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Revista Hegemonía. Año IV Nº. 43

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 43 AÑO IV | SEPTIEMBRE DE 2021

labatallacultural.org

HEGEMONIA

CAUSAS Y CONSECUENCIAS

DE UNA DERROTA


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

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26

CONTENIDO EXCLUSIVO

Causas y

consecuencias

de una derrota

HEGEMONIA

54

OPINIÓN

Todos contra

Guzmán

12

ANÁLISIS

¿Qué pasa con el

kirchnerismo?

40

FILOSOFÍA POLÍTICA

Match point:

el Frente de

Todos en una

serie de Netflix


EDITORIAL

En la encrucijada

La política argentina, plena de

sorpresas y tumbos a diario,

tuvo un vuelco en la primera

quincena de este mes de

septiembre con la derrota del

Frente de Todos en las elecciones

primarias para renovar el Parlamento.

Y si bien dicha derrota solo pudo

haber sido inesperada para una militancia

que no sale del microclima

y solo se “informa” por los medios

a los que considera amigos, los que

dan sesgo de confirmación en vez

de noticias, el resultado de estas

elecciones provocó un terremoto

pocas veces visto en los cimientos

de la coalición oficialista.

Bastaba con un poco de contacto

con la realidad social del país y la

observación del estado de anomia

en el que se encuentra el pueblo

para saber de antemano que el

resultado de las elecciones PASO

de septiembre no podía ser favorable

para el gobierno. En medio a

una situación económica de espanto,

un clima de incertidumbre y un

ambiente de miedo generalizado, el

pueblo argentino vive hoy de manera

precaria, esperando la mala noticia

al día siguiente. La Argentina

es un país tensionado al extremo,

lo que puede verse claramente en

cualquier esquina de cualquier barrio

popular o al escuchar la opinión

de un trabajador de clase popular

4 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


o media. En estas circunstancias

el llamado “voto bronca” era poco

menos que inevitable.

Claro que la militancia kirchnerista

y albertista del momento no dejó

de sorprenderse con la floja performance

del Frente de Todos a nivel

país, pero sobre todo en la provincia

de Buenos Aires y en la Capital

Federal. En los sueños húmedos de

dicha militancia de microclima, absolutamente

divorciada del pensar

y del sentir del común del pueblo,

Victoria Tolosa Paz debió arrasar

en la “madre de todas las batallas

electorales” y Leandro Santoro

se merecía una votación más que

decorosa, o mucho más de lo que

pudo obtener Daniel Filmus históricamente.

Nada de eso ocurrió y el

Frente de Todos hizo una muy mala

elección, resultado que cayó como

una bomba tanto sobre el gobierno

de Alberto Fernández como sobre la

coalición contra natura que sustenta

al gobierno.

Fue el “voto bronca”, sin lugar a

dudas, aunque ese voto no se tradujo

ni mucho menos en un apoyo al

sector de la oposición que se identifica

con el macrismo reinante entre

los años 2015 y 2019. La alianza

Juntos —antes Cambiemos y luego

Juntos por el Cambio— mantuvo

su caudal electoral de las pasadas

elecciones y no sumó virtualmente

ni un solo voto nuevo. Los seis millones

de votos que perdió el Frente

de Todos no fueron a parar al bolsillo

de los cambiemitas, sino más

bien se fueron por la canaleta de la

abstención, del voto en blanco y de

las distintas ofertas electorales no

hegemónicas. Se beneficiaron de

esto candidatos como Javier Milei

en Capital Federal, quien con un

discurso ultraliberal dicho “libertario”

corrió por fuera y obtuvo una

votación demasiado expresiva para

un “outsider”.

En realidad, los resultados electorales

de esta PASO hablan de

un estado de anomia que ya existe

o está a punto de instalarse en

nuestra sociedad, hablan de una

desconexión entre la política y los

intereses reales de las mayorías populares.

Lo que está ocurriendo es

esa desconexión, es la percepción

de los muchos en que los pocos ya

no los representan. Y si bien todavía

hay de los que siguen votando a las

opciones de la hegemonía, puesto

que las elecciones se ganan más

bien en el armado de listas de los

partidos tradicionales, son cada vez

más los que salen despedidos por

la fuerza centrífuga de una política

que no da respuestas.

De este asunto tratamos casi en

exclusividad en la presente edición

de nuestra Revista Hegemonía, la

43ª. en una larga serie que había

empezado en los primeros meses de

2018. Eran entonces otros tiempos

y era distinta también la percepción

generalizada de las mayorías sobre

la política argentina. Hoy lo que se

ve es la unidad de agenda sobre

temas que no hacen al bienestar

del pueblo, se ve a los principales

dirigentes enfrascados en roscas

judiciales o en dar cumplimiento a

un mandato foráneo que no surge

de la voluntad popular expresada en

las urnas.

En dos años el Frente de Todos

no hizo nada de lo que había prometido

hacer para las elecciones

del año 2019, las que debieron ser

clave en nuestra historia y en verdad

no significaron muchos cambios

respecto al statu quo anterior. La

propaganda mediática es intensa,

más intensa que nunca en un intento

por tapar la realidad efectiva de

un país que sufre sin respuestas por

parte de sus dirigentes. Pero esa

narrativa falsificada se ha mostrado

inocua: por fuera de los círculos militantes

ideologizados no existe hoy

la fe en la política y eso es, indudablemente,

trágico para el país.

En las siguientes páginas el atento

lector tendrá la crónica de dicha

tragedia. No es un relato agradable,

aunque necesario. Lo que aquí está

expresado es lo que no se ve en los

grandes medios de difusión dominantes.

Es la percepción generalizada

de que algo debe cambiar o la

Argentina no tiene destino.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural

5 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


IDENTIDAD PERONISTA

Instrumentalismo

materialista

ROSARIO

MEZA

En los programas de Historia Argentina

II de las universidades

nacionales en nuestro país es

frecuente encontrarse el nombre

de Daniel James, un historiador

británico que precisamente

por no haber vivido el peronismo,

sino por haberlo visto desde fuera,

ha sido capaz de estudiarlo de un

modo preciso y aséptico de toda la

carga emotiva positiva o negativa

que los argentinos no podemos evitar

volcar hacia un objeto de estudio

que nos atraviesa enteramente

hasta el día de hoy y sigue ordenando

luego de más de setenta años el

espectro de las lealtades políticas

en nuestro país.

Es James el autor de categorías de

análisis del peronismo tales como

la de “ciudadanía”, entendida en un

sentido ampliado no solo político o

civil sino propiamente económico o

“impacto herético” del peronismo,

en el sentido de la capacidad efectiva

de subvertir el orden establecido

de su época para producir en ma-

6 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


nos de la masa ascendida a pueblo

un nuevo orden de cosas en el que

la experiencia de ignominia que se

había radicalizado sobre todo a lo

largo de la llamada década infame

pasa al olvido a través de la toma

del espacio público por parte de

ese actor colectivo que es el pueblo

peronista.

En lo particular, desde el punto de

vista de una persona que ha estudiado

la historia como auxiliar de

la literatura, un académico como

James, agudo y que sabe escribir,

resulta estimulante aunque uno

quizás pueda no coincidir ciento por

ciento con su perspectiva, pero ello

no lo desacredita como profesional,

sus observaciones han tendido

siempre a la originalidad, lo que las

hace interesantes.

El caso es que desde hace algunos

días ha sido frecuente encontrarse

sobre todo en las redes sociales y

entre el público politizado, que sin

duda es una minoría muy específica,

con interpretaciones que giran

en torno al mismo concepto, el de

“materialismo”, aunque a menudo

con signos opuestos, a veces

argumentando que determinados

análisis de la coyuntura incurren

en el “materialismo” y otras veces

afirmando lo contrario. Y es precisamente

ese concepto uno de

los centrales en la interpretación

del peronismo por parte de Daniel

James, quien en un bello texto

titulado “17 y 18 de octubre de

1945” publicado en 1987, en una

vieja revista de análisis político que

se llamaba Desarrollo Económico,

discutía con lo que él dio en llamar

materialismo reduccionista, instrumentalismo

materialista o reduccionismo

instrumentalista, todas

variantes del mismo concepto que

él atribuía a los historiadores marxistas

o filomarxistas. Una categoría

interesante que resultaría de utilidad

resumir aquí.

Afirma Daniel James que una parte

de los historiadores que lo antecedían

en orden cronológico en el

estudio del peronismo, tales como

Juan Carlos Portantiero o Juan

Carlos Torre, habían dejado trunco

el análisis del impacto herético del

peronismo, poniendo el énfasis de

manera exclusiva en la cuestión

instrumental, en el hecho de que,

secretario de Trabajo y Previsión

mediante, los trabajadores habían

obtenido reivindicaciones laborales

que por muchos años habían demandado

sin que otro actor político

les hiciera caso.

Y supuestamente por eso los trabajadores

argentinos habían sido

peronistas, abrazando entonces

una lealtad que en más de una etapa

de la historia significó en virtud

de la misma la realidad de que un

trabajador debía estar dispuesto a

darlo todo, incluso la vida. Parecía

una explicación insuficiente, nos

advertía James, nadie muere en el

sentido más estricto y literal de la

palabra por el medio aguinaldo o

las vacaciones pagas, de seguro debía

de haber algo más profundo que

explicase de modo más convincente

y cabal la identidad peronista de los

trabajadores argentinos. Esa interpretación

filomarxista de dar la vida

por las vacaciones tendía entonces

al instrumentalismo materialista

y al reduccionismo, acotando una

cuestión compleja a una sola arista

de las múltiples que en rigor de

verdad poseía.

Y entonces en ese texto y en otros

James indaga los motivos culturales

de la adhesión al peronismo y encuentra

entre otras cuestiones que

El historiador británico Daniel James, estudioso foráneo del peronismo desde el punto de

vista de un inglés que no vive en la Argentina y, por lo tanto, no participa en nuestra cultura.

Para los criterios de la academia, esa distancia es garantía de imparcialidad o de no involucramiento

emocional con el objeto estudiado. Para el peronismo en sí, no obstante, puede

resultar problemático allí donde el peronismo se siente mucho más de lo que se analiza.

7 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Leonardo Favio junto a Perón, en quizá el que haya sido el momento cumbre de la trayectoria

de este brillante artista de lo popular. Favio supo describir el sentimiento del peronismo en

su obra como pocos.

“con Perón todos éramos machos”,

al decir de un trabajador de la época.

Es decir, que el peronismo fue

capaz de dar al trabajo la dignidad

del reconocimiento como motor vivo

de la patria y a los trabajadores,

como unidad mínima de la comunidad

organizada y de las agrupaciones

que la componen, tales como

las organizaciones gremiales sindicales

o empresarias.

En la sociedad peronista el individuo

no es un individuo arrojado al

mundo sino que resulta contenido

por la comunidad y esa contención

no solamente posee una dimensión

económica —es decir, material—

sino, y sobre todo, incluye una

dimensión cultural y ética, pues el

individuo no se realiza si antes y en

simultáneo no se realiza la comunidad

toda, lo que con belleza poética

un Leonardo Favio resumió en su

célebre sentencia: “Nadie puede ser

feliz en soledad”. Ese es el límite

del instrumentalismo materialista.

Pero a la vez sí existe una dimensión

pragmática del peronismo, que

está tan íntimamente entrelazada

con la moral peronista que a menudo

se pierde de foco porque se

puede dar por sentada: mejor que

decir es hacer, mejor que prometer

es realizar. Tratemos de comprender

lo anterior a través de un ejemplo.

Y uno tan bueno como cualquiera

pueden serlo los resultados obtenidos

por el oficialismo en la pasada

elección primaria del 12 de septiembre,

resultados adversos que

solo hubieran podido sorprender a

los sobreideologizados que creen

que son la medida de todas las

cosas. El pueblo no entiende de colores

políticos ni le interesan y eso

está bien, entiende de saldos en la

SUBE, comida en la mesa y heladeras

vacías o llenas, de asados y de

juntadas, de fiestas de quince o de

dieciocho, de vacaciones en Mar

del Plata y de si le roban o no. El

pueblo no entiende de pandemias

ni de macrismo, sino de changas o

ausencia de ellas, de trabajo, de la

ética de quien hace fiestas mientras

otros no pueden velar a sus muertos

y de ser libre o no serlo.

Cuando en un contexto como el de

la última campaña política alguien

criticaba la ausencia de toda visión

de futuro, por ejemplo, quizás

podía hacer mención de hechos

concretos que no tienen ocurrencia

en la actualidad y cuyo suceso no

pareciera ser inminente, como por

ejemplo un plan de poblamiento del

territorio, planes de vivienda, o lisa

y llanamente la creación de empleos

que permitan a la población

una vida medianamente previsible,

estable y con proyección a futuro. Ya

ni siquiera se nos promete eso ni se

nos ofrece un discurso que apunte

a fortalecer ese horizonte de posibilidad

en nuestro imaginario como

pueblo.

Y no es una cuestión puramente

económica o material. Cuando

hablamos de la ausencia de horizontes

de posibilidad no hablamos

única y específicamente del precio

del salario, sino que discutimos

su valor como ordenador social y

el valor del esfuerzo de todos los

argentinos que nos matamos toda

la vida trabajando de los que sea

o estudiando en una universidad

para llegar a la madurez disgregados

y sin la posibilidad de planificar

nuestro futuro no solamente desde

lo material, sino también desde lo

cultural, pues vivimos en una patria

en la que ya no se discute la justicia

social, en la que nos venden sucedáneos

de satisfacción o “ampliación

de derechos” como eufemismo

para agenda de minorías porque

no nos pueden ofrecer comunidad,

libertad, organización, una idiosincrasia

común, valores éticos que

rijan nuestra vida y nuestra conducta

y nos brinden la esperanza de un

presente en el que nuestras condi-

8 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


ciones de vida sean dignas y proporcionales

a nuestros esfuerzos y con

la posibilidad aunque sea remota

de un futuro de crecimiento y desarrollo

de la patria en su conjunto

pero de los individuos también, en

el marco de una comunidad organizada.

“Eso es materialismo”, se nos dice,

y en sentido contrario algunos se

atreven a afirmar tímidamente: “no

es por ser materialista pero…”.

Y es que no lo es, exigir una vida

cómoda no es materialismo, es

dignidad. Poder planificar, ahorrar,

tener un hogar, no son lujos ni son

ambiciones excesivas, son derechos.

Son la justicia social de la que

ya no se habla, reemplazada por

cuanto concepto de minorías esté

de moda en el momento. Y si se nos

acusa de materialistas por soñar un

presente medianamente organizado

y próspero, bueno, pues, será que

uno es un vil materialista. Pero el

pueblo quiere vivir bien, vivir en paz,

que nadie lo moleste, que lo dejen

trabajar y que su trabajo se traduzca

en progreso en sus condiciones

efectivas de vida, y no va a dejar de

querer eso porque se le antoje a

un puñado de iluminados que por

perseguir su bienestar y el de cada

uno de sus compatriotas uno es

materialista.

Es que después de todo nos lo merecemos.

Nos merecemos vivir bien

como se lo merecen todos los que

se matan laburando toda la vida.

Es un derecho como seres humanos

pero además vivimos en una tierra

en la que existen las condiciones de

posibilidad de una vida holgada al

alcance del pueblo.

Porque además ya lo hicimos.

Si nuestros abuelos analfabetos

o con la primaria a medio hacer

pudieron asegurarse un porvenir

para ellos y para sus hijos, humilde

pero seguro, de mínima con un

trabajo y un techo encima de la cabeza

ha sido porque por esta tierra

pasaron Perón y Eva, porque más

allá del aguinaldo y las vacaciones

el peronismo le otorgó al pueblo

argentino el bastón de mando de

su propio destino, le demostró su

valía y a cambio de ella le prodigó

como premio la dignidad no solo de

saberse un actor fundamental de la

revolución de los pueblos libres sino

además, en el plano más prosaico,

de una vida tranquila con comodidades

tangibles y sí, materiales.

Si ya lo hicimos, ¿por qué ahora

resulta que pedir una vida ordenada

y un horizonte de futuro de repente

se volvió gorila o materialista?

Evita diseñó para los grasitas un

chalé igualito al que se veía en las

películas norteamericanas, y eso

era porque ella supo que aquello

también era amor. Porque el hogar

es la unidad elemental de la comunidad,

donde moran nuestros niños

y nuestros ancianos, los únicos privilegiados.

Donde durante la cena

nos reunimos a charlar y a soñar un

futuro, donde las madres peronistas

adoctrinan a los hijos en el amor

a la patria, el valor del trabajo, la

justicia social, la soberanía política

y la independencia económica.

No es ser materialista decir que

nuestros jóvenes piensan en emigrar

porque no se ven progresando

en la tierra que los vio nacer, eso

se llama realismo y tenemos que

ver el modo de cambiarlo, en todo

caso, no se puede tapar el sol con la

mano.

Son extrañas algunas acusaciones

como la de gorilas o materialistas

dirigidas hacia quienes humildemente

predicamos la necesidad de

volver a comprender la dimensión

disruptiva cultural, política, y económica

también, del peronismo.

Estamos adentrándonos en un

tiempo oscuro, en el que necesitaremos

estar más unidos que nunca.

No es momento de revolearnos

acusaciones y medirnos mutuamen-

En Oriente, donde el espíritu del hombre es cualitativamente distinto al nuestro, el materialismo

marxista fue y sigue siendo en buena medida el faro para las reivindicaciones de

las clases populares trabajadoras. Pero el hombre hispanoamericano es diferente en su

cosmovisión, más profundamente espiritual como resultado de la mezcla entre el ibérico, lo

autóctono de América y lo africano.

9 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


te. Tras este interregno de anomia

que pareciera haber sucedido a

una derrota electoral que hundió

a la coalición oficial pero también

aparentaría pretender llevarse a la

tumba de la política al peronismo

como identidad, es preciso que nos

pongamos a la tarea de la construcción,

la congregación, la incorporación

de muchos compañeros que

van a ir acercándose con una mano

atrás y la otra adelante. Va a haber

muchos que se van a arrimar porque

van a necesitar un abrazo, la contención

de un compañero.

Sí, les hemos dicho que el gobierno

no era peronista, les hemos

dicho que pin y que pan, pero ellos

también fueron estafados en su

lealtad y en su buena fe. Les dijimos

que se equivocaban y quizás no

oyeron, pero eso no les amerita el

escarnio ni el reto, a nadie le gusta

que lo reten por los errores que

cometió. ¿Que no habrán leído a

Perón tantas veces como los iluminados?

Probablemente, o quizás sí

pero se confundieron o no supieron

ver o no quisieron; no importa, pero

tenemos que dejar de apuntar con

el dedo, bajarnos del pedestal y

acoger, dejar de medirnos entre

nosotros y hablarle al pueblo en su

idioma, sin sectarismo repelente,

Ayer, hoy y… ¿siempre? Las claudicaciones del Frente de Todos parecen formar parte de un

movimiento coordinado para destruir la mística del encuentro del pueblo y la política, hacer

caer la fe de los conducidos en la conducción y enterrar al peronismo bajo una montaña de

escombros.

sin conceptos abstractos y sin la exquisitez

que tanto nos gusta ejercer

de señalar con el dedo. Nadie es Perón

salvo Perón, pero los que somos

peronistas tenemos que volver a

ascender a pueblo, es preciso que

recordemos que antes de eso Perón

reunió a todos los trabajadores.

Antes de ascender a pueblo tenemos

que empezar por ser masa,

que no lo somos porque estamos

disgregados e insistimos en seguir

agrietando la comunidad. Somos un

mar de islas y todavía hay quienes

pretenden repeler los islotes que se

van acercando, fluyendo a la deriva

como han quedado.

Y cuando planteamos que hay

que hablar al pueblo en su idioma

decimos eso, hay que hablar más

del trabajo, de la patria, del amor,

del hogar y de un futuro en el corto

plazo en el que le sea dado a un trabajador

en primer lugar comer todos

los días, hacer un asado y guardar

todos los meses para la cuota de

la moto o para las vacaciones. Eso

no es instrumentalismo materialista,

eso es justicia social. Si nos

dejamos de hablar un poco acerca

de los masones o del sionismo o de

otras cuestiones que resultan extrañas

al lenguaje del pueblo llano y

hablamos más de que es necesario

que a un laburante no le roben los

trescientos pesos que tiene en el

bolsillo o la bici que usa para ir a

trabajar quizás logremos volver a

acercar a los argentinos, a convocar

a la masa para luego, a través de

nuestra doctrina, ascender a pueblo

y reconstruir el peronismo que

supimos tener.

Ya los hicimos, podemos volver a

hacerlo, pero para ello debemos en

primer lugar bajar la guardia, dejar

de vernos entre nosotros como enemigos

y convocarnos. Porque para

un argentino no puede haber nada

mejor que otro argentino.

10 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


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11 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


ANÁLISIS

¿Qué pasa con el

kirchnerismo?

