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Revista Hegemonía. Año V Nº. 48

Hegemonía es la revista digital de análisis político y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente. Hegemonía se sostiene con el aporte de sus lectores mediante suscripciones regulares y de auspiciantes, exceptuándose de estas por definición las empresas de capital privado. Para suscribirse y/o auspiciar esta revista, contáctese al teléfono (2245) 40-3510 o al mail hegemonia@labatallacultural.org. Todos los derechos reservados. Las opiniones emitidas en esta revista y eventualmente firmadas son de exclusiva responsabilidad sus autores y no representan necesariamente el pensamiento ni la línea editorial de La Batalla Cultural.

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Nº. 48 AÑO V | FEBRERO DE 2022

labatallacultural.org

HEGEMONIA

LA historia QUE

QUIEREN

repetir

(PERO AL REVÉS)


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EDITOR

Erico Valadares

HEGEMONIA

SECRETARIA DE REDACCIÓN

Rosario Belén Meza

DISEÑO, DIAGRAMACIÓN E IT

Federico Carril

EDICIÓN

La Batalla Cultural

Hegemonía es la revista digital de análisis político

y sociológico de La Batalla Cultural. Aparece mensualmente.

Hegemonía se sostiene con el aporte

de sus lectores mediante suscripciones regulares y

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Teléfono: (2245) 40-3510

Mail: hegemonia@labatallacultural.org

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en esta revista y eventualmente firmadas son

de exclusiva responsabilidad de sus autores y no

representan necesariamente el pensamiento ni la

línea editorial de La Batalla Cultural.


20

CONTENIDO EXCLUSIVO

La historia que

quieren repetir

(pero al revés)

HEGEMONIA

32

LA TRIBUNA DE ROSAS

El misterio de la

letra chica en el

acuerdo con el FMI:

¿dependencia o

soberanía?

12

OPINIÓN

Tenemos que

hablar de

Canadá

52

FILOSOFÍA POLÍTICA

¿Quién dijo que

el peronismo

es siempre más

Estado?


EDITORIAL

Cuidado con la operación

Un usuario indignado expresaba

en las redes sociales su

malestar frente a una guerra

que empezaba a correr en

paralelo respecto a la guerra

en Oriente que involucra en territorio

ucraniano a Occidente y a Rusia.

Ese usuario de Twitter se preguntaba

qué sentido tenía la difusión por

parte de los medios de una avalancha

de “noticias” que, en realidad,

eran todas operaciones de sentido

con la finalidad de instalar quiénes

en dicho conflicto son los buenos y

quiénes son los malos. “¿Para qué

todo eso, si al fin y al cabo la guerra

se define en el campo de batalla,

bien lejos de acá?”, se preguntaba

ese usuario y agregaba, dándole la

forma final a su cuestionamiento:

“Importa muy poco lo que piense un

argentino a unos 13.000 kilómetros

de distancia de Ucrania sobre si

Putin es un invasor o un libertador,

Putin entra igual a Ucrania más allá

de lo que pensemos los de afuera”.

Pero no, no importa poco, sino


muchísimo la opinión general de

quienes observamos desde lejos

esto que podría resultar siendo

una nueva guerra mundial. En toda

la política, pero sobre todo en la

geopolítica, la llamada “opinión

pública” —que piensa lo que quiere

la opinión privada, como decía el

genial Quino— suele ser decisiva

en la resolución de los conflictos y

diferendos. Lo que piense un argentino

sobre Putin, sobre Biden o

sobre los ucranianos es importante

y va a impactar en el resultado final.

Y es por eso que los medios de acá

se ocupan muchísimo de formar la

opinión de la gente de acá sobre

algo que pasa allá

¿Por qué eso es así? Simplemente

porque la voz y el voto en la política

internacional todavía los tienen los

Estados nación, aunque cada vez

más en las últimas cinco décadas

los tienen las corporaciones. Son

los Estados nacionales los que se

sientan en las mesas donde se va a

definir lo que está bien y lo que está

mal, por ejemplo, cuando hay una

guerra como la actual. Los Estados

nacionales son la representación

jurídica de los países y estos, a su

vez, tienen pueblo y tienen gobierno.

El gobierno va a representar al

Estado en aquellas mesas donde se

corta el jamón del mundo, pero no

lo hará como el gobierno quiere. Lo

que normalmente define la postura

de un gobierno es la opinión pública

del pueblo al que dicho gobierno

gobierna.

Ahí tenemos que la postura del gobierno

argentino en ejercicio de la

representación diplomática del Estado

argentino debería ser, puesto

que tenemos elecciones periódicas

y al gobierno le conviene hacerle

caso a quienes votan, la postura de

la opinión mayoritaria del pueblo, o

por lo menos de la parte del pueblo

a la que le interesa opinar en estos

asuntos. En una palabra, los medios

de difusión entre sí luchan por formar

la opinión de la opinión pública

—valga la redundancia— porque

eso a va a impactar en cómo van a

tomar decisiones los que las tienen

que tomar.

Quino tenía razón, por supuesto.

Finalmente, la opinión pública es

una arcilla a la que el interés privado

moldea a su gusto y de acuerdo

a sus intereses, que son particulares.

El gobierno argentino ha dado

señales de que quiere expandir sus

relaciones comerciales hacia Oriente

con la ida de Alberto Fernández

a Moscú pocos días antes del

estallido de la guerra en Ucrania. Y

entonces sería natural que el Estado

argentino se parara del lado de

Rusia en este diferendo, pero eso

no va a ser así. En el corto plazo,

la Argentina va a alinearse con el

bando occidental y le va a hacer la

guerra a los rusos.

La opinión pública está siendo

adiestrada en estos días para presionar

al gobierno en ese sentido y

eso es lo que tiene que pasar. Es por

esa razón que la Revista Hegemonía,

en su naturaleza contrahegemónica,

aparece en su 48ª. edición

aportando su modesto granito de

arena a la comprensión sobre lo

que pasa en Oriente hoy. Existe una

hegemonía que funciona en base a

la propaganda, a la desinformación

y a la manipulación de la opinión

pública para que las mayorías no

comprendan y sostengan con su

sentido común opiniones convenientes

al poder.

Quieren pintar a los ucranianos del

régimen de Zelenski como héroes

de la resistencia, como si se tratara

de los franceses en la II Guerra

Mundial. Pero no hay nada de eso,

ni siquiera se trata de Ucrania en

este asunto. Aquí lo que hay es

la definición de un nuevo orden

mundial, cosa que el atento lector

verá en las siguientes páginas de

esta Revista Hegemonía, la que se

acerca a su cuarto aniversario y a su

edición cincuentenaria. Cuatro años

o cincuenta meses en el mismo

lugar, luchando contra las operaciones

de la opinión privada cuyo fin

es colonizar la opinión pública. Esta

lucha es más bien modesta, pero

está y va a seguir estando.

Erico Valadares

Revista Hegemonía

La Batalla Cultural


OPINIÓN

El extraño caso de la Doctora

Jekyll y la señora Hyde

ROSARIO

MEZA

De un tiempo a esta parte

viene reproduciéndose en la

política nacional un juego de

discursos y contradiscursos

plagado de ambigüedades,

contradicciones calculadas y doble

hermenéutica que me gusta dar en

llamar el doble juego de la Reina

de Corazones. Este último epíteto,

como se sabe, suele ser pronunciado

en ardorosas declaraciones de

amor por parte de los seguidores de

la actual vicepresidenta de la Nación,

quienes suelen rendir culto a

su figura como si se tratara más de

una estrella de rock o de una sacerdotisa

pagana que de un cuadro de

la política argentina.

El doble juego consiste en la

construcción de dos discursos

antagónicos que responderían supuestamente

a la opinión de Cristina

Fernández respecto del plan de

ajuste diseñado por el FMI y ejecutado

por el gobierno del Frente de

Todos y que encierran, en rigor de

verdad, un intento de ella por evitar

las consecuencias políticas de ser

la cara más visible de ese plan de

ajuste que viene aplicándose con

cada vez más intensidad.

Por un lado, se nos dice que Cristina

no habla o que no habla en favor

de lo que el gobierno nacional hace,

sobre todo en materia económica;

por otro lado, desde el núcleo duro

6 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


del oficialismo y los medios obsecuentes

al gobierno se encargan de

dejar bien pegada a Cristina en las

decisiones que toma Alberto Fernández.

La hipótesis fuerte aquí es que al

interior del gobierno persiste y se

exacerba una lucha silenciosa entre

modelos de país —nacionalismo

y globalismo—, una disputa que

tiene como principal protagonista

a la vicepresidenta y que también

se libra al interior de la persona

misma de Cristina Fernández en

una suerte de soliloquio constante,

una pelea entre la doctora Jekyll y

la señora Hyde. Ambas se debaten

en posiciones antagónicas entre el

ser y el deber-ser. ¿Permanecer leal

a los principios que históricamente

supo defender con el pueblo de su

lado o sostener, por los motivos que

fueren, la coalición que ella misma

conformó, garantizando el sufrimiento

a millones de argentinos?

He ahí la cuestión.

Nadie puso a Cristina Fernández

en el incómodo lugar en el que se

encuentra. Nadie más que la propia

Cristina Fernández en las decisiones

que ha venido tomando desde

hace por lo menos unos siete u ocho

años. Este texto no pretende ser una

apología de Cristina, pero tampoco

es de esperarse aquí una crítica

descarnada, desmedida ni que apele

a los mismos epítetos que usan

desde siempre para descalificarla

los gorilas que la odian. A mí no me

mueve el odio, tampoco el resentimiento

ni el encono; ni siquiera la

bronca. Tan solo estoy analizando lo

que observo de la realidad.

Y lo que veo es eso, un doble juego.

Veo que la famosa jugada maestra

de ponerse el país de sombrero

designando a dedo a un verdadero

cuatro de copas por su “buena

relación con los medios de comunicación”

se va cerrando alrededor

de Cristina como una muralla que

la aprisiona cada vez más. Y es que

no se podía esperar otra cosa de un

burro, como reza la sabiduría popular,

que una tremenda patada. El

poder no perdona a quien le devuelve

al pueblo su participación en la

riqueza de la patria, con un proyecto

de país más justo y soberano. Pero

el pueblo —que es bueno, pero no

es zonzo— tampoco puede perdonar

a quien se recuesta en sus glorias

pasadas para salvarse o salvar a los

suyos mientras entrega a las mayorías

a ser carne de los leones.

En esa encrucijada se encuentra

Cristina, quien se metió en la celda

y tiró la llave, pero a veces envía a

alguno de sus allegados a gritar,

como si ello la exonerara de las

responsabilidades que le caben, por

cómo la cosa está que arde. Entonces

nos encontramos desde los

medios de comunicación supuestamente

“opositores” al gobierno con

un discurso que apunta a señalar

que decisiones políticas como

aceptar los términos impuestos por

el Fondo Monetario Internacional

para el pago de la deuda impagable

que el gobierno de Mauricio Macri

tomó y el gobierno de Alberto Fernández

legitima no cuentan con el

visto bueno de la vicepresidenta, en

virtud del silencio que ella parecería

guardar.

Días enteros nos bombardean con

ese doble carácter en el silencio de

Cristina. Los medios supuestamente

“opositores” nos dicen que ella

pretende poner palos en la rueda

y que por ello no aplaude abiertamente

el acuerdo con el FMI. Todo

para que venga convenientemente

el ministro de Economía Martín

Guzmán a agradecer especialmente

a Cristina por su apoyo a lo largo de

Indisimulable. Cristina Fernández no pudo ocultar su disgusto al recibir el saludo del entonces

presidente saliente Mauricio Macri. Allí, en el acto de asunción de Alberto Fernández

en diciembre de 2019, quedó quizá por primera vez en evidencia que algo no cuadraba en

la conformación del Frente de Todos, sobre todo por contraste entre el disgusto de CFK y la

comodidad con la que recibieron el abrazo de Macri tanto el propio Alberto Fernández como

Sergio Massa.

7 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, aun durante el acto de asunción de

aquel a fines de 2019. Ese mismo día por la noche, frente a una Plaza de Mayo repleta, CFK

adelantaba en tono profético el comportamiento errático que iba a tener el presidente de

allí en más. Y toda la profecía se cumplió, precisamente porque no era una profecía: era el

conocimiento de antemano de la naturaleza contra natura del frente que se había armado

para derrotar al Mauricio Macri.

la “negociación” y estimular de ese

modo otra catarata de definiciones

esta vez de parte de los medios

“oficialistas” y de la militancia

palaciega que gusta de aplaudir

acríticamente.

“¡Hurra! ¡Viva la Reina de Corazones!

¡Viva Guzmán, viva Kristalina!

¡Viva el FMI, viva Alberto!”, vocifera

la militancia del núcleo duro kirchnerista,

cada vez más aislada de la

realidad e insistente en la práctica

del seguidismo acrítico y riverboquista.

“Qué alivio”, comentan.

“Ya lo dijo Alberto, no va a haber

ajuste ni la deuda se va a pagar a

costas del hambre y el sufrimiento

del pueblo argentino. Señalar que

este acuerdo es lesivo del interés

nacional es cosa de trotskistas

o antiperonistas”. Y siguen muy

tranquilamente en la alegría de su

militancia de colores de banderas;

no de acciones de gobierno o,

aunque más no sea, de ideas sublimes.

No se dan cuenta de que en

realidad es cierto, que Cristina no

aplaudió nada, que simplemente se

quedó callada. Ni tampoco reparan

en el hecho de que sugestivamente

desde el arco mediático que la odia

desde siempre las operaciones

están dirigidas a señalar que ella no

apoya a Alberto Fernández. Simplemente

no reparan en ello, lo que

bien visto es una señal poderosa.

Y en eso está la cosa cuando salta

a gritar uno de los miembros más

prominentes del círculo más íntimo

de la vicepresidenta, nadie menos

que su propio hijo, para patear el

tablero de la política renunciando a

la presidencia del bloque de diputados

oficialistas y poniendo en un

verdadero brete a los obsecuentes

acríticos que dos días antes aplaudían

y celebraban con bombos y

platillos el mismísimo acuerdo que

motivó la renuncia.

Cristina Fernández ya habló por

boca de su economista de confianza,

la exdiputada Fernanda Vallejos,

luego de la catastrófica derrota del

Frente de Todos en las elecciones

primarias de medio término. Habló

en cada una de sus poco frecuentes

epístolas. Habló el Día de la Democracia

ante una plaza repleta instigando

al pueblo a volcarse a las

calles en defensa de la patria y el

futuro de los hijos. Habló y siempre

dijo cosas muy distintas de aquellas

que los medios afines al gobierno

dicen que dijo. Entonces, ¿por qué

se nos informa la cosa al revés?

Bueno, la hipótesis fuerte sigue

siendo la misma desde comienzos

de este proceso y es que Cristina es

el chivo expiatorio en el gran lío que

se avecina, propiciado de derecha

a izquierda del arco político y

mediático dependiente del poder

global. Sí, es verdad que ella solita

se metió dónde está, pero también

es cierto que desde el poder, que

jamás perdona, siguen pidiendo

su cabeza. Si ella entregó el país al

massismo o comoquiera que vaya a

llamarse de ahora en más el cipayismo

globalista (el frente de Todos

Juntos por el Cambio en cualesquiera

de sus versiones) a cambio,

supongamos, de que no se llevaran

8 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


presos a sus hijos, de todos modos

no va a lograr zafarse ella misma de

pagar los platos rotos. Es el precio

que le toca por pactar con el Diablo.

Si cada tanto la Doctora Jekyll

pega algún que otro grito por lo general

por boca de otros para advertir

al pueblo acerca de la malignidad

de los tiempos que se avecinan,

haciendo caso del deber-ser que le

impone a la conciencia de cualquier

peronista privilegiar al pueblo antes

que a las personas, de todos modos

la señora Hyde ya pactó a espaldas

de ese mismo pueblo la conformación

de un gobierno que más temprano

que tarde iba a exprimir a los

argentinos para hacer frente a unos

compromisos de deuda a todas

luces completamente inabarcables.

El día que la toquen a Cristina ningún

quilombo se va a armar y eso es

así porque Cristina hizo caso omiso

del principio que todo peronista

debería poner en práctica más que

ningún otro: primero es la patria,

luego el movimiento y por último los

hombres (y las mujeres). La conducción

se ejerce, no se declama. Y

mana directamente de la voluntad

del pueblo. El pueblo será bueno,

pero no es tonto ni masoquista:

cuando el conductor no conduce

el pueblo se aparta, es sencilla la

ecuación.

Mientras un grupúsculo de militantes

persiste en su culto a la

personalidad de Cristina, ella se

ocupa de practicar su doble juego

para sostener el equilibrio entre el

deber-ser y el ser, entre la doctora

Jekyll que desea el bienestar general

con justicia social y la señora

Hyde que pugna por la salvación

de su tribu. Y por fuera de la rosca

estamos nosotros.

Estamos los que tenemos que

aguantarnos la reforma laboral

de facto que se viene llevando a

la práctica so pretexto “sanitario”

desde por lo menos marzo de 2020.

