cuenta las

consecuencias de lo que se hace o

de lo que se dice, todo es al voleo

y con una liviandad que un poco

asusta. Pero las consecuencias van

a estar.

Una de esas consecuencias es la

inhabilitación futura para luchar

contra el mal declarado cuando

este se presente abiertamente, sin

tapujos ni coartadas ideológicas

impostadas. Si uno se hace la imagen

de un “Juan Domingo Biden”,

por ejemplo, queda imposibilitado

de luchar cuando el Biden real lance

una operación militar contra un país

que se considera ideológicamente

afín e incluso contra el propio. Si Biden

es bueno por hablar de la “justicia

social”, no podrá luego ser malo

si avanza contra Cuba, Venezuela

y Nicaragua con la finalidad declarada

de llevar esa “justicia social”

a esos países. Biden es Perón, lo

han puesto en ese lugar como una

chanza para decir en broma lo que

se piensa en serio. Y Perón, como se

sabe, está revestido del carácter de

infalibilidad típico de los próceres.

Lo mismo pasa en el caso de

Emmanuel Macron. Si hoy Macron

recibe el apoyo a imposiciones

autoritarias sobre su pueblo, ¿qué

podrán decir más tarde los que lo

apoyan cuando esas imposiciones

autoritarias caigan no sobre los

franceses, sino sobre los argentinos?

Es comprensible que esa

adhesión esté fundamentada en lo

que se considera el “bien común”,

es decir, en lo que debe hacerse en

la contingencia, pero precisamente

ahí está el problema: ¿Quién define

qué es el “bien común”?

En el terreno de la política, que

está detrás de la contingencia y de

las declamaciones ideológicas, lo

que realmente quiere hacer y hace

Macron es redefinir los límites del

alcance del aparato represivo del

Estado sobre los derechos y garantías

esenciales históricamente establecidos

por una revolución bien

francesa: la revolución burguesa de

1789, en la que la burguesía revolucionaria

destruyó el Estado autócrata

de los déspotas y lo reemplazó

por un Estado fundado, al menos

en teoría, en la razón de la ley. Bien

mirada la cosa, Macron puso en

marcha una reacción contra esa

revolución burguesa, sembró la

semilla del Estado autocrático que

la modernidad había desplazado a

fines del siglo XVIII.

Esa reacción es la redefinición

de los límites en nombre del bien

común y así, en un acto, el Estado

francés puede limitar los derechos y

garantías establecidos en la Constitución

moderna, puede relativizarlos

siempre y cuando exista una contingencia

de amenaza al bien común.

Entonces la pregunta se reitera

y sigue siendo la misma: ¿Quién

define qué cosa es el “bien común”,

esa contingencia que va a justificar

Los llamados chalecos amarillos conocen bien a Macron, lo han padecido largamente y no

se equivocan: ven en él la figura de un psicópata. A ese siniestro personaje abrazaron muchos

de los que aquí apoyaron la lucha de los trabajadores franceses contra el ajuste. Cosas

del milagro de la reconversión.

21 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


La periodista canadiense Naomi Klein, autora de La doctrina del shock, libro en el que

detalla la estrategia del poder para someter a las mayorías mediante la ocupación total

de la agenda pública con sendas contingencias que impiden el debate político profundo al

concentrar la atención en sucesivos problemas. La doctrina del shock se aplica en su plenitud

con el coronavirus y es hoy imposible discutir la organización social y política sin que el

problema del virus contamine el debate.

la suspensión de los derechos y

garantías que los propios franceses

consideran sagrados al resultar de

su revolución fundamental?

La república francesa tal y como

la entienden los franceses no es

otra cosa que esa revolución jacobina,

es la Francia moderna que

no quiere asemejarse en nada a la

Francia premoderna, la de los reyes

absolutos y la de “el Estado soy yo”.

Macron hace la de Luis XIV y es por

eso que los franceses están en las

calles. Los van a calificar de “negacionistas”,

de “antivacunas”, de no

querer el bien común, los van a censurar

en los medios y van a ocultar

su existencia todo su posible, pero

en el fondo lo que hay es eso. Ellos

comprenden que hay una reacción

en marcha.

Ahora bien, a partir de ello hay dos

escenarios posibles. El primero es

el triunfo de Emmanuel Macron en

su reacción y el avance del Estado

sobre los derechos y garantías de

los franceses, cosa que va a impactar

en todo Occidente y en sus

colonias, entre las que estamos

nosotros. Si Macron se sale con la

suya y en nombre del bien común

establece que el Estado puede usar

su aparato represivo contra los franceses

disidentes, la primera consecuencia

es que eso queda como un

precedente para futuros diferendos.

Mañana, en poder de la potestad de

definir qué es el “bien común” y de

avanzar contra los que en su opinión

lo amenazan, el Estado francés

quedará legalmente habilitado, por

ejemplo, para reprimir con la fuerza

a los chalecos amarillos y básicamente

a cualquier protesta social.

Bastará con definir esas protestas

como una amenaza al bien común y

poco más que eso.

La segunda consecuencia es que

eso va a desparramarse como

reguero de pólvora por todo Occidente

y por las semicolonias, esta

parte del planeta tiende a imitar a

los franceses en todo lo que tenga

que ver con la política. Nuestro

actual sistema de representación,

nuestra Constitución, la división de

poderes, el parlamento, las elecciones

y todo el Estado de un modo

general son un calco del modelo

francés triunfante en la revolución

de 1789. Hasta los conceptos de

izquierda y derecha que son orientativos

para la mayoría de la opinión

pública aquí, en Paraguay, en Haití

y fundamentalmente en los Estados

Unidos, todo eso se ha calcado de

Francia y de su revolución. Francia

es eso, es un faro de ideas y si la

idea de la reacción prende allí, es

solo cuestión de días y semanas

hasta que prenda en todas partes.

Está a la vista que el coronavirus y

el bien común son coartadas, son

los pretextos necesarios para hacer

lo que se quiere hacer. Macron es,

como veíamos, un exempleado de

la familia Rothschild y es imposible

no comprender que esa misma

familia de oligarcas financieros fue

la que lo puso a Macron donde está.

¿Para qué lo habrán puesto allí, si

no es para desplegar en la política

la agenda de los intereses de los

Rothschild en un sentido de clase

social? Lenin decía que el Estado es

un arma de clase y no se equivocaba:

si el Estado está en manos del

pueblo, allí lo que va a desarrollarse

es una democracia. ¿Pero qué pasa

si el Estado cae en manos del 1%

más rico y poderoso del planeta?

¿Sería lícito suponer el interés genuino

de ese 1% en el bien común,

que es el bienestar del 99% de los

que no estamos sentados en su

mesa?

Las preguntas son evidentemente

retóricas, no hay nada de eso.

Macron no es Juan Domingo, no es

22 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


ni podría ser la representación de

los intereses de las mayorías trabajadoras,

todo lo contrario. Macron

es la más acabada expresión de los

intereses de los ricos del mundo, los

que provocaron la crisis del coronavirus

o mínimamente están sacando

tajada de ella para imponer a nivel

global su cosmovisión absolutista.

No es conveniente equivocarse,

aquí está todo claro. La oligarquía

global de los Rothschild y afines,

a los que Macron representa en la

lucha política, es la nueva monarquía

premoderna y quiere restaurar

ese mismo sistema autocrático en

el que ellos serán absolutos. Ellos

son la reacción.

Nada es gratis, ya lo sabemos. Y

cada cual es responsable de lo que

dice y de lo que calla, responsable

de cómo se ata o desata las manos

hoy de cara a lo que se viene. El

mundo está en guerra hace rato, alguien

quiere el poder absoluto para

imponer un nuevo orden mundial

en lo político, en lo económico y en

lo social. Cada cual es responsable

de negarle o de darle a ese alguien

las herramientas que necesita para

lograrlo en el mediano y en el largo

plazo. Al fin y al cabo, todo se reduce

a lo que en su momento supo

decir Emiliano Zapata, ese gran

revolucionario de nuestra América

mestiza. El que quiera ser águila

que vuele y el que quiera ser gusano

que se arrastre, pero que no grite

cuando lo pisen. Si hoy le damos

la mano a Macron y legitimamos el

avance del poder sobre la dignidad

mínima de la modernidad, mañana

no vamos a poder quejarnos de

nada.

Hay que correr las cortinas de

humo de la declamación ideológica

y de la contingencia para volver a

debatir la política, la propia definición

de lo que será la vida en este

mundo. Y no debemos ser amigos

del mal, al mal hay que dar maldad.

La revolución burguesa de Francia desde 1789 en adelante, vulgarmente referida como “revolución francesa”. En esta revolución se sentaron

las bases de la república francesa actual y también de la política de un modo general en todo Occidente y sus colonias. Estos son los valores

que Emmanuel Macron pretende subvertir y de ahí la percepción de que se trata de un reaccionario premoderno.

23 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


LA TRIBUNA DE ROSAS

Garantía última de soberanía

CÉSAR

MILANI

Cuando el 9 de agosto de 1945

el presidente de los Estados

Unidos Harry S. Truman decidió

arrojar sobre la ciudad de

Nagasaki, en Japón, la segunda

bomba atómica que sería detonada

sobre población civil en ese

país los acontecimientos se precipitaron

dando lugar al final de la Segunda

Guerra Mundial. El conflicto,

que llevaba siete años de desarrollo

y entre cuarenta y cincuenta millones

de muertos, concluyó cuando

las fuerzas en disputa descubrieron

como factible la posibilidad de que

la acción bélica del hombre pudiera

acarrear como resultado su propia

destrucción como especie.

La bomba “Little boy” lanzada

sobre la ciudad de Hiroshima, con

una energía de aproximadamente

15 kilotones de trinitrotolueno (TNT)

y la “Fat man”, con una potencia

de 20 kilotones, devastaron ciudades

enteras causando entre ciento

treinta mil y doscientas treinta mil

muertes, sobre todo de población

civil. Esas masacres otorgaron por

primera vez dimensión de la genuina

capacidad de destrucción de

las armas nucleares, las que en la

actualidad se conocen, junto con

las armas químicas y las bacterioló-

24 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


gicas, precisamente como armas de

destrucción masiva (ADM) pues se

presume que poseen la capacidad

de extinguir a la especie humana.

La segunda guerra mundial finalizó

el 2 de septiembre de 1945, días

después de los episodios de Hiroshima

y Nagasaki. Ese mismo año

se fundaría la Organización de las

Naciones Unidas (ONU), organismo

que desde los inicios de su actividad

se interesó en la eliminación de

las armas de destrucción masiva.

Su primera resolución se sancionó

en el año 1946 y entre otras cuestiones

trataba acerca de problemas

derivados del descubrimiento de la

energía atómica y su uso específicamente

con fines pacíficos.

No obstante ello, en plena guerra

fría la Unión Soviética lanzó en

1961 la bomba más grande jamás

detonada. La misma produjo una

explosión de 50 megatones, unas

3.125 veces más potente que la

bomba “Little Boy”, produciendo

un hongo de casi 40 kilómetros de

altura (39.624 metros). Su nombre

clave era “Iván”, pero fue comúnmente

conocida como Tzar Bomba

(“Bomba del Zar”).

Sin embargo, sabemos que a pesar

de sendas muestras de poderío

militar enarboladas por las potencias

como bandera a lo largo de las

últimas ocho décadas, el hombre

no volvió jamás a dirigir una bomba

atómica contra población civil. La

enorme paradoja es que estas se

siguen fabricando y cada vez más

naciones bregan por participar

del selecto club de países que las

producen y las poseen dentro de su

arsenal militar. Entonces, ¿por qué?

¿Acaso los países están dispuestos

a destruir a la humanidad con tal de

ganar una contienda bélica?

La respuesta es no. De hecho,

no existe ninguna paradoja en la

cuestión, el acceso a armas de

destrucción masiva, sean nucleares

(incluidas las armas a propulsión

nuclear como aviones o submarinos

o propiamente la bomba atómica),

químicas o bacteriológicas, no tiene

por fin iniciar acciones bélicas con

potencial destructivo tal que sean

capaces de exterminar a la especie,

sino que precisamente el acceso a

esas armas garantiza la paz.

Pues ningún Estado está dispuesto

a masacrar millares de civiles

de otras naciones bajo riesgo de

una represalia equivalente dirigida

contra su propio pueblo. Las armas

de destrucción masiva (ADM) son

antes que nada la garantía última

de la soberanía de los pueblos, una

salvaguarda del respeto por parte

del enemigo de la autonomía de las

naciones.

