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Revista Hegemonía. Año IV Nº. 44

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 44 AÑO IV | OCTUBRE DE 2021

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HEGEMONIA

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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

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24

CONTENIDO EXCLUSIVO

La nueva

pandemia

HEGEMONIA

20

LA TRIBUNA DE ROSAS

El territorio

es de todos los

argentinos

12

ANÁLISIS

Manual para

vender la patria

por izquierda

40

FILOSOFÍA POLÍTICA

El sueño de la

Argentina del 70%


EDITORIAL

Perturbaciones, humo y ruido

Para escándalo del progresismo

global y sus repetidores

aquí en las colonias, el líder

de Rusia Vladimir Putin se

refirió en los últimos días de

este mes a la propaganda de la

ideología de género como “perturbación

sociocultural de Occidente”,

inaugurando una nueva categoría

de análisis que puede ser útil no solamente

para comprender la naturaleza

de dicha propaganda liberal

de moral sexual, la que es el objeto

puntual de la crítica de Putin, sino

además todo un amplio abanico de

mensajes e ideas que bajan todos

los días desde los laboratorios de

pensamiento financiados por las

corporaciones. La crónica local informa

que la categoría apareció en

un acto realizado en Sochi, destino

turístico ruso ubicado a orillas del

Mar Negro, durante un evento organizado

aparentemente para debatir

la importancia de la defensa de la

cultura nacional frente a lo que en

Rusia se considera como un intento

de colonización por la superestructura,

una colonización cultural.

Vladimir Putin es antimperialista y

es conservador, es amigo personal

de Cristina Fernández y a la vez es

un personaje que, de no ser Putin,

sería crucificado y cancelado por el

sector del progresismo que se nuclea

o gravita alrededor del Frente

de Todos. Pero es Putin, es una de

las tantas contradicciones que la

política posmoderna barre debajo

de la alfombra por no tener que

administrar. Cuando Putin habla de

“perturbaciones socioculturales de


Occidente” en el caso específico de

la propaganda ideológica llamada

LGBT, quienes conocen el discurso

y la praxis del líder ruso saben que

la ideología de género ahí es una

cosa meramente simbólica, superficial.

Tanto en Rusia como acá, esas

perturbaciones están a la orden del

día, se presentan en las más variadas

formas y tienen por objetivo

la destrucción del ordenamiento

propio de las naciones.

Lo que Putin llama “perturbaciones

socioculturales de Occidente”

son, en suma, las acciones superestructurales

del globalismo en su

carrera hacia la destrucción de las

comunidades nacionales como condición

primera de un mundo totalmente

globalizado. Putin sabe que

el pueblo ruso en su cultura es muy

especial, no es muy tolerante con

aquello que en otros países entra

en la categoría de “progreso”. Un

progresista diría precisamente que

se trata de un pueblo atrasado —o

que “atrasa mil años”, que es como

se usa decir ahora en lenguaje

posmoderno—, pero eso solo sería

cierto si aceptáramos, como los viejos

eurocentristas, la existencia de

vanguardias y retaguardias entre los

pueblos. Alguien cree efectivamente

que eso es así y que Occidente es el

modelo moral de progreso para el

mundo.

Pero Putin disiente. “Tenemos un

punto de vista diferente”, dijo el

ruso, agregando a continuación que

“Rusia debe adherirse a sus propios

valores espirituales y tradiciones

históricas”. Y allí está la declaración

de una guerra que en estas latitudes

aún estamos un poco lejos de

entender.

La Argentina está en vísperas de un

proceso electoral que parecería ser

importante para el equilibrio político

y hasta para la continuidad del

gobierno, aunque nuestro régimen

es presidencialista y los gobiernos,

al menos en teoría, no dependen

de la composición del Parlamento.

Hoy se discute eso en nuestro

país y es poca la atención que se

le da a la guerra mundial implícita

en el discurso de Putin. Mientras

nos ocupamos del cabotaje, cosas

grandes pasan en la que el General

Perón alguna vez definiera como la

verdadera política: la política internacional.

Las perturbaciones socioculturales

del Occidente son el asunto central

de esta edición de Hegemonía, la

44ª., correspondiente a la síntesis

del mes de octubre. Ajena la intriga

electoral —que por otra parte,

en el marco de una hegemonía, es

inconducente—, esta edición que

el atento lector tiene ahora entre

manos viene con el análisis de las

perturbaciones en dos de sus diferentes

formatos: el ambientalismo y

el indigenismo a ultranza, la ideología

importada e impuesta sobre las

particularidades de nuestra cultura

y realidad locales. Veremos en las

siguientes páginas cómo Occidente

entendido como las potencias

centrales, las corporaciones y la

élite global que dirige la función se

mete en nuestras cabezas para que

saboteemos nuestro propio desarrollo

hasta el desmantelamiento

de nuestra construcción política y el

posterior sometimiento a un régimen

globalista absoluto.

Ambientalismo radicalizado para

desguazar lo poco que queda de un

aparato industrial históricamente

precario e indigenismo a ultranza

para ir azuzando la fragmentación

territorial, he ahí las perturbaciones

socioculturales en este momento,

en este lugar. Ese es el ruido que

llega de afuera y que entra inadvertido

mientras seguimos el debate

electoral entre candidatos que en el

fondo están de acuerdo en lo esencial.

Se dice que las elecciones son

la base de la democracia, entendida

esta como un sistema de representación

política en el Estado. Y

eso es rigurosamente cierto, las

elecciones son una cosa muy importante,

aunque no son lo esencial.

En esta edición tratamos de lo

esencial a veces invisible a los

ojos. Esperamos que el resultado

sea del agrado del atento lector y,

fundamentalmente, que le sirva

para observar el reverso de la trama

donde todos los discursos tienen al

fin sentido.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural


OPINIÓN

¿Quién se ocupa

de la patria?

ROSARIO

MEZA

En horas del mediodía del pasado

jueves 21 de octubre se

conoció el envío de una carta

firmada por el presidente de la

Nación Alberto Fernández dirigida

a la gobernadora de la provincia

de Río Negro Arabela Carreras,

en respuesta a la solicitud por parte

de esa funcionaria de recibir apoyo

de fuerzas federales para contener

los ataques vandálicos que ciudadanos

autoproclamados mapuche

vienen sosteniendo en el sur del

territorio argentino. En la misiva,

Fernández señalaba que “no es función

del gobierno nacional ‘reforzar

el control en las rutas nacionales’

o ‘brindar mayor seguridad en la

región’”.

Sin embargo, es necesario poner

en contexto el conflicto para que se

comprenda su magnitud. El presidente

de la Nación aseguró que

enviaría refuerzos de parte de la

Gendarmería Nacional, pero a la vez

sugirió que “no es el caso ni mucho

menos” que esté en peligro la seguridad

interior, por lo que según el

criterio personal del mandatario la

situación no ameritaría la intervención

de las fuerzas federales para el

restablecimiento de la paz.

En la misma línea se pronunció el

flamante ministro de Seguridad de

la Nación Aníbal Fernández, quien

sostuvo que “Esto se va a resolver

cuando (las partes) se sienten en la

mesa. Si piensan que la solución es

como Julio Argentino Roca yendo a

la campaña del desierto se equivocan

feo”.

No obstante, los ataques a de-

6 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


pendencias del Estado por parte

de grupos que se autodenominan

mapuche están escalando en

frecuencia y magnitud, y apelando

a supuestos derechos ancestrales

sobre el territorio argentino estas

células desconocen la autoridad

del Estado y reivindican el accionar

vandálico. No solo desconocen el

Estado provincial, sino también el

Estado nacional y en ese sentido

es facultad del gobierno federal

el tomar cartas en el asunto para

frenar la escalada de violencia y

destrucción.

Pero el problema es aun más

serio, pues resulta evidente que la

inacción del Estado nacional responde

a una motivación ideológica

del oficialismo, no meramente a la

consideración de la pertinencia o

no de la aplicación de la ley 24.059

de Seguridad Interior, que es precisamente

la que cita el presidente en

su mensaje a la gobernadora.

Posiciones como la del embajador

argentino en Chile Rafael Bielsa,

quien días atrás se presentó ante la

Corte de Apelaciones de Temuco, en

el vecino país, donde se tramitaba

la libertad condicional solicitada

por el autoproclamado líder mapuche

Facundo Jones Huala, dan

cuenta de que la negativa a intervenir

para restablecer la paz ante

el recrudecimiento de las acciones

vandálicas responde a una postura

ideológica y no solamente a cuestiones

políticas. Vale aclarar que

Jones Huala fue extraditado a Chile

en 2018 y hallado culpable por el

incendio de una propiedad en la

estancia Pisu Pisué y por posesión

ilegal de armas de fabricación

casera, delitos que le valieron una

condena a nueve años de prisión.

Que un diplomático argentino

se presente ante el Poder Judicial

dependiente de un Estado soberano

a pedir la liberación de un convicto

juzgado por un tribunal federal, con

sentencia firme por la comisión de

delitos contra el patrimonio común

a una nación sienta un precedente

peligroso. No es facultad del Estado

argentino intervenir en esa clase de

cuestiones, además de que predispone

a malos entendidos entre

naciones hermanas.

Para defenderse por las críticas

que subyacen a una desinteligencia

de esta magnitud, el gobierno

nacional ratifica la postura de los

sediciosos apelando a un indigenismo

a ultranza que en última instancia

reconoce de facto a un puñado

de argentinos derechos por encima

de la ley argentina y de la mismísima

Constitución Nacional. En esa

línea han ido, sin ir muy lejos, cada

una de las expresiones oficiales

con motivo de la celebración del

recientemente bautizado “Día de la

Diversidad Cultural”, el pasado 12

de octubre.

Asimismo, el gobierno esquiva el

bulto suponiendo que todo aquel

que se oponga a reconocerles entidad

nacional alguna a los rebeldes

es un opositor al Frente de Todos,

un destituyente o un advenedizo

que busca sacar rédito político de

una situación apremiante.

En la misma dirección, y contribuyendo

a la instalación de ese discurso,

los medios de difusión voceros

del oficialismo han replicado

los discursos de personajes como

la exministra de Seguridad de la

Nación Patricia Bullrich o el bloque

de diputados de Juntos por el Cam-

A más de un siglo de su muerte, el fantasma del General Julio Argentino Roca vuelve a sobrevolar

la política nacional. Roca es una figura controvertida en tanto y en cuanto se considera

el padre de la unidad territorial de lo que hoy conocemos como Argentina, pero también se

lo acusa de haber hecho un genocidio en el proceso. Roca y los hombres de su generación

no consideraban argentinos a los originarios del territorio y, en consecuencia, avanzaron

sobre ellos. Increíblemente, la misma controversia existe —aunque todavía en miniatura— en

la cuestión de los autodenominados mapuches en las provincias occidentales del país.

7 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Una imagen que, vista en el actual contexto, es como mínimo curiosa: el presidente Alberto Fernández sostiene una bandera nacional en

presencia de Arabela Carreras, la gobernadora que hoy se ve apremiada por un conato de secesión territorial. En la provincia de Río Negro los

autodenominados mapuches ya han definido pasar a la acción violenta como programa para lograr sus objetivos y Carreras dice que no tiene

los recursos para resistir a esas embestidas.

bio, quienes repudiaron a Bielsa por

su postura y criticaron el accionar

ulterior del gobierno de desconocer

su deber de impartir orden en las

provincias patagónicas so pretexto

de la presunta ausencia de una

amenaza a la seguridad interior.

De este modo diversos actores,

desde el gobierno hasta la oposición,

pasando por los medios de

comunicación afines a uno y a otra

han pretendido “agrietar” un conflicto

que no debería responder a

banderías políticas pues nos atañe

por igual a todos los argentinos.

Independientemente de la utilización

política que sujetos inefables

como Patricia Bullrich hagan de la

cuestión mapuche esta no pierde

magnitud. Bullrich debería responder

ante la justicia por el desmanejo

de la situación que llevó a cabo

cuando ocupaba nada menos que la

cartera de Seguridad Nacional y que

terminó con la desaparición seguida

de muerte de un argentino, Santiago

Maldonado, en el contexto de la

huida de las fuerzas federales que

operaban en Chubut en el año 2017

y cuya intervención en ese momento

se demostró fuera de madre. Nada

ha quedado más en evidencia que

la incapacidad de Patricia Bullrich

para solucionar este conflicto, por

lo que verdaderamente resultaría

irrisorio verla intervenir en la cuestión,

si no fuera porque en el medio

se ha jugado la vida al menos un

inocente.

Pero no por ello hemos de suponer

que el conflicto no existe y que

es una fabulación de la oposición

política la gravedad del mismo, el

accionar del gobierno nacional no

puede basarse en criterios ideológicos,

personales o partidarios para

determinar la existencia o no de una

amenaza a la seguridad nacional.

Días atrás grupos radicales incendiaban

dependencias de Vialidad

Nacional, hoy día reducen a cenizas

un club social y deportivo, y el gobierno

nacional prácticamente afirma

que no existe amenaza alguna.

¿Hemos de esperar los argentinos

que la virulencia siga escalando y

deban lamentarse víctimas humanas,

además de daños materiales al

patrimonio del país?

