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El Cadáver de la Novia
Un tributo al Stop-Motion
-¡Por el amor de Dios, Victoria! -dice Maudeline. - ¿”Gustarse” el
uno al otro? ¿Como si eso tuviera algo que ver con el matrimonio?
¿Crees que tu padre y yo nos “gustamos”?
-Pero seguro que debes hacerlo, ¿un poco? -pregunta.
-¡Claro que no! -exclaman Finis y Maudeline al unísono.
-Pero, me tenías, ¿no?
-Fuiste concebida en un arrebato de... – mira al cielo pensando-
¿cuál es la palabra? ... ¡responsabilidad!
Maudeline gira sobre sus talones sin intenciones de volver a la
conversación con su hija o cualquiera.
-¡Atad bien esos corsés! -se le escucha gritar sin mirar atrás. -¡Puedo
oírte hablar sin jadear!
Los Van Dort se paran ante las enormes puertas de entrada.
-Deberías estar agradecido, por todo lo que hemos hecho. ¿Quién
más sacrificaría tanto por el bien de su hijo? -dice Nell y Víctor
solo podía mirar sus manos con incomodidad.
Finis y Maudeline bajan la gran escalera. Es fría e imponente,
parece más una institución financiera que un hogar. Son la viva
imagen de la alta sociedad del viejo mundo.
-El matrimonio es una asociación, un poco de ojo por ojo. Uno
pensaría que toda una vida observándonos podría haberle enseñado
eso, pero parece que no sirvió de nada.
El mayordomo de la mansión Everglot abre la puerta mirando a
los Van Dort con un desdén apenas disimulado. Las dos madres
se ofrecen sonrisas claramente falsas que todos ignoran.
-Sonríe, cariño, sonríe... – le dice Maudeline a Finis, en voz baja.
Con un tremendo esfuerzo, la boca de Finis se tuerce en una
sonrisa forzada y un poco extraña.
-Acabemos con esto, ¿vale? –le susurra en respuesta. -Hola! Que
placer. Bienvenidos a nuestra casa.
Los padres se reúnen en un incómodo ritual de apretones de
manos, reverencias y besos al aire. William Van Dort estrecha
la mano de Maudeline mientras todos están en silencio.
-Usted debe de ser la Srta. Victoria. No parece tener más de veinte
años -dice de manera graciosa.
Le guiña un ojo a Finis mientras Nell se encoge de vergüenza.
Maudeline se vuelve hacia el mayordomo.
-Tomaremos el té en el salón oeste. Aún esperamos al pastor Galswells.
Dile a Victoria que han llegado los Van Dort.
Los padres se vuelven en grupo y se dirigen al salón, dejando a
Víctor de pie en el pasillo, olvidado. Se queda de pie en medio del
repentino silencio, sin saber qué hacer. Mirando nerviosamente
a su alrededor, su mirada se posa en una habitación cercana al
otro lado del pasillo, fuera de su alcance. La puerta está entreabierta,
dejando entrever un tentador piano.
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