CRÓNICAS DE DOS MARES
En octubre del 2024 junto a Discos Pacifico, la Fundación Gladys Palmera y la agrupación Tumaqueña Bejuco, viajamos hasta Portobelo, en Panamá, una bahía bañada con un mar color esmeralda, rodeada de frondosos bosques y antiguas fortalezas, hogar de La Escuelita de Ritmo, un proyecto que busca rescatar y salvaguardar la cultura Congo y sus tradiciones. Allí, junto a los músicos locales empezó esta historia que quedó condensada en cuatro canciones y que representa la semilla de un junte que vincula la fuerza de dos mareas, la nostalgia de dos territorios hermanos que alguna vez fueron uno, sus memorias de resistencia y sobretodo, el arte como ancla en búsqueda de un canto de libertad. Esta es la historia de este junte musical entre Colombia y Panamá, entre los tambores Congo y la marimba del pacífico…bienvenidos a este viaje a las profundidades de este Ritmo de Dos Mares.
En octubre del 2024 junto a Discos Pacifico, la Fundación Gladys Palmera y la agrupación Tumaqueña Bejuco, viajamos hasta Portobelo, en Panamá, una bahía bañada con un mar color esmeralda, rodeada de frondosos bosques y antiguas fortalezas, hogar de La Escuelita de Ritmo, un proyecto que busca rescatar y salvaguardar la cultura Congo y sus tradiciones. Allí, junto a los músicos locales empezó esta historia que quedó condensada en cuatro canciones y que representa la semilla de un junte que vincula la fuerza de dos mareas, la nostalgia de dos territorios hermanos que alguna vez fueron uno, sus memorias de resistencia y sobretodo, el arte como ancla en búsqueda de un canto de libertad.
Esta es la historia de este junte musical entre Colombia y Panamá, entre los tambores Congo y la marimba del pacífico…bienvenidos a este viaje a las profundidades de este Ritmo de Dos Mares.
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Donde nace el
Océano: Crónica de
un encuentro musical
entre el Pacífico y
Atlántico
Por: Juan Sebastián Barriga Ossa
Son aproximadamente las nueve de
la noche y una tormenta cae sobre el
zigzagueante camino que conduce al
pequeño pueblo de Portobelo. Está finalizando
octubre y en esta región del
norte de Panamá todos los días llueve
de una forma tan intensa, que uno se siente
diminuto ante la inclemente fuerza
de las gruesas gotas que caen sobre las
casas de colores que pintan el paisaje
de esta calurosa zona caribeña. El duro
clima hace que la electricidad sea intermitente
y lo único que ilumina el camino
son los faros de la furgoneta blanca conducida
por Ángel, un hombre silencioso
de prominente barriga; y los rayos que
pintan de azul y negro a este rincón del
planeta de una forma tan poética, que si
uno tiene suerte, por una fracción de segundo
puede ver a la Bahía de Portobelo
aparecer en el corazón de la tempestad,
como una foto en negativo bañada por
los truenos y las sombras.
Esta imagen, hermosa y caótica, define muy
bien a esta bahía caribeña de agua color esmeralda
y laderas frondosas adornadas por
antiguas murallas y cañones que todavía
apuntan al horizonte, como si estuvieran defendiendo
la memoria de un pasado lleno de
contrastes.
Precisamente la luz y la sombra son la esencia
de Portobelo, un lugar que se construyó
a base de codicia y caprichos imperialistas,
pero que prosperó gracias al amor, al sentido
de comunidad y al ímpetu de la libertad. Este
pueblo vivió el yugo de los conquistadores, la
violencia de flotas navales y barcos piratas,
el flagelo de la esclavitud, la decadencia de
las cirsis económicas y la esperanza de la rebeldía.
Todo esto, y mil cosas más, se juntaron
en una cosmovisión que generó un patrimonio
inmaterial de la humanidad bautizado
como Cultura Congo, manifestado principalmente
en el baile y la música, pero realmente,
más que ser una expresión artística y cultural,
es una forma de habitar el planeta.
Parte 1
Durante 2024, la agrupación colombiana Bejuco viajó
durante siete días a Portobelo, Panamá para vivir una
residencia artística junto a Escuelita del Ritmo y así
sumergirse en la cultura de esta bahía llena de historia y
misticismo.
Aquí, frente al mar que golpea gentilmente
los muelles, entre el 26 de octubre y el 2 de
noviembre de 2024; cuatro integrantes de
Bejuco, agrupación musical creada en 2015
en Tumaco, Colombia que explora el sonido
de la marimba y la herencia afro pacífica; se
juntaron con varios miembros de La Escuelita
del Ritmo; uno de los proyectos culturales,
pedagógicos, comunitarios y sociales impulsados
por Fundación Gladys Palmera, con
el apoyo de Fundación Bahía de Portobelo
como aliado local; para hacer parte de Ritmo
de Dos Mares: un intercambio cultural entre
el Pacífico colombiano y el Caribe panameño,
que generó un diálogo sonoro entre músicos
de dos latitudes separadas por kilómetros de
mar y tierra; pero unidos por una raíz sonora,
una historia en común y por el cuero del tambor.
Esta residencia artística quedó plasmada en
tres canciones: “En el agua salá”, un corte
cuya base es el Congo que habla de esa conexión
tan profunda que ambos grupos tienen
con el mar; “A la orilla”, una canción que suena
a el Pacífico y trae un canto de amor y
esperanza complementado con el sabor antillano;
y “Soy yo”, el resultado del juego creativo,
la complicidad y la camaradería de este
viaje sonoro; que en 2025 formarán parte de
un álbum producido por el sello colombiano
Discos Pacífico, el cual a través de las voces
de estos artistas, canta una historia que viaja
entre épocas y latitudes para hacernos bailar,
disfrutar y reflexionar acerca de la riqueza de
nuestro presente y del poder de la música.
El puente del mundo
Mucho antes de que el 20 de marzo de
1597 Francisco Velarde y Mercado fundará
San Felipe de Portobelo; antes de que el 2
de noviembre de 1502 Cristóbal Colón en
su cuarto viaje a América se encontrará con
esta bahía y la bautizará Porto Bello; y mucho
antes de que los pueblos Cuevas, Coclé y
sus antepasados caminaran por todo el territorio
que hoy llamamos Panamá, esta zona
del planeta era un conjunto de islas volcánicas
formadas por el movimiento de las placas
tectónicas, que poco a poco y durante millones
de años, se fueron uniendo hasta crear
el Istmo de Panamá.
Este fue uno de los sucesos geológicos más
importantes de la historia del planeta porque
significó el nacimiento del Océano Pacífico y
del Océano Atlántico. Esta es la tierra madre
que cambió el clima y el paisaje de nuestro
mundo y durante siglos ha sido la conexión
entre estos inmensos cuerpos de agua y
todo lo que en ellos se conjuga. No en vano,
fue en esta región donde el imperio español
construyó varias de las primeras ciudades de
América como: Santa María la Antigua del
Darién (1510-1524); Nombre de Dios (1510),
el primer puerto del continente; y Portobelo,
que reemplazó como puerto a Nombre de
Dios por su mejor ubicación.
Durante la colonia, este territorio fue uno de
los más importantes del imperio español ya
que era un centro de comercio que unía a
todo el continente con Europa. Para administrar
todo lo que circulaba se construyó la
Aduana Real, un edificio burocrático descomunal,
actualmente un museo, donde no solo
se comercializaban productos sino también
esclavos.
Portobelo fue un punto clave en el desarrollo
de la esclavitud porque recibía muchos de
los barcos negreros que traían personas arrebatadas
de su tierra en África. Se estima que
por lo menos 250.000 esclavos y esclavas
llegaron por Panamá durante los tres siglos
de colonización española.
Hoy este pueblo de poco más de cuatro mil
habitantes pertenece a la provincia de Colón,
cuya capital homónima, es la segunda ciudad
más grande del país y cuenta con un importante
puerto. Muchas de las personas de
Portobelo trabajan en esta ciudad a la que
se llega luego de un viaje de unas dos horas
en unos coloridos buses de los años 70, en
cuyas fachadas se ven fotos, luces, dibujos y
mensajes inspiradores. En este lugar de playas
paradisíacas y verdes manglares, el ritmo
de vida es tranquilo y el turismo sostiene a
buena parte de la comunidad.
Pero la temporada de lluvia siempre será baja.
Las solitarias calles de Portobelo están cubiertas
de un cielo gris y son transitadas por el
silencio. Los pocos transeúntes que recorren
el lugar van con calma y saludan animados.
En el complejo deportivo suenan los batazos
de unos jóvenes que practican béisbol, mientras
al otro lado del pueblo la quietud es interrumpida
por el sonido de los tambores que
repican desde el interior del Studio Sabrosura.