Mientras los medios progresistas

levantan notas en las que señalan

con el dedo a una gobernadora

provincial por denunciar lo que

ella considera ataques terroristas,

sosteniendo que el objetivo de pedir

asistencia del Estado nacional es

parte de un plan para desalojar a

inocentes comunidades indígenas a

través de la represión, son ciudadanos

argentinos quienes no se sienten

seguros en sus propias tierras. Y

huelga la aclaración: son argentinos

también los responsables de los

ataques, por lo que resulta imperativo

que sean capturados y juzgados

8 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


por los delitos cometidos en caso

de demostrarse su culpabilidad.

Nadie, ninguna persona física o

jurídica que se encuentre habitando

el interior de las fronteras de

nuestro país está o puede estar

por encima de la ley. Todos somos

responsables por los actos que

cometemos y si en nuestro camino

aunque más no sea en nuestra

lucha por obtener reivindicaciones

que consideramos legítimas cometemos

actos que no están enmarcados

en la ley, hemos de responder

con altura por las consecuencias de

nuestras decisiones.

Pero vale también preguntarse

hasta qué punto son legítimos

determinados reclamos. Son de

público y notorio conocimiento los

vínculos que grupos autodenominados

mapuche sostienen con organizaciones

no gubernamentales con

sede en Bristol, en el Reino Unido

de Gran Bretaña, por lo que resultaría

de utilidad preguntarnos qué

intereses persiguen estos grupúsculos

de revoltosos y a qué nación en

verdad responden. Si no se sienten

argentinos, ¿no será que se sienten

más cercanos a la corona?

Probablemente sea una mera

casualidad que justamente sean

las comunidades emplazadas en

los territorios más ricos en recursos

naturales de todo el país —minerales,

madera, agua potable de los

glaciares, incluso zonas turísticas

de importancia capital— las que

desconozcan la autoridad soberana

del Estado argentino y enarbolen

banderas extranjeras en nuestro

territorio. De la totalidad de comunidades

indígenas que siguen habitando

nuestra tierra son una ínfima

proporción las que no se reconocen

argentinas y agitan el fantasma

de la anarquía o aun peor, de la

secesión. Puede que pequemos de

malpensados, pero, ¿y si no existen

las casualidades?

También vale preguntarse el rol

que ocupan los medios de difusión

en esta maraña de cuestiones.

¿Qué interés mueve a los grandes

medios de comunicación progresistas

a retroalimentarse del discurso

indigenista a ultranza? Aquí nadie

les desconoce a las comunidades

sus prerrogativas, son ciudadanos

argentinos que tienen los mismos

derechos que cada uno de los

demás argentinos poseemos por el

mero hecho de haber nacido aquí,

incluso gozan del reconocimiento

de su identidad cultural como

miembros de una comunidad indígena,

y son libres de aprender su

lengua y practicar sus ritos religiosos,

como todos los argentinos

pues vivimos en un país donde rige

la libertad de culto, pero de ahí a

reconocerles una nacionalidad distinta

de la argentina o el derecho de

tomar tierras arbitrariamente o a salir

impunes de episodios vandálicos

por el mero hecho de autopercibirse

miembros de una nación extranjera,

hay mucho trecho. Verdaderamente

debiera ser materia de investigación

el interés que persiguen determinados

comunicadores, pues a riesgo

de incurrir en el prejuicio tendemos

a suponer que su accionar responde

más a la deliberación interesada

Facundo Jones Huala, el jefe de los autodenominados mapuches en rebeldía que fue capturado

en Argentina y luego condenado por la Justicia chilena. Al momento de cerrar esta

edición, Jones se había rebelado incluso contra el gobierno del Frente de Todos, pese a los

esfuerzos de este por protegerlo. Desde la cárcel en Temuco, Jones dijo que el kirchnerismo

es “administrador del sistema capitalista en su actual modelo neoliberal, siendo esta

administración populista más peligrosa que la derecha oficial” y acusó a Cristina Fernández

de ser “terrateniente”.

9 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Cada vez más lejos de la narrativa mapuchista dominante en el Frente de Todos, del que

todavía forma parte, Sergio Berni parecería ser la última esperanza peronista en no regalarle

a Patricia Bullrich toda la representación de un vastísimo sector: el de los que consideran a

Jones Huala un terrorista y exigen que el Estado ponga un límite a los rebeldes autodenominados

mapuches en la Patagonia.

que a la ingenuidad.

Pues no pareciera ser propio de

comunicadores el desconocimiento

del riesgo que la situación en el

sur de nuestro país implica para la

causa por la soberanía nacional. El

progresismo argentino, representado

en buena parte por los medios

de comunicación afines al gobierno

nacional y también por funcionarios

del propio gobierno, está descuidando

nada menos que la defensa

de nuestra soberanía, subordinando

el interés de la patria a los

reclamos de sectores violentos que

se escudan tras reclamos presuntamente

ancestrales, cubriéndose con

el manto de la victimización para

llevar adelante acciones que atentan

contra la unidad territorial.

Porque es en definitiva ese el

resultado al que conducirá más

temprano que tarde la continuidad

de un conflicto que lleva demasiado

tiempo extendiéndose. Nada menos

que la fragmentación del territorio

nacional, que es uno y nadie debería

poner en cuestión que es indivisible.

Nadie, por lo menos, que no

tuviera la deliberada intención de

responder a intereses ajenos a los

de la nación argentina, o bien que

de buena fe hubiera sido estafado

en sus intereses a través de formadores

de opinión que tergiversan la

verdad para convencer al pueblo de

que lo mejor para sí es la entrega en

bandeja de lo que le es propio por

derecho de nacimiento: la soberanía

por sobre todo el territorio

nacional.

Ese es el caso de cada vez más

jóvenes y ciudadanos en general

que en virtud del adoctrinamiento

en ideas anómalas al interés nacional

han perdido de vista la noción

de soberanía y no comprenden la

dimensión de la gravedad de entregarla

livianamente ante el primero

que la reclame colocándose

a sí mismo por encima de la ley. Si

no comprendemos que la unidad

territorial es un derecho que debemos

defender a rajatabla porque de

él depende un futuro de desarrollo

para todo el país no estaremos en

condiciones de defender lo que nos

pertenece.

No es materia de este breve texto

indagar los objetivos ulteriores del

progresismo ideológico en relación

con la defensa de todas las causas

justas de la galaxia menos las de la

patria, simplemente lo es con toda

humildad señalar que la postura del

gobierno nacional en esta materia

que guarda mucha relación con los

tópicos de la soberanía nacional

y la integración territorial se está

tornando en el mejor de los casos

ingenua y en el peor de los casos,

peligrosa para los intereses de la

nación.

Sería preciso prestar mayor atención

a una cuestión que va a seguir

creciendo en magnitud en el tiempo

si no se corta de cuajo con celeridad,

atendiendo a las necesidades

de los actores, si las hubiere, pero

siempre en el marco de la Constitución

Nacional y sobre todo bajo el

imperio de la paz y el orden.

Seguir haciendo caso omiso de la

escalada de virulencia y destrucción

material no va a contribuir sino al

recrudecimiento de la situación,

que día por día tiende a salirse de

madre.

Ya no es tiempo de moderación, de

aplicar paños fríos ni de tibieza: el

Estado nacional tiene el deber de

intervenir cuanto antes con todo el

peso de la ley para restablecer la

paz en el sur de nuestro país, pues

de ninguna manera es legítimo

anteponer a los intereses de los

cuarenta y cinco millones de argentinos

la voluntad o “autodeterminación”

de un grupito que desconoce

los límites que impone la ley. La

única bandera que debe flamear en

territorio argentino es la bandera

azul celeste y blanca que nos hermana

desde el extremo norte en

la Quiaca hasta el extremo sur en

Ushuaia, pasando por nuestras islas

del Atlántico Sur, nuestros mares y

nuestro territorio antártico. Nadie

tiene autoridad alguna para creerse

superior al Estado argentino.

10 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


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11 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


ANÁLISIS

Manual para vender

la patria por izquierda

ERICO

VALADARES

En su inmensa sabiduría, el General

Perón solía decir que la

verdadera política es la política

internacional. Y la razón por la

que esa definición fue precisa

en los tiempos de Perón y sigue

siéndolo en los días de hoy es que,

sobre todo en países semicoloniales

como el nuestro, los intereses de las

potencias globales y de las corporaciones

modifican profundamente la

dinámica de la política local. No se

trata de ninguna “conspiranoia” ni

nada por el estilo, sino de una mera

cuestión de observación del comportamiento

de nuestros dirigentes

y de hacer un ejercicio lógico para

ver cómo dichos dirigentes van cambiando

sus discursos de acuerdo a

los lineamientos que se marcan en

otra parte.

Eso es lo que pasa en los países

económicamente dependientes. Al

no tener independencia económica,

se pierde también la soberanía

política y la lucha por el poder en el

Estado se transforma en una representación

de intereses foráneos

donde nadie se puede hacer el loco,

como dice el buen sentido popular:

en mayor o en menor medida y por

12 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


más nacionalistas que sean los

sectores políticos y los dirigentes en

pugna, todos deben estar pendientes

de lo que se juega en la política

internacional, que es la geopolítica.

Y entonces todos representan alguno

de esos intereses geopolíticos en

el plano local de nuestra política de

cabotaje.

Eso pasa en todo el arco político,

como se ve, desde la derecha más

notoria e históricamente cipaya

hasta la izquierda que el sentido

común asocia con todo lo opuesto.

Por una manipulación en el lenguaje,

las posiciones dichas de izquierda

suelen percibirse como parte de

un difuso “campo popular” donde

todo lo que hay es defensa de los

intereses del pueblo y, en consecuencia,

de la patria. El pueblo es

la patria, es el pueblo-nación en la

conciencia colectiva de las mayorías

y de ahí nace el concepto de “campo

popular” con la inclusión de los

sectores ubicados a la izquierda del

arco, tendemos a ver las cosas de

esta manera y allí es donde está el

engaño más potente del poder.

Son patrañas, no hay nada de eso.

Un cipayo puede serlo y puede ser

funcional a los intereses foráneos

tanto por derecha como por izquierda

y el ejemplo más cristalino de

esta realidad es el trotskismo de

siempre. Por más que se pinten de

rojo y se llenen la boca para hablar

de los trabajadores, el sentido común

del argentino y del americano

en general ya sabe que los trotskistas

son el vulgar instrumento del imperialismo

y la reacción, como solía

decir Fidel Castro hace ya muchas

décadas. Todo el mundo sabe que el

trotskismo es un dispositivo del poder

fáctico global por izquierda para

meter confusión y romper cualquier

conato de organización popular en

la política, todo el mundo sabe eso

y aun así sigue siendo fuerte la asociación

simbólica de una izquierda

difusa con la representación de los

intereses del pueblo-nación.

Esas son las consecuencias del

triunfo del ordenamiento horizontal

de la política legado por la revolución

burguesa de Francia desde

fines del siglo XVIII a esta parte, la

polarización binaria entre dos extremos

clásicos, derecha e izquierda,

donde la primera se asocia a la reacción

y la segunda, a la revolución.

Es viejo y está perimido, nunca fue

realmente así en la práctica, pero

sigue funcionando por tratarse de

una estructura mental que condiciona

la forma de pensar en la política

antes incluso de que la empecemos

a pensar: al empezar a observar la

lucha por el poder en el Estado, uno

ya arranca esa observación con el

prejuicio. No vemos a los de arriba

oprimiendo a los de abajo como

ocurre fácticamente desde siempre,

sino que vemos a los de la derecha

contra los de la izquierda en un teatro

donde todos están claramente

caracterizados, en una lucha sobre

un plano horizontal entre gente

El General Juan Domingo Perón, militar e intelectual de fuste, gran estratega de la geopolítica.

Perón solía decir que la verdadera política se desarrolla en el plano internacional y

eso se aplica aún con más intensidad en los países dependientes o en desarrollo como el

nuestro. El concierto de las naciones sumado a la lucha de estas contra las corporaciones

impacta en nuestra política local y nadie es ajeno a los enormes intereses en pugna.

13 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


La promoción de las llamadas “fake news” por parte de Página/12 el miércoles 20 de octubre. Con una hora de diferencia, el medio depositario

y difusor de la ideología de la izquierda progresista lanzó la operación en dos partes, sumando un ladrillo más a la construcción de la

narrativa con la que el poder fáctico global intenta hacer retroceder a la Argentina al preperonismo mediante la destrucción de la industria.

que piensa distinto. No vemos los

intereses de los de arriba condicionando

la praxis y el discurso de los

dirigentes y en eso hay inocencia,

la dosis justa de inocencia de los

civiles que el sistema necesita para

seguir funcionando.

Bellos discursos vacíos

Dos noticias en el lapso de una

hora, así fue como el medio de

difusión de la izquierda progresista

—no trotskista, aunque pega en

el palo— se apuró en instalar una

idea profundamente cipaya. A las

11 de la mañana del miércoles 20

de octubre, el Diario Página/12

informaba que la Argentina ocupa

el 14º. puesto en un ranking histórico

del calentamiento global, esto

es, que desde el año 1850 nuestro

país ha sido uno de los que más han

contribuido a la contaminación del

planeta. Véase bien: observando el

ascenso de la revolución industrial

en Occidente y luego en China a lo

largo de los siglos XIX, XX y lo que

va de este siglo XXI, se cuela entre

esos países desarrollados el nuestro,

uno que nunca tuvo ni tiene

industria en serio ni parque automotor

relevante. O por lo menos así

nos dice esta narrativa.

