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L J Shen El diablo viste de negro The Devil Wears Black 2

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El diablo viste de negro

L. J. Shen

Traducción de Azahara Martín


Contenido

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23


Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Epílogo

Agradecimientos

Notas

Sobre la autora


Página de créditos

El diablo viste de negro

V.1: Septiembre, 2022

Título original: The Devil Wears Black

© L. J. Shen, 2021

© de la traducción, Azahara Martín, 2022

© de esta edición, Futurbox Project S. L., 2021

Todos los derechos reservados.

Los derechos morales de la autora han sido declarados.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros Ilustraciones de cubierta:

Freepik - upklyak | loudsgraphics

Publicado por Chic Editorial C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@principaldeloslibros.com www.principaldeloslibros.com

ISBN: 978-84-17972-80-6

THEMA: FRD

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación

pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con

la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.


El diablo viste de negro

Ella no quería darle otra oportunidad, pero su corazón no le

dejó alternativa

Maddie es diseñadora de vestidos de novia y no da crédito

cuando una tarde se encuentra a su ex, Chase Black, plantado en la

puerta de casa. Él necesita un favor: que finja ante su familia que

todavía están juntos. De hecho, Chase les ha anunciado su

compromiso para complacer a su padre, muy enfermo. ¿Ayudará

Maddie al hombre que le rompió el corazón, incluso arriesgándose a

que sus sentimientos se reaviven?

Una historia de segundas oportunidades sobre el amor, la

pérdida y ser uno mismo

«El diablo viste de negro brilla por su ingenio y la química entre los

personajes. Es una delicia.»

Publishers Weekly


Para Lin y Lilian, sois mis chicas favoritas del club literario.


¿Dos cosas que tengan en común el color negro y el diablo?

Que siempre son oscuros y nunca pasan de moda.

Chase Black, director de operaciones de Black & Co.


Playlist

Trevor Daniel: «Falling»

Healy: «Reckless»

Kasabian: «Fire»

The Waterboys: «Fisherman’s Blues»

MAX feat. Quin XCII: «Love Me Less»

The Cars: «Drive»

The Rolling Stones: «Sympathy for the Devil»


Capítulo uno

Maddie

10 de octubre de 1998

Querida Maddie,

En estos momentos tienes cinco años y te encanta el

color amarillo. De hecho, ayer me preguntaste si podías

casarte vestida de ese color. Espero que sigas usándolo a

todas horas.

(También espero que hayas encontrado un color un

poco más adecuado para una boda).

Dato curioso del día: cuando los exploradores

españoles llegaron a América, pensaron que los girasoles

estaban hechos de oro.

¡El cerebro humano es tan imaginativo!

Sigue así de creativa, siempre.

Con amor,

Mamá

Era oficial. Estaba sufriendo una apoplejía.


Todos los síntomas apuntaban en esa dirección, y a estas alturas

había visto bastantes capítulos de Anatomía de Grey como para

autodiagnosticarme:

¿Confusión? Confirmado.

¿Entumecimiento general? Confirmado.

¿Dolor de cabeza repentino? ¿Problemas de visión? ¿Dificultad

para caminar? Confirmado, confirmado, confirmado.

La buena noticia era que estaba saliendo con un médico.

«Literalmente». Volvía a mi apartamento junto a uno cuando noté los

síntomas. Al menos tenía el lujo de disponer de atención inmediata

si lo necesitaba.

Metí los puños en la chaqueta amarilla de lentejuelas con lunares

morados (mi favorita), cuadré los hombros y, con el deseo de que

desapareciera de mi vista, entorné los ojos al ver una gran figura

sentada en el escalón más alto de la entrada del edificio de piedra

rojiza donde vivía de alquiler.

Estaba inmóvil, y el brillo azulado del teléfono iluminaba su

rostro. Una brisa veraniega danzaba a su alrededor y crepitaba

como si hubiera fuegos artificiales. La luz ambarina de la calle

iluminaba su perfil, parecía que estaba de pie en un escenario y que

reclamaba la atención de todo el mundo. Un pánico abrasador me

inundó. Solo conocía a una persona capaz de que el universo

bailara a su alrededor como una chica hawaiana.

A regañadientes, descarté la apoplejía.

«No. No se le ocurriría aparecer por aquí. Sobre todo después

de cómo dejé las cosas».

—Así que mi joven paciente se inclina un poco y me dice:

«¿Puedo contarte un secreto?». Yo, imaginando que iba a irse de la

lengua con lo del divorcio de sus padres, me quedo en plan «ajá».

Pero entonces suelta: «Al final descubrí cuál es el trabajo de mi

madre». Le pregunto que cuál es… Y espera que ahora viene lo

mejor, Maddie. —Ethan, mi cita, levantó una mano al tiempo que se

agachaba y apoyaba la otra en la rodilla, subestimando claramente

el potencial cómico de su historia—. «Metió un iPad nuevo bajo la

almohada el día que se me cayó mi primer diente. Mi madre es el

ratoncito Pérez. ¡Soy el chico más afortunado del mundo!».


Ethan echó la cabeza hacia atrás entre carcajadas, ajeno a mi

crisis interna. Era guapo, con ese cabello, esos ojos y esos

mocasines del mismo tono castaño nogal, y ese cuerpo esbelto de

corredor, y esa corbata de Scooby-Doo… Cierto es que no era

doctor Ensueño, sino más bien doctor Realidad. Y sí, me había

contado doce historias sobre sus jóvenes pacientes durante el

transcurso de la comida etíope que habíamos disfrutado. Se

emocionaba cada vez que recitaba una de sus inteligentes

observaciones. Aun así, Ethan Goodman era exactamente el tipo de

chico que necesitaba en mi vida.

El hombre que estaba en la escalera era la persona que me

había enseñado esta dolorosa lección.

—Los niños y los borrachos, ya sabes… —Jugué con mi

pendiente en forma de girasol—. Extraño la inocencia. Si pudiera

conservar algo de la infancia, sería eso.

La figura de la escalera se puso en pie y giró en nuestra

dirección. Levantó la mirada del teléfono y capturó la mía sin

esfuerzo. Se me desinfló el corazón como un globo elevándose en

círculos erráticos antes de caer como una goma blanda en la boca

del estómago.

Era él, de acuerdo.

Con su metro ochenta de rasgos cincelados y su despiadado

atractivo. Llevaba una impecable camisa de vestir negra remangada

hasta los codos, por lo que sus antebrazos, del grosor de mis

piernas y repletos de venas y músculos, quedaban expuestos.

Layla, mi amiga de la infancia, ahora mi vecina de al lado, decía que

era un Gastón de la vida real.

—Es agradable a la vista, pero pide a gritos que lo tiren desde el

tejado.

Fruncía el ceño como si no supiera lo que hacía aquí.

El cabello negro, alborotado.

Los ojos azul grisáceo, como un personaje de manga.

La estructura ósea de un dios griego, por el que cometerías

cualquier crimen de guerra a cambio de pasar los dientes por su

mandíbula como un animal.

Pero yo sabía que no era don Ensueño ni don Realidad.


Chase Black era el diablo. Mi diablo personal. Siempre vestido

de negro, con un comentario cruel preparado en la punta de la

lengua y unas intenciones tan impuras como su sonrisa. ¿Y yo? Me

habían apodado Maddie la Mártir por una razón. No podría ser mala

ni aunque mi vida dependiera de ello. Cosa que, por suerte, no era

así.

—¿De verdad? Si pudiera conservar algo de mi infancia, sería el

primer diente de leche que se me cayó. Mi perro se lo tragó. Oh,

bueno —dijo Ethan con entusiasmo, y mi cabeza volvió a nuestra

cita—. Por supuesto, siempre hay accidentes con perros. Como

aquella vez en la que otro paciente, Dios, ya verás qué historia,

entró en la clínica pediátrica en la que trabajaba por una erupción

cutánea sospechosa…

—¿Ethan? —Me detuve a medio paso, incapaz de centrarme en

otra tierna historieta. No es que no fueran fascinantes, pero tenía,

literalmente, la desgracia en mi puerta, lista para hacer añicos toda

mi vida.

—¿Sí, Maddie?

—Lo siento mucho, pero creo que tengo náuseas. —

Técnicamente, no era mentira—. Me parece que ya es hora de irse

a dormir.

—Oh, no. ¿Crees que ha sido el tere siga? —Ethan frunció el

ceño y me lanzó una mirada de cachorrito que me rompió el

corazón.

Gracias a Dios, estaba tan ocupado hablando sobre sus

pacientes que no había reparado en el gigante que estaba en mi

puerta.

—Claro que no. Me siento mal desde hace horas y creo que

estoy a punto de vomitar. —Eché un vistazo a Chase por detrás de

Ethan y tragué saliva.

—¿Seguro que estarás bien?

—Sí, por supuesto. —Le alisé la corbata de Scooby-Doo sobre el

pecho, con una sonrisa.

—Me gusta la positividad. Hace del mundo un lugar mejor. —Se

le iluminaron los ojos. Se inclinó para darme un beso en la frente.

Tenía hoyuelos. Los hoyuelos eran geniales. Ethan también lo era.


Entonces, ¿por qué estaba deseando despedirme de él? ¿Por qué

solo pensaba en asesinar al inesperado invitado que aguardaba en

la escalera con toda la calle como testigo?

Oh, cierto, porque cada fragmento de relación rota me hería

profundamente. Porque Chase Black me había arruinado la vida.

Y volvería a hacerlo en un abrir y cerrar de ojos.

Solo tenía que despedirme de mi perfecto doctor Realidad, que

casi me salva de una apoplejía.

Mientras recorría el resto del camino hacia el edificio, el corazón

me latía contra el esternón como un pez fuera del agua, y

fantaseaba sobre las diversas formas con las que saludaría a

Chase. En todas ellas, me veía indiferente, doce centímetros más

alta y con unos zapatos Louboutin a lo femme fatale, nada que ver

con mis Babette verdes.

«Qué raro, no recuerdo haber dejado la basura en la puerta.

Permítame acompañarlo al contenedor, señor Black».

«Oh, ¿quiere disculparse? ¿Podría especificar el motivo? ¿Es

por lo del engaño, o por la humillación de cuando tuve que hacerme

un análisis para detectar infecciones de trasmisión sexual, o

simplemente por hacerme perder el tiempo?».

«¿Estás perdido, cariño? ¿Quieres que te acompañe al burdel

que obviamente estás buscando?».

Huelga decir que Chase Black no sacó a la mártir que hay en mí.

Me detuve a tres pasos de él. Estaba a punto de estallar y me

molestaba el aleteo de emoción que me recorría el pecho. Pensé en

lo estúpida que había sido. Tan conveniente. Tan sumisa.

—Madison. —Chase levantó la barbilla y, examinándome, miró

hacia abajo. Parecía más una orden que un saludo. Su ceño

fruncido y condescendiente tampoco resultaba muy tentador.

—¿Qué haces aquí? —murmuré.


—¿Me dejas subir? —Se guardó el teléfono en el bolsillo

delantero. Directo al grano. No había dicho «puedo», sino «me

dejas». Nada de «¿cómo has estado?», ni «siento haberte

aplastado el corazón hasta hacerlo polvo», o «¿cómo está Daisy, la

aussiedoodle que te regalé por Navidad a pesar de que me dijiste

por lo menos tres veces que eras alérgica a los perros, y a la que

tus amigos ahora llaman ‘‘cabrona’’ por su tendencia a mearse en

los zapatos de la gente?».

Me aferré a las solapas de la fina chaqueta de verano, furiosa

conmigo misma por la forma en la que me temblaban los dedos.

—Mejor no. Si pretendes tirarte a todo Nueva York, estás en la

dirección equivocada. Ya puedes tachar mi nombre.

El calor del verano emanaba del asfalto, y se enroscaba sobre

mis pies como si fuera humo. La oscuridad de la noche no lo

atemperaba. Manhattan era un lugar pegajoso, inflamado de sudor y

hormonas. La calle bullía de parejas y grupos de turistas, revoltosos

compañeros de trabajo y universitarios que no tramaban nada

bueno. No quería montar un espectáculo público, pero tampoco me

apetecía que entrase en mi apartamento. ¿Conoces la expresión «Si

cualquiera puede tenerlo, no lo quiero?». Eso aplicaba a su cuerpo.

Después de que rompiéramos, pasaron semanas hasta que

conseguí librarme del olor tan especial de Chase Black, que se

había impregnado en mis sábanas. Me seguía a todas partes, como

un nubarrón negro cargado de lluvia. Aún sentía, cuando pensaba

en él, la densa oleada de lágrimas esperando bajo mis párpados.

—Mira, sé que estás disgustada —dijo con cautela, como si

estuviera negociando con un tejón melero.

Lo interrumpí vacilante, sorprendida por mi propia asertividad.

—¿Disgustada? Estoy disgustada porque se me ha roto la

lavadora, porque mi perrita ha mordisqueado el poncho azul de

croché que compré el invierno pasado y porque tengo que esperar

hasta que empiece la próxima temporada de The Masked Singer.

Abrió la boca, sin duda para protestar, pero levanté la mano y la

agité con mucho énfasis.

—Lo que me hiciste no me disgustó, Chase. Me hizo pedazos.

Ya no me importa admitirlo porque lo he superado y he olvidado lo


que se siente al estar debajo de ti. —Apenas tomé aliento antes de

arrojar más fuego volcánico en su dirección—. No, no puedes subir.

Lo que quieras decirme —Apunté al suelo—, dilo aquí.

Se pasó una mano por ese cabello tan negro y suave que me

contraía el pecho, observándome como si fuera una bomba de

relojería que tenía que desactivar. No sabría decir si estaba molesto,

arrepentido o exasperado. Parecía una mezcla de todo. Nunca

sabía lo que sentía, ni siquiera cuando estaba profundamente

inmerso en mí. Me quedaba ahí tendida, mirándolo a los ojos, y me

topaba con mi propio reflejo devolviéndome la mirada.

Me crucé de brazos preguntándome por el motivo de su visita.

No sabía nada de él desde que habíamos roto seis meses atrás.

Pero mi jefe, Sven, me había hablado de las mujeres que Chase

había llevado a su ático después de nuestra ruptura. Mi jefe y Chase

vivían en el mismo bloque, un edificio deslumbrante de Park

Avenue. Aparentemente, Chase no había llorado mucho por las

esquinas.

—Por favor. —Masticó las palabras como si fueran grava. Chase

Black no estaba acostumbrado a pedir las cosas con amabilidad—.

Es un tema bastante personal. Agradecería no tener como público a

toda tu calle.

Busqué las llaves en mi bolsito mientras subía las escaleras con

decisión. Él seguía en el primer escalón, y su mirada me quemaba

la espalda. Era la primera vez que me observaba sin su

característica frialdad, pero yo me había vuelto inmune al cambio

por completo. Empujé la puerta de entrada del edificio e ignoré las

súplicas. Qué extraño, pensaba que darle la patada de la misma

forma en que él me la había dado me haría sentir mejor, pero, en

ese preciso instante, mis sentimientos se arremolinaban entre el

dolor, la ira y la confusión. El triunfo no se veía por ninguna parte y

el regocijo se encontraba a kilómetros de allí. Estaba a punto de

traspasar el umbral cuando sus palabras me detuvieron.

—¿Tanto miedo te da ofrecerme diez minutos de tu tiempo? —

Sentí la sonrisa en su voz como una puñalada en la espalda. Me

quedé helada. Ahora lo reconocía. Frío, calculador, despiadado—.

Si ya me has superado y no tienes la tentación de estar debajo de


mí nunca más, después de que diga lo que tengo que decir volverás

a tu vida feliz y libre de Chase, ¿no?

¿Miedo? ¿Pensaba que tenía miedo? Si a estas alturas fuera

más inmune a sus encantos, vomitaría al verlo.

Me di la vuelta con un golpe de cadera y una sonrisa cortés en

los labios.

—Qué engreído, ¿no?

—Lo suficiente como para captar tu atención —dijo sin expresión

alguna. No parecía un hombre que quisiera estar ahí.

«¿Qué hace aquí?».

—Te doy cinco minutos, y será mejor que te comportes. —Lo

señalé con el bolso.

—En ese caso, atraviésame el corazón y quédate a ver cómo me

muero. —Se llevó la mano al pecho de forma burlona.

—Al menos compartimos esperanzas.

Eso le hizo soltar una carcajada. Subí con premura hacia mi

apartamento de la segunda planta sin molestarme en mirar si me

seguía. Traté de adivinar las razones por las que estaba allí. Tal vez

hubiera ido a rehabilitación debido a su terrible adicción al sexo.

Solo salimos seis meses, pero, durante ese tiempo, resultó obvio

que Chase no descansaba hasta que me ardía la espalda y no

podía caminar bien al día siguiente. En aquel momento no me

quejaba por ello, el sexo era una parte de nuestra relación que

funcionaba muy bien, pero se trataba de un mujeriego insaciable.

Sí, concluí. Quizá fuera una parte de su proceso de recuperación

en doce pasos. Hacer las paces con las personas a las que había

herido. Se disculparía y se marcharía, y así lo zanjaríamos todo.

Una experiencia liberadora. Eso haría que mi historia con Ethan

fuera más perfecta todavía.

—Prácticamente oigo cómo le das vueltas a este asunto —se

quejó Chase mientras subía las escaleras detrás de mí. Qué

extraño, aquello no parecía en absoluto una disculpa. Era el mismo

idiota de siempre.

—Prácticamente siento tus ojos en mi culo —dije con rotundidad.

—También podrías sentir otras partes de mí en él, si es lo que

deseas.


«No lo apuñales con el cuchillo de la carne, Maddie. No se

merece que vayas a prisión».

—¿Quién es el chico? —Bostezó de forma provocativa. Siempre

pronunciaba las palabras con un tono diabólico. Lo decía todo de

forma inexpresiva, con un toque de ironía, para recordarte que era

mejor que tú.

—Emm, guau. —Negué con la cabeza, resoplando. Tenía cierto

descaro al preguntarme por Ethan.

—¿M-Guau? ¿Es rapero? Si es así, necesita un cambio de

imagen. Háblale del Black & Co. Club. Tenemos un descuento

promocional del cincuenta por ciento en el servicio de estilista

personal.

Le saqué el dedo sin girarme e ignoré su risa endiablada.

Nos detuvimos en la puerta. Layla vivía en el piso de enfrente, el

casero lo había reconvertido en un estudio dividiendo la propiedad

en dos. Layla fue la primera que se mudó a Nueva York tras nuestra

graduación. Me dijo que el estudio que había frente al suyo estaba

disponible porque la pareja que lo tenía iba a mudarse a Singapur, y

que el casero prefería a un inquilino ordenado que pagara sin

problemas, así que aproveché la oportunidad. Layla era maestra de

preescolar por el día y niñera por las noches, para conseguir un

extra. Me costaba imaginarla sin un niño en brazos o sin hacer

recortes de letras y números para la clase del día siguiente. Layla

pegaba una «palabra del día» en su puerta todas las mañanas. Era

una forma magnífica de comunicarse conmigo, hasta cuando no

teníamos tiempo para hablar. Con los años, me había acostumbrado

a las «palabras del día» de Layla. Me hacían compañía; eran una

especie de señal. Predicciones sobre cómo sería el día. Había

olvidado leer la palabra de hoy porque llegaba tarde al trabajo.

Miré distraída, al tiempo que metía la llave en la cerradura.

Peligro

Exposición o responsabilidad de lesión, dolor, daño o pérdida.

Se me cayó el alma a los pies. La sensación me oprimió la base

de la columna.


—No estás aquí para disculparte, ¿no? —susurré con la mirada

todavía fija en la puerta.

—¿Disculparme? —Levantó el brazo y lo colocó sobre mi

cabeza, acorralándome contra la puerta. Su cálido aliento se deslizó

por mi nuca y me erizó el vello. «El efecto Chase»—. ¿Por qué

diablos tendría que hacerlo?

Abrí la puerta y dejé que entrara en el apartamento. En mi

dominio. En mi vida.

Era dolorosamente consciente de que, la última vez que había

irrumpido en mi mundo, le había prendido fuego.


Capítulo dos

Maddie

2 de julio de 1999

Querida Maddie:

Hoy hemos metido las margaritas secas de la señora

Hunnam en tus libros viejos. Has dicho que querías darles

un entierro apropiado porque te sentías mal por ellas. Se

me ha hecho un nudo en la garganta por tu empatía. Esa

es la razón por la que me he dado la vuelta y he salido de

la habitación. No por el polen. Por supuesto que no. Dios,

¡soy florista!

Dato curioso: las margaritas simbolizan la pureza, los

nuevos comienzos.

Espero que continúes siendo compasiva y bondadosa.

Y recuerda que cada día es un nuevo comienzo.

Con amor.

Por siempre tuya,

Mamá


Tiré los zapatos contra la pared. Daisy salió corriendo de su

cama en el alféizar de la ventana junto a las flores y, meneando la

cola, empezó a lamerme los dedos de los pies a modo de saludo. A

decir verdad, no era su hábito más femenino, pero era uno de los

menos destructivos.

—¿A qué debo el disgusto, señor Black? —Me quité la chaqueta

amarilla.

—Tenemos un problema. —Chase le dio una palmadita a Daisy

antes de adentrarse más en el estudio. Parecía injusto, casi

retorcido, que hubiera desperdiciado tantas lágrimas y noches de

insomnio para aceptar el hecho de que nunca volvería a estar en mi

cocina, solo para… Bueno, tenerlo en la cocina de nuevo, como si

fuera casualidad. Como si nada hubiera cambiado, pero eso no era

verdad. Yo había cambiado.

Chase abrió el frigorífico y sacó una lata de Coca-Cola Light, mi

Coca-Cola Light. A continuación, la abrió antes de apoyarse contra

la encimera y tomar un sorbo.

Lo miré fijamente, preguntándome si sería él quien estuviera

sufriendo una apoplejía. Por su parte, echaba un vistazo a su

alrededor, a mi compacto y diminuto hogar. No me cabe duda de

que estaba haciendo inventario de los cambios que había hecho

desde la última vez que estuvo aquí. El nuevo papel de la pared de

Anthropologie, las sábanas limpias y, aunque no era tan perceptible

pero sí muy real, la nueva abolladura de mi corazón con la forma de

su puño de hierro. Encendió las luces (solo tenía un interruptor para

todo el apartamento) y soltó un suave silbido.

Bajo las imperdonables luces LED, me di cuenta de que iba

despeinado y sin afeitar. Tenía los ojos inyectados en sangre y la

camisa un poco arrugada. El corte de pelo de doscientos dólares

necesitaba urgentemente un repaso. Su apariencia distaba mucho

del apuesto e inmaculado libertino que presumía ser. Era como si el

mundo por fin hubiera caído con todo su peso sobre aquellos

gloriosos hombros.

—Parece que mi familia te ha cogido cariño —admitió con

frialdad, como si fuera tan improbable como un unicornio

heterosexual.


Caminé hacia él y le arrebaté la Coca-Cola Light. Tomé un sorbo

y la coloqué en la encimera entre los dos.

—¿Y?

—Mi madre no deja de hablar del pan de plátano que le

prometiste, mi hermana fantasea con ser tu mejor amiga desde que

le tejiste aquel gorro, y mi padre jura y perjura que eres la mujer con

la que todo hombre sueña.

—Yo también tengo a tu familia en alta estima —dije. Era cierto.

Los Black no se parecían en nada al engendro que habían vomitado

por error al mundo. Eran dulces, compasivos y acogedores. Siempre

tenían una sonrisa en la cara y, por encima de todo, me ofrecían con

frecuencia una copa de vino.

—Pero a mí no —añadió con una sonrisa hedonista que sugería

que disfrutaba con mi desagrado. Como si hubiera alcanzado su

objetivo. Como si hubiera desbloqueado un nivel de un videojuego.

—A ti no. —Asentí levemente con la cabeza—. Y, por ese

motivo, la adulación no te llevará a ninguna parte.

—No pretendo ir a ningún sitio contigo —me aseguró mientras se

le hinchaba el pecho por debajo de la camisa. Un fantasma de su

aroma (masculino, amaderado y a aftershave) llegó a mis fosas

nasales y me hizo temblar—. Al menos, no como piensas.

—Continúa, Chase. —Suspiré, mirando hacia abajo y moviendo

los dedos de los pies. Quería que se marchara para meterme debajo

del edredón y ver Supernatural. Lo único que podía salvar la noche

era una buena dosis de Jensen Ackles combinada con cantidades

desproporcionadas de chocolate y compras impulsivas por internet.

Y también con vino. Mataría por una botella. Y, a ser posible, la

víctima sería el hombre que tenía enfrente.

—Hay un problema —dijo.

Con él siempre lo había. Lo miré perpleja y esperé a que

prosiguiera. Entonces hizo algo muy raro. Hizo… algo así como…

¿encogerse? Sí, Chase Black.

—Puede que haya olvidado mencionar que hemos roto —dijo

con cautela, desviando la mirada hacia Daisy, que en ese momento

estaba apoyada en la pata del sofá con una sonrisa perruna cargada

de entusiasmo.


—Tú… ¿Qué? —Levanté la cabeza de golpe y apreté los dientes

—. Han pasado seis meses. —Y tres días y veintiuna horas. Aunque

no estaba contándolo, claro que no—. ¿Se puede saber por qué?

Se frotó los nudillos contra la barba mientras seguía observando

a la desvergonzada cachorrita.

—Francamente, pensé que llegarías a la conclusión de que tu

reacción había sido exagerada y volverías conmigo.

Si fuera un personaje de dibujos animados, ya tendría la

mandíbula en el suelo y la lengua se me habría desenrollado como

una alfombra roja hasta chocar contra la puerta; por donde luego

habría tirado a Chase y habría dejado un agujero con la forma de su

cuerpo.

Me apreté las cuencas de los ojos con los dedos mientras

respiraba de forma entrecortada.

—Estás de broma. Dime que estás de broma.

—Mi sentido del humor supera esto con creces.

—Bueno, espero que tu sentido de la orientación sea igual de

bueno, para que vuelvas con tu familia y les cuentes que hemos roto

definitivamente. —Caminé con pasos firmes hacia la puerta, la abrí

de un golpe y le hice señas para que se fuera con un movimiento de

cabeza.

—Hay más. —Chase siguió apoyado contra la encimera, con las

manos metidas en los bolsillos y una expresión de indiferencia. Se

me habían quedado grabadas algunas de sus posturas habituales y

me las guardaba para los días lluviosos con el masajeador Magic

Wand.

«Chase apoyando la cadera contra un objeto inanimado».

«Chase sujetando la parte superior del marco de la puerta con

los bíceps y tríceps sobresaliéndole de la camiseta de manga

corta».

«Chase con una mano metida en el bolsillo delantero mientras

me desnudaba lentamente con una mirada sensual».

Básicamente, tenía un catálogo entero de posturas de mi ex que

me ayudaban a llegar al orgasmo. Aunque debo admitir que eso

alcanzaba un nivel de patetismo que necesitaba un nuevo nombre.


—Hace un par de semanas, quería contarles que habíamos

terminado, pero mi padre llegó a mi apartamento con malas noticias.

—Vaya por Dios. ¿Se le ha averiado el superyate? —Me puse

una mano sobre el pecho fingiendo preocupación. Ronan Black, el

propietario de Black & Co., los grandes almacenes más concurridos

de Manhattan, llevaba una vida de ensueño repleta de vacaciones,

aviones privados y reuniones familiares por todo lo alto. Aun así,

hablar mal de alguien que me había acogido en su casa me dejó un

sabor de boca amargo.

—Tiene cáncer de próstata en estadio IV. Se le ha extendido a

los huesos, los riñones y la sangre. No le habían hecho pruebas. Mi

madre llevaba años rogándole que se las hiciera, pero supongo que

no quería pasar por eso. No es necesario decir que es incurable. Le

quedan tres meses de vida. —Se detuvo—. Como mucho.

Dio la noticia con rotundidad y una expresión hierática. Seguía

observando a Daisy, que ahora estaba tumbada boca arriba en el

sofá, con las patas abiertas a modo de ruego para que le rascasen

la panza. Él se inclinó y le acarició la barriga distraído mientras

esperaba a que asimilase la noticia. Sus palabras penetraron en mí

como un veneno y se extendieron poco a poco de forma letal. Me

había golpeado en lo más profundo, en esa bola de angustia que

tenía en el vientre. La bola de mi madre. Sabía que Chase y su

padre gozaban de una buena relación. También sabía que Chase

era un hombre orgulloso y que nunca se vendría abajo, y menos

delante de alguien que lo odiaba. Me fallaron las rodillas y el aire se

me bloqueó en la garganta, negándose a llegar hasta los pulmones.

Resistí el impulso de cruzar el espacio que nos separaba y

abrazarlo. Pensaría que lo estaba haciendo por lástima, y no lo

compadecía. Estaba destrozada por él, sabía lo que era perder a un

familiar; mi madre murió de cáncer de mama cuando yo tenía

dieciséis años, después de batallar mucho contra la enfermedad.

Sabía por experiencia que nunca era buen momento para despedir

a un padre. Ver a un ser querido perdiendo esa guerra contra su

propio cuerpo dolía tanto como arrancarte la piel a tiras.

—Lo siento mucho, Chase. —Al fin, las palabras salieron de mi

boca de forma torpe y ligera. Me acordé de lo mucho que mi padre


había odiado que le dijeran eso. «¿Y qué si lo sienten? Eso no hará

que Iris se sienta mejor». Pensé en las cartas de mi madre.

Normalmente, empezaba el día con una de sus cartas y una buena

taza de café, pero esta mañana había leído dos. Había tenido el

presentimiento de que iba a ser una jornada desafiante. No me

equivocaba.

«Espero que todavía seas compasiva y bondadosa».

Me pregunté qué pensaría de mi apodo. Maddie la Mártir.

Siempre dispuesta a salvar el día.

Chase arrastró la mirada desde Daisy hacia mí. Tenía una

expresión terriblemente vacía.

—Gracias.

—Si hay algo que pueda hacer…

—La verdad es que sí. —Se enderezó enseguida y se sacudió el

pelo de Daisy.

Incliné la cabeza a modo de pregunta.

—Mi familia se sumió en una crisis tras la noticia de la

enfermedad de mi padre. A partir de ahí, Katie dejó de ir a trabajar,

mi madre no se levantaba de la cama y mi padre iba y venía

tratando de consolar a todo el mundo en vez de centrarse en sí

mismo. Fue, a falta de mejores palabras, un espectáculo de mierda.

Y el show continúa.

Sabía que Lori Black había luchado contra la depresión antes, no

por Chase, sino por una entrevista que había concedido a Vogue

hacía unos cuantos años. En ella, había hablado con franqueza

sobre sus etapas más oscuras cuando promocionaba a la

organización sin ánimo de lucro en la que trabajaba como voluntaria.

Katie, la hermana de Chase, era la directora de marketing de Black

& Co., y adicta a las compras. Aunque eso era menos entrañable y

peculiar de lo que sonaba. Katie sufría fuertes ataques de ansiedad.

Sus episodios consistían en comprar todo lo que pillase, con

muchísimo descontrol, para olvidar el motivo de su ansiedad. Ese

gasto instintivo la ayudaba a respirar un poco mejor, pero después

se odiaba. Era como darse atracones de comida, solo que con ropa

de firma. De hecho, así es como la diagnosticaron. Hace seis años,

tuvo un brote cuando su novio la dejó: se gastó 250 000 dólares en


menos de cuarenta y ocho horas, fundió tres tarjetas de crédito y

Chase la encontró en su vestidor enterrada debajo de una montaña

de cajas de zapatos y ropa, llorando sobre una botella de cava.

Supongo que Chase me leyó la mente, porque me miró con

intensidad y dijo:

—Con el historial de mi madre, no era descabellado pensar que

iba directa hacia una señora depresión. Cuando fui a ver a Katie,

tenía la puerta bloqueada con paquetes de Amazon. Necesitaba un

chivo expiatorio.

—Chase —dije con un gruñido. Me sentía como un pobre animal

justo antes de que lo arrojaran al fuego. Su rostro era indescifrable y

había medido a propósito el tono de voz.

—Tuve que pensar algo rápido, así que les anuncié mi propia

noticia.

Agarró la lata que había entre nosotros y dio otro sorbo con los

ojos puestos en mí. Silencio. El corazón me daba vueltas como si

fuera un hámster en una rueda. Me hormigueaban las yemas de los

dedos. El pánico me cerraba la garganta.

—Les dije que nos habíamos comprometido.

No respondí.

Al menos, no al principio.

Agarré la lata de Coca-Cola Light y la tiré contra la pared. Luego,

me quedé observando la pintura vanguardista de color marrón

efervescente que se había creado a partir de la salpicadura. ¿Quién

haría algo así? Le había dicho a su familia que estaba

comprometido con su exnovia. Y ahora estaba aquí, sin un ápice de

arrepentimiento, siendo el mismo idiota de siempre y contándome

todo esto sin pensarlo.

—Hijo de…

—La cosa se pone peor. —Levantó una mano y dirigió la mirada

al asiento de la ventana, ocupado por macetas con flores de varios

colores y la cama de Daisy—. Al final resultó que el anuncio de

compromiso era justo lo que había recetado el médico. La familia es

algo sagrado para los Black. Mi madre ha encontrado un motivo por

el que emocionarse y ha dejado de pensar en la gran C de papá. Y


resulta que tú y yo tenemos una fiesta de compromiso en los

Hamptons este fin de semana.

—¿Una fiesta de compromiso? —repetí con un parpadeo.

Estaba mareada. Como si el suelo se balanceara al ritmo de mi

corazón. Chase asintió con sequedad.

—Naturalmente, debemos asistir.

—Lo único natural —dije muy lento aunque con la cabeza hecha

un lío— es el hecho de que sigues delirando. Mi respuesta a tu

tácita petición es no.

—¿No? —repitió. Otra palabra a la que no estaba acostumbrado.

—No —confirmé—. No te acompañaré a nuestra fiesta de

compromiso falsa.

—¿Por qué? —preguntó. Estaba desconcertado de verdad. Me

di cuenta de que Chase, a pesar de sus treinta y dos años de vida,

estaba poco familiarizado con el rechazo. Era guapo, inteligente, tan

asquerosamente rico que no podría gastarse todo su dinero ni

aunque quisiera, y con un pedigrí de Manhattan envidiable. Sobre el

papel, parecía demasiado bueno para ser cierto. En la realidad, era

tan malo que dolía respirar a su lado.

—Porque no pienso celebrar un compromiso falso y engañar a

decenas de personas. Y porque ayudarte no está en mi lista de

cosas por hacer, o tal vez muy por debajo de arrancarme las

pestañas una a una con un par de pinzas y pelearme con un Santa

Claus borracho en el metro. —Seguía aferrándome a la puerta

abierta, y temblaba. No dejaba de pensar en Ronan Black. En lo mal

que debían de sentirse Katie y Lori. En la carta de mi madre

diciéndome que siguiera siendo compasiva. Seguramente, no se

refería a esto.

—Te despediré —dijo simplemente, sin pestañear.

—Te demandaré —repliqué con la misma indiferencia, aunque

por dentro reinaba la histeria. Me encantaba mi trabajo. Además, él

sabía muy bien que vivía al día y que no sobreviviría hasta el primer

pago de desempleo, por muy pronto que llegase.

No me extraña que su apellido fuera Black. Tenía el corazón

negro.


—¿Estás escasa de dinero, señorita Goldbloom? —preguntó con

voz letal mientras levantaba una ceja.

—Ya sabes la respuesta —contesté entre dientes. Un

apartamento en Manhattan, por muy pequeño que sea, cuesta una

fortuna.

—Perfecto. Hazme este favor y te reembolsaré por tu tiempo y

esfuerzo. —En un segundo, pasó de poli malo a poli bueno.

—Dinero manchado de sangre —dije.

Se encogió de hombros. Parecía aburrido por mis

excentricidades.

—¿Sangre? No. Probablemente, unos cuantos arañazos.

—¿Estás ofreciéndome dinero a cambio de compañía? —Ignoré

el tic de mi ojo—. Porque existe una palabra para eso: prostitución.

—No voy a pagarte para que te acuestes conmigo.

—No hace falta. Fui tan imbécil que ya lo hice gratis.

—No recibí ninguna queja entonces. Mira, Mad…

—Chase. —Imité su tono de advertencia. Me molestaba el apodo

que me había puesto, no Maddie, ni Mads, simplemente Mad.

Tampoco me gustaba porque, cada vez que lo oía, sentía mariposas

en el estómago.

—Ambos sabemos que lo harás —explicó con la exasperación,

apenas disimulada, de un adulto que le explica a un niño por qué

hay que tomarse la medicina—. Ahórranos este breve tango. Es

tarde, mañana tengo una reunión de la junta y estoy seguro de que

te mueres por contar a tus amigas todos los detalles de tu cita con

don Aburrido.

—¿Ah sí? —pregunté a punto de prenderle fuego a través del

poder de la repulsión. Ni siquiera reaccioné a su última pulla. No era

más que Chase siendo Chase, y batiendo su propio récord

Guinness al más imbécil.

—Sí, porque eres Maddie la Mártir, y esto es lo correcto. Eres

desinteresada, respetuosa y compasiva. —Enumeró esos rasgos

con naturalidad, como si no fueran algo positivo para él. Desvió la

mirada desde mi rostro hasta la pared que había detrás de mí, en la

que había clavado decenas de retales de delicadas telas. Gasa,

seda y organza. Materiales de color blanco y crema de todo el


mundo, junto con bocetos a lápiz de vestidos de novia. Negué con la

cabeza, pues sabía lo que estaba pensando.

—Alto ahí, Casanova. Nunca me casaría contigo.

—Esas son buenas noticias.

—¿Sí? Porque creo que acabas de pedirme que sea tu

prometida.

—Falsa prometida. No estoy pidiéndote la mano en matrimonio.

—¿Y qué estás pidiendo?

—La cortesía de no romperle el corazón a mi padre.

—Chase…

—Porque si no vienes, Mad, se quedará destrozado. —Se pasó

una mano temblorosa por el pelo.

—Será una bola de nieve. —Negué con la cabeza. Me

temblaban los dedos con fuerza.

—No bajo mi punto de vista. —Me sostuvo la mirada sin que se

le moviera ni un músculo de la cara—. No quiero que vuelvas

conmigo, Madison —dijo y, por alguna razón, las palabras me

abrieron en canal y me desangraron. Siempre sospeché que Chase

no me quería de verdad, ni siquiera cuando estábamos juntos. Yo

era como una pelota antiestrés. Algo con lo que jugaba distraído

mientras sus pensamientos estaban en otra parte. Recordé sentirme

invisible cuando me miraba. La forma en que resoplaba al ver mis

vestidos extravagantes. Las miradas de reojo que me lanzaba, que

me hacían sentir menos atractiva que un mono de circo—. No quiero

que mi padre deje este mundo con este caos. Mamá, Katie y yo. Es

demasiado. Lo entiendes, ¿no?

«Mamá».

«Cama de hospital».

«Cartas dispersas».

«Mi corazón vacío y dolorido que nunca se recuperó de su

pérdida».

Sentí que la resolución se desmoronaba poco a poco, hasta que

al final la capa de hielo con la que me había cubierto cuando había

dejado entrar a Chase en mi apartamento cayó con un sonido

metálico, como un guerrero que se deshace de su armadura. Me

recordó a la conversación que habíamos tenido meses atrás,


cuando le dije que mi madre había muerto el mismo mes en que mi

padre declaró en bancarrota su empresa, Iris’s Golden Blooms, y yo

suspendí un semestre. Dejó el mundo preocupada por sus seres

queridos.

El hecho de que no se hubiera marchado en paz me

atormentaba cada noche.

No importaba que hubiera terminado el instituto con matrícula de

honor, ni tampoco que hubiera obtenido una beca para la

universidad, ni que mi padre hubiera superado la crisis y nuestra

floristería hubiera prosperado. Siempre sentí que Iris Goldbloom se

había quedado en el limbo de ese periodo infernal de nuestras

vidas, ignorando si saldríamos adelante.

Por mucho que odiara a Chase Black por lo que me había hecho,

no quería darle una mala noticia a su familia con la cancelación de

la fiesta de compromiso. Pero tampoco iba a jugar con sus reglas.

—¿Dónde piensa tu familia que he estado en estos últimos seis

meses? ¿Acaso no les extrañó no verme contigo?

Chase se encogió de hombros, imperturbable.

—Dirijo una empresa con más dinero que algunos países. Les

dije que nos veíamos por las noches.

—¿Y se lo creyeron?

Me dirigió una sonrisa siniestra. Por supuesto que sí. Chase

poseía una capacidad asombrosa para repartir ansiedad, incluso

con una novia a punto de casarse.

Gruñí.

—Vale. ¿Qué ocurrirá cuando rompamos?

—Déjame eso a mí.

—¿Seguro que lo has pensado bien? —Parecía un plan horrible.

Material para una comedia romántica de tele por cable. Pero sabía

que Chase era un chico serio. Asintió con la cabeza.

—Mi madre y mi hermana se sentirán decepcionadas, pero no se

quedarán destrozadas. Papá quiere que sea feliz. Por otra parte, yo

quiero que él sea feliz a cualquier precio.

No iba a discutirle ese argumento y, francamente, por mi parte,

debía mostrarme comprensiva con la situación.


—Iré este fin de semana, pero la historia acaba ahí. —Levanté el

dedo índice a modo de advertencia—. Un fin de semana, Chase.

Luego puedes decirles que estoy ocupada. Y, pase lo que pase, este

absurdo compromiso se mantendrá en secreto. No quiero que la

noticia me muerda el culo, ni que se corra la voz en el trabajo.

Hablando de trabajo, lo conservaré aunque cancelemos nuestro

supuesto compromiso.

—Palabra de scout. —Pero solo levantó un dedo. En concreto, el

corazón.

—Nunca has estado en los scouts. —Entrecerré los ojos.

—Ni a ti te han mordido el culo. En sentido figurado. No, espera.

—Una lenta sonrisa le cruzó la cara—. Sí, sí te han mordido.

Señalé la puerta y, al recordar aquella vez en la que

efectivamente me habían mordido el culo, sentí cómo el rubor me

subía por el cuello y me ardía en la cara.

—Fuera.

Chase metió la mano en el bolsillo trasero. El temor me cerró la

garganta como una bufanda apretada mientras sacaba una pequeña

cajita de terciopelo de la joyería Black & Co. y me la tiraba a las

manos.

—Te recogeré el viernes a las seis. Es imprescindible que lleves

ropa de senderismo. La ropa discreta es opcional, pero lo

agradecería muchísimo.

—Te odio —dije en voz baja. Las palabras me abrasaban la

garganta mientras los dedos temblaban alrededor de la cajita de

terciopelo con letras doradas. Lo odiaba, de verdad. Pero lo haría

por Ronan, Lori y Katie, no por él. Eso hacía que mi decisión, de

algún modo, fuera más llevadera.

Me sonrió con lástima.

—Eres una buena chica, Mad.

«Chica». Siempre tan condescendiente. Que le den.

Chase caminó hasta la puerta y se detuvo a unos centímetros de

mí. Frunció el ceño al ver la lata de refresco tirada a mis pies.

—Tal vez quieras limpiar eso. —Hizo un gesto hacia la Coca-

Cola esparcida por la pared. Levantó el brazo y me frotó la frente

con el pulgar, justo donde Ethan me había besado, borrando su


rastro de mi cuerpo—. Ser descuidada no es una buena cualidad,

sobre todo para la prometida de Chase Black.


Capítulo tres

Maddie

10 de agosto de 2002

Querida Maddie:

Dato curioso: la flor del lirio de los valles tiene un

significado bíblico. Brotó de los ojos de Eva cuando la

exiliaron del jardín del Edén. Se considera una de las flores

más bonitas y escurridizas de la naturaleza, ¡una de las

favoritas de las novias!

Aunque su veneno es mortal.

No todas las cosas hermosas son buenas. Lamento que

Ryan y tú hayáis roto. Si vale de algo, él nunca fue el

indicado. Te lo mereces todo. No te conformes con menos.

Con amor (y algo de alivio),

Mamá

Llevo planeando mi boda desde los cinco años.

A mi padre le encantaba contar la historia de mi primer día en el

colegio, cuando me vieron corriendo tras Jacob Kelly por un callejón

sin salida y con un ramo de flores que había arrancado del jardín


trasero, con raíces y barro incluidos, mientras le gritaba que volviera

para casarse conmigo. Al final, después de muchos sobornos, me

salí con la mía. Jacob parecía horrorizado mientras mis amigas,

Layla y Tara, preparaban la ceremonia con diligencia. Se negó a

besar a la novia (lo cual no me importó en absoluto) y pasó la luna

de miel tirando piñas a las ardillas que corrían por la cerca del patio

trasero, así como lamentándose porque no había más tarta de

cereza de mi madre.

Jacob Kelly no fue el único. A mis once años, ya me había

casado con Taylor Kirschner, Milo Lopez, Aston Giudice, Josh Payne

y Luis Hough. Seguían viviendo en la ciudad en la que crecí, en

Pensilvania, y aún me enviaban postales de Navidad para burlarse

de mí por estar felizmente soltera.

No era por amor. Apenas habría tenido interés en los chicos de

no haber sido por la morbosa curiosidad de saber qué los volvía tan

obscenos, groseros y propensos a los chistes sobre pedos. Pero lo

que me gustaba de verdad era la parte de la boda. Las mariposas

en el estómago, la fiesta, los invitados, la tarta y las flores. Y, sobre

todo, el vestido.

Los chicos con los que me casé de mentira me dieron una razón

para ponerme el vestido blanco acampanado que mi prima Coraline

me había regalado para su boda, donde fui la niña de las flores. Me

lo puse durante cinco años consecutivos, hasta que tuve que

dejarlo, porque ni siquiera a una preadolescente tan bajita como yo

le quedaba bien.

Entonces, me obsesioné con los vestidos de novia. Era rabia

más que obsesión. Les rogaba a mis padres que me llevaran a

bodas. Incluso me colé en bodas de desconocidos en la iglesia de la

zona solo para admirar los vestidos. Para empeorar mi obsesión, mi

madre era florista y, a menudo, la acompañaba a entregar las flores

de las bodas, que se celebraban en lugares increíblemente

hermosos.

Yo era diseñadora de vestidos de novia por vocación, no por

elección. El día de tu boda eres tu versión más hermosa e

impecable. De hecho, se trata del único día en la vida en el que

cualquier cosa que te pongas, sin importar lo caro, extravagante o


lujoso que sea, está bien. La gente solía preguntarme si no me

sentía limitada por diseñar un solo tipo de ropa. Sinceramente, ¿por

qué había diseñadores que elegían crear ropa normal? Diseñar

vestidos de boda era el equivalente profesional a comer postre

todos los días para desayunar, almorzar y cenar. Era como recibir

todos los regalos de Navidad juntos.

Tal vez por eso siempre era la última en salir del trabajo. En

apagar las luces y despedirme con un beso de mi último boceto.

Aunque no este viernes.

Esta vez tenía planes.

—Me voy. ¡Que paséis un buen fin de semana! —Me calcé los

zapatos de tacón rosas y apagué la luz que iluminaba la mesa de

dibujo de Croquis.

Esa esquina del estudio era mi pequeño refugio. Estaba

diseñada para satisfacer mis necesidades. La mesa de dibujo tenía

bandejas de papelería plateadas que llenaba de lápices, gomas con

formas divertidas, sacapuntas, pinceles y carboncillo. Todas las

semanas ponía un jarrón con flores frescas junto al escritorio. Era

como tener a mi madre cerca, así me aseguraba de que me

cuidaba.

Le di una palmadita a las flores del jarrón, una mezcla de

lavanda y flores blancas, y las regué antes de marcharme de fin de

semana.

—Sed buenas —les advertí, señalándolas con el dedo—. La

señorita Magda cuidará de vosotras mientras no estoy. No me miréis

así —dije—, volveré el lunes.

Quien haya dicho que las flores no tienen rostro, obviamente no

las ha visto marchitarse. En general, me llevaría las flores a casa y

las pondría en el alféizar de la ventana para que la gente las viera y

para que les diera el sol junto a Daisy, pero este fin de semana me

marcharía a los Hamptons a acompañar a Satán, y Daisy se

quedaría en casa de Layla.

—Hablando de nuevo con las plantas. Qué bien. Muy cuerdo por

mi parte. —Oí un murmullo desde el otro lado del estudio. Era Nina,

mi compañera de trabajo. Nina tenía mi edad, pero era becaria.

Sería la perfecta supermodelo. Esbelta como un cisne, con una


nariz respingona y la textura de la piel de una muñeca Bratz. Lo

único negativo que podía decir de ella era que me odiaba sin razón

aparente, tal vez por mi forma de respirar. Por esa razón, me había

apodado «bombona de oxígeno».

—Vete. —Agitó la mano con los ojos aún pegados en la pantalla

—. Si tus plantas se mean les cambiaré el pañal. Siempre y cuando

desaparezcas de mi vista.

Tomé el camino directo, me di la vuelta y me dirigí a los

ascensores. Me crucé con Sven. Colocó una mano en su cintura, se

inclinó hacia adelante y me dio un toquecito en la nariz. Mi jefe, que

también era algo así como un amigo, tenía cuarenta y pocos años y

vestía de negro de la cabeza a los pies. Su pelo era tan rubio que

parecía blanco y sus ojos, tan claros que casi veías lo que había al

otro lado. Siempre llevaba un poco de brillo y meneaba las caderas

cuando caminaba a lo Sam Smith. Era el jefe de departamento de

Croquis, una empresa de vestidos de novia asociada con Black &

Co., y solo podía vender sus colecciones en las tiendas de esta

última. Se encargaba de tomar las decisiones y asistir a reuniones

con la junta ejecutiva. Cuando salí de la facultad de Bellas Artes,

Sven me tomó bajo su protección y me ofreció unas prácticas que

más tarde se convertirían en un trabajo a jornada completa. Cuatro

años después, no me imaginaba trabajando con otra persona.

—¿Adónde vas? —Ladeó la cabeza.

Me coloqué el bolso en bandolera y seguí mi camino hacia los

ascensores.

—A casa. ¿Adónde, si no?

—Lorde, * ayúdame. Gracias a Dios que diseñas mejor que

mientes. —Se refería a la cantante, no al Todopoderoso. Las últimas

sílabas las pronunció con acento sueco. Su acento extranjero salía a

relucir sutilmente solo cuando estaba emocionado o borracho. Sven

hizo la señal de la cruz mientras me seguía—. Nunca te marchas a

tu hora. ¿Qué ocurre?

Abrí los ojos de par en par. ¿Chase había abierto la boca? Sven

conocía a Chase, era habitual que asistieran a las mismas

reuniones. No me extrañaría. No me sorprendería nada de él,


excepto que iniciara una tercera guerra mundial. A Chase le

asustaba el compromiso. Una guerra podría durar meses, incluso

años. No tenía tanta resistencia como para superarlo.

Me detuve junto al vestíbulo de ascensores, apreté el botón y me

metí dos chicles en la boca.

—No pasa nada. ¿Por qué lo preguntas?

Sven inclinó la cabeza hacia un lado, como si fuera a soltar el

secreto si se me quedaba mirando durante el tiempo suficiente.

—¿Estás bien?

Dejé escapar una risa aguda. Sven y yo teníamos una buena

relación, pero profesional. Me gustaba pensar que, si no fuera mi

jefe, probablemente seríamos muy amigos. Pero entendíamos que

por ahora había límites y, por tanto, no hablábamos de cualquier

cosa.

—Mejor que nunca.

«Que alguien me saque de aquí».

El ascensor sonó. Sven se colocó en la puerta, bloqueándome la

entrada.

—¿Es por… él?

Casi se me cae la mandíbula al suelo.

—Por mí puede arder en el infierno mil veces, y no me

molestaría en escupirle por si se apaga el fuego —siseé—. No

puedo creer que lo hayas mencionado.

Si me hubieran dado un centavo por cada vez que Sven me

había pillado llorando por Chase en la zona de la cocina, en mi

puesto, en la zona de descanso o en cualquier lugar de la oficina, no

tendría que trabajar más. Ni aquí, ni en ningún sitio. Ni siquiera

sabía por qué lloraba. Durante los seis meses que estuve saliendo

con Chase, no vi mucho a su familia, y ni siquiera conocí a su primo

hermano, ni a la mujer de este, con quienes tenía muy buena

relación. Él no conoció a mi familia (solo a Layla y, por supuesto, a

Sven). La miraras por donde la miraras, la relación no había sido

seria.

—Qué palabras tan duras. ¿Qué ha hecho el pobre? Solo lleváis

tres semanas. —Se dio toquecitos en los labios mientras fruncía el


ceño—. ¿Cómo se llamaba? ¿Henry? ¿Eric? Recuerdo algo así

como que era estadounidense de pura cepa y sano.

«Ethan». Claro que se refería a Ethan. Casi se me para el

corazón. Crisis evitada. Las puertas del ascensor se cerraron, fruncí

el ceño a Sven y volví a apretar el botón para llamarlo. Ya estaba

bajando. «Maldita sea».

—La paciencia es una virtud.

—O una señal definitiva de que es de la otra acera. —Sven

ajustó el cuello de mi blusa estampada azul—. Te lo digo por

experiencia, nena. Tuve una novia en el instituto. Se llamaba Vera.

Su virtud permaneció intacta hasta que se marchó a la universidad a

Estados Unidos, donde seguramente se lio con un montón de chicos

de alguna fraternidad para recuperar el tiempo perdido.

—Pobre Vera. —Me lamí el pulgar y le froté la comisura de los

labios para limpiarle una mancha de café.

—Pobre de mí. —Sven me apartó el dedo con un manotazo—.

Estaba tan preocupado tratando de ser el hombre que pensaba que

mis padres querían que fuera que me perdí por completo los

mejores años de promiscuidad. No dejes que eso te ocurra a ti,

Maddie. Sé esa zorra que todos queremos ser.

—Estás proyectando tus frustraciones en mí. —Hice una mueca.

—Y tú estás perdiéndotelo —respondió, dándome un toque en el

pecho—. Hace meses que rompiste con Chase. Ya es hora de pasar

página y superarlo de verdad.

—Lo hice, es decir, lo he hecho. Lo tengo superado. —Apreté el

botón del ascensor tres veces seguidas. Clic, clic, clic.

—Oh, mira, me ha llegado un mensaje de Layla. —Sven me

puso el teléfono a la altura de la cara. Oh, olvidé mencionar que, ya

que Sven y yo no podíamos ser muy amigos, mi mejor amiga se

había convertido en su mejor amiga. Eso echó a perder el equilibrio

entre mi vida personal y laboral, y mentiría si dijera que a veces no

me molestaba. Como ahora—. Deja que te lo lea: «Dile a tu

empleada que se dedique a disfrutar este fin de semana. Oblígala a

divertirse. A cometer errores. A acostarse con el hombre de sus

sueños».


—Yo no… —empecé, pero él negó con la cabeza, se dio la

vuelta y se despidió con la mano mientras regresaba al estudio y se

inclinaba sobre el hombro de Nina para echar un vistazo a lo que

estaba haciendo. Las puertas del ascensor se abrieron. Entré

mientras negaba con la cabeza.

—Por encima de mi cadáver.

Treinta minutos antes de la hora a la que supuestamente me

recogería Chase, llamé a la puerta de Layla. Me abrió y se colocó un

mechón de cabello verde esmeralda por detrás de la oreja mientras

sostenía a un niño de cuatro años en pleno berrinche de gritos y

patadas. Layla era una chica con curvas que se enorgullecía de

tener hoyuelos solo en el culo. Además, su fondo de armario era

envidiable, con vestidos bohochic, faldas vaporosas y suéteres de

punto de hombros descubiertos. No parecía importarle que le fueran

a explotar los tímpanos con los chillidos del niño. El sueldo debía de

valer la pena.

—Pero ¡si es Maddie la Mártir! —dijo con cariño, dándome un

apretón en el brazo. No me había cambiado la ropa del trabajo.

Llevaba una blusa azul con un estampado de cerezas que hacía

juego con una falda gris de tubo y unos zapatos de salón rosas—.

¿No deberías estar ya con tu exnovio?

—Solo he venido a dejarte las llaves.

Vale. Qué mentira tan descarada. Layla tenía unas de repuesto

por si había una emergencia. Simplemente, necesitaba hablar con

ella antes de marcharme.

—Gracias por cuidar de Daisy. En general, la saco tres veces al

día, mínimo veinte minutos. Le gusta ir al parque Abingdon Square.

Sobre todo para perseguir a una ardilla que se llama Frank y

molestar a otros perros. Asegúrate de que no corra hacia la calle.

Hay una taza de medir en su saco de comida, échale una por la

mañana y otra por la noche. Sus vitaminas están junto al cajón de


los utensilios, en la caja amarilla. No te molestes en cambiarle el

agua mucho. De todas formas, bebe del inodoro. Oh, y no dejes

nada en la encimera. Encontrará la forma de abrirlo y comérselo.

—Parece que hablas de mí después de una noche de juerga —

dijo Layla con una sonrisa—. Frank, ¿eh? ¿La relación es seria?

—Por desgracia para él. —Hice una mueca. Reconocía a Frank

por la calva que tenía entre los ojos. A Daisy le encantaba esa

ardilla, así que le daba algo de comer cada vez que íbamos al

parque—. Puede que también se mee en tus zapatos como protesta

cuando se dé cuenta de que me he ido —añadí.

—Dios, es peor que un niño. Ese exnovio tuyo del «nos vemos el

jueves que viene» se aseguró de que nunca lo olvidaras con este

regalo de despedida.

Me encogí de hombros.

—Mejor eso que la C-L-A-M-I-D-I-A.

—Sé cómo se escribe. —El niño sacó la lengua y ambas lo

miramos con incredulidad.

—Gracias, te debo una —dije.

—No hay de qué.

El niño que tenía en brazos ahora le tiraba del pelo y gritaba el

nombre de su madre.

—Control de tierra llamando a Maddie la Mártir, ¿estás ahí? Te

he preguntado si Sven te ha leído mi mensaje —dijo Layla,

ignorando el terremoto en sus brazos. Odiaba ese apodo, aunque

me lo había ganado por no negarme a nada de lo que me pedía la

gente. Prueba A: asistir a mi propia fiesta de compromiso falsa en

los Hamptons este fin de semana.

—Sí. —Ofrecí una sonrisa alegre—. Lo siento, estaba pensando

en otra cosa. Sí, me lo ha leído. Estás loca.

—Y tú parece que estás en el corredor de la muerte.

—Así me siento yo también.

—Lo lamento, cariño. Sé lo horrible que es que un multimillonario

guapo y educado te invite a pasar un fin de semana en los

Hamptons después de deslizarte un anillo de compromiso de

cuatrocientos cincuenta mil pavos en el dedo. Pero sobrevivirás.


Que conste que yo no había investigado lo que costaba el anillo.

Fue Layla, tras pimplarse una botella de vino (vale, un Capri Sun

con alcohol), quien lo hizo, justo después de que Chase abandonara

mi apartamento. La convoqué a una reunión urgente durante la cual

navegó por la página web de la joyería Black & Co. y vio que se

trataba de un anillo de edición limitada que ya no estaba a la venta.

—Sabes lo que eso significa. —Movió las cejas mientras vertía

un chupito de vodka en una taza y echaba el Capri Sun en ella. Hice

oídos sordos.

—Sí, quiere asegurarse de que su familia se cree lo del

compromiso. Eso es todo.

Ahora seguía tratando de apagar su optimismo con una buena

dosis de realidad.

—En serio, prefiero verlo como un secuestro por parte de un

arrogante, mentiroso e infiel cab… —Miré al niño, que se había

quedado en completo silencio, con los ojos muy abiertos, esperando

a que terminara la frase. Me aclaré la garganta—. Caballo.

—Ha dicho una palabrota. —Me señaló con un dedo regordete.

—No, no. He dicho «caballo» —protesté. Estaba discutiendo con

un niño de cuatro años. A Ethan le habría dado un infarto en el acto

si se hubiera enterado.

—Oh. —El niño sacó el labio inferior a modo de reflexión—. Me

encantan los caballos.

—Aparentemente, no nos gusta este, Timothy. —Layla le dio

unos toquecitos en la cabeza. Cerró la puerta un poco—. ¿Me

prometes una cosa?

—¿Tengo que hacerlo? —Me enfurruñé. Iba a pedirme que fuera

positiva y optimista.

—Trata de aprovecharlo al máximo. En vez de pensar en la

persona con la que vas a pasar el tiempo, piensa en cómo vas a

pasar el tiempo. En la propiedad de ciento cincuenta millones de

dólares en la que te vas a alojar en Billionaires’ Row, comiendo

especialidades de la costa y bebiendo vino que cuesta más que tu

alquiler. Llévate el libro de bocetos. Tómate un respiro de la vida de

ciudad. Haz que este viaje sea cojonudo.

—¡Palabrota! —Timothy volvió a reaccionar.


—He dicho «corajudo». Seguro que te gusta ser valiente.

—Oh, sí, claro.

Adoraba a mi mejor amiga, pero, si ella era un modelo a seguir

para los niños, yo era un sobre de sopa. Ni siquiera quería tener

ninguno (hijos, no sopa. Por cierto, a Layla le encantaba la sopa).

No obstante, Layla tenía razón. Iba a asistir a mi falsa fiesta de

compromiso con el hombre de mis pesadillas, pero lo haría con

estilo. Chase y yo habíamos pasado la Navidad en la propiedad de

los Hamptons antes de romper. Era el tipo de lugar que solo ves en

la tele, o en las historias de los famosos en Instagram. El problema

era que Layla le tenía mucha fobia al compromiso. Pasar el tiempo

con el hombre que le había roto el corazón nunca representaría un

problema porque nunca le habría roto el corazón.

—¿Sabes qué? Tienes razón. Lo haré. Choca esos cinco,

Timothy. —Le ofrecí al niño la palma abierta con una sonrisa. Él me

lanzó una mirada perdida, inmóvil.

—Mami dice que no permita que me toque ningún desconocido.

Podrían secuestrarme.

«Si el secuestrador sabe de lo que tus pulmones son capaces,

no lo hará».

—Bueno, entonces listo. Lo pasarás genial, sin analizar en

exceso cada momento. Y vas a permitirte el lujo de «forrar» sin

encariñarte.

—¡Oye! Has dicho… —empezó Timothy.

—Forrar. He dicho «forrar». Gracias por asistir a mi charla TED. *

—Layla me cerró la puerta en la cara sin darme la oportunidad de

quejarme por mi próximo fin de semana.

Entonces vi la palabra del día de Layla.

Cumpleaños

El aniversario del día en el que nació una persona. Normalmente, es

una ocasión de celebración en la que se ofrecen regalos.

Chase me engañó el día de su cumpleaños.

Y con ello se me volvió a agriar el humor.


Chase llegó cinco minutos tarde. Sin lugar a dudas, fue

premeditado. La puntualidad siempre había sido su fuerte. Pero, si

irritarme fuera un deporte olímpico, ya tendría un puñado de

medallas de oro, un contrato para escribir un libro y un montón de

esteroides.

Aparcó en doble fila frente al edificio, bloqueando el tráfico con la

indiferencia de un psicópata al que no le importa nada en absoluto lo

que la gente piense de él. Se apeó del coche, lo rodeó y, sin mediar

palabra, me arrebató la maleta de los dedos antes de tirarla al

maletero. La gente tocaba el claxon y sacaba los puños por las

ventanas detrás de nosotros al tiempo que nos gritaban y nos

maldecían de distintas formas con la cabeza por fuera del coche. Él

regresó al vehículo y se abrochó el cinturón sin prisa. Yo seguía

pegada a la ardiente acera, tratando de aceptar la idea de pasar

tiempo con él. Bajó la ventanilla del copiloto y me ofreció esa sonrisa

impaciente que le dedicaba a los empleados y que te hacía sentir

tan estúpida que no sabías dónde meterte.

—¿Pánico escénico, amor? —Pronunció la palabra «amor»

como si fuera una blasfemia.

Tuve que recordarme que debía ignorar sus juegos mentales,

que todo esto era por su hermana, su madre y Ronan Black. Por sus

corazones y mi conciencia.

—Claro —mascullé con sarcasmo—. No me gustaría que mis

falsos suegros pensaran que su futura nuera de mentira no es tan

encantadora como creían al principio.

—¿Alguna vez has oído la frase «finge hasta que lo logres»?

—Estoy segura de que las mujeres de tu vida la conocen —

bromeé.

Él sonrió con ironía.

—Tal vez nuestra relación haya sido una farsa, pero no se puede

decir lo mismo de los orgasmos.


Detrás, los coches no dejaban de pitar con fuerza. El sonido

hacía eco en mi cabeza. Quería que Chase supiera que no iba a

decirle que sí a todos sus caprichos e ideas por mucho que hubiera

accedido a ayudarlo.

—Sube, Mad. A menos que quieras que me pelee con media

calle.

—Qué tentador —mascullé. De verdad que lo era.

Él sonrió, ajeno por completo al caos que bullía a sus espaldas,

incluso ahora que varios coches se habían unido a la pitada. No era

propio de mí hacer esperar a la gente, pero dejar claro mi punto de

vista estaba por encima de la educación. Tenía que recordarle que

iba en serio.

—Si te pones nerviosa, simplemente imagínate a todo el mundo

desnudo.

—Está bien —dije mientras bajaba la mirada por su cuerpo—.

¿Tiene frío, señor Black?

Él se rio disfrutando de la charla.

—No recordaba que fueras tan vivaz.

—Ni yo que tú fueras tan insufrible —respondí. Y me di cuenta

de que era cierto. Cuando salíamos, él parecía más educado e

introvertido, y yo… bueno, menos yo.

Me subí al coche y opté por mirar por la ventanilla durante el

camino. Vi cómo pasaban los rascacielos de Manhattan a cámara

lenta. Era como echar un vistazo a una revista. El entorno cambiaba

con frecuencia y brillaba a través del filtro de la reluciente ventana.

Toda la histeria que había logrado esconder bajo montones de listas

de tareas pendientes y trabajo durante toda la semana volvió a

hervir a fuego lento cuando salimos de la ciudad. ¿Cómo se suponía

que iba a enmascarar el odio puro que sentía por este hombre? No

podría besarlo ni darle la mano. Dios, acababa de darme cuenta de

que compartiría habitación con él. Ni de coña.

Ya había sido bastante duro explicar la situación a Ethan en la

cita que tuvimos un par de días después de la visita inesperada de

Chase. Le conté todo, incluso la infidelidad de Chase, la enfermedad

del padre y mi propia experiencia al perder a mi madre. Luego, le


mencioné el apodo que Sven y Layla me habían puesto; Maddie la

Mártir.

—¿Seguro que estás de acuerdo con esto? —le pregunté a

Ethan por enésima vez mientras nos tomábamos unas cervezas y

comíamos xiolongbaos. Andaba con cuidado. Entendía que sonaba

a locura. Ethan y yo nunca habíamos hablado de exclusividad. A

veces quedábamos, pero no nos habíamos acostado y mucho

menos le habíamos puesto etiqueta a lo nuestro. Nos habíamos

dado unos cuantos besos sueltos, nada más. Ojalá hubiera dado un

golpe sobre la mesa y me hubiera dicho que no estaba de acuerdo.

Habría sido la excusa perfecta. Pero Ethan, que veía lo bueno en

todo (creo que hasta en los asesinos en serie), se limitó a asentir

con la cabeza, cogió otra bola de masa con el palillo y se la metió en

la boca.

—¿Seguro? Estoy más que seguro. Es un honor salir con

alguien como tú. Lo único que vas a demostrar este fin de semana

en los Hamptons es que tú —Me señaló con los palillos— eres una

persona increíble. Chase Black fue un capullo al engañarte y aun así

lo ayudas. Eres fantástica.

Lo observé, esperando ese golpe sobre la mesa con la otra

mano.

—Además, no tenemos exclusividad, ¿no? —Se frotó la nuca,

sonrojado—. Ni siquiera hemos… Ya sabes.

Lo sabía.

—Así que —Se encogió de hombros— no estoy en posición de…

Lo que quiero decir es que no hay problema. De verdad.

Por alguna razón, su reacción me inquietó. Quería que al menos

estuviese un poco nervioso por la perspectiva de que pasara el fin

de semana con mi exnovio. Algo muy irracional, puesto que yo no

era en absoluto posesiva con Ethan y él llevaba razón: no teníamos

una relación exclusiva.

De vuelta a la realidad, Chase me leyó la mente.

—¿Tiene nombre? —Me sacó de mis pensamientos mientras

observaba el atasco al que nos acercábamos. Parecía que todo el

mundo se dirigía a los Hamptons. Una caravana de camiones, Prius

y descapotables esperaban en una línea interminable de vehículos.


—No empieces —advertí.

Chasqueó la lengua.

—Qué susceptible. Yo también lo estaría si mi pareja fuera lo

bastante idiota como para enviarme a un fin de semana en los

Hamptons con alguien que me ha follado hasta tres veces seguidas,

con sus respectivos orgasmos, en menos de veinte minutos.

—¿Puedes ser más chulo? —Giré la cabeza para fruncirle el

ceño.

—Sí, pero entonces tendría mis putas.

Había sentido un poco de alivio al romper con Chase. Seis

meses de relación y todavía me ponía nerviosa y me reprendía

constantemente por decir algo incorrecto en su presencia. Cuando

estaba cerca, mi voz era siempre aguda, y medía las palabras y lo

que pensaba para tratar de ser la mujer con la que pensaba que

Chase Black saldría. Sentía que jugaba en una liga tan superior a la

mía que me concentraba en no cometer errores más que en llegar a

conocerlo y pasarlo bien. Siempre me había sentido inferior. Menos

atractiva, menos elegante, menos inteligente. Ahora, odiarlo era

mucho más fácil que tratar de abrirme paso hasta su amargo

corazón, como hacía cuando salíamos.

—Bueno…, dime su nombre. —Chase volvió al tema en

cuestión.

—¿Acaso es asunto tuyo? —Empecé a rascarme el esmalte de

uñas para evitar estrangularlo.

—Es asunto mío con quién está follando mi prometida —dijo con

naturalidad. Dejé de rascarme y tiré de la delicada carne que

rodeaba una uña hasta que se rasgó la piel muerta.

—Falsa prometida —corregí.

—Y un verdadero grano en el culo.

—Dios, Chase, ¿cómo es que estás soltero? Eres el hombre

más encantador que he conocido en mi vida.

—Elijo la soltería —respondió con una sonrisa condescendiente

—. Al igual que tú eliges salir con cualquiera simplemente para no

estar sola.

Ay. Un silencio incómodo se apoderó del coche. Las bromas

estaban bien, pero, cuando empezamos a decir verdades, se nos


fue de las manos. Yo no salía con cualquiera; sin embargo, estaba

segura de que Chase creía lo que había dicho. Decidí seguirle el

juego. No tenía nada que esconder. Estaba orgullosa de Ethan.

—Ethan. Ethan Goodman.

—Goodman —repitió Chase en un siseo.

—Buen trabajo, Chase. No sabía que tuvieras el término «buen

hombre» en tu vocabulario. ¿A qué sabe?

—A dos o tres niños, una hipoteca sofocante en una casa de

Westchester que odias y una crisis de mediana edad en la que se

abusa levemente del alcohol a los cuarenta. —Todavía tenía la

mirada fija en la carretera—. ¿A qué se dedica Ethan Goodman?

—Es médico —contesté en voz baja mientras sentía que me

ruborizaba.

—Mmm. Voy a descartar que sea cirujano plástico, porque sería

demasiado sexy; en realidad, cualquier cirujano lo es, pero no

parece un hombre de mano firme; me voy a decantar por otra

opción: dentista. —Se detuvo y frunció el ceño ante la fila de

vehículos que había por delante—. No, eso sería rentable. He

cambiado de opinión. Ethan Goodman es pediatra. —Giró la cabeza

y me mostró una sonrisa tan siniestra que la sentí lamiéndome la

piel.

—Lo dices como si fuera algo malo. —Entrecerré los ojos—.

Salva vidas.

—Consultorio privado. —Me ignoró y volvió a dar en el clavo—.

Así que, técnicamente, rellena tablas de crecimiento con una letra

ilegible y examinaba erupciones en el trasero. Deja que adivine, hizo

un viaje a algún lugar para ayudar a los demás y ganar perspectiva.

¿A Sudamérica? ¿Asia? No… —Se detuvo y le salió una sonrisa tan

amplia que me dieron ganas de pegarle un puñetazo en la cara—.

África. Está comprometido con el cliché.

—Sí, el cliché de salvar vidas y ayudar a los demás. —Tenía la

cara tan roja que estaba a punto de explotar—. Es un buen hombre.

—Obviamente. Así lo dice su puto apellido. Y tú estás aquí

porque Ethan, el buen hombre, tiene ciertos problemas con el

compromiso.

—¿Perdón?


—¿Por qué razón alguien estaría de acuerdo con esto? Quiere

ver cómo nos comportamos tú y yo.

—No tenemos nada. Ethan y yo nos conocimos en

SoloSolterosSerios.com. —No pude evitar soltarlo, pero me

arrepentí de inmediato. No era algo que quisiera hacer público, no

obstante, Chase tenía que saber que estaba equivocado, al menos

en lo último. Es decir, desde luego, su propia existencia era un error

en múltiples niveles, pero estaba hablando de Ethan en concreto.

—Habría pensado lo mismo incluso si lo hubieras conocido en

MeCasoConCualquieraPorUnaMamada.com. No está más

comprometido contigo de lo que tú lo estás conmigo, y estáis

forzando esta mierda a pesar de que no tenéis nada de química,

simplemente porque no queréis estar solos. Asúmelo. Ya me lo

agradecerás.

—Mira quién habla —murmuré volviendo a la tarea de rascarme

el esmalte de uñas. Era un tedioso hábito que quería dejar, pero la

necesidad de manchar su precioso Tesla con copos secos de un

rosa Noches Marroquíes era abrumadora.

—Puedo hacer algo más que hablar —murmuró.

—Por muy tentador que sea tenerte callado, no, gracias.

Volví la cabeza hacia la ventana, hacia la seguridad de observar

a otras personas en sus coches mientras trataba de calmar los

latidos de mi corazón. Pensaba que ya habíamos terminado de

hablar. Al menos eso esperaba. Y entonces…

—Espero que estés de acuerdo con los cincuenta años de

misionero con las luces apagadas que te esperan. Y con el

desayuno diario con avena. Y con llamar a tus mascotas igual que a

los famosos de los programas de telebasura que ven tus hijos. —

Continuó hostigándome. Quería salir de mi piel y saltar por la

ventana, pero no confiaba en Chase y seguro que profanaría mi

cuerpo.

Me llevé la mano al corazón, haciéndome la sorprendida.

—Siempre me perseguirá el horror de tener una vida tranquila y

buena con un hombre sincero, mascotas e hijos. Te ruego que

pares.

Me dirigió una mirada de soslayo.


—Usas bien el sarcasmo.

Esperé la réplica. Chase no me decepcionó.

—Por desgracia. Es lo único que usas que no es ridículo.

—¿Te quieres callar? Ya es bastante malo que me obligaras a

participar en esto. No hagas comentarios sobre mi estilo ni analices

mi relación actual si no te lo pido. Simplemente, quiero a alguien

agradable y normal.

Era difícil de admitir, incluso para mí. Me había puesto más

nerviosa aún por lo del sexo con Ethan. Si no me arrancaba la ropa

y me ponía contra la pared con púas en una mazmorra BDSM, iba a

decepcionarme mucho, solo por el hecho de que Chase había

tenido razón en casi todo sobre su persona.

«No», me reprendí. «Ethan no tiene dudas sobre salir conmigo».

Llevábamos tres semanas y aún no nos habíamos acostado.

Veía a Chase meneando la cabeza por el rabillo del ojo, riendo

para sus adentros.

—Tú no deseas lo mismo que las personas normales, Mad.

—Tú no sabes lo que quiero.

Más silencio. Mi alma se golpeaba la cabeza contra el

salpicadero de aspecto futurista. ¿Por qué tenía debilidad por las

personas que no conocía? ¿Por qué había creído que esto era una

buena idea? Pero no podía rechazar pequeños actos de bondad.

Esa era la razón por la que no denuncié a Nina, mi compañera de

trabajo, por acoso laboral. Sabía que los trabajos en prácticas en el

mundillo de la moda eran difíciles de conseguir, así que aguanté que

Nina me acosara verbalmente a diario. Me guardaba una

chocolatina en el bolso por si alguien se desmayaba en el metro y

necesitaba azúcar para que le subiera la presión arterial. Era un

rasgo de Iris Goldbloom que había heredado.

—Recordatorio amistoso: tienes que fingir que te gusto —espetó

Chase después de un rato mientras daba toquecitos con sus

grandes y perfectos dedos al volante. Cerré los ojos y respiré hondo

por la nariz.

—Lo sé.

—Convincentemente.

—Puedo ser convincente.


—Eso es discutible. Tal vez haya contacto físico. Palmaditas

ligeras en zonas no estratégicas y esas cosas. —Seguía mirando la

carretera.

—¿Estás loco? —siseé.

—Pues sí, por eso estás aquí. En consecuencia,

representaremos a la pareja ideal.

—Lo haremos. ¿Ahora puedes, por favor, callarte? Te haré un

favor. Uno enorme. No hagas que me arrepienta —ladré al fin,

sintiéndome peligrosamente cerca de desmoronarme. Tenía el rostro

caliente y las lágrimas, a flor de piel. Me sentía como si alguien me

hubiera golpeado la nariz desde dentro.

Cerró el pico, para mi sorpresa.

Pasamos corriendo por Long Island. El zumbido silencioso del

Tesla era el único ruido de fondo que acompañaba el viaje. Cerré los

ojos mientras sentía la fricción de la garganta al tragar saliva.

Deseaba una tregua. Que Chase diera un paso atrás y me dejara

recomponer mi maltrecha autoestima y mis malos pensamientos.

Algo que me dijera que estaba haciendo lo correcto y que no iba a

destruir ni mi corazón ni el de su familia.

Por encima de todo, deseaba huir. Lejos, donde él no pudiera

arrancarme el corazón con sus garras ponzoñosas.

Tenía un secreto que no le había contado a nadie. Ni siquiera a

Layla.

A veces, por la noche, sentía las garras de Chase, afiladas como

cuchillos, deslizarse por mi corazón. Aún no lo había superado. No

de verdad. Ni siquiera pensaba que fuera amor, porque nada en la

personalidad de Chase me gustaba especialmente.

Estaba obsesionada.

Consumida.

Cautivada.

El problema era que sabía que Ethan, el del misionero, cuidaría

más mi corazón que Chase, el de la postura de vaquera invertida.


Capítulo cuatro

Chase

¿En qué me fijé primero de Madison Goldbloom cuando me

choqué con ella en el ascensor de Croquis? En sus hermosos ojos

color avellana.

Vale, está bien. Me fijé en sus tetas. Demandadme.

Para cualquier otro, quizá fueran unas tetas bonitas de tamaño

normal, a pesar de que las llevaba escondidas debajo de una

camiseta de cuello alto blanca muy recatada, y visualmente

ofensiva, con un vulgar estampado de barra de labios. Pero eran tan

firmes, tan jodidamente erectas y redondas, que no me resistí a

fijarme en que eran del tamaño perfecto para mis manos.

Con el objetivo de probar esa teoría, tuve que invitarla a cenar

primero. Dado que la naturaleza casi me engañó para perseguirla,

llevé a Madison a uno de los mejores restaurantes esa misma noche

y no escatimé en gastos, ni en piropos, por el bien de mi

investigación sobre el tamaño de sus tetas en relación con el de mis

manos.

(Y resultó que tenía razón. La ciencia, nena, nunca falla).

Madison era más baja que la media, algo que prefería, dado que

yo odiaba a la gente. Por lo que, mientras menos cantidad, mejor.

Por desgracia, esta persona en concreto fue una dulce trampa,

porque lo que le faltaba de tamaño, lo tenía de entusiasmo. Era

alegre y caritativa, y se emocionaba cuando hablaba de lo que le

gustaba. Arrullaba a bebés, acariciaba a los perros por la calle y

establecía contacto visual con desconocidos en el metro. Su


vitalidad me incomodaba; no estaba acostumbrado y no me sentaba

bien.

En cuanto a su ropa… Una parte de mí quería arrancársela, y no

por motivos sexuales, sino porque era horrible.

En principio, no iba a ser nada más que un rollo. No se me había

cruzado por la mente pasar con ella más de una semana.

Normalmente, mis relaciones caducaban a la par que mis cartones

de leche. Durante mis treinta y un años de existencia, antes de

conocerla, solo había tenido una novia, y había acabado en una

farsa que me recordó que los humanos, como concepto, eran

defectuosos e impredecibles y, aunque era inevitable tenerlos cerca,

debían mantenerse a una distancia prudencial.

Entonces llegó Madison Goldbloom y ¡puf! Se materializó la

novia número dos. A decir verdad, no se ganó el título, lo robó.

Mad y yo salimos la noche que la conocí (la norma de no

confraternizar no se daba en este caso, ya que, técnicamente, no

trabajábamos en la misma empresa). Tenía unos ojos muy muy

grandes, marrones, verdes o como sea, bordeados de motas

marrones y doradas, un corte de pelo pixie que le daba un aspecto

dramático a lo Daisy Buchanan, el tipo de mujer que te roba

lentamente el corazón si no andas con cuidado, y unos labios tan

carnosos y esponjosos que me excitaban cada vez que los movía.

Y eso era cada vez que hablaba.

Y hablaba por los codos.

Después de acostarme con Mad en la primera cita, nos

intercambiamos mensajes. Ella me dijo que no solía acostarse con

nadie en la primera cita y que le gustaría ir despacio. Y eso, por

supuesto, me provocó el deseo de volver a acostarme con ella casi

de inmediato. Justo lo que hice. La tercera vez que nos enviamos

mensajes, mandó a tomar viento sus normas y empezó a jugar de

acuerdo a las mías. Antes de que me diera cuenta, llegamos a un

acuerdo cómodo de cenar antes de tener sexo. Lo que ocurría de

forma habitual durante la semana. En retrospectiva, con demasiada

frecuencia. Eran las tetas y el hecho de que bajo ese horrible

atuendo suyo (no encuentro palabras para describirlo mejor), llevaba

camisones sensuales y lencería a juego.


Tal vez yo también tuviera algo de culpa al establecer el tipo de

relación que llevábamos. En algún punto, cometí un error

estratégico. Tenía mucho sentido que Madison tuviera acceso a mi

apartamento por una cuestión logística. Tenerla a mi disposición era

práctico y llamarla constantemente me ponía de los nervios. No

había ningún sentimiento de por medio cuando tomé la decisión de

darle una llave a Mad. Mi casero y mi asistente personal también

tenían una, y no tenía la intención de declararme a ninguno de ellos.

De hecho, cambiaba de asistente personal tan a menudo como de

ropa interior.

Y, solo por aclararlo, soy una persona muy limpia.

Si a veces llevaba a Madison al cine, era porque de verdad

quería ver la película. Demandadme por ser fanático de Guillermo

del Toro y Tarantino. No la llevaba al cine para abrazarnos o

compartir palomitas (la primera vez que fuimos tiró una bolsa de

M&M’S en el cubo de palomitas. Eso debería haber sido la primera

pista para saber que esta mujer se había criado de forma salvaje).

Tardé cinco meses en darme cuenta de que teníamos una

relación. Mad fue la que me lo señaló. Lo hizo de un modo astuto y

adorable. No muy diferente a un Oso Amoroso con un cuchillo de

carnicero. Dijo que en dos semanas su padre estaría en la ciudad y

me planteó si quería conocerlo.

—¿Por qué querría conocerlo? —pregunté con amabilidad.

Joder, su respuesta hizo que me atragantara con el whisky. El

mismo whisky puro de malta que había bebido en la fiesta de un

amigo a la que la había llevado, no porque fuésemos novios, sino

porque era más cómodo que ir a su casa después de la fiesta.

—Bueno, porque eres mi novio. —Pestañeó mientras le daba

vueltas al cóctel Cosmopolitan como si fuera una turista tratando de

imitar a Carrie Bradshaw.