ERICO

VALADARES

El resultado de las elecciones

primarias del pasado domingo

cayó como una bomba o como

una enorme sorpresa entre la

militancia del Frente de Todos

de un modo general, la que a instancias

de sus dirigentes había proyectado

en la previa un triunfo con

cierta comodidad en la provincia de

Buenos Aires y un buen desempeño

electoral en el resto del país, sobre

todo en la Capital Federal. Por razones

que trataremos de explicar en

este artículo, el kirchnerismo silvestre

—militantes y simpatizantes sin

cargos en el Estado— tuvo hasta las

ocho de la noche del domingo 12

de septiembre fe en un triunfo que

no llegó y de ninguna manera podía

haber llegado.

Los resultados fueron muy malos

y más aún si tenemos en consideración

que los cosechó un gobierno

que no llega todavía a la mitad

del mandato logrado en las urnas

en octubre de 2019. En menos de

dos años el gobierno del Frente

de Todos dilapidó buena parte de

su capital político, se puso en una

posición de vulnerabilidad frente a

la oposición y ahora tambalea como

había tambaleado Fernando de la

Rúa hace exactos 20 años luego

12 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


de ser castigado en las elecciones

de medio término del 2001. Es una

situación insólita cuya explicación

no es para nada fácil.

En el fondo de esta cuestión está el

kirchnerismo como un factor determinante

en la política argentina

por lo menos desde el año 2008 en

adelante o a partir de la constitución

del propio kirchnerismo como

fuerza política organizada al calor

de la lucha contra los golpistas del

lock-out patronal de aquel año.

Desde que el kirchnerismo existe

y no como gobierno, sino como

superpotencia política y electoral,

prácticamente nada ocurre en la Argentina

sin que bajo la conducción

de Cristina Fernández un numeroso

núcleo duro de alrededor del 30%

de los votantes esté de alguna

forma involucrado en el proceso. En

una palabra, la política argentina

no funciona desde el 2008 sin el

kirchnerismo y aquí tenemos que el

actual gobierno solo existe porque

el kirchnerismo supo organizarse

para ganar las elecciones de 2019

en primera vuelta y poner a Alberto

Fernández en el sillón de Rivadavia.

Entonces el actual gobierno es

kirchnerista, aunque desde luego

en su praxis política no se parece en

nada a los gobiernos que entre el

2003 y el 2013 hicieron la década

ganada del pueblo argentino para

superar tanto el neoliberalismo

menemista como la debacle y la catástrofe

del gobierno de la Alianza

que huyó espantado en helicóptero.

Quizá se parezca en algo a los dos

últimos años del segundo mandato

de Cristina Fernández entre el

2014 y el 2015, pero eso no es lo

importante. Lo que importa es que

Alberto Fernández no hubiera derrotado

a Mauricio Macri y no sería

hoy el presidente de la Nación sin el

concurso decisivo del kirchnerismo,

cosa que se sabe desde aquel día

extraordinario en el que Cristina

Fernández anunció la fórmula que

iba a ser ganadora en octubre con

ella misma en el lugar de la vicepresidencia.

El gobierno actual es

kirchnerista por origen electoral y

nadie lo puede negar.

Por eso es inconducente analizar

y señalar hoy a Alberto Fernández

para dar cuenta de los resultados

electorales y más inconducente aun

sería hacer lo propio con los fantasmas

que están pintados en los

ministerios llevando a cabo ninguna

gestión en absoluto. Alberto Fernández

y sus ministros son la impotencia

política por antonomasia y no

estarían ni cerca de los cargos que

hoy ocupan si la gran electora no

hubiera puesto su capital político

en la campaña del Frente de Todos

para ganar las elecciones de 2019.

He ahí toda la verdad: Alberto

Fernández no tiene ni podría tener

voluntad propia, no llegó a la presidencia

de la Nación por sus propios

medios. De haberse postulado

como candidato en esas elecciones

o en cualquier elección sin el respaldo

del kirchnerismo, Fernández

habría sido un enano más con quizá

unas pocas decenas de miles de

votos, no sería viable. Lo que debe

analizarse aquí es el kirchnerismo,

esa superpotencia política y electoral

de la Argentina sin la que el

juego no funciona.

¿Qué le sucedió al kirchnerismo

para pasar de ser en menos de dos

años la esperanza del pueblo argentino

a ser sindicado como partícipe

necesario de una catástrofe

multidimensional? ¿Cómo se hace

para perder el favor de millones

de electores en tan poco tiempo?

Pues es evidente que, al meterse en

alianzas coyunturales contra natura,

el kirchnerismo extravió el rumbo y

dejó de ser aquello que alguna vez

fue. Esa es la crítica más profunda

que se le puede hacer a una fuerza

Fuerte imagen de una Cristina Fernández agachando la cabeza —un gesto que no es propio

de su personalidad— durante el triste discurso de Alberto Fernández luego de la derrota.

13 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Otra imagen, esta icónica de la década ganada entre 2003 y 2013. El kirchnerismo fue peronista, se plantó frente al poder real en representación

de los intereses de las mayorías y fue invencible. Al perder el camino del peronismo y hacerse progresista, la derrota fue el signo de una

fuerza política que supo ser gloriosa.

política en cualquier tiempo y lugar,

la crítica ontológica. Es preciso

saber por qué el kirchnerismo se

desnaturalizó a punto de permitir la

debacle de un gobierno propio hasta

recibir un castigo durísimo en las

urnas y entonces la incomprensión

del kirchnerismo es igualmente la

incomprensión de la política argentina

como un todo. Para entender

el fracaso del actual gobierno de

Alberto Fernández es preciso primero

entender a un kirchnerismo

mutante.

La primera hipótesis es aquella

que los pacatos suelen calificar

como una “conspiranoia”, la hipótesis

de la existencia de un pacto

con finalidades judiciales por el que

Cristina Fernández se vio directamente

obligada a aceptar una alianza

con el enemigo de siempre para

evitar consecuencias trágicas para

sí misma y para su familia. Esta es

la hipótesis del pacto hegemónico

que en este espacio venimos analizando

en profundidad desde mediados

del año pasado para explicar la

insólita pasividad del kirchnerismo

frente a un gobierno que desde el

vamos ya daba señales de que iba a

hacer agua por todos lados. Cuando

Alberto Fernández empezó a hacer

barbaridades tales como detener

toda la actividad económica basado

en una narrativa sanitaria muy

discutible, ajustes fiscales que

harían sonrojar al propio Macri y

una devaluación brutal de la moneda

nacional, todas las miradas se

posaron en Cristina Fernández. ¿La

vicepresidenta iba a permitir todo

eso en silencio? Pues sí, o por lo

menos desde el punto de vista de la

opinión pública que se informa por

los medios de difusión, Cristina Fernández

sí lo permitió o no hizo nada

para frenar al presidente puesto por

ella misma a dedo en la Casa Rosada.

Todo lo que hizo Alberto Fernández

desde diciembre de 2019 fue

con el visto bueno del kirchnerismo,

a menos que en realidad haya allí

algún factor desconocido de condicionamiento.

Qué es eso? Es la segunda parte

de la hipótesis del pacto hegemónico.

Extorsionada judicialmente,

Cristina Fernández no podría intervenir

en las decisiones del gobierno

pues eso, que ante los ojos del pueblo

son barbaridades, en realidad

es un plan. Alguien habría extor-

14 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


sionado a Cristina Fernández para

que ponga en la presidencia a un

notorio empleado de Héctor Magnetto

y, finalmente, para que este

haga exactamente todo lo que hizo

hasta aquí. El pacto hegemónico es

una pieza de relojería muy sofisticada

y no se explica en estas pocas

líneas. Le hemos dedicado muchas

páginas en las ediciones anteriores

de esta Revista Hegemonía y recomendamos

al lector referirse a ellas

para saber de qué se trata o, mínimamente,

de qué podría tratarse.

Lo que sí está claro es que Alberto

Fernández no habría hecho nada

de lo que hizo sin la anuencia del

kirchnerismo, pues este es dueño

y señor de la mayoría de los votos

necesarios para elegir y sustentar al

gobierno.

Queda por dilucidar el porqué de

esa anuencia. ¿Por qué el kirchnerismo

habría de apoyar y sostener

un gobierno cuya agenda y cuya

praxis son diametralmente opuestas

a todo lo que el kirchnerismo

representa en la política, al menos

ideológicamente? De todas las

decisiones tomadas y de todas

las políticas implementadas por

Alberto Fernández, solo una ínfima

minoría podría caracterizarse

como “kirchnerista” en un sentido

estricto. El presidente Fernández

no solo no pudo revertir el desastre

ocasionado por Mauricio Macri en

cuatro años, sino que lo continuó y

lo profundizó, lo que puede verse de

manera objetiva en los indicadores

socioeconómicos de la actualidad.

Alberto Fernández hizo macrismo

sin eufemismos y sin atenuantes

al ubicar a un radical en el Banco

Central, a un socialista en el Banco

Nación y a un agente desembozado

de la timba financiera global en

el Ministerio de Economía. Con la

santísima trinidad económica del

país en manos de antiperonistas

furiosos el resultado fue la continuidad

del ajuste de Macri, disimulado

en declamaciones ideológicas que

el pueblo finalmente no compró.

Las mayorías populares sienten la

presión del ajuste fiscal del gobierno,

la sienten en el cuerpo entero y

votan, en consecuencia, contra esas

políticas antipopulares.

Mutación

El porqué es un misterio, como se

ve. Lo que no es misterioso para

nada son las consecuencias prácticas

de las políticas del gobierno

de Alberto Fernández, similares a

las de Mauricio Macri. En el año

2019, el pueblo argentino despidió

a Macri por haber hecho añicos de

las esperanzas en un país económicamente

estable y socialmente

más justo. Los mismos que habían

votado en 2015 a la alianza Cambiemos

y habían puesto a Macri en

la presidencia le dieron la espalda

cuatro años después y nada de eso

tiene una explicación ideológica

ni mucho menos. En realidad, el

pueblo no tiene ideología, no es de

derecha ni de izquierda, como diría

el filósofo ruso Aleksandr Dugin.

Cuando le permiten votar, el pueblo

lo hace siempre por una propuesta

que en el momento considera más

conveniente para sus intereses o, lo

que es lo mismo, vota en contra de

la fuerza política que haya desordenado

su cosmovisión y/o trastornado

su vida, su modo cultural de

existir en el mundo.

Lo propio pasa hoy con el gobierno

del Frente de Todos, el que siguió el

Es de público conocimiento el hecho de que Alberto Fernández fue jefe de gabinete en el

gobierno de Néstor Kirchner por exigencia de Héctor Magnetto, como garante del pacto

entre el gobierno y el Grupo Clarín que se suscribió para contrarrestar la amenaza golpista

de la oligarquía en el Diario La Nación apenas asumido el nuevo gobierno. En el nuevo

pacto, Magnetto volvió a imponer a Alberto Fernández, a quien Cristina había expulsado del

gobierno al romperse el pacto anterior con el lock-out patronal del 2008.

15 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


proceso de desordenamiento de la

cosmovisión de las mayorías y con

el trastorno de su modo de existencia.

Al kirchnerismo se le dio una

segunda oportunidad en el 2019,

pero el kirchnerismo no pudo poner

orden en la casa, la sociedad argentina

está igual o incluso peor hoy

que al finalizar el gobierno de Mauricio

Macri. Y hasta aquí tenemos

la parte práctica de la explicación

para la derrota del Frente de Todos

en las primarias del domingo 12 de

septiembre. Al hacer la continuidad

de un gobierno que ya había fracasado,

el Frente de Todos recibió

el mismo castigo que se le había

impuesto a Cambiemos en el 2019.

Eso significa que el pueblo no votó

ideológicamente a la alianza Juntos

(nuevo nombre de fantasía de Cambiemos

y de Juntos por el Cambio),

ya hemos visto que las mayorías

populares no votan por ideología,

no la tienen ni la quieren. El pueblo

volvió a votar a los cambiemitas

por la misma razón que en el 2019

volvió a votar al kirchnerismo: por

percibir el fracaso del oficialismo

del momento. Entonces no hay

ningún “giro a la derecha” ni mucho

menos “derechización” de la sociedad,

eso solo existe entre las minorías

militantes, que son ideológicas

y viven en un termo de microclima y

rosca. El pueblo argentino castigó

el fracaso en 2019 y volvió a hacerlo

este año.

Entonces volvemos al núcleo de la

cuestión y volvemos a preguntarnos:

¿Por qué el kirchnerismo permitió

ese fracaso en el corto plazo, por

qué no hizo nada para torcer el rumbo

y retomar la senda del progreso

Habiendo subvertido el orden de la existencia del pueblo argentino, Mauricio Macri fue

expulsado del gobierno en las elecciones del 2019. Está claro que el 48% aquel año no votó

al kirchnerismo, sino para echar al macrismo que tanto daño hizo al país.

que había sido la orientación entre

el 2003 y 2013? Descartada por

el momento la hipótesis del pacto

hegemónico —la que por razones

obvias no puede corroborarse al

ser por definición una cosa secreta—

solo queda por analizar los

caracteres visibles de la mutación

del kirchnerismo, o lo que está a la

vista de todo el mundo.

Al perderse las elecciones de medio

término del año 2013 a manos

de un entonces envalentonado

Sergio Massa, salieron despedidos

del gobierno de Cristina Fernández

los últimos elementos peronistas

que habían sido los artífices de la

gloriosa década ganada. Esa década

terminaba allí y el gobierno

fue copado por los progresistas,

quienes durante diez años habían

acompañado a Néstor Kirchner y a

Cristina Fernández sin tener acceso

a cargos de importancia en la administración

del Estado. Para enero de

2014 todo eso cambió, el gobierno

abandonó el peronismo para embarcarse

en una aventura progresista

que terminó siendo la mutación

del propio kirchnerismo. Es correcto

decir que el kirchnerismo tiene

una etapa peronista desde el ciclo

Eduardo Duhalde/Néstor Kirchner

hasta el segundo año del último

mandato de Cristina Fernández y

una etapa progresista o socialdemócrata

desde ese momento hasta

la actualidad.

Esa mutación, como toda mutación,

llegó acompañada por cosas

muy extrañas. Desde el gran protagonismo

otorgado a antiperonistas

“de izquierda” que habían sido

detractores del kirchnerismo y que

de pronto se vieron ubicados en

cargos clave del Estado hasta una

completa renovación de las consignas

ideológicas orientadoras, pasó

de todo en el kirchnerismo desde

octubre del 2013 a esta parte. Una

fuerza política que había orientado

16 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


El trotskismo y la ideología de género, propia de la izquierda en todo el mundo luego de la

caída del Muro de Berlín y la quiebra del socialismo como alternativa de modelo económico.

Bien mirada la cosa, la agenda del kirchnerismo es en un 90% y más coincidente con la del

trotskismo, lo que para nada puede ser un buen augurio.

su militancia en lo nacional-popular,

en la lucha contra las corporaciones

y en una doctrina nacional

justicialista de nacionalismo con

justicia social claramente llevada

a cabo en la praxis, el kirchnerismo

pasó a asumir una agenda progresista

de minorías que incluyó

y sigue incluyendo cuestiones de

género, de moral sexual y religiosa,

de estética militante típica de

izquierda. Para las elecciones del

pasado domingo 12 de septiembre

fueron apenas perceptibles las

diferencias entre el discurso del

kirchnerismo y el del trotskismo de

las Myriam Bregman, las Manuela

Castañeira y de los demás enanos

políticos que se ubican a sí mismos

en la izquierda: feminismo, aborto,

narrativa sanitaria a ultranza con un

componente autoritario muy marcado,

omisión del rol de las élites

globales y sus corporaciones en

la geopolítica, absoluta sumisión

simbólica a las potencias de Oriente

como Rusia y China. Escuchar a

Leandro Santoro o a Victoria Tolosa

Paz en campaña fue como escuchar

a cualquier trotskista de los que

siempre se llevan el 2% de la voluntad

popular expresada en las urnas,

pues la agenda y el discurso son en

efecto los mismos.

El kirchnerismo hoy es de izquierda

y esa sola definición ya es útil para

empezar a entender precisamente

por qué el trotskismo dio un salto de

calidad electoral logrando más que

el doble de los votos que acostumbra

a tener. Es que frente al fracaso

oficialista, siendo la misma la agenda

y el mismo el discurso, muchos

votantes del kirchnerismo no vieron

ningún inconveniente en votar al

trotskismo. ¿Por qué habría de haber

algún inconveniente en ello, si

ambas fuerzas hablan de lo mismo

y solo una de ellas tiene un fracaso

a cuestas? Ese es un ejercicio de

lógica allí donde si dos fuerzas políticas

proponen lo mismo, es natural

que alguien opte por votar a la que

está menos sucia. Y en términos de

limpieza y pulcritud el trotskismo es

imbatible, puesto que nunca gobernó

en ninguna parte. Los electores

del Frente de Todos que migraron

este año a la izquierda siguen esa

lógica y eso explica, por ejemplo,

el 6,3% obtenido por un fantasma

como Myriam Bregman en Capital

Federal y el 5,2% alcanzado por un

fantasma aún más fantasmagórico

como Nicolás del Caño en la provincia

de Buenos Aires. Ambos prácticamente

triplicaron sus caudales

electorales y todos esos votos extra

provienen de un kirchnerismo que

se fusionó con la izquierda.

Claro que esas son las consecuencias

menos nefastas de la mutación

del kirchnerismo desde una continuación

lógica del peronismo hacia

una fuerza de izquierda progresista

emparentada con la socialdemocracia

europea en un esperpento

pocas veces visto en la política. Al

correrse a la izquierda, el kirchnerismo

empezó a hacer lo que hizo

históricamente el trotskismo en

todas partes: ser funcional al poder

real. Y eso lógicamente tiene que

resultar en la no representación de

los intereses de las mayorías populares,

puesto que la sumisión al

poder fáctico de las corporaciones

supone necesariamente la paz de

los cementerios, esto es, en una

contradicción real entre los de arriba

y los de abajo el que se somete

al poder no puede seguir luchando

por el pueblo. No se puede servir a

dos patrones y entonces el kirchnerismo

convertido en un partido de

izquierda abandona la representación

y la reivindicación de las clases

populares trabajadoras y medias,

de las mayorías, para asumir la

de las minorías ideologizadas de

izquierda.

Eso fue lo que el pueblo percibió

en estas elecciones de una manera

más bien práctica. Mientras la

economía se derrumba, la inflación

se dispara, la moneda se devalúa y

la economía no se recupera tras un

17 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


La delirante predilección del gobierno por temas que no le dan de comer a un pueblo en

harapos. El anuncio con bombos y platillos del “DNI no binario” en vísperas de las elecciones

fue recibido por las mayorías como la gota que rebalsó el vaso y formó la opinión de que

Alberto Fernández no se ocupa de lo que es importante para la enorme mayoría del pueblo.

largo periodo de detención forzada,

el kirchnerismo aplaude y celebra

la aplicación de políticas de Estado

por las que se invierten miles de

millones de pesos en cuestiones

meramente simbólicas, como en

el caso de la ideología de género.

Existiendo la percepción de un país

prendido fuego, de una verdadera

catástrofe social y económica con la

mitad de la población por debajo de

la línea de pobreza, el gobierno de

Alberto Fernández con el respaldo

del kirchnerismo presentó prácticamente

en casi dos años desde diciembre

de 2019 a esta parte todos

los días una nimiedad simbólica

como el cambio de una letra en el

documento de identidad y similares

que no le dan de comer a nadie. “No

llego a fin de mes y estos políticos

están en la pavada”, concluyó más

de un votante frente a esta insólita

situación. Y muy errado no estuvo.

Por otra parte está la insistencia

en una narrativa sanitaria a ultranza

que, además de exasperante, es

contraproducente en el mediano

plazo. Para justificar la suspensión

de la actividad económica durante

casi todo el año 2020 —nadie sabe

por qué al Frente de Todos le interesó

hacer eso, si supuestamente

la idea era la de revertir la debacle

heredada de los años de Macri—

el gobierno se expresó mediante

verdaderos talibanes de lo sanitario

tanto en los ministerios como

entre los operadores mediáticos

que tiene a sueldo. En vez de llevar

tranquilidad y sostener una cierta

normalidad que permitiera conjugar

las medidas de prevención con el

trabajo y la actividad económica

en general, el gobierno de Alberto

Fernández apostó al terrorismo, a

meter miedo en la población para

que esta quedara paralizada. Y así

fue cómo el derrumbe de la economía

empujó a millones hacia la

pobreza y dejó un tendal de destrucción

en los hogares de las familias

argentinas.