¿Qué narrativa? Este primer artículo

de Página/12 está firmado por

un Javier Lewkowicz (homónimo de

los famosos Alfredo y Diego Leuco

del Grupo Clarín) y se basa en

el informe de una oenegé inglesa

llamada Carbon Brief. Dicho de otra

forma, a partir de lo que dice una de

las tantas oenegés ficticias creadas

y mantenidas por el Foreign Office

inglés, un inimputable llamado

Javier Lewkowicz anuncia con grandilocuencia

que la Argentina está

en el grupo de los países que más

emiten los llamados gases invernaderos

que estarían contaminando

la atmósfera hasta causar el calentamiento

global. Pero como nadie

se fija en quién dice las cosas ni a

instancias de qué o quiénes las cosas

se dicen, se instala finalmente

con valor de verdad la aseveración

de que un país desindustrializado

como el nuestro está destruyendo el

planeta. Este es el punto de partida

de la operación.

14 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Ya instalados los argentinos entre

los villanos del cambio climático,

una hora después el propio Diario

Página/12 publica otra nota, esta

ya sin la firma de nadie y apenas

atribuida a la Radio AM 750, perteneciente

al mismo conglomerado

mediático que controla Página/12.

Aquí, en la estela del artículo anterior,

se informa que la Argentina y

Colombia piden canjear sus deudas

por “acciones climáticas”. Y ahora

sí la operación toma su forma final.

Se trata de una narrativa muy sofisticada

que impacta fuertemente

sobre la conciencia del individuo

de izquierda que lee el Diario Página/12

y cree en lo que lee ahí como

ocurre con el sujeto de derecha

que hace lo propio con el Diario La

Nación. El caso es que se juntan el

hambre y las ganas de comer allí

donde primero se instala sobre el

relato apocalíptico del calentamiento

global el dato de la Argentina

como destructora del planeta y

el problema de la deuda externa,

que es acuciante. Podemos pagar

nuestra deuda con “acciones climáticas”

y a la vez salvar el mundo con

eso, es una oferta que nadie podría

rechazar, como diría Don Corleone.

Mientras los argentinos nos ocupamos

precisamente del cabotaje en

vísperas de elecciones parlamentarias

y estamos pendientes de los

resultados, de ver qué frente suma

más diputados y senadores, por lo

bajo los medios de la izquierda progresista

van instalando la narrativa

que ubica a nuestro país —a partir,

como hemos visto, del informe de

una oenegé inglesa y poco más que

eso— entre los villanos del cambio

climático. En paralelo, se instala

además la idea de la posibilidad

de transformar la deuda externa en

“acciones climáticas” y el problema

es justamente ese, a saberlo, el que

nadie explica aún en qué consistiría

tal cosa.

Cubierta en petróleo. Greta Thunberg es la reina de la sobreactuación y es una verdadera

vaca sagrada para Página/12 y para los que consumen ideológicamente el contenido de

dicho medio. Thunberg simboliza el grito progresista despojado de argumentación, absolutamente

ahistórico e ignorante de las realidades nacionales en los países donde ese grito se

replica irreflexivamente. La narrativa del ambientalismo a ultranza se usa en la práctica para

condicionar el desarrollo de los países dependientes, es un instrumento vulgar del imperialismo

por izquierda. Y en ello tanto Thunberg como sus admiradores son partícipes necesarios,

aunque casi siempre involuntarios.

El negocio de la dominación

Se ha hablado abundantemente

en este espacio del mecanismo

de la deuda como instrumento

no financiero ni mucho menos,

sino de dominación. Es un hecho

muy conocido en la política a esta

altura el de que las potencias y los

organismos multilaterales como

el Fondo Monetario Internacional

15 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


(FMI) no prestan dinero a los países

en desarrollo con problemas como

el nuestro para cobrar luego esos

empréstitos con cierto interés, ese

no es el negocio. La deuda externa

es como decía John Quincy Adams

en los albores de la constitución

de los Estados Unidos como país

soberano: es, junto a la espada, una

de las dos formas de someter a una

nación. El poderoso presta dinero

para no cobrar jamás, para que la

deuda sea eterna y entonces en el

ínterin controlar los recursos de los

países que deben.

Por eso no es difícil ver aquí un

plan a mediano y largo plazo cuya

finalidad es el sometimiento de

países ricos en recursos naturales

como la Argentina al poder fáctico

global, a las grandes potencias

dominantes, a las corporaciones

o a todos estos combinados. La

primera parte del plan se ejecutó

durante el gobierno de Mauricio

Macri, la Argentina se endeudó

mucho más allá de su capacidad

de cumplir los compromisos financieros,

capital e intereses, de los

empréstitos contraídos. Luego, ante

la imposibilidad de pagar, la deuda

se convierte en eterna y la Argentina

queda a merced de la voluntad de

los prestamistas, en este caso del

John Quincy Adams, el sexto presidente de los Estados Unidos (1825/1829), en la etapa

de liberación nacional de ese país que luego se convertiría en una potencia imperialista.

Quincy Adams dio una definición para la eternidad al decir que la espada y la deuda son las

dos formas de esclavizar a una nación. Hoy lo segundo es ampliamente utilizado mientras

lo primero cae en desuso: la guerra tiene costos demasiado altos y realmente solo tiene por

finalidad incrementar el poder del complejo industrial-militar. Para la dominación real la

deuda es el mecanismo más idóneo.

FMI a modo de ministerio para las

colonias. Y finalmente los argentinos

nos vemos obligados a aceptar

todo tipo de injerencia en nuestros

asuntos internos, desde la imposición

de un ministro de Economía

como Martín Guzmán (un clarísimo

operador de los mercados globales

enviado por Harvard a hacer lo

que hace) hasta, precisamente,

las “ofertas” de canjear deuda por

“acciones climáticas”.

No sabemos todavía de qué se

trata, nadie explica si esas “acciones

climáticas” van a consistir en

plantar árboles, en descontaminar

riachuelos o en reducir el uso de

sorbetes de plástico en los restaurantes

de comida rápida, pero está

claro que no va a ser nada de eso.

Aquí se habla de emisión de gases

invernadero, el problema declarado

es el calentamiento global que

se asocia en el mismo relato a la

emisión de CO2 a la atmósfera y

eso claramente tiene por finalidad

disminuir y hasta clausurar las

actividades que hacen a esa emisión.

En una palabra, las “acciones

climáticas” que nadie quiere explicar

en qué demonios consisten

son la exigencia de una desindustrialización

drástica. Hay que parar

de contaminar porque el mundo se

acaba.

El mundo se acaba, eso puede ser

cierto y más aún en el aspecto de

los recursos del planeta, aunque de

ninguna manera nuestro país ni los

demás países en desarrollo somos

responsables de ello. Entre China,

los Estados Unidos, Europa Occidental,

Japón y Corea del Sur está

la casi totalidad del consumo de

los recursos del mundo y también

de la emisión de gases invernadero

que contaminan la atmósfera. Y, no

obstante, nadie puede presionar a

esos países para que se desindustrialicen

rápidamente, puesto que

ellos no son rehenes del empréstito.

16 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Amoroso con la extitular del Fondo Monetario Internacional Christine Lagarde, Mauricio Macri es el cipayo de derecha que hundió al país en

la deuda impagable. Una vez terminado su trabajo de demolición, Macri dio paso a los cipayos de izquierda cuya función será legitimar la

deuda y transformarla en dominación. Cuando el pueblo argentino entienda la maniobra ya será demasiado tarde: se habrá entregado toda la

soberanía y tendremos como resultado un país fragmentado incluso en lo territorial.

Nos vienen a presionar a nosotros,

con la ayuda interna de los cipayos

de derecha que nos endeudan más

allá de nuestra capacidad de pagar,

pero también con la ayuda de los

cipayos de izquierda que ideológicamente

venden la patria promocionando

la lucha contra el cambio

climático como la urgencia más

grande y la idea de que nuestro país

es responsable por la catástrofe

que se anuncia.

A los argentinos primero nos preparan

y luego nos condicionan. Los

cipayos de derecha nos endeudan y

con eso nos preparan para el descenso

en las tablas mundiales de

dignidad, nos ponen en el lugar del

mendigo; los cipayos de izquierda

nos condicionan para pensar que

encima somos culpables y que por

eso debemos aceptar alegremente

no solo toda clase de injerencia

foránea en los temas de nuestra organización

nacional, sino además la

destrucción de la escasa industria

que nos queda en nombre del clima.

En el altar de esta nueva religión

ambientalista vamos a sacrificar

lo que aún queda de desarrollo

industrial después del desguace

de la dictadura entre 1976 y 1983,

después del menemismo asociado

al Consenso de Washington y después

del macrismo que continuó la

obra de demolición. Nos queda muy

poquito y ahora vamos a aceptar el

remate de lo residual para “salvar el

planeta”.

Ideología

Es una estafa a todas luces, sin

lugar a dudas, pero no es la única.

Con el discurso ideológico de

izquierda luego del saqueo material

de derecha también van por la fragmentación

territorial, puesto que

es inaudito para quienes cortan el

jamón a nivel mundial que la Argentina

sea el octavo país más extenso

17 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Esquema de lo que pudo haber sido una patria grande hispanoamericana históricamente.

A excepción del sector apropiado por los Estados Unidos a México y a Cuba y de lo que más

tarde sería Brasil, posesión de los portugueses en América, la unidad del viejo imperio español

habría resultado en el segundo país más extenso de la tierra, el tercero más poblado y

lejos el más rico en recursos naturales. Pero la diplomacia y la inteligencia de los británicos

metieron la cola y balcanizaron, proceso que pretenden continuar hasta la fragmentación

total como se ha hecho en África.

del mundo, que esté en posesión de

incalculables riquezas en el territorio

y en el subsuelo y que sea un

solo país. Por el contrario, para una

mejor explotación y saqueo de esas

riquezas convendría una balcanización

territorial que transformara lo

que hoy conocemos como Argentina

en unos cuantos pequeños países

del tamaño de Uruguay y Paraguay

o incluso menos que eso, países

menores sin ninguna capacidad de

reorganizarse para la defensa de su

patrimonio.

De hecho, eso fue lo que pasó

a principios del siglo XIX cuando

la diplomacia y la inteligencia de

Gran Bretaña metieron cuña en los

procesos de independencia en Hispanoamérica

para impedir que todo

el territorio del imperio español en

decadencia mantuviera su unidad

territorial formando el país más extenso

del mundo después de Rusia

y el más poblado después de China

y la India. Eso sería la patria grande

hispanoamericana desde el Río Bravo

hasta la Patagonia, de México a

la Argentina excluyendo a Brasil —

que era de los portugueses— y otras

pequeñas posesiones británicas,

francesas y holandesas en el Caribe

y en el extremo norte del subcontinente

sudamericano. Así sería hoy

una potencia global tricontinental

con salida a dos océanos, con 11,5

millones de kilómetros cuadrados

de superficie y una población de

más de 400 millones de habitantes,

todo eso con un pueblo-nación culturalmente

homogéneo y hablando

un mismo idioma. Un hueso durísimo

de roer para quienes pretendieran

venir aquí a robar.

Nos balcanizaron entonces y

pretenden seguir con el proceso

de creación de pequeños países

indefensos allí donde todavía hay

gigantes con capacidad de pararse

de manos. Para eso cuentan otra

vez con los cipayos de derecha en

todo lo que es rifar y regalar el patrimonio

y la soberanía, pero también

con los de izquierda para ideologizar

con el asunto del indigenismo

a ultranza, la negación del mestizaje

hispanoamericano que está

en nuestra esencia. Las consignas

progresistas de la “autodeterminación”

de los pueblos con derecho a

territorio propio nos están llevando

a pensar que los pueblos originarios

deben tener el derecho a escindirse

de las constituciones políticas actuales

hasta fundar nuevos países

independientes dentro de lo que

hoy es una unidad precaria. Esto es

lo que hay en el fondo del asunto de

los llamados mapuches.

Ese problema tiene varias dimensiones,

siendo la más evidente la

de una contradicción que en ningún

caso los argentinos podemos incu-

18 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


rrir. De aceptar la legitimidad en los

reclamos secesionistas del territorio

por parte de los pueblos originarios,

automáticamente estaremos

legitimando también el derecho a la

autodeterminación, por ejemplo, de

los kelpers en nuestras Islas Malvinas.

Como se sabe, Gran Bretaña

pretende sostener la usurpación de

esas islas con el argumento de que

los kelpers se pueden independizar

tanto de Londres como de Buenos

Aires, lo que en la práctica significa

la dependencia de Londres en la lógica

de la Mancomunidad de Naciones

que ellos llaman Commonwealth.

No hay nada que se asemeje a

una “autodeterminación” para esas

3.500 almas que sostienen con el

cuerpo la usurpación de las Islas

Malvinas llamándolas Falklands. Lo

que hay es colonialismo mal disimulado

con férreo control por parte del

gobierno británico sobre los recursos

naturales alrededor de las Islas

y sobre el tránsito en el Atlántico sur

y en el Estrecho de Magallanes.