(Nota personal: era una turista. Creció en Pensilvania. Debería

haber comprobado si podía deportarla, aunque a esas alturas ya

habían pasado catorce días hábiles).

Fue en ese momento de «ven a conocer a mi padre» cuando me

di cuenta de que no me había follado a nadie más desde que había

conocido a Madison, y de que no tenía ningún deseo de hacerlo en


un futuro próximo (como si me hubieran hecho un amarre). Y de que

hablábamos a menudo por teléfono (incluso cuando, técnicamente,

no teníamos mucho que decirnos). Y de que teníamos sexo a todas

horas (érase un hombre a una polla pegado). Y de que, por

supuesto, asumí que mis planes de fin de semana la incluían (de

nuevo: érase un hombre a una polla pegado).

Eso, junto con el hecho de que la llevé a ver a mis padres en

Navidad, hizo que la relación fuera más que una simple aventura.

Sobre todo, por la forma en la que hizo saltar por los aires toda

mi filosofía de vida. Ahora estaba oficialmente pillado y tenía novia.

Dos cosas que me había prometido que no volverían a suceder

jamás. Así que hice lo que tenía que hacer para sacar a Madison

Goldbloom de mi vida. Para deshacerme de esa relación temporal

de una vez por todas.

Pensé que habíamos terminado.

Para siempre.

Quería romper lazos con esa mujer menuda, de labios carnosos

y horrendos zapatos Babette que pensaba que llevar enaguas a los

veintiséis era adorable en lugar de demencial.

Entonces, mi padre me había lanzado una bola curva ardiendo

directa a las manos, y aquí estaba, tirándola de lado a lado y

pasando el tiempo con Madison. Haciendo lo único que había jurado

no hacer.

—¡Aquí estáis! —Mamá se abalanzó sobre el parabrisas como

un canguro frenético mientras aparcaba el Tesla junto a la propiedad

de los Hamptons. Madison despertó de su sueño a mi lado. Se dio

unos toquecitos en la barbilla para ver si estaba babeando (así era)

y se sentó mientras se ponía bien la diadema de perlas.

En vez de ofrecerle unos segundos para que se preparara, hice

lo que cualquier capullo de talla mundial haría: abrí la puerta y rodeé

el coche para abrazar a mi madre.

—¿Qué tal el tráfico? —Mamá me hincó las uñas con manicura

francesa en los hombros. Me dio varios besos en la cara sin ocultar

apenas la mirada ansiosa hacia el coche. Estaba temblando de la

emoción contenida.

—Soportable.


—Espero que a Madison no le importara el tráfico.

—Le encantan los atascos. Son su afición favorita.

«Justo después de atrapar a hombres inocentes en relaciones».

En cualquier caso, ¿desde cuándo estaba Madison por encima

de inconveniencias triviales como el tráfico? Eso es lo que pasa

cuando nunca has llevado a nadie a casa. La primera pareja

conocida que tenía y mis padres ya la trataban como el segundo

mesías.

Le abrí la puerta a Madison y la ayudé a bajar del coche,

empujándola a los brazos de la realidad. Se bajó la falda de tubo

mientras trataba de salir del coche con gracia.

Mamá abordó a Madison como una defensa profesional,

pegándola al coche. He de decir a su favor que Mad representaba el

papel de prometida feliz de una forma medio convincente. Lo que

significaba que era torpe, pero nada más allá de su habitual falta de

gracia. Después de saludarse la una a la otra, mamá examinó su

anillo de compromiso desde todos los ángulos, suspirando como si

fuera la primera vez que veía un diamante en su vida. Era una joya

bonita de la línea exclusiva de Black & Co. Había pedido el anillo

más genérico y caro que tenían. Algo que dijera que «el prometido

es rico», pero también que «no sabe nada de su futura esposa».

Algo perfecto para los dos.

—Espero que no te importe, pero será un evento más pequeño.

No hemos tenido mucho tiempo para prepararlo, ya que Ronan… —

comentó mi madre disculpándose con Madison.

Madison negó con la cabeza, casi histérica.

—No, no. Lo entiendo perfectamente. El mero hecho de que te

hayas ocupado de eso, teniendo en cuenta las circunstancias es…

Ah… —Miró a su alrededor—. Increíble, de verdad.

—No te preocupes. Seguirás siendo la reina del baile. —Le di

una palmadita en el hombro a Madison y la miré con la calidez de un

cuchillo de mantequilla. Puede que, mientras corría en la cinta,

hubiera visto algunas películas de Hallmark para imitar al prometido

enamorado. El cardio había sido la única razón por la que no me

había dormido con tantas gilipolleces.


—Eres demasiado amable. —Madison colocó una mano sobre la

mía en su hombro y la apretó con la esperanza de romperme algún

hueso.

Reprimí una sonrisa.

—Nunca demasiado amable para ti.

—Oh, déjalo. —Sonrió con tirantez—. De verdad —enfatizó.

Mamá nos miraba mientras disfrutaba de lo que pensaba que

estaba presenciando, y aplaudía.

—¡Miraos!

Aunque Madison no hizo nada abiertamente mal para arruinarlo

todo, estaba lejos de merecerse un Óscar en la categoría de

prometida enamorada. Agachaba la cabeza cada vez que le hacían

una pregunta que debía contestar mintiendo. Tenía las mejillas tan

rojas que pensé que la cabeza le iba a explotar. Y me miraba con

entusiasmo fingido y educado, como si fuera un macarrón mal

pintado por un niño particularmente distraído.

—Katie se muere por verte y creo que todavía no conoces a

Julian, el hermano mayor de Chase, y a su mujer, Amber. No

pasaron con nosotros la última Navidad. La celebraron con la familia

de Amber en Wisconsin —balbuceó mamá mientras tomaba la mano

de Madison y la guiaba a la casa después de diez dolorosos minutos

—. Clementine, su hija, es una pera en dulce.

—Suena a fruta —chilló Mad, sin dedicarme una mirada,

mientras mi madre la arrastraba con ella.

«Suena a fruta». Acababa de decir eso. Yo había estado dentro

de esta mujer en algún momento. ¿En qué cojones había pensado?

Dos empleados uniformados se materializaron en la entrada,

apresurándose a llevar la maleta de Madison. Los dirigí a la

habitación que íbamos a compartir (sí, «compartir») echando un

vistazo al carrito de golf junto al Tesla. Sopesé la idea de irme

directo al campo de golf para interrumpir a Julian y a papá, pero

luego lo pensé mejor. No era un preadolescente histérico que

rogaba que lo incluyeran en todo. Además, debía subir y trabajar el

papel de Madison. Prepararla antes de que conociera al resto del

clan Black.


Mi padre tenía la extraña habilidad de analizar gilipolleces del

pasado y diseccionar situaciones y dinámicas con éxito. No me

extrañaría que me dijese que no me casara si se daba cuenta de

que mi novia estaba sopesando la idea de asesinarme con el

cuchillo de la carne. Sí, decidí. Los problemas con Julian podían

esperar. En cualquier caso, no íbamos a tirarnos el uno al cuello del

otro cerca de papá.

De mala gana, me dirigí a nuestra habitación en el ala izquierda

de la finca. La parte reservada a la familia directa. Julian y su familia

residían en el ala derecha. La razón oficial era que necesitaban más

espacio. Si esto me lo hubieran dicho hace tres años, me lo habría

creído. Pero ahora no. Ahora Julian parecía un completo extraño.

Encontré a Madison atrapada en una conversación trivial con

Katie y mamá en nuestra habitación. Seguramente, Amber estaría

dándose un baño de espuma en algún lugar de la mansión,

probando lo último para el cuidado de la piel. Sangre de koala, caca

de tortuga o lo que fuera que se untara en la cara para parecer más

joven. Las mujeres de mi familia seguían sosteniendo la mano de

Madison por turnos, como si fuera un rehén, y elogiaban el anillo de

compromiso como si de un bebé se tratara. Me aclaré la garganta,

entré en la habitación y le pasé un brazo por los hombros.

El gesto no parecía familiar ni agradable. Nunca lo había hecho

antes, ni siquiera cuando estábamos juntos. Madison tenía unos

hombros esbeltos y estrechos, algo de lo que nunca me había dado

cuenta. La sensación del peso de mi brazo sobre esta mujer no era

agradable. Otros hombres, obviamente, no tenían parejas del

tamaño de Mad porque las aplastarían. Para mí, era un misterio el

hecho de haber estado encima de esta chica varias veces a la

semana. En ese momento, parecía tan frágil de pie junto a mí…

Decidí no echar todo el peso del brazo en sus hombros. En

consecuencia, el brazo me colgaba en el aire a un centímetro de su

cuerpo. Un inconveniente, pero es que era muy pequeña.

Tan pequeña que no podía contar como una persona entera.

Técnicamente, solo tuve media exnovia.

«Simplemente, admite que tuviste una jodida novia, idiota».


—Estaba preguntándole a Maddie cómo es que no la hemos

visto desde hace tiempo. —Katie se giró hacia mí, jugueteando con

las perlas que llevaba en el cuello. Era alta para ser mujer, tenía el

cabello largo y oscuro, y una figura impecablemente desnutrida que

vestía con prendas elegantes. Era el tipo de persona que se

mezclaba con los muebles y ocupaba el menor espacio posible. Lo

opuesto a la pequeña y parlanchina Madison, de piel aceitunada.

—Quieres decir que la estabas interrogando —corregí. No quería

que mi falsa prometida estuviera bajo un escrutinio innecesario. Su

juego de mentiras era probablemente tan malo como su sentido de

la moda. Katie retrocedió visiblemente, insultada por mi comentario,

y, de inmediato, me sentí como un idiota. A pesar del resentimiento

que sentía por las relaciones amorosas, en general era un humano

decente con mi familia.

—Gracias, Chase. Puedo cuidarme sola. —Madison sonrió

incómoda.

«Y puede que necesites cuidar del imbécil asexual con el que

estás saliendo».

—Tienes razón, cariño. Sé de primera mano lo buena que eres

cuidando de ti misma. —Levanté una ceja a modo de provocación y

en referencia al arsenal de juguetes eróticos que una vez encontré

en el cajón de su cocina mientras buscaba una cucharilla para el

café. «Aprovecho el espacio, ¿de acuerdo? ¡Vivo en un estudio!».

Madison, como había imaginado, se sonrojó al instante.

—El cuidado personal es importante. —Miró hacia el techo

tratando de no entrar en combustión.

—Predica, hermana. —Katie suspiró, las insinuaciones volaban

sobre su cabeza—. Estoy pensando en volver a terapia ahora que

nos hemos enterado de lo de papá.

La mirada de Mad volvió a Katie, y su rostro pasó del horror a la

tristeza.

—Oh, cielo. —Tocó el brazo de mi hermana—. Deberías hacer lo

que sea necesario para mejorar tu salud mental. Creo que es una

gran idea.

—¿Fuiste a terapia? ¿Durante…? ¿Después de…? —Katie

preguntó esperanzada. Mi hermana era algo mayor que Madison,


pero diez veces más ingenua. Quizá debido a una crianza

sobreprotectora, así como al lujo de no conocer las dificultades de la

vida.

—Bueno, no pude permitírmelo. —Madison arrugó la nariz y eso

hizo que Katie abriera los ojos de par en par, horrorizada. Sí. Se le

había olvidado que los psiquiatras eran algo que no todo el mundo

podía permitirse—. Pero tenía a mi padre. Y a muchos familiares,

así que… —Se encogió de hombros.

Hubo una pausa incómoda en la que probablemente Katie quiso

morirse, yo quise matar a alguien y Madison… ¿Quién demonios

sabía lo que sentía en ese momento?

—Bueno… —Mamá aplaudió con una alegre sonrisa y nos sacó

de nuestro ensimismamiento—. Vamos a dejar a la parejita a solas

para que se acomode. A las diez tomaremos un refrigerio. Nada

formal, solo un poco de comida y charla. Nos encantaría que

asistierais si no estáis demasiado cansados.

Mamá le dio un último apretón en la mano a Madison antes de

sacar a mi hermana de la habitación y cerrar la puerta.

Aparté el brazo de los hombros de Mad al mismo tiempo que ella

se giró hacia mí y me pisó el pie con todas sus fuerzas. Tardé un

segundo en darme cuenta de que tenía el pie encima del mío. No

pesaba casi nada. La mayoría del peso era tela y accesorios que

probablemente había encontrado en la cesta de descuento de

Claire’s.

—No vamos a quedarnos en la misma habitación. —Movió el

dedo frente a mi cara. Empecé a aflojarme la corbata y entré con

calma en el vestidor, en el que me esperaba un guardarropa

completo, adecuado para cualquier estación. Sabía que me seguiría.

—Corrige esa frase, Madison, porque parece que sí.

—Esta casa tiene como trescientas habitaciones. —Estaba

pisándome los talones, moviendo el brazo a su alrededor.

—Doce —dije mientras abría el cajón de los relojes. «¿Rolex o

Cartier?». El menos pesado era la respuesta correcta, por si acaso

volvía a echarle el brazo por el hombro. Sabía que al menos debía

fingir que me gustaba frente a mi padre y tocarla era, por desgracia,


parte de la farsa. Si estuviera la mitad de feliz de lo que mamá y

Katie estaban de verla, mi lugar en el cielo estaría asegurado.

«Dios, espero que allí sirvan alcohol».

—Suficiente como para acostarme en otro lado. —Por el rabillo

del ojo, vi que Madison se apoyaba contra los estantes. Cintura

estrecha. Caderas anchas. Y no de forma desproporcionada, como

esa familia de clones humanos de la telerrealidad. Era

exquisitamente femenina: delicada, pequeña y redonda. Me

preguntaba si el doctor Perfecto apreciaba eso de ella.

—¿Por qué dormirían dos tortolitos en habitaciones separadas?

—Cerré el cajón y empecé a desvestirme. Confiaba en que Mad se

girase si se sentía ofendida por mi desnudez parcial. No es que

fuera algo que no hubiera visto antes. Y de cerca.

—Por muchas razones —dijo sin aliento, chasqueando los dedos

—. Celibato. Finjamos que me reservo para el matrimonio.

—Cariño, gemiste por villancicos en la despensa, el jacuzzi y tres

de los dormitorios, y en la piscina cuando nos quedamos aquí en

Navidad. Tu virtud no habría encontrado el camino de regreso a tu

cuerpo ni con un mapa, una brújula o un GPS.

—¿Nos oyeron? —Abrió los ojos de par en par y volvió a

sonrojarse. Debía admitir que era un bonito sonrojo. Tenía las

mejillas coloradas y sus rasgos eran suaves. Qué pena que también

tuviera la habilidad de engañarme para comprometerme cuando no

prestaba atención.

—Sí, mi familia lo oyó. Y también los de Maine.

—Dios Santo.

—Ya, ya, celebramos el cumpleaños de su hijo, pero fui yo quien

hizo todo el trabajo sucio.

—No recuerdo que te quejaras.

—Eso era algo difícil teniendo en cuenta que tenía la boca

estratégicamente situada entre tus piernas.

Me dio un golpe en el pecho desnudo antes de darse la vuelta y

caminar de un lado a otro. Entrelazó las manos en su nuca mientras

yo seguí desnudándome hasta quedarme en calzoncillos,

flexionando todos los músculos del cuerpo. No estaba por encima


de la vanidad (a decir verdad, no estaba por encima de la mayoría

de las cosas).

—No voy a compartir la cama contigo. —Ella negó con la

cabeza, se detuvo y señaló el suelo—. Eres bienvenido a dormir en

la alfombra.

Resistí el impulso de preguntarle si se refería a tener otra ronda

con lo que tenía entre las piernas e incliné la cabeza.

—No sé si eres consciente, Mad, pero es posible que dos

personas duerman en la misma cama sin tener sexo. Se han

registrado casos así a lo largo de la historia.

—En ningún caso estabas implicado. —Me lanzó una mirada

punzante mientras ignoraba mi estado de desnudez. Tenía razón.

No estaba acostumbrado a que tomara las decisiones o a que me

rechazaran, en general. Cuando salíamos, Madison se dejaba llevar

y bailaba al son de mi música.

Estaba claro que eso no era lo que estaba haciendo ahora, y no

sabía cómo reaccionar ante ello.

Iba a lanzar otro argumento cuando abrió la maleta y empezó a

sacar la ropa. Esta aterrizó en el suelo formando un montón de telas

estampadas. Ideal para encender una hoguera.

—No vas a convencerme de lo contrario, Chase, así que te

sugiero que te pongas cómodo en el suelo con una almohada y una

manta. No dudaré en irme a casa si no respetas mis límites.

—¿Con qué coche exactamente?

—Con un Uber si es necesario. No me pongas a prueba, Chase.

No soy tu prisionera.

—Ni yo era el tuyo —murmuré.

—¿Perdona? —Levantó la cabeza.

—Qué extraño, no sabía que eras dada a eso.

—¿A qué?

—A respetar los límites.

—¿En qué momento no respeté tus límites? —Tenía los ojos tan

abiertos que me veía reflejado por completo en ellos.

«Cuando me hiciste tu novio sin mi consentimiento».

Me di cuenta de que, aunque lo había dicho para mis adentros,

sonaba muy cobarde. Podía haber dejado la relación con Madison


en cualquier momento. Yo había elegido seguir. Yo elegí sus

excelentes habilidades culinarias y sexuales, y la comodidad de

borrar las aplicaciones de citas por encima de mis principios.

También elegí arruinarlo todo.

Hice un cálculo aproximado. Si la engañaba, ella me dejaría y en

algún momento volvería (todas lo hacían). Entonces, tendríamos

una relación más casual, sin ataduras. No era un completo cerdo. Le

alquilaría una vivienda mejor de la que tenía y le compraría cosas

bonitas. Simplemente, no quería sentar la cabeza. Me molestaba

incluso mencionarlo. «Sentar la cabeza era conformarse». Te

conformabas con un coche feo porque era lo bastante seguro para

tu familia. Te conformabas con una cita aburrida para follártela al

final de la noche. No te conformabas cuando se trataba de toda tu

maldita existencia.

La cosa es que Mad nunca regresó. Explotó, rompió conmigo y

se fue para siempre. Aunque terminó enviándome un regalo de

cumpleaños en forma de bolsa de pelos de Daisy y su última factura

del veterinario (que, para que se sepa, pagué como buen perdedor).

Todavía recuerdo la nota que adjuntó a factura.

Chase:

He esterilizado a Daisy. Creo que los dos estamos de

acuerdo en que nada que proceda de ti debe reproducirse

jamás. Paga la factura en cuanto puedas.

Madison

De vuelta a la realidad, a la habitación compartida, apreté la

mandíbula. Le respondí a Madison entre dientes:

—Vale. Si tanto te preocupa rozar tu culo contra mi entrepierna

esta noche, dormiré en la alfombra.

—Gracias. —Frunció la boca. Noté que hacía un esfuerzo por no

reírse. ¿Por qué iba a hacerlo? Noté que me ardían las orejas.

Resistí el impulso de tocarlas. No me había sonrojado. Eso era un

hecho. Nunca me sonrojaba.


—Deja de mirarme. —Entrecerré los ojos y me eché una toalla

de baño por el hombro.

—Deja de señalarme. —Reprimiendo una sonrisa, volvió a la

tarea de tirar sus horribles vestidos al suelo. ¿Señalarla? ¿Estaba

loca?

Miré hacia abajo.

Oh.

Oh, no.

Me di la vuelta y me la coloqué bien por debajo de los

calzoncillos Armani mientras pensaba: «Joder, joder, joder».

—Sí, lo sé. —Suspiró a mis espaldas—. Por lo general, eso es

en lo que piensas cuando tu cuerpo reacciona así.

¿Lo había dicho en voz alta? ¿Qué cojones me pasaba?

—Ve a ponerte presentable —murmuré mientras me dirigía con

paso firme a la ducha, por si volvía a darme por actuar como una

chica. Por ejemplo, sonrojándome de nuevo o tal vez

desmayándome en sus brazos—. Y, por el amor de Dios, trata de no

ponerte nada estampado.

Se vistió con ropa estampada de la cabeza a los pies.

Llevaba unos tacones negros con dibujos de cruces blancas, un

vestido de flores y una diadema de cuadros. Se había hecho en el

pelo eso que tanto me gustaba. Llevaba el flequillo muy liso, y el

resto de la melena, corta y ondulada, le caía sobre el cuello y la cara

en cascada.

Su estilo me recordó a su apartamento. Su interior era una

explosión de colores que parecía una piñata llena de muebles de

segunda mano y malas decisiones. No diría que fuera una persona

que almacenaba cosas de forma compulsiva, pero su apartamento

no se veía bonito. Tal vez Madison Goldbloom fuera la persona más

sentimental del planeta Tierra. Lo coleccionaba todo, lo que incluía

(y no se limitaba a ello) macetas, telas, bocetos, postales,


invitaciones de bodas, gomas para el pelo, recuerdos turísticos, un

maniquí con forma de caniche hecho exclusivamente de corchos de

botellas de vino e incluso una pieza de arcilla con forma de príncipe.

«Desorden, desorden y desorden».

No tenía ni idea de lo que me atraía de esta chica, además del

talento que tenía para ofender a cualquier par de ojos en un radio de

unos trescientos kilómetros. Diseñaba bonitos vestidos de novia

para una empresa exclusiva de vestidos de novia. Lo sabía muy

bien (los diseños se vendían como churros), ese era el motivo por el

que nos habíamos asociado con ellos. Sven decía que era su

empleada más valiosa. No lo cuestioné cuando salíamos.

«Debería haberlo hecho».

Mad bajó la escalera mientras el resto estábamos sentados en el

comedor. El personal entró en acción y se puso a servir la comida

en cuanto se sentó en una silla a mi lado al tiempo que sonreía y

saludaba con la mano a todos.

—Lo siento, no me he dado cuenta de que estabais esperando.

Madison tenía la habilidad de ser un tímido alhelí frente al mundo

y una pequeña ninfa en el dormitorio. Con el pie, arrimé su silla a la

mía y nuestras piernas y brazos se rozaron. El acercamiento hizo

resonar el suelo de mármol y provocó las risas de todos los

asistentes.

—Ya te echa de menos, qué dulce. —Katie se llevó la mano al

pecho. Tenía la voz ronca de la emoción. Madison soltó una risa

nerviosa e histérica. Apreté los dientes en silencio.

«No la cagues, Goldbloom».

—Cerdo de granja Mecox asado en caja china, pastel de beicon,

ensalada de col con suero de leche y cebolleta sobre un lecho de

barritas de pretzel —explicó una de las asistentes a Madison

mientras señalaba los distintos platos de la mesa. En lo que

respecta al aperitivo de las diez, fue una fiesta en toda regla. Mis

padres no pudieron evitarlo. Me molestaba contarles a mi madre y a

Katie que Madison y yo no estábamos juntos. Aunque no tendría

que lidiar con ello hasta que mi padre… Hasta después de lo de mi

padre.

No era capaz de pronunciar esa frase.


Mi padre estaba muriéndose y no podía ayudarlo. Estaba

acostumbrado a utilizar el dinero para arreglar los problemas, y la

idea de estar indefenso contra algo tan profundo, algo que alteraría

mi vida radicalmente, me irritaba de una forma irracional.

Madison sonreía y asentía obediente cuando correspondía. Se

inclinó hacia adelante en la larga mesa y se dirigió a mi padre, que

la presidía y parecía más pequeño de lo que era antes de que nos

enterásemos de su enfermedad.

—Muchas gracias por invitarme, señor Black.

—Bueno, en realidad no sabía cuánto tiempo tendría para

conocerte. —Le dedicó una de sus poco habituales sonrisas

verdaderas. Ella carraspeó—. Parece que Chase y tú os habéis

enamorado de verdad el uno del otro. El matrimonio es una decisión

importante y la habéis tomado poco después de un año de relación,

y con esos extensos horarios de trabajo, que no nos han permitido

conocerte.

Empezaba a sentir un poco de lástima por Madison. Mi familia y

todos parecían representar al poli malo.

—¿Puedo simplemente decir que lamento que esté… Bueno,

que esté…? —empezó a decir Mad.

—¿Muriéndome? —Terminó la frase por ella con tono seco—. Sí,

cielo, yo tampoco estoy muy contento.

Ella se sonrojó y agachó la vista hacia su regazo.

—Lo siento. En ocasiones como esta, me faltan las palabras.

—No es culpa tuya. —Tomó un sorbo de whisky con

movimientos lentos y medidos. Era como una versión de mí más

mayor, con un montón de canas, de gran altura y ojos árticos—.

Dudo que a alguien se le dé bien hablarle a una persona moribunda

sobre su situación. Al menos sé que Chase tiene a alguien en quien

apoyarse. No es tan duro como parece, ya sabes. —Levantó una

ceja.

—Resulta que Chase está aquí —dije, señalándome. Sabía que

encontraría divertida mi molestia— y es parte de esta conversación.

—Confía en mí, sé que Chase tiene un lado frágil. —Madison me

dio una palmadita en el hombro mientras seguía sonriéndole a mi


padre. Una clara indirecta hacia mí. Uno-cero para el equipo

visitante.

—Frágil es un poco exagerado. —Sonreí con buen humor.

—¿Delicado, mejor? —Giró la cabeza y me miró con ojos

entrecerrados, con una gran sonrisa.

Dos-cero.

—Sensible es la palabra que estás buscando. —Julian chasqueó

la lengua y mostró su característica sonrisa de gato de Cheshire en

todo su esplendor al mismo tiempo que mamá soltó una carcajada

—. Encantado de conocerte, soy Julian.

Extendió la mano sobre la mesa. Mad se la estrechó. Tuve el

repentino impulso de derribar la mesa.

—Sensible. —Mad saboreó la palabra en la lengua y le sonrió a

mi primo—. Me gusta. Es como un puercoespín en un documental

de tiburones.

Ese comentario provocó que Katie, mamá, papá, Julian y Amber

se echaran a reír. Fue un momento familiar tan normal que ni

siquiera estaba abiertamente molesto con Madison por burlarse de

mí ni con Julian por existir. Era el primero que teníamos desde que

supimos lo de papá y la primera vez que había visto a Julian

complacido en años.

Todos empezaron a comer. Excepto Amber, pero saltarse las

comidas en favor del alcohol era habitual en ella. Mad se encogió en

su asiento mientras bebía de la copa de cava como si fuera agua. Al

principio no presté mucha atención a lo que hacía. No había comido

desde el desayuno. Pero, cuando pasaron diez minutos y todavía

tenía el plato vacío, apreté los dientes de la irritación.

—¿Qué ocurre? —siseé de soslayo.

La comida estaba bien. Más que bien. La había cocinado un

fenómeno gastronómico con una estrella Michelin, no un segundo

chef procedente de Brooklyn que quería ganar dinero rápido en fin

de semana.

—Nada —contestó justo cuando empezaba a rugirle el

estómago. No era un sonido nada femenino. Era como si los

intestinos trataran de luchar contra el resto de su cuerpo.


Me incliné hacia ella y le rocé la oreja con los labios para que

pareciese que estábamos compartiendo una conversación íntima,

una que no incluía el tema del estómago rugiendo a lo Freddy

Krueger.

—Mientes muy mal y yo soy un capullo impaciente. Escúpelo,

Madison.

—No tengo ni idea de lo que es ninguno de los platos que ha

nombrado el personal —susurró al mismo tiempo que el sonrojo

volvía a hacer acto de presencia—. Algunos me resultan totalmente

irreconocibles. Lo siento, Chase, pero el pastel de beicon suena a

algo que debería prohibirse en los cincuenta estados.

Apreté los labios para intentar no echarme a reír. Cogí su plato y

empecé a llenarlo de comida con la seguridad de que así me

ganaría puntos en la habitación de los falsos prometidos. Mamá

miraba entusiasmada en silencio mientras yo deslizaba el plato

hacia Madison y le sonreía con lo que esperaba que pareciese

calidez (inspiración: Jesse Metcalfe en Una boda country).

—Esto te gustará… —«No digas cariño… No seas ese cliché»—.

Nena.

—¿Cómo estás tan seguro… —Madison también vaciló, ya que

era consciente de que todos los ojos estaban puestos en ella—…,

querido?

Amber estuvo a punto de escupir el vino de la risa.

—Conozco tus gustos.

—Lo dudo.

—Confía en mí —dije entre dientes a través de mi falsa sonrisa.

—Nunca —susurró.

Aun así, agarró el tenedor y pinchó una col de Bruselas salteada

y empanada con una mezcla de pan rallado, especias y nata. Puso

los ojos en blanco después de masticarla tres veces. El sonido que

brotó del fondo de su garganta provocó una sacudida de

agradecimiento en mi pene.

—Ahora veo la luz. —Suspiró. Deseaba mostrarle otras cosas.

Arrastrarla hacia mi lado oscuro durante un ratito y luego devolverla

a su brillante existencia.


—Entonces, Madison —ronroneó Amber desde el otro lado de la

mesa mientras recorría la copa de cava con una uña puntiaguda de

una forma cómicamente malvada. Me preparé. Amber era, sin lugar

a dudas, la persona más peligrosa de la mesa—. ¿Cómo se propuso

nuestro Chase?

«Nuestro» Chase. Como si yo fuera un maldito jarrón. Eso

deseaba ella.

Amber llevaba unas uñas acrílicas puntiagudas de bruja,

extensiones como para hacer tres pelucas, pestañas postizas y un

escote que no dejaba nada a la imaginación. La petulancia flotaba a

su alrededor como una nube de perfume. Tenía mi edad (treinta y

dos) y sus aficiones estaban limitadas a la cirugía plástica, encontrar

la nueva dieta o entrenamiento que los famosos habían puesto de

moda y discutir en público con su marido. Julian le colocó el brazo

sobre el hombro y movió las cejas como diciendo que era hora del

espectáculo.

«Prepárate para una actuación digna de un Óscar, primo».

—¿Que cómo se propuso? —repitió Mad con una sonrisa más

tirante que la frente de Amber. Todas las miradas estaban puestas

en ella. Suponía que Madison quería algo un poco más romántico

que la historia de cómo nos habíamos conocido. Una mañana

coincidimos en el mismo ascensor, el que Black & Co. y Croquis

compartían, y, en vez de continuar mi camino hasta la última planta

del edificio, es decir, la de dirección, entré en el estudio de Croquis

con ella, me incliné sobre su mesa de dibujo y le pregunté qué había

que hacer para meterse entre sus piernas, aunque no con tantas

palabras. Madison se bebió su segunda copa de cava antes de

dejarla en la mesa y levantar la mirada hacia Amber—. Pues la

verdad es que la propuesta fue muy romántica —jadeó.

«¿Está borracha?». La necesitaba sobria. Estaba nadando con

los tiburones, sangrando en el agua. No, estaba a punto de volver a

ser la nueva Maddie, lo que significaba que estaba a punto de volver

a desgarrarme.

—Ah, ¿sí? —Julian entornó los ojos con escepticismo.

Me molestaba que la mirara. Reformularé la frase: últimamente,

él no me gustaba, punto. Y, en especial, no me gustaba cómo


miraba a Madison. Había algo siniestro en el brillo obsidiano de su

mirada. Yo no era posesivo, pero tendría que machacarle la cara si

seguía mirándola así, como si no estuviera seguro de si quería

acostarse con ella, burlarse de ella por sus escasos conocimientos

sobre protocolo social o ambas cosas.

—Sí. —Mad se mordisqueó un labio mientras me lanzaba

miradas. «Maldita sea»—. Estábamos en el paseo marítimo de

Brooklyn Heights disfrutando de unas vistas muy románticas…

—¿Chase fue a Brooklyn? —Amber la interrumpió y levantó una

ceja acentuada con microblading. Error de principiante. Todo el

mundo sabía que lo que estaba al sur del East Village y al norte de

Washington Heights estaba muerto para mí. Diablos, consideraba

que Inwood ya era el extranjero.

Madison emitió un sonido de «Mmmmmmm» y tomó otro sorbo

de cava. Parecía un animal atrapado, acorralado y asustado. Pero,

si la ayudaba, resultaría sospechoso. Me sentía como una mamá

tortuga observando a su torcida cría tambalearse hacia el mar con la

certeza de que tenía un cinco por ciento de posibilidades de

sobrevivir.

Entonces, sucedió un milagro navideño en julio. Madison se

aclaró la garganta, se enderezó y encontró su voz.

—Estaba apoyada en la barandilla, contemplando las vistas.

Antes de que supiera lo que estaba ocurriendo, él se hincó de

rodillas ante mí. Estaba como un flan, sudoroso y balbuceante. Qué

nervioso estaba. Pero entonces dijo algo muy dulce. Recuerdas lo

que me dijiste, ¿cariño? —Se giró hacia mí mientras parpadeaba de

forma angelical. Le dediqué una sonrisa cortante. Quería algo así

como «Eres el amor de mi vida, la luna y las estrellas» o «No puedo

vivir sin ti y, francamente, no tiene sentido intentarlo». O hasta

[añadir cualquier otro cliché de las felicitaciones Hallmark que

hubiera escuchado durante mi investigación y me hubiera provocado

arcadas].

—Por supuesto. —Le agarré la mano, me llevé los nudillos a la

boca y los rocé con ella. Se le puso la piel de gallina y sonreí en el

dorso de la mano al saber que todavía compartíamos bastante


química sexual como para hacer explotar la mansión—. Te dije que

tenías un bigote de mostaza y luego te limpié la carita.

La sonrisa de Mad se desvaneció. Amber dejó escapar una risa

metálica. Mis padres y Katie sonrieron. Julian entrecerró los ojos

mientras lanzaba miradas hacia Mad y hacia mí.

—Continúa. —Apoyó la barbilla en los nudillos. Julian era diez

años mayor que servidor. Un hombre con aspecto de Saturno. Alto,

con michelines y una cabeza calva y brillante que te hacía desear

frotarla para ver si le salía un genio de la oreja.

Mad miró a uno y a otro, captando las vibraciones asesinas.

—Me ayudó a limpiarme la, eh, mancha de mostaza, y luego me

dijo que al principio quería esperar un poco más, que un año no es

nada de tiempo, pero que me amaba demasiado. Que era todo su

mundo. Creo que la palabra que utilizó fue que estaba

«obsesionado». Empezó a hablar efusivamente. Fue un poco

vergonzoso, la verdad. —Me dio un pisotón por debajo de la mesa,

desafiándome a contradecir su historia—. Hasta tal punto que

empezó a llorar…

—¿Chase? ¿Llorar? —Amber arrugó la nariz, visiblemente

horrorizada. Estaba a sesenta y nueve pasos de distancia de la

habitación, y yo estaba ansioso por arrastrar a Madison hasta allí y

darle unos azotes por cada mentira que había soltado en la cena.

—No llegó a sollozar, pero… —Madison se giró hacia mí, me

soltó otra palmadita ridículamente femenina en el brazo y me dedicó

una mirada de tres-cero para el equipo visitante. No podía

contradecir su versión de la historia. No en público, cuando se

suponía que estábamos vendiéndonos como una pareja enamorada.

Sin embargo, iba a tomar represalias por esta pequeña artimaña.

—Fue emotivo —concluí mientras tomaba un leve sorbo de

whisky—. Aunque, a decir verdad, tenía los ojos empañados sobre

todo por el vestido de cuadros marrones y verdes con lunares

azules, cariño. Era difícil de mirar.

—Pero supongo que quitárselo fue un placer. —Julian estaba

provocándome con una fría sonrisa en los labios.

Mi padre dejó caer los cubiertos en el plato y se aclaró la

garganta de forma deliberada. Julian levantó la vista e ignoró la


incomodidad de los comensales. A veces, irritarme estaba por

encima de actuar como un verdadero ser social. Era algo que había

desarrollado no hacía mucho tiempo y que no me gustaba en

absoluto.

—Eso ha sido algo totalmente inapropiado por mi parte. Te pido

disculpas, Madison. Las bromas fraternales han ido demasiado

lejos.

«Fraternal», y un cuerno.

—Por favor, llámame Maddie. —Inclinó la cabeza.

—Maddie —repitió mi padre mientras se echaba hacia atrás.

Tomé una nota mental para recordarle a Julian que no descartaba la

idea de lanzarlo por una ventana abierta si acosaba sexualmente a

mi falsa prometida.

—Debo admitir que teníamos nuestras dudas, ya que no te

hemos visto desde Navidad. Pensábamos que Chase se había

enfriado —dijo papá, inmovilizándome con la mirada.

—Este hombre no tiene nada de frío. —Madison le lanzó una

gran sonrisa a papá y me pellizcó la mejilla. Dios, qué bien que esto

fuese a terminar en un par de días. Esta mujer iba a llevarme al

alcoholismo—. Es el hombre más caliente que he conocido en mi

vida.

Soltó la frase antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo.

Me giré y la miré con una sonrisa de suficiencia. Se le pusieron las

mejillas sonrosadas. El cuello y las orejas también.

—Gracias por casarte con este salvaje —dijo papá con una

sonrisa.

—Me debe una —bromeó. Todos se rieron. «De nuevo».

Entablamos una conversación agradable mientras se servían

más platos. Treinta minutos más tarde, Katie se enderezó y frunció

el ceño.

—¿Dónde está Clementine? —Pinchó una baya que nadaba en

su gaseosa con un palillo y se la metió en la boca. Esperaba que la

falta de alcohol de su copa fuera señal de que había retomado su

medicación. Eso sería una evolución alentadora. La ansiedad de

Katie hacía que toda su vida se descentrara y, aunque era excelente

en lo que hacía, marketing, yo sabía que ella quería conocer a un


buen chico y sentar cabeza. No podía hacer eso mientras fuera

mentalmente frágil.

—Arriba, durmiendo. —Amber movió el cabello rubio platino y

me lanzó una mirada cortante—. Ni siquiera pudo ver a su tío

favorito.

—Mañana lo hará —dije con voz entrecortada.

—Gracias por dedicar algo de tiempo de tu agenda para verla.

Sé lo ocupado que estás. —Más sarcasmo.

Levanté la copa fingiendo hacer un brindis.

—Lo que sea por mi sobrina.

«Y nada por sus padres».

—Maddie, supongo que no estás de humor para jugar al

Monopoly con nosotras, ¿no? Estarás exhausta. —Mamá se giró

hacia mi falsa prometida batiendo las pestañas. Estaba dorándole la

píldora—. Es una tradición que las mujeres Black siguen cada vez

que están en los Hamptons.

Mad reaccionó.

—¿En serio? No recuerdo que lo hiciéramos en Navidad.

Me abstuve de decir que eso era porque mamá se acababa de

inventar esa tradición. Mi familia se había vuelto loca por esta mujer,

y no estaba completamente seguro del motivo.

—Queríamos daros a Chase y a ti algo de… tiempo a solas, ya

que lleváis poco tiempo juntos.

Me alarmó que mamá se interesara más por Madison que yo por

la bolsa de valores. Tal vez simplemente le gustaba la idea de que

yo no muriera como un grinch, viejo y solo. Madison era la única

mujer que había llevado a casa desde la Innombrable.

—Me encantaría —exclamó Mad con alegría. No dudé de su

entusiasmo. Sabía que, antes que pasar un minuto más conmigo,

preferiría darse un baño en una freidora.

Katie y mamá intercambiaron una mirada, esa que compartían

cuando veían Orgullo y Prejuicio y Colin Firth tartamudeaba algo

encantador en la pantalla.

Apuñalé el filete como si hubiera intentado apuñalarme a mí

primero, mientras observaba la sangre en mi plato y sentía una

guillotina colgando sobre mi cabeza.


Mad estaba echando sus odiosas y coloridas raíces estampadas

en la familia Black, y mis padres y mi hermana se habían quedado

prendados.

«Pero yo no». Yo era el único Black inmune a sus encantos. A

sus sonrisas. A su corazón.

Me lo prometí.


Capítulo cinco

Maddie

1 de marzo de 2001

Querida Maddie:

Hoy no ha sido un buen día. Sé que te has disgustado

cuando te hemos dicho que no podíamos permitirnos

pagarte la excursión a la Estatua de la Libertad. Tu padre y

yo estamos pasando por una mala racha económica, eso

no es un secreto, pero me gustaría que lo fuera. Me

gustaría que pudiéramos escondértelo y que pudiéramos

permitirnos todo lo que quieras hacer.

Me gustaría darte muchas cosas, pero no puedo. Mi

tratamiento es cada vez más costoso y, desde que tu padre

tuvo que contratar a alguien para que atendiera la tienda

mientras estoy en tratamiento o en recuperación, ahora

tratamos las cosas que dábamos por sentadas como lujos.

Lo que hoy me ha roto el corazón no ha sido que

estuvieras triste por lo de la excursión, sino que trataras de

ocultarlo. Tenías los ojos y la nariz rojos cuando has vuelto

de tu habitación, pero sonreías como si no hubiera pasado

nada.

Dato curioso del día: el jazmín se llama reina de la

noche en la India por su fuerte aroma después del

anochecer. Te he dejado unos en la habitación. Es mi

forma de pedir disculpas. Recuerda cuidarlos. Puedes


aprender mucho del sentido de la responsabilidad y la

devoción de una persona por la forma en que cuida de las

flores.

Gracias por cuidarnos, incluso cuando no podemos

hacerlo contigo en todas las áreas de tu vida.

Con amor,

Mamá

—Para ser honestos, pensé que no te gustábamos mucho. —

Katie arrastró el dedal por el tablero del Monopoly con el ceño

fruncido por la concentración. El salón estaba bañado de luz dorada.

Sobre el suelo de madera se exponían varias alfombras lujosas, la

chimenea era digna de Pinterest y los cobertores, hechos a mano,

de color crema y azul, me hacían sentir como si estuviera en una de

esas películas de Jennifer Aniston donde todo siempre parecía

perfecto.

En las dos últimas horas, Katie había comprado los cuatro

ferrocarriles del juego y yo estaba en proceso de comprar más de

tres casas del grupo de color naranja. La última vez que presté

atención, nos había dado una tunda a Lori y a mí dejándonos con

miserables cobertizos en las peores partes de la ciudad y con lo

puesto. Afortunadamente, Lori y yo compartíamos una botella de

vino y chismes sobre la familia real, con la que parecía que las dos

teníamos una obsesión enfermiza. Habíamos pasado la última hora

diseccionando el vestido de novia de Kate Middleton antes de pasar

al tema serio: la tiara de boda de Meghan.

—¿Estás de broma? —Apoyé la copa de vino contra mi mejilla

ardiente, disfrutando de su frescor. Probablemente hablaba

arrastrando las palabras. Cuatro copas de cava y una de vino en un

estómago casi vacío no eran una buena combinación, pero tenía

que mitigar todos los estímulos relacionados con Chase. Era


demasiado con lo que lidiar—. Me encantáis. Ronan es como un

icono de moda legendario, Lori es la madre que desearía tener y

tú… Katie, tú eres… —Me detuve y parpadeé mirando el tablero del

Monopoly. Odiaba la idea de que pensaran que no había vuelto por

ellos. Odiaba que Chase les hubiera ocultado la verdad y me

hubiera demonizado en el proceso—. De verdad, eres una persona

con la que podría tener una gran amistad. La primera vez que te vi,

en Navidad, se me rompió el vestido por el trasero. No lo pensaste

dos veces, me llevaste a tu habitación y me prestaste algo para

ponerme. —Algo de Prada, para ser exactos—. Eres increíble,

Katie. Realmente increíble. —Me incliné hacia adelante y le puse

una mano en el hombro. No supe determinar, a través de la neblina

causada por el alcohol, si se trataba de un momento tierno o

incómodo.

Tenía la mirada fija en mí.

—¿En serio? Porque pensé que tal vez fuera por mí.

—¿Por qué iba a ser por ti? —Abrí los ojos como platos.

—No lo sé —contestó Katie de una forma tan dulce y tímida que

parecía una niña, y eso que era mayor que yo. Le salió la voz como

de cristal roto.

—No, eres perfecta —dije entre hipos—. Te quiero.

¿Había declarado mi amor a una extraña? Esa fue mi señal para

retirarme antes de que Maddie la Mártir se convirtiera en Maddie la

Espeluznante y se desmayara sobre el tablero del Monopoly.

—Creo que será mejor que me vaya a la cama. ¿Quién ha

ganado? —Miré el tablero con los ojos entrecerrados. Estaba

borroso, las pequeñas piezas nadaban a su alrededor como si

estuvieran persiguiéndose entre ellas. Volví a decir entre hipos—.

¿Yo?

—En realidad, me debes dos mil dólares y una casa en la

avenida Tennessee. —Katie se rio y empezó a sacar al perro

escocés, el sombrero de copa y el dedal del tablero.

Bostecé, se me cerraban los ojos. Estaba dando cabezadas de

un segundo entre parpadeo y parpadeo. En algún lugar del fondo de

mi cerebro, me di cuenta de que mi comportamiento había sido

lamentable, nada que ver con la prometida responsable y brillante


que Chase quería que fuera. Que le den. No le debía nada. Mientras

su familia se lo pasara bien…

—Espero que te gusten las casas a reparar y que aceptes vales,

Katie, porque estoy completamente arruinada —resoplé.

—Está bien. Solo es un juego. —Katie dobló el tablero y lo metió

en la caja mientras tarareaba para sí misma. Era muy agradable y

dócil. Todo lo contrario a su hermano mayor. Era como si él se

hubiera llevado toda la crueldad del ADN familiar antes de nacer.

—Sí, bueno, también estoy totalmente arruinada en la vida real.

—Me reí.

«Hora de irse a la cama, Miss Desastre Exprés».

Me levanté tambaleándome. Sentía las rodillas de gelatina y una

extraña presión en los ojos. Saber que iba a enfrentarme a Chase

cara a cara me provocaba urticaria. Había tratado de posponer el

encuentro tanto como había podido con la esperanza (rezando por

ello literalmente) de que estuviera dormido cuando volviera a la

habitación.

—No por mucho tiempo —se rio Lori.

Yo también me reí. Luego me detuve y fruncí el ceño.

—Espera, ¿a qué te refieres?

—Bueno —Lori se encogió de hombros y se quitó una pelusa

inexistente del pantalón mientras Katie guardaba la caja del

Monopoly—, vas a casarte con Chase, cariño. Y Chase está… bien

dotado.

Katie se atragantó con el refresco, mientras que yo utilicé cada

gramo de autocontrol para no estallar en carcajadas.

—Oh, Lori, no tienes ni idea —contesté.

Ahora fue Katie la que se rio. Fue todo un espectáculo. La

esbelta belleza de cabello oscuro recogido hacia atrás con cuidado

se dejó llevar y se rio. Yo sonreí. Me preguntaba cuándo había sido

la última vez que se había divertido de verdad. Luego resistí el

impulso de invitarla a salir con Layla y conmigo. Maddie la Mártir

necesitaba desconectar este fin de semana para asegurarse de que

las cosas no se complicaban demasiado.

Sin embargo, Lori no se equivocaba. Chase era multimillonario.

Su nivel de riqueza era el de inodoros de oro y jets privados con


columpios sexuales. Era el tipo de riqueza de «vamos a quemar

billetes para ver si eso hace que sientas algo». El tipo de riqueza

aterradora y hastiada que parecía totalmente inalcanzable para mí.

Entonces caí en la cuenta de que nunca había considerado el

dinero de Chase como un factor cuando salimos de verdad. Su

riqueza estaba en el telón de fondo de nuestra relación, como un

gran mueble que aprendí a pasar por alto, aunque fuera una parte

del paisaje. Cuando me preguntó qué quería para Navidad, le dije

que necesitaba un cojín eléctrico nuevo. Costaba veinticinco pavos

en Amazon, disponible en Prime, con la opción incluida de

envolverlo para regalo por un suplemento adicional. Chase se rio y

me compró un par de pendientes de diez mil dólares en su lugar. No

entendía por qué no estaba cautivada por el lujoso regalo. La verdad

era que no tenía un duro después de Navidad y había contado con

el cojín eléctrico.

No quería algo caro e inútil. Quería algo económico y práctico.

El comentario de Lori me quitó la borrachera por un instante.

Asentí con la cabeza y regresé al modo de prometida encantada.

—Oh, sí. Claro. Seré muy responsable con su dinero. Es decir,

nuestro dinero. El dinero en general. —«Cállate, cállate, cállate»—.

No gasto mucho.

—Bueno, todos sabemos que yo tengo el problema contrario. —

Katie desvió la mirada a sus pies.

Desesperada por cambiar de tema, aplaudí, de pie en medio de

la sala.

—A todo esto, ¿dónde está Amber? Tenía muchas ganas de

conocerla.

Y, cuando decía que tenía «muchas ganas», me refería a que no

me apetecía en absoluto; no obstante, pensé que era algo que

debía decir.

Katie y Lori intercambiaron miradas. Estaba borracha, pero no

era estúpida; estaban comunicándose con la mirada como hacían

papá y mamá cuando ella todavía vivía para decidir algo que se

suponía que yo no sabía.

—Estaba cansada —dijo Katie al mismo tiempo que Lori

murmuró:


—Creo que le ocurrió algo.

Uh.

Así que no le gustaba a Amber. Y, hasta donde sabía, sin razón

aparente.

—Qué pena —dije.

—Sí —murmuró Lori en un tono que transmitía que ciertamente

no era así. Entonces, recordé que Lori y Amber no habían hablado

mucho durante la cena. Amber había estado muy ocupada con el

teléfono o mirándonos a Chase y a mí, esperando, al mismo tiempo,

que uno de los dos entrara en combustión espontánea.

Di un beso en la mejilla a Lori y a Katie, me despedí de ellas y

me giré hacia la puerta. Me prometí no darle vueltas al motivo del

desagrado de Amber conmigo. No había hecho nada malo.

«Aparte de engañar a toda la familia Black», dijo una vocecita en

mi interior. Pero Amber no estaba al tanto de eso, ¿no? Recordé

que parecía que no se había creído la historia de Brooklyn. Ni

tampoco su marido, Julian. Me preocupaba haberla cagado. Si

Ronan se enteraba de que Chase y yo estábamos mintiendo, se

sentiría devastado, y yo no podría vivir conmigo misma.

Subí las escaleras con los pies descalzos. Sentía la suave

alfombra de terciopelo entre los dedos de los pies. Todo era de color

crema, azul marino y azul claro. De estilo rústico náutico con

grandes muebles y madera pintada de blanco. Parecía algo

surrealista formar parte de este lugar. Como si hubiera mentido para

estar aquí. Aunque, de algún modo, había sido así.

Llegué a la segunda planta aferrándome al pasamanos como si

me fuera la vida en ello, todavía mareada por el alcohol. Pasé

tambaleándome por las puertas del pasillo. Una de ellas estaba

entreabierta. Era una puerta doble.

Un gruñido bajo y grave se filtró por ese espacio.

—Por encima de mi cadáver.

Me quedé congelada al reconocer la diabólica voz de Chase.

Sonaba listo para asesinar a quienquiera que estuviera con él en

esa habitación, y no quería estar allí cuando eso sucediera.

«Muévete», susurró algo dentro de mí. «No hay nada que ver

aquí. No es de tu incumbencia, no es tu guerra».


Miré la hora en el teléfono. La una de la madrugada. ¿Qué

diablos hacía levantado y con quién estaba discutiendo? La

curiosidad se apoderó de mí. Me apoyé contra la pared y contuve la

respiración, con cuidado de no ser descubierta.

—Si eso es lo que hace falta… —dijo Julian de forma sarcástica.

También reconocí su voz. Tenía rastros de acento escocés

esparcidos en sus palabras por aquí y por allá. La familia de Ronan

Black procedía de Edimburgo. A Julian, el hijo de la difunta hermana

de Ronan, lo habían enviado en un vuelo desde Escocia a la

temprana edad de seis años para vivir con la familia cuando sus

padres murieron en un fatal accidente de coche el día de Navidad.

La pareja Black, Lori y Ronan, una vez dijeron en una entrevista que

Julian fue el mejor regalo de Navidad que habían recibido en su

vida. Lo había leído en la página de Wikipedia de la familia Black

cuando me obsesioné con Chase durante el primer mes de relación.

Julian y Chase crecieron como hermanos y, según Wikipedia, se

llevaban bien. Quienquiera que hubiera escrito la página lo había

hecho drogado, porque durante los seis meses que salí con Chase,

apenas mencionó a su primo y nunca me lo presentó. Ahora que

Julian estaba aquí, él y Chase actuaban como enemigos acérrimos.

—No confundas la devoción que siento por mi padre con

debilidad. Estoy centrado en su salud y su bienestar. Si le sucede

algo… —Chase dejó la frase sin terminar.

Metí la nariz en la rendija que había entre las puertas y eché un

vistazo. Estaban de pie en una biblioteca en penumbra. Era una sala

preciosa con estanterías blancas que iban del techo al suelo y

contenían miles de libros que parecían organizados en función de

los colores de los lomos. Chase estaba inclinado sobre un pesado

escritorio de roble, presionando los nudillos contra la madera. Julian

estaba de pie frente a él, era alto, pero no tanto como Chase. La

sombra de mi falso prometido se alzaba sobre él como un castillo

oscuro.

Julian movió los brazos en el aire, exasperado.

—Sucederá algo. Se muere y no eres un buen candidato para

sustituirlo. Tienes treinta y dos años y todavía estás en pañales en


lo referente a la empresa. Espantarás a los inversores y

ahuyentarás a los accionistas.

—Soy el director de operaciones —vociferó Chase. Era la

primera vez que lo oía alzar la voz a alguien. Siempre se mantenía

tranquilo y controlado.

—No eres más que un jodido ladrón, eso es lo que eres —replicó

Julian—. Lo demostraste hace tres años y no lo he olvidado.

¿Hace tres años? ¿Qué ocurrió hace tres años? Obviamente, no

podía entrar ahí y preguntar. Uno de los peores efectos colaterales

de espiar.

—Me eligió a mí como el siguiente en la línea de sucesión. A ti te

eligió como el director de sistemas de información. Supéralo —gritó

Chase con los ojos entrecerrados.

—Eligió mal —dijo Julian de forma inexpresiva.

—Tienes el valor de hablarme de esta mierda el fin de semana

de mi compromiso. —Chase se reclinó, abrió un cajón y sacó un

puro. En lugar de encenderlo, lo partió en dos y toqueteó lo que

tenía dentro.

Me di cuenta de que estaba tratando de no romperse.

—En cuanto a eso… —Julian tomó asiento en la silla que había

detrás de él y se cruzó de piernas—. En cuanto conocí a la señorita

Louisa Clark, me di cuenta de que algo andaba mal.

—¿Louisa Clark? —Chase frunció el ceño.

—La de la peli Yo antes que tú. La vi con Amber. Lloró mucho.

—Yo también lo haría si tuviera que follarte de forma habitual —

murmuró Chase—. ¿Tu historieta lleva a alguna parte?

—Tu prometida. Es una Louisa Clark. No esperarás que nos

creamos que vas a casarte con esa… Esa…

—¿Esa qué? —Chase dejó de aplastar el tabaco entre los dedos

y levantó una ceja, desafiándolo a terminar la frase. Yo tragué

saliva. Me latía el corazón contra las costillas. No quería escuchar lo

que venía a continuación, pero tampoco podía alejarme de allí.

—Vamos —resopló Julian—. Antes de ser enemigos, fuimos

hermanos. Te conozco. Ese tipo de chica excéntrica, artística,

estrafalaria pero llena de profundidad…, no es tu tipo. Te gustan

bastante desnutridas y sin personalidad. Las de tu tipo son las que


llevan ropa de firma y no se emborrachan en reuniones familiares.

Veo a través de ti, Chase. Quieres demostrarle a Ronan lo bueno

que eres para el puesto. Que estás preparado para sentar la cabeza

y tener hijos. Para el menú completo. Y con una chica normal y

corriente, nada menos. ¿Así eres ahora, hermano? ¿Con los pies en

la tierra? ¿De confianza? ¿Un hombre de la cabeza a los pies? —

Julian echó la cabeza hacia atrás en una carcajada. Se levantó y

negó con la cabeza—. No me creo para nada este compromiso

repentino, ni siquiera vuestra relación. Simplemente, compites por el

puesto de director ejecutivo para vengarte de mí actuando de forma

recta y majestuosa. Puedes jugar a las casitas con una chica seis

todo lo que quieras, pero no creas ni por un segundo que te casarás

con una que esté por debajo del diez.

Un seis. Sentí tantas náuseas que la necesidad de vomitar casi

me abrumó. Quería cruzarle la cara a Julian. ¿Cómo se atrevía a

ponerme nota? ¿Y cómo se atrevía Chase a quedarse ahí parado?

Era su falsa prometida. De hecho, a la mierda con eso. Era su

exnovia. Un ser humano. No podía dejar que Julian hablara así.

—¿Crees que quiero ser director ejecutivo para vengarme de ti?

—Chase sonrió, divertido.

—¿Por qué si no? Ni siquiera te importaba el puesto cuando te

graduaste.

—Oh, que te jodan, Julian.

—No si yo te jodo primero.

—Bueno… —Chase mostró una sonrisa tan gélida que se me

revolvieron las tripas—. Da la casualidad de que la vacante de

director ejecutivo todavía no está disponible, por lo que tendrás que

sentarte y ver cómo evoluciona mi supuesto compromiso falso.

¿Evoluciona?

¿Evoluciona a qué?

Le había dicho a Chase que esto era algo puntual. No iba a

empezar a representar el papel de prometida obediente como si

fuera algún tipo de comedia romántica de Kate Hudson. Sabía muy

bien que llevarme a los Hamptons ya sobrepasaba mis límites. Más

bien estaba prendiéndoles fuego.


«También sabe que eres Maddie la Mártir y que no te detendrás

ante nada para complacer a los demás, sin importar quiénes sean o

qué sientes por ellos».

Tardé unos segundos en darme cuenta de que Chase estaba

mirando hacia la puerta. Me eché hacia atrás antes de lanzarme a la

habitación tropezando con mis propios pies. Una vez dentro, tiré un

jarrón con las prisas por cerrar la puerta. No quería que me pillara,

por ello dejé el cristal roto en el suelo y corrí hacia el baño. Cerré la

puerta detrás de mí y me apoyé contra ella, jadeando.

Unos segundos después, oí que la puerta se abría y, luego, el

sonido de los trozos de cristal cuando Chase los pisó. El jarrón

contenía jazmines. Su aroma llenaba ahora el aire con una espesa

dulzura y se filtraba por debajo de la puerta del baño. Me sentía mal

por las flores, aplastadas bajo el zapato de Chase. Una vez mi

corazón sufrió una experiencia similar.

—¡Madison! —rugió en el silencio. Su voz atravesó el aire.

Hice una mueca. No me importaba mucho lo que pensara, pero

odiaba que fuera de conocimiento público que me había

emborrachado y que Julian se lo hubiera restregado por la cara.

—Sé que estás ahí. —Sonaba más cerca y más oscuro. La cena

se me atascó en la garganta, rogando por salir. Como sabía que la

puerta estaba cerrada con pestillo, corrí al aseo, levanté el asiento y

me incliné sobre la taza. Se me convulsionó el cuerpo por las

arcadas cuando el estómago sacó lo poco que había ingerido esa

noche.

—Debería haber contratado a una universitaria para el trabajo —

murmuró detrás de la puerta mientras movía el pomo con firmeza—.

La borrachera divertida supera a la borrachera triste que se coge

todos los días de la jodida semana.

«La borrachera divertida no es una opción cuando un imbécil

como tú está cerca».

Seguí vomitando. Las lágrimas me corrían por las mejillas, se me

metían en la boca y el sabor salado explotaba en mi lengua. Nunca

me emborracho. Debo de haber sufrido más ansiedad de lo que

pensaba.


Se suponía que teníamos que estar despiertos y preparados

para una excursión familiar mañana a las diez de la mañana.

Dudaba mucho que tuviera cuerpo para salir de la cama, si es que

llegaba a hacerlo y no tenía que ir directa a urgencias esta noche.

—¡Madison!

—Déjame en paz. —Me apresuré a cepillarme los dientes.

Llegué al lavabo y volví a caerme. La presión que sentía en la

cabeza me hacía imposible abrir los ojos. Las palabras de Julian

daban vueltas en mi interior, como si fuera ropa en una lavadora.

«Un seis». Era un número tan promedio que dolía. Estaba

totalmente fuera de lugar en esta casa.

Intentaba, por segunda vez, levantarme sobre el lavabo para

cepillarme los dientes cuando Chase derribó la puerta de una

patada. Esta se salió de los goznes y cayó al suelo, aterrizando con

un golpe. Afortunadamente, el baño de Jack y Jill era más amplio

que mi estudio y la puerta cayó a unos centímetros de mí. Alcé la

vista y parpadeé con la boca abierta.

«El muy imbécil había echado abajo la puerta de una patada».

—Eres… Eres un estúpido… —Cerré los ojos tratando de

encontrar las palabras adecuadas. Y fallé. Él se acercó, me levantó

del suelo y me colocó recta contra el lavabo. Abrió el grifo y

comenzó a lavarme la cara, pasándome la palma por la nariz y la

boca. Me sujetó de la cintura para evitar que me cayera.

—Termina esa frase, Mad. Tengo el presentimiento de que va a

ser increíble —dijo con voz apagada mientras sacaba mi cepillo de

dientes del recipiente plateado que había junto al lavabo y aplicaba

bastante pasta de dientes sobre él.

—Engreído, arrogante, egoísta…

—Nah. No puedes usar sinónimos. Eso es trampa.

—¡Imbécil! —rugí.

—Ahora estamos llegando a algún sitio. —Me metió el cepillo de

dientes en la boca mientras me cepillaba los dientes con suavidad.

Era un cepillador minucioso. «Claro que sí»—. ¿Qué más tienes?

—Estúpido…

—Ya has dicho «estúpido».

—Vale, tonto…


—¿Qué tal si continuamos mañana? —Cortó mi torrente de

insultos—. Prometo mostrarme insultado de forma convincente y

llorar sobre la almohada en cuanto hayas terminado. —Acabó de

cepillarme los dientes, enjuagó el cepillo y llenó el vaso de agua

para que hiciera gárgaras.

Estaba demasiado desorientada para fingir que me importaba

que cuidara de mí. En los seis meses que salimos juntos, me había

esforzado por no enseñarle ninguna parte poco glamurosa de mí.

Me cepillaba los dientes antes de que se despertara para evitar el

mal aliento matutino, hacía caca con el grifo de la ducha abierto

para que no me oyera (eso me había llevado a tomar duchas

frecuentes en su casa) y fingía de forma categórica que la

menstruación no existía, ahorrándole cualquier mención sobre la

visita de la madre naturaleza a mi cuerpo. Ahora, aquí estaba,

dejando que me limpiara los restos del vómito directamente de la

boca con su anillo puesto en el dedo. Oh, la ironía tenía un sentido

del humor enfermizo.

Hice gárgaras con el agua que me ayudó a sorber antes de

escupir en el lavabo y mirarlo de reojo.

—No eres mi jefe.

—Gracias a Dios, porque domarte sería una pesadilla. —No me

dedicó ni una mirada mientras agarraba el neceser rosa y sacaba

dos toallitas desmaquillantes. Empezó a frotarme los ojos con ellas,

tal vez preocupado porque manchara las sábanas de cinco mil

dólares con la máscara de pestañas a prueba de agua de cinco

dólares.

—Y trabajar para ti sería como trabajar para un tirano —dije,

arrastrando las palabras.

Él se rio entre dientes mientras tiraba las toallitas sucias a la

papelera, me tomaba en brazos al estilo luna de miel y me llevaba al

dormitorio. Seguía buscando insultos creativos. Me negaba a caer

en la tentación de rodearle el cuello con los brazos. El regusto a

vómito todavía persistía en mi aliento; sin embargo, por alguna

extraña razón, no me molestó cuando le hablé directamente a la

cara.


—Ni siquiera eres tan atractivo —murmuré en tono de

confrontación mientras me colocaba en la cama.

Me quitó los zapatos y luego alcanzó la cremallera escondida en

la parte trasera de la falda de tubo y la bajó. Estaba desnudándome.

Era tan agradable salir de la ropa del trabajo que no me importaba.

En cualquier caso, no era nada que no hubiera visto antes. Y no

estábamos seduciéndonos el uno al otro, precisamente. Yo estaba

medio muerta y él, básicamente, había admitido ante Julian que era

mediocre al no defenderme.

Oh, además, odiaba sus agallas.

—Y eres frío, sarcástico y careces de empatía —continué

enumerando sus defectos—. Solo porque ahora me estás ayudando

no significa que haya olvidado quién eres. El diablo personificado.

Estás lejos de ser el príncipe encantador. Eres grosero y no tienes

nada que ver con los salvadores de princesas. Seguramente,

enviarías a alguien para que las salvara por ti. Además, te verías

ridículo a caballo.

Estaba medio arrepentida de no seguir vomitando. El vómito me

favorecía mientras trataba de insultar a Chase. Lo que le había

dicho parecía haberlo pronunciado una niña de segundo de

primaria.

—Permiso para desabrocharte el sujetador —dijo con voz

espesa.

—Concedido —resoplé.

Me desabrochó el sostén con una mano y luego sacó una

sudadera de Yale del cajón de la mesita de noche. Me la metió por

la cabeza y luego se detuvo para observarme los pechos durante

unos buenos segundos.

—Haz una foto. Durará más.

Me bajó la sudadera de un tirón mientras le temblaba la garganta

al tragar. La tela era cálida, suave y estaba muy gastada. Olía a

Chase.

—¿Y qué tipo de nombre es Chase Black, a todo esto? —Dejé

escapar un bufido nada atractivo—. Suena a algo inventado.

—Lamento decírtelo, pero es tan real como la resaca que

tendrás mañana. Te sugiero que bebas esto. —Abrió una botella de


agua Evian que estaba en la mesita de noche y me la pasó. Se

remangó la camisa negra hasta los codos, dejando expuestos los

antebrazos venosos y musculados, y me sorprendió no haberlos

aprovechado meses atrás, cuando todavía sentía aprecio por él—.

Iré a buscarte ibuprofeno.

—¡Espera! —Lo llamé cuando estaba en la puerta. Se detuvo,

pero no se giró hacia mí. Se le marcaba la espalda de una forma tan

deliciosa por debajo de la camisa que estaba un poco enfadada

conmigo misma por no haber intercambiado fotos sin ropa con él

cuando éramos algo.

—Recoge los jazmines y ponlos en un jarrón lleno de agua

fresca. No merecen morir —grazné—. Por favor.

Soltó un gruñido y meneó la cabeza como si yo fuera un caso

perdido. Lo último que recordaba era tomarme dos pastillas de

ibuprofeno que Chase me metió en la boca y caer dormida.

Al día siguiente desperté con un dolor de cabeza punzante. El

reloj de la mesita de noche marcaba las once. Era oficial: había

comenzado el fin de semana siendo un fiasco en lo referente a mis

deberes como prometida encantadora. Para empezar, me había

emborrachado de forma accidental y luego me había perdido el

paseo familiar de los Black. La habitación estaba vacía, excepto por

una bandeja con beicon, huevos, pan recién tostado con mantequilla

y una humeante taza de café. Había un nuevo jarrón lleno de

jazmines un poco mustios en el tocador junto a la puerta. Una manta

cuidadosamente doblada y una almohada acolchada estaban

colocadas, una encima de la otra, sobre el suelo.

Y había una nota en la mesita de noche.

M:

Me he ido a dar el paseo con la familia. Los jazmines

están vivos. Suponiendo que tú también lo estás, ahoga el

alcohol con el desayuno que te he dejado.

P. D.: Estaría fantástico a caballo. #EsUnHecho

C.


Pasé el resto del fin de semana esforzándome por redimirme a

ojos de los Black.

En el almuerzo, me pegué a Katie y a Lori y les di conversación

agradable. Ayudé a Lori a coser una parte de su vestido vintage

favorito, que se le había roto. Luego me remangué e hice bollos

para todos mientras bromeaba con el panadero de la familia (porque

¿qué tipo de familia no tiene un panadero en nómina?) y me reía

con Katie, que no participaba en la actividad, pero se contentaba

con sentarse en la encimera y hablarme de la media maratón para la

que estaba entrenando.

—Es lo único que me hace sentir realizada. Mi padre me dio un

trabajo y gastó bastante dinero en mi educación, pero ¿correr?

Nadie lo hace por mí. Solo yo.

Cuando la familia se fue a la cata de vino, opté por quedarme

atrás, ya que la noche anterior me había bebido hasta el agua de los

floreros y temía que el mero aroma del alcohol me revolviera el

estómago. Dibujé y observé el anochecer en la playa Foster

Memorial mientras el mar rompía en la arena y la espuma me hacía

cosquillas en los dedos de los pies. El aire era salado y limpio. El

corazón me dio un doloroso vuelco. A mamá le habría encantado

esta playa.

Me sonó la notificación de un mensaje en el teléfono.

Layla: ¿Y biiieeennn?

Maddie: ¿Y biiieeennn?

Layla: ¿Qué ocurre? Además, creo que Sven va a caerte

encima. Sabe que los Black están en los Hamptons este fin de

semana. Casualmente, se ha pasado antes por tu apartamento y he

tenido que decirle que no estabas. Bueno, ¿debería estar

preocupada por el corazón de malvavisco de Ethan?

Maddie: No. Chase es tan asqueroso como siempre.


Layla: Totalmente asqueroso. Del tipo de querer tener hijos

sociópatas con él, ¿verdad?

Maddie: Antes que nada: no puedo creer que te dejen trabajar

con niños. Segundo: te lo dije. Es un embustero infiel y no vamos a

entusiasmarnos con él (mi cuerpo y yo).

Layla: Eso suena a que tratas de convencerte a ti misma.

Layla: Por otro lado, solo quiero señalar que me votaron como la

maestra del mes en julio. Así que JAJA.

Maddie: ¿Te refieres a las vacaciones de verano cuando los

niños no van al colegio?

Layla: Adiós, aguafiestas. Saluda a las telarañas de tu va-ji-ji de

mi parte.

Debí de haberme dejado llevar por mis bocetos porque cuando

regresé a la mansión de los Black, la puerta del baño estaba

arreglada, a diferencia de la de una servidora. Chase ya estaba

duchado, vestido y luciendo como los mil millones de dólares que

valía, preparado para la cena. Me las arreglé para evitarlo con éxito

durante todo el día mientras pasaba tiempo con su familia. Me

negué a agradecerle que me hubiera cuidado la noche anterior con

el argumento de que me engañó y seguía siendo un imbécil, e

ignoré su buena acción. Chase me preguntó si podía contar con que

no vomitara de forma espontánea en la mesa. Le saqué el dedo y

me dirigí a la bañera, de la que todavía salía vapor. Él bajó a pasar

tiempo con su padre y su sobrina antes de que echara tres bombas

de baño en la bañera, me tumbara en ella hasta que la piel se me

arrugara como una pasa, me encogiera hasta adquirir el tamaño de

una niña de diez años y eligiera el conjunto que me iba a poner esa

noche (un vestido acampanado negro con orejas de gato en los

hombros combinado con un cárdigan naranja y tacones azules).

No bebí ni una gota de alcohol en toda la cena e ignoré con

educación las miradas mortíferas de Amber. Su belleza inmaculada,

junto con el hecho de que su marido pensara que era mediocre,

removió algo que no sabía que existía en mí. Afortunadamente, su

hija, Clementine, que parecía tener unos nueve años, resultó ser

una monada inesperada. Al instante, me llevé bien con esa cosita.


Hablamos de cuáles eran los mejores vestidos de princesa

(Cenicienta y Bella, sin lugar a dudas) y luego sobre nuestras

superheroínas favoritas (ahí fue donde no nos pusimos de acuerdo.

Clementine afirmaba que la Mujer Maravilla era su primera elección,

mientras que yo pensaba que la respuesta clara y obvia era

Hermione Granger. Lo que llevó a otro debate sobre si Hermione era

una superheroína).

(Claro que lo era).

Clementine era fantástica. Abierta, brillante y llena de humor. Por

suerte, no se parecía en nada a su sombrío padre ni a su hermosa

madre. Una entidad completamente nueva, con un color diferente,

una constelación de pecas en la nariz y dientes desiguales.

Me fui a la cama temprano y evité toda comunicación con mi

falso prometido, y fue increíble cuando me desperté por la mañana y

no solo me sentí como nueva, sino que encontré a Chase

durmiendo otra vez en el suelo. Dediqué un instante a observar el

ceño fruncido en su cara mientras dormía, la gruesa línea de cejas

oscuras juntas. Sentí una punzada de algo cálido e injustificado en

el pecho.

«Era diabólicamente hermoso».

Le di la espalda y dormí durante toda la mañana, pero no antes

de escribirle una nota y dejársela exactamente donde él me había

dejado la suya, en la mesita de noche.

C:

Gracias por cepillarme los dientes el viernes por la

noche. La próxima vez no utilices toda el agua caliente.

P. D.: Estarías ridículo a caballo.

M


Capítulo seis

Chase

Arrugué la última nota de Madison mientras estaba dándose un

baño y la tiré a la papelera. Garabateé otra antes de que saliera.

M:

Me ha llamado la atención que no hayas dicho nada

sobre los jazmines. No es de extrañar que rompiéramos.

Siempre has sido una desagradecida (se me vienen a la

mente los pendientes de diamantes que te regalé en

Navidad).

P. D.: Re: yo a caballo. ¿Huelo a apuesta?

C

No lograba entender el hecho de que mi conveniente y tímida

exnovia se hubiera convertido en una guerrera que no aceptaba

tonterías.

Alguien llamó a la puerta.

—Adelante.

Bajé el boli. Esperaba a papá. No habíamos tenido tiempo para

hablar a solas durante el fin de semana y me preguntaba si se

habría percatado de la tensión entre Jul y yo. No habíamos pasado

muchos fines de semana juntos con Julian en los últimos tres años.

No desde que papá anunció que yo sería el director de operaciones


de Black & Co., el segundo al mando de su puesto de director

ejecutivo y presidente. Le había dado a Julian el puesto de director

de información y el mensaje era claro: yo heredaría el puesto de

director ejecutivo cuando papá se retirara.

Julian me guardaba resentimiento desde entonces. Pensaba

que, como él era el «hijo» mayor, sería el sucesor natural. Sin

embargo, ya no se sentía como un hijo y había optado por dejar de

asistir a la mayoría de las reuniones familiares. De hecho, me

sorprendió que viniera a los Hamptons. Pero cómo no hacerlo;

quería ver a Madison, comprobar con qué tipo de mujer iba a

casarme.

Levanté la mirada hacia la puerta abierta. No era papá. Era

Amber.

«La maldita Amber».

Llevaba unos pantalones de cuero que le estaban más ceñidos

que un preservativo y una blusa que, convenientemente, tenía

desabrochado el botón que le rodeaba el generoso y mejorado

(gracias a la cirugía) pecho. Se acababa de peinar el cabello teñido

de rubio y llevaba un maquillaje impoluto que hacía que sus cejas

recordaran a Blas de Barrio Sésamo. Levanté la barbilla a modo de

saludo, pero no dejé de meter la ropa de Mad en su maleta. La

irresponsabilidad de mi falsa prometida me enfureció. No tenía ni

pizca de habilidades organizativas. No podía confiar en que

estuviera lista a tiempo y quería salir de aquí antes de que nos

pillara el tráfico. Otra razón por la que éramos una pareja terrible.

Y aquí había otra, en caso de que tuviera la tentación de volver a

dipear en la salsa de Madison: era una borracha terrible. En una

escala del uno a Charlie Sheen, era una rotunda Mel Gibson. Era

vergonzoso que me asociaran con ella. Aun así, me aplaudí por ser

agradable y apoyarla cuando estaba a punto de desmayarse. Claro

que lo había tenido que ser. Era mi falsa prometida y echarla a otra

habitación y dejar que se las apañara sola parecía frío hasta para

mis estándares árticos.

—¿Estás solo? —Amber hizo un puchero y cruzó los brazos

sobre el pecho para sacar más las tetas. Era todo clase.

—Madison está en la ducha —contesté sin levantar la vista.


Ella lo tomó como una invitación para entrar y colocar el culo en

el borde de la cama, donde la maleta estaba abierta. Seguí

metiendo esas horrendas prendas en la maleta mientras me

preguntaba quién demonios hacía la extraña ropa que Madison

compraba. Traté de mirar las etiquetas, pero no vi ninguna. Algo

muy prometedor.

—Clementine quería despedirse. —Amber se inclinó hacia mí y

sacó más el pecho. De verdad que no quería que le reventara.

Retrasaría mi viaje de vuelta a Nueva York al menos unas cuantas

horas.

—Iré a verla antes de marcharnos —tercié, pero no pude

evitarlo: la voz me salió más suave de lo previsto al referirme a la

mocosa.

—Tenemos que hablar de ella. —Me puso una mano en el brazo.

Si pensaba que eso evitaría que me moviese, estaba totalmente

equivocada.

—¿De la mocosa o de Madison?

—Me gustaría que no la llamaras así —resopló Amber.

—Lo mismo digo —repliqué de forma inexpresiva.

Estaba molesto con Julian y Amber por darle a su hija un nombre

al que no se le podía poner ningún apodo. Clemmy parecía una

apócope de Clamidia y Tinny la hacía parecer algo diminuto. Por lo

tanto, me refería a ella como mocosa, a pesar de que había pasado

mucho tiempo desde que dejó de serlo. Cuando Clementine nació,

Amber me preguntó qué me parecía su nombre. Le dije que no me

gustaba. Estaba seguro de que esa era la razón por la que lo eligió.

—Vale. Público exigente. Empecemos con tu prometida. ¿Es de

verdad? —Amber frunció el ceño.

Cerré la maleta a rebosar de Mad sin decir una palabra. ¿Qué

clase de pregunta era esa?

—Es un poco rara. —Amber deslizó la mano por mi brazo

mientras con la otra hacía círculos con la uña sobre el muslo, de

forma distraída.

—Hacemos buena pareja.

Pero no era así y ambos lo sabíamos. No había considerado el

hecho de que Madison no fuera mi tipo cuando salí con ella,


simplemente porque no había pensado que hubiera algo que

considerar. Se suponía que iba a ser un rollo. Nada más. Ahora que

Julian y Amber lo habían señalado, tenía que admitir que no se

equivocaban. Me gustaban las mujeres de la misma forma que me

gustaba el diseño interior: poco prácticas, obscenamente caras de

mantener, con nada de personalidad y con actualizaciones

frecuentes.

—En cuanto a Clementine… —Amber dejó de hacer círculos con

la uña sobre el muslo y la clavó en la tela. Estaba nerviosa.

—No —espeté, alzando la vista. Echó la cabeza hacia atrás

como si la hubiera abofeteado—. Lo hemos discutido y mis

peticiones fueron claras. O las aceptas o lo dejas.

—¿Esas son mis únicas opciones?

—Es tu único ultimátum. —Dirigí la mirada a la puerta cerrada

del baño. El chorro de agua dejó de sonar. Por una razón que no me

interesaba explorar, no quería que Madison oyera esta jodida

conversación.

—¿Piensas que mentiría? —Los ojos de Amber de color

esmeralda se encendieron. Tuvo la audacia de llevarse la mano al

cuello y fingir un delicado jadeo.

—Creo que harías cualquier cosa excepto vender a la mocosa al

circo para conseguir lo que quieres —afirmé con indiferencia.

Se levantó con los puños cerrados a los costados, sin duda a

punto de vomitar algo. Otra mentira, probablemente. La puerta del

baño chirrió. Los dos la miramos. Amber seguía con la boca abierta.

—Fuera —rugí.

—Pero…

—Ahora.

Amber dio un paso hacia mí. Tenía la cara tan cerca de la mía

que atisbaba esas pecas solitarias por debajo de los tres kilos de

maquillaje. Me rozó el pecho con las tetas. Eran grandes y duras,

operadas. Nada que ver con las suaves y pequeñas de Mad.

«No pienses en el viernes por la noche cuando le viste las tetas

al ponerle la sudadera».

Ups. Demasiado tarde para eso.

—Esto no ha acabado, Chase. Nunca acabará.


Mi padre me dijo una vez: si de verdad quieres conocer a

alguien, haz que se enfade. Su forma de reaccionar es una señal

reveladora de quién es. Amber estaba esforzándose mucho para

enfadarme. Lo que no sabía ella era que dejaba que me irritara cada

vez menos y esas pocas veces las reservaba para la familia directa

y los verdaderos amigos.

—Se acabó antes de que empezara —le siseé a la cara,

sonriendo con burla—. Antes incluso de que te pusiera un dedo

encima, Amb.

Salió corriendo hasta la puerta del dormitorio y la cerró de un

portazo en mi cara, montando una escena. Quería que Madison lo

supiera, que preguntara qué había pasado, para plantar la semilla

de la inseguridad en ella. Mi falsa prometida abrió la puerta del baño

un segundo después, en albornoz, mientras se frotaba el corto

cabello con una toalla. Un momento extraño. La miré con

desconfianza.

—¿Eso ha sido la puerta? —Inclinó la cabeza a un lado y dejó

que la toalla cayera al suelo. Caminó hacia la cama, abrió la maleta

y (fíjate) empezó a sacar todo lo que yo había metido mientras

revisaba la ropa. Levantó los vestidos de uno en uno,

examinándolos, y luego se los echó al hombro, en busca de otra

cosa.

—¿Qué demonios estás haciendo? —La pregunta salió con

asombro más que con ira. Su comportamiento excéntrico siempre

me pillaba por sorpresa.

—Elegir lo que voy a ponerme —gorjeó ella—. ¿Qué más iba a

hacer envuelta en un albornoz y recién salida de la ducha?

«Chupármela».

—¿Y bien? —preguntó otra vez—. ¿Quién era? He oído que

hablabas con alguien.

—Amber —gruñí mientras trazaba con la mirada el contorno de

su cuerpo por debajo del albornoz con avidez. Odiaba desear

machacarla como un trozo de escalope (a Madison, no a Amber. No

tocaría a Amber ni aunque eso trajera la paz al mundo).

—Supongo que os lleváis bien —dijo, con la vista clavada

todavía en la ropa. De hecho, lo había dicho en tono neutro.


—Supones mal —repliqué.

—Pero tenéis mucho en común.

—Los dos respiramos. Eso es lo único que tenemos en común.

—Los dos también sois unos amargados insoportables.

Hubo un instante de silencio en el que rápidamente me recordé

que no valía la pena explicarle a Madison lo diferentes que éramos

Amber y yo.

—De nada, por cierto —gruñí.

—¿Por haber revisado mis cosas sin permiso? —Se giró para

mirarme, toda dulzura y sonrisas—. Eso ha sido muy generoso de tu

parte.

—¿Sabes? No recuerdo que fueras tan quejica cuando tenías tu

suministro habitual de vitamina D. —Entrecerré los ojos esperando

que mi semierección no se convirtiera en una erección completa

mientras volvíamos a discutir. Esa parte era cierta. Madison había

dado un giro de ciento ochenta grados desde que me planté en su

puerta para pedirle que me acompañara a los Hamptons. Esta

nueva versión de ella resultaba ser su verdadero yo, y me cabreaba

no haber llegado a conocerla de verdad.

Me cabreaba que fuera tan graciosa.

Y sarcástica.

Y una persona difícil de una forma extrañamente atractiva.

Pero, sobre todo, me cabreaba que me hubiera mentido sobre

quién era.

—En aquella época quería causarte buena impresión. Ese barco

ya ha zarpado.

—Más bien se hundió en medio del jodido océano.

—Bueno. —Se encogió de hombros mientras apretaba un

vestido rojo y púrpura sobre el pecho, eligiendo así el atuendo del

día—. Fuiste tú quien lo dirigió hacia un iceberg de seis toneladas

en el medio del océano. No lo olvides nunca, Chase.

Sonreí con tirantez y bajé las escaleras para romper algo valioso

de la cocina. Me di cuenta de que partirla a ella ya no era una

posibilidad a mi alcance. Era diferente. Más fuerte.

Unas cuantas horas más y no tendría que volver a verla.


