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Revista Hegemonía. Año V Nº. 47

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 47 AÑO V | ENERO DE 2022

labatallacultural.org

HEGEMONIA

la guerra

dentro

de la guerra


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte

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representan necesariamente el pensamiento ni la

línea editorial de La Batalla Cultural.


16

CONTENIDO EXCLUSIVO

La guerra

dentro de la

guerra

HEGEMONIA

10

LA TRIBUNA DE ROSAS

Más bien por la

deuda que por la

espada

28

HISTORIA + GEOGRAFÍA =

GEOPOLÍTICA

El día que cayó

la Unión Soviética

36

FILOSOFÍA POLÍTICA

La batalla

cultural ha

muerto


EDITORIAL

La guerra que no vemos

Mientras en nuestro país

seguimos discutiendo

restricciones y más prohibiciones

en medio a una crisis

económica descomunal y al

acecho de una deuda externa que

no podemos pagar, la que va a determinar

nuestro nivel de soberanía

en el mediano y en el largo plazo, en

el mundo pasan cosas. Indiferentes

a los problemas de la periferia, las

potencias centrales siguen debatiendo

un nuevo orden global con el

respectivo reordenamiento del poder

territorial en todas las regiones.

Las cosas que pasan son el acoso

imperialista y la guerra en su forma

más clásica.

Al momento de cerrar esta edición,

seguía el impasse en la frontera

ruso-ucraniana, una crisis de preguerra

que llegó a los medios de

comunicación del mundo a mediados

del mes de enero y allí se quedó

como asunto central, ya desplazando

a una pandemia que en Europa

están dando por finalizada. Con

más de 100.000 soldados, artillería

pesada y tambores que no paraban

de sonar, Rusia rodeaba a Ucrania

por el norte, por el sur y por el este,

dándole a Occidente algo de plazo

para las negociaciones. Si bien no

se había disparado todavía ningún

tiro, muchos analistas daban por

cierto algún tipo de incursión rusa


en Ucrania.

Y el hecho de que Vladimir Putin

haya estado negociando con los

Estados Unidos en soledad, prescindiendo

de la presencia de otras

potencias de la Organización del

Tratado del Atlántico Norte (OTAN) e

incluso de la de los ucranianos, es

muy revelador de la real naturaleza

de este movimiento bélico. Aquí

lo que hay no es un simple avance

territorial de una potencia sobre un

país menor, que es lo que se acostumbra

en la carrera por recursos

naturales, alimentos y materias

primas. Lo que realmente pasa entre

Rusia y Ucrania es la definición

geopolítica de un problema trascendental

para la humanidad.

Los medios de comunicación, por

su parte, hacen muy bien el trabajo

de ocultación de la realidad detrás

de los hechos al presentar a Rusia

como potencia invasora, más o

menos en los moldes de la narrativa

del avance de la Alemania nazi sobre

Polonia en 1939, evento detonante

de la II Guerra Mundial en ese

momento. En la opinión superficial

de los cronistas en los medios,

Ucrania estaba quieta en lo suyo y

de pronto, inesperadamente, aparecieron

los rusos en el horizonte para

empezar con la agresión.

Pero nada de eso se corresponde

con la realidad. En primer lugar, el

asunto del ordenamiento político

del territorio entre Rusia, Ucrania

y los demás países de la zona de

influencia rusa o lo que alguna vez

fue la Unión Soviética es una problemática

de siglos de antigüedad.

De hecho, Ucrania nunca fue en su

larga historia un país realmente

independiente y desde el punto de

vista de los rusos allí están en juego

sus intereses. Y además, por lo

menos desde el año 2014 la guerra

entre Rusia y Ucrania ha estado latente.

Los sucesos de Plaza Maidán,

con un golpe de Estado impulsado

por los Estados Unidos y sus socios

mediante, son determinantes en el

estado actual de cosas.

En esta como en todas las cosas

no existen respuestas sencillas más

allá del relato maniqueísta de los

medios tradicionales, que no sirve

para comprender la realidad. Es

por eso que esta Revista Hegemonía

cumple una vez más su rol de

analista del reverso de la trama,

poniendo a la vista del atento lector

aquello que la voz dominante del

discurso oficial y único no quiere

que se sepa. Aquí debe haber un

cuco oriental avanzando sobre un

país vecino, debe haber simpatía

por el que está siendo arrollado por

ese cuco y la consiguiente adhesión

a las potencias que hacen ese

relato.

Así fue cómo las potencias centrales

arrastraron al mundo a las

guerras mundiales en el pasado,

siempre la contaron al revés o con

mucha manipulación de la información

para que la opinión pública

validara la guerra y la destrucción.

Otra vez intentan los poderosos hacer

lo mismo en la caracterización

de Rusia como un Estado expansionista,

pero el dato de la realidad

nos muestra otra cosa: Rusia está

rodeada en su zona de influencia

por un poder superior al suyo e

intenta, en consecuencia, sacudirse

el yugo mediante el restablecimiento

de los cordones sanitarios que

necesita para el sostenimiento de

su soberanía nacional.

Ese es el análisis que hacemos en

detalle en las siguientes páginas,

con un interesante recorrido histórico

integral, con mapas y gráficos

que ayudan a la comprensión. Creemos

que esta es la mejor forma de

combatir el relato falsificado de los

medios de difusión, los que pertenecen

a las grandes corporaciones

y por eso representan en el campo

de la comunicación los intereses del

poder fáctico en la destrucción de la

unidad nacional-popular de Rusia

para luego reordenar a su gusto un

mundo ya sin Estados nacionales

con capacidad de defender a sus

pueblos.

La exposición del resultado de

nuestras observaciones lo verá el

atento lector a continuación. Y desde

esta tribuna esperamos que le

sea útil para mirar con detenimiento

el reverso de la trama que el poder

le quiere ocultar.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural


EL OTRO CINE

Adiós, camarada Lenin

En el universo del cine, algunas

películas son verdaderas obras

de arte y otras, en cambio, son

piezas educativas de enorme

utilidad para comprender

el mundo. Pero Good Bye, Lenin

(Alemania, 2003. 121 min.) es de

una clase especial, de esas que son

obras maestras de la cinematografía

y además tienen un contenido

de altísimo valor para la educación

de los pueblos. En esta película que

emociona de principio a fin, sobre

todo a quienes fuimos contemporáneos

de los hechos históricos retratados

en paralelo a la trama central

del film, buena parte de la historia

del mundo pasa delante de los ojos

del espectador.

Alexander Kerner (representado

por un descollante Daniel Brühl) es

un joven de la República Democrática

Alemana (o Alemania Oriental)

que no ya no puede disimular su

6 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


aburrimiento cuando de pronto empiezan

a darse los sucesos que finalmente

resultarían en la caída del

Muro de Berlín y el fin de toda una

era. Agobiado por la modorra de un

sistema demasiado burocrático en

el que los jóvenes no tenían muchas

opciones para canalizar su energía,

Alexander vive en un pequeño departamento

de Berlín oriental junto

a su hermana Ariane (Maria Simon)

y su Madre, Christiane (Katrin Saß),

una mujer que luego de ser abandonada

por un marido que se fugó a

Occidente y de sufrir la presión de la

Stasi —la temida policía secreta del

régimen socialista, cuyos agentes

sospechaban de una complicidad

suya en la deserción del marido— se

convierte en una fervorosa militante

del socialismo alemán.

Para romper el aburrimiento,

Alexander empieza a participar en

marchas y concentraciones opositoras

al gobierno de Erick Honecker,

hasta que es sorprendido en una de

esas marchas por su madre, quien

se dirigía en taxi a un evento oficial

conmemorativo de los 40 años de la

fundación de Alemania Oriental. Al

ver a su hijo entre los manifestantes

opositores a la causa que con tanta

pasión ella misma defendía, Christiane

sufre un colapso nervioso y se

desmaya en plena calle. Alexander

intenta ayudarla, pero es arrestado

por agitación en el momento y va

a dar con los huesos al calabozo

mientras Christiane es llevada al

hospital.

Christiane cae en coma durante

ocho meses y, al despertar, los

médicos concluyen que un nuevo

disgusto podría ser fatal, por lo que

les recomiendan a sus hijos que la

tengan entre algodones y sin acceso

a las malas noticias. El problema

es que mientras Christiane dormía

el Muro de Berlín se derrumbaba y

se llevaba al régimen socialista de

Honecker. Y allí empieza el dilema:

¿Ponerla o no al tanto a Christiane

de las noticias, que están al rojo

vivo?

Sus hijos optan finalmente por no

hacerlo y Alexander se esmera entonces

en crear un mundo de fantasía

para su madre, uno en el que la

Alemania Oriental seguiría existiendo

en su habitación, de donde ella

no debía salir. Y ello Alexander Kerner

empieza a descubrir el país en el

que supo vivir antes de la caída del

Afiche de ‘Good Bye, Lenin’, una obra maestra del cine alemán que es de consumo obligatorio

para quienes quieran conocer la historia desde el punto de vista de los subalternos,

invisibles para los libros y manuales.

7 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Escena cumbre y emblemática de ‘Good Bye, Lenin’ en la que Christiane descubre toda la

verdad sobre la caída del socialismo en Alemania y observa en shock como la estatua de

Lenin pasa volando delante de sus ojos.

Muro de Berlín. Acosado ahora por

el vértigo de un sistema capitalista

que se impone brusca y brutalmente

sobre el pueblo, Alexander va recordando

con nostalgia la vida bajo

el régimen anterior a medida que

va recreando ese mundo superado

para su madre.

Más allá de la trama en sí, Good

Bye, Lenin le ofrece al espectador

una deliciosa descripción de las

bondades y vicisitudes de la vida en

el socialismo oriental hasta 1989

para concluir reflexivamente en la

personalidad del protagonista que

la caída del socialismo en Alemania

no significó una mejora en la

calidad de vida de los pueblos, sino

precisamente todo lo contrario. Con

el correr de los días y mientras cuida

a su madre, Alexander y su hermana

ven cómo de la tranquilidad

de tenerlo todo asegurado pasan de

un plumazo a la incertidumbre y al

ritmo frenético de un sistema que

no admite una siesta.

Y es precisamente la metáfora de

la siesta la elegida por el director

Wolfgang Becker (que también se

encargó del guion de la película)

para representar ese cambio brusco

y brutal. Superado por las circunstancias,

Alexander se queda dormido

mientras cuida a su sobrina

y a su madre y esta, quien ya venía

sospechando de toda la puesta en

escena montada a su alrededor,

abandona la habitación en silencio

para encontrarse con un mundo exterior

absolutamente transformado.

Christiane observa en shock todos

los cambios y mientras lo hace se

da la escena más emblemática de

este film. A punto de cruzar una avenida,

Christiane ve pasar volando

bajo un helicóptero que transporta

una inmensa estatua de Lenin, muy

posiblemente retirada de alguna

plaza en el proceso de borrar los

símbolos del socialismo en Berlín.

Con un gusto artístico y una sensibilidad

notables, Becker hace

un recuento histórico de lo más

destacado, desde el Mundial de

fútbol de 1990 —ganado por una

Alemania reunificada, para júbilo de

los alemanes en las calles— hasta

el proyecto espacial de los países

del Este. Al buscar a su padre para

anoticiarlo del estado de salud de

Christiane, Alexander se dirige en

taxi a Berlín occidental tan solo

para descubrir que el taxista es

nadie menos que Sigmund Jähn

(Stefan Walz), el primer cosmonauta

alemán en viajar al espacio y héroe

de infancia de Alexander bien como

de todos los niños de su edad en el

país.

Junto a Sigmund Jähn, Alexander

se ve obligado a subir la apuesta de

la recreación que hacía para su madre,

sin sospechar que esta ya sabe

toda la verdad y empieza ella misma

a simular ignorancia para ver en

qué termina la fantástica novela de

su hijo. Con la ayuda de su compañero

de trabajo Denis Domaschke

(Florian Lukas), Alexander recrea

en VHS un noticiero de la televisión

informando que Erick Honecker

renunció, pero que fue sustituido

por Sigmund Jähn como jefe de

gobierno y que la continuidad del

proyecto político del socialismo

estaba garantizada por este héroe

de la patria.

