2026 Revista MISSION Invierno
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UNA REVISTA DE LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS
INVIERNO 2026
UNO EN CRISTO,
UNIDOS EN LA MISIÓN
Asegura tu legado.
Sé un misionero de la
esperanza entre los pueblos.
Cuando incluyes a las Misiones del Papa en tu testamento
o plan patrimonial, garantizas que tu fe siga dando
frutos mucho después de tu partida, llevando la esperanza
del Evangelio a niños, familias y comunidades en más
de 1.130 territorios de misión en todo el mundo.
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Carta del Director Nacional
La Obra de San Pedro Apóstol
Dentro del Seminario San Gregorio Magno
en Ghana
La Obras de Propagación de la Fe
Una luz en la oscuridad
La Obras de Propagación de la Fe
Una nueva iglesia se eleva en Karamoja,
Uganda
Desde los Archivos
Siguiendo las Huellas de los Primeros
Testigos
Pontificia Unión Misional
Una alegría que dignifica
La Obra Pontificia de la Infancia Misionera
Érase Una Vez
La Obra Pontificia de la Infancia Misionera
Bajo el patronazgo de San Kizito en Uganda
Los mártires de Uganda: semillas de fe
en África
La Obra de San Pedro Apóstol
100 dólares y un “sí”
El legado de Fulton Sheen, Parte 7
Nota del editor
Cuatro sociedades
una mision
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The Pontifical Mission
Societies USA
EDITOR RESPONSABLE: MONSIGNOR
ROGER J. LANDRY, NATIONAL
DIRECTOR
EDITORA/REDACTORA: INÉS SAN
MARTÍN
PUBLICADO POR THE NATIONAL
OFFICE OF THE PONTIFICIAL MISSION
SOCIETIES
EN COOPERACIÓN CON DIOCESAN
OFFICES IN THE UNITED STATES
©THE SOCIETY FOR THE
PROPAGATION OF THE FAITH
MEMBER, CATHOLIC MEDIA
ASSOCIATION
Aceptamos y agradecemos tus
comentarios, “cartas al editor”,
tus oraciones y ayuda. Si
prefieres enviar un “corrreo al
editor” puedes enviarlo a:
contact@pontificalmissions.org
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Carta del Director Nacional
Carta del Director
Nacional
Un verdadero año del Señor
Al comenzar un nuevo año civil,
es importante que reflexionemos
sobre por qué decimos «2026 d. C.».
Como la mayoría sabe, «d. C.» es
la abreviatura del latín annus Domini,
que significa «año del Señor».
En diversos círculos académicos,
algunos secularistas y no cristianos,
opuestos a marcar el tiempo con
referencia a Jesús, han intentado
cambiar la abreviatura «BC» («Before
Christ», antes de Cristo) por «BCE»
(«Before the Common Era», antes
de la era común) y «AD» («Year of
the Lord», año del Señor) por «CE»
(«Common Era», era común).
Siempre he considerado que ese
intento estaba condenado al fracaso,
porque obviamente plantea la
pregunta de por qué el nacimiento
de Jesucristo en Belén habría
inaugurado la «era común» y qué
sería común en esta nueva era si no
Monsenor Roger J. Landry
fuera el propio Jesús, la Iglesia que
fundó y la forma en que cambió la
historia. Esa es una de las razones
por las que, afortunadamente, esa
evasiva académica no ha ganado
popularidad.
Pero es importante que los
cristianos no se limiten a permitir
que AD siga siendo un mecanismo
de datación. Está destinado a influir
en nuestra forma de vivir el tiempo.
Estamos llamados a hacer de cada
año un año del Señor, centrado en
Jesús y en la forma en que Él —que
sigue siendo Emmanuel, «Dios con
nosotros»— quiere acompañarnos
a lo largo de este nuevo año y
ayudarnos a crecer en una amistad
más profunda con Él, iluminar el
mundo con Su Evangelio y ayudar a
otros a conocerlo, amarlo y seguirlo.
Hacer del 2026 un verdadero año
del Señor es convertirlo en un año
de fe y misión.
Este año celebramos un aniversario
muy importante en la Iglesia. El
14 de abril de 1926, el Papa Pío XI
estableció el Domingo Mundial de
las Misiones como «día de oración e
información sobre las misiones, que
se celebrará el mismo día en todas
las diócesis, parroquias e institutos
católicos del mundo». Quería que
ese día «fomentara la comprensión
de la grandeza de la tarea misionera,
estimulara el celo entre el clero y el
pueblo, ofreciera una oportunidad
para dar a conocer cada vez más [la
Obra de la Propagación de la Fe] y
animara a hacer ofrendas para las
misiones».
El nuevo año que acaba de
comenzar es, por lo tanto, una
oportunidad para que la Iglesia
ponga más énfasis en lo que
celebramos cada Domingo Mundial
de las Misiones: la oración por
las misiones, la comprensión de
la grandeza de nuestra vocación
misionera, la promoción del celo
misionero, la gratitud hacia la
Obra de la Propagación de la Fe
y las otras tres Obras Misionales
Pontificias, y la generosidad hacia
nuestros hermanos y hermanas en
los territorios misioneros donde
la Iglesia es demasiado joven,
materialmente pobre o perseguida
para ser autosuficiente.
El Papa Len es alguien que ya
ha dedicado un esfuerzo especial
a promover la Jornada Mundial
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Carta del Director Nacional
de las Misiones. El pasado 13 de
octubre, este antiguo sacerdote y
obispo misionero se convirtió en
el primer papa de la historia en
grabar un mensaje en video para la
Jornada Mundial de las Misiones, de
modo que pudiera mostrarse a los
feligreses antes de la Misa, colocarse
en páginas web parroquiales y
diocesanas, compartirse en correos
masivos y hacerse viral en las redes
sociales.
“Queridos hermanos y
hermanas”, comenzó el Santo Padre
en ese mensaje de un minuto, “en la
Jornada Mundial de las Misiones,
cada año, toda la Iglesia ora unida,
especialmente por los misioneros
y la fecundidad de sus labores
apostólicas”.
Recordando su propia experiencia
durante 22 años como misionero
agustino, continuó: “Cuando serví
como sacerdote y obispo misionero
en Perú, vi de primera mano cómo
la fe, la oración y la generosidad
mostradas en la Jornada Mundial
de las Misiones pueden transformar
comunidades enteras”.
Luego pidió a los pastores y a los
feligreses que den prioridad a este
día anual de oración y apoyo.
“Exhorto a cada parroquia
católica del mundo a participar en
la Jornada Mundial de las Misiones.
Sus oraciones y su apoyo ayudarán
a difundir el Evangelio, a sostener
programas pastorales y catequéticos,
a construir nuevas iglesias y a
atender las necesidades de salud y
educación de nuestros hermanos
y hermanas en los territorios de
misión.”
Al final del mensaje, dejó claro que
la Jornada Mundial de las Misiones
es un día de alegría que lo ayuda en
su solicitud y cuidado por todas las
Iglesias del mundo.
En esta Jornada Mundial
de las Misiones, concluyó:
“Comprometámonos nuevamente
con la dulce y alegre tarea de llevar
a Cristo Jesús, nuestra Esperanza,
hasta los confines de la tierra.
¡Gracias por todo lo que harán
para ayudarme a ayudar a los
misioneros de todo el mundo. ¡Dios
los bendiga!”
Anticipo que en 2026, cuando
celebremos el centenario de la
Jornada Mundial de las Misiones,
el Papa Len exhortará a toda la
Iglesia a crecer en su compromiso
misionero. Ya ha dado a conocer
el lema de la Jornada Mundial de
las Misiones de este año, que se
celebrará el 18 de octubre: “Uno
en Cristo, Unidos en la Misión”.
Más adelante este mes, publicará
un mensaje que reflexiona sobre
ese lema, el cual se basa en su lema
papal, In Illo Uno, Unum, “Uno en el
Único Cristo”.
El lema de este año también
se basa en las palabras de Jesús
durante la Última Cena, cuando
pidió que nosotros, sus discípulos,
pudiéramos ser uno como Él y Dios
Padre son uno en el Espíritu Santo,
para que el mundo crea que el Padre
envió a Jesús y nos ama tal como lo
ama a Él. La eficacia de la misión
de la Iglesia, dice Jesús, brotará de
nuestra unidad. Vivir 2026 como
un año del Señor significa buscar
vivirlo unidos entre nosotros y
comprometidos en ayudar a unir al
mundo entero en Jesús. No puedo
esperar para escuchar cómo el Santo
Padre nos nutrirá con este tema.
También sabemos que 2026 será un
año importante por otro aniversario:
el 250º aniversario de los Estados
Unidos el 4 de julio. Damos gracias
por todas las bendiciones que Dios
nos ha concedido a lo largo de estos
dos siglos y medio. Damos gracias,
de un modo especial, por los santos
estadounidenses, conocidos y
desconocidos, así como por nuestro
primer papa nacido en el país, fruto
de la fe madura de nuestra nación.
Este es un año para comprometernos
a compartir nuestra fe con nuestros
conciudadanos y, unidos al Papa
León en el único Cristo, ayudarlo
a ayudar a los misioneros en todas
partes.
¡Que Dios los bendiga!
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Dentro del Seminario San Gregorio Magno en Ghana
Seminario Mayor Provincial San Gregorio Magno
de un vistazo
Ubicación:
Kumasi, Región Ashanti, Ghana
Fundacin:
1990
La Obra de San Pedro Apóstol
Dentro del Seminario
San Gregorio Magno
en Ghana
Por Inés San Martín
“Sin el subsidio posible gracias a la Jornada Mundial de las Misiones,
sería casi imposible reabrir el próximo año académico”.
Formación de seminaristas para:
Seis diócesis de Ghana
Matrícula actual:
216 seminaristas
Pilares de formación:
Humano, espiritual, intelectual y pastoral
Apoyo: Subvencionado por la Obra de
San Pedro Apóstol a través de las Obras
Misionales Pontificias de Estados Unidos
Visión: Formar sacerdotes santos,
preparados y compasivos, listos para servir a
la Iglesia en Ghana y más allá.
— P. Michael Boakye Yeboah, Rector en funciones
En las colinas a las afueras de
Kumasi, Ghana, donde el llamado a
la oración se mezcla con el susurro
de las palmeras y el murmullo de las
granjas cercanas, el Seminario Mayor
Provincial San Gregorio Magno se
alza como un faro de esperanza para
la Iglesia en África Occidental.
Aquí, 216 jóvenes de seis diócesis
de Ghana viven, rezan y estudian
juntos, preparándose para dedicar sus
vidas al servicio del Pueblo de Dios.