Es muy probable que se haya calculado

una estrategia de terror por

una parte para presentar, por otra,

la solución de un Estado presente

en el cuidado de la ciudadanía, una

estrategia paternalista: ante la existencia

de un peligro inminente que

a la vez se percibe como descomunal,

aparecer frente a las mayorías

aterradas como garantía de seguridad

y protección. Eso no funcionó

y, por el contrario, se percibió como

una movida autoritaria y como parte

de la explicación para la debacle

económica y social. Canales de

televisión como C5N, a instancias

del gobierno y de la millonaria

pauta pública, hicieron terrorismo

mediático las 24 horas del día durante

meses al hilo con las palabras

“contagio” y “muerte” en placas

rojas y a los gritos, nadie escatimó

escándalo en la narrativa sanitaria a

ultranza. ¿Y todo para qué? Tan solo

para abandonar súbitamente esa

narrativa, ocultar del todo la pandemia

e intentar convencer ahora a las

mayorías de que es seguro salir a la

calle para reactivar la economía. En

C5N los números escalofriantes de

contagios y muertos desaparecieron

de los zócalos y del discurso como

por arte de magia y nadie parecería

ya estar demasiado preocupado por

lo que hace unas pocas semanas

se presentaba como el anuncio del

apocalipsis o poco menos que eso.

Derrota y castigo

Es evidente que la narrativa sanitaria

a ultranza no rinde políticamente,

lo que por otra parte es bastante

lógico. Cualquier manual de política

va a indicar que una población

aterrorizada y con la moral por el

piso no tiende a responder positivamente

y más bien tiende a expresar

su angustia en las urnas castigando

al gobierno de turno. Pero el gobierno

de Alberto Fernández insistió

18 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


con esa narrativa hasta pocos días

antes de las elecciones del pasado

domingo 12 de septiembre, tan solo

para comprobar que la estrategia

no era idónea. Narrativa sanitaria

a ultranza e ideología de género

hasta en la sopa, como suele decirse,

he ahí la fórmula del gobierno

del Frente de Todos con el concurso

decisivo del kirchnerismo para

intentar contener en casi dos años a

una sociedad en la que la mitad es

pobre, buena parte de la otra mitad

teme llegar a serlo y 3 de cada 4

niños en el Gran Buenos Aires no

comen todos los días. Eso no podía

funcionar.

Ahora bien, ¿por qué? ¿Se habrán

equivocado los estrategas del Frente

de Todos y las cabezas iluminadas

del kirchnerismo vanguardista?

Es poco probable. Lo que se hizo

hasta aquí y aparece frente a los

ojos del observador como un cúmulo

de errores puede ser más bien el

resultado de la mutación kirchnerista

antes descrita y eso por una

sencilla razón: al girar del peronismo

a la izquierda progresista y

socialdemócrata, el kirchnerismo

debió necesariamente abandonar

la lucha contra el poder real de las

corporaciones globales y sus socios

locales. Y eso no puede ser sin un

cambio radical en la praxis y en el

discurso. Si no se puede luchar contra

el poder, entonces no se puede

hablar de esa lucha y mucho menos

del propio poder. Y por eso hay que

hablar de otra cosa.

Toda fuerza política necesita un

discurso, consignas firmes y certezas,

así funciona la política moderna.

Y si el kirchnerismo en algún

momento de su desarrollo y mutación

debió abandonar la afirmación

de “pueblos o corporaciones” que

había orientado la praxis militante

en el pasado, es lógico que debió en

el mismo acto reemplazar todo eso

por otra cosa. Es ahí donde aparece

la ideología de izquierda progresista

como manera de desviar la

atención de la militancia y, a la vez,

reorientarla de cara a la nueva realidad.

Para ser una fuerza política

de izquierda progresista, en suma,

el kirchnerismo tuvo que abandonar

su prédica revolucionaria inspirada

en el peronismo y al mismo tiempo

tuvo que empezar a hacer un discurso

totalmente nuevo.

Ese cambio se dio de modo paulatino

y los militantes fueron como

una rana en una olla de agua fría

puesta sobre una hornalla encendida.

En un principio, con la prestidigitación

discursiva fue haciéndose

la doble hermenéutica sobre una

serie de significantes, vaciándolos

de sentido y volviendo a llenarlos

con otra cosa. Por ejemplo, la

justicia social que es un clásico del

peronismo y estuvo muy presente

como un faro durante la década

ganada fue mutando en “ampliación

de derechos” y nadie en ese

momento se percató del truco. Más

tarde, esa “ampliación de derechos”

se asoció al aborto o a la

posibilidad de que un transexual se

presente en sociedad con un documento

que refleje su autopercepción,

etc. Es decir, la justicia social

dejó de ser el avance progresivo

sobre la desigualdad en un sentido

económico y pasó a ser la garantía

de derechos individuales para una

pequeña minoría de la población. El

kirchnerismo dejó de representar a

las clases populares trabajadoras

y medias y pasó a representar a las

minorías identitarias que se definen

por razones de moral sexual o racial

y no por su posición económica real

en la sociedad.

Eso fue exactamente lo que ya

había hecho la izquierda después

de la caída del Muro de Berlín, la

implosión de la Unión Soviética y de

todo el campo socialista en el Este.

Imposibilitada de seguir luchando

por el socialismo marxista que

La imagen de la fiesta de Olivos en plena cuarentena, una bomba sobre la credibilidad

del gobierno. Mientras imponía el encierro y reventaba lo poco que había quedado de la

economía después de Macri, Alberto Fernández no respetó su propio decreto y demostró

con el cuerpo que la narrativa sanitaria a ultranza no era verdadera. Eso fue utilizado por la

oposición y los resultados están a la vista.

19 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Las marchas que durante el año 2020 fueron rápidamente calificadas por los operadores mediáticos del gobierno como “anticuarentena”,

aunque contaron con una mayoría exigiendo poder trabajar. El gobierno eligió descalificar a quienes protestaban, la economía se deterioró

por el largo parate y eso se hizo una bola de nieve que se expresó en las elecciones, lógicamente.

había orientado su praxis durante

décadas desde mediados del siglo

XIX, la izquierda tuvo que buscarse

una nueva razón de ser y la encontró

en la agenda de las minorías sexuales,

raciales, religiosas y toda una

serie de reivindicaciones que nada

tienen que ver con lo económico y,

por lo tanto, no constituyen ninguna

amenaza real a los privilegios de los

ricos. Ahí está el cómo la izquierda

dejó un día de ser revolucionaria y

pasó a ser funcional a los intereses

de las élites globales, de las corporaciones

y de las oligarquías locales

aquí en nuestra región. La izquierda

es identitaria desde hace ya tres

décadas y por ese mismo camino

va el kirchnerismo al abandonar la

doctrina peronista en la que había

nacido y al arrimarse a esa izquierda

que es identitaria y es políticamente

inocua, inofensiva frente al

poderoso.

Desde ese punto de vista puede

entenderse la pasividad kirchnerista

ante el desastre de la no gestión

de Alberto Fernández que finalmente

condujo a la catástrofe electoral.

No es que el kirchnerismo no sabía

que eso iba a terminar mal, siempre

lo supo y nunca pudo hacer nada

al respecto simplemente porque

su militancia ya está en otra. Mientras

Alberto Fernández siguiera la

agenda de la ideología de género y

de la narrativa sanitaria a ultranza

(que por otra parte es muy funcional

a la industria farmacéutica, como

se sabe), la militancia iba a seguir

dando su total apoyo y apenas

alguna crítica muy tímida, siempre

reprimida entre pares por los propios

militantes porque “no hay que

hacerle el juego a la derecha”. El

cachetazo electoral pone todo eso

al desnudo, pero no es ni mucho

menos garantía de que la militancia

kirchnerista comprenda la mutación

a la que fue inducida, sino

más bien todo lo contrario. Metida

entera en el delirio ideológico de la

sobreideologización tan típica de

la izquierda fanática e identitaria,

la militancia kirchnerista tiende a

redoblar la apuesta, a clasificar de

“fachos” a los que en estas elecciones

no votaron al Frente de Todos y

a la confrontación ideológica contra

los que no tienen ni quieren tener

ideología y solo votan de acuerdo

con su situación económica en cada

momento, votan con el bolsillo para

castigar al que atentó contra el

bolsillo.

De hecho, al momento de escribir

estas líneas, en C5N un referente

casi sagrado del kirchnerismo como

Víctor Hugo Morales apelaba a la

opinión de Jorge Alemán para hacer

el relato del avance de la derecha

en todo el mundo. ¿Qué fue eso?

20 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Fue Morales instruyendo a la militancia

a no dar un solo paso atrás,

a no reconocer la pésima gestión

de Alberto Fernández y a atribuir

la derrota electoral al avance de la

extrema derecha, de los fachos que

vienen degollando. Por lo tanto,

frente al avance del enemigo ideológico,

la militancia no tiende a

salir del frasco para hablar con los

vecinos de a pie y tratar de recomponer

el vínculo de alguna forma,

sino todo lo contrario. La militancia

tiende a ir al choque con los civiles

no ideologizados, a tildarlos de

“fachos”, “desclasados”, “antiderechos”

(esa maravilla discursiva de

la ideología de género que el kirchnerismo

hizo propia y usa de comodín

en cualquier partida) y todo

lo que ya se sabe. Y así es cómo la

militancia kirchnerista va a terminar

de enajenar al pueblo, lo va a poner

en frente y va a lograr que con más

furia ese pueblo castigue al gobierno

en las elecciones de noviembre

de este año.

La izquierda es una cosa contracultural,

se basa en una ideología

política que no tiene arraigo en la

cultura de las mayorías. Y por eso

siempre va a trastornar el modo de

vida de los pueblos y va a ser una

expresión electoral ínfima. La forma

en que la izquierda históricamente

se ha hecho con el poder en el Estado

es la de la revolución armada y

llevada a cabo por vanguardias decididas,

nunca por el voto popular.

El sistema dicho democrático de la

burguesía occidental que rige aquí

en las colonias de América no es el

juego para la izquierda, ahí pierde y

perderá siempre por las razones antes

enumeradas que son las del no

arraigo en la cultura de los pueblos.

¿Cuál podría ser entonces el destino

del kirchnerismo si este gira a la

izquierda, se aleja de la cultura de

la mayoría y empieza a representar

una agenda de minorías?

La pregunta es obviamente retórica

y la respuesta está en los resultados

de estas elecciones. Alejándose de

la cultura de las mayorías populares,

sobreideologizado y militando

una agenda políticamente de

minorías sexuales y raciales para

no molestar al poderoso ni hacer

los cambios que el pueblo exige, el

kirchnerismo pierde su esencia y se

dirige inexorablemente al fracaso.

Si no se sacude el yugo progresista

para volver a cuestionar al poder

fáctico de tipo económico, no

podrá representar los intereses de

la mayoría del pueblo argentino y

cosechará resultados electorales

cada vez más pobres hasta quedar

reducido a una expresión estrictamente

militante, sin votos entre las

mayorías no ideologizadas.

Esa es la descripción actual del

trotskismo y podrá ser la del kirchnerismo

si insiste en ofrecerle el DNI

no binario como toda respuesta a

una sociedad que no llega a fin de

mes y exige la resolución de la economía,

o si sigue hablando de los

protocolos y de prohibir en medio a

una realidad acuciante en la que el

pueblo necesita margen de maniobra

para respirar. La hora es ahora:

más allá de lo que hagan los dirigentes,

les toca a los militantes elegir

de qué lado de la historia van a

quedar. De no recuperar su memoria

peronista, el kirchnerismo va a

terminar militando a Sergio Massa,

a Rodríguez Larreta o a ambos, pero

con un discurso bien trotskista para

disimular. Aunque desde luego no

disimulará nada en absoluto porque

el pueblo sabe y entiende mucho

más de lo que pueden suponer esas

minorías militantes que se creen a

la vanguardia del mundo.

Una de las últimas expresiones del kirchnerismo peronista: la lucha contra los fondos

buitres en el marco de la consigna “pueblo o corporaciones”. Allí iba a empezar la mutación

progresista y hoy el kirchnerista no solo no lucha contra las élites globales —la sinarquía

internacional de la que hablaba Perón— sino que además tilda de “conspiranoico” al que

insiste en hacerlo. De hecho, las relaciones entre el fondo buitre BlackRock y el gobierno de

Alberto Fernández son carnales, al igual que la relaciones con otras corporaciones globales.

21 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


LA TRIBUNA DE ROSAS

Proveer a la defensa común

CÉSAR

MILANI

A

partir de la derrota en la

Guerra de Malvinas y la

restauración de la democracia

luego de la dictadura del

autodenominado Proceso de

Reorganización Nacional, las fuerzas

armadas argentinas perdieron

toda representación del interés de

la Nación por la soberanía territorial.

La degradación de las fuerzas

armadas, sin embargo, no comenzó

con Malvinas, sino que se trató

de un proceso paulatino iniciado

a partir de la llamada Revolución

Libertadora en 1955, que implicó

a lo largo de las décadas no solo la

desinversión en materia de defensa

sino y sobre todo el corrimiento de

las propias fuerzas hacia un interés

volcado a la política interna y,

posteriormente, el desprestigio que

siguió a la última dictadura militar.

Hacia comienzos de la década

de 1950 las fuerzas armadas bajo

el comando del presidente Juan

Domingo Perón se encontraban en

la cúspide de su desarrollo armamentístico,

doctrinario y disciplinario.

El despliegue de armas y de

disciplina que tenía lugar en los

desfiles organizados por las tres

fuerzas por aquellos años no tenían

qué envidiarles a los propios de

22 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


las armadas más poderosas del

mundo, propiedad de las potencias

centrales.

Pero eso no es todo. Lo más importante

es que desde la etapa de

conformación del Estado moderno

argentino hasta mediados del siglo

pasado existía no solo un interés

político en la cuestión de la defensa

—que se discutía en la agenda

pública de los sucesivos gobiernos—,

sino que la propia sociedad

argentina aprobaba la decisión

política de poner en valor a las

fuerzas armadas como garantía de

la gobernabilidad interna y de la

defensa de la soberanía nacional

ante amenazas exteriores.

Hoy en día, en cambio, a pesar de

los intentos de los jefes del Ejército

y de la labor acometida en las

últimas décadas como auxiliares

en situaciones de emergencia, las

fuerzas armadas acarrean consigo

el peso del descrédito producto de

la derrota militar de Malvinas, pero

sobre todo de la campaña antimilitarista

del progresismo argentino

posterior a la caída de la última

dictadura militar.

Pero ese sesgo “antimilico” que

prima entre la intelectualidad y buena

parte de la militancia política en

la actualidad, replicándose en la dirigencia

de derecha a izquierda del

arco político partidario, constituye

una relativa novedad que es preciso

revertir en el corto plazo si como

Nación nos proponemos sostener

la paz en la región. La Argentina es

un país extenso en territorio y rico

en recursos naturales que desde

hace casi dos siglos está sufriendo

la ocupación de parte de su territorio

por una potencia mundial (la

presencia de los británicos y de la

OTAN en nuestras Islas Malvinas y

en nuestro mar de un modo general)

capaz de aliarse tanto con la principal

economía del mundo como con

la armada más poderosa en caso de

creerlo conveniente.

La depredación del territorio tanto

en mar como en tierra es hoy un

hecho y la negación por parte del

arco político de las posibilidad de

conflicto constituye una postura

ideológica rayana en la sumisión

a los poderes foráneos, no meramente

estratégica, pues a todas

luces desde el punto de vista geopolítico

el territorio argentino permanece

en una zona caliente por

la confluencia de dos océanos, a la

vez que posee recursos que el futuro

cercano demandará, tales como el

agua potable, los hidrocarburos, el

litio y los alimentos.

Un siglo atrás —e incluso un siglo y

medio— la negación de un eventual

conflicto por parte de la dirigencia

política de la época era un sinsentido

y, por el contrario, existía un consenso

social en torno a la necesidad

de proveer a un ejército fuerte que

sirviera como reserva en caso de

invasión o amenaza a la seguridad

nacional.

Acaso por haber nacido al calor

de una serie de conflictos que se

inicia hacia 1806 con las invasiones

inglesas para seguir con las guerras

de independencia y las guerras

civiles, culminando en la derrota del

federalismo en Caseros, la Nación

argentina se gestó y creció bajo la

premisa de la necesidad de ubicar

la defensa como una de las prioridades

del Estado. Experiencias

como la Guerra de la Triple Alianza

demostraron a los sucesivos gobiernos

la urgencia de profesionalizar

a las fuerzas armadas, las que de

no haber contado con el auxilio del

ejército y la flota naval del entonces

imperio del Brasil se hubieran visto

diezmadas por las tropas para-

El General Juan Domingo Perón, en su uniforme militar y recibiendo los honores de militares.

Durante el primer peronismo las fuerzas armadas en Argentina transitaron el cénit de su desarrollo,

preparación y acceso al equipamiento idóneo. Luego del golpe de Estado de 1955

empezó una decadencia que viene acentuándose hasta los días de hoy sin dar signos de que

pueda revertirse.

23 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Imagen de la base militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en nuestras Islas Malvinas. La presencia del usurpador

inglés allí garantiza la ocupación de parte del territorio argentino por fuerzas armadas del imperialismo global.

guayas en el noreste argentino.

Otros conflictos, como la guerra

del Pacífico, ya en la década de

1880, tomaron un derrotero diferente

debido a la incipiente profesionalización

de las tropas argentinas

posterior a la Triple Alianza.

Contrafactual o no, es válido suponer

que fue la posibilidad de intervención

de Argentina en el conflicto,

en alianza con el ejército del Perú,

la que disuadió a los chilenos de

avanzar en su ofensiva, obligándolos

a sentarse a la mesa de las

negociaciones.

Hacia inicios del siglo pasado la

sociedad argentina dio el visto bueno

a la intervención de las fuerzas

armadas como agente pacificador

en un contexto de conflicto social

permanente que vendría a tener fin

con la llegada de Hipólito Yrigoyen

al poder, luego de la sanción

en 1912 de la Ley Sáenz Peña. La

década y media de los gobiernos

radicales (1916-1930) significó

entonces un salto de calidad para

unas fuerzas armadas que eran

consideradas por el público como

guardianas del orden social.

A pesar de la neutralidad del país

en los conflictos mundiales, fue

entre las décadas de 1920 y 1950

cuando tuvo lugar el mayor proceso

de profesionalización de las fuerzas,

con un aumento sustancial de

la incidencia de la política de defensa

en el presupuesto nacional, y la

creación de escuelas militares dedicadas

a la formación de oficiales de

las tres fuerzas, provistas además

de naves y aeronaves de industria

nacional.

Es a partir del golpe de Estado que

derrocó al presidente Perón cuando

se produce el viraje de las fuerzas

armadas hacia la política interna,

constituyendo a partir de esa fecha

un actor político-militar destinado

a proceder a la desperonización del

país. La rebelión de junio de 1956

demostró a la cúpula del gobierno

militar de Aramburu-Rojas que el

peronismo era un actor que había

permeado las fuerzas, con un

sesgo nacionalista que no coincidía

ideológicamente con la doctrina

que por entonces reinaba entre los

cuadros superiores.

Los golpes de Estado de 1962,

1966 y 1976 constituyeron la demostración

de ese vuelco del partido

militar hacia la política interna,

pero paradójicamente los gobiernos/dictaduras

militares no contribuyeron

a la modernización de las

fuerzas ni incrementaron el nivel de

inversión en materia de defensa.

Es que la defensa fue abandonada

como un fin en sí mismo para dar

paso a las ambiciones políticas de

los jefes militares por fuera de las

funciones naturales de todo ejército

nacional. El alineamiento de las

fuerzas armadas con los designios

del poder mundial, Estados Unidos

a la cabeza, cuyo exponente más

visible lo constituyó el Plan Cóndor

—que instauró dictaduras militares

en toda la región, cada una dependiente

de Washington— da cuenta de

24 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


que el abandono de la política de

defensa en la Argentina no fue casual,

sino que respondió a un plan

político cuidadosamente diseñado.

Pero así se llega a Malvinas con

unas tropas mal equipadas y armamento

anticuado, carentes de mochilas

y de abrigos esenciales para

desenvolverse en el teatro de operaciones

de las islas, peleando ante

uno de los ejércitos más poderosos

del mundo, el de Gran Bretaña. La

destreza de los pilotos argentinos y

el coraje de los soldados que resistieron

los embates del enemigo no

fueron suficientes contra oficiales

mejor entrenados y sobre todo con

una calidad armamentística superior,

que además contaban con el

respaldo de los Estados Unidos y

Chile.

El error de cálculo de la dictadura

de Galtieri al suponer que los Estados

Unidos pelearían de su lado

o mínimamente no intervendrían

para apoyar a su aliado natural en

la OTAN precipitó la caída de un gobierno

militar debilitado que dejaba

tras de sí a seiscientos cincuenta

combatientes caídos en las islas,

más un número indefinido de soldados

que se quitaron la vida con el

correr de los años y aceleró el fin de

una dictadura que cargaba con el

peso de miles de desaparecidos.

¿Qué sucedió a partir de la

restauración de la democracia?

A casi cuarenta años de la caída

de aquella dictadura, las fuerzas

armadas jamás han recuperado

no solo la capacidad de fuego que

supieron tener hace setenta años,

sino que además desde las usinas

de formación de opinión ha surgido

una mentalidad antimilitarista

que impide en la actualidad toda

discusión seria de la política de

defensa. Pensar que los oficiales e

incluso los jefes de las fuerzas que

comandan hoy son herederos de

las fuerzas armadas que atentaron

contra la democracia y dispararon

contra el pueblo argentino solo

puede responder a la ingenuidad o

a la mala intención.