Nos encontrábamos en el vestíbulo mientras el personal nos

llevaba las maletas al Tesla cuando Julian hizo su primer

movimiento de ajedrez. Lo había estado anticipando durante todo el

fin de semana, tratando de averiguar su juego, la razón por la que

estaba aquí. Tampoco me quejaba: Julian y Amber eran un tren

descarrilado, pero siempre estaba dispuesto a pasar más tiempo

con la mocosa.

El comentario del seis de Julian fue una estupidez. Madison era

un doce en toda regla, en sus peores días. No solo era

saludablemente hermosa, sino que también era sexy de la forma en

la que lo eran las mujeres que no se preocupaban por serlo. Lo que

le fastidiaba de ella era que no le importaban los números de su

cuenta bancaria y sus trajes de Armani. Era lo que él llamaba una

posfeminista. Una chica con mentalidad de «podemos hacerlo» que

se había abierto paso en el mundo. Él, por el contrario, tenía

mentalidad de «dejar que el mayordomo lo haga». Obviamente, eran

como el aceite y el agua, pero, si pensaba que iba a volverme loco

cuando dijo que era un seis, se llevó una sorpresa. Dejar que me

pusiera nervioso no era una opción.

Cuando era niño y Julian regresaba del internado o la

universidad, siempre jugábamos al ajedrez. Ninguno de los dos

éramos grandes fanáticos del juego, pero teníamos esta lucha

subyacente entre nosotros. Competíamos por todo. Desde los logros

deportivos (los dos habíamos sido remeros en los equipos del

instituto y la universidad) hasta quién podía atiborrarse de más pavo

en Acción de Gracias. A pesar de ello, Julian y yo nos llevábamos

bien. Tan bien que hablábamos de forma habitual por teléfono

cuando él estaba fuera, y pasábamos el rato juntos cuando estaba

en casa más de lo que normalmente hacían dos hermanos que se

llevaban diez años. Jugábamos al ajedrez de la manera más

extraña. Dejábamos el tablero en el salón y movíamos las piezas

durante el día. Eso le daba el brillo de un desafío adicional, porque


siempre teníamos que recordar cómo se había quedado el tablero

cuando nos marchábamos. No se perdían los reyes, ni las reinas, ni

los alfiles, ni los peones. Los dos controlábamos el juego con ojos

de halcón.

Era una lección de resiliencia, planificación anticipada y

paciencia. Hasta el día de hoy, cada vez que Julian y yo estábamos

juntos en la casa de mis padres, jugábamos.

La mayoría de las veces, ganaba yo.

Para ser exactos, un ochenta y nueve por ciento de las veces (y,

sí, las contaba).

Aun así, Julian siempre daba guerra.

Pero ahora ya no nos llevábamos bien y sospechaba que ni él ni

yo íbamos a acatar las reglas no escritas de nuestro nuevo juego.

—Maddie, Chase, esperad. —Julian aplaudió dos veces detrás

de nosotros como si fuéramos sus sirvientes. Madison se detuvo

primero y tuve que seguir adelante con su estúpida decisión.

Mis padres y Katie nos rodearon. Papá estaba agarrando a

Clementine. La adoraba más que a ninguna otra cosa en el mundo.

A los nueve años, Clementine era casi una preadolescente, y

todavía la sostenía como si fuera una niña pequeña.

Aunque eso era lo que pasaba con mi padre. Tenía la capacidad

inquietante de ser el mejor padre y abuelo del mundo (el mejor

marido, al menos desde mi punto de vista), y de seguir siendo un

pedazo de hijo de puta cuando se trataba de negocios.

Quedábamos cada semana para beber cerveza, ver el fútbol y

hablar mal de la competencia. Después llevaba a mamá a una cita

nocturna y le leía cuando regresaban a casa. Iba con la mocosa al

zoo por la mañana y se dedicaba a los negocios, comprando

acciones para destruir a la competencia, por la noche. De verdad

que lo tenía todo. Durante un tiempo, pensé que seguiría sus pasos.

El hombre de negocios perfecto.

El marido perfecto.

Perfecto en todo.

Pero luego sucedió algo que cambió todo lo que hasta entonces

creía sobre la familia y las mujeres.


Me di cuenta de que llegaría a extremos improbables para

apaciguar a mi padre. No era idiota. La gente no fingía compromisos

fuera de las películas de Ryan Reynolds. Para entender mi

sacrificio, tenías que recordar esas cicatrices que veías en las

familias, el desgaste de estar encerrados juntos durante las

vacaciones de verano, Navidad e invierno. La tensión, la amargura

subyacente, los botones que tus seres queridos apretaban cuando

querían hacerte estallar. Los Black no los tenían. Mi familia directa,

la mayor parte de ella, continuaba siendo algo intocable y brillante,

sin ningún rasguño de verdad. Ninguna discusión desagradable.

Ningún bagaje hostil entre los hermanos. Nada de infidelidades,

problemas económicos o pasados oscuros. Me di cuenta de que

casi todas las familias del mundo sufrían mucho por los rasgos

insoportables de sus familiares. Eso no ocurría con la mía. Yo no

toleraba a mi familia. La adoraba.

Bueno, a tres de los cuatro.

Mad se dio la vuelta y miró a Julian con una sonrisa paciente y

santa. No confiaba en él, pero tampoco quería parecer grosera.

—¿Sí, Julian?

—Estaba pensando. —Dio un paso hacia nosotros mientras

hacía girar el espeso whisky de su copa.

—Un comienzo poco prometedor —dije inexpresivamente. Los

demás soltaron una risa incómoda a nuestro alrededor. No

bromeaba, pero vaya.

—En realidad, no hemos tenido tiempo para conocerte. El

viernes estabas… indispuesta. —Lo pronunció como si hubiera

vomitado sobre la mesa del comedor en lugar de haber arrastrado

las palabras cuando se retiró al salón con mi madre y mi hermana—.

Y el sábado no viniste con nosotros al paseo ni a la cata de vinos.

Eres una mujer difícil de intimidar, ¿eh? —Sonrió.

Ella abrió la boca para responder, pero él siguió adelante con su

discurso, sin importarle lo que ella dijera.

—Fue imposible hablar contigo, conocerte, y vas a ser parte del

clan Black. Prácticamente, serás mi cuñada.

—Prácticamente no. —Rodeé a Madison con el brazo—. No

somos hermanos. De hecho, pareces olvidarlo solo cuando te


conviene.

—¡Chase! —reprendió mi madre al tiempo que mi padre frunció

el ceño y nos miró a uno y a otro. Julian dio un paso atrás,

chasqueando la lengua.

—No es necesario escandalizarse en mi nombre, amigos. Solo

es Chase comportándose como un hermanito rebelde. En cualquier

caso, a Amber y a mí nos encantaría invitaros a todos, Ronan, Lori y

Katie incluidos, a una comida de compromiso. Digamos… ¿el

viernes? A menos que, por supuesto, Maddie esté ocupada de

nuevo durante los próximos seis meses.

Hijo de puta.

«Gambito de dama». Había comenzado la partida mental con la

apertura de ajedrez más clásica al fingir ofrecer un peón. En este

caso, Madison. Hacía un segundo era desechable para mí, pero

ahora, cuando Julian estaba tratando de probar este punto, se había

convertido en la reina. La pieza más importante de mi juego.

Sonreí y le di unas palmaditas en el hombro de buena gana con

la mano libre.

—Qué oferta tan tentadora. Aceptamos. —Sentí que los hombros

de Mad se ponían rígidos por debajo de mi brazo. Clavó los ojos en

mi cara con sorpresa. La ignoré y seguí mirando a Julian—. ¿Qué

podemos llevar?

—El pan de plátano de Maddie —sugirió Katie. Mi hermana no

había comido pastel desde hacía al menos cinco años, por lo que no

estaba seguro de cuál era la razón por la que había elegido el postre

—. Ayer nos dijo que hace un pan de plátano muy bueno.

—Acojonante. —Amber puso los ojos en blanco.

La mirada de Mad iba de un miembro a otro de la familia. No dijo

nada, probablemente porque estaba canalizando la mayor parte de

su energía en controlarse para no mutilarme.

En cuanto nos abrochamos el cinturón, abrió la boca. Parecía un

pequeño pájaro carpintero. Bastante molesta y lista para

provocarme dolor de cabeza. Estaba seguro de que la verdadera

Maddie me gustaba todavía menos que la novia Maddie, que

continuamente trataba de complacerme. Por desgracia, tenía que

lidiar con la verdadera porque mi familia la adulaba y porque la


nueva misión en la vida de Julian era descubrir nuestra relación

falsa.

—No voy a ir.

—Sí, irás.

Me enorgullecía de ser un hábil negociador. También sabía que,

lógicamente, empezar la negociación desde una postura agresiva y

dogmática no me llevaría a ninguna parte. Sin embargo, en lo que

respecta a Madison Goldbloom, simplemente no podía evitarlo.

Llamaba al niño idiota de cuatro años que había en mí. Y él venía

corriendo, preparado para dar pelea.

Cruzó los brazos sobre el pecho.

—Te dije que era cosa de una vez. No.

—Te pagaré el alquiler. Doce meses por adelantado. —Agarré el

volante con firmeza.

—¿Estás sordo?

¿Y tú? «Estoy ofreciéndote el maldito alquiler gratis por hacer

algo por lo que la mayoría de las mujeres darían un riñón».

Tuve el sentido común de no decir aquello en voz alta.

—¿Quieres un apartamento más grande? —pregunté dispuesto

a hacer todo lo posible por lograr que accediera. Ya ni siquiera era

por mi padre. No del todo. Mi padre parecía bastante convencido de

que Madison y yo éramos pareja. Mataría a Julian si descubría la

verdad. Y eso lo decía literalmente—. Hay uno libre en mi edificio.

Tres dormitorios, dos baños, vistas de escándalo. ¿No vive tu

amiguito de Croquis allí? ¿Steve?

—Sven —gimió—. Y es mi jefe.

Sabía quién era Sven. Hacíamos negocios. Solo quería

trabajarme el ángulo de los «amigos» y recordarle por qué quería

vivir cerca de alguien que le caía bien.

—Podríais ser vecinos. El apartamento está listo para que Daisy

comprometa cada mueble que hay en él.

Y, por lo visto, yo estaba listo para que nunca me devolviese la

fianza y para desembolsar cerca de setecientos cincuenta mil

dólares en total por el placer de tener otra cita con ella.

—Daisy es feliz con las macetas de los chinos. Satisfacen sus

necesidades —respondió Madison con alegría mientras abría el


pequeño espejo de mano y se retocaba con el brillo de labios. Me

gustaba que no se maquillara hasta el punto de parecer otra

persona. En general, se pintaba los labios, se ponía un poco de

máscara de pestañas y a volar.

—¿Dinero? ¿Prestigio? ¿Acciones de Black & Co.?

Oficialmente, era el peor negociador de la historia. Si mis

profesores de Yale me oyeran, me arrebatarían el título, lo

enrollarían en forma de cono y me golpearían el trasero con él.

Conduje lentamente para prolongar la negociación. No dudaría en

secuestrarla si esto no funcionaba.

Negó con la cabeza mientras seguía mirando por la ventanilla.

Me confundía y me irritaba. Su deslumbrante sencillez (la de no

hacer algo solo porque pensaba que no estaba bien) era refrescante

y frustrante a la vez. Por experiencia propia, todo el mundo tenía un

precio. Pero, al parecer, esta chica no.

—¿Qué quieres? —me quejé intentando cambiar de táctica. La

pelota estaba en su tejado, y odiaba su tejado. Quería comprarlo,

echarle gasolina y quemarlo. Por primera vez en mi vida, era otra

persona la que me llevaba ventaja. Una persona improbable. Y todo

porque al estúpido de mi primo hermano (y, de todos modos, ¿qué

era él para mí?) le excitaba verme fallar. El resto de mi familia se

comió el romance con patatas y pidió repetir. Katie incluso había

insistido sobre quién estaba planeando la fiesta de despedida de

soltera de Mad. Quería llevar a su futura cuñada falsa a Saint Barts,

por el amor de Dios.

La peor parte era que Julian ladraba en el árbol equivocado. Me

importaba una mierda el trono de director ejecutivo. Es decir, sí que

me importaba, pero también sabía que mi lugar como sucesor de

papá estaba asegurado. Por primera vez en mi vida, había hecho

algo por una razón que no tenía un ápice de egoísmo. Quien haya

dicho que dar era mejor que recibir estaba drogado, porque yo no

me divertía haciendo aquella obra caritativa.

Sin embargo, si mi padre averiguaba que había mentido sobre

Madison, se hundiría y eso era algo que no iba a permitir.

—¿Lo que sea? —Madison se dio unos toquecitos en los labios

mientras reflexionaba—. ¿Harías lo que fuera?


Bueno, fíjate. Por fin había encontrado algo que le gustara más

que se lo comiera mientras estaba tumbada en la encimera de

granito de mi cocina: tocarme los cojones.

Le ofrecí un breve asentimiento.

—Y, recuerda, da igual lo que me ofrezcas, solo iré a una cena

contigo —advirtió.

—Prometido —dije con sarcasmo y cero autocontrol—. Adelante,

Mad.

Se mordió el labio inferior, concentrándose en la respuesta.

Imaginé que trataría de infligirme el mayor daño posible. Era una

persona que prefería un cojín eléctrico a un par de pendientes de

Tiffany & Co. Un espécimen de mujer altamente impredecible. Me

castraría si pudiera.

Por fin, Madison chasqueó los dedos en el aire.

—¡Ya sé! Hace bastante tiempo que quiero dormir, pero, desde

que me regalaste a Daisy, bendita sea, tengo que llevarla de paseo

a las seis de la mañana. Si no lo hago, empieza a arañar la puerta,

llorar y mearse en mis zapatos. Si voy a esa cena, tienes que

sacarla a pasear todas las mañanas durante una semana. El fin de

semana incluido.

—Vivo en Park Avenue y tú en Greenwich —repliqué al mismo

tiempo que giraba la cabeza en su dirección para que apreciara lo

mucho que me horrorizaba aquella idea.

—¿Y? —Cerró el espejo de mano y lo metió en el bolso. Nos

sostuvimos la mirada durante un instante en un semáforo en rojo.

Sentía que apretaba tanto la mandíbula que sus dientes se

convertirían en polvo. Dejé de mirarla cuando oí el pitido de un

claxon procedente de atrás.

—Y nada —murmuré, deseando que la vena palpitante de la

frente no reventara sobre los asientos de cuero—. Trato hecho.

Se rio con deleite. Su voz ronca y sexy llenó el coche y me

provocó una semierección.

—Dios, no puedo creer que saliera contigo.

«Yo no puedo creer que prefieras esa idiotez en vez de un

apartamento nuevo en Park Avenue».

—No sé en qué pensábamos —respondí con solemnidad.


«No estábamos saliendo. Tú estabas saliendo conmigo sin mi

conocimiento. Si no hubiera roto contigo a tiempo, tal vez ahora

estaríamos casados y tú, embarazada».

Ahora estaba pensando en el sexo con Madison embarazada y

la semierección se convirtió en una erección completa.

—Lo único que hacíamos era tener sexo, ¿verdad? Y ver

películas y comer. En realidad, no hablábamos —murmuró mientras

volvía a apoyar la cabeza en el asiento con los ojos avellana

oscurecidos.

Tenía razón. Hablamos muy poco durante los meses que

estuvimos juntos. Madison parecía intimidada por mí, algo que no

me había molestado en rectificar, ya que hacía que la relación que

teníamos de comer-follar-dormir fuera muy cómoda para mí.

—Si te hace sentir mejor, mi política de no involucrarme se

extiende a todos los humanos, no solo a las novias —ofrecí.

—Eso no me hace sentir mejor. Pensaba que creías que era

estúpida —me acusó.

—Estúpida no. —Negué con la cabeza—. Tampoco

extremadamente brillante, pero bastante competente.

¿No decían que la verdad te hacía libre? ¿Entonces por qué me

sentía tan jodidamente encadenado en este momento tan

incómodo?

—Guau. Eres como el hermano gemelo malvado del señor

Darcy, pero sin el encanto.

—¿Quieres decir… básicamente un imbécil? —gruñí.

—Exacto.

Aparqué en doble fila justo frente a la entrada de su edificio. El

pediatra estaba en la escalera. Tenía las rodillas, las orejas y la nuez

de un tamaño muy inferior a sus dimensiones. Era larguirucho, como

un púber en desarrollo, y con el pecho hundido. Además, llevaba

gafas y poseía una nariz inteligente que sospechaba que las

mujeres como Madison encontraban atractiva. Tenía la mejilla

apoyada contra los nudillos mientras leía un libro arrugado sobre

algún tipo de neandertal. Un libro de verdad, con páginas y todo.

Apuesto a que fue al supermercado y compró la comida para llevar


en vez de pedirla por Uber Eats. Así era el tipo de pagano con el

que salía ahora.

Apuesto a que le escribió cartas de amor y ni siquiera mencionó

«tetas» o «culo». Capullo.

Ella lo miró, luego a mí y, por último, volvió a mirarlo a él. ¿Cómo

se llamaba? Recuerdo que era un nombre normalucho, como todo

él. ¿Brian? ¿Justin? Le pegaba Conrad. Algo que fuera sinónimo de

idiota.

—Ethan está aquí —dijo.

«Ethan». Había estado cerca.

—Tengo que contarle lo de esa estúpida cena. Aún tienes mi

dirección de correo electrónico, ¿no? Envíame toda la información.

—Saltó al exterior sin dirigirme ni una mirada. Saqué las maletas del

coche como si fuera un maldito botones. Para salvaguardar lo que

me quedaba de orgullo, las tiré junto al edificio sin lanzar una mirada

en su dirección ni en la de su amiguito y no me ofrecí a ayudarlo a

subirlas. Que el doctor Idiota lo haga.

Rodeé el coche y me metí dentro sin despegar la vista de su

culo, embutido en su ridículo vestido de tubo. Mientras, ella llegó

hasta Ethan, le rodeó los hombros con los brazos y le dio un beso

en la mejilla. «Mejilla». Sentí algo no tan terrible en el pecho cuando

me di cuenta de que eso probablemente significaba que no se

habían acostado. Todavía.

Respiré por la nariz y rogué al universo que Ethan no se follara a

mi falsa prometida esa noche. Luego, miré hacia abajo para sacar el

teléfono del bolsillo.

Había una nota pegada al asiento del copiloto. La misma nota

blanca adhesiva con el nombre de mi familia grabado en la parte

superior que la que teníamos en los Hamptons. La había dejado ahí

sin que me diera cuenta. Qué astuta.

C:

Salvaste los jazmines porque son seres vivos, no

porque te lo pedí.


Además, rompimos porque eres un embustero

embaucador e infiel.

Además 2, ¿qué pasa con Julian?

P. D. Re: hueles raro. Puede que sea hora de la revisión

quincenal de enfermedades de transmisión sexual.

M


Capítulo siete

Maddie

3 de junio de 1999

Querida Maddie:

Dato curioso del día: la amapola ha florecido

asombrosamente en los campos de batalla, aplastada por

botas, tanques y la primera guerra industrial del mundo. Es

un símbolo de recuerdo en Gran Bretaña.

Las amapolas son fuertes, tozudas e imposibles de

romper. Sé una amapola. Siempre.

Con amor,

Mamá

Hablando de forma objetiva, aquella mañana fue particularmente

gloriosa. Del tipo de mañanas sobre las que Cat Stevens escribió

canciones. Me desperté a las ocho y media sin la ayuda de la

alarma. Layla había dejado pasar a Chase al amanecer mientras yo

dormía y ella estaba despidiendo a uno de sus muchos rollos. Me

las arreglé para poner al día a mi mejor amiga sobre el acuerdo al

que habíamos llegado Chase y yo a través de mensajes de texto.


Chase le dio a Daisy un largo paseo. Yo estaba completamente

muerta para el mundo cuando la trajo de vuelta. Me desperté

mientras este empujaba la puerta para abrirla y maldecía por lo

bajini, quejándose de que Daisy no hubiera invitado a su pierna a

una cena antes de intentar follársela mientras le echaba comida en

su cuenco y la regañaba por beber con ganas de la taza del aseo.

(No te estás ganando ningún punto en seducción ahora mismo,

Daze). Sonreí mientras me estiraba con pereza en la cama y

pensaba en la molestia que el viaje hasta mi barrio le había

causado. Cuando abrí la puerta del frigorífico para sacar el zumo de

naranja, encontré una nota pegada a la puerta.

M:

No todo lo que tiene vida merece que lo salven. Mi

primo hermano, Julian, es un ejemplo claro de eso (no me

preguntes qué significa para mí, eso cambia de un día para

otro).

Además, finjamos que te engañé. Tú tampoco fuiste

muy honesta conmigo. Me ofreciste una personalidad

diluida, dejándome creer que estabas cuerda. Y NO LO

ESTÁS.

Además 2, sí, era necesario escribirlo en mayúsculas.

Además 3, el tema de Julian lo he abordado más arriba.

P. D.: Técnicamente esto es un (además 4),

¿demasiados números para ti? Te dejo una foto mía a

caballo, cuando tenía seis años, increíblemente adorable.

P. P. D.: Me he dado cuenta de que Nathan no ha

dormido en tu casa. ¿Eso quiere decir que todavía es

virgen? :(

C

Algo cayó de la nota adhesiva. Una foto. La recogí y le di la

vuelta. Era Chase de niño sonriendo a la cámara (con dos mellas en

las paletas) sentado en un poni. Tenía un flequillo negro como el


alquitrán, cuidadosamente recortado y una sonrisa tan alegre que la

viveza de la misma saltaba de la foto. A regañadientes y solo para

mí, admitía que tenía razón. Se veía bien a caballo. No como el del

anuncio de Old Spice, pero bastante adorable.

¿Y qué quería decir con «finjamos que te engañé»? Me había

engañado. Lo había visto con mis propios ojos. O algo así. Bueno,

había muy poco lugar para la interpretación. De cualquier forma, no

iba a abrir esa caja de pandora. Ahora estaba con Ethan. El dulce,

maravilloso y fiable Ethan.

La sensación de algo frío y líquido en los dedos de los pies me

sacó de mis cavilaciones y miré hacia abajo para darme cuenta de

que llevaba un minuto derramando el zumo de naranja que estaba

sirviendo en un vaso. Salté hacia atrás. Tras recuperarme, me

sequé la mancha del pie con una mano mientras que, con la otra,

escribía una respuesta a Chase.

C:

Las flores simbolizan la vida. Nunca confiaría en alguien

que no cuida de sus flores. Además, me permitiré afirmar

que estabas monísimo a caballo. Hace mucho (mucho)

tiempo.

P. D.: Por favor, no vuelvas a tocar mis cosas (bolis,

notas adhesivas, MALETAS, etc.).

P. P. D.: se llama Ethan, no Nathan. Y, de hecho, hemos

practicado sexo salvaje toda la noche. ha tenido que irse

por una emergencia.

M

Mentí. No fue gran cosa. Solo en Manhattan se esperaba que

cualquiera con más de veintidós años tuviera sexo en la cuarta cita.

En ese aspecto, echaba de menos Pensilvania.

Iba a ser firme con Chase, a devolverle el anillo y a despedirme.

Esta vez para siempre.

Sin más negociaciones.


Sin más ofertas.

Sin más dolor.

Quedé con Ethan en un restaurante italiano nuevo esa misma

noche. Llegó veinte minutos tarde. A pesar de todos los defectos de

Chase (y tenía muchos; podría escribir un libro tan largo como

Guerra y paz sobre ellos), valoraba el tiempo de los demás y nunca

me dejó colgada. No llegaba tarde y las pocas veces que lo hacía

siempre mandaba un mensaje con una explicación razonable.

«Aunque Chase no se dedica a salvar vidas de niños», me

regañé. «Dale un respiro a este chico».

Mientras esperaba, leí un artículo sobre una mujer que había

hecho un vestido para su próxima boda con papel higiénico y

material reciclado porque no tenía dinero para comprarse ni alquilar

nada lujoso. La encontré por Facebook, le escribí un mensaje y le

pregunté su dirección y talla de vestir. Tenía algunos vestidos tirados

por el apartamento, de cuando era estudiante de diseño, de los que

podía deshacerme, y los instintos de Maddie la Mártir entraron en

acción. También le envié un mensaje rápido a Layla agradeciéndole

el hecho de que dejara pasar a Chase esa mañana, y le envié una

foto del restaurante italiano en el que estaba con la leyenda: «¿Tal

vez el momento perfecto sea esta noche?», junto a un emoji

guiñando un ojo. No era una posibilidad que me excitara mucho,

pero intenté emocionarme por ello. Layla respondió segundos

después.

Layla: Nada más romántico que el pan de ajo y un hombre que

llega veinte minutos tarde.

Maddie: Alégrate por mí.

Layla: Soy honesta contigo. Eso es mucho más importante en

una buena amiga.

Maddie: Podría ser el mío.


Layla: Voy a cruzar los dedos por ti. Pero, cariño, no salgas con

él simplemente porque temes a los Chase del mundo.

Me molestó que Chase y Layla tuvieran la misma cantaleta, pero

metí esa preocupación en el cajón del fondo de mi cerebro.

Ethan llegó desaliñado y algo sudoroso, con el cabello

despeinado por todas partes. Llevaba ropa informal (vaqueros y una

camiseta desteñida), no iba con la habitual ropa de médico. Me dio

un beso en la mejilla (el aliento le olía extrañamente dulce) y se

sentó frente a mí, dándose palmaditas como si se le hubiera

olvidado algo.

—¿Y bien? ¿Qué tal fue? —Directo al grano. Literalmente al

grano en el culo de Chase. Se había pasado por mi casa la noche

anterior, pero solo para prestarme un libro que yo fingí que quería

leer sobre el manejo de enfermedades infecciosas en preescolares.

Se me ocurrió que estaba cometiendo el mismo error que cometí

con Chase cuando salíamos. Estaba fingiendo ser alguien que no

era para que la persona con la que estaba me encontrara más

atractiva. Yo no era una persona completamente diferente, pero

estaba suavizando mi personalidad.

Lo que Chase me había dicho después de volver de los

Hamptons me había afectado esa mañana al darme cuenta de que

no tenía intención ni voluntad de leer un libro de medicina solo para

hacer feliz a Ethan. Chase se sintió engañado y, aunque yo no era

del #EquipoChase, lo entendí. Decidí sincerarme del todo con Ethan

para evitar eso. Para mostrarme tal y como soy.

—¿El qué, los Hamptons? —Tomé la botella de agua y serví un

poco en la copa para ganar tiempo—. Fue bastante raro. Me

destrozaron en la cena familiar. Chase durmió en el suelo. Nos

peleábamos cada vez que su familia no nos miraba. En líneas

generales, parecíamos más al borde de un amargo divorcio que de

un feliz compromiso.

Ethan agarró un pico de pan de una cesta y lo mordisqueó

mientras decía:

—Pobrecita.


—Y luego su primo hermano (no estoy segura de lo que

significan el uno para el otro… Biológicamente son primos, pero han

crecido como hermanos) nos invitó… No, diría que nos «retó» a ir a

cenar a su casa para celebrar nuestro compromiso. Chase y él

tienen una extraña rivalidad. Así que tuve que aceptar.

Parpadeé hacia Ethan desde el otro lado de la mesa esperando

con ansias su reacción. Él bajó el pico de pan, frunció el ceño y

luego volvió a mirarme con esa sonrisa afable que tanto lo

caracteriza.

—Claro. Es decir, no tenemos nada serio, ¿verdad?

—Cierto. —Asentí con la cabeza—. Claro que sí, nada serio. Eso

es lo que tenemos según tú, ¿no?

—Por ahora, sí.

Empezaba a odiar esa frase con todo mi corazón. Entonces, se

me encendió la bombilla.

—No has venido del trabajo, ¿no?

Ethan negó con la cabeza mientras se servía otro pico de pan.

Ahora le tocó a él detenerse. No aparté la mirada de su rostro hasta

que se vio forzado a dar una explicación más extensa.

—No. Estaba en la… casa de una amiga. —Parecía inseguro y

se frotaba la nuca.

—¿Te duchas en casa de tus amigas? —Levanté una ceja.

—¿Una amiga especial? —Ofreció, agachando la barbilla y

sonrojándose.

Sufrí un instantáneo cortocircuito cerebral. ¿Estaba acostándose

con otra?

—Ya veo. —Francamente, no veía nada. Estaba cegada y

molesta, pero, aun así, el descubrimiento no despertó ningún

sentimiento en mí.

—No es nada serio. Solo quiero ser sincero y honesto contigo,

ya que tu exnovio no lo fue. Lo que tengo con Natalie se termina en

cuanto tú y yo tengamos algo más estable. Pero supuse que, como

todavía no hemos intimado y tú estás con lo del falso compromiso…

—Ethan se detuvo. Tenía las puntas de las orejas tan rojas que

prácticamente brillaban.


Decidí tomármelo con calma. Ethan no era Chase. Nunca me

había dejado pensar que teníamos una relación exclusiva para

luego ir y acostarse con otra. No me había dado la llave de su

apartamento ni me había invitado a fiestas. Tampoco me había

regalado un ser vivo. Estábamos conociéndonos. Solo nos

habíamos besado un par de veces. En cualquier caso, ¿qué

derecho tenía a enfadarme por ello? Había pasado el fin de semana

con el anillo de compromiso de mi exnovio y su sudadera de Yale.

Es cierto que no habíamos hecho nada juntos, pero no era un

comportamiento digno de la ganadora del premio a la novia del año.

Además, el hecho de que Ethan se hubiera acostado con otra

esa noche simplemente no me molestaba lo suficiente como para

causarle dolor, por mucho que sintiera que debía hacerlo.

Se acercó una camarera a tomarnos nota. Cuando se marchó,

me senté y lo observé con una mezcla extraña de asombro y

confusión.

—¿Dónde quieres vivir cuando seas mayor? —solté. Era una

pregunta extraña, teniendo en cuenta que llevaba tres semanas

quedando con él. Pero me preocupaba que Chase tuviera razón al

decir que Ethan era todo lo que pensaba que quería pero no lo que

en realidad quería. No pretendía herir los sentimientos de Ethan ni

arrastrarnos a los dos a algo que estaba condenado desde el

principio.

—Ya soy mayor. —Ethan parecía perplejo mientras se servía

más picos de pan.

—Ya sabes a lo que me refiero. Cuando tengas una familia.

—Oh —contestó mirando a nuestro alrededor de forma distraída,

como si le acabara de preguntar si estaba dispuesto a cambiarme el

pañal cuando fuera anciana.

«Di Brooklyn. Di Hempstead. Diablos, di Long Island, por lo que

más quieras».

—Westchester, supongo. Hay barrios con estupendas escuelas,

es limpio, seguro…

«Aburrido». ¿Y qué? Muchos jóvenes profesionales que vivían

en Nueva York acabaron en Westchester cuando empezaron a

reproducirse. Monica y Chandler de Friends lo habían hecho.


«Sí, pero tú eres Rachel, no Monica», dijo Layla en mi cabeza.

«Y además es una serie, no la vida real». Ahora era la voz de

Chase la que me provocaba.

—¿Puedo hacerte otra pregunta? —Quité la pegatina que

sujetaba la servilleta. Ethan tomó un sorbo de vino y asintió con la

cabeza. No entendía mucho este juego. Yo tampoco. Solo intentaba

averiguar si Chase había leído bien a Ethan o no.

—La que desee, señorita.

—¿Qué has desayunado?

—Tostadas con huevo —contestó sin pestañear. Suspiré de

alivio, como si esta fuera la prueba que necesitaba de que Chase

estaba equivocado. No había desayunado avena. Seguramente,

Ethan odiaba la avena.

—Mi turno —dijo Ethan—. ¿La mejor manera de empezar el día?

Café, berlinas y hablar con papá por teléfono. Sobre todo para

escuchar los chismes del pueblo. Estuve a punto de responder:

«Salir a correr, una barrita energética y escuchar un podcast sobre

el cambio climático», pero recordé que me había prometido ser

sincera esta vez. Así que le dije la verdad. Ethan arrugó la nariz.

—¿Qué? —Hice una mueca preparándome para su decepción.

—Nada. Es solo que… no me gustan los chismes. Tampoco

bebo cafeína. Me produce unos temblores horribles.

—Vale —contesté—. A estas alturas, entre la Coca-Cola Light, el

café y las bebidas energéticas, la cafeína seguramente formaba

parte de mi tipo de sangre. Aunque la verdad es que importaba

poco. Ethan y yo no teníamos que ser compatibles en todos los

aspectos.

—¿Canal de televisión favorito? —Sonreí alegremente—. A la de

tres.

—Tres…

—Dos…

—Uno…

—HBO —intervine al mismo tiempo que él dijo: «National

Geographic». Nos reímos y negamos con la cabeza.

—¿Olor favorito?


Levantó la mirada justo cuando la pasta y la pizza llegaron. Su

plato de pasta estaba cargado de verduras, marisco y setas

exóticas. Mi pizza llevaba pepperoni, beicon y extra de queso.

Contamos hasta tres de nuevo. Yo dije «cachorritos» y él «vainilla».

Repito: vainilla. Justo como el sexo que Chase me había

prometido que tendríamos.

Ethan y yo continuamos con este juego durante toda la noche.

Nos hacía gracia lo morbosamente diferentes que éramos. Fue una

forma increíble de romper el hielo. Si no fuera por el hecho de que

sabía que se había acostado con otra unas horas antes, por no

mencionar que iba a tener una segunda cita con mi exnovio el

viernes, diría que la noche nos había acercado.

Ethan me acompañó a casa andando y tuvo el buen tino de no

besarme en la boca cuando nos despedimos. Me volvió a besar en

la mejilla y sonrió con timidez mientras agachaba la mirada.

—Te invitaría a subir, pero… —empecé al mismo tiempo que él

abría la boca.

—Lo de Natalie…

Los dos nos detuvimos.

—Continúa. —Sentí que me ardían las mejillas.

—Acaba de romper con alguien, una relación larga, y ella y yo

tenemos este rollo cuando estamos solteros. Estoy muy interesado

en ti. No soy el tipo de chico que va de flor en flor. Sinceramente,

quería demostrarme que estaba de acuerdo con que salieras con tu

ex. —Se frotó la frente—. Y, en gran parte, así es.

—Entiendo —dije en voz baja. Aunque una parte de mí no lo

hacía. Deseaba que Ethan me hubiera contado la verdad antes de

que los dos comprometiéramos el principio de nuestra relación. Pero

ya no había forma de volver atrás. Un mal tiro en la oscuridad por

parte de un cupido ciego y borracho.

—Tal vez es mejor que no tengamos sexo hasta que todo lo de

Chase haya terminado. Obviamente, te hace sentir raro. Como si no

estuviera del todo comprometida con esto —sugerí.

Ethan asintió con la cabeza.

—Es justo. Y prometo terminar lo que tengo con Natalie después

de tu última cita con él. Lo verás el viernes, ¿no?


—Por segunda y última vez —confirmé.

Empujé la puerta del edificio para abrirla y acto seguido la cerré.

Después, apoyé la espalda contra esta y solté un profundo suspiro.

Me sonó el teléfono en el bolso. Lo saqué pensando que podría ser

Ethan, que tal vez querría suavizar la seca despedida con unas

palabras dulces o divertidas.

Desconocido: No olvides el pan de plátano el viernes. Por

cierto, soy Chase.

Maddie: ¿Cómo sabes que he borrado tu número?

Desconocido: En las frías noches, el recuerdo de tu ex se

vuelve más ardiente. Pareces el tipo de chica que se autoprotege.

Maddie: Tú pareces un idiota engreído.

Desconocido: Puede que sea cierto, pero acabas de admitir que

has borrado mi número.

Maddie: ¿Puedo preguntarte algo?

Desconocido: Dieciocho centímetros.

Maddie: Ja, ja.

Maddie: ¿Dónde quieres vivir cuando «sientes cabeza»?

Desconocido: Nunca voy a «sentar cabeza».

Maddie: Sígueme la corriente, imbécil.

Desconocido: Vale. Me quedaré en Manhattan. ¿Y tú?

Abrí la puerta del apartamento de un empujón. Daisy saltó hacia

mis piernas con emoción, poniéndome la pelota de tenis húmeda en

la mano. Eché un vistazo al reloj que había encima del frigorífico.

Eran casi las once. Chase volvería para sacar a Daisy en siete

horas. La cabeza me dio vueltas al imaginármelo en mi

apartamento. Lo agregué a mis contactos, solo por fines logísticos.

Lo borraría de nuevo el sábado por la mañana, después de la cena

del falso compromiso.

Maddie: No sé. Tal vez Brooklyn. ¿Qué has desayunado?

Chase: Creo que se llamaba Tiffany.

Maddie: Dios Santo, qué odioso eres.

Chase: Relax. Un paquete de proteínas.


Chase: No hagas ninguna bromita sobre esperma.

Maddie: ¿Canal favorito?

Chase: ¿De verdad es una pregunta? ¿Hay otra respuesta

correcta que no sea HBO?

Maddie: ¿La mejor forma de empezar el día?

Chase: Contigo sentada en mi cara.

Maddie: Gracias.

Chase: ¿Por la fascinante imagen?

Maddie: Por recordarme por qué rompimos.

Chase: Cuando quieras.

Maddie: Vete a la m

No debería haberme acostado con una sonrisa en la cara, pero

lo hice.

Chase Black era el demonio. Una criatura fría y siniestra que de

alguna forma se las había ingeniado para abrirse camino hasta mis

venas. Pero, fuera lo que fuera…, estar junto a él me hacía sentir

viva.

El martes no hubo ninguna nota adhesiva de Chase. Teniendo en

cuenta que le había pedido específicamente que no tocara mis

cosas, tendría que haberme sentido mucho más alegre de lo que lo

hice cuando miré el estante del frigorífico, ofendida porque estuviera

vacío.

Aunque no importaba. No tener pósit de Chase significaba no

encargarme del desastre que dejaba cuando volvía al apartamento.

Me dio una buena oportunidad para hornear algo y llevárselo a

Ethan al consultorio (no era una represalia contra Chase por no

dejarme ninguna nota. No, señor. Era solo yo, tratando de ser

amable con Ethan).

El miércoles, sin embargo, el juego cambió. A dos días de la

cena de compromiso, encontré un montón de notas adhesivas


negras pegadas en el frigorífico. No eran del mismo color que las

mías turquesas con el estampado de leopardo que dejaba en la

encimera para hacer la lista de la compra. El cabronazo había

comprado sus propias notas. Esa era la razón por la que no había

escrito nada el martes. Probablemente, le había pedido a su

asistenta que le comprara las notas que necesitaba para seguir con

nuestras quejas por escrito. Era imposible que su Alteza Real

hubiera descendido del Olimpo para ir a la papelería. El boli que

había usado era dorado. Tenía mucho que decir, por lo que había

necesitado varias notas y las había pegado una debajo de la otra de

forma sucesiva.

M:

¿Qué vas a ponerte el viernes por la noche?

Deberíamos ir a juego, aunque dudo que tenga algo

morado y verde con un estampado de cerditos sonrientes.

O sombreros de plumas con lentejuelas, pompones y

lacitos.

O, en realidad, cualquier otra cosa completamente

grotesca.

P. D.: Parece que Daisy está obsesionada con la misma

ardilla. Me temo que van a crear una nueva subespecie.

Perdilla. Perros ardilla.

P. P. D.: Estupideces. ¿Cuál fue la emergencia del chico

de pediatría? ¿Trasplante de testosterona?

C

Frenética, corrí al cubo de la basura y recuperé las notas que

nos habíamos escrito para ver a qué se refería con la segunda

posdata. El cubo de basura estaba hasta los topes. Lo miré,

horrorizada, antes de darle la vuelta y cerrar los ojos mientras

respiraba por la boca.

La basura cayó sobre el suelo. La revisé mientras Daisy

olfateaba cáscaras de plátano y los envoltorios de queso meneando


la cola, hasta que encontré las últimas notas. Las alisé en el suelo y

las leí. Chase se había burlado de mí preguntándome que si Ethan

todavía era virgen, y yo le dije que habíamos tenido una noche loca

de sexo la misma noche que me dejó en casa cuando vinimos de los

Hamptons. Obviamente, no se lo creyó.

Le fruncí el ceño a Daisy, que estaba lamiendo el interior de una

lata de ensalada de pollo y hacía bastante ruido.

—Nadie puede saber esto, Daisy. Nadie.

Ella contestó con un semiladrido. Tomé el bolígrafo y escribí,

presionándolo contra el papel tan fuerte que las palabras se

marcaron en el resto de las hojas.

C:

No he pensado en lo que voy a ponerme. Pero, ahora

que lo preguntas, sí, me decantaré por el vestido morado

de lentejuelas con la chaqueta verde (de terciopelo) y los

tacones marrones. No tiene cerdos sonrientes, pero creo

que tengo algo con estampado de Michael Scott.

P. D.: Ethan es más hombre de lo que tú jamás serás.

Es sincero, leal y AGRADABLE.

P. P. D.: Sí, la ardilla se llama Frank. Déjalos. Son

disfuncionales, pero hacen buena pareja.

P. P. P. D.: No sé por qué creo que me queda poco

zumo de naranja. Por favor, no te sirvas nada mientras

cumples tu parte del trato con Daisy.

M

El jueves hubo un silencio sepulcral. No analicé la falta de notas

mientras iba en el tren hacia el trabajo. No me importaba. De verdad

que no. Pero, si le hubiera dedicado un mínimo pensamiento (algo

que, como ya he dicho, no había hecho), la suposición natural

habría sido que Chase había olvidado las notas negras, el boli

dorado o las dos cosas.


Lo que significaba que continuar la conversación no era algo en

lo que pensara habitualmente.

Algo que, como ya he dicho, no me importaba en absoluto.

El día pasó dolorosamente lento. Estuve hablando con Ethan por

mensajes de texto. No pudimos vernos el resto de la semana porque

estaba entrenando para una media maratón (la misma maratón para

recaudar fondos en la que Katie me contó en los Hamptons que iba

a participar) y tenía que despertarse supertemprano. Sven me dijo

que ese día no daba pie con bola. Quería pensar que era porque no

iba a ver a Ethan, pero, a decir verdad, era Chase el que me hacía

estar ausente del trabajo. Cuando Sven desapareció de la vista,

Nina añadió con amabilidad que me estaba convirtiendo en una de

mis plantas: «Una explosión de color e incompetencia». Emitió un

«clic, clic» con la boca mientras seguía con la vista pegada al

monitor de Apple. Para acabarlo, tuve que llevarme a casa el boceto

en el que estaba trabajando, ya que tenía que entregarlo al día

siguiente.

Entonces, el viernes, me esperaba otra nota en el frigorífico:

M:

A Daisy no le gusta su comida. Le he traído algo nuevo.

El chico de la tienda me dijo que es como el caviar perruno.

Lo he dejado en la encimera. También ha tratado de tirarse

a Frank esta mañana. ¿Estás proyectándote sobre la pobre

perra?

P. D.: No puedo creer que te paguemos por diseñar

ropa. ¿Sabes que no es necesario ponerse todos los

estilos a la vez?

P. P. D.: Re: Zumo de naranja. Admito que me serví un

poco, pero solo porque tenía sed y aquí solo bebes agua

del grifo. Muy mala hospitalidad por tu parte. Qué impropio

viniendo de una chica sureña.


Levanté el teléfono para contestarle mediante un mensaje. Por lo

general, estaría en contra de mantener cualquier comunicación con

él, pero sentía cómo una rabia desenfrenada ardía a fuego lento por

todo mi cuerpo. ¿Cómo se atreve?

Maddie: Soy de Pensilvania, no del sur, maldito Satán.

Chase: Pensilvania = Sur. El sur de Nueva York. Aprende

geografía, Goldbloom. El conocimiento es poder.

Maddie: ¿¿¿POR QUÉ ERES TAN EXASPERANTE???

Chase: Todo en mayúsculas. Esta frustración sexual reprimida

acabará contigo.

Maddie: ¡Bien! Estar muerta sería mejor que pasar tiempo

contigo hoy.

Chase: Si pretendes herir mis sentimientos, está funcionando.

Maddie: ¿En serio?

Chase: No.

Maddie: ¿Sabes? Cuando te vi en la escalera, pensé que te

disculparías, y que sería parte del tratamiento a tu adicción al sexo.

Chase: Si fuera adicto al sexo, dudo mucho que me lo tratara.

Maddie: Recuérdame otra vez por qué te ayudo.

Chase: Porque eres una buena persona.

Maddie: ¿Y por qué aceptas?

Chase: Porque yo no lo soy.

Chase: No olvides el pan de plátano.

Chase: ¿Ya te has acostado con él?

Chase: Eso es un no. O eso creo. Te veo por la noche.

Resistí el impulso de lanzar el teléfono contra la pared. Tenía el

presentimiento de que, si me acostumbraba a tirar las cosas cada

vez que Chase me molestaba, no me quedaría nada intacto en el

apartamento, paredes incluidas. En vez de eso, me acerqué a la

encimera, agarré el nuevo paquete de comida de Daisy y le eché

una ración en su comedero. Lo devoró tan rápido que casi me come

la mano en el proceso.

Me dije a mí misma que todo acabaría en menos de veinticuatro

horas.


Me dije a mí misma que no me importaba.

Sobre todo, pensé que Chase podría tener algo de razón. Tal vez

necesitaba tener sexo para tranquilizarme. Después de todo, habían

pasado seis meses. Le escribí un mensaje a Ethan.

Maddie: ¿Quedamos el sábado en mi casa después de la

maratón? A menos que creas que vas a estar demasiado cansado.

Ethan: *media maratón.

¿En serio? ¿Con eso es con lo que se ha quedado del mensaje?

De pronto, el teléfono se iluminó con un segundo mensaje.

Ethan: Y funcionaré sin problemas, incluso después de la medio

maratón. Es una cita. X


Capítulo ocho

Chase

—Cuéntame, ¿cómo está mi viejo?

Esquivé a un niño en una escúter mientras paseaba con Grant

hacia el apartamento de Madison. Grant Gerwig era mi mejor amigo

desde los cuatro años. En la actualidad era una especie de Colin

Firth, oncólogo prestigioso en una clínica privada en el Upper East

Side. Era uno de esos cabrones de los que lees que ha encontrado

accidentalmente la cura para una enfermedad incurable mientras

comes cacahuetes rancios en un bar esperando a tu cita de Tinder.

El tipo de inteligencia que te hacía preguntarte si había un

significado secreto en la vida que no te habían contado. Salíamos a

correr todas las mañanas y nos tomábamos una copa todos los fines

de semana, fueran cuales fuesen nuestros planes, si los dos

estábamos en la ciudad. Cuando nos enteramos de lo de mi padre,

había arrastrado literalmente a Ronan Black a la clínica de Grant

para pedir una segunda opinión, a pesar de que murmuraba que

recordaba claramente haber ayudado a Grant con sus

«necesidades» cuando mi mejor amigo tuvo un accidente mientras

veía una película de terror conmigo, a los cinco años.

«Simplemente, no me gusta la idea de obtener una opinión médica

de alguien a quien conocí antes de que aprendiera a no hacerse sus

necesidades en el pañal».

De todos modos, tanto el joven Grant como el veterano doctor al

que papá había ido primero coincidían. El cáncer estaba demasiado


avanzado, demasiado incurable. Aun así, me sentí un poco menos

impotente cuando mi mejor amigo trató a mi padre.

—Sabes que no puedo hablar de ello. —Grant metió un puño en

los pantalones caqui y utilizó la mano libre para redirigir al niño de la

escúter y que no chocara contra un árbol. La madre del niño se lo

agradeció mientras corría calle abajo detrás de su hijo.

La colorida y bohemia calle de Mad sufría el mayor problema de

nuestra nación, el enemigo número uno de Nueva York: el turista

que se para a tomarse una foto en medio de la jodida calle. Había

gente por todos lados. Se tomaban selfis con una tienda de

chucherías vintage de fondo, y esperaban en fila a la entrada de un

bar gay mientras ojeaban libros de segunda mano puestos en la

calle en una librería independiente… Esta calle no tenía nada de

solitaria. Era vívida, llena de vida y color.

Me irritaba pensar que el niño de mejillas hundidas con la

mochila de nailon y la sudadera con capucha de A S

C , la paseadora de perros de mediana edad con el vestido de

verano y hasta los malditos cuatro animales que trataba de dirigir

iban a sobrevivir a mi padre. El hombre que había creado Black &

Co. El que había proporcionado miles de empleos y era responsable

de un tercio del sector textil de Nueva York. El que había contribuido

a la economía estadounidense, había asistido religiosamente a mis

torneos de remo, había ayudado a Jul a convertir con sus propias

manos su casa de verano de Nantucket en un monstruo respetuoso

con el medio ambiente, que básicamente era autosuficiente, y había

asistido a las obras de teatro de Katie en el instituto. Maldita sea, la

vida era injusta.

—¿Chase? —Grant me miró a los ojos. Se dirigía a una cita.

Pensábamos tomarnos una cerveza rápida antes—. ¿Has oído lo

que he dicho? Eso de la confidencialidad entre paciente y médico y

todo eso.

Gruñí y le di una patada a una bolsa de basura empapada que

estaba en la acera. Ya estaba molesto con la perspectiva de

compartir a papá con Julian, Amber y Madison esta noche. La

semana pasada lo visité todos los días a pesar de que trabajábamos

juntos en la misma oficina. Parecía que estaba empeorando de


forma progresiva, y algunos de los empleados habían comenzado a

hablar.

—Sufre mucho dolor. —Las palabras salieron como si yo

estuviera igual.

—Dile que me llame. Podemos ayudarlo bastante con eso.

—Es un maldito obstinado —respondí.

—Obviamente, no viene de familia. —Grant sonrió con ironía.

Los dos nos detuvimos frente al mismo edificio de piedra rojiza.

Él levantó una ceja y yo también.

—Bueno, supongo que te veré mañana para jugar al golf, ¿no?

—preguntó.

—Ese es el plan. —Comencé a subir las escaleras y Grant

también. Volvimos a detenernos. Nos miramos el uno al otro.

—¿Sí? —pregunté con impaciencia—. ¿Hay algo que quieras

contarme?

¿Acaso Madison había decidido salir con todos los médicos de

Nueva York?

La puerta de entrada se abrió y, Layla, la amiga de Madison,

todavía más loca que ella con ese cabello verde funky, salió como

una stripper de una tarta.

—¡Grant! ¡Estás aquí! —Le rodeó el cuello con los brazos. Era

una forma poco ortodoxa de saludar a un hombre con el que no

planeabas acostarte en las próximas horas, a menos que…

«A menos que lleve semanas saliendo con ella y no me lo haya

querido decir porque estaba hecho una mierda tratando de aceptar

la situación de mi padre».

—Layla —dije de forma seca.

—Príncipe de la oscuridad —respondió de la misma manera—.

Rezo, por el bien de mi mejor amiga, para que seas amable esta

noche.

—Ni siquiera Dios puede interferir en mi nefasto comportamiento,

pero gracias por el título real. Veo que estás saliendo con mi mejor

amigo —dije, arrastrando las palabras.

—Me acuesto con él —corrigió ella—. Sí.

Grant me lanzó una sonrisa a modo de disculpa.


—No estabas exactamente en el estado mental adecuado para

hablar de esto y, como ha dicho Layla, estableció las reglas de

forma muy estricta. Esto no es algo serio y no debería afectaros ni a

Maddie ni a ti.

Como no estaba de humor para hablar de esta mierda, puse los

ojos en blanco y atravesé la puerta. Cuando Madison y yo

rompimos, Grant me echó la culpa. Si bien le había prohibido que

mantuviera contacto con ella, no me extrañaría que Madison hubiera

hecho de casamentera con Layla y con él. Otro rasgo que

despreciaba por completo de Maddie la Mártir: siempre se metía en

todo y acababa buscando citas, muebles y actividades sociales a la

gente.

En especial, odiaba que hubiera emparejado a estos dos porque

Grant deseaba una casita con la valla blanca y una esposa cuerda,

y la primera vez que vi a Layla se lanzó en una conversación de

cuarenta minutos sobre las razones por las que la monogamia era

algo artificial. Daisy y Frank harían una pareja más sensata que

estos dos.

Llamé a la puerta de Madison y oí a Daisy ladrar de emoción.

Mad abrió la puerta y las rodillas me fallaron, aunque todo lo demás

se me endureció, porque ¿qué cojones…?

Madison llevaba un vestido negro corto, ajustado en los lugares

correctos (sin ningún estampado) a juego con unos tacones de

terciopelo negro y un collar turquesa. Era algo así entre una

gargantilla y un collar con tachuelas. Llevaba el cabello castaño y

corto de forma desaliñada totalmente adrede, los labios escarlata y

esos ojos oliváceos pintados con un dramático delineador negro de

femme fatale. Mi polla aplaudía sin descanso y tiraba rosas

imaginarias a sus pies. El resto de mi ser se preguntó por qué razón

no me había dedicado exclusivamente a follármela hasta no dejar

nada de ella cuando salíamos juntos.

—Estás genial. —Entrecerré los ojos. El cumplido salió como

una acusación.

Ella agarró el bolso y las llaves, y frunció el ceño.

—¿No dijiste que querías que fuéramos a juego? Recordé que te

gusta mucho el negro. La puerta negra brillante, los muebles negros,


las sábanas de satén negras… —empezó a enumerar todas las

cosas negras que tenía en el apartamento.

—Has olvidado el antifaz negro. ¿Te gustaría hacer otra visita a

mi dormitorio? —Le ofrecí una sonrisa lobuna.

—Ni loca.

«Loca se está volviendo otra cosa, cariño».

Sentí un violento impulso de tocarla. Pasarle un mechón suelto

del cabello por detrás de la oreja, besarle la mejilla a modo de

saludo o colocarla en mi regazo, abrirle las nalgas y comérmela

desde atrás. Antes de tener la ocasión para eso (iba a quitarle una

pelusa de la manga, aunque prefería devorarla), alguien me dio

unos toquecitos en el hombro por detrás.

El día había estado lleno de sorpresas desagradables, pero el

estúpido pediatra con camisa de vestir, corbata ridícula y mallas

deportivas era la guinda del pastel. Sonrió a Madison e hizo un

gesto de aprobación por la ropa que llevaba, con los dos pulgares

hacia arriba.

—¡Maddie! He venido a por un beso de buena suerte antes de la

media maratón. —Estaba corriendo en el sitio, junto a mí, en el

umbral de la puerta del apartamento de Madison. No me importaba

lo agradable que este hombre fuera. Rezumaba idiotez en

cantidades radioactivas.

—Hola. —Se giró para sonreírme y me ofreció la mano. Se la

estreché, asegurándome de hacerlo tan fuerte que casi le rompiera

los huesos. La única razón por la que no se la machaqué fue porque

sus pacientes eran menores y tenía las suficientes razones para

sospechar que yo sería el primer nombre en la puta lista del karma.

Si fuera cirujano plástico que atendía a amas de casa aburridas y

hombres vanidosos, en este momento su mano sería un malvavisco.

—Chase Black.

—Ethan Goodman.

—Ethan es… —Maddie se interrumpió, permitiéndose un

momento para pensar lo que él era para ella. Los dos la miramos

expectantes. Una lenta sonrisa se extendió por mi cara. Todavía no

habían tenido esa conversación. No tenían algo tan serio como


quería que pensara. Mad se aclaró la garganta—. Nos estamos

conociendo.

Ethan asintió con la cabeza confirmándolo, complacido con su

explicación de mierda. Si me hubieran presentado como algo

distinto a nov…

«Termina ese pensamiento, idiota». Mi cerebro me apuntó a la

sien desde adentro. «Te reto a que lo hagas».

—Bonita corbata. ¿Es de la nueva colección de Brioni? —Apunté

con la barbilla en su dirección, completamente serio. Llevaba una

corbata de la Patrulla Canina. La de Chase con el casco de

bombero. Solo conocía el nombre del perro porque, durante un

tiempo, la mocosa me llamaba perrito Chase y me preocupaba y

molestaba que conociera mi posición sexual favorita.

«Además, ¿por qué no estábamos hablando del hecho de que

llevaba mallas?».

—¿Brioni? —repitió, todavía corriendo en el sitio—. ¿Eso es una

firma de diseñador?

—Casi. Un plato italiano —dije de forma inexpresiva.

Me sentí como un imbécil. Sin lugar a dudas, lo parecía. Y, por

primera vez en mucho tiempo, sentí que había cruzado una línea

invisible. Siempre era sarcástico y descarado, pero nunca del todo

grosero. En el caso de Ethan, no pude evitarlo. Me lo imaginé

presionando su entrepierna cubierta por las mallas (en serio,

¿íbamos a pasar por alto las mallas?) contra las suaves curvas de

Madison y besándola, y, francamente, me dieron ganas de beber

hasta morir, romper la botella de whisky en un ladrillo y apuñalarlo

con ella.

—¡Chase! —Madison dio un taconazo en el suelo y, para que

conste, no me oponía a quitarle esos tacones con los dientes más

tarde. Se me movía la polla en los calzoncillos de forma incómoda

cada vez que captaba una bocanada de su perfume. Tarta de

calabaza, coco y el olor a Daisy. Olía a hogar. Un hogar al que no

estaba invitado, pero un hogar al fin y al cabo. Ethan alzó la barbilla

hacia mí, con un brillo salvaje en los ojos. Era una chispa carnal que

me decía que sabía que Madison era un buen partido y que no iba a

echarse atrás.


«Toda tuya, pediatrucho».

—Admito que no sé mucho de moda. Espero que Maddie me

ayude con eso. —Le dedicó una sonrisa y un guiño. Le recorrí el

cuerpo con la mirada, evaluándolo.

—Lo llevas claro. La olla y la tetera yendo de compras. Ninguna

retina estará a salvo.

Ahora estaba insultándolos a los dos. Muy malos modales,

teniendo en cuenta que estaba a punto de ayudarme. Pero

quedaban muy mal juntos y ella estaba tan ciega que no podía

contenerme.

Mad puso los ojos en blanco.

—¿Ves a lo que me refiero cuando te digo que no te tienes que

preocupar por él? Es insufrible. Nos vemos mañana, Ethan. —Se

inclinó hacia adelante y le acarició el pecho mientras le besaba la

mejilla. Sus labios se posaron sobre su piel un instante demasiado

largo, y cerré las manos en puños por las ganas de tomarla por la

cintura y alejarla de él—. Buena suerte en la maratón.

—Media maratón —corrigió, abrazándola fuerte.

«No le mires las mallas. Si tiene una erección, es posible que

tengas que matarlo y tu abogado está de vacaciones en las

Maldivas».

Cuando Mad y yo salimos del edificio, mi pulso recuperó su ritmo

normal.

—¿Hueles eso? —Olfateó el aire de forma teatral.

—¿El qué?

—La orina del concurso de meados que acabas de ofrecer en mi

puerta.

Me reí. La versión 2.0 de ella era considerablemente más

divertida a pesar del dolor de cabeza constante que me provocaba.

Dije lo que pensé que la irritaría más, porque ver cómo se sonrojaba

era uno de mis pasatiempos preferidos.

—No pensaba que la lluvia dorada te gustara. No me importaría

probarlo.

—¡Chase! —gritó.

—¿Qué? Ahorraría agua. Solo soy respetuoso con el medio

ambiente. —Aunque pensé que Greta Thunberg no lo aprobaría.


—Eso es, ahora lo sé. El diablo viste de negro.

Se refería tanto a mi color favorito como a mi apellido.

—Más vale diablo conocido que ángel por conocer.

—Estoy ansiosa por conocer mejor al ángel —replicó ella.

—Apuesto a que el ángel no sabe cómo hacer esa cosa con la

lengua que te gusta tanto.

—El ángel me hace feliz —espetó sonrojándose bajo el discreto

maquillaje. Mad siempre había sido buena en eso. Se arreglaba sin

parecer un miembro de Kiss.

—Y una mierda. Te hace sentir cómoda.

—¿Y qué hay de malo en eso?

—La comodidad nunca te encenderá.

—Tal vez no quiero quemarme.

Todos queremos quemarnos, Mad. Es peligroso, ergo, lo

deseamos.

Nos dirigimos al metro. Decidí que interrogarla sobre Grant y

Layla generaría más hostilidad. Tal y como estaban las cosas, si el

odio se traducía en electricidad, Madison me detonaría el culo.

Cogimos el metro hasta el Upper West Side. Conducir en Manhattan

un viernes era el equivalente a frotarte el pene con un rallador:

técnicamente posible, pero ¿por qué querrías intentarlo?

Cuando salimos del metro, Mad se detuvo en seco con una

mirada de horror estropeándole el rostro. Me giré hacia ella.

¿Qué ocurre ahora?

—Se me ha olvidado el pan de plátano. —Se llevó una mano a la

boca—. Oh, mierda. ¿Cómo es que no me lo has recordado? Me he

puesto tan nerviosa con el duelo de baile entre Ethan y tú que se me

ha olvidado por completo.

Como si a alguien le importara. Katie y mamá solo querían que

ella sintiera que esperaban algo más de ella que su presencia real.

Su habilidad para tolerarme los desconcertaba. En realidad, no

estaban ansiosas por el pan de plátano. De hecho, no tenían ganas

de consumir otra cosa que no fuera vino o reality shows malos.

—No ha sido un duelo de baile —señalé.

—Sí que lo ha sido —insistió—. Y has perdido. Metafóricamente

hablando, bailas como el tío borracho de alguien.


—Yo no bailo como el… —Cerré los ojos y me masajeé las

sienes. No me rebajaría al intelecto de una mujer que conocía los

nombres de todos los del clan Kardashian. Por voluntad propia—.

Se las arreglarán sin el pan de plátano.

—Pero es el postre.

—Odio decírtelo, pero nadie contaba con tu pan de plátano.

Probablemente, Julian y Amber tengan trabajando a tres empresas

de catering y al mismísimo Gordon Ramsay en la cocina desde

anoche.

—Bueno, ¡lo prometí!

«¿Es legal fantasear con hacer cosas con ella?». Reflexioné

sobre aquello. «Mentalmente tiene quince años».

—Probablemente lo hayan olvidado.

—He estado hablando con Katie y Lori por mensaje durante toda

la semana. Claro que no lo han olvidado.

¿Se han estado enviando mensajes toda la semana? ¿Esa era la

razón por la que mamá había salido de la cama y Katie había

aparecido por el trabajo? Sentí una punzada de algo ridículo e

injustificado en el pecho. Lo ignoré y mantuve la expresión

cuidadosamente hierática.

—Hay una pastelería a la vuelta de la esquina. —Inhalé abriendo

las fosas nasales—. ¿Quieres que compre uno o Maddie la Mártir es

incapaz de engañar a nadie?

—Un poco tarde para fingir que soy incapaz de ello. —Hizo un

gesto con la mano hacia nosotros. Cierto. La presioné para que

dijera una mentira mucho mayor.

Me di cuenta de que Madison lo tenía todo. Debería ser

reconocido de alguna manera por mi estupidez. Había

desperdiciado la oportunidad de tener un sexo increíble porque

temía que… ¿Qué exactamente? ¿Qué me engañara para casarme

con ella de algún modo? Eso nunca iba a ocurrir.

«Díselo al anillo de compromiso que lleva en el dedo, el que le

regalaste».

De repente, recordé exactamente por qué había estado con

Madison durante más de una semana, aunque no hubiéramos

tenido una conversación seria en todo ese tiempo:


1. El sexo era de otra galaxia.

2. Los pasteles eran un pecado.

3. Trataba a mi familia como, bueno…, familia.

Yo, a cambio, la había engañado (o eso pensaba ella), y no fui a

conocer a su padre cuando estuvo en la ciudad. Lo más probable

era que no tuviera posibilidades de volver a meterme en sus

pantalones en la vida. Era mejor que aquello terminase lo antes

posible.

Compré dos hogazas de pan de plátano de la pastelería Levain

mientras Mad corría al supermercado a comprar una bandeja para

hornear. Nos encontramos en una intersección, justo enfrente del

edificio de Julian. Me arrebató el pan de plátano de la mano, todavía

envuelto en una bolsa de papel marrón, tomó la bolsa por la punta y

empezó a golpear con violencia el pan contra un edificio. La miré

fijamente, como el resto de los viandantes.

—¿Puedo preguntarte qué diablos haces? —La voz me salió en

un tono más cordial del que pensaba que era necesario. Después

de todo, estaba atacando a un producto horneado. Y en público, si

se me permite añadir.

—Ningún pan de plátano casero es tan perfecto como los que

hacen en las pastelerías. Solo estoy dándole un toque auténtico. —

Esa fue su rápida respuesta mientras vertía los panes machacados

en la bandeja que había comprado y los cubría con film

transparente. Estaba jadeando y las tetas le subían y bajaban en el

vestido ajustado.

Aparté la mirada para no pensar en la perfecta sensación de sus

pechos en mis manos.

—Ese empeño deberías emplearlo en fingir un poco mejor que

puedes tolerarme —señalé con amargura.

—No me pagas lo bastante para eso.

—No te pago.

—Exacto.

Cruzamos la calle mirándonos el uno al otro. Otro de nuestros

concursos de miradas tácitas.


—¿Sabes? —empecé—. Podría…

—No. Por favor, no trates de sobornarme con apartamentos,

coches y helicópteros de oro. Dios, qué predecible eres. Cómo me

alegro de haber conocido a Ethan.

Un hombre que lleva mallas y una corbata de la Patrulla Canina

me estaba superando. Era un buen momento para retirarme.

Incliné la cabeza hacia ella en el ascensor. No sabía por qué.

Simplemente parecía… Mad. Sexy, de una manera bonita y retrochic.

El tipo de chica con la que se masturbaban los adolescentes. O

los magnates de treinta y dos años.

—¿Acabas de olisquearme? —Se giró hacia mí, con los ojos

como platos.

—No. —Sí, maldita sea.

—Eres como un animal salvaje.

—Mejor eso que ser un chihuahua con collar de la Patrulla

Canina.

Puso los ojos en blanco, como si mis respuestas siempre fueran

las mismas. Tomó mi mano y la colocó en su clavícula desnuda.

Resistí el impulso de tragar saliva. Tenía la piel cálida, sedosa y

perfecta; no había nada sexual en lo que hizo cuando restregó mi

palma por su delicado cuello, pero estaba seguro de que una perla

de líquido preseminal me adornaba el prepucio cuando terminó de

hacerlo.

—Ahí tienes. —Me apartó la mano—. Para que tengas una

buena porción de mi olor hasta mañana por la mañana y huelas

como yo cuando entremos. ¿Contento?

—¿Contigo? Nunca —escupí.

Ella sonrió.

Yo fruncí el ceño.

El ascensor se abrió y salimos.

Iba a ser una noche muy larga.


Julian vivía en el Upper West Side, en un ático de cinco

habitaciones con vistas a la ciudad que tenía un extraño parecido a

un burdel e incluía muebles tapizados en rojo, lámparas de araña y

un amplio mueble bar. En cuanto entramos, acompañé a papá a la

habitación de Clementine para tener algo de privacidad. Tenía las

mejillas hundidas. La vida se le escapaba a cámara lenta. No estaba

seguro de lo que esperaba exactamente. Sabía que no había

tratamiento para el cáncer tan avanzado que tenía. Grant dijo que

administrarle quimioterapia si las analíticas de sangre se lo

permitían era una pérdida de tiempo y esfuerzo y que solo le haría

sentirse peor. A estas alturas, lo que importaba era que estuviese

cómodo.

Solo que no veía que estuviese nada cómodo.

—Chase —Papá frunció el ceño—, ¿por qué estamos aquí? —

Miró a un lado y al otro de la habitación de la mocosa. Era el único

lugar del apartamento en el que no parecía que pudieses pillar una

enfermedad de transmisión sexual si te sentabas en algún mueble.

Las paredes y el techo eran de color rosa y los muebles, blancos.

—Porque no estás cuidándote —solté—. Tienes que tomarte la

medicación.

—No me gusta sentirme sedado —respondió—. Quiero estar

consciente.

—No quiero que sufras —argumenté.

—Eso no es decisión tuya.

Tras una discusión de diez minutos en la que insistí en que

llamara a Grant y no logré convencerlo, me arrastré hasta la zona de

la cocina de planta abierta para unirme al resto de la familia. Dejé a

mi padre en la habitación de Clementine, demasiado enfadado como

para mirarlo a la cara. Cuando entré en la cocina (más lámparas de

araña, encimeras de color crema y dorado, estampados de flores

por todos lados y ni rastro de comida), me detuve en seco.

La mocosa estaba sentada en la encimera, balanceando las

deportivas moradas en el aire y riéndose con deleite. Mad estaba

haciéndole una trenza francesa en su cabello naranja, y parloteaba

sobre princesas guerreras. Amber las miraba de reojo tras la copa

de cava sin siquiera fingir escuchar la letanía de mi madre sobre que


todas las tiendas de la ciudad se habían quedado sin las sandalias

que buscaba. Julian, que estaba junto a su mujer, me lanzó una

mirada mortífera mientras agarraba la copa de cava con los nudillos

blancos, a punto de hacerla añicos. Sentí una punzada de alegría en

el pecho.

Madison no les estaba dando razones para sospechar que no

éramos dos tortolitos. «Bien». Tan bien que, de hecho, tuve que

recordarme por qué razón tener novia, aunque fuera la sexy y capaz

Madison, no era buena idea:

1. Llegaba un momento en que las novias querían casarse.

Bueno, al menos la mayoría.

2. No quería casarme nunca.

3. Si fuera a salir con Madison, algo que nunca ocurriría, sería

desconfiado y rencoroso. La haría muy infeliz. Perderla por

segunda vez sería vergonzoso hasta el punto en el que no

tendría otra opción que darme un puñetazo en la cara.

4. Darme un puñetazo en la cara de forma deliberada era una de

las últimas cosas que quería hacer.

Entré en la cocina y besé la coronilla de cabello naranja y

alocado de Clementine. Rodeé a Madison con un brazo.

—¿Qué está bueno?

—¡Todo! —Mamá se giró hacia mí con voz estridente—. Todo

está genial. El pan de plátano tiene un aspecto delicioso. Gracias,

Maddie.

—Se parece terriblemente al que venden en Levain al final de la

calle —murmuró Amber mientras bebía. El minivestido rojo que

llevaba era perfecto para un examen pélvico o porno amateur

universitario.

—¿Sueles ir a la pastelería, Am? —Deslicé deliberadamente la

mirada por su esbelto y tonificado cuerpo solo para reírme de ella.

Se ruborizó y entrecerró los ojos.

—En realidad, he perdido algo más de un kilo… Estoy

practicando el nuevo yoga sculpt cinco veces por semana.


—Tus logros no tienen límites.

—¿Qué hay de ti, Maddie? ¿Haces ejercicio? —Se giró hacia mi

falsa prometida sonriéndole con dulzura.

Madison, que fingió no darse cuenta de su pasivo-agresividad,

ató la trenza de la mocosa con una fina goma elástica rosa.

—No, a menos que cuentes ir del salón a la cocina a por helado

mientras The Walking Dead está en los anuncios. Debería

cambiarme a AMC Premiere, pero necesito la actividad física. Y hay

muchos anuncios.

Reprimí una sonrisa, encantado por la respuesta de Mad a una

Amber pálida y muy molesta.

—Guau. No puedo imaginar mi vida sin hacer ejercicio. —Amber

jugaba con el collar de diamantes.

—Es una existencia terrible —asintió Maddie—, pero alguien

tiene que hacerlo.

Quería besarla.

Tenía muchas ganas de besarla.

El hecho de que, técnicamente, podía, porque era mi supuesta

prometida, no ayudaba mucho. Sabía que Maddie la Mártir no me

daría un bofetón si trataba de besarla en público, pero no pude

reunir la estupidez suficiente como para pasar de grosero y hosco a

cabronazo supremo.

La comida era estilo bufé. Todos los platos estaban en los

envases del catering, diseminados por la gigantesca encimera de la

cocina con forma de U. Como todo lo que hacían Julian y su mujer,

era totalmente impersonal.

Había pasteles de cangrejo glaseados con miel y corazones de

alcachofa rellenos de carne de cangrejo, palometa hawaiana

marinada con miso y tentempiés de pepino. Esta vez, Mad le dio

una oportunidad a la mayoría de los platos. Fue Clementine quien

se sentó horrorizada frente al plato, con aquellos grandes ojos

verdes mirando fijamente al montón de criaturas marinas muertas.

—Pero mamá… —seguía diciendo—. Mamá, mamá. Mami,

mamá.

—Dios bendito, Julian, dale cereales —soltó al final Amber

cuando vio que no podía seguir contándole a Katie la historia de


cómo la habían confundido con Kate Hudson en Saks Fifth Avenue.

—Pero no quiero cereales. —Clementine empezó a hacer

pucheros y frunció el ceño—. Estoy cansada de comer cereales a

todas horas. Quiero las tortitas de la abuela.

—La abuela no tiene la mezcla especial para hacer tortitas. —

Mamá dejó los cubiertos en el plato mirándola con suavidad.

Clementine pasaba mucho tiempo en casa de mis padres y

mamá desafiaba la cocina para agasajar a su nieta con lo único que

hacía sola y no le pedía al cocinero que hiciera: tortitas de mezcla

instantánea.

Tenía entendido que la relación de Amber y Julian era una serie

eterna de discusiones que terminaban con Julian fuera de su casa y

Amber llorando hasta quedarse dormida. Y esto ocurría todas las

semanas. Mis padres trataban de proteger a la mocosa de esa

realidad en la medida que podían.

Madison oyó la conversación en modo alerta. Vi las ruedas de su

cerebro girar. No quería pasarse de la raya, pero no le gustaba

cómo Amber trataba a la mocosa. No creía que a nadie le gustara.

Esa niña vivía de los cereales, la bollería y el aire.

—¿Qué mezcla suele usar? —Madison se giró hacia mi madre

mientras se colocaba una mano en la cintura—. ¿Para hacer

tortitas?

—Trigo rápido.

—Vale. Así que harina, azúcar, huevos, agua, leche y sal. Gotas

de chocolate, si tienes. ¿Dónde está la despensa? —Se giró hacia

Amber, desafiándola con la mirada a negarse. Una vez más, me

puse duro. ¿Había algo que hiciese Madison que no me provocara

una furiosa erección? Traté de pensar. No me había empalmado

cuando machacó el pan de plátano en público. Aunque, para ser

honestos, seguía estando follable. Y atable también.

Amber sonrió con educación.

—Puede comer lo que comen los demás. En casa, todos

comemos el mismo plato o no come nadie. Es cosa de padres. No lo

entenderías.

Golpe bajo. Miré a Madison, que seguía mostrando una sonrisa

fresca y dulce.


Estaba de acuerdo con el comentario de Amber, pero en lo que

se refiere a Clementine era una completa mentira. La mocosa nunca

comía lo mismo que los demás. Amber simplemente quería castigar

a Clementine por tratar bien a Madison. Solo que Clementine no

estaba al tanto de eso.

—¿No es alérgica al marisco? —Papá le frunció el ceño a Julian.

Julian volvió la mirada impotente a su mujer. Dios. Katie alejó el

plato de Clementine.

—Tiene una alergia leve. Le salen sarpullidos.

—El doctor dijo que desarrollará inmunidad si come marisco de

forma regular. —Amber se sonrojó bajo el maquillaje. Casi me dio

pena. No era una mala madre, pero tenía el instinto maternal de una

bolsa de Cheetos. La mocosa tenía profesores privados, y Amber la

llevaba a clases de ballet, le enseñó a nadar, a montar en bici y a

hacer volteretas. También la llevaba a clases de francés. Sin

embargo, la participación de Julian en la vida de su hija era mínima,

y se limitaba a darle palmaditas en la cabeza como si fuera un

labrador todas las noches cuando volvía a casa. Tenía la teoría de

que Amber había perdido su alma el día que eligió a Julian Black

como marido. Claro que ser el presidente del club de odio «Detesto

a Julian» desde los últimos tres años no me hacía nada imparcial.

De todos modos, tenía la sensación de que podía reclutar a Mad

como nuevo miembro, a juzgar por su interacción con la pareja.

—¿No debería empezar con pequeñas cantidades? —Katie se

giró hacia Amber.

—Tengo hammm-breeee —se quejó Clementine, echando la

cabeza hacia atrás.

—En serio, no será ningún problema. Solo necesito diez minutos

—empezó a explicar Madison en medio de la cacofonía de voces

que hablaban una sobre la otra.

—¡Dejadle comer tortitas! —estalló mi padre de repente,

golpeando la mesa con un puño. La sala se quedó en silencio.

Madison entró en acción y corrió hacia la cocina.

Desvié la atención hacia la comida.

—¿No vas a acompañar a tu prometida? —Julian se recostó y

empezó a lanzar una nueva tormenta de mierda.


Me encogí de hombros.

—Puede encontrar el camino hacia la cocina.

—¿Y tú podrías encontrar el camino hacia el siglo ? Eso es

bastante chovinista.

Luché contra el impulso de poner los ojos en blanco.

—¿Desde cuándo es chovinista insinuar que mi novia puede

hacer su propia comida? ¿Eso no la hace independiente? En

cualquier caso, ¿cuándo fue la última vez que te preparaste un plato

de algo que no compraras en Whole Foods?

—¿Novia? —Julian levantó una ceja que decía «reventado»—.

Pensé que era tu prometida.

—Chase, Julian, parad —espetó mi madre—. Estáis irritando a

vuestro padre.

«Ha empezado él», quería protestar. Pero, por razones obvias,

no lo hice.

Me imaginaba a Madison poniéndose cómoda en la cocina de

Julian y Amber. Oía el sonido de la mantequilla fundiéndose

mientras caía en la sartén. El aroma a azúcar caliente flotaba en el

aire, y no creía que hubiera un idiota en la mesa que quisiera comer

cangrejo relleno de verduras ecológicas en vez de lo que estaba

preparando mi falsa prometida.

—Me gusta mucho Maddie. —La mocosa chupó el zumo

ecológico de bote y dio un suspiro.

—Eso está bien, cariño. —Amber apartó la mirada del plato,

parpadeando.

—Me gusta mucho mucho —siguió Clementine, sin ganar ningún

punto al tacto esta noche—. Es muy amable por su parte hacerme

tortitas. Espero volver a verla pronto en la clínica.

Amber levantó la cabeza como un perro guardián que acababa

de oír una ramita crujiendo debajo de una bota.

—¿En la clínica?

—Sí. Cuando fui a ponerme la vacuna. Quería saludarla, pero

estabas hablando por teléfono y dijiste que no teníamos tiempo,

¿recuerdas? —Clementine la miró confusa y algo muy oscuro y frío

se desató en mi pecho. Apuesto a que Amber no le había prestado

atención a lo que le dijo entonces Clementine—. La vi cuando fui al


médico a vacunarme. Maddie le dio un abrazo al médico. Lo abrazó

muy fuerte. Durante mucho tiempo. Como las parejas de las

películas. Fue asqueroso. —La mocosa se estremeció y negó con la

cabeza con disgusto.

Se hizo tal silencio en la sala que oía el latido de mi corazón.

Todas las miradas se deslizaron lentamente en mi dirección. No

tenía nada que decir. Nada aparte de ¿POR QUÉ Madison ABRAZÓ

FUERTE AL imbécil DE LA CORBATA Y LAS MALLAS DURANTE

MUCHO TIEMPO, COMO HACEN LAS PAREJAS DE LAS

PELÍCULAS?

Los abrazos llevaban a otras cosas, y esas otras cosas se me

vinieron a la mente en forma de collage. Mad y doctor Mallas

haciéndolo como conejos frente a una clínica pediátrica. Él

cogiéndola por el cuello bruscamente y metiéndole la lengua en la

boca. Tomé un sorbo de agua y me concentré en no tirar la mesa y

todo lo que había en ella por el ventanal. Quería hacer algo radical,

violento e impactante, pero sabía que no ayudaría a la causa.

No confiaba en lo que podía decir, o pensar.

—¿Eso es cierto, cariño? —Julian me sirvió más agua con la voz

siseante como una serpiente—. ¿Cómo se llamaba tu pediatra?

—Doctor Goodman —ronroneó Clementine, estúpidamente

encantada por haber llamado la atención de su padre—. Tiene las

mejores corbatas, papá. De dibujos animados y personajes Disney.

Y me deja pellizcarle cuando me pone las vacunas. Me gusta, a

pesar de que abrazó a Maddie tan fuerte que no había espacio entre

ellos. Luego le dio un beso en la mejilla. Aj.

Iba a cometer un asesinato. Estaba seguro de ello.

Los ojos de Amber estaban puestos en mí, pero fue Katie la que

preguntó de forma entrecortada:

—¿Chase? Eso… ¿es cierto?

Tenía dos opciones. Dejar a la mocosa de mentirosa (algo que

no era) o atribuirlo a su salvaje imaginación de niña de nueve años.

También había una tercera opción: admitir que era verdad y

sincerarme. Pero eso significaba dejar que Julian ganase. Hace tres

años, me habría retirado de esto con gracia.

Hoy, sin embargo, era la guerra.


—Tal vez viste a alguien que se parecía a ella, mocosa. —Le

pasé una mano por la trenza.

Ella me miró con el ceño fruncido, tan seria como un ataque al

corazón.

—No. Iba con el mismo vestido verde con pequeños aguacates

que llevaba en los Hamptons. Le dije a mamá que quería un vestido

como ese, y ella me dijo que preferiría quemarse a lo bonzo antes

que vestirme así.

A tomar por culo. Había elegido a la mujer más reconocible de

Nueva York para que interpretara a mi falsa y adorable prometida.

Todos observaban nuestra conversación con atención. Mi padre

estaba especialmente pálido y frágil. Entrecruzó las manos y se dio

toquecitos en los labios con los dedos índice de forma reflexiva.

Lancé una mirada elocuente a Julian.

Él agitó los dedos hacia mí con desdén. Le importaba una

mierda.

Mad eligió ese momento exacto para hacer su gran entrada con

una gran sonrisa, manoplas y un plato con una montaña de tortitas

humeantes. Deslizó el plato en dirección a Clementine y empapó las

tortitas con el sirope de arce suficiente como para ahogar a un

hámster.

—Ahí tienes, cariño.

—Maddie —Julian casi se tumbó en el asiento, derrochando

petulancia—, Clementine acaba de compartir con nosotros algo muy

interesante. Ha dicho que te vio abrazando a su pediatra, el doctor

Goodman, esta semana y que él te dio un beso en la mejilla. ¿Es

cierto? —Levantó una ceja fingiendo sorpresa.

—Chase dice que debe de haber visto mal. —Amber se subió al

jodido carro tras recuperarse rápidamente de su incapacidad para

alimentar a su propia hija—. Pero conozco a mi hija y es muy

observadora.

Madison puso los ojos en mí. Le sostuve la mirada. No estaba

seguro de lo que le pedía, no obstante, sabía que, si se negaba,

había muchas posibilidades de que le prendiera fuego al mundo.

Tic.

Toc.


Tic.

Toc.

¿Desde cuándo los relojes sonaban tanto? Esperé que dijera

algo. Cualquier cosa. Cómo se habían girado las tornas. Seis meses

atrás, Madison Goldbloom se habría puesto de rodillas para

hacerme feliz (literalmente: habíamos probado esa postura dos

veces). Ahora estaba a su merced.

Abrió la boca y todos los que estábamos en la sala tomamos

aliento.

—¡Oh, el doctor Goodman! —exclamó con la gran sonrisa de

Maddie, pero yo veía a través de ella. El disgusto hacia sí misma,

mezclado con el pánico, nadaba en sus enormes ojos marrones—.

Clemmy, ¡claro que me viste! El doctor Goodman y yo somos viejos

amigos. Está entrenando para una media maratón. Solo fui a llevarle

algo de comer porque estaba en la zona visitando a una amiga.

Claro. Un amigo. Un «amigo». ¿Por qué no había pensado en

eso?

«Porque las únicas mujeres con las que hablabas que no eran

de tu sangre terminaban en tu cama. No reconocerías la amistad

con el sexo contrario aunque te pusieras de rodillas».

Clementine pareció apaciguarse con eso y le dedicó una sonrisa

semidesdentada a Madison, como si le hubiera traído las estrellas y

la luna.