Good Bye, Lenin no defrauda,

fundamentalmente por la calidad

de los actores en escena con Daniel

Brühl a la cabeza y por la habilidad

del director para desdramatizar lo

que en realidad fue un trauma para

toda la humanidad y contar, a partir

de allí, la historia desde el punto

de vista de quienes la vivieron y

padecieron sus consecuencias más

directamente. Todo eso sin grandilocuencia

ni grandes discursos

ideológicos. Es una película para

ver una y otra vez, para recordar y

para aprender. Y se lleva la recomendación

de cinco estrellas sobre

cinco de esta Revista Hegemonía.

8 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


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9 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


LA TRIBUNA DE ROSAS

Más bien por la deuda

que por la espada

CÉSAR

MILANI

Los Estados Unidos eran aún

una nación joven y la doctrina

Monroe apenas amanecía en

el continente cuando el sexto

presidente del gigante del norte

John Quincy Adams pronunciaba

una máxima que hasta el día de la

fecha no ha encontrado falsación:

“Hay dos formas de conquistar y

esclavizar una nación. Una es la

espada; la otra es la deuda”. Es

hasta hoy que se sigue replicando

el número de las naciones que

resultan devastadas cuando no

por la lucha armada abierta, sí por

el sometimiento a sus acreedores

luego de haber contraído una deuda

impagable. La colonización y la

esclavitud de las que hacía mención

el estadista norteamericano no

significan otra cosa que la pérdida

de la soberanía por parte de las naciones,

esto es, su disolución como

tales.

En la actualidad el contexto de esa

disolución de los Estados nacionales

y también de la identidad nacional

de los pueblos viene además de

la mano de la pugna por parte de

una suerte de oligarquía mundial

de las corporaciones, cuyo proyecto

político consiste en la instauración

de una gobernanza mundial bajo la

égida de una auténtica aristocracia

de los banqueros, o una plutocracia

global. Y es posible hallar ejemplos,

tanto de un intento de derrotar a

las naciones competitivas con los

intereses de la élite mundial a través

del poder de las armas como a

través de la deuda. En este artículo

veremos dos.

El primero es Rusia, nada me-

10 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


nos que el país más importante

en extensión de todo el planeta.

Poseedora de un Estado nacional

fuerte y bastión de un nacionalismo

férreo cohesionado por una religión

común, una identidad lingüística de

larga data y valores tradicionales

muy arraigados en el seno de una

sociedad difícil de penetrar desde

el punto de vista cultural en virtud

precisamente de las características

antedichas, así es Rusia. El segundo

ejemplo es nuestro país, el octavo

más extenso del planeta y legítimo

dueño de riquezas incalculables a

nivel de recursos naturales, recursos

humanos y posición estratégica,

bicontinental y bioceánico.

En el caso de la Federación Rusa,

se encuentra por estos días en una

encrucijada por su necesidad de

librarse del cerco que cada vez con

menos disimulo y envalentonada la

Organización del Tratado del Atlántico

Norte (OTAN) está cerrando a su

alrededor con el propósito de precipitar

su disolución. Desde fines del

año pasado y con mayor notoriedad

a partir de enero de este año 2022,

la OTAN ha dado muestras de una

presunta inquietud por las supuestas

intenciones expansionistas que

motivarían el accionar del Kremlin.

So pretexto del arbitraje en medio

de un conflicto diplomático que

escala, la OTAN ha movilizado hacia

Polonia, Ucrania y los países bálticos

—Lituania, Letonia y Estonia—

tropas y armamento, sugiriendo y

hasta denunciando abiertamente

que el presidente de Rusia Vladímir

Putin planea invadir Ucrania, país

de larga historia en común con

Rusia, incluida su participación en

la Unión Soviética.

Putin, por su parte, sostiene que

la movilización de tropas hacia la

frontera obedece al derecho soberano

de toda nación de disponer de

sus fuerzas armadas conforme lo

considere necesario. Pero además

el líder ruso aclara que los acontecimientos

recientes también responden

a lo que el Kremlin bien puede

ver como una amenaza latente a su

soberanía. ¿Qué pasaría, se pregunta

Putin, si a Rusia se le ocurriese

enviar tropas militares a las

fronteras entre los Estados Unidos

de Norteamérica y México o Canadá?

Resulta difícil imaginar a un Joe

Biden impasible ante una provocación

de esa magnitud.

Y sin embargo desde la prensa

internacional se ha señalado infinidad

de veces la sed de poder de un

Putin que no conforme con poseer

bajo su dominio al país más extenso

del planeta, pretendería además

fagocitar a los pueblos libres a su

paso, extendiendo sus fronteras

hacia el oeste, acaso con deseos de

restaurar la grandeza de la Rusia de

los zares o reeditar la Unión Soviética.

Pero la historia se nos cuenta

al revés. Bien mirado el proceso

de movilización de tropas hacia

la frontera con Ucrania, lo que se

observa es una jugada defensiva de

parte de Rusia con el propósito de

sostener su zona de influencia, que

John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos aún en la etapa de liberación

nacional de ese país que luego sería la única superpotencia mundial. Quincy Adams supo

que de quedarse enredados en la trampa del endeudamiento que les tendían los británicos,

los estadounidenses tendrían destino de colonia aun habiendo derrotado a los mismísimos

británicos por la espada. Un contemporáneo de Quincy Adams es Bernardino Rivadavia,

quien mordió bien el anzuelo, endeudó al país con la banca inglesa Baring Brothers y rifó así

nuestra soberanía. Dos mentalidades y, como se ve, dos resultados finales muy distintos.

11 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Gracias a la herencia soviética, Rusia dispone hoy del primer arsenal nuclear del planeta,

suficiente para destruir la Tierra entera innumerables veces. La primera consecuencia de

ello es que por la espada se les hace imposible a los enemigos de Rusia conquistarla y esclavizarla.

La segunda opción colonialista sería la deuda, pero Rusia tampoco pica y por eso

ese país es un problema muy serio para el poder fáctico global. Como la bomba nuclear es

la garantía última de soberanía nacional —son armas diseñadas para no usarse jamás, son

de disuasión— y la Argentina no la tiene, a diferencia de Rusia países como el nuestro son

vulnerables tanto a la espada como a la deuda. Y ese es destino de colonia asegurado.

comprende las naciones eslavas de

la Europa oriental.

Si bien aún se desconoce si efectivamente

se desencadenará un

conflicto armado, lo cierto es que

la guerra ya está en curso, es una

guerra estratégica cuyo freno de

mano de momento lo constituye

nada menos que la amenaza efectiva

de un exterminio de dimensiones

descomunales que podría, si llegara

a escalar, devenir nada menos que

en un evento de extinción masiva.

Dicho bruscamente y exagerando

apenas, el potencial militar tanto

de Rusia como de la OTAN con

los Estados Unidos a la cabeza en

hacer la guerra podría poner en

peligro la continuidad de la especie

y convertir al planeta en una roca

inhabitable. Pero la guerra está,

como una reedición posmoderna de

la Guerra Fría. Y la soberanía de las

naciones depende en gran medida

de la cintura de la diplomacia rusa

para resistir los embates que por

estos días le presenta Occidente.

La guerra está y seguirá estando

en tanto ninguno de los adversarios

caiga, pues la supervivencia de uno

en un conflicto de intereses antagónicos

y excluyentes garantiza la

continuidad del proceso. El bando

occidental y globalista no habrá

triunfado en su proyecto de gobernanza

mundial en tanto y en cuanto

no haya sido capaz de neutralizar

toda reticencia y los nacionalismos

no tendrán a la mano la paz mientras

el capitalismo financiero internacional

sostenga sus intenciones

de dominio total.

Con respecto a la deuda, se trata

de un mecanismo de sujeción y

dominación de bajo costo en comparación

con el anterior, pues implica

mucho menor riesgo para una

metrópoli que el recurso a la guerra

al acarrear esta última opción

pérdidas materiales, la destrucción

de ciudades y armamento y, sobre

todo, la pérdida de un número

indeterminado de vidas humanas.

La deuda, en cambio, solo reditúa

ganancias. En la relación costo-beneficio,

mientras que la guerra

propiamente dicha puede neutralizarse

por el equilibrio entre las

fuerzas opuestas, derivando en una

guerra fría como en el caso de Rusia

que analizábamos anteriormente, la

deuda implica una relación asimétrica

desde el inicio.

Una nación toma deuda porque

no es capaz de abastecerse por sí

misma de los recursos financieros

que necesita para el normal funcionamiento

del Estado, o bien para

llevar adelante proyectos de infraestructura,

industria o similares que

requieran a priori ingentes sumas

de capital. Los países acreedores

o los organismos multilaterales de

crédito disponen sobradamente

de estos recursos y pueden por lo

tanto poner en juego una ínfima

porción de capital con el propósito

de hacerse de recursos económicos

y políticos incalculables a modo de

ganancia ulterior.

A partir de la firma de un acuerdo,

la nación deudora pone a disposición

su palabra, pero fundamentalmente

su soberanía. Un país que

debe no es libre de disponer de sus

recursos de manera autónoma, todo

el proceso de recaudación de parte

del Estado va a implicar necesariamente

la distribución de los dineros

destinados al pago de la deuda.

Pero eso no es todo: se sobreentiende

del acuerdo que el organismo

acreedor va a tener a su disposición

la facultad de exigir de su deudor

las políticas económicas que el

acreedor considere necesarias para

garantizar las “metas fiscales” que

12 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


impliquen teóricamente el pago en

tiempo y en forma.

Aunque en la práctica eso no es

tan así. Los organismos como el

Fondo Monetario Internacional

(FMI) imponen a los países deudores

“metas fiscales” que no

consisten sino en la aplicación de

políticas de ajuste del gasto público

y reducción de la inversión en

“gasto social” y es ese ajuste el que

retroalimenta la imposibilidad de

pago, ya que al ajuste sobreviene la

recesión y este ocasiona a su vez la

baja recaudación fiscal, generando

finalmente más recesión y menos

recaudación, reproduciendo y profundizando

en el tiempo la crisis del

Estado en el país deudor.

Y allí radica el negocio de la colonización.

Los organismos no

prestan para cobrar sino para no

hacerlo, prestan para consolidar su

dominio a través de la generación

de crisis de deuda sobre los países

emergentes y la propuesta de

planes de salvataje consistentes o

bien en más colocación de deuda

o bien en la firma de acuerdos en

términos draconianos que, en el

peor de los casos, pueden implicar

incluso la entrega total de recursos

codiciados y escasos —yacimientos

de hidrocarburos, reservas de agua

y proyectos mineros, por mencionar

algunos ejemplos que podrían

caberle a un país como el nuestro—

o la entrega de un fragmento de su

territorio nacional en calidad de

moneda de cambio.

La ganancia, como se ve, es infinitamente

superior a la inversión, si y

solo si los países deudores obedecen

con sumisión los mandatos de

los técnicos del FMI cuyos planes

económicos no están destinados

a garantizar para sí el cobro de las

cuotas del capital y los intereses

adeudados, sino precisamente y por

el contrario consisten en la precipitación

de la crisis final de las naciones

emergentes.

Es por eso que la encrucijada de

nuestro país, que por cierto pone en

jaque nuestra soberanía política y

en el mismo sentido nuestra independencia

económica, no consiste

en asegurar plazos prolongados ni

reducciones de capital o tasas de

interés de la deuda. Mientras los

Protesta en Buenos Aires contra la injerencia del Fondo Monetario Internacional en la política económica nacional. Por lo que se desprende

de las negociaciones, Argentina se encuentra absolutamente acorralada y extorsionada por la deuda contraída por Mauricio Macri y la conclusión

es sencilla: la propia deuda se contrajo con la finalidad de recolonizar el país y en ello hay complicidad entre el poder fáctico global y

sus cipayos en el territorio, entre los que Macri es un abanderado.