No existe contradicción en la carrera

armamentística como garantía

de la paz. Como quedó demostrado

largamente en nuestro país a partir

de los tratados de Madrid con el

fin de la guerra de las islas Malvinas,

el desarme de una nación y la

desarticulación de las estrategias

y la infraestructura destinadas a la

defensa de las fronteras nacionales

no robustecen la posición defensiva

de un país sino más bien todo lo

contrario. Desde 1982 en adelante

la Argentina ha visto al enemigo

avanzar a sus anchas en el dominio

de más territorio, sin que los sucesivos

gobiernos hayan podido hacer

mucho por garantizar la defensa de

la soberanía nacional.

En un país como el nuestro que ha

La llamada “nube de hongo”, el resultado del lanzamiento de armas nucleares. Pese al

espanto, la imagen es mucho más hipotética que real: salvo en el caso de los Estados Unidos

en Hiroshima y Nagasaki, nunca se utilizó efectivamente este tipo de armamento en un

conflicto bélico. Los estadounidense solo lo hicieron en 1945 porque nadie más poseía la

tecnología de la bomba atómica. Una vez que la Unión Soviética la obtuvo, las armas nucleares

pasaron a ser un elemento de disuasión y eso siguen siendo hasta el día de hoy.

25 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


El histórico encuentro entre Donald Trump y Kim Jong-Un. Los Estados Unidos acosaron intensamente a los norcoreanos mientras el proyecto

nuclear de estos no concluía, pero una vez que empezaron y tuvieron las pruebas balísticas lanzadas por Pyongyang, los estadounidenses

debieron ir al pie. Corea del Norte garantizó de una vez y para siempre su soberanía al hacerse de las armas nucleares y ahora están a salvo

de la agresión imperialista para desarrollarse en paz.

vivido un conflicto bélico recientemente

y cuyo territorio permanece

ocupado arbitrariamente por una

potencia enemiga la presencia de

armas de destrucción masiva sería

garantía no de la continuación de la

guerra, sino de que por primera vez

en casi cuarenta años los invasores

atendieran a los pedidos de negociación

diplomática.

No se trata de suponer una amenaza

para la paz mundial, sino precisamente

de sostener una capacidad

defensiva tal que permita a nuestro

país alzar la voz y ser oído. Las

armas son la última garantía de la

soberanía de un país, fundamento

a su vez de la independencia económica

que permite a un pueblo

gobernarse a sí mismo de manera

autónoma y aplicando los principios

de la justicia social.

Un ejemplo de la capacidad disuasoria

de las armas de destrucción

masiva lo constituyó Corea

del Norte, cuyo líder Kim Jong-Un

pudo reunirse en 2018 en son de

paz con el entonces presidente de

los Estados Unidos Donald Trump

precisamente por haber hecho gala

de su posesión de armas nucleares.

Otros líderes como Muamar el

Gadafi en Libia o Saddam Hussein

en Irak no poseían a su tiempo

armas de destrucción masiva en su

arsenal y como consecuencia Libia

26 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


e Irak sufrieron sendas ocupaciones

por fuerzas militares de parte de la

OTAN, fueron reducidas a cenizas y

sus líderes, asesinados bajo acusaciones,

entre otras, de poseer unas

armas de destrucción masiva que

luego se supo que jamás poseyeron.

Bueno, en realidad se supo siempre

que no las poseían, pero los Estados

Unidos debieron admitirlo tras

haber llevado adelante un verdadero

genocidio.

En Argentina, con un territorio

mucho más vasto que el de países

como Libia, Irak o Corea del Norte

y con inconmensurables depósitos

de los recursos que más demandará

el futuro (no solo hidrocarburos

sino también litio, alimentos y agua

dulce) que el Estado nacional no encare

de manera integral una política

de defensa nacional disuasoria de

futuras incursiones de parte de potencias

foráneas resulta de mínima

ingenuo y en el peor de los casos,

irresponsable.

La defensa nacional es una de las

principales herramientas que los

pueblos poseen para defenderse

de los planes coloniales a que las

potencias imperiales los pretenden

someter. El pacifismo como ideal

solo se puede realizar materialmente

si un Estado posee por sí mismo

la capacidad efectiva y plena para

infligir un daño considerable a sus

enemigos.

Las armas nucleares poseen en sí

mismas tal potencialidad destructiva

que a ningún líder por irracional

o ambicioso que sea se le ocurriría

recurrir a ellas. Ningún líder espera

reinar sobre un planeta devastado,

despoblado e inhabitable. Por eso

tener almacenadas armas nucleares

es una garantía de no injerencia

para un pueblo-nación. Pero ninguna

potencia imperial va a cejar

en sus intentos por colonizar a un

pueblo que se encuentre en la más

plena indefensión.

Es lo que nos está sucediendo a los

argentinos en la actualidad y poco

se puede hacer si desde la dirigencia

política sin diferenciación partidaria

no se toma en consideración

la importancia capital de proteger a

nuestros ciudadanos de amenazas

futuras que no responden a pronósticos

agoreros sino sencillamente a

la más cruda realidad que se respalda

en acontecimientos históricos.

Los argentinos estamos literalmente

parados encima de montañas de

oro pero permanecemos incustodiados,

indefensos, apelando como

argumento para detener a la más

cruda y brutal fuerza de la antipatria

al pacifismo bienintencionado e

ingenuo.

En otra época, la Argentina fue

pionera en la investigación de la

fusión nuclear controlada, proceso

que allí por 1951, año en que fue

creada la Comisión Argentina de

Energía Atómica (CNEA) ningún país

en el planeta había alcanzado a desarrollar.

El Proyecto Huemul, como

se llamó al ambicioso plan iniciado

por el gobierno del presidente Juan

Domingo Perón, fue emplazado en

la ciudad de San Carlos de Bariloche

en una isla en medio del Lago

Nahuel Huapi. Este consistía en la

investigación de las aplicaciones

de la fusión nuclear a la producción

de energía limpia y a bajo costo, la

que el presidente Perón consideraba

como un capital fundamental

como estímulo a la industria

pesada que su segundo mandato

tenía planeado impulsar. La revista

estadounidense The News Republic,

basándose en informes del servicio

de inteligencia norteamericano,

alertó entonces al mundo sobre la

relevancia de las investigaciones

Una estatua de Saddam Hussein en Bagdad, vulnerada y derribada por soldados estadounidense.

Irak es el ejemplo opuesto al de Corea del Norte, un país que no tuvo armas nucleares

para disuadir al enemigo y fue víctima de una invasión imperialista y una vergonzosa

recolonización de su territorio. Hoy Irak es un vulgar satélite y el pueblo sufre las penurias.

27 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Nuestras reservas de litio, en la mira de las potencias imperialista y de las corporaciones.

El litio es el elemento fundamental para la fabricación de baterías y no solo los dispositivos

electrónicos dependen de eso para existir: todo el desarrollo de los automóviles eléctricos y

el proyecto de eliminar los motores de combustión interna solo puede tener éxito si los fabricantes

tienen acceso a las abundantes reservas de litio de nuestra región. Tarde o temprano

vendrán por ello, si es que ya no empezaron a venir con el por ahora fracasado golpe de

Estado a Evo Morales en Bolivia.

que impulsaba el gobierno argentino.

Bajo el título “El plan atómico

de Perón”, la revista publicó: “Dado

el potencial económico del país,

el proyecto nuclear argentino no

puede pasar inadvertido”. Es decir,

que desde el germen de la política

nuclear en Argentina los poderes

imperiales advirtieron la importancia

de desactivar las capacidades

defensivas de nuestro país.

En la actualidad, Argentina es líder

regional en la producción de energía

atómica y en la aplicación a la

medicina de las investigaciones que

la CNEA sigue aún hoy desarrollando,

entre ellas, en el tratamiento

de determinados tipos de cáncer.

Sin embargo, las aplicaciones de la

energía atómica a posibles tareas

de defensa fueron abandonadas

completamente por el país, aunque

estas podrían implicar no solo a la

producción de ojivas nucleares, sino

también a la de una flota de aviones

y submarinos a propulsión nuclear,

tales como aquellos que fuerzas de

la OTAN pasean por las costas del

Mar Argentino sin que el gobierno

posea capacidad material de evitarlo.

Los últimos intentos por dar un

impulso serio a la energía nuclear

en nuestro país datan del gobierno

de la expresidenta Cristina Fernández

de Kirchner, con la puesta

en marcha en el año 2014 de la

Central Nuclear Néstor Kirchner

(Atucha II), ubicada en Zárate,

provincia de Buenos Aires, una

planta nucleoeléctrica con una

potencia bruta de 745 megavatios

eléctricos a base de uranio natural

y agua pesada. No obstante, la

desfinanciación de los programas

y la pérdida de interés de parte de

los gobiernos a partir de esa fecha

hacen suponer que no existen proyectos

a largo plazo que impliquen

ampliar el abanico de las investigaciones

relacionadas con la energía

nuclear. Se trata de un error garrafal

de parte de un Estado que ya cuenta

con una infraestructura básica

sobre la que iniciar las tareas, sobre

todo tratándose de un Estado cuya

vulnerabilidad ante las amenazas

es manifiesta.

Es fundamental que el Estado

argentino retome las investigaciones

nucleares no solo para estudiar

los beneficios de la tecnología en

aplicaciones asociadas con la salud

o la energía. Es necesario investigar

las aplicaciones a la defensa de esa

energía e incrementar los esfuerzos

destinados a blindar las fronteras

de nuestro país. Existe la hipótesis

de conflicto, existe la invasión,

existen las riquezas que el pirata

añora desde tiempos inmemoriales.

Y nosotros contamos para defendernos

poco menos que con palos y

piedras.

El conflicto aparecerá en el horizonte

más tarde o más temprano.

Está en nuestras manos la opción

de rendirnos y regalar lo que es

nuestro o prevenirnos y hacer ver al

enemigo que los argentinos, como

alguna vez pronunció el General San

Martín, no somos empanadas que

se coman sin más esfuerzo que el

de abrir la boca.

28 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


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29 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


ANÁLISIS

Contrarrevolución

de redes sociales

ERICO

VALADARES

Por el éter radial de las ondas

cortas viaja constantemente

desde Miami hacia Cuba y

hacia todo el mundo la propaganda

ideológica de los llamados

“gusanos”, o los disidentes

cubanos exiliados en los Estados

Unidos desde 1959 en adelante.

El instrumento de esa propaganda

perenne y virtualmente imposible

de controlar es Radio Martí, un

servicio de comunicación oficialmente

financiado por el gobierno

estadounidense desde que durante

el gobierno de Ronald Reagan se

creó una comisión presidencial para

la radiodifusión hacia Cuba. No se

trata de nada ilegal ni mucho menos

clandestino, no es —como suele

pensarse comúnmente en estas

latitudes— la obra de un grupo de

rebeldes escasamente organizados

que transmite en secreto desde

algún escondite en Little Havanna ni

nada por el estilo. Radio Martí es un

esfuerzo oficial de Washington con

fines de desestabilización del régimen

socialista nacido de aquella

mítica revolución ocurrida a fines de

los años 1950. Con los demócratas

o con los republicanos sin distinción,

Radio Martí ha estado en el

aire todos los días, las 24 horas del

30 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


día y hace ya casi cuatro décadas,

haciendo con el dinero del contribuyente

yanqui declamación ideológica

para el consumo de gente en un

país extranjero.

En los primeros días del mes de

julio Radio Martí tuvo en esa guerra

ideológica una importancia que

no había tenido en décadas, concretamente

desde el episodio que

quedaría conocido como el “Maleconazo”,

cuando en 1994 se produjeron

las últimas protestas masivas

en las calles de La Habana contra la

revolución. Desde entonces Radio

Martí ha tenido una existencia un

poco boba, extraña situación que

duraría hasta principios del año

2010. Promediaba entonces el

primer gobierno de Barack Obama

y el senador demócrata John Kerry,

argumentando la inutilidad relativa

de Radio Martí para quienes pagan

impuestos en los Estados Unidos,

recomendó su fusión con otro

medio estatal, una forma sutil de

empezar a desmantelar ese aparato

propagandístico.

Si bien las gestiones del senador

Kerry finalmente no prosperaron, la

decadencia de Radio Martí habría

de acentuarse con la llegada de las

conexiones de internet a Cuba. En

los últimos tres o cuatro años, la

radio de los “gusanos” apenas ha

tenido una muy escasa audiencia

entre los cubanos de Cuba a los que

se dirige. La radio había quedado

allí, podría decirse, meramente por

inercia, en una situación de inminente

caducidad que, no obstante,

iba a cambiar súbitamente cuando

frente a una nueva ola de protestas

en la isla caribeña el gobierno

revolucionario resolviera la limitación

del servicio de internet como

método para cortar los circuitos. De

la noche a la mañana, Radio Martí

volvió a ser el único enlace entre los

cubanos disidentes que siguen en

Cuba y sus amigos al otro lado del

Estrecho de Florida.

