FICCIONES QUEBRADIZAS primera edición digital- novela
Ficciones quebradizas es literatura posmoderna, cínica e inconforme cuya mirada cuestiona aspiraciones, mandatos sociales, roles, mitos del mercado y máscaras identitarias que confluyen en la ciudad de Artificio, la cual aspira a reflejar la crisis de los relatos en la nos hemos sumergido.
Ficciones quebradizas es literatura posmoderna, cínica e inconforme cuya mirada cuestiona aspiraciones, mandatos sociales, roles, mitos del mercado y máscaras identitarias que confluyen en la ciudad de Artificio, la cual aspira a reflejar la crisis de los relatos en la nos hemos sumergido.
¡Convierta sus PDFs en revista en línea y aumente sus ingresos!
Optimice sus revistas en línea para SEO, use backlinks potentes y contenido multimedia para aumentar su visibilidad y ventas.
FICCIONES
QUEBRADIZAS
Adán Vivas
Novela
Ilustración de portada, Fragilidad, (diseño digital)
Edición del autor
Corrección filológica; Esteban Gutiérrez Vargas
© Adán Vivas, febrero 2025
Todos los derechos reservados; Se permite el uso libre de esta
obra para fines de ocio y educativos, pero no se permite su
venta o cualquier forma de explotación. Evidentemente,
exigimos citar la fuente cuando corresponda usar el
contenido.
ISBN ISBN 978-9930-00-092-2 primera edición digital
Correo: identidadesvivas@yahoo.es
Cel. (506) 8849 9665
Impreso en Costa Rica
Nuestros libros son hechos sin ayuda de ninguna inteligencia
artificial, pues nos preocupa la atrofia de las facultades
humanas y el mimetismo pobre que pueda generar la
tecnología para usurpar la condición humana.
Hay un avión
Hay otro avión
Hay una gallina
Que vuela alrededor
Alguno de ellos
Se puede desplomar.
Solamente una
Se puede desplumar.
Canción popular de ronda
de la comunidad de
Costa del Lodo, Playa Humo
Semanas largas sacrificadas;
Trabajo duro, muy poca paga.
Desocupados, no pasa nada.
¿En dónde está la igualdad deseada?
Represión,Los Violadores (Chalar/Fossa/Grammatica)
Al capitalismo salvaje que ha hecho, de la ciudad,
un hábitat para la esquizofrenia.
1. LA FICCIÓN DE
ATRAPAR EL AIRE
CASA DE LOS ALUCINADOS
—Joven, la carrera del futuro son las ventas.
Nosotros ofrecemos un modelo innovador.
Aunque sea profesional, tómelo. Abriremos un
posgrado para vendedores de milagros. Empieza
en marzo.
La verdad, creí que era broma. Que uno acuda a
especializarse gerencialmente y le salgan con esto
es ridículo. Pensé en no llegar a sentarme y dar la
media vuelta.
—Escúcheme—, volvió a decir el viejo de
corbata azul, con canas teñidas de azabache—.
Ud. sabe que el mundo va a las ruinas. Estamos
produciendo de todo lo que no se necesita, los
mercados se llenan de productos obsoletos. Los
mercaderes, a mediano plazo, quebrarán. Hacen
vender como chatarra todo excedente para no
detener el modelo, pero el modelo se agota. En
cambio, vender milagros es un oficio sin riesgo:
no implica existencias en bodega, ni insumos,
solamente es necesario tener grandilocuencia y
convencimiento.
—Eso es estafa— le dije, algo enojado ya.
—Se equivoca de pe a pa. Si a usted le piden
algo que no puede dar, pero recibe el dinero,
1
estafa. Sin embargo, la gente anda apurada
comprando esperanza y eso, mi amigo, es
intangible. Los intangibles se concretan en
palabras, ¿sabe? Pues si usted es un mago que
puede inducir a su cliente a vivir la subjetividad a
la que aspira, lo hace. Debería saber que hay
mucha gente que no vive sin engañarse. Hasta
contrata a otros para ello.
—Eso se llama coaching, creo.
—Nos vamos ubicando. Parece esclavitud, pero
es voluntaria. Acaso sea más destructiva, pero no
es nuestra culpa. La gente, por ambición, está
abierta a todo deterioro. Hasta delega la voluntad
a cualquier extraño que le ofrezca el éxito.
—Me espanta. Yo tengo reparos morales.
—Y, ¿cree que es el único? Lo que pasa es que
hablamos de sobrevivencia. A futuro, las
corporaciones no van a necesitar del ser humano.
El empleo cae porque la maquinaria se sostiene
sola. El ser humano se vuelve una molestia
innecesaria. La gente, para seguir adelante, será
salvaje con tecnología. Es decir, más peligrosa.
Entonces, van a necesitar montones de soporte
emocional, de gente que les diga qué es lo que
ellos quieren, que les exijan excelencia, les
anulen la voluntad, pero a cambio, les transforme
en eficientes gusanos.
2
—Así no va a vender nada, don José. Ha debido
ser más positivo—. Cuando digo esto, veo una
mancha de tinta azul en mis dedos que trato de
quitar con el pañuelo.
—Exacto. A la gente hay que decirle lo que
quiere. Si está desorientada, dibujarle un camino.
No importa que vaya a ninguna parte. La cosa es
no sentirse tan desamparado como un ciego—. El
hombre pone la mano abierta sobre la mesa para
hacer notar la contundencia de su idea.
—Eso suena a ser un lazarillo—. Escucho el
tictac del reloj de la pared y no sé si me estoy
irritando o distrayendo.
—Equivocado. Un lazarillo tiene un sólo
cliente. Además, es su paje. En cambio, un
vendedor de ilusiones, de milagros, de
autoestima, no tiene porqué someterse a la agenda
de su clientela. Ésta es abundante y tiene la
dinámica vital de un hormiguero. Algunos se
quedan en el camino, pero no hay tiempo de ir por
ellos porque van llegando más. Tal vez se puede
decir que funciona como una pirámide de Ponzi,
siempre que uno sepa de algunas cosas legales y
establezca territorios y franquicias. Le voy a decir
la verdad, esto no es nuevo. Nosotros copiamos
el operar eficiente de modelos religiosos que han
levantado emporios de la nada. Hoy día tienen
tentáculos en el poder financiero de mil maneras.
3
—Y, ¿qué pasará cuando ustedes gradúen miles
de sujetos así? El mercado, igual pasa con todos
los profesionales, castiga la abundancia y paga
mal.
—No se equivoque. El sistema seguirá
necesitando algunos capataces y recurso humano,
pero escasamente. Estarán a cargo del lado
salvaje de la civilización. Tendrán tareas infames
de control y represión. De expulsión de los
elementos innecesarios o caducos. La nueva
forma del verdugo es un hombre que tiene a su
cargo las planillas. ¿Quiere un café?
La joven del módulo adjunto escucha y se
incorpora. En segundos, coloca en la mesa un
café y dos donas glaseadas. Yo sigo engarzado en
preguntas con mi interlocutor que parece carecer
de escrúpulos.
—Y, ¿para qué servirán los hacedores de
milagros en una sociedad tecno? Es evidente que
los ejecutivos que permanezcan en la empresa
serán los bien pagados, los dueños del futuro—.
Tomo un par de sorbos de mi taza y muerdo una
dona.
—Imagínese lo que es tener poder sobre ellos,
sobre su poder de compra. Dominarlos,
humillarlos y convencerlos de que obedecen por
su bien. De paso, ellos limpian su conciencia,
4
pues se dirán que tratan a sus subordinados de la
misma manera. Es decir, lo asumirán como valor.
Ya a estas alturas, yo cabeceaba. Sentía pesados
los párpados y la voz de don José me parecía
lejana. Creo haber derramado el café sobre el
escritorio del hombre antes de perder el sentido.
La operación resultó perfecta. Para dar tiempo a
que la cicatrización avance, hemos decidido
sedarlo varios días. Cuando se borre la herida, le
haremos quitar el sedante y lo mandaremos a
entrenamiento. Puede que necesite tomar
medicamentos, pero hasta allí no llegaremos. Eso
lo resuelve el sujeto por instinto. Si se siente mal,
busca doparse. Y es todo lo que necesita: algún
calmante, porque creerá que su dolor viene de la
colitis, cosas de una insana dieta. Según
evolucione, lo tendremos bajo control durante
unas semanas. Entretanto, todo el ambiente
controlado. Lecturas, música, experiencias, pura
PNL. Con el cerebro lavadito, nos dará réditos.
Luego, a la calle para que ejerza su nueva
destreza y empiece a retribuirnos. Todavía nos
falta reclutar veinte elementos este mes. Don José
lleva catorce elementos él solo. Pensar que
cuando él nos propuso este mercado, nosotros
5
temblamos ante la idea de la transgresión… Nada
que temer, al contrario: crecemos como locos.
La información se compra o se rastrea. La
gente, merced a su ingenuidad, cae pronto.
“Participe gratis en la rifa de un carro del año”,
cosas así y se van de cabeza. Pinchan el enlace y
todo hecho. Muchos de los perfiles son, para
nosotros, inútiles. Sin embargo, hasta los datos
tienen potencial para desarrollar nuevos
productos y estrategias de venta. Hay que pensar
que todos o casi todos los que se dejan ir en una
oferta de éstas, son vulnerables a la ideología del
milagro. Vos les decís que el cielo tiene cuota y
ellos venden el alma para cumplirte.
Vargas fue uno más. Cuando accedimos a sus
datos, nos pareció perfecto. Cuarenta y cuatro
años, atlético, O negativo, sin cirugías previas,
sin parientes cercanos. Dueño de una casa en un
pequeño lote de los barrios del este. Matemático
y docente, aspira a especializarse en gerencia.
Pinta muy bien, pero lo que es el mundo: la falta
de contactos laborales lo tienen trabado y se
dedica a hacer contabilidades.
Ahora que se reintegre al mercado, trabajará
para nosotros. Una parte de todas las operaciones
que haga las desviará a nuestras cuentas,
consciente o no. Porque aparte del
adoctrinamiento, nada más poderoso que un chip
6
para asegurar la fidelidad de nuestros
colaboradores.
Si no ha salido de inmediato, es porque no
queremos un esclavo que reciba una descarga
cada vez que se rebela, sino una pieza dócil
convencida de estar viviendo su propia vida,
aunque los beneficios le lleguen marginalmente.
Necesitamos seres felices alienados, cómo lo
quiere todo sistema.
Lo primero es convencer a Varguitas de
deshacerse de su propiedad. Si todo sale bien, la
anuncia barata en la prensa y un delegado de
nosotros va y le hace un giro simbólico. Allí
podría instalarse otro albergue. Después, basta el
monitoreo vía citas de chequeo y un poquito de
guía espiritual.
Hay gente nuestra en muchas partes,
afortunadamente. Es cuestión de dar
instrucciones y este hombre recibirá
direccionamientos que no reconocerá: adonde
queramos que vaya, llegará y desde allí, le
sacaremos provecho (léase dinero).
Sus signos están estables. Este cabrón debe
estar soñándose con un paraje en el Caribe y un
fiestón.
En dos meses, lo mandamos a casa y será otro
sin que se note demasiado.
7
Trabajar acá es una mierda. Todos están en la
luna y dicen ser algo, alguien. Ya se fue el carajo
que decía ser una máquina de palomitas. El
hijueputa se andaba cagando en los corredores,
cómo si fuese a convencernos. Sé que se fue
porque no está, pero el egreso no está registrado.
Uno trabaja por el salario mínimo más las horas
extras. De otra manera, un peón agrícola ganaría
más que nosotros. Y porque no nos piden cuentas
de las cosas, si nos encontramos algo, lo
regalamos, lo vendemos y nadie pregunta.
Ahora, que haya un imbécil que busca armas
para escaparse porque dice que lo secuestramos,
nada que ver. Allí nomás está la puerta abierta.
Les decomisamos ropa, cuchillas, anillos, relojes
y otras cosillas, básicamente para que no se hagan
daño entre ellos: así no van a querer asaltar a
ninguno, porque nada hay que robar.
Yo sé que esto es un negociazo, pero para la
fundación. La caridad recibe platas a lo loco y
gran parte se va en lo administrativo. Luego, los
cargos importantes reciben auto del año,
apartamento en condominio, viajes a congresos,
etc. Con lo que queda se contrata personal y
víveres para los socorridos que son, cómo ya se
nota, locos sin tratamiento. Las personas que
fundaron esto son asiduas de la elipsis y le
montaron un nombre bobo: Casa de los
8
Alucinados. Así, cuando hay pocos locos, invitan
a algunos poetas de mal vivir y les sacan fotos.
Eso les sirve de lujo para justificar ante los
benefactores como impulsadores de grandes
proyectos de reinserción social.
Morales se hace llamar el último ingresado.
Dice ser un presentador de TV y que tiene
inversiones en China. Que entró acá para sacar un
posgrado y que nosotros lo sedamos y le robamos
todo. Mentira, no tenía ni cien mil pesos y los
anillos, oro laminado.
Pero nada le echamos. Sencillamente, se
desmayó. Pasa a veces cuando un diabético se
echa un trago de azúcar. Nosotros no lo sabíamos
y le ofrecimos un par de donas.
Y, sin embargo, no entiendo a qué vino. Nuestro
logo afuera es un cucharón sopero que indica
caridad. En ninguna parte se refiere a cursos
universitarios o técnicos. La casa tiene el repello
cuarteado de los caserones sin mantenimiento. Y
en los corredores, se sientan los chiflados a mirar
unas bombillas suspendidas a gran altura, que
hemos dispuesto estratégicamente. Cuando ven
encender la lamparita, se desconectan y parecen
alcanzar un estado catatónico.
La vez pasada vino un vicepresidente
norteamericano, pero su bolsillo no tenía un peso.
9
No sabíamos qué hacer. Le dimos un tazón de
sopa caliente, pero no le dimos pijama. Nosotros
les dejamos reposar unos días, pero necesitamos
de cierta productividad. Que consigan dinero
cómo sea. Este lugar ha de ser autosustentable,
porque nadie trabaja de gratis. La comunidad ni
siquiera conoce de las ayudas externas que nos
llegan, porque si lo saben, se van a sentar en la
cazuela.
Está ese idiota que dice ser médico y que en
realidad fue un filósofo al que jodió la heroína. Si
le damos vía libre, nos corta a todos. Es al único
que solemos medicar, para que nos deje
tranquilos. Hemos pensado sacarle provecho
como cara de campaña, pues es el que se ve más
jodido. En diciembre, deberíamos hacer una
campañita con algunas emisoras de radio y de TV
y carajillos de cole que recolecten billetes en las
calles. Diez o quince carros nos ganaríamos fácil,
pero eso es otra cosa. Uno acá es un asalariado y
no va a matarse por la vieja bruja ésa, la prima del
señor embajador, que se sacó de la manga esta
choricera.
Don José es el papá de la jefa, que es decorativa.
El mando lo ejerce su marido, que conoce bien el
chorizo. Ambos aprovechan que el viejito
chochea, para imbuirlo en esta estafa. Lo han
entrenado para que piense que está vendiendo una
10
capacitación y muchas veces habla solo. Lo verá
así, siempre: las dos donas y un café frío sobre el
escritorio. Él imagina reclutar sujetos con el
poder de su palabra. Y claro, cómo es padre de la
susodicha, no importa que nunca aporte una
peseta. Es mucho lo que se ahorra la vieja al no
necesitar de un asistente de pacientes privado.
Hay que estar ojo al cristo con los impostores,
eso sí. Son muchos, gente que se queda cesante o
que los echan de casa. Para no tener que pasar a
la intemperie, se hacen pasar por loquitos.
Inventan lenguajes catárticos, como pasa con
algunos grupos religiosos; hablan con su abuelo
muerto y hasta lo abrazan; se suben al techo de la
casona del costado, simulando ser palomas que
quieren tirarse. Son cinco pisos. Uno que otro no
está fingiendo y se tira. Entonces, si queda vivo,
le tomamos los datos para que, cuando salga del
hospital, se integre a nuestra comunidad. Pero la
mayoría blofea y, para nosotros, eso no es
negocio.
Es que nos puede poner en evidencia. Un asilo
de locos que recoja menesterosos al azar, no
estaría haciendo bien su función. Si resulta que
uno de estos chavalos se encuentra sano y
consigue un empleo, nos meteremos en
problemas. Van a descubrir que esto es una vil
cuartería, donde cae cualquiera y entonces
11
vendrán los tombos a hacer requisas, colchón por
colchón.
A mí no me preocupa que la manada salga a la
calle y que algunos se pierdan, o se mueran.
Siempre hay gente en mal estado, suficiente para
este mercado. Deberíamos tener más albergues.
Yo he debido ponerme uno. Es cosa de asociarse
con dos o tres bribones y repartirse el trabajo.
Palabrear a alguien con un caserón para que lo
alquile o, con suerte, lo done al proyecto.
Lo malo es que estas operaciones necesitan de
gancho político; y yo, como pelado que ando,
estoy frito. En cambio, hay que ver a doña
Claudia, si hay cámaras viene, la filman, la
retratan, la entrevistan. Tan pronto eso ocurre,
desaparece.
Y no la volvemos a ver hasta la próxima
función. Ni siquiera puedo decir que la haya visto
detenerse a charlar con su padre. Es tan clasista
que le molesta saludar al personal de su propia
empresa.
Vea, el capitalismo es como esa casa donde
todos la pulsean para hacer dinero y pocos se lo
llevan, ¿no?
Nos queda alzarnos lo que podamos, cuando se
pueda.
12
DÍAS DE OBLIGADO REPOSO
Renato lleva cuatro días de estar en casa y
medicado con antibióticos. El hombre, tirado en
el sofá, mantiene en alto la pierna izquierda: se le
nota hinchada y rojiza, a la altura de la pantorrilla.
—Sería bueno que te veás esa herida, Renato.
Dirás que el perro estaba sano, pero tenés la
pierna fea y van tres días.
—No fue nada, mujer. Lo que pasa es que los
animales tienen el hocico sucio. Me tomo las
medicinas y, en una semana, estoy de a tiro otra
vez.
—Me parece una estupidez que creás que
vamos a salir de pobres, saqueando la bodega de
tu expatrono. Recordá que eso es producto
clandestino. En el cuarto de los muchachos no
cabe una caja más.
Tres gallos de chorizo con repollo y un café
negro. Eso es lo que despacha, a las diez de la
mañana, el convaleciente. Hay que aprovechar
que, a esas horas, no hay fiebre.
—No aspiro a tanto. Es sobrellevar la tormenta.
¿Qué íbamos a hacer si no nos liquidaron? Y no
soy el único: Lorna, Cloti, Toño, Morera, los
conserjes. Hemos pactado dosificar los hurtos
13
para que esto dure y que tengamos sustento. Lo
jodido sería que alguno quisiera llevarse todo.
Las cosas marchaban bien. Mi jefe transaba ese
papel extraño con el Estado, que emitía bonos
basura y papeles sin respaldo. Hasta lo usaban a
la hora de firmar acuerdos con sindicatos que, a
la hora de presentar demandas y reclamos,
encontraban las hojas en blanco absoluto.
—Pues es claro que nada es para siempre.
Manada de ladrones, los políticos y don Gregorio
Pasta, transando con ellos. ¿Cómo no pararon en
la cárcel si sabían todos? La complicidad también
se paga.
Renato anda una camiseta sin mangas que, a
estas alturas, ya tiene varias manchas del
desayuno. Hacia las cuatro de la tarde es cómo
ver un mapamundi o un furioso abstracto:
mayonesa, salsa, café, sopa. Así que no le importa
limpiarse las manos en el borde de sus prendas.
—Creo saber quién puede comprar estas cosas,
pero es gente peligrosa. Hay un intermediario.
Hay que aprovechar para vender el stock antes de
que la fórmula se haga pública. Dicen que el
secreto es un baño vegetal sobre la hoja en
blanco, pero qué va. El jefe probó replicarlo
mediante varias recetas, pero las hojas se
14
desbarataban con la humedad o quedaban sucias
como la más infecta servilleta.
—Tenemos pesos guardados cómo para un par
de meses. Algo hay que inventarse que no sea
polaquear. Ya viste la vez pasada que todo el
mundo compra, pero nadie paga. Siempre la
crisis, el desempleo. Ahora, la inestabilidad de la
moneda que pasa de veinte a quinientos y vuelve
a caer a cien. La gente quiere cosas, pero se
resiste a pagar justo. Por cierto, la huertilla, ahí
atrás, no sirve. Está llena de hormigas y
solamente respetan las matas de chile.
—Estaba pensando en lo de la seguridad social.
El presidente dijo anoche que está quebrada y
hace rato que le hacen ojitos al fondo de
pensiones para que se lo alcen los grandes
banqueros, dizque que para invertir en bolsa.
¿Sabés que el jefe se tiró porque perdió en la
bolsa quince millones de dólares? ¿Y si pasa de
nuevo?
Creo que, si don Gregorio fracasó, ha sido por
falta de contactos. Fíjate que robarle al Estado es
cosa de tener los necesarios amigotes. Ahí está el
viejo judío de la fábrica de empaques que le
amarró 60 millones de verdes a la banca estatal y
ni siquiera pagó liquidaciones de planilla. Claro,
era cuñado del expresidente…
15
—No te pongás negativo y mordéte la lengua.
Hay cosas que se dicen bajito, solamente en
bajito. Saldremos adelante. Tan pronto se te pase
lo de la pierna, encontrarás trabajo. Entretanto, yo
hago lo que puedo. El anciano que cuido, por
ahora, no pinta morirse pronto.
—Pues te cuento que tengo calambres más
fuertes en la pierna y la herida se ve mal. Está un
tanto violácea e hinchada, más oscura. Puede que
tenga fiebre. Creo que nos toca ir a emergencias.
No he ido antes porque después me ponen la
antitetánica y el tratamiento de rabia. Y capaz me
preguntan cómo ocurrió y yo no podría explicar
por qué me ha mordido un callejero, si casi
siempre son mansos. Además, no voy a reportar
cuál es. Vos sabés que los matan y les cortan la
cabeza.
—De acuerdo. Dejáme ver un poco de chismes
mientras te bañás. Es el colmo que, ahora, las
noticias nada más hablan de esa farándula de
barrio bajo. No nos enteramos de hacia dónde va
el país más allá de los negocios que benefician a
la clase política.
—Pasáme la muleta. Voy a buscar la ropa y a
rasurarme. No me gusta que me vean sucio en la
calle, pues la gente todo lo juzga.
16
—Ah, el cuarto de los niños no es el mejor lugar
para el papel. Me parece que se cuela el agua.
Pensá si lo podemos subir al fondo del cielorraso.
—Tengo que revisar bien. El exceso de calor
también podría dañarlo. Creo que haremos la
prueba con un par de resmas. Si soportan,
acondicionamos, porque pretendo traer más
cajas.
Renato calcula que en las bodegas del tercer
piso del ahora edificio abandonado donde estuvo
ubicada la Nacional del Papel, hay pan para el
resto de su vida. Desde la aparición del papel
fraudulento, cuya exclusividad la empresa
consiguió en un contrato de cincuenta años, la
empresa despegó. Cuando el resto de los pisos del
plantel se fueron desocupando por el vencimiento
de contratos, Gregorio Pasta optó por expandirse
y llegó a pactar por un buen precio el alquiler de
la infraestructura completa. Al final, lo compró
por un bajo precio y un único pago y, entretanto,
fue diversificando inversiones y negocios. Ahora,
el local se encuentra clausurado por la policía
judicial indefinidamente. Mientras se desarrollan
las pesquisas, acumula polvo y bichos, pero
siguen llenas las bodegas de distintos materiales.
Ha sido una bendición eso de tener un segundo
juego de llaves de todo, medida que tomó el jefe
de conserjes a sabiendas de que el manojo se le
17
perdía con intermitencia, consecuencia de tirar
las cosas en cualquier parte por no controlar los
nervios o distraerse porque le hablaban desde el
costado derecho, desde el izquierdo, desde la
espalda y desde el intercomunicador lo
convocaban a presentarse cinco plantas arriba.
Atontado más de lo habitual, sólo acataba a
lanzar las llaves en un gancho o sobre una
superficie alta.
Rara vez recordaba sobre cuál.
18
EL NEGOCIO DE VENDER
HUMO EN LÍNEA
—Sr. García, ¿en qué podemos servirle?
—Compré en línea una licuadora de diez
velocidades, marca Patitostar, de las de moda. La
que recibí ni siquiera encendía. Ahora, me dice el
operador que, aunque no tienen existencias, no
pueden devolverme el dinero.
—Efectivamente, nuestro centro de llamadas
está en Asia. Hablan perfecto castellano,
¿verdad?
—Supongo, pero ¿por qué facturan lo que no
hay? Quiero mi plata.
—Para eso están los supervisores. Voy a
generar una queja y nos comunicamos con usted
en cinco días hábiles. Temporalmente no puedo
hacer más que eso.
Jonás García se queda en línea hasta que el
sujeto que lo atiende le dicta un número de
control. Entonces, lo apunta en un papelito que
luego cuelga con un imán en la puerta chica de su
nevera.
Hoy no hay batido. Allí tiene el enorme tarro de
proteína, con sabor a mierda, que compra
19
puntualmente para ordenar un poco su
organismo. A veces, lo saboriza y, sin embargo,
así tragarlo es una experiencia de castigo. En
momentos como éste, se pregunta si no debiese
hacerse el maje y comer a todo dar.
En ocho meses, ha bajado diecisiete kilos y ha
subido once. El balance sigue siendo
medianamente positivo y eso implica una talla
menos en los pantalones. Es que la ropa para
gente grandota es cara, demasiado cara.
Hace años ya, optó por los servicios de una
costurera, que vive a unas siete cuadras de su
casa. Él pasa a comprar cortes para las camisas,
generalmente lisos y frescos. Usa jeans de
mezclilla que compra directamente en alguna de
las tiendas de marca. Habitualmente no encuentra
disponible su talla en las tiendas y eso le molesta.
En ocasiones, por pendejo, por no caminar
mucho para ver calidades y precios, se permite
esas aventuras de comprar en línea. Los precios
no mejoran mucho y los cambios en la legislación
convierten en albur el asunto aduanero.
Perfectamente podría comprar, sin darse cuenta,
una oferta que pague más en tributos y agencia
aduanal que el precio del bien y eso no es
negocio. Podría venir dañado como ahora o ni
siquiera recibirlo, pues no es culpa de los
almaceneros que se facturen cosas que no hay en
20
inventario, ya sea porque se acabaron, porque
están defectuosas las pocas unidades que quedan
o porque algún operario decidió tomarlas como
suyas.
Ya van cinco o seis experiencias así. Incluso
tuvo una cuenta de courier a crédito, como cliente
frecuente, pero una vez le endilgaron una factura
extraña. No venía dirigida a Malanga, sino a un
edificio X, de Colorado, USA. No se sabe quién
usó la cuenta para el envío o quién lo autorizo,
aunque se supone que solamente él, Jonás, sabe
la clave. Es el cuento de seguridad de las
compañías, donde todo, finalmente, es
manoseable.
Esa ocasión fue peor que un calvario. Semanas
llamando para ver el avance, esperando en línea,
escuchando el menú numérico hasta que
apareciese alguien que dijese ser mexicano,
boliviano o chileno, pero que apenas parecía
entender el idioma común. Lo único que pudo
lograr fue que emitiesen la nota de crédito de un
servicio que nunca pidió. Habían transcurrido,
para entonces, siete meses. No llegó a conocer
qué contenía el paquete; las empresas logran ser
herméticas con su contraparte gracias al truco de
cambiarle el interlocutor al cliente etapa tras
etapa. Así que, al tiempo, cerró la cuenta de
21
paquetería, pero la adicción de comprar en línea,
nunca.
Los primillos le han dicho que se asocie con
ellos, que eso es un negociazo. Nada más hay que
informarse bien, traer gangas a gusto del cliente
y sacarle sobreprecio. No obstante, García conoce
la tuza con la que se rasca y que sus parientes son
irresponsables, pendencieros, capaces de vender
cosas mal puestas sin reportar cuentas jamás. Es
por eso que siempre les sale con una larga y otra
corta. O se limita a sacar cervezas del freezer,
convidar y cambiar de tema hacia el fútbol.
—Suficiente, ¿para qué putas estamos hablando
de este tipo? ¿Lo vamos a hacer candidato, santo
de palo, o qué?
—Hacia allá vamos, cabrón. Dejáme continuar.
No te das cuenta de que es el candidato ideal para
que le demos por la cabezota. Yo me enteré sobre
este sujeto gracias a un narrador borracho que
estaba en Las Monedas la noche antes de mi
detención. El tipo andaba tan mareado que
hablaba solo y creía tener a su lado media
comunidad. Yo creo que es demencia senil
temprana.
Tenemos que construir un producto que deje
turulato a ese Jonás. Tenemos que averiguar sus
22
gustos. Que si una muñeca inflable, que si una
tienda de campaña o un juego de sala. Lo de la
licuadora apenas fue una prueba. Ahora lo
haremos desde otro teléfono. Necesitamos saber
cuánta plata maneja y, si es meritorio, le hacemos
el phishing. La cosa es que allí tenemos a un
demente, un comprador compulsivo, y eso es una
mina. Deberíamos estudiarlo un poco. Fíjate
quién no está detenido estos días y que se vincule
con él. Es cosa de unas birras y que sea
medianamente inteligente.
—Ñeto salió ayer, con condicional. Sacó la
secundaria, viajó unas tantas veces y lee un poco.
Hay que darle buena ropa y que busque al
narrador en el bar para que sepamos dónde está la
casa de Jonás. Habrá que amistarse con él para
sonsacarle afectos y costumbres.
—Decíle que vaya bañado y sin drogarse. Que
nadie sospeche ni papa.
23
EN LA BARRA DEL BAR ALGO
SE APRENDE
—Vos no tenés información; yo, tampoco. Lo que
nos llega es un alud aleatorio de imágenes y
frases sueltas, basura comercial emitida por
partes interesadas. Lugares comunes, spots,
farándula, marcas de ropa, medicamentos,
promesas políticas, descalificaciones, rumores
de ruina.
Lo peor es que, a partir de ello, tomamos
decisiones. Nos movilizamos a ciegas.
Compramos lo innecesario hasta endeudarnos.
Nos prejuiciamos en la vida cotidiana. Comemos
veneno y repetimos la dosis. Imagínate que haya
lagartos en la niebla, nos llevaría el diablo.
—Le da feo el guaro a Benavides. ¿Cuánto se
ha tomado?
—Yo creo que este hijueputa tiene fiebre, ¿no
oís? Según él, vivimos en la luna.
—Lo bueno es que, si se emborracha, paga
todo. Hay que meterle parla para que quede
hasta el hocico.
—Cigarritos y camarones, Juan. Capaz que me
sale gratis... Te mejoró mucho la clientela
cuando se espantaron los artistas a los barrios
25
del este. Veo que tienes consumidores más
tranquilos. Hasta lindo se ve el barcito.
—Porque hablés mierda, no te voy a dar ni una
papa de cortesía. Pero tenés razón; ya no hay
gritos ni pleitos ni pendejos que vomitan en las
macetas. Y nunca acabé de entender por qué se
marcharon. Creo que uno de los líderes se enojó
conmigo porque no le quise rebajar un litrillo de
ron.
—Ni que fuera youtuber— dice Paco Garita y
bebe su cerveza como si tuviese un ayote atorado
en el gaznate.
—Es que hay gremios que más bien joden.
Imagínate que mis clientes fuesen todos los
dueños de funerarias que salen a celebrar los
tiempos de bonanza. Tan pronto se den cuenta de
esto, el resto de comensales se sentirá molesto. Y
no vendrán más.
Yo estoy mirando y oyendo todo disimulado,
sentado en la mesa cuatro fingiendo un dolor de
muela que, sospecho, terminará siendo real. Le
pido al salonero que me dé una Gallinero que no
esté demasiado fría y luego miro la pantalla, con
cuatro o cinco ideas sueltas, pero no avanzo.
—Lo malo es que jalaron todos; también sus
oyentes. Aunque, a decir verdad, grandes
consumidores no son. Rendir una cerveza dos
26
horas merece la pena capital—. Mario Carranza
no acaba de fastidiarse de que el pollo quede
tostadito. Maldita manía del cocinero.
—¿Qué me decís de pedir un taco o una boca y
partirla entre cuatro comensales? Esta bohemia
de desempleados ha de traer mala suerte. Es
demasiado mezquina—. Paco que siempre le ha
tenido tiña a la cultura.
—La cosa es que Benavides está ligando. Ese
cuento suyo, que nadie entiende, pero que suena
académico, parece gustarle a la macha. ¿Vino
con ella? —Marito escupe un cartílago, con asco,
sobre el plato. Antes ha mirado de reojo a la
pareja, que comparte una mesa en penumbras.
—Está de más la pregunta. Es una profesional.
Ellas andan de acá para allá y practican la
socialización profunda y de corto plazo—
comentario, al desgano, del Macho Caravaca, un
tipo más jugado.
—Cuidado y le sale con premio… ¿No vas a
poner la mejenga? —agarra cuatro servilletas, se
limpia la trompa, Carranza.
—Eso sí no lo permitiría acá. El estigma cierra
negocios. O te llena de clientela estigmatizada.
No digo que sea mala, pero espanta a la
tradicional. Yo estoy contento con eso —Juan
27
limpia la barra con un trapito que, años atrás, fue
blanco. Es que el achiote mancha en puta.
Le doy vueltas a todo lo que quiero escribir,
pero siempre quiero escapar en distintas
direcciones… ¿Qué hago? Bueno, por ahora,
observar. Aclaro que no conozco los nombres de
todos los que andan en el bar. He tenido que
inventarles apellidos y motes con el afán de
ordenar ese microuniverso.
Por cierto, por andar de huevón, lo que recibí
no fue una cerveza tragable. Venía natural,
caliente.
Cuando termine y salga de acá, cero propina.
O un gargajo envuelto en una servilleta porque
ese mesero es sordo o caprichoso. No soy de
hacer reclamos, pero sí groserías a forma de
vendetta.
Benavides está jugando a las manitas calientes
con la chica de bar a la que no sé cómo ponerle
nombre. Digamos, uno sencillo: Ana.
—Tienes muy bonitas manos —le dice.
—Las manos son para acariciar —responde
ella, y el chavalo tiembla por dentro.
“Ah, pendejo”, pienso yo. A este imbécil lo van
a dejar limpio antes de que amanezca.
28
—Ahora, si un tipo cae con un chavalo de ésos,
es porque quiere. ¿Cómo no va a darse cuenta?
—sentencia Caravaca.
—Cuidado que se va con la rubia y no logramos
sablearlo. Algo hay que hacer para que no se
escape. Hay que llamarlo aparte y hacerle creer
que la chica es hombre, cuando esté bien bolo.
¿Te das cuenta de que no se oye borracho
Benavides? —Mario se rasca tras del cuello, con
insistencia, como si tuviese una avispa pegada—.
Cuando anda sobrio es un tacaño de mierda.
Juan, ¿podés prensarle los tragos?
—¿Para qué necesitan tres profesionales como
Uds. sablear a nadie? Un economista, un
administrador y un abogado, bien pagados todos.
Ya eso es ganas de delinquir…— Juan, quizá con
confianza excesiva, mientras busca en sus
frasquitos alguna carajada especial que le
puedan poner en la bebida al cortejante de la
Dulcinea contemporánea.
—¿Vos no sabés que el placer del delito es la
impunidad? Joder a alguien porque sí, pero con
la certeza de que el riesgo es cero. Nadie te va a
manchar el expediente. No vas a esperar
citaciones ni nada—. Carranza, el abogado—.
No pasa de ser una mala broma que podría
cobrarnos alguna vez, pero Benavides es
bonachón y nunca lo hará.
29
—Tomá, Paco. Hacéme el favor y les cambiás
el vaso a los tórtolos. A la chica, le das el de la
izquierda.
Paco recibe la instrucción con naturalidad y al
pie de la letra. Ahora es cosa de esperar para que
el iluso pierda los papeles.
—El secreto del dinero es gastar el ajeno —
declara el Macho—. Eso lo aprendí desde el
colegio. Los abusones se iban sobre lo ajeno
siempre. Y nadie, por eso, perdió la vida. Para
mí, es como rescatar mi juventud.
—Si no se callan, no pongo la tele—. Juan, que
se cansa de exponer tanta mentalidad de mierda
y se asusta de parecerse tanto a sus clientes más
frecuentes.
En ese momento, veo a Ñeto asomarse a la
puerta y comprendo que tengo pendientes varios
nudos narrativos.
Ya para ese momento he decidido que la escena
de hoy me sirve, pero debo modificarla. Es decir,
cambiarles apellidos y profesiones —sobre todo
para prevenir litigios— y ubicar la escena en otro
ambiente, no vaya a ser que me proscriban del
bar.
Algunos detalles particulares siempre se
retocan, como cuando quieres vender un zaguate
30
como si fuese perro de raza. Lo que pasa es que
estos muchachos son lumpen puro y me parece
corronga esa manía darwiniana de depredar al
descuidado.
Y sí, Ñeto, el ladrón, viene buscando datos. Yo
lo esperaba hace días, pues ese García es un
personaje snob que me tiene inconforme. No le
veo la gracia en heredar y ser manirroto. Me
interesa muy poco su suerte, aunque tenga
algunos conceptos sobre el bien y el mal que no
sé si me va a interesar desarrollar en otro libro.
Por ahora, resulta inútil su presencia y yo sólo
necesito que me despejen el área de trabajo. No
me toca hacer mayor cosa que un enlace y lo
demás caerá por su peso. Es que las historias se
entretejen a sí mismas. De alguna manera,
buscan derivar, como el caminillo de agua que
dejan los charquillos al llenarse: se tuercen, se
empozan de nuevo y se bifurcan.
Por lo pronto, mejor guardo la laptop, no me
la vaya a arrancar ese pillo: corre demasiado y
yo carezco de buen aire.
31
EL AMIGAZO ÑETO
Cuando llegué a Las Monedas, la tarde del
sábado, estaban barriendo las botellas rotas de la
última pelea de la noche anterior. El sitio se había
convertido en un lugar para pendencieros y eso
me hacía sentir a gusto. Adrenalina, puñetazos,
sangre: es el lenguaje de los barrios, todos los
días.
Me senté en una mesa a esperar. Durante dos
horas, leí revistillas baratas, hice sopa de letras,
matarratos, etc. Me aburrí tanto que hasta terminé
por contar las cuadrículas de una red de pesca
que, sobre la pared del fondo, pretende servir de
decoración. Ya sin mayores ocurrencias, imaginé
que rellenaba las cuadrículas con tiza pastel.
Me tomé un buen rato antes de ordenar un plato
fuerte e iba ya por la mitad de una ensalada de
mariscos cuando llegó ese tipo con una laptop
con los cables sueltos.
Casi daban las cinco.
El fanfarrón se sienta en la barra, pide un batido
de chocolate con rompope, enciende la portátil y
empieza a escribir con aparente fluidez. Da para
evocar a Simenon y su novela escrita en una
cabina de vidrio, puta snob.
33
Fui a pagar. De paso, a tratar de hacer migas y
sacar la dirección de nuestro próximo objetivo.
No me dio tiempo. Mientras guardaba mi dinero,
me interpeló:
—Usted, ¿qué hace aquí?
Me sentí pálido, descubierto. Diría que me
costó articular la respuesta, pero alcancé a
responder:
—¿Lo conozco? Soy Isaías Morón, estoy de
visita.
—No, no. Usted es Ñeto Miranda. Es creación
mía y es ladrón de camino y manolarga.
Confieso que no me enojó. Parecía tan
convencido de lo afirmado, que no me dejaba
espacio de maniobra. Se me ocurrió interpelar al
cantinero:
—Y este hombre, ¿qué tiene?
—No le dé bola. Viene mucho por acá y habla
con fantasmas, con seres sacados de su cabeza.
Yo los he visto y son muchos. Usted ha de ser uno
de ellos. Ya estuvo antes, dos o tres años atrás,
con unos anillitos…
Hice memoria y era cierto ese episodio. Algo
sin importancia, pero que no debiese circular en
la tradición oral. Supuse que ambos sujetos
34
estaban bien conectados. Alguien les decía cosas
antes de que yo o cualquiera moviese un dedo.
Estaba en desventaja.
—Usted no vino acá a beber. Vino a saber quién
es Jonás García, ¿no es así?
—¿Quién…?
—No se haga el tonto. Todos tenemos un oficio.
Usted delinque, Juan vende guaro —a veces,
contrabando— y yo, los delato. Así funciona esto.
Si se rompe la tríada, nos jodemos: nos borramos.
Sépase que no voy a decirle mayor cosa de este
hombre, el consumista. Bastará que le diga que
durante las mañanas va al parque de Las Candelas
y da de comer palomitas de maíz a las palomas.
Es suficiente; lo que haga usted con esa
información me tiene sin cuidado.
Si le parece, cuando vaya, lleve paraguas.
La mañana siguiente era domingo. Desde las
ocho, me senté en el parque con un perrito
zaguatillo que encontré bonito y que se dejó atar
al cuello un cordel azul.
Pasaron las diez y no llegaba. Igual, no me urgía
hacer nada, pues si quería, abandonaba el perrito
a su suerte y, luego de detectar la presa, alguna
35
mujer con zarcillos o una buena esclava de oro,
tocaría correr. El lunes pasaría a empeñar lo
obtenido en la tienda de El Turco, ese mae que
hizo dinero a punta de comprar joyas y
herramientas a todos los “corredores” de la
ciudad capital. El turco ya se murió, pero la
compraventa heredó su nombre.
36
El Turco paga de contado, bastante bien.
A eso de las once, lo vi llegar y derrumbarse
sobre un poyo. Llevaba una bolsa de papel kraft,
bastante grande. Sentarse y convocar palomas fue
cosa de una. Y lo más grotesco, cada vez que
alimentaba una paloma, daba otro manotazo
gigante en la bolsa para alimentarse a sí mismo.
Tuve que confiar en el perrito. Le solté el cordel
y le di instrucciones verbales, que pareció
entender al pie. Fue a echarse a los pies de García,
y yo calculé cuatro o cinco minutos para irlo a
recoger. Lógicamente, no tiraría duro del perrito,
para evitar que se cortase la comunicación. Al
contrario, un buscador de información siempre
necesita anzuelos.
—Tan lindo este parque— fue mi pie para abrir
la charla.
—Mmm —respondió el carade… Corrijo:
respondió el buen hombre. (Acá no vamos a usar
jerga carcelaria; hay reglas).
—¿Puedo sentarme? Es mi perro.
—Si le queda bien.
Era un tipo detestable, un comemierda. Que me
perdone el escritor, pero qué clase de extras se
consigue. O, ¿acaso este payaso es el protagonista
de este culebrón?
Tomé asiento, llamé a Pulgas para que se echase
a mi lado y me entendió. El nombre se lo puse en
el momento, claro. No sabía que luego sería mi
par en muchas historias durante años.
—¿Sabe usted que las palomitas de maíz
pueden ahogar a las palomas? —dejo ir la frase
sin pedir permiso.
—¿Quién le ha dicho que yo vengo a salvar
vidas? No se equivoque: lo que hago es control
biológico. Justo por lo que usted dice es que
vengo acá. Parece caridad ante los ojos ingenuos,
pero al exterminarlas, evito que la plaga avance.
No me sorprendió. Siempre he visto la
oscuridad de las cosas cristalinas. Nada es tan
puro como parece, hay premisas que se callan y
no es tan cierto que la filantropía mueva las
grandes causas.
Siempre hay más.
37
—Pues tiene razón. Oí que quieren echarlas del
centro porque destruyen los techos a pura cagada.
Hay fachadas que se han deteriorado en pocos
años. Y estas aves dejan goteras en todos los
edificios públicos donde deciden instalarse.
Tal y cómo dijo el escritor, se vino el aguacero.
Fuerte, con mucho viento. Algunas ramillas de
los arbustos se quebraron, cinco o seis.
Agarré mi perro y abrí el paraguas. García se
limitó a abrir una capa desechable y minúscula
que colocó sobre su cabeza.
—Venga, lo llevo. Podemos entrar a esa
cafetería.
Cruzamos la calle, que ya empezaba a
encharcarse.
Jonás es mi amigo, pero tengo que hacer mi
trabajo. Lo he seguido hasta saber sus aficiones,
durante ya dos años. Mientras tanto, también he
buscado información sobre el narrador y sobre
Juan y sobre cuanto sujeto pase a mi costado. El
call center penitenciario marcha viento en popa:
don Vini es audaz y sistemático gerente. Ya le
hemos sacado, a este ingenuo, el dinero de un
38
falso Botero —que sí le entregamos, nos quedó
igualito—, unas alfombras con fotoceldas solares
—que le llegaron malas, qué curioso— y una
quinta en el Caribe, en una isla que no existe.
Afortunadamente, es medio tonto o tan vago que
ni ha pensado en dar paseos tan lejanos para
verificar sus inversiones. Supe que la abuela le
dejó una buena herencia; por eso es tan
manirroto. “El que quiere celeste, que le cueste”,
reza el adagio. Nada más falso. El cabrón ni
quería a su abuela, ni a nadie. Creo que todo le
importa un pepino y sigue viendo dónde hacer
recalar su sed de consumo.
Mis brothers del penal ya trabajan estrategias
para la desplumada final: la de Jonás García, la de
Memo, la del narrador mala leche. Si te robás una
gallina, la desplumás. Lo mismo pasa con un
amigo. Te ganás la confianza, lo cual es un gran
esfuerzo, y es para dejarlo sin un peso.
Pronto lo llamará su financiera de confianza.
Así es la cosa. Y no es broma: tenemos gente en
el Gobierno que nos avala. Les ponemos a todos
estos un canto de sirena, la melodía que los
seduzca, y nos vamos de pesca.
“Nada personal”, dijo el capital.
39
PERSONAJES QUE NUNCA
APARECEN EN LOS CRÉDITOS
El guachimán tiene cuatro zaguates que son como
su sombra. Cuida coches en los linderos del
estadio del Deportivo Pato Ramírez, pues aparcan
allí decenas de vehículos que se dirigen a los
negocios aledaños.
No obstante, no es el único.
Podemos decir que todo funciona como una red.
Hay alrededor de diez cuidadores más en la zona
y, por lo que puede verse, algunos tienen
parentesco. Una mujer alcohólica sería la pareja
de Felo, que es el de los dientes rotos y la barba
espesa. El gordo de gorrita tiene casi los mismos
rasgos faciales del que tiene las tenis rotas y, de
hecho, es notorio que a veces intercambian un
pan o una bebida.
Podemos decir que hay territorialidad y se
protegen. Un clan de notoria marginalidad y al
que uno no debiese exponerse. Si te cobran por
vigilar, dales algo.
Pero don Vinicio no quiere deshacerse ni de un
peso suyo. Cuando el primo de Felo grita “se lo
cuido, aquí estoy”, el tacaño hace el tonto y
piensa que, con eso, arregla todo. Acto seguido,
41
se va a comprar repuestos, previamente listados
por su mecánico para el mantenimiento
preventivo de su carrito, bastante cuidado. La
tienda queda a la vuelta y no tarda en eso
demasiado.
Gato Negro, el afrentado pariente, nota la
actitud esquiva del sujeto que ha usurpado su
lugar de negocio. (Ya sabemos que la calle es
pública, pero la subjetividad le permite
apoderarse arbitrariamente de espacios sin
necesidad de titularlos).
Luego de comprar compensadores delanteros
japoneses y diversos empaques según lo
indicado, don Vinicio se detiene en la panadería,
pide dos croissants y un latte y se sienta a
despacharlos en la barra. Esto le demora unos
veinte minutos, pues hay resumen deportivo y,
cuando eso ocurre, al hombre se le desencaja la
mandíbula como si viese un canal XXX.
Entretanto, la señora Alcira de Pejibaye (“¿en
serio le vas a dejar ese nombre, Vivas?” comenta
Petra cuando hablamos en su despacho) decide
usar el espacio que hay delante del Ford de don
Vinicio y detrás de una camioneta de reparto de
lácteos. El lugar no es muy amplio y la señora del
fruto tropical —casi siempre correoso— no es
muy habilidosa. En consecuencia, destroza un
faro delantero del auto de atrás y, al moverse
42
hacia adelante, arranca la placa del camión de
reparto. Ante tal eventualidad, se pone pálida
como una yuca sin cocer y sale, pedal a fondo,
aventada a cien.
Dígase, pues, que su intervención en este relato
fue de estrella invitada, pero salió por la puerta de
servicio.
Del incidente, sin embargo, no se entera Vinicio
todavía. Caminará tranquilo y cruzará la calle
presumiendo el casimir gris de su saco y sus Ray
Ban. Luego, agachará la cabeza para evitar que
los cuidacarros le intercepten los ojos para forzar
el cobro.
Ahora, todo está en paz, hasta que este
conductor, que tiene el prejuicio de la diferencia
y la certeza de que estos carajos son maleantes
con historial, abre la puerta del chofer, decidido a
irse. Lo detiene el avistamiento de incontables
astillas rojas y naranjas en el asfalto delante suyo,
al borde de su carro.
Ahí es cuando frunce las cejas con total
sospecha.
El faro astillado —qué astillado; roto,
desprendido, cables afuera—, al ser de agencia,
ha de valer, por lo menos, trescientos mil pesos.
Vinicio se muerde la lengua para sostener la
elegancia, pero el rostro se le congestiona por la
43
furia. A Gato Negro le vale un pepino esta
patraña, pues él nunca recibió un peso para cuidar
nada.
El primo de Felo, al verlo venir, hace el tonto y
desaparece en la esquina. Se mete en un lote
baldío a fumar marihuana y da un par de tragos a
la botellita de alcohol, medio llena, que tiene
escondida entre las rocas. Y de paso, se pega una
dormidita.
Vinicio ve un policía al que le cuenta la historia
de haber encontrado rota la luz delantera. El
uniformado se divierte oyendo, pero nada puede
solucionarle. “Si no hay testigos, no hay nada”.
Vini reclama de los hechos al resto de la
comuna de vigilantes. Como es de esperar, ellos
cierran fila y nadie vio nada. Alguno hasta se deja
decir “su carro venía así” y le saca pechito. Dos
de ellos lo contienen, pues creen mirar una
escuadra, sobre el costado derecho del cinturón
del hombre enfurecido. Hay que escoger las
batallas, eso lo sabe cualquiera.
Las palabras que se dicen en tal lugar, vale
explicarlo, son las que se escuchan en la gradería
popular de un estadio de fútbol o las que se le
dicen a un torero cuando decepciona en su faena.
Cómo nada hay que sea meritorio, las dejamos en
el rincón para que cada uno vaya y haga su
44
investigación etnolingüística, que de mal
hablados andamos hartos de ver en la TV bajo la
etiqueta de comediantes: lo que cabe anotar es
que la lengua de Vinicio se destraba y las lisuras
fluyen natural de su bocaza.
Lo frustrado que tiene este hecho a Vinicio
Aguirre, el enojado cara de anona que ahora se
sienta en el caño, le hace percibir palpitaciones en
las sienes y nota que la respiración le cuesta
demasiado. Es por eso que los señores
guachimanes lo rodean para confortarlo y para
ver qué ha quedado mal puesto, antes de alejarse
discretamente.
Un señor pasa a su costado mirando con
indisimulado desprecio la pequeña turba. Aborda,
un Audi azul de cuatro puertas y en dos segundos
desaparece. No bien arranca también siente
enfado al ver en el parabrisas, un par de manchas
de guano.
Por la acera viene gente empujando una silla de
ruedas con su correspondiente ocupante. Dado
que la pasajera es una señora menuda de setenta
y cinco años, podemos juzgar que el cortejo de
cuatro personas que le acompañan tiene sentido
de grey y celo familiar.
Los perros de Felo recorren la cuadra en busca
de samaritanos que suelten un pan o una salchicha
45
para engañar la tripa. Entretanto, su amo corre de
acá hacia allá y viceversa tratando de cobrar algo
de cada carro que se retira. Algunos le dan una
moneda; otros, un billete chico y otros se hacen
los tontos. Como si no lo viesen, cierran ventanas
y tratan de salir disparados.
Lo que parece iba a ser una batalla campal, no
pasa de tres trompadas. En el suelo, Vinicio,
nocaut y babeando. Más adentro, sobre la acera,
uno de tantos cuidacoches sangra por la boca.
Puede que ambos tengan algo roto, pero no
sabemos qué: no contamos con el parte médico.
Al hombre de saco se lo llevan arrastrado a una
casa cercana, donde le mojan la cara para que
despierte. Le entregan una taza de café sin azúcar
y le dice una abuela:
—Nadie se mete con maleantes y sale ileso.
¡Qué hombre más necio!
Minutos después, Vinicio se sube al carro y
cierra la puerta con seguro y sin bajar las
ventanas. Antes de encender el coche, saca el
celular para avisar que llegará tarde.
Es raro porque, que el narrador sepa, no tiene
pendientes.
En algo ilegal andará este pendejo.
46
Gato Negro despierta en el zacatal ya de noche,
con ganas de jumarse y ver estrellas, pero sin
decidirse a salir del lote. Tiene la idea de que se
le olvidó cobrar a un par de tipos la cuidanza, pero
ya volverán.
Gato Negro es un mae tuanis y nada le importa
demasiado: piedra, guaro, galletas y siesta. Y está
hecho, aunque sea hecho mierda.
Si alguno vuelve a irse sin pagar, le raya el
coche.
Nada ilegal según su mirada. Es un simple
código de revancha: un mensajito que indica que
éste es su territorio.
47
CONFIDENCIAS DE PETRA
ROMERO
Vale decir que yo no aspiraba a este puesto. Fui
contratada como conserje por el tal Lucas
Lucifer hace dieciocho años. En todo el tiempo
que estuvo aquí nunca me dirigió la palabra. Yo
hacía mi tarea relativamente bien; nunca tuve un
reclamo de nadie ni una amonestación.
Sabía que me pagaban en fecha, pues Lucas
tenía un socio reconocido, que era profesor
universitario de medio tiempo y el resto del
tiempo lo dedicaba a su emprendimiento: eso que
hoy llamamos catering. En esos años, cocinero
de eventos.
Ordenada como soy, me alcanzaba el salario
para mis necesidades y las de mis dos
muchachos. ¿Le dije a Ud. que mi marido murió
en los noventa? Eso es falso. El hijueputa asaltó
un banco y está caneando veinticinco años, pero
nadie —se lo enfatizo—, nadie debe saberlo.
Por eso es que Vivas nunca me mencionó en
Malanga: yo era invisible. No opinaba, no
susurraba, respiraba poquito. Oía que, a veces,
había problemas, pero sabía que los editores
tienen así espuela y que, de todo lío, sacan
49
tajada. Terminaba la jornada e iba a casa, a
cocinar, a ver la tele y a dormir.
Pero cuando cayó preso Lucas, esto fue un
relajo. Había gente en el lobby llorando porque
se quedaría sin empleo. Autores amarrados a las
columnas en espera de ser publicados o
amortizados por sus ventas. En la cocina, hallé
que doce compañeros se pegaban la última
borrachera de oficina antes de echar los
candados.
Yo acaté a limpiar la oficina del jefe y tan
pronto terminé, me tiré en su sillón ejecutivo.
Estaba fumando un puro, llevaba consumida la
mitad, cuando ingresó un señor de chaqueta con
parches en los codos.
—Vos te quedás allí— me dijo.
Volví a ver hacia atrás y nadie más estaba: se
dirigía a mí.
Pensé que me importaba nada, pues el
desconocido no era mi jefe. Era un tarambanas
más de los que frecuentaba Comas Negras. Lo
había visto muchas veces, pero tampoco me
determinaba.
Se me ocurrió que querría acusarme de robo,
iba a llamar a los guardas para someterme a
cateo. Había un candelabro en el suelo y opté por
50
empuñarlo debajo de la línea de visión que le
daba a mi adversario la dimensión exagerada del
escritorio de Lucas.
—¿Qué necesita? —mi voz sale arisca, casi
rasposa.
—Ud. quédese acá y yo regreso. Le ruego tener
toda la paciencia del mundo—. Se fue y me dejó
con la luz apagada.
Yo dormí, creo, horas. Desperté porque me
sacudió el hombro el hombre del saco de
corduroy, Isidro Pelapapas. Lo hizo con tacto,
mientras indicaba:
—Venga conmigo.
Estaban todos reunidos en el salón de juntas:
estrechos, superpuestos como pescados en la
venta. Mi guía los hizo callar y dijo: “Entonces,
ésta será nuestra asamblea fundacional, somos
cooperativa. Al rato, votaremos la junta y al
final, hemos de nombrar a doña Petra Romero
Rascales como gerente. Es innecesario decir que,
merced a su carácter silente y a su invisibilidad,
ella se da cuenta de todo lo que pasa en Comas
Negras”.
Murmullos, gritos distantes de adversarios que
no logran ser descifrados en tal barullo. Sólo se
me ocurre sonreír, a pesar de que me hace falta
51
un incisivo de arriba. Apenas para un anuncio de
chicles.
Y esto duró cuatro horas más. Idea que
proponía don Isidro, siempre hallaba
adversarios. De hecho, seis trabajadores
abandonaron la asamblea y la empresa. Los que
quedamos nos fuimos conciliando y el maestro
Pelapapas aportó de su cuenta a seis cabrones
más, que dicen ser escritores. Yo juraría que he
visto a uno de ellos hacer malabares con
machetes en los semáforos; a otros, creo
haberlos visto en los boletines de los buscados
por la justicia.
Así llegué a la gerencia. Acordamos entre el
círculo de confianza de esos escritores que yo
falsificase mis atestados y que recibiría
instrucciones de ellos en una que otra ocasión.
Normalmente, me dejarían en libertad de tomar
decisiones.
Me pareció una ganga. Ese día, gasté lo poco
que tenía en la tarjeta en una compraventa de
ropa americana.
Y nos va bien, doctor. Hemos conseguido,
además, un modelo donde nos ponemos de
acuerdo con los autores para jinetear dineros y
que ellos se ganen un piquillo, mientras sacamos,
aparte de sus libros, otros textos. Dice el consejo
52
editorial que hemos aumentado un 40 % las
publicaciones y un 18 %, las ventas. Eso me
garantiza trabajo, ¿no cree?
El asunto es que yo alucino. ¿Solamente yo?
Tenemos experiencias cuadriculares. ¡Qué es
eso? Supongo que un delirio colectivo. Imagínese
usted que, en la sala de juntas, de repente salen
rayos como el láser, del color que se le dé la
gana. Por ejemplo, azul con lunares verdes. Rojo
sangre, amarillo yema con estalactitas blancas.
Sin embargo, son como juegos de luces, nada
táctil. Está bien que nada pasa, pero nos deja en
zozobra. Casi vomito la primera vez.
Ha de saber que Lucas duró en prisión menos
de cuatro años. Un cáncer lo mató mientras
descontaba ocho, por lavado. No tenía parientes.
Calleja, el famoso socio, nunca más apareció. Yo
no lo conocía mucho, pero por cosas de
espiritismo y eso, de las que apenas estoy
aprendiendo algo, decidí acercarme. Entonces,
pedí las cenizas del editor y pagué a un artesano
para que hiciese con ellas un dios ratón hindú.
Cuando me lo entregaron, dudé meses entre
llevarlo a la oficina o no. Entretanto, le tenía un
altar en el cielorraso de casa, al cual subía todas
las tardes. Allí rezaba unas vainas que me
enseñaron en el salón gnóstico que frecuento.
53
Eso no le va a interesar, doc. Fíjese, sin
embargo, qué podemos hacer sobre las
alucinaciones. Yo sé que Pelapapas lo frecuenta
a Ud. y por cosas más raras que las que cuento.
Entiendo que sueña con ser Spidey y tirarse de un
tortazo desde un piso alto. Eso, para mí, no es
alienación: es que quiere matarse.
Aunque en la oficina todos simulamos
tranquilidad, tenemos miedo. Yo no le conté a
nadie de las cenizas de Lucifer, ¿para qué? Me
hubiese salido del partido sin jugarlo. Les dije
que lo compré en línea, en una de esas tiendas
estúpidas donde aparece de todo. Yo podría
haber seguido así, pues le sigo rezando al ratón
y eso me protege.
No obstante, hace quince días tuve que ir al
centro, a pie. Como están haciendo las
reparaciones de tuberías de agua en la zona de
la Alameda de las Momias, opté por tomar la
calle de atrás, la del norte. Había bajado cuatro
cuadras cuando vi un rótulo. Mire, aquí está la
foto:
54
Sabía que nada así aparece en nuestra cartera
de clientes y entré para sondear el punto de
venta. Un hombrecillo de metro veinte estaba de
espaldas, acomodando una góndola con libros a
cien pesos. Imagínese, ahora un bolsillo vale
doce mil pesos y aparece este señor que todo lo
remata.
No tardé mucho en darme cuenta de que no
eran nuevos. De todo, vi. Obras en buen estado y
forradas en cuero; libros a los que habían
arrancado la portada para que alguien no los
pudiese identificar: su dueño o un bibliotecario.
Lo único que se me ocurrió fue pisar el área de
escritores malanguenses y explorar la oferta
disponible.
Libros de todos los tiempos, hasta del siglo XIX.
Algunos con tremendo agujero que ya no tenía
sentido reparar, pues el texto no podía intuirse
(es que en esas tiendas sobran las polillas).
Mucho librito infantil para colorear, agendas,
revistas.
Un basurero. Muchas de estas librerías venden
indiscriminadamente: parecen recicladoras y
hasta memorias de instituciones públicas
encuentra uno allí. Más que ratones, debe haber
ratas en abundancia.
55
El susto fue cuando el enano llegó a buscarme;
lo reconocí. Se había dejado la barba
exageradamente, pero era la misma cara del
difunto, de Lucas. Lo cual no es lógico porque
Lucifer medía más de metro ochenta. Le pregunté
su nombre y se identificó como Lunes
Misericorde. Creí que era un chiste.
Luego recordé que era el apellido de un editor
universitario que, cuando la editorial que dirigía
cerró puertas, se robó las planchas de todos los
clásicos. Con eso hizo su propia empresa. Eran
mediados de los noventa o un poquito después.
Procuré alejarme de la zona de los libros
nacionales. Eso me hizo pensar que él sabía de
mi trabajo. Una perogrullada mayor, pues
nosotros usamos camiseta con logo. Como me
dijo que le estaban llegando cosas muy
novedosas, me sentí comprometida a seguirle.
No hizo a preguntarme nada. Me confirmó que
efectivamente había ratas, pero como defensa
argumentó que lo barato se vende más. Ha de ser
cierto que sacar libros a cien —aunque apesten a
orina de ratón— genera más clientela que los
libros recién impresos.
No pude evitar ver que tenía el libro de Vivas,
pero no era nuestra edición: era pirata. Lo sé
porque la mujer que lo iba a comprar pasó junto
56
a mí, blandiendo el libro, como hace uno con el
vaso de café cuando pasa por lugares estrechos.
La portada era blanca, amarilla y negra, y en
lugar de una gallina tenía una pistola humeante
en primer plano. Raro, porque esa novela no es
violenta: es una parodia de sí misma.
—¿Cuánto vale Malanga? — pregunté.
El enano no pudo disimular y trató de cerrarme
el paso. Fingió tropezar conmigo y mi bolso se
derramó en el pasillo.
—Malanga no tenemos. Aquí no vendemos
tubérculos— alegó como chiste.
—Yo vi el libro. Es pirata. Voy por la policía—
alcancé a amenazar, mientras salía disparada
hacia la delegación. Sin embargo, en la esquina,
decidí llamar por celular a las autoridades.
Cuando hice el camino de regreso, el lugar no
estaba, era una casa vieja y oscura, con los
ventanales rotos.
Los oficiales llegaron en cosa de dos minutos,
sirenas y velocidad y armas en mano como suele
pasar en cualquier peli barata.
Les expliqué de mi asombro. El tal agente
Campos me miraba con sorna. Se cree muy ágil,
pero nada que ver.
57
Ese hombre me reprendió y no esperó mucho
para irse. “Vieja loca”, le comentaba su pareja,
el más viejo de los azules.
Ahora bien, doctor. Dígame, si se me
escocheraron las luces, ¿de dónde ha salido esta
foto?
58
COMPETIR EN EL MERCADO
LABORAL ES ESCABROSO
Hace décadas que no existen los teléfonos
públicos, pero a lo largo de las calles quedan
múltiples cabinas abandonadas y bien
conservadas, pues la lluvia hace la limpieza
regularmente. Junto a las viejas instalaciones de
una panadería que parece bodega de ratas, ya en
desuso, vemos unas bancas techadas, colocadas
allí para que la gente espere el colectivo.
Siendo, cómo es, una parada suburbana, el flujo
de gente suele ser constante. A excepción de este
momento, la una y diez de la tarde. Sólo hay una
mujer que ha preferido no sentarse: opta por
refugiarse tras la cabina telefónica, que está muy
próxima. Agacha la cabeza para mirar el celular
y sonríe. Es un zombi más de los que genera la
tecnología y, acaso, esa estructura abandonada le
sirve para poner distancia entre ella y cualquier
imbécil que decida abordarla. En las estaciones,
en las terminales, en cualquier lugar donde se
formen filas, brotan sujetos enfermizos como si
fuesen lirios silvestres.
Karina Jacqueline Solares los detesta. Porta su
espray y su taser en el bolso, pero prefiere no
delatarse. Ponerse a la defensiva en extremo le
59
parece erróneo porque delata que algo va con ella
que merece ser robado. Lo mejor que se le ocurre,
aprovechando que vive casi a la par de esa parada
es salir cinco minutos antes de que la buseta, que
hace su ruta puntual, pase por allí, para minimizar
así el tiempo de espera. Ya adentro, sentada y
sofocada por el olor a pollo, o de pie y sofocada
por la multitud que se encima mutuamente, cree
estar a seguro.
—Pará, ¿qué estás haciendo?
—Escribir, animal. ¿No ves que Jacqueline me
cae bien y apenas la estoy perfilando? Dejáme
en paz.
—¿Cómo diablos te la imaginaste?
—Nada de imaginar. Pasé por una parada y la
miré esperando. Tomé la imagen y empecé a
agregarle historia, accesorios. No es tan difícil.
—Y su papel en esta novela, ¿cuál es…? Esa
maña de sacarte personajes de la manga, que
luego dejás tirados, es una falta de respeto para
el lector.
—Dejáme en paz y aquí no fumés—. La sombra
que me acompañaba, la de un gordo, calvo y
barbudo, empieza a disolverse y la habitación se
aclara.
60
Si embargo, tiene razón la sombra de mi
mentor. Uno tiene costumbres demasiado
disipadas y, de repente, mientras camina al norte,
no presta atención y, en lugar de cruzar, cae al
río.
Lo peor es que luego uno no quiere salirse de la
poza y empieza a dialogar con sirenas
imaginarias.
Esto no lo sabe mi psiquiatra.
Jacqueline Solares es secretaria de una oficina
de bienes raíces. Tiene diez años de trabajar con
ellos y un título universitario para su oficio. Es
duramente metódica, eficaz y, sin embargo,
amable. Trabaja en Tierras de Oro, nombre de
fantasía que usa la sociedad Corporación de
Inversiones Te Meto el Manotazo, S. A.,
propiedad de cuatro hermanos, dos de los cuales
son abogados. Todos son bribones: los Aguirre
Díaz, de ambiguo prestigio y buenas canas.
Llevan un quinquenio de tratar, con extranjeros,
intereses de corporaciones, su gran mina.
La joven de 34 años, soltera y adicta a las
bebidas energéticas, no gana mucho. Digamos, el
veinte por ciento por encima de la tabla de ley.
