28.01.2025 Visualizaciones

FICCIONES QUEBRADIZAS primera edición digital- novela

Ficciones quebradizas es literatura posmoderna, cínica e inconforme cuya mirada cuestiona aspiraciones, mandatos sociales, roles, mitos del mercado y máscaras identitarias que confluyen en la ciudad de Artificio, la cual aspira a reflejar la crisis de los relatos en la nos hemos sumergido.

Ficciones quebradizas es literatura posmoderna, cínica e inconforme cuya mirada cuestiona aspiraciones, mandatos sociales, roles, mitos del mercado y máscaras identitarias que confluyen en la ciudad de Artificio, la cual aspira a reflejar la crisis de los relatos en la nos hemos sumergido.

SHOW MORE
SHOW LESS

¡Convierta sus PDFs en revista en línea y aumente sus ingresos!

Optimice sus revistas en línea para SEO, use backlinks potentes y contenido multimedia para aumentar su visibilidad y ventas.




FICCIONES

QUEBRADIZAS

Adán Vivas

Novela


Ilustración de portada, Fragilidad, (diseño digital)

Edición del autor

Corrección filológica; Esteban Gutiérrez Vargas

© Adán Vivas, febrero 2025

Todos los derechos reservados; Se permite el uso libre de esta

obra para fines de ocio y educativos, pero no se permite su

venta o cualquier forma de explotación. Evidentemente,

exigimos citar la fuente cuando corresponda usar el

contenido.

ISBN ISBN 978-9930-00-092-2 primera edición digital

Correo: identidadesvivas@yahoo.es

Cel. (506) 8849 9665

Impreso en Costa Rica

Nuestros libros son hechos sin ayuda de ninguna inteligencia

artificial, pues nos preocupa la atrofia de las facultades

humanas y el mimetismo pobre que pueda generar la

tecnología para usurpar la condición humana.


Hay un avión

Hay otro avión

Hay una gallina

Que vuela alrededor

Alguno de ellos

Se puede desplomar.

Solamente una

Se puede desplumar.

Canción popular de ronda

de la comunidad de

Costa del Lodo, Playa Humo

Semanas largas sacrificadas;

Trabajo duro, muy poca paga.

Desocupados, no pasa nada.

¿En dónde está la igualdad deseada?

Represión,Los Violadores (Chalar/Fossa/Grammatica)



Al capitalismo salvaje que ha hecho, de la ciudad,

un hábitat para la esquizofrenia.



1. LA FICCIÓN DE

ATRAPAR EL AIRE



CASA DE LOS ALUCINADOS

—Joven, la carrera del futuro son las ventas.

Nosotros ofrecemos un modelo innovador.

Aunque sea profesional, tómelo. Abriremos un

posgrado para vendedores de milagros. Empieza

en marzo.

La verdad, creí que era broma. Que uno acuda a

especializarse gerencialmente y le salgan con esto

es ridículo. Pensé en no llegar a sentarme y dar la

media vuelta.

—Escúcheme—, volvió a decir el viejo de

corbata azul, con canas teñidas de azabache—.

Ud. sabe que el mundo va a las ruinas. Estamos

produciendo de todo lo que no se necesita, los

mercados se llenan de productos obsoletos. Los

mercaderes, a mediano plazo, quebrarán. Hacen

vender como chatarra todo excedente para no

detener el modelo, pero el modelo se agota. En

cambio, vender milagros es un oficio sin riesgo:

no implica existencias en bodega, ni insumos,

solamente es necesario tener grandilocuencia y

convencimiento.

—Eso es estafa— le dije, algo enojado ya.

—Se equivoca de pe a pa. Si a usted le piden

algo que no puede dar, pero recibe el dinero,

1


estafa. Sin embargo, la gente anda apurada

comprando esperanza y eso, mi amigo, es

intangible. Los intangibles se concretan en

palabras, ¿sabe? Pues si usted es un mago que

puede inducir a su cliente a vivir la subjetividad a

la que aspira, lo hace. Debería saber que hay

mucha gente que no vive sin engañarse. Hasta

contrata a otros para ello.

—Eso se llama coaching, creo.

—Nos vamos ubicando. Parece esclavitud, pero

es voluntaria. Acaso sea más destructiva, pero no

es nuestra culpa. La gente, por ambición, está

abierta a todo deterioro. Hasta delega la voluntad

a cualquier extraño que le ofrezca el éxito.

—Me espanta. Yo tengo reparos morales.

—Y, ¿cree que es el único? Lo que pasa es que

hablamos de sobrevivencia. A futuro, las

corporaciones no van a necesitar del ser humano.

El empleo cae porque la maquinaria se sostiene

sola. El ser humano se vuelve una molestia

innecesaria. La gente, para seguir adelante, será

salvaje con tecnología. Es decir, más peligrosa.

Entonces, van a necesitar montones de soporte

emocional, de gente que les diga qué es lo que

ellos quieren, que les exijan excelencia, les

anulen la voluntad, pero a cambio, les transforme

en eficientes gusanos.

2


—Así no va a vender nada, don José. Ha debido

ser más positivo—. Cuando digo esto, veo una

mancha de tinta azul en mis dedos que trato de

quitar con el pañuelo.

—Exacto. A la gente hay que decirle lo que

quiere. Si está desorientada, dibujarle un camino.

No importa que vaya a ninguna parte. La cosa es

no sentirse tan desamparado como un ciego—. El

hombre pone la mano abierta sobre la mesa para

hacer notar la contundencia de su idea.

—Eso suena a ser un lazarillo—. Escucho el

tictac del reloj de la pared y no sé si me estoy

irritando o distrayendo.

—Equivocado. Un lazarillo tiene un sólo

cliente. Además, es su paje. En cambio, un

vendedor de ilusiones, de milagros, de

autoestima, no tiene porqué someterse a la agenda

de su clientela. Ésta es abundante y tiene la

dinámica vital de un hormiguero. Algunos se

quedan en el camino, pero no hay tiempo de ir por

ellos porque van llegando más. Tal vez se puede

decir que funciona como una pirámide de Ponzi,

siempre que uno sepa de algunas cosas legales y

establezca territorios y franquicias. Le voy a decir

la verdad, esto no es nuevo. Nosotros copiamos

el operar eficiente de modelos religiosos que han

levantado emporios de la nada. Hoy día tienen

tentáculos en el poder financiero de mil maneras.

3


—Y, ¿qué pasará cuando ustedes gradúen miles

de sujetos así? El mercado, igual pasa con todos

los profesionales, castiga la abundancia y paga

mal.

—No se equivoque. El sistema seguirá

necesitando algunos capataces y recurso humano,

pero escasamente. Estarán a cargo del lado

salvaje de la civilización. Tendrán tareas infames

de control y represión. De expulsión de los

elementos innecesarios o caducos. La nueva

forma del verdugo es un hombre que tiene a su

cargo las planillas. ¿Quiere un café?

La joven del módulo adjunto escucha y se

incorpora. En segundos, coloca en la mesa un

café y dos donas glaseadas. Yo sigo engarzado en

preguntas con mi interlocutor que parece carecer

de escrúpulos.

—Y, ¿para qué servirán los hacedores de

milagros en una sociedad tecno? Es evidente que

los ejecutivos que permanezcan en la empresa

serán los bien pagados, los dueños del futuro—.

Tomo un par de sorbos de mi taza y muerdo una

dona.

—Imagínese lo que es tener poder sobre ellos,

sobre su poder de compra. Dominarlos,

humillarlos y convencerlos de que obedecen por

su bien. De paso, ellos limpian su conciencia,

4


pues se dirán que tratan a sus subordinados de la

misma manera. Es decir, lo asumirán como valor.

Ya a estas alturas, yo cabeceaba. Sentía pesados

los párpados y la voz de don José me parecía

lejana. Creo haber derramado el café sobre el

escritorio del hombre antes de perder el sentido.

La operación resultó perfecta. Para dar tiempo a

que la cicatrización avance, hemos decidido

sedarlo varios días. Cuando se borre la herida, le

haremos quitar el sedante y lo mandaremos a

entrenamiento. Puede que necesite tomar

medicamentos, pero hasta allí no llegaremos. Eso

lo resuelve el sujeto por instinto. Si se siente mal,

busca doparse. Y es todo lo que necesita: algún

calmante, porque creerá que su dolor viene de la

colitis, cosas de una insana dieta. Según

evolucione, lo tendremos bajo control durante

unas semanas. Entretanto, todo el ambiente

controlado. Lecturas, música, experiencias, pura

PNL. Con el cerebro lavadito, nos dará réditos.

Luego, a la calle para que ejerza su nueva

destreza y empiece a retribuirnos. Todavía nos

falta reclutar veinte elementos este mes. Don José

lleva catorce elementos él solo. Pensar que

cuando él nos propuso este mercado, nosotros

5


temblamos ante la idea de la transgresión… Nada

que temer, al contrario: crecemos como locos.

La información se compra o se rastrea. La

gente, merced a su ingenuidad, cae pronto.

“Participe gratis en la rifa de un carro del año”,

cosas así y se van de cabeza. Pinchan el enlace y

todo hecho. Muchos de los perfiles son, para

nosotros, inútiles. Sin embargo, hasta los datos

tienen potencial para desarrollar nuevos

productos y estrategias de venta. Hay que pensar

que todos o casi todos los que se dejan ir en una

oferta de éstas, son vulnerables a la ideología del

milagro. Vos les decís que el cielo tiene cuota y

ellos venden el alma para cumplirte.

Vargas fue uno más. Cuando accedimos a sus

datos, nos pareció perfecto. Cuarenta y cuatro

años, atlético, O negativo, sin cirugías previas,

sin parientes cercanos. Dueño de una casa en un

pequeño lote de los barrios del este. Matemático

y docente, aspira a especializarse en gerencia.

Pinta muy bien, pero lo que es el mundo: la falta

de contactos laborales lo tienen trabado y se

dedica a hacer contabilidades.

Ahora que se reintegre al mercado, trabajará

para nosotros. Una parte de todas las operaciones

que haga las desviará a nuestras cuentas,

consciente o no. Porque aparte del

adoctrinamiento, nada más poderoso que un chip

6


para asegurar la fidelidad de nuestros

colaboradores.

Si no ha salido de inmediato, es porque no

queremos un esclavo que reciba una descarga

cada vez que se rebela, sino una pieza dócil

convencida de estar viviendo su propia vida,

aunque los beneficios le lleguen marginalmente.

Necesitamos seres felices alienados, cómo lo

quiere todo sistema.

Lo primero es convencer a Varguitas de

deshacerse de su propiedad. Si todo sale bien, la

anuncia barata en la prensa y un delegado de

nosotros va y le hace un giro simbólico. Allí

podría instalarse otro albergue. Después, basta el

monitoreo vía citas de chequeo y un poquito de

guía espiritual.

Hay gente nuestra en muchas partes,

afortunadamente. Es cuestión de dar

instrucciones y este hombre recibirá

direccionamientos que no reconocerá: adonde

queramos que vaya, llegará y desde allí, le

sacaremos provecho (léase dinero).

Sus signos están estables. Este cabrón debe

estar soñándose con un paraje en el Caribe y un

fiestón.

En dos meses, lo mandamos a casa y será otro

sin que se note demasiado.

7


Trabajar acá es una mierda. Todos están en la

luna y dicen ser algo, alguien. Ya se fue el carajo

que decía ser una máquina de palomitas. El

hijueputa se andaba cagando en los corredores,

cómo si fuese a convencernos. Sé que se fue

porque no está, pero el egreso no está registrado.

Uno trabaja por el salario mínimo más las horas

extras. De otra manera, un peón agrícola ganaría

más que nosotros. Y porque no nos piden cuentas

de las cosas, si nos encontramos algo, lo

regalamos, lo vendemos y nadie pregunta.

Ahora, que haya un imbécil que busca armas

para escaparse porque dice que lo secuestramos,

nada que ver. Allí nomás está la puerta abierta.

Les decomisamos ropa, cuchillas, anillos, relojes

y otras cosillas, básicamente para que no se hagan

daño entre ellos: así no van a querer asaltar a

ninguno, porque nada hay que robar.

Yo sé que esto es un negociazo, pero para la

fundación. La caridad recibe platas a lo loco y

gran parte se va en lo administrativo. Luego, los

cargos importantes reciben auto del año,

apartamento en condominio, viajes a congresos,

etc. Con lo que queda se contrata personal y

víveres para los socorridos que son, cómo ya se

nota, locos sin tratamiento. Las personas que

fundaron esto son asiduas de la elipsis y le

montaron un nombre bobo: Casa de los

8


Alucinados. Así, cuando hay pocos locos, invitan

a algunos poetas de mal vivir y les sacan fotos.

Eso les sirve de lujo para justificar ante los

benefactores como impulsadores de grandes

proyectos de reinserción social.

Morales se hace llamar el último ingresado.

Dice ser un presentador de TV y que tiene

inversiones en China. Que entró acá para sacar un

posgrado y que nosotros lo sedamos y le robamos

todo. Mentira, no tenía ni cien mil pesos y los

anillos, oro laminado.

Pero nada le echamos. Sencillamente, se

desmayó. Pasa a veces cuando un diabético se

echa un trago de azúcar. Nosotros no lo sabíamos

y le ofrecimos un par de donas.

Y, sin embargo, no entiendo a qué vino. Nuestro

logo afuera es un cucharón sopero que indica

caridad. En ninguna parte se refiere a cursos

universitarios o técnicos. La casa tiene el repello

cuarteado de los caserones sin mantenimiento. Y

en los corredores, se sientan los chiflados a mirar

unas bombillas suspendidas a gran altura, que

hemos dispuesto estratégicamente. Cuando ven

encender la lamparita, se desconectan y parecen

alcanzar un estado catatónico.

La vez pasada vino un vicepresidente

norteamericano, pero su bolsillo no tenía un peso.

9


No sabíamos qué hacer. Le dimos un tazón de

sopa caliente, pero no le dimos pijama. Nosotros

les dejamos reposar unos días, pero necesitamos

de cierta productividad. Que consigan dinero

cómo sea. Este lugar ha de ser autosustentable,

porque nadie trabaja de gratis. La comunidad ni

siquiera conoce de las ayudas externas que nos

llegan, porque si lo saben, se van a sentar en la

cazuela.

Está ese idiota que dice ser médico y que en

realidad fue un filósofo al que jodió la heroína. Si

le damos vía libre, nos corta a todos. Es al único

que solemos medicar, para que nos deje

tranquilos. Hemos pensado sacarle provecho

como cara de campaña, pues es el que se ve más

jodido. En diciembre, deberíamos hacer una

campañita con algunas emisoras de radio y de TV

y carajillos de cole que recolecten billetes en las

calles. Diez o quince carros nos ganaríamos fácil,

pero eso es otra cosa. Uno acá es un asalariado y

no va a matarse por la vieja bruja ésa, la prima del

señor embajador, que se sacó de la manga esta

choricera.

Don José es el papá de la jefa, que es decorativa.

El mando lo ejerce su marido, que conoce bien el

chorizo. Ambos aprovechan que el viejito

chochea, para imbuirlo en esta estafa. Lo han

entrenado para que piense que está vendiendo una

10


capacitación y muchas veces habla solo. Lo verá

así, siempre: las dos donas y un café frío sobre el

escritorio. Él imagina reclutar sujetos con el

poder de su palabra. Y claro, cómo es padre de la

susodicha, no importa que nunca aporte una

peseta. Es mucho lo que se ahorra la vieja al no

necesitar de un asistente de pacientes privado.

Hay que estar ojo al cristo con los impostores,

eso sí. Son muchos, gente que se queda cesante o

que los echan de casa. Para no tener que pasar a

la intemperie, se hacen pasar por loquitos.

Inventan lenguajes catárticos, como pasa con

algunos grupos religiosos; hablan con su abuelo

muerto y hasta lo abrazan; se suben al techo de la

casona del costado, simulando ser palomas que

quieren tirarse. Son cinco pisos. Uno que otro no

está fingiendo y se tira. Entonces, si queda vivo,

le tomamos los datos para que, cuando salga del

hospital, se integre a nuestra comunidad. Pero la

mayoría blofea y, para nosotros, eso no es

negocio.

Es que nos puede poner en evidencia. Un asilo

de locos que recoja menesterosos al azar, no

estaría haciendo bien su función. Si resulta que

uno de estos chavalos se encuentra sano y

consigue un empleo, nos meteremos en

problemas. Van a descubrir que esto es una vil

cuartería, donde cae cualquiera y entonces

11


vendrán los tombos a hacer requisas, colchón por

colchón.

A mí no me preocupa que la manada salga a la

calle y que algunos se pierdan, o se mueran.

Siempre hay gente en mal estado, suficiente para

este mercado. Deberíamos tener más albergues.

Yo he debido ponerme uno. Es cosa de asociarse

con dos o tres bribones y repartirse el trabajo.

Palabrear a alguien con un caserón para que lo

alquile o, con suerte, lo done al proyecto.

Lo malo es que estas operaciones necesitan de

gancho político; y yo, como pelado que ando,

estoy frito. En cambio, hay que ver a doña

Claudia, si hay cámaras viene, la filman, la

retratan, la entrevistan. Tan pronto eso ocurre,

desaparece.

Y no la volvemos a ver hasta la próxima

función. Ni siquiera puedo decir que la haya visto

detenerse a charlar con su padre. Es tan clasista

que le molesta saludar al personal de su propia

empresa.

Vea, el capitalismo es como esa casa donde

todos la pulsean para hacer dinero y pocos se lo

llevan, ¿no?

Nos queda alzarnos lo que podamos, cuando se

pueda.

12


DÍAS DE OBLIGADO REPOSO

Renato lleva cuatro días de estar en casa y

medicado con antibióticos. El hombre, tirado en

el sofá, mantiene en alto la pierna izquierda: se le

nota hinchada y rojiza, a la altura de la pantorrilla.

—Sería bueno que te veás esa herida, Renato.

Dirás que el perro estaba sano, pero tenés la

pierna fea y van tres días.

—No fue nada, mujer. Lo que pasa es que los

animales tienen el hocico sucio. Me tomo las

medicinas y, en una semana, estoy de a tiro otra

vez.

—Me parece una estupidez que creás que

vamos a salir de pobres, saqueando la bodega de

tu expatrono. Recordá que eso es producto

clandestino. En el cuarto de los muchachos no

cabe una caja más.

Tres gallos de chorizo con repollo y un café

negro. Eso es lo que despacha, a las diez de la

mañana, el convaleciente. Hay que aprovechar

que, a esas horas, no hay fiebre.

—No aspiro a tanto. Es sobrellevar la tormenta.

¿Qué íbamos a hacer si no nos liquidaron? Y no

soy el único: Lorna, Cloti, Toño, Morera, los

conserjes. Hemos pactado dosificar los hurtos

13


para que esto dure y que tengamos sustento. Lo

jodido sería que alguno quisiera llevarse todo.

Las cosas marchaban bien. Mi jefe transaba ese

papel extraño con el Estado, que emitía bonos

basura y papeles sin respaldo. Hasta lo usaban a

la hora de firmar acuerdos con sindicatos que, a

la hora de presentar demandas y reclamos,

encontraban las hojas en blanco absoluto.

—Pues es claro que nada es para siempre.

Manada de ladrones, los políticos y don Gregorio

Pasta, transando con ellos. ¿Cómo no pararon en

la cárcel si sabían todos? La complicidad también

se paga.

Renato anda una camiseta sin mangas que, a

estas alturas, ya tiene varias manchas del

desayuno. Hacia las cuatro de la tarde es cómo

ver un mapamundi o un furioso abstracto:

mayonesa, salsa, café, sopa. Así que no le importa

limpiarse las manos en el borde de sus prendas.

—Creo saber quién puede comprar estas cosas,

pero es gente peligrosa. Hay un intermediario.

Hay que aprovechar para vender el stock antes de

que la fórmula se haga pública. Dicen que el

secreto es un baño vegetal sobre la hoja en

blanco, pero qué va. El jefe probó replicarlo

mediante varias recetas, pero las hojas se

14


desbarataban con la humedad o quedaban sucias

como la más infecta servilleta.

—Tenemos pesos guardados cómo para un par

de meses. Algo hay que inventarse que no sea

polaquear. Ya viste la vez pasada que todo el

mundo compra, pero nadie paga. Siempre la

crisis, el desempleo. Ahora, la inestabilidad de la

moneda que pasa de veinte a quinientos y vuelve

a caer a cien. La gente quiere cosas, pero se

resiste a pagar justo. Por cierto, la huertilla, ahí

atrás, no sirve. Está llena de hormigas y

solamente respetan las matas de chile.

—Estaba pensando en lo de la seguridad social.

El presidente dijo anoche que está quebrada y

hace rato que le hacen ojitos al fondo de

pensiones para que se lo alcen los grandes

banqueros, dizque que para invertir en bolsa.

¿Sabés que el jefe se tiró porque perdió en la

bolsa quince millones de dólares? ¿Y si pasa de

nuevo?

Creo que, si don Gregorio fracasó, ha sido por

falta de contactos. Fíjate que robarle al Estado es

cosa de tener los necesarios amigotes. Ahí está el

viejo judío de la fábrica de empaques que le

amarró 60 millones de verdes a la banca estatal y

ni siquiera pagó liquidaciones de planilla. Claro,

era cuñado del expresidente…

15


—No te pongás negativo y mordéte la lengua.

Hay cosas que se dicen bajito, solamente en

bajito. Saldremos adelante. Tan pronto se te pase

lo de la pierna, encontrarás trabajo. Entretanto, yo

hago lo que puedo. El anciano que cuido, por

ahora, no pinta morirse pronto.

—Pues te cuento que tengo calambres más

fuertes en la pierna y la herida se ve mal. Está un

tanto violácea e hinchada, más oscura. Puede que

tenga fiebre. Creo que nos toca ir a emergencias.

No he ido antes porque después me ponen la

antitetánica y el tratamiento de rabia. Y capaz me

preguntan cómo ocurrió y yo no podría explicar

por qué me ha mordido un callejero, si casi

siempre son mansos. Además, no voy a reportar

cuál es. Vos sabés que los matan y les cortan la

cabeza.

—De acuerdo. Dejáme ver un poco de chismes

mientras te bañás. Es el colmo que, ahora, las

noticias nada más hablan de esa farándula de

barrio bajo. No nos enteramos de hacia dónde va

el país más allá de los negocios que benefician a

la clase política.

—Pasáme la muleta. Voy a buscar la ropa y a

rasurarme. No me gusta que me vean sucio en la

calle, pues la gente todo lo juzga.

16


—Ah, el cuarto de los niños no es el mejor lugar

para el papel. Me parece que se cuela el agua.

Pensá si lo podemos subir al fondo del cielorraso.

—Tengo que revisar bien. El exceso de calor

también podría dañarlo. Creo que haremos la

prueba con un par de resmas. Si soportan,

acondicionamos, porque pretendo traer más

cajas.

Renato calcula que en las bodegas del tercer

piso del ahora edificio abandonado donde estuvo

ubicada la Nacional del Papel, hay pan para el

resto de su vida. Desde la aparición del papel

fraudulento, cuya exclusividad la empresa

consiguió en un contrato de cincuenta años, la

empresa despegó. Cuando el resto de los pisos del

plantel se fueron desocupando por el vencimiento

de contratos, Gregorio Pasta optó por expandirse

y llegó a pactar por un buen precio el alquiler de

la infraestructura completa. Al final, lo compró

por un bajo precio y un único pago y, entretanto,

fue diversificando inversiones y negocios. Ahora,

el local se encuentra clausurado por la policía

judicial indefinidamente. Mientras se desarrollan

las pesquisas, acumula polvo y bichos, pero

siguen llenas las bodegas de distintos materiales.

Ha sido una bendición eso de tener un segundo

juego de llaves de todo, medida que tomó el jefe

de conserjes a sabiendas de que el manojo se le

17


perdía con intermitencia, consecuencia de tirar

las cosas en cualquier parte por no controlar los

nervios o distraerse porque le hablaban desde el

costado derecho, desde el izquierdo, desde la

espalda y desde el intercomunicador lo

convocaban a presentarse cinco plantas arriba.

Atontado más de lo habitual, sólo acataba a

lanzar las llaves en un gancho o sobre una

superficie alta.

Rara vez recordaba sobre cuál.

18


EL NEGOCIO DE VENDER

HUMO EN LÍNEA

—Sr. García, ¿en qué podemos servirle?

—Compré en línea una licuadora de diez

velocidades, marca Patitostar, de las de moda. La

que recibí ni siquiera encendía. Ahora, me dice el

operador que, aunque no tienen existencias, no

pueden devolverme el dinero.

—Efectivamente, nuestro centro de llamadas

está en Asia. Hablan perfecto castellano,

¿verdad?

—Supongo, pero ¿por qué facturan lo que no

hay? Quiero mi plata.

—Para eso están los supervisores. Voy a

generar una queja y nos comunicamos con usted

en cinco días hábiles. Temporalmente no puedo

hacer más que eso.

Jonás García se queda en línea hasta que el

sujeto que lo atiende le dicta un número de

control. Entonces, lo apunta en un papelito que

luego cuelga con un imán en la puerta chica de su

nevera.

Hoy no hay batido. Allí tiene el enorme tarro de

proteína, con sabor a mierda, que compra

19


puntualmente para ordenar un poco su

organismo. A veces, lo saboriza y, sin embargo,

así tragarlo es una experiencia de castigo. En

momentos como éste, se pregunta si no debiese

hacerse el maje y comer a todo dar.

En ocho meses, ha bajado diecisiete kilos y ha

subido once. El balance sigue siendo

medianamente positivo y eso implica una talla

menos en los pantalones. Es que la ropa para

gente grandota es cara, demasiado cara.

Hace años ya, optó por los servicios de una

costurera, que vive a unas siete cuadras de su

casa. Él pasa a comprar cortes para las camisas,

generalmente lisos y frescos. Usa jeans de

mezclilla que compra directamente en alguna de

las tiendas de marca. Habitualmente no encuentra

disponible su talla en las tiendas y eso le molesta.

En ocasiones, por pendejo, por no caminar

mucho para ver calidades y precios, se permite

esas aventuras de comprar en línea. Los precios

no mejoran mucho y los cambios en la legislación

convierten en albur el asunto aduanero.

Perfectamente podría comprar, sin darse cuenta,

una oferta que pague más en tributos y agencia

aduanal que el precio del bien y eso no es

negocio. Podría venir dañado como ahora o ni

siquiera recibirlo, pues no es culpa de los

almaceneros que se facturen cosas que no hay en

20


inventario, ya sea porque se acabaron, porque

están defectuosas las pocas unidades que quedan

o porque algún operario decidió tomarlas como

suyas.

Ya van cinco o seis experiencias así. Incluso

tuvo una cuenta de courier a crédito, como cliente

frecuente, pero una vez le endilgaron una factura

extraña. No venía dirigida a Malanga, sino a un

edificio X, de Colorado, USA. No se sabe quién

usó la cuenta para el envío o quién lo autorizo,

aunque se supone que solamente él, Jonás, sabe

la clave. Es el cuento de seguridad de las

compañías, donde todo, finalmente, es

manoseable.

Esa ocasión fue peor que un calvario. Semanas

llamando para ver el avance, esperando en línea,

escuchando el menú numérico hasta que

apareciese alguien que dijese ser mexicano,

boliviano o chileno, pero que apenas parecía

entender el idioma común. Lo único que pudo

lograr fue que emitiesen la nota de crédito de un

servicio que nunca pidió. Habían transcurrido,

para entonces, siete meses. No llegó a conocer

qué contenía el paquete; las empresas logran ser

herméticas con su contraparte gracias al truco de

cambiarle el interlocutor al cliente etapa tras

etapa. Así que, al tiempo, cerró la cuenta de

21


paquetería, pero la adicción de comprar en línea,

nunca.

Los primillos le han dicho que se asocie con

ellos, que eso es un negociazo. Nada más hay que

informarse bien, traer gangas a gusto del cliente

y sacarle sobreprecio. No obstante, García conoce

la tuza con la que se rasca y que sus parientes son

irresponsables, pendencieros, capaces de vender

cosas mal puestas sin reportar cuentas jamás. Es

por eso que siempre les sale con una larga y otra

corta. O se limita a sacar cervezas del freezer,

convidar y cambiar de tema hacia el fútbol.

—Suficiente, ¿para qué putas estamos hablando

de este tipo? ¿Lo vamos a hacer candidato, santo

de palo, o qué?

—Hacia allá vamos, cabrón. Dejáme continuar.

No te das cuenta de que es el candidato ideal para

que le demos por la cabezota. Yo me enteré sobre

este sujeto gracias a un narrador borracho que

estaba en Las Monedas la noche antes de mi

detención. El tipo andaba tan mareado que

hablaba solo y creía tener a su lado media

comunidad. Yo creo que es demencia senil

temprana.

Tenemos que construir un producto que deje

turulato a ese Jonás. Tenemos que averiguar sus

22


gustos. Que si una muñeca inflable, que si una

tienda de campaña o un juego de sala. Lo de la

licuadora apenas fue una prueba. Ahora lo

haremos desde otro teléfono. Necesitamos saber

cuánta plata maneja y, si es meritorio, le hacemos

el phishing. La cosa es que allí tenemos a un

demente, un comprador compulsivo, y eso es una

mina. Deberíamos estudiarlo un poco. Fíjate

quién no está detenido estos días y que se vincule

con él. Es cosa de unas birras y que sea

medianamente inteligente.

—Ñeto salió ayer, con condicional. Sacó la

secundaria, viajó unas tantas veces y lee un poco.

Hay que darle buena ropa y que busque al

narrador en el bar para que sepamos dónde está la

casa de Jonás. Habrá que amistarse con él para

sonsacarle afectos y costumbres.

—Decíle que vaya bañado y sin drogarse. Que

nadie sospeche ni papa.

23



EN LA BARRA DEL BAR ALGO

SE APRENDE

—Vos no tenés información; yo, tampoco. Lo que

nos llega es un alud aleatorio de imágenes y

frases sueltas, basura comercial emitida por

partes interesadas. Lugares comunes, spots,

farándula, marcas de ropa, medicamentos,

promesas políticas, descalificaciones, rumores

de ruina.

Lo peor es que, a partir de ello, tomamos

decisiones. Nos movilizamos a ciegas.

Compramos lo innecesario hasta endeudarnos.

Nos prejuiciamos en la vida cotidiana. Comemos

veneno y repetimos la dosis. Imagínate que haya

lagartos en la niebla, nos llevaría el diablo.

—Le da feo el guaro a Benavides. ¿Cuánto se

ha tomado?

—Yo creo que este hijueputa tiene fiebre, ¿no

oís? Según él, vivimos en la luna.

—Lo bueno es que, si se emborracha, paga

todo. Hay que meterle parla para que quede

hasta el hocico.

—Cigarritos y camarones, Juan. Capaz que me

sale gratis... Te mejoró mucho la clientela

cuando se espantaron los artistas a los barrios

25


del este. Veo que tienes consumidores más

tranquilos. Hasta lindo se ve el barcito.

—Porque hablés mierda, no te voy a dar ni una

papa de cortesía. Pero tenés razón; ya no hay

gritos ni pleitos ni pendejos que vomitan en las

macetas. Y nunca acabé de entender por qué se

marcharon. Creo que uno de los líderes se enojó

conmigo porque no le quise rebajar un litrillo de

ron.

—Ni que fuera youtuber— dice Paco Garita y

bebe su cerveza como si tuviese un ayote atorado

en el gaznate.

—Es que hay gremios que más bien joden.

Imagínate que mis clientes fuesen todos los

dueños de funerarias que salen a celebrar los

tiempos de bonanza. Tan pronto se den cuenta de

esto, el resto de comensales se sentirá molesto. Y

no vendrán más.

Yo estoy mirando y oyendo todo disimulado,

sentado en la mesa cuatro fingiendo un dolor de

muela que, sospecho, terminará siendo real. Le

pido al salonero que me dé una Gallinero que no

esté demasiado fría y luego miro la pantalla, con

cuatro o cinco ideas sueltas, pero no avanzo.

—Lo malo es que jalaron todos; también sus

oyentes. Aunque, a decir verdad, grandes

consumidores no son. Rendir una cerveza dos

26


horas merece la pena capital—. Mario Carranza

no acaba de fastidiarse de que el pollo quede

tostadito. Maldita manía del cocinero.

—¿Qué me decís de pedir un taco o una boca y

partirla entre cuatro comensales? Esta bohemia

de desempleados ha de traer mala suerte. Es

demasiado mezquina—. Paco que siempre le ha

tenido tiña a la cultura.

—La cosa es que Benavides está ligando. Ese

cuento suyo, que nadie entiende, pero que suena

académico, parece gustarle a la macha. ¿Vino

con ella? —Marito escupe un cartílago, con asco,

sobre el plato. Antes ha mirado de reojo a la

pareja, que comparte una mesa en penumbras.

—Está de más la pregunta. Es una profesional.

Ellas andan de acá para allá y practican la

socialización profunda y de corto plazo—

comentario, al desgano, del Macho Caravaca, un

tipo más jugado.

—Cuidado y le sale con premio… ¿No vas a

poner la mejenga? —agarra cuatro servilletas, se

limpia la trompa, Carranza.

—Eso sí no lo permitiría acá. El estigma cierra

negocios. O te llena de clientela estigmatizada.

No digo que sea mala, pero espanta a la

tradicional. Yo estoy contento con eso —Juan

27


limpia la barra con un trapito que, años atrás, fue

blanco. Es que el achiote mancha en puta.

Le doy vueltas a todo lo que quiero escribir,

pero siempre quiero escapar en distintas

direcciones… ¿Qué hago? Bueno, por ahora,

observar. Aclaro que no conozco los nombres de

todos los que andan en el bar. He tenido que

inventarles apellidos y motes con el afán de

ordenar ese microuniverso.

Por cierto, por andar de huevón, lo que recibí

no fue una cerveza tragable. Venía natural,

caliente.

Cuando termine y salga de acá, cero propina.

O un gargajo envuelto en una servilleta porque

ese mesero es sordo o caprichoso. No soy de

hacer reclamos, pero sí groserías a forma de

vendetta.

Benavides está jugando a las manitas calientes

con la chica de bar a la que no sé cómo ponerle

nombre. Digamos, uno sencillo: Ana.

—Tienes muy bonitas manos —le dice.

—Las manos son para acariciar —responde

ella, y el chavalo tiembla por dentro.

“Ah, pendejo”, pienso yo. A este imbécil lo van

a dejar limpio antes de que amanezca.

28


—Ahora, si un tipo cae con un chavalo de ésos,

es porque quiere. ¿Cómo no va a darse cuenta?

—sentencia Caravaca.

—Cuidado que se va con la rubia y no logramos

sablearlo. Algo hay que hacer para que no se

escape. Hay que llamarlo aparte y hacerle creer

que la chica es hombre, cuando esté bien bolo.

¿Te das cuenta de que no se oye borracho

Benavides? —Mario se rasca tras del cuello, con

insistencia, como si tuviese una avispa pegada—.

Cuando anda sobrio es un tacaño de mierda.

Juan, ¿podés prensarle los tragos?

—¿Para qué necesitan tres profesionales como

Uds. sablear a nadie? Un economista, un

administrador y un abogado, bien pagados todos.

Ya eso es ganas de delinquir…— Juan, quizá con

confianza excesiva, mientras busca en sus

frasquitos alguna carajada especial que le

puedan poner en la bebida al cortejante de la

Dulcinea contemporánea.

—¿Vos no sabés que el placer del delito es la

impunidad? Joder a alguien porque sí, pero con

la certeza de que el riesgo es cero. Nadie te va a

manchar el expediente. No vas a esperar

citaciones ni nada—. Carranza, el abogado—.

No pasa de ser una mala broma que podría

cobrarnos alguna vez, pero Benavides es

bonachón y nunca lo hará.

29


—Tomá, Paco. Hacéme el favor y les cambiás

el vaso a los tórtolos. A la chica, le das el de la

izquierda.

Paco recibe la instrucción con naturalidad y al

pie de la letra. Ahora es cosa de esperar para que

el iluso pierda los papeles.

—El secreto del dinero es gastar el ajeno —

declara el Macho—. Eso lo aprendí desde el

colegio. Los abusones se iban sobre lo ajeno

siempre. Y nadie, por eso, perdió la vida. Para

mí, es como rescatar mi juventud.

—Si no se callan, no pongo la tele—. Juan, que

se cansa de exponer tanta mentalidad de mierda

y se asusta de parecerse tanto a sus clientes más

frecuentes.

En ese momento, veo a Ñeto asomarse a la

puerta y comprendo que tengo pendientes varios

nudos narrativos.

Ya para ese momento he decidido que la escena

de hoy me sirve, pero debo modificarla. Es decir,

cambiarles apellidos y profesiones —sobre todo

para prevenir litigios— y ubicar la escena en otro

ambiente, no vaya a ser que me proscriban del

bar.

Algunos detalles particulares siempre se

retocan, como cuando quieres vender un zaguate

30


como si fuese perro de raza. Lo que pasa es que

estos muchachos son lumpen puro y me parece

corronga esa manía darwiniana de depredar al

descuidado.

Y sí, Ñeto, el ladrón, viene buscando datos. Yo

lo esperaba hace días, pues ese García es un

personaje snob que me tiene inconforme. No le

veo la gracia en heredar y ser manirroto. Me

interesa muy poco su suerte, aunque tenga

algunos conceptos sobre el bien y el mal que no

sé si me va a interesar desarrollar en otro libro.

Por ahora, resulta inútil su presencia y yo sólo

necesito que me despejen el área de trabajo. No

me toca hacer mayor cosa que un enlace y lo

demás caerá por su peso. Es que las historias se

entretejen a sí mismas. De alguna manera,

buscan derivar, como el caminillo de agua que

dejan los charquillos al llenarse: se tuercen, se

empozan de nuevo y se bifurcan.

Por lo pronto, mejor guardo la laptop, no me

la vaya a arrancar ese pillo: corre demasiado y

yo carezco de buen aire.

31



EL AMIGAZO ÑETO

Cuando llegué a Las Monedas, la tarde del

sábado, estaban barriendo las botellas rotas de la

última pelea de la noche anterior. El sitio se había

convertido en un lugar para pendencieros y eso

me hacía sentir a gusto. Adrenalina, puñetazos,

sangre: es el lenguaje de los barrios, todos los

días.

Me senté en una mesa a esperar. Durante dos

horas, leí revistillas baratas, hice sopa de letras,

matarratos, etc. Me aburrí tanto que hasta terminé

por contar las cuadrículas de una red de pesca

que, sobre la pared del fondo, pretende servir de

decoración. Ya sin mayores ocurrencias, imaginé

que rellenaba las cuadrículas con tiza pastel.

Me tomé un buen rato antes de ordenar un plato

fuerte e iba ya por la mitad de una ensalada de

mariscos cuando llegó ese tipo con una laptop

con los cables sueltos.

Casi daban las cinco.

El fanfarrón se sienta en la barra, pide un batido

de chocolate con rompope, enciende la portátil y

empieza a escribir con aparente fluidez. Da para

evocar a Simenon y su novela escrita en una

cabina de vidrio, puta snob.

33


Fui a pagar. De paso, a tratar de hacer migas y

sacar la dirección de nuestro próximo objetivo.

No me dio tiempo. Mientras guardaba mi dinero,

me interpeló:

—Usted, ¿qué hace aquí?

Me sentí pálido, descubierto. Diría que me

costó articular la respuesta, pero alcancé a

responder:

—¿Lo conozco? Soy Isaías Morón, estoy de

visita.

—No, no. Usted es Ñeto Miranda. Es creación

mía y es ladrón de camino y manolarga.

Confieso que no me enojó. Parecía tan

convencido de lo afirmado, que no me dejaba

espacio de maniobra. Se me ocurrió interpelar al

cantinero:

—Y este hombre, ¿qué tiene?

—No le dé bola. Viene mucho por acá y habla

con fantasmas, con seres sacados de su cabeza.

Yo los he visto y son muchos. Usted ha de ser uno

de ellos. Ya estuvo antes, dos o tres años atrás,

con unos anillitos…

Hice memoria y era cierto ese episodio. Algo

sin importancia, pero que no debiese circular en

la tradición oral. Supuse que ambos sujetos

34


estaban bien conectados. Alguien les decía cosas

antes de que yo o cualquiera moviese un dedo.

Estaba en desventaja.

—Usted no vino acá a beber. Vino a saber quién

es Jonás García, ¿no es así?

—¿Quién…?

—No se haga el tonto. Todos tenemos un oficio.

Usted delinque, Juan vende guaro —a veces,

contrabando— y yo, los delato. Así funciona esto.

Si se rompe la tríada, nos jodemos: nos borramos.

Sépase que no voy a decirle mayor cosa de este

hombre, el consumista. Bastará que le diga que

durante las mañanas va al parque de Las Candelas

y da de comer palomitas de maíz a las palomas.

Es suficiente; lo que haga usted con esa

información me tiene sin cuidado.

Si le parece, cuando vaya, lleve paraguas.

La mañana siguiente era domingo. Desde las

ocho, me senté en el parque con un perrito

zaguatillo que encontré bonito y que se dejó atar

al cuello un cordel azul.

Pasaron las diez y no llegaba. Igual, no me urgía

hacer nada, pues si quería, abandonaba el perrito

a su suerte y, luego de detectar la presa, alguna

35


mujer con zarcillos o una buena esclava de oro,

tocaría correr. El lunes pasaría a empeñar lo

obtenido en la tienda de El Turco, ese mae que

hizo dinero a punta de comprar joyas y

herramientas a todos los “corredores” de la

ciudad capital. El turco ya se murió, pero la

compraventa heredó su nombre.

36

El Turco paga de contado, bastante bien.

A eso de las once, lo vi llegar y derrumbarse

sobre un poyo. Llevaba una bolsa de papel kraft,

bastante grande. Sentarse y convocar palomas fue

cosa de una. Y lo más grotesco, cada vez que

alimentaba una paloma, daba otro manotazo

gigante en la bolsa para alimentarse a sí mismo.

Tuve que confiar en el perrito. Le solté el cordel

y le di instrucciones verbales, que pareció

entender al pie. Fue a echarse a los pies de García,

y yo calculé cuatro o cinco minutos para irlo a

recoger. Lógicamente, no tiraría duro del perrito,

para evitar que se cortase la comunicación. Al

contrario, un buscador de información siempre

necesita anzuelos.

—Tan lindo este parque— fue mi pie para abrir

la charla.

—Mmm —respondió el carade… Corrijo:

respondió el buen hombre. (Acá no vamos a usar

jerga carcelaria; hay reglas).


—¿Puedo sentarme? Es mi perro.

—Si le queda bien.

Era un tipo detestable, un comemierda. Que me

perdone el escritor, pero qué clase de extras se

consigue. O, ¿acaso este payaso es el protagonista

de este culebrón?

Tomé asiento, llamé a Pulgas para que se echase

a mi lado y me entendió. El nombre se lo puse en

el momento, claro. No sabía que luego sería mi

par en muchas historias durante años.

—¿Sabe usted que las palomitas de maíz

pueden ahogar a las palomas? —dejo ir la frase

sin pedir permiso.

—¿Quién le ha dicho que yo vengo a salvar

vidas? No se equivoque: lo que hago es control

biológico. Justo por lo que usted dice es que

vengo acá. Parece caridad ante los ojos ingenuos,

pero al exterminarlas, evito que la plaga avance.

No me sorprendió. Siempre he visto la

oscuridad de las cosas cristalinas. Nada es tan

puro como parece, hay premisas que se callan y

no es tan cierto que la filantropía mueva las

grandes causas.

Siempre hay más.

37


—Pues tiene razón. Oí que quieren echarlas del

centro porque destruyen los techos a pura cagada.

Hay fachadas que se han deteriorado en pocos

años. Y estas aves dejan goteras en todos los

edificios públicos donde deciden instalarse.

Tal y cómo dijo el escritor, se vino el aguacero.

Fuerte, con mucho viento. Algunas ramillas de

los arbustos se quebraron, cinco o seis.

Agarré mi perro y abrí el paraguas. García se

limitó a abrir una capa desechable y minúscula

que colocó sobre su cabeza.

—Venga, lo llevo. Podemos entrar a esa

cafetería.

Cruzamos la calle, que ya empezaba a

encharcarse.

Jonás es mi amigo, pero tengo que hacer mi

trabajo. Lo he seguido hasta saber sus aficiones,

durante ya dos años. Mientras tanto, también he

buscado información sobre el narrador y sobre

Juan y sobre cuanto sujeto pase a mi costado. El

call center penitenciario marcha viento en popa:

don Vini es audaz y sistemático gerente. Ya le

hemos sacado, a este ingenuo, el dinero de un

38


falso Botero —que sí le entregamos, nos quedó

igualito—, unas alfombras con fotoceldas solares

—que le llegaron malas, qué curioso— y una

quinta en el Caribe, en una isla que no existe.

Afortunadamente, es medio tonto o tan vago que

ni ha pensado en dar paseos tan lejanos para

verificar sus inversiones. Supe que la abuela le

dejó una buena herencia; por eso es tan

manirroto. “El que quiere celeste, que le cueste”,

reza el adagio. Nada más falso. El cabrón ni

quería a su abuela, ni a nadie. Creo que todo le

importa un pepino y sigue viendo dónde hacer

recalar su sed de consumo.

Mis brothers del penal ya trabajan estrategias

para la desplumada final: la de Jonás García, la de

Memo, la del narrador mala leche. Si te robás una

gallina, la desplumás. Lo mismo pasa con un

amigo. Te ganás la confianza, lo cual es un gran

esfuerzo, y es para dejarlo sin un peso.

Pronto lo llamará su financiera de confianza.

Así es la cosa. Y no es broma: tenemos gente en

el Gobierno que nos avala. Les ponemos a todos

estos un canto de sirena, la melodía que los

seduzca, y nos vamos de pesca.

“Nada personal”, dijo el capital.

39



PERSONAJES QUE NUNCA

APARECEN EN LOS CRÉDITOS

El guachimán tiene cuatro zaguates que son como

su sombra. Cuida coches en los linderos del

estadio del Deportivo Pato Ramírez, pues aparcan

allí decenas de vehículos que se dirigen a los

negocios aledaños.

No obstante, no es el único.

Podemos decir que todo funciona como una red.

Hay alrededor de diez cuidadores más en la zona

y, por lo que puede verse, algunos tienen

parentesco. Una mujer alcohólica sería la pareja

de Felo, que es el de los dientes rotos y la barba

espesa. El gordo de gorrita tiene casi los mismos

rasgos faciales del que tiene las tenis rotas y, de

hecho, es notorio que a veces intercambian un

pan o una bebida.

Podemos decir que hay territorialidad y se

protegen. Un clan de notoria marginalidad y al

que uno no debiese exponerse. Si te cobran por

vigilar, dales algo.

Pero don Vinicio no quiere deshacerse ni de un

peso suyo. Cuando el primo de Felo grita “se lo

cuido, aquí estoy”, el tacaño hace el tonto y

piensa que, con eso, arregla todo. Acto seguido,

41


se va a comprar repuestos, previamente listados

por su mecánico para el mantenimiento

preventivo de su carrito, bastante cuidado. La

tienda queda a la vuelta y no tarda en eso

demasiado.

Gato Negro, el afrentado pariente, nota la

actitud esquiva del sujeto que ha usurpado su

lugar de negocio. (Ya sabemos que la calle es

pública, pero la subjetividad le permite

apoderarse arbitrariamente de espacios sin

necesidad de titularlos).

Luego de comprar compensadores delanteros

japoneses y diversos empaques según lo

indicado, don Vinicio se detiene en la panadería,

pide dos croissants y un latte y se sienta a

despacharlos en la barra. Esto le demora unos

veinte minutos, pues hay resumen deportivo y,

cuando eso ocurre, al hombre se le desencaja la

mandíbula como si viese un canal XXX.

Entretanto, la señora Alcira de Pejibaye (“¿en

serio le vas a dejar ese nombre, Vivas?” comenta

Petra cuando hablamos en su despacho) decide

usar el espacio que hay delante del Ford de don

Vinicio y detrás de una camioneta de reparto de

lácteos. El lugar no es muy amplio y la señora del

fruto tropical —casi siempre correoso— no es

muy habilidosa. En consecuencia, destroza un

faro delantero del auto de atrás y, al moverse

42


hacia adelante, arranca la placa del camión de

reparto. Ante tal eventualidad, se pone pálida

como una yuca sin cocer y sale, pedal a fondo,

aventada a cien.

Dígase, pues, que su intervención en este relato

fue de estrella invitada, pero salió por la puerta de

servicio.

Del incidente, sin embargo, no se entera Vinicio

todavía. Caminará tranquilo y cruzará la calle

presumiendo el casimir gris de su saco y sus Ray

Ban. Luego, agachará la cabeza para evitar que

los cuidacarros le intercepten los ojos para forzar

el cobro.

Ahora, todo está en paz, hasta que este

conductor, que tiene el prejuicio de la diferencia

y la certeza de que estos carajos son maleantes

con historial, abre la puerta del chofer, decidido a

irse. Lo detiene el avistamiento de incontables

astillas rojas y naranjas en el asfalto delante suyo,

al borde de su carro.

Ahí es cuando frunce las cejas con total

sospecha.

El faro astillado —qué astillado; roto,

desprendido, cables afuera—, al ser de agencia,

ha de valer, por lo menos, trescientos mil pesos.

Vinicio se muerde la lengua para sostener la

elegancia, pero el rostro se le congestiona por la

43


furia. A Gato Negro le vale un pepino esta

patraña, pues él nunca recibió un peso para cuidar

nada.

El primo de Felo, al verlo venir, hace el tonto y

desaparece en la esquina. Se mete en un lote

baldío a fumar marihuana y da un par de tragos a

la botellita de alcohol, medio llena, que tiene

escondida entre las rocas. Y de paso, se pega una

dormidita.

Vinicio ve un policía al que le cuenta la historia

de haber encontrado rota la luz delantera. El

uniformado se divierte oyendo, pero nada puede

solucionarle. “Si no hay testigos, no hay nada”.

Vini reclama de los hechos al resto de la

comuna de vigilantes. Como es de esperar, ellos

cierran fila y nadie vio nada. Alguno hasta se deja

decir “su carro venía así” y le saca pechito. Dos

de ellos lo contienen, pues creen mirar una

escuadra, sobre el costado derecho del cinturón

del hombre enfurecido. Hay que escoger las

batallas, eso lo sabe cualquiera.

Las palabras que se dicen en tal lugar, vale

explicarlo, son las que se escuchan en la gradería

popular de un estadio de fútbol o las que se le

dicen a un torero cuando decepciona en su faena.

Cómo nada hay que sea meritorio, las dejamos en

el rincón para que cada uno vaya y haga su

44


investigación etnolingüística, que de mal

hablados andamos hartos de ver en la TV bajo la

etiqueta de comediantes: lo que cabe anotar es

que la lengua de Vinicio se destraba y las lisuras

fluyen natural de su bocaza.

Lo frustrado que tiene este hecho a Vinicio

Aguirre, el enojado cara de anona que ahora se

sienta en el caño, le hace percibir palpitaciones en

las sienes y nota que la respiración le cuesta

demasiado. Es por eso que los señores

guachimanes lo rodean para confortarlo y para

ver qué ha quedado mal puesto, antes de alejarse

discretamente.

Un señor pasa a su costado mirando con

indisimulado desprecio la pequeña turba. Aborda,

un Audi azul de cuatro puertas y en dos segundos

desaparece. No bien arranca también siente

enfado al ver en el parabrisas, un par de manchas

de guano.

Por la acera viene gente empujando una silla de

ruedas con su correspondiente ocupante. Dado

que la pasajera es una señora menuda de setenta

y cinco años, podemos juzgar que el cortejo de

cuatro personas que le acompañan tiene sentido

de grey y celo familiar.

Los perros de Felo recorren la cuadra en busca

de samaritanos que suelten un pan o una salchicha

45


para engañar la tripa. Entretanto, su amo corre de

acá hacia allá y viceversa tratando de cobrar algo

de cada carro que se retira. Algunos le dan una

moneda; otros, un billete chico y otros se hacen

los tontos. Como si no lo viesen, cierran ventanas

y tratan de salir disparados.

Lo que parece iba a ser una batalla campal, no

pasa de tres trompadas. En el suelo, Vinicio,

nocaut y babeando. Más adentro, sobre la acera,

uno de tantos cuidacoches sangra por la boca.

Puede que ambos tengan algo roto, pero no

sabemos qué: no contamos con el parte médico.

Al hombre de saco se lo llevan arrastrado a una

casa cercana, donde le mojan la cara para que

despierte. Le entregan una taza de café sin azúcar

y le dice una abuela:

—Nadie se mete con maleantes y sale ileso.

¡Qué hombre más necio!

Minutos después, Vinicio se sube al carro y

cierra la puerta con seguro y sin bajar las

ventanas. Antes de encender el coche, saca el

celular para avisar que llegará tarde.

Es raro porque, que el narrador sepa, no tiene

pendientes.

En algo ilegal andará este pendejo.

46


Gato Negro despierta en el zacatal ya de noche,

con ganas de jumarse y ver estrellas, pero sin

decidirse a salir del lote. Tiene la idea de que se

le olvidó cobrar a un par de tipos la cuidanza, pero

ya volverán.

Gato Negro es un mae tuanis y nada le importa

demasiado: piedra, guaro, galletas y siesta. Y está

hecho, aunque sea hecho mierda.

Si alguno vuelve a irse sin pagar, le raya el

coche.

Nada ilegal según su mirada. Es un simple

código de revancha: un mensajito que indica que

éste es su territorio.

47



CONFIDENCIAS DE PETRA

ROMERO

Vale decir que yo no aspiraba a este puesto. Fui

contratada como conserje por el tal Lucas

Lucifer hace dieciocho años. En todo el tiempo

que estuvo aquí nunca me dirigió la palabra. Yo

hacía mi tarea relativamente bien; nunca tuve un

reclamo de nadie ni una amonestación.

Sabía que me pagaban en fecha, pues Lucas

tenía un socio reconocido, que era profesor

universitario de medio tiempo y el resto del

tiempo lo dedicaba a su emprendimiento: eso que

hoy llamamos catering. En esos años, cocinero

de eventos.

Ordenada como soy, me alcanzaba el salario

para mis necesidades y las de mis dos

muchachos. ¿Le dije a Ud. que mi marido murió

en los noventa? Eso es falso. El hijueputa asaltó

un banco y está caneando veinticinco años, pero

nadie —se lo enfatizo—, nadie debe saberlo.

Por eso es que Vivas nunca me mencionó en

Malanga: yo era invisible. No opinaba, no

susurraba, respiraba poquito. Oía que, a veces,

había problemas, pero sabía que los editores

tienen así espuela y que, de todo lío, sacan

49


tajada. Terminaba la jornada e iba a casa, a

cocinar, a ver la tele y a dormir.

Pero cuando cayó preso Lucas, esto fue un

relajo. Había gente en el lobby llorando porque

se quedaría sin empleo. Autores amarrados a las

columnas en espera de ser publicados o

amortizados por sus ventas. En la cocina, hallé

que doce compañeros se pegaban la última

borrachera de oficina antes de echar los

candados.

Yo acaté a limpiar la oficina del jefe y tan

pronto terminé, me tiré en su sillón ejecutivo.

Estaba fumando un puro, llevaba consumida la

mitad, cuando ingresó un señor de chaqueta con

parches en los codos.

—Vos te quedás allí— me dijo.

Volví a ver hacia atrás y nadie más estaba: se

dirigía a mí.

Pensé que me importaba nada, pues el

desconocido no era mi jefe. Era un tarambanas

más de los que frecuentaba Comas Negras. Lo

había visto muchas veces, pero tampoco me

determinaba.

Se me ocurrió que querría acusarme de robo,

iba a llamar a los guardas para someterme a

cateo. Había un candelabro en el suelo y opté por

50


empuñarlo debajo de la línea de visión que le

daba a mi adversario la dimensión exagerada del

escritorio de Lucas.

—¿Qué necesita? —mi voz sale arisca, casi

rasposa.

—Ud. quédese acá y yo regreso. Le ruego tener

toda la paciencia del mundo—. Se fue y me dejó

con la luz apagada.

Yo dormí, creo, horas. Desperté porque me

sacudió el hombro el hombre del saco de

corduroy, Isidro Pelapapas. Lo hizo con tacto,

mientras indicaba:

—Venga conmigo.

Estaban todos reunidos en el salón de juntas:

estrechos, superpuestos como pescados en la

venta. Mi guía los hizo callar y dijo: “Entonces,

ésta será nuestra asamblea fundacional, somos

cooperativa. Al rato, votaremos la junta y al

final, hemos de nombrar a doña Petra Romero

Rascales como gerente. Es innecesario decir que,

merced a su carácter silente y a su invisibilidad,

ella se da cuenta de todo lo que pasa en Comas

Negras”.

Murmullos, gritos distantes de adversarios que

no logran ser descifrados en tal barullo. Sólo se

me ocurre sonreír, a pesar de que me hace falta

51


un incisivo de arriba. Apenas para un anuncio de

chicles.

Y esto duró cuatro horas más. Idea que

proponía don Isidro, siempre hallaba

adversarios. De hecho, seis trabajadores

abandonaron la asamblea y la empresa. Los que

quedamos nos fuimos conciliando y el maestro

Pelapapas aportó de su cuenta a seis cabrones

más, que dicen ser escritores. Yo juraría que he

visto a uno de ellos hacer malabares con

machetes en los semáforos; a otros, creo

haberlos visto en los boletines de los buscados

por la justicia.

Así llegué a la gerencia. Acordamos entre el

círculo de confianza de esos escritores que yo

falsificase mis atestados y que recibiría

instrucciones de ellos en una que otra ocasión.

Normalmente, me dejarían en libertad de tomar

decisiones.

Me pareció una ganga. Ese día, gasté lo poco

que tenía en la tarjeta en una compraventa de

ropa americana.

Y nos va bien, doctor. Hemos conseguido,

además, un modelo donde nos ponemos de

acuerdo con los autores para jinetear dineros y

que ellos se ganen un piquillo, mientras sacamos,

aparte de sus libros, otros textos. Dice el consejo

52


editorial que hemos aumentado un 40 % las

publicaciones y un 18 %, las ventas. Eso me

garantiza trabajo, ¿no cree?

El asunto es que yo alucino. ¿Solamente yo?

Tenemos experiencias cuadriculares. ¡Qué es

eso? Supongo que un delirio colectivo. Imagínese

usted que, en la sala de juntas, de repente salen

rayos como el láser, del color que se le dé la

gana. Por ejemplo, azul con lunares verdes. Rojo

sangre, amarillo yema con estalactitas blancas.

Sin embargo, son como juegos de luces, nada

táctil. Está bien que nada pasa, pero nos deja en

zozobra. Casi vomito la primera vez.

Ha de saber que Lucas duró en prisión menos

de cuatro años. Un cáncer lo mató mientras

descontaba ocho, por lavado. No tenía parientes.

Calleja, el famoso socio, nunca más apareció. Yo

no lo conocía mucho, pero por cosas de

espiritismo y eso, de las que apenas estoy

aprendiendo algo, decidí acercarme. Entonces,

pedí las cenizas del editor y pagué a un artesano

para que hiciese con ellas un dios ratón hindú.

Cuando me lo entregaron, dudé meses entre

llevarlo a la oficina o no. Entretanto, le tenía un

altar en el cielorraso de casa, al cual subía todas

las tardes. Allí rezaba unas vainas que me

enseñaron en el salón gnóstico que frecuento.

53


Eso no le va a interesar, doc. Fíjese, sin

embargo, qué podemos hacer sobre las

alucinaciones. Yo sé que Pelapapas lo frecuenta

a Ud. y por cosas más raras que las que cuento.

Entiendo que sueña con ser Spidey y tirarse de un

tortazo desde un piso alto. Eso, para mí, no es

alienación: es que quiere matarse.

Aunque en la oficina todos simulamos

tranquilidad, tenemos miedo. Yo no le conté a

nadie de las cenizas de Lucifer, ¿para qué? Me

hubiese salido del partido sin jugarlo. Les dije

que lo compré en línea, en una de esas tiendas

estúpidas donde aparece de todo. Yo podría

haber seguido así, pues le sigo rezando al ratón

y eso me protege.

No obstante, hace quince días tuve que ir al

centro, a pie. Como están haciendo las

reparaciones de tuberías de agua en la zona de

la Alameda de las Momias, opté por tomar la

calle de atrás, la del norte. Había bajado cuatro

cuadras cuando vi un rótulo. Mire, aquí está la

foto:

54


Sabía que nada así aparece en nuestra cartera

de clientes y entré para sondear el punto de

venta. Un hombrecillo de metro veinte estaba de

espaldas, acomodando una góndola con libros a

cien pesos. Imagínese, ahora un bolsillo vale

doce mil pesos y aparece este señor que todo lo

remata.

No tardé mucho en darme cuenta de que no

eran nuevos. De todo, vi. Obras en buen estado y

forradas en cuero; libros a los que habían

arrancado la portada para que alguien no los

pudiese identificar: su dueño o un bibliotecario.

Lo único que se me ocurrió fue pisar el área de

escritores malanguenses y explorar la oferta

disponible.

Libros de todos los tiempos, hasta del siglo XIX.

Algunos con tremendo agujero que ya no tenía

sentido reparar, pues el texto no podía intuirse

(es que en esas tiendas sobran las polillas).

Mucho librito infantil para colorear, agendas,

revistas.

Un basurero. Muchas de estas librerías venden

indiscriminadamente: parecen recicladoras y

hasta memorias de instituciones públicas

encuentra uno allí. Más que ratones, debe haber

ratas en abundancia.

55


El susto fue cuando el enano llegó a buscarme;

lo reconocí. Se había dejado la barba

exageradamente, pero era la misma cara del

difunto, de Lucas. Lo cual no es lógico porque

Lucifer medía más de metro ochenta. Le pregunté

su nombre y se identificó como Lunes

Misericorde. Creí que era un chiste.

Luego recordé que era el apellido de un editor

universitario que, cuando la editorial que dirigía

cerró puertas, se robó las planchas de todos los

clásicos. Con eso hizo su propia empresa. Eran

mediados de los noventa o un poquito después.

Procuré alejarme de la zona de los libros

nacionales. Eso me hizo pensar que él sabía de

mi trabajo. Una perogrullada mayor, pues

nosotros usamos camiseta con logo. Como me

dijo que le estaban llegando cosas muy

novedosas, me sentí comprometida a seguirle.

No hizo a preguntarme nada. Me confirmó que

efectivamente había ratas, pero como defensa

argumentó que lo barato se vende más. Ha de ser

cierto que sacar libros a cien —aunque apesten a

orina de ratón— genera más clientela que los

libros recién impresos.

No pude evitar ver que tenía el libro de Vivas,

pero no era nuestra edición: era pirata. Lo sé

porque la mujer que lo iba a comprar pasó junto

56


a mí, blandiendo el libro, como hace uno con el

vaso de café cuando pasa por lugares estrechos.

La portada era blanca, amarilla y negra, y en

lugar de una gallina tenía una pistola humeante

en primer plano. Raro, porque esa novela no es

violenta: es una parodia de sí misma.

—¿Cuánto vale Malanga? — pregunté.

El enano no pudo disimular y trató de cerrarme

el paso. Fingió tropezar conmigo y mi bolso se

derramó en el pasillo.

—Malanga no tenemos. Aquí no vendemos

tubérculos— alegó como chiste.

—Yo vi el libro. Es pirata. Voy por la policía—

alcancé a amenazar, mientras salía disparada

hacia la delegación. Sin embargo, en la esquina,

decidí llamar por celular a las autoridades.

Cuando hice el camino de regreso, el lugar no

estaba, era una casa vieja y oscura, con los

ventanales rotos.

Los oficiales llegaron en cosa de dos minutos,

sirenas y velocidad y armas en mano como suele

pasar en cualquier peli barata.

Les expliqué de mi asombro. El tal agente

Campos me miraba con sorna. Se cree muy ágil,

pero nada que ver.

57


Ese hombre me reprendió y no esperó mucho

para irse. “Vieja loca”, le comentaba su pareja,

el más viejo de los azules.

Ahora bien, doctor. Dígame, si se me

escocheraron las luces, ¿de dónde ha salido esta

foto?

58


COMPETIR EN EL MERCADO

LABORAL ES ESCABROSO

Hace décadas que no existen los teléfonos

públicos, pero a lo largo de las calles quedan

múltiples cabinas abandonadas y bien

conservadas, pues la lluvia hace la limpieza

regularmente. Junto a las viejas instalaciones de

una panadería que parece bodega de ratas, ya en

desuso, vemos unas bancas techadas, colocadas

allí para que la gente espere el colectivo.

Siendo, cómo es, una parada suburbana, el flujo

de gente suele ser constante. A excepción de este

momento, la una y diez de la tarde. Sólo hay una

mujer que ha preferido no sentarse: opta por

refugiarse tras la cabina telefónica, que está muy

próxima. Agacha la cabeza para mirar el celular

y sonríe. Es un zombi más de los que genera la

tecnología y, acaso, esa estructura abandonada le

sirve para poner distancia entre ella y cualquier

imbécil que decida abordarla. En las estaciones,

en las terminales, en cualquier lugar donde se

formen filas, brotan sujetos enfermizos como si

fuesen lirios silvestres.

Karina Jacqueline Solares los detesta. Porta su

espray y su taser en el bolso, pero prefiere no

delatarse. Ponerse a la defensiva en extremo le

59


parece erróneo porque delata que algo va con ella

que merece ser robado. Lo mejor que se le ocurre,

aprovechando que vive casi a la par de esa parada

es salir cinco minutos antes de que la buseta, que

hace su ruta puntual, pase por allí, para minimizar

así el tiempo de espera. Ya adentro, sentada y

sofocada por el olor a pollo, o de pie y sofocada

por la multitud que se encima mutuamente, cree

estar a seguro.

—Pará, ¿qué estás haciendo?

—Escribir, animal. ¿No ves que Jacqueline me

cae bien y apenas la estoy perfilando? Dejáme

en paz.

—¿Cómo diablos te la imaginaste?

—Nada de imaginar. Pasé por una parada y la

miré esperando. Tomé la imagen y empecé a

agregarle historia, accesorios. No es tan difícil.

—Y su papel en esta novela, ¿cuál es…? Esa

maña de sacarte personajes de la manga, que

luego dejás tirados, es una falta de respeto para

el lector.

—Dejáme en paz y aquí no fumés—. La sombra

que me acompañaba, la de un gordo, calvo y

barbudo, empieza a disolverse y la habitación se

aclara.

60


Si embargo, tiene razón la sombra de mi

mentor. Uno tiene costumbres demasiado

disipadas y, de repente, mientras camina al norte,

no presta atención y, en lugar de cruzar, cae al

río.

Lo peor es que luego uno no quiere salirse de la

poza y empieza a dialogar con sirenas

imaginarias.

Esto no lo sabe mi psiquiatra.

Jacqueline Solares es secretaria de una oficina

de bienes raíces. Tiene diez años de trabajar con

ellos y un título universitario para su oficio. Es

duramente metódica, eficaz y, sin embargo,

amable. Trabaja en Tierras de Oro, nombre de

fantasía que usa la sociedad Corporación de

Inversiones Te Meto el Manotazo, S. A.,

propiedad de cuatro hermanos, dos de los cuales

son abogados. Todos son bribones: los Aguirre

Díaz, de ambiguo prestigio y buenas canas.

Llevan un quinquenio de tratar, con extranjeros,

intereses de corporaciones, su gran mina.

La joven de 34 años, soltera y adicta a las

bebidas energéticas, no gana mucho. Digamos, el

veinte por ciento por encima de la tabla de ley.

