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Belisario Sangiorgio - Matrero - Poemario - 2025

Belisario Sangiorgio Trogliero (1990) es un fotógrafo, escritor, periodista y guía de turismo de montaña. Creció en la provincia del Chubut, región Patagonia, sur de Argentina. En 2025, su libro MATRERO irrumpe en Sudamérica y por su propio peso literario se establece como "el nuevo Martín Fierro", narrando la vida de los gauchos en las zonas rurales.

Belisario Sangiorgio Trogliero (1990) es un fotógrafo, escritor, periodista y guía de turismo de montaña. Creció en la provincia del Chubut, región Patagonia, sur de Argentina. En 2025, su libro MATRERO irrumpe en Sudamérica y por su propio peso literario se establece como "el nuevo Martín Fierro", narrando la vida de los gauchos en las zonas rurales.

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MATRERO

Poemas de la Patagonia

Por

Belisario Sangiorgio Trogliero

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El autor

Belisario Sangiorgio Trogliero (1990) es un

fotógrafo, escritor, periodista y guía de turismo de

montaña; creció en la provincia del Chubut, región

Patagonia, sur de Argentina. Allí, trabajó como

peón rural, capataz de estancia, y obrero

metalúrgico; además, fue fotógrafo, editor y

redactor en medios de comunicación de habla

hispana; colaboró con una decena de agencias de

prensa y publicidad, radios, revistas; en el periódico

LA NACIÓN y el canal de televisión LN+, de

Buenos Aires, integró un equipo especializado en

investigación de delitos federales, y lideró la

producción de un documental titulado Frontera.

En 2018, ganó el premio a la mejor crónica de

investigación periodística entregado por la

Universidad Torcuato Di Tella (UTDT).


I

si por ser gaucho y ser bueno

me condeno yo solo

a la soledad y al desprecio

a la envidia y al recelo

mejor me sea

ser gaucho y ser bueno

pero también

ser bravo y matrero;

que soy peón cumplidor y leal

pero

yo nunca me he dejado quebrar

por un gringo ni por un criollo

para tener dinero en el bolsillo;

yo tengo de buen amigo a Dios

aunque por temor no lo nombre

en todos los lugares adonde voy.


II

he sido mallín grande

junto al camino

y la helada de abril

en la estepa oscura;

fui ternero muerto

en el arroyo

y arriero bravo

en fogón de invernada;

cuchillo

en la garganta

de un cordero,

y olvido

triste

en la huella

del puestero.


III

mejor vale peón callado

que cuatrero hablador;

recuerdo que aquel viejo andaba

con las municiones en el bolsillo

nervioso

porque se le escapaba su paisana;

la había conquistado

yendo a la iglesia y ella quería dejar

a su familia de ladrones de vacas,

puesteros de tapera sin agua;

en el campo se vive de gauchadas

dicen

los que necesitan quitarte algo:

puede que ellos quieran

tu alma

o tu dinero.


IV

sendero en la quebrada

leñita de pino

cocinas de hierro

lluvia en las chapas,

nieve en las piedras;

mate de pava quemada,

facón mellado en campaña,

carne de vaca robada,

leo una biblia emprestada;

llevo años

de montaña en montaña.


V

poeta y arriero

capataz matrero

algunos han dicho en el pueblo

que anduve de bandido, escapado

fugitivo;

en los pedregales del río Chubut

defendí los terneros del estanciero

a punta de facón

cuando vinieron

tres cuatreros;

después subí a la invernada

en Los Cipreses

y junto al fuego

oré para agradecer

aquel pedazo de carne

que compartimos con Cayul.


VI

uno se acostumbra

al destierro,

a ser perseguido

por luchar

por lo justo;

uno se acostumbra

a que los patrones

y los traidores

se amparen

con los milicos;

uno se acostumbra

a dormir en las pensiones

y a escribir

con calma.


VII

busco el camino de madrugada

dos horas después

del último vino

los gauchos duermen;

yo llego a Loncopué

y para desgracia de mí alma

allí siempre es de noche;

fumar un cigarro

y cruzar la llanura

durante el amanecer;

viajar sin saber

dónde iré.


VIII

anduve de matrero en la puna y en el sur

y a mi no me avergüenza ser gaucho rebelde;

aunque es feo andar a veces sin dinero

durmiendo en las taperas

teniendo por tesoro un par de alpargatas nuevas;

pero más feo debe ser

tener por tesoro ideas ajenas;

y si a usted jamás lo han perseguido

para darle muerte o calabozo

entonces es porque sus zambitas

hablan de romance

y otras tantas idioteces;

vea que en este país de corruptos y corrompidos

todos tienen por sabido

que el gaucho que dice la verdad

solamente cosecha enemigos.