Es así como esa minoría de quizá

decenas de miles de cubanos

disidentes desempolvó sus viejos

receptores de ondas cortas para saber

qué hacer en un momento que

considera clave en la historia del

país. Y a pesar de ello, aun recibiendo

instrucciones constantes desde

Miami, no es menos cierto que

incluso en la opinión de los propios

disidentes el método ya quedó anacrónico:

en una perorata contrarrevolucionaria

digna de los servicios

de inteligencia que hace muchas

décadas trabajan intensamente

para destruir la revolución cubana,

un ideólogo reconocía desde Miami

en el aire de Radio Martí que “sin

internet y fundamentalmente sin

redes sociales va ser muy complicado”.

Del otro lado del mostrador, los

jerarcas revolucionarios saben que

muy poco y nada puede hacerse

técnicamente para evitar que viajen

las ondas de radio hasta los receptores

en el país, aunque tampoco

ignoran que Radio Martí ya no

mueve el amperímetro. El gobierno

de La Habana puede interrumpir y

en efecto interrumpe rápidamente

el servicio de internet en toda la isla

al detectar movimientos de insurrección,

a sabiendas de que dichos

movimientos hoy por hoy se gestan

y se organizan en las redes sociales.

Tanto en la Florida como en Cuba

han descubierto que la Guerra Fría

terminó y reconocen que los tiempos

cambian.

Veíamos anteriormente que Radio

Martí es un instrumento para la

declamación ideológica y poco más

que eso, es el repetidor diario de un

mismo discurso que, en la práctica,

los cubanos disidentes ya conocen

de memoria. Ni aún durante los

sucesos del ya mentado “Maleconazo”

la radio fue efectivamente útil

para la organización de un movimiento

insurgente en un territorio

muy bien controlado como el de

Cuba, siempre hizo falta algo más

y eso serían las redes sociales. Si

bien los cubanos en disidencia hoy

Panorama de los estudios de Radio y Televisión Martí, con sede en la ciudad de Miami.

Desde aquí parte hace casi cuatro décadas el discurso contrarrevolucionario hacia Cuba en

amplitud modulada, en ondas cortas y, más recientemente, en señal de televisión, aunque

la recepción de esta última en la isla es un poco dificultosa.

31 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


socialista. El pueblo cubano supo

y pudo transitar incluso el nefasto

Período Especial resultante de la

disolución de la Unión Soviética sin

que estuviera realmente en peligro

la estabilidad de la revolución.

¿Cuba libre?

El senador demócrata John Kerry, junto a Raúl Castro en una visita a Cuba. El gobierno de

Barack Obama fue el periodo de menos tensión entre cubanos y estadounidenses, lo que

motivó la furia de los llamados “gusanos” de Miami y del establishment estadounidense

de un modo general. Hubo avances hacia el establecimiento de cierta relación bilateral y

señales políticas como la reapertura de la embajada de los Estados Unidos en La Habana o

el intento por desmantelar Radio Martí. Con la llegada de Donald Trump todo volvió a la vieja

normalidad, aunque la embajada allí quedó como un hermoso presente de griego. En primer

plano y desenfocada en la imagen puede verse a la entonces primera dama estadounidense,

Michelle Obama.

se aferran otra vez a Radio Martí

al verse privados de un servicio de

internet que por otra parte es toda

una novedad en la mayor de las

Antillas —puede hablarse de un uso

masivo de internet y redes sociales

en Cuba recién desde el 2018—, ya

se sabe que la radio es un esquema

de comunicación vertical de uno

a muchos y que eso no sirve para

hacer lo que allí se quiere hacer:

la organización de los muchos en

forma horizontal.

Entonces la contrarrevolución en

Cuba es típicamente un hecho de

las redes sociales, es algo que no

pudo haber pasado antes del advenimiento

del uso masivo de internet.

El carácter insular del territorio y la

tremenda efectividad del gobierno

cubano en todo lo que se refiere a

cortar aquellos circuitos de movida

insurgente aún en ciernes han sido

factores suficientes para sostener la

estabilidad política en las últimas

seis décadas, prácticamente sin

excepciones. Aún en los peores momentos

como en el Éxodo de Mariel

(1980), en el “Maleconazo” y en el

Éxodo de los Balseros (1994), el

gobierno revolucionario pudo sofocar

rápidamente los focos de insurrección

y estabilizarse sin mayores

costos políticos. Radio Martí siempre

estuvo allí (por lo menos desde

1985), los servicios de inteligencia

estadounidenses siempre estuvieron

allí y también los disidentes,

sin que nada de eso fuera suficiente

para desestabilizar el régimen

Pero ahora parece que hay peligro

real de una contrarrevolución a más

de sesenta años del inicio del proceso.

Por razones que el atento lector

verá a continuación, por primera

vez en seis décadas de revolución

socialista parecen estar dadas las

condiciones para que los disidentes,

con el apoyo de las potencias

occidentales encabezadas por los

Estados Unidos, restauren su tan

anhelado régimen liberal en Cuba.

En líneas muy generales, Cuba

puede definirse como un país con

economía planificada de tipo socialista

que padece los efectos

devastadores de un embargo económico

permanente impuesto por

Washington. Considerando que al

empezar dicho embargo en 1960 el

70% de las importaciones y el 73%

de las exportaciones de Cuba eran

desde y hacia los Estados Unidos, al

existir entre ambas naciones lazos

históricos en la cercanía geográfica,

resulta sencillo comprender la magnitud

del descalabro económico y

las penurias por las que atraviesa el

pueblo cubano desde la disolución

de la Unión Soviética y del bloque

socialista en el Este. Embargados

desde el vamos por sus socios

naturales y sin el apoyo del socio

ideológico soviético, los cubanos se

encontraron en 1991 con un panorama

desolador: el de la inviabilidad

económica nacional.

Toda la pobreza material existente

hoy en Cuba es el resultado de esa

situación de embargo e inexistencia

de un socio estratégico alternativo

32 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


con la capacidad de romper la dependencia

natural del Caribe para

con los Estados Unidos. Más allá

del griterío ideológico de derecha y

de izquierda, esa es toda la realidad

de una pequeña isla cuya escasez

de recursos naturales es un hecho

determinante. Si Cuba tiene embargadas

las tres cuartas partes de su

comercio exterior y por otro lado no

recibe el apoyo decisivo de alguna

otra potencia global como lo fue

la Unión Soviética en su momento,

eso significa en la práctica menos

panes y menos peces para repartir

entre los que están.

La pobreza en Cuba que se utiliza

como argumento para hacer

la contrarrevolución no es, por lo

tanto, un asunto ideológico, sino

político en un sentido económico.

Sin la posibilidad de llevar a cabo

relaciones comerciales normales

con los Estados Unidos y a la vez

sin contar con el apoyo alternativo

de otra potencia mundial —China

nunca ocupó realmente ese lugar

con la intensidad y la generosidad

que había tenido el Kremlin—, es

una obviedad el que los cubanos en

algún momento se lanzarían a protestar

en las calles. No es que estén

hartos del socialismo, como suelen

decir los “gusanos” de Miami, los

halcones liberales de Washington y

sus repetidores en todo el mundo.

Es que ya no quieren ser tan pobres.

Un ejemplo de ello habría que buscarlo

no muy lejos, sino en un país

geográficamente cercano a Cuba

y con similares condiciones objetivas.

Y allí tendrá el atento lector

tres alternativas de lo que podría

ser Cuba en la eventualidad de que

caiga efectivamente la revolución

socialista o en el ejercicio contrafáctico

de que esta nunca hubiera

tenido lugar: Puerto Rico, República

Dominicana y Haití, tres territorios

vecinos y además geográficamente

parecidos a la mayor de las Antillas.

Los tres son pobres y uno de ellos,

Puerto Rico, ni siquiera es independiente.

Entonces Cuba sin la revolución

podría ser una dependencia

colonial como Puerto Rico, un país

independiente con mucha desigualdad

como República Dominicana o

un caos total como Haití, cualquiera

de las tres opciones es perfectamente

factible para Cuba porque

se dan actualmente en lugares que

son muy parecidos a Cuba, pero han

tenido distintos desarrollos históricos

desde fines del siglo XVIII al

presente.

Esa es la obviedad ululante, aunque

no lo es para todos. Existe una

narrativa mágica según la que a

la caída del socialismo Cuba sería

de la noche a la mañana una

nación próspera conservando su

independencia, toda la pobreza

dejaría de existir y los cubanos de

Cuba podrían consumir todo lo que

“¡Viva Cuba!”, expresa el afiche propagandístico simbolizando en ruso la amistad entre

cubanos y soviéticos, que quedó establecida a principios de los años 1960 y a poco de empezar

a andar la revolución. El primer síntoma de esa alianza fue la Crisis de los Misiles que

puso al vilo al mundo durante 14 días en la expectativa de una guerra nuclear.

33 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


consumen los cubanos de Miami

hoy. Los ideólogos de la contrarrevolución

insisten en esa hipótesis

delirante y no son pocos los que

“agarran viaje”, es decir, optan por

creer en semejante patraña. Pero

no hay nada de eso. La hipotética

caída del actual régimen socialista

difícilmente podrá resultar en otra

cosa que en un proceso de recolonización

por parte de los Estados

Unidos sin que nada de eso se traduzca

—he aquí lo esencial— en una

elevación sustancial en la calidad

de vida de las mayorías populares

en el país. De caer la revolución,

Cuba puede ser como Puerto Rico,

un “Estado asociado” con todas las

obligaciones, muy pocos derechos

y bastante pobreza. También puede

ser como República Dominicana,

puede conservar su independencia

de un modo meramente simbólico

y ver explotar la desigualdad hasta

niveles de escándalo. Pero lo más

probable es que sea como Haití,

siendo sometido el pueblo cubano

a un monumental saqueo y a la

vendetta imperialista.

Fotografía de la revista estadounidense ‘Life’ de la noche cubana antes de la revolución. Con

Fulgencio Batista, Cuba fue un centro de diversión y lujo para los turistas estadounidenses,

quienes venían atraídos por los casinos, los hoteles, las drogas y la prostitución en la isla.

Debilidades

Ahora bien, veíamos anteriormente

que a diferencia de lo ocurrido en

otras situaciones de protestas masivas

en el pasado esta vez existe

la preocupación de que los contrarrevolucionarios

puedan triunfar y

poner un punto final a la revolución

socialista de 1959. Esa preocupación

se desprende de los términos

del discurso oficial, el que intenta

por primera vez contemporizar en

algunos aspectos y hasta hacer concesiones

para sostener el statu quo,

un error estratégico que raramente

suele dar buenos resultados. De

hecho, durante el Éxodo de Mariel

de 1980, Fidel Castro pudo sofocar

la revuelta porque no hizo ninguna

concesión a las protestas, sino que

redobló la apuesta y abrió el puerto

de Mariel para quienes quisieran

abandonar el país e invitó a los

disidentes a dirigirse a la embajada

de Perú a solicitar allí asilo político.

Con esas dos jugadas, Fidel

generó una crisis de refugiados en

Miami que le costó la reelección a

Jimmy Carter e inundó los jardines

de la embajada peruana con unos

10.000 cubanos, colapsando la

capacidad diplomática de ese país.

Eso fue suficiente para disuadir a

los que agitaban para voltear desde

afuera la revolución y calmó las

aguas por un largo periodo.

Hoy, por el contrario, pese a la

escalada discursiva de Miguel

Díaz-Canel con la convocatoria a

los militantes comunistas a reprimir

cuerpo a cuerpo las protestas, la

política del gobierno cubano tiende

a conceder más aperturas. Ese

hecho habla a las claras de una

preocupación genuina acerca del

futuro en el corto plazo. Al parecer,

el Partido Comunista de Cuba teme

por primera vez el éxito de la contrarrevolución.

¿Por qué? Porque,

34 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Imagen icónica del episodio que quedó conocido como el Éxodo de Mariel, un periodo de inestabilidad política en Cuba previo al “Maleconazo”

y la crisis de los balseros en 1994.

a simple vista, es evidente que se

dan hoy unas condiciones que en

el pasado jamás se dieron o por lo

menos no con tanta coincidencia

temporal. Lo que se ve es la formación

de una tormenta perfecta,

la combinación de factores económicos,

políticos, tecnológicos,

culturales y sociológicos que nunca

existieron en el pasado.