Para una funcionaria bilingüe y ágil, eso es casi

una ofensa. Por eso busca ofertas, consulta con

discreción y, si ve que nada le resulta

61


comprometedor —es decir, que pueda llegar

hasta oídos de sus jefes—, presenta su hoja de

vida.

Cuando tiene una entrevista laboral, lo planea

con tiempo y se reporta enferma. Ese día no sale

de casa ni siquiera para ir a comprar el pan. Come

lo que haya a mano, se pone la mejor ropa de

oficina y se presenta a su cita. Lo malo es que

también lo hacen cien o doscientos cabrones,

porque la mayor parte de las ocasiones se

encuentra con empresas de reclutamiento,

innecesarios intermediarios que lo que quieren,

básicamente, es reunir ofertas de trabajo. Datos,

ellos venden datos y Jackie sospecha que no

mucho más.

El bus pasa a la una con quince y la mujer logra

sentarse en la banquita que queda a espaldas del

chofer. Va con tiempo suficiente y con su mejor

disposición para competir una vez más en el

mercado laboral. Está convocada a las dos.

No sabe la mujer que, junto a la cabina

telefónica, empozada en los remanentes de la

lluvia matutina, la tarjeta personal de débito se ha

quedado rezagada.

¿Qué piensa ella? Ni la menor idea. Sepa putas.

62


SALIR DE TIENDAS EN TIEMPOS

DE CRISIS

—Zoila, hay rebajas en el centro. Siempre en

setiembre tiran los inventarios por la ventana.

¿Vamos?

—Pues mucha plata no tengo, lo que hago es

llevar la tarjeta y mis cupones. Compro poquito.

Veníte a las dos, tomamos café y vamos de

tiendas.

—Hecho— confirma Mariela y cuelga. De

seguido, toma su ropa y se dirige a la ducha. Son

apenas las diez y así es mejor: con el tiempo

holgado. Ya tiene en mente la ruta que seguirán y

qué prendas buscarán. Algo de ropa de playa y

algunos blazers para la oficina, en su caso.

De fondo suena algo horrible, que es un disco

de música industrial tecno. Ella la escucha

mientras hace aeróbicos y es evidente que si está

sudando es porque hace poco concluyó su rutina.

Lo que se oye es el contraste de las maquinarias

que perforan las calles, barrenadoras, y mil

relojes de pared que dan el ritmo de fondo con su

alarma alterada para que se perciban cada diez

segundos.

63


Mariela va hacia la ducha pues hay que ser

medio bestia para bañarse antes de los ejercicios,

pero lleva, colgando del cuello, su celular en una

bolsita de cuero.

Esto nos indica que estamos un poquito en un

tiempo futuro, mundo de locos, quizá el de la

próxima semana.

Afuera llueven esquirlas de aluminio diminutas

y romas, que son inocuas. Tan livianas que

rebotan suavemente contra el piso sin sonoridad

alguna.

—¿No te da vergüenza, Vivas? —dice mi

interlocutor, mientras espero en la oficina de

Comas Negras—. Estás haciendo un texto urbano

y, de pronto, parodias descaradamente las

atmósferas de Bradbury. No sé cómo puedes ser

tan descarado.

La verdad, me enoja eso de que jueguen a ser

mi conciencia. Sin embargo, a mi alrededor

nadie está. Solamente un ratón gigante de piedra,

que Petra dice haber traído de la India. Juraría

ver que el ratón tiembla ligeramente.

64

Me pongo de pie.

Acto seguido, el ratón presume sus colmillos,

amenazante.


—Debiese darte vergüenza. Hablás de voces

propias y, al menor descuido, ahí estás usando

recursos de Bryce, de Soriano, de Laiseca y hasta

de los clásicos. Todo sea por enredar al lector

con artilugios que presumís como tuyos.

Es todo lo que puedo soportar. Busco entre las

gavetas del escritorio un marcador rojo sangre y

rayo toda la cabeza del inmenso roedor con una

cuadrícula, tipo telaraña.

En realidad, no le hecho daño, es una

advertencia, nada más. No obstante, me retiro de

la oficina antes de que alguien llegue y me tome

in fraganti. Ni siquiera saludo a la secretaria al

salir.

Al fin de cuentas, sé que Miguelito tiene razón.

Cómo decía Pedro Guerra en una canción:

“Nada al fin me pertenece…”

No llovía, había desmesurado sol que derretía el

maquillaje de las damas hasta convertirlos en

grumos de grasa sobre el rostro. Por eso, Mariela

se alegró de haberse citado para la tarde y no tener

que salir al asador de patio que era, en la mañana,

el centro de la ciudad.

Zoila tardó en abrir, pues estaba de siesta. Se

encaramó las pantuflas de conejo y abrió con

65


extrema pereza. Su amiga le reclamó la desidia,

pues iban a llegar tarde. El gato amarillo estaba

dormido sobre un parlante viejo y nunca pareció

haberlas detectado.

A la carrera, tomaron café, del instantáneo.

Agua calentada en microondas y una putada

saborizada que decía tener cafeína. Nadie sabe el

real contenido, pero Zoila es metódica y compra

aquello que le exige menores tareas de cocina.

El coche estaba aparcado en el sótano, en el

espacio tres. Salir no costó nada y Mariela guardó

silencio, quizá preocupada por el tiempo

disponible. Eso parecía.

En realidad, la inquietud obedecía a las nuevas

políticas de trueque que había legalizado el

Banco Central y que dejaba a la libre el valor de

los cupones, que ahora circulaban por todas

partes. Había de todo tipo: de servicios, de

comidas, de ropa, de enseres domésticos. Si una

persona ocupaba contratar algo y no tenía dinero,

emitía el correspondiente cupón. Éste se validaba

en el mercado, en función del prestigio del

emisor. Eso iba a determinar los términos de

intercambio, casi siempre a la baja. Lo ideal en

otros tiempos era salir de compras con dinero

efectivo, pero ahora, en los dos últimos años, el

dinero se homologaba con la basura.

66


Ya había pasado —y fracasado— el tiempo de

las moneditas de chicle que se cotizaban a

quinientos. Aparecieron tantos emisores que la

goma de mascar cayó estrepitosamente a menos

de cien la unidad. A ese precio, sólo para venderla

con topping liviano era interesante, pero la escena

se volvía tan curiosa que los polis caían enseguida

a llevarse al vendedor unas horas para repartirse,

entre ellos, la mercancía. Por eso, con el paso de

los meses, cada individuo se veía propenso a

innovar un tanto a ver qué posesión o facultad

podría usar como término de intercambio.

Aunque no tuviese la convertibilidad de una

moneda, claro. Bastase con que alguien

necesitase lo ofrecido y se pudiese alcanzar un

mediano acuerdo. Lo oscuro de esta maraña es

que los sectores pobres encontraron siempre

mayor inflexibilidad a la hora de fijar los precios

de lo que podrían entregar en el canje. Jugaba allí

el hambre y los rostros, cansados y enjutos, o el

mal vestir, que delataban la condición urgente del

sujeto.

Entonces los negocios salían mal. Apenas para

comer hoy. El mañana sabía a zozobra en casi

toda Malanga. La excepción eran los

especuladores que compraban baratísimo y

vendían, cuando el precio era el máximo,

cualquier producto disponible.

67


Afortunadamente, Zoila y Mariela, ambas

abogadas e independientes, contaban con el plus

de que sus servicios son demandados

universalmente siempre. Y son bien cotizados. Lo

que Mary no ha contado es que ella ha sido

suspendida, como notaria, por dos años. Cayó en

el juego de hacer unas escrituras sin verificar las

firmas, por confiar en el cliente —que era una

corporación de fiar, tres años ya de tratarlos— y

porque uno de los firmantes vivía en la costa y ese

día no pudo llegar.

Quién era ese cliente, está demás. De nada me

han servido los informantes y ya casi no tengo

presupuesto. Pueden culpar a quién gusten.

Tremendo colocho. Ojalá no se den cuenta de

su status profesional suspendido, pues es clave

para que sus cupones tengan validez.

De otra forma, no valdrían ni la tinta para

imprimirlos.

68


HAY QUE SACARLE PROVECHO

AL VALOR AGREGADO

Llegamos bajo la lluvia. Hace tiempo que todos

los días llueve en puta y uno regresa de la gira con

los pantalones destilando barro. Luego se resfría

y el patrón es de los que dicen “si no trabaja, que

no coma”: ni soñar con pedir permiso o ir a

cambiarse a casa.

—No nos va bien con los tragamonedas. El jefe

se va a emputar. Dejáme que sea yo el que hable

— dice mi compañero pavoneándose.

Entré detrás de Iván, con las bolsas de la

recolecta. Me quedé de pie tras él, mientras

entregaba las cuentas.

—Algún bribón nos juega sucio, jefe. Fíjese: de

monedas de quinientos, solamente recaudamos

doscientas.

—Será que la gente no está yendo a jugar —dice

don Fermín, todavía reposado en su sillón

ejecutivo, casi que en posición agresiva: puños

cerrados sobre la mesa, ligeramente embrocado

sobre el mueble.

—Yo veo el salón lleno. No creo que el chino

nos juegue duro. Además, fíjese que había otras

cosas, aparte de monedas.

69


—Rondanas de aluminio, sin duda. Eso lo

hacían en mi infancia para engañar a los

parquímetros municipales.

—Ojalá fuera eso—. Acto seguido, mi

compañero saca una monedita dorada, del mismo

tamaño de una pieza de quinientos pesos.

El jefazo, miope, no logra ver la diferencia.

—Enciendan la luz —ordena en seco.

La moneda no disiente mucho de las oficiales.

Son tan brillantes como las monedas recién

salidas del Banco Central. Ah, pero tienen

arruguitas.

—Dejáme ver—. Toma la misma con su mano

izquierda y la coloca a contraluz en el ventanal.

¿Cuántas hay de éstas?

—Hoy recaudamos ochocientas noventa. Ayer

pasó por primera vez. Eran veintitrés.

—No se sienten tan firmes. Uno la agarra y no

siente exactamente la contundencia del metal.

Prestáme otra a ver.

—Son de chicle, jefe. Ya escarapelamos una

con cuchilla. Son moneditas de goma pintadas

con espray y son hechizas. Por eso parecen

monedas nacionales.

70


—Pues hay que vigilar el salón para que nadie

nos juegue sucio. Al que intenté trabar las

maquinitas o meterles goma de mascar, paliza. Y

lo hacemos hablar, porque alguien nos quiere

joder el territorio— lo dice quitándose la gorra

gris, tipo Gatsby y lanzándola contra el sofá

lateral—. Por ahora, que las hagan despintar con

thinner y ver qué tal funcionan si las vendemos

como droga. A mil pesos que sea. La dosis

disipada no va a matar a nadie, pero traerá plata.

Fui testigo de esto, siempre detrás de Iván. Es

más, creo que el jefe no llegó a verme. Tal vez ni

sepa que trabajo con él, como tantos otros con los

que uno no llega ni a cruzar saludo.

No comenté nada. Al día siguiente, salíamos de

gira por la zona norte a recaudar y nos pasó lo

mismo. Trajimos de vuelta doscientas diez

monedas legítimas y mil doscientas quince

rondanas de chicle. Le preguntamos al

administrador si habían pasado por allí caras

nuevas y lo negó:

—Está malo el turismo —dice Jaimito, un

chavalo que es más feo que una gallina sin

cabeza.

Le hicimos firmar un documento que

confirmaba el retiro en especie del contenido de

los tragamonedas. La boletilla quedó mojada

71


porque el mostrador estaba sucio, con charcos de

cerveza. Me limité a echarla dentro de la saca.

—Es raro esto —Iván, de sopetón, mientras

llegábamos al coche.

—Me parece cosa de nenes. Lo raro es que a los

salones no pueden entrar menores. Y bueno,

ahora las golosinas no son baratas. Yo las hubiese

hecho de madera. Hasta tendrían más vida útil.

—Te estás volviendo ratero, Pancho. Uno no

debe dejar entrar esas ideas en la cabeza. Luego

entran las balas.

—Te juro que no es mi intención. El viejo no

paga mal y prefiero la vida y los vicios que tener

un poco más y morir pronto.

—Es sensato. Si esto sigue así vamos a tener

que drogar a toda Malanga con chicle embarrado

de disolvente. O con lo que sea. Estoy seguro de

que el don ya está pensando en sacar monedas

saborizadas con droga. Igual que hacen con los

brownies y las gelatinas, pero más callejero.

Imagináte lo fácil que es vender estas cosas en un

semáforo sin que la gente se preocupe. El chavalo

tiene una bolsa de chicles originales de los que

vende tres monedas por mil pesos y la otra, la

diversificada, con monedas de mil y de dos mil

colones, según sea el topping.

72


—No digás “topping”, decí “aderezo”.

—No jodás, no sos lingüista. Iván me deja ir un

golpe, a puño cerrado, sobre el hombro.

—Jueputa, recordá que tengo una lesión. Estos

días ni logro dormir. A puro desinflamatorio y

ungüento y me salís con esto. Dejá que me

compre un fierro y te coso a balazos, cabrón.

Claro que es broma. Si este tipo no fuese mi

amigo y le digo eso, sería pedir la eutanasia.

—Gallina, cabrón. Sos gallina. No entiendo qué

hacés en el submundo —enciende el motor y

salimos espantados, rumbo a la frontera.

Al mediodía, almorzamos en una tabernacomisariato.

Tiene un nombre caprichoso: La

selva de los pájaros grises, y todo allí parece

tener cierta ausencia de luz. No hay, de hecho,

bombillos o lámparas; abren solamente en las

horas del día y la gente acude allí a comprar el

pan, la pasta de dientes, relojes baratos y tiempos

clandestinos. Cuando me dieron el vuelto, iban

dos monedas de chicle.

No lo noté hasta llegar al hotel. Le dije a Iván.

—Yo también tengo cuatro. Parece que están en

todas partes. Cuando desayunemos, le

reclamamos. De hecho, le vamos a pagar con esa

vaina.

73


No puse más atención. Estaban pasando una

telenovela de ésas donde los ricos lloran, pero son

cada vez más ricos y el guionista se inventa una

carajilla linda que, gracias a su buen corazón —

mejor dicho, a las glándulas que lo cubren— sale

de la pobreza. La mujer protagonista pasa de los

veinticinco, pero en la novela tiene diecisiete. Es

relajante verla, aunque todo sea idiota.

Eran las cuatro y media. No hay nada que hacer

en estos pueblos, a menos que te gusten las putas

y las pendencias.

Decidí dormir, a pesar de la necedad de los

búhos con su intermitente canto.

Cuando le contamos al tabernero, se muere de

risa:

—Nosotros acá lo consideramos dinero.

Recuerden que la política del Banco Central ha

sido sacar billetes de circulación. Nos quieren

bancarizar a la fuerza y eso sería la ruina de

muchos, que no pueden tener un cinco sin que los

embarguen. Entonces, poco a poco, pensamos en

alternativas. Hacia adentro del pueblo,

practicamos el trueque. Con los visitantes, el

dinero. Y si no hay pago oficial, lo que valga. No

sé quién hizo las monedas de chicle, pero quedan

bonitas y todos hemos optado por aceptarlas.

74


—¡Qué tonto el Gobierno con eso de retirar

dinero de las calles! Se supone que pretende

reducir la inflación, pero nos matará de

hambre…—digo yo, que soy la mar de las

simplezas.

—¿De dónde sacás ese cuento? —Es Iván,

incrédulo.

—Recordá que subieron el encaje mínimo legal.

Eso hace que los bancos manejen menos

circulante. Ergo, suben las tasas de interés, lo que

significa que el dinero es más caro.

—Mirá, un burro hablando del cosmos. ¿Vos

que sabés de eso?

—Hice un curso en línea de macroeconomía.

Me salió gratis en una caja de cereal. Recibí

varias lecciones, pero no pude terminarlo porque

al computador le cayó un virus.

—A ver si no era falso todo lo aprendido.

—Cómo sea, tengo mejor perspectiva que

ustedes dos, pero no hemos venido a discutir, sino

a comer.

—Entonces, no tendrás problemas si te

pagamos con esas monedas —dice Iván.

—Claro que no. Yo creo que está pasando en

todo el país algo parecido. La vez pasada una

75


madre me dio tres billetes, dibujados con crayola

por su hijo. Un nene de ocho años, pero

habilidoso. Estoy esperando que me salga un

negocio grande porque son de trescientos mil

pesos. La mujer ha comprado abarrotes para

cuatro meses.

—No dan ganas de creerte. No lo haría si no

viese venir gente a comprarte el pan con tapitas

de refresco.

—Ah, pero no son tapas cualquieras. Fijáte

bien: están talladas finamente. Dicho esto,

tenemos hambre —tercio para poner punto.

Y comimos opíparamente. Luego, nos dimos un

reposo de media hora, en la terraza antes de seguir

el viaje.

—Pancho, ahora que veo esto, hay un problema.

¿Qué hace el jefe vendiendo moneditas de chicle

a mil, si ya valen quinientos pesos y hay que

agregar la utilidad por la droga? Me parece que

eso es operar con pérdida.

—Lo pensé también. Creo que no es negocio.

Yo llenaría los semáforos de galletas suizas con

mermelada de hongos. Me parece que las

moneditas van a llenar el mercado pronto y ya

nadie sabrá cuáles vienen adobadas ni con qué.

76


Habría que diseñarles un empaque y eso equivale

a delatarse.

—Pues lo más fácil sería fabricar las propias

monedas. Como el Gobierno gringo, endeudados

pero ricos por propia voluntad. Ellos logran que

un papel tenga el valor que se les ocurra. Y en

lugar de respaldo, van balas y guerra.

En ese preciso momento, pasamos sobre un

hueco y me voy contra el parabrisas. No llego a

romperme la madre, pero se me abre la muñeca y,

acaso, se me ha fisurado. Necesitaré ir al hospital

cuando lleguemos al centro de la ciudad.

Iván llama al jefe por el altavoz.

—Don Fermín, llegamos al filo de las cinco.

Fíjese que acá también andan los chicles y con

total naturalidad.

—Ya lo sé. Dicen que es el Gobierno que

disimuladamente ha hecho una especie de

emisión monetaria sin permiso del Congreso.

Entonces, decidió sacarse de la manga la

chiclemoneda. Hay una mente macabra adentro

que se inventó esto de mercados paralelos. Ayer

me contaron que hasta abrirán una tienda banco

para especular con esta vaina hasta que pueda

usarse como divisa. No entiendo un pepino.

77


—Si usted no puede con ello, menos nosotros.

¿Por qué no contrata un asesor, un economista?

—Son una manga de mentirosos. Todo lo

explican con maña. Retuercen la toma de

decisiones y te pueden dejar en la calle con sólo

que les tomés un consejo. Vengan pronto.

Y cuelga.

A estas alturas, he decidido frotar mi mano con

un ungüento alcanforado que me parece

carguísima. El dolor va cediendo y yo, adicto a

los olores de las medicinas, caigo dormido una

vez más, como siempre que viajo.

78


MI QUERIDO SOBRINO, TANTO

TIEMPO…

Valle Muerto, Pueblo de las Gallinas Tuertas,

febrero 20

Querido sobrino Iván:

No he tenido tiempo de comunicarme con tu

madre y seguro estará resentida, pero es que

llevo años de mucho trabajo y, a veces, de

frecuentes problemas de salud. Dale, por favor,

mis saludos y dile que pienso verle pronto. Ha de

pensar que quedé molesto luego del reparto de la

herencia, pero te aseguro que eso nunca me

importó.

Acá la cosa se ha puesto cuesta arriba. Por eso

te escribo con la fe de que puedas engancharnos

un poquito.

La gente de la universidad decía en la tele que

llovería muy duro en mayo y el año pasado nos

quedamos esperando. Es cosa que pasa mucho.

En consecuencia, volvimos a perder la siembra y

pasó lo de siempre: el banco al acecho.

Luego llovió, pero era inútil: se había perdido

la cosecha y, por el contrario, las calles se

anegaron tanto que el agua entró en todos los

ranchos de la comunidad.

79


Todo esto es nada si tomamos en cuenta que el

nuevo Gobierno ha optado por abrir la economía

y ha desamparado la agricultura. Con la baja de

aranceles, la producción del continente asiático

entra y nos lleva a la ruina. Ellos, con su habitual

cinismo, nos proponen endeudarnos más con los

bancos para hacer la reconversión productiva.

Como si los bancos nos tuviesen la puerta

abierta. A tres o cuatro de la oligarquía, quizá.

Esos a los que nunca piden garantías y luego se

declaran en quiebra, se roban los pesos y hacen

una empresita nueva.

La opción nuestra: vender el rancho y migrar a

la ciudad. Allá, aunque sea, instalamos una soda

y sacamos el día.

Ahora, la plata de la venta es cualquier vaina.

Nos va a sostener unos meses. Lo importante es

quedar sin deudas porque, de lo contrario, cinco

que tengamos, lo van a embargar. Empezar de

cero a los cincuenta años, qué mierda.

Nada más, sobrino. Espero me albergues unos

días en tu casa el próximo mes. Tan pronto logre

conseguir lo mínimo para instalarnos, llevaré a

la ciudad a la familia y empezaremos la aventura.

Mándame la dirección exacta y un teléfono

para llamarte al llegar. Un abrazo,

80

Miguel Salmón


Posdata: de cosas de familia, hablaremos al

vernos. Ya nos pondremos al día. Supe que tu

hermanillo Hipólito quiere ser policía: no sabe

en las que se mete. Lástima, porque es buen

muchacho.

81



DOÑA CARMEN DETESTA A SU

MALDITO JEFE

Vengo a este banco de mierda donde, como

siempre, la fila funciona al revés. Una empieza

adelante y la gente se va colando. Van más de dos

horas cuando logro, por fin, llegar a ventanilla.

Saco de mi cartera los cuatro fajos de dinero que

me ha delegado el jefe. Tres son de moneda

nacional; el último, de dólares. Esto es así casi

todos los días.

—Hola, Brenda. ¿Cómo le va? —La cajera se

muestra relajada, pues el día todavía tiene cuerda

para rato.

—Gracias a Dios, bien, doña Carmen. Uno va

capeando la crisis cada día —me dice y asume los

fajos de efectivo.

Todo es rutina. La maquinita de contar dinero

hace su trabajo sola, mientras la cajera parece

hacer que hace sumando y cortando papelitos que

arroja la sumadora.

Nada épico. Imaginen que una película de

acción se tratase de escenas así solamente. Ni un

tarado aguantaría diez minutos. Sin embargo, los

mensajeros y gente como yo vemos esto a cada

rato. A veces, uno cruza una pregunta que trenza

83


varios temas de corte frívolo: maquillaje, marca

de ropa, el tiempo, la fatiga, las interminables

filas.

Lo que sea. Se trata de rellenar una espera que

es cansina e inevitable.

La mujer me entrega los comprobantes y me

pide el último fajo. Se lo doy y le aviso que son

tres mil quinientos dólares para depositar en la

cuenta de Clemente Blancos Dientes, S. A.

Ahora corresponde esperar mientras verifica

uno por uno los rasgos de cada billete para

validarlos. Veo —y no me gusta— cómo va

separando algunos billetes, ocho de ellos, seis de

veinte y dos de cien, a su costado izquierdo.

Cuando concluye, levanta la vista y me dice:

—Les han metido varios falsos. Tengo que

reportarlos y dejarlos en custodia—. Sin esperar

respuesta ya está con la maquinita de agujerear

hojas en mano y a cada billete le deja dos

perforaciones.

84

—Apenas para un álbum de cromos —le digo.

—Pues sí. Acá va el recibito. Deposita tres mil

ciento ochenta dólares en la cuenta. Vieras que

esto ocurre con frecuencia ahora.

Cuando salgo, quiero dar un portazo, pero se me

adelanta el guarda que abre y cierra la puerta de


vidrio. Me limito a no saludar y a no patear a

ninguno de los viejos que hacen la fila.

Eso pasó el mes pasado. Desde entonces,

llevamos un cuaderno donde se anota todo

ingreso de dólares: lo que pagan los tres

inquilinos y alguna vez, los pacientes. Billete a

billete, se les toma el número de serie y de qué

mano vienen. Entretanto, el consultorio cinco

sigue clausurado porque Salud no le aprobó la

ventilación y don Javier no hace por dónde

ordenar su reparación.

Casi me despiden. Ha sido doña Alina, la

esposa, la que me ha salvado el pellejo. El viejo

infeliz quería deducirme los billetes falsos, como

si fuese mi culpa. De hecho, me hizo intentar el

cobro a los inquilinos, pero ninguno reconoció ser

responsable. De hecho, yo creo que los bancos

giran esos billetes a pesar de conocer de su

irregularidad.

El jefe es un clasista maldito que se cree de

alcurnia y medianamente acomodado. No es

cierto: la que tiene plata y decencia es su esposa,

pero él jamás reconocerá tal cosa. De hecho, es

tan débil que cosas serias —como los arriendos y

temas escabrosos— los delega en mí. “Nada de

discutir con otros”—dice para sí mismo y no se

85


da cuenta de que confunde elegancia con

pendejez.

Por cierto, las sacudidas monetarias acá son de

locos. Dicen que cerrarán el Banco del Desarrollo

y que será por mala administración. Mi primo, el

que es administrador de negocios y trabaja de

taxista, dice que no es cierto. Lo que quieren con

ello es que cuando llegue el banco indio a mitad

de año, se encuentre con un mercado potenciado

con pocos operadores y muchos

cuentacorrentistas flotantes.

Mientras tanto, cuatro o cinco mil trabajadores

van quedando en la calle. Les pagarán unos meses

de indemnización para que se ubiquen como

emprendedores.

Mi generación ya vio esto hace rato y sabemos

que termina mal.

86


UNO POR APUROS ENTRA EN

CUALQUIER SITIO

—Que diga “Urge vender casa”. Sólo eso. Yo sé

que los anuncios cobran por palabras.

—No le puedo aceptar sin agregar datos. Si el

anuncio sale mal, Ud. reclama luego y me llega

una carta de amonestación.

—Verá: estoy sin empleo y sin teléfono. Debo

vender esa vaina para que alguien pague la

hipoteca y me quede algo. Póngale que estoy

parado en la puerta de la casa de 9 a 4.

—Es un montón de palabras sin describir el

producto. Falta el barrio, las habitaciones, los

baños, el tamaño, los materiales, la cochera,

servicios.

—Si pongo todo eso, no me alcanza. Tengo

quince mil pesos. Es todo.

—A la puta. ¿No puede pedir prestado? Eso no

es nada.

—Le dije que me echaron hace poco, ¿no? No

hay orden patronal ni fiador.

—Vaya de aquí a doscientos metros al sur. Es

un edificio verde y viejo. En el cuarto piso. Es

donde dice Importaciones de Oriente del Norte.

87


Les dice que lo manda Efraín, el ejecutivo: soy

yo. Allí le prestan. No vaya a quedarles mal, no

le conviene a usted y me mataría el negocio.

—De acuerdo. Entretanto, diséñeme el cintillo.

Que no pase de cuatro líneas. ¿Sus amigos cobran

caro?

—Eso es relativo, don Julián. Imagínese de la

que le salvan si logra vender pronto. Cualquier

precio para el dinero es bueno si deja

consecuencias.

Salí bajo una leve llovizna que curiosamente

nunca llegó a mojarme los anteojos, pero me

empapó la espalda. El desorden habitual de la

capital era el esperado, buses atravesados bajo el

semáforo, vendedores de líneas celulares,

películas piratas que aún no llegaban a los cines

desparramadas sobre una bolsa negra en media

acera. Y muchos tombos, yo diría que ocho por

cuadra, cada uno revisando su celular, recostados

contra las paredes de las tiendas esquineras. Suele

ser así en los días que la gente cobra el aguinaldo.

Como no ando paraguas, llego destilando. Me

paro bajo el techillo de la entrada, para hacer

tiempo y secar un poco la ropa. Debo de haber

estado una hora sintiendo que nada mejoraba. La

gente se detiene a mi lado con la misma intención

y también acaba convencida de la inutilidad del

88


gesto. El día es demasiado húmedo para esperar a

que se oreen los trapos encima.

Cuando ya no me corría agua desde los

pantalones hacia el suelo, subí por el elevador

que, por dentro, era verde metal con tablones de

caoba. Espejos de medio cuerpo, en los tres

costados. Nada estético; diría que más un

capricho de gusto enfermo.

Ah, y no estoy seguro de haber visto una

cámara. Ciertas zonas del cubículo, sobre todo las

altas, permanecían con penumbra.

Cuando la puerta se abrió, el piso estaba

resbaloso y la conserje hablaba por su celular, de

pie, al borde de los ventanales que dan a la calle

principal. No me vio, no quiso verme. Parecía

flirtear con un tipo, pero su voz era gritona y me

dio lástima de quien pudiese estar al otro lado de

la línea.

Importaciones de Oriente del Norte tiene una

puerta de hierro negra, con su correspondiente

ventanilla siempre cerrada. Tocas con una aldaba,

cuyo eco repercute hasta la primera planta. Se

tardan uno o dos minutos en abrir.

Un hombre de tez gris abre la pestaña para

fisgar. Le digo que he sido mandado y por quién.

Cierra el picaporte y se retira. Escucho

movimientos metálicos y mecanismos que se

89


ajustan adentro de la oficina. Dos minutos tarda

en regresar y darme paso.

—Entre —Y me catea cómo se hace en los

retenes de barrios peligrosos.

Al fondo, a la derecha hay multitud de cajas

estibadas que un hombre mueve con ayuda de un

montacargas. ¿Cómo llegó eso hasta acá?

Supongo que lo subieron con grúa y que

desarmaron los ventanales. He olvidado decir que

el lugar, más allá de una oficina, es un bodegón

de unos dos mil metros cuadrados.

Ha de haber acá veinte operarios. Algunos

abren esas cajas y extraen prendas de vestir que

clasifican. Entiendo que las enviarán a las

cadenas de tiendas que le pertenecen al jefe.

Levantan listado, verifican estados y tallas y

empacan.

Sin embargo, las cajas de más a la derecha,

tienen otro embalaje. Se ven más sólidas y

pesadas y su escritura es propia de los turcos.

Desconozco que dice allí, pero además hay unas

treinta cajas de madera, cuatro veces más grandes

que las usadas para embalar tomates. Imagino que

corresponden a una importación marítima.

Me atiende una doñita que se llama Belkis. Es

baja, mal encarada, cabello gris en moño. Me

pregunta quién me envía. Le respondo y parece

90


dudar. Me pide que se lo describa. Digo lo poco

que retengo de la pinta del tipo del periódico y,

entonces, sonríe.

—Muchacho, la puerta del fondo, la de la franja

azul.

Miro y eso está como a setenta y cinco metros.

Camino el trayecto solo. Cuando llego, veo desde

la puerta a un médico de empresa y a su

enfermera.

—¿Julián Vargas? Lo estábamos esperando.

Siéntese.

Procedo de inmediato. En la pared del fondo,

hay una hermosa tela roja grande, con la silueta

en negro de un metate. Algo así. Me parece

conocer la obra, pero soy demasiado bruto con los

nombres.

—¡Qué linda estampa! —digo—. Es muy

fuerte.

—Sí, tiene mucha vitalidad. Soy el doctor

Mauricio Verdequeso. Debo hacerle unas pruebas

antes de reclutarlo.

Empiezo a sentirme atónito, con miedo. ¿Qué

hay en esas cajas? ¿Por qué en una garrotera le

van a hacer a uno evaluaciones de salud?

¿Reclutarme…?

91


—Lo primero son tests de habilidades —dice y,

de inmediato, extrae de un cajón varios juegos de

habilidades motoras para niños. El primero de

ellos es el de encajar una estrella, una bola, un

cuadrado y un triángulo en las respectivas ranuras

de una armazón diseñada para eso.

No me va mal, pero mis manos son tontas.

Digamos que me cuesta acomodar la pieza en la

hendidura, porque me tiembla demasiado el

pulso. A pesar de todo, apruebo.

Vienen otras pruebas de colores, tamaños,

contar para atrás, contar para adelante, que no me

significan mayor reto. No quiero detallarlas ahora

porque podría sonrojarme ante el papel de tonto

que tuve que asumir. Es fácil de entenderlo: yo

quería el dinero.

—Muy bien, Sr. Vargas. No hay queja de sus

habilidades. Podemos proseguir. Cruce el

corredor hasta allí, la puerta de franja amarilla.

Miré el dedo de Verdequeso y apuntaba al

horizonte, como a la esquina de cuadra. Otra vez,

mientras caminaba solo, me iba preguntando si

estaba en la boca del lobo. Por cierto, al médico

le falta la primera falange del índice. Casi se lo

digo, pero sospecho que ya él se ha dado cuenta.

92


—Don Julián, por favor, en la fila de allí a la

derecha. Ahora sigue contestar preguntas en esa

ventanilla.

Debo ser el número once, si he contado bien.

Me quedo viendo la gente a mi alrededor y todos

parecen de mi edad, de cuarenta y cinco años.

Alguno más reventado por la vida, otros muy

vitales y casi todos con un salveque cargado en

sus espaldas.

Iba a decir que la música ambiental es étnica,

pero mentiría. No hay música de fondo. Se oye

motor de maquinaria que, asumo, corresponde a

alguna empacadora. Por lo demás, la gente habla

entre sí con el furor de las plazas del mercado.

Hora y veinte en la fila. Me preguntan lo que ya

saben, pues yo no estaría aquí si tuviese garantías.

La mujer que me atiende es la versión alargada de

la que me atendió al llegar al plantel. Pienso que

podría ser la hermana o la hija. En todo caso, no

la veo optimista.

—Sr. Vargas, tiene un expediente intachable.

No veo cómo podría pagarnos el préstamo. ¿En

qué quiere invertir?

Le digo que quiero financiar la publicidad para

vender mi casa y que el comprador asuma la

hipoteca, que es una casa buena, de cemento, de

cuatro aposentos, tres baños, garaje, etc. Lo que

93


pasa es que debo cuatro mensualidades ya.

Cuando les dé la gana, me caen.

La mujer parece tener corazón de piedra. Lo que

digo no la cambia para bien ni para mal.

Vuelvo a preguntarme en lo interior por qué

tanto protocolo. Lo normal es que me presten y si

no pago, me manden matones. Me quiebran las

piernas y si sigo sin cumplir, va bala. Sé bien de

lo que hablo porque acá, en la capital, tumban a

dos o tres deudores por semana.

—Me temo que no podemos ayudarlo, creo.

Necesitamos gente que acepte ciertos riesgos y

pueda cumplirnos, de uno u otro modo.

Casi me pongo en el papelón de llorar. De

decirle que estoy desesperado y con la nevera sin

viandas. Me detiene algún sentido de vergüenza.

—Yo puedo correr riesgos, muchacha. Sé lo

que digo.

—¿Dónde ha trabajado usted? Tal vez nos sirva

de enlace. Un modo de pagar una deuda es ser

agradecido. Favor con favor se paga.

—Era docente de matemáticas en el Estado. En

muchos colegios, usted sabe. Algunos somos

interinos toda la vida. Yo llevo veinte años

enseñando…

94


Me pidió que aguardara. Se retiró unos diez

minutos a buscar algo. Luego regresó, refrescada,

casi amable:

—Don Fermín va a recibirlo, Julián. No afloje.

Agradecí el comentario, me abrió la puerta y

entré. Esta vez, la nueva puerta del fondo tenía

ribetes dorados. Creí, por un momento, estar en

un videojuego en vísperas de enfrentar un jefe de

calabozo.

—Pase estimado. —Un hombre alto, como de

cincuenta años con una carga excesiva de oro en

sus muñecas: dos esclavas, reloj. Y ni se diga de

los anillos en ambas manos.

—Buenas tardes —digo mientras me siento. Y

enmudezco por cautela.

—Me ha dicho Liliana que Ud. es docente de

matemáticas. ¿Cómo anda en cálculo?

—Bien. Me gradué en la universidad con nueve

de promedio. Y estudié la carrera. No soy un

ingeniero que se le ocurrió enseñar. Soy

matemático y docente.

—Mire. No sabíamos cómo ayudarle. Acá

tenemos muchos negocios. Hasta en los de finca

raíz andamos. Pero sabemos que su casa no está

en un buen barrio. Es una lástima.

95


—Puedo hacer cualquier cosa. Pruébeme.

—Espero que dimensione lo que dice. Nosotros

somos grandes porque casi nunca jugamos con

las palabras. Riesgo significa riesgo y cumplir es

cumplir. A cambio, Ud. tendrá que pagar con

incondicionalidad por nuestro servicio. ¿Sabe que

la educación local es una mierda, ¿no?

En eso coincidimos. Me despidieron porque la

ministra del ramo decidió cortar planillas. El año

entrante, cada grupo de secundaria recibirá

solamente cuarenta minutos de matemáticas por

semana. La idea de la señora es ser tan funcional

que el tiempo se emplee para enseñar el uso de la

calculadora. “Los jóvenes no tienen que saber lo

que no necesitan”, es la premisa de esta maléfica

figura y, de por sí, hacia el barranco íbamos

alegres ya.

—Ni lo dude.

—Julián, yo tengo tres muchachos de

secundaria. Dos hombres y una mujer. Desde los

doce a los quince años. Lo que no aprendan en el

colegio les va a costar el futuro. Ése será mi trato

con Ud., me los va a dejar afiladitos, finos. El

currículum que deben adquirir es, por lo menos,

las matemáticas que un ingeniero o un científico

requiere.

96


Lo pensé por tres segundos. ¿Y si son vagos,

idiotas, respondones? Algunos quieren hacer, de

todo, una juerga. Esos siempre pierden el curso.

—¿Son buenos estudiantes?

—Son normales. El problema no está en ellos.

Es una decisión política de formar gente

mediocre para salarios ídem. A ver dónde se van

a colocar muchachos con esa formación:

terminarán etiquetando las góndolas del

supermercado.

Y así fue. Me arriesgué. Los tres jóvenes,

Salomón, Jacob y Lucrecia, son chicos

competentes. Ya dos de ellos terminaron

secundaria y, en la universidad, son un tren.

A cambio, don Fermín no me dio el préstamo.

Durante unos meses, asumió las mensualidades y

puso la operación al día. Finalmente, me compró

bien pagada la propiedad para instalar allí un

restaurante. Me ha quedado alguna solvencia que,

en todo caso, trato de puntillas.

A Efraín, el del periódico, lo he visto poco por

acá. Sólo una vez intentó cobrarme por el anuncio

que nunca puse, pero que él maquetó bajo mis

instrucciones. Cuando oyó de mi buena relación

con el viejo, no lo hizo más.

97


Me he integrado a la logística de operaciones de

la empresa y me ha prometido que, de aprender

todo el teje y maneje, me dará una gerencia

pronto.

Por ahora, me toca también hacer entrar en

razón a alguno que otro moroso que abusa de la

generosidad de este buen hombre. Claro, no me

ensucio nunca. Doy las órdenes y luego me

reportan el daño infligido.

Creo que tengo futuro. No sé cuánto vivirá mi

patrono, pero entretanto, tendré respaldo. Su hijo

se le parece demasiado, supongo que Salomón es

el llamado a heredarle. Es, no lo dudo, un hombre

peligroso, lo cual nada significa mientras sepa

mantenerles lealtad.

98


MEDIDAS DE PURO

PRAGMATISMO

Creo que me ha descubierto Jonás. Luego de dos

años de amistad, empezó a joder un poco con que

quería conocer su quinta.

Yo no le daba pelota y le decía para agüevarlo:

—Andáte, eso debe quedar en el culo del

mundo.

Hasta que un día me invitó para que nos

fuéramos en mayo. Apenas empezaba el año y yo

tenía idea de que se estaban dando filtraciones

varias: en los noticieros se hablaba de llamadas

para sacar datos bancarios a incautos, de estafas

novedosas, de chicas de bar que dormían a sus

conquistas para desplumarles y de venta de títulos

valores de sociedades inexistentes.

Seguramente algo de eso inquietó al cabrón y

quería ponerme a prueba. En todo caso, creo que,

a esa fecha, no le quedaban más de veinte

millones en el banco.

Decidí que llegaba la hora de hacerme humo.

No obstante, una tarde que compartíamos un

puro y unas cervezas en un parquecillo, me contó

de su conexión filial con un par de investigadores

99


criminales: era primo de un tal Hipólito y de Pepe

Siles, un total corrupto. Deduje que fácilmente

podría llegar azarosamente al tuétano del asunto.

Mandé pedir instrucciones a don Vini y,

mientras tanto, fingí que le aceptaba la invitación

para la isla Mors, la de la inexistente finca.

Dos días después recibí por respuesta la orden

de ejecutarlo: era innecesario correr riesgos. Un

buen sicario no hace preguntas al patrón, así que

lo planeé para la misma semana. Me puse de

acuerdo con él para que fuéramos a pasear en

moto a la montaña. Hay unas tierras del jefe por

allí que tienen camino de lastre y están bastante

alejadas. Con el pretexto de enseñarle algunas

posibles nuevas inversiones, logré convencerle y

salimos la mañana del sábado a las seis.

Zona infernal ésa, con grandes bajadas e

incómodos ascensos, con carreteras semiborradas

por los derrumbes. Para sosegarme un poco,

paramos en algún bar de carretera y almorzamos

temprano. Luego, un par de cervezas.

Yo tenía pereza del paseo. Ya se veía que en la

tarde llovería, así que de repente solté el

comentario.

—Nos vamos o nos alcanza el aguacero.

Y salimos sin chistar.

100


Dos horas después llegábamos a La Chancha,

así se llama la finca de don Vini. Está sembrada

de frutales, sobre todo, pero las hierbas brotan por

todas partes. Entonces, uno debe bajar la

velocidad, no baja a ser que se tope con un

agujero inesperado y se parta la madre.

Estacionamos detrás de la cabaña. Un par de

murciélagos ahogados flotaban en el agua de una

pileta estancada, lo que denotaba cierto

abandono, lo cual es cosa mala para la imagen de

las empresas del jefe.

Pensé que debería aprovechar las fosas

disponibles y, cuando estuvimos a un par de

metros de una, le clavé la navaja en el pescuezo.

No le dio por resistirse: es más difícil matar a una

paloma de castilla.

Fui adentro por una pala y lo enterré. Yo digo

que quedó cuatro metros bajo tierra, lo cual es

suficiente profundidad para que ninguna rapiña

vaya a escarbar el sitio.

Tomé la moto de Jonás y la dejé caer en el

Barriletes, río lo bastante hondo para sentir que

nadie iba a tropezar con ella porque nadie va hasta

el fondo de aguas tan, de costumbre, sucias.

Volví a la finca, me bañé, hice una siesta y

cuando desperté, salía apresuradamente: no había

101


tomado en cuenta que durante el viaje nos vieron

comer juntos y charlar una hora y tanto.

Luego me dije que no importa, que en este

paisillo a nadie le importa una vida más o una

vida menos.

Aunque pudiese ser que sí.

102


ARTICULANDO TRETAS 24/7

He estado pensando qué hacer, pero el tortón es

inmenso. Arriesgué platas ajenas y no voy a

poder cumplir con los vencimientos. Que el

partido perdiese las últimas elecciones sin

margen para cobrar deuda política es algo que

nunca vi que pudiese ocurrir. Hice un castillo de

naipes y he dejado entrar un tornado a la antesala.

Ya no puedo detenerlo. Me quedan, digamos, tres

meses.

Es que en el afán de ser alguien, uno pisa

cabezas a lo loco. Y también se agarra de manos

peligrosas. Se supone que la economía marcharía

bien, que estábamos con crecimiento del 5 %

anual del PIB, pero ya ven, todo es inflado: el

precio de la vivienda, el respaldo del dinero,

cualquier cosa que signifique urgencia ahora se

paga a capricho de contraparte. Es decir, el doble

o cien veces más.

Lo cual no sería problema si no fuesen estos

tiempos que corren de rápidas soluciones. Los

poderes han abandonado los legalismos un poco

y si son clandestinos, también lo será su modo de

corregir. Uno va a cualquier parte y ve una

balacera. Un carro de lujo afuera de una escuela

es emboscado. A un tipo que hace fila para entrar

103


al estadio, lo degüellan. A un paseador de perros,

en medio parque, lo cosen a balazos.

Ésa es mi circunstancia. Debo perderme, debo

ser otro.

En eso estoy, divagando, mientras miro el

noticiero de las seis. El reportero se explaya en el

crecimiento de la indigencia urbana, que provoca

que no se pueda transitar por las aceras sin

tropezar con un drogadicto, tirado sobre el paso.

Ha de ser un publirreportaje porque dura más de

diez minutos y, de repente, las tomas cambian:

entrevista a un hombre con saco y sin corbata, que

dice ser un hombre de dios, dedicado a socorrer

indigentes: les facilita alimento, cama y baño,

según puedan pagarle.

104

Les cobra barato.

De inmediato, le saco una foto a la pantalla. Allí

está el correo electrónico y el celular del tipo.

En realidad, no estoy nada claro sobre planear

una treta, pero uno recoge piedritas del camino y

luego, en casa, las revisa. Si son vulgares, las

desecha. Si son especiales, las limpia y clasifica

con la ayuda de las redes. En el caso de la gente,

lo contrario. Estoy buscando un tipo que no tenga

reparos y actúe por dinero. Eso abunda, lo difícil

es que pueda esconderse bajo un prestigio, un

aura.


El señor ministro de la ¿caridad? hace dinero

vendiendo frasquitos de un agua dorada que

asegura hace milagros. Don Santiago es además

director de La casa de los alucinados, otra obra

pararreligiosa para gente con desórdenes

mentales y, lo que más me interesa, un

insospechado. Tiene un par de máculas: ese lugar

clausurado un par de veces por condiciones

antihigiénicas y que le abrieron una causa por

explotación laboral de los loquitos.

Es lo que busco.

105



EL DILEMA DOMINICAL

Camino con los hermanos, puerta por puerta, para

predicar la salvación. Recientemente me he

incorporado a la congregación, pero no por fe. Me

gusta Irene, una joven trigueña que llevó un par

de cursos en la U conmigo. Así que mi nexo con

la espiritualidad es la lujuria.

Ya es el cuarto domingo que me ponen en estas

aventuras, donde debo hablar con citas bíblicas y

entregar tratados, flyers de cuatro páginas, donde

se cuenta un milagro, una parábola y, en el borde,

un sellito indica la dirección de nuestro templo.

Cómo esto sucede después del servicio

dominical, caminamos los ocho o diez

compañeros bajo el sol y con un hambre del

demonio. Un par de las muchachas se quejan del

dolor que les causan las maltrechas aceras, pero

nadie les dijo que iban para un baile, ¿o sí?

De mi parte, sigo sin entender de qué se trata la

salvación: no me interesa. Que un cabrón vicioso

tenga tratado directo con lo divino es cuento

chino. Porque nuestro pastor, un hombre que frisa

los cincuenta no es otra cosa que un oportunista,

viejo verde. Ahí anda sentándose entre los grupos

de muchachas y regodeándose al apoyar las

manotas sobre los muslos de las mujeres con

107


cierta socarronería, disimulando que es pura

lascivia ambulante.

Lo que pasa es que una tarde de mayo, fuera de

la biblioteca de la U, en los aleros, me quedé

esperando que escampara y no había cómo.

Estábamos sufriendo la cola de un huracán y usar

paraguas de nada servía. Tenía que quedarme allí,

en la orilla, como un náufrago que recién llega a

tierra.

Entonces sentí una mano que tocaba mi

hombro:

108

—Roberto, ¿cómo estás?

Me di la vuelta y era ella.

Estaba en las mismas que yo, pero acababa de

descender del tercer piso, donde están los

cubículos para estudio individual. Tenía cara de

sueño contenido.

Hablamos de lo que teníamos en común, las dos

materias. Ambos aprobamos, así que había pocos

comentarios. Lo fregado de rendir bien es que no

da para quejarse. Un papelón hablar mal de un

profe que congenia con vos.

Me dijo que tenía ganas de un helado, a pesar

del frío, cosa que no me importa demasiado

porque nunca me ando preguntando lo que quiere

la gente, pero he sabido disimular. Le dije que


fuéramos a la heladería cuando amainase el

diluvio.

Dijo que sí.

Recordé que venía escaso de plata desde días

atrás, gracias a los millares de fotocopias que

encargan los profesores del semestre. Me quedé

mudo, sin poder mirarle de frente.

Ella creyó que me pasaba algo.

Pues opté por inventarme un problema en casa.

Le dije que mis padres se estaban separando y que

cada uno ya tenía su repuesto. Que eso me

desorientaba. Incluso llegué a soltar dos o tres

lagrimitas que sirvieron de pretexto para

acercarme.

Es decir, ya estaba consolado, casi apercollado.

Y entonces me salió con el domingo 7.

¡Qué vida más ingrata! Yo trato de coquetearle

y me sale con eso. Rapidito, me invitó para

acompañarla al servicio dominical y no supe

zafar. Me dio su número y supuse que yo debería

hacer bien las cosas: ir despacio.

Minutos más tarde, pasó un conocido y me dijo

que iba hacia contabilidad. Le comenté que había

olvidado que había quedado con alguien y me

siguió el juego. La presencia azarosa de este

109


muchacho que, me parece, hace horas asistente,

me ha salvado de gastar cinco mil pesos que no

tenía. Me despedí de Irene y tomamos el

caminillo hacia la facultad.

Asumí que no importaba. Un conato de

conquista se queda helado en la primera jornada

y nunca más. Pensé que no la vería más, aunque

linda y todo. Pero el sábado a la noche, me llamó.

—Recordá que quedamos en ir al templo. Nos

vemos ocho y media en el parque. Me debés el

helado, ¿eh?

Le pedí a la carrera un préstamo a mi hermana.

Cuatro mil que recibo, significa que deberé pagar

cinco a fin de mes. Esos palancazos le sirven a

ella que también anda corta de cash y, para mí, ni

se diga. Es mejor eso que ir donde un garrotero,

de los peligrosos.

Ella llegó jovial, en un vestido rosa, muy

conservador y fresco. Contó que se quedó hasta

tarde el lunes porque la inclemencia del agua

seguía pareja. De hecho, esa vez llegué empapado

a la facultad de Económicas, pero antes de entrar,

tomé el trillo hacia el oeste. La idea era alejarme

de donde estaba Irene para no dar el chance del

reencuentro y evitar la vergüenza de reportarme

limpio.

110


La congregación no está lejos. Cuatro cuadras

de conversación a paso lento. Sin embargo, yo

tenía algo similar a un jocote de hielo atravesado

en el pescuezo que me impedía hablarle con

fluidez.

Sí, tenía miedo.

Las preguntas que hice no las recuerdo y las

respuestas me abruman: no podría reconstruirlas,

aunque tengo la impresión que ella habla mucho,

mucho. Lo importante, dirían mis compas, es

hacer puntos.

De mi parte, monosílabos temblorosos

resbalaban entre mis dientes. No sabía que fuese

tan pendejo. Hasta sentí que me flaqueaban las

piernas y que pronto me caería de bruces.

¡Vaya papelón!

Tan pronto pudo, me presentó al predicador. El

tipo, que se cree un padre espiritual, me llevó a su

oficina para hablar de la palabra. Igual, me

entraba por el oído izquierdo una especie de

mosquito y yo imaginaba que compraba veinte

botellas de Raid y se las derramaba encima. Ah,

pero sin que notase que me valía madres sus

santas retahílas.

De modo tal que, en el mismo primer servicio,

me hizo formar parte del equipo que recogía las

111


ofrendas. “Maravilloso”, me dije, y me porté

formal y tuve buen desempeño. Esa misma tarde

pude pagarle a Beca la plata que me prestó la

noche anterior.

Me senté todo el servicio junto a Irene. Si el

predicador decía que saltáramos, lo hacíamos.

Aplaudir, lo mismo. Que habláramos en lenguas

y yo me desgañitaba por dentro, viendo

pacientemente como la gente, Ire incluida, se

desvivía por lograr sonidos guturales y

jitanjáforas paroxísticas… un desmadre aquello.

Hubiese querido prender el celular y hacer

tomas de todo, pero la prudencia me dijo que

hubiese terminado mal. Hasta allí habría llegado

mi flirteo y cuidado si no termina todo a los gritos

y los hermanitos, tan buenos ellos, no optan por

sacarme a patadas.

Así que tuve gozo, mucho gozo interior. Un

circo total.

Nada más que ya le decía yo a mi Irene que nos

fuésemos a devorar los helados, cuando llega ese

viejo. Don Pedro se llama el pastor. Me llama

aparte: que me integre a las brigadas, que yo soy

un hombre bueno, que le gusto a Irene. Con este

último gancho, caí en la trampa.

112


En las primeras puertas a tocar, me quedaba

atrás como a veinticinco metros. Ella me halaba

de las mangas de la camisa, pero yo, como arrear

un mulo. Entonces, la vi, o creí verla, hacerme

pucheritos. Y otra vez, venga de bruto que todo

chantaje me lo como…

El siguiente nivel fue ser testigo mudo, esa

misma tarde. Es decir, me pasaron a primera fila,

pero yo ni papa que hablaba. Sentí el sudor frío

en la frente, típico del pánico escénico, pero

estaba allí y correr subiría a cien mi sentido del

ridículo.

Ya, con Irene a mi lado, como par tocapuertas,

me fui soltando. Y paramos un ratito en unas

banquitas para memorizar unas cuantas citas

estratégicas. Me aprendí como ocho. Con la

misma convicción de cuando me tocó aprender

las tablas de multiplicar, o sea, al mal paso, pedal

hasta el fondo.

Y así va todo. Lo curioso es que esto avanza y

no. La semana pasada me bautizaron en una

alberca chica, detrás del templo. Yo, vestido de

batón blanco y Peter que me agarra del pescuezo

y me hunde totalmente en el agua. Yo que no sé

nadar y el sujeto que no afloja. Yo que salgo casi

convulsionando, escupiendo chorros de agua

como una fuente y con un dolor de cabeza de puta

madre.

113


Para no enojarme, tuve que chantajearme solo:

pensé en Irene y, en lo más importante, mi acceso

a las ofrendas.

Y me dan ganas de no acudir más, pero a las

siete de la mañana suena el teléfono y es ella, toda

dulce:

—Bobby, ponéte de pie. Paso por vos a las ocho

y media. Un besito. —Irene cuelga y yo me quedo

cabrón porque dudo sentirme a gusto en algo que

me utiliza.

Pero en la última ocasión, este domingo, conocí

al gordo Repollo. Jueputa más feo, pero parece

que hace muchas migas con Irene. El día que él

regresó al culto, Irene se olvidó de mí por horas.

Sólo vino cuando tocaba salir para la visitación

de los barrios, puerta por puerta.

Dice que, a Johnny, así se llama el Repollo, lo

atropelló una buseta hace unos meses y le fracturó

un par de costillas y una pierna. Y parece que ella

se siente bien explayándose sobre el infeliz

gordo.

Yo me ofusco, pero sigo con la ficción de ser de

hierro, o por lo menos, de latón. Me resulta

molesto, pero debo reconocer que mi relación con

Irene, nada que prospera. Tan pronto terminamos

el reparto de panfletos, ella zafa para su casa sin

invitarme a ir. Es más, ni siquiera me ha cobrado

114


el helado, como la primera vez, terminamos el

trabajo y calabaza, calabaza.

Y el modo tonto que le sonreía al Repollo me

hace sospechar que hay historia vieja. Raro,

porque los tímidos nunca detectamos ni mierda.

Nos cae un rayo en la mollera y decimos que

huele a quemado y nunca sabemos qué.

En la noche, estuve cavilando sobre si el

rebuznante pastor le habrá dado instrucciones

para engatusarme. Es decir, tenerme cerca para

reclutarme; si no será que el afán de ver crecer su

obra, le borra las líneas de la moral.

Puede ser, y qué. Lo que yo digo es que tengo

que dar el gran golpe, lo ideal es en la quincena.

Intentar con Irene una vez a ver qué pasa. Si fallo,

puedo irme a una cantina lejana con las bolsas

llenas, porque de previo, esa noche, por si acaso,

me cargo la ofrenda.

Ya es mucha hipocresía llorar por Irenita,

cuando si me dice que sí, la enfiesto conmigo.

115



2. EL EFECTO DOMINÓ DE

PERDER LA FE



ENTRETELONES EDITORIALES

O CUANDO EL HAMBRE VENCE

AL PREJUICIO

El comité editorial de Comas Negras está

formado por seis profesionales de la principal

universidad local. Mejor dicho, cinco. El sexto

miembro es un doctorando de una universidad de

Alaska, cuyo nombre no aparece en las redes.

Devenga, cada uno, una dieta de treinta y cinco

dólares por cada libro que el comité aprueba,

bajo la premisa de dictaminar luego de una

rigurosa lectura. Esto pasa poco, pues de los

cinco académicos, sólo un par ama su oficio y la

regla general es que, si el autor postulante tiene

títulos de licenciatura hacia arriba, se publica. A

tal efecto, se registra en el libro de actas el

acuerdo y a echar pa’lante.

Y Petra es la sétima, la presidenta.

Por eso, el día que Vivas visita a Petra no la

encuentra. En otro salón, mucho más oculto, se

reúne Petra con los miembros del mentado

comité.

—Han de saber Uds. que este autor no está

titulado. Sin embargo, a la gente le gusta su

malicia —abre el diálogo la gran jefa.

119


—Pues habíamos acordado que se publicaría a

lo pirata, ¿no? Nada de sellos, nada de riesgos.

—Eso hicimos con Malanga. Ya ven, no salió

tan mal. Hay gente que la sigue comprando.

—Pues mi primo, el escultor, Gera, está todo

ofendido. Ya no me dirige la palabra.

—Pues soy testigo de que tu primo pagó para

que lo pusieran como un trapo en la novela. En

realidad, Gera a nadie le interesa. Otra cosa es

que Lucas se robase la plata —es Isidro

Pelapapas, uno de los que sí lee los borradores.

—La cosa es qué hacemos. Ya sabemos que

Vivas consiguió un fondo público para que le

publiquen sus obras completas, las cuales no

existen. Él acordó conmigo que iríamos poco a

poco publicándole sus desvaríos y que

jineteásemos el dinero que le dieran para

apalancar otras publicaciones. Nos conviene

porque cobra bajito interés —Petra, que está

alineada conmigo.

—Pero ¿cómo vamos a publicar a ese bípedo

inculto? No empata con nuestro caché —Ernesto

de la Cuerda, el famoso doctorando alasquense.

—Deberías darte una vuelta por las ferias y ver

lo que se dice en los círculos culturales. Por

ejemplo, esas bazofias que le publicamos a un

120


politiquillo de cuarta que juega de literato es

algo que nadie perdona —el rictus de la gerente

es duro, una bofetada en seco.

—Vos estás loca y venís a jetear. Tenés en la

oficina un dios rata. No podés ser más grotesca…

¡Pagar porque te envíen esa mierda de la India!

—La cosa es que conozco a Vivas, se la juega.

Tiene ideas, un estilo irreverente que podemos

vender. No tendrá el título, pero es por soplas.

Matriculaba cursos en horas de oficina y luego

se quedaba trabajando. No hacía el retiro

justificado y su expediente carga un montón de

PE… —Petra, con fiebre, defendiendo mis

cartas.

—O sea que ser irresponsable o vale madres es

un mérito —palabras de Isabel del Moño, otra

del comité, premio nacional de poesía calentona

(dizque erótica) unos diez años atrás.

—Por una vez, bájense del pedestal y sean

funcionales. ¿Uds. tienen alguito que quieren

publicar y no quieren poner plata? Pues nos

agarramos de las obras completas de este

imbécil, bueno o mediocre. Les doy una semana

para que lean La trama del camaleón y votamos.

—No perdás el tiempo. Prendé las luces para

que podamos ver. Vamos a firmar todos. Una

mierda más entre lo que se publica en este país

121


no va a dañar los ríos. Tenés sobrada razón: hay

que hacer andar la maquinaria.

Es Isidro, que tiene atisbos de sabiduría.

Cuando se ilumina la sala de juntas, todos

tienen el rostro cuadriculado con una redecilla

roja, como las que usan para empacar las papas

en el súper.

Aun así, zampan la chayotera.

122


UN SUEÑO PREMONITORIO

A falta de una buhardilla, escribo en el segundo

piso de mi casa. Bueno, no en el segundo piso:

en el cielorraso. Acondicioné con una mesita,

una silla y el ordenador y levanté algunas latas

del zinc para ventilar. Voy por la parte donde se

hace ver que Gregorio Pasta podría no haberse

suicidado, sino haber tramado algo bien sucio.

Empieza a gotear. Primero, con timidez,

acompasadamente. Después, un diluvio de

diecisiete minutos, ensordecedor y que deja en

penumbra mi zona de trabajo. Me pego un

sueñito porque lo habitual es que yo caiga

dormido hasta de pie.

Sueño con el maestro Poe que me da consejos,

pero no logro recordarlos. Sólo retengo cierto

nerviosismo debido a sus múltiples regaños.

Cuando él se retira, me siento agüevadísimo y

está soplando un viento ruidoso: afuera hay un

tornado. Entonces, trato de dirigirme al

computador, pero el teclado es una lámina

metálica absolutamente plana: ni una letra

disponible. Como en una pantalla táctil, pero en

negro, empiezo a teclear a ciegas.

De repente, está sobre la puerta el pajarraco

ése. ¿El cuervo? No, qué va. Es un zopilote. Creí

123


que iba a arrojar una frase existencial o de

críptica sabiduría, pero se abstiene.

De repente, se abalanza sobre mí y me picotea.

“Será que soy Prometeo y tengo el castigo de

mi osadía”, pienso.

Al despertar, el cielorraso está lleno de gallinas

que desordenan mi mesita y un par de aves me

picotean. Una gallina trata de anidar sobre mi

cabeza.

Supersticioso, trato de buscar el significado de

todo esto. Al final, decido que esta vez no hay

interpretación posible.

Será que la cagué al complicar la trama.

Ni siquiera he pensado las salidas.

124


IDENTIDADES BLANCAS

MALANGUEÑAS

La gallinae albae pacis ha sido propuesta como

símbolo nacional por una mayoría de legisladores

de la oposición oficialista. Este último oxímoron

se debe a que obedecen a la misma ideología que

dicen criticar. Ergo, a la hora de votar, luego del

barullo, todo se aprueba y con escasas

correcciones.

Es lo normal en un país de derecha. También es

lo normal en una sociedad que desconoce todo

sobre la vida política porque, desde que llega a la

escuela, nada más recibe mitos fraguados por la

oligarquía para conciliar con las masas

dominadas.

Ahora, debemos tener en claro que las gallinas,

a pesar de ser parte indiscutible de la identidad

nacional, dado nuestro origen de corte rural, no

son bien aceptadas o, por lo menos, son miradas

con reticencia. Ningún malanguense que se crea

exitoso querrá parecer campesino o rural, a no ser

que se esté candidateando. En ese instante

mismo, veremos cómo arrastra las erres y acuña

una decena de modismos que le hagan ver como

persona humilde. De ahí a tener en su patio un

gallinero, hay una gruesa línea que no se cruza,

so pena de resultar polo, inadaptado.

125


Pasa distinto con la especie alba, la pura, la de

élite. Es la única que vive en libertad bajo un

imaginario propio, carente absolutamente de

contradicciones sociales. Su status le garantiza la

inmunidad ante las carencias y su pedigrí le

permite anidar allí mismo, en el centro del poder

político.

La mítica gallina blanca de la paz suele

concentrarse en el cono urbano del Valle Central,

concretamente, en las zonas rosa. Suele andar

impecable y eso acaso haya sido el germen de la

leyenda que la visibiliza como de inteligencia

superior. Lastimosamente, nada ni nadie ha

podido comprobar tal afirmación y lo que el

empirismo arroja es que es un ser cochino, capaz

de comerse a sus propios polluelos si están

muertos, picotear en boñigas de otros animales y

hasta dejar sus gracias sobre los cojines del lobby.

Comprobamos tal cosa una tarde que visitamos

los diferentes cubículos del Parlamento Nacional.

Ahora, lo que le interesa a la publicidad es el

mito, aunque la realidad lo contraste. Una

gallinita blanca con un ramito de olivo en el pico

puede resumir nuestra identidad de seres

agazapados y formales. Nadie va a suponer que

también, como toda gallina, nos encanta la

alharaca y el bochinche. Que por todo hacemos

desmadre, pero sin correr riesgos: eso es secreto

126


a voces, pero los prestigios siempre enconchan

las debilidades de todo producto. Necesitamos ser

percibidos como gallinas albas, palomitas de

castilla, ovejitas dóciles.

Ah, y por lo del nivel de inteligencia de las aves

de corral no debemos preocuparnos: escaso y

todo, muchas veces superan al malangueño

medio, tan ocupado de ser lo que los demás

esperan o exigen, que se ha lobotomizado a pura

voluntad. 1

Salomón de la Luz Chueca

1

Este artículo sin fecha fue rechazado en todas las revistas de opinión

política. El novelista lo encontró al revolcar los papeles de su

ghostwriter y se lo hizo llegar a Petra con la idea de incorporarlo. La

idea fue aprobada porque no costaría ni un peso adicional.

127



PROFESIONALES QUE AÚN

GUARDAN OPTIMISMO

—¿Te acordás de la borrachera de la noche de

graduación? Nosotros creíamos que las empresas

se pelearían por reclutarnos. —Eric está sentado

sobre un murito, afuera del Ministerio de Trabajo.

Sus amigos están de pie, casi hechos puño.

—Pues sí, huevón. Creíamos recibir la llave del

cielo. Me costaban un huevo las matemáticas.

Hasta pagó tutor para mí, mi tata— José Bades,

el de anteojos de vidrios redondos, muy miope.

Están esperando que pase la llovizna que, sin ser

fuerte, alcanza para empaparse en tres minutos.

Es muy temprano para regresar a casa a

cambiarse, lo que quieren es dejar pasar el mal

clima y, luego, dar una vuelta sin rumbo. Al fin

de la tarde, tomarán café, como invitados sin

aviso, en la casa de algún excompañero de los que

casi nunca han vuelto a ver.

Para eso están los teléfonos. Ud. hace una

llamada, se pone fraternal y dice “me encontré

con unos compas y queremos verte hoy”. Como

el chavalo sigue viviendo en la casa paterna,

todos conocen su dirección y, casi de inmediato,

se ponen en camino. Como son un montón de

129


limpios, no llevan pan, ni una galleta. Hambre en

estado puro, nada más.

Los cuatro son informáticos, pero la compañía

no les reconoce el tiempo extra. Han acudido a

poner la denuncia para esperar a que los citen a

un careo con el patrono. No han dejado de

preguntarse si no será un error que, en un país tan

jodido, donde se dice que no existen las listas

negras, pero abundan, uno se ponga de revoltoso

porque todas las semanas completan ocho o diez

horas adicionales de trabajo… y seringa: el

gerente, ni las gracias.

—Compas, ¿qué piensan ustedes sobre eso del

emprendimiento? Podríamos intentar algo entre

todos —es Eric, que se levanta del muro porque

se le trepan las hormigas.

—El emprendimiento son los tatas con plata. Si

no hay dinero, te lleva puta. Y aún si estás

forrado. Más de la mitad queda en la calle en

pocos años —Beto Zeledón, del que dicen que

viene de una familia pudiente.

—Pues yo decía que podemos entrar en la

ciberseguridad, en la generación de apps

empresariales y en soporte y capacitación.

Imaginen, en un local de cincuenta metros,

ponemos un aula, un escritorio y, al rato, hacemos

coworking. Podemos alquilar pequeños módulos

130


para el montón de independientes que ha

generado la crisis. Se alquilan por hora y no nos

suben los costos. Es cosa de cuidar que cuando

tengamos un local, todas las condiciones se

pongan por escrito.