Para una funcionaria bilingüe y ágil, eso es casi
una ofensa. Por eso busca ofertas, consulta con
discreción y, si ve que nada le resulta
61
comprometedor —es decir, que pueda llegar
hasta oídos de sus jefes—, presenta su hoja de
vida.
Cuando tiene una entrevista laboral, lo planea
con tiempo y se reporta enferma. Ese día no sale
de casa ni siquiera para ir a comprar el pan. Come
lo que haya a mano, se pone la mejor ropa de
oficina y se presenta a su cita. Lo malo es que
también lo hacen cien o doscientos cabrones,
porque la mayor parte de las ocasiones se
encuentra con empresas de reclutamiento,
innecesarios intermediarios que lo que quieren,
básicamente, es reunir ofertas de trabajo. Datos,
ellos venden datos y Jackie sospecha que no
mucho más.
El bus pasa a la una con quince y la mujer logra
sentarse en la banquita que queda a espaldas del
chofer. Va con tiempo suficiente y con su mejor
disposición para competir una vez más en el
mercado laboral. Está convocada a las dos.
No sabe la mujer que, junto a la cabina
telefónica, empozada en los remanentes de la
lluvia matutina, la tarjeta personal de débito se ha
quedado rezagada.
¿Qué piensa ella? Ni la menor idea. Sepa putas.
62
SALIR DE TIENDAS EN TIEMPOS
DE CRISIS
—Zoila, hay rebajas en el centro. Siempre en
setiembre tiran los inventarios por la ventana.
¿Vamos?
—Pues mucha plata no tengo, lo que hago es
llevar la tarjeta y mis cupones. Compro poquito.
Veníte a las dos, tomamos café y vamos de
tiendas.
—Hecho— confirma Mariela y cuelga. De
seguido, toma su ropa y se dirige a la ducha. Son
apenas las diez y así es mejor: con el tiempo
holgado. Ya tiene en mente la ruta que seguirán y
qué prendas buscarán. Algo de ropa de playa y
algunos blazers para la oficina, en su caso.
De fondo suena algo horrible, que es un disco
de música industrial tecno. Ella la escucha
mientras hace aeróbicos y es evidente que si está
sudando es porque hace poco concluyó su rutina.
Lo que se oye es el contraste de las maquinarias
que perforan las calles, barrenadoras, y mil
relojes de pared que dan el ritmo de fondo con su
alarma alterada para que se perciban cada diez
segundos.
63
Mariela va hacia la ducha pues hay que ser
medio bestia para bañarse antes de los ejercicios,
pero lleva, colgando del cuello, su celular en una
bolsita de cuero.
Esto nos indica que estamos un poquito en un
tiempo futuro, mundo de locos, quizá el de la
próxima semana.
Afuera llueven esquirlas de aluminio diminutas
y romas, que son inocuas. Tan livianas que
rebotan suavemente contra el piso sin sonoridad
alguna.
—¿No te da vergüenza, Vivas? —dice mi
interlocutor, mientras espero en la oficina de
Comas Negras—. Estás haciendo un texto urbano
y, de pronto, parodias descaradamente las
atmósferas de Bradbury. No sé cómo puedes ser
tan descarado.
La verdad, me enoja eso de que jueguen a ser
mi conciencia. Sin embargo, a mi alrededor
nadie está. Solamente un ratón gigante de piedra,
que Petra dice haber traído de la India. Juraría
ver que el ratón tiembla ligeramente.
64
Me pongo de pie.
Acto seguido, el ratón presume sus colmillos,
amenazante.
—Debiese darte vergüenza. Hablás de voces
propias y, al menor descuido, ahí estás usando
recursos de Bryce, de Soriano, de Laiseca y hasta
de los clásicos. Todo sea por enredar al lector
con artilugios que presumís como tuyos.
Es todo lo que puedo soportar. Busco entre las
gavetas del escritorio un marcador rojo sangre y
rayo toda la cabeza del inmenso roedor con una
cuadrícula, tipo telaraña.
En realidad, no le hecho daño, es una
advertencia, nada más. No obstante, me retiro de
la oficina antes de que alguien llegue y me tome
in fraganti. Ni siquiera saludo a la secretaria al
salir.
Al fin de cuentas, sé que Miguelito tiene razón.
Cómo decía Pedro Guerra en una canción:
“Nada al fin me pertenece…”
No llovía, había desmesurado sol que derretía el
maquillaje de las damas hasta convertirlos en
grumos de grasa sobre el rostro. Por eso, Mariela
se alegró de haberse citado para la tarde y no tener
que salir al asador de patio que era, en la mañana,
el centro de la ciudad.
Zoila tardó en abrir, pues estaba de siesta. Se
encaramó las pantuflas de conejo y abrió con
65
extrema pereza. Su amiga le reclamó la desidia,
pues iban a llegar tarde. El gato amarillo estaba
dormido sobre un parlante viejo y nunca pareció
haberlas detectado.
A la carrera, tomaron café, del instantáneo.
Agua calentada en microondas y una putada
saborizada que decía tener cafeína. Nadie sabe el
real contenido, pero Zoila es metódica y compra
aquello que le exige menores tareas de cocina.
El coche estaba aparcado en el sótano, en el
espacio tres. Salir no costó nada y Mariela guardó
silencio, quizá preocupada por el tiempo
disponible. Eso parecía.
En realidad, la inquietud obedecía a las nuevas
políticas de trueque que había legalizado el
Banco Central y que dejaba a la libre el valor de
los cupones, que ahora circulaban por todas
partes. Había de todo tipo: de servicios, de
comidas, de ropa, de enseres domésticos. Si una
persona ocupaba contratar algo y no tenía dinero,
emitía el correspondiente cupón. Éste se validaba
en el mercado, en función del prestigio del
emisor. Eso iba a determinar los términos de
intercambio, casi siempre a la baja. Lo ideal en
otros tiempos era salir de compras con dinero
efectivo, pero ahora, en los dos últimos años, el
dinero se homologaba con la basura.
66
Ya había pasado —y fracasado— el tiempo de
las moneditas de chicle que se cotizaban a
quinientos. Aparecieron tantos emisores que la
goma de mascar cayó estrepitosamente a menos
de cien la unidad. A ese precio, sólo para venderla
con topping liviano era interesante, pero la escena
se volvía tan curiosa que los polis caían enseguida
a llevarse al vendedor unas horas para repartirse,
entre ellos, la mercancía. Por eso, con el paso de
los meses, cada individuo se veía propenso a
innovar un tanto a ver qué posesión o facultad
podría usar como término de intercambio.
Aunque no tuviese la convertibilidad de una
moneda, claro. Bastase con que alguien
necesitase lo ofrecido y se pudiese alcanzar un
mediano acuerdo. Lo oscuro de esta maraña es
que los sectores pobres encontraron siempre
mayor inflexibilidad a la hora de fijar los precios
de lo que podrían entregar en el canje. Jugaba allí
el hambre y los rostros, cansados y enjutos, o el
mal vestir, que delataban la condición urgente del
sujeto.
Entonces los negocios salían mal. Apenas para
comer hoy. El mañana sabía a zozobra en casi
toda Malanga. La excepción eran los
especuladores que compraban baratísimo y
vendían, cuando el precio era el máximo,
cualquier producto disponible.
67
Afortunadamente, Zoila y Mariela, ambas
abogadas e independientes, contaban con el plus
de que sus servicios son demandados
universalmente siempre. Y son bien cotizados. Lo
que Mary no ha contado es que ella ha sido
suspendida, como notaria, por dos años. Cayó en
el juego de hacer unas escrituras sin verificar las
firmas, por confiar en el cliente —que era una
corporación de fiar, tres años ya de tratarlos— y
porque uno de los firmantes vivía en la costa y ese
día no pudo llegar.
Quién era ese cliente, está demás. De nada me
han servido los informantes y ya casi no tengo
presupuesto. Pueden culpar a quién gusten.
Tremendo colocho. Ojalá no se den cuenta de
su status profesional suspendido, pues es clave
para que sus cupones tengan validez.
De otra forma, no valdrían ni la tinta para
imprimirlos.
68
HAY QUE SACARLE PROVECHO
AL VALOR AGREGADO
Llegamos bajo la lluvia. Hace tiempo que todos
los días llueve en puta y uno regresa de la gira con
los pantalones destilando barro. Luego se resfría
y el patrón es de los que dicen “si no trabaja, que
no coma”: ni soñar con pedir permiso o ir a
cambiarse a casa.
—No nos va bien con los tragamonedas. El jefe
se va a emputar. Dejáme que sea yo el que hable
— dice mi compañero pavoneándose.
Entré detrás de Iván, con las bolsas de la
recolecta. Me quedé de pie tras él, mientras
entregaba las cuentas.
—Algún bribón nos juega sucio, jefe. Fíjese: de
monedas de quinientos, solamente recaudamos
doscientas.
—Será que la gente no está yendo a jugar —dice
don Fermín, todavía reposado en su sillón
ejecutivo, casi que en posición agresiva: puños
cerrados sobre la mesa, ligeramente embrocado
sobre el mueble.
—Yo veo el salón lleno. No creo que el chino
nos juegue duro. Además, fíjese que había otras
cosas, aparte de monedas.
69
—Rondanas de aluminio, sin duda. Eso lo
hacían en mi infancia para engañar a los
parquímetros municipales.
—Ojalá fuera eso—. Acto seguido, mi
compañero saca una monedita dorada, del mismo
tamaño de una pieza de quinientos pesos.
El jefazo, miope, no logra ver la diferencia.
—Enciendan la luz —ordena en seco.
La moneda no disiente mucho de las oficiales.
Son tan brillantes como las monedas recién
salidas del Banco Central. Ah, pero tienen
arruguitas.
—Dejáme ver—. Toma la misma con su mano
izquierda y la coloca a contraluz en el ventanal.
¿Cuántas hay de éstas?
—Hoy recaudamos ochocientas noventa. Ayer
pasó por primera vez. Eran veintitrés.
—No se sienten tan firmes. Uno la agarra y no
siente exactamente la contundencia del metal.
Prestáme otra a ver.
—Son de chicle, jefe. Ya escarapelamos una
con cuchilla. Son moneditas de goma pintadas
con espray y son hechizas. Por eso parecen
monedas nacionales.
70
—Pues hay que vigilar el salón para que nadie
nos juegue sucio. Al que intenté trabar las
maquinitas o meterles goma de mascar, paliza. Y
lo hacemos hablar, porque alguien nos quiere
joder el territorio— lo dice quitándose la gorra
gris, tipo Gatsby y lanzándola contra el sofá
lateral—. Por ahora, que las hagan despintar con
thinner y ver qué tal funcionan si las vendemos
como droga. A mil pesos que sea. La dosis
disipada no va a matar a nadie, pero traerá plata.
Fui testigo de esto, siempre detrás de Iván. Es
más, creo que el jefe no llegó a verme. Tal vez ni
sepa que trabajo con él, como tantos otros con los
que uno no llega ni a cruzar saludo.
No comenté nada. Al día siguiente, salíamos de
gira por la zona norte a recaudar y nos pasó lo
mismo. Trajimos de vuelta doscientas diez
monedas legítimas y mil doscientas quince
rondanas de chicle. Le preguntamos al
administrador si habían pasado por allí caras
nuevas y lo negó:
—Está malo el turismo —dice Jaimito, un
chavalo que es más feo que una gallina sin
cabeza.
Le hicimos firmar un documento que
confirmaba el retiro en especie del contenido de
los tragamonedas. La boletilla quedó mojada
71
porque el mostrador estaba sucio, con charcos de
cerveza. Me limité a echarla dentro de la saca.
—Es raro esto —Iván, de sopetón, mientras
llegábamos al coche.
—Me parece cosa de nenes. Lo raro es que a los
salones no pueden entrar menores. Y bueno,
ahora las golosinas no son baratas. Yo las hubiese
hecho de madera. Hasta tendrían más vida útil.
—Te estás volviendo ratero, Pancho. Uno no
debe dejar entrar esas ideas en la cabeza. Luego
entran las balas.
—Te juro que no es mi intención. El viejo no
paga mal y prefiero la vida y los vicios que tener
un poco más y morir pronto.
—Es sensato. Si esto sigue así vamos a tener
que drogar a toda Malanga con chicle embarrado
de disolvente. O con lo que sea. Estoy seguro de
que el don ya está pensando en sacar monedas
saborizadas con droga. Igual que hacen con los
brownies y las gelatinas, pero más callejero.
Imagináte lo fácil que es vender estas cosas en un
semáforo sin que la gente se preocupe. El chavalo
tiene una bolsa de chicles originales de los que
vende tres monedas por mil pesos y la otra, la
diversificada, con monedas de mil y de dos mil
colones, según sea el topping.
72
—No digás “topping”, decí “aderezo”.
—No jodás, no sos lingüista. Iván me deja ir un
golpe, a puño cerrado, sobre el hombro.
—Jueputa, recordá que tengo una lesión. Estos
días ni logro dormir. A puro desinflamatorio y
ungüento y me salís con esto. Dejá que me
compre un fierro y te coso a balazos, cabrón.
Claro que es broma. Si este tipo no fuese mi
amigo y le digo eso, sería pedir la eutanasia.
—Gallina, cabrón. Sos gallina. No entiendo qué
hacés en el submundo —enciende el motor y
salimos espantados, rumbo a la frontera.
Al mediodía, almorzamos en una tabernacomisariato.
Tiene un nombre caprichoso: La
selva de los pájaros grises, y todo allí parece
tener cierta ausencia de luz. No hay, de hecho,
bombillos o lámparas; abren solamente en las
horas del día y la gente acude allí a comprar el
pan, la pasta de dientes, relojes baratos y tiempos
clandestinos. Cuando me dieron el vuelto, iban
dos monedas de chicle.
No lo noté hasta llegar al hotel. Le dije a Iván.
—Yo también tengo cuatro. Parece que están en
todas partes. Cuando desayunemos, le
reclamamos. De hecho, le vamos a pagar con esa
vaina.
73
No puse más atención. Estaban pasando una
telenovela de ésas donde los ricos lloran, pero son
cada vez más ricos y el guionista se inventa una
carajilla linda que, gracias a su buen corazón —
mejor dicho, a las glándulas que lo cubren— sale
de la pobreza. La mujer protagonista pasa de los
veinticinco, pero en la novela tiene diecisiete. Es
relajante verla, aunque todo sea idiota.
Eran las cuatro y media. No hay nada que hacer
en estos pueblos, a menos que te gusten las putas
y las pendencias.
Decidí dormir, a pesar de la necedad de los
búhos con su intermitente canto.
Cuando le contamos al tabernero, se muere de
risa:
—Nosotros acá lo consideramos dinero.
Recuerden que la política del Banco Central ha
sido sacar billetes de circulación. Nos quieren
bancarizar a la fuerza y eso sería la ruina de
muchos, que no pueden tener un cinco sin que los
embarguen. Entonces, poco a poco, pensamos en
alternativas. Hacia adentro del pueblo,
practicamos el trueque. Con los visitantes, el
dinero. Y si no hay pago oficial, lo que valga. No
sé quién hizo las monedas de chicle, pero quedan
bonitas y todos hemos optado por aceptarlas.
74
—¡Qué tonto el Gobierno con eso de retirar
dinero de las calles! Se supone que pretende
reducir la inflación, pero nos matará de
hambre…—digo yo, que soy la mar de las
simplezas.
—¿De dónde sacás ese cuento? —Es Iván,
incrédulo.
—Recordá que subieron el encaje mínimo legal.
Eso hace que los bancos manejen menos
circulante. Ergo, suben las tasas de interés, lo que
significa que el dinero es más caro.
—Mirá, un burro hablando del cosmos. ¿Vos
que sabés de eso?
—Hice un curso en línea de macroeconomía.
Me salió gratis en una caja de cereal. Recibí
varias lecciones, pero no pude terminarlo porque
al computador le cayó un virus.
—A ver si no era falso todo lo aprendido.
—Cómo sea, tengo mejor perspectiva que
ustedes dos, pero no hemos venido a discutir, sino
a comer.
—Entonces, no tendrás problemas si te
pagamos con esas monedas —dice Iván.
—Claro que no. Yo creo que está pasando en
todo el país algo parecido. La vez pasada una
75
madre me dio tres billetes, dibujados con crayola
por su hijo. Un nene de ocho años, pero
habilidoso. Estoy esperando que me salga un
negocio grande porque son de trescientos mil
pesos. La mujer ha comprado abarrotes para
cuatro meses.
—No dan ganas de creerte. No lo haría si no
viese venir gente a comprarte el pan con tapitas
de refresco.
—Ah, pero no son tapas cualquieras. Fijáte
bien: están talladas finamente. Dicho esto,
tenemos hambre —tercio para poner punto.
Y comimos opíparamente. Luego, nos dimos un
reposo de media hora, en la terraza antes de seguir
el viaje.
—Pancho, ahora que veo esto, hay un problema.
¿Qué hace el jefe vendiendo moneditas de chicle
a mil, si ya valen quinientos pesos y hay que
agregar la utilidad por la droga? Me parece que
eso es operar con pérdida.
—Lo pensé también. Creo que no es negocio.
Yo llenaría los semáforos de galletas suizas con
mermelada de hongos. Me parece que las
moneditas van a llenar el mercado pronto y ya
nadie sabrá cuáles vienen adobadas ni con qué.
76
Habría que diseñarles un empaque y eso equivale
a delatarse.
—Pues lo más fácil sería fabricar las propias
monedas. Como el Gobierno gringo, endeudados
pero ricos por propia voluntad. Ellos logran que
un papel tenga el valor que se les ocurra. Y en
lugar de respaldo, van balas y guerra.
En ese preciso momento, pasamos sobre un
hueco y me voy contra el parabrisas. No llego a
romperme la madre, pero se me abre la muñeca y,
acaso, se me ha fisurado. Necesitaré ir al hospital
cuando lleguemos al centro de la ciudad.
Iván llama al jefe por el altavoz.
—Don Fermín, llegamos al filo de las cinco.
Fíjese que acá también andan los chicles y con
total naturalidad.
—Ya lo sé. Dicen que es el Gobierno que
disimuladamente ha hecho una especie de
emisión monetaria sin permiso del Congreso.
Entonces, decidió sacarse de la manga la
chiclemoneda. Hay una mente macabra adentro
que se inventó esto de mercados paralelos. Ayer
me contaron que hasta abrirán una tienda banco
para especular con esta vaina hasta que pueda
usarse como divisa. No entiendo un pepino.
77
—Si usted no puede con ello, menos nosotros.
¿Por qué no contrata un asesor, un economista?
—Son una manga de mentirosos. Todo lo
explican con maña. Retuercen la toma de
decisiones y te pueden dejar en la calle con sólo
que les tomés un consejo. Vengan pronto.
Y cuelga.
A estas alturas, he decidido frotar mi mano con
un ungüento alcanforado que me parece
carguísima. El dolor va cediendo y yo, adicto a
los olores de las medicinas, caigo dormido una
vez más, como siempre que viajo.
78
MI QUERIDO SOBRINO, TANTO
TIEMPO…
Valle Muerto, Pueblo de las Gallinas Tuertas,
febrero 20
Querido sobrino Iván:
No he tenido tiempo de comunicarme con tu
madre y seguro estará resentida, pero es que
llevo años de mucho trabajo y, a veces, de
frecuentes problemas de salud. Dale, por favor,
mis saludos y dile que pienso verle pronto. Ha de
pensar que quedé molesto luego del reparto de la
herencia, pero te aseguro que eso nunca me
importó.
Acá la cosa se ha puesto cuesta arriba. Por eso
te escribo con la fe de que puedas engancharnos
un poquito.
La gente de la universidad decía en la tele que
llovería muy duro en mayo y el año pasado nos
quedamos esperando. Es cosa que pasa mucho.
En consecuencia, volvimos a perder la siembra y
pasó lo de siempre: el banco al acecho.
Luego llovió, pero era inútil: se había perdido
la cosecha y, por el contrario, las calles se
anegaron tanto que el agua entró en todos los
ranchos de la comunidad.
79
Todo esto es nada si tomamos en cuenta que el
nuevo Gobierno ha optado por abrir la economía
y ha desamparado la agricultura. Con la baja de
aranceles, la producción del continente asiático
entra y nos lleva a la ruina. Ellos, con su habitual
cinismo, nos proponen endeudarnos más con los
bancos para hacer la reconversión productiva.
Como si los bancos nos tuviesen la puerta
abierta. A tres o cuatro de la oligarquía, quizá.
Esos a los que nunca piden garantías y luego se
declaran en quiebra, se roban los pesos y hacen
una empresita nueva.
La opción nuestra: vender el rancho y migrar a
la ciudad. Allá, aunque sea, instalamos una soda
y sacamos el día.
Ahora, la plata de la venta es cualquier vaina.
Nos va a sostener unos meses. Lo importante es
quedar sin deudas porque, de lo contrario, cinco
que tengamos, lo van a embargar. Empezar de
cero a los cincuenta años, qué mierda.
Nada más, sobrino. Espero me albergues unos
días en tu casa el próximo mes. Tan pronto logre
conseguir lo mínimo para instalarnos, llevaré a
la ciudad a la familia y empezaremos la aventura.
Mándame la dirección exacta y un teléfono
para llamarte al llegar. Un abrazo,
80
Miguel Salmón
Posdata: de cosas de familia, hablaremos al
vernos. Ya nos pondremos al día. Supe que tu
hermanillo Hipólito quiere ser policía: no sabe
en las que se mete. Lástima, porque es buen
muchacho.
81
DOÑA CARMEN DETESTA A SU
MALDITO JEFE
Vengo a este banco de mierda donde, como
siempre, la fila funciona al revés. Una empieza
adelante y la gente se va colando. Van más de dos
horas cuando logro, por fin, llegar a ventanilla.
Saco de mi cartera los cuatro fajos de dinero que
me ha delegado el jefe. Tres son de moneda
nacional; el último, de dólares. Esto es así casi
todos los días.
—Hola, Brenda. ¿Cómo le va? —La cajera se
muestra relajada, pues el día todavía tiene cuerda
para rato.
—Gracias a Dios, bien, doña Carmen. Uno va
capeando la crisis cada día —me dice y asume los
fajos de efectivo.
Todo es rutina. La maquinita de contar dinero
hace su trabajo sola, mientras la cajera parece
hacer que hace sumando y cortando papelitos que
arroja la sumadora.
Nada épico. Imaginen que una película de
acción se tratase de escenas así solamente. Ni un
tarado aguantaría diez minutos. Sin embargo, los
mensajeros y gente como yo vemos esto a cada
rato. A veces, uno cruza una pregunta que trenza
83
varios temas de corte frívolo: maquillaje, marca
de ropa, el tiempo, la fatiga, las interminables
filas.
Lo que sea. Se trata de rellenar una espera que
es cansina e inevitable.
La mujer me entrega los comprobantes y me
pide el último fajo. Se lo doy y le aviso que son
tres mil quinientos dólares para depositar en la
cuenta de Clemente Blancos Dientes, S. A.
Ahora corresponde esperar mientras verifica
uno por uno los rasgos de cada billete para
validarlos. Veo —y no me gusta— cómo va
separando algunos billetes, ocho de ellos, seis de
veinte y dos de cien, a su costado izquierdo.
Cuando concluye, levanta la vista y me dice:
—Les han metido varios falsos. Tengo que
reportarlos y dejarlos en custodia—. Sin esperar
respuesta ya está con la maquinita de agujerear
hojas en mano y a cada billete le deja dos
perforaciones.
84
—Apenas para un álbum de cromos —le digo.
—Pues sí. Acá va el recibito. Deposita tres mil
ciento ochenta dólares en la cuenta. Vieras que
esto ocurre con frecuencia ahora.
Cuando salgo, quiero dar un portazo, pero se me
adelanta el guarda que abre y cierra la puerta de
vidrio. Me limito a no saludar y a no patear a
ninguno de los viejos que hacen la fila.
Eso pasó el mes pasado. Desde entonces,
llevamos un cuaderno donde se anota todo
ingreso de dólares: lo que pagan los tres
inquilinos y alguna vez, los pacientes. Billete a
billete, se les toma el número de serie y de qué
mano vienen. Entretanto, el consultorio cinco
sigue clausurado porque Salud no le aprobó la
ventilación y don Javier no hace por dónde
ordenar su reparación.
Casi me despiden. Ha sido doña Alina, la
esposa, la que me ha salvado el pellejo. El viejo
infeliz quería deducirme los billetes falsos, como
si fuese mi culpa. De hecho, me hizo intentar el
cobro a los inquilinos, pero ninguno reconoció ser
responsable. De hecho, yo creo que los bancos
giran esos billetes a pesar de conocer de su
irregularidad.
El jefe es un clasista maldito que se cree de
alcurnia y medianamente acomodado. No es
cierto: la que tiene plata y decencia es su esposa,
pero él jamás reconocerá tal cosa. De hecho, es
tan débil que cosas serias —como los arriendos y
temas escabrosos— los delega en mí. “Nada de
discutir con otros”—dice para sí mismo y no se
85
da cuenta de que confunde elegancia con
pendejez.
Por cierto, las sacudidas monetarias acá son de
locos. Dicen que cerrarán el Banco del Desarrollo
y que será por mala administración. Mi primo, el
que es administrador de negocios y trabaja de
taxista, dice que no es cierto. Lo que quieren con
ello es que cuando llegue el banco indio a mitad
de año, se encuentre con un mercado potenciado
con pocos operadores y muchos
cuentacorrentistas flotantes.
Mientras tanto, cuatro o cinco mil trabajadores
van quedando en la calle. Les pagarán unos meses
de indemnización para que se ubiquen como
emprendedores.
Mi generación ya vio esto hace rato y sabemos
que termina mal.
86
UNO POR APUROS ENTRA EN
CUALQUIER SITIO
—Que diga “Urge vender casa”. Sólo eso. Yo sé
que los anuncios cobran por palabras.
—No le puedo aceptar sin agregar datos. Si el
anuncio sale mal, Ud. reclama luego y me llega
una carta de amonestación.
—Verá: estoy sin empleo y sin teléfono. Debo
vender esa vaina para que alguien pague la
hipoteca y me quede algo. Póngale que estoy
parado en la puerta de la casa de 9 a 4.
—Es un montón de palabras sin describir el
producto. Falta el barrio, las habitaciones, los
baños, el tamaño, los materiales, la cochera,
servicios.
—Si pongo todo eso, no me alcanza. Tengo
quince mil pesos. Es todo.
—A la puta. ¿No puede pedir prestado? Eso no
es nada.
—Le dije que me echaron hace poco, ¿no? No
hay orden patronal ni fiador.
—Vaya de aquí a doscientos metros al sur. Es
un edificio verde y viejo. En el cuarto piso. Es
donde dice Importaciones de Oriente del Norte.
87
Les dice que lo manda Efraín, el ejecutivo: soy
yo. Allí le prestan. No vaya a quedarles mal, no
le conviene a usted y me mataría el negocio.
—De acuerdo. Entretanto, diséñeme el cintillo.
Que no pase de cuatro líneas. ¿Sus amigos cobran
caro?
—Eso es relativo, don Julián. Imagínese de la
que le salvan si logra vender pronto. Cualquier
precio para el dinero es bueno si deja
consecuencias.
Salí bajo una leve llovizna que curiosamente
nunca llegó a mojarme los anteojos, pero me
empapó la espalda. El desorden habitual de la
capital era el esperado, buses atravesados bajo el
semáforo, vendedores de líneas celulares,
películas piratas que aún no llegaban a los cines
desparramadas sobre una bolsa negra en media
acera. Y muchos tombos, yo diría que ocho por
cuadra, cada uno revisando su celular, recostados
contra las paredes de las tiendas esquineras. Suele
ser así en los días que la gente cobra el aguinaldo.
Como no ando paraguas, llego destilando. Me
paro bajo el techillo de la entrada, para hacer
tiempo y secar un poco la ropa. Debo de haber
estado una hora sintiendo que nada mejoraba. La
gente se detiene a mi lado con la misma intención
y también acaba convencida de la inutilidad del
88
gesto. El día es demasiado húmedo para esperar a
que se oreen los trapos encima.
Cuando ya no me corría agua desde los
pantalones hacia el suelo, subí por el elevador
que, por dentro, era verde metal con tablones de
caoba. Espejos de medio cuerpo, en los tres
costados. Nada estético; diría que más un
capricho de gusto enfermo.
Ah, y no estoy seguro de haber visto una
cámara. Ciertas zonas del cubículo, sobre todo las
altas, permanecían con penumbra.
Cuando la puerta se abrió, el piso estaba
resbaloso y la conserje hablaba por su celular, de
pie, al borde de los ventanales que dan a la calle
principal. No me vio, no quiso verme. Parecía
flirtear con un tipo, pero su voz era gritona y me
dio lástima de quien pudiese estar al otro lado de
la línea.
Importaciones de Oriente del Norte tiene una
puerta de hierro negra, con su correspondiente
ventanilla siempre cerrada. Tocas con una aldaba,
cuyo eco repercute hasta la primera planta. Se
tardan uno o dos minutos en abrir.
Un hombre de tez gris abre la pestaña para
fisgar. Le digo que he sido mandado y por quién.
Cierra el picaporte y se retira. Escucho
movimientos metálicos y mecanismos que se
89
ajustan adentro de la oficina. Dos minutos tarda
en regresar y darme paso.
—Entre —Y me catea cómo se hace en los
retenes de barrios peligrosos.
Al fondo, a la derecha hay multitud de cajas
estibadas que un hombre mueve con ayuda de un
montacargas. ¿Cómo llegó eso hasta acá?
Supongo que lo subieron con grúa y que
desarmaron los ventanales. He olvidado decir que
el lugar, más allá de una oficina, es un bodegón
de unos dos mil metros cuadrados.
Ha de haber acá veinte operarios. Algunos
abren esas cajas y extraen prendas de vestir que
clasifican. Entiendo que las enviarán a las
cadenas de tiendas que le pertenecen al jefe.
Levantan listado, verifican estados y tallas y
empacan.
Sin embargo, las cajas de más a la derecha,
tienen otro embalaje. Se ven más sólidas y
pesadas y su escritura es propia de los turcos.
Desconozco que dice allí, pero además hay unas
treinta cajas de madera, cuatro veces más grandes
que las usadas para embalar tomates. Imagino que
corresponden a una importación marítima.
Me atiende una doñita que se llama Belkis. Es
baja, mal encarada, cabello gris en moño. Me
pregunta quién me envía. Le respondo y parece
90
dudar. Me pide que se lo describa. Digo lo poco
que retengo de la pinta del tipo del periódico y,
entonces, sonríe.
—Muchacho, la puerta del fondo, la de la franja
azul.
Miro y eso está como a setenta y cinco metros.
Camino el trayecto solo. Cuando llego, veo desde
la puerta a un médico de empresa y a su
enfermera.
—¿Julián Vargas? Lo estábamos esperando.
Siéntese.
Procedo de inmediato. En la pared del fondo,
hay una hermosa tela roja grande, con la silueta
en negro de un metate. Algo así. Me parece
conocer la obra, pero soy demasiado bruto con los
nombres.
—¡Qué linda estampa! —digo—. Es muy
fuerte.
—Sí, tiene mucha vitalidad. Soy el doctor
Mauricio Verdequeso. Debo hacerle unas pruebas
antes de reclutarlo.
Empiezo a sentirme atónito, con miedo. ¿Qué
hay en esas cajas? ¿Por qué en una garrotera le
van a hacer a uno evaluaciones de salud?
¿Reclutarme…?
91
—Lo primero son tests de habilidades —dice y,
de inmediato, extrae de un cajón varios juegos de
habilidades motoras para niños. El primero de
ellos es el de encajar una estrella, una bola, un
cuadrado y un triángulo en las respectivas ranuras
de una armazón diseñada para eso.
No me va mal, pero mis manos son tontas.
Digamos que me cuesta acomodar la pieza en la
hendidura, porque me tiembla demasiado el
pulso. A pesar de todo, apruebo.
Vienen otras pruebas de colores, tamaños,
contar para atrás, contar para adelante, que no me
significan mayor reto. No quiero detallarlas ahora
porque podría sonrojarme ante el papel de tonto
que tuve que asumir. Es fácil de entenderlo: yo
quería el dinero.
—Muy bien, Sr. Vargas. No hay queja de sus
habilidades. Podemos proseguir. Cruce el
corredor hasta allí, la puerta de franja amarilla.
Miré el dedo de Verdequeso y apuntaba al
horizonte, como a la esquina de cuadra. Otra vez,
mientras caminaba solo, me iba preguntando si
estaba en la boca del lobo. Por cierto, al médico
le falta la primera falange del índice. Casi se lo
digo, pero sospecho que ya él se ha dado cuenta.
92
—Don Julián, por favor, en la fila de allí a la
derecha. Ahora sigue contestar preguntas en esa
ventanilla.
Debo ser el número once, si he contado bien.
Me quedo viendo la gente a mi alrededor y todos
parecen de mi edad, de cuarenta y cinco años.
Alguno más reventado por la vida, otros muy
vitales y casi todos con un salveque cargado en
sus espaldas.
Iba a decir que la música ambiental es étnica,
pero mentiría. No hay música de fondo. Se oye
motor de maquinaria que, asumo, corresponde a
alguna empacadora. Por lo demás, la gente habla
entre sí con el furor de las plazas del mercado.
Hora y veinte en la fila. Me preguntan lo que ya
saben, pues yo no estaría aquí si tuviese garantías.
La mujer que me atiende es la versión alargada de
la que me atendió al llegar al plantel. Pienso que
podría ser la hermana o la hija. En todo caso, no
la veo optimista.
—Sr. Vargas, tiene un expediente intachable.
No veo cómo podría pagarnos el préstamo. ¿En
qué quiere invertir?
Le digo que quiero financiar la publicidad para
vender mi casa y que el comprador asuma la
hipoteca, que es una casa buena, de cemento, de
cuatro aposentos, tres baños, garaje, etc. Lo que
93
pasa es que debo cuatro mensualidades ya.
Cuando les dé la gana, me caen.
La mujer parece tener corazón de piedra. Lo que
digo no la cambia para bien ni para mal.
Vuelvo a preguntarme en lo interior por qué
tanto protocolo. Lo normal es que me presten y si
no pago, me manden matones. Me quiebran las
piernas y si sigo sin cumplir, va bala. Sé bien de
lo que hablo porque acá, en la capital, tumban a
dos o tres deudores por semana.
—Me temo que no podemos ayudarlo, creo.
Necesitamos gente que acepte ciertos riesgos y
pueda cumplirnos, de uno u otro modo.
Casi me pongo en el papelón de llorar. De
decirle que estoy desesperado y con la nevera sin
viandas. Me detiene algún sentido de vergüenza.
—Yo puedo correr riesgos, muchacha. Sé lo
que digo.
—¿Dónde ha trabajado usted? Tal vez nos sirva
de enlace. Un modo de pagar una deuda es ser
agradecido. Favor con favor se paga.
—Era docente de matemáticas en el Estado. En
muchos colegios, usted sabe. Algunos somos
interinos toda la vida. Yo llevo veinte años
enseñando…
94
Me pidió que aguardara. Se retiró unos diez
minutos a buscar algo. Luego regresó, refrescada,
casi amable:
—Don Fermín va a recibirlo, Julián. No afloje.
Agradecí el comentario, me abrió la puerta y
entré. Esta vez, la nueva puerta del fondo tenía
ribetes dorados. Creí, por un momento, estar en
un videojuego en vísperas de enfrentar un jefe de
calabozo.
—Pase estimado. —Un hombre alto, como de
cincuenta años con una carga excesiva de oro en
sus muñecas: dos esclavas, reloj. Y ni se diga de
los anillos en ambas manos.
—Buenas tardes —digo mientras me siento. Y
enmudezco por cautela.
—Me ha dicho Liliana que Ud. es docente de
matemáticas. ¿Cómo anda en cálculo?
—Bien. Me gradué en la universidad con nueve
de promedio. Y estudié la carrera. No soy un
ingeniero que se le ocurrió enseñar. Soy
matemático y docente.
—Mire. No sabíamos cómo ayudarle. Acá
tenemos muchos negocios. Hasta en los de finca
raíz andamos. Pero sabemos que su casa no está
en un buen barrio. Es una lástima.
95
—Puedo hacer cualquier cosa. Pruébeme.
—Espero que dimensione lo que dice. Nosotros
somos grandes porque casi nunca jugamos con
las palabras. Riesgo significa riesgo y cumplir es
cumplir. A cambio, Ud. tendrá que pagar con
incondicionalidad por nuestro servicio. ¿Sabe que
la educación local es una mierda, ¿no?
En eso coincidimos. Me despidieron porque la
ministra del ramo decidió cortar planillas. El año
entrante, cada grupo de secundaria recibirá
solamente cuarenta minutos de matemáticas por
semana. La idea de la señora es ser tan funcional
que el tiempo se emplee para enseñar el uso de la
calculadora. “Los jóvenes no tienen que saber lo
que no necesitan”, es la premisa de esta maléfica
figura y, de por sí, hacia el barranco íbamos
alegres ya.
—Ni lo dude.
—Julián, yo tengo tres muchachos de
secundaria. Dos hombres y una mujer. Desde los
doce a los quince años. Lo que no aprendan en el
colegio les va a costar el futuro. Ése será mi trato
con Ud., me los va a dejar afiladitos, finos. El
currículum que deben adquirir es, por lo menos,
las matemáticas que un ingeniero o un científico
requiere.
96
Lo pensé por tres segundos. ¿Y si son vagos,
idiotas, respondones? Algunos quieren hacer, de
todo, una juerga. Esos siempre pierden el curso.
—¿Son buenos estudiantes?
—Son normales. El problema no está en ellos.
Es una decisión política de formar gente
mediocre para salarios ídem. A ver dónde se van
a colocar muchachos con esa formación:
terminarán etiquetando las góndolas del
supermercado.
Y así fue. Me arriesgué. Los tres jóvenes,
Salomón, Jacob y Lucrecia, son chicos
competentes. Ya dos de ellos terminaron
secundaria y, en la universidad, son un tren.
A cambio, don Fermín no me dio el préstamo.
Durante unos meses, asumió las mensualidades y
puso la operación al día. Finalmente, me compró
bien pagada la propiedad para instalar allí un
restaurante. Me ha quedado alguna solvencia que,
en todo caso, trato de puntillas.
A Efraín, el del periódico, lo he visto poco por
acá. Sólo una vez intentó cobrarme por el anuncio
que nunca puse, pero que él maquetó bajo mis
instrucciones. Cuando oyó de mi buena relación
con el viejo, no lo hizo más.
97
Me he integrado a la logística de operaciones de
la empresa y me ha prometido que, de aprender
todo el teje y maneje, me dará una gerencia
pronto.
Por ahora, me toca también hacer entrar en
razón a alguno que otro moroso que abusa de la
generosidad de este buen hombre. Claro, no me
ensucio nunca. Doy las órdenes y luego me
reportan el daño infligido.
Creo que tengo futuro. No sé cuánto vivirá mi
patrono, pero entretanto, tendré respaldo. Su hijo
se le parece demasiado, supongo que Salomón es
el llamado a heredarle. Es, no lo dudo, un hombre
peligroso, lo cual nada significa mientras sepa
mantenerles lealtad.
98
MEDIDAS DE PURO
PRAGMATISMO
Creo que me ha descubierto Jonás. Luego de dos
años de amistad, empezó a joder un poco con que
quería conocer su quinta.
Yo no le daba pelota y le decía para agüevarlo:
—Andáte, eso debe quedar en el culo del
mundo.
Hasta que un día me invitó para que nos
fuéramos en mayo. Apenas empezaba el año y yo
tenía idea de que se estaban dando filtraciones
varias: en los noticieros se hablaba de llamadas
para sacar datos bancarios a incautos, de estafas
novedosas, de chicas de bar que dormían a sus
conquistas para desplumarles y de venta de títulos
valores de sociedades inexistentes.
Seguramente algo de eso inquietó al cabrón y
quería ponerme a prueba. En todo caso, creo que,
a esa fecha, no le quedaban más de veinte
millones en el banco.
Decidí que llegaba la hora de hacerme humo.
No obstante, una tarde que compartíamos un
puro y unas cervezas en un parquecillo, me contó
de su conexión filial con un par de investigadores
99
criminales: era primo de un tal Hipólito y de Pepe
Siles, un total corrupto. Deduje que fácilmente
podría llegar azarosamente al tuétano del asunto.
Mandé pedir instrucciones a don Vini y,
mientras tanto, fingí que le aceptaba la invitación
para la isla Mors, la de la inexistente finca.
Dos días después recibí por respuesta la orden
de ejecutarlo: era innecesario correr riesgos. Un
buen sicario no hace preguntas al patrón, así que
lo planeé para la misma semana. Me puse de
acuerdo con él para que fuéramos a pasear en
moto a la montaña. Hay unas tierras del jefe por
allí que tienen camino de lastre y están bastante
alejadas. Con el pretexto de enseñarle algunas
posibles nuevas inversiones, logré convencerle y
salimos la mañana del sábado a las seis.
Zona infernal ésa, con grandes bajadas e
incómodos ascensos, con carreteras semiborradas
por los derrumbes. Para sosegarme un poco,
paramos en algún bar de carretera y almorzamos
temprano. Luego, un par de cervezas.
Yo tenía pereza del paseo. Ya se veía que en la
tarde llovería, así que de repente solté el
comentario.
—Nos vamos o nos alcanza el aguacero.
Y salimos sin chistar.
100
Dos horas después llegábamos a La Chancha,
así se llama la finca de don Vini. Está sembrada
de frutales, sobre todo, pero las hierbas brotan por
todas partes. Entonces, uno debe bajar la
velocidad, no baja a ser que se tope con un
agujero inesperado y se parta la madre.
Estacionamos detrás de la cabaña. Un par de
murciélagos ahogados flotaban en el agua de una
pileta estancada, lo que denotaba cierto
abandono, lo cual es cosa mala para la imagen de
las empresas del jefe.
Pensé que debería aprovechar las fosas
disponibles y, cuando estuvimos a un par de
metros de una, le clavé la navaja en el pescuezo.
No le dio por resistirse: es más difícil matar a una
paloma de castilla.
Fui adentro por una pala y lo enterré. Yo digo
que quedó cuatro metros bajo tierra, lo cual es
suficiente profundidad para que ninguna rapiña
vaya a escarbar el sitio.
Tomé la moto de Jonás y la dejé caer en el
Barriletes, río lo bastante hondo para sentir que
nadie iba a tropezar con ella porque nadie va hasta
el fondo de aguas tan, de costumbre, sucias.
Volví a la finca, me bañé, hice una siesta y
cuando desperté, salía apresuradamente: no había
101
tomado en cuenta que durante el viaje nos vieron
comer juntos y charlar una hora y tanto.
Luego me dije que no importa, que en este
paisillo a nadie le importa una vida más o una
vida menos.
Aunque pudiese ser que sí.
102
ARTICULANDO TRETAS 24/7
He estado pensando qué hacer, pero el tortón es
inmenso. Arriesgué platas ajenas y no voy a
poder cumplir con los vencimientos. Que el
partido perdiese las últimas elecciones sin
margen para cobrar deuda política es algo que
nunca vi que pudiese ocurrir. Hice un castillo de
naipes y he dejado entrar un tornado a la antesala.
Ya no puedo detenerlo. Me quedan, digamos, tres
meses.
Es que en el afán de ser alguien, uno pisa
cabezas a lo loco. Y también se agarra de manos
peligrosas. Se supone que la economía marcharía
bien, que estábamos con crecimiento del 5 %
anual del PIB, pero ya ven, todo es inflado: el
precio de la vivienda, el respaldo del dinero,
cualquier cosa que signifique urgencia ahora se
paga a capricho de contraparte. Es decir, el doble
o cien veces más.
Lo cual no sería problema si no fuesen estos
tiempos que corren de rápidas soluciones. Los
poderes han abandonado los legalismos un poco
y si son clandestinos, también lo será su modo de
corregir. Uno va a cualquier parte y ve una
balacera. Un carro de lujo afuera de una escuela
es emboscado. A un tipo que hace fila para entrar
103
al estadio, lo degüellan. A un paseador de perros,
en medio parque, lo cosen a balazos.
Ésa es mi circunstancia. Debo perderme, debo
ser otro.
En eso estoy, divagando, mientras miro el
noticiero de las seis. El reportero se explaya en el
crecimiento de la indigencia urbana, que provoca
que no se pueda transitar por las aceras sin
tropezar con un drogadicto, tirado sobre el paso.
Ha de ser un publirreportaje porque dura más de
diez minutos y, de repente, las tomas cambian:
entrevista a un hombre con saco y sin corbata, que
dice ser un hombre de dios, dedicado a socorrer
indigentes: les facilita alimento, cama y baño,
según puedan pagarle.
104
Les cobra barato.
De inmediato, le saco una foto a la pantalla. Allí
está el correo electrónico y el celular del tipo.
En realidad, no estoy nada claro sobre planear
una treta, pero uno recoge piedritas del camino y
luego, en casa, las revisa. Si son vulgares, las
desecha. Si son especiales, las limpia y clasifica
con la ayuda de las redes. En el caso de la gente,
lo contrario. Estoy buscando un tipo que no tenga
reparos y actúe por dinero. Eso abunda, lo difícil
es que pueda esconderse bajo un prestigio, un
aura.
El señor ministro de la ¿caridad? hace dinero
vendiendo frasquitos de un agua dorada que
asegura hace milagros. Don Santiago es además
director de La casa de los alucinados, otra obra
pararreligiosa para gente con desórdenes
mentales y, lo que más me interesa, un
insospechado. Tiene un par de máculas: ese lugar
clausurado un par de veces por condiciones
antihigiénicas y que le abrieron una causa por
explotación laboral de los loquitos.
Es lo que busco.
105
EL DILEMA DOMINICAL
Camino con los hermanos, puerta por puerta, para
predicar la salvación. Recientemente me he
incorporado a la congregación, pero no por fe. Me
gusta Irene, una joven trigueña que llevó un par
de cursos en la U conmigo. Así que mi nexo con
la espiritualidad es la lujuria.
Ya es el cuarto domingo que me ponen en estas
aventuras, donde debo hablar con citas bíblicas y
entregar tratados, flyers de cuatro páginas, donde
se cuenta un milagro, una parábola y, en el borde,
un sellito indica la dirección de nuestro templo.
Cómo esto sucede después del servicio
dominical, caminamos los ocho o diez
compañeros bajo el sol y con un hambre del
demonio. Un par de las muchachas se quejan del
dolor que les causan las maltrechas aceras, pero
nadie les dijo que iban para un baile, ¿o sí?
De mi parte, sigo sin entender de qué se trata la
salvación: no me interesa. Que un cabrón vicioso
tenga tratado directo con lo divino es cuento
chino. Porque nuestro pastor, un hombre que frisa
los cincuenta no es otra cosa que un oportunista,
viejo verde. Ahí anda sentándose entre los grupos
de muchachas y regodeándose al apoyar las
manotas sobre los muslos de las mujeres con
107
cierta socarronería, disimulando que es pura
lascivia ambulante.
Lo que pasa es que una tarde de mayo, fuera de
la biblioteca de la U, en los aleros, me quedé
esperando que escampara y no había cómo.
Estábamos sufriendo la cola de un huracán y usar
paraguas de nada servía. Tenía que quedarme allí,
en la orilla, como un náufrago que recién llega a
tierra.
Entonces sentí una mano que tocaba mi
hombro:
108
—Roberto, ¿cómo estás?
Me di la vuelta y era ella.
Estaba en las mismas que yo, pero acababa de
descender del tercer piso, donde están los
cubículos para estudio individual. Tenía cara de
sueño contenido.
Hablamos de lo que teníamos en común, las dos
materias. Ambos aprobamos, así que había pocos
comentarios. Lo fregado de rendir bien es que no
da para quejarse. Un papelón hablar mal de un
profe que congenia con vos.
Me dijo que tenía ganas de un helado, a pesar
del frío, cosa que no me importa demasiado
porque nunca me ando preguntando lo que quiere
la gente, pero he sabido disimular. Le dije que
fuéramos a la heladería cuando amainase el
diluvio.
Dijo que sí.
Recordé que venía escaso de plata desde días
atrás, gracias a los millares de fotocopias que
encargan los profesores del semestre. Me quedé
mudo, sin poder mirarle de frente.
Ella creyó que me pasaba algo.
Pues opté por inventarme un problema en casa.
Le dije que mis padres se estaban separando y que
cada uno ya tenía su repuesto. Que eso me
desorientaba. Incluso llegué a soltar dos o tres
lagrimitas que sirvieron de pretexto para
acercarme.
Es decir, ya estaba consolado, casi apercollado.
Y entonces me salió con el domingo 7.
¡Qué vida más ingrata! Yo trato de coquetearle
y me sale con eso. Rapidito, me invitó para
acompañarla al servicio dominical y no supe
zafar. Me dio su número y supuse que yo debería
hacer bien las cosas: ir despacio.
Minutos más tarde, pasó un conocido y me dijo
que iba hacia contabilidad. Le comenté que había
olvidado que había quedado con alguien y me
siguió el juego. La presencia azarosa de este
109
muchacho que, me parece, hace horas asistente,
me ha salvado de gastar cinco mil pesos que no
tenía. Me despedí de Irene y tomamos el
caminillo hacia la facultad.
Asumí que no importaba. Un conato de
conquista se queda helado en la primera jornada
y nunca más. Pensé que no la vería más, aunque
linda y todo. Pero el sábado a la noche, me llamó.
—Recordá que quedamos en ir al templo. Nos
vemos ocho y media en el parque. Me debés el
helado, ¿eh?
Le pedí a la carrera un préstamo a mi hermana.
Cuatro mil que recibo, significa que deberé pagar
cinco a fin de mes. Esos palancazos le sirven a
ella que también anda corta de cash y, para mí, ni
se diga. Es mejor eso que ir donde un garrotero,
de los peligrosos.
Ella llegó jovial, en un vestido rosa, muy
conservador y fresco. Contó que se quedó hasta
tarde el lunes porque la inclemencia del agua
seguía pareja. De hecho, esa vez llegué empapado
a la facultad de Económicas, pero antes de entrar,
tomé el trillo hacia el oeste. La idea era alejarme
de donde estaba Irene para no dar el chance del
reencuentro y evitar la vergüenza de reportarme
limpio.
110
La congregación no está lejos. Cuatro cuadras
de conversación a paso lento. Sin embargo, yo
tenía algo similar a un jocote de hielo atravesado
en el pescuezo que me impedía hablarle con
fluidez.
Sí, tenía miedo.
Las preguntas que hice no las recuerdo y las
respuestas me abruman: no podría reconstruirlas,
aunque tengo la impresión que ella habla mucho,
mucho. Lo importante, dirían mis compas, es
hacer puntos.
De mi parte, monosílabos temblorosos
resbalaban entre mis dientes. No sabía que fuese
tan pendejo. Hasta sentí que me flaqueaban las
piernas y que pronto me caería de bruces.
¡Vaya papelón!
Tan pronto pudo, me presentó al predicador. El
tipo, que se cree un padre espiritual, me llevó a su
oficina para hablar de la palabra. Igual, me
entraba por el oído izquierdo una especie de
mosquito y yo imaginaba que compraba veinte
botellas de Raid y se las derramaba encima. Ah,
pero sin que notase que me valía madres sus
santas retahílas.
De modo tal que, en el mismo primer servicio,
me hizo formar parte del equipo que recogía las
111
ofrendas. “Maravilloso”, me dije, y me porté
formal y tuve buen desempeño. Esa misma tarde
pude pagarle a Beca la plata que me prestó la
noche anterior.
Me senté todo el servicio junto a Irene. Si el
predicador decía que saltáramos, lo hacíamos.
Aplaudir, lo mismo. Que habláramos en lenguas
y yo me desgañitaba por dentro, viendo
pacientemente como la gente, Ire incluida, se
desvivía por lograr sonidos guturales y
jitanjáforas paroxísticas… un desmadre aquello.
Hubiese querido prender el celular y hacer
tomas de todo, pero la prudencia me dijo que
hubiese terminado mal. Hasta allí habría llegado
mi flirteo y cuidado si no termina todo a los gritos
y los hermanitos, tan buenos ellos, no optan por
sacarme a patadas.
Así que tuve gozo, mucho gozo interior. Un
circo total.
Nada más que ya le decía yo a mi Irene que nos
fuésemos a devorar los helados, cuando llega ese
viejo. Don Pedro se llama el pastor. Me llama
aparte: que me integre a las brigadas, que yo soy
un hombre bueno, que le gusto a Irene. Con este
último gancho, caí en la trampa.
112
En las primeras puertas a tocar, me quedaba
atrás como a veinticinco metros. Ella me halaba
de las mangas de la camisa, pero yo, como arrear
un mulo. Entonces, la vi, o creí verla, hacerme
pucheritos. Y otra vez, venga de bruto que todo
chantaje me lo como…
El siguiente nivel fue ser testigo mudo, esa
misma tarde. Es decir, me pasaron a primera fila,
pero yo ni papa que hablaba. Sentí el sudor frío
en la frente, típico del pánico escénico, pero
estaba allí y correr subiría a cien mi sentido del
ridículo.
Ya, con Irene a mi lado, como par tocapuertas,
me fui soltando. Y paramos un ratito en unas
banquitas para memorizar unas cuantas citas
estratégicas. Me aprendí como ocho. Con la
misma convicción de cuando me tocó aprender
las tablas de multiplicar, o sea, al mal paso, pedal
hasta el fondo.
Y así va todo. Lo curioso es que esto avanza y
no. La semana pasada me bautizaron en una
alberca chica, detrás del templo. Yo, vestido de
batón blanco y Peter que me agarra del pescuezo
y me hunde totalmente en el agua. Yo que no sé
nadar y el sujeto que no afloja. Yo que salgo casi
convulsionando, escupiendo chorros de agua
como una fuente y con un dolor de cabeza de puta
madre.
113
Para no enojarme, tuve que chantajearme solo:
pensé en Irene y, en lo más importante, mi acceso
a las ofrendas.
Y me dan ganas de no acudir más, pero a las
siete de la mañana suena el teléfono y es ella, toda
dulce:
—Bobby, ponéte de pie. Paso por vos a las ocho
y media. Un besito. —Irene cuelga y yo me quedo
cabrón porque dudo sentirme a gusto en algo que
me utiliza.
Pero en la última ocasión, este domingo, conocí
al gordo Repollo. Jueputa más feo, pero parece
que hace muchas migas con Irene. El día que él
regresó al culto, Irene se olvidó de mí por horas.
Sólo vino cuando tocaba salir para la visitación
de los barrios, puerta por puerta.
Dice que, a Johnny, así se llama el Repollo, lo
atropelló una buseta hace unos meses y le fracturó
un par de costillas y una pierna. Y parece que ella
se siente bien explayándose sobre el infeliz
gordo.
Yo me ofusco, pero sigo con la ficción de ser de
hierro, o por lo menos, de latón. Me resulta
molesto, pero debo reconocer que mi relación con
Irene, nada que prospera. Tan pronto terminamos
el reparto de panfletos, ella zafa para su casa sin
invitarme a ir. Es más, ni siquiera me ha cobrado
114
el helado, como la primera vez, terminamos el
trabajo y calabaza, calabaza.
Y el modo tonto que le sonreía al Repollo me
hace sospechar que hay historia vieja. Raro,
porque los tímidos nunca detectamos ni mierda.
Nos cae un rayo en la mollera y decimos que
huele a quemado y nunca sabemos qué.
En la noche, estuve cavilando sobre si el
rebuznante pastor le habrá dado instrucciones
para engatusarme. Es decir, tenerme cerca para
reclutarme; si no será que el afán de ver crecer su
obra, le borra las líneas de la moral.
Puede ser, y qué. Lo que yo digo es que tengo
que dar el gran golpe, lo ideal es en la quincena.
Intentar con Irene una vez a ver qué pasa. Si fallo,
puedo irme a una cantina lejana con las bolsas
llenas, porque de previo, esa noche, por si acaso,
me cargo la ofrenda.
Ya es mucha hipocresía llorar por Irenita,
cuando si me dice que sí, la enfiesto conmigo.
115
2. EL EFECTO DOMINÓ DE
PERDER LA FE
ENTRETELONES EDITORIALES
O CUANDO EL HAMBRE VENCE
AL PREJUICIO
El comité editorial de Comas Negras está
formado por seis profesionales de la principal
universidad local. Mejor dicho, cinco. El sexto
miembro es un doctorando de una universidad de
Alaska, cuyo nombre no aparece en las redes.
Devenga, cada uno, una dieta de treinta y cinco
dólares por cada libro que el comité aprueba,
bajo la premisa de dictaminar luego de una
rigurosa lectura. Esto pasa poco, pues de los
cinco académicos, sólo un par ama su oficio y la
regla general es que, si el autor postulante tiene
títulos de licenciatura hacia arriba, se publica. A
tal efecto, se registra en el libro de actas el
acuerdo y a echar pa’lante.
Y Petra es la sétima, la presidenta.
Por eso, el día que Vivas visita a Petra no la
encuentra. En otro salón, mucho más oculto, se
reúne Petra con los miembros del mentado
comité.
—Han de saber Uds. que este autor no está
titulado. Sin embargo, a la gente le gusta su
malicia —abre el diálogo la gran jefa.
119
—Pues habíamos acordado que se publicaría a
lo pirata, ¿no? Nada de sellos, nada de riesgos.
—Eso hicimos con Malanga. Ya ven, no salió
tan mal. Hay gente que la sigue comprando.
—Pues mi primo, el escultor, Gera, está todo
ofendido. Ya no me dirige la palabra.
—Pues soy testigo de que tu primo pagó para
que lo pusieran como un trapo en la novela. En
realidad, Gera a nadie le interesa. Otra cosa es
que Lucas se robase la plata —es Isidro
Pelapapas, uno de los que sí lee los borradores.
—La cosa es qué hacemos. Ya sabemos que
Vivas consiguió un fondo público para que le
publiquen sus obras completas, las cuales no
existen. Él acordó conmigo que iríamos poco a
poco publicándole sus desvaríos y que
jineteásemos el dinero que le dieran para
apalancar otras publicaciones. Nos conviene
porque cobra bajito interés —Petra, que está
alineada conmigo.
—Pero ¿cómo vamos a publicar a ese bípedo
inculto? No empata con nuestro caché —Ernesto
de la Cuerda, el famoso doctorando alasquense.
—Deberías darte una vuelta por las ferias y ver
lo que se dice en los círculos culturales. Por
ejemplo, esas bazofias que le publicamos a un
120
politiquillo de cuarta que juega de literato es
algo que nadie perdona —el rictus de la gerente
es duro, una bofetada en seco.
—Vos estás loca y venís a jetear. Tenés en la
oficina un dios rata. No podés ser más grotesca…
¡Pagar porque te envíen esa mierda de la India!
—La cosa es que conozco a Vivas, se la juega.
Tiene ideas, un estilo irreverente que podemos
vender. No tendrá el título, pero es por soplas.
Matriculaba cursos en horas de oficina y luego
se quedaba trabajando. No hacía el retiro
justificado y su expediente carga un montón de
PE… —Petra, con fiebre, defendiendo mis
cartas.
—O sea que ser irresponsable o vale madres es
un mérito —palabras de Isabel del Moño, otra
del comité, premio nacional de poesía calentona
(dizque erótica) unos diez años atrás.
—Por una vez, bájense del pedestal y sean
funcionales. ¿Uds. tienen alguito que quieren
publicar y no quieren poner plata? Pues nos
agarramos de las obras completas de este
imbécil, bueno o mediocre. Les doy una semana
para que lean La trama del camaleón y votamos.
—No perdás el tiempo. Prendé las luces para
que podamos ver. Vamos a firmar todos. Una
mierda más entre lo que se publica en este país
121
no va a dañar los ríos. Tenés sobrada razón: hay
que hacer andar la maquinaria.
Es Isidro, que tiene atisbos de sabiduría.
Cuando se ilumina la sala de juntas, todos
tienen el rostro cuadriculado con una redecilla
roja, como las que usan para empacar las papas
en el súper.
Aun así, zampan la chayotera.
122
UN SUEÑO PREMONITORIO
A falta de una buhardilla, escribo en el segundo
piso de mi casa. Bueno, no en el segundo piso:
en el cielorraso. Acondicioné con una mesita,
una silla y el ordenador y levanté algunas latas
del zinc para ventilar. Voy por la parte donde se
hace ver que Gregorio Pasta podría no haberse
suicidado, sino haber tramado algo bien sucio.
Empieza a gotear. Primero, con timidez,
acompasadamente. Después, un diluvio de
diecisiete minutos, ensordecedor y que deja en
penumbra mi zona de trabajo. Me pego un
sueñito porque lo habitual es que yo caiga
dormido hasta de pie.
Sueño con el maestro Poe que me da consejos,
pero no logro recordarlos. Sólo retengo cierto
nerviosismo debido a sus múltiples regaños.
Cuando él se retira, me siento agüevadísimo y
está soplando un viento ruidoso: afuera hay un
tornado. Entonces, trato de dirigirme al
computador, pero el teclado es una lámina
metálica absolutamente plana: ni una letra
disponible. Como en una pantalla táctil, pero en
negro, empiezo a teclear a ciegas.
De repente, está sobre la puerta el pajarraco
ése. ¿El cuervo? No, qué va. Es un zopilote. Creí
123
que iba a arrojar una frase existencial o de
críptica sabiduría, pero se abstiene.
De repente, se abalanza sobre mí y me picotea.
“Será que soy Prometeo y tengo el castigo de
mi osadía”, pienso.
Al despertar, el cielorraso está lleno de gallinas
que desordenan mi mesita y un par de aves me
picotean. Una gallina trata de anidar sobre mi
cabeza.
Supersticioso, trato de buscar el significado de
todo esto. Al final, decido que esta vez no hay
interpretación posible.
Será que la cagué al complicar la trama.
Ni siquiera he pensado las salidas.
124
IDENTIDADES BLANCAS
MALANGUEÑAS
La gallinae albae pacis ha sido propuesta como
símbolo nacional por una mayoría de legisladores
de la oposición oficialista. Este último oxímoron
se debe a que obedecen a la misma ideología que
dicen criticar. Ergo, a la hora de votar, luego del
barullo, todo se aprueba y con escasas
correcciones.
Es lo normal en un país de derecha. También es
lo normal en una sociedad que desconoce todo
sobre la vida política porque, desde que llega a la
escuela, nada más recibe mitos fraguados por la
oligarquía para conciliar con las masas
dominadas.
Ahora, debemos tener en claro que las gallinas,
a pesar de ser parte indiscutible de la identidad
nacional, dado nuestro origen de corte rural, no
son bien aceptadas o, por lo menos, son miradas
con reticencia. Ningún malanguense que se crea
exitoso querrá parecer campesino o rural, a no ser
que se esté candidateando. En ese instante
mismo, veremos cómo arrastra las erres y acuña
una decena de modismos que le hagan ver como
persona humilde. De ahí a tener en su patio un
gallinero, hay una gruesa línea que no se cruza,
so pena de resultar polo, inadaptado.
125
Pasa distinto con la especie alba, la pura, la de
élite. Es la única que vive en libertad bajo un
imaginario propio, carente absolutamente de
contradicciones sociales. Su status le garantiza la
inmunidad ante las carencias y su pedigrí le
permite anidar allí mismo, en el centro del poder
político.
La mítica gallina blanca de la paz suele
concentrarse en el cono urbano del Valle Central,
concretamente, en las zonas rosa. Suele andar
impecable y eso acaso haya sido el germen de la
leyenda que la visibiliza como de inteligencia
superior. Lastimosamente, nada ni nadie ha
podido comprobar tal afirmación y lo que el
empirismo arroja es que es un ser cochino, capaz
de comerse a sus propios polluelos si están
muertos, picotear en boñigas de otros animales y
hasta dejar sus gracias sobre los cojines del lobby.
Comprobamos tal cosa una tarde que visitamos
los diferentes cubículos del Parlamento Nacional.
Ahora, lo que le interesa a la publicidad es el
mito, aunque la realidad lo contraste. Una
gallinita blanca con un ramito de olivo en el pico
puede resumir nuestra identidad de seres
agazapados y formales. Nadie va a suponer que
también, como toda gallina, nos encanta la
alharaca y el bochinche. Que por todo hacemos
desmadre, pero sin correr riesgos: eso es secreto
126
a voces, pero los prestigios siempre enconchan
las debilidades de todo producto. Necesitamos ser
percibidos como gallinas albas, palomitas de
castilla, ovejitas dóciles.
Ah, y por lo del nivel de inteligencia de las aves
de corral no debemos preocuparnos: escaso y
todo, muchas veces superan al malangueño
medio, tan ocupado de ser lo que los demás
esperan o exigen, que se ha lobotomizado a pura
voluntad. 1
Salomón de la Luz Chueca
1
Este artículo sin fecha fue rechazado en todas las revistas de opinión
política. El novelista lo encontró al revolcar los papeles de su
ghostwriter y se lo hizo llegar a Petra con la idea de incorporarlo. La
idea fue aprobada porque no costaría ni un peso adicional.
127
PROFESIONALES QUE AÚN
GUARDAN OPTIMISMO
—¿Te acordás de la borrachera de la noche de
graduación? Nosotros creíamos que las empresas
se pelearían por reclutarnos. —Eric está sentado
sobre un murito, afuera del Ministerio de Trabajo.
Sus amigos están de pie, casi hechos puño.
—Pues sí, huevón. Creíamos recibir la llave del
cielo. Me costaban un huevo las matemáticas.
Hasta pagó tutor para mí, mi tata— José Bades,
el de anteojos de vidrios redondos, muy miope.
Están esperando que pase la llovizna que, sin ser
fuerte, alcanza para empaparse en tres minutos.
Es muy temprano para regresar a casa a
cambiarse, lo que quieren es dejar pasar el mal
clima y, luego, dar una vuelta sin rumbo. Al fin
de la tarde, tomarán café, como invitados sin
aviso, en la casa de algún excompañero de los que
casi nunca han vuelto a ver.
Para eso están los teléfonos. Ud. hace una
llamada, se pone fraternal y dice “me encontré
con unos compas y queremos verte hoy”. Como
el chavalo sigue viviendo en la casa paterna,
todos conocen su dirección y, casi de inmediato,
se ponen en camino. Como son un montón de
129
limpios, no llevan pan, ni una galleta. Hambre en
estado puro, nada más.
Los cuatro son informáticos, pero la compañía
no les reconoce el tiempo extra. Han acudido a
poner la denuncia para esperar a que los citen a
un careo con el patrono. No han dejado de
preguntarse si no será un error que, en un país tan
jodido, donde se dice que no existen las listas
negras, pero abundan, uno se ponga de revoltoso
porque todas las semanas completan ocho o diez
horas adicionales de trabajo… y seringa: el
gerente, ni las gracias.
—Compas, ¿qué piensan ustedes sobre eso del
emprendimiento? Podríamos intentar algo entre
todos —es Eric, que se levanta del muro porque
se le trepan las hormigas.
—El emprendimiento son los tatas con plata. Si
no hay dinero, te lleva puta. Y aún si estás
forrado. Más de la mitad queda en la calle en
pocos años —Beto Zeledón, del que dicen que
viene de una familia pudiente.
—Pues yo decía que podemos entrar en la
ciberseguridad, en la generación de apps
empresariales y en soporte y capacitación.
Imaginen, en un local de cincuenta metros,
ponemos un aula, un escritorio y, al rato, hacemos
coworking. Podemos alquilar pequeños módulos
130
para el montón de independientes que ha
generado la crisis. Se alquilan por hora y no nos
suben los costos. Es cosa de cuidar que cuando
tengamos un local, todas las condiciones se
pongan por escrito.
Un relámpago bien definido cae por el este. A
los seis segundos, el trueno.