Su formación —espiritual, humana,
pastoral e intelectual— es posible
gracias al apoyo de católicos de todo
el mundo que colaboran con la Obra
de San Pedro Apóstol, una de las
cuatro Obras Misionales Pontificias.
“Desde los inicios del seminario,
las Obras Misionales Pontificias han
sido de una ayuda enorme para
nosotros”, afirma el padre Michael
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Dentro del Seminario San Gregorio Magno en Ghana
Boakye Yeboah, rector en funciones
del seminario. “Sin el subsidio posible
gracias a la Jornada Mundial de las
Misiones, sería casi imposible reabrir
el año académico 2026-2027.”
Ese subsidio anual, explica, cubre
lo esencial de la vida cotidiana.
“Se utiliza principalmente para
alimentar a los seminaristas”, señala.
“Los agricultores locales de las seis
diócesis nos envían alimentos, pero
es el subsidio el que constituye la base
principal de los fondos necesarios
para alimentarlos.”
Las facturas de electricidad, el
combustible para el generador y
el mantenimiento de los pozos
que suministran agua potable a la
comunidad también dependen de
esos fondos. “La mayoría de nuestro
personal docente y no docente
solo recibe un pequeño gesto de
agradecimiento”, añade el padre
Boakye. “Seguimos agradecidos
a Dios por regalarle al seminario
los servicios de estas personas tan
generosas.”
Semillas de vocación
Detrás de cada vocación hay una
historia —muchas veces marcada por
la resiliencia, la fe y la gratitud—. Para
Andrews Kwasi Yeboah, estudiante
de segundo año de filosofía, esa
historia comienza en los campos de la
Región Bono, en Ghana.
“Vengo de una familia humilde
y trabajadora, dedicada a la
agricultura”, cuenta. Sus padres,
ambos pequeños agricultores,
trabajaron incansablemente para criar
a cinco hijos. Cuando sus padres se
separaron, su madre asumió toda la
responsabilidad de sacar adelante a
la familia. “A través de estos desafíos
aprendí los valores de la resiliencia, la
vida en comunidad y el trabajo duro”,
recuerda.
Su llamado al sacerdocio fue
creciendo de manera gradual. “El 1 de
enero de 2022, durante un programa
de formación espiritual en nuestra
parroquia, algo despertó dentro de
mí: un deseo auténtico y ardiente
de responder al llamado de Dios”,
cuenta. Animado por su párroco
y un amigo cercano, se postuló al
seminario después de terminar la
escuela secundaria.
“La vida en el seminario es
una experiencia profundamente
reflexiva y transformadora”, explica
Andrews. “Permite responder de
manera significativa al llamado de
Dios mientras uno crece espiritual,
intelectual, pastoral y humanamente.”
Aunque el camino tiene sus
desafíos, afirma: “Los abrazo como
parte de mi crecimiento y preparación
para servir con entrega en el futuro.”
Responder a un llamado
persistente
Para Kelvin Dwomoh Frimpong,
el llamado al sacerdocio fue más bien
una voz suave pero persistente que se
negó a ser ignorada.
“Nací en una familia católica devota
en Asante Mampong”, comparte.
“Desde muy pequeño participábamos
activamente en la vida parroquial:
asistir a misa, rezar el rosario, servir
en el altar”.
Sintió por primera vez la atracción
al sacerdocio siendo niño, mientras
era monaguillo. “Admiraba a
los sacerdotes que celebraban la
Eucaristía con tanta reverencia y
humildad”, recuerda. Pero las dudas
sobre su propia dignidad lo llevaron
por otro camino. Se convirtió en
maestro y pasó dos años en el aula.
“El llamado no desapareció”, afirma
con sencillez. “Solo se intensificó”.
Con la guía de directores espirituales
y el aliento de varios sacerdotes,
Kelvin ingresó a san Gregorio. “Fue
un momento de entrega y confianza
en el plan de Dios para mi vida”,
recuerda. “El seminario ha sido un
camino lleno de gracia, de crecimiento
personal, formación espiritual y un
profundo autodescubrimiento”.
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Dentro del Seminario San Gregorio Magno en Ghana
Ha habido desafíos —dudas,
luchas y la complejidad de la vida
comunitaria—, pero él los ve como
oportunidades para crecer en
humildad y madurez. “El sacerdocio
no es simplemente una profesión”,
afirma, “sino una vocación sagrada,
una misión de vida hecha de amor,
sacrificio y servicio a Dios y a su
pueblo”.
Una vocación tardía, un testimonio
vivo
A los 39 años, Paul Badoh es uno
de los seminaristas de mayor edad en
San Gregorio —lo que el seminario
llama un “candidato maduro”—. Su
camino hacia el sacerdocio ha sido de
todo menos lineal.
“De niño, quería ir a la escuela como
los demás, pero mis padres no tenían
los medios”, recuerda. En cambio, se
convirtió en colocador de cerámicos,
perfeccionó su oficio y consiguió
trabajo estable. Sin embargo, “mi
deseo de infancia de ser sacerdote se
volvió más fuerte”.
Animado por su párroco, Paul
ingresó a la escuela primaria siendo
adulto. “La gente se burlaba de mí
porque mis compañeros eran mucho
más jóvenes”, cuenta, “pero yo estaba
decidido”. Paso a paso, avanzó en
su educación, fue admitido en el
seminario menor y hoy está en el
seminario mayor en Kumasi.
“Fue un sueño hecho realidad”, dice
Paul. “Aquí en el seminario mayor, no
cargo con la carga económica habitual
porque mis cuotas están cubiertas por
la generosidad de benefactores de
Estados Unidos y de otros lugares”.
Es muy consciente de lo frágil
que puede ser ese apoyo. “Sin la
generosidad de quienes comparten
lo que tienen, no podría seguir mi
vocación. Pero sé que Dios siempre
tocará el corazón de los benefactores
para que podamos continuar nuestros
estudios”.
Fe, formación y el futuro de la
Iglesia en África
Ghana es hogar de más de 3,5
millones de católicos —alrededor
del 10 % de la población— según el
Annuario Pontificio 2024. La Iglesia es
joven, dinámica y está en crecimiento;
pero con ese crecimiento llega también
el desafío de formar suficientes
sacerdotes para servir a los fieles.
En toda el África subsahariana, el
número de seminaristas continúa
aumentando, incluso mientras las
vocaciones disminuyen en otras
partes del mundo. Según datos
del Vaticano, casi uno de cada tres
seminaristas del mundo estudia hoy
en África.
“La formación de sacerdotes aquí
no es solo para Ghana, sino para toda
la Iglesia”, explica el padre Boakye.
“Muchos de nuestros graduados
sirven en otros países africanos e
incluso más allá”.
En Ghana, donde la agricultura
sigue siendo el principal sustento para
más del 30 % de la población, muchos
seminaristas provienen de familias
humildes de agricultores, como
Andrews. Su formación —sostenida
por la generosidad de católicos de todo
el mundo— garantiza que los futuros
sacerdotes puedan seguir anunciando
el Evangelio en comunidades que
tienen hambre no solo de pan, sino
también de la Palabra de Dios.
Cada día en san Gregorio comienza
con oración y termina con gratitud.
“Durante nuestras oraciones
comunitarias”, cuenta Paul, “siempre
recordamos a nuestros benefactores.
Nuestro rector nos recuerda que
debemos orar por quienes ayudan a
que Dios provea para nosotros”.
La vida de los seminaristas está
marcada por la sencillez, el estudio
y el servicio —y por la esperanza—.
“El día de nuestra ordenación”,
dice Kelvin, “no será solo un logro
personal. Será el fruto de muchas
manos, muchas oraciones y mucho
amor”.
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Una luz en la oscuridad
La Obra de Propagación de la Fe
“Una luz en la oscuridad”:
Emmanuel Tran sobre el
milagro de su hija a través
de la Beata Pauline Jaricot
Por Inés San Martin
El 29 de mayo de 2012, Emmanuel
Tran vivió lo que él llama el peor día
de su vida. Su hija menor, Mayline,
de tres años y medio, estaba en el
departamento familiar en Lyon,
Francia, celebrando el fin del año
escolar con su hermana y unas amigas.
“Insistí en que comiera antes de
ponerse a jugar”, recordó Emmanuel.
“En el primer bocado, se atragantó. Al
principio no me di cuenta. Se acercó a
mí, golpeando los pies contra el suelo
y llevándose las manos a la garganta.
De pronto entendí: no podía respirar”.
Capacitado en primeros auxilios,
Emmanuel intentó la maniobra
de Heimlich y luego RCP. Nada
funcionó. “Empecé a gritarle a mi
esposa que llamara a emergencias,
pero el edificio era viejo y no había
señal de teléfono adentro. Tuvo que
salir corriendo entre dos edificios para
poder hacer la llamada”.
Para cuando llegaron los socorristas,
el corazón de Mayline llevaba 40
minutos sin latir. Desesperado,
Emmanuel la había sacado a la calle
para que los paramédicos pudieran
encontrarlos más fácilmente. “Grité
para que me escucharan: sin pulso, sin
respiración. Se fue”.
“Sin esperanza”
En el hospital de Lyon, el pronóstico
era desolador. Mayline sufrió repetidos
paros cardíacos. “Nos dijeron que
tenía una embolia pulmonar y que
no estaban seguros de que pasara la
noche”, contó Emmanuel.
Los días siguientes no trajeron
alivio. Las tomografías mostraban
un daño cerebral masivo. “Tenía
muy poca actividad cerebral de un
lado y ninguna del otro”, recordó.
“Después de diez días, ya no había
señales cerebrales. El cerebro se había
reducido dentro del cráneo. Los
médicos nos dijeron que no había
esperanza. Incluso nos propusieron lo
que llamaban un ‘proyecto de fin de
vida’: desconectarle la alimentación
para que pudiera morir”.
Para Emmanuel y su esposa,
Nathalie, la idea era impensable.
“Dijimos que no, que era imposible.
No podíamos simplemente dejar que
nuestra hija muriera así”.
La familia se estaba preparando
para mudarse a Niza por trabajo y,
finalmente, Mayline fue trasladada
en ambulancia a un hospital allí. Algo
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Una luz en la oscuridad
al neurólogo para demostrárselo.
“No lo podía creer. Finalmente,
en noviembre, los médicos nos la
devolvieron”.
cambió durante el trayecto.
“Cuando llegó, se veía tan
diferente”, recordó Emmanuel. “Sus
ojos, que habían estado tan oscuros,
ahora eran como los tuyos o los
míos: llenos de vida. Preguntamos a
las enfermeras si había pasado algo
en el camino. Dijeron que no. Pero
Nathalie y yo podíamos verlo: no era
la misma”.
