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DIARIO DE PEREGRINA.Pura Fernández. Camino de Invierno

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En ese momento el cielo estaba semi cubierto pero en algunos

momentos salía el sol, un sol muy débil que nada calentaba. Desde los

prados divisaba como una nube envolvente de lluvia cubría la cima

hacia donde yo me dirigía.

No me he encontrado a ni una sola persona ni a ningún coche en casi

20 kilómetros.

Conforme iba subiendo al pronto me sobraban los chubasqueros como

al poco me los volvía a poner, menos mal que no llevaba la mochila

grande de 10 kilos con el coñazo que es quitársela y ponérsela.

El silencio más absoluto y el frío me acompañaban kilómetro a

kilómetro y de repente ya estaba metida dentro de la nube envolvente.

Sentí la lluvia fina y la niebla me impedían ver a más de 20 metros.

Al rato de subir veo una ladera muy verde con cruces de piedra

diseminadas. Era un vía crucis y supuse que me llevaría a la ermita de

Nuestra Señora de O Faro, no había ningún cartel ni señalización que

así lo indicará.

Comencé a ascender la ladera empinada entre cruces a un lado y al

otro, el viento azotaba y para entonces ya tenía las manos congeladas.

Al llegar casi a la parte alta de la ladera y envuelta en niebla densa

aparecía la ermita medieval de Nuestra señora de O Faro junto con el

cruceiro más bonito que haya visto en ninguna ruta jacobea.

En él aparecían las figuras de Adán y Eva además de una escena del

descendimiento de Cristo.

La imagen era tenebrosa y junto con el frío y el viento, lo que para la

mayoría sería un situación desapacible a mí me parecía una suerte

poder ver ese lugar con semejantes elementos meteorológicos.

Estaba viendo una postal y estoy convencida de que sin niebla y a

pleno sol no tendría ni la mitad de encanto a pesar de que por lo visto,

en un día despejado, ese lugar tenga unas vistas privilegiadas de las

cuatro provincias gallegas e incluso del macizo de los Ancares.

Llegar hasta allí sin duda me había merecido muchísimo la pena y

recordaré esta etapa como una de las más impactantes de este Camino.

Volví a bajar la ladera flanqueada de cruces y a partir de ahí las flechas

amarillas comenzaban el descenso de la montaña. Pronto aparecían y

desaparecían entre densa niebla como en una ensoñación las hélices de

un parque de aerogeneradores.

El sonido era hipnótico y relajante, nunca hasta ese momento había

estado tan cerca de un molino de energía eólica, lo más cercano fue en

el Camino Primitivo.

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