13 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


medios masivos de comunicación

emiten a través de sus señales

televisivas mensajes contradictorios

acerca de la firma de un acuerdo

inminente entre el ministro de

Economía Martín Guzmán y la titular

del FMI Kristalina Georgieva, lo

importante se nos oculta sistemáticamente

de derecha a izquierda del

arco mediático nacional.

La realidad es que lo verdaderamente

importante y posiblemente

determinante de la continuidad de

la Argentina como país soberano no

son el cuándo ni el dónde, sino el

cómo.

Es preciso que se nos dé a conocer

cómo el Estado argentino hará

frente al pago de la monstruosa

deuda que el gobierno de la alianza

Cambiemos (llamada por el nuevo

nombre de fantasía “Juntos por

el Cambio” y luego “Juntos”) con

Mauricio Macri a la cabeza tomó

irresponsablemente y el gobierno

del Frente de Todos aún no parece

estar en vías de resolver. De dónde

saldrán los recursos para el pago

de los compromisos del acuerdo

que más tarde o más temprano va

a darse a conocer, sobre qué sector

de la sociedad va a recaer el peso

del ajuste que se viene casi con

toda seguridad.

Y, sobre todo, si está dentro de la

agenda la posibilidad de salirnos de

Con el cambio de la infame Christine Lagarde por la cara supuestamente más humana de

Kristalina Georgieva hubo un intento por lavar la imagen del Fondo Monetario Internacional,

lo que dio buenos resultados en los dos primeros años de gobierno de Alberto Fernández:

la militancia se dejó seducir por la búlgara Georgieva como habían hecho los macristas con

la francesa Lagarde, pero la única verdad es la realidad y el FMI no cambia. Dos años se

perdieron y ahora parecería ser un poco tarde.

este círculo vicioso de modelos de

reducción del gasto público que generan

más déficit fiscal y aceleran

la recesión y en última instancia, el

cese de pagos. Sin un acto de rebeldía

ante el gigante que nos acecha

difícilmente podamos corrernos

de un destino que a estas alturas y

penosamente parecería inexorable.

Independientemente de los plazos

que se establezcan y que por cierto

ya deben haber sido impuestos de

manera unilateral e inconsulta por

el FMI, lo que es necesario si como

pueblo deseamos sacarnos la bota

de la cabeza es reclamar a nuestras

autoridades por un acuerdo que

garantice antes que el pago de la

deuda el crecimiento de la economía

del país que es condición sine

qua non de aquel, pues de mínima

resulta ingenuo pretender llenar

un cántaro que no tiene fondo. Por

mucho que nuestro pueblo ponga a

disposición de las arcas del Estado

el resultado de su trabajo y su esfuerzo,

por mucho que a costas del

hambre y el sufrimiento de los ancianos,

los niños y los trabajadores

de la patria la Argentina se dedique

sistemáticamente a transferir dinero

a los acreedores, jamás logrará

saldar la deuda si no es a través de

la implementación de un modelo de

desarrollo productivo que garantice

la recaudación fiscal y la reproducción

de un círculo virtuoso que

redunde en el crecimiento del país,

donde quienes hagan el mayor esfuerzo

sean los sectores que tienen

el dinero para pagar.

La Argentina ya lo ha hecho en

el pasado. Con el esfuerzo de

su pueblo, con responsabilidad,

austeridad y crecimiento para los

más postergados de la patria. Y lo

único que necesitó para lograrlo

fue coraje, patriotismo y decisión

política. Como en todas las cosas

de la política.

14 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


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15 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


CONTENIDO EXCLUSIVO

La guerra

dentro de

la guerra

ERICO

VALADARES

Desde la segunda quincena de

enero en adelante una avalancha

de noticias y operaciones

mediáticas tomó por

sorpresa a la opinión pública

a nivel mundial con el anuncio de

la probabilidad de una invasión de

Rusia sobre el territorio de Ucrania,

o la guerra en su forma más clásica:

la confrontación directa y armada

entre Estados nacionales. Por razones

que veremos a continuación,

Vladimir Putin posicionaba al cierre

de esta edición a varias decenas

de miles de soldados en la extensa

frontera ruso-ucraniana, rodeando

prácticamente al país en todo

su extremo meridional, oriental y,

con la ayuda de Bielorrusia, aliado

histórico del Kremlin, también por el

norte. Siglos de una relación íntima

y a la vez complicada entre Rusia y

Ucrania emergen hoy en el intento

de dar con la explicación de por

qué el país más extenso del planeta

parece interesado en expandirse

hacia el oeste, más de treinta

16 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


años después de la disolución de

la Unión Soviética y la pérdida del

control por parte de Moscú sobre

el inmenso potencial económico de

esos territorios de Europa central.

En su teoría del espacio vital —que

no ha podido falsarse en la geopolítica

de Europa a lo largo de la

historia por la efectiva simplicidad

de los términos en los que se plantea—,

el geógrafo alemán Federico

Ratzel sostenía a fines del siglo XIX

que una determinada nación tenía

el destino de expandirse sobre el

territorio de otras naciones con el

fin de obtener los medios económicos

necesarios para su grandeza o

tenía el destino de ser borrada de

la faz de la Tierra, precisamente por

ser objeto del expansionismo ajeno.

La teoría de Ratzel fue aprovechada

posteriormente por la Alemania nazi

para justificar hasta ideológicamente

el avance de las tropas de Hitler

sobre Polonia y sobre otros países

europeos en el marco de lo que fue

la II Guerra Mundial, aunque Ratzel

no tenga ninguna relación con lo

hecho de sus teorías geográficas

después de su muerte. El espacio

vital es la conclusión de la determinación

económica de la política,

allí donde la riqueza de las naciones

17 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Pieza de propaganda de la Alemania nazi, en la que se justifica ideológica y hasta técnicamente

la necesidad del espacio vital o “lebensraum”, teoría que había sido planteada por

Ratzel a fines del siglo anterior. Una nación sin los recursos necesarios para su desarrollo

como potencia mundial puede salir a buscar dichos recursos fuera de sus fronteras o puede,

en cambio, condenarse a la extinción cuando otras vengan a hacerlo a sus expensas. De

hecho, el “lebensraum” hoy explica muy bien la política exterior de los Estados Unidos y de

todos los países imperialistas de Occidente sin que nadie se atreva a llamarlos “nazis”.

se define en la modernidad y desde

mucho antes por su capacidad de

obtener recursos más allá de sus

fronteras. En una palabra, sobre

todo en espacios geográficos reducidos

y sobrepoblados como los

de la vieja Europa, la alternativa a

hacerse del control de su espacio

vital es la de ser un espacio vital

controlado por otras naciones y ahí

está expresado el fundamento económico

de toda guerra desde que se

tenga noticia.

Entonces la primera explicación

de por qué Rusia viene tratando de

avanzar sobre los territorios que alguna

vez estuvieron bajo su control

mientras existieron la Unión Soviética

y el bloque socialista del Este en

su “cortina de hierro” es la del espacio

vital en los términos propuestos

por Ratzel, las pacientes campañas

rusas en Crimea, en Donbás y

luego directamente contra Ucrania

en su soberanía territorial integral

deberían responder al interés de

Rusia en un espacio vital del que

pudiera extraer la riqueza necesaria

para su desarrollo como nación y

como potencia. Pero precisamente

ahí está el primer problema, el más

grave que presenta esta hipótesis,

puesto que Rusia es territorialmente

nada menos que el más extenso de

los países existentes y además, por

esa misma razón, ya tiene fronteras

adentro en términos de recursos

naturales muchísimo más de lo que

necesitaría para lograr un desarrollo

pleno de potencia económica

global. ¿Por qué habrían de hacer

los rusos un desgaste militar enorme,

poniéndose en frente a todo el

Occidente y jugando a deflagrar una

contienda de proporciones globales,

con la finalidad de ir a quitarle a

Ucrania lo que en Rusia ya tienen en

abundancia?

Sabemos hoy en posesión del

diario del lunes que la teoría del

espacio vital de Ratzel no puede

falsarse, pero puede descartarse

por inútil si se la aplica fuera de la

realidad geográfica europea, que

es la que Ratzel conoció y sobre la

que efectivamente teorizó. En otras

latitudes como las de nuestra América

del Sur no existen realmente los

conflictos territoriales reales más

allá del despojo ocasional resultante

de guerras por otras razones

económicas o geopolíticas. Paraguay,

por ejemplo, perdió gran parte

de su territorio soberano a manos

de Brasil y Argentina al finalizar la

Guerra de la Triple Alianza, pero no

porque a Brasil o a Argentina les

hicieran falta los recursos naturales

del territorio expoliado a los paraguayos,

de ninguna manera. De

hecho, tanto Argentina como Brasil

tenían aún sin explotar vastas extensiones

de sus propios territorios

soberanos y ni el actual Mato Grosso

brasileño ni la actual provincia

de Formosa argentina ameritaban el

tremendo esfuerzo de guerra puesto

en cinco años y más para llevar a

cabo un verdadero fratricidio contra

el pueblo paraguayo. De no ser por

la manipulación de Gran Bretaña,

gran interesada en destruir el desarrollo

industrial incipiente de Paraguay

con Solano López a la cabeza,

la Guerra de la Triple Alianza no

podría haber tenido lugar simplemente

porque en el plano económico

a ninguno de los involucrados le

interesaba ir a expoliar lo que ya era

abundante en sus propios suelos.

Entonces el espacio vital de Ratzel

no podría aplicarse a enormes

países como Brasil y Argentina, el

quinto y el octavo territorios más extensos

del planeta, respectivamente.

Y, de manera análoga, lo mismo

vale para Rusia, país que en su

extensión territorial es más grande

incluso que Brasil, Argentina y todo

el actual Mercosur combinados,

Venezuela, Bolivia, Paraguay y Uruguay

incluidos. La teoría de Ratzel

se ajusta bien a países como Ale-

18 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


mania, donde hubo y sigue habiendo

una colosal desproporción entre

capacidad industrial instalada y

recursos naturales necesarios para

mover esa industria y alimentar a

la población. Es comprensible que

Hitler en su proyecto de dominación

mundial haya avanzado sobre sus

vecinos de Europa para obtener lo

que en Alemania escaseaba o bien

directamente no existía: combustibles,

minerales, alimentos y reservas

acuíferas. Pero lo mismo es

inexplicable en el caso de Rusia hoy

en relación con Ucrania de la misma

forma en que lo fue en el caso de

Brasil y Argentina en el siglo XIX respecto

al Paraguay de Solano López.

Rusia no avanza sobre Ucrania por

un interés económico directo, esto

es, no está apostando sus tropas

sobre la frontera simplemente para

hacerse del control del trigo, que

en Ucrania se produce mucho y en

Rusia más todavía. Aquí hay intereses

económicos indirectos, los que

podrían calificarse con más precisión

como intereses geopolíticos.

Hasta que implosionó definitivamente

a fines del año 1991, el

campo socialista en Oriente fue un

proyecto político monumental, el

más grande de toda la historia de

la humanidad. Bajo el liderazgo de

Rusia, 14 otras naciones —entre

estas, Ucrania— formaron la Unión

Soviética y otras tantas en el Este

de Europa formaron el “telón de

acero”, un cordón sanitario entre

Moscú y el capitalismo occidental.

Buena parte de la fortaleza de la

Unión Soviética en la defensa de

su proyecto político frente a las

constantes embestidas del capitalismo

occidental y su propaganda

arrolladora tuvo que ver con la

existencia de dicho cordón sanitario,

con el trabajo defensivo en la

primera línea que hicieron Hungría,

Polonia, Checoslovaquia, Rumania,

Bulgaria, la Alemania Oriental y, en

cierta medida, Yugoslavia y Albania,

países que respectivamente con el

Mariscal Tito y Enver Hoxha jugaban

su propio juego sin dejar de ser naciones

socialistas en los Balcanes.