Los médicos en Niza estaban
desconcertados. Su historia clínica
describía a una niña sin actividad
cerebral. “Nos dijeron: su estado no
coincide con el informe”, explicó
Emmanuel. “Dijeron que no moriría,
pero que quedaría para siempre en
estado vegetativo —incapaz de comer,
hablar o seguirnos con la mirada.
Nosotros dijimos: la aceptamos así”.
Comienza una novena
Sin que Emmanuel lo supiera,
mientras todo esto ocurría, una mujer
devota de Pauline Jaricot —fundadora
de las Obras de la propagación de la
fe, una de las cuatro Obras Misionales
Pontificias— había comenzado una
novena por Mayline.
“En ese momento estábamos en
Lyon, y rezábamos mucho”, explicó
Emmanuel. “Yo no era cristiano
entonces, pero recé, porque me di
cuenta de que, si alguien podía
cambiar las cosas, solo podía ser
Dios”.
Un día, la directora de la escuela de
Mayline le entregó a la familia una
estampa con la oración de la novena.
“Nos dijo: ‘Una señora me pidió
que les diera esto, para que puedan
unirse si quieren’. Era una intercesión
a Pauline. Dijimos que sí, porque era
muy amable de parte de todos pensar
en Mayline —y porque toda nuestra
esperanza intentábamos llevarla a
Dios”.
Esa novena se extendió mucho más
allá de la comunidad escolar. “Al
principio pensamos que eran solo
los niños y los maestros. Más tarde
descubrimos que había gente rezando
en toda Francia —incluso en Lille,
en el norte— sin conocernos,” contó
Emmanuel. “Años después, algunos
se me acercaron llorando cuando se
dieron cuenta de que la niña por la
que habían rezado estaba viva. Fue
simplemente hermoso.”
“Se suponía que estaría en coma”
Lo que ocurrió después dejó a los
médicos desconcertados. “Se suponía
que estaría en coma para siempre”,
dijo Emmanuel. “Pero solo un par
de semanas después de llegar a
Niza, empezó a intentar sentarse en
la cama. No dormía. Las enfermeras
tenían que llevársela en sus descansos
porque quería jugar todo el tiempo”.
En agosto, Mayline ya estaba de
pie, caminando e incluso jugando
en el patio. Emmanuel envió videos
Los controles médicos solo
profundizaron el misterio. “Su
cerebro había vuelto a crecer, las
zonas dañadas se habían restaurado”,
explicó Emmanuel. “Sus señales
cerebrales, que se habían perdido
por completo, volvieron al 100%. Un
médico nos dijo que jamás había visto
algo así en toda su carrera”.
Para Emmanuel, era innegable:
“Antes pensaba que los milagros eran
cosas que habían ocurrido hace 2,000
años. Pero después de lo que vivimos,
sé que suceden hoy. Es como encender
una luz en una habitación oscura: de
repente, todo se vuelve claro”.
¿Quién fue Pauline Jaricot?
Para los católicos de todo el mundo,
la curación de Mayline es más que la
historia de una familia: se convirtió
en el milagro reconocido que abrió
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Una luz en la oscuridad
el camino para la beatificación de la
Beata Pauline Jaricot.
Nacida en Lyon en 1799, Pauline
fue una laica que dedicó su vida a la
oración y a la misión. Con solo 23 años
fundó las Obras de la Propagación
de la Fe, que coordinan la Colecta del
Domingo Mundial de las Misiones
(segundo domingo antes de finalizar
octubre), animando a trabajadores y
familias comunes a sostener la misión
de la Iglesia con “un centavo a la
semana y una oración al día”. Más
tarde fundó el Rosario Viviente, que
unía en oración a personas de todo el
mundo.
Este año se cumplen 200 años de la
colecta del Domingo Mundial de las
Misiones que, instituida por el Papa
Pío XI en 1926, se inspiró en la colecta
semanal de centavos promovida por
Pauline.
En 2020, el Papa Francisco aprobó
oficialmente la curación de Mayline
como el milagro necesario para la
beatificación de Pauline, celebrada
en Lyon en mayo de 2022. El cardenal
Luis Antonio Tagle, prefecto del
Dicasterio para la Evangelización,
presidió una misa a la que asistieron
12,000 personas, incluidos Emmanuel,
Nathalie y la propia Mayline,
quien llevó la cruz de Pauline en la
procesión.
“Le dije al cardenal —recordó
Emmanuel—: ‘Si todas las misas
fueran así, todo el mundo sería
cristiano’”.
La conversión de un padre
El milagro no solo sanó a Mayline.
Transformó la vida de Emmanuel.
Mientras su hija estaba en coma,
Emmanuel tuvo un sueño muy
fuerte. “Escuché una voz que decía:
pon tus manos sobre la cabeza de
tu hija y será sanada. Yo respondí:
tengo miedo, mis manos están en
llamas. Pero la voz dijo: confía en mí.
Conduje hasta el hospital en la noche,
pero dudaba. Pensé: yo no soy nadie,
no estoy bautizado, ¿por qué Dios
me escucharía? Pero cuando Mayline
despertó, comprendí que era Dios
quien hablaba”.
En 2016, Emmanuel fue bautizado.
Hoy, él y Nathalie rezan el rosario
todos los días, siempre incluyendo
a Pauline. “Para mí, ella es parte
de la familia —María, Jesús, Dios y
Pauline—”, dijo. “No puedo rezar sin
ella”.
La vida hoy
Ahora, con dieciséis años, Mayline
está plena. Recientemente terminó
sus estudios y se está formando para
ser florista. Durante años practicó
equitación, y aún hoy vive cada día
con energía. “Tiene un corazón lleno
de amor para todos”, dijo Emmanuel
con orgullo.
Sin embargo, su camino no estuvo
libre de pruebas. Después de la
beatificación, algunos compañeros
se burlaron de ella. “Volvió a casa
llorando, diciendo: ‘Solo quiero ser
una chica normal’”, contó Emmanuel,
reconociendo que su fe había sido
puesta a prueba. “Le dije: nunca serás
una chica normal, porque muy pocas
personas reciben las gracias que tú
recibiste. Esto es parte de quién eres”.
Con el tiempo, Mayline volvió a
abrazar su fe. En una fiesta mariana
en Lyon, Emmanuel la encontró
profundamente recogida en oración.
“Me sentí tan aliviado. Encontró de
nuevo su fe en Jesús, en María, en
Pauline. Eso me hizo muy feliz”.
“Parte de nosotros cada día”
La familia Tran no conmemora
cada año ni el accidente ni la curación.
“No celebramos el milagro”, explicó
Emmanuel. “Es parte de nosotros
todos los días. Estamos agradecidos
cada día. Cuando tienes a Dios contigo,
no necesitas una fecha especial: Él
camina siempre con nosotros”.
Sí celebran, sin embargo, el
cumpleaños de Pauline cada julio con
oración, y se unen a la novena anual
en su honor en enero.
Para Emmanuel, dar testimonio
se ha convertido en su vocación.
“Durante años, la gente pensó que
estaba loco cuando decía que vivimos
un milagro. Pero estoy tan feliz por
Pauline, tan agradecido. Mi forma de
dar gracias es compartir la historia,
para que otros se den cuenta de que
los milagros son reales. Algunos que
la escuchan me dicen: ‘Ahora voy
a volver a rezar’. Esa es la gracia de
Dios actuando”.
Testigos de esperanza
Hoy, Emmanuel ve la historia de su
familia como inseparable de la misión
de Pauline. “Ella sacrificó todo lo que
tenía para llevar a otros a Dios”, dijo.
“La manera en que recaudaba fondos
no era solo para dar dinero, era para
llevar la fe a personas de todo el
mundo. Eso es lo que dejó”.
Para Emmanuel, ese legado sigue
vivo. “La oración tiene un poder
maravilloso. Nuestras oraciones son
escuchadas —lo sé con certeza. Mi
hija es la prueba viviente”.
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Una nueva iglesia se eleva en Karamoja, Uganda
La Obra de Propagación de la Fe
Una nueva iglesia se
eleva en Karamoja,
Uganda
Por Inés San Martín
Cuando la Beata Pauline Jaricot
fundó las Obras de la Propagación
de la Fe en 1822, su visión era simple
y audaz: unir a los bautizados en la
oración, el sacrificio y el apoyo a las
tierras de misión donde la Iglesia es
joven, vulnerable o tiene recursos
limitados. Dos siglos después, esa
misión continúa en lugares como
Karamoja, Uganda —una región
donde el Evangelio sigue avanzando
en medio de una pobreza extrema,
climas hostiles e inestabilidad social.
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Solo en 2024, la Propagación de la
Photo Credit: EU/
ECHO Martin Karimi
Fe, a través de su red de donantes
y Oficinas Nacionales, apoyó la
construcción de 570 iglesias en
todo el mundo (en Asia, África,
América Latina y Oceanía). Aunque
muchos de estos proyectos pasaron
desapercibidos, su fruto es real: se
convirtieron en espacios donde las
comunidades rezan, se reúnen, sanan
y crecen en la fe.
Uno de esos proyectos, que hoy se
levanta sobre la tierra roja del noreste
de Uganda, es la Iglesia de Nuestra
Señora de Fátima en Nawanatao,
en la diócesis de Moroto. Bajo el
liderazgo del padre Jakoslav Banic,
un misionero croata asignado a
Karamoja, esta nueva parroquia está
llamada a convertirse en un faro de
fe y esperanza en una de las regiones
más pobres de África.
Karamoja: una región de
dificultades y esperanza
Karamoja, una vasta meseta
semiárida en el noreste de Uganda,
cubre unos 27,500 km² e incluye
varios distritos, entre ellos Moroto.
Dominada por las sabanas, sufre
lluvias irregulares, largas estaciones
secas y escasez de agua. El pastoreo
sigue siendo el principal medio de
vida, complementado por cultivos
muy limitados donde el suelo lo
permite.
Sin embargo, Karamoja es también
una de las regiones más pobres
y menos desarrolladas del país.
Décadas de conflictos, ataques para
el robo de ganado e inestabilidad han
dejado profundas heridas. Muchos
jóvenes viven con menos de 2 dólares
al día, mientras el desempleo, el
acceso limitado a la educación y los
impactos del conflicto siguen siendo
desafíos persistentes. En muchas de
las aldeas atendidas por la misión del
padre Banic, las chozas se construyen
con paja y barro, niños y adultos
duermen en el suelo, y los recursos
médicos y educativos son mínimos.
En estas duras condiciones, la
presencia de la Iglesia tiene un
significado tanto espiritual como
material. Es un lugar de refugio,
aprendizaje, comunidad y dignidad
en una tierra donde los tejidos sociales
son frágiles y la esperanza escasea.