—Esto va de malas, Chepe. Deberíamos irnos
en úber, pero ¿adónde? —Néstor, el más bajito y
gordo, como de metro sesenta que, casi siempre,
traga chicle.
—Yo pienso rezar en mi choza para que no nos
echen. Si el patrono nos marca, la cagamos. Por
eso, hablo de que pensemos en emprender. Al
rato, metimos la pata. Estos cabrones cargan la
mano a favor de la empresa. Como perdamos la
querella, nos dan un popi y una patada en el culo.
—Rezar no sirve de nada. Ni para bajar el
estrés, te digo. Pero lo que decís, asusta. ¿Nos
regresamos a desdecirnos? Hasta por las
escaleras, en dos minutos estamos allí. —Eric
mira hacia el interior del edificio hace rato.
—No, gente, no. Por andar de agachados es que
nos agarran de camellos. Uno merece cierto
respeto, está capacitado y cumple. Es de ley que
haya una reciprocidad —comenta Beto, que
siempre procura ser autosuficiente. No ha
131
terminado de decir esto, cuando Néstor ya está en
el living, camino al ascensor del Mintra.
—Lo jodido es que antes éramos pocos y ahora
somos tantos… Las primeras generaciones de
informáticos tenían el mercado seguro. Y
estábamos al día. Ahora, hay que ver cómo
actualizarse. Las compañías, por eso, los
prefieren recién graduados. Y también les resulta
más barato contratar sin experiencia. Uno
necesita estar al corriente, de otra forma, se lo
lleva puta y pierde vinculaciones. —Bades, en rol
obsesivo, preocupado.
—No te pongas pendejo. Vale recordar que, hoy
por hoy, tenemos expediente limpio. A lo más,
nos llaman a negociar y eso es lo que queremos
—comentario del autosuficiente Beto, que recibe
del papá trescientos dólares mensuales como
ayuda.
—El huevón de Néstor no nos ha llamado ni por
joder. No vaya a ser que ahora nos trate de lejos
para evitarse problemas —José Bades, contento
de ver la linda sala de su anfitrión, que los ha
recibido sin esperarlos.
—Por eso, no lo aguardamos. Además, él
mismo dijo que tomáramos un úber. ¡Qué bueno
que te vimos en el jardín cuando pasamos, Marín!
132
Contános cómo va tu familia, tus tatas, tu
hermanillo. Y trae otras cervezas porque uno
nunca sabe cuándo la sed asfixia—. Roberto se
pregunta cómo putas se puede desarrollar el
sentido del descaro, para llegar a saquear neveras
ajenas. En eso, Chepe es un ejemplo, pero hoy
anda disimulado.
Al inicio, Alonso Marín se alegra de toparse
afuera de su casa con sus antiguos compañeros de
ingreso a la universidad. Se abraza y saluda con
todos y los invita a pasar. Pretende darles café,
pero todos reniegan de ello y son directos:
“queremos birras” dice alguno y no hay más
preguntas.
Afortunadamente, siempre hay un poco de todo
en casa. Entonces, cuatro cervezas y una tabla de
quesos y está bien, porque ellos tuvieron la
decencia de pasar a saludar, aunque la hora es
incómoda.
La una y pico, tiempo habitual de siesta. Sobre
todo para un sujeto que, como Alonso, tiene un
mes de vacaciones apenas empezado.
Es el beneficio de trabajar en un juzgado.
Durante esos días, nadie te jode. Si alguien quiere
activar o aportar folios a un expediente, choca
contra vidriera.
133
Lo ha sorprendido Zeledón con lo de una
segunda ronda. Se le ocurre, sin mayor
comentario, dispensar maní en un bol de madera.
Como de cálculos de cocina sabe poco, deja el
tazón rebosante como la entrada de un nido de
hormigas; una montañita.
—Hoy juega el Real contra el Barça, ¿lo
vemos? —la nariz de Eric que parece empezar a
enrojecer.
Marín piensa que sí porque no ha planeado
mayor actividad en sus vacaciones y que estará
bien dedicarles un rato. Se limita a un gesto
positivo, con la sonrisa de siempre y a aplicar el
botoncito del control que enciende la pantalla. De
inmediato, hace un cambio a cualquier canal
porque el TV estaba sintonizado en una porquería
de ésas, del canal íntimo.
—¿Qué canal es?
—No sé, no tengo cable—Eric, respuesta
inmediata.
—¿Están seguros que hay juego?
—Revisá la grilla.
—No sé hacerlo.
—Dáme pa’cá— Bades le arrebata el control y
empieza a hacer zapping. Luego de un minuto de
134
incertidumbre, lo encuentra. Están en
preliminares.
—¿Mandamos a traer un cantonés? — Eric,
sondeando a ver si el otro invita.
—Tengo paella del domingo— Marín es tan
baboso que es un perfecto anfitrión—. Tengo que
dejarle un poco a mi esposa, eso sí.
—Yo le entro.
—Yo también.
—¿No tenés un bistec con papas? No como
mariscos. No te preocupés, si no, mando a
traerme algo.
—Hay chuleta de cerdo, ¿te gusta esa vara?
—No, tranquilo. Dame tu número de tarjeta —
Bades, que ya está canchón.
Alonso asume que es una broma, mientras abre
la nevera y coloca una sartén amplia sobre la
cocina encendida. Recuerda que ha dejado su
billetera, junto a la colección de música, pero no
hace a preocuparse.
—¿Ya les dije que el hermanillo de la profe de
literatura está en el tabo? Es recurrente. Es un
estafador que se hace pasar por profesional en
diversas ramas. Ahí está el legado por vender
135
territorios en reservas indígenas: fue el primero
que lo hizo. Hay como quince denunciantes.
—Ah, vos trabajás en la Corte. Lo habíamos
olvidado. Te la pasás en grande, ¿no? —observa
Eric, mientras mira a Messi correr la diagonal
desde la derecha.
—¡Qué va! Estamos hasta el cuello de
expedientes. Se han jubilado dos compañeros y
no reponen las plazas. Lo que hace el juez es
priorizar a dedo o porque desde otros poderes le
piden acelerar algo.
—Eso es delito —dice Eric, enano porque se lo
ha tragado el sofá.
—Nada es delito si no te atrapan. Vean lo del
viejo que se lanzó de la azotea en la Corporación
Nacional de Papel. Parece que fue truculencia.
Habría lanzado a un desconocido al que operaron
para que se le pareciera. Eso dicen, porque lo peor
es que la Judicial demoró tanto en llegar que
cuando iban a alzar el cadáver, ya no estaba —
Marín, que daba vuelta a unos chuletones en la
sartén que salpica aceite.
—Es que, con plata, todo se puede —tercia
Bades.
—Antes la plata valía, ya no. Ahora lo que vale
es la maña, las redes. Ayer fui a comprar un
136
repollo para una ensalada y estaba más caro que
un litro de whisky. Así no se puede —dice
Zeledón que llora porque Messi ya no corre como
antes, tan roco que está.
—Queremos poner una compañía —se deja
decir Bades.
—¿De qué? —Alonso, dando pelota.
—Informática, qué más. No sabemos hacer otra
cosa —Bades, siguiendo el hilo.
—Pues yo no tengo idea hacia dónde va el
mundo, pero me asusta. Nos vamos volviendo
sustituibles; el trabajo humano es marginal. Saber
quién puede necesitarnos que no sean las
máquinas. En unas décadas, seremos sus
esclavos. Supongo que ustedes tienen futuro.
Suerte. —Alonso pone sobre la mesa una bandeja
llena de carnes fritas y otro platón lleno de
tortillas calientes.
—¿Cuánto van? —dice Roberto, que se había
quedado dormido.
—No importa. Es un partido viejo. Parece que
la televisora ha dejado caducar los derechos y
rellena la grilla con Fútbol histórico, así se llama
el programa. Ese chavalo no era Messi, es Jorgillo
Santana, de un equipillo de segundas, cuyo
137
uniforme es similar al del Barcelona. Se le parece
físicamente, pero es un total tronco.
Llaman a la puerta. Es un repartidor con cinco
pizzas. Bades se le va encima para arrebatarle las
pizzas. Luego sacar un billetillo de mil pesos y se
lo da como recompensa.
—Sos un puta abusivo —le reclama Marín—.
No se te ocurra hacerlo nunca más.
—Tranqui. Mañana entramos al trabajo y quién
sabe cuándo volveremos de visita —dice Eric y,
de repente, Marín siente que se le tranquiliza algo
adentro.
—Es raro, pero ustedes me recuerdan el tango
de Discépolo. Y los tiempos que corren que
parecen ser cómicos, no lo son. Es el cinismo lo
que hoy mueve el mundo —comenta Alonso.
Nadie lo escucha porque al falso Messi le han
dado tremendo planchetazo. Se revuelca —
seguramente sobreactúa— para llamar la
atención del árbitro que trae la mano tocando el
bolsillo trasero para hurgar en él.
Cuando el referí levanta el brazo, le enseña a
Santana una roja directa.
El falso Messi se incorpora despacio, pero como
nadie le da pelota, deja de cojear casi enseguida.
138
Múltiples manos de los visitantes caen sobre el
plato de las carnes como si fuese una batalla
campal. Cuando se retiran, el plato luce
impecable, vacío.
—Cagamos, otra vez va a ganar el Madrid —
comenta Roberto, que está calladito e imparable,
comiendo como desconsolado.
139
GLOSAS INTESTINAS DE
ACONTECIMIENTOS
MARGINALES
Vuelvo tres días después.
—Hola, Petra. Pasé a buscarte días atrás, pero
nadie estaba.
—Quiúbo, te tengo buenas noticias. Vamos a
publicar tu novela sobre el calamar.
—Epa, yo no escribo de calamares. ¿Me estás
tomando el pelo?
—Jamás. Hablo de la trama que retrata una
sociedad maledicente y un periodismo corrupto y
servil. Vos la trajiste hace como tres meses.
—Ah, la de los camaleones. ¡Qué bien! Por
cierto, ¿vos sabés que tu ratón habla? La vez
pasada me hizo un par de correcciones sobre el
borrador que andaba bajo el brazo.
Cuando digo esto, la gata negra de la ventana
viene a posarse sobre mi regazo. Me agrada y me
entretengo haciéndole piojito sobre su largo
pelaje.
—No puede ser, Vivas. Seguro sos
esquizofrénico y hablás con monstruos y bichos
141
raros. Es sólo una estatua de arena con concreto,
traída de la India.
—No creás. Tenés un oráculo en ese Mickey.
Pedile consejos, que yo creo que el alma de Lucas
reencarna en esa vaina.
—No podés ser más payaso. ¿Acaso no sos un
descreído?
—Recordá que es literatura. No hay reglas. A
menos que sea para lectores ñoños, no las hay.
—Ah, entonces fuiste vos quien rayó de rojo al
dios muñeco. Cabrón, esas cosas son de cuidado.
Nosotros estábamos en la reunión del Consejo y,
de repente, todos nos vimos con la cabeza repleta
de manchas rojas. Creímos que era un brote de
erisipela o de un nuevo virus.
Llamamos a Salud y casi nos pitan una
quincena de cuarentena. Asumieron que era una
nueva especie de varicela cuadriculada. Sos el
colmo. Te voy a pedir que, si te metés ácido, no
pasés por acá. En la de menos, nos quemás el
local.
Tengo desde hace años la idea de reformar el
Himno Nacional de Malanga para actualizarlo.
Quiero decírselo a Petra para buscar apoyo,
pero la sensatez hace que me calle. Necesito ir
comprando poder, ganarme su confianza y
142
convencer a todos de que podemos liderar el
cambio.
—Por cierto, supe que le bajaste a Lucifer un
cuadro del gordo Lacayo. No te lo pido de vuelta
porque era grotesco. El de la gallinita de la paz
que se mete pastillas de éxtasis y se ve toda
enferma. Con razón, la portada de Malanga se
me hacía conocida. Definitivamente, Lucas te
conocía bastante: menudo ladrón de gallina que
sos.
Lo siguiente es la aparición de dos tazas y el
termo de café. Esa tarde ando el saco café que
tiene holgados bolsillos, saco un sánguche de
queso con tomate. Se lo muestro a Petra y ella
extrae un cuchillo de la gavetilla izquierda de su
mesa y lo parte.
Acto seguido, comulgamos.
143
IVÁN MANTIENE A RAYA A SUS
PARIENTES
Hemos trabajado como locos esta semana para
lograr que el negocio levante y esté contento don
Fermín. Estamos tratando de convencer a cuanto
vendedor ambulante haya para que se reclute en
la venta de estupefacientes y nosotros les damos
un descuentazo (para dejar por fuera a todos los
competidores).
Y cuando llego a casa, está esa puta carta de mi
tío. Mamá me la pone en la mesa de noche sin
abrirla: no logra perdonar que el hijo de su madre
se quedase con lo mejor de la herencia. Hasta
mala cara pone.
Ellos son seis y pretenden aterrizar en mi casa
donde apenas cabemos mis tatas, mi hermanillo y
yo. Hay un cuartito vacío, pero lo usamos como
bodega. Allí paran las herramientas, los muebles
que se dañan, la antigua licuadora y hasta un
carretón típico al cual se le quebró la barra del
yugo.
Es que los acumuladores no tienen cura, aunque
no tengan plata. Mi familia tiene esa maña
espantosa de no botar ni un tornillo viejo.
“Servirá para algo”, dice papá y se lo guarda en
el bolsillo. Luego aparece en la lavadora porque
145
el ruido lo delata. Entonces mi madre lo saca de
la vestimenta y lo deposita en esa habitación, tan
desordenada como el Big Bang.
A mi tío tenemos años de no verlo. De hecho,
en algún momento se disgustó con mamá y ya no
se comunican. Y ahora pretende, de la nada,
establecer un vínculo. Es irritante.
¿Que el reparto de los bienes de la abuela se
hizo a dedo? Cierto, pero ellos se quedaron con la
finquita, pequeña, pero que es tierra, al fin y al
cabo. Y, ¿qué más valioso que eso?
Se metieron en problemas por querer crecer y el
banco les roba las ganancias, cierto. Uno no
puede tomar decisiones alegremente. Cuando te
acercás demasiado a un vórtice, sobrepasás el
punto de retorno. En ese momento, pedir ayuda
es hundir a los demás.
Yo creo que no voy a contestar esa cartilla. Es
acongojante no poder hacer nada y, sin embargo,
es peor que a todos nos arrastre la crisis. De mi
parte, no existen. En todo caso, siempre he
mantenido una distancia profiláctica.
Para no sentirme tan mala fe, le he contado al
jefe por si podría darles trabajo. Me dijo dos cosas
que, la verdad, son sensatas. La primera, es un
error mayúsculo trabajar con la familia. Es
garantizar un infierno que no cesa. Lo otro, la
146
empresa no tiene estabilidad para reclutar
siquiera un empleado más porque un día todo va
bien y, al otro, la incertidumbre.
Me ha sugerido que les diga que vendan drogas.
Sin embargo, enfatiza que no se las ofrezca yo.
Podrían no pagarme a partir de utilizar la lástima
y el lazo de sangre. Lo mejor es que los remita
con distribuidores de barrio, con el búnker
discreto que queda allí, por la cuesta, detrás de la
capilla, ese sitio que el cura denuncia siempre,
pero permanece intacto. Tiene patente de sala de
masaje y lo es, pero en el sentido más lascivo. Y
eso que la TV los ha denunciado dos veces y dos
veces lo han clausurado.
Durante veinticuatro horas.
Don Fermín anda con la presión altísima porque
parece que su proveedor, alguien que no conozco,
lo llama a cuentas y lo amenaza.
Paga o paga.
Mi jefe debería tomar medidas definitivas.
147
DE CÓMO EL AZAR RESUELVE
PORMENORES
Reiner Pentago pegó la lotería a los treinta años y
cinco años después estaba en la calle. La plata se
esfuma fácil y de eso son testigos sus gastados
zapatos de marca, que le evocan mejores tiempos.
Ahora vive con ciertos ajustes, no paga todas las
cuentas, a veces pide prestado y generalmente se
hace el gato bravo cuando sale a beber con la
barra y le piden que aporte su cuota.
Como si él no hubiese antes pagado una que otra
ronda para todos. Eran los días de la euforia
porque pegar media plana del mayor no le pasa a
cualquiera y podía —si quisiese, pero no—
ponerse un negocio. Mejor seguir con el empleo
modesto de vendedor de planta en un almacén de
línea blanca y salir de fiesta vez perdida. El resto,
aunque no ganase mucho interés, estaba en el
banco en algo que no entendió bien, pero que
denominaban fideicomiso. Eso le balanceaba lo
ganado por lo comido y un poquito más. El resto
lo gastó en cambiar el menaje de casa, poco a
poco.
Entones todo pintaba bien. Un tipo sin
ambiciones tiene suerte y cree que, con una cifra
149
gorda en el banco, ya está hecho. Generalmente
funciona.
Lo que no se ha fijado el señor Pentago, en el
momento mismo de que firma con el banco, es el
nombre del fideicomiso. De hecho, no tiene por
qué fijarse hasta que, transcurridos tres años, va y
verifica que su dinero se ha reducido a la mitad.
La Corporación de Inversiones Te Meto el
Manotazo, S. A. ha hecho múltiples maniobras
con su dinero y siempre ha salido perdiendo. No
toma tiempo don Reiner de investigar a fondo,
pero muchas de estas operaciones han sido con
subsidiarias de TMM, como en adelante
llamaremos a los mañosos captadores.
Asustado por lo que ve venir, trata de protegerse
de la tormenta y de cancelar su compromiso,
vender a otros. No consigue a quién y el banco
mismo le hace saber que ha pactado a diez años y
que antes de eso, nones. Por el contrario, para su
supuesta tranquilidad, el adoctrinado ejecutivo le
aconseja esperar, pues al llegar el vencimiento
final, verá sus frutos.
—¿Adónde hemos escuchado ese cuento antes?
Ah, sí, en determinados países cuando se roban
los fondos de pensiones.
—Te voy a agradecer que no insertes glosas en
el texto que puedan generarme problemas. Vos a
150
todo le querés sacar provecho propio y yo no
quiero peleas con nadie.
Con la mitad de los intereses que percibía antes,
Reiner decide que tiene que tomar medidas, pero
no lo hace. Las intenciones que tienen un costo de
oportunidad —casi todas lo tienen— suelen
postergarse y así que la cosa se va estrechando y,
al final del quinto año, el saldo del ahorrante
apenas alcanza para cubrir las comisiones que
cobra el banco como operador y los manotazos de
la TMM.
Siempre en la luna en cuanto a información y a
conceptos financieros, Pentago sigue acudiendo
puntual a su trabajo, aun cuando ha perdido el
último centavo. Al fin de cuentas, nació obrero y
no le iba a temer al cansancio, un valor de clase
si se quiere mirar con optimismo la acostumbrada
desigualdad que a otros engorda. Lo primero que
hace es vender la pandillera, pues toma
conciencia de que su estilo de vida riñe con lo
ostentoso de su pasatiempo. Pasa un par de fines
de semana encerrado en su casita —la de siempre,
la que fue de sus padres—, pero al tercer sábado
intenta reintegrarse a los paseos colectivos con
una bicimoto. Lo que encuentra es a doscientos
ojos que le miran entre el asombro y la hostilidad
y parecen no reconocerle. Cuando salen con
151
rumbo al puerto, él decide no seguir una comitiva
a la que es evidente que no pertenece más.
152
Es un trago duro moralmente, pero nada más.
Reiner tenía un patio grandecito, con cerca
hecha de latones altos, donde criaba gallinas.
Ningún vecino se quejaba porque procedía con
extrema higiene. A lo más, un gringo drogadicto
llegó a quejarse del canto del gallo en el chat de
la comunidad. Un cabrón que se pegaba fiestones
de licor y coca durante dos semanas consecutivas,
con el equipo a todo volumen se quejaba del ave
madrugadora.
Pentago le hizo el tonto y siguió su rutina.
Tienen más palabra cincuenta gallinas ponedoras
—la mayoría, eficientes— que ese imbécil que
anda en las nubes y que, además, no sabe español
cuando le toca pagar el alquiler. Porque tenía
fama de ser una rata sin trabajo ese maldito.
Hasta para echarse unos pesos encima, le
alcanzaba. El kilo de huevos pasó de dos a cuatro
mil colones en un santiamén, lo cual reparó un
tanto el bolsillo de Penta, apelativo que recibía en
la oficina. Aprovechaba la hora de almuerzo para
atender diversos clientes en su casa, que estaba
apenas a media cuadra de la tienda.
Ahorra bastante. Cuando tiene suficiente, lo
primero que se le ocurre es agendar una cita con
una mujer de la TV que vende un híbrido
mediático de religión y brujería. Cuando por fin
le responden el teléfono, obtiene una cita
presencial en un rincón olvidado de Costa del
Lodo. Para ello, le piden que deposite de
inmediato doscientos mil pesos, cosa que hace sin
renegar, pues está convencido de que toma una
sabia decisión.
A las dos, hora que regresa a su puesto laboral,
ve que lo espera un viejo cliente enfadado y
dispuesto a entrarle a las trompadas. Es el que
vive acá cerca, pero tiene una casa infestada de
ciempiés y otros bichitos. Esto propició que la
cocina se le fundiera pronto y, como no le
cumplieron la garantía, está que trina. Reiner no
lo sabe, pero el viejillo de desordenado bigote
cano anda una macana plegable escondida entre
las mangas de su camisa.
Penta estira la mano para saludarlo cuando
recibe el latigazo seco que le empapa la camisa
de algo caliente y abundante. No ha terminado de
tocar el suelo cuando la andanada de bastonazos
está de nuevo sobre él. La ropa se moja con su
propia sangre y mientras todo se le apaga y el
torbellino del vértigo se traga ese cuerpo
desplomado, sus cuatro compañeros de salón
corren desaforadamente, gritando como loros en
carnaval de patos. (Bueno, no sé si eso alguna vez
153
sucede). Básicamente, pierden los papeles y una
señora que está de visita y es enfermera es la que
pone orden y manda a Luisa Gómez, la hija del
dueño, a conseguir vendajes asépticos y
abundantes.
La señora Gómez regresa con todo un
dispensario donde hay alcohol, desinflamatorios,
merthiolate y demás carajadas hasta para el dolor
de uñas. Reiner aún está K. O. y tiene tremendos
moretones a la altura de la nariz. El hombre
violento ya ha sido doblegado por un par de
compañeros que practican kung fu panda o algo
así, pero que acataron a reventarle la cabeza al
fulano con tremendo botellón de vino (vacío, sin
duda: tontos no son).
Al agresor lo sacan del comercio y lo colocan
sentado, mediante apoyos de papeles
comprimidos y un par de calzas de madera, en el
parque del frente, en el poyo más limpio
disponible, que está opuesto diametralmente al
gran almacén. “Ojalá que haya perdido la
memoria”, piensa doña Luisa al ver, desde lejos,
la estampa.
A Penta lo llevan al hospital donde demora tres
horas en ser atendido. Durante ese lapso,
despierta y se ve tan bruto como siempre, lo cual
alegra a Sergio y a Jazmín, el par de compañeros
de la fuerza de ventas que lo trajeron a urgencias.
154
El salón es frío, como es de ley, pues de algún
modo debe combatirse el hacinamiento, y
mientras lo llaman por el altavoz, la voz de dos o
tres personas que se quejan de lo lindo le hace
creer que está en la puerta del purgatorio,
observación desconsiderada si se toma en cuenta
que una de las voces (que resulta ser la más
molesta) es la propia. Porque él no lo sabe, pero
todavía divaga e imagina que camina sobre
piedras en un estanque de patos que, a pesar de la
calma chicha es un lugar peligroso, pues allí,
después del puentecito hay unas gomas moradas
venenosas que succionan con fuerza todo ser
orgánico que se acerque.
Reiner, pues, tiene miedo de morirse.
No hay tal. A todo chancho gordo le llega su
hora, pero él no está ni siquiera viejo. Desvelado,
nada más. Y estresado como cualquiera que ve
que las famosas crisis del capitalismo que servían
cada veinticinco años para hacer más ricos a los
ricos, ahora tienen temporada anual y cada vez
más fuerte.
“Ah, qué triste morirse”, atina a pensar. No
obstante, el emergenciólogo, acostumbrado a
hacer literalmente de tripas chorizo, es una
eminencia que lo deja como nuevo con
veinticinco puntos. Como nuevo, digo, si
tomamos de paradigma a Chucky o algo así, pero
155
es que no existen los milagros y la cara del
paciente no da para mayores estiramientos sin
hacer antes un recogimiento de orejas y otras
maromas del bisturí. “En todo caso, importa la
vida”, se dice a sí mismo el doctor Gordiano, que
siempre quiso ser especialista en estética, pero le
salían raros los diseños hasta en el ordenador.
La incapacidad de Reiner da para cuatro meses.
La cita con Madame Toussaut, en consecuencia,
se pierde. La señora asegura que tiene los campos
llenos y que le atendería en noviembre, pagando
cita de nuevo. “Has debido venir antes y te
prevengo”, le comenta. “Los astros estaban mal
alineados para vos y no siguen muy bien”.
Penta, al que ahora le duele la cara todos los días
y casi todas las noches, se asusta. Esta vez gira
cuatrocientos mil colones a la doña de los
milagros oscuros a cambio de que le atienda
virtualmente. A duras penas, haciéndose la
difícil, la vedette, la condescendiente, la Toussaut
le da cita para el sábado a las once de la noche.
Jazmín y Sergio le dan una vuelta
quincenalmente para ver si no se ha complicado.
Ella piensa que sería bonito llegar y ver que ha
estirado la pata para revolcar estanterías ajenas.
Al rato y se consigue unos aretes, un relojillo o
un buen juego de ollas, porque las de su casa están
pa’l tigre.
156
Sergio está contento porque vende como nunca.
Es más, se ha reconciliado con el viejo que le
rompió la madre a su amigo y, en señal de buena
fe, le regalo un microondas pequeño. Como
contraparte, el viejo le ha comprado con
sobreprecio —cosa que no sabe— un
superrefrigerador con capacidad para almacenar
dos vacas enteras. Lástima que el motor venga
trasteado y que ni el vendedor lo sepa, porque eso
significa que el comprador reincidente vendrá,
esta vez con chopo, a vengar la estafa.
Sergio, pues, es cajón y archivo el 16 de junio a
las 3 de la tarde, merced a tres agujeros en la jupa.
Vaya puntería de roquito…
Cuando eso ocurre, Reiner aún no ha salido a la
calle con su nueva versión facial. “Lástima —
piensa entre dientes— no podré asegurarme de
que le sellen bien la lápida”.
Ni la menor idea de que el viejo —un
farmacéutico de apellido Pérez— que se fue a pie
media hora antes de que la policía apareciese en
el lugar, lo mantiene apuntado en la lista de los
pendientes.
Esto ocurría hace dos o tres años. ¿Por qué
habría de preocuparle ahora si nunca ha vuelto a
ver al loco peligroso en su camino?
157
RENATO BUSCA COLOCAR EL
PAPEL FRAUDULENTO
—Don Vinicio, me llamo Renato Cárdenas.
Vengo a verle porque sé que usted tiene dinero.
Yo tengo algo que puede interesarle —el hombre
extiende la mano contra el vidrio para saludar a
su visita con un rictus de hombre de negocios.
Ambos están sentados en la sala de visitas,
vidriera de por medio. El visitante se ha puesto un
traje que le encaja mal, pues lo compró usado
para la ocasión y le estruja los hombros.
—¿Ud. cree que yo quiero invertir en algo? Mi
abogado es un idiota y me han metido quince
años. Quiero salir de aquí y matar a ese
miserable...
Puñetazo suavecito contra el mostrador, para
que no lo castiguen. De otra manera, lo dejan
incomunicado quince días y ni visita conyugal ni
putas. Nada.
—Por favor, lea el apunte. Renato acerca al
vidrio un documento escrito en computadora con
los detalles de lo que quiere negociar, pero lo
coloca en un ángulo muy bajo para evitar que
alguna cámara capte el contenido.
159
—Ud. bromea. Eso no existe. El hombre
agudiza su gesto de severidad.
—No, señor. Es una invención del azar
seguramente, pero le aseguro que existe. Lo ha
usado el Gobierno por décadas y así se ha librado
de múltiples compromisos: firma en el papel,
pero un par de días más tarde el documento está
en blanco totalmente. Dicen que el Gobierno —
aquel que llamaron la Granja de Orwell— lo
utilizó a lo loco. Por eso, ninguno fue a chirona.
Todo esto lo dice el exjefe de mantenimiento de
la Compañía Nacional de Papel poniéndose la
mano en la boca como hacen los futbolistas en la
tele para que nadie pueda leerles los labios. Eso
le permite sentirse ingenioso estratega.
—Necesitaré pruebas.
—Mire, mañana vengo a dejarle unas galletas y
le traeré una resma. Ud. puede empezar a escribir
sus memorias allí y si yo miento, hará plata si las
publica. De otra forma, perderá lo escrito.
Verifique el papel cada dos días y verá.
—¿De cuánto hablamos?
—De toneladas, creo que de 17.
—Ah, son más que las de Alberto Vázquez.
160
Renato no capta de qué le hablan. Intercede
Vinicio:
—Una gran voz, un cantante olvidado. Hizo una
versión al español de 16 toneladas. Tómelo como
un chiste.
—Está bien, pero no entendí. La cosa es que
quiero veinte millones...
—Ah, es barato.
—De dólares, hombre.
—Le falta colmillo a usted.
—¿A qué se refiere? —empieza a
desconcertarse el visitante.
—No imagino a nadie que venga con una
propuesta así para ponérsela en mano a un
presidiario. Todo lo que yo he ahorrado de mis
trabajillos no llega al millón de dólares. Si tuviese
diez, me hubiese ido a otro paraíso fiscal.
Vanuatu, por ejemplo. Entiendo que la Granja de
Orwell hizo un tratado de amistad con ellos.
—Mire, yo estoy apurado. Reúna ese millón y
me llama. Eso sí, la logística le toca a usted. Y lo
demás ya lo adivina: billetes de baja
denominación y sin marcar. Nada de que el patito
Donald lo dibujó por diversión cualquier ignoto.
He estado leyendo novelillas policíacas para no
161
tener problemas a futuro. Yo voy a depositar la
mercadería en algún edificio abandonado y usted
manda por ella. Vea que en la calle dicen que el
call center de las estafas opera desde acá y que ha
sido idea suya. Si alguien lo canta, lo mandan a
seguridad máxima… y chao, la luz.
—Veré qué puedo hacer —dice Vinicio
levantándose—. Es mejor que se cuide. Ud. es un
novato y nos puede hundir por baboso. —Y da la
espalda.
Renato, apresurado, recoge sus hojitas y se
queda viendo al viejillo marcharse. Tiene la
impresión de estar tratando con alguien peligroso,
de esos psicópatas que suelen pasar como
palomas.
162
CAMBIOS DE ÚLTIMA HORA
Antes de seguir con la trama, me toca repensar y
reformar. Esos hermanos Muñoz Salas son
salvajes, pero son causa perdida. No se me
ocurre qué puedo hacer con ellos si ya fueron a
juicio y los sentenciaron a 18 años a la sombra,
cada uno. Ni las valoraciones siquiátricas
alcanzaron para excusar la barbarie del crimen
de su abuelo.
No voy a sacar permisos para escribir en una
jaula, mientras todo apesta a hierba, a orina, a
necesidad. Suena perverso.
Ocurre que todas las ciudades tienen pandillas,
asaltantes, mendigos, drogos y demás. Para mí,
son un nexo curioso porque se enteran de la vida
de los otros bastante más allá de lo que creemos.
Un día que no estaba en casa, pasó uno de estos
sujetos —lo hace semanalmente— a recoger una
bolsita de víveres que regularmente le doy para
que se ayude. Dice mi esposa que, al preguntar
por mí, dijo mi nombre con claridad. Yo no suelo
conversar con ellos. Abro el portón, estiro el
brazo con la bolsa de ayuda y tan pronto la toma,
cierro de nuevo. Es curioso, porque parece que
los dos o tres que pasan cada semana saben
quién soy y tocan:
163
—¿Está Vivas?
Eso me preocupa ligeramente. Por ejemplo, no
voy al parque de mi comunidad o a sus
inmediaciones porque los guachimanes corren
tras de uno para pedirle dinero, a pesar de no
saber si va a estacionar por allí. Entonces, me
comporto como un salvaje y mi respuesta es
hastiada, hostil.
Me he dado cuenta luego de revisar papeles de
que otra banda de pillos que participó en otra
novela mía anda desempleada. Les contacté, pero
aseguran que nunca les liquidé el saldo de ese
librito.
Y no pienso hacerlo.
Así que me voy a la zona roja y, a puro casting
y galletas de soda, convoco a, más o menos,
cincuenta sujetos. La mayoría se ve pordiosera:
no puede ser de otra forma, si los ha destruido la
droga y la intemperie.
La diferencia la hace un grupo de cuatro
idiotas, cuyo temperamento no tengo claro. Se
comportan como los jóvenes católicos en lugares
públicos: total parsimonia. Sin embargo, las
cicatrices de brazos y rostros me permiten notar
que son unos duros y bastante alejados de la
moral.
164
Me reúno con ellos, les pongo condiciones y los
maquillo un poco. No les cuadra nada que los
convierta en cuatreros, pero los tranquilizo con
un cuento chino:
—Nadie llega al estrellato desde la nada. Hay
que empezar desde cero.
Al final, el día que arrancaríamos el texto, no
llegaron. Otros sicarios los dejaron fríos en un
callejón por razones territoriales.
Hastiado, archivé la escritura varios días.
Ha sido la tarde del sábado pasado que me ha
llamado la pandilla de El Turco, —ya sin él, está
muerto— y me dice:
—Sabemos que usted puede hacer dinero. Si
nos paga la mitad de la deuda, trabajaremos en
esta novela.
Respondo afirmativamente y saco del salveque
un viejo juego de Monopoly. Cuento seis mil
pesos y me los embolso en la camisa.
Esa noche nos encontramos en la Plaza de las
Semillas Yermas, lugar donde todos recuerdan el
linchamiento de Porky.
Han levantado como homenaje una escultura
de bronce: una plana de lotería, un entero de dos
metros de largo.
165
—Queremos enormes letras en la marquesina
—dice el líder.
Me resisto a desengañarlos y no les cuento que
es un libro. Un puta libro, nada más.
Desde entonces no duermen, pensando en
debutar.
166
CAMINANDO POR LAS CALLES
DE MALANGA
—Desde el mostrador, vi que el viejo se asomaba
desde la orilla de la azotea. Yo sabía que era el
dueño de todo y supuse que estaba evaluando
vender el edificio o hacerle mejoras de seguridad.
Y como ya se acercaba la hora del café, fui a
encender la plantilla del gas porque los
comensales siempre llegan en tropel. Unas
cuantas hamburguesas, empanadas y bebidas
significan algo así como mi hora pico en el
negocio.
Durante el día tengo otra: la del almuerzo. Igual
vienen en manada y hasta se empujan. Alguna
vez se va uno de ellos sin pagar y, si lo detecto,
lo quemo con los demás. Si no viene a pagarme
en tres días, que ni vuelva.
En cambio, a la hora de la salida, nada pasa. A
pesar de que tengo el chinamo enfrente de la
parada de buses, los clientes pican poco. El afán
por alcanzar el colectivo —para no tener que
esperar media hora— en una zona que se vuelve
solitaria espanta a todo el mundo.
Por eso, cierro a las cinco.
167
Le decía, yo lo vi allí y no pensé que estuviese
predispuesto. De otra forma, le hubiese lanzado
una señal, un saludo tocando la visera con la
punta del índice, algo que pudiese demorar las
cosas. Por el contrario, me distraje viendo a una
conserje del cuarto piso que se apercollaba con un
gordo de camisa azul: me parece que es un
contador.
¿Qué más le digo? Ya sabe los riesgos de
trabajar con gas. Hace unos años, a un par de
kilómetros de aquí, una fuga de gas en una soda
chica acabo con media cuadra. Es que en los
espacios cerrados se concentra y el cachimbazo
es terrible. ¿Lo recuerda? Murieron dos mujeres.
Usted no es del barrio, ¿verdad? ¿Qué anda
haciendo por acá? ¿No le parece peligroso
escarbar recuerdos de hechos oscuros?
Porque nunca se supo qué pasó, sépalo. Se regó
el rumor de una plata perdida en inversiones de
bolsa, pero yo tengo dudas.
Bastantes.
Mire: nunca vino la Judicial a realizar las
inspecciones. Yo, que estoy aquí todo el horario
de oficina y un tanto más, sé que no pasó nada.
De hecho, hay gente que viene —de noche, sobre
todo— a llevarse, a poquitos, cosas que el hombre
168
acaparaba. Porque vendía de todo: maquinaria,
herramienta, peluches, suministros de oficina.
Tal vez, sólo tal vez, droga. Dígame, si no,
¿cómo se financia un edificio urbano de catorce
pisos para una sola compañía. Han de ser 170000
metros cuadrados, cuando menos.
Yo no voy porque eso me da miedo. Uno no
sabe si está por darse una batalla de territorios o
qué es lo que hace que ese lugar no esté en pugna
en alguna sucesión. Hasta le pagué a un
jovencillo abogado para que hiciese el estudio
registral y me trajo que la propiedad sigue limpia
y a nombre del difunto.
Y el pendejo no tuvo hijos. Los tatas están
encerrados en un manicomio de Carolina del
Norte porque el difunto los mandó encerrar para
arrancarles el patrimonio. Nada de asombrarse:
ya sabemos que esas familias funcionan así.
Bueno, y usted ¿de dónde ha salido? ¿Por qué
anda con anteojos oscuros y gabardina a pleno
sol? ¿Por qué en estas épocas se deja la barba si
es mal visto? Sólo los comunistas usan eso.
—Nada, se me ha ocurrido escribir una novela
y decidí meterme en ella. Ando falto de
orientación.
—Repita eso.
169
—Mire, Castillo. Yo estoy escribiendo esta
carambada y me metí a ver qué averiguaba desde
adentro. Hasta datos suyos tengo: divorciado,
cuatro nenes, dos en el primer matrimonio y dos
por fuera. Tiene una moto Vespa de 125 c. c. que
funciona a la perfección y fuma mecha, pero los
viernes. Sólo los viernes.
Veo que el hombre se agacha un segundo y saca
del mostrador un chopo. Me apunta.
—Mire, no sé qué hace aquí, pero ha cruzado la
raya. No vuelva por este barrio o lo tiro. Váyase.
No me ha dado chance de hacerle entender que
él es un capricho mío, al cual cedo libertades
temporales. Si fuese mi enemigo, lo puedo
desgraciar y hasta desaparecer. Sin embargo, soy
un vago incorregible y si me meto en la novela es
porque quiero que otros hagan mi trabajo. Los
personajes cuentan algo que yo no sé ni quiero
confirmar. Lo que hacen es afianzar la trama al
dar solvencia a los hechos o ventilar las
contradicciones y eso está bien.
Y para mí, es facilísimo. Un día estaba mirando
los deportes de un canal de fútbol y me quedé a
ver las entrevistas. El periodista se acerca a las
estrellas de la noche y les pone el micrófono. Un
astro, aún abrumado por sus dos goles y por la
victoria, dirá exactamente las mismas frases que
170
sus pares han proferido en otras fechas. Ni las
cito, ya sabemos cuáles.
Corresponderá al periodista editarlas para
meterle malicia y bronca a palabras que flotan en
la ingenua frivolidad de los semidioses. Entonces,
al día siguiente y, acaso, un par más, los
programas deportivos sacarán roncha debatiendo
sobre las declaraciones incendiarias de Fito
Muñoz, la estrella, o las respuestas de Gámez, el
defensa. Y los colegas de prensa terminarán por
agitar el avispero recordando que hace dos años,
el ariete le quebró el tobillo al central y que hay
inquina desde entonces.
Eso pasa también con el narrador y la novela,
pero nunca tan bajo, no.
171
CONVIENE BUSCAR NUEVOS
AIRES
—Hola, Brenda. ¿Cómo vas? Te traigo otro
montón de monedas de quinientos. Cuando visito
a mi abuelito, me regala bolsas llenas y
últimamente voy mucho a su casa. Mi abuela está
enfermilla.
—Quiúbo, Jacky. ¿Ya las contaste?
—Doscientas veintiocho exactas. No quiero
efectivo. Las usaré para el pago de los servicios
públicos.
—De acuerdo. ¡Cómo te va con Andrés?
—Nada nuevo. Pienso darle un par de meses
para que se decida. Y si no, le aprieto las bolas.
—Ayer estuvo aquí en lo de la plataforma de
servicios. Supe que piensa sacar un carro nuevo.
—Ah, anda con plata ese tacaño. Le pedí
llevarme al teatro y me dijo que esperara, que
tenía que cubrir la colegiatura de los carajillos.
—Así son los hombres. Es jodido andar con un
casado porque no apoyan si uno no les pide.
—Yo siempre le pido regalillos. Lo que hago es
llevarlo al mall y, ya allí, le coqueteo. Y si no me
173
da bola, me enojo y me pongo en plan de armar
una escena. Si no fuese porque su familia tiene
plata, lo mando a volar. Bueno, si me saliera uno
mejor.
—¿Hoy no trabajás? — pregunta Brenda.
—Me quedaban unos días sueltos de vacaciones
y los tomé —responde la mujer que, de repente,
se siente asediada por preguntas que en otra
agencia nadie le haría. No quiere comentar que la
ha despedido el presidente de la compañía por
meterse con su sobrino a jugar manitas calientes.
Recibe el comprobante de depósito, una sonrisa
de rigor y media vuelta.
Tendrá que buscar otras sucursales en los
barrios del sur, donde las cajeras, aunque sean
igual de chismosas, nunca meterán conversa
sobre intimidades a una desconocida.
174
AGENTE CAMPOS, HIPO
CAMPOS
—Aunque acá ha llovido un montón, este espacio
está seco. Eso indica que se acaban de ir. Voy a
sacarle foto.
Me asombra la tenacidad de Gilberto, mi
teniente de Inspecciones de Homicidios. El sujeto
es diplomado en criminalística, de una de esas
universidades que siempre están inventado
carreras cortas para ganar mercado. Y para
parecerse a los personajes de la tele, siempre anda
una melcocha, de las largas, entre los dientes.
¿Qué pensará hacer con esa foto? El crimen no
ha sido acá, sino adentro, en el súper. Un cadáver
en el congelador de las carnes y empacado en
plástico. Una señora de edad avanzada y casi
ciega lo ha percibido como un pavo gigante y ha
pretendido llevárselo. Pide ayuda a los
misceláneos y ellos le hacen ver su error. Es un
hombre enano, como de cincuenta años, de pelo
largo, con anillos de oro en cada dedo de su mano
izquierda. Menos en el pulgar que, curiosamente,
le faltaba.
Al ver al sujeto tan feo, envuelto en un pijama
rosa y enrollado en celofán, la señora Arantxa de
la Cataratas decide declinar la compra.
175
Que un centro comercial tenga huellas es
natural. Por eso, venir al parqueo para detectar
que alguien recién se ha ido me parece
estrambótico. Acá, cada minuto alguien entra y
otro sale. Y que yo sepa, nuestra oficina no cuenta
con bases de datos sobre el tamaño de los coches
y poder así reducir la muestra a determinadas
marcas.
176
Pero, en fin.
Se me ocurre que los que deambulan por acá,
deben saber algo. La señora que pide dinero a la
salida del parqueo dice no saber nada. Le insisto
y afirma que a ella no le interesa la vida ajena.
Saco un billete de cinco mil pesos y parece
cambiar de actitud.
Pero en el momento mismo, recuerdo que la
oficina no va a reponerme lo que gaste. Retiro el
billete, lo introduzco en mi bolsillo y la mujer se
enoja. Me suelta algunos piropos donde el más
inocente es “pendejo”. La mando, en voz baja, al
demonio. Uno, con insignias oficiales, está
obligado a cerrar el pico.
Me quedo desorientado y por un par de minutos
me pregunto qué harían los policías de la tele.
Veo una mancha de salsa de tomate en una
columna, adjunta al lugar donde mi superior tomó
la imagen del espacio seco. La señalo para que él
la mire y no capta. Entonces le explico: “Estaba
en el congelador de las carnes y esto es salsa. Un
complemento”.
Dios mío. Me ha puteado por estúpido… que
“quién putas va a estar pensando en salsitas” a la
hora de esconder un cadáver. No respondo. Al
menos, yo soy incapaz de comer macarrones si no
hay salsa. ¿Cómo saber que no querían llevarse a
las brasas al pitufo helado?
Yo no bromeaba cuando di esa pista. Algo en
mi intuición me hizo ver con malicia la mácula.
Parecía intencionada, perfecta. Un círculo de no
menos de veinte centímetros de diámetro.
Yo diría que una pizza mediana, ¿no?
Vale decir que el cadáver fue identificado como
Regis Azuela Porte. Es un tipo conocido en las
comisarías por robar pollos de las granjas
domésticas. Complementa su oficio con un
localito, ubicado allá por las paradas de buses de
Terraca Sur, zona de clima caliente. A los
pasantes vende el pollo que hurta por las noches,
en los barrios de la periferia.
Dicen que trabajó para el exdiputado
Pocalengua, pero cómo saberlo si Poli se reventó
la cabeza, por bruto, con la hélice del helicóptero
particular hace veinte años. Recuerdo que le
indujeron el coma para que no sufriera.
177
Entretanto, doña Noemi reforzaba el fuerte
vínculo con su amiga incondicional que era
periodista.
Yo le saqué foto a la salsa de pizza, pero no le
dije al teniente. Incluso fotografié pequeños
trozos de pepinillos, por si me quieren decir algo.
No imagino qué, pero así funcionan las series
policiales: un poli, mediocre como yo, que de
repente se da de bruces con un secreto que le
estalla en las narices.
La verdad, soy nuevo, tres semanas apenas, y
nunca he visto que funcione. Lo que pasa es que
uno tiene que aprender de sus héroes. O imitarlos,
para no quedar como un idiota desorientado.
Encontramos en los desagües unas cuentas de
madera. Hablo en plural, porque en el equipo
somos siete. La oficial Stroza, que es muy devota,
afirma que son cuentas de rosario. Yo veo nueve
nada más y tomo apunte. No tengo idea de
cuántas deberían ser, pero parecen faltar piezas.
Como digo, creo que todos estamos en la luna.
No es muy esperanzador ver que nuestro jefe
habla con el gerente del supermercado sobre el
hallazgo de un espacio de parqueo donde no ha
caído la lluvia. Sobre todo cuando don Máximo
explica que ha llovido con viento y que los toldos
178
del restaurante del lado protegieron esos escasos
metros cuadrados de los aguaceros de la mañana.
—Debería darse una vuelta este sábado.
Digamos a las cuatro de la tarde —aconseja al
teniente.
—¿Por qué, sospecha de algo? —la ingenuidad
en la boca del nunca posible capitán.
—Verá. Los sábados por la mañana ponemos
toldos gigantes para que las señoras vengan a
hacer zumba. Eso nos hace vender el doble. De
paso, si Ud. se viene a la tarde, verá un tremendo
espacio seco y podrá extender su área de
investigación.
El teniente Gilberto Tirones se hace el no
ofendido. Sabe que el viejo tiene amistad con el
jefe de la delegación, la suficiente para hacer que
le metan una suspensión. Traga así flemón de la
cólera, pero disimula bastante bien.
—No, en serio. Me preocupa lo de ese cadáver.
¿Cómo pudo llegar hasta las cámaras frías?
—No tengo idea. Fíjese que los monitores
estaban en mantenimiento desde ayer y hoy se
encendieron a las nueve.
—¿Sabe qué? No salga de la ciudad. Puede que
Ud. sepa algo y no se percate aún de ello.
179
Me gustó ese desplante del teniente, pura tele de
las ocho p. m.
Máximo se harta de la brillantez del cuerpo de
detectives más célebre de Malanga y se regresa
por donde vino. Nosotros no le seguimos la
huella porque esta novela tiene corto
presupuesto. Un puta personaje más y nos
cancelan. En el camino, vemos a dos o tres
conserjes afanadas en secar los corredores, pues
la gente nunca toma tiempo para pisar las
alfombras. En consecuencia, barriales y exceso
de trabajo.
Dado que tengo nada que hacer me posesiono
del alma de Hipo Campos, el novato poli.
—Ud. es Campos. He oído que algunos de sus
compañeros le dicen así —me lo dice una señora
gruesa y canosa, que pasa de los cincuenta y que
puede ser la supervisora de la tropa de limpieza.
—Hipólito Campos, como mi padre —le digo,
remedando un profesionalismo que no me calza.
—Bueno. Mire, Campitos. Pasan cosas curiosas
acá. El mantenimiento de los equipos de cómputo
viene así hace rato. No es que estén malos, no. Es
que el jefe es tacaño y siempre apaga la mitad de
180
los equipos para no gastar en el recibo de luz. Lo
mismo hace con las cámaras de frío. Se apagan
cada tercer día por doce horas. Luego la gente se
queja porque come carne y se les jode la panza.
¡Cómo no va a pasar si consumen comida
podrida?
Siento que aquí nace otra línea de investigación,
pero estoy patinando, ¿cuál? Y si don Máximo
Peralta pertenece a una secta o es un émulo del
Hannibal de El Silencio de los Inocentes… Si
sencillamente, el difunto de metro veintidós (ya
lo midieron y no sé para qué si estaba rígido y
nunca pudieron estirarlo) es un empleado sin
planilla que quedó atrapado en los congeladores
o murió por un patatús y ni se dieron cuenta…
¿No es todo ello posible?
Ahora que lo pienso, no comeré carne durante
varios años. Ver a ese cabrón frío, lleno de
escarcha y apenas amoratándose, le quita el
hambre a cualquiera. Yo consumo confites de
menta a lo loco para que se me quite el mal sabor
de boca.
Estoy divagando en estas naderías cuando mi
jefe viene a buscarme. Está con sangre en los ojos
por las burlas del gerente del súper. Me dice que
está seguro de que el viejo sabe algo. Le pregunto,
e igual que yo, no sabe qué.
181
Espero que no sea contagioso. A veces, creo que
ser policía no es lo mío. Me parece tonto el tratar
lo de las pruebas circunstanciales como si nunca
se contaminaran. Ese rollo de causa y efecto tiene
tantos matices y nosotros, en ese juego, somos
propicios a la ceguera. Será que disfrazamos de
lógica los juicios de valor, como tantas veces
hacemos en la vida diaria.
Pero veamos. Regis Azuela, metro veintidós,
comerciante y ladrón de pollos en las barriadas.
Si este hombre tuvo éxito, posiblemente le jodería
el negocio al Todo por Nada, esta megatienda.
Me parece que ahí anda un motivo. Casi que
descartamos que el ejecutor pueda ser un
empleado de acá, pues es de esperar que Máximo
Peralta tuviese mapeado a Regis como una
amenaza, pero no iba el hombre a usar a sus
empleados contra el tipo si después podrían
extorsionarlo.
Ahora, ¿quién nos garantiza que haya llovido
con viento? Según yo, en la zona seca cabe un
camión de reparto de congelados. El cuerpo pudo
ser sembrado, pero la negligencia de Máximo nos
corta la línea. Vaya a saber uno si lo hace adrede
o es que no quiere que la escenografía policial
espante a los clientes.
Recién me entero de que apenas sacaron el
cuerpo del enano, hicieron lavar las cámaras y
182
volvieron a cargarla de pavos y embutidos. Es
decir, nos quedamos sin escena, pues la
contaminaron a lo bruto. Ahora nadie quiere decir
quién fue, pero mi olfato sabueso apunta a
Máximo, cada vez con más fuerza.
La verdad, no creo ni una palabra de lo que
digo, pero es que he estado pensando. Al señor
Tirones no le caigo bien. Ya estuve averiguando
y lo normal es nunca resolver los casos. Digamos
que, para no perder la costumbre, dos o cuatro por
año, de los más fáciles.
Por ejemplo, el extravío de las bolas de fútbol
de la escuela secundaria. Pasamos toda la mañana
haciendo pesquisas y nadie supo nada. Nos
metimos a una bodega, abandonada y sin luz, bajo
la gradería y allí encontramos cincuenta balones
casi nuevos y como cincuenta ratas.
Los profesores de deportes y los conserjes
evitaban entrar allí por el miedo. Ellos sabían que
el lugar estaba lleno de roedores. Habían olvidado
que, al fin del ciclo lectivo anterior, las habían
guardado allí. Casos así ayudan a que cada cierto
tiempo nos incrementen el presupuesto, pues la
fama del escuadrón crece.
Supongo que antes de que llegue la hora de
cambiar de turno, me harán escribir el reporte.
183
No tengo mucho que decir. Se me ocurre que
pondré:
“Enano encontrado congelado y crudo en la
sección de fiambres y embutidos, no cumple
reglas de empaque. Pistas bastantes
desordenadas y escena contaminada: pollos
huelen pasados. Hay sospechas del señor gerente
del almacén, fundamentadas en su trato vertical
y mala leche hacia este escuadrón policial de
explosiva inteligencia, que siempre acata la
brillantez de su líder, el teniente Tirones.”
Claro, es provisional. Luego, habrá que
agregarle folios diarios, aunque sea de
comentarios. Hay que justificar el trabajo.
Ayer fue martes, día cabrón con el caso del
enano pavonizado. Yo me porto absolutamente
chupamedias para proteger mi trabajo y hoy me
llama el capitán. Pensé que quería halagarme,
pero no. Me ha dado nuevas órdenes. Sí, órdenes
que no puedo rechazar.
Cuando llego al Todo por Nada falta una hora
para que abran, pero ya anda allí la gente de
limpieza y la de mantenimiento. Muy amables
todos, me dejan pasar y me enseñan un cuarto
donde puedo cambiarme.
184
La vestimenta es dura, cartones cilíndricos que
cuesta manejar. Apenas hay un par de pestañas
para que pase el aire y el sonido. Me toca estar
alerta junto al espacio de ayer. Como una
columna más. El acabado es consecuente con la
mampostería del lugar, escarapelada por la
humedad y el paso de los años. Lo único que me
queda para evitar el sofoco y la oscuridad, la
fatiga de permanecer desde las nueve y hasta las
siete, en posición de estatua, es cantar suavecito,
pero al ratito estoy roncando.
Se supone que no me delate ante el público.
Llevo una pequeña grabadora de periodista,
adherida al cinturón. Cuando crea que algo pasa
importante, debo activarla. Eso serviría para
sentar criterios y perfilar la gente que esté
involucrada.
Uno no desacata órdenes sencillamente porque
le parezcan erradas, entiéndanlo. Puede que lo
que cuente no tenga pies ni cabeza, pero es mi
empleo.
Ya verán que eso de infiltrarme como poste es
probablemente un merecimiento, un premio por
mi disposición al disparate y, sobre todo, por
plegarme a las estupideces de la jerarquía.
Cuando yo era niño, mi abuelo decía que en la
función pública se necesitaba voluntad de
185
servicio. Años más tarde, cuando saqué la cédula
corrigió lo dicho: “debés ser lamebotas”,
sentenció y me sonrió forzadamente.
Tal vez deba decirle al teniente que también las
pizzas compiten con las carnes congeladas. Allí
hay otra línea de investigación, creo. Alguien
quiere sacarse del camino a dos rivales a la vez:
asfixia al enano y desprestigia al supermercado.
Todas esas rarezas se me cruzan por la mente e
imagino que llego a jefe de las fuerzas policiales.
Aunque lo más sensato y barato sería admitir que
estas tiendas tienen tratos con varias mafias. La
china y la rusa, por ejemplo. El cadáver entre las
viandas es la consecuencia.
¿Qué tal?
No me van a decir que una porquería de
argumento así no alcanza el nivel de las series
baratas norteamericanas. Porque lo importante es
demostrar que nadie escapa a la ley, dogma que
sostiene al sistema.
Todos sabemos que la realidad no empata con
el cuento.
186
LA REBELIÓN DE LOS EXTRAS
Esa noche había fútbol y nos acostamos tarde.
Cuando el estadio abre, cobramos diez mil pesos
por cada carro que cuidamos. Todo fluye según
lo esperado y nos alcanza el dinero para muchas
piedras. Al día siguiente, buscamos a Bobby para
comprar al mayoreo.
Yo no pude dormir a gusto porque una rata
andaba en el lote. Varias veces la miré rondando
por mi salveque.
—Felo, ¿estás ahí?
—¿Qué querés? Ya es tarde. Cómo hagás ruido
y despertés a la luna, se nos viene encima el
baldazo.
Es que Felo cree cada cosa.
—Ya en serio, ¿vos estás conforme con lo que
sos?
—¿A qué te referís?— susurra Felo, pero no
porque moleste a la luna, sino porque su mujer
ronca como un caballo.
—Al papel que nos dieron. Yo quería brillar, ser
una estrella, un mae duro, aunque fuese ilegal.
187
—Pues nos pagan por esto, ¿no? Y saldremos
en la tele o en el cine. Lo raro es que no veo las
cámaras por ninguna parte.
—Es que ese chavalo es un capo. Todo lo filma
con toma única y para que nadie se altere, oculta
los equipos bajo tierra o en la terraza de los
edificios. Es posible que esté usando
nanotecnología. De eso, nosotros nada sabemos
—afirma Gato Negro.
—¿Vos viste La trama del camaleón? Se
supone que estamos en los créditos.
—No pude verla. Me parece que nunca llegó a
los cines de Malanga. Será que pasa por cable o
por streaming.
—Pues así la fama nos va a pasar de largo.
—A eso iba. Estos papeles no me gustan.
Nosotros éramos la banda de El Turco y ahora
salimos de guachimanes. Aquellos dos ni nombre
tienen. Ese Vivas es un fraude; nos prometió el
cielo y dormimos en el suelo.
—Y, ¿qué hacemos? Pues retomar nuestro rol.
Hacemos abandono de trabajo en el estadio y
ponemos chinamo aparte. Los cuatro volvemos a
las andadas y en un edificio de oficinas, ponemos
Sicarios por Contrato, S. A. Recordá que en
188
Malanga todo se vale y negocio es negocio. Ya
habíamos hablado de eso alguna vez.
—No lo recuerdo…Y la plata, ¿de dónde la
sacamos?
—Trabajamos, qué más. Podemos ir a Valle
Muerto a cuatrerear durante unos meses. Cuando
tengamos la plata, vestiremos de traje como el
mae al que desmayaron hoy.
—Tenés razón. ¿Viste? Ese mae le dejo ir la
mano en seco a nuestro compa y le rompió la
nariz. Ni seguridad laboral ni chopo tenemos. Lo
que hay que hacer es que, cuando volvamos, nos
moveremos en estas mismas calles, pues es aquí
donde esconden las cámaras. De que salimos en
la cinta, salimos. Hasta me voy a conseguir gafas
negras.
—De acuerdo. Mañana temprano hablamos con
los dos restantes y nos ponemos a trabajar.
Podemos tomar el bus de la una, dormir un poco
y, de madrugada, nos vamos a destazar pollos,
reses, chupacabras… lo que se ponga en el
camino.
Imaginá que regresa la banda. Y esta vez lo
hacemos en grande: a consolidarnos.
—Hecho. Pasáme el chupe para un traguito.
189
EL NARRADOR PROCEDE CON
BUENAS INTENCIONES
Llegué a las tres a Comas Negras y no quise
entrar en la oficina porque sé que no estaba Petra:
a esa hora, toma café. Me dirigí al comedor,
donde unos cuatro operarios merendaban y allá,
en la mesa del fondo, la azulita, decorada con
listelos con retratos de escritores, Petra se
escondía tras la convulsa nube de humo de un
puro cubano.
—Traje pan — y dejé caer la bolsa en la mesa
con la no sutileza de siempre. Todo lo que cae en
mis manos, lo suelo soltar de repente.
—¿Por qué la violencia?
—Nada. Es mi nerviosismo natural. Si no lo
lanzo sobre la mesa, seguro se me cae de las
manos. Me pasa mucho.
—Ya.
—Y, ¿en qué andás?
—Hago tiempo. Necesito repensar una torta,
pero si la deshago, la novela se fractura.
—No me vas a parar el tiraje.
191
—No, no. Es con la tercera novela. De la
segunda, estoy conforme. ¿Recordás, en La
trama…, el libro anterior, un enano?
—¿A qué viene eso? Me leí pedazos, no
recuerdo…
—Bueno, ese personaje tenía potencial, pero
decidí no usarlo más para que no me acusaran de
discriminarlo. Entonces, opté por matarlo. Ya
estaba viejo: entre el tiempo narrativo de uno y
otro libro hay unos treinta años, aunque elástico
como todo en Malanga, donde los años duran
cuatro días y los meses, tres años. A veces, me
venían bocetos en el cráneo para meterlo a
trabajar de cafisho, de maestro de ceremonias de
circo, de abogado penalista que se trepa a una
escalera móvil para hablarle de frente al señor
juez.
No puedo conmigo. Imagen que me cruza ante
los ojos se me vuelve mofa. Luego llega esa gente
progre a casa y me matan los perros.
—Sos una bestia, ¿te protegés de discriminar
matando al otro? La cagaste.
—No me di cuenta, lo juro. Ha sido mucho
después que tu empleado, de la Luz Chueca, me
lo hizo notar, pero he avanzado mucho ya.
192
—No te preocupés, no desentona con el mundo.
La discriminación tiene su contraparte que es la
corrección política: ambas son aberrantes e
hipócritas. Deja que salte Petra con calentura que,
si es el caso, te defiendo yo.
—Es que tengo sentido de culpa o algo así.
—Andá a confesarte.
—No puedo. Se enojarían muchos conmigo.
Soy ateo.
—Entonces decíle a Salomón que digo yo, que
escriba un par de páginas confesando por vos. Un
ghostwriter debe escribir lo que debe escribir.
—¿No decías que no es tu empleado?
—No me salgás con moralismos. Están buenos
los rollos de canela —dice y desencaja la
mandíbula para meterle el segundo ñangazo a un
bollo grande y doradito.
Las migas caen sobre la boca de los nobeles
estampados en lo azuloso de la mesa.
193
3. EL APURO NUNCA DA
BUENOS CONSEJOS O
QUÉ PASA CUANDO SE
QUEMA EL CPU DEL
ESCRITOR
PETRA SE SIENTA A REPENSAR
SOBRE EL CAMINO
La verdad, le he dicho a Vivas que haga uno de
sus trucos: la inflexión temática. Si esta novela
pretende hablar de economía, se va a perder.
Nadie quiere leer teorías de la inflación como la
teoría cuantitativa del dinero o los efectos
desmesurados de las campañas del miedo que
disparan el consumo y, lógicamente, inciden en
las alzas de precio.
Hemos estado charlando en el interior del
consejo editorial y creemos que, sin ser lo peor de
la tierra, podemos mejorar la obra de ese
majadero. Estamos buscando pesos para ponerle
un supuesto corrector de estilo, pero facultado a
meterle mano al texto. Lo haremos cuando ya
haya aprobado los borradores mediante una
simple sustitución de algunos capítulos. De
manera que, si este señor no entra en razón, la
gente no va a sufrir por sus obsesiones porque
estarán diluidas por allí: conservaremos sus
malos chistes, su tendencia a buscar los límites
del fracaso, pero nada más.
Y es que ya vimos que una de sus intenciones
fue hacer que La trama se vendiese en paquete
197
junto con una edición pirata del Samuelson.
“Nosotros nunca entraremos en aguas
pantanosas”, le he dicho. Su respuesta fue
cabreada:
—Y la edición pirata que anda de mi novela,
¿quién la hizo?
Tuve que sentarme un rato con él en la cocina
para hacerle ver que esa edición no era nuestra.
Revisamos las bodegas para verificar la
normalidad de todo: ningún título era pirata. Los
inventarios ordenados y cada obra con sus fichas
de ingreso y salida reposando sobre los racks,
donde permanecen.
Y de paso, lo mismo: empezó a hablar mierda
sobre los mercados paralelos y cómo quiebran la
industria legalizada las operaciones informales.
De cómo la apatía del Estado ante estas carajadas
genera zozobra y fracaso, tal era el ejemplo de los
uberistas contra los taxis rojos.
—¿Sabés para que sirve la guerra? Para
manipular mercados, para inducir escasez y
maximizar la especulación en los mercados
financieros. Son robos programados —me dice.
—Vos ponés eso en la novela y hago arrancar el
cuadernillo. Andá a pontificar al templo, pendejo.
198
Este tipo de rollos apocalípticos sobre el mundo
de hoy son las que urge hacer minimizar en la
novela. Yo sé que a Vivas lo obsesionan otras
vainas: el tema de los roles, de la identidad, del
destino, de la libertad, la sacralidad y la mentira,
junto a un número desmesurado de ideas
caprichosas.
Estuve reunida con tres tipos que quieren el
trabajo de negro literario, pero voy a ver cuál
cobra menos. Se me ocurre que, incluso, lo que
debe hacer no es escribir, sino revolcar el cesto de
la basura del ático de Vivas, así le llama a una
casita mal hecha sobre un palo de mango
centenario, y trocar o insertar fragmentos que
hagan de este texto algo más polisémico.
Porque la literatura también puede ser una
tienda de turco, donde, escarbando bajo el tarro
de los granos, te encontrás una alfombra mágica.
Que jamás servirá, pero la gente paga por ella y
caro.
La abordarán y entonces alucinarán que vuelan.
199
UN DEDO QUE RESTRIEGA LA
LLAGA
Editorial, en la página 2, del diario EXITOSA
MALANGA se lee:
UN DIOS MOJADO
Hablar de precios suele propiciar desencuentros.
Estos se construyen por dos vías: los costos y la
subjetividad condicionada por las fuerzas del
mercado. En el caso del primero, sumamos al
valor de los factores de producción —insumos,
mano de obra— el retorno al capital, que es el
más ineludible. No es que no haga nada, como
dicen los izquierdos: es el que arriesga.
Pero también determina el precio la urgencia: el
contexto, el valor emocional. Un hombre, fiebre
del fútbol, pagará por una camiseta oficial de su
equipo, diez o veinte veces lo que paga por una
genérica que tenga el mismo diseño y color. Está
comprando una mercancía, pero también una
simbología. Aquel sujeto que no es fanático no
201
verá esa prenda bajo el mismo embeleso y, acaso,
opte por adquirir la barata.
Es decir, la urgencia, no es sólo la prisa, sino la
sensación desatada por el deseo que nos dice que
la oportunidad la pintan calva y que debemos
tener ese bien. Quizá el summum de esta
experiencia sea el coleccionista que compra la
guitarra de un roquero fallecido o la prenda que
usó una diva en su última película. Cree en la
unicidad de lo que le venden y eso le condiciona
a ofertar cifras tan altas que ofenden la
conciencia.
El problema es que ahora hablar de precios por
vía costos se está contaminando de
subjetividades. Tenemos miedo de que algo al día
siguiente amenace al alza el valor de lo adquirido
o, por lo contrario, lo precipite. ¿De qué nos sirve
pagar veinte mil dólares por un coche si mañana
será basura, gracias a las nuevas tendencias?
¿Quién nos garantiza que incluso un billete
conserve su valor cuando los capitales
especulativos se muevan a la libre y que hoy el
banco no te cobre cien pesos más que ayer por
adquirir un dólar? Y, sin embargo, tarde o
temprano ese optimismo acaba por ser víctima de
los dueños de la balanza que deciden malbaratar
sus excedentes monetarios y la divisa se
derrumba.
202
Lo que quiero decir es que el desprestigio del
dinero se veía venir y nadie con poder tomó
medidas para detener este abuso de los que ganan
sin producir. Ello ha erosionado lo que creíamos
un medio de pago estable y líquido. Mucha gente
ya no quiere dólares; otros rechazan la moneda
nacional y una parte de ambas poblaciones va
tomando conciencia del secuestro del sistema.