Un relámpago bien definido cae por el este. A

los seis segundos, el trueno.

—Esto va de malas, Chepe. Deberíamos irnos

en úber, pero ¿adónde? —Néstor, el más bajito y

gordo, como de metro sesenta que, casi siempre,

traga chicle.

—Yo pienso rezar en mi choza para que no nos

echen. Si el patrono nos marca, la cagamos. Por

eso, hablo de que pensemos en emprender. Al

rato, metimos la pata. Estos cabrones cargan la

mano a favor de la empresa. Como perdamos la

querella, nos dan un popi y una patada en el culo.

—Rezar no sirve de nada. Ni para bajar el

estrés, te digo. Pero lo que decís, asusta. ¿Nos

regresamos a desdecirnos? Hasta por las

escaleras, en dos minutos estamos allí. —Eric

mira hacia el interior del edificio hace rato.

—No, gente, no. Por andar de agachados es que

nos agarran de camellos. Uno merece cierto

respeto, está capacitado y cumple. Es de ley que

haya una reciprocidad —comenta Beto, que

siempre procura ser autosuficiente. No ha

131


terminado de decir esto, cuando Néstor ya está en

el living, camino al ascensor del Mintra.

—Lo jodido es que antes éramos pocos y ahora

somos tantos… Las primeras generaciones de

informáticos tenían el mercado seguro. Y

estábamos al día. Ahora, hay que ver cómo

actualizarse. Las compañías, por eso, los

prefieren recién graduados. Y también les resulta

más barato contratar sin experiencia. Uno

necesita estar al corriente, de otra forma, se lo

lleva puta y pierde vinculaciones. —Bades, en rol

obsesivo, preocupado.

—No te pongas pendejo. Vale recordar que, hoy

por hoy, tenemos expediente limpio. A lo más,

nos llaman a negociar y eso es lo que queremos

—comentario del autosuficiente Beto, que recibe

del papá trescientos dólares mensuales como

ayuda.

—El huevón de Néstor no nos ha llamado ni por

joder. No vaya a ser que ahora nos trate de lejos

para evitarse problemas —José Bades, contento

de ver la linda sala de su anfitrión, que los ha

recibido sin esperarlos.

—Por eso, no lo aguardamos. Además, él

mismo dijo que tomáramos un úber. ¡Qué bueno

que te vimos en el jardín cuando pasamos, Marín!

132


Contános cómo va tu familia, tus tatas, tu

hermanillo. Y trae otras cervezas porque uno

nunca sabe cuándo la sed asfixia—. Roberto se

pregunta cómo putas se puede desarrollar el

sentido del descaro, para llegar a saquear neveras

ajenas. En eso, Chepe es un ejemplo, pero hoy

anda disimulado.

Al inicio, Alonso Marín se alegra de toparse

afuera de su casa con sus antiguos compañeros de

ingreso a la universidad. Se abraza y saluda con

todos y los invita a pasar. Pretende darles café,

pero todos reniegan de ello y son directos:

“queremos birras” dice alguno y no hay más

preguntas.

Afortunadamente, siempre hay un poco de todo

en casa. Entonces, cuatro cervezas y una tabla de

quesos y está bien, porque ellos tuvieron la

decencia de pasar a saludar, aunque la hora es

incómoda.

La una y pico, tiempo habitual de siesta. Sobre

todo para un sujeto que, como Alonso, tiene un

mes de vacaciones apenas empezado.

Es el beneficio de trabajar en un juzgado.

Durante esos días, nadie te jode. Si alguien quiere

activar o aportar folios a un expediente, choca

contra vidriera.

133


Lo ha sorprendido Zeledón con lo de una

segunda ronda. Se le ocurre, sin mayor

comentario, dispensar maní en un bol de madera.

Como de cálculos de cocina sabe poco, deja el

tazón rebosante como la entrada de un nido de

hormigas; una montañita.

—Hoy juega el Real contra el Barça, ¿lo

vemos? —la nariz de Eric que parece empezar a

enrojecer.

Marín piensa que sí porque no ha planeado

mayor actividad en sus vacaciones y que estará

bien dedicarles un rato. Se limita a un gesto

positivo, con la sonrisa de siempre y a aplicar el

botoncito del control que enciende la pantalla. De

inmediato, hace un cambio a cualquier canal

porque el TV estaba sintonizado en una porquería

de ésas, del canal íntimo.

—¿Qué canal es?

—No sé, no tengo cable—Eric, respuesta

inmediata.

—¿Están seguros que hay juego?

—Revisá la grilla.

—No sé hacerlo.

—Dáme pa’cá— Bades le arrebata el control y

empieza a hacer zapping. Luego de un minuto de

134


incertidumbre, lo encuentra. Están en

preliminares.

—¿Mandamos a traer un cantonés? — Eric,

sondeando a ver si el otro invita.

—Tengo paella del domingo— Marín es tan

baboso que es un perfecto anfitrión—. Tengo que

dejarle un poco a mi esposa, eso sí.

—Yo le entro.

—Yo también.

—¿No tenés un bistec con papas? No como

mariscos. No te preocupés, si no, mando a

traerme algo.

—Hay chuleta de cerdo, ¿te gusta esa vara?

—No, tranquilo. Dame tu número de tarjeta —

Bades, que ya está canchón.

Alonso asume que es una broma, mientras abre

la nevera y coloca una sartén amplia sobre la

cocina encendida. Recuerda que ha dejado su

billetera, junto a la colección de música, pero no

hace a preocuparse.

—¿Ya les dije que el hermanillo de la profe de

literatura está en el tabo? Es recurrente. Es un

estafador que se hace pasar por profesional en

diversas ramas. Ahí está el legado por vender

135


territorios en reservas indígenas: fue el primero

que lo hizo. Hay como quince denunciantes.

—Ah, vos trabajás en la Corte. Lo habíamos

olvidado. Te la pasás en grande, ¿no? —observa

Eric, mientras mira a Messi correr la diagonal

desde la derecha.

—¡Qué va! Estamos hasta el cuello de

expedientes. Se han jubilado dos compañeros y

no reponen las plazas. Lo que hace el juez es

priorizar a dedo o porque desde otros poderes le

piden acelerar algo.

—Eso es delito —dice Eric, enano porque se lo

ha tragado el sofá.

—Nada es delito si no te atrapan. Vean lo del

viejo que se lanzó de la azotea en la Corporación

Nacional de Papel. Parece que fue truculencia.

Habría lanzado a un desconocido al que operaron

para que se le pareciera. Eso dicen, porque lo peor

es que la Judicial demoró tanto en llegar que

cuando iban a alzar el cadáver, ya no estaba —

Marín, que daba vuelta a unos chuletones en la

sartén que salpica aceite.

—Es que, con plata, todo se puede —tercia

Bades.

—Antes la plata valía, ya no. Ahora lo que vale

es la maña, las redes. Ayer fui a comprar un

136


repollo para una ensalada y estaba más caro que

un litro de whisky. Así no se puede —dice

Zeledón que llora porque Messi ya no corre como

antes, tan roco que está.

—Queremos poner una compañía —se deja

decir Bades.

—¿De qué? —Alonso, dando pelota.

—Informática, qué más. No sabemos hacer otra

cosa —Bades, siguiendo el hilo.

—Pues yo no tengo idea hacia dónde va el

mundo, pero me asusta. Nos vamos volviendo

sustituibles; el trabajo humano es marginal. Saber

quién puede necesitarnos que no sean las

máquinas. En unas décadas, seremos sus

esclavos. Supongo que ustedes tienen futuro.

Suerte. —Alonso pone sobre la mesa una bandeja

llena de carnes fritas y otro platón lleno de

tortillas calientes.

—¿Cuánto van? —dice Roberto, que se había

quedado dormido.

—No importa. Es un partido viejo. Parece que

la televisora ha dejado caducar los derechos y

rellena la grilla con Fútbol histórico, así se llama

el programa. Ese chavalo no era Messi, es Jorgillo

Santana, de un equipillo de segundas, cuyo

137


uniforme es similar al del Barcelona. Se le parece

físicamente, pero es un total tronco.

Llaman a la puerta. Es un repartidor con cinco

pizzas. Bades se le va encima para arrebatarle las

pizzas. Luego sacar un billetillo de mil pesos y se

lo da como recompensa.

—Sos un puta abusivo —le reclama Marín—.

No se te ocurra hacerlo nunca más.

—Tranqui. Mañana entramos al trabajo y quién

sabe cuándo volveremos de visita —dice Eric y,

de repente, Marín siente que se le tranquiliza algo

adentro.

—Es raro, pero ustedes me recuerdan el tango

de Discépolo. Y los tiempos que corren que

parecen ser cómicos, no lo son. Es el cinismo lo

que hoy mueve el mundo —comenta Alonso.

Nadie lo escucha porque al falso Messi le han

dado tremendo planchetazo. Se revuelca —

seguramente sobreactúa— para llamar la

atención del árbitro que trae la mano tocando el

bolsillo trasero para hurgar en él.

Cuando el referí levanta el brazo, le enseña a

Santana una roja directa.

El falso Messi se incorpora despacio, pero como

nadie le da pelota, deja de cojear casi enseguida.

138


Múltiples manos de los visitantes caen sobre el

plato de las carnes como si fuese una batalla

campal. Cuando se retiran, el plato luce

impecable, vacío.

—Cagamos, otra vez va a ganar el Madrid —

comenta Roberto, que está calladito e imparable,

comiendo como desconsolado.

139



GLOSAS INTESTINAS DE

ACONTECIMIENTOS

MARGINALES

Vuelvo tres días después.

—Hola, Petra. Pasé a buscarte días atrás, pero

nadie estaba.

—Quiúbo, te tengo buenas noticias. Vamos a

publicar tu novela sobre el calamar.

—Epa, yo no escribo de calamares. ¿Me estás

tomando el pelo?

—Jamás. Hablo de la trama que retrata una

sociedad maledicente y un periodismo corrupto y

servil. Vos la trajiste hace como tres meses.

—Ah, la de los camaleones. ¡Qué bien! Por

cierto, ¿vos sabés que tu ratón habla? La vez

pasada me hizo un par de correcciones sobre el

borrador que andaba bajo el brazo.

Cuando digo esto, la gata negra de la ventana

viene a posarse sobre mi regazo. Me agrada y me

entretengo haciéndole piojito sobre su largo

pelaje.

—No puede ser, Vivas. Seguro sos

esquizofrénico y hablás con monstruos y bichos

141


raros. Es sólo una estatua de arena con concreto,

traída de la India.

—No creás. Tenés un oráculo en ese Mickey.

Pedile consejos, que yo creo que el alma de Lucas

reencarna en esa vaina.

—No podés ser más payaso. ¿Acaso no sos un

descreído?

—Recordá que es literatura. No hay reglas. A

menos que sea para lectores ñoños, no las hay.

—Ah, entonces fuiste vos quien rayó de rojo al

dios muñeco. Cabrón, esas cosas son de cuidado.

Nosotros estábamos en la reunión del Consejo y,

de repente, todos nos vimos con la cabeza repleta

de manchas rojas. Creímos que era un brote de

erisipela o de un nuevo virus.

Llamamos a Salud y casi nos pitan una

quincena de cuarentena. Asumieron que era una

nueva especie de varicela cuadriculada. Sos el

colmo. Te voy a pedir que, si te metés ácido, no

pasés por acá. En la de menos, nos quemás el

local.

Tengo desde hace años la idea de reformar el

Himno Nacional de Malanga para actualizarlo.

Quiero decírselo a Petra para buscar apoyo,

pero la sensatez hace que me calle. Necesito ir

comprando poder, ganarme su confianza y

142


convencer a todos de que podemos liderar el

cambio.

—Por cierto, supe que le bajaste a Lucifer un

cuadro del gordo Lacayo. No te lo pido de vuelta

porque era grotesco. El de la gallinita de la paz

que se mete pastillas de éxtasis y se ve toda

enferma. Con razón, la portada de Malanga se

me hacía conocida. Definitivamente, Lucas te

conocía bastante: menudo ladrón de gallina que

sos.

Lo siguiente es la aparición de dos tazas y el

termo de café. Esa tarde ando el saco café que

tiene holgados bolsillos, saco un sánguche de

queso con tomate. Se lo muestro a Petra y ella

extrae un cuchillo de la gavetilla izquierda de su

mesa y lo parte.

Acto seguido, comulgamos.

143





IVÁN MANTIENE A RAYA A SUS

PARIENTES

Hemos trabajado como locos esta semana para

lograr que el negocio levante y esté contento don

Fermín. Estamos tratando de convencer a cuanto

vendedor ambulante haya para que se reclute en

la venta de estupefacientes y nosotros les damos

un descuentazo (para dejar por fuera a todos los

competidores).

Y cuando llego a casa, está esa puta carta de mi

tío. Mamá me la pone en la mesa de noche sin

abrirla: no logra perdonar que el hijo de su madre

se quedase con lo mejor de la herencia. Hasta

mala cara pone.

Ellos son seis y pretenden aterrizar en mi casa

donde apenas cabemos mis tatas, mi hermanillo y

yo. Hay un cuartito vacío, pero lo usamos como

bodega. Allí paran las herramientas, los muebles

que se dañan, la antigua licuadora y hasta un

carretón típico al cual se le quebró la barra del

yugo.

Es que los acumuladores no tienen cura, aunque

no tengan plata. Mi familia tiene esa maña

espantosa de no botar ni un tornillo viejo.

“Servirá para algo”, dice papá y se lo guarda en

el bolsillo. Luego aparece en la lavadora porque

145


el ruido lo delata. Entonces mi madre lo saca de

la vestimenta y lo deposita en esa habitación, tan

desordenada como el Big Bang.

A mi tío tenemos años de no verlo. De hecho,

en algún momento se disgustó con mamá y ya no

se comunican. Y ahora pretende, de la nada,

establecer un vínculo. Es irritante.

¿Que el reparto de los bienes de la abuela se

hizo a dedo? Cierto, pero ellos se quedaron con la

finquita, pequeña, pero que es tierra, al fin y al

cabo. Y, ¿qué más valioso que eso?

Se metieron en problemas por querer crecer y el

banco les roba las ganancias, cierto. Uno no

puede tomar decisiones alegremente. Cuando te

acercás demasiado a un vórtice, sobrepasás el

punto de retorno. En ese momento, pedir ayuda

es hundir a los demás.

Yo creo que no voy a contestar esa cartilla. Es

acongojante no poder hacer nada y, sin embargo,

es peor que a todos nos arrastre la crisis. De mi

parte, no existen. En todo caso, siempre he

mantenido una distancia profiláctica.

Para no sentirme tan mala fe, le he contado al

jefe por si podría darles trabajo. Me dijo dos cosas

que, la verdad, son sensatas. La primera, es un

error mayúsculo trabajar con la familia. Es

garantizar un infierno que no cesa. Lo otro, la

146


empresa no tiene estabilidad para reclutar

siquiera un empleado más porque un día todo va

bien y, al otro, la incertidumbre.

Me ha sugerido que les diga que vendan drogas.

Sin embargo, enfatiza que no se las ofrezca yo.

Podrían no pagarme a partir de utilizar la lástima

y el lazo de sangre. Lo mejor es que los remita

con distribuidores de barrio, con el búnker

discreto que queda allí, por la cuesta, detrás de la

capilla, ese sitio que el cura denuncia siempre,

pero permanece intacto. Tiene patente de sala de

masaje y lo es, pero en el sentido más lascivo. Y

eso que la TV los ha denunciado dos veces y dos

veces lo han clausurado.

Durante veinticuatro horas.

Don Fermín anda con la presión altísima porque

parece que su proveedor, alguien que no conozco,

lo llama a cuentas y lo amenaza.

Paga o paga.

Mi jefe debería tomar medidas definitivas.

147



DE CÓMO EL AZAR RESUELVE

PORMENORES

Reiner Pentago pegó la lotería a los treinta años y

cinco años después estaba en la calle. La plata se

esfuma fácil y de eso son testigos sus gastados

zapatos de marca, que le evocan mejores tiempos.

Ahora vive con ciertos ajustes, no paga todas las

cuentas, a veces pide prestado y generalmente se

hace el gato bravo cuando sale a beber con la

barra y le piden que aporte su cuota.

Como si él no hubiese antes pagado una que otra

ronda para todos. Eran los días de la euforia

porque pegar media plana del mayor no le pasa a

cualquiera y podía —si quisiese, pero no—

ponerse un negocio. Mejor seguir con el empleo

modesto de vendedor de planta en un almacén de

línea blanca y salir de fiesta vez perdida. El resto,

aunque no ganase mucho interés, estaba en el

banco en algo que no entendió bien, pero que

denominaban fideicomiso. Eso le balanceaba lo

ganado por lo comido y un poquito más. El resto

lo gastó en cambiar el menaje de casa, poco a

poco.

Entones todo pintaba bien. Un tipo sin

ambiciones tiene suerte y cree que, con una cifra

149


gorda en el banco, ya está hecho. Generalmente

funciona.

Lo que no se ha fijado el señor Pentago, en el

momento mismo de que firma con el banco, es el

nombre del fideicomiso. De hecho, no tiene por

qué fijarse hasta que, transcurridos tres años, va y

verifica que su dinero se ha reducido a la mitad.

La Corporación de Inversiones Te Meto el

Manotazo, S. A. ha hecho múltiples maniobras

con su dinero y siempre ha salido perdiendo. No

toma tiempo don Reiner de investigar a fondo,

pero muchas de estas operaciones han sido con

subsidiarias de TMM, como en adelante

llamaremos a los mañosos captadores.

Asustado por lo que ve venir, trata de protegerse

de la tormenta y de cancelar su compromiso,

vender a otros. No consigue a quién y el banco

mismo le hace saber que ha pactado a diez años y

que antes de eso, nones. Por el contrario, para su

supuesta tranquilidad, el adoctrinado ejecutivo le

aconseja esperar, pues al llegar el vencimiento

final, verá sus frutos.

—¿Adónde hemos escuchado ese cuento antes?

Ah, sí, en determinados países cuando se roban

los fondos de pensiones.

—Te voy a agradecer que no insertes glosas en

el texto que puedan generarme problemas. Vos a

150


todo le querés sacar provecho propio y yo no

quiero peleas con nadie.

Con la mitad de los intereses que percibía antes,

Reiner decide que tiene que tomar medidas, pero

no lo hace. Las intenciones que tienen un costo de

oportunidad —casi todas lo tienen— suelen

postergarse y así que la cosa se va estrechando y,

al final del quinto año, el saldo del ahorrante

apenas alcanza para cubrir las comisiones que

cobra el banco como operador y los manotazos de

la TMM.

Siempre en la luna en cuanto a información y a

conceptos financieros, Pentago sigue acudiendo

puntual a su trabajo, aun cuando ha perdido el

último centavo. Al fin de cuentas, nació obrero y

no le iba a temer al cansancio, un valor de clase

si se quiere mirar con optimismo la acostumbrada

desigualdad que a otros engorda. Lo primero que

hace es vender la pandillera, pues toma

conciencia de que su estilo de vida riñe con lo

ostentoso de su pasatiempo. Pasa un par de fines

de semana encerrado en su casita —la de siempre,

la que fue de sus padres—, pero al tercer sábado

intenta reintegrarse a los paseos colectivos con

una bicimoto. Lo que encuentra es a doscientos

ojos que le miran entre el asombro y la hostilidad

y parecen no reconocerle. Cuando salen con

151


rumbo al puerto, él decide no seguir una comitiva

a la que es evidente que no pertenece más.

152

Es un trago duro moralmente, pero nada más.

Reiner tenía un patio grandecito, con cerca

hecha de latones altos, donde criaba gallinas.

Ningún vecino se quejaba porque procedía con

extrema higiene. A lo más, un gringo drogadicto

llegó a quejarse del canto del gallo en el chat de

la comunidad. Un cabrón que se pegaba fiestones

de licor y coca durante dos semanas consecutivas,

con el equipo a todo volumen se quejaba del ave

madrugadora.

Pentago le hizo el tonto y siguió su rutina.

Tienen más palabra cincuenta gallinas ponedoras

—la mayoría, eficientes— que ese imbécil que

anda en las nubes y que, además, no sabe español

cuando le toca pagar el alquiler. Porque tenía

fama de ser una rata sin trabajo ese maldito.

Hasta para echarse unos pesos encima, le

alcanzaba. El kilo de huevos pasó de dos a cuatro

mil colones en un santiamén, lo cual reparó un

tanto el bolsillo de Penta, apelativo que recibía en

la oficina. Aprovechaba la hora de almuerzo para

atender diversos clientes en su casa, que estaba

apenas a media cuadra de la tienda.

Ahorra bastante. Cuando tiene suficiente, lo

primero que se le ocurre es agendar una cita con


una mujer de la TV que vende un híbrido

mediático de religión y brujería. Cuando por fin

le responden el teléfono, obtiene una cita

presencial en un rincón olvidado de Costa del

Lodo. Para ello, le piden que deposite de

inmediato doscientos mil pesos, cosa que hace sin

renegar, pues está convencido de que toma una

sabia decisión.

A las dos, hora que regresa a su puesto laboral,

ve que lo espera un viejo cliente enfadado y

dispuesto a entrarle a las trompadas. Es el que

vive acá cerca, pero tiene una casa infestada de

ciempiés y otros bichitos. Esto propició que la

cocina se le fundiera pronto y, como no le

cumplieron la garantía, está que trina. Reiner no

lo sabe, pero el viejillo de desordenado bigote

cano anda una macana plegable escondida entre

las mangas de su camisa.

Penta estira la mano para saludarlo cuando

recibe el latigazo seco que le empapa la camisa

de algo caliente y abundante. No ha terminado de

tocar el suelo cuando la andanada de bastonazos

está de nuevo sobre él. La ropa se moja con su

propia sangre y mientras todo se le apaga y el

torbellino del vértigo se traga ese cuerpo

desplomado, sus cuatro compañeros de salón

corren desaforadamente, gritando como loros en

carnaval de patos. (Bueno, no sé si eso alguna vez

153


sucede). Básicamente, pierden los papeles y una

señora que está de visita y es enfermera es la que

pone orden y manda a Luisa Gómez, la hija del

dueño, a conseguir vendajes asépticos y

abundantes.

La señora Gómez regresa con todo un

dispensario donde hay alcohol, desinflamatorios,

merthiolate y demás carajadas hasta para el dolor

de uñas. Reiner aún está K. O. y tiene tremendos

moretones a la altura de la nariz. El hombre

violento ya ha sido doblegado por un par de

compañeros que practican kung fu panda o algo

así, pero que acataron a reventarle la cabeza al

fulano con tremendo botellón de vino (vacío, sin

duda: tontos no son).

Al agresor lo sacan del comercio y lo colocan

sentado, mediante apoyos de papeles

comprimidos y un par de calzas de madera, en el

parque del frente, en el poyo más limpio

disponible, que está opuesto diametralmente al

gran almacén. “Ojalá que haya perdido la

memoria”, piensa doña Luisa al ver, desde lejos,

la estampa.

A Penta lo llevan al hospital donde demora tres

horas en ser atendido. Durante ese lapso,

despierta y se ve tan bruto como siempre, lo cual

alegra a Sergio y a Jazmín, el par de compañeros

de la fuerza de ventas que lo trajeron a urgencias.

154


El salón es frío, como es de ley, pues de algún

modo debe combatirse el hacinamiento, y

mientras lo llaman por el altavoz, la voz de dos o

tres personas que se quejan de lo lindo le hace

creer que está en la puerta del purgatorio,

observación desconsiderada si se toma en cuenta

que una de las voces (que resulta ser la más

molesta) es la propia. Porque él no lo sabe, pero

todavía divaga e imagina que camina sobre

piedras en un estanque de patos que, a pesar de la

calma chicha es un lugar peligroso, pues allí,

después del puentecito hay unas gomas moradas

venenosas que succionan con fuerza todo ser

orgánico que se acerque.

Reiner, pues, tiene miedo de morirse.

No hay tal. A todo chancho gordo le llega su

hora, pero él no está ni siquiera viejo. Desvelado,

nada más. Y estresado como cualquiera que ve

que las famosas crisis del capitalismo que servían

cada veinticinco años para hacer más ricos a los

ricos, ahora tienen temporada anual y cada vez

más fuerte.

“Ah, qué triste morirse”, atina a pensar. No

obstante, el emergenciólogo, acostumbrado a

hacer literalmente de tripas chorizo, es una

eminencia que lo deja como nuevo con

veinticinco puntos. Como nuevo, digo, si

tomamos de paradigma a Chucky o algo así, pero

155


es que no existen los milagros y la cara del

paciente no da para mayores estiramientos sin

hacer antes un recogimiento de orejas y otras

maromas del bisturí. “En todo caso, importa la

vida”, se dice a sí mismo el doctor Gordiano, que

siempre quiso ser especialista en estética, pero le

salían raros los diseños hasta en el ordenador.

La incapacidad de Reiner da para cuatro meses.

La cita con Madame Toussaut, en consecuencia,

se pierde. La señora asegura que tiene los campos

llenos y que le atendería en noviembre, pagando

cita de nuevo. “Has debido venir antes y te

prevengo”, le comenta. “Los astros estaban mal

alineados para vos y no siguen muy bien”.

Penta, al que ahora le duele la cara todos los días

y casi todas las noches, se asusta. Esta vez gira

cuatrocientos mil colones a la doña de los

milagros oscuros a cambio de que le atienda

virtualmente. A duras penas, haciéndose la

difícil, la vedette, la condescendiente, la Toussaut

le da cita para el sábado a las once de la noche.

Jazmín y Sergio le dan una vuelta

quincenalmente para ver si no se ha complicado.

Ella piensa que sería bonito llegar y ver que ha

estirado la pata para revolcar estanterías ajenas.

Al rato y se consigue unos aretes, un relojillo o

un buen juego de ollas, porque las de su casa están

pa’l tigre.

156


Sergio está contento porque vende como nunca.

Es más, se ha reconciliado con el viejo que le

rompió la madre a su amigo y, en señal de buena

fe, le regalo un microondas pequeño. Como

contraparte, el viejo le ha comprado con

sobreprecio —cosa que no sabe— un

superrefrigerador con capacidad para almacenar

dos vacas enteras. Lástima que el motor venga

trasteado y que ni el vendedor lo sepa, porque eso

significa que el comprador reincidente vendrá,

esta vez con chopo, a vengar la estafa.

Sergio, pues, es cajón y archivo el 16 de junio a

las 3 de la tarde, merced a tres agujeros en la jupa.

Vaya puntería de roquito…

Cuando eso ocurre, Reiner aún no ha salido a la

calle con su nueva versión facial. “Lástima —

piensa entre dientes— no podré asegurarme de

que le sellen bien la lápida”.

Ni la menor idea de que el viejo —un

farmacéutico de apellido Pérez— que se fue a pie

media hora antes de que la policía apareciese en

el lugar, lo mantiene apuntado en la lista de los

pendientes.

Esto ocurría hace dos o tres años. ¿Por qué

habría de preocuparle ahora si nunca ha vuelto a

ver al loco peligroso en su camino?

157



RENATO BUSCA COLOCAR EL

PAPEL FRAUDULENTO

—Don Vinicio, me llamo Renato Cárdenas.

Vengo a verle porque sé que usted tiene dinero.

Yo tengo algo que puede interesarle —el hombre

extiende la mano contra el vidrio para saludar a

su visita con un rictus de hombre de negocios.

Ambos están sentados en la sala de visitas,

vidriera de por medio. El visitante se ha puesto un

traje que le encaja mal, pues lo compró usado

para la ocasión y le estruja los hombros.

—¿Ud. cree que yo quiero invertir en algo? Mi

abogado es un idiota y me han metido quince

años. Quiero salir de aquí y matar a ese

miserable...

Puñetazo suavecito contra el mostrador, para

que no lo castiguen. De otra manera, lo dejan

incomunicado quince días y ni visita conyugal ni

putas. Nada.

—Por favor, lea el apunte. Renato acerca al

vidrio un documento escrito en computadora con

los detalles de lo que quiere negociar, pero lo

coloca en un ángulo muy bajo para evitar que

alguna cámara capte el contenido.

159


—Ud. bromea. Eso no existe. El hombre

agudiza su gesto de severidad.

—No, señor. Es una invención del azar

seguramente, pero le aseguro que existe. Lo ha

usado el Gobierno por décadas y así se ha librado

de múltiples compromisos: firma en el papel,

pero un par de días más tarde el documento está

en blanco totalmente. Dicen que el Gobierno —

aquel que llamaron la Granja de Orwell— lo

utilizó a lo loco. Por eso, ninguno fue a chirona.

Todo esto lo dice el exjefe de mantenimiento de

la Compañía Nacional de Papel poniéndose la

mano en la boca como hacen los futbolistas en la

tele para que nadie pueda leerles los labios. Eso

le permite sentirse ingenioso estratega.

—Necesitaré pruebas.

—Mire, mañana vengo a dejarle unas galletas y

le traeré una resma. Ud. puede empezar a escribir

sus memorias allí y si yo miento, hará plata si las

publica. De otra forma, perderá lo escrito.

Verifique el papel cada dos días y verá.

—¿De cuánto hablamos?

—De toneladas, creo que de 17.

—Ah, son más que las de Alberto Vázquez.

160


Renato no capta de qué le hablan. Intercede

Vinicio:

—Una gran voz, un cantante olvidado. Hizo una

versión al español de 16 toneladas. Tómelo como

un chiste.

—Está bien, pero no entendí. La cosa es que

quiero veinte millones...

—Ah, es barato.

—De dólares, hombre.

—Le falta colmillo a usted.

—¿A qué se refiere? —empieza a

desconcertarse el visitante.

—No imagino a nadie que venga con una

propuesta así para ponérsela en mano a un

presidiario. Todo lo que yo he ahorrado de mis

trabajillos no llega al millón de dólares. Si tuviese

diez, me hubiese ido a otro paraíso fiscal.

Vanuatu, por ejemplo. Entiendo que la Granja de

Orwell hizo un tratado de amistad con ellos.

—Mire, yo estoy apurado. Reúna ese millón y

me llama. Eso sí, la logística le toca a usted. Y lo

demás ya lo adivina: billetes de baja

denominación y sin marcar. Nada de que el patito

Donald lo dibujó por diversión cualquier ignoto.

He estado leyendo novelillas policíacas para no

161


tener problemas a futuro. Yo voy a depositar la

mercadería en algún edificio abandonado y usted

manda por ella. Vea que en la calle dicen que el

call center de las estafas opera desde acá y que ha

sido idea suya. Si alguien lo canta, lo mandan a

seguridad máxima… y chao, la luz.

—Veré qué puedo hacer —dice Vinicio

levantándose—. Es mejor que se cuide. Ud. es un

novato y nos puede hundir por baboso. —Y da la

espalda.

Renato, apresurado, recoge sus hojitas y se

queda viendo al viejillo marcharse. Tiene la

impresión de estar tratando con alguien peligroso,

de esos psicópatas que suelen pasar como

palomas.

162


CAMBIOS DE ÚLTIMA HORA

Antes de seguir con la trama, me toca repensar y

reformar. Esos hermanos Muñoz Salas son

salvajes, pero son causa perdida. No se me

ocurre qué puedo hacer con ellos si ya fueron a

juicio y los sentenciaron a 18 años a la sombra,

cada uno. Ni las valoraciones siquiátricas

alcanzaron para excusar la barbarie del crimen

de su abuelo.

No voy a sacar permisos para escribir en una

jaula, mientras todo apesta a hierba, a orina, a

necesidad. Suena perverso.

Ocurre que todas las ciudades tienen pandillas,

asaltantes, mendigos, drogos y demás. Para mí,

son un nexo curioso porque se enteran de la vida

de los otros bastante más allá de lo que creemos.

Un día que no estaba en casa, pasó uno de estos

sujetos —lo hace semanalmente— a recoger una

bolsita de víveres que regularmente le doy para

que se ayude. Dice mi esposa que, al preguntar

por mí, dijo mi nombre con claridad. Yo no suelo

conversar con ellos. Abro el portón, estiro el

brazo con la bolsa de ayuda y tan pronto la toma,

cierro de nuevo. Es curioso, porque parece que

los dos o tres que pasan cada semana saben

quién soy y tocan:

163


—¿Está Vivas?

Eso me preocupa ligeramente. Por ejemplo, no

voy al parque de mi comunidad o a sus

inmediaciones porque los guachimanes corren

tras de uno para pedirle dinero, a pesar de no

saber si va a estacionar por allí. Entonces, me

comporto como un salvaje y mi respuesta es

hastiada, hostil.

Me he dado cuenta luego de revisar papeles de

que otra banda de pillos que participó en otra

novela mía anda desempleada. Les contacté, pero

aseguran que nunca les liquidé el saldo de ese

librito.

Y no pienso hacerlo.

Así que me voy a la zona roja y, a puro casting

y galletas de soda, convoco a, más o menos,

cincuenta sujetos. La mayoría se ve pordiosera:

no puede ser de otra forma, si los ha destruido la

droga y la intemperie.

La diferencia la hace un grupo de cuatro

idiotas, cuyo temperamento no tengo claro. Se

comportan como los jóvenes católicos en lugares

públicos: total parsimonia. Sin embargo, las

cicatrices de brazos y rostros me permiten notar

que son unos duros y bastante alejados de la

moral.

164


Me reúno con ellos, les pongo condiciones y los

maquillo un poco. No les cuadra nada que los

convierta en cuatreros, pero los tranquilizo con

un cuento chino:

—Nadie llega al estrellato desde la nada. Hay

que empezar desde cero.

Al final, el día que arrancaríamos el texto, no

llegaron. Otros sicarios los dejaron fríos en un

callejón por razones territoriales.

Hastiado, archivé la escritura varios días.

Ha sido la tarde del sábado pasado que me ha

llamado la pandilla de El Turco, —ya sin él, está

muerto— y me dice:

—Sabemos que usted puede hacer dinero. Si

nos paga la mitad de la deuda, trabajaremos en

esta novela.

Respondo afirmativamente y saco del salveque

un viejo juego de Monopoly. Cuento seis mil

pesos y me los embolso en la camisa.

Esa noche nos encontramos en la Plaza de las

Semillas Yermas, lugar donde todos recuerdan el

linchamiento de Porky.

Han levantado como homenaje una escultura

de bronce: una plana de lotería, un entero de dos

metros de largo.

165


—Queremos enormes letras en la marquesina

—dice el líder.

Me resisto a desengañarlos y no les cuento que

es un libro. Un puta libro, nada más.

Desde entonces no duermen, pensando en

debutar.

166


CAMINANDO POR LAS CALLES

DE MALANGA

—Desde el mostrador, vi que el viejo se asomaba

desde la orilla de la azotea. Yo sabía que era el

dueño de todo y supuse que estaba evaluando

vender el edificio o hacerle mejoras de seguridad.

Y como ya se acercaba la hora del café, fui a

encender la plantilla del gas porque los

comensales siempre llegan en tropel. Unas

cuantas hamburguesas, empanadas y bebidas

significan algo así como mi hora pico en el

negocio.

Durante el día tengo otra: la del almuerzo. Igual

vienen en manada y hasta se empujan. Alguna

vez se va uno de ellos sin pagar y, si lo detecto,

lo quemo con los demás. Si no viene a pagarme

en tres días, que ni vuelva.

En cambio, a la hora de la salida, nada pasa. A

pesar de que tengo el chinamo enfrente de la

parada de buses, los clientes pican poco. El afán

por alcanzar el colectivo —para no tener que

esperar media hora— en una zona que se vuelve

solitaria espanta a todo el mundo.

Por eso, cierro a las cinco.

167


Le decía, yo lo vi allí y no pensé que estuviese

predispuesto. De otra forma, le hubiese lanzado

una señal, un saludo tocando la visera con la

punta del índice, algo que pudiese demorar las

cosas. Por el contrario, me distraje viendo a una

conserje del cuarto piso que se apercollaba con un

gordo de camisa azul: me parece que es un

contador.

¿Qué más le digo? Ya sabe los riesgos de

trabajar con gas. Hace unos años, a un par de

kilómetros de aquí, una fuga de gas en una soda

chica acabo con media cuadra. Es que en los

espacios cerrados se concentra y el cachimbazo

es terrible. ¿Lo recuerda? Murieron dos mujeres.

Usted no es del barrio, ¿verdad? ¿Qué anda

haciendo por acá? ¿No le parece peligroso

escarbar recuerdos de hechos oscuros?

Porque nunca se supo qué pasó, sépalo. Se regó

el rumor de una plata perdida en inversiones de

bolsa, pero yo tengo dudas.

Bastantes.

Mire: nunca vino la Judicial a realizar las

inspecciones. Yo, que estoy aquí todo el horario

de oficina y un tanto más, sé que no pasó nada.

De hecho, hay gente que viene —de noche, sobre

todo— a llevarse, a poquitos, cosas que el hombre

168


acaparaba. Porque vendía de todo: maquinaria,

herramienta, peluches, suministros de oficina.

Tal vez, sólo tal vez, droga. Dígame, si no,

¿cómo se financia un edificio urbano de catorce

pisos para una sola compañía. Han de ser 170000

metros cuadrados, cuando menos.

Yo no voy porque eso me da miedo. Uno no

sabe si está por darse una batalla de territorios o

qué es lo que hace que ese lugar no esté en pugna

en alguna sucesión. Hasta le pagué a un

jovencillo abogado para que hiciese el estudio

registral y me trajo que la propiedad sigue limpia

y a nombre del difunto.

Y el pendejo no tuvo hijos. Los tatas están

encerrados en un manicomio de Carolina del

Norte porque el difunto los mandó encerrar para

arrancarles el patrimonio. Nada de asombrarse:

ya sabemos que esas familias funcionan así.

Bueno, y usted ¿de dónde ha salido? ¿Por qué

anda con anteojos oscuros y gabardina a pleno

sol? ¿Por qué en estas épocas se deja la barba si

es mal visto? Sólo los comunistas usan eso.

—Nada, se me ha ocurrido escribir una novela

y decidí meterme en ella. Ando falto de

orientación.

—Repita eso.

169


—Mire, Castillo. Yo estoy escribiendo esta

carambada y me metí a ver qué averiguaba desde

adentro. Hasta datos suyos tengo: divorciado,

cuatro nenes, dos en el primer matrimonio y dos

por fuera. Tiene una moto Vespa de 125 c. c. que

funciona a la perfección y fuma mecha, pero los

viernes. Sólo los viernes.

Veo que el hombre se agacha un segundo y saca

del mostrador un chopo. Me apunta.

—Mire, no sé qué hace aquí, pero ha cruzado la

raya. No vuelva por este barrio o lo tiro. Váyase.

No me ha dado chance de hacerle entender que

él es un capricho mío, al cual cedo libertades

temporales. Si fuese mi enemigo, lo puedo

desgraciar y hasta desaparecer. Sin embargo, soy

un vago incorregible y si me meto en la novela es

porque quiero que otros hagan mi trabajo. Los

personajes cuentan algo que yo no sé ni quiero

confirmar. Lo que hacen es afianzar la trama al

dar solvencia a los hechos o ventilar las

contradicciones y eso está bien.

Y para mí, es facilísimo. Un día estaba mirando

los deportes de un canal de fútbol y me quedé a

ver las entrevistas. El periodista se acerca a las

estrellas de la noche y les pone el micrófono. Un

astro, aún abrumado por sus dos goles y por la

victoria, dirá exactamente las mismas frases que

170


sus pares han proferido en otras fechas. Ni las

cito, ya sabemos cuáles.

Corresponderá al periodista editarlas para

meterle malicia y bronca a palabras que flotan en

la ingenua frivolidad de los semidioses. Entonces,

al día siguiente y, acaso, un par más, los

programas deportivos sacarán roncha debatiendo

sobre las declaraciones incendiarias de Fito

Muñoz, la estrella, o las respuestas de Gámez, el

defensa. Y los colegas de prensa terminarán por

agitar el avispero recordando que hace dos años,

el ariete le quebró el tobillo al central y que hay

inquina desde entonces.

Eso pasa también con el narrador y la novela,

pero nunca tan bajo, no.

171



CONVIENE BUSCAR NUEVOS

AIRES

—Hola, Brenda. ¿Cómo vas? Te traigo otro

montón de monedas de quinientos. Cuando visito

a mi abuelito, me regala bolsas llenas y

últimamente voy mucho a su casa. Mi abuela está

enfermilla.

—Quiúbo, Jacky. ¿Ya las contaste?

—Doscientas veintiocho exactas. No quiero

efectivo. Las usaré para el pago de los servicios

públicos.

—De acuerdo. ¡Cómo te va con Andrés?

—Nada nuevo. Pienso darle un par de meses

para que se decida. Y si no, le aprieto las bolas.

—Ayer estuvo aquí en lo de la plataforma de

servicios. Supe que piensa sacar un carro nuevo.

—Ah, anda con plata ese tacaño. Le pedí

llevarme al teatro y me dijo que esperara, que

tenía que cubrir la colegiatura de los carajillos.

—Así son los hombres. Es jodido andar con un

casado porque no apoyan si uno no les pide.

—Yo siempre le pido regalillos. Lo que hago es

llevarlo al mall y, ya allí, le coqueteo. Y si no me

173


da bola, me enojo y me pongo en plan de armar

una escena. Si no fuese porque su familia tiene

plata, lo mando a volar. Bueno, si me saliera uno

mejor.

—¿Hoy no trabajás? — pregunta Brenda.

—Me quedaban unos días sueltos de vacaciones

y los tomé —responde la mujer que, de repente,

se siente asediada por preguntas que en otra

agencia nadie le haría. No quiere comentar que la

ha despedido el presidente de la compañía por

meterse con su sobrino a jugar manitas calientes.

Recibe el comprobante de depósito, una sonrisa

de rigor y media vuelta.

Tendrá que buscar otras sucursales en los

barrios del sur, donde las cajeras, aunque sean

igual de chismosas, nunca meterán conversa

sobre intimidades a una desconocida.

174


AGENTE CAMPOS, HIPO

CAMPOS

—Aunque acá ha llovido un montón, este espacio

está seco. Eso indica que se acaban de ir. Voy a

sacarle foto.

Me asombra la tenacidad de Gilberto, mi

teniente de Inspecciones de Homicidios. El sujeto

es diplomado en criminalística, de una de esas

universidades que siempre están inventado

carreras cortas para ganar mercado. Y para

parecerse a los personajes de la tele, siempre anda

una melcocha, de las largas, entre los dientes.

¿Qué pensará hacer con esa foto? El crimen no

ha sido acá, sino adentro, en el súper. Un cadáver

en el congelador de las carnes y empacado en

plástico. Una señora de edad avanzada y casi

ciega lo ha percibido como un pavo gigante y ha

pretendido llevárselo. Pide ayuda a los

misceláneos y ellos le hacen ver su error. Es un

hombre enano, como de cincuenta años, de pelo

largo, con anillos de oro en cada dedo de su mano

izquierda. Menos en el pulgar que, curiosamente,

le faltaba.

Al ver al sujeto tan feo, envuelto en un pijama

rosa y enrollado en celofán, la señora Arantxa de

la Cataratas decide declinar la compra.

175


Que un centro comercial tenga huellas es

natural. Por eso, venir al parqueo para detectar

que alguien recién se ha ido me parece

estrambótico. Acá, cada minuto alguien entra y

otro sale. Y que yo sepa, nuestra oficina no cuenta

con bases de datos sobre el tamaño de los coches

y poder así reducir la muestra a determinadas

marcas.

176

Pero, en fin.

Se me ocurre que los que deambulan por acá,

deben saber algo. La señora que pide dinero a la

salida del parqueo dice no saber nada. Le insisto

y afirma que a ella no le interesa la vida ajena.

Saco un billete de cinco mil pesos y parece

cambiar de actitud.

Pero en el momento mismo, recuerdo que la

oficina no va a reponerme lo que gaste. Retiro el

billete, lo introduzco en mi bolsillo y la mujer se

enoja. Me suelta algunos piropos donde el más

inocente es “pendejo”. La mando, en voz baja, al

demonio. Uno, con insignias oficiales, está

obligado a cerrar el pico.

Me quedo desorientado y por un par de minutos

me pregunto qué harían los policías de la tele.

Veo una mancha de salsa de tomate en una

columna, adjunta al lugar donde mi superior tomó

la imagen del espacio seco. La señalo para que él


la mire y no capta. Entonces le explico: “Estaba

en el congelador de las carnes y esto es salsa. Un

complemento”.

Dios mío. Me ha puteado por estúpido… que

“quién putas va a estar pensando en salsitas” a la

hora de esconder un cadáver. No respondo. Al

menos, yo soy incapaz de comer macarrones si no

hay salsa. ¿Cómo saber que no querían llevarse a

las brasas al pitufo helado?

Yo no bromeaba cuando di esa pista. Algo en

mi intuición me hizo ver con malicia la mácula.

Parecía intencionada, perfecta. Un círculo de no

menos de veinte centímetros de diámetro.

Yo diría que una pizza mediana, ¿no?

Vale decir que el cadáver fue identificado como

Regis Azuela Porte. Es un tipo conocido en las

comisarías por robar pollos de las granjas

domésticas. Complementa su oficio con un

localito, ubicado allá por las paradas de buses de

Terraca Sur, zona de clima caliente. A los

pasantes vende el pollo que hurta por las noches,

en los barrios de la periferia.

Dicen que trabajó para el exdiputado

Pocalengua, pero cómo saberlo si Poli se reventó

la cabeza, por bruto, con la hélice del helicóptero

particular hace veinte años. Recuerdo que le

indujeron el coma para que no sufriera.

177


Entretanto, doña Noemi reforzaba el fuerte

vínculo con su amiga incondicional que era

periodista.

Yo le saqué foto a la salsa de pizza, pero no le

dije al teniente. Incluso fotografié pequeños

trozos de pepinillos, por si me quieren decir algo.

No imagino qué, pero así funcionan las series

policiales: un poli, mediocre como yo, que de

repente se da de bruces con un secreto que le

estalla en las narices.

La verdad, soy nuevo, tres semanas apenas, y

nunca he visto que funcione. Lo que pasa es que

uno tiene que aprender de sus héroes. O imitarlos,

para no quedar como un idiota desorientado.

Encontramos en los desagües unas cuentas de

madera. Hablo en plural, porque en el equipo

somos siete. La oficial Stroza, que es muy devota,

afirma que son cuentas de rosario. Yo veo nueve

nada más y tomo apunte. No tengo idea de

cuántas deberían ser, pero parecen faltar piezas.

Como digo, creo que todos estamos en la luna.

No es muy esperanzador ver que nuestro jefe

habla con el gerente del supermercado sobre el

hallazgo de un espacio de parqueo donde no ha

caído la lluvia. Sobre todo cuando don Máximo

explica que ha llovido con viento y que los toldos

178


del restaurante del lado protegieron esos escasos

metros cuadrados de los aguaceros de la mañana.

—Debería darse una vuelta este sábado.

Digamos a las cuatro de la tarde —aconseja al

teniente.

—¿Por qué, sospecha de algo? —la ingenuidad

en la boca del nunca posible capitán.

—Verá. Los sábados por la mañana ponemos

toldos gigantes para que las señoras vengan a

hacer zumba. Eso nos hace vender el doble. De

paso, si Ud. se viene a la tarde, verá un tremendo

espacio seco y podrá extender su área de

investigación.

El teniente Gilberto Tirones se hace el no

ofendido. Sabe que el viejo tiene amistad con el

jefe de la delegación, la suficiente para hacer que

le metan una suspensión. Traga así flemón de la

cólera, pero disimula bastante bien.

—No, en serio. Me preocupa lo de ese cadáver.

¿Cómo pudo llegar hasta las cámaras frías?

—No tengo idea. Fíjese que los monitores

estaban en mantenimiento desde ayer y hoy se

encendieron a las nueve.

—¿Sabe qué? No salga de la ciudad. Puede que

Ud. sepa algo y no se percate aún de ello.

179


Me gustó ese desplante del teniente, pura tele de

las ocho p. m.

Máximo se harta de la brillantez del cuerpo de

detectives más célebre de Malanga y se regresa

por donde vino. Nosotros no le seguimos la

huella porque esta novela tiene corto

presupuesto. Un puta personaje más y nos

cancelan. En el camino, vemos a dos o tres

conserjes afanadas en secar los corredores, pues

la gente nunca toma tiempo para pisar las

alfombras. En consecuencia, barriales y exceso

de trabajo.

Dado que tengo nada que hacer me posesiono

del alma de Hipo Campos, el novato poli.

—Ud. es Campos. He oído que algunos de sus

compañeros le dicen así —me lo dice una señora

gruesa y canosa, que pasa de los cincuenta y que

puede ser la supervisora de la tropa de limpieza.

—Hipólito Campos, como mi padre —le digo,

remedando un profesionalismo que no me calza.

—Bueno. Mire, Campitos. Pasan cosas curiosas

acá. El mantenimiento de los equipos de cómputo

viene así hace rato. No es que estén malos, no. Es

que el jefe es tacaño y siempre apaga la mitad de

180


los equipos para no gastar en el recibo de luz. Lo

mismo hace con las cámaras de frío. Se apagan

cada tercer día por doce horas. Luego la gente se

queja porque come carne y se les jode la panza.

¡Cómo no va a pasar si consumen comida

podrida?

Siento que aquí nace otra línea de investigación,

pero estoy patinando, ¿cuál? Y si don Máximo

Peralta pertenece a una secta o es un émulo del

Hannibal de El Silencio de los Inocentes… Si

sencillamente, el difunto de metro veintidós (ya

lo midieron y no sé para qué si estaba rígido y

nunca pudieron estirarlo) es un empleado sin

planilla que quedó atrapado en los congeladores

o murió por un patatús y ni se dieron cuenta…

¿No es todo ello posible?

Ahora que lo pienso, no comeré carne durante

varios años. Ver a ese cabrón frío, lleno de

escarcha y apenas amoratándose, le quita el

hambre a cualquiera. Yo consumo confites de

menta a lo loco para que se me quite el mal sabor

de boca.

Estoy divagando en estas naderías cuando mi

jefe viene a buscarme. Está con sangre en los ojos

por las burlas del gerente del súper. Me dice que

está seguro de que el viejo sabe algo. Le pregunto,

e igual que yo, no sabe qué.

181


Espero que no sea contagioso. A veces, creo que

ser policía no es lo mío. Me parece tonto el tratar

lo de las pruebas circunstanciales como si nunca

se contaminaran. Ese rollo de causa y efecto tiene

tantos matices y nosotros, en ese juego, somos

propicios a la ceguera. Será que disfrazamos de

lógica los juicios de valor, como tantas veces

hacemos en la vida diaria.

Pero veamos. Regis Azuela, metro veintidós,

comerciante y ladrón de pollos en las barriadas.

Si este hombre tuvo éxito, posiblemente le jodería

el negocio al Todo por Nada, esta megatienda.

Me parece que ahí anda un motivo. Casi que

descartamos que el ejecutor pueda ser un

empleado de acá, pues es de esperar que Máximo

Peralta tuviese mapeado a Regis como una

amenaza, pero no iba el hombre a usar a sus

empleados contra el tipo si después podrían

extorsionarlo.

Ahora, ¿quién nos garantiza que haya llovido

con viento? Según yo, en la zona seca cabe un

camión de reparto de congelados. El cuerpo pudo

ser sembrado, pero la negligencia de Máximo nos

corta la línea. Vaya a saber uno si lo hace adrede

o es que no quiere que la escenografía policial

espante a los clientes.

Recién me entero de que apenas sacaron el

cuerpo del enano, hicieron lavar las cámaras y

182


volvieron a cargarla de pavos y embutidos. Es

decir, nos quedamos sin escena, pues la

contaminaron a lo bruto. Ahora nadie quiere decir

quién fue, pero mi olfato sabueso apunta a

Máximo, cada vez con más fuerza.

La verdad, no creo ni una palabra de lo que

digo, pero es que he estado pensando. Al señor

Tirones no le caigo bien. Ya estuve averiguando

y lo normal es nunca resolver los casos. Digamos

que, para no perder la costumbre, dos o cuatro por

año, de los más fáciles.

Por ejemplo, el extravío de las bolas de fútbol

de la escuela secundaria. Pasamos toda la mañana

haciendo pesquisas y nadie supo nada. Nos

metimos a una bodega, abandonada y sin luz, bajo

la gradería y allí encontramos cincuenta balones

casi nuevos y como cincuenta ratas.

Los profesores de deportes y los conserjes

evitaban entrar allí por el miedo. Ellos sabían que

el lugar estaba lleno de roedores. Habían olvidado

que, al fin del ciclo lectivo anterior, las habían

guardado allí. Casos así ayudan a que cada cierto

tiempo nos incrementen el presupuesto, pues la

fama del escuadrón crece.

Supongo que antes de que llegue la hora de

cambiar de turno, me harán escribir el reporte.

183


No tengo mucho que decir. Se me ocurre que

pondré:

“Enano encontrado congelado y crudo en la

sección de fiambres y embutidos, no cumple

reglas de empaque. Pistas bastantes

desordenadas y escena contaminada: pollos

huelen pasados. Hay sospechas del señor gerente

del almacén, fundamentadas en su trato vertical

y mala leche hacia este escuadrón policial de

explosiva inteligencia, que siempre acata la

brillantez de su líder, el teniente Tirones.”

Claro, es provisional. Luego, habrá que

agregarle folios diarios, aunque sea de

comentarios. Hay que justificar el trabajo.

Ayer fue martes, día cabrón con el caso del

enano pavonizado. Yo me porto absolutamente

chupamedias para proteger mi trabajo y hoy me

llama el capitán. Pensé que quería halagarme,

pero no. Me ha dado nuevas órdenes. Sí, órdenes

que no puedo rechazar.

Cuando llego al Todo por Nada falta una hora

para que abran, pero ya anda allí la gente de

limpieza y la de mantenimiento. Muy amables

todos, me dejan pasar y me enseñan un cuarto

donde puedo cambiarme.

184


La vestimenta es dura, cartones cilíndricos que

cuesta manejar. Apenas hay un par de pestañas

para que pase el aire y el sonido. Me toca estar

alerta junto al espacio de ayer. Como una

columna más. El acabado es consecuente con la

mampostería del lugar, escarapelada por la

humedad y el paso de los años. Lo único que me

queda para evitar el sofoco y la oscuridad, la

fatiga de permanecer desde las nueve y hasta las

siete, en posición de estatua, es cantar suavecito,

pero al ratito estoy roncando.

Se supone que no me delate ante el público.

Llevo una pequeña grabadora de periodista,

adherida al cinturón. Cuando crea que algo pasa

importante, debo activarla. Eso serviría para

sentar criterios y perfilar la gente que esté

involucrada.

Uno no desacata órdenes sencillamente porque

le parezcan erradas, entiéndanlo. Puede que lo

que cuente no tenga pies ni cabeza, pero es mi

empleo.

Ya verán que eso de infiltrarme como poste es

probablemente un merecimiento, un premio por

mi disposición al disparate y, sobre todo, por

plegarme a las estupideces de la jerarquía.

Cuando yo era niño, mi abuelo decía que en la

función pública se necesitaba voluntad de

185


servicio. Años más tarde, cuando saqué la cédula

corrigió lo dicho: “debés ser lamebotas”,

sentenció y me sonrió forzadamente.

Tal vez deba decirle al teniente que también las

pizzas compiten con las carnes congeladas. Allí

hay otra línea de investigación, creo. Alguien

quiere sacarse del camino a dos rivales a la vez:

asfixia al enano y desprestigia al supermercado.

Todas esas rarezas se me cruzan por la mente e

imagino que llego a jefe de las fuerzas policiales.

Aunque lo más sensato y barato sería admitir que

estas tiendas tienen tratos con varias mafias. La

china y la rusa, por ejemplo. El cadáver entre las

viandas es la consecuencia.

¿Qué tal?

No me van a decir que una porquería de

argumento así no alcanza el nivel de las series

baratas norteamericanas. Porque lo importante es

demostrar que nadie escapa a la ley, dogma que

sostiene al sistema.

Todos sabemos que la realidad no empata con

el cuento.

186


LA REBELIÓN DE LOS EXTRAS

Esa noche había fútbol y nos acostamos tarde.

Cuando el estadio abre, cobramos diez mil pesos

por cada carro que cuidamos. Todo fluye según

lo esperado y nos alcanza el dinero para muchas

piedras. Al día siguiente, buscamos a Bobby para

comprar al mayoreo.

Yo no pude dormir a gusto porque una rata

andaba en el lote. Varias veces la miré rondando

por mi salveque.

—Felo, ¿estás ahí?

—¿Qué querés? Ya es tarde. Cómo hagás ruido

y despertés a la luna, se nos viene encima el

baldazo.

Es que Felo cree cada cosa.

—Ya en serio, ¿vos estás conforme con lo que

sos?

—¿A qué te referís?— susurra Felo, pero no

porque moleste a la luna, sino porque su mujer

ronca como un caballo.

—Al papel que nos dieron. Yo quería brillar, ser

una estrella, un mae duro, aunque fuese ilegal.

187


—Pues nos pagan por esto, ¿no? Y saldremos

en la tele o en el cine. Lo raro es que no veo las

cámaras por ninguna parte.

—Es que ese chavalo es un capo. Todo lo filma

con toma única y para que nadie se altere, oculta

los equipos bajo tierra o en la terraza de los

edificios. Es posible que esté usando

nanotecnología. De eso, nosotros nada sabemos

—afirma Gato Negro.

—¿Vos viste La trama del camaleón? Se

supone que estamos en los créditos.

—No pude verla. Me parece que nunca llegó a

los cines de Malanga. Será que pasa por cable o

por streaming.

—Pues así la fama nos va a pasar de largo.

—A eso iba. Estos papeles no me gustan.

Nosotros éramos la banda de El Turco y ahora

salimos de guachimanes. Aquellos dos ni nombre

tienen. Ese Vivas es un fraude; nos prometió el

cielo y dormimos en el suelo.

—Y, ¿qué hacemos? Pues retomar nuestro rol.

Hacemos abandono de trabajo en el estadio y

ponemos chinamo aparte. Los cuatro volvemos a

las andadas y en un edificio de oficinas, ponemos

Sicarios por Contrato, S. A. Recordá que en

188


Malanga todo se vale y negocio es negocio. Ya

habíamos hablado de eso alguna vez.

—No lo recuerdo…Y la plata, ¿de dónde la

sacamos?

—Trabajamos, qué más. Podemos ir a Valle

Muerto a cuatrerear durante unos meses. Cuando

tengamos la plata, vestiremos de traje como el

mae al que desmayaron hoy.

—Tenés razón. ¿Viste? Ese mae le dejo ir la

mano en seco a nuestro compa y le rompió la

nariz. Ni seguridad laboral ni chopo tenemos. Lo

que hay que hacer es que, cuando volvamos, nos

moveremos en estas mismas calles, pues es aquí

donde esconden las cámaras. De que salimos en

la cinta, salimos. Hasta me voy a conseguir gafas

negras.

—De acuerdo. Mañana temprano hablamos con

los dos restantes y nos ponemos a trabajar.

Podemos tomar el bus de la una, dormir un poco

y, de madrugada, nos vamos a destazar pollos,

reses, chupacabras… lo que se ponga en el

camino.

Imaginá que regresa la banda. Y esta vez lo

hacemos en grande: a consolidarnos.

—Hecho. Pasáme el chupe para un traguito.

189



EL NARRADOR PROCEDE CON

BUENAS INTENCIONES

Llegué a las tres a Comas Negras y no quise

entrar en la oficina porque sé que no estaba Petra:

a esa hora, toma café. Me dirigí al comedor,

donde unos cuatro operarios merendaban y allá,

en la mesa del fondo, la azulita, decorada con

listelos con retratos de escritores, Petra se

escondía tras la convulsa nube de humo de un

puro cubano.

—Traje pan — y dejé caer la bolsa en la mesa

con la no sutileza de siempre. Todo lo que cae en

mis manos, lo suelo soltar de repente.

—¿Por qué la violencia?

—Nada. Es mi nerviosismo natural. Si no lo

lanzo sobre la mesa, seguro se me cae de las

manos. Me pasa mucho.

—Ya.

—Y, ¿en qué andás?

—Hago tiempo. Necesito repensar una torta,

pero si la deshago, la novela se fractura.

—No me vas a parar el tiraje.

191


—No, no. Es con la tercera novela. De la

segunda, estoy conforme. ¿Recordás, en La

trama…, el libro anterior, un enano?

—¿A qué viene eso? Me leí pedazos, no

recuerdo…

—Bueno, ese personaje tenía potencial, pero

decidí no usarlo más para que no me acusaran de

discriminarlo. Entonces, opté por matarlo. Ya

estaba viejo: entre el tiempo narrativo de uno y

otro libro hay unos treinta años, aunque elástico

como todo en Malanga, donde los años duran

cuatro días y los meses, tres años. A veces, me

venían bocetos en el cráneo para meterlo a

trabajar de cafisho, de maestro de ceremonias de

circo, de abogado penalista que se trepa a una

escalera móvil para hablarle de frente al señor

juez.

No puedo conmigo. Imagen que me cruza ante

los ojos se me vuelve mofa. Luego llega esa gente

progre a casa y me matan los perros.

—Sos una bestia, ¿te protegés de discriminar

matando al otro? La cagaste.

—No me di cuenta, lo juro. Ha sido mucho

después que tu empleado, de la Luz Chueca, me

lo hizo notar, pero he avanzado mucho ya.

192


—No te preocupés, no desentona con el mundo.

La discriminación tiene su contraparte que es la

corrección política: ambas son aberrantes e

hipócritas. Deja que salte Petra con calentura que,

si es el caso, te defiendo yo.

—Es que tengo sentido de culpa o algo así.

—Andá a confesarte.

—No puedo. Se enojarían muchos conmigo.

Soy ateo.

—Entonces decíle a Salomón que digo yo, que

escriba un par de páginas confesando por vos. Un

ghostwriter debe escribir lo que debe escribir.

—¿No decías que no es tu empleado?

—No me salgás con moralismos. Están buenos

los rollos de canela —dice y desencaja la

mandíbula para meterle el segundo ñangazo a un

bollo grande y doradito.

Las migas caen sobre la boca de los nobeles

estampados en lo azuloso de la mesa.

193



3. EL APURO NUNCA DA

BUENOS CONSEJOS O

QUÉ PASA CUANDO SE

QUEMA EL CPU DEL

ESCRITOR



PETRA SE SIENTA A REPENSAR

SOBRE EL CAMINO

La verdad, le he dicho a Vivas que haga uno de

sus trucos: la inflexión temática. Si esta novela

pretende hablar de economía, se va a perder.

Nadie quiere leer teorías de la inflación como la

teoría cuantitativa del dinero o los efectos

desmesurados de las campañas del miedo que

disparan el consumo y, lógicamente, inciden en

las alzas de precio.

Hemos estado charlando en el interior del

consejo editorial y creemos que, sin ser lo peor de

la tierra, podemos mejorar la obra de ese

majadero. Estamos buscando pesos para ponerle

un supuesto corrector de estilo, pero facultado a

meterle mano al texto. Lo haremos cuando ya

haya aprobado los borradores mediante una

simple sustitución de algunos capítulos. De

manera que, si este señor no entra en razón, la

gente no va a sufrir por sus obsesiones porque

estarán diluidas por allí: conservaremos sus

malos chistes, su tendencia a buscar los límites

del fracaso, pero nada más.

Y es que ya vimos que una de sus intenciones

fue hacer que La trama se vendiese en paquete

197


junto con una edición pirata del Samuelson.

“Nosotros nunca entraremos en aguas

pantanosas”, le he dicho. Su respuesta fue

cabreada:

—Y la edición pirata que anda de mi novela,

¿quién la hizo?

Tuve que sentarme un rato con él en la cocina

para hacerle ver que esa edición no era nuestra.

Revisamos las bodegas para verificar la

normalidad de todo: ningún título era pirata. Los

inventarios ordenados y cada obra con sus fichas

de ingreso y salida reposando sobre los racks,

donde permanecen.

Y de paso, lo mismo: empezó a hablar mierda

sobre los mercados paralelos y cómo quiebran la

industria legalizada las operaciones informales.

De cómo la apatía del Estado ante estas carajadas

genera zozobra y fracaso, tal era el ejemplo de los

uberistas contra los taxis rojos.

—¿Sabés para que sirve la guerra? Para

manipular mercados, para inducir escasez y

maximizar la especulación en los mercados

financieros. Son robos programados —me dice.

—Vos ponés eso en la novela y hago arrancar el

cuadernillo. Andá a pontificar al templo, pendejo.

198


Este tipo de rollos apocalípticos sobre el mundo

de hoy son las que urge hacer minimizar en la

novela. Yo sé que a Vivas lo obsesionan otras

vainas: el tema de los roles, de la identidad, del

destino, de la libertad, la sacralidad y la mentira,

junto a un número desmesurado de ideas

caprichosas.

Estuve reunida con tres tipos que quieren el

trabajo de negro literario, pero voy a ver cuál

cobra menos. Se me ocurre que, incluso, lo que

debe hacer no es escribir, sino revolcar el cesto de

la basura del ático de Vivas, así le llama a una

casita mal hecha sobre un palo de mango

centenario, y trocar o insertar fragmentos que

hagan de este texto algo más polisémico.

Porque la literatura también puede ser una

tienda de turco, donde, escarbando bajo el tarro

de los granos, te encontrás una alfombra mágica.

Que jamás servirá, pero la gente paga por ella y

caro.

La abordarán y entonces alucinarán que vuelan.

199



UN DEDO QUE RESTRIEGA LA

LLAGA

Editorial, en la página 2, del diario EXITOSA

MALANGA se lee:

UN DIOS MOJADO

Hablar de precios suele propiciar desencuentros.

Estos se construyen por dos vías: los costos y la

subjetividad condicionada por las fuerzas del

mercado. En el caso del primero, sumamos al

valor de los factores de producción —insumos,

mano de obra— el retorno al capital, que es el

más ineludible. No es que no haga nada, como

dicen los izquierdos: es el que arriesga.

Pero también determina el precio la urgencia: el

contexto, el valor emocional. Un hombre, fiebre

del fútbol, pagará por una camiseta oficial de su

equipo, diez o veinte veces lo que paga por una

genérica que tenga el mismo diseño y color. Está

comprando una mercancía, pero también una

simbología. Aquel sujeto que no es fanático no

201


verá esa prenda bajo el mismo embeleso y, acaso,

opte por adquirir la barata.

Es decir, la urgencia, no es sólo la prisa, sino la

sensación desatada por el deseo que nos dice que

la oportunidad la pintan calva y que debemos

tener ese bien. Quizá el summum de esta

experiencia sea el coleccionista que compra la

guitarra de un roquero fallecido o la prenda que

usó una diva en su última película. Cree en la

unicidad de lo que le venden y eso le condiciona

a ofertar cifras tan altas que ofenden la

conciencia.

El problema es que ahora hablar de precios por

vía costos se está contaminando de

subjetividades. Tenemos miedo de que algo al día

siguiente amenace al alza el valor de lo adquirido

o, por lo contrario, lo precipite. ¿De qué nos sirve

pagar veinte mil dólares por un coche si mañana

será basura, gracias a las nuevas tendencias?

¿Quién nos garantiza que incluso un billete

conserve su valor cuando los capitales

especulativos se muevan a la libre y que hoy el

banco no te cobre cien pesos más que ayer por

adquirir un dólar? Y, sin embargo, tarde o

temprano ese optimismo acaba por ser víctima de

los dueños de la balanza que deciden malbaratar

sus excedentes monetarios y la divisa se

derrumba.

202


Lo que quiero decir es que el desprestigio del

dinero se veía venir y nadie con poder tomó

medidas para detener este abuso de los que ganan

sin producir. Ello ha erosionado lo que creíamos

un medio de pago estable y líquido. Mucha gente

ya no quiere dólares; otros rechazan la moneda

nacional y una parte de ambas poblaciones va

tomando conciencia del secuestro del sistema.