Fue gracias al “telón de acero” o

“cortina de hierro”, en palabras de

un siempre muy ocurrente Winston

Churchill, que los soviéticos pudieron

mantener durante décadas el

aislamiento estratégico de los pueblos

en sus 15 repúblicas socialistas

—sobre todo en las que estaban

geográficamente ubicadas hacia el

oeste de la federación, como es el

caso objetivo de Ucrania—, evitando

la influencia del enemigo. En términos

prácticos, basta con imaginarse

un mundo sin todas las herramientas

de comunicación del presente,

sin internet, sin teléfonos celulares

y con el espectro radioeléctrico muy

bien controlado para la televisión,

en el que a un ucraniano se le ocurriera

la idea de tomar contacto con

un austriaco, un alemán occidental

o un italiano. Para hacerlo, ese

ucraniano debía primero abandonar

el territorio de la Unión Soviética (lo

que en sí ya era muy difícil) y luego

sortear las enormes extensiones de

los países socialistas ubicados al

oeste respecto a Ucrania: Polonia,

Hungría o Checoslovaquia para llegar

a Alemania o a Austria, Rumania

y Yugoslavia para llegar a Italia o a

una salida al mar no controlada por

el Kremlin. Y eso era entonces aún

más difícil que salir legal o ilegalmente

de la Unión Soviética, por los

innumerables puestos de control

existentes en todos los caminos.

Así los soviéticos pudieron sostener

el aislamiento estratégico

Esquema simplificado del enfrentamiento entre la OTAN y el Pacto de Varsovia antes de la

caída del Muro de Berlín en 1989. En este mapa se ve claramente la llamada “cortina de

hierro” de los países socialistas alineados y no alineados, mediando dicha cortina entre Europa

occidental y la Unión Soviética. Actualmente todos esos países se han unido a la OTAN,

cambiando radicalmente de bando. Y no solo eso: los países bálticos (Lituania, Letonia y

Estonia), que eran parte directamente de la URSS también forman en la OTAN. Rusia está

literalmente rodeada y ahora libra una guerra de liberación nacional.

19 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


respecto al contagio ideológico de

la propaganda occidental. Hubo

generaciones de ucranianos, bielorrusos,

moldavos e incluso rusos

que vivieron y murieron sin tener

contacto con una Europa occidental,

cristiana y capitalista a la que

tenían relativamente muy cerca. No

son pocos los analistas dispuestos

a concluir que la Unión Soviética

empezó a derrumbarse cuando se

debilitó ese cordón sanitario que

la separaba de Europa y la prueba

más cabal de que eso debe haber

sido así fue la caída del Muro de

Berlín en 1989 y la reunificación de

Alemania, unos meses más tarde.

Una vez rota la “cortina de hierro”

fue tan solo una cuestión de tiempo

hasta que los pueblos antes aislados

hacia Oriente tomaran contacto

con Occidente para dejarse seducir

por la promesa de una vida con

abundancia en el capitalismo, la

que por su parte siempre fue una

quimera.

“Back to USSR”

Eso es lo que entiende históricamente

Vladimir Putin y es por eso

que las afirmaciones, un poco en

serio y otro poco en broma, de que

Putin quiere restaurar la Unión

Soviética son descabelladas, aunque

no lo son tanto. Está claro que

el proyecto político de Putin en las

últimas dos décadas tuvo por objetivo

central el restablecimiento de

la grandeza que Rusia tuvo mientras

existió la Unión Soviética, es

decir, no se trata aquí de reinstalar

el proyecto político del socialismo

El filósofo ruso Aleksandr Dugin, autor de la cuarta teoría política. Según Dugin, la tercera

posición de Putin en Rusia sería, en realidad, una cuarta posición al superar al liberalismo,

al socialismo y también al fascismo. Sea como fuere, Rusia no es “yanqui ni marxista” en los

términos del peronismo clásico. Y es un bastión de lo nacional-popular en el mundo.

soviético sino más bien de recuperar

el poder que ese proyecto tuvo

mientras dominó territorialmente

la región de Asia septentrional y la

región de Europa oriental. Lo que

Putin quiere restaurar de la Unión

Soviética es la propia Unión, pero

bajo su proyecto político de tercera

posición —ni marxista ni liberal—,

el que el filósofo Aleksandr Dugin

califica como la cuarta teoría política,

excluyendo y superando de

paso también al fascismo. La Unión

Soviética planteada como una

federación de naciones libremente

asociadas con Rusia a la cabeza y

con el fin de combinar el potencial

de todas las partes, pero sin la imposición

del marxismo-leninismo ni

del Partido Comunista como partido

único y dirigente.

No es ciertamente muy difícil imaginarse

cómo sería eso en la práctica

habiendo tenido el precedente

histórico de la propia Unión Soviética,

muy útil para proyectar y ver que

a países como Kirguistán, Bielorrusia

o la propia Ucrania les convendría

esa unidad bajo el liderazgo de

Moscú y cierto nivel de autonomía

para garantizarse un justo reparto

de los beneficios en la mesa de discusión.

Por lo demás, en todos los

casos, se trata de países con una

historia y una cultura comunes con

Rusia, siglos de tradición en la convivencia

y casi siempre incluso con

un fuerte componente demográfico

ruso fronteras adentro. Y otra vez

aparece Ucrania como ejemplo por

antonomasia de lo que se quiere

expresar: el propio concepto de

“Rusia” tiene su origen en Kiev, ciudad

que hoy es la capital ucraniana,

buena parte de la población de este

país es de origen ruso, los idiomas

y la cultura son muy parecidos y

perfectamente comprensibles entre

sí. Podría decirse que, salvando

las distancias, la naturaleza de la

relación entre Ucrania y Rusia está

20 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Viejo mapa en inglés de la extensión territorial de la Unión Soviética en 1989, en vísperas de su disolución. Aquí vemos a Rusia y a otras

14 naciones que formaban la federación (en sentido contrario al reloj: Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia,

Armenia, Azerbaiyán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán y Kazajistán). Esta fue una colosal constitución política cubriendo unos

22,4 millones de kilómetros cuadrados entre Europa y Asia, más que toda América del Sur y América Central. Todos estos países tienen fuerte

relación histórica, política, económica y cultural con Rusia, aunque algunos sectores de su política interna quieran negarlo. Y esa es la unidad

natural que Putin quiere restaurar.

en la diferencia en lo que va de un

español a un portugués o de un sueco

a un danés, incluyendo un origen

común y una integración inevitable

desde el vamos, con todos los lazos

culturales firmemente atados hace

ya varios siglos.

Y otro tanto pasa entre Rusia y Bielorrusia,

entre Rusia y Georgia, entre

Rusia y Tayikistán y, en fin, entre

los rusos y los pueblos de los otros

catorce países que hasta principios

de los años 1990 formaron la Unión

Soviética. Hay entre ellos muchísimo

más de continuidad en todos los

aspectos de la existencia humana

que de ruptura, existe entre ellos la

tendencia a la unidad. Dicho de otra

forma, la alianza natural de un país

como Ucrania es y siempre será con

Rusia y con los demás países de la

región que están en la misma o en

similar situación, jamás con Austria,

Francia, Suiza y demás países

de Occidente con los que los pueblos

ucranianos no tienen relación

histórica de proximidad. Y ahí está

el que la intención declarada del

gobierno de Ucrania de integrar la

Unión Europea y formar en la Organización

del Tratado del Atlántico

Norte (OTAN) hace tanto ruido en

Moscú, pero mucho más en Kiev: es

en la mismísima Ucrania donde el

acercamiento a Occidente genera

la mayor controversia. ¿Darle la espalda

al aliado de toda la vida para

asociarse con el enemigo histórico

de este aliado? Eso tiene pocas

probabilidades de éxito.

Quedara dicho anteriormente que

el interés de Moscú en Ucrania y

todo el esfuerzo de guerra que parecería

hacer Vladimir Putin por estas

horas no tenían tanto que ver con un

objetivo económico inmediato, sino

más bien con una estrategia geopolítica

a mediano y largo plazo. Y ello

21 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


había sido la propia Unión Soviética

con el ingreso a la OTAN de Lituania,

Letonia y Estonia, los tres países del

Báltico cuya relación con Rusia fue

históricamente caótica. Entonces

Occidente ya cooptó todo el cordón

sanitario y ya penetró además en

el territorio del enemigo. Desde el

punto de vista de los rusos, por lo

tanto, Rusia está hoy acorralada y

su lucha por mantener a Ucrania

lejos de las garras de Occidente es

una lucha de defensa de su propia

soberanía nacional.

Mamushkas guerreras

José Stalin fue el gran arquitecto del colosal proyecto de la Unión Soviética. Después de la

muerte de Lenin en enero de 1924, Stalin puso en práctica sus convicciones nacionalistas

expresadas en ‘El marxismo y la cuestión nacional’ —la obra cumbre de un dirigente que se

destacó más por la praxis política que por el trabajo intelectual propiamente dicho— y puso

en un segundo plano el concepto de internacionalismo tan preciado por los bolcheviques

revolucionarios para crear la que sería, tras la II Guerra Mundial, una de las dos superpotencias

globales junto a los Estados Unidos. En un sentido histórico, Putin es el continuador de

la tradición nacional-popular de Stalin y no de la ideología socialista de Lenin.

se explica en detalle con la combinación

del concepto de cordón sanitario

y del proyecto de los gobiernos

ucranianos en los últimos años de

integrar la OTAN. Por una parte y

mucho más allá de la personalidad

de Putin, Rusia como nación soberana

y como potencia que quiere recuperar

su estatus global no puede

en ninguna circunstancia permitir

que Occidente ponga su bota cerca

de sus fronteras, lo que fatalmente

ocurriría automáticamente al ingresar

Ucrania a la OTAN. Por el contrario,

Rusia necesita la estabilidad

del territorio ucraniano para avanzar

luego desde allí en el restablecimiento

de su cordón sanitario en

los países de Europa del Este que

formaron el “telón de acero” sin

llegar a pertenecer directamente a

la Unión Soviética. Lejos de permitir

que el enemigo histórico avance

sobre su zona de influencia hasta

estacionarse militarmente sobre

sus fronteras, Rusia necesita expandir

esa zona de influencia hasta

recuperar el control en países como

Polonia, Bulgaria, Rumania, Hungría

y Albania, entre otros, países

que fueron signatarios del Pacto de

Varsovia con el que los soviéticos se

pararon de manos frente a la OTAN

durante la Guerra Fría y que ahora,

irónicamente, forman parte de la

propia OTAN.

Entiéndase bien: a partir de la

disolución del campo socialista en

el Este, Occidente avanzó sobre la

“cortina de hierro” de los soviéticos

y se instaló allí al incorporar a los

países de la región a su alianza militar.

Y no solo eso, sino que además

avanzó sobre el territorio de lo que

La mejor analogía de la aseveración

occidental de que Vladimir Putin

quiere invadir Ucrania es la reacción

británica frente a la “invasión”

argentina a las Islas Malvinas que

en 1982 ocasionó una guerra entre

nuestro país y el Reino Unido. Los

británicos le usurparon las Malvinas

en el siglo XIX a una Argentina

en pleno proceso de establecerse

como nación soberana y desde

entonces se instalaron allí ilegítimamente,

aunque con constancia.

Cuando ya promediaba el siglo XX,

la Junta Militar de la última dictadura

argentina vio en la recuperación

de las Islas Malvinas la oportunidad

dorada para hacerse de una causa

de unidad nacional en medio a un

contexto político que le era adverso

y fue por ello, lanzando una

campaña militar en las Islas. A esa

campaña los británicos llamaron

“invasión” y llamaron en consecuencia

a la defensa del territorio.

