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El conductor se apeó y un rayo de luz iridiscente
emergió del carruaje y transformó el deslucido aspecto del
edificio como si se tratara de un espejismo. Cuando el conductor
abrió la puerta de la cabina, varias figuras cubiertas
con capas esperaban al pie de las escalinatas para recibir
al ocupante.
El único hijo superviviente del Hombre Verde reposaba
en el asiento tapizado de terciopelo como un juguete
al que hubieran lanzado contra un muro hasta romperlo.
Sus miembros formaban ángulos imposibles, y
tenía manchas de sangre verde en las comisuras de los labios.
En la garganta destacaba una quemadura en forma
de trébol de cuatro hojas, y le costaba respirar.
El conductor se inclinó levemente hacia él.
—Llevadlo adentro —dijo.
Mientras dos de los que aguardaban subían al carruaje,
el conductor dio media vuelta y se encaminó hacia
las escaleras que conducían al edificio de piedra, que
ahora, a la luz procedente de las ventanas que flanqueaban
la puerta de roble tallado, había adquirido un
aspecto suave y reluciente como el mármol. Las figuras
sombrías alzaron el cuerpo inmóvil y lo llevaron escaleras
arriba. Sonidos de fiesta y alegría llegaban del interior
y un aroma a flores, atrayente y seductor, saturaba
el aire.
Antes de subir el primer peldaño de la escalinata, el
conductor del carruaje alzó la mirada hacia el cielo de la
noche y, en un tono de voz que parecía susurrar una sentencia
de muerte, dijo:
—Encontrad la magia verde y traedme a quien lleva
esa carga.
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