IX

si yo mirara al mundo con los ojos

de los capataces

y de los patrones traidores

también envidiaría a aquel paisano

que es

más puma que ciudadano

y que aún siendo bagual

se lo tiene por mentado;

no me culpen fui criado

de esta forma fui tejido

con lana blanca

y con lana oscura;

con mí faja

y mi puñal

hice que hablaran de mí apellido

desde Esquel hasta Chos Malal.


X

sienten aversión por la poesía de los campos

pero no les asusta lo que hay

en sus propios corazones;

y yo voy de allí hacia allá; de un lado a otro;

aun sin hacer noche, iluminado solo por el lucero,

y con la muerte mordiendo mis tobillos

he sido recibido en las casas

de los buenos paisanos cordilleranos;

pídame que trabaje para ganarme

como obrero el pan de cada día;

pero no me pida que lo acompañe

para andar en engaños ni en mentiras;

que yo no soy capataz que roba moneditas al peón

y que yo nunca

he lastimado a nadie

que no se lo mereciera.


XI

salgo primero

para recorrer el establecimiento

apenas aparece el sol

los viñedos aún están congelados

los patrones duermen

despertarán dentro de tres horas;

el ingeniero trabajó toda la noche

y acaba de pasar caminando

después de cerrar el laboratorio de la estancia;

los peones

entre el alba y la madrugada

han cortado la leña y encienden su primer fuego;

se sentarán junto a la estufa para tomar mate

en un galpón helado donde habitan

cuando dejan a sus familias en el valle

y suben hasta las altas montañas.


XII

andaba buscándome la vida

en campo ajeno;

entre una pampa clara

y una laguna

enlazamos un ternero;

y en la noche

durmiendo en la tapera

sentí que un cuchillo

me cortaba el corazón;

dos meses después

cuando volví al puesto

tuve que aprender

cómo perdonarte.


XIII

vengo del Chubut lejano

y yo he lastimado

con saña

a los enemigos míos

que también son

enemigos

de Dios.


XIV

en las montañas

tan grandes y quietas

Dios me enseñó

el arrepentimiento;

yo equivoqué el camino

por codicia

decidí ser

instrumento del diablo;

y recibí castigo

y tuve que aguantar

en las canteras

en las estancias;

y antes de ser salvado

bautizado

fui yo también

maldito.


XV

fueron testigos de mí llanto

los pinos verdes del verano

en el Chubut

cuando anduve sin saber dónde

querenciarme;

pero hubo dos cosas que jamás dejé de hacer

ni en el calor agobiante

de la madrugada en las terminales de buses

ni en el invierno hostil

de la más alejada Cordillera:

jamás dejé de orar

ni siquiera cuando anduve

enojado con Dios;

y jamás dejé de escribir estas poesías

ni siquiera cuando anduve

jugando con el facón en mí garganta.


XVI

peones jóvenes escapados del pueblo

peones viejos que leen la biblia

y que carnean las ovejas;

salgo a caminar con los galgos de cacería

porque los caballos relinchan

en los cuadros del río;

se ven las luces

de las camionetas de los cuatreros

en el filo de la barda

junto al cañadón;

desde el casco de la estancia

bebiendo ensillamos sigilosos

movemos las vacas

para ahuyentar

la presencia maldita que llega

cuando muere el braserío.


XVII

sol de la siesta

estepa ciega

en el viento respiro tierra de los caminos

espinal de tristeza

valle del arenal

sin sombra ni reparo;

en el río seco

gotas de sudor en tu cara

cigarros

pena

nunca más he vuelto hacia aquel paraje;

supe que esperabas

verme llegar al amanecer;

y tuve que llamarte cuando bajé al pueblo:

te dije

que ya no volvería.


XVIII

me fui peonado

para la Cordillera

enfrentado

con la milicada

de la estepa;

ese día

en Esquel

nos despedimos

en el pequeño cuarto

de un hotel;

afuera

en la estación

los obreros

llegaban de la esquila.


XIX

yo aprendí a ensillar de pequeño

con los caballos del Regimiento 3 de Fierro

mientras el negro Guaymás me contaba

historias de la guerra;

y aunque muchos me discuten

si soy o si no soy campero

puedo decirles que en mí mesa se han sentado

para comer del mismo plato

más de diez traicioneros;

y que Dios quiso llevarnos lejos de esos campos

en los que crecimos

al cuidado de una abuelita mapuche

mientras nuestra madre y nuestro padre

trabajaban por 800 pesos al mes;

y así fuimos a parar a la estepa y después a la capital,

pero la sangre no puede cambiarse de lugar.