Estamos los que tenemos que salir

a la calle a trabajar sabiendo que

nuestro salario equivale a algo así

como treinta kilos de carne, en el

país de las vacas. Estamos los que

nos amanecimos en el día de hoy

con un aumento en los combustibles

del orden de entre un 9 y un

11%, a sabiendas de que, como se

decía durante los años de Macri,

la comida no va a las góndolas del

supermercado volando amarrado al

pico de una paloma mensajera.

Estamos, en fin, nosotros, el pueblo,

los que pagamos desde siempre

todas las deudas que contrae el

poder político a través de nuestro

trabajo y nuestro sudor, sacrificando

nuestro progreso y nuestro

futuro.

Cuando la toquen a Cristina ningún

quilombo se va a armar un poco

porque el capital político del que

gozaba hace apenas tres años y con

el que ganó ella sola las elecciones

de 2019 se le está diluyendo en

partes iguales por transferencia a

un Frente de Todos que nació para

hundirla y por la legítima rebeldía

de quienes se hartaron del palabrerío

y desean ver reflejado lo que

votaron en una mejora efectiva de

La diputada Fernanda Vallejos, amiga y economista favorita de CFK. Vallejos generó un

escándalo a mediados del año pasado al destrozar a Alberto Fernández mediante la difusión

de audios evidentemente filtrados por ella misma. Vallejos fue allí la voz de una vicepresidenta

que no podía hablar y expresó brutalmente la opinión que CFK siempre tuvo sobre su

compañero de fórmula en 2019. La conductora habló entonces de manera inequívoca, pero

no con su propia boca. Y por eso no condujo.

9 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


sus condiciones de vida. Mejora que

no llega ni tampoco parecería que

va a llegar.

Y otro poco porque el día que la

toquen a Cristina vamos a estar todos

tan ocupados en sobrevivir, en

ganarnos el mango del día, que ni

siquiera nos vamos a enterar. A las

puertas del calabozo la va a acompañar

un patético grupito de enajenados

panzallena aislados de la

realidad y el resto se habrá olvidado

de ella. Estamos yendo hacia un

estado de hartazgo tal que el humo

tribunero a la mayoría le resbala

olímpicamente.

Y es que es eso lo que está pasando

ahora.

Mientras el pequeño grupo de obsecuentes

del Frente de Todos que

aún apoya al gobierno se debate en

la contradicción existencial acerca

de si debe o no apoyar el acuerdo

con el FMI y defenestrar a Máximo

Kirchner o, si por el contrario, el

pataleo de este último le permitirá a

ese grupo canalizar un cierto descontento

que este se venía negando

a sí mismo por “conducta partidaria”,

el pueblo argentino sigue en el

devenir cotidiano con la ñata contra

el vidrio, ajeno a la rosca y más

ocupado en la subsistencia. El doble

juego de la Reina de Corazones

tiene fecha de caducidad, sencillamente

porque no se puede quedar

bien con Dios y con el Diablo.

No se le puede hacer creer al poder

que una es parte de sus acólitos y

a la vez pretender que el pueblo no

pague las consecuencias. Antes del

final de su carrera política Cristina

va a tener que terminar el doble juego

y definirse. Cuando el momento

de la verdad llegue sabremos finalmente

quién ha sido en verdad a

lo largo de todos estos años, quién

es la verdadera Cristina y quién la

impostora: si la doctora Jekyll o la

señora Hyde.

De momento, hay que esperar para

ver. La pelota está en su tejado,

nadie la puso en el brete en el que

está.

Junto a la imagen mítica de su padre. Máximo Kirchner renunció a la presidencia del bloque del Frente de Todos en el Congreso de la Nación

y con ello expresó una vez más la opinión de su madre, esta vez sobre el acuerdo entre el gobierno de Alberto Fernández y el Fondo Monetario

Internacional. Está todo más que claro o bien, como decía Descartes, acaso un dios nos engaña.

10 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


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11 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


OPINIÓN

Tenemos que

hablar de Canadá

ERICO

VALADARES

Hace ya muchos años, en pleno

auge de la idea de superioridad

en términos de calidad

de vida en los países occidentales,

un buen amigo que

analizaba la política internacional

con criterios que en ese momento

solían considerarse como mínimo

heterodoxos daba la sentencia:

Canadá no es un país serio. Eran los

años de la caída del Muro de Berlín,

de la desintegración de la Unión

Soviética y de la hegemonía unipolar

de Occidente con los Estados

Unidos a la cabeza, razón por la que

aquí en las colonias se había instalado

con mucha fuerza la idea de

que en países como Canadá existía

una total perfección social, política

y económica. Entonces el argumento

del amigo analista de la geopolítica

a menudo se tomaba por el

oyente para la chacota. ¿Cómo no

va a ser Canadá un país serio?

Pero el amigo fundamentaba muy

sólidamente su observación y la

conclusión que se desprendía de

esta. Lo hacía notando lo obvio ululante,

o el hecho de que no puede

ser serio un país que tiene por jefe

de Estado un monarca extranjero,

por jefe de gobierno un individuo

cuyo poder no resulta del voto

directo y una relación de dependencia

económica con un tercer país

extranjero. Ese es el caso de Canadá,

donde la reina de Inglaterra es

la jefa de Estado, el primer ministro

no surge del voto directo del pueblo

y, en la práctica, la economía existe

como un apéndice de la de los

Estados Unidos. Nada de esto era

12 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


entonces, ni es ahora, una disquisición

vacía de contenido: Canadá es

una semicolonia estadounidense y

un poco inglesa a la vez, aunque los

canadienses viven en la ilusión de

una abundancia que por cierto no

les es propia. Dicho de otra forma,

los canadienses son prósperos

porque se les permite serlo, jamás

porque esa sea su voluntad soberana.

Lo que precisamente no existe en

Canadá es soberanía, empezando

por el hecho de que el país sigue

atado a una mancomunidad de

naciones que impone como forma y

sistema de gobierno la monarquía

constitucional y el parlamentarismo.

El resultado de esa imposición

es que, en primer lugar, a los canadienses

no se les permite elegir

directamente por el voto popular al

primer ministro. Los canadienses

votan en elecciones distritales a sus

representantes en el parlamento

y estos, por su parte, eligen corporativamente

al primer ministro.

El poder ejecutivo surge del poder

legislativo y no de la voluntad nacional-popular

soberana, cosa que

ocurre también en Gran Bretaña,

en Australia, Nueva Zelanda y por lo

general en todos los demás países

de la llamada Commonwealth of

Nations, la mancomunidad con la

que los ingleses mantienen bajo su

órbita a los países que alguna vez

fueron parte de su vasto imperio.

No existe de hecho la soberanía

popular en Canadá, ni siquiera para

darse un gobierno propio.

Entonces el poder ejecutivo en

Canadá resulta del poder legislativo

sin que eso escandalice a ninguno

de los “demócratas” que suelen

rasgarse las vestiduras por la división

de los tres poderes. No se le

permite al pueblo elegir al jefe de

gobierno, pero es “democracia”.

Claro que esa es la característica

del parlamentarismo —ya sea en

su versión republicana o monárquica—

y es el contrato social que

los canadienses se dieron a sí

mismos, ya sabían de entrada que

el poder político iba a definirse en

una camarilla de dirigentes y no en

el barro de la realidad social, allá

ellos. El tema es que aquí nuestro

amigo empieza a tener la razón en

eso de que Canadá no es un país

serio. Desde el punto de vista de los

demás americanos y nuestro sistema

presidencial de voto directo —en

Estados Unidos el voto no es tan

directo y el poder ejecutivo surge de

un colegio electoral con distintas

características—, no puede ser serio

un país donde las mayorías eligen a

una minoría para que esta, a su vez,

elija quien va a gobernar.

Eso es difícil de entender para un

argentino, para un brasileño o para

cualquier americano que no sea

canadiense, estadounidense o de

esas islas del Caribe que permanecen

en la Commonwealth. En nues-

Isabel II es la reina de Canadá —y también de Australia, de Nueva Zelanda y de otras

semicolonias británicas— en una situación de dependencia política que es insólita, aunque

no se cuestiona demasiado. ¿Puede ser serio un país que acepta la tutela simbólica de un

monarca extranjero después de haber obtenido su independencia? Basta con cambiar la

bandera de Canadá en esta imagen por la de Argentina, por ejemplo, para figurarse el nivel

de ridiculez de esta situación.

13 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


En el marco de una forma y sistema de gobierno de monarquía constitucional parlamentaria,

a los canadienses no se les permite elegir directamente a sus gobernantes. Lo que un canadiense

puede hacer es elegir un diputado en su distrito y darle a ese diputado el mandato

para que, en un colegio electoral, elija al primer ministro. Es cierto que el candidato a primer

ministro ya está anunciado de antemano y votar a un diputado de su partido técnicamente

equivale a votar a ese candidato, aunque todo eso es informal en la práctica. Los que pusieron

a Justin Trudeau a gobernar fueron los diputados y no el pueblo, por lo que un cambio

en la composición del acuerdo parlamentario termina de hecho con el gobierno. Todo en la

camarilla, con el pueblo bien lejos del lugar decisional.

tras latitudes al presidente lo pone

el pueblo y solo el pueblo puede, de

no mediar algún tongo, removerlo

de su cargo. El que manda lo hace

porque su poder unipersonal resulta

de la voluntad nacional-popular

soberana expresada en las urnas y

eso, para la mayoría de los americanos,

es un criterio para definir si un

país es serio o si no lo es. ¿Qué es

eso de no dejar elegir al pueblo, si

todo poder emana precisamente del

pueblo?

Por otra parte, los canadienses

tienen como jefe de Estado a un

monarca extranjero, aunque solo

simbólicamente. La reina de Inglaterra

es la reina de Canadá y en

teoría puede intervenir en cuestiones

de la política del país más allá

de que no lo haga con la finalidad

de no agitar un avispero que suscitaría

cuestionamientos populares

a este verdadero mamarracho.

La reina de Inglaterra —que, de

nuevo, es la reina de Canadá en

un sentido estricto, pues se trata

de la misma persona con distintas

coronas— también elige al llamado

gobernador general, cuyo trabajo

es el de “unir a los canadienses” y

el de representar diplomáticamente

al país en el extranjero. Esto es,

Gran Bretaña se reserva para sí la

representación diplomática de esta

semicolonia suya que es Canadá.

Pero si Canadá es una semicolonia

de los británicos en lo político, lo es

mucho más de los estadounidenses

en lo económico. La casi totalidad

de la economía de este país que

es la segunda extensión territorial

del mundo, pero apenas el 37º. en

población, depende íntimamente

del humor de la economía de los

Estados Unidos. Según los últimos

datos disponibles, el 85,8% de las

exportaciones del país tiene como

destino los Estados Unidos, eso

sin considerar el contrabando y el

comercio informal a lo largo de una

frontera de casi 9.000 kilómetros

de extensión. También el 61% de

las importaciones de Canadá viene

de los Estados Unidos y, para que

se tenga una idea de la magnitud

de esta dependencia, Canadá es

uno de los pocos países del mundo

y quizá el único sin característica

telefónica internacional propia,

utilizando el prefijo de su vecino

ubicado al sur. Y si bien eso parecería

ser un dato de color, es más bien

el símbolo de la enorme integración

técnica y, por ende, económica existente

entre canadienses y yanquis.

Si el sistema colapsara en un país,

pues colapsará en ambos al mismo

tiempo. Y eso es depender de la

suerte de otros.

Es cierto que los canadienses

tienen un muy elevado estándar de

vida, con un índice de desarrollo humano

de 0,929 y solo por debajo de

países como Noruega, Suecia, Dinamarca

y demás paraísos con mucha

riqueza a ser distribuida entre muy

poca gente. Y es precisamente esa

la razón por la que los canadienses

viven en la abundancia. Sentados

sobre ingentes recursos naturales

entre los que reina el petróleo, los

canadienses viven básicamente

de las regalías: Canadá es el cuarto

mayor productor de crudo y el

14 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


quinto mayor en términos de gas

natural, con una producción diaria

entre cinco y seis veces superior a

la de Venezuela. Todo el posterior

desarrollo agrícola e industrial del

país se debe a esa abundancia en

recursos naturales, cuyas regalías

multimillonarias fueron inteligentemente

invertidas en los sectores

de la economía. En este sentido,

Canadá ha sido un país mucho más

serio que los nuestros, en la voluntad

de su clase dominante para la

inversión en un sistema capitalista

realmente existente. Como en los

demás países occidentales, existe

en Canadá una burguesía nacional

que supo defender sus propios

intereses en el uso de los recursos

naturales y eso resultó en el bienestar

social que tiene hoy el pueblo-nación

canadiense.

Oh, Canadá...

Entonces Canadá es un país dependiente

en lo económico y en lo

político, pero un país muy grande,

muy rico y muy poco poblado. Es

un país donde el pueblo-nación

no participa en las decisiones y, a

decir verdad, nunca quiso participar

demasiado. El canadiense acepta

la dependencia semicolonial respecto

a los Estados Unidos y a Gran

Bretaña y acepta el hecho de que

no puede elegir su propio gobierno

sin chistar, siempre y cuando tenga

la pancita bien llena y nadie lo

moleste. De ahí viene la conclusión

de que ese no es un país serio: por

más bienestar que tenga, no puede

ser serio políticamente un territorio

semicolonial en el que los que están

dentro no participan del destino

colectivo. Y así es el canadiense,

quien se deja llevar por una ola en

la que ha estado históricamente

muy cómodo, en una posición de

sumisión sin maltrato. Hasta hoy

las potencias globales y las corporaciones

les han permitido a los

canadienses vivir en la opulencia y

en libertad. Hasta hoy.

Los canadienses son poquitos,

menos de 40 millones. Son menos

que los argentinos y en un territorio

La abundancia y el bienestar social de Canadá resultaron en una política de baja intensidad, en que el pueblo tenga poco interés en la lucha

por el poder en el Estado. Eso fue así hasta que el nuevo orden mundial determinó una quita de libertades y la reducción de las aspiraciones

en todo el mundo. En ese momento, los canadienses se acordaron de la política y se volcaron a las calles. El canadiense al fin está comprendiendo

que la pandemia se utiliza con fines políticos y que este asunto no es sobre la salud, sino sobre el control social, como se lee en esta

pancarta desplegada durante las protestas en Ottawa.

15 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


tres y hasta cuatro veces más extenso,

razones por las que el poder

fáctico global puede darse el lujo

de permitirles existir con un nivel de

consumo similar al de los Estados

Unidos sin que eso mueva demasiado

el amperímetro. Pero a partir de

la pandemia del coronavirus hubo

un cambio en los planes de las élites

y será necesario, por una parte,

reducir las expectativas de quienes

hoy tienen un bienestar elevado, habrá

que acostumbrarlos a consumir

menos. Por otra, como condición

para que ese acostumbramiento

se dé, deberá haber un ajuste feroz

en las libertades individuales, que

es para que tengan disciplina. Y es

aquí donde empieza el problema

de unos canadienses que nunca se

metieron en política porque siempre

lo tuvieron todo, a los que nunca

les hizo falta pelear por nada y que

ahora se encuentran, no obstante,

frente a un proceso que no pueden

comprender.

Como se sabe, la política es la

lucha por el poder en el Estado con

la finalidad de introducir desde allí,

desde el poder político, cambios en

la forma como una sociedad administra

y distribuye la riqueza del

territorio sobre el que está sentada.

En otras palabras, la política es una

pelea para definir quién va a tener

el cuchillo que corta el jamón. Y allí

donde el jamón es demasiado grande

para las bocas que lo quieren

comer esa pelea suele ser de baja

intensidad. He ahí el por qué los

canadienses solo se meten en “política”

(lo que hacen no es política

Canadá es la novena economía a nivel mundial y gran parte de esa potencia está en la explotación

de sus ingentes recursos naturales, como el petróleo y el gas natural. Con una población

inferior a la de Argentina para alimentar, Canadá tiene en consecuencia uno de los más

altos índices de calidad de vida y desarrollo humano a nivel mundial. Todo ese paraíso se ve

ahora sacudido al cambiar los planes de las élites que gobiernan el planeta en las sombras.

en el sentido de nuestra definición)

para discutir el sexo de los ángeles.

En su debate nacional, el canadiense

suele entretenerse muchísimo

con discusiones bizantinas sobre

cuestiones de moral sexual, racial

y religiosa, sobre asuntos que no

tienen que ver con el reparto de la

riqueza. La “política” de un país

como Canadá, donde ni siquiera

existe el voto directo, se reduce a

los aspectos morales del ordenamiento

social.

Y en eso llegó Justin Trudeau, cuya

plataforma “política” se limita a la

defensa de la igualdad de género,

al medioambiente, al aborto, a los

derechos de la comunidad LGBT y la

legalización de la marihuana, como

informa Wikipedia en la versión en

castellano de su artículo dedicado

al actual primer ministro de Canadá.