Para empezar, el más duro de los

factores de incentivo a la sublevación:

el aspecto económico de la

cuestión. Desde la disolución de la

Unión Soviética y del bloque socialista

en el Este, Cuba viene subsistiendo

a duras penas básicamente

con dos fuentes de ingreso, que son

las remesas de dinero por parte

de los cubanos que se fueron a los

Estados Unidos a sus familiares en

la isla y el turismo. Según un cálculo

modesto hecho por el Diario El País

de España, dichas remesas ascendían

en 2020 a unos 3.600 millones

de dólares anuales, más que lo

generado por la industria del turismo

(unos 3.000 millones de dólares

por año) y más que el conjunto de

todas las exportaciones del país.

No hay razones para sospechar que

vaya a haber una merma considerable

en las remesas de los migrantes

desde los Estados Unidos, puesto

que se trata de una actividad constante

en tanto y en cuanto no exista

un verdadero colapso de la economía

estadounidense. Mientras los

cubanos exiliados sigan teniendo

trabajo allí, seguirán enviando esas

pequeñas cantidades de dinero a

sus familias en Cuba, las que combinadas

representan para el país un

ingreso de dólares frescos que son

vitales.

El problema está más bien en el

rubro del turismo, una industria que

fue prácticamente desactivada de

golpe al advenir la crisis del coronavirus

a nivel global. Es de suponerse

que se redujeron a cero los ingresos

por el turismo en Cuba y entonces

faltan allí esos 3.000 millones de

dólares que antes solían ingresar al

país anualmente. Ese es un quebranto

importante para la economía

nacional y solo puede traducirse en

penurias para el pueblo, allí donde

quedaron sin ocupación todos

los que trabajan en el sector y, a

la vez, quedó el Estado con menos

recursos genuinos para atender las

necesidades de siempre. Está claro

que esas penurias son un poderoso

factor de incentivo a la sublevación

y es probable que muchos de los

que hoy se lanzan a las calles lo

hacen al ver disminuida su calidad

de vida, la que por otra parte ya era

bastante baja.

El segundo factor de inquietud

social es político en un sentido

más bien ideológico y de liderazgo

moral. Este es el primer desafío

a la revolución cubana luego del

35 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


El turismo, sector esencial de la economía cubana después de la desintegración de la Unión

Soviética. A raíz del coronavirus, la actividad turística en la isla se vio paralizada y eso impactó

con la fuerza de un bombardeo en la sociedad generando la tensión social que hoy se

ve en las calles.

fallecimiento de su líder histórico, el

comandante Fidel Castro. Y si bien

en un primer momento la transición

pareció ser muy tranquila y se creyó

que Díaz-Canel iba a suplantar el

liderazgo de Castro sin mayores

problemas, existe la posibilidad de

eso no sea así. No sería extraño que

ante la ausencia del líder carismático

que a su vez fue el hacedor de

la revolución, los subalternos se

encuentren espiritualmente liberados

de la obligación y se animen a

sublevarse. Eso es lo que la historia

enseña, de hecho, que a la caída

del liderazgo carismático se suceden

grandes cambios sociales y entonces

la ausencia del comandante

Fidel Castro debería tener mucho

impacto sobre la situación.

El tercero de los factores es sociológico

o generacional, allí donde

casi todos los cubanos contemporáneos

nacieron después de 1959

o eran demasiado jóvenes antes de

la revolución para tener memoria

de lo que había sido el país bajo la

dictadura liberal y cipaya de Fulgencio

Batista. Al no tener esa perspectiva

histórica, es probable que

muchos de ellos hayan incorporado

elementos del discurso contrarrevolucionario,

sobre todo la parte de la

narrativa falsificada que da cuenta

de un supuesto país idílico que la

revolución habría venido a destruir.

Es difícil explicarle a un joven en los

días de hoy que en tiempos de sus

abuelos Cuba no era más que un

burdel de los Estados Unidos donde

el juego, la droga y prostitución

habían sido moneda corriente y que

además de la pobreza hubo entonces

una desigualdad galopante, un

pueblo sin dignidad. El que no ha

vivido tiempos difíciles tiende a ver

difícil su propio tiempo y a no valorar

los progresos alcanzados.

Además, los más jóvenes entre los

nacidos después de la revolución

de 1959 son los de la generación

que conoció las redes sociales,

conoció YouTube y allí pudo tener

contacto con el nivel de consumo de

otros jóvenes no solo en los Estados

Unidos, sino en los demás países

de la región. Y vieron con sus propios

ojos, aunque solo en videos,

las cosas a las que los cubanos no

tienen acceso. Esa juventud ya no

es tan tolerante a la austeridad del

comunismo de guerra permanente

y se pregunta por qué los cubanos

no pueden tener lo que otros tienen,

otra vez afectada por la pérdida de

la perspectiva que es una característica

del paso del tiempo y el

recambio generacional. Así fue en el

bloque socialista del Este, donde la

juventud estuvo en la primera línea

al caer el Muro de Berlín y también

en la fulminante transición del socialismo

al liberalismo en todos los

países de la Cortina de Hierro y de

la Unión Soviética.

La tecnología es el cuarto factor

de incentivo a la sublevación y es la

razón por la que aquí consideramos

que esta es una contrarrevolución

de redes sociales. Tras la apertura

que en el año 2018 dotó a los cubanos

de una modesta conexión a

internet y el uso masivo de teléfonos

celulares, empezó a haber en Cuba

la comunicación horizontal en red

por fuera de los circuitos del Partido

Comunista. Antes de las redes

sociales, el cubano se reunía con

sus pares únicamente en el marco

institucional de la política territorial

o en otras instituciones (religiosas,

deportivas, sociales, barriales, etc.),

siempre bajo el atento control del

Estado. Uno en Cuba podía perfectamente

seguir la programación

reaccionaria de los “gusanos” de

Radio Martí en la intimidad del

hogar y podía comulgar con esas

ideas, pero no tenía dónde ni con

36 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


quiénes poner en común esas ideas

para organizarse con otros alrededor

de ellas. Al advenir las redes sociales

esa limitación dejó de existir

y allí mismo se fueron formando los

grupos que hoy hacen la agitación

política en las calles.

Finalmente, juega a favor de la

peligrosidad de la contrarrevolución

de los días actuales un factor puramente

cultural. Es harto conocido

el hecho de que las sublevaciones a

lo largo de la historia solo llegaron

a triunfar al surgir en el horizonte

simbólico de los contemporáneos

una bandera común. El símbolo es

el elemento de amalgama detrás

del que se encolumnan todos, incluso

aquellos que no saben muy bien

por qué están marchando y lo hacen

atraídos por el símbolo. Son abundantes

los ejemplos históricos, en

toda revolución y también en toda

reacción ha habido el factor simbólico

como base de la organización

para la lucha. Y en el caso de la presente

oleada contrarrevolucionaria

ese símbolo de unidad es una pieza

musical: la canción Patria y vida,

cuyo video en las plataformas ha

tenido millones de reproducciones y

cuya letra se entona en las marchas

de protesta.

He ahí un símbolo poderoso tanto

por su ridícula sencillez de eslogan

publicitario como por su aspecto

sarcástico. “Patria y vida” es para

los contrarrevolucionarios una

respuesta al lema histórico de la

revolución cubana de 1959, “Patria

o muerte”. Es evidente que la cosa

no resiste al más ligero análisis,

puesto que la disyuntiva “Patria o

muerte” hace referencia a la necesidad

de una lucha por la liberación

nacional y a la existencia de individuos

dispuestos a llevar esa lucha

hasta sus últimas consecuencias,

no hay en ello ninguna apología a la

muerte. Pero los símbolos son eso,

son eslóganes de consumo veloz,

son el fast-food de la cultura y no se

requiere de mucha capacidad intelectual

para adherir a la consigna

propuesta. Hasta un idiota percibe

que hay algo mágico en la expresión

“Patria y vida” y es justamente por

eso que este factor cultural mueve

hoy la aguja en la correlación de

fuerzas, dejando en evidencia el

riesgo inminente de triunfo contrarrevolucionario.

La enmienda Platt

El asunto es que nada de lo anteriormente

expuesto sería suficiente

para llevar a cabo una contrarrevolución

en un esquema tan rígido

como el de Cuba si no hubiera por

otra parte y en paralelo una presión

foránea. Es cierto que hay gente

disconforme en las calles y sería

delirante suponer que todos ellos

son agentes de la Agencia Central

de Inteligencia (CIA, por sus siglas

en inglés) a sueldo de Washington.

Y, no obstante, sí que hay agentes

de la CIA en Cuba y hay mucha más

injerencia de los Estados Unidos en

los asuntos internos de ese país de

lo que solemos suponer.

Eso es así porque los Estados Unidos

llevan inscripta en su doctrina

fundamental la convicción de que

América es para los americanos, allí

donde “americanos” es sinónimo

exclusivo de “estadounidense”. En

una palabra, los yanquis creen que

todo el continente les pertenece

desde Alaska a la Patagonia y que

por ello tienen la obligación doctrinaria

de meterse siempre donde

no fueron invitados. A partir de la

Doctrina Monroe la política exterior

de los Estados Unidos fue mutando

en el tiempo hacia la tendencia al

imperialismo y al intervencionismo

sobre las naciones independien-

Las actuales manifestaciones en Cuba, en las que se ven expresados dos de los principales

factores de sublevación: el uso intensivo de teléfonos celulares con conexión a internet y la

presencia de jóvenes menores de 30 años como inmensa mayoría.

37 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Caricatura alusiva a la Doctrina Monroe, o la idea de “América para los americanos” que está profundamente instalada en la conciencia de

los estadounidenses. El problema en eso es qué cosa entienden ellos por “americanos”.

tes de América, entre las que está

Cuba. En ese marco está la Enmienda

Platt.

La famosa Enmienda Platt fue una

ley promulgada por el Congreso de

los Estados Unidos e impuesta por

el chantaje militar a los cubanos

en el año 1901. Para que Cuba

la aceptara y la incorporara a su

Constitución, los Estados Unidos

la pusieron como condición para la

desocupación del territorio cubano

luego de la Guerra Hispano-estadounidense,

en la que Cuba obtuvo

su “independencia” respecto a

España, pero solo entre muchas

comillas. El caso es que la Enmienda

Platt es un verdadero estatuto

legal del coloniaje pues les garantizaba

a los yanquis el derecho de

intervenir militarmente en Cuba si

a su juicio existiera un peligro para

la vida, la propiedad y los intereses

de los estadounidenses en la isla,

pero también en la eventualidad de

que —siempre en la opinión de los

propios yanquis— hubiera una amenaza

a las libertades individuales...

¡de los cubanos!

En ese acto los Estados Unidos

normalizaron su rol de policía universal,

definieron que los cubanos

no eran capaces de gobernarse a sí

mismos según sus propios criterios

y sentaron las bases definitivas de

la ideología por la que el gobierno

de los Estados Unidos está autorizado

a intervenir con las armas

en un país independiente como si

se tratara de parte de su territorio

nacional. Claro que la Enmienda

Platt era una burla a la dignidad

de los cubanos y fue derogada en

1934, pero la idea quedó y esa es la

razón por la que, por ejemplo, a los

estadounidenses les parece absolutamente

normal utilizar el dinero

de los impuestos para mantener un

aparato propagandístico como Radio

Martí, cuyo mensaje no se dirige

a los propios estadounidenses, sino

a los cubanos. En el fondo, lo que

está instalado en la conciencia de

los yanquis es que Cuba pertenece

a los Estados Unidos, lo que es el

caso literal de Puerto Rico.

Eso explica buena parte de las hostilidades

históricas que partieron

de los Estados Unidos hacia Cuba

desde el advenimiento de la revolución

socialista: existe la idea de

que ese proceso autónomo es una

usurpación. Entonces el intento de

invasión en la Bahía de los Cochinos

y luego la Operación Mangosta,

los innumerables atentados terro-

38 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


ristas, el embargo y toda la agresión

de un modo general desde 1959 a

esta parte desde el punto de vista

de los estadounidenses no es sino

un esfuerzo sostenido por recuperar

lo que a los Estados Unidos les pertenece.

Para entender bien de qué

se trata, el atento lector no necesita

más que ponerse en el lugar del

establishment yanqui y desde allí

pensar en Puerto Rico. Así vistas las

cosas, es fácil comprender qué es

Cuba para el poder político y económico

de los Estados Unidos.

Pero el mayor interés en la sumisión

colonial de Cuba y su reducción

al estatus de protectorado

(de “Estado libre asociado”, por

el eufemismo que se inventaron

para disimular esa colonización)

que tiene Puerto Rico hoy no está

en las clases dominantes estadounidenses,

sino en un sector de los

“gusanos” de Miami que supo ser

la oligarquía cipaya en Cuba antes

de la revolución. Esas son las familias

patricias que huyeron hacia los

Estados Unidos al ser derrocado

Fulgencio Batista y perdieron sus

latifundios en la reforma agraria y/o

su capital en las nacionalizaciones

llevadas a cabo por Fidel Castro en

los primeros meses de la revolución.