Este edificio cuadrado pintado de blanco
y azul tiene un cuarto lleno de instrumentos
separado por una pared enorme y una puerta
de madera de la sala de grabación; donde
los músicos de La Escuelita del Ritmo y los
de Bejuco, trabajan guiados por Diego Gómez
(Cerrero), productor y músico, fundador
de Llorona Records y Discos Pacífico, quién
se encarga de la producción del álbum que
saldrá de esta residencia.
Los ritmos del tambor y la batería son acompañados
por la guitarra de Mary Ann Ortíz,
una joven mujer de sonrisa amplia y pelo minuciosamente
trenzado que llegó a La Escuelita
del Ritmo cuando apenas tenía 12
años, impulsada por su madre y gracias a
que los servicios pedagógicos de este centro
cultural son gratuitos. Aquí se formó en varios
instrumentos con los profesores que están
grabando este álbum y también da clases a
los niños del pueblo.
Su guitarra tiene un ritmo psicodélico muy
propio del Caribe. El sonido de géneros como
la champeta, el soca, el calipso se sienten
en sus acordes que también nos remiten a
sonidos africanos como los de las guitarras
de la rumba congoleña, los soukous e incluso
el estilo Tuareg. Todas estas influencias nacen
de la enorme diversidad que caracteriza
a la provincia de Colón, la cual se debe a los
procesos migratorios que sucedieron, no sólo
durante la colonia, sino durante la modernidad.
Un territorio conectado
con el universo
Antes de que el Canal de Panamá se construyera
entre 1904 y 1914, en este territorio
se realizó una gran obra de ingeniería que unió
ambos océanos a través de la tecnología. En
1804 un inglés llamado Richard Trevithick inventó
la locomotora a vapor y sentó las bases
que le darían impulso al sistema ferroviario y a
la revolución industrial. Esta nueva tecnología
no solo cambió el paisaje y las dinámicas del
mundo, también aceleró el ritmo de vida y
para 1850 era una necesidad urgente hacer
un ferrocarril trans oceánico en este rincón del
planeta. Ese año, la Compañía del Ferrocarril
de Panamá comenzó la construcción de
una línea férrea en la región donde hoy queda
Colón. En 1852 se fundó la ciudad y durante
toda esta época llegaron migrantes de países
antillanos como: Jamaica, Haití, Cuba, Barbados,
Trinidad y Tobago y también de China
para trabajar en las obras.
Todo este intercambio creó una rica cultura
que musicalmente se expresa en sonidos
como la plena, el típico, también llamado
pindín que se toca con acordeón, y más
recientemente sonidos como el dembow, el
dancehall y el reggae en español; ritmos que
cimentaron las bases sobre lo que se edifica
hoy el reggaetón. Panamá vio nacer artistas
como: El General, Nando Boom, El Chombo,
Kafu Banton, Ruben Bládes, Nicolas Aceves
Nunez, Silvia De Grasse, Idania Dowman,
Catalina Carrasco entre otras voces que
han marcado a la música latina. Y además,
la costa de Portobelo es hogar de una expresión
muy propia, única en el mundo, que
marca el ADN de esta región y la vida de sus
habitantes: la Cultura Congo.
Es el cuarto día de la residencia Ritmo de
Dos Mares y dentro de la sala de grabación
del Estudio Sabrosura de la Fundación Bahía
de Portobelo, los tambores cununo y la marimba
del Pacífico colombiano van conversando
poco a poco con los tambores Congo.
Afuera, en la sala de los instrumentos, sentado
en una esquina, Juan Carlos Mindinero,
mejor conocido como Cankita, escucha
atentamente un ritmo afrobeat en su celular.
Este músico tumaqueño de semblante sereno
y amable, es un hombre de pocas palabras
al que siempre se lo ve concentrado y
reflexivo. Cankita es marimbero y multiinstrumentista,
hace más de veinte años ha estado
en contacto con la música y ha formado parte
de proyectos como Agrupación Changó.
Actualmente es director de Bejuco, creado
en 2015 como un laboratorio sonoro que empezó
a juntar el ritmo tradicional del bambuco
tumaqueño con influencias de la ciudad, su
música y sus dinámicas.
Los experimentos sonoros de este grupo
mantienen el formato clásico del bambuco:
tres cununos, un bombo, una marimba, varias
voces armonizadas y el wasa, todo tocado al
ritmo de 6/8; pero le suma la guitarra eléctrica,
el bajo, el piano y la batería. Estos juegos
musicales comenzaron a darle un nuevo aire
a la música típica de la región, que mantiene
la tradición pero la lleva a nuevas dimensiones
sonoras. Hacia 2018, Bejuco se unió
con Diego Gómez y con el artista y gestor
cultural Iván Benavídez, quienes le presentaron
a la agrupación el sonido del afrobeat
de Fela Kuti. Este diálogo sonoro derivó
en el Afro Pacifican Beat, también llamado
Bambuco Beat, el sonido propio de Bejuco,
que une a Tumaco con Nigeria, pero también
con Bogotá, con Cali y con todo el planeta.
Rap, algo de rock, algo de psicodelia, algo de
reggae, algo de experimentación progresiva
y muchos juegos sonoros caracterizan esta
música hipnótica y conmovedora que quedó
plasmada en su álbum debut llamado Batea
(2021).
La concentración de Juan Carlos es interrumpida
cuando al fondo del edificio se escucha
una voz decir: “¿Cómo no vamos a estar
bien?, si está dirigiendo el maestro Cankita”.
La voz que le sacó una sonrisa a este artista,
es la de Jairo Esquina, profesor de la Escuelita,
gestor cultural y líder social de Portobelo.
Jairo es alto, delgado y sus largos brazos es-
El Congo: La herencia
de un pueblo rebelde
Parte 2
A lo largo de toda la Bahía de Portobelo existe una cultura
que abarca todos los aspectos de la vida y define la esencia
de esta comunidad.
tán cubiertos de tatuajes al igual que algunas
partes de su cuello. Su mirada también
es seria y, como Cankita, habla poco pero de
forma amable, contundente y precisa. Él es
heredero de la Cultura Congo, la cual lleva
en su sangre. Este legado viene de sus bisabuelos
y toda su vida ha estado involucrado
con esta cultura. Se puede decir que Jairo
empezó a bailar Congo desde que estaba en
el útero de su madre.
Él explica que una de las primeras cosas que
hay que entender sobre el Congo es que no
se puede definir como una sola cosa. El Congo
es algo que se respira, que se siente, que
se tiene en la sangre y que expresa de múltiples
formas. Sus manifestaciones más conocidas
son la música y el baile, pero El Congo
también se vive en la pintura, en la talladura,
en la gastronomía, en la lengua, en lo espiritual,
en la ropa, en la forma hablar y en todo lo
que pueda definirse como una expresión del
alma.
La Cultura Congo nace de la tragedia y crece
en la esperanza. Cuando los pueblos africanos
fueron esclavizados, las personas eran
embutidas en barcos negreros que cruzaban
el océano. En este infierno había gente de
todo el continente que llevaba sus propias
costumbres, lenguas y religiones. Muchas
veces, lo único que todas estas personas
tenían en común era la música.
Camilo Estacio Marquínez es el miembro
más jóven de Bejuco y marimbero de la
agrupación. Camilo aprendió los secretos de
la marimba en la Escuela de Música Centro
Villa Lola de Tumaco y actualmente es docente.
Su conocimiento es tan apasionado,
que así como logra que las teclas hechas
de chonta de su instrumento dialoguen con
las guitarras afrobeat y los tambores Congo;
puede hacer lo mismo con la velocidad y la
distorsión del punk, música que exploró con
unos colegas de la ciudad de Pasto.
Camilo cuenta que la marimba llegó de África,
no de forma física, sino en la cabeza de las
personas; por eso, para este hombre delgado
que usa gafas, este instrumento se debe
tocar con mucho respeto ya que: “te alivia el
alma con el sonido”.
Esto es una conexión directa con sus antepasados
africanos. Una vez que los barcos
llenos de esclavos llegaban a puertos como
los de Portobelo, las personas eran encerradas
en cárceles hechas de palos que parecían
corrales. Entre este dolor y muchas veces sin
poder comunicarse entre ellos; la música se
convirtió en la única forma de alivio. Los cantos,
las palmas, las semillas y cualquier material
que estuviera disponible para crear un
instrumento, empezaron expresar las penas,
las alegrías, las devociones y las rebeldías.
Entre los bailes, las diferencias fueron borrándose
y comenzaron a nacer nuevas culturas
que mantuvieron vivo el fuego de los corazones
esclavizados, y lo esparcieron por todo
el continente, creando así varios de los elementos
culturales que hoy configura la identidad
latinoamericana.