¿Pero quién era ahí, sin reivindicar

la figura del General Galtieri ni

mucho menos, el verdadero invasor

y quién era el defensor del territorio

soberano?

Claro que la cuestión se planteó al

revés por los británicos en el nivel

de la propaganda de guerra y lo

22 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


mismo ocurre hoy en el inminente

conflicto planteado por los rusos en

Ucrania, con sus lógicas particularidades.

Si el ordenamiento considerado

natural entre Occidente y

Oriente que heredamos de la II Guerra

Mundial y que atravesó toda la

Guerra Fría posterior indicaba que

los países de Europa del Este formaban

parte del Pacto de Varsovia, es

una obviedad que la conversión de

esos países a la OTAN es una invasión

a todas luces. Y que el avance

de la misma OTAN sobre los países

del Báltico y ahora sobre Ucrania es

la profundización de dicha invasión,

dando como resultado el que en

este caso Rusia no hace más que

pelear legítimamente por su zona de

influencia. En palabras del General

Perón, la OTAN les habría robado

el perro a los rusos y ahora querría

volver a exigir el collar, reprochando

a Rusia por atreverse a cuestionar la

calidad del negocio.

En línea con este razonamiento,

el presidente de Bielorrusia y gran

aliado de Putin Aleksandr Lukashenko

dijo públicamente mientras

escalaba el conflicto en Ucrania que

a Occidente no le convenía “meterse

con nosotros, puesto que somos

invencibles”, donde “nosotros”

significa una alianza inquebrantable

entre Bielorrusia y Rusia con la

participación de Serbia, Hungría

y algunos países más por todo el

mundo. “No se metan con nosotros,

es imposible derrotarnos. Somos

invencibles por nuestro espíritu

y por el territorio que se extiende

desde Brest a Vladivostok. Muchos

lo han intentado y han fracasado”,

fue la cita textual de Lukashenko en

la que se leen los intentos fracasados

de violar la soberanía rusa por

parte de Napoleón y de Hitler en el

pasado y también la declaración de

la real extensión territorial del “nosotros”

en cuestión: desde Brest, en

el extremo occidental de Bielorrusia

y sobre la frontera de este país con

Polonia, hasta Vladivostok, en el extremo

oriente ruso, allí donde tiene

su terminal el ferrocarril Transiberiano.

Ese es el espíritu que invoca

Lukashenko, el de la grandeza de la

Rusia de todos los tiempos.

Pero lo más importante en las declaraciones

de Lukashenko, quien

La Guerra de Malvinas es el ejemplo histórico más cercano que tenemos los americanos para comprender la doble hermenéutica deshonesta

que hace la OTAN en la cuestión de Ucrania. Siendo el invasor de las Islas Malvinas, Gran Bretaña se mostró ofendidísima frente a la opinión

pública por la “invasión” argentina a las Islas en 1982, invirtiendo todo el argumento, falsificando la verdad histórica y poniéndose en el lugar

del agredido. Lo mismo hace la OTAN hoy respecto a Rusia y en la OTAN, como se sabe, uno de los socios mayoritarios es precisamente Gran

Bretaña. El zorro pierde el pelo, pero jamás las mañas.

23 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


El bielorruso Aleksandr Lukashenko y el ruso Vladimir Putin, mostrándose amistosamente

juntos como en infinidad de ocasiones. En realidad, la amistad inquebrantable es entre

Rusia y Bielorrusia, la que llevó a Lukashenko a sostener buena parte de la idea de la Unión

Soviética en su país, contra viento y marea, desde 1994. Con la URSS en desintegración y el

orientalismo ruso siendo avasallado por la presión occidental, Lukashenko se mantuvo firme

durante casi tres décadas y hoy ve renacer el proyecto del que ha sido un histórico militante.

claramente habla por sí mismo y

por su socio y amigo Putin fue lo

siguiente: “Nosotros no queremos

territorio de otros países, tenemos

bastante ya. Queremos mantenerlo

y convertirlo en un lugar mejor. Esos

son nuestros objetivos. Sí, lo repito

una vez más por si alguien no lo ha

entendido: lo lamentarán durante

mucho tiempo. No es una amenaza,

sino una simple advertencia”. Y ahí

está todo el diagnóstico indicando

explícitamente que aquí no hay una

cuestión de espacio vital en los

términos planteados por Ratzel, o

que Rusia no está en proceso de

expansión. En realidad, Rusia quiere

recuperar el terreno perdido que

considera esencial para defender su

propia existencia. Y eso es objetivamente

legítimo.

Lukashenko también denunció

unos movimientos de tropas de la

OTAN que vienen dándose en Polonia

y en los países del Báltico (Lituania,

Letonia y Estonia). De acuerdo

con el líder carismático y presidente

de Bielorrusia desde 1994,

unos 30.000 militares de la OTAN

estarían concentrados en esos

países que fueron parte del Pacto

de Varsovia (en el caso de Polonia)

y directamente parte de la Unión

Soviética (en el caso de los bálticos)

con la sola finalidad de intimidar

a Moscú. ¿Y para qué quiere Occidente

ejercer esa presión? Pues

precisamente para seguir avanzando

en el proyecto de deconstrucción

de Rusia “por los bordes”, lo que

configura claramente una invasión a

cuentagotas. Y también porque esa

guerra está contenida en el marco

de otra guerra muy superior en

dimensión y en importancia, es una

mamushka dentro de otra mamushka

más grande.

Es un hecho ampliamente conocido

el de que la inquina occidental

nada tiene que ver con una cuestión

ideológica, esto es, nunca hubo en

la raíz de los avances de los países

occidentales sobre Rusia ninguna

motivación que apuntara a destruir

un determinado proyecto político.

Napoleón Bonaparte avanzó contra

el zar Alejandro I y Hitler, más de un

siglo después, avanzó contra los comunistas

que habían fusilado al zar

Nicolás II y liquidado a la dinastía

de los Romanov. No hay nada que

le venga bien ni le importa quién

gobierne en cada momento o la

ideología política rectora de dicho

gobierno, el problema de Occidente

con Rusia es Rusia en sí misma.

Existe en Occidente la comprensión

cabal de la imposibilidad de

una coexistencia sostenible: en el

mediano o en el largo plazo, Oriente

y Occidente tratarán de someterse

mutuamente y eso es todo lo que

realmente hay en el fondo de la

cuestión. Eso sin hablar de que, por

supuesto, la cuestión del espacio

vital para un Occidente con poco

territorio y una Rusia con muchísimo

sí que es una realidad, lo que

se ve claramente en el diferendo

permanente por el gas ruso que hoy

calefacciona los hogares y mueve la

industria de Europa, sobre todo de

Alemania.

Entonces el forcejeo en Ucrania,

las concentraciones de tropas de

la OTAN en Polonia y en el Báltico y

toda la “rosca” que se está armando

progresivamente en la región

desde que los hechos de Plaza

Maidán culminaron con el golpe

al presidente prorruso de Ucrania

Víktor Yanukóvich en el año 2014

son todas etapas de una guerra que

está dentro de otra guerra y esta,

a su vez, dentro de otra guerra aún

más grande, trascendente y prolongada.

La guerra permanente entre

Occidente y Oriente es el marco

general, es la animadversión inva-

24 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


riable y es la comprensión mutua

de la imposibilidad de coexistencia.

Pero con una vuelta de tuerca más

que viene dada por la posmodernidad:

Occidente ha dejado de ser

en esencia los Estados nacionales

que lo solían componer y ha pasado

a representar en la geopolítica los

intereses de sus corporaciones trasnacionales.

Dicho de otra forma,

los países occidentales emplean

sus armas ya no para la defensa del

interés nacional en cada país, sino

para la imposición de la voluntad de

las corporaciones en un esquema

de globalización neoliberal.

Avances y retrocesos

En un esquema quizá demasiado

simplificado que rozaría adrede el

maniqueísmo con fines didácticos,

podría decirse en este punto que

desde esa perspectiva larga del

tiempo que es tan propia de los

orientales los rusos ya saben que

las corporaciones vienen por ellos y,

en consecuencia, ponen las barbas

en remojo. En realidad, Rusia y sus

aliados son hoy la representación

más fiel del concepto de Estado-nación

en oposición al gobierno global

centralizado que las corporaciones

supranacionales (y antinacionales)

vienen tratando de imponerle al

mundo mediante la aplicación de

una política de shock permanente,

como había planteado ya oportunamente

la periodista canadiense

Naomi Klein. La destrucción de los

Estados nacionales es condición

sine qua non para el sometimiento

de los pueblos a dicho gobierno

globalista centralizado y esa destrucción

solo puede llevarse a cabo

contra los Estados que realmente

existen como tales: los que tienen

soberanía nacional real.

Ese proyecto neoliberal ha tenido

un enorme avance de cara a su

Las mamushkas (o matrioshkas), toda una tradición rusa que consiste en unas muñecas

huecas que contienen a otras de menor tamaño. Esta es mejor analogía de un proceso

contenido en otros procesos mayores, allí donde la explicación del uno solo es posible al

explicarse los otros. La guerra en Rusia es una pequeña mamushka dentro de la guerra entre

Occidente y Oriente y esta, a su vez, está contenida en la lucha de las corporaciones globalistas

por la dominación mundial.

objetivo central a fines de la década

de los años 1980 con la caída del

Muro de Berlín en Alemania y luego

a principios de los años 1990 al

disolverse la Unión Soviética y todo

el campo socialista en el Este como

consecuencia lógica del primer

hecho. En poder de la hegemonía

global sin oposición, los Estados

Unidos usaron ese poder absoluto

no para expandir la dominación

del país Estados Unidos sobre

otros países, sino para manipular

el sistema entero en beneficio de

las corporaciones apátridas, cuyo

crecimiento en el periodo posterior

a la Guerra Fría fue exponencial.

Casi toda la brutal concentración

de la riqueza mundial se dio a partir

de los años 1990 hasta llegar a la

situación actual, la que según datos

de Oxfam International es más bien

distópica: seis u ocho familias concentran

más riqueza que la mitad

de la población mundial, o unos

3.500 millones de seres humanos. Y

ahora, en posesión de semejante riqueza,

esas familias han conformado

una oligarquía global dispuesta

a avanzar con la siguiente etapa del

proceso que es la disolución de los

Estados nacionales para terminar

de una vez con el escollo.

Por lógica, el mayor esfuerzo en

el desgaste de las constituciones

nacionales lo harán las élites contra

las que entre esas constituciones

son las más sólidas. Además de

China, donde triunfa el proyecto político

del capitalismo de Estado al

que llaman “socialismo con características

chinas”, los Estados-na-

25 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


La caída del Muro de Berlín en 1989 es un acontecimiento histórico solo comparable en magnitud a la caída de la Bastilla, ocurrida exactos

200 años antes. Para los atlantistas fue el triunfo final, el que motivó a Francis Fukuyama a hablar de un “fin de la historia”. Pero la historia

jamás termina y Rusia vuelve a cuestionar el proyecto globalista de Occidente mediante la defensa de su soberanía nacional, la misma que

había perdido al desintegrarse la Unión Soviética y el campo socialista en el Este como un todo.

ción más fuertes y más sólidos que

existen en la actualidad son los de

Rusia y los de los países que están

en su órbita y comparten un destino

común. La cuenta es clara y en

ninguna hipótesis Occidente puede

permitir que Putin restablezca la

grandeza y la gloria perdidas por

Rusia al desplomarse la Unión Soviética,

no puede haber en Oriente

(ni en ninguna parte, de hecho) una

comunidad nacional organizada con

pretensiones de sentarse a la mesa

de discusión y capacidad para hacerlo,

por supuesto. Rusia debe ser

cada vez más pequeña, debe estar

un poco más acorralada todos los

días hasta que colapse en luchas

intestinas y simplemente deje de

ser.