En términos muy argentinos, esas

familias oligárquicas supieron ser

los personeros locales de la colonia

a cambio de un estatus privilegiado

sobre sus propios compatriotas y no

solo fueron despojados del patrimonio

que garantizaba ese estatus,

sino que fueron obligados a huir y a

reubicarse en un país que a priori no

les reconoció los títulos de nobleza,

aunque los recibió muy bien y les

dio algunos privilegios.

Es por eso que la suma entre la

convicción de los estadounidenses

en que Cuba les pertenece y

el resentimiento de los oligarcas

exiliados está buena parte de la

explicación para la animosidad

que parte de Washington, pasa por

Miami y estalla en La Habana cada

vez que se dan protestas masivas

en las calles. Todo ese poder está

detrás de la agresión foránea a

Cuba y se traduce en movidas de espías,

atentados, sabotaje y boicot,

embargo e incluso intentos mal disimulados

de invasión militar, como

sucedió en Bahía de los Cochinos.

Los “gusanos” patricios de la vieja

oligarquía apuestan por una restauración

colonial para que un nuevo

gobierno revierta la reforma agraria

y las nacionalizaciones, restituyendo

asimismo todo el patrimonio que

esos oligarcas dejaron atrás al huir

hacia Miami hace ya sesenta años.

Es evidente que existen en Cuba

una oposición y gente que no está

contenta, no hay unanimidad en

ninguna parte. Nadie en su sano

juicio va a negar que hay cubanos

en Cuba —más allá de los cubanos

en Miami— deseando terminar con

la revolución y cambiar el paradigma.

Solo un progresista delirante

de pasillo universitario y de pañuelos

tomar dirá que todos los que

protestan están a sueldo de Washington,

no es así. No es así y aun

así hay de los que sí están a sueldo

de Washington. Una cosa no quita

la otra, ambas coexisten y están

ambas agitando. Por lo tanto, lo

que tampoco se puede negar frente

a la evidencia es que hay injerencia

estadounidense en esta conversación.

Hay gente disconforme en

Cuba y también hay participación

de los servicios de inteligencia

estadounidenses en la generación

Impactante imagen de los soldados revolucionarios ocupando el lobby del hotel Hilton de La

Habana en pleno triunfo de la guerrilla con Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara a la cabeza.

La reforma agraria y las nacionalizaciones que se siguieron a esto dejaron muy resentida a la

oligarquía local, que se vio obligada a huir a los Estados Unidos dejando por el camino todo

su patrimonio. En la eventualidad de una restauración, lo primero que se verá en Cuba será

la presencia de esas familias patricias reclamando lo que en su opinión les pertenece. Y ese

será un proceso muy doloroso.

39 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


de una conmoción interna al estilo

de la llamada Primavera Árabe, con

finalidades destituyentes.

El problema es que Cuba no es un

asunto exclusivo de estadounidenses

y cubanos. Ideológicamente,

Cuba es en sí un símbolo para

muchos y también para los argentinos,

la tensión social en la mayor

de las Antillas modifica la política

en Argentina y muchos otros países.

Aquí estamos muy ideologizados y

divididos en una grieta muy profunda,

donde cada cual mira el lado de

la cuestión que sea más apetecible

para su propio sesgo de confirmación

ideológico: la mal llamada “derecha”

dice que el pueblo cubano

lucha por su libertad, mientras que

la mal llamada “izquierda” solo ve

injerencia de los Estados Unidos en

los disturbios callejeros. Y ambos

están equivocados al no ver toda la

complejidad de un proceso histórico

de seis décadas que modificó

profundamente la política a nivel

global.

Se le va a exigir a Alberto Fernández

que tome partido por uno o por

otro bando, aquí la cuestión se va a

reducir a “defender los logros de la

revolución” o “ponerse de parte de

una dictadura” según quien lo mire

desde su punto de vista ideológico.

Y allí quedará otra vez Fernández

atrapado en la contradicción de un

Frente de Todos que es kirchnerista,

pero también es massista y aun no

puede definirse. Cuba es un enorme

atolladero y arrastra en su torbellino

incluso a los que a primera vista no

tendrían nada que ver con el asunto,

pero los de afuera deberíamos

ser de palo. En un mundo ideal, los

cubanos tendrían que resolver soberanamente

sus asuntos nacionales

sin la injerencia de nadie y sin que

nadie se viese obligado a tomar

partido en la cuestión. Eso no va

a ser así. Todos están llamados a

opinar y algunos a intervenir. Está

por verse qué interés tendrán Rusia

y China en el asunto, saber si estos

están dispuestos a enfrentarse a los

Estados Unidos a 90 millas de las

costas de la Florida y dar el batacazo

final o exponerse a una derrota

que podría costarles muy caro.

Tímida protesta frente a la sede de Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos contra el intento de invasión en Bahía de los Cochinos.

Campanas de palo, por cierto: la derrota estadounidense se dio en el campo de batalla y la revolución cubana se consolidó con el triunfo.

40 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


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41 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


CONTENIDO EXCLUSIVO

Poskirchnerismo

ERICO

VALADARES

Pocas veces en la historia de

la política a nivel mundial

un dirigente supo sintetizar

tanta verdad en una sola frase

como Cristina Fernández esa

noche de diciembre de 2015 frente

a una multitud congregada en Plaza

de Mayo. Allí, en una Plaza absolutamente

copada para despedir

a quien había sido presidenta de

la Nación durante ocho años en un

gobierno que en total había durado

doce, Fernández afirmaba dejar un

país cómodo para la gente, para

el pueblo, pero incómodo para los

dirigentes. Es evidente que en ese

momento no era posible conocer el

peso profético de las palabras de

Cristina Fernández en el acto y es

natural que muchos hayan escuchado

un eslogan, una arenga. Pero

habría de ser mucho más que eso.

A partir de su advenimiento en

el año 2003 y fundamentalmente

después del lock-out patronal de

2008, evento cuasi bélico que le da

su forma definitiva, el kirchnerismo

42 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


produjo en la política argentina lo

que en lenguaje coloquial se suele

llamar un desparrame. Con un

discurso disruptivo respecto de los

poderes fácticos y en la reivindicación

de la política como instrumento

popular para la transformación

de la realidad, el kirchnerismo

interpeló a los que habían estado al

margen desde el triunfo del escepticismo

en los años 1990 y convocó

a toda esa masa de gente otra vez

a la discusión de lo público. Y eso

naturalmente vendría a afectar la

estabilidad de la política que hasta

ese momento había sido un juego

de unos pocos pillos y a espaldas

del pueblo.

Eso hizo el kirchnerismo al constituirse

como una parcialidad en la

política argentina, en un nuevo jugador

inesperado que además trajo

a la discusión a quienes la política

tradicional había despreciado durante

años. El kirchnerismo se metió

en esa discusión representando las

voces de quienes en la década de

los años 1990 no habían nacido,

eran aún muy jóvenes para comprender

la realidad o habían estado

ajenos a ella, los que en el 2001

hicieron suya la consigna del “que

se vayan todos”. Toda esa enorme

43 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


La histórica Plaza de Mayo desbordada del 9 de diciembre del 2015. La asistencia a este evento clave de la historia argentina se calculó

entonces entre 300 y 800 mil personas, de acuerdo con el sesgo ideológico que quien hace el cálculo. Lo cierto es que el desborde fue absoluto,

llegó a todas las calles aledañas e hizo que la desconcentración tardara varias horas en completarse. Ese día Fernández dio la profecía:

un país incómodo para los dirigentes.

porción de la sociedad argentina

tenía por primera vez una representación

política de sus intereses,

objetiva o subjetivamente. Allí estaba

la disrupción y allí estaba el lío:

el kirchnerismo en su origen es un

“outsider” más allá de que Néstor

Kirchner y Cristina Fernández no

nacían de un repollo.

Ese carácter de “outsider” se

refiere a la forma en la que primero

Néstor Kirchner y luego Cristina

Fernández irrumpen en el escenario.

Lejos de optar por las alianzas de

siempre con la casta que solemos

llamar el establishment de la política

o la política tradicional, desde

el vamos estos referentes convocaron

mediante una declamación

ideológica a los que habían estado

al margen, como veíamos. Por su

parte, Néstor Kirchner se deshizo

rápidamente de su alianza instrumental

con ese símbolo de la casta

política que es Eduardo Duhalde y

empezó a construir sobre el pueblo

o, en todo caso, sobre una base de

alianzas con expresiones muy poco

tradicionales. Un “outsider” puede

ser el que se lanza a la lucha electoral

sin haber tenido previamente

militancia o actividad política, es

cierto, pero también puede ser el

que en un determinado tiempo se

atreve a representar la negación de

lo establecido y la afirmación de lo

subalterno.

He ahí el carácter de “outsider” del

kirchnerismo en sus comienzos y la

razón esencial por la que ejerció sobre

tantos argentinos un magnetismo

cuyo único precedente es el del

General Perón a mediados de los

años 1940. Perón también fue un

“outsider” mucho más por dirigirse

44 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


a los que estaban fuera del juego

que por su condición de militar devenido

en dirigente político. Cuando

Perón irrumpe y empieza a hacer

lo que hoy los intelectuales llaman

despectivamente “populismo”, toda

esa masa de trabajadores a quienes

la política les había dado siempre

la espalda se vio fulminantemente

representada en él y la consecuencia

fue un terremoto. El General

Perón destruye en un acto la cultura

política que había durado casi un

siglo desde Caseros hasta la Década

Infame e impone una totalmente

nueva, la que habría de durar hasta

los días de hoy. Por lo menos en el

discurso la política debe dirigirse

a las mayorías, no debe funcionar

como una rosca censitaria entre los

de arriba.

Eso hacen los “outsiders” al

triunfar negando lo existente en su

tiempo, crean lo nuevo. Y lo nuevo,

lo realmente novedoso en el kirchnerismo

fue esa capacidad de reagrupar

a los que estaban dispersos,

a los que habían sido atomizados

por una política de exclusión. Los

escépticos, los apáticos, los desilusionados

y los desencantados,

todos ellos fueron a formar la base

de sustentación del kirchnerismo

porque volvieron a creer que un país

mejor era posible, como supo decir

Néstor Kirchner ya en su discurso

de asunción. Ahí tenemos la unidad

indisoluble entre el peronismo y el

kirchnerismo donde este se adivina

como continuación de aquel. Perón

convocó a los que nunca creyeron

en la política porque la política jamás

les había dado entidad; Kirchner

convocó a los que habían dejado

de creer en la política porque la

política los había excluido.

El desparrame que hace el kirchnerismo

a partir del 2003 y mucho

más después del lock-out patronal

del 2008 es similar al que había

hecho Perón y que resultó en los

célebres eventos del 17 de octubre

de 1945 y luego en su arrolladora

elección al año siguiente. Revolucionario

es el término para definir

a ambos procesos si por “revolución”

entendemos clásicamente un

cambio brusco de paradigma: Perón

y Kirchner fueron ese cambio al

irrumpir inesperadamente y al modificar

lo que había estado estático

por años y décadas. Más allá del

discurso y de la obra de gobierno

en los doce años que van del 2003

al 2015, el kirchnerismo se hizo del

alma de millones de argentinos porque

fue esencialmente revolucionario.

Es por eso que el kirchnerismo

no muere aun después de seis años

de la derrota a manos de Mauricio

Macri en las elecciones de octubre

de 2015 y no muere aun habiendo

tenido que ganar la revancha con

una expresión que le es ajena. Alberto

Fernández llegó con el apoyo

Néstor Kirchner en el acto de su asunción en el 2003. Aquí junto al presidente interino saliente,

Eduardo Duhalde, a quien Kirchner no tardaría en “tirar por la ventana” para empezar

una construcción mucho más heterodoxa junto a expresiones que habían sido hasta entonces

subalternas. Esa es la fundación de la gobernabilidad en el pueblo y no es los poderes

políticos y fácticos constituidos.

45 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


del kirchnerismo, es profundamente

antikirchnerista en su praxis política

y, no obstante, al kirchnerista eso

no le mueve un pelo.

La fe del kirchnerista es inamovible.

No hay derrota ni claudicación

que afecten esa fe. Aun frente a

toda la evidencia de que el kirchnerismo

está siendo deglutido por sus

traidores y detractores, el kirchnerista

sigue firme con su idea y eso

es porque se siente representado

por esa idea. Y otra vez el kirchnerismo

se asemeja al peronismo,

movimiento que ha sido traicionado

una y mil veces, usado por

sucesivos oportunistas para hacer

cosas que nada tienen que ver con

el peronismo y a veces incluso son

frontalmente contradictorias con la

doctrina, como ocurrió en la década

de los años 1990 del menemismo.