Julian, sin embargo, no se lo tragó. Nos miraba a ambos con una

ceja levantada. Estaba a punto de decir algo que seguro que no

quería escuchar, con la boca abierta, cuando un fuerte estruendo

nos sacó a todos del drama. Dirigí la mirada a la cabecera de la

mesa.

Papá.


Capítulo nueve

Chase

Tomé a mi padre y pasé su brazo derecho sobre mis hombros.

Julian lo sujetó por la izquierda. Cruzamos el salón haciendo zig

zag, ya que la diferencia de altura entre Jul y yo hacía que papá se

balanceara inconscientemente entre ambos, como un trapo que

ondea en un tendedero.

—Llevémoslo a mi habitación —gruñó Julian mientras se le

doblaban las rodillas por el peso de mi padre. Lo arrastramos por el

pasillo. Mamá y Katie nos pisaban los talones. Oí que Amber abría

una botella de licor y que Madison le pedía a Clementine con

entusiasmo que le enseñara sus libros.

El pasillo no terminaba nunca, parecía que se extendía durante

kilómetros. Aparté la imagen de papá muriendo en mis brazos esa

noche. Veía las fotos de la pared borrosas. Cuando entramos en la

habitación de Julian y Amber, dejamos a papá sobre la cama. Llamé

por teléfono a Grant. Que le dieran a su cita con Layla. Deambulé de

un lado a otro mientras Katie trataba de mojar con un poco de agua

los labios secos y pálidos de papá. Recuperó la consciencia, pero

eso no significaba una mierda después de haber hincado la cabeza

en el plato y haberse desmayado en la mesa unos minutos antes.

De repente, mamá recordó algo y corrió de vuelta al salón. Allí

buscó la bolsa de medicinas que había traído para papá (porque

llevar una bolsa de medicinas a todos lados ahora era algo normal).

Era un neceser negro y grande que tenía todo tipo de máscaras de

oxígeno y un buen surtido de pastilleros naranjas.


—Cógelo, cógelo, cógelo —murmuré con el teléfono aplastado

contra la oreja mientras caminaba de un lado a otro de una

habitación a la que nunca habría querido entrar. Grant cogió el

teléfono al segundo tono. Narré los hechos con voz entrecortada.

—Pásame a Ronan, por favor —dijo Grant con una serenidad

que me irritaba. Mi yo de cuatro años quería tirarle arena a los ojos.

«¿Por qué estás tan tranquilo? Papá se está muriendo».

Mamá me pasó la bolsa de las medicinas. La abrí. Katie colocó a

papá con la espalda contra el cabecero de la cama. La frente se le

perló con un ligero sudor. Corrí a ayudarla y me puse el teléfono

entre la oreja y el hombro.

—Simplemente, dime qué hacer.

—Chase, no puedo.

—Soy tu mejor amigo —susurré entre dientes a sabiendas de

que sonaba muy infantil.

—Como si fueras el papa. Tienes que ponerme a tu padre al

teléfono. Es la única persona con la que puedo hablar de la

medicación, a menos que me dé permiso verbal para hablarlo con

otra persona.

Los dos sabíamos que papá no me daría permiso para hablar de

su salud mientras estuviera en posición de tomar sus propias

decisiones. Era orgulloso hasta decir basta. Le pasé el teléfono a

papá a regañadientes. Él agarró el aparato con los dedos

temblorosos. Revisaba la bolsa de las medicinas que tenía en el

regazo mientras murmuraba al teléfono. Ranitidina, morfina de

liberación lenta, diclofenaco y metilprednisolona. Cuidados paliativos

diseñados para hacerlo sentir cómodo, no mejor.

Katie entró corriendo en el baño que tenía la habitación. La oí

vomitar. Perderlo sería demasiado para ella.

Papá se tomó unas cuantas pastillas, bebió más agua y

respondió a varias preguntas que Grant le había hecho. No pensé

que fuera algo normal que un doctor fuera de servicio se sentara a

escuchar la respiración lenta de su paciente durante veinte minutos,

pero lo hizo. Papá puso a Grant en manos libres y Katie volvió a la

habitación.


—Oiga, señor Black, ¿recuerda cuando Chase y yo vimos El

resplandor en una fiesta de pijamas, me meé en los pantalones y

me ayudó a limpiarme? Apuesto a que nunca pensó que la vida nos

pondría en esta tesitura, ¿verdad? —Grant se rio y papá también.

Agradecí en silencio al universo por darme el regalo de que mi

mejor amigo fuese médico y no un idiota corredor de bolsa de Wall

Street como tantos con los que me había codeado en la universidad.

—¿Cómo podría olvidarlo? —Se rio—. Has recorrido un largo

camino.

—Bueno, han pasado unos cuantos años. —Oí que Grant

sonreía.

Papá colgó el teléfono, me lo pasó y su voz severa de padre me

dio un latigazo.

—Grant se pasará por casa en un rato para asegurarse de que

tengo la cabeza bien. Es un buen amigo. Asegúrate de no perderlos

ni a él ni a Madison. Me agradan.

—¿En serio? —Arqueé una ceja—. ¿Te acabas de desmayar y

eso es de lo que quieres hablar? ¿De mi amigo y mi novia?

—Prometida —corrigió Julian con una sonrisa Profidén.

Cierto. Debía tatuármelo en la muñeca para no olvidarlo. Julian

era un jugador de ajedrez habilidoso, pero también predecible, y su

método favorito consistía en capturar a los peones antes de ir a

matar.

En este caso, Madison era el peón, pero ni de coña iba a verla

caer por Julian en el último momento.

—Y sí, rodearte de buena gente es la clave de la felicidad. Lo

averigüé por las malas. Ahora bien, no sé de lo que estaba hablando

Clemmy —Papá señaló hacia la puerta—, pero no puedes perder a

esa mujer. Es demasiado buena para dejarla marchar.

—¿Qué te hace pensar eso? —Me pasé la mano por la

mandíbula. Estaba de acuerdo con él, pero me resultaba difícil de

creer que apreciáramos las mismas cosas en Mad. Para ser

honestos, me encantaba ese fantástico trasero, esa boca tan

follable, las observaciones perspicaces y sus tendencias

excéntricas.

—Es inteligente, atrevida, cariñosa y agradable a la vista.


Vale, tal vez veíamos exactamente las mismas cosas. Solo que

sonaban mucho menos sucias si salían de su boca.

—Respeta a tu familia. Se esfuerza por lo que quiere. Siempre

tiene una sonrisa en la cara, y estoy seguro de que no siempre le

resulta fácil —explicó.

—Papá. —Julian se sentó en el borde de la cama y le agarró una

mano pálida. A veces olvidaba que Julian no era mi hermano. Era

como mi hermano. Por lo menos hasta que mi padre anunció que yo

era su sucesor. Desde ese día, Julian había señalado rápidamente

que solo era un «simple» primo. De hecho, ahora lo llamaba tío

Ronan el noventa por ciento de las veces, a pesar de que sabía que

eso hacía pedazos a mi padre. Julian le dio unas palmaditas en la

mano con torpeza, como si estuviera hecha de blandiblú. No sabría

fingir un sentimiento genuino ni aunque tuviera un manual de Cómo

ser humano para tontos justo enfrente.

—Creo que tal vez es hora de que te cuides y pases más tiempo

en casa con Lori. —Por supuesto, mamá ahora era Lori. No

importaban las noches que había pasado sin dormir abrazándolo

fuerte cuando tenía pesadillas después de que murieran sus padres,

las fiestas de cumpleaños que le había organizado, las lágrimas que

había derramado cada vez que se había hecho daño…—. Tal vez es

hora de que… te jubiles —terminó Julian, con la frente arrugada a

modo de falsa preocupación.

—¿Jubilarme? —Mi padre pronunció la palabra por primera vez.

No había faltado ni un solo día al trabajo en cincuenta y cinco años.

Dudaba que eso se le hubiera cruzado alguna vez por la mente.

Trabajar lo hacía feliz. No se hallaba fuera del contexto del trabajo

—. ¿Quieres que me jubile?

—Nadie quiere que te jubiles —siseé mientras inmovilizaba a

Julian con una mirada mortífera—. Debes de haber oído mal. Eso es

lo que pasa cuando la gente habla con la boca llena de mierda.

—¡Chase! —jadeó mamá.

—No se encuentra bien. —Julian se enderezó y levantó la

barbilla—. ¿Qué pasa si hay un corte de electricidad en el edificio y

él se encuentra en el ascensor? ¿Qué pasa si se cae? ¿Y si


necesita sus medicinas y no hay nadie para dárselas? Pueden

ocurrir muchas cosas.

«Es cierto. Por ejemplo, puedo empujarte por la ventana de

forma accidental».

—Julian, cállate —espeté.

—Los accionistas pronto harán preguntas. Es una empresa de

dos-coma-tres-mil-millones-de-dólares y está dirigida por alguien

que no se encuentra bien. Lo siento, solo estoy diciendo lo que

nadie más se atreve a decir. —Julian levantó las manos en señal de

rendición—. Es éticamente incorrecto no informar de este tipo de

situación médica a la junta. ¿Y si…

—¡Cállate, Jul! —ladró Katie, estallando en lágrimas. Lo raro no

era que mi hermana llorara, sino que se enfrentara así a alguien.

Pero desde que mi padre enfermó, mi familia se había convertido en

El señor de las moscas. Y Julian, el clásico chico de mando

intermedio cuya única cualidad era poseer exceso de autoconfianza,

era quien había decidido reemplazarlo sin importar el hecho de que

el puesto ya me lo habían prometido a mí. Katie me lanzó una

mirada—. Me llevo a mamá y a papá a casa.

—Yo los llevo. —Agarré la bolsa de las medicinas de papá y me

la colgué al hombro.

—No, pueden quedarse aquí. Yo… —Julian colocó la mano en el

brazo de papá. Los dos lo callamos con una mirada.

—Yo me encargo de esto —aseguré a mi hermana pequeña.

—Vamos, Chase. Has venido en tren. Yo tengo coche y, de todas

formas, quería pasarme por su casa. Está cerca del punto de partida

de la media maratón.

Asentí con la cabeza. Me sentía dividido entre irme con ellos o

llevar a Madison a casa. Pero sabía que papá no querría todo ese

espectáculo (solo le haría sentirse más vulnerable si lo

acompañábamos todos a casa) y, además, quería terminar las

cosas con Mad. Tal vez fuera la última vez que nos veíamos.

«Es demasiado buena para dejarla marchar», había dicho mi

padre.

Lástima que no pudiera quedármela.


Pasé el viaje de regreso al apartamento de Madison contando

mentalmente las razones por las que no debería estar con Ethan

Goodman. Cuando iba por la número treinta, me di cuenta de que al

menos había un centenar más y, de todos modos, era demasiado

orgulloso como para decirle nada al respecto.

Madison a veces me miraba con preocupación y otras se mordía

el labio inferior.

El metro estaba abarrotado y hacía mucho calor. Todos y cada

uno de los cabrones que había allí estaban sudando, sosteniendo

una bolsa de comida para llevar grasienta, o las dos cosas. Un bebé

gemía. Una pareja de adolescentes estaba enrollándose en el

asiento que había delante del nuestro, parcialmente ocultos por las

espaldas de dos hombres trajeados que estaban de pie

concentrados en sus teléfonos. Quería salir de allí, llevarme a

Madison conmigo, tomar un taxi (un Uber Copter, a poder ser) y

regresar a mi apartamento de Park Avenue, donde pondría a Elliott

Smith a todo volumen y me centraría en mi exnovia.

A estas alturas, no tenía sentido negar lo que significaba para

mí.

Cuando por fin salimos del metro y paseamos hasta su casa, me

di cuenta de que quizá fuera la última vez que pasaba por su calle.

La despedida flotaba en el aire, densa, inminente y nada justa. Pero

¿qué podía hacer? Quería casarse. Estaba obsesionada con las

bodas (su oficio consistía en diseñar vestidos de boda y tenía flores

por todas partes). Por el contrario, yo pensaba que el matrimonio

era la idea más estúpida que el ser humano podía tener. Nunca

había visto que una idea tan popular se utilizara una y otra vez a

pesar de obtener tan malos resultados. La tasa de divorcios era de

un cincuenta por ciento.

Nah, el matrimonio no era para mí. Y, sin embargo…

Los paseos matutinos con Daisy la Calentona.

El acuerdo.


Las bromas.

Las notas en los pósits.

Había llegado a no odiar completamente todo eso. Lo cual era

más de lo que podía decir sobre mis interacciones con la mayoría de

la gente.

—¿Estás bien? —Mad hizo una mueca cuando llegamos a la

escalera de su edificio. Se había mantenido en silencio durante todo

el trayecto. Por supuesto que estaba bien. Todo estaba bien. Lo

único que me molestaba (remotamente) era la idea de Ethan

subiendo esas escaleras por la mañana después de la media

maratón. Cómo se la iba a follar. Cómo se iba a enterrar en su dulce

y cálido cuerpo, que siempre olía a cosas recién horneadas, flores y,

joder, empecé a imaginármela haciendo todas las cosas que hacía

conmigo. Ya tenía la vena de la frente lista para saltar.

Mad me sorprendió al tomarme de la mano y apretarla entre las

suyas.

—Me gustaría decirte que todo mejora, pero no es así. Lo único

bueno de esta situación es que la experiencia de la muerte de

alguien cercano aguza tus sentidos.

—¿Aguza mis sentidos? —pregunté de forma sarcástica,

sintiendo cómo se dilataban mis fosas nasales. Una vez me comí un

Ortolán con la cabeza cubierta con una servilleta para aguzar mis

sentidos. El Empire State Building y mis sentidos medían lo mismo.

No necesitaba más.

Madison me rozó la palma de la mano con el pulgar, lo que

provocó un escalofrío que me recorrió la columna vertebral.

—La muerte ya no es tan abstracta. Es real y está esperando,

así que agarra la vida por las pelotas. Cuando pasas por el horror de

ver a un ser querido morir y sigues arreglándotelas para levantarte

al día siguiente a atarte los cordones de los zapatos, pasar a duras

penas un desayuno insípido por la garganta y respirar, te das cuenta

de que la supervivencia triunfa sobre la tragedia. Siempre. Es un

instinto primario.

Observé los dedos entrelazados con curiosidad y me di cuenta

de que nunca nos tomamos de la mano mientras estuvimos juntos.

Madison lo había intentado. Una vez, un par de semanas después


de comenzar a salir. Me deshice de su mano tan rápido como pude.

No lo había intentado desde entonces.

Tenía los dedos finos y bronceados. Los míos eran largos y

blancos, y cómicamente grandes contra los suyos. El yin y el yang.

—¿Cómo lo hacías para concentrarte en algo que no fuera tu

madre moribunda? —pregunté bruscamente.

Me sonrió con los ojos brillantes llenos de lágrimas.

—No lo hacía. Fingí hacerlo hasta que lo conseguí.

Agaché la cabeza y aplasté la frente contra la suya mientras

inhalaba su aroma. Cerré los ojos. Los dos sabíamos que no había

ni una pizca de romanticismo en ese momento. Era un momento «el

planeta está loco y la condición humana es una mierda». Era un

momento «fin del mundo», y no había ningún otro lugar donde

prefiriese estar.

Le rocé el cabello con el mío y sentí cómo se nos ponía la piel de

gallina a los dos cuando nos tocábamos. No quería dejarla marchar,

pero sabía con cada fibra de mi cuerpo que debía hacerlo.

Por ella.

Por mí.

No pude precisar cuándo exactamente se convirtió en un abrazo,

pero antes de ser consciente de lo que pasaba, ella estaba apoyada

en mí y yo en ella, y nos balanceábamos en el sitio como dos

borrachos en un mar de luces de verano.

Levantó la vista. Tenía una sonrisa tan triste que deseé

borrársela de la cara con un beso.

—Eres valiente —susurró—. Sé que lo eres.

¿Lo sabía? No sé por qué, pero eso me irritó.

—Solo quería… —empecé, aunque las palabras se atascaron en

la garganta.

«¿Follarte por última vez? ¿Saber si de verdad te estás tirando a

ese idiota? ¿Quemar una clínica pediátrica?».

Al final no dije nada. Simplemente me preguntaba por qué no

podía ser como yo, como Layla. ¿Por qué no podía querer algo

divertido, casual y sin complicaciones?

—Adiós, Chase. —Me apretó la mano una última vez. Olvidó

devolverme el anillo de compromiso. No se lo pedí porque, primero,


me importaba una mierda el maldito anillo, y, segundo, sabía que

tendría que ponerse en contacto conmigo de nuevo para

devolvérmelo. A pesar de todos sus defectos, Madison era lo más

alejado que había conocido en mi vida a una cazafortunas.

Me incliné y le di un beso en la frente. Dejé mis labios ahí

posados unos instantes. Ella dio un paso atrás y entró.

La observé desaparecer tras la puerta del edificio.

Ella seguía mirando hacia atrás.

Yo seguía pensando que se daría la vuelta, como en las

estúpidas películas que siempre había querido ver conmigo. Vendría

corriendo y saltaría a mis brazos. Nos besaríamos. Estaría lloviendo

(aunque fuera verano). La levantaría en el aire y ella me rodearía la

cintura con las piernas. Subiríamos las escaleras y haríamos el

amor al estilo de Fundido a negro.

Pero después de mirarme unos segundos a través de la ventana

de vidrio de la puerta de entrada, negó con la cabeza e inició el

segundo tramo de escaleras.

Me di la vuelta y volví a casa a pie. Me llevé la mano a la cara,

tratando de inhalar el aroma que dejó cuando me refregó la mano

por su cuello en el ascensor.

Su perfume se había desvanecido.


Capítulo diez

Maddie

1 de septiembre de 2002

Querida Maddie:

Dato curioso, la flor del diente de león se abre por la

mañana para saludar al sol y se cierra por la noche para

irse a la cama. Es la única flor que «envejece». Cuando

eras más pequeña, te llevaba al parque todos los días.

¿Recuerdas, Maddie? Solíamos mirar los dientes de león y

tratar de determinar cuáles se volverían blancos y frágiles

primero. Cuando lo hacían, los cogíamos y soplábamos

para que saliesen volando. Bailaban en el aire como copos

de nieve y tú los perseguías y te reías.

Te dije que estaba bien recoger dientes de león y soplar

hasta hacerlos volar porque así esparcían las semillas.

¡Cada diente de león que moría era responsable del

nacimiento de una docena de ellos!

El final de la vida tiene una belleza retorcida y desigual.

Es un recordatorio agridulce de lo que ha sucedido.

Aprovecha el momento.

Cada momento.

Hasta que volvamos a vernos.

Con amor,

Mamá


Llevaba tres días sin noticias de Chase.

Tres días sin notas de pósit.

Tres días sin que Chase entrara, recogiera a Daisy, saliera y

estuviera fuera de mi alcance, tal y como había rogado que hiciera

desde que había regresado a mi vida. Tres días en los que Ethan y

yo habíamos estado demasiado ocupados (yo terminando unos

cuantos bocetos que tenía que entregar al final de la semana y él

con sus rituales post ¡media! maratón. La fecha de la consumación

oficial se pospuso porque Ethan tenía que sentarse en una bañera

llena de hielo y escribir una publicación de cinco mil palabras sobre

los beneficios médicos de los baños de hielo (la cual me envió y yo

hojeé). Traté de convencerme de que era algo bueno que no

tratáramos de tener sexo el día en el que le dolían los músculos y yo

todavía seguía reflexionando sobre lo ocurrido, con pelos y señales,

en la cena con Chase. Me molestó especialmente lo del abrazo.

Traté de asegurarme de que nadie pensara nada malo por un

abrazo entre dos adultos en la puerta de una clínica pediátrica.

Sonaba completamente platónico, pero el hecho de que pareciese

que Chase estuviera a punto de mutilar a alguien con el cuchillo de

la mantequilla, sumado a los instintos increíblemente agudos de

Julian, significaba que todavía estaba preocupado porque nos

descubrieran. Y si eso pudo causar que Ronan se desmayara, solo

Dios sabía qué podría ocurrir si averiguaba la verdad.

Ethan y yo hicimos planes para salir el martes. Ethan sugirió que

traería comida china y yo, «el humor adecuado». Traté de reunir

hasta la última gota de emoción por los planes nocturnos mientras

estaba en el trabajo.

Busqué una lista de reproducción de canciones románticas en

iTunes, me coloqué los AirPods y meneé la cabeza al ritmo de Peter

Gabriel y Snow Patrol. Planeé poner música suave en mi antiguo

tocadiscos y tal vez esparcir flores por la casa.


Estaba trabajando en la mesa de dibujo, esbozando un vestido

sencillo para la colección «Madre de la novia» (odiaba trabajar en

esa colección; era un doloroso recuerdo de que no tenía madre),

cuando sentí que alguien me daba un toquecito en el hombro.

Me di la vuelta totalmente preparada para ver a un repartidor de

Glovo con una bolsa de papel con mi almuerzo. O tal vez a Nina

frunciéndome el ceño y diciéndome que bajara la voz a la música

que escuchaba por los AirPods. Pero casi me caigo del taburete

cuando vi a Katie Black de pie frente a mí, saludándome con una

sonrisa de disculpa.

—¡Hola! —dije demasiado alto, al tiempo que me tambaleaba

hasta ponerme en pie. «Nerviosa» se quedaba corto para lo que

sentía. Técnicamente, sabía por qué estaba aquí. Pensaba que

pronto seríamos cuñadas. En la práctica, sabía que mis compañeros

harían muchas preguntas si nos veían juntas. Por ejemplo, Nina,

que ya estaba mirando por encima del hombro tratando de averiguar

qué demonios hacía Katie Black hablando conmigo.

Me las había arreglado para mantener mi relación de seis meses

con Chase en completo secreto mientras estuvimos saliendo. Sabía

que la gente se pondría las botas si supieran que me acostaba con

el multimillonario de la planta más alta. El dueño de los grandes

almacenes que mantenían nuestro negocio a flote. No entendía la

ironía de que te pillen saliendo con un hombre con el que realmente

no había salido seis meses después de haber roto.

—Holi, hola, hello. —Katie volvió a saludarme con la mano

mientras se sonrojaba cada vez más—. Espero no interrumpir nada.

Pensé… Bueno, normalmente me llevo el almuerzo a la oficina, pero

una de mis reuniones se ha cancelado y he pensado que sería

buena idea pasar algo de tiempo juntas. Ya sabes, solo… —Dejó la

frase a medias mientras miraba al techo y se reía para sí misma,

mortificada.

—¡Sí! —dije con demasiado entusiasmo, ansiosa por sacarla del

estudio, rápido. Tanteé la silla con la mano en busca de la chaqueta

antes de recordar que fuera hacía mucho calor y que esta mañana

no me había traído ninguna. La arrastré hacia los ascensores. La


empujé literalmente en su dirección—. Qué gran idea. Estoy

famélica. ¿Dónde quieres comer?

—¿En La Table? —Me miró con una mezcla de sorpresa y

preocupación mientras se colgaba el bolso Balmain al hombro. La

Table era un restaurante francés de precio fijo que tenía el plato a

trescientos dólares y se encontraba en la planta baja del edificio.

Solo se podía ir si se reservaba antes (a menos que te apellidaras

Black o Murdoch), lo que significaba que no corría el riesgo de

tropezarme con ninguno de mis compañeros de trabajo. También

significaba que iba a desembolsar dinero suficiente como para pagar

el alquiler de una semana entera gracias a la estúpida mentira de

Chase, pero, al igual que hacía con el veterinario de Daisy, estaba

totalmente lista para enviarle la factura. El ascensor se abrió y Sven

apareció. Me miró con cara interrogante.

—Hola. Preguntas no. Por favor. Adiós. —Casi empujé a Katie al

interior mientras él salía. Katie abrió la boca para preguntarme qué

ocurría, pero me adelanté.

—¿Qué tal la maratón? —pregunté con alegría.

—Media maratón —corrigió. (Ethan y ella se llevarían bien;

sonreí para mis adentros)—. Y, en realidad, estuvo genial. Me divertí

y conseguimos mucho dinero para la beneficencia. Estoy segura de

que Chase te dijo que donó trescientos mil dólares para

patrocinarme.

Casi me atraganto con la saliva. ¿Que había hecho qué? No

tenía ni idea. Siempre pensé que Chase era el tipo de chico que

apoya la causa de quemar bosques tropicales y llevar pieles.

Parecía tan exasperantemente desalmado… Hasta cuando

estuvimos juntos llevaba un caparazón de algo oscuro hecho de

acero y misantropía que no pude traspasar. Asentí con la cabeza

tontamente, siguiendo el rol de prometida.

—Claro. Sí, por supuesto.

«Una afirmación es suficiente, Maddie».

Salimos del ascensor. Le pregunté cómo estaba Ronan (nada

bien) y luego la felicité por haber terminado la media maratón. Me

dijo que estaba planeando correr una maratón completa el próximo


año. Entonces me preguntó por qué no llevaba el anillo de

compromiso.

—Preferiría no darle una importancia que no tiene. —Sentí que

me sonrojaba. Era eso y el hecho de que, en realidad, no estaba

prometida con su hermano. Las alarmas de pánico sonaron por todo

mi cuerpo. Mentir dejaba una sensación horrible.

—¿Por qué? Técnicamente, no es tu jefe. Lo sabes, ¿no?

—Sí, sí. —No me preocupaba que Chase me despidiese o me

degradara. Me preocupaba que me explotara el corazón en trocitos

minúsculos—. Aun así, pienso que podría disgustar a la gente,

¿sabes? Solo porque sea una empresa asociada y no le rinda

cuentas a Chase no significa que parezca aceptable.

—Mmm —replicó Katie. Era hora de cambiar de tema antes de

que me explotara la cabeza del sonrojo.

—Me gusta mucho tu vestido —chillé.

Era un vestido por debajo de las rodillas de color marrón. Serio

pero muy elegante.

Katie dejó escapar una sonrisa de sorpresa.

—Me visto horrible. Quiero pasar desapercibida.

—¿Por qué? —pregunté. Obviamente, yo tenía el problema

contrario.

—Porque no me gusta que me vean. Es parte de mi problema de

ansiedad. No tengo la misma confianza con la que Julian y Chase

parecen haber nacido. Siempre pienso que lo primero que ven las

personas cuando me conocen es que tengo dinero y que mi padre

me dio un gran trabajo porque tenía que hacerlo.

—Si lo hicieras mal, no te mantendría en el puesto. Conozco a

Ronan. —Negué con la cabeza mientras salíamos del edificio—. Y

la confianza es como una casa. La construyes ladrillo a ladrillo. Tal

vez cada ladrillo parezca insignificante, pero cuando das un paso

atrás después de un tiempo te das cuenta de que has progresado

mucho. —Mamá me dijo eso—. Vestirte con seguridad es el primer

paso.

—Deberíamos ir de compras algún día. Puedes ayudarme —

sugirió Katie mientras se mordía el labio y entrábamos en el

restaurante. Estaba a punto de responder cuando el maître nos


saludó y nos sentó en una mesa de primera junto a la ventana. Katie

confundió mi silencio con rechazo y agachó la mirada hacia la carta,

tocándose el cuello con dedos temblorosos.

—Me encantaría, Katie —dije—, aunque no estoy segura de que

tu hermano lo aprobara. Siempre se burla de mí por mi ropa.

—Esa es solo su versión de tirarte de las coletas. —Se rio y

bebió un poco de agua—. Debes saber lo mucho que te adora. Cree

que eres hermosa.

«Ah, ¿sí?». No era descabellado pensar que Chase me

encontraba atractiva (había salido conmigo durante un tiempo), pero

casi nunca hacía comentarios sobre mi aspecto, a menos que

fueran para señalar lo horrible que era mi gusto por la moda.

—A veces creo que le gustaría que me arreglara más —

reflexioné sobre mi falsa relación con mi falso prometido para mi

falsa casi cuñada. No tenía ni idea de por qué había dicho eso.

Tampoco es que importara.

Katie resopló y levantó la vista de la carta.

—No me creo eso en absoluto.

—Ah, ¿no? Alguien como Amber le pega más.

No estaba tentando a Katie de forma consciente para obtener

más información, pero sabía que no era constructivo. El camarero

se acercó a tomarnos nota. Dejé que Katie pidiera por las dos, sobre

todo porque no podía pronunciar la mayoría de las cosas de la carta;

además, estaba demasiado nerviosa como para echarle un buen

vistazo. Una vez que el camarero se marchó, Katie abrió la servilleta

y se la colocó en el regazo.

—Bueno, todos sabemos cómo terminó.

—¿Cómo terminó el qué? —insistí.

«Para, Madie, para».

—Chase y Amber.

«¿Hubo un Chase y Amber? ¿Y todos saben cómo terminó? ¿En

serio?».

Con el pulso retumbando en el cuello de forma desagradable,

asentí, confirmando que sabía lo de Chase y Amber. El pánico me

subió por la garganta.


—Sí, no se llevan bien —dije finalmente. Una imagen de los

Hamptons se me vino a la mente. Amber en nuestra habitación

mientras yo estaba en la bañera. Voces apagadas, seguidas por un

silencio intenso. Compartían un secreto. Estaba segura de ello.

—Eso es un eufemismo —resopló Katie, y luego dio un sorbo al

San Pellegrino—. A veces me sorprende que mamá y papá la

aceptaran en la familia después de lo que le hizo. Aunque no tenían

muchas opciones, ¿no?

—No. —Asentí mientras mi cuerpo cobraba vida con demasiadas

emociones como para identificar exactamente qué sentía en ese

momento. ¿Ansiedad? ¿Emoción? ¿Ira?—. Es verdad. Eso… no

estuvo bien por parte de Amber.

«¿Qué demonios le hizo?».

—En cualquier caso, estoy muy contenta de que te encontrara.

Seré honesta. No creía que fuese a recuperarse de eso, después de

lo que pasó. No tuvo ninguna novia seria entre Amber y tú.

«¿Chase y Amber salieron juntos? ¿Pero cómo fue eso? Está

con su hermano».

—Así soy yo. —Brindamos, yo con el vaso de agua cara con

gas, y le dediqué una sonrisa—. Llena de sorpresas.

«Y mentiras. Y culpa. Y probablemente con síndrome de colon

irritable gracias a toda la furia acumulada y el remordimiento que

contenía mi cuerpo».

Estaba a punto de tratar de indagar más en el asunto de

#Chamber (el nombre que me inventé sobre la marcha para Chase y

Amber) cuando Katie se puso en pie de un salto y saludó con la

mano, emocionada. Giré la cabeza hacia atrás para ver a quién

estaba mirando.

Chase.

Que venía hacia nosotras.

Con una sonrisa petulante de «te desafío a que digas algo».

Estaba tan asquerosamente deslumbrante que me permití un par

de segundos para apreciar su belleza tipo Chris Hemsworth con uno

de sus trajes negros de diseño (alto, ancho y más grande que la

vida) antes de volver a mi estado habitual de furia contra él.

¿Qué demonios hacía aquí?


—¡Cuánto me alegra que lo hayas logrado! Dios, mírala. Está

sorprendida. —Katie se rio confundiendo mi sorpresa con deleite—.

Acabamos de pedir. ¿Tienes hambre?

—No, he almorzado con un accionista —dijo Chase de forma

casual mientras se inclinaba hacia donde estaba sentada, me

agarraba del cuello (¡me agarraba del cuello!) y me plantaba un

firme y duro beso (¡@#^%$!) en la boca. Tenía sus labios sobre los

míos. Cálidos, fuertes y llenos de convicción. Fue un beso que

decía: «Está pasando»; no, «Te doy las gracias por todo lo que has

hecho. Que te vaya bonito». Era una continuación de algo que

habíamos empezado cuando lo encontré sentado en mi escalera.

Era la destrucción envuelta en un precioso momento que quería

borrar de mi memoria.

Fue perfecto.

Se echó hacia atrás sonriéndome de forma diabólica mientras se

sentaba junto a mí, se alisaba la camisa y se ajustaba los

pantalones pitillo como hacían los hombres ricos que sabían vestir

bien. Lo miré, seguía sintiendo ese beso por todos lados. Por la

boca, por las mejillas, por el pecho. Por ese lugar que palpitaba bajo

el ombligo.

—¿Qué tal la reunión? —preguntó Katie. Chase se lanzó a

despotricar sobre algo que Julian no había hecho bien y que él

había tenido que arreglar en su nombre. Aproveché la oportunidad

para sacar el teléfono del bolso y mandarle un mensaje rápido. Sí,

se suponía que tenía que haber borrado su número justo después

de regresar a casa de la cena el viernes, pero supongo que se me

olvidó. Ni que Chase fuera el centro de mi universo, o algo así.

Maddie: ¿¡¡Me. Acabas. De. Besar!!?

Sabía que no me respondería, por lo que coloqué el teléfono en

mi regazo y empecé con el entrante, una sopa de cebolla con extra

de queso. Chase dejó de hablar de la reunión de negocios y fue el

turno de Katie de comentar que alguien del Departamento de

Marketing la había cagado tanto que habían tenido que cancelar

todo el catálogo de otoño y empezar desde cero. Chase agachó la


mirada y sonrió levemente mientras sus dedos volaban por la

pantalla del teléfono.

Katie terminó su historia. Chase respondió con otra sobre cómo

Julian y Ronan una vez se intoxicaron con comida en medio de un

evento y vomitaron encima de un inversor. Todavía no me había

respondido. Miraba al teléfono cada pocos minutos, confusa.

—¿Tienes alguna historia embarazosa, Maddie? —preguntó

Katie.

Levanté la cabeza de golpe. Me sentí como si me hubieran

llamado la atención por no estar atenta en ese momento. Me aclaré

la garganta tratando de recuperarme.

—Claro que sí.

Miré de reojo a su hermano. Me hervía la sangre de rabia, pero

Katie no lo sabía. Ahuecó la mano en la barbilla ignorando el plato

principal que nos acababan de servir (ratatouille) y esperando una

historia divertida por mi parte.

—¿Quieres una historia embarazosa? Vale. Pues hace tiempo

salí con un chico… Era un verdadero paquete —añadí, soltando una

risa metálica. Katie hizo lo propio y le lanzó a Chase un guiño de

«Oh, Dios mío»—. Tengo que decir que desde el principio no fuimos

precisamente una pareja ideal, pero quería ver adónde nos llevaba

la relación. Además, pensaba que íbamos en serio. Me dio la llave

de su apartamento como a los tres meses.

—Tal vez tenía sentido logístico para él —dijo Chase con

indiferencia, tomando un sorbo de su bebida. Miró a Katie con

incertidumbre, como si él y ella supieran algo que yo no.

Le lancé una sonrisa cortés.

—Perdona, cariño, ¿es tu historia o la mía?

Apretó los dientes. Me lanzó una mirada de advertencia.

«No la cagues», decía. Pero en ese momento me importaba

poco hacer lo correcto para él o para mí. Quería venganza. La

amargura todavía hervía a fuego lento en mi cuerpo, subía y se

derramaba por la boca después de meses de lágrimas.

Me giré hacia Katie.

—Como te decía, salía con este chico y me dio las llaves de su

apartamento. En su cumpleaños, pensé: le prepararé una sorpresa


supersexy y romántica…

Katie se rio.

—Grita, Chase, tal vez quieras cubrirte las orejas para no oír lo

que sigue.

—No te preocupes. Conoce muy bien la historia. —Lo fulminé

con la mirada, lista para mi ataque—. Sabía que había ido a tomarse

una copa con los amigos. Lo esperé en su cama sin nada más

puesto que un par de tacones Louboutin que me había comprado

ese mes, un tanga rojo y un sostén negro de encaje (ya sabes, a

juego con los tacones), acostada junto a una tarta de chocolate

blanco que había hecho para él…

—Aquello dejó la cama hecha un desastre. —Chase interrumpió

mi discurso y retrocedió de inmediato cuando Katie giró su cabeza

para mirarlo—. Es una suposición. ¿Quién pone una tarta en una

jodida cama?

—Para resumir —dije entre dientes atrayendo de nuevo la

atención de Katie—, resultó que, después de todo, no necesitaba mi

compañía porque entró en la habitación con una mujer que no era

yo. Oh, y tenía una mancha de carmín en la camisa. Vaya cliché,

¿verdad? —Sonreí amargamente mientras alcanzaba el whisky de

Chase (era el único que había pedido algo fuerte) y me lo bebía de

un trago para luego dejar el vaso en la mesa—. ¿Te parece lo

suficientemente embarazoso?

Por la expresión de Katie, el horror mezclado con la pena y algo

más que me costó leer, supe que no era el tipo de historia que tenía

en mente. Katie colocó una mano sobre la mía tratando de

recuperar el aliento. Me di cuenta, aunque muy tarde, de que me

brillaban los ojos. Estaba conteniendo las lágrimas. Pero eso no

tenía sentido en absoluto. Había superado por completo a Chase.

Lo había hecho.

—Siento muchísimo que te ocurriera eso, Maddie. No hay

excusa.

—Ninguna —dije cortante, tragando saliva y respirando

profundamente una y otra vez—. Ninguna en absoluto.

—Es… desgarrador —dijo Katie en voz baja—. Supongo que

después de eso no seguiste con él.


Resoplé.

—Supones bien. Ya sabes lo que dicen, los infieles no cambian.

—Esa es la cosa más estúpida que he oído en mi vida —

intervino Chase, señalando al camarero para que le rellenara la

copa con un movimiento de mano—. Es como decir que alguien que

se haya visto envuelto en un homicidio accidental es un asesino en

serie.

—El engaño no es algo accidental —señalé—. Es simplemente

egoísta.

—Todas las historias tienen dos versiones —respondió Chase

con las mejillas cada vez más rojas—. Tal vez si te hubieras

molestado en hablar con el chico…

—Parecía bastante entretenido con otra persona en ese

momento. —Arranqué un trozo de pan y me lo metí en la boca.

Todavía no me había respondido el mensaje de texto sobre el beso.

Katie nos miraba a los dos, con la mandíbula rígida y una postura

sorprendentemente tensa. Vi en su rostro el instante en que decidió

dejar el tema y fingir que no habíamos entrado en una gran mina de

emociones y secretos.

—Entonces… —Se aclaró la garganta mirando a nuestro

alrededor—. Ahora que has pasado página con Chase… ¿Cuándo

es la boda? ¿Hay fecha?

—No hay fecha, no —dije arrastrando las palabras mientras

seguía sosteniendo la mirada azulada de Chase—. Estamos

pensando en tomarnos mucho tiempo. Ya sabes, para organizar la

boda y eso.

—¿Como un año? —preguntó Katie.

—Más bien como una década —repliqué.

Sabía que estaba descubriendo el pastel, y deseaba

contenerme. Quería que Katie fuese mi amiga, de verdad. Llevarla

de compras y pasar tiempo con ella, al margen de cómo terminara

mi falso compromiso con Chase. Me había tomado por sorpresa la

forma en la que Chase había aparecido, arruinándome el momento

y luego besándome sin permiso, algo que me había dejado fuera de

juego por completo.


Me di un masaje en las sienes y cerré los ojos dejando escapar

un gruñido.

—No me encuentro bien. ¿Qué te parece si te compenso esto

otro día de esta semana, Katie?

—Claro. —Nos miró.

Cuando abrí los ojos, vi que Chase estaba pagando la cuenta.

Traté de pagar mi parte, de darle mi tarjeta de crédito, pero

simplemente puso una mano sobre la mía y me sonrió.

—Nunca, cariño.

—Qué caballeroso.

—No tienes ni idea.

—Eso —Me volví a sentar, luchando contra el impulso de

estrangularlo— es cierto.

«Eso es lo que sucede cuando muestras cierta simpatía por el

diablo», pensé con amargura. «Te arrastra al infierno y te quema».

Las madres de las novias de toda América iban a comprar

vestidos de aspecto mullido con líneas elegantes y serias con caída.

Los diseños no tenían nada que ver con mi habitual estilo limpio y

romántico.

Estaba tan enfadada después de la comida con Chase y Katie

que rompí tres papeles mientras trataba de dibujar. Estaba sentada

frente a una forma difuminada de cuerpo de mujer (todavía sin ropa)

cuando me sonó el teléfono con un mensaje.

Chase: Apuesto a que todavía estás pensando en ese beso.

Maddie: He dado un trago a la lejía en cuanto he llegado a la

oficina. Ha ayudado un poco.

Maddie: ¿Qué demonios pensabas que estabas haciendo?

Chase: Representar al prometido enamorado.

Maddie: Ya hemos dejado la obra de teatro. Teníamos un

acuerdo e interpreté mi parte.


Maddie: Me has tendido una emboscada. Sabías que estaría

allí. ¿Por qué lo has hecho?

Chase: Pensaba que nuestra historia de compromiso necesitaba

más refuerzo después de que abrazaras al chico de las mallas en

público.

Chase: Un abrazo muy largo.

Chase: Como el de las parejas de las películas.

Maddie: ¡Les dije que era mi amigo!

Chase: Pero sucedió.

Chase: (Sucedió, ¿no?)

Maddie: Sí. Hice unas galletas de más la semana pasada y

decidí llevarle algunas.

Chase: ¿Qué tipo de persona se enrolla con su novio en una

clínica pediátrica?

Maddie: ¡SOLO. FUE. UN. ABRAZO!

Me sentí como Ross gritándole a Rachel: «ESTÁBAMOS

TOMÁNDONOS UN DESCANSO».

Maddie: Espera, ¿por qué estoy dándote explicaciones?

Chase: Porque soy tu prometido.

Maddie: FALSO PROMETIDO.

Chase: Eso se lo cuentas a la sesión de fotos de compromiso

real que mi madre ha organizado para la semana que viene. Ahora

te mando la información por correo electrónico.

—Ajjj —gritó Nina detrás de mí—. Hasta mandas mensajes en

voz alta. ¿Te has dado cuenta de que susurras lo que escribes? Qué

básica eres.

Dejé caer el lápiz antes de salir pitando hacia los ascensores.

Deslicé la pierna por el hueco de uno que se estaba cerrando para

que se abrieran las puertas. Entonces, golpeé el botón para subir a

la planta más alta (la dirección de Black & Co). Nunca había puesto

un pie allí antes, y la perspectiva de irrumpir en un infierno era poco

menos que atractiva. Pero no podía más. Era obvio que Chase

estaba quebrantando las reglas de nuestro acuerdo. Di golpecitos


en el suelo con el pie durante todo el camino mientras imaginaba

todas las formas en las que iba a asesinar a Chase cuando al fin lo

pillara. «Con un cuchillo. Con una pistola. Con un incendio

provocado». Las posibilidades eran infinitas.

El timbre del ascensor sonó al abrirse. Salí de allí y, por instinto,

avancé directamente hasta la oficina más grande.

—¡Señorita!

—¡Perdone!

—¿Tiene pase?

Unas recepcionistas tartamudeantes y unas secretarias

nerviosas me pisaban los talones y tropezaban detrás de mí con sus

apropiadas cuñas. Un grupo soñoliento de hombres trajeados me

observaba desde los laterales de la oficina mientras sostenían un

montón de papeles y archivos. Abrí de golpe la puerta de cristal de

la oficina de Chase.

—¡Tú!

El cabrón ni siquiera levantó la mirada de los documentos que

estaba leyendo. Tan solo le dio la vuelta a una página muy despacio

mientras fruncía el ceño ante lo que estaba leyendo. Tomé eso

como una invitación para entrar. Dos recepcionistas se asomaron

por encima de mis hombros.

—Lo siento mucho, señor Black; irrumpió… ¡Ni siquiera he

podido ver la etiqueta con su nombre! Seguridad viene de camino.

—Está bien —cortó de una manera que implicaba que no estaba

bien—. Marchaos.

Las dos se miraron confusas y luego asintieron con la cabeza al

unísono y salieron de la oficina. Al fin Chase levantó la mirada de los

documentos. Parecía sereno para ser alguien al que acababan de

gritar en medio de su despacho.

—Señorita Goldbloom, ¿en qué puedo ayudarla?

Cerré la puerta de un golpe detrás de mí, me negaba a asimilar

la emocionante riqueza de su entorno de trabajo. El escritorio

cromado, la enorme pantalla de Apple, los ventanales con vistas a

Manhattan y el mobiliario blanco y gris.

—Yo… —empecé, pero él me detuvo levantando la mano. Luego

abrió un cajón del escritorio y sacó un mando a distancia que utilizó


para cerrar las persianas negras de su oficina automáticamente.

Parpadeé. Ahora estábamos solos y ocultos del mundo. Sus

compañeros de trabajo no podían ver nada, aunque suponía lo que

se imaginarían.

«Sexo en la oficina». Dios, lo odiaba a él y a sus juegos.

—¿Qué decías? —Se recostó con los ojos brillantes de

diversión. Esa era una buena pregunta. ¿Qué estaba diciendo?

Negué con la cabeza.

—Te aprovechas de la bondad que alberga mi corazón. Te dije

que terminaríamos después de esa cena. No tienes por qué

besarme ni aceptar sesiones de fotos conmigo.

—Sacaré a pasear a Daisy todos los días.

—¿Hasta cuándo? —me burlé.

—Hasta que mi padre muera —respondió con rotundidad.

Traté de no dejar que el peso de esa frase se hundiera en mí,

pero, de todos modos, sentí cómo se desplomaban mis hombros.

—Chase —dije con suavidad—, los dos queremos que viva todo

lo posible. No es justo para nadie.

—Al diablo con lo que queremos, le quedan un par de meses

como mucho —gruñó, apartando la mirada de mí—. Quizá menos.

—Esto no es sostenible. —Estaba hablando tan bajito que

parecía más bien un jadeo.

—No tenemos que ser sostenibles. No somos malditas bolsas de

plástico.

—Preferiría envolver mi cabeza con una que jugar a las casitas

contigo —murmuré, arrepintiéndome enseguida de mis palabras.

Estaba herido. Todo su ser sangraba por lo de su padre. La forma

en la que hablaba de él, cómo lo miraba desde el otro lado de la

mesa el día de la cena.

Chase se levantó de su asiento con una sonrisa sombría.

—Eres una mentirosa terrible.

—No estoy mintiendo.

—Cuando le contaste a Katie cómo lo dejamos, lo hiciste con

lágrimas en los ojos. No me has superado. —Se inclinó hacia

delante sobre el escritorio, a solo un aliento de rozar sus labios con


los míos—. Déjame decirte que, al contrario de lo que piensas, te

tendré debajo de mí.

Sentí que me temblaba el labio inferior y crucé los brazos sobre

el pecho. Quería salir de allí. Ni siquiera estaba segura de cuál

había sido el motivo para subir a su oficina. Chase rodeó el

escritorio. Cada centímetro de su cuerpo era el genial hombre de

negocios que deseaba odiar.

—Madison. —Pronunció mi nombre como una orden.

Levanté la barbilla desafiante mientras él se apoyaba contra el

escritorio, cruzaba las piernas y se metía las manos en los bolsillos.

—Me gustaría reiniciar nuestra falsa relación —dijo.

—Qué pena que no sea un ordenador Windows.

—Si lo fuera, lo formatearía por completo y lo restauraría a hace

siete meses. —Me sorprendió que dijera eso. Una bocanada de su

olor entró en mi sistema. Pino, madera, varón y riqueza que no

podía comprarse. Era el sol. Hermoso, cegador y capaz de

quemarte viva. Y yo no era más que una estrella en su constelación.

Pequeña e insignificante, completamente indistinguible a simple

vista.

—La cagaste mucho antes de que te pillara con ella.

Pero, incluso mientras lo decía, sabía que no era cierto. Al

menos, no del todo. Yo no me había mostrado tal y como realmente

era con la intención de agradarle. Como la Mártir que era.

Y él era un playboy egocéntrico y narcisista al que le había

importado poco y que nunca se molestó en llegar a conocerme.

Pero lo cierto era que… la antigua Maddie había permitido que la

tratara así. La persona que era ahora, sin embargo, no lo haría. En

absoluto.

Le di un repaso con la mirada, desde los ojos hasta la boca,

decidida a no mostrarle lo que pensaba. Me pregunté por qué no

podía ofrecerme una fracción de la comprensión que yo le mostraba

y me dejaba en paz. Su mera existencia me destrozaba.

—Madison —graznó.

—Chase.

Sus dedos recorrieron el lateral de mi cuello mientras me

sostenía la mirada y penetraba el fino muro de determinación que


había erigido entre los dos. Quería morirme. Morirme porque una

caricia de Chase era más enloquecedora que un buen beso (con

manoseo incluido) de Ethan.

—No le queda mucho y Julian nos descubrirá en menos de una

semana si dejamos de vernos ahora.

—¿Qué sugieres?

—Que salgamos juntos por el momento.

—No. —Sentí un agujero en el estómago y mi voz rebotando en

él.

—¿Por qué?

—Porque te odio.

—Tu cuerpo me ha contado una historia distinta cuando me he

inclinado para besarte antes. —Avanzó hacia mí como un

depredador, con movimientos suaves y elegantes. Clavó las manos

en la tierna carne de mi cuello y se me encogió el estómago de

placer, aprobando su toque. Tenía razón. Era todo oscuridad y

pecado. Imposible no ceder.

—Mi cuerpo miente. —Sentía las palabras pesadas en la lengua.

—La que miente es tu boca y, maldita sea, quiero la verdad.

Aparté la mirada observándolo de reojo mientras se acercaba

cada vez más. Di tres pasos hacia atrás. Él se comió la distancia

que nos separaba de un solo paso. Volví a retroceder. Me siguió. Al

final golpeé las persianas con la espalda. Chase me encerró

colocando los brazos por encima de mi cabeza, y me ofreció una

mueca amenazadora.

No quedaban barreras. Solo estábamos nosotros y esa densa y

casi tangible tensión que se percibía en el aire como si fuera humo

dulce.

—Si finges odiarme… —Tenía la voz sedosa y aterciopelada, y

notaba su cálido aliento en el lateral del cuello—. Al menos hazlo

como dices.

Clavó la rodilla entre mis muslos mientras su boca descendía a

cámara lenta hasta la mía. Su cuerpo se amoldó al mío. Yo estaba

allí de pie, con los ojos abiertos, observando con horror creciente

cómo su boca se encontraba con la mía. Sin embargo, lo acerqué

más y le clavé las uñas en los omóplatos. Tenía los labios cálidos y


suaves. Más suaves de lo que recordaba. Parecían distintos. Como

si su alma estuviera tocando la mía a través de este breve roce de

labios. Me sorprendió y asustó a la vez la emoción que se sentí al

estar en sus brazos y beber del pozo de su olor, calor y tacto.

Sabía a un toque de whisky y chicle de menta. Exploraba,

probaba y esperaba a tener permiso para zambullirse en mi boca

con la lengua. Suspiré en su boca y sentí que los músculos se

relajaban sin mi consentimiento. Mi cuerpo era una piscina de deseo

cuando Chase ahuecó las manos en mis mejillas y me enmarcó con

sus dedos fuertes.

—Esto es mala idea —me oí decir en un suspiro, aunque me

sentía incapaz de soltarlo.

Él gruñó y me tocó la lengua con la punta de la suya. Nos

recorrió una corriente de electricidad y nos estremecimos el uno

contra el otro.

—Ojalá fueras otra persona. —Me habló con los labios en los

míos—. Sin alma, como yo.

La puerta se abrió de golpe antes de que me tragara sus

palabras con un beso famélico.

—Ronan espera ese informe de crecimiento del tercer

trimestre… —Julian se detuvo en el umbral de la puerta con una

carpeta en las manos y los ojos puestos en nosotros.

Chase dejó de besarme de inmediato y agaché la mirada al

suelo. Estaba horrorizada, pero no sabía por qué. Para Julian

éramos una pareja de prometidos liándonos en la oficina de Chase.

En todo caso, que nos pillaran era algo beneficioso, así que ¿por

qué me sentía como un fraude?

Julian apretó el pomo de la puerta con los dedos y ladeó la

cabeza. Su sonrisa no era la de alguien que pilla a dos tortolitos en

un encuentro íntimo. Parecía que estaba diseccionando a un ratón

con un escalpelo.

—Por favor, no os detengáis por mí.

Chase me rodeó con el brazo. Era la primera vez que me sentía

protegida por él y no sabía cómo tomármelo.

—Desgraciadamente, no es un peep show, de ahí a que las

persianas estén cerradas. Y la jodida puerta. ¿Naciste en un


autobús? Llama a la puerta, maldita sea.

Julian apoyó el hombro contra la puerta mientras esbozaba una

gran sonrisa.

—¿Estás sonrojándote, hermano? ¿Hay algo que deba saber?

—Sí, que si alguna vez tengo ocasión de mearme en tu bebida,

ten por seguro que lo haré. Sin pensarlo dos veces.

—Estáis muy… raros. —Julian se frotó la barbilla y nos miró—.

Me atrevo a decir que hasta incómodos juntos.

—Ayer nos sentimos muy cómodos cuando nos cargamos la

cama, ¿verdad, nena? —Chase me dio un beso impersonal en la

cabeza. Asentí con la cabeza con rigidez, más preocupada en

molestar a Julian que en regañar a Chase en ese momento.

—No te preocupes. Te enviaré otra esta tarde. —Chase me

acarició la barbilla con cariño. Era asquerosamente bueno

representando al prometido solícito.

—Que sea blanca. Estoy redecorando —le seguí el juego.

—Chorradas. No nací ayer. —Los ojos pequeños y brillantes de

Julian bailaron en sus cuencas—. Estáis mintiendo. No estáis juntos,

pero Chase está esforzándose para meterse entre tus piernas y la

niñita ingenua que hay en ti está cayendo en sus redes.

Me tragué el orgullo y la ira, pero mantuve la sonrisa intacta. Una

parte de mí había reflexionado sobre lo mismo: sobre si, de repente,

Chase había empezado a besarme y a interesarse por mí solo

porque me necesitaba cerca. Sabía muy bien que quería que

saliéramos de verdad, pero solo por aparentar. Con todas las

prebendas de una pareja, aunque sin el compromiso ni los

sentimientos.

—No me gusta nada lo que insinúas —dije con mi voz

burbujeante y orientada al cliente de «¿no podemos todos llevarnos

bien?»—. Chase y yo llevamos juntos casi un año. Entiendo que,

después de lo que dijo Clementine, te dé mala espina, pero has sido

muy grosero.

—Oh, Maddie. —Julian suspiró de forma melodramática en el

mismo tono que diría: «Oh, idiota»—. Todos sabemos que no habéis

estado juntos todo el tiempo.

—Ah, ¿sí? —pregunté de forma sarcástica.


Chase soltó una risa y tembló de arriba abajo.

—A menos que te haya engañado por lo menos con tres

mujeres. Chase no es muy bueno manteniendo a resguardo sus

asuntos privados… Bueno, cualquier cosa privada. Y me gusta

hacerle visitas sorpresa, solo para ver cómo está mi hermanito. —Le

guiñó un ojo a Chase.

Me sentí físicamente enferma, aunque la información de Julian

no era una sorpresa para mí. Sabía que Chase había salido con

mujeres después de nuestra ruptura. Sven me lo había contado. Y,

sin embargo, sentir su brazo sobre mí y saber que era cierto me

provocaba el deseo de hacerme una bola de miseria y

autodesprecio.

—Todo está perdonado y olvidado —dije alegremente mientras

tragaba bilis. Odiaba tanto a Chase en ese momento que quería

apuñalarlo con un lápiz de dibujo. Me sentía como Eliza Hamilton,

que sonreía al mundo para salvar las apariencias mientras su

devastador marido reconocía sus aventuras.

—¿De veras? —Julian arqueó una cínica ceja.

—Todo el mundo comete errores —dije entre dientes.

—Sí. Tu futuro marido parece ser una prueba viviente de ello. Y

ahora supongo que es fiel, ¿no?

—Más de lo que jamás será tu mujer. —Chase se encogió de

hombros.

—Cuidado. —Julian levantó un dedo a modo de advertencia.

—Ya he oído bastante —dijo entre dientes Chase, mostrando

una sonrisa provocadora—. Y déjate de gilipolleces fraternales.

Nuestra relación murió el día en que papá me nombró futuro director

ejecutivo. Recuerda, Julian, que en la guerra hay ganadores y

perdedores. Y que, de acuerdo con la historia, los ganadores no se

apiadan de los que trataron de destronarlos.

Los miraba a uno y a otro. Estaba atrapada en medio de un

drama familiar. Al final, me interpuse entre ellos como si fuera una

especie de árbitro.

—Vale, ya basta. Chase, dale el informe de… crecimiento o

como se llame. —Hice un gesto impaciente con la mano hacia la

carpeta que tenía en el escritorio. Chase se hizo con el papel que


había estado leyendo antes y se lo pasó a Julian—. Por favor,

Julian, danos un poco de privacidad y la próxima vez llama a la

puerta. Gracias.

Cerré la puerta detrás de Julian para acelerar el proceso. Estar

alrededor de ellos era agotador. Me giré hacia Chase.

—En cuanto a lo que discutimos sobre continuar esto hasta…

«Que tu padre se muera». No pude terminar la frase. Los dos

apartamos la mirada. Pensé en mamá. Sobre todo en una de sus

cartas que decía que había belleza en todas las cosas. Incluso en

perder a alguien. Me enfadé tanto cuando la leí que había cogido un

mechero y le había empezado a prender fuego antes de

acobardarme. Hasta el día de hoy, era la única carta en malas

condiciones. Estaba negra por los bordes, como un malvavisco.

—Lo siento, Chase, no puedo. Lo haría si pudiera, pero no

quiero sufrir. Y esto —Hice un gesto para señalarnos— ya está

matándome, y ni siquiera es real.

Negué con la cabeza y escapé de su oficina antes de que tuviera

la oportunidad de convencerme de lo contrario. De atraerme a su

demoníaca guarida, llena de cosas oscuras y hermosas que

deseaba explorar.

Regresé a los ascensores. Parecía que mis pies tenían vida

propia. Eché un vistazo a la oficina de Chase mientras ignoraba el

borrón de rostros que me miraban con curiosidad desde todas las

esquinas de la sala. Todavía tenía las persianas bajadas.

Cuando regresé al estudio, me esperaba un correo electrónico

de Nina. Me lo envió a mi Gmail en vez de al correo de la empresa,

donde Recursos Humanos podía verlo en una de sus

comprobaciones aleatorias.

Maddie:

Has recibido flores de alguna perdedora que te daba las

gracias por enviarle un vestido de novia después de haber

leído un artículo suyo sobre hacerse un vestido de novia de

papel higiénico (¿qué cojones…?).


Están junto a la mesa de dibujo, justo al lado de una

foto suya con el vestido. El vestido es horrible. Y también la

novia. Por favor, deja de acumular flores en la oficina.

Algunos somos alérgicos.

Nina

Me sentí tentada de contestarle algo despiadado y ofensivo.

Entonces, pensé que no quería que Sven supiera que había

problemas entre su bonita trabajadora en prácticas y yo. En vez de

eso, recogí mis cosas, regué las flores, tomé la foto Polaroid de la

novia a la que le había enviado el vestido y regresé a casa a

lamerme las heridas.


Capítulo once

Maddie

Había dos repartidores esperándome en la puerta de casa.

Llevaban una enorme caja de cartón y se gritaban direcciones todo

ello sin que se les cayera el cigarrillo que cada uno tenía en la boca.

Entrecerré los ojos y corrí hacia ellos.

—¿Puedo ayudaros?

—Seguro que sí, señora —se quejó el más sudoroso de los dos.

—Traigo una cama para Goldbloom —dijo el segundo, un chico

de unos diecinueve años lleno de granos, mientras se apartaba una

rasta de la cara y dejaba caer la colilla al suelo en el proceso. Abrí

los ojos de par en par.

«No, no lo había hecho».

—Sí, soy yo. ¿Una cama?

Asintieron con la cabeza.

—No se haga la sorprendida. Ha pagado más por la entrega

urgente.

Luché contra el impulso de sonreír.

—¿Es blanca?

El adolescente se enojó.

—Tan blanca como mis nudillos, señora. ¿Podemos entrar?

Los dejé pasar. Resistí el impulso de enviarle un mensaje de

texto a Chase, aunque solo fuera para agradecérselo, porque podía

ceder a sus avances. La verdad era que no podía permitirme

ayudarlo más. Estaba empezando a no odiarlo y eso era un lujo que

no podía permitirme porque Chase seguía siendo Chase.


El hombre que me engañó.

El hombre que se acostó con un sinfín de mujeres después de

romper conmigo.

El demonio de traje pulcro que utilizaba la sonrisa como arma.

Cuando los mensajeros se marcharon (los despaché de

inmediato con una propina y unas latas de Coca-Cola Light), llegó

Ethan. Apareció antes de la hora a la que habíamos quedado y traía

comida mexicana. («¿Puedes creer que el China Palace ya está

cerrado? ¡Hoy nada va según lo planeado!»). Nos sentamos frente a

la mesita auxiliar, que también servía como mesa de comedor, ya

que mi apartamento era del tamaño de una caja de zapatos. Daisy

nos pedía las sobras, metía la nariz en los recipientes de la comida

y gemía. Me centré en comerme solo las patatas rotas (por motivos

de solidaridad), mientras no dejaba de pensar en esos dos besos

con Chase. Sabía lo que tenía que hacer y temía que no fuese el

momento oportuno, ya que supuestamente Ethan y yo íbamos a

acostarnos esa noche. Bajé el taco y me giré hacia Ethan en el sofá.

Estábamos viendo las noticias locales después de que el tocadiscos

se estropeara, arruinando por completo el ya empañado ambiente.

Ethan estaba comiendo con ganas, absorto en una noticia sobre una

puerta nueva en el sendero de Brooklyn que era demasiado ruidosa

para los residentes de la zona.

—Tengo que decirte una cosa. —Me aclaré la garganta. Él

levantó la vista. Por la boca le asomaban trozos de queso y lechuga.

Dios, no me apetecía nada hacer esto.

—Hoy he visto a Chase. No voluntariamente. Su hermana me ha

invitado a almorzar y él ha aparecido. Una cosa ha llevado a la otra

y nos hemos besado. Lo siento mucho, Ethan. Me he sentido fatal

todo el día.

Me refería al segundo beso. El había sido totalmente consentido.

Con el que había sentido que nuestras almas bailaban juntas, que

podría haber llevado a algo más que a un simple beso.

Ethan bajó su taco y desvió a regañadientes la atención de la

mujer mayor de la televisión que se quejaba por la ruidosa puerta

que había debajo de su apartamento para dirigirla hacia mí.

—¿Lo has besado frente a su hermana? —preguntó confundido.


«¿Qué?».

—Sí. Es decir, no. Es decir, sí, en los labios, un pico, supongo. Él

ha empezado. Luego he ido a su oficina para enfrentarme a él y nos

hemos vuelto a besar. —Me detuve—. Un beso de verdad.

—Deja que lo entienda. —Frunció el ceño—. ¿Has ido a quejarte

por el beso que te había dado y has vuelto a dejar que te besara?

Debo admitir que no me estaba explicando bien. Aunque

tampoco había forma de justificar mi loca relación con Chase.

—Sé que es raro. Ni siquiera me explico cómo ha sucedido. Un

momento estaba gritándole y al siguiente…

«Estaba callándome con un beso de esos que te derriten el

alma».

—¿Qué quiere de ti? —Ethan frunció el ceño de nuevo y dejó

caer el taco en el plato de papel. Ya no le gustaba lo del falso

compromiso. Tal vez porque, en parte, empezaba a sonar real—.

Parece que no puede dejarte marchar, pero mira qué bien te

ahuyentó cuando te tenía.

Estuve tentada de preguntar: «Perdona, ¿qué tal Natalie?». En

realidad, no estaba en posición de decirme nada.

—Quiere que sigamos fingiendo ser pareja hasta que su padre

muera. —Parpadeé a la alfombra estampada que había debajo de la

mesita auxiliar. Estaba llena de migajas de los crujientes tacos.

Daisy no se las estaba comiendo, así que supuse que trataría de

mearse en los zapatos de Ethan, igual que hacía con todos los que

entraban en su fortaleza, salvo conmigo. Había tenido el buen

sentido de colocar los zapatos dentro de una bolsa de plástico en el

estante junto a la puerta.

—¿Y poner tu vida en espera? —Ethan frunció el ceño—. Qué

considerado.

—Le he dicho que no.

—¡Por supuesto que le has dicho que no! —Ethan lanzó las

manos al aire y luego se detuvo—. Espera, ¿por qué le has dicho

que no?

¿Por qué lo había hecho? ¿Quién sabe? Porque estaba

asustada. Porque parecía que era lo correcto. Le mando un saludo a

las personas que entienden los entresijos de sus decisiones. No soy


una de ellas. La mayoría de las veces me arriesgaba y trataba de

seguir mi lógica, y todo eso que pensaba que diría el doctor Phil

sobre mi situación.

—Por ti.

Esa era la mitad de la verdad. Bueno…, tal vez un cuarto. La

principal razón era que sabía que Chase era más que capaz de

volverme a romper el corazón.

Ethan se rascó la suave mandíbula.

—No me gusta.

—A mí tampoco. —Otra mentira.

—Entonces no veo el problema. —Volvió a coger el taco—. El

falso compromiso ha terminado; estás oficialmente en el mercado.

¿Y qué si le has besado? Yo… —Se detuvo en el último minuto—.

Yo también he hecho cosas mientras veíamos a otras personas. Esa

es la razón por la que hemos decidido esperar hasta ahora antes de

llevar las cosas al siguiente nivel. —Levantó las cejas de forma

significativa—. Bienvenida al siguiente nivel, Maddie.

—Todavía no estoy preparada para el siguiente nivel. —Arranqué

de entre mis dedos la lechuga meticulosamente cortada sin mirarlo a

los ojos.

—No tenemos que hacerlo hoy.

Negué con la cabeza y cerré los ojos.

—Ni mañana tampoco —empezó a decir.

—No sé si es buena idea, punto. Ese beso sucedió por una

razón. Tal vez no he superado del todo a Chase. Pensé que sí lo

había hecho cuando me registré en SoloSolterosSerios.com. De

verdad. Pero ahora no estoy tan segura.

—Acabas de decir que lo rechazaste por mí —señaló Ethan.

—Sí, porque quiero a alguien como tú —afirmé—. Pero no sé si

estoy preparada para pasar página.

La voz robótica del presentador de las noticias de la televisión,

que pasó a otra información sobre un delincuente de diecinueve

años que había tallado su nombre en la cara de su novia,

interrumpió el silencio. Se llamaba Constantine Lewis. Apuesto a

que si Chase lo estuviera viendo ahora mismo diría que esperaba

que al menos hubiera tenido la decencia de tallar Stan, por abreviar.


Estaba prediciendo lo que Chase diría o pensaría. Cómo

reaccionaría. Pensaba en él durante todo el día. Qué estaba

haciendo, pensando, comiendo. Qué estaba viendo. Estaba claro

que no lo había superado.

—Lo siento mucho, Ethan. Me horroriza haberte puesto en esta

situación. Por si sirve de algo, eres absolutamente perfecto.

—Me estás diciendo la típica frase de «no eres tú, soy yo». —Se

agarró el lado izquierdo de la camisa, pero su voz carecía de

veneno—. Au.

—Me duele más a mí que a ti. —Sonreí con cansancio.

—Pero quieres superarlo. Eso es la mitad del camino.

No dije nada porque era la verdad.

—¿Puedo al menos decir algo al respecto? Supuestamente soy

la parte perjudicada.

Me reí.

—Eso es justo.

—Me gustaría pensar en ello. En si quiero perdonarte por hacer

lo imperdonable y besar a tu exnovio multimillonario, pez gordo y

nada feo.

Ahora me reí a carcajadas.

—¿Te estás reservando el derecho de dejarme?

—De buena manera —corrigió Ethan—. Y, sí, no estoy seguro de

estar preparado para olvidarme de esto, sea lo que sea. Aprecio tu

justa advertencia de que pueda salir herido, pero quizá todavía

quiera darle una oportunidad. ¿Trato hecho? —Me ofreció la mano.

Se la tomé y la estreché con una estúpida sonrisa. Era lo más bonito

que me había ocurrido hoy.

—Trato hecho.

Un silencio cómodo se apoderó de nosotros mientras comíamos

el resto de la cena, hasta que oímos un leve sonido de algo líquido

procedente de la puerta, seguido por el gruñido de un cachorro.

—¡Daisy! —Salté del sofá, pero era demasiado tarde. Mi

aussiedoodle de color chocolate ya estaba en pie junto a la puerta,

con una bolsa de plástico hecha jirones en la boca, meándose en

los zapatos de Ethan.


Pasé los siguientes tres días revisando las llamadas de Chase.

Aunque Ethan se había reservado el derecho a cambiar de opinión

sobre nosotros, no había tenido noticias de él desde la noche de la

comida mexicana. Me sentí levemente aliviada por este giro de los

acontecimientos. Una cosa menos de la que preocuparme. Le envié

a Ethan un extenso mensaje de texto de disculpa antes de que

Layla me dijese que dejara de ser más santa que el papa.

—El tío se tiró a otra el día que fue a cenar contigo. Estaba claro

que no teníais ningún compromiso.

Tres días después de los increíbles besos y la especie de ruptura

con mi no-novio Ethan, empezaba a respirar de nuevo.

Respiraciones superficiales y vacilantes de alguien que sabía que

esto todavía no había terminado.

Ronan seguía enfermo.

Chase era un hombre que siempre conseguía lo que quería.

¿Y qué hay de mí? Yo estaba aprendiendo poco a poco a mirar

por mí.

Me sumergí en el trabajo y terminé tres bocetos para la colección

«Madre de la novia», uno de ellos en honor a mamá. Dibujé a la

modelo con el mismo turbante naranja que llevaba cuando estaba

con la quimio. Tenía los mismos ojos alegres, color miel, los labios

carnosos y sus características pecas. El vestido era de flores,

grande y de encaje. Algo que mamá se habría puesto para mi boda.

Cuando Sven vio el diseño final, observé la confusión en su cara. No

era práctica común poner detalles en el rostro de una modelo de un

boceto. Entonces cayó en la cuenta, me dio un apretón en el

hombro y suspiró.

—Le habría encantado.

—¿Tú crees? —pregunté en un susurro.

—Lo sé.

Recé para que el siguiente proyecto no tuviera nada que ver con

las madres. Echaba de menos a mi madre, más que nunca, y


deseaba que estuviera aquí para ayudarme a resolver el lío de

Chase/Ethan. Así que cuando Sven se aproximó a mí después de

acabar la colección «Madre de la novia», ya estaba conteniendo la

respiración.

—Maddie, necesito tu atención. —Sven chasqueó los dedos

mientras se acercaba a mi rincón del estudio, contoneándose.

Ahuequé las manos en los lirios blancos y rosas mientras lo miraba

con curiosidad. Se detuvo a varios centímetros de mí y me puso una

pila de papeles en las manos—. Tu nuevo proyecto.

Di una vuelta completa en el taburete, crucé las piernas y

sostuve el lápiz entre los dientes, como si fuera un cigarrillo. Abrí el

archivo que me había pasado. Era fino y cuando le eché un vistazo

me di cuenta de que eso era porque no tenía todas las cosas que

normalmente trae un proyecto: maquetas de la línea de moda en

general, puntos sobre lo que había que hacer, etc.

—Ha tardado mucho en llegar, pero llevas años trabajando muy

duro y creo que te mereces esta oportunidad —dijo Sven mientras

leía las palabras del proyecto una y otra vez.

«El vestido de novia de todos los vestidos de novia: el vestido de

novia insignia de Croquis».

Me temblaban los dedos alrededor del documento y sentía el

pulso en el cuello.

—Vamos a lanzar la colección de otoño en la Semana de la

Moda de Nueva York dentro de un par de meses. Normalmente, el

elemento de apertura es el vestido de novia de ensueño. Como ya

sabes, es lo más prestigioso del desfile. Suele estar reservado para

diseñadores de gran impacto. Es el vestido que todos los amigos de

Vera Wang, Valentino y Óscar de la Renta van a mirar. El que

pedirán las famosas de primera línea para sus bodas. La guinda del

pastel. Y tú vas a diseñarlo.

Ya sabía todo esto. Era algo grande. La persona que lo había

diseñado el año anterior había ascendido y ahora trabajaba para

Carolina Herrera. En vez de responderle con palabras, elegí el

momento para desmoronarme sin gracia alguna. Me caí de culo

(literalmente) de la silla de lo aturdida que me encontraba. Traté de

mantener las lágrimas de felicidad a raya, pero fue difícil, porque


nunca pensé que podría trabajar en algo tan prestigioso en mis

primeros años de carrera.

—Controla la gravedad, Maddie —murmuró Sven mientras me

ofrecía la mano y me levantaba del suelo—. Cuando Layla me dijo

que ibas a caerte de culo, no sabía que lo decía de forma literal.

—¿Layla sabe lo del proyecto? —jadeé mientras me cubría la

boca con ambas manos. Por supuesto que sí, Dios, estos dos me

irritaban de veras—. Sven, no te arrepentirás, te lo prometo.

—Para. Este año te elegí para que fueras mi diseñadora estrella.

En concreto, para que tus diseños no me aburrieran hasta morir.

Quiero que te vuelvas muy loca y te salgas de lo común con este

proyecto. Has demostrado que puedes seguir bien las instrucciones,

pero ahora quiero ver el sombrerero loco que hay en ti. La artista.

—Eso está hecho. —Hice un gran esfuerzo para no empezar a

dar saltos mientras me reía con la cara llena de interminables

lágrimas de felicidad que ya no podía contener. En general,

reservaba las lágrimas para buenas noticias y películas Disney.

—¿Qué plazo tengo? —pregunté.

—Un par de meses, así que es mejor que te pongas manos a la

obra. —Imitó el sonido del látigo—. Oh, y antes de que lo preguntes,

no tiene comisión —señaló con sequedad.

—Artista hambrienta de victoria. —Moví el puño en el aire—. ¿A

todo esto, qué tal Francisco?

—Sigue queriendo un niño.

—¿Y tú?

—Yo sigo queriendo huir con mi entrenador de Equinox.

—Mentiroso —contesté suavemente acariciándole el antebrazo.

Aunque no presioné para conseguir más información. Si Sven

quería decirme algo más sobre el proceso de adopción, lo haría.

Estaba ocupada hojeando el paquete del proyecto, memorizando

todos los detalles, cuando oí una voz aburrida detrás de mí:

—¿Maddie Goldbloom?

—Esa soy yo —canturreé, todavía entusiasmada. Me giré para

ver cara a cara a un repartidor joven con un mono amarillo y una

sudadera violeta por debajo. Llevaba un ramo de lirios.


—Entrega para usted. —Me ofreció una tablet para que firmara.

Lo hice apuñalando la pantalla con el bolígrafo gris de plástico.

—Ugh. Estas cosas nunca funcionan. Mi firma termina siendo tan

solo una línea gris irregular —murmuré escribiendo más fuerte.

—No te preocupes, colega. Solo es un trámite. Nadie planea

venderlo en eBay. —El repartidor se mesó el cabello hacia un lado.

Tomé los lirios blancos y los coloqué cerca de las otras flores.

Entonces, busqué la nota. Sabía que Nina no iba a dejar pasar por

alto el hecho de que había más flores en la esquina de la oficina.

Cuando por fin la encontré, la abrí con dedos temblorosos. No

me permití hacerme ilusiones, lo cual fue algo bueno.

Maddie:

Después de sopesarlo durante bastante tiempo y de

forma meticulosa, he decidido que estoy dispuesto a tomar

lo que quieras darme.

Te espero.

Ethan

Le hice una foto a la nota y se la envié a Layla. Su nombre

apareció en la pantalla del móvil no más de cinco segundos

después.

—Oh, Dios…

—¿No tienes clase? —la interrumpí.

—Sí. Enseñar a preescolares independencia y autocontrol es

muy importante, quiero que lo sepas. —Se rio. Oí el eco de su voz

mientras se acomodaba en el pasillo vacío—. Seré sincera: no creía

que Ethan tuviera oportunidad después de que Chase volviera a

aparecer en escena, pero es un cambio de juego. Básicamente, está

aceptando ser el segundo plato. Qué jugoso.

—No, no es así —protesté.

—¿Sabes qué tienes que hacer?

—No, pero tengo el presentimiento de que estás a punto de

decírmelo.


—Debes tirarte a los dos y ver cuál es mejor.

Tenía el presentimiento de saber quién se llevaría el gato al agua

(y los orgasmos). Miré la nota de las flores con un sentimiento de

pavor y decepción.

—Eso no sería justo para ninguno. —Me mordí el labio inferior.

—Mmm, no. Solo consolidaría el hecho de que Chase supera a

Ethan y de que tienes que ponerte las bragas de niña grande y dejar

marchar a Ethan. Soy la primera en admitir que Chase no tiene

madera de novio, es mi versión masculina. Pero Ethan… —Layla

chasqueó la lengua—. Nah…

—¿Eso es todo? —gruñí.

—No. También quiero decirte que Grant es excelente en la cama

y felicitarte por el proyecto. Te quiero.

—Sí, yo también. —Colgué.

Le envié un mensaje a Ethan para darle las gracias rápidamente

y le pregunté si quería tomar un café. Era lo menos que podía hacer

después del gesto tan dulce. Me contestó de inmediato.

Ethan: Me encantaría.

Alisé una página en blanco sobre la mesa de dibujo y la miré con

una sonrisa al pensar en el proyecto del vestido de novia de

ensueño. No había nada que me emocionara más que una página

en blanco. Las posibilidades eran infinitas. Podría ser increíble,

mediocre, malo o una obra de arte. El destino del vestido que estaba

a punto de adornar la página todavía no estaba escrito. Mi trabajo

era escribir su historia.

—¿Qué voy a hacer contigo? —susurré, dándome toquecitos en

los labios con el carboncillo y sonriéndole a la página.

—Estoy pensando en una buena comida, seguida de una

primera base en el taxi, seguido de comerte en el ascensor mientras

subimos a mi ático; lo siento, no podré resistirme; seguido de un

festival de sexo que haría sonrojar a Jenna Jameson.

Jadeé y me giré a mirar de dónde procedía la voz. Reconocí el

tono inexpresivo e irónico al instante. Me fallaron las rodillas, pero

esta vez no me caí de la silla.


—No puedes de…

—No soy tu jefe —señaló antes de que acabara la frase.

—Solo porque no trabaje para ti no significa que no me estés

acosando sexualmente.

—¿Estoy acosándote sexualmente? —Inclinó la cabeza hacia un

lado y levantó una ceja.

«No».

Debí de haber reflejado la respuesta en mi rostro porque dejó

escapar una profunda y retumbante sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —Le fruncí el ceño a Chase. Combinaba el

traje negro con una corbata borgoña y llevaba la mano metida en el

bolsillo, del que sobresalía el Rolex. Era lo más parecido a

pornografía empresarial que había visto en mi vida.

—Te estaba buscando —dijo sin disculparse, echando un vistazo

a los tres jarrones llenos de flores de mi escritorio—. Siempre tienes

un jarrón por tu madre —dijo, provocándome un pálpito por la

sorpresa. ¿Lo recordaba?—. ¿Quién te ha enviado las otras flores?

—Una chica a quien le regalé un vestido de novia.

—¿Y?

—Ethan.

—Las suyas son los lirios, ¿no? —Se aproximó a las flores y

cogió un pétalo. Me estremecí—. Buena elección. ¿Está de luto por

el final prematuro de vuestra relación?

—La relación con Ethan no está muerta.

Echó la cabeza hacia atrás con una risa despreocupada.

—Sé clara con él. El juego se ha acabado para el doctor Seuss.

Un montón de flores no cambiarán nada.

—Un montón de flores lo cambian todo —Aparté su mano de un

tortazo para proteger las flores— para la hija de una florista.

Ladeó la cabeza. Ahora me miraba de forma divertida. No me

gustaba, era la mirada de un hombre con un plan, y no creía que los

planes de Chase y los míos estuvieran alineados.

—¿Es cierto? —Un destello de picardía brilló en sus ojos.

Aparté la mirada como si me hubiera golpeado su belleza.

Odiaba el vértigo que se instalaba en mis entrañas cada vez que me

ponía los ojos encima.


—Ven conmigo. —Abrió la mano. No la tomé.

—No lo creo.

—No es una petición.

—Tampoco es el siglo . No puedes darme órdenes.

—Cierto, pero puedo montar una escena que te haría desear no

haberme conocido nunca.

—Eso ya lo deseo —bromeé, mintiendo.

—Pierdes el tiempo de todo el mundo. En especial el de Ethan.

Maddie la Mártir quiere tener hijos con Ethan, pero la verdadera tú

quiere dar el paso y ahogarse conmigo. Vamos.

No tenía sentido discutir con él. Además, no podía concentrarme

en crear el vestido de novia de ensueño (VNE para abreviar) cuando

el misterio de lo que quería mostrarme Chase colgaba sobre mi

cabeza. Era desconcertante pensar que tenía un sexto sentido y

sabía cuándo Ethan hacía un movimiento para aparecer el mismo

día y a la misma hora. Seguí a Chase al ascensor, esquivando las

miradas curiosas de la gente que me rodeaba. Sven estaba de

espaldas a nosotros, encerrado en la oficina de cristal, hablando por

teléfono de forma animada con un proveedor de telas que había

arruinado uno de nuestros pedidos. Pero Nina estaba allí,

elegantemente sentada en su asiento y observándonos a la par que

se limaba las uñas. Había al menos doce compañeros de trabajo

(diseñadores, costureras y pasantes) que nos miraban con

curiosidad mientras salíamos del estudio. Por suerte, excepto a

Nina, a la mayoría los consideraba amigos y sabía que les gustaba

lo suficiente como para no pensar lo peor de mí. Todavía.

—La gente hablará —me quejé por lo bajo.

—Mientras seas el sujeto y no quién habla, no sé cuál es el

problema.

Entramos en el ascensor.

—No soy como tú. No soy intocable.

—Madison Goldbloom, ojalá fueras tocable para mí —dijo con

seriedad al tiempo que se cerraban las puertas del ascensor a

cámara lenta—. Me encantaría que así fuera.


Capítulo doce

Chase

La llevé a la floristería más grande de Nueva York. Una floristería

de Midtown junto al Empire State Building.

Mad arrastraba los pies y fruncía el ceño durante todo el tiempo,

como una adolescente enojada, mientras lanzaba miradas por

encima del hombro para asegurarse de que no nos vieran juntos. La

mayoría de las mujeres que conocía pagarían bastante dinero

porque las vieran conmigo. Esta no. Tenerla alrededor era liberador.

Como tomarse unas vacaciones del caos de mi cabeza. Era cierto

que nunca iba a ofrecerle matrimonio, pero podía ofrecerle pasarlo

bien. Esta vez hablaba en serio sobre hacerla mía.

De forma «temporal».

Demonios, incluso podría reclamar el título de novia.

Puntos adicionales: conseguiría dejar fuera del caso a Julian.

El plan era a prueba de balas.

Pasamos junto al escaparate de la floristería. Unos ramos de

coloridas flores y un cartel que decía « »

nos devolvían la mirada. No era de extrañar que estuviera tan

obsesionada con el matrimonio y el amor (sus padres se lo habían

inculcado a presión desde el día en que nació). Abrí la puerta y

esperé a que pasara. Una vez dentro, Madison se giró hacia mí y se

cruzó de brazos. Llevaba un vestido con estampado de pollos con

un bonito collar y una corbata de terciopelo negra, además de un

sonrojo juvenil. Lo cual, desafortunadamente, me hacía parecer que

era el tío mayor pervertido.


—¿Ahora qué? ¿Vas a comprarme todas las rosas de la tienda y

a proclamar tu amor eterno hacia mí? —Puso los ojos en blanco.

—No exactamente. Voy a comprarle flores a Ethan.

—¿Le vas a comprar flores a Ethan? —repitió Madison, abriendo

la boca en forma de O.

—Sí. Y a mí.

—Y a ti.

—¿Te vas a limitar a repetir todo lo que digo? —pregunté con

cortesía.

—Sí, hasta que lo que digas tenga algo de sentido.