Que haya leyes que liberalmente permitan a los
ladrones salir por la puerta grande y que luego
presuman el lujo en las principales portadas de los
diarios de Europa, que los pintan como
emprendedores, es perpetuar nuestra pena.
De ahí que ver que un dibujo, una docena de
huevos, una goma de mascar o estampas de
futbolistas acaben por ser medios de pagos de
gran aceptación según regiones y grupos
económicos no resulta nuevo. Lo hacíamos en
nuestra infancia durante el recreo con cromos y
bolinchas. El desamparo o la incertidumbre
inducida nos ha forzado a regresar a un tiempo
paramonetario: los días del trueque.
No, ya nadie traga tanto churro. Sabemos que
hasta la clase política tiene varias identidades
simultáneas y que suele actuar como juez y parte
en conflictos contra la economía, cuya solución
posterga indefinidamente.
203
Cuando hablamos de economía, hablamos, sin
duda, del bienestar de cada ciudadano, los cuales
no tienen vela en el entierro, pues son el difunto
mismo.
¿Cuánto vale mi vida? Bastante más que los
caprichos del mercado.
Salomón de la Luz Chueca, analista
204
VIVAS HACE LAS PACES CON
SU MENTOR
Tres de la mañana, en el ático. Hace un frío del
demonio, pero si no me disciplino, la idea se me
olvida como el número de placa de cualquier
coche que se me cruza en el camino.
Me he puesto una chaqueta color mostaza,
pesadísima y gruesa. Y he tomado todo el café
disponible en el termo desde la tarde anterior, ya
casi frío.
—Si me debés algún respeto, pará —me dice el
fantasma gordo, que otra vez invade mi estudio.
Llamo así a un cuarto rectangular de seis metros
por cuatro, paredes verde agua, con un puñado
desordenado de grabados de diversos artistas, un
viejo equipo de sonido, mil discos y libros
desparramados sobre el suelo. Pienso mudarme
pronto porque nunca pago el alquiler.
Yo estoy metido de cabeza en el ordenador,
tratando de trazar las coordenadas geográficas
de Malanga. Ya acostumbrado a alucinar, ni
vuelvo a ver, sé bien que se ha apoderado del
sillón del gato y que se lleva bien con él. Así era
en vida.
—No podés joder en horarios de descanso —le
hablo secamente.
205
—¿Vos vas a decirme qué hacer? Ni en el otro
lado me dan instrucciones. Además, vengo a
salvarte de resultar un estúpido imitador.
—Escucho.
—¿Cómo podés romper los hilos narrativos sin
dar aviso? Por arbitrariedades así, la gente lanza
a la basura la voluntad de leer.
—Bueno, vos ubicaste en medio de ninguna
parte un buzón que, inesperadamente, tenía una
carta para Zárate. ¿Te parece poco?
—Mezclás chayotes con duraznos. No me digás
que resultaste imbécil. Es la imagen poética lo
importante, no la arbitrariedad. ¿Te das cuenta
de que ese buzón es la culpa que arrastra el
protagonista por el distanciamiento con su hija?
Una cosa es un simbolismo y otra, muy necia, la
arbitrariedad.
Además, necesito que me des mi lugar. Nadie
sabe la incidencia que tuvo mi escritura en vos,
pero me copias técnicas y estilo con alguna
frecuencia.
—¿Me vas a demandar? Jodéte. —Y le hago
una seña vulgar con el dedo medio.
—Yo no, pero vaya a saber si la gente que
heredó mis derechos es jodida. En Malanga, casi
nadie me lee, pero sigo vigente en el Cono Sur y
en Europa. Si no hacés las diferencias, los
reconocimientos y no buscás una voz propia, que
206
no sea tan descaradamente ajena, quedarás en
ridículo.
Además, la mediocridad está bien para los
mediocres de derecha, como Arenas y su isla que
se desplaza con un motor y que, siendo del
Caribe, ve caer la nieve. Alguna gente se
contenta con alucinar al leer y no buscar lo que
hay detrás. Porque si uno escribe para
entretener, podría asumir cualquier oficio sin
alma.
—Reconozco que respeto mucho tu manejo de
las sinestesias y del humor negro, tu rescate de
valor ético de la derrota y la imaginación
disparatada como recurso para meter el dedo en
la llaga del fracaso de la realidad
latinoamericana. Sin embargo, vos jugás de vivo.
Toda tu escritura es muy humanista, hasta los
cuentos de fútbol y la novela sobre Laurel.
Reconozco que vos como personaje sos el
antecedente de mi heterónimo como voz
narrativa. ¿Estás tranquilo ya?
—No, pibe. Escribís bien, pero dále su lugar a
las cosas. Vos sabés que yo no era de
aspavientos. No sé cuánta gente más te haya
influenciado, pero yo te pasé cierta cuota de
humor negro, el gusto por los héroes caídos y por
la condición humana, decís bien. Lo que pasa es
que vos renunciaste al héroe y lo cambiaste por
el ser contemporáneo, que es facilista, amoral,
207
pero aun así lográs buenos retratos de
humanidad.
—Van a creer que estoy escribiendo mi propia
apología. Eso sólo lo hacen los enfermos.
—Ahí está. Sos un narciso, cabrón. Olvidáte de
vos y dejá que los personajes se enreden solos, no
los juzgues, pero tampoco les tengás miedo. Yo
tengo rato de estar muerto, así que no fastidiés;
podrás hablar con mi personaje, el ingeniero,
con alguna frecuencia, para que no te dé la
sensación de caminar solo en la literatura. Que
te baste con eso.
Me volví para despedir al gordo Soriano, pero
ya no estaba. Unas volutas de humo y un olor de
cigarrillo impregnaron toda la habitación y mi
gato, me pareció, estaba tremendamente triste.
208
LA NEGATIVA DEL HOMBRE
OCULTO
—¿Conoce Ud. a Reiner Pentago?
—No.
—Pues hay testigos de que Ud. le ha dado una
paliza con su blackjack.
—Yo no tengo armas de ningún tipo. Revise mi
casa.
—Encontramos el artefacto a la orilla del río,
junto al puente azul. No dudo que tendrá sus
huellas.
—No sé quién es Reiner. No me joda; mañana
salgo de ruta al sur.
—¿Negará usted haber acudido al Centro
Tecnológico para el Hogar para romperle la
madre a ese hombre?
—Pues yo no recuerdo nada. Pregunte por allí:
no tengo problemas con nadie. Déme agua, no sea
cabrón.
—Hechos, don Luis. El 24 de marzo a las dos
de la tarde, usted se presentó al negocio
mencionado y al mirar al señor Pentago, y sin que
mediase palabra, le ha metido una paliza con un
209
objeto de acero de uso prohibido. Ocho testigos
lo ponen en el sitio.
—Definitivamente, no. Solamente una vez
estuve allí —hace año y medio— y les compré
una cocina. Nunca más: no cumplen la garantía.
Hacen la trampa de la letra menuda. Me están
difamando.
—Hay vídeo, don Luis. De hecho, encontramos
esa ropa ensangrentada en el patio, junto a la
parrilla. Todavía estaba sucia.
Luis José Pérez no se inmuta. Mira de frente,
con cierto hastío, pero sin pena. Aún no le dan su
botellita de agua ni le bajan la intensidad a la luz
de la lámpara de la sala de interrogatorios, pero
está muy lejos de torcer el brazo.
Pepe Siles, a cargo de tomar la declaración, se
dice a sí mismo que este hombre no tiene cara de
matar una mosca. Es serio, pero tranquilo y
tampoco se diría que fuerte. Es rollizo, nada más,
y se dice que los rollizos son sanguíneos, frívolos.
Claro, ese cuento de los cuatro temperamentos
solamente es válido para gente que es adoctrinada
en sectas, que necesitan encasillarlo todo. Lo que
ocurre es que Pepe no sabe que cada persona es
fabricada sin molde alguno: está el rollo genético,
pero también el ambiente y la experiencia.
210
Así que nos vale mierda lo que cree Siles. Lo
importante es que Luis José no recuerda o no
parece recordar el incidente salvaje que tuvo
contra el agente vendedor, por más que busca en
la memoria no identifica con claridad su rostro.
Le parece que es un barbudo de colochos, pero ya
ni recuerda el vendedor que le atendió el día
nefasto de su pésima inversión.
—Esta mierda es cámara escondida y yo me voy
—dice poniéndose de pie.
—¡Seguridad! —logra gritar Siles y, antes de
que Pérez esté con la manija de la puerta en la
mano, ya están abriéndola un par de tombos
gorilones, compactos, caras de perro bravo.
Lo toman por los hombros y lo acomodan de
nuevo en su silleta. Como escarmiento, Pepillo ha
encendido un puro que le apaga, sin
contemplación alguna, sobre la piel de la muñeca.
—Colabore, don. De otra forma, empezaremos
con la función muy pronto.
—Usted es un corrupto. Está violando la ley.
Quiero un abogado, quiero mis derechos.
—Ya, cálmese. ¿No ve que no está para exigir
nada? En todo caso, ahorita le traen abogado. Eso
sí, la quemadura se la hizo usted o nos pondremos
malos, con o sin defensa.
211
—Mire, oficial. Usted no es tonto. Mi credo es
bastante pacifista, no me meto con nadie, no
milito en nada. Hágale preguntas a la comunidad.
Yo voy a misa, saludo a algunos, camino a veces,
trabajo mucho y tengo familia.
—Ya sé que usted no tiene historial, pero la
denuncia es seria. Y están las pruebas. No estará
usted loco, ¿verdad?
—Me ofende. ¿Sugiere usted que, porque no
tengo recuerdo de lo que me acusan, manejo
personalidades múltiples?
—Bingo. Dígale a su abogado que le traiga un
psiquiatra. Acá no vamos a ninguna parte, pero
debo llenar el parte. Si le remiten al diván, lo
dejamos libre con medidas cautelares. Por lo
demás, no lo dude. Usted está implicado. No
salen tantos testigos de la nada y mucho menos,
una víctima. Allí donde se ve, usted le partió la
madre a un muchacho de treinta años. Entiendo
que lo dejó con lesiones permanentes.
El farmacéutico mira hacia arriba a los ojos del
detective. Nada hay que le diga que esto no va en
serio. Luego, dirige sus ojos hacia el ventanal
espejo, el ciego espacio desde donde el resto de
los tombos puede tirarse el rollo de las penas
ajenas sin meter la cuchara.
212
Está su propia imagen, la silleta, la mesa, la
lámpara y Pepe.
Sólo que siente que su espalda no es tal, sino
tremenda joroba y que, acaso, detrás del vidrio
hay algún aprendiz del viejo Stevenson, viendo
cómo hace para retratar en él a un criminal.
213
QUÉ BUENO VOLVERTE A VER,
RATA DE CAÑO
—Hola, Vinicio. No esperaba verte en éstas, ¿qué
carajos has hecho?
—Vos sabés que soy derecho. Me dedico a
enseñar historia, filosofía, arte.
—Pues voy a hablarte claro. Tu expediente es
así de gordo —el hombre gestualiza con la mano
la dimensión del mismo—. Yo pensé que estabas
impoluto, pero seis causas están abiertas:
violencia doméstica, estafa, fraude de simulación,
drogas… Y ahora esto. Hasta denuncias por
ejercicio ilegal de la profesión, pues no
terminaste carrera alguna.
—Mirá, Benigno. Es gente común, no vayás a
creerles. Vos sabés que yo tengo dignidad. La
carrera de derecho la saque por e-mail.
—Eso está por verse. Tu hermana manda a
saludarte. No va a venir a verte mientras estés en
cana porque sos una vergüenza para la familia.
Tus otros hermanos dicen que ni los mencionés.
Vos sabés cómo son los Aguirre Díaz. Cuando ya
estés suelto, te abrazás con ellos y siguen robando
juntos.
215
Te hablo así porque nadie me paga un peso por
tu defensa. Me llamó doña Vera, tu mamá, para
recordarme que fuimos compas de colegio y de
aventuras. Me pidió que lo hiciese en nombre de
los viejos tiempos porque ellos “no tienen un
peso”. Bribones, carajo. No va a saber uno que se
cambian de domicilio trimestralmente para
amarrar el perro al casero.
—Te juro que Luis Carasate miente. Yo le vendí
un lote hecho leña, pero él sabía lo que compraba.
Además, nadie lo tiene de maje.
—Ayudáme un poco, no seás cabrón. Si te
mantenés en tu versión, no voy a saber qué hacer
por vos. Sin pruebas a nadie enjaulan.
Benigno abrió la botella de agua y, de un sorbo,
tragó la mitad. El saloncillo de visitas, a pesar de
tener barrotes que dejaban entrar el viento, estaba
hirviendo porque simplemente, al mediodía, ni
mierda de viento.
—Ah, te mandaron veinte mil. No tenían para
pagarme nada, pero sí para que te comprés tus
drogas, infeliz. Los dejé en la entrada, donde
reciben la ropa y las galletas que te mandó tu
hipócrita hermanilla Julia: otro bicho de peligro
que no sé qué hace en el mundo de la educación.
O será que uno idealiza determinadas esferas y es
culpa de uno ver ángeles en todas partes, hasta
216
que llega el tufo a cazuela que se pudre. Alguien
te cuenta cosillas que no sabías y los querubines,
de repente, son totalmente vomitivos.
Tengo poco tiempo. No van a dejarme acá para
escucharte todo el día. Te acusan de conseguir
firmas falsas para traspasar posesiones que no te
corresponden. Ya los denunciantes son cuatro.
¿Qué vamos a alegar?
—Que se vayan a la mierda. ¡Nadie puede
bajarle la dignidad a Vinicio Aguirre Díaz!
—Si estuviésemos en la calle, te juro que te
parto la madre. Esas ínfulas enfermas, esa falsa
dignidad que escondes… la pose y el traje no va
a llevarte a parte alguna. ¿Te diste cuenta de que
estás en camiseta y te ves tan bestia como
cualquier ladrón allí adentro?
—Largáte, yo me defiendo solo. Yo no he
hecho nada. Tengo testigos y buena fama. Y hago
dinero cuando me da la gana: anuncio un
seminario para ejecutivos, lo mercadeo en la
escuela comercial de algún amigo que me sirve
de plataforma —le digo que vamos a medias— y
barro con todo. Si me da la gana, me presento y
doy la conferencia y, si no, me declaro enfermo y
que se posponga. Uno ya sabe bailar con o sin
escoba.
217
Benigno Correa ni lo piensa: se pone en pie. Se
pregunta quién putas es ese sujeto que tiene a la
par, tan increíblemente imbécil. Recuerda un
instante que fue presidente de la clase en décimo
año y la platilla del gobierno estudiantil se hizo
humo. Sí, siempre fue lo que era. Aunque antes
no tenía esa incipiente joroba que lo va
estereotipando como a los malos de la TV.
Vinicio copiaba en los exámenes, si no había
estudiado. Entonces, le iba bien. Mejor aún si
estudiaba, pues en esa época la onda era
memorizar y el coco suyo venía a ser en ello,
privilegiado. Tal vez con pocas luces para la
razón o la abstracción, pero capaz de recitar de a
una todas las capitales de Europa y otras listas que
le parecen majadería a estudiantes de escasos
recursos que nunca podrán salir del continente.
Correa ya está haciendo señales para que abran
la reja para irse, cuando Vinicio hace la inflexión
de siempre:
—Esperá. Vos sabés que todos tenemos un lado
oscuro. Yo nunca pude superar las experiencias
de la infancia pobre. Creo que hago esto por
dinero.
—No jodás, hijueputa. ¿Por qué no trabajás
como todos? Te nombran en un colegio y te vas
de putas desde el miércoles. Es más, si podés, le
218
echás los perros a la directora o a cualquier
carajillo o carajilla. Y cuando no tenés plan, tus
hermanillos te mantienen porque sos el cumiche.
Esos cabrones fabricaron un monstruo. Nada te
detiene.
—Esto era muy simple, no podía fallar. Ya
habíamos hecho como seis ventas bajo la misma
modalidad. Mi medio sobrino Andrés, el pelón, el
marido de Julia, nunca terminó la carrera: hizo
tres años de arquitectura y consigue camarones y
se asocia con otras gentes y juega en los bienes
raíces para ganarse la vida.
Encontramos unas fincas hermosas, allá
escondidas en el sur, mitad playa, mitad montaña.
Todo bien cuidado, lotes sin maleza, una vista
tremenda sobre la costa. Pues el pelón nos contó
y un fin de semana fuimos a conocer el lugar.
Nos fascinó.
Claro que eran tierras ajenas, pero eso no era
problema. Nosotros llevábamos turistas, gringos
que querían comprar en Malanga una tierra con
alta plusvalía. En el interín, hablamos con
Rascarrasca, el abogado más jumo que el mundo
haya visto. Le entró al juego de inmediato.
No nos dijo que cambió de secretaria. Un día
que llevábamos tres escrituras —todos los
219
compradores eran hermanos— nos encontramos
a otra mujer, una rubia de dientes ligeramente
amarillos y prolongada nariz. Tampoco era fea,
sino bastante llamativa en aquel bufete de viejas
maderas saturadas de comején.
Se llama Karin, así, sin a. La cosa es que ella
equivocó las cosas. Ha debido usar papel
fraudulento y no: puso papel notarial en las
impresoras. Las consecuencias me trajeron acá.
—¿Qué es ese cuento tuyo del papel
fraudulento? El delito es de ustedes, no de las
hojas. Sólo falta que quieras culpar a los objetos.
—Así es. El papel fraudulento lo empezó a traer
la empresa de Gregorio Pasta, el tipo que se tiró
de la azotea de su edificio hace tres años. Tiene
características especiales: es elegante, nítido,
mate y se confunde con cualquier bond normal.
Tiene, sin embargo, dos ventajas:
220
1. nada lo remarca. No le lográs
hundir el lapicero ni hacerle una marca
con cuchilla;
2. todo lo que imprimás se borra en
treinta y seis horas y es irrecuperable. Si
dejás timbres u otros documentos en
contacto con él, se oxidan hasta hacerse
quebradizos y no hay huella ni nada que
perdure.
Pusimos testigos falsos, hicimos firmas
inexistentes y el notario tomó nota de nuestra
supuesta documentación. Luego, chocamos las
manos y nos dimos un largo abrazo con una
palmada en los hombros, como hacen estos
cabrones viejos de plata cuando cierran un buen
trato.
Medíamos a las víctimas. Les pedíamos una
buena prima o les hacíamos un buen descuento
por pago de contado. En el fondo de la oficina del
licenciado borracho, se exhiben como veinte
certificados y hasta dos posgrados de Barcelona.
Esos lo hacían creíble.
Así que hubo más contratos. Cada quince días
vendíamos el mismo lote, una o dos veces. La
certeza de que la información desaparecía en cosa
de día y medio nos daba una paz ciega.
Hasta que llegaron notificaciones. Rascarrasca
nos llamó, nos contó a Andrés y a mí. Él se
escabulló fácil, pues andaba de gira por la
frontera. La cruzó y se hizo humo. Yo me fui a
meter donde mi exmujer con la certeza de que me
protegería. Y así, durante un par de meses me
quedé en su casa.
Le pedimos al abogado borracho que despidiese
a Karin por la gravedad de su falta. Nos dijo que
lo haría, pero nunca lo hizo. Parece que luego le
221
ofreció matrimonio. Sepa el diablo qué
cochinadas pasaban allí, pero creo que intentó
utilizarla.
Porque cuando vino la policía a su guarida, no
hallaron nada. No obstante, al fiscal se le ocurrió
allanar la casa de la secretaria y allí sí aparecieron
cuatro cajas de papel fraudulento y copias de
todas las escrituras que debieron desvanecerse y
que, merced a la impericia de la rubia, allí estaban
como innegable testimonio de las faltas.
Ah, por cierto, un desconocido vino meses atrás
con la propuesta de venderme 17 toneladas de ese
papel. Quería veinte millones de verdes. Luego
bajó hasta uno.
No sé si volverá a venir.
Yo fui sorprendido una tarde en el Country,
mientras hacía vida social. Fui con Gina, una
amiga, a tomar unas copas y cenaríamos a las
siete de la noche. Pues allí estaban ellos, de civil.
Cuatro grandulones me agarraron al salir del
orinal y nunca probé mi cena.
Decíme si es justo que, por una calentura de ese
abogado, yo esté en cana. Guardáte para tu coleto
las valoraciones morales, que me importan un
pepino.
222
Benigno suelta la carcajada y entiende por qué
se hizo tan rico don Gregorio, el papelero.
Venderle al Estado y a sectores moralmente
rebuscados algo tan inmoral como esas hojas lo
ubica como pieza axial en la trama de corrupción
nacional. Imagina el abogado Correa que el
susodicho papel fue usado en múltiples
negociaciones incumplidas, en enésimos
acuerdos firmados que se hicieron humo con el
paso de los días sin que los sindicatos de
educadores y de médicos presentasen mayor
resistencia.
Porque la letra se hace humo cuando la voluntad
falla. O porque la palabra que resbala sobre la
hoja y no deja huella es fácil de escurrir de la
memoria.
Ningún rayón en la hoja, ni siquiera una
marquita de vergüenza en el rostro de aquellos
que se creen intocables.
Benigno se dice que Vinicio es caso perdido y
que el haber leído a Nietzsche sólo ha servido
para que el ego de este malnacido se sienta
justificado. Pero le queda una duda que va a
determinar su apoyo o su total desprecio a su
amigo de juventud:
—Decíme, hay plata… ¿dónde está? —y pone
la mejor de sus sonrisas.
223
UN BRAZO SE ASOMA EN LA
NEBLINA DE MI PUERTO
Mientras escribo, mientras vivo, el mundo se
borra y yo también. En algún momento me habré
desintegrado, pero estarán estas páginas. Sin
embargo, si nadie las lee, será como si nunca
hubiesen existido. Salvar la memoria es
comunicarla, lo mismo que salvar al individuo.
Mis palabras valen si, y sólo si, logran perdurar,
no importa si el entorno las transforma en algo
que no estaba en mis intenciones.
La espora que arrastra el viento no siempre
fertiliza. Ya hay, en textos sagrados, una parábola
sobre eso. Como no somos dueños del destino, lo
que hacemos es multiplicar las semillas al viento
y así incrementar la posibilidad de que algo de lo
que fuimos o imaginamos ser permanezca. Es una
ambición como la de los fundadores de Babel:
prolongarse en la lengua, ser una molécula
permanente de un universo que siempre cambia.
¿Esto es ser dios? Claro que no. Sin embargo, el
rol de creador literario y el de demiurgo se
parecen. Si es que existen, dominan el destino de
su obra. Si no lo hacen, es por desidia. Sin
embargo, existe afortunadamente la rebeldía que
hace que la creación busque muchas veces
225
liberarse: eso, diría yo, es una nueva creación y
me sugiere una secuencia infinita de dioses
menores que, de nuevo, al ser creación de algo
mayor, se rebelan para buscar destino.
¿Me pongo oscuro? Espero que no. Todo lo que
pueda derivar de mi cabeza es menos importante
que el socorro del lector. Lo repito, escribir es
comunicarse y el libro impreso no lo logra por sí
mismo, ni siquiera cuando ha llegado por él un
cliente.
El ciclo se perfecciona cuando, aparte de leerlo,
alguien lo cuestiona. Aunque parezca un
monólogo la lectura, por la ausencia física de una
contraparte, no lo es. Y acaso por eso es que una
novela se lee dos o tres o cuatro veces. Porque
tenemos la esperanza que, levantando la mesa y
sacudiendo el mantel, aparezca una pista, una
huella, un confite que nos haga atrapar el secreto.
Porque posiblemente en la buena literatura
siempre hay secretos. Otra cosa es que el escritor
tenga conciencia de ello. Muy otra todavía es que
todo escritor esté en capacidad de navegar en el
pozo profundo del espíritu humano. Ese
descubrimiento es tan escabroso que creo que
solamente un buen lector puede juzgarlo.
¿Y si el texto fracasa, si carece de mérito?
226
Nada pasa. El futuro ahogado da brazadas hasta
que lo vence la fatiga porque sostiene la
esperanza de que un movimiento más dará el
compás necesario para sostenerse a flote. Cuando
por fin cede a las profundidades, acude a su
muerte, lo cual es, en el mejor de los casos, tema
privado: nadie le pone reflectores a su derrota, a
pesar del enorme simbolismo del cuerpo que se
rinde.
De chico, cuando alguien agonizaba o moría,
me recorría un hielo espeluznante. No sé si es
que ha transmutado, pero ya no me congelo. Me
parece que soy Sísifo que lucha, no contra la
piedra y la montaña, sino contra el segundero del
reloj y, lo peor, es que siempre me derrota.
Que la escritura sea siempre memoria de los
idos y de los que nos vamos retirando sin saberlo,
que somos todos.
Todos.
227
CASTILLO TIENE PODERES
PERCEPTIVOS
Allí viene otra vez ese ridículo. Piensa que no lo
voy a reconocer embutido en esa gabardina beige,
de grandes solapas, a juego con su sombrero. Ni
las gafas logran esconderle esas espantosas cejas
casposas que simulan el penacho de un pájaro
exótico. La vez anterior se hizo pasar por un
trabajador del servicio eléctrico que venía de
cambiar un transformador en la barriada aledaña.
Cabrón, chismoso, guarro. Estoy seguro de que es
quien anda regando rumores sobre los ciudadanos
de este noble país.
La vez pasada vi en las páginas de farándula que
el señor presidente visita estos barrios porque
tiene dos amantes: a doña Encarnación y a su hija
de diecinueve años y que conviven los tres como
si nada. Eso no es cierto, maldito. Yo nada más le
dije lo de la carajilla. Que la madre sea inestable
y resbalosa es otra cosa. A mí no me verán
decirlo.
—Ya le dije que usted no es bienvenido en mi
negocio. Ya sabemos que usted le pasa informes
a un escritor de cuarta para que vomite sobre este
pueblo. Es más, le vende un chorro de mentiras.
229
El fulano no hace caso y se sienta en la barra.
Saca quince mil pesos y los pone bajo un salero.
—Por dios. Usted está equivocado. Sabe que
ese mae de las novelas no conoce la luz del sol.
Dicen que escribe desde prisión y todo lo que dice
saber, lo imagina. Está cumpliendo una sentencia
de ocho años por contrabando de orquídeas, pero
yo no lo conozco.
Discretamente, retiro el dinero depositado bajo
el salero.
230
—¿Qué va a tomar?
—Déme tres salchichas fritas y una zarza. No
necesito vaso.
Y trato de atenderlo con cortesía, pero el tipo
nunca se detiene. Mientras devora —traga como
un marrano—, dialoga. Hace preguntas sobre el
hombre que se lanzó de la azotea, acá a los
cincuenta metros. Hace preguntas de dineros, de
redes de poder. Luego me habla del peligro de
usar gas en la cocina.
No puedo negar que me altera los nervios. Me
puede traer conflictos feos.
No obstante, lo que me saca de quicio es que
finalmente reconoce ser quien escribe estas
tramas y que, lleno de soberbia, amenaza con
controlar mi historial, mi vida, mi desenlace.
Además de exhibirme, de decir que yo, Gregorio
Pasta, maté a Castillo y lo suplanté, a pesar de ser
tan diferentes.
Allí fue cuando saqué el chopo y lo hice
largarse.
Recuerdo que le dije:
—No vuelva por este barrio o lo tiro. Váyase.
Y ya no le vi el humo: de repente, no estaba. Se
marchó sin pagar el muy cerdo.
231
A JACKY LE GANA LA PEREZA
—¿Vas a creer? Iba a caminar y amanece con
aguacero cerrado. La calle está empozada.
Aprovecho que es sábado y me devuelvo a las
cobijas. —Jackie mastica una galleta integral,
sentada a la mesa. Su taza de té ya está vacía.
—Te he dicho que no me llames los fines de
semana. Yo no puedo arriesgar y divorciarme.
Estás loca.
—Pues deberíamos hablar en serio. Tú me
dijiste que te morías por mí.
—Muy contenta vas a estar si me divorcio y me
meten una pensión y no nos queda para comer.
—Has debido pensar en eso antes de
atravesarme los perros. Yo, en realidad, nunca me
meto con compañeros de oficina.
—Colgá ya. El lunes te compro unas zapatillas,
algún regalito. No te hagás la víctima, cabrona.
—Bien, hablaremos.
Despierta a eso de las once cuando ruge el
taladro del vecino, mientras lo machaca
insistentemente contra la pared común. No se
233
sabe qué porquerías repara, pero lo hace con
frecuencia y a deshoras. Hoy, afortunadamente,
trabaja de día y, de por sí, es mejor levantarse
porque hay que pensar en la hora de almuerzo.
234
Se levanta descalza.
Abre el botiquín y lo primero es tomar sus
pastillas: dos, infaltables. Hoy cuatro más,
ocasionales: la resaca, las agruras. Luego, el
enjuague bucal y el cuidado del rostro. Agua,
toallas, pañuelos.
La bombilla del baño parpadea. Es de esperar
que esté terminando su tiempo de utilidad.
Afortunadamente, aún tiene cuatro repuestos que
compró en la tienda del chino tres meses atrás.
Cabrón más choricero, la caja dice que son
lamparitas LED y la luz es amarilla. Se le perdona
porque vende barato.
Desde la ventana puede mirar hacia el parque de
enfrente: se forman unos pozos como para ir a
chapotear de lo lindo. Lo que pasa es que eso se
ve bien en los carajillos y no en ella, que ya tiene
treinta y tres años.
Le llama la atención que, a pesar de que caen
gotas grandes, tipo piedras fulminantes, en el
tendido eléctrico reposan, por lo menos,
doscientas palomas. Se pregunta cómo han de
estar los techos de la barriada si dicen que las
cuitas todo lo oxidan. También se queda
pensando en la majadería de relacionar pájaros y
cables con la imagen de un pentagrama.
En todo caso, ella no sabría solfear nada.
Fue ese día cuando se lanzó Pasta desde el piso
catorce. Ella no lo sabría, sino hasta que, al
mediodía, el noticiero de la radio confirmó que
fulanito, uno de los empresarios prominentes de
Malanga, había quedado irreconocible por el
impacto.
La pantalla muestra un tipo que semeja ser un
cerdo desparramado.
Cree recordar que nunca lo había visto en
persona. Bueno, tal vez se lo topó en alguna
barriada mientras corría y recolectaba flores, pero
no prestó atención.
Jackie relaciona algunas frases oídas en su
trabajo sobre la posibilidad de hacer la correduría
de ese edificio. Unas dos semanas atrás habría
salido a flote como comentario de uno de sus
jefes. Cosas de una hipoteca de segundo grado
que entra en mora y que el dueño querría
recuperar por lo menos una parte del valor del
inmueble.
235
No importa. Su perrito debe hacer la postergada
caminata de la mañana y, luego de atar sus
zapatillas de correr, va por la correa y sale
contenta con su mascota.
Carga consigo las llaves, pero no la cartera. Se
limita a colgarse un gafete de la oficina que dice
sus calidades generales.
Es que los fines de semana, la pereza gana.
Un flashback no deseado le trae a colación su
reciente precariedad.
Y tiene que olvidarse del colerón con su peor es
nada, un abogado joven, casado y sobrino de sus
jefes, que ha resultado ser su medio hermano, lo
cual coloca a Jacky como sobrina de sus patronos
e hija del abogado más viejo, ése que asegura no
saber del papel fraude.
Se niega a darle los apellidos, viejo cabrón.
Por eso, Julia conmina a su marido, Andrés, que
es además su sobrino:
—Ya no más, cariño. Tenés que liberarte de esa
zorra sin que sepa Vini.
Aclaro, sobrino ignorado, porque no se les ha
ocurrido hacer la genealogía de este hombre y
porque tampoco es novedoso el incesto en las
236
familias de Malanga, sea clase media, alta o
precaria.
El narrador lo sabe gracias a travesear la web
del Registro Civil para meter veneno en el relato.
Sin embargo, Vinicio no se entera porque está
cumpliendo sentencia y las noticias no llegan tan
volando. Jacqueline es Karin, sin a, su
exsecretaria, la tortera de los fraudes fallidos y su
padre es esa rata que se mueve con total destreza
entre los corredores fríos del penal.
Y, sin embargo, en lugar de dar un compás de
espera, la tía también conversa con los restantes
hermanos y, antes de las dos de la tarde, la
secretaria bilingüe ya va de patitas en la calle.
Nada personal: es la política de adelantarse a
cualquier chantaje. Si de gallinas hablamos, la
Julia tiene así espuela y maña.
Jacky se acomoda el vestido, como si la
hubiesen lanzado al piso, pues siente que le han
pateado su modesto culo. Ahora sí, a poner la
mejor sonrisa y caminar, que más le vale
colocarse pronto.
Vaya cosas tiene el mundo.
237
MALANGA CARECE DE HUEVOS
Y A VIVAS LE DAN UNA
ASIGNACIÓN ESPECIAL
Ese día amaneció frío y poblado de avionetas
narco. Sobre el norte, volaban siete, cuatro más
más al este y tres sobre el centro de la capital.
Todas seguramente con su carguita bien
distribuida, como hormigas obreras de las que se
alborotan con la llegada del invierno.
Nadie programó nada. “Fue el mercado”,
dijeron los periodistas. El sindicato de los
empresarios fue contundente: “Esto es una
patraña de gallinas”, alegaba su presidente;
cosa que él mismo no creía, pero la especulación
es, en Malanga, delito y, por lo tanto, confesarlo
es joderse.
Desde tres días atrás, las aves de corral se han
levantado en huelga y, de cada dieciséis
ejemplares, solamente una cumple con la
postura. Su presidenta, Flor de las Óvalos de
Calcio, denuncia en conferencia de prensa al
mediodía que las están matando con la
complicidad de todos: “la Iglesia lo sabe, lo
saben los gremios, las autoridades y hasta el
presidente”. Nos están ahogando en sangre de
239
nuestros hermanos pollos. Deténganse en el
nombre del consomé puro”.
Esto ha obligado a los contadores a recalcular
los costos progresivamente. Si hoy se ha
triplicado el valor del huevo en el mercado, a tres
meses ya tendrá que haber subido veinte veces.
El problema es que nadie entiende sus
cacareos. La junta directiva del empresariado la
convoca a mediodía, pero ella tiene miedo y
piensa en exilarse. Supone que, si acude a la cita,
le espera la suerte del nica Sandino. Y tiene
razón: junto a dos ejemplares más, la comilona
tiene, como plato fuerte, gallina achiotada.
Y la repetición para todos.
Lo único que se le ocurre a la señora Óvalos de
Calcio fue pedir ayuda para un salvoconducto.
Está dispuesta a permitir que se cenen a su
descendencia y a su parentela cercana, pero que
no hiciesen fiesta con ella. Tras su fuga,
disfrazada de zanate azabache gigantesco, anda
cacareando como loca sobre los techos, hasta
que otro plumífero le dice:
—Asomáte en aquella ventana. Allí hay un tipo
que habla con fantasmas. Si puede hacer eso,
puede entender a una gallina sin problema.
240
Yo no puedo ese día desayunar porque los
huevos a trescientos pesos ya me parecen un lujo.
Así que, cuando la miro entrar, busco mi
cuchillito de cocina con toda la mala intención
del caso. Ya voy sobre ella cuando la escucho que
dice:
—¡Me matan, me matan! ¡Ese hijueputa me
mata!
—¿Quién…? — le pregunté.
—Usted, pedazo de animal. No me diga que
nunca se medica.
—Ah, lo dice por el cuchillo.
—Claro. Guárdelo, por fa.
—Y usted, ¿qué quiere? —pregunto con la
naturalidad de quien suele hablar con las cosas
sin darse mayor cuenta.
—Me dijeron que usted está loco de remate.
Ayúdeme, solamente alguien así puede salvar mi
sexy pellejo.
—A usted le vendrían bien unas papas fritas —
le digo en procura de hacer amistad.
—¿Qué me está insinuando? Vaya tipo
degenerado que es.
241
—No se confunda. Lo que quiero decir es que
su elegancia se está desperdiciando. Imagine la
belleza que sería usted bien doradita, con cuatro
papas en las esquinas y ensalada sobre un plato
blanco. Claro, hay que cuidar que las luces den
el ángulo apropiado.
—Ah, bueno, si es un piropo, ni hablar —me
dice.
Casi voy yo a retornar a mi escritura, cuando
vuelve al ataque.
—Le dije que necesito su ayuda.
—¿Qué quiere? —Ya me siento un poquitín
ofuscado.
—Un salvoconducto, una garantía, una orden
de restricción para todos los malditos carnívoros
como usted, doscientos mil dólares en billetes
chicos y una tonelada de maíz amarillo en un
banco en Suiza.
—Sea bruta, doña. ¿Qué banco me va a aceptar
un depósito de maíz?
—Un banco de alimentos. Supongo que la ONU
tendrá uno. Investigue.
—Ud. tiene que ser otra pesadilla mía. Eso me
pasa por leer las viñetas de Fontanarrosa. Es un
242
maestro el cabrón, pero si uno anda los cables
sueltos…
—No, en serio. Ayúdeme. Además, cuente que
mis hermanas viven en condiciones miserables,
en gallineros estrujados. Nos hacen comer como
chanchos y cuando llegamos al peso y la edad
que les conviene, nos tiran del pescuezo.
—Tiene razón, señora Óvalos. Ya había oído de
las crueldades de la industria de carnes. Sin
embargo, déme algo para negociar.
—¿Se me está insinuando…? ¡Degenerado…!
—Usted es una vieja majadera, medio bestia.
¿No ve que nadie da nada a cambio? Si vamos a
pedir un favor por usted, algo tenemos que
ofrecer.
—Ya le dije. Por mí, pueden acabar con todas
las gallinas del planeta. Yo nada más cuido mis
pellejos. Es más, necesito una armadura Ironhen.
Es como la de los comics, pero especial para
gallinas.
Yo, como presidenta del gremio, puedo
convencerlas de que aceleren la producción de
huevos. Hasta puedo decirles cómo alimentarlas
para que mejore el sabor de la carne y el tamaño
del producto.
243
—Gran cosa, cómo si no les metiesen hormonas
hasta la madre. Veré qué puedo hacer. Ahora,
lárguese. No es bueno que vean salir a estas
horas, casi de noche, una gallina de la buhardilla
de un escritor en el cielorraso de una casa
ocupada en precario.
—Vivas, usted es patético. ¡Lo sabe?
—Sí, pero quédese y vuelvo con el cuchillo.
¡Fuera!
La lideresa del sindicato gallina se va volando
y yo opto por apagar la computadora. ¿Cómo
trabajar si todo el mundo te importuna? Para
verificar que no alucino, tomo el cuchillo y me
hago un corte de dos centímetros sobre la palma
de la mano.
La sangre sale profusa y debo acudir a un
apósito de plumas para detener la hemorragia. Y
lo peor, durante cuatro días no toco el teclado
para evitar lastimarme.
Decido, mientras sano, vagar por las calles de
Artificio.
Acumulo mucho miedo hacia las aves y su
naturaleza tan desleal, tan humana.
244
¿Y si me traicionan? —me digo. Luego veo un
quiosco, reconozco al hombre que despacha allí
y decido llenar la tripa con una chuleta en salsa.
245
LA URGENTE RECONVERSIÓN
DEL NEGOCIO
Está el viejo tomándose las medicinas cuando
entra Pancho.
—Don Fermín, necesito hablar con usted.
—¿Querés otro vale? Después no te queda
sueldo.
—Nada que ver. Pasa que no avanzamos con las
monedas de chicle. He pensado que deberíamos
asociarnos con mi tío, el Nico. Ya está roquísimo,
pero maneja una red interesante para distribuir.
En cambio, a los vendedores de los semáforos, les
caen los polis a diario y les quitan la mitad del
producto.
—Es bueno ver eso. Estamos casi quebrados y
con cuatro millones de monedas de goma de
mascar en bodega. Andá a ver quién te vende una
gallina por esa mierda.
—Los yupis, maestro. Esos maes comprarían el
producto si se los empaquetamos bonito. Una
cajita de cartón con cuatro moneditas, como si
fuesen chocolates de marca. Y uno de los chicles
con extradopaje. Así hacían antes con ciertas
golosinas y el picante. Un éxito. ¿Qué dice?
247
—No suena mal, pero decíle que venga a hablar
con nosotros. Mañana o el sábado estaría bien.
—No puede. Nosotros debemos ir donde él. Ya
ni camina. Y está con tanque de oxígeno. Lo que
pasa es que es como el padrino de la coca hoy.
—Y, ¿qué putas hacés trabajando conmigo?
¿Sos un infiltrado de tu tío?
—Claro que no. El tío Nico siempre me ha
tratado mal. Nunca quiso reclutarme. Y uno no le
anda rogando a nadie.
—El problema es que, si es un operador muy
grande, nos roba todo y nos patea el culo. Hace
falta cautela.
248
—¿Le da miedo, jefe?
—No seás imbécil —se rasca el bigote y me
apunta con el dedo. Vas a ir donde ese cabrón y,
cómo sea, te reclutás allí. De aquí a dos semanas,
me conseguís la agenda de clientes y operamos
nosotros. Y, de paso, matás a ese pendejo.
—Es hermano de mi madre, jefe.
—Exacto, no estás jodiendo a tu mamá, le estás
quitando un peso de encima y nos limpiás el
camino.
—Puta, usted es muy duro.
—¿Sos de gelatina? Así no servís. Lo quiero
muerto para el 17. Hoy es 2. Si todo sale bien, te
nombro heredero de los bienes de Fermín
Narcomenudeo, Corp.
—Cuente con ello, jefe. Le voy a sacar los ojos
y se los traigo como prueba.
—No seás cochino. No soy Hannibal ni Jack, el
londinense. Me basta con unas fotos claves del
cadáver. Ah, y de ser posible, sus anillos. Si es el
capo local, tendrá buenas joyas.
—Me voy a meter en problemas con mamá,
jefe. Las joyas de la familia, eso no se toca.
—Problema tuyo; decí que alguien se las robó y
te hacés el chancho.
—Tengo mucho que aprender de usted, jefe.
—Ya no hablemos más. Corra donde su
pariente y le revienta la madre. Ah, la otra semana
todos vamos a hacer un curso de packaging. Me
has abierto los ojos sobre lo que viene: el valor
agregado por el diseño.
Pancho sale disparado a iniciar su nueva vida
como doble agente del narco. Entretanto, don
Fermín decide mirar tras la ventana un nubarrón
negro que le impide ver el sol. “Está dicho que
hoy lloverá en puta”, piensa y sonríe al percibir
249
que asesinos así, como su discípulo y nueva mano
derecha, le despiertan la ternura paternal que debe
combinarse con mano dura para que el negocio se
posicione bien.
Entonces, sopla y escupe por la ventana.
Abajo, Pancho siente algo caer en su gorrita y
opta por maldecir a las palomas.
250
LOS PROBLEMAS DEL TRABAJO
VIENEN CON VARGAS A CASA
Odio las nueces. Los muchachos de la oficina lo
saben, pero me compran una torta de cumpleaños,
saturada de almendras y pecanas. No tienen
nombre. En realidad, su cercanía es nociva.
Vienen a joder, a incomodar con sutileza y su
supuesto respeto tapa la constante rencilla que
hay entre todos. Si pudiesen aspirar a mi puesto,
no les temblaría la mano.
Yo sé que tengo que despedir a veinticinco
porque la temporada está mala. No lo voy a hacer
porque alguno me caiga mal ni pienso botar al
más antiguo. Necesito detectar cuál es el más
inútil y quiénes siembran, en el ambiente laboral,
piedras contra la convivencia.
Eso lo haré cuando vuelva, la otra semana. Por
ahora, debo superar el cuadro alérgico que me ha
dejado la broma estúpida. Todavía tengo las
manos hinchadas, tanto que no cierran. Y un
prurito desordenado, que me roba el sueño.
Idiotas, he llegado a casa luego de acudir al
hospital donde me inyectaron epinefrina. Detesto
esas salas, casi siempre que acudo es porque
alguien está grave. El frío de las salas, la gente
251
estresada y convulsa, el servicio impersonal de
las recepcionistas.
Regresé en un taxi. La ciudad es un caos durante
los días de pago. Demoramos hora y media para
ocho kilómetros. La presa se disolvió casi al final.
Un cabezal en llamas parecía ser la causa mayor.
Entretanto, yo aún temblaba. La debilidad que
me dejó el incidente se reflejaba en intermitentes
escalofríos. Fue cuando supe que el Gobierno
deseaba deshacerse de un banco y meter sus
manos en los fondos de pensiones.
No hice comentarios. El hombre me ayudó a
llegar a la puerta de casa y me lancé al sofá.
Encendí el televisor y, dado que estaba solo, me
dormí.
Soñé que era amigo del presidente y me metía
en sus negocios. Me llamaba al celular y me decía
que nos asociáramos. Yo le dije que no tenía
dinero disponible ni para comprar un granizado.
El big chief se rió a carcajadas.
—No seás pendejo. Lo que te propongo
soluciona todo. Tenemos una empresa fantasma.
La misma va a apoderarse de algún patrimonio
público, pero no pensamos pagarlo. Moveremos
resortes por dentro, para que salga un
financiamiento que nos permita operar. Vos das
252
la cara y, si todo se complica, te vas del país un
rato. A cambio de ello, quedás forrado.
Debo aclarar que en la vida real nunca he visto
a ese tipo. No tengo conexiones políticas y hablo
mal de todo el mundo. No entiendo ni cómo opera
el sistema, ni cómo es que distribuye sus
recompensas a ciertos elegidos.
Desperté para mear y ya no pude recuperar la
trama. Quería que el sueño me revelara entresijos,
aunque fuesen absurdos. No, ¡qué va!
En cambio, soñé con graneros vacíos, con
huracanes y plagas de hormigas que arruinaban
las cosechas. El cielo era gris y empedrado y los
aguaceros diagonales cargaban goterones como
piedras chicas. El viento era mal presagio.
Yo estaba preocupado por encontrar mis
anteojos de leer y porque la estructura de un silo
empezaba a falsearse. Los soportes metálicos,
saturados de herrumbre, tenían poca resistencia
contra las aguas que empezaban a inundarlo todo.
Lo único que se me ocurrió como paliativo fue
agarrar una caja de curitas y dos vendas para
forrar las vigas en los puntos donde estaba a
punto de ceder.
No pude saber si la ocurrencia daba resultados.
De inmediato, entré en otras secuencias que
253
acostumbran aparecer en mis horas de reposo.
Estaba en la universidad, iba a clases, pero no
sabía ni el edificio ni el aula: entonces, no podía
llegar. Pasaba de puerta en puerta, mirando hacia
adentro, fastidiado.
También anduve entre los techos de los
edificios bancarios y de hospitales. Es decir, en
las cerchas. No sé qué buscaba o cómo había
llegado allí. Tampoco estaba enfermo. No logro
interpretar esos simbolismos, pero supongo que
nada voy a resolver por rascarlos. Veo, nada más,
una obsesión laberíntica. Eso no quiere decir que
busque la salida.
Me quedé pensando en el chance de participar
en algo así. Digo, uno va al colegio profesional a
hacer contactos y sabe que poca gente es diáfana.
¿Qué tal vincularme con las grandes ligas? Sé que
salgo poco, pero nada me detiene para meterme
los fines de semana a la cancha de tenis y sondear
la brisa.
Cuando le hablé de esto a mi vecino de toda la
vida, Esteban Ragunza, me dijo que perdía el
tiempo.
—Las castas son estructuras cerradas. Practican
la endogamia, unen capitales y militan en todos
los partidos. Cuando uno de ellos pierde el poder,
lo gana uno de sus primos. Se rotan, se dan la
254
mano, pero solamente en el círculo cerrado que
llamamos oligarquía. El único chance que tenés
es emparentar con ellos, te casás con una del clan
y entonces sí. Te convertirás en un cuadro de los
menores, un lacayo. Servirás para cumplir
instrucciones. Y si te va muy bien, te dejarán
trepar.
Me sentí desnudo, poca cosa. Lo que me ha
dicho es toda la verdad. Acá, la democracia es un
juego de pocas sangres y los demás pagamos los
platos rotos. Cuando alguna vez alguien ha
logrado invadir esa esfera es porque lo reconocen
como uno de los hijos pródigos. O tal vez es sólo
leyenda. Que un hombre que jalaba sacos en el
mercado llegó a ser presidente es otro mito más
para alimentar nuestra ingenuidad. Lo
fundamental es que logró emparentar con una
familia judía de la clase política. Es decir, familia
rica. Lo otro, su pasado no cuenta para el
desenlace. También se vale ser familiar de narco,
pues el dinero siempre ha sustituido a un pedigrí
que, como todo, se reduce a puras ínfulas, blofeo.
Mientras veo que hace el jardín, con una
podadora nuevecita, le comento lo de las
privatizaciones. Cómo es que, en esas
transacciones, la sociedad civil pierde siempre,
pero nunca se articula y reacciona.
255
—Yo no me preocuparía por ello, dice. Adonde
vayás, vas a encontrar los mismos males. Los
sistemas políticos, de izquierda o de derecha, se
corrompen igual. Y perdoná que te baje de la
nube: las megatendencias no son combatibles.
Nadie puede contra el capital financiero en su
modalidad actual.
Para eso están los organismos internacionales
que estandarizan Occidente y boicotean a la
Europa del Este y al Asia. Ahí están USA,
Alemania, Inglaterra perfeccionando sus redes
fascistas, infiltrando gobiernos, amarrando
decisiones. ¿Que llega un presidente de
izquierda? Bueno, pero se acomoda a la derecha
o hay lawfare. Y si te das cuenta, un escándalo de
esos roba salud y vida. Y muy rara vez se gana.
¿Sabés que ha debido hacer uno? Robar un
banco, asaltar una fuente de riqueza y
desaparecer. Era posible en otro tiempo, ya no.
Ahora todos somos geolocalizables, a menos que
el poder nos esconda, en un juego de mutuas
complicidades. Eso limita el juego delictivo a los
sectores oligarcas y, algunas veces, a sus
testaferros. Las redes jurídicas, el entramado
legal, fue diseñado para proteger a algunos que no
necesitan esconderse. Van a vivir cincuenta años
sin ver una celda jamás; aunque transcurra un
siglo, la causa judicial no avanzará lo suficiente.
256
Es más, cómo han infiltrado los poderes del
Estado, nada les quita el sueño.
Me pregunta qué me ha pasado; por qué estoy
en casa en miércoles. Le refiero sobre mi cuadro
anafiláctico y que ya me atendieron.
—¿Ves? Estás medio muerto. Como el país.
Uno no debiese hacer planes sobre el futuro
cuando lo que está a la puerta no se vislumbra que
pueda superarlo.
—Te pasás, cabrón. Yo espero llegar a mirar el
fin de siglo. La ciencia nos cobija cada día más.
—Y, ¿para qué querés vivir como una tortuga?
¿Te gusta la idea de convertirte en una momia sin
morirte?
—La idea es que si uno llega a viejo es porque
ha trabajado tanto que ha amasado una buena
fortuna. —Mientras digo esto, ya estoy dudando
de mis palabras y recuerdo la multitud de
ancianos que pueblan las aceras en la madrugada.
—Eso no es para todos. Requiere mucho orden,
conciencia. La mayoría de los viejos que ves en
la calle alguna vez fueron algo. Oficinistas,
zapateros, pinches de cocina. Cayeron en la
trampa más peligrosa del sistema: el consumo. Lo
perdieron todo por no poder pagar. Se les
destruyó el esquema y tal vez se dejaron vencer.
257
O los echaron a patadas de casa. Ya sabés, el que
no aporta, pierde la condición humana.
—¿A vos no te asusta quedarte sin pensión? A
mí, bastante. Me parece que ya estaríamos
hablando de otra cosa que no es destino, ni
siquiera vida desordenada. La sociedad civil no
tiene armas contra los saqueos cuando estos se
tramitan vía judicial.
—Por eso es que hay que tener un arma.
Aunque sea chica —Esteban, ya se dieron cuenta,
es el maestro de la brutalidad—. Cuando todo
fracase, y siempre puede pasar, un tiro te salva de
humillaciones.
Empiezo a creer que este tipo tiene habilidades.
Si lo invitase un día a la oficina, supongo que
obtendría comentarios crueles, pero certeros. Y
no digo que me alegre hablar con él: siempre es
fea la voz que te pone los pies sobre la tierra.
Entiendo un poco la visión de Esteban y ya sé
lo que haré cuando vuelva a la oficina. No voy a
despedir a veinticinco.
Serán quince los que queden fuera. Aquellos
que no corra, deberán cubrir mis espaldas.
258
CADA UNO SE LAS ARREGLA
CÓMO PUEDE
Desde antes de egresar de la universidad,
Jacqueline tiene tratos con el muchacho que
vende confites en el semáforo. No vayan a pensar
mal, cabrones. Le provee ramos de flores que el
chico vende complementariamente para mejorar
su ingreso. Así que ella todas las mañanas, al salir
a trotar por los barrios aledaños, lleva una bolsita
de tela y una minúscula tijera de jardín. Ya que el
paso frecuente por los mismos barrios podría
estigmatizarla ante los vecinos como una ladrona
de plantas, ella suele cambiar de ruta y es posible
que no pase por el mismo lugar en dos semanas.
Así da tiempo a que haya nuevos brotes y
floración y que la gente no llegue a preocuparse
por descubrir que sus plantas van desapareciendo
silenciosamente: sería gravísimo que el
propietario experimentase el desconsuelo de ver
a sus jardines padecer de una inexplicable
calvicie que propicie impostergables sospechas.
Digamos que, en esto, Bobby, el chico del
semáforo, y Jacky, van a medias. Al final del día,
la mujer se asoma a la esquina como quien no
quiere la cosa para hacer cuentas. O hay plata o
hay devolución. En tal caso, el comedor tendrá
259
esa noche un modesto centro de mesa para su
cena solitaria.
Eso implica madrugar. Entre trote y caminata,
su ruta puede durar hasta dos horas. Antes de salir
se pone un buzo rojo con capucha y anteojos
oscuros, una gorrita de los mismos tonos y
zapatillas de correr, negras. Y amarra la botella
de agua de su cintura, para que no estorbe
demasiado.
Afuera, la calle está sola y la noche,
generalmente negra. Alguna que otra vez, llueve.
Eso no evita la tarea, pues se trata de ganar un
extra que le ayude a sobrellevar mejor el estrés
presupuestario. Y apenas ha colocado un pie
sobre calle, ya tiene definidas sus metas.
Hoy, por ejemplo, va por rosas a diferentes
jardines. El sábado tendrá que alejarse más, pues
le tocan girasoles y crisantemos. Y si encuentra
algo fuera de serie, una orquídea o un príncipe
negro, no lo segará de inmediato. Lo pondrá en
agenda y le dirá a Bobby para que lo ofrezca. Sólo
cuando la venta esté pactada, cortará o
desenraizará el pequeño tesoro.
La tarde que Jacky extravió su tarjeta de débito
fue infructuosa. Regresó casi a las seis de la
noche a la casa y, durante la entrevista para
reclutarse, percibió paulatinamente que la estaban
boludeando. Ocurre con frecuencia que las
260
entrevistas de reclutamiento sean mamparas de
institutos y universidades privadas para venderle
cursos a gente que está intentado crecer en el
mercado laboral. Toda la escenografía del lugar
lo indicaba y el hecho de ver, en las esquinas del
gran salón, quioscos de Universidad de los
Buenos Payasos le permitió entender que nada
pasaría.
Bueno, la llamaron a la semana siguiente al
celular, pero eso no es importante. La contactaron
para venderle un curso de Excel que nunca
solicitó y otros de servicio al cliente. No dejó que
el operario se explayase mucho y cortó la
llamada. Inmediatamente volvió a sonar el
celular, pero esta vez optó por no responder.
Esa noche, mientras dejaba listo su bolso para ir
a trabajar a la mañana siguiente y no tener apuros,
notó la ausencia de la tarjeta. Afortunadamente,
tenía su frasquito de las flores, que es la buchaca,
casi intocable, de las ventas a Bobby. Consultó el
saldo bancario: ella había gastado, pero no tanto;
deberían quedar quince o veinte mil pesos, pero
ya son humo.
Dedicó veinte minutos, quizá cuarenta, en hacer
el reporte y el bloqueo. El jueves debería pedir
permiso para ir a la sucursal a retirar la reposición
del plástico. Es una joda que cierren temprano y
261
uno tenga que hostilizarse con los jefes para que
le cedan una hora.
Hecho el reporte, se preparó un té que dejó
enfriar. Por la orilla del cielorraso, una lagartija
asomó la cabeza y la escondió con la velocidad
que da el nerviosismo.
A las siete y pico de la mañana, fue a dejar en
un canastito las provisiones florales del día para
su vendedor.
No se quedó a conversar mayor cosa, no sólo
para evitar quemarse, sino porque Bobby
charlaba con dos tipos que vestían raro, como
matones del inframundo.
El bajito y escuálido es Iván. Pancho es el más
gordo, pero no se nota tan hostil como su
compañero, que le muestra al florista unas
doradas moneditas de chicle.
262
YARDO MUÑOZ SALAS
TESTIMONIA CONTRA SÍ CON
AYUDA EXTERNA
“Hace tiempo queríamos deshacernos del abuelo,
pero nos faltaba estímulo. Es decir, no tenía un
petate para caerse muerto o una herencia que
pagase el entierro y que pudiésemos repartir entre
los tres nietos.
El viejo era un infeliz con todos. Nos sacaba en
cara que todo lo pagaba. Nos inventariaba la
nevera. Si comíamos de más, era rápido al
rezongo. Si dejábamos abierta una puerta, furioso
por el viento. Si escuchábamos música, se
inventaba la hora de la siesta y apagaba hasta la
tele. Todo un mono totalitario.
Nosotros, sin padres desde muy chicos,
crecimos encuevados en esa casa. Fuimos a la
escuela puntualmente, pero casi nunca jugamos
en la calle. Todo en la sala del fondo, donde hasta
la luz chorrea en tonos grises.
Nuestros padres están presos todavía. Llevan
quince años y dicen que faltan diez más.
Cometieron una serie de asaltos agravados y tres
muertes, a mediados de la década pasada. Es lo
que deja andar con malas juntas. Un pastor, que
263
se fastidió de su comunidad porque no le
compraba jamás un coche del año, les hacía
tercio.
El viejo nunca opinó de ello. Ni siquiera asistió
a los juicios. Nos dejó mirarlos por la tele, y
nosotros —idénticos, trillizos— festejábamos al
unísono ver a nuestros padres en pantalla.
Pensamos que eso significaba que pronto
volverían y no fue así.
Nunca fuimos a verlos y alguna vez que Rex
quiso preguntar sobre el tema, abuelo lo calló en
seco. Sin golpes ni nada. “De eso no se habla”,
sentenció.
Nos fuimos acostumbrando a su hosquedad, a
su renegar de todo. A su costumbre de prohibir,
de vetar hasta el saludo a los transeúntes que
pasaban frente a casa. No sé si nos traumó, no lo
creo. Me parece que James, el mayor de los tres
por quince minutos, ya traía el mal carácter de
toda la vida.
En el patio de atrás, sembramos tomates,
chayotes y algunas verduras más. Es un terrenito
de unos doscientos metros, nos da lo necesario
para autoconsumo y para vender un poco. El viejo
se dejaba venir sobre nosotros para reclamar el
dinero de las ventas para sí. Mejor dicho, para
administrar el gasto doméstico.
264
De vez en vez, cada año, zapatos nuevos y una
o dos camisas. Libros nunca, pues son caros.
Afortunadamente, la señora bibliotecaria del
colegio nos regaló montones una vez que le
obligaron a depurar la colección para evitar que
la polilla invadiese todo. Así nos fuimos trayendo
de diez en diez, cada uno, una torre de libros que
superaba los mil ejemplares.
Nos duraron dos años. Una mañana, mientras
íbamos a clases, el abuelo vendió todo al
chatarrero por veinticinco mil pesos.
Lo odiamos. Yo lo odio todavía, aunque ya no
esté.
Nuestro abuelo se llamaba Jeremino Salas.
Nunca le conocimos oficio, pero se ganaba la
plata irregularmente. Un día tenía sobrada y otros
días andaba escaso. Tenía dos revólveres en el
fondo de una gaveta de la cómoda.
Ambos cargados, seis balas en cada uno.
Entiendo que también estuvo preso y que, antes,
fue empleado de algún banco. El llevarse a casa
alguna plata que no le pertenecía habría inducido
a que lo botaran, malditos auditores que siembran
pruebas.
265
Ésa es la desgracia de nuestra familia. Nos
persiguen, nos comprometen, nos quitan todo,
nos encarcelan.
Sin embargo, nadie venía a buscarlo nunca. Ya
pasados los años de turbulencia, posiblemente,
con enemigos que no le daban importancia, salía
ocasionalmente a hacer compras en la tienda de
la esquina o a la licorera del barrio.
Nunca más allá.
El hombre tenía apenas cincuenta y tres, lo que
indica que fue padre joven. Su hija, nuestra
madre, también lo fue. Se enredó, estando
carajilla, con alguien de su misma edad y, en
consecuencia, aparecimos nosotros: los trillizos
Muñoz Salas, ahora indiciados.
Fue Rex el que escuchó hablar por teléfono al
abuelo sobre una colección de billetes que quería
vender para comprarse un nuevo catre y un
colchón moderno, de algodón. Según él, la
colección valía una fortuna y, sin dudarlo,
hablaba con un potencial comprador.
Deberían averiguar con quién habló y no
hostigarnos a nosotros.
Por la noche, al ir a dormir, nos dijo del trato.
266
Los hermanos dormimos todos en un camarote
triple. Mide como cinco metros de alto y abajo va
James y yo, en la cumbre. Siempre charlamos un
rato con la luz apagada sobre los acontecimientos
del día. Es lo más parecido que tenemos a vida
social.
¿Que no dije mi nombre? Es Yardo, Yardo
Muñoz Salas. Mi padre se enteró que yard alude
en inglés al patio: lo supo y le gustó. Me salvé
porque era propenso a usar nombres del viejo
Oeste. Lo que ocurre es que esperaban gemelos y
no: yo estaba atorado por allí y aparecí al rato,
con nuevas contracciones.
Yo sé que mis hermanos le dirán que fui yo el
que le dio al viejo un té cargado de sedantes. Que
yo planeé todo y que, ya indefenso, lo maté a
palos. No lo crea. Ya le dije, el de mal carácter se
llama James y el de corazón frío, Rex. Alguno de
ellos habrá sido.
Me llegaron los rumores de cómo quedó el
cadáver, yo no estuve allí: estaba cuidando la
huerta y nunca me di cuenta de nada.
Entiendo que Ud. dice que Jeremino era un
hombre fuerte y que todos participamos. No es
cierto: con dos hubiese alcanzado para vencerlo
y, estando dormido, uno bastaba. Yo de hecho, sé
que mis hermanos también andaban en el patio,
267
iban y venían, espantando los perros sueltos del
vecindario. Nada malo, ¿ve?
No sé qué le dirán ellos, pero yo no fui. No voy
a meter la mano al fuego por mis hermanos. Ellos,
alguna que otra vez, hacen cosas crueles: lo he
visto con las ardillas y con las iguanas. Y no para
comerlas: puro ejercicio catártico.
Ud. imagina algunas palabras que yo no digo.
Están fuera de mi esfera, pero evidente es que Ud.
sabe traducir a su contexto. Por eso, si me trabo,
el texto lo rellena a su gusto, y yo, al final, me
limito a firmar bajo protesta verbal.
Fui el primer sorprendido de ver la ley llegar a
casa con orden de allanamiento. El viejo tenía ya
varios meses de no estar con nosotros, pero
nosotros suponíamos que se había obstinado de
mantenernos y se fue con alguna vieja, de
parranda. Tuvimos que multiplicar esfuerzos para
conseguir comida y licor para que todo siguiera
adelante sin el estorbo del viejo.
Un día cualquiera, encontramos la colección de
billetes del abuelo en una vieja valijita de cuero
bajo la cama. Los tres nos fuimos donde un
anticuario para tasarla. Nos dijo que eso era
basura: billetes antiguos, pero destrozados. Nadie
se preocuparía de pagar por ellos.
268
Eso fue a los pocos días de la desaparición de
abuelo, ¿y qué? ¿Por qué íbamos a guardar luto si
no sabíamos que estaba muerto? Nosotros
teníamos hambre y vimos una solución a mano en
los billetes.
¡Qué desengaño!
Mire, si hubiésemos sido nosotros, lo
enterramos a cinco metros de profundidad y le
hacemos un planché de cemento a ese nivel. Y
luego taparíamos todo y ni con sabuesos lograrían
detectar ni papa.
Además, vea usted la enredadera de ayotes. No
íbamos a dejarla crecer donde la policía la
arrancaría de inmediato. Fíjese bien que la tierra
no está revuelta más allá de lo normal para que
todo crezca.
Lo que pasa es que otra vez nos están
sembrando pruebas. Han de ser denuncias o
trampas del vecino de la casa derecha, que dice
que matamos a su perro Lirón. Ese hombre está
loco, paranoico, y anda diciendo que nosotros
somos desquiciados ermitaños.
No creo que tengan evidencias. Siempre hay
palos en casa, pero no los usamos para matar a
nadie. Lo más a alguna gallina que nos invade el
patio. Y una vez nos vimos con unos tipos
269
grandes del colegio, a la salida de clases.
Llevábamos buenos garrotes, por precaución.
Supimos defendernos. Fue cuando nos
expulsaron indefinidamente del tercer año.
270
Abuelo se mostró indiferente.
—Miren a ver qué hacen con su tiempo.
Gánense algún dinero —y siguió con su cerveza,
tomando de la botella a fondo blanco.
Le escuché a su compañero informar que
hallaron ropa ensangrentada. Y eso, ¿qué? Ya le
dije que algunos tienen pasatiempos raros y el de
mis hermanos es matar animalitos a palos.
Yo nunca, claro.
Yo siempre he querido pintar perdices y aves y
gasto el tiempo en eso. Me quedan muy mal, pero
ya coloreadas pueden verse con disimulo. Alguna
vez intenté venderlas, pero nadie hizo cómo
preguntar el precio. Una maldita mujer se atrevió
a decir en mi cara “qué asco” y siguió su camino.
Se habrán metido los ladrones en un descuido.
Mire bien que la casa es vieja, de madera y sin
rejas. Cualquiera entra y sale y tiene puerta
adelante y atrás. Yo buscaría indicios de
visitantes. Cualquier vecino puede ser. Ud. sabe
que nuestro vecindario no es un lugar de paz.
Las sábanas rotas donde envolvieron el cuerpo
son de casa, pero ¿qué quería? Los que hicieron
esa barbaridad encontraron todo a mano.
Agarraron lo que estaba en uso. Ud. sabe que la
plata no rinde y por eso tenemos piltrafas.
Claro que tenemos palas, dos. Y se usan en el
mismo lote donde encontraron al viejo, porque
allí es donde sembramos todo el tiempo.
Va a encontrar ADN nuestro por todas partes,
¿y qué? ¿Acaso no vivimos allí? Es como sacarle
sudor a una camisa que me acabo de quitar: está
porque debe estar.
Claro que a veces extrañamos al viejo y, por
ello, nos recostamos un rato en su camastro.
Tiene esa peste de calor de colchón de paja, pero
sirve de recuerdo.
¿Ya oyó que los trillizos idénticos pueden
compartir el mismo ADN? No lo sé, pero
físicamente los tres somos intercambiables y
nadie lo notaría. Posiblemente, peguemos esa
lotería”.