Que haya leyes que liberalmente permitan a los

ladrones salir por la puerta grande y que luego

presuman el lujo en las principales portadas de los

diarios de Europa, que los pintan como

emprendedores, es perpetuar nuestra pena.

De ahí que ver que un dibujo, una docena de

huevos, una goma de mascar o estampas de

futbolistas acaben por ser medios de pagos de

gran aceptación según regiones y grupos

económicos no resulta nuevo. Lo hacíamos en

nuestra infancia durante el recreo con cromos y

bolinchas. El desamparo o la incertidumbre

inducida nos ha forzado a regresar a un tiempo

paramonetario: los días del trueque.

No, ya nadie traga tanto churro. Sabemos que

hasta la clase política tiene varias identidades

simultáneas y que suele actuar como juez y parte

en conflictos contra la economía, cuya solución

posterga indefinidamente.

203


Cuando hablamos de economía, hablamos, sin

duda, del bienestar de cada ciudadano, los cuales

no tienen vela en el entierro, pues son el difunto

mismo.

¿Cuánto vale mi vida? Bastante más que los

caprichos del mercado.

Salomón de la Luz Chueca, analista

204


VIVAS HACE LAS PACES CON

SU MENTOR

Tres de la mañana, en el ático. Hace un frío del

demonio, pero si no me disciplino, la idea se me

olvida como el número de placa de cualquier

coche que se me cruza en el camino.

Me he puesto una chaqueta color mostaza,

pesadísima y gruesa. Y he tomado todo el café

disponible en el termo desde la tarde anterior, ya

casi frío.

—Si me debés algún respeto, pará —me dice el

fantasma gordo, que otra vez invade mi estudio.

Llamo así a un cuarto rectangular de seis metros

por cuatro, paredes verde agua, con un puñado

desordenado de grabados de diversos artistas, un

viejo equipo de sonido, mil discos y libros

desparramados sobre el suelo. Pienso mudarme

pronto porque nunca pago el alquiler.

Yo estoy metido de cabeza en el ordenador,

tratando de trazar las coordenadas geográficas

de Malanga. Ya acostumbrado a alucinar, ni

vuelvo a ver, sé bien que se ha apoderado del

sillón del gato y que se lleva bien con él. Así era

en vida.

—No podés joder en horarios de descanso —le

hablo secamente.

205


—¿Vos vas a decirme qué hacer? Ni en el otro

lado me dan instrucciones. Además, vengo a

salvarte de resultar un estúpido imitador.

—Escucho.

—¿Cómo podés romper los hilos narrativos sin

dar aviso? Por arbitrariedades así, la gente lanza

a la basura la voluntad de leer.

—Bueno, vos ubicaste en medio de ninguna

parte un buzón que, inesperadamente, tenía una

carta para Zárate. ¿Te parece poco?

—Mezclás chayotes con duraznos. No me digás

que resultaste imbécil. Es la imagen poética lo

importante, no la arbitrariedad. ¿Te das cuenta

de que ese buzón es la culpa que arrastra el

protagonista por el distanciamiento con su hija?

Una cosa es un simbolismo y otra, muy necia, la

arbitrariedad.

Además, necesito que me des mi lugar. Nadie

sabe la incidencia que tuvo mi escritura en vos,

pero me copias técnicas y estilo con alguna

frecuencia.

—¿Me vas a demandar? Jodéte. —Y le hago

una seña vulgar con el dedo medio.

—Yo no, pero vaya a saber si la gente que

heredó mis derechos es jodida. En Malanga, casi

nadie me lee, pero sigo vigente en el Cono Sur y

en Europa. Si no hacés las diferencias, los

reconocimientos y no buscás una voz propia, que

206


no sea tan descaradamente ajena, quedarás en

ridículo.

Además, la mediocridad está bien para los

mediocres de derecha, como Arenas y su isla que

se desplaza con un motor y que, siendo del

Caribe, ve caer la nieve. Alguna gente se

contenta con alucinar al leer y no buscar lo que

hay detrás. Porque si uno escribe para

entretener, podría asumir cualquier oficio sin

alma.

—Reconozco que respeto mucho tu manejo de

las sinestesias y del humor negro, tu rescate de

valor ético de la derrota y la imaginación

disparatada como recurso para meter el dedo en

la llaga del fracaso de la realidad

latinoamericana. Sin embargo, vos jugás de vivo.

Toda tu escritura es muy humanista, hasta los

cuentos de fútbol y la novela sobre Laurel.

Reconozco que vos como personaje sos el

antecedente de mi heterónimo como voz

narrativa. ¿Estás tranquilo ya?

—No, pibe. Escribís bien, pero dále su lugar a

las cosas. Vos sabés que yo no era de

aspavientos. No sé cuánta gente más te haya

influenciado, pero yo te pasé cierta cuota de

humor negro, el gusto por los héroes caídos y por

la condición humana, decís bien. Lo que pasa es

que vos renunciaste al héroe y lo cambiaste por

el ser contemporáneo, que es facilista, amoral,

207


pero aun así lográs buenos retratos de

humanidad.

—Van a creer que estoy escribiendo mi propia

apología. Eso sólo lo hacen los enfermos.

—Ahí está. Sos un narciso, cabrón. Olvidáte de

vos y dejá que los personajes se enreden solos, no

los juzgues, pero tampoco les tengás miedo. Yo

tengo rato de estar muerto, así que no fastidiés;

podrás hablar con mi personaje, el ingeniero,

con alguna frecuencia, para que no te dé la

sensación de caminar solo en la literatura. Que

te baste con eso.

Me volví para despedir al gordo Soriano, pero

ya no estaba. Unas volutas de humo y un olor de

cigarrillo impregnaron toda la habitación y mi

gato, me pareció, estaba tremendamente triste.

208


LA NEGATIVA DEL HOMBRE

OCULTO

—¿Conoce Ud. a Reiner Pentago?

—No.

—Pues hay testigos de que Ud. le ha dado una

paliza con su blackjack.

—Yo no tengo armas de ningún tipo. Revise mi

casa.

—Encontramos el artefacto a la orilla del río,

junto al puente azul. No dudo que tendrá sus

huellas.

—No sé quién es Reiner. No me joda; mañana

salgo de ruta al sur.

—¿Negará usted haber acudido al Centro

Tecnológico para el Hogar para romperle la

madre a ese hombre?

—Pues yo no recuerdo nada. Pregunte por allí:

no tengo problemas con nadie. Déme agua, no sea

cabrón.

—Hechos, don Luis. El 24 de marzo a las dos

de la tarde, usted se presentó al negocio

mencionado y al mirar al señor Pentago, y sin que

mediase palabra, le ha metido una paliza con un

209


objeto de acero de uso prohibido. Ocho testigos

lo ponen en el sitio.

—Definitivamente, no. Solamente una vez

estuve allí —hace año y medio— y les compré

una cocina. Nunca más: no cumplen la garantía.

Hacen la trampa de la letra menuda. Me están

difamando.

—Hay vídeo, don Luis. De hecho, encontramos

esa ropa ensangrentada en el patio, junto a la

parrilla. Todavía estaba sucia.

Luis José Pérez no se inmuta. Mira de frente,

con cierto hastío, pero sin pena. Aún no le dan su

botellita de agua ni le bajan la intensidad a la luz

de la lámpara de la sala de interrogatorios, pero

está muy lejos de torcer el brazo.

Pepe Siles, a cargo de tomar la declaración, se

dice a sí mismo que este hombre no tiene cara de

matar una mosca. Es serio, pero tranquilo y

tampoco se diría que fuerte. Es rollizo, nada más,

y se dice que los rollizos son sanguíneos, frívolos.

Claro, ese cuento de los cuatro temperamentos

solamente es válido para gente que es adoctrinada

en sectas, que necesitan encasillarlo todo. Lo que

ocurre es que Pepe no sabe que cada persona es

fabricada sin molde alguno: está el rollo genético,

pero también el ambiente y la experiencia.

210


Así que nos vale mierda lo que cree Siles. Lo

importante es que Luis José no recuerda o no

parece recordar el incidente salvaje que tuvo

contra el agente vendedor, por más que busca en

la memoria no identifica con claridad su rostro.

Le parece que es un barbudo de colochos, pero ya

ni recuerda el vendedor que le atendió el día

nefasto de su pésima inversión.

—Esta mierda es cámara escondida y yo me voy

—dice poniéndose de pie.

—¡Seguridad! —logra gritar Siles y, antes de

que Pérez esté con la manija de la puerta en la

mano, ya están abriéndola un par de tombos

gorilones, compactos, caras de perro bravo.

Lo toman por los hombros y lo acomodan de

nuevo en su silleta. Como escarmiento, Pepillo ha

encendido un puro que le apaga, sin

contemplación alguna, sobre la piel de la muñeca.

—Colabore, don. De otra forma, empezaremos

con la función muy pronto.

—Usted es un corrupto. Está violando la ley.

Quiero un abogado, quiero mis derechos.

—Ya, cálmese. ¿No ve que no está para exigir

nada? En todo caso, ahorita le traen abogado. Eso

sí, la quemadura se la hizo usted o nos pondremos

malos, con o sin defensa.

211


—Mire, oficial. Usted no es tonto. Mi credo es

bastante pacifista, no me meto con nadie, no

milito en nada. Hágale preguntas a la comunidad.

Yo voy a misa, saludo a algunos, camino a veces,

trabajo mucho y tengo familia.

—Ya sé que usted no tiene historial, pero la

denuncia es seria. Y están las pruebas. No estará

usted loco, ¿verdad?

—Me ofende. ¿Sugiere usted que, porque no

tengo recuerdo de lo que me acusan, manejo

personalidades múltiples?

—Bingo. Dígale a su abogado que le traiga un

psiquiatra. Acá no vamos a ninguna parte, pero

debo llenar el parte. Si le remiten al diván, lo

dejamos libre con medidas cautelares. Por lo

demás, no lo dude. Usted está implicado. No

salen tantos testigos de la nada y mucho menos,

una víctima. Allí donde se ve, usted le partió la

madre a un muchacho de treinta años. Entiendo

que lo dejó con lesiones permanentes.

El farmacéutico mira hacia arriba a los ojos del

detective. Nada hay que le diga que esto no va en

serio. Luego, dirige sus ojos hacia el ventanal

espejo, el ciego espacio desde donde el resto de

los tombos puede tirarse el rollo de las penas

ajenas sin meter la cuchara.

212


Está su propia imagen, la silleta, la mesa, la

lámpara y Pepe.

Sólo que siente que su espalda no es tal, sino

tremenda joroba y que, acaso, detrás del vidrio

hay algún aprendiz del viejo Stevenson, viendo

cómo hace para retratar en él a un criminal.

213



QUÉ BUENO VOLVERTE A VER,

RATA DE CAÑO

—Hola, Vinicio. No esperaba verte en éstas, ¿qué

carajos has hecho?

—Vos sabés que soy derecho. Me dedico a

enseñar historia, filosofía, arte.

—Pues voy a hablarte claro. Tu expediente es

así de gordo —el hombre gestualiza con la mano

la dimensión del mismo—. Yo pensé que estabas

impoluto, pero seis causas están abiertas:

violencia doméstica, estafa, fraude de simulación,

drogas… Y ahora esto. Hasta denuncias por

ejercicio ilegal de la profesión, pues no

terminaste carrera alguna.

—Mirá, Benigno. Es gente común, no vayás a

creerles. Vos sabés que yo tengo dignidad. La

carrera de derecho la saque por e-mail.

—Eso está por verse. Tu hermana manda a

saludarte. No va a venir a verte mientras estés en

cana porque sos una vergüenza para la familia.

Tus otros hermanos dicen que ni los mencionés.

Vos sabés cómo son los Aguirre Díaz. Cuando ya

estés suelto, te abrazás con ellos y siguen robando

juntos.

215


Te hablo así porque nadie me paga un peso por

tu defensa. Me llamó doña Vera, tu mamá, para

recordarme que fuimos compas de colegio y de

aventuras. Me pidió que lo hiciese en nombre de

los viejos tiempos porque ellos “no tienen un

peso”. Bribones, carajo. No va a saber uno que se

cambian de domicilio trimestralmente para

amarrar el perro al casero.

—Te juro que Luis Carasate miente. Yo le vendí

un lote hecho leña, pero él sabía lo que compraba.

Además, nadie lo tiene de maje.

—Ayudáme un poco, no seás cabrón. Si te

mantenés en tu versión, no voy a saber qué hacer

por vos. Sin pruebas a nadie enjaulan.

Benigno abrió la botella de agua y, de un sorbo,

tragó la mitad. El saloncillo de visitas, a pesar de

tener barrotes que dejaban entrar el viento, estaba

hirviendo porque simplemente, al mediodía, ni

mierda de viento.

—Ah, te mandaron veinte mil. No tenían para

pagarme nada, pero sí para que te comprés tus

drogas, infeliz. Los dejé en la entrada, donde

reciben la ropa y las galletas que te mandó tu

hipócrita hermanilla Julia: otro bicho de peligro

que no sé qué hace en el mundo de la educación.

O será que uno idealiza determinadas esferas y es

culpa de uno ver ángeles en todas partes, hasta

216


que llega el tufo a cazuela que se pudre. Alguien

te cuenta cosillas que no sabías y los querubines,

de repente, son totalmente vomitivos.

Tengo poco tiempo. No van a dejarme acá para

escucharte todo el día. Te acusan de conseguir

firmas falsas para traspasar posesiones que no te

corresponden. Ya los denunciantes son cuatro.

¿Qué vamos a alegar?

—Que se vayan a la mierda. ¡Nadie puede

bajarle la dignidad a Vinicio Aguirre Díaz!

—Si estuviésemos en la calle, te juro que te

parto la madre. Esas ínfulas enfermas, esa falsa

dignidad que escondes… la pose y el traje no va

a llevarte a parte alguna. ¿Te diste cuenta de que

estás en camiseta y te ves tan bestia como

cualquier ladrón allí adentro?

—Largáte, yo me defiendo solo. Yo no he

hecho nada. Tengo testigos y buena fama. Y hago

dinero cuando me da la gana: anuncio un

seminario para ejecutivos, lo mercadeo en la

escuela comercial de algún amigo que me sirve

de plataforma —le digo que vamos a medias— y

barro con todo. Si me da la gana, me presento y

doy la conferencia y, si no, me declaro enfermo y

que se posponga. Uno ya sabe bailar con o sin

escoba.

217


Benigno Correa ni lo piensa: se pone en pie. Se

pregunta quién putas es ese sujeto que tiene a la

par, tan increíblemente imbécil. Recuerda un

instante que fue presidente de la clase en décimo

año y la platilla del gobierno estudiantil se hizo

humo. Sí, siempre fue lo que era. Aunque antes

no tenía esa incipiente joroba que lo va

estereotipando como a los malos de la TV.

Vinicio copiaba en los exámenes, si no había

estudiado. Entonces, le iba bien. Mejor aún si

estudiaba, pues en esa época la onda era

memorizar y el coco suyo venía a ser en ello,

privilegiado. Tal vez con pocas luces para la

razón o la abstracción, pero capaz de recitar de a

una todas las capitales de Europa y otras listas que

le parecen majadería a estudiantes de escasos

recursos que nunca podrán salir del continente.

Correa ya está haciendo señales para que abran

la reja para irse, cuando Vinicio hace la inflexión

de siempre:

—Esperá. Vos sabés que todos tenemos un lado

oscuro. Yo nunca pude superar las experiencias

de la infancia pobre. Creo que hago esto por

dinero.

—No jodás, hijueputa. ¿Por qué no trabajás

como todos? Te nombran en un colegio y te vas

de putas desde el miércoles. Es más, si podés, le

218


echás los perros a la directora o a cualquier

carajillo o carajilla. Y cuando no tenés plan, tus

hermanillos te mantienen porque sos el cumiche.

Esos cabrones fabricaron un monstruo. Nada te

detiene.

—Esto era muy simple, no podía fallar. Ya

habíamos hecho como seis ventas bajo la misma

modalidad. Mi medio sobrino Andrés, el pelón, el

marido de Julia, nunca terminó la carrera: hizo

tres años de arquitectura y consigue camarones y

se asocia con otras gentes y juega en los bienes

raíces para ganarse la vida.

Encontramos unas fincas hermosas, allá

escondidas en el sur, mitad playa, mitad montaña.

Todo bien cuidado, lotes sin maleza, una vista

tremenda sobre la costa. Pues el pelón nos contó

y un fin de semana fuimos a conocer el lugar.

Nos fascinó.

Claro que eran tierras ajenas, pero eso no era

problema. Nosotros llevábamos turistas, gringos

que querían comprar en Malanga una tierra con

alta plusvalía. En el interín, hablamos con

Rascarrasca, el abogado más jumo que el mundo

haya visto. Le entró al juego de inmediato.

No nos dijo que cambió de secretaria. Un día

que llevábamos tres escrituras —todos los

219


compradores eran hermanos— nos encontramos

a otra mujer, una rubia de dientes ligeramente

amarillos y prolongada nariz. Tampoco era fea,

sino bastante llamativa en aquel bufete de viejas

maderas saturadas de comején.

Se llama Karin, así, sin a. La cosa es que ella

equivocó las cosas. Ha debido usar papel

fraudulento y no: puso papel notarial en las

impresoras. Las consecuencias me trajeron acá.

—¿Qué es ese cuento tuyo del papel

fraudulento? El delito es de ustedes, no de las

hojas. Sólo falta que quieras culpar a los objetos.

—Así es. El papel fraudulento lo empezó a traer

la empresa de Gregorio Pasta, el tipo que se tiró

de la azotea de su edificio hace tres años. Tiene

características especiales: es elegante, nítido,

mate y se confunde con cualquier bond normal.

Tiene, sin embargo, dos ventajas:

220

1. nada lo remarca. No le lográs

hundir el lapicero ni hacerle una marca

con cuchilla;

2. todo lo que imprimás se borra en

treinta y seis horas y es irrecuperable. Si

dejás timbres u otros documentos en

contacto con él, se oxidan hasta hacerse

quebradizos y no hay huella ni nada que

perdure.


Pusimos testigos falsos, hicimos firmas

inexistentes y el notario tomó nota de nuestra

supuesta documentación. Luego, chocamos las

manos y nos dimos un largo abrazo con una

palmada en los hombros, como hacen estos

cabrones viejos de plata cuando cierran un buen

trato.

Medíamos a las víctimas. Les pedíamos una

buena prima o les hacíamos un buen descuento

por pago de contado. En el fondo de la oficina del

licenciado borracho, se exhiben como veinte

certificados y hasta dos posgrados de Barcelona.

Esos lo hacían creíble.

Así que hubo más contratos. Cada quince días

vendíamos el mismo lote, una o dos veces. La

certeza de que la información desaparecía en cosa

de día y medio nos daba una paz ciega.

Hasta que llegaron notificaciones. Rascarrasca

nos llamó, nos contó a Andrés y a mí. Él se

escabulló fácil, pues andaba de gira por la

frontera. La cruzó y se hizo humo. Yo me fui a

meter donde mi exmujer con la certeza de que me

protegería. Y así, durante un par de meses me

quedé en su casa.

Le pedimos al abogado borracho que despidiese

a Karin por la gravedad de su falta. Nos dijo que

lo haría, pero nunca lo hizo. Parece que luego le

221


ofreció matrimonio. Sepa el diablo qué

cochinadas pasaban allí, pero creo que intentó

utilizarla.

Porque cuando vino la policía a su guarida, no

hallaron nada. No obstante, al fiscal se le ocurrió

allanar la casa de la secretaria y allí sí aparecieron

cuatro cajas de papel fraudulento y copias de

todas las escrituras que debieron desvanecerse y

que, merced a la impericia de la rubia, allí estaban

como innegable testimonio de las faltas.

Ah, por cierto, un desconocido vino meses atrás

con la propuesta de venderme 17 toneladas de ese

papel. Quería veinte millones de verdes. Luego

bajó hasta uno.

No sé si volverá a venir.

Yo fui sorprendido una tarde en el Country,

mientras hacía vida social. Fui con Gina, una

amiga, a tomar unas copas y cenaríamos a las

siete de la noche. Pues allí estaban ellos, de civil.

Cuatro grandulones me agarraron al salir del

orinal y nunca probé mi cena.

Decíme si es justo que, por una calentura de ese

abogado, yo esté en cana. Guardáte para tu coleto

las valoraciones morales, que me importan un

pepino.

222


Benigno suelta la carcajada y entiende por qué

se hizo tan rico don Gregorio, el papelero.

Venderle al Estado y a sectores moralmente

rebuscados algo tan inmoral como esas hojas lo

ubica como pieza axial en la trama de corrupción

nacional. Imagina el abogado Correa que el

susodicho papel fue usado en múltiples

negociaciones incumplidas, en enésimos

acuerdos firmados que se hicieron humo con el

paso de los días sin que los sindicatos de

educadores y de médicos presentasen mayor

resistencia.

Porque la letra se hace humo cuando la voluntad

falla. O porque la palabra que resbala sobre la

hoja y no deja huella es fácil de escurrir de la

memoria.

Ningún rayón en la hoja, ni siquiera una

marquita de vergüenza en el rostro de aquellos

que se creen intocables.

Benigno se dice que Vinicio es caso perdido y

que el haber leído a Nietzsche sólo ha servido

para que el ego de este malnacido se sienta

justificado. Pero le queda una duda que va a

determinar su apoyo o su total desprecio a su

amigo de juventud:

—Decíme, hay plata… ¿dónde está? —y pone

la mejor de sus sonrisas.

223



UN BRAZO SE ASOMA EN LA

NEBLINA DE MI PUERTO

Mientras escribo, mientras vivo, el mundo se

borra y yo también. En algún momento me habré

desintegrado, pero estarán estas páginas. Sin

embargo, si nadie las lee, será como si nunca

hubiesen existido. Salvar la memoria es

comunicarla, lo mismo que salvar al individuo.

Mis palabras valen si, y sólo si, logran perdurar,

no importa si el entorno las transforma en algo

que no estaba en mis intenciones.

La espora que arrastra el viento no siempre

fertiliza. Ya hay, en textos sagrados, una parábola

sobre eso. Como no somos dueños del destino, lo

que hacemos es multiplicar las semillas al viento

y así incrementar la posibilidad de que algo de lo

que fuimos o imaginamos ser permanezca. Es una

ambición como la de los fundadores de Babel:

prolongarse en la lengua, ser una molécula

permanente de un universo que siempre cambia.

¿Esto es ser dios? Claro que no. Sin embargo, el

rol de creador literario y el de demiurgo se

parecen. Si es que existen, dominan el destino de

su obra. Si no lo hacen, es por desidia. Sin

embargo, existe afortunadamente la rebeldía que

hace que la creación busque muchas veces

225


liberarse: eso, diría yo, es una nueva creación y

me sugiere una secuencia infinita de dioses

menores que, de nuevo, al ser creación de algo

mayor, se rebelan para buscar destino.

¿Me pongo oscuro? Espero que no. Todo lo que

pueda derivar de mi cabeza es menos importante

que el socorro del lector. Lo repito, escribir es

comunicarse y el libro impreso no lo logra por sí

mismo, ni siquiera cuando ha llegado por él un

cliente.

El ciclo se perfecciona cuando, aparte de leerlo,

alguien lo cuestiona. Aunque parezca un

monólogo la lectura, por la ausencia física de una

contraparte, no lo es. Y acaso por eso es que una

novela se lee dos o tres o cuatro veces. Porque

tenemos la esperanza que, levantando la mesa y

sacudiendo el mantel, aparezca una pista, una

huella, un confite que nos haga atrapar el secreto.

Porque posiblemente en la buena literatura

siempre hay secretos. Otra cosa es que el escritor

tenga conciencia de ello. Muy otra todavía es que

todo escritor esté en capacidad de navegar en el

pozo profundo del espíritu humano. Ese

descubrimiento es tan escabroso que creo que

solamente un buen lector puede juzgarlo.

¿Y si el texto fracasa, si carece de mérito?

226


Nada pasa. El futuro ahogado da brazadas hasta

que lo vence la fatiga porque sostiene la

esperanza de que un movimiento más dará el

compás necesario para sostenerse a flote. Cuando

por fin cede a las profundidades, acude a su

muerte, lo cual es, en el mejor de los casos, tema

privado: nadie le pone reflectores a su derrota, a

pesar del enorme simbolismo del cuerpo que se

rinde.

De chico, cuando alguien agonizaba o moría,

me recorría un hielo espeluznante. No sé si es

que ha transmutado, pero ya no me congelo. Me

parece que soy Sísifo que lucha, no contra la

piedra y la montaña, sino contra el segundero del

reloj y, lo peor, es que siempre me derrota.

Que la escritura sea siempre memoria de los

idos y de los que nos vamos retirando sin saberlo,

que somos todos.

Todos.

227



CASTILLO TIENE PODERES

PERCEPTIVOS

Allí viene otra vez ese ridículo. Piensa que no lo

voy a reconocer embutido en esa gabardina beige,

de grandes solapas, a juego con su sombrero. Ni

las gafas logran esconderle esas espantosas cejas

casposas que simulan el penacho de un pájaro

exótico. La vez anterior se hizo pasar por un

trabajador del servicio eléctrico que venía de

cambiar un transformador en la barriada aledaña.

Cabrón, chismoso, guarro. Estoy seguro de que es

quien anda regando rumores sobre los ciudadanos

de este noble país.

La vez pasada vi en las páginas de farándula que

el señor presidente visita estos barrios porque

tiene dos amantes: a doña Encarnación y a su hija

de diecinueve años y que conviven los tres como

si nada. Eso no es cierto, maldito. Yo nada más le

dije lo de la carajilla. Que la madre sea inestable

y resbalosa es otra cosa. A mí no me verán

decirlo.

—Ya le dije que usted no es bienvenido en mi

negocio. Ya sabemos que usted le pasa informes

a un escritor de cuarta para que vomite sobre este

pueblo. Es más, le vende un chorro de mentiras.

229


El fulano no hace caso y se sienta en la barra.

Saca quince mil pesos y los pone bajo un salero.

—Por dios. Usted está equivocado. Sabe que

ese mae de las novelas no conoce la luz del sol.

Dicen que escribe desde prisión y todo lo que dice

saber, lo imagina. Está cumpliendo una sentencia

de ocho años por contrabando de orquídeas, pero

yo no lo conozco.

Discretamente, retiro el dinero depositado bajo

el salero.

230

—¿Qué va a tomar?

—Déme tres salchichas fritas y una zarza. No

necesito vaso.

Y trato de atenderlo con cortesía, pero el tipo

nunca se detiene. Mientras devora —traga como

un marrano—, dialoga. Hace preguntas sobre el

hombre que se lanzó de la azotea, acá a los

cincuenta metros. Hace preguntas de dineros, de

redes de poder. Luego me habla del peligro de

usar gas en la cocina.

No puedo negar que me altera los nervios. Me

puede traer conflictos feos.

No obstante, lo que me saca de quicio es que

finalmente reconoce ser quien escribe estas

tramas y que, lleno de soberbia, amenaza con


controlar mi historial, mi vida, mi desenlace.

Además de exhibirme, de decir que yo, Gregorio

Pasta, maté a Castillo y lo suplanté, a pesar de ser

tan diferentes.

Allí fue cuando saqué el chopo y lo hice

largarse.

Recuerdo que le dije:

—No vuelva por este barrio o lo tiro. Váyase.

Y ya no le vi el humo: de repente, no estaba. Se

marchó sin pagar el muy cerdo.

231



A JACKY LE GANA LA PEREZA

—¿Vas a creer? Iba a caminar y amanece con

aguacero cerrado. La calle está empozada.

Aprovecho que es sábado y me devuelvo a las

cobijas. —Jackie mastica una galleta integral,

sentada a la mesa. Su taza de té ya está vacía.

—Te he dicho que no me llames los fines de

semana. Yo no puedo arriesgar y divorciarme.

Estás loca.

—Pues deberíamos hablar en serio. Tú me

dijiste que te morías por mí.

—Muy contenta vas a estar si me divorcio y me

meten una pensión y no nos queda para comer.

—Has debido pensar en eso antes de

atravesarme los perros. Yo, en realidad, nunca me

meto con compañeros de oficina.

—Colgá ya. El lunes te compro unas zapatillas,

algún regalito. No te hagás la víctima, cabrona.

—Bien, hablaremos.

Despierta a eso de las once cuando ruge el

taladro del vecino, mientras lo machaca

insistentemente contra la pared común. No se

233


sabe qué porquerías repara, pero lo hace con

frecuencia y a deshoras. Hoy, afortunadamente,

trabaja de día y, de por sí, es mejor levantarse

porque hay que pensar en la hora de almuerzo.

234

Se levanta descalza.

Abre el botiquín y lo primero es tomar sus

pastillas: dos, infaltables. Hoy cuatro más,

ocasionales: la resaca, las agruras. Luego, el

enjuague bucal y el cuidado del rostro. Agua,

toallas, pañuelos.

La bombilla del baño parpadea. Es de esperar

que esté terminando su tiempo de utilidad.

Afortunadamente, aún tiene cuatro repuestos que

compró en la tienda del chino tres meses atrás.

Cabrón más choricero, la caja dice que son

lamparitas LED y la luz es amarilla. Se le perdona

porque vende barato.

Desde la ventana puede mirar hacia el parque de

enfrente: se forman unos pozos como para ir a

chapotear de lo lindo. Lo que pasa es que eso se

ve bien en los carajillos y no en ella, que ya tiene

treinta y tres años.

Le llama la atención que, a pesar de que caen

gotas grandes, tipo piedras fulminantes, en el

tendido eléctrico reposan, por lo menos,

doscientas palomas. Se pregunta cómo han de


estar los techos de la barriada si dicen que las

cuitas todo lo oxidan. También se queda

pensando en la majadería de relacionar pájaros y

cables con la imagen de un pentagrama.

En todo caso, ella no sabría solfear nada.

Fue ese día cuando se lanzó Pasta desde el piso

catorce. Ella no lo sabría, sino hasta que, al

mediodía, el noticiero de la radio confirmó que

fulanito, uno de los empresarios prominentes de

Malanga, había quedado irreconocible por el

impacto.

La pantalla muestra un tipo que semeja ser un

cerdo desparramado.

Cree recordar que nunca lo había visto en

persona. Bueno, tal vez se lo topó en alguna

barriada mientras corría y recolectaba flores, pero

no prestó atención.

Jackie relaciona algunas frases oídas en su

trabajo sobre la posibilidad de hacer la correduría

de ese edificio. Unas dos semanas atrás habría

salido a flote como comentario de uno de sus

jefes. Cosas de una hipoteca de segundo grado

que entra en mora y que el dueño querría

recuperar por lo menos una parte del valor del

inmueble.

235


No importa. Su perrito debe hacer la postergada

caminata de la mañana y, luego de atar sus

zapatillas de correr, va por la correa y sale

contenta con su mascota.

Carga consigo las llaves, pero no la cartera. Se

limita a colgarse un gafete de la oficina que dice

sus calidades generales.

Es que los fines de semana, la pereza gana.

Un flashback no deseado le trae a colación su

reciente precariedad.

Y tiene que olvidarse del colerón con su peor es

nada, un abogado joven, casado y sobrino de sus

jefes, que ha resultado ser su medio hermano, lo

cual coloca a Jacky como sobrina de sus patronos

e hija del abogado más viejo, ése que asegura no

saber del papel fraude.

Se niega a darle los apellidos, viejo cabrón.

Por eso, Julia conmina a su marido, Andrés, que

es además su sobrino:

—Ya no más, cariño. Tenés que liberarte de esa

zorra sin que sepa Vini.

Aclaro, sobrino ignorado, porque no se les ha

ocurrido hacer la genealogía de este hombre y

porque tampoco es novedoso el incesto en las

236


familias de Malanga, sea clase media, alta o

precaria.

El narrador lo sabe gracias a travesear la web

del Registro Civil para meter veneno en el relato.

Sin embargo, Vinicio no se entera porque está

cumpliendo sentencia y las noticias no llegan tan

volando. Jacqueline es Karin, sin a, su

exsecretaria, la tortera de los fraudes fallidos y su

padre es esa rata que se mueve con total destreza

entre los corredores fríos del penal.

Y, sin embargo, en lugar de dar un compás de

espera, la tía también conversa con los restantes

hermanos y, antes de las dos de la tarde, la

secretaria bilingüe ya va de patitas en la calle.

Nada personal: es la política de adelantarse a

cualquier chantaje. Si de gallinas hablamos, la

Julia tiene así espuela y maña.

Jacky se acomoda el vestido, como si la

hubiesen lanzado al piso, pues siente que le han

pateado su modesto culo. Ahora sí, a poner la

mejor sonrisa y caminar, que más le vale

colocarse pronto.

Vaya cosas tiene el mundo.

237



MALANGA CARECE DE HUEVOS

Y A VIVAS LE DAN UNA

ASIGNACIÓN ESPECIAL

Ese día amaneció frío y poblado de avionetas

narco. Sobre el norte, volaban siete, cuatro más

más al este y tres sobre el centro de la capital.

Todas seguramente con su carguita bien

distribuida, como hormigas obreras de las que se

alborotan con la llegada del invierno.

Nadie programó nada. “Fue el mercado”,

dijeron los periodistas. El sindicato de los

empresarios fue contundente: “Esto es una

patraña de gallinas”, alegaba su presidente;

cosa que él mismo no creía, pero la especulación

es, en Malanga, delito y, por lo tanto, confesarlo

es joderse.

Desde tres días atrás, las aves de corral se han

levantado en huelga y, de cada dieciséis

ejemplares, solamente una cumple con la

postura. Su presidenta, Flor de las Óvalos de

Calcio, denuncia en conferencia de prensa al

mediodía que las están matando con la

complicidad de todos: “la Iglesia lo sabe, lo

saben los gremios, las autoridades y hasta el

presidente”. Nos están ahogando en sangre de

239


nuestros hermanos pollos. Deténganse en el

nombre del consomé puro”.

Esto ha obligado a los contadores a recalcular

los costos progresivamente. Si hoy se ha

triplicado el valor del huevo en el mercado, a tres

meses ya tendrá que haber subido veinte veces.

El problema es que nadie entiende sus

cacareos. La junta directiva del empresariado la

convoca a mediodía, pero ella tiene miedo y

piensa en exilarse. Supone que, si acude a la cita,

le espera la suerte del nica Sandino. Y tiene

razón: junto a dos ejemplares más, la comilona

tiene, como plato fuerte, gallina achiotada.

Y la repetición para todos.

Lo único que se le ocurre a la señora Óvalos de

Calcio fue pedir ayuda para un salvoconducto.

Está dispuesta a permitir que se cenen a su

descendencia y a su parentela cercana, pero que

no hiciesen fiesta con ella. Tras su fuga,

disfrazada de zanate azabache gigantesco, anda

cacareando como loca sobre los techos, hasta

que otro plumífero le dice:

—Asomáte en aquella ventana. Allí hay un tipo

que habla con fantasmas. Si puede hacer eso,

puede entender a una gallina sin problema.

240


Yo no puedo ese día desayunar porque los

huevos a trescientos pesos ya me parecen un lujo.

Así que, cuando la miro entrar, busco mi

cuchillito de cocina con toda la mala intención

del caso. Ya voy sobre ella cuando la escucho que

dice:

—¡Me matan, me matan! ¡Ese hijueputa me

mata!

—¿Quién…? — le pregunté.

—Usted, pedazo de animal. No me diga que

nunca se medica.

—Ah, lo dice por el cuchillo.

—Claro. Guárdelo, por fa.

—Y usted, ¿qué quiere? —pregunto con la

naturalidad de quien suele hablar con las cosas

sin darse mayor cuenta.

—Me dijeron que usted está loco de remate.

Ayúdeme, solamente alguien así puede salvar mi

sexy pellejo.

—A usted le vendrían bien unas papas fritas —

le digo en procura de hacer amistad.

—¿Qué me está insinuando? Vaya tipo

degenerado que es.

241


—No se confunda. Lo que quiero decir es que

su elegancia se está desperdiciando. Imagine la

belleza que sería usted bien doradita, con cuatro

papas en las esquinas y ensalada sobre un plato

blanco. Claro, hay que cuidar que las luces den

el ángulo apropiado.

—Ah, bueno, si es un piropo, ni hablar —me

dice.

Casi voy yo a retornar a mi escritura, cuando

vuelve al ataque.

—Le dije que necesito su ayuda.

—¿Qué quiere? —Ya me siento un poquitín

ofuscado.

—Un salvoconducto, una garantía, una orden

de restricción para todos los malditos carnívoros

como usted, doscientos mil dólares en billetes

chicos y una tonelada de maíz amarillo en un

banco en Suiza.

—Sea bruta, doña. ¿Qué banco me va a aceptar

un depósito de maíz?

—Un banco de alimentos. Supongo que la ONU

tendrá uno. Investigue.

—Ud. tiene que ser otra pesadilla mía. Eso me

pasa por leer las viñetas de Fontanarrosa. Es un

242


maestro el cabrón, pero si uno anda los cables

sueltos…

—No, en serio. Ayúdeme. Además, cuente que

mis hermanas viven en condiciones miserables,

en gallineros estrujados. Nos hacen comer como

chanchos y cuando llegamos al peso y la edad

que les conviene, nos tiran del pescuezo.

—Tiene razón, señora Óvalos. Ya había oído de

las crueldades de la industria de carnes. Sin

embargo, déme algo para negociar.

—¿Se me está insinuando…? ¡Degenerado…!

—Usted es una vieja majadera, medio bestia.

¿No ve que nadie da nada a cambio? Si vamos a

pedir un favor por usted, algo tenemos que

ofrecer.

—Ya le dije. Por mí, pueden acabar con todas

las gallinas del planeta. Yo nada más cuido mis

pellejos. Es más, necesito una armadura Ironhen.

Es como la de los comics, pero especial para

gallinas.

Yo, como presidenta del gremio, puedo

convencerlas de que aceleren la producción de

huevos. Hasta puedo decirles cómo alimentarlas

para que mejore el sabor de la carne y el tamaño

del producto.

243


—Gran cosa, cómo si no les metiesen hormonas

hasta la madre. Veré qué puedo hacer. Ahora,

lárguese. No es bueno que vean salir a estas

horas, casi de noche, una gallina de la buhardilla

de un escritor en el cielorraso de una casa

ocupada en precario.

—Vivas, usted es patético. ¡Lo sabe?

—Sí, pero quédese y vuelvo con el cuchillo.

¡Fuera!

La lideresa del sindicato gallina se va volando

y yo opto por apagar la computadora. ¿Cómo

trabajar si todo el mundo te importuna? Para

verificar que no alucino, tomo el cuchillo y me

hago un corte de dos centímetros sobre la palma

de la mano.

La sangre sale profusa y debo acudir a un

apósito de plumas para detener la hemorragia. Y

lo peor, durante cuatro días no toco el teclado

para evitar lastimarme.

Decido, mientras sano, vagar por las calles de

Artificio.

Acumulo mucho miedo hacia las aves y su

naturaleza tan desleal, tan humana.

244


¿Y si me traicionan? —me digo. Luego veo un

quiosco, reconozco al hombre que despacha allí

y decido llenar la tripa con una chuleta en salsa.

245



LA URGENTE RECONVERSIÓN

DEL NEGOCIO

Está el viejo tomándose las medicinas cuando

entra Pancho.

—Don Fermín, necesito hablar con usted.

—¿Querés otro vale? Después no te queda

sueldo.

—Nada que ver. Pasa que no avanzamos con las

monedas de chicle. He pensado que deberíamos

asociarnos con mi tío, el Nico. Ya está roquísimo,

pero maneja una red interesante para distribuir.

En cambio, a los vendedores de los semáforos, les

caen los polis a diario y les quitan la mitad del

producto.

—Es bueno ver eso. Estamos casi quebrados y

con cuatro millones de monedas de goma de

mascar en bodega. Andá a ver quién te vende una

gallina por esa mierda.

—Los yupis, maestro. Esos maes comprarían el

producto si se los empaquetamos bonito. Una

cajita de cartón con cuatro moneditas, como si

fuesen chocolates de marca. Y uno de los chicles

con extradopaje. Así hacían antes con ciertas

golosinas y el picante. Un éxito. ¿Qué dice?

247


—No suena mal, pero decíle que venga a hablar

con nosotros. Mañana o el sábado estaría bien.

—No puede. Nosotros debemos ir donde él. Ya

ni camina. Y está con tanque de oxígeno. Lo que

pasa es que es como el padrino de la coca hoy.

—Y, ¿qué putas hacés trabajando conmigo?

¿Sos un infiltrado de tu tío?

—Claro que no. El tío Nico siempre me ha

tratado mal. Nunca quiso reclutarme. Y uno no le

anda rogando a nadie.

—El problema es que, si es un operador muy

grande, nos roba todo y nos patea el culo. Hace

falta cautela.

248

—¿Le da miedo, jefe?

—No seás imbécil —se rasca el bigote y me

apunta con el dedo. Vas a ir donde ese cabrón y,

cómo sea, te reclutás allí. De aquí a dos semanas,

me conseguís la agenda de clientes y operamos

nosotros. Y, de paso, matás a ese pendejo.

—Es hermano de mi madre, jefe.

—Exacto, no estás jodiendo a tu mamá, le estás

quitando un peso de encima y nos limpiás el

camino.

—Puta, usted es muy duro.


—¿Sos de gelatina? Así no servís. Lo quiero

muerto para el 17. Hoy es 2. Si todo sale bien, te

nombro heredero de los bienes de Fermín

Narcomenudeo, Corp.

—Cuente con ello, jefe. Le voy a sacar los ojos

y se los traigo como prueba.

—No seás cochino. No soy Hannibal ni Jack, el

londinense. Me basta con unas fotos claves del

cadáver. Ah, y de ser posible, sus anillos. Si es el

capo local, tendrá buenas joyas.

—Me voy a meter en problemas con mamá,

jefe. Las joyas de la familia, eso no se toca.

—Problema tuyo; decí que alguien se las robó y

te hacés el chancho.

—Tengo mucho que aprender de usted, jefe.

—Ya no hablemos más. Corra donde su

pariente y le revienta la madre. Ah, la otra semana

todos vamos a hacer un curso de packaging. Me

has abierto los ojos sobre lo que viene: el valor

agregado por el diseño.

Pancho sale disparado a iniciar su nueva vida

como doble agente del narco. Entretanto, don

Fermín decide mirar tras la ventana un nubarrón

negro que le impide ver el sol. “Está dicho que

hoy lloverá en puta”, piensa y sonríe al percibir

249


que asesinos así, como su discípulo y nueva mano

derecha, le despiertan la ternura paternal que debe

combinarse con mano dura para que el negocio se

posicione bien.

Entonces, sopla y escupe por la ventana.

Abajo, Pancho siente algo caer en su gorrita y

opta por maldecir a las palomas.

250


LOS PROBLEMAS DEL TRABAJO

VIENEN CON VARGAS A CASA

Odio las nueces. Los muchachos de la oficina lo

saben, pero me compran una torta de cumpleaños,

saturada de almendras y pecanas. No tienen

nombre. En realidad, su cercanía es nociva.

Vienen a joder, a incomodar con sutileza y su

supuesto respeto tapa la constante rencilla que

hay entre todos. Si pudiesen aspirar a mi puesto,

no les temblaría la mano.

Yo sé que tengo que despedir a veinticinco

porque la temporada está mala. No lo voy a hacer

porque alguno me caiga mal ni pienso botar al

más antiguo. Necesito detectar cuál es el más

inútil y quiénes siembran, en el ambiente laboral,

piedras contra la convivencia.

Eso lo haré cuando vuelva, la otra semana. Por

ahora, debo superar el cuadro alérgico que me ha

dejado la broma estúpida. Todavía tengo las

manos hinchadas, tanto que no cierran. Y un

prurito desordenado, que me roba el sueño.

Idiotas, he llegado a casa luego de acudir al

hospital donde me inyectaron epinefrina. Detesto

esas salas, casi siempre que acudo es porque

alguien está grave. El frío de las salas, la gente

251


estresada y convulsa, el servicio impersonal de

las recepcionistas.

Regresé en un taxi. La ciudad es un caos durante

los días de pago. Demoramos hora y media para

ocho kilómetros. La presa se disolvió casi al final.

Un cabezal en llamas parecía ser la causa mayor.

Entretanto, yo aún temblaba. La debilidad que

me dejó el incidente se reflejaba en intermitentes

escalofríos. Fue cuando supe que el Gobierno

deseaba deshacerse de un banco y meter sus

manos en los fondos de pensiones.

No hice comentarios. El hombre me ayudó a

llegar a la puerta de casa y me lancé al sofá.

Encendí el televisor y, dado que estaba solo, me

dormí.

Soñé que era amigo del presidente y me metía

en sus negocios. Me llamaba al celular y me decía

que nos asociáramos. Yo le dije que no tenía

dinero disponible ni para comprar un granizado.

El big chief se rió a carcajadas.

—No seás pendejo. Lo que te propongo

soluciona todo. Tenemos una empresa fantasma.

La misma va a apoderarse de algún patrimonio

público, pero no pensamos pagarlo. Moveremos

resortes por dentro, para que salga un

financiamiento que nos permita operar. Vos das

252


la cara y, si todo se complica, te vas del país un

rato. A cambio de ello, quedás forrado.

Debo aclarar que en la vida real nunca he visto

a ese tipo. No tengo conexiones políticas y hablo

mal de todo el mundo. No entiendo ni cómo opera

el sistema, ni cómo es que distribuye sus

recompensas a ciertos elegidos.

Desperté para mear y ya no pude recuperar la

trama. Quería que el sueño me revelara entresijos,

aunque fuesen absurdos. No, ¡qué va!

En cambio, soñé con graneros vacíos, con

huracanes y plagas de hormigas que arruinaban

las cosechas. El cielo era gris y empedrado y los

aguaceros diagonales cargaban goterones como

piedras chicas. El viento era mal presagio.

Yo estaba preocupado por encontrar mis

anteojos de leer y porque la estructura de un silo

empezaba a falsearse. Los soportes metálicos,

saturados de herrumbre, tenían poca resistencia

contra las aguas que empezaban a inundarlo todo.

Lo único que se me ocurrió como paliativo fue

agarrar una caja de curitas y dos vendas para

forrar las vigas en los puntos donde estaba a

punto de ceder.

No pude saber si la ocurrencia daba resultados.

De inmediato, entré en otras secuencias que

253


acostumbran aparecer en mis horas de reposo.

Estaba en la universidad, iba a clases, pero no

sabía ni el edificio ni el aula: entonces, no podía

llegar. Pasaba de puerta en puerta, mirando hacia

adentro, fastidiado.

También anduve entre los techos de los

edificios bancarios y de hospitales. Es decir, en

las cerchas. No sé qué buscaba o cómo había

llegado allí. Tampoco estaba enfermo. No logro

interpretar esos simbolismos, pero supongo que

nada voy a resolver por rascarlos. Veo, nada más,

una obsesión laberíntica. Eso no quiere decir que

busque la salida.

Me quedé pensando en el chance de participar

en algo así. Digo, uno va al colegio profesional a

hacer contactos y sabe que poca gente es diáfana.

¿Qué tal vincularme con las grandes ligas? Sé que

salgo poco, pero nada me detiene para meterme

los fines de semana a la cancha de tenis y sondear

la brisa.

Cuando le hablé de esto a mi vecino de toda la

vida, Esteban Ragunza, me dijo que perdía el

tiempo.

—Las castas son estructuras cerradas. Practican

la endogamia, unen capitales y militan en todos

los partidos. Cuando uno de ellos pierde el poder,

lo gana uno de sus primos. Se rotan, se dan la

254


mano, pero solamente en el círculo cerrado que

llamamos oligarquía. El único chance que tenés

es emparentar con ellos, te casás con una del clan

y entonces sí. Te convertirás en un cuadro de los

menores, un lacayo. Servirás para cumplir

instrucciones. Y si te va muy bien, te dejarán

trepar.

Me sentí desnudo, poca cosa. Lo que me ha

dicho es toda la verdad. Acá, la democracia es un

juego de pocas sangres y los demás pagamos los

platos rotos. Cuando alguna vez alguien ha

logrado invadir esa esfera es porque lo reconocen

como uno de los hijos pródigos. O tal vez es sólo

leyenda. Que un hombre que jalaba sacos en el

mercado llegó a ser presidente es otro mito más

para alimentar nuestra ingenuidad. Lo

fundamental es que logró emparentar con una

familia judía de la clase política. Es decir, familia

rica. Lo otro, su pasado no cuenta para el

desenlace. También se vale ser familiar de narco,

pues el dinero siempre ha sustituido a un pedigrí

que, como todo, se reduce a puras ínfulas, blofeo.

Mientras veo que hace el jardín, con una

podadora nuevecita, le comento lo de las

privatizaciones. Cómo es que, en esas

transacciones, la sociedad civil pierde siempre,

pero nunca se articula y reacciona.

255


—Yo no me preocuparía por ello, dice. Adonde

vayás, vas a encontrar los mismos males. Los

sistemas políticos, de izquierda o de derecha, se

corrompen igual. Y perdoná que te baje de la

nube: las megatendencias no son combatibles.

Nadie puede contra el capital financiero en su

modalidad actual.

Para eso están los organismos internacionales

que estandarizan Occidente y boicotean a la

Europa del Este y al Asia. Ahí están USA,

Alemania, Inglaterra perfeccionando sus redes

fascistas, infiltrando gobiernos, amarrando

decisiones. ¿Que llega un presidente de

izquierda? Bueno, pero se acomoda a la derecha

o hay lawfare. Y si te das cuenta, un escándalo de

esos roba salud y vida. Y muy rara vez se gana.

¿Sabés que ha debido hacer uno? Robar un

banco, asaltar una fuente de riqueza y

desaparecer. Era posible en otro tiempo, ya no.

Ahora todos somos geolocalizables, a menos que

el poder nos esconda, en un juego de mutuas

complicidades. Eso limita el juego delictivo a los

sectores oligarcas y, algunas veces, a sus

testaferros. Las redes jurídicas, el entramado

legal, fue diseñado para proteger a algunos que no

necesitan esconderse. Van a vivir cincuenta años

sin ver una celda jamás; aunque transcurra un

siglo, la causa judicial no avanzará lo suficiente.

256


Es más, cómo han infiltrado los poderes del

Estado, nada les quita el sueño.

Me pregunta qué me ha pasado; por qué estoy

en casa en miércoles. Le refiero sobre mi cuadro

anafiláctico y que ya me atendieron.

—¿Ves? Estás medio muerto. Como el país.

Uno no debiese hacer planes sobre el futuro

cuando lo que está a la puerta no se vislumbra que

pueda superarlo.

—Te pasás, cabrón. Yo espero llegar a mirar el

fin de siglo. La ciencia nos cobija cada día más.

—Y, ¿para qué querés vivir como una tortuga?

¿Te gusta la idea de convertirte en una momia sin

morirte?

—La idea es que si uno llega a viejo es porque

ha trabajado tanto que ha amasado una buena

fortuna. —Mientras digo esto, ya estoy dudando

de mis palabras y recuerdo la multitud de

ancianos que pueblan las aceras en la madrugada.

—Eso no es para todos. Requiere mucho orden,

conciencia. La mayoría de los viejos que ves en

la calle alguna vez fueron algo. Oficinistas,

zapateros, pinches de cocina. Cayeron en la

trampa más peligrosa del sistema: el consumo. Lo

perdieron todo por no poder pagar. Se les

destruyó el esquema y tal vez se dejaron vencer.

257


O los echaron a patadas de casa. Ya sabés, el que

no aporta, pierde la condición humana.

—¿A vos no te asusta quedarte sin pensión? A

mí, bastante. Me parece que ya estaríamos

hablando de otra cosa que no es destino, ni

siquiera vida desordenada. La sociedad civil no

tiene armas contra los saqueos cuando estos se

tramitan vía judicial.

—Por eso es que hay que tener un arma.

Aunque sea chica —Esteban, ya se dieron cuenta,

es el maestro de la brutalidad—. Cuando todo

fracase, y siempre puede pasar, un tiro te salva de

humillaciones.

Empiezo a creer que este tipo tiene habilidades.

Si lo invitase un día a la oficina, supongo que

obtendría comentarios crueles, pero certeros. Y

no digo que me alegre hablar con él: siempre es

fea la voz que te pone los pies sobre la tierra.

Entiendo un poco la visión de Esteban y ya sé

lo que haré cuando vuelva a la oficina. No voy a

despedir a veinticinco.

Serán quince los que queden fuera. Aquellos

que no corra, deberán cubrir mis espaldas.

258


CADA UNO SE LAS ARREGLA

CÓMO PUEDE

Desde antes de egresar de la universidad,

Jacqueline tiene tratos con el muchacho que

vende confites en el semáforo. No vayan a pensar

mal, cabrones. Le provee ramos de flores que el

chico vende complementariamente para mejorar

su ingreso. Así que ella todas las mañanas, al salir

a trotar por los barrios aledaños, lleva una bolsita

de tela y una minúscula tijera de jardín. Ya que el

paso frecuente por los mismos barrios podría

estigmatizarla ante los vecinos como una ladrona

de plantas, ella suele cambiar de ruta y es posible

que no pase por el mismo lugar en dos semanas.

Así da tiempo a que haya nuevos brotes y

floración y que la gente no llegue a preocuparse

por descubrir que sus plantas van desapareciendo

silenciosamente: sería gravísimo que el

propietario experimentase el desconsuelo de ver

a sus jardines padecer de una inexplicable

calvicie que propicie impostergables sospechas.

Digamos que, en esto, Bobby, el chico del

semáforo, y Jacky, van a medias. Al final del día,

la mujer se asoma a la esquina como quien no

quiere la cosa para hacer cuentas. O hay plata o

hay devolución. En tal caso, el comedor tendrá

259


esa noche un modesto centro de mesa para su

cena solitaria.

Eso implica madrugar. Entre trote y caminata,

su ruta puede durar hasta dos horas. Antes de salir

se pone un buzo rojo con capucha y anteojos

oscuros, una gorrita de los mismos tonos y

zapatillas de correr, negras. Y amarra la botella

de agua de su cintura, para que no estorbe

demasiado.

Afuera, la calle está sola y la noche,

generalmente negra. Alguna que otra vez, llueve.

Eso no evita la tarea, pues se trata de ganar un

extra que le ayude a sobrellevar mejor el estrés

presupuestario. Y apenas ha colocado un pie

sobre calle, ya tiene definidas sus metas.

Hoy, por ejemplo, va por rosas a diferentes

jardines. El sábado tendrá que alejarse más, pues

le tocan girasoles y crisantemos. Y si encuentra

algo fuera de serie, una orquídea o un príncipe

negro, no lo segará de inmediato. Lo pondrá en

agenda y le dirá a Bobby para que lo ofrezca. Sólo

cuando la venta esté pactada, cortará o

desenraizará el pequeño tesoro.

La tarde que Jacky extravió su tarjeta de débito

fue infructuosa. Regresó casi a las seis de la

noche a la casa y, durante la entrevista para

reclutarse, percibió paulatinamente que la estaban

boludeando. Ocurre con frecuencia que las

260


entrevistas de reclutamiento sean mamparas de

institutos y universidades privadas para venderle

cursos a gente que está intentado crecer en el

mercado laboral. Toda la escenografía del lugar

lo indicaba y el hecho de ver, en las esquinas del

gran salón, quioscos de Universidad de los

Buenos Payasos le permitió entender que nada

pasaría.

Bueno, la llamaron a la semana siguiente al

celular, pero eso no es importante. La contactaron

para venderle un curso de Excel que nunca

solicitó y otros de servicio al cliente. No dejó que

el operario se explayase mucho y cortó la

llamada. Inmediatamente volvió a sonar el

celular, pero esta vez optó por no responder.

Esa noche, mientras dejaba listo su bolso para ir

a trabajar a la mañana siguiente y no tener apuros,

notó la ausencia de la tarjeta. Afortunadamente,

tenía su frasquito de las flores, que es la buchaca,

casi intocable, de las ventas a Bobby. Consultó el

saldo bancario: ella había gastado, pero no tanto;

deberían quedar quince o veinte mil pesos, pero

ya son humo.

Dedicó veinte minutos, quizá cuarenta, en hacer

el reporte y el bloqueo. El jueves debería pedir

permiso para ir a la sucursal a retirar la reposición

del plástico. Es una joda que cierren temprano y

261


uno tenga que hostilizarse con los jefes para que

le cedan una hora.

Hecho el reporte, se preparó un té que dejó

enfriar. Por la orilla del cielorraso, una lagartija

asomó la cabeza y la escondió con la velocidad

que da el nerviosismo.

A las siete y pico de la mañana, fue a dejar en

un canastito las provisiones florales del día para

su vendedor.

No se quedó a conversar mayor cosa, no sólo

para evitar quemarse, sino porque Bobby

charlaba con dos tipos que vestían raro, como

matones del inframundo.

El bajito y escuálido es Iván. Pancho es el más

gordo, pero no se nota tan hostil como su

compañero, que le muestra al florista unas

doradas moneditas de chicle.

262


YARDO MUÑOZ SALAS

TESTIMONIA CONTRA SÍ CON

AYUDA EXTERNA

“Hace tiempo queríamos deshacernos del abuelo,

pero nos faltaba estímulo. Es decir, no tenía un

petate para caerse muerto o una herencia que

pagase el entierro y que pudiésemos repartir entre

los tres nietos.

El viejo era un infeliz con todos. Nos sacaba en

cara que todo lo pagaba. Nos inventariaba la

nevera. Si comíamos de más, era rápido al

rezongo. Si dejábamos abierta una puerta, furioso

por el viento. Si escuchábamos música, se

inventaba la hora de la siesta y apagaba hasta la

tele. Todo un mono totalitario.

Nosotros, sin padres desde muy chicos,

crecimos encuevados en esa casa. Fuimos a la

escuela puntualmente, pero casi nunca jugamos

en la calle. Todo en la sala del fondo, donde hasta

la luz chorrea en tonos grises.

Nuestros padres están presos todavía. Llevan

quince años y dicen que faltan diez más.

Cometieron una serie de asaltos agravados y tres

muertes, a mediados de la década pasada. Es lo

que deja andar con malas juntas. Un pastor, que

263


se fastidió de su comunidad porque no le

compraba jamás un coche del año, les hacía

tercio.

El viejo nunca opinó de ello. Ni siquiera asistió

a los juicios. Nos dejó mirarlos por la tele, y

nosotros —idénticos, trillizos— festejábamos al

unísono ver a nuestros padres en pantalla.

Pensamos que eso significaba que pronto

volverían y no fue así.

Nunca fuimos a verlos y alguna vez que Rex

quiso preguntar sobre el tema, abuelo lo calló en

seco. Sin golpes ni nada. “De eso no se habla”,

sentenció.

Nos fuimos acostumbrando a su hosquedad, a

su renegar de todo. A su costumbre de prohibir,

de vetar hasta el saludo a los transeúntes que

pasaban frente a casa. No sé si nos traumó, no lo

creo. Me parece que James, el mayor de los tres

por quince minutos, ya traía el mal carácter de

toda la vida.

En el patio de atrás, sembramos tomates,

chayotes y algunas verduras más. Es un terrenito

de unos doscientos metros, nos da lo necesario

para autoconsumo y para vender un poco. El viejo

se dejaba venir sobre nosotros para reclamar el

dinero de las ventas para sí. Mejor dicho, para

administrar el gasto doméstico.

264


De vez en vez, cada año, zapatos nuevos y una

o dos camisas. Libros nunca, pues son caros.

Afortunadamente, la señora bibliotecaria del

colegio nos regaló montones una vez que le

obligaron a depurar la colección para evitar que

la polilla invadiese todo. Así nos fuimos trayendo

de diez en diez, cada uno, una torre de libros que

superaba los mil ejemplares.

Nos duraron dos años. Una mañana, mientras

íbamos a clases, el abuelo vendió todo al

chatarrero por veinticinco mil pesos.

Lo odiamos. Yo lo odio todavía, aunque ya no

esté.

Nuestro abuelo se llamaba Jeremino Salas.

Nunca le conocimos oficio, pero se ganaba la

plata irregularmente. Un día tenía sobrada y otros

días andaba escaso. Tenía dos revólveres en el

fondo de una gaveta de la cómoda.

Ambos cargados, seis balas en cada uno.

Entiendo que también estuvo preso y que, antes,

fue empleado de algún banco. El llevarse a casa

alguna plata que no le pertenecía habría inducido

a que lo botaran, malditos auditores que siembran

pruebas.

265


Ésa es la desgracia de nuestra familia. Nos

persiguen, nos comprometen, nos quitan todo,

nos encarcelan.

Sin embargo, nadie venía a buscarlo nunca. Ya

pasados los años de turbulencia, posiblemente,

con enemigos que no le daban importancia, salía

ocasionalmente a hacer compras en la tienda de

la esquina o a la licorera del barrio.

Nunca más allá.

El hombre tenía apenas cincuenta y tres, lo que

indica que fue padre joven. Su hija, nuestra

madre, también lo fue. Se enredó, estando

carajilla, con alguien de su misma edad y, en

consecuencia, aparecimos nosotros: los trillizos

Muñoz Salas, ahora indiciados.

Fue Rex el que escuchó hablar por teléfono al

abuelo sobre una colección de billetes que quería

vender para comprarse un nuevo catre y un

colchón moderno, de algodón. Según él, la

colección valía una fortuna y, sin dudarlo,

hablaba con un potencial comprador.

Deberían averiguar con quién habló y no

hostigarnos a nosotros.

Por la noche, al ir a dormir, nos dijo del trato.

266


Los hermanos dormimos todos en un camarote

triple. Mide como cinco metros de alto y abajo va

James y yo, en la cumbre. Siempre charlamos un

rato con la luz apagada sobre los acontecimientos

del día. Es lo más parecido que tenemos a vida

social.

¿Que no dije mi nombre? Es Yardo, Yardo

Muñoz Salas. Mi padre se enteró que yard alude

en inglés al patio: lo supo y le gustó. Me salvé

porque era propenso a usar nombres del viejo

Oeste. Lo que ocurre es que esperaban gemelos y

no: yo estaba atorado por allí y aparecí al rato,

con nuevas contracciones.

Yo sé que mis hermanos le dirán que fui yo el

que le dio al viejo un té cargado de sedantes. Que

yo planeé todo y que, ya indefenso, lo maté a

palos. No lo crea. Ya le dije, el de mal carácter se

llama James y el de corazón frío, Rex. Alguno de

ellos habrá sido.

Me llegaron los rumores de cómo quedó el

cadáver, yo no estuve allí: estaba cuidando la

huerta y nunca me di cuenta de nada.

Entiendo que Ud. dice que Jeremino era un

hombre fuerte y que todos participamos. No es

cierto: con dos hubiese alcanzado para vencerlo

y, estando dormido, uno bastaba. Yo de hecho, sé

que mis hermanos también andaban en el patio,

267


iban y venían, espantando los perros sueltos del

vecindario. Nada malo, ¿ve?

No sé qué le dirán ellos, pero yo no fui. No voy

a meter la mano al fuego por mis hermanos. Ellos,

alguna que otra vez, hacen cosas crueles: lo he

visto con las ardillas y con las iguanas. Y no para

comerlas: puro ejercicio catártico.

Ud. imagina algunas palabras que yo no digo.

Están fuera de mi esfera, pero evidente es que Ud.

sabe traducir a su contexto. Por eso, si me trabo,

el texto lo rellena a su gusto, y yo, al final, me

limito a firmar bajo protesta verbal.

Fui el primer sorprendido de ver la ley llegar a

casa con orden de allanamiento. El viejo tenía ya

varios meses de no estar con nosotros, pero

nosotros suponíamos que se había obstinado de

mantenernos y se fue con alguna vieja, de

parranda. Tuvimos que multiplicar esfuerzos para

conseguir comida y licor para que todo siguiera

adelante sin el estorbo del viejo.

Un día cualquiera, encontramos la colección de

billetes del abuelo en una vieja valijita de cuero

bajo la cama. Los tres nos fuimos donde un

anticuario para tasarla. Nos dijo que eso era

basura: billetes antiguos, pero destrozados. Nadie

se preocuparía de pagar por ellos.

268


Eso fue a los pocos días de la desaparición de

abuelo, ¿y qué? ¿Por qué íbamos a guardar luto si

no sabíamos que estaba muerto? Nosotros

teníamos hambre y vimos una solución a mano en

los billetes.

¡Qué desengaño!

Mire, si hubiésemos sido nosotros, lo

enterramos a cinco metros de profundidad y le

hacemos un planché de cemento a ese nivel. Y

luego taparíamos todo y ni con sabuesos lograrían

detectar ni papa.

Además, vea usted la enredadera de ayotes. No

íbamos a dejarla crecer donde la policía la

arrancaría de inmediato. Fíjese bien que la tierra

no está revuelta más allá de lo normal para que

todo crezca.

Lo que pasa es que otra vez nos están

sembrando pruebas. Han de ser denuncias o

trampas del vecino de la casa derecha, que dice

que matamos a su perro Lirón. Ese hombre está

loco, paranoico, y anda diciendo que nosotros

somos desquiciados ermitaños.

No creo que tengan evidencias. Siempre hay

palos en casa, pero no los usamos para matar a

nadie. Lo más a alguna gallina que nos invade el

patio. Y una vez nos vimos con unos tipos

269


grandes del colegio, a la salida de clases.

Llevábamos buenos garrotes, por precaución.

Supimos defendernos. Fue cuando nos

expulsaron indefinidamente del tercer año.

270

Abuelo se mostró indiferente.

—Miren a ver qué hacen con su tiempo.

Gánense algún dinero —y siguió con su cerveza,

tomando de la botella a fondo blanco.

Le escuché a su compañero informar que

hallaron ropa ensangrentada. Y eso, ¿qué? Ya le

dije que algunos tienen pasatiempos raros y el de

mis hermanos es matar animalitos a palos.

Yo nunca, claro.

Yo siempre he querido pintar perdices y aves y

gasto el tiempo en eso. Me quedan muy mal, pero

ya coloreadas pueden verse con disimulo. Alguna

vez intenté venderlas, pero nadie hizo cómo

preguntar el precio. Una maldita mujer se atrevió

a decir en mi cara “qué asco” y siguió su camino.

Se habrán metido los ladrones en un descuido.

Mire bien que la casa es vieja, de madera y sin

rejas. Cualquiera entra y sale y tiene puerta

adelante y atrás. Yo buscaría indicios de

visitantes. Cualquier vecino puede ser. Ud. sabe

que nuestro vecindario no es un lugar de paz.


Las sábanas rotas donde envolvieron el cuerpo

son de casa, pero ¿qué quería? Los que hicieron

esa barbaridad encontraron todo a mano.

Agarraron lo que estaba en uso. Ud. sabe que la

plata no rinde y por eso tenemos piltrafas.

Claro que tenemos palas, dos. Y se usan en el

mismo lote donde encontraron al viejo, porque

allí es donde sembramos todo el tiempo.

Va a encontrar ADN nuestro por todas partes,

¿y qué? ¿Acaso no vivimos allí? Es como sacarle

sudor a una camisa que me acabo de quitar: está

porque debe estar.

Claro que a veces extrañamos al viejo y, por

ello, nos recostamos un rato en su camastro.

Tiene esa peste de calor de colchón de paja, pero

sirve de recuerdo.

¿Ya oyó que los trillizos idénticos pueden

compartir el mismo ADN? No lo sé, pero

físicamente los tres somos intercambiables y

nadie lo notaría. Posiblemente, peguemos esa

lotería”.