—Muy bien. —Le agarré la mano (era la segunda vez que nos

tomábamos de la mano en una semana) y la arrastré más al fondo

de la tienda. El olor a polen era tan dulce que casi me atraganté. No

entendía cómo le gustaba eso a Mad. Pero claro que sí. Le

recordaba a su infancia y a su madre. Cómo no había pensado en

ello antes. Felicitaciones a Ethan por averiguarlo antes que yo.

Flores. Qué jodido genio.

—Entiendo que tengas algunas reservas con respecto a nuestra

relación y me gustaría modificar la letra pequeña del acuerdo.

¿Recuerdas que te dije que quería continuar con esto hasta que mi

padre muriese? —pregunté ignorando lo amargas que sabían las

palabras en mi boca.

Papá estaba hecho una mierda, pero seguía yendo al trabajo

todos los días. Mientras tanto, Julian se dedicaba a dar pistas sobre

el estado de salud de papá a inversores y accionistas, e informar de

forma anónima a los medios de comunicación sobre que se

avecinaba un gran cambio en la junta. Grant lo había pillado con las

manos en la masa después de que Julian se hubiera registrado en

una habitación de hotel veinte minutos antes de que un reportero de

Wall Street fuera directo a la misma habitación. Mi mejor amigo

estaba en el restaurante del vestíbulo del hotel almorzando con su

madre.

Definitivamente, mi primo iba a por lo que en ajedrez

llamábamos «el doble ataque».

—Cuando dices «continuar con esto» te refieres a «continuar

conmigo», ¿no? —Madison frunció el ceño mientras recorría el lugar


con la mirada como si fuera una tienda de golosinas. No podía

evitarlo. Tocó una flor púrpura anaranjada, acariciando sus pétalos

aterciopelados y temblando de placer. Ese gesto bastó para que se

me levantara la polla en los pantalones.

—Sí —dije—, pero he decidido darte todo el paquete del

prometido a precio de descuento; solo tienes que hacerme

compañía.

—¿Qué incluye todo el paquete del prometido? —Bostezó. No

era un buen comienzo.

—Citas, noches de películas, restaurantes, sexo, conocer a tu

padre. —Dejé que asimilara lo último y observé su rostro, pero

permanecía estoica, centrada en las flores que tenía delante

mientras se inclinaba para oler los girasoles—. Todo esto va en

serio.

—Me engañaste —señaló por enésima vez.

Otra vez la misma cantinela. Había llegado la hora de que

supiera la verdad. Le toqué el brazo para que me mirara.

—No te engañé.

Ella gimió, fingiendo que no le importaba.

—Te vi.

—No, lo que viste fue que entré a mi apartamento con otra

persona. No me viste tocarla ni besarla. Nunca lo hice.

—Llevabas la camisa manchada de carmín. —Se giró totalmente

hacia mí. Ya no estaba susurrando. Una pareja de treintañeros que

claramente buscaban flores para su boda nos miraba con

curiosidad.

«Seguid mirando, idiotas».

—No era mi camisa.

—Claro que no. —Mad echó la cabeza hacia atrás y se rio. Una

risa amarga que no quería volver a escuchar de su boca. Sonaba

extraña. Algo completamente ajeno a Madison. La mujer que había

junto al hombre que estaba a nuestro lado le dio un codazo a su

novio y ladeó la cabeza en nuestra dirección. Increíble. Le lancé al

futuro marido una mirada de «qué diablos».

Se encogió de hombros con impotencia.

—Lo siento, hermano. Parece que te lo has buscado. —Se rio.


Desvié mi atención a Madison.

—La camisa no era mía. Era de Grant. Estaba con alguien. No,

deja que lo corrija. Estaba en mitad de una cita cuando lo llamaron

del trabajo. Es comprensible que no pudiera presentarse con una

camisa que sugería que estaba de vacaciones en Ho Island.

—Así que te ofreciste voluntario para darle tu camisa. —Más

sarcasmo.

—Correcto —gruñí—. ¿Recuerdas la camisa? Era blanca. No

uso blanco. Solo visto de…

—Negro —terminó por mí con los ojos llameantes. Había tenido

un momento de lucidez. Ese día iba de negro. Diablos, siempre iba

de negro. Hubo un momento de silencio. La pareja que estaba junto

a nosotros parecía interesada en nuestra conversación y les habría

dicho lo que pensaba si no estuviera centrado por completo en

explicarle a Madison lo que en realidad había visto aquella noche.

—Da igual, no importa. ¿Y qué si era la camisa de Grant? La

mujer que llevaste a casa era real. La vi. ¿Supongo que te siguió?

No —Levantó una mano, sonriendo, pero no había nada de alegría

en esa sonrisa—, estaba huyendo de un asesino con un hacha y le

ofreciste cobijo, ¿a que sí?

La mujer que estaba al lado empezó a reírse. Su prometido

agachó la barbilla, ocultando una sonrisa. Iba a matar a alguien. Por

ejemplo, a mí mismo por idear ese estúpido plan en primer lugar.

—La llevé a casa porque sabía que estarías allí —dije con

sequedad.

—No podías saberlo. —Mad negó con la cabeza—. No se lo dije

a nadie excepto a…

—Katie —terminé por ella—. Katie me lo dijo. Mencioné que iba

a pasar el fin de semana de mi cumpleaños en Florida con Grant.

Ella me dijo que no querría hacer eso y luego me reveló tu plan.

Por la mirada que puso Madison, sabía que había caído en la

cuenta. El otro día en el restaurante había estado tan inmersa en el

tornado emocional que olvidó que, en su momento, le había contado

a Katie lo de la sorpresa de cumpleaños. Así que en el restaurante

contó la historia sobre el cabronazo al que había pillado poniéndole


los cuernos, pero no estaba al tanto de que Katie me había contado

que Madison me iba a esperar en lencería en mi cama.

Y olvidó que ella había informado a Katie de que me iba a

esperar en mi habitación.

Katie no era estúpida. Había sumado dos más dos, pero no

había dicho nada. Al menos una persona en mi familia ya sabía lo

que Julian ansiaba descubrir: que la había cagado.

—Y la llevaste a casa para que te pillara. —Mad abrió mucho las

fosas nasales.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería que nos vieras.

—¿Por qué?

—Porque las cosas se estaban volviendo demasiado reales

demasiado rápido y a mí no me va eso, Madison. Creo que los dos

sabemos que tampoco voy rápido. —Miré a la pareja que estaba al

lado. El chico se sonrojó. «¿En serio?». Ahora ni siquiera me

importaba que su chica me juzgara. Estaba sentenciada a una vida

con un marido con problemas de eyaculación precoz.

—No voy a perturbar mi vida con un revoltijo de emociones sin

sentido. —Ahora hablaba en tono de superioridad. Tenía que

callarme.

—Vale, RoboCop —murmuró la mujer de al lado.

—Deberías habérmelo dicho —dijo Mad.

—Por experiencia sé que las mujeres no pillan el mensaje. Dicen

que se van a tomar las cosas despacio, pero eso solo significa que

están esperando su momento. Y, no te ofendas, pero eres la mujer

más obsesionada con las bodas que he conocido en mi vida. Vives

del diseño de vestidos de novia, y entre tu apartamento y la oficina

tienes suficientes flores para sacar a Holanda del negocio.

—Podrías haberme dejado. —La voz de Mad se quebró a mitad

de la frase. Tenía razón. Y odiaba cuando tenía razón. Había

actuado con cobardía.

—Pensé que pillarías el mensaje, te volverías loca y luego

reaparecerías en forma de follamiga.


—Guau. Para ser tan inteligente, pareces estúpido. —Suspiró.

En su defensa, su rostro reflejaba asombro y no desdén.

—Estoy de acuerdo. —La mujer de al lado levantó el brazo—. Un

movimiento supertonto.

—Gracias por la aportación. Estaba ansioso por saber lo que una

completa extraña piensa sobre mi carácter. —Le lancé una sonrisa

cortés antes de volver a mirar a Madison y tomarla de las manos—.

No puedo prometerte la eternidad, pero sí el presente y eso es más

de lo que he ofrecido nunca a una mujer.

—Bueno, aprecio tu verdad retorcida, extraña y de lógica

retrógrada —dijo Madison, arrancando sus manos de las mías y

alisándose el vestido por encima de los muslos—. Pero, aunque no

me hayas engañado, lo cierto es que me has hecho daño. La

respuesta es no.

—Suponía que dirías eso. Por eso he venido aquí a comprar

flores para Ethan y para mí. —Hice un gesto hacia la floristería

como si no supiera dónde estábamos. No era el movimiento más

brillante, pero el éxito de mi plan estaba en peligro—. Conoces a tus

flores, ¿no? Voy a comprar la misma planta para Ethan y para mí.

La que sea más difícil de mantener viva en interior, tú eliges. Si

Ethan realmente es don Perfecto y yo soy un idiota, seguro que

puede mostrar su compromiso manteniendo la planta viva.

Parpadeó.

—No sigo tu lógica.

—Los jazmines. —Me esforcé mucho por no mostrar los dientes

como un animal—. Dijiste que te importa que se mueran las plantas,

¿no? Me diste todo el jodido discurso sobre ello, si mal no recuerdo.

Estás obsesionada con las flores y mantenerlas con vida. —Tomé

aliento y me di cuenta de que asociaba las flores de su escritorio

con su madre, y su madre estaba muerta, por lo que las flores

significaban mucho para ella—. Este tema te importa mucho.

—Estás vendiéndome en serio este gran acto. —Madison arrugó

la frente—. Pero ¿puedes explicármelo y dejar a un lado al imbécil

que llevas dentro para ver más allá del deseo de darte un puñetazo

en la cara? Gracias.


Reprimí una sonrisa. La verdadera Maddie era mucho mejor que

la versión ligera, sin grasa y sin gluten que había entrado en mi vida

unos meses atrás. Sí, era una buena persona, pero había aprendido

que no era fácil de convencer.

—Dijiste que te importaban las plantas. Que la forma en la que

las personas cuidan de ellas es un testamento de su carácter.

Bueno, creo que a Ethan no le importan. No lo suficiente. Al menos,

no le importas tú. No tanto como a mí.

Se hizo el silencio. Cuando levanté la vista de su cara, me di

cuenta de que toda la tienda nos estaba mirando, no solo esa pareja

de treintañeros. Habíamos tenido una acalorada discusión sobre mi

(no) engaño del pasado y una declaración de intenciones, y ahora la

gente sabía que había otro hombre en el juego. Estaba a una cirugía

plástica y un escándalo de desnudo de ser invitado a Mujeres ricas

de dondequieraquesea.

—Azaleas —susurró inmersa en sus pensamientos. Las piernas

la llevaron al fondo de la tienda. La seguí embelesado. La pareja

que había elegido las flores de la boda me siguió. Me giré para

detenerlos, levantando una mano…

—Eso es todo, señor y señora Cotilla.

—Pero quiero saber cómo acaba —se quejó la mujer.

—Spoiler: consigo a la chica. Ahora, marchaos.

Alcancé a Madison, que estaba frente a un ramo de azaleas

rosas, rojas y púrpuras. Le brillaban los ojos.

—Les gustan los espacios húmedos y fríos, y se considera que

es casi imposible que florezcan. Mantenerlas vivas en Nueva York

en agosto es todo un reto. La tarea es casi imposible. Solo una de

cada once azaleas sobrevive. Recuerdo que mi padre odiaba tener

azaleas en la tienda. Nombraba todas las razones por las que los

clientes tenían que elegir otra flor cuando los hombres las

compraban para sus mujeres. —Pausa—. Pero a mi madre… —Se

detuvo—. Eran sus favoritas. Así que todos los viernes, lloviera o

hiciera sol, le traía azaleas.

—Mantendré vivas las azaleas —corté.

Apartó la mirada de las flores y me frunció el ceño.


—¿Cómo sé que no le pedirás a tu ama de llaves que las cuide?

¿O que no contratarás a un jardinero?

—Porque no soy un cabrón inmoral —dije simplemente.

Me lanzó una mirada incrédula, supongo que con razón.

—No seré un cabrón inmoral esta vez —enmendé, y le dejé

elegir dos plantas. Fuimos hasta la caja. Mad pidió un rotulador

permanente, me dijo que me diera la vuelta y marcó las dos plantas

de manera que pudiera reconocerlas en caso de que las

reemplazara. Le habría preguntado que dónde quedaba la

confianza, pero teniendo en cuenta todo lo que habíamos pasado

juntos, suponía que la respuesta a esa pregunta era «en el fondo de

un jodido contenedor de basura». No había nada de confianza entre

nosotros.

Pagué las flores y le dije al cajero que pusiera a mi cuenta lo que

la pareja entrometida había pedido para su boda. Madison me miró

como si hubiera perdido la cabeza. Me encogí de hombros.

—Veo a tu Maddie la Mártir y la superaré con Chase el Caritativo

con el lado noble de los Black.

Se rio. No estaba preparado para esa risa. Salió ronca y

genuina, mientras achinaba los ojos. Mi polla no fue la primera en

responder esta vez. Fue otro órgano. Uno que había permanecido

inactivo durante años. Uno que no tenía por qué despertarse.

—¿Temes que vaya a vencer a tu noviete en mi propio juego de

flores? —Levanté una ceja con indiferencia.

—No es mi no… —empezó, pero luego cerró la boca de golpe.

Le dediqué una sonrisa triunfal.

Había empezado.


Capítulo trece

Maddie

15 de noviembre de 2004

Querida Maddie:

Quería darte las gracias por ser la mejor hija del mundo.

Ayer me sentí mal durante todo el día y no fui al trabajo. Tú

fuiste a ayudar a tu padre en la tienda a pesar de que

tenías un examen importante al día siguiente y cuando

regresaste me trajiste un ramo de azaleas. Mis favoritas (te

acordaste. Siempre lo haces).

Me dijiste que te habías comido los pétalos a

escondidas. Comentaste que sabían a dulce néctar. Las

colocamos dentro de unos libros en mi cama mientras

veíamos Flores de acero y bebíamos té helado dulce. Las

flores me hicieron sentir querida. Espero que algún día te

hagan sentir lo mismo.

Con amor infinito,

Mamá


Le di las azaleas a Ethan cuando quedamos para tomar café.

(«Té», corrigió en un mensaje de texto. «El café es muy malo para

la salud. Te enviaré un artículo sobre ello»). En vez de hablarle

sobre la apuesta con Chase, que me parecía algo grosero y

presuntuoso, simplemente le dije que las flores significaban mucho

para mí y que eran un regalo. Le expliqué que las azaleas eran las

flores favoritas de mi madre y que necesitaban una atención

especial y muchos cuidados, pero que la recompensa era que la flor

era asombrosamente hermosa.

—Dan mucho trabajo, pero merecen la pena.

—Eso me recuerda a alguien. —Dio un sorbo al té verde

mientras una sonrisa triste le cruzaba el rostro. Parecía distinto.

Cansado. No pude evitar sospechar que yo tenía mucho que ver con

ello.

Como Ethan no sabía lo de la apuesta, algo que era una clara

desventaja, equilibré la balanza imprimiéndole instrucciones

específicas sobre cómo cuidar las azaleas. Ethan puso la planta y

las instrucciones debajo de la mesa antes de pedir bollería sin

gluten y lanzarse a hablar sobre una conferencia sobre niños con

ansiedad a la que lo habían invitado a participar. De inmediato,

pensé en Katie. En que habría oído su discurso con mucho interés.

Entonces pensé en el estúpido error que había cometido el otro

día, cuando olvidé que ella estaba al tanto de que iba a esperar a

Chase en su cumpleaños, por lo que básicamente la tapadera del

compromiso había saltado por los aires.

En cuanto a Ethan, fue agradable pasar el rato con él, pero no

sentía lo mismo que con Chase, con el que cada interacción era

increíble, aunque luego llegaran las consecuencias; obsesionarme

con cada mínimo detalle de lo que nos habíamos dicho.

El fin de semana llegó y me obligó a apartarme del proyecto

VNE. Hice planes con Layla, Sven y Francisco. Los dos últimos

daban una fiesta anual en la azotea de sus vecinos en la que

servían comida baja en calorías y mojitos bajos en carbohidratos y

ponían a George Michael a todo volumen. Dar esa fiesta era algo

sagrado para Sven, ya que, según él, necesitaba canalizar a su Kris

Jenner interior sin sobrecargar la tarjeta de crédito. Vendía las


entradas a cien pavos. Una entrada incluía una tumbona de plástico,

cócteles aguados, enrollados del Costco y la gloriosa compañía de

Sven durante unas horas. Sven donaba el dinero de las entradas a

una ONG de su elección. Este año, era la Sociedad de Protección

Animal.

La azotea estaba repleta de compañeros de trabajo y amigos de

Francisco y Sven. «Born This Way» de Lady Gaga hacía temblar el

suelo. Layla y yo cogimos un par de tumbonas del fondo de la

azotea, lejos de un grupo de becarios chillones de la oficina de

Francisco. No pude evitar notar que la altura del ático del edificio de

Sven y Chase era paralela a la de la azotea donde se estaba

celebrando la fiesta. Lo que significaba que el salón de Chase

estaba justo frente a mi cara. Como ocurre en todos los edificios

altos, las ventanas estaban tintadas, lo que significaba que él veía el

exterior, pero nadie veía el interior de su apartamento. Tampoco es

que tuviera planeado echarle un vistazo ni que lo hubiera intentado

mientras no miraba nadie.

Cerré los ojos y dejé que mi piel se empapara de los rayos del

sol. La tumbona estaba torcida y probablemente volvería a casa con

rayas rojas por todo el cuerpo, pero no había ningún otro lugar en el

que hubiera preferido estar en ese momento más que allí con mis

amigos.

—Hablando de hombres, ¿cómo está Grant? —pregunté a mi

mejor amiga. Poco después de que Chase y yo rompiéramos, Layla

me comentó que quería acostarse con Grant y me preguntó si tenía

algún problema con ello. Por supuesto que sí. Grant parecía un

hombre digno de confianza, pero eso era antes de que Chase me

hubiera dicho que le había cambiado la camisa manchada de

carmín. Aunque, para ser honestos, entre Grant y Layla la persona

que necesitaba proteger su corazón no era mi mejor amiga. Ella

estaba totalmente en contra de cualquier relación romántica

duradera.

—Superchupable, como de costumbre. Ha ido a una despedida

de soltero en Miami.

—¿Y no te preocupa que pruebe algo más que comida cubana y

cócteles frutales? —pregunté.


Layla negó con la cabeza.

—Espero que lo haga. Le dije que lo que tenemos es una

aventura. Incluso consolidé el hecho saliendo con un completo

empotrador de Tinder para que se diera cuenta de que no tenemos

una relación exclusiva. Por desgracia, Grant es de esos que se

casan.

—Y tú no eres de casarte porque… —Francisco se acercó a

nosotras y nos dejó hamburguesas en una bandeja que puso en una

mesa. Se sentó en el borde de mi tumbona.

—No quiero tener hijos. —Layla se encogió de hombros—. Y,

aunque una cosa no tenga por qué significar la otra, admitámoslo:

una cosa lleva a la otra. Simplemente, no creo en el matrimonio.

—Ethan es así —reflexioné—. Quiero decir, de esos que se

casan.

—Sí —Layla ladeó la cabeza—, pero Grant es, ya sabes,

interesante.

—Ethan es interesante —protesté—. Es injusto. Ni siquiera lo

conoces.

—¿Esa es la razón por la que todavía no has dejado que te meta

la puntita, Maddie? —Layla no parecía convencida.

Francisco se echó hacia delante y le dio un toquecito en el

hombro a Layla.

—Enséñame a Grant.

—Vale, pero no te emociones. Porque como ya he dicho, es un

hombre totalmente familiar y vamos a tener que romper cuando se

dé cuenta de que digo en serio lo de no sentar cabeza —advirtió

Layla mientras se torcía para coger el teléfono del bolso. Lo sacó al

mismo tiempo que también sostenía mi teléfono con carcasa de

flores—. Ey, tienes un mensaje del compromisofóbico.

Tomé el teléfono en el aire y me sorprendió tener el cuerpo

sincronizado con la cabeza. El corazón me latía de forma errática,

como un chico de fraternidad buscando a una presa fácil en una

fiesta. Chase me había enviado una foto de las azaleas, que

parecían estar muy vivas en la mesa auxiliar. Reconocí el salón del

fondo. El espacio minimalista e impersonal que siempre me


recordaba a la habitación de hotel lujosa y triste donde las estrellas

de rock iban a morir.

Maddie: Mira qué impresionada estoy. Los que otorgan el

Premio Nobel están de camino.

Chase: ¿Ese es el código para «ponte los pantalones»?

Maddie: ¿Por qué NO ibas a llevar pantalones al mediodía?

Chase: Deberías saber que algunas de mis cosas favoritas se

hacen sin pantalones. ¿Qué haces?

Maddie: Tomar el sol en la azotea que hay justo enfrente de tu

edificio.

Chase: Tu forma de acercarte a mí no es nada sutil.

Chase: Además, eso significa que tú tampoco llevas pantalones.

Chase: Además 2, ¿recuerdas lo que sucedió la última vez que

estuvimos en la misma habitación y no llevabas pantalones?

Maddie: De hecho, no tengo constancia de que eso haya

sucedido.

Chase: Siempre es un placer refrescarte la memoria.

Maddie: No vamos a tener sexo por mensaje.

Chase: Fantástico. Iré en un par de horas y te haré una

demostración en persona. Parece que necesitas vitamina D.

Maddie: Conseguirás vitamina P si lo intentas.

Chase: No me suena ese suplemento…

Maddie: Un puñetazo en la cara.

Chase: Vaya, pensé que serías mucho menos apasionada

después de darte cuenta de que no te había engañado.

Maddie: ¿Por qué? Querer asustarme dejándome una cicatriz de

por vida de forma intencionada solo es marginalmente peor que

pillarte con los pantalones bajados.

Maddie: Y sí, sé que no llevas pantalones. No hace falta que lo

repitas.

Me envió una foto de la parte inferior de su cuerpo, sentado en el

sofá de cuero negro con unos pantalones gris oscuro. Nunca antes

lo había visto con otra cosa que no fuera un traje negro y, no sé por

qué, me pilló por sorpresa. Tenía las piernas abiertas y la huella de


una enorme erección que se extendía por el interior del muslo. Me

atraganté con mi propia saliva y respiré profundamente. Un millón

de hormigas estaban bailando sobre mi carne de la excitación. La

foto venía con la siguiente leyenda: «Bonito bikini». Agaché la

mirada y me miré los pechos, cubiertos por el traje de baño. ¿De

verdad me estaba mirando desde la ventana? Tenía las ventanas

tintadas, pero aun así luché contra el impulso de comprobarlo.

—¿Por qué parece que Maddie está a punto de desmayarse? —

preguntó Layla—. ¿Qué está mirando en el teléfono?

—Desde donde estoy parece un superburrito —contestó

Francisco, canturreando.

—Oh, me encantaría algo de comida mexicana con el mojito —

comentó Layla—. Mira el horario de Glovo para pedir comida de ese

local que hay calle abajo.

Ignoré a mis amigos y, aunque sabía que iba a arrepentirme,

escribí unas palabras. Estaba demasiado nerviosa y excitada como

para no morder el anzuelo de Chase. Además, era un coqueteo

inofensivo. Estaba soltera. Ethan había sido el primero en señalar

que lo nuestro no era serio.

Maddie: ¿Eso es una pistola o es que te alegras de verme?

Me detuve porque quería impresionarlo. Mantener viva la

electricidad que nos unía. Así que hice algo increíble. Impensable.

Levanté el teléfono y me hice un selfi con el bikini con estampado de

piñas. No tenía un cuerpo merecedor de ser portada del Sports

Illustrated. Nada de los músculos marcados y las curvas mejoradas

a golpe de bisturí de Amber. Era pequeña, de caderas anchas y

vientre plano pero blando. Le envié la foto haciendo una mueca. De

fondo, oí a Layla quejarse de mi falta de habilidad para negarme a

cualquier cosa.

—Probablemente, le ha pedido que tenga sexo por mensaje con

él y ella no puede negarse porque ese «no» no está en su

vocabulario.

—¿Se acaba de hacer una foto en bikini? Ni siquiera publica

cosas en Instagram que no incluyan flores o bocetos —murmuró


Francisco, perdiendo interés.

Maddie: ¿Te refieres a este bikini?

Chase: Sí, ese. Sí, me alegra verte y, sí, me gustaría empalarte

tan fuerte como para dejar la huella de tu cuerpo en el colchón, en el

nuevo cabecero de la cama que te compré y en la alfombra.

Maddie: Qué romántico. ¿Es de Atticus? *

Chase: Anónimo.

Maddie: No dejes tu trabajo. La poesía no es tu fuerte.

Chase: Mujer de poca fe. Puedo ser romántico si quiero.

Maddie: ¿En serio? Venga. Esto va a ser divertido.

Chase: Me gustaría empalarte tan fuerte como para dejar la

huella de tu cuerpo en el colchón, en el nuevo cabecero de la cama

que te compré y en la alfombra. Por favor. <3 <3 <3

Chase: ¿Qué tal?

Maddie: Exquisito. No tienes nada que envidiar a Pablo Neruda.

Chase: ¿Eso significa que puedo ir esta noche?

Maddie: No. Y si me vuelves a mandar mensajes sexuales de

nuevo, bloquearé tu número.

Chase: Sigue mintiéndote.

Maddie: ¿Crees que no lo haré? No dudé mucho en echarte de

mi vida la primera vez.

Chase: Esta no es la primera vez, Mad. Esta vez es de verdad y

los dos lo sabemos.

Maddie: ¿Y eso no te preocupa?

Chase: A mí nada me preocupa.

Pero eso no era cierto y ambos lo sabíamos.

Perder a Ronan Black le preocupaba muchísimo. De hecho,

pensé que tal vez esa era la razón por la que Chase no quería amar

a nadie más.

Chase Black rechazaba el amor porque tenía miedo de perderlo.

¿Y yo? Yo lo perseguía porque había perdido al mayor amor de

todos.


No éramos buenos el uno para el otro en ninguna de las formas

que importaban. Yo anhelaba todo aquello que él temía y él

despreciaba todo lo que a mí me importaba. Una chica cuerda

cancelaría la estúpida apuesta de la azalea, se daría la vuelta y

saldría corriendo.

Me incliné hacia adelante y traté sin éxito de mirar a través de la

ventana de Chase. Me apoyé más en el borde de la tumbona y eso

hizo que se volcara y me cayera al suelo, llevándome conmigo en el

proceso a Francisco.

De camino a casa en el tren, le expliqué a Layla la situación con

Chase. Le dije que tenía dos opciones: una relación con fecha de

caducidad con Chase, que estaba segura de que me dejaría con el

corazón desgarrado, o una relación segura y estable con el dulce y

fiable Ethan.

Ella consideró las dos opciones con el ceño fruncido y dijo:

—Por una parte, no quieres a Ethan. No hablas de él igual que

de Chase. No tienes ese brillo en los ojos cuando te llama o te

manda mensajes. Por otra parte, Chase es un comodín y, si vuelves

a acostarte con él, tarde o temprano te arrepentirás. Te dijo con

rotundidad que no quería casarse. Ni boda ni hijos. Esas cosas son

importantes para ti, Maddie. No quiero que renuncies a ellas nunca

por una cara bonita con un traje negro. Pero tampoco deseo que te

despiertes dentro de veinte años y te odies por haber elegido a

Ethan.

Se pasó la lengua por los labios justo antes de ahondar en el

tema.

—Lo cierto es que te llamamos Maddie la Mártir por una razón.

Tienes tendencia a perdonar, incluso a los que no se disculpan. Mira

a Nina, la chica del trabajo, por ejemplo. Nunca le cuentas a Sven

cómo te acosa ni te enfrentas a ella. Dejaste que Chase te regalase


un maldito perro, Maddie, y tu casero ni siquiera lo permite. Además,

eres alérgica.

—Levemente —murmuré, aunque sabía que tenía razón.

—La cuestión es que creo que perder a tu madre tan joven te

hizo buscar la aceptación de todo el mundo, literalmente. Esa es la

razón por la que sigues arrastrando lo que tienes con Ethan.

Necesitas reunir el coraje suficiente como para decir «no» cuando

algo no te convenga. Aunque sea a los dos.

Me mordí el labio inferior y reflexioné sobre sus palabras

mentalmente.

—Sin embargo… —Layla inclinó la cabeza hacia un lado y

frunció el ceño. Llevaba un vestido de playa verde que combinaba a

la perfección con su cabello eléctrico—. No creo que sea

necesariamente malo sacar a Chase de tu sistema. Un último desliz

con el diablo es solo la receta para purgarlo de tu cabeza. Una

aventura de verano. Podría funcionar, solo si no te encariñas.

¿Crees que puedes hacerlo?

—No lo sé —admití—. No creo. Pero una parte de mí quiere

hacerlo. Será la emancipación de Maddie la Mártir. —Me reí—.

Alejarme de un hombre guapo y roto que me necesita.

Sentía un zumbido por debajo de la piel. Una necesidad carnal

de tomar una decisión. Le mandé un mensaje a Ethan para pedirle

que nos viéramos el martes por la noche. Cuando Layla y yo

llegamos al edificio, abrimos la puerta de nuestros respectivos

apartamentos y eché un vistazo por encima del hombro para ver la

palabra del día que Layla había olvidado quitar de la puerta desde el

viernes.

Hiraeth

La añoranza por un hogar al que no puedes regresar o que nunca

tuviste.

La palabra se quedó conmigo toda la tarde. Me caló hasta los

huesos como el sol del verano. Enraizó en mí y se extendió por todo

mi cuerpo. Lo entendí con una claridad aterradora.

Hiraeth.


Un hogar que no era mío, pero que no podía, por mi vida, dejar

de tratar de colarme en él. Un lugar que añoraba sin siquiera

haberlo visitado. Un lugar propio al que llamar hogar.

Maddie: ¿Con cuántas mujeres te has acostado desde que

rompimos?

Chase: ¿En serio?

Maddie: En serio.

Chase: Las damas primero. ¿Con cuántos hombres?

Maddie: No, tú primero.

Chase: Creo que esto es altamente contraproducente para lo

que estoy tratando de lograr.

Maddie: ¿Qué tratas de lograr?

Chase: Tus labios alrededor de mi polla mientras examino tu

cabeza en busca de canas.

Maddie: De hecho, tengo algunas. Mi madre decía que es algo

común en mi familia.

Chase: Si lo deseas, puedo preparar las pinzas.

Chase: (Hoy estoy jugando fuerte al juego del amor).

Maddie: Gracias, pero no te confiaría ni una pelota antiestrés.

Maddie: Además, las canas son naturales.

Chase: Me quedo con las canas. Los cincuenta tonos de canas.

Maddie: Ahora deja de cambiar de tema y dime.

Chase: Cuatro.

Maddie: Guau.

Chase: Supongo que no es un buen «guau».

Maddie: Correcto, Sherlock.

Chase: ¿Y tú?

Maddie: Cero.

Chase: Guau.

Maddie: Supongo que es un buen «guau».


Chase: Sí. Aunque no entiendo cómo te las has arreglado para

no sucumbir al encanto de la combinación de mallas y corbata.

Maddie: Ethan es exactamente el tipo de hombre del que quiero

enamorarme.

Chase: El amor no funciona así, Mad. No puedes elegir de quién

enamorarte.

Maddie: ¿De verdad crees que eres inmune al amor?

Chase: Sí.

Maddie: Acláramelo.

Chase: Sí, soy inmune al amor. Soy incapaz de amar. No es un

problema.

Maddie: ¿Por qué?

Chase: He visto el lado feo del amor y ahora estoy sobrio en lo

que se refiere al sexo contrario.

Maddie: Háblame de Amber.

Chase: Solo si vienes a la sesión de fotos de compromiso

conmigo el lunes.

Maddie: ¿Puedo dispararle a mi falso prometido?

Chase: Ja, ja. ¿Sí o no?

Maddie: Esto es chantaje.

Chase: Preferiría llamarlo negociación.

Maddie: Te odio.

Chase: Eso es lo que deseas.

Maddie: ¿Qué vas a hacer esta noche?

Chase: Con suerte, hacerlo contigo.

Maddie: Inténtalo otra vez.

Chase: Buscar alguna presa, ya que mi futura novia temporal se

niega a verme.

Maddie: De vuelta a la infidelidad, veo.

Chase: No tenemos una relación exclusiva. Te besas con Ethan

todo el tiempo. Apuesto a que Ethan también besa a otras mujeres.

Maddie: Olvídalo. Diviértete. Espero que cojas hispes.

Chase: ¿Hispes?

Maddie: Herpes, pour homme.

Chase: Mierda, te he echado de menos.

Maddie: En realidad, se lo he robado a Ray Donovan.


Chase: Puedes ponerte bien las braguitas (¿estampadas?).

Estoy en la casa de mis padres jugando al ajedrez con mi padre. Y

perdiendo, gracias a ti.

Maddie: Fresas (re: braguitas). ¿Cómo está?

Chase: Bien (re: braguitas). Y nada bien (re: papá).

Maddie: Lo siento mucho. No hay nada que pueda decir para

consolarte, pero pienso en tu familia y en ti todo el tiempo. He

quedado para almorzar con Katie la semana que viene. Quiero que

sepas que estaré ahí para ella.

Chase: No se sabe cuándo acabará. Hoy está aquí, pero

mañana, ¿quién sabe?

Maddie: Mi madre empezó a escribirme cartas personales

cuando averiguó que tenía cáncer de mama. Pequeñas anécdotas

sobre mí cuando era pequeña y sobre ella como madre. Las flores

nos unían. Siempre me emocionaba cuando me llevaba al trabajo y

había un gran pedido para una boda. Cuando superó el cáncer la

primera vez, no dejó de escribirme cartas. Cuando le pregunté por

qué lo hacía, me dijo que no importaba. Solo porque no tuviera

cáncer no significaba que no se moriría. Y quería recordarme que

siempre me querría. Creo que tal vez sea buena idea que le cuentes

cómo te sientes.

Chase: ¿Qué sentiste? Quiero decir, después de su muerte.

Maddie: Me sentí traicionada por ella. Seguía pensando cómo

podía hacerme eso, aunque no tuviera sentido. Sabía que no eligió

enfermar. Me sentí privada de algo. Engañada, maldita. Pero luego,

poco a poco, volví a ponerme en pie. Tú también lo harás.

Chase: ¿Y qué pasa si no lo consigo?

Maddie: Me aseguraré de que así sea.

Chase: No dejaré que te quedes y me ayudes.

Maddie: No te pediré permiso.

Chase: ¿Así que vas a salvarme, pero no vas a follarme?

Maddie: Exacto.

Chase: El lunes. Te recogeré a las seis.

Maddie: El lunes.

Chase: ¿Mad?

Maddie: ¿Sí?


Chase: Gracias.


Capítulo catorce

Chase

Era el mismo estudio.

Claro que era el mismo jodido estudio.

Un ático industrial en Broadway.

No me sorprendió. Mamá tenía una asistenta en nómina (Berta)

que tenía unos ochenta años (y esto no es una exageración a modo

de observación). Debería haberse jubilado hacía unas tres décadas,

pero Berta era viuda, no tenía hijos y mamá decía que el trabajo la

mantenía ocupada. Berta tenía una disputa personal continua con la

tecnología y usaba las Páginas Amarillas cuando no quería tirar de

los proveedores de servicio que utilizaba la familia habitualmente

para reservar cualquier cosa. Lo que significaba que el estudio

(Events4U) era el mismo que había reservado para todos los

eventos familiares en el último siglo, que incluían sesiones de

compromiso, postales de Navidad, esquelas, prácticamente todas

las fotos de la mocosa, las fotos de mi graduación y las fotos del

funeral del gato himalayo de Katie (en cuanto a eso, todavía no la

había perdonado por hacernos perder el tiempo celebrando un

entierro adecuado para el felino).

Abrí la puerta para que pasara Mad. Estuve a punto de escapar

de mi propia piel y salir pitando al otro lado del planeta al pensar en

la última vez que había estado en este estudio. Con quién había

estado en este estudio. Mi familia había regresado otras veces, pero

yo me había negado a poner un pie en el estudio porque NO ERA

UN MALDITO MASOQUISTA.


Hasta ahora.

Madison entró con movimientos rápidos y alegres, como era ella.

Apoyó toda la parte superior del cuerpo contra el mostrador y saludó

a la recepcionista como si la conociera de toda la vida. Llevaba el

corte pixie un poco más largo de lo normal y el cabello le sobresalía

de forma juguetona. Estaba jodidamente sexy y me preguntaba si

iba a dejarse crecer el cabello y si eso significaba que tenía

posibilidades de tirarle del pelo mientras me acostaba con ella.

Madison se rio de algo que dijo la recepcionista y luego sacó el

móvil del bolso y le mostró algo. Me di cuenta de que la

recepcionista era la misma mujer que me había tomado la foto años

atrás. El recuerdo se estrelló contra mí como un camión en una

intersección concurrida. Era un negocio dirigido por una sola

persona. La mujer había sido la que nos había dicho cosas a mi

exprometida (real) y a mí (dos posuniversitarios nerviosos que

habían tomado la errónea decisión de casarse antes de saber

quiénes eran en realidad) para que sonriéramos a la cámara.

«No me va a reconocer. Dirige un estudio en Broadway. Ve a

cientos de personas todas las semanas, algunas de ellas muy feas y

otras muy guapas. Tu cara no es destacable».

—Oh, Dios. —La mujer, que se presentó como Becky, se subió

las gafas por la nariz y parpadeó. Tenía cincuenta y tantos, de

apariencia atlética y llevaba un vestido conservador gris que

combinaba con el tono de su cabello. Además, llevaba joyas como

para hundir el Titanic—. Usted de nuevo, señor Black.

«Por el amor de Dios».

—¿De nuevo? —Madison sonrió de forma educada mientras nos

miraba a Becky y a mí—. ¿Es la segunda vez que haces una sesión

de fotos de compromiso aquí? —preguntó procesando la

información mientras sus sospechas recibían confirmación.

Quería sacarle las tripas a Becky, Berta y mamá y hacerme unas

modernas bufandas con ellas. En lugar de agredir físicamente a

mujeres que triplican mi edad, tomé la mano de Mad (era la tercera

vez, y sentía que algo estaba creciendo en mí…) y dejé que el

comentario me resbalara.

—Esta vez sí va a funcionar —corté.


—No estés tan seguro —murmuró Mad.

—Oh, claro que sí. La otra chica —Becky negó con la cabeza y

rodeó el mostrador para enseñarnos el estudio— no era buena para

él. Sabía que no terminaría bien. Tengo un presentimiento con estas

cosas. De verdad. —Se detuvo enfrente de una pantalla blanca, que

estaba muy iluminada por proyectores. Frente a la pantalla, en la

esquina más oscura de la sala, había un taburete y un equipo de

cámaras. Becky encendió la cámara situada en el trípode y

entrecerró los ojos mientras la ajustaba—. No me sorprendió en

absoluto que regresara con otro. Simplemente, no os veía juntos.

Cuando una pareja entra, no necesito ni hablar con ellos. Con solo

observar su lenguaje corporal ya sé si acabarán juntos o no. Nunca

falla. —Se dio un toquecito con una uña con manicura en la sien. Le

dediqué una sonrisa cortés de «estoy deseando salir de aquí». No

habría venido a esta sesión de no ser porque quería que mi padre

sonriera.

Cuando mamá me dijo que nos había reservado una sesión de

fotos de compromiso como regalo, al principio la rechacé, pero,

cuando vi la cara de decepción de papá, tuve que decir que sí.

—¿Y qué opina de nuestra relación? —preguntó Mad. Estaba de

pie con el fondo blanco detrás. Llevaba una blusa gris con escote de

perlas y una falda de tubo rosa con estampado de melocotones que

deseaba arrancarle del cuerpo.

—Estoy segura de que vais a durar. Seréis muy felices y

comeréis perdices. —La mujer sonrió detrás de la cámara. Madison

me lanzó una mirada de «psssh». Le divertía la fotógrafa. La

equivocada Becky no era divertida. No pensaba que nada de eso

fuera gracioso.

Becky nos indicó que nos quedáramos de pie uno junto al otro

con unos movimientos de manos exagerados para dar énfasis. Me

pidió que le pasara una mano por el hombro a Madison mientras me

quedaba detrás de ella («Mirad qué diferencia de altura, ¡guau!») y

luego que colocara las dos manos sobre sus hombros y la mirara a

los ojos. Era más cursi que las palomitas de maíz, y deseaba

romper cada sarcástico hueso de mi cuerpo de la rabia, pero hice lo

que me pedía porque sabía que a mis padres les causaría gran


placer ver el producto final, y recordé lo que Mad me había dicho

sobre mostrarle a mi padre cómo me sentía.

Hicimos lo que nos indicó mientras esbozábamos una amplia y

dolorosa sonrisa a la cámara cuando Becky disparaba. Teníamos la

mirada fija en el objetivo de la cámara cada vez que se disparaba el

flash. Al darse cuenta de que podríamos estar allí un rato, Madison

entabló conversación.

—Entonces… Estás aquí… ¿Otra vez? —preguntó a través de

una sonrisa con dientes apretados.

—¡Inclínate y dale un beso en la mejilla, señor Black! —Gritó

Becky por detrás de la cámara. Hice lo que me dijo y presioné la

boca en la mejilla sonrosada de Madison. Una sacudida de algo

caliente y extraño nos recorrió a ambos cuando entramos en

contacto. Como si su cuerpo se hinchara en mis brazos y se volviera

más redonda, sexy y viva.

—Déjalo —murmuré contra su piel.

—Dijiste que me hablarías de Amber si hacía esta sesión

contigo. Escúpelo —siseó, manteniendo la sonrisa brillante.

—¡Madison, gírate! ¡Abrázalo! Que parezca que quieres hacerlo.

No, así no. Parece que estás tratando de hacerle un placaje en un

partido de fútbol americano. —Becky continuó su comentario. Mad

se giró y me rodeó con los brazos. Luego colocó la mejilla sobre mi

corazón. Le miré la cabeza y, por lo menos, tenía dos canas.

Brillaban en su cabello castaño.

—¿Estás nervioso? —susurró.

—No —me burlé.

—Tienes los latidos por las nubes.

—Será el café.

—¿Cuándo fue la última vez que tomaste café?

Probablemente al mediodía. Pero se me permitía tener el maldito

pulso acelerado, sobre todo cuando tenía a una hermosa mujer

apretada contra mi pecho.

—Justo antes de recogerte. Dos buenos cafés.

—Mentiroso. —Sentía cómo se reía a través de la camisa—.

Bueno, Amber.


Quería meterme su diminuto cuerpo en el bolsillo y cerrarlo. Era

exasperante.

—¡Señor Black! Abrázala. No recuerdo que fueras tan frío la

primera vez.

—Tal vez quiera dejar de mencionar eso por el bien de mi

relación actual —respondí en voz alta.

Ella me hizo un gesto con la mano.

—Soy demasiado mayor como para no ser franca.

—Estoy demasiado exaltado como para tener esta conversación

sin una bebida fuerte —gruñí. Madison se rio. La rodeé con los

brazos y le rocé el cabello con los labios. Olía a flores, a coco y a mi

posible muerte. Necesitaba repensar todo el plan de la novia real

fingida antes de que ella cediera.

—Así que… saliste con Amber —empezó. Me hacía cosquillas

en el pecho con su cálido aliento.

—Estuve prometido con Amber —corregí.

—Quita. —Me golpeó el pecho y me miró con sorpresa.

—¡Madison! Nada de violencia en el estudio. Esa es la razón por

la que no permito que las parejas beban antes de la sesión de fotos.

Las cosas se pueden poner feas —chilló Becky mientras sacaba la

cámara del trípode y nos rodeaba—. Susúrrale dulces palabras,

señor Black.

Coloqué los labios en el lóbulo de la oreja de Madison y sentí

que temblaba en mis brazos.

—Acabábamos de salir de la universidad. En aquel entonces,

Amber era distinta. Bonita, natural, cuerda. Lo creas o no, no era tan

superficial. Tomamos algunas clases juntos y siempre terminábamos

opinando lo mismo. Aunque sabiendo lo que sé ahora, habría

estado de acuerdo en que ahogar a los bebés como forma de

anticonceptivo era una buena idea si yo lo hubiera defendido. Tenía

una beca completa y quería casarse. Y eso hizo. —Me reí con

amargura.

—¿Te engañó? —El halo que envolvía a Madison era una

mezcla de furia, sorpresa y deleite y, joder, joder, joder, ¿por qué

todo en ella era tan expresivo? Deseaba inclinarme y morderle el

labio inferior hasta que gimiera, pero dudaba que eso fuera lo que


mis padres tenían en mente cuando pidieron fotos de compromiso

formales.

—No que yo sepa. —Pasé el pulgar por su mejilla, a sabiendas

de que estaba demasiado absorta en nuestra conversación como

para apartarse.

—¿Qué sucedió entonces?

—Me tomé un tiempo para averiguar lo que quería hacer con mi

vida. Julian era una persona totalmente formada. Se jactó de que

iba a convertirse en el próximo director ejecutivo de Black & Co. Dijo

que lo habían preparado para el trabajo. Julian y Amber se

acercaron, y yo me alejé de ellos.

Le pasé el pulgar por el labio inferior. Ella dejó que lo hiciera.

Seguí hablando, pero mi mente estaba lejos de la historia de Julian

y Amber.

—Nunca corregí su suposición. Amber quería estar en el vértice

de la cadena alimenticia. Me preguntó si podía prometerle que sería

el director ejecutivo. Que le daría la vida de lujo que ella buscaba.

Le contesté que no podía. También mencioné que tal vez quería ser

profesor. Julian le hizo creer que él estaba al mando.

—¿Era así? ¿Lo está? —Me imploraba con la mirada.

Negué con la cabeza.

—¿En serio querías ser profesor? —Sonaba sorprendida y

encantada por ello. No podía culparla.

Me encogí de hombros.

—Lo pensé durante medio minuto. Era un poco idealista en

aquella época. En cualquier caso, Amber rompió el compromiso. Yo

me tomé unos meses libres. Me dediqué a viajar por el mundo.

Cuando regresé, sabía que quería trabajar en Black & Co. Me di

cuenta de que ser profesor no era mi vocación. Amber ya estaba

prometida con Julian y embarazada de Clementine. A mis padres les

iba a matar el hecho de que su hijo fuera a traer al mundo a un bebé

fuera del matrimonio, por lo que Julian y Amber se casaron en

cuanto aterricé en Estados Unidos.

Vi cómo hacía cuentas en su mente y arqueaba una ceja.

—El embarazo. Se concibió en la época en la que estaba entre

Julian y tú.


Asentí.

—Esa es la razón por la que dije que no sé si me engañó.

—¿Nunca preguntaste?

—No quería saber la respuesta. Julian era mi hermano y siempre

habíamos tenido ese vínculo. Lo dejé pasar, pero dejé de pensar en

el amor marital como concepto.

—¿Fuiste a la boda? —preguntó en un susurro.

Parecía destrozada por mí, y deseé abofetearme. Porque a mí

no me importaba. Era agua pasada. El golpe de Amber-Julian no era

más que una cicatriz que apenas se notaba.

—Fui el padrino. —Sonreí—. Tenía que mostrarles que me

importaba una mierda.

—¡Señor Black! ¡Señorita Goldbloom! ¿Os importaría? —gritó

Becky al fondo, y me di cuenta de que, aunque con retraso, los

últimos diez segundos de nuestra conversación los habíamos tenido

con los labios pegados. Me aparté y sentí que me sonrojaba como si

fuera un adolescente al que habían pillado tratando de averiguar los

entresijos de la masturbación. Madison agachó la mirada y se puso

colorada.

—Palabras de amor —repitió Becky con seriedad, moviendo la

cámara que tenía en la mano—. Guarda el PDA para la luna de

miel. Por cierto, ¿adónde vais de luna de miel?

—A Malta —dijo Madison.

—A las islas Fiji —contesté al mismo tiempo.

Los dos fruncimos el ceño. Yo traté de no sonreír.

—¿Malta?

—Quiero hacer el tour de Juego de Tronos. Ya sabes, donde

filmaron gran parte de la serie. ¿Fiji?

—Sí, quiero broncearme, emborracharme y enterrarme contigo

en la arena.

—Oh, señor. —Becky parecía a punto de desmayarse—.

¡Céntrate! Palabras de amor, no cochinadas. De amor.

Volví a colocar los labios en la oreja de Mad. Lo que pasaba con

nosotros (Madison y yo) era que parecía que nuestros cuerpos

estaban en completa sincronía. Se giró de nuevo y se estrechó

contra mí, colocando la curva de su trasero sobre mi erección.


Reprimí una maldición mientras respiraba por la nariz, tratando de

pensar en cosas tristes para evitar restregarme contra ella.

«Niños viviendo por debajo del umbral de la pobreza».

«Cambio climático».

«Osos famélicos».

«Papá».

Lo logré con lo último. Becky regresó a su lugar, más allá de la

luz brillante que apuntaba a la pantalla blanca, mientras disparaba la

cámara desde las sombras.

—Así que Amber te hizo añicos —susurró Mad.

—Creo que yo ya estaba roto, pero, sí, ella fue el martillo final

que me rompió hasta el último hueso romántico que tenía en el

cuerpo.

—La odio —dijo Mad.

Yo no. No sentía nada hacia mi exprometida con la que había

pasado la mayoría de mis años universitarios.

Tenía que hacer algo para apartar el tema de Amber. No quería

hablar de ella ni de Julian. Ni siquiera el dolor fue el motivo por el

que juré que no volvería a amar, sino las vergonzosas

consecuencias. Los chismes. La humillación.

«Han dejado al pobre Chase».

«Nunca fue tan trabajador y ambicioso como Julian».

«Dicen que Amber tuvo que hacer oficial la relación con su

hermano porque la embarazó cuando todavía estaba prometida con

Chase».

«Tal vez Chase no funcionara ya sabes dónde».

«Puede que Chase la haya engañado antes. Ella solo hizo lo que

era mejor para sí misma».

Perdoné a Julian cuando se disculpó. Era el hermano mayor al

que admiraba y estaba decidido a dejarlo pasar y arreglarlo con él.

Era con Amber con la que tenía el problema. La inconstancia del

amor, de lo que pensaba que era el amor, me llevó por el camino

equivocado. Estaba enamorado de Amber de la forma en la que los

chicos de trece años se enamoran de una superestrella mundial de

pop. Ella tenía la apariencia y el deseo de vivir; yo, el dinero y la

capacidad para sacarla de su pequeña ciudad y darle la vida


glamurosa con la que siempre había soñado. Después de intentar la

palabra de cuatro letras con Amber, decidí que no era gran fanático

de dejar que nadie entrara en mi vida, sobre todo cuando corría el

riesgo de verlos marchar. Amber solo había necesitado el mínimo

indicio de que el caballo por el que había apostado no iba a ganar,

que Julian iba a llegar a la línea de meta del director ejecutivo antes

que yo, para dejarme tirado en la cuneta.

La enfermedad de papá era un amargo recordatorio de que el

amor no era una opción para mí.

Amor, dolor.

Dolor, sufrimiento.

Sufrimiento, hoy no, Satán. Hoy no.

Presioné los labios contra la oreja de Madison. Estaba mirando a

la cámara, todavía sonriendo, pero desde mi perspectiva, a tres mil

metros por encima de ella (de verdad, me parecía tan pequeña…),

veía el horror en sus ojos de estar atrapada aquí para la eternidad.

—Quiero hacerte cosas muy sucias.

Ella se estremeció y yo sonreí mientras le recorría el lóbulo de la

oreja con los dientes.

—En la ducha —continué—. Podrías sentarte en el banco de la

ducha mientras te como.

—Dios —Cerró los ojos con un suave gemido—, eso es tan…

higiénico.

Los dos estallamos en risas espontáneas y eso provocó que

Becky frunciera el ceño.

—Demasiados dientes. Por favor, vamos a mantener la realeza y

la clase.

Eché un vistazo a la cara de Madison, intrigado por ver cuál sería

su siguiente paso.

—Entonces ahora que estás a punto de convertirte en el director

ejecutivo, ¿Amber está tratando de volver contigo? —preguntó Mad.

—No lo sé.

—¿Te importa?

—No especialmente.

—¿Julian sabe que puede que Amber vaya a por ti?

Otro encogimiento de hombros.


—Si es así, no le importa.

—¿Por qué?

—Porque él nunca consideró a Amber como el fin de la partida.

Era un daño colateral en un juego de ajedrez más elaborado que yo

no sabía que estaba jugando. Lo que de verdad quería Julian era la

confirmación de que era mejor que yo. Que era más hijo para Ronan

que yo. Quiere ser director ejecutivo. Quiere ser el más Black del

clan de los Black.

—Entonces, ¿por qué lo hizo Amber? ¿Por qué se fue con

Julian? Tú eres mucho más… —Mad se detuvo.

—¿Follable? —la ayudé.

—Iba a decir tolerable. Pero hasta eso suena generoso a veces.

Parece una comadreja, ya sabes.

No dije nada. Becky nos gritó que estábamos muy pegados y

dejé marchar a Madison. Di un paso atrás como si estuviera hecha

de fuego. Pero Mad seguía atascada en el momento y me

observaba con una mirada vulnerable que no soportaba.

—Me parece injusto que no quieras enamorarte, comprometerte,

tener hijos… porque tu primo hermano te robó a tu prometida. No a

todas las mujeres les importa el dinero y el estatus.

—Pero nunca puedes estar seguro. —Sonreí con malicia. Ella

quería continuar esta conversación, pero seguí a Becky a la zona de

recepción. Opté por ponerle punto y final. No había nada que

quisiera más que escapar del escrutinio de esos ojos avellana

bordeados de verde. Mad me siguió, negándose a dejar el tema.

—¿Eso es todo lo que te hizo falta? ¿Una mala experiencia con

el amor?

—Sí.

—Qué cobarde. Es como odiar los carbohidratos porque te

comiste una porción de pizza que no te gustó.

—Tampoco me gusta la pizza —dije de forma despreocupada.

Técnicamente era cierto. No me gustaba lo que la pizza le hacía a

mis abdominales trabajados con tanto esfuerzo y no entraba en mis

planes comerme una en un futuro próximo.

—¡Qué blasfemia! —gritó Madison detrás de mí, tratando (sin

éxito) de seguir mis pasos—. ¿Eso es todo? ¿Te condenaste a una


vida de soledad por eso?

¿Había oído la historia? ¿Conocía a mucha gente que había

perdido a su mujer por su hermano?

—Soledad no —corregí—. Tengo aventuras cada dos por tres y

una familia fantástica a la que amo, aparte de mi primo hermano y

su mujer.

—Pero, si no te enamoras, los malos ganan —insistió Madison.

—¿En serio? —Me giré y la inmovilicé con una mirada sarcástica

—. Porque no parece que estén ganando, sino bastante infelices,

para mi deleite.

Hubo una pausa. Si no la hubiera conocido mejor, habría dicho

que Mad estaba a punto de llorar. Pero eso no podía ser cierto. ¿Por

qué le importaría tanto?

—¿Te vas a dejar el pelo largo? —espeté, cambiando de tema

de repente.

—No lo sé. —Parpadeó desconcertada—. Tal vez.

—Me gusta corto.

—Lo tendré en cuenta.

—¿En serio? —pregunté.

—No —dijo ella de forma inexpresiva.

Me detuve en la recepción para revisar las fotos con Becky, solo

para poner un poco de espacio entre Madison y yo. Cuando el pulso

dejó de latirme en el párpado, me uní a Madison fuera, en la acera.

Estaba de espaldas a mí. Parecía nerviosa, se balanceaba con los

pies y se abrazaba. La miré. Sacó el teléfono del bolso y empezó a

mandarle un mensaje a alguien. ¿Al pediatra? La idea de verla con

él, flirteando con él después de tomarse fotos de compromiso

conmigo, hizo que me dieran ganas de matar a alguien. Di un paso

adelante y le puse una mano en el hombro.

—¿Qué tal si tomamos algo? —pregunté.

Ella se dio la vuelta y contuvo el aliento, sorprendida, como si la

hubiera pillado haciendo cosas que se suponía que no debía hacer.

Y, en su mayor parte, parecía que así era. No me debía una mierda,

pero desde que esto del falso compromiso había empezado, yo no

había visto a otras mujeres. Ni siquiera tenía sentido. Simplemente,

no tenía ganas de hacer el esfuerzo con otra persona cuando Mad


estaba ahí. Canalicé toda mi energía en volverla a tener en mi

cama.

Y apenas la había besado.

Necesitaba rectificar la situación. Rápido.

—Tengo algunas sobras en casa. —Sonrió de forma cortés—.

No quiero ser un despilfarro.

Fruncí el ceño.

—Eso suena bastante a rechazo.

Suspiró y se frotó los ojos con cansancio.

—Mira, Chase. Eres un buen chico…

—No, no lo soy —dije, cortándola. Ella vaciló.

—Es cierto. Pero eres un verdadero partido. No por tu dinero ni

estatus, sino porque eres gracioso, ingenioso, inteligente, divertido

y, sí, pareces el producto de una orgía formada por todos los dioses

griegos, Chris Hemsworth y James Dean.

—Gracias por la imagen mental que no puedo borrar de mi

cabeza. Por cierto, ¿cuál de ellos es el que deja embarazada?

Parpadeó.

—¿Qué Dios?

—Ah… Chris. Creo que él es el que haría el bombo.

Silencio. La gente pasaba por nuestro lado en la calle concurrida.

Me había convertido oficialmente en el imbécil que tanto odiaba que

bloqueaba el paso de los peatones.

—Bueno —Se frotó la sien—, ese no es el tema. El tema es que

eres un partidazo y pasar tiempo contigo no es buena idea porque

no deseo que reaparezcan mis sentimientos por ti, ¿vale? Así que lo

siento, pero no quiero ser tu novia real falsa. Ni prometida. Ni nada.

Adiós, Chase.

Se dio la vuelta y caminó hacia el metro. Chocó contra un

hombre de negocios. Él maldijo. Maddie la Mártir se disculpó.

—¡Espera! —Fui tras ella y la agarré por el codo. Me di cuenta

de que, ironías de la vida, aunque mi nombre era Chase, nunca

había perseguido a nadie. Siempre pasaba lo contrario. Hasta

ahora. Hasta Mad.

Se detuvo, giró sobre sus talones y me miró con cautela. Tenía

los ojos tan llenos que pensé que iban a desbordarse de la emoción.


No sabría decir de lo que estaban llenos. ¿Intensidad? ¿Dolor? Sea

lo que fuere, me hizo sentir como una mierda.

—Si te importo —dijo muy despacio con la respiración

entrecortada—, dejarás de perseguirme. Déjame vivir mi vida.

Déjame superarte. Me confundes, me enfureces y me deleitas. Me

haces sentir todas esas emociones que no tengo por qué sentir y

estoy desesperada por pasar página. Quiero amar a Ethan. Deja

que uno de nosotros encuentre su felicidad. Porque está bastante

claro que no quieres encontrar la tuya.

Ahora, definitivamente, había lágrimas en sus ojos. Tragué saliva

con dificultad. A pesar de toda mi falta de moral y de principios, no

me consideraba un imbécil de primera. Siempre me había

asegurado de que las mujeres supieran cuál era mi postura (a

excepción de Madison, aparentemente). Nunca había prometido

nada que no estuviera preparado para dar. Y, obviamente, Maddie

no estaba interesada en lo que le había ofrecido. Lo que significaba

que ya era hora de dejarla marchar.

Di un paso atrás y luego otro mientras la miraba a los ojos. El

mundo se encogió a su alrededor y se difuminó en los bordes, como

una imagen descolorida.

«Date la vuelta de una vez y camina, imbécil».

Aun así, me quedé allí, esperando que ella diera el primer paso.

Preguntándome si cambiaría de idea en el último minuto.

—Tal vez en otra vida. —Mad sonrió con tristeza y los ojos

brillantes.

—Definitivamente —dije con brusquedad.

Se dio la vuelta y desapareció en el metro. Yo me quedé allí

durante diez minutos y luego giré sobre mis talones. Caminé tres

manzanas hasta que encontré un callejón lleno de cubos de basura

y privacidad. Me desplomé contra la pared, con la frente en los

ladrillos rojos, y me quedé ahí durante media hora esperando a que

mi frenético corazón se tranquilizara.


Capítulo quince

Maddie

La siguiente semana pasó arrastrándose lentamente, minuto a

minuto. Hacía un calor tropical. La ciudad parecía derretirse. El

hormigón, los edificios y la gente parecían sacados del cuadro de

Salvador Dalí La persistencia de la memoria, con los relojes

derretidos.

Tic, toc.

Tic, toc.

¿La vida siempre era tan vacía?

Me obligué a olvidarme de las azaleas. De la apuesta con

Chase. De mí.

Me sumergí en el trabajo y me puse a dibujar en cada lugar que

pillaba. En el metro de camino al trabajo y a casa, en la estación, en

restaurantes, en los descansos del almuerzo, antes de irme a

dormir… El trabajo me consumía.

Dibujaba, borraba, empezaba de nuevo, me reía y lloraba sobre

el diseño del VNE porque no era un simple diseño; era mi diseño. Y

claro que había diseñado muchos vestidos de novia antes, pero

siempre había reglas establecidas y muy claras.

«Esta primavera nuestra línea va a centrarse en los vestidos de

tubo».

«Este invierno va sobre los vestidos de gala».

«La colección de encaje será de corte sirena».

Esta vez no había normas que cumplir. Solo estábamos el caos

que bullía en mi mente y yo. Era el final del juego. Kate Middleton en


el día de su boda con Grace Kelly en su carruaje y Audrey Hepburn

con su vestido característico de Balmain.

Me esforcé por no pensar en Chase. Sacaba a Daisy a dar

largos paseos y observaba cómo perseguía a Frank. Leía la palabra

del día en la pizarra de Layla diligentemente en busca de señales

reveladoras de que la persistente sensación de que estaba

cometiendo un grave error era infundada. Quería estar ahí para

Chase en estos momentos. Estar ahí para Katie, Lori y Clementine.

Incluso hice una lista de palabras que Layla había colgado para

tratar de darles significado.

El lunes fue «arrepentimiento».

El martes, «alivio».

El miércoles, «chocolate» (que, admitámoslo, jugó un papel muy

importante durante toda la semana mientras trataba de olvidar a

Chase).

El jueves fue «cobardía».

Decidí no mirar la pizarra hoy. Estaba segura al 70 por ciento de

que Layla estaba siendo pasivo agresiva después de que le hubiera

dicho que había huido de Chase tras la sesión de fotos de

compromiso y lo había dejado allí, confuso por mi comportamiento.

Para alejar la nostalgia por Chase que me embargaba, tuve dos

citas con Ethan. Agradecía la distracción que me proporcionaba.

Fue infinitamente paciente y cariñoso, y me contó un sinfín de

historias de su trabajo, sus pacientes y su época de voluntario en

África. El martes fuimos a ver una película bélica. La noche

siguiente me llevó a conocer a sus amigos a un bar. Por último, esta

noche habíamos planeado ir a un tailandés y luego venir a casa a

tomar una copa de vino.

El vino significaba sexo y no estaba preparada para tener sexo

con Ethan ahora que Chase ocupaba cada esquina de mi mente.

Una parte de mí quería ir paso a paso y ver qué ocurría. Tal vez

estaría de humor. Tal vez el vino me soltaría, nos acostaríamos y me

daría cuenta de que era lo único que realmente necesitaba (una

oportunidad de intimar con Ethan para sentirme conectada a él).

«Entonces, ¿por qué temo regresar a mi apartamento con

Ethan? ¿Por qué tengo la sensación de estar en el corredor de la


muerte?».

Ethan y yo caminábamos hacia mi edificio. Le hablé del proyecto

VNE con todo lujo de detalles.

—Tendrá una larga cola y estoy pensando en un corpiño de

escote corazón que recuerde al corsé de época victoriana. Oh,

Ethan, va a ser tan bonito… —dije con efusividad notando cómo se

ponía rígido a mi lado. Me detuve justo a su lado, parpadeando

mientras miraba hacia la escalera.

«No puede ser».

Pero eso fue justo lo que pensé la noche que Chase me estaba

esperando en la puerta de casa para arrastrarme a su plan de falso

compromiso.

—Pensaba… —empezó Ethan.

Negué con la cabeza con fuerza. Como si hubiera algo dentro y

quisiera deshacerme de ello. Lo había.

—Pensabas bien. Le dije que se alejara. Deja que me encargue

de esto.

Fui hasta la puerta de casa con paso firme mientras sentía cómo

la ira que se enroscaba en la boca de mi estómago florecía, crecía y

subía hasta la garganta. Tenía todo el cuerpo hirviendo de furia.

¿Cómo podía? ¿Cómo podía hacerme esto de nuevo? ¿No había

sido lo bastante clara? No quería verlo. Había ido tan lejos como

reconocer que tenía sentimientos por él solo para que diera un paso

atrás. ¿Había algo más humillante que admitir sentimientos no

correspondidos hacia alguien? Eso era la base de todos los

poemas, las canciones de amor y las obras de arte angustiosas del

universo. ¿Cómo era tan egoísta?

—¿Qué narices crees que estás haciendo aquí? —Me salió la

voz aguda, al borde de la histeria. Chase aún estaba sentado en la

escalera cuando me puse en pie por encima de él—. Te dije que te

alejaras. ¿Qué te pasa? —Me di cuenta de que estaba hablando

entre dientes cuando Chase levantó la vista del teléfono,

sorprendido por mi ataque verbal. Me quedé helada.

Parecía diferente. Despeinado, agotado y… roto.

Fue esto último lo que me descompuso. Conocía esa mirada

muy bien. Mi padre la tuvo todo el año que mi madre estuvo


agonizando. Muriéndose de verdad. Todavía la llevaba tatuada en

un lugar por detrás de las costillas. Era la mirada desesperanzada

de alguien cuyo destino lo había puesto de rodillas.

Bajé la guardia. La armadura resonó en el pavimento a mis pies.

—¿Qué ha pasado? —Me agaché para estar a su nivel y

coloqué los codos en sus rodillas. Me temblaban los dedos mientras

lo agarraba por la barbilla y le levantaba la cara—. ¿Dónde está?

—En el hospital.

—Chase. —No estaba segura de si estaba respirando—. ¿Por

qué no estás con él?

Negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Quieres que vaya contigo?

Vi a Ethan de pie por el rabillo del ojo, una solitaria vela, larga,

derecha y apagada. Se fijó en la escena. Me asustó lo poco que me

importaba lo que pensara, lo que sintiera en ese momento. En ese

momento solo me importaba Chase.

Era la primera vez que me daba cuenta de que ser Maddie la

Mártir era insostenible, pero que tal vez ser una buena amiga para

los que me importaban era posible. No podía proteger los

sentimientos de los demás.

Pero mataría dragones por aquellos que me importaban.

—Tenemos que ir a verlo, ¿vale? —Pasé los pulgares por las

mejillas de Chase. Me pareció que asentía con la cabeza. Saqué el

teléfono y pedí un Uber para que nos llevara al hospital en el que

me dijo que estaba su padre. Después de hacerlo, me giré hacia

Ethan—. Lo siento mucho.

Inclinó la cabeza.

—Espero que se recupere pronto.

—Gracias —susurré.

Chase estaba demasiado fuera de sí para darse cuenta de que

allí estaba Ethan. Tuve que meterlo en el Uber. El taxista, con una

gorra de béisbol, una sudadera con capucha y una expresión

aburrida, trató de entablar conversación sobre política y el estado

del tráfico.


—Tu novio parece hecho mierda —dijo finalmente—.

¿Demasiadas copas? —Me inmovilizó con la mirada a través del

espejo retrovisor—. No quiero que vomite en mi asiento trasero.

—Está bien —corté.

—Y tú también —dijo el conductor con una sonrisa.

—Voy a ahumarte los ojos como si fueran carne fresca si vuelves

a mirarla así otra vez —gruñó Chase. Era la primera vez que

hablaba desde que habíamos entrado en el coche.

—Tío, mírate lo de los celos.

—Tenemos un mal día —espeté. Ya no me importaba no ser la

educada y agradable Maddie la Mártir—. ¿Puede quedarse callado?

—Claro, claro.

—Deja de mirarla —volvió a advertir Chase como un animal

herido—. Ni siquiera respires en su dirección.

—Ya lo ha oído —le dije al conductor arrastrando las palabras,

saliendo de mi dulce caparazón.

El conductor negó con la cabeza.

—Dios.

Katie y Lori ya estaban en la habitación del hospital de Ronan,

sentadas en un sofá azul pastel que había visto mejores días. El olor

a antiséptico, la luz fluorescente brillante y la vejez morbosa pegada

en las paredes me provocaron náuseas. No había estado en un

hospital desde la muerte de mamá.

Abracé a Lori y a Kate mientras Chase se dejaba caer en una

silla junto a la cama donde se encontraba su padre inconsciente.

Cerró los ojos y respiró por la nariz.

—Ha tenido un infarto. —Lori recorrió el cabello canoso y denso

de Ronan con los dedos y frunció el ceño—. Los médicos dicen que

el infarto ha sido leve, pero los órganos de su cuerpo le están

fallando uno a uno. Se encuentra estable, pero no fuera de peligro.

Grant viene de camino.


Chase no reaccionó. No estaba del todo ahí. Me escabullí de la

habitación en busca de café y algo de comer. Pensé que tal vez

Chase esperaba que les diera espacio antes de reaccionar a estas

noticias.

Estaba dándole a los botones de una máquina expendedora

cuando Katie apareció a mi lado con los brazos cruzados sobre el

pecho. Llevaba un pijama de franela y un lujoso abrigo por encima.

Era la primera vez que notaba que hacía mucho frío en el hospital.

—No ha dormido —dijo—. Chase.

Fingí centrarme en la máquina. La bolsa de pretzels no salía.

Estaba atrapada entre el vidrio y la rueda metálica. Traté de sacudir

la máquina, pero apenas se movió.

—Joder —murmuré. Yo no maldecía. Nunca maldecía. Katie se

estremeció.

—Creo que no duerme desde hace una semana —continuó—.

No sé si es solo por papá.

¿Estaba diciendo lo que yo creía? No podía ser. Me imaginé que

Katie sabía que, en realidad, Chase y yo no estábamos juntos desde

el momento en que le conté lo de que había pillado a un ex

engañándome. Pero ¿por qué me diría que Chase no dormía bien

desde que él y yo no estábamos en contacto? La razón obvia de

que «podía ser cierto» jamás se me pasaría por la mente.

—Odio que esté pasando por esto. Que todos estéis pasando

por esto. —Le di una patada a la máquina y sofoqué otra maldición

cuando me di cuenta de que a los dedos de los pies les había ido

mucho peor que a la máquina. «Mierda».

—Sí —reflexionó Katie, estudiándome de cerca—. Pensé que lo

sabías, ya que estáis comprometidos. Estáis comprometidos, ¿no?

Giré la cabeza en su dirección al darme cuenta de lo que se

trataba. Confrontación. Como Katie odiaba enfrentarse a las cosas,

sabía lo que estaba en juego aquí.

—Oh… —Fingí una sonrisa—. Sigo en mi apartamento. He

estado en casa toda la semana trabajando en mi último proyecto.

—Así que esa historia sobre el engaño…

—Deberías olvidar esa historia —espeté. Me destrozó la idea de

que Katie fuera a descubrir el secreto de Chase. De que alguien lo


hiciera—. Olvídala por completo, Katie. Quiero a tu hermano.

Estamos juntos.

Ya no parecía una mentira. Al menos no parte de la frase. Y eso

me asustó.

Me sentía inquieta. Casi violenta. Coloqué las manos a ambos

lados de la máquina expendedora y empecé a sacudirla con todas

mis fuerzas mientras dejaba escapar un grito que llevaba atascado

en la garganta desde el día en que conocí a Chase en aquel

ascensor un año atrás. Las paredes del pasillo temblaron con el

grito. El suelo se balanceó bajo mis pies, pero no podía parar. Ni

siquiera quería intentarlo. Era tan liberador soltarlo todo…

Las mentiras.

El dolor.

El deseo de algo que sabías que era malo para ti. Que estaba

siempre frente a ti, colgando como una fruta prohibida.

Grité y sacudí la máquina expendedora hasta que me quedé sin

voz. La bolsa de pretzels por fin cedió y cayó con un suave tintineo.

Me incliné para cogerla y ponerla en una bandeja que había

colocado en una silla junto a la máquina. Tenía tres vasos

desechables de café tibio servidos directamente de una cafetera del

día anterior y sándwiches que parecían del todo incomibles. Empecé

a regresar a la habitación de Ronan como si nada hubiera pasado.

Como si no hubiese gritado. Como si dos enfermeras no hubieran

sacado la cabeza de las habitaciones para comprobar que todo

estaba bien.

Katie me siguió.

—No diré nada —susurró.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando. —La comida y el

café bailaban en la bandeja, ya que me temblaban las manos.

—Lo cierto es… Dios, ni siquiera sé lo que es. Parece feliz

cuando está contigo y creo que esa parte es real. —Katie tragó

saliva—. Creo que es la única parte real en él desde lo suyo con

Amber… Y luego unos años después, cuando también perdió a

Julian.

Al fin entendí de lo que hablaba Katie. La razón por la que Chase

se negaba a sentir algo por alguien. No solo había perdido a su


prometida debido a su hermano. También había perdido a su

hermano por el título de director ejecutivo que Ronan había decidido

darle a él. Todos los que amaba querían algo y, cuando Chase no

cedía, le daban la espalda.

Hasta la persona con la que había crecido.

Hasta la persona a la que admiraba y veía como un hermano

mayor.

—¿Qué posibilidades hay? —cambié de tema mientras señalaba

con la barbilla hacia la puerta a la que nos aproximábamos. La

habitación de Ronan—. ¿Ha dicho Grant si es el… ya sabes?

«El final».

Katie negó con la cabeza y se mordió el labio inferior.

—Ya sabes cómo son los médicos. Nunca dicen nada claro.

Conocía a los médicos y tenía toda la razón.

Después de repartir los cafés, los sándwiches y los pretzels que

Katie y Lori agradecieron, le tiré de la manga a un apenas

consciente Chase.

—Ve a echarte una siesta. Ahora.

—Estoy esperando a Grant —dijo con frialdad, pero le faltaba

ese hieratismo de Chase Black que normalmente acompañaba al

tono.

—No. Cuando Grant llegue, hablaré con él. Si ocurre algo

importante, te despertaré. De lo contrario, te dejaré dormir porque lo

necesitas.

Me apartó la mano del brazo, pero lo agarré del codo y tiré de él.

Deslizó la mirada hacia mí. Vio algo en mi rostro que le hizo darse

cuenta de que no iba a retroceder. A regañadientes, se puso en pie.

Le mostré la habitación contigua a la de su padre. Había notado que

estaba vacía cuando Katie y yo volvíamos con los aperitivos.

Ahuequé las almohadas mientras él estaba de pie detrás de mí,

incómodo, observándome. Cuando se deslizó en la cama, vacilé.

Entonces, como sabía que estaba casi fuera de sí, borracho de

cansancio, lo tapé con la áspera manta. Había hecho lo mismo por

mí cuando me emborraché en los Hamptons. Había cuidado de mí

sin quejarse ni una vez.


Casi estaba obligándome a salir de la habitación cuando Chase

me agarró de la muñeca. La caricia me dio una descarga que me

subió por el brazo e hizo que el vello de la nuca se me erizara y me

diera un vuelco el corazón. Parecía monumental, hasta fundamental,

la forma en que su mirada plateada, como una capa de hielo, se

encontró con mis ojos marrones y corrientes. Movió la boca y desvié

la mirada hacia la misma, demasiado nerviosa para descifrar las

palabras. Solo era una palabra. Una con la que había soñado

durante muchos meses antes de que rompiéramos.

—Quédate.

—¿En la habitación o…? —«¿En tu vida?». No podía respirar.

Necesitaba respirar, pero era difícil cuando puse todas mis

esperanzas momentáneamente en su respuesta.

—En el hospital. Donde pueda encontrarte.

Estaba tan destrozado, con ojeras y demacrado, que parecía que

hubiera perdido peso en la noche. Siempre me había preguntado

cómo sabías si amabas a alguien. Encontré la respuesta cuando lo

miré. En ese momento supe, sin lugar a dudas, que amaba a Chase.

—Me quedaré. —Puse una mano en la suya.

Tenía los ojos medio cerrados y le temblaba la garganta como si

estuviera luchando por tragar saliva. Tenía los labios secos y deseé

besarlos. Pensamientos muy muy locos.

—Me preguntaste si había superado a Amber —gruñó con los

ojos cerrados. El resto de él también lo estaba—. Sí. Ni siquiera

creo que la haya querido nunca. No de verdad. No como podría

quererte a ti.

Pum, pum, pum. Mi corazón se amotinaba en el pecho.

—No te engañé, pero quise hacerlo. Ojalá hubiera podido, Mad.

Porque estabas ahí y eras de verdad, y si toda esa mierda de

Amber, a la que ni siquiera quería, me hizo pasar un infierno, tú

tenías el potencial de hacer pedazos mi vida por completo. Eras una

debilidad. Estaba tan…

«¿Tan?». Contuve el aliento esperando a que continuara. Pero

no lo hizo. Cada vez respiraba con más dificultad, hasta que se

convirtió en un ronquido suave. Me llevé una mano al corazón para

evitar que explotara.


Cerré los ojos, obligándome a dejar de hacer lo que estaba

haciendo. Darle romanticismo a lo que habíamos sido. Olvidar todos

los momentos en que lo había odiado. Oí a Layla burlarse en mi

cabeza sobre volver a mis viejos patrones de Maddie la Mártir. De

anteponer a otras personas a mí.

Vi pasar ante mis ojos cerrados, como una película antigua,

imágenes de Chase cuando era mi novio.

Él apoyando sus caderas en las mías mientras su aliento a

whisky me acariciaba el cuello en una fiesta y decía: vamos a

bañarnos. Aquí todos son unos perdedores y tú eres la única

persona con la que puedo estar, lo cual es curioso.

—¿Por qué es curioso? —susurré de forma pensativa.

—Porque lo que quiero hacerte no implica que ninguno de los

dos estemos de pie.

Abrí los ojos. Los volví a cerrar.

Chase de espaldas a mí, observando Manhattan desde el

ventanal de su casa.

—Eres un lobo —gruñí. Tenía una espalda tan ancha y

musculosa que necesitaba recordarme que era mortal como yo.

—Y tú la luna. —Sonrió inclinando la cabeza hacia atrás para

mirar la bola blanca que parecía de cristal—. Me vuelves

jodidamente loco.

Abrí los ojos. Me picaba la nariz por las lágrimas y no podía

tragar saliva. Volví a cerrar los ojos.

Chase y yo tumbados en el césped mientras mirábamos el cielo

sin estrellas de Nueva York.

—Quiero ir a otro lugar. Otro lugar donde se vean las estrellas

por la noche. Algún lugar puro —dije.

Escuché la sonrisa de Chase cuando respondió:

—Qué raro que lo menciones. El otro día compré un telescopio

por esa misma razón. No puedo ver las estrellas y me está

volviendo loco. Pero no quiero dejar la vida de la ciudad.

Era clásico de Chase que no le gustara algo de su vida y lo

doblegara a su propia voluntad. Era clásico de Maddie que no le

gustara algo de su vida y lo dejara, tirara la toalla y empezara de

nuevo.


Otra lágrima se deslizó por mi mejilla. No pude evitarlo.

Chase y yo en la cama con Daisy a los pies.

—¿Alguna vez sientes que estás cambiando? —preguntó.

—Siempre —respondí—. Estamos en continuo cambio.

Simplemente no nos damos cuenta porque estamos en movimiento.

—No quiero cambiar.

—No creo que tengas elección —dije suavemente—. Si no

cambias, no vives.

—Tal vez no quiera vivir.

—Sabes que sí.

Salió de la cama y empezó a vestirse.

Volví a abrir los ojos de golpe. Hablaba de nosotros. Yo lo estaba

cambiando.

Chase y yo en la montaña rusa Cyclone, en Coney Island. No fue

una escapada romántica. Lo había convencido para que me

acompañara porque tenía ganas de comerme una manzana de

caramelo de toda la vida.

—No te da miedo nada, ¿no? —Me sonrió. Íbamos en el primer

vagón. Subía dolorosamente lento, centímetro a centímetro.

—Casi nada. —El vagón temblaba, como mi corazón. Miré hacia

abajo para cogerle la mano, pero entrelazó los dedos en su regazo.

Se cerraba a mí hasta puntos inimaginables—. Casi nada.

Abrí los ojos por cuarta vez, frenética. Recordé lo que había

pasado después.

Los dos caímos.

Pasé las siguientes horas tratando de obtener toda la

información que pude por parte de Grant. Amanecía cuando Grant

finalmente dijo que nos marcháramos a casa. Le envié un mensaje a

Sven diciéndole que iba a trabajar desde casa y fui a ver cómo

estaba Chase. Estaba sentado en la cama de hospital frunciéndole


el ceño al teléfono. Había estado inconsciente durante casi siete

horas.

Levantó la vista del teléfono. Estaba guapísimo: iba despeinado

y le brillaban los ojos de forma saludable. Parecía haber recuperado

el peso que había perdido la noche anterior. Le había regresado el

color a la cara.

—Dijiste que me mantendrías informado. —Se le quebró la voz,

sin duda, para su consternación.

Entré en la habitación y tomé asiento en el borde de la cama

junto a él.

—Solo si había novedades importantes —afirmé—. He

mantenido mi promesa.

—¿Papá está consciente?

—Todavía no. Pero está estable.

—¿Qué ha dicho Grant?

—Ha dicho que lo más probable es que Ronan salga adelante.

—Joder, vale. Entonces no hay noticias.

Giré la cabeza para lanzarle una mirada de «¿En serio?». Me

agarró una mano y la colocó en su regazo. Otra corriente me

recorrió de arriba abajo. Como cuando cayó el vagón del Cyclone.

—Voy a comprarte algo para desayunar.

—Gracias, pero no tengo hambre. —No quería pasar más tiempo

a solas con él. Sabía que estaba cayendo. Cayendo por la montaña

rusa Cyclone después de lo cual no podría darle la espalda de

nuevo. No podía enamorarme de un hombre que había prometido

que nunca me daría lo que deseaba: un marido, una boda. Hijos.

Amor.

—La comida rara vez tiene que ver con alimentarse —dijo—.

Tiene que ver con la comodidad. El sexo. La venganza, la lujuria y la

ira. Pero nunca con alimentarse.

Sonreí con cansancio ante su observación. Oímos un grito

procedente de la habitación de Ronan. Era Katie. Miramos al

unísono en la dirección desde donde procedía. Katie no era de las

que montaban escenas. Chase saltó de la cama y salió disparado

por la puerta. Lo seguí. Katie, Amber y Julian estaban de pie en el

pasillo. Katie jadeaba con dificultad, moviendo mucho el pecho.


Tenía la mejilla señalada con arañazos rojos, como si hubiera

estado tan frustrada que hubiera tratado de arrancarse la piel.

—¡Qué valor tienes! No puedo creerlo, Julian. Eso es ir

demasiado lejos, incluso para ti.

—Solo he hecho lo que nadie más ha tenido el valor de hacer. —

Julian sonaba desesperado y agarraba la mano de Amber

demasiado fuerte. Amber se deshizo de él en cuanto nos vio a

Chase y a mí. Se le cambió la cara cuando se dio cuenta de que

íbamos de la mano. Yo ni siquiera había sido consciente de ello.

—¿Qué ocurre? —Chase me soltó la mano y se colocó como

barrera entre Julian y Katie. Katie se inclinó hacia delante y agarró

un montón de documentos que Julian llevaba, agitándolos en la cara

de Chase.

—El cabrón ha traído un contrato legalmente vinculante para que

papá lo firme donde le otorga el puesto de director ejecutivo de

emergencia de Black & Co. Ha tratado de entrar en la habitación

mientras mamá había salido a recoger cosas para papá. Yo estaba

fuera haciendo llamadas.