Sea como fuere, las sucesivas

purgas, incluso los juicios de lesa

humanidad, todos los intentos

por retomar la senda del Ejército

que dejó Juan Domingo Perón han

resultado ocultados u opacados a lo

largo de cuarenta años, impidiendo

que el país retome la causa por la

soberanía y establezca entre sus

prioridades la defensa nacional. Los

intentos por reequipar a las fuerzas,

por retomar una doctrina nacional

que fije como horizonte de las fuerzas

armadas la defensa de nuestro

territorio parecieran inocuas ante

los intentos denodados de determinados

sectores por perseguir y

deslegitimar toda acción política

que huela mínimamente a política

de militarización.

Hoy en día pensar en la defensa

nacional es políticamente incorrecto.

Será acaso por eso que la

dirigencia política es esquiva ante

cualquier propuesta de fortalecer

las fuerzas armadas como garantía

de la soberanía nacional, cuanto

menos a través de una política

disuasoria de las amenazas externas,

que son un hecho.

Pero en el estado de cosas en que

nos encontramos no nos diferenciamos

demasiado de aquel 1806,

cuando la defensa del territorio la

debió llevar adelante un pueblo que

no quiso someterse ante los poderes

extranjeros. El conflicto es inminente,

es inevitable y va a llegar.

Dependerá de dar la discusión por

la defensa nacional si el enemigo se

encontrará con un ejército capaz de

dar pelea, o con un grupo de valientes

condenados a dar la vida por la

patria armados con palos y piedras.

Los golpes de Estado de 1955, 1962, 1966 y 1976 contribuyeron al proceso de destrucción

de las fuerzas armadas como garantía de la defensa nacional. Con el poder político en

manos de militares apátridas, sometidos al poder foráneo, las armas pasaron a utilizarse en

la represión fronteras adentro y fueron perdiendo su utilidad original de defensa de la soberanía

contra amenazas externas. Con el retorno de la democracia en 1983 la instalación de

la narrativa “antimilico” fue el golpe final sobre el proyecto de dotar a la Argentina de unas

fuerzas armadas patriotas y volcadas enteramente a proveer a la defensa común.

25 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


CONTENIDO EXCLUSIVO

Causas y

consecuencias

de una derrota

ERICO

VALADARES

En su obra cumbre sobre la

disciplina militar De la guerra,

tal vez uno de los libros en su

esencia menos comprendidos

de la historia por los civiles, el

militar e historiador prusiano Carl

von Clausewitz afirma sin ningún

cinismo que “la guerra es la continuación

de la política por otros

medios”. Esta afirmación es interesante

para comprender los intereses

políticos, fundamentalmente

económicos, que existen detrás de

todo conflicto armado allí donde el

consenso se vuelve imposible y no

hay alternativa para la resolución

del orden social en un determinado

tiempo y lugar. Cuando la política

es insuficiente para equilibrar los

intereses en pugna, lo que ocurre es

la deflagración de la guerra como

método para alcanzar un nuevo

equilibrio por la fuerza y mediante la

destrucción o la sumisión de una de

las partes renuentes. Así es como la

guerra va a continuar lógicamente

la política por otros medios en las

26 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


categorías de Carl von Clausewitz,

lo que por otra parte permite concluir

lo opuesto y afirmar también

que la política es la continuación de

la guerra por otros medios. Y, por lo

tanto, que la derrota en la política

tiene consecuencias nefastas como

si se tratara efectivamente de la

guerra.

El que tiene la desgracia de caer

derrotado en la política va a tener

el destino de la destrucción o de

la sumisión. Eso es verificable en

toda la historia de la humanidad,

en cada momento de la historia en

el que una parcialidad fue políticamente

derrotada y sufrió esas consecuencias

nefastas. Atropellados

los intereses del bando derrotado,

perseguidos sus partidarios por el

enemigo encumbrado en el poder,

destruidos sus símbolos, todas

consecuencias de la derrota en la

política, en esta continuación de la

guerra por otros medios. La política

argentina no es ni podría ser ajena a

esa regla universal y mucho menos

tratándose de un país en el que la

pasión suele estar por encima de

la razón y la lucha política es movida

casi siempre por el odio al que

piensa distinto. Perder en la política

argentina es nefasto como podría

27 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


El general Carl von Clausewitz, autor de la definición de la guerra como continuación de la

política por otros medios. De un modo lógico, puede invertirse la proposición de este militar

e historiador prusiano para afirmar que la política también es la continuación de la guerra

por otros medios, puesto que todos los caracteres de lo bélico y sus consecuencias en la

derrota están presentes en la política.

serlo en cualquier parte, pero con

el agregado de la saña que suele

desatarse contra el derrotado por

parte de quienes triunfan coyunturalmente

muchas veces con la sola

finalidad de obtener venganza.

Nada de ello puede estar ausente

del análisis de los resultados de las

últimas elecciones primarias realizadas

el pasado 12 de septiembre,

aunque desde luego la primarias

abiertas, simultáneas y obligatorias

(PASO) realmente no definen nada

más que la composición de las listas

de cara a las elecciones generales

y algo de la tendencia del voto.

Las PASO son como una encuesta

muy fiable, concreta, pero tienen

poca utilidad fuera de eso para las

fuerzas políticas que no definen en

ellas sus internas. Este es el caso

del Frente de Todos, la coalición

oficialista derrotada en estas PASO

del 12 de septiembre cuyas tensiones

internas se resuelven —mal, por

cierto— en las mesas chicas donde

las listas electorales se digitan por

quien tiene en sus manos la lapicera.

Salvo en alguna provincia, el

Frente de Todos presentó listas únicas

en todas partes, lo que significa

la inutilidad de las PASO en términos

más bien prácticos. Así y todo,

la derrota en la provincia de Buenos

Aires, la floja performance en

Capital Federal y una mala elección

de un modo general a nivel nacional

fueron para el gobierno de Alberto

Fernández un golpe durísimo que

se percibió como eso mismo, como

una derrota.

Toda derrota tiene sus nefastas

consecuencias, como veíamos. Y no

habría de ser diferente en este caso.

Una vez conocidos los resultados,

se desató en la coalición oficialista

una guerra fratricida en la que todas

las tensiones internas precariamente

contenidas estallaron con furia y

se vio la miseria. He ahí la primera

y la más evidente consecuencia de

la derrota del Frente de Todos en las

PASO, la exposición escandalosa

de miserias internas que podrían

haberse resuelto quizá un poco

mejor con la presentación de listas

múltiples en las que se expresaran

las opiniones disidentes hacia el

interior de la coalición. No se sabe

si eso iba a ser así, es materia de

especulación contrafáctica el suponer

qué pudo haber pasado en caso

de hacer las cosas de otro modo. Lo

único concreto es que el conflicto

expuesto es la primera consecuencia

de la derrota y también la más

visible.

Algo así había pasado ya en otras

elecciones primarias, las del año

2019. Derrotado duramente por

el propio Frente de Todos, que era

entonces naciente, Mauricio Macri

se mostró descontrolado frente a la

opinión pública y a esa exposición

de miserias se siguió una semana

de furia en la coalición que en ese

momento tenía el poder político

en el Estado. Luego las cosas se

calmaron, Macri asumió otra vez

el comando de la campaña y pudo

remontar una buena parte de la

diferencia de cara a las elecciones

generales de octubre de aquel año,

aunque no le alcanzó para revertir

la situación y su derrota electoral

se confirmó. Pese a la saña de los

militantes del Frente de Todos,

las consecuencias para Macri y su

banda se limitaron al mal trago

del resultado de las elecciones.

Sobre los saqueadores de miles

28 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


de millones de dólares no cayó la

Justicia y más allá de despedirse de

la botonera estatal, lo único que le

pasó a Macri fue tener que irse de

vacaciones durante un año, tan solo

para volver descansado y remozado

a la carga otra vez. No fueron tales

las consecuencias nefastas de la

derrota para un régimen antipopular

y antinacional que desde luego

debió haber sido duramente castigado

por sus acciones y omisiones

en la gestión de lo público, pero los

ganadores no pudieron, no supieron

o no quisieron castigar al perdedor.

Ese es un error, perdonarle la vida

al que cae derrotado no es una

cosa recomendable en la guerra,

aunque eso debería discutirse en

otra parte. Lo que aquí nos interesa

es saber que probablemente los

mayores interesados en el resultado

electoral, los pueblos, no salgamos

indemnes de la derrota del Frente

de Todos en caso de confirmarse

esta en las generales de noviembre

de este año. Si la alianza que alguna

vez se llamó Cambiemos, luego

Juntos por el Cambio y ahora se

hace llamar simplemente Juntos se

hace con el control del Parlamento

o mínimamente deja al gobierno sin

dicho control, lo que veremos en los

próximos dos años será un gobierno

paralizado u obligado a gobernar

por decreto, lo que es más o menos

lo mismo en el esquema dicho

republicano. Y las consecuencias de

esa parálisis institucional va a traducirse

en la calidad de la gestión

política, impactando directamente

sobre las condiciones objetivas de

existencia de las mayorías populares.

Aunque podrá haber una vendetta

jurídica sobre ciertos dirigentes

del Frente de Todos, allí donde el

enemigo no perdona, lo más probable

es que las consecuencias de la

derrota las vayan a sentir los que no

están directamente involucrados en

la lucha por el poder en el Estado.

Esa es la enorme mayoría de civiles

no militantes y mucho menos dirigentes,

el pueblo en su conjunto.

Al ser derrotado en las primarias

de agosto de 2019, Mauricio Macri

descargó su furia sobre los trabajadores

y la clase media autorizando

una brusca devaluación de la moneda

nacional y otras maldades a

modo de castigo “por haber votado

mal”. El gobierno de Macri termina

en agosto de 2019 de hecho y todo

lo que vino después de eso fue una

simulación de gobierno en transición

en la que el pueblo fue expuesto

a las consecuencias nefastas de

la derrota.

Causas

Alberto Fernández asumió la presidencia

de la Nación a principios

de diciembre de 2019 en medio a

mucha expectativa por parte de un

pueblo que venía de cuatro años de

saqueo y ajuste brutales. Golpeado

duramente por Macri, el pueblo

puso en Fernández su esperanza

de tiempos mejores que finalmente

nunca llegaron. No solo no hubo

justicia para los que habían maltratado

al pueblo, sino que tampoco

hubo reparación del daño. En casi

dos años de gobierno del Frente de

Todos es seguro decir hoy que hay

más de continuidad que de ruptura

entre el derrotado Mauricio Macri

en 2019 y el gobierno que lo sucedió.

Y aquí, más allá de las nefastas

consecuencias de la derrota, es

donde empieza a hablarse de las

causas no menos nefastas de la

derrota posterior. Macri hizo un

gobierno criminal y por eso perdió

las elecciones; Fernández hace la

continuación del gobierno de Macri

en muchos aspectos —sobre todo

en el económico, que es el más

Mauricio Macri, la furia y el descontrol tras la derrota en las PASO del año 2019. Macri hizo

todo un gobierno a espaldas de las mayorías populares y creyó que el blindaje mediático iba

a ser suficiente para que el pueblo lo favoreciera igualmente con su voto, cosa que evidentemente

no ocurrió.

29 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Al momento de asumir el mandato en diciembre de 2019, había sobre Alberto Fernández una enorme expectativa incluso entre los que por

distintas razones no habían votado al Frente de Todos. Esas expectativas fueron ilusiones y se desvanecieron con el correr de los meses hasta

resultar en un gobierno desacreditado que aún no llega a cumplir la mitad del mandato obtenido en las urnas.

importante de todos— y se dirige a

la derrota electoral.

Toda la comprensión de este hecho

empieza al hallarse la respuesta al

siguiente interrogante: ¿Por qué en

las elecciones del año 2019 el pueblo

le dio la espalda a un presidente

que buscaba la reelección y optó,

en cambio, por darle una segunda

oportunidad a la fuerza política

que ya había sido derrotada cuatro

años antes por el voto de ese mismo

pueblo? Cristina Fernández tiene un

rechazo en la opinión pública que

no baja del orden de los 70% y aun

así logró ser electa vicepresidente

sobre la fórmula cuyo candidato

buscaba revalidar su mandato, algo

que suele ser más bien un trámite

para cualquier oficialismo. ¿Y por

qué? Porque desde el punto de vista

de las clases populares medias

y trabajadoras Macri gobernó muy

mal, no hizo nada de lo que demagógicamente

le había prometido al

pueblo o hizo directamente todo lo

opuesto. En una palabra, la causa

de la derrota de Macri es solo su

pésima gestión de los intereses de

las mayorías. De haber hecho un gobierno

apenas mediocre, Macri no

habría tenido problemas en hacerse

reelegir. Pero ni a eso llegó.

Lo mismo está ocurriendo ahora

con el gobierno del presidente Alberto

Fernández, del que su vicepresidenta

por momentos parecería

querer desmarcarse y, por otros, parecería

tratar de apuntalar. Con una

gestión de la economía en la que se

mantuvo la inflación en los mismos

niveles del gobierno anterior y se

hizo aun más cuesta arriba la vida

de las mayorías, Alberto Fernández

fue castigado en las urnas en

las PASO de septiembre y todavía

no se ve cómo podría remontar la

situación. Las consecuencias de la

derrota del Frente de Todos seguramente

serán nefastas para el pueblo

argentino y quizá también para

algunos de sus dirigentes, pero no

menos nefastas son las causas.

En primer lugar está lo que se venía

anunciando, el fracaso en el terreno

de la economía. Se suele decir que

el argentino vota con el bolsillo,

lo que constituye una monumental

zoncera y no por lo que afirma,

sino por la caracterización: todo

el mundo y en todas partes vota

mayormente con el bolsillo, no solo

el argentino. El éxito o el fracaso de

la gestión económica en el Estado

siempre serán determinantes de

las condiciones objetivas de existencia

de las mayorías populares,

lo que dicho de otro modo significa

que la gente de a pie vive mejor o

30 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


vive peor según la capacidad de los

dirigentes a la hora de elaborar un

plan económico y de llevarlo a cabo.

Claro que en los países dichos de

“primer mundo” la estabilidad

de pactos de gobernabilidad muy

viejos entre las fuerzas políticas

en pugna se traduce en poca novedad

cuando el gobierno cambia

de manos y económicamente todo

está casi siempre igual o con poca

variación coyuntural. No es lo que

ocurre en Argentina, donde cada

cambio de gobierno es un volantazo

perfecto y un volver a empezar de

cero con un nuevo plan económico,

por lo que la percepción de que el

argentino vota con el bolsillo es muy

potente.

Durante el gobierno de Macri el

plan económico estuvo basado

en el endeudamiento y luego en

el ajuste y en la devaluación de la

moneda. A grandísimos rasgos, por

una parte se cargó sobre el pueblo

la totalidad del costo del Estado

con aumentos desmedidos en las

tarifas de los servicios públicos,

en los impuestos dirigidos a los

sectores menos favorecidos de la

sociedad —sobre todo el impuesto

inflacionario, que es parte del plan

y de ninguna forma un accidente—,

con la desvalorización del poder

adquisitivo real de los salarios mediante

la devaluación de la moneda

nacional y, en fin, con la transferencia

regresiva de ingresos desde los

más pobres hacia los más ricos, lo

que hizo disparar no solo los indicadores

de pobreza sino también la

desigualdad social. Por otra parte,

como todo ese ajuste nunca fue suficiente

para equilibrar los números

de la macroeconomía, Macri recurrió

al mecanismo del empréstito

extranjero para dejar una economía

nacional destrozada y además un

país profundamente endeudado de

cara al futuro en el mediano plazo.

De un modo general, la gente de a

pie no comprende muy bien los tejemanejes

de la economía más que

por el sencillo método de observar

sus resultados prácticos. Cuando

el ingreso de las clases populares

trabajadoras y medias alcanza

cada vez menos para sostener un

determinado nivel de consumo al

que esas clases se habían acostumbrado

en un periodo anterior, existe

la percepción de que la economía

anda más allá de los rimbombantes

anuncios del “equipo económico”

(los burócratas del Ministerio de

Economía en cada gobierno) de los

avances hacia el equilibrio de las

cuentas públicas, el superávit fiscal

y todo ese enmarañado de cuestiones

que se comunican precisamente

para que nadie las entienda.

Los economistas hablan adrede en

“economés”, esa categoría que el

sentido común popular de Brasil

creó para hacer la descripción del

idioma que los economistas hablan

cuando no quieren que se les

entienda lo que dicen porque son

pálidas.

Pero nuestro Raúl Scalabrini Ortiz

dijo alguna vez que la economía

es una cosa sencilla de entender,

que basta con saber restar y sumar

y que, finalmente, cuando uno no

entiende algo lo que debe hacer

es preguntar y repreguntar hasta

entenderlo. Y si aun así no logra

comprender de qué se trata, es que

los economistas están hablando

en “economés” para engañar al

pueblo. El pueblo entiende lo que

pasa en la simple observación de

los resultados prácticos de un plan

económico, de modo que si los precios

suben respecto a los salarios,

Martín Guzmán, el ministro de la “sarasa” que lleva a cabo el plan económico del Fondo

Monetario Internacional y entierra al gobierno frente a la opinión pública. De volver a poner

el asado en la mesa de los argentinos a priorizar el superávit fiscal para pagar la deuda con

el sacrificio del pueblo. Guzmán es uno de los principales responsables por la derrota del

Frente de Todos, aunque mantenga un perfil político bien bajo y no esté muy visible.

31 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


es que el poder adquisitivo real está

bajando y un plan económico está

fracasando en su objetivo declarado

de mejorar las condiciones de existencia

de las mayorías. Eso percibió

el pueblo argentino al hacer el balance

del gobierno de Mauricio Macri

y por eso votó a otro, por considerar

que Macri había fracasado en

el manejo de la economía nacional.

El pueblo sumó y restó, hizo caso

omiso del discurso en “economés”

de los “técnicos” que se las saben

lunga y dictó sentencia.

Pues bien, algo parecido le pasa

hoy al gobierno de Fernández en el

manejo de la economía nacional.

Más allá de un muy refinado Martín

Guzmán que habla con muy buenos

modales solo para que nadie

entienda lo que dice en término de

déficits y superávits, la verdad es

que desde diciembre de 2019 el

poder adquisitivo del ingreso de las

mayorías viene cuesta abajo en una

velocidad no registrada ni siquiera

durante el gobierno de Macri, esto

es, el actual gobierno implementa

un plan económico en continuidad

respecto al del gobierno anterior

y cosecha resultados aun peores,

acaso por enfrentarse a condiciones

que Macri no tuvo como el

coronavirus y la bota del Fondo

Monetario Internacional sobre la

cabeza. A nadie se le escapa que el

salario actual alcanza para adquirir

una fracción de lo que se podía

comprar al asumir el gobierno del

Frente de Todos y eso solo puede

significar que el plan económico

está fracasando miserablemente.

Aquí junto a una Cristina Fernández con cara de pocos amigos, Alberto Fernández da explicaciones

en el melancólico acto posterior a las PASO del 12 de septiembre. El cimbronazo

se hizo sentir sobre el gobierno y mucho más sobre el Frente de Todos.

Y, en consecuencia, el pueblo vota

a otro aunque eso signifique tener

que votar al anterior fracaso, puesto

que las opciones electorales son

limitadas, son controladas y nadie

sabe muy bien cómo se sale de una

hegemonía.

Un malestar agregado

Por eso es correcto decir que el

argentino vota con el bolsillo, pero

haciendo la salvedad de que no

solo el argentino lo hace. En todas

partes el pueblo castigará electoralmente

a un gobierno al que

considere fracasado en el manejo

de la economía nacional porque ese

fracaso se traduce en una merma

en la calidad de vida, no hay realmente

ningún misterio en ello. Pero

el problema está lejos de reducirse

a la crítica del plan económico, la

que por otra parte el pueblo no hace

más que con criterios prácticos.

El problema es mayor porque la

disminución de la calidad de vida

general trae aparejada una insatisfacción

permanente que luego

va a expresarse en cosas que, de

haber estado el país en mejores

condiciones en lo que respecta a

la cuestión de pesos y centavos, no

habrían tenido mayor importancia.

Cuando el ciudadano común siente

que lo están empobreciendo y sin

saber muy bien cómo manifestar su

insatisfacción en los términos de

una ciencia económica cuya teoría

desconoce, lo que tiende a hacer es

literalmente agarrarse de cualquier

otra cosa para expresar su malestar.

Y aquí empiezan los problemas que

parecerían ser secundarios, pero

terminan teniendo una magnitud

descomunal.

A poco de andar el gobierno de

Frente de Todos se anunció a nivel

global la llamada pandemia del coronavirus.