Un ícono del 17 de octubre de 1945, el hecho que conmovió al país y cambió para siempre

la política nacional. Aquí se ve la representación de un peronismo que emerge, que irrumpe

desde lo más profundo a la superficie, idea que describe muy bien aquel proceso de insubordinación

popular fundante.

Pero nada de eso alcanzó para destruir

el peronismo en la conciencia

de los peronistas. La fe es una idea

autónoma respecto a la realidad

fáctica, es una idea que se quiere

realizar, aunque nunca se realice. Es

una utopía.

Como algodón entre

dos cristales

Con esa fe llegaron los kirchneristas

a las elecciones generales del

2019, las primeras posteriores a la

derrota que puso fin a doce años

de ciclo de gobierno kirchnerista.

Había que ganar y terminar con el

macrismo, con la expresión pura del

anti que se había hecho del poder

político para negar la fe. Pero el

juego de la política real está lejos

de ser la pureza de la ideología en la

conciencia de quienes luchan y para

mediados del 2019 la correlación

de fuerzas parecía ser muy desfavorable.

A pesar de haber impuesto

un saqueo monumental en cuatro

años y destruido buena parte de la

dignidad de las clases populares

medias y trabajadoras —de la enorme

mayoría del pueblo—, Mauricio

Macri parecía estar cerca de lograr

su reelección, dicha reelección

parecía asegurarse con tan solo

hacer las alianzas del caso y una

campaña medianamente normal.

Las encuestas indicaban un nivel de

rechazo al kirchnerismo del orden

del 60% y hasta del 70%, es decir,

había demasiada gente dispuesta a

votar al macrismo en una disyuntiva

con el kirchnerismo por encima de

su propia valoración de la gestión

de Macri, que era muy mala.

Eso decían las encuestas que se

publican en los medios de difusión

y, al parecer, también las encuestas

hechas para el consumo exclusivo

de quienes toman las decisiones.

Todo indicaba que una lista enca-

46 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Alberto Fernández, durante su asunción en diciembre de 2019 entre Sergio Massa y Cristina Fernández: como un algodón entre dos cristales.

bezada por Cristina Fernández tenía

destino de derrota segura, tan segura

que hasta la militancia tendía a

aceptar el hecho. Nunca lo sabremos,

por cierto, puesto que esa lista

hipotética no se presentó en elecciones.

En su lugar el kirchnerismo

propuso un híbrido bastante raro si

visto hoy en retrospectiva: Cristina

Fernández en el lugar de candidata

a vice y un viejo detractor suyo, un

operador de los poderes fácticos,

en el de titular. “Un moderado”, se

explicaba entonces, “para captar el

voto de quienes no están dispuestos

a votar a Cristina y llegar al 45%

mínimo necesario para ganar en

primera vuelta”. Había que evitar un

ballotage en el que todas las fuerzas

del anti podrían llegar a unirse

para garantizar la reelección de

Macri. Ganar era la consigna, pero

ganar parecía ser misión imposible

y entonces estaba justificado hacer

cualquier cosa con tal de ganar.

Ahí empezó el problema para la

militancia kirchnerista, porque

además de aceptar a un Alberto

Fernández como candidato titular

en la lista principal fue necesario

“tragarse el sapo” de una alianza

insospechada con Sergio Massa,

el que habría de encabezar por su

parte la lista de candidatos a diputado

nacional por la provincia de

Buenos Aires, lo que en la práctica

iba a significar entregarles las llaves

del Congreso a los massistas, enemigos

mortales del kirchnerismo.

El problema en ese momento no

parecía ser tal o al menos no demasiado

grave, existía la idea de que

la conductora tenía el control. Por

lo tanto, no había peligro alguno en

darle la presidencia de la Nación a

un detractor y el poder legislativo a

un traidor/enemigo: mientras Cristina

Fernández tuviera la “manija”

todo iba a estar bien y tanto Alberto

Fernández como Sergio Massa iban

a estar controlados, hasta neutralizados.

“Sin Cristina no se puede, pero con

Cristina sola no alcanza”, se impuso

como lema y todos comprendieron

la conveniencia de hacer entonces

peligrosísimas alianzas con la expresión

más pura —incluso más que

el propio Macri— de la embajada de

los Estados Unidos en Argentina y

del poder fáctico en general. Ese es

Sergio Massa, el padre putativo del

mismísimo Alberto Fernández en el

Frente Renovador después del paso

de Fernández por el cavallismo y por

el lobby de las corporaciones. En

una imagen icónica, aunque a todas

luces no representativa de la realidad,

Fernández aparece tomándose

un café con Massa e intentando

“persuadirlo” a formar parte del

Frente de Todos. Fue una narrativa

47 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


La famosa imagen del “cafecito” entre Massa y Fernández, una enorme operación de sentido.

Allí donde veíamos a un dirigente persuadiendo a otro a hacer alianza solo había un

patrón y un empleado simulando para las cámaras.

muy lógica en su momento: Cristina

Fernández “ficha” a Alberto Fernández

“para el equipo”, lo pone como

titular y lo envía a cerrar el acuerdo

con Sergio Massa, quitándole a

Mauricio Macri la posibilidad de hacer

esa alianza y ganar. Impecable,

pero falso.

En primer lugar, es evidente que Alberto

Fernández no podría ni podrá

jamás convencer a Sergio Massa de

nada, puesto que esa relación es

al revés. Desde que fue expulsado

por Néstor Kirchner del gobierno

kirchnerista en el 2008 al romperse

el pacto con el Grupo Clarín en el

lock-out patronal, el destino natural

de Alberto Fernández fue el de ir a

formar con los demás traidores al

kirchnerismo en el Frente Renovador,

donde el jefe indiscutido siempre

fue Sergio Massa. La expresión

cavallista ya estaba agotada y

Fernández no tenía entonces mejor

opción que esa, que la de hacerse

adoptar en su orfandad por Massa.

Esa es la verdad a gritos, la famosa

obviedad ululante: Sergio Massa

es el jefe y Alberto Fernández es el

subalterno en esa relación antipopular

cuyo mandato es la destrucción

del kirchnerismo, Fernández no

puede convencer a Massa de nada.

Lo más probable es que Massa lo

haya enviado a Fernández a pavimentar

el camino para su propio

desembarco y lo más seguro es

que el acuerdo, en realidad, haya

sido entre Massa y Fernández, pero

Fernández Cristina y no Fernández

Alberto.

Por otra parte, además de ser un

subalterno y un detractor de muy

poca monta al momento de constituirse

las alianzas que lo condujeron

nada menos que a la presidencia

de la Nación, Alberto Fernández

era y sigue siendo un verdadero don

nadie en la política argentina. De

hecho, más allá de haber ocupado

una banca de legislador porteño

(de concejal, en rigor) por el cavallismo

allá por el año 2000, Alberto

Fernández nunca ocupó un cargo o

banca de relevancia habiendo llegado

ahí por el voto popular. En una

palabra, Fernández nunca había

ganado elecciones hasta octubre

del año 2019, cuando con la fuerza

del kirchnerismo y del massismo

combinadas gana la más importante

de todas las elecciones. Entonces

la pregunta cae por su propio peso:

¿Qué acuerdo puede haber entre

la principal dirigente política de la

Argentina y una de las más destacadas

del mundo y un auténtico cuatro

de copas como Alberto Fernández?

Ningún acuerdo, se trata de la clásica

imposibilidad de que un águila

coma moscas. El acuerdo realmente

es entre la dueña de un tercio de los

votos en Argentina y el representante

del poder real. Massa no tiene

muchos votos —más que Alberto

Fernández seguro, puesto que este

no tiene nada en absoluto—, pero sí

mucha espalda en todo lo que tiene

que ver con apoyo de los intereses

foráneos y de la mafiosa familia judicial.

Aquí tenemos una alianza coyuntural

entre el poder democrático

y el poder fáctico cuyo resultado es

la candidatura de Alberto Fernández

y no al revés, como suelen pensar

algunos. No es que la conductora

haya acordado con el cuatro de

copas y con eso haya destrabado

el acceso a la alianza con el representante

real de las corporaciones

y del imperialismo estadounidense

y global, sino precisamente todo lo

contrario.

Entonces Alberto Fernández es un

“pazzo”, como dicen los italianos,

un títere de Cristina Fernández y de

Sergio Massa a la vez. O en todo

caso un mediador, una figura puesta

ad hoc en un lugar en el que no

debió estar simplemente porque los

que sí debían ocuparlo no podían

acordar en cuál de los dos habría de

hacerlo. Los argentinos en nuestra

inocencia institucional solemos

pensar que los cargos se ocupan en

48 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


el Estado por orden de importancia,

allí donde los principales dirigentes

o los que más votos tienen van a

ubicarse siempre en la cabeza de

las listas electorales para conducir

institucionalmente los procesos,

pero eso no siempre es así. Si

Cristina Fernández tiene los votos

y Sergio Massa tiene el poder real,

pero ambos pretenden encabezar,

entonces ninguno de los dos podrá

hacerlo sin que eso resulte necesariamente

en el triunfo electoral de

un tercero, el que en este caso es

Mauricio Macri.

He ahí la explicación para un

hecho ampliamente conocido entre

los que observan la política argentina

y es que Mauricio Macri probablemente

obtendría su reelección

con cierta facilidad si Sergio Massa

se hubiera presentado con una lista

propia como “tercera fuerza” en las

elecciones del 2019. El acuerdo

entre Cristina Fernández y Sergio

Massa se cae de maduro, como

suele decir el buen sentido popular,

vistas las cosas bajo esta luz. ¿Qué

tiene que ver Alberto Fernández con

todo esto? Nada, salvo el hecho

de haber sido elegido como figura

“neutral” para mediar entre las dos

potencias en pugna y postergar una

guerra.

El post y el anti

adoptivo y consejero Tom Hagen,

para la total sorpresa de este. El Padrino

en apariencia es un relato ficcional

sobre la mafia italiana en los

Estados Unidos, pero en realidad es

más que eso: es un valioso manual

práctico de la política real escrito

en clave maquiavélica, según se

desprende de las declaraciones del

propio autor, el genial Mario Puzo.

La guerra, como se sabe, es una

cosa que puede postergarse, pero

jamás evitarse. Puede decirse que

la guerra es solo una cuestión de

tiempo en tanto y en cuanto la

coexistencia de intereses contradictorios

solo dura hasta que uno

de esos poderes considera que la

correlación de fuerzas le es favorable

para avanzar sobre el otro y destruirlo.

La designación de Alberto

Fernández, por lo tanto, fue la forma

encontrada por Sergio Massa y por

Cristina Fernández para postergar

la guerra entre estos dos intereses

permanentes en la política de cualquier

país: el interés colectivo de

las mayorías populares y el interés

particular de las clases dominantes.

Los doce años de kirchnerismo

fueron muy nocivos para la política

de los que se arrogan la representación

de las mayorías y, en la práctica,

representan el interés de las

minorías privilegiadas. Desde 1976

y hasta el 2003, la política argentina

había sido un juego de pillos a

espaldas del pueblo para beneficiar

a la oligarquía local y a sus patrones

foráneos, todo fue una gran

simulación de democracia o una

democracia tutelada con el solo fin

En una escena clásica de la película

El Padrino, Don Corleone viaja en el

coche con uno de sus hijos después

de una reunión con los demás jefes

de la mafia estadounidense. Palabras

más o menos, Corleone observa

que el enemigo no es quien todos

piensan que es. “Tattaglia es un

títere, nunca pudo haber matado a

Santino por sus propios medios. Lo

que nunca supe hasta el día de hoy

es que el enemigo siempre fue Barzini”,

le dice Vito Corleone a su hijo

Boleta electoral de las elecciones del 7 de mayo del año 2000 en la que puede rastrearse el

origen cavallista de Alberto Fernández y el de buena parte de los actuales albertistas, entre

ellos Gustavo Béliz (candidato a vicejefe de gobierno, hoy secretario de Asuntos Estratégicos

de la Presidencia) y Julio Vitobello (puesto 18 en la lista, actualmente secretario general

de la Presidencia). El propio Alberto Fernández figura en el puesto 11, algunos lugares del

célebre Borocotó.