En ese archivo de Wikipedia

también puede enterarse el atento

lector de que Trudeau mide casi un

metro noventa, que tiene ojos azules

y cabellos castaños. ¿Detalles

irrelevantes sobre la personalidad

de un dirigente político? Ciertamente,

pero no quedaba otra. Frente

a la ausencia de política real en el

discurso y en la praxis de Trudeau,

lo único que puede hacerse para

llenar el espacio es llenarlo, precisamente,

con lo bizantino. Pero esa

frivolidad no debería atribuirse al

propio Trudeau y mucho menos a

quienes construyen de buena fe esa

fuente de conocimiento libre que es

Wikipedia, sino a los canadienses.

Al no meterse en una “política” que

no es política para que lo sea, la

sociedad de Canadá queda expuesta

frente al resto de mundo como

una sociedad frívola. Trudeau es a

la imagen y semejanza del pueblo

al que gobierna, como suele ser

en todas partes. Un pueblo frívolo

tiene dirigentes igualmente frívolos,

puesto que los dirigentes nacen del

seno del pueblo y se desarrollan

16 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Precariedad ideológica y contradicción expuesta. Subidos desde siempre a la entelequia occidental de la “libertad de expresión”, los canadienses

se encuentran con que, al salir a protestar, el gobierno nacional despliega un gran operativo de represión, hace redadas con numerosos

arrestos e incluso confisca el dinero de las cuentas bancarias de los opositores. La verdad es que nunca hubo tal “libertad de expresión”

en Canadá ni en ninguna de las potencias occidentales: cuando el pueblo manifiesta su desacuerdo frente al avance de la clase dirigente,

esta no tiene pruritos en reprimir al pueblo y en aplastar cualquier protesta con el uso de la fuerza.

también allí.

Pero el problema está planteado,

el poder fáctico del globalismo

quiere imponer la “nueva normalidad”

sobre un planeta cuyos

recursos naturales se agotan, pero

sin modificar sustancialmente el

sistema capitalista basado en la

propiedad privada. La consigna es

lograr que las mayorías populares

en todas partes consuman menos

y se reproduzcan menos para no

tener que recurrir a la alternativa,

que es la supresión directa de esas

mayorías. Y en países como Canadá,

donde la gente consume muchísimo

porque es libre para hacerlo,

va a ser necesario disciplinar a las

mayorías, ponerlas en caja para que

vayan aceptando lo que se viene.

Ese es el problema que tiene Justin

Trudeau entre manos, el de implementar

la agenda de unas élites

y unas corporaciones a las que el

propio Trudeau debe su lealtad. Ese

es el problema de los canadienses,

que si bien lo presienten, no entienden

todavía de un modo colectivo

que su actual primer ministro es tan

solo una etapa en la imposición de

una nueva disciplina.

La disciplina es innecesaria en

países como el nuestro y menos

aun en los de nuestra región, puesto

que el hispanoamericano de un

modo general está acostumbrado

ya al infraconsumo y se supone que

frente a la “nueva normalidad” que

se quiere imponer no va a presentar

demasiada resistencia. Pero en los

países centrales eso es mucho más

problemático. El hombre occidental

tiene un estilo de vida basado en

el consumo excesivo y asocia culturalmente

ese sobreconsumo al

bienestar social y a la libertad, se

ha adiestrado así desde el fin de la

II Guerra Mundial y la introducción

del Estado de bienestar social en

Occidente. Pese al avance del neoliberalismo

en los países centrales

desde principios de los años 1980

y con más intensidad en los 1990,

el canadiense de hoy conserva aún

17 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Los camioneros son en todas partes el sector de la clase trabajadora que se encarga de

transportar la riqueza, sobre todo en los países de inmensa extensión territorial. Y cuando

estos trabajadores empezaron a protestar en Canadá, el progresismo rápidamente los ubicó

en el lugar de la “derecha”. El eterno error de la izquierda: ubicar al trabajador en el lugar del

enemigo cuando el trabajador discrepa ideológicamente con el dogma.

la idea cultural del consumo como

sinónimo de bienestar y consume,

en consecuencia, mucho más de lo

que necesita.

Eso tiene que terminar y allí está

Justin Trudeau, cumpliendo no el

mandato de un pueblo que ni siquiera

lo votó porque no está habilitado

para hacerlo, sino el mandato

de los poderes fácticos del globalismo

a los que Trudeau debe toda su

carrera en la política. Trudeau existe

porque los poderosos del mundo

tienen interés en que exista, es un

peón del globalismo en el territorio.

Por lo tanto, si esas élites quieren

imponer una “nueva normalidad”

que les sea útil para reordenar un

mundo que necesariamente debe

cambiar de base, Trudeau debe ejecutar

esa imposición en la práctica y

es ahí donde la política canadiense

empieza súbitamente a ser de muy

alta intensidad. Hasta la explosión

de las protestas que paralizaron

al país en las últimas semanas y

tuvieron su máxima expresión en la

toma de Ottawa, la capital administrativa

de Canadá, por parte de

unos camioneros absolutamente

sublevados, no existía en el país

de la hoja de arce la conflictividad

social. El canadiense siempre protestó

con cartelitos frente a la casa

de gobierno, ordenadamente y sin

pisar el césped. Y ahora está a punto

de hacer una Plaza Maidán en la

capital del país más “aburrido” del

mundo.

La política de Canadá se puso

intensa de golpe cuando más y más

canadienses empezaron a comprender

que eran excesivas las exigencias

del Estado bajo la categoría de

prevención sanitaria. Los canadienses

entendieron que la administración

de la pandemia se había mutado

de cuidado de la salud a control

social puro y duro cuando se vieron

en una situación en la que incluso lo

cotidiano se había vuelto inviable,

cualquier trámite de poca monta requería

del canadiense la presentación

de permisos que la burocracia

estatal extiende a discreción y eso

para la idiosincrasia profundamente

liberal —en el sentido que ellos

mismos le dan al liberalismo, que

es igual al que le dan en los Estados

Unidos— del canadiense de pronto

se hizo intolerable. En ese momento

los canadienses tomaron la calle y

lo hicieron de modo desordenado,

con serios disturbios y una amenaza

a la estabilidad social del país. Y así

Justin Trudeau, que para colmo pertenece

al Partido Liberal y está en

una situación de mucha precariedad

ideológica, ordenó la represión

brutal contra el pueblo, con cargas

de caballería contra civiles y la confiscación

de las cuentas bancarias

de sus opositores en el marco de la

aplicación de una Ley de Emergencia

que estaba prevista, pero que

jamás se había utilizado.

El argumento de Trudeau para

aplicar métodos de represión más

bien típicos de las dictaduras en

los países en desarrollo se reduce

a gritarles “antivacunas” a los

que protestan para descalificarlos

frente al resto de la opinión pública,

o la ideología sanitaria buena

tanto para un barrido como para un

fregado, aunque esa reducción es

cada vez menos efectiva. A medida

que avanza la represión y se difunden

imágenes de la brutalidad de la

policía contra el pueblo movilizado,

aquella opinión pública timorata

va definiéndose. Los gobernadores

de las provincias y la Iglesia han

expresado su desacuerdo y amenazan

con quitarle el apoyo a Trudeau

para evitar que los canadienses les

retiren el apoyo a ellos mismos. Es

un poco difícil de entender para un

argentino acostumbrado a marchas

y piquetes prácticamente todos los

días, pero en Canadá una protesta

masiva tiende a mover mucho la

aguja en la política, justamente

porque no es lo usual.

Los medios de comunicación de

18 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Occidente y también aquí en las colonias

están haciendo de todo para

invisibilizar lo que pasa en Canadá

y les viene muy bien el potencial

conflicto en Ucrania para tapar esa

realidad. Canadá está en llamas y

la prensa internacional apenas lo

informa, eso sí, aclarando siempre

que se trata de una minoría de

“antivacunas” a la que un abnegado

Trudeau intenta contener utilizando

para ello —legítimamente, resaltan

siempre los operadores mediáticos—

el aparato represivo del Estado.

Como se sabe, para el gusto

de quienes tienen el poder de la

palabra, existen represiones malas

y existen las que son buenas. Si

ocurren en Nicaragua, en Venezuela

o en Corea del Norte son de aquellas,

pero si ocurren en Canadá,

pues bien, entonces las represiones

son buenas, aunque llevarlas a cabo

implique arrollar con caballos de la

policía montada a unos ancianos,

por ejemplo.

¿Y por qué? Porque, en principio,

en todo lo que los medios de difusión

de las corporaciones quieren

ocultar existe un peligro para los

intereses de esas corporaciones. Al

igual que en Ucrania, donde Occidente

intenta adelantar su frontera

imperialista, en Canadá se juega

hoy el futuro de la humanidad,

aunque quizá de un modo aún más

directo que en Ucrania. Si el canadiense

logra recibirse al fin de pueblo-nación

y le dobla la mano al tirano

Justin Trudeau, habrá entonces

esperanza para los demás pueblos

del mundo en que es posible ganarles

la partida a las élites globales

y destruir la idea macabra de una

“nueva normalidad” cuyo objetivo

no es otro que la construcción de un

mundo que está en el punto justo

entre Orwell y Huxley. Por el contrario,

si Trudeau se impone y derrota

al pueblo, los ricos del mundo

sabrán que la voluntad de cualquier

pueblo puede ser torcida. Y luego

vendrán por todos los demás.

Los canadienses protestan con la

consigna de la “libertad”, pero ese

es un error típico de la época. Lo

que está en juego en Canadá no es

la libertad en un sentido liberal, no

es la libertad de hacer cada cual lo

que quiere, es otra cosa. Lo que se

juega hoy en las calles de Ottawa y

en todas las ciudades y pueblitos

de ese enorme y a la vez pequeño

país semicolonial es el proyecto

político que va a aplicarse de aquí

en más en el mundo. En la última

mitad del siglo XIX y en casi todo

el siglo XX la discusión fue entre el

proyecto liberal de Occidente y el

proyecto socialista de Oriente, la

alternativa se dirimió en la guerra

clásica y también en la guerra fría o

de baja intensidad aparente, pero

todo eso cambió. Ahora la discusión

está entre un proyecto de gobierno

global centralizado y otro proyecto,

el de la soberanía nacional-popular

en el que cada pueblo-nación debe

tener el poder de decisión sobre las

cosas de su propio destino.

Pueblo o corporaciones, los de

abajo contra los de arriba. Justin

Trudeau es “de izquierda” y Emanuel

Macron es “de derecha”, pero

ambos juegan para los de arriba.

Los de abajo tenemos que ponernos

los pantalones largos en defensa

propia, despejar el humo ideológico

y luchar. Canadá no es un país serio

y ahora veremos qué tan serios pueden

llegar a ser los canadienses.

Emanuel Macron y Justin Trudeau, dos de los referentes más propios del globalismo en la

política occidental. El uno es “liberal de derecha” y el otro, “progresista de izquierda”, pero

todo eso es humo ideológico en un sentido estricto: ambos representan los intereses de los

de arriba y aplastan a los de abajo cuando estos se atreven a protestar.

19 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


CONTENIDO EXCLUSIVO

La historia que

quieren repetir

(pero al revés)

ERICO

VALADARES

Como quien no quiere la cosa,

un famoso operador de los

medios tradicionales se

animaba a adelantar una

tarde cualquiera frente a un

micrófono de radio la estrategia

de la inteligencia occidental en

las próximas semanas para ganar

la guerra propagandística: la homologación

de los personajes del

presente a otros bien conocidos del

pasado, de la historia. Ese operador

—quien se hace llamar Alfredo

Leuco, aunque en realidad oculta su

verdadero nombre— daba en Radio

Mitre la “noticia” de que entre sus

pertrechos para la batalla en el

oriente de Ucrania el ejército ruso

transportaba además crematorios

móviles, con la finalidad de usarlos

para deshacerse de los cadáveres

del enemigo ucraniano caído. Y allí

nomás Alfredo Leuco dejaba dicho

que, de alguna forma, el formidable

aparato propagandístico de Occidente

y sus colonias va a instalar

de aquí en más que Vladimir Putin

20 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


es una suerte de Adolfo Hitler del

presente.

La elección de Alfredo Leuco para

anunciar la bajada de línea no es

accidental. Leuco es uno de los

grandes difusores del mensaje ideológico

impulsado desde la embajada

de Israel en nuestro país y, en

consecuencia, tiene enorme llegada

a los sectores consumidores de dicho

mensaje. Por razones históricas

y culturales que no necesitan mayores

explicaciones, en esos sectores

está presente con mucha intensidad

la memoria del Holocausto nazi que

tuvo lugar entre 1941 y 1945 en los

campos de concentración de Alemania

y de Europa del Este y la sola

idea, por lo tanto, de la cremación

masiva de cadáveres en un contexto

bélico tiene el efecto de una bomba

atómica discursiva. Lo automático

es la homologación de un Putin

enviando crematorios móviles a

Ucrania y un Hitler que en determinado

momento utilizó el método de

la cremación para llevar a cabo su

proyecto.

En dicha homologación o intento

de homologación hay muy poca

novedad. Decía Carlos Marx en la

introducción a su El dieciocho Brumario

de Luis Bonaparte que “Los

21 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Alfredo Leuco es uno de los más sucios y deshonestos operadores de la fuerza brutal de la

antipatria en la Argentina y no es casual que haya sido el elegido para adelantar la estrategia

propagandística del imperialismo yanqui para la guerra en Ucrania. Operaciones de sentido

como la de Leuco van a bombardear incesantemente al pueblo argentino mientras dure

la guerra, con el fin de alinear nuestro país con los Estados Unidos en su aventura bárbara.

hombres hacen su propia historia,

pero no la hacen a su libre arbitrio,

bajo circunstancias elegidas por

ellos mismos, sino bajo aquellas

circunstancias con que se encuentran

directamente, que existen y les

han sido legadas por el pasado. La

tradición de todas las generaciones

muertas oprime como una pesadilla

el cerebro de los vivos”, significando

que en la construcción política

del presente están las imágenes

del pasado proyectadas. Y agregaba

Marx, de manera sensacional

y conclusiva: “Y cuando éstos [los

hombres que hacen la historia]

aparentan dedicarse precisamente

a transformarse y a transformar las

cosas, a crear algo nunca visto (…)

es precisamente cuando conjuran

temerosos en su auxilio los espíritus

del pasado, toman prestados sus

nombres, sus consignas de guerra

y su ropaje para, con este disfraz

de vejez venerable y este lenguaje

prestado, representar la nueva escena

de la historia universal”.

Marx ofrece en esas líneas tan

reveladoras el ejemplo de Martín

Lutero, el teólogo agustino que

impulsó la reforma protestante en

Alemania a principios del siglo XVI,

quien se había disfrazado de apóstol

Pablo para predicar o militar con

éxito los principios reformistas de lo

que hasta hoy es el protestantismo.

Y también los ejemplos de las revoluciones

burguesas de Francia travestidas

en símbolos históricos universales

para su praxis de entonces:

“(…) La revolución de 1789/1814

se vistió alternativamente con el

ropaje de la República romana y

del Imperio romano y la revolución

de 1848 no supo hacer nada mejor

que parodiar aquí al 1789 y allá la

tradición revolucionaria de 1793 a

1795. Es como el principiante que

ha aprendido un idioma nuevo: lo

traduce siempre a su idioma nativo,

pero sólo se asimila el espíritu del

nuevo idioma y sólo es capaz de

expresarse libremente en él cuando

se mueve dentro de él sin reminiscencias

y olvida en él su lenguaje

natal”.

Entonces el presente se viste con

el manto del pasado con el fin de

legitimarse y, a la vez, hacerse comprensible

frente a los ojos de los

contemporáneos, allí donde estos

tienden a entender mejor lo que ya

saben de antemano en un determinado

momento. Es mucho más

fácil para un hombre de fines del

siglo XX y principios del siglo XXI ver

en los movimientos de Rusia sobre

los territorios de Luhansk y Donetsk

una reedición de la invasión alemana

contra Polonia en 1939 que ver

dicho proceso en sí mismo, simplemente

porque lo nuevo es lo desconocido

y no tiene categorías propias

mientras se desarrolla. Y también

porque el episodio histórico referido

es, a esta altura, harto conocido al

haber sido ampliamente desarrollado

por los medios de difusión a

lo largo de décadas. Son fuertes

las imágenes de los tanques nazis

cruzando la frontera hacia Polonia

y provocando el incidente que para

la historia oficial desencadenó la II

22 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Guerra Mundial. Es por eso que, si

vamos a hablar hoy de una III Guerra

Mundial como secuela de aquella,

lo más natural es que en la historia

“se repita”, o que en la comprensión

de quienes observamos el

evento actual haya más continuidad

que ruptura entre el presente y el

pasado.