La presente es transcripción fiel de la
declaración presentada hoy lunes 14 de
noviembre del año en curso, por el señor Yardo
Muñoz Salas, DNI número 9-XXXXXXXXXXX a
271
las cuatro de la tarde, en oficinas centrales de la
Policía Judicial.
Termino de leer los folios y estoy aturdido. Se
supone que ese ser contradictorio soy yo. Y me
habla de un crimen y de unos hábitos que
desconozco. Ni siquiera sé que tuviese hermanos
o parientes de vida peligrosa.
—Yo no voy a firmar esta joyita. En esta
declaración, usted, literalmente, nos involucra y
no somos tan pendejos. Creo que ninguno de mis
hermanos lo hará. Siempre me negué a pensar lo
peor de la policía, pero me trae una declaración
prefabricada con conceptos que no conozco y que
jamás salieron de mi boca.
Quiero un abogado.
272
GREGORIO PASTA, PATRONO
DE LA FILANTROPÍA
—Don Santiago, querido, me han hablado mucho
de Ud. Pásese por mi oficina este jueves a las
cuatro y media para que hablemos. Mi empresa
puede ayudarle a su obra.
Eso me dijo al teléfono. Entonces pensé que las
cosas se acomodaban por voluntad de Dios y
estábamos a punto de reclutar a un nuevo
filántropo. Tendríamos, por lo menos, una casa
vieja más y presupuesto para dar comida y ropa
vieja.
Es que aquí trabajamos con las uñas. Nos llega
dinero y buscamos darle uso: mejorar la vida a
otros es cosa impostergable. Hay mucha hambre
en una sociedad que aplica el paradigma
neoliberal a pie juntillas. Todos saben que el
mercado no da equilibrios, sino residuos
humanos, pero ellos tienen el poder. Nada qué
hacer.
De inmediato, le conté a Claudia, mi esposa. Me
preguntó si me acompañaba. Le dije que no. Me
pregunto si debí llevarla porque de lo que ha
pasado, no tengo testigos.
273
Tomé el coche y me estacioné una cuadra antes.
Caminé por la acera, aunque estaba maltrecha: las
piedrecillas se sentían como cuchillas contra las
plantas. El calor de esa tarde mantenía el
pavimento en llamas.
En el seis, la oficina del míster está en el seis,
pero es dueño de todas las empresas del edificio.
Está metido en muchas cosas: la mitad de la
estructura sirve de bodegas para todos los
productos que importa y distribuye.
—Vengo a ver a don Gregorio Pasta. Me está
esperando.
274
—Enseguida, señor. Por favor, tome asiento.
Paro oreja y me entero de que esta joven de la
recepción es nueva: entró el martes. Hace migas
con el mensajero a nivel de chismorreo y, si yo
fuese ese chavalo, me sentiría con chance de
coquetear con ella. Pero el hombre no lo hace.
Luego de los comentarios, recibe cuatro sobres
que se lleva de inmediato hasta su moto.
—Lo van a recibir ya. Arriba habrá otra
secretaria. Sexto piso, presidencia.
—Gracias.
El ascensor huele a alcanfor y pollo frito. En el
suelo, hay caídas jeringas nuevas en su empaque.
Además, también huele a banano pasa. Supongo
que alguien come de esas bolsitas en el ascensor
y, tal vez, las roba de las empresas de Gregorio.
—Me alegra verle —Una mano franca, un
rostro amable y una velocidad ejecutiva—.
Siéntese. ¿Quiere un café?
—Mucho gusto —asiento con un movimiento
de cabeza.
El hombre se limita a oprimir un botón y logro
captar que la mujer ha recibido el mensaje.
Entretanto ella viene, dialogamos.
—Veo que su obra es grande. ¿Cuántos años
lleva de dedicarse a la caridad?
—Veintiocho. Mis padres siempre quisieron
algo así y lo empezaron. Cuando faltaron, yo
continué.
Junto al ventanal, una estilizada garza de cristal
parece vigilarme.
—Ha de recibir Ud. ayuda de gente importante.
—Así es. La gente poderosa tranquiliza su
conciencia con la generosidad, supongo—. Me
doy cuenta de que entro en un juicio peligroso,
casi ofensivo. Procuro morderme la lengua.
Ayudamos a dos mil quinientas personas todos
los días.
275
—¡Qué bueno! Tengo planes para Ud.
En ese instante, se abre la puerta. La mujer se
inclina a dejar las dos tazas y un postre sin lustre
sobre el escritorio. Apenas hecho esto, se esfuma.
—Gracias, señorita —alcanzo decir al humo
que deja a su paso.
—Provecho, don Santiago. Tome su café con
calma. En cuanto lo digiera, hablamos en serio —
me dice el tipo calvo, de unos cuarenta y cinco
años, un tanto corpulento y alto mientras deja ver
que lleva en su anular derecho un aro con
diamante. —Ah, un gurú me dijo que la garza
simboliza la tranquilidad. Yo no creo en eso, pero
me pareció linda. Y barata. La verdad, yo compro
cosas baratas que parecen arte: son imitaciones.
Comprar un original es un despropósito porque si
quieres deshacerte de él, nadie te repondrá lo
pagado.
—Bueno, le escucho —he tomado la taza en dos
sorbos y siento un infierno en la garganta. Quiero
toser, pero lo evito.
—Puedo ayudarle con su caridad. Sé que las
finanzas no andan a flote.
—Siempre vamos a coyol quebrado. Es decir,
lo que entra, lo gastamos. Se trata de dar.
276
—Don Santiago, a Ud. lo ven mucho en el
Casino XXX. Sé que lleva anteojos oscuros y se
disfraza un tanto, pero es Ud., sin duda.
—Ud. se equivoca —alzo un tanto la voz para
enfatizar mi ira—. Yo soy cristiano y no juego.
—Eso podemos discutirlo. También soy
accionista de ese lugar, ¿ve?
—¿Dónde quiere llegar? Entendí que teníamos
una cita proactiva—. Me muestro nervioso, a
pesar de tratar de no hacerlo.
—Yo creo que Ud. está jugando dinero ajeno,
pero eso es su problema. Lo que yo quiero es
ayudarle a cambio de un favor mínimo. Es la
persona indicada y saldrá intacto de esto.
—Perdone que me sulfure, la vida privada es
privada. En todo caso, busquemos puntos de
coincidencia. ¿Me da otro café? Aún tengo
postre.
El hombre vuelve a oprimir el botón que le
indica a la secretaria lo que requiere. Lo veo
escarbar una gaveta y sacar un fólder negro.
Levanta la mirada y dice:
—Los expedientes negros de la compañía son
inaccesibles para el personal. Solamente yo
puedo revisarlos. ¿Conoce a este hombre?
277
—Así es. Lo recogimos de un lote baldío
cuando estaba hecho leña. Desnutrido y
tembloroso por la piedra, la mirada de un idiota.
Se ha ido recuperando y ya casi lo mandamos a
conseguir dinero para ayudarnos. Es que nuestro
programa es reciprocidad: ellos reciben y, al
levantarse, nos ayudan.
—Pues no lo mande a pedir. Necesito que lo
haga mejorar: que lo cuide, lo instruya un
poquito, que se mantenga comiendo y engorde
sesenta kilos. Le doy cinco meses, pues no puedo
más. Así que fájese con eso y cuando esté listo
me lo trae con total discreción.
278
—¿Y si quiere irse?
—Lo vapulea, cabrón. No me diga que nunca
hace eso. Si no fuese así, la deserción le quiebra
el negocio en cosa de semanas.
—Perdone, pero eso parece secuestro.
—Lo es. ¿A Ud. qué le importa?
—Tiene razón. Y para mi caridad, ¿qué habrá?
—Le voy a girar diez mil dólares mensuales. De
ahí saca la buena mantención de mi “entenado”.
Tome mi tarjeta. Total sigilo, ¿eh? No olvide el
camino —dice mientras se levanta, me entrega el
cartoncito y me encamina a la puerta.
Me doy cuenta de que el segundo café nunca
llegó. Tengo ganas de llamar a Claudia, pero no
podría contarle el lado oscuro de la trama. No sé
qué hacer.
Por ahora, decido irme por las gradas, espirales
en caída, como tantas veces ocurre en la trama de
la vida.
279
MI ALIADA PETRA Y EL
COMITÉ DE COMAS NEGRAS
—Leer una novela es explorar los archivos, pero
está de por medio la organización, caprichosa o
no, que ha dado su autor al texto. Conviene
preguntarse qué hay detrás de todo o si
sencillamente el que escribe es un vagabundo de
ciudad que va explorando sin ruta la interioridad
de los seres que encuentra. En esa travesía,
posiblemente halle a diez sujetos interesantes a
los que sacar verdad y a otros diez, de los que
inventa una vida sin respetar parámetro alguno:
serán lo que el escritor quiera.
Ahora, caso diferente es el de Vivas que es un
perezoso con oficio. Investigar, ni mierda. Mira
desde lejos y supone. Como está medio esquizo,
inventar una historia no le cuesta nada porque
habla con sus invenciones. De hecho, un par de
veces se ha ido a las patadas con ellos hasta
fracturarse. En la última, se ha quebrado el codo
pues cayó por las escaleras. Claro, esto no se
hará público porque un autor es mercancía y
siempre depende del prestigio.
Ahora, el tipo que a veces cree ser sabelotodo,
es un bombeta absoluto. Suponer el caos del
capitalismo a partir de los fraudes, de las
281
mentiras de Estado, del incumplimiento de la
palabra, es aventurarse en un terreno hostil, cuya
geografía puede confundirnos. Sugiero que,
como comité editorial, veamos el dominio de los
personajes, la construcción psicológica, el
humor ácido, las contradicciones del sistema,
pero no hagamos teoría económica. Primero,
porque el autor nunca sabe de lo que habla y, sin
embargo, presume de lo contrario. Segundo,
porque este puto sistema de chorizos nos da de
comer y si abrimos la bocota, perderemos
clientes —palabras de don Diego Mazapán,
señor de academia.
—Don Isidro, ¿Ud. quiere decir algo? Adelante
—desde su puesto de mando, Petra dirige la
sesión.
—Sí, doña Petra. Hagamos algo con esta plaga
de ratas verdes que ha invadido el edificio. Creo
que van a comerse todo el inventario. No vayan a
estar ligadas con ese dios rata de arena que usted
guarda en su oficina. Tengo un primillo que es
exterminador y nos puede cobrar barato.
En cuanto a Vivas, es un degenerado que
pretexta estar loco para desatar su insolencia. Y,
sin embargo, ya lo dice Malanga: a la gente le
gusta descubrirse en el texto. Un lector ofendido
es un lector que se gana porque compra la
282
siguiente obra en espera de otra bofetada que lo
haga sentir que le importa a alguien.
—No estoy de acuerdo —replica Mazapán. A
este loco, debemos moderarlo. Ya me chismearon
que está preparando un ensayo arbitrario sobre
la gallinicidad como esencia malangueña.
Imaginen la multitud ofendida: se van a arrancar
las plumas del puro colerón.
—Pues nada —dice Petra—. Tan sencillo como
entrar en el negocio de las almohadas, las
artesanías y demás. Si acá se alborota el
gallinero, nos darán insumos gratis para
producir otros bienes. Imagínese que entremos
en la industria farmacéutica y produzcamos
pastillas contra la alergia, luego de vender falsas
plumas de pavorreal. Porque una de las primeras
que se quedará pelona a pura chicha es la
oligarquía y suelen decorarse suntuosamente.
Lo que tenemos que hacer es votar si este libro
entra en nómina para el próximo semestre. Si
decimos que sí, tenemos dinero y el autor se
tragará todas las piedras que le tiren. Al chavalo
le encanta caer mal.
Ah, hablando del dios rata, todos convenimos el
año pasado en darle voto en el Consejo. Y ese
voto está delegado en mí, no lo olviden.
283
Dicho esto, vamos a votar.
Es entonces cuando los siete miembros de la
junta deciden sobre el futuro de este libro. Es
evidente que ganó el sí por 11 a 2. La excesiva
humareda de marihuana que había en el salón los
hizo contar seis votos más.
284
UNA DIGRESIÓN QUE ALGO
AYUDA
En el receso forzado que he debido hacer, merced
a que se quemaron varias partes del ordenador
—consecuencia de dejar el CPU encendido
veinte horas, con o sin uso— he olvidado un tanto
la ruta que van trazando los personajes. Eso me
obligará a desandar el camino y a releerme, cosa
que detesto. No quiero descubrir las centenas de
pifias que tiene el texto sin terminar o encontrar
los hilos que el narrador mueve para forzar a los
personajes a la mísera condición de títeres.
Eso me aterra.
Pienso brevemente en algunos de ellos, pero me
resisto a planificar su evolución. Sin embargo,
supe que Jacqueline Solares decidió, en sus
rondas matinales de robahuertos, hacerse con un
perrito ajeno que estaba a la orilla de las rejas y
cabía perfectamente entre las rendijas de los
fierros. Ahora tiene un chihuahua al que saca a
pasear a eso de las cinco y media, allá por la
periferia capitalina, antes de ingresar a los
barrios del sur. Le ha puesto una bandana negra
sobre el cuello y le ha pintado con betún unas
cuatro manchitas negras para que sea
irreconocible. Y, por prudencia, ha decidido que
285
conseguirá rosas y claveles en esa nueva ruta
cerca de la Cuesta de los Ramírez y la Calle de
los Abandonos.
No obstante, el costo de oportunidad de esta
decisión se refleja en acceder a jardines menos
ostentosos, flores plagadas de cochinilla, hojillas
mordisqueadas y montón de ronchas coloradas
que le dejan los bichitos mientras viene con su
carga de flores a negociar con Bobby.
No sé si me interesa mucho esa historia.
Además, deja mal parada a la muchacha y ella es
de mi entera estima: trabaja, estudia, se esfuerza
y produce. ¿Cuánto tiempo se sostendría en pie
la compañía de sus patronos sin la eficacia de
Jackie? Uno o dos años, porque el desorden se
tragaría el prestigio que le levanta el rostro ante
competidores mucho más grandes en capital.
Cuando decidí caminar sobre esta trama, sentí
ligeros paralelismos y por eso el fantasma de
Osvaldo Soriano y de su creación —un Zárate
cuyo verdadero nombre nunca conocemos—
flotan por acá como homenaje. El informático es
un personaje de Una sombra ya pronto serás,
novela publicada en los noventa, que retrata el
viaje circular de un informático por rutas
olvidadas argentinas en medio del discurso
globalista. El gordo Soriano amaba la
286
decadencia y las sinestesias, y la aventura es un
pretexto para retratar un continente que creyó en
un neoliberalismo que cotidianamente nos
derrota. La red de seres disparatados, vencidos
por el delirio, incluye desde un estafador de los
más ramplones —de los que presumen el dinero
que no tienen—, jóvenes que sueñan con llegar a
USA fácilmente pues según su credo es cosa de
cruzar la frontera argentino-boliviana, hasta un
tipo que cree tener la fórmula para hacer tumbar
un casino y sujetos de a pie que se ganan la vida
bañando paisanos con manguera. Todos
conviven con mitologías que nos separan del
peso de la realidad y todos pierden. Lo lindo de
la obra de Soriano es, sin embargo, la dignidad
que retrata en algunos humanos, muy humanos.
Yo me he apoderado un tanto de la mitología
del disparate, pero no para darle esperanza a
nadie. Estoy convencido de que la sociedad de
consumo es eso: un vil engaño que nos lleva a
mal camino. Sin embargo, eso de construir
destinos forzados arruina cualquier potencial en
la novela. Al menos, yo reniego del naturalismo
porque no me gusta ver que la gente nazca
condenada a la desgracia, aunque es innegable
que la cuna es destino.
Sin embargo, la Argentina de Soriano y la
Malanga mía tienen esa atmósfera inevitable: la
287
estética del deterioro que uno sobrelleva con
humor, muchas veces amargo. Y Osvaldo no
alcanzó a ver tan fuertemente el problema de los
sucios capitales y la ubicuidad del narcotráfico.
Bueno, en los noventa, ya Las Manos de Filippi
acusaban en Sr. Cobranza a un presidente narco
y posiblemente la cosa pasaba con frecuencia en
el mundo, pero no lo sabíamos con tanta
claridad.
Tampoco esta novela es un pretexto para
montarme sobre otro libro para salir avante. Eso
sería mezquino: lo que me interesa rescatar es
que ambas escrituras están inconformes con la
sociedad de consumo. En mi caso, porque ha
pasado un chorro de años, puedo decir que mi
época ha podido atestiguar la violencia
económica en todas sus formas: la especulación
inmobiliaria, los manipuladores de las acciones
en bolsa, el desempleo hiperbólico, la promesa
del Primer Mundo —la apertura comercial— que
ha destruido a miles de productores locales sin
llevar mejoría social a la media de la población.
Súmese a esto la economía de guerra, la censura
mediática y la esquizofrenia, que diría
Baudrillard, del consumo innecesario.
El suicidio del CEO de la Nacional de Papel no
lo vi venir. Apareció porque sí en el relato, pero
uno debiese preguntarse si todo esto del papel
288
fraudulento, el desprestigio de la moneda y la
especulación en todos los niveles —hasta en el
trueque— no evidencian el fracaso de las
alegorías del mercado. ¿De verdad vale un
billete el poder de compra que certifica? ¿Por
qué los pequeños empresarios de cualquier cosa
deben vender su mercancía incluso a precios de
pérdida, mientras que los supermercados toman
esos mismos bienes y apuestan con ellos a
notorios sobreprecios? ¿Por qué a unos les
regateamos y a otros no? Claro que yo no me
dedico a responder esto: mi espacio es la vida
cotidiana, el caminar por las calles y observar
cómo las personas resuelven su mundo. Sin tener
la menor idea de la grandeza de sus acciones ni
de los pequeños heroísmos que implica estar
vivo.
Porque nos han educado a ver íconos,
superhéroes y, a cambio de ello, el ser humano,
nuestro par y nosotros mismos, es percibido
devaluado.
¿En la posmodernidad vamos perdiendo todas
las certezas? Eso depende, uno debiese
comprometerse a construir algunas: la
solidaridad, el respeto, la comunidad, el bien
común, las utopías. Algo que fortifique la
argamasa: eso es resistir. El problema es que,
cuando las narrativas se traicionan, la
289
muchedumbre queda a la deriva. Imaginemos —
o memoremos, porque ha pasado repetidas
veces— la llegada al poder de un tipo que
manosea discursos sociales, pero que, a la hora
de ejercer el mando de gobierno, se casa con la
clase económica que le financió la campaña y
hasta se jacta de ello. Yo no digo que ése sea el
papel fraudulento, tan común en Malanga, pero
comparte consecuencias. Cuando aparece el
farmacéutico que promete tener la cura para la
gangrena y nada pasa, pero te entrega un
facturón, habrás debido enojarte.
Pero no ocurre. La educación manoseada ha
construido ciudadanos pálidos, cuyo frío interior
los hace inofensivos. Si hoy les juegan sucio, no
aprenden. Vuelven a caer con la nueva cara
política, que resulta venir de la misma ideología
que ahora simula la diáspora para infectarlo
todo, para combatir todo chance de cambio.
¿Qué hace uno ante estas circunstancias? Pues
multitud de cosas. Desde la respuesta de Jackie
de agenciarse unos pesos cómo pueda, hasta la
sobrevivencia de Iván y Pancho, trabajando para
seres irregulares, peligrosos. O apenas
sobrevivir, como el Bobby que un día vende bien
y dos días después le regresa a la macha —
porque se acaba de hacer unos lindos rayitos—
una cantidad alta de flores marchitas.
290
Entretanto, cambio de ordenador porque el hijo
de puta técnico me ha dejado el equipo “como
nuevo”, —lo que quiere decir que le ha cambiado
todo y le ha instalado hardware prehistórico,
tarjeta gráfica de juguete, RAM de la DDR3,
cuando tenía de la cuatro y se han desaparecido
dos discos duros que estaban buenos— y la
piltrafa de ahora me da prurito y furia mal
canalizada porque fui capaz de transar sin
factura y ahora no poseo respaldo legal.
Aun así, me ha sido mejor comprar un equipo
usado que operar con la cochinada que me dejó
el vivazo ése, que sacó provecho de que la
máquina original era una gamer para
deshuesarla.
Dejo de hablar de esa carroña para decir que
en este impasse es cuando aparece en la vida real
el puto chatGPT, inteligencia artificial sin pudor
al plagio y al rejuntado que es capaz de aprobar
cursos universitarios y hasta imitar determinadas
escrituras. Así que, si me preguntan el origen de
Salomón de la Luz Chueca, lo desconozco. No
obstante, puedo asumir que es un sistema
operativo antropomorfo que ha podido
mimetizarse conmigo y que mi temor augura que,
en algún momento, yo no sea necesario por la
simple razón de que el algoritmo imita al
algoritmo y el individuo que antes pretendía
291
presumir su unicidad, ahora es totalmente
imitable.
Así que no tardarán en ver novelas de Vivas,
pero no escritas por Vivas, sino por un sistema de
cálculos idiotas, mecánicos, fríos.
Esto me congela por dentro, porque para mí
será la muerte de todas las ficciones y, en
consecuencia, del espíritu que, en mi caso, da
sentido a la vida..
Entonces, sí: ya verán mi lado psicópata
combatiendo toda aquella tecnología plagiaria
que está llenando el mundo de seres atrofiados
intelectualmente y rendidos al totalitarismo.
292
4. ESTO NO ES TEORÍA
CUÁNTICA, SINO EL
DETERIORO DE ESTE CUENTO
EL NARRADOR SE QUEJA DE LO
SENTADO QUE ES SU ESCRITOR
FANTASMA
El colmo. Contrato a un ghostwriter que se
disfraza de espía y el muy cabrón está detrás del
palo. Me rompe el hilo narrativo, pues decide
fijarse en historias que, por ahora, me resultan
inútiles. Yo, como ya he sacado miles de pesos
para que el tipo haga parte de mi faena, lo que
hago es cribar los informes que me da, de tal
modo que me puedan ayudar a gestar otro
proyecto.
Digo yo, ¿para qué putas gasta tanto
vistiéndose como agente secreto, con gafas de
marca y sobretodo, si es en el fondo más o menos
tan inepto como yo?
Será que le gusta el oficio o ha quedado
atrapado en una profesión que aprendió por
necesidad. Eso pasa mucho y quizás sea el origen
de la mediocridad como norma social.
Deduzco que hace su trabajo bajo dopaje.
Hongos, éxtasis, gomitas: sepa el diablo. Sólo eso
permite explicar la atemporalidad con la que
reúne informaciones de sujetos que viven en
295
espacios temporales distanciados por tres o
cuatro décadas en un único documento cómo si
fuesen contemporáneos. ¡Ah, bribón!
Así que de inmediato, cribo y escribo. Las notas
que sobren irán al cajón ése que dice “vigésima
novela” y que es, por ahora, un total desorden.
EL AGENTE X TRANSITA
POR LA AVENIDA DE LAS
MOMIAS
Transito por el boulevard peatonal de la
Alameda de las Momias, ahora convertido en una
plaza de carros de comidas, gracias a una ley
propuesta por el oficialismo hace una década,
bajo la premisa de estimular el crecimiento
económico.
Concurren al lugar muchos patineteros,
artesanos y saltimbanquis. En torno a ellos se
forman círculos pequeños de personas que hacen
una pausa en su trajinar para admirar las destrezas
de los primeros. Lo malo es que no suelen
contribuir monetariamente: ni siquiera se prestan
a comprar una jarra, que cuesta menos de mil
pesos.
296
Hay decenas de policías desparramados a lo
largo de la Alameda, pero da lo mismo. Los
rufianes hacen con alegría su trabajo. Con esto,
quiero decir que nadie les estorba. Al contrario,
trabajan en equipo: uno roba y dos o tres simulan
ayudar a la víctima, pero, en realidad, la aíslan
para que demore su respuesta. Cuando logran
interrumpir al policía que estaba dialogando con
otros compañeros, el rapaz se ha perdido en
lontananza.
La famosa exposición del incomprendido
escultor Gervasio Maravilla —allá por los
noventa— no duró, merced al vandalismo. Luego
de eso, cansado de ser ninguneado por la
academia, decidió dedicar el resto de su vida a
fabricar chocolates de diseño. Y adivinen: todos
sus diseños eran bolitas de diversos colores,
algunas yuxtapuestas a otras por una férula de
caramelo duro. Por lo demás, aparte de sus
tiendas en los malls, el maestro ha pasado al
olvido.
Al menos hasta que haya otro premio o beca que
pueda disputar, porque negocio es negocio y
vocación es chorizo.
Suprimí varios párrafos porque mi ayudante es
un mezquino. Mete material de relleno que a
nadie le interesa y pretende cobrar por página.
297
Lo absurdo es que yo pague cincuenta mil pesos
por un “capítulo” que no llega a cubrir ni una
secuencia. ¿A cuánto me saldrá cada palabra?
Si no tomo medidas pronto, voy a quedar en
quiebra.
298
ANDRÉS ESCAPA POR LA
DERECHA
—¿Quién ha llamado, Andrés? Se les está
haciendo maña joder en la mañana.
—Qué voy a saber yo. Sencillamente, se quedan
callados o te dicen que fuiste elegido para un
préstamo. Yo los mando al diablo y cuelgo.
—Pues te veías incómodo. No vaya a ser que
ande detrás de vos esa perra secretaria.
—Tenemos mucho trabajo últimamente.
Cuando ha llamado Jacqueline es para afinar
detalles de un traspaso. De hecho, no entiendo
muy bien el asunto. Se supone que el dueño
murió, pero que habría firmado las escrituras a
favor de un mae de apellido Castillo, que nadie
conoce. Y sin mediar plata: venta simbólica.
Todo a cambio de una caja de Gallinero plus.
Tiene más guaro.
—Pues esa mosca muerta no me da confianza.
Viste bastante bien para ser mal pagada. ¿No te
parece?
—No me meto en la vida de nadie. Tal vez tiene
una pareja pudiente o los papás le dan dinero.
299
¿Querés un helado? En el freezer quedan paletas,
de fresa y de maracuyá.
—No, tengo que bañarme ya. Hoy tenemos club
de lectura y vamos a conversar sobre Isidro
Pelapapas y su influencia sobre la identidad
malanguense. El maestro Paco Nove Elotes no
acepta ausencias.
—Sonaría interesante, pero no tengo puta idea
de quién es. El nombre lo ubico en la prensa; su
obra, la desconozco. ¡Qué nevera más sucia,
mierda! Mañana amanezco en emergencias.
Decíle a doña Juana que la limpie hoy.
—Por ahí escuché de obreros que juran que
vieron al suicida ése vestido de vendedor de
quiosco. ¡Demasiada grifa fuman hoy!
—¿Cómo puede un edificio valer unas
cervezas? Mirá que hace seis años acabé la
carrera y no entiendo como Hacienda permite eso
como herramienta de elusión.
—¿No es que no te metés en la vida ajena?
¿Será que sólo cuidás de la vida privada de la
Jacky? No jugués con fuego, maldito.
Miro el reloj en automático. No alcanzo a ver la
hora, pero es el mecanismo que aprendí para
pretextar mis fugas. Alcanzo a enunciar:
300
—Voy a la farmacia del centro. Se me acaba de
templar una muela. ¿Ocupás algo?
Julia se queda paralizada un segundo. Luego
finge no haber escuchado nada y se retira
discretamente a su habitación. Seguro que está
furiosa.
Yo, sin esperar respuesta, me hago humo.
301
EL GHOSTWRITER
MALEDICENTE Y BOCAFLOJA
Transito por el boulevard peatonal de la
Alameda de las Momias, ahora convertido en una
plaza de carros de comidas, gracias a una ley
propuesta por el oficialismo hace tres décadas,
bajo la premisa de estimular el crecimiento
económico.
Han transcurrido veintiséis años del incidente
de las blancas bolas enormes del incomprendido
escultor Gervasio Maravilla que, cansado de ser
ninguneado por la academia, y luego de cumplir
quince años en la Penitenciaría del Sur por
cargos de lavado, quedó fuera de los circulillos
intelectuales y artísticos, tan faltos de lealtad que
bien podrían negar a sus madres sin parpadear
siquiera.
Así que, al alcanzar la libertad, el gran maestro
estuvo sin trabajo largo rato, bajo las faldas
matriarcales de su abuela. Fue su tía la que, en
un ataque de furia, lo bajó de la nube:
—Gervasio, vos ya fuiste. Ahora te toca
matarte. Buscá un trabajo.
Y le dio la dirección de un conocido pastelero.
303
Parece que las cosas salieron, a pesar de todo,
bien. El señor Maravilla se hizo socio de su
patrono en poco tiempo y, cuando éste murió
intoxicado de forma natural, se quedó con las
cuatro tiendas de chocolate.
No sean babosos, si a uno lo intoxican, es
natural que se muera. Es chiste viejo y no voy a
caer en peroratas sobre esto.
Lejos de las luces de la farándula, Gervasio es
feliz y la policía no lo ha puesto en la lista de
sospechosos. Ergo, es inocente. Eso comentaba
un día de estos con el inspector Campitos, una
eminencia en lógica policial.
Se habla muy poco de las deudas enormes que
ha dejado don Gregorio Pasta, hombre de
negocios de muy alta reputación que, según
parece, se cayó de la azotea de su edificio tiempo
atrás. Parece que el hombre apostaba duro en la
bolsa, pero otros dicen —de forma no oficial—
que era un maldito amarraperros y que se metió
a hacer negocios con la mafia y que no pudo
cumplir, por lo que optó por dar el piscinazo en
el concreto. Cosas de malas lenguas que uno no
debiese escuchar, pero están allí.
Ahora, también es tema del día la desaparición
de un famoso cirujano plástico del medio local —
el doctor Navaja— que ha sido demandado por
304
una exmodelo. La mujer le contrató para
“hacerle la nariz” y por cosas de mala praxis o
de cicatrización deficiente —vaya uno a saber—,
ahora le cuesta respirar y emite unos espantosos
silbidos cuando intenta hablar. Corren rumores
de que le han ofrecido contratar en la estación
del tren para llamar al pasaje y ella, no obstante,
lo rechaza: la paga es poca y el glamour, nulo.
Un desafortunado corte, gracias al mal filo de
su colección particular de escalpelos hechos a
maño habría derivado en daño permanente para
la exdiva. En entrevista exclusiva con una revista
de salud, menciona la afectada, de apellido
Barboza, que los mocos se le vienen al paladar,
lo que resulta desagradable y le provoca llorar
todo el tiempo.
Tal parece que el Dr. Navaja escapó sin atender
pacientes que tenía en agenda y ya habían girado
el pago. Gregorio Pasta, el occiso, estaba en esa
lista. Incluso se especula si la causa del suicidio
fue el desencanto, pues, aunque el empresario
siempre fue un sujeto elegante, su exnana, una
octogenaria, asegura que siempre fue tratado
como el feo de la familia. Tanto así que no se le
conoció novia y, por el contrario, era asiduo de
una libreta de call girls.
305
Como sé que quién me ha contratado para
pasarle información tiene fama de peste y mala
paga, he guardado en mis archivos todo lo que
acá anoto y, de paso, hago responsable a ese
escritor de mierda de cualquier cosa que pueda
pasar a mi persona o a mi equipo de informantes.
En realidad, lo del Dr. Navaja fue una mala
praxis por mala higiene del instrumental médico.
El autoclave no hizo lo suyo —estaba quemado—
y a la paciente se le metió una bacteria. La tuvo
entre la vida y el cosmos por cuatro meses. Nunca
huyó, pero paró en el bote y ahí espera juicio.
Claro, yo le entregaré este informe al
desdichado, pero con la omisión necesaria de mis
juicios sobre él. Hay gente con la que uno no debe
meterse: esos que nada respetan, ni siquiera lo
celeste de la aurora. He escuchado que pretende
decir que el sol en Malanga tiene pigmentaciones
blancas y gigantescas debido a la polución que
reina en el país. Esto quiere decir que sigue con
sus alusiones sobre el narcoestado que, él piensa,
parece ser nuestra patria.
Creo yo que un sol empolvado de coca es algo
pasadísimo, sintomático o psiquiátrico. Ya
llegasen sus libros a los miembros del olimpo
criollo, pero creo que estará a salvo: esos nunca
leen cosas difíciles y no van a gastar su tiempo en
306
maldecirlo. Están enamorados de estampas
burguesas, de voces conservadoras y ñoñas.
Lo único que me queda es servir y cobrar. Y de
vez en cuando, hacer un par de reportes
totalmente mentidos porque lo que me paga no
amerita tanto esfuerzo.
Hay de hecho, un puñadito de notas que me
guardo porque son ligeramente arriesgadas.
Creo que las transaré por aparte con Petra y así
de paso condiciono mi aporte a sacarme de
encima al escritor titular.
307
HIPÓLITO CAMPOS
MONITOREA LA CIUDAD
En la sala de monitoreo urbano de la delegación
de policía:
—¡Qué gran quietud hay en la ciudad! Mirá las
calles vacías. —Hipólito hace su primer día en
trabajo de oficina, pues se ha torcido un tobillo y
no es apto para combatir el crimen.
—Aprovechá para dormir un poco. En las
cámaras nunca ocurre nada —Gilberto Tirones,
que ha pasado a saludarlo.
—¿Cómo va a ser? Si todos los días corre
sangre en Artificio…
—¿No lo sabés? Luego de instaladas las
cámaras, el Sindicato de Empresarios Maleantes,
manda sus cuadrillas. Ellos pegan en los lentes de
las cámaras un sticker con la foto de la zona que
vigilan. Así parece que todo está tranquilo.
Cuando el ministro deba dar su reporte anual, se
valdrá de estas imágenes para transmitir
confianza a la población.
—Y entonces, ¿qué hago aquí?
—Un papelón, hermano. Tenés que ser parte de
la escenografía de la seguridad que no funciona.
309
Es como aquello de Los polivoces que rezaba “la
policía siempre en vigilia” o algo así.
310
—¿Qué eran Los polivoces, teniente?
—Preguntá en Wikipedia o en un foro. Mis
papás veían esas carajadas, pero yo estaba
chiquitillo y en la luna. ¿Sabés qué hay detrás de
esta payasada? Pues que un primillo del alcalde
tiene un contrato público. Le ha vendido tres mil
cámaras a la muni, pero nadie dijo que debiesen
velar porque estuviesen observando las calles.
—Y si no vengo mañana, ¿me sancionan?
—Claro, huevón. Vos no sos el alcalde. Traéte
una almohadita y un peluche. Y tal vez, música.
Cuando hay una emergencia, solamente el 911 se
da cuenta, pero la entrevista que le hacen a la
persona que reporta mata toda prisa. Imagináte,
un infartado y una entrevista de ocho minutos. Ya
no le mandan la ambulancia, sino la bolsa negra.
—No me gusta el trabajo de oficina, teniente.
Siento que desperdicio mi poder de deducción.
Hubiese querido investigar el montón de estafas
que están a la orden del día.
—Buscáte las noticias en la red. Luego te
imaginás ser un genio e inventás soluciones. Es
divertido. Luego nos ayudás a resolver los casos
o escribís un libro.
—Ah, ¿cómo en la peli donde salen Denzel
Washington y la Jolie? Está bonito. El chavalo se
la tira en cama toda la cinta, ¿no?
—Exacto. Vos sos igualito a la Angie. Nos
vemos otro día. Que te mejorés.
Pensé en lanzar la pistola a Tirones en la cabeza,
pero estaba cargada.
Qué tal una bala perdida que me arruine la
rodilla.
Mejor no.
Mejor voy a buscar crayolas o algo. Va a ser un
largo día.
311
CASI UN PERENNE ESTADO
SONÁMBULO
Duermo mal, muy mal. Oigo ruido en el techo, el
gato se me trepa encima, se me corren las ocho
almohadas y pierdo la paciencia.
Sólo me queda hacer zapping y también me
aburre. Cuando el recorrido pasa de ocho
canales, apago la tele.
Me levanto a hacer el desayuno y los encuentro
en el comedor, conversando. Apenas les hago un
gesto y sigo hacia la nevera para sacar el queso
y el pan. Como todos los espacios de la mesa
están ocupados, como en la cocina, de pie.
Voy a ducharme, cuando oigo voces en el patio.
Me asomo por la rejilla y hay más sujetos allí,
divagando, como almas en pena. Alcanzo a ver
que las ardillas ni los determinan, bajan de los
árboles, cruzan bajo sus pies sin temor alguno.
Lo único es que hay un murmullo indefinido que
crece y mis oídos empiezan a generarme
incomodidad.
Una vez listo para empezar el día, selecciono a
uno o dos de ellos y los hago pasar. Ni me
preocupo en esperarlos porque sé que cuando me
313
siente al computador, ellos habrán estado
esperándome.
Me siento y enciendo el monitor.
—Ahora, sí. Cuéntenme sus cosas —les digo. Y
sin que abran la boca, empiezo a escucharlos,
mientras digito en automático lo que logro captar
de los murmullos.
314
UNA VISITA INESPERADA
Por fin había logrado mudarme a una casa en un
árbol. Ningún guácimo, no. Era un palo de
mango reforzado: lo llené de formaleta y construí
sobre eso, una casita. Me visitaban
constantemente toda clase de bichos y, en la
noche, murciélagos. Sin embargo, las grandes
espinas de las ramas me protegían, según yo, de
que subiera gente.
No obstante, este jueves, mientras llovía a lo
salvaje, vi trepar a un tipo de traje café, como de
yute, tenis ídem, y una corbata tejida. La camisa
era amarillo pollito y los pantalones le quedaban
unos diez centímetros arriba de las medias. Me
esperé a que trepara y, por cordialidad, le dejé
pasar.
Tan pronto se sentó en posición de loto, inquirí:
—¿Qué hace acá?
—Me envía Petra Romero. Soy analista,
todólogo. Ahora, soy su ghostwriter.
Se me paró el pelo.
—Nadie me ha dicho nada.
315
—Verá: según Petra, Ud. vive encerrado y no
conoce el mundo. A Malanga, menos. Dice que
yo debo hacer el trabajo sucio y la investigación.
—¿Y yo?
—No sé, arréglese con ella. Por ahora, me ha
contratado por un trimestre. Empiezo esta noche,
si gusta.
—No, no. Por hoy, duérmase temprano.
Mañana salimos juntos a explorar.
—Lo siento. Yo trabajo solo. Lo que sí le acepto
es la posada porque no tengo donde pasar la
noche.
—Ni modo.
Ayer martes, estuve en Comas Negras. Entré a
la dirección mientras la señora gerente andaba
en la bodega averiguando inventarios.
Me senté, pero vi a Miguelito sonriendo. Estaba
de color verde limón.
—¿Qué contás, Vivas? ¿Venís a pelear con tu
amiga? Ya supe que te puso un llavero.
—Me parece falta de confianza. Se supone que
conozco mi oficio.
316
—Podés verlo cómo querás. Me parece que lo
que pasa es que no eres rey de nada. Ningún rey
es real afortunadamente, porque la vida está
llena de rebeldía y eso incluye no permitir los
excesos, resistir ante ellos.
—¡La puta, una rata anarquista! —dije.
—Por lo menos, más que vos que criticás a
todos desde tu cápsula y simulás el caos desde
una salita cómoda y un narcisismo de mierda.
Bajáte de la nube o te perdés.
Ya estaba yo buscando marcadores para
vandalizar todo a Miguelito, cuando oigo a
Petra, desde lejos:
—Paciencia, Vivas. Ya vuelvo.
Aproveché para cruzar las últimas frases con el
roedor malicioso:
—Es que no sabés lo incomodidad que da que
la creación no te obedezca. Que el mundo que va
surgiendo no se parezca a las premisas con las
que trabajás. Siente uno que escribir es un
camino de derrotas continuas.
—¡Ah, qué bueno! Por fin decís algo coherente.
Si tus personajes te obedeciesen, serías un
titiritero y nomás. Literatura es crisis, como la
vida.
317
318
—Calláte, que ya viene.
Me puse de pie.
—Hola, Petrita de mi vida. ¿Para qué putas me
mandaste al Salomón de mierda? No deja de
corregirme y quiere me la pase escribiendo
yeguadas.
—Yo no te he mandado a nadie. Aquí vino un
sujeto que vestía muy raro: tenía un traje de yute,
dentadura amarilla y un incisivo de oro. Quería
ser corrector, pero no le di empleo. Fue hace un
par de semanas. ¿Qué te dijo?
—Que vos lo contrataste por un trimestre para
investigar la ciudad y casi para hacer esta
novela.
—No, no. Sin embargo, si trabaja gratis, sacále
provecho. Estoy en carreras porque un
muchacho que va a publicar un ensayo de
economía lo necesitaba para fin de mes. Se me
extravió la introducción. Juro que la tenía en la
mesa hace diez días.
—Bueno, te dejo para que no te atarantes.
Salí sospechando mucho de mi nuevo ayudante
y convencido del consejo de utilizarlo. En todo
caso, nunca dijo que yo le pagaría y yo no le iba
a comentar que Comas Negras no era su patrono.
EL AGENTE CAMPOS SE CRUZA
DE TEXTO A TEXTO
Fuimos llamados por una señora para
agenciarnos en una venta de libros de viejo,
cerca de la Alameda de las Momias. La queja la
presentaba doña Petra Romero, presidenta de la
Editorial Comas Negras, S. A. bajo el alegato de
que en tal sitio había libros robados.
Creo particularmente que la señora actuó de
mala fe. Al llegar al lugar, lo que vimos fue una
de esas casas abandonadas. donde los drogos se
instalan luego de romper los ventanales. Cerca
de ese lugar, ninguna tienda de libros. Es más, es
un barrio acabado: de aquí los negocios huyen.
—Usted debe ser drogadicta o trama algo. Es
claro que este lugar es un barrio muerto —le he
dicho.
—¿Cómo se le ocurre? La piratería es un tema
serio, muy serio. Vea la foto en mi celu.
Y me la enseñó.
—Ah, parece buena editando, pero se le notan
unas líneas que podrían hacer caer su embuste.
—Es un idiota —me contesta—. Mi labor es
proteger los intereses de mi representada.
319
—Fíjese que unos ocho kilómetros al sur de
acá, en la zona de la Cuesta de los Ramírez, hay
una tienda de viejo, cuyo dependiente encaja en
esa descripción —digo mientras agito el dedo
sobre la foto.
—No es allí, le digo. El lugar estaba acá nomás,
era un tugurio como esas casas, pero hasta los
dientes de libros viejos y de ediciones informales.
Nadie pudo desplazar eso ni cinco metros.
—Bueno, mejor vaya a poner la denuncia y
vamos al otro sitio. Supongo que usted busca que
resolvamos el caso.
—Olvídelo, la tienda que dice es otra. No voy a
perder mi tiempo. Tengo que volver a la oficina y
hacer cierres.
No insistimos; se marchó. Incluso juraría que
la vi caminar sonriente, satisfecha de sí.
Recordé lo que decía mi suegra de su familia:
“todo enano es malo”. Y eso que ella medía diez
centímetros más que sus hermanos, que apenas
rozaban el metro con cuarenta.
320
Y me entró la sospecha.
Se me ocurre que la señora es la autora de la
piratería que denuncia. Y que sí, el vendedor de
la Cuesta de los Ramírez es un topador, cosa muy
común en el mercado. Esta señora ha inventado
esta denuncia para no delatarse; buen modo de
curarse en salud.
Nosotros no podemos proceder de oficio porque
ni idea tenemos cuál producto es legal y cuál
debemos tomar en decomiso. Claro, ahora va con
esas pruebas a montar su patraña al interior de
la empresa.
Ciudad de moscas muertas, estoy harto de tanto
yo no fui.
321
SALOMÓN DE LA LUZ CHUECA
ANALIZA AL TITULAR
Cuando me invitaron a participar en este
proyecto, me dijeron que Vivas era un idiota y,
sin embargo, que estaba dispuesto a cualquier
barbaridad para hacerse notorio. No creí que
hubiese alguien tan egocéntrico y traidor: me he
dado cuenta de que cuando yo corrijo la trama,
él rompe las hojas y corrompe los archivos.
Es incapaz de aceptar sus limitaciones, pero
supongo que eso les ocurre a todos los
escritorzuelos. La idea de ser especiales,
elegidos, genios, les hace creer que el perfume de
sus deposiciones es incienso. Ya hemos visto eso
tantas veces que no me asusta. Lo que me saca de
quicio es que sea tan tonto y tenga tanta
capacidad para hacer surgir el desorden a partir
de lo que sea. Le cuesta sostener la linealidad y,
como ya comentaba un señor dentro del texto,
miente descaradamente. Posiblemente los
personajes se sienten vilipendiados todo el
tiempo porque nunca se toma el tiempo de
acercarse a sus historias y les adjudica
moralidades dispares.
Está visto que, para Vivas, nadie es totalmente
bueno. Cada ser tiene, por lo menos, una
323
conducta que nos saca de las casillas. ¿No será
que el pervertido es él o incluso el escritor ése
que lo ha inventado? De ser así, también ha de
ser un tanto cobarde, porque escudarse en ese
truco, no tiene perdón.
Más aberrante aún que confiese matar
personajes por no saber qué hacer con ellos. El
otro día me dijo que también lo hacía por
puritanismo. Por ejemplo, al enano lo truena
patéticamente —aparece congelado en la sección
de carnes de un súper— como advertencia para
el resto. No le ha gustado que anduviese en
drogas y por eso le ha aplicado la baja. Como si
media Malanga no lo hiciese: de la clase política
para abajo, desde el destechado para arriba.
Ahora, eso es fascismo; está clarísimo. Me
parece que el tipo, más que tonto, está
adoctrinado y perdido. De niño, parece que lo
dejaban ver porquerías como Los superamigos y,
de joven, otras series de justicieros. Eso es un
error: me hubiese gustado hablar con sus padres
a tiempo. Ya es un caso perdido y por eso agrego
estas notas para dejarlo en evidencia.
Él dice ser de izquierda y heterodoxo. No lo sé,
me da miedo que termine hípster, que es esa
variante de sujetos que son progres según la
moda. Que no vaya a asumir banderas a ciegas,
324
porque entonces sería el acabóse. Todavía
afortunadamente dice cosas suficientes como
para que no lo quiera nadie: ni en la derecha ni
en la izquierda, y eso permite suponer que puede
pensar, aunque lo haga más un gato mientras
duerme.
Cuando este libro termine, hablaré con doña
Petra Romero para sugerirle una intervención.
Un tipo peligroso debiese estar recluido el
tiempo necesario para que logre compensarse.
No vaya a ser que se le mueran las neuronas y,
por mentiroso, termine pareciendo ultraderecho.
325
DE CÓMO DOS TORTOLITOS SE
CRUZARON LAS MIRADAS
Ya se sabe que el tiempo es subjetivo y en
Malanga, ni se diga. Será por eso que, cuando
Jacky va al Todo por Nada a buscar unos
panecillos dulces y medio kilo de café y mira al
señor Castillo que echa en su carrito todos los
cartones de huevos disponibles, le parece un
chiquillo veinteañero. Entretanto, el susodicho
está que se parte de la molestia que le provoca en
las rodillas el sobrepeso y el sofoco de la
hipertensión
“Tendrá buen poder de compra y es guapo”,
piensa Jacky a pesar de que el tipo es feo hasta lo
irrepetible, pero también la belleza es un juicio de
valor, ¿no?
Sin saber mucho de cómo lanzar el anzuelo, lo
primero que hace la mujer es fingir un repentino
ataque de colitis. Ha de ser bastante fuerte porque
hasta se apoya en la estantería y doscientas
cuarenta latas de atún rebotan contra el suelo.
Imposible no mirarla. El señor Castillo, que es
la nueva versión de Goyo Pasta, luego de pasar
por el quirófano del doctor Navaja, desde meses
antes ya le tenía puesto el ojo. Recuerdo que vino
327
a pedir que intercediera por él en el relato para
emparejarlo con Karina Jacqueline Solares, pero
yo, como escritor, soy inflexible.
Van a decir que Goyo me depositó euros en un
paraíso fiscal o me regaló unas cuantas cajas de
esos chicles con droga, pero no. La goma de
mascar la robé de su chinamo la primera vez que
lo visité. De tres cajas que tenía allí, de cien
unidades cada una, me guardé dos y nunca se dio
cuenta o, por lo menos, no hizo reclamo alguno.
También está eso de que sobrevivir puede obligar
a aceptar los abusos de poder.
Sólo él sabrá.
Lo importante es contar que Gregorio perdió los
papeles y los huevos se le cayeron al piso
también. Procurando no pisar las claras, entre
pasos largos, llegó hasta la dama y le dijo:
—¿Está usted bien? ¿Está embarazada? —lo
cual hubiese entristecido al empresario cocinero
pues estaba prendado de la joven.
—No es nada, creo. A veces me da colitis.
Sobre todo, cuando miro a hombres tan
interesantes como usted.
Goyo se sonrojó y las rodillas se le hicieron
nudos.
328
—¿Quiere un té? Venga conmigo. Yo le invito
uno.
—Es que me da pena —Karin, tonteando.
—Déjeme darle apoyo. Cuente conmigo.
—Está bien. Éste es mi teléfono y estoy libre
esta noche —ahora con la personalidad de Jacky,
porque la chica es, aparte de trastornada,
intermitente.
Y lo que pasó después es privado y no me
consta. Lo que sé es que, a partir de ese día, Goyo
Pasta y Karina Jacqueline Solares son
mancuerna.
Insisto, nadie pagó al narrador. Para eso, una
chica linda como ella, tiene sus estrategias de
pesca.
Bien por ambos.
329
DEBEMOS SALIR DE UNA
MALANGA QUE ESTÁ
CAYÉNDOSE
—Dicen los guardaespaldas que Fermín no es el
verdadero jefe y que está en problemas. No está
logrando dar los rendimientos que le exigen de
arriba —es Iván, tomando cerveza en la sala de
Pancho, como hacen todas las tardes de los
sábados.
—Eso no nos ayuda. Lo que tenemos que hacer
es quedar bien ante cualquiera que mande. Que
tengamos algún culpable cuando todo se
desplome. Y seguir, cómo ahora, al borde de
todo, pero limpios. Vamos a buscar nuevos
clientes, vamos a hacer reportes, que no se diga
que no nos esforzamos.
—Cuesta en puta, huevón. Ayer convencí a la
abuela para que les metiese hongos a las galletas.
Tuve que amenazarla con un tenedor grandote.
Estoy seguro de que se va a cobrar la afrenta
cualquier día.
—¿Sabés algo? No es culpa nuestra. Ni la droga
ni el juego han destruido los mercados. Han sido
los especuladores que, al acaparar, al esconder,
331
afectan el equilibrio de los bienes y cualquier
cosa, de repente, vale un disparate.
—¿Y eso de qué nos sirve si nos meten un
balazo? Yo preferiría vivir en un monasterio
donde no dé la luz del sol y nadie llegue nunca.
—Pendejazo que sos. Y bien, ¿Saliste con
Mariela? —Pancho suelta un golpe bajo.
—Dice que le gusto, pero que mejor no. Que
debe cuidar su prestigio de abogada y yo ando con
gente mala y tiene razón…Vos, por ejemplo.
—Je, je, je… Te mandaron a la mierda
cordialmente. No ha sido por tus juntas, sino por
feo. Y porque nunca te lavás los dientes. Voy a
abrir la puerta del patio porque hasta la casa
apesta. Te sacó droga, supongo…
—Ya tuvieras mi feeling. La verdad, le regalé
un poquito, pero ella es mañosa. Uno siente
cuando lo utilizan y eso no me cuadra. Lo que
pasa es que ella es respingada: cuando le dejé de
regalar, si me topaba se hacía la distraída. Tiene
un nivel de consumo que yo no puedo atender.
Parece ganar mucho, pero puede irse a la mierda.
—No perdás la esperanza. Dicen que, de noche,
allí por la Zona Industrial 4821, a eso de las once,
sale La Cegua. Apenas para vos. Tendrían unos
nenes igualitos a ustedes.
332
—Comemierda, en serio: ¿qué hacemos? Me
parece que corremos peligro y que Fermín no
puede ni protegerse él.
—Por ahora, tragar y comer. Pasáme el jamón.
Vayamos husmeando otros chances. Tal vez nos
convenga cruzar a Panela. Ahí reina otra gente.
—Eso suena bien. ¿Viste que acá todo se
derrumba? Meses atrás se lanzó un empresario
del cucurucho de su propio edificio. ¡Qué
vergazo! Se reventó la tubería que venía del
medidor hacia el edificio a pesar de estar
soterrada en cemento.
—Es lo que te digo: especuladores. Por llegar
arriba, cruzan el límite. En un momento dado y
con todo perdido, tienen dos salidas: la cárcel o
tirarse.
—Eso no es cierto. Muchos vimos gente
impune de por vida. ¿Qué tal la vieja que inventó
gastos de costura para evadir impuestos? La
señora tiene plata, pero su orgullo nunca le
impidió amenazar a la costurera para que no
hablara. Al contrario, hasta Hacienda se le quiso
venir encima a la artesana y por una millonada.
—¿Podemos concentrarnos en nosotros?
Deberíamos analizar seriamente lo que nos tiene
en desventaja. Ya viste que, con la agonía de la
333
moneda, ahora hasta vales sirven como medios de
pago. El problema es que el precio de una
mercancía, cuando no está reglado, viene a ser
subjetivo para cada potencial consumidor.
—Nosotros, por ejemplo, tenemos pinta de
nada. Un vale nuestro casi todo el mundo lo
rechaza. En cambio, mirá a Mariela. Supe que
está suspendida del ejercicio del notariado, pero
como es abogada, nadie ni se entera. Allí anda
repartiendo papelitos… Sepa el diablo cómo
putas piensa cumplir si no puede autenticar.
—¿Vos creés que debamos inventarnos un
título?
—Acá estamos fritos. Cuando nos vayamos a
Panela o a California, cualquier lugar donde nadie
sepa de dónde hemos salido, levantaremos
cabeza..
—La vaina es conseguir la plata o las
mercancías para el viaje. En alimentos, productos
no perecederos, no congelables, por ejemplo.
Alguna joya, repuestos de carro, cosillas que
vender.
—Dejáme ver a quién mato —dice Iván con
sentido figurado.
334
JACQUELINE BUSCA ASILO
Dejo sonar el teléfono tres veces. Es entonces
cuando me levanto del sillón porque nadie
contesta. Y es lógico: mi hermana nunca está en
casa los sábados por la mañana.
Va puntualmente a los aeróbicos del Todo por
Nada.
Alzo la bocina. Es mi hija. La saludo en seco.
—¿Qué querés, cabrona? Hace ocho años no
ponés un pie por casa.
—Mamá, ¿cómo has estado? Te extraño tanto.
Estaba pensando ir a verte.
—No jodás. Vivís a menos de diez kilómetros y
me salís con eso. Sos bien caradura. Decíme qué
querés ya.
Si la tuviese a la par, le aprieto el pescuezo. Mi
hija salió comemierda. Se mete con un hombre
casado y yo conozco a su esposa porque fue mi
compañera en secundaria. Se me atraviesa en el
hígado su frescura.
—Nada, mami. Pensaba quedarme con ustedes
unos días en Navidad.
335
—¿Y eso? —Algo no concuerda. Algo quiere
esta alimaña.
—Má, hubo problemas en el trabajo y cerraron
plazas. Estoy cesante desde hace cuatro semanas.
—Está bueno, por calenturienta. A ver si
aprendés.
—Má, ayúdeme.
—Tengo que pensarlo, Jacqueline. Debo
hablarle a mi casero porque mi contrato dice
“para dos personas”. Si dice que sí, no hay
problema, pero regresás bajo mis reglas, mi
disciplina.
—Bueno, má. Ud. me llama.
Colgó. Yo, la verdad, estoy cauterizada. Ella
siempre ha sido malcriada, respondona y no dudo
que sea capaz de un manotazo.
Lo que pasa es que es mi hija, no puedo
negarme.
Qué pereza con esa roca medieval. Quiere que
uno no luche por abrirse paso porque va contra la
moral, que me quede allí llevándole el café a los
imbéciles con dinero. Una secretaria, bonito papel
me han asignado, y no lo quiero. No lo
336
acepto. Tampoco me gusta ese rollo de ser la otra,
pero amor es dinero y dinero es poder.
Que se guarde doña Julia sus regaños para mi
retrato. Si vuelvo a casa, tampoco es para
ponerme los grilletes. A huevo que me consigo
una llave y de vez en cuando, me enfiesto. Si
Andrés se arrepiente, le saco —lo mínimo— una
esclava de oro. Y si no, mejor: agente libre en el
mercado.
El mandato de hacer vida doméstica y tener una
vejez llena de reuma y de carencias hace estragos:
mi madre es la evidencia.
Nada me obliga a seguir sus pasos si yo aspiro
a algo más. Algo de vitalidad para el camino
ingrato.
Quién quita un quite y me case con alguien
forrado en dólares.
337
UD. SE EQUIVOCA DE NOVELA
—Pues ya le dije, oficial. He vivido en las calles
más de quince años. Siempre duermo donde
puedo: me gustan las casas abandonadas, las
construcciones inacabadas y, de ésas, hay
bastantes. Y conseguir comida y cosas que vender
son cosas que Dios depara…
—Le he dicho que no soy policía, soy
psicólogo. El capitán me indicó que le hiciera una
valoración.
—Ok. Y, ¿cuánto valgo?
—No se haga; Ud. no es tonto. ¿Qué hacía
nadando en el lago municipal de la plaza del
centro? Esos lugares son para las familias, para
recrearse en las orillas, para un picnic.
—Pues ése es mi picnic. Además, si le digo no
lo va a creer. ¿Recuerda cuando los cómics se
agarraron de la teoría cuántica para inventar
multiversos? Yo creo que es algo así, pero más
decadente todavía.
—Explíquese, no me diga que Ud. es
medianamente leído.
—No lo sé. Tengo demasiada picazón y
hambre. En el lago me mordieron las hormigas.
339
¿Cómo es posible que haya hormigas acuáticas?
Haga traer pan o algo, por favor —dice el sujeto
mientras se rasca la panza a través de la camisa
entreabierta.
—Sin embargo, anda ropa de marca. Además,
para ser indigente, se mira saludable. Algo no
encaja. Déme un segundo y vuelvo.
En la puerta, hay dos policías que hacen
custodia. Creo que el de cabello largo es una
muchacha. Le toco el hombro y le digo:
—Favor, consígale un café y galletas a este
hombre. Necesito que se tranquilice.
No le he caído en gracia. La oficial me lanza una
mirada fulminante, pero se aleja a cumplir lo
solicitado. Desde donde estoy, miro hacia la sala
de espera y juraría que hay un puñado de sapos
periodistas acosando. Han de venir por esta
historia.
No me quedo allí. Regreso a la oficina y veo al
tipo que ahora hurga mis archivos.
340
—¿Qué hace?
—Quiero saber quién es usted; qué hago en este
lugar, cómo es la jugada. Algo en mi interior
cuenta una historia y no me la acabo de creer.
—Pues sigamos. Yo veré si tiene veracidad.
—Lo contado: fui indigente y sobrevivía. Es
muy duro. Tres puñaladas me han dado por cosas
territoriales.
—Sáltese esa mierda. Dígame qué hace acá y
por qué viste bien y no tiene un puto peso.
—Según yo, lo último que recuerdo, me
empujaron del piso catorce de un edificio. Antes
de eso, me habían rescatado de la calle unos
chavalos de una comunidad cristiana que se
dedica a la caridad.
—Es decir, que lo secuestraron de las aceras
para hacerlo caer desde una azotea…
—No. No sea tan albóndigas.
—¿Qué es ser albóndigas?
—No sé. Siento que alguien pone palabras en
mi boca que luego no reconozco. Ha de ser una
afasia o algo así.
—No sea payaso. La afasia es muy distinta. Ud.
ha de estar dopado. Voy a mandarle exámenes.
—Mire, doctor. Si le cuento la historia larga, no
va a entenderla. Entonces resumo: fui rescatado
de las calles, alimentado, cuidado y vestido como
un cerdo de engorde y, entonces, un tipo que
desconozco aparece en un carrazo y paga por mi
liberación. Sin embargo, no me deja libre: en el
341
carro lleva dos matones que me obligan a
acompañarlo hasta ese edificio. Y me lanzaron de
la azotea. Lo que no encaja es que esté vivo, luego
de semejante cascarazo.
—Ahora tiene sentido un poco mejor—digo
yo—. Algo he escuchado de un bombetas que se
metió a novelista justo cuando su memoria, que
era prodigiosa —eso dice él—, empezó a
quedarse pegada: desde borrones totales a la
pantalla azul, ésa que dice que la computadora se
te muere, algo así.
—Doc, ¿qué es una computadora? Yo oí algo
de eso en mi barrio, pero nunca vimos una real.
—Ah, eso te ubica temporalmente. Debés ser de
fines de los ochenta o de los noventa. Casi nadie
sabía de tecnología en ese tiempo. ¿Has oído
hablar de teoría narrativa?
—Pues no. Oiga, ¿mi café? Si no me traen
suficiente comida, no cuento nada.
—Tenga paciencia. Yo la vi cuando se fue a
hacer la diligencia. El asunto es que acá nada
tiene que ver la teoría cuántica. Ud. es una
víctima del disparate de un escritor
desmemoriado. Si mi teoría es correcta, lo que
ocurre es que es un personaje de novela y el
imbécil que lo pensaba ha tenido un derrame
342
cerebral o lo tendrá pronto. Ud. se le extravió en
el camino y lo insertó desde otra novela en ésta.
Hay un señor que escribe que ya le falla el seso y
la gente no se da cuenta. Nosotros somos
producto de eso. Es como vivir bajo la voluntad
de un dios chiflado.
—Ah, ¿Ud. también es un personaje?
—Sin duda. Este mundo es autorreferencial.
Nada hay que buscar afuera. El problema es venir
de otro mundo narrado y no encajar. Va a tener
que inventarse una identidad para seguir adelante.
Ya vi que es instruido. ¿Por qué no da clases en
el posgrado de economía? Allí enseñan
barbaridades. Yo puedo recomendarlo y la
entrevista los convencerá.
—Me gustaría escribir, doctor. Hacerme
famoso y rico, cómo dicen que son los grandes,
pero necesito un nombre. Tomaré el que usted
anote en mi epicrisis. Dígame cuál va a darme.
—De acuerdo. Lo llamaré Salomón, el caso
Salomón. Los apellidos son cosa suya.
—Nada se me ocurre… Oiga, doctor, esa oficial
no le hizo caso. Creo que ya es hora de comer y
decidió tomar su propio tiempo. Yo que Ud., la
reporto. Invíteme a una pizza, por lo menos. Vea
todo lo que colaboré.
343
—De acuerdo. Ya con esto tengo suficiente. Al
ratito, vengo con comida.
Tan pronto salgo del consultorio, olvido mi
promesa. Me voy a buscar al capitán, que está
abriendo su lonchera y, al pasar a su lado, sin
detenerme, le digo:
—Jefe, enciérrelo de por vida. Es peligroso,
violento y alucina. Una bomba de tiempo. Que
nunca vuelva a ver la luz.
Salgo con toda parsimonia, mirando a ambos
lados de la acera. No vaya a ser que un disparo
me raje la cabeza.
Antes de cerrar la puerta, lanzo la bomba:
—Si éste no es Pasta, lo lanzaron en lugar de él.
Por algo no hallaron el cadáver.
Tirones alza la ceja izquierda y se rasca el
cuello:
—Andáte a la mierda. Yo lo vi.
344
COMUNICADO DE URGENCIA
(en el portal web de Exitosa Malanga)
Salomón de la Luz Chueca no trabaja para
nosotros. Una sola vez le publicamos una de sus
notas en la sección editorial y fue por error. En
realidad, ha debido salir en Cartas Abiertas, pero
el diagramador de aquel tiempo llegٕó a la oficina
tan tomado que cometió la falta y nadie se dio
cuenta hasta avanzada la mañana. Bajamos el
texto de la red y, sin embargo, el daño estaba
hecho, circulaba el pantallazo como supuesto
editorial nuestro.
Sobre si es analista, lo ignoramos. Nunca le
vimos la cara. Un par de veces recibimos correos
amenazantes exigiendo el pago del estúpido texto
que le publicamos y decidimos no contestarle
pues Cartas Abiertas es sección para el público,
de participación voluntaria. Ahora, seis meses
después, vuelve a la carga y nos viene jodiendo la
voluntad con colaboraciones cada quincena que
nunca le publicamos.
Recuerden ustedes que cada persona se imagina
cómo quiere. Nuestra culpa llega hasta el primer
momento y nada más. Nos parece poco menos
que estúpido que de repente aparezca un grupo de
apoyo a este personaje de quinta fila para que le
345
devuelvan la voz en nuestro medio. Mucho más
patético aún es que organicen un piquete para
bloquear nuestra entrada principal.
En defensa de nuestra labor, hemos decidido dar
un compás de cinco horas para que los alucinados
se retiren de buena fe. De otra manera, pediremos
la intervención de la pacifista policía militar de
Malanga, conocida por operar con brutalidad y
eficiencia, pero sin mala fe.
Nosotros nos desentenderemos de las
consecuencias, dado que hemos sido forzados a
cortar por lo sano.
Al final, pediremos ayuda a los bomberos para
limpiar sangre y vísceras que queden luego de
que los manifestantes recojan sus pedazos.
La próxima vez que un ciudadano quiera
colaborar con nosotros, le someteremos a un
examen psiquiátrico prolongado por seis meses.
No vaya a salirnos otro lunático diciendo como
en los artículos del señor de la Luz Chueca que:
—La tierra no es plana, tiene forma de mamón
(casi redonda), pero con incontables picos
agudos. es decir, mamón chino.
—Lo de establecer a las gallinas como símbolo
nacional, ya tenemos alrededor de cincuenta
carajadas que cumplen esa función: la alpargata
346
de cuero y la prensita negra para el cabello (ésas
que se venden por docena en las pulperías son las
últimas incorporaciones). Además, hay una lista
de sesenta ítemes adicionales que hacen fila en el
Congreso, junto al nombre de doscientos
cincuenta y tres personajes vivos que aspiran a un
benemeritazgo. Entre ellos, el sujeto que inventó
echarle helado a la bebida de soda, un capo.
La lista de majaderías del pseudoanalista es
infinita y nosotros nos olvidamos de ello de
inmediato.
Una medida de salud mental.
Siga, querido lector, siendo exitoso.
La Dirección.
347
ANOTACIONES MENORES DEL
DIARIO DE UN CURA QUE
EXIGE ANONIMATO
Querido diario:
Viene cada loco a confesarse y siempre los
atiendo de dos a cuatro de la tarde. Más allá de
eso, no (porque necesito cuidar mi salud).
Tener que guardar el secreto de todo me
desespera. Conozco más cosas sucias de cada
persona de la comunidad que milagros del Hijo
del Hombre.
Y uno, ¿qué hace? Escucha cómo si pusiese
atención. Cuando la cosa se pone muy pesada,
piensa en otra cosa y capta palabras sueltas:
“puñalada”, “cuello” y uno visualiza que mejor es
nada entender. Igual las frases: “lo odio, padre” y
su marido aparece asfixiado pocos días después y
la mujer se queda con todo.
Y están los que cuentan historias estúpidas
sobre vacas voladoras, ovnis, apocalipsis. Esos
me paran el pelo. Por dicha, la sotana ayuda a
disimular, porque verlos llegar es como percibir
que viene el demonio. Se me sube la presión
349
porque presiento que carecen de ingenuidad y
que, cuando cuentan algo aparentemente
divertido, están memorando pasajes de horror.
A todos les aplico la misma penitencia: 15
padrenuestros, 15 avemarías y, si son pudientes,
les pido un cartón de huevos. Llevan meses de
estar carísimos.