La presente es transcripción fiel de la

declaración presentada hoy lunes 14 de

noviembre del año en curso, por el señor Yardo

Muñoz Salas, DNI número 9-XXXXXXXXXXX a

271


las cuatro de la tarde, en oficinas centrales de la

Policía Judicial.

Termino de leer los folios y estoy aturdido. Se

supone que ese ser contradictorio soy yo. Y me

habla de un crimen y de unos hábitos que

desconozco. Ni siquiera sé que tuviese hermanos

o parientes de vida peligrosa.

—Yo no voy a firmar esta joyita. En esta

declaración, usted, literalmente, nos involucra y

no somos tan pendejos. Creo que ninguno de mis

hermanos lo hará. Siempre me negué a pensar lo

peor de la policía, pero me trae una declaración

prefabricada con conceptos que no conozco y que

jamás salieron de mi boca.

Quiero un abogado.

272


GREGORIO PASTA, PATRONO

DE LA FILANTROPÍA

—Don Santiago, querido, me han hablado mucho

de Ud. Pásese por mi oficina este jueves a las

cuatro y media para que hablemos. Mi empresa

puede ayudarle a su obra.

Eso me dijo al teléfono. Entonces pensé que las

cosas se acomodaban por voluntad de Dios y

estábamos a punto de reclutar a un nuevo

filántropo. Tendríamos, por lo menos, una casa

vieja más y presupuesto para dar comida y ropa

vieja.

Es que aquí trabajamos con las uñas. Nos llega

dinero y buscamos darle uso: mejorar la vida a

otros es cosa impostergable. Hay mucha hambre

en una sociedad que aplica el paradigma

neoliberal a pie juntillas. Todos saben que el

mercado no da equilibrios, sino residuos

humanos, pero ellos tienen el poder. Nada qué

hacer.

De inmediato, le conté a Claudia, mi esposa. Me

preguntó si me acompañaba. Le dije que no. Me

pregunto si debí llevarla porque de lo que ha

pasado, no tengo testigos.

273


Tomé el coche y me estacioné una cuadra antes.

Caminé por la acera, aunque estaba maltrecha: las

piedrecillas se sentían como cuchillas contra las

plantas. El calor de esa tarde mantenía el

pavimento en llamas.

En el seis, la oficina del míster está en el seis,

pero es dueño de todas las empresas del edificio.

Está metido en muchas cosas: la mitad de la

estructura sirve de bodegas para todos los

productos que importa y distribuye.

—Vengo a ver a don Gregorio Pasta. Me está

esperando.

274

—Enseguida, señor. Por favor, tome asiento.

Paro oreja y me entero de que esta joven de la

recepción es nueva: entró el martes. Hace migas

con el mensajero a nivel de chismorreo y, si yo

fuese ese chavalo, me sentiría con chance de

coquetear con ella. Pero el hombre no lo hace.

Luego de los comentarios, recibe cuatro sobres

que se lleva de inmediato hasta su moto.

—Lo van a recibir ya. Arriba habrá otra

secretaria. Sexto piso, presidencia.

—Gracias.

El ascensor huele a alcanfor y pollo frito. En el

suelo, hay caídas jeringas nuevas en su empaque.


Además, también huele a banano pasa. Supongo

que alguien come de esas bolsitas en el ascensor

y, tal vez, las roba de las empresas de Gregorio.

—Me alegra verle —Una mano franca, un

rostro amable y una velocidad ejecutiva—.

Siéntese. ¿Quiere un café?

—Mucho gusto —asiento con un movimiento

de cabeza.

El hombre se limita a oprimir un botón y logro

captar que la mujer ha recibido el mensaje.

Entretanto ella viene, dialogamos.

—Veo que su obra es grande. ¿Cuántos años

lleva de dedicarse a la caridad?

—Veintiocho. Mis padres siempre quisieron

algo así y lo empezaron. Cuando faltaron, yo

continué.

Junto al ventanal, una estilizada garza de cristal

parece vigilarme.

—Ha de recibir Ud. ayuda de gente importante.

—Así es. La gente poderosa tranquiliza su

conciencia con la generosidad, supongo—. Me

doy cuenta de que entro en un juicio peligroso,

casi ofensivo. Procuro morderme la lengua.

Ayudamos a dos mil quinientas personas todos

los días.

275


—¡Qué bueno! Tengo planes para Ud.

En ese instante, se abre la puerta. La mujer se

inclina a dejar las dos tazas y un postre sin lustre

sobre el escritorio. Apenas hecho esto, se esfuma.

—Gracias, señorita —alcanzo decir al humo

que deja a su paso.

—Provecho, don Santiago. Tome su café con

calma. En cuanto lo digiera, hablamos en serio —

me dice el tipo calvo, de unos cuarenta y cinco

años, un tanto corpulento y alto mientras deja ver

que lleva en su anular derecho un aro con

diamante. —Ah, un gurú me dijo que la garza

simboliza la tranquilidad. Yo no creo en eso, pero

me pareció linda. Y barata. La verdad, yo compro

cosas baratas que parecen arte: son imitaciones.

Comprar un original es un despropósito porque si

quieres deshacerte de él, nadie te repondrá lo

pagado.

—Bueno, le escucho —he tomado la taza en dos

sorbos y siento un infierno en la garganta. Quiero

toser, pero lo evito.

—Puedo ayudarle con su caridad. Sé que las

finanzas no andan a flote.

—Siempre vamos a coyol quebrado. Es decir,

lo que entra, lo gastamos. Se trata de dar.

276


—Don Santiago, a Ud. lo ven mucho en el

Casino XXX. Sé que lleva anteojos oscuros y se

disfraza un tanto, pero es Ud., sin duda.

—Ud. se equivoca —alzo un tanto la voz para

enfatizar mi ira—. Yo soy cristiano y no juego.

—Eso podemos discutirlo. También soy

accionista de ese lugar, ¿ve?

—¿Dónde quiere llegar? Entendí que teníamos

una cita proactiva—. Me muestro nervioso, a

pesar de tratar de no hacerlo.

—Yo creo que Ud. está jugando dinero ajeno,

pero eso es su problema. Lo que yo quiero es

ayudarle a cambio de un favor mínimo. Es la

persona indicada y saldrá intacto de esto.

—Perdone que me sulfure, la vida privada es

privada. En todo caso, busquemos puntos de

coincidencia. ¿Me da otro café? Aún tengo

postre.

El hombre vuelve a oprimir el botón que le

indica a la secretaria lo que requiere. Lo veo

escarbar una gaveta y sacar un fólder negro.

Levanta la mirada y dice:

—Los expedientes negros de la compañía son

inaccesibles para el personal. Solamente yo

puedo revisarlos. ¿Conoce a este hombre?

277


—Así es. Lo recogimos de un lote baldío

cuando estaba hecho leña. Desnutrido y

tembloroso por la piedra, la mirada de un idiota.

Se ha ido recuperando y ya casi lo mandamos a

conseguir dinero para ayudarnos. Es que nuestro

programa es reciprocidad: ellos reciben y, al

levantarse, nos ayudan.

—Pues no lo mande a pedir. Necesito que lo

haga mejorar: que lo cuide, lo instruya un

poquito, que se mantenga comiendo y engorde

sesenta kilos. Le doy cinco meses, pues no puedo

más. Así que fájese con eso y cuando esté listo

me lo trae con total discreción.

278

—¿Y si quiere irse?

—Lo vapulea, cabrón. No me diga que nunca

hace eso. Si no fuese así, la deserción le quiebra

el negocio en cosa de semanas.

—Perdone, pero eso parece secuestro.

—Lo es. ¿A Ud. qué le importa?

—Tiene razón. Y para mi caridad, ¿qué habrá?

—Le voy a girar diez mil dólares mensuales. De

ahí saca la buena mantención de mi “entenado”.

Tome mi tarjeta. Total sigilo, ¿eh? No olvide el

camino —dice mientras se levanta, me entrega el

cartoncito y me encamina a la puerta.


Me doy cuenta de que el segundo café nunca

llegó. Tengo ganas de llamar a Claudia, pero no

podría contarle el lado oscuro de la trama. No sé

qué hacer.

Por ahora, decido irme por las gradas, espirales

en caída, como tantas veces ocurre en la trama de

la vida.

279



MI ALIADA PETRA Y EL

COMITÉ DE COMAS NEGRAS

—Leer una novela es explorar los archivos, pero

está de por medio la organización, caprichosa o

no, que ha dado su autor al texto. Conviene

preguntarse qué hay detrás de todo o si

sencillamente el que escribe es un vagabundo de

ciudad que va explorando sin ruta la interioridad

de los seres que encuentra. En esa travesía,

posiblemente halle a diez sujetos interesantes a

los que sacar verdad y a otros diez, de los que

inventa una vida sin respetar parámetro alguno:

serán lo que el escritor quiera.

Ahora, caso diferente es el de Vivas que es un

perezoso con oficio. Investigar, ni mierda. Mira

desde lejos y supone. Como está medio esquizo,

inventar una historia no le cuesta nada porque

habla con sus invenciones. De hecho, un par de

veces se ha ido a las patadas con ellos hasta

fracturarse. En la última, se ha quebrado el codo

pues cayó por las escaleras. Claro, esto no se

hará público porque un autor es mercancía y

siempre depende del prestigio.

Ahora, el tipo que a veces cree ser sabelotodo,

es un bombeta absoluto. Suponer el caos del

capitalismo a partir de los fraudes, de las

281


mentiras de Estado, del incumplimiento de la

palabra, es aventurarse en un terreno hostil, cuya

geografía puede confundirnos. Sugiero que,

como comité editorial, veamos el dominio de los

personajes, la construcción psicológica, el

humor ácido, las contradicciones del sistema,

pero no hagamos teoría económica. Primero,

porque el autor nunca sabe de lo que habla y, sin

embargo, presume de lo contrario. Segundo,

porque este puto sistema de chorizos nos da de

comer y si abrimos la bocota, perderemos

clientes —palabras de don Diego Mazapán,

señor de academia.

—Don Isidro, ¿Ud. quiere decir algo? Adelante

—desde su puesto de mando, Petra dirige la

sesión.

—Sí, doña Petra. Hagamos algo con esta plaga

de ratas verdes que ha invadido el edificio. Creo

que van a comerse todo el inventario. No vayan a

estar ligadas con ese dios rata de arena que usted

guarda en su oficina. Tengo un primillo que es

exterminador y nos puede cobrar barato.

En cuanto a Vivas, es un degenerado que

pretexta estar loco para desatar su insolencia. Y,

sin embargo, ya lo dice Malanga: a la gente le

gusta descubrirse en el texto. Un lector ofendido

es un lector que se gana porque compra la

282


siguiente obra en espera de otra bofetada que lo

haga sentir que le importa a alguien.

—No estoy de acuerdo —replica Mazapán. A

este loco, debemos moderarlo. Ya me chismearon

que está preparando un ensayo arbitrario sobre

la gallinicidad como esencia malangueña.

Imaginen la multitud ofendida: se van a arrancar

las plumas del puro colerón.

—Pues nada —dice Petra—. Tan sencillo como

entrar en el negocio de las almohadas, las

artesanías y demás. Si acá se alborota el

gallinero, nos darán insumos gratis para

producir otros bienes. Imagínese que entremos

en la industria farmacéutica y produzcamos

pastillas contra la alergia, luego de vender falsas

plumas de pavorreal. Porque una de las primeras

que se quedará pelona a pura chicha es la

oligarquía y suelen decorarse suntuosamente.

Lo que tenemos que hacer es votar si este libro

entra en nómina para el próximo semestre. Si

decimos que sí, tenemos dinero y el autor se

tragará todas las piedras que le tiren. Al chavalo

le encanta caer mal.

Ah, hablando del dios rata, todos convenimos el

año pasado en darle voto en el Consejo. Y ese

voto está delegado en mí, no lo olviden.

283


Dicho esto, vamos a votar.

Es entonces cuando los siete miembros de la

junta deciden sobre el futuro de este libro. Es

evidente que ganó el sí por 11 a 2. La excesiva

humareda de marihuana que había en el salón los

hizo contar seis votos más.

284


UNA DIGRESIÓN QUE ALGO

AYUDA

En el receso forzado que he debido hacer, merced

a que se quemaron varias partes del ordenador

—consecuencia de dejar el CPU encendido

veinte horas, con o sin uso— he olvidado un tanto

la ruta que van trazando los personajes. Eso me

obligará a desandar el camino y a releerme, cosa

que detesto. No quiero descubrir las centenas de

pifias que tiene el texto sin terminar o encontrar

los hilos que el narrador mueve para forzar a los

personajes a la mísera condición de títeres.

Eso me aterra.

Pienso brevemente en algunos de ellos, pero me

resisto a planificar su evolución. Sin embargo,

supe que Jacqueline Solares decidió, en sus

rondas matinales de robahuertos, hacerse con un

perrito ajeno que estaba a la orilla de las rejas y

cabía perfectamente entre las rendijas de los

fierros. Ahora tiene un chihuahua al que saca a

pasear a eso de las cinco y media, allá por la

periferia capitalina, antes de ingresar a los

barrios del sur. Le ha puesto una bandana negra

sobre el cuello y le ha pintado con betún unas

cuatro manchitas negras para que sea

irreconocible. Y, por prudencia, ha decidido que

285


conseguirá rosas y claveles en esa nueva ruta

cerca de la Cuesta de los Ramírez y la Calle de

los Abandonos.

No obstante, el costo de oportunidad de esta

decisión se refleja en acceder a jardines menos

ostentosos, flores plagadas de cochinilla, hojillas

mordisqueadas y montón de ronchas coloradas

que le dejan los bichitos mientras viene con su

carga de flores a negociar con Bobby.

No sé si me interesa mucho esa historia.

Además, deja mal parada a la muchacha y ella es

de mi entera estima: trabaja, estudia, se esfuerza

y produce. ¿Cuánto tiempo se sostendría en pie

la compañía de sus patronos sin la eficacia de

Jackie? Uno o dos años, porque el desorden se

tragaría el prestigio que le levanta el rostro ante

competidores mucho más grandes en capital.

Cuando decidí caminar sobre esta trama, sentí

ligeros paralelismos y por eso el fantasma de

Osvaldo Soriano y de su creación —un Zárate

cuyo verdadero nombre nunca conocemos—

flotan por acá como homenaje. El informático es

un personaje de Una sombra ya pronto serás,

novela publicada en los noventa, que retrata el

viaje circular de un informático por rutas

olvidadas argentinas en medio del discurso

globalista. El gordo Soriano amaba la

286


decadencia y las sinestesias, y la aventura es un

pretexto para retratar un continente que creyó en

un neoliberalismo que cotidianamente nos

derrota. La red de seres disparatados, vencidos

por el delirio, incluye desde un estafador de los

más ramplones —de los que presumen el dinero

que no tienen—, jóvenes que sueñan con llegar a

USA fácilmente pues según su credo es cosa de

cruzar la frontera argentino-boliviana, hasta un

tipo que cree tener la fórmula para hacer tumbar

un casino y sujetos de a pie que se ganan la vida

bañando paisanos con manguera. Todos

conviven con mitologías que nos separan del

peso de la realidad y todos pierden. Lo lindo de

la obra de Soriano es, sin embargo, la dignidad

que retrata en algunos humanos, muy humanos.

Yo me he apoderado un tanto de la mitología

del disparate, pero no para darle esperanza a

nadie. Estoy convencido de que la sociedad de

consumo es eso: un vil engaño que nos lleva a

mal camino. Sin embargo, eso de construir

destinos forzados arruina cualquier potencial en

la novela. Al menos, yo reniego del naturalismo

porque no me gusta ver que la gente nazca

condenada a la desgracia, aunque es innegable

que la cuna es destino.

Sin embargo, la Argentina de Soriano y la

Malanga mía tienen esa atmósfera inevitable: la

287


estética del deterioro que uno sobrelleva con

humor, muchas veces amargo. Y Osvaldo no

alcanzó a ver tan fuertemente el problema de los

sucios capitales y la ubicuidad del narcotráfico.

Bueno, en los noventa, ya Las Manos de Filippi

acusaban en Sr. Cobranza a un presidente narco

y posiblemente la cosa pasaba con frecuencia en

el mundo, pero no lo sabíamos con tanta

claridad.

Tampoco esta novela es un pretexto para

montarme sobre otro libro para salir avante. Eso

sería mezquino: lo que me interesa rescatar es

que ambas escrituras están inconformes con la

sociedad de consumo. En mi caso, porque ha

pasado un chorro de años, puedo decir que mi

época ha podido atestiguar la violencia

económica en todas sus formas: la especulación

inmobiliaria, los manipuladores de las acciones

en bolsa, el desempleo hiperbólico, la promesa

del Primer Mundo —la apertura comercial— que

ha destruido a miles de productores locales sin

llevar mejoría social a la media de la población.

Súmese a esto la economía de guerra, la censura

mediática y la esquizofrenia, que diría

Baudrillard, del consumo innecesario.

El suicidio del CEO de la Nacional de Papel no

lo vi venir. Apareció porque sí en el relato, pero

uno debiese preguntarse si todo esto del papel

288


fraudulento, el desprestigio de la moneda y la

especulación en todos los niveles —hasta en el

trueque— no evidencian el fracaso de las

alegorías del mercado. ¿De verdad vale un

billete el poder de compra que certifica? ¿Por

qué los pequeños empresarios de cualquier cosa

deben vender su mercancía incluso a precios de

pérdida, mientras que los supermercados toman

esos mismos bienes y apuestan con ellos a

notorios sobreprecios? ¿Por qué a unos les

regateamos y a otros no? Claro que yo no me

dedico a responder esto: mi espacio es la vida

cotidiana, el caminar por las calles y observar

cómo las personas resuelven su mundo. Sin tener

la menor idea de la grandeza de sus acciones ni

de los pequeños heroísmos que implica estar

vivo.

Porque nos han educado a ver íconos,

superhéroes y, a cambio de ello, el ser humano,

nuestro par y nosotros mismos, es percibido

devaluado.

¿En la posmodernidad vamos perdiendo todas

las certezas? Eso depende, uno debiese

comprometerse a construir algunas: la

solidaridad, el respeto, la comunidad, el bien

común, las utopías. Algo que fortifique la

argamasa: eso es resistir. El problema es que,

cuando las narrativas se traicionan, la

289


muchedumbre queda a la deriva. Imaginemos —

o memoremos, porque ha pasado repetidas

veces— la llegada al poder de un tipo que

manosea discursos sociales, pero que, a la hora

de ejercer el mando de gobierno, se casa con la

clase económica que le financió la campaña y

hasta se jacta de ello. Yo no digo que ése sea el

papel fraudulento, tan común en Malanga, pero

comparte consecuencias. Cuando aparece el

farmacéutico que promete tener la cura para la

gangrena y nada pasa, pero te entrega un

facturón, habrás debido enojarte.

Pero no ocurre. La educación manoseada ha

construido ciudadanos pálidos, cuyo frío interior

los hace inofensivos. Si hoy les juegan sucio, no

aprenden. Vuelven a caer con la nueva cara

política, que resulta venir de la misma ideología

que ahora simula la diáspora para infectarlo

todo, para combatir todo chance de cambio.

¿Qué hace uno ante estas circunstancias? Pues

multitud de cosas. Desde la respuesta de Jackie

de agenciarse unos pesos cómo pueda, hasta la

sobrevivencia de Iván y Pancho, trabajando para

seres irregulares, peligrosos. O apenas

sobrevivir, como el Bobby que un día vende bien

y dos días después le regresa a la macha —

porque se acaba de hacer unos lindos rayitos—

una cantidad alta de flores marchitas.

290


Entretanto, cambio de ordenador porque el hijo

de puta técnico me ha dejado el equipo “como

nuevo”, —lo que quiere decir que le ha cambiado

todo y le ha instalado hardware prehistórico,

tarjeta gráfica de juguete, RAM de la DDR3,

cuando tenía de la cuatro y se han desaparecido

dos discos duros que estaban buenos— y la

piltrafa de ahora me da prurito y furia mal

canalizada porque fui capaz de transar sin

factura y ahora no poseo respaldo legal.

Aun así, me ha sido mejor comprar un equipo

usado que operar con la cochinada que me dejó

el vivazo ése, que sacó provecho de que la

máquina original era una gamer para

deshuesarla.

Dejo de hablar de esa carroña para decir que

en este impasse es cuando aparece en la vida real

el puto chatGPT, inteligencia artificial sin pudor

al plagio y al rejuntado que es capaz de aprobar

cursos universitarios y hasta imitar determinadas

escrituras. Así que, si me preguntan el origen de

Salomón de la Luz Chueca, lo desconozco. No

obstante, puedo asumir que es un sistema

operativo antropomorfo que ha podido

mimetizarse conmigo y que mi temor augura que,

en algún momento, yo no sea necesario por la

simple razón de que el algoritmo imita al

algoritmo y el individuo que antes pretendía

291


presumir su unicidad, ahora es totalmente

imitable.

Así que no tardarán en ver novelas de Vivas,

pero no escritas por Vivas, sino por un sistema de

cálculos idiotas, mecánicos, fríos.

Esto me congela por dentro, porque para mí

será la muerte de todas las ficciones y, en

consecuencia, del espíritu que, en mi caso, da

sentido a la vida..

Entonces, sí: ya verán mi lado psicópata

combatiendo toda aquella tecnología plagiaria

que está llenando el mundo de seres atrofiados

intelectualmente y rendidos al totalitarismo.

292


4. ESTO NO ES TEORÍA

CUÁNTICA, SINO EL

DETERIORO DE ESTE CUENTO



EL NARRADOR SE QUEJA DE LO

SENTADO QUE ES SU ESCRITOR

FANTASMA

El colmo. Contrato a un ghostwriter que se

disfraza de espía y el muy cabrón está detrás del

palo. Me rompe el hilo narrativo, pues decide

fijarse en historias que, por ahora, me resultan

inútiles. Yo, como ya he sacado miles de pesos

para que el tipo haga parte de mi faena, lo que

hago es cribar los informes que me da, de tal

modo que me puedan ayudar a gestar otro

proyecto.

Digo yo, ¿para qué putas gasta tanto

vistiéndose como agente secreto, con gafas de

marca y sobretodo, si es en el fondo más o menos

tan inepto como yo?

Será que le gusta el oficio o ha quedado

atrapado en una profesión que aprendió por

necesidad. Eso pasa mucho y quizás sea el origen

de la mediocridad como norma social.

Deduzco que hace su trabajo bajo dopaje.

Hongos, éxtasis, gomitas: sepa el diablo. Sólo eso

permite explicar la atemporalidad con la que

reúne informaciones de sujetos que viven en

295


espacios temporales distanciados por tres o

cuatro décadas en un único documento cómo si

fuesen contemporáneos. ¡Ah, bribón!

Así que de inmediato, cribo y escribo. Las notas

que sobren irán al cajón ése que dice “vigésima

novela” y que es, por ahora, un total desorden.

EL AGENTE X TRANSITA

POR LA AVENIDA DE LAS

MOMIAS

Transito por el boulevard peatonal de la

Alameda de las Momias, ahora convertido en una

plaza de carros de comidas, gracias a una ley

propuesta por el oficialismo hace una década,

bajo la premisa de estimular el crecimiento

económico.

Concurren al lugar muchos patineteros,

artesanos y saltimbanquis. En torno a ellos se

forman círculos pequeños de personas que hacen

una pausa en su trajinar para admirar las destrezas

de los primeros. Lo malo es que no suelen

contribuir monetariamente: ni siquiera se prestan

a comprar una jarra, que cuesta menos de mil

pesos.

296


Hay decenas de policías desparramados a lo

largo de la Alameda, pero da lo mismo. Los

rufianes hacen con alegría su trabajo. Con esto,

quiero decir que nadie les estorba. Al contrario,

trabajan en equipo: uno roba y dos o tres simulan

ayudar a la víctima, pero, en realidad, la aíslan

para que demore su respuesta. Cuando logran

interrumpir al policía que estaba dialogando con

otros compañeros, el rapaz se ha perdido en

lontananza.

La famosa exposición del incomprendido

escultor Gervasio Maravilla —allá por los

noventa— no duró, merced al vandalismo. Luego

de eso, cansado de ser ninguneado por la

academia, decidió dedicar el resto de su vida a

fabricar chocolates de diseño. Y adivinen: todos

sus diseños eran bolitas de diversos colores,

algunas yuxtapuestas a otras por una férula de

caramelo duro. Por lo demás, aparte de sus

tiendas en los malls, el maestro ha pasado al

olvido.

Al menos hasta que haya otro premio o beca que

pueda disputar, porque negocio es negocio y

vocación es chorizo.

Suprimí varios párrafos porque mi ayudante es

un mezquino. Mete material de relleno que a

nadie le interesa y pretende cobrar por página.

297


Lo absurdo es que yo pague cincuenta mil pesos

por un “capítulo” que no llega a cubrir ni una

secuencia. ¿A cuánto me saldrá cada palabra?

Si no tomo medidas pronto, voy a quedar en

quiebra.

298


ANDRÉS ESCAPA POR LA

DERECHA

—¿Quién ha llamado, Andrés? Se les está

haciendo maña joder en la mañana.

—Qué voy a saber yo. Sencillamente, se quedan

callados o te dicen que fuiste elegido para un

préstamo. Yo los mando al diablo y cuelgo.

—Pues te veías incómodo. No vaya a ser que

ande detrás de vos esa perra secretaria.

—Tenemos mucho trabajo últimamente.

Cuando ha llamado Jacqueline es para afinar

detalles de un traspaso. De hecho, no entiendo

muy bien el asunto. Se supone que el dueño

murió, pero que habría firmado las escrituras a

favor de un mae de apellido Castillo, que nadie

conoce. Y sin mediar plata: venta simbólica.

Todo a cambio de una caja de Gallinero plus.

Tiene más guaro.

—Pues esa mosca muerta no me da confianza.

Viste bastante bien para ser mal pagada. ¿No te

parece?

—No me meto en la vida de nadie. Tal vez tiene

una pareja pudiente o los papás le dan dinero.

299


¿Querés un helado? En el freezer quedan paletas,

de fresa y de maracuyá.

—No, tengo que bañarme ya. Hoy tenemos club

de lectura y vamos a conversar sobre Isidro

Pelapapas y su influencia sobre la identidad

malanguense. El maestro Paco Nove Elotes no

acepta ausencias.

—Sonaría interesante, pero no tengo puta idea

de quién es. El nombre lo ubico en la prensa; su

obra, la desconozco. ¡Qué nevera más sucia,

mierda! Mañana amanezco en emergencias.

Decíle a doña Juana que la limpie hoy.

—Por ahí escuché de obreros que juran que

vieron al suicida ése vestido de vendedor de

quiosco. ¡Demasiada grifa fuman hoy!

—¿Cómo puede un edificio valer unas

cervezas? Mirá que hace seis años acabé la

carrera y no entiendo como Hacienda permite eso

como herramienta de elusión.

—¿No es que no te metés en la vida ajena?

¿Será que sólo cuidás de la vida privada de la

Jacky? No jugués con fuego, maldito.

Miro el reloj en automático. No alcanzo a ver la

hora, pero es el mecanismo que aprendí para

pretextar mis fugas. Alcanzo a enunciar:

300


—Voy a la farmacia del centro. Se me acaba de

templar una muela. ¿Ocupás algo?

Julia se queda paralizada un segundo. Luego

finge no haber escuchado nada y se retira

discretamente a su habitación. Seguro que está

furiosa.

Yo, sin esperar respuesta, me hago humo.

301



EL GHOSTWRITER

MALEDICENTE Y BOCAFLOJA

Transito por el boulevard peatonal de la

Alameda de las Momias, ahora convertido en una

plaza de carros de comidas, gracias a una ley

propuesta por el oficialismo hace tres décadas,

bajo la premisa de estimular el crecimiento

económico.

Han transcurrido veintiséis años del incidente

de las blancas bolas enormes del incomprendido

escultor Gervasio Maravilla que, cansado de ser

ninguneado por la academia, y luego de cumplir

quince años en la Penitenciaría del Sur por

cargos de lavado, quedó fuera de los circulillos

intelectuales y artísticos, tan faltos de lealtad que

bien podrían negar a sus madres sin parpadear

siquiera.

Así que, al alcanzar la libertad, el gran maestro

estuvo sin trabajo largo rato, bajo las faldas

matriarcales de su abuela. Fue su tía la que, en

un ataque de furia, lo bajó de la nube:

—Gervasio, vos ya fuiste. Ahora te toca

matarte. Buscá un trabajo.

Y le dio la dirección de un conocido pastelero.

303


Parece que las cosas salieron, a pesar de todo,

bien. El señor Maravilla se hizo socio de su

patrono en poco tiempo y, cuando éste murió

intoxicado de forma natural, se quedó con las

cuatro tiendas de chocolate.

No sean babosos, si a uno lo intoxican, es

natural que se muera. Es chiste viejo y no voy a

caer en peroratas sobre esto.

Lejos de las luces de la farándula, Gervasio es

feliz y la policía no lo ha puesto en la lista de

sospechosos. Ergo, es inocente. Eso comentaba

un día de estos con el inspector Campitos, una

eminencia en lógica policial.

Se habla muy poco de las deudas enormes que

ha dejado don Gregorio Pasta, hombre de

negocios de muy alta reputación que, según

parece, se cayó de la azotea de su edificio tiempo

atrás. Parece que el hombre apostaba duro en la

bolsa, pero otros dicen —de forma no oficial—

que era un maldito amarraperros y que se metió

a hacer negocios con la mafia y que no pudo

cumplir, por lo que optó por dar el piscinazo en

el concreto. Cosas de malas lenguas que uno no

debiese escuchar, pero están allí.

Ahora, también es tema del día la desaparición

de un famoso cirujano plástico del medio local —

el doctor Navaja— que ha sido demandado por

304


una exmodelo. La mujer le contrató para

“hacerle la nariz” y por cosas de mala praxis o

de cicatrización deficiente —vaya uno a saber—,

ahora le cuesta respirar y emite unos espantosos

silbidos cuando intenta hablar. Corren rumores

de que le han ofrecido contratar en la estación

del tren para llamar al pasaje y ella, no obstante,

lo rechaza: la paga es poca y el glamour, nulo.

Un desafortunado corte, gracias al mal filo de

su colección particular de escalpelos hechos a

maño habría derivado en daño permanente para

la exdiva. En entrevista exclusiva con una revista

de salud, menciona la afectada, de apellido

Barboza, que los mocos se le vienen al paladar,

lo que resulta desagradable y le provoca llorar

todo el tiempo.

Tal parece que el Dr. Navaja escapó sin atender

pacientes que tenía en agenda y ya habían girado

el pago. Gregorio Pasta, el occiso, estaba en esa

lista. Incluso se especula si la causa del suicidio

fue el desencanto, pues, aunque el empresario

siempre fue un sujeto elegante, su exnana, una

octogenaria, asegura que siempre fue tratado

como el feo de la familia. Tanto así que no se le

conoció novia y, por el contrario, era asiduo de

una libreta de call girls.

305


Como sé que quién me ha contratado para

pasarle información tiene fama de peste y mala

paga, he guardado en mis archivos todo lo que

acá anoto y, de paso, hago responsable a ese

escritor de mierda de cualquier cosa que pueda

pasar a mi persona o a mi equipo de informantes.

En realidad, lo del Dr. Navaja fue una mala

praxis por mala higiene del instrumental médico.

El autoclave no hizo lo suyo —estaba quemado—

y a la paciente se le metió una bacteria. La tuvo

entre la vida y el cosmos por cuatro meses. Nunca

huyó, pero paró en el bote y ahí espera juicio.

Claro, yo le entregaré este informe al

desdichado, pero con la omisión necesaria de mis

juicios sobre él. Hay gente con la que uno no debe

meterse: esos que nada respetan, ni siquiera lo

celeste de la aurora. He escuchado que pretende

decir que el sol en Malanga tiene pigmentaciones

blancas y gigantescas debido a la polución que

reina en el país. Esto quiere decir que sigue con

sus alusiones sobre el narcoestado que, él piensa,

parece ser nuestra patria.

Creo yo que un sol empolvado de coca es algo

pasadísimo, sintomático o psiquiátrico. Ya

llegasen sus libros a los miembros del olimpo

criollo, pero creo que estará a salvo: esos nunca

leen cosas difíciles y no van a gastar su tiempo en

306


maldecirlo. Están enamorados de estampas

burguesas, de voces conservadoras y ñoñas.

Lo único que me queda es servir y cobrar. Y de

vez en cuando, hacer un par de reportes

totalmente mentidos porque lo que me paga no

amerita tanto esfuerzo.

Hay de hecho, un puñadito de notas que me

guardo porque son ligeramente arriesgadas.

Creo que las transaré por aparte con Petra y así

de paso condiciono mi aporte a sacarme de

encima al escritor titular.

307



HIPÓLITO CAMPOS

MONITOREA LA CIUDAD

En la sala de monitoreo urbano de la delegación

de policía:

—¡Qué gran quietud hay en la ciudad! Mirá las

calles vacías. —Hipólito hace su primer día en

trabajo de oficina, pues se ha torcido un tobillo y

no es apto para combatir el crimen.

—Aprovechá para dormir un poco. En las

cámaras nunca ocurre nada —Gilberto Tirones,

que ha pasado a saludarlo.

—¿Cómo va a ser? Si todos los días corre

sangre en Artificio…

—¿No lo sabés? Luego de instaladas las

cámaras, el Sindicato de Empresarios Maleantes,

manda sus cuadrillas. Ellos pegan en los lentes de

las cámaras un sticker con la foto de la zona que

vigilan. Así parece que todo está tranquilo.

Cuando el ministro deba dar su reporte anual, se

valdrá de estas imágenes para transmitir

confianza a la población.

—Y entonces, ¿qué hago aquí?

—Un papelón, hermano. Tenés que ser parte de

la escenografía de la seguridad que no funciona.

309


Es como aquello de Los polivoces que rezaba “la

policía siempre en vigilia” o algo así.

310

—¿Qué eran Los polivoces, teniente?

—Preguntá en Wikipedia o en un foro. Mis

papás veían esas carajadas, pero yo estaba

chiquitillo y en la luna. ¿Sabés qué hay detrás de

esta payasada? Pues que un primillo del alcalde

tiene un contrato público. Le ha vendido tres mil

cámaras a la muni, pero nadie dijo que debiesen

velar porque estuviesen observando las calles.

—Y si no vengo mañana, ¿me sancionan?

—Claro, huevón. Vos no sos el alcalde. Traéte

una almohadita y un peluche. Y tal vez, música.

Cuando hay una emergencia, solamente el 911 se

da cuenta, pero la entrevista que le hacen a la

persona que reporta mata toda prisa. Imagináte,

un infartado y una entrevista de ocho minutos. Ya

no le mandan la ambulancia, sino la bolsa negra.

—No me gusta el trabajo de oficina, teniente.

Siento que desperdicio mi poder de deducción.

Hubiese querido investigar el montón de estafas

que están a la orden del día.

—Buscáte las noticias en la red. Luego te

imaginás ser un genio e inventás soluciones. Es

divertido. Luego nos ayudás a resolver los casos

o escribís un libro.


—Ah, ¿cómo en la peli donde salen Denzel

Washington y la Jolie? Está bonito. El chavalo se

la tira en cama toda la cinta, ¿no?

—Exacto. Vos sos igualito a la Angie. Nos

vemos otro día. Que te mejorés.

Pensé en lanzar la pistola a Tirones en la cabeza,

pero estaba cargada.

Qué tal una bala perdida que me arruine la

rodilla.

Mejor no.

Mejor voy a buscar crayolas o algo. Va a ser un

largo día.

311



CASI UN PERENNE ESTADO

SONÁMBULO

Duermo mal, muy mal. Oigo ruido en el techo, el

gato se me trepa encima, se me corren las ocho

almohadas y pierdo la paciencia.

Sólo me queda hacer zapping y también me

aburre. Cuando el recorrido pasa de ocho

canales, apago la tele.

Me levanto a hacer el desayuno y los encuentro

en el comedor, conversando. Apenas les hago un

gesto y sigo hacia la nevera para sacar el queso

y el pan. Como todos los espacios de la mesa

están ocupados, como en la cocina, de pie.

Voy a ducharme, cuando oigo voces en el patio.

Me asomo por la rejilla y hay más sujetos allí,

divagando, como almas en pena. Alcanzo a ver

que las ardillas ni los determinan, bajan de los

árboles, cruzan bajo sus pies sin temor alguno.

Lo único es que hay un murmullo indefinido que

crece y mis oídos empiezan a generarme

incomodidad.

Una vez listo para empezar el día, selecciono a

uno o dos de ellos y los hago pasar. Ni me

preocupo en esperarlos porque sé que cuando me

313


siente al computador, ellos habrán estado

esperándome.

Me siento y enciendo el monitor.

—Ahora, sí. Cuéntenme sus cosas —les digo. Y

sin que abran la boca, empiezo a escucharlos,

mientras digito en automático lo que logro captar

de los murmullos.

314


UNA VISITA INESPERADA

Por fin había logrado mudarme a una casa en un

árbol. Ningún guácimo, no. Era un palo de

mango reforzado: lo llené de formaleta y construí

sobre eso, una casita. Me visitaban

constantemente toda clase de bichos y, en la

noche, murciélagos. Sin embargo, las grandes

espinas de las ramas me protegían, según yo, de

que subiera gente.

No obstante, este jueves, mientras llovía a lo

salvaje, vi trepar a un tipo de traje café, como de

yute, tenis ídem, y una corbata tejida. La camisa

era amarillo pollito y los pantalones le quedaban

unos diez centímetros arriba de las medias. Me

esperé a que trepara y, por cordialidad, le dejé

pasar.

Tan pronto se sentó en posición de loto, inquirí:

—¿Qué hace acá?

—Me envía Petra Romero. Soy analista,

todólogo. Ahora, soy su ghostwriter.

Se me paró el pelo.

—Nadie me ha dicho nada.

315


—Verá: según Petra, Ud. vive encerrado y no

conoce el mundo. A Malanga, menos. Dice que

yo debo hacer el trabajo sucio y la investigación.

—¿Y yo?

—No sé, arréglese con ella. Por ahora, me ha

contratado por un trimestre. Empiezo esta noche,

si gusta.

—No, no. Por hoy, duérmase temprano.

Mañana salimos juntos a explorar.

—Lo siento. Yo trabajo solo. Lo que sí le acepto

es la posada porque no tengo donde pasar la

noche.

—Ni modo.

Ayer martes, estuve en Comas Negras. Entré a

la dirección mientras la señora gerente andaba

en la bodega averiguando inventarios.

Me senté, pero vi a Miguelito sonriendo. Estaba

de color verde limón.

—¿Qué contás, Vivas? ¿Venís a pelear con tu

amiga? Ya supe que te puso un llavero.

—Me parece falta de confianza. Se supone que

conozco mi oficio.

316


—Podés verlo cómo querás. Me parece que lo

que pasa es que no eres rey de nada. Ningún rey

es real afortunadamente, porque la vida está

llena de rebeldía y eso incluye no permitir los

excesos, resistir ante ellos.

—¡La puta, una rata anarquista! —dije.

—Por lo menos, más que vos que criticás a

todos desde tu cápsula y simulás el caos desde

una salita cómoda y un narcisismo de mierda.

Bajáte de la nube o te perdés.

Ya estaba yo buscando marcadores para

vandalizar todo a Miguelito, cuando oigo a

Petra, desde lejos:

—Paciencia, Vivas. Ya vuelvo.

Aproveché para cruzar las últimas frases con el

roedor malicioso:

—Es que no sabés lo incomodidad que da que

la creación no te obedezca. Que el mundo que va

surgiendo no se parezca a las premisas con las

que trabajás. Siente uno que escribir es un

camino de derrotas continuas.

—¡Ah, qué bueno! Por fin decís algo coherente.

Si tus personajes te obedeciesen, serías un

titiritero y nomás. Literatura es crisis, como la

vida.

317


318

—Calláte, que ya viene.

Me puse de pie.

—Hola, Petrita de mi vida. ¿Para qué putas me

mandaste al Salomón de mierda? No deja de

corregirme y quiere me la pase escribiendo

yeguadas.

—Yo no te he mandado a nadie. Aquí vino un

sujeto que vestía muy raro: tenía un traje de yute,

dentadura amarilla y un incisivo de oro. Quería

ser corrector, pero no le di empleo. Fue hace un

par de semanas. ¿Qué te dijo?

—Que vos lo contrataste por un trimestre para

investigar la ciudad y casi para hacer esta

novela.

—No, no. Sin embargo, si trabaja gratis, sacále

provecho. Estoy en carreras porque un

muchacho que va a publicar un ensayo de

economía lo necesitaba para fin de mes. Se me

extravió la introducción. Juro que la tenía en la

mesa hace diez días.

—Bueno, te dejo para que no te atarantes.

Salí sospechando mucho de mi nuevo ayudante

y convencido del consejo de utilizarlo. En todo

caso, nunca dijo que yo le pagaría y yo no le iba

a comentar que Comas Negras no era su patrono.


EL AGENTE CAMPOS SE CRUZA

DE TEXTO A TEXTO

Fuimos llamados por una señora para

agenciarnos en una venta de libros de viejo,

cerca de la Alameda de las Momias. La queja la

presentaba doña Petra Romero, presidenta de la

Editorial Comas Negras, S. A. bajo el alegato de

que en tal sitio había libros robados.

Creo particularmente que la señora actuó de

mala fe. Al llegar al lugar, lo que vimos fue una

de esas casas abandonadas. donde los drogos se

instalan luego de romper los ventanales. Cerca

de ese lugar, ninguna tienda de libros. Es más, es

un barrio acabado: de aquí los negocios huyen.

—Usted debe ser drogadicta o trama algo. Es

claro que este lugar es un barrio muerto —le he

dicho.

—¿Cómo se le ocurre? La piratería es un tema

serio, muy serio. Vea la foto en mi celu.

Y me la enseñó.

—Ah, parece buena editando, pero se le notan

unas líneas que podrían hacer caer su embuste.

—Es un idiota —me contesta—. Mi labor es

proteger los intereses de mi representada.

319


—Fíjese que unos ocho kilómetros al sur de

acá, en la zona de la Cuesta de los Ramírez, hay

una tienda de viejo, cuyo dependiente encaja en

esa descripción —digo mientras agito el dedo

sobre la foto.

—No es allí, le digo. El lugar estaba acá nomás,

era un tugurio como esas casas, pero hasta los

dientes de libros viejos y de ediciones informales.

Nadie pudo desplazar eso ni cinco metros.

—Bueno, mejor vaya a poner la denuncia y

vamos al otro sitio. Supongo que usted busca que

resolvamos el caso.

—Olvídelo, la tienda que dice es otra. No voy a

perder mi tiempo. Tengo que volver a la oficina y

hacer cierres.

No insistimos; se marchó. Incluso juraría que

la vi caminar sonriente, satisfecha de sí.

Recordé lo que decía mi suegra de su familia:

“todo enano es malo”. Y eso que ella medía diez

centímetros más que sus hermanos, que apenas

rozaban el metro con cuarenta.

320

Y me entró la sospecha.

Se me ocurre que la señora es la autora de la

piratería que denuncia. Y que sí, el vendedor de

la Cuesta de los Ramírez es un topador, cosa muy


común en el mercado. Esta señora ha inventado

esta denuncia para no delatarse; buen modo de

curarse en salud.

Nosotros no podemos proceder de oficio porque

ni idea tenemos cuál producto es legal y cuál

debemos tomar en decomiso. Claro, ahora va con

esas pruebas a montar su patraña al interior de

la empresa.

Ciudad de moscas muertas, estoy harto de tanto

yo no fui.

321



SALOMÓN DE LA LUZ CHUECA

ANALIZA AL TITULAR

Cuando me invitaron a participar en este

proyecto, me dijeron que Vivas era un idiota y,

sin embargo, que estaba dispuesto a cualquier

barbaridad para hacerse notorio. No creí que

hubiese alguien tan egocéntrico y traidor: me he

dado cuenta de que cuando yo corrijo la trama,

él rompe las hojas y corrompe los archivos.

Es incapaz de aceptar sus limitaciones, pero

supongo que eso les ocurre a todos los

escritorzuelos. La idea de ser especiales,

elegidos, genios, les hace creer que el perfume de

sus deposiciones es incienso. Ya hemos visto eso

tantas veces que no me asusta. Lo que me saca de

quicio es que sea tan tonto y tenga tanta

capacidad para hacer surgir el desorden a partir

de lo que sea. Le cuesta sostener la linealidad y,

como ya comentaba un señor dentro del texto,

miente descaradamente. Posiblemente los

personajes se sienten vilipendiados todo el

tiempo porque nunca se toma el tiempo de

acercarse a sus historias y les adjudica

moralidades dispares.

Está visto que, para Vivas, nadie es totalmente

bueno. Cada ser tiene, por lo menos, una

323


conducta que nos saca de las casillas. ¿No será

que el pervertido es él o incluso el escritor ése

que lo ha inventado? De ser así, también ha de

ser un tanto cobarde, porque escudarse en ese

truco, no tiene perdón.

Más aberrante aún que confiese matar

personajes por no saber qué hacer con ellos. El

otro día me dijo que también lo hacía por

puritanismo. Por ejemplo, al enano lo truena

patéticamente —aparece congelado en la sección

de carnes de un súper— como advertencia para

el resto. No le ha gustado que anduviese en

drogas y por eso le ha aplicado la baja. Como si

media Malanga no lo hiciese: de la clase política

para abajo, desde el destechado para arriba.

Ahora, eso es fascismo; está clarísimo. Me

parece que el tipo, más que tonto, está

adoctrinado y perdido. De niño, parece que lo

dejaban ver porquerías como Los superamigos y,

de joven, otras series de justicieros. Eso es un

error: me hubiese gustado hablar con sus padres

a tiempo. Ya es un caso perdido y por eso agrego

estas notas para dejarlo en evidencia.

Él dice ser de izquierda y heterodoxo. No lo sé,

me da miedo que termine hípster, que es esa

variante de sujetos que son progres según la

moda. Que no vaya a asumir banderas a ciegas,

324


porque entonces sería el acabóse. Todavía

afortunadamente dice cosas suficientes como

para que no lo quiera nadie: ni en la derecha ni

en la izquierda, y eso permite suponer que puede

pensar, aunque lo haga más un gato mientras

duerme.

Cuando este libro termine, hablaré con doña

Petra Romero para sugerirle una intervención.

Un tipo peligroso debiese estar recluido el

tiempo necesario para que logre compensarse.

No vaya a ser que se le mueran las neuronas y,

por mentiroso, termine pareciendo ultraderecho.

325



DE CÓMO DOS TORTOLITOS SE

CRUZARON LAS MIRADAS

Ya se sabe que el tiempo es subjetivo y en

Malanga, ni se diga. Será por eso que, cuando

Jacky va al Todo por Nada a buscar unos

panecillos dulces y medio kilo de café y mira al

señor Castillo que echa en su carrito todos los

cartones de huevos disponibles, le parece un

chiquillo veinteañero. Entretanto, el susodicho

está que se parte de la molestia que le provoca en

las rodillas el sobrepeso y el sofoco de la

hipertensión

“Tendrá buen poder de compra y es guapo”,

piensa Jacky a pesar de que el tipo es feo hasta lo

irrepetible, pero también la belleza es un juicio de

valor, ¿no?

Sin saber mucho de cómo lanzar el anzuelo, lo

primero que hace la mujer es fingir un repentino

ataque de colitis. Ha de ser bastante fuerte porque

hasta se apoya en la estantería y doscientas

cuarenta latas de atún rebotan contra el suelo.

Imposible no mirarla. El señor Castillo, que es

la nueva versión de Goyo Pasta, luego de pasar

por el quirófano del doctor Navaja, desde meses

antes ya le tenía puesto el ojo. Recuerdo que vino

327


a pedir que intercediera por él en el relato para

emparejarlo con Karina Jacqueline Solares, pero

yo, como escritor, soy inflexible.

Van a decir que Goyo me depositó euros en un

paraíso fiscal o me regaló unas cuantas cajas de

esos chicles con droga, pero no. La goma de

mascar la robé de su chinamo la primera vez que

lo visité. De tres cajas que tenía allí, de cien

unidades cada una, me guardé dos y nunca se dio

cuenta o, por lo menos, no hizo reclamo alguno.

También está eso de que sobrevivir puede obligar

a aceptar los abusos de poder.

Sólo él sabrá.

Lo importante es contar que Gregorio perdió los

papeles y los huevos se le cayeron al piso

también. Procurando no pisar las claras, entre

pasos largos, llegó hasta la dama y le dijo:

—¿Está usted bien? ¿Está embarazada? —lo

cual hubiese entristecido al empresario cocinero

pues estaba prendado de la joven.

—No es nada, creo. A veces me da colitis.

Sobre todo, cuando miro a hombres tan

interesantes como usted.

Goyo se sonrojó y las rodillas se le hicieron

nudos.

328


—¿Quiere un té? Venga conmigo. Yo le invito

uno.

—Es que me da pena —Karin, tonteando.

—Déjeme darle apoyo. Cuente conmigo.

—Está bien. Éste es mi teléfono y estoy libre

esta noche —ahora con la personalidad de Jacky,

porque la chica es, aparte de trastornada,

intermitente.

Y lo que pasó después es privado y no me

consta. Lo que sé es que, a partir de ese día, Goyo

Pasta y Karina Jacqueline Solares son

mancuerna.

Insisto, nadie pagó al narrador. Para eso, una

chica linda como ella, tiene sus estrategias de

pesca.

Bien por ambos.

329



DEBEMOS SALIR DE UNA

MALANGA QUE ESTÁ

CAYÉNDOSE

—Dicen los guardaespaldas que Fermín no es el

verdadero jefe y que está en problemas. No está

logrando dar los rendimientos que le exigen de

arriba —es Iván, tomando cerveza en la sala de

Pancho, como hacen todas las tardes de los

sábados.

—Eso no nos ayuda. Lo que tenemos que hacer

es quedar bien ante cualquiera que mande. Que

tengamos algún culpable cuando todo se

desplome. Y seguir, cómo ahora, al borde de

todo, pero limpios. Vamos a buscar nuevos

clientes, vamos a hacer reportes, que no se diga

que no nos esforzamos.

—Cuesta en puta, huevón. Ayer convencí a la

abuela para que les metiese hongos a las galletas.

Tuve que amenazarla con un tenedor grandote.

Estoy seguro de que se va a cobrar la afrenta

cualquier día.

—¿Sabés algo? No es culpa nuestra. Ni la droga

ni el juego han destruido los mercados. Han sido

los especuladores que, al acaparar, al esconder,

331


afectan el equilibrio de los bienes y cualquier

cosa, de repente, vale un disparate.

—¿Y eso de qué nos sirve si nos meten un

balazo? Yo preferiría vivir en un monasterio

donde no dé la luz del sol y nadie llegue nunca.

—Pendejazo que sos. Y bien, ¿Saliste con

Mariela? —Pancho suelta un golpe bajo.

—Dice que le gusto, pero que mejor no. Que

debe cuidar su prestigio de abogada y yo ando con

gente mala y tiene razón…Vos, por ejemplo.

—Je, je, je… Te mandaron a la mierda

cordialmente. No ha sido por tus juntas, sino por

feo. Y porque nunca te lavás los dientes. Voy a

abrir la puerta del patio porque hasta la casa

apesta. Te sacó droga, supongo…

—Ya tuvieras mi feeling. La verdad, le regalé

un poquito, pero ella es mañosa. Uno siente

cuando lo utilizan y eso no me cuadra. Lo que

pasa es que ella es respingada: cuando le dejé de

regalar, si me topaba se hacía la distraída. Tiene

un nivel de consumo que yo no puedo atender.

Parece ganar mucho, pero puede irse a la mierda.

—No perdás la esperanza. Dicen que, de noche,

allí por la Zona Industrial 4821, a eso de las once,

sale La Cegua. Apenas para vos. Tendrían unos

nenes igualitos a ustedes.

332


—Comemierda, en serio: ¿qué hacemos? Me

parece que corremos peligro y que Fermín no

puede ni protegerse él.

—Por ahora, tragar y comer. Pasáme el jamón.

Vayamos husmeando otros chances. Tal vez nos

convenga cruzar a Panela. Ahí reina otra gente.

—Eso suena bien. ¿Viste que acá todo se

derrumba? Meses atrás se lanzó un empresario

del cucurucho de su propio edificio. ¡Qué

vergazo! Se reventó la tubería que venía del

medidor hacia el edificio a pesar de estar

soterrada en cemento.

—Es lo que te digo: especuladores. Por llegar

arriba, cruzan el límite. En un momento dado y

con todo perdido, tienen dos salidas: la cárcel o

tirarse.

—Eso no es cierto. Muchos vimos gente

impune de por vida. ¿Qué tal la vieja que inventó

gastos de costura para evadir impuestos? La

señora tiene plata, pero su orgullo nunca le

impidió amenazar a la costurera para que no

hablara. Al contrario, hasta Hacienda se le quiso

venir encima a la artesana y por una millonada.

—¿Podemos concentrarnos en nosotros?

Deberíamos analizar seriamente lo que nos tiene

en desventaja. Ya viste que, con la agonía de la

333


moneda, ahora hasta vales sirven como medios de

pago. El problema es que el precio de una

mercancía, cuando no está reglado, viene a ser

subjetivo para cada potencial consumidor.

—Nosotros, por ejemplo, tenemos pinta de

nada. Un vale nuestro casi todo el mundo lo

rechaza. En cambio, mirá a Mariela. Supe que

está suspendida del ejercicio del notariado, pero

como es abogada, nadie ni se entera. Allí anda

repartiendo papelitos… Sepa el diablo cómo

putas piensa cumplir si no puede autenticar.

—¿Vos creés que debamos inventarnos un

título?

—Acá estamos fritos. Cuando nos vayamos a

Panela o a California, cualquier lugar donde nadie

sepa de dónde hemos salido, levantaremos

cabeza..

—La vaina es conseguir la plata o las

mercancías para el viaje. En alimentos, productos

no perecederos, no congelables, por ejemplo.

Alguna joya, repuestos de carro, cosillas que

vender.

—Dejáme ver a quién mato —dice Iván con

sentido figurado.

334


JACQUELINE BUSCA ASILO

Dejo sonar el teléfono tres veces. Es entonces

cuando me levanto del sillón porque nadie

contesta. Y es lógico: mi hermana nunca está en

casa los sábados por la mañana.

Va puntualmente a los aeróbicos del Todo por

Nada.

Alzo la bocina. Es mi hija. La saludo en seco.

—¿Qué querés, cabrona? Hace ocho años no

ponés un pie por casa.

—Mamá, ¿cómo has estado? Te extraño tanto.

Estaba pensando ir a verte.

—No jodás. Vivís a menos de diez kilómetros y

me salís con eso. Sos bien caradura. Decíme qué

querés ya.

Si la tuviese a la par, le aprieto el pescuezo. Mi

hija salió comemierda. Se mete con un hombre

casado y yo conozco a su esposa porque fue mi

compañera en secundaria. Se me atraviesa en el

hígado su frescura.

—Nada, mami. Pensaba quedarme con ustedes

unos días en Navidad.

335


—¿Y eso? —Algo no concuerda. Algo quiere

esta alimaña.

—Má, hubo problemas en el trabajo y cerraron

plazas. Estoy cesante desde hace cuatro semanas.

—Está bueno, por calenturienta. A ver si

aprendés.

—Má, ayúdeme.

—Tengo que pensarlo, Jacqueline. Debo

hablarle a mi casero porque mi contrato dice

“para dos personas”. Si dice que sí, no hay

problema, pero regresás bajo mis reglas, mi

disciplina.

—Bueno, má. Ud. me llama.

Colgó. Yo, la verdad, estoy cauterizada. Ella

siempre ha sido malcriada, respondona y no dudo

que sea capaz de un manotazo.

Lo que pasa es que es mi hija, no puedo

negarme.

Qué pereza con esa roca medieval. Quiere que

uno no luche por abrirse paso porque va contra la

moral, que me quede allí llevándole el café a los

imbéciles con dinero. Una secretaria, bonito papel

me han asignado, y no lo quiero. No lo

336


acepto. Tampoco me gusta ese rollo de ser la otra,

pero amor es dinero y dinero es poder.

Que se guarde doña Julia sus regaños para mi

retrato. Si vuelvo a casa, tampoco es para

ponerme los grilletes. A huevo que me consigo

una llave y de vez en cuando, me enfiesto. Si

Andrés se arrepiente, le saco —lo mínimo— una

esclava de oro. Y si no, mejor: agente libre en el

mercado.

El mandato de hacer vida doméstica y tener una

vejez llena de reuma y de carencias hace estragos:

mi madre es la evidencia.

Nada me obliga a seguir sus pasos si yo aspiro

a algo más. Algo de vitalidad para el camino

ingrato.

Quién quita un quite y me case con alguien

forrado en dólares.

337



UD. SE EQUIVOCA DE NOVELA

—Pues ya le dije, oficial. He vivido en las calles

más de quince años. Siempre duermo donde

puedo: me gustan las casas abandonadas, las

construcciones inacabadas y, de ésas, hay

bastantes. Y conseguir comida y cosas que vender

son cosas que Dios depara…

—Le he dicho que no soy policía, soy

psicólogo. El capitán me indicó que le hiciera una

valoración.

—Ok. Y, ¿cuánto valgo?

—No se haga; Ud. no es tonto. ¿Qué hacía

nadando en el lago municipal de la plaza del

centro? Esos lugares son para las familias, para

recrearse en las orillas, para un picnic.

—Pues ése es mi picnic. Además, si le digo no

lo va a creer. ¿Recuerda cuando los cómics se

agarraron de la teoría cuántica para inventar

multiversos? Yo creo que es algo así, pero más

decadente todavía.

—Explíquese, no me diga que Ud. es

medianamente leído.

—No lo sé. Tengo demasiada picazón y

hambre. En el lago me mordieron las hormigas.

339


¿Cómo es posible que haya hormigas acuáticas?

Haga traer pan o algo, por favor —dice el sujeto

mientras se rasca la panza a través de la camisa

entreabierta.

—Sin embargo, anda ropa de marca. Además,

para ser indigente, se mira saludable. Algo no

encaja. Déme un segundo y vuelvo.

En la puerta, hay dos policías que hacen

custodia. Creo que el de cabello largo es una

muchacha. Le toco el hombro y le digo:

—Favor, consígale un café y galletas a este

hombre. Necesito que se tranquilice.

No le he caído en gracia. La oficial me lanza una

mirada fulminante, pero se aleja a cumplir lo

solicitado. Desde donde estoy, miro hacia la sala

de espera y juraría que hay un puñado de sapos

periodistas acosando. Han de venir por esta

historia.

No me quedo allí. Regreso a la oficina y veo al

tipo que ahora hurga mis archivos.

340

—¿Qué hace?

—Quiero saber quién es usted; qué hago en este

lugar, cómo es la jugada. Algo en mi interior

cuenta una historia y no me la acabo de creer.

—Pues sigamos. Yo veré si tiene veracidad.


—Lo contado: fui indigente y sobrevivía. Es

muy duro. Tres puñaladas me han dado por cosas

territoriales.

—Sáltese esa mierda. Dígame qué hace acá y

por qué viste bien y no tiene un puto peso.

—Según yo, lo último que recuerdo, me

empujaron del piso catorce de un edificio. Antes

de eso, me habían rescatado de la calle unos

chavalos de una comunidad cristiana que se

dedica a la caridad.

—Es decir, que lo secuestraron de las aceras

para hacerlo caer desde una azotea…

—No. No sea tan albóndigas.

—¿Qué es ser albóndigas?

—No sé. Siento que alguien pone palabras en

mi boca que luego no reconozco. Ha de ser una

afasia o algo así.

—No sea payaso. La afasia es muy distinta. Ud.

ha de estar dopado. Voy a mandarle exámenes.

—Mire, doctor. Si le cuento la historia larga, no

va a entenderla. Entonces resumo: fui rescatado

de las calles, alimentado, cuidado y vestido como

un cerdo de engorde y, entonces, un tipo que

desconozco aparece en un carrazo y paga por mi

liberación. Sin embargo, no me deja libre: en el

341


carro lleva dos matones que me obligan a

acompañarlo hasta ese edificio. Y me lanzaron de

la azotea. Lo que no encaja es que esté vivo, luego

de semejante cascarazo.

—Ahora tiene sentido un poco mejor—digo

yo—. Algo he escuchado de un bombetas que se

metió a novelista justo cuando su memoria, que

era prodigiosa —eso dice él—, empezó a

quedarse pegada: desde borrones totales a la

pantalla azul, ésa que dice que la computadora se

te muere, algo así.

—Doc, ¿qué es una computadora? Yo oí algo

de eso en mi barrio, pero nunca vimos una real.

—Ah, eso te ubica temporalmente. Debés ser de

fines de los ochenta o de los noventa. Casi nadie

sabía de tecnología en ese tiempo. ¿Has oído

hablar de teoría narrativa?

—Pues no. Oiga, ¿mi café? Si no me traen

suficiente comida, no cuento nada.

—Tenga paciencia. Yo la vi cuando se fue a

hacer la diligencia. El asunto es que acá nada

tiene que ver la teoría cuántica. Ud. es una

víctima del disparate de un escritor

desmemoriado. Si mi teoría es correcta, lo que

ocurre es que es un personaje de novela y el

imbécil que lo pensaba ha tenido un derrame

342


cerebral o lo tendrá pronto. Ud. se le extravió en

el camino y lo insertó desde otra novela en ésta.

Hay un señor que escribe que ya le falla el seso y

la gente no se da cuenta. Nosotros somos

producto de eso. Es como vivir bajo la voluntad

de un dios chiflado.

—Ah, ¿Ud. también es un personaje?

—Sin duda. Este mundo es autorreferencial.

Nada hay que buscar afuera. El problema es venir

de otro mundo narrado y no encajar. Va a tener

que inventarse una identidad para seguir adelante.

Ya vi que es instruido. ¿Por qué no da clases en

el posgrado de economía? Allí enseñan

barbaridades. Yo puedo recomendarlo y la

entrevista los convencerá.

—Me gustaría escribir, doctor. Hacerme

famoso y rico, cómo dicen que son los grandes,

pero necesito un nombre. Tomaré el que usted

anote en mi epicrisis. Dígame cuál va a darme.

—De acuerdo. Lo llamaré Salomón, el caso

Salomón. Los apellidos son cosa suya.

—Nada se me ocurre… Oiga, doctor, esa oficial

no le hizo caso. Creo que ya es hora de comer y

decidió tomar su propio tiempo. Yo que Ud., la

reporto. Invíteme a una pizza, por lo menos. Vea

todo lo que colaboré.

343


—De acuerdo. Ya con esto tengo suficiente. Al

ratito, vengo con comida.

Tan pronto salgo del consultorio, olvido mi

promesa. Me voy a buscar al capitán, que está

abriendo su lonchera y, al pasar a su lado, sin

detenerme, le digo:

—Jefe, enciérrelo de por vida. Es peligroso,

violento y alucina. Una bomba de tiempo. Que

nunca vuelva a ver la luz.

Salgo con toda parsimonia, mirando a ambos

lados de la acera. No vaya a ser que un disparo

me raje la cabeza.

Antes de cerrar la puerta, lanzo la bomba:

—Si éste no es Pasta, lo lanzaron en lugar de él.

Por algo no hallaron el cadáver.

Tirones alza la ceja izquierda y se rasca el

cuello:

—Andáte a la mierda. Yo lo vi.

344


COMUNICADO DE URGENCIA

(en el portal web de Exitosa Malanga)

Salomón de la Luz Chueca no trabaja para

nosotros. Una sola vez le publicamos una de sus

notas en la sección editorial y fue por error. En

realidad, ha debido salir en Cartas Abiertas, pero

el diagramador de aquel tiempo llegٕó a la oficina

tan tomado que cometió la falta y nadie se dio

cuenta hasta avanzada la mañana. Bajamos el

texto de la red y, sin embargo, el daño estaba

hecho, circulaba el pantallazo como supuesto

editorial nuestro.

Sobre si es analista, lo ignoramos. Nunca le

vimos la cara. Un par de veces recibimos correos

amenazantes exigiendo el pago del estúpido texto

que le publicamos y decidimos no contestarle

pues Cartas Abiertas es sección para el público,

de participación voluntaria. Ahora, seis meses

después, vuelve a la carga y nos viene jodiendo la

voluntad con colaboraciones cada quincena que

nunca le publicamos.

Recuerden ustedes que cada persona se imagina

cómo quiere. Nuestra culpa llega hasta el primer

momento y nada más. Nos parece poco menos

que estúpido que de repente aparezca un grupo de

apoyo a este personaje de quinta fila para que le

345


devuelvan la voz en nuestro medio. Mucho más

patético aún es que organicen un piquete para

bloquear nuestra entrada principal.

En defensa de nuestra labor, hemos decidido dar

un compás de cinco horas para que los alucinados

se retiren de buena fe. De otra manera, pediremos

la intervención de la pacifista policía militar de

Malanga, conocida por operar con brutalidad y

eficiencia, pero sin mala fe.

Nosotros nos desentenderemos de las

consecuencias, dado que hemos sido forzados a

cortar por lo sano.

Al final, pediremos ayuda a los bomberos para

limpiar sangre y vísceras que queden luego de

que los manifestantes recojan sus pedazos.

La próxima vez que un ciudadano quiera

colaborar con nosotros, le someteremos a un

examen psiquiátrico prolongado por seis meses.

No vaya a salirnos otro lunático diciendo como

en los artículos del señor de la Luz Chueca que:

—La tierra no es plana, tiene forma de mamón

(casi redonda), pero con incontables picos

agudos. es decir, mamón chino.

—Lo de establecer a las gallinas como símbolo

nacional, ya tenemos alrededor de cincuenta

carajadas que cumplen esa función: la alpargata

346


de cuero y la prensita negra para el cabello (ésas

que se venden por docena en las pulperías son las

últimas incorporaciones). Además, hay una lista

de sesenta ítemes adicionales que hacen fila en el

Congreso, junto al nombre de doscientos

cincuenta y tres personajes vivos que aspiran a un

benemeritazgo. Entre ellos, el sujeto que inventó

echarle helado a la bebida de soda, un capo.

La lista de majaderías del pseudoanalista es

infinita y nosotros nos olvidamos de ello de

inmediato.

Una medida de salud mental.

Siga, querido lector, siendo exitoso.

La Dirección.

347



ANOTACIONES MENORES DEL

DIARIO DE UN CURA QUE

EXIGE ANONIMATO

Querido diario:

Viene cada loco a confesarse y siempre los

atiendo de dos a cuatro de la tarde. Más allá de

eso, no (porque necesito cuidar mi salud).

Tener que guardar el secreto de todo me

desespera. Conozco más cosas sucias de cada

persona de la comunidad que milagros del Hijo

del Hombre.

Y uno, ¿qué hace? Escucha cómo si pusiese

atención. Cuando la cosa se pone muy pesada,

piensa en otra cosa y capta palabras sueltas:

“puñalada”, “cuello” y uno visualiza que mejor es

nada entender. Igual las frases: “lo odio, padre” y

su marido aparece asfixiado pocos días después y

la mujer se queda con todo.

Y están los que cuentan historias estúpidas

sobre vacas voladoras, ovnis, apocalipsis. Esos

me paran el pelo. Por dicha, la sotana ayuda a

disimular, porque verlos llegar es como percibir

que viene el demonio. Se me sube la presión

349


porque presiento que carecen de ingenuidad y

que, cuando cuentan algo aparentemente

divertido, están memorando pasajes de horror.

A todos les aplico la misma penitencia: 15

padrenuestros, 15 avemarías y, si son pudientes,

les pido un cartón de huevos. Llevan meses de

estar carísimos.