49 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Imagen de la escena del El Padrino referente a la cumbre entre los jefes mafiosos. Aquí Vito

Corleone (Marlon Brando) sella la paz con Phillip Tattaglia (Víctor Rendina) luego del asesinato

de su hijo Santino Corleone (James Caan), pero a la vez se percata de que Tattaglia no

es el verdadero enemigo. Al fondo se ve a Tom Hagen (Robert Duvall), hijo adoptivo de Corleone

y su consejero. “It was Barzini all along” (“El enemigo siempre fue Barzini”), reflexiona

Corleone junto a Hagen al retornar a casa luego de la cumbre mafiosa.

de posibilitar el saqueo constante

de las riquezas del país, concentrarla

en pocas manos y luego fugarlas

al extranjero. Eso duró hasta el

advenimiento del kirchnerismo que

interpeló a las mayorías, las convocó

a la discusión y trabó el desarrollo

de ese saqueo deshonesto.

El kirchnerismo vino a obstaculizar

el negocio multimillonario que los

pillos de adentro y que los pillos de

afuera hacían con las riquezas del

conjunto del pueblo argentino y eso

lógicamente no puede ser.

Los pillos en cuestión son el poder

fáctico de las corporaciones y sus

personeros en el ámbito local, los

soldados que hacen la falsificación

de la ideología frente a los ojos de

los incautos para llevar a cabo el

saqueo antes mentado. Y el estorbo

es el kirchnerismo, ese peronismo

de un modo genérico que subleva

a los pueblos ofreciéndoles la

representación política necesaria

para dar la discusión grande sobre

qué va a hacerse con el reparto

de la riqueza nacional. Por eso la

existencia del kirchnerismo es la

propia guerra, por eso es correcto

decir que el kirchnerismo funda la

grieta y que antes del kirchnerismo

había paz en la Argentina, pero con

la siguiente salvedad: esa era la paz

de los cementerios, o el silencio de

los más para su propia destrucción

en el tiempo.

Eso es lo que hay en el fondo,

pero no necesariamente lo que

está visible en la superficie. Si bien

está claro que el pueblo-nación

tiene enemigos, no está para nada

claro —al menos para la militancia

y los simpatizantes de un modo

general— el método, el cómo ese

enemigo le hace la guerra al pueblo.

Solemos pensar que la estrategia se

despliega en una forma inteligible

para todos los que participan en la

lucha o la observan, esto es, que

el enemigo de los pueblos dispone

a sus peones sobre el tablero en

coherencia formal con lo que quiere

lograr. Concretamente, si en un

momento dado de nuestra historia

como el actual la representación de

los intereses de las mayorías es el

kirchnerismo, entonces por lógica

la representación de los intereses

de la oligarquía y del imperialismo

deben ser naturalmente Mauricio

Macri y el macrismo, puesto que

eso es lo que se ve.

Pero el enemigo nunca es Tattaglia,

sino Barzini. Los intelectuales

del kirchnerismo en los medios y

la militancia en las redes sociales

hablan todo el día de Macri, no

permiten que Macri caiga en la

intrascendencia de los miserables

y lo suben una y otra vez al ring.

Todo mal es Macri y ese es el error

de tomar el anti por el post: Macri

50 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


y el macrismo son la expresión más

acabada del antikirchnerismo en un

sentido dialéctico y por eso no tienen

ninguna intención en destruir al

enemigo que declaran como propio,

más bien todo lo contrario. Macri

y el macrismo solo existen en tanto

y en cuanto tengan en frente al

kirchnerismo, su propia suerte está

atada de una vez y para siempre a lo

que dicen enfrentar.

Esa es una verdad no relativa que

puede corroborarse fácilmente con

tan solo indagar entre los que hoy

son los electores del macrismo para

saber cuántos de esos votantes

lo serían en caso de que el kirchnerismo

no existiera. Incluso esos

llamados macristas reconocen en

su intimidad que Mauricio Macri es

un subnormal, un impresentable

que hizo un pésimo gobierno sobre

todo desde el punto de vista de la

clase media a la que dice representar,

nadie en su sano juicio y no

involucrado en el tongo de Macri lo

volvería a votar jamás. Lo votarían

básicamente porque Macri sigue

siendo la representación del antikirchnerismo,

lo votarían como en

el 2015, de un modo negativo: votar

a Mauricio Macri es votar para que

pierda Cristina Fernández y eso es

todo. El macrismo no existe más

que como polo negativo de una

misma pila kirchnerista.

Entonces Macri y el macrismo

son el antikirchnerismo, jamás

trabajarían por la superación del

kirchnerismo puesto que esa sería

automáticamente su propia superación

y eliminación. Y el enemigo real

—cuya finalidad última es despejar

el camino para que vuelva a existir

esa política tradicional en la que

los pueblos son mudos al no tener

representación de sus intereses

colectivos en la lucha— de ninguna

manera pondría sus fichas en el

macrismo, eso no le sirve. En la dialéctica

el enemigo nunca es el anti,

sino el post.

Mauricio Macri es Phillip Tattaglia

en esta metáfora cinematográfica,

no es realmente el enemigo de los

pueblos. Macri existe y va a seguir

existiendo mientras exista igualmente

la representación de los

intereses de las mayorías, se sirve

de ella en espejo para captar la voluntad

y el voto de quienes han sido

culturalmente colonizados para

odiar al pueblo como el que se odia

a sí mismo. Y son muchísimos los

que piensan así: en las elecciones

del 2019, con la economía nacional

volcada y el país patas arriba, el

41% del electorado votó igualmente

por la lista del Juntos por el Cambio

encabezada por Mauricio Macri.

Casi once millones de argentinos

optaron por seguir apoyando a un

personaje que se presenta adrede

públicamente como un infradotado

y que hizo todo lo que estuvo a

su alcance mientras gobernó para

destruir a los argentinos de clase

popular media y trabajadora. ¿Y por

qué? Pues por eso mismo, porque

Macri y el macrismo son la expresión

del antikirchnerismo al que

esos once millones de compatriotas

odian o al menos en ese momento

odiaban.

Pero el problema es Barzini y no

Tattaglia, es la guerra que no puede

ser evitada y que debe necesariamente

estallar. El poder fáctico

necesita el saqueo permanente,

constante, pero el kirchnerismo

pretende trabar ese saqueo para

que no tenga lugar. ¿Qué tiene que

hacer el poder real con el kirchnerismo?

¿Mantenerlo vivo para que

siga allí estorbando en la realización

del proyecto? ¿O destruirlo

para que no moleste y pueda imponerse

de una vez por todas un nuevo

Consenso de Washington a espaldas

y a expensas de las mayorías

populares, como en la década de

Sergio Massa en uno de sus múltiples viajes de instrucción a los Estados Unidos, en esta

ocasión junto a Mauricio Macri y a Joe Biden, quien vendría a ser presidente de aquella

potencia global. Massa siempre está donde la pelota va a caer.

51 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


los 1990? La respuesta es evidente

y a menos que exista en el mundo

un poderoso obrando en contra de

sus propios intereses objetivos es

un poco difícil equivocarse. Se trata

de Barzini en todo este asunto, se

trata de saber quién está representando

realmente los intereses de los

poderes fácticos globales sobre las

riquezas de la Argentina. El tema es

olvidar al antikirchnerista y revelar

la identidad del verdadero poskirchnerista.

Esa figura evidentemente es hoy

Sergio Massa. El simple análisis de

sus discursos en anteriores lides

electorales y principalmente de los

cables diplomáticos de la embajada

de los Estados Unidos en la Argentina

que han sido expuestos al público

a partir de WikiLeaks es suficiente

para comprender que Massa

existe en la política de nuestro país

con la sola finalidad de restablecer

un gobierno de las minorías sin que

las mayorías estorben. Respecto

a lo primero, están disponibles en

YouTube para el que quiera verlas

las manifestaciones públicas en las

que un encendido Massa declara

sin ambages que su objetivo es “frenar

a Cristina”, meterla en la cárcel

y “barrer a los ñoquis de La Cámpora”.

Ningún antikirchnerista diría

y mucho menos haría eso, la destrucción

de Cristina Fernández y del

kirchnerismo que ella lidera no es

negocio para el que vive de llevarle

la contra, como hemos visto. La

destrucción del kirchnerismo como

representación de los intereses de

las mayorías populares solo puede

ser el proyecto de quien quiere la

superación de esa representación.

Por lo segundo, la información

Mauricio Macri junto a María Eugenia Vidal luego de la catástrofe en las primarias del 2019. Con un gobierno fracasado, una imagen por el

piso y esa paliza a cuestas, Macri igualmente logró que el 41% del electorado o unos once millones de argentinos lo votaran en las generales

de octubre, lo que prueba su carácter de polo negativo del kirchnerista: con tal de que no gane Cristina Fernández, millones son capaces de

votar a un payaso fracasado, contrabandista y subnormal. Votarían a un mono, de ser necesario.

52 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


filtrada en WikiLeaks es muy elocuente

al dilucidar la relación entre

Sergio Massa y el Departamento de

Estado yanqui, una relación colonial.

Massa es un agente directo y a

sueldo de Washington, entrenado y

permanentemente capacitado por

Washington en frecuentes viajes. Ni

el propio Massa hace demasiado

ya por ocultar esa relación con la

potencia imperialista que considera

a la Argentina como su “patio trasero”,

por ideología y por doctrina.

Y si en los años 1990 los Estados

Unidos tuvieron a Carlos Menem y

a un Domingo Cavallo educado en

Harvard, ambos abocados a imponer

el Consenso de Washington y su

respectivo saqueo, está claro que la

restauración de ese proyecto —interrumpido

por el advenimiento del

kirchnerismo en el año 2003— es el

objetivo. Y que para eso hace falta

un cipayo eficiente, capaz y amoral

a punto de traicionar su propia patria

escandalosamente. Ese cipayo

hoy es Sergio Massa.

Destrucción y superación

Julian Assange, fundador del Proyecto WikiLeaks, en el que quedan expuestas las actividades

de Sergio Massa como doble agente al servicio de la corona estadounidense en la

política argentina.

La Argentina después del 9 de

diciembre de 2015 es, como dijo

Cristina Fernández ese día, un país

incómodo para los dirigentes. Y lo

es porque el pueblo está movilizado,

son muchos los que quieren

saber de qué se trata. En estas

condiciones es virtualmente imposible

ejecutar la totalidad de un plan

de colonización como el Consenso

de Washington. O es posible, pero

solo mediante la represión constante

de las fuerzas populares díscolas

y retobadas, aunque eso sería la

dictadura común y silvestre que ni

el poderoso quiere ya. Como decía

el “Turco” Sollozo también en El

Padrino, “la sangre es muy costosa”

para el que quiere hacer negocios.

Lo que el poderoso quiere es la hegemonía

basada mucho más en el

consenso que en la coerción, o con

la mínima cantidad posible de esta

última en una perfecta economía

de la fuerza. Y eso es inviable si el

30% de la población tiene una idea

distinta, por lo que el kirchnerismo

debe ser superado.

Ahora bien, la única forma realmente

eficaz de superar una política

es mediante la absorción de quienes

creen en sus postulados hasta

su total reconversión ideológica

en otra cosa. Y otra vez tenemos

la diferencia entre el anti y post,

entre el que quiere perpetuar al

supuesto enemigo para perpetuarse

a sí mismo en el proceso y el que

dialécticamente intenta superar a

ambos rivales para hacer la síntesis

y reinar soberano: el anti choca de

frente con su rival, lo agravia a cada

paso y golpea contra sus símbolos

y sus referentes, con lo que logra

únicamente fortalecerlo y renovar

el espíritu de sus soldados día tras

día. Obsérvese para ello el comportamiento

del macrismo respecto al

kirchnerismo. ¿Qué hace? Lo acusa

todo el tiempo de ser el mal absoluto,

persigue judicialmente a sus

dirigentes y embiste contra sus símbolos,

pero en el fondo no hace otra

cosa que hablar exclusivamente

del rival —ya no del enemigo, como

vemos— para fortalecerlo. Mientras

más los macristas golpean, más

tercos se ponen los kirchneristas. Y

viceversa para todo lo expresado, ya

que esta es una relación dialéctica

de sobrevivencia mutua y todo lo

que el uno le hace al otro, el otro le

hace al uno.

Eso no es lo que hace el post, el

poskirchnerista no vive de la existencia

de lo que quiere superar, sino

precisamente de su destrucción.

A Massa no le interesa una grieta

53 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Imagen de la Junta Militar en el Proceso de Reorganización Nacional, la dictadura que gobernó de facto entre 1976 y 1983. Aquí el poder real

aprendió que imponerse por la fuerza allí donde existe una minoría numerosa dispuesta a resistir tiene un altísimo costo en sangre, lo que

no es bueno para los negocios en el mediano plazo. No es posible hoy “acostar” inmediatamente al kirchnerismo, por lo que el poder opta

por una estrategia de entrismo cuyo objetivo es la instalación pacífica de su agente Sergio Massa como conductor del proceso. Todo “por las

buenas” quieren hacer. Y si no sale…

en un país en permanente pie de

guerra, eso es conflictividad y es

cuestionamiento, es aquel país

incómodo para los dirigentes que

imposibilita el consenso de cara

al saqueo. Lo que Sergio Massa

quiere no es apoyarse sobre el odio

al kirchnerismo o al macrismo para

justificar su propia existencia, sino

precisamente desguazar a ambos,

dejar sin representación a la masa

de sus representados para finalmente

asumirla simbólicamente.