En el caso de esta bahía, toda esta riqueza
cultural derivó en distintos símbolos y formas
de sentir el Congo. Jairo explica que cada
una de las localidades que componen Costa
Arriba y Costa Abajo, las dos regiones en
la que se divide la provincia de Colón, tienen
sus propias formas de expresar esta cultura,
cuyas prácticas llegan hasta Bocas del Toro.
Algo que todas las formas de Congo comparten
son sus dos ritmos musicales: El corrido;
un ritmo más lento y melancólico que se
usaba para cantar las penas y las tragedias;
y el atravesado, más rápido y energético que
se usaba para celebrar y cantarle a la alegría.
En una canción Congo, la voz principal pregunta
y el coro responde de forma similar a
la del bullerengue colombiano. Tres tambores
delgados se encargan de marcar el compás:
un pujador, también llamado hondo que toca
el ritmo; un repicador, o seco, que va jugando
con la música; y un bajo.
Si bien esta música suena constantemente
a lo largo de la bahía, durante los carnavales
es cuando más intensa es la celebración. Los
20 de enero se iza la bandera blanca y negra
de Portobelo y hasta el miércoles de ceniza,
todos los fines de semana se baila el Congo.
Además cada dos años se realiza el festival
de Congos y Diablos que también reúne y
celebra este legado.
Un carnaval lleno de
color y una fuerza
espiritual
Jairo cuenta que la tradición del carnaval nació
durante la época colonial. En ese entonces,
a las personas esclavizadas se les daban
unos días de esparcimiento para que pudieran
distraerse y bailar. Esta concesión creativa se
convirtió en una válvula de escape para desfogar
todos los sentimientos y de pasó desafiar
a la autoridad. En forma de burla, los esclavos
empezaron a parodiar a sus captores
y crearon su propia corte real compuesta por
una Reina Congo, que es el centro de la celebración,
un Rey Congo que baila con la cara
pintada de negro, un sombrero de plumas
y un traje adornado con piedras brillantes y
lentejuelas; las Mininas, que lucen coloridas
polleras; el Pajarito, cuya ropa sule tener dos
tonalidad y alas bajo los brazos; entre otros
miembros de la corte y elementos que se han
ido sumando con los años. Pero sin duda, los
personajes más llamativos e intensos de esta
fiesta son los Diablos Congo.
Estos seres juguetones y desenfrenados visten
de negro y rojo, usan grandes zapatos y
en la cabeza llevan enormes máscaras que
muestran muecas y carcajadas tenebrosas.
Bejuco conoció a este personaje que incita
al descontrol, al baile desenfrenado y al dulce
caos en una de las muestras culturales que
se realizaron durante los primeros días de
residencia. El diablo es una encarnación de
la dualidad que nació como una burla a los
europeos y a su sevicia. Esta es la representación
de los capataces y los esclavizadores,
por lo que, a pesar de ser el alma de la fiesta
y una de las imágenes más típicas de esta
región, también simboliza un pasado muy doloroso.
Damanson Meléndez y Enrique Árias son
dos hombres altos, delgados y musculosos
que encarnaron a los diablos en las muestras
culturales y en los videos que se grabaron
durante estos días de intercambio. Cuando
no llevan sus máscaras, las están fabricando
con aluminio, cartón, dientes de vaca y tela.
Ellos dicen que el diablo es un personaje que
puede ser muy oscuro y a la vez colorido y
juguetón, pero para ellos es una interpretación
que empieza cuando se ponen el traje y acaba
cuando se lo quitan, ellos evitan la parte
mística y ritualística que también envuelve a
este personaje.
La Cultura Congo tiene un rico componente
espiritual. La fe y la divinidad son fundamentales
en Portobelo y en su cultura porque los
milagros y los santos son parte de su historia.
Entre las cosas que hacen tan especial
a esta bahía, está la iglesia de San Felipe en
donde reposa la estatua de un Cristo Negro
vestido de morado. Ismael Ribera le canta a
esta imagen en su canción “El Nazareno” y
a parte de su aura mística, este Cristo está
rodeado por el misterio.
No es claro en qué año y ni cómo llegó “El
Nazareno”, pero hay múltiples versiones que
hablan de su origen. La más común cuenta
que un barco llevaba dos cajas cargadas
con estatuas de Cristo, una era blanca y la
otra era negra. Pero la nave quedó atrapada
en una tormenta y tuvo que aligerar su carga.
Las imagenes cayeron por la borda y el Cristo
Negro llegó flotando a Portobelo donde fue
encontrado por un pescador indígena. En ese
entonces, el pueblo vivía una pandemia de
cólera y la muerte reinaba en las calles.
La aparición de la imagen fue vista como un
buen presagio y para pedir la salvación del
lugar;
enfermos, doloridos y cansados; las portobeleños
tomaron la estatua y tambaleantes,
la cargaron por todo el pueblo hasta llegar
a la iglesia. Esta errática marcha quedó inmortalizada
en el baile que se hace el 21 de
octubre durante la procesión que se realiza
en honor a “El Nazareno”, que luego de esa
demostración de fe, salvó a Portobelo.
Elsa Molinar, conocida como Mamá Elsa, es
una de las mayores sabedoras vivas de esta
Cultura y para muchos miembros de la comunidad
es considerada una madre. Ella habla
con calma y elegancia, ríe enérgicamente y
divaga con amor mientras cuenta sus historias.
Mamá Elsa no solo es la memoria viva del
Congo, también forma parte de la Afro Pastoral
de Portobelo, un coro de mujeres que
recibió a Bejuco en la iglesia de San Felipe
durante el primer día de residencia. Una de
las fuerzas que guía la vida de Mamá Elsa
son las palabras del Papa Juan Pablo II quien
predicó que la adoración a Dios se debe dar
desde las peculiaridades culturales de cada
devoto; por eso para esta mujer su voz, sus
manos, sus pasos de baile son una forma de
alabar a lo divino.
Esta fe es algo que los integrantes de Bejuco
también sienten, no solo por compartir
la fe católica, sino porque en el municipio de
Magüí Payán, ubicado a poco más de dos
horas de Tumaco, también hay un Cristo Negro
vestido de morado que es importante en
la vida de la comunidad y a quien se le canta
con amor.
A lo largo del zigzagueante camino que va
de la autopista a Portobelo, se pueden ver
iglesias evangélicas por todo lado, incluso
una al lado de la otra; esto se debe a que
entre 1914 y 1999, el Canal de Panamá fue
administrado por Estados Unidos, lo que significó
la llegada de muchos migrantes de ese
país, que sumados a la diáspora antillana, instauraron
el protestantismo en Panamá. Jairo
pertenece al 55% de la población que se
identifica como crisitano protestante. Para él,
la conexión que tiene con el Congo y el talento
que tiene para la música y el baile son
manifestaciones de Dios, porque son cosas
que él no puede explicar, solo las siente y las
expresa, como una fuerza mística que lo guía;
por eso siempre dice que: “la honra y la gloria
es de Dios”.
Así mismo, para algunas personas, la conexión
divina con El Congo está en la fe yoruba,
cuyas raíces vienen de África y tiene devotos
en todo el Caribe. Todo depende de cómo
lo viva cada uno. Si bien Damanson y Enrique
son enfáticos en decir que no tienen
una conexión mística con los diablos Congo
por respeto a Dios; antes de interpretarlos se
les ve entrar de poco a poco en el juego del
personaje. Previo a ponerse sus máscaras,
ambos saltan despacio y calientan las gargantas
practicando los gritos y sonidos de los
diablos mientras entran en una especie de
trance. Una vez que están dentro del traje,
nada los para. Este personaje carga un látigo
con el que golpea a los que no bailen, y esto
Bejuco lo sintió sorpresivamente en sus canillas
mientras grababan algunas tomas para un
video musical.
Pero esta devoción no es exclusiva del catolicismo,
ese musicalizar el amor a Dios a
través del Congo también se siente con mucha
fuerza desde el cristianismo protestante.
Una rebeldía que no
desaparece
Mamá Elsa llegó al Studio Sabrosura el quinto
día de la residencia Ritmo de Dos Mares
para cantar en “El agua sala´”, un bello homenaje
que esta mujer con su ronca voz le hace
a uno de los lazos de hermandad más fuerte
que tienen estos artistas: el mar.
El agua salada marca la forma de hablar, de
caminar, de habitar el territorio. Es la memoria
del pasado, el elemento que nos ata al presente
y la esperanza del futuro. Pero también
es un símbolo de lucha y resistencia ya que
frente al agua salada de Portobelo, nacieron
varias de las primeras rebeliones que se alzaron
contra el imperio español.
Giselle Muñoz, a quien de cariño le dicen
“Gigi”, es una joven mujer apodada Esquelta
por su contextura delgada. “A mí lo que me
gusta es la bulla”, dice enérgica mientras enumera
todos los instrumentos que toca y las
clases de música que le da a varios jóvenes
de la comunidad. Ella formó parte de la Escuelita
del Ritmo y ahora es docente y líder
social. Además, cada centímetro de su ser
refleja la Cultura Congo con la que ha estado
en contacto desde muy niña.