Y si bien el primer reflejo

32 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


El primer ministro de Salud del gobierno de Alberto Fernández, Ginés González García, optó por el “negacionismo” y luego por el giro brusco

hacia la narrativa sanitaria a ultranza en el caso del coronavirus. Siempre moviéndose entre extremos, el gobierno no logra dar con el equilibrio

que las mayorías populares esperan para sentir que existe el orden.

del entonces ministro de Salud de

la Nación Ginés González García

fue el restarle importancia a la cosa

y el de hacer aquello que hoy los

repetidores de consignas gustan

de llamar “negacionismo”, Alberto

Fernández fue asesorado para

entender que estaba frente a una

oportunidad dorada de elevar sus

niveles de aprobación frente a la

opinión pública. Así nació la narrativa

sanitaria en su versión argentina,

la que consistió desde un primer

momento en bombardear a la

sociedad con una intensa campaña

mediática de terror para, con la otra

mano, ofrecerle la salvación. El virus

venía a diezmar la población, pero

en Argentina no había nada que

temer pues había un Estado presente

y desde ese lugar el gobierno iba

a cuidarnos a todos del contagio, de

la muerte, etc.

En los primeros meses desde el

inicio del otoño y hasta mediados

del invierno de 2020 esa narrativa

sanitaria fue todo un éxito. Sin

hacer demasiados méritos, Alberto

Fernández vio cómo su imagen positiva

trepaba hasta rondar los 80%,

números insólitos para el régimen

dicho democrático de múltiple

representación. Con la narrativa

sanitaria Fernández se convirtió en

un verdadero salvador de la patria

en un sentido muy estricto, tuvo

todo el apoyo del pueblo argentino

para hacer las transformaciones

que estaban previstas en la plataforma

electoral del Frente de Todos

y no las hizo, simplemente dejó

pasar la oportunidad. Fernández se

sentó sobre su enorme popularidad,

creyendo que esta iba a permanecer

inalterada para siempre.

Eso no ocurrió. En el tiempo, una

parte de la población empezó a

perderle miedo al virus, mientras

que otra parte sentía el impacto del

parate económico ocasionado por

las medidas draconianas de control

impuestas por el Estado. En vez de

responder a ello con la flexibilización

de las restricciones para que

fundamentalmente los trabajadores

informales —una gran parte de la

fuerza laboral real en nuestro país—

respiraran y sin tener a disposición

los fondos para subsidiar el “quedate

en casa”, Alberto Fernández

vio cómo a partir de julio de 2020

su aprobación decrecía entre la

opinión pública. Con un ministro

de Economía impuesto por el Fondo

Monetario Internacional que se

sentó sobre la caja y no permitió extender

la ayuda a los que no podían

salir a ganarse el pan, el presidente

Fernández se vio en una encerrona:

¿Hacer la negación de la narrativa

sanitaria a ultranza que él mismo

había instalado con la ayuda del

33 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


La famosa “foto de Olivos”, detonante de una crisis. Si bien el pueblo no leyó lo que hay en

el fondo de este símbolo y es la escasa preocupación personal de los que en público dicen

estar muy preocupados, la percepción de una enorme hipocresía resultó ser un golpe muy

duro al gobierno pues sintetizó todo el malestar acumulado en una sola expresión.

aparato mediático en su totalidad o

persistir en ello, aun a sabiendas de

que eso iba a generar cada vez más

descontento entre la población a

medida que avanzara la pobreza?

Fernández optó por esto último e

instruyó a sus operadores en los

medios para que tildaran de “anticuarentena”

a todo aquel que se

mostrara disconforme con las restricciones

a la circulación en nombre

de lo sanitario, lo que no hizo

más que incrementar la irritación de

quienes se veían ahorcados por la

imposibilidad de trabajar. “Además

de prohibirme el trabajo y de no darme

nada para subsistir, me acusa

de algo que no soy”, pensó el que ya

a mediados del 2020 marchó para

protestar. Y allí se formó el primer

núcleo opositor a Alberto Fernández,

aún sin representación política.

Buena parte de estos votaron más

tarde a Javier Milei en Capital Federal

y a alternativas dichas “libertarias”

en el resto del país. El albertismo

creaba en un acto al mileiísmo.

Muchos meses después, ya en

víspera de las elecciones primarias,

la revelación de una foto tomada en

el cumpleaños de la primera dama

Fabiola Yáñez caería como una

bomba sobre la narrativa sanitaria

de Fernández. En el momento

aparentemente más crítico de las

restricciones a la circulación (invierno

de 2020) y mientras los medios

afirmaban que salir a la calle era lo

equivalente a exponerse a la muerte

segura, el presidente Fernández

hacía en la Quinta de Olivos reuniones

sociales sin respetar ninguna

de las normas impuestas por su

gobierno a la ciudadanía: distancia

social, barbijos, prohibición a las reuniones

en espacios cerrados, todo

directamente ignorado por Alberto

Fernández en los festejos del cumpleaños

de su señora. Claro que

una lectura más fina daría como

resultado el que ni Fernández ni

sus allegados creían entonces en la

peligrosidad de lo que ellos mismos

anunciaban como apocalíptico,

pero el pueblo no llegó a esa conclusión

y sigue hasta hoy temiendo

al virus. Lo que el pueblo vio a partir

de la operación de la foto de Olivos

fue hipocresía, fue un presidente

incumpliendo las normas dictadas

por él mismo para todos los demás.

Con la narrativa sanitaria a ultranza

el gobierno de Fernández

se metió en camisa de once varas,

como suele decir el sentido común

popular, a punto de tener que hacer

hoy y en frontal contradicción con lo

que venía sosteniendo aperturas de

emergencia como una consecuencia

de la derrota. Apaleado en las

urnas y habiendo caído en desgracia

su narrativa sanitaria, Fernández

distribuye libertades como quien reparte

dádivas, rozando el “negacionismo”

inicial de González García y

volviendo así a la postura original

del gobierno frente al coronavirus.

Incapaz de encontrar en varios

meses el equilibrio entre el cuidado

de la economía popular y las medidas

de prevención de la salud que

en mayor o en menor medida existieron

en todo el mundo, oscilando

entre extremos, Fernández pasó

del “negacionismo” al abuso de la

narrativa sanitaria, tan solo para

volver al “negacionismo” luego de la

derrota electoral. El gobierno nunca

entendió que el pueblo no quiso, no

quiere ni suele querer ningún extremo,

que solo desea el equilibrio.

Hasta mediados de este año el

gobierno de Alberto Fernández no

atinó a responder más que “sigamos

cuidándonos” frente a las

demandas de un pueblo en harapos

que ya venía golpeado por el ajuste

de Mauricio Macri. Con la narrativa

sanitaria se quiso tapar todos los

baches, se les instruyó a los operadores

mediáticos a hablar perma-

34 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


nentemente del coronavirus para

no dar cuenta en los medios de la

catástrofe económica cuyos números

nos muestran hoy alrededor de

un 50% de la población nacional

por debajo de la línea de pobreza,

una inflación anual superior a la

verificada en los peores momentos

del macrismo y 3 de cada 4 chicos

en el Gran Buenos Aires que no

comen todos los días, entre muchas

otras desgracias. En esa ocultación

de la realidad se insistió hasta las

elecciones, con la esperanza de

que ignorando las estadísticas el

argentino no se percatara de la

espantosa situación económica, lo

que es un grave error por lo que ya

veíamos: la gente de a pie no mide

el éxito o el fracaso de una gestión

económica por índices y teorías que

no comprende, sino por el poder

adquisitivo real de su ingreso en un

supermercado real de la vida real.

Y eso es algo que ningún operador

extático como Gustavo Sylvestre y

su “ah, pero Macri” o Pablo Duggan

con su terrorismo sanitario y sus

relatos judiciales puede tapar.

Políticas para los pocos

porque están vacías ahora como

estuvieron entonces mucho más

allá de lo que digan en los medios

los que tienen la mentira por oficio.

Es difícil entender por qué se

cometen esos errores groseros en

la política sin apelar a la hipótesis

del pacto hegemónico y de la alternancia

controlada entre fuerzas que

simulan oponerse. Pero la hipótesis

no termina de corroborarse y lo único

que realmente está a la vista son

los hechos, los que bien observados

nos cuentan la historia de cómo una

alianza electoral gana las elecciones

y luego las pierde cometiendo el

error que había cometido la alianza

opositora anteriormente derrotada.

No se trata de tropezar dos veces

con la misma piedra, sino de algo

peor: se trata de tropezar con la

piedra que uno mismo había puesto

allí para que el otro tropezara. Las

narrativas mediáticas no tapan la

realidad, todos saben muy bien que

eso es así, lo saben por experiencia

práctica y, no obstante, todos

siguen optando por volcar el dinero

del contribuyente en la pauta oficial

para que los medios hagan una

narrativa falsificada que finalmente

no funciona. ¿Por qué?

Una vez más, es difícil entenderlo.

Lo que sí puede observarse es que

existe entre los gobiernos de Macri

y Fernández, además de una continuidad

de políticas económicas, un

enamoramiento común por la insistencia

ciega en ciertas narrativas.

En el caso de Macri esa insistencia

fue con el relato judicial de perseguir

y de encarcelar a los “corruptos”,

más bien a los que el propio

gobierno macrista sindicaba como

tales. Esa narrativa judicial fue la

fachada de una verdadera guerra judicial,

del famoso “lawfare” diseñado

por los servicios de inteligencia

Uno de los eslóganes de la campaña

del Frente de Todos para las

elecciones del 2019 fue el de “la

televisión miente, la heladera no”,

por lo que podemos desde ya concluir

que nadie en el gobierno pudo

haber realmente creído que si C5N,

TN y los demás medios no lo decían,

entonces el pueblo no iba a percibir

el hambre. ¿Y entonces por qué?

¿Por qué el gobierno de Alberto Fernández

apostó al blindaje mediático

pagado con ingentes cantidades de

dinero público invertido en pauta

estatal para hacer un relato disociado

de la realidad? Las heladeras

derrotaron a Macri y están derrotando

a Fernández, simplemente

Ingeniosa pieza de campana utilizada en las elecciones de 2017 y luego recuperada para

las de 2019. Aquí se ve la disyuntiva planteada entre el televisor (el relato mediático) y la

heladera (la realidad objetiva) como método para desentrañar la verdad. Alberto Fernández

ganó las elecciones con esta consigna y con la misma volvió a perderlas menos de dos años

más tarde.

35 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


del imperialismo occidental como

instrumento de persecución legal y

legalizado a opositores. El macrismo

insistió en eso y por momentos

dio la impresión de que creía poder

calmar a los insatisfechos encarcelando

a un dirigente opositor cada

tanto para hablar de “limpieza” en

la política. Esa insistencia en la narrativa

justiciera solo cesó cuando

Macri perdió las PASO de 2019 y su

gobierno se derrumbó.

Pero aquí hay un error de escala. El

relato judicial de meter presos a los

“corruptos” es una cosa que satisface

apenas a las minorías bien

alimentadas de las clases medias

superiores de la sociedad, es decir,

a una ínfima parte de la población.

Es imposible saber si Macri creyó

realmente que el pueblo iba a tolerar

el ajuste y el hambre a cambio

de ver cómo marchaba preso algún

dirigente opositor de vez en cuando,

pero lo cierto es que eso realmente

pasó, Macri “se enamoró” del relato

judicial e invirtió muchísimo en

ello, compró la voluntad de jueces

y fiscales con el dinero del pueblo

por todo el país. De manera análoga

y también con mucha inversión de

fondos públicos, Alberto Fernández

tuvo hasta las PASO de este año su

relato favorito con el que quizá haya

pensado en satisfacer ideológicamente

a las multitudes hambreadas:

la narrativa de la “ampliación

de derechos”, o lo que vulgarmente

se suele llamar ideología de género.

Aquí tiene lugar el mismo error de

escala antes descrito, allí donde lo

que se da en llamar “ampliación de

derechos” no es una política cuyos

resultados sean la elevación de las

condiciones objetivas de existencia

de las mayorías trabajadoras ni

mucho menos, sino el solo reconocimiento

simbólico de cuestiones

de moral sexual para pequeñas

minorías. Mientras mes a mes las

clases trabajadoras populares y

medias veían desplomar el poder

adquisitivo de sus ingresos familiares

en un plan económico de ajuste

diseñado por el FMI y ejecutado por

sus personeros criollos, el gobierno

de Alberto Fernández anunciaba

todos los días una nueva “ampliación

de derechos” para las minorías

por orientación sexual específica.

Así, un día se presentaba el “cupo

trans” y al otro día el “DNI no binario”,

entre otras delicias, pero

Junto a su abogado, Cristina Fernández aparece frente a la Justicia en uno de los tantos juicios orales a los que fue sometida durante el gobierno

de Mauricio Macri. Con el relato judicial “justiciero” Macri quiso satisfacer ideológicamente al pueblo mientras lo saqueaba y lo ajustaba,

pero ese relato era para el consumo de minorías bien alimentadas —sobreideologizadas— y no tuvo efecto entre las mayorías populares.

Alberto Fernández repite el mismo error, pero poniendo la ideología de género en lugar del relato judicial.

36 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


siempre dirigiéndose a quizá el 1%

o menos de la población total, a

los que pertenecen a las llamadas

“minorías disidentes”.

Esas minorías no son disidentes en

absoluto y, en realidad, apenas se

involucran en política para expresar

su ideología de género. Y además

son minorías muy chicas, son muy

pocos los que están interesados en

cambiar de sexo o ya lo hicieron y

desean que la sociedad los reconozca

en sus nuevas identidades.

Virtualmente el 99% de la población

no prioriza esas cuestiones,

una parte se opone a la ideología

de género y otra parte, mucho más

numerosa, directamente ignora el

asunto. Pero el gobierno del Frente

de Todos hizo caso omiso de esa

realidad a gritos, puso ideología de

género hasta en la sopa y así intentó

calmar la angustia del pueblo

hasta las elecciones del 12 de

septiembre. Fernández no pudo, no

supo o no quiso revertir el desastre

de Macri y entonces optó por dar

anuncios simbólicos que además

solo beneficiaban a muy poquitos.

El resultado fue catastrófico al

surgir en el horizonte las fuerzas

críticas poniendo de manifiesto el

hecho de que en un país en llamas

al gobierno solo se le ocurría otorgarle

el “documento no binario” a

algunos miles de individuos interesados

o a instituir un nuevo cupo

para lo que fuera. Cuando un sector

de la oposición expresó el delirio

inherente a eso, el pueblo empezó

a entender que Alberto Fernández

no tenía más que narrativa sanitaria

e ideología de género para ofrecer,

que en materia de pesos y centavos

el gobierno era absolutamente impotente.

Y eso finalmente suscitó el

enojo de muchos de los que habían

sido indiferentes, máxime al descubrirse

que al flamante Ministerio de

las Mujeres, Géneros y Diversidad

—el ministerio de la ideología de

Mientras la economía nacional arde y el pueblo trabajador se ajusta hasta niveles de privación,

el gobierno de Alberto Fernández anunció prácticamente todos los días una nueva

iniciativa basada en la ideología de género, un discurso orientado a satisfacer las demandas

del 1% o menos de la población. Y si bien eso fue bien recibido por la sociedad argentina de

un modo general y aceptado en la categoría de “ampliación de derechos”, con el tiempo fue

tornándose exasperante y resultó en un descrédito para el gobierno.

género— se le estaba adjudicando

la friolera de 1,3 billones de pesos,

o alrededor del 4,5% del producto

interno nacional para destinarse en

nimiedades orientadas a satisfacer

el gusto ideológico de unos pocos.

Era solo cuestión de tiempo para

que el electorado empezara a asociar

la catástrofe económica con los

gastos excesivos en un ministerio

que nadie supo nunca muy bien

para qué sirve. La tasa de homicidios

contra mujeres sigue inalterada

desde hace mucho tiempo,

no hay avances en ese sentido. Y

entonces la inutilidad del ministerio

de la ideología de género siempre

fue una obviedad ululante que estuvo

allí a la espera de ser descubierta

y usada como argumento contra

el gobierno de Alberto Fernández.

¿Se trató de un error, de un capricho,

de ambos o de ninguno de los

dos? Es imposible saberlo, aunque

sí están a la vista todos los resultados

de la debacle. Empezando por

el resultado electoral, por supuesto.

Es precisamente a partir de ese

resultado electoral donde se da el

cambio de gabinete en el que tanto

la narrativa sanitaria como la ideología

de género son arrojadas por la

ventana. Por una parte, se anuncia

el fin de las restricciones y se decreta

el fin de una pandemia que había

sido el caballito de batalla del gobierno

en un año y medio. Por otra,

se eleva a un militante antifeminista

a ultranza y del llamado “pañuelo

celeste” como Juan Manzur a la

Jefatura de Gabinete de ministros,

reduciendo en el proceso la cantidad

de mujeres en la plana mayor

del gobierno a solamente dos y

dejando a Elizabeth Gómez Alcorta,

la ministra de la ideología de género,

en una contradicción insalvable.

Tanto insistir en las políticas simbólicas

para las minorías, ganarse la

irritación de las mayorías y al final

claudicar miserablemente dejando

caer las dos banderas que habían

37 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Después de la derrota en las PASO, el gobierno dio un giro copernicano en el discurso a punto de negar frontalmente los que hasta allí habían

sido sus dos principales relatos: la narrativa sanitaria a ultranza y la ideología de género. El símbolo de la caída de esta última fue el ascenso

de Juan Manzur a la Jefatura de Gabinete, lo que puso a Elizabeth Gómez Alcorta y al propio gobierno en una contradicción insalvable.

sido sagradas para el gobierno hasta

las elecciones primarias de este

año. ¿Por qué?

Solo Alberto Fernández lo sabrá,

o quizá ni él lo sepa. Lo cierto es

que los cambios son a destiempo y

no podrían impactar positivamente

sobre el electorado, sino todo lo

contrario: lo que se ve es que las

minorías progresistas que hasta

aquí habían apoyado al gobierno

del Frente de Todos con fanatismo

empiezan a resquebrajarse, a

pelearse entre sus militantes y a

abandonar el barco. No se ganó

un solo voto de los que se oponían

a la narrativa sanitaria a ultranza,

todos estos ya decidieron su voto o

decidieron no votar, no van a acompañar

al gobierno que los encerró

durante meses para “salvar vidas”.

Y tampoco se ganó un solo voto

entre los que combaten la ideología

de género, por las mismas razones

y porque desde su punto de vista

Alberto Fernández ya quedó ubicado

de una vez y para siempre en el

lugar del enemigo ideológico. Solo

se pierde una parte del poco voto

que quedaba, el voto de los progresistas

bien comidos, de las minorías

militantes de la moral sexual y poco

más que eso.

La única lógica del cambio en el

gabinete y en toda la orientación

ideológica del gobierno de un modo

general es la apuesta a la bala de

plata del poder territorial, solo los

gobernadores y los intendentes

pueden revertir el resultado electoral

adverso en el territorio, yendo a

buscar a los que en septiembre no

votaron y persuadiendo a los que

sí lo hicieron a cambiar de opinión.

Desde el punto de vista del gobierno

las elecciones generales del 14 de

noviembre quedan en manos de los

jefes en los territorios, ya no es una

cuestión de volver a caerles bien a

los votantes menos que menos una

cuestión ideológica. Alberto Fernández

se juega su última carta dándoles

todo el poder a los intendentes

y a los gobernadores, a los barones

en sus terruños. Ellos pueden revertir

la situación con la fuerza de sus

aparatos electorales y es probable

que lo logren, salvando al gobierno

de una derrota electoral que podría

ser fatal para su continuidad. Pero

la última palabra ya está dicha y es

que el gobierno del Frente de Todos

tal y como fue electo en octubre de

2019 finalizó en las PASO de este

año. Lo que vendrá de aquí en más

es un gobierno cualitativamente

distinto en el que Alberto Fernández

ocupará un lugar decorativo. ¿Quién

tendrá el poder para intentar salir

del atolladero luego de quedar definida

la composición de Diputados y

del Senado? El final está abierto.

38 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


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39 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


FILOSOFÍA POLÍTICA

Match point: el Frente de

Todos en una serie de Netflix

DANTE

PALMA

El resultado de las elecciones

precipitó una crisis al interior

de la coalición de gobierno

que no detiene su escalada y

cuyo desenlace, a estas horas,

es una incógnita. Máxime cuando,

a diferencia de lo que sucedió en

estos casi dos años de administración,

la escalada se hace en

público a través de cartas, declaraciones,

audios privados filtrados,

operaciones, publinotas, etc.