La visión de la parroquia Nuestra
Señora de Fátima
El padre Banic y su equipo han
comprado 15 hectáreas de tierra
en Nawanatao para desarrollar un
campus misionero completo: la
iglesia, residencias para sacerdotes
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
The Church Among the Forgotten
y voluntarios, un centro pastoral,
guardería, escuelas, un dispensario
e incluso una granja agrícola.
El proyecto, valuado en 650,000
dólares, tiene como corazón la iglesia
parroquial.
Una vez terminada, la Iglesia de
Nuestra Señora de Fátima atenderá a
más de 35,000 católicos en 37 aldeas.
Será un centro para la catequesis, la
vida sacramental, retiros, programas
juveniles, formación pastoral y
misión evangelizadora. En un lugar
donde los pobladores a menudo
preguntan: “¿Cuándo tendremos por
fin una iglesia?”, el nuevo templo
representa mucho más que un
edificio: es un signo largamente
esperado de permanencia, dignidad
y pertenencia.
El padre Banic escribe:
“Nawanatao es el Nazaret de
Uganda. Así como en tiempos de
Jesús Nazaret era un pueblo de
apenas unos cientos de almas… hoy,
aquí cerca de Moroto, la gente vive
en chozas frágiles y humildes… en
condiciones muy pobres. La Iglesia
es su verdadero signo de seguridad”.
Y continúa:
“En nuestra misión, más del 70%
de la población vive por debajo del
umbral de pobreza… el 20% de los
niños muere antes de los cinco años;
solo el 15% va a la escuela; el 48%
come una vez al día (o menos)”.
Estas cifras dramáticas muestran
la urgencia del proyecto y las vidas
reales detrás de cada ladrillo y viga.
Construyendo un legado de fe en
Uganda
Para la gente de Karamoja, esta
iglesia es más que un edificio. Es
un signo tangible de que son vistos,
amados y acompañados por la Iglesia
universal. Se convierte en un centro
desde el cual la fe irradiará hacia los
niños, las familias, los catequistas y
las generaciones futuras.
A través de La Obra de Propagación
de la Fe, tu generosidad se une
íntimamente a estas vidas. Tu oración,
tu sacrificio, tu don —a través de esa
cadena— permiten que la Iglesia
crezca donde es más débil, que la
vida sacramental llegue donde falta
y que se construyan instituciones que
perduren.
Si deseas ayudar a completar la
Iglesia de Nuestra Señora de Fátima
en Nawanatao, puedes hacer un don
en www.pontificalmissions.org.
Que el trabajo que emprendemos
juntos en Uganda dé abundante
fruto para gloria de Dios y para la
evangelización de los corazones.
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MISSION Magazine
A magazine of The Pontifical Mission Societies
Siguiendo las Huellas de los Primeros Testigos
Del artículo original (1994)
Desde los Archivos
Siguiendo las
Huellas de los
Primeros Testigos
El Domingo Mundial de las
Misiones cumple 100 años este
año. Para marcar este hito, la revista
MISSION incluirá en cada número
una nueva sección — Desde los
Archivos — que traerá historias del
pasado que continúan inspirando la
misión de la Iglesia hoy.
En esta edición inaugural,
revisamos un artículo de 1994 de
Missio Germany, escrito por Ingelore
Happ, que relata la historia de los
Mártires de Uganda — los primeros
santos canonizados del África
subsahariana y testigos cuya fe sigue
animando a la Iglesia misionera.
“Estación por estación, alrededor de 1,500 personas avanzan por las
calles de Kampala en la primera peregrinación juvenil por el camino del
Calvario. Cantando y rezando, pasan junto a comerciantes musulmanes
con sus gorros tejidos, atravesando la parte antigua de la ciudad. Los
rostros de los peregrinos muestran las huellas de las tres horas de camino.
Otros ya habían pasado por aquí — Joseph Mukasa Balikuddembe,
Mathias Kalemba Mulumba, Charles Lwanga...”
“Charles Lwanga y 14 pajes se negaron a amedrentarse. Durante meses
los cristianos habían sido espiados y perseguidos. Durante meses habían
estado esperando el día en que pudieran dar testimonio de su fe... Juntos
rezaban y clamaban desde las llamas: ‘¡Kanda Katona!’ — Dios, mi
Dios”.
“El gran número actual de cristianos en África”, dijo el Papa Pablo VI
en su canonización en el Domingo Mundial de las Misiones de 1964,
“vive de la fuerza de este martirio, que hizo que una tierra aparentemente
estéril diera fruto”.
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Siguiendo las Huellas de los Primeros Testigos
Reflexión: antes y ahora
Treinta años después de que
ese artículo fuera escrito — y cien
años después de que el Papa Pío
XI instaurara el Domingo Mundial
de las Misiones — el testimonio de
los Mártires de Uganda continúa
recordándonos que el espíritu
misionero de la Iglesia no es una
idea abstracta, sino una realidad
vivida de amor, sacrificio y alegría.
En 1886, su valentía transformó
un reino. Hoy, Uganda es casi un
40% católica y hogar de una de las
Iglesias más vibrantes de África, que
forma sacerdotes, consagrados y
líderes laicos que llevan el Evangelio
a cada rincón del continente.
Al celebrar el centenario del
Domingo Mundial de las Misiones
en 2026, recordamos que el celo
misionero, nacido del martirio
y alimentado por la fe, sigue
modelando la vida de la Iglesia.
Como aquellos primeros testigos,
estamos llamados a permanecer
firmes en el amor — “Un solo cuerpo
en Cristo, Unidos en la Misión”.
¡Escuchalo ahora!
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Una alegría que dignifica
Pontificia Unión Misional
“Una alegría que dignifica”:
La vida de un misionero en
la Mozambique rural
Por Inés San Martín
La misión en síntesis
Ubicación::
Jécua, Provincia de
Manica, Mozambique
Parroquia:
Nuestra Señora del Rosario,
con 11 zonas pastorales y 74
comunidades
Misioneros:
Frailes Franciscanos (OFM)
El foco:
Evangelización a
través de la presencia
— sembrando
fe, construyendo
comunidad, restaurando
dignidad
Proyectos:
• Construcción de 100 viviendas para las familias más
pobres
• “Instituto Agrícola San Francisco” – formación de
jóvenes en agricultura sostenible
• Iniciativa “Agua para Todos”
• Conectividad digital y acceso educativo para estudiantes
rurales. Enfoque: Evangelización a través de la
presencia — sembrar fe, construir comunidad, restaurar
dignidad
“Un misionero ad gentes es un puente — alguien que cruza culturas
con ligereza, respeto y alegría para anunciar la Buena Noticia”.
P. Jorge Bender, OFM
Cuando el misionero franciscano
Padre Jorge Alberto Bender puso por
primera vez un pie en Mozambique,
sintió una mezcla de emociones y
preguntas — y “cierto sentimiento
de impotencia”. Pero debajo de todo
eso había algo más profundo: la
convicción de que era exactamente
allí donde Dios lo llamaba a estar.
“Soy de un pueblo pequeño de
Santa Fe, Argentina”, recuerda.
“Éramos doce hermanos — once y uno
adoptado, para completar la docena.
Mi madre hablaba de los niños de
África, y recuerdo que llegaba una
revista misionera a casa. Creo que allí
se sembraron las primeras semillas”.
Hoy, esas semillas han dado fruto
lejos de Argentina. El Padre Bender,
miembro de la Orden Franciscana
(OFM), sirve en Jécua, una aldea
rural en la provincia de Manica,
Mozambique, donde él y los frailes
llevan más de un siglo de presencia
misionera. Su parroquia, Nuestra
Señora del Rosario, comprende once
zonas pastorales y setenta y cuatro
pequeñas comunidades cristianas.
“La presencia franciscana en
Mozambique se remonta a 126 años”,
explica. “Aquí en Manica, son cien
años acompañando a este pueblo que
camina en la fe por estas latitudes”.
Caminar ligero, vivir sencillo
Jécua es un lugar donde la vida
cotidiana depende del ritmo de la
tierra — y de la fe. La mayoría de las
familias viven de la agricultura de
subsistencia, cultivando maíz como
su principal alimento.
“La gente aquí vive del trabajo
de la tierra”, dice el Padre Bender.
“Enfrentan sequías, malas cosechas,
y aun así siguen siendo alegres.
Caminan ligero, con poco, y me
enseñan que la felicidad no depende
de tener mucho. Estamos llamados
a ser felices en el camino, mientras
caminamos”.
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Una alegría que dignifica
Esa alegría es aún más notable
en un país con enormes desafíos.
Mozambique sigue siendo uno de
los países más pobres del mundo,
con aproximadamente un 63% de la
población luchando por conseguir
una comida al día y con muy poco
acceso a salud y educación.
“Las personas caminan dos, cinco,
incluso siete millas para conseguir
agua”, explica. “Llevan bidones de
20 litros en la cabeza, solo para tener
agua para beber y lavarse. En cuanto
a la salud, aquí uno puede morir muy
fácilmente. Hay un pequeño puesto
sanitario con lo básico — algodón,
alcohol, a veces medicación para
la malaria. Y en Manica, el hospital
también es muy básico. La educación
es otro desafío: muchas áreas carecen
de escuelas primarias, y solo unos
pocos niños llegan a la secundaria o
estudios superiores”.
Aun en medio de estas dificultades,
encuentra señales de gracia por todas
partes. “Lo que más me conmueve
son los rostros de los niños y los ojos
de los ancianos. En los jóvenes veo el
futuro — las infinitas posibilidades
de transformar sus vidas y las de
sus familias. Y en los ancianos veo
sabiduría. Sus arrugas son las marcas
del tiempo y la historia. Escucharlos
enseña paciencia y reverencia.”
“La alegría que dignifica”
Con el tiempo, el misionero
argentino ha presenciado
innumerables gestos de
agradecimiento de la gente a la que
sirve. Pero ninguno lo conmueve
más que cuando una familia recibe
una simple casa nueva.
“Hasta ahora hemos construido
cuarenta y siete casas para viudas,
ancianos y madres solas”, comenta.
“Cuando entregamos las llaves, las
lágrimas de esas madres me tocan
profundamente. Piden una bendición.
Es hermoso ser testigo de una alegría
profunda que dignifica”.
Para él, esa “alegría que dignifica”
es señal del Evangelio en acción. Es
la alegría que brota de la fe — una fe
que conoce el sufrimiento, pero que se
niega a desesperar.
El corazón de la evangelización
Para el padre Bender, ser misionero
significa mucho más que trabajar
en proyectos sociales, aunque esos
proyectos sean esenciales.