La operación de sentido tiene

entonces altísimas probabilidades

de ser exitosa y de instalarse fuertemente

en el sentido común de la

opinión pública como una verdad

revelada, como una epifanía. La

imagen de los tanques rusos entrando

al territorio ucraniano en disputa

—la que efectivamente fue muy

difundida en los últimos días de

febrero— tiene que ser la reedición

de los tanques nazis ingresando a

Polonia hace ya más de ocho décadas,

es muy fácil entender eso porque

también es muy fácil transmitir

la idea con pocas palabras, toda

la narrativa ya está instalada en la

historia universal. Y más fácil aun si

se le suma el relato de crematorios

móviles que nadie jamás vio ni verá,

puesto que en toda guerra la primera

víctima siempre es la verdad.

Ahí está el que la idea que empieza

a circular a partir de la acción de los

spin doctors muy bien pagados por

las embajadas y por los servicios de

inteligencia y luego se difunde en

la voz de un Alfredo Leuco es una

verdadera bola de nieve destinada

a crecer y crecer. En el tiempo, las

similitudes entre la campaña rusa

en Ucrania y el avance nazi sobre

Europa (que también fue sobre

Ucrania, dicho sea de paso) van a

ir surgiendo a borbotones, en cada

acción o discurso de Vladimir Putin

habrá en el archivo una acción o

un discurso de Adolfo Hitler para

homologar y para reforzar cada vez

más el lugar común. De hecho, esto

ya está sucediendo: cuando Putin

dijo en su discurso del lunes 21 de

febrero, día en el que el líder ruso

incendió literalmente la pradera al

reconocer la independencia de las

repúblicas separatistas de Luhansk

y Donetsk, que para los rusos Ucrania

no es un país vecino, sino “parte

de nuestro espacio espiritual”, no

tardaron en aparecer en miríada

expertos y analistas de todo lo que

existe a hablar del espacio vital que

Ratzel teorizó a fines del siglo XIX

y Hitler esgrimió como argumento

treinta años más tarde para justificar

el avance de Alemania sobre sus

vecinos europeos.

Es poco probable, por otra parte,

que las palabras de Putin sobre

ese “espacio espiritual” ruso hayan

sido dichas en la ignorancia de que

eso sería aprovechado para hacer

una homologación con la teoría del

espacio vital utilizada por Hitler en

el siglo XX, también hay una dosis

de provocación en todo lo que se

comunica en tiempos de guerra con

la finalidad de confundir o por lo

menos de desviar la atención del

enemigo. Pero la homologación en

sí es del todo inoportuna si se tiene

en cuenta que el “espacio vital” en

sus términos originales es absolutamente

fútil en el caso de Rusia:

Alemania, como se sabe, pensaba

en un espacio vital proveedor de los

alimentos y materias primas que

un Hitler sin colonias en América,

en África y en Asia necesitaba para

realizar su proyecto industrial. El

problema de Rusia es radicalmente

opuesto, ya que tiene sobreabundancia

de territorio y, por lo tanto,

de alimentos y materias primas

para industrializarse muchísimo

más allá de los actuales niveles. En

Imagen histórica de la invasión alemana a Polonia en 1939: unos soldados abren una tranquera,

los tanques pasan y eso es todo. Pero la imagen es muy significativa al retratar lo que

se considera el detonante de la II Guerra Mundial. En nuestros días, la imagen de los tanques

rusos avanzando sobre un territorio que se supone es de Ucrania —nada en las fotos lo

corrobora, se trata de un descampado como cualquier otro— ha dado la vuelta al mundo y se

ha utilizado convenientemente para hacer la homologación entre los rusos del presente y los

nazis del pasado. La política vistiéndose con el manto de la historia para hacerse entender.

23 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Celebraciones en Ucrania por el reconocimiento de Putin de la independencia de la República Popular de Donetsk y la República Popular de

Luhansk. Desde el golpe de 2014 que destituyó a Víktor Yanukóvich, Kiev viene maltratando sistemáticamente a la minoría rusa de su población,

lo que está en la base del separatismo y de la actual guerra. Los libros de historia lo dirán, eso sí, al gusto de los ganadores.

una palabra, Rusia no busca hacerse

de un espacio vital a modo colonial

o neocolonial, sino justamente

de un espacio espiritual para la

integración de su propia soberanía.

La tentación de homologar es muy

fuerte, pero conduce a errores y

anacronismos que impiden la correcta

observación de los hechos. La

consolidación del espacio espiritual

ruso tiene mucho más que ver con

una cuestión defensiva que ofensiva

y ahí tiene el atento lector otra diferencia

entre los nazis de ayer y estos

rusos de hoy. La Alemania de Hitler

tenía un proyecto expansionista manifiesto

incluso en lo discursivo, la

propaganda nazi a cargo de Joseph

Goebbels jamás ocultó su insatisfacción

con el reparto colonial de

los territorios y siempre consideró

un acto de justicia derrotar en el

campo de batalla a las potencias

imperialistas de la vieja Europa. Y

eso tiene por su parte un trasfondo

histórico aun más largo: las naciones

europeas que navegaron entre

los siglos XIV y XVIII fueron precisamente

las que en ese momento

estaban unificadas en sí mismas:

Portugal, España, Inglaterra, Francia,

Holanda y Bélgica, todos reinos

unidos, sin divisiones internas y

listos para realizar el proyecto de

la conquista. España, por ejemplo,

llega a América en 1492, pocos

meses después de la reconquista y

la integración de su territorio. Por su

parte, tanto Alemania como Italia

no lograrían reunificarse sino hasta

fines del siglo XIX, ya bien entrada

la modernidad industrial. Son justa

y no casualmente estos dos países

los que cuestionan el reparto colonial

a principios del siglo XX en las

guerras mundiales.

El espacio vital de la Alemania

nazi es ese cuestionamiento y es la

reclamación de su parte en las utilidades,

es una forma de decir “nosotros

también somos una potencia

occidental y tenemos igual derecho

a tener colonias que nos abastezcan

de las cosas que necesitamos para

sostener nuestro estatus de potencia”.

El caso de Rusia, no obstante,

fue y es muy distinto. A pesar de

haberse unificado progresivamente

entre los siglos IX y XIII, mucho antes

que las potencias occidentales,

Rusia no navegó el Atlántico ni el

Pacífico en la era de las grandes navegaciones

y en consecuencia no se

24 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


hizo de colonias, tal vez por no tener

una vocación para la conquista del

mar o quizá por ya tener una inmensa

extensión territorial hacia el interior

de sus fronteras, es irrelevante

para el caso. La cuestión es que

Rusia no tiene ni nunca necesitó lo

que pequeñísimos países como Portugal,

España, Holanda o Inglaterra

veían como una condición sine qua

non para desarrollarse como potencias,

que es el espacio vital colonial

geográficamente lejano. Lo que

Hitler a partir de Ratzel llamó “espacio

vital” es precisamente lo que

esos países de Europa occidental ya

habían hecho siglos antes en Asia,

en América, en África y también

en Oceanía, aunque nadie se va a

atrever a llamar “nazi” a la reina de

Inglaterra, por supuesto.

Por lo tanto, como se ve, tampoco

es la vocación histórica de Rusia

el expandirse a la caza de recursos

naturales, materias primas, combustible

y alimentos, puesto que

ya cuenta desde siempre con una

sobreabundancia de todo ello en su

propio territorio soberano. El espacio

de Rusia es espiritual y no vital.

Y es importante saber la diferencia:

los rusos consideran que, precisamente

por la vocación colonialista

de las potencias de Occidente, su

país necesita una suerte de “cordón

sanitario” para la prevención de

invasiones a su propio territorio. Eso

tiene su justo contraste en cómo

la Unión Soviética se formó con

catorce naciones ubicadas alrededor

de Rusia como en un escudo y,

además, construyó políticamente el

Pacto de Varsovia para hacerse de

una “cortina de hierro” hacia el oeste

que la separara de los hambrientos

tiburones de Europa occidental,

de un escudo adicional formado por

países que no se habían adherido

a la Unión Soviética propiamente

dicha. Ese es el espacio espiritual

del que habla hoy Vladimir Putin, es

mayor distancia posible y la mayor

cantidad de territorio controlable

entre sus fronteras y las de los países

de Occidente.

Para que se tenga una idea, una

vez finalizada la II Guerra Mundial

y durante toda la Guerra Fría en el

espacio espiritual de Rusia, más

allá de las demás repúblicas soviéticas

—entre las que estaban la

propia Ucrania y los bálticos Lituania,

Letonia y Estonia, hoy los tres

ocupados por Occidente en la Organización

del Tratado del Atlántico

Norte (OTAN)— había toda una serie

de países socialistas en relación de

independencia respecto a la URSS,

pero estratégicamente ubicados de

modo a prevenir cualquier avance

de los occidentales contra Moscú.

Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia,

Hungría, Rumania, Bulgaria,

Albania y, si se quiere, Yugoslavia,

que hacía un juego más bien

propio sin dejar de ser una barrera

geográfica muy cómoda para los

rusos e incómoda para los demás.

Hoy todos esos países, algunos de

ellos fragmentados en países más

pequeños, forman parte de la OTAN

y no son cordón sanitario para Rusia,

sino todo lo contrario.

Así definido el concepto de espacio

espiritual, es fácil concluir que

el interés demostrado por el presidente

ucraniano Volodímir Zelenski

en el sentido de ingresar también a

las filas de la OTAN es el verdadero

disparador de este conflicto que

tiene hoy en vilo al mundo entero.

Cuando Ucrania empieza a llenar

los formularios para hacerse socio

del club de las potencias occidentales,

aunque solo en calidad de peón

y de receptor de bases militares

ajenas, se prenden todas las luces

de alarma en Moscú y con mucha

razón. Si la OTAN se hiciera del control

del territorio ucraniano, tendría

no solo una base sólida para lanzar

El concepto de espacio vital de Ratzel, aquí expresado en la propaganda del III Reich y

justificada de la forma más sencilla posible: en la clara desproporción entre cantidad de

población y extensión territorial disponible. Este no es el caso de los rusos, quienes están

sentados sobre el país más extenso de la Tierra y además tienen al interior de sus fronteras

ya más de lo que necesitan. El espacio espiritual de Putin es de distinta naturaleza.

25 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Esquema simplificado de la llamada “cortina de hierro”, el cordón sanitario de la Unión

Soviética formado por países socialistas independientes contra la influencia y la amenaza

occidentales. Desde el norte hacia el sur, en sentido horario: Alemania Oriental, Polonia,

Checoslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria. Cerrando el muro, en color verde está Yugoslavia,

nación que con el Mariscal Tito hacía un juego propio —dicho “no alineado”—, aunque

en la práctica estaba en función del esquema soviético. Otro tanto pasa con Albania, que en

el mapa se ve rayada y que con Enver Hoxha también se ubicaba entre los “no alineados”.

Todos estos países dejaron de pertenecer a un Pacto de Varsovia extinto y hoy son miembros

de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza guerrera creada para

combatir a la Unión Soviética.

ataques militares desde allí contra

Rusia y Bielorrusia, sino además un

lugar estratégico para instalar misiles

con la capacidad de impactar en

cuestión de minutos sobre Moscú,

San Petersburgo o cualquier ciudad

importante de la zona más poblada

del territorio ruso.

Es por eso que la idea de espacio

espiritual es cualitativamente muy

distinta a la de espacio vital en todos

los sentidos. En realidad, desde

el punto de vista de los rusos, controlar

y hasta anexionar el territorio

de Ucrania es solo una etapa en una

guerra de carácter defensivo: de

permitir que la OTAN siga instalándose

en las que alguna vez fueron

las repúblicas soviéticas adjuntas

a su territorio soberano, será tan

solo cuestión de tiempo hasta que

Occidente reúna todas las fuerzas

necesarias para realizar el proyecto

de siempre, el que habían intentado

Napoleón y Hitler: la conquista de la

mismísima Rusia y su desactivación

como rival geopolítico en Oriente.

No se trata hoy de ninguna utopía y,

bien mirada la cosa, estamos mucho

más cerca de ver una invasión

occidental a Rusia que lo contrario

a eso. Rusia está rodeada en toda

su extensión por bases militares de

la OTAN, por potencias nucleares

rivales (específicamente India y

Pakistán, aunque podría incluirse

a China en esa lista, como verá el

atento lector a continuación) y por

enclaves de Occidente que son absolutamente

hostiles, como Japón y

Corea del Sur. Una rápida lectura de

un mapa de la región arrojará como

resultado el que Rusia se encuentra

totalmente rodeada por su enemigo

histórico y que ese cerco se está cerrando

ahora por el flanco europeo

en el intento de incorporar Ucrania

a la OTAN.

Ahora bien, está claro que la

estrategia propagandística de

guerra de Occidente va a basarse en

pintar a Putin como un nuevo Hitler

y, a partir de la instalación de esa

idea, formar una alianza que sea

capaz de derrotarlo. Eso es así y, sin

embargo, es también una cosa muy

problemática tanto en su instalación

en la forma de narrativa coherente

con el fin de formar un frente

como en su ejecución, esto es, en

el hacer marchar a ese frente unido

sobre Moscú hasta capturar el

poder político y rendir a los rusos. Y

no solo porque Rusia es un territorio

prácticamente inexpugnable donde

la guerra se hace inviable en determinada

época del año, cosa que

otra vez Napoleón y Hitler podrían

atestiguar, sino también por un

hecho que empieza a analizarse por

una pregunta: ¿Por qué fue derrotado

el III Reich alemán de Hitler en la

II Guerra Mundial?

La propaganda occidental se

encargó de contar la historia de

esa que fue la última guerra mundial

desde el punto de vista de los

ganadores, como siempre ocurre. Y

26 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


entonces se hicieron sendas películas

de Hollywood donde el espectador

puede ver y puede educarse con

la imagen de un Hitler desesperado,

rodeado por los flancos y a punto

de perder la guerra, aunque esos

son tan solo los últimos minutos del

film y jamás el film entero. En una

realidad no propagandística, durante

mucho tiempo entre 1939 y 1943

Hitler estuvo muy cerca de doblegar

la voluntad de los británicos a base

de bombardeos sistemáticos sobre

Londres, con lo que se habría hecho

con el control efectivo de toda

Europa. Francia ya había caído y los

Estados Unidos no hacían mucho

más que armar a los soviéticos, que

es donde precisamente estuvo el

error. La mayoría de los analistas

coincide en que, de no haber lanzado

la Operación Barbarroja para

violar el Pacto Ribbentrop-Molotov

que se había firmado entre nazis y

soviéticos en 1939 y que establecía

un firme acuerdo mutuo de no agresión,

lo más probable es que Hitler

se hubiera deglutido a toda Europa

occidental sin mayores problemas

y de un solo bocado. Inglaterra y

Francia no daban la talla y los demás

europeos eran, como se dice,

de palo.

Pero lo contrafáctico es del todo

inútil y la verdad es que Alemania

invadió la Unión Soviética en 1941

y esa traición de Hitler a Stalin iba

a significar la incorporación de un

aliado clave para Occidente, justo

en el momento que Occidente más

lo necesitaba. Pese a los intentos

de Hollywood por romantizar

desembarcos yanquis en Francia y

largas campañas también yanquis

en Italia, fue la Unión Soviética la

que ganó la II Guerra Mundial en

una contraofensiva fulminante que

empezó a pocos kilómetros de Mos-

Imagen histórica de Hitler junto a sus generales, haciendo planes que serían finalmente fracasados. La idea de que Hitler estaba destinado a

perder la II Guerra Mundial es falsa y contradice frontalmente el hecho de que, en realidad, estuvo muy cerca de ganarla. Entender por qué la

perdió es fundamental para comprender también que Occidente no es tan fuerte como solemos pensar y que desde el punto de vista de Rusia

la cuestión es cubrirse bien la espalda por el flanco oriental.

27 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Xi Jinping y Vladimir Putin, suscribiendo uno de los tantos convenios bilaterales entre China

y Rusia. ¿Habrán suscrito estos líderes ya un pacto de no agresión firme antes de lanzarse

Putin a la campaña en Ucrania? Y de haberse firmado dicho pacto, ¿se cumplirá a rajatabla

mientras duren las hostilidades entre Rusia y Occidente? Aquí está la clave de la guerra.

cú y terminó en el centro de Berlín

con muchos alemanes muertos,

algunos capturados y otros pocos

habiéndose suicidado antes de caer

en manos de los bolcheviques, sus

enemigos ideológicos más acérrimos.

Y con la bandera soviética

desplegada sobre el Reichstag, por

supuesto. Entonces la respuesta

a la pregunta de por qué Hitler

perdió la II Guerra Mundial es que

se equivocó al abrir demasiados

frentes simultáneos, aunque eso en

vista de la teoría del espacio vital

y la necesidad de materias primas,

combustibles y alimentos que en

Alemania escaseaban y en la URSS

sobreabundaban no debe considerarse

una equivocación. Hitler

necesitaba lo que Stalin tenía y, en

consecuencia, avanzó contra Stalin.

El Pacto Ribbentrop-Molotov siempre

fue una cosa insostenible en la

práctica, una entelequia y no podía

durar. Hitler lo rompió y allí perdió

la guerra.