Pocos pueden entender cómo el

presidente no pidió el domingo a

la noche a todos los ministros que

pongan su renuncia a disposición

como gesto simbólico para darle

la libertad de elegir algún fusible y

relanzar el gobierno. Sin embargo,

es verdad que la decisión posterior

y unilateral, de parte de los funcionarios

K, de poner la renuncia a

disposición del presidente fue una

presión fenomenal contra Alberto

y lo puso en una situación de la

cual no se puede salir nunca bien

parado: si no acepta la renuncia de

nadie se termina haciendo cargo de

haber revalidado a los ministros que

no funcionan y de la mala administración

de estos dos años; si acepta

la renuncia de los ministros que le

responden a él, sale debilitado a los

40 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


ojos de la sociedad y será acusado

de títere; si le acepta la renuncia

solo a los ministros que responden

a CFK se parte la coalición y se debilitan

todos. Cuando se rumoreaba

una supuesta salida salomónica, se

confirmó finalmente el reemplazo

de 7 ministros y la obvia salida del

vocero. Ya habrá tiempo para analizar

caso por caso, pero sin duda

el ingreso de Domínguez, Aníbal,

Filmus y Perczyck supone un salto

de calidad y experiencia. Asimismo,

Alberto pone a alguien de confianza

como Manzur de jefe de Gabinete,

le da el gusto a CFK de sostener a

de Pedro y de correr a Cafiero pero,

a su vez, a este último le premia la

lealtad con una responsabilidad

demasiado grande como la de ser

canciller.

Con todo, el episodio vivido tras las

PASO nos lleva a la pregunta acerca

de si los movimientos de Alberto

corresponden a un tiempista de la

política o a un conservador al que el

tiempo le pasa por encima. En todo

caso la puesta a disposición de las

renuncias y la carta posterior de

CFK parecen suponer una respuesta

a ese interrogante: más que moderación,

búsqueda de consensos

y rosca ella entendió que lo que

había era inacción y encierro en una

torre de marfil. Es que el presidente

creía que iba a ganar porque se lo

decían quienes lo rodeaban, porque

suponía que un peronismo unido no

podría bajar del 40% en la provincia

y porque la polarización iba a hacer

que el votante K lo vuelva a votar

más por espanto hacia el macrismo

que por mérito propio. No era una

locura lo que pensaba el presidente.

De hecho, era lo que pensábamos

la mayoría. Sin embargo se equivocó

y allí es cuando CFK, intuyo, se

da cuenta de que la inacción del

presidente, que ya se había observado

en sus primeros 99 días de

administración, se la está llevando

puesta a ella también. Por ello en

su carta indica que ella sola había

sacado más votos en 2017 que todo

el peronismo unido hoy.

Esto muestra que la situación es

dilemática para CFK también. ¿Qué

debe hacer? ¿Permanecer en un

gobierno en el que, aparentemente,

es solo una espectadora pero cuya

incapacidad le pasará factura a ella

y al kirchnerismo todo? Y a su vez, si

se quisiera evitar eso, ¿cuál sería el

costo político de abandonar un gobierno

que, en soledad, no tardaría

en caer? ¿Alguien cree que el

votante K no le pasaría una factura

a CFK por semejante decisión con

consecuencias institucionales gravísimas?

De hecho, hay muchos que

ya le están cobrando la decisión de

poner a Alberto y/o haberse transformado

en una mera comentadora

en redes sociales como si el cargo

de vicepresidente fuese menor y

estuviese a la altura de un ciudadano

común.

En este espacio hemos dicho

varias veces que CFK ha tomado,

a lo largo de los años, malas decisiones

en cuanto a la elección de

“sus candidatos”. Sin embargo, la

decisión de ubicar a Alberto por

delante de ella en la fórmula fue,

electoralmente hablando, una

genialidad que automáticamente

sentenció la elección. Efectivamente,

aquel 19 de mayo de 2019

en que se anunció la decisión se

acabó el macrismo. Sin embargo,

alguien podría preguntarse si CFK

y los votantes esperaban otra cosa

de Alberto y evidentemente debe

haber sido así. Pero la realidad, al

menos hasta ahora, claro, mostró

un gobierno con una enorme dificultad

para gestionar, sin identidad y

sin un plan; un gobierno que carece

de toda épica por la sencilla razón

El nuevo gabinete de ministros, en un gesto de abroquelarse a Alberto Fernández para

fortalecerlo. Los nuevos nombres le dan cuerpo al gobierno, sobre todo en comparación al

gabinete anterior, repleto de funcionarios que no funcionaban.

41 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Cristina Fernández, en un laberinto: ¿Qué hacer con el Frente de Todos? ¿Apuntalarlo o destruirlo? La vicepresidenta se juega su capital político

en un gobierno que no da las respuestas económicas para revertir la herencia macrista y, además, continúa el plan económico de Macri

en muchos aspectos, enajenando el favor electoral del pueblo.

de que no ha demostrado voluntad

para disputar contra los poderes

fácticos o para avanzar en medidas

redistributivas que incomoden a

quien tiene que incomodar. Si alguien

se pregunta por qué los jóvenes

abrazaron en su momento al kirchnerismo

y hoy transitan por otros

rumbos es porque aquellos jóvenes

entendieron que Néstor Kirchner

confrontó al poder siendo presidente

y expuso que el poder estaba

afuera del gobierno. Hoy, claramente,

los jóvenes visualizan otra

cosa y el gobierno aparece o bien

formando parte del poder, siendo

incapaz de combatir contra él o, al

menos, sin voluntad de hacerlo. En

cualquier caso, no parece una motivación

muy grande para cualquiera

que tenga menos de 25 años.

Pero no han sido solo los jóvenes

sino la ciudadanía en su totalidad

la que le ha cobrado todo esto a un

gobierno que estuvo más preocupado

por sostener la coalición sin que

nadie se enoje, que por mantener

el contacto con las necesidades de

las mayorías. Es atendible: la coalición

se armó de un día para otro

para ganarle a Macri pero después

había que gobernar y antes que

elaborar un plan lo que se hizo fue

sostenerse dándole algo a todos

los miembros de la coalición. Una

sola cosa parecía haberse aprendido:

mantener la coalición unida es

condición necesaria para ganar las

elecciones; partirse es condición

suficiente para asegurar la derrota.

Entonces, el gobierno que ha hecho

de la cuestión de la “inclusión” una

bandera, fue inclusivo con los dirigentes

pero la sociedad entendió

que no fue inclusivo con ella.

No por casualidad un discurso

antipolítico como el de Milei pegó

tan fuerte. La idea de casta política

con privilegios completamente

ajena al resto de la sociedad quedó

expuesta en la obscena foto de

Olivos y en el día a día de una mitad

de la Argentina que es pobre y

trabaja informalmente mientras el

gobierno discute si se debe decir

“todos”, “todos y todas”, “todas y

todos” o “todos, todas y todes”. El

presunto gobierno de científicos

fue visto por una mayoría de la

sociedad como una nueva forma de

la tecnocracia. Ya no en forma de

CEOS ni egresados del CEMA sino

en la forma de ingenieros sociales

progresistas para los que la pobreza

y la desigualdad son solo palabras

clave para un paper. Y esta idea de

casta política se acrecienta cada

vez más de cara a la sociedad con lo

que está sucediendo en estas horas

pues el país está siendo rehén de

una disputa interna de la dirigencia

política.

42 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Dos meses en este país son una

enormidad, pero... ¿cómo pretende

el gobierno recuperar algún voto o

motivar a ese importante porcentaje

que no fue a votar en provincia

de Buenos Aires en este escenario?

La realidad, al menos hasta hoy, no

es la de la disputa entre twitteros

oficialistas ingeniosos y trolls, ni

la agenda de Twitter. Ser el mejor

gobierno de Twitter o instalar el

hashtag de hoy no supone ganar

elecciones. ¿Entiende el gobierno

que alcanzará con el natural rebote

de la economía y con una primavera

en la que, ojalá, el virus no vuelva

a jodernos la vida? ¿Se contentará

abrazado al consuelo de que

la pandemia castigó a todos los

oficialismos del mundo porque la

gente se termina enojando más con

los gobiernos que con el virus?

Con el diario del lunes siempre es

más fácil pero evidentemente la

campaña de vacunación no alcanzó

y en algún sentido es correcto que

así sea porque es la obligación de

éste y de todos los gobiernos resolver

los problemas de la gente. Traer

una vacuna no es un favor que nos

hacen los gobiernos, al menos así lo

interpretó una mayoría importante.

Además, quizás el hecho de que

aun con varios errores, la campaña

de vacunación haya funcionado razonablemente

bien, hizo que rápidamente

la gente pusiera el eje en lo

que siempre le importó y que iba un

poquito más allá de la estricta supervivencia

en términos meramente

biológicos.

Es una gran incógnita el futuro de

la coalición. ¿Hacia dónde va a ir?

¿Cuál es el diagnóstico que hace

de la derrota? ¿Se le va a echar la

culpa a los medios que en 2019

no pudieron evitar la paliza electoral

que le dio el Frente de Todos

a un gobierno que tenía los fierros

mediáticos, la justicia y el apoyo

del establishment económico? ¿Se

hará la simplificación de suponer

que es un tema de ponerle guita

en el bolsillo a la gente de lo cual

se sigue que imprimiendo un poco

más, transando con los movimientos

sociales y dando subsidios

se van a obtener los votos de los

pobres? ¿Hay que darle más poder

a la nueva tecnocracia que considera

que los cambios son de arriba

hacia abajo? ¿Alberto creerá que el

problema es la agenda kirchnerista

y que lo que debe hacer es seguir

moderándose hasta la desidentificación

total y acordar con gobernadores

y CGT? ¿Creerá que con eso

le va a alcanzar? Si ya tuvo dificultades

para avanzar con algunas

leyes, ¿cómo será un gobierno del

Frente de Todos que eventualmente

ya ni siquiera tenga quórum propio

en el Senado? ¿Se asumirá que el

reemplazo de algunos ministros

es necesario pero que sin decisión

política ningún ministro funcionará

bien? A juzgar por los pasos que se

vienen dando, algunas respuestas

a estos interrogantes podrían darse

pero dejemos el periodismo de

anticipación para llegar tarde como

el Búho de Minerva y así intentar explicar

una vez que pase la tormenta.

Con sentido del humor ácido

algunos asemejan a Alberto con ese

camaleónico personaje de Woody

Allen llamado Zelig que adopta la

forma de los que tiene al lado y se

adecua a todas las circunstancias

acomodando su discurso. Pero si

de Woody Allen se trata yo elegiría,

más que un personaje, el eje de su

película Match Point en esa maravillosa

metáfora del inicio: la pelota

lanzada que pega en el fleje y sale

hacia arriba sin que nadie sepa de

qué lado va a caer. Ese parece el

escenario hoy de la coalición de

gobierno. A esta hora la pelota está

en el aire. Si no fuera porque detrás

hay todo un país, podríamos disfrutarlo

como la trama inverosímil (o

no tanto) de una serie de Netflix.

Escena de la película ‘Match point’, de Woody Allen, la metáfora perfecta de la indefinición

con la pelota en el fleje sin que nadie sepa de qué lado va a caer.

43 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


OPINIÓN

El liberalismo

según los pobres

ERICO

VALADARES

Durante toda la semana previa

al cierre de la campaña electoral

de cara a las elecciones

primarias en Argentina circuló

un video que generó polémica

e intensos debates en las redes

sociales y que, en distintas circunstancias,

habría pasado más bien

inadvertido entre la montaña de información

que se difunde todos los

días en esta sociedad posmoderna

de la sobreinformación. Los planetas

se alinearon y la imagen de un

vendedor ambulante increpando

a militantes del Frente de Todos

en una mesita callejera de Morón

fue noticia, o por lo menos disparó

una importante discusión sobre el

hecho de esa diatriba explosiva.

Dicha diatriba, como se ve en el

material fílmico improvisado con

un teléfono celular, fue la de un

trabajador con el reproche no a los

militantes que allí estaban haciendo

campaña como de costumbre,

sino a lo que suele llamar hoy la

“casta política” y no es otra cosa

que los dirigentes percibidos como

una suerte de establishment. Aquel

trabajador informal se dirigía a

los militantes porque los tenía en

frente, los acusaba de sostener con

su actividad un régimen político en

44 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


el que el trabajo, su trabajo precarizado

de vendedor ambulante, había

sido prohibido. “Porque ustedes

dentro de tres semanas se van

todos, pero nosotros seguimos laburando

todos los días acá”, decía

el trabajador, quien por lo demás

se presentaba como artesano para

reclamar su derecho al trabajo.

Ese reproche a los gritos no habría

ciertamente sido objeto de ningún

video y mucho menos de difusión o

debate en las redes sociales de no

haberse dado en esta coyuntura y

en el preciso lugar donde el hecho

ocurrió. En vísperas de una elección

ideologizada hasta el extremo

y cuyos resultados eran entonces

una incógnita en medio a un clima

de inestabilidad política similar

al que se vio en nuestro país por

última vez en el año 2001, el grito y

la reprensión a la política por parte

del sector más postergado de la

clase trabajadora caen como una

bomba sobre una opinión pública

que empieza a asimilar la narrativa

de la “casta política”, esto es, la

idea de que existen los dirigentes y

los militantes desconectados de la

realidad social. Es ese el contexto

en el que el video fue leído y por eso

generó tanto debate su difusión.

Y también por el lugar donde

transcurren esos pocos segundos

de expresión de enojo con la política:

Morón es el distrito donde

reina absoluta hace ya varios años

la agrupación Nuevo Encuentro, el

sector del kirchnerismo que más

abiertamente se identifica con la

izquierda y con el progresismo.

Nuevo Encuentro es la agrupación

conducida por Martín Sabbatella, el

exmilitante comunista que después

de su aventura electoral del año

2009 —la que resultó en la derrota

del entonces Frente para la Victoria

con Néstor Kirchner a la cabeza y a

manos de Francisco de Narváez— se

arrimó al kirchnerismo y empezó a

formar de ese lado de la grieta. Sabbatella

es el propio progresismo en

el Frente de Todos y reina mediante

apoderados en Morón, distrito del

oeste del Conurbano bonaerense

donde se dio el hecho del reclamo a

viva voz de un trabajador a la política.

Eso es muy significativo. En el

encontronazo entre un laburante y

la militancia progresista de Nuevo

Encuentro no está solo el reproche

de los trabajadores a un gobierno

que hasta aquí no ha podido revertir

el proceso de destrucción del

trabajo y del ingreso de las familias

argentinas iniciado por Mauricio

Macri, hay mucho más. Allí está el

choque entre la clase trabajadora

y la mal llamada izquierda, la expresión

política que se autodefine

por representar los intereses de los

trabajadores en la política a nivel

mundial. Fue la percepción de esa

contradicción la que generó la polémica

y el debate, en el que no tardó

en aparecer el clásico argumento de

la falsa pertenencia ideológica del

trabajador: “No tiene conciencia de

clase, es de derecha”, fue la forma

en la que la militancia propia del

oficialismo zanjó la cuestión, aunque

de ninguna manera clausuró la

polémica.

La discusión sigue porque el de

Morón no fue ni mucho menos un

hecho aislado. Se repiten por todo

el país escenas en las que se ve

al sector más postergado de las

clases populares trabajadoras de

Argentina reprochando a los dirigentes

y militantes oficialistas que

se exponen al cuerpo a cuerpo con

los de a pie. Aquel vendedor ambulante

de Morón llamó mucho la

atención por la vehemencia de su

reclamo sin ambages e incluso por

la agresividad de sus expresiones:

Los vendedores ambulantes, organizados en Morón para protestar contra la prohibición de

trabajar. La confusión ideológica por la que el trabajo deja de ser una prioridad para la praxis

de dirigentes y militantes resulta en conflictos entre una fuerza política y los que en teoría

debería representar. La consecuencia es que el capital político se pierde y nuevas representaciones

surgen para llenar los espacios vacíos.

45 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Martín Sabbatella, aquí junto a Cristina Fernández a principios de la década del 2010 y

después de la catastrófica aventura electoral que le costó la elección a Néstor Kirchner en el

año 2009. Con su Nuevo Encuentro, junto a los dos partidos comunistas y otras expresiones

similares en origen, Sabbatella es hoy la expresión de la izquierda en el Frente de Todos y

avanza ocupando lugares para desplazar de la alianza la doctrina peronista.

“No tengo que hacer ningún trámite

para trabajar, soy argentino y ese es

mi trámite”, vociferaba el trabajador

frente a una militancia azorada

que no atinaba a darle una respuesta

concreta por fuera del discurso

burocrático típico de la organicidad

militante oficialista de todos los

tiempos. Llamó la atención esa

vehemencia y esa agresividad en

la diatriba, aunque otras tantas

diatribas tienen lugar todos los días

en el país poniendo al sector más

progresista del kirchnerismo en una

contradicción insalvable.

Claro que la izquierda y el progresismo

resuelven ideológicamente

la cuestión y salen del brete esgrimiendo

la vieja tesis marxista de la

enajenación y la falta de conciencia

de clase, como veíamos, ubicando

simbólicamente al trabajador

díscolo en el lugar de la “derecha”

y dando por terminado el asunto. El

progresismo y la izquierda de una

manera general beben filosófica y

políticamente en la fuente del marxismo

y tienen ahí sus comodines,

pero lejos de resolverse la cuestión

se hace más aguda: ¿Es de derecha

un trabajador que reivindica su

derecho a trabajar libremente sin

las limitaciones impuestas por el

Estado y por cualesquiera razones?

Aquí tenemos la contingencia del

coronavirus con un gobierno cuyo

signo es el signo del progresismo

por la naturaleza de las fuerzas que

componen su alianza, pero además

un gobierno que ha tomado como

bandera la narrativa sanitaria y la

ha puesto por encima de las necesidades

más inmediatas de las clases

populares trabajadoras y medias.

En una palabra, al advenir la pandemia

del coronavirus el gobierno

de Alberto Fernández priorizó la

estrategia de la restricción a la

circulación incluso por encima de la

defensa de los trabajadores en su

derecho a ganarse el pan.

En ese escenario se da la sublevación

del vendedor ambulante

de Morón y tantas otras pequeñas

sublevaciones diarias del trabajador

por todo el país. Son claramente

más importantes para el actual

gobierno —y para una parte de la

sociedad que está de acuerdo con

eso— las medidas de prevención

contra el coronavirus que la propia

subsistencia económica de las

mayorías. Un ambulante es un trabajador

que vive literalmente al día

y no se sostiene si no puede salir

a vender, esto es, es alguien que

probablemente va a padecer mucho

más el hambre y la desesperación

que cualquier eventual enfermedad.

Por eso es insuficiente ubicar en la

categoría de “derecha” al que reclama

su derecho elemental a subsistir

por sus propios medios. He ahí la

contradicción: los que en teoría

representan a los trabajadores no

priorizan hoy la posibilidad de que

esos trabajadores trabajen y clasifican

como “de derecha” a los que se

sublevan contra ese grosero error.

¿Para tener conciencia de clase y

ser de izquierda un trabajador debe

necesariamente aceptar sin chistar

la quita de sus medios de subsistencia

cuando la vanguardia política

e ideológica considera que eso es lo

mejor para el propio trabajador?

Vanguardias iluminadas

y pobres “rebeldes”

Claro que las categorías de izquierda

y derecha están perimidas y por

eso mismo son el problema en sí,

la complicación empieza cuando

intentamos hacer entrar lo fáctico

en marcos teóricos y no al revés, es

decir, cuando en vez de ajustar la

teoría a la práctica nos encaprichamos

en hacer lo diametralmente

opuesto. Hay una diferencia enorme

46 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


entre Marx y los marxistas por el hecho

de que Marx pertenece al siglo

XIX y sus continuadores interpretan

la teoría como mejor les convenga

en cada momento. Lo que Marx

caracterizó como “izquierda” en

representación del trabajo y “derecha”

en representación del capital

se ha subvertido hasta el punto de

que, por ejemplo, los marxistas hoy

militen directamente los intereses

de la industria farmacéutica —la patronal

corporativa global— mientras

los trabajadores exigen simplemente

que se los deje trabajar. Pero ese

es un asunto para otro artículo, de

lo que se trata aquí es de saber qué

tiene que hacer un trabajador para

no ser ubicado por los neomarxistas

del progresismo actual en el lugar

de la derecha.

Es imposible desde luego saberlo

y eso es así porque las exigencias

de pureza ideológica de las vanguardias

dirigentes y militantes son

muy arbitrarias, no están arraigadas

en una doctrina. Un día ser de

izquierda es ponerse del lado del

trabajo en la pugna contra el capital,

pero al otro día ser de izquierda

puede ser decir que el trabajo es

una cosa secundaria frente a una

contingencia urgente, la que fuere.

El trabajo no es un valor positivo

absoluto y entonces las vanguardias

iluminadas son inestables en su

praxis, aunque no por ello dejan de

arrogarse el derecho a clasificar a

quienes siguen firmes siempre en el

mismo lugar.