“Si quisieran matarme, podrían
encerrarme en una oficina
parroquial”, ríe. “Siento un impulso
por salir, por buscar nuevos caminos,
nuevas formas”.
“En estos contextos, no se
puede separar la proclamacin del
Evangelio del trabajo por construir
un mundo más fraterno y solidario.
La anunciacin de la Palabra de Dios
va de la mano con el pan ganado
con trabajo honesto — el pan que
dignifica”.
La vocación misionera, dice, es
cercanía. “El ‘estilo’ de Dios tiene tres
rasgos: cercanía, compasión y ternura.
Así se acerca Dios a cada uno de
nosotros — y así debemos acercarnos
nosotros a los demás”.
Cinco verbos para la misión
En la misión de Jécua, este
espíritu se expresa a través de cinco
verbos: sembrar, recoger, compartir,
involucrar y restaurar.
“Con paciencia y visión,
sembramos semillas — ideas, afectos,
oportunidades — en este rincón
perdido pero maravilloso de África”,
explica. “Recogemos frutos y cicatrices
que nos enseñan. Compartimos lo
que tenemos, porque lo que no se
comparte se pierde. Involucramos a
todos, para que nadie quede fuera.
Y restauramos — devolvemos a la
tierra, a la comunidad, a Dios, lo que
hemos recibido”.
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Una alegría que dignifica
Estas acciones, añade, forman
“una espiritualidad encarnada —
una pedagogía del compromiso y un
aprendizaje constante en el camino”.
Educación y desarrollo local
dignidad humana. Es mejor crear
oportunidades — enseñar a pescar, no
solo dar el pescado”.
“África no me necesita — yo
necesito a África”
Dos áreas de especial atención son
la educación y el desarrollo económico
local.
El tiempo del padre Bender
en Mozambique también ha
transformado su propio corazón.
“El noventa por ciento de las
familias aquí dependen de la
agricultura de subsistencia”, afirma.
“Si podemos ayudarles a mejorar sus
cosechas aunque sea un treinta por
ciento, eso significa mejor nutrición
para sus hijos y un pequeño excedente
para el mercado”.
Para ello, ha lanzado la construcción
del Instituto Agrícola San Francisco,
un centro de formación donde los
jóvenes aprenderán a convertirse
en “protagonistas, emprendedores
y transformadores de la vida de sus
familias”.
“Soñamos con crear un centro de
alta calidad que pueda transformar
esta región — y quizá todo el sur
de África”, dice. “Un subsidio
permanente es una ofensa a la
“En mi primera experiencia
misionera, de 2006 a 2011, escribí
un pequeño libro llamado África No
Me Necesita — Yo Necesito a África”,
relata. “Creo que Dios me trajo aquí
para convertirme, para cambiar mi
corazón”.
Allí, dice, el tiempo mismo adquiere
otra dimensión. “Por eso la Misa
puede durar tres o cuatro horas — la
gente celebra la vida. Cantan y bailan.
Digieren la vida, no solo la engullen”.
En Mozambique, añade, “la gente
celebra la vida con muy poco —
pero con gran alegría. El valor del
encuentro, de mirar a los ojos del otro,
de caminar juntos — eso es un tesoro”.
Soñar hacia adelante
De cara al futuro, los frailes
impulsan varios proyectos: construir
100 hogares para las familias más
pobres, ampliar el acceso al agua
potable y llevar conectividad digital a
escuelas rurales.
Pero, sobre todo, su sueño es formar
una Iglesia que escucha y camina
unida. “Queremos ser una Iglesia que
sale a evangelizar a las familias a través
de los sacramentos, la comunión y la
participación”.
Cuando le preguntan qué lo motiva
a seguir adelante, el Padre Bender
sonríe: “El día que deje de soñar,
será porque estoy muerto. Ya no es el
despertador lo que me levanta — es la
pasión”.
“Cuando Dios venga, mirará
nuestras manos”
En cuanto a su legado, espera que
sea simplemente la fidelidad.
“Somos eslabones de una gran
cadena”, afirma. “Otros vinieron
antes que nosotros; nosotros solo
agregamos nuestro pequeño grano
de arena. La tierra de África está llena
de las tumbas de valientes heraldos
del Evangelio. Nosotros plantamos,
otros riegan — pero es Dios quien da
el crecimiento”.
Sueña con ser enterrado algún día
bajo un árbol frondoso en Jécua. “Que
el epitafio diga”, propone:
“Misionero franciscano que pasó su
vida intentando hacer el bien — un
misionero lleno de esperanza”.
Y su mensaje para quienes en
Estados Unidos apoyan las misiones
a través de Las Obras Misionales
Pontificias es simple:
“Únanse al milagro del amor.
Acompáñennos con su oración y su
generosidad. Si muchas personas
pequeñas, en muchos lugares
pequeños, hacen muchas cosas
pequeñas — pueden cambiar la faz de
la tierra”.
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MISSION Magazine
A magazine of The Pontifical Mission Societies
Érase Una Vez
La Obra Pontificia de la Infancia Misionera
Érase Una Vez
Por Daria Braithwaite*
Me levanté de mi escritorio y me
encontré cara a cara con un pavo real
dorado — un regalo de un sacerdote
misionero de la India que una vez
había visitado nuestra oficina.
Ahora era mi turno de visitar las
misiones por primera vez, y sabía que
regresaría a esa silla con un mayor
sentido de responsabilidad.
¿Por qué me elegiste a mí, Dios?,
me pregunté.
Estaba a punto de volar sola a
Malawi — a un continente que
nunca había visitado. Había leído en
libros que era polvoriento y que la
gente llevaba su propia agua. Pero
necesitaba verlo con mis propios ojos.
Después de veintiuna horas de
vuelo, aterricé en Lilongwe, la
capital de Malawi. El aeropuerto era
diminuto y no había edificios altos a la
vista. Al salir, nuestro auto se detuvo
en el primer semáforo. A lo largo del
camino había pequeños mercados
— cajones con gallinas boca abajo,
pilas de sandalias y ojotas, montones
de sandías y surtidos coloridos
de verduras. La gente llenaba las
veredas, cada una moviéndose con
propósito silencioso.
Tap, tap.
Me di vuelta y vi a un niño en
mi ventana, frunciendo los labios
y tocándose los dedos en la boca.
Ingenuamente suponiendo que
todos en las misiones eran católicos,
pensé que me estaba pidiendo que
rezara por él. Asentí, pero siguió
gesticulando. Entonces escuché el clic
del seguro: el Padre Peter, nuestro
conductor, había trabado las puertas.
El niño no pedía oración — estaba
pidiendo dinero.
Esperé no haberle mentido. Recé
rápidamente, y seguimos camino.
Mi primera visita fue a la Escuela
Primaria de Dedza, financiada por
lLa Obra Pontificia de la Infancia
Misionera. Entré al aula y de
inmediato noté las paredes desnudas,
el techo de chapa y la ausencia
de pupitres. Y aun así, los niños
corrieron a saludarme, con sonrisas
inmensas, ansiosos por contarme sus
calificaciones y materias favoritas.
Me llevaron a la iglesia vecina, aún
en construcción. Extendí la mano y
pasé los dedos por los bordes ásperos
de algunos ladrillos. Me imaginé
de vuelta en mi oficina, leyendo los
nombres de escuelas y feligreses
que hacían donaciones. Estoy tocando
lo que sus oraciones y sacrificios están
construyendo, pensé. Donación a
donación. Ladrillo a ladrillo. Alma a
alma.
Tras una semana visitando escuelas,
hospitales y seminarios, llegó el
momento del primer Congreso de
la Infancia Misionera en Malawi.
Niños de las ocho diócesis del país se
reunieron para celebrar la fe que los
misioneros les habían llevado — y
para abrazar su deber de continuar
esa misión desde sus aldeas.
Llegué con mi vestido de la Infancia
Misionera hecho con tela chitenge
local, igual que el de los demás niños
y niñas. ¡Ni siquiera se notaba que yo
era una extranjera!
En la Misa, las niñas malauíes
bailaban por el pasillo — sus manos
extendidas hacia Cristo, sus pies
marcando el ritmo junto a las voces
melódicas del coro infantil. Cada
día, sacerdotes y niños se reunían
para hablar de la doctrina social de
la Iglesia, la trata y el trabajo infantil,
la salud mental, el cuidado del
ambiente y cómo ser un misionero
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
Érase Una Vez
de la esperanza. Rezaban el Rosario
Misionero Mundial y se reunieron con
la Hermana Inês Paulo, Secretaria
General de la Infancia Misionera en
Roma.
Resulta que a los niños de las
misiones les encantan las selfies.
Mientras una multitud intentaba
aparecer en mi cámara, noté un par
de ojos que me observaban. Una
niña llamada Martyu me preguntó
si podía tocar mi cabello. Lo tenía
trenzado y recogido con un clip.
“¿Cómo es tan suave?”, me
preguntó.
Pronto se unió un grupo de amigas.
Preguntaban cómo eran las casas y los
autos en Estados Unidos. Tomaron
turnos para posar con mis gafas de
sol.
“¿Estás casada?”
“¿Cómo es viajar en avión?”
“Tenemos miedo de que nos
muerdan las ratas por la noche”.
Poco a poco me di cuenta de lo
diferente que era su vida de la mía.
Muchas se casan jóvenes. Algunas
nunca saldrán de Malawi — y aun así
ya saben algo sobre el mundo exterior.
Cuando el grupo se dispersó,
Martyu tomó mi brazo y me llevó
a un borde de la vereda para seguir
hablando. Pero, poco después, un
sacerdote de Zimbabue se acercó
para pedirme una reunión. No quería
dejarla sola, pero no podía ignorar
a un sacerdote. Al mirar hacia atrás,
Martyu bajó la mirada y se perdió
entre los niños. No la volví a ver.
Ese día sentí que atrapaba una roca
enorme. Dios, ¿por qué me diste un
corazón tan sensible?
Ahora lo sé — es porque me vi a mí
misma en ellos. Todos tenemos una
infancia. Todos hacemos preguntas,
buscamos atención y decimos cosas
espontáneas. Como testigo, mi
tarea es tomar esa roca y trazar un
camino hacia Cristo compartiendo las
historias de estos niños.
Eso es lo maravilloso de la infancia
— a todos nos encanta una buena
historia, ¿no?
* La autora es Coordinadora de Educación
Misionera de las Obras Misionales Pontificias para
la Arquidiócesis de Boston.