Gigi cuenta que durante la colonia, varios esclavos
se organizaron para rebelarse contra
sus captores. Estos huyeron hacia la selva y
formaron territorios libres bautizados como
palenques. A estos rebeldes se les llamó cimarrones,
que es el término que usa para
referirse a un animal domesticado que vuelve
a ser silvestre.
Los palenques eran espacios soberanos que
no solo daban refugios a quienes huían, también
eran centros militares desde donde se
fraguaron varios golpes a la Corona Española.
El siglo XVI fue el de mayor actividad cimarrona
en Panamá. Algunos de los líderes
más influyentes fueron: Felipillo, que inició una
revuelta en 1549 y luego en 1551 fue descuartizado;
Bayano quien fue su sucesor y lideró
entre 1579 y 1582 “Las Guerras Bayano”;
y Luís de Mozambique, bautizado el líder de
los “Negros de Portobelo” y posteriormente
nombrada el rey de esta comunidad.
El liderazgo de Luís de Mozambique era tan
fuerte, que la Corona no tuvo otra opción
que negociar con él. Así, en 1579 se creó por
decreto la Villa de Santiago del Príncipe, el
primer territorio afro que fue legalizado por la
Corona española. Pero este triunfo tuvo dos
caras porque pasar de ser un palenque a una
villa, significó someterse al imperio y volverse
súbditos. Luis tomó el apelativo de Don y este
pueblo, que fue nombrado en honor al heredero
del Rey Felipe, existió durante unos 17
años y se convirtió en un aliado para combatir
a los cimarrones.
Sin embargo esto no menguó la lucha. Los
brotes rebeldes siguieron manifestándose
en todo el territorio. Gigi también cuenta que
para planear los escapes, las personas empezaron
a hablar al revés, cambiando el significado
de las palabras y su entonación; esto
produjo el idioma Congo que todavía se habla
en Portobelo, pero no de forma masiva.
Gigi es una muestra de cómo estas semillas
rebeldes siguen brotando en esta tierra y dando
frutos que benefician a toda la comunidad.
Pero así como hoy el Congo brilla en toda
Costa Arriba y Costa Abajo; al igual que hace
varios siglos atrás, existen fuerzas negativas
que buscan silenciar los tambores. Pobreza,
desigualdad y violencia histórica, también
marcan los días de este pueblo que vive entre
el abandono estatal y el flagelo que más
afecta a todo el continente: el narcotráfico.
Pero el espíritu cimarrón sigue en pie.
Luces y sombras del
paraíso
Parte 3
A pesar de su prosperidad, Panamá afronta serios problemas
de violencia vinculada al narcotráfico, la desigualdad, y
la pobreza; pero desde la cultura se le hace frente a esta
adversidad.
Cae la noche en Portobelo y las calles huelen
al petricor que emanan los andenes humedecidos
por la lluvia. El ambiente es fresco y el
pueblo estaría en silencio de no ser porque en
el centro retumba una música. En una cancha
ubicada frente al edificio de la Aduana,
una banda marcial practica su repertorio. Se
acerca noviembre, mes en el que se celebran
las fiestas patrias de Panamá; por todo lado
se alzan las banderas blanco, rojo y azul del
país; y esta banda ensaya para los desfiles
que se realizarán a lo largo de las semanas.
La mayoría de los músicos son jóvenes de
distintas edades que poco a poco se van sumando
a la práctica. Junto a varios redoblantes
retumban un par de bombos y algunas
liras. Un niño de unos ocho años llega corriendo
con una sonrisa y un pequeño tambor amarrado
a su cintura. Se une animado al resto
de redoblantes, pide perdón por la demora,
mira las indicaciones del director y comienza
a seguir lo mejor que puede las canciones.
El repertorio incluye varias composiciones de
desfiles, pero también Karol G y “Gotas de
lluvia” de Grupo Niche. En una esquina del
parque, los cuatro miembros de Bejuco cantan
animados la letra. La práctica avanza, la
orquesta es cada vez más grande y Bejuco
comienza a improvisar. En un punto, Camilo
Rivas, baterista, no aguanta más las ganas,
pide un tambor prestado y comienza a seguir
al resto de la orquesta. Este hombre de contextura
ancha, alto, grande y de ojos claros,
nació en Tumaco pero vivió un tiempo en Cali,
donde tocó el redoblante en una agrupación
de chirimía chocoana. Al igual que Cankita,
formó parte de Agrupación Changó y cuenta
que la primera vez que tocó una batería fue
cuando entró en Bejuco. A punta de videos
de YouTube, oído y talento nato, dominó este
instrumento que interpreta con una fuerza y
un sabor especial.
Los vientos comienzan a llegar al ensayo y
Camilo deja el instrumento prestado para seguir
disfrutando del espectáculo, el cual curiosamente
desentona con el paisaje del resto
del pueblo que se encuentra vacío y callada.
Uno de los motivos de tanta calma, es que
por esos días se han declarado toques de
queda relacionados con algunos asesinatos
que se registraron en la región.
Desde la era colonial, todo el territorio que hoy
conforma Colón ha sido marcado por la criminalidad
y la violencia debido a las riquezas
que siempre han circulado por estas tierras,
las rutas de comercio, el flujo de gente, la corrupción
y el abandono que también forman
parte de la historia del Istmo. Durante siglos,
la Corona española e inglesa estuvieron en
guerra y está bahía era un blanco constante
de ataques. Piratas ingleses como el famoso
Henry Morgan atacaron constantemente
Portobelo; incluso, el también infamemente
célebre Sir Francis Drake sitió dos veces
estas costas, en 1572 y 1596. Su segundo
ataque fue un fracaso, incendió Nombre de
Dios porque la ciudad ya estaba vacía y contrajo
disentería. Finalmente el pirata murió
frente a esta bahía y su cuerpo terminó en el
fondo del mar.
En 1739, el comandante de la marina inglesa
Edward Vernon, quien fue derrotado dos
años después por Blas de Lezo en las murallas
de Cartagena, capturó la ciudad por una
semana, lo que significó que España dejara
de usar a Portobelo como puerto principal y
comenzó el abandono histórico de la región.
Hoy la provincia de Colón es la más insegura
de Panamá. En 2024 se registró que el
75% de los homicidios realizados en el país
sucedieron entre Ciudad de Panamá y Colón,
además en esta provincia hubo un incremento
de 17 asesinatos con respecto al 2023. La
mayoría de estos crímenes están relacionados
con el narcotráfico que a su vez es resultado
de la descomposición social que vive la
región.
Tras la construcción del ferrocarril y la fundación
de la ciudad, llegó el puerto y en 1948
se creó la Zona Libre de Colón, la primera
zona franca de la historia, que trajo la promesa
de la prosperidad. Pero esta promesa sólo
duró hasta la década del 60, en la que la
región entró en depresión económica. Desde
entonces la vida en la provincia es dura. Hay
escasez, altos costos de vida y salarios bajos.
Para muchos jóvenes las oportunidades
son reducidas y la criminalidad se vuelve un
camino lucrativo. El estado poco aporta y su
presencia se ve más reflejada en medidas
represivas como toques de queda, ley seca y
una constante y hostil presencia de la fuerza
pública, que recuerda los días de la dictadura
militar que vivió el país entre 1968 y 1989.
La historia de un amor
El sociólogo de la Universidad Tecnológica
de Panamá, Danilo Toro, explica que la
decadencia de Colón se debe a tres factores
principales: la herida abierta que dejó la
crisis económica, las condiciones estructurales
que hacen que este territorio le sea útil al
narcotráfico y un sistema de educación fallido
que no es capaz de formar a su ciudadanía
ni ofrecerle un futuro. Además, a esto se le
suma un exceso de dependencia de la cooperación
extranjera y lo que Danilo define
como un abandono propio de los habitantes
de la región.
Panamá es el tercer país más desigual de
Latinoamérica, después de Brasil y Colombia,
en 2023 el índice de pobreza general fue
de 21.7% y la población más afectada son
las comunas Ngäbe, Buglé, Guna, Emberá,
Wounaan, Bri Bri, Naso Tjërdi y Bokota que
conforman los pueblos indígenas del país.
Todo esto sumado, crea la condiciones en
las que se desarrolla la violencia y el crimen
que afectan a toda la comunidad. Incluso a la
Escuelita del Ritmo.
Hace unos años, Jairo viajaba en uno de los
coloridos buses que recorren Portobelo. Unos
sicarios siguieron el vehículo y lo confundieron
con otra persona. Siete tiros entraron en su
cabeza, brazos, tórax y piernas.