Entonces ser de izquierda hoy es

decirle “quedate en casa” a un trabajador

que necesita precisamente

salir de casa para subsistir. El gobierno

del Frente de Todos, copado

por socialdemócratas, progresistas,

radicales y gente que gusta de

ubicarse a la izquierda en general o

en la “centroizquierda”, pone ideológicamente

la narrativa sanitaria

por encima del que fue en los siglos

XIX y XX el gran relato ordenador

de la política: la épica del trabajo,

del ascenso social mediante el

esfuerzo del trabajador organizado

para la lucha. Y el resultado es una

contradicción en la que los trabajadores

se ponen en ruta de colisión

con la representación política que

en teoría les es propia. De pronto,

La íntima relación entre el peronismo y los trabajadores, que es histórica y fundacional del propio movimiento. Como para la izquierda el

trabajador es una cosa teórica, un número en una planilla o en todo caso masa de maniobra, el Frente de Todos se aleja de los trabajadores a

medida que se corre hacia la izquierda del arco, lo que resulta en el abandono de posiciones que vendrán a ser ocupadas por otros.

47 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


La épica del trabajo se inscribe en el gran relato del siglo XX y está en la base de la constitución

del peronismo. Perón supo ya en 1943 de la no existencia de una representación

política de los trabajadores y llenó genialmente ese vacío. Hoy, el peronismo diluido en

frentes electorales abandona esa épica y se acerca a las clases medias intelectualizadas

“de izquierda” y tiende a tener cada vez más conflictos con las clases populares trabajadoras

que fueron su esencia en el pasado.

por exigir la libertad de trabajo, el

trabajador pasa a ser “de derecha”,

pasa a ser liberal. Se opone a un

gobierno que se autopercibe “de

izquierda” y es puesto automáticamente

en esos lugares.

Pero ahí hay varios errores, empezando

por el de insistir en el ya

mentado ordenamiento horizontal

de la política entre izquierda y

derecha y a partir de ahí clasificar a

los actores sobre el escenario según

las necesidades coyunturales de la

política. Haga lo que haga un gobierno

que simbólicamente quiere

ubicarse a la izquierda del arco,

siempre va a colocar a la derecha

a los que se le oponen aunque —he

aquí el núcleo del problema— las

ideas expresadas por esos opositores

no sean de derecha. La libertad

de trabajar es leída como liberalismo

de derecha, cuando en realidad

es el grito del sector productivo de

la sociedad y fundamentalmente de

los más postergados en ese sector,

los que en lenguaje coloquial se

suelen llamar pobres.

Los pobres pasan entonces a ser

“de derecha”, pasan a ser liberales

y ahí está el segundo error, el de

enajenar y entregar en una bandeja

de plata el favor político de vastas

mayorías sociales a la oposición.

Al comprometerse con la narrativa

sanitaria hasta asumirla como bandera

y, en consecuencia, al dejar de

afirmar el trabajo como prioridad

primera, el gobierno del Frente de

Todos entra en contradicción con su

base electoral histórica y ve cómo

ese capital político se esfuma,

cómo se le van sublevando los trabajadores

en la lucha por garantizar

la satisfacción de sus necesidades

esenciales. En vez de resolver el

problema corrigiendo el error, los

dirigentes instruyen a sus intelectuales

orgánicos para que estos en

los medios y en las redes sociales

ubiquen a los trabajadores en el lugar

de la derecha y del liberalismo.

Y ahí es donde los regala.

Eso es lo que va a explicar otra

imagen que se difundió muchísimo

en los últimos días y que escandalizó

a los que no comprenden esta

dinámica: la de un Javier Milei, un

anarcocapitalista de derecha sin

eufemismos, caminando por las

villas de emergencia de la Ciudad

de Buenos Aires y siendo celebrado

allí. Los pobres, esos mismos

trabajadores a los que el gobierno

del Frente de Todos había optado

por enajenar ideológicamente,

recibieron a Milei en la villa como

si se tratara de un peronista, un

representante del verdadero interés

de los trabajadores más pobres. ¿Y

por qué? Porque en este momen-

48 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


to y discursivamente esos pobres

perciben que Javier Milei los representa

en la política, aunque eso

siga escandalizando a los que ven

la política como un juego de asociaciones

ideológicas inmutables

y piensan que todo trabajador es

automáticamente de izquierda o

que todo pobre es peronista solo

porque eso es lo que corresponde.

Eso no es así.

La imagen de la furia del vendedor

ambulante en Morón y la de un

campante Javier Milei por los pasillos

de una villa miseria son, por lo

tanto, la misma imagen repetida. La

realidad efectiva es que las clases

populares trabajadoras, aquí, en

Francia y hasta en el Congo Belga,

si se quiere, no son de derecha ni

son de izquierda, no comprenden ni

participan de ese ordenamiento horizontal

de la política. Los trabajadores

son los que llamamos pobres

y por eso saben que están ubicados

abajo en un ordenamiento vertical y

en oposición a los de arriba, donde

ubican a los ricos y también al

Estado cuando los dirigentes no los

interpelan con su discurso y su praxis

para representar sus intereses.

Por lo tanto, reprochar a un villero

porque se abraza con la “derecha”

en la figura de Javier Milei o reprochar

al vendedor ambulante de Morón

porque le hace la guerra a los

militantes de Nuevo Encuentro, que

es la izquierda, es absolutamente

inconducente porque el trabajador y

el pobre no comprenden ni comparten

esos códigos.

La verdad brutal es que el vendedor

ambulante de Morón percibe a

los militantes de Nuevo Encuentro

como representantes de los de arriba

y el villero percibe a Milei como

representante de los de abajo, la

política es un sistema muy dinámico

de representaciones que cambian

constantemente. No importa lo que

pensemos los que nos dedicamos a

la construcción del discurso político,

nuestras categorías y nuestras

vacas sagradas, pues las mayorías

solo nos comprenden cuando representamos

sus intereses concretos.

Las categorías de izquierda e incluso

la de peronismo son significantes

vacíos en la conciencia de esas

mayorías cuando no se materializan

en una representación clara de

sus deseos, esperanzas, temores y

aspiraciones.

La construcción

de la riqueza

Todo eso es muy difícil de comprender

por parte de la militancia.

Enamorada de símbolos a los

que hacen propios, los militantes

tienden a la pureza ideológica y

a eventualmente percibir como

enemigo a todo aquel que no comulgue

en el canon ideológico al

que esos mismos militantes están

afiliados. Es muy difícil explicarle

hoy a un militante oficialista que la

base electoral del kirchnerismo se

está socavando y va a seguir deteriorándose

mientras el gobierno

del Frente de Todos no abandone la

narrativa sanitaria y el pobrismo del

asistencialismo social para recuperar

la mística del trabajo. Penetrado

y parasitado por el progresismo, la

izquierda y la socialdemocracia, el

peronismo se está hundiendo en

un relato que nada tiene que ver

con doctrina y si el hundimiento

se concreta, el fracaso se le va a

adjudicar al peronismo cuando los

trabajadores y los pobres dejen de

ver allí una representación política

de sus intereses.

Juan Domingo Perón se cuidó muchísimo

de esas penetraciones y de

Estupor. La imagen de un liberal como Milei caminando por una villa sorprendió y hasta

escandalizó a muchos, pero es lo más lógico que puede haber. Al producirse la desconexión

entre las viejas fuerzas populares y los más pobres, es solo una cuestión de tiempo hasta

que vengan otras identidades políticas a llenar ese vacío. La cuestión de si Milei representa

o no los intereses concretos de los sujetos que hoy lo abrazan y lo aplauden es irrelevante.

Lo que importa aquí es la percepción de los de abajo, que son la mayoría de los votos.

49 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


ese parasitismo ideológico con una

fórmula muy sencilla: la de la tercera

posición. El peronismo en la idea

de Perón nunca fue de derecha ni

fue de izquierda, sino que se ubicó

conscientemente en una posición

equidistante entre el liberalismo

occidental y el socialismo oriental,

tomando del uno y del otro lo que

podía ser útil en la construcción de

una doctrina nueva. Perón sabía

que la derecha tenía la limitación

de carecer de justicia social y que a

la izquierda le faltaba la perspectiva

de la realización individual del hombre.

Y entonces surge el peronismo

Una de las cartillas de formación en el concepto de la tercera posición nacional justicialista,

que no es una posición de centro sino de síntesis. Perón sabía que por las limitaciones

inherentes a ambos sistemas, tanto el socialismo como el liberalismo estaban destinados a

fracasar en el mediano plazo y actuó en consecuencia creando una doctrina que subsanara

la falta de libertad en el colectivismo y la falta de solidaridad en el individualismo.

en el equilibro entre el individualismo

total y el colectivismo total,

aparece como síntesis y fórmula

para evitar el fracaso.

El éxito del peronismo está, por lo

tanto, en la búsqueda de la justicia

social y de la igualdad, pero también

en el garantizarle al individuo

la posibilidad de su realización

personal. El peronismo no es el

liberalismo y tampoco es el socialismo,

presiente el fracaso en el largo

plazo de ambas expresiones por lo

que les falta y las quiere superar.

Pero al ser penetrado y parasitado

por la ideología de los progresistas

de izquierda, ese subproducto posmoderno

del socialismo colectivista

oriental, el peronismo pierde la

perspectiva del respeto a la individualidad

del hombre y se pierde a sí

mismo en frentes electorales donde

la doctrina peronista se proscribe.

El Frente de Todos poniendo todo el

acento en el “Estado presente” y en

lo colectivo se acerca a la izquierda,

se hace de izquierda y deja de ser

peronista dejando descubierto el

aspecto individual del hombre en la

organización social. Y así se dirige a

la catástrofe.

Eso pasa porque existimos en dos

dimensiones, que son la del grupo

y la del individuo, existimos en esa

dualidad. Somos un poco nosotros

mismos individualmente y otro poco

la sociedad en la que nos desenvolvemos,

esa es la naturaleza del

hombre. Y en eso está la imposibilidad

de, por ejemplo, convencer a

un trabajador de que no debe salir a

trabajar porque eso pone en riesgo

la salud o la seguridad del grupo. Se

sacrificaron por la colectividad los

obreros soviéticos durante el estalinismo

en el comunismo de guerra

del siglo XX, fueron esos obreros

unos abnegados en el sentido más

estricto de la expresión. Lo hicieron

por el socialismo, trabajaron a destajo

por el socialismo y padecieron

50 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


hambre por el socialismo, aunque

en el mediano plazo todo eso colapsó

al desintegrarse el campo socialista

del Este con la caída del Muro

de Berlín y la posterior disolución

de la Unión Soviética. A los soviéticos

no se les permitía la realización

individual, se sublevaron y llamaron

al liberalismo con Boris Yeltsin en

1991, poco más de cuatro décadas

después del triunfo épico de la

URSS en la II Guerra Mundial.

En este punto cabría preguntarse:

¿Por qué habría de sacrificarse

hoy el trabajador argentino? ¿Por

una identidad nacional que aun no

termina de formarse al ser demasiado

joven? ¿Por un gobierno al que

debe necesariamente considerar

como propio? ¿Por qué? Por nada,

el trabajador argentino no está

dispuesto a inmolarse por nada en

absoluto, no está dispuesto a sacrificar

el bienestar de su familia y el

suyo propio por razones políticas y

entonces la política debe tener muy

en cuenta el aspecto de la realización

individual de los más postergados

en la sociedad. Es un error muy

grosero el de suponer que solo la

clase media tiene aspiraciones de

ascender socialmente en la realización

personal de los individuos.

Es más bien todo lo contrario: en

ninguna parte existe más deseo de

ascenso social que entre los más

pobres en una sociedad y es un mito

muy difundido el de que en las villas

miseria y demás barrios populares

la gente está muy cómoda recostada

en la asistencia social, eso no

es ni jamás fue así. De hecho, los

más laboriosos y progresistas —en

el sentido original del término— en

cualquier sociedad son siempre los

más postergados. Es en las villas de

nuestro país donde vamos a encontrar

a los que más innovan todos

los días para ganarse la vida y estar

mejor a cada día. Basta con entrar

a una barriada o una villa para ver

La Unión Soviética realizó un proyecto de justicia social con niveles de igualdad sin precedentes

y fue un país muy justo, pero al desintegrarse esa constitución política los propios

beneficiados se ensañaron con los símbolos revolucionarios del socialismo y aceptaron una

década de liberalismo salvaje con Boris Yeltsin. La demanda reprimida por libertad individual

era inmensa y allí pasaron de un extremo a otro en el péndulo, hasta que llegó Vladimir

Putin e inició un proceso político de tercera posición en la búsqueda del equilibrio.

cómo lo que hay allí es distinto a lo

que supo ser en el pasado y que, en

esencia, todo ese mejoramiento es

fruto de la libre asociación sin intervención

del Estado ni de nadie que

no viva esa realidad cotidiana. Ahí

la realización individual motoriza el

cambio, los individuos se asocian

libremente y construyen lo colectivo

así, de abajo arriba.

Un liberal como Carlos Maslatón

diría que eso es el liberalismo real

y hasta tiene para definir ese fenómeno

social una categoría histórica

e históricamente verificable: la de

“liberalismo manchesteriano”. Bien

observados los albores de la revolución

industrial inglesa, veremos que

Manchester a fines del siglo XVIII y

principios del siglo XIX no era más

que una enorme barriada donde

el Estado, todavía en pañales, no

intervenía y quedaba librada a su

propia suerte el destino de los hombres

de ese tiempo. Manchester fue

una villa miseria en un sentido de

informalidad de la economía, se los

dejó hacer y se los dejó pasar, como

es del gusto de los liberales decir.

Y el resultado fue el ascenso de

una burguesía nacional inglesa que

llegó a ser lo que es hoy.

Así piensa el argentino que hoy

vive en una villa y se las rebusca en

un ambiente de economía informal,

piensa como el protoburgués manchesteriano

de la revolución industrial

y quiere hacer. ¿Qué podría pasar

si la política en el Estado viene

e impone allí esas limitaciones a la

actividad económica, no deja hacer

y no deja pasar por cualesquiera

motivos? Es evidente que habrá

conflicto y esos individuos antes

libremente asociados le retirarán el

favor político a la fuerza que desde

el Estado imponga esas limitaciones.

Y, por supuesto, se lo darán a

51 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Imagen de una familia inglesa de trabajadores en Manchester, probablemente de fines del

siglo XIX. La idea de que Inglaterra tuvo altos niveles de desarrollo social y humano desde los

albores de la revolución industrial es ridícula: la descripción de la ciudad de Manchester y

demás centros industriales ingleses en la época es aun más lúgubre que la de nuestras villas

miseria hoy. Al Estado inglés, recién nacido y fundado sobre la base de la ideología liberal,

no le quedó más remedio que dejar hacer y dejar pasar, con lo que las asociaciones libres se

formaron y el resultado es conocido.

quien venga proponiendo dejarlos

hacer y dejarlos pasar.

Lo que hizo Javier Milei entonces

para entrar a una villa y hacerse

recibir por la gente de allí fue nada

más que eso, fue proponerles

liberalismo manchesteriano. Milei

no entregó colchones, no repartió

prebendas y no prometió planes

sociales simplemente porque los

más pobres, en realidad, no quieren

nada de eso. Los sectores más

postergados de las clases populares

trabajadoras no quieren otra

cosa que margen de maniobra para

hacer lo que saben hacer y hacen

todos los días: trabajar. Milei representa

hoy al vendedor ambulante

de Morón, no es muy complicado y

cualquiera puede entenderlo con

hablar no ideológicamente con el

que vive en una villa o tan solo con

quitarse las anteojeras. “¡Un peronista

no puede decir eso!”, gritará

el sobreideologizado, sin comprender

que el peronismo en su doctrina

le atribuye un valor sagrado al

trabajo y que, por lo tanto, jamás

haría nada con tal de entorpecer la

actividad económica y perjudicar

al trabajador. Si el sobreideologizado

quiere pensar que eso es “de

derecha” y es de liberales, no hay

ningún problema. Pero la doctrina

peronista es clara y la única verdad

es la realidad.

El discurso colectivista es más

bien propio de las clases medias,

es una cosa de jóvenes educados

en el Pellegrini y en otras buenas

escuelas, de gente cuya familia está

acomodada y ve a los pobres desde

un lugar paternalista. De hecho, el

grueso de la militancia de izquierda

y progresista es de clase media,

no de las clases populares trabajadoras.

He ahí lo que leyó Javier

Milei con oportunismo, leyó que el

discurso socializante no es para el

consumo de los barrios populares.

Cuando el Frente de Todos asumió

una identidad de clase media, se

mimetizó con el radicalismo y también

con el mal llamado “macrismo”,

que es socialdemocracia en

igual medida, dejó de representar a

las mayorías trabajadoras. En una

palabra, el Frente de Todos tiró el

peronismo por la ventana y fue solo

una cuestión de tiempo hasta que

viniera alguien dispuesto a hacer

la lectura del hecho y a poner esa

lectura en praxis política.

El peronismo en su esencia es el

liberalismo según los pobres y es el

socialismo según las clases medias,

es una síntesis inteligente para dar

a cada cual lo que es de su deseo.

Al que quiere trabajar y progresar

sin mayores intervenciones, el peronismo

lo deja hacer. Y al que necesita

ayuda por cualesquiera razones,

el peronismo tiende la mano sin

cuestionamientos. No es exagerado

decir que Milei hizo peronismo en

uno de sus aspectos, fue peronista

cuando leyó las aspiraciones de

un sector y se presentó allí como el

que va a garantizar la realización de

esas aspiraciones. Parece cosa de

mandinga y es solo política, pero

los peronistas olvidamos nuestra

doctrina, la sacrificamos en el

templo del frente electoral y ahora

vemos cómo un liberal se presenta

a tapar el hueco, a llenar el vacío

que hemos dejado al corrernos

hacia la izquierda. Javier Milei no

es un invento de los medios, no es

una creación ad hoc de nadie, ni

siquiera de sí mismo. Javier Milei es

una creación de los peronistas que

abandonan su doctrina y se meten

en ideologías raras que además son

ajenas. Parafraseando y quizá modificando

un poco a Ricardo Iorio,

podría decirse que Milei existe por

quienes lo execramos. Y probablemente

ya sea demasiado tarde para

frenarlo.

52 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


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53 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


OPINIÓN

Todos contra Guzmán

ERICO

VALADARES

Después de cinco días de una

crisis política colosal con

ribetes de tragedia ocasionada

por la derrota en las

elecciones primarias del

pasado domingo 12 de septiembre,

se anunciaron informalmente una

noche los tan esperados cambios

en el gabinete de Alberto Fernández.

Al momento de escribir estas

líneas, nombres como los de Juan

Manzur (a la Jefatura de Gabinete),

Aníbal Fernández (a Seguridad) y

Julián Domínguez (a Agricultura,

Ganadería y Pesca), entre muchos

otros, parecían haberse confirmado

y programado para la correspondiente

asunción el lunes subsiguiente.

Se saldaba la cruenta interna

del Frente de Todos —al menos momentáneamente—

con un resultado

que a primera vista indicaría un

triunfo de Cristina Fernández contra

todo lo que se pronosticaba en los

medios de difusión.

El triunfo kirchnerista vendría dado

por la permanencia de Eduardo de

Pedro como ministro del Interior,

por la salida de Santiago Cafiero de

la Jefatura de Gabinete (trasladado

a modo de premio de consuelo

a Cancillería) y, sobre todo, por el

ascenso de Juan Manzur, prescrito

54 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


un día antes por la propia vicepresidenta

en una carta abierta. Parece

que Cristina Fernández fue atendida

en todas sus demandas y se habría

impuesto por lo tanto en una feroz

interna que tuvo todo tipo de operaciones,

incluso la difusión de audios

“filtrados” en los que la diputada

kirchnerista Fernanda Vallejos

expresaba de un modo descarnado

la opinión brutal de su conductora

sobre las políticas del gobierno y

también sobre sus miembros.

Cristina Fernández logró todo eso

y logró además privar a Alberto

Fernández de Juan Pablo Biondi,

uno de los colaboradores más cercanos,

hombre de extrema confianza

del presidente. Cristina Fernández

triunfaba en una interna que se

había desencadenado por la derrota

electoral del Frente de Todos,

pero esencialmente por el reconocimiento

del kirchnerismo de una

verdad a gritos: el capital político

de su conductora venía siendo dilapidado

por un gobierno cuyo plan

económico “secreto” resultara ser

un total fracaso. El plan económico

de Alberto Fernández es “secreto”

por nunca haber sido oficialmente

anunciado, aunque no tan secretas

son sus consecuencias. Un pueblo

muy golpeado por el ajuste votó en

contra del gobierno y eso prendió

todas las luces de alarma en el

número 80 de la calle Rodríguez

Peña, sede del Instituto Patria. Es

ajuste del presidente estaba consumiendo

el capital político de la

vice y había que frenar la sangría.

Quizá Cristina Fernández piense

hacerlo de aquí en más desde la

Jefatura de Gabinete con un Juan

Manzur indicado por ella y quiera

mejorar los índices de inseguridad

ciudadana con Aníbal Fernández

en el Ministerio de Seguridad, todo

es posible. Pero cierta pregunta

seguirá siendo inevitable en los

próximos días: si ya se sabe que

las mayorías votan con el bolsillo

y probablemente han castigado al

gobierno por la pésima gestión de

la economía nacional, ¿por qué

Cristina avanzó sobre todos los

ministerios de importancia, salvo

el de Economía? ¿Por qué la dueña

de los votos que se están perdiendo

por el ajuste, la devaluación de

la moneda nacional y la inflación

galopante aceptó la permanencia

de Martín Guzmán, el responsable

técnico del fracaso económico, en

ese ministerio neurálgico del gobierno?