Lo mismo intentan hacer los ingleses,

siempre ellos, oponiendo a

sus filibusteros autodenominados

mapuches a la constitución política

de la Argentina, enfrentándolos con

el Estado nacional y los Estados

provinciales de la región patagónica

para generar una tensión en escalada

hasta que eso sea suficiente

para reclamar la secesión del territorio

soberano. Tendrán la “autodeterminación”

estos filibusteros para

crear una nación mapuche sobre las

zonas ricas en petróleo, gas y litio

para luego ponerse bajo la protección

de Londres. O de Bristol, que es

donde tienen sus sedes las oenegés

que agitan todo esto a instancias

de la corona como si se tratara de

una defensa de los intereses de los

pueblos originarios.

No lo es ni está cerca de serlo.

Estamos más bien frente a la misma

actividad de la diplomacia y de

Los autodenominados mapuches, aquí en conflicto con el Estado nacional de Chile. En la Argentina,

el gobierno del Frente de Todos se encuentra en una posición de rehén frente a esta

cuestión gracias a la ideologización progresista del grueso de su militancia. Imposibilitado

de actuar ante los actos de agresión en la región patagónica, el gobierno de Alberto Fernández

es pasivo en el conflicto territorial y las provincias quedan libradas a su suerte.

la inteligencia británicas que nos

habían balcanizado a principios del

siglo XIX y ahora vuelven por más

a la luz del hallazgo de ingentes

riquezas en el subsuelo de la región

patagónica argentina. Allí van a

querer instalar micropaíses nuevos

y supuestamente independientes

cuyos gobiernos sean los garantes

de la libre explotación de aquellos

recursos por parte de las potencias

occidentales y las corporaciones.

¿Y qué hace nuestra izquierda al

respecto? Pues antepone el indigenismo

a ultranza a la defensa de

la soberanía nacional, legitima el

saqueo futuro en base a una narrativa

ideológica profundamente antinacional,

pero que no se percibe así

por su barniz progresista.

Tanto la narrativa ambientalista

como la indigenista radicalizadas a

punto de negar la necesidad de desarrollo

de una industria propia por

una parte y, por otra, la naturaleza

mestiza del hombre hispanoamericano

son instrumentos de construcción

de sentido de cara a un plan a

mediano y largo plazo. Todo eso es

lo que hace la izquierda progresista

cuyo faro comunicacional son los

medios como Página/12 y afines,

todo eso hacen algunos adrede y

otros sin saberlo, aunque lo hacen

todos. Por izquierda deconstruyen la

unidad nacional, dan marcha atrás

en el ya de por sí dificultoso proceso

de integración regional americana y

retroceden hacia la balcanización,

la división y la sumisión colonial.

Están los cipayos de derecha y

están los cipayos de izquierda, está

visto.

La gran parte de estos últimos no

es consciente de su cipayismo, se

deja encandilar por la ideología. La

narrativa de la justicia universal en

abstracto es el peor enemigo que

tienen hoy los pueblos: el enemigo

tiene el poder y se ha metido en las

mentes de quienes lo tendríamos

que estar combatiendo. Tiempos

peores vendrán.

19 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


LA TRIBUNA DE ROSAS

El territorio es de todos los argentinos

CÉSAR

MILANI

En las últimas horas y con motivo

de la celebración del día de

la diversidad cultural se han

multiplicado las manifestaciones

oficiales de respaldo a las

comunidades originarias. Sin embargo,

resulta importante reflexionar

sobre algunas cuestiones aledañas

a la cuestión indígena, que

guardan relación con la defensa de

la soberanía nacional.

En primer lugar, es necesario

recordar que todos los integrantes

de los pueblos originarios son

antes que nada argentinos y que

habitan nuestro territorio nacional.

El territorio argentino es uno y es

indivisible y el Estado nacional no

reconoce más naciones dentro de

su territorio que la nación argentina.

Los pueblos originarios son

reconocidos por el Estado argentino

como tales, aunque siguen siendo

compatriotas argentinos cuyas reivindicaciones

deben enmarcarse en

el contexto del derecho argentino e

internacional.

20 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


En los últimos tiempos, no obstante,

se ha visto emerger cada vez con

mayor frecuencia manifestaciones

de parte de grupos originarios que

no reconocen a las autoridades nacionales

y se están erigiendo en una

suerte de organización paraestatal,

por fuera del marco legal, apelando

para legitimarse a un discurso radicalizado

que vuelca sus orígenes

en la presunción de la existencia de

derechos ancestrales, anteriores a

la conformación del Estado nacional.

Esta es una problemática candente

no solo en nuestro país sino en

varios países de la región. En Chile,

por ejemplo, el gobierno del presidente

Sebastián Piñera sostiene

un conflicto con las comunidades

mapuche que está tomando tintes

preocupantes. Mientras el gobierno

pretende recurrir a las fuerzas armadas

para controlar los desmanes,

se reproducen en el tiempo ataques

vandálicos atribuidos a grupos

mapuche.

En Paraguay el presidente Mario

Abdo envió al parlamento una ley

que propone recrudecer las penas

contra el delito de invasión de tierras,

estableciendo hasta diez años

de condena para los ciudadanos

encontrados culpables. Esta medida

le valió el repudio de un grupo

de indígenas que se concentró en la

plaza del microcentro de Asunción,

asegurando que permanecería allí

hasta que se promulgara o vetara

la ley. Afirman que endurecerán las

medidas de presión y “no darán un

paso atrás” en caso de que se efectúe

la promulgación.

Bolivia es un país que reconoce en

su constitución la categoría de plurinacionalidad

y que está en manos

de un gobierno de corte progresista,

pero allí también se multiplican las

protestas indígenas y los “whipalazos”

en protesta contra el gobierno

del presidente Luis Arce, arengados

además por la oposición política.

En Argentina los episodios se

repiten en la Patagonia, donde días

atrás un grupo autodenominado

mapuche reivindicó una serie de

incendios acaecidos a inicios de

este mes en diferentes dependencias

del Estado nacional, entre ellas

en una oficina de Vialidad Nacional

que fue reducida a cenizas. El

grupo afirmó su apoyo a “la acción

de sabotaje realizada en la noche

del 3 de octubre en inmediaciones

del camino al cerro Catedral donde

fueron destruidas dos máquinas y

un galpón pertenecientes a Vialidad

Nacional”, a la vez que advirtió que

se mantendrán los ataques como

una forma de acción para “lograr la

liberación de su pueblo-nación”.

Y vale entonces preguntarse: ¿A

qué se refieren estos grupos cuando

hablan de “liberación”? Ni en

Argentina ni en ninguno de los

países arriba mencionados existe

la esclavitud, todos esos países les

reconocen a los grupos originarios

la ciudadanía por haber nacido en

el interior de las fronteras nacionales

de cada país.

El impulso a esta clase de iniciativas

indigenistas adolece del riesgo

de poner en cuestión el orden público,

pero aún peor, pone en cuestión

la soberanía nacional. ¿Y por qué?

La soberanía nacional es la facultad

de un Estado-nación de dictar

leyes de cumplimiento efectivo al

interior de su territorio. Mientras

existan grupos de ciudadanos que

se resistan a reconocer la autoridad

del Estado no existe soberanía

En Chile, Sebastián Piñera dispuso el uso de la fuerza del Estado para contener las sublevaciones

en el territorio. Otro tanto pasa en Paraguay, en Bolivia y también en nuestro país.

21 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Los “whipalazos” en Bolivia, que no perdonan ni a un Luis Arce absolutamente identificado con el concepto de plurinacionalidad que orienta

históricamente la praxis política del Movimiento al Socialismo (MAS). Ciertos grupos no hacen alianzas ni respetan pertenencias ideológicas

a la hora de embestir.

efectiva sobre la porción de territorio

que estos ciudadanos habiten.

Es un riesgo demasiado grande,

porque implica la remota y cada vez

más cercana posibilidad de que se

fracture la unidad territorial de la

nación.

El derecho internacional reconoce

a los Estados nacionales la facultad

de sostener su integridad territorial.

Sin embargo hay excepciones,

como es el caso del conflicto de los

Balcanes (1991-2001), donde en

virtud de apelaciones plurinacionales

el territorio de la antigua Yugoslavia

se particionó dando lugar a la

fragmentación y al surgimiento de

Estados mucho más pequeños que

hoy en día permanecen en su gran

mayoría sumidos en la pobreza.

Sin desmedro de la importancia de

los pueblos originarios, de su riqueza

cultural y del hecho insoslayable

de que muchas de las comunidades

que persisten hasta nuestros días

han sido históricamente postergadas

y empobrecidas, es necesario

que el Estado argentino tome cartas

en el asunto de la soberanía nacional,

imponiendo su presencia como

garantía de unidad territorial. Nuestros

hermanos indígenas son ante

todo argentinos, no se les reconoce

como estatus más que el de compatriotas

y como tales deben ejercer

el legítimo derecho a la protesta,

no así al vandalismo, el terrorismo

o lisa y llanamente la sedición en

contra del Estado argentino.

La problemática de los pueblos originarios

es prerrogativa del Estado

argentino y debe ser resuelta por la

voluntad política, la asistencia del

Estado y la inclusión con justicia

social. Ni el reconocimiento de las

comunidades como naciones autónomas

ni hacer la vista gorda ante

la emergencia de sectores radicalizados

que desconocen la autoridad

nacional son la solución, sino más

bien la seguridad del recrudecimiento

de un conflicto cuyo resultado

final podría ser nada menos que

la fragmentación territorial.

Pero tampoco hay que ser ingenuos.

Más allá de las legítimas

reivindicaciones que las comu-

22 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


nidades reclaman será cuestión

de investigar los vínculos que los

sectores radicales sostienen con

organizaciones interesadas en la

secesión, si los hubiere. En nuestro

país existen iniciativas que atentan

contra la unidad territorial —el

llamado “Mendoexit”, por ejemplo—

cuyos vínculos con las familias

patricias europeas está probado y

documentado. De hecho, existen

sectores autodenominados mapuche

cuyas relaciones con Inglaterra

no están del todo explicitadas y

pueden generar suspicacia.

Es necesario que el Estado argentino

sin discriminación partidaria

se ponga a la tarea de identificar a

cada uno de los grupos y atender a

sus demandas, siempre y cuando no

existan antecedentes de desconocimiento

de la autoridad nacional, en

cuyo caso será importante determinar

también la existencia o no

de delitos contra la propiedad o el

patrimonio nacional.

La apelación al principio de la

autodeterminación de los pueblos

no puede sentarse como precedente

para poner en riesgo la soberanía

del país. Todos los hombres y mujeres

que habitan el suelo argentino

—hayan o no nacido en él— son argentinos

en la práctica, es decir, en

cualquier caso están sujetos a las

generales de una ley que es igual

para todos, tal como lo establece

nuestra Constitución nacional.

Pero existen otros riesgos que

emanan de la apelación por la

autodeterminación de los pueblos

y un ejemplo de ello es Malvinas.

Si el Estado argentino reconociera

por ejemplo a los mapuches el

estatus de nación, ¿qué sucedería

si los habitantes de las Islas Malvinas

apelaran al mismo principio?

Argentina no puede darse el lujo de

poner en peligro una lucha de casi

dos siglos por el reconocimiento de

su legítima soberanía en las islas

como consecuencia del deseo de no

imponerse de manera firme sobre

comunidades díscolas que no le

reconocen la autoridad.

El progresismo argentino a menudo

incurre en la ingenuidad de no

discernir entre las demandas legítimas

de los pueblos originarios y

las acciones radicales que atentan

de manera directa sobre la unidad

nacional. No podemos darnos ese

lujo, es preciso que separemos la

paja del trigo. Jamás resolveremos

como país la deuda histórica que

sostenemos desde la conformación

del Estado nacional con “nuestros

hermanos los indios”, como les

llamaba el General San Martín, si

no tomamos seriamente cartas en

el asunto.

Y, sobre todo, si no recordamos

en todo momento que solo existe

una bandera que nos representa

a todos, desde La Quiaca hasta

Ushuaia, pasando por cada uno de

los remotos rincones del país, por

nuestra Antártida, nuestros mares y

nuestro territorio insular: la bandera

blanca y azul celeste, la bandera de

todos los argentinos.

Alfredo Cornejo es uno de los impulsores de la idea del “MendoExit”, o la secesión territorial

de la Argentina con la exclusión de la provincia de Mendoza. De hecho, Cornejo declaró

públicamente que “Mendoza tiene todo para vivir como un país independiente” y que, si bien

hoy no están dadas las condiciones para fragmentar el territorio, sería conveniente “pensar

seriamente en proyectos de este tipo”. El “MendoExit” es solo uno de los tantos movimientos

subrepticios cuya finalidad es romper la constitución política del país y también es funcional,

por ejemplo, al relato de unas Islas Malvinas ocupadas por los británicos. Si los mapuches

y los mendocinos pueden tener autodeterminación y escindirse de la unidad territorial,

¿por qué no lo podrían hacer los kelpers?