Ya dije, por dicha, que soy puntual y, al dar las
cuatro, desconecto. Ya fuera del confesionario,
no recuerdo quién dijo qué, pero tengo pesadillas
frecuentes. Para dormir debo zamparme media
botella del vino de consagración, strike, fondo
blanco.
Ahora, que Artificio sea un pueblo donde todos
sospechan de todos, es triste. Demasiado.
Es como si respirasen celos, como si cada uno
quisiera usurpar los privilegios del otro. Y yo, que
no entiendo sino poquito de la naturaleza
humana, me quedo pasmado de ver que hay tanta
infelicidad y mucha es causada por el mal uso de
la imaginación: la envidia.
Lo que me tiene cabrón, finalmente, es lo del
supermercado Todo por Nada. Tres años y medio
y la policía no resuelve. Viene un policía novato
con el cuento de que debo romper mi secreto de
350
confesión pues alguien debe hacer confesado el
crimen.
Nones, no lo haré.
Además, ha sido un tal Salomón de la Luz el
que ha venido con el cuento de que el asesino es
el autor. No el autor del crimen, no. El escritor se
echó al pico al “maldito enano” —así lo dijo—,
pues era un personaje de bajo rating. Dedicarle
páginas al pequeño maleante pudo generar el
aburrimiento de los lectores y, de paso, ¿qué hace
uno con un cadáver de narco? Cualquier cosa,
menos guardárselo en casa.
Por eso lo puso en el congelador. Para generar
ambigüedades, para que fuese un personaje
pasivo que no despertase afectos, sino malicias.
Yo tendría que decir que es una argucia cochina,
que eso no puede pasar. Sin embargo, no soy
bueno juzgando rumores ni adivinando el futuro.
Veo nada más que se levanta una polvareda por
un escandalillo viejo que a nadie beneficia.
—Igual, hay casos irresueltos —me contó el
señor Campos.
Hablaba concretamente de la caída del señor
Pasta desde la azotea de su empresa. “Caída”,
subrayó antes de agregar:
351
—Otros insisten que suicidio, y da igual. Sin
cuerpo, no hay autopsia y sin eso no cierran el
expediente y, entretanto, el edificio se deteriora y
los acreedores rasguñan los vidrios, desesperados
por una reparación de deudas.
Es todo lo que quería decirte.
Voy a acostarme ya. Si media botella no
funciona, abriré otra, pero urge que duerma.
352
MONOLOGA LA
INSATISFACCIÓN DE UNA STAR
SIN LUZ
Hace rato que queremos cortarle el paso al tipo
ése. Hace treinta años, cuando todavía
estudiábamos derecho en la U, se dejó decir que
El Turco nos quería reclutar como sicarios. Nos
puso en ridículo rastreando un puta cadáver y
nosotros creíamos que hacíamos algo importante:
tráfico de órganos, algo así.
Ahora ha regresado con más saña y ya no somos
carajillos: pasamos de la media teja. No vamos a
permitir que se escape el bicho ése luego de haber
dicho que somos cuatreros y matarifes… ¿Qué se
ha creído para enlodar nuestro prestigio? Ahora,
del tipo que se suicidó, sea o no el señor Pasta nos
tiene sin cuidado. Nadie va a meterse con su
dinero (porque no sabemos cómo hacerlo) y si
Castillo y Pasta son el mismo desgraciado, vale
madres, es una historia más de Artificio.
Y ya sabemos que un artificio es patraña,
mentira.
Lo que no entendemos es que alguien no tenga
oficio y se gane la vida regando chismes de los
otros. Y que, tras de eso, las autoridades le
353
atribuyan la etiqueta de “escritor”. Mejores
historias construyen las señoras en el mercado: te
pasás la tarde escuchando anécdotas bien
cabronas y de gratis. Y ellas no llevan libreta,
grabadora o camarita.
354
A pura memoria. O lengua.
Tenemos la impresión de que lo quiere el
escribano es poner a pelear a todos contra todos.
Que no exista la mínima partícula de confianza
mutua porque en Malanga todo ser humano tiene
dos caras. Sin embargo, esa característica se me
hace universal. Tontos, nosotros, si creemos en la
mierda de la singularidad, para bien o para mal:
el ser humano adolece de las mismas facultades
en cualquier meridiano.
Lo que queremos agradecerle al fulano es que,
ahora que sobrepasamos los cincuenta años, nos
conserve la vitalidad y salud de los tiempos idos,
cuando corríamos tras innominado número
catorce. En esa época, éramos mozotes de
veintidós años, pícaros, alegres. Nos encantaba la
parranda, en todas sus dimensiones.
Lo malo es que nos dejó con la vida trunca.
Ninguno terminó la carrera y, cómo ya dije, ahora
somos maleantes y de mala vida. El Turco se ha
muerto hace ocho años y nosotros nos quedamos
sin saber mayor cosa, porque este imbécil no ha
querido desarrollar esa parte de la trama. De
repente, saltamos en el tiempo y estamos de
noche, fuera de la Hacienda Moscas Muertas,
esperando a que la luna se vaya para saltar sobre
el ganado con cuchillos de carnicería. Y ya sin
asco alguno, porque para eso nos entrenó el
difunto jefe, que no era más que un mando medio.
Lo horroroso es ver, cuando amanece, que lo
que hemos estado destazando no han sido reses,
sino alguna variedad importada de gallinas de
grandes dimensiones. Una sola de ellas puede
pesar ochenta kilos y eso explica por qué, al
revisarnos los brazos, tenemos infinitud de
picotazos y rasguños. Este bribón nos parte la
madre y el lector se ríe de nosotros. Eso merecería
que nosotros tomemos venganza en el texto y
fuera deٞ él… Paciencia, que ya nos ajustaremos.
(Un periodista, ya fallecido, me aseguraba un
día en la fila del quiosco de revistas, que el
verdadero mafioso no era el Turco —tan
enfermillo siempre, hasta con fiebre— sino que
era el señor embajador Copeta, un personaje que
este escritor de quinta se niega a investigar. Lo
recuerdo bien porque mi fuente era un sujeto
comprometido, dedicado a los derechos humanos
y en combate permanente para que el Estado
malangueño reconociese que sabía desde antes
del atentado sufrido contra un mercenario de la
355
vecina Panela que costó la vida de ocho
reporteros. El periodista de marras perdió allí
una pierna y un ojo. El hombre murió a finales de
siglo, pero la historia no se me va de la cabeza:
he oído que hay un par de libros sobre el
atentado, pero cero voluntad del Estado para
seguir el rastro. ¿Saben por qué? Porque detrás
estaría el embajadorísimo señor Copeta).
Me pregunto además si el escritorzuelo tiene
culpa de lo que pasa en Malanga. Una economía
destrozada, de precios inestables, especuladora,
que parece resistir el avance tecnológico. Quién
pueda comparar se dará cuenta de que los coches
de hace treinta años tenían los mismos problemas
que los de ahora, que la matriz de las energías
limpias es un cuentazo porque en alguna parte se
está quemando petróleo y alimentos para generar
la electricidad que ya no alcanza para todas las
necesidades del sistema. Van a decir que es el
modelo de desarrollo, pero me niego a creer que
una sociedad sea tan tarada de ver el camino lleno
de alimañas y plagas y elegir transitar por él
cuando hay rutas más llanas y seguras. El
esfuerzo, por ejemplo.
Me resisto a comentar con mi pandilla, pero el
tipo ése no me ha puesto nombre: mejor para mí.
Si logro escabullirme de su poder narrativo, capaz
que logro empezar de cero. Nueva vida, con otro
356
nombre, otra trama, bajo un autor que no tenga
este nivel incomparable de ruindad que hace de
las personas, simples monigotes.
En cambio, mis compañeros están fritos. Si
alguien más quiere escribirlos, posiblemente los
descubran a pesar de refugiarse bajo otro nombre.
Cuando lean a uno de ellos, en otra parte, dirán:
—No mames. Éste es Cerdas, el salvaje que le
reventó un extintor en la cabeza al técnico de la
morgue.
O si aparecemos en colectivo:
—No jodás, otra vez los carajillos
robacadáveres. ¿No se dan cuenta de que eso es
una narrativa gastada?
Y se irán donde el librero a pedir reintegro de
su plata.
Ya tengo pensado lo que exigiremos cuando lo
atrapemos:
“—A usted lo hemos buscado toda la novela. Es
bastante bateador, impreciso. Ese sindicato de
empresarios criminales que menciona se refiere a
nosotros. Y obedecemos órdenes, ¿ve?
Queremos pedirle que respete, que antes de
hablar de nosotros nos entreviste. Si tiene un
borrador, nos lo enseña, lo corregimos y luego lo
357
hace publicar. Es cierto que hemos robado
gallinas, ganado y somos matones y sicarios.
Hasta ahí todo bien, pero a nuestros personajes
les falta heroísmo, grandeza”.
Y tendrá que transfigurarnos a huevo. Heroicos,
valientes, con sangre ganadora.
Esa ambición es la que me diferencia de la
jauría humana que dirijo.
Yo tengo futuro y nadie se da cuenta. No lo
tiene ese vil sujeto que vive del rumor.
358
SALOMÓN TANTEA EL CLIMA
PARA BENEFICIO PROPIO
—Petra, yo le he cambiado muchas cosas a la
novela. FijáteFijate que Vivas pretendía
desechar una banda de psicópatas porque
después de un crimen atroz no sabía qué hacer
con ellos. Yo los rehabilité o, mejor dicho, los
metí en cana y desde ahí organizan la mitad de la
criminalidad en Malanga.
Deberías despedir a ese inútil. Sin mí, este libro
se cae.
—No me digás que sos otro fanfarrón como él.
¿Vos no sabes que no es la escritura lo que vende
sino el maldito mercadeo? Tengo que pagar a
troles para que escriban mentiras en los medios
sin importar si el libro es una mierda. Lo que más
condiciona es una buena portada, pero el
contenido va a ninguna parte. La mayoría de
“lectores” compra el libro para regalarlo y
simular ser cultos. Otros, para lucirlo en su
biblioteca y decir que lo tienen en fila de espera.
Y cien, pero de cada millón, lo empezarán para
que lo acaben diez o menos. Si venís a carbonear,
te voy a sacar a patadas. Vos no estás para
pedirme aumento de sueldo o figurar en la
portada.
359
Es que hasta tu nombre es bien pendejo:
Salomón de la Luz Chueca. Te lo habrán puesto
tus enemigos…
—Bueno, necesito que por lo menos ese animal
deje de destruir mis borradores. Yo también
quiero, a futuro, desarrollar mis propias novelas.
Y seguro que en un sello internacional. Cometa,
por ejemplo.
—Sospecho que sos tan culto como vestís. Para
jetear tanto, hay que ser tonto. Le voy a hablar al
tipo para que por lo menos respete tu espacio. La
hostilidad que se desarrolle entre ustedes, no
puede llegar al público. Mucho menos saberse.
Ah, y cuando usted haga algo bueno, avíseme y
veremos en qué puedo ayudarle.
—Creí que me iba a convidar café.
—Jódase, no tengo.
—¿Plata para los pases?
—Menos.
—Usted no sabe cuánto vale un negro literario.
¿Sabe que en Malanga más de diez autores han
ganado premios nacionales porque les escriben
el trabajo?
—No sea payaso. Usted sabe que no hay
disciplina en el mundo que no tenga campos
360
oscuros. En las mismas universidades suele
pasar que los asistentes se rompen el lomo
investigando y, cuando sale el libro de prensa,
sólo llega el nombre del investigador titular. Eso
es conflicto de clases y gana el mejor
posicionado. Llegue usted con esa retórica a la
editorial que quiera y le cerrarán las puertas.
—Piénselo, doña Petra. Me estoy
desperdiciando, pero un día…
—Seguridad —dice la mujer por el interfono,
luego de oprimir el botón.
Cuando levanta la cabeza, Salomón se ha ido.
El ratón de concreto y arena está hoy en posición
de loto y sin baterías.
Unos papeles sueltos han quedado tirados sobre
el sofá. Tienen tachaduras y en la esquina
derecha con lapicera roja sobresale la palabra
“Pasta es otra mentira”.
361
5. EL NARRADOR
ABSORBIDO POR EL CAOS
ESTE SEÑOR ES UN BICHO
PELIGROSO
Tengo un tiempito libre a las nueve de la mañana.
Decido llamar a un cliente especial, pues sé que
el tema se las trae.
—Señorita, ¿está el patrón? Dígale que es el Dr.
Navaja.
Es mi apellido. Vengo de una larga familia de
cirujanos y carniceros. ¿Qué esperaban? Estos
oficios se cruzan en el origen de la humanidad.
Entretanto espero, miro por la ventana dos
aviones que vuelan bajito y se cruzan
peligrosamente. Es más, creo haber visto un bulto
que es lanzado de una nave a la otra con total
precisión. Un contrabando acróbata, ve vos.
—Marco, ¿qué decís? ¿Todo en orden?
—La cuchilla no para, hermano. Y veo que vos
tampoco.
—¿Te dijo Víctor Budín que te tengo un
trabajo? —su voz es nerviosa.
—Podés estar seguro que sí. Nuestro amigo lo
cuenta todo. ¿Cuándo hablamos?
365
—En un lugar discreto. En tu oficina, no puedo:
arriesgo cabos sueltos.
—No te entiendo, pero bueno. Nos vemos en la
noche, hoy mismo. En la banca número diez del
templo católico del barrio Las Cañas. Una hora
antes del servicio de las ocho. —(Recuerdo que
le hice la nariz al cura y le quedó como de actor.
Sonrío por la satisfacción de mi hazaña, pero no
le cuento).
—¿Vos sabés bien lo que querés o llevo
catálogo?
366
—Necesito ser otro; cambiar de cara.
—Te comés dos meses de cama. Es lo menos.
—Me urge viajar muy pronto. Tengo negocios
que cerrar en Italia y son cara a cara.
—Tendrás la cara hecha una masacre todavía.
Abotagada, mal cicatrizada… No juego.
—Hablemos en la noche. Tiene que haber un
punto medio.
—Te voy a cobrar caro. Estos trabajos arriesgan
mi prestigio y mi libertad, cabrón. Traéte, de una
vez, diez mil de prima.
—Pago bien, no es problema. Sin embargo,
todo debe ser en silencio. Mirá a ver de dónde
sacarás el personal para intervenir. Se me ocurre
que es mejor que sean extranjeros, de paso.
—¿Te traés algo feo entre manos, Goyo?
—¿Qué putas te importa? Dedícate a lo tuyo,
matasanos. Debés dejarme como Frank Sinatra,
pero en versión alta. ¿Ok?
No alcanzo a responder. Corta la llamada y yo
me quedo buscando tras el ventanal adónde putas
se fueron a meter el par de avionetas narco
matinales.
Luego, le pido por el intercomunicador a Diana
que me traiga un latte y me pase la epicrisis del
paciente que aguarda. Me quedo mirando, en la
gaveta del escritorio, unos puñales artesanos que
tengo guardados allí, en espera de una buena
ocasión. Es que, a veces, me gusta usar equipos
no tradicionales a la hora de operar. Mis pacientes
no lo saben, pero tienen al mejor: un tipo que
disfruta los cortes hasta la catarsis.
367
GREGORIO HA DEBIDO
PENSARLO ANTES
—Sr. Vivas, necesito hablarle.
Es el colmo. La visitadera de personajes no
para.
—¿Usted es…? —pregunto, pero su nariz de
marañón lo identifica bien.
—Ya lo sabe. Soy Gregorio —el hombre viste
una t-shirt azul con un logo de cerveza Gallinero.
Me conoce bastante bien.
—¿Quién les dijo que estoy aquí?
—Pues un fantasma al que usted llama Zárate.
Él mismo no está seguro de su nombre: parece
que su autor nunca le puso uno. Además, vimos
el techo de doña Sara levantado y por aquí no ha
pasado tornado alguno. ¡Qué vergüenza! El
famosito Vivas es un vulgar precarista.
—¿Nunca tuvo un sueño, Gregorio? Yo quería
escribir. Y bien — creo que aplico un tonito de
soberbia—. Para eso necesito marcar distancia.
—¿Le parece poco todo el dinero que hice? El
problema es que todo tiene causa y consecuencia.
Como diría más o menos el gordo: “uno no
369
escapa de su pasado”. No lo dijo, pero está muy
claro en su narrativa.
—¿Usted también lo lee? —le digo con cierto
desprecio.
—No sea idiota. Yo leo lo que usted lea y si a
usted le da la gana. Soy un personaje, un títere,
un esclavo. De hecho, vengo a pedirle que me
redima.
—No puedo. Si lo salvo a usted, se cae la novela.
Sabe que es un hombre malvado, ¿no?
—Puedo hacerlo muy rico. Yo lo soy.
—No entiende. Es una puta ficción.
—Igual lo es el dinero y lo es el mercado. El
precio que se le asigna a las cosas suele partir de
la subjetividad, de los prestigios que el mercado
fabrica. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”,
¿Ha oído la frase?
—Es de Marx: la busqué en Wikipedia.
—Pues eso, todas las ficciones se derrumban.
Ud., sin embargo, está a tiempo de hacer de mi
historia, una historia de bien: la de un filántropo.
Olvide todo lo escrito y conviértame en un
neurocirujano que acaba con el hambre en el
mundo.
370
—Y ¿para qué tiene que ser neurocirujano?
¿No podría ser bombero, cruzrojista?
—Las novelas bestseller, las que interesan a
todo escritor para hacer plata, retratan el
mundillo de los poderosos, no lo olvide. La gente
no compra la trama nada más. Compra la
aspiración de ser como los poderosos. Si su
ordenador, de repente, me convierte en un limpio,
tirarán el libro en la basura antes de llegar a la
página quince.
—¿Por qué precisamente esa página?
—Porque es icónica. Recuerde el periodicucho
de la oligarquía que tenía en esa página toda la
batería ideológica de los opinadores
reaccionarios. Esos hombres, que usted detesta,
han adoctrinado a casi toda Malanga.
—Es decir, que tengo la batalla perdida. Ellos
son intocables.
—Pues sí. ¿Para qué se mete donde no cabe?
—¿Usted recuerda a Galván, el cantor de
tangos de Soriano?
—Y a Rocha, cómo no —Pasta está tan cómodo,
sentado sobre un nido de gallinas, que enciende
un cigarrillo.
371
—Son idealistas. Por eso es que se los lleva puta
y lo arriesgan todo. Son proscritos en medio del
terror al que quieren vencer. Los adalides de
causas perdidas me caen bien.
—Entiendo. A usted nada lo hará cambiar.
—Se equivoca. Me traiciono continuamente.
Escribo una novela y me pongo como un trapo.
Lo que uno no traiciona son los ideales. Ninguna
otra cosa es sagrada.
—No le quito más tiempo. Esperaba alguien
inteligente y me topo con un ladrillo. Recuerde
que, a mi manera, tengo la ventaja de estar
dentro de la novela y puedo joderlo todo.
—Déjeme ver, señor Pasta, si tiene salida.
Según sé, usted desde carajillo ha sido un
bravucón, un tipo sin miramientos. No veo qué le
preocupa ahora. Ha debido pensar sus pasos
antes de darlos. ¿No tendrá sentido de culpa?
—¿Culpa, yo? Váyase al diablo, Vivas. Yo no
tengo nada de qué arrepentirme. Lo que pasa es
que quiero conquistar una muchacha un poquito
más joven y no quiero asustarla con mi
expediente de trampas.
Creo saber de lo que habla. Me resisto a decirle
que ella anda con un hombre casado, bastante
372
bien posicionado económicamente. Sólo se me
ocurre sentenciarlo:
—Saliste pendejo, Gregorio. Estás enamorado.
Enseguida pienso que tengo que decirle a
Zárate que detenga la jodedera de delatarme, que
yo necesito distancia para que los personajes no
intenten chantajearme.
Tendré que mudarme de cielorraso, Me
gustaría una casita en un árbol de guácimo, de
ésos cuya copa es tan frondosa que uno se pierde
como una lagartija en el lejano paisaje.
Lo fregado es hallar el sitio.
373
YO DEBO HABER VISTO ESTE
TIPO EN OTRA PARTE
Llegamos a las cuatro cuarenta y cinco. La tarde,
fría y, a lo lejos, bastante neblina y humo de
camiones. Afortunadamente, en un calentador de
vidrio, hay salchichas, papas y empanadas listas
para morder de inmediato.
—Vino un tipo antier preguntando de todo.
¿Ustedes tienen problemas con la ley? Está
escribiendo un libro, dice.
—¿Ves, Castillo? Justo con ese tipo queremos
hablar. Anda diciendo pestes de nosotros
solamente porque sabe que trabajamos en un
matadero. Dice que somos carniceros —le digo
mientras doy un puñetazo sobre la barra como
jefe de la cuadrilla.
—Ah, bueno. Entonces, ¿qué son ustedes?
El Negro se me queda viendo. Nacho y Cerdas
se ríen. Éste último dice:
—Pues tiene razón: carniceros.
—No jodás. Estoy hablando de que riega el
cuento de que ahora somos narcos y sicarios.
Ojalá fuera cierto y no tuviéramos que hacer esas
375
jornadas insalubres y hediondas —mi cara está
congestionada por la cólera.
—Ah, sí. Ya sospechaba yo que es un chismoso,
un bocotas. Yo creo que anda tras un pez grande
para vender la historia a la prensa. Con ustedes,
apenas se entrena.
Al oír esto, nos enervamos. Es mucha
coincidencia que Castillo use la misma palabra
que El Turco, aunque El Turco tampoco es real
ahora que está muerto. Acaso es que alude a
Jefferson, el mae que nos compra las carnes en
clandestino.
Porque además de matarifes, somos cuatreros.
Tampoco es que santos, no.
—¿Quién te dijo que nos estaban entrenando,
Castillo?
—Yo no dije eso. Dije que el chavalo entrena
con ustedes para buscar contar una historia
mayor, algo que venderle a People o algo así.
Nacho, que ya escarbaba el bolsillo de su jeans
en busca de una cuchilla, cree suficiente la excusa
y baja la guardia. Su mano derecha va directo al
plato de papas y toma lo que él llama una “flor de
papas”, es decir, ocho julianas embarradísimas de
kétchup y de mayonesa.
376
—Hay que hacer algo —dice. Una de las papas
le resbala por la barba hasta el suelo.
—Lo que yo digo es quién lo habrá mandado. Si
éste fuese un barrio fino, hubiésemos sospechado
del tipo cien metros antes de que llegase, pero es
fácil esconderse entre la multitud. Esta calle es de
locos.
—Pues bien, muchachos. Ya casi tengo que
cerrar. Hoy toca llevar a la doña al cine y debo ir
a bañarme.
Otra vez, el Negro me mira de soslayo. Yo no
capto el mensaje, sino media hora después en la
fila del bus.
—No me digás que no te diste cuenta. Recordá
que Castillo es viudo, flaco y jorobado. Éste, el
que nos habló, era algo grandote y medio tanque,
un impostor que solamente los tontos tragarían —
dice el Negro, con firmeza. Es muy semejante al
tipo que dicen que se lanzó del edificio hace
apenas ocho meses.
Aquí hay algo raro, lo tengo claro. No me doy
por menos y saco pecho:
—Haberle partido la madre hoy —murmuro
entre dientes y empiezo a dudar si el impostor no
seré también yo mismo, que he caído en el juego
de no ver por conveniencia.
377
LA TAREA DEL HÉROE ES
BLINDAR A LA GALLINA
Recuerdo que casi me atropella un cabezal. Las
calles de la zona industrial sufren de un tráfico
agresivo: velocidad o presas. Si es el primer caso,
a cien en una calle que es para sesenta kilómetros
por hora, pero la vía en hora pico es inmóvil como
una caja de cervezas. Esto indispone a los
conductores a practicar artimañas inseguras y la
muerte es, más de una vez, la consecuencia.
Llegué lívido al chinamito de Castillo. Lo vi
preparar una ensalada que una señora ordenó para
llevar. Yo me senté, agitado, en la barra.
—¿Qué le ha pasado, mi amigo? —saludó.
—La calle está llena de bestias, ¿qué más? Casi
me aplasta un trailero. Por cierto, aparte de
comer, necesito conversar con usted. En privado.
—Ah, no es tan duro como decía. Eso me alegra.
—Puede pensar lo que quiera. Lo importante es
alcanzar un acuerdo. Este país está en un aprieto,
pero hablamos al ratito.
La señora recogió su bolsita, pagó y se fue.
Había algo crepitando en la freidora, pero yo no
379
quería pollo frito. Nunca más. No quería
problemas con ellos.
Respiré profundo el smog de la carretera antes
de decir:
—Dame una chuleta en salsa, con papas y un
tamarindo. Me muero de hambre.
—Vivas, ¡qué cabrón que es! Nada le costaría
aliviarme la vida con un ayudante. Usted está
haciendo esta trama y me da condiciones
esclavas. Así nomás, le juro que no consigue
nada.
—¿Quiere que lo mate?
—Da igual. Soy de mentiras. Si eso me libera,
hágalo.
“Mirá, vos. Me he encontrado con uno de los
héroes de la modernidad: el sujeto existencial.
Con razón lo detesto”, me dije.
—Sea serio. Tenemos que salvar este país de un
levantamiento de gallinas.
—Ya sabía que no es normal. Le voy a
conseguir una camisita con cinturones, lo más
linda. Se amarra en la espalda.
—Escuche, ayer me visitó la presidenta del
sindicato de gallinas, ¿puede creerlo? Venía
380
preocupadísima por el exterminio de los suyos,
pero más le preocupaba su propio exterminio.
—Tráigala y la hacemos caldo.
—¿Dónde está su gallinicidad, Castillo?
—Eso no existe. Es un mito más de los
intelectuales, pero la gente acá y allá es
pragmática. Si para vivir necesita morder, lo hará.
No sea llorón, que se habla de usted muy mal. El
ser más tramposo que ha visitado este lugar ha de
ser su percha.
—Se ha vuelto muy pachuco. ¿No cree?
—Culpa suya. Me rebajó en la escala social.
—Todavía es inteligente y oportunista, ¿no?
—Sométame a prueba.
—Bueno, escuche con calma, porque esto no es
negociable. Le va a salir relativamente barato.
Y le dije todo lo que pedía la señora Óvalos de
Calcio. Le subraye la discreción necesaria para
que no nos tomasen presos por insurrectos. Y le
dije que Jacqueline era una mujer muy
interesante, pero que tenía problemas laborales.
Y es cierto, por andar con el babas del Andrés, la
echaron del trabajo. Desde ese día, el tipo se hace
el tonto y no la llama. Ella insiste y Julia, al otro
381
lado, responde. (La última parte no se la conté;
no debía)
Cuando terminé de comer, era de noche.
La carne, aunque recocida, estaba bastante dura,
así que demoré bastante allí, trozando y tragando:
era inmasticable. Acompañé a Castillo a cerrar y
nos dimos la mano como si fuésemos del mismo
mundo.
—Necesitaré de su ayuda. Usted me dejó en
quiebra, aunque yo tenía platas en el extranjero.
¿Cómo se le ocurre arrancarme mi identidad?
Tras de eso, fingir que era mi decisión. Si
estuviese a mi alcance, le quiebro la madre.
Buenas noches.
No respondí lo último. De verdad, qué ser más
incómodo. Hace más ruido que una banda de
pericos cuando alguien les sacude el árbol.
382
PODRÍAMOS COBRAR POR LA
VISITA
Estaba yo en la sala de café, pues eran mis
quince minutos de descanso, cuando veo
llegar a doña Lorna. Yo soy el supervisor de
la limpieza y ella es una de las sesenta
personas a mi cargo.
Atendemos todo el edificio, catorce pisos.
Ella me lleva diez años, yo tengo cuarenta.
Siempre me habla con condescendencia.
Nadie más ronda el lugar ahora.
—Vos le diste la llave a don Gregorio. Vos
tenés responsabilidad en esto —lo dice con
enfado.
Yo estoy mirando la pared del lavabo y
pienso en lo viejo que está el dispensador
aéreo. Tiene carcoma y humedad y uno espera
que se caiga pronto.
—Él me pidió las llaves de la bodega y es el
dueño. Siempre ha sido respetuoso y de buen
trato, ¿qué iba a hacer?
383
La miro tomar una tacita, llenarla de agua
caliente y depositar dos bolsitas de té, que
luego deja reposar.
—No tengo idea, Renato. Él era el jefe. La
cosa es que hay llaves que no se dan.
—Eso no lo piensa uno en el momento. Yo
tengo las llaves de este piso siempre conmigo.
Y, en el cubículo, tengo las del resto de los
pisos. Si me piden la llave de determinado
lugar, generalmente, la niego. Sin embargo,
al jefe, no. Le entrego el manojo entero, lo
que corresponda.
—Deberías comerte ese cangrejo antes que
se ponga feo. Creo que van cuatro días en la
gaveta. Si le entra humedad, te jodiste.
Pienso que yo no he visto disposiciones
negativas en don Gregorio. Estamos en malos
días, pero ya hemos capeado muchas. Nos
tiene una quincena de atraso, pero eso es
universal: en la economía de Malanga, todo se
destruye, nada se crea. Y los glotones se
llevan la riqueza a los paraísos fiscales que,
ante la caída del prestigio del dinero, han
optado por construir, extraterritorialmente,
384
bodegones de alimentos como para días de
guerra.
—Lo voy a calentar. Es un milagro que no
se lo haya llevado algún conserje.
—No jodás. Ladrones no somos —Doña
Lorna saca las dos bolsitas de té y las arroja al
basurero, golpeando en la mesa.
—Algo sabría el jefe. Algo mayor, ¿no
crees?
—Algo sospechamos todos. Ha cambiado
para mal este país. Hemos perdido todas las
certezas. Hablan de hacernos modernos, pero
nos están convirtiendo en gente sin salida.
—Un chance es que estuviese enfermo. Uno
sabe que le espera meses feos y decide cortar
camino. Son dos minutos de miedo, pero
acaba ya —Cuando muerdo el cangrejo,
escupo de inmediato—. Esto está rancio.
—Ya casi llega la Judicial. Para mí que hoy
nos vamos a casa temprano. Todos.
—Ellos están abajo hace rato. Lo que no han
hecho todavía es interrogarnos uno a uno.
¿Qué voy a decir?
385
—Lo que me has contado. Le diste la llave
de la bodega y él tomó el manojo y se fue. Vos
te desentendiste hasta que escuchamos el
güevazo contra el suelo. Dicen que rompió la
acera y el ventanal de la cafetería Loría.
386
—¿Vos bajaste a ver?
—No. Hablé con gente, allí por las escaleras.
—No tengo ganas de acercarme.
—Ni yo. Ni que fuéramos asesinos. No
obstante, el doncito tenía la llave que es de tu
tutela. Te van a buscar.
—Tres mil cabrones no tendrán salario esta
quincena tampoco. Lo único que tenemos allí
para pagarnos son las resmas de papel
fraudulento. Y ahora que la ley prohíbe su uso
comercial, solamente se le puede vender al
Estado. O a traficantes. Si es posible, me llevo
unos a casa. Haz lo mismo.
—El mundo no se acaba —doña Lorna tiene
moral de hierro—. De una u otra forma,
salimos. Ahora, que no quede la azotea abierta
porque los saltadores le van a dar la vuelta a
la manzana. Los que trabajan acá y los de
afuera. Hasta eso, cobramos cinco mil o dos
kilos de pollo y los desesperados vendrán a
matarse desde la cúspide de una torre
ejecutiva. Cosas de caché. Status inmediato
para suicidas en anomia.
He decidido bajar para que no me busquen.
Voy a decir lo poco que sé. Lo del papel, me
espero a que baje la tormenta. Necesaria es la
cautela en todo.
—Cuando vayas a salir, apaga —le digo y
siento que cae un telón enorme. Tal vez no me
dé tiempo suficiente de cobrarme nada. Si no
hay heredero o nadie quiere heredar, esto ha
cerrado ya.
Es otra etapa que concluye.
387
APAGONES
Ayer hubo un apagón antes de las cinco de la
tarde. Por eso dejé de trabajar y me fui a dar una
siesta. Es la ventaja de trabajar en casa: podés
hacer lo que te venga en gana. Al fin de cuentas,
no tenía en la cabeza una puta idea de cómo
continuar mi artículo.
Hoy tampoco la tengo. Eso se va volviendo
costumbre. Le voy perdiendo voluntad al
presente. O al mundo. No seré el único al que
venció la indiferencia. Yo juraría que es
tendencia, aunque la gente le llama egoísmo. No
es tan cierto: lo que percibo es que la gente se
agota de nadar contra corriente.
No estaba dormido; estaba tendido mirando las
redes. En eso, golpearon el portón con una
moneda de forma reiterada, urgente. Mi
habitación da al jardín, por lo que podía mirar
sin esfuerzo la silueta que esperaba junto a las
rejas. Era un indigente, un hombre que se dedica
a cuidar carros en el centro de la ciudad. Una
vez, hace meses, tocó la puerta y le abrí. Me
habló, como si me conociese, para pedir apoyo.
Le di una bolsa de arroz, di la espalda y cerré la
puerta.
389
Me desentendí de él de inmediato, pero sabía
que había ganado otro “cliente”.
No le abrí. Tocó diez veces. Gritó “patrón” de
modo que todo el barrio escuchase, por si,
digamos, yo anduviese rezando en la parroquia,
acá a tres cuadras. Esos gestos me ponen mal,
pues mi educación, mis ínfulas y mi soberbia se
sobreponen a la poca condición humana que
tanto predico.
Con todo el tiempo del mundo, decidí
desentenderme de la molestia. Nunca le abrí la
puerta y la penumbra de casa le habrá
convencido que nadie saldría a atenderle.
Luego vendrá un día de estos pidiendo ayuda.
Me dirá que quiere institucionalizarse y verá con
asco y rechazo la bolsa de arroz. Me limitaré a
darle dos mil pesos y a remarcarle que será la
única vez que le dé dinero.
Porque son varios. Se alternan durante la
semana y uno que otro día me encuentran fuera
de quicio. Así somos. Nos creemos demasiado
ocupados para atender lo ajeno.. Y, sin embargo,
ser un verdadero hijo de puta, un insolidario, es
tan natural que uno siente que se autoafirma.
Claro, es una falacia. Un hueco más del alma
que llenamos con estridencias y violencia.
390
Hay uno que se autonombra el “muchacho
de…” y dice su barrio. No es tan joven, pero
también viene por viandas. Pasa semanalmente
y, en ocasiones, antes de tiempo. Esa
irregularidad me hace entrar en cólera y le digo
que sólo pase los sábados. Entonces promete que
no volverá en veintidós días para que le no le
cierre la puerta hoy. A veces cedo, ayer no.
Me limité a indicarle con voz alterada que
volviese el sábado. Luego, di el portazo.
No insistió. No obstante, volverá puntualmente
y la escena se repetirá cualquier día. Ya lleva
unos cinco años de tocar la puerta de casa. Es
impermeable a toda hostilidad.
Mis clientes son cinco o seis. Otro viene por
ayuda para una institución, que bien puede ser
ficticia. Cuelga del cuello un gafete y un saco de
manta que echa sobre su hombro. Este muchacho
es grandilocuente y, posiblemente, entrenado.
Una vez recibidos los víveres, se despide con la
palabra “bendiciones”.
Está el de la lata de atún y galletas de soda de
los domingos. Hubo otro, obrero de la
construcción, que decía tener mucha familia.
Una señora que predicaba cómo la abuela se
había muerto mientras estaba en el baño y no
391
tenía plata para pagar el ataúd… en tres
ocasiones.
¿Por qué ayuda uno? Es falso que sea por
bondad. El hambre muchas veces es cierta, pero
no es propia. Habría que ser un masoquista para
ponerse a pensar lo que sufren los demás cuando
no está uno en esa condición. Uno ayuda para
sacárselos de encima. Luego los vecinos lo ven a
uno y piensan que es generoso. La verdad, no
puedo con el calvario ajeno y si un pan les aleja
de mi puerta, puedo con ello.
Llega un gobierno alternativo y resulta ser tan
neoliberal como el anterior. Ergo, la manada que
se desbarranca hacia la pobreza, crece. Y, como
uno no anda haciendo la ruta del centro o de las
zonas periféricas del comercio, apenas se entera
de que el país se cae a pedazos. Puede que la
economía personal no mejore, o que a ratos
simule la bonanza.
Uno está en lo suyo. Tiene un salario y no
piensa que esté en la mirilla de la crisis. Se entera
de la realidad por una prensa que recibe favores
del Ejecutivo y eso le condiciona la palabra. En
consecuencia, todo parece ir lento, pero bien.
Lo que pasa es que cuando llegan nuevos
clientes, uno ya da el portazo sin mucha
conversa. No se puede ayudar a todos, ni siquiera
392
se puede creerle a los que se ven más afectados.
Cualquier día te llegan víctimas de las
inundaciones, de los incendios, sujetos
desempleados y truhanes.
Ahí es donde comienza el fastidio y la renuncia.
Nadie repara un dique con un tapón de corcho y
el dedo se cansa de combatir el agujero. Ya dije
que no es cosa de ser consciente o comprometido.
Es que la sensatez mínima me dice que, con
menos hambre en la calle, estoy un poco más
seguro. Cuando la gente no pueda ni desayunar,
romperá su escala de valores. Y esa violencia que
les ha expulsado a la aridez del hambre, de forma
progresiva o acelerada, nacerá desde ellos,
multiplicada e inmediata.
La gente se pregunta para qué sirven los muros
y las rejas. Es lo mismo que pasa con las
fronteras. No queremos los problemas del otro:
al contrario, nos defendemos de él. Le derivamos
todos los estigmas que corresponden a un ser
sobreviviente, oscuro. Lo aislamos, de ser
posible, lo enjaulamos y a eso le llamamos
seguridad.
Sin duda, nos pasamos. La mente podrida
también puede ser la nuestra. Nos volvemos
clasistas. Vemos a un fulano caminar por la calle
y según se vista de obrero, nos cambiamos de
393
acera. Ese sujeto ni siquiera nos determina. Va
con su fardo intangible de problemas.
¿De qué se trata esto? De que nos enseñan
mierda. Un país dizque exitoso, paradigmático y,
sin embargo, se pudre. La gente que recibe ayuda
una vez, la quiere siempre. Juzgar es siempre
aventurado porque no conocemos la historia
personal, pero cualquier náufrago se aferra a
aquel objeto flotante que le estire la esperanza de
permanecer con vida.
Antes pagaba a los guachimanes del centro por
vigilar mi carro. Es muy lento encontrar
estacionamiento y, si no les regalas algo, te
dañan el vehículo. Bueno, llegamos al colmo que,
si el semáforo estaba en rojo, corrían a pedirme
dinero —“mi tata, mi tata”— y se aferraban a la
ventana. Desde entonces, me habitué a conducir
con los vidrios cerrados..
El asunto es que nos estamos enjaulando. Nos
cansamos de los otros y, entonces, nos empiezan
a gustar las paredes. Los imbéciles que viven en
condominios de cristal, allá en el piso veinte,
donde nunca llega el dolor humano, son buen
ejemplo de esto. Posiblemente sean bien
remunerados, tengan buen prospecto de vida,
casa de recreo, dinero en el banco y hasta
presupuesto para frecuente coca. Y, sin embargo,
394
están desconectadísimos de lo cotidiano. Es la
sensación de lejanía, lo que venden los agentes
de finca raíz, cuando se habla de torres
residenciales.
¿Conectados?, ¿a qué…? A una burbuja, a la
ficción de las redes que hablan de la realidad
desde la no inmersión. Queremos opinar sobre
los informales, sobre las barriadas marginales,
sobre la cultura de barrio. Las mismas cosas, que
solamente aceptamos como folclor, son aquellas
que miramos con las más duras etiquetas.
Pero vivir, finalmente, no es cosa de moral.
Cada uno sabe cuánto apoya o no. Cuándo se
cansa. Qué le fastidia. Y aunque mejore la vida
propia el bienestar del vecindario, a muchos esto
nunca les podrá entrar en la mollera. Para eso
nos adiestró la escuela y la iglesia: para renegar
del necesitado, ése que se atraviesa en las aceras
o en la conciencia.
Ahora, un apagón es un intervalo de tiempo.
Uno puede volver a conectarse y seguir la
tarea.
Lo hacía Sísifo y era inútil, pero si lo hace una
comunidad, hace el cambio.
Más allá de mi alma podrida. O de la nuestra.
395
Salomón de la Luz Chueca, analista
El editor ojea el texto que ha llegado a su correo
electrónico sin haberlo solicitado y suelta en voz
alta un juicio definitivo:
—Habladas de mierda.
Acto seguido, pone un check y manda el asunto a
la bandeja de reciclaje.
396
LOS TRES MUCHACHOS EN SU
CHARCO
Luego de unos meses, lo logramos. El territorio
penitenciario es nuestro. Nos encargamos de
cobrar tributo por la seguridad de los otros y
también nos encargamos de sancionar su no pago.
Distribuimos merca a toda hora y le damos un
poquito al vigilante de turno. Tenemos teléfonos,
es decir, tecnología. Yardo es un jetón y, por lo
tanto, nuestro relacionista público, y se encarga
de capacitar reclutas para el call center.
Queremos agradecer a los altos mandos porque,
sin su consentimiento, esto sería imposible. Todo
el tiempo ingresan equipos, yerba, coca, armas, y
bajo cualquier modalidad: desde las visitas
conyugales hasta en un paquetito de galletas a las
cuales sustituyen el glaseado o la crema.
Ellos saben con quién ser severos y a quiénes
dejar pasar. Así que nos han tratado de maravilla
y, de vez en vez, hacemos un pasón bien violento,
una fiesta reventadísima y los invitamos.
Entonces, cierran temporalmente un ala del penal
y allí pasa de todo, pero es lo mismo que en Las
Vegas que lo que pasa allá…
397
Lo más divertido es trenzar al cliente y venderle
humo. Ellos pisan una oferta que les llega por red
con un gran descuento y, de inmediato, compran.
Nosotros diseñamos el producto a vender, pero no
nos preocupamos por servirlo. Si es del caso, les
damos un electrodoméstico usado, una sobra. Es
allí cuando entra mi hermanillo a bailar
consumidores con el discurso de la supervisión y
las quejas, etc.
Y siguen pensando los ingenuos que le están
comprando a grandes cadenas. Entretanto,
pedimos que nos recomienden con amigos y
parientes. Y otro “ejecutivo” más los llama desde
la “agencia bancaria” para avisarles del fraude.
Ya todos sabemos cómo funciona esto, lo que
no impide la fragilidad de la gente en
determinados momentos y que se deje robar de
frente.
Somos un buen equipo: Rex, el psico; y Yardo,
mañoso, y yo, James, el que da los órdenes.
Aunque en realidad trabajamos para el abogado
que llegó no hace mucho: sabe mucho de empresa
y nos hizo eficientes, nos enseñó de artimañas, de
labia y sobornos.
Nosotros no decimos su nombre porque uno
nunca sabe si eso se sanciona. Mejor de a
calladito.
398
Empresarios en la Sombra debe llamarse este
negocio.
Acá mandamos todo.
De nuestra parte, que nos metan perpetua.
399
APOLOGÍA DEL SEGUNDO
DOCTOR PÉREZ
Nadie me trajo comida. Esperé en el consultorio
hasta pasadas las tres y ni agua me dieron.
Entonces, abrí un poquito la puerta —es de
plywood— para mirar el panorama y, según
parece, era la hora del café.
No tenía más pertenencias que el traje que me
dio el hombre de la azotea. Era bueno, casimir
inglés, casi negro, pero luego de dos meses
conmigo, estaba ajado. Pasa que logré escapar del
trance de mi muerte de una forma absurda, por
eso ni le conté al siquiatra. Me hubiese mandado
a enjaular con los casos perdidos.
Dos señoras estaban sentadas en la sala de
espera, pero decidieron ignorarme. Mejor para
mí: les pasé al costado como si no existiesen. Vi
tres mil pesos sobre un escritorio y me los
embolsé de inmediato.
Al minuto siguiente estaba afuera. Ahora nada
es tan simple. Tenía que cumplir una misión y
vengo de ella. Me la encargo un tipo que me topé
mientras caía desde la azotea de la Nacional de
Papel. Curioso porque uno no se para a charlar
con otro en medio de una caída libre.
400
—Oiga, fulano —me dice.
—¡Qué hace acá? ¿No ve que estoy muy
ocupado cayendo?
—¿Quiere romperse la madre?
—Claro que no. El dueño del edificio me
empujó. El jefe de mantenimiento, un tal Renato,
le colaboró. De otra forma, no sería yo el que cae.
—Bueno, usted decide. Se palma o tiene otro
chance. Si es así, tiene que cumplir una tarea.
Tiene como cuatro segundos.
—Acepto.
Y entonces aparecí en tierra, allá detrás de la
Biblioteca Petras, que queda como a seis
kilómetros. Nada tiene que ver con la editora, es
una entidad privada hecha en memoria de James
Petras, el académico antiimperialista.
Supe que el sujeto que me sacó del cuadro de
tragedia puso en mi lugar un marrano de ciento
cincuenta kilos. Ése si se desparramó horrible y,
cómo ahora la necesidad es mucha, llegó gente
pobre a carnear el bicho y llevarse las sobras.
Ha sido la histeria colectiva la que hizo correr
la voz de la muerte del señor Pasta. Y
posiblemente su propia mala fe. Entretanto,
entiendo, estuvo escondido para que lo
401
modificaran un poco y zafar de las tortas que
cometió. Gravísimas.
En ese callejón, detrás de la biblio, hay una
comuna. Me recibieron bien, me dieron de comer.
Me cambié de ropa y me desentendí del
compromiso sin saber ni siquiera qué demonios
había pactado.
Yo creo que duré como seis meses sin
problemas: hacía artesanías, fumaba hierba y
hasta tuve varias relaciones con chicas de mente
abierta.
Así que, cuando un hombre parecido a usted,
me detuvo en la calle y me dijo:
—Vaya al 144 del Barrio de Los Aburridos.
Busque en el basurero una bolsa con
instrucciones.
402
No pude más que tomarlo en serio.
En el lugar, en una bolsa negra, había
documentos de identidad a nombre de otro sujeto,
pero con mi foto. Y detallaba qué tenía y cuándo
y contra quién. Sabía que estaba en juego mi vida
y que la persona que me ayudó no era
incondicional.
Debería cumplir al pie de la letra.
Ni siquiera supe por qué.
El 28 de agosto a las cuatro de la tarde estaba yo
cerca del lugar asignado a mi misión. Tenía buena
ropa, buen reloj y zapatos. Parecía ser otro y lo
era. Me sentí lleno de rencor por una rencilla vieja
que tenía mi nuevo personaje.
Porque la condición para que yo saliese con
bien de la escena del suicidio inducido era ésa: ser
otro, asumir su mente. Por mi cabeza, pasaron
hechos muy viejos donde me miraba a mí mismo
con mi rostro anterior, furioso, reclamando por
teléfono por el mal servicio de una tienda de
electrodomésticos. Había comprado un equipo
caro y la garantía tenía cláusulas en letra
minúscula que la desvirtuaban.
Recuerdo que fui al local, busqué al vendedor y,
con un blackjack, le corregí la plana. Lo dejé
sangrando y desmayado. Unos metiches me
reventaron un botellón de ron en la cabeza, me
sacaron y me abandonaron en una banca del
parque.
Pendejos.
Caí en otra compra fallida en ese sitio. La
segunda vez, pero con otro vendedor de la misma
tienda. Me regaló una mierda de microondas
como señal de paz y yo que voy y compró
tremenda nevera. No tardó ni tres meses en
colapsar y lo mismo: bótenla.
403
No pude más. Saqué mi automática del clóset y
fui por él.
404
Le metí tres balazos y tuve tiempo de alejarme.
En mi memoria, también tengo visión de que
ese sujeto que soy yo con otro rostro, se cae de un
puente. No me queda claro si es real o es el
trauma de que me hayan lanzado de la azotea. Sin
embargo, lo que deduzco es que dejó su tarea
trunca por suicidarse antes de tiempo. Imagine
que usted está escribiendo una novela y el
personaje se rebela así… ¿Qué haría usted?
Pues es lo que yo imagino. Me dieron los
papeles y pendientes del doctor Pérez,
farmacéutico, porque el actor encargado se fue.
Ahora yo soy él y por eso iba a repetir lo que hizo
con Sergio. Se supone que mataría a Reiner
Pentago sin mediar palabra alguna y delante de
todos sus compañeros de trabajo.
Nadie esperaba que la pistola se trabase. Gatillé
tres veces y nada: le pegué contra un escritorio y
nada. Finalmente, traté de sacar el magazín, pero
me cayeron a patadas entre todos.
Luego llamaron a la poli y aquí me tiene.
¿Me va a dejar ir o, por lo menos, puedo
negociar con mi demiurgo? Esto no es lo pactado
con el carajo que escribe mi destino.
Lo que ocurre es que un tremendo desordenado
y cómo no paga salarios, los actores le abandonan
a cada rato. Usted mismo debiese conversar con
él y decirle que le mejore su rol. Debiese ser una
autoridad mundial en siquiatría y nunca un pobre
diablo en planilla.
Imagínese que yo iba a ser ghostwriter, pero si
me quedo quieto me muero de hambre.
Tome consejo usted y rebélese ante estos rollos
idiotas.
Para eso estudió y lee mucho.
Como loco.
405
LAS QUEJAS DE JULIA
Han de ser como las cinco de la tarde cuando
contesto el teléfono:
—Carmencita, ¿cómo vas? Soy Julia.
—Yuli, ¡tanto tiempo!
—Necesito que me ayudés. Es un tema serio.
—Decíme.
—Tenés una hija treintañera, ¿no es así?
—Sí, se llama Jacqueline y es una ternura.
Siempre viene a verme.
—Pues decíle que no se meta con Andrés. Es mi
esposo.
Siento que las tripas se me revuelven, pero
disimulo. Ya me veía venir un problema por esa
irresponsable.
—Me estás colocando en un colocho. ¿Cómo se
hablan esos temas? No lo sé.
—Pues, aprende. No se me vaya a ocurrir
meterle un tiro.
—Veré qué puedo hacer —respondo y cuelgo.
406
Y no hago nada porque se me ocurre que es
como si no tuviese hija, tantos años de no recibir
ni una llamada o una tarjeta de Navidad.
Claro, cuando requiera dinero o socorro, me
mandará un saludo afectuoso.
Que se pudra.
407
EL PROBLEMA DE TRATAR CON
UN PERSONAJE INGRATO
—Tenía cita a las nueve se lo juro. Apenas han
pasado seis minutos de la hora. Dígale al doctor
que me atienda —Al principio, como siempre,
Julia pone cara humilde. Si le falla la estrategia,
cambia.
—No, señora. En el sistema, usted aparece
citada a las siete de la mañana. Por reglamento,
ya perdió el espacio y debe ir a hacer fila. Le
darán para noviembre o fin de año. Hay
demasiada saturación en el sistema.
—Ud. no sabe quién soy yo, Silvia. Le exijo
conversar con el doctor para que él me resuelva
directamente. —El quiebre hacia la insolencia se
nota y la mujer tensa las uñas como si fuesen
garras de tigre.
—No es acá, señora. Si desea, puede ir a la
dirección médica, pero es inútil. El sistema no fue
hecho para adaptarse al individuo. Nosotros no
podemos variar a capricho.
—Bueno, hablaré con el jefe y daré mi
inconformidad con su maltrato. Usted tiene que
aprender algunas cosas. Yo soy secretaria de la
Junta de Salud del cantón.
408
La recepcionista, pasado el berrinche, se dedica
a transcribir boletas que debe pasar al expediente
electrónico. Entre dientes, suelta un “vieja
hijueputa” tan bajito, que el narrador apenas
supone o adivina.
Entretanto, la doña insoportable ha dado media
vuelta y se dirige hacia el fondo donde, junto a
una botella de agua que reposa en su escritorio, el
doctor Serrano cumple su papel de coordinador
del área de Medicina General.
El hombre está tecleando en el escritorio chico,
pues ser jefe implica preparar informes de todo.
Cuando no los hace él, los pide. Cuando cree estar
tranquilo, aparece el supervisor de la regional, a
realizar inspecciones in situ. Cuando le da la gana
y sin aviso, llega.
Luego le deja las nuevas tareas. Repórteme
estos nuevos indicadores, dígame cuántas citas se
dieron, cuántas no llegaron, los índices de salud y
de peso, cuántas veces va y viene el guarda de la
entrada desde la puerta principal hasta el fondo.
Bueno, sólo eso faltaría. La verdad es que Masís,
el de la regional, jode mucho.
—Doña Julia, ¿cómo va? ¿me buscaba?
—Sí, doctorcito. ¿Puedo hablar con Ud.? Fíjese
que he tenido un inconveniente grave.
409
Ya Sergio Serrano sabe que la mujer es un
verdadero dolor de bolas y que disfruta la
influencia que tiene, merced a su cargo en la Junta
de Salud. Así que, aunque no la quiere realmente,
decide fingir todo el afecto del mundo.
—Faltaba más, es un honor. Cuénteme que le
preocupa. —En el momento que dice esta frase,
se le cruza como déjà vu la imagen de un par de
periodistas radiales que tiene atoradas en el
pescuezo hace rato. Son ineptas, cínicas y, para
hacer interesantes sus programas, invocan una
frase semejante a cada invitado que, experto o no,
se cruce ante sus micrófonos.
Eso le genera un conato de vergüenza que,
afortunadamente, no alcanza a trepar a sus
mejillas.
—Le juro que yo tenía cita a las nueve, doctor.
Sin embargo, el sistema aparece a las siete. Estoy
segura de que es la ineficiencia de esa muchacha,
la nuevecita.
—Es muy raro. ¿Sabe el nombre de ella? Creo
que debo llamarla y que venga a aclarar los
hechos.
—No se preocupe, estimado. Es la que se llama
Silvia, la que tiene un piercing horrible en la
oreja.
410
—Nueva no es. Es del bloque fundador de la
clínica. Quince años con nosotros.
—Lo siento. Ud. sabe que todas las secretarias
se parecen.
—Bueno, y ¿qué puedo hacer por usted?
—Necesito que no me pasen la cita. Quiero ser
atendida hoy y no en diciembre. Yo paso
diciembre donde mi hija en California y no voy a
aventurarme a quedarme sin vacaciones.
En ese momento, un viento de quince
kilómetros por hora entra por la ventana y los
papeles del escritorio salen volando. Como si
fuese telepatía, a los sesos de Sergio llega una voz
imprecisa que dice “vieja hijueputa”, tal y cómo
decía Silvia.
El bolso de la insoportable está en estos
instantes, sobre el escritorio del galeno. Éste se
siente incómodo con los abusos de confianza,
pero no deja de tener presente que los de la Junta
de Salud son una sarta de chismosos y
prepotentes que podrían hacer caer en desgracia
el prestigio de la clínica ante la comunidad, ante
la prensa y ante el patrono Estado.
Aprovechando la ventisca, doña Julia Aguirre
deja ir un discreto flato silencioso, pero que le
411
revuelca el alma a Salomón. “Tras de vividora,
cochina”, piensa.
Doña fulanita está allí con su mejor sonrisa de
autosuficiencia en espera de la reverencia del
director médico. Por ello, se mira las uñas y las
sopla como si tuviese confeti entre los dedos.
“Ni roja se pone”, le dice el escarabajo de la
conciencia al viejo cirujano. Escarabajo porque
grillo es muy propio de la empresa del ratón
animado y eso desprestigia cualquier cuento.
Primero tiro a la basura esto que ser un
narradorcito de mierdas rosas.
—¿Quién es su médico?
—Hipólito Peraza, el cubano. Es muy bueno.
—Lo sé. La malla curricular y la educación
cubana son excelentes.
—No me diga que Ud. es comunista, doc. Eso
no es bueno. Vea cómo viven en la miseria…
“Y vos vivís en Bel Air, zorra”, piensa el doc,
ya hastiado de atender a la bombeta de la señora
Aguirre.
—¡Qué va, Julia! En este país todos somos de
derecha. Recuerde que somos afortunados de
estar en el paraíso terrenal.
412
La mujer no capta la indirecta,
afortunadamente. Sergio, un gesto después de
haberla proferido, se arrepiente. Luego se da
cuenta de que la otra es tonta, tonta con ganas.
Toma aire.
—Voy a mandar un correo a ver quién tiene la
agenda más holgada. En cinco minutos me
responden y la paso a consulta con el médico. Sin
hacer fila siquiera. Ud. va, se para a la par del
mostrador y, cuando ve que van a llamar a
alguien, le dice a Silvia que yo ya le hablé.
Nos salimos de esa oficina los diez minutos que
dura la gestión. Gran cosa es ver a la secretaria de
la Junta de Salud y su cara de pan dulce.
—Bueno, doctorcito. No le quito más tiempo.
Y, por favor, ponga en su lugar a esa rubia
igualada. Necesita un curso de servicio al cliente.
Julia sale con un paso más insolente,
autoafirmativo. Nada más que el suelo está
mojado y patina. Alcanza a asirse de una baranda
y de un golpe de vista verifica que nadie alrededor
haya visto su papelón.
Sabiamente, la conserje del sector ha sabido
disimular y esconderse tras una columna. Ha sido
una lástima no contar con el celular en ese
momento. O, tal vez, la suerte le ha evitado el
413
despido porque humillar a esa grulla es un juego
peligroso.
El doctor Serrano, viejo bonachón, pero de
humor ácido, no puede evitar hacer aspavientos
de desagrado y, tan pronto se retira la bruja mala
del vecindario saca un desodorante en spray:
consume media lata, antes de regresar a su
ordenador.
En el lobby hay veinte personas en espera de ser
llamadas a los consultorios. Son ocho médicos
que deben ver, cada uno, cuatro pacientes por
hora. Eso quiere decir que hay gente que llega
temprano o que, por lo contrario, alguien lleva el
trabajo atrasado.
Eso sería chismear demás. No me corresponde
pues la info que tengo es precaria.
Silvia ve llegar a Julia Aguirre, cara de hiena,
sonriente, triunfal y amenazante. Sin que
queramos parodiar a nadie, podemos decir que
ella también, al verla, evoca a un personaje de las
pelis malas para niños, la vieja bicolor que odia a
los perros. A partir de ese día, cuando quiera
hablar de gente odiosa, pero sobre todo de esta
juega de viva, usará el nombre de personajes de
caricatura.
414
Eso no se discute. En todo caso, Silvia no sabe
la existencia de mí, el narrador, que me he
parapetado como siempre, donde puedo. En este
caso, debajo del mostrador de las secretarias y así,
de paso, le echo un ojo a las piernotas de las
chicas.
Si no es así, ¿cómo voy a hacer mi trabajo? La
inventiva no me da para crear circunstancias;
entonces, me toca espiar. Si voy más allá de lo
decente o no, Uds. no van a saberlo. Yo cuido mi
prestigio y hasta les tengo respeto a estas señoras
trabajadoras, que tienen la mala suerte de
encontrarse con engendros como Julia, secretaria
de junta.
Efectivamente, dos minutos es lo que espera la
fulana odiosa para ser atendida. Le hacen pasar
con la doctora Fátima Cordero, que atiende en el
consultorio seis.
Ella está furiosa porque su ordenador echa
chispas y no arranca. Toda la mañana ha sido así.
Todo lo tiene que despachar en formularios de los
viejos, recetas a bolígrafo que luego debe guardar
en el archivo.
Julia entra y se sienta sin pedir permiso. La otra
esta como loca metiendo la punta de un lapicero
en un puerto USB, pues jura que andan bichos
adentro. La matasanos detecta a su paciente, dos
415
o tres minutos después de que ésta, para llamar la
atención, prende un habano.
—Acá no puede fumar. ¿Qué hace aquí?
—Serrano me envió. Vengo a consulta. —
Aunque siente que se le quema el pescuezo, Julia
le da una pitada al Cohiba.
—Bueno, cuénteme de qué padece.
—Vengo a control. Soy hipertensa, diabética y
se me cae el cabello.
“Un cóctel de males”, murmura Fátima.
Enseguida, finge interés:
—Y, ¿qué medicamentos toma?
La mujer importante suelta toda la lista de la
droguería que recuerda, más un par de cremas
faciales y cicatrizantes de las que, logró enterarse,
estaban disponibles en la seguridad social.
La doctora apunta todo con normalidad. Es
decir, escribe lo que oye, sella y firma. Le da
varias boletas para no ver ese incómodo rostro
durante el resto del año. Acto seguido, emite un
“buenos días” en acento tan frío que indica el fin
de la consulta.
Julia Aguirre parte hacia la fila de farmacia
tratando de hacer contacto visual con la jefatura
para que reciba las órdenes de los medicamentos.
416
Silvia no se queda con sangre en el ojo y, en el
transcurso de dos meses, logrará probar que Julia
hace dos años se fue de la comunidad por lo que
no pertenece al área de atracción de la clínica. Eso
le permite dar de baja a su expediente, pues la
reporta con Registros Médicos.
Cuando Julia se zafa un brazo gracias a un
resbalón causado por las lluvias de octubre, un
taxista le lleva al servicio de Emergencias de su
viejo barrio.
Le niegan el servicio, pues la señora no es de la
comunidad. Le piden que traiga papeles y que
espere verificación de los datos.
El jefe del registro se lo cuenta a Silvia.
Julia increpa al taxista mientras se revuelca del
dolor, que podría ser fingido.
Y no hay socorro posible. La indiferencia cunde
en todo el centro de salud.
Es que el narrador no la soporta.
417
DON JORGE ERA UNA
ESTRELLA EN ASCENSO
Jorgito Morales, tan de pronto ha resultado
religioso. Tiene tanta fe y tanta vocación por el
bolsillo del prójimo que ha devenido en pastor
cuando sus estudios lo capacitaron para
actividades gerenciales. Estuvo internado un
buen tiempo en Casa de los Alucinados. Primero,
en actitud rebelde, aunque su condición física no
andaba muy bien y no le permitía escabullirse del
sitio. Lo intentaba una y otra vez y ya estaban
todos fritos de atender a un baboso que pasaba
conspirando para que los demás internos se
rebelasen.
Todo cambió luego de un diálogo en privado
con el director, que le hizo ver las posibilidades
que se le abrían para hacer valer sus nuevas
facultades. Porque Jorge fue entrenado en
manipular personas, tanto en lo colectivo como
en el uno a uno. Lo que ha debido hacer es
convertirse en predicador de una de las iglesias
subsidiarias de la comunidad. Una parte de las
colectas sería para él, otra para mantenimiento y
otra la debería entregar a la franquicia. A cambio
de ello, popularidad, desmadre pero discreto y,
posiblemente, lujos en el mediano plazo.
418
Una ganga.
Durante un mes continuó teniendo reuniones
con don Santiago, que le adiestra en las artes del
blofeo. Lo enseña a usar el nombre de dios
recurrentemente como una muletilla. Eso
convencería de su aura a cualquier desconocido.
Y, por lo demás, le da un mercado cautivo con
setenta feligreses. Es su deber hacer crecer esa
semilla de modo que en un par de años fuesen
quinientos y él tenga libertad hasta para contratar
un pastor auxiliar.
Le entregan una Biblia que tenía resaltadas con
marcador amarillo las citas clave. A partir de eso
debe construir sus prédicas, bajo ciertas
directrices que se dan mensualmente. Y se le
permite organizar bingos, rifas, ventas de comida
y cualquier actividad que, sin costos, pueda ser
buen pretexto para una recaudación extra. De
ellas, el 30 % por ciento a la franquicia, el 50 %
para Jorge y el 20 % restante… también para él.
Luego de un par de meses empoderado en su
sucursal de la fe, ya es uno con la comunidad.
Almuerza en casas ajenas, anda de casa en casa
supervisando que las ovejas no se descarríen y ora
por los enfermos. Se da cuenta entonces de que
ser soltero no le viene bien al cargo y decide
casarse en secreto. Lo hace con una desconocida,
419
una gringa que no habla castellano, que no
entiende castellano, pero que le parece
carismática y buenota. Todo ello le permite
mantener a raya a la congregación de la presencia
de su mujer: Jorge dice que a ella le cuesta mucho
el idioma y que ella mejor mira los cultos en su
lengua natal.
Podemos decir que va hacia adelante. En año y
tanto llega a los doscientos militantes. Entrena
brigadas para salir puerta por puerta a divulgar el
mensaje de salvación. Uno que otro pez pica y, a
los meses, posiblemente, varios de los miembros
de esas casas se van integrando a la comunidad.
Así que bautizar a nuevos miembros es un evento
cada mes.
420
Pronto compra carrito.
El tal Santiago nunca lo visita, nunca se
encuentran en lugares públicos. La cita es puntual
cada segundo martes de mes en la mañana y no
cuentacon la presencia de los otros pastores de las
distintas sedes. Parece que Santiago los atiende
de uno en uno y que, además, cada congregación
se registra bajo un nombre independiente, de tal
manera que está prohibido vincular al oscuro
sujeto con cualquiera de las iglesias.
Dado que su clientela —ésa no es la palabra—
es variopinta, echa el ojo para escoger una que
otra aventura para que, en el nombre de dios, se
abran las puertas de Jericó. Las convence del
silencio y de ser él un ungido de la divinidad al
que se le permite un desahogo, una misión de
caridad fraterna de las jóvenes hermanas. Y como
nadie dice nada, todo tranquilo.
Así que Irene es una más. Su novio, Johnny, es
un muchacho algo corpulento y mal encarado,
pero buena gente. Ni le pasa por el coco que le
hayan puesto la cornamenta, por lo menos en tres
ocasiones, con el hermano Jorge. De hecho, mira
con desconfianza a uno de los nuevos chicos,
Bobby, miembro de la patrulla que va casa por
casa a llevar la palabra.
Sin embargo, eso es muy tonto. Su novia tan
sólo usa de su simpatía para reclutar al tonto que
ha creído que ella juega en sus ligas. No es así,
porque el pobre muchacho vende flores en el
semáforo y ese rol no le gusta a la muchacha que
tiene un novio con un carrito de color azul, con
quemacocos, bastante aceptable. Así que ella
sabe guardar la distancia para que ayude en la
obra. Eso equivale a enseñarle una galleta al perro
para que haga una maroma, pero a la hora del
premio, la galleta no aparece.
El Roberto, que además le hace a negociar
drogas, se va sintiendo inconforme.
421
Acostumbrado a meter mano en las ofrendas con
cierta mesura, va planeando algo mayor. Y el
interés casi idílico que siente por Irene se va
volviendo más corporal.
Don Jorge no es ajeno a todo esto, pero le parece
que el muchacho tiene potencial para captarle
gente. Ya trajo, por ejemplo, a tres vecinos del
barrio y sus respectivas familias se van
incorporando a los servicios religiosos.
Ni idea tiene el señor pastor que Bobby es una
alimaña permanente y que ya ha sacado copia de
la llave del candado de la cajita de las ofrendas.
Ni sabe que la noche anterior, cuando el novio de
Irene lleva tres días con una aparente gripe, pero
más jodida, este pécora ha logrado convencer a
Ire de tomarse un café en la humilde casita del
sujeto.
El café consiste, mejor dicho, en vino.
Despachan dos botellas que la mañana siguiente
se transubstanciarán en cruda. Y en perder la
cabeza, adrede o no. El asunto de si se consuma o
no aquella calentura ya es morbo. Paremos allí.
La noche siguiente es quincena y el joven
Bobby acude al servicio por última vez. Tampoco
llega Johnny, pues parece que ha sido ingresado
en el hospital del centro con problemas
respiratorios y, cómo ya ha sufrido meses atrás un
422
accidente, su sistema inmune no le responde muy
bien.
Bobby se sienta adelante, pues, cuando sea el
momento de recorrer los pasillos para recolectar
las ofrendas de la noche, quiere acabar pronto.