Esta conclusión conduce a otra, a

saberla, que si Alemania pudo haber

derrotado sola a todo Occidente

y no lo logró únicamente porque se

puso en contra a la Unión Soviética

cuando no debió hacerlo, la cuestión

de Rusia hoy en su lucha contra

las potencias occidentales se

reduce a saber quién será su Unión

Soviética en un sentido estricto de

analogía, si es que habrá tal cosa.

Y aquí es donde finalmente entra

China en la discusión.

Como se sabe, la lucha por la hegemonía

global que alguna vez fue

entre la Unión Soviética y los Estados

Unidos se da hoy entre estos y

China, es entre estas dos superpotencias

donde se da la discusión

por definir quién va a conducir con

sus políticas el destino de la humanidad

por lo que queda de este siglo.

La llamada “guerra comercial”

entre Washington y Beijing indica

hace ya muchos años esa situación

mostrándole al observador quiénes

son realmente los protagonistas

del presente. Si bien es la heredera

legal de la Unión Soviética y posee

aproximadamente el 60% de las

armas nucleares existentes, Rusia

es tan solo el 12º. producto bruto

interno del mundo, con una economía

similar en tamaño a la de

Brasil e inferior a las de países de

segundo orden como Corea del Sur,

Canadá e Italia, no da la talla para

una lucha frontal en lo económico

contra los estadounidenses y los

chinos, primera y segunda economías

a nivel global respectivamente.

Por lo tanto, el primer interesado

en el conflicto que se desarrolla al

momento de escribir estas líneas en

Ucrania es Beijing, puesto que aquí

habrá un cambio significativo en el

orden mundial y China puede verse

muy beneficiada en el proceso.

La pregunta es si Moscú va a lograr

o si ya logró secretamente un nuevo

Pacto Ribbentrop-Molotov —más

precisamente Pacto Wang Yi-Lavrov,

por los nombres de los actuales

cancilleres de China y Rusia,

respectivamente— que garantice

mínimamente la neutralidad de

China mientras dure el combate el

Europa oriental. Si dicho pacto se

suscribe y no se rompe hasta que

Rusia logre el objetivo geopolítico

de recuperar el control sobre su

espacio espiritual, es muy poco pro-

28 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


bable que Occidente pueda resistir

al embate ruso en el corto y en el

mediano plazo. Pese a ser por lejos

la primera potencia militar mundial,

los Estados Unidos están muy lejos

de la zona de conflicto y además

están bajo una muy intensa presión

de China en esa “guerra fría” prolongada

que se libra en el campo

de lo comercial y lo económico, el

país está gobernado por un Biden

más bien inoperante. Europa está

sola en la práctica frente a Rusia y

también está en una situación de

mucha dependencia energética,

allí donde el gas proveído por los

rusos es vital para que la economía

europea no se detenga. Si los Estados

Unidos sostienen que Putin es

Hitler, deberíamos preguntarnos si

Xi Jinping será Stalin. De no ser así,

Europa está en una situación demasiado

precaria.

¿Xi Jinping puede ser un Stalin

para un Putin convertido por la narrativa

occidental en un Hitler? He

ahí la pregunta que todos deberían

hacerse en este momento, es China

y no los Estados Unidos y mucho

menos las potencias venidas a

menos de Europa occidental la que

puede hacer la diferencia en esta

coyuntura. Es evidente que a China

le conviene sentarse a ver cómo se

debilitan sus rivales de Occidente

de la misma forma en la que los

Estados Unidos permitieron que la II

Guerra Mundial avanzara hasta niveles

de barbarie para consolidar su

posición hegemónica sin el concurso

molesto de ingleses, franceses y

alemanes a la mesa de decisiones.

No obstante, por otra parte, es poco

probable que a Beijing le convenga

un triunfo rutilante de Moscú, puesto

que tal cosa podría elevar a Rusia

en un lugar de supremacía militar y

luego económica bastante molesto

para China. Por eso la pregunta es

pertinente y la respuesta permanece

oculta incluso para los siempre

muy bien informados servicios de

inteligencia europeos y estadounidenses:

¿Será China la Unión

Soviética o el frente oriental cuya

apertura determinará una derrota

de Rusia?

La idea de un “Putin nazi” es el desiderátum de Occidente para asegurar el triunfo sobre Rusia. Si la comunidad internacional logra convencerse

de que Putin es la reedición de Hitler en el siglo XXI, Occidente con la OTAN estará justificado históricamente para lanzar la guerra total

contra los rusos. El problema aquí es que Hitler no tuvo armas nucleares y la guerra todo en su contra fue posible sin arriesgar la destrucción

del planeta. Con Putin la cosa es bien distinta.

29 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


José Stalin, presente en la firma del pacto de no agresión entre la URSS y Alemania a pocos días de iniciarse la II Guerra Mundial en 1939. A

su derecha, Joachim von Ribbentrop, canciller de Hitler; a su izquierda, Viacheslav Molotov, canciller de la URSS. De ahí el nombre del pacto

suscrito. Hitler no cumplió lo firmado por Ribbentrop y tuvo su Stalin. ¿Cumplirá Xi Jinping para no ser un Stalin para Putin?

Por lo demás, conviene no olvidar

lo obvio ululante y es que, en pocas

palabras, Rusia sentada sobre

su posición es inexpugnable para

Occidente en todos los sentidos. En

control de un arsenal nuclear mucho

más que suficiente para destruir

todo el planeta varias veces,

Rusia es un país que difícilmente

podría invadirse sin arriesgarse a

un holocausto atómico y un evento

de extinción masiva, destrucción

mutua asegurada. Rusia juega de

local en el territorio de Ucrania y

en el de todos los países que alguna

vez formaron parte de la Unión

Soviética o de la “cortina de hierro”

en Europa oriental, no es asunto

de concentrarse en las fronteras y

combatir a Putin desde allí. Y tampoco

hace avanzar demasiado la

cuestión el palabrerío diplomático

en la Organización de las Naciones

Unidas (ONU), puesto que Rusia

tiene el poder de veto en el Consejo

de Seguridad y, de hecho, históricamente,

es el país que más veces ha

hecho uso de dicho poder.

El actual conflicto en Ucrania es

un evento mayor de la historia de la

humanidad y no precisamente por

Ucrania en sí misma, país que es

tan solo un pequeño capítulo en un

plan mucho mayor. La guerra hoy

en Oriente es la que puede redefinir

el orden mundial para las próximas

décadas, ya sea con una reafirmación

del poder de Occidente, con el

renacimiento de Rusia con todo su

espacio espiritual como superpotencia

global o con la consolidación

de China como nueva hegemonía

sobre un mundo en el que todos

los enemigos de Beijing tendrán

que transitar un largo proceso de

reconstrucción. El resultado también

puede ser el establecimiento

de un orden multipolar en el que

disminuiría en consecuencia el

poder delirante de las corporaciones

trasnacionales en la redención

de los Estados nación, o la geopolítica

clásica de los siglos XIX y XX.

El conflicto hoy en las fronteras de

Rusia y Ucrania estará impreso en

las páginas de los libros de historia

del futuro y quizá nuestros nietos

y bisnietos hablen de Luhansk y

Donetsk como hoy hablamos de

Leningrado, El Alamein, Midway,

Berlín. La historia es la política del

pasado y en la política se escribe en

el presente la historia para el futuro.

Al fin y al cabo, la III Guerra Mundial

siempre fue tan solo una cuestión

de tiempo.

30 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


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31 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


LA TRIBUNA DE ROSAS

El misterio de la letra chica

en el acuerdo con el FMI:

¿dependencia o soberanía?

CÉSAR

MILANI

Tal como lo venimos sospechando

y advirtiendo desde

las sucesivas publicaciones

de esta Tribuna, el acuerdo de

nuestro país con el Fondo Monetario

Internacional (FMI) podría

significar un enorme retroceso en

la senda de desarrollo soberano de

nuestro país. A simple vista y como

consecuencia de las lecciones que

nos brinda la historia es posible

conjeturar a ciegas sin mediar

estudio alguno de los términos del

acuerdo que nada promisorio para

el futuro del país puede avecinarse

si como pueblo no gozamos de

la soberanía de decisión sobre el

modelo económico que el país persiga.

Es que de eso se trata, un país

deudor está condenado a llevar a

cabo una política económica tutelada

que acorrala su soberanía y pone

en jaque su crecimiento.

Pero el tiempo pasa y poco a poco

surgen a la luz pública fragmentos

de las posibles cláusulas de la negociación

corroborando tristemente

32 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


las peores hipótesis.

Al momento de escribir estas

líneas, los medios de comunicación

de alcance nacional especulaban

acerca de una posible intermediación

del presidente argentino Alberto

Fernández entre los gobiernos

de Rusia y Ucrania con el propósito

de evitar un conflicto armado entre

esos dos países o, en todo caso,

para que nuestro país tome posición

en uno u otro bando en caso de

precipitarse los acontecimientos y

desencadenarse la guerra. En ese

sentido, los operadores mediáticos

pugnaban por defender la supuesta

conveniencia de que el país se

alinee detrás de una u otra bandera,

olvidando la histórica postura neutral

de la Argentina en los conflictos

bélicos que no involucran al país.

En ese estado de situación, algunos

medios sugerían la importancia

de bregar por una salida

beneficiosa para Ucrania, aliada

de la Organización del Tratado del

Atlántico Norte (OTAN), que presuntamente

favorecería a nuestro país

en medio de la negociación con el

Fondo Monetario Internacional.

Pero eso no parecería ser del todo

atinado. Independientemente de la

postura que el país tome a nivel de

la geopolítica lo más conveniente

para cualquier nación es sostener

una política económica soberana,

cosa que la Argentina perdió cuando

el gobierno de Mauricio Macri se

comprometió con el FMI por 44 mil

millones de dólares. No existen independencia

económica ni soberanía

sobre la propia política y por ello

no somos los argentinos quienes

decidimos cuándo y de qué modo

haremos frente a nuestras obligaciones

con el organismo multilateral

de crédito, aunque debamos ser

nosotros quienes le pongamos el

cuerpo al asunto a través de nuestro

esfuerzo y nuestro sacrificio.

En las últimas horas rumores han

alcanzado las páginas de los principales

diarios, incluso de aquellos

que por regla general se ocupan

de difundir noticias favorables al

gobierno nacional. Una palabra

resuena los editoriales económicos

corroborando los temores que muchos

guardamos: el contenido documento

de preacuerdo destinado a

ser evaluado por el poder legislativo

en el corto plazo se podría traducir

en varias de sus cláusulas con la

palabra ajuste.

Y, en particular, es el presunto

ajuste previsional el que se dice estaría

incluido entre los requerimientos

expresados por el FMI, a pesar

de que el presidente de la Nación

Alberto Fernández y el ministro de

Economía Martín Guzmán hayan

negado con vehemencia la posibilidad

de un achicamiento en el gasto

social como consecuencia de las

negociaciones con el FMI.

Para llevar adelante una reforma

en el sistema nacional de jubilacio-

El presidente argentino Alberto Fernández, en una visita a Rusia pocos días antes del estallido

del conflicto en territorio ucraniano. En medio a las negociaciones con el FMI, Fernández

optó por abrir el abanico de alternativas hacia Moscú y también hacia Beijing, lo que fue

presentado por los medios hegemónicos de nuestro país —todos alineados con Occidente

al pertenecer económicamente a las corporaciones— como un error y hasta una salvajada

diplomática. No obstante, esa es una visión ideológicamente muy sesgada puesto que la

guerra en Oriente recién empieza y existe la probabilidad de un triunfo ruso en el corto y en

el mediano plazos.

33 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Al no poseer los medios para presionar en la política, los trabajadores pasivos son el sector más vulnerable de la economía. No pueden hacer

medidas de fuerza ni suelen estar en condiciones de movilizarse intensamente, por lo que están inermes y expuestos a las consecuencias de

los ajustes fiscales. El ajuste a las jubilaciones, en la práctica, tiene un costo político no demasiado elevado y el FMI lo sabe.

nes y pensiones, el gobierno deberá

seguramente contar con el apoyo

del Congreso de la Nación y sin

lugar a dudas esa clase de medidas

tiene que haber entrado en la

agenda de discusión entre el presidente

Alberto Fernández y el jefe en

la Cámara de Diputados, el líder del

Frente Renovador Sergio Massa.

Pero allí no termina el ajuste, también

se prevé que el acuerdo implique

una reducción en los fondos

de destinados a las provincias, lo

que pondría en serias dificultades

las finanzas públicas de más de

una de ellas. Bajo la premisa de la

necesidad de “racionalizar el gasto

público” el FMI presiona con la necesidad

de “limitar las transferencias

discrecionales a las provincias

y empresas estatales y administrar

la masa salarial del sector público

para asegurar que crezca consistentemente

con la mejora de la actividad”.

Aunque en rigor de verdad

no se comprende qué significaría

en dinero contante y sonante esa

“administración” de los salarios del

sector público, ni tampoco de los

recursos destinados al sostenimiento

de las empresas del Estado.

Hablemos en buen castellano: si

se presupone una reforma previsional

implique un golpe al bolsillo

de nuestros jubilados y pensionados,

una administración del dinero

destinado al pago de los salarios de

los empleados públicos bien puede

significar la reducción de los salarios

reales de nuestros maestros,

nuestros médicos, las fuerzas de

seguridad, etcétera, ya sea a través

del mecanismo de la inflación o por

vía de la devaluación de la moneda

con estancamiento de los salarios

nominales. Asimismo, una merma

de partidas presupuestarias destinadas

a las empresas estatales podría

significar el desfinanciamiento

de sectores clave que aún permanecen

en manos del Estado nacional,

como lo es por ejemplo el caso de

la industria naviera en los astilleros

nacionales.

Ya en el año 1957, el pensador nacional

Raúl Scalabrini Ortiz advertía

acerca de los vericuetos discursivos

y la jerigonza propios del discurso

de los técnicos en economía. Es

sus Bases para la Reconstrucción

Nacional, Scalabrini advertía atinadamente:

“Estos asuntos de economía

y finanzas son tan simples que

están al alcance de cualquier niño,

solo requieren saber sumar y restar.

Cuando usted no entiende una cosa

34 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


pregunte hasta que la entienda. Si

no la entiende, es que están tratando

de robarle”. Ese es el problema

que tenemos hoy los argentinos

frente a la letra chica de un contrato

que está a punto de comprometer

nuestro futuro por generaciones:

cada vez que se nos desvela alguna

cuestión relacionada con el acuerdo,

esta o resulta siendo ininteligible,

o es contradictoria o esfuerzo

mediante, si llegamos a traducir su

significado al lenguaje llano el detalle

no tiene buena apariencia para

los intereses del pueblo. ¿Acaso debemos

creer, en consonancia con la

precaución de Scalabrini que están

hablando jerigonza para marearnos

mientras nos roban?

Apelando a la buena voluntad el

observador desearía afirmar con

toda certeza que no, que el celo con

el que el gobierno se cuida de dar a

conocer al público los términos del

acuerdo con el Fondo Monetario

Internacional responde al interés de

obtener condiciones que no pongan

en jaque el crecimiento del país.

Sin embargo, se nos ha informado

en el sentido de una ampliación del

acuerdo stand-by obtenido por el

gobierno de Mauricio Macri en la

misma oportunidad en que se nos

sugería el establecimiento de un

acuerdo de facilidades extendidas a

diez años, por lo que aún se desconoce

la naturaleza de la negociación

y la incertidumbre reina por

sobre todas las cosas.

Sea como fuere, el volumen de

deuda supera por cuatro veces la cifra

que en 2005 el país desembolsó

durante el gobierno del presidente

Néstor Kirchner, de una deuda que

databa de décadas y había engrosado

exponencialmente durante la

dictadura del autoproclamado Proceso

de Reorganización Nacional. Y

ese es un dato que los pronósticos

más optimistas no deberían soslayar,

pues implica para el país un

esfuerzo infinitamente superior en

un contexto más desfavorable.

A pesar del entusiasmo de los economistas

cercanos al gobierno sugiriendo

que las exigencias planteadas

por el FMI en esta oportunidad

son inferiores a las de 2005, pues

se demanda de la Argentina una

reducción del déficit fiscal en lugar

de los superávits gemelos que eran

condición sine qua non del pago por

aquellos años, no es un dato menor

el hecho de que tanto a nivel de recaudación

fiscal como en términos

de balanza de pagos la economía

actual se encuentra en recesión,

mientras que en 2005 la economía

crecía y solo era preciso sostener el

ritmo de crecimiento para alcanzar

el superávit. ¿De dónde van a salir

los dólares para pagarle al Fondo

en medio de una situación económica

que apenas rebota, no crece,

que recauda menos de lo que gasta

Raúl Scalabrini Ortiz es el prócer del pensamiento nacional-popular que definió con precisión

el carácter de sencillez que tienen las cuestiones de la economía. Reduciéndose en lo

fáctico a un simple asunto aritmético, la economía tiene que estar al alcance de la comprensión

de todos y, de no estarlo, es porque allí hay una maniobra cuya finalidad es la estafa a

la voluntad del pueblo.