—Ahora, antes de que le des más importancia. —Julian estaba

girándose hacia Chase. Mala idea. Chase le dio un puñetazo

directamente en la cara. Julian se tambaleó hacia atrás y se

estampó contra la pared. Se agarró la nariz con las manos sin

aliento—. ¡Imbécil!

Chase le arrebató los papeles a Katie y los hizo trizas. Cayeron a

sus pies, alrededor de sus mocasines, como copos de nieve. Amber

lo miró con los ojos de par en par, bordeados de maquillaje y

lágrimas.

Julian arrastró la espalda por la pared sin dejar de agarrarse la

nariz. Le goteaba sangre por los dedos, hacia la camisa y el suelo.

—¿Te sientes amenazado, primo? —siseó.

Era la primera vez que oía a Julian referirse a Chase como su

primo y no como su hermano, y tenía el presentimiento de que había

tardado mucho en hacerlo. Cuando miré a Julian, ese villano de

Shakespeare perfecto, tuve que recordarme que él también tenía

mucho bagaje. Que probablemente era difícil vivir a la sombra de tu


primo, que era diez años menor, exitoso, guapo y de la realeza

americana.

Que consideraban a Chase con más talento, habilidad y

autoridad. Y, tal vez lo peor de todo, que, al menos por fuera, Chase

no parecía haberse inmutado por el hecho de que Julian le hubiese

robado a su prometida.

Chase caminó hacia él, sonriendo con frialdad.

—Trata de manipular la dirección de Black & Co. de nuevo,

Julian. Te reto. Y tú —Se giró hacia Amber, que dio un paso atrás

mientras agarraba el collar de diamantes con las uñas de varios

centímetros de longitud— mantenlo alejado de mí si no quieres

convertirte en viuda.

Tras eso, me tomó de la mano y salió corriendo por el pasillo. Me

sacudí detrás de él, tratando de seguir sus pasos.

—¿Adónde vamos?

—A mi apartamento.

—A tu apart… Chase, no.

—Sí.

—¿Por qué?

Se detuvo y se giró hacia mí bruscamente.

—Porque… —Rechinó entre dientes.

—¿Porque…? —Levanté una ceja.

—No puedo dormir. —Escupió las palabras, molesto.

—¿Y?

—Y puedo hacerlo cuando estás ahí. —El resto de palabras

salieron de su boca a regañadientes—. No sé cómo explicarlo, ni

quiero hacerlo. ¿Me concedes el honor de tu presencia para poder

dormir unas cuantas horas?

Me pasé la lengua por los labios y lo miré.

—No trataré de acostarme contigo. —Levantó una mano—.

Palabra de scout.

—Por última vez, no fuiste…

—Sí que lo fui —espetó—. Durante un año. Fue horrible. Y a día

de hoy todavía no sé hacer nudos.

Sofoqué un sonido que estaba entre el gemido y la risa.

—Vale.


Me volvió a agarrar la mano y reanudó la búsqueda de un taxi en

la calle. No recordaba un momento en el que nos hubiéramos

tomado tanto de la mano desde que comenzó el estúpido acuerdo.

El diablo no tuvo que arrastrarme al infierno.

Yo había ido con él de buena gana.


Capítulo dieciséis

Chase

Otras cuatro horas de sueño y una ducha después, me sentía

más humano y menos como una bolsa de huesos, ira y frustración

por la falta de orgasmos.

Después de comprobar que no tenía llamadas perdidas de

Grant, Katie y mamá, y de saber que papá seguía estable gracias a

un mensaje de texto, me puse uno de mis trajes negros (no entendía

por qué existían otros colores. El negro era perfecto para cualquier

ocasión. Solo hice una excepción con los pantalones de deporte

grises, porque prácticamente se consideraban ropa interior para

hombres) y salí del dormitorio principal. Descendí los tres escalones

de mármol que llevaban hacia la sala de estar. Lámparas de araña

negras y elegantes colgaban del techo, y unos sofás de cuero negro

reclinables llenaban la sala. Las tres paredes que no tenían

ventanales eran de hormigón desnudo. Mi hogar era muy oscuro,

indulgente y peligroso. Un apartamento diseñado cuidadosamente

con la estética de un idiota moderno.

En esa penumbra y oscuridad se encontraba sentada una mujer

que llevaba un vestido de vuelo amarillo, tipo delantal, con

estampado de helados derritiéndose, que había llevado a su cita de

la noche anterior, y tenía el ceño fruncido a modo de concentración

frente a su bloc de dibujo. Se le veía la punta de la lengua por uno

de los lados de la boca (algo típico en ella cuando estaba

concentrada). Me abotoné la camisa y la observé sin hacer acto de

presencia. Había algo de depredador en observarla sin que lo


supiera. Mi mente vagaba por lugares a los que no debería haber

ido. Placeres que no había tenido desde que me enteré de que mi

padre estaba enfermo.

Sonó su teléfono. El tono de llamada que tenía era «Greek

Tragedy» de The Wombats. Eran esas pequeñas peculiaridades de

Mad las que la hacían tan supremamente follable. No era del todo

hípster, aunque sabía que vestía como si lo fuera y conocía la lista

de reproducción indie que escuchaba. No era intelectual, pero podía

mantener una conversación con cualquier persona, ya fuera un

mendigo o un rey. No era de clase alta. No era de clase baja. Era de

clase Maddie. Una especie totalmente única y sexy. Tenía que

sacarla de mi sistema. Tenía que follármela otra vez.

Dio un respingo por la sorpresa antes de tocar la pantalla y

ponerse los AirPods en los oídos. Estaba claro que no estaban

conectados porque la voz castrada de Ethan se oía en toda la sala

de estar.

—Solo quería saber de ti. ¿Ya estás en casa? —preguntó.

Ella miró a su alrededor. Puede que yo estuviera de pie detrás de

una estatua, El ángel lloroso, con un cigarrillo entre los dedos y el

rostro apoyado sobre la barra del bar. Una compra impulsiva e

irónica que hice después de regresar de Sudamérica y encontrar a

mi exprometida embarazada de mi primo hermano. La necesidad de

gastar mucho dinero en algo sin sentido había sido abrumadora en

aquel momento. Como si dijera: «¿Y qué? Todavía puedo gastarme

quinientos mil dólares en una mierda con la que la mayoría de la

gente ni se limpiaría el culo».

—He pasado la noche en el hospital y esta mañana he venido al

apartamento de Chase —dijo en tono de disculpa—. Quería

asegurarme de que pasaba bien la noche.

Otra cosa que no odiaba de Madison Goldbloom: no echaba la

culpa a nadie. Había sido yo el que había hecho que viniera aquí.

Pero no se lo mencionó a Ethan.

—Oh —dijo.

Qué elocuente. En serio, ¿por qué demonios salía con ese tío?

—Por cierto, Ronan está bien. —Apretó la boca.


—Claro. Estaba a punto de preguntar por él —dijo. Luego se

detuvo. No, no lo estaba. No le importaba mi padre—. ¿Ha sucedido

algo entre Chase y tú?

—No, claro que no —suspiró.

El silencio se extendió por la habitación. Esos dos tenían la

química sexual de un tampón y una mancha de kétchup juntos, no

entendía por qué no lo veía. Madison era fuego y Ethan… ¿Qué

demonios era? No era agua, ni tierra. Era una sombra. Un

subproducto de otra cosa.

—¿Quieres quedar esta noche? Estábamos a punto de…

Demonios, no. Salí desde detrás de la estatua y me aclaré la

garganta.

—Lo siento, Ethan. Esta noche no podrá ser. —Me arremangué

las mangas de la camisa por los brazos venosos y me dirigí con

indiferencia hacia Mad. Había prometido no follármela, pero nunca

dije nada de no evitar que otro lo hiciera esa noche. Le di un casto

beso en la frente que se limpió con el ceño fruncido y un brillo de

terror y molestia en los ojos. La miré a los ojos—. Verás, Madison

estará conmigo esta noche.

—¡Chase! —Chasqueó la lengua—. Lo siento, Ethan. Me

encantaría…

—Tener una relación en la que me sienta atraída e interesada

por el hombre con el que estoy —completé por ella con una sonrisa

—. Lo sé, Mad. Haría las cosas mucho más fáciles.

—Nada es más difícil que tú. —Trató de apartarme de un

manotazo, pero notaba la risa en su voz. Le brillaba la cara. Misión

cumplida.

—La palabra que estás buscando es «duro» —bromeé—. Y

gracias.

—Eres una pesadilla —se rio.

—Pero una sexy, ¿no? De esas en las que te despiertas con los

pezones duros y las bragas mojadas —la incité. Se estaba

sonrojando y tenía los ojos abiertos de par en par.

—Te dejaré que lidies con esto, Maddie —dijo Ethan con frialdad,

y colgó antes de que pudiera salvar la conversación.

Mad se levantó y agitó el teléfono en el aire.


—¡Deja de molestarme! —Fingió darme un tortazo en el pecho.

Le agarré la mano y le mordí las yemas de los dedos de forma

juguetona.

—Si yo no voy a hacer nada, nadie de este compromiso falso lo

hará.

—¡No tenemos ninguna relación! —Echó la cabeza hacia atrás y

gruñó—. No puedo creer que tratara por todos los medios de que te

quedases conmigo cuando estábamos juntos solo para averiguar

que no me ibas a dejar en paz.

—Dame un par de semanas —bromeé.

—Deja de decir eso. Es una falta de respeto a tu padre. Podría

vivir meses e incluso años.

—No.

—Chase.

—Mad.

Se detuvo y arrugó la frente.

—¿Por qué me llamas Mad? ¿Por qué no Mads? ¿Maddie?

¿Madison? Cualquiera de mis otros apodos.

Sabía la respuesta. La sabía desde hacía tiempo. Pero sentía

que si la compartía con ella estaría cruzando una línea,

especialmente cuando sospechaba que me había ido de la lengua el

día anterior, antes de quedarme dormido en la cama del hospital.

Agaché la mirada y le eché un vistazo al vestido de boda que estaba

dibujando; luego levanté la vista.

—Tienes talento —dije, cambiando de tema.

—¿Y eso es una sorpresa? —Captó la indirecta.

—No. —«Sí»—. Tus bocetos son limpios, elegantes. No

esperaba eso.

—Puedo ser limpia y elegante. Yo elijo ser extravagante al vestir

y en la decoración de mi casa.

—¿Por qué?

—Porque plasmo mi personalidad en la tela.

—¿Eres bipolar? —pregunté de forma inexpresiva.

—Qué ofensivo. —Fingió tener arcadas. Éramos buenos juntos y

lo sabía. Yo también lo sabía, razón por la cual era bastante

estúpido por mi parte seguir persiguiéndola. Volvió la mirada hacia la


hoja y frunció el ceño—. No creo que le vaya a gustar a la gente.

Sobre todo a Sven.

—¿Por qué?

—Demasiados detalles. —Señaló el boceto con la mano, las

mangas, el cuello y el tul—. Tradicionalmente, el vestido de novia de

ensueño es mucho más sencillo. Líneas más limpias, detalles

minimalistas, sin demasiada personalidad. Se hace énfasis en el

corte y en el ajuste superior. Además, todos los vestidos que se han

diseñado en Croquis son de color blanco cisne. Este no lo es.

—Entonces, ¿de qué color es?

—Crema. —Se mordió el labio inferior. Deslicé la mirada desde

el boceto hasta sus ojos. Agitó el boceto—. Está bien. En el peor de

los casos, me desharé de algunos detalles.

—No —dijo—. No lo harás. Es perfecto y eres tú. Déjalo así.

Tragó saliva. Dirigí la mirada a su delicado cuello. Deseaba

besarlo.

—Vale —susurró—. Gracias.

—¿Has dormido?

—Sí, algo.

—¿Quieres darte una ducha? ¿Quieres que te lleve a casa?

—Estoy bien.

—Bien. Vámonos a trabajar. Todavía podemos recuperar parte

del día. —Agarré las llaves. Sabía que me seguiría. Nunca perdía la

oportunidad de evitar hablar conmigo. Pero, por primera vez, no me

importaba nada.

Es decir, claro que me importaba algo.

Me importaba mi padre.

Me importaba Black & Co.

Pero nunca una mujer. Nunca una cita. El latido desigual en mi

pecho era una señal de alarma. Mi corazón se estaba probando a sí

mismo. «Bum, bum, bum, bum. ¿Funciona esta mierda?».

Apreté los labios y pulsé el botón del ascensor sin mirar hacia

atrás para ver si estaba allí.


Tres días después, papá estaba consciente y listo para dejar el

hospital. Lo recogí mientras mamá preparaba la casa, sea lo que

fuere lo que eso significaba. Conduje en círculos, haciendo tiempo, y

a él no pareció importarle, ni siquiera cuando su tiempo era valioso.

Me di cuenta de que no habíamos tenido una conversación

importante sobre algo que no fuera trabajo desde que apareció la

palabra con C. El trabajo era un tema seguro. Dudaba que pudiera

recordar algo de lo que Julian había hecho en el hospital con el

contrato. Papá estaba inconsciente cuando todo sucedió. Grant me

había aconsejado ser prudente con él y no hablar de cosas que

pudieran subirle la tensión. Molestarlo con las mierdas de Julian no

estaba en mis planes. Estábamos dando vueltas por la misma calle

lateral, pasando por la misma cafetería Pret y el mismo grupo de

estudiantes, y esperando en el mismo semáforo. Era deprimente

que los demás fueran felices mientras tú estabas hundido en la

miseria. Todo se veía reflejado en tu cara.

—Ojalá pudiéramos salir de la ciudad —murmuró papá mirando

por la ventanilla—. La ciudad parece sucia en verano sin la lluvia ni

la nieve que la limpie. ¿No te parece sucia?

Cuando dijo eso, salió humo de tres alcantarillas distintas y un

muchacho de fraternidad borracho le tiró una lata de cerveza a su

amigo al otro lado de la calle y se rio.

—Si eso es lo que quieres, podemos irnos —dije, apretando el

volante con las manos. No quería dejar el negocio con Julian

husmeando en la planta de dirección. No quería dejar que Madison

cayera en la comodidad con el mediocre de Ethan. Y, a todo esto,

¿qué tipo de nombre era Madison Goodman? No podía dejar que

siguiera adelante con eso. Pero el deseo de papá estaba por encima

de todo.

—Julian sugirió que fuésemos a la casa de campo de Lake

George a pasar el fin de semana. Incluso lo había preparado para

nosotros —añadió papá.


«Julian te ahogaría en el lago si con ello hereda el negocio»,

estuve tentado de decir. Sonreí con serenidad.

—Ah, ¿sí? Una idea fantástica.

—Puedes traerte a Madison, por supuesto. Creo que le gustaría

aquello. Hay mucho que hacer allí. Mucho aire puro. ¿De dónde

era?

—De Pensilvania —respondí—. A las afueras de Filadelfia.

—¿Tiene hermanos?

—No. Su madre tuvo… —Me detuve.

Papá terminó por mí.

—Cáncer de mama, ¿no?

—Sí. —Era un idiota. Un idiota que tenía que cambiar de tema.

—Sus padres tenían una floristería. Bueno, su padre sigue

teniéndola.

—¿Se llevan bien? —preguntó papá.

—Sí, mucho. Ella va a verlo a él y a su novia cada dos meses.

Se van de vacaciones juntos todos los años.

—Sabes mucho de ella, ¿no? —Se giró hacia mí, sonriendo.

Sí. No solía escuchar lo que me decía (al menos, no de forma

intencionada), pero me acordaba de todo lo que me había dicho

sobre ella. Aunque no era mucho porque hablar nunca había sido

algo que yo hubiera alentado en nuestra relación. Pero ahora la

pregunta del millón era si Mad estaría de humor para pasar conmigo

otro fin de semana fuera de la ciudad. Creía que no.

Sonó el móvil de mi padre, que tenía en el bolsillo, y lo puso en

manos libres.

—Jul —dijo con voz suave. Estaba claro que no recordaba lo del

contrato—. ¿Cómo está Clemmy?

—¿Eh? Oh, sí. Está bien. —Papá se había adelantado y había

desviado el tema de la verdadera razón por la que llamaba. Me

preguntaba si Julian pensaba alguna vez en la mocosa—. Oye,

mira, Amb habló con la empresa de mantenimiento. La casa de Lake

George ya está lista. ¿Os recojo a Lori y a ti, digamos, el viernes por

la mañana?

¿Iba a llevarse a mis padres un fin de semana con su familia?

¿Sin Katie y sin mí, mientras que papá estaba al borde de la muerte


y prácticamente en cuidados paliativos? Demonios, no. Olía su plan

a kilómetros de distancia. Julian quería tener a papá contento antes

de ir a por la cabeza del director ejecutivo. En algún lugar donde mi

hermana y yo no pudiéramos detenerlo.

—Suena bien —dijo papá—. ¿Has hablado con Katie?

—No. Creo que tiene un concierto de voluntariado con Saint

Jude’s este fin de semana —contestó Julian. De fondo sonaba como

si estuviera revisando papeles. Probablemente más mierda que

quería que mi padre firmara—. Ya sabes cómo es Katie. Una buena

samaritana.

—Deberías intentarlo de nuevo. En general, Katie hace el

voluntariado a final de mes. —Me metí en la conversación.

Julian se detuvo. Luego se recuperó.

—Chase. No sabía que estabas ahí.

—Es mi padre.

—Sí, biológicamente —se rio Julian con ganas—. Aunque sois

muy diferentes.

—¿A qué te refieres? —pregunté mientras daba un último giro a

la calle lateral antes de dirigirme al edificio de apartamentos de mis

padres—. ¿Puedo ir a la casa de campo? Claro que sí. Qué amable

de tu parte, Julian.

Hubo una pausa y luego dijo:

—Tráete a Maddie. Amber se muere por ver las fotos de

compromiso.

—Lo haré. —«¿Lo haré?». La última vez que lo comprobé,

Madison estaba haciendo todo lo posible por evitarme. No me

respondía las llamadas ni los mensajes de texto. Ahora lo único que

la detenía de pedir una orden de alejamiento contra mi culo era el

hecho de que trabajábamos en el mismo edificio. Tenía que ir allí.

Tenía que entenderlo.

—Genial. Estoy deseándolo. —La voz de Julian era demasiado

relajada. Demasiado displicente.

Pero estaba demasiado enfadado como para darme cuenta de

que era una trampa.

Demasiado rabioso como para saber en qué me estaba

metiendo de forma voluntaria.


Capítulo diecisiete

Maddie

25 de septiembre de 2008

Querida Maddie:

Hoy he encontrado cigarrillos en tu mochila. Otra vez.

Hemos discutido. Ha estado mal. Me dijiste que era un

error. No es un error si sigues haciéndolo. Debes de tener

una razón para hacer lo mismo una y otra vez.

Ya sea que quieras rebelarte, distraerte o simplemente

volverte adicta.

Es como el aro gigante que huele a carne podrida.

Huele así porque es raro y vulnerable, no por casualidad.

Todas las decisiones que tomas tienen una razón.

Piensa en ello.

Con amor,

Mamá

Esta vez no me mentí.

No luché contra ello ni lo negué. Tenía un nombre. Mamá dio en

el clavo en una carta de hace años cuando empecé a fumar a los


quince. Era una adicción.

Vi el nombre de Chase en el identificador de llamadas y contesté

al primer tono. Cuando me invitó a la casa de campo, preparado

para lanzar un discurso convincente, corté su arsenal de

argumentos y promesas, y acepté de inmediato. La necesidad

carnal de estar ahí para él casi me paralizó. Sabía, con la certeza

que burbujeaba en mis venas, que eso no me convertía en Maddie

la Mártir.

Me convertía en una persona que se preocupaba profundamente

por Chase y que no quería verlo caer.

Layla iba a explayarse cuando se enterase de que seguía

jugando con el diablo. Pero sabiendo lo que sabía de Julian, de

Amber, me sentía responsable por Chase en lo que respectaba a

ellos. Además, la mentira que le habíamos contado a su familia en

este momento era tan grande que se cernía sobre todo, mi

conciencia incluida. Era una bola de nieve rodante que crecía sin

parar cada vez que giraba y se tragaba objetos, sentimientos y

víctimas (Ethan, Katie, Clementine) mientras descendía por una

montaña interminable de falsedades. Aunque sabía que la bola de

nieve iba a estamparse contra algo y explotar en cualquier

momento, no podía pararla. Ser honesta ya no parecía una opción.

Acepté que esto era algo con lo que Chase tendría que lidiar una

vez que perdiera a su padre.

Llegamos a la casa de campo de Lake George el viernes a

primera hora de la tarde.

La construcción de piedra del siglo se extendía sobre una

buena parte de las casi cuatro mil cincuenta hectáreas de parcela

que poseían los Black. Toda la segunda planta estaba repleta de

balcones con dobles puertas verdes. La propiedad era una de las

cosas más mágicas que habían presenciado mis ojos gracias a la

hiedra que trepaba por la construcción y al lago de fondo. El sol se

desvanecía de forma perezosa por el horizonte y el cielo estaba

teñido de distintos tonos de dorado y rosa.

Debí de haber contenido el aliento cuando Chase me ayudó con

las maletas, porque me miró por encima del hombro y se rio.


—Este lugar es el favorito de papá. Los Hamptons es el patio de

recreo de mamá.

—¿Cuál es el tuyo? —pregunté sin apenas darme cuenta de lo

que estaba insinuando.

Él se detuvo y frunció el ceño.

—Tú.

Dejó caer mis maletas. Hubo un momento en el que pensé que

iba a rodearme con los brazos y a besarme. Quería que lo hiciera.

Lo deseaba. Pero simplemente negó con la cabeza y se deshizo de

lo que fuera que estaba pensando.

—No dejes que te seduzca —gruñó.

—Vale. —Seguí caminando—. ¿Por qué?

—Porque, una vez te tenga de nuevo, será imposible dejarte

marchar. Dejarte en paz. Respetar tu decisión.

Levantó la bolsa de lona sobre la maleta giratoria y me cogió de

la mano con la que tenía libre. La farsa estaba de vuelta en todo su

esplendor.

Llegamos al rellano. Se oyeron voces procedentes del comedor.

Risas, conversaciones, susurros. Tintineo de cubiertos. También

copas de vino. Fruncimos el ceño y nos miramos.

—Julian —cortó Chase apretando la mandíbula—. Debe de

haberle dicho a todo el mundo que íbamos a llegar tarde y que

empezaran a comer. Capullo.

—Es hora de que lo pongas en su sitio.

—¿Crees que no lo sé? —Me fulminó con la mirada—. Lo dejé

estar porque nuestros padres, nuestra hermana y Clementine no

deberían sufrir por lo que quiero hacerle pasar.

Nos dirigimos al comedor y dejamos las maletas en el suelo. La

larga mesa estaba totalmente oculta bajo platos y fuentes.

Panecillos recién hechos, jarras de té helado casero y botellas de

vino estaban esparcidas sobre el inmaculado mantel blanco. El

aroma a carne ahumada y a verduras sazonadas impregnaba el

aire. La boca se me hizo agua.

—Oh, Dios, cuéntanos de nuevo la historia, por favor. ¡No puedo

creer lo que dijo Clemmy! —comentó Lori.


—Empieza desde cuando entró. —Amber habló en un tono

mantecoso, diferente—. Cuando vio la pecera vacía.

—Vale, vale. La contaré otra vez. —Oí la risa de Ethan.

Guau, guau, guau. Espera. «¿Ethan?».

No tenía el privilegio de poder darme la vuelta y huir. Ya había

entrado en el comedor cuando me di cuenta. Chase estaba a un

paso por delante de mí, protegiéndome con su amplio cuerpo y con

la mano todavía agarrada a la mía. Sentí el suelo suave bajo mis

sandalias, amenazaba con abrirse y tragarme entera. Establecí

contacto visual con Ethan, que estaba al otro lado de la mesa.

Sentía serpientes bailando en la boca del estómago, hundiendo los

dientes venenosos en mis entrañas. Estaba allí, entre Clementine y

Amber, llevándose una copa de vino a la boca y con una corbata de

Bingo y Rolly.

Miraba hacia atrás.

Parecía furioso.

Eché mano de la memoria para reproducir nuestra última

conversación. En la que habíamos dejado las cosas. Habíamos

hablado por teléfono esa semana, pero no habíamos planeado

vernos. Las cosas habían llegado al punto de prácticamente

desaparecer, y pensaba que los dos estábamos de acuerdo con ello.

Ethan dijo que lo habían invitado a un sitio este fin de semana. Yo le

dije que también tenía planes. Los dos fuimos crípticos. Ahora sabía

por qué.

Ethan siempre había estado al margen de mi historia. Un

personaje secundario al que había recurrido cada vez que me había

alejado de Chase. Al tratar de complacerlo, satisfacerlo y amarlo, le

había dado falsas esperanzas. Al tratar de salvaguardar sus

sentimientos, había sido cruel con él. Ahora entendía que Maddie la

Mártir tenía un lado oscuro.

La sonrisa lenta y amplia de la cara de Ethan me dijo que no lo

había pillado por sorpresa como a mí. Lo sabía. Era un ardid. Mi

remordimiento se transformó en furia. Enderecé la espalda y levanté

la cabeza.

No sabía cuándo había dejado de agarrar la mano de Chase.

Cuándo había cerrado las manos en puños y había clavado las uñas


en mi piel.

—Bueno, qué raro. ¿No decías que os conocíais? —preguntó

Julian en voz baja mientras tomaba un sorbo de té helado. Tenía la

voz llena de emoción. Me arañó la piel—. El doctor Goodman es el

pediatra de Clementine. Pensamos que estaría bien invitarlo para

que disfrutara de la casa de campo en uno de sus pocos fines de

semana libres —señaló cuando Chase le lanzó una mirada de

«¿Qué demonios?».

—No es para nada raro. Como ya mencioné, conozco a Ethan y

disfruto de su compañía. Somos amigos. —Sonreí mientras me

agachaba para darle un beso a Ronan en la pálida mejilla. Lori y Kat

se levantaron y me abrazaron. Me salté a Amber y a Julian, que

estaban sentados, dándoles simplemente una palmadita en el

hombro. Le di un beso a Clemmy en la cabeza y luego otro a Ethan

en la mejilla.

—Qué sorpresa tan agradable —susurró mientras le rozaba la

piel afeitada con los labios. Su voz parecía una lija.

—Ethan… —susurré—. ¿Por qué?

—Madison, toma asiento. —Chase se puso de pie frente a Ethan

dirigiéndole una mirada mortífera que lo hizo estremecer. Me

acerqué a él y sentí que se me hundían los hombros. Él empujó la

silla hacia atrás. Empezamos a servirnos comida en los platos.

Ethan volvió a contar la historia de cómo Clementine había dejado

caer trozos de sashimi en una pecera vacía de su consulta en su

última visita, algo que provocó carcajadas de todos los comensales.

Me llevé a la boca, con rigidez, un tenedor cargado de comida

tras otro. No podía saborear nada. No sabía si estaba más

preocupada porque la familia de Chase averiguara que no

estábamos juntos o por la conversación que tendría más tarde con

Ethan. Chase deslizó una mano entre los dos y me apretó la mía por

debajo de la mesa. Una corriente nuclear me recorrió de arriba

abajo.

—¿Puedo retroceder un poco? —Julian se frotó la barbilla y se

echó a reír con buen humor—. Estoy tratando de averiguar algo.

Maddie comentó que erais amigos, doctor Goodman. Pero creía que

Clemmy dijo que os vio dándoos un abrazo muy largo y apretado,


«como hacen las parejas en las películas», creo que fueron sus

palabras exactas, en tu clínica hace unas semanas. ¿No, Clemmy?

—Se giró hacia su hija y luego hacia mí—. ¿Así que qué sois?

¿Amigos o algo más?

Clementine agachó la mirada sonrojándose.

—Como dije —hablé entre dientes, sin darle a Ethan la

oportunidad de responder—, estoy con Chase.

—Mea culpa, Maddie. —Julian levantó las manos a modo de

rendición y se tomó un momento para asegurarse de que todo el

mundo estaba pensando en el día en el que Clementine les había

contado lo del beso con Ethan—. Simplemente pensé… Bueno, es

una tontería, pero pensé que tal vez había ocurrido algo. Te vi en el

trabajo el otro día. No llevabas el anillo de compromiso —remarcó

Julian mientras cortaba el pollo asado en pequeños trozos de forma

meticulosa—. Sin embargo, aquí estás, con el anillo de compromiso.

Cada vez estaba siendo más contundente, presentando su

elaborado caso contra nosotros. Sabía que tenía que salir del paso

por mis propios medios. Si Chase intervenía, parecería otra pelea

entre Julian y él, y que yo le estaba poniendo excusas. Me encogí

de hombros—. El anillo es muy caro. No quiero perderlo ni que

nadie me corte el dedo en un callejón oscuro por una joya.

—Qué inteligente —señaló Katie, metiéndose un arándano en la

boca—. Cortar dedos con anillos está de moda. Lo escuché en un

podcast de crímenes reales.

—¿Tus amigos están contentos con el compromiso? —presionó

Amber con una falsa sonrisa en los labios con brillo—. Supongo que

planean una gran fiesta de despedida de soltera.

—Mis amigos cercanos están emocionados, sí. Vamos a

celebrarlo de forma discreta. Todavía no se lo he contado a mis

compañeros de trabajo. Ya sabes, la vida no va de hacer alarde de

anillos caros y casarte para tener más poder adquisitivo.

Demonios, dejar de lado a Maddie la Mártir durante un rato era

divertido.

Amber hizo una mueca.

—Entiendo que eso sería incómodo. Es decir, Black & Co. y

Croquis están asociadas. Me pregunto si piensan que te acostaste


con el jefe para llegar a la cima.

—Oh, tengo el trabajo desde mucho antes de conocer a Chase.

Casarme por dinero no es un deporte olímpico para mí. —Le devolví

la sonrisa. Chase fingió toser para sofocar una risa. Lori se terminó

la copa de vino.

—Clementine, discúlpate —ladró Amber, mirándome.

Ronan chasqueó los dedos y apareció un camarero que

acompañó a la niña a la cocina para que probara el postre. El

comedor ahora era una zona de guerra en toda regla. Las cartas

estaban sobre la mesa.

—Interesante. —Julian se dio unos toquecitos en la barbilla.

—Me asombra aquello que encuentras interesante. ¿Es eso lo

que sucede cuando tienes una vida sin amor y sin sexo? —preguntó

Chase con sequedad.

Lori jadeó. Ethan y Katie nos miraban a todos como si

estuviéramos locos.

—Redirigid la conversación —gruñó Ronan. Parecía exhausto y,

de repente, entendí la razón por la que Chase no había

contraatacado a Julian. No era porque no quisiera. Sabía que

agotaría a su padre. Desde que empezamos con el compromiso

falso, Chase había tratado de no disgustar a Ronan. Había fingido

que se estaba tomando con calma el comportamiento socavador y

los comentarios mezquinos de Julian. Pero no era así. Julian se le

había metido bajo la piel y hoy Chase finalmente había explotado.

—Tienes razón, Ronan. Deberíamos estar hablando de otras

cosas. Ethan, eres un gran partido. —Amber lo alcanzó y le acarició

el brazo. Sutil como un tanque—. Joven, guapo, pediatra. Tengo

muchas amigas solteras que estarían encantadas de conocerte.

¿Estás saliendo con alguien?

Ethan se frotó la nuca y me miró.

—En realidad…

«¿Qué hace?».

El terror en mi cara debía de ser visible porque Ethan dio marcha

atrás a lo que fuera que iba a hacer.

—No tengo una relación seria, no.


«Maddie la Mártir siempre haciendo lo correcto. Hasta salir con

un chico simplemente para hacerle sentir mejor», canturreaba la voz

de Layla en mi cabeza. Pero no era solo por eso. Estaba tan

desesperada por enamorarme de Ethan para que no me hicieran

daño que había terminado por hacerle daño a él en el proceso.

Se hizo el silencio, que rompió la buena de Lori.

—Katie, Ethan me ha dicho que él también participó en la media

maratón.

Katie levantó la cabeza del plato y concentró la mirada en Ethan.

—¿De verdad? ¿Quién te patrocinó?

—Médicos para África. ¿Qué dorsal tenías? —A Ethan le cambió

la cara. Se le iluminó la expresión. No creía haberlo visto nunca

tan… presente.

—Nueve, dos, dos, tres. Camiseta amarilla. ¿Y tú?

—Tres, cinco, dos, siete. Rosa.

—Uff, qué bien que no corrimos juntos. Habríamos parecido un

cucurucho de helado el uno junto al otro. —Katie se limpió el sudor

invisible de la frente. Se miraron a los ojos y, en ese momento, hubo

una conexión entre ellos. Ethan fue el primero en volver la vista al

plato y pinchar un trozo de patata glaseada con el tenedor.

—Tal vez la próxima vez no tengamos tanta suerte —comentó

Ethan.

«O tal vez sí», pensé. Parecía que la conversación fluía muy

fácilmente entre Ethan y Katie.

—Bueno, entonces, para asegurarnos de que todos estamos en

sintonía, ¿Ethan y Maddie solo son amigos? —Julian me llenó la

copa de vino hasta arriba. ¿Estaba tratando de emborracharme?

Probablemente, teniendo en cuenta mi desastrosa visita a la casa

de su familia en los Hamptons.

—¿Ese concepto es extraño para ti? —Chase se echó hacia

atrás y fulminó a su primo con una mirada oscura. Todavía tenía mi

mano en la suya bajo la mesa—. ¿O simplemente estás

obsesionado con mi prometida porque sí?

—Prometida. Eso es una afirmación audaz —murmuró Amber

hacia la copa de vino.


—¿Vamos a hablar de temas audaces aquí, en la mesa, Lady

Macbeth? —preguntó Chase con sequedad. Amber estuvo a punto

de escupir el vino. Coloqué una mano en el brazo de Chase.

Flexionó los músculos bajo las yemas de mis dedos. Era una bestia

contenida.

—Puedo defenderme sola —susurré.

—No lo sé. Espero recuperar las pelotas en Navidad. —Chase

suspiró y me dio un beso en la sien—. Lo siento.

Era mentira, por supuesto, pero una que agradecía, aunque

fuera parte de un elaborado acto de Chase.

—Solo quiero que os llevéis bien —suspiró Lori, mirando a

Chase y Julian—. Sé que con el tiempo las emociones se han ido

agigantando, pero vuestra amistad está por encima de todo. La

sangre es más densa que el agua.

—Por nuestras venas no corre la misma sangre —escupió Julian

con amargura—. Tal vez ese sea el problema.

—Julian —regañó Ronan—. Para.

—Obviamente, Chase es el hijo favorito —siguió Julian. Sonaba

como un niño de cinco años.

—Todavía eres un niño —replicó Chase—. Crucificando a mi

prometida y tratando de desvelar desventuras imaginarias en mi

nombre. Es real y está pasando, y no puedes hacer nada para

detenerlo, por mucho que lo intentes. Hagas lo que hagas, me

casaré con ella. —Chase se detuvo, arrastró la mirada desde Julian

a Ethan y luego terminó diciendo—: Julian.

Pero no parecía que las palabras estuvieran dirigidas a Julian.

En absoluto.

—Disculpadme.

Chirrió una silla y desvié la atención del rostro iracundo de

Chase. Ethan salió al galope después de arrojar la servilleta sobre el

plato. Lo seguí. No sabía por qué. Tal vez porque el comportamiento

de Chase había estado fuera de lugar. Porque había dirigido su ira

hacia Ethan cuando en realidad Julian era la persona a la que se

suponía que tenía que atacar aquí.

—¡Ethan, espera!


Entró en el baño y estuvo a punto de cerrarme la puerta en la

cara. Empujé el pie por la rendija justo cuando la puerta se estaba

cerrando. Dejé escapar un grito al sentir que me golpeaba la piel.

—Oh, mierda. —Ethan abrió la puerta e hizo una mueca

mientras agachaba la vista hacia el pie enfundado en una sandalia

—. ¿Estás bien?

—Por favor. —Estaba al otro lado de la puerta, con el pie todavía

atascado entre los dos para evitar que me la cerrara en la cara—.

Déjame entrar.

—Eso es lo que he tratado de hacer durante semanas —dijo en

voz baja—. Y me has hecho daño.

—Lo sé —susurré sintiendo que se me revolvía el estómago por

la culpa. Maddie la Mártir intervino de nuevo. Es verdad que los dos

habíamos estado de acuerdo en que no teníamos nada serio, pero

había estado ahí para mí. A pesar de la situación. En muchos

sentidos, éramos muy parecidos. Nada conflictivos—. Lo siento

mucho —gruñí—. Nunca quise hacerte daño.

—¿Lo sientes? —Ethan echó la cabeza hacia atrás. La angustia

que expresaba su rostro me destrozó.

—Sí, claro que lo siento —dije con desesperación. Ya era hora

de soltar la verdad. Que no podía estar con él y que no tenía nada

que ver con Chase. Ethan era el Príncipe Azul, pero en la historia de

otra persona. No en la mía. Él no era en quien pensaba cuando me

iba a dormir.

«No era el que me quitaba el sueño».

—¿Te arrepientes? —Ethan se movió de un pie al otro.

Asentí con la cabeza. Sí, me arrepentía de hacerle daño. Me

arrepentía de no haberlo acabado antes, en cuanto supe que no

teníamos futuro. No me arrepentía del beso con Chase. Y eso era

un problema.

Abrí la boca para decir algo más, pero Ethan se me adelantó y

me dio un beso en el umbral de la puerta del baño. Agité los brazos

detrás de mi cuerpo, como si estuvieran cosidos a los hombros. No

era la primera vez que Ethan me besaba, pero, esta vez, sentí que

estaba mal. Tenía que detenerlo. Empecé a echarme hacia atrás,

apartándome del beso con la boca cenicienta.


—Debéis de tener lo que llaman una «relación abierta», si tu

prometida piensa que eso es ser «buenos amigos». —Oí la voz

divertida de Julian a mi derecha. Me eché hacia atrás y me giré para

encontrarme con Julian y Chase.

Julian sonreía con aire de suficiencia y los brazos cruzados

sobre el pecho. Chase…

Chase no parecía mirarme. Miraba a Ethan como si estuviera a

punto de golpearlo contra el suelo y luego pisotearlo hasta prenderle

fuego. Movió la mandíbula. Tenía los ojos dos tonos más oscuros de

su habitual gris azulado helado.

—Qué desastre. —Julian negó con la cabeza, riéndose.

—Aléjate de ella —le dijo Chase a Ethan.

Julian ni siquiera existía en su universo. Ni siquiera sabía si lo

había oído. Ethan hizo lo que le dijo, pero nos miró a uno y a otro

mientras esperaba a que regañara a Chase por decirle lo que tenía

que hacer. Normalmente lo hacía. Chase era la única persona con la

que siempre discutía.

Chase dio un paso adelante. Ahora estaba cara a cara con

Ethan, cerniéndose sobre él con su altura, su porte y su

Chasenidad. Sentía el pecho tirante. Me di cuenta de que tenía

miedo.

—Sea lo que sea lo que estás a punto de hacer —dijo Ethan con

voz firme pero lo suficientemente baja como para que Julian no lo

oyera—, yo no lo haría si fuera tú. Los dos sabemos que esta

historia está lejos de terminar. El último capítulo todavía no está

escrito.

Eso fue lo que me rompió. La verdad de sus palabras. Cómo

hicieron que Chase diera un paso atrás como si lo hubieran

golpeado. Nunca lo había visto así. Tan… emocionalmente

expuesto.

—Vale. Creo que tenemos mucho que discutir, primo hermano.

—Julian le dio una palmada en la espalda a Chase—. ¿Unas

palabras en la biblioteca? Es nuestro lugar favorito.

Los observé de espaldas mientras se alejaban. Cómo Chase se

encogía mientras Julian se hinchaba y llenaba más el pasillo.


Y entonces me di cuenta de que, por primera vez, había matado

algo con amabilidad.

Concretamente mi corazón.


Capítulo dieciocho

Chase

—Vayamos al grano, ¿no, Chase? —Julian encendió un puro y

dio una calada, apestando toda la biblioteca. Malditas frases

hechas. Yo también las utilizaría si la falsa historia de mi

archienemigo hubiera volado por los aires y yo estuviera sentado en

primera fila.

Me senté, crucé las piernas a la altura de los tobillos en el

escritorio para asegurarme de que supiera lo poco que me

importaba su actuación a lo don Corleone. El problema era que era

difícil sentarse en la biblioteca y escuchar las tonterías de Julian

cuando tenía un pez más grande que freír. En concreto, el maldito

Ethan Goodman, que, ironías de la vida, a pesar de que su apellido

significaba «buen hombre», era lo peor que le podía pasar a un

servidor. Su mera existencia me ofendía a nivel personal.

Oficialmente, reconocía que tenía un problema con Ethan que

requería de atención inmediata.

El pulso me tamborileaba por todas partes. En el cuello, en la

parte interna de la muñeca, en los malditos párpados. No era un

chico violento, pero ver a Mad besar a ese idiota me había hecho

desear hacer cosas que estaba seguro de que eran tan radicales

que no había una pena máxima de prisión para ellas.

—Ahórrame las tonterías y acaba con esto. —Entrelacé los

dedos por detrás de la cabeza y bostecé—. Y, por favor, trata de no

correrte en el proceso. Siento las vibraciones preorgásmicas que

nunca he querido ver en el rostro de mi hermano.


Esa era la parte que más odiaba. Que para mí todavía era mi

hermano. No mi primo hermano, sino mi hermano. Uno muy jodido,

pero, aun así, hermano.

—Dudo mucho que estés acostumbrado a ver a la gente correrse

de forma asidua. Eres demasiado egocéntrico como para dar placer

—apuntó Julian, dándole una calada al puro.

—Lo vi muchas veces en el rostro de tu mujer. —Me pasé la

lengua por los dientes de arriba.

Dejó de sonreír. Al menos ahora sabía que la sonrisa no la tenía

siempre pegada a su engreída cara.

—Eres un cabronazo.

—Bueno, aprendí del mejor.

—Te enseñé a ser despiadado, no a ser un capullo —argumentó

Julian.

—No pude elegir qué rasgos de personalidad imitar. Fui a por el

paquete completo. —Me encogí de hombros. Era la verdad. Cada

estúpido movimiento que daba lo había aprendido de Jul. Fue él

quien regresó de la universidad contándome historias sobre sexo,

probar drogas y actuar de forma grosera—. Ahora ve al grano —

insté.

—Creo que los dos sabemos que vas a llevar a la empresa a la

ruina si te conviertes en el director ejecutivo. Entiendo que Ronan se

sienta obligado contigo. Eres su hijo biológico. Pero yo pagué mis

deudas…

—Deja ya el rollo del hijo biológico, Jul. Eres el director de

sistemas de información. Eres una chica de relaciones públicas

glorificada sin falda ajustada. ¿Qué te hace pensar que puedes

hacer el trabajo mejor que yo?

—El hecho de que tengo algo sobre ti. —Julian frunció el ceño

como si fuera obvio—. Te inventaste todo el asunto de Maddie

Goldbloom. No estáis comprometidos. Ni siquiera estáis saliendo. Tu

tapadera sale con el pediatra de mi hija y apenas puede mirarte.

¿Por qué no debería contarle a Ronan la verdad?

—Porque no quieres romperle el corazón —dije entre dientes—.

Porque te ha criado.


—Merece saber la verdad. —Julian negó con la cabeza—. Le

haré un favor ofreciéndole la imagen completa. ¿Por qué no debería

saber quién es realmente su hijo? Un capullo mentiroso e infiel.

Cédeme ahora el título de director ejecutivo, en público, y nadie

saldrá herido. Jaque mate.

Parpadeé notoriamente, mirándolo como si estuviera loco.

—¿Me estás dando un ultimátum? —Quería estar

completamente seguro antes de reírme.

—Sí.

Me eché a reír y me levanté. Me incliné y le di unas palmaditas

en el hombro de forma condescendiente. Por dentro estaba a unos

segundos de sufrir un infarto. Que mi familia se enterara ahora de lo

de Madison sería lo peor que podría pasar. Katie ya lo sabía, pero

mantendría la boca cerrada para que todos fueran felices. Siempre

habíamos cubierto las cagadas del otro.

Entonces, darle a Julian el puesto era dejar que ganara el malo,

y ya había visto bastantes películas de Michael Bay para saber que

Black & Co. no tendría un final feliz bajo el reinado de Julian.

Además, merecía convertirme en director ejecutivo. Había trabajado

muchísimo durante una década mientras Julian estaba ocupado

peleándose y enrollándose con mi maldita exprometida, ahora su

mujer.

Me incliné y le susurré al oído:

—Nos trajiste aquí a sabiendas de que Ethan iba a aparecer.

Nos tendiste una trampa.

Se recostó y entrelazó los dedos. No tenía que confirmarlo. Su

cara lo decía todo.

—Juegas a un juego muy sucio, Julian. Se acabaron las

contemplaciones.

—Vaya, esa es la reacción que esperaba cuando te robé a la

novia hace años.

—No se roban las sobras. Se buscan en la basura. —Le sonreí

de forma cortés—. Pero ahora lo has conseguido y, Julian, ese lado

mío que acabas de despertar no te va a gustar.


Maddie

Esa noche di vueltas y vueltas en la cama sin pegar ojo.

Mi dormitorio estaba justo enfrente del de Ethan. El de Chase

estaba al final del pasillo. Había tenido la audacia de preguntarle a

Katie dónde íbamos a dormir cuando nadie nos escuchaba. Ella me

miró y me preguntó:

—¿De verdad estás saliendo con Ethan?

—Es complicado —susurré. Parecía casi herida y veía por qué.

Katie había insistido en que Chase y yo teníamos futuro. Por no

mencionar que me había dado cuenta de la chispa que había entre

Ethan y ella en la mesa.

—¿Cómo de complicado? —Levantó una ceja.

—Lo que trato de decir es que Ethan es todo tuyo —dije en serio

—. Si es que te interesa.

—Dios, ¿tan transparente soy? —Se llevó una mano a la mejilla.

Me reí.

—No, simplemente…, abierta de una manera que envidio.

Ahora necesitaba reforzar mi afirmación de que no estaba

saliendo con Ethan y acabar con ello de una vez por todas. Miré la

hora en el teléfono. Eran las tres y media. Tardísimo. Sabía que

Ethan estaba dormido, pero también sabía que, por la mañana, las

cosas se pondrían diez veces más incómodas si no lo hablábamos.

Después de que Chase y Julian nos dejasen a Ethan y a mí, Katie y

Lori aparecieron, procedentes del comedor, pidiendo saber lo que

había pasado. No había tenido la oportunidad de hablar con él.

Muy despacio, aparté la manta y me puse las zapatillas. Hacía

calor y humedad, y no llevaba nada excepto una camisola de satén

blanca.

Salí al pasillo y llamé a la puerta de Ethan. Se oyó un sonido

áspero desde dentro.


—Adelante.

Entré. La habitación estaba bañada en la oscuridad. El contorno

de su cuerpo bajo las sábanas se movió mientras se sentaba.

—¿Estás despierto? —susurré.

—Sí. Tú también, ¿no?

Asentí con la cabeza.

—¿Podemos hablar?

—Un poco tarde, ¿no crees?

Me senté al borde de la cama y retorcí los dedos en el regazo.

Tenía la cabeza apoyada en el cabecero de la cama. Sentí su

mirada en mi cuerpo. Gracias a Dios que estábamos a oscuras.

—Ethan, yo…

—Lo sé —me interrumpió, frotándose la frente—.

Simplemente…, no. No termines esa frase. Creo que siempre lo

supe. En realidad, nunca fuiste mía. Ya lo he aceptado. Continué

con mi aventura con Natalie pensando que, si mantenía mi corazón

a resguardo, tal vez te quedarías cerca. Pensé que era cuestión de

tiempo que Chase la cagara otra vez y vinieras corriendo a mis

brazos. Seguí esperando que la neblina de Black no te cegara, pero

no dejaba de absorberte. Maddie, lo cierto es que no hemos

acabado nada. Nunca hemos comenzado.

—Quería que fuéramos algo —dije. Unas lágrimas calientes

rodaban por mis mejillas y caían en la piel desnuda de mis muslos.

No sabía por qué estaba tan disgustada—. Eres perfecto, Ethan.

—Por favor, no digas eso. Eso es lo que todas mis novias decían

en el instituto. —Suspiró con cansancio—. Perfecto significa

aburrido.

Negué con la cabeza y me pasé los nudillos por los ojos para

secarme las lágrimas.

—No, no es así. Pero lo perfecto no encaja con lo imperfecto.

Una pieza incompleta necesita otra para convertirse en un todo.

Tengo más problemas que Vogue. En realidad, nunca superé la

muerte de mi madre y…, y… Tengo esta necesidad compulsiva de

complacer a los demás. Esa es la razón por la que estamos

teniendo esta conversación. —Hice un gesto a nuestro alrededor

con un movimiento de mano.


Él se rio y se sentó del todo, para estar a mi lado. Muslo con

muslo.

—Me parece que Chase es la definición de «quebrado» —

suspiró Ethan—. Hacéis buena pareja.

Sonreí con tristeza.

—Qué afortunada, ¿no?

—Qué mala suerte la mía —contrarrestó Ethan.

Le di un manotazo en el brazo. Estaba sonriendo en la

oscuridad. El ambiente se volvió algo más ligero. Quería que

siguiera así.

—Oye, ¿puedo preguntarte algo? Es algo personal, siempre

quise saberlo y nunca podré averiguarlo. —Empujé su rodilla con la

mía.

—Suéltalo.

—¿Cuál es tu postura favorita? —Arrugué la nariz—. Me refiero

a… Sexo.

—El misionero —dijo—. Definitivamente, el misionero.

Sonreí. «Maldito seas, Chase». El idiota arrogante no se había

equivocado.

Ethan colocó las manos entre las piernas y me empujó con una

de ellas.

—Oye, ¿crees que las cosas serían diferentes si hubieras

superado lo tuyo con Chase?

Reflexioné sobre la pregunta durante unos cuantos segundos.

Sinceridad era lo menos que podía ofrecerle a Ethan después de

todo por lo que había pasado durante nuestra corta y no consumada

relación.

—No —dije al fin—. Eres una persona totalmente formada y…

me parece que yo no lo seré jamás. Creo que hay una parte de mí

todavía flotando en el universo, buscando a mi madre. —Me detuve

y fruncí el ceño al darme cuenta de algo—. Tal vez esa es la razón

por la que siempre he estado tan obsesionada con las bodas.

Esperaba encontrar ese algo en otra persona de forma

subconsciente. Pero necesito encontrarlo en mí.

—Por si sirve de algo —Encontró mi sien con los labios y se

cernió sobre ella mientras hablaba—, eres la mejor medio persona


que he conocido jamás, Maddie Goldbloom. Con imperfecciones y

todo.

Cuando salí de la habitación de Ethan, estaba amaneciendo en

el horizonte. La oscuridad pasó de azul terciopelo a azul claro a

través de las ventanas altas. Salí a trompicones al pasillo y me dirigí

a la cocina a por un vaso de agua. Todavía me zumbaba la mente

tras haber descubierto que necesitaba encontrar la parte que me

faltaba.

Estaba casi al final del pasillo cuando Chase salió de su

habitación. Llevaba unos pantalones de chándal grises y esas

zapatillas deportivas tipo Kanye West que parecían naves

espaciales caras. Llevaba el pecho desnudo y estaba listo para irse

a correr. Iba despeinado y tenía los ojos inyectados en sangre,

aunque ya estaba acostumbrándome al Chase cansado. De alguna

forma era incluso más sexy que el Chase normal.

Nos miramos en el pasillo en penumbra.

Arrastró la mirada hacia la puerta de Ethan y luego hacia la mía.

Levantó una ceja a modo de pregunta. Negué con la cabeza. Un

gesto apenas visible.

«No ha ocurrido nada».

Lo pilló. Tragó saliva. Una burbuja de emoción se hinchó en mi

pecho.

Latido.

Hinchazón.

Latido.

Hinchazón.

Latido.

La burbuja explotó cuando Chase se abalanzó sobre mí y sus

labios chocaron contra los míos con un hambre que me aturdió. No

había nada calculado ni frío ni controlado en ese beso. Mi espalda

se estrelló contra la pared con un ruido sordo, pero no pude sentir


nada excepto su lengua invadiendo mi boca y sus manos trepando

por mis muslos por debajo de la camisola hasta trazar el contorno

de las braguitas de forma provocativa. Cuando encontró el trozo de

tela húmeda en el centro de las braguitas, gimió mientras me

besaba y cerró los ojos con fuerza, como si sintiera algo doloroso.

Deslicé una mano entre nosotros e hice lo que había deseado

hacer durante semanas. Recorrí los abdominales, duros como una

roca, con los dedos y acaricié el bonito y áspero rastro de vello por

debajo del ombligo hasta que encontré el contorno de esa parte de

él que siempre extrañé y nunca odié.

Chase me agarró por el trasero y me levantó para que lo rodeara

por la cintura con las piernas mientras me apoyaba contra la pared.

Me agarró la cara hacia arriba para poder besarme el cuello de

forma más profunda. No. Lo que estábamos haciendo no era

besarnos. Me estaba follando la boca sin piedad, y me apreté contra

él sintiendo que cerraba los muslos contra su estrecha cintura por la

necesidad.

—Cama —gemí mientras lo besaba.

—No intentaré convencerte de lo contrario —gimió con los labios

aún pegados a los míos mientras me llevaba a su habitación y

cerraba la puerta de una patada. Seguía besándome cuando se

quitó las deportivas. Entonces, arrastró la boca por mi cuello

mientras me bajaba a la cama y yo me deleitaba con el delicioso

aroma de Chase (a pino, lluvia y bosque oscuro donde sucedían

cosas mágicas). Me sentí tan inesperadamente feliz que se me

saltaron las lágrimas.

—Chase —gemí.

Arrastró las manos por los lados de los muslos y levantó la fina

tela de la camisola. Sus dedos bailaban en mi piel (¿estaba

temblando?) con una urgencia apenas contenida.

—Chase —grazné de nuevo, desesperada.

Separó la boca a regañadientes de la mía. Me examinó con

cautela. Pensó que iba a detenerlo. Que cambiaría de idea. El

corazón nos latía desbocado contra el pecho.

—He roto con Ethan. Para siempre.


Parpadeó. Pensé que tal vez no lo había escuchado. Tal vez

toda la sangre se había precipitado hacia la zona de la ingle.

Teniendo en cuenta la cosa gigantesca que tenía entre las piernas,

no era exactamente algo descabellado.

—¿Por qué? —preguntó. Sonaba… famélico.

«Porque merece la pena arriesgarse contigo y soy la idiota que

está a punto de hacerlo». Otra vez.

—Por tu oferta.

—¿Podrías ser más específica?

«Una eternidad temporal».

El miembro le latía contra el interior de mi muslo. Pensé que me

moriría si no me penetraba.

—Ser tu falsa novia… hasta… —gemí cuando sus dientes

encontraron mi pezón a través de la camisola y lo mordió—. ¿Sigue

en pie la oferta? —Me castañetearon los dientes.

—Sí —murmuró contra mi carne.

—Entonces, acepto.

Se quedó congelado por completo. Pensé que me había

entendido mal. ¿Por qué si no detendría todas esas cosas

maravillosas que nos estaban sucediendo? Entonces entrelazó sus

dedos con los míos y los curvó contra el anillo de compromiso con

una mano y con la otra me arrancó la camisola del cuerpo. Lo hizo

con facilidad, como si arrancar ropa fuera su trabajo habitual. El

dolor de la tela rompiéndose contra mi carne me robó el aliento. Una

fina pila de satén se amontonó debajo de mí en la cama. Apartó las

braguitas a un lado («lo único que debería arrancar», pensé con

diversión) y acarició la abertura con el dedo índice hasta sumergirlo

en mí y curvarlo. Tocó el punto G sin siquiera un parpadeo, y sonrió

de forma siniestra mientras contenía el aliento y contraía el vientre.

Había olvidado lo bien que se le daba eso.

En realidad, no. Recordaba claramente lo hábil que era entre las

sábanas, razón por la cual había tratado de mantenerme alejada.

Chase dejó un reguero de besos por todo mi cuerpo, tomó cada

pezón entre los dientes y les dio buen tirón. Su frío aliento contra

mis húmedos pezones me provocó deliciosos escalofríos por todo el

cuerpo.


Continuó su camino hacia el sur, besándome, arrastrando sus

dientes, mordisqueándome. Se detuvo en mi ombligo y sumergió la

lengua en él para luego darle vueltas. Recorrí la negra corona de

cabello con los dedos mientras él me besaba y lamía el interior de

los muslos.

Era una maravilla mirar a Chase Black desde cualquier ángulo,

pero especialmente cuando levantó la mirada hacia mí con sus ojos

pálidos mientras deslizaba la lengua por mi interior y seguía

mostrando esa media sonrisa. Empezó a chasquear la lengua, y el

peso aplastante de un orgasmo inminente (y un corazón roto)

descendió por mi cuerpo como un ladrillo de diez toneladas.

Agarré una de sus almohadas y gemí en ella, ansiosa por

mantener en secreto nuestro esperado encuentro. Sentí que me

temblaban los muslos y se me ponían rígidos todos los músculos del

cuerpo y supe que estaba cerca. Me empezaron a hormiguear los

dedos de los pies y la respiración se volvió dificultosa mientras

continuaba penetrándome con la lengua y estiraba la mano para

retorcerme uno de los pezones de forma juguetona.

—Me pregunto si mi padre podría recibir el dinero de mi seguro

si sufro una combustión espontánea —dije medio lloriqueando,

medio a modo de reflexión.

—Solo tú dirías eso justo ahora. —Se rio dentro de mí mientras

se hundía más fuerte, más profundo y más rápido y metía dos dedos

en mí a medida que me devoraba. Me contraje. Tenía todos los

músculos del cuerpo tensos y congelados. El placer me recorrió de

arriba abajo en forma de oleadas calientes.

Mi aliento tembló cuando bajé de las alturas. La boca de Chase

seguía presionando mi entrada. Fue lamiéndome hasta llegar a la

altura del estómago y luego metió la lengua en mi boca, dándome

así un beso lascivo. Me probé a mí misma y no sentí ningún tipo de

pudor como para meterme debajo de las piedras y vivir allí de por

vida. Con Chase tenía esta cosa. Por más que discutiéramos,

siempre me hacía sentir como una diosa en la cama.

Metí la mano entre los dos para ahuecarla en su longitud y le

bajé los pantalones con los pies. Traté de agacharme para

devolverle el favor, pero me inmovilizó contra la cama.


—Me temo que los preliminares no tienen cabida. Llevo

esperando esto desde el instante en el que me dejaste. —Extendió

la mano hasta la mesita de noche, abrió la billetera y sacó un

preservativo antes de abrir el envoltorio con los dientes y escupirlo

al suelo.

Se hundió en mi interior, protegido y palpitante, y me penetró

lenta y profundamente. Tenía el rostro tan concentrado e intenso

que no pude cerrar los ojos.

Arqueé la espalda y me di cuenta de lo mucho que lo había

extrañado. A él. Entonces se detuvo. Chase me miró mientras

estaba en mi interior. Parecía que el peso del mundo estaba alojado

en los pocos centímetros que nos separaban.

—Hola. —Su voz era casi un graznido.

—Hola —gimoteé.

—Estoy dentro de ti, otra vez. —Me colocó un mechón suelto

detrás de la oreja.

—Todo apunta en esa dirección. —Miré hacia abajo, hacia el

lugar en el que nuestros cuerpos se fusionaban.

Él se rio y me besó el cuello. Después capturó mi boca y empezó

a empujar dentro de mí de nuevo. Se tragó mis gemidos con besos

y por fin cerré los ojos para ceder al momento.

Chase me agarró por detrás de los muslos y me penetró con

más fuerza. Me mordí el labio inferior para reprimir un gemido de

placer. Sentí que me rebotaban los pechos mientras él iba más

rápido. Él observaba cómo se balanceaban con los ojos

entrecerrados y una mirada lasciva que me hizo apretarme contra él.

Los resortes de la cama sonaban cada vez que empujaba dentro de

mí. Nos movimos juntos en completa sincronía.

—Mad —gimió mirando hacia otro lado, como si estuviera

avergonzado de lo presente que estaba en el momento. Me

encontré con él empujón a empujón, moviendo las caderas mientras

se sumergía en mí, y lo sentí sacudirse en mi interior de forma

incontrolada.

—Joder —siseó aplastando la mano contra la parte baja de mi

vientre e inmovilizándome mientras me penetraba como si tratara de


deshacerse de un demonio que se había apoderado de su cuerpo—.

No, no, no.

«¿No?».

Un segundo clímax se desplegó debajo de mi ombligo y se

extendió por las piernas, el pecho y las yemas de los dedos cuando

Chase me dio la vuelta, se apoyó en mis caderas y me penetró

desde atrás. Dejé escapar un gemido y me adapté a la nueva

postura.

—Joder —volvió a decir—. Así tampoco.

Pero seguía follándome y su voz sonaba tan tensa que sabía

que lo estaba disfrutando. A menos que…

La satisfacción que sentía fuera demasiado. Se extendió por mi

pecho como miel caliente.

Estaba tratando de no correrse y fallando en el intento.

—¿Cuánto te queda? —siseó. La voz le salió en un suspiro

corto. El sonido de ambos, carne contra carne, y el sonido de mi

humedad llenaba la habitación. Me pregunté si le excitaba lo

incompatibles que éramos en la cama. Lo pequeña y baja que era

yo y lo grande, musculoso y alto que era él.

—Poco —gemí.

Empezó a masajearme el clítoris mientras seguía penetrándome.

Me temblaba todo el cuerpo.

—Voy a correrme.

—Gracias, joder. Déjame ver. —Me agarró por el pelo,

extendiéndome el cuello y mirándome a los ojos. Era algo muy

íntimo y extraño, pero aun así le sostuve la mirada con los ojos

entreabiertos mientras el orgasmo me atravesaba como una

corriente. Abrí la boca en forma de O y me soltó el cabello mientras

daba unos cuantos empellones más antes de colapsar encima de

mí.

Sentí el líquido denso y cálido de su orgasmo en mi interior a

través del preservativo. Tenía el sudoroso pecho aplastado contra mi

espalda. Y yo tenía la cabeza metida debajo de su barbilla. Gimió

unas cuantas veces más mientras pulsaba en mi interior de forma

perezosa. Dejé escapar un suave gemido. Tenía encima noventa

kilos de músculo y un ego del tamaño de Staten Island. Pesado.


—¿Te estoy haciendo pan de pita? —preguntó somnoliento.

—Nunca pude resistirme a los carbohidratos.

Se rio.

—¿Por qué —dijo contra mi nuca, agitándome el fino vello con

su cálido aliento— me haces sentir como un adolescente de

dieciséis años que acaba de averiguar lo que es un coño? ¿Qué

tienes, Madison Goldbloom, que me vuelve tan loco?

—Deben de ser los vestidos estampados —dije con la boca en la

almohada.

Me besó la nuca y se rio.

—Quiero decir, has mencionado a tu padre mientras tenía la

lengua en tu interior. Mi polla debería haber salido corriendo a gritos.

¿Qué te hace distinta de las demás?

El hecho de que lo preguntara en voz alta era medio insultante,

medio halagador.

—Soy yo. —Me encogí de hombros y cerré los ojos—. Soy yo y

las demás tratan de ser otra persona a tu alrededor. Supongo que

eso es un reto para ti.

De repente, lo único que quería hacer era dormir.

Y eso es lo que hice.

Un ángel caído sumergido en la oscuridad del diablo, engullido

por sus brazos fuertes y mortíferos.


Capítulo diecinueve

Chase

El resto del fin de semana en la casa de campo no fue malo

gracias a Madison, que me recordó que su boca era la octava

maravilla del mundo. Hacía meses que no me lo pasaba tan bien.

Bueno, años. El fin de semana consistió en buena comida,

conversación agradable y sexo alucinante. Habría tenido la leve

sospecha de que había muerto y estaba en el paraíso de no ser por

el correo electrónico que recibí de mi contable recordándome que

debía abonar el impuesto trimestral.

Si pensaba que había mitificado el sexo con Madison después

de romper con ella para consolarme por los malos polvos con los

que había tenido que lidiar estaba equivocado. Lo cierto es que era

incluso mejor de lo que recordaba.

Más largo, más duro y más húmedo.

El único inconveniente del fin de semana fue que el maldito

Ethan Goodman seguía allí, montando a caballo con nosotros,

sentado en nuestra mesa y flirteando con Katie (que parecía menos

asqueada por la perspectiva de enrollarse con el ex de mi novia de

lo que esperaba). Por el bien de que no saliera todo a la luz, no me

importaba que tuviera algo con mi hermana. Después de reflexionar

mejor sobre el asunto, no era el hijo de puta que pensaba. Parecía

el feligrés de calcetines cortos que juega a lo seguro con el que mi

hermana sería feliz. Simplemente no creía que hiciera buena pareja

con mi Madison. Es decir, Madison. No mi Madison. No era mía.

Sabía eso.


La noche anterior a la mañana en la que regresábamos a la

ciudad, Ethan tuvo que volver rápidamente a Manhattan por una

urgencia. Se ofreció a llevar a Katie y le dirigió una mirada a

Madison, que le levantó los pulgares con una amplia sonrisa.

Eso nos liberó de Ethan y Katie en el desayuno. Lo que

significaba que podía hacer realidad la fantasía que me quitaba el

sueño desde que se me había ocurrido el plan del falso

compromiso. Durante el desayuno, me incliné de forma casual y con

mucha brusquedad para besar a Madison en los labios. No fue más

que un pico, ya que opinaba que las personas que se profesaban

muestras de cariño en público debían ser ejecutadas en la plaza del

pueblo. Pero eso fue suficiente para mostrarles a todos que lo

nuestro era real.

La expresión del rostro de Amber (como si se hubiera tragado

una mosca) junto con el ceño fruncido de horror de Julian casi me

hicieron reír.

Ahora que nos dirigíamos a casa, me enfurecía la idea de

despedirme. Mi ex-novia-actual-temporal era increíble y mantuvo

alejada mi mente de la enfermedad de mi padre. Algo que

definitivamente era un plus.

—¿Dónde quieres dormir esta noche? —pregunté mientras

conducía a un ritmo que haría que los ciudadanos de la tercera edad

pareciesen punks delincuentes. El paisaje rural pasó como si fueran

imágenes en movimiento y se convirtió de forma gradual en edificios

más altos con más hormigón y aceras más estrechas a medida que

nos acercábamos a Nueva York.

—En mi cama. —Se rio—. ¿Dónde si no?

—En la mía —afirmé con rotundidad.

—Daisy —señaló—. Probablemente, me echa mucho de menos.

—Podrías traértela.

«¿Qué demonios estaba diciendo?». Cuando veía cabellos de

mujer en mi almohada me daban ganas de reformar todo el

apartamento. Si viera una bola de pelo en el suelo probablemente

me entrarían ganas de prenderle fuego a todo el edificio.

—Creo que se asustaría. —Mad se detuvo—. De hecho, creo

que tú también. No, gracias.


Esperé a que me invitara mientras Mad hojeaba una revista de

boda que se había traído. «Para investigar», me recordé. Ella sabía

cómo eran las cosas. Cuando entramos en Manhattan, finalmente

dije:

—O podría quedarme a dormir contigo.

Cerró la revista y la colocó sobre las piernas cruzadas.

—¿No quieres un poco de espacio? Acabamos de pasar el fin de

semana juntos.

—Acostarse con alguien de forma habitual supera lo del espacio

personal —repliqué con ironía—. Cualquier día de la semana. Es

ciencia.

—¿Eso significa que le vas a dar a la monogamia una

oportunidad mientras estemos temporalmente juntos? —Era más

una burla que una pregunta.

—¿Quieres que así sea? —respondí. Sonaba como mi madre y

mi hermana cuando trataban de convencerse la una a la otra para

que se comieran el último trozo de tarta de forma pasivo-agresiva en

Acción de Gracias.

—¿Eso quieres? —contraatacó. El teclado de mi cerebro

destrozó una respuesta grosera. ¿Tenía cinco años?

—Claro —corté—. Haré monogamia temporal si tú lo haces.

—¿Si yo lo hago? —La vi sonreírme de reojo—. ¿Me conocen

por ir por la ciudad de cama en cama?

Bien visto. Era cierto que desde que nos metimos en la cama,

parecía que estuviera perdiendo unos cuantos puntos de inteligencia

cada vez que me corría en su interior. Era como si me succionara la

lógica. La Dalila para mi Sansón, si él fuera un genio y ella…,

bueno, una hípster peculiar. Tomé un sorbo de café.

—¿Crees que si alguna vez nos grabáramos en vídeo teniendo

sexo quedaría raro? Eres muy grande —reflexionó Mad.

Casi rocié el café por todo el parabrisas.

—Antes que nada, nunca me grabaría practicando sexo, ni

documentaría mi cariño hacia otra persona de ninguna forma. —

Metí el vaso de usar y tirar en el portavasos—. Pero déjame

asegurarte que no quedamos raros en la cama.

—¿Cómo lo sabes?


—Porque nos observé en el espejo de mi dormitorio mientras lo

hacíamos. —Me detuve—. Estábamos jodidamente épicos, muchas

gracias.

Mad jugó con su anillo de compromiso haciendo pucheros

mientras procesaba todo esto. Estábamos a diez minutos de su

casa. Todavía no me había dicho si podía quedarme con ella. Me

volví a enfadar. Tal vez era buena idea pasar algo de tiempo

separados.

—Creo que me gustaría dormir sola esta noche —dijo finalmente

—. Ya sabes, solo para asegurarme de que la relación no es tan

intensa y para no tener sentimientos el uno por el otro.

—Vale —contesté. No tuve corazón para corregirla y señalar

que… Bueno, no tenía corazón, por lo que eso de albergar

sentimientos no era una posibilidad para mí.

—Genial.

Aparqué frente a su casa de piedra rojiza y la ayudé con las

maletas. Tras dejarlas en la sala de estar, nos besamos en la boca,

me giré y me dirigí hacia el coche.

Me detuve en la entrada del edificio.

Me di la vuelta y volví a subir con el puño ya cerrado y preparado

para llamar a la puerta. Levanté la mano para hacerlo, pero la puerta

se abrió justo cuando iba a golpear la madera con los nudillos. Ahí

estaba Madison, jadeando.

Parpadeé esperando instrucciones. ¿Debería besarla? ¿Darle

espacio? ¿Reprenderla por ser tan jodidamente indecisa?

—Normas básicas —Levantó la mano a modo de advertencia—

porque sé que tú no tienes sentimientos, pero yo sí, y estoy aquí

para protegerme.

Alcé la barbilla indicándole que estaba escuchando. Me quedé

de pie fuera del apartamento. Ella estaba dentro. Quería tener

permiso para entrar. Seguramente, aceptaría vender todas las

acciones de Black & Co. por una mamada ahora mismo.

—Uno, no podemos dormir juntos más de tres noches a la

semana entre los dos apartamentos. Ese es el máximo.

—Hecho —espeté.


—Dos, tienes que cuidar de Daisy cuando esté fuera de la

ciudad. No es justo que Layla tenga que encargarse de ella. Fuiste

tú quien me la regaló.

—Dijiste que siempre habías querido un cachorro cuando

pasamos junto a un aussiedoodle por la calle —señalé. En ese

momento pensé que le estaba haciendo un maldito favor.

Me miró como si estuviera loco.

—Digo muchas cosas, Chase. También dije que quiero casarme

en un castillo italiano.

—¿Y? —La miré sin comprender.

—¡Y por supuesto que me casaré en el patio de mi padre! —

Lanzó las manos al aire, como si fuera obvio.

—Muy bien. Cuidaré de Daisy cuando estés fuera de la ciudad y

no te regalaré nada que necesite algo más que agua o pilas para

sobrevivir. —Tomé nota mental de regalarle solo cosas horribles.

Cojines eléctricos, agendas estampadas con flores y cremas de

manos que olían a postre. La mierda barata que hacía sonreír a Mad

—. ¿Algo más? —Extendí mis brazos de forma teatral.

—Mmm. —Se dio toquecitos en el labio inferior—. Oh, sí. No

podemos contarle a nadie del trabajo lo que tenemos. Esto tiene

fecha de caducidad y no quiero que parezca que me has dejado.

Dos veces.

Mad no le había contado a nadie que habíamos salido ni antes ni

ahora. A mí, sin embargo, me daba igual si me veían besándola por

la mañana cuando íbamos a trabajar juntos.

—Tampoco te dejé la primera vez.

Hizo un ademán con la mano.

—Eso es lo que asumirán.

No estaba equivocada. La gente siempre asumía que la persona

de dinero era la que dejaba.

—Y una cosa más. —Levantó el dedo en el aire. Esperaba que

fuera solo una, porque empezaba a pensar que tal vez fuera buena

idea que estuviera presente el abogado de la empresa. Mad tenía

muchas normas para lo que posiblemente iba a ser una aventura de

dos semanas, si es que llegaba a eso. Se me revolvió el estómago

al pensar lo que eso significaba para papá.


—Termina con esto. —Puse los ojos en blanco.

—Cuando acabe, prométeme que nunca me buscarás ni

intentarás prolongar la relación. Me dijiste que estoy obsesionada

con las bodas y el matrimonio y es cierto. Son cosas que me

importan mucho, aunque no sean algo feminista ni hípster ni algo

típico de Manhattan en el siglo . Prométeme que me dejarás

marchar para siempre. Haz lo correcto y deja de perseguirme

cuando nos despidamos.

—Lo prometo —dije, dando un paso hacia adelante para eliminar

el espacio que nos separaba. Ahora estábamos boca a boca. Pecho

a pecho. Polla a coño—. Prometo salvaguardar tu corazón. ¿Ya

puedo tener el resto de ti?

Me rodeó el cuello con los brazos.

—Después de ducharnos.

Capturé su boca y la besé con intención. Me quité los zapatos de

una patada mientras la empujaba hacia el apartamento. El nivel de

satisfacción y alivio que sentí al dormir en su casa debería haberme

preocupado. Afortunadamente, el noventa por ciento de mi flujo

sanguíneo estaba por debajo del cinturón, así que mi cerebro no

tenía mucho con lo que trabajar.

—Destino —murmuró contra mi boca.

—¿Puedes repetirlo otra vez? —Pregunté. «Y otra vez y otra vez

y otra vez». En mi cara a poder ser.

—El viernes, la palabra del día de Layla fue «destino». La acabo

de ver en su puerta.

Hice un sonido de indiferencia para señalar que la había oído y

la empujé el resto del camino hacia la ducha, abrí el grifo con la ropa

todavía puesta y le quité el vestido con los dientes.

Sin duda, la ducha más larga y lasciva que me he dado.

Dos días después, Grant y yo estábamos corriendo por Central

Park. Un hábito que manteníamos desde que éramos adolescentes,


desde que los dos vivíamos en la misma manzana, nos

autodiagnosticamos TDAH y necesitábamos liberar algo de energía.

A veces, lo hacíamos en silencio; a veces, hablábamos sobre el

instituto, las chicas, el trabajo y toda esa mierda (no mierda literal,

aparte de aquella vez en la que Grant se intoxicó con comida

durante unas vacaciones esquiando en Tahoe, de lo que habíamos

hablado largamente).

Solíamos superar el circuito completo, una carrera diaria de 9,8

km seguida de una breve sesión de entrenamiento de fuerza en el

gimnasio de mi edificio antes de empezar nuestra jornada laboral.

Como ayer me quedé en casa de Mad y solo había ido a mi

apartamento a coger ropa limpia y a echar una cagada de media

hora (me habían dicho que era muy poco caballeroso ocupar el

baño del apartamento estudio de una mujer solo para poder leer

todos los artículos del New York Times mientras estás sentado en el

inodoro), nos habíamos saltado un día de entrenamiento.

—Así que las cosas se están poniendo serias.

Grant era la visión de un corredor, con sus zapatillas de correr

acolchadas, los pantalones cortos de correr, la gorra de béisbol, el

Apple Watch y los calcetines de gel especiales. Lo único que

necesitaba para completar el look era un maldito número pegado a

la espalda, a lo Usain Bolt. Yo era más discreto, con (sí, lo has

acertado, ding, ding, ding) unos pantalones cortos de correr negros,

una camiseta negra y unas zapatillas deportivas negras que Katie

me regalaba cada tres meses para asegurarse de que las plantas de

mis pies no se llenaban de ampollas. Aunque no me gustaban las

medias maratones como a Ethan y a Katie. Entrenaba porque no

quería morir joven ni lucir una barriga de treinta y tantos.

—Al contrario, Gerwig. Tenemos un plazo ajustado, así que lo

estoy aprovechando al máximo. Lo tengo todo resuelto.

Cuando papá muriera, también lo haría la relación con Madison.

—Me encantaría escucharlo —dijo Grant, fingiendo apoyar la

barbilla sobre el puño sin interrumpir el ritmo—. Cuéntame cómo lo

has resuelto.

—Pasaré los días con papá. Volver a su casa todos los días

después del trabajo, jugar al ajedrez, cenar, ver la televisión, hablar


y luego ir a casa de Mad a pasar la noche con ella. Así disfruto de

ambos mundos sin que me la vuelvan a jugar.

—Jugártela —repitió Grant esperando una mayor explicación.

—La última vez, fui absorbido por un agujero negro de sexo

lascivo y conversaciones triviales. Nunca más.

—Se llama enamorarse, idiota. Te enamoraste y te fastidió

mucho que nadie te avisara. Así que procediste a hacer algo

alucinantemente estúpido, te arrepentiste, tuviste una segunda

oportunidad y ahora, de acuerdo con lo que estoy entendiendo,

estás a punto de cagarla otra vez.

«Enamorarse». Esa era la palabra que había utilizado. Grant

estaba loco. De eso estaba seguro. El hecho de que le confiara la

salud de mi padre me preocupaba.

—No quiero una relación —solté.

—Bueno, ya tienes una.

—Sabe que no es real —dije, aunque no se me pasó por alto

que estábamos a punto de mandar a la mierda la norma de las tres

noches por semana.

—No es ella quien me preocupa, Chase.

Íbamos a dar la vuelta a la curva, cuesta arriba. Recordé que mi

padre me había dicho que los caminos de Central Park eran curvos

para evitar carreras de caballos y carruajes. Me pregunté qué otros

datos curiosos no había tenido oportunidad de contarme todavía.

Grant se quedó atrás y aproveché la situación para cambiar de

tema.

—¿Qué hay de Layla y tú? —pregunté.

—Se ha acabado.

—Interesante —contesté. Aunque no era interesante. Grant y

Layla eran casi tan compatibles como Daisy y Frank. Grant quería

una relación seria y Layla quería follarse a todos los que pudiera

físicamente antes de conocer a su creador.

—Sí —suspiró Grant—. Averigüé que no quiere tener hijos.

—Sabías que no quería tener hijos —repliqué. Cuando la

conoció esa había sido literalmente la primera conversación que

habían tenido. «Hola, soy Layla. No quiero tener hijos, pero soy


maestra de preescolar. Por favor, ahórrate tu opinión sobre ello. Oh,

oye, bonita camisa».

—Bueno, pensé que era una forma de hablar. Ya sabes, como la

gente que dice que no comerán mucho en la cena de Acción de

Gracias porque están guardando la línea pero aun así se hartan

cuando llega el momento.

—Los niños y las tartas de calabaza tienen mucho en común —

dije de forma sarcástica mientras aceleraba el paso. Grant me

alcanzó—. Sigo sin entender por qué no dejaste que la relación

siguiera su curso mientras tenías sexo estable.

—Porque no soy un completo idiota —explicó con los dientes

apretados—. No quiero despertarme dentro de dos años con una

mujer que quiere exactamente lo contrario a lo que yo quiero.

—¿Cómo se lo tomó ella? —pregunté, porque parecía algo que

debía hacer.

—Bastante bien, ya que fue ella la que me dejó.

—Mierda —ofrecí—. Lo siento.

Obviamente, era un excelente amigo, con una gran y valiosa

aportación.

—¿No crees que es irónico? Layla me dejó porque quería algo

serio. Tú trataste de ahuyentar a Maddie porque iba en serio. Las

cosas habrían funcionado a la perfección si Madison y yo nos

hubiéramos conocido antes que ella y tú. Entonces ella podría

haberte liado con Layla.

—¿Mad y tú? —espeté—. Ninguna posibilidad. Es demasiado

rara y tú, demasiado… tú.

—¿Ah, sí? —preguntó Grant, divertido. Estaba provocándome—.

Tal vez esté equivocado. Tal vez haríais buena pareja. No importa.

El código de hermanos determina que no puedes tocarla ni con un

poste de tres metros porque yo la toqué primero. —Me detuve—. Y

la he tocado por todas partes.

—No creo que funcione así. —Grant se rio y sentí que mi cuerpo

se tensaba. Quería correr con él cuesta arriba solo para poder

hacerlo rodar hacia abajo, con la esperanza de que se rompiera una

maldita cadera—. Ya no estamos en el instituto. Ni siquiera te gusta

mucho. O eso dices.


—¿Qué cojones insinúas, Grant? —Dejé de correr y le fruncí el

ceño a mi amigo. Grant siguió corriendo en el lugar. Siempre había

pensado que correr en el lugar era la señal internacional de ser un

capullo pretencioso.

¿No lo había hecho Ethan el otro día? De repente, no podía ver

a mi mejor amigo.

—No te molestes tanto. Aunque alguna vez decidiera ir a por

Maddie, ella nunca saldría conmigo. El código de hermanos puede

no ser gran cosa, pero el código de hermanas es real y Maddie es

una buena chica. Nunca le haría eso a Layla.

Sabía que tenía razón. Seguí corriendo, ignorando su risa a mi

lado. No era gracioso. ¿Y qué si no quería que mi mejor amigo se

acostara con mi ex? Eso no significaba que estuviera «enamorado»

de ella.

—En cuanto a lo que insinuaba —dijo con una amplia sonrisa—,

creo que el término que estaba buscando es que tú, amigo mío,

estás real, crucial y oficialmente jodido.


Capítulo veinte

Maddie

Había pasado casi una semana entera desde la ruptura madura

y cordial con Ethan.

El tiempo siguió su curso, como si fuera un collage de

vacaciones. Cenas familiares editadas con Photoshop en casa de

los Black, intercambio de opiniones sobre los mejores diseñadores

de la familia real con Lori, susurros con Katie a modo de colegiala y

clases de repostería con preparación de magdalenas a Clemmy

mientras le trenzaba el pelo. Charlé con Ronan tanto como pude, sin

monopolizar su tiempo. Tenía experiencia de primera mano en lo

que se refería a lidiar con un familiar enfermo. A menudo, las

personas preferían evitar la enfermedad. Conversar con otros

miembros de la familia. Suponía que con esos a los que era más

fácil mirar.

Aprendí a ignorar a Amber y a Julian sin que me ardiera la

sangre cuando se dirigían a mí como si fuera una sirvienta. En

realidad, no fue difícil. Amber, por lo general, bebía hasta el olvido

con fines de lubricación social y era fácil de burlar. Julian seguía

siendo una víbora, pero pasaba mucho tiempo tratando de reunirse

a escondidas con Ronan o encerrándose con Chase en la biblioteca,

donde las octavas alcanzaban unos máximos dignos de Broadway,

incluso con las puertas cerradas.

No le preguntaba a Chase por las reuniones con Julian. No me

incumbían. Sabía que Julian estaba al tanto de mi beso con Ethan,

pero suponía que Chase se había ocupado de eso. No quería


meterme. Mientras más sabía, más me involucraba y más intentaba

aferrarme con desesperación al resto de mis sentidos y dejar mi

corazón al margen de este acuerdo.

Sin embargo, mi cuerpo era un participante entusiasta. Chase y

yo teníamos sexo como si fuera un deporte de competición. «Y

estábamos ganando». En mi cama, en la suya, en la ducha, en la

bañera, en la encimera de la cocina (no era la primera vez), contra

el ventanal de su apartamento y encima de mi lavadora (una

fantasía personal mía).