XX

ni en el vado con el agua al cuello

abandona su marcha el caballo bueno;

son recelosos de su pasto

los carneros y los caballos flacos del salitral;

se esconden los peces como el fugitivo

en los troncos caídos sobre el agua

en la orilla del río que parece el cielo;

poco se dejan ver los cóndores

pero andan en las cuevas de la quebrada;

además, del estanciero

que bajó para Esquel hace un mes

todavía no se ha sabido nada;

unos que pasan por el puesto, me dejaron cigarros;

fumé todo el día apoyado en la tranquera principal

esperando inútilmente que alguien venga de visita

para no estar tan solo en la estancia.


XXI

esperar en la mañana

mirar los cerros sobre las chapas;

atardecer en el camino

entre Huinganco y Las Ovejas;

negociar con los paisanos

en el cuadro de sus caballos

mientras amansan

la tropilla;

caminar tres kilómetros

para llegar a la pequeña despensa

de los vecinos;

buscar esperanza

en los arroyos que cruzan la ruta;

descansar en la hostería

y volver de madrugada

desde El Huecú.


XXII

tu amor puro

de arriera de chivas

de cauce de arroyo seco

y de corrales ladeados;

lagrimita de sauce llorón

mi amor

una huella del contrabando;

entre las bardas

de la Cordillera

duermo

en alojos de paisanos;

sobre las piedras

sobre el valle

con luna clara,

el remolino del río.


XXIII

en una casita

de adobe

pedimos a Dios

tomados de la mano;

salgo

de madrugada

sin ladero;

espero

el amanecer

en los cruces

de los caminos.


XXIV

me ha quedado chica

la historia de los gauchos de antes

porque la vida que yo escribo

no fue novelada para la ficción

ni para la venta de ejemplares;

yo siembro estas poesías

en surcos profundos

en la tierra negra

siembro estas poesías

para que dormidas

junto a la acequia

queden cerca

bien cerquita

de la tumba adonde voy

y donde todos vamos

algún día.


XXV

paisanita de los valles

morena de la quebrada

tus sueños de esperanza

se revuelcan

en sábanas sucias

y en las esquinas del mercado;

de volver al pueblo me gusta

que siempre estamos solos

nosotros los pobres

olvidados en los parajes

entre los cerros verdes;

de volver al pueblo disfruto

besar el olvido y asumir que el tiempo no existe

y soñar que algo bueno puede sorprenderme

y cambiar mi vida

en cualquiera de estas callecitas angostas.


XXVI

fueron mis propios hermanos

los que nos robaron el campo

que dejó nuestro abuelo;

lo vendieron por monedas,

se gastaron el dinero;

así quedé sin tierra y me volví matrero

vagando en las montañas

ganando mí pan

trabajando de peón,

de arriero,

de obrero;

más el tiempo

siempre da la razón

al humilde

que se aflige

en su desvelo.


XXVII

el fuego solitario

y una manta prestada;

dormir entre los pinos talados

viendo los relámpagos

llegar desde el horizonte;

mascar plantas

beber agua del río

esperar un milagro

lejano;

me gusta soñar con la poesía

porque es mía;

los traidores y enemigos

pueden contrariar lo que digo

y lo que hice;

pero lo que escribo

permanece.


XXVIII

con la primera nevada

del otoño

salimos hacia la Cordillera;

en el cielo

la barda blanca

un auto viejo

nos llevó

hasta la iglesia;

sobre la huella

de Colipilli

en la arena

sembraste

lágrimas de miseria.


XXIX

yo anduve donde todavía anidan

los indios salvajes

solos en las pampas de vertientes

tienen sus propios rituales

su magia

sus historias

bajan al pueblo si pueden

una vez cada mes

no comulgan con el huinca

no tienen intendencias ni gobernantes

en la noche de enero

los forajidos

y prófugos

vuelven de los refugios de las verandas

se emborrachan y galopan asustando

a las abuelitas y los niños.


XXX

está oculto en la noche oscura

el demonio esperando

el sol de mí espíritu

y yo reescribo la historia

danzando sobre el espejo dorado

de la literatura;

fuego en la noche

hay tormenta

hace tres días no cesan

ni el viento ni la lluvia

y yo duermo junto al lago

en un puesto de paso por Epuyén;

me son reparo

unos pinos caídos y algunas piedras

de la bahía.


XXXI

yo abracé al olvido

en los cerros

trabajé

desde el amanecer

hasta que el sol se iba;

con mí mano izquierda

empuñé el cuchillo

y con la mano derecha

me tomé fuerte

del brazo de Dios;

desgarrado

por la hondura

de la soledad,

aprendí

que el infierno

nunca se sacia.


XXXII

sombra helada

de la tarde

en el paraje

de Los Cipreses;

algo lejos

se escucha

el motor del bus,

que viene

desde Futaleufú;

peones

apurados por bajar al pueblo

saltan los charcos

en el ripio barroso

de la ruta

junto a la tranquera roja

de la estancia.