35 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


Comprobada delincuente global de las finanzas, Christine Lagarde entró a la Argentina de

la mano de Mauricio Macri con un siniestro plan de endeudamiento que fue ejecutado a la

perfección y determinó el futuro de la Argentina mucho más allá de quién gane las elecciones.

Si la guerra en Oriente se define en favor del bando occidental, este bando saldrá muy

fortalecido del trance y en su órbita la Argentina está destinada a pasarla muy mal durante

muchas décadas, o por lo menos hasta que surja en el horizonte una nueva posibilidad de

liberación nacional.

y vende al exterior menos de lo que

compra?

He ahí el enorme interrogante que

seguimos planteando una y otra vez

desde esta Tribuna, cada vez con

mayor apremio y con la cada vez

mayor certeza de que esos fondos

no parecieran tener otra fuente

posible que el pueblo argentino.

¿Será a través de una devaluación

de la moneda que tire abajo los

salarios reales de la clase trabajadora

media y popular? ¿Será por

medio de un “reacomodamiento”

de las tarifas de los servicios públicos

que promueva la transferencia

de recursos desde estos mismos

sectores hacia los más concentrados

de la economía, en particular,

hacia las empresas de energía?

¿Será a través del congelamiento

de los haberes de los jubilados y

pensionados, reforma del sistema

previsional mediante, o de los salarios

de los empleados públicos?

¿Será a través del desfinanciamiento

del Estado y el achicamiento del

gasto social? De momento reinan el

misterio y el silencio, no es posible

vislumbrar, otra vez parafraseando

al Scalabrini, el reverso de la trama.

Como ciudadanos debemos sostener

la objetividad y no callar

ante las señales agoreras que

observamos. Pero como patriotas

es nuestra obligación mantener la

esperanza en un proyecto de país

que conserve las banderas de la

soberanía, la independencia y la

justicia social como rectoras de la

política nacional. No se trata de

ningún idealismo ni tampoco es

imposible: los gobiernos peronistas

han nacido con esas banderas y se

han guiado siempre por esas líneas

de acción. Lo hemos hecho antes,

solo será cuestión de tomar las

riendas de nuestro propio destino y,

con la valentía de los grandes hombres

y mujeres, tomar la decisión de

hacer historia, de pasar a la historia

grande y de mostrarle al mundo de

qué estamos hechos los argentinos,

quienes como lo expresara el

Libertador San Martín, no somos

empanadas que se coman sin más

esfuerzo que abrir la boca.

Si nuestro gobierno decide que

la deuda la paguen quienes la

tomaron y que la paguen quienes

tienen los recursos para hacerlo sin

que las mayorías sufran, el pueblo

acompañará. El pueblo siempre se

la juega por quienes se la juegan

por él. Por el momento, la moneda

está en el aire y entre el ajuste, el

colonialismo y la voluntad soberana

de declarar nuestra independencia

definitiva apenas hay silencio.

¿Cómo se develará este misterio?

De momento solo hay preguntas;

las respuestas solo las dilucidaremos

con el correr del tiempo.

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ERICO

VALADARES

La confusión es mucha y escasea

la información confiable en

estas horas de definiciones en

el cómo será de aquí en más

la relación entre una Argentina

deudora y un Fondo Monetario

Internacional (FMI) acreedor y

aparentemente nervioso. Desde

los dirigentes políticos hasta el

ciudadano de pie, en todas partes

los argentinos estamos involucrados

en una acalorada discusión

sobre qué debería hacerse con la

monumental deuda contraída por

el gobierno de Mauricio Macri, un

empréstito al que honrar parecería

ser directamente imposible en el

mediano plazo y que constituye una

seria amenaza a la soberanía nacional

tanto por su magnitud de 44

mil millones de dólares como por la

naturaleza de quién otorgó el préstamo.

A pesar del ruido inicial, con

el que desde los medios de difusión

se quiso instalar la quimera de un

FMI similar a un banco, a un vulgar

prestamista o incluso a una “cooperativa

de naciones”, está hoy al

alcance del pueblo la comprensión

de que el FMI es tan solo un usurpador

de soberanías mediante el

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mecanismo de la deuda impagable.

Pero aun entendiendo mejor ahora

el verdadero juego del FMI y sabiendo

cuáles son sus verdaderos

objetivos, la confusión sigue instalada

y no parece factible que exista

ni en la política y mucho menos

en la opinión pública un consenso

respecto a qué debe hacer el país

frente al problema. Se sabe que el

FMI aprovechó el gobierno de Macri

para hacerse del control de nuestra

economía enredando al país en una

deuda que la Argentina no puede

pagar, pero no se sabe mucho más

que eso. A partir del diagnóstico no

hay ningún acuerdo alrededor del

tratamiento más idóneo para curar

la enfermedad y así el debate sobre

el principio de entendimiento entre

el gobierno de Alberto Fernández

y el FMI se encuentra estancado,

de vuelta a foja cero, con todas sus

consecuencias en la política nacional

o más precisamente en la feroz

interna que se abrió en el frente

gobernante.

Por lo pronto y sin entrar a analizar

en profundidad el aspecto económico

de la cuestión en un sentido estrictamente

técnico, es fácil concluir

desde una postura nacional-popular

que los términos del acuerdo o del

principio de acuerdo entre el gobierno

de Fernández y el FMI son sencillamente

malos para el pueblo. Y

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El ministro de Economía Martín Guzmán, en reunión con la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI) Kristalina Georgieva. Luego de que

Néstor Kirchner pagara y expulsara al FMI de estas latitudes, otra vez la Argentina se encuentra de rodillas frente a su verdugo de siempre. Y

ese hecho, además de generar una confusión monumental, es la secuela de una historia plagada de derrotas populares en distintas batallas.

es que para llegar a esa conclusión

basta con ver quiénes a partir del

anuncio del pacto salieron a respaldar

dicho pacto. Desde los salones

alfombrados de la Sociedad Rural

Argentina hasta las cuevas de la

especulación financiera, pasando

por sectores de la oposición como

el deshonesto Ricardo López Murphy

y por los medios considerados

opositores (ni Joaquín Morales Solá,

histórico vocero de la oligarquía que

juega tanto en La Nación como en

el Grupo Clarín, se privó de opinar

favorablemente), todos o casi todos

los enemigos del proyecto de una

Argentina independiente, soberana

y justa aplaudieron lo anunciado

por Alberto Fernández el pasado

28 de enero. Razones no le faltan

a la militancia para sospechar de

la cosa basándose para ello en el

famoso método de Jauretche, según

el que conviene siempre opinar lo

opuesto a lo que la oligarquía sugiere,

afirma o aplaude. Salvo que

uno sea oligarca, por supuesto.

Don Arturo Jauretche decía puntualmente

que, si al despertar

por la mañana no sabía muy bien

qué pensar sobre un determinado

asunto, lo único que debía hacer

era abrir el Diario La Nación, ver

qué decían allí los intelectuales

orgánicos de la oligarquía y luego

opinar todo lo contrario. El método

de Jauretche para conocer la verdad

ha demostrado ser infalible para

todo militante y todo simpatizante

de la causa nacional-popular por

el simple hecho de que no pueden

coincidir en ninguna circunstancia

los intereses del pueblo-nación y los

de una clase dominante minoritaria,

parasitaria y sobre todo profundamente

antinacional. Por lo tanto,

como en esto no hay una excepción,

si la oligarquía respalda una gestión

del gobierno de Alberto Fernández,

entonces esa gestión es favorable

a la oligarquía y lógicamente es

ruinosa para todos los demás, sin

cuidado del origen político real o

supuesto del gobierno en cuestión.

Eso se vio claramente el pasado

lunes 31 de enero, cuando en su

editorial televisiva semanal Joaquín

Morales Solá embistiera duramente

contra el diputado Máximo

Kirchner, quien había renunciado

a la presidencia del bloque del

Frente de Todos en el Congreso de

la Nación, justamente por estar en

40 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


desacuerdo con la gestión realizada

por el gobierno de Alberto Fernández

ante el FMI en la cuestión de

la deuda macrista. La renuncia de

Kirchner fue el detonante de una

interna que al momento de escribir

estas líneas seguía irresuelta y frente

a eso Morales Solá no se privó de

emitir su opinión en Desde el Llano,

programa que conduce en un canal

de cable del Grupo Clarín. Para Morales

Solá, Kirchner no pasa de un

“hijo de” a quien le faltan atributos

para disentir con el presidente en

la cuestión deuda externa y, presumiblemente,

en cualquier cuestión.

Y además —siempre en la opinión

ideológicamente sesgada del viejo

operador oligárquico—, la familia

Kirchner de un modo general se estaría

convirtiendo en “un problema

para la Argentina”.

Más allá de salir en defensa de

Máximo Kirchner, es interesante ver

aquí cómo desde los medios considerados

opositores salen furiosos

los operadores del poder fáctico a

respaldar súbitamente a un gobierno

al que ellos mismos, los operadores

y los medios, dicen oponerse.

¿Por qué habría de poner en tela de

juicio Morales Solá los atributos de

un diputado para cuestionar al presidente

de la Nación, cuando dicho

cuestionamiento vendría a debilitar

de cierto modo al gobierno del que

Morales Solá es opositor? Es extraño

que Morales Solá no haya hecho

justo lo opuesto, es decir, no haya

aprovechado la renuncia de Kirchner

y no se haya montado sobre

ella para atacar a Fernández y para

debilitarlo un poco más. Al fin y al

cabo, como se sabe, toda excusa es

buena para oponerse cuando uno

es opositor, lo que claramente es relativo

en la cosmovisión de Joaquín

Morales Solá.

Los opositores no se oponen y esa

es una clara señal de que algo anda

mal. En realidad, el malestar al

interior del Frente de Todos no nace

tanto de la renuncia de Kirchner,

que es el síntoma del problema y

no el problema en sí, sino precisamente

del hecho de que hasta los

militantes de a pie que no suelen

ver el reverso de la trama política

ya percibieron que el acuerdo es

nocivo para el pueblo-nación. Sin

saberlo, esos militantes aplican el

método de Jauretche automáticamente

y concluyen que el aplauso

de los gorilas de siempre solo

puede significar que el acuerdo con

el FMI es una artera puñalada por

la espalda. Bien mirada la cosa,

si la militancia llegara realmente

a formarse en esa opinión a dos

años y un poco más de la asunción

de Alberto Fernández, eso sería un

avance muy grande respecto a lo

que ocurrió con el peronismo en

tiempos de Carlos Menem: aplicando

un proyecto político neoliberal,

Menem logró mantener el apoyo

de la militancia hasta promediar la

década de los años 1990, esto es,

durante muchos años. ¿Habrá habido

algo parecido a un aprendizaje

colectivo?

Es difícil saberlo. Lo que sí se

sabe hoy a ciencia cierta porque

se trata de una auténtica obviedad

ululante es que la Argentina está

políticamente en llamas por estas

horas, nadie sabe qué hacer con

el asunto del endeudamiento en

la ventanilla del FMI. Es como si

hubiéramos sido colectivamente

embestidos por un monstruo al que

El diputado Máximo Kirchner y su renuncia a la presidencia del bloque de legisladores del

Frente de Todos a partir del anuncio del acuerdo del gobierno de Alberto Fernández con el

FMI. La hipótesis más fuerte —y quizá la única con algo de sensatez— es que Kirchner, como

heredero político de dos presidentes que no picaron la carnada de este organismo multilateral

de sometimiento por deuda, no podía quedarse pegado con las consecuencias del

acuerdo, que serán brutales para el pueblo.

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Oscuros operadores de la fuerza brutal de la antipatria como Joaquín Morales Solá (a la

derecha en la imagen) salieron a respaldar el acuerdo del gobierno de Alberto Fernández

con el FMI, una señal inequívoca de que en dicho acuerdo hay beneficio para la oligarquía y

sacrificio para todos los demás argentinos. Los operadores del poder jamás se equivocan y

si dicen que algo está bien, es porque para el pueblo eso será catastrófico.

jamás habíamos visto, nos cuesta

comprender la naturaleza del golpe

y esa confusión se refleja en el

debate cotidiano, donde se ve una

multiplicidad de opiniones y poco

consenso sobre lo que fuere. Y eso

es bastante peculiar si tenemos en

cuenta que no es la primera vez ni

mucho menos que estos ardides se

utilizan contra los argentinos para

hacer en el país el saqueo y la destrucción

del escaso progreso que el

pueblo va consiguiendo entre estas

crisis artificialmente generadas. En

una palabra, a los argentinos nos

está pasando lo mismo de siempre

mientras pensamos que nuestra

debacle es original. Y por eso no la

podemos entender.

Líneas históricas

Más bien haciendo que diciendo,

el General Perón estableció que la

línea histórica del peronismo empezaba

con San Martín, pasaba por

Juan Manuel de Rosas y seguía con

el propio Perón, sin que nada de eso

sea arbitrario. La soberanía política

conquistada por San Martín en el

campo de batalla, la independencia

económica defendida por Rosas y la

justicia social introducida por Perón

ya en el siglo XX son las tres banderas

del movimiento nacional-justicialista

y se fundamentan en las

luchas que libraron esos próceres,

cada cual en su tiempo. Esa es una

línea político-histórica o la forma en

la que la política reivindica el pasado

para definirse en el presente.

Otros movimientos políticos tienen

sus líneas político-históricas y

también están quienes incluyen en

la del peronismo a Hipólito Yrigoyen,

alegando con mucha razón

que este solo fue radical porque en

sus días el peronismo aún no existía

ni podía existir ya que el 17 de

octubre de 1945 no había llegado.

Yrigoyen habría hecho un gobierno

nacional-popular y medio, hasta

caer derrotado por el primer golpe

de Estado de una triste seguidilla

que iba a atravesar todo el siglo XX

de los argentinos, razón por la que

hoy no son pocos los que hablan de

una línea histórica que empieza con

San Martín, pasa por Rosas, Yrigoyen

y Perón y llega hasta el kirchnerismo,

en tanto y en cuanto todos

estos fueron procesos de liberación

nacional y/o de justicia social en el

país.

Sea como fuere, lo cierto es que

también lo opuesto es verdadero,

es decir, el antiperonismo de lo que

Eva Perón supo calificar como la

fuerza brutal de la antipatria también

tiene una línea político-histórica,

aunque esta desde luego es una

línea negativa, que es lo propio del

anti. En vez de próceres, mártires

y héroes, lo que tienen los que acá

pugnan por conservar el estatus

colonial de la Argentina es una

colección de demoliciones. La línea

político-histórica de los llamados

gorilas en nuestro país es el mismo

ardid utilizado una y otra vez para

truncar el desarrollo nacional, con

distintas formas en cada etapa de

la historia y siempre con los mismos

resultados. Eso es tan así que si el

atento lector observa fríamente la

cosa va a concluir necesariamente

aquí que el pueblo-nación argentino

fue derrotado no una, dos ni tres o

cuatro, sino cinco veces en la Batalla

de Caseros. La Argentina tiene

cinco Caseros en su historia y es por

42 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


eso que no puede avanzar de modo

sostenido.

La Batalla de Caseros fue un hecho

histórico acaecido el 3 de febrero

de 1852 en el que la Confederación

Argentina conducida por Juan Manuel

de Rosas fue derrotada por los

unitarios liderados por Justo José de

Urquiza, algo así como un Gettysburg

criollo con el resultado al revés

y anterior al mismísimo Gettysburg.

En la Batalla de Caseros fue derrotado

el proyecto aún incipiente de

una industrialización que Rosas llevaba

adelante mediante la protección

de la artesanía local frente a la

feroz embestida de las manufacturas

británicas y francesas, estas de

calidad muy superior y mucho más

baratas al resultar de la Revolución

Industrial en Occidente. Muchos

años antes de Caseros y como respuesta

al hecho de esa Revolución

Industrial que venía arrollando a

los países periféricos Rosas había

hecho promulgar en 1835 la Ley de

Aduanas, con la que impuso aranceles

de hasta el 50% y también

prohibiciones a la importación de

productos manufacturados en las

potencias mundiales de la época.

Así se estableció un proteccionismo

para los productores locales, el

que habría de ser defendido en el

campo de batalla por primera vez

una década más tarde, en 1845,

en Vuelta de Obligado, para luego

ser derrotado en Caseros también

con la guerra en el fatídico año de

1852.

El verdadero resultado de la Batalla

de Caseros, la original, fue el

triunfo del proyecto político imperialista

o neocolonial de la época:

el librecambismo. En posesión de

todas las máquinas y de toda la

industria, las potencias de Europa

occidental imponían su voluntad

sobre el mundo entero ya no tanto

por la espada, sino más bien por el

comercio y por la deuda. Y la ideología

del librecambio era entonces

el ariete con el que esas potencias

rompían las barreras del proteccionismo

nacionalista para entrar a los

países con sus mercancías fabricadas

en serie —de mejor calidad

y más baratas, como veíamos—,

romper el mercado interno y destruir

la industria local. Eso fue lo que

quisieron hacer con la escuadra

anglo-francesa en Vuelta de Obligado

y lograron finalmente hacer

en Caseros con el triunfo de unos

“unitarios” que eran, en realidad,

agentes de los intereses imperialistas

en el territorio. O por lo menos

funcionaban como tales.