El desmantelamiento de Rusia es

un juego de ajedrez y de mucha,

muchísima paciencia. Para que se

tenga una idea de lo complejo que

es la tarea del globalismo frente

a Moscú, se estima que de las

20.000 ojivas nucleares actualmente

activas en el mundo, más de la

mitad están en Rusia como herencia

de la Unión Soviética, por lo que no

hay realmente ninguna posibilidad

de embestir con un ataque militar

frontal a los rusos, la guerra abierta

contra el territorio y el pueblo

podría desencadenar una respuesta

nuclear con consecuencias impredecibles.

He ahí expresada en la

práctica la máxima de que en última

instancia lo que garantiza la soberanía

nacional es la bomba atómica

y es por eso que el globalismo debe

desmantelar a Rusia si quiere destruir

al Estado nacional en todo el

mundo, porque en Rusia el Estado

nación es realmente existente.

La guerra dentro de la guerra es

eso, son los movimientos bélicos

calculados en el marco de una

estrategia mayor. La geopolítica clásica

que existió hasta mediados del

siglo pasado planteaba la lucha entre

Estados nación en el campo de

batalla y la última expresión de esa

realidad fue la II Guerra Mundial,

en la que las potencias globales del

momento lucharon en el establecimiento

de un nuevo reparto colonial

del mundo. Pero inmediatamente

después se desarrolló la tecnología

nuclear y los movimientos de tropas

26 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


pasaron a ser localizados, la guerra

fría y a cuentagotas. La siguiente

etapa es la actual, es la de un impasse

permanente entre los países

que tienen armas nucleares, es la

del avance imparable de las corporaciones

apoderándose de algunos

de esos países (los de Occidente,

precisamente) para la utilización de

su poderío militar en el proyecto de

ir asfixiando de a poco a los díscolos

de Oriente, pero en el fondo

siguen siendo dos bloques geográficamente

muy bien distribuidos

donde el uno no puede coexistir

con el otro y lo trata de someter. En

cierto punto, la diferencia entre las

invasiones napoleónicas a Rusia y

el actual acorralamiento de Rusia

por parte de los ejércitos de la OTAN

al servicio del poder fáctico global

es que Napoleón fue mucho más

sincero, simplemente porque pudo

serlo en un mundo sin armamento

nuclear.

Sería exagerado decir que Rusia

es la última esperanza del hombre

frente al globalismo y su marcha

arrolladora, pero quizá no tan exagerado

si se observa la estrategia

mayor. Si Rusia cae derrotada, caen

igualmente todas las naciones que

están en su órbita y ya no habrá en

el mundo ninguna comunidad organizada

con capacidad de resistir a

la imposición de un gobierno global

centralizado en manos de las seis u

ocho familias de la oligarquía mundial.

Vistas las cosas desde esta

perspectiva, la grandeza de Rusia

es la última garantía de libertad y

soberanía para todos los pueblos

del mundo, incluso para los de

aquellos países que hoy tratan de

acorralar a Rusia por cuenta y orden

del globalismo de las corporaciones.

Si Rusia cae, quedará solo una

China que no es garantía de nada,

puesto que nadie entiende muy

bien cuál es su juego. Por lo pronto,

al parecer China está mucho más

interesada en hacer negocios que

en gravitar ideológicamente en la

geopolítica, no es ni nunca quiso ser

la heredera de la Unión Soviética en

cuestiones de equilibrio del tablero.

Ese rol lo juega Rusia desde

siempre, o por lo menos desde que

Vladimir Putin se hizo a fines del

siglo pasado del poder político.

Este es un momento de retroceso

para los pueblos, un momento que

se inició con la caída del Muro de

Berlín y que debe estar cerca de culminar.

Si el globalismo fracasa y en

Oriente subsiste la idea del Estado

nación como ordenador de las comunidades

nacionales en la defensa

de sus intereses colectivos, puede

sobrevenir un periodo de avance

en la causa nacional-popular. El

globalismo solo triunfa realmente

si no hay un solo lugar en el mundo

que no esté bajo su control efectivo,

no es globalismo de una parte del

globo. Si Oriente resiste a estas embestidas

y Rusia logra restablecer

la zona de influencia hacia el centro

de Europa que supo construir en su

momento la Unión Soviética, todos

los países que hoy están inermes

frente al poder fáctico global —el

nuestro entre ellos— tendrán donde

referenciarse y con quien hacer

alianzas para la defensa y la cooperación.

La guerra dentro de la guerra

hoy en las fronteras rusas es mucho

más importante para el futuro de la

humanidad de lo que se imagina la

propia humanidad, hipnotizada por

el relato falsificado de los medios

de difusión. Les guste o no les guste

ideológicamente a algunos, Moscú

es hoy la última trinchera de resistencia

contra un proyecto monárquico

que es sin corona, sin títulos

de nobleza y sin territorialidad, pero

que quiere concentrar un poder

cuya magnitud no tiene precedentes

en la historia del hombre.

Napoleón Bonaparte intentó doblegar a Rusia y fue derrotado, lo mismo que Hitler en su

momento. Al parecer, Occidente sabe que el espíritu ruso es indestructible, aunque no se da

por vencido y emplea nuevas estrategias para lograr su cometido, unas muy distintas a las

utilizadas por franceses y alemanes en su momento.

27 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


HISTORIA + GEOGRAFÍA = GEOPOLÍTICA

El día que cayó

la Unión Soviética

Después de seis años de convulsiones

continuas había

llegado la hora de sellar de

manera simbólica el fin de

una época. El 25 de diciembre

de 1991 se produjo la renuncia

televisada de Mijaíl Gorbachov; sin

dejar pasar mucho tiempo se arrió

del mástil principal del Kremlin la

bandera de la Unión Soviética y

se reemplazó por la bandera de la

República Federativa de Rusia, que

había sido aprobada unos meses

antes. Finalmente, el 31 de diciembre

se inauguró oficialmente la Confederación

de Estados Independientes

(CEI), integrada por nueve de las

antiguas repúblicas de la URSS.

A diferencia de lo ocurrido dos

años antes con la caída del Muro

de Berlín, en esta ocasión no más

de 3.000 personas salieron a la

calle a festejar. Cuando los canales

internacionales de televisión registraron

el acontecimiento la escena

mostraba una presencia mayoritaria

de turistas; incluso los fuegos

artificiales fueron provistos por la

televisión alemana para animar la

transmisión.

En su mensaje, el presidente ruso

Boris Yeltsin se dirigió al pueblo

ruso sin la presencia de miembros

del gobierno, funcionarios o dignatarios

de la iglesia. Dijo que el

futuro se presentaba duro para

todos, que habían heredado una

tierra devastada, “pero no era Rusia

la que había sufrido una derrota,

era la idea comunista la derrotada,

un experimento al cual fue sometido

el país”. Pasaba por alto que

28 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


durante la mayor parte de su vida

había sido un obediente apparatchik.

En ningún tramo del discurso

hizo referencia a su antecesor; no

solo habían tenido a lo largo de los

años innumerables desavenencias,

sino que el presidente de Rusia

estaba profundamente disgustado

por el discurso en el cual Gorbachov

anunció su renuncia, ya que éste

se refirió a los logros que se habían

alcanzado durante sus años de

gobierno en términos de libertad y

democracia y manifestó su disconformidad

con el desenlace de los

acontecimientos.

El resentimiento de Yeltsin llegó

aún más lejos: Gorbachov fue

declarado persona no grata en los

círculos oficiales de Moscú. Un

diario publicó que Gorbachov había

autorizado a la KGB a que espiara

al futuro presidente. Uno de los

dirigentes que compartió esos años

con ambos llegó a afirmar que Yeltsin

albergaba un “profundo odio”

hacia Gorbachov. Por su parte, en

sus memorias, Gorbachov afirma

que las circunstancias que rodearon

su partida fueron “de lo más

incivilizadas, herencia de las peores

tradiciones soviéticas” y da cuenta

de la larga serie de desplantes a los

que fue sometido.

En esos momentos, muchos testigos

debieron recordar que a fines

de 1987, después de una agria discusión

y con todo el Comité Central

a su favor, Gorbachov tuvo la oportunidad

de deshacerse de Yeltsin

enviándolo con un cargo lejos de

Moscú. Pero no lo hizo y el vilipen-

29 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Imagen histórica del momento de la renuncia de Gorbachov, captada por el fotógrafo de Associated

Press Liu Heung Shing, el único periodista extranjero presente en el acto. Con esta

renuncia el 25 de diciembre de 1991 la historia mundial tendría un nuevo punto de inflexión

luego de la caída de la Bastilla en 1789 y del Muro de Berlín, exactamente doscientos años

más tarde. Se terminaba allí toda una larga etapa histórica que llamamos modernidad.

diado Yeltsin llegó a la presidencia,

llevando sus posiciones hacia la

defensa de un nacionalismo ruso

por el cual nunca había mostrado la

más mínima inclinación.

Para el ruso de a pie, agobiado

por la inflación que tornaba imposible

la compra de los bienes más

elementales, lo ocurrido era un

desenlace para el cual no había

sido consultado. Es más: en marzo

de ese mismo año un referéndum

había dado como resultado que el

71,3 por ciento de los ciudadanos

había emitido su voto en favor del

mantenimiento de la Unión Soviética.

Como tantas veces había ocurrido

en el pasado, las decisiones las

habían tomado otros. ¿Quiénes?

Las interpretaciones pueden ser

variadas, pero los hechos son bien

conocidos. El 7 de diciembre los

presidentes de las tres repúblicas

eslavas (Rusia, Ucrania y Bielorrusia),

es decir Boris Yeltsin, Leonid

Kravchuk y Stanislav Shuskievich

—este último presidente del Soviet

Supremo de su país— se reunieron

en Bieloviezh, Bielorrusia, “para

decidir el destino de su anciana y

enferma madre”. Esta estaba frágil,

pero viva, por lo que para practicar

la eutanasia hacía falta un acuerdo,

de manera que no se viera quién

realmente había consumado el

asesinato. El documento que nació

de esa reunión —“el puñal que

asesinó a la Unión Soviética”— se

amplió pocos días más tarde hasta

conformar la citada Confederación

de Estados Independientes.

La situación se había desencadenado

el 1 de diciembre, cuando

el 90 por ciento de los ucranianos

había votado en favor de la independencia

de Rusia, aunque no se

votó si querían dejar la URSS. La importancia

de este país —que nunca

había sido independiente— obviamente

sumada a la de Rusia, decidió

las cosas. El momento había

llegado. Gorbachov, aun fuertemente

golpeado por el fallido golpe de

Estado de agosto, no había cejado

en su intento de mantener la Unión,

seguramente con los países bálticos

afuera. Había realizado concesión

tras concesión, pero su tiempo había

pasado y sus errores le pasaban

factura. Con un triunfalismo difícil

de disimular, las grandes potencias

pensaban que el fin del “imperio del

mal” aseguraba una paz duradera

dominada por el capitalismo liberal.

Era la hora del “fin de la historia”.

Sin embargo, los hechos no discurrieron

como sus protagonistas

y quienes los apoyaron lo habían

previsto. George Bush temía la inestabilidad

de Yeltsin y tenía razón:

Boris Yeltsin, el “impulsor” de la

democracia en Rusia, el líder que se

había subido a un tanque para frenar

el golpe de Estado de agosto, no

había tenido problemas en ordenar

en octubre de 1993 el bombardeo

del lugar en el que estaban reunidos

los parlamentarios democráticamente

elegidos. Tampoco le había

temblado antes la mano cuando,

apenas arriada la bandera de la

URSS, impuso una terapia de shock

que lanzó a la miseria a millones

de rusos, siguiendo las recomendaciones

liberales que aplicaban

dirigentes rusos, pero aplaudía e

30 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


impulsaba Estados Unidos.