La histórica consigna massista

de “cerrar la grieta” significa eso

mismo, el hundimiento de ambas

representaciones para el surgimiento

de una sola representación nueva

y totalizadora. El massismo no es

rival del macrismo ni del kirchnerismo,

es enemigo y es parásito de

ambos en tanto y en cuanto ambos

son la conflictividad política y social

que impide la aplicación integral

del proyecto del poder que Massa

representa.

Así vistas las cosas Sergio Massa

sería poskirchnerista, pero también

posmacrista, si se quiere, puesto

que pretende hacer la síntesis de

ambos polos opuestos. Pero es

incorrecto hablar de la etapa posterior

a lo que no existe. El “macrismo”

solo existe entre comillas, no

hay macristas verdaderos por fuera

del círculo íntimo de los amigos y

socios de Macri. Lo que existe es un

kirchnerismo y un antikirchnerismo

y todo lo que debe hacer Massa es

superar al primero, desactivarlo

y luego absorber sus piezas para

hacerlas funcionar en otra máquina.

Una vez que logre eso el antikirchnerismo

cae automáticamente al

no tener ya su razón de existir, al no

tener contra quien pelear o a qué

oponerse. Sergio Massa es un poskirchnerista,

es el poskirchnerismo

por antonomasia porque el kirchnerismo

es la totalidad actual en dos

polos, el positivo y el negativo.

Eso es lo que Massa empezó a

hacer al acordar con Cristina Fernández

la formación del Frente de

Todos para las elecciones del año

2019. Al hacer esa alianza, Massa

forzó una primera aceptación entre

la militancia y los simpatizantes del

kirchnerismo. Todavía la enorme

mayoría lo ve como un “sapo” al que

hay que tragar y desconfía de él, la

memoria no es tan corta a punto de

que alguien olvide su prontuario.

Pero de a poco Massa va limpiando

su imagen frente al kirchnerismo

al aparecer junto al presidente en

actos públicos e inauguraciones,

al presentarse como si ya fuera él

mismo el presidente en otras oca-

54 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


siones y al brindar iniciativas muy

populares como la suba del mínimo

impositivo en las categorías del

impuesto al salario, por ejemplo.

Es aun insuficiente, por supuesto.

Habiendo en las listas una

opción propia, por más modesta

e irrelevante que sea esta, ningún

kirchnerista votaría jamás a Sergio

Massa. Hace falta algo más y es

lo siguiente: Massa apuesta a ser

precisamente la única alternativa

electoral del Frente de Todos de

cara al 2023. Si Massa logra eso

con un Alberto Fernández muy

desgastado como para pretender la

reelección, si es que llega entero al

2023, todo el kirchnerismo tendrá

que votarlo al haber “en frente” una

expresión pura del antikirchnerismo

que podría ser el propio Macri, podría

ser algo más duro como Patricia

Bullrich o virtualmente cualquier

otro candidato, eso es irrelevante.

Si el kirchnerista ve “macrismo”

en la oposición, va a volcarse con

pasión a la lista del Frente de Todos

aunque la encabece Sergio Massa.

Ahí está el triunfo.

Esa es la apuesta de Sergio Massa

para ganar y luego empezar a aplicar

su proyecto, que es el proyecto

del poder fáctico. Al hacerlo, desactivará

moralmente al kirchnerismo

(lo que en cierta medida ya viene

haciendo Alberto Fernández) y, por

lo tanto, también al antikirchnerismo

hasta que estos no tengan a qué

oponerse. Todo eso sumado al buen

blindaje mediático que ya posee

—ningún medio se atreve a criticarlo—,

irá de a poco anestesiando

a los enardecidos, dejándolos sin

representación y sin visibilidad hasta

que se apaguen. Un veranito de

algunos años con cierta estabilidad

económica hará el resto, convenciendo

de una vez y para siempre

a unas mayorías populares que ya

están cansadas de perder año tras

año como en la guerra. Exactamente

como hizo en el pasado Carlos

Menem, el espejo en el que Massa

se mira y se ve reflejado.

La política no es complicada y menos

complicado aun es entenderla,

no hay ningún misterio. Basta con

entender los intereses en danza,

saber proyectarlos en las piezas

visibles sobre el tablero y hacia el

futuro. Las elecciones se ganan al

armarse las listas de candidatos,

muchísimo antes de las urnas y

por eso todo se reduce a ver quién

tendrá la lapicera en cada momento

para hacer esas listas, quién va

a tener el privilegio de definir los

candidatos a los que el pueblo puede

votar. Esa es la rosca de Sergio

Massa, un argentino cipayo que

tiene la edad, el dinero y el apoyo

justos para realizar aquí el proyecto

colonial que había quedado trunco

al triunfar un entonces “outsider”

Néstor Kirchner en el año 2003.

Los militantes de a pie y los simpatizantes

del kirchnerismo aún no

lo saben, aunque lo intuyen: están

envueltos en una telaraña. Odian al

rival macrista y por eso se definen

automáticamente en oposición a un

fantasma, luchan contra Tattaglia

en una guerra que es contra Barzini.

El trauma de los cuatro años

de Macri es demasiado fuerte y los

traumas, como se sabe, suspenden

cualquier razonamiento. Esta telaraña

imperialista de un país cómodo

para los dirigentes es infernal

y no tiene ninguna posibilidad de

conducir al pueblo-nación argentino

a buen puerto. Al fin y al cabo, en

el mediano y en el largo plazo, la

política es un juego de pillos.

La misteriosa cercanía entre Máximo Kirchner y Sergio Massa: ¿Estrategia entrista del

“Tigre” para absorber al kirchnerismo mediante la domesticación de su principal referente

proyectado o un seguro de vida de Cristina Fernández para controlar al enemigo interno?

55 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


FILOSOFÍA POLÍTICA

Sísifo: Sísifo, un mito para

un nuevo periodismo

DANTE

PALMA

Siempre que escucho hablar

de la posibilidad de un periodismo

objetivo (y/o neutral

e independiente) viene a mi

mente el mito de Sísifo. Efectivamente,

resulta harto evidente

que la pretensión que ostentaba

el periodismo de antaño ha sido

desacreditada por los hechos. Sin

embargo, la alternativa al mito del

periodista como ojo de la verdad no

es necesariamente un periodismo

faccioso que adecua la realidad a

sus intereses. Y es aquí donde creo

que el mito de Sísifo ofrece una opción

para salir de ese falso dilema.

Si bien no existe una “historia

oficial” de los mitos, sino que éstos

van adoptando distintas versiones

con el tiempo, se dice que Sísifo

era un gran estafador que fundó la

ciudad que luego sería denominada

Corinto y que la pobló con hombres

nacidos de hongos.

Por su parte, el historiador y geógrafo

griego del siglo II d.C., Pausanias,

afirmó que Sísifo vendió información

a Asopo, el dios fluvial, y a

cambio exigió un manantial perenne

para la ciudad de Corinto. La información

en cuestión era la relaciona-

56 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


da con el rapto de la hija de Asopo,

Eginia, en manos de Zeus. Enterado

de la delación, Zeus ordena a su

hermano Hades que arroje a Sísifo

al Tártaro y le castigue eternamente

por haber violado un secreto divino.

Pero la astucia de Sísifo engañó a

Hades, dios de la muerte, y lo encadenó,

dándose la insólita situación

de que nadie moría, ni siquiera los

que habían sido decapitados. Esta

problemática, que inspira a José

Saramago para escribir su libro

Las intermitencias de la muerte,

fue resuelta rápidamente por Ares

quien finalmente acaba liberando a

Hades. Sin embargo, Sísifo, ahora

en la tierra de los muertos, había urdido

un último artilugio. Le indicó a

su esposa que no lo enterrara, algo

de gran importancia en la antigüedad,

tal como atestigua la trama

de Antígona, y con esa excusa pidió

a Perséfone que lo dejara regresar

al mundo de los vivos para vengar

semejante destrato para con su

cuerpo.

Evidentemente parece haber

buenas razones para castigar a

Sísifo pues se trata de ese tipo de

personas que uno no quisiera tener

como vecino. Pero a los fines de

este trabajo no importan tanto tales

razones pues lo más interesante del

mito es el tipo de castigo que recae

sobre él dado que se lo condena

a llevar una piedra inmensa hasta

la cima de una montaña sabiendo

que, por su propio peso, muy cerca

del objetivo, ésta caerá y el esfuerzo

vano tendrá que volverse a repetir

una y otra vez con el mismo desenlace.

La interpretación que puede

hacerse de este mito es que el

castigo no era el esfuerzo físico de

cargar con esa piedra sino la conciencia

de la inutilidad de la labor,

la conciencia de saber que la tarea

es estéril.

Ahora bien, ¿pueden establecerse

relaciones entre este mito y la labor

del periodista? Creo que sí, pero el

mito daría lugar a un nuevo tipo de

periodista. Ya no se trata de aquel

que dice hablarnos desde su atalaya

de objetividad sobrevolando los

intereses y las tensiones de la sociedad

porque esa cima es aquella que

Sísifo pretende alcanzar sin éxito.

Pero tampoco es el periodismo que

denunciando los intereses que se

esconden detrás de los que dicen

ser neutrales, cae en una suerte de

relativismo en la que hacer periodismo

es solo una máquina de guerra

al servicio del activismo y la ideología.

La imposibilidad de la objetividad

no deviene necesariamente

relativismo o un perspectivismo

que se impone por la fuerza. Que la

realidad sea una construcción de

sujetos atravesados por sus condiciones

históricas no significa que se

pueda decir cualquier cosa por más

que ahora hacerlo sea progresista.

El mito de Sísifo, entonces, permite

pensar un periodismo que sepa

que la objetividad es inaccesible

pero que sin embargo no renuncia

a la pretensión de llegar a ella. En

otras palabras, entre la mascarada

de la neutralidad y la independencia,

y el periodismo faccioso entendido

como aquel que subordina los

hechos a los intereses del partido,

hay lugar para un periodismo consciente

de estar hablando siempre

desde un determinado lugar pero

obligado a acercarse lo más posible

a esa objetividad inalcanzable que

funciona como una asíntota, esto

es, aquella recta que extendida

indefinidamente se acerca a una

curva pero no llega nunca a alcanzarla.

Caricatura del filósofo y periodista francés nacido en Argelia Albert Camus con referencia a

Sísifo y en alusión a su notable ensayo, ‘El mito de Sísifo’.

57 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


Seguramente habrá jóvenes idealistas

que todavía crean que el

periodismo puede ser más que precarización,

operaciones de prensa

y engaño; incluso puede que crean

que no todos los periodistas son

mercenarios. Tienen razón. Algunos

periodistas son apenas idiotas útiles.

Pero también hay gente digna

y valiosa casi como sucede en todo

orden de la vida. Así que no hay por

qué deprimirse. De hecho, podemos

culminar estas líneas haciendo

referencia a Albert Camus quien

tiene una particular interpretación

del mito. Es más, incluso podría

decirse que más allá de este destino

trágico de Sísifo, atravesado por

la conciencia de la imposibilidad y

de un castigo signado, justamente,

por la inutilidad del esfuerzo, hay

lugar para la esperanza. Es que

Camus obtiene de este mito una

gran lección y afirma que, en realidad,

el castigo de Sísifo es sólo

aparente dado que de la conciencia

de los límites surge una fortaleza y

un sentido también. De aquí podría

seguirse que saber que la objetividad

plena es inaccesible no le quita

al periodista el sentido de su labor,

pues este sentido está en la misma

búsqueda y no en el arribo a la cima

de la verdad. Por todo esto, Camus,

en su breve ensayo de 1942 titulado,

justamente, El mito de Sísifo,

concluye con una mirada optimista

que es posible trasladar a este

nuevo modelo de periodista consciente

de sus límites: “Este universo

en adelante sin amo no le parece

estéril ni fútil [a Sísifo]. Cada uno

de los granos de esta piedra, cada

trozo de mineral de esta montaña

llena de oscuridad, forma por sí solo

un mundo. El esfuerzo mismo para

llegar a las cimas basta para llenar

un corazón de hombre. Hay que

imaginarse a Sísifo dichoso”.

58 HEGEMONIA - JULIO DE 2021


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