23 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


CONTENIDO EXCLUSIVO

La nueva

pandemia

ERICO

VALADARES

De un modo algo inesperado

para quienes consumen

ideológicamente el contenido

difundido todos los días por el

Diario Página/12, este medio

insignia del progresismo globalista

publicaba el pasado 22 de octubre

la que sin lugar a dudas es la noticia

más impactante en todo lo que va

del año, aunque no fueron muchos

los que la entendieron así. Con

cautela y ocultando el artículo sin

firma en una de las secciones marginales

de la versión web del diario,

Página/12 titulaba ese día que el

coronavirus pasaba a clasificarse

como una enfermedad estacional e

informaba además que “su transmisión

está asociada a temperaturas

y humedad bajas, como ocurre con

la gripe y otros resfriados causados

por coronavirus”. Y así, sin mayor

contemplación y como quien

cumple con la impersonalidad de

la obediencia debida una orden

emitida por una autoridad superior,

el editor de Página/12 arrojaba una

24 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


verdadera bomba atómica sobre

la fe ideológica de sus lectores al

alinearse súbitamente con Jair Bolsonaro

—a quien los consumidores

del medio actualmente identifican

junto a Javier Milei y a Mauricio Macri

como el enemigo fundamental

por antonomasia— en la definición

de la problemática mundial de los

últimos veinte meses y más: el coronavirus

es una gripe estacional y su

transmisión se asocia a cuestiones

climáticas.

Exactamente, como veíamos, lo

que sostiene desde principios del

año pasado el presidente maldito

de Brasil. Con una larga perorata

cuyo fin es la cabal incomprensión

del texto, el anónimo de Página/12

cita al director del Instituto de

Salud Global de Barcelona Xavier

Rodó para decir básicamente que

la ciencia se equivocó una vez más.

“El conjunto de nuestros resultados

apoya la idea de que el coronavirus

es una infección verdaderamente

estacional”, dice Rodó en la cita del

diario, para el espanto de quienes

con el consumo de Página/12 y

otros medios sostuvieron durante

largos meses su creencia en la teoría

del apocalipsis. Y agrega, para

más desesperación de esos teóricos

25 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Pintada en Barcelona realizada durante el momento de mayor psicosis frente al coronavirus.

Allí se lee, en un inglés de dudosa calidad: “¡Peligro! El brote de coronavirus está en

el Parque Güell. Turistas, corran por sus vidas”. Finalmente, habría de salir de Barcelona la

definición radicalmente opuesta de que el coronavirus se asemeja a una gripe estacional y

nadie necesita realmente correr por su vida. Ironías de la historia.

de la catástrofe, que el virus es “similar

a la gripe y los otros coronavirus

del resfriado común”.

Entonces el coronavirus del año

2019 es una gripe y Página/12

coincide finalmente con Bolsonaro,

algo impensable hace tan solo

unas pocas semanas. Y no es que se

trate de ninguna novedad ni nada

por el estilo, sino más bien de una

conclusión científica: se sabe hace

mucho que la gripe en sus distintas

variantes es genéricamente un

coronavirus por la forma en que

se presenta en el microscopio, la

que se asemeja a la de una corona.

No hay ningún problema ni es un

atentado contra la salud pública el

decir la obviedad de que el coronavirus

del 2019 es una gripe o que

pertenece a la misma familia de los

síndromes respiratorios agudos,

en la que están los más conocidos

H1N1, SARS, MERS y la influenza

tradicional, entre otros. No obstante,

la sola afirmación de que eso es

así ha sido demonizada por todos

los medios de difusión hasta la publicación

del artículo de Página/12

el pasado 22 de octubre. Hasta ese

día, decir públicamente que el coronavirus

del año 2019 y del presente

es una gripe constituía poco menos

que un delito que le garantizaba al

atrevido la condena de cargar con

los hirientes motes de “anticiencia”,

“antivacunas”, “bebedor de lavandina”,

“bolsonarista”, “conspiranoico”

y un largo etcétera. ¿Por qué?

¿Por qué estuvo prohibido durante

tantos meses el decir lo que es la

verdad en los términos de la misma

ciencia, o la verdad científica?

Para empezar a desentrañar eso

que parecería ser una gran contradicción

es preciso hacer un ejercicio

de abstracción y un poco de memoria

hasta los años 2009 y 2010, el

momento de la historia reciente en

el que tuvo lugar la última pandemia:

la del H1N1 o Gripe A. Como se

sabe, si bien dicha pandemia tuvo

cierto impacto social y económico

—sobre todo en la industria del

turismo en ciertas regiones—, no generó

entonces ni una fracción de las

consecuencias que habría de tener

una década después el coronavirus

del año 2019. Y es posible que eso

haya sido así por la sencilla razón

de que en la conciencia colectiva no

es lo mismo un virus que una gripe.

Es probable que, de no haberse llamado

“Gripe A” sino “influenzavirus

A” (el que efectivamente es su nombre

científico), “influenzavirus-09” o

cualquier combinación entre “virus”

y uno de sus muchos subtipos o el

año en el que se declara, por ejemplo,

el H1N1 de los años 2009 y

2010 habría sido tomado mucho

más en serio por la opinión pública

y habría, por lo tanto, posibilitado

un despliegue mucho más grande

de medidas de prevención como

los cierres de fronteras, las mal

llamadas “cuarentenas” y la suspensión

de la actividad humana que

consideramos normal en una escala

parecida a la que se vio en todo el

mundo durante los últimos veinte

meses.

Pero nada de eso pasó y por la

pandemia de Gripe A de los años

2009 y 2010 no hubo detención de

la actividad humana más que en algunos

casos localizados y bien acotados

en el tiempo. La pandemia

de Gripe A fue menor y hay mucha

gente que ni siquiera la recuerda,

gente que no vivió sus efectos más

que por haberlos observado a través

de los medios de comunicación;

la pandemia del coronavirus, en

cambio, dejó patas arriba al planeta

entero y difícilmente alguien podrá

olvidar lo vivido en estos dos últimos

años. El villano del 2009/2010

fue un virus de la gripe que se

llamó “gripe”, mientras que el del

2020/2021 fue un virus de la gripe

que se hizo llamar “virus”. Aunque

en rigor hablemos aquí de lo mismo

26 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


—de los distintos tipos de síndromes

respiratorios agudos—, nunca

es igual la gripe que un virus por la

forma en que se presentan frente

a los que no entendemos nada de

eso.

Si los llamados “conspiranoicos”

están en lo cierto y la pandemia del

H1N1 fue un ensayo general para la

posterior pandemia del coronavirus,

allí donde ambos virus fueron artificialmente

creados y luego difundidos

para crear eventos catastróficos

cuyo resultado debió ser una conmoción

de magnitud global, entonces

es probable que el poder detrás

de esa manipulación haya tomado

nota de la diferencia semántica entre

“gripe” y “virus”, que es la forma

en la que las mayorías recibimos el

mensaje. En una palabra, viendo

que la Gripe A no asustaba realmente

a nadie porque la gripe es una

vieja conocida y ya sabemos lidiar

con ella, para la revancha se habló

de virus y se intensificó notablemente

la propaganda en los medios

de comunicación. Desde que se

descubrió en la década de 1980 el

virus de la inmunodeficiencia adquirida

(VIH), cuyo resultado según los

científicos es el SIDA y una muerte

más bien horrible, hay toda una

generación susceptible al espanto

frente al anuncio de un virus. Los

que nacimos antes de 1980 y crecimos

bajo la fuerte impresión del

estrago que hizo el VIH/SIDA hasta

mediados de los años 1990 y hasta

entrados los años 2000 en algunas

regiones como en África tenemos

fuertemente asociadas como causa

y consecuencia las palabras “virus”

y “muerte”. Y el poder lo sabe.

Quizá por eso los medios de comunicación

hayan combatido con

tanta fiereza los intentos del sentido

común por asociar el coronavirus

con la gripe, lo que por su parte hubiera

bajado notablemente el nivel

de psicosis que existió en el mundo

entre los primeros meses de 2020 y

la actualidad. De haber titulado en

marzo del año pasado como Página/12

ahora para informar que el

coronavirus es una gripe, los medios

habrían formado la opinión pública

de otra manera y difícilmente serían

aceptadas como consecuencias de

la pandemia todas esas medidas

de prevención que trastornaron la

existencia humana y la condicionaron

quizá para siempre. Dicho de

otra forma, sin el miedo no habría

sido posible toda la transformación

económica, política, social y cultural

que hubo a nivel global a partir

de la pandemia. Para garantizar

ese miedo transformador, en con-

Una fotografía del subterráneo de Buenos Aires, tomada entre los años 2009 y 2010 durante la pandemia del H1N1 o Gripe A: más allá de

los carteles informativos en la vía pública, no hubo apenas alteración de la normalidad en esos tiempos. El nivel de psicosis fue mínimo y por

eso no hubo restricciones a la circulación ni nada parecido a lo que habría de pasar una década después. El propio hecho de que no se haya

generalizado el uso del barbijo fue clave para no generar alarma entre la población y la Gripe A pasó más o menos sin pena ni gloria.

27 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


secuencia, fue necesario crucificar

durante dos años a quien se atreviera

a decir una verdad que la mismísima

ciencia afirma. La pandemia

del coronavirus se construyó sobre

una grandísima falsificación en la

narrativa.

Lo que duran las cosas

Entonces Página/12 y los demás

medios en todo el mundo y de las

más distintas orientaciones ideológicas

crucificaron a Jair Bolsonaro

con el epíteto de “negacionista” por

afirmar que el coronavirus era una

gripe, tan solo para darle la razón

hoy. Durante todo el año 2020 y lo

que va del 2021, los medios usaron

a un Bolsonaro crucificado por

hereje como ejemplo de lo que no

había que hacer y, sobre todo, de lo

que no había que decir, cualquier

intento de argumentación sobre la

real naturaleza del coronavirus fue

socialmente descalificado en la categoría

indeseable de “bolsonarismo”.

Está claro que Jair Bolsonaro

es una auténtica bestia por muchas

otras razones ajenas al asunto de la

famosa “gripezinha” y que nadie por

fuera de los círculos de apoyadores

sobreideologizados del actual presidente

de Brasil querría realmente

Ni lerdos ni perezosos, los fotógrafos estuvieron siempre allí para captar imágenes de

Bolsonaro estornudando, escupiendo, poniéndose el barbijo en los ojos o tosiendo, como

en esta foto. Todas esas imágenes fueron muy bien explotadas por los medios para ubicar a

Bolsonaro en el lugar del negacionista contagioso y luego utilizar esa figura para descalificar

a quienes se atrevieran a hacer una crítica. Bolsonaro fue un primado negativo valiosísimo

para blindar la narrativa oficial durante casi dos años.

quedarse pegado con semejante

bruto, razón por la que el ejemplo

negativo de Bolsonaro fue tan eficiente

para acallar la crítica hasta

aquí. Mucha gente prefirió omitirse

frente a la obviedad ululante antes

de arriesgarse a ser ubicada en el

lugar del “bolsonarista”.

Eso fue una especie de primado

negativo que funcionó a la perfección

y podría tranquilamente seguir

funcionando durante mucho tiempo

aún. ¿Entonces por qué los medios

súbitamente abandonan el truco,

le dan la razón a Bolsonaro en la

asociación entre el coronavirus y la

gripe y bajan el tono de aquello que

había sido hasta aquí una narrativa

apocalíptica? Después de ingentes

inversiones en propaganda y de un

esfuerzo mediático sostenido por

mantener altos los niveles de psicosis

alrededor de la real naturaleza

del coronavirus, ahora simplemente

permiten la publicación de una

verdad largamente conocida por la

ciencia, dejando caer extrañamente

todo el relato. ¿Van a permitir que

el coronavirus pase de la categoría

de evento de extinción masiva sin

escalas a la categoría de gripe estacional?

Al parecer sí y queda por

dilucidarse el porqué.

Muchas pueden ser las razones

de este giro brusco en la construcción

del relato, siendo la primera

de ellas el reconocimiento de su

inminente caducidad. Habiendo

ya anticipado el límite máximo de

la tolerancia general a las restricciones

impuestas por la pandemia

y con la finalidad de evitar una

situación en la que se imponga el

relato alternativo, que es el de los

llamados “negacionistas”, el poder

detrás de la manipulación opta por

desmantelar preventiva y paulatinamente

toda la operación, controlando

la difusión en cuentagotas de la

verdad científica hasta hoy estancada.

Las escaramuzas en países

28 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Protesta en Australia con los manifestantes dando en la tecla al separar los aspectos sanitario y político, o la pandemia y su utilización

deshonesta. En este cartel se lee lo siguiente: “No se trata de un virus, sino del control gubernamental total sobre el pueblo”. Frente a esto, es

probable que el poder haya resuelto ir desmantelando el circo de a poco para evitar exponerse innecesariamente a una derrota.

como Francia, Italia y Australia,

entre otros, indican un avance de

los mal llamados “negacionistas”

en sus exigencias por menos oscurantismo

en la administración de la

actual pandemia, sobre todo en lo

que se refiere a la aplicación obligatoria

de vacunas y la imposición de

restricciones.

La segunda razón probable del

abandono de la narrativa apocalíptica

podría ser la satisfacción

de los objetivos del operativo, esto

es, el haberse logrado ya en líneas

generales el propósito de la manipulación

global. Los profundos

cambios económicos, sociales y

culturales de la pandemia ya serían

irreversibles y entonces sería también

innecesario seguir sosteniendo

a un costo altísimo la narrativa

que los posibilitó. Es fácil adivinar

lo costoso que debió haber sido

mantener un esquema de complicidad

y silencio con la participación

de un numeroso sector de la

comunidad científica mundial, de

cientos de miles de periodistas cuyo

trabajo fue repetir acríticamente y

sin cuestionar las afirmaciones de

esos científicos y de los dirigentes

políticos —estos más bien acorralados,

es imposible resistir desde una

posición tan vulnerable como la del

que necesita apoyo popular para

mantenerse en el cargo— durante

tantos meses. Habrá sido necesario

comprar la voluntad de muchos,

derrotar la de otros tantos y nada

de eso suele ser barato, por lo que

sostener la operación más allá de

haber logrado los objetivos propuestos

sería un muy mal negocio,

una cosa a todas luces antieconómica.