Jairo está vivo de milagro.
“¡Amén!”, dice enfático y sonriente; y con ese
mismo énfasis aclara que si bien hay una situación
de seguridad delicada en la región, no
es que el pueblo esté sumido en la violencia
ni que se esté viviendo una crisis sin resolución.
“Portobelo ahora mismo no tiene un
problema de que hay dos o tres pandillas distintas;
es un problema de un solo grupo de
muchachos, que claramente por la falta de
oportunidad, están tratando de buscarse las
cosas como a ellos le parece”, opina Jairo
que concluye que a través de la pedagogía, la
cultura, el deporte y el trabajar en comunidad
se pueden enfrentar las carencias y crear las
oportunidades que solucionen este problema.
Él es un testimonio de eso. Jairo llegó a la Escuelita
del Ritmo desde adolescente porque
a través de la música se convirtió en un líder
comunitario que trabaja con jóvenes de todas
partes. Con su talento no solo ha ayudado a
la gente de su pueblo sino incluso ha llevado
sus tambores a los centros penitenciarios
de menores, lo que es un muestra del poder
transformador que tiene la cultura.
Es la última noche de la residencia Ritmo de
Dos Mares y en La Aduana hay movimiento.
Luego de cinco días en el estudio trabajando,
de varias charlas y talleres y de empaparse
de la vida de Portobelo; Bejuco está listo para
un poco de fiesta en la calle.
En el centro del pueblo están la banda marcial,
que otra vez ensaya su rutina, varios integrantes
de la Escuelita del Ritmo con sus
amigos y familiares y uno que otro curioso
que llegó a la plaza para ver el show. El escenario
está en el vestíbulo que da a una de
las entradas principales del museo. La electricidad
viene de un enchufe que el guardia le
prestó al equipo y unas cuantas luces iluminan
el espacio.
Al centro del improvisado escenario, Camilo
Estacio se para frente a la marimba que
retumba en toda la plaza; a su derecha, su
tocayo, Camilo Rivas juega con uno de los
tantos tambores del estudio, el cual tiene un
sonido similar al bombo del Pacífico; a la izquierda
de la marimba, Cankita se sienta con
dos cununos y una sonrisa a dirigir la presentación;
y en la mitad, Michael Martínez se encarga
de animar el show con su hermosa voz
y su arrolladora personalidad.
Este artista lleva rastas y siempre está sonriendo,
cantando, haciendo alguna broma o
hablando de fútbol. Es el integrante más extrovertido
de Bejuco y cuenta que se enamoró
de la música cuando era niño y se metió
a un concurso de canto en su colegio en Tumaco.
El no sabía que tenía este talento y
cuando vio a todos sus compañeros coreando
su nombre luego de la presentación, supo
que ese era el camino que tenía que seguir
en su vida.
En Portobelo los cuatro músicos tocaron un
repertorio que incluyó: “La memoria de Agustino”
de Inés Granja; “Mi Buenaventura” de
Petronio Álvarez; “Es el currulao que me llama”
de Grupo Bahía; “Te invito” y “Coca por
coco” de Herencia de Timbiquí; y varias de
Bejuco. El público no era muy masivo, pero
estaba entregado al concierto. Michael guiaba
el baile con la misma presencia y energía que
unas semanas después, el 7 de diciembre,
mostró durante la celebración del Día de la
Velitas en Colombia, donde con su canto hipnotizó
a la gente que llegó al Parque de los
Hippies de Bogotá, para celebrar con Cerrero
y La Marea, proyecto de música electrónica
paralelo en el que participa con Diego Gómez
y Cankita.
Pero esa noche de alegría en Portobelo tuvo
un corto momento de tensión. En un punto,
un carro blanco aceleró sobre la calle en la
que bailaba la gente. “¡Ey!” gritó alguien pero
el carro pasó de forma alevosa y paró en la
siguiente esquina, justo frente a un patrulla
de la policía que se fue a toda velocidad del
lugar. Del carro bajó desafiante un hombre
jóven vestido con una camiseta blanca que
miro la escena, se dio la vuelta y se fue hacia
un edificio dejando el carro prendido y con la
puerta abierta.
La gente al final no le paró bolas a la situación
y siguió la fiesta, porque de eso trata
todo esto, de que los tambores suenen más
fuerte que los problemas. Uno de los legados
más fuertes de Portobelo es hacer ruido,
es mover fibras; no solo para el jolgorio, sino
también para la acción, para el fortalecimiento
de la comunidad, para enfrentar cualquier
fuerza negativa.
Esto es algo muy presente en toda este territorio
y la Escuelita del Ritmo ha sido un aliado
para muchas personas que han encontrado
en este proyecto numerosas herramientas
de trabajo. Este centro pedagógico y musical
es uno de los pilares de la Fundación Bahía
de Portobelo cuya historia se remonta a los
años cincuenta cuando su fundadora, Sandra
Eleta, era una niña que llegó a esta bahía
gracias a su padre, el empresario panameño
y compositor Carlos Eleta Almarán, famoso
por hacer el bolero “Es la historia de un amor”.
A mediados de los 70 y luego de estudiar
fotografía en Nueva York, Sandra regresó a
Portobelo y comenzó a fotografiar la vida en
esta bahía. Gracias a esto no solo se convirtió
en una de las fotógrafas más importantes de
Panamá, también se unió a la comunidad y
desde entonces ha trabajado por el bienestar
de esta. En 2007 creó la Fundación Bahía de
Portobelo, en la que trabaja en conjunto con
la Fundación Gladys Palmera de sus primas
españolas Alejandra (Gladys Palmera) y Aurora
Fierro, quienes han enfocado mucho de
su trabajo filantrópico en esta región.
“La música tiene la posibilidad de transformar
el corazón de las personas”, dice con su
marcado acento Rui Dinis, un hombre portugues
de ojos verdosos y pelo rizado que
agrega: “además, la música es un lenguaje
en común. No importa si uno es blanco, es
negro; la música es un sentimiento que llega
a todos”. Rui es músico, gestor cultural y
administrador; luego de hacer el Camino de
Santiago en España, decidió realizar un cambio
con su vida y eso lo llevó a la bahía de
Portobelo, donde debía quedarse por un año
y ya va catorce.
Él coordina todo lo que tiene que ver con el
trabajo de la fundación y por eso todo el día
está en el teléfono y caminando de una lado
al otro. Rui cuenta que más allá de la belleza
de Portobelo y la riqueza cultural del Congo,
lo que lo enamoró de este lugar es el impacto
que tiene la cultura y la música en la comunidad.
A parte de la Escuelita del Ritmo, que ha
formado estudiantes que van desde los 5 a
los 78 años, la Fundación Bahía de Portobelo
cuenta con: La Casa Congo, que es una
galería de arte Congo y un restaurante; El
Rancho, que es un espacio socio-comunitario
en donde hay charlas, clases, talleres y cine
club; y el Studio Sabrosura que ha recibido a
otros artistas como: el panameño Lilo Sáncehz
de Señor Loop, el colombiano Mario Galeano
de la mítica banda Frente Cumbiero, el
pianista portugués Mario Laginha, el músico
mozambiqueño Stewart Sukuma, el violinista
portugués Duarte Andrade entre otros, que
también llegaron para hacer música en estas
costas. De hecho, durante los primeros días
de residencia de Bejuco, estaba finalizando
otra residencia con los artistas plásticos Gustavo
Esquina de Portobelo, Henrique Paris de
Portugal y Eltina dos Santos Gaspar de Angola.
Estos proyectos se suman a otros como:
Olas de la mar, que consiste en ir a todos los
territorios de Costa Arriba y Costa Abajo y
registrar las distintas expresiones del Congo;
o como las agrupaciones musicales que han
salido de este espacio entre las que están:
Barrio Fino y Rucumbé. Y a parte de todo,
durante la pandemia del COVID-19, en la Escuelita
se preparon ayudas humanitarias que
se repartieron por toda la bahía.
Gracias a esto, muchos jóvenes de Portobelo
han decidido estudiar en la universidad y
parte de la cultura Congo no solo ha tenido
más visibilidad fuera de Panamá, sino que se
ha asegurado la transmisión de su legado.
Raíces entrelazadas
Es la hora de la cena y a lo largo y ancho de
dos mesas unidas se sientan todos los músicos.
Entre bocado y bocado se oyen risas y
discusiones futboleras. Poco a poco los platos
se van vaciando y la porcelana empieza
a sonar a ritmo de 6/8 mientras las gargantas
cantan: “voy llegando a la orilla ayo”, el coro
de “A la orilla”; canción que de alguna forma
nos hace pensar en esas veces es la que hay
que hacer el esfuerzo para llegar a la orilla luego
de duras jornadas de remar y remar hasta
que al fin se nos da la felicidad de alcanzar
el lugar en el que más queremos estar.