Suscribe tu
parroquia o escuela
a la Revista
MISSION
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MISSION Magazine
A magazine of The Pontifical Mission Societies
Bajo el patrocinio de san Kizito en Uganda
La Obra Pontificia de la Infancia Misionera
Bajo el patronazgo de
san Kizito en Uganda
Por Atuhaire Dorothy Ssonko*
San Kizito, el más joven de los
mártires de Uganda, murió por
su fe a los catorce años. Fue un
muchacho excepcional en todo
sentido: inteligente, agudo y
brillante; comprometido con su
trabajo; siempre alegre, amistoso
y amable. Era rápido para cumplir
sus tareas y tenía talento para los
deportes, especialmente la natación
y la lucha. También poseía un gran
don para la música, en particular
para tocar el xilófono. Sereno, orante
y lleno de alegría, mostró una
resistencia extraordinaria, alentando
y fortaleciendo a sus compañeros
mártires incluso ante la muerte.
Hoy es honrado como patrono de
los niños, especialmente de aquellos
menores de quince años.
En Uganda, la Asociación de la
Infancia Misionera (AIM / MCA
por sus siglas en inglés) está bajo el
patrocinio de san Kizito, quien sirve
como modelo de fe para los niños
católicos. Su ejemplo ha inspirado
un profundo sentido de identidad
católica y un fuerte celo misionero
entre los pequeños del país.
Inspirados por su valentía, no temen
profesar su fe y vivirla con alegría en
su vida cotidiana.
En diócesis, escuelas, parroquias
y comunidades, los niños de la
Asociación de la Infancia Misionera
participan en diversas actividades
que reflejan su triple misión: rezar
por otros niños, ayudarlos y
evangelizarlos.
Estas actividades incluyen la
participación en la vida parroquial:
cantar en el coro, servir en la Misa,
proclamar las lecturas y acoger a los
feligreses. También organizan obras
de caridad, visitando escuelas y
comunidades más necesitadas. En el
espíritu de Laudato Si’, promueven el
cuidado del medioambiente y crean
espacios seguros que favorecen el
bienestar de todos los niños. A través
de actividades deportivas —entre
escuelas y parroquias— fomentan la
amistad, la unidad y la colaboración.
El objetivo de todas estas
actividades es animar a los niños
a compartir tanto su fe como sus
bienes materiales, especialmente
con aquellos que tienen menos. Los
tres pilares que guían la Infancia
Misionera son: amar, cuidar y
compartir.
La participación de los niños en los
programas de la AIM ha fortalecido la
colaboración entre padres, docentes y
cuidadores, ayudándolos a cumplir
su responsabilidad como guías
pastorales y testigos de la fe. Los
niños, a su vez, se han convertido en
verdaderos apóstoles: luces brillantes
en sus comunidades.
Su mayor inspiración sigue siendo
san Kizito, el joven santo cuya fe y
valentía continúan guiando hoy a los
pequeños misioneros de Uganda.
* La autora es Directora de la Asociación de la
Infancia Misionera en Uganda.
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Los mártires de Uganda: semillas de fe en África
Los mártires de Uganda:
semillas de fe en África
Entre 1885 y 1887, un grupo
de jóvenes —pajes y asistentes
en la corte del rey Mwanga II de
Buganda— fue ejecutado por su
fe cristiana. Entre ellos había 22
católicos y 23 anglicanos, cuyo
firme testimonio se convirtió en una
piedra angular del cristianismo en
África.
Los mártires católicos, encabezados
por los santos Carlos Lwanga y
Kizito, se negaron a renunciar a su
fe o a someterse a las exigencias
inmorales del rey. Fueron quemados
vivos en Namugongo el 3 de junio
de 1886, ofreciendo sus vidas con
amor y fidelidad a Cristo.
El Papa Pablo VI canonizó a
los mártires católicos en 1964,
llamándolos “los primeros frutos del
continente africano” y declarando
que su testimonio es un signo de la
vitalidad de la Iglesia en África.
Hoy, católicos y anglicanos los
veneran juntos en el Santuario
de los Mártires de Uganda en
Namugongo, un testimonio vivo de
lo que el Papa Francisco ha llamado
el “ecumenismo de la sangre”, que une
a todos los que mueren por Cristo.
¿SABÍAS QUE…?
• El 3 de junio se celebra cada año el Día de los Mártires de
Uganda, una fiesta nacional que reúne a más de dos millones de
peregrinos en el santuario de Namugongo.
• La Basílica de los Mártires de Uganda, construida cerca del lugar
de su ejecución, es uno de los destinos de peregrinación más
importantes de África.
• San Kizito, el más joven de los mártires, tenía solo 14 años
cuando fue asesinado. Hoy es patrono de los niños y jóvenes de
toda África.
• El santuario incluye una basílica católica y un memorial
anglicano, símbolo de unidad en el testimonio de Cristo —lo que
el Papa Francisco llama “el ecumenismo de la sangre”.
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MISSION Magazine
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
100 dólares y un “sí”
La Obra de San Pedro Apóstol
100 dólares y un “sí”:
cómo un solo donativo
ayudó a formar a un
sacerdote ugandés — y a
cientos después de él
Por Inés San Martín
En la Arquidiócesis de Kampala
abundan las vocaciones sacerdotales.
Lo que no abunda son los recursos
para financiarlas.
“Valoramos profundamente que
tantos jóvenes quieran entregarse
al servicio del Señor”, dijo el padre
Joseph Mary Sehwinyah, profesor en
el seminario mayor arquidiocesano y
decano de la facultad de teología. “La
realidad es que la mayoría de nuestras
mejores vocaciones provienen de
familias pobres y numerosas. Los
padres difícilmente pueden costear la
educación de sus hijos”.
El padre Joseph Mary enseña
en una de las dos instituciones
teológicas situadas una al lado de
la otra en la capital de Uganda: el
Seminario Mayor Arquidiocesano
de San Mbagga y el Seminario
Mayor Nacional de Santa María,
que forma seminaristas de todo el
país. La formación dura ocho años,
con estudios de filosofía y teología,
además de trabajo pastoral anual.
“Estamos agradecidos por
la cantidad de vocaciones de
nuestro país”, dijo. “Cuando yo
era seminarista hace unos 20 años,
éramos unos 80. Hoy estamos cerca de
300, preparándonos para servir como
sacerdotes tanto en la Arquidiócesis
de Kampala como en unas 20 diócesis
más”.
También llegan candidatos de
países vecinos como Congo, Sudán,
Ruanda, Tanzania y Kenia.
Una vocación casi perdida
Para el padre Joseph Mary, el
camino al sacerdocio estuvo lejos de
ser fácil.
“Soy el menor de una familia de
trece”, relató. “Dos de mis hermanos
y dos de mis hermanas son religiosos.
Nadie esperaba que yo me convirtiera
en sacerdote”.
Durante su cuarto año de
teología, un cambio repentino en
la ayuda financiera casi puso fin a
su formación. “El obispo nos dijo
que Roma aportaría 100 dólares
por seminarista”, recordó. “Eso
significaba que debíamos encontrar
el resto por nuestra cuenta”.
Para la mayoría de las familias
rurales de Uganda, 100 dólares son
una pequeña fortuna. “Si alguien
gana 20 dólares al mes, ya es mucho”,
explicó. “Cuando les dije a mis padres
que necesitaba 100 dólares para
seguir en el seminario, era imposible
para ellos conseguirlos”.
Desanimado, se cruzó con una
hermana misionera estadounidense
que visitaba Uganda junto a unos
amigos. “Nos preguntó por qué
estábamos abatidos”, dijo. “Le dijimos
que queríamos ser sacerdotes, pero
no podíamos pagar los 100 dólares”.
Cuando la hermana regresó a
Estados Unidos —a la parroquia de
St. Thomas en Fortville, Indiana—
contó a los feligreses sobre los ocho
seminaristas ugandeses que corrían
el riesgo de perder su vocación. “Les
pidió que rezaran, y ellos dijeron:
‘Rezaremos… y también actuaremos’.
Reunieron suficiente dinero para
cubrir la formación de los ocho
durante el resto de los estudios”.
“Cinco de nosotros nos ordenamos
sacerdotes”, dijo. “Comparto esta
historia porque hoy soy profesor
de Sagrada Escritura, director del
Apostolado de la Infancia y la
Juventud, miembro de la Curia
Diocesana y ex canciller de la
arquidiócesis… todo porque alguien
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
100 dólares y un “sí”
reunió 100 dólares para ayudarme a
seguir en el seminario”.
‘Pequeños centavos’ que forman
sacerdotes
El padre Joseph Mary nunca
olvidó ese acto de generosidad. “Esos
pequeños centavos, esa contribución
inspirada primero por la beata
Pauline Jaricot en la Francia del siglo
XIX, ese cheque que tantas personas
escriben… suman muchísimo al
servicio de la Iglesia”, dijo. “Quiero
agradecer a las Obras Misionales
Pontificias y a todas las personas
cuyos donativos, por pequeños que
sean, hacen posible la misión de la
Iglesia”.
Ese apoyo sigue siendo vital, ya que
las vocaciones continúan creciendo.
El seminario ha inaugurado
recientemente un nuevo dormitorio
para su creciente número de
alumnos, construido gracias al apoyo
internacional a las misiones. “Nuestro
próximo proyecto es una capilla”,
explicó. “La actual fue construida
para 100 personas; ahora somos
300. Nos levantamos cada mañana
para las oraciones, la meditación,
la Misa y la liturgia contando con la
generosidad de quienes apoyan la
misión”.
La vida de un sacerdote ugandés
Los frutos de esta generosidad se
ven en las numerosas ordenaciones
cada año. “Este domingo tendremos
ordenaciones en nuestra diócesis”,
dijo. “Veinte diáconos se convertirán
en sacerdotes, y siete seminaristas
serán ordenados diáconos”.
Las parroquias en Uganda
suelen ser grandes, con muchas
comunidades dispersas llamadas
outstations. “Conozco una parroquia
que tiene 26 estaciones y solo tres
sacerdotes”, contó. “Cada sacerdote
celebra varias Misas los domingos
para que cada comunidad pueda
tener la Eucaristía al menos una vez
al mes”.
La vida diaria del sacerdote
comienza muy temprano. “La
mayoría de nuestras iglesias celebra
Misa a las 6:00 o 6:30 a.m.”, dijo. “Luego
vienen la oración, la administración,
las visitas a los enfermos… y estar
listo para cualquier cosa. La gente
puede venir en cualquier momento
diciendo: ‘Padre, alguien se está
muriendo’. Cuanto más flexible seas,
más útil eres”.
En las parroquias urbanas, los
sacerdotes también administran las
finanzas y los edificios, ya que la
mayoría no puede pagar personal.