Mientras las recetas liberales

triunfaban, liberados del opresor

“yugo soviético”, los rusos experimentaron

a lo largo de la década de

1990 una caída del Producto Bruto

Interno por habitante del 40 por

ciento, al tiempo que una minoría

de burócratas y otros personajes sin

escrúpulos supieron aprovechar el

caos y la corrupción que imperaron

en esos años para convertirse de la

noche a la mañana en archimillonarios,

hasta figurar en las listas de

los hombres más ricos del mundo. A

mediados de la década de 1990 se

vendieron más coches de la marca

Rolls Royce en Rusia que en todo el

resto de Europa.

Ese 31 de diciembre tuvo además

un significado profundo y descorazonador

para la izquierda internacional.

Si bien es muy difícil no

coincidir con Enzo Traverso cuando

afirma que “tras haber ingresado

al siglo XX como una promesa de

liberación, el comunismo salió de

él como un símbolo de alienación

y opresión”, también puede coincidirse

con que el fracaso de la

experiencia rusa, nacida de la difícil

convivencia entre unos islotes de

capitalismo avanzado en un mar de

campesinos, estaba caracterizado

por las contradicciones y era de muy

difícil y quizá imposible viabilidad

en un escenario que solo sondeó

Marx en algunos de sus escritos tardíos.

La situación la cortó Stalin por

lo sano procediendo a la colectivización

forzada del campo, con sus

tremendas consecuencias sobre la

población y la producción agraria.

Sin embargo, el triunfo de las tropas

soviéticas sobre el enemigo nazi

mantuvo la fe de muchos; no solo la

planificación era más eficiente que

el mercado sino que millones de

personas estuvieron dispuestas a

morir por Rusia.

Con sus graves e incontables errores,

Gorbachov estaba más cerca

de imaginar un mundo más justo

del que surgió a partir de los años

1990. La subasta de las gigantescas

empresas estatales de Yeltsin,

la sumisión casi incondicional de

este a Estados Unidos y luego el

resurgimiento del nacionalismo

ruso que, con todas sus justas razones

tras una década de entrega,

ha puesto por delante los intereses

de Rusia antes que los intereses de

los ciudadanos rusos. Éstos, por su

parte, se ven sometidos a una situación

de autoritarismo y alienación

que tienden a aceptar porque su

tradicional posición frente al poder

ha sido generalmente de sumisión y

obediencia: “Votar a Putin es votar

a Rusia” sintetiza el argumento.

La pregunta que trasciende este

artículo es si el mundo puede vivir

sin una utopía; si los medios de comunicación

y las diferentes formas

de poder blando han anestesiado a

la mayor parte de la sociedad hasta

hacerle creer que esta sociedad de

consumo infinito, construida sobre

el trabajo de miles de millones

que no acceden a él o reciben solo

sus migajas, es el máximo logro

del hombre. La necesidad de un

horizonte que permita al hombre

desplegar sus inmensas potencialidades,

yendo más allá de la mera

acumulación de bienes, va a estar

siempre en la mente de millones.

No cabe duda de que la experiencia

soviética fracasó, pero eso no

significa que el entusiasmo que

Rodeado por su militancia y por alguno que otro animalito dispuesto a todo, Boris Yeltsin detuvo

el 19 de agosto de 1991 un golpe de Estado orquestado por los ortodoxos del Partido

Comunista de la Unión Soviética (PCUS), quienes lanzaban así su última carta en el intento

de sostener la unidad de la federación y el marxismo-leninismo como proyecto político

rector. Yeltsin saldría muy fortalecido del evento y en las semanas sucesivas destruiría literalmente

al PCUS, incluso incautando su patrimonio y prohibiéndolo en toda Rusia. Moría el

socialismo en el Este de la mano de un aventurero a sueldo de Washington.

31 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Un joven Vladimir Putin, saludando aquí a Boris Yeltsin. Putin se hizo como el hombre fuerte

dentro del gobierno de Yeltsin hasta tener el suficiente poder para arrojarlo por la ventana

a quien fuera su jefe, hacerse del poder y empezar a usarlo para poner a Rusia en el camino

radicalmente opuesto al marcado por Yeltsin y por los Estados Unidos. Nadie nace de un

repollo y Roma no se hizo en un día ni Zamora en una hora.

generó en millones de personas de

todo el mundo no pueda ser direccionado

en algún momento hacia la

construcción de una sociedad más

humana.

¿Por qué cayó la

Unión Soviética?

La vigencia hegemónica del paradigma

liberal en la ciencia económica,

pese a los tropiezos que

experimenta al enfrentarse con la

realidad como en la crisis de 2008

o a las desigualdades crecientes

que genera año tras año, ha hecho

casi desaparecer del debate académico

—ni hablar de los medios de

comunicación— la discusión sobre

la experiencia soviética.

La URSS es descalificada sin

necesidad de recurrir a argumentos

sofisticados. “Fue una mala idea”,

se dice, en una expresión que abarca

incluso en las versiones extremas

a todo lo que tenga que ver con esa

palabra que debería erradicarse

del lenguaje de la disciplina: socialismo.

Para muchos analistas,

el fracaso económico constituyó la

causa principal del derrumbe de la

Unión Soviética.

Una economía centralmente planificada,

con el Estado como productor

casi exclusivo, ahoga la iniciativa

individual y no está preparada para

impulsar la innovación que surge en

forma “natural” de la competencia

entre sujetos económicos individuales

que pugnan por obtener los

mayores beneficios posibles. En una

confrontación “plan versus mercado”,

éste lleva todas las de ganar.

Por lo tanto, la URSS estaba inevitablemente

condenada.

¿Es esto realmente así? ¿El problema

es tan fácil de resolver? Durante

los años de la Guerra Fría, la

confrontación entre Estados Unidos

y la Unión Soviética, en el debate

académico y dentro de la misma

opinión pública, no planteaba la

cuestión con tanta claridad. Luego

de 1945 y sobre todo en las décadas

de 1950 y 1960 estos temas no

se saldaban con el simplismo con

que lo hacen en la actualidad.

La Unión Soviética constituía una

potencia temible en condiciones de

obtener ventajas en la lucha por la

conquista del espacio y disputaba

palmo a palmo la más que peligrosa

carrera armamentista. Los cuestionamientos

mayoritarios al modelo

soviético estaban centrados en los

opresivos mecanismos autoritarios

de control de la sociedad y en sus

aspiraciones hegemónicas, ya que

buscaba expandir la revolución en

el mundo extraeuropeo. Pero las críticas

no se centraban en el funcionamiento

de su sistema económico.

De hecho, la planificación, si bien

orientativa, pasó a formar parte de

la estrategia de los principales países

occidentales. La desconfianza

respecto del funcionamiento libre

del mercado estaba fuertemente

instalada desde la depresión de los

años 1930. La expansión del Estado

de bienestar social tiene mucho

que ver con esta realidad.

Desde luego, el sistema no estaba

exento de serios problemas y éstos

ya fueron objeto de debate al interior

de la Unión Soviética: el peso

de la burocracia, la obligación de

cumplir con las metas del plan, las

dificultades que se presentaban

para poder implementar una innovación

tecnológica, la repetición

sistemática de procesos productivos

probados sin incorporar métodos

que ahorraran mano de obra

y/o materias primas. La posibilidad

de introducir incentivos a los responsables

de las empresas innovadoras

era uno de los elementos

más citados, pero a pesar de varios

32 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


intentos nunca se puso masivamente

en práctica.

A estos comentarios habría que

agregar dos de diferente origen,

aunque igualmente importantes:

por una parte, el progresivo desánimo

de quienes impulsaban el

proceso productivo, despojados ya

de toda ilusión revolucionaria pese

a los esfuerzos propagandísticos

del régimen. La conocida frase

“ellos hacen como que nos pagan y

nosotros hacemos como que trabajamos”,

expresaba esa situación de

resignación.

Al mismo tiempo, se fue desarrollando

una economía ilegal que en

general se nutría de la corrupción

de funcionarios, que permitían

desviar hacia el mercado negro una

proporción creciente de los bienes

que se fabricaban a través de los

canales normales.

Pero, además, el enorme gasto

orientado al mantenimiento del

complejo militar-industrial y a sostener

centenares de miles de tropas

en el exterior —la invasión a Afganistán

fue considerada un error decisivo—

restaba una cantidad masiva

de recursos que podían haberse

aplicado a la innovación tecnológica

y a la mejora social. El resultado

es una simplificación excesiva, pero

ilustrativa: el régimen soviético

estaba en condiciones de enviar

satélites al espacio y construir sofisticadas

armas de destrucción, pero

no pudo fabricar un automóvil de

uso cotidiano mínimamente fiable.

Si bien muy lejos de ser masivas,

las quejas respecto del funcionamiento

del sistema económico, en

particular de las limitaciones de la

oferta, con preocupación más por

la cantidad que por la calidad, se

hicieron sentir en los años previos

a la perestroika. Sectores de las

clases medias reclamaban mayores

libertades y una sociedad más

orientada al consumo masivo. Pero

Dramáticas imágenes de la disolución de la Unión Soviética, momento de la historia en el que un supuesto nacionalismo ruso fue utilizado

por Boris Yeltsin para llevar a cabo el proyecto occidental de demolición del proyecto político alternativo. Washington triunfó aquí, pero para

disgusto de Fukuyama y demás atlantistas la historia habría de continuar.

33 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


más allá del sentimiento de los

ciudadanos respecto del funcionamiento

del sistema económico, en

esos momentos la mayoría creía en

la continuidad de los servicios sociales

y educativos gratuitos, en los

precios subsidiados y en la industria

nacionalizada.

Un resumen de la situación en

vísperas de la llegada de Mijail

Gorbachov al poder puede ser el

siguiente: en 1980, la Unión Soviética

superaba a Estados Unidos

en la producción de acero, carbón,

petróleo y maquinaria agrícola.

Pero como bien dice un experto en

el tema, la URSS “ganó la carrera

equivocada”. El nuevo escenario

ponía en primer plano la innovación

tecnológica y la competitividad

internacional, la Unión Soviética

estaba mal preparada para ese desafío

y el sistema político bloqueó

las reformas.

¿Estaba la URSS condenada en

1985? Una de las respuestas la

brinda Mark Harrison, uno de los

mayores expertos en la economía

soviética. Tras destacar que a

pesar de los problemas “muchos

soviéticos vivían razonablemente

bien, había pleno empleo, un bajo y

controlado déficit fiscal y una deuda

interna y externa absolutamente

controlable”, concluye que “la economía

soviética no era ya una causa

perdida”.

Las circunstancias que contribuyeron

a su derrumbe son de orden

externo e interno. Por una parte, la

voluntad del presidente Ronald Reagan

de acabar con el “imperio del

mal” implicó el desarrollo de una

serie de estrategias que iban desde

la baja de los precios del petróleo,

el mayor producto de exportación

de la URSS, hasta el incremento

del gasto militar para someter a su

contrincante, pasando por la cobertura

financiera del movimiento

Solidaridad en Polonia y el apoyo

militar y económico a la resistencia

en Afganistán.

Pero también están los factores

de orden interno. Las reformas de

Mijail Gorbachov, más allá de sus

intenciones, estuvieron plagadas de

errores económicos, porque nunca

tuvo claro el rumbo a seguir y fluctuó

entre posiciones incompatibles,

hasta el punto que en un momento

el país se quedó “sin plan y sin mercado”.

También tuvo desaciertos

políticos, al suponer que la apertura

democrática por decreto era suficiente

para que un ciudadano ruso,

que nunca había vivido en democracia,

se transformara en una persona

capacitada para participar de decisiones

de enorme trascendencia

como era un cambio de régimen.

Para a las especulaciones contrafácticas

queda una última cuestión.