La vicepresidenta de la Nación y

conductora de aproximadamente

un tercio del electorado argentino

no solo no pudo, no quiso o no supo

voltear a Martín Guzmán, sino que

además se apresuró en informarle

al ministro que no tenía nada en su

contra y que no iba con intenciones

de destituirlo de su cargo. ¿Por

qué? Es por cierto muy extraño que,

viendo cómo su capital político

disminuye por razones económicas,

Cristina Fernández no haya impuesto

el reemplazo de Guzmán como

sí hizo con Santiago Cafiero y otros

funcionarios que no funcionaban,

según sus propias palabras. Desde

un punto de vista económico, que

es el punto de vista más importante

en todo tiempo y lugar, Guzmán es

el funcionario que menos funciona

puesto que la situación de la

economía nacional no es para nada

buena: casi el 50% de pobres en

todo el país, inflación igual o superi-

Supuestamente por su belleza —cuestiones de la subjetividad de quien mira—, Santiago Cafiero

fue elevado por la militancia al lugar de ídolo intocable, una suerte de símbolo sexual

para los que dicen no cosificar a las personas. Pero Cafiero fue más bien el símbolo de los

funcionarios que no funcionan, fue señalado por Cristina Fernández y barrido en consecuencia

de la Jefatura de Gabinete. La militancia en general aún no lo comprendió, pero estuvo

adorando largamente a un ídolo de barro.

55 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


Juan Pablo Biondi, gran delincuente de la operación política y hombre de confianza de Alberto Fernández. Cristina Fernández demandó su

expulsión del gobierno y así fue. Es uno menos para hacer maldades con el dinero del contribuyente.

or a la de la que se registrara durante

el régimen de Mauricio Macri,

3 de cada 4 niños en el Conurbano

bonaerense que apenas comen

una vez al día, todo eso gracias a

las políticas claramente neoliberales

implementadas por Guzmán.

Pero Guzmán sigue en el Ministerio

de Economía. ¿Cómo puede ser

posible esa contradicción?

Solo podría haber dos respuestas

a lo que parece ser un misterio.

La primera, la más insólita, sería

la anuencia de Cristina Fernández

a la implementación de políticas

neoliberales de la mano de Martín

Guzmán, esto es, un giro copernicano

por el que la dos veces presidenta

de la Nación habría renegado de

sus convicciones y habría abrazado

las ideas opuestas. Es realmente

insólito que luego de haber gobernado

mayormente con políticas

económicas dichas contracíclicas

o heterodoxas Cristina Fernández

esté ahora muy cómoda con un

ajuste a lo Domingo Cavallo que

está exprimiendo al pueblo hasta la

última gota, aunque a cuentagotas.

Cristina Fernández nunca fue

amiga del ajuste y únicamente lo

autorizó ya al final de su segundo

mandato, después de la derrota en

las elecciones de 2013 a manos de

un envalentonado Sergio Massa.

Como consecuencia de esa derrota,

para enero de 2014 se habían

ido ya del gobierno kirchnerista los

últimos elementos peronistas y el

nuevo ministro Axel Kicillof inició

tímidamente la etapa del ajuste que

dura hasta los días de hoy. El ajuste

de 2014 fue ínfimo si comparado

a todo lo que vino a partir del triunfo

de Mauricio Macri, pero fue

el primero desde que Néstor Kirchner

se hizo de la presidencia de la

Nación en el año 2003. Durante

los diez años de la década ganada

el kirchnerismo fue peronista en el

sentido de expansión económica

con justicia social y sin ajuste sobre

las clases populares medias y trabajadoras,

por lo que se sabe que el

ajuste no es el elemento de Cristina

Fernández. Sería muy raro entonces

que ella se amigara con esas prácticas

ortodoxas a esta altura del

partido.

Por eso la respuesta al interrogante

debe ser la segunda, a saberla:

Cristina Fernández no pudo remover

a Martín Guzmán y ni siquiera

pudo confrontar con él, aclarando

que no tenía contra el ministro neoliberal

ninguna inquina. ¿Pero cómo

puede ser eso? ¿Cómo es posible

que la representante de un tercio

de la voluntad popular en Argentina

—ningún dirigente tiene un capital

político de semejante magnitud ni

cerca— tenga que levantar el pie del

acelerador frente a un simple ministro

de Economía votado por nadie?

Quedó demostrado en estos años

56 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


que Cristina Fernández no deja de

acelerar frente a nadie, que si va en

un coche a 120 km/h y siente vibraciones

y ruidos, entonces acelera

aún más y se lleva puesto al que se

cruce por el camino. ¿Cómo iba a

ponerse frenos frente a Guzmán?

La explicación no está en el propio

Martín Guzmán ni mucho menos,

no es que el hombre tenga poderes

sobrenaturales para imponerse

en un mano a mano contra semejante

animal político. En realidad,

Guzmán es un auténtico don nadie

en la política nacional. Hágase el

atento lector el siguiente ejercicio,

que es muy sencillo: pregúntese

cuántas veces había sentido nombrar

a Martín Guzmán antes del 10

de diciembre de 2019 y verá que el

hombre es un total paracaidista,

alguien que aparece literalmente

de la nada y se instala en el ministerio

más importante del gobierno

del Frente de Todos sin que ningún

argentino más o menos politizado

sepa explicar por qué ni cómo.

Según la diputada Vallejos en uno

de sus escandalosos audios de operación,

Martín Guzmán “salió del

frasco de la Universidad Nacional

de La Plata, se fue al frasco de yanquilandia,

lo trajeron y lo sentaron

ahí en el Ministerio de Economía”.

Y lo dicho por Fernanda Vallejos es

rigurosamente cierto: Guzmán no

tiene en la política argentina más

trayectoria que cierto paso quizá

fugaz por la agrupación universitaria

gorila Franja Morada y eso es

todo. Fue a terminar de formarse

en los Estados Unidos a la sombra

fresca de Joseph Stiglitz —un delincuente

globalista sobrevalorado por

los medios de difusión del poder— y

un buen día se vio sentado en el

sillón de ministro de Economía de la

Argentina al resultar electo Alberto

Fernández. En una palabra, pusieron

en el lugarcito más caliente

de la administración de lo público

a alguien que no hizo méritos en la

política argentina para estar allí.

Entonces la explicación de cómo

Guzmán le frenó el carro a la dirigente

más poderosa de nuestra

política no puede estar en el propio

Guzmán, de ninguna manera. A

menos que domine como un maestro

esas técnicas de brujería, magia

negra, potentísimos gualichos y

cosas por el estilo, es sencillamente

imposible que un cuatro de copas

como Martín Guzmán se quede

donde está si Cristina Fernández

no quiere. La explicación va a estar

en quiénes trajeron (o mandaron,

mejor dicho) a Guzmán desde los

Estados Unidos a sentarse en el

sillón de ministro de Economía, son

los espónsores de Guzmán los que

explican la existencia de Guzmán y

nunca al revés.

El negocio del ajuste

Constituye una sólida evidencia de

nuestra falta de cultura política el

hecho de que Martín Guzmán haya

venido de “yanquilandia” a ocupar

el Ministerio de Economía sin que

eso le haya hecho ruido a nadie. El

General Perón solía decir que nues-

Con los cuatro años de Néstor Kirchner y los seis primeros de Cristina Fernández en el

gobierno se dio la década ganada, una etapa de oro en la historia argentina de expansión

económica con justicia social y sin ajuste. Al terminar el año 2013 con el triunfo de Sergio

Massa en las elecciones de octubre de ese año se van del gobierno los últimos artífices de

esa década ganada y arranca el ajuste, que sigue hasta hoy.

57 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


tro país está muy politizado, pero

no tiene cultura política, es decir,

el argentino no está generalmente

preparado para comprender los tejemanejes

del reverso de la trama.

De hecho, en estos últimos tiempos

nos hicimos adictos a la categoría

de “conspiranoia” para clasificar

lo que no vemos y no comprendemos,

lo que es básicamente toda la

política nacional e internacional. Si

las cosas no salen estampadas en

las letras de molde de los grandes

medios, los argentinos no las cuestionamos

y ni siquiera nos enteramos

de su existencia.

Entonces desde los Estados Unidos

nos impusieron directamente

un ministro de Economía y nosotros,

lejos de cuestionar esa loca imposición,

nos pusimos a aplaudir a

ese ministro como si se tratara de

un prócer del peronismo largamente

probado en el campo de batalla. El

ala progresista del Frente de Todos

destacó rápidamente la “deconstrucción”

de Guzmán y dio inicio

al culto a su personalidad. Hoy por

hoy y por lo menos hasta el estallido

de la actual crisis, que puso patas

arriba las certezas ideológicas de

muchos, Martín Guzmán es un ídolo

de la militancia del Frente de Todos

y cualquier crítica en su contra se

castiga en las redes sociales con

cancelaciones, agravios, escraches

y todo tipo de violencia simbólica

por parte de los que se jactan precisamente

de combatir la violencia,

los muy hipócritas.

Pero la verdad es que Martín

Guzmán no tiene arraigo en nuestra

política, no tiene trayectoria y, por

lo tanto, no está capacitado para

ejercer el cargo que ejerce. Alguien

dirá a partir de la vieja zoncera del

“economista técnico” que Guzmán

tiene muchos pergaminos académicos,

pero eso no alcanza. Un ministro

de Economía es sobre todo un

político, un sujeto involucrado en

la dinámica social de su tiempo y

lugar con plena comprensión de la

complejidad de la sociedad. Si es

un técnico “limpio” de política, pues

no es más que un Domingo Cavallo,

un economista dicho técnico al que

la política le dio el extraordinario

estatus de superministro para que

haga un desastre. ¿Por qué Cavallo

hizo un desastre? Porque no tenía

compromiso político con el pueblo

sobre el que descargó sus mal-

Martín Guzmán junto a Joseph Stiglitz, su mentor. Es realmente insólito el hecho de que la opinión pública en Argentina no haya comprendido

que las potencias occidentales impusieron el ministro de Economía en el gobierno del Frente de Todos para llevar a cabo el macabro plan del

Fondo Monetario Internacional.

58 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


dades y, fundamentalmente, porque

alguien en “yanquilandia” lo mandó

a hacer esas maldades.

Martín Guzmán tiene esas mismas

características y es evidente que se

trata de una reedición cavallista.

No tiene compromiso político con

el pueblo porque nunca militó en la

política, se presenta como un economista

técnico, fue adiestrado en

los Estados Unidos para hacer las

maldades que hace y también es un

gran neoliberal, como confirma la

diputada Vallejos en sus audios que

son como podcasts y ya quedaron

para la historia. Lo que la militancia

sobreexcitada no ve porque carece

de cultura política es que está repitiendo

el error de la militancia en

los años 1990. Como el de Carlos

Menem se presentó como un gobierno

peronista, a la militancia no se

le ocurrió mejor idea que respaldar

a Domingo Cavallo. Eso pasó entonces

y vuelve a pasar hoy con el

gobierno de Alberto Fernández, que

también se presenta como peronista

y por eso la militancia se enamora

otra vez del verdugo respaldando

a un Martín Guzmán importado.

Tenemos un ministro yanqui y eso

nos parece de lo más “cool”.

Nadie cuestiona nada, todo es

meta bombo y consigna. Y por

eso nadie ve lo obvio ululante: fue

“yanquilandia”, o más exactamente

el Fondo Monetario Internacional,

quien puso a Martín Guzmán en

el lugar donde se encuentra y lo

sostiene allí. La explicación para

ese hecho es también muy sencilla

y tiene que ver con nuestra deuda

externa, pero para comprenderla

debemos primeramente comprender

la real naturaleza del Fondo

Monetario Internacional, al que

llamaremos de aquí en más FMI,

por sus siglas en castellano.

El sentido común suele pensar en

el FMI como quien piensa en cualquier

prestamista común y silvestre,

La propaganda fue muy efectiva en vender las “buenas relaciones” entre Martín Guzmán y la

titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, como una señal positiva

para la Argentina. Lo que nadie vio, en realidad y en el reverso de la trama, es que tanto

Guzmán como Georgieva son empleados del mismo patrón: las élites globales y sus corporaciones.

Ambos trabajan para el FMI, pero Guzmán lo hace como encargado de negocios en

nuestro Ministerio de Economía.

pero eso es un gravísimo error. El

FMI no existe para prestar dinero y

cobrarlo más tarde con ciertos intereses,

no vive de eso. El FMI existe

como una suerte de ministerio occidental

para las colonias cuyo objetivo

es endeudar a los países dichos

en desarrollo y sobre todo —aquí

está el centro de la cuestión— para

asegurar que esos países nunca

paguen lo que deben. Dicho de otro

modo, el FMI presta dinero para no

cobrarlo. Al ser un instrumento de

las potencias occidentales y siendo

la principal de esas potencias los

Estados Unidos, el FMI imprime

todos los dólares que quiera a

través del Departamento del Tesoro

estadounidense, lo que a su vez

significa que para el FMI el dólar

tiene el mismo valor que cualquier

papel pintado. ¿Para qué querría el

FMI que un país deudor le pague su

deuda con esos papelitos pintados

sin ningún valor?

Para nada, el FMI no quiere eso.

Lo que el FMI realmente quiere es

que los países no puedan pagar sus

deudas. ¿Por qué? Porque un país

que no paga con dinero debe pagar

entregando su soberanía sobre los

recursos del territorio, objetivo central

de las potencias imperialistas.

El dinero, como veíamos, es solo

papel pintado para quienes lo imprimen,

no es riqueza real. Pero los

recursos de territorios tan extensos

y variados como el de la Argentina

sí que son riqueza real y es así, final

y desgraciadamente, cómo por la

ganga de 44 mil millones de dólares

las potencias que utilizan el FMI a

modo de instrumento de recolonización

querrán acceder a lo equivalente

a cientos de miles de millones

y hasta a billones de dólares en

riqueza real de nuestro país. Es sin

lugar a dudas un negocio redondo

para el que lo hace desde todo punto

de vista.

59 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


La pobreza de los países dichos en desarrollo, sobre los de África, es el verdadero absurdo de la historia: sentados sobre riquezas incalculables,

los pueblos de esos países no logran levantar cabeza y ven cómo las potencias extranjeras hacen un saqueo permanente de sus territorios

sin poder hacer mucho al respecto. Ninguno de esos países tuvo que ser ocupado militarmente para que esa relación colonial se impusiera.

Con el mecanismo de la deuda y el ajuste los ricos del mundo los tienen bajo la bota desde tiempos inmemoriales. Ese es el juego del FMI,

que no casualmente está muy presente en África.

John Quincy Adams fue el sexto

presidente de los Estados Unidos

entre los años 1825 y 1829, aun

en la etapa de liberación nacional

estadounidense y mucho tiempo

antes de que ese país fuera una

potencia imperial. Desde ese lugar,

que es un lugar revolucionario

y antimperialista por definición,

John Quincy Adams tuvo una epifanía

y dijo alguna vez que hay dos

formas de conquistar y esclavizar

una nación, siendo una de ellas la

espada y la otra la deuda. Se puede

invadir un territorio con tropas y

fracasar, como en el caso de los

yanquis en Afganistán y en todos los

otros casos a lo largo de la historia.

Y también se puede someter con

la deuda, que es precisamente el

mecanismo actual de sumisión

colonial para el que las potencias

occidentales utilizan los servicios

del FMI. La Argentina se está recolonizando

por una deuda de escasos

44 mil millones de dólares, un

vuelto para quienes los prestaron.

Nos están comprando la soberanía

sobre recursos incalculables por un

vuelto que además nadie sabe muy

bien adónde fue a parar.

Ahora bien, aquí es donde vuelve a

entrar el bueno de Martín Guzmán

en la historia. Resulta que con un

Mauricio Macri solo no alcanza para

hacer exitosamente la operación de

endeudamiento para someter una

nación, hace falta más. Con Macri

el FMI tuvo el socio idóneo para la

primera parte del plan, que es la

toma de los empréstitos que serán

la perdición, pero luego viene la

etapa en la que el pueblo querrá pagar

la deuda por más abultada que

sea esta, la querrá pagar para liberarse

del yugo. Para que la jugarreta

del endeudamiento y la sumisión

colonial funcione es necesario que

el país no pueda pagar su deuda

y entonces el pueblo sea inducido

a creer que no conviene o que es

imposible pagarla. Y para eso hay

un mecanismo: el ajuste.

En los tiempos de Domingo Cavallo

fue recurrente la dinámica de

hacer un ajuste, cosechar malos

resultados económicos y entonces

hacer otro ajuste para reequilibrar

la economía, tan solo para cosechar

resultados igualmente malos y

hacer un nuevo ajuste. Es un ciclo

vicioso que se explica por la contracción

de la economía. Cuando

60 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


el Estado hace un ajuste fiscal,

la economía se contrae en vez de

expandirse por la sencilla razón de

que hay menos dinero circulando y

por eso se vende menos, se produce

menos, hay menos empleo y nada

de crecimiento, lo que va a resultar

en serios desequilibrios macroeconómicos.

Sobre eso los economistas

neoliberales u ortodoxos como

Cavallo o Guzmán no tienen mejor

idea que hacer más ajustes para

cubrir el déficit fiscal entre lo que

se recauda (que es cada vez menos,

por la contracción de la economía) y

lo que se gasta. Ahí está que con el

ajuste el FMI se asegura de que un

país deudor esté siempre cada vez

más lejos de poder pagar su deuda

con el propio FMI.

Es justamente por eso que a los

países deudores como el nuestro

el FMI les impone el ministro de

Economía, les instala una oficina

dentro del ministerio y les exige

el cumplimiento de una serie de

metas fiscales que el gobierno del

país deberá cumplir para llegar a un

acuerdo con el FMI y sostenerlo en

el tiempo. Es una trampa infernal a

todas luces que, no obstante, nadie

ve porque los medios de difusión no

la muestran. ¿Por qué los periodistas

en los medios no explican esto

al pueblo, no explican que la única

manera de pagar la deuda externa

es expandiendo la economía, creciendo

y generando más riqueza

real a partir de la transformación?

Porque los medios son de las corporaciones

y, en última instancia, son

de propiedad del mismo aparato

colonial que controla el FMI. Están

en ambos lados del mostrador,

están en el Ministerio de Economía,

están en todas partes. Y siempre

son ellos mismos.

Y es por eso que Guzmán ajusta. Es

falso que el hombre oriente su praxis

por un gusto estético o ideológico,

eso no existe en la política real.

A Guzmán lo sacaron del frasco de

“yanquilandia” y lo sentaron en el

Ministerio de Economía para que

ajuste, vuelva a ajustar una y mil

veces, para que la economía argentina

sea cada vez más pequeña

y finalmente para que estemos

cada vez más lejos de poder pagar

esos miserables 44 mil millones de

dólares que Macri contrajo como

deuda durante su gobierno. Martín

Guzmán y los sádicos del macrismo

que tomaron los empréstitos son

distintas etapas, son diferentes

engranajes de un mismo plan de

endeudamiento infinito y sometimiento

colonial de la Argentina a

las potencias occidentales y a sus

corporaciones.

He ahí por qué nadie en Argentina

puede con Martín Guzmán, ni

siquiera Cristina Fernández. Nadie

puede ni podrá con él mientras él

esté allí como un sicario a sueldo

del poder fáctico global, nadie se

va a meter con él y todos tendrán

que apresurarse en aclarar que no

tienen contra él nada en absoluto.

Solo el pueblo podrá voltear a

Martín Guzmán, correrlo de vuelta

hasta Harvard y terminar con el

perverso ciclo de endeudamiento,

ajuste, contracción económica y

recolonización de la Argentina. Solo

el pueblo en la consciencia de su

deber histórico podrá realmente decir

en esta etapa lo que dijo Néstor

Kirchner en otro tiempo, cuando

pagó y expulsó al FMI que se

había instalado en el Ministerio de

Economía: “No voy a pagar la deuda

con el hambre del pueblo, los muertos

no pagan. Déjennos crecer y les

pagaremos todo”. Hoy la política es

incapaz de emular a Kirchner, hay

un estancamiento y una fenomenal

desmoralización. Existe un atolladero

y solo el pueblo podrá salir de él.

Solo el pueblo salvará al pueblo.

En los años 1990, con la creencia de que existía un gobierno peronista, la militancia respaldó

a Domingo Cavallo y la sociedad lo valoró como un “economista técnico, no político”.

Cavallo hizo un desastre cuyas consecuencias las seguimos padeciendo hasta hoy y en,

buena medida, están en el origen de nuestra debacle. Ahora hacemos lo mismo con Martín

Guzmán sin percatarnos de que se trata de otro Cavallo, con buenos modales, “deconstruido”

y hablando bien bajito. Pero las maldades son las mismas.

61 HEGEMONIA - SEPTIEMBRE DE 2021


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