Agentes cipayos, como ya sabemos.

He ahí el denominador común

entre los que no tienen más que

demoliciones en su historial, el

trabajo disolvente de todo intento

de construcción política propia de

los argentinos es la amalgama que

une a todos los que se opusieron

históricamente al progreso y al

desarrollo nacional de su propia

nación. Triunfante en Caseros, esa

fuerza brutal de la antipatria puso

otra vez a la Argentina en la órbita

del imperialismo británico —de

donde Rosas la había sacado— en

la calidad de una semicolonia con

bandera, himno y gobierno propio,

pero sin soberanía política ni independencia

económica. La Argentina

fue después de 1852 un satélite

gobernado a control remoto desde

el centro del poder mundial, una semicolonia

en un sentido estricto. Y

así fue cómo nos embarcaron ya en

1864 en la mal llamada Guerra de

la Triple Alianza cuya finalidad fue la

de hacer con el Paraguay de Solano

López lo mismo que se había hecho

con la Confederación Argentina de

Juan Manuel de Rosas, a saberlo,

destruir su base material para impedir

su desarrollo como potencia

industrial de primer nivel.

Sabemos hoy que el Paraguay de

Solano López estaba a punto de

Deliciosa representación artística de la línea histórica del peronismo clásico, San Martín,

Rosas y Perón. En la comprensión del peronista, la causa nacional-popular tiene un hilo conductor

histórico que se manifiesta políticamente en ocasiones para reivindicar al pueblo-nación

argentino y, como se ve, se expresa en el liderazgo de la causa en cada momento.

43 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


convertirse, si es que ya no se había

convertido, en un país industrializado.

Y eso molestaba profundamente

los intereses de Gran Bretaña, que

era la potencia industrial de la

época y no quería el surgimiento

de nuevos competidores entre los

países de los que importaba la

materia prima y a los que exportaba

la manufactura. He ahí que la Triple

Alianza entre el Brasil imperial, Argentina

y Uruguay fue, en realidad,

una alianza cuádruple por la participación

de Gran Bretaña como instigadora

de lo que fue un fratricidio.

El Paraguay fue destruido y quedó

absolutamente diezmado, todo lo

que habían construido los paraguayos

en décadas fue reducido a polvo

y eso determinó el destino de ese

país, el que hoy está muy atrasado.

Todo gracias a la derrota de Rosas

en la Batalla de Caseros original,

con la que los agentes del interés

foráneo se hicieron con el poder

político aquí y nos embarcaron en

el proyecto de destrucción fratricida

de la corona británica.

Pero la Guerra de la Triple Alianza

es solo una de las infamias que tuvieron

lugar en el largo periodo que

va de Caseros a principios del siglo

XX. Seis décadas y más habrían de

pasar hasta que en el país hubiera

un nuevo ciclo de gobierno nacional-popular,

el de Hipólito Yrigoyen

El monumento conmemorativo al Combate de Vuelta de Obligado, emplazado en las

inmediaciones del lugar donde dicho combate tuvo lugar, en el partido de San Pedro,

provincia de Buenos Aires. Vuelta de Obligado es un antecedente directo de la Batalla de

Caseros, pero con resultado diverso: en esa ocasión, el pueblo-nación argentino obtuvo una

importante victoria —o le permitió a la escuadra anglo-francesa un triunfo pírrico— y pudo

sostenerse la independencia económica hasta 1852, que es cuando Rosas cae finalmente

derrotado y empiezan las seis décadas de estatus neocolonial.

empezando en 1916. Durante esos

sesenta años los agentes del interés

foráneo consolidaron el estatus

semicolonial de la Argentina y esa

consolidación fue la consecuencia

de su triunfo sobre el anterior

proyecto nacional en la Batalla de

Caseros, lógicamente.

La Argentina estaba entonces

hundida en el semicolonialismo y en

el fraude cuando Yrigoyen llegó a la

presidencia de la Nación por primera

vez en 1916. Contra todo pronóstico,

Yrigoyen impulsó un plan

de desarrollo estratégico desde el

Estado que incluyó, por ejemplo, la

fundación de Yacimientos Petrolíferos

Fiscales (YPF) para la defensa y

la gestión soberana de los recursos

petroleros. Con YPF la Argentina se

metía en la discusión internacional

sobre el recurso natural que es el

combustible por antonomasia de

la industria en el siglo XX, cosa que

evidentemente tampoco les gustó

mucho a los poderosos de la época.

Y si bien la gestión de Yrigoyen puede

considerarse tímida o ninguna

en lo que respecta a la defensa de

los intereses de las mayorías populares

trabajadoras —el concepto era

exclusivo del socialismo revolucionario

entonces y prácticamente no

existía en un país de matriz oligárquica

como el nuestro—, la sola

reivindicación de lo nacional con el

reclamo de la soberanía sobre las

riquezas del territorio ya pone a Yrigoyen

en el lado opuesto respecto

al poderoso global.

Y entonces Yrigoyen tenía que correr

la misma suerte de Rosas en el

corto plazo, cosa que efectivamente

ocurrió con el golpe de Estado de

1930 que instaló la Década Infame

en el poder político para un nuevo

ciclo de administración neocolonial.

Ese golpe fue el segundo Caseros

de la historia argentina porque vino

a cortar un ciclo de expansión y

avance nacional-popular para res-

44 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


taurar un estatus de dependencia,

saqueo y humillación. De hecho,

entre las muchas entregas de dignidad

que hubo después de 1930

estuvo el Pacto Roca-Runciman,

el que Don Arturo Jauretche llamó

con mucha precisión el estatuto

legal del coloniaje. Dicho pacto fue

el sometimiento de la Argentina a

los intereses comerciales de Gran

Bretaña, un pacto neocolonial a

todas luces que solo fue posible a

partir del golpe de 1930, puesto

que Yrigoyen no estaba dispuesto a

permitirlo. El golpe es la guerra y en

1930 la Argentina tuvo su segunda

Batalla de Caseros, con resultado

similar al de 1852 y con parecidas

consecuencias. La Década Infame

fue larga, habría de durar hasta

1943 y otra vez condenaría a la

Argentina a retroceder varios casilleros

en la historia.

Revolución y restauración

Después de la iniciativa patriótica

del Grupo de Oficiales Unidos

(GOU) para terminar con la Década

Infame y rescatar la dignidad nacional,

la que había sido arrastrada

por todo el barro en los anteriores

trece años, a partir de 1945 un

joven coronel vendría a proponer un

sueño: agregar la justicia social a

la soberanía política y la independencia

económica para realizar por

primera vez en nuestra historia un

proyecto nacional-popular integral,

en esencia cualitativamente distinto

a los de Rosas e Yrigoyen, en cuya

tradición abrevaba. A principios de

1946 triunfa en unas elecciones

directas Juan Domingo Perón y se

inicia el periodo de mayor expresión

política en el Estado de los intereses

del pueblo-nación argentino, o

lo que hasta los días de hoy llamamos

peronismo.

El peronismo entre 1946 y 1955

La Guerra de la Triple Alianza, que fue cuádruple por haber sido impulsada por Gran Bretaña

y fue más un fratricidio que una guerra, tuvo por objetivo destruir el desarrollo industrial

autónomo de Paraguay bajo el liderazgo de Francisco Solano López. Puede decirse que en

Paraguay existieron entonces la independencia económica y la soberanía política y que el

resultado de eso naturalmente es el desarrollo industrial de una nación. Los ingleses no podían

permitir eso y usaron a sus cipayos que habían triunfado en Caseros, los mezclaron en

alianza con otros cipayos de Brasil y Uruguay y con eso destrozaron a Paraguay. Una infamia

de la que nunca tendremos perdón.

fue una revolución nacional en

tanto y en cuanto modificó la matriz

productiva y social de un país que

hasta entonces había sido oligárquico

en sus estructuras. Perón hizo

promulgar incluso una Constitución

en 1949, en la que se plasmaban

esos cambios profundos en el modo

de existir de la Argentina en el mundo.

Y allí aparece por primera vez,

junto a los conceptos de soberanía

política por el que bregara San Martín

e independencia económica, defendido

por Rosas e Yrigoyen, el de

justicia social, que era la reivindicación

de los derechos de los trabajadores

como pueblo organizado, en

oposición a la oligarquía que hasta

ese momento había reinado indiscutida.

Por primera vez aparecía en

nuestro país por fuera de la prédica

meramente retórica del socialismo

la idea de que el Estado puede y

debe intervenir en la pugna entre el

capital y el trabajo para defender

los intereses de este último.

Prácticamente todo lo que existe

en la Argentina actualmente tuvo

45 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


su precursor en esos años de la

revolución nacional peronista, todo

el sistema político y también la

forma en la que se relacionan en la

producción la inversión y el salario

quedaron determinados para

siempre por la idea de la tercera

posición nacional-justicialista de

Perón, lo que viene a cuento para

que el atento lector se dé una idea

de la profundidad que tuvo esa

revolución nacional en apenas diez

años. Perón modificó las estructuras

del país poniendo en la mesa de

discusión a las mayorías populares

trabajadoras y medias y, además,

haciendo entender a esas mayorías

que la independencia económica y

la soberanía política eran la clave

para que en el país puertas adentro

pudiera realizarse una comunidad

justa, o con el justo reparto de las

ingentes riquezas del territorio. En

una palabra, si bien fue San Martín

el que logró la independencia nacional

en el campo de batalla y fueron

Rosas e Yrigoyen los que iniciaron

los trabajos de reivindicación de la

soberanía sobre lo que es nuestro

por naturaleza, el mayor símbolo de

ruptura con esa Argentina neocolonial

del siglo XIX y de la primera

mitad del siglo XX fue Perón.

Y si Rosas e Yrigoyen despertaron

la furia del poder global hasta el

punto de que ese poder les haya

hecho la guerra —los dos Caseros

iniciales de nuestra historia—, es

lógico que a dicha furia se le haya

sumado un profundo odio cuando

Perón llegó y se atrevió no solo a

cuestionarlo todo, sino a ejercer

efectivamente el poder para modificar

el statu quo oligárquico. Era

tanta la ruptura con el pasado y tan

enormes los cambios introducidos

por Perón que la fuerza brutal de la

antipatria no dudó en bombardear

El General Enrique Mosconi, primer presidente y director ejecutivo de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, nuestra YPF que está por llegar a su

primer centenario. Con la creación de YPF, Yrigoyen puso en marcha un proceso de recuperación del control de nuestras reservas de hidrocarburos

que Marcelo T. de Alvear debió continuar. Nótese al fondo de la imagen el logotipo de Standard Oil (Esso), pasando a un último plano a

partir de la fundación de nuestra petrolera nacional.

46 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


El bombardeo a Plaza de Mayo en 1955 es el peor atentado terrorista de nuestra historia y

fue, hasta 1976, el crimen más bárbaro cometido por golpistas con la finalidad de detener

un proceso nacional-popular. Aquí, por primera vez, la guerra les cayó a los civiles, en una

demostración de que los golpistas de 1955 estaban dispuestos a todo, incluso a matar a

sus conciudadanos, para suprimir al peronismo. No lo lograron.

la principal plaza del país y con

civiles argentinos en esa plaza para

hacerle a Perón su Batalla de Caseros

en el año 1955. Así fue el golpe

que instaló la autodenominada

“Revolución Libertadora” (siempre

entre muchas comillas, por supuesto,

ya que no revolucionó nada y

tampoco libertó, sino más bien todo

lo contrario) con el poder político

en el Estado para destruir en lo

sucesivo toda la obra del peronismo

y hacer retroceder una vez más a

la Argentina de vuelta a un estatus

semicolonial.

Bien mirada la cosa, este tercer

Caseros de nuestra historia fue

sin dudas el más brutal de todos

hasta ese momento, puesto que

involucró a civiles en una lucha de

la que dichos civiles eran ajenos

y luego impuso los fusilamientos

y las persecuciones para sofocar

cualquier resistencia. Perón se fue

al exilio y hubo entonces un periodo

de 18 años en los que una sucesión

de dictaduras militares y gobiernos

“democráticos” tutelados con el peronismo

desde ya proscrito oprimió

al pueblo argentino para quitarles

los derechos sociales adquiridos y

para entregar la patria. Pero Perón

vivía y al cabo de esas casi dos

décadas infames volvió al país para

ganar otra vez las elecciones en

1973 con casi el 64% de los votos

(un récord que hasta hoy nadie

pudo batir) y dar inicio a lo que

comúnmente llamamos el tercer

peronismo.

Ya a mediados de 1974 fallece

Perón, pero no así el peronismo y

tampoco el gobierno peronista, el

que continúa desde el mes de julio

con la conducción de su viuda y

vicepresidenta, María Estela Martínez

de Perón. El gobierno peronista

continúa e incluso llega a profundizar

otra vez la ruptura con el pasado

y la infamia, ya que la popularmente

conocida Isabelita toma decisiones

políticas que el propio Perón

habría considerado extremas: la

nacionalización de varios medios de

comunicación y de la distribución

de combustible, para terminar con

las operaciones mediáticas y con

la especulación de las petroleras;

la suspensión del negociado con

títulos de la deuda interna y externa,

resolviendo el problema de la especulación

financiera que en los días

de hoy ahoga al país; el fin de la

“patria contratista” con la expulsión

de gigantes como ITT y Siemens,

que controlaban monopólicamente

nuestras comunicaciones. Todo eso

y mucho más hizo Isabelita entre

julio de 1974 y marzo de 1976,

cuando precisamente a raíz de lo

que venía haciendo la fuerza brutal

de la antipatria le impone el cuarto

Caseros de nuestra historia.

El golpe del 24 de marzo de 1976

superó tanto en brutalidad como en

perversión lo hecho por la “Revolución

Fusiladora” de 1955. Con el fin

de terminar no solo con el gobierno

peronista de María Estela Martínez

de Perón, sino también con el peronismo

en la conciencia del pueblo-nación

argentino, los golpistas y

genocidas de 1976 llevaron a cabo

una masacre generalizada contra

todo lo que era militancia, estudio

y trabajo. La ruptura generada por

el tercer peronismo entre 1973 y

1976 había sido tan intensa que

esta vez los agentes de los intereses

foráneos optaron por avanzar

con la “solución final”, la que en

su opinión y diagnóstico habría de

lograr el objetivo que la “Revolución

Libertadora” no había alcanzado: el

de enterrar para siempre al peronismo.

Eso fue la dictadura cívico-militar

o Proceso de Reorganización

Nacional entre 1976 y 1983, donde

la parte de la “reorganización” era

47 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


María Estela Martínez de Perón, detestada por cierto sector dicho “progresista” de nuestra política que está confundido y es ignorante de la

obra de quien fuera la primera presidenta de nuestro país. Al repudiar a Isabelita sin ni siquiera conocer su gestión de gobierno, esos confundidos

“progresistas” legitiman el golpe en su contra y toda la dictadura que resultó de dicho golpe, además de validar la violencia contra un

gobierno peronista y democrático. Cosas de quienes tienen la cabeza en cualquier parte, menos en el país, como diría Jauretche.

precisamente la utopía de la desperonización

que los llamados gorilas

en nuestro país anhelan desde

1945 a sabiendas de que el peronismo

es la ruptura con el esquema

oligárquico de siempre.

El Proceso de Reorganización

Nacional se dio en el marco del Plan

Cóndor y por eso es una injerencia

directa ya no de Gran Bretaña en

nuestro país, sino de la potencia

occidental del siglo XX: los Estados

Unidos. Y fue tan intensa esa injerencia

que el golpe y la posterior

dictadura en casi ocho años determinaron

toda la política argentina

en las siguientes dos décadas. Raúl

Alfonsín, Carlos Menem y mucho

menos Fernando de la Rúa hicieron

poco y nada para lograr una ruptura

respecto al esquema oligárquico

eterno, sino que más bien lo profundizaron.

Y entonces es justo decir

que el ciclo político iniciado en

1976 realmente dura hasta el 2001,

va a ser una larguísima “década

infame” de más de 25 años en la

que se produce la entrega de la

soberanía nacional y se destruyen

las conquistas anteriores del pueblo-nación.

En Chile se usa decir

que Augusto Pinochet siguió gobernando

mucho más allá de 1991,

que es cuando termina oficialmente

su dictadura. Y en la Argentina pasa

algo similar, puesto que la dictadura

terminó a fines de 1983, pero su

proyecto político cipayo siguió en

distinto formato por dos décadas

más.

Una luz habría de prenderse tras

el derrocamiento de Fernando de

la Rúa y mucho más después de

mayo de 2003 con la llegada de

Néstor Kirchner a la Casa Rosada.