El mundo ya cambió para siempre,

la economía mundial ha quedado

condicionada en su desarrollo, el

hombre ya se acostumbró a vivir de

una manera distinta y hasta aprendió

a tenerle miedo al otro, a ver al

otro como una potencial amenaza.

Todo eso ya está instalado y aún

más fuertemente en los que hoy

son niños y que, al formarse en un

ambiente de prohibiciones y terror,

tienden a ser adultos habituados

a convivir con el miedo, a aceptar

pasivamente futuras restricciones

cuando exista en el horizonte una

amenaza, real o supuesta. Hemos

sido ya adiestrados para existir en

un mundo nuevo, con menos democracia

y con aspiraciones mucho

más modestas. A los que veníamos

exigiendo condiciones de existencia

más favorables, más libertad y más

participación real en la toma de

decisiones nos han puesto en caja,

nos han enseñado que el mundo es

un lugar peligroso y que no conviene

ser rebeldes frente a la autoridad, la

29 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


La canadiense Naomi Klein, autora de ‘La doctrina del shock: El auge del capitalismo del

desastre’, un libro esencial para comprender el método utilizado por el poder para introducir

reformas mediante la conmoción social y la paralización del grupo. Una vez leído este libro

de Klein es inevitable ver los hilos del titiritero detrás de toda campaña mediática intensa.

única con capacidad de cuidarnos.

Nos entrenaron psicológicamente

para naturalizar la tiranía.

En ese sentido y de un modo genérico,

todos los eventos de conmoción

social son procesos dirigidos

que tienen por objetivo introducir

profundos cambios sociales, un

asunto que ha sido abundantemente

explorado y descrito por Naomi

Klein en La doctrina del shock: El

auge del capitalismo del desastre.

De acuerdo con esta autora canadiense,

el poder genera o se aprovecha

de eventos de conmoción social

para impactar sobre la psicología

social y, a partir de ello, introducir

en un determinado régimen modificaciones

que en tiempos de paz no

serían toleradas por las mayorías

populares. En un estado de conmoción

o de shock, bajan las aspiraciones

de los individuos apremiados

por la contingencia y el grupo tiende

a aceptar sin resistencia la imposición

de reformas que serán dañinas

para su interés colectivo en el corto

y mediano plazo. Dice Klein que el

propio neoliberalismo, por ejemplo,

pudo implementarse en Chile

a principios de los años 1970 no

porque mejoraba las condiciones

de existencia de los chilenos ni mucho

menos, sino porque resultaba

del conato de guerra civil que fue el

golpe de Estado a Salvador Allende

el 11 de septiembre de 1973. Lo

mismo habría ocurrido otro 11 de

septiembre, pero del año 2001, con

el atentado a las Torres Gemelas de

Nueva York. A partir de ese evento

y su narrativa en el marco de una

seguridad nacional que iba a estar

constantemente bajo amenaza de

allí en más, los estadounidenses

aceptaron un drástico recorte de

libertades en nombre de la seguridad,

con todas las consecuencias

del hecho hoy a la vista.

Nótese que para Naomi Klein esos

eventos de conmoción social pueden

ser artificialmente generados

o pueden ser accidentales, eso no

es lo importante. Lo que importa

es que el poder sabe aprovecharlos

para la imposición de una agenda

nueva hasta hacer de eso la implementación

de reformas en el

sistema que de otro modo serían

rechazadas de plano por la plebe. Y

eso aplica perfectamente en el caso

del coronavirus: sin cuidado de si

surgió naturalmente de la promiscuidad

entre animalitos de distintas

especies en China o si salió de un

laboratorio también en China, de

si es una enfermedad infernal o

apenas un nuevo tipo de gripe para

el que quizá todavía no tengamos

los anticuerpos correspondientes,

el poder aprovecha el shock causado

por la pandemia, lo difunde en

sus medios de comunicación en la

forma de terror y sostiene la narrativa

todo el tiempo que sea necesario

30 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


para introducir los cambios deseados.

Habiéndolo generado o no, el

poder utilizó el coronavirus por dos

años sosteniendo una narrativa falsificada

para modificar la sociedad

global y logró la totalidad de sus

objetivos.

De pandemia en pandemia

Por su propia naturaleza, todos los

eventos de conmoción o de shock

social se asemejan en esencia a

una pandemia en tanto y en cuanto

la premisa fundamental es la

existencia, real o supuesta, de una

amenaza. Ya se trate de un golpe

de Estado, de una guerra, de un

atentado terrorista, una catástrofe

natural o de la mismísima invasión

alienígena, la constante es la

amenaza a la supervivencia de uno

frente al peligro inminente. Supervivencia,

sobrevivir, he ahí la clave.

Cuando aparece la conmoción o

el shock, parecería activarse en el

hombre un modo sobreviviente en el

que se suspenden todas las aspiraciones

regulares de la sociedad en

un tiempo y en un lugar. Se suspenden

esas aspiraciones en nombre

del interés superior que es el de

seguir existiendo.

Todos los eventos de conmoción o

shock antes mencionados se parecen

a una pandemia allí donde la

pandemia es el ejemplo por antonomasia

de peligro inminente en la

forma de una amenaza indetectable

a simple vista. Si hay un virus o una

enfermedad contagiosa en circulación

uno no puede ver eso como si

fuera un bombardeo, un tsunami o

la colisión de aviones contra rascacielos,

la pandemia es tan solo

un relato científico y tendrá mayor

efectividad en causar conmoción

o shock a medida que dicho relato

tenga más éxito en su difusión. En

el caso del ya mentado atentado

a las Torres Gemelas de Nueva

York del año 2001, por ejemplo, la

amenaza a la seguridad nacional

fue una narrativa falsificada que

permitió recortar las libertades de

los ciudadanos estadounidenses y

también aplicar el dinero de esos

mismos ciudadanos contribuyentes

en las invasiones militares a Irak y

Afganistán, un clarísimo y redondo

negocio para el complejo industrial-militar

y para las corporaciones

del petróleo. Pero el derrumbe de

las Torres Gemelas pudo verse por

televisión en todo el planeta y nadie

se atrevió a cuestionar la narrativa

en su conjunto porque su premisa

fundamental había sido toneladas

y toneladas de escombros resultantes

del impacto de dos aviones

comerciales contra los edificios

más altos de los Estados Unidos en

la época.

Véase bien, no conviene equivocarse:

todo el relato de la amenaza a la

seguridad nacional de los Estados

Unidos posterior al atentado a las

Torres Gemelas fue una absoluta

bazofia en la que presentaron

frascos de sal como si fueran armas

biológicas, mostraron talibanes en

cuevas y anunciaron la existencia

de armas de destrucción masiva

en Irak, donde esas armas jamás

existieron ni podrían haber existido.

Pero la imagen de los atentados

a las Torres Gemelas y al mismísimo

Pentágono fueron argumentos

demasiado poderosos, blindados

contra la crítica. Entonces criticar

el avance del gobierno de George

Bush sobre las libertades de la

ciudadanía y a la vez contra Irak y

Afganistán equivalía a burlarse de

la memoria de las víctimas del atentado

del 11 de septiembre, nadie se

atrevió a hacerlo sino mucho tiempo

después de terminado el gobierno

de Bush y consolidados tanto el recorte

a los derechos civiles como el

negocio del complejo industrial-militar

y las petroleras en Oriente.

Hombre a cara tapada frente a un mural en la ciudad china de Wuhan, que es de donde se

presume surgió el coronavirus. Todas las investigaciones cuyo objetivo fue determinar el

origen preciso del virus terminaron siendo boicoteadas, bloqueadas o no respaldadas, como

si existiera una mano negra impidiendo que se conozca la verdad. ¿Por qué?

31 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Dicho de otro modo, los estadounidenses

se acordaron cuando ya era

tarde para reclamar lo que fuere.

Lo mismo ocurre hoy con la pandemia,

cuya narrativa hace agua por

todas partes y aun así es muy difícil

hacer una crítica pública sin correr

el riesgo de ser sindicado como

“negacionista” y “bolsonarista”, sin

ser acusado de no respetar el dolor

de los familiares de los muertos y

sin ser, finalmente, marginado de

la sociedad por ello. Plantear cualquier

duda sobre la conducción del

proceso de la pandemia equivale

hoy a todo eso, aunque no exista

relación entre el negacionismo y la

sospecha de que el poder está utilizando

el coronavirus para introducir

modificaciones en el orden mundial

presente. Y eso que no hay aviones

chocando contra ningún rascacielos,

no hay escombros ni hay Osama

Bin Laden jurando destruir al

enemigo. Lo único que hay es una

intensa campaña mediática sobre

una amenaza constante y el apelo a

dejarse conducir por quienes saben,

por los expertos, sin cuestionar

nada en absoluto.

Es por eso que en esencia todos

los eventos de conmoción o shock

se asemejan a una pandemia, es el

anuncio de la amenaza inminente

como premisa fundamental para

la aceptación de un régimen nuevo

que siempre es un retroceso para

quienes lo aceptan. Será muy tarde

para quejarse por el descenso en

las condiciones de existencia, por la

pérdida de libertades básicas o por

el pingüe negocio que están haciendo

con la biopolítica y el biopoder

las corporaciones farmacéuticas

—íntimamente emparentadas con

el complejo industrial-militar—

cuando el proceso concluya y sea

historia. Harán correr ríos de tinta

en el futuro sobre esto que hoy es

un escándalo universal y nada de

eso tendrá ningún efecto práctico

porque el mundo ya habrá cambiado

en la forma deseada por quienes

hoy son los conductores del proceso.

Todo evento de conmoción o de

shock es en el fondo igual que una

pandemia porque la pandemia es,

al menos hasta ahora, la forma más

sofisticada en la que esos eventos

pueden presentarse frente a la opinión

pública.

Científicos anticiencia

Imagen del impacto del segundo avión comercial secuestrado contra las Torres Gemelas de

Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. A partir de la conmoción causada por evento —la

que duró muchos años y aún existe en cierta medida en los Estados Unidos—, el gobierno

de George Bush pudo avanzar contra libertades esenciales de la ciudadanía y pudo además

satisfacer el hambre voraz del complejo industrial-militar y de las petroleras con las invasiones

de Irak y Afganistán. Todo pagado, claro, con el dinero de los impuestos de quienes

estaban en estado de shock y veían limitadas sus garantías constitucionales. Bush es hasta

el momento el gran ganador en lo que va de este siglo XXI.

Pero la pandemia como narrativa

falsificada se agota a medida que

pasa el tiempo y a medida que se

termina la capacidad de los individuos

para soportar el peso de las

restricciones. Y si fuera deseable

introducir más cambios (siempre lo

es), habría que elaborar una nueva

narrativa basada en una nueva

amenaza con la que pudiera mantenerse

a los individuos en permanente

estado de conmoción o shock,

precisamente para seguir haciéndolos

retroceder en sus aspiraciones

32 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


La ministra de Salud Carla Vizzoti, junto al oscuro infectólogo Pedro Cahn, a quien el presidente Alberto Fernández puso a encabezar el mal

llamado “comité de expertos” para gestionar la pandemia. A partir de la opinión de dichos “expertos”, Fernández cometió los groseros errores

que dilapidaron una aprobación que llegó a rozar los 80% al comienzo de la crisis. El error de Fernández fue la barbaridad del “gobierno

de científicos” en la creación y empoderamiento de un “comité de expertos” para gestionar un asunto desconocido en el que, lógicamente,

nadie puede ser experto. Por su parte, Pedro Cahn viene beneficiándose tanto de la patria contratista como de la financiación de la industria

farmacéutica desde los años 1980 y sabe perfectamente caer siempre parado. Al ver que el barco del “gobierno de científicos” se hundía,

Cahn dejó la exposición mediática, se escondió con sus hijos y ya logró ser olvidado por la opinión pública, sin riesgo de ser identificado como

uno de los responsables del desastre.

y conquistas. ¿Nuevas cepas del

mismo virus, otras enfermedades

mortales, las siete plagas de Egipto

o una combinación infernal de todo

eso? No hay realmente ninguna

posibilidad que no sea explorada

por el poder a la hora de construir

sus relatos para condicionar a las

mayorías e imponerles su voluntad.

Es perfectamente posible cualquier

opción, lo único que se requiere es

el control de los medios de comunicación

y el capital para invertir

en la compra de las conciencias de

quienes tienen la autoridad intelectual

para construir la narrativa.

Estos últimos son los que saben,

son los que el conjunto de la sociedad

en su ignorancia naturaliza

pasivamente como autoridad intelectual.