En las rurales, el sacerdote es “la
ambulancia, el médico, el consejero,
el abogado, el funerario… todo”, dijo
con una suave risa. “Si no vas a un
funeral, la gente no empieza hasta
que llegas”.
Para sostenerse, muchas parroquias
utilizan tierras de la Iglesia para
pequeños proyectos generadores
de ingresos, como granjas, canchas
deportivas o salones comunitarios
para alquilar. Los voluntarios
sostienen gran parte de la vida
parroquial, especialmente en los
coros y la pastoral juvenil. “Muchas
de nuestras iglesias tienen varios
coros —a veces siete—”, contó. “Los
jóvenes aprenden a servir a Dios a
través de la música y la liturgia”.
Dos huevos y un milagro
El padre Joseph Mary recuerda un
encuentro que marcó su ministerio.
“Un día, después de la Misa en una
estación, los feligreses me hablaron
de una integrante del coro que estaba
muy enferma”, dijo. “Cuando la
visité, la encontré acostada sobre
una piel de animal, bajo un techo de
chapa, sin puerta. No tenía nada —ni
siquiera una manta. Le di la Unción
de los Enfermos y me di cuenta de
que tenía mucha fiebre. Era malaria”.
Le dio al líder comunitario 5 dólares
—todo lo que tenía— para llevarla
al hospital. Cuando se iba, la mujer
insistió en darle un regalo. “Tomó
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Revista MISSION
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
100 dólares y un “sí”
dos huevos de una gallina que estaba
en un rincón”, recordó. “Pensé: ‘Ella
necesita estos huevos más que yo’,
pero los acepté por su fe”.
“Cuando regresé, ella estaba otra
vez en la iglesia. Era malaria —5
dólares le salvaron la vida. Por eso
nunca tengo cambio en los bolsillos:
siempre se usa. Y cada vez que doy,
algo vuelve. Una vez un misionero
amigo vio mi auto viejo, sin aire
acondicionado. Tiempo después
reunió dinero y me envió uno nuevo.
Así sobrevivimos: por el amor de
Dios”.
Sosteniendo la misión
El padre Joseph Mary también
ayuda a administrar los subsidios
misioneros que sostienen la presencia
de la Iglesia en Uganda y países
vecinos.
Los subsidios ordinarios ayudan a
los obispos a abrir nuevas parroquias,
construir casas parroquiales y capillas,
y responder a emergencias como
daños por tormentas o enfermedades
entre los sacerdotes. “No tenemos
seguro”, dijo. “El obispo debe
cuidar de todos”. Estos subsidios
—donaciones anuales otorgadas a
diócesis misioneras a través de las
Obras de la Propagación de la Fe—
ayudan a cubrir los gastos cotidianos:
desde combustible para llegar a las
estaciones rurales hasta comprar vino
y hostias para la liturgia.
Los subsidios para catequistas
apoyan a los evangelizadores de
primera línea —hombres y mujeres
que guían la oración y enseñan la fe
donde los sacerdotes no pueden estar
cada semana. “Nuestros catequistas
son los más cercanos a la gente”,
explicó. “Les proporcionamos
formación, transporte —a menudo
una bicicleta o motocicleta— y
materiales litúrgicos. También
reciben retiros anuales para fortalecer
su misión”.
“Esos catequistas formaron a la
mayoría de nosotros”, afirmó. “El
sacerdote llega al final —pero ellos son
los primeros testigos de la fe”.
Abundancia de vocaciones,
escasez de fondos
El contraste es notable: tantas
vocaciones, tan pocos recursos. “Los
padres sienten que ya han hecho
suficiente cuando sus hijos terminan
la secundaria”, explicó. “La mayoría
de nuestras vocaciones dependen de
personas generosas que nos apoyan.
Pero nunca es suficiente”.
Ahí es donde las Obras Misionales
Pontificias cierran la brecha.
“Cuando estamos a punto de perder
una vocación, alguien aparece”, dijo
el padre Joseph Mary. “El trabajo
que realizan las oficinas misionales
en todo el mundo —especialmente
en Estados Unidos— aporta
enormemente a la misión de la Iglesia,
particularmente en países como el
nuestro, donde hay escasez de fondos
y abundancia de vocaciones”.
Para el padre Joseph Mary, la
lección de su vida es sencilla: un acto
de generosidad se multiplica.
“Cien dólares me ayudaron a
permanecer en el seminario”, dijo.
“Ahora ayudo a preparar a casi
300 seminaristas —hombres que
predicarán, enseñarán, ungirán y
servirán al Pueblo de Dios en Uganda
y más allá”.
“No puedo dejar de servir al Señor
hasta mi último aliento”, dijo con una
sonrisa. “Es una vida hermosa. Que
Dios los bendiga”.
Las Obras Misionales Pontificias ofrecen
becas a 423 seminaristas en Kampala,
distribuidos entre el Seminario Mayor de san
Mbaaga y el Seminario Mayor Nacional de
Santa María.
Apoya a los sacerdotes misioneros mediante
intenciones de misa
Cuando solicitas una Misa a través de las Obras Misionales
Pontificias de Estados Unidos, no solo estás recordando a tus
seres queridos, sino que también estás fortaleciendo a la Iglesia
donde más la necesitan.
Solicita una Misa
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La Obra del legado Fulton Sheen – Parte 7
La Obra del legado
Fulton Sheen – Parte 7:
Monseñor Sheen y el
Concilio Vaticano II
Por el Padre Anthony Andreassi, C.O.
silenciosa pero constantemente, aun
cuando la mayoría de la población
seguía identificándose como católica.
(En ese momento, unas veinte
millones de personas vivían en el
país, atendidas por apenas 4,700
sacerdotes; en contraste, Francia, con
más del doble de población, contaba
con casi 50,000 clérigos).
El Arzobispo Sheen se entregó a
la misión con su celo característico.
Durante su estadía, apareció más de
una docena de veces en la televisión
argentina, pronunció una conferencia
enérgica en la Facultad de Derecho
de la Universidad de Buenos Aires y
celebró Misa tanto en la imponente
catedral como en humildes parroquias
situadas en algunos de los barrios
más pobres de la ciudad. Al finalizar
la campaña, se la consideró un éxito
extraordinario. Más de tres millones
de personas habían participado en
sus actividades, y se habían celebrado
miles de bautismos y matrimonios,
lo que evidenciaba un verdadero
renacimiento de la fe y la esperanza
en un país deseoso de volver a creer.
Poco después de regresar a
Nueva York de su exigente viaje
por América Latina, Sheen volvió
a ponerse en camino. Antes de que
terminara el año, emprendió un viaje
de dos semanas por África. Pasó una
semana en Kenia, visitando capillas
misioneras remotas y presidiendo
la consagración episcopal de un
sacerdote local —un acontecimiento
aún poco frecuente en aquella época,
cuando, hasta 1950, solo había habido
dos obispos nativos en toda el África
subsahariana.
En una de las misiones, el
Arzobispo Sheen celebró la Misa en
En la Parte 6 de esta serie sobre la
vida y el legado del Arzobispo Fulton
J. Sheen, publicada en la edición
de otoño de 2025 de MISSION,
examinamos su serie “La vida vale
la pena vivirla” y el impacto que
su presencia en la televisión tuvo
tanto en la evangelización como
en la promoción de las misiones.
Ahora volvemos nuestra atención al
siguiente acontecimiento importante
en la vida de Sheen: su participación
en el Concilio Vaticano II (1962–1965).
En 1960, al cumplir sesenta y cinco
años, la vitalidad del Arzobispo
Sheen se mantenía intacta: seguía
escribiendo, predicando y viajando
con el mismo vigor que había
caracterizado siempre su ministerio.
En octubre de ese año viajó a Argentina
para participar en un audaz esfuerzo
nacional destinado a reavivar la fe
católica, una iniciativa que reunió
a misioneros de todo el mundo.
Durante décadas, la práctica religiosa
en Argentina había ido decayendo,
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47
La Obra del legado Fulton Sheen – Parte 7
una modesta iglesia cuyo piso, hecho
de arcilla y estiércol compactados,
le hizo lagrimear durante toda la
liturgia. También visitó un pequeño
hospital apoyado por La Obra de
Propagación de la Fe, atendido
por apenas dos trabajadores con
formación médica muy básica,
pero responsables de tratar desde
tuberculosis hasta heridas provocadas
por leones. En su última parada en
África, viajó a Sudáfrica. En contra de
los deseos del gobierno del apartheid,
visitó la casa de una mujer negra
que servía con fidelidad (y valentía)
como catequista en su comunidad
segregada. Experiencias como estas
conmovieron profundamente a Sheen
y reforzaron su convicción de que la
misión de La Obra de Propagación
de la Fe alcanzaba no solo las almas,
sino también los cuerpos, llevando la
presencia sanadora del Evangelio a
algunos de los rincones más olvidados
del mundo.
En el otoño del año siguiente, 1961,
el Arzobispo Sheen viajó a Roma tras
ser nombrado por el Papa Juan XXIII
miembro de la Comisión precónciliar
de Acción Católica. Durante las
discusiones de la comisión, Sheen hizo
una propuesta interesante: sugirió
cambiar el nombre de la Propagación
de la Fe, señalando que su título latino
(“propaganda”) había adquirido
connotaciones negativas en el mundo
moderno. Aunque la propuesta era
reflexiva, no logró convencer a los
demás miembros.
Poco después de la apertura del
Concilio en octubre de 1962, el
Papa nombró al Arzobispo Sheen
miembro de la Comisión de Misiones,
convirtiéndolo en uno de los veintiséis
obispos estadounidenses elegidos o
designados para las diez comisiones
conciliares. Esta responsabilidad
exigía que Sheen viajara a Roma tres
o cuatro veces al año durante los
siguientes tres años para asistir a las
reuniones, sumándose a su agenda
ya cargada de predicación, escritura y
tareas administrativas.
Cuando el Papa pidió a los obispos
de todo el mundo sugerencias para
los temas a tratar en el Concilio, el
Arzobispo Sheen presentó varias
recomendaciones, entre ellas la
propuesta de un capítulo sobre la
mujer. Años más tarde, solía observar
que lo que él llamaba el “principio
femenino” había sido en gran medida
descuidado en la reflexión teológica y
lamentaba que el Concilio no hubiera
prestado más atención a este tema.
Desde que el Papa Juan XXIII
anunció en 1959 su intención de
convocar un concilio ecuménico, el
Arzobispo Sheen se mostró entusiasta.
Estaba convencido de que un
acontecimiento así era exactamente lo
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MISSION Magazine
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
La Obra del legado Fulton Sheen – Parte 7
que la Iglesia y el mundo necesitaban.