Seguía despertándome cada mañana diciéndome que Chase

Black era una solución temporal. Como una tirita o un producto para

controlar el peso. Algo que me tenía ocupada mientras esperaba la

llegada de lo definitivo. Me negaba a ir a eventos con él, y, cuando

Chase mencionó algo sobre una doble cita con Grant y una

compañera de trabajo suya («¿En serio? ¿Tan rápido?»), le contesté

rotundamente que ni de coña me verían en público con él. Esas

eran las medidas de seguridad que había tomado con más cuidado,

aunque hubiera lanzado por la ventana la norma de dormir juntos

tres veces a la semana.

Entonces recibí un mensaje de Ethan. Fue la mañana que pasé

sin Chase. En algún momento del día anterior, lo había empujado

literalmente hacia la salida de mi apartamento para tener algo de

tiempo a solas.

Ethan me devolvió las azaleas. Bueno, lo que quedaba de ellas.

Las flores estaban marchitas, con las hojas arrugadas, de color gris,

los bordes negros y encogidas. La maceta en la que la tenía estaba

cubierta de arena cuarteada parecida al alquitrán. La sostuve en los

brazos, miré hacia el alféizar de la ventana, donde crecían mis

flores, y volví a mirar las azaleas muertas mientras sentía el

chisporroteo de algo caliente, rojo y furioso desde el centro de mi

ser. Había una nota. La saqué.

Lo siento mucho. Estaba ocupado salvando vidas y se

me olvidó la planta. ¿Tal vez puedas salvarla?

Aun así, gracias por el regalo.


E

Pensé en las azaleas muertas durante toda la primera mitad del

día mientras trabajaba en el vestido de novia de ensueño. Apuñalé

el bloc de dibujo con el lápiz, rompiéndolo varias veces.

—¿Qué ocurre? ¿Ha muerto una de tus hijas? —Nina se burló

desde su rincón del estudio una vez que Sven no podía oírnos, en

referencia a la planta marchita—. Maddie, qué mala madre.

Agaché la cabeza y seguí trabajando.

—Maddie. —Sven apareció por detrás de mi hombro. Di un

respingo y jadeé—. ¿Cómo estás?

Abrí la boca para responder, pero me cortó con un gesto de la

mano.

—No importa, no estoy aquí para eso. ¿Está listo el boceto?

—Casi. —Lo sostuve contra el pecho de forma protectora. Me

había encariñado mucho con él. Significaba mucho para mí. Lo

había diseñado viéndome a mí misma con el vestido puesto.

—Veamos. —Arrastró hacia mi escritorio un taburete del cubículo

de otra persona y se sentó frente a mí.

—¿Ahora? —Miré a mi alrededor para ganar algo de tiempo.

—No hay mejor momento que el presente. —Sacó el

portapapeles con el boceto de entre mis dedos. Respiré

profundamente y sentí que las paredes del estudio se cerraban

sobre mí. Me ardían los pulmones y estaba muy nerviosa.

—Oh. —Eso fue todo lo que Sven dijo después de un minuto

completo de silencio. «Oh» no podía ser bueno. Ni siquiera arrastró

la H. «Ohhhhhhh». No. Solo «Oh». Sentí náuseas.

Sven frunció el ceño.

—Muchos detalles.

—Sí —contesté—. Me pediste que fuera artística.

—También pensé que estarías cuerda. —Arrugó la nariz, todavía

observando el boceto.


—En realidad, utilizaste la palabra «loca» —respondí sin creer

de verdad lo que oía. ¿Estaba discutiendo con Sven? Era la primera

vez. Nunca había retado a mi jefe. Sospechaba que esta era la

razón por la que me había ascendido tan pronto. Era la mujer que

siempre le decía que sí. Pero ahora no. No cuando sabía que este

vestido era mi mejor diseño hasta la fecha.

Sven me tendió el boceto y me miró.

—Mira, no digo que no sea bueno, pero hay que ganar dinero y

esta temporada va de líneas sencillas.

—Me dijiste específicamente que no había normas que cumplir.

—Le arrebaté el boceto de las manos—. Y eso es exactamente lo

que he hecho. Todos van a aparecer en la Semana de la Moda con

variaciones del mismo vestido sencillo y yo voy a darles algo nuevo.

Algo grande. Algo fuera de lo común. Me asignaste este proyecto

porque dijiste que estaba preparada. Bueno, lo estoy, Sven. Y me

encanta este diseño. Me apasiona.

Pensé en las palabras de aliento de Chase. Parecía que le

encantó. No, más que eso. Parecía maravillado. Eso me ayudó a

decidirme por este boceto. No se trataba solo de alta costura en lo

que se refiere a los vestidos de novia. A veces, se trataba

simplemente de ver a los hombres (hombres como Chase) mirar un

bonito vestido y tener esa sensación de que te dan un puñetazo en

el estómago.

Sven me miró largo y tendido. Yo le devolví la mirada. Aunque

estaba fuera de lugar, sabía que hacía lo correcto. No solo por mí,

sino por la empresa.

Señaló el boceto con la barbilla.

—Los peces gordos me pondrán a caldo por esto, lo sabes ¿no?

No aparté la mirada de sus ojos.

—Por cierto, no es blanco.

Abrió los ojos de par en par.

—Pero el blanco cisne…

Negué con la cabeza y levanté la mano.

—Se venderá, Sven. Te lo prometo.

Se puso en pie, rascándose la mejilla. Pensé que estaba

impresionado. Yo sí que lo estaba por mi terquedad.


—¿Cuándo te has vuelto tan —Buscó la palabra correcta—

feroz?

Sonreí.

—Cuando me di cuenta de que ser pusilánime no es lo mismo

que ser amable. Que no hay que ser fuerte solo con uno mismo,

sino con el resto de las personas también.

A media tarde, mientras los demás estaban en un descanso,

alguien me dio un toquecito en el hombro. Seguía inclinada sobre la

mesa de dibujo, sacando la lengua por un lado de la boca,

dibujando. Me di la vuelta.

Ahí estaba Chase, levantando una bolsa de plástico blanca llena

de fiambreras. El olor a sopa pho * llenó el ambiente y vislumbré las

albóndigas de arroz blanco, finas como el papel, en los cuencos

pequeños de plástico. Se me hizo la boca agua durante cinco

segundos, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. Le di

un leve empujón y miré a ver si Nina se encontraba en su cubículo.

No estaba.

—¿Estás loco? —susurré, aunque el gesto de mis ojos abiertos

de par en par sugería más bien un grito—. Alguien podría verte aquí.

—¿Y? —Entrecerró los ojos—. Estoy ofreciéndote sopa, no mi

polla. No habrá rumores por almorzar juntos.

Me di cuenta de que estaba siendo desagradecida. Había venido

a mi oficina con la intención de invitarme a comer. Respiré

profundamente y, a continuación, dibujé una sonrisa en mi rostro.

—Aunque me conmueve mucho tu preocupación, estoy muy

convencida de que nadie debe saber lo nuestro. Es temporal y,

como ya dije…

—Sí, sí. —Hizo un gesto con la mano libre, como si ya hubiera

oído el discurso miles de veces—. Dios no quiera que alguien

piense que el jefe te dejó.


—No es solo eso. —Apreté los dientes. Apoyó una cadera sobre

la mesa de dibujo mientras esperaba una explicación. Miré a mi

alrededor. El estudio estaba vacío. Era uno de esos días de verano

en los que quedarse en el interior del edificio era como estar al

borde del masoquismo. Eché un vistazo al teléfono. Teníamos al

menos media hora hasta que la gente regresara a sus puestos.

Además, llevaba razón. Estábamos compartiendo comida, no

orgasmos. Negué con la cabeza.

—Vale. Solo porque me estás retorciendo el brazo.

—Te voy a retorcer otra cosa después de que terminemos con el

plato principal. —Me guiñó un ojo.

Chase puso rápidamente la mesa en la zona de cocina mientras

cogía dos latas de Coca-Cola Light. Le conté lo de las azaleas de

Ethan y observé con cuidado su reacción. Había ido a la casa de

Chase unas cuantas veces desde que le había regalado las azaleas,

pero sabía que se había deshecho de ellas en algún momento. Ya

no estaban en la mesa de la sala de estar ni en ningún otro lugar del

apartamento. Había suspendido el examen que él mismo se había

puesto. Aunque no importaba, ya que los dos habíamos acordado

que esto era algo temporal.

—Asesino de flores. —Chase chasqueó la lengua mientras

sacaba una gamba de la sopa con los palillos y se la metía en la

boca—. Es una pena teniendo en cuenta que a Katie se le hace el

chocho agua por él.

—Ah, ¿sí? —Sorbí un fideo entre los labios. Ethan y Katie tenían

sentido, como las galletas y la leche. Encajaban de forma poco

inspiradora pero legendaria. Un clásico. Chase frunció el ceño y me

di cuenta de que confundió mi reflexión con otra cosa.

—¿Es un problema? —Dejó caer los palillos en la sopa.

Mordisqueé el pastel de cangrejo y lo hice esperar. No me gustó su

tono.

—Nop —dije por fin, pronunciando mucho la p. Chase seguía

con el ceño fruncido. Vi el momento en el que decidió relajarlo.

Cambiar de tema. Se limpió la comisura de los labios con una

servilleta.

—¿Me acompañas al baño, señorita Goldbloom?


—Mmm. —Miré a mi alrededor. La oficina seguía vacía—.

Puedes ir tú solo. Confío en que sabes cómo se hace.

—No sé muy bien dónde está el baño en esta planta —dijo con

sequedad.

—Esa es la excusa más estúpida que he oído nunca. —Lo miré

fijamente, divertida por lo mucho que deseaba atraerme a sus

garras.

Se encogió de hombros.

—Canalizo las células cerebrales que funcionan para dirigir una

empresa que vale miles de millones de dólares. Prioridades, nena.

—Cuánta modestia —me burlé.

—Tienes razón. Decir que soy bueno es de mala educación.

Permíteme demostrártelo. —Chase me guiñó un ojo y me ofreció la

mano por encima de la mesa. La tomé y observé las manos

entrelazadas. Él tiró de mí. Me levanté, miré a nuestro alrededor y

rodeé la mesa para sentarme en su regazo. Tenía unas buenas

vistas de los ascensores y vería si las puertas se abrían. Eso me

dejaba un intervalo de tres segundos para levantarme. Estaba a

salvo.

—Eso está mejor. —Sus ojos eran de plata fundida, oscurecidos

por la lujuria. Me acarició el labio inferior con el pulgar—. Mucho

mejor.

Sus labios se encontraron con los míos. Vacilantes al principio.

Cerramos los ojos al mismo tiempo. Compartimos el aliento. Un

latido. El mismo latido por un segundo. Movió la boca sobre la mía.

De forma paciente, seductora, casi dulce. Me di cuenta de que los

buenos besos eran como el buen vino. Te emborrachas antes de

darte cuenta. Eran como hechizos.

—¿Esto es apropiado según el manual de recursos humanos de

Black & Co.? —murmuré en sus labios—. Porque seguro que en

Croquis esto no está permitido.

—Nunca lo he leído, pero si no lo es, puedo comprar Croquis

solo para que lo sea. —Me volvió a besar. No había rastro de

sarcasmo en su voz. Me reí mientras lo besaba y le mordí el labio

inferior suavemente.

—Debería invitarte a comer más a menudo —dijo.


—Puedes invitarme a cenar. —Lo volví a besar. Sabía que

estábamos arriesgándonos mucho a que nos pillaran, pero por mi

vida que no podía detenerme.

—Es una cita.

—Nosotros no hacemos eso —insistí—. ¿Recuerdas las

normas?

Fingió poner los ojos en blanco mientras me agarraba por el

trasero y me apretaba contra su erección.

—Pero seguimos haciéndolo, así que deja que te lo pregunte de

nuevo: ¿dónde está el baño?

—Alguien podría pillarnos.

—Eso no pasará.

—¿Cómo lo sabes? —Casi ronroneé. Sonaba como una

adolescente virgen que escuchaba al quarterback guaperas del

instituto explicarle por qué podía hacer la marcha atrás y no dejarla

embarazada en la camioneta.

—Sencillo. Lo sé todo —espetó Chase con una máscara como

expresión.

—Tú no… —empecé.

Me cortó.

—Ten un poco de fe, Mad. Solo se vive una vez.

«¿No era eso cierto?». Chase debió de haber deducido que su

última frase me había afectado, porque sonrió.

—Venga, no tenemos mucho tiempo.

No sabía si se refería al descanso para comer o a todo. Lo más

probable es que se refiriera a las dos cosas.

Corrimos al baño de la mano. Chase abrió la puerta de un aseo y

me metió dentro mientras me besaba por todas partes. Murmuré

algo sobre el manual de recursos humanos de Croquis y mi

preocupación por la falta de higiene en lo que estábamos a punto de

hacer. Entonces la lujuria ganó la partida y antes de que supiera lo

que estaba pasando, me puso contra la puerta y se metió entre mis

muslos. Se desabrochó los pantalones y se apretó contra mí

mientras me apartaba las braguitas por debajo del vestido.

—Me encanta que uses vestidos. —Me dio un beso en la nariz.

Le arrebaté los labios antes de que se alejara y lo devoré


apasionadamente—. Te hace follable ya no solo de forma teórica,

sino también práctica. Lo cierto es que no tengo condón —me

susurró en la boca—. Pero estoy limpio.

—Yo tomo la píldora y estoy limpia —dije.

—Bueno, estoy a punto de ensuciarte.

Cuando me penetró, se me vino a la cabeza que estaba

rompiendo una de mis propias reglas. Tener sexo sin preservativo

era algo que se hacía claramente en una relación de verdad. Por

otra parte, no tener sexo con él a estas alturas me mataría.

Me penetró profundamente mientras me agarraba uno de los

muslos y lo estiraba por su cuerpo.

Eché la cabeza hacia atrás, golpeé la puerta con ella y después

gemí.

—Voy a morir.

—Sé una buena deportista y espera unos minutos. Agradecería

mucho correrme antes de irme de aquí. —Empujó más fuerte. Me

reí. Él también. ¿Era raro que nos riéramos mientras teníamos

sexo? Tal vez, pero era nuestra esencia. Fuera lo que fuera lo que

tuviéramos el uno con el otro siempre estaba impregnado de locura.

El sexo en el baño resultó ser menos sexy de lo que anunciaba

la televisión. Por un lado, estábamos sudando. El aire

acondicionado industrial no llegaba a los baños. Se me pegaba el

vestido a la piel como papel film. Miré a Chase, sorprendida por la

vulnerabilidad juvenil que vi en su cara cuando pensó que no lo

estaba observando. El orgasmo creció en mi interior. Cada vez que

me penetraba, la punta de su hebilla me rozaba el clítoris. Estaba

temblando por todas partes y no estaba totalmente segura de cómo

me sostenía en el aire y evitaba que cayera al suelo de culo.

Dejando a un lado la física, no quería que esto terminara. Nunca. Y

eso me asustó.

—Córrete, Mad —gruñó.

—No. —Le besé la curva de la mandíbula—. No, no, no. Quiero

seguir. ¿No puedes aguantar un poco más?

—Sí —dijo dolorosamente, pero estaba segura de que no era

así. Tenía la mirada perdida y podía observar los primeros temblores


del orgasmo que estaba por llegar debilitándole los músculos—.

Pero no nos queda tiempo…

Justo cuando dijo esto, me derrumbé y dejé escapar un fuerte

gemido mientras me aferraba a sus hombros. Él me sostuvo inmóvil,

pero en vez de empujar en mi interior y buscar la liberación, puso

una mano en mi boca.

Oí que la puerta del baño se abría y luego se cerraba de un

golpe. Sentí como si echaran un cubo de agua helada sobre el

orgasmo. Se me encendieron los ojos y apreté la boca por debajo

de su mano.

«No, no, no, no».

Me puso de pie y me ayudó a alisarme el vestido sobre los

muslos, todavía duro e insatisfecho. Aparté la mano y sentí que las

lágrimas me escocían en los ojos. Claro que había dicho que no

pasaría nada. Y claro que había pasado. Qué idiota había sido al

confiar en él. Pero no podía negar mi propia responsabilidad. Era la

animadora cabeza hueca que había aceptado hacerlo a pelo en esa

camioneta imaginaria. Demonios, había dejado que el quarterback

se cagara encima de mí.

—Mad —dijo mientras se vestía. Había algo sorprendentemente

lamentable en ver a Chase todavía erecto y deseoso tratando de

consolarme. Sabía que no había querido que esto sucediera. Que

había tratado de advertirme cuando había oído la puerta—.

Quienquiera que sea no sabe que eres tú. Me estabas rodeando con

las piernas, por lo que no te ha visto los zapatos. Lo único que ha

oído ha sido el gemido. Por lo que podía ser alguien estreñido.

—Te estaba rodeando con una de mis piernas —comenté

mientras estaba de pie en el cubículo que, de repente, parecía más

pequeño de lo que era cuando habíamos entrado en él. Quería salir

de ahí, pero al mismo tiempo lo temía—. Solo una. La otra estaba

en el suelo.

—Tus zapatos no son tan reconocibles —trató de razonar. Los

dos miramos los zapatos. Llevaba unos tacones de flores con un

moño en la parte delantera. Bastante reconocibles, a menos que

vivieras en un set de Eurovisión.

—Tal vez no ha mirado hacia abajo —sugirió Chase.


—¿Después de oír a una pareja teniendo sexo en un cubículo de

un baño? —Me reí amargamente—. Ni de coña, Chase.

—Mad. —Apretó mi rostro entre sus manos y apoyó la frente

sobre la mía.

Moví la cabeza tratando de escapar de su caricia.

—Da igual. Te has salido con la tuya. ¿No era eso lo que

querías? ¿Salirte con la tuya? —Sonaba amargada, nada que ver

conmigo.

—Mad.

—¿Qué? —espeté.

—No te preocupes. Pase lo que pase, vamos a enfrentarlo

juntos.

Las rodillas me temblaron durante todo el camino hacia la

oficina. Traté de autoconvencerme. Me dije que Chase tenía razón.

Que no había motivo para creer que la gente sabía lo que había

hecho o que había sido yo la que estaba en el cubículo.

Regresé a la zona de cocina para tirar las fiambreras. Había una

nota en la nevera, hecha con Word para que nadie reconociera la

letra:

Adivina esto: es bonita, pequeña y su nombre rima con

GRITO.

Por no hablar de que derrite a los chicos hasta hacerlos

batido.

Para ser más específicos, acabo de pillarla con los

pantalones bajados teniendo sexo con el gran jefe de Black

& Co.

El que viste de NEGRO y normalmente sale con chicas

tipo Kate Moss.

Con este tipo de servicio, no es de extrañar que acaben

de ascenderla.

Demasiado para ser Maddie la Mártir, toda buena

voluntad y devoción.


Arranqué la nota de la nevera y la tiré al cubo de la basura. Salí

como una bala hacia mi cubículo y eché un vistazo por encima del

hombro. Nina estaba ocupada limándose las uñas y tarareando una

canción de Ariana Grande con una sonrisa en la cara. Me pilló

mirándola, cogió un vaso de batido de su escritorio y sorbió de

forma ruidosa.

«Por no hablar de que derrite a los chicos hasta hacerlos

batido». Ajá. No hacía falta ser investigador para ver esto como una

admisión de culpa. Estaba tan avergonzada porque me habían

pillado que quería llorar. Saqué el teléfono.

Maddie: Nos han pillado.

Chase: ¿Cómo lo sabes?

Maddie: Había una nota en el frigorífico.

Chase: Mierda. ¿Sabes quién nos ha pillado?

Nos. Ha dicho «nos». Eso me dio la esperanza de que viera esto

como un problema para ambos.

Maddie: Nina Na, creo. Tenía que ser mi archienemiga.

Chase: ¿Se llama Nina Na y te burlaste de MÍ por tener un

nombre divertido?

Maddie: Creo que tiene algo de coreana. Céntrate, Black.

Chase: Me encargaré de ello.

Maddie: Eso suena críptico y superturbio. ¿Qué vas a hacer?

Chase: Déjamelo a mí. Nos vemos esta noche.


Capítulo veintiuno

Chase

En líneas generales, si tuviera que calificar el día de ayer, le

daría una reseña de «cero estrellas», «quiero que me devuelvan el

dinero» y «no volveré a visitarlo».

Aparte de no haber muerto en un extraño accidente de metro,

todo había ido cuesta abajo y sin frenos. Nos pillaron a Mad y a mí

follando en el baño de la planta donde trabaja (mea culpa), Katie me

regañó por preguntarle a Mad si no había problema en que saliese

con Ethan (ese hombre estaba empeñado en meterse en mi círculo

cercano o eso parecía) y, la guinda del jodido pastel, papá se había

reunido con Julian, nuestro director financiero, Gavin, y yo para

anunciar que iba a teletrabajar desde casa a partir de la próxima

semana. Lo que en realidad significaba que ni siquiera podía

mantenerse en pie. Todavía no había informado a la junta de su

situación médica y, a estas alturas, entendía lo que opinaba Julian

sobre ello, pero preferiría morir a ponerme del lado de ese imbécil.

Mi padre había perdido más de diez kilos en menos de dos

meses y parecía un cadáver andante. Seguir guardando el secreto

de su enfermedad era una soberana tontería a estas alturas. Sin

embargo, no podía juzgarlo. Estar muriéndose era algo vergonzoso

y casi humillante de algún modo. Y él era un hombre poderoso.

Julian fue el primero en reaccionar a la noticia de papá. Lo

abrazó, le dijo que lo entendía y le preguntó si pensaba retirarse.

Esta vez papá no parecía oponerse a la idea. Nos dijo que nos

invitaría a discutir sobre ello más adelante.


Julian estaba dedicando todo su esfuerzo a difundir rumores por

detrás sobre mi desempeño como director de operaciones y planear

una votación en mi contra para no ocupar el puesto cuando lo

heredara. También estaba ese estúpido triángulo Ethan-Madison-

Chase al que seguía dando vueltas, pero como eso podría

desaparecer fácilmente (Katie estaba a segundos de salir con Ethan

y Mad y yo estábamos juntos de verdad), me concentré en trabajar

duro y seguir con mis asuntos. Sabía que en algún momento tendría

que lidiar con Julian, pero esperaba prolongarlo hasta después de la

muerte de mi padre porque no quería que presenciara cómo iba a

despedazarlo para luego esparcir sus restos por la calle comercial

para que empezara desde abajo en alguna empresa de mierda

porque nadie en toda la ciudad querría trabajar con él.

Lo entendía, de verdad. Mi existencia había pillado a Julian por

sorpresa. Katie y yo fuimos una sorpresa maravillosa para Lori y

Ronan Black, que pensaban que no podían tener hijos. Déjadme

corregirlo: yo fui un milagro. Katie, una sorpresa maravillosa. Mi

madre sufría el síndrome del ovario poliquístico y los médicos le

dijeron que las posibilidades de quedarse embarazada eran

prácticamente nulas. Julian había pasado buena parte de su infancia

creyendo que era el único heredero del imperio de los Black. Mi

repentina aparición cuando él tenía diez años no había significado

mucho para él en ese momento, pero cuando me hice mayor

empezó a sentir cada vez más resentimiento hacia mí cuando se dio

cuenta de la tarta de fortuna y poder que tenía que compartir

conmigo.

Y, obviamente, no apreció el hecho de que demostrara ser mejor

que él en todo lo que los dos tocábamos.

Después de un desastroso día en el trabajo, llevé a mi padre a

casa y me senté a su lado, pero él apenas estaba consciente.

Cuando me fui de casa de mis padres estaba demasiado

cansado como para ir a casa de Mad para extinguir el fuego en el

que nos estábamos quemando cuando nos pillaron. Regresé a mi

apartamento, me emborraché, le dejé mensajes disculpándome a

medias a una Madison muy asustada, y me quedé frito.


Esta mañana tenía la esperanza de solucionar algo de la mierda

también conocida como mi vida. Le envié flores a Madison a la

oficina. De las grandes y caras. Flores que no decían «gracias por la

aventura», sino que no dejaban lugar a dudas de que iba en serio.

De esa forma, tanto Nina como los demás compañeros de trabajo

de Mad al menos sabrían que no era flor de un día.

Arrojar dinero al problema de Madison fue lo primero y lo último

bueno de la mañana. En cuanto entré en la oficina, me di cuenta de

que algo andaba mal. Y cuando digo que algo andaba mal me

refería a la cordura de mi primo hermano.

Estaba de pie en mitad de la oficina, con los brazos abiertos,

vestido con un traje arrugado con una mancha de café del tamaño

de Minnesota, dando órdenes frenéticas a cada secretaria y

asistente que tenía a la vista. Los que lo rodeaban estaban pálidos,

asustados y francamente destrozados. Unas cuantas secretarias y

becarias estaban llorando. ¿Qué había hecho para desestabilizar a

todo el mundo? Además del pecado obvio de vivir y respirar.

Salí del ascensor y sopesé la idea de llamar a seguridad o darle

un puñetazo directamente en la cara yo mismo. Lo último significaría

mucho papeleo legal, pero bien sabía Dios que deseaba hacerlo.

Sus pequeños ojos negros corrían sin rumbo en sus cuencas,

como si también quisieran escapar del hombre en el que se

encontraban. Una asistenta le pasó un traje limpio y corrió al baño a

cambiarse. Eché un vistazo a la oficina de papá. Aún no estaba allí.

Saqué el teléfono y le envié un mensaje a mamá preguntándole si

papá estaba bien.

—¡Señor Black! Siento mucho las noticias.

—Señor Black, solo quiero que sepa que si alguna vez quiere

hablar con alguien, estoy aquí.

—Chase, ¿puedo llamarlo Chase? Seguiré rezando por su

familia.

Pasé junto a un montón de asistentes mientras me abría paso

hacia la oficina. No tenía ni puta idea de lo que hablaban, pero

estaba ansioso por averiguarlo después de tomarme mi primer café

y pasar de zombi a semiconsciente. Sentí una mano en el brazo.

Alcé la vista del teléfono. Era Julian. Estaba vestido con un traje de


firma nuevo. Qué rápido. ¿Poseía el poder más inútil de todos, el de

vestirse rápido en baños públicos?

—Hablemos un momento —gruñó.

Entré en la oficina y tomé asiento detrás del escritorio. Él me

siguió de cerca. Me enorgullecía de ser dueño de mí mismo cuando

se trataba de Julian, pero hasta yo tenía mis límites. Algo me decía

que esos límites estaban cerca.

—¿Y bien? —Encendí el portátil sin dirigirle la vista. Había una

taza de café recién hecho en el escritorio y tomé un sorbo—.

¿Esperas una invitación real de los Windsor o puedes escupirlo

antes del almuerzo? —Hice el show de mirar el Rolex para darle

énfasis. Noté que llevaba un montón de papeles en la mano.

—Les he contado a los demás lo de Ronan. Lo de su cáncer

terminal. Lo de que solo le quedan unas pocas semanas de vida —

dijo. Levanté la mirada. Le temblaba el labio inferior, pero mantuvo

la cabeza alta—. Esto no tiene nada que ver con nosotros. Quiero a

Ronan como a un padre, pero no puede ir por ahí fingiendo que no

ocurre nada. Esta empresa da de comer a miles de familias.

Familias que merecen saber qué sucede.

No podía rebatir su lógica, pero sí crucificarlo por habérselo

contado a todos.

—No tenías ningún jodido derecho —dije entre dientes, sintiendo

que mi compostura se iba al garete. No podía sentarme y dejar que

hiciera eso. Estaba enfadado.

—Bueno, eso no es cierto. Todos teníamos la responsabilidad de

notificarlo a la empresa, pero nadie quería hacerlo por la lealtad que

sentimos hacia él. Porque lo queremos.

Estaba a punto de soltar que Julian nunca había querido a mi

padre en base a su comportamiento cuando deslizó un papel por el

escritorio en mi dirección.

—Ronan no está dispuesto a cambiar su postura sobre el puesto

de director ejecutivo, así que lo harás tú. Rechaza la herencia.

—¿Te drogas? —Me ajusté la corbata—. ¿Por qué demonios

haría eso?

—Porque… —empezó.

Levanté una mano para detenerlo.


—Deja que lo adivine: vas a hacerme una moción de censura.

Ten por seguro que estoy muy por delante de ti. Todas las personas

que has tratado de poner en mi contra me han llamado para decirme

que necesitaba volver a darte la medicación. Los tengo en el bolsillo

y cuento con su total cooperación.

—No. —Se sonrojó y apretó los puños con ira—. Porque…

—¿Por Ethan y Madison? ¿Esa tontería? —Me eché hacia atrás

y forcé una risa metálica. Aún sentía que estaba dando un largo

paseo por el infierno con los pies descalzos cuando hablaba de

Ethan—. Madison y yo estamos prometidos. Paso todas las noches

con ella. Parece que mis trajes están hechos de pelo marrón gracias

a su perro. Queda con mamá y Katie más de lo que Amber lo ha

hecho durante todo vuestro matrimonio. Demonios, ayer nos pillaron

teniendo sexo en el baño de la planta donde trabaja. —Me reí, pero

lo reconocí con amargura. No tendría que haberlo dicho. Solo quería

echárselo en cara. Asegurarme de que supiera que lo de Mad y yo

era real.

Julian dio un puñetazo en el escritorio tan fuerte que el teclado

voló unos centímetros por encima de la superficie.

—¡No! No me refiero a nada de eso, imbécil. Si me dejas un

momento…

—Solo uno, por favor.

—¡Clementine es tuya! —escupió sujetando uno de los papeles

con la mano y arrojándomelo. Flotó entre ambos y aterrizó como

una pluma en el escritorio—. Joder, es tuya, ¿vale? Mía no es, eso

seguro.

Me senté estoicamente sin tocar el papel que había entre los

dos. No había que ser un genio para saber que se trataba de una

prueba de paternidad. Julian respiró de forma entrecortada y se

pasó los dedos por la calva.

—Me hice la prueba. Al fin. Amber llevaba un tiempo

molestándome con ello. Cada vez que discutíamos, me lo echaba

en cara. Estoy seguro de que no te sorprende que llevemos mal un

tiempo. —Me dirigió una mirada con ojos entrecerrados, como si

fuera culpa mía que fueran dos idiotas sin remedio que se odiaban y


se habían casado por razones equívocas—. Tres años, para ser

exactos —añadió.

—Qué curioso —dije con frialdad.

—En realidad, no. —Exhaló. Le tembló el cuerpo mientras lo

hacía—. Desde que se enteró de que serías director ejecutivo, me

ha estado tocando los huevos como si no hubiera un mañana.

Entonces, ¿por eso se había vuelto así? ¿La maldita Amber?

Julian se frotó la frente y echó un vistazo a la oficina.

—Ayer por fin me hice el test. Supongo que después del fin de

semana en la casa de campo, su burla fue demasiado. Amber

estaba de mal humor y yo quería saber si me engañaba o no. No.

No soy el padre de Clementine. Ya sabes lo que significa… —Su

cara roja se transformó en una sonrisa tan nefasta que pensé que le

saldrían cuernecitos a los lados de la cabeza—. Eres el padre de la

criatura, primo hermano. Ahora, dime, ¿no te mataría que tus padres

supieran que eras el padre desaparecido en combate de su nieta?

—Ladeó la cabeza—. Esto es poco ortodoxo. Algo típico del

programa de Jerry Springer. *

Agarré el papel y lo hojeé. Julian no mentía. Según la prueba, no

era el padre biológico de Clementine. Volví a mirarlo mientras hacía

una bola con el papel y la tiraba a la papelera que había al otro lado

de la oficina con gran precisión. No dije nada.

—Amber me dijo que ha tratado de contártelo en varias

ocasiones —acusó Julian con los labios torcidos con gran disgusto.

Me preguntaba si estaría clínicamente cuerdo. Parecía mucho más

ansioso por chantajearme para quitarme el puesto de director

ejecutivo que por llorar porque su hija, a la que había criado durante

nueve años, no era suya biológicamente.

Solo yo conocía a Julian lo suficiente como para saber que la

vida le había dejado demasiadas cicatrices por dentro. Esa era su

forma de lidiar con ello. Y también sospechaba otra cosa: él ya lo

sabía. No podía ser de otra manera. Clementine no se parecía ni a

él ni a Amber. Pero tampoco tenía mi color, mis rasgos ni mis

expresiones.


—Supongo que se le olvidó mencionar que le pedí una prueba

de paternidad en distintas ocasiones —comenté.

—Bueno, ahora la tienes. —Julian señaló la papelera que había

detrás de nosotros—. Obviamente, tengo más copias.

—Así no funcionan las pruebas de paternidad, idiota. Lo único

que se demuestra con esta prueba es que tú no eres el padre.

También habría que buscar al candidato entre el resto de la

población masculina mundial.

—Te agarras a un clavo ardiendo —dijo Julian entre dientes. Le

brillaban los ojos. Quería llorar. Me incliné hacia adelante, sin rastro

de malicia en la voz.

—No, vas a perder todo lo que tienes porque has tratado de

robarlo en vez de ganártelo. Ahora sal de mi oficina, Julian. Si

quieres un hermano, vuelve con una disculpa. No te quiero ver en

calidad de otra cosa.

Sabía lo que tenía que hacer, pero me llevaría un minuto.

En vez de salir corriendo de mi oficina y dejar un rastro de humo

y el olor rancio de desesperación, Julian se recostó en el asiento

frente a mí.

—En cuanto a Maddie… —Se detuvo. Oír su nombre en su

lengua provocó en mí el deseo de romper todas las paredes de

vidrio de la oficina con su cabeza como martillo—. Puede que ahora

estéis juntos, pero sé que no estabais juntos. Poco antes de que

vinierais a la casa de campo, Ethan me lo contó todo. La engañaste

y te dejó. Tu noviecita hasta le habló de las mujeres con las que

estuviste después de ella. Todas las desvergonzadas que su jefe vio

subiendo a tu apartamento. Ahora, veamos. ¿Qué tenemos aquí?

Mentiste a tu familia con lo del compromiso. Engendraste un hijo con

la mujer que se casó con tu hermano ocultándoselo tanto a ellos

como a mí y haciendo que la criara como si fuera mía. Puedo

decirles a Lori y Ronan que probablemente no vayas a ver mucho a

Madison después de la muerte de Ronan. Que es un acuerdo. ¿Qué

le estás prometiendo para que se aferre a tu brazo con ojos

brillantes? ¿Dinero? ¿Acciones? ¿Estatus? ¿No ves lo patético que

parece desde fuera? O tal vez… —Se levantó riéndose mientras

negaba con la cabeza como si no fuera más que un chiste personal.


Estaba perdiendo la cabeza. Lloraba y se reía. Temblaba de arriba

abajo—. Tal vez debería ir directamente a Madison para hablarle del

tipo de persona con el que está saliendo. Un hombre que engendró

a su hija y ni siquiera…

Nunca llegó a terminar la frase.

Me abalancé sobre él a tal velocidad que los dos caímos al suelo

por el impulso y chocamos contra la puerta de vidrio. Julian se

golpeó la cabeza. Me senté a horcajadas sobre él sin importarme

que tuviéramos público y que estaba jugando en sus manos.

Hablando con objetividad, sabía que parecía un completo idiota.

Pero había llegado al final del camino. Julian había cruzado

corriendo todas las líneas rojas que tenía y estaba oficialmente tan

descarriado que no podía ni ver la línea. La idea de perder a

Madison después de todo por lo que habíamos pasado (todas las

mentiras, las mierdas y los quizá) por algo tan estúpido y malicioso

me hacía hervir la sangre.

—No te atrevas a pronunciar su nombre. —Arrugué las solapas

de su traje y las retorcí salvajemente.

Julian se rio y meneó la cabeza como un loco sobre la alfombra.

—Estás loco. Jodidamente loco. Tu polla te ha costado el reino.

Clementine es tuya y la empresa, mía.

Trató de darme un puñetazo en la cara, pero yo era más rápido.

La gente se arremolinó fuera de la oficina y nos miraba a través de

la pared de vidrio con la boca abierta. Le lancé un puñetazo directo

al ojo. Gritó y, a su vez, intentó en vano darme un puñetazo.

—¡Me haré con tu reino cuando el viejo estire la pata!

—Cállate —rugí.

—Y, en caso de que te lo estés preguntando, sí, me follé a

Amber mientras todavía era tuya. Antes de que le pusieras un anillo

en el dedo. Cuando todavía vivías en la residencia…

Le lancé otro puñetazo.

Y otro.

Y otra vez.

No podía ver a través de la neblina roja de ira y rabia.

Dos hombres de seguridad corpulentos entraron a toda prisa en

mi oficina, seguidos por mi padre, que debió de haber llegado


mientras estábamos enzarzados. Sostenía un bastón sobre el que

se encorvaba. El bastón bailaba entre sus dedos mientras luchaba

por mantenerse en pie. Sus ojos lo decían todo. Nos había oído.

Hasta la última palabra.

Julian y yo nos levantamos del suelo, enderezando la espalda

como dos gamberros rebeldes sorprendidos robando en una tienda.

Julian estaba magullado, con un ojo negro y el labio partido. Me

asombró cómo seguíamos siendo; en el fondo, los mismos niños

que competían por la valiosa aprobación de nuestro padre.

—De vuelta al trabajo —rugió mi padre, dándose la vuelta para

mirar a los que estaban de pie detrás de él mirándonos a Julian, a

mí y a mi padre, conscientes ahora de que a este último le quedaba

poco tiempo de vida. Los empleados corrieron a sus puestos tan

rápido que parecía que tuvieran el trasero en llamas. Papá volvió su

atención hacia nosotros.

—En mis setenta y dos años de vida, nunca he estado tan

decepcionado como hoy. Pensé que había criado hombres. Sabía

que no siempre estabais de acuerdo. No estaba ciego ante la forma

en que intercambiabais palabras y provocaciones desde el otro lado

de la mesa en las cenas de los últimos años. Me entristeció

terriblemente cuando Amber decidió finalizar su compromiso con

Chase para comprometerse con Julian poco después, pero me

mordí la lengua, sabiendo que, en esencia, erais buenos hombres y

que podíais cometer errores y aprender de ellos. Julian. —Se giró

hacia mi primo hermano. Julian miró al suelo y parpadeó—. Desde

el momento en que te acogimos, fuiste el niño de nuestros ojos.

Eres mi hijo tanto como Chase.

Julian levantó la cabeza de golpe.

—Entonces, ¿por qué le diste…?

—Porque es más adecuado para el puesto —espetó mi padre,

golpeando la alfombra con el bastón—. Se esforzó más y,

francamente, cometió menos errores. Su enfoque es más analítico y

no es de gatillo fácil cuando hay una crisis. Será el director ejecutivo

porque, en mi opinión, tiene todas las habilidades que un director

ejecutivo necesita. Tú eres emocional, Julian, con tendencia a tener

reacciones instintivas. Si necesitas un punto de referencia para


saber por qué no podría confiar en ti como director ejecutivo, lo

único que tienes que hacer es echar la vista atrás hacia el

comportamiento que has tenido los últimos años o semanas.

Provocar a Chase, tratar de poner a los accionistas en su contra,

intentar hacerme firmar contratos mientras estaba

semiinconsciente… Sí, lo recuerdo, y hacer público lo de mi

enfermedad antes de que estuviera preparado para decírselo a los

demás.

Julian dejó escapar un gemido y se cubrió la cabeza con las

manos. Era la primera vez en años que parecía humano. Mi padre

giró la cabeza hacia mí y frunció el ceño.

—En cuanto a ti, Chase, de verdad que no sé qué decir. Fingir un

compromiso con Maddie. Manipular a tu familia para asegurarte el

puesto…

—No era por el puesto —espeté—. Era por ti. —Sentí la amarga

admisión—. Quería que pensaras que lo había superado todo antes

de despedirnos. Quería que estuvieras orgulloso de mí.

Sonaba patético saliendo de mi boca. Tanto que quería reírme.

Papá se rio. Aunque sin pizca de alegría.

—Evidentemente, has fallado. No has superado nada. Toda la

mierda que tienes dentro ha salido disparada y ahora todo el mundo

apesta.

Ahora fue Julian quien se rio. El cabrón tenía la osadía de

disfrutarlo.

—Ahora hablemos de Clementine. —Papá volvió a dar un

golpecito con el bastón para redirigir la conversación a la parte que

importaba. Era surrealista estar aquí frente a mi padre y verlo

desentrañar todas las cosas vergonzosas que sus dos hijos habían

hecho en los últimos diez años—. Los dos tenéis que dar un paso al

frente.

—Lo haré —dije sin dudarlo, incluso sabiendo lo que sabía. No

importaba. Siempre estaría ahí para la mocosa, hasta el final de los

días, de cualquier forma, sin importar quién fuera el padre.

—Yo también. —Julian asintió con la cabeza, ya más espabilado

—. Dios, no soy un monstruo. Y, en cualquier caso, supongo que

una parte de mí siempre lo supo. Clemmy es mía. Siempre lo será.


Papá usó las últimas onzas de energía para levantar el bastón e

hincárselo a Julian en el brazo.

—No trates a esa niña de forma distinta. No es culpa suya haber

nacido en esta situación. ¿Entendido? —Sostuvo el bastón entre los

dos.

—Sí, señor —dijimos al unísono.

Mi padre negó con la cabeza y suspiró.

—Ahora, si me disculpáis, tengo que pedirle disculpas a Lori por

dejarla con este lío y ponerla al día.

Se dio la vuelta y salió de la oficina. Cuando entró en el ascensor

me di cuenta de que Madison estaba al otro lado del cristal.

Lo había oído.

Lo de Clementine. O al menos, lo que ella pensaba; que era el

padre de Clementine.

Que nuestra farsa se había descubierto.

Todo en absoluto.

—Mad, espera.

Pero era demasiado tarde. Se dio la vuelta y tomó el ascensor

con mi padre.

Chase: No estás en tu oficina.

Maddie: Gracias, Capitán Obvio.

Chase: Voy a tu casa.

Maddie: Yo no lo haría si fuera tú.

Chase: Puedo explicarlo.

(A estas alturas no podía, pero eso era lo que la gente decía a

menudo).

Maddie: ¿Qué exactamente? ¿La parte en la que tu padre nos

ha descubierto? ¿O tal vez la parte en la que me follaste en mi


oficina y luego se lo contaste a Julian cuando te hizo enfadar? Sí,

Chase. La puerta es de vidrio fino. TODO EL MUNDO lo ha oído.

Maddie: ¿O tal vez puedes explicar la parte en la que

ENGENDRASTE A CLEMENTINE Y OLVIDASTE

MENCIONÁRSELO A TODOS?

Maddie: Pensaba que antes te odiaba, pero estaba equivocada.

Esto, lo que siento aquí, justo ahora, es odio.

Maddie: No hay nada de lo que hablar. Esto era temporal, ¿no?

Tú mismo lo dijiste. Misión cumplida. Me follaste. Te jactaste de ello.

Todo el mundo lo sabe. Ahora déjame en paz.

Maddie: Y una cosa más. Sé bueno con Clemmy. Eso es lo

mínimo que puedes hacer.

Llovía a cántaros cuando el taxi se detuvo junto a la casa de

piedra rojiza de Madison. Metí los papeles en la blazer para evitar

que se mojaran y agaché la cabeza mientras salía del taxi. Pulsé el

timbre tres veces, caminando de un lado al otro. Sin respuesta.

Traté de llamarla. No contestó. A través de la ventana veía

claramente que tenía la luz encendida. Tenía las plantas detrás del

vidrio a resguardo mientras la lluvia golpeaba el cristal desde el

exterior. La llamé, le escribí y supliqué durante veinte minutos antes

de que la puerta del edificio se abriera.

—Dios, Mad. Por fin. Yo… —Me detuve cuando vi quién era.

Layla.

—Guau, Satán, pareces hecho mierda. Lo cual es francamente

un logro, teniendo en cuenta tu genética. —Mordió el borde de un

Twizzler y disfrutó mucho al verme empapado hasta los huesos. Ella

estaba dentro. Yo seguía fuera. De repente, no estaba seguro de lo

que hacía allí. Madison había dado razones lógicas en sus

mensajes de texto (se suponía que esto iba a ser temporal y nos

habían descubierto. Hecho. ¿Qué me importaba si sabía o no la


verdad? Especialmente ahora, cuando mi vida era un fuego

gigantesco que necesitaba ser extinguido).

—Déjame entrar. —Fruncí el ceño mientras notaba caer gotas de

lluvia en el pelo y en la punta de la nariz. ¿Cómo es que ni siquiera

me sentía mojado?

—Inténtalo de nuevo. Esta vez de forma más amable —

canturreó cruzando los brazos sobre el pecho. Llevaba una bomber

de color verde neón a juego con el pelo.

—No estoy muy familiarizado con ese término —espeté.

—Qué pena. —Se movió hacia la puerta, cerrándola a medias en

mi cara.

—Por favor, ¿puedo entrar? —pregunté en voz alta. Joder. Volvió

a abrir la puerta.

—¿Qué intenciones tienes con mi amiga? —Fingió sopesar mi

petición mientras le daba otro mordisco al Twizzler.

«Bueno, me gustaría darle una explicación, follármela de todas

las formas posibles y luego gritarle por ser tan jodidamente

imposible para finalmente follármela otra vez».

—Hablar —dije, optando por la respuesta más corta y segura—.

Solo quiero hablar con ella.

La lluvia me golpeaba en la cabeza. Layla se estaba tomando su

tiempo para decidirse. La lista de personas a las que quería

asesinar crecía por nanosegundos.

—Está muy enfadada contigo, así que puede que pases por esta

puerta, pero eso no significa que pases por su puerta. —Finalmente

abrió la puerta de par en par—. Buena suerte, Satán.

Subí las escaleras corriendo, de tres en tres. Cuando llegué a la

puerta de Madison, me inundó una oleada de algo extraño. Casi

podía oler a Daisy, las flores, el champú de Mad y la comida recién

horneada a través de la rendija de la puerta. Quería plantar un pino,

ducharme y tomar una siesta para luego comerme dos de sus

magdalenas con una guarnición de mamada. Quería su consuelo,

no una puta pelea más de las tres mil que teníamos al día.

—Madison. —Golpeé la puerta. Había mojado todo el pasillo, me

pesaba la ropa por la lluvia. Tampoco sentía la mitad inferior del


cuerpo. Quizá necesitaba que me amputaran el puto culo porque lo

tenía helado—. Abre la puerta.

—No lo creo.

Me pregunté cómo había acabado aquí. No me refería a hoy,

sino en general. Había visto este lado de la puerta muchas veces,

siempre con un plan a medias, siempre con alguna explicación

convincente que dar, constantemente sin invitación.

Le rogué, le robé, le regateé y la manipulé tantas veces que

estar cerca de ella se convirtió en un trabajo a jornada completa. Y,

cuando estábamos a solas, cuando por fin la tenía para mí, seguía

recordándole que no iba en serio. Que era temporal. Que no me

importaba.

Spoiler: me importaba. Mucho. Eso era un giro en la trama que

no había visto venir y que me hizo tropezar hacia atrás y dar con la

espalda contra la puerta de Layla (gracias a Dios que acababa de

marcharse). Dejé escapar un gruñido de frustración.

Mierda. Estaba enamorado de Mad.

De Madison «Maddie» Goldbloom. La chica que llevaba ropa con

estampados horribles y tenía un corte de pelo pixie que había

pasado de moda en los noventa y estaba obsesionada con agradar

a la gente, las flores y las bodas. Me encantaba que fuera dulce,

amable y atenta, pero también atrevida, ingeniosa y que ganara su

propio dinero.

Estaba dolorosamente enamorado de Mad y ni siquiera me había

dado cuenta hasta que fue un segundo demasiado tarde.

—Mad.

Volví a trompicones a su puerta, aplasté la frente contra ella y

cerré los ojos. Dios. Perder a mi padre y a la mujer a la que amaba,

uno tras otro, era demasiado. ¿Qué le había hecho al karma para

merecer que me follara sin lubricante?

No importa. Había una larga lista de razones.

—Por favor.

—Chase —oí detrás de la puerta. Tenía una voz suave,

suplicante—. No hay mucho que decir. Me siento humillada. Nina

me ha estado molestando todo el día en la oficina y tu familia


probablemente me odia, algo con lo que en realidad no quiero lidiar,

y lo de Clemmy parece sacado de un programa de Ricki Lake. *

Al menos no había dicho «Jerry Springer». Un progreso, ¿no?

—Abre la puerta, por favor. Te lo explicaré y luego me iré.

—No voy a caer en eso. —Oí su amarga sonrisa detrás de la

puerta—. Así es como entraste a hurtadillas en mi vida la otra vez.

Al saber que no podía convencerla, me di la vuelta y deslicé la

espalda por la puerta. Me senté y esperé. Sabía que estaba ahí.

Hubo una pausa.

—¿Estás sentado contra la puerta?

—Exacto.

—¿Por qué?

—Quiero que veas algo. Esperaré.

Y lo hice. Esperé durante una puta hora y media. Oía a Madison

mientras hacía sus cosas. Cocinar (pasta, albahaca y aceite de

oliva. El aroma era demasiado intenso como para no notarlo), darle

de comer a Daisy y ver un episodio de You que no había visto

todavía (maldita sea). Después de todo eso, volvió a la puerta.

—Vale. Estoy lista para escuchar lo que tengas que decir, pero

hazlo rápido.

La puerta seguía cerrada. Me di la vuelta y miré a la puerta con

el ceño fruncido. Vale. Lo haríamos a su manera.

—No soy el padre de la mocosa. Toma. Me he hecho la prueba

de paternidad esta tarde. En cuanto Julian me ha mostrado la suya.

—Deslicé el papel por la rendija de la puerta. Sabía que no podía

ser el padre de Clemmy. Las fechas no coincidían. A menos que me

las hubiera ingeniado para dejar embarazada a Amber desde Malta,

si había hecho los cálculos correctamente (y siempre hacía bien los

cálculos).

Tenía los ojos fijos en el borde del papel que estaba bajo la

puerta. Mad lo cogió desde el otro lado. Dejé escapar un suspiro y

cerré los ojos, aliviado.

—Siempre supe que no podía ser el padre de la mocosa. Esa es

la razón por la que le pedía a Amber una prueba de paternidad

cuando me hablaba de ello. ¿Crees que le daría la espalda a un hijo


mío? —gruñí—. Joder, la quiero como si fuera mía y ni siquiera lo

es. De hecho, supuestamente era el producto de mi prometida con

mi hermano mientras ella me engañaba a mis espaldas.

Silencio. Ouch. Vale. Para ser honestos, lo había visto venir. No

solo era el hecho de que supuestamente no le había contado que

era el padre de la hija de mi exprometida, sino mi comportamiento

de mierda.

—¿Quién es su padre biológico? —preguntó Mad a través de la

puerta.

—Un chico de Wisconsin. Me he enfrentado a Amber después de

hacerme la prueba de paternidad. —Me pasé una mano por el pelo

—. Cuando Amber y yo rompimos, ella se arrepintió y trató de

llamarme, sin que lo supiera Julian, para hacer las paces. Por aquel

entonces, yo estaba de viaje y no contesté. Ella regresó a casa para

recomponer la patata que tenía por corazón. El padre de Clemmy es

un antiguo amor de instituto. Amber dijo que iba a hablar con él. Lo

arreglaremos todo para que la mocosa tenga la mejor infancia.

—Vaya lío. —Mad suspiró.

—Sí.

—Pobre Clemmy.

Suspiré.

—Sí.

Quería a muerte a mi sobrina, pero no había venido a hablar de

ella.

—Por cierto —me aclaré la garganta—, mi familia no te odia.

Para que lo sepas. Mamá piensa que soy un imbécil de primera y es

probable que papá me desherede. Pero les sigues gustando. En

todo caso, cuando expliqué que no me habías pedido dinero ni nada

y que solo lo habías hecho por papá, te volviste más heroica y

perfecta a sus ojos.

La llamaba Maddie la Mártir, pero la verdad era que últimamente

no era esa misma chica insegura y mansa que conocí meses atrás.

Se defendía constantemente y solo hacía lo que creía que debía

hacer.

Y, por desgracia, eso la hacía estúpidamente irresistible.


El silencio desde el otro lado de la puerta me crispó los nervios.

Arrastré la frente por la madera y cerré los ojos con fuerza.

—No quiero que esto se acabe. —Pronuncié aquello en un

susurro.

Todavía no estaba preparado para decírselo todo. Sabía que iba

a parecer un momento muy conveniente para darme cuenta de que

estaba enamorado de ella. Pero valía la pena sacrificarme si

contárselo ahora significaba que mañana me despertaría con la

seguridad de que Mad ya no iba a estar en mi vida.

—Por favor —le temblaba la voz—. Vete.

Presioné los dedos en la puerta y luego me alejé, respetando sus

límites por primera vez desde que la había conocido. Decían que

hacer lo correcto te hacía sentir bien.

Se equivocaban.

Hacer lo correcto te hacía sentir desgraciado. Absolutamente

estúpido. Ya de vuelta en la calle, miré hacia arriba, a su ventana,

ignorando las gotas de lluvia que me golpeaban la cara. Vi su rostro

aparecer por detrás del cristal. Estaba llorando.

Y cuando me subí al Uber, con las gotas aún cayéndome por la

cara, pensé que tal vez yo también.


Capítulo veintidós

Maddie

Lo había hecho.

Había mirado por mí.

No más Maddie la Mártir. Me enfrenté a Chase Black. Lo rechacé

tajantemente. Corté las cosas con Ethan. Incluso le envié un

mensaje a Katie explicándole que estaba totalmente de acuerdo con

que saliese con mi exalgo. Estaba tomando una postura proactiva

en mi vida.

Así que ¿por qué me sentía de todo menos empoderada?

Siempre había pensado que al mirar por mí me sentiría increíble.

Como una mariposa batiendo sus coloridas alas al salir del capullo.

En la práctica, me sentía asqueada conmigo misma por la forma en

que había rechazado a Chase el día que se apresuró a ir a la clínica

para hacerse una prueba de paternidad. Me sentía tan vacía que

sentí los huesos retumbando dentro de mi cuerpo cuando puse un

pie en el estudio a la mañana siguiente. Quedaban pocas semanas

para la Semana de la Moda de Nueva York. Agosto había dado paso

a septiembre y mi boceto estaba listo y enviado a Sven. Hoy íbamos

a empezar a coser el vestido. Se suponía que la modelo estaba de

camino a la oficina. Sven me dijo que se había tomado muy en serio

nuestra conversación sobre el boceto. No solo no le había hecho

ningún cambio, sino que también había sugerido que una mujer

común llevara el vestido. Y por «una mujer común» se refería a una

modelo preciosa hasta decir basta de diecinueve años con la piel

perfecta y el cabello sedoso. No obstante, a diferencia de la mayoría


de las modelos de pasarelas, tenía una «enorme» talla treinta y

ocho. Superdelgada y en forma para el resto del mundo, aunque con

curvas para los estándares de la moda.

Lo único que tenía que hacer era ver la producción del vestido

paso a paso.

—Pero si es el colchón de la oficina. Coged un ticket, caballeros.

Todos consiguen acostarse en él —proclamó Nina mientras me

escondía en la oficina. Éramos las únicas allí. A los demás

compañeros de Croquis les gustaba llegar elegantemente tarde.

Ayer Nina alcanzó el nivel de zorra suprema. Del tipo que se

reserva para las series de instituto koreanas y las telenovelas de la

tarde. Cuando bajé las escaleras para comprar una ensalada,

cayeron a mis pies un montón de preservativos del bolso. Los había

metido dentro cuando no estaba mirando.

—Cállate, Nina —dije cansada mientras colapsaba en mi asiento

y encendía el portátil.

Al darse cuenta de que le había respondido, Nina giró la cabeza

y torció la boca con disgusto. Llevaba un vestido de día negro de

Stella McCartney, a juego con unos Louboutin planos.

—¿Ahora tienes boca? Es decir, ¿para algo más que para

chupársela a hombres importantes? Números.

«¿Números?». ¿Qué quería decir?

—En serio. —Puse los ojos en blanco, harta de su

comportamiento tan grosero—. Ese cliché de chica mala es muy de

principio de los 2000. Estamos en 2020. Métete conmigo. Hazte una

cuenta falsa de Instagram suplantándome. Gradúate en ser una

zorra mezquina que no deja de avergonzarme. Esto se vuelve un

poco agotador.

—Tienes suerte de no tener principios —siguió impertérrita—.

Apuesto a que podría llegar a donde estás si me acostara con las

personas adecuadas de la industria.

Cerré el portátil de un golpe.

—Nina —advertí, y finalmente la miré. Estaba metiendo las fotos

de ella con su novio cabildero en una caja de cartón. Tenía los ojos

rojos. Estaba… Oh, Dios, estaba recogiendo sus cosas.


—Ahórrate el discurso de victoria, ¿vale? Ayer me despidieron,

como bien sabes. Sven me entregó el aviso personalmente. Dijo

algo así como que Chase Black había dirigido su atención al manual

de recursos humanos de Croquis. Al parecer, el señor Black lo leyó

entero ayer mientras esperaba en la clínica algún tipo de resultados

(de qué, no lo quiso decir. Con suerte, de clamidia, y ojalá diera

positivo). En cualquier caso, Chase se alegró mucho de avisar a

Sven de que aparentemente te estoy acosando. —Sorbió por la

nariz. Pero yo sabía que estaba hablando de la prueba de

paternidad—. Da igual, no importa. Mi primera elección para hacer

las prácticas era Prada, la segunda Valentino. Croquis era la quinta.

—Se limpió una lágrima que se deslizaba por la punta de su nariz.

Me levanté y me dirigí hacia ella. Esta tomó una de las cajas y

me dio la espalda. Le tiré de la tela de la manga.

—Mírame —dije con dureza. No había ni rastro de Maddie la

Mártir. Estaba enfadada y tomé las riendas de la situación.

Agachó la mirada y negó con la cabeza.

—Nina —dije con voz más aguda—. Me estás acosando.

—¡Solo son bromas! —gritó.

Una mierda.

—¿Por qué me odias tanto?

Levantó la vista y me lanzó una mirada que decía que era obvio.

—¿Por qué no? Mírate. Tienes un gusto horrible para vestir y, sin

embargo, te sientes muy cómoda contigo misma. Eres la persona

más hortera que he conocido, sin ofender. Pero quizá eres la

empleada favorita de Sven. Los hombres como Chase Black se

lanzan sobre ti, tienen sexo contigo en el baño y despiden a gente

por ti. Eres muy buena en esto para nuestra edad y ni siquiera fuiste

a una buena universidad. Simplemente… lo tienes todo. No sé. No

parece normal en una persona de veintiséis años. Has tomado

muchos atajos.

—¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que en mi vida no todo

son unicornios, corazones y repostería? —Me sorprendió el hecho

de que estaba gritándole—. En realidad soy superinsegura para…

Bueno, la mayoría de las cosas. Vivo en un diminuto apartamento

con un perro al que soy alérgica. Mi vida amorosa es un desastre,


mi madre murió cuando era adolescente y nunca me he recuperado

del todo de su pérdida. Para mantenerme en la cima de esto,

básicamente no he tenido vida social durante los últimos cinco años

y me he centrado en abrirme camino. Ser becaria no era un lujo que

pudiera permitirme, ya que significaba ser una sintecho. Razón por

la cual conseguí un ascenso rápido por parte de Sven al precio de

mis cincuenta horas de trabajo a la semana. La hierba siempre es

más verde a través del filtro de Instagram de otra persona. Nadie

tiene una vida perfecta, al menos no completamente. Simplemente

fingimos que sabemos lo que estamos haciendo. Los que lo

hacemos con una sonrisa en el rostro simplemente parece que

estamos disfrutándolo más.

Nina sorbió por la nariz.

—Bueno, sí, supongo, pero…

—Te has comportado conmigo como una zorra mezquina, celosa

y fuera de control, Nina. Y yo no puedo ni voy a permitir que nadie

me vuelva a tratar así. Basta es basta. Para ser honestos,

probablemente te merezcas que te despidan. Me has llenado el

bolso de preservativos para reírte de mí. Pero ¿sabes qué? No

quiero que tu despido caiga sobre mi conciencia, por lo que voy a

darte una oportunidad. Hablaré con Sven para que mantengas tu

puesto. Quizá me escuche, al ver que soy la víctima. Pero tienes

que prometerme que no dejarás que el monstruo de ojos verdes se

apodere de tu boca y me diga cosas horrendas de nuevo. La envidia

es como un pedo. Apesta, todos la tenemos, pero es mejor

mantenerla dentro o liberarla cuando nadie pueda oírnos ni vernos.

¿Entendido?

Me miró sorprendida mientras apartaba las lágrimas de su visión.

—Nina, respóndeme.

—Sí —susurró todavía maravillada por el giro de ciento ochenta

grados que había dado—. Lo prometo. Lo… Lo siento.

—Deberías.

—Así es.

Hubo una pausa.

—¿Por qué haces esto? —Se frotó el puente de la nariz

haciendo una mueca—. No tienes por qué. Sin embargo, continúas


siendo amable conmigo aunque te importe una mierda.

—Oh —dije despreocupadamente—. No lo hago por ti. Lo hago

por mí. Ser buena me hace dormir mejor por la noche. No es que no

sufra los mismos síntomas que tú: celos, angustia, inseguridad. Son

los efectos colaterales de estar viva, más o menos. Pero hace poco

aprendí algo sencillo: que en el espacio entre la realidad y nuestros

sueños se halla la vida

Al final, no pude hacerlo.

Alejarme de Chase sin aclarar las cosas, por mucho que supiera

que me haría daño volver a verlo otra vez. Además, estaba el

pequeño asunto de devolverle el anillo de compromiso de miles de

dólares.

La peor parte era que ni siquiera era una decisión consciente. No

seguí la ruta habitual de descolgar el teléfono y llamarlo o mandarle

un mensaje para quedar en un lugar y a una hora. Ya sabes, como

una persona cuerda haría. Simplemente me encontré yendo a su

casa después del trabajo, sin avisar.

Esperé (bueno, recé) por tener unos cuantos minutos a solas en

el apartamento para componerme (traducción: tener un ataque de

nervios y lavarme la cara). Las posibilidades estaban a mi favor.

Sabía el horario de Chase, que incluía visitar a sus padres después

del trabajo para comprobar el estado de su padre.

El portero de su edificio, un caballero llamado Bruce, me

reconoció y me dejó entrar. Supongo que era la ventaja de ser la

persona más hortera del universo, como Nina me había llamado. No

parecía el tipo de mujer que vacía el apartamento de un

multimillonario de posesiones y joyas.

—No la he visto por aquí mucho últimamente. El señor Black ha

estado un poco amargado desde que dejó de venir. —Bruce me guio

hasta el ascensor. Todavía tenía la llave desde nuestra primera

relación. Chase nunca me la había pedido y yo no había estado


precisamente de humor para entablar más conversación con él. Abrí

la puerta de Chase de un empujón, justo cuando me sonó el

teléfono con un mensaje.

Sven: Malas noticias. La modelo del vestido de novia de

ensueño no ha aparecido. Estaba en una sesión en exteriores.

Maddie: ¡Mierda! ¿Podemos reprogramarlo?

Sven: No tenemos tiempo. Necesitamos empezar mañana si

queremos que todo esté a tiempo. ¿No tienes tú la talla treinta y

ocho?

Maddie: Claro. También mido la mitad que ella.

Sven: Envíame tus medidas. Lo ajustaré en consecuencia

cuando la prima donna pueda quedar con nosotros al fin para una

prueba.

Le di las medidas y pulsé «enviar». Durante la siguiente hora, me

di un paseo por el apartamento de Chase, memorizando cada

detalle, ya que sabía que era la última vez que estaría allí. Esta vez

de verdad. Las azaleas, como había sospechado, no estaban por

ningún lado. Ni en los dormitorios, ni en los baños, ni en la sala de

estar ni en la cocina. Al final, me dejé caer en el sofá, miré hacia el

techo y dejé escapar un suspiro. No recordaba el momento exacto

en el que me quedé dormida. Para cuando desperté, el teléfono

indicaba que era casi la una de la madrugada. Oí a Chase jugar con

la cerradura fuera del apartamento y me senté muy derecha,

apartando los mechones de pelo que tenía en las mejillas pegados a

la saliva seca.

Oí las llaves caer al suelo, un gruñido y luego una mujer resoplar

y recogerlas por él. Una mujer.

Sentí un déjà vu del día en el que Chase entró en el apartamento

con una desconocida. Me levanté, lista para una pelea. Aunque no

tendría que haberla, ya que ya no estábamos juntos. O nunca lo

habíamos estado. Sin embargo, no podía evitar pensar en él como

si fuera mío.

—Quédate quieto —murmuró la mujer. Él dio un hipido. Estaba

borracho. La puerta se abrió. Chase entró a trompicones con la


camisa de vestir negra abierta y apoyado en una mujer esbelta que

lo agarraba por el hombro para mantenerlo erguido.

—No has tardado mucho en pasar página —dije con las manos

cerradas en puños a mis costados. Todos y cada uno de los

músculos me temblaban de ira—. Otra vez.

Levantó la cabeza a la vez que la mujer. Los dos me miraron.

Katie.

Era Katie.

Dios, qué idiota. Ahora era buen momento para dejar el anillo de

compromiso en la mesa y salir corriendo. Sin embargo, estaba

pegada al suelo.

—Estás aquí —dijo con voz neutra.

—Estás… borracho —repliqué mirando a Katie con lo que

esperaba que fuera una expresión de disculpa.

Ella sonrió y colocó a Chase contra la puerta para poder

acercarse a darme un leve apretón.

—Oye, no te preocupes. No pasa nada. Mi hermano se sintió

algo peor por el desgaste después del trabajo y decidió irse de

copas con unos amigos. Pasé por el bar en el que estaba antes de

irme a casa y lo encontré así. Me imaginé que necesitaba una

buena noche de sueño antes de que empezara la resaca…

—Buena idea. —Asentí con la cabeza.

—Os dejaré a solas.

Katie se marchó y entonces Chase y yo nos quedamos solos.

Bueno, una versión muy ebria de él. Me sentí furiosa con el universo

por traerme a Chase así. Apenas coherente cuando había tantas

cosas que quería decirle en la que sería la última vez que

hablaríamos.

Me quité el anillo del dedo. Era raro. Durante las semanas que

fingimos salir, había tenido cuidado en quitármelo en el trabajo, pero

había disfrutado de alardear de él en cualquier otro momento.

Cuando estaba en el metro, salía con amigos o llevaba a Daisy de

paseo. Vi que la gente miraba el anillo de compromiso mientras

agarraba la barra del tren, le hacía señas a un taxi o pasaba una

página en el Kindle mientras esperaba mi turno en la peluquería.

Veía cómo giraban las ruedas en sus cabezas. Las historias que se


inventaban para este espectacular anillo. Esta parte es la que más

me gustaba. La parte de las suposiciones. Me di cuenta de que no

estaba obsesionada por la ceremonia de la boda en sí, sino por el

encuentro de película, la historia de amor. Me habría gustado

sentarme con ellos y hablarles de Chase. De lo divertido y guapo

que era. De que amaba a su familia con fervor y de lo mucho que le

importaba su sobrina.

—Bueno, pensé en pasarme por aquí y darte esto. —Le pasé el

anillo.

Ignoró la mano extendida y parpadeó mientras trataba de

centrarse en mi cara.

—Quédatelo.

—Chase…

—Véndelo. Regálalo. Te lo has ganado.

Negué con la cabeza con el corazón en un puño.

—Es demasiado.

—No lo devolveré. —Se tambaleó hasta la sala de estar, se dejó

caer en el sofá y encendió la televisión. ESPN era su canal por

defecto—. Ni siquiera puedo mirarlo.

Parecía tan cansado que pensé que discutir con él sobre esto

era menos condescendiente que quedarme con el anillo.

—Oye… —Me senté a su lado mientras sentía que se alejaba de

mí y deseaba inmovilizarlo—. En cuanto a Nina, agradezco lo que

estás tratando de hacer, de verdad, pero, por favor, dile a Sven que

le devuelva el trabajo. Lo necesita y no quiero hablar de esto con

Sven.

—Lo que necesita es una lección de modales —dijo arrastrando

las palabras y frunciendo el ceño a la televisión como un niño—. Y

tal vez un viejo ricachón que le pague todo ese Prada que lleva. La

busqué en Instagram. ¿Otra vez siendo Maddie la Mártir? Porque no

toleraré ese tipo de mierdas en tu nombre.

—Llegamos a un entendimiento. —Deslicé el anillo en mi dedo

antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. Ignoré la

corriente cálida que me recorrió cuando lo hice.

—¿Eso te hará feliz? —Giró la cabeza hacia mí. La

vulnerabilidad de su expresión casi me hace añicos. Asentí con la


cabeza—. Bien. Puede mantener el trabajo. Hablaré con Sven.

—Gracias.

—Pero también le daré algunos consejos amistosos para que te

haga su jefa. Parece justo, después de todo.

No discutí.

—¿Cómo está tu padre? —pregunté, entreteniéndome. Dejarlo

así, borracho, amargado y herido, me parecía imposible.

Me ofreció un encogimiento de hombros. Cierto. Pregunta

estúpida.

—Solo quiero que sepas que estaré ahí para tu familia y para ti,

sin importar qué necesitéis. Como amiga.

—No quiero ser tu amigo. —Chase me miró a los ojos y se puso

serio por una fracción de segundo—. Quiero ser tu todo. Ni siquiera

eso es suficiente. Así que gracias, pero no.

Está «borracho», me gritó la mente mientras mi corazón latía por

él. «Borracho. Ebrio. Ciego». No lo dice en serio.

Le di un incómodo abrazo en el sofá y un beso en el cuello

mientras inhalaba su aroma diluido por el alcohol que había

consumido esta noche.

—Eso es mucho pedir. —Sonreí con tristeza mientras le daba un

beso por debajo de la oreja. Sentí sus palabras dentro de mi cuerpo

mientras respondía.


Capítulo veintitrés

Maddie

2 de noviembre de 2009

Querida Maddie:

Esto es una despedida. Lo siento en los huesos. Siento

mucho no estar ahí para verte entrar en la iglesia y

ayudarte con tus hijos si decides tenerlos. Siento

muchísimo no estar ahí en las rupturas, la adolescencia y

sus problemas, las pequeñas victorias y todo el aprendizaje

que se da a lo largo de la vida, que es como un trozo de

chocolate envuelto en una fina lámina. Cada aprendizaje es

un trozo y cada trozo sabe distinto, querida Maddie. Todas

las lecciones que la vida te enseña son un regalo, por

muchos obstáculos que pongan en tu camino.

Te quiero, Madison. No solo porque eres mi hija, sino

porque eres una niña maravillosamente buena,

considerada, brillante y dulce. Porque eres creativa y tu risa

me recuerda a las campanas de Navidad. Porque tienes lo

mejor de tu padre y todo lo bueno de mí. Estoy

egoístamente orgullosa de ti.

Antes de plasmar mi último adiós, te voy a dar el último

dato curioso sobre las flores. Las flores en forma de

pompón de la mimosa púdica parecen hermosas, brillantes

y mullidas, pero son bastante sensibles. Los pompones se

doblan tímidamente cuando los tocan. Son vibrantes y


florecientes, pero solo desde lejos. Son, en esencia,

intocables.

No te alejes del mundo. Te harán daño. Harás daño a

otros, aunque no lo pretendas. El dolor es inevitable en la

vida. Pero la alegría también. Así que aprovecha el

momento.

Ama mucho.

Duerme más.

Come bien.

Y recuerda nuestra norma floral: si no te hace crecer ni

florecer, déjalo marchar.

Con todo mi amor,

Mamá

Tres días después, tomé un tren hacia Filadelfia para ver a mi

padre. No había hablado con él de Chase desde que habíamos

vuelto juntos unas semanas antes. Me parecía redundante, ya que

no íbamos a durar. Papá y yo teníamos una rutina. Quedábamos en

el Iris’s Golden Blooms, donde lo ayudaba con la contabilidad dos

veces al mes y, a cambio, me invitaba a comer en un chino que

hacía esquina cerca de casa y nos tomábamos un helado industrial

Costco frente a la televisión mientras me contaba los chismorreos

de nuestra pequeña ciudad. Papá tenía novia. Una mujer dulce

llamada Maggie, a la que estaba muy agradecida porque lo

mantenía ocupado y contento, y le daba la atención que yo no

podía. Además, nos comprendía a otro nivel y nunca se quejó por el

hecho de que la floristería que regentaba todavía llevara el hombre

de su antigua mujer.

Hoy no hubo nada distinto. Seguí los mismos pasos:

contabilidad, comida china y helado como para poder bañarte en él.


Papá me preguntó si quería quedarme a dormir. Para su deleite,

acepté.

Nueva York me recordaba mucho a Chase. Cada esquina y

rascacielos estaba empapado con un recuerdo suyo.

A la mañana siguiente fui al cementerio. No me gustaban mucho

los cementerios. Me parecían un recordatorio de que algún día

residiría allí. Pero una vez al año, por el cumple de mamá, lo

visitaba.

Y ese día era hoy.

Siempre llevaba repostería, un globo y (redoble de tambores, por

favor) flores. Muchas flores. Esta vez le llevé lilas, tulipanes y

caléndulas, y las dejé en su tumba después de frotarla para limpiarla

hasta el punto de dejarme los nudillos llenos de ampollas. Después

me senté junto a un plato de papel repleto de muffins que había

horneado al amanecer y acaricié la piedra fría mientras le contaba

las travesuras de Layla.

—Olvidé decírtelo. Me eligieron para diseñar el vestido de novia

de ensueño en el trabajo. Después de casarme con la mitad de los

chicos de la manzana, por fin creé mi propio vestido de ensueño

personal. ¿Sabes la mejor parte, mamá? Aunque a mi jefe no le

gustara mucho el diseño, me mantuve firme y seguí adelante con él.

Pero lo cierto es que he llegado a comprender que tal vez el vestido

perfecto con el que he estado obsesionada no es lo que más

debería preocuparme. Creo que acabo de dejar marchar a mi

príncipe azul. Y… eso me asusta.

El silencio se extendió por el aire frío de la mañana. Los pájaros

cantaban y todo estaba cubierto de rocío fresco. Respiré hondo y

cerré los ojos.

—¿Sabes, mamá? Al final me di cuenta de que no era culpa mía.

Sé que suena raro y tal vez un poco infantil a los veintiséis años,

pero siempre me he preguntado si te apartaron de mí porque era

una persona horrible. Ya no pienso así. Al ver que Katie, Chase y

Lori están perdiendo a la persona que más quieren, lo he entendido.

La vida es como una ruleta rusa. En realidad, no sabes qué va a

pasar, simplemente estás ahí para jugar. La tragedia es como ganar

la lotería, pero al revés. Ya no tengo miedo a vivir. A defraudar a los


demás. A acobardarme. Ya no volveré a ser Maddie la Mártir.

Pensaba que si era buena y dulce para todos, evitaría otro desastre.

Pero no puedes esperar ganar la lotería. Así que ¿por qué deberías

estar constantemente preocupada porque otra tragedia llame a la

puerta? Ya no volveré a jugar a lo seguro.

Besé la tumba y acaricié una última vez el nombre de mamá.

—Por cierto, Daisy te habría encantado. Es un puntazo. La

próxima vez que venga a visitarte te traeré una foto suya. ¿Sabes

que Chase es el único hombre que ha entrado en mi apartamento

sin que Daisy se mee en sus zapatos? ¿Crees que eso es una

señal?

Miré a mi alrededor esperando una señal. Como en las películas.

Un dramático relámpago rompiendo el cielo. Una flor abriéndose

inesperadamente en plena floración. Incluso una llamada de

teléfono de Chase habría sido suficiente. Por eso, la quietud de todo

lo que me rodeaba me hizo reír. El destino no existía.

Justo cuando me giré para marcharme, apareció un jardinero

desde detrás de un árbol con un soplador de hojas y me dedicó una

sonrisa cansada. Llevaba un uniforme negro. La camiseta que se

extendía sobre su pecho tenía una inscripción en blanco: Black

Solutions.

—Gracias, mamá. —Sonreí. Para mí, fue suficiente.

Chase: ¿La oferta de ser amigos sigue sobre la mesa?

Maddie: ¿Te refieres a la que rechazaste?

Chase: *Cuando estaba muy borracho y ahogaba un ego muy

destrozado. Sí.

Maddie: Sí. Me encantaría estar ahí para ti.

Chase: ¿Tienes planes esta noche?

Maddie: ¿Ver a Daisy perseguir a Frank la ardilla en su intento

de hacerle el amor?

Chase: ¿Puedo acompañaros?


Maddie: Bueno, tendrías que preguntarles a ellos, pero Daisy

tiene el listón bastante bajo si elige a Frank como amante.

Chase: Además, sería coherente con mi reputación diabólica

acostarme con tu compañera de piso.

Maddie: Oh, chico. Pagaría mucho dinero por ver tu cara cuando

Daisy y Frank lo hagan.

Chase: Necesitas un hobby.

Maddie: No todos podemos permitirnos entretenimientos del tipo

de casas de campo exóticas en lagos o mansiones en los

Hamptons. Los mortales tenemos que arreglárnoslas con perder el

tiempo en cosas menos lujosas.

Chase: Los mortales también tenéis Netflix.

Maddie: Retiro la invitación para ver a Daisy y Frank recreando

Lo que el viento se llevó.

Chase: ¿Qué tal si llevo comida?

Maddie: ¿Sushi?

Chase: Obvio.

Maddie: Vale. Pero no digas ni una palabra sobre la elección de

la película cuando estés aquí. No me gusta tu descaro.

Chase: Francamente, querida, me importa una mierda.

Chase: Gracias por llevar a Katie y a mi madre a almorzar. Lo

apreciaron mucho.

Maddie: Técnicamente, ellas me llevaron a mí.

Chase: Pagaste tú.

Maddie: A escondidas. -.-

Chase: Eres buena metiéndote a escondidas en lugares.

Maddie: ¿Como cuáles?

Chase: Mi corazón.

<Chase ha eliminado un mensaje del chat>

Maddie: Estaba comprando juguetes eróticos con Layla. ¿Qué

has eliminado? ¿En dónde entro a escondidas?


Chase: Nada.

Maddie: CHASE.

Chase: ¿Pizza platónica esta noche?

Maddie: No sé si conozco ese tipo de pizza.

Chase: Es la que menos me gusta y te incluye a ti totalmente

vestida. Luego me iré a mi casa para masturbarme mientras tú

disfrutas de tus nuevos juguetes eróticos.

Maddie: La pizza platónica suena bien.

Chase: Me toca a mí elegir la película.

Maddie: Quiero que sepas que nunca te perdonaré por

Scarface.

Chase: Iba a elegir Love Actually, pero no quería que se me

arruinara el maquillaje.

Maddie: No llorarías ni viendo La lista de Schindler. No tienes

corazón, ¿recuerdas?

Chase: Sí, porque me lo has robado.

<Chase ha eliminado un mensaje del chat>

Maddie: ¿Qué has borrado? He sacado a Daisy de paseo y las

cosas se han puesto un poco intensas con Frank. Casi lo pilla esta

vez.

Chase: He dicho que sí tengo corazón.

Chase: Lo guardo en una jarra de cristal en el escritorio.

Chase: Vale, es una frase de Stephen King, pero el sentimiento

es claro.

Maddie: Exijo una revancha.

Chase: ¿Una revancha?

Maddie: Una película de mi elección que sea insufrible para ti.

De hecho, estoy pensando en hacerlo incluso más doloroso. ¿Qué

tal si la elige Clemmy? ¿Ya ha vuelto de Wisconsin?

Chase: Sí, anoche. Deja que llame a Amber para organizarlo.

Maddie: ¿Qué tal las cosas entre Amber y tú?


Chase: Creo que está empezando a asumir que entre nosotros

no va a pasar nada.

Maddie: ¿Y Julian?

Chase: Entre Julian y yo definitivamente no va a pasar nada.

Maddie: ¬¬

Chase: Está ocupado con el divorcio. En realidad, no hemos

hablado de nosotros (no sé qué tienes que me haces hablar como

una chica).

Maddie: Tengo que confesarte algo.

Chase: Que fui el mejor para ti, ¿no? Lo sabía.

Maddie: Extraño lo que teníamos, pero me asusta que me

vuelvas a romper el corazón o me dejes después de que todo esto

termine.

<Maddie ha eliminado un mensaje del chat>

Chase: ?

Maddie: Lo siento, no sé qué me ha pasado. Olvídalo.

Chase: |


Capítulo veinticuatro

Chase

—Hoy voy a ver a Clementine. —Julian estaba de pie en la

puerta de mi oficina. Todavía se le veía el ojo un poco negro, tenía

un corte en el labio y la expresión malhumorada de un idiota de

mediana edad al que le habían dado una tunda en una pelea.

Alcé la vista del portátil porque estábamos hablando de la

mocosa. Me pasé el dedo índice por la boca.

—¿Por primera vez desde cuándo? —pregunté mientras me

inclinaba hacia atrás en la silla de ejecutivo.

Desde el momento en el que Julian se había enterado de lo del

chico de Wisconsin, había sido un desastre. Todo el asunto del

puesto de director ejecutivo había pasado al fin a segundo plano y

se había impuesto la realidad de que su matrimonio (su familia) era

una farsa. Parecía destrozado. Como si la realidad al final hubiera

despertado algo de sentido en él. Sobre todo cuando Amber no

había perdido el tiempo, se había llevado a Clementine a rastras a

Wisconsin para esconderse del golpe social y había aprovechado la

oportunidad para presentarle al chico como un «buen amigo de la

familia».

Julian asintió con la cabeza y se frotó la mandíbula.

—No sé qué decirle.

—¿Qué tal que lo sientes mucho, joder?

—Tal vez sin eso de «joder». Amber me matará y creo que son

cien dólares en la hucha de las palabras malsonantes. —Se frotó la

nuca—. Espera, ¿qué siento exactamente?


—En primer lugar, que se encuentre en esta situación —dije—,

así como las circunstancias. ¿Dónde la vas a llevar?

—No lo sé. Amber solo me ha dicho que la recoja a las cinco.

¿Dónde debería…? ¿Qué le gusta? Dios Santo, ni siquiera sé lo que

le gusta.

Julian se dejó caer en la silla que había frente a la mía con un

suspiro, sin tomarse la molestia de recibir una invitación formal para

entrar. Lo observé como si se acabara de cagar en el escritorio. No

estábamos precisamente en términos amistosos desde que había

anunciado la enfermedad de mi padre y yo le había reorganizado

cada parte de la cara. Ni siquiera habíamos hablado desde que

había ido a restregarle lo de la prueba de paternidad negativa, tanto

a él como a Amber (literalmente, se la pasé por la nariz y la

restregué de arriba abajo. Habría sido lo más destacado del año si

no hubiera significado más malas noticias para Clemmy).

—¿Qué tal si la llevas a una hamburguesería y Mad y yo la

recogemos y la llevamos a ver una película después? —sugerí—.

Suavizará el golpe.

Julian levantó la cabeza de pronto.

—¿Sigues viéndote con ella?

—De forma platónica. —Escupí las palabras como si fueran una

blasfemia. Parecía sumamente injusto que me empujaran a la

friendzone como un par de calcetines viejos después de haberle

ofrecido tantos orgasmos como para prenderle fuego a una refinería.

Me encogí de hombros como si no me importara. Pero sí me

importaba—. Su funeral.

—Hablando de funerales. —Julian respiró hondo y evitó el

contacto visual conmigo mientras tomaba un lote de pósits negro del

escritorio y empezaba a hojearlos con nerviosismo—. Contarles a

todos lo de Ronan…, fue horrible. Me he disculpado con él. Le he

asegurado que no intentaré ser el director ejecutivo en una buena

temporada. Pensaba que debías saberlo.

No dije nada. Es comprensible que sospechara de sus palabras.

Echó la cabeza hacia atrás y miró al techo con un suspiro.

—Solo quería algo propio.

—Tenías algo propio. Una mujer, una hija, una buena carrera.