Ese canto encendió la fiesta y la mesa se
convirtió en una rueda de percusión. El juego
era cantar: “Uno, dos, tres, ¡Stop!”, y luego
lanzar alguna rima improvisada. Entre verso
y verso fueron saliendo los secretos del día,
las bromas internas y las muestras de camaradería.
Frente a las mesas, lejos de los micrófonos
y consolas del estudio, con el mar
golpeando el muelle, estos artistas liberaron
el alma. Uno a uno fueron pasando a la ronda,
nadie en la mesa se salvó de improvisar.
Palmas, golpes sobre la superficie y la vajilla;
gritos, bailes, cantos, risas. La vida desenvolviendo,
el aire de Portobelo una vez más
envuelto entre el sonido del tambor y el canto
de la felicidad.
Sin embargo, una de las cosas más curiosas
de esta residencia es que entre todo lo
se compartió, tal vez uno de los elementos
más importantes fue el silencio. Las horas por
fuera del estudio pasaban tranquilas, con algunas
charlas casuales y con los ojos de los
presentes clavados en sus celulares. Pero en
el estudio, la conversación sonora fluía sola,
la charla andaba a punta de miradas y movimientos
de cuerpo.
alejó de la delincuencia que se vivía en su barrio,
y aparte de ser músico, gestor y docente
es un aficionado de la musicología. Williams
dice que entre las muchas cosas en común
que han encontrado durante estos días, una
de la que más le llama la atención es la forma
de hablar: rápido, enredado y conciso. Esto
ha ayudado a que entenderse sea fácil y a
que los espacios vacíos se rellenen con música.
Esta residencia ha sido una conversación
sonora, una unión de raíces, de historias, de
gustos en común, de diferencias, pero sobre
todo una unión de luchas. Las cuales están
relacionadas con la cultura, con el patrimonio,
con la historia, con tender puentes de diálogo
con múltiples influencias, latitudes y personas
que comparten mucho más que un pasado
en común. El hecho de poder bailar, de poder
hacer música, de cantar, de compartir con la
comunidad, con la familia, con la fe, es lo que
nos hace humanos, y este viaje fue un recuerdo
de eso.
La canción “Soy yo” nos habla de esa importancia
de ser uno mismo, de sentirse libre
pero sin olvidar la comunidad que nos sostiene,
el territorio que nos abriga y la cultura
que nos da la riqueza del alma y el sentido
de los días. Esta es sin duda la composición
más enérgica de la residencia y la que mejor
conjuga esos dos mundos que se reencontraron
durante estos días. Más allá de una ancestralidad
africana y de una historia llena de
luchas similares; lo que más comparten estos
músicos es el amor por la vida, por la música
y por crear algo hermoso en un mundo lleno
de caos.
“Con los compañeros de Bejuco hay una relación
musical en la que no hay que utilizar
tantas palabras. Es solamente como sentir.
Tocar”, dice Williams Calendar. Él es oriundo
de Colón, ciudad en donde vive; se formó
musicalmente en su iglesia cristiana, lo cual lo
***
Bejuco se despidió de Portobelo con el corazón contento, la satisfacción de la
hermandad construída y la emoción de dejar tres canciones casi listas. Pero
este viaje todavía no acaba porque entre el 25 de enero y el 1 de febrero de
2025, La Escuelita del Ritmo viajó a Tumaco para terminar de grabar el álbum
y adentrarse en la cultura del Pacífico colombiano.
Hermanos de sangre
y mar: un viaje de
regreso a Tumaco
Por: Sebastián Narváez Núñez
Casi tres meses después de su primer encuentro,
La Escuelita del Ritmo llega a Tumaco
para vivir la residencia de Ritmo de
Dos mares junto a Bejuco en un regreso
más fluido, más genuino y que termina de
extender un puente entre dos mares que
seguramente será el inicio de un movimiento
más grande. Esta es la segunda parte de
un viaje poderosos e inspirador.
“No, todo mal loco, resulta que para viajar hay
que tener el pasaporte con seis meses de vigencia
y el mío vence en diciembre, igual que
el de Edwin de Bejuco, entonces estamos los
dos jodidos. No vamos a poder viajar hoy”, me
dice con un tono de frustración Juanse en un
audio de Whatsapp a las 8:41 de la mañana.
“Estoy aquí en el aeropuerto buscando solución
pero todo el mundo me dice que paila,
que no hay solución”. Es sábado 26 de octubre
de 2024 y esta es apenas la mañana
del primero de siete días de intercambio cultural
entre Bejuco de Tumaco y La Escuelita
del Ritmo de Portobelo, allá en Panamá.
Ya es de noche en Tumaco y es el penúltimo
día de la residencia en “La perla del Pacífico”.
Hace apenas unas horas estábamos en un
callejón estrecho con listones verdes, amarillos
y rojos, que se cruzaban diagonalmente
desde los segundos pisos de las casas. Abajo,
irrumpiendo en la vía por la que pasan al
mismo tiempo motos y partidos de microfútbol
en canchas improvisadas, estaba una
Mamá Elsa vestida de una pollera colorida,
con flores adornando sus faldas y su cabeza y
una sonrisa enorme de genuino goce y fiesta.
Al frente suyo una cámara la sigue en primer
plano mientras alza sus manos como cantándole
al cielo y a su alrededor danzan Angel
Toribío ´Maluma´, pianista y bajista, Williams
Callender, multiinstrumentista y Mary Ann Ortiz
guitarrista, todos ellos de la Escuelita del
Ritmo, junto a William Martínez cantante y
John Jairo Cortés ´Mairoby´, percusionista de
Bejuco. En esta calle donde se graba este
video no son de Bejuco ni La Escuelita del
Ritmo, son los integrantes de Ritmo de Dos
Mares, un familión producto de la fuerza de
esas dos mareas del Caribe y el Pacífico.
Ya es de noche en Tumaco y esa familia
se acaba de levantar de la cena, algunos
salen a la calle a tomar aire, otros se juntan
en pequeños grupos a ver algún video en el
celular, otros salen a hacer llamadas. Antes
de que se levante de la mesa me le acerco
a Edwin Jiménez, director de Bejuco y le pregunto
qué fue eso que le motivó el no poder
viajar y perderse la mitad de la residencia en
Panamá. Edwin no lo esconde: “Para mí fue
frustrante, la verdad. Fue como ver cortarse
uno de los tantos sueños que tengo. Al final
lo tomé con madurez, porque los tiempos de
Dios son perfectos y él sabe cómo hace sus
cosas”.
La revancha de Edwin finalmente sería en
casa, pero tampoco sería sencilla. Durante la
semana de la residencia en Tumaco falleció
el abuelo de su esposa y al día siguiente nació
su hijo. “Nosotros en el Pacífico le cantamos
a la muerte, pero también cuando es el
nacimiento de un bebé. Entonces era como
combinar esos dos procesos en una canción,
aparte también está ahí la importancia del
mar para nosotros. La verdad fue bacano, inspirador.
Mezclar todo eso fue maravilloso”,
me cuenta como quien no termina de procesar
tantas cosas a la vez y el hecho de inmortalizarlas
en una canción.
Los cantos de boga son canciones asociadas
a la navegación, es eso que acompaña a los
pobladores ribereños en la soledad, cuando
todo alrededor es río, mar o selva, mientras
los remos se hunden y salen del agua buscando
su destino. Sin embargo el que surgió
de esta residencia no nació en la soledad del
mar, más sí quizás en la nostalgia de la partida,
el enternecimiento de la llegada y el junte
de dos mareas.
Es miércoles 29 de enero y en el segundo piso
de la casa donde funciona la Fundación Bejuco
y Pacífico Master Beat Studios suenan
unos coros que llaman la atención. Del otro
lado de la puerta de madera suena una estrofa
interpretada por el tenor Luis Betegón de la
Escuelita del Ritmo y que dice:
Unos van llegando,
y otros ya se fueron,
cuando es más oscuro,
viene amaneciendo.
Seguido de un coro al unísono binacional de
los integrantes que se encuentran rodeando
el cuarto de estudio y con cinco micrófonos
en frente que capturan esta frase que nos estremece
a todos:
¡Ay, oh! Mira cuánta fuerza,
ritmo de dos mares,
grito que no muere.
“A mí me conmovió mucho que Edwin no
pudo estar en Panamá. Y el día que llegamos
(a Tumaco) nace su hijo. Casi que no puede
estar tampoco, entonces yo dije: La forma en
la que él va a estar es que vamos a llevar
esta idea a que sea una canción sobre que
unos van llegando y otros ya se fueron”, me
cuenta Diego Gómez, productor del proyecto
y director de Discos Pacífico. Luego de eso,
la idea inicial la cogió Edwin, que estaba viviendo
la situación y le terminó de dar la magia
que le hacía falta a esta canción que se suma
a “Agua Salá”, “Soy yo” y “Voy llegando”, que
se produjeronproducidas en Portobelo, durante
la primera parte de la residencia.