Ya dije, por dicha, que soy puntual y, al dar las

cuatro, desconecto. Ya fuera del confesionario,

no recuerdo quién dijo qué, pero tengo pesadillas

frecuentes. Para dormir debo zamparme media

botella del vino de consagración, strike, fondo

blanco.

Ahora, que Artificio sea un pueblo donde todos

sospechan de todos, es triste. Demasiado.

Es como si respirasen celos, como si cada uno

quisiera usurpar los privilegios del otro. Y yo, que

no entiendo sino poquito de la naturaleza

humana, me quedo pasmado de ver que hay tanta

infelicidad y mucha es causada por el mal uso de

la imaginación: la envidia.

Lo que me tiene cabrón, finalmente, es lo del

supermercado Todo por Nada. Tres años y medio

y la policía no resuelve. Viene un policía novato

con el cuento de que debo romper mi secreto de

350


confesión pues alguien debe hacer confesado el

crimen.

Nones, no lo haré.

Además, ha sido un tal Salomón de la Luz el

que ha venido con el cuento de que el asesino es

el autor. No el autor del crimen, no. El escritor se

echó al pico al “maldito enano” —así lo dijo—,

pues era un personaje de bajo rating. Dedicarle

páginas al pequeño maleante pudo generar el

aburrimiento de los lectores y, de paso, ¿qué hace

uno con un cadáver de narco? Cualquier cosa,

menos guardárselo en casa.

Por eso lo puso en el congelador. Para generar

ambigüedades, para que fuese un personaje

pasivo que no despertase afectos, sino malicias.

Yo tendría que decir que es una argucia cochina,

que eso no puede pasar. Sin embargo, no soy

bueno juzgando rumores ni adivinando el futuro.

Veo nada más que se levanta una polvareda por

un escandalillo viejo que a nadie beneficia.

—Igual, hay casos irresueltos —me contó el

señor Campos.

Hablaba concretamente de la caída del señor

Pasta desde la azotea de su empresa. “Caída”,

subrayó antes de agregar:

351


—Otros insisten que suicidio, y da igual. Sin

cuerpo, no hay autopsia y sin eso no cierran el

expediente y, entretanto, el edificio se deteriora y

los acreedores rasguñan los vidrios, desesperados

por una reparación de deudas.

Es todo lo que quería decirte.

Voy a acostarme ya. Si media botella no

funciona, abriré otra, pero urge que duerma.

352


MONOLOGA LA

INSATISFACCIÓN DE UNA STAR

SIN LUZ

Hace rato que queremos cortarle el paso al tipo

ése. Hace treinta años, cuando todavía

estudiábamos derecho en la U, se dejó decir que

El Turco nos quería reclutar como sicarios. Nos

puso en ridículo rastreando un puta cadáver y

nosotros creíamos que hacíamos algo importante:

tráfico de órganos, algo así.

Ahora ha regresado con más saña y ya no somos

carajillos: pasamos de la media teja. No vamos a

permitir que se escape el bicho ése luego de haber

dicho que somos cuatreros y matarifes… ¿Qué se

ha creído para enlodar nuestro prestigio? Ahora,

del tipo que se suicidó, sea o no el señor Pasta nos

tiene sin cuidado. Nadie va a meterse con su

dinero (porque no sabemos cómo hacerlo) y si

Castillo y Pasta son el mismo desgraciado, vale

madres, es una historia más de Artificio.

Y ya sabemos que un artificio es patraña,

mentira.

Lo que no entendemos es que alguien no tenga

oficio y se gane la vida regando chismes de los

otros. Y que, tras de eso, las autoridades le

353


atribuyan la etiqueta de “escritor”. Mejores

historias construyen las señoras en el mercado: te

pasás la tarde escuchando anécdotas bien

cabronas y de gratis. Y ellas no llevan libreta,

grabadora o camarita.

354

A pura memoria. O lengua.

Tenemos la impresión de que lo quiere el

escribano es poner a pelear a todos contra todos.

Que no exista la mínima partícula de confianza

mutua porque en Malanga todo ser humano tiene

dos caras. Sin embargo, esa característica se me

hace universal. Tontos, nosotros, si creemos en la

mierda de la singularidad, para bien o para mal:

el ser humano adolece de las mismas facultades

en cualquier meridiano.

Lo que queremos agradecerle al fulano es que,

ahora que sobrepasamos los cincuenta años, nos

conserve la vitalidad y salud de los tiempos idos,

cuando corríamos tras innominado número

catorce. En esa época, éramos mozotes de

veintidós años, pícaros, alegres. Nos encantaba la

parranda, en todas sus dimensiones.

Lo malo es que nos dejó con la vida trunca.

Ninguno terminó la carrera y, cómo ya dije, ahora

somos maleantes y de mala vida. El Turco se ha

muerto hace ocho años y nosotros nos quedamos

sin saber mayor cosa, porque este imbécil no ha


querido desarrollar esa parte de la trama. De

repente, saltamos en el tiempo y estamos de

noche, fuera de la Hacienda Moscas Muertas,

esperando a que la luna se vaya para saltar sobre

el ganado con cuchillos de carnicería. Y ya sin

asco alguno, porque para eso nos entrenó el

difunto jefe, que no era más que un mando medio.

Lo horroroso es ver, cuando amanece, que lo

que hemos estado destazando no han sido reses,

sino alguna variedad importada de gallinas de

grandes dimensiones. Una sola de ellas puede

pesar ochenta kilos y eso explica por qué, al

revisarnos los brazos, tenemos infinitud de

picotazos y rasguños. Este bribón nos parte la

madre y el lector se ríe de nosotros. Eso merecería

que nosotros tomemos venganza en el texto y

fuera deٞ él… Paciencia, que ya nos ajustaremos.

(Un periodista, ya fallecido, me aseguraba un

día en la fila del quiosco de revistas, que el

verdadero mafioso no era el Turco —tan

enfermillo siempre, hasta con fiebre— sino que

era el señor embajador Copeta, un personaje que

este escritor de quinta se niega a investigar. Lo

recuerdo bien porque mi fuente era un sujeto

comprometido, dedicado a los derechos humanos

y en combate permanente para que el Estado

malangueño reconociese que sabía desde antes

del atentado sufrido contra un mercenario de la

355


vecina Panela que costó la vida de ocho

reporteros. El periodista de marras perdió allí

una pierna y un ojo. El hombre murió a finales de

siglo, pero la historia no se me va de la cabeza:

he oído que hay un par de libros sobre el

atentado, pero cero voluntad del Estado para

seguir el rastro. ¿Saben por qué? Porque detrás

estaría el embajadorísimo señor Copeta).

Me pregunto además si el escritorzuelo tiene

culpa de lo que pasa en Malanga. Una economía

destrozada, de precios inestables, especuladora,

que parece resistir el avance tecnológico. Quién

pueda comparar se dará cuenta de que los coches

de hace treinta años tenían los mismos problemas

que los de ahora, que la matriz de las energías

limpias es un cuentazo porque en alguna parte se

está quemando petróleo y alimentos para generar

la electricidad que ya no alcanza para todas las

necesidades del sistema. Van a decir que es el

modelo de desarrollo, pero me niego a creer que

una sociedad sea tan tarada de ver el camino lleno

de alimañas y plagas y elegir transitar por él

cuando hay rutas más llanas y seguras. El

esfuerzo, por ejemplo.

Me resisto a comentar con mi pandilla, pero el

tipo ése no me ha puesto nombre: mejor para mí.

Si logro escabullirme de su poder narrativo, capaz

que logro empezar de cero. Nueva vida, con otro

356


nombre, otra trama, bajo un autor que no tenga

este nivel incomparable de ruindad que hace de

las personas, simples monigotes.

En cambio, mis compañeros están fritos. Si

alguien más quiere escribirlos, posiblemente los

descubran a pesar de refugiarse bajo otro nombre.

Cuando lean a uno de ellos, en otra parte, dirán:

—No mames. Éste es Cerdas, el salvaje que le

reventó un extintor en la cabeza al técnico de la

morgue.

O si aparecemos en colectivo:

—No jodás, otra vez los carajillos

robacadáveres. ¿No se dan cuenta de que eso es

una narrativa gastada?

Y se irán donde el librero a pedir reintegro de

su plata.

Ya tengo pensado lo que exigiremos cuando lo

atrapemos:

“—A usted lo hemos buscado toda la novela. Es

bastante bateador, impreciso. Ese sindicato de

empresarios criminales que menciona se refiere a

nosotros. Y obedecemos órdenes, ¿ve?

Queremos pedirle que respete, que antes de

hablar de nosotros nos entreviste. Si tiene un

borrador, nos lo enseña, lo corregimos y luego lo

357


hace publicar. Es cierto que hemos robado

gallinas, ganado y somos matones y sicarios.

Hasta ahí todo bien, pero a nuestros personajes

les falta heroísmo, grandeza”.

Y tendrá que transfigurarnos a huevo. Heroicos,

valientes, con sangre ganadora.

Esa ambición es la que me diferencia de la

jauría humana que dirijo.

Yo tengo futuro y nadie se da cuenta. No lo

tiene ese vil sujeto que vive del rumor.

358


SALOMÓN TANTEA EL CLIMA

PARA BENEFICIO PROPIO

—Petra, yo le he cambiado muchas cosas a la

novela. FijáteFijate que Vivas pretendía

desechar una banda de psicópatas porque

después de un crimen atroz no sabía qué hacer

con ellos. Yo los rehabilité o, mejor dicho, los

metí en cana y desde ahí organizan la mitad de la

criminalidad en Malanga.

Deberías despedir a ese inútil. Sin mí, este libro

se cae.

—No me digás que sos otro fanfarrón como él.

¿Vos no sabes que no es la escritura lo que vende

sino el maldito mercadeo? Tengo que pagar a

troles para que escriban mentiras en los medios

sin importar si el libro es una mierda. Lo que más

condiciona es una buena portada, pero el

contenido va a ninguna parte. La mayoría de

“lectores” compra el libro para regalarlo y

simular ser cultos. Otros, para lucirlo en su

biblioteca y decir que lo tienen en fila de espera.

Y cien, pero de cada millón, lo empezarán para

que lo acaben diez o menos. Si venís a carbonear,

te voy a sacar a patadas. Vos no estás para

pedirme aumento de sueldo o figurar en la

portada.

359


Es que hasta tu nombre es bien pendejo:

Salomón de la Luz Chueca. Te lo habrán puesto

tus enemigos…

—Bueno, necesito que por lo menos ese animal

deje de destruir mis borradores. Yo también

quiero, a futuro, desarrollar mis propias novelas.

Y seguro que en un sello internacional. Cometa,

por ejemplo.

—Sospecho que sos tan culto como vestís. Para

jetear tanto, hay que ser tonto. Le voy a hablar al

tipo para que por lo menos respete tu espacio. La

hostilidad que se desarrolle entre ustedes, no

puede llegar al público. Mucho menos saberse.

Ah, y cuando usted haga algo bueno, avíseme y

veremos en qué puedo ayudarle.

—Creí que me iba a convidar café.

—Jódase, no tengo.

—¿Plata para los pases?

—Menos.

—Usted no sabe cuánto vale un negro literario.

¿Sabe que en Malanga más de diez autores han

ganado premios nacionales porque les escriben

el trabajo?

—No sea payaso. Usted sabe que no hay

disciplina en el mundo que no tenga campos

360


oscuros. En las mismas universidades suele

pasar que los asistentes se rompen el lomo

investigando y, cuando sale el libro de prensa,

sólo llega el nombre del investigador titular. Eso

es conflicto de clases y gana el mejor

posicionado. Llegue usted con esa retórica a la

editorial que quiera y le cerrarán las puertas.

—Piénselo, doña Petra. Me estoy

desperdiciando, pero un día…

—Seguridad —dice la mujer por el interfono,

luego de oprimir el botón.

Cuando levanta la cabeza, Salomón se ha ido.

El ratón de concreto y arena está hoy en posición

de loto y sin baterías.

Unos papeles sueltos han quedado tirados sobre

el sofá. Tienen tachaduras y en la esquina

derecha con lapicera roja sobresale la palabra

“Pasta es otra mentira”.

361



5. EL NARRADOR

ABSORBIDO POR EL CAOS



ESTE SEÑOR ES UN BICHO

PELIGROSO

Tengo un tiempito libre a las nueve de la mañana.

Decido llamar a un cliente especial, pues sé que

el tema se las trae.

—Señorita, ¿está el patrón? Dígale que es el Dr.

Navaja.

Es mi apellido. Vengo de una larga familia de

cirujanos y carniceros. ¿Qué esperaban? Estos

oficios se cruzan en el origen de la humanidad.

Entretanto espero, miro por la ventana dos

aviones que vuelan bajito y se cruzan

peligrosamente. Es más, creo haber visto un bulto

que es lanzado de una nave a la otra con total

precisión. Un contrabando acróbata, ve vos.

—Marco, ¿qué decís? ¿Todo en orden?

—La cuchilla no para, hermano. Y veo que vos

tampoco.

—¿Te dijo Víctor Budín que te tengo un

trabajo? —su voz es nerviosa.

—Podés estar seguro que sí. Nuestro amigo lo

cuenta todo. ¿Cuándo hablamos?

365


—En un lugar discreto. En tu oficina, no puedo:

arriesgo cabos sueltos.

—No te entiendo, pero bueno. Nos vemos en la

noche, hoy mismo. En la banca número diez del

templo católico del barrio Las Cañas. Una hora

antes del servicio de las ocho. —(Recuerdo que

le hice la nariz al cura y le quedó como de actor.

Sonrío por la satisfacción de mi hazaña, pero no

le cuento).

—¿Vos sabés bien lo que querés o llevo

catálogo?

366

—Necesito ser otro; cambiar de cara.

—Te comés dos meses de cama. Es lo menos.

—Me urge viajar muy pronto. Tengo negocios

que cerrar en Italia y son cara a cara.

—Tendrás la cara hecha una masacre todavía.

Abotagada, mal cicatrizada… No juego.

—Hablemos en la noche. Tiene que haber un

punto medio.

—Te voy a cobrar caro. Estos trabajos arriesgan

mi prestigio y mi libertad, cabrón. Traéte, de una

vez, diez mil de prima.

—Pago bien, no es problema. Sin embargo,

todo debe ser en silencio. Mirá a ver de dónde


sacarás el personal para intervenir. Se me ocurre

que es mejor que sean extranjeros, de paso.

—¿Te traés algo feo entre manos, Goyo?

—¿Qué putas te importa? Dedícate a lo tuyo,

matasanos. Debés dejarme como Frank Sinatra,

pero en versión alta. ¿Ok?

No alcanzo a responder. Corta la llamada y yo

me quedo buscando tras el ventanal adónde putas

se fueron a meter el par de avionetas narco

matinales.

Luego, le pido por el intercomunicador a Diana

que me traiga un latte y me pase la epicrisis del

paciente que aguarda. Me quedo mirando, en la

gaveta del escritorio, unos puñales artesanos que

tengo guardados allí, en espera de una buena

ocasión. Es que, a veces, me gusta usar equipos

no tradicionales a la hora de operar. Mis pacientes

no lo saben, pero tienen al mejor: un tipo que

disfruta los cortes hasta la catarsis.

367



GREGORIO HA DEBIDO

PENSARLO ANTES

—Sr. Vivas, necesito hablarle.

Es el colmo. La visitadera de personajes no

para.

—¿Usted es…? —pregunto, pero su nariz de

marañón lo identifica bien.

—Ya lo sabe. Soy Gregorio —el hombre viste

una t-shirt azul con un logo de cerveza Gallinero.

Me conoce bastante bien.

—¿Quién les dijo que estoy aquí?

—Pues un fantasma al que usted llama Zárate.

Él mismo no está seguro de su nombre: parece

que su autor nunca le puso uno. Además, vimos

el techo de doña Sara levantado y por aquí no ha

pasado tornado alguno. ¡Qué vergüenza! El

famosito Vivas es un vulgar precarista.

—¿Nunca tuvo un sueño, Gregorio? Yo quería

escribir. Y bien — creo que aplico un tonito de

soberbia—. Para eso necesito marcar distancia.

—¿Le parece poco todo el dinero que hice? El

problema es que todo tiene causa y consecuencia.

Como diría más o menos el gordo: “uno no

369


escapa de su pasado”. No lo dijo, pero está muy

claro en su narrativa.

—¿Usted también lo lee? —le digo con cierto

desprecio.

—No sea idiota. Yo leo lo que usted lea y si a

usted le da la gana. Soy un personaje, un títere,

un esclavo. De hecho, vengo a pedirle que me

redima.

—No puedo. Si lo salvo a usted, se cae la novela.

Sabe que es un hombre malvado, ¿no?

—Puedo hacerlo muy rico. Yo lo soy.

—No entiende. Es una puta ficción.

—Igual lo es el dinero y lo es el mercado. El

precio que se le asigna a las cosas suele partir de

la subjetividad, de los prestigios que el mercado

fabrica. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”,

¿Ha oído la frase?

—Es de Marx: la busqué en Wikipedia.

—Pues eso, todas las ficciones se derrumban.

Ud., sin embargo, está a tiempo de hacer de mi

historia, una historia de bien: la de un filántropo.

Olvide todo lo escrito y conviértame en un

neurocirujano que acaba con el hambre en el

mundo.

370


—Y ¿para qué tiene que ser neurocirujano?

¿No podría ser bombero, cruzrojista?

—Las novelas bestseller, las que interesan a

todo escritor para hacer plata, retratan el

mundillo de los poderosos, no lo olvide. La gente

no compra la trama nada más. Compra la

aspiración de ser como los poderosos. Si su

ordenador, de repente, me convierte en un limpio,

tirarán el libro en la basura antes de llegar a la

página quince.

—¿Por qué precisamente esa página?

—Porque es icónica. Recuerde el periodicucho

de la oligarquía que tenía en esa página toda la

batería ideológica de los opinadores

reaccionarios. Esos hombres, que usted detesta,

han adoctrinado a casi toda Malanga.

—Es decir, que tengo la batalla perdida. Ellos

son intocables.

—Pues sí. ¿Para qué se mete donde no cabe?

—¿Usted recuerda a Galván, el cantor de

tangos de Soriano?

—Y a Rocha, cómo no —Pasta está tan cómodo,

sentado sobre un nido de gallinas, que enciende

un cigarrillo.

371


—Son idealistas. Por eso es que se los lleva puta

y lo arriesgan todo. Son proscritos en medio del

terror al que quieren vencer. Los adalides de

causas perdidas me caen bien.

—Entiendo. A usted nada lo hará cambiar.

—Se equivoca. Me traiciono continuamente.

Escribo una novela y me pongo como un trapo.

Lo que uno no traiciona son los ideales. Ninguna

otra cosa es sagrada.

—No le quito más tiempo. Esperaba alguien

inteligente y me topo con un ladrillo. Recuerde

que, a mi manera, tengo la ventaja de estar

dentro de la novela y puedo joderlo todo.

—Déjeme ver, señor Pasta, si tiene salida.

Según sé, usted desde carajillo ha sido un

bravucón, un tipo sin miramientos. No veo qué le

preocupa ahora. Ha debido pensar sus pasos

antes de darlos. ¿No tendrá sentido de culpa?

—¿Culpa, yo? Váyase al diablo, Vivas. Yo no

tengo nada de qué arrepentirme. Lo que pasa es

que quiero conquistar una muchacha un poquito

más joven y no quiero asustarla con mi

expediente de trampas.

Creo saber de lo que habla. Me resisto a decirle

que ella anda con un hombre casado, bastante

372


bien posicionado económicamente. Sólo se me

ocurre sentenciarlo:

—Saliste pendejo, Gregorio. Estás enamorado.

Enseguida pienso que tengo que decirle a

Zárate que detenga la jodedera de delatarme, que

yo necesito distancia para que los personajes no

intenten chantajearme.

Tendré que mudarme de cielorraso, Me

gustaría una casita en un árbol de guácimo, de

ésos cuya copa es tan frondosa que uno se pierde

como una lagartija en el lejano paisaje.

Lo fregado es hallar el sitio.

373



YO DEBO HABER VISTO ESTE

TIPO EN OTRA PARTE

Llegamos a las cuatro cuarenta y cinco. La tarde,

fría y, a lo lejos, bastante neblina y humo de

camiones. Afortunadamente, en un calentador de

vidrio, hay salchichas, papas y empanadas listas

para morder de inmediato.

—Vino un tipo antier preguntando de todo.

¿Ustedes tienen problemas con la ley? Está

escribiendo un libro, dice.

—¿Ves, Castillo? Justo con ese tipo queremos

hablar. Anda diciendo pestes de nosotros

solamente porque sabe que trabajamos en un

matadero. Dice que somos carniceros —le digo

mientras doy un puñetazo sobre la barra como

jefe de la cuadrilla.

—Ah, bueno. Entonces, ¿qué son ustedes?

El Negro se me queda viendo. Nacho y Cerdas

se ríen. Éste último dice:

—Pues tiene razón: carniceros.

—No jodás. Estoy hablando de que riega el

cuento de que ahora somos narcos y sicarios.

Ojalá fuera cierto y no tuviéramos que hacer esas

375


jornadas insalubres y hediondas —mi cara está

congestionada por la cólera.

—Ah, sí. Ya sospechaba yo que es un chismoso,

un bocotas. Yo creo que anda tras un pez grande

para vender la historia a la prensa. Con ustedes,

apenas se entrena.

Al oír esto, nos enervamos. Es mucha

coincidencia que Castillo use la misma palabra

que El Turco, aunque El Turco tampoco es real

ahora que está muerto. Acaso es que alude a

Jefferson, el mae que nos compra las carnes en

clandestino.

Porque además de matarifes, somos cuatreros.

Tampoco es que santos, no.

—¿Quién te dijo que nos estaban entrenando,

Castillo?

—Yo no dije eso. Dije que el chavalo entrena

con ustedes para buscar contar una historia

mayor, algo que venderle a People o algo así.

Nacho, que ya escarbaba el bolsillo de su jeans

en busca de una cuchilla, cree suficiente la excusa

y baja la guardia. Su mano derecha va directo al

plato de papas y toma lo que él llama una “flor de

papas”, es decir, ocho julianas embarradísimas de

kétchup y de mayonesa.

376


—Hay que hacer algo —dice. Una de las papas

le resbala por la barba hasta el suelo.

—Lo que yo digo es quién lo habrá mandado. Si

éste fuese un barrio fino, hubiésemos sospechado

del tipo cien metros antes de que llegase, pero es

fácil esconderse entre la multitud. Esta calle es de

locos.

—Pues bien, muchachos. Ya casi tengo que

cerrar. Hoy toca llevar a la doña al cine y debo ir

a bañarme.

Otra vez, el Negro me mira de soslayo. Yo no

capto el mensaje, sino media hora después en la

fila del bus.

—No me digás que no te diste cuenta. Recordá

que Castillo es viudo, flaco y jorobado. Éste, el

que nos habló, era algo grandote y medio tanque,

un impostor que solamente los tontos tragarían —

dice el Negro, con firmeza. Es muy semejante al

tipo que dicen que se lanzó del edificio hace

apenas ocho meses.

Aquí hay algo raro, lo tengo claro. No me doy

por menos y saco pecho:

—Haberle partido la madre hoy —murmuro

entre dientes y empiezo a dudar si el impostor no

seré también yo mismo, que he caído en el juego

de no ver por conveniencia.

377



LA TAREA DEL HÉROE ES

BLINDAR A LA GALLINA

Recuerdo que casi me atropella un cabezal. Las

calles de la zona industrial sufren de un tráfico

agresivo: velocidad o presas. Si es el primer caso,

a cien en una calle que es para sesenta kilómetros

por hora, pero la vía en hora pico es inmóvil como

una caja de cervezas. Esto indispone a los

conductores a practicar artimañas inseguras y la

muerte es, más de una vez, la consecuencia.

Llegué lívido al chinamito de Castillo. Lo vi

preparar una ensalada que una señora ordenó para

llevar. Yo me senté, agitado, en la barra.

—¿Qué le ha pasado, mi amigo? —saludó.

—La calle está llena de bestias, ¿qué más? Casi

me aplasta un trailero. Por cierto, aparte de

comer, necesito conversar con usted. En privado.

—Ah, no es tan duro como decía. Eso me alegra.

—Puede pensar lo que quiera. Lo importante es

alcanzar un acuerdo. Este país está en un aprieto,

pero hablamos al ratito.

La señora recogió su bolsita, pagó y se fue.

Había algo crepitando en la freidora, pero yo no

379


quería pollo frito. Nunca más. No quería

problemas con ellos.

Respiré profundo el smog de la carretera antes

de decir:

—Dame una chuleta en salsa, con papas y un

tamarindo. Me muero de hambre.

—Vivas, ¡qué cabrón que es! Nada le costaría

aliviarme la vida con un ayudante. Usted está

haciendo esta trama y me da condiciones

esclavas. Así nomás, le juro que no consigue

nada.

—¿Quiere que lo mate?

—Da igual. Soy de mentiras. Si eso me libera,

hágalo.

“Mirá, vos. Me he encontrado con uno de los

héroes de la modernidad: el sujeto existencial.

Con razón lo detesto”, me dije.

—Sea serio. Tenemos que salvar este país de un

levantamiento de gallinas.

—Ya sabía que no es normal. Le voy a

conseguir una camisita con cinturones, lo más

linda. Se amarra en la espalda.

—Escuche, ayer me visitó la presidenta del

sindicato de gallinas, ¿puede creerlo? Venía

380


preocupadísima por el exterminio de los suyos,

pero más le preocupaba su propio exterminio.

—Tráigala y la hacemos caldo.

—¿Dónde está su gallinicidad, Castillo?

—Eso no existe. Es un mito más de los

intelectuales, pero la gente acá y allá es

pragmática. Si para vivir necesita morder, lo hará.

No sea llorón, que se habla de usted muy mal. El

ser más tramposo que ha visitado este lugar ha de

ser su percha.

—Se ha vuelto muy pachuco. ¿No cree?

—Culpa suya. Me rebajó en la escala social.

—Todavía es inteligente y oportunista, ¿no?

—Sométame a prueba.

—Bueno, escuche con calma, porque esto no es

negociable. Le va a salir relativamente barato.

Y le dije todo lo que pedía la señora Óvalos de

Calcio. Le subraye la discreción necesaria para

que no nos tomasen presos por insurrectos. Y le

dije que Jacqueline era una mujer muy

interesante, pero que tenía problemas laborales.

Y es cierto, por andar con el babas del Andrés, la

echaron del trabajo. Desde ese día, el tipo se hace

el tonto y no la llama. Ella insiste y Julia, al otro

381


lado, responde. (La última parte no se la conté;

no debía)

Cuando terminé de comer, era de noche.

La carne, aunque recocida, estaba bastante dura,

así que demoré bastante allí, trozando y tragando:

era inmasticable. Acompañé a Castillo a cerrar y

nos dimos la mano como si fuésemos del mismo

mundo.

—Necesitaré de su ayuda. Usted me dejó en

quiebra, aunque yo tenía platas en el extranjero.

¿Cómo se le ocurre arrancarme mi identidad?

Tras de eso, fingir que era mi decisión. Si

estuviese a mi alcance, le quiebro la madre.

Buenas noches.

No respondí lo último. De verdad, qué ser más

incómodo. Hace más ruido que una banda de

pericos cuando alguien les sacude el árbol.

382


PODRÍAMOS COBRAR POR LA

VISITA

Estaba yo en la sala de café, pues eran mis

quince minutos de descanso, cuando veo

llegar a doña Lorna. Yo soy el supervisor de

la limpieza y ella es una de las sesenta

personas a mi cargo.

Atendemos todo el edificio, catorce pisos.

Ella me lleva diez años, yo tengo cuarenta.

Siempre me habla con condescendencia.

Nadie más ronda el lugar ahora.

—Vos le diste la llave a don Gregorio. Vos

tenés responsabilidad en esto —lo dice con

enfado.

Yo estoy mirando la pared del lavabo y

pienso en lo viejo que está el dispensador

aéreo. Tiene carcoma y humedad y uno espera

que se caiga pronto.

—Él me pidió las llaves de la bodega y es el

dueño. Siempre ha sido respetuoso y de buen

trato, ¿qué iba a hacer?

383


La miro tomar una tacita, llenarla de agua

caliente y depositar dos bolsitas de té, que

luego deja reposar.

—No tengo idea, Renato. Él era el jefe. La

cosa es que hay llaves que no se dan.

—Eso no lo piensa uno en el momento. Yo

tengo las llaves de este piso siempre conmigo.

Y, en el cubículo, tengo las del resto de los

pisos. Si me piden la llave de determinado

lugar, generalmente, la niego. Sin embargo,

al jefe, no. Le entrego el manojo entero, lo

que corresponda.

—Deberías comerte ese cangrejo antes que

se ponga feo. Creo que van cuatro días en la

gaveta. Si le entra humedad, te jodiste.

Pienso que yo no he visto disposiciones

negativas en don Gregorio. Estamos en malos

días, pero ya hemos capeado muchas. Nos

tiene una quincena de atraso, pero eso es

universal: en la economía de Malanga, todo se

destruye, nada se crea. Y los glotones se

llevan la riqueza a los paraísos fiscales que,

ante la caída del prestigio del dinero, han

optado por construir, extraterritorialmente,

384


bodegones de alimentos como para días de

guerra.

—Lo voy a calentar. Es un milagro que no

se lo haya llevado algún conserje.

—No jodás. Ladrones no somos —Doña

Lorna saca las dos bolsitas de té y las arroja al

basurero, golpeando en la mesa.

—Algo sabría el jefe. Algo mayor, ¿no

crees?

—Algo sospechamos todos. Ha cambiado

para mal este país. Hemos perdido todas las

certezas. Hablan de hacernos modernos, pero

nos están convirtiendo en gente sin salida.

—Un chance es que estuviese enfermo. Uno

sabe que le espera meses feos y decide cortar

camino. Son dos minutos de miedo, pero

acaba ya —Cuando muerdo el cangrejo,

escupo de inmediato—. Esto está rancio.

—Ya casi llega la Judicial. Para mí que hoy

nos vamos a casa temprano. Todos.

—Ellos están abajo hace rato. Lo que no han

hecho todavía es interrogarnos uno a uno.

¿Qué voy a decir?

385


—Lo que me has contado. Le diste la llave

de la bodega y él tomó el manojo y se fue. Vos

te desentendiste hasta que escuchamos el

güevazo contra el suelo. Dicen que rompió la

acera y el ventanal de la cafetería Loría.

386

—¿Vos bajaste a ver?

—No. Hablé con gente, allí por las escaleras.

—No tengo ganas de acercarme.

—Ni yo. Ni que fuéramos asesinos. No

obstante, el doncito tenía la llave que es de tu

tutela. Te van a buscar.

—Tres mil cabrones no tendrán salario esta

quincena tampoco. Lo único que tenemos allí

para pagarnos son las resmas de papel

fraudulento. Y ahora que la ley prohíbe su uso

comercial, solamente se le puede vender al

Estado. O a traficantes. Si es posible, me llevo

unos a casa. Haz lo mismo.

—El mundo no se acaba —doña Lorna tiene

moral de hierro—. De una u otra forma,

salimos. Ahora, que no quede la azotea abierta

porque los saltadores le van a dar la vuelta a

la manzana. Los que trabajan acá y los de

afuera. Hasta eso, cobramos cinco mil o dos


kilos de pollo y los desesperados vendrán a

matarse desde la cúspide de una torre

ejecutiva. Cosas de caché. Status inmediato

para suicidas en anomia.

He decidido bajar para que no me busquen.

Voy a decir lo poco que sé. Lo del papel, me

espero a que baje la tormenta. Necesaria es la

cautela en todo.

—Cuando vayas a salir, apaga —le digo y

siento que cae un telón enorme. Tal vez no me

dé tiempo suficiente de cobrarme nada. Si no

hay heredero o nadie quiere heredar, esto ha

cerrado ya.

Es otra etapa que concluye.

387



APAGONES

Ayer hubo un apagón antes de las cinco de la

tarde. Por eso dejé de trabajar y me fui a dar una

siesta. Es la ventaja de trabajar en casa: podés

hacer lo que te venga en gana. Al fin de cuentas,

no tenía en la cabeza una puta idea de cómo

continuar mi artículo.

Hoy tampoco la tengo. Eso se va volviendo

costumbre. Le voy perdiendo voluntad al

presente. O al mundo. No seré el único al que

venció la indiferencia. Yo juraría que es

tendencia, aunque la gente le llama egoísmo. No

es tan cierto: lo que percibo es que la gente se

agota de nadar contra corriente.

No estaba dormido; estaba tendido mirando las

redes. En eso, golpearon el portón con una

moneda de forma reiterada, urgente. Mi

habitación da al jardín, por lo que podía mirar

sin esfuerzo la silueta que esperaba junto a las

rejas. Era un indigente, un hombre que se dedica

a cuidar carros en el centro de la ciudad. Una

vez, hace meses, tocó la puerta y le abrí. Me

habló, como si me conociese, para pedir apoyo.

Le di una bolsa de arroz, di la espalda y cerré la

puerta.

389


Me desentendí de él de inmediato, pero sabía

que había ganado otro “cliente”.

No le abrí. Tocó diez veces. Gritó “patrón” de

modo que todo el barrio escuchase, por si,

digamos, yo anduviese rezando en la parroquia,

acá a tres cuadras. Esos gestos me ponen mal,

pues mi educación, mis ínfulas y mi soberbia se

sobreponen a la poca condición humana que

tanto predico.

Con todo el tiempo del mundo, decidí

desentenderme de la molestia. Nunca le abrí la

puerta y la penumbra de casa le habrá

convencido que nadie saldría a atenderle.

Luego vendrá un día de estos pidiendo ayuda.

Me dirá que quiere institucionalizarse y verá con

asco y rechazo la bolsa de arroz. Me limitaré a

darle dos mil pesos y a remarcarle que será la

única vez que le dé dinero.

Porque son varios. Se alternan durante la

semana y uno que otro día me encuentran fuera

de quicio. Así somos. Nos creemos demasiado

ocupados para atender lo ajeno.. Y, sin embargo,

ser un verdadero hijo de puta, un insolidario, es

tan natural que uno siente que se autoafirma.

Claro, es una falacia. Un hueco más del alma

que llenamos con estridencias y violencia.

390


Hay uno que se autonombra el “muchacho

de…” y dice su barrio. No es tan joven, pero

también viene por viandas. Pasa semanalmente

y, en ocasiones, antes de tiempo. Esa

irregularidad me hace entrar en cólera y le digo

que sólo pase los sábados. Entonces promete que

no volverá en veintidós días para que le no le

cierre la puerta hoy. A veces cedo, ayer no.

Me limité a indicarle con voz alterada que

volviese el sábado. Luego, di el portazo.

No insistió. No obstante, volverá puntualmente

y la escena se repetirá cualquier día. Ya lleva

unos cinco años de tocar la puerta de casa. Es

impermeable a toda hostilidad.

Mis clientes son cinco o seis. Otro viene por

ayuda para una institución, que bien puede ser

ficticia. Cuelga del cuello un gafete y un saco de

manta que echa sobre su hombro. Este muchacho

es grandilocuente y, posiblemente, entrenado.

Una vez recibidos los víveres, se despide con la

palabra “bendiciones”.

Está el de la lata de atún y galletas de soda de

los domingos. Hubo otro, obrero de la

construcción, que decía tener mucha familia.

Una señora que predicaba cómo la abuela se

había muerto mientras estaba en el baño y no

391


tenía plata para pagar el ataúd… en tres

ocasiones.

¿Por qué ayuda uno? Es falso que sea por

bondad. El hambre muchas veces es cierta, pero

no es propia. Habría que ser un masoquista para

ponerse a pensar lo que sufren los demás cuando

no está uno en esa condición. Uno ayuda para

sacárselos de encima. Luego los vecinos lo ven a

uno y piensan que es generoso. La verdad, no

puedo con el calvario ajeno y si un pan les aleja

de mi puerta, puedo con ello.

Llega un gobierno alternativo y resulta ser tan

neoliberal como el anterior. Ergo, la manada que

se desbarranca hacia la pobreza, crece. Y, como

uno no anda haciendo la ruta del centro o de las

zonas periféricas del comercio, apenas se entera

de que el país se cae a pedazos. Puede que la

economía personal no mejore, o que a ratos

simule la bonanza.

Uno está en lo suyo. Tiene un salario y no

piensa que esté en la mirilla de la crisis. Se entera

de la realidad por una prensa que recibe favores

del Ejecutivo y eso le condiciona la palabra. En

consecuencia, todo parece ir lento, pero bien.

Lo que pasa es que cuando llegan nuevos

clientes, uno ya da el portazo sin mucha

conversa. No se puede ayudar a todos, ni siquiera

392


se puede creerle a los que se ven más afectados.

Cualquier día te llegan víctimas de las

inundaciones, de los incendios, sujetos

desempleados y truhanes.

Ahí es donde comienza el fastidio y la renuncia.

Nadie repara un dique con un tapón de corcho y

el dedo se cansa de combatir el agujero. Ya dije

que no es cosa de ser consciente o comprometido.

Es que la sensatez mínima me dice que, con

menos hambre en la calle, estoy un poco más

seguro. Cuando la gente no pueda ni desayunar,

romperá su escala de valores. Y esa violencia que

les ha expulsado a la aridez del hambre, de forma

progresiva o acelerada, nacerá desde ellos,

multiplicada e inmediata.

La gente se pregunta para qué sirven los muros

y las rejas. Es lo mismo que pasa con las

fronteras. No queremos los problemas del otro:

al contrario, nos defendemos de él. Le derivamos

todos los estigmas que corresponden a un ser

sobreviviente, oscuro. Lo aislamos, de ser

posible, lo enjaulamos y a eso le llamamos

seguridad.

Sin duda, nos pasamos. La mente podrida

también puede ser la nuestra. Nos volvemos

clasistas. Vemos a un fulano caminar por la calle

y según se vista de obrero, nos cambiamos de

393


acera. Ese sujeto ni siquiera nos determina. Va

con su fardo intangible de problemas.

¿De qué se trata esto? De que nos enseñan

mierda. Un país dizque exitoso, paradigmático y,

sin embargo, se pudre. La gente que recibe ayuda

una vez, la quiere siempre. Juzgar es siempre

aventurado porque no conocemos la historia

personal, pero cualquier náufrago se aferra a

aquel objeto flotante que le estire la esperanza de

permanecer con vida.

Antes pagaba a los guachimanes del centro por

vigilar mi carro. Es muy lento encontrar

estacionamiento y, si no les regalas algo, te

dañan el vehículo. Bueno, llegamos al colmo que,

si el semáforo estaba en rojo, corrían a pedirme

dinero —“mi tata, mi tata”— y se aferraban a la

ventana. Desde entonces, me habitué a conducir

con los vidrios cerrados..

El asunto es que nos estamos enjaulando. Nos

cansamos de los otros y, entonces, nos empiezan

a gustar las paredes. Los imbéciles que viven en

condominios de cristal, allá en el piso veinte,

donde nunca llega el dolor humano, son buen

ejemplo de esto. Posiblemente sean bien

remunerados, tengan buen prospecto de vida,

casa de recreo, dinero en el banco y hasta

presupuesto para frecuente coca. Y, sin embargo,

394


están desconectadísimos de lo cotidiano. Es la

sensación de lejanía, lo que venden los agentes

de finca raíz, cuando se habla de torres

residenciales.

¿Conectados?, ¿a qué…? A una burbuja, a la

ficción de las redes que hablan de la realidad

desde la no inmersión. Queremos opinar sobre

los informales, sobre las barriadas marginales,

sobre la cultura de barrio. Las mismas cosas, que

solamente aceptamos como folclor, son aquellas

que miramos con las más duras etiquetas.

Pero vivir, finalmente, no es cosa de moral.

Cada uno sabe cuánto apoya o no. Cuándo se

cansa. Qué le fastidia. Y aunque mejore la vida

propia el bienestar del vecindario, a muchos esto

nunca les podrá entrar en la mollera. Para eso

nos adiestró la escuela y la iglesia: para renegar

del necesitado, ése que se atraviesa en las aceras

o en la conciencia.

Ahora, un apagón es un intervalo de tiempo.

Uno puede volver a conectarse y seguir la

tarea.

Lo hacía Sísifo y era inútil, pero si lo hace una

comunidad, hace el cambio.

Más allá de mi alma podrida. O de la nuestra.

395


Salomón de la Luz Chueca, analista

El editor ojea el texto que ha llegado a su correo

electrónico sin haberlo solicitado y suelta en voz

alta un juicio definitivo:

—Habladas de mierda.

Acto seguido, pone un check y manda el asunto a

la bandeja de reciclaje.

396


LOS TRES MUCHACHOS EN SU

CHARCO

Luego de unos meses, lo logramos. El territorio

penitenciario es nuestro. Nos encargamos de

cobrar tributo por la seguridad de los otros y

también nos encargamos de sancionar su no pago.

Distribuimos merca a toda hora y le damos un

poquito al vigilante de turno. Tenemos teléfonos,

es decir, tecnología. Yardo es un jetón y, por lo

tanto, nuestro relacionista público, y se encarga

de capacitar reclutas para el call center.

Queremos agradecer a los altos mandos porque,

sin su consentimiento, esto sería imposible. Todo

el tiempo ingresan equipos, yerba, coca, armas, y

bajo cualquier modalidad: desde las visitas

conyugales hasta en un paquetito de galletas a las

cuales sustituyen el glaseado o la crema.

Ellos saben con quién ser severos y a quiénes

dejar pasar. Así que nos han tratado de maravilla

y, de vez en vez, hacemos un pasón bien violento,

una fiesta reventadísima y los invitamos.

Entonces, cierran temporalmente un ala del penal

y allí pasa de todo, pero es lo mismo que en Las

Vegas que lo que pasa allá…

397


Lo más divertido es trenzar al cliente y venderle

humo. Ellos pisan una oferta que les llega por red

con un gran descuento y, de inmediato, compran.

Nosotros diseñamos el producto a vender, pero no

nos preocupamos por servirlo. Si es del caso, les

damos un electrodoméstico usado, una sobra. Es

allí cuando entra mi hermanillo a bailar

consumidores con el discurso de la supervisión y

las quejas, etc.

Y siguen pensando los ingenuos que le están

comprando a grandes cadenas. Entretanto,

pedimos que nos recomienden con amigos y

parientes. Y otro “ejecutivo” más los llama desde

la “agencia bancaria” para avisarles del fraude.

Ya todos sabemos cómo funciona esto, lo que

no impide la fragilidad de la gente en

determinados momentos y que se deje robar de

frente.

Somos un buen equipo: Rex, el psico; y Yardo,

mañoso, y yo, James, el que da los órdenes.

Aunque en realidad trabajamos para el abogado

que llegó no hace mucho: sabe mucho de empresa

y nos hizo eficientes, nos enseñó de artimañas, de

labia y sobornos.

Nosotros no decimos su nombre porque uno

nunca sabe si eso se sanciona. Mejor de a

calladito.

398


Empresarios en la Sombra debe llamarse este

negocio.

Acá mandamos todo.

De nuestra parte, que nos metan perpetua.

399


APOLOGÍA DEL SEGUNDO

DOCTOR PÉREZ

Nadie me trajo comida. Esperé en el consultorio

hasta pasadas las tres y ni agua me dieron.

Entonces, abrí un poquito la puerta —es de

plywood— para mirar el panorama y, según

parece, era la hora del café.

No tenía más pertenencias que el traje que me

dio el hombre de la azotea. Era bueno, casimir

inglés, casi negro, pero luego de dos meses

conmigo, estaba ajado. Pasa que logré escapar del

trance de mi muerte de una forma absurda, por

eso ni le conté al siquiatra. Me hubiese mandado

a enjaular con los casos perdidos.

Dos señoras estaban sentadas en la sala de

espera, pero decidieron ignorarme. Mejor para

mí: les pasé al costado como si no existiesen. Vi

tres mil pesos sobre un escritorio y me los

embolsé de inmediato.

Al minuto siguiente estaba afuera. Ahora nada

es tan simple. Tenía que cumplir una misión y

vengo de ella. Me la encargo un tipo que me topé

mientras caía desde la azotea de la Nacional de

Papel. Curioso porque uno no se para a charlar

con otro en medio de una caída libre.

400


—Oiga, fulano —me dice.

—¡Qué hace acá? ¿No ve que estoy muy

ocupado cayendo?

—¿Quiere romperse la madre?

—Claro que no. El dueño del edificio me

empujó. El jefe de mantenimiento, un tal Renato,

le colaboró. De otra forma, no sería yo el que cae.

—Bueno, usted decide. Se palma o tiene otro

chance. Si es así, tiene que cumplir una tarea.

Tiene como cuatro segundos.

—Acepto.

Y entonces aparecí en tierra, allá detrás de la

Biblioteca Petras, que queda como a seis

kilómetros. Nada tiene que ver con la editora, es

una entidad privada hecha en memoria de James

Petras, el académico antiimperialista.

Supe que el sujeto que me sacó del cuadro de

tragedia puso en mi lugar un marrano de ciento

cincuenta kilos. Ése si se desparramó horrible y,

cómo ahora la necesidad es mucha, llegó gente

pobre a carnear el bicho y llevarse las sobras.

Ha sido la histeria colectiva la que hizo correr

la voz de la muerte del señor Pasta. Y

posiblemente su propia mala fe. Entretanto,

entiendo, estuvo escondido para que lo

401


modificaran un poco y zafar de las tortas que

cometió. Gravísimas.

En ese callejón, detrás de la biblio, hay una

comuna. Me recibieron bien, me dieron de comer.

Me cambié de ropa y me desentendí del

compromiso sin saber ni siquiera qué demonios

había pactado.

Yo creo que duré como seis meses sin

problemas: hacía artesanías, fumaba hierba y

hasta tuve varias relaciones con chicas de mente

abierta.

Así que, cuando un hombre parecido a usted,

me detuvo en la calle y me dijo:

—Vaya al 144 del Barrio de Los Aburridos.

Busque en el basurero una bolsa con

instrucciones.

402

No pude más que tomarlo en serio.

En el lugar, en una bolsa negra, había

documentos de identidad a nombre de otro sujeto,

pero con mi foto. Y detallaba qué tenía y cuándo

y contra quién. Sabía que estaba en juego mi vida

y que la persona que me ayudó no era

incondicional.

Debería cumplir al pie de la letra.

Ni siquiera supe por qué.


El 28 de agosto a las cuatro de la tarde estaba yo

cerca del lugar asignado a mi misión. Tenía buena

ropa, buen reloj y zapatos. Parecía ser otro y lo

era. Me sentí lleno de rencor por una rencilla vieja

que tenía mi nuevo personaje.

Porque la condición para que yo saliese con

bien de la escena del suicidio inducido era ésa: ser

otro, asumir su mente. Por mi cabeza, pasaron

hechos muy viejos donde me miraba a mí mismo

con mi rostro anterior, furioso, reclamando por

teléfono por el mal servicio de una tienda de

electrodomésticos. Había comprado un equipo

caro y la garantía tenía cláusulas en letra

minúscula que la desvirtuaban.

Recuerdo que fui al local, busqué al vendedor y,

con un blackjack, le corregí la plana. Lo dejé

sangrando y desmayado. Unos metiches me

reventaron un botellón de ron en la cabeza, me

sacaron y me abandonaron en una banca del

parque.

Pendejos.

Caí en otra compra fallida en ese sitio. La

segunda vez, pero con otro vendedor de la misma

tienda. Me regaló una mierda de microondas

como señal de paz y yo que voy y compró

tremenda nevera. No tardó ni tres meses en

colapsar y lo mismo: bótenla.

403


No pude más. Saqué mi automática del clóset y

fui por él.

404

Le metí tres balazos y tuve tiempo de alejarme.

En mi memoria, también tengo visión de que

ese sujeto que soy yo con otro rostro, se cae de un

puente. No me queda claro si es real o es el

trauma de que me hayan lanzado de la azotea. Sin

embargo, lo que deduzco es que dejó su tarea

trunca por suicidarse antes de tiempo. Imagine

que usted está escribiendo una novela y el

personaje se rebela así… ¿Qué haría usted?

Pues es lo que yo imagino. Me dieron los

papeles y pendientes del doctor Pérez,

farmacéutico, porque el actor encargado se fue.

Ahora yo soy él y por eso iba a repetir lo que hizo

con Sergio. Se supone que mataría a Reiner

Pentago sin mediar palabra alguna y delante de

todos sus compañeros de trabajo.

Nadie esperaba que la pistola se trabase. Gatillé

tres veces y nada: le pegué contra un escritorio y

nada. Finalmente, traté de sacar el magazín, pero

me cayeron a patadas entre todos.

Luego llamaron a la poli y aquí me tiene.

¿Me va a dejar ir o, por lo menos, puedo

negociar con mi demiurgo? Esto no es lo pactado

con el carajo que escribe mi destino.


Lo que ocurre es que un tremendo desordenado

y cómo no paga salarios, los actores le abandonan

a cada rato. Usted mismo debiese conversar con

él y decirle que le mejore su rol. Debiese ser una

autoridad mundial en siquiatría y nunca un pobre

diablo en planilla.

Imagínese que yo iba a ser ghostwriter, pero si

me quedo quieto me muero de hambre.

Tome consejo usted y rebélese ante estos rollos

idiotas.

Para eso estudió y lee mucho.

Como loco.

405


LAS QUEJAS DE JULIA

Han de ser como las cinco de la tarde cuando

contesto el teléfono:

—Carmencita, ¿cómo vas? Soy Julia.

—Yuli, ¡tanto tiempo!

—Necesito que me ayudés. Es un tema serio.

—Decíme.

—Tenés una hija treintañera, ¿no es así?

—Sí, se llama Jacqueline y es una ternura.

Siempre viene a verme.

—Pues decíle que no se meta con Andrés. Es mi

esposo.

Siento que las tripas se me revuelven, pero

disimulo. Ya me veía venir un problema por esa

irresponsable.

—Me estás colocando en un colocho. ¿Cómo se

hablan esos temas? No lo sé.

—Pues, aprende. No se me vaya a ocurrir

meterle un tiro.

—Veré qué puedo hacer —respondo y cuelgo.

406


Y no hago nada porque se me ocurre que es

como si no tuviese hija, tantos años de no recibir

ni una llamada o una tarjeta de Navidad.

Claro, cuando requiera dinero o socorro, me

mandará un saludo afectuoso.

Que se pudra.

407


EL PROBLEMA DE TRATAR CON

UN PERSONAJE INGRATO

—Tenía cita a las nueve se lo juro. Apenas han

pasado seis minutos de la hora. Dígale al doctor

que me atienda —Al principio, como siempre,

Julia pone cara humilde. Si le falla la estrategia,

cambia.

—No, señora. En el sistema, usted aparece

citada a las siete de la mañana. Por reglamento,

ya perdió el espacio y debe ir a hacer fila. Le

darán para noviembre o fin de año. Hay

demasiada saturación en el sistema.

—Ud. no sabe quién soy yo, Silvia. Le exijo

conversar con el doctor para que él me resuelva

directamente. —El quiebre hacia la insolencia se

nota y la mujer tensa las uñas como si fuesen

garras de tigre.

—No es acá, señora. Si desea, puede ir a la

dirección médica, pero es inútil. El sistema no fue

hecho para adaptarse al individuo. Nosotros no

podemos variar a capricho.

—Bueno, hablaré con el jefe y daré mi

inconformidad con su maltrato. Usted tiene que

aprender algunas cosas. Yo soy secretaria de la

Junta de Salud del cantón.

408


La recepcionista, pasado el berrinche, se dedica

a transcribir boletas que debe pasar al expediente

electrónico. Entre dientes, suelta un “vieja

hijueputa” tan bajito, que el narrador apenas

supone o adivina.

Entretanto, la doña insoportable ha dado media

vuelta y se dirige hacia el fondo donde, junto a

una botella de agua que reposa en su escritorio, el

doctor Serrano cumple su papel de coordinador

del área de Medicina General.

El hombre está tecleando en el escritorio chico,

pues ser jefe implica preparar informes de todo.

Cuando no los hace él, los pide. Cuando cree estar

tranquilo, aparece el supervisor de la regional, a

realizar inspecciones in situ. Cuando le da la gana

y sin aviso, llega.

Luego le deja las nuevas tareas. Repórteme

estos nuevos indicadores, dígame cuántas citas se

dieron, cuántas no llegaron, los índices de salud y

de peso, cuántas veces va y viene el guarda de la

entrada desde la puerta principal hasta el fondo.

Bueno, sólo eso faltaría. La verdad es que Masís,

el de la regional, jode mucho.

—Doña Julia, ¿cómo va? ¿me buscaba?

—Sí, doctorcito. ¿Puedo hablar con Ud.? Fíjese

que he tenido un inconveniente grave.

409


Ya Sergio Serrano sabe que la mujer es un

verdadero dolor de bolas y que disfruta la

influencia que tiene, merced a su cargo en la Junta

de Salud. Así que, aunque no la quiere realmente,

decide fingir todo el afecto del mundo.

—Faltaba más, es un honor. Cuénteme que le

preocupa. —En el momento que dice esta frase,

se le cruza como déjà vu la imagen de un par de

periodistas radiales que tiene atoradas en el

pescuezo hace rato. Son ineptas, cínicas y, para

hacer interesantes sus programas, invocan una

frase semejante a cada invitado que, experto o no,

se cruce ante sus micrófonos.

Eso le genera un conato de vergüenza que,

afortunadamente, no alcanza a trepar a sus

mejillas.

—Le juro que yo tenía cita a las nueve, doctor.

Sin embargo, el sistema aparece a las siete. Estoy

segura de que es la ineficiencia de esa muchacha,

la nuevecita.

—Es muy raro. ¿Sabe el nombre de ella? Creo

que debo llamarla y que venga a aclarar los

hechos.

—No se preocupe, estimado. Es la que se llama

Silvia, la que tiene un piercing horrible en la

oreja.

410


—Nueva no es. Es del bloque fundador de la

clínica. Quince años con nosotros.

—Lo siento. Ud. sabe que todas las secretarias

se parecen.

—Bueno, y ¿qué puedo hacer por usted?

—Necesito que no me pasen la cita. Quiero ser

atendida hoy y no en diciembre. Yo paso

diciembre donde mi hija en California y no voy a

aventurarme a quedarme sin vacaciones.

En ese momento, un viento de quince

kilómetros por hora entra por la ventana y los

papeles del escritorio salen volando. Como si

fuese telepatía, a los sesos de Sergio llega una voz

imprecisa que dice “vieja hijueputa”, tal y cómo

decía Silvia.

El bolso de la insoportable está en estos

instantes, sobre el escritorio del galeno. Éste se

siente incómodo con los abusos de confianza,

pero no deja de tener presente que los de la Junta

de Salud son una sarta de chismosos y

prepotentes que podrían hacer caer en desgracia

el prestigio de la clínica ante la comunidad, ante

la prensa y ante el patrono Estado.

Aprovechando la ventisca, doña Julia Aguirre

deja ir un discreto flato silencioso, pero que le

411


revuelca el alma a Salomón. “Tras de vividora,

cochina”, piensa.

Doña fulanita está allí con su mejor sonrisa de

autosuficiencia en espera de la reverencia del

director médico. Por ello, se mira las uñas y las

sopla como si tuviese confeti entre los dedos.

“Ni roja se pone”, le dice el escarabajo de la

conciencia al viejo cirujano. Escarabajo porque

grillo es muy propio de la empresa del ratón

animado y eso desprestigia cualquier cuento.

Primero tiro a la basura esto que ser un

narradorcito de mierdas rosas.

—¿Quién es su médico?

—Hipólito Peraza, el cubano. Es muy bueno.

—Lo sé. La malla curricular y la educación

cubana son excelentes.

—No me diga que Ud. es comunista, doc. Eso

no es bueno. Vea cómo viven en la miseria…

“Y vos vivís en Bel Air, zorra”, piensa el doc,

ya hastiado de atender a la bombeta de la señora

Aguirre.

—¡Qué va, Julia! En este país todos somos de

derecha. Recuerde que somos afortunados de

estar en el paraíso terrenal.

412


La mujer no capta la indirecta,

afortunadamente. Sergio, un gesto después de

haberla proferido, se arrepiente. Luego se da

cuenta de que la otra es tonta, tonta con ganas.

Toma aire.

—Voy a mandar un correo a ver quién tiene la

agenda más holgada. En cinco minutos me

responden y la paso a consulta con el médico. Sin

hacer fila siquiera. Ud. va, se para a la par del

mostrador y, cuando ve que van a llamar a

alguien, le dice a Silvia que yo ya le hablé.

Nos salimos de esa oficina los diez minutos que

dura la gestión. Gran cosa es ver a la secretaria de

la Junta de Salud y su cara de pan dulce.

—Bueno, doctorcito. No le quito más tiempo.

Y, por favor, ponga en su lugar a esa rubia

igualada. Necesita un curso de servicio al cliente.

Julia sale con un paso más insolente,

autoafirmativo. Nada más que el suelo está

mojado y patina. Alcanza a asirse de una baranda

y de un golpe de vista verifica que nadie alrededor

haya visto su papelón.

Sabiamente, la conserje del sector ha sabido

disimular y esconderse tras una columna. Ha sido

una lástima no contar con el celular en ese

momento. O, tal vez, la suerte le ha evitado el

413


despido porque humillar a esa grulla es un juego

peligroso.

El doctor Serrano, viejo bonachón, pero de

humor ácido, no puede evitar hacer aspavientos

de desagrado y, tan pronto se retira la bruja mala

del vecindario saca un desodorante en spray:

consume media lata, antes de regresar a su

ordenador.

En el lobby hay veinte personas en espera de ser

llamadas a los consultorios. Son ocho médicos

que deben ver, cada uno, cuatro pacientes por

hora. Eso quiere decir que hay gente que llega

temprano o que, por lo contrario, alguien lleva el

trabajo atrasado.

Eso sería chismear demás. No me corresponde

pues la info que tengo es precaria.

Silvia ve llegar a Julia Aguirre, cara de hiena,

sonriente, triunfal y amenazante. Sin que

queramos parodiar a nadie, podemos decir que

ella también, al verla, evoca a un personaje de las

pelis malas para niños, la vieja bicolor que odia a

los perros. A partir de ese día, cuando quiera

hablar de gente odiosa, pero sobre todo de esta

juega de viva, usará el nombre de personajes de

caricatura.

414


Eso no se discute. En todo caso, Silvia no sabe

la existencia de mí, el narrador, que me he

parapetado como siempre, donde puedo. En este

caso, debajo del mostrador de las secretarias y así,

de paso, le echo un ojo a las piernotas de las

chicas.

Si no es así, ¿cómo voy a hacer mi trabajo? La

inventiva no me da para crear circunstancias;

entonces, me toca espiar. Si voy más allá de lo

decente o no, Uds. no van a saberlo. Yo cuido mi

prestigio y hasta les tengo respeto a estas señoras

trabajadoras, que tienen la mala suerte de

encontrarse con engendros como Julia, secretaria

de junta.

Efectivamente, dos minutos es lo que espera la

fulana odiosa para ser atendida. Le hacen pasar

con la doctora Fátima Cordero, que atiende en el

consultorio seis.

Ella está furiosa porque su ordenador echa

chispas y no arranca. Toda la mañana ha sido así.

Todo lo tiene que despachar en formularios de los

viejos, recetas a bolígrafo que luego debe guardar

en el archivo.

Julia entra y se sienta sin pedir permiso. La otra

esta como loca metiendo la punta de un lapicero

en un puerto USB, pues jura que andan bichos

adentro. La matasanos detecta a su paciente, dos

415


o tres minutos después de que ésta, para llamar la

atención, prende un habano.

—Acá no puede fumar. ¿Qué hace aquí?

—Serrano me envió. Vengo a consulta. —

Aunque siente que se le quema el pescuezo, Julia

le da una pitada al Cohiba.

—Bueno, cuénteme de qué padece.

—Vengo a control. Soy hipertensa, diabética y

se me cae el cabello.

“Un cóctel de males”, murmura Fátima.

Enseguida, finge interés:

—Y, ¿qué medicamentos toma?

La mujer importante suelta toda la lista de la

droguería que recuerda, más un par de cremas

faciales y cicatrizantes de las que, logró enterarse,

estaban disponibles en la seguridad social.

La doctora apunta todo con normalidad. Es

decir, escribe lo que oye, sella y firma. Le da

varias boletas para no ver ese incómodo rostro

durante el resto del año. Acto seguido, emite un

“buenos días” en acento tan frío que indica el fin

de la consulta.

Julia Aguirre parte hacia la fila de farmacia

tratando de hacer contacto visual con la jefatura

para que reciba las órdenes de los medicamentos.

416


Silvia no se queda con sangre en el ojo y, en el

transcurso de dos meses, logrará probar que Julia

hace dos años se fue de la comunidad por lo que

no pertenece al área de atracción de la clínica. Eso

le permite dar de baja a su expediente, pues la

reporta con Registros Médicos.

Cuando Julia se zafa un brazo gracias a un

resbalón causado por las lluvias de octubre, un

taxista le lleva al servicio de Emergencias de su

viejo barrio.

Le niegan el servicio, pues la señora no es de la

comunidad. Le piden que traiga papeles y que

espere verificación de los datos.

El jefe del registro se lo cuenta a Silvia.

Julia increpa al taxista mientras se revuelca del

dolor, que podría ser fingido.

Y no hay socorro posible. La indiferencia cunde

en todo el centro de salud.

Es que el narrador no la soporta.

417


DON JORGE ERA UNA

ESTRELLA EN ASCENSO

Jorgito Morales, tan de pronto ha resultado

religioso. Tiene tanta fe y tanta vocación por el

bolsillo del prójimo que ha devenido en pastor

cuando sus estudios lo capacitaron para

actividades gerenciales. Estuvo internado un

buen tiempo en Casa de los Alucinados. Primero,

en actitud rebelde, aunque su condición física no

andaba muy bien y no le permitía escabullirse del

sitio. Lo intentaba una y otra vez y ya estaban

todos fritos de atender a un baboso que pasaba

conspirando para que los demás internos se

rebelasen.

Todo cambió luego de un diálogo en privado

con el director, que le hizo ver las posibilidades

que se le abrían para hacer valer sus nuevas

facultades. Porque Jorge fue entrenado en

manipular personas, tanto en lo colectivo como

en el uno a uno. Lo que ha debido hacer es

convertirse en predicador de una de las iglesias

subsidiarias de la comunidad. Una parte de las

colectas sería para él, otra para mantenimiento y

otra la debería entregar a la franquicia. A cambio

de ello, popularidad, desmadre pero discreto y,

posiblemente, lujos en el mediano plazo.

418


Una ganga.

Durante un mes continuó teniendo reuniones

con don Santiago, que le adiestra en las artes del

blofeo. Lo enseña a usar el nombre de dios

recurrentemente como una muletilla. Eso

convencería de su aura a cualquier desconocido.

Y, por lo demás, le da un mercado cautivo con

setenta feligreses. Es su deber hacer crecer esa

semilla de modo que en un par de años fuesen

quinientos y él tenga libertad hasta para contratar

un pastor auxiliar.

Le entregan una Biblia que tenía resaltadas con

marcador amarillo las citas clave. A partir de eso

debe construir sus prédicas, bajo ciertas

directrices que se dan mensualmente. Y se le

permite organizar bingos, rifas, ventas de comida

y cualquier actividad que, sin costos, pueda ser

buen pretexto para una recaudación extra. De

ellas, el 30 % por ciento a la franquicia, el 50 %

para Jorge y el 20 % restante… también para él.

Luego de un par de meses empoderado en su

sucursal de la fe, ya es uno con la comunidad.

Almuerza en casas ajenas, anda de casa en casa

supervisando que las ovejas no se descarríen y ora

por los enfermos. Se da cuenta entonces de que

ser soltero no le viene bien al cargo y decide

casarse en secreto. Lo hace con una desconocida,

419


una gringa que no habla castellano, que no

entiende castellano, pero que le parece

carismática y buenota. Todo ello le permite

mantener a raya a la congregación de la presencia

de su mujer: Jorge dice que a ella le cuesta mucho

el idioma y que ella mejor mira los cultos en su

lengua natal.

Podemos decir que va hacia adelante. En año y

tanto llega a los doscientos militantes. Entrena

brigadas para salir puerta por puerta a divulgar el

mensaje de salvación. Uno que otro pez pica y, a

los meses, posiblemente, varios de los miembros

de esas casas se van integrando a la comunidad.

Así que bautizar a nuevos miembros es un evento

cada mes.

420

Pronto compra carrito.

El tal Santiago nunca lo visita, nunca se

encuentran en lugares públicos. La cita es puntual

cada segundo martes de mes en la mañana y no

cuentacon la presencia de los otros pastores de las

distintas sedes. Parece que Santiago los atiende

de uno en uno y que, además, cada congregación

se registra bajo un nombre independiente, de tal

manera que está prohibido vincular al oscuro

sujeto con cualquiera de las iglesias.

Dado que su clientela —ésa no es la palabra—

es variopinta, echa el ojo para escoger una que


otra aventura para que, en el nombre de dios, se

abran las puertas de Jericó. Las convence del

silencio y de ser él un ungido de la divinidad al

que se le permite un desahogo, una misión de

caridad fraterna de las jóvenes hermanas. Y como

nadie dice nada, todo tranquilo.

Así que Irene es una más. Su novio, Johnny, es

un muchacho algo corpulento y mal encarado,

pero buena gente. Ni le pasa por el coco que le

hayan puesto la cornamenta, por lo menos en tres

ocasiones, con el hermano Jorge. De hecho, mira

con desconfianza a uno de los nuevos chicos,

Bobby, miembro de la patrulla que va casa por

casa a llevar la palabra.

Sin embargo, eso es muy tonto. Su novia tan

sólo usa de su simpatía para reclutar al tonto que

ha creído que ella juega en sus ligas. No es así,

porque el pobre muchacho vende flores en el

semáforo y ese rol no le gusta a la muchacha que

tiene un novio con un carrito de color azul, con

quemacocos, bastante aceptable. Así que ella

sabe guardar la distancia para que ayude en la

obra. Eso equivale a enseñarle una galleta al perro

para que haga una maroma, pero a la hora del

premio, la galleta no aparece.

El Roberto, que además le hace a negociar

drogas, se va sintiendo inconforme.

421


Acostumbrado a meter mano en las ofrendas con

cierta mesura, va planeando algo mayor. Y el

interés casi idílico que siente por Irene se va

volviendo más corporal.

Don Jorge no es ajeno a todo esto, pero le parece

que el muchacho tiene potencial para captarle

gente. Ya trajo, por ejemplo, a tres vecinos del

barrio y sus respectivas familias se van

incorporando a los servicios religiosos.

Ni idea tiene el señor pastor que Bobby es una

alimaña permanente y que ya ha sacado copia de

la llave del candado de la cajita de las ofrendas.

Ni sabe que la noche anterior, cuando el novio de

Irene lleva tres días con una aparente gripe, pero

más jodida, este pécora ha logrado convencer a

Ire de tomarse un café en la humilde casita del

sujeto.

El café consiste, mejor dicho, en vino.

Despachan dos botellas que la mañana siguiente

se transubstanciarán en cruda. Y en perder la

cabeza, adrede o no. El asunto de si se consuma o

no aquella calentura ya es morbo. Paremos allí.

La noche siguiente es quincena y el joven

Bobby acude al servicio por última vez. Tampoco

llega Johnny, pues parece que ha sido ingresado

en el hospital del centro con problemas

respiratorios y, cómo ya ha sufrido meses atrás un

422


accidente, su sistema inmune no le responde muy

bien.

Bobby se sienta adelante, pues, cuando sea el

momento de recorrer los pasillos para recolectar

las ofrendas de la noche, quiere acabar pronto.