XXXIII

habitación de alquiler

en el cerro de la toma;

vuelvo el viernes

de la estancia:

el vecino

con libertad condicional,

los pastores evangélicos y las iglesias;

veo cómo

las mujeres

separadas

embarazadas

bajan desde

los ranchos de la toma

de madrugada

para sacar turno

en el hospital.


XXXIV

la noche triste

se abre paso

entre la nieve

y mientras tanto

nosotros

arriamos

los toros

para apartarlos

en una laguna.


XXXV

en la nevada

recibir

los camiones jaula

con una fogata;

apartar las vacas,

contar los terneros;

cruzar el mallín

y entrar al cuadro;

después

bañarse con un balde

y dos tarros;

elegir la mejor ropa

para la iglesia,

bajar del cerro por el barrial;

orar y creer;

no perder la fe.


XXXVI

el invierno en el puesto

mantener la dignidad

con el cuerpo reventado,

y pedir a Dios

y llorar en silencio

y trabajar;

resbalar en el hielo,

golpearse la espalda

al cargar los hierros;

contar los días de la semana,

de la quincena;

coser el cuero,

coser la tela;

asar la carne,

comer lo justo.


XXXVII

rancho

de madera y chapa

recostado

sobre la caída del cerro

subir el sendero

sin luz

acarrear el agua

en bidones;

trabajar

en la construcción

diez horas por día;

cortar los pinos caídos

con un machete

y bajar el fardo

de leña

al hombro.


XXXVIII

viento blanco

la espera de tu voz;

los meses en la casita

junto al lago,

la tormenta

en la puerta vieja;

recibo noticias

de los gauchos

que pasan

por el paraje;

sufro tu ausencia

en los cerros.


XXXIX

alojar de pasada junto a la salamandra

en la casita del viejo Luis

despertar aún en la oscuridad

y salir desde el cerro hasta el pueblo para

tomar el ómnibus que va hacia la frontera

mientras nieva en la Cordillera;

ella no quería que me fuera

pero esperó conmigo en los andenes

nos abrazamos por el frío y la gente

nos miraba porque no era mansa

la tristeza de nuestros rostros;

maté mí cobardía cuando tuve

que medirme con cuatro gauchos

que querían apuñalarme por las cuentas pendientes

de un amor del que ya nada recuerdo.


XL

espíritu de bruja

espíritu de indio

muerto

bailando

cómo víbora

entre las pocas estrellas

que se dejan ver;

piedra fría

que guarda

entre los arroyos

aquello que fui.


XLI

cerro bueno

montaña que late

cómo el corazón

de mi Dios;

paraje de cordillera

al que hemos venido

para trabajar;

pasamos

el invierno

cortando acero

atando hierros;

compartimos

alguna victorias

y un puñado de monedas.


XLII

perder la senda

buscando el cauce

matar

el miedo;

guardar

el tiempo

en la sombra

de la quebrada

en el agua clara

de la cascada;

sangre en la boca

de mis galgos

por el llanto

de la liebre.


XLIII

escribir es como beber nuevamente

de la vertiente de tu engaño;

una parte de mí se ha quedado

para siempre en ese paraje de casas de adobe,

en el silencio donde arde

entreverado con la leña

todo lo bueno que quise darte;

un paisano de Cajón Chico me preguntó

si acaso nada bello recordaba yo

de los días en el puesto de Colipilli;

entonces recordé aquellas despedidas cuando

me correspondía salir a los campos, para peonarme:

nos despertábamos juntos en la noche

para tomar mate sin decir nada; y apenas clareaba

nos dábamos un abrazo; y luego yo salía a pie,

sin saber cuándo nos veríamos otra vez.


XLIV

caricia de tu mano sobre mi piel

en la niebla helada del desierto;

dijiste que los gauchos de ese paraje

me odiaban

pero que la estepa y el río

siempre iban a quererme;

lo dijiste

con tu sonrisa despreocupada,

y el sol naranja se había recostado

sobre la quebrada del vado;

yo te veía desde lejos

desde la tranquera

mientras caminabas

mirando el piso

en el pedregal

de las ruinas de los indios.


XLV

nunca dejes tu ciudad por amor

al final del camino igual

estarás solo ​

en un hotel junto a la ruta

con las botellas rotas

y las colillas de los cigarros

en el piso de la habitación.


XLVI

tuve en la sierra de Gualjaina un buen compañero

que era joven pero muy entendido,

que me regaló un cojinillo

y que con su guitarra tocaba alabanzas para Dios;

él también

cómo tantos de nosotros

renegados

quería huir

sin saber de qué y sin saber hacia dónde;

le dijimos que no escuchara al diablo

le dijimos que se alejara de los bandidos

que siempre solían llamarlo

para tomar vino;

pero él desoyó los consejos y satanás

le arrebató

la vida de las manos.

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