Hoy es quincena, la gente es más generosa y la
reivindicación que el muchacho quería acaso la
ha conseguido la noche anterior. Ya puede partir
sin mirar atrás, pero antes ha de dar el golpe final.
Jorge, no tiene puta idea de que viene la
catástrofe financiera, pues se acerca el momento
para ajustar para un coche nuevo. Cómo siempre,
de corbata, de saco, pasa palpando piernas acá y
allá y encerrándose con alguna feligresa
deprimida en su oficina, durante toda la tarde.
Cuando le toca predicar está tan tranquilo que
ni se pregunta qué le ocurre a Irene que se ha
sentado unas banquitas atrás de su sitio
acostumbrado. Y lo único que le parece curioso,
jocoso, es que anda unas gafitas oscuras que no
hace por dónde quitarse.
Según lo previsto, la comunidad es generosa y
eso lo confirma el arqueo que se hace en la
trastienda y donde el señor pastor está presente.
Son las nueve y diez de la noche y el servicio ha
terminado a las nueve. A estas alturas solamente
423
quedan tres señoras conversando a la orilla de la
puerta de calle.
Entretanto, Jorge también se trae a la mesa el
cajón del diezmo que han depositado los fieles
mediante sobres, individualmente, en la ranura
superior que tiene la justa medida de los
envoltorios, más dos centímetros de largo. De
ancho, tiene 7 mm. Si el pago es más generoso,
se sugiere usar un segundo sobre. Cada uno de
ellos lleva el nombre del donante, porque es
elemental saber si algún cristiano se hace el gato
bravo con sus deberes. Una halada de orejas en
privado, primero, y si no se reforma, tal vez haya
que evidenciarlo ante la comunidad, por estaca.
Mediano barullo arman las señoras en la puerta
porque un par de drogadictos les pasan de cerca.
Jorge, como líder, se ve impelido a darles auxilio
y va a poner orden.
Bobby hace como que cuenta y apunta, pero en
ese instante saca una bolsa de basura gruesa, abre
el cajón y arrasa con todos los sobres. De las
ofrendas, toma solamente los billetes porque las
monedas son muy ruidosas y pesadas.
Acto seguido, consuma su milagro: la
desaparición.
424
Cuando vuelve Jorge, no lo encuentra. La puerta
del patio luce cerrada, así que no cree que le
hayan jugado sucio. Va a pasarle aldaba al portón
principal y luego verifica que Bobby no está en el
baño: nadie hay, pero está sucio.
A la mañana siguiente, que es sábado, Jorge va
a la casa de Irene para que lo ayude a localizar a
Bobby. Ella dice desconocer donde vive el
muchacho: se lo topó una tarde afuera de la
biblioteca en la U, pero nada más. Ella piensa que
no es de la comunidad, pero casi no sabe a qué se
dedica el muchacho.
El pastor sube a su carro, enfurecido, frustrado.
No tiene puta idea de cuánto le robaron. Calcula
que habrá sido, por lo menos, cuatro millones,
pero ni siquiera tiene la evidencia de lo escrito en
los sobres. Santiago no va a creerle cuando diga
que este mes no le va a entregar toda la cuota.
Tampoco soportaría el cuento de que recaudó
menos porque, aunque Santiago no ponga un pie
en la iglesia, siempre tiene un infiltrado que vigila
y reporta.
Será que tiene que cambiar de roles, papeles.
Porque un Rolex, jamás. Nunca ha ganado tanto
como para poder presupuestar eso.
425
EL AFFAIRE ROMERO- DE LA
LUZ
—He llegado hace quince minutos, doña Petra.
Siéntese. Creí que era puntual. He cargado a su
cuenta un par de croissants y un té con leche.
Tenía mucha hambre.
—No tengo mucho tiempo. Hablemos ya:
recuerde que se supone que el negro literario no
existe. Ergo, no puedo conversar con usted.
—Pues hágame titular y se quita cien dolores
de cabeza. Fíjese que pasan cosas importantes
que Vivas, por pudor seguramente, se calla.
—A ver, Salomón.
—¿Ya le vio el rostro a Gregorio? Sabe que no
está muerto, ¿verdad?
—Efectivamente, seguí sus pasos y sé lo de la
impostura con Castillo.
—Y, ¿sabe qué le ocurrió en la nariz?
—No sea banal. Yo también leo. Sé que el
doctor Navaja no le hizo todas las operaciones
que él quería.
—Es algo peor. Los instrumentos quirúrgicos
no se pasaron por la autoclave. El cirujano no lo
427
supo hasta avanzada la operación. El tejido nasal
se necrosó y Navaja le tuvo que volar cuchilla. Y
cuando ya estaba emocionado, le dibujó un cacho
de luna en la mejilla, como personaje de
caricatura. Aunque parezca ridículo, ante el
profuso sangrado que sufría Pasta y la muerte del
tejido nasal, lo único que se le pudo ocurrir al
cirujano fue un injerto. Como no había donantes
preparados y en la morgue le negaron el servicio,
optó por un organismo resistente y duro, que
tuviese forma un tanto similar a la nariz humana.
Por eso es que parece un babuino. El doctor
Navaja le ha insertado una semilla gigante de
marañón que tenía guardada de sus paseos al
Atlántico. Lo hizo generosamente, a pesar del
dolor que da desprenderse de un recuerdo. Y ni
siquiera facturó el marañón. Luego de colocarla,
se remitió a procurar darle el color apropiado
con un spray y un sellante.
Es ornamental y, desde que Castillo se dejó
crecer la pelambre del rostro, se ve irreconocible
y disimula el apéndice horroroso. Sin embargo,
respira vía oral. Entiendo que es propenso a los
resfríos y por eso no lo vemos de noche.
¿Ve? Todo eso se lo calla Vivas y le inventa,
como reparación un romance con Karina
Jacqueline Solares. No los he visto juntos,
428
aunque me ando paseando por todos los
recovecos de Ciudad Artificio, recogiendo datos,
haciendo el trabajo sucio. Aquel idiota, está feliz
allí en su nueva casita del árbol que apesta a
cuita de pollo.
—Mesero, tráigame una chuleta con vegetales,
término medio. Continúe, Salomón.
—Lo otro que yo percibo es que el indigente que
lanzaron de la azotea sí se mató. A mi ver, Vivas
se confabula con la mafia policíaca que les tapa
los crímenes a los grandes. Ese cuento de que lo
encontraron deambulando y que lo iban a
encerrar o que reemplazó al farmacéutico
psicópata no se lo cree nadie, ¿no?
—Pues es chusco, eso lo reconozco. Me pareció
raro, muy arriesgado lo del segundo
farmacéutico que le quiso disparar al tal
Pentago.
—Doña Petra, mándelo a analizarse. Me
parece que ese indigente es un poco él mismo. Mi
hipótesis es que el odia a los vendedores
mentirosos y, en esa sombra o marioneta, se
proyecta a sí mismo. ¿Qué tal que se le meta el
agua y nos joda a todos?
Porque, no sé si usted lo nota, pero es un
narciso. Creo que la aspiración que lo mueve a
429
escribir es borrar de la realidad todo aquello que
le estorba. Cómo no puede hacerlo vía
prohibiciones morales, se venga ridiculizando
todo gesto humano.
De hecho, creo que me ha inventado a mí con
la intención de descargar sus yerros en otro. Y
me ha plantado semejante nombre porque sabe
muy bien que los apelativos son taxonómicos. Si
fuera agorero, diría que construyen destino, pero
no. Ya sabemos que ahora que Argentina ganó el
Mundial, saldrán montones de chiquillos
llamados Lionel, pero incapaces muchos de ellos
de patear una pelota quieta. Fíjese el descaro al
denominar ciertos personajes, no sólo en el
presente sino en las novelas anteriores. Ayúdeme,
por fa, quiero que me cambie el nombre.
Pretendo llamarme Salomón de la Luz Viva.
Tiene mejor talante, ¿cierto?
—Par de grifos es lo que son ustedes. Déjeme
comer y luego le aviso.
—Considero que Vivas piensa que es incapaz
de crear personajes, entonces procura hacer
roles, estereotipos. De ahí esos apelativos que
son como etiquetas maliciosas.
Voy a dejarla que coma sola, señora. Mientras
piense si no vale la pena meterle una orden de
430
alejamiento a ese infame. Además, un sólo
escritor es más barato que dos. Y mientras logro
consolidarme, no cobraré caro.
Lo prometo.
Le dejo esta cajita de chicles para después de
su almuerzo. Aún tiene cuatro. La encontré en
una mesita: quedaban seis y tomé dos. Están
limpiecitos y son de canela.
Hasta pronto.
431
PEQUEÑAS ESTRUCTURAS QUE
SE QUIEBRAN POR DENTRO
Don Jorge esperó durante una semana tener
noticias de Bobby, pero fue en vano. Nervioso
como un conejo, se la pasaba imaginando los
peores escenarios. Recordó que hace un tiempo
se había lanzado un ejecutivo de una azotea en la
zona industrial y que se rumoraba que algo
distinto a la propia voluntad del difunto. Pasaba
tomando té de tilo en la mañana y la tarde. En la
noche, adquirió tal fervor que lloraba durante el
servicio religioso.
Irene había sido instruida para no comentar
nada, so pena de ser puesta en evidencia ante
Repollo de sus ligerezas. Eso bastó para que se
tragase la lengua y siguió así una vez que su novio
salió del hospital.
Johnny, que era feo, pero no por eso baboso, lo
notó:
—A vos te pasa algo, flaca. Me lo vas a contar
ahora.
—Son ideas tuyas. Yo, básicamente, estoy
cansada. Creo que estoy incubando la gripe.
—Yo ya no soy portador de nada. No inventes.
433
—No estoy diciendo eso.
—Contáme, qué ese hizo el hermano Rodri.
—Ni la menor idea. Yo creo que andaba en
malos pasos y volvió a la cancha.
—Yo te iba muy cerca de él.
—¿Qué querés…? El pastor me dio la orden de
manejarlo para que se volviese un adepto ciego.
—Esa palabra no encaja bien: ciego. Es como si
esto de la fe fuese una experiencia engañosa.
¿Estás perdiendo la fe?
—Dejáte de joder, Repo. Vos sabés de mi
devoción total. Estás hablando caca.
—Estás agresiva. ¿Te das cuenta? De fijo que te
pasa algo.
—No sigás, gordo. Me están dando naúseas y
porque jodés demasiado.
—Sólo faltaba eso… ¿Ha sido el Espíritu
Santo? Yo ya notaba la chispita… Cómo no es
mío, voy jalando. Decíle a Jorge que tampoco
vuelvo al culto.
Irene lloriqueó y se puso colorada. Luego
simuló que le faltaba el aire de tanto sollozar y se
dejó caer sobre las bancas del templo que, ese
434
sábado, estaban vacías pues faltaban dos horas
para el servicio.
La cabeza sonó como un coco seco al golpear el
filo del respaldar. Luego, un chorrillo de sangre
empezó a llorar de sien derecha mientras Johnny
murmuraba para sí:
—A la puta, un milagro es esto. Ahora llora
lágrimas de sangre.
Entonces, puso pies en polvorosa sin volver
hacia atrás la mirada. Al contrario, tan pronto
encendió su coche, metió la chancleta para ver si
al acelerar lograba pasar el portal hacia otra
novela donde no hubiese tanta gente peste.
Irene despertó al ratito, transfigurada. Había
tenido una revelación dentro del sueño y la dijo
en voz alta:
—Repo, hijo de puta. Por dicha me libero de vos
y de este sitio. Uno en estos lugares se estanca
con tanta doble moral y silencio. Si me van a
joder la vida, que por lo menos haya plata.
Cogió su cartera, no se despidió de nadie y tomó
un colectivo que fuese hacia el centro.
Tenía ganas de ver el mundo sin prejuicios.
Fue la última vez que la vieron.
435
MÁXIMO PRESIONA A TIRONES
PARA QUE RESUELVA EL CASO
Cuando vuelvo a mirar el reloj de pared, pasan las
once. He pasado toda la mañana en papeleos y no
avanzo.
Suena el teléfono:
—Teniente, ¿cómo va? Le habla Peralta, el
gerente del súper.
—Buenas, don Máximo. Acá todo trabado.
Hemos investigado a todos sus competidores y
dicen que no han sido ellos. De hecho, Contreras,
el dueño de los almacenes de La Pena de Ser un
Limpio dice que ustedes quiebran solos y no
necesitan ayuda.
—¡Qué va! Acá hay gato encerrado. Andan
diciendo que nosotros vendemos chuletas de
enano. Necesito que me resuelva ese crimen
pronto. Ud. sabe que pusimos mucho dinero para
la campaña política. Se nos están cayendo las
ventas una barbaridad.
—Ya no nos quedan sospechosos por pelar.
Interrogamos hasta a la doñita que pensó que
Azuela era un pavo. Está casi ciega, dice.
437
—Bueno, lo menos consígame un pato de fiesta.
Alguien a quien echarle el clavo para bajar la
tensión y terminar con el rumor.
—La pista de la salsa de pizza es la línea de
investigación más real que tenemos. ¿De qué otra
manera se salpicaría la columna sino por un acto
delictivo?
—Ud. no parece haber preguntado mucho. Le
habrían dicho que un repartidor resbaló en el
corredor por pasar con su bici sobre el área
encerada. La pizza salió disparada y el carajillo se
quebró el brazo. Vino el incidente del enano
Azuela y la gente se distrajo de las tareas. Es todo.
—-Doctor, ¿ocurre mucho que se caigan los
hombres del reparto en el pasillo? ¿No cree que
haya una componenda por allí? Podría tener
conserjes enemigos…
—Ud. me está vacilando. En todo caso,
nosotros lo pensamos también y despedimos a las
ocho personas que hacían el aseo. Ahora
subcontratamos y así nos ahorramos las cargas
sociales. El adjudicatario usa migrantes ilegales,
usted sabe.
—Por favor, no me cuente esas cosas. Se
supone que yo no debo saberlas.
438
—Bueno, nada he dicho entonces. Lo que
afirmo es que necesito que se invente la solución
del caso. Si se lleva en la tira a cualquier ingenuo,
es cosa que me da igual. Haga algo para cerrar
esta vaina que ya cumplió un año. Tengo presente
que lo mismo hicieron con el deceso del señor
Pasta, el empresario y su cuerpo desaparecido:
archivado, sin pistas, más de cuatro años sin saber
nada.
—Bueno, es que la policía que sirve es la de la
tele. En la realidad, cuesta más. La gente no
quiere hablar, limpian la escena del crimen, se
contamina todo en dos toques porque la gente ve
un pozo de sangre y saca dos mangueras de
inmediato. Es malísimo para el negocio que los
signos de violencia queden a mano.
—¡Exacto! Yo quiero que borre esta mierda ya.
Su asistente, ese Campitos parece que anda en la
luna. Supe que anduvo la primera semana del
incidente disfrazado de columna y los perros lo
meaban. Si ustedes fueran pelones, juro que le
escribo a los herederos del dibujante Ibáñez para
que, en lugar de dibujar, los meta como
fotogramas de Mortadelo y Filemón. Ni siquiera
tienen que fingir porque son igual de arbitrarios.
439
—Me ofende, doc. Ud. tenga paciencia. Nos
vamos a reunir todos en la comisaría para resolver
esto.
—Me excuso. Ah, y dígale a Contreras que se
meta por allá sus precios baratos. Yo sé que es
contrabando todo.
Tan pronto cuelgo, me acerco a la cafetera por
un vaso de agua caliente para prepararme un
antiácido. Estos cabrones piensan que estamos al
servicio de ellos y como cazan dinero para que el
candidato gane, sin duda, nos mandan.
Pero ya verá que este viernes en la reunión
saldrá humo.
Ya verá.
¿Quiénes serán ese Mortadelo y el otro...?
Voy a googlear esa vaina.
440
CRÓNICA DE LA ORFANDAD DE
KARINA JACQUELINE SOLARES
Doña Carmen amaneció con el paladar rancio.
Algo de la cena le fregó el metabolismo. Su hija
no llegó a dormir, pues los fines de semana se
alzaba la bata siempre. Aparecía la tarde del
domingo en condiciones ruinosas: rímel corrido,
ojeras pronunciadas, cabello sucio. Ni ganas de
preguntarle dónde se había ido a meter.
En el sofá, uno de los bolsos de uso habitual de
la hija está volcado. Lo habrá puesto a la carrera
y parte de su contenido se ha derramado. Unas
monedas doradas de goma de mascar le llaman la
atención.
Primero experimenta cierto reparo, pues tiene
sumo respeto de lo ajeno. Finalmente, su
condición de golosa irremediable le atrapa. Hay
más de una docena de chicles, pero toma cinco.
Uno de ellos lo abre de inmediato. Luego va a la
cocina a calentar la cafetera.
Experimenta cierta alegría, como si fuese
incorpórea. No le pesan las piernas en este
momento ni le duele el cuello. Se prepara unas
tostadas con mermelada y sirve su té negro
mientras escucha la radio. En este caso, la
441
emisora es religiosa, pero a doña Carmen le da lo
mismo lo que suene.
Terminado el desayuno, levanta la mesa y friega
los platos. El día está bastante frío como para ir a
la feria por verduras.
No tiene muchas ganas de moverse. Se sienta a
reposar en el sofá y abre otra envolturita dorada.
El sabor es impreciso, pero le gusta. Así que, al
reponer energías, cambia de decisión, se ducha y
se viste para bajar de compras al Todo por Nada.
Las hortalizas allí son más caras y marchitas, pero
puede tolerarlo.
Se calza unos aretes minúsculos de oro y se hace
un moño alto. Calza unas tenis de correr y sale a
la calle. El supermercado está más o menos cerca,
subiendo ochocientos metros al sur. Lleva
también dos bolsas verdes reutilizables, pues los
tacaños de las tiendas andan reduciendo costos,
disimulados bajo el discurso ecológico.
Hay un poco de arena en el aire porque, a la
vuelta, están remendando tuberías. Es una
estampa interminable de los últimos cinco años:
terminan aquí y abren el pavimento veinticinco
metros adelante. No obstante, la molestia que da
el viento en los ojos es inevitable.
“Hijos de puta”, murmura.
442
Cuando vuelve a ver a su izquierda, alguien
camina con ella y es alto y redondo. Como de
metro noventa de diámetro. Diría que es una bola
de boliche, pero nunca ha visto una de esas
dimensiones. Se le ocurre saludar.
—¿Cómo está?
—Me siento con frío —dice la bola.
—Le prestaría mi bufanda, pero no puede
abarcarle —comenta jocosa doña Carmen.
—Está hablando sola —afirma la bola.
—Lo sé —responde ella mientras empieza a
reír—; ¿me dice su nombre?
—¿No me reconoce? Soy su conciencia. Una
esfera oscura y dura, impenetrable.
—Ya decía yo que la había visto antes. ¿Y para
qué putas me sigue?
—Yo no lo sé. No soy autónoma. Supongo que
Ud. me ha invocado.
—Pues no. Si me sigue molestando le voy a
decir a ese policía para que se la lleve presa.
—Le digo que no es mi culpa. Ud. me invoca.
—Pues qué tonta es. Tenga dignidad —Carmen
cruza la calle para llamar al oficial y no mira la
alcantarilla sin tapa que hay en media calle—. Lo
443
que debería es estar rezando por mi hija. Va a
terminar muy mal.
—Eso Ud. no lo sabe. Deje de jugar de mansa
paloma, roquita.
Es el momento cuando doña Carmen da el mal
paso que la despacha del planeta. La alcantarilla
es honda y ella cae de cabeza y se parte el cuello.
El señor policía no llega a observar la tragedia,
pues es otra alucinación de la mujer previa a la
tragedia. Lo que hay allí es un poste, un tanto
torcido por algún golpe, que dice “ALTO”.
Sobre el pavimento, sigue transitando el festival
de locos que enfrenta a conductores con peatones
y los insultos parecen golpear contra el viento y
devolverse.
El domingo, al llegar a su casa, Jacky no
encuentra a nadie, pero no se lo pregunta. Lo
urgente es saber dónde han puesto las sales para
combatir la resaca.
Y el lunes, ni siquiera un gesto de extrañeza.
Porque qué cómodo resulta tener una casa
totalmente para sí misma.
444
LOS FRUSTRADOS CASTILLOS
DE FERMÍN
Cuando empezó la crisis, la creí oportunidad.
Pensé que con las monedas de chicle glaseadas
con droga haríamos fortuna. No sirvió porque, al
poco tiempo, todo el mundo vendía drogas y en
todas las presentaciones: dosis únicas, tubos de
crema dental, pasteles de fondant y en cajitas de
cinco chocolates.
Nosotros tratamos de reaccionar a eso, pero ya
nos estábamos quedando sin recursos. Mis dos
ayudantes personales para las tareas discretas
insistieron en probar esos mercados, pero sin la
fuerza de un capital detrás no era igual. Nos
quedaban nichos residuales, de esos donde operar
cuesta más allá de la utilidad potencial. Y
tuvimos que abdicar.
En otros tiempos, treinta años atrás, tenía más
equipo para el trabajo sucio. Los idiotas se
autonombraban La Banda de El Turco, pero eran
eficaces, sangre de chancho, con ganas de cortar
la garganta de un sujeto en la misma estación de
policía. Y, sin embargo, un día se borraron.
Alguien los habrá desmotivado o se cansaron y,
de repente, dejé de contar con ellos.
445
Un golpe bajo para nuestro crecimiento y, desde
entonces, íbamos por dos temporadas bien, y la
otra, hacia la quiebra.
Este par de muchachillos que me asisten no dan
la talla y por eso hemos perdido mucho territorio.
¿De qué nos sirve el contrabando si no logramos
colocarlo?
A pesar de esto, nos queda trato con algunas
tiendas y con los supermercados, las platas
hechas durante tantos años con las máquinas de
juego que, a pesar de su ilegalidad, embrutecen a
los clientes y les sacan hasta el último peso.
Y, sin embargo, bajar la guardia es pecado
capital. Aquel hombre que vino a pedir un
préstamo y parecía ser un genio en matemáticas
salvó a mis hijos del fracaso. Yo, en
compensación, no sólo lo recluté, sino que lo fui
posicionando como mi contador, mi gerente.
Estimo que me han robado millones de
moneditas de chicle, cantidad de monedas de
quinientos pesos, inventarios de las tiendas
(comestibles, ropa, desodorantes, perfumes, etc.),
todo gracias a que mis dolores y edad ya no me
permiten marcar el paso a mis subordinados.
También es eso. Ya no tengo la misma vitalidad
y, aunque creí entender el juego de la
446
especulación, he fallado. Esperaba hacerme de
grandes franjas del mercado, pero eso no pasa con
productos que cualquiera puede copiarte (hasta
tus mismos acólitos). Yo no sé si estos hombres
habrán ido a venderle mis datos a alguna piraña
de los que han hecho fortuna desde la cárcel.
El contrabando me dio riqueza, pero eran otros
tiempos. Como me sentía arriba, rechacé al único
tipo que me ofreció meterme en eso del dinero
fácil:
—Si yo te doy cien, me devuelves sesenta. Es
una ganga.
Yo era bien pendejo y alcancé a decir:
—Ni loco me meto. Eso es lavado y la droga
viene con el paquete.
No terminó su taza de café. Estábamos en mi
oficina. La puso sobre el escritorio mientras
revisaba su reloj.
—Yo no doy segundos chances, amigo. No creo
que nos volvamos a ver.
Se levantó y se marchó, lo cual me importó
poco porque nuestros almacenes estaban
posicionados como líderes en su ramo.
Hasta que vino la basura de la apertura
comercial. Si yo tenía una gran ventaja con los
447
contrabandos, eso era nada para las empresas que
entraron a operar acá y cuyas transnacionales
nunca tenían que explicar a nadie de dónde
venían sus inversiones. Y con políticas
preferentes: exoneración de renta, de impuestos
municipales, zonas francas.
Y que, posiblemente, algunos son más grandes
contrabandistas que yo.
El desgaste llegó. Hacíamos agua y drenábamos
para salir a flote. De doscientos empleados,
llegamos a veintiséis. Y luego, a menos. Dos
trimestres bajos y uno que ascendía en las metas.
Luego otra caída breve y, finalmente, caída libre.
Y mis hijos metidos en lo propio, indiferentes.
Los sueldos, a pesar de la situación, se pagaron
puntualmente. Sin embargo, se ha disparado el
costo de la vida y se marcharon las certezas.
Nadie sabe hoy los precios del pan del siguiente
día. Puede caer o subir una barbaridad y entonces
es cuando salen los economistas en la tele
diciendo que debemos consumir menos pan por
razones de ahorro y salud. O que miremos el
precio de las tortillas, a ver si acaso. De hecho,
las panaderías dieron un atisbo de los tiempos
duros que venían al empezar a vender el pan añejo
con un treinta por ciento de descuento.
448
Eso explica mucho: la gente está más
necesitada. El estrés financiero es enemigo de la
coherencia. Estos chicos que colaboran en este
edificio no son los de antes. Presiento que las
cuentas que me dan no son claras. Ni mis
auxiliares, Iván y Pancho, ni mis estructuras
gerenciales parecen tomarse la crisis en serio. No
les importa cómo se diluye el patrimonio y cómo
las familias ahorran para comprar un puto huevo
de gallina y se olvidan de darse un viaje o cambiar
de zapatos. Ellos, en todo caso, tienen acceso
libre a la bodega. Pueden drogarse o meter mano
y no me daré cuenta nunca. A final de quincena,
cobran.
Todo esto porque, al final, mis tres muchachos
ya graduados no quisieron meter mano en el
negocio y se fueron de Malanga como
funcionarios internacionales. Allá andan entre
Londres, París y Singapur y yo ni me entero de
qué hacen, pero se dan la gran vida. Hasta que
echaron del trabajo a Salomón y, al regreso, todo
vino a peor porque él quería legalizar nuestras
actividades.
Preferí que se volviese al extranjero. Ahí está en
México, tratando de establecer unas plantaciones
en el desierto, mediante riego por goteo. Es
testarudo y, para quitármelo de encima, le
449
adelanté su herencia. Por mi parte, lo descuento
de esta trama porque sería un lastre imposible.
¿Vender esto? ¿A quién? Si cuando la gente
sabe que uno está en la ruina, sabe que no puede
exigir nada. Cuando yo pida cien mil pesos por
un contenedor de electrodomésticos, me querrán
dar diez mil. Y si insisto, me ofrecerán menos.
Porque el respeto es otra ficción de tantas que
construye la realidad: lo que hay detrás es una vil
distancia, una precaución impuesta por el miedo.
Cuando ya la cuenta tiene el pronóstico
terminal, esa distancia se pierde. Si se acercan a
uno, es para intimidar. Es como aquella escena
entre vaqueros donde el sheriff le dice al visitante
“te doy 24 horas para abandonar el pueblo” y lo
hace con la certeza de que el libretista lo apadrina.
Es decir, la causa es conocida y, en consecuencia,
predecible.
Hoy no vienen porque es domingo. Aunque los
últimos fines de semana se escuchan como
roedores abajo. Da miedo tomar el ascensor y
encontrarse con uno de los hombres de confianza
dispuesto a concretar un delito. Al hurto, el
hombre acorralado seguramente sumaría el
homicidio.
Y, sin embargo, no voy a irme ni quedarme.
Aún tengo un rinconcito bajo la tierra, ventilado
450
e independiente. Hay allí alimentos acumulados
por años, para cuando llegara el horror. Yo creí
que sería una guerra mundial, pero no: ha sido
poner la economía en manos de las mafias
financieras el verdadero apocalipsis.
Debo decidir, hoy o cualquier día, si me
conformo con un ser un capullo solitario en un
refugio del que nadie sabe o si me rifo la vida
tratando de levantar esto, castillo de naipes que
llevó la marea y que, si ni a mis hijos les importa,
va siendo absurdo, porque eso de trabajar para
legar implica una posteridad que ya no será.
¿Que si equivoqué mi rol? Seguramente, porque
no creo que exista dios o narrador que me limite.
He tomado decisiones que me fueron rodeando de
paredes. De hacer negocios y dinero, uno va
creyendo que el poder es de uno. Lo malo es que
todas las ficciones son de niebla y cuando el
viento sopla, estás allí desprovisto y desnudo ante
una luna que ya muere.
Y vos la imitás.
451
6. LA DERROTA ES ALGO
QUE TE RECORRE
ADENTRO
LA CONFESIÓN DE UNA
SOMBRA CONSPIRANOICA
—La lámpara quedó encendida toda la noche. A
eso de las tres y media de la mañana, explotó: el
bulbo se pulverizó y quedó, en consecuencia, un
polvillo blanco que tal vez fuese de vidrio
molido. Siendo, cómo es Malanga, un paraíso
narco, pensé que era coca, pero yo no le pego a
vicios.
Yo seguí durmiendo, como corresponde cuando
uno llega cansado de preparar informes y se
acuesta a la una de la madrugada. No puedo decir
que me haya enterado bien; mi sueño es
profundo. La mañana siguiente entraba a las once
de la mañana. Era una deferencia de mi jefe por
llevar a casa tal cantidad de trabajo.
Cuando me levanté, no había luz. Demoré un
poco en percatarme de que la explosión había
hecho saltar la caja de fusibles. Mi desayuno fue
leche, directo del envase, y unas galletas de
maicena que llevaban rato en la despensa. Me
lavé la cara, me peiné, me perfumé y me fui. No
se me ocurrió volver a conectar la electricidad
porque iba a estar afuera durante horas.
Tal vez fue bueno. Porque ese día, en varias
casas del barrio, pasaron cosas. En un caso, una
sobrecarga de corriente quemó cinco viviendas
aledañas. El hecho de tener un techo común y
455
gran proporción de madera facilitó que en
minutos se fueran los seiscientos metros
cuadrados. Allí no quedó en pie ni una mesita y
un par de animalitos se carbonizaron.
También me enteré de pantallas y computadoras
fundidas. La inestabilidad de la red, seguramente.
Llevábamos días ya de múltiples apagones y uno
sabe que tiene que tener protector de picos. Lo
que pasa es que piensa que las tragedias nunca
ocurren cerca. O no tiene tiempo para salir de
compras, porque algo de la experiencia le
desagrada mucho.
456
Entonces posterga.
Cuando llegué al barrio, el vecindario estaba
discutiendo en la acera. Eran muchos, casi todos,
los afectados. Yo, por discreción, no conté mi
caso. Me limité a entrar, cambiar la bombilla y
encender la caja de breakers.
Entonces, calcé las pantuflas, encendí las
pantallas y sintonicé las noticias. Cuando uno
vive solo no tiene muchas opciones. Y yo soy
rutinario como el que más.
Fue cuando hablaron de ovnis. Ninguno platillo
volador, ningún ser cabezón de color verde y ojos
gigantes, no. Eran vacas aladas que volaban sobre
la ciudad en patineta y se cagaban sobre las torres
del sistema público. No me corresponde decirle
que me crea: supongo que Ud. les creerá a los
medios.
Yo lo hago porque es muy cómodo que todo te
lo den procesado y digerido. Si me dicen que hoy
llueve, salgo con impermeable. Si me dicen que
hay sol, sombrero con resistencia ultravioleta. Y
no me pongo a analizar si se equivocan.
Ahora que lo pienso bien, allí arriba, diez
kilómetros adelante, hay una lechería. Tendrán
unas cincuenta reses. ¿Qué tal que sean los
extraterrestres infiltrados? Deberíamos hacer un
escuadrón civil para deshacernos de ellas. Así
evitaríamos que controlen la tierra.
No vamos a pasar hambre, no. Las destazamos
y al buche, gratis. Las repartimos. Luego
buscaremos otros animales de carne y derivados
alimenticios. ¿No ha oído hablar del poder de la
leche de cabra, padre? Se me ocurre que, si
hacemos como Hitler y su experimento de
reproducción temprana, llenaremos el bache
nutricional de sobra.
Ahora, eso sí. Necesitamos presupuesto. Y es
urgente. Imagínese que les dé por cagar sobre las
casas con esa boñiga radioactiva. Nos dejan a la
intemperie y quién sabe a cuántos matarían.
Necesitamos, pues, proveernos de defensa, de
artillería. Es que podría ser que no logremos
exterminarlas todas y nos urge tener varios
frentes.
Mañana a medianoche salimos hacia la lechería.
Vamos todos con cuchillos de destace. Si el
patrón y los suyos se resisten, debemos vencerlos.
457
Eso querrá decir que son malinchistas, traidores.
Han, de hecho, abierto el camino para la invasión
vacuna… Es gente muy peligrosa.
Es importante, su eminencia, que nos colabore
con toda la institucionalidad posible. En el
servicio dominical, arengue. Al ir a casas,
informe. De ser posible, reclute.
Hay que elaborar comités regionales y
nacionales, adoctrinadores. Hacer despertar a la
gente sobre el peligro que representa, para todos,
un boñigazo en la cresta. Nos podrían quebrar el
cuello: la muerte inmediata.
Tal vez debiésemos hasta asaltar los
supermercados o intimidarlos para que no vendan
derivados de las reses. Si se cierra el mercado, es
de suponer que menos traidores habrá en el
mundo que les den alimento y territorio a estos
peligrosos rumiantes.
Yo, como ciudadano, soy obediente. Para eso
me educa la prensa, la escuela, la religión y el
Estado. Soy ejemplar y, si tengo que defender a
la patria de estas tecnologías asesinas, daré mi
sangre.
Mire que hay muchos peligros, padre: el
comunismo, las vacunas, la agenda 2030, el
ecologismo. Todo eso hay que barrerlo ya.
A la mañana, podremos celebrar el éxito del
primer operativo con una parrillada de lujo.
458
Imagínese, padrecito, y sin gastar un solo
peso: a pura rabia y miedo.
El cura Cardenillo despertó a tiempo para
escuchar la última frase que le pareció abusiva.
Trató de mirar por la rejilla el otro del
confesante, pero nada más pudo distinguir una
camisa blanca, muy blanca y de manga larga.¿.
—Doble penitencia, muchacho: 30 aves,
30 padres. En el nombre del padre… —iba a
decirle "quiero hablar con usted", pero sintió en
el rostro el bofetón de viento del ventanal que se
cierra y la silueta que se iba apresurada.
—Olvídelo, cura. Usted no entiende ni mierda.
El mundo que conocimos se acaba y muchos se
rascan los huevos.
Nosotros no queremos modernidad: recuerde
que la oscuridad es amparo y el cambio nos deja
en zozobra
No hubo modo de verle el maldito tarro. Sin
embargo, no se lamentó de ello porque hace rato
le viene rascando el cerebro la percepción de que
la gente es cada vez más idiota.
Inevitablemente.
459
LAS ESTRATEGIAS DE
CASTILLO PARA CUMPLIR SU
PARTE
Aunque no quería problemas, tuve que llamar
viejos contactos para completar las tareas que me
impuso el escritor ése. Dinero había en el
exterior, de allí tomé los doscientos. La
escafandra la pagamos a hacer a un herrero que
nos pidió llevar a la interesada para tomarle las
medidas. Fue difícil convencerla, pues ella tiene
un miedo desmesurado a las brasas.
Será porque muchos de sus parientes acaban en
ellas, no lo sé. La cosa es que solamente sedada
pudo el chavalo traerla y don Pancho se valió de
cuerdas y alambres para diseñar una estructura
clásica: el yelmo con visera, las hombreras
ajustables, las extremidades articuladas para que
pudiese moverse a gusto. Decidimos no hacer la
estructura con forros interiores, pues ya con las
plumas que la señora utiliza eso podía alcanzar
temperaturas sofocantes. Optamos por adaptarle
una caramañola que conservase agua fría y
cubitos de hielo.
Así, la funcionaria, lideresa sindical en fuga,
podría soportar las quince horas de avión que
461
supondría el vuelo a África, de donde le han dicho
que las gallinas son tan sagradas como las vacas
de la India. Eso garantizaría su vida y el dinero,
más el salvoconducto y el depósito exorbitante de
maíz en un banco suizo, le aseguraría su futuro.
Lo malo es que para el salvoconducto he debido
visitar el penal donde está ahorita mi contacto.
Llegué a la una y media y me dicen:
—Hasta las tres empieza la visita.
—Vengo a ver al señor Yardo Muñoz.
—Ah, entonces espere. Haremos venir a su
secretario.
Y salió un presidiario que nunca había visto. El
guarda se quedó en la puerta, vigilándome.
—Yo sólo puedo hablar con su jefe—le digo. —
Es importante.
—Lo que le quiera a decir a él, me lo dice a mí,
Vinicio Aguirre. Somos socios. Yo me encargo
de filtrarlo todo.
—Escuche, estoy urgido. Quiero un
salvoconducto para que viaje una gallina a África.
—Entiendo que eso solamente el señor
presidente puede darlo.
462
—Yardo me debe muchas. Dígale que yo le he
regalado varias resmas de papel fraudulento. Se
acordará de mí.
—Se lo haré saber. Guardia, tráigame mi cel. Lo
dejé en la celda.
Atónito, miré al guarda obedecer. Mientras se
alejaba por el corredor, comenté:
—Oiga, hace un tiempo usted salió en la prensa.
Fue jocoso eso de caer por una secretaria tonta.
¿Qué se habrá hecho?
—Ud. habla de Karin, pues le dieron la
condicional porque la creyeron cómplice. Lo que
hace es que anda por allí bajo otro nombre:
Jacqueline, algo así. Estudió inglés por
correspondencia y se entrenó con los chats de
videojuegos en línea. Luego se colocó en una
empresa de mis hermanos y sedujo a mi sobrino.
La mandaron a volar y le perdí la pista. Una vez
traté de saber de ella porque, si tenía problemas
económicos, la podríamos reclutar para nuestras
cochinadas.
Sin embargo, ya la casa estaba vacía. Ni rastros
de ella. Nuestros hombres le preguntaron al
vendeflores que era su amiguillo de negocios,
pero estaba camote por otra carajilla de nombre
Irene y sólo de ella hablaba. Hasta les ofreció
463
llevarlos al culto dominical. Dice que le dan cinco
rojos si lleva nuevos parroquianos y estos se
vuelven feligreses.
Ahora, lo que ocurre es que el idiota que anda
por allá afuera contando la historia no ha sabido
ordenar los apuntes. Tras de eso, su asistente no
le ayuda de mucho porque cada vez que no sabe
algo, lo complementa con disparates.
Ya volvía de regreso el oficial con un IPhone
dorado. De oro no era, estoy seguro, pero
apantallaba.
—Jefe, un hombre que le regaló a usted varias
resmas de papel fraudulento le quiere hablar.
464
—Pasámelo, Vini.
—Aló.
—Goyo, ¡qué alegría!, ¿cómo estás?
—Bien. No he venido a verte porque estoy muy
comprometido. Y ahora, he cambiado de
identidad: me hice las cejas, la nariz, los dientes,
las manos, etc. Ahora me llamo Castillo.
—¿Y eso?
—Asuntos de seguridad propia. Luego te
explico. Mirá, tengo un problema y necesito
apoyo.
Fui concreto sobre el documento. Le expliqué
lo del loco que me chantajea. Le pedí que
guardase el secreto porque esto podría costar la
vida de mi clienta. Me sentí como un agente
secreto o un guardaespaldas.
—Está bien, hermano. Alguien llegará a tu
quiosco a dejarte un sobre lacrado este viernes.
No perdamos contacto.
Yo andaba un paquete de cigarros nuevecito y
quise regalárselo a Vini.
—No se preocupe. Aquí dentro tenemos de lo
mejor y hasta exportamos. La próxima vez que
pase, le regalamos un par de rollitos. Cuídese.
Salí sudando de la congoja de que alguien fuese
a relacionar tantas historias y diese con mi rastro.
En ese momento, iría preso por asesinato o por
intento de él, —ya andan los rumores de que lo
que cayó de la azotea fue un chancho vivo—, por
fraude, por impostor, por una cadena infinita de
chanchullos que me habían llevado a la cumbre
donde me esperaban cinco o enemigos para
matarme por haberles jugado sucio.
¿Qué tal que hubiese un objetivo siguiéndome y
filmando cada uno de mis malos pasos? Pronto
concluirían que Castillo no es Castillo y vendrían
por mí.
465
La poli o el plomo.
Un momento, esa Jacqueline que dijo Vinicio…
No, claro que no. La otra era una completa
sorompa.
466
FRÍO DESVARÍO CON
INTERLOCUTOR PASIVO
—Cada tercer domingo, atropellan a un individuo
en la sala de su casa. Fijáte lo que digo:
supuestamente es un rincón seguro, pero no.
Buscá las estadísticas y las notas de prensa.
Ahora los camiones barren con las viviendas,
porque el tránsito está loco y todo el mundo tiene
prisa. No quieren llegar, quieren correr y sentir
que le pasan por encima a las necesidades de los
otros.
Bueno, puede que no pase todos los meses en
este país. O que no nos enteremos de los índices
reales de siniestralidad. Se sabe que hay gente
que agradece que le destrocen la casa porque
querían demoler lo viejo y eso le viene al pelo. Le
sale barato y ni dan el reporte.
Pues bien, imaginá el negocio. Construimos
unas cinco casas, al borde de carreteras
importantes, las más peligrosas. De ser posible,
en zonas de mucha lluvia y neblina. Conseguimos
pólizas bien altas y luego pagamos para que
alguien haga un desgaste sobre el espaldón. No
tardarán las casas seis meses en ser blanco de esos
chiflados.
467
Nosotros cobramos el seguro, vendemos el lote
y construimos en otro punto. Para no despertar
sospecha, cambiamos la razón social. No
podemos usar la misma táctica siempre porque se
quema. Por ejemplo, podríamos levantar
viviendas junto a estaciones de combustible que
estén deterioradas. Lo que pasa es que habrá que
tener paciencia porque va a ser un azar que se
quemen pronto. Habría que ayudarles y eso está
jodido. Después nos jalamos torta.
La cosa es invertir no mucho y sobretasar las
cosas. Un perito de la oficina de seguros que nos
ayude. Quemar papel viejo y decir que eran
reliquias. Que se nos inundó una colección de
libros del siglo XVIII y eran, realmente, revistas
rancias, con olor a meados. Compradas en libros
de viejo, pero no antiguas: cochinas.
Una mala instalación con cables descubiertos,
la proliferación de insectos, las tuberías
atrofiadas, los cúmulos de comején en los marcos
de las ventanas, nos pueden decir que esa
vivienda es la candidata que buscamos. No
tenemos más que transar la póliza y dejar que
madure todo. Transcurridos unos meses, dejamos
las luces encendidas por unos días y, si no hay
suerte, se quemarán las bombillas. Pero si nos
sale bien, los cables se van a recalentar y la
madera vieja no resiste la chispa.
468
Y otro cheque.
Y te digo lo de cada tercer domingo para que
veas que no es nada malo, es suerte. Dante, por
ejemplo, escribió su gran obra en tercetos, versos
eneasílabos (lo cual es un múltiplo de tres) y cada
parte de La Comedia tenía treinta y tres cantos.
Todo en tríadas, alegórico, acaso alusión al
misterio de la trinidad.
Lo que quiero decir es que, igual que la gente
busca una secuencia para hacer volar la ruleta del
casino, ha de haber alguna matemática para los
accidentes. Es más, si logramos descubrirla, no
necesitaríamos meter mano criminal. Si la
fórmula nos dice que un edificio se vendrá al
suelo, corremos a buscar a su dueño y, dos
semanas antes, lo compramos. Y de inmediato, le
metemos un buen seguro: contra terremotos,
contra una brizna de hierba.
Necesitamos un socio que no sepa lo que
hacemos, pero que sea un geniecillo de los
números. Un actuario, podría ser. O un borracho
que tenga poderes mágicos, de los que se meten a
las peores cantinas, a pedir fiado y a profetizar
desgracias. Dicen que a Las huellas del Cojo van
varios así. Allí se supo veinte días antes que el
viejo diputado Forget lanzaría a su mujer desde
el balcón del quinto piso, que el hombre quería
469
matarla. Fue aquel caso que la prensa dio como
accidente, en los barrios del oeste.
Los consuetudinarios del bar sabían que no.
Hasta dieron entrevistas a la prensa, pero
Martínez tuvo miedo de publicar difamaciones y
editó la nota.
He estado pensando en ello: aunque gano bien,
nunca me alcanza la plata. No duermo bien
pensando en ajustes que nunca logro realizar.
¿Suprimir compras en el súper? Qué va, luego
uno pasa donde el chino y compra el doble. ¿No
ir a comer los domingos? Las cosas en casa se
ponen tensas y puede que alguno se deprima, o
que me agarre a insultos con la mujer. ¿Descuidar
el vehículo? Bueno, no le doy mantenimiento,
pero cuando toque ir por fuerza mayor, las pago
todas juntas y más caras.
Si todo lo que digo suena a disparate, no sé:
seguro que exagero un poco. Lo importante sería
poner a trabajar el seso para encontrar cómo hacer
monedas de oro, de manera fácil. Algo así como
hervir piedras, colar y derramar sobre el molde.
Algo que nos asegure que no vamos para atrás de
nuevo. ¿No te dice nada que el mundo está en
crisis y la inflación de tres cifras vuelve a estar de
moda? No quedará títere con cabeza.
470
Desde que empecé a hablarte de esto ni
reaccionás, Carlos Aguirre. Sos un muerto
hijueputa, te vale madre la suerte de los que
quedan. Así somos todos, capaces de toda
indiferencia.
Tu hija me tiene jodido con lo del divorcio. No
me alcanza la plata para mi novia y para ella. Yo
pienso que vos podés ayudarme con algo de plata.
Hablarle no, porque ni modo: ella no se deja
convencer y no me perdona lo de la secretaria ésa.
Dejá que te saco un poco de efectivo de la
billetera, pero no todo. No quiero que tu gente
sospeche de mí cuando la llame y le cuente que
estás amarillento y frío, con la mirada fija. Vamos
a decir que te caíste de espaldas cuando viste un
ratón cruzar el living.
O mejor, te saco todo y no llamo a nadie. Me
espero unos meses para vender tu reloj, los
anillos, la cajita de alhajas.
¡Qué buen hueco te ha dejado ese candelabro!
Habrá que limpiar huellas antes de irme. Lo
depositaré en el fondo del río y, como si nada,
mañana en la noche me topo con tu engendro en
la misa de diez.
471
Pensé en no acudir a tu velorio, pero sería
incómodo. Julia me da náuseas, pero toca
apechugar para que el montaje salga bien.
Yo he cumplido con la peor venganza, la filial.
Nada personal, entendéme.
Supongo que hay una estética en el crimen
porque he demorado mucho admirando la obra: la
disposición de los tapetes, el cuerpo en el centro
de la alfombra, los cuatro candelabros —falta
uno— dispuestos en cada esquina de la sala, la
extraña geometría de tu cuerpo, tendido en
posición de estrella.
Fuiste un chavalazo, huevón.
Te lo dice Andrés, tu yerno, casi un hermano.
472
SÍNTESIS DE UNA RUPTURA
—Yo no quería acercarme a vos, Bobby. Sos
mala influencia.
—No me digás eso. Me lastimás —con un
puchero a lo nene, el Bobby.
—Por lo menos, volvamos a las drogas.
Necesitamos el consumo y necesitamos la plata.
—Vos sabés que no podemos. Ahora estamos
en la obra de Dios.
—Esa puta de Irene… Ella vende en la iglesia.
—Cosa de ella, mujer. Nosotros hemos
encontrado otro horizonte. Uno que no es de este
mundo.
—Comé mierda. Cómo si uno comiese
palabras. ¡Cómo has cambiado! Dame plata para
una pizza.
—Tomá, de una vez para unos días. Y a ver
cuándo conseguís trabajo en lo que sea, Mariela.
De nada sirve ligarme una abogada que es una
vaga total.
—Sos un patán.
—Chupasangre.
473
—Te quiero, maldito.
—Yo también, pero necesito espacio. Pensá si
te mudás con tu abuela un par de capítulos.
—No tengo abuela.
—Insisto, trabajá —Bobby la toma por el
hombro izquierdo.
—Andáte a la mierda, Bobby —Mariela levanta
una botella en el aire y se la parte en la cabeza a
su hombre. Luego, con la botella rota se encarga
de hacerle una incisión mediana en el cuello que
garantice que muera antes de despertar.
Previamente ha despejado un poco la zona para
evitar que los muebles se manchen.
Antes de apagar la luz, dejamos a la jurista
limpiando y desodorizando la sala.
Sabemos que al final Bobby saldrá en
porciones, pero nadie quiere quedarse a mirar
eso.
Nosotros, que miramos desde un rinconcillo del
lugar el desmadre que es esta historia de desamor
somos, de pronto, visibles:
—Todo por andar con carajillos. Mejor hubiese
elegido al Iván— nos dice Mariela con un
desmesurado gesto de fastidio.
474
PETRA DUDA DE LA
EXISTENCIA DEL MUNDO
LITERARIO
—Le digo que es demasiada presión, doctor. Ya
acusaba yo a Vivas de bifurcarse, de tener la
costumbre de mimetizarse en todo. La prueba es
el Déxter de la segunda novela. Es su lado
criminal, sublimado.
Pues fíjese que ha tratado de tomarme el pelo y
me dijo que se olvidó del Déxter. Es falso
totalmente. Lo que ha hecho es crear otro álter
ego al que ha ridiculizado más para que no se le
parezca tanto. Al contrario, el patetismo del
personaje nos dice quién está detrás. Y acaso, de
una u otra forma, también se esconde en todos los
personajes: los buenos, los delincuentes, los
cínicos y las sombras.
Aquel enano de la compraventa que, según yo
es hijo del editor que se llevó las planchas de la
editorial, también debe ser él. No digo que sea
ubicuo, no. Yo soy cristiana y no podría aceptar
tal concepto para un mortal. Lo que digo es que
su desorden de personalidad es poderoso. Le
cuesta más a un camaleón mimetizarse que a
Vivas esconder su escritura en estos monigotes o
personajes. Porque algunos son relativamente
notables.
475
No, doctor. Yo no dije eso. Nunca lo haría.
Evalúo en razones de mercado y lo primero que
descubro es que es difícil seguirle a Vivas la
pista. A veces, carga mucha información y obliga
al lector a deshacer entuertos cómo si el lector
fuese inteligente. Ya sabemos que el promedio es
tonto: muchos comprarán el libro para parecer
astutos, pero ni volviendo a nacer ocurrirá tal
cosa.
Imagínese el horror de saber que, al sentir que
su novela era bien aceptada, empezó de
inmediato con otra. Y con otra más que ya está
terminando. Y que además no acaba de
desdoblarse: es el cantinero, el impostor, el falso
suicida, la banda de sicarios y, acaso, hasta la
periodista corrupta de la segunda novela y el
empresario cristiano de la tercera.
Yo le he hecho notar que debe internarse. No
está bien empastillarse y subir de peso y, además,
seguir con ciertas ideas que me aterran. Por
ejemplo, dice que los puentes tienen magnetismo.
Asegura que así, cómo ha ocurrido, que alguien
deja el coche y se arroja a un río de piedras desde
una baranda elevada, él a veces siente que el
puente lo atrae, pero siempre logra resistirse. Y
que si no se siente en condición de tal, pues ni
sale de casa para no tentarse.
Dice usted que es un suicida en potencia. No lo
creo. Es lo contrario: un no suicida, un tipo que
es incapaz de lanzarse aunque está muerto.
Cuando escribe, está imaginando vidas y, por
476
eso, se desdobla: son las sobras de su multiverso
lo que vemos allí.
¿De qué estoy hablando dice usted? Ni la más
puta idea. No me diga que también soy otra de
las pesadillas que el autor va ordenando como un
puzzle para entretener a otros babosos que, como
él, se creen más brillantes que el promedio. Ese
puta promedio que nos amarga el día porque allí
vegetamos casi siempre.
Dígame, doc, garantíceme que ese cretino no
tiene poder sobre mí.
477
SOLUCIONES METAFÍSICAS
PARA PROBLEMAS
PECUNIARIOS
Santiago se mostró diplomático, compresivo,
metódico durante la cita con Jorge ese jueves. El
pastor pidió verlo de emergencia y algo se
sospechó sin duda el viejo de la caridad. Lo
recibió en su Casa de los Alucinados, en un salón
aislado al fondo del segundo nivel.
—Jorgito, susto me da usted. Pase y me dice en
qué puedo ayudarle.
—Hola, hermano. De verdad que estoy
preocupado. ¿Me deja sentarme?
—Faltaba más. ¿Café…?
—Vale, gracias. Nos robaron, hermano.
—¿Qué quiere decir? —Don Santiago no hizo
por dónde contactar a su secretaria para pedirle
servicio.
—Eso mismo: nos jodieron. Se llevaron la
ofrenda, el diezmo. El tipo del que sospechamos
no aparece.
—¿Está seguro que fue así? No me diga que
usted tiene sus mañas.
479
—Yo estoy muy contento con la vocación y el
amor divino. Nunca haría algo así. Creemos que
ha sido un muchacho que desde el día del delito
desapareció—. Se rasca las muñecas el
predicador y recuerda que no ha traído consigo su
libro sagrado. Todo un error.
—Pues le robaron a usted, a mí no. Ya sabe lo
que tiene qué hacer: pagarme. Le doy una semana
para que reúna la plata. De lo contrario,
rescindimos contrato.
—Usted sabe bien que no tenemos nada
firmado.
—No sea ingenuo. Usted trabaja para mí, yo lo
puse allí. Si no me cumple, no sigue. Busque un
préstamo rápido.
—Comprendo. Voy a ver qué puedo hacer y le
aviso.
—Hágalo.
Jorge Morales sale del edificio con un sudor frío
y casi que dispuesto a hacer su maleta para irse a
algún pueblo olvidado para comenzar de nuevo.
Sabe que pedir un préstamo urgente es pedir
también violencia: golpes, fractura, balazos.
No quiere jugar tan a fondo.
480
De hecho, tan pronto Santiago mira desde su
ventana que el fulano se aleja, saca un paquetito
de galletas del tarro de vidrio que tiene sobre el
archivo. Mientras lo abre con una mano, con la
otra manipula su celular para dar instrucciones a
alguien que no vemos, pero que definitivamente
no nos interesa lo suficiente para pedir topar con
él:
—Mirá, conseguíme a alguien. Tengo un
descarriado y ha caído en pecado mortal. No me
contactes si el trabajo no está listo.
Nosotros, que suponemos que ha contactado a
Ñeto Miranda o a la Banda de El Turco o a Iván
o al corruptazo Siles, nos quedamos con la jeta
abierta cuando escuchamos:
—¿Cuánto decís que cobra el escritor?
481
SOPLAN VIENTOS FINALES
—Tirones, me dicen que hay que apresurarse. La
novela ya está terminando y hay que desocupar el
edificio de la compañía papelera.
—Perdone, ministro. Nosotros no somos
mudanza.
—No sea bruto. Tenemos dos tareas urgentes:
saquear lo que podamos para beneficio personal.
La otra es entregar en la Casa Color Mandarina
todo el inventario de papel que encontremos,
todo.
—Creí que teníamos que depositar los
decomisos, jefe.
—¿Qué le pasa? ¿Cuándo se convirtió en
pandereta?
—No, no. Es que eso puede ser una trampa para
probarnos desde arriba.
—Compre perro. Usted obedezca y, en la
siguiente novela, lo ascienden a coronel. Estoy
casi seguro.
Yo estaba allí porque eso ocurrió esta semana
durante la visita del señor ministro y era mi
tiempo de café. Fue como si no estuviese y nadie
en momento alguno volvió a mirarme o, al
menos, me saludó.
483
—¿Qué haremos, don Gilberto? — comenté tan
pronto se hubieron retirado.
—Obedecer, muchacho. No vaya a ser que nos
pongan en la calle y en la lista negra. Vaya y mire
cuánta mercancía es y cuántos carros
necesitamos. Luego vamos a alquilar una
bodeguita para lo que pueda ser mío y
contratamos los camiones.
—¿Y yo?
—Piense, Campitos. Si me va bien y me retiro,
usted va trepando. Esto le conviene porque le
acerca a mejorar su rango. Y si la operación sale
bien, le saco de mi dinero un bono. Somos
amigos, caramba.
—Y, ¿cómo pagamos los fletes, teniente?
—Yo tengo mis ahorrillos. Además, estoy
seguro de que, en una jugada como ésta, el
Ejecutivo dispondrá de partidas discrecionales.
Confíe… Aunque lo mejor es detener a ese
chavalo del quiosco que dicen que no es Castillo.
Eso me daría puntos arriba, con los grandes,
porque Máximo quedaría contento. La historia de
que a Azuela lo mató un loco que se imagina todo
lo que ocurre en Malanga no dejaría a nadie
satisfecho. Nos vamos contra Castillo, pues.
Sospecho que maneja plata, aunque vista feo.
Cuando entre en chirona, cateamos todas sus
cosas a ver: de allí la mitad será suya, ¿ok? Vea
cómo lo arresta. Le doy una pista: el caso Azuela.
Diga que al enano lo mató la banda de El Turco
484
que, constantemente, visita el quiosco. El
quiosquero sería el autor intelectual. Ni se ocupe
de pruebas porque estamos en Malanga.
Yo no quedé muy convencido, pero todo el resto
de la semana, incluso los festivos y la mitad de la
semana entrante, estuvimos arrastrando bultos
acá y allá. Como la cosa no avanzaba, sugerí que
convendría actuar en grande.
Dos primeros camiones se fueron cargados de
papel de diferentes tipos hacia la Casa
Presidencial. Una tercera parte era papel
fraudulento, lo cual vendría a garantizar que
nuestra democracia pudiese perpetuarse.
Todo salió bien, digamos. Esperé varios días
señas de mi recompensa o de la jubilación del
teniente, pero nada ocurría. Con el paso de los
días, experimenté internamente la profunda
nostalgia del que parte de casa hacia rumbos
inciertos.
Porque por más paja que hablase el teniente, yo
no iba a caer en la trampa de encararlo para pedir
mi parte. Y, ¿si fuese una trampa y me grababa?
Yo sería el indiciado, el acusado y el reo para
buen rato. Quedarme sería aceptar la humillación
de cuidar de los trapos sucios de otro.
Tenía pendiente el arresto del tal Castillo. Otra
jugarreta más donde la policía actuaría, sin pies
ni cabeza, para mantener contentos a los
poderosos…
485
En consecuencia, decidí abandonar. Haría mi
maleta y, como tantos soñadores derrotados,
partiría a empezar de nuevo. Pensé en partir hacia
Panela, por ejemplo: dicen que sus bosques
provocan delirios y que hay una riqueza biológica
que solamente es comparable a la del Amazonas.
Así que el lunes no me levanté temprano. No
tenía mayores ahorros, pero entendí que mi lugar
lo supliría mi tío, el hermano de mi vieja. Podría
conseguir un empleo y ocupar mi pieza. Mi
madre estaba ocupada cocinando cuando pasé
cerca de ella y le besé la frente; no pareció
haberse dado cuenta. Al viejo, lo encontré
dormitando en la sala y solamente le toqué el
hombro.
Luego salí dando un portazo silente, cuidadoso,
y caminé hacia el sur, un tanto cabizbajo.
En ésas ando. Yo sé que debo huir de este libro
peligroso.
Nada más.
¿Cuál sería mi próxima aventura? ¿Tendría
algún papel, por lo menos, secundario?
486
UN DIÁLOGO ENTRE PAREDES
REBOTANTES
—Renato, el que era jefe de mantenimiento, me
ha descubierto. Viene todos los días por una
gaseosa y una hamburguesa con papas y nunca
paga. Es el precio del silencio, pero me temo que
se entere que aún tengo dineros en el exterior y
un capital invertido en tierras y en millones de
gallinas. Claro que la decisión del sindicato de las
aves de corral me beneficia y lo aplaudo.
Ha tenido el descaro de comentarme el saqueo
constante del edificio. No sólo él, cerca de
cincuenta empleados acuden al caer la noche y,
como las hormigas, salen en fila con cajas de
suministros. Ni se diga lo del papel fraudulento
que se reserva para siete sujetos que eran mandos
medios de la empresa. Cualquier día de estos
ocupan el edificio, derrumban las paredes y hacen
del lugar, el loft más inmundo imaginable.
Dice el hombre que la mayoría no ha logrado
colocarse. Que la especulación está deteriorando
todo y que eso de las monedas de chicle es sólo
una de las caras patéticas del modelo de mercado
libre. Quizá tenga razón, ¿qué más puede
esperarse si también el Gobierno de Malanga
optó por fotocopiar a lo loco los billetitos de
487
juguete y darles carácter de moneda legal? De
repente, la deuda estatal venía inmanejable y la
gente se las arregló para inventar mecanismos de
canje. Lo grave es que, si el chicle fracasó como
pago, la adicción a mil formas de estimulantes
permanece.
No vamos a decir, cómo hacen los reportajes
sensacionalistas, que la gente camina como
zombi, no. Lo que te encuentras es gente que
vuela porque cree volar y, a veces, se accidenta.
Si queda con vida, lo vuelve a intentar desde
algún puente que lo invite a la osadía. Otros flotan
sobre la realidad y dejan de pagar sus deudas y ni
siquiera se procuran alimento. No me llegan a
asustar porque esos son los expulsados que el
sistema produce desde siempre y que luego
persigue y castiga por su mal ejemplo.
Me fui del tema. El asunto es Renato. Estoy en
condiciones de dar comida a cambio de
complicidad. Hasta cierto punto. ¿Qué tal si viene
a planificar la fiesta del cumple de su nieto y
quiere que le dé comida para cuarenta carajillos?
Entonces, su conchudez es una amenaza latente,
por pequeña que parezca.
Pero me he encariñado con la Banda de El
Turco. Yo diría que ellos quieren figurar, sin
importar cómo. Son capaces de cualquier
488
brutalidad con tal de robarse un poco las cámaras.
¿Cuáles cámaras…? Jacky, están locos. Están
convencidos de vivir en medio de una película y
que la ciudad es un set lleno de ojos. Por eso
andan tras de un rol que les dé un primer plano.
—Amor, vos verás lo que hacés. Hay gente con
la que uno nunca debe vincularse. Mirá qué fue lo
que destruyó al viejo de la compañía papelera allí,
a media cuadra. Y dicen que sus contactos eran
importantes.
—Bueno, pero decime si estás conmigo.
—Absolutamente. Yo por ambición entro en
cualquier parte.
—¿Ah?
—Nada, que soy totalmente tuya. Te lastimás y
lloro. Dame la llave de la caja chica.
—Ten. Trata de dejar algo para que mañana
empecemos con cambio.
—Eres un caramelo —dice Jacky y piensa que,
si se escapa un par de horitas a jugar en las
maquinitas de apuestas donde el chino, volverá
forradita de dinero. Le pega un pellizco tierno al
marañón nasal de Castillo, pero éste apenas
reacciona, pues su nariz carece de terminales
nerviosas.
489
LOS RENGLONES TORCIDOS DE
DOS
La idea del teniente Tirones era acudir entre
semana, antes de la madrugada, cuando la zona
industrial olía a soledad y frío, para llevarnos
cargaditos los camiones de todos los enseres que
hubiese disponibles en el edificio de la
Corporación Nacional de Papel. Conseguimos
tres camiones de tres toneladas de capacidad, con
los respectivos choferes. Como el recargo por
ayudante a Gilberto le pareció un precio abusivo,
me llamó aparte:
—Yo sé que tenés familiares sin trabajo.
Decíles que nos colaboren y les echamos algo.
Quince rojos a cada uno, cada noche.
Eso era una miseria, pero sabidos de que pasan
hambre, y eso es contagioso, no me costó
visualizar que mi medio hermanillo Iván siempre
andaba con otro mae sospechoso, haciendo que
vendía, haciendo que cobraba y siempre sin un
peso. Me faltaría un carambas más, pero desde el
viernes tenemos de visita en la casa a Miguel, el
hermano de mi vieja, que se nos metió de parásito
y ahora duerme atravesado sobre el sofá de la
sala.
491
—Yo los consigo, teniente. Espero que nos
alcance el tiempo.
—Tendrá que alcanzar, Campitos. No podemos
andar todas las noches en conductas sospechosas
o nos van a meter al bote. Adiós carreras: ¿se
imagina?
Hasta sentí ganas de vomitar, debo decirlo.
Entonces, lo que íbamos a hacer no era una
gestión oficial y, tal vez, ni siquiera alcahueteada
por los superiores de mi teniente, este hijueputa.
Pero quedaba obedecer. ¿Quién me iba a creer
que el hombre con veinticinco años de servicio se
corrompía de pronto y saquearía alegremente un
montón de materiales diversos?
Nos tomamos un café comprado en las
maquinitas. El jefe estaba tan optimista que, por
primera vez, pagó él. Tan pronto acabamos, me
fui a coordinar con Iván para que coordinase con
el Pancho, su socio, y en la noche yo hablaría con
tío Miguel para que nos diese una mano.
Quedamos que, hacia fines de mes, deberíamos
detener a algún sospechoso que pagase por el
crimen de Azuela. Ya habíamos logrado alguna
narrativa convincente que ligaba a un empresario,
caído en desgracia con un grupo de matarifes
vagabundos llenos de antecedentes. Así de
492
grande era el expediente: como la altura de un
zapato media bota.
No tendrían salida que no fuese una jugada
milagrosa, pero a esos ni el de arriba los quiere.
Los días precedentes al asalto, porque eso era
un asalto al edificio, comí bien, me acosté
temprano. Me puse a imaginar en dos vías: una,
lo fatigosa que sería la tarea; dos, la recompensa
que me esperaba: ya fuese el bono que me diese
Tirones o el ascenso que me esperaba si el viejo
se jubilaba.
Miguel me dijo que sí, aunque no le dirige la
palabra a mi hermanillo Iván. Algo habrá pasado
entre ellos. Dice tío que estuvo dormitando a la
intemperie por más de un mes hasta que un
desconocido le dio señas de su hermana. Mamá
no estuvo nada contenta. Cuando lo vio en la
puerta, su primera reacción fue cerrar con portazo
y dejarlo afuera. Él pronunció su nombre y abrió
los brazos. Eso contuvo la respuesta de mamá y
aquello fue de telenovela: abrazos y llantos
ahogados por media hora.
Miguel sabe que soy policía, pero que ese día
no hay tal. Vamos a un encuentro clandestino que
es como el bono de un videojuego: una pantalla
extra. Un chance de subir puntaje, de
acomodarnos algo.
493
Yo, por mientras, también me he vuelto adicto
al tilo, pues no puedo dejar pasar el hecho de la
clandestinidad que me estimula en negativo.
Gastritis, artritis, punzadas en la sien. De todo.
Cobarde que es uno, ni que estuviese en una peli
de espías.
Por cierto, dice Iván que están haciendo
gestiones —el Pancho y él— para jalar del país,
lo cual me parece ridículo porque la crisis es
mundial.
Nadie puede hacerlos desistir. Están seguros de
pegar en Hollywood porque ya conocen algo de
las calles, el contrabando y la gente mañosa.
Dicen que tienen el feeling y que no les va a faltar
trabajo en series policíacas porque los latinos son,
el 90 % de las veces, los ladrones, los traficantes,
los asesinos.
Si todo sale bien, cuando reúnan el pasaje y un
ahorro, mandan al Fermín a la mierda y
desaparecen. O ni le avisan.
Tantas ilusiones que se hace uno. Nada más
fácil que soñar con castillos macizos, pero uno
despierta y son frágiles, de papel. Siente uno que
se ahoga porque la esperanza, cuando muere de
un solo golpe, impacta y trauma.
494
El maldito edificio se había convertido en un
mierdero precarista. Adentro habría no menos de
cien sujetos, algunos con harapos, otros en
camiseta y pantalones rotos, niños que corrían en
círculos, nenes de pecho con pulmones atómicos
dando lata. Olía a mierda, qué más. Nosotros
entramos con lamparitas de mano y desarmados.