Hoy es quincena, la gente es más generosa y la

reivindicación que el muchacho quería acaso la

ha conseguido la noche anterior. Ya puede partir

sin mirar atrás, pero antes ha de dar el golpe final.

Jorge, no tiene puta idea de que viene la

catástrofe financiera, pues se acerca el momento

para ajustar para un coche nuevo. Cómo siempre,

de corbata, de saco, pasa palpando piernas acá y

allá y encerrándose con alguna feligresa

deprimida en su oficina, durante toda la tarde.

Cuando le toca predicar está tan tranquilo que

ni se pregunta qué le ocurre a Irene que se ha

sentado unas banquitas atrás de su sitio

acostumbrado. Y lo único que le parece curioso,

jocoso, es que anda unas gafitas oscuras que no

hace por dónde quitarse.

Según lo previsto, la comunidad es generosa y

eso lo confirma el arqueo que se hace en la

trastienda y donde el señor pastor está presente.

Son las nueve y diez de la noche y el servicio ha

terminado a las nueve. A estas alturas solamente

423


quedan tres señoras conversando a la orilla de la

puerta de calle.

Entretanto, Jorge también se trae a la mesa el

cajón del diezmo que han depositado los fieles

mediante sobres, individualmente, en la ranura

superior que tiene la justa medida de los

envoltorios, más dos centímetros de largo. De

ancho, tiene 7 mm. Si el pago es más generoso,

se sugiere usar un segundo sobre. Cada uno de

ellos lleva el nombre del donante, porque es

elemental saber si algún cristiano se hace el gato

bravo con sus deberes. Una halada de orejas en

privado, primero, y si no se reforma, tal vez haya

que evidenciarlo ante la comunidad, por estaca.

Mediano barullo arman las señoras en la puerta

porque un par de drogadictos les pasan de cerca.

Jorge, como líder, se ve impelido a darles auxilio

y va a poner orden.

Bobby hace como que cuenta y apunta, pero en

ese instante saca una bolsa de basura gruesa, abre

el cajón y arrasa con todos los sobres. De las

ofrendas, toma solamente los billetes porque las

monedas son muy ruidosas y pesadas.

Acto seguido, consuma su milagro: la

desaparición.

424


Cuando vuelve Jorge, no lo encuentra. La puerta

del patio luce cerrada, así que no cree que le

hayan jugado sucio. Va a pasarle aldaba al portón

principal y luego verifica que Bobby no está en el

baño: nadie hay, pero está sucio.

A la mañana siguiente, que es sábado, Jorge va

a la casa de Irene para que lo ayude a localizar a

Bobby. Ella dice desconocer donde vive el

muchacho: se lo topó una tarde afuera de la

biblioteca en la U, pero nada más. Ella piensa que

no es de la comunidad, pero casi no sabe a qué se

dedica el muchacho.

El pastor sube a su carro, enfurecido, frustrado.

No tiene puta idea de cuánto le robaron. Calcula

que habrá sido, por lo menos, cuatro millones,

pero ni siquiera tiene la evidencia de lo escrito en

los sobres. Santiago no va a creerle cuando diga

que este mes no le va a entregar toda la cuota.

Tampoco soportaría el cuento de que recaudó

menos porque, aunque Santiago no ponga un pie

en la iglesia, siempre tiene un infiltrado que vigila

y reporta.

Será que tiene que cambiar de roles, papeles.

Porque un Rolex, jamás. Nunca ha ganado tanto

como para poder presupuestar eso.

425



EL AFFAIRE ROMERO- DE LA

LUZ

—He llegado hace quince minutos, doña Petra.

Siéntese. Creí que era puntual. He cargado a su

cuenta un par de croissants y un té con leche.

Tenía mucha hambre.

—No tengo mucho tiempo. Hablemos ya:

recuerde que se supone que el negro literario no

existe. Ergo, no puedo conversar con usted.

—Pues hágame titular y se quita cien dolores

de cabeza. Fíjese que pasan cosas importantes

que Vivas, por pudor seguramente, se calla.

—A ver, Salomón.

—¿Ya le vio el rostro a Gregorio? Sabe que no

está muerto, ¿verdad?

—Efectivamente, seguí sus pasos y sé lo de la

impostura con Castillo.

—Y, ¿sabe qué le ocurrió en la nariz?

—No sea banal. Yo también leo. Sé que el

doctor Navaja no le hizo todas las operaciones

que él quería.

—Es algo peor. Los instrumentos quirúrgicos

no se pasaron por la autoclave. El cirujano no lo

427


supo hasta avanzada la operación. El tejido nasal

se necrosó y Navaja le tuvo que volar cuchilla. Y

cuando ya estaba emocionado, le dibujó un cacho

de luna en la mejilla, como personaje de

caricatura. Aunque parezca ridículo, ante el

profuso sangrado que sufría Pasta y la muerte del

tejido nasal, lo único que se le pudo ocurrir al

cirujano fue un injerto. Como no había donantes

preparados y en la morgue le negaron el servicio,

optó por un organismo resistente y duro, que

tuviese forma un tanto similar a la nariz humana.

Por eso es que parece un babuino. El doctor

Navaja le ha insertado una semilla gigante de

marañón que tenía guardada de sus paseos al

Atlántico. Lo hizo generosamente, a pesar del

dolor que da desprenderse de un recuerdo. Y ni

siquiera facturó el marañón. Luego de colocarla,

se remitió a procurar darle el color apropiado

con un spray y un sellante.

Es ornamental y, desde que Castillo se dejó

crecer la pelambre del rostro, se ve irreconocible

y disimula el apéndice horroroso. Sin embargo,

respira vía oral. Entiendo que es propenso a los

resfríos y por eso no lo vemos de noche.

¿Ve? Todo eso se lo calla Vivas y le inventa,

como reparación un romance con Karina

Jacqueline Solares. No los he visto juntos,

428


aunque me ando paseando por todos los

recovecos de Ciudad Artificio, recogiendo datos,

haciendo el trabajo sucio. Aquel idiota, está feliz

allí en su nueva casita del árbol que apesta a

cuita de pollo.

—Mesero, tráigame una chuleta con vegetales,

término medio. Continúe, Salomón.

—Lo otro que yo percibo es que el indigente que

lanzaron de la azotea sí se mató. A mi ver, Vivas

se confabula con la mafia policíaca que les tapa

los crímenes a los grandes. Ese cuento de que lo

encontraron deambulando y que lo iban a

encerrar o que reemplazó al farmacéutico

psicópata no se lo cree nadie, ¿no?

—Pues es chusco, eso lo reconozco. Me pareció

raro, muy arriesgado lo del segundo

farmacéutico que le quiso disparar al tal

Pentago.

—Doña Petra, mándelo a analizarse. Me

parece que ese indigente es un poco él mismo. Mi

hipótesis es que el odia a los vendedores

mentirosos y, en esa sombra o marioneta, se

proyecta a sí mismo. ¿Qué tal que se le meta el

agua y nos joda a todos?

Porque, no sé si usted lo nota, pero es un

narciso. Creo que la aspiración que lo mueve a

429


escribir es borrar de la realidad todo aquello que

le estorba. Cómo no puede hacerlo vía

prohibiciones morales, se venga ridiculizando

todo gesto humano.

De hecho, creo que me ha inventado a mí con

la intención de descargar sus yerros en otro. Y

me ha plantado semejante nombre porque sabe

muy bien que los apelativos son taxonómicos. Si

fuera agorero, diría que construyen destino, pero

no. Ya sabemos que ahora que Argentina ganó el

Mundial, saldrán montones de chiquillos

llamados Lionel, pero incapaces muchos de ellos

de patear una pelota quieta. Fíjese el descaro al

denominar ciertos personajes, no sólo en el

presente sino en las novelas anteriores. Ayúdeme,

por fa, quiero que me cambie el nombre.

Pretendo llamarme Salomón de la Luz Viva.

Tiene mejor talante, ¿cierto?

—Par de grifos es lo que son ustedes. Déjeme

comer y luego le aviso.

—Considero que Vivas piensa que es incapaz

de crear personajes, entonces procura hacer

roles, estereotipos. De ahí esos apelativos que

son como etiquetas maliciosas.

Voy a dejarla que coma sola, señora. Mientras

piense si no vale la pena meterle una orden de

430


alejamiento a ese infame. Además, un sólo

escritor es más barato que dos. Y mientras logro

consolidarme, no cobraré caro.

Lo prometo.

Le dejo esta cajita de chicles para después de

su almuerzo. Aún tiene cuatro. La encontré en

una mesita: quedaban seis y tomé dos. Están

limpiecitos y son de canela.

Hasta pronto.

431



PEQUEÑAS ESTRUCTURAS QUE

SE QUIEBRAN POR DENTRO

Don Jorge esperó durante una semana tener

noticias de Bobby, pero fue en vano. Nervioso

como un conejo, se la pasaba imaginando los

peores escenarios. Recordó que hace un tiempo

se había lanzado un ejecutivo de una azotea en la

zona industrial y que se rumoraba que algo

distinto a la propia voluntad del difunto. Pasaba

tomando té de tilo en la mañana y la tarde. En la

noche, adquirió tal fervor que lloraba durante el

servicio religioso.

Irene había sido instruida para no comentar

nada, so pena de ser puesta en evidencia ante

Repollo de sus ligerezas. Eso bastó para que se

tragase la lengua y siguió así una vez que su novio

salió del hospital.

Johnny, que era feo, pero no por eso baboso, lo

notó:

—A vos te pasa algo, flaca. Me lo vas a contar

ahora.

—Son ideas tuyas. Yo, básicamente, estoy

cansada. Creo que estoy incubando la gripe.

—Yo ya no soy portador de nada. No inventes.

433


—No estoy diciendo eso.

—Contáme, qué ese hizo el hermano Rodri.

—Ni la menor idea. Yo creo que andaba en

malos pasos y volvió a la cancha.

—Yo te iba muy cerca de él.

—¿Qué querés…? El pastor me dio la orden de

manejarlo para que se volviese un adepto ciego.

—Esa palabra no encaja bien: ciego. Es como si

esto de la fe fuese una experiencia engañosa.

¿Estás perdiendo la fe?

—Dejáte de joder, Repo. Vos sabés de mi

devoción total. Estás hablando caca.

—Estás agresiva. ¿Te das cuenta? De fijo que te

pasa algo.

—No sigás, gordo. Me están dando naúseas y

porque jodés demasiado.

—Sólo faltaba eso… ¿Ha sido el Espíritu

Santo? Yo ya notaba la chispita… Cómo no es

mío, voy jalando. Decíle a Jorge que tampoco

vuelvo al culto.

Irene lloriqueó y se puso colorada. Luego

simuló que le faltaba el aire de tanto sollozar y se

dejó caer sobre las bancas del templo que, ese

434


sábado, estaban vacías pues faltaban dos horas

para el servicio.

La cabeza sonó como un coco seco al golpear el

filo del respaldar. Luego, un chorrillo de sangre

empezó a llorar de sien derecha mientras Johnny

murmuraba para sí:

—A la puta, un milagro es esto. Ahora llora

lágrimas de sangre.

Entonces, puso pies en polvorosa sin volver

hacia atrás la mirada. Al contrario, tan pronto

encendió su coche, metió la chancleta para ver si

al acelerar lograba pasar el portal hacia otra

novela donde no hubiese tanta gente peste.

Irene despertó al ratito, transfigurada. Había

tenido una revelación dentro del sueño y la dijo

en voz alta:

—Repo, hijo de puta. Por dicha me libero de vos

y de este sitio. Uno en estos lugares se estanca

con tanta doble moral y silencio. Si me van a

joder la vida, que por lo menos haya plata.

Cogió su cartera, no se despidió de nadie y tomó

un colectivo que fuese hacia el centro.

Tenía ganas de ver el mundo sin prejuicios.

Fue la última vez que la vieron.

435



MÁXIMO PRESIONA A TIRONES

PARA QUE RESUELVA EL CASO

Cuando vuelvo a mirar el reloj de pared, pasan las

once. He pasado toda la mañana en papeleos y no

avanzo.

Suena el teléfono:

—Teniente, ¿cómo va? Le habla Peralta, el

gerente del súper.

—Buenas, don Máximo. Acá todo trabado.

Hemos investigado a todos sus competidores y

dicen que no han sido ellos. De hecho, Contreras,

el dueño de los almacenes de La Pena de Ser un

Limpio dice que ustedes quiebran solos y no

necesitan ayuda.

—¡Qué va! Acá hay gato encerrado. Andan

diciendo que nosotros vendemos chuletas de

enano. Necesito que me resuelva ese crimen

pronto. Ud. sabe que pusimos mucho dinero para

la campaña política. Se nos están cayendo las

ventas una barbaridad.

—Ya no nos quedan sospechosos por pelar.

Interrogamos hasta a la doñita que pensó que

Azuela era un pavo. Está casi ciega, dice.

437


—Bueno, lo menos consígame un pato de fiesta.

Alguien a quien echarle el clavo para bajar la

tensión y terminar con el rumor.

—La pista de la salsa de pizza es la línea de

investigación más real que tenemos. ¿De qué otra

manera se salpicaría la columna sino por un acto

delictivo?

—Ud. no parece haber preguntado mucho. Le

habrían dicho que un repartidor resbaló en el

corredor por pasar con su bici sobre el área

encerada. La pizza salió disparada y el carajillo se

quebró el brazo. Vino el incidente del enano

Azuela y la gente se distrajo de las tareas. Es todo.

—-Doctor, ¿ocurre mucho que se caigan los

hombres del reparto en el pasillo? ¿No cree que

haya una componenda por allí? Podría tener

conserjes enemigos…

—Ud. me está vacilando. En todo caso,

nosotros lo pensamos también y despedimos a las

ocho personas que hacían el aseo. Ahora

subcontratamos y así nos ahorramos las cargas

sociales. El adjudicatario usa migrantes ilegales,

usted sabe.

—Por favor, no me cuente esas cosas. Se

supone que yo no debo saberlas.

438


—Bueno, nada he dicho entonces. Lo que

afirmo es que necesito que se invente la solución

del caso. Si se lleva en la tira a cualquier ingenuo,

es cosa que me da igual. Haga algo para cerrar

esta vaina que ya cumplió un año. Tengo presente

que lo mismo hicieron con el deceso del señor

Pasta, el empresario y su cuerpo desaparecido:

archivado, sin pistas, más de cuatro años sin saber

nada.

—Bueno, es que la policía que sirve es la de la

tele. En la realidad, cuesta más. La gente no

quiere hablar, limpian la escena del crimen, se

contamina todo en dos toques porque la gente ve

un pozo de sangre y saca dos mangueras de

inmediato. Es malísimo para el negocio que los

signos de violencia queden a mano.

—¡Exacto! Yo quiero que borre esta mierda ya.

Su asistente, ese Campitos parece que anda en la

luna. Supe que anduvo la primera semana del

incidente disfrazado de columna y los perros lo

meaban. Si ustedes fueran pelones, juro que le

escribo a los herederos del dibujante Ibáñez para

que, en lugar de dibujar, los meta como

fotogramas de Mortadelo y Filemón. Ni siquiera

tienen que fingir porque son igual de arbitrarios.

439


—Me ofende, doc. Ud. tenga paciencia. Nos

vamos a reunir todos en la comisaría para resolver

esto.

—Me excuso. Ah, y dígale a Contreras que se

meta por allá sus precios baratos. Yo sé que es

contrabando todo.

Tan pronto cuelgo, me acerco a la cafetera por

un vaso de agua caliente para prepararme un

antiácido. Estos cabrones piensan que estamos al

servicio de ellos y como cazan dinero para que el

candidato gane, sin duda, nos mandan.

Pero ya verá que este viernes en la reunión

saldrá humo.

Ya verá.

¿Quiénes serán ese Mortadelo y el otro...?

Voy a googlear esa vaina.

440


CRÓNICA DE LA ORFANDAD DE

KARINA JACQUELINE SOLARES

Doña Carmen amaneció con el paladar rancio.

Algo de la cena le fregó el metabolismo. Su hija

no llegó a dormir, pues los fines de semana se

alzaba la bata siempre. Aparecía la tarde del

domingo en condiciones ruinosas: rímel corrido,

ojeras pronunciadas, cabello sucio. Ni ganas de

preguntarle dónde se había ido a meter.

En el sofá, uno de los bolsos de uso habitual de

la hija está volcado. Lo habrá puesto a la carrera

y parte de su contenido se ha derramado. Unas

monedas doradas de goma de mascar le llaman la

atención.

Primero experimenta cierto reparo, pues tiene

sumo respeto de lo ajeno. Finalmente, su

condición de golosa irremediable le atrapa. Hay

más de una docena de chicles, pero toma cinco.

Uno de ellos lo abre de inmediato. Luego va a la

cocina a calentar la cafetera.

Experimenta cierta alegría, como si fuese

incorpórea. No le pesan las piernas en este

momento ni le duele el cuello. Se prepara unas

tostadas con mermelada y sirve su té negro

mientras escucha la radio. En este caso, la

441


emisora es religiosa, pero a doña Carmen le da lo

mismo lo que suene.

Terminado el desayuno, levanta la mesa y friega

los platos. El día está bastante frío como para ir a

la feria por verduras.

No tiene muchas ganas de moverse. Se sienta a

reposar en el sofá y abre otra envolturita dorada.

El sabor es impreciso, pero le gusta. Así que, al

reponer energías, cambia de decisión, se ducha y

se viste para bajar de compras al Todo por Nada.

Las hortalizas allí son más caras y marchitas, pero

puede tolerarlo.

Se calza unos aretes minúsculos de oro y se hace

un moño alto. Calza unas tenis de correr y sale a

la calle. El supermercado está más o menos cerca,

subiendo ochocientos metros al sur. Lleva

también dos bolsas verdes reutilizables, pues los

tacaños de las tiendas andan reduciendo costos,

disimulados bajo el discurso ecológico.

Hay un poco de arena en el aire porque, a la

vuelta, están remendando tuberías. Es una

estampa interminable de los últimos cinco años:

terminan aquí y abren el pavimento veinticinco

metros adelante. No obstante, la molestia que da

el viento en los ojos es inevitable.

“Hijos de puta”, murmura.

442


Cuando vuelve a ver a su izquierda, alguien

camina con ella y es alto y redondo. Como de

metro noventa de diámetro. Diría que es una bola

de boliche, pero nunca ha visto una de esas

dimensiones. Se le ocurre saludar.

—¿Cómo está?

—Me siento con frío —dice la bola.

—Le prestaría mi bufanda, pero no puede

abarcarle —comenta jocosa doña Carmen.

—Está hablando sola —afirma la bola.

—Lo sé —responde ella mientras empieza a

reír—; ¿me dice su nombre?

—¿No me reconoce? Soy su conciencia. Una

esfera oscura y dura, impenetrable.

—Ya decía yo que la había visto antes. ¿Y para

qué putas me sigue?

—Yo no lo sé. No soy autónoma. Supongo que

Ud. me ha invocado.

—Pues no. Si me sigue molestando le voy a

decir a ese policía para que se la lleve presa.

—Le digo que no es mi culpa. Ud. me invoca.

—Pues qué tonta es. Tenga dignidad —Carmen

cruza la calle para llamar al oficial y no mira la

alcantarilla sin tapa que hay en media calle—. Lo

443


que debería es estar rezando por mi hija. Va a

terminar muy mal.

—Eso Ud. no lo sabe. Deje de jugar de mansa

paloma, roquita.

Es el momento cuando doña Carmen da el mal

paso que la despacha del planeta. La alcantarilla

es honda y ella cae de cabeza y se parte el cuello.

El señor policía no llega a observar la tragedia,

pues es otra alucinación de la mujer previa a la

tragedia. Lo que hay allí es un poste, un tanto

torcido por algún golpe, que dice “ALTO”.

Sobre el pavimento, sigue transitando el festival

de locos que enfrenta a conductores con peatones

y los insultos parecen golpear contra el viento y

devolverse.

El domingo, al llegar a su casa, Jacky no

encuentra a nadie, pero no se lo pregunta. Lo

urgente es saber dónde han puesto las sales para

combatir la resaca.

Y el lunes, ni siquiera un gesto de extrañeza.

Porque qué cómodo resulta tener una casa

totalmente para sí misma.

444


LOS FRUSTRADOS CASTILLOS

DE FERMÍN

Cuando empezó la crisis, la creí oportunidad.

Pensé que con las monedas de chicle glaseadas

con droga haríamos fortuna. No sirvió porque, al

poco tiempo, todo el mundo vendía drogas y en

todas las presentaciones: dosis únicas, tubos de

crema dental, pasteles de fondant y en cajitas de

cinco chocolates.

Nosotros tratamos de reaccionar a eso, pero ya

nos estábamos quedando sin recursos. Mis dos

ayudantes personales para las tareas discretas

insistieron en probar esos mercados, pero sin la

fuerza de un capital detrás no era igual. Nos

quedaban nichos residuales, de esos donde operar

cuesta más allá de la utilidad potencial. Y

tuvimos que abdicar.

En otros tiempos, treinta años atrás, tenía más

equipo para el trabajo sucio. Los idiotas se

autonombraban La Banda de El Turco, pero eran

eficaces, sangre de chancho, con ganas de cortar

la garganta de un sujeto en la misma estación de

policía. Y, sin embargo, un día se borraron.

Alguien los habrá desmotivado o se cansaron y,

de repente, dejé de contar con ellos.

445


Un golpe bajo para nuestro crecimiento y, desde

entonces, íbamos por dos temporadas bien, y la

otra, hacia la quiebra.

Este par de muchachillos que me asisten no dan

la talla y por eso hemos perdido mucho territorio.

¿De qué nos sirve el contrabando si no logramos

colocarlo?

A pesar de esto, nos queda trato con algunas

tiendas y con los supermercados, las platas

hechas durante tantos años con las máquinas de

juego que, a pesar de su ilegalidad, embrutecen a

los clientes y les sacan hasta el último peso.

Y, sin embargo, bajar la guardia es pecado

capital. Aquel hombre que vino a pedir un

préstamo y parecía ser un genio en matemáticas

salvó a mis hijos del fracaso. Yo, en

compensación, no sólo lo recluté, sino que lo fui

posicionando como mi contador, mi gerente.

Estimo que me han robado millones de

moneditas de chicle, cantidad de monedas de

quinientos pesos, inventarios de las tiendas

(comestibles, ropa, desodorantes, perfumes, etc.),

todo gracias a que mis dolores y edad ya no me

permiten marcar el paso a mis subordinados.

También es eso. Ya no tengo la misma vitalidad

y, aunque creí entender el juego de la

446


especulación, he fallado. Esperaba hacerme de

grandes franjas del mercado, pero eso no pasa con

productos que cualquiera puede copiarte (hasta

tus mismos acólitos). Yo no sé si estos hombres

habrán ido a venderle mis datos a alguna piraña

de los que han hecho fortuna desde la cárcel.

El contrabando me dio riqueza, pero eran otros

tiempos. Como me sentía arriba, rechacé al único

tipo que me ofreció meterme en eso del dinero

fácil:

—Si yo te doy cien, me devuelves sesenta. Es

una ganga.

Yo era bien pendejo y alcancé a decir:

—Ni loco me meto. Eso es lavado y la droga

viene con el paquete.

No terminó su taza de café. Estábamos en mi

oficina. La puso sobre el escritorio mientras

revisaba su reloj.

—Yo no doy segundos chances, amigo. No creo

que nos volvamos a ver.

Se levantó y se marchó, lo cual me importó

poco porque nuestros almacenes estaban

posicionados como líderes en su ramo.

Hasta que vino la basura de la apertura

comercial. Si yo tenía una gran ventaja con los

447


contrabandos, eso era nada para las empresas que

entraron a operar acá y cuyas transnacionales

nunca tenían que explicar a nadie de dónde

venían sus inversiones. Y con políticas

preferentes: exoneración de renta, de impuestos

municipales, zonas francas.

Y que, posiblemente, algunos son más grandes

contrabandistas que yo.

El desgaste llegó. Hacíamos agua y drenábamos

para salir a flote. De doscientos empleados,

llegamos a veintiséis. Y luego, a menos. Dos

trimestres bajos y uno que ascendía en las metas.

Luego otra caída breve y, finalmente, caída libre.

Y mis hijos metidos en lo propio, indiferentes.

Los sueldos, a pesar de la situación, se pagaron

puntualmente. Sin embargo, se ha disparado el

costo de la vida y se marcharon las certezas.

Nadie sabe hoy los precios del pan del siguiente

día. Puede caer o subir una barbaridad y entonces

es cuando salen los economistas en la tele

diciendo que debemos consumir menos pan por

razones de ahorro y salud. O que miremos el

precio de las tortillas, a ver si acaso. De hecho,

las panaderías dieron un atisbo de los tiempos

duros que venían al empezar a vender el pan añejo

con un treinta por ciento de descuento.

448


Eso explica mucho: la gente está más

necesitada. El estrés financiero es enemigo de la

coherencia. Estos chicos que colaboran en este

edificio no son los de antes. Presiento que las

cuentas que me dan no son claras. Ni mis

auxiliares, Iván y Pancho, ni mis estructuras

gerenciales parecen tomarse la crisis en serio. No

les importa cómo se diluye el patrimonio y cómo

las familias ahorran para comprar un puto huevo

de gallina y se olvidan de darse un viaje o cambiar

de zapatos. Ellos, en todo caso, tienen acceso

libre a la bodega. Pueden drogarse o meter mano

y no me daré cuenta nunca. A final de quincena,

cobran.

Todo esto porque, al final, mis tres muchachos

ya graduados no quisieron meter mano en el

negocio y se fueron de Malanga como

funcionarios internacionales. Allá andan entre

Londres, París y Singapur y yo ni me entero de

qué hacen, pero se dan la gran vida. Hasta que

echaron del trabajo a Salomón y, al regreso, todo

vino a peor porque él quería legalizar nuestras

actividades.

Preferí que se volviese al extranjero. Ahí está en

México, tratando de establecer unas plantaciones

en el desierto, mediante riego por goteo. Es

testarudo y, para quitármelo de encima, le

449


adelanté su herencia. Por mi parte, lo descuento

de esta trama porque sería un lastre imposible.

¿Vender esto? ¿A quién? Si cuando la gente

sabe que uno está en la ruina, sabe que no puede

exigir nada. Cuando yo pida cien mil pesos por

un contenedor de electrodomésticos, me querrán

dar diez mil. Y si insisto, me ofrecerán menos.

Porque el respeto es otra ficción de tantas que

construye la realidad: lo que hay detrás es una vil

distancia, una precaución impuesta por el miedo.

Cuando ya la cuenta tiene el pronóstico

terminal, esa distancia se pierde. Si se acercan a

uno, es para intimidar. Es como aquella escena

entre vaqueros donde el sheriff le dice al visitante

“te doy 24 horas para abandonar el pueblo” y lo

hace con la certeza de que el libretista lo apadrina.

Es decir, la causa es conocida y, en consecuencia,

predecible.

Hoy no vienen porque es domingo. Aunque los

últimos fines de semana se escuchan como

roedores abajo. Da miedo tomar el ascensor y

encontrarse con uno de los hombres de confianza

dispuesto a concretar un delito. Al hurto, el

hombre acorralado seguramente sumaría el

homicidio.

Y, sin embargo, no voy a irme ni quedarme.

Aún tengo un rinconcito bajo la tierra, ventilado

450


e independiente. Hay allí alimentos acumulados

por años, para cuando llegara el horror. Yo creí

que sería una guerra mundial, pero no: ha sido

poner la economía en manos de las mafias

financieras el verdadero apocalipsis.

Debo decidir, hoy o cualquier día, si me

conformo con un ser un capullo solitario en un

refugio del que nadie sabe o si me rifo la vida

tratando de levantar esto, castillo de naipes que

llevó la marea y que, si ni a mis hijos les importa,

va siendo absurdo, porque eso de trabajar para

legar implica una posteridad que ya no será.

¿Que si equivoqué mi rol? Seguramente, porque

no creo que exista dios o narrador que me limite.

He tomado decisiones que me fueron rodeando de

paredes. De hacer negocios y dinero, uno va

creyendo que el poder es de uno. Lo malo es que

todas las ficciones son de niebla y cuando el

viento sopla, estás allí desprovisto y desnudo ante

una luna que ya muere.

Y vos la imitás.

451



6. LA DERROTA ES ALGO

QUE TE RECORRE

ADENTRO



LA CONFESIÓN DE UNA

SOMBRA CONSPIRANOICA

—La lámpara quedó encendida toda la noche. A

eso de las tres y media de la mañana, explotó: el

bulbo se pulverizó y quedó, en consecuencia, un

polvillo blanco que tal vez fuese de vidrio

molido. Siendo, cómo es Malanga, un paraíso

narco, pensé que era coca, pero yo no le pego a

vicios.

Yo seguí durmiendo, como corresponde cuando

uno llega cansado de preparar informes y se

acuesta a la una de la madrugada. No puedo decir

que me haya enterado bien; mi sueño es

profundo. La mañana siguiente entraba a las once

de la mañana. Era una deferencia de mi jefe por

llevar a casa tal cantidad de trabajo.

Cuando me levanté, no había luz. Demoré un

poco en percatarme de que la explosión había

hecho saltar la caja de fusibles. Mi desayuno fue

leche, directo del envase, y unas galletas de

maicena que llevaban rato en la despensa. Me

lavé la cara, me peiné, me perfumé y me fui. No

se me ocurrió volver a conectar la electricidad

porque iba a estar afuera durante horas.

Tal vez fue bueno. Porque ese día, en varias

casas del barrio, pasaron cosas. En un caso, una

sobrecarga de corriente quemó cinco viviendas

aledañas. El hecho de tener un techo común y

455


gran proporción de madera facilitó que en

minutos se fueran los seiscientos metros

cuadrados. Allí no quedó en pie ni una mesita y

un par de animalitos se carbonizaron.

También me enteré de pantallas y computadoras

fundidas. La inestabilidad de la red, seguramente.

Llevábamos días ya de múltiples apagones y uno

sabe que tiene que tener protector de picos. Lo

que pasa es que piensa que las tragedias nunca

ocurren cerca. O no tiene tiempo para salir de

compras, porque algo de la experiencia le

desagrada mucho.

456

Entonces posterga.

Cuando llegué al barrio, el vecindario estaba

discutiendo en la acera. Eran muchos, casi todos,

los afectados. Yo, por discreción, no conté mi

caso. Me limité a entrar, cambiar la bombilla y

encender la caja de breakers.

Entonces, calcé las pantuflas, encendí las

pantallas y sintonicé las noticias. Cuando uno

vive solo no tiene muchas opciones. Y yo soy

rutinario como el que más.

Fue cuando hablaron de ovnis. Ninguno platillo

volador, ningún ser cabezón de color verde y ojos

gigantes, no. Eran vacas aladas que volaban sobre

la ciudad en patineta y se cagaban sobre las torres

del sistema público. No me corresponde decirle

que me crea: supongo que Ud. les creerá a los

medios.


Yo lo hago porque es muy cómodo que todo te

lo den procesado y digerido. Si me dicen que hoy

llueve, salgo con impermeable. Si me dicen que

hay sol, sombrero con resistencia ultravioleta. Y

no me pongo a analizar si se equivocan.

Ahora que lo pienso bien, allí arriba, diez

kilómetros adelante, hay una lechería. Tendrán

unas cincuenta reses. ¿Qué tal que sean los

extraterrestres infiltrados? Deberíamos hacer un

escuadrón civil para deshacernos de ellas. Así

evitaríamos que controlen la tierra.

No vamos a pasar hambre, no. Las destazamos

y al buche, gratis. Las repartimos. Luego

buscaremos otros animales de carne y derivados

alimenticios. ¿No ha oído hablar del poder de la

leche de cabra, padre? Se me ocurre que, si

hacemos como Hitler y su experimento de

reproducción temprana, llenaremos el bache

nutricional de sobra.

Ahora, eso sí. Necesitamos presupuesto. Y es

urgente. Imagínese que les dé por cagar sobre las

casas con esa boñiga radioactiva. Nos dejan a la

intemperie y quién sabe a cuántos matarían.

Necesitamos, pues, proveernos de defensa, de

artillería. Es que podría ser que no logremos

exterminarlas todas y nos urge tener varios

frentes.

Mañana a medianoche salimos hacia la lechería.

Vamos todos con cuchillos de destace. Si el

patrón y los suyos se resisten, debemos vencerlos.

457


Eso querrá decir que son malinchistas, traidores.

Han, de hecho, abierto el camino para la invasión

vacuna… Es gente muy peligrosa.

Es importante, su eminencia, que nos colabore

con toda la institucionalidad posible. En el

servicio dominical, arengue. Al ir a casas,

informe. De ser posible, reclute.

Hay que elaborar comités regionales y

nacionales, adoctrinadores. Hacer despertar a la

gente sobre el peligro que representa, para todos,

un boñigazo en la cresta. Nos podrían quebrar el

cuello: la muerte inmediata.

Tal vez debiésemos hasta asaltar los

supermercados o intimidarlos para que no vendan

derivados de las reses. Si se cierra el mercado, es

de suponer que menos traidores habrá en el

mundo que les den alimento y territorio a estos

peligrosos rumiantes.

Yo, como ciudadano, soy obediente. Para eso

me educa la prensa, la escuela, la religión y el

Estado. Soy ejemplar y, si tengo que defender a

la patria de estas tecnologías asesinas, daré mi

sangre.

Mire que hay muchos peligros, padre: el

comunismo, las vacunas, la agenda 2030, el

ecologismo. Todo eso hay que barrerlo ya.

A la mañana, podremos celebrar el éxito del

primer operativo con una parrillada de lujo.

458


Imagínese, padrecito, y sin gastar un solo

peso: a pura rabia y miedo.

El cura Cardenillo despertó a tiempo para

escuchar la última frase que le pareció abusiva.

Trató de mirar por la rejilla el otro del

confesante, pero nada más pudo distinguir una

camisa blanca, muy blanca y de manga larga.¿.

—Doble penitencia, muchacho: 30 aves,

30 padres. En el nombre del padre… —iba a

decirle "quiero hablar con usted", pero sintió en

el rostro el bofetón de viento del ventanal que se

cierra y la silueta que se iba apresurada.

—Olvídelo, cura. Usted no entiende ni mierda.

El mundo que conocimos se acaba y muchos se

rascan los huevos.

Nosotros no queremos modernidad: recuerde

que la oscuridad es amparo y el cambio nos deja

en zozobra

No hubo modo de verle el maldito tarro. Sin

embargo, no se lamentó de ello porque hace rato

le viene rascando el cerebro la percepción de que

la gente es cada vez más idiota.

Inevitablemente.

459



LAS ESTRATEGIAS DE

CASTILLO PARA CUMPLIR SU

PARTE

Aunque no quería problemas, tuve que llamar

viejos contactos para completar las tareas que me

impuso el escritor ése. Dinero había en el

exterior, de allí tomé los doscientos. La

escafandra la pagamos a hacer a un herrero que

nos pidió llevar a la interesada para tomarle las

medidas. Fue difícil convencerla, pues ella tiene

un miedo desmesurado a las brasas.

Será porque muchos de sus parientes acaban en

ellas, no lo sé. La cosa es que solamente sedada

pudo el chavalo traerla y don Pancho se valió de

cuerdas y alambres para diseñar una estructura

clásica: el yelmo con visera, las hombreras

ajustables, las extremidades articuladas para que

pudiese moverse a gusto. Decidimos no hacer la

estructura con forros interiores, pues ya con las

plumas que la señora utiliza eso podía alcanzar

temperaturas sofocantes. Optamos por adaptarle

una caramañola que conservase agua fría y

cubitos de hielo.

Así, la funcionaria, lideresa sindical en fuga,

podría soportar las quince horas de avión que

461


supondría el vuelo a África, de donde le han dicho

que las gallinas son tan sagradas como las vacas

de la India. Eso garantizaría su vida y el dinero,

más el salvoconducto y el depósito exorbitante de

maíz en un banco suizo, le aseguraría su futuro.

Lo malo es que para el salvoconducto he debido

visitar el penal donde está ahorita mi contacto.

Llegué a la una y media y me dicen:

—Hasta las tres empieza la visita.

—Vengo a ver al señor Yardo Muñoz.

—Ah, entonces espere. Haremos venir a su

secretario.

Y salió un presidiario que nunca había visto. El

guarda se quedó en la puerta, vigilándome.

—Yo sólo puedo hablar con su jefe—le digo. —

Es importante.

—Lo que le quiera a decir a él, me lo dice a mí,

Vinicio Aguirre. Somos socios. Yo me encargo

de filtrarlo todo.

—Escuche, estoy urgido. Quiero un

salvoconducto para que viaje una gallina a África.

—Entiendo que eso solamente el señor

presidente puede darlo.

462


—Yardo me debe muchas. Dígale que yo le he

regalado varias resmas de papel fraudulento. Se

acordará de mí.

—Se lo haré saber. Guardia, tráigame mi cel. Lo

dejé en la celda.

Atónito, miré al guarda obedecer. Mientras se

alejaba por el corredor, comenté:

—Oiga, hace un tiempo usted salió en la prensa.

Fue jocoso eso de caer por una secretaria tonta.

¿Qué se habrá hecho?

—Ud. habla de Karin, pues le dieron la

condicional porque la creyeron cómplice. Lo que

hace es que anda por allí bajo otro nombre:

Jacqueline, algo así. Estudió inglés por

correspondencia y se entrenó con los chats de

videojuegos en línea. Luego se colocó en una

empresa de mis hermanos y sedujo a mi sobrino.

La mandaron a volar y le perdí la pista. Una vez

traté de saber de ella porque, si tenía problemas

económicos, la podríamos reclutar para nuestras

cochinadas.

Sin embargo, ya la casa estaba vacía. Ni rastros

de ella. Nuestros hombres le preguntaron al

vendeflores que era su amiguillo de negocios,

pero estaba camote por otra carajilla de nombre

Irene y sólo de ella hablaba. Hasta les ofreció

463


llevarlos al culto dominical. Dice que le dan cinco

rojos si lleva nuevos parroquianos y estos se

vuelven feligreses.

Ahora, lo que ocurre es que el idiota que anda

por allá afuera contando la historia no ha sabido

ordenar los apuntes. Tras de eso, su asistente no

le ayuda de mucho porque cada vez que no sabe

algo, lo complementa con disparates.

Ya volvía de regreso el oficial con un IPhone

dorado. De oro no era, estoy seguro, pero

apantallaba.

—Jefe, un hombre que le regaló a usted varias

resmas de papel fraudulento le quiere hablar.

464

—Pasámelo, Vini.

—Aló.

—Goyo, ¡qué alegría!, ¿cómo estás?

—Bien. No he venido a verte porque estoy muy

comprometido. Y ahora, he cambiado de

identidad: me hice las cejas, la nariz, los dientes,

las manos, etc. Ahora me llamo Castillo.

—¿Y eso?

—Asuntos de seguridad propia. Luego te

explico. Mirá, tengo un problema y necesito

apoyo.


Fui concreto sobre el documento. Le expliqué

lo del loco que me chantajea. Le pedí que

guardase el secreto porque esto podría costar la

vida de mi clienta. Me sentí como un agente

secreto o un guardaespaldas.

—Está bien, hermano. Alguien llegará a tu

quiosco a dejarte un sobre lacrado este viernes.

No perdamos contacto.

Yo andaba un paquete de cigarros nuevecito y

quise regalárselo a Vini.

—No se preocupe. Aquí dentro tenemos de lo

mejor y hasta exportamos. La próxima vez que

pase, le regalamos un par de rollitos. Cuídese.

Salí sudando de la congoja de que alguien fuese

a relacionar tantas historias y diese con mi rastro.

En ese momento, iría preso por asesinato o por

intento de él, —ya andan los rumores de que lo

que cayó de la azotea fue un chancho vivo—, por

fraude, por impostor, por una cadena infinita de

chanchullos que me habían llevado a la cumbre

donde me esperaban cinco o enemigos para

matarme por haberles jugado sucio.

¿Qué tal que hubiese un objetivo siguiéndome y

filmando cada uno de mis malos pasos? Pronto

concluirían que Castillo no es Castillo y vendrían

por mí.

465


La poli o el plomo.

Un momento, esa Jacqueline que dijo Vinicio…

No, claro que no. La otra era una completa

sorompa.

466


FRÍO DESVARÍO CON

INTERLOCUTOR PASIVO

—Cada tercer domingo, atropellan a un individuo

en la sala de su casa. Fijáte lo que digo:

supuestamente es un rincón seguro, pero no.

Buscá las estadísticas y las notas de prensa.

Ahora los camiones barren con las viviendas,

porque el tránsito está loco y todo el mundo tiene

prisa. No quieren llegar, quieren correr y sentir

que le pasan por encima a las necesidades de los

otros.

Bueno, puede que no pase todos los meses en

este país. O que no nos enteremos de los índices

reales de siniestralidad. Se sabe que hay gente

que agradece que le destrocen la casa porque

querían demoler lo viejo y eso le viene al pelo. Le

sale barato y ni dan el reporte.

Pues bien, imaginá el negocio. Construimos

unas cinco casas, al borde de carreteras

importantes, las más peligrosas. De ser posible,

en zonas de mucha lluvia y neblina. Conseguimos

pólizas bien altas y luego pagamos para que

alguien haga un desgaste sobre el espaldón. No

tardarán las casas seis meses en ser blanco de esos

chiflados.

467


Nosotros cobramos el seguro, vendemos el lote

y construimos en otro punto. Para no despertar

sospecha, cambiamos la razón social. No

podemos usar la misma táctica siempre porque se

quema. Por ejemplo, podríamos levantar

viviendas junto a estaciones de combustible que

estén deterioradas. Lo que pasa es que habrá que

tener paciencia porque va a ser un azar que se

quemen pronto. Habría que ayudarles y eso está

jodido. Después nos jalamos torta.

La cosa es invertir no mucho y sobretasar las

cosas. Un perito de la oficina de seguros que nos

ayude. Quemar papel viejo y decir que eran

reliquias. Que se nos inundó una colección de

libros del siglo XVIII y eran, realmente, revistas

rancias, con olor a meados. Compradas en libros

de viejo, pero no antiguas: cochinas.

Una mala instalación con cables descubiertos,

la proliferación de insectos, las tuberías

atrofiadas, los cúmulos de comején en los marcos

de las ventanas, nos pueden decir que esa

vivienda es la candidata que buscamos. No

tenemos más que transar la póliza y dejar que

madure todo. Transcurridos unos meses, dejamos

las luces encendidas por unos días y, si no hay

suerte, se quemarán las bombillas. Pero si nos

sale bien, los cables se van a recalentar y la

madera vieja no resiste la chispa.

468


Y otro cheque.

Y te digo lo de cada tercer domingo para que

veas que no es nada malo, es suerte. Dante, por

ejemplo, escribió su gran obra en tercetos, versos

eneasílabos (lo cual es un múltiplo de tres) y cada

parte de La Comedia tenía treinta y tres cantos.

Todo en tríadas, alegórico, acaso alusión al

misterio de la trinidad.

Lo que quiero decir es que, igual que la gente

busca una secuencia para hacer volar la ruleta del

casino, ha de haber alguna matemática para los

accidentes. Es más, si logramos descubrirla, no

necesitaríamos meter mano criminal. Si la

fórmula nos dice que un edificio se vendrá al

suelo, corremos a buscar a su dueño y, dos

semanas antes, lo compramos. Y de inmediato, le

metemos un buen seguro: contra terremotos,

contra una brizna de hierba.

Necesitamos un socio que no sepa lo que

hacemos, pero que sea un geniecillo de los

números. Un actuario, podría ser. O un borracho

que tenga poderes mágicos, de los que se meten a

las peores cantinas, a pedir fiado y a profetizar

desgracias. Dicen que a Las huellas del Cojo van

varios así. Allí se supo veinte días antes que el

viejo diputado Forget lanzaría a su mujer desde

el balcón del quinto piso, que el hombre quería

469


matarla. Fue aquel caso que la prensa dio como

accidente, en los barrios del oeste.

Los consuetudinarios del bar sabían que no.

Hasta dieron entrevistas a la prensa, pero

Martínez tuvo miedo de publicar difamaciones y

editó la nota.

He estado pensando en ello: aunque gano bien,

nunca me alcanza la plata. No duermo bien

pensando en ajustes que nunca logro realizar.

¿Suprimir compras en el súper? Qué va, luego

uno pasa donde el chino y compra el doble. ¿No

ir a comer los domingos? Las cosas en casa se

ponen tensas y puede que alguno se deprima, o

que me agarre a insultos con la mujer. ¿Descuidar

el vehículo? Bueno, no le doy mantenimiento,

pero cuando toque ir por fuerza mayor, las pago

todas juntas y más caras.

Si todo lo que digo suena a disparate, no sé:

seguro que exagero un poco. Lo importante sería

poner a trabajar el seso para encontrar cómo hacer

monedas de oro, de manera fácil. Algo así como

hervir piedras, colar y derramar sobre el molde.

Algo que nos asegure que no vamos para atrás de

nuevo. ¿No te dice nada que el mundo está en

crisis y la inflación de tres cifras vuelve a estar de

moda? No quedará títere con cabeza.

470


Desde que empecé a hablarte de esto ni

reaccionás, Carlos Aguirre. Sos un muerto

hijueputa, te vale madre la suerte de los que

quedan. Así somos todos, capaces de toda

indiferencia.

Tu hija me tiene jodido con lo del divorcio. No

me alcanza la plata para mi novia y para ella. Yo

pienso que vos podés ayudarme con algo de plata.

Hablarle no, porque ni modo: ella no se deja

convencer y no me perdona lo de la secretaria ésa.

Dejá que te saco un poco de efectivo de la

billetera, pero no todo. No quiero que tu gente

sospeche de mí cuando la llame y le cuente que

estás amarillento y frío, con la mirada fija. Vamos

a decir que te caíste de espaldas cuando viste un

ratón cruzar el living.

O mejor, te saco todo y no llamo a nadie. Me

espero unos meses para vender tu reloj, los

anillos, la cajita de alhajas.

¡Qué buen hueco te ha dejado ese candelabro!

Habrá que limpiar huellas antes de irme. Lo

depositaré en el fondo del río y, como si nada,

mañana en la noche me topo con tu engendro en

la misa de diez.

471


Pensé en no acudir a tu velorio, pero sería

incómodo. Julia me da náuseas, pero toca

apechugar para que el montaje salga bien.

Yo he cumplido con la peor venganza, la filial.

Nada personal, entendéme.

Supongo que hay una estética en el crimen

porque he demorado mucho admirando la obra: la

disposición de los tapetes, el cuerpo en el centro

de la alfombra, los cuatro candelabros —falta

uno— dispuestos en cada esquina de la sala, la

extraña geometría de tu cuerpo, tendido en

posición de estrella.

Fuiste un chavalazo, huevón.

Te lo dice Andrés, tu yerno, casi un hermano.

472


SÍNTESIS DE UNA RUPTURA

—Yo no quería acercarme a vos, Bobby. Sos

mala influencia.

—No me digás eso. Me lastimás —con un

puchero a lo nene, el Bobby.

—Por lo menos, volvamos a las drogas.

Necesitamos el consumo y necesitamos la plata.

—Vos sabés que no podemos. Ahora estamos

en la obra de Dios.

—Esa puta de Irene… Ella vende en la iglesia.

—Cosa de ella, mujer. Nosotros hemos

encontrado otro horizonte. Uno que no es de este

mundo.

—Comé mierda. Cómo si uno comiese

palabras. ¡Cómo has cambiado! Dame plata para

una pizza.

—Tomá, de una vez para unos días. Y a ver

cuándo conseguís trabajo en lo que sea, Mariela.

De nada sirve ligarme una abogada que es una

vaga total.

—Sos un patán.

—Chupasangre.

473


—Te quiero, maldito.

—Yo también, pero necesito espacio. Pensá si

te mudás con tu abuela un par de capítulos.

—No tengo abuela.

—Insisto, trabajá —Bobby la toma por el

hombro izquierdo.

—Andáte a la mierda, Bobby —Mariela levanta

una botella en el aire y se la parte en la cabeza a

su hombre. Luego, con la botella rota se encarga

de hacerle una incisión mediana en el cuello que

garantice que muera antes de despertar.

Previamente ha despejado un poco la zona para

evitar que los muebles se manchen.

Antes de apagar la luz, dejamos a la jurista

limpiando y desodorizando la sala.

Sabemos que al final Bobby saldrá en

porciones, pero nadie quiere quedarse a mirar

eso.

Nosotros, que miramos desde un rinconcillo del

lugar el desmadre que es esta historia de desamor

somos, de pronto, visibles:

—Todo por andar con carajillos. Mejor hubiese

elegido al Iván— nos dice Mariela con un

desmesurado gesto de fastidio.

474


PETRA DUDA DE LA

EXISTENCIA DEL MUNDO

LITERARIO

—Le digo que es demasiada presión, doctor. Ya

acusaba yo a Vivas de bifurcarse, de tener la

costumbre de mimetizarse en todo. La prueba es

el Déxter de la segunda novela. Es su lado

criminal, sublimado.

Pues fíjese que ha tratado de tomarme el pelo y

me dijo que se olvidó del Déxter. Es falso

totalmente. Lo que ha hecho es crear otro álter

ego al que ha ridiculizado más para que no se le

parezca tanto. Al contrario, el patetismo del

personaje nos dice quién está detrás. Y acaso, de

una u otra forma, también se esconde en todos los

personajes: los buenos, los delincuentes, los

cínicos y las sombras.

Aquel enano de la compraventa que, según yo

es hijo del editor que se llevó las planchas de la

editorial, también debe ser él. No digo que sea

ubicuo, no. Yo soy cristiana y no podría aceptar

tal concepto para un mortal. Lo que digo es que

su desorden de personalidad es poderoso. Le

cuesta más a un camaleón mimetizarse que a

Vivas esconder su escritura en estos monigotes o

personajes. Porque algunos son relativamente

notables.

475


No, doctor. Yo no dije eso. Nunca lo haría.

Evalúo en razones de mercado y lo primero que

descubro es que es difícil seguirle a Vivas la

pista. A veces, carga mucha información y obliga

al lector a deshacer entuertos cómo si el lector

fuese inteligente. Ya sabemos que el promedio es

tonto: muchos comprarán el libro para parecer

astutos, pero ni volviendo a nacer ocurrirá tal

cosa.

Imagínese el horror de saber que, al sentir que

su novela era bien aceptada, empezó de

inmediato con otra. Y con otra más que ya está

terminando. Y que además no acaba de

desdoblarse: es el cantinero, el impostor, el falso

suicida, la banda de sicarios y, acaso, hasta la

periodista corrupta de la segunda novela y el

empresario cristiano de la tercera.

Yo le he hecho notar que debe internarse. No

está bien empastillarse y subir de peso y, además,

seguir con ciertas ideas que me aterran. Por

ejemplo, dice que los puentes tienen magnetismo.

Asegura que así, cómo ha ocurrido, que alguien

deja el coche y se arroja a un río de piedras desde

una baranda elevada, él a veces siente que el

puente lo atrae, pero siempre logra resistirse. Y

que si no se siente en condición de tal, pues ni

sale de casa para no tentarse.

Dice usted que es un suicida en potencia. No lo

creo. Es lo contrario: un no suicida, un tipo que

es incapaz de lanzarse aunque está muerto.

Cuando escribe, está imaginando vidas y, por

476


eso, se desdobla: son las sobras de su multiverso

lo que vemos allí.

¿De qué estoy hablando dice usted? Ni la más

puta idea. No me diga que también soy otra de

las pesadillas que el autor va ordenando como un

puzzle para entretener a otros babosos que, como

él, se creen más brillantes que el promedio. Ese

puta promedio que nos amarga el día porque allí

vegetamos casi siempre.

Dígame, doc, garantíceme que ese cretino no

tiene poder sobre mí.

477



SOLUCIONES METAFÍSICAS

PARA PROBLEMAS

PECUNIARIOS

Santiago se mostró diplomático, compresivo,

metódico durante la cita con Jorge ese jueves. El

pastor pidió verlo de emergencia y algo se

sospechó sin duda el viejo de la caridad. Lo

recibió en su Casa de los Alucinados, en un salón

aislado al fondo del segundo nivel.

—Jorgito, susto me da usted. Pase y me dice en

qué puedo ayudarle.

—Hola, hermano. De verdad que estoy

preocupado. ¿Me deja sentarme?

—Faltaba más. ¿Café…?

—Vale, gracias. Nos robaron, hermano.

—¿Qué quiere decir? —Don Santiago no hizo

por dónde contactar a su secretaria para pedirle

servicio.

—Eso mismo: nos jodieron. Se llevaron la

ofrenda, el diezmo. El tipo del que sospechamos

no aparece.

—¿Está seguro que fue así? No me diga que

usted tiene sus mañas.

479


—Yo estoy muy contento con la vocación y el

amor divino. Nunca haría algo así. Creemos que

ha sido un muchacho que desde el día del delito

desapareció—. Se rasca las muñecas el

predicador y recuerda que no ha traído consigo su

libro sagrado. Todo un error.

—Pues le robaron a usted, a mí no. Ya sabe lo

que tiene qué hacer: pagarme. Le doy una semana

para que reúna la plata. De lo contrario,

rescindimos contrato.

—Usted sabe bien que no tenemos nada

firmado.

—No sea ingenuo. Usted trabaja para mí, yo lo

puse allí. Si no me cumple, no sigue. Busque un

préstamo rápido.

—Comprendo. Voy a ver qué puedo hacer y le

aviso.

—Hágalo.

Jorge Morales sale del edificio con un sudor frío

y casi que dispuesto a hacer su maleta para irse a

algún pueblo olvidado para comenzar de nuevo.

Sabe que pedir un préstamo urgente es pedir

también violencia: golpes, fractura, balazos.

No quiere jugar tan a fondo.

480


De hecho, tan pronto Santiago mira desde su

ventana que el fulano se aleja, saca un paquetito

de galletas del tarro de vidrio que tiene sobre el

archivo. Mientras lo abre con una mano, con la

otra manipula su celular para dar instrucciones a

alguien que no vemos, pero que definitivamente

no nos interesa lo suficiente para pedir topar con

él:

—Mirá, conseguíme a alguien. Tengo un

descarriado y ha caído en pecado mortal. No me

contactes si el trabajo no está listo.

Nosotros, que suponemos que ha contactado a

Ñeto Miranda o a la Banda de El Turco o a Iván

o al corruptazo Siles, nos quedamos con la jeta

abierta cuando escuchamos:

—¿Cuánto decís que cobra el escritor?

481



SOPLAN VIENTOS FINALES

—Tirones, me dicen que hay que apresurarse. La

novela ya está terminando y hay que desocupar el

edificio de la compañía papelera.

—Perdone, ministro. Nosotros no somos

mudanza.

—No sea bruto. Tenemos dos tareas urgentes:

saquear lo que podamos para beneficio personal.

La otra es entregar en la Casa Color Mandarina

todo el inventario de papel que encontremos,

todo.

—Creí que teníamos que depositar los

decomisos, jefe.

—¿Qué le pasa? ¿Cuándo se convirtió en

pandereta?

—No, no. Es que eso puede ser una trampa para

probarnos desde arriba.

—Compre perro. Usted obedezca y, en la

siguiente novela, lo ascienden a coronel. Estoy

casi seguro.

Yo estaba allí porque eso ocurrió esta semana

durante la visita del señor ministro y era mi

tiempo de café. Fue como si no estuviese y nadie

en momento alguno volvió a mirarme o, al

menos, me saludó.

483


—¿Qué haremos, don Gilberto? — comenté tan

pronto se hubieron retirado.

—Obedecer, muchacho. No vaya a ser que nos

pongan en la calle y en la lista negra. Vaya y mire

cuánta mercancía es y cuántos carros

necesitamos. Luego vamos a alquilar una

bodeguita para lo que pueda ser mío y

contratamos los camiones.

—¿Y yo?

—Piense, Campitos. Si me va bien y me retiro,

usted va trepando. Esto le conviene porque le

acerca a mejorar su rango. Y si la operación sale

bien, le saco de mi dinero un bono. Somos

amigos, caramba.

—Y, ¿cómo pagamos los fletes, teniente?

—Yo tengo mis ahorrillos. Además, estoy

seguro de que, en una jugada como ésta, el

Ejecutivo dispondrá de partidas discrecionales.

Confíe… Aunque lo mejor es detener a ese

chavalo del quiosco que dicen que no es Castillo.

Eso me daría puntos arriba, con los grandes,

porque Máximo quedaría contento. La historia de

que a Azuela lo mató un loco que se imagina todo

lo que ocurre en Malanga no dejaría a nadie

satisfecho. Nos vamos contra Castillo, pues.

Sospecho que maneja plata, aunque vista feo.

Cuando entre en chirona, cateamos todas sus

cosas a ver: de allí la mitad será suya, ¿ok? Vea

cómo lo arresta. Le doy una pista: el caso Azuela.

Diga que al enano lo mató la banda de El Turco

484


que, constantemente, visita el quiosco. El

quiosquero sería el autor intelectual. Ni se ocupe

de pruebas porque estamos en Malanga.

Yo no quedé muy convencido, pero todo el resto

de la semana, incluso los festivos y la mitad de la

semana entrante, estuvimos arrastrando bultos

acá y allá. Como la cosa no avanzaba, sugerí que

convendría actuar en grande.

Dos primeros camiones se fueron cargados de

papel de diferentes tipos hacia la Casa

Presidencial. Una tercera parte era papel

fraudulento, lo cual vendría a garantizar que

nuestra democracia pudiese perpetuarse.

Todo salió bien, digamos. Esperé varios días

señas de mi recompensa o de la jubilación del

teniente, pero nada ocurría. Con el paso de los

días, experimenté internamente la profunda

nostalgia del que parte de casa hacia rumbos

inciertos.

Porque por más paja que hablase el teniente, yo

no iba a caer en la trampa de encararlo para pedir

mi parte. Y, ¿si fuese una trampa y me grababa?

Yo sería el indiciado, el acusado y el reo para

buen rato. Quedarme sería aceptar la humillación

de cuidar de los trapos sucios de otro.

Tenía pendiente el arresto del tal Castillo. Otra

jugarreta más donde la policía actuaría, sin pies

ni cabeza, para mantener contentos a los

poderosos…

485


En consecuencia, decidí abandonar. Haría mi

maleta y, como tantos soñadores derrotados,

partiría a empezar de nuevo. Pensé en partir hacia

Panela, por ejemplo: dicen que sus bosques

provocan delirios y que hay una riqueza biológica

que solamente es comparable a la del Amazonas.

Así que el lunes no me levanté temprano. No

tenía mayores ahorros, pero entendí que mi lugar

lo supliría mi tío, el hermano de mi vieja. Podría

conseguir un empleo y ocupar mi pieza. Mi

madre estaba ocupada cocinando cuando pasé

cerca de ella y le besé la frente; no pareció

haberse dado cuenta. Al viejo, lo encontré

dormitando en la sala y solamente le toqué el

hombro.

Luego salí dando un portazo silente, cuidadoso,

y caminé hacia el sur, un tanto cabizbajo.

En ésas ando. Yo sé que debo huir de este libro

peligroso.

Nada más.

¿Cuál sería mi próxima aventura? ¿Tendría

algún papel, por lo menos, secundario?

486


UN DIÁLOGO ENTRE PAREDES

REBOTANTES

—Renato, el que era jefe de mantenimiento, me

ha descubierto. Viene todos los días por una

gaseosa y una hamburguesa con papas y nunca

paga. Es el precio del silencio, pero me temo que

se entere que aún tengo dineros en el exterior y

un capital invertido en tierras y en millones de

gallinas. Claro que la decisión del sindicato de las

aves de corral me beneficia y lo aplaudo.

Ha tenido el descaro de comentarme el saqueo

constante del edificio. No sólo él, cerca de

cincuenta empleados acuden al caer la noche y,

como las hormigas, salen en fila con cajas de

suministros. Ni se diga lo del papel fraudulento

que se reserva para siete sujetos que eran mandos

medios de la empresa. Cualquier día de estos

ocupan el edificio, derrumban las paredes y hacen

del lugar, el loft más inmundo imaginable.

Dice el hombre que la mayoría no ha logrado

colocarse. Que la especulación está deteriorando

todo y que eso de las monedas de chicle es sólo

una de las caras patéticas del modelo de mercado

libre. Quizá tenga razón, ¿qué más puede

esperarse si también el Gobierno de Malanga

optó por fotocopiar a lo loco los billetitos de

487


juguete y darles carácter de moneda legal? De

repente, la deuda estatal venía inmanejable y la

gente se las arregló para inventar mecanismos de

canje. Lo grave es que, si el chicle fracasó como

pago, la adicción a mil formas de estimulantes

permanece.

No vamos a decir, cómo hacen los reportajes

sensacionalistas, que la gente camina como

zombi, no. Lo que te encuentras es gente que

vuela porque cree volar y, a veces, se accidenta.

Si queda con vida, lo vuelve a intentar desde

algún puente que lo invite a la osadía. Otros flotan

sobre la realidad y dejan de pagar sus deudas y ni

siquiera se procuran alimento. No me llegan a

asustar porque esos son los expulsados que el

sistema produce desde siempre y que luego

persigue y castiga por su mal ejemplo.

Me fui del tema. El asunto es Renato. Estoy en

condiciones de dar comida a cambio de

complicidad. Hasta cierto punto. ¿Qué tal si viene

a planificar la fiesta del cumple de su nieto y

quiere que le dé comida para cuarenta carajillos?

Entonces, su conchudez es una amenaza latente,

por pequeña que parezca.

Pero me he encariñado con la Banda de El

Turco. Yo diría que ellos quieren figurar, sin

importar cómo. Son capaces de cualquier

488


brutalidad con tal de robarse un poco las cámaras.

¿Cuáles cámaras…? Jacky, están locos. Están

convencidos de vivir en medio de una película y

que la ciudad es un set lleno de ojos. Por eso

andan tras de un rol que les dé un primer plano.

—Amor, vos verás lo que hacés. Hay gente con

la que uno nunca debe vincularse. Mirá qué fue lo

que destruyó al viejo de la compañía papelera allí,

a media cuadra. Y dicen que sus contactos eran

importantes.

—Bueno, pero decime si estás conmigo.

—Absolutamente. Yo por ambición entro en

cualquier parte.

—¿Ah?

—Nada, que soy totalmente tuya. Te lastimás y

lloro. Dame la llave de la caja chica.

—Ten. Trata de dejar algo para que mañana

empecemos con cambio.

—Eres un caramelo —dice Jacky y piensa que,

si se escapa un par de horitas a jugar en las

maquinitas de apuestas donde el chino, volverá

forradita de dinero. Le pega un pellizco tierno al

marañón nasal de Castillo, pero éste apenas

reacciona, pues su nariz carece de terminales

nerviosas.

489



LOS RENGLONES TORCIDOS DE

DOS

La idea del teniente Tirones era acudir entre

semana, antes de la madrugada, cuando la zona

industrial olía a soledad y frío, para llevarnos

cargaditos los camiones de todos los enseres que

hubiese disponibles en el edificio de la

Corporación Nacional de Papel. Conseguimos

tres camiones de tres toneladas de capacidad, con

los respectivos choferes. Como el recargo por

ayudante a Gilberto le pareció un precio abusivo,

me llamó aparte:

—Yo sé que tenés familiares sin trabajo.

Decíles que nos colaboren y les echamos algo.

Quince rojos a cada uno, cada noche.

Eso era una miseria, pero sabidos de que pasan

hambre, y eso es contagioso, no me costó

visualizar que mi medio hermanillo Iván siempre

andaba con otro mae sospechoso, haciendo que

vendía, haciendo que cobraba y siempre sin un

peso. Me faltaría un carambas más, pero desde el

viernes tenemos de visita en la casa a Miguel, el

hermano de mi vieja, que se nos metió de parásito

y ahora duerme atravesado sobre el sofá de la

sala.

491


—Yo los consigo, teniente. Espero que nos

alcance el tiempo.

—Tendrá que alcanzar, Campitos. No podemos

andar todas las noches en conductas sospechosas

o nos van a meter al bote. Adiós carreras: ¿se

imagina?

Hasta sentí ganas de vomitar, debo decirlo.

Entonces, lo que íbamos a hacer no era una

gestión oficial y, tal vez, ni siquiera alcahueteada

por los superiores de mi teniente, este hijueputa.

Pero quedaba obedecer. ¿Quién me iba a creer

que el hombre con veinticinco años de servicio se

corrompía de pronto y saquearía alegremente un

montón de materiales diversos?

Nos tomamos un café comprado en las

maquinitas. El jefe estaba tan optimista que, por

primera vez, pagó él. Tan pronto acabamos, me

fui a coordinar con Iván para que coordinase con

el Pancho, su socio, y en la noche yo hablaría con

tío Miguel para que nos diese una mano.

Quedamos que, hacia fines de mes, deberíamos

detener a algún sospechoso que pagase por el

crimen de Azuela. Ya habíamos logrado alguna

narrativa convincente que ligaba a un empresario,

caído en desgracia con un grupo de matarifes

vagabundos llenos de antecedentes. Así de

492


grande era el expediente: como la altura de un

zapato media bota.

No tendrían salida que no fuese una jugada

milagrosa, pero a esos ni el de arriba los quiere.

Los días precedentes al asalto, porque eso era

un asalto al edificio, comí bien, me acosté

temprano. Me puse a imaginar en dos vías: una,

lo fatigosa que sería la tarea; dos, la recompensa

que me esperaba: ya fuese el bono que me diese

Tirones o el ascenso que me esperaba si el viejo

se jubilaba.

Miguel me dijo que sí, aunque no le dirige la

palabra a mi hermanillo Iván. Algo habrá pasado

entre ellos. Dice tío que estuvo dormitando a la

intemperie por más de un mes hasta que un

desconocido le dio señas de su hermana. Mamá

no estuvo nada contenta. Cuando lo vio en la

puerta, su primera reacción fue cerrar con portazo

y dejarlo afuera. Él pronunció su nombre y abrió

los brazos. Eso contuvo la respuesta de mamá y

aquello fue de telenovela: abrazos y llantos

ahogados por media hora.

Miguel sabe que soy policía, pero que ese día

no hay tal. Vamos a un encuentro clandestino que

es como el bono de un videojuego: una pantalla

extra. Un chance de subir puntaje, de

acomodarnos algo.

493


Yo, por mientras, también me he vuelto adicto

al tilo, pues no puedo dejar pasar el hecho de la

clandestinidad que me estimula en negativo.

Gastritis, artritis, punzadas en la sien. De todo.

Cobarde que es uno, ni que estuviese en una peli

de espías.

Por cierto, dice Iván que están haciendo

gestiones —el Pancho y él— para jalar del país,

lo cual me parece ridículo porque la crisis es

mundial.

Nadie puede hacerlos desistir. Están seguros de

pegar en Hollywood porque ya conocen algo de

las calles, el contrabando y la gente mañosa.

Dicen que tienen el feeling y que no les va a faltar

trabajo en series policíacas porque los latinos son,

el 90 % de las veces, los ladrones, los traficantes,

los asesinos.

Si todo sale bien, cuando reúnan el pasaje y un

ahorro, mandan al Fermín a la mierda y

desaparecen. O ni le avisan.

Tantas ilusiones que se hace uno. Nada más

fácil que soñar con castillos macizos, pero uno

despierta y son frágiles, de papel. Siente uno que

se ahoga porque la esperanza, cuando muere de

un solo golpe, impacta y trauma.

494


El maldito edificio se había convertido en un

mierdero precarista. Adentro habría no menos de

cien sujetos, algunos con harapos, otros en

camiseta y pantalones rotos, niños que corrían en

círculos, nenes de pecho con pulmones atómicos

dando lata. Olía a mierda, qué más. Nosotros

entramos con lamparitas de mano y desarmados.