A la vista de la catástrofe que

se desencadenó tras la caída de

la URSS, ¿qué hubiera ocurrido

si además de disminuir el gasto

militar, cosa que hizo Gorbachov, se

hubiera dispuesto de un plan coherente

para aprovechar los recursos

humanos y las materias primas

disponibles para desarrollar una

economía que buscara el desarrollo

bajo la guía del Estado, pero con incentivos

para la actividad privada y

el mantenimiento de los beneficios

sociales? Frente a esta alternativa

se alza una objeción ideológica de

mucho peso y es que, pese a las dificultades,

la concepción de que el

mundo marchaba inevitablemente

hacia el socialismo estaba profundamente

arraigada en la dirigencia

del Partido y era entonces difícil

pensar que la potencia resignara

sus ambiciones hegemónicas.

Gorbachov y Reagan en Moscú, respectivamente el ejecutor quizá involuntario y el arquitecto

de la destrucción de la Unión Soviética.

Jorge Saborido

Profesor titular de Historia Social

General de la Universidad de Buenos

Aires. Autor del libro ‘¿Por qué cayó la

Unión Soviética?’.

34 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


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35 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


FILOSOFÍA POLÍTICA

La batalla cultural ha muerto

DANTE

PALMA

Es común escuchar que la gran

disputa de nuestros tiempos

es cultural y que está asociada

al lenguaje. Efectivamente,

bajo el supuesto de que la

realidad es construida, o al menos

está mediada de una u otra forma

por el lenguaje, parece una verdad

comúnmente aceptada que el

acto de nombrar es político y que

la hegemonía de una perspectiva

sobre otra se vincula directamente

con su capacidad para construir un

sentido. La denominada “batalla

cultural”, entonces, se reduciría así

a una batalla por quién impone ese

sentido a las palabras.

Naturalmente el debate se puede

remontar al Crátilo de Platón y necesariamente

tendrá que atravesar

por todos los autores que trabajaron

la problemática del lenguaje

al menos desde el denominado

“giro lingüístico” de las primeras

décadas del siglo XX. Como ese

recorrido es imposible por razones

de espacio, me gustaría posarme

en algunas de las polémicas actuales

para desde allí realizar algunos

comentarios.

Un buen punto de partida podría

ser el que ofrece el psicoanalista argentino

radicado en España, Jorge

36 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Alemán, en su último libro llamado

Ideología. Cercano a PODEMOS,

Alemán es, junto a su amigo, el ya

fallecido Ernesto Laclau, uno de los

intelectuales que mejor ha trabajado

una nueva concepción de “populismo”.

Pero en este caso, el libro

aborda distintas temáticas entre

las que quiero destacar su idea de

que los discursos de la derecha no

tienen “punto de anclaje”.

Apoyado en los presupuestos del

psicoanálisis lacaniano, Alemán

indica que los poderes mediáticos

y las redes sociales que inundan el

debate público de fake news han

roto completamente la relación

entre el significante y significado.

Si bien merecería de mi parte

alguna precisión técnica, podría

decirse que estamos asistiendo a

un momento en el que las palabras

significan cualquier cosa y se han

desvinculado completamente de su

significado y su sentido. Por ejemplo,

cuando tanto en España como

en distintos países del mundo se

habla de “comunismo o libertad”,

estaríamos asistiendo a un ejemplo

de ruptura del punto de anclaje.

En otras palabras, PODEMOS en

España, el peronismo en Argentina

o Pedro Castillo en Perú tendrán

mayores o menores influencias del

pensamiento de izquierda o avanzarán

más o menos en pretensiones

colectivistas, pero no son Stalin ni

prometen la revolución del proletariado.

Nos pueden gustar o disgustar,

pero reducirlos a “comunismo”

puede ser útil como estrategia electoral

pero no ayuda a dar cuenta de

la complejidad de los procesos.

En el libro citado, Alemán lo explica

en una serie de pasajes que podemos

compilar a continuación: “La

‘batalla por el sentido’ y ‘la batalla

cultural’, aunque sigan siendo actividades

vigentes, están sostenidas

por narraciones que se van erosionando

en sus puntos de anclaje. En

semejante situación, el problema

creciente es que a los representantes

del poder neoliberal no les

interesa más sostener tal o cual

programa de sentido o de cultura,

pues su objetivo final no necesita

de ello. Su narrativa se inspira en

el contrasentido y en la anticultura

(...) Lo propio del capitalismo no

es solo generar falsedades sino

también abolir en cada sujeto la

experiencia de la verdad, al ser

difundidas informaciones y datos,

supuestamente transparentes, de

manera proliferante, para que los

sujetos naturalicen la manipulación

(...) La función de esos agentes de

la derecha extrema es que la verdad

desaparezca”.

Alemán observa este fenómeno

con particular preocupación porque

entiende que la izquierda y los movimientos

populares todavía creen

que la batalla cultural es una batalla

que se da por el sentido y donde

se juega la experiencia de la verdad.

En otras palabras, ¿cómo dar una

batalla por el sentido si a tu adversario

el sentido ya no le interesa?

Sin embargo, desde distintas tradi-

El profesor estadounidense Alan Sokal, quien con una simulación clásica dejó al descubierto

la locura de la posmodernidad mediante la publicación en una prestigiosa revista académica

de auténticos “bolazos” que incluían aseveraciones absolutamente contradictorias

con lo que la academia sostiene como verdad. Y así Sokal demostró en la práctica que en la

actualidad todo es ruido, que todos gritan y nadie escucha a nadie.

37 HEGEMONIA - ENERO DE 2022


Jorge Alemán describe el concepto de falta de puntos de anclaje en el discurso de lo que llama la “derecha”, pero el suyo es más bien un

diagnóstico de la posmodernidad de un modo general.

ciones políticas, esto es, desde la

derecha y también desde puntos

de vista liberales y hasta de una

izquierda más clásica, se le hace a

la izquierda actual críticas similares

a las que Alemán le hace a la derecha.

Esas críticas, creo que pueden

sintetizarse en dos episodios, uno

de ellos, al menos, bastante conocido.

Me refiero al denominado

“affaire Sokal”.

Para quienes no lo conocen, Alan

Sokal es un físico que se propuso

exponer el sinsentido del relativismo

en la ciencia derivado de

algunas de las elaboraciones de los

principales referentes de la Escuela

de Frankfurt y los posestructuralistas

franceses. Para ello, no tuvo

mejor idea que enviar un artículo

titulado Transgressing the Boundaries.

Towards a Transformative

Hermeneutics of Quantum Gravity a

una prestigiosa revista en el que su

tesis principal era la de sus adversarios,

a saber: la ciencia es una

construcción social y lingüística

impuesta por la ideología dominante.

Sokal esperó que el artículo

fuera publicado y luego envió a una

segunda revista un artículo en el

que contó lo que había hecho. Allí,

entonces, reveló que había utilizado

conceptos de la matemática y la

física cuántica mezclados con citas

de filósofos posmodernos reconocidos,

para realizar una parodia y

exponer la falta de rigurosidad de

este tipo de publicaciones y de este

tipo de autores a quienes acusa de

manejar un lenguaje oscuro y confuso

además de ser poco precisos

al momento de utilizar conceptos

científicos.

Este episodio, que puede verse en

el libro que luego Sokal publicara

junto a otro físico llamado Bricmont

en 1997, titulado Imposturas

intelectuales, probablemente haya

inspirado el segundo episodio,

bastante menos conocido, ocurri-

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do en 2018 y al que se lo conoce

como “Grievance Studies affaire”.

En este caso, quienes llevaron

adelante el fraude fueron Peter

Boghossian (profesor de filosofía de

la Universidad de Portland), James

Lindsay (doctor en matemáticas

de la Universidad de Tennessee)

y Helen Pluckrose (editora de la

revista Areo). En la línea de Sokal,

estos académicos enviaron veinte

artículos a prestigiosas revistas de

estudios culturales, donde deliberadamente

se incluyeron afirmaciones

y tesis delirantes que parodiaban

las nuevas derivaciones posmodernas

asociadas en muchos casos a

las políticas identitarias.

En uno de esos artículos se podía

leer la necesidad de imponer unos

juegos olímpicos para personas con

sobrepeso; en otro se llamaba a la

masturbación anal masculina con

dildos como una práctica que llevaría

a que los varones fueran menos

transfóbicos; en otro se hallaba una

conexión entre el pene y el cambio

climático y finalmente, en un caso,

los autores lograron que una revista

feminista les publicara un artículo

en el que reescribían un fragmento

de Mein Kampf con perspectiva de

género sin que los pares que revisaron

el artículo lo notaran. Al momento

en que los autores revelaron

el fraude, cuatro de esos artículos

fueron publicados, tres estaban a

punto de serlo, siete estaban en

proceso de aceptación y apenas

seis fueron rechazados.

Estos dos episodios mostrarían

que la falta de un punto de anclaje

era una crítica que se le venía

haciendo a las perspectivas de

izquierda desde hace ya algunos

años atrás de modo que nos encontramos

ante un panorama en el que

desde diferentes sectores y desde

distintas perspectivas ideológicas

se realizan acusaciones cruzadas

respecto al modo en que se estarían

utilizando las palabras arbitrariamente

haciendo del debate público

una disputa de significantes completamente

desvinculados de la

realidad y del significado. En este

panorama, parece razonable decir

que la batalla cultural ha muerto.

A propósito, y para concluir, cabe

mencionar el modo en que Dante,

en La Divina comedia, encara el

caso de Nemrod en el marco del

relato de la Torre de Babel y de la

confusión de las lenguas. Como

ustedes recordarán, algunas gene-

Nemrod (o Nimrod, en algunas versiones), condenado a la incomprensión más que al silencio.

Este personaje bíblico es la metáfora de los tiempos que corren: como castigo por haber

construido la Torre de Babel, Nemrod fue condenado a hablar de una manera tal que sus

dichos no podrían ser entendidos por nadie o, lo que es lo mismo, a predicar eternamente en

el desierto. Así es el trabajo de quienes tratan de comunicar con la razón en la posmodernidad,

puesto que la razón está anclada en significados y significantes estables y estos ya no

existen en la comunicación actual.

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raciones después de Noé y su arca,

Nemrod desafía a Dios impulsando

la construcción de la Torre de Babel.

Esa soberbia es castigada por la

proliferación de distintas lenguas

que acabarán disgregando y enemistando

a la comunidad humana.

En un libro titulado Curiosidad,

el escritor argentino Alberto Manguel

lo describe así: “Nemrod y sus

trabajadores y su ambiciosa torre

sufrieron la maldición de hablar

con un idioma que se había vuelto

no solo confuso sino inexistente,

incomprensible, aunque sin carecer

totalmente de su significado

original. El significado (...) no es la

maldición de saber que no comunica

nada, sino la maldición de saber

que lo que comunica será siempre

considerado un galimatías. A

Nemrod no se lo condena al silencio,

sino a transmitir una revelación

que jamás será comprendida”.

La metáfora de Nemrod puede ser

útil aquí porque lo que estamos

viviendo no es la maldición del

silencio como supo padecer Occidente

en tiempos oscuros. La peor

condena de la actualidad parecería

más bien aquella vinculada a

la incapacidad de comunicarnos.

Palabras, frases, significantes que

valen todo lo mismo y que significan

cualquier cosa. Por derecha, por

izquierda, por arriba y por abajo se

estarían construyendo realidades

paralelas sin un punto de anclaje

en la realidad, haciendo que el

diálogo sea solo aparente. De ser

así, el mundo que viene será un

mundo fragmentado en el que cada

ideología e incluso cada persona

tengan un lenguaje propio y personal

incomprensible para el otro.

El mundo que viene, entonces, no

será un mundo de silencio. Será un

mundo en el que todos hablaremos

al mismo tiempo, pero donde nadie

entenderá qué demonios se nos

está queriendo decir.

Peter Boghossian, Helen Pluckrose y James Lindsay reeditaron el experimento de Sokal dando lugar al “Grievance Studies affaire” o el

“escándalo de los estudios del agravio”, en una traducción libre del titular al castellano. Para desenmascarar mejor el mundo académico

posmoderno, estos investigadores introdujeron hasta citas de Adolfo Hitler, pero con perspectiva de género. Una genialidad.

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