—Una mujer que me odiaba a pesar de mis intentos por

complacerla en todos los sentidos. Una mujer a la que le había

prometido que se convertiría en la mujer del director ejecutivo y

cuando se dio cuenta de que la promesa no se iba a cumplir, se

dedicó a amenazarme para dejarme. Yo quería el puesto de director

ejecutivo porque pensé que eso significaba conservar a Amber. Ella

y Clemmy eran lo único que yo tenía y tú no. Al intentar

conservarlas, las descuidé pasando todo el tiempo en el trabajo. Y

ahora me voy a divorciar. —Puso los brazos en el aire y se rio con

amargura—. La ironía es una putada.

—Todavía puedes tener a Clemmy. Lo único que sabe es que

eres su padre. En cuanto a Amber, puedo sinceramente decir que

meter la polla en una pajita de papel te dará más satisfacción que

estar con una mujer que solo te quiere por la billetera y el estatus.

Hasta tú puedes hacerlo mejor. —No estaba preparado para

consolar a mi primo hermano después de toda la mierda que me

había comido por su culpa en los últimos tres años, pero machacar

a alguien que está en su peor momento no era mi estilo. Bueno… —

Levanté una ceja cuando vi claro que Julian no iba a moverse ni un

centímetro hasta que lo echara de ahí—, tengo trabajo que hacer.

Mándame un mensaje con la dirección donde tengo que recoger a la

mocosa.

Se levantó y miró a su alrededor como si se le olvidara algo. Tal

vez sus modales. Debería haber llamado a la puerta. También

debería haberse disculpado por los últimos tres años. Estar

arrepentido no valía una mierda si no lo admitía de forma oficial.

—¿Sabes, Chase? No eres tan malo. —Se detuvo en la puerta.

Lo miré sin comprender.

—Gracias por el tibio cumplido. «¿No eres tan malo» es

sinónimo de «he conocido a gente más idiota que tú?».

Soltó una carcajada.

—¿Ves? A eso me refiero. Siempre pensé que no tenías corazón

y por eso era más fácil hacerte villano. Pareces tan ajeno a todo lo

que te rodea… Vas por la vida con ese halo oscuro y melancólico

que te envuelve. Casi como si fueras el diablo. —Frunció el ceño.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Así es como Madison se había


referido a mí. Pensaba que solo estaba bromeando. Ahora ya no—.

Pero me di cuenta de que simplemente eres tú siendo tú. Y de que

eres capaz de preocuparte por los demás. Que Lori, Ronan, Katie y

Clemmy te importan.

Y Madison. También me importaba Madison.

De hecho, una parte de mí no estaba tan segura de ser muy

diferente de mi exnovia. En algunos sentidos, yo también hacía todo

lo posible por complacer a los que me importaban. Esa era la razón

por la que me arriesgué tanto por papá. Pero, a diferencia de

Madison, mi tendencia a complacer a los demás había hecho que

me metiera en camisa de once varas. Le había prometido

matrimonio a Amber. Y la traición me había abofeteado la cara.

Pero seguía siendo un fanático de las personas a las que quería.

Siempre tendría el respaldo de mi familia.

Julian me lanzó una mirada de esperanza. Oh, por el amor de

Dios. Justo cuando pensaba que estábamos alejándonos del

territorio de Jerry Springer, fue y me dio con toda la tribu de los

Brady en el culo. No me daba un descanso. Respiré profundamente.

«Dilo».

«Va a saber a mierda, pero tienes que decirlo».

«Forma parte de la familia».

—También me importas tú. —Traté de no rechinar los dientes

demasiado al pronunciar la frase. A Julian se le iluminaron los ojos.

Lo pilló. En su mente, lo habíamos estado jodiendo, le habíamos

dado el apellido Black sin las ventajas, y por eso se había rebelado.

No era una excusa para el comportamiento de mierda que había

tenido, pero era un incentivo.

—¿De verdad? —preguntó.

—Eso parece.

—¿Eso significa que puedo conservar el puesto de director de

sistemas de información?

«O tal vez solo quiere salvarse el culo y asegurarse el puesto».

—Demasiado pronto —advertí.

—Gracias, hermano. —Me guiñó un ojo.

Esperé a que se marchara de la oficina para dar rienda suelta a

las arcadas.


Hice una parada en Croquis para recoger a Mad. Sven estaba

junto a los ascensores, frotándole la barriga a una empleada

embarazada como si fuera una bola de cristal y hablando sobre

bebés. Le dediqué un asentimiento de cabeza y pasé por su lado.

Una chica que me parecía familiar, con el cabello rubio a lo

Khaleesi, me acorraló y me persiguió por todo el estudio.

—¡Señor Black, espere! Solo quería agradecerle de nuevo por

convencer a Sven para que me diera otra oportunidad. No sé si ha

leído los dos correos… o ha visto las flores. Quiero que sepa que no

lo tomo a la ligera y que no desaprovecharé esta segunda

oportunidad.

Solo emití un sonido de «Mmmm». No tenía ni idea de quién era

o qué quería de mí. Tenía la mirada centrada en mi objetivo:

Madison Goldbloom, sentada en su cubículo con un vestido azul

claro con estampado de cisnes blancos.

—Maddie y yo estamos totalmente unidas. El otro día fuimos a

almorzar juntas, no sé si se lo ha dicho. Nos llevamos bien.

Ahora estaba obstaculizándome el camino, así que supuse que

tenía que hablar con ella.

—Nadia, ¿no? —pregunté.

—Nina. —Me ofreció una espléndida sonrisa—. Maddie me ha

dicho que ya no estáis juntos. Lo siento mucho. —Se llevó una

mano al corazón. Sí. Parecía sentirlo tanto como Daisy después de

tratar de preñar al pobre Frank—. Si alguna vez necesitas hablar

con alguien…

«Buscaré ayuda profesional de alguien que no quiera mi polla en

su boca», estuve tentado a acabar por ella, pero sabía que Mad me

llamaría imbécil y no quería que me viera nunca más como la

reencarnación del diablo.

—Gracias. —Pasé por su lado y fui directo a Madison, que

estaba al teléfono con el ceño fruncido. Levantó la vista cuando notó


mi presencia, cogió la chaqueta y me dio un beso distraído en la

mejilla que casi hizo que me explotara el maldito corazón.

—Gracias. Por cierto —Me sonrió— esperaba poder saludar a

Ronan al regresar de ver la película. Le he hecho un pan de plátano

sin machacar.

—¿Sin machacar? —Agaché la cabeza para atrapar su mirada.

Esquivó el contacto visual. Todo lo relativo a la mierda platónica era

aguado e impersonal.

—Significa que no le di de hostias. Por fuera es horroroso, pero

por dentro sabe bien.

—El exterior está mejor de lo que piensas —murmuré. Sabía que

era hora de hundirse o nadar y al fin (al fin) decidí sacar la cabeza

del agua.

Terminó siendo una velada agradable, teniéndolo todo en cuenta

(lo que tuve en cuenta: me vi obligado a ver otra vez la cara

amargada de Julian y Madison estuvo todo el tiempo con la ropa

puesta).

Después de la película, llevamos a la mocosa a ver a papá y nos

quedamos a tomar el té. A la hora de irnos, Madison me detuvo en

la puerta y me puso una mano en el pecho. Se me contrajeron los

músculos bajo sus dedos, como si fuera fuego.

—No tiene muy buen aspecto —susurró mientras trazaba

círculos con los dedos en el pecho—. Quédate con él. Tomaré un

tren para volver a casa.

Por lo general, trataría de pasar más tiempo con ella. Pero sabía

que hoy tenía razón. Le di un beso en la mejilla.

—Gracias por matar mi libido y posiblemente mis retinas con esa

película. Nunca miraré los vestidos de baile y las tiaras de la misma

manera.

—Gracias por tomártelo con filosofía.


Se detuvo ahí. Mamá y Clemmy estaban en la sala de estar

haciendo un puzle. Papá estaba en el dormitorio principal. Podía

inclinarme a besarla y ella me dejaría. Le ardía la mirada con esa

cosa que había aprendido a reconocer. Hambre carnal.

Pero ahora no era el momento.

Y estaba claro que no era el lugar.

Me eché hacia atrás y le rocé la nariz con el dedo mientras le

dedicaba una sonrisa.

—Adiós.

—Adiós —contestó con voz espesa.

En cuanto entró en el ascensor, busqué el teléfono y le mandé

un mensaje, porque sabía que allí la cobertura era una mierda.

Chase: Maldita sea, Madison Goldbloom, te quiero. Te quiero

tanto que a veces duele mirarte a la cara.

<Chase ha eliminado un mensaje del chat>

Un minuto después, contestó:

Maddie: ¿Qué has enviado y luego borrado? Voy a matarte

algún día por hacer eso, Chase.

Chase: Papá dice que el pan de plátano no estaba muy mal. No

quería que te sintieras ofendida.

Maddie: Eres imbécil.

Chase: Alguien tiene que serlo.

—Pasa.

Papá tenía la voz ronca debido a que los pulmones le

funcionaban solo al 10 por ciento de su capacidad. Empujé las

puertas dobles para abrirlas.

Apoyé la espalda contra las puertas y metí los pulgares en los

bolsillos delanteros. Estaba acostado en las sombras. Grant me


había explicado que estaba tomando mucha medicación para el

dolor, pero aun así no se sentía bien. Le costaba tanto respirar que

sonaba como si fuera un coche viejo tratando de recorrer sus

últimos kilómetros antes de quedarse sin gasolina. Respiraba al

mismo tiempo de forma rápida y lenta.

—No te quedes ahí, muchacho. Entra. No muerdo. —Tosió. Di

unos pasos y me sentí abrumado por primera vez en mi vida. Tal vez

le quedaban días. O más bien horas. Sin embargo, el mundo seguía

girando. Llevábamos a la mocosa a ver películas. Íbamos a trabajar.

Vivíamos. Cada momento que pasaba sin él parecía una traición.

Se apoyó en la cabecera de la cama y extendió el brazo para

llegar hasta la mesita de noche y coger un porro liado. Levanté una

ceja mientras cogía el mechero que estaba al lado.

—¿Te vas a colocar? —pregunté con ironía.

—Tanto como me deje el estado de los pulmones. Cannabis

medicinal. Hace maravillas para el dolor. —Lo encendió y dio una

profunda calada, hasta que no pudo más. Tosió el humo. Me senté a

su lado—. Maddie parece de buen humor —recalcó.

—¿De verdad vamos a hablar de Maddie? —Cogí el frasco de

marihuana que había junto a la mesita de noche y lo examiné.

—No, lo siento. Vamos a hablar de mi tema favorito: mi muerte.

—Touché. —Me rasqué la barba—. Sí, está bien. Aunque está

preocupada por ti.

—¿Estás teniendo una aventura con la pobre chica? —Ladeó la

cabeza hacia un lado y dio otra calada. Era surrealista estar sentado

aquí mientras él se fumaba un porro. Lo único que necesitaba ahora

era una gorra de béisbol hacia atrás y una suscripción Premium a

Pornhub para ser uno de los chicos que había conocido en la

universidad.

Me reí.

—Todavía no tiene la desgracia de estar liada conmigo, pero

estoy trabajando en ello.

—Poco a poco. —Dio toquecitos para que cayera la ceniza en el

cenicero.

—Deja que yo me preocupe del ritmo. Tú preocúpate por

pasártelo lo mejor que puedas las próximas semanas. Mira, quiero


aclarar toda la asquerosa historia de Julian y yo en la oficina. En

realidad, no hemos hablado de ello.

Papá me hizo un movimiento con la mano.

—No es necesario. De forma subconsciente, sabía que esto iba

a suceder en algún momento. Los dos teníais que resolverlo y lo

hicisteis. El equilibrio del poder. Julian probó suerte con el líder de la

manada y no lo consiguió. Ahora está lamiéndose las heridas, y

sería prudente que no hagas sangre mientras todavía están frescas.

Como ya te mencioné, para mí es como un hijo. Clementine es mi

nieta. Nada va a cambiar eso. La biología nunca podría rivalizar con

los lazos familiares. Pero te diré algo, Chase: de todos mis hijos, tú

eres el que más se parece a mí.

Cuando terminó de hablar, respiró profundamente, como si no

pudiera soportar la tensión en sus pulmones después de pronunciar

unas cuantas frases seguidas.

—Gracias. —Incliné la cabeza.

—No es un cumplido —dijo inexpresivo, sorprendiéndome.

Levanté la mirada y fruncí el ceño. Él suspiró, dio otra calada y

habló con el porro entre los dedos—. Soy cabezota, testarudo y a

veces extremadamente irracional. Quiero a tu madre, pero soy el

primero en reconocer que le he hecho pasar un infierno por mis

estados de ánimo radicales. No tengo modales y soy sarcástico

hasta cuando el momento no lo requiere, que es siempre. Quiero

que me prometas algo.

Esperaba con todas mis fuerzas que no tuviera intención de

decirme que no fuera sarcástico. Tendría que cortarme la mitad del

cerebro y la lengua para estar en el camino de no hacer un chiste

macabro sobre cualquier cosa.

—Suéltalo —dije con cautela.

—Dale una oportunidad al amor. Es raro, puro y te cambia por

completo la vida. No todos los días caen en tu regazo chicas como

Madison. Si echas a perder la oportunidad de estar con ella, nada te

garantiza que entre en tu vida otra chica hecha para ti. Sé que

Amber te hizo daño, mucho daño. Pero no la querías. Lo que

querías era sentar cabeza y quitarte de en medio todo eso del amor.

Vi la forma en la que te miraba y cómo la mirabas a ella.


Sabía a lo que se refería. Yo miraba a la Amber posuniversitaria

como un coche nuevo, brillante y de edición limitada. Ella había

aumentado mis acciones y parecía un buen complemento en mi vida

en aquel entonces. En cambio, miraba a Madison como si fuera una

piñata llena de sorpresas y orgasmos que quería explotar con mi

bate en forma de pene. Me mantenía alerta y me hacía dudar de lo

que iba a hacer o decir. Y había terminado viendo Antes de ti.

¿Adivina qué? Louisa Clark estaba buenísima.

—Abre tu corazón. La vida es más corta de lo que piensas. Y,

cuando estás en mi posición, postrado en una cama, a un suspiro de

la muerte, no piensas en el dinero que has conseguido, en los

acuerdos lucrativos que has firmado, en los ingresos o en las

personas que te jodieron o a las que jodiste en los negocios.

Piensas en lo afortunado que eres por comer pan de plátano casero

y oír las risas de tu nieta desde la otra habitación, y al amor de tu

vida haciéndola reír.

Cerré los ojos y asentí con la cabeza.

—Te prometo que… —empecé a decir, pero, cuando abrí los

ojos, vi que papá se había quedado frito. Estaba profundamente

dormido y tenía el porro casi consumido en la mano. Se lo quité, lo

puse en el cenicero de la mesita de noche, le di un beso de buenas

noches y me marché.


Capítulo veinticinco

Maddie

—¿Estás bien? —Sven preguntó mientras tiraba del vestido y lo

alisaba sobre mi cuerpo.

No lo estaba.

No estaba nada bien.

La modelo para el vestido de novia de ensueño estaba

desaparecida en combate, otra vez, y tuve que reemplazarla. A esas

alturas, estaba furiosa. Una cosa era darle mis medidas y otra hacer

de modelo con el maldito vestido, sobre todo cuando ella era al

menos veinte centímetros más alta que yo. Qué poco profesional.

—Estoy bien —corté—. Deberías hablar con la agencia de esta

chica. Nos ha dejado plantados dos veces seguidas. Tal vez

deberías buscar una sustituta de talla treinta y dos.

Uf, ahora estaba a un largo llanto de Maddie la Mártir. La antigua

yo nunca diría algo remotamente negativo a alguien. Sin embargo,

la nueva yo quería responsabilizar a las personas por sus acciones.

Me di cuenta de que vivir con la nueva yo era mucho más práctico

que compartir cuerpo con la anterior versión de mí misma.

—Nah, demasiado tarde para eso. —Sven se agachó y clavó

agujas alrededor de la tela amontonada en mi cintura. Tenía otra

hilera de agujas en la boca mientras hablaba—. Además, aunque

consiguiera otra modelo, quiero una que se asemeje a una mujer

real. Ella lo vale. Confía en mí.

—Las supermodelos también son mujeres reales. De hecho, las

mujeres pueden ser de cualquier forma, tamaño, color y altura, y


ninguna de sus características físicas las hace menos mujeres. —

Nina levantó el brazo en el aire como para pedir permiso mientras

los dos me examinaban con mi obra de arte puesta.

—Amén. —Choqué la mano con la de Nina antes de dar la

habitual vuelta de la futura novia frente al gran espejo, que ocupaba

la longitud de toda la pared y que guardábamos en el estudio,

principalmente para que Sven se mirase en él todos los días. Los

diseñadores, becarios y asistentes administrativos me rodearon para

contemplar el vestido. El color carmesí avanzaba por el cuello y las

mejillas, y la piel se me llenó de manchas por la vergüenza. No

estaba acostumbrada a que todas las miradas estuvieran puestas

en mí.

—Vale. Lo arreglaré. La modelo vale la pena porque parece que

nació para ese vestido, y no me importa que esté ocupada. Ahora,

Maddie, ¿me harías el favor de enderezarte? Parece que estás a

punto de esconderte dentro del vestido.

Hice lo que me dijo mientras pasaba una mano por el exuberante

«Flor de luna». Le había puesto ese nombre al vestido porque

cuando se abría en medio de un giro, se parecía a la flor blanca.

Pero hubo algo que me hizo insistir en el nombre (la flor de luna solo

se abría por la noche. Florecía en la oscuridad). Sven me dijo que lo

llamara de alguna forma que me recordara a mí.

Nada me recordaba más a mí que florecer en los brazos de la

oscuridad.

Había perdido a mi madre en medio de un incómodo giro hacia la

edad adulta. Solo tuve la guía de mi padre viudo, que estaba

ocupado salvando el otro legado de mi difunta madre, su floristería.

Me enamoré de Chase Black cuando su padre estaba muriendo.

Y también me enamoré de mí misma cuando me di cuenta de

que merecía un hombre como Chase Black. Francamente, yo era

digna de cualquier hombre.

Me mordí el labio inferior mientras me miraba en el espejo y

pensaba en todas las mujeres que, con suerte, caminarían hacia el

altar con este vestido. Luego pensé en las vidas que iban a tener

con sus maridos (o mujeres) tras ello. Pensé en los niños que

tendrían. Las pruebas de embarazo positivas. Los ascensos. Las


mañanas de Navidad. Las vacaciones en familia. Todas las vidas

que estarían envueltas alrededor del Flor de luna. Miles de mujeres

mirarían el vestido años después y su significado sería distinto para

cada una de ellas. Amor, esperanza, desamor. El corazón se me

hinchó de emoción.

—Maddie. —Nina dio un paso al frente y me pasó el teléfono,

que se movía en su mano temblorosa—. Tienes una llamada.

Fruncí el ceño al ver quién era. Katie. ¿Quería cancelar los

planes para almorzar juntas? Me llevé el teléfono a la oreja.

—Hola, K. ¿Qué pasa?

—Maddie —dijo con dificultad. De inmediato se me cayó el alma

a los pies.

—Katie… —Me tembló la voz—. ¿Qué ha pasado?

Era terrible formular una pregunta cuya respuesta ya sabías solo

para escucharla en voz alta. Para poder lidiar con ella. La palabra

del día de hoy de Layla era «desastre». Debería haberlo sabido.

—Es papá. —Tenía la voz suave y ronca, como si se estuviera

derritiendo en la garganta—. Ha muerto.

La siguiente hora pasó como un borrón. No podía respirar, no

podía pensar, no podía ver con claridad.

Tal vez eso fue lo que me hizo salir pitando del edificio con el

vestido de boda, que parecía una tarta de tres pisos, antes de que

Sven y Nina me agarraran mientras yo daba patadas y gritaba que

tenía que ir a ver a los Black. Nina me metió en el baño y me sacó el

vestido del cuerpo antes de vestirme con mi ropa normal. Temblaba

de forma descontrolada tratando de llamar a Chase, pero una y otra

vez me saltaba el sonido frío e impersonal de su buzón de voz.

Gracias a Dios que Nina se había esforzado mucho en enmendar su

comportamiento y ser la mejor versión de sí misma en la oficina. Se

aseguró de pedirme un taxi, que me esperaba en la puerta.


El trayecto hasta el hospital pasó en un abrir y cerrar de ojos. No

pude descifrar los rostros ni las palabras del personal que me dirigió

hasta la habitación de Ronan Black. No estaba allí cuando llegué.

Chase estaba de pie, de espaldas a mí, mirando por la ventana, y

detrás de él estaba la cama vacía con las sábanas todavía

arrugadas. Lori estaba acurrucada sobre sí misma en un sofá de

dos plazas de color verde, con la cabeza apoyada en el hombro de

Katie. Julian estaba sentado al borde de la cama mirándose las

manos, que mantenía apoyadas en el regazo. Amber y Clementine

no estaban por ninguna parte. Primero corrí hasta Katie y Lori, ya

que no estaba del todo lista para presenciar el dolor de Chase de

cerca.

—¿Cómo ha sucedido? —pregunté, sabiendo muy bien que no

era una pregunta que querrían responder.

El día que me enteré de lo de mamá, papá no quería hablar de

nada, mucho menos de los tecnicismos, de la forma en la que había

sucedido. Y, sin embargo, a medida que los amigos y la familia iban

llegando, nos inundaban a preguntas. ¿Cómo había muerto?

¿Quién la había encontrado? ¿Cómo me había dado la noticia mi

padre?

—Mamá ha entrado en el dormitorio para preguntarle si le

gustaría que ella almorzara a su lado —sorbió Katie mientras

sujetaba la nuca de Lori—. No ha respondido. Mamá ha pulsado el

botón de emergencia. —Los Black habían instalado el servicio de

teleasistencia junto a la cama de Ronan—. Cuando han llegado los

paramédicos, todavía tenía el pulso débil, así que lo han traído aquí.

Ha muerto en cuestión de minutos.

Las rodeé con los brazos, como si de alguna forma las estuviera

manteniendo unidas. Me embebí de su tristeza y les di un beso en la

cabeza, sin saber muy bien si tenía derecho a hacerlo, pero

desesperada por consolarlas.

Cuando dejaron de respirar de forma irregular, me levanté. Tanto

Julian como Chase estaban de espaldas a mí en distintas esquinas

de la habitación. Primero, me dirigí hacia Julian. Estaba pálido como

un huevo. Tenía ese brillo supersolitario tan suyo, el brillo de alguien

que había perdido recientemente mucho más que a su padre. Sabía


que estaba en proceso de divorcio y que adaptarse a la nueva

realidad con Clementine no era un pícnic para él. Con cautela y

conteniendo la respiración, le puse una mano en el hombro y le di

un firme apretón. Arrastró la mirada hacia la mía, centímetro a

centímetro, tan lentamente que era obvio que estaba esperando

algún tipo de enfrentamiento.

—Lamento tu pérdida —dije simplemente.

—No deberías sentir nada, excepto desprecio hacia mí. —Inclinó

la cabeza—. Pero te lo agradezco.

—Y sé que eso no significa nada ahora mismo, cuando la herida

es un corte abierto y sangrante, pero te prometo que vendrán días

mejores. Solo tienes que aguantar. —Ignoré sus palabras.

—¿Por qué haces esto? —Tragó saliva con dificultad—. ¿Por

qué siquiera te importa? Lo único que he hecho es portarme fatal

contigo.

—Así es —admití, incapaz de mover la mano de su hombro—.

Les contaste a todos lo de la mentira de Chase conmigo, y dijiste

que yo era un seis. No fuiste nada amable conmigo, pero eso no

significa que me tenga que portar igual contigo. Me gusta quien soy.

Un seis, pero con un corazón diez.

—¿Has oído eso? —Levantó las cejas casi de forma cómica.

Me encogí de hombros.

—La belleza es subjetiva. —No era el momento ni el lugar de

hablar de ello, pero tenía el presentimiento de que mantendría

ocupado a Julian, y esa era la esencia de lidiar con el dolor. Seguir

adelante, hablar, hacer cosas.

—Quería irritar a Chase —sorbió Julian—. No lo decía en serio.

Y, para que conste, lo conseguí. Es decir, lo irrité. Así que… —

Desvió la mirada hacia la ventana donde estaba Chase, todavía

ajeno a mi presencia, sumido en sus pensamientos—. Saca tus

propias conclusiones.

Lo que significaba que a Chase y Julian les encantaba odiarse.

No podía permitirme creer otra cosa distinta. Arrastré la mirada

hasta Chase. Él apoyó la frente contra la ventana, el vaho de su

respiración se extendió por el cristal, como una nube gris. La

necesidad de abrazar a esta bestia salvaje y oscura me destrozó.


—Ve. —Julian me dio una palmadita en la mano que tenía sobre

su hombro—. Has venido por él.

Me aproximé a Chase. Le puse una mano en la musculosa

espalda. El corazón se me encogió en el pecho. Daba vueltas, se

retorcía y rogaba: «Déjame salir». Nunca había tenido tanto miedo

de hablar con alguien. No sabía si podría sobrevivir a su dolor.

—Chase.

Él se dio la vuelta y se tiró a mis brazos. Di un paso hacia atrás,

desestabilizándome por el impacto, pero rodeada por él como un

tornillo. Estábamos conectados con cada centímetro de nuestro ser.

Estábamos unidos, como si estuviéramos enchufados, como si yo

fuera el cargador y él absorbiera mi energía. Tenía el rostro cargado

de emociones que nunca había visto. Había tanta vulnerabilidad que

parecía que lo habían abierto con un cuchillo afilado. Las lágrimas

me caían por la cara tan libremente que temía por mi propia cordura.

Adoraba a Ronan, pero no lo conocía lo suficiente como para que su

muerte me inspirara tal reacción. Lo único que sabía era que había

dejado a una familia que lo quería de verdad. Eso significaba que

era una persona digna de mis lágrimas.

—Voy a llevarte a casa ahora —susurré.

Negó con la cabeza.

—Hay mucho que hacer.

—No —dijeron Katie y Lori al unísono, y se pusieron en pie.

—No. Todo es burocracia. Nos vemos en unas horas para

reagruparnos —insistió Lori—. Quiero darme una ducha. Quiero

recomponerme. Tengo que contárselo a mis hermanas.

Durante el trayecto en taxi hacia la casa de Chase fuimos en

silencio. Nos tomamos de la mano en el asiento trasero mientras

observábamos el paisaje de Nueva York a través del cristal. Cuando

llegamos a su apartamento, le serví una generosa copa de whisky y

él la agarró. Lo senté en la encimera en forma de U de la cocina y

luego me dirigí al baño para abrir el grifo de la ducha. El vapor que

salía por las cinco boquillas cubrió las puertas de cristal. Coloqué

una toalla sobre el calefactor, regresé a la cocina, le llevé la copa

con el resto del whisky a los labios y le pedí que se lo terminara de

un trago. Luego lo arrastré hasta la ducha.


—Llámame si me necesitas.

—No soy inválido —dijo hosco, y luego respiró de forma

entrecortada—. Joder, lo siento. Gracias.

Le preparé algo sustancioso de comer mientras tomaba una

ducha. No era muy buena cocinera, pero sabía que él necesitaba

comida reconfortante de verdad, no una comida para llevar muy

elaborada. Se notaba que alguien que sabía que era un soltero que

no frecuentaba la cocina le había llenado la nevera. Me conformé

con chili de ternera con champiñones, berenjenas y una calabaza

que encontré en un frutero de productos ecológicos intacta que

alguien le había regalado y que se encontraba en la encimera.

Leí la receta en el teléfono mientras movía con una cuchara de

palo el chili humeante en una olla. El único ingrediente que faltaba

era el pimiento. Abrí la despensa de Chase para ver si por

casualidad tenía especias. Me detuve. Me llevé una mano al

corazón y dejé que el teléfono se deslizara por mis dedos y cayera

al suelo.

Allí estaban las azaleas, escondidas en la oscuridad de la

despensa, que ahora no tenía nada excepto tres humidificadores

encendidos. Las azaleas estaban en plena floración, rebosantes de

color en la oscuridad. Los pétalos de un rosa brillante con los bordes

blancos me devolvían la mirada. Di un paso hacia adelante e incliné

con cuidado la planta para ver la marca secreta que había dejado

para asegurarme de que era la misma planta.

Lo era.

«Espacios oscuros, húmedos y cálidos. Las azaleas crecen en

ese tipo de lugares». Eso es lo que le dije aquel día.

Lo había recordado.

No las había tirado ni había dejado que se murieran. Las había

cuidado.

Cerré la puerta y anduve hacia atrás a trompicones, luchando

por respirar. Sentía los pulmones diez veces más pequeños que el

resto del cuerpo. Había hecho lo imposible. Había mantenido vivas

las flores durante muchas semanas, vaciando toda la despensa y

cuidando las flores a diario.


Chase estaba listo para el compromiso. Lo sabía con cada fibra

de mi corazón. Pero también sabía que estaba afligido y confuso, y

que ahora mismo no era el momento idóneo.

—Oye. —Se oyó su voz detrás de mí. Di un salto y me giré.

—Oh, hola.

—¿Estás preparando algo? —Parecía exhausto mientras se

frotaba el cabello rebelde con una toalla.

—Sí, chili. ¿Tienes hambre?

—Claro, si no está quemado.

Fue entonces cuando me di cuenta de que el chili estaba, de

hecho, bastante quemado. Para cuando llegué al fogón, una costra

negra de alubias carbonizadas cubría la olla.

Chase asomó la cabeza por debajo de mi hombro para mirar la

comida chamuscada.

—¿Pizza? —suspiré.

Asintió con la cabeza y me tocó el omóplato con la barbilla.

—Con pepperoni y corazones de alcachofa. Como le gustaba a

mi padre.

Chase

Cinco días después, enterramos a papá.

Mamá quería que fuese a los tres días, pero venían familiares de

Escocia, Virginia y California y había que tener en cuenta los

distintos horarios y vuelos. Madison había estado ahí en cada paso

del camino, tal y como había prometido. Había acompañado a mi

madre a comprar el ataúd, había encargado personalmente el

arreglo floral para el funeral y había sido de gran ayuda al recibir

visitas en la casa de mi madre y firmar las entregas de

condolencias.


El ataúd de Ronan Black descendió hacia la boca abierta de la

tierra en un día gris de otoño. El funeral fue un gran evento al que

asistieron mil personas, pero pedimos que la ceremonia del entierro

fuera exclusiva para la familia más cercana. Mad estuvo todo el

tiempo agarrándome la mano con la suya, cálida y pequeña. Era

una locura que no pudiera besarla cada vez que quisiera.

Enterrarme en ella cuando la vida parecía tan insoportable. Los días

que siguieron al funeral se pegaron como las páginas de un libro sin

leer.

La gente traía comida a nuestra casa, como si alguien tuviera

apetito, y, cuando todo se volvía demasiado real, cuando no podía

ofrecer ni una sonrisa cortés más, Mad se hacía cargo y entretenía a

los invitados por nosotros. Dudaba que hubiera dormido mucho

durante aquellos días. Seguía trabajando a caballo entre la casa y la

oficina, y estaba ahí para nosotros hasta altas horas de la noche.

Una semana después del funeral, nos sentamos juntos a leer el

testamento como familia. Madison había insistido en no tomar parte

en esto. Lo llamó «el lado clínico de la muerte con el que no estaba

cómoda». Todos respetamos su decisión, aunque para entonces la

veíamos como una parte no designada de la familia. Lo cual (yo fui

el primero en admitirlo) era otro nivel de cagada. Quedamos en casa

de mi madre. El ama de llaves nos sirvió cranachan parfait, el postre

escocés favorito de papá. Lo comimos mientras bebíamos el apenas

soportable vodka de patata Ogilvy, como a él le gustaba.

Katie era quien iba a leer el testamento. Era la única hermana de

los tres que no parecía empeñada en matar a alguien si no obtenía

lo que quería, así que era justo.

—Mamá se queda con las propiedades, el veinticinco por ciento

de las acciones de Black & Co. y todas las joyas de la familia. —

Katie levantó la vista del papel y le dio un apretón a mamá en la

mano.

—Mierda, solo había venido por el collar de Tiffany. Bueno, ha

sido rápido —dijo Julian, fingiendo levantarse de la silla. Mamá le

dio una palmada en el muslo para que se sentara de nuevo.

Compartieron una risa cansada. Agradecía que Julian volviera a


introducir el sarcasmo en la rutina diaria postpapá, pero yo no

estaba de humor para reírme.

Katie volvió la vista al papel, que tembló como una hoja en sus

manos. Se tapó la boca y los ojos le brillaron con lágrimas no

derramadas.

—He heredado los vestidos vintage que posee Black & Co.

diseñados o usados por iconos de la moda. El quince por ciento de

las acciones de la empresa… ¡Y el loft! —Pero sabía lo que le

estaba haciendo llorar. Los vestidos. Lo significaban todo para ella.

Teníamos un museo Black & Co. en la parte alta de la ciudad que

contenía vestidos históricos famosos que le encantaban. Cuando

era niña, iba allí casi todos los meses. Me preguntaba si Mad habría

estado alguna vez. Me preguntaba si podría llevarla. Me preguntaba

si me lo permitiría.

—Julian, eres el siguiente. —Se inclinó hacia adelante y le dio un

apretón en la rodilla. Si había algo positivo tras la muerte de mi

padre era el hecho de que le habíamos dado una segunda

oportunidad a Julian sin realmente haberla pedido. Se acordó de

forma universal y silenciosa que era un idiota de primera clase que

había actuado como un imbécil de proporciones gigantescas

durante los últimos años, pero el karma lo había jodido tanto (a pelo,

sin lubricante) que ninguno de los miembros de la familia sentía

especial pasión por arruinarle más la vida. Déjame corregirlo: nunca

dejaría pasar una buena oportunidad de torturar a Julian, pero ya no

quería arruinarle la vida.

—Julian, tienes el veinte por ciento de las acciones, la propiedad

en la que resides con Amber, el castillo de Edimburgo y la casa de

Dundee donde pasaste la infancia. También hay un mensaje

personal. —Se aclaró la garganta y lo miró con preocupación. Julian

agachó la cabeza y cruzó las manos por encima de ella. Le

temblaba la espalda. Estaba sollozando. La casa de Dundee era un

bonito detalle. Ninguno de nosotros sabíamos que papá la había

conservado. Siempre asumimos que, como papá gestionaba la

herencia de Julian, había vendido la casa. Parecía más práctico.

Julian también consiguió más acciones que Katie, prueba de que


papá no había mentido. Realmente consideraba a Julian como un

hijo.

Cuando Julian volvió a mirar hacia arriba, tenía los ojos rojos y

húmedos.

—¿Un mensaje personal? —repitió—. ¿Cómo es que tú y Lori no

tenéis uno?

—Lo tuvimos. En privado —explicó mamá desde el sofá—.

Tengo el presentimiento de que lo que tenga que decirte debe ser

público y todos los miembros de la familia deben escucharlo.

—Vale —vaciló Julian—. Vamos a escucharlo.

—Dijo… —Katie se detuvo y frunció el ceño—. Vale, lo voy a

decir palabra por palabra, así que no mates al mensajero: «Querido

Julian: ¿qué te pasa en la maldita cabeza? Tienes todo lo que un

hombre podría soñar, ¿y vas a tirarlo todo por la borda por más

trabajo, más dolores de cabeza y más responsabilidad? Empieza a

enfrentarte a las cosas importantes. El dinero, el estatus y Amber

nunca fueron parte de esas cosas. Te quiero, hijo, pero eres un

completo quebradero de cabeza. Si no tienes claras tus prioridades,

estás desterrado del cielo. Me aseguraré de ello. Creéme cuando te

digo que no te gustará la alternativa. Toma decisiones sabias y ama

con todas tus fuerzas. Papá».

Toda la habitación estalló en risas. Era la primera vez que nos

reíamos desde que papá había muerto hacía casi dos semanas.

Katie me lanzó una mirada de reojo y levantó una uña con perfecta

manicura como advertencia.

—No estaría tan alegre si fuera tú. Eres el siguiente, hermano.

—Adelante. —Me tumbé sobre el sofá de damasco, bromeando.

—El veinticinco por ciento de las acciones —dijo simplemente

Katie.

—¿Eso es todo? —Mamá levantó las cejas. Me hice la misma

pregunta en mi mente, pero obviamente no era lo bastante crío

como para decirlo en voz alta. El otro quince por ciento de las

acciones estaba bloqueado por accionistas externos.

—No, también tienes una nota. —Katie sonrió, disfrutando. Fui el

que menos cosas materiales obtuvo. Lo cual iba conmigo, ya que

nunca me importaron.


Julian me pasó un artículo imaginario por el sofá.

—Su lubricante, señor.

Fingí cogerlo. Como en los viejos tiempos. Cuando era niño.

—Un buen hermano también se ofrecería a aplicarlo —apunté.

—Parece justo, ya que patearte el culo en el ajedrez siempre ha

sido mi hobby favorito.

Nos miramos a los ojos por un instante y luego estallamos en

risas. Katie negó con la cabeza, acostumbrada a las payasadas de

sus hermanos mayores.

—El mensaje de papá dice lo siguiente: «Querido Chase, si

estás sentado aquí sin Maddie bajo el brazo es que me has fallado

y, francamente, a todos los hombres como género. Ve y rectifica la

situación de inmediato. La mujer te devolvió la vida después de años

siendo la sombra de tu antiguo yo. No estoy seguro de lo que hizo o

de lo que te pasó para que cambiaras así, en primer lugar, pero no

puedes permitirte dejarla marchar. Con amor, papá».

Las palabras se hundieron en la habitación y se grabaron en las

paredes. Katie asintió brevemente como si estuviera de acuerdo con

sus palabras y luego continuó.

—Dejé algo para Maddie. Está en la caja fuerte. Por favor,

dáselo lo más pronto posible. P. D.: Si despides a tu hermano, tú

también estás desterrado de la mansión que estoy construyendo en

el cielo.

Me giré hacia Julian y le devolví el lubricante imaginario.

—Parece que voy a ser tu jefe por una buena temporada. Creo

que necesitarás un poco de lubricante para eso también.

—Chicos. —Mamá se agarró las perlas como si volviéramos a

ser preadolescentes—. Comportaos.

—Vale —dijo Julian, malhumorado.

—Él ha empezado —murmuré.

Julian se rio y me dio un codazo en las costillas.

Katie nos miró y empezó a reír y a llorar al mismo tiempo. Me

sentí extrañamente obligado a compartir su mezcla de emociones.

Le agradecía a papá que se hubiera despedido de nosotros así. Con

una explosión de humor, por así decirlo.


—Y hay otro mensaje general dirigido a todos nosotros. —Katie

se limpió una lágrima bajo el ojo—. «Querida familia: por favor, no

olvidéis que siempre he sido bastante ingenioso cuando se trataba

de cuidar de mí mismo. No os preocupéis. Dondequiera que esté,

estoy bien. Os extraño, os quiero y os pido amablemente que os

toméis vuestro tiempo para uniros a mí. Con amor, papá».

—Mentira —murmuró mamá—. Nunca sabría cuidar de sí

mismo.

Otra ronda de risas.

—Sí, sí sabría. —Julian se rascó la barbilla—. Si el cielo resulta

ser una especie de situación a lo Señor de las moscas, ya sabes

que papá sería Ralph.

«Papá». Otra vez decía papá. Sonreí.

Si nos reíamos así a menos de dos semanas tras su muerte, tal

vez podríamos sobrevivir, después de todo.


Capítulo veintiséis

Maddie

Cuando sonó el timbre, estaba acurrucada en el sofá. Me levanté

para abrir la puerta con Daisy pisándome los talones y ladrando

emocionada, como hacía cuando Chase venía. No habíamos

quedado en vernos, pero el vacío que había sentido al no estar con

él hoy, por primera vez en semanas, me aterrorizaba. Abrí la puerta

de un tirón. El pasillo estaba vacío. Me pregunté cómo había

entrado quienquiera que fuera. No había sonado el timbre del

portero automático. Supuse que había sido Layla. Examiné el pasillo

vacío y fruncí el ceño.

—¿Layla? ¿Chase? —Mi voz retumbó en las paredes. Daisy

gimió, bajó la cabeza y golpeó la nariz contra algo que había en el

suelo, junto a la puerta. Miré hacia abajo. ¿Era… una máquina de

coser? Parecía antigua. Pesada. Cara. Una Singer vintage de color

negro y dorado. Me agaché, la recogí y la metí en el apartamento.

Tenía una nota pegada. No llevaba caja. Arranqué la nota.

Maddie:

Crecí en Dundee, donde mi madre era la costurera del

barrio. Presencié de primera mano la forma en la que la

ropa transforma a las personas. No solo visualmente, sino

sus estados de ánimo, habilidades y ambiciones. Cuando

me mudé a Estados Unidos, decidí crear Black & Co. y

basé todo el plan de negocios en algo que aprendí de una


pobre viuda que no podía permitirse tener leche en la

mesa. De mi madre.

Esto es lo que Gillian Black me enseñó: si amas lo que

haces, nunca será un trabajo.

Que hagas muchos más vestidos y ojalá que construyas

recuerdos felices con mi hijo.

Ronan Black

Parpadeé con desesperación, tratando de deshacerme de las

lágrimas para poder releer la carta una y otra vez. Ronan había

dejado algo para mí. No sabía por qué me había conmovido tanto.

Tal vez porque las circunstancias me recordaban a mi madre y lo

único que pudo permitirse dejarme fueron cartas. Calmarme me

llevó otros veinte minutos y dos vasos de agua. Busqué el teléfono y

le escribí a Chase. Sabía que una persona normal llamaría, pero

mandarnos mensajes era nuestra red de seguridad. Todavía íbamos

con cuidado, tratando de no revelar demasiado lo que decía nuestro

corazón. Los mensajes de texto se podían borrar. Las palabras

habladas se grabarían en nuestra mente para siempre.

Maddie: Gracias por la máquina de coser. ¿Qué tal ha ido el

día?

Chase: Sorprendentemente, no ha sido horrible. Creo que Julian

y yo podemos salvarnos.

Maddie: Me alegra oír eso.

Chase: *Leer eso.

Maddie: Ya veo que sigues siendo un idiota.

Chase: Qué bien que me dejaste, ¿no?

Maddie: Eso no es exactamente lo que sucedió.

Todavía no le había contado que había encontrado las azaleas.

No me parecía buen momento para hablar de nosotros cuando él

estaba pasando por algo tan importante en su vida. Por otra parte,

me sentía atrapada en un limbo de sentimientos que no podía

desentrañar. La peor parte era que en realidad no había nada de lo


que hablar. Estaba enamorada de Chase Black y él me había puesto

en la friendzone porque yo había insistido en ello. Porque, aunque

había superado la prueba de las azaleas y casi había despedido a

alguien por mí y me había cuidado en muchas más formas de las

que podía contar (para ser honestos, nadie me había cuidado así

antes), elegí creer eso tan estúpido y cobarde que me había dicho

una y otra vez. Que no estaba listo para enamorarse.

«Aunque llevaba semanas sin decírmelo».

Chase: ¿Cenamos mañana?

Maddie: Claro. ¿Chili quemado te suena bien?

Chase: Mi comida favorita.

Era el día del desfile en la Semana de la Moda y tenía los

nervios a flor de piel mientras caminaba de un lado a otro.

—¡Te lo dije! —le gruñí a Sven mientras sacudía el dedo en su

dirección—. Te dije que no podíamos contar con ella. ¿Qué tipo de

modelo no aparece en la Semana de la Moda? ¿De qué agencia te

dijo que era?

La modelo no se había presentado. Repito: no teníamos a nadie

que desfilara con el vestido de novia de ensueño que había

diseñado. En el que había puesto toda mi alma y mi corazón.

—Bueno, tiene neumonía. Sé que ya no eres Maddie la Mártir,

pero un poco de empatía no vendría mal. —Sven hizo una mueca.

Me dejé caer en la silla y enterré la cabeza en las manos.

—No puedo creer que esté pasando esto. Era un sueño hecho

realidad.

Sven, Nina y Layla (que se había tomado el día libre y me

acompañaba para brindarme apoyo moral) me miraban con una

mezcla de fascinación horrorizada y lástima.

—Bueno —empezó Layla—, siempre puedes desfilar tú con el

vestido.


Levanté la cabeza de golpe y torcí el rostro hacia ella,

horrorizada.

—¿Qué?

—Tiene tus medidas —dijo Nina en voz baja, cruzando los

brazos sobre el pecho con un encogimiento de hombros.

—Y… bueno, tenemos el vestido. Lo único que necesitamos es

una modelo —terminó Sven, frotándose la barbilla.

—No puedo desfilar con mi propio vestido. —Negué con la

cabeza de forma violenta—. No puedo.

—Técnicamente, sí puedes —dijo Layla.

—Lógicamente, también puedes —señaló Sven.

Miré a los tres con la certeza de que tenía los ojos enrojecidos.

Me temblaban las manos. Odiaba llevarme el protagonismo. Odiaba

ser el centro de atención. Pero también sabía que no había

alternativa. Cualquier otra modelo de este lugar nadaría en el

vestido. Era demasiado grande para una modelo de talla normal.

—Dios. —Cerré los ojos—. De verdad voy a hacerlo, ¿no?

—Eso parece. —Layla me cogió de las manos y me levantó—.

Es hora del espectáculo, chica.

Media hora después, estaba vomitando en un balde detrás del

escenario, con el vestido de boda que yo misma había diseñado.

Sven había metido el dobladillo del vestido para adaptarlo a mi

altura y sorprendentemente había sido fácil de arreglar. El vestido

tenía mangas largas hechas de encaje color crema, un profundo

escote en V y una cola de un metro. Los adornos de satén, las

líneas suaves y la espalda desnuda lo convertían en un vestido

memorable o eso es lo que Layla seguía diciéndome.

Me ayudaría saber dónde estaba Sven, mi jefe, en ese momento,

cuando más necesitaba su apoyo. Estaba vomitando el sándwich de

pavo bajo en grasa y beicon que me había tomado para desayunar


en un balde que hacía un momento estaba lleno de botellas de cava

frías.

—Por favor, déjame ir al baño. Cada vez siento más náuseas —

gemí dentro del balde, jadeando.

Layla me dio un toquecito en la espalda y Nina me sostenía el

balde.

—Ni de coña —oí decir a Nina mientras chasqueaba la lengua

con repugnancia—. El vestido se podría ensuciar en el baño y Sven

nos mataría. No voy a arriesgarme.

—Vamos, al baño solo pueden ir las modelos. Solo puede estar

sucio de restos de cocaína, y es blanca como el vestido. —Layla

trató de persuadir a Nina para que se apartara de su puesto, pero la

última negó con la cabeza.

—Lo siento, no puedo permitir que eso suceda. Estoy tratando

de mantener mi puesto de trabajo, para variar.

Levanté la cabeza del balde y miré a mi alrededor. El backstage

del espectáculo de moda estaba a rebosar de coordinadores del

evento, modelos y estilistas. Las demás modelos parecían doblar mi

estatura y estaban tan delgadas que se les distinguían las costillas

cuando estaban sin camiseta. Y ese era el caso en prácticamente la

mitad de ellas. Paseaban con tacones altos y tangas de color carne,

hablando entre sí.

—¿Dónde está Sven? —gemí justo cuando una de las asistentas

se acercaba rápidamente hacia nosotras, hablando al micrófono de

Madonna que llevaba mientras me lanzaba un guiño.

—Diez minutos y te toca a ti. Valentino está terminando ahora

mismo.

Layla arrastró una silla plegable hasta ponerla detrás de mí,

donde me dejé caer y cerré los ojos con fuerza. No era exactamente

un alhelí, pero exhibirme nunca había sido algo que deseara. Aun

así, mis nervios no se debían únicamente al espectáculo. Chase

había estado actuando de forma extraña durante los últimos días. Y

cuando decía «extraña» me refería a agradable. Oh, había sido muy

agradable. Atento, dulce, cariñoso… no era él. Me preocupaba que

estuviera pasando por un ataque de nervios o algo.


Lo que encontraba… horrible. No podía evitar pensar en que

algo iba realmente mal, pero cuando se lo decía, se hacía el sueco.

Me gustaba cuando nos peleábamos, provocábamos y burlábamos

el uno del otro. Esta nueva versión dulce de él me desconcertaba.

—Dejad paso, dejad paso. Hacerse a un lado. Dios, ¿esto qué

es? ¿American Horror Story? Es broma, señora Westwood. Me

encanta el personal. Mucho respeto. Los Sex Pistols eran mi grupo

favorito en el instituto. Aunque es cierto que era porque me hacía

parecer más guay, la música no es tan de mi estilo, pero bueno. ¿Ha

visto a mi diseñadora? ¿Maddie? ¿Maddie Goldbloom? Cabello

corto estilo pixie, expresión de puro horror en el rostro… Oh, no

importa. Ahí está. —Sven soltó una risita y pasó entre los

diseñadores, asistentes y modelos con una taza de café en la mano.

Me agarró del hombro y me levantó de la silla.

Me volvieron a entrar ganas de vomitar mientras me enderezaba.

—Guau. En serio, Maddie, el vestido no es ni la mitad de malo

que pensé que sería. Puedo hasta llamarlo bonito.

Lo miré con escepticismo («con desconsuelo») y asentí con la

cabeza.

—Mmmm, ¿gracias?

—Tengo que hablar contigo. —Me sacó de la zona del backstage

para llevarme al pasillo. Un pasillo blanco y estrecho, lleno de

puertas que llevaban a distintas habitaciones.

Estaba pensando en señalar que tenía que salir a desfilar en

menos de diez minutos, pero, a decir verdad, no derramaría ni una

lágrima si no me presentaba a lo que se convertiría en un

espectáculo vergonzoso.

Tropecé con mis pies cuando Sven me empujó con demasiada

fuerza hacia el pasillo. No solo era torpe por naturaleza, sino que

gracias a mi ridícula estatura (o, como había dicho Layla tratando de

consolarme, «“estatura graciosa” suena mejor»), tenía que llevar

tacones de quince centímetros, por lo que caminar era tarea

complicada y correr, imposible.

—Enhorabuena, han comprado de forma oficial el vestido de

novia de todos los vestidos de novia —dijo Sven con alegría.


—¿Lo han comprado? —jadeé, tratando de mantener el ritmo—.

¿Te refieres a Black & Co.? Siempre compran nuestra colección.

Pensaba que teníamos un acuerdo de tres años con ellos.

—No, no ha sido Black & Co. Ha sido un comprador privado.

—¿Cómo lo ha comprado un comprador privado? Todavía no

está a la venta. E incluso si así fuera, nadie lo ha visto. Esa es la

razón por la que estamos aquí. Para mostrarlo por primera vez.

—Sí, bueno, el comprador está seguro de que le gustará el

vestido.

—¿Qué hay del compromiso con Black & Co.?

—Hemos encontrado una laguna en el contrato. El dinero era

demasiado bueno para rechazarlo.

—Pero… —empecé.

—El vestido está vendido. Ese no es el problema —me

interrumpió mientras se movía rápidamente. Estábamos alejándonos

del backstage y entrando en algún tipo de planta de oficinas.

—¿Cuál es el problema?

Traté de regular la respiración. Oh, demonios. ¿Y si lo había

comprado alguna celebridad? ¿Y si la celebridad no quería que

nadie más lo viera para tener la exclusiva y mostrarlo? ¿Y si se

cancelaba el desfile y podía seguir con el día y ver el espectáculo

desde el banquillo? Ya podía imaginarme a Dua Lipa en la portada

de la revista OK! con el vestido puesto (¿estaba saliendo con

alguien ahora?) y mareándome con la noticia. Se me hinchó el

pecho de orgullo.

—El comprador tiene una petición inusual. —Sven finalmente se

detuvo. Estábamos bastante lejos del backstage como para que nos

vieran, de pie frente a una puerta de madera blanca.

Me coloqué varios mechones de pelo suelto detrás de la oreja.

Sven me apartó las manos de un manotazo.

—No has estado sentada durante cuarenta minutos mientras te

rizaban el pelo solo para poder echarlo a perder un segundo antes

del espectáculo.

«¿Eso quiere decir que voy a salir? ¿Qué ha pasado con mi

sueño con Dua Lipa?».

—¿Cuál es la petición? —resoplé, cansada de secretismos.


—Bueno… —Sven miró a su alrededor, un poco inquieto—,

tendrás que preguntárselo al novio.

—¿Al novio?

Sven abrió la puerta que había frente a los dos y, de la

impresión, tropecé hacia delante con los tacones. Un par de manos

grandes y seguras me sujetaron en el último instante.

Chase.

Chase estaba sosteniéndome.

No solo me estaba sosteniendo, sino que me contemplaba

clavándose en mis ojos con una mirada azul grisácea brillante, llena

de picardía y calidez desgarradora que nunca antes había visto en

él.

—Hola —suspiró.

—¿H-hola…?

Me puse en pie, consciente de que probablemente el aliento me

olía a vómito y miré a mi alrededor. Todos estaban aquí. Bueno,

todos los que conocía de Nueva York. Lori, Katie, Julian,

Clementine, Sven, Ethan («¿Ethan?»), Grant, Francisco y todos los

compañeros de trabajo con los que tenía más relación. Nina y Layla

entraron justo cuando tomé nota de las personas que había en la

habitación. Aparentemente, nos habían seguido (a Sven y a mí) todo

el tiempo.

Miré a Chase y a Sven mientras trataba de obligar a mi corazón

a que no se saliese del pecho. Tomar conclusiones apresuradas

podría destrozarme. Además, conocía a Chase desde hacía poco

más de un año. De acuerdo, había sido uno de los años más

intensos de mi vida.

—¿Tienes una petición que hacerme? —Mi boca desafió a mi

cerebro mientras pronunciaba las palabras. Por dentro, le estaba

rogando que fuera el novio. O… que no lo fuera. ¿Y si se iba a casar

con otra? ¿Y si finalmente iba a seguir el plan de complacer a la

familia, pero con otra chica? ¿Era esa la razón por la que había

estado tan amable y raro conmigo esta semana?

Dios, ¿y si era Ethan el que iba a casarse con Katie y yo me

había precipitado? La cabeza me daba vueltas. Necesitaba


sentarme. Chase asintió brevemente con la cabeza. Necesitaba

más. Necesitaba palabras.

—Por favor, di algo —supliqué con la boca seca como un zapato

—. Lo que sea. Me estoy volviendo loca.

Chase se rascó una ceja. Algo muy mundano, pero nunca le

había visto hacerlo antes. Parecía inseguro o reflexivo.

—Llevas planeando tu boda desde el día en que naciste. Lo sé

porque se lo pregunté a tu padre. Se lo pregunté porque la semana

pasada fui a Pensilvania para quedar con él. Quedé con él porque

he estado intentando averiguar por qué eres como eres. Y creo que

lo he conseguido.

—Ah, ¿sí? —Parpadeé.

—Eres de las que les gustan las declaraciones públicas de amor.

Quieres el cuento de hadas enrevesado, multicolor y a lo grande. No

sé si hay algo más público que lo que estoy a punto de hacer aquí.

Sven aplaudió emocionado desde la esquina de la habitación,

saltando arriba y abajo.

—Está canalizando al Hugh Grant que lleva dentro. He venido

justo por eso.

Chase le lanzó una mirada y luego se giró hacia mí.

—Solo me preguntaba si… —Me recorrió el escote del vestido

con la mirada y una sonrisa torció sus labios. Como si hubiera

encontrado el equilibrio. Necesitaba que hiciera eso. Encontrar el

equilibrio. «Habla».

—¿Si…? —Traté de mantener la voz neutra.

—Si podía ser el capullo con suerte de destrozar esta obra de

arte con los dientes mientras estoy borracho y completamente

enamorado de ti en nuestra noche de bodas.

—Oh —susurré.

—Oh —repitió con una amplia sonrisa—. También me pregunto

si podría ser el hombre que te sostenga el cabello mientras vomitas

y no ser la razón por la que cojas una estúpida borrachera, en

primer lugar.

La respiración se me atascó en el pecho. Eso me recordó que

tenía un aliento terrible. Como si me estuviera leyendo la mente,


Layla me pasó dos chicles y luego dio un paso atrás. Me los metí en

la boca. «Menta». Chase continuó.

—Me pregunto si podríamos hacernos fotos de compromiso

juntos en algún lugar que no oliera a los ochenta, tal vez sin tener

que preocuparme de que vas a salir de allí para quedar con algún

idiota con corbata graciosa y mallas; sin ofender, Ethan. —Se giró y

le guiñó un ojo a miexloqueseaquefueseenesemomento.

—Nada, nada. —Ethan se encogió de hombros al lado de Katie y

le agarró la mano. Me reí mientras lloraba. Era la mejor peor

propuesta de matrimonio que había escuchado, y Chase aún no

había terminado.

—¿Quieres saber qué más me estoy preguntando? —Levantó

una ceja.

—Me muero por saberlo. —Me reí entre lágrimas.

—Me pregunto si podrías mirarme igual que la primera vez que

nos vimos. Como si fuera una posibilidad real. Con un potencial puro

de ser algo que deseabas para ti. Quiero serlo todo para ti hasta que

traigamos al mundo réplicas de ambos y nos convirtamos en sus

esclavos, porque tú deseas tener hijos y toda esa mierda.

Reí. Y lloré. Las lágrimas corrían por mis mejillas mientras lo

contemplaba. Un hombre esperanzado, juvenil y elegante, con una

altura imperial, el cabello negro como el alquitrán y los ojos brillantes

que nunca eran del mismo color y siempre me mantenían alerta. Me

tomó de la mano. Estaba temblando y, por alguna razón, eso me

descompuso.

—En resumen, me pregunto si, ya que tienes el vestido de novia

cosido a tu medida y unas flores que mantuve vivas para ti (por

cierto, fue muy jodido mantenerlas vivas), tal vez quieras casarte

conmigo. Porque, Madison —Le brillaban los ojos con picardía,

emoción y la promesa de hacer que mi futuro fuera más brillante—,

te llamé Mad, ‘loco’, porque estaba loco por ti y ni siquiera me di

cuenta hasta que te alejaste de mi vida. Después de eso, seguí

pensando en qué forma y con qué razones podría ponerme en

contacto contigo. Durante meses, me convencí de que no eras más

que un sarpullido que quería rascar, y la enfermedad de mi padre

me ofreció una estúpida excusa para ir a por ti y saber lo que


pasaría. Joder, te quiero, Goldbloom. Me ablandas —dijo

bruscamente mirando hacia abajo, hacia los dedos entrelazados—.

Pero, ya sabes que no en todas partes.

La habitación estalló en risas. Era tal la adrenalina que corría por

mis venas que estaba temblando de arriba abajo. La risa me parecía

miel en la garganta. Así que esa era la razón por la que había

estado tan raro últimamente.

La asistenta con el micrófono de Madonna irrumpió en la

habitación agitando histéricamente el iPad que llevaba en la mano.

—¡Ahí estás! Eres la siguiente. ¡Venga!

Todo el mundo dirigió su atención hacia ella. Layla empezó a

empujar la puerta y la cerró en su cara.

—Venga te voy a dar yo si no te marchas. Estoy presenciando la

cosa más romántica del mundo aparte de El guardaespaldas con

Whitney Houston y no me lo vas a echar a perder —dijo enfurruñada

y mirando en nuestra dirección—. Y supongo que a ellos tampoco.

—Entonces, ¿qué dices? —Chase me miró a la cara con

impaciencia. Metió la mano en el bolsillo trasero para sacar un

anillo. Le coloqué la mano en el brazo para detenerlo.

—En realidad… —Me mordí el labio inferior y miré de reojo a

Layla, que tenía los ojos abiertos de par en par y me hacía señales

para que le diera el sí quiero—. No vendí el anillo. No me atreví a

hacerlo. Sabía que no era real, me refiero al compromiso, pero, para

mí, fue real. Una gran parte del tiempo, de hecho. Así que… me lo

quedé.

—¿Te quedaste el anillo? —preguntó estupefacto.

Asentí con la cabeza. Era vergonzoso. Pero tal vez no tanto

como pedir matrimonio a alguien en una habitación llena de

personas a las que conocías cuando ni siquiera estabais

oficialmente juntos.

—Y todas las veces que borrabas mensajes de texto… —No

acabé la frase.

—Te decía que te quería —terminó—. ¿Y cuando lo hacías tú?

—Ladeó la cabeza hacia un lado.

Me reí, y tuve que secarme las lágrimas. Al diablo con el desfile

de moda.


—Ídem.

La asistenta volvió a llamar a la puerta y asomó la cabeza.

—Croquis debería haber empezado hace ocho minutos. Solo

para que lo sepas. Alguien está a punto de ser despedido.

—Sí —estalló Chase—. Y serás tú porque yo soy el director de

Black & Co., el patrocinador oficial de este evento. ¡Ahora, lárgate!

Ahí estaba. El hombre del que me había enamorado contra

viento y marea. Y contra toda razón. Y… no tenía sentido negarlo, ni

lógica. Teníamos que terminar esto, lo sabía, pero no quería que

acabara este momento.

—No quiero que sientas que estás cediendo a mis términos —

dije suavemente—. Podemos esperar, si quieres.

—¿Ceder a tus términos? —Frunció el ceño con una expresión

de completo horror—. No estoy haciendo esto para complacerte,

Madison. Estoy haciéndolo para complacernos. Me haces feliz.

Bañarte con regalos, amor y orgasmos me hace más feliz.

Oí a Ethan gemir, a Layla chillar y a Sven suspirar

soñadoramente. Me mordí el labio inferior para reprimir una risita.

—Entonces, sí —dije—. Sí, quiero casarme contigo, Chase

Black.

Iba a rodearle los hombros con los brazos como siempre había

imaginado. Como en las películas. Pero me levantó en brazos al

estilo de las lunas de miel y abrió la puerta de una patada. La

asistenta casi salió volando hacia atrás del impacto. Él corrió por el

pasillo mientras yo me reía con la cara enterrada en su pecho e

inhalaba su particular aroma. Minutos después, irrumpió en la

pasarela conmigo en brazos mientras yo daba patadas de forma

juguetona con el vestido de boda. El rótulo de Croquis estaba detrás

de nosotros y brillaba con luces de neón.

Los proyectores nos apuntaban. Filas y filas de periodistas de

moda de aspecto serio, famosos, personalidades de los medios y

otros diseñadores nos miraban. Disparaban las cámaras. La gente

silbaba, se reía y aplaudía.

¿Y Chase? Sonreía a todos con esa sonrisa despreocupada que

podía derretirme hasta convertirme en un charco de agua.


—Me llamo Chase Black y soy el director ejecutivo de Black &

Co. ¿Quieren ver mi creación nupcial favorita para esta temporada?

—preguntó mientras me dejaba en el suelo con suavidad. El vestido

se hinchó en la parte inferior y sentí que todos los ojos me

abrasaban el cuerpo mientras recorrían el vestido con la mirada—.

Aquí la tienen.


Epílogo

Chase

Seis meses después

Querido Chase:

Cuando estuvimos en los Hamptons y estabas ocupado

discutiendo con Julian, y tu madre, tu hermana, Amber y

Clemmy estaban ocupadas comprando en el centro,

Maddie vino a verme a la biblioteca. Lo consideré un

movimiento audaz, ya que éramos unos completos

extraños y yo, esencialmente, era su jefe.

Madison me explicó que su madre le escribía cartas

durante el proceso de su lucha contra el cáncer para

inmortalizar sus sentimientos hacia su hija después de su

muerte. Naturalmente, sus palabras me interesaron. Le

pedí a Madison si podía mandarme por correo electrónico

copias de esas cartas. Me dijo que sí. Pasé muchas

noches leyendo las cartas que Iris Goldbloom le dedicó a

su hija. Sospecho que era una buena mujer.

He tratado de escribiros muchas cartas a ti, a Julian, a

Kate y a Clementine. Pero, a decir verdad, expresar mis

sentimientos en palabras nunca ha sido mi fuerte. Supongo

que soy más el tipo de hombre que no dice nada. Hasta

hoy. Por fin he encontrado algo que merecía la pena

escribirte. Algo que no me parecía mundano o

completamente aburrido.


Hoy he averiguado que tu relación con Madison fue una

farsa. Que, en parte, lo hiciste para tranquilizarme. El

hecho de que hayas hecho todo lo posible para darme

tranquilidad me conmueve.

Te quiero.

Estoy orgulloso de ti.

¿Y tu compromiso con Maddie? Aunque pensaste que

todo tenía que ver conmigo y nada contigo, el día que se te

iluminaron los ojos en los Hamptons cuando apareció para

aquella cena tardía supe que era tuya.

Trátala bien. Cuida de tu madre. Protege a tu hermana.

Ayuda a criar a tu sobrina.

Oh, y no trates de matar a tu hermano.

Con amor,

Papá

Me metí la carta de mi padre en el bolsillo del pecho antes de

ajustarme la pajarita frente al espejo de la pequeña habitación con el

empapelado amarillo anticuado. Estaba elegante con un traje negro

de Black & Co.

—¿Sabes lo que más me aturde? —preguntó Grant a mi lado,

pasándose la mano por el cabello. Obviamente, mi padrino quería

estar guapo frente a la dama de honor, también conocida como

Layla. Todavía no había superado que lo hubiera rechazado.

Dudaba que esa palabra estuviera en su vocabulario.

—¿Mi perversa belleza? —repliqué con ironía. Por el rabillo del

ojo, vi a Julian negar con la cabeza, agacharse y ajustarle la corona

de flores a Clementine. Era la niña de las flores, y menuda flor era.

Mad le había diseñado un vestido especialmente para ella después

de mucha consulta y alboroto y en la que se sugirió que fuera

Clementine quien hiciera los votos.


—Tontos —murmuró Julian con una sonrisa en la cara—. No te

cases nunca, Clemmy.

—Oh, pero quiero hacerlo, papá. —Abrió los ojos como platos—.

Con Chase.

Grant se echó a reír y se giró hacia mí.

—Lo que me aturde es que Maddie decidiera casarse contigo

aun sabiendo el tipo de arrogante, engreído y arp… —Grant estaba

a punto de terminar la frase, pero la mocosa levantó la cara y lo miró

con expectación. Estaba muriendo porque alguien la cagara y

echara un billete de cinco dólares en la hucha de las palabrotas.

Contaba con comprarse una bicicleta de Barbie para Navidad.

—Basta ya, buen señor —advirtió Julian.

Clementine vaciló.

—Arpa —terminó Grant—. ¿Sabes que tu tío toca el arpa, Clem?

—Se giró hacia donde estaba ella, de pie junto a la cama,

mostrándole una sonrisa deslumbrante.

—No. —Entrecerró los ojos, escéptica—. No sabe.

—Huelo a desafío —comenté.

—Creo que lo que hueles es la suela de mi zapato en tu culo por

llegar demasiado tarde. —Layla asomó la cabeza por mi suite. Y

cuando decía suite, me refería al dormitorio principal del señor

Goldbloom.

Sí, me iba a casar en una casa unifamiliar de Pensilvania.

No, no estaba loco. Al menos no de forma clínica.

—Estás guapa, Layla. —Grant saludó a su exrollo de pelo verde.

Ella le dedicó una sonrisa franca.

—Igualmente, Grant. ¿Cómo te trata la vida?

—Mejor de lo que lo trataste tú —murmuré mientras bebía el

whisky y vaciaba la copa de un trago. Layla tomó a la mocosa de la

mano y la dirigió a la suite de la novia (es decir, el dormitorio de la

infancia de Mad). Grant y Julian me acompañaron al altar del patio

trasero. Julian iba el primero en la fila detrás de mí, y luego Grant.

Detrás de ellos estaban todos los hombres del barrio con los que

Madison se había casado de mentira. Layla pensó que sería

divertido invitarlos. Yo pensé que el sentido del humor de Layla era

pésimo, pero me porté bien porque sabía que a Mad le encantaría.


Detrás de Grant estaban Jacob Kelly, Taylor Kirschner, Milo Lopez,

Aston Giudice, Josh Payne y Luis Hough.

A diferencia de Madison, mi única expareja que había acudido

era Amber, que estaba sentada en una de las sillas blancas

plegables frente al arco nupcial, con las gafas de sol puestas,

resoplando mientras bebía de una copa de vino espumoso y se

quejaba de la falta de cava francés. Mad había querido que el

evento fuera muy modesto. Mi novia mártir iba a donar la mayoría

del presupuesto de la boda para la investigación del cáncer. Mi

madre y Katie estaban sentadas al lado de Amber, que había

asistido por el mero hecho de quedar bien con los Black. No parecía

justo que la mocosa sufriera solo porque las cosas no habían

funcionado entre Amber y Julian. Ethan agarraba la mano de Katie,

y me hizo una señal con el pulgar hacia arriba. Seguía sin aprobar

las mallas de correr y las corbatas de Dora la exploradora, pero ya

no me importaba lo que se ponía.

Katie llevaba cuatro meses saliendo en serio con Ethan. Dos

meses después de la muerte de papá, Ethan le pidió salir. Hasta

entonces, solo había estado allí para ella de forma emocional, pero

veía que se moría de miedo de quedarse otra vez en la friendzone.

De hecho, fui yo quien le dijo que sellara el trato con ella antes de

que Katie se diera por vencida con él.

Ahora estaban preparando su primera (entera, no media)

maratón juntos.

A mi madre también le iba bien, a pesar de las circunstancias.

Ayudaba que Mad y Clementine estuvieran a su lado y que Julian se

hubiera acercado más a ella después del divorcio para tratar de

encontrar el equilibrio como padre tras conseguir la custodia

compartida de la mocosa.

Amber estaba introduciendo poco a poco en la vida de

Clementine a su padre biológico. Hasta la fecha, era algo incómodo,

pero la mocosa nos tenía a nosotros cuando las cosas se volvían

demasiado raras.

Después estaban Sven, Francisco y su nueva hija adoptada,

Zooey, sentados en primera fila. Iban vestidos a juego con conjuntos

negros y movían la mano regordeta de Zooey en mi dirección con


sonrisas entusiastas. La adopción había finalizado hacía tres meses

y no podía haber llegado en mejor momento. Mad y yo discutíamos

sobre quién se iba a mudar al apartamento del otro. Sven señaló

que probablemente necesitaría ayuda con el bebé, por lo que Mad

cedió y se mudó conmigo. En los últimos meses se habían hecho

íntimos, desde que Mad había defendido su diseño para el vestido

de novia de ensueño y se había convertido en su igual.

Yo había pagado el diseño y el mobiliario de todo el dormitorio de

Zooey por ese pequeño favor.

El pastor que había junto a mí se movió y me sacó de mi

ensimismamiento. Soltó un leve grito ahogado y, cuando levanté la

mirada, ahí estaba ella. La mujer de mis sueños con el vestido de

sus sueños. Las palabras se quedaban cortas para ese momento.

Le dediqué una sonrisa mientras caminaba hacia el altar escoltada

por su padre, Clementine tiraba flores de luna hacia atrás de la

cesta decorada y Layla agarraba el dobladillo de la cola. Mad se

detuvo a mi lado y me premió con una de sus magníficas sonrisas.

Una sonrisa que hizo que el mundo se detuviera.

Agaché la mirada a punto de contarle cualquiera de las

quinientas mil cosas que se me pasaron por la mente. Que estaba

tan jodidamente deliciosa con ese vestido que había sido un gran

éxito en la Semana de la Moda de Nueva York, y que ya se habían

vendido treinta mil vestidos aproximadamente y se había convertido

en el segundo vestido más popular de Croquis. Quería decirle que la

amaba. Mucho, muchísimo. Pero, antes de eso, Mad se dio la

vuelta, abrió la mano y esperó a que Layla le pusiera el teléfono en

la palma.

Todos los asistentes se quedaron boquiabiertos y

escandalizados. Estaba escribiendo un mensaje de texto. ¡Ahora!

Mad empezó a mover los dedos por la pantalla mientras escribía,

con una leve sonrisa en la cara. La observé, así como el resto de los

invitados. El pastor se aclaró la garganta, tratando (sin éxito) de

llamar su atención. Me sonó el teléfono en el bolsillo un segundo

después. Lo saqué. Abrí el mensaje.

<Maddie ha eliminado un mensaje del chat>


Chase: Oh, no, no lo has hecho.

Maddie: Ataque de pánico.

Chase: Tócame el botón del pánico.

Maddie: Cada vez más lejos de casarme.

Chase: Escúpelo. ¿Qué has borrado?

Maddie: ¿Me prometes que no vas a asustarte?

La miré y levanté una ceja a modo de: «¿Nos conocemos

siquiera?». Ella volvió a agachar la mirada y escribió.

Maddie: Estoy embarazada.

Chase: ¿Es mío?

Maddie: ¿¡Lo dices en serio?!

Levantó la mirada, se puso de puntillas y me dio una colleja. Me

reí mientras la tomaba en brazos frente a un estupefacto pastor. E

invitados. Y el harén de chicos con los que se había casado cuando

era más joven.

—Entonces, ¿por qué demonios iba a asustarme? —le murmuré

muy cerca de sus labios, maldita sea la decencia. Ella me rodeó con

los brazos. La multitud rio.

—Se te ven los cuernos, señor Black.

—Eso —le susurré en la boca, mientras le atrapaba el labio

inferior entre los dientes y tiraba de él, hablando lo bastante bajo

como para que nadie nos oyera— es por ti. Siempre tengo el cuerno

preparado.

1 de enero de 2002

Querida Maddie:

¿Puedes hacerle un favor muy extraño a tu madre?

Cuando llegue el momento, cásate con un hombre con el

que puedas reírte. No tienes ni idea de lo importante que


es hasta que llegan esos días tristes y lo único que los

mejora es alguien que te ponga una sonrisa en la cara.

El día de tu boda, hazlo sudar un poco. Asegúrate que

se le para el corazón una o dos veces. A ver si se lo toma

con calma. Si es así, es que vale la pena (pero ya deberías

saber eso. Ja).

Con amor,

Mamá

Ocho meses después

Maddie

—Te odio mucho. —Agarré a mi marido por las solapas de la

blazer mientras lo zarandeaba desde mi posición de desventaja en

la cama del hospital. Se podría decir que no estaba sudando, sino

goteando. Parecía que acababa de salir de la ducha sin secarme

con la toalla. Por no mencionar que estaba a punto de sacar a un

humano de mi cuerpo. Sí, era consciente de que muchas mujeres

del mundo lo hacían cada día, muchas de ellas sin acceso a

asistencia médica occidental. Pero, en mi defensa, ninguna de esas

mujeres estaba casada con Chase Black.

—¿Eso es un no? —Chase frunció el ceño mientras se

enderezaba y daba un paso atrás, antes de que le sacara el ojo con

el objeto más cercano.

—No, no quiero acelerar el proceso teniendo sexo contigo. No

funciona así. ¡Ya he dilatado cuatro centímetros!

—Yo tengo al menos veinte centímetros más que puedo meter

en tu…

—No termines la frase. —Señalé con un dedo en su dirección. Él

levantó las manos a modo de rendición y dio otro paso atrás.

Layla entró corriendo en la habitación con apariencia cansada.


—Vale, solo quería que supieras que Daisy está con la cuidadora

de perros… —Se detuvo y nos miró a Chase y a mí—. Lo siento,

todavía sigo sin creerme que tenga que decir esto con cara seria. Y

te he regado las plantas, lo que significa que están todas vivas.

Daisy lo estaba haciendo increíble. No había vuelto a mearse en

los zapatos de nadie desde que Chase y yo habíamos vuelto.

Aparentemente, lo único que tenía que hacer para librarla del

desagradable hábito era dejar entrar al hombre correcto. Abrí la

boca para decir algo, pero Layla me hizo señas para detenerme.

—Sí, incluida la azalea de la despensa. Dios, y pensar que esa

despensa gigante podría tener un buen uso. ¿Cómo lo está

haciendo el pequeño Ronan?

—Todavía está dentro de mi cuerpo. —Señalé mi enorme

barriga.

—Cabrón con suerte —murmuró Chase. Layla le dio un codazo.

Yo me reí. Los últimos ocho meses habían sido un sueño. ¿Quién

iba a saber que este hombre diabólicamente hermoso con esa boca

que deseaba golpear y besar al mismo tiempo podría ser tan buen

marido? Habíamos caído en una cómoda rutina cargada de familia,

amigos y risas. Habíamos pasado mucho tiempo con Zooey, Sven y

Francisco, así como con Clemmy, que estaba obsesionada con el

vestido de la niña de las flores y, siguiendo mis pasos, había

obligado a un compañero de clase a casarse con ella durante una

quedada para jugar. Ronan parecía una perfecta adición para una

familia muy grande y llena de amor.

Me golpeó otra contracción. Parecía que alguien hubiera cogido

un fósforo y lo hubiera encendido en la zona baja de mi espalda.

Hice una mueca y agarré la sábana hasta el punto de que los

nudillos se me pusieron blancos. Una de las enfermeras (Tiffany,

una mujer pelirroja de unos cincuenta años) entró en la habitación y

Layla supuso que la estancia ya estaba muy llena, por lo que la

saludó mientras se marchaba de allí. La enfermera se asomó por

debajo de la sábana que me cubría las piernas.

—Sí, ya está listo para su gran entrada al mundo. De acuerdo,

sigue respirando. —Me dio una palmadita en la rodilla. Nunca había


entendido esa expresión. ¿Alguien dejaba de respirar de forma

voluntaria? ¿Especialmente cuando daba a luz?

Tiffany se marchó de la habitación, llamó al doctor y luego volvió

a asomar la cabeza por la puerta.

—¿Qué va a hacer? ¿El papá se va a quedar en el parto?

Chase y yo intercambiamos una mirada. Habíamos planeado

todos y cada uno de los detalles del nacimiento (la bolsa de viaje

que habíamos preparado juntos cuando estaba de siete meses, las

clases de preparación al parto que habíamos tomado, el plan de

lactancia…, pero nunca habíamos hablado de si se quedaría a mirar

o no).

—Lo que tú digas. —Se aclaró la garganta. Nos miramos a los

ojos. Por un instante, pensé que sacaríamos los teléfonos para

hacer el antiguo baile de bromas. Entonces, mi marido me

sorprendió cogiéndome de la mano—. Por favor.

Y lo supe.

—Sí —sonreí—. Se queda.

Cuarenta y cinco minutos después, Ronan llegó al mundo

llorando a todo pulmón. Tenía los mismos ojos azules brillantes y

plateados de Chase, mi cabello castaño miel y dos puños cerrados

con unas uñas curiosamente largas. Era como un bebé dragón. Me

reí y lloré cuando Tiffany me lo colocó en el pecho desnudo. Porque

sabía que era un regalo de mamá y de Ronan.

De hecho, eso fue lo único que le dije al bebé Ronan en la

primera carta que me senté a escribirle cuando me enteré de que

estaba embarazada. Una de muchas que tenía la intención de

escribir. Le dije que era un regalo precioso y maravilloso que se

suponía que no debía ocurrir. Que su padre y yo habíamos tenido

cuidado (yo me había tomado la píldora todos los días). La semana

en la que el fabricante de mis píldoras anticonceptivas se disculpó

por las pastillas defectuosas, me di cuenta de que tenía un retraso

de semana y media. La idea de estar embarazada no se me había

pasado antes por la cabeza, por lo que nunca estaba atenta a las

fechas.

Me hice una prueba de embarazo. Dio positivo.


Chase y yo estábamos prometidos para casarnos. Pero todavía

no habíamos hablado de la otra palabra con C: críos. Recordé el

momento en el que lo averigüé. Estaba sentada en el retrete cerrado

del aseo de Croquis, ironías de la vida era el mismo en el que

Chase y yo habíamos tenido sexo meses atrás, mirando las dos

líneas azules y luego mirando al techo y sonriendo al cielo.

—Touché, Ronan y mamá. —Negué con la cabeza—. Touché.

Ahora tenía un hijo. Alguien a quien amar. A quien escribirle

cartas. A quien ver crecer.

Observé a Chase mientras lo cogía en brazos, envuelto como un

burrito, con su pequeño gorro a rayas. Mi marido le sonrió y el

corazón se me hinchió.

—¿Que cómo me dijo que sí? Bueno, Ronan, esa es una historia

divertida. Déjame que te la cuente…


Agradecimientos

Dicen que escribir es un trabajo solitario y, a pesar de que estoy

totalmente de acuerdo con esa afirmación, es muy gratificante ver tu

nombre en la portada de un libro y enorgullecerte de que hayan

reconocido tu esfuerzo.

Este libro, sin embargo, es el fruto del trabajo de muchas

mujeres maravillosas y me gustaría aprovechar esta oportunidad

para agradecérselo de forma adecuada.

En primer lugar, muchas gracias a mi agente, Kimberly Brower.

Este año quería hacer algo distinto y has logrado que suceda. No

podía haber pedido una mejor copiloto para navegar por el mundo

editorial.

A mis editoras de la editorial norteamericana Montlake

Publishing, Lindsey Faber y Ahn Schluep. Muchas gracias por el

increíble trabajo, la alucinante experiencia y la excelente atención al

detalle. Saber que Chase y Maddie estaban en unas manos tan

capaces hizo que el proceso fuera impecable.

Quiero dar las gracias en especial a mi asistenta personal,

Tijuana Turner, y a las lectoras beta, Sarah Grim Sentz, Vanessa

Villegas y Lana Kart. Chicas, sois mi tribu.

A mis mejores amigas escritoras, Charleigh Rose, Parker S.

Huntington, Ava Harrison y Helena Hunting. Me inspiráis. Gracias

por sostener mi mano en todo este proceso.

A mi estupendo equipo callejero y al grupo de Facebook Sassy

Sparrows: ¡chicas, sois las mejores! Lo he dicho antes y sigo

diciéndolo: me empujáis a mejorar en lo que hago.


A mi marido y mi hijo, que tienen una paciencia infinita. Gracias

por ser comprensivos cuando me sumerjo en un universo paralelo a

pasar el rato con mis personajes.

A las blogueras y bookstagrammers que hablan de mis libros

constantemente. No puedo describir con palabras lo agradecida que

estoy por el tiempo y el esfuerzo que ponéis en vuestra pasión. Sois

verdaderas artistas.

Hay muchas otras personas que han contribuido a que este libro

saliera a la luz. Yamina Kirky, Marta Bor, Amy Halter, Ratula Roy y

muchas más. Por desgracia, no recuerdo a todas a las que tengo

que dar las gracias al escribir este apartado. Por favor, tened piedad

si no os he incluido aquí pero lo debería haber hecho.

Por último, me gustaría daros las gracias a vosotros, mis

lectores. Doy gracias al cielo por teneros todos los días. Escribir es

un privilegio. ¿Poder pagar las facturas con la escritura? Bueno, eso

es poco menos que un milagro.

Gracias.

Con todo mi amor,

L. J. Shen


Notas

(Todas las notas son de la traductora)

Lorde: es una cantante neozelandesa. Lord también es «Señor,

Dios» en inglés.

TED: (Tecnología, Entretenimiento, Diseño). Conferencias que se

dan por todo el mundo sobre un amplio espectro de temas.

Atticus: poeta urbano muy conocido en Estados Unidos.

Pho: sopa típica vietnamita.

Jerry Springer: programa conocido por mostrar historias de

personas reales pero extrañas, semejantes a las que se ven en las

telenovelas: infidelidad, engaños y, a veces, violencia.

Ricki Lake: programa que trata temas sensacionalistas y

personales.


Sobre la autora

L. J. Shen es una autora best seller internacional de romántica

contemporánea y New Adult. Actualmente, vive en California con su

marido, su hijo y su gato gordinflón.


Antes de sentar la cabeza, L. J. viajó por todo el mundo e hizo

amigos en todos los lugares que visitó, amigos que no tendrían

problema en afirmar que siempre se olvida de sus cumpleaños y

que nunca envía postales por Navidad.

Le encantan los pequeños placeres de la vida, como pasar

tiempo con su familia y sus amigos, leer, ver HBO o Netflix. Lee

entre tres y cinco libros a la semana y cree que los Crocs y los

peinados ochenteros deberían estar prohibidos.


Gracias por comprar este ebook. Esperamos que

hayas disfrutado de la lectura.

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