Se nos quedaron mirando unos y otros decidieron

ignorarnos. Tratamos de dar unos pasos para

avanzar y se vino el zafarrancho.

A Gilberto le quebraron un incisivo; yo me llevé

unas cortaditas en las manos; Miguel, un

chichotón en la frente, gracias a la pata de una

silla de oficina, e Iván y Pancho aguardaron atrás.

Par de hijos de su madre, estarían protegiendo su

supuesto buen perfil latinoamericano para sacarle

provecho cuando se fuesen del país. De haber

sabido, no vengo.

Salimos a empujones y nos subimos todos al

cajón del primer camión. Los otros dos, al ver la

escaramuza, decidieron marcharse.

Afortunadamente nadie, creo, podría

reconocernos.

La mañanita la saqué libre. Llegué a la

delegación a eso de las once. Ya me había

olvidado de la ambición, pero Tirones no.

495


Decidió hacer un operativo oficial. Ya vería

luego cómo saquear los inventarios. Pidió treinta

oficiales, veinte más de la migra, seis camiones,

diez perreras y hasta una orden del juez. El

argumento no lo conozco.

Cuando ya me iba a casa, me dice:

—Hipólito, tenemos un operativo. No se vaya.

Me cago en la leche. Con la fatiga y la

decepción que me cargo, volver allá. Debí

reventarle la madre en medio de la trifulca

anoche.

Esa noche lo hicimos temprano. Los treinta

policías se dividieron en dos escuadras: una, para

dar palo y, la otra, para cargar cajas a los

camiones. Además, los de migración hicieron las

requisas de tal manera que aquello resultaba

intimidante. Hubo bochinche, pero poco. Una

bala en el tobillo de un revoltoso convenció a los

ocupantes de salir por la ruta cortés.

Gilberto me delegó la tarea de apuntar a grandes

trazos lo que salía. De cada tres cajas que salían,

una se quedaba sin apuntar. No es que lo hicieran

rápido, no. Es que había una orden de mi teniente

y yo aprendí hace rato que hacer preguntas es

amar el desempleo.

496


Yo creo que nos fue bien. Sin embargo, aún no

tengo idea de qué tiene ese cabrón para mí, que

he arriesgado en serio en este trance y que, si el

jefe cae, sin duda, me arrastra. O me lanza los

clavos, el hijueputa.

497



LA DECEPCIÓN DEL FUTURO

—Imposible cumplir con tanta vaina. Nos hemos

reunido para hacer una sociedad anónima y casi

quedamos embargados. Timbres, abogado,

tiempo. Un defecto en la escritura y empecemos

de nuevo…

Cuatro meses en casi nada. Y eso que llevamos

setenta y cinco días sin trabajo. Nos despidió el

hijo de puta a todos. A Néstor, no. Yo sospecho

que esa rata se ofreció de Judas: nos delató y, a

cambio, ahora quiere ser la mano derecha de

Vargas. Claro que sabíamos que la empresa iba

en crisis. Nosotros no actuamos mecánicamente:

muchos papeles nos pasan por el frente y uno

mira cuánto inventario se mueve (entra/sale),

pero no se declara. Es tan fácil robar así que, si

nosotros hubiésemos accedido a las firmas,

también nos robamos la empresa.

Es lo que está haciendo el Vargas. De hecho,

reclutó para sí a los bribones que le ayudaban al

don Fermín a recoger dineros de movidas

ilegales. Eran como ocho y, al despedir a los

nuestros, logra ajustar el presupuesto con lo que

era nuestro pago.

499


Que don Fermín se metiese una bala y, sin

embargo, quedase vegetal —¡qué vida más

puta!— es demasiado sospechoso. De la nada,

nos sale Vargas con un poder generalísimo sin

límite de suma, firmado por el vejete quién sabe

cuándo. Y el patrón queda a merced de las

mismas ratas que lo saquearon hasta la ruina,

mientras sus hijos ni se enteran, trabajando en

otros países, pero sin preocuparse por entender

qué pasa. Capaz y ha sido mejor que nos hayan

despedido.

Perdón por zafarme del hilo. La cosa es que

montar una empresa es un asunto caro. Por todo

hay que pagar alto: los servicios públicos están en

la luna, la tierra a precio de barrios altos de

California, las cargas sociales y demás han

alcanzado cifras hostiles y el horizonte solamente

ofrece amenazas.

¿Qué somos ahora? Mano de obra calificada

flotante. Profesionales sí, pero de un mercado

laboral debilitado por exceso de oferta y porque

los oficios cambian todos los días. Antes, un

médico se graduaba y sabía que el resto de su vida

iba a atender pacientes, aunque ocupase una

jefatura. Ahora es distinto. Hay que seguir

aprendiendo y cambiando de oficio en función de

lo que requiera ese monstruo de la

deshumanización que llaman sistema. De

500


repente, eres una célula de un organismo

especializado, como el hígado. Cuando ocurren

aberraciones como las que dicta el mercado, estás

contra la pared: ese órgano no te ocupa. ¿Qué

hacés? Reconvertirte, cabrón. Tirar a la basura

todo lo andado y esforzarte de nuevo, para que,

en otra parte, encajés y así logrés evitar que te

desechen sin pensionarte. Es el doctor que te

decía asciende hoy a director médico y tiene que

aprender un montón de gerencia y todo el bagaje

en salud que arrastra viene a ser secundario. Va a

regresar a la universidad a especializarse en un

tema que posiblemente antes no le gustó. Tal vez

sea la narrativa del principio de Peter, que dice

que una persona asciende hasta el punto donde

alcanza la incompetencia. Aunque lo cierto es que

un médico que se afane puede ser también un

buen gerente.

Porque hay hartos profesionales en la calle.

Tomás un taxi y encontrás un psiquiatra

desempleado. Hay tipos que venden planes

vacacionales porque quedaron cesantes, merced

al desarrollo de la robótica y de la inteligencia

artificial. Hay otros que ejercen sin escrúpulos,

aunque el colegio profesional los haya

suspendido porque lo único urgente en el mundo

es el dinero.

501


Así no se puede. A dos de los locos se les acabó

el efectivo y no los vimos más por acá. Si pensás

que somos menos socios y nos repartiremos más,

estás jodido. ¿Repartirnos qué? Si todo lo que

tenemos es una constitución social, unos pocos

permisos en trámite y un local palabreado. No

hemos arrancado y ya llevamos 7 desertores…

Todo está acabado, hermano. Y eso de las listas

negras nos deja amarrados, como novillo de

rodeo.

Ya sé que esa frase es fea, pero dejáme. Es que

no puedo creer que el hijodelasmilputas de

Vargas nos denunciase ante el Ministerio de

Trabajo y ante la fiscalía como autores de un

desfalco que él ha venido desarrollando a la vista

de todos.

¿Qué vamos a hacer, hermano, si ya estamos

creciditos? Al borde de cumplir treinta y cinco

quemados. Algunos se van al norte, de ilegales,

pero no es justo vivir clandestino y expuesto a las

debilidades que genera el azar: precariedad, mala

salud, violencia.

502

Sólo para empezar.

De hecho, confieso que yo pensé que no íbamos

a tener cabida en esta novela. Supe que el Vivas


es un ser desesperanzado que piensa que no hay

futuro para los jóvenes: la barbarie capitalista se

robó las esperanzas y hasta la meta de acceder a

la propiedad privada de parte de la clase media.

Estuvimos cautivos en un sótano cuatro meses.

Luego nos subieron a la planta baja de una tienda

de mercaderes chinos de la mafia. Nos amarraron,

a la pierna, un cepo. Los pantalones no dejaban

ver nada, pero eso nos impedía la fuga. Si alguno

intentaba pedir socorro a la policía o a algún alma

buena que anduviese por allí, en la noche nos

latigueaban a todos. De hecho, dos veces nos pasó

sin motivo.

Nos salvó, pues, el azar. El hecho de la

sublevación de unos pocos que decidieron darse

su lugar, permitió que se invirtieran algunos

papeles. Apareció un sustituto que navegaba en

dirección contraria y de quien tampoco sabemos

nada: sólo que, de repente, somos, aunque

sigamos flotando en busca de lugar.

Por eso es que un año después estamos a punto

de arrancar con la consultoría informática,

aunque sin un peso siquiera. Este Salomón, señor

de la palabra al que ahora damos tributo, es más

benigno con nosotros o al menos es lo que nos ha

prometido para que cambiásemos de credo.

503


El chavalo llegó de la nada con la idea de hacer

la revolución. Puede que se equivoque en el

rumbo o no, pero de antemano estábamos

jodidos. Así que le dimos nuestro apoyo

condicionados por la esperanza.

Yo no soy tan optimista: digo que ya no hay

chance mayor. Roberto y Eric se dejaron derrotar

rápido. Antes fumábamos por placer, ahora la

venden y sobreviven pintando techos y reparando

tuberías.

Y no saben ni mierda del oficio.

Quedamos vos y yo sin perder la dignidad,

Beto. Decíme que estás conmigo en esto, cabrón.

Y está Marín, ahora que litiga y nos hizo la

sociedad, nos trata cómo si no fuésemos de los

mismos. Cobra muy caro y de contado.

—Son quinientos rojos —me dice— y los

necesito de contado. —Como si alguna vez

nosotros nos hubiésemos abusado de su

confianza. Ve qué traidor…

La cosa es que seguimos en la trama, pero

nuestro papel es el común de la clase media: el

eterno naufragio en busca de un madero que nos

soporte.

504


Podemos decir que somos decorado difuso,

indefinido.

Tal vez haya otra novela donde encajemos sin

estar rogando, ¿no? Es que Malanga, tenía razón

el difunto Vivas, no es sociedad para jóvenes. La

ambición del presente se comió nuestro lugar en

el mundo.

Así no se puede: ni siquiera despertás de la

borrachera.

Pedíle harina a tu tata, cabrón. Si nos apalanca

al inicio, levantamos. De otra forma, no hay

camino.

505


506


PERCEPCIONES

CONDICIONADAS DEL PODER

—Esos que van a detener a un sujeto son una

manga de valientes. Mirá, que entre veinte se

gorrean a un chavalo y, si se entromete la mamá,

también le rompen un brazo.

—Son como maleantes. Merecen recibir toda la

mano dura que se pueda.

—Vos confundís la policía con la justicia. Estos

sujetos no pueden dar sentencias. Están allí para

reprimir, pero no para demoler casas cada vez que

hay una orden de apremio. ¿Has visto que hasta

para pensiones alimenticias se portan con total

brutalidad?

—Brutalidad sería que le diesen un plomazo en

la cabeza. Estos tipos son peligrosos. Es normal

defenderse duro porque suelen tener armas

pesadas.

—Lo feo que es generalizar. ¿Todos tienen AK-

47? Claro que no. Algunos venden droga en su

barrio. Alguno asalta con arma blanca. Y hay

otros que sencillamente resulta que la brújula de

la sospecha les apunta. Hay tanto margen de error

507


que pueden allanar la vivienda equivocada Y

nadie pagará los platos rotos. Después el barrio

no olvidará de que la policía estuvo en tu casa

buscando droga.

—Bueno, eso sí. Sin embargo, es que hay

demasiados idiotas. Si la policía se capacita, eso

no pasa. Que hagan las intervenciones telefónicas

y los perfiles correctos, que se infiltren. Así se

ahorran los colaterales.

—Es abuso de autoridad el tomar decisiones

sobre la marcha de parte de poderes no

capacitados, lo que hace que haya tanta balacera

en los barrios, tantos heridos en operativos y

hasta la prepotencia que provoca que un oficial de

tránsito le pegue un balazo en el cuello a un

conductor que huye por no tener la licencia al día.

Esas potestades no las da la ley, sino la

alcahuetería de las redes de poder para consigo

mismas.

—Beto,, ¡qué rico es estar en la oficina cuando

no está Vargas! Lástima que vuelva el jueves.

¿Sabés que va a despedir a varios?

—Sin duda a Carla y a Rodolfo, por lo de la

torta de nueces. Casito lo matan. ¡Qué maldito

enfermo tenemos de jefe! Lo único divertido es

que habla solo con frecuencia.

508


—Prestáme unos formularios del 48. Necesito

unas muestras de bodega. Si la semana entrante le

llegamos conque tenemos nuevos clientes y nos

vemos dinámicos, salvaremos el pellejo.

—¿Vos no creés que Vargas se esté robando la

plata? Porque, que yo sepa, las ventas nunca han

caído de la forma que él jura.

—Bajito, por fa, que no nos oigan…

—Imagínate un allanamiento acá. Entran

volando bala y a vos te dejan con una rodilla

destrozada a pesar de que sos defensor de la mano

dura. A eso iba. Venían por el jefe, pero no les

importa darle palo a todo el mundo. Son un saco

de frustrados que aprovechan para desatar su ira

contra la vida por vía legal.

—No, no. Pará, pará. Los allanamientos son

casi siempre domiciliares. Y no van a tratar igual

a profesionales que a pandilleros, eso es seguro.

Nos dirán que, con todo respeto, nos retiremos. Y

se llevarán todo el equipo y papelería,

decomisados. Nos quedaremos en la calle. Hay

pesadillas que uno nunca debe convocar. Cambiá

el tema. Ya me dio gastritis.

—Te decía que a Vargas le veo un perfil de

ladrón de cuello blanco. Y ya tiene un cargo

509


importante en el departamento. Imaginá de

presidente general a ese miserable esclavista.

—Las paredes oyen, cabrón. Tan pronto vuelva

nos va a llevar el diablo —dice la voz de un

hombre que habla a nivel de suelo, porque es

bajito.

—No lo creás. Todos odian al jefe. Si le cuentan

de lo hablado, va a ser poquito e impreciso.

Por eso es que, desde el inicio de este diálogo,

el narrador ha decidido que hubiese un apagón.

En un cuarto piso, mal iluminado por los

pequeños ventanales, solamente se detectan

sombras y las voces responsables se esparcen sin

origen. Si me preguntan quiénes hablaban, yo

diría que dos o seis, de los más inconformes.

Tal vez, todos. Los veinte.

Al menos, murmuraban.

510


PRESO DE LA PSIQUE

Cuando vi que mi suegro tenía la mirada fija en

el vacío, intenté bajarle los párpados. No sabía

que seguía vivo y la respuesta fue violenta. Con

la mano derecha, que tenía libre, intentó

ahorcarme. Tenía una fuerza desmesurada, a

pesar de ser un moribundo. Me sacudió contra los

parales de su camastro de enfermo y me rompí la

frente.

—¿Qué hacés, desgraciado? —me imprecó.

—Pues creí que ya estaba listo y cerrarle los

ojos es un gesto de respeto, don Carlos. —No iba

a decirle que estaba cansado de esperar a que esto

terminase.

—Andá a conseguirme agua. Y a la enfermera.

No te creo ni mierda. Estás apresurado para ver

cuáles bienes se deja mi hija. Esperás la piñata,

infeliz. ¿No sabés que las herencias no son

gananciales?

—Suegro, usted es un desgraciado. Dé gracias

de que no me da por echármelo al pico. Le apago

la maquinita o le inyecto aire y se va a la mierda.

—Que te largués, dije —el viejo, cómo si nunca

hubiese agonizado.

511


Pues nada, salí a la recepción a buscar ayuda.

La enfermera, atenta, buscó un vasito desechable,

lo cargó de agua y se dirigió al dormitorio.

512

—Espéreme acá —con una sonrisa cortés.

Se demoró en la habitación unos diez minutos.

Al volver venía indispuesta.

— ¿Ud. le hizo algo al señor Castillo?

—Claro que no. De hecho, me golpeó. ¿No ve

la cortada de mi ceja?

—Deme unos minutos. Tengo que ir por el

médico. El hombre anda agitado y casi ni respira.

Ud. debe estar loco, porque un agonizante no

tiene fuerzas para lastimar a un tipo como usted,

medianamente fuerte.

Me senté y tomé de la mesita una revista de

diseño. Mejor dicho, de casas y decoración. Traté

de hojear un poco, pero tenía un colerón

contenido. Ninguna gana de hacer ejercicio

intelectual, tampoco de chismes.

Al fondo, pasaron dos enfermeros con una

camilla empapada en sangre. Los brazos del

paciente caían a los costados y algo me decía que

ése ya no tenía prisa. Aún no le habían tapado el

rostro. El reloj de la esquina marcaba las once y

diez. La señora que estaba intentando beber agua,

con un conito de cartón, en el dispensador, le dio

una patada.

—Gran cosa, tanto aparato y descargado.


Saqué el celular y empecé a llenar un sudoku.

Siempre tardo unos veinte minutos en resolverlo.

Antes, me llevaba hasta una hora, pues me

atacaba el nerviosismo y me quedaba trabado, en

la luna.

Iba por la mitad cuando apareció Julia. Ella

entra a trabajar a las dos, así que pasa antes a darle

una vuelta al moribundo. Después de todo, es

heredera única.

—¿Me prestás el carro? —pregunta y ordena.

—Tomá las llaves. Yo debo quedarme todavía,

pero regreso a pie a casa.

—Voy a ver cómo sigue papá. No me tardo.

Entretanto se iba mi mujer, regresaba la jefa de

enfermeras.

—Don Andrés Díaz, por favor, sígame—. Casi

sin detenerse, a paso apresurado, se internó por el

corredor izquierdo. Me señaló una puerta y me

hizo entrar.

—Tome asiento. Ya vienen a hablarle—. En el

escritorio había varias fotos familiares. Un

matrimonio con dos hijos, el mismo matrimonio

con un perro, los dos hijos con el perro, un paseíto

en una lancha que no parecía muy ostentosa, pero

al fin de cuentas, era lancha.

Varios minutos después, entró un sujeto de

corbata. Afuera, vi, tras el vidrio, que se

apostaban unos hombres de azul.

513


514

—Don Andrés, ¿sabe por qué está aquí?

—Ni idea —repuse convencido. Vi que la

ventana daba a un patio interior sin menor gracia.

Se divisaba la lavandería del hospital, una mole

horrible.

—Dice la enfermera que usted intentó matar a

un hombre agonizante. A su suegro. Es cierto que

se va a morir, pero Ud. no tiene derecho a

precipitar nada. Además, el viejo sigue

desvariando y no creemos que se recupere. ¿Qué

cree que nos vaya a contar si se mejora?

Me quedo con los ojos desmesurados. Esta

mujer ha deducido, a partir de mi ceja rota, que

yo soy el agresor. Adivino que afuera me espera

la policía.

—Nada más falso, licenciado. Verá, lo vi con la

mirada fija en el vacío y lo supuse muerto.

Cuando quise hacer lo convencional, cerrar sus

ojos, me agarró del pescuezo y casi me mata. Sin

embargo, yo no reaccioné, no lo ataqué.

—Le aconsejo que me dé mejores argumentos.

El hombre se despacha pronto. Tiene telilla ya en

la mirada. Es cosa de días o de horas. Ha de saber

que el señor Aguirre carece de fuerza hasta para

tomar una cuchara.

Me sonrío, porque me parece irónica y

aventurada tal afirmación, si hace menos de una

hora que el infeliz me ha tratado como un trapo

sucio. Siempre nos hemos llevado con mala


voluntad, pero se supone que un convaleciente no

ha de ser tan hijo de puta.

—¿Por qué no le escarban las uñas? Le digo

que ese hombre es un salvaje y no está tan cerca

de la tumba. Si revisan van a encontrar epiteliales

mías.

—Ud. ha de ser tonto, Sr. Díaz. ¿A quién cree

usted que comprometerá tal evidencia? Lo único

que leerá allí la policía es que ha intentado

asesinar a un hombre vegetativo.

No me gusta nada esto. Me da cierto escalofrío.

Es el síntoma que precede en mí las conductas

límite. Supongo que me estoy enojando o que

tengo malos presentimientos. Además, la

entrevista se está alargando y el trabajador social

me hace preguntas que carecen de inocencia.

Trata de establecer que yo le tengo la medida a

don Carlos y que lo detesto tanto que no puedo

dar tiempo a que se muera.

—Mire Ud. mismo. Acompáñeme a visitar a mi

suegro. Haré el mismo movimiento y verá que lo

del coma es un timo. Ese señor puede tener

intervalos de mente perdida o algo así, pero si le

cierro los ojos, se altera.

—Me dicen que su esposa está por ahí. ¿Está

furiosa con usted sabe? Es que la enfermera ya le

contó…

Pienso que va para largo esto. A las tres tenía

una reunión virtual y, a cómo esto pinta, no voy a

515


estar disponible. Me quedo mirando al sujeto,

cejijunto, mal encarado, con un lenguaje corporal

muy similar al de un policía malo.

—¿Esto va a demorar mucho? Se supone que

más tarde debo trabajar.

—Mire, don Andrés. Esto apenas empieza.

Habrá que hacerle análisis a don Carlos a ver si

está herido, qué máculas tiene. No obstante, es

mejor que confiese, porque nunca va un juez a

validar que un moribundo sea el agresor. ¿Ud.

consume medicamentos? ¿Ha tenido episodios

psicóticos? ¿Habla solo? ¿Alguien en su casa

tuvo muerte violenta?

Me siento un tanto desquiciado y, al descuido,

miro un bastón de hierro recostado contra el

archivo metálico. Casi tengo la pulsión de

resolver este asunto por la vía directa, pero no sé

cómo librarme de los cuatro hombres de azul que

aguardan afuera.

—Nunca. A usted le gustan las series

policíacas, sin duda. Están llenas de mentiras, de

estereotipos.

—Usted no quiere colaborar.

—Momento, usted quiere endilgarme algo que

no soy. Al viejo ése no lo quiero, pero no me

interesa hacerle daño. Tengo independencia

financiera y nada de lo que deje va a ser mío.

Dígame por qué querría yo que se muera hoy.

516


—Mire, tengo otro caso esperando. A Ud. se lo

van a llevar, pero ya lo sabe. En unas cuarenta y

ocho horas lo estarán interrogando y sin

garantías. Piense otra cosa o diga la verdad. Igual

da, agredir a un moribundo no tiene perdón.

Voy por el pasillo, esposado y a empujones. Es

el camino de regreso. La jefa de enfermeras me

mira con desprecio y, a su lado, dos más

completan el coro que me juzga.

Allá, al fondo, viene Julia, mi esposa. Creí que

sería única heredera, pero este viejo es un

escándalo: todo lo reparte a poquitos y, con los de

fuera de casa, son diez hijos. Más caro el

sucesorio que los bienes a repartir.

Espero un escándalo.

No es así. Pasa a mi costado sin determinarme.

Cuando se aleja, ni por un segundo vuelve para

mirarme. Estoy solo y atado y, quizá, condenado.

Me rindo, pues, a la evidencia de que no tengo

salida. Me sacan del hospital en una perrera y, a

la tarde, estoy viendo penumbra tras las rejas de

una celda húmeda y hedionda.

Me dan seis meses de preventiva, mientras me

llevan a juicio. Mientras tanto, mi suegro sigue

vivo y en coma y tan tieso como antes. Parece que

tuvo un ataque al corazón y, sin embargo, eso

nada cambia.

517


El perito de trabajo social atestigua contra mí y

lo mismo hace la enfermera. Mi exmujer

testimonia e inventa cosas gravísimas que nunca

ocurrieron. Incluso dice que yo le pegaba con un

látigo a los perros y no es cierto. Nunca hemos

tenido perros, pero ella jura que yo maté a dos y

que decidió que nunca más tendríamos mascotas.

La verdad —que nunca dije— era que ya había

soñado con matar a don Carlos Aguirre. Lo hacía

en su casa, pegándole con un candelabro en la

mollera y llevándome algunas joyas personales,

pero en ese escenario, Carlos mantenía todas sus

facultades. Si lo hubiese atacado de frente, no

llego a contarlo porque era corpulento y ágil.

Eso fue dos o tres meses atrás. Se lo conté a mi

nueva pareja y fue ella quien me inyectó sensatez:

—Nunca lo hagás. La pinche plata de ese viejo

se basa en deudas. Cuando liquiden todo,

quedarán en calzones, ya verás.

A estas alturas, empiezo a preguntarme cuál es

la realidad. Si don Carlos existe, si Julia, la

enfermera, el perito, los médicos, son reales. Si

no seré fruto de una mente turbada que se imagina

interacciones imposibles en un dormitorio

monótono como éste.

Holgado y blanco.

518


EL NIHILISMO DE LOS

EMPRESARIOS DERROTADOS

—Petra, vos estás errada. ¿Cómo va a venir

Vivas a robarse tu dios rata y los contratos de

edición, si sus novelas ya van a salir? —Isidro

sorbe un té de menta. Luego de proferir este

comentario.

—Ni idea —Petra pone cara de hastiada—. Me

lo ha dicho así la secretaria. El cabrón llegó a la

hora de almuerzo y revolcó mi oficina. Me ha

dejado tal derrame de cosas que no he podido

determinar si se ha llevado joyas mías o algo

caro. Además, no sé si supiste, pero ocurrieron

dos cosas…

—Ese hombre anda en algo malo —interviene

el doctor Diego Mazapán, con la boca llena de

medio emparedado de mano de piedra que

chorrea kétchup y mayonesa sobre la barbilla del

intelectual—. Fui yo quien notó que, en Ficciones

quebradizas, inventa que lo rapta la Banda de El

Turco y que seguro ha pensado tomar la

anécdota como un pretexto para borrarse de

escena. Es que, a ese pendejo, yo no le prestaría

un peso, aunque me firme garantía.

519


—Huy, albricias por tu astucia. ¿Cómo putas

dedujiste que quería alejarse un poco? Deberías

dar cursos de lógica, te desperdiciás. Era

notorio que el mae convivía en su mundo literario

y eso no es normal. Hablar con los personajes,

soñar con ellos y agarrarse a patadas: eso es

obsesión.

—Te recuerdo que vos lo recomendaste. Mejor

te mordés la lengua. Ahora, no saben la última…

520

—¿Qué? —Es Petra, monosilábica, enfadada.

—Ahora dicen que ha muerto. Han hecho

publicar un soneto, supuestamente firmado por

un tal Urtecho, como elegía a su muerte. Tras de

impostor, bocón y tonto. Pretende que, con ver

eso en Exitosa Malanga, la gente se va a olvidar

de todos los males que ha cometido.

—¿Y no se habrá tostado realmente? Era

hipocondríaco y siempre le dolía hasta la

sombra. Me consta porque yo una vez me paré

cerca de él y al chavalo le traqueó la rodilla

como una rama de apio.

—¿Y para cuándo es su funeral? —Petra

emocionada, casi alegre.

—La publicación no tiene fecha, lugar ni hora.

Acá ando el recorte. Mirálo—y Mazapán le

entrega a la editora un papelito irregular.


—Más falso que un billete del Gato con Botas

—tercia Isidro—. El poema ni siquiera se parece

a él. Si te das cuenta, es un texto burguesillo, no

importa quién lo haya escrito.

—Es una broma mala, un adefesio. Coronel se

murió hace rato. De Vivas no sabemos si anda

por allí hablando mal de todo el mundo. La

hierba mala es así: aparece de la nada.

—Bueno, ¿y qué? Lo publicamos y nos

reparamos de los gastos que generó. Ya había

girado unos pesos —Mazapán, no bien termina

de decir esto, siente vergüenza.

—El problema es que nos quedamos sin

presupuesto dentro de dos meses. Está ese

montón de mocosos en fila, a los que íbamos a

lanzar bajo el slogan de Nueva Generación —

Petra, bastante agüevada.

—Decíme, Petra. Ellos son niños bien, ¿no?

Tendrán padres que les amparen —Isidro, que

sabe maquinar negocios como un diablo—. Es

cosa de convencer a los papás de que los chicos

son genios…

—¿Ya los viste? La mayoría son imbéciles.

Incapaces de generar ideas. A veces topan con un

texto que los trauma porque les parece

indescifrable y se enamoran del autor. Dicen que

521


es un crack. Nada que ver. Lo que pasa es que les

gusta la pomposidad de las ideas y tienen una

capacidad de abstracción que tiende a cero —.

Diego suele ser así: todos son tontos…hasta el

lector.

—Podríamos hacer otra colección que huela a

droga, calle y autodestrucción. Recordá que esos

cabrones confundidos creen que esa mierda es

literatura llena de filosofía. En el lanzamiento,

regalamos sobrecitos de yerba porque ya es legal

acá. —Isidro, que es funcional, sin disimulo.

—Regalar ni mierda. Miren, acá en el celular

está el obituario en su perfil, pero nadie firma.

“Vivas pateó el balde. No habrá honras para

aquel que nada respeta. Ni siquiera autopsia. Lo

hemos encontrado durmiendo y, sabidos de que

su voluntad es que, a su muerte, sus restos sean

cremados, nos le hemos adelantado. A la mierda

la huella de carbono. Sus cenizas fueron lanzadas

en la construcción del nuevo estadio nacional de

Malanga”.

Está fechado hoy.

La cara de Petra está radiante y confundida.

¿Quién tiene al dios rata? ¿No habrá una

maldición por allí…?

522


—Bueno, si los padres no los defienden,

nosotros tampoco vamos a perder el sueño. Lo

que pasa es que, si inventamos un boom, nos

levantamos en grande. Propongo reducir el

comité editorial a nosotros tres y aprobamos sin

leer todas aquellas mierdas que traigan buen

financiamiento— esto lo dice Isidro,

emocionado, de pie, como si fuese el candidato

de la alianza que va a cambiar el mundo.

—Por mí, sin problema. Nada más que mi

nombre no aparezca en los libros. Cosa de cuidar

de no mezclar negocios y prestigio. —Mazapán,

ya dócil, imaginando llover dinero.

—Entonces, vamos— Petra, con serenidad—.

Les voy a enseñar algo que dejó tirado el tal

Salomón la última vez que vino.

—Ya veremos. Yo propongo una colección que

se llame Gente Idiota de Hoy. Así casi todos los

que quieran publicar su libro encajarán de lujo

en ella… ¿qué dicen? —. Isidro se toma a

chacota las cosas con frecuencia. Sabe que harán

dinero vendiendo cualquier cosa, como si el

empacar mierda le diese valor agregado.

—Pues yo he perdido la fe. No muevo un dedo

hasta que aparezca el dios rata de arena y

baterías que se robó de mi oficina. Y más vale que

sea pronto, porque si lo encuentro antes, lo saco

523


de todas las tramas. Es un traidor y eso ya no lo

olvido. A ver quién le publica ahora.

524


PASTA ES OTRA MENTIRA

Investigar, ni mierda. Nada es real en este cuento

de Vivas más allá del quiosco del Castillo y su

novia, la Jacky. El lugar es antihigiénico,

estrecho, pero tiene una barra de seis asientos

donde la gente llega a comer in situ carajadas

empapadas en grasa y salsa. Servilletas usadas,

plásticos de los tacos, botellas desechables: todo

desparramado sobre la acera a pesar de que el

dueño se esmera en recoger con frecuencia, no

vaya a ser que vengan los sanitarios a clausurale.

De lo demás, ni rastros. Fermín si existió, pero

ha fallecido hace seis años por lo cual no

entiendo qué rollo juega en la actualidad del

relato. Lo de Pereda y su tío tampoco va a

ninguna parte porque el aludido pariente mafioso

falleció hace veinticinco años y lo único que dejó

como legado fue una libreta con apuntes para

fabricar jabones artesanales. Todo lo demás es

desvarío verbal del tipo que dirigía esta novela.

En pretérito, sí. Porque espero que Comas

Negras tome cartas en el asunto y le patee el culo

a ese improvisado. Por ejemplo, lo de Gonzalo

Pasta es otro cuento chino: no he logrado

comprobar su existencia, aunque algunos

policías juran que es real. En el Registro Civil,

525


en Archivos Nacionales, en Migración, en

Hacienda, no hay señales de él. No existe acta de

defunción, más que un papelucho mojado al cual

hicieron secar aceleradamente con una plancha

y se chamuscó. Sin embargo, no hay logotipos

oficiales que avalen lo escrito.

Vamos a suponer que es un impostor. Pasa

mucho en lo moderno porque las organizaciones

criminales tienen acceso a mucha tecnología y,

crear un documento de identidad, ahora cuesta

nada. Pero, ¿para qué? Perseguido político no

era y en Malanga se pasean, por la libre, cientos

de ciudadanos migrantes de ultraderecha que

alegan tal barbaridad, aunque ellos tengan

prácticas muy similares al terrorismo.

526

Y no les pasa nada.

Que venga a lavar dinero, es un chance. Soy,

sin embargo, obtuso cómo para imaginar las

redes de poder que eso implica y qué altas

complicidades obliga. Prefiero pensar que quien

haya portado la identidad de Gonzalo Pasta

Roquefort era, a su modo, un megalómano, un

impostor a lo Di Caprio, un tipo que juega con la

astucia propia y la circunstancia ajena.

Otros personajes por ahí los he visto miles de

veces, aunque con otros nombres: los clanes

familiares mañosos existen en nuestros mismos


vecindarios, a un tiro de piedra. Los

sobrevivientes, los inestables, los ambiciosos y

demás troupe de esta farsa son reconocibles para

cualquier sujeto que trate con un círculo mediano

de individuos.

Lo que no me quedaba clara era lo de la señora

Óvalos de Calcio, la líder sindical que deviene

antiheroína y sopa. Intenté saber de ella

hablando con Vivas para saber si era alusión a

algún personaje de la vida local que haya

traicionado sus principios, pero fue escueto en su

respuesta.

—No, no. Ella existió: buscá en los diarios, en

las páginas de economía, de actualidad nacional.

Me lo dijo con cara de pocos amigos y siguió

escribiendo. 2

2

Apunte suelto olvidado por Salomón en la oficina de la

señora Petra Romero, transcripción literal.

527



como papel sanitario de los bares y otros objetos,

como candelas, bolígrafos y pesas rusas, no

tenían la conveniente convertibilidad para

agilizar la economía.

Ni siquiera las estampitas religiosas, tan

adoradas en Malanga.

Por si fuese poco, a don Gregorio lo agarran en

el aeropuerto, ya sentado en el avión, el teniente

Tirones y su nuevo auxiliar, el oficial Ñeto

Miranda. No parece ser un caso sólido pero le

achacan la muerte del enano Regis Azuela (un

desempleado de la novela anterior, a quien Vivas

mató por puro ocio literario), sobre todo por

estar vinculado con grandes pandilleros que

operan alojados en los suburbios de Artificio. Las

cámaras lo han grabado y, además, es incapaz de

explicar por qué le ha girado diez mil dólares a

un cartel de presos.

Así que, cuando el avión parte, la señora

gallina va sentada con su escafandra y

devorando una bolsita de escolopendras secas.

Tan en lo suyo está que ni se da cuenta de los

apuros de su salvador. Ya tendría de por sí ella

algunas horas por delante para tomar decisiones

tan pronto tocase tierra allende el mar.

La pobre Jacqueline, visto su fracaso como

cazafortunas, pues heredó millones de huevos

530


hervidos sin mayor valor en el mercado, tuvo que

empezar de nuevo. Se mudó a las costas del

Pacífico y dicen que por allí anda con una

canasta con huevos y tortillas, vendiendo gallitos

a los turistas. Tres por mil pesos, con buen

repollo. Sucede que, cuando las ficciones

fracasan, su devaluación es para siempre, y eso

del huevo y su valor en bolsa es algo sin pies ni

cabeza.

Si se fijan bien es contundente: los huevos son

así.

Aparte lleva un termo grande y vasos

desechables para el café, producto del que no

hablamos en esta novela, pero que fue, en su

tiempo, llamado grano de oro.

Todo es cosa de marketing, pura hablada.

Al narrador titular se lo han llevado dopado y

no vuelve en un buen rato. La verdad, Petra no

ha tenido que ver en esto, pero sí esos actores mal

nutridos que eran asiduos de Castillo. Yo no pasé

de decirles que no se arruinasen la vida y que una

paliza bastaba. Total, más tonto de lo que es ya

no se puede.

Vivas, como todos, es un rol más que exige toda

narrativa. Posiblemente insatisfecho de sí mismo,

se dedica a crear proyecciones de todo lo que ve,

531


pero tiene ese mal hábito de la zancadilla. Sin

embargo, jamás lo creí capaz de tanto. El

financiamiento ministerial para sus tales obras

completas no existe. El dinero proviene de algo

muy sucio: la venta de esclavos. Desechó

personajes que representaban el desempleo en

los jóvenes —con el afán de ahorrar planilla—,

cuyas carreras serán desplazadas por la

inteligencia artificial. De modo que pactó con

una cadena de almacenes de un mafioso y los

entregó. Lo peor es algo que hace con

frecuencia: estos desgraciados trabajan por un

plato de comida atendiendo tiendas con tremendo

grillete atado al tobillo.

Claro, Vivas nunca va a confesar sus

cochinadas.

Supongo que volverá un día no muy lejano o

morirá antes (porque yo no me creo que haya

sido incinerado tan fácilmente).

Entretanto, yo usurpo su sitio. Ahora, soy el

centro.

Fui yo quien suprimió el nombre del cura para

evitar malestares.

NI tiempo tuvo Vivas para decir que Iván y

Pancho siguen ahorrando para irse a Hollywood.

Abandonaron a su suerte al viejo Fermín y

532


emprendieron un negocito de manualidades,

gracias a la capacitación que les dio el viejo. Al

paso que van, llegarán a las inmediaciones del

monte Rushmore en los albores del siglo XXII.

Esta novela es algo extensa para lo común que se

publica en Malanga. Sugiero leerla y volverla a

leer porque de seguro le habrá costado un ojo y

la mitad del otro.

Siempre encontrará cosas buenas y malas,

como en la vida.

Yo aprovecho la vacante para firmar acá e ir

muy pronto por el cheque.

Salomón, novelista salvatandas y pensador

iluminado.

Un veintiocho de diciembre cualquiera

533



7. LA INEVITABLE VIOLENCIA

DEL EGO INSATISFECHO



PARA CERRAR ESTAS

FICCIONES SIN OBVIAR DAÑOS

COLATERALES

Yo, Adán Vivas, quiero hacer un ajuste de

cuentas para no confundir a nadie.

Tiempo atrás lo había dicho: Vivas es uno de los

narradores y, quizás, el principal, pero no soy yo.

Es un álter ego liberado de mis puritanismos. Yo

detesto a las gallinas; él parece que habla con los

animales o, acaso, es un animal. El sujeto sufre de

ciertas patologías que posiblemente le hayan

deparado ya un cierto expediente criminal. Tiene

cierta elasticidad moral y vocación arribista

insoslayable. Si él ha inventado o no a los otros

narradores es cosa que no puedo definir. El lector

más neonato me acusará de esconderme en otras

pieles para romper tabúes, pero es falso. Los

personajes se construyen a partir de determinada

humanidad y, en ellos, conviven como pares el

bien y el mal, la verdad y el descrédito.

Yo pienso que Vivas se adelantó, como pasa

también en el mundo real, a alguna jugarreta de

sus editores. La fama de estos sujetos es leyenda

negra, pero se queda corta. La forma cómo

jinetean con trabajos y dineros de un autor y de

otro hasta llevar al paroxismo la voluntad ajena

537


me parece que es cosa suficiente para que

cualquier ser humano termine cabreado.

Los rumores de la muerte del fulano me

llegaron también por recortes. Luego, igual que a

Petra, por redes. Finalmente, me llegó una caja de

zapatos y ya saben lo que había adentro: una oreja

de papel enorme. Porque Vivas era orejón

hiperbólico y mezcla de pulpa y de tinta, aunque

llevaba meses desmaterializándose intermitente

como un demonio digital.

No me duele su muerte, ni siquiera me molestó

cuando supe que los personajes se le habían

rebelado y lo aleccionaron. Quizá algo que haya

gestado el mal clima fue su broma de cambiar el

himno nacional de Malanga. Porque asumo que

era sólo un disparate lanzado por Vivas para

probar de qué estaban hechos sus interlocutores.

Desconozco qué conclusiones obtuvo. Tal vez lo

sobrevaloro y nada más pretendía ser, cómo

siempre, un asco de sujeto.

Su ausencia no suma ni resta: se cumplen todos

los ciclos que forman la vida y la muerte se asume

cómo corresponde.

Además, ha de saberse que la muerte en el

mundo de las ideas es caprichosa. Bastaría

sembrar la oreja de papel de Vivas en una maceta

538


con sustrato de vitamina B12 para traerlo de

vuelta en cosa de unos meses.

Entretanto, estoy pensando en hacer unos

muñequitos de Vivas sin la oreja izquierda que le

fue arrancada, como souvenirs para los fans. O

para los que le odien, da igual.

El poemita del señor Coronel existe y es cierto

que no entiendo su cronología. Será acaso el autor

un pariente homónimo. Yo tengo, o tuve, el

recorte entre los papeles heredados de mi padre,

pero era un réquiem por mi abuelo, de quien

heredo nombre y primer apellido. Era un poeta

granadino, bueno para la bohemia, la política y

los dardos verbales, pero falleció un año antes del

nacimiento del otro Urtecho, el famoso.

Esta especie de ajuste de cuentas no significa la

muerte de Malanga. Ni siquiera de su saga.

Aclaro que no me llega a convencer ninguno de

sus ghostwriters: ni el Déxter, tan bajo mundo; ni

el Salomón de la Luz Chueca, tan precario y

ufano a la vez.. Creo que hay muchas voces más

en la sociedad malanguense que me ayudarán a

articular su atmósfera.

Al fin de cuentas, la literatura debiese ser vida

y la misma transcurre en y con el pueblo. A solas,

la única certeza que tiene el alma es que está en

el proceso de apagarse. Cuando convive, se

539


alimenta, crece y el crepitar de las llamas genera

el lenguaje.

Me queda por saber la suerte del ratón. También

explorar qué demonios harán Petra, Isidro y

Mazapán en un mundillo cultural tan árido como

el de Ciudad Artificio.

Yo sacaré provecho tratando de poner en

quioscos y librerías las aventuras de la tropa.

Incluso las de esos malditos sicarios, la llamada

Banda de El Turco, bola de desquiciados. O de

los estudiantes informáticos que Vivas dejó

conscientemente a medio hacer porque —según

me dijo— “los oficios humanos no tienen cabida

en el futuro. La mayoría de profesionales se irán

a la mierda, menos los que son agiotistas y gentes

sin escrúpulos”.

Hay mucho camino en Malanga. Una topografía

irregular llena de secretos. Igual que en otras

partes, subsisten seres negados por la historia

oficial porque son prueba del fracaso de un

modelo de producción donde la norma es el

fracaso, pero no debe decirse.

Yo quise ser, de niño, ingeniero industrial. El

acceder a libros desde muy chico me hizo fácil la

lectura. Luego, doña Hilda Van Patten,

bibliotecaria del Liceo de Costa Rica en mis

tiempos de estudiante, me abrió con complicidad

540


de hada el acceso a las estanterías y al polvo de

los libros más interesantes, cosa de escarbar entre

los rincones del olvido.

Luego, por azar o lo que sea, fui librero unos

veinticinco años. Desde antes de la pandemia,

síntomas emocionales me hicieron entender que

ése no era el camino. No me gusta mucho, casi

detesto, tratar con determinada gente que puede

estar en cualquier lado: en la calle o la academia,

da lo mismo. Gente necia, en cualquier parte

aparece.

La solución, el retiro.

Y me dediqué a escribir. Y sé que, por ahora,

voy a gusto. Descarto personajes o técnicas según

me fastidie, porque sospecho que debo

evolucionar o esto se me tornará un viacrucis.

Lo mismo ocurre con los personajes, supongo.

Es que uno se traza metas que pueden ser de

profesión, de poder, de confort, de lo que sea.

Estereotipos que, sin embargo, posiblemente

funcionan distinto a lo lejos. Cuando por fin has

tomado el rol, puede que no encajes.

A eso llamo fracaso. ¿Qué hacer? Pues un

viraje. Y a explorar hacia adentro. O hacia afuera.

Porque algunos personajes y personas se dan por

hechos por la posesión de bienes o prestigio y a

541


otros, sencillamente, ninguna respuesta nos

conforma. Sólo la escritura, que nace de las

preguntas para domesticar fantasmas o para

diseccionarlos, puede al menos hacernos creer un

poco en algo.

En lo que sea.

Por eso Malanga, digo yo, padece de ciertas

lluvias existenciales, pero no tan frecuentes. La

idea es que queramos caminar juntos atados por

el asombro.

O por el patetismo que es intrínseco a la

condición humana, cosa de elegir.

Y porque Malanga se parece al mundo, al resto

del mundo donde las percepciones nos engañan y

la doble moral es moneda de todos los días,

espero que usted pasee por estas páginas

nuevamente.

Adán Vivas

542


EL ESCRITOR QUE HUYE DE SU

TEXTO

Usurpador, maldito Salomón. Asumo que gran

parte del descontento de los personajes fue

inseminado por inquietudes que fue sembrando

en el elenco.

Ya sabré comunicarme con Petra y deshacerme

de este engendro. Por ahora, me toca la

sobrevivencia, la clandestinidad, cuidar mis

espaldas paso a paso.

Porque me buscan, porque pesa sobre mí la

acusación de muchos crímenes. Así llaman los

puritanos a que la vida termine, cómo si no fuese

el natural oficio del demiurgo decidir sobre su

creación. Entretanto, me alimento de yerbas, de

tubérculos, de animales pequeños que destazo y

paso por las brasas mientras busco entender lo

que ocurre.

Dejé de separar con bastardilla aquellos textos

que pretendían ser apuntes sobre el proceso

literario y editorial porque algo muy grave ha

ocurrido: parece que el mundo narrado me ha

absorbido y me he integrado a él. O es una cosa

de percepción y la verdad es que la creación ha

ocupado mi mundo, robando mi autonomía.

En todo caso, la perplejidad me deja indefenso.

543


Voy saliendo con vida de la tercera novela de

Malanga, a pesar del intento de asesinato que

coordinó mi ghostwriter junto a la Banda de El

Turco, esos carniceros.

Me emboscaron, me dieron con tubos por la

cabeza y, sin embargo, estoy aquí: desperté al

tercer día.

Tengo un brazo roto y los dedos morados, luego

de las más cabronas torturas.

Por ahora, me dejaron ir bajo vigilancia.

Si vuelvo a meterme con ellos, yo seré el

borrado.

Cuando termine de maquetar esta carajada,

pienso rentar una cajita de seguridad para

prevenir que otros personajes quieran apoderarse

del texto. Cuando tenga las mínimas seguridades,

verá la luz.

Al imbécil de Salomón de la Luz Chueca, ese

bastardo, favor no hacerle caso. Creo que es un

aprendiz y mala persona. No de otra forma puede

juzgarse a quien pretende usurpar méritos de otro.

El final era más feliz —hasta con boda, lo juro—

y ese tipo, vil efectista, me ha ensangrentado la

trama para vender. Ah, y no dejaré que ocupe mi

lugar.

No he enloquecido ni robado el dios rata, mucho

menos contratos que no me atañen. Lo que pasa

es que fui sacado de todo a fuerza bruta. Me

robaron el álbum de recortes de la familia y ahí

544


iba el poema por la muerte de mi abuelo, que ese

impostor que dice ser mi álter ego, ha hecho colar

en nombre suyo.

Por ahora, corro entre los bosques más oscuros

en busca de una casa vieja, con bruja y caldero.

Me desharé de la titular y ocuparé su sitio bajo

un mito aún desconocido y, desde allí, volveré a

tejer insidia y desmadre.

Ahora me permito firmar porque el esfuerzo, a

pesar del descontento de tantos, es mío.

Sólo mío.

Vivas

Enero, 2023

545



APUNTES DE UN ESCRITOR

MIENTRAS BARRE LOS

ESCOMBROS DE UN

CIELORRASO POBLADO DE

PSIQUIÁTRICAS GALLINAS

Todo lo que un sujeto escribe deriva de las

fuentes que lo nutren. Claro que no se trata de leer

X texto para repetirlo o segmentarlo: un escritor

procesa, reinventa, se enfrente al legado recibido

y, de ser posible, lo cuestiona.

Por eso, en alguna parte del texto, evoco a dos,

tres o más fantasmas que marcaron mis pasos al

explorar y aprender el oficio de lo que Luisa

Valenzuela denomina para sí “el arte de la

hilandera”. Léase, aquel o aquella que teje.

¿Qué está ocurriendo en esta novela? Que no

puedo más: mis personajes no están contentos

con su destino y yo avalo eso. Me parece que es

sádico el demiurgo que ata a un personaje a

determinada condición, llámese dios o artista. El

ser que no decide, que carece de potestad de

rebelión, es un esclavo. Pasa mucho porque la

gente, en función de alcanzar un status o una cima

de prestigio, acaba sacrificando su vocación por

un ejercicio de la mediocridad sin cuestionarse

mucho: “hay que ganarse la vida” es parte de la

retórica del sistema que la religión nos interioriza.

Particularmente, los apóstoles y yo tenemos en

547


eso un grave disenso que solamente podríamos

dirimir yendo a los mecos.

Yo intentaba novelar un poquito sobre el dinero.

Avanzadas algunas páginas, fui descubriendo que

la realidad está llena de ficciones fracasadas, las

que llamamos mitos, y en las que mucha gente

deposita no sólo la confianza, sino su razón de

ser. ¿Cuáles…? Cada uno sabrá lo que agrega,

pero yo parto de la idea de felicidad, de status, de

las aspiraciones de medrar como metas del

sentido-sin-sentido de la vida.

Todas estas ficciones son, sin embargo, frágiles.

La crisis, la escasez, la especulación, entre otros

factores, erosionan el dinero. El prestigio se

derrumba no sólo por las faltas: también por los

rumores. Un divorcio te rompe un esquema de

vida que creías duraría para el resto de tus años.

El desempleo, cuando ya se ha entrado en la

década de los cincuenta, augura que la pensión se

hizo humo…

A eso me refiero con el fracaso. Narrativas que

no llegan a puerto y que consumen al individuo

las más de las veces.

Decidí, pues, explorar no sólo el sistema y las

ficciones conque nos presentamos en él para

darnos un lugar, un rol, sino también cómo nos

posicionamos ante esas ilusiones que llamamos

sueños personales y que funcionan como motores

de vida. Esas narrativas que nos hacen suponer

qué es lo que somos ante los otros: nuestra novia

548


o pareja, el patrono, el cura, los vecinos, los

colegas e incluso ante los desconocidos, porque

prejuzgar es simple: el ojo enfermo dispara

criterios a la primera y no se da cuenta de las taras

que le sesgan.

Ahora, peor todavía es denotar que no todos

caben en la sociedad. Hay desempleo,

analfabetismo, gente con salud quebrada que no

alcanza a pensionarse, etc. Casi todos ellos no son

exactamente responsables de su suerte, pero la

retórica reaccionaria es agresiva y les culpa de su

malestar para que se perciban fracasados y que así

nadie se nos ponga de rojillo a cuestionar

asimetrías.

Yo no creo que una novela sea espacio para

panfletarismos y echar cháchara sobre esto. Sin

embargo, imagino —porque me da la gana— que

el mínimo nivel de acidez que calza en un ser

humano es el de la insatisfacción: una reacción

que podría germinar en la conciencia de sí.

Lástima que el miedo a perder nuestro lugar en

el mundo nos paralice. Entonces, nos

condenamos a pasar codependientes de la

narrativa errada que nos cobija y a cumplir un

destino que nos parece ajeno.

En medio de ese despelote que es el imaginario

colectivo que nos impulsa desde diferentes

estímulos: las posesiones, el amor, el respeto, la

vida social y el resto de estímulos que recibimos

y nos hacen no cuestionarnos nada, yo digo que

549


cada sujeto ha de tener su momento de epifanía y

tal vez quiera preguntarse: soy esta persona, ¿y

ahora qué?

Pero si no lo hace porque el día a día es fatigoso

y las deudas y prisas nunca le acercan a un

remanso, esa persona quizá rebote de acá para

allá en busca del sustento monetario, de una

camisa de marca, un bolso ídem y —¿por qué no?

— un licor que lo aturda.

Yo, como dije, no escribo novelas de tesis, sino

que dejo las cosas abiertas a cierta

inconformidad, pero entiendo que el grueso de la

población no anda por allí filosofando ni mierda.

La más fácil —dicen— suele ser la respuesta

idónea y vivir la vida ya es de por sí un reto

descomunal. Así que me conformo con decir que

esta novela tiene que ver con roles y fracasos de

los personajes que los asumen —excepción tal

vez sea la Banda de El Turco, una pandillita de

inframundo que decide exigir un mejor papel en

una película de que la creen participar a cámara

escondida—, pero que la mayoría nunca toma

conciencia de ello.

Por pereza, por miedo a no dar la talla, porque

la narrativa posmoderna no debiese vincularse al

naturalismo o al resto de los ismos porque todos

los credos han muerto, esta novela habla de los

ciudadanos de Malanga, pero nadie asegura que

todo este despilfarro de aventuras tenga pies ni

cabeza.

550


En cambio, creo que sedimenta bien eso que

llamamos la naturaleza humana: la imperfección,

el trajín, el pan urgente que resulta necesario para

todos los estratos y que, penosamente, puede

trocar en avaricia.

De ahí deriva una montaña de humor negro y

gente caradura, eso sí.

Y no digo más porque estoy terminando; falta

aún pulir la trama, pero siempre me pican los

zancudos y acabo con las manos hinchadas y con

la certeza de que he dejado alguna cosa en el

tintero.

551



UN PRÓLOGO TAN

INNECESARIO QUE EL EDITOR

LO ENCAJA A LA FUERZA

DONDE SE LE VIENE EN GANA

Sería muy bonito afirmar que la gente piensa con

frecuencia, pero es una gran mentira. Los teóricos

de la economía parten de suponer la racionalidad

del consumidor para aplicar modelos que

pretenden explicar la realidad, haciendo caso

omiso de la presión social y mediática que cae

sobre el individuo y lo compele a consumir bajo

esquemas de ansiedad y de miedo.

Entonces, ¿de qué ente racional hablan estos

chavalos neoliberales? Ni puta idea.

Más todavía cuando el sujeto es analfabeto

cultural y se alimenta de signos que no logra

interpretar. Porque el mensaje hoy es la imagen

misma y las masas procuran mimetizarse con

aquellas conductas y poses icónicas, sin

preguntarse qué hay más allá.

Querer ser es enmascararse, ser condicionado

por la mirada de los demás. A pesar de ello, el

individuo es juzgado con crueldad pues esas

percepciones que le caen encima lo juzgan sin

conocerlo, y suelen divorciarse de la idea que

553


procura de sí. Las ficciones que simulan

organizar la sociedad —el status, el oficio, la

relación amorosa, la economía— son roles

condicionados por la búsqueda del éxito, del

reconocimiento ajeno.

Todo ello deriva de las ambiciones que nos

inyecta el sistema. El capitalismo genera un clima

rocambolesco donde lo cotidiano está

impregnado de estupideces y frustraciones en

función de lo que imaginamos como certeza: el

valor del dinero, del poder, la seguridad que

parece dar el aspiracionismo que recompensa a

sus acólitos con pequeñas sombras a la orilla del

poder.

Claro que uno no quisiera reconocerse patético,

pero el sistema lo es y, por ende, es posible que la

totalidad los elementos de esta ficción mayor que

abarca hasta los rincones imaginarios, estemos

impregnados de ello.

Entonces, ¿es posible que seamos una legión de

seres en cada individuo? Yo postulo que sí porque

la histeria que genera la presión social y la

multitud de fracasos que el sistema arroja sobre

las personas nos compele a reinventarnos para

escapar del dolor de no ser exitosos.

¿Estamos percibiendo la realidad cómo es? No

lo parece. Las narrativas intimistas nos suelen

554


contar una realidad mediada por un ojo

avergonzado de lo que ve. Creo que nos cuesta

sincerarnos: en el mismo espíritu del hombre

culto habita el salvaje más radical, capaz de

traicionar sus principios, aunque para ello deba

compartimentalizarse como estrategia para

tranquilizar su conciencia de tal forma que

nuestras máscaras no nos presenten conflictos

interiores.

Estoy hablando sin mencionarla aún de una

farsa novelesca que habla de todas estas cosas y

además de la inutilidad del dinero que puede

sustituirse por simples caramelos o por droga.

Algo no muy lejos de la realidad ahora que la

palabra narcoestado ya no es tan tabú y los

poderes a la sombra ya no sienten vergüenza de

las irregularidades cometidas.

Una tarde de éstas, dos años atrás, recordaba los

años ochenta y cómo los acuerdos de Estado se

traicionaban y, poco a poco, esto se volvía

práctica común. De allí vino el artificio de

insertar el papel fraudulento en el universo

narrativo de Malanga, una fibra hecha bajo

fórmula secreta cuyo éxito es borrar en 36 horas

toda escritura que se le haya cargado.

Y lo metí en Malanga.

555


Conforme se añeja esta historia, me doy cuenta

de que hasta los acuerdos son confituras para

seducir nenes, máscaras de seducción y que la

pluralidad misma que pregona la democracia

tiene mil y un condicionamientos porque todo,

todo se encuentra a la venta.

Otra cosa es que el pudor no nos deje enunciarlo

de frente: mire usted el modo cínico del político

contemporáneo de traicionar los idealismos:

prometer una agenda y desarrollar otra. Arrear

ganado con zanahoria y garrote es el paradigma

de los tiempos que corren y los topos ideológicos

abordan todas las instituciones hasta destruirlas

desde adentro.

Es lo que queda de la posmodernidad; un

mundo álgido e incierto percibido por mentes

alteradas que, más que pensar, se mueren por

acatar el mandato del sistema de comprar para

simular la pertenencia a un todo al que importa un

pepino el bienestar de los vivos, tanto así que si

el sujeto fracasa carga con las culpas, merced a

una narrativa que esconde el caos que significa

ser libre y condicionado por los falsos valores que

nos han convertido en fetiche y mercancía.

Yo digo que, ante tal barbarie, cualquier acto de

rebeldía resulta esperanzador. Y allí, donde

menos se espera, salta un ser humano que reclama

556


por su espacio y por su derecho a ser sin

manipulaciones mercantiles ni juicios

cosificadores.

Lástima que también suele tomar las ropas de la

impostura cuando ha podido reinventarse sin

ataduras y buscar, sencillamente, ser. 3

3

Esta cosa llamada abusivamente “Prólogo” nos ha sido

enviada tardíamente por el autor. Nosotros, cómo lo

respetamos tanto, decidimos incluirlo a última hora, pero el

diagramador nos quería volver a cobrar por alterar el

maquetado. Ergo, lo zampamos acá para ahorrar algo de

nuestro precario presupuesto y así no afectar el precio de tapa.

557



FICCIONES QUEBRADIZAS

1. LA FICCIÓN DE ATRAPAR EL AIRE .....................

CASA DE LOS ALUCINADOS ........................................... 1

DÍAS DE OBLIGADO REPOSO ...................................... 13

EL NEGOCIO DE VENDER HUMO EN LÍNEA ............ 19

EN LA BARRA DEL BAR ALGO SE APRENDE ........... 25

EL AMIGAZO ÑETO ........................................................ 33

PERSONAJES QUE NUNCA APARECEN EN LOS

CRÉDITOS ......................................................................... 41

CONFIDENCIAS DE PETRA ROMERO ........................ 49

COMPETIR EN EL MERCADO LABORAL ES

ESCABROSO ..................................................................... 59

SALIR DE TIENDAS EN TIEMPOS DE CRISIS ............ 63

HAY QUE SACARLE PROVECHO AL VALOR

AGREGADO ...................................................................... 69

MI QUERIDO SOBRINO, TANTO TIEMPO… .............. 79

DOÑA CARMEN DETESTA A SU MALDITO JEFE..... 83

UNO POR APUROS ENTRA EN CUALQUIER SITIO.. 87

MEDIDAS DE PURO PRAGMATISMO ......................... 99

ARTICULANDO TRETAS 24/7 ...................................... 103

EL DILEMA DOMINICAL ............................................. 107

2. EL EFECTO DOMINÓ DE PERDER LA FE .........

ENTRETELONES EDITORIALES O CUANDO EL

HAMBRE VENCE AL PREJUICIO ............................... 119

UN SUEÑO PREMONITORIO ....................................... 123

IDENTIDADES BLANCAS MALANGUEÑAS ............. 125

PROFESIONALES QUE AÚN GUARDAN OPTIMISMO

........................................................................................... 129


GLOSAS INTESTINAS DE ACONTECIMIENTOS

MARGINALES ................................................................ 141

IVÁN MANTIENE A RAYA A SUS PARIENTES ........ 145

DE CÓMO EL AZAR RESUELVE PORMENORES .... 149

RENATO BUSCA COLOCAR EL PAPEL

FRAUDULENTO ............................................................. 159

CAMBIOS DE ÚLTIMA HORA ..................................... 163

CAMINANDO POR LAS CALLES DE MALANGA ..... 167

CONVIENE BUSCAR NUEVOS AIRES ........................ 173

AGENTE CAMPOS, HIPO CAMPOS ............................ 175

LA REBELIÓN DE LOS EXTRAS ................................. 187

EL NARRADOR PROCEDE CON BUENAS

INTENCIONES ................................................................ 191

3. EL APURO NUNCA DA BUENOS CONSEJOS O

QUÉ PASA CUANDO SE QUEMA EL CPU DEL

ESCRITOR.........................................................................

PETRA SE SIENTA A REPENSAR SOBRE EL CAMINO

........................................................................................... 197

UN DEDO QUE RESTRIEGA LA LLAGA ................... 201

VIVAS HACE LAS PACES CON SU MENTOR ........... 205

LA NEGATIVA DEL HOMBRE OCULTO ................... 209

QUÉ BUENO VOLVERTE A VER, RATA DE CAÑO . 215

UN BRAZO SE ASOMA EN LA NEBLINA DE MI

PUERTO ........................................................................... 225

CASTILLO TIENE PODERES PERCEPTIVOS........... 229

A JACKY LE GANA LA PEREZA ................................. 233

MALANGA CARECE DE HUEVOS Y A VIVAS LE DAN

UNA ASIGNACIÓN ESPECIAL .................................... 239

LA URGENTE RECONVERSIÓN DEL NEGOCIO ..... 247

LOS PROBLEMAS DEL TRABAJO VIENEN CON

VARGAS A CASA ........................................................... 251


CADA UNO SE LAS ARREGLA CÓMO PUEDE ......... 259

YARDO MUÑOZ SALAS TESTIMONIA CONTRA SÍ

CON AYUDA EXTERNA ................................................ 263

GREGORIO PASTA, PATRONO DE LA FILANTROPÍA

........................................................................................... 273

MI ALIADA PETRA Y EL COMITÉ DE COMAS

NEGRAS ........................................................................... 281

UNA DIGRESIÓN QUE ALGO AYUDA ....................... 285

4. ESTO NO ES TEORÍA CUÁNTICA, SINO EL

DETERIORO DE ESTE CUENTO ...................................

EL NARRADOR SE QUEJA DE LO SENTADO QUE ES

SU ESCRITOR FANTASMA .......................................... 295

ANDRÉS ESCAPA POR LA DERECHA ....................... 299

EL GHOSTWRITER MALEDICENTE Y BOCAFLOJA

........................................................................................... 303

HIPÓLITO CAMPOS MONITOREA LA CIUDAD ...... 309

CASI UN PERENNE ESTADO SONÁMBULO ............. 313

UNA VISITA INESPERADA .......................................... 315

EL AGENTE CAMPOS SE CRUZA DE TEXTO A

TEXTO ............................................................................. 319

SALOMÓN DE LA LUZ CHUECA ANALIZA AL

TITULAR ......................................................................... 323

DE CÓMO DOS TORTOLITOS SE CRUZARON LAS

MIRADAS ........................................................................ 327

DEBEMOS SALIR DE UNA MALANGA QUE ESTÁ

CAYÉNDOSE ................................................................... 331

JACQUELINE BUSCA ASILO ....................................... 335

UD. SE EQUIVOCA DE NOVELA ................................. 339

COMUNICADO DE URGENCIA ................................... 345

ANOTACIONES MENORES DEL DIARIO DE UN CURA

QUE EXIGE ANONIMATO ........................................... 349


MONOLOGA LA INSATISFACCIÓN DE UNA STAR

SIN LUZ............................................................................ 353

SALOMÓN TANTEA EL CLIMA PARA BENEFICIO

PROPIO ............................................................................ 359

5. EL NARRADOR ABSORBIDO POR EL CAOS .........

ESTE SEÑOR ES UN BICHO PELIGROSO ................. 365

GREGORIO HA DEBIDO PENSARLO ANTES ........... 369

YO DEBO HABER VISTO ESTE TIPO EN OTRA

PARTE .............................................................................. 375

LA TAREA DEL HÉROE ES BLINDAR A LA GALLINA

........................................................................................... 379

PODRÍAMOS COBRAR POR LA VISITA .................... 383

APAGONES ..................................................................... 389

LOS TRES MUCHACHOS EN SU CHARCO ............... 397

APOLOGÍA DEL SEGUNDO DOCTOR PÉREZ ......... 400

LAS QUEJAS DE JULIA ................................................ 406

EL PROBLEMA DE TRATAR CON UN PERSONAJE

INGRATO ........................................................................ 408

DON JORGE ERA UNA ESTRELLA EN ASCENSO ... 418

EL AFFAIRE ROMERO- DE LA LUZ .......................... 427

PEQUEÑAS ESTRUCTURAS QUE SE QUIEBRAN POR

DENTRO .......................................................................... 433

MÁXIMO PRESIONA A TIRONES PARA QUE

RESUELVA EL CASO .................................................... 437

CRÓNICA DE LA ORFANDAD DE KARINA

JACQUELINE SOLARES ............................................... 441

LOS FRUSTRADOS CASTILLOS DE FERMÍN .......... 445

6. LA DERROTA ES ALGO QUE TE RECORRE

ADENTRO .........................................................................

LA CONFESIÓN DE UNA SOMBRA CONSPIRANOICA

........................................................................................... 455


LAS ESTRATEGIAS DE CASTILLO PARA CUMPLIR

SU PARTE ........................................................................ 461

FRÍO DESVARÍO CON INTERLOCUTOR PASIVO .. 467

SÍNTESIS DE UNA RUPTURA ...................................... 473

PETRA DUDA DE LA EXISTENCIA DEL MUNDO

LITERARIO ..................................................................... 475

SOLUCIONES METAFÍSICAS PARA PROBLEMAS

PECUNIARIOS ................................................................ 479

SOPLAN VIENTOS FINALES ....................................... 483

UN DIÁLOGO ENTRE PAREDES REBOTANTES ..... 487

LOS RENGLONES TORCIDOS DE DOS ..................... 491

LA DECEPCIÓN DEL FUTURO ................................... 499

PERCEPCIONES CONDICIONADAS DEL PODER ... 507

PRESO DE LA PSIQUE .................................................. 511

EL NIHILISMO DE LOS EMPRESARIOS

DERROTADOS ................................................................ 519

PASTA ES OTRA MENTIRA ......................................... 525

EL PEOR DE LOS EPÍLOGOS ...................................... 529

7. LA INEVITABLE VIOLENCIA DEL EGO

INSATISFECHO................................................................

PARA CERRAR ESTAS FICCIONES SIN OBVIAR

DAÑOS COLATERALES ............................................... 537

EL ESCRITOR QUE HUYE DE SU TEXTO ................. 543

APUNTES DE UN ESCRITOR MIENTRAS BARRE LOS

ESCOMBROS DE UN CIELORRASO POBLADO DE

PSIQUIÁTRICAS GALLINAS ....................................... 547

UN PRÓLOGO TAN INNECESARIO QUE EL EDITOR

LO ENCAJA A LA FUERZA DONDE SE LE VIENE EN

GANA................................................................................ 553



Hooray! Your file is uploaded and ready to be published.

Saved successfully!

Ooh no, something went wrong!