En medio a un escenario regional

más bien favorable, Kirchner volvió

a plantear la ruptura con el pasado

y dicha ruptura duraría con toda

su intensidad por lo menos hasta

el 2013, en el primer gobierno de

Cristina Fernández de Kirchner y

en los dos primeros años de su

segundo gobierno. Otra vez hubo

reivindicación de lo nacional-popular,

del interés de la Argentina de un

modo colectivo, inscribiéndose los

Kirchner en la tradición que empieza

con Rosas, pasa por Yrigoyen y

sigue con Perón, recreando además

en muchos aspectos lo que había

hecho este último. Y una vez más

la fuerza brutal de la antipatria se

vio en la necesidad de golpear para

restaurar el estatus neocolonial

del país, aunque en este siglo XXI

el golpe tenía que venir un poco

distinto en sus formas, métodos y

presentaciones.

48 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


De un modo general, puede decirse

que con los Kirchner entre el

2003 y el 2013 la Argentina estaba

integrándose al sistema-mundo

como un actor de relevancia mediante

la conformación de bloques

y alianzas regionales y extrarregionales,

hubo una reivindicación de

lo nacional-popular que, aun con

las falencias propias de cualquier

proyecto político, fue integral en

un sentido nacional-justicialista.

Hubo avances en la defensa de los

recursos del país y también en la

inclusión de las clases populares

trabajadoras y medias en el justo

reparto de la riqueza que hay en

esos recursos. Y eso es lo opuesto a

lo que desean los poderes fácticos

globales, cuya idea es la de una

Argentina agroexportadora, dependiente

y proveedora de materias

primas, combustibles y alimentos,

aislada de sus socios potenciales

en la región y en el mundo. Había

que destruir lo que el kirchnerismo

había logrado en diez o doce años

y para ello el poder real pergeñó un

nuevo tipo de golpe, este casi puramente,

si se quiere, financiero.

Después de hacer triunfar a Sergio

Massa en las legislativas de 2013

y a Mauricio Macri en las generales

del 2015 —donde lo primero es condición

de lo segundo, además de

todas las operaciones que tuvieron

lugar entretanto, como la del caso

Alberto Nisman, por ejemplo—, el

poder fáctico global tuvo el poder

político en el Estado mediante sus

personeros cipayos y con ello pudo

hacer entrar al Fondo Monetario

Internacional (FMI) al país con

un “acuerdo” de endeudamiento

deshonesto y doloso, enredando a

la Argentina en una deuda que en

ninguna circunstancia podría honrar

en el futuro. En resumidas cuentas,

el golpe empieza en el 2013, pasa

por el 2015 y se consuma a mediados

del 2018, cuando Macri firma

con el mismo FMI al que Néstor

Kirchner había pagado y expulsado

del país un acuerdo de deuda por

unos 57 mil millones de dólares que

la Argentina nunca estuvo ni está en

condiciones de pagar.

Cada una de las batallas de Caseros

en las que el pueblo argentino

fue derrotado a lo largo de la historia

condicionaron el desarrollo del

país durante décadas posteriores a

la derrota. Desde 1852 hasta 1916

fueron 64 años de reinado absoluto

de la oligarquía. Entre 1930 y 1943,

otros 13 años de restauración y 18

años más desde 1955 a 1973, para

culminar con 25 años extra entre

1976 y el 2001, que es cuando se

derrumba el último gobierno títere

del poder fáctico global y empieza

un nuevo tiempo. Observando

toda esa temporalidad histórica, el

atento lector deberá concluir que

desde mediados del siglo XIX a los

argentinos nos han sometido a un

juego que consiste en dar un paso

adelante y luego tres pasos atrás,

tan solo para volver a empezar y así

retroceder siempre un poco más

después de cada etapa golpista.

Entonces las relaciones promiscuas

entre el gobierno de Mauricio

Macri y el FMI son, al momento de

consumarse, el quinto Caseros de

nuestra historia. Ese día, el 7 de

junio de 2018, el pueblo-nación

argentino cayó derrotado en una

batalla que se libró no sobre un

campo, sino sobre lo alfombrado de

las oficinas del poderoso: se firma-

La asunción de Néstor Kirchner el 25 de mayo de 2003 habría de significar un vuelco en la

política argentina y una nueva ruptura con el pasado y el estatus semicolonial de nuestro

país, razón por la que al kirchnerismo también le iba a tocar su Caseros: el endeudamiento

de Mauricio Macri, que probablemente haya condicionado a los argentinos por las próximas

décadas de no mediar una nueva ruptura nacional-popular en el interín.

49 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


ba un acuerdo de tipo “stand-by”

con el FMI por un monto que jamás

había sido prestado por el propio

FMI a ningún país y que la Argentina

—véase bien, aquí está el golpe— no

iba a poder pagar jamás en dinero.

Y como el que no tiene dinero para

honrar sus deudas pierde naturalmente

su independencia, porque

el que debe no hace lo que quiere,

sino lo que manda el acreedor, en

la quinta Batalla de Caseros de

nuestra historia el resultado fue un

condicionamiento que debe durar

décadas, durante las que vamos

a retroceder históricamente como

país y las mayorías populares trabajadoras

y medias serán despojadas

de lo que han conquistado hasta

aquí en los ciclos de mayor expresión

de sus intereses colectivos.

Rosas, Yrigoyen, Perón y de nuevo

Perón con Isabelita, Kirchner. Todos

ellos derrotados por la infamia del

agente de los intereses foráneos, a

veces por la espada, otras por los

fusilamientos y las bombas y, finalmente,

por las operaciones judiciales,

de sentido y financieras. Fueron

cinco batallas de Caseros en nuestra

historia y tuvieron lugar siempre

que el enemigo de los pueblos se

vio en la necesidad de cortar el ciclo

de expansión y avance. Siempre con

un método diferente, una distinta

presentación formal, pero siempre

con el mismo objetivo: tullir a la

Argentina para que no camine por

sus propios medios, reducir a un

gigante que es la octava extensión

territorial del planeta a la condición

de enano dependiente en los tejemanejes

de la geopolítica imperialista,

matar al pueblo. 1852, 1930,

1955, 1976 y 2018, cinco veces.

Tantas que uno debería empezar ya

a preguntarse si quizá el problema

no es el que a lo nacional-popular le

falta un poco de coraje para llevar

la revolución hasta sus últimas consecuencias

y terminar de una buena

vez precisamente con el problema

de la existencia de la fuerza brutal

de la antipatria. ¿Hasta cuándo?

Simbólicamente arrodillado frente a Christine Lagarde, reconocida delincuente global, Mauricio Macri entrega en un acto la soberanía

política y la independencia económica de la Argentina. El 7 de junio de 2018 se produce el quinto Caseros de la historia de nuestro país y las

consecuencias de esa derrota la estamos pagando hoy y quizá durante mucho tiempo.

50 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


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51 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


FILOSOFÍA POLÍTICA

¿Quién dijo que el peronismo

es siempre más Estado?

DANTE

PALMA

El auge de posiciones libertarias

o de un liberalismo radical

se explica por varias razones.

Aquí me ocuparé solo de una

de ellas: la compulsión a la

intervención estatal. Efectivamente,

en ciertos espacios populares o

progresistas, se estableció la idea

de “Estado presente” como una

suerte de mantra purificador. Todos

los problemas se solucionarían con

“más Estado” y la inflación estatal

es tomada como sinónimo de

mayor protección a la lista cada vez

más extensa y variopinta de grupos

desaventajados. Así, parte de los

funcionarios, segundas y terceras

líneas, o militantes, al momento

de llegar al gobierno, consideran

que su deber es utilizar dinero para

intervenir desde sus áreas respectivas.

No se discute cómo ser más

eficiente ni en qué aspectos sería

mejor una no intervención de modo

de canalizar recursos hacia donde sí

hace falta.

Nada de eso. Solo disputas inter-

52 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


ministeriales por el presupuesto y

luego ejecuciones en las que funcionarios

y partidarios buscan “ser

vistos haciendo” a través de redes

sociales. Esto no incluye solo al actual

gobierno. De hecho, ha habido

casos en el que los legisladores,

en acuerdos amplios que incluyen

mayorías robustas, decidieron intervenir

como un gesto de demagogia

que acabó perjudicando a todos,

incluso a quienes se quería favorecer.

Un buen ejemplo es el de la “ley

de alquileres”.

Nadie duda de que el problema

habitacional en la Argentina es

muy serio y que la desregulación

total del mercado permitía comportamientos

abusivos de parte

de los propietarios. Sin embargo,

cuando el “más Estado” se hace sin

tomar en cuenta cómo funciona el

mercado o ciertos principios de la

racionalidad y la calle, el resultado

es menos oferta, incertidumbre

y, por lo tanto, alquileres que son

muy altos para los inquilinos y que

siguen siendo bajos para los propietarios.

Frente a ello, antes que decir

que los propietarios son malos,

echarle la culpa a la especulación

o enojarse con la realidad, bien

cabe preguntarse si lo que falló fue

la intervención. Debería decirse

entonces que la desregulación total

muchas veces genera inequidades,

pero la intervención per se no necesariamente

mejora las cosas.

Ahora bien, lo curioso es que, al

menos en Argentina, este intervencionismo

compulsivo se hace en

nombre del peronismo y, al menos

desde mi punto de vista, esto

obedece a una lectura equivocada

tanto del legado del propio Perón

como de la tradición de la cual

viene el peronismo. Me refiero aquí

a la Doctrina Social de la Iglesia.

No hay espacio para desarrollar en

profundidad todos sus principios,

pero podría decirse que “La Doctrina”

se apoya especialmente en dos

encíclicas separadas por 40 años

en los que la Iglesia Católica inaugura

la cuestión social buscando un

punto intermedio, o superador, de

la disputa entre el individualismo

liberal y el colectivismo comunista.

El primero de los textos es la

Rerum Novarum del Papa León XIII

escrito allá por 1891 y el segundo

es la encíclica Quadragesimo

anno, escrita por Pío XI en 1931.

Bien común y función social de la

propiedad son solo algunos de los

elementos que forman el eje de

una tradición que en Argentina se

hizo carne en el peronismo y que ha

tenido distintas articulaciones a lo

largo del mundo. En este sentido,

cabe mencionar la corriente distributista

impulsada por Hilarie Belloc

y el gran G. K. Chesterton quienes

abogaban por una organización

social de pequeños propietarios y

acusaban tanto a capitalistas como

a comunistas de acaparar la propiedad:

los primeros en manos de una

oligarquía y los segundos en manos

de una burocracia centralizada.

Contra los primeros, en Lo que está

mal en el mundo, Chesterton dice lo

siguiente: “La propiedad no es más

que el arte de la democracia. Significa

que cada hombre debería tener

algo que pueda formar a su imagen,

tal como él está formado a imagen

del cielo. Pero como no es Dios,

sino solo una imagen esculpida de

Dios, su modo de expresarse debe

encontrarse con límites; en concreto,

con límites que son estrictos e

incluso pequeños. Soy muy consciente

de que la palabra propiedad

ha sido definida en nuestro tiempo

por la corrupción de los grandes

capitalistas. Se podría pensar,

cuando se oye hablar a la gente,

que los Rothschild y los Rockefeller

La idea del “Estado presente”, adoptada aquí por el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta

en la ciudad de Buenos Aires. Esta es una demostración cabal de que el concepto es

hegemónico en la política argentina, aunque su aplicación tenga poco y nada que ver con la

doctrina del peronismo (que es la idea realmente hegemónica en la política argentina).

53 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


El Papa León XIII y su ‘Rerum novarum’ (del latín, ‘De las cosas nuevas’, en un sentido de

cambios políticos). En esta encíclica, la Iglesia establece en su doctrina social los derechos

y los deberes del capital y del trabajo. Aquí abrevan la doctrina y la tradición del peronismo

para constituir ideológicamente la tercera posición nacional justicialista.

estarían del lado de la propiedad.

Pero obviamente son enemigos de

la propiedad, porque son enemigos

de sus propias limitaciones. No

quieren su propia tierra, sino la de

otros. Cuando retiran el límite de

su vecino, también están retirando

el suyo. Un hombre que ama un

pequeño terreno triangular debería

amarlo porque es triangular;

cualquiera que destruya la forma,

dándole más tierra, es un ladrón

que ha robado un triángulo. Un

hombre con la verdadera poesía de

la posesión desea ver la pared en la

que su jardín se une con el jardín de

Smith; el seto donde su granja toca

la de Brown. No puede ver la forma

de su propia tierra a menos que

vea los bordes de la de su vecino.

Es una negación de la propiedad el

hecho de que el duque de Sutherland

tenga que poseer las granjas

de todo un condado; igual que sería

la negación del matrimonio que

tuviese a todas nuestras esposas en

un solo harén”.

Chesterton desarrolla su distributismo

en diferentes libros y en diferentes

momentos de su vida, pero

donde quizás se pueda encontrar

una buena síntesis es en un pequeño

libro que surge de la transcripción

de un debate entre Chesterton

y Bernard Shaw organizado por la

Liga distributista en 1923. El libro,

al igual que aquella conferencia,

lleva como título ¿Estamos de

acuerdo? y allí Chesterton afirma,

contra el socialismo de Shaw:

“Acepto la proposición de que la

comunidad debiera poseer los medios

de producción, pero con esto

quiero decir que son los Comunes

quienes deberían poseer los medios

de producción, y la única manera

de hacerlo posible es conservar la

verdadera posesión de la tierra. Mr.

Bernard Shaw propone distribuir

la riqueza. Nosotros proponemos

distribuir el poder”.

Ahora bien, más allá del juego de

las similitudes y diferencias, y del

modo en que se busca hacer un

equilibrio entre “yanquis y marxistas”,

tanto el distributismo como el

peronismo se apoyan también en

otro principio caro a la doctrina social:

el principio de subsidiariedad.

Este principio le impone un límite

al Estado pues indica que éste solo

debe intervenir cuando su participación

demuestra ser más eficaz que

la que llevarían adelante instancias

inferiores, esto es, los individuos o

54 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


grupos sociales.

Pongamos un ejemplo más o menos

burdo: si reuniéndose en una feria

gastronómica todas las semanas

una pequeña comunidad pudiera

garantizar que todos los habitantes

alcancen niveles satisfactorios de

alimentación. ¿Por qué debería

intervenir el Estado?

Por supuesto que no casualmente

el ejemplo habla de pequeñas comunidades.

Es que cuando pensamos

a gran escala las cosas se complican.

De aquí que, salvo honrosas

excepciones, haya un mínimo acuerdo

en que, por ejemplo, el sistema

de justicia o la seguridad pública

estén en manos del Estado porque

está claro que en este aspecto una

organización estatal demuestra

mayor eficacia. Aunque hay más

disparidades según las tradiciones

políticas, al menos en Argentina hay

una mayoría que entiende, también,

que el Estado es imprescindible en

materia de educación y salud, algo

que, más allá de las críticas que

pueda haber, quedó en evidencia en

tiempos de pandemia. ¿Se imaginan

un país como Argentina en el

que la decisión sobre confinamientos

o acceso a las vacunas quedara

en manos de los individuos o los

grupos sociales?

Los ejemplos en los que es necesaria

la intervención estatal abundan,

pero en tiempos de tecnócratas

sociales ocupando espacios de

decisión también son muchos los

ejemplos en los que observamos

que el Estado interviene en aspectos

que los individuos y los grupos

sociales podrían resolver por sí mismos.

No siempre el “dejar hacer” es

arrodillarse frente al mercado o ser

“un liberal”. A veces es mejor que la

gente, de manera individual o asociada,

simplemente haga e interactúe

aun con los conflictos que toda

interacción trae aparejada. E insistimos:

no se trata de una posición

que solo puede encontrarse en el

liberalismo. También el peronismo

da herramientas conceptuales para

sostener esta posición. Quizás el

peronismo esté equivocado, pero

no se le puede adjudicar a éste

la idea de que toda nuestra vida,

incluyendo el sentido de la misma,

deba estar atravesada por el Estado.

Que los antiperonistas se lo

adjudiquen al peronismo puede ser

mala fe o ignorancia; que lo hagan

los partidarios también. ¿Cuándo

fue que, en nombre del peronismo,

se ha perdido la confianza en la

capacidad de la gente para vivir en

comunidad?

El hecho de que el Estado esté

metido en todo no es necesariamente

protección: puede ser también

paternalismo, kiosco o pereza

intelectual. En cualquier caso, no

saber discriminar cuándo es necesario

intervenir y cuándo no supone

darle buenas razones a quienes

abogan por la reducción del Estado

al mínimo, esto es, a aquellos

que han llevado adelante políticas

que han generado mucho daño en

nuestro país. Entre un Estado que

atraviesa cada instancia de nuestra

vida, como si estuviésemos bajo

tutela, y los divagues del Estado

reducido a su mínima expresión hay

un montón de grises. Transitar por

allí es el desafío.

Un aún joven Gilbert Keith Chesterton, quien supo expresar con mucha calidad su idea, que

coincide con la Doctrina Social de la Iglesia y luego —mucho después del propio Chesterton—

con el peronismo.

55 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022


LA EXPRESIÓN DE LO NACIONAL-POPULAR

56 HEGEMONIA - FEBRERO DE 2022

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