Cuando la conmoción viene

en la forma de una pandemia, por

ejemplo, esa autoridad recae en los

llamados “científicos”, el nombre

genérico que se usa para definir a

los que se dedican al tubo de ensayo,

al paper académico que nadie

va a leer y a las becas del Estado

cuando la oscura financiación de

los grandes laboratorios del complejo

industrial-farmacéutico no

baja. A eso se reduce la “ciencia” en

tiempos de pandemia, a la opinión

de un grupo cerrado de individuos

cuyo interés en la armonía social

es cercano a cero. En una palabra,

conmocionada o en estado de

shock por una pandemia, la humanidad

renuncia a su facultad de

pensar con sentido común y entrega

la conducción de la política a una

secta al servicio de la mafia de los

medicamentos que, además, está

muy poco interesada en el éxito de

la organización política de la sociedad.

Es por eso que en su momento la

patraña de “gobierno de científicos”

lanzada por Alberto Fernández fue

todo un éxito de taquilla, a muchos

les pareció bonito entregarle

la conducción política del complejísimo

entramado social a una

secta de gente no preparada para

conducir nada de eso. El “gobierno

de científicos” es una entelequia

ya descrita en las páginas de esta

Revista Hegemonía a fines de mayo

del año pasado, en pleno auge

de la narrativa y cuando nadie se

animaba a hacer una crítica. Dicho

artículo se tituló El gobierno de los

que se la saben lunga, apareció

en la 28ª. edición y se merece una

resignificación a la luz de todo lo

que ha llovido desde entonces, pero

en síntesis se trata de lo siguiente:

no hay nada como un “gobierno de

científicos”, sino una fachada para

ocultar la construcción de la narrativa

de la conmoción o shock, hay

un empoderamiento indebido de

los que van a arrogarse la autoridad

para imponer reformas en el sistema

a instancias del poder fáctico

33 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


Caricatura británica ridiculizando a los médicos movidos a dinero, una sutil denuncia al poder

de la industria farmacéutica sobre los sistemas de salud en todo el mundo. Hace mucho

el sentido común sabe que con médicos a los que se les paga para prescribir determinados

medicamentos, aun cuando no son necesarios, el objeto de la medicina es la enfermedad

y no la salud. Eso se sabe hace décadas y no obstante volvemos a caer una y otra vez en la

trampa de creer en todo lo que dicen médicos y científicos sin aplicarle a eso el filtro del

razonamiento propio.

interesado en esas reformas.

¿Qué es eso? Es el gobierno de

facto de la industria farmacéutica y

no de los “científicos” que ponen la

cara a su servicio, en realidad gobierna

en tiempos de pandemia el

que utiliza la pandemia para imponer

su agenda. Y estos “científicos”

lo son solo entre comillas por ejecutar

un plan ajeno, son los vulgares

instrumentos de la voluntad del

poder fáctico tendiente a la imposición

de una agenda con reformas

al sistema para satisfacer su propio

interés particular. Y lo más curioso

de todo esto es que en ese proceder

subalterno, los “científicos” son lo

más anticiencia que puede haber

al presentar sus hipótesis como

verdades reveladas y al no permitir

el debate científico prescrito en el

método hipotético-deductivo, lo que

se llama falsación: cuando un científico

presenta una hipótesis, debe

el propio científico poner todos sus

esfuerzos en falsarla, en voltear su

propia teoría críticamente, no en

tratar de cristalizarla ocultando los

cisnes negros que van apareciendo.

Esto último es precisamente lo que

hacen los “científicos” que en una

contingencia de pandemia salen

todos los días en televisión a imponer

lo suyo como si se tratara de

la verdad, no hacen otra cosa que

brindarles a los “periodistas” también

entre comillas —en rigor son

operadores mediáticos— los argumentos

que estos necesitan para

descalificar a quienes se atrevan a

falsar la hipótesis.

Así es como la ciencia se convierte

en religión, en lo que teóricamente

es su extremo opuesto. Cuando la

“ciencia” entre comillas se preocupa

más en demostrar que tiene

la verdad en vez de acercarse a la

verdad asintóticamente, la “ciencia”

se vuelve un dogma, se cierra

en sí misma y deja de avanzar. En

ese punto la “ciencia” se convierte

en un mero instrumento del poder,

empieza a trabajar contra la ciencia

sin comillas para asegurarse a sí

misma el sueldo. El poder paga ese

sueldo para que los “científicos”

anticiencia digan lo que el poder

quiere, de la misma forma en la que

les paga desde siempre el sueldo a

los operadores mediáticos que se

hacen llamar “periodistas” para que

estos digan lo que el poder quiere

que se diga en la forma de “noti-

34 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


cias”. Todo es solo una cuestión de

poder, dinero y corrupción.

Eso pasó durante la actual pandemia

del coronavirus. Los “científicos”

siempre supieron que se

trataba de una gripe estacional

y también que las tasas de mortalidad

son ínfimas, incluso muy

inferiores a la mayoría de las enfermedades

ya bien conocidas.

Esos “científicos” supieron que eso

es así desde el principio, siempre

tuvieron la conciencia de que esto

no es un evento de extinción masiva

ni mucho menos. Y sin embargo

ocultaron lo que sabían, hicieron

terrorismo en los medios junto a los

“periodistas” y con eso pavimentaron

el camino hacia la aceptación

por parte de las mayorías de las

reformas impuestas por el poder, el

mismo poder que les paga el sueldo

a los “científicos”, a los “periodistas”

y a muchos dirigentes políticos

corrompidos. Sin la complicidad

de estos operadores en los niveles

académico, mediático y político el

plan no iba a funcionar, nadie iba a

hacer caso. La manipulación de la

pandemia del coronavirus actual no

hubiera sido posible sin ellos.

Entonces los “científicos” adictos

al cheque de la industria farmacéutica

son anticiencia, los operadores

mediáticos no son periodistas y los

dirigentes políticos que acceden a

funcionar en la maniobra, por interés

o por cobardía, son corruptos. Y

todos ellos instrumentaron desde

el discurso en distintos niveles el

plan del poder fáctico global para

cambiar el mundo mediante el uso

de la pandemia del coronavirus. No

importa tanto si crearon el virus en

laboratorio y lo lanzaron adrede o si

vieron la oportunidad de aprovechar

una contingencia natural, lo importante

es que crearon un estado de

conmoción a partir de una narrativa

falsificada por ellos mismos y con

eso lograron imponer las reformas.

Vendieron el coronavirus como un

evento de extinción masiva a sabiendas

de que se trataba de una

gripe estacional, crearon conmoción

o shock con esa idea y a partir

de ahí modificaron el mundo.

Pero el coronavirus se termina, los

medios empiezan a abrir el paraguas

de a poco y los “científicos”

anticiencia se están borrando, nadie

se va a acordar de ellos. Podrán

disfrutar en la tranquilidad del anonimato

del dinero que percibieron

por el servicio. Quizá se queden pegados

algunos dirigentes políticos

Intervención artística de una clásica pieza de propaganda ideológica del maoísmo, quizá identificando sarcásticamente a los chinos con el

coronavirus y sus consecuencias.

35 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


que tuvieron más protagonismo, los

que se fanatizaron demasiado con

el relato, pero lo más seguro es que

también esos van a zafar. Para calmar

la furia de quienes se sientan

estafados en el futuro a corto plazo,

el poder entregará en una bandeja

la cabeza de algunos chivos expiatorios,

el pueblo descargará su furia

sobre estos y aquí no pasó nada.

Como siempre.

Nuevas pandemias

El caso es que el coronavirus como

narrativa falsificada se termina y

será necesario otro evento de extinción

masiva con el que pueda generarse

un estado permanente de conmoción

o shock y seguir imponiendo

las reformas que en una situación

de normalidad no serían toleradas.

Y ese evento de extinción masiva, la

nueva pandemia, ya parece haber

tomado forma: es el cambio climático

como narrativa falsificada. Con

la narrativa ambientalista a ultranza

presentada como verdad revelada

y no como hipótesis que necesita

debate y falsación, los “científicos”

anticiencia ya están empezando a

condicionar la existencia humana

con la amenaza de una catástrofe.

El calentamiento global de pronto

es lo más urgente que puede haber

y en consecuencia es necesario

tomar medidas drásticas para evitar

la extinción de la humanidad.

¿Existe el calentamiento global? Al

parecer sí y, de hecho, la observación

científica indica que el planeta

ha pasado por periodos de enfriamiento

—llamados glaciaciones— y

por periodos de calentamiento. ¿La

Bellísima pieza de propaganda ideológica en la que se quieren expresar las consecuencias

del calentamiento global según quienes sustentan esa teoría. Con la finalidad de convencer

emocionalmente, los autores de esta maravilla no tuvieron reparos en mezclar animales de

la Antártida con animales del Ártico en un mismo iceberg melancólico. Vale todo.

acción del hombre es capaz de provocar

o de acelerar un incremento

en la temperatura del planeta? Posiblemente

sí, teniendo en cuenta

que las emisiones de gases de efecto

invernadero vienen en aumento

desde los albores de la revolución

industrial a mediados del siglo XVIII

y que esos gases absorben y emiten

radiación en una forma tal que

altera la temperatura superficial

de la Tierra. ¿Está esto demostrado

cabalmente por la ciencia? No

y aquí empieza el problema. Todo

lo que el hombre sabe sobre estos

fenómenos son hipótesis científicas

y, como tales, deben ser debatidas

y falsadas dentro de las reglas del

método hipotético-deductivo, de

ninguna manera ser presentadas

como la verdad revelada, que es

exactamente lo que hacen hoy los

“científicos” anticiencia.

Por lo que puede verse en la previa,

la construcción de la narrativa

del cambio climático como evento

de extinción masiva en el mediano

plazo tiene por objetivo hacer un

terrorismo similar al que se hizo con

la pandemia del coronavirus, esto

es, aprovechar una contingencia

real o supuesta para condicionar el

comportamiento de las mayorías

y así, al fin, imponerles reformas

estructurales. Veíamos que todos

los eventos de conmoción o de

shock social se asemejan en esencia

a una pandemia pues se basan

en la premisa de una amenaza a la

existencia humana, por lo que el

calentamiento global es la nueva

pandemia en un sentido de representación

de dicha amenaza, es la

extorsión con la que se pretende

mediante una narrativa falsificada,

anticientífica, instalar como verdad

revelada una determinada hipótesis

y por último imponer las soluciones

propuestas por quienes la instalan.

Dicho de otra forma, lo que se quiere

hacer es instalar el calentamien-

36 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


to global antropogénico —provocado

por la acción del hombre— y con

eso introducir modificaciones en la

acción del hombre, precisamente.

Presentar con la misma mano el

problema y la solución.

En la comprensión de la dinámica

del sistema capitalista basado

en un esquema imperialista de

explotación de los pueblos en los

países dichos subdesarrollados por

las corporaciones y las potencias

centrales, resulta bastante sencillo

comprender a qué conclusión apunta

la narrativa del cambio climático

antropogénico. Por una parte, ante

la perspectiva de la escasez de los

combustibles fósiles, el poder avanza

en el desarrollo de las energías

alternativas y en ello necesita generalizar

el uso de estas energías. El

problema es que son notablemente

más caras que la energía tradicional

del petróleo y la única forma de

imponer su uso sería con un argumento

ambientalista, es decir, el

tránsito entre máquinas y motores

de combustión interna y sus homólogos

eléctricos es antieconómico

y solo podría justificarse ideológicamente,

solo puede ser con la

finalidad de “salvar el planeta”. Las

corporaciones toman la delantera

en todo lo que es la explotación de

litio para la fabricación de baterías,

el reemplazo de los combustibles

fósiles por la electricidad y el cambio

en la matriz productiva que eso

supone. Y entonces necesita que el

mundo acepte el tránsito de buena

gana, o nadie querrá comprar.

Pero ese es el objetivo secundario.

Aquí lo que hay, por otra parte,

es la firme resolución de limitar el

desarrollo industrial a un selecto

grupo de países, que son los Estados

Unidos, los de Europa occidental,

Corea del Sur, China y Japón.

Y paramos de contar. Para todos

los demás países la industria debe

estar prohibida, sus economías

El automóvil eléctrico se presenta como una de las soluciones para frenar el consumo de

combustibles fósiles que emiten gases de efecto invernadero a la atmósfera. El problema es

que el coche eléctrico es más caro, tarda muchísimo en recargar sus baterías y no tiene ni

una fracción de las estaciones de carga necesarias para que sea viable. Es preciso acelerar

el proceso, imponer la reconversión y hacer que el consumidor pague por ello. Y la única

forma de lograrlo hoy es mediante la extorsión de una amenaza inminente de extinción.

deben ser primarias y sus pueblos

deben dedicarse a la producción

y la exportación de alimentos y

materias primas, aceptando toda la

pobreza que supone el deterioro de

los términos de intercambio donde

los productos primarios son cada

vez más baratos y los industrializados

son cada vez más caros al

incrementar indefinidamente su valor

agregado. Una tonelada de soja

será siempre una tonelada de soja,

mientras que un teléfono celular se

sofistica en el tiempo, agregando

valor a la mercancía. Si los pueblos

de los países del llamado tercer

mundo aceptan como verdad revelada

la hipótesis del cambio climático

antropogénico, entonces tienden

a aceptar también la desactivación

de su incipiente industria en nombre

de la ecología. Y así es como

se desindustrializa una nación sin

sublevarse el pueblo.