Se nos quedaron mirando unos y otros decidieron
ignorarnos. Tratamos de dar unos pasos para
avanzar y se vino el zafarrancho.
A Gilberto le quebraron un incisivo; yo me llevé
unas cortaditas en las manos; Miguel, un
chichotón en la frente, gracias a la pata de una
silla de oficina, e Iván y Pancho aguardaron atrás.
Par de hijos de su madre, estarían protegiendo su
supuesto buen perfil latinoamericano para sacarle
provecho cuando se fuesen del país. De haber
sabido, no vengo.
Salimos a empujones y nos subimos todos al
cajón del primer camión. Los otros dos, al ver la
escaramuza, decidieron marcharse.
Afortunadamente nadie, creo, podría
reconocernos.
La mañanita la saqué libre. Llegué a la
delegación a eso de las once. Ya me había
olvidado de la ambición, pero Tirones no.
495
Decidió hacer un operativo oficial. Ya vería
luego cómo saquear los inventarios. Pidió treinta
oficiales, veinte más de la migra, seis camiones,
diez perreras y hasta una orden del juez. El
argumento no lo conozco.
Cuando ya me iba a casa, me dice:
—Hipólito, tenemos un operativo. No se vaya.
Me cago en la leche. Con la fatiga y la
decepción que me cargo, volver allá. Debí
reventarle la madre en medio de la trifulca
anoche.
Esa noche lo hicimos temprano. Los treinta
policías se dividieron en dos escuadras: una, para
dar palo y, la otra, para cargar cajas a los
camiones. Además, los de migración hicieron las
requisas de tal manera que aquello resultaba
intimidante. Hubo bochinche, pero poco. Una
bala en el tobillo de un revoltoso convenció a los
ocupantes de salir por la ruta cortés.
Gilberto me delegó la tarea de apuntar a grandes
trazos lo que salía. De cada tres cajas que salían,
una se quedaba sin apuntar. No es que lo hicieran
rápido, no. Es que había una orden de mi teniente
y yo aprendí hace rato que hacer preguntas es
amar el desempleo.
496
Yo creo que nos fue bien. Sin embargo, aún no
tengo idea de qué tiene ese cabrón para mí, que
he arriesgado en serio en este trance y que, si el
jefe cae, sin duda, me arrastra. O me lanza los
clavos, el hijueputa.
497
LA DECEPCIÓN DEL FUTURO
—Imposible cumplir con tanta vaina. Nos hemos
reunido para hacer una sociedad anónima y casi
quedamos embargados. Timbres, abogado,
tiempo. Un defecto en la escritura y empecemos
de nuevo…
Cuatro meses en casi nada. Y eso que llevamos
setenta y cinco días sin trabajo. Nos despidió el
hijo de puta a todos. A Néstor, no. Yo sospecho
que esa rata se ofreció de Judas: nos delató y, a
cambio, ahora quiere ser la mano derecha de
Vargas. Claro que sabíamos que la empresa iba
en crisis. Nosotros no actuamos mecánicamente:
muchos papeles nos pasan por el frente y uno
mira cuánto inventario se mueve (entra/sale),
pero no se declara. Es tan fácil robar así que, si
nosotros hubiésemos accedido a las firmas,
también nos robamos la empresa.
Es lo que está haciendo el Vargas. De hecho,
reclutó para sí a los bribones que le ayudaban al
don Fermín a recoger dineros de movidas
ilegales. Eran como ocho y, al despedir a los
nuestros, logra ajustar el presupuesto con lo que
era nuestro pago.
499
Que don Fermín se metiese una bala y, sin
embargo, quedase vegetal —¡qué vida más
puta!— es demasiado sospechoso. De la nada,
nos sale Vargas con un poder generalísimo sin
límite de suma, firmado por el vejete quién sabe
cuándo. Y el patrón queda a merced de las
mismas ratas que lo saquearon hasta la ruina,
mientras sus hijos ni se enteran, trabajando en
otros países, pero sin preocuparse por entender
qué pasa. Capaz y ha sido mejor que nos hayan
despedido.
Perdón por zafarme del hilo. La cosa es que
montar una empresa es un asunto caro. Por todo
hay que pagar alto: los servicios públicos están en
la luna, la tierra a precio de barrios altos de
California, las cargas sociales y demás han
alcanzado cifras hostiles y el horizonte solamente
ofrece amenazas.
¿Qué somos ahora? Mano de obra calificada
flotante. Profesionales sí, pero de un mercado
laboral debilitado por exceso de oferta y porque
los oficios cambian todos los días. Antes, un
médico se graduaba y sabía que el resto de su vida
iba a atender pacientes, aunque ocupase una
jefatura. Ahora es distinto. Hay que seguir
aprendiendo y cambiando de oficio en función de
lo que requiera ese monstruo de la
deshumanización que llaman sistema. De
500
repente, eres una célula de un organismo
especializado, como el hígado. Cuando ocurren
aberraciones como las que dicta el mercado, estás
contra la pared: ese órgano no te ocupa. ¿Qué
hacés? Reconvertirte, cabrón. Tirar a la basura
todo lo andado y esforzarte de nuevo, para que,
en otra parte, encajés y así logrés evitar que te
desechen sin pensionarte. Es el doctor que te
decía asciende hoy a director médico y tiene que
aprender un montón de gerencia y todo el bagaje
en salud que arrastra viene a ser secundario. Va a
regresar a la universidad a especializarse en un
tema que posiblemente antes no le gustó. Tal vez
sea la narrativa del principio de Peter, que dice
que una persona asciende hasta el punto donde
alcanza la incompetencia. Aunque lo cierto es que
un médico que se afane puede ser también un
buen gerente.
Porque hay hartos profesionales en la calle.
Tomás un taxi y encontrás un psiquiatra
desempleado. Hay tipos que venden planes
vacacionales porque quedaron cesantes, merced
al desarrollo de la robótica y de la inteligencia
artificial. Hay otros que ejercen sin escrúpulos,
aunque el colegio profesional los haya
suspendido porque lo único urgente en el mundo
es el dinero.
501
Así no se puede. A dos de los locos se les acabó
el efectivo y no los vimos más por acá. Si pensás
que somos menos socios y nos repartiremos más,
estás jodido. ¿Repartirnos qué? Si todo lo que
tenemos es una constitución social, unos pocos
permisos en trámite y un local palabreado. No
hemos arrancado y ya llevamos 7 desertores…
Todo está acabado, hermano. Y eso de las listas
negras nos deja amarrados, como novillo de
rodeo.
Ya sé que esa frase es fea, pero dejáme. Es que
no puedo creer que el hijodelasmilputas de
Vargas nos denunciase ante el Ministerio de
Trabajo y ante la fiscalía como autores de un
desfalco que él ha venido desarrollando a la vista
de todos.
¿Qué vamos a hacer, hermano, si ya estamos
creciditos? Al borde de cumplir treinta y cinco
quemados. Algunos se van al norte, de ilegales,
pero no es justo vivir clandestino y expuesto a las
debilidades que genera el azar: precariedad, mala
salud, violencia.
502
Sólo para empezar.
De hecho, confieso que yo pensé que no íbamos
a tener cabida en esta novela. Supe que el Vivas
es un ser desesperanzado que piensa que no hay
futuro para los jóvenes: la barbarie capitalista se
robó las esperanzas y hasta la meta de acceder a
la propiedad privada de parte de la clase media.
Estuvimos cautivos en un sótano cuatro meses.
Luego nos subieron a la planta baja de una tienda
de mercaderes chinos de la mafia. Nos amarraron,
a la pierna, un cepo. Los pantalones no dejaban
ver nada, pero eso nos impedía la fuga. Si alguno
intentaba pedir socorro a la policía o a algún alma
buena que anduviese por allí, en la noche nos
latigueaban a todos. De hecho, dos veces nos pasó
sin motivo.
Nos salvó, pues, el azar. El hecho de la
sublevación de unos pocos que decidieron darse
su lugar, permitió que se invirtieran algunos
papeles. Apareció un sustituto que navegaba en
dirección contraria y de quien tampoco sabemos
nada: sólo que, de repente, somos, aunque
sigamos flotando en busca de lugar.
Por eso es que un año después estamos a punto
de arrancar con la consultoría informática,
aunque sin un peso siquiera. Este Salomón, señor
de la palabra al que ahora damos tributo, es más
benigno con nosotros o al menos es lo que nos ha
prometido para que cambiásemos de credo.
503
El chavalo llegó de la nada con la idea de hacer
la revolución. Puede que se equivoque en el
rumbo o no, pero de antemano estábamos
jodidos. Así que le dimos nuestro apoyo
condicionados por la esperanza.
Yo no soy tan optimista: digo que ya no hay
chance mayor. Roberto y Eric se dejaron derrotar
rápido. Antes fumábamos por placer, ahora la
venden y sobreviven pintando techos y reparando
tuberías.
Y no saben ni mierda del oficio.
Quedamos vos y yo sin perder la dignidad,
Beto. Decíme que estás conmigo en esto, cabrón.
Y está Marín, ahora que litiga y nos hizo la
sociedad, nos trata cómo si no fuésemos de los
mismos. Cobra muy caro y de contado.
—Son quinientos rojos —me dice— y los
necesito de contado. —Como si alguna vez
nosotros nos hubiésemos abusado de su
confianza. Ve qué traidor…
La cosa es que seguimos en la trama, pero
nuestro papel es el común de la clase media: el
eterno naufragio en busca de un madero que nos
soporte.
504
Podemos decir que somos decorado difuso,
indefinido.
Tal vez haya otra novela donde encajemos sin
estar rogando, ¿no? Es que Malanga, tenía razón
el difunto Vivas, no es sociedad para jóvenes. La
ambición del presente se comió nuestro lugar en
el mundo.
Así no se puede: ni siquiera despertás de la
borrachera.
Pedíle harina a tu tata, cabrón. Si nos apalanca
al inicio, levantamos. De otra forma, no hay
camino.
505
506
PERCEPCIONES
CONDICIONADAS DEL PODER
—Esos que van a detener a un sujeto son una
manga de valientes. Mirá, que entre veinte se
gorrean a un chavalo y, si se entromete la mamá,
también le rompen un brazo.
—Son como maleantes. Merecen recibir toda la
mano dura que se pueda.
—Vos confundís la policía con la justicia. Estos
sujetos no pueden dar sentencias. Están allí para
reprimir, pero no para demoler casas cada vez que
hay una orden de apremio. ¿Has visto que hasta
para pensiones alimenticias se portan con total
brutalidad?
—Brutalidad sería que le diesen un plomazo en
la cabeza. Estos tipos son peligrosos. Es normal
defenderse duro porque suelen tener armas
pesadas.
—Lo feo que es generalizar. ¿Todos tienen AK-
47? Claro que no. Algunos venden droga en su
barrio. Alguno asalta con arma blanca. Y hay
otros que sencillamente resulta que la brújula de
la sospecha les apunta. Hay tanto margen de error
507
que pueden allanar la vivienda equivocada Y
nadie pagará los platos rotos. Después el barrio
no olvidará de que la policía estuvo en tu casa
buscando droga.
—Bueno, eso sí. Sin embargo, es que hay
demasiados idiotas. Si la policía se capacita, eso
no pasa. Que hagan las intervenciones telefónicas
y los perfiles correctos, que se infiltren. Así se
ahorran los colaterales.
—Es abuso de autoridad el tomar decisiones
sobre la marcha de parte de poderes no
capacitados, lo que hace que haya tanta balacera
en los barrios, tantos heridos en operativos y
hasta la prepotencia que provoca que un oficial de
tránsito le pegue un balazo en el cuello a un
conductor que huye por no tener la licencia al día.
Esas potestades no las da la ley, sino la
alcahuetería de las redes de poder para consigo
mismas.
—Beto,, ¡qué rico es estar en la oficina cuando
no está Vargas! Lástima que vuelva el jueves.
¿Sabés que va a despedir a varios?
—Sin duda a Carla y a Rodolfo, por lo de la
torta de nueces. Casito lo matan. ¡Qué maldito
enfermo tenemos de jefe! Lo único divertido es
que habla solo con frecuencia.
508
—Prestáme unos formularios del 48. Necesito
unas muestras de bodega. Si la semana entrante le
llegamos conque tenemos nuevos clientes y nos
vemos dinámicos, salvaremos el pellejo.
—¿Vos no creés que Vargas se esté robando la
plata? Porque, que yo sepa, las ventas nunca han
caído de la forma que él jura.
—Bajito, por fa, que no nos oigan…
—Imagínate un allanamiento acá. Entran
volando bala y a vos te dejan con una rodilla
destrozada a pesar de que sos defensor de la mano
dura. A eso iba. Venían por el jefe, pero no les
importa darle palo a todo el mundo. Son un saco
de frustrados que aprovechan para desatar su ira
contra la vida por vía legal.
—No, no. Pará, pará. Los allanamientos son
casi siempre domiciliares. Y no van a tratar igual
a profesionales que a pandilleros, eso es seguro.
Nos dirán que, con todo respeto, nos retiremos. Y
se llevarán todo el equipo y papelería,
decomisados. Nos quedaremos en la calle. Hay
pesadillas que uno nunca debe convocar. Cambiá
el tema. Ya me dio gastritis.
—Te decía que a Vargas le veo un perfil de
ladrón de cuello blanco. Y ya tiene un cargo
509
importante en el departamento. Imaginá de
presidente general a ese miserable esclavista.
—Las paredes oyen, cabrón. Tan pronto vuelva
nos va a llevar el diablo —dice la voz de un
hombre que habla a nivel de suelo, porque es
bajito.
—No lo creás. Todos odian al jefe. Si le cuentan
de lo hablado, va a ser poquito e impreciso.
Por eso es que, desde el inicio de este diálogo,
el narrador ha decidido que hubiese un apagón.
En un cuarto piso, mal iluminado por los
pequeños ventanales, solamente se detectan
sombras y las voces responsables se esparcen sin
origen. Si me preguntan quiénes hablaban, yo
diría que dos o seis, de los más inconformes.
Tal vez, todos. Los veinte.
Al menos, murmuraban.
510
PRESO DE LA PSIQUE
Cuando vi que mi suegro tenía la mirada fija en
el vacío, intenté bajarle los párpados. No sabía
que seguía vivo y la respuesta fue violenta. Con
la mano derecha, que tenía libre, intentó
ahorcarme. Tenía una fuerza desmesurada, a
pesar de ser un moribundo. Me sacudió contra los
parales de su camastro de enfermo y me rompí la
frente.
—¿Qué hacés, desgraciado? —me imprecó.
—Pues creí que ya estaba listo y cerrarle los
ojos es un gesto de respeto, don Carlos. —No iba
a decirle que estaba cansado de esperar a que esto
terminase.
—Andá a conseguirme agua. Y a la enfermera.
No te creo ni mierda. Estás apresurado para ver
cuáles bienes se deja mi hija. Esperás la piñata,
infeliz. ¿No sabés que las herencias no son
gananciales?
—Suegro, usted es un desgraciado. Dé gracias
de que no me da por echármelo al pico. Le apago
la maquinita o le inyecto aire y se va a la mierda.
—Que te largués, dije —el viejo, cómo si nunca
hubiese agonizado.
511
Pues nada, salí a la recepción a buscar ayuda.
La enfermera, atenta, buscó un vasito desechable,
lo cargó de agua y se dirigió al dormitorio.
512
—Espéreme acá —con una sonrisa cortés.
Se demoró en la habitación unos diez minutos.
Al volver venía indispuesta.
— ¿Ud. le hizo algo al señor Castillo?
—Claro que no. De hecho, me golpeó. ¿No ve
la cortada de mi ceja?
—Deme unos minutos. Tengo que ir por el
médico. El hombre anda agitado y casi ni respira.
Ud. debe estar loco, porque un agonizante no
tiene fuerzas para lastimar a un tipo como usted,
medianamente fuerte.
Me senté y tomé de la mesita una revista de
diseño. Mejor dicho, de casas y decoración. Traté
de hojear un poco, pero tenía un colerón
contenido. Ninguna gana de hacer ejercicio
intelectual, tampoco de chismes.
Al fondo, pasaron dos enfermeros con una
camilla empapada en sangre. Los brazos del
paciente caían a los costados y algo me decía que
ése ya no tenía prisa. Aún no le habían tapado el
rostro. El reloj de la esquina marcaba las once y
diez. La señora que estaba intentando beber agua,
con un conito de cartón, en el dispensador, le dio
una patada.
—Gran cosa, tanto aparato y descargado.
Saqué el celular y empecé a llenar un sudoku.
Siempre tardo unos veinte minutos en resolverlo.
Antes, me llevaba hasta una hora, pues me
atacaba el nerviosismo y me quedaba trabado, en
la luna.
Iba por la mitad cuando apareció Julia. Ella
entra a trabajar a las dos, así que pasa antes a darle
una vuelta al moribundo. Después de todo, es
heredera única.
—¿Me prestás el carro? —pregunta y ordena.
—Tomá las llaves. Yo debo quedarme todavía,
pero regreso a pie a casa.
—Voy a ver cómo sigue papá. No me tardo.
Entretanto se iba mi mujer, regresaba la jefa de
enfermeras.
—Don Andrés Díaz, por favor, sígame—. Casi
sin detenerse, a paso apresurado, se internó por el
corredor izquierdo. Me señaló una puerta y me
hizo entrar.
—Tome asiento. Ya vienen a hablarle—. En el
escritorio había varias fotos familiares. Un
matrimonio con dos hijos, el mismo matrimonio
con un perro, los dos hijos con el perro, un paseíto
en una lancha que no parecía muy ostentosa, pero
al fin de cuentas, era lancha.
Varios minutos después, entró un sujeto de
corbata. Afuera, vi, tras el vidrio, que se
apostaban unos hombres de azul.
513
514
—Don Andrés, ¿sabe por qué está aquí?
—Ni idea —repuse convencido. Vi que la
ventana daba a un patio interior sin menor gracia.
Se divisaba la lavandería del hospital, una mole
horrible.
—Dice la enfermera que usted intentó matar a
un hombre agonizante. A su suegro. Es cierto que
se va a morir, pero Ud. no tiene derecho a
precipitar nada. Además, el viejo sigue
desvariando y no creemos que se recupere. ¿Qué
cree que nos vaya a contar si se mejora?
Me quedo con los ojos desmesurados. Esta
mujer ha deducido, a partir de mi ceja rota, que
yo soy el agresor. Adivino que afuera me espera
la policía.
—Nada más falso, licenciado. Verá, lo vi con la
mirada fija en el vacío y lo supuse muerto.
Cuando quise hacer lo convencional, cerrar sus
ojos, me agarró del pescuezo y casi me mata. Sin
embargo, yo no reaccioné, no lo ataqué.
—Le aconsejo que me dé mejores argumentos.
El hombre se despacha pronto. Tiene telilla ya en
la mirada. Es cosa de días o de horas. Ha de saber
que el señor Aguirre carece de fuerza hasta para
tomar una cuchara.
Me sonrío, porque me parece irónica y
aventurada tal afirmación, si hace menos de una
hora que el infeliz me ha tratado como un trapo
sucio. Siempre nos hemos llevado con mala
voluntad, pero se supone que un convaleciente no
ha de ser tan hijo de puta.
—¿Por qué no le escarban las uñas? Le digo
que ese hombre es un salvaje y no está tan cerca
de la tumba. Si revisan van a encontrar epiteliales
mías.
—Ud. ha de ser tonto, Sr. Díaz. ¿A quién cree
usted que comprometerá tal evidencia? Lo único
que leerá allí la policía es que ha intentado
asesinar a un hombre vegetativo.
No me gusta nada esto. Me da cierto escalofrío.
Es el síntoma que precede en mí las conductas
límite. Supongo que me estoy enojando o que
tengo malos presentimientos. Además, la
entrevista se está alargando y el trabajador social
me hace preguntas que carecen de inocencia.
Trata de establecer que yo le tengo la medida a
don Carlos y que lo detesto tanto que no puedo
dar tiempo a que se muera.
—Mire Ud. mismo. Acompáñeme a visitar a mi
suegro. Haré el mismo movimiento y verá que lo
del coma es un timo. Ese señor puede tener
intervalos de mente perdida o algo así, pero si le
cierro los ojos, se altera.
—Me dicen que su esposa está por ahí. ¿Está
furiosa con usted sabe? Es que la enfermera ya le
contó…
Pienso que va para largo esto. A las tres tenía
una reunión virtual y, a cómo esto pinta, no voy a
515
estar disponible. Me quedo mirando al sujeto,
cejijunto, mal encarado, con un lenguaje corporal
muy similar al de un policía malo.
—¿Esto va a demorar mucho? Se supone que
más tarde debo trabajar.
—Mire, don Andrés. Esto apenas empieza.
Habrá que hacerle análisis a don Carlos a ver si
está herido, qué máculas tiene. No obstante, es
mejor que confiese, porque nunca va un juez a
validar que un moribundo sea el agresor. ¿Ud.
consume medicamentos? ¿Ha tenido episodios
psicóticos? ¿Habla solo? ¿Alguien en su casa
tuvo muerte violenta?
Me siento un tanto desquiciado y, al descuido,
miro un bastón de hierro recostado contra el
archivo metálico. Casi tengo la pulsión de
resolver este asunto por la vía directa, pero no sé
cómo librarme de los cuatro hombres de azul que
aguardan afuera.
—Nunca. A usted le gustan las series
policíacas, sin duda. Están llenas de mentiras, de
estereotipos.
—Usted no quiere colaborar.
—Momento, usted quiere endilgarme algo que
no soy. Al viejo ése no lo quiero, pero no me
interesa hacerle daño. Tengo independencia
financiera y nada de lo que deje va a ser mío.
Dígame por qué querría yo que se muera hoy.
516
—Mire, tengo otro caso esperando. A Ud. se lo
van a llevar, pero ya lo sabe. En unas cuarenta y
ocho horas lo estarán interrogando y sin
garantías. Piense otra cosa o diga la verdad. Igual
da, agredir a un moribundo no tiene perdón.
Voy por el pasillo, esposado y a empujones. Es
el camino de regreso. La jefa de enfermeras me
mira con desprecio y, a su lado, dos más
completan el coro que me juzga.
Allá, al fondo, viene Julia, mi esposa. Creí que
sería única heredera, pero este viejo es un
escándalo: todo lo reparte a poquitos y, con los de
fuera de casa, son diez hijos. Más caro el
sucesorio que los bienes a repartir.
Espero un escándalo.
No es así. Pasa a mi costado sin determinarme.
Cuando se aleja, ni por un segundo vuelve para
mirarme. Estoy solo y atado y, quizá, condenado.
Me rindo, pues, a la evidencia de que no tengo
salida. Me sacan del hospital en una perrera y, a
la tarde, estoy viendo penumbra tras las rejas de
una celda húmeda y hedionda.
Me dan seis meses de preventiva, mientras me
llevan a juicio. Mientras tanto, mi suegro sigue
vivo y en coma y tan tieso como antes. Parece que
tuvo un ataque al corazón y, sin embargo, eso
nada cambia.
517
El perito de trabajo social atestigua contra mí y
lo mismo hace la enfermera. Mi exmujer
testimonia e inventa cosas gravísimas que nunca
ocurrieron. Incluso dice que yo le pegaba con un
látigo a los perros y no es cierto. Nunca hemos
tenido perros, pero ella jura que yo maté a dos y
que decidió que nunca más tendríamos mascotas.
La verdad —que nunca dije— era que ya había
soñado con matar a don Carlos Aguirre. Lo hacía
en su casa, pegándole con un candelabro en la
mollera y llevándome algunas joyas personales,
pero en ese escenario, Carlos mantenía todas sus
facultades. Si lo hubiese atacado de frente, no
llego a contarlo porque era corpulento y ágil.
Eso fue dos o tres meses atrás. Se lo conté a mi
nueva pareja y fue ella quien me inyectó sensatez:
—Nunca lo hagás. La pinche plata de ese viejo
se basa en deudas. Cuando liquiden todo,
quedarán en calzones, ya verás.
A estas alturas, empiezo a preguntarme cuál es
la realidad. Si don Carlos existe, si Julia, la
enfermera, el perito, los médicos, son reales. Si
no seré fruto de una mente turbada que se imagina
interacciones imposibles en un dormitorio
monótono como éste.
Holgado y blanco.
518
EL NIHILISMO DE LOS
EMPRESARIOS DERROTADOS
—Petra, vos estás errada. ¿Cómo va a venir
Vivas a robarse tu dios rata y los contratos de
edición, si sus novelas ya van a salir? —Isidro
sorbe un té de menta. Luego de proferir este
comentario.
—Ni idea —Petra pone cara de hastiada—. Me
lo ha dicho así la secretaria. El cabrón llegó a la
hora de almuerzo y revolcó mi oficina. Me ha
dejado tal derrame de cosas que no he podido
determinar si se ha llevado joyas mías o algo
caro. Además, no sé si supiste, pero ocurrieron
dos cosas…
—Ese hombre anda en algo malo —interviene
el doctor Diego Mazapán, con la boca llena de
medio emparedado de mano de piedra que
chorrea kétchup y mayonesa sobre la barbilla del
intelectual—. Fui yo quien notó que, en Ficciones
quebradizas, inventa que lo rapta la Banda de El
Turco y que seguro ha pensado tomar la
anécdota como un pretexto para borrarse de
escena. Es que, a ese pendejo, yo no le prestaría
un peso, aunque me firme garantía.
519
—Huy, albricias por tu astucia. ¿Cómo putas
dedujiste que quería alejarse un poco? Deberías
dar cursos de lógica, te desperdiciás. Era
notorio que el mae convivía en su mundo literario
y eso no es normal. Hablar con los personajes,
soñar con ellos y agarrarse a patadas: eso es
obsesión.
—Te recuerdo que vos lo recomendaste. Mejor
te mordés la lengua. Ahora, no saben la última…
520
—¿Qué? —Es Petra, monosilábica, enfadada.
—Ahora dicen que ha muerto. Han hecho
publicar un soneto, supuestamente firmado por
un tal Urtecho, como elegía a su muerte. Tras de
impostor, bocón y tonto. Pretende que, con ver
eso en Exitosa Malanga, la gente se va a olvidar
de todos los males que ha cometido.
—¿Y no se habrá tostado realmente? Era
hipocondríaco y siempre le dolía hasta la
sombra. Me consta porque yo una vez me paré
cerca de él y al chavalo le traqueó la rodilla
como una rama de apio.
—¿Y para cuándo es su funeral? —Petra
emocionada, casi alegre.
—La publicación no tiene fecha, lugar ni hora.
Acá ando el recorte. Mirálo—y Mazapán le
entrega a la editora un papelito irregular.
—Más falso que un billete del Gato con Botas
—tercia Isidro—. El poema ni siquiera se parece
a él. Si te das cuenta, es un texto burguesillo, no
importa quién lo haya escrito.
—Es una broma mala, un adefesio. Coronel se
murió hace rato. De Vivas no sabemos si anda
por allí hablando mal de todo el mundo. La
hierba mala es así: aparece de la nada.
—Bueno, ¿y qué? Lo publicamos y nos
reparamos de los gastos que generó. Ya había
girado unos pesos —Mazapán, no bien termina
de decir esto, siente vergüenza.
—El problema es que nos quedamos sin
presupuesto dentro de dos meses. Está ese
montón de mocosos en fila, a los que íbamos a
lanzar bajo el slogan de Nueva Generación —
Petra, bastante agüevada.
—Decíme, Petra. Ellos son niños bien, ¿no?
Tendrán padres que les amparen —Isidro, que
sabe maquinar negocios como un diablo—. Es
cosa de convencer a los papás de que los chicos
son genios…
—¿Ya los viste? La mayoría son imbéciles.
Incapaces de generar ideas. A veces topan con un
texto que los trauma porque les parece
indescifrable y se enamoran del autor. Dicen que
521
es un crack. Nada que ver. Lo que pasa es que les
gusta la pomposidad de las ideas y tienen una
capacidad de abstracción que tiende a cero —.
Diego suele ser así: todos son tontos…hasta el
lector.
—Podríamos hacer otra colección que huela a
droga, calle y autodestrucción. Recordá que esos
cabrones confundidos creen que esa mierda es
literatura llena de filosofía. En el lanzamiento,
regalamos sobrecitos de yerba porque ya es legal
acá. —Isidro, que es funcional, sin disimulo.
—Regalar ni mierda. Miren, acá en el celular
está el obituario en su perfil, pero nadie firma.
“Vivas pateó el balde. No habrá honras para
aquel que nada respeta. Ni siquiera autopsia. Lo
hemos encontrado durmiendo y, sabidos de que
su voluntad es que, a su muerte, sus restos sean
cremados, nos le hemos adelantado. A la mierda
la huella de carbono. Sus cenizas fueron lanzadas
en la construcción del nuevo estadio nacional de
Malanga”.
Está fechado hoy.
La cara de Petra está radiante y confundida.
¿Quién tiene al dios rata? ¿No habrá una
maldición por allí…?
522
—Bueno, si los padres no los defienden,
nosotros tampoco vamos a perder el sueño. Lo
que pasa es que, si inventamos un boom, nos
levantamos en grande. Propongo reducir el
comité editorial a nosotros tres y aprobamos sin
leer todas aquellas mierdas que traigan buen
financiamiento— esto lo dice Isidro,
emocionado, de pie, como si fuese el candidato
de la alianza que va a cambiar el mundo.
—Por mí, sin problema. Nada más que mi
nombre no aparezca en los libros. Cosa de cuidar
de no mezclar negocios y prestigio. —Mazapán,
ya dócil, imaginando llover dinero.
—Entonces, vamos— Petra, con serenidad—.
Les voy a enseñar algo que dejó tirado el tal
Salomón la última vez que vino.
—Ya veremos. Yo propongo una colección que
se llame Gente Idiota de Hoy. Así casi todos los
que quieran publicar su libro encajarán de lujo
en ella… ¿qué dicen? —. Isidro se toma a
chacota las cosas con frecuencia. Sabe que harán
dinero vendiendo cualquier cosa, como si el
empacar mierda le diese valor agregado.
—Pues yo he perdido la fe. No muevo un dedo
hasta que aparezca el dios rata de arena y
baterías que se robó de mi oficina. Y más vale que
sea pronto, porque si lo encuentro antes, lo saco
523
de todas las tramas. Es un traidor y eso ya no lo
olvido. A ver quién le publica ahora.
524
PASTA ES OTRA MENTIRA
Investigar, ni mierda. Nada es real en este cuento
de Vivas más allá del quiosco del Castillo y su
novia, la Jacky. El lugar es antihigiénico,
estrecho, pero tiene una barra de seis asientos
donde la gente llega a comer in situ carajadas
empapadas en grasa y salsa. Servilletas usadas,
plásticos de los tacos, botellas desechables: todo
desparramado sobre la acera a pesar de que el
dueño se esmera en recoger con frecuencia, no
vaya a ser que vengan los sanitarios a clausurale.
De lo demás, ni rastros. Fermín si existió, pero
ha fallecido hace seis años por lo cual no
entiendo qué rollo juega en la actualidad del
relato. Lo de Pereda y su tío tampoco va a
ninguna parte porque el aludido pariente mafioso
falleció hace veinticinco años y lo único que dejó
como legado fue una libreta con apuntes para
fabricar jabones artesanales. Todo lo demás es
desvarío verbal del tipo que dirigía esta novela.
En pretérito, sí. Porque espero que Comas
Negras tome cartas en el asunto y le patee el culo
a ese improvisado. Por ejemplo, lo de Gonzalo
Pasta es otro cuento chino: no he logrado
comprobar su existencia, aunque algunos
policías juran que es real. En el Registro Civil,
525
en Archivos Nacionales, en Migración, en
Hacienda, no hay señales de él. No existe acta de
defunción, más que un papelucho mojado al cual
hicieron secar aceleradamente con una plancha
y se chamuscó. Sin embargo, no hay logotipos
oficiales que avalen lo escrito.
Vamos a suponer que es un impostor. Pasa
mucho en lo moderno porque las organizaciones
criminales tienen acceso a mucha tecnología y,
crear un documento de identidad, ahora cuesta
nada. Pero, ¿para qué? Perseguido político no
era y en Malanga se pasean, por la libre, cientos
de ciudadanos migrantes de ultraderecha que
alegan tal barbaridad, aunque ellos tengan
prácticas muy similares al terrorismo.
526
Y no les pasa nada.
Que venga a lavar dinero, es un chance. Soy,
sin embargo, obtuso cómo para imaginar las
redes de poder que eso implica y qué altas
complicidades obliga. Prefiero pensar que quien
haya portado la identidad de Gonzalo Pasta
Roquefort era, a su modo, un megalómano, un
impostor a lo Di Caprio, un tipo que juega con la
astucia propia y la circunstancia ajena.
Otros personajes por ahí los he visto miles de
veces, aunque con otros nombres: los clanes
familiares mañosos existen en nuestros mismos
vecindarios, a un tiro de piedra. Los
sobrevivientes, los inestables, los ambiciosos y
demás troupe de esta farsa son reconocibles para
cualquier sujeto que trate con un círculo mediano
de individuos.
Lo que no me quedaba clara era lo de la señora
Óvalos de Calcio, la líder sindical que deviene
antiheroína y sopa. Intenté saber de ella
hablando con Vivas para saber si era alusión a
algún personaje de la vida local que haya
traicionado sus principios, pero fue escueto en su
respuesta.
—No, no. Ella existió: buscá en los diarios, en
las páginas de economía, de actualidad nacional.
Me lo dijo con cara de pocos amigos y siguió
escribiendo. 2
2
Apunte suelto olvidado por Salomón en la oficina de la
señora Petra Romero, transcripción literal.
527
como papel sanitario de los bares y otros objetos,
como candelas, bolígrafos y pesas rusas, no
tenían la conveniente convertibilidad para
agilizar la economía.
Ni siquiera las estampitas religiosas, tan
adoradas en Malanga.
Por si fuese poco, a don Gregorio lo agarran en
el aeropuerto, ya sentado en el avión, el teniente
Tirones y su nuevo auxiliar, el oficial Ñeto
Miranda. No parece ser un caso sólido pero le
achacan la muerte del enano Regis Azuela (un
desempleado de la novela anterior, a quien Vivas
mató por puro ocio literario), sobre todo por
estar vinculado con grandes pandilleros que
operan alojados en los suburbios de Artificio. Las
cámaras lo han grabado y, además, es incapaz de
explicar por qué le ha girado diez mil dólares a
un cartel de presos.
Así que, cuando el avión parte, la señora
gallina va sentada con su escafandra y
devorando una bolsita de escolopendras secas.
Tan en lo suyo está que ni se da cuenta de los
apuros de su salvador. Ya tendría de por sí ella
algunas horas por delante para tomar decisiones
tan pronto tocase tierra allende el mar.
La pobre Jacqueline, visto su fracaso como
cazafortunas, pues heredó millones de huevos
530
hervidos sin mayor valor en el mercado, tuvo que
empezar de nuevo. Se mudó a las costas del
Pacífico y dicen que por allí anda con una
canasta con huevos y tortillas, vendiendo gallitos
a los turistas. Tres por mil pesos, con buen
repollo. Sucede que, cuando las ficciones
fracasan, su devaluación es para siempre, y eso
del huevo y su valor en bolsa es algo sin pies ni
cabeza.
Si se fijan bien es contundente: los huevos son
así.
Aparte lleva un termo grande y vasos
desechables para el café, producto del que no
hablamos en esta novela, pero que fue, en su
tiempo, llamado grano de oro.
Todo es cosa de marketing, pura hablada.
Al narrador titular se lo han llevado dopado y
no vuelve en un buen rato. La verdad, Petra no
ha tenido que ver en esto, pero sí esos actores mal
nutridos que eran asiduos de Castillo. Yo no pasé
de decirles que no se arruinasen la vida y que una
paliza bastaba. Total, más tonto de lo que es ya
no se puede.
Vivas, como todos, es un rol más que exige toda
narrativa. Posiblemente insatisfecho de sí mismo,
se dedica a crear proyecciones de todo lo que ve,
531
pero tiene ese mal hábito de la zancadilla. Sin
embargo, jamás lo creí capaz de tanto. El
financiamiento ministerial para sus tales obras
completas no existe. El dinero proviene de algo
muy sucio: la venta de esclavos. Desechó
personajes que representaban el desempleo en
los jóvenes —con el afán de ahorrar planilla—,
cuyas carreras serán desplazadas por la
inteligencia artificial. De modo que pactó con
una cadena de almacenes de un mafioso y los
entregó. Lo peor es algo que hace con
frecuencia: estos desgraciados trabajan por un
plato de comida atendiendo tiendas con tremendo
grillete atado al tobillo.
Claro, Vivas nunca va a confesar sus
cochinadas.
Supongo que volverá un día no muy lejano o
morirá antes (porque yo no me creo que haya
sido incinerado tan fácilmente).
Entretanto, yo usurpo su sitio. Ahora, soy el
centro.
Fui yo quien suprimió el nombre del cura para
evitar malestares.
NI tiempo tuvo Vivas para decir que Iván y
Pancho siguen ahorrando para irse a Hollywood.
Abandonaron a su suerte al viejo Fermín y
532
emprendieron un negocito de manualidades,
gracias a la capacitación que les dio el viejo. Al
paso que van, llegarán a las inmediaciones del
monte Rushmore en los albores del siglo XXII.
Esta novela es algo extensa para lo común que se
publica en Malanga. Sugiero leerla y volverla a
leer porque de seguro le habrá costado un ojo y
la mitad del otro.
Siempre encontrará cosas buenas y malas,
como en la vida.
Yo aprovecho la vacante para firmar acá e ir
muy pronto por el cheque.
Salomón, novelista salvatandas y pensador
iluminado.
Un veintiocho de diciembre cualquiera
533
7. LA INEVITABLE VIOLENCIA
DEL EGO INSATISFECHO
PARA CERRAR ESTAS
FICCIONES SIN OBVIAR DAÑOS
COLATERALES
Yo, Adán Vivas, quiero hacer un ajuste de
cuentas para no confundir a nadie.
Tiempo atrás lo había dicho: Vivas es uno de los
narradores y, quizás, el principal, pero no soy yo.
Es un álter ego liberado de mis puritanismos. Yo
detesto a las gallinas; él parece que habla con los
animales o, acaso, es un animal. El sujeto sufre de
ciertas patologías que posiblemente le hayan
deparado ya un cierto expediente criminal. Tiene
cierta elasticidad moral y vocación arribista
insoslayable. Si él ha inventado o no a los otros
narradores es cosa que no puedo definir. El lector
más neonato me acusará de esconderme en otras
pieles para romper tabúes, pero es falso. Los
personajes se construyen a partir de determinada
humanidad y, en ellos, conviven como pares el
bien y el mal, la verdad y el descrédito.
Yo pienso que Vivas se adelantó, como pasa
también en el mundo real, a alguna jugarreta de
sus editores. La fama de estos sujetos es leyenda
negra, pero se queda corta. La forma cómo
jinetean con trabajos y dineros de un autor y de
otro hasta llevar al paroxismo la voluntad ajena
537
me parece que es cosa suficiente para que
cualquier ser humano termine cabreado.
Los rumores de la muerte del fulano me
llegaron también por recortes. Luego, igual que a
Petra, por redes. Finalmente, me llegó una caja de
zapatos y ya saben lo que había adentro: una oreja
de papel enorme. Porque Vivas era orejón
hiperbólico y mezcla de pulpa y de tinta, aunque
llevaba meses desmaterializándose intermitente
como un demonio digital.
No me duele su muerte, ni siquiera me molestó
cuando supe que los personajes se le habían
rebelado y lo aleccionaron. Quizá algo que haya
gestado el mal clima fue su broma de cambiar el
himno nacional de Malanga. Porque asumo que
era sólo un disparate lanzado por Vivas para
probar de qué estaban hechos sus interlocutores.
Desconozco qué conclusiones obtuvo. Tal vez lo
sobrevaloro y nada más pretendía ser, cómo
siempre, un asco de sujeto.
Su ausencia no suma ni resta: se cumplen todos
los ciclos que forman la vida y la muerte se asume
cómo corresponde.
Además, ha de saberse que la muerte en el
mundo de las ideas es caprichosa. Bastaría
sembrar la oreja de papel de Vivas en una maceta
538
con sustrato de vitamina B12 para traerlo de
vuelta en cosa de unos meses.
Entretanto, estoy pensando en hacer unos
muñequitos de Vivas sin la oreja izquierda que le
fue arrancada, como souvenirs para los fans. O
para los que le odien, da igual.
El poemita del señor Coronel existe y es cierto
que no entiendo su cronología. Será acaso el autor
un pariente homónimo. Yo tengo, o tuve, el
recorte entre los papeles heredados de mi padre,
pero era un réquiem por mi abuelo, de quien
heredo nombre y primer apellido. Era un poeta
granadino, bueno para la bohemia, la política y
los dardos verbales, pero falleció un año antes del
nacimiento del otro Urtecho, el famoso.
Esta especie de ajuste de cuentas no significa la
muerte de Malanga. Ni siquiera de su saga.
Aclaro que no me llega a convencer ninguno de
sus ghostwriters: ni el Déxter, tan bajo mundo; ni
el Salomón de la Luz Chueca, tan precario y
ufano a la vez.. Creo que hay muchas voces más
en la sociedad malanguense que me ayudarán a
articular su atmósfera.
Al fin de cuentas, la literatura debiese ser vida
y la misma transcurre en y con el pueblo. A solas,
la única certeza que tiene el alma es que está en
el proceso de apagarse. Cuando convive, se
539
alimenta, crece y el crepitar de las llamas genera
el lenguaje.
Me queda por saber la suerte del ratón. También
explorar qué demonios harán Petra, Isidro y
Mazapán en un mundillo cultural tan árido como
el de Ciudad Artificio.
Yo sacaré provecho tratando de poner en
quioscos y librerías las aventuras de la tropa.
Incluso las de esos malditos sicarios, la llamada
Banda de El Turco, bola de desquiciados. O de
los estudiantes informáticos que Vivas dejó
conscientemente a medio hacer porque —según
me dijo— “los oficios humanos no tienen cabida
en el futuro. La mayoría de profesionales se irán
a la mierda, menos los que son agiotistas y gentes
sin escrúpulos”.
Hay mucho camino en Malanga. Una topografía
irregular llena de secretos. Igual que en otras
partes, subsisten seres negados por la historia
oficial porque son prueba del fracaso de un
modelo de producción donde la norma es el
fracaso, pero no debe decirse.
Yo quise ser, de niño, ingeniero industrial. El
acceder a libros desde muy chico me hizo fácil la
lectura. Luego, doña Hilda Van Patten,
bibliotecaria del Liceo de Costa Rica en mis
tiempos de estudiante, me abrió con complicidad
540
de hada el acceso a las estanterías y al polvo de
los libros más interesantes, cosa de escarbar entre
los rincones del olvido.
Luego, por azar o lo que sea, fui librero unos
veinticinco años. Desde antes de la pandemia,
síntomas emocionales me hicieron entender que
ése no era el camino. No me gusta mucho, casi
detesto, tratar con determinada gente que puede
estar en cualquier lado: en la calle o la academia,
da lo mismo. Gente necia, en cualquier parte
aparece.
La solución, el retiro.
Y me dediqué a escribir. Y sé que, por ahora,
voy a gusto. Descarto personajes o técnicas según
me fastidie, porque sospecho que debo
evolucionar o esto se me tornará un viacrucis.
Lo mismo ocurre con los personajes, supongo.
Es que uno se traza metas que pueden ser de
profesión, de poder, de confort, de lo que sea.
Estereotipos que, sin embargo, posiblemente
funcionan distinto a lo lejos. Cuando por fin has
tomado el rol, puede que no encajes.
A eso llamo fracaso. ¿Qué hacer? Pues un
viraje. Y a explorar hacia adentro. O hacia afuera.
Porque algunos personajes y personas se dan por
hechos por la posesión de bienes o prestigio y a
541
otros, sencillamente, ninguna respuesta nos
conforma. Sólo la escritura, que nace de las
preguntas para domesticar fantasmas o para
diseccionarlos, puede al menos hacernos creer un
poco en algo.
En lo que sea.
Por eso Malanga, digo yo, padece de ciertas
lluvias existenciales, pero no tan frecuentes. La
idea es que queramos caminar juntos atados por
el asombro.
O por el patetismo que es intrínseco a la
condición humana, cosa de elegir.
Y porque Malanga se parece al mundo, al resto
del mundo donde las percepciones nos engañan y
la doble moral es moneda de todos los días,
espero que usted pasee por estas páginas
nuevamente.
Adán Vivas
542
EL ESCRITOR QUE HUYE DE SU
TEXTO
Usurpador, maldito Salomón. Asumo que gran
parte del descontento de los personajes fue
inseminado por inquietudes que fue sembrando
en el elenco.
Ya sabré comunicarme con Petra y deshacerme
de este engendro. Por ahora, me toca la
sobrevivencia, la clandestinidad, cuidar mis
espaldas paso a paso.
Porque me buscan, porque pesa sobre mí la
acusación de muchos crímenes. Así llaman los
puritanos a que la vida termine, cómo si no fuese
el natural oficio del demiurgo decidir sobre su
creación. Entretanto, me alimento de yerbas, de
tubérculos, de animales pequeños que destazo y
paso por las brasas mientras busco entender lo
que ocurre.
Dejé de separar con bastardilla aquellos textos
que pretendían ser apuntes sobre el proceso
literario y editorial porque algo muy grave ha
ocurrido: parece que el mundo narrado me ha
absorbido y me he integrado a él. O es una cosa
de percepción y la verdad es que la creación ha
ocupado mi mundo, robando mi autonomía.
En todo caso, la perplejidad me deja indefenso.
543
Voy saliendo con vida de la tercera novela de
Malanga, a pesar del intento de asesinato que
coordinó mi ghostwriter junto a la Banda de El
Turco, esos carniceros.
Me emboscaron, me dieron con tubos por la
cabeza y, sin embargo, estoy aquí: desperté al
tercer día.
Tengo un brazo roto y los dedos morados, luego
de las más cabronas torturas.
Por ahora, me dejaron ir bajo vigilancia.
Si vuelvo a meterme con ellos, yo seré el
borrado.
Cuando termine de maquetar esta carajada,
pienso rentar una cajita de seguridad para
prevenir que otros personajes quieran apoderarse
del texto. Cuando tenga las mínimas seguridades,
verá la luz.
Al imbécil de Salomón de la Luz Chueca, ese
bastardo, favor no hacerle caso. Creo que es un
aprendiz y mala persona. No de otra forma puede
juzgarse a quien pretende usurpar méritos de otro.
El final era más feliz —hasta con boda, lo juro—
y ese tipo, vil efectista, me ha ensangrentado la
trama para vender. Ah, y no dejaré que ocupe mi
lugar.
No he enloquecido ni robado el dios rata, mucho
menos contratos que no me atañen. Lo que pasa
es que fui sacado de todo a fuerza bruta. Me
robaron el álbum de recortes de la familia y ahí
544
iba el poema por la muerte de mi abuelo, que ese
impostor que dice ser mi álter ego, ha hecho colar
en nombre suyo.
Por ahora, corro entre los bosques más oscuros
en busca de una casa vieja, con bruja y caldero.
Me desharé de la titular y ocuparé su sitio bajo
un mito aún desconocido y, desde allí, volveré a
tejer insidia y desmadre.
Ahora me permito firmar porque el esfuerzo, a
pesar del descontento de tantos, es mío.
Sólo mío.
Vivas
Enero, 2023
545
APUNTES DE UN ESCRITOR
MIENTRAS BARRE LOS
ESCOMBROS DE UN
CIELORRASO POBLADO DE
PSIQUIÁTRICAS GALLINAS
Todo lo que un sujeto escribe deriva de las
fuentes que lo nutren. Claro que no se trata de leer
X texto para repetirlo o segmentarlo: un escritor
procesa, reinventa, se enfrente al legado recibido
y, de ser posible, lo cuestiona.
Por eso, en alguna parte del texto, evoco a dos,
tres o más fantasmas que marcaron mis pasos al
explorar y aprender el oficio de lo que Luisa
Valenzuela denomina para sí “el arte de la
hilandera”. Léase, aquel o aquella que teje.
¿Qué está ocurriendo en esta novela? Que no
puedo más: mis personajes no están contentos
con su destino y yo avalo eso. Me parece que es
sádico el demiurgo que ata a un personaje a
determinada condición, llámese dios o artista. El
ser que no decide, que carece de potestad de
rebelión, es un esclavo. Pasa mucho porque la
gente, en función de alcanzar un status o una cima
de prestigio, acaba sacrificando su vocación por
un ejercicio de la mediocridad sin cuestionarse
mucho: “hay que ganarse la vida” es parte de la
retórica del sistema que la religión nos interioriza.
Particularmente, los apóstoles y yo tenemos en
547
eso un grave disenso que solamente podríamos
dirimir yendo a los mecos.
Yo intentaba novelar un poquito sobre el dinero.
Avanzadas algunas páginas, fui descubriendo que
la realidad está llena de ficciones fracasadas, las
que llamamos mitos, y en las que mucha gente
deposita no sólo la confianza, sino su razón de
ser. ¿Cuáles…? Cada uno sabrá lo que agrega,
pero yo parto de la idea de felicidad, de status, de
las aspiraciones de medrar como metas del
sentido-sin-sentido de la vida.
Todas estas ficciones son, sin embargo, frágiles.
La crisis, la escasez, la especulación, entre otros
factores, erosionan el dinero. El prestigio se
derrumba no sólo por las faltas: también por los
rumores. Un divorcio te rompe un esquema de
vida que creías duraría para el resto de tus años.
El desempleo, cuando ya se ha entrado en la
década de los cincuenta, augura que la pensión se
hizo humo…
A eso me refiero con el fracaso. Narrativas que
no llegan a puerto y que consumen al individuo
las más de las veces.
Decidí, pues, explorar no sólo el sistema y las
ficciones conque nos presentamos en él para
darnos un lugar, un rol, sino también cómo nos
posicionamos ante esas ilusiones que llamamos
sueños personales y que funcionan como motores
de vida. Esas narrativas que nos hacen suponer
qué es lo que somos ante los otros: nuestra novia
548
o pareja, el patrono, el cura, los vecinos, los
colegas e incluso ante los desconocidos, porque
prejuzgar es simple: el ojo enfermo dispara
criterios a la primera y no se da cuenta de las taras
que le sesgan.
Ahora, peor todavía es denotar que no todos
caben en la sociedad. Hay desempleo,
analfabetismo, gente con salud quebrada que no
alcanza a pensionarse, etc. Casi todos ellos no son
exactamente responsables de su suerte, pero la
retórica reaccionaria es agresiva y les culpa de su
malestar para que se perciban fracasados y que así
nadie se nos ponga de rojillo a cuestionar
asimetrías.
Yo no creo que una novela sea espacio para
panfletarismos y echar cháchara sobre esto. Sin
embargo, imagino —porque me da la gana— que
el mínimo nivel de acidez que calza en un ser
humano es el de la insatisfacción: una reacción
que podría germinar en la conciencia de sí.
Lástima que el miedo a perder nuestro lugar en
el mundo nos paralice. Entonces, nos
condenamos a pasar codependientes de la
narrativa errada que nos cobija y a cumplir un
destino que nos parece ajeno.
En medio de ese despelote que es el imaginario
colectivo que nos impulsa desde diferentes
estímulos: las posesiones, el amor, el respeto, la
vida social y el resto de estímulos que recibimos
y nos hacen no cuestionarnos nada, yo digo que
549
cada sujeto ha de tener su momento de epifanía y
tal vez quiera preguntarse: soy esta persona, ¿y
ahora qué?
Pero si no lo hace porque el día a día es fatigoso
y las deudas y prisas nunca le acercan a un
remanso, esa persona quizá rebote de acá para
allá en busca del sustento monetario, de una
camisa de marca, un bolso ídem y —¿por qué no?
— un licor que lo aturda.
Yo, como dije, no escribo novelas de tesis, sino
que dejo las cosas abiertas a cierta
inconformidad, pero entiendo que el grueso de la
población no anda por allí filosofando ni mierda.
La más fácil —dicen— suele ser la respuesta
idónea y vivir la vida ya es de por sí un reto
descomunal. Así que me conformo con decir que
esta novela tiene que ver con roles y fracasos de
los personajes que los asumen —excepción tal
vez sea la Banda de El Turco, una pandillita de
inframundo que decide exigir un mejor papel en
una película de que la creen participar a cámara
escondida—, pero que la mayoría nunca toma
conciencia de ello.
Por pereza, por miedo a no dar la talla, porque
la narrativa posmoderna no debiese vincularse al
naturalismo o al resto de los ismos porque todos
los credos han muerto, esta novela habla de los
ciudadanos de Malanga, pero nadie asegura que
todo este despilfarro de aventuras tenga pies ni
cabeza.
550
En cambio, creo que sedimenta bien eso que
llamamos la naturaleza humana: la imperfección,
el trajín, el pan urgente que resulta necesario para
todos los estratos y que, penosamente, puede
trocar en avaricia.
De ahí deriva una montaña de humor negro y
gente caradura, eso sí.
Y no digo más porque estoy terminando; falta
aún pulir la trama, pero siempre me pican los
zancudos y acabo con las manos hinchadas y con
la certeza de que he dejado alguna cosa en el
tintero.
551
UN PRÓLOGO TAN
INNECESARIO QUE EL EDITOR
LO ENCAJA A LA FUERZA
DONDE SE LE VIENE EN GANA
Sería muy bonito afirmar que la gente piensa con
frecuencia, pero es una gran mentira. Los teóricos
de la economía parten de suponer la racionalidad
del consumidor para aplicar modelos que
pretenden explicar la realidad, haciendo caso
omiso de la presión social y mediática que cae
sobre el individuo y lo compele a consumir bajo
esquemas de ansiedad y de miedo.
Entonces, ¿de qué ente racional hablan estos
chavalos neoliberales? Ni puta idea.
Más todavía cuando el sujeto es analfabeto
cultural y se alimenta de signos que no logra
interpretar. Porque el mensaje hoy es la imagen
misma y las masas procuran mimetizarse con
aquellas conductas y poses icónicas, sin
preguntarse qué hay más allá.
Querer ser es enmascararse, ser condicionado
por la mirada de los demás. A pesar de ello, el
individuo es juzgado con crueldad pues esas
percepciones que le caen encima lo juzgan sin
conocerlo, y suelen divorciarse de la idea que
553
procura de sí. Las ficciones que simulan
organizar la sociedad —el status, el oficio, la
relación amorosa, la economía— son roles
condicionados por la búsqueda del éxito, del
reconocimiento ajeno.
Todo ello deriva de las ambiciones que nos
inyecta el sistema. El capitalismo genera un clima
rocambolesco donde lo cotidiano está
impregnado de estupideces y frustraciones en
función de lo que imaginamos como certeza: el
valor del dinero, del poder, la seguridad que
parece dar el aspiracionismo que recompensa a
sus acólitos con pequeñas sombras a la orilla del
poder.
Claro que uno no quisiera reconocerse patético,
pero el sistema lo es y, por ende, es posible que la
totalidad los elementos de esta ficción mayor que
abarca hasta los rincones imaginarios, estemos
impregnados de ello.
Entonces, ¿es posible que seamos una legión de
seres en cada individuo? Yo postulo que sí porque
la histeria que genera la presión social y la
multitud de fracasos que el sistema arroja sobre
las personas nos compele a reinventarnos para
escapar del dolor de no ser exitosos.
¿Estamos percibiendo la realidad cómo es? No
lo parece. Las narrativas intimistas nos suelen
554
contar una realidad mediada por un ojo
avergonzado de lo que ve. Creo que nos cuesta
sincerarnos: en el mismo espíritu del hombre
culto habita el salvaje más radical, capaz de
traicionar sus principios, aunque para ello deba
compartimentalizarse como estrategia para
tranquilizar su conciencia de tal forma que
nuestras máscaras no nos presenten conflictos
interiores.
Estoy hablando sin mencionarla aún de una
farsa novelesca que habla de todas estas cosas y
además de la inutilidad del dinero que puede
sustituirse por simples caramelos o por droga.
Algo no muy lejos de la realidad ahora que la
palabra narcoestado ya no es tan tabú y los
poderes a la sombra ya no sienten vergüenza de
las irregularidades cometidas.
Una tarde de éstas, dos años atrás, recordaba los
años ochenta y cómo los acuerdos de Estado se
traicionaban y, poco a poco, esto se volvía
práctica común. De allí vino el artificio de
insertar el papel fraudulento en el universo
narrativo de Malanga, una fibra hecha bajo
fórmula secreta cuyo éxito es borrar en 36 horas
toda escritura que se le haya cargado.
Y lo metí en Malanga.
555
Conforme se añeja esta historia, me doy cuenta
de que hasta los acuerdos son confituras para
seducir nenes, máscaras de seducción y que la
pluralidad misma que pregona la democracia
tiene mil y un condicionamientos porque todo,
todo se encuentra a la venta.
Otra cosa es que el pudor no nos deje enunciarlo
de frente: mire usted el modo cínico del político
contemporáneo de traicionar los idealismos:
prometer una agenda y desarrollar otra. Arrear
ganado con zanahoria y garrote es el paradigma
de los tiempos que corren y los topos ideológicos
abordan todas las instituciones hasta destruirlas
desde adentro.
Es lo que queda de la posmodernidad; un
mundo álgido e incierto percibido por mentes
alteradas que, más que pensar, se mueren por
acatar el mandato del sistema de comprar para
simular la pertenencia a un todo al que importa un
pepino el bienestar de los vivos, tanto así que si
el sujeto fracasa carga con las culpas, merced a
una narrativa que esconde el caos que significa
ser libre y condicionado por los falsos valores que
nos han convertido en fetiche y mercancía.
Yo digo que, ante tal barbarie, cualquier acto de
rebeldía resulta esperanzador. Y allí, donde
menos se espera, salta un ser humano que reclama
556
por su espacio y por su derecho a ser sin
manipulaciones mercantiles ni juicios
cosificadores.
Lástima que también suele tomar las ropas de la
impostura cuando ha podido reinventarse sin
ataduras y buscar, sencillamente, ser. 3
3
Esta cosa llamada abusivamente “Prólogo” nos ha sido
enviada tardíamente por el autor. Nosotros, cómo lo
respetamos tanto, decidimos incluirlo a última hora, pero el
diagramador nos quería volver a cobrar por alterar el
maquetado. Ergo, lo zampamos acá para ahorrar algo de
nuestro precario presupuesto y así no afectar el precio de tapa.
557
FICCIONES QUEBRADIZAS
1. LA FICCIÓN DE ATRAPAR EL AIRE .....................
CASA DE LOS ALUCINADOS ........................................... 1
DÍAS DE OBLIGADO REPOSO ...................................... 13
EL NEGOCIO DE VENDER HUMO EN LÍNEA ............ 19
EN LA BARRA DEL BAR ALGO SE APRENDE ........... 25
EL AMIGAZO ÑETO ........................................................ 33
PERSONAJES QUE NUNCA APARECEN EN LOS
CRÉDITOS ......................................................................... 41
CONFIDENCIAS DE PETRA ROMERO ........................ 49
COMPETIR EN EL MERCADO LABORAL ES
ESCABROSO ..................................................................... 59
SALIR DE TIENDAS EN TIEMPOS DE CRISIS ............ 63
HAY QUE SACARLE PROVECHO AL VALOR
AGREGADO ...................................................................... 69
MI QUERIDO SOBRINO, TANTO TIEMPO… .............. 79
DOÑA CARMEN DETESTA A SU MALDITO JEFE..... 83
UNO POR APUROS ENTRA EN CUALQUIER SITIO.. 87
MEDIDAS DE PURO PRAGMATISMO ......................... 99
ARTICULANDO TRETAS 24/7 ...................................... 103
EL DILEMA DOMINICAL ............................................. 107
2. EL EFECTO DOMINÓ DE PERDER LA FE .........
ENTRETELONES EDITORIALES O CUANDO EL
HAMBRE VENCE AL PREJUICIO ............................... 119
UN SUEÑO PREMONITORIO ....................................... 123
IDENTIDADES BLANCAS MALANGUEÑAS ............. 125
PROFESIONALES QUE AÚN GUARDAN OPTIMISMO
........................................................................................... 129
GLOSAS INTESTINAS DE ACONTECIMIENTOS
MARGINALES ................................................................ 141
IVÁN MANTIENE A RAYA A SUS PARIENTES ........ 145
DE CÓMO EL AZAR RESUELVE PORMENORES .... 149
RENATO BUSCA COLOCAR EL PAPEL
FRAUDULENTO ............................................................. 159
CAMBIOS DE ÚLTIMA HORA ..................................... 163
CAMINANDO POR LAS CALLES DE MALANGA ..... 167
CONVIENE BUSCAR NUEVOS AIRES ........................ 173
AGENTE CAMPOS, HIPO CAMPOS ............................ 175
LA REBELIÓN DE LOS EXTRAS ................................. 187
EL NARRADOR PROCEDE CON BUENAS
INTENCIONES ................................................................ 191
3. EL APURO NUNCA DA BUENOS CONSEJOS O
QUÉ PASA CUANDO SE QUEMA EL CPU DEL
ESCRITOR.........................................................................
PETRA SE SIENTA A REPENSAR SOBRE EL CAMINO
........................................................................................... 197
UN DEDO QUE RESTRIEGA LA LLAGA ................... 201
VIVAS HACE LAS PACES CON SU MENTOR ........... 205
LA NEGATIVA DEL HOMBRE OCULTO ................... 209
QUÉ BUENO VOLVERTE A VER, RATA DE CAÑO . 215
UN BRAZO SE ASOMA EN LA NEBLINA DE MI
PUERTO ........................................................................... 225
CASTILLO TIENE PODERES PERCEPTIVOS........... 229
A JACKY LE GANA LA PEREZA ................................. 233
MALANGA CARECE DE HUEVOS Y A VIVAS LE DAN
UNA ASIGNACIÓN ESPECIAL .................................... 239
LA URGENTE RECONVERSIÓN DEL NEGOCIO ..... 247
LOS PROBLEMAS DEL TRABAJO VIENEN CON
VARGAS A CASA ........................................................... 251
CADA UNO SE LAS ARREGLA CÓMO PUEDE ......... 259
YARDO MUÑOZ SALAS TESTIMONIA CONTRA SÍ
CON AYUDA EXTERNA ................................................ 263
GREGORIO PASTA, PATRONO DE LA FILANTROPÍA
........................................................................................... 273
MI ALIADA PETRA Y EL COMITÉ DE COMAS
NEGRAS ........................................................................... 281
UNA DIGRESIÓN QUE ALGO AYUDA ....................... 285
4. ESTO NO ES TEORÍA CUÁNTICA, SINO EL
DETERIORO DE ESTE CUENTO ...................................
EL NARRADOR SE QUEJA DE LO SENTADO QUE ES
SU ESCRITOR FANTASMA .......................................... 295
ANDRÉS ESCAPA POR LA DERECHA ....................... 299
EL GHOSTWRITER MALEDICENTE Y BOCAFLOJA
........................................................................................... 303
HIPÓLITO CAMPOS MONITOREA LA CIUDAD ...... 309
CASI UN PERENNE ESTADO SONÁMBULO ............. 313
UNA VISITA INESPERADA .......................................... 315
EL AGENTE CAMPOS SE CRUZA DE TEXTO A
TEXTO ............................................................................. 319
SALOMÓN DE LA LUZ CHUECA ANALIZA AL
TITULAR ......................................................................... 323
DE CÓMO DOS TORTOLITOS SE CRUZARON LAS
MIRADAS ........................................................................ 327
DEBEMOS SALIR DE UNA MALANGA QUE ESTÁ
CAYÉNDOSE ................................................................... 331
JACQUELINE BUSCA ASILO ....................................... 335
UD. SE EQUIVOCA DE NOVELA ................................. 339
COMUNICADO DE URGENCIA ................................... 345
ANOTACIONES MENORES DEL DIARIO DE UN CURA
QUE EXIGE ANONIMATO ........................................... 349
MONOLOGA LA INSATISFACCIÓN DE UNA STAR
SIN LUZ............................................................................ 353
SALOMÓN TANTEA EL CLIMA PARA BENEFICIO
PROPIO ............................................................................ 359
5. EL NARRADOR ABSORBIDO POR EL CAOS .........
ESTE SEÑOR ES UN BICHO PELIGROSO ................. 365
GREGORIO HA DEBIDO PENSARLO ANTES ........... 369
YO DEBO HABER VISTO ESTE TIPO EN OTRA
PARTE .............................................................................. 375
LA TAREA DEL HÉROE ES BLINDAR A LA GALLINA
........................................................................................... 379
PODRÍAMOS COBRAR POR LA VISITA .................... 383
APAGONES ..................................................................... 389
LOS TRES MUCHACHOS EN SU CHARCO ............... 397
APOLOGÍA DEL SEGUNDO DOCTOR PÉREZ ......... 400
LAS QUEJAS DE JULIA ................................................ 406
EL PROBLEMA DE TRATAR CON UN PERSONAJE
INGRATO ........................................................................ 408
DON JORGE ERA UNA ESTRELLA EN ASCENSO ... 418
EL AFFAIRE ROMERO- DE LA LUZ .......................... 427
PEQUEÑAS ESTRUCTURAS QUE SE QUIEBRAN POR
DENTRO .......................................................................... 433
MÁXIMO PRESIONA A TIRONES PARA QUE
RESUELVA EL CASO .................................................... 437
CRÓNICA DE LA ORFANDAD DE KARINA
JACQUELINE SOLARES ............................................... 441
LOS FRUSTRADOS CASTILLOS DE FERMÍN .......... 445
6. LA DERROTA ES ALGO QUE TE RECORRE
ADENTRO .........................................................................
LA CONFESIÓN DE UNA SOMBRA CONSPIRANOICA
........................................................................................... 455
LAS ESTRATEGIAS DE CASTILLO PARA CUMPLIR
SU PARTE ........................................................................ 461
FRÍO DESVARÍO CON INTERLOCUTOR PASIVO .. 467
SÍNTESIS DE UNA RUPTURA ...................................... 473
PETRA DUDA DE LA EXISTENCIA DEL MUNDO
LITERARIO ..................................................................... 475
SOLUCIONES METAFÍSICAS PARA PROBLEMAS
PECUNIARIOS ................................................................ 479
SOPLAN VIENTOS FINALES ....................................... 483
UN DIÁLOGO ENTRE PAREDES REBOTANTES ..... 487
LOS RENGLONES TORCIDOS DE DOS ..................... 491
LA DECEPCIÓN DEL FUTURO ................................... 499
PERCEPCIONES CONDICIONADAS DEL PODER ... 507
PRESO DE LA PSIQUE .................................................. 511
EL NIHILISMO DE LOS EMPRESARIOS
DERROTADOS ................................................................ 519
PASTA ES OTRA MENTIRA ......................................... 525
EL PEOR DE LOS EPÍLOGOS ...................................... 529
7. LA INEVITABLE VIOLENCIA DEL EGO
INSATISFECHO................................................................
PARA CERRAR ESTAS FICCIONES SIN OBVIAR
DAÑOS COLATERALES ............................................... 537
EL ESCRITOR QUE HUYE DE SU TEXTO ................. 543
APUNTES DE UN ESCRITOR MIENTRAS BARRE LOS
ESCOMBROS DE UN CIELORRASO POBLADO DE
PSIQUIÁTRICAS GALLINAS ....................................... 547
UN PRÓLOGO TAN INNECESARIO QUE EL EDITOR
LO ENCAJA A LA FUERZA DONDE SE LE VIENE EN
GANA................................................................................ 553