PDF [READ] How The Frog Found His New Home Read online
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Nos asombremos de que la desgracia no ennoblezca. Es que, cuando se piensa en un
desgraciado, se piensa en su desgracia. Pero el desgraciado no piensa en su desgracia:
tiene un alma llena de cualquier alivio que puede codiciar.
Si alguien no es capaz de entender los modelos inalterables de las cosas, no se debe a
una falta de inteligencia; se debe a falta de resistencia moral.
Sin duda hay matemáticos en la caverna (platónica), pero su atención está puesta en los
honores, rivalidades, competiciones, etc.
Si uno permanece en la caverna, por muy fácilmente que sea capaz de observar todas las
reglas externas de virtud, uno nunca será virtuoso. La vida intelectual y la vida moral
son una.
Los sabios tienen que regresar a la caverna, y actuar allí. Uno tiene que llegar al estadio
en que el poder esté en manos de quienes lo rechazan, y no de aquellos que ambicionan
poseerlo.
Dios sólo podía crear escondiéndose. De otro modo no habría habido nada sino él
mismo.
Creer en Dios no es una decisión que podamos tomar. Todo lo que podemos hacer es
decidir no dar nuestro amor a falsos dioses. En primer lugar, podemos decidir no creer
que el futuro contiene para nosotros un bien suficiente. El futuro se hace con la misma
substancia que el presente.
No depende del hombre buscar o incluso creer en Dios. Sólo tiene que rehusar creer en
todo lo que no es Dios. Este rechazo no presupone la creencia. Basta reconocer, cosa
obvia para cualquier mente, que todos los bienes de este mundo, pasados, presentes o
futuros, reales o imaginarios, son finitos y limitados y radicalmente incapaces de
satisfacer el deseo, perpetuamente ardiente en nosotros, de un bien infinito y perfecto...
No es cuestión de dudar de sí o de buscar. El hombre sólo tiene que persistir en su
rechazo, y un día u otro Dios vendrá a él.
Todos sabemos que no hay bien en este mundo, que todo lo que aquí aparece como bien
es finito, limitado, se agota y, una vez agotado, la necesidad se muestra al desnudo.
Probablemente en la vida de todo ser humano ha habido algún momento en el que se ha
confesado a sí mismo con claridad que no hay bien en este mundo. Pero en cuanto se
percibe esta verdad se la recubre de mentira. Muchos que jamás han podido soportar el
mirarla de frente por más de un segundo se complacen en proclamarla buscando en la
tristeza un placer mórbido. Los hombres perciben que hay un peligro mortal en mirar de
frente esta verdad durante un tiempo prolongado. Y es cierto; ese conocimiento es más
mortífero que una espada, la muerte que inflige produce más miedo que la muerte
carnal. Con el tiempo mata en nosotros todo lo que llamamos "yo". Para sostener esa
mirada hay que amar la verdad más que la vida.
Sólo Dios es capaz de amar a Dios. Lo único que nosotros podemos hacer es renunciar a
nuestros sentimientos propios para dejar paso a ese amor en nuestra alma. Esto significa
negarse a sí mismo. Sólo para este consentimiento hemos sido creados.
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