La narrativa del cambio climático

es para el consumo de los pueblos

aquí en los países subdesarrollados

y dependientes y, además, al serlo,

es una enorme contradicción: justamente

por no tener industria, estos

son los países que menos contaminan

el medioambiente emitiendo

los gases de efecto invernadero.

Existe una amenaza a la existencia

de la humanidad y se carga con la

responsabilidad de eso a los que no

podrían tener ninguna responsabilidad.

De corroborarse la hipótesis

del calentamiento global provocado

por la emisión de gases invernadero,

el caso sería ver quiénes emiten

dichos gases y detener allí esa

emisión. En la actualidad, entre

tan solo 9 países (China, Estados

Unidos, India, Rusia, Japón, Alemania,

Irán, Corea del Sur y Canadá)

se concentra más del 65% de todas

las emisiones de gases de efecto

invernadero en todo el mundo. Solo

China responde por más del 30% y

los Estados Unidos por un 13,5%,

en buena parte gracias a su monstruoso

parque automotor. Si hay un

cambio climático antropogénico, el

37 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


El Gran Premio de los Estados Unidos de Fórmula 1 se corrió el pasado domingo 25 de

octubre en Austin, Texas. Allí concurrieron durante el fin de semana más de 400.000 espectadores

en lo que marcó un nuevo récord de asistencia a los eventos de esta categoría

deportiva. Mientras los Estados Unidos y los países de Occidente retoman toda la normalidad

prepandemia, aquí seguimos discutiendo el aforo para espectáculos al aire libre y el uso

o la prescindencia del barbijo, entre otros eufemismos que no hacen a ninguna prevención.

El discurso no es el mismo para todos porque la dominación tampoco lo es y los países

periféricos son finalmente el objetivo de toda doctrina del shock.

hombre que lo genera no es hispanoamericano,

no es africano ni es

de los suburbios de Oceanía y Asia,

como se ve.

Pero el relato apocalíptico de

la catástrofe inminente se dirige

siempre a los países en desarrollo

de lo que se considera el tercer

mundo, es aquí donde las oenegés

concentran casi toda la propaganda

ambientalista a ultranza para

formar la opinión pública. Y en eso

se calca otra vez el modelo aplicado

con la utilización del coronavirus,

pues en Europa de occidente y en

los Estados Unidos todo ha vuelto a

la normalidad hace ya varios meses,

la circulación está al tope, los estadios

deportivos y los eventos culturales

son multitudinarios; el turismo

está en niveles de la prepandemia

y la economía en su conjunto crece

por el efecto rebote y la demanda

reprimida del año 2020. Mientras

tanto, aquí en las colonias recién

ahora empezamos a discutir si

debemos o no caminar por la calle

a cara descubierta y calculamos

aforos arbitrarios para eventos al

aire libre.

La doctrina del shock o la conmoción

existe para cambiar el mundo

y en eso se aplica globalmente,

pero no en la misma medida para

todos. Ya Orwell decía en 1945 que

todos los animales de granja son

iguales, pero algunos animales son

más iguales que otros. En los países

dependientes como el nuestro y

como la mayoría de los países del

mundo la política no es una actividad

autónoma, los dirigentes no

hacen necesariamente lo que creen

que es mejor para la sociedad que

dirigen sino lo que el poder global

exige que se haga. Y si bien las pandemias

genéricas de la doctrina del

shock a veces dan coletazos contra

los pueblos en los países centrales,

es en la periferia donde realmente

modifican estructuralmente la realidad

para reconfigurar el mundo con

la complicidad de quienes deberían

dirigirnos política, intelectual y

espiritualmente por la senda de la

liberación, pero eligen ser subalternos

de quienes realmente mandan.

Los pueblos debemos estar atentos

a esta que sí es una verdad

absoluta, alguna vez expresada por

Don Arturo Jauretche: siempre es un

pésimo negocio ir de compras con

el manual del comprador escrito por

el almacenero. Lo que llamamos

“ciencia”, los medios de comunicación

y las instituciones del mundo

globalizado de un modo general

todas son de propiedad de los

dueños de mundo, ninguno de esos

va a decir nunca una palabra que

sea más en beneficio de las mayorías

populares que de los intereses

de quienes les pagan el sueldo. Su

potencia es la capacidad de hacer

narrativas hegemónicas y es la habilidad

de neutralizar la crítica y el

sentido común, ellos saben pensar

por nosotros sin que nosotros nos

percatemos de que nos están pensando

y así es como nos conducen

por el camino que mejor les conviene.

La única forma de contrarrestar

esa fuerza brutal es mediante la

recuperación del sentido crítico o

del saludable hábito de dudar más

que de creer. Muchas veces las

verdades más altisonantes suelen

contener mentiras en su relato o

suelen ser ellas mismas mentirosas

de punta a punta, hay que pensar.

En estas lides no hay poder que nos

defienda, el lobo protege a las ovejas.

En esto solo el pueblo salvará al

pueblo.

38 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


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39 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


FILOSOFÍA POLÍTICA

El sueño de la Argentina del 70%

DANTE

PALMA

Días atrás en el Coloquio de

IDEA, el jefe de Gobierno de

la Ciudad, Horacio Rodríguez

Larreta, indicó que la Argentina

solo podía salir adelante

“acordando con el 70% del sistema”

una agenda de desarrollo que

sea respetada por gobiernos de

distintos signos durante al menos

veinte años. En la misma intervención

aclaró que no se trata de

lograr el 70% de los votos, pues eso

generaría un desequilibrio institucional

además de ser algo difícil de

imaginar existiendo dos grandes

polos, sino de acordar con representantes

de otras fuerzas y de los

distintos estamentos hasta alcanzar

ese amplio porcentaje.

En abstracto es difícil oponerse

a la idea de Larreta. ¿Qué mejor

que un consenso de esa magnitud

como para garantizar un proyecto

de país? Nótese que el número es

tan ambicioso que hasta alcanzaría

para reformar la constitución y, si la

memoria no me falla, en la historia

de la Argentina democrática desde

el 83 hasta ahora semejante consenso

se logró de manera formal,

justamente, una sola vez. Se trató

del Pacto de Olivos, que reformó la

Constitución en 1994.

Pero cuando dejamos las abstracciones

y vamos a la situación

concreta allí notamos que el terreno

es más sinuoso. En principio porque

habría que discutir cuál es el proyecto

de país sobre el cual acordaría

ese 70%. Por otra parte, ese

número del 70% puede no resultar

antojadizo. De hecho, podría inter-

40 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


pretarse como el número mágico

que solo dejaría afuera del acuerdo

al kirchnerismo, esa minoría intensa

de un 30% que no puede llegar

al gobierno por sí sola, pero sin la

cual es inviable cualquier alternativa

a la centroderecha de Juntos

por el Cambio. El gran acuerdo que

propone Larreta sería entonces

sin el kirchnerismo y, si bien no se

dio formalmente, en los primeros

dos años del macrismo ese acuerdo

tácito existió de hecho cuando

gobernadores y congresistas de la

oposición no kirchnerista fueron

generosos con Juntos por el Cambio

acordando y otorgándoles los votos

necesarios para que pueda avanzar

en el Congreso.

Si bien podría indicarse que la experiencia

histórica muestra que los

gobiernos pueden avanzar en sus

propuestas sin tener esos grandes

acuerdos, incluso, en algunos casos,

con menos del 50% de los votos

y de “el sistema”, la afirmación

de Larreta puede vincularse a una

intervención televisiva del periodista

de La Nación+, Francisco Olivera,

la cual citaré de memoria aun

a riesgo de cierta imprecisión. La

charla giraba en torno a los precios

en Uruguay, las vacaciones de argentinos

allí y la posibilidad de que

empresarios de nuestro país invirtieran

en nuestros vecinos gracias

a la estabilidad de su economía.

En ese marco, Olivera menciona lo

que habría dicho un empresario del

establishment y que marca el punto

hacia el cual quisiera dirigirme.

Según ese empresario, lo que había

sido determinante para tomar la

decisión de invertir en Uruguay no

era que ganaran los liberales o “la

derecha”, pues, de hecho, en los

últimos períodos con excepción del

actual, es el Frente Amplio el que

suele triunfar.

Lo que había sido determinante,

entonces, fue que cuando ganó el

“Pepe” Mujica, no había realizado

ninguna intervención que pudiera

afectarlo. En otras palabras, lo que

le dio confianza al empresario no

fue que el espacio que en teoría

defiende sus intereses efectivamente

los defienda; más bien, la clave

estuvo en que el espacio al que

nunca votaría por presuntamente

representar otros intereses no solo

no lo afectó, sino que hasta es posible

que lo haya favorecido.

Para ser justos con Mujica y el

Frente Amplio, podría decirse lo

mismo de los Kirchner en Argentina

pues cuesta pensar en qué otro

momento de la historia reciente los

empresarios, aun los más profundamente

antiperonistas, ganaron tanto

dinero como durante el gobierno

de los Kirchner. Claro que no solo

ellos ganaron dinero, sino que hubo

una redistribución del ingreso que

mejoró todos los índices habidos y

por haber. No solo hubo derrame,

sino que el derrame se distribuyó

mejorando la vida de una amplísima

mayoría.

Podrán haber gustado más o

menos los doce años de los Kirchner,

pero esos números son incontrovertibles.

Y si alguien objetara

cómo puede haber perdido una

elección ese gobierno, habría que

decirle que el crecimiento económico

y la distribución del mismo

no son la única razón por la que la

gente vota o evalúa un gobierno,

el cual, a su vez, si se lo mide solo

en términos económicos, llegó a la

“Mi amigo Horacio”, el extraño acercamiento durante el 2020 entre un Alberto Fernández

que recién iniciaba su mandato y un Horacio Rodríguez Larreta que, al menos en teoría, representaba

todo lo que Fernández no iba a hacer, o las ideas de la oposición. Con el tiempo

fue quedando bien claro la contradicción no existía y que en la práctica la oposición siempre

estuvo muy cómoda con el gobierno de Alberto Fernández, aunque gritara para la tribuna.

41 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


La supuesta “institucionalidad” de los uruguayos, aquí expresada en la cordialidad entre

Tabaré Vázquez y Luis Lacalle Pou. En realidad, Uruguay es la materialización de ese consenso

del 70% al que apunta Horacio Rodríguez Larreta, allí donde no importa si gobierna la

“derecha” o el Frente Amplio: para lo que es la cuestión de pesos y centavos y los intereses

en eso que tiene el poder, da más o menos siempre lo mismo.

elección de 2015 tras cuatro años

de un desempeño irregular. Esas

otras razones para votar incluyen

los aspectos ideológicos, aquellos

que están presentes en muchos

empresarios vernáculos que eligen

apoyar opciones de centroderecha

más afines a su mirada aun cuando

en lo económico estas alternativas

hayan tenido un pésimo desempeño

no solo para las mayorías, sino en

algunos casos para ellos mismos.

Con todo, no hay aquí el suficiente

espacio para indagar en las razones

por las que la gente vota. Menos

aún para juzgarlas.

Para finalizar, entonces, el sueño

del establishment local parece resumirse

en el punto de vista del empresario

recogido por el periodista

de La Nación+. No se trata tanto de

llevar al poder a la coalición propia,

lo cual va de suyo, sino de debilitar

al adversario político y quitarle su

poder de fuego; transformarlo en un

adversario fantasma contra el cual

se puede disputar sin que estén

en discusión los fundamentos que

permiten sostener el privilegio. En

ese sentido, que CFK no haya podido

presentarse como candidata en

2019 porque sabía que no le alcanzaría

en un balotaje, es ya el triunfo

de esa cosmovisión y los resultados

están a la vista: un gobierno que

es criticado ferozmente y el que,

sin embargo, sigue sin avanzar en

medidas estructurales que modifiquen

el estado de cosas. Se trata

del gobierno ideal para la oposición

porque ésta puede seguir indignándose

tanto como se indignaba

con el kirchnerismo sin que esté en

riesgo la agenda que le interesa.

No vale la pena imaginar lo que pasará

el día después de las elecciones,

pero es difícil que se dé alguno

de los escenarios extremos más

allá de los amagues y los rumores:

ni una nueva derrota hará implosionar

el gobierno ni una milagrosa

remontada le dará un poder que, si

alguna vez tuvo, no pudo, no supo o

no quiso ejercer Alberto Fernández.

Lo más probable es que la coalición

gobernante continúe con los

problemas de gestión funcionando

en compartimentos estancos e

intentando surfear las dificultades

económicas sin que explote hasta

2023, apostando al rebote de la

economía y a un acuerdo con el FMI

que lo exima de pagos durante este

mandato.

Sin embargo, si no hay un golpe

de timón fenomenal con una mejoría

relevante en el bienestar de la

población, una salida por arriba del

laberinto, es probable que asistamos

lenta pero firmemente a un

gobierno que se aleja cada vez más

de la gente y que ni siquiera será

sostenido por ese 30% de minoría

intensa que, como se vio el último

domingo en la Plaza, fue a apoyar

al gobierno pero a decirle que tiene

que cambiar.

En ese eventual escenario, el 70%

de los votantes estará disponible

para el plan Larreta. En cuanto al

acuerdo de la dirigencia y el establishment,

es probable que el sueño

hacia ese 70% ya se encuentre en

marcha y se alcance bastante tiempo

antes.

42 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021


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44 HEGEMONIA - OCTUBRE DE 2021

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