A su juicio, la Iglesia estaba llamada
a abrirse más plenamente a las
necesidades y preguntas del mundo
moderno, sin comprometer jamás su
misión central de llevar a Cristo —y la
salvación que solo Él puede ofrecer—
a todos los rincones de la tierra. El
Concilio Vaticano II se celebró en
cuatro sesiones entre el 11 de octubre
de 1962 y el 8 de diciembre de 1965.
El Arzobispo Sheen asistió a todas
ellas y fue el único estadounidense
que permaneció en la Comisión de
Misiones durante toda la duración del
Concilio.
En noviembre de 1964, el
Concilio promulgó Lumen Gentium
(Constitución Dogmática sobre la
Iglesia), el segundo de sus cuatro
documentos principales. Entre sus
enseñanzas más importantes —
incluido su llamado a la tolerancia
y amistad con los cristianos
protestantes y ortodoxos— estuvo
también la restauración del diaconado
permanente, con la posibilidad de
ordenar a hombres casados. Si bien
el Arzobispo Sheen era un firme
defensor de esta medida, su arzobispo,
el Cardenal Francis Spellman, se
oponía implacablemente. Apenas
cinco años más tarde, en 1969, siendo
obispo de Rochester (Nueva York),
Sheen ordenaría al primer diácono
permanente en los Estados Unidos.
Durante la cuarta y última sesión
del Concilio, en el otoño de 1965,
el Papa Pablo VI —quien había
sucedido a Juan XXIII tras su
fallecimiento en junio de 1963— hizo
historia al convertirse en el primer
Papa en visitar los Estados Unidos.
El Arzobispo Sheen lo acompañó en
la intensa visita de un día a Nueva
York, cuyo punto culminante fue
el discurso del Santo Padre ante las
Naciones Unidas. La jornada estuvo
cargada de emoción. Multitudes
llenaban las calles, las campanas de las
iglesias repicaban y la ciudad parecía
detenerse al paso de la comitiva
papal. Para los millones que seguían
la transmisión desde sus hogares,
fue la voz familiar del Arzobispo
Sheen la que los guio, pues sirvió
como comentarista especial para CBS
News, ayudando a los espectadores a
comprender el significado espiritual e
histórico de aquel día extraordinario.
De regreso en Roma, los obispos
dirigieron su atención a las vocaciones
sacerdotales y la formación en los
seminarios. En ese momento, unos
228,000 sacerdotes atendían a 418
millones de católicos en todo el
mundo. Para alcanzar una proporción
de un sacerdote por cada mil fieles, la
Iglesia necesitaría ordenar cerca de
200,000 más.
En el marco de estas discusiones,
el Arzobispo Sheen presentó una
intervención escrita instando a
modernizar la formación sacerdotal.
Sostenía que las largas vacaciones
de verano debían acortarse y que el
año académico debía ampliarse a
diez meses completos, permitiendo
a los seminaristas “visitar y ayudar
a los enfermos, los pobres, los no
católicos, los alejados, los jóvenes
y los encarcelados”. Más allá de la
formación intelectual, insistía en
que los seminaristas necesitaban
verdadera experiencia pastoral y
aprender a cargar, como él decía, “con
el peso del día y el calor”.
Cuando se promulgó el “Decreto
sobre la Formación Sacerdotal”
(Optatam Totius), este reflejó
varias de las recomendaciones de
Sheen. El documento alentaba a
los seminaristas a participar en
“proyectos prácticos oportunos”
durante los meses de verano y pedía
una preparación pastoral que diera
a los futuros sacerdotes experiencia
en el acompañamiento de “niños,
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MISSION Magazine
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
La Obra del legado Fulton Sheen – Parte 7
misioneros y la afirmación de que
todos los obispos “son consagrados
no solo para una diócesis, sino para
la salvación del mundo entero”. En
conjunto, estas ideas reflejaban la
visión amplia que Sheen tenía de la
misión de la Iglesia y su convicción
de toda la vida de que el Evangelio
debía proclamarse con valentía e
imaginación hasta los confines de la
tierra.
posconciliar.
El Concilio Vaticano II dio forma
formal a lo que el Arzobispo Sheen
había encarnado desde hacía mucho:
un catolicismo intelectualmente
confiado, de espíritu misionero y sin
miedo a dialogar con el mundo.
enfermos, pecadores e incrédulos”.
En 1964, el Arzobispo Sheen
realizó quizá su contribución más
significativa al Concilio durante los
debates que llevaron a Ad Gentes, el
Decreto sobre la Actividad Misionera
de la Iglesia. Cuando el borrador
inicial del documento fue distribuido
entre los padres conciliares, suscitó
una respuesta mixta: algunos lo
elogiaron mientras otros fueron
abiertamente críticos. Sheen, que había
estado profundamente involucrado
en la elaboración del texto, fue el
último en intervenir. En un discurso
enérgico, argumentó a favor de la
creación de una comisión misionera
central bajo la Congregación de la
Propagación de la Fe (hoy Dicasterio
para la Evangelización). Finalmente,
el Concilio votó por amplia mayoría
devolver el documento al comité para
una revisión sustancial.
Como parte de esa revisión, el
Arzobispo Sheen presentó una
intervención escrita de sesenta y
una páginas mecanografiadas —
la más larga de cualquier obispo
estadounidense sobre cualquier
tema en el Concilio—. En ella volvió
a insistir en el establecimiento de
un organismo permanente que
coordinara una estrategia mundial
de evangelización. Aunque esta
propuesta no fue incluida en la
versión final de Ad Gentes, sí lo fueron
varias de sus otras recomendaciones,
entre ellas un fuerte énfasis en la
identificación de la Iglesia con los
pobres, un papel renovado para
La Obra de Propagación de la Fe
en la coordinación de los esfuerzos
En definitiva, las contribuciones
del Arzobispo Sheen al Concilio
Vaticano II revelaron tanto su
originalidad como sus límites. Nunca
fue un arquitecto principal de los
documentos conciliares, pero sus
intervenciones —ya fueran sobre la
formación sacerdotal, la actividad
misionera o la renovación de la
vida sacerdotal— mostraron una
imaginación inquieta moldeada por
años de predicación, transmisiones
y encuentro con el mundo moderno.
Sus ideas a menudo iban más
allá de los límites cautelosos del
estamento episcopal, expresando su
convicción de que la evangelización
requería creatividad, valentía y
santidad personal. Aunque no todas
sus propuestas fueron aceptadas, el
espíritu que las animaba —su certeza
de que la Iglesia debe siempre salir,
abrirse y hablar al mundo de su
tiempo— anticipó gran parte de la
visión pastoral que definiría la era
Muchos de los episodios
originales de La vida vale la pena
se pueden ver gratis aquí:
Para excelentes análisis sobre el
significado e impacto de Sheen y
La vida vale la pena, ver:
• Kathleen L. Riley. Fulton
Sheen: An American Response
to the Twentieth Century.
(New York: Alba House,
2004). Chapter 6.
• Thomas C. Reeves. The Life
and Times of Fulton J. Sheen.
(San Francisco: Encounter
Books, 2001). Chapter 8.
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Nota de editor
Nota de editor
Un nuevo año siempre trae
consigo la promesa de nuevos
comienzos: de proponernos metas,
hacer planes y abrir un poco más el
corazón a las invitaciones de Dios.
Al sentarme a escribir esta nota, me
encontré pensando en cómo sería
un propósito misionero de Año
Nuevo. No uno medido en kilos
perdidos o tareas cumplidas, sino
en corazones abiertos y semillas de
fe sembradas.
Nuestro objetivo con las historias
de esta edición de MISSION
Magazine fue mostrarte cómo cada
una de las cuatro Obras Misionales
Ines San
Martin
Pontificias continúa haciendo
realidad ese propósito —todos
los días, en todos los rincones del
mundo—. Ya sea un seminarista
en Ghana formando su corazón
para servir, un sacerdote misionero
en Mozambique caminando junto
a su pueblo, o una comunidad
en Uganda dando gracias por la
esperanza que trae la fe, todas son
señales vivas de que el Evangelio
sigue siendo proclamado “hasta los
confines de la tierra”.
En 2026 celebraremos un hito
extraordinario: el 100º aniversario
de la Jornada Mundial de las
Misiones, establecida por primera
vez por el Papa Pío XI en 1926.
Me pregunto cuáles habrán sido
sus propósitos misioneros al
comenzar ese año. Tal vez los
mismos que seguimos necesitando
hoy: presentar a Cristo a todos
los pueblos, fortalecer la fe donde
aún es joven y reavivar el ardor
misionero en el corazón de los fieles
de todo el mundo.
Un siglo más tarde, bajo la guía
del Papa León XIV, seguimos
caminando por ese mismo sendero
—juntos—, unidos por el lema que
ha elegido para la Jornada Mundial
de las Misiones 2026: “Uno en
Cristo, unidos en la Misión”.
Al comenzar este nuevo año, que
todos podamos buscar un corazón
más misionero: un corazón que
escucha, que acompaña y que da
generosamente; un corazón que
encuentra nuevas formas de llevar
el amor de Cristo a los demás,
cercanos y lejanos. Porque aunque
los rostros y los lugares de la misión
cambien, la invitación sigue siendo
la misma: ir, amar y compartir la
Buena Noticia.
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MISSION Magazine
Lea la revista
MISSION en
inglés
Una revista de las Obras Misionales Pontificias
En apoyo de
quienes anuncian
el Evangelio…
El dinero necesario para sostener a quienes
sirven en las misiones del Papa proviene de
católicos generosos como usted.
¿Enviaría hoy, en el sobre adjunto, la
contribución que pueda para que los
sacerdotes, religiosos y laicos agentes pastorales
en las misiones no solo sobrevivan, sino que
prosperen en su ministerio?
Gracias por apoyar a nuestros misioneros.
Tenga la seguridad de mis oraciones por usted
y por su familia.
Querido Monsenor Roger J. Landry
Envíe su donativo en
este sobre de MISIONES a:
Monseñor Roger J. Landry
Sociedad para la Propagación
de la Fe
70 West 36th Street, 8.º piso
Nueva York, NY 10018
Su diócesis recibirá el crédito de
tu donativo.
Su donativo es deducible de
impuestos.
Adjunto mi donativo de:
$25 $50 $75 $100 $250 Otro $_____
$700 (un año de ayuda para un seminarista misionero)
$300 (un año de ayuda para una religiosa novicia)
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Por favor, contáctenme acerca de incluir a la Sociedad para la Propagación de la Fe en mi
testamento.
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Back Cover of MISSION Magazine, December 1960.
Poem by Archbishop Fulton J. Sheen.