Poéticamente el nacimiento del hijo de Edwin
empata también con la consolidación de
Ritmo de Dos Mares, un proyecto que arrancó
con los tropiezos típicos de la primera
vez, condiciones climáticas retadoras y dos
agruopaciones desconocidas que en poco tiempo
debían romper el hielo e iniciar un proceso
creativo que diera cuenta de esta residencia.
Ya en Tumaco la energía era diferente, ya
eran familiares que se reencontraban, ya se
habían tejido complicidades y amistades más
allá de lo musical. Producto de este junte es
un disco de cinco canciones en las que se
habla del goce, la vida en el mar, la bendición
de las olas y la contemplación de la vida
en el Caribe en “Agua salá”; una declaración
de amor, un viaje en canalete hasta la orilla
para decirle a esa persona que el futuro
es esperanzador juntos en “Voy llegando” y
el canto de libertad e identidad, que reivindica
la fuerza del cimarrón, el tambor congo y
la marimba en “Soy yo”, una canción que le
hace honor a ese junte de dos costas diferentes,
pero con identidades y apuestas en
común por mantener vivo el legado y ponerlo
en diálogo con nuevas formas de interpretar
y mezclar sus raíces con otras igual de significativas.
De eso se trata este EP, una suerte
de epistola amorosa, que celebra la vida en
el mar, reivindicando la fuerza de su gente y
recordándonos que tanto a la vida como a la
muerte hay que recibirlas y despedirlas con
música, con la espiritualidad de las raíces de
la afrodiáspora que los atraviesa en cada uno
de sus territorios, con todo el peso de la historia
que comparten en conjunto.
****
La noche tumaqueña se presta para caminar,
para hablar mientras de fondo se escuchan
las últimas olas del mar pegando contra la
orilla, y de frente una que otra brisa refresca
de momento el calor aún latente en el ambiente.
Con Rui Dinis director de la Fundación
Bahía de Portobelo, venimos caminando a
paso lento hasta el restaurante para la última
cena antes del concierto que cerrará la
residencia. Después de hablar sobre cómo
un proyecto así es posible gracias a becas
como esta de Cultura Latinoamérica, en la
que instituciones convocan a organizaciones,
fundaciones y gestores culturales, para un
proyecto binacional, con las características
como las que tiene Ritmo de Dos Mares, le
pregunto a Rui ¿cómo le gustaría recordar el
proyecto para la posteridad? Lo duda. Dice,
con su acento portugués que habla perfecto
español, “Hermanos. Hermanos de sangre.
No. No sé. Hermanos de sangre y alma”, me
dice, “hermanos de sangre y mar”, le contesto
yo. “Hermanos de sangre y mar, sí”.
Pero esta hermandad que se ha vivido durante
la residencia tiene una raíz que se remite
mucho antes de finales de octubre de 2024,
cuando se realizó el primer viaje a Portobelo,
Panamá. Según me cuentan Marta Canorea,
directora de la Fundación Gladys Palmera y
Diego Gómez productor y director artístico
de Llorona Records y Discos Pacífico, la historia
de Bejuco y la Escuelita del Ritmo se
remonta a un par de años atrás cuando coincidieron
integrantes de La Escuelita y de Bejuco
que estaban en Bogotá, en un mercado
musical. “Aparte de ser un proyecto de educación
artística, (La Escuelita del Ritmo) es
un proyecto de rescate de la cultura afrodescendiente
local, la cultura Congo. Y vienen
un poco como con la necesidad de conectarse
con otras comunidades, con otros ecosistemas
musicales que de alguna forma
tienen unas semejanzas y un pasado común”,
dice Marta. Desde ahí se detonó algo, luego
la Convocatoria Cultura Latinoamérica llegó
como anillo al dedo para generar la alianza. La
convocatoria estaba dirigida a organizaciones
culturales sin ánimo de libro, provenientes de
dos países, por lo que la Fundación Gladys
Palmera y la Fundación Llorona Records aplicaban
y “cuyas propuestas fomenten el intercambio
de conocimiento y la expresión de
manifestaciones del vibrante paisaje cultural
de la región”, lo cual se cumplía de sobra teniendo
en cuenta que tanto la Cultura Congo,
como las músicas de marimba de Colombia
y Ecuador, son reconocidas como Patrimonio
Cultural Inmaterial de la Humanidad, según la
Unesco. “Hay muchas similitudes en cosas
que han marcado la resistencia en la música
y como en lograr el arraigo a esa tradición
como el lugar en donde las poblaciones afro
han encontrado ser”, remata Diego enmarcando
el carácter de este proyecto también
en la forma en la que dos culturas se vuelven
a hermanar y juntar con un propósito claro
que es dejar para la posteridad un proceso
que es la semilla de algo más grande, un proceso
que no solo vincula artísticamente a dos
agrupaciones, sino que también se extiende
a la formación de los jóvenes que habitan las
escuelas tanto en Tumaco como en Portobelo,
a quienes esta residencia también impacta
en el conocimiento que adquirieron sus
maestros en esta residencia.
Antes de retomar los pendientes que quedaron
en Portobelo, los anfitriones de Tumaco
organizaron una serie de actividades
para introducir a la que es llamada “La Perla
del Pacífico”, a sus visitantes. En el proceso
hubo gastronomía local como espacio de comunión,
las jornadas académicas, como excusas
para entrar en detalles puntuales de
los ritmos, la historia y la importancia de la
tradición de la Cultura Congo, el golpe de sus
tambores y sus bailes. Se habló también de
la historia de la marimba, la intención de su
sonido, los arrullos y los alabaos, los cantos
de boga y las diferencias con otras marimbas
del pacífico.
Es la mañana de un domingo y dentro de
una cabaña de madera y teja de metal, Jairo
Esquina y Luis Betegón amarran entre
sus piernas cada uno un tambor, hacen un
ritmo rápido al unísono y luego uno de ellos
se suelta y empieza a improvisar. El golpe de
la mano contra el cuero invita a un baile exótico
y amorfo. Poco a poco la cabaña se va
llenando, las sillas que están contra la pared
se van organizando en círculo alrededor de
la marimba. Camilo Mendez baterista de Bejuco
y Camilo Marquínez marimbero de la
agrupación, se paran frente a un bombo y un
cununo respectivamente. “Lo mismo que va
haciendo el bombo arrullador, lo va haciendo
el cununo macho, que es el que va marcando.
Hay una base que dice Por qué, Por qué,
Por qué, Por qué”, dice el marimbero mientras
emula el golpe del cununo en su propio
pecho para que se entienda su ejemplo. A lo
largo de la jornada se explica las variaciones
del bordón del bambuco viejo en la marimba
explicado con la onomatopeya gastronómica
para fines de hacerlo más accesible que es
Comé pintón. Ese y el Papa con Yuca, para
entender la base rítmica del bombo, me hace
pensar que todo está conectado con la co-
mida, incluso la manera en que se enseña
música a quienes no tienen las herramientas
ni el conocimiento académico, lo cual no implica
que no pueda existir procesos artísticos
que no dependan de ello. Durante toda la jornada
hubo baile tambien, hubo improvisación
y rotación entre instrumentos, vinculación a
un objeto y su musicalidad, pero sobretodo,
hubo integración entre personas de diferentes
edades entorno a la música, y esa integración
se traduce en traspaso de conocimiento, que
a su vez luego será memoria y legado y esa
memoria y ese legado tendrán que atravesar
procesos de salvaguarda. Así que esto que
a simple vista es un grupo de gente agitando
un guasá, azotando un cununo, o percutiendo
una marimba, es en realidad la semilla que
mantiene vivas las tradiciones culturales que
nos rodean y nos narran.
****
“No tenemos una pensión, no tenemos nada
de eso, pero la pensión la vemos reflejada en
que en este momento está Changó musicalmente,
está el grupo Bejuco, también Plu
Con Pla. Tenemos una razón de ser musical.
Tenemos grupos de danza en Esmeralda y
Casa Tumac en Medellín. En Tumaco contamos
con 19 grupos de danza, así que ya
tenemos una razón de ser y puedo decir que
ya estoy pensionado, porque para mi la pensión
es como cumplir la tarea”, dice sentado
en el pasillo largo del primer piso de Casa Tumac
el maestro Francisco Tenorio fundador
de esta escuela de puertas abiertas que ha
permitido que las personas aprendan, compartan
y aporten sus vivencias desde hace
más de 40 años.
Casi como escondida entre un callejón estrecho
del barrio Pantano de Vargas. se encuentra
la Escuela Folklórica del Pacífico Sur
Tumac, como lo advierte un letrero tallado en
madera en su fachada donde además ofrecen
“música, danza, artesanías, modistería y
espiritualidad”. Adentro, mientras el maestro
Francisco cuenta la historia y el papel de la
fundación en la consolidación y formación
de artistas que hoy por hoy son dignos representantes
de las músicas del sur, hay varios
jóvenes que están tallando troncos que
luego van a ser cununos, guasás y bombos.
Los esqueletos se ven arrumados contra las
estanterías de las paredes y los cinceles van
trozando la madera para darle forma al instrumento.
Ese mero acto de construir con sus
propias manos los instrumentos que más adelante
van a tocar, es un primer acercamiento
a la música desde entender su procedencia.
Se dice que la marimba es el piano de la selva,
cuyas teclas provienen del árbol de chonta,
lo cual carga una magia particular en el
pacífico pues se habla de los poderes místicos
de este instrumento ancestral, así como
de su persecusión por parte de la iglesia.
“Yo me atrevería a decir que este fue el municipio
que más sufrió la abolición de nuestras
músicas, pero también podría decir que es el
municipio que más resistió a esos procesos
de exterminio por parte de las diferentes entidades,
sobre todo la iglesia”, me cuenta Juan
Daniel Landázuri, marimbero de la Agrupación
Changó y Presidente de la Fundación con el
mismo nombre. Según Juan Daniel, la iglesia
en Tumaco tiene un papel vital con el desarrollo
y la evolución de las músicas de marimba
al ser la capital del pacífico nariñense.
Landázuri sostiene que el padre Francisco
Mera era un fiel creyente de que la marimba
era un elemento satánico. Según el documento
del Plan Especial de Salvsaguardia de
las Músicas de marimba y los cantos tradicionales
del pacífico sur de Colombia, del Ministerio
de las Culturas, las Artes y los Saberes.
“La música, especialmente la de marimbas
y tambores, fue sinónimo de resistencia y se
asoció a la rebeldía, por lo que fue perseguida
por los españoles (...) en 1734, en Barbacoas,
el padre Larrea ordenó amontonar 30 marimbas
y las hizo quemar todas. El padre Mera
recorría el Patía y cada vez que encontraba
un baile de marimba desembarcaba y la gente
tenía que huir al monte para escapar de su
“santa ira”, (Vanín: 2010)”.
Según ese mismo documento, la memoria
oral del Pacífico lo registró así:
Cuando vino el Padre Mera de todo nos
predicó,
que todo pecado perdona, pero que el baile
si no.
A un hombre lo levantó hincao en el confesionario
que fue porque le dijo que había cantao con
el diablo.
[Vanín, 2010. Recogido por Santiago Arboleda]”.
Por eso procesos como el de la Fundación
Tumaco y el de la Fundación Changó resultan
importantes, porque no se trata solamente
de impartir conocimiento, se trata de mantener
viva una tradición ancestral que durante
mucho tiempo fue perseguida casi que hasta
su exterminio y que hoy por hoy ha logrado
atravesar procesos de memoria y salvaguarda
con cada joven luthier, cada nuevo marimbero,
cada nuevo percusionista, intérprete
de guasás, cantadores y cantadoras, sabedores
del futuro y guardianes de la tradición
de las músicas de marimba. Resulta una suerte
de poesía visual el ver cómo en medio
de escombros y basuras que han asentado
el terreno emergen estructuras palafíticas
que sostienen casas cuyos procesos culturales
apuestan por seguir formando gestores,
músicos y cultores que trabajen por visibilizar
y darle valor a las tradiciones ancestrales de
su territorio, de su sangre.
Así como la Cultura Congo, la Marimba también
es declarada patrimonio cultural inmaterial
de la humanidad, y así como La Escuelita
del Ritmo tiene procesos de formación
en Portobelo, la Fundación Bejuco también
tiene una relación con la nueva generación
de músicos en Tumaco que se desarrollan en
ambientes hostiles, abandonados por el estado,
donde el mayor regulador de las situaciones
de orden social es el mismo pueblo
y donde el narcotráfico se plantea como un
camino para quienes aquellas personas que
no tienen acceso a oportunidades. Por eso
la importancia de la cultura en estos lugares,
donde caer es tan fácil, donde morir es tan
común y donde la apuesta por una vida digna
es un camino que no todo el mundo está dispuesto
a recorrer. Al día de hoy, la Fundación
Tumac atiende seis procesos en escuelas
satélites que operan en la isla atendiendo
unos 15 barrios que al año producen entre
780 y 720 procesos de formación, una cifra
nada despreciable en tiempos donde las redes
sociales han consumido la atención de la
juventud, donde sus referentes son creadores
de contenido que viven de seguir tendencias
virales y así mismo efímeras. En la cultura
pasa otra cosa, el camino puede ser más
largo y la competencia puede ser más dura,
pero hay algo más relevante que ser parte
de una tendencia global, y es seguir haciendo
las músicas que sin importar el paso del
tiempo, se mantienen relevantes, pues su
creación genuina no responde a la demanda
del momento del mercado, sino a un interés
por preservar las tradiciones, las músicas y las
historias que han hecho parte de sus cantos.
****
Es la noche del 31 de enero de 2025 y a
las afueras de la discoteca Knalete, la gente
empieza a ocupar las mesas. En esta misma
fecha pero en 1906, “la tierra tembló de un
modo horrible, derribando todas las imágenes
que se veneraban en la iglesia parroquial.
Invadidos por el pánico, los fieles
acudieron al encuentro de los religiosos,
rogándoles que organizaran una procesión
para implorarle a Dios su protección en esa
emergencia”, según la historia del milagro
eurcarístico como data en los registros de la
Diócesis de Tumaco.
“En la playa los feligreses no paraban de
rezar, mientras divisaban a lo lejos una aterradora
pared de agua que avanzaba a gran
velocidad. Atónitos, contemplaban cómo el
sacerdote, esperando impávido que la ola se
acercara, erguía hacia lo alto la Sagrada Especie
y con ella trazaba una gran señal de la
cruz… ¡Un momento inolvidable! Si en el mar
Rojo antaño las aguas se abrieron, aquí “la
ola avanzó todavía un poco, pero antes de
que el P. Larrondo y el P. Julián se pudieran
dar cuenta de lo que estaba pasando, la
población, emocionada y conmovida, gritaba:
‘¡Milagro! ¡Milagro!’. La inmensa ola que
amenazaba con destruir el pueblo de Tumaco
se detuvo de repente como bloqueada
por una fuerza invisible más grande que la de
la naturaleza, mientras que el mar volvía a su
estado habitual”.
Ya es de noche y este 31 de enero no hay
pared de agua que amenace con borrar
Tumaco, pero sí hay una fuerza latente,
una marea de dos mares que marca el inicio
de una etapa colaborativa, la apertura
a nuevas sonoridades y el espíritu de dos
procesos hermanos de sangre y mar.
Finalmente la música que tronaba de
los parlantes de la discoteca Knalete se
apacigua y los panameños empiezan su
muestra con una Mama Elsa que aunque
sentada, logra estremecer a los asistentes
con su voz y con sus historias cantadas
y traídas directamente desde Portobelo.
Acto seguido los locales de Bejuco hacen
lo propio. Hace mucho no tocan en la ciudad
y los ánimos se sienten. Los pañuelos
se empiezan a izar y bailar sobre el viento.
Esta noche no hay Ritmo de Dos Mares, ni
suenan las canciones que surgieron como
parte de esta residencia. Esta noche queda
en suspenso, en la promesa de un hasta
pronto y en la deuda pendiente de que alguna
de las canciones de este EP, o todas,
puedan ser escuchadas en vivo por este
ensamble binacional, uno que apuesta por
unirnos desde nuestras raíces y establecer
puentes que nos hermanen, encontrando
no solo temas en común, sino la necesidad
de renovar la raíz para seguirla ciudando.
“Ritmo de Dos Mares representa una
unión qus es un antes y un después del
conocimiento”, me dice Williams Callender.
“Es una conexión profunda africana
y es magia”, me dice Rui Dinis.
“Tambor, fuerza, energía y unión”, dice
Mary Ann Ortíz. “Es una enseñanza muy
valiosa que me llevo a mi tierra”, dice
Mama Elsa. Lo que al final significa este
proyecto para los integrantes de ambas
agrupaciones, ha sido la oportunidad de
abrirse al mundo, de conocer y reconocerse
en la diferencia, de crear y formar
lazos que queden inmortalizados
en canciones, que a su vez sean la semilla
que germine en una nueva generación
con consciencia de que este fue
el disco que abrió camino para hermanar
nuevamente a Panamá con Colombia,
porque en últimas, sea la marea que
sea, lo que nos une es la fuerza de una
música hecha para convivir, para narrarnos
y para contarle al mundo esto que
nos atraviesa.