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Luca Prodan Libertad Divino Tesoro

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Luca Prodan

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Luca Prodan

Libertad divino tesoro

Oscar Jalil

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Índice de contenido

Portadilla

Legales

Prólogo de Andrea Prodan

Prefacio

1. Antes de Luca

2. Familia Prodan

3. Escocia

4. Londres I

5. Londres II

6. Londres III

La heroína en Luca

7. Córdoba

8. Sumo. El principio

9. 1982

10. El under porteño

11. 1983

12. Corpiños en la madrugada

13. Divididos por la felicidad

14. Astros

15. Llegando los monos

16. After Chabón

17. El largo adiós

18. El final

Epílogo

Discografía

Bibliografía

Quién es quién

Agradecimientos

Imágenes

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Jalil, Oscar

Luca Prodan : la biografía / Oscar Jalil. - 1a ed. . - Ciudad Autónoma de Buenos

Aires : Planeta, 2015.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-950-49-4839-1

1. Biografías. 2. Rock. 3. Músicos. I. Título..

CDD 920.71

© 2015, Oscar Jalil

Diseño de cubierta:

Juan Ventura para Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.

Edición: Nicolas Miguelez

Fotocromía: Álvaro Caldelas

Corrección: Teodora Scoufalos

Fotografía de cubierta: Andy Cherniavsky

Todos los derechos reservados

© 2015, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.

Publicado bajo el sello Planeta®

Independencia 1682, (1100) C.A.B.A.

www.editorialplaneta.com.ar

Primera edición en formato digital: septiembre de 2015

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del

“Copy right”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o

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total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el

tratamiento informático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-950-49-4839-1

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A Marina Buffagni.

A mis viejos.

A la memoria de Luca.


Andrea y Luca Prodan en Monastir, Túnez, 1984.

(Gentileza de Andrea Prodan)

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Prólogo

Agarro dos hojas de papel y una lapicera y entro en la oscuridad de la habitación de

mi hija que aún duerme. Necesito un libro de esos grandes y de tapa dura que hoy

solo los niños tienen, para apoy ar encima las hojas y escribir este prólogo.

Encuentran mis dedos, voy al baño —ese extraño espacio de intimidad— me siento

en un banquito y prendo la luz. El libro se llama La hora de los cuentos.

Es perfecto, ¿no?

Soy parte de este gran cuento que fue y que de alguna manera sigue siendo la

vida de Luca, mi hermano. Soy testigo de muchos episodios de algunas épocas.

Alegrías, locuras, injusticias, terremotos, amores y conflictos que lo rodeaban como

torbellinos. Pero también estoy parado como un niño boquiabierto frente al milagro

diario de su consagración. Soy a la vez espectador, como usted, querido lector o

lectora, de lo que generó esta pequeña vida que arrancó en Roma y se ¿apagó? en

una pieza humilde del Centro de Buenos Aires.

Soy el primero en valorar este cuento, en atesorarlo. Pero sentirse acompañado

por miles de almas que van descifrando la claridad (poética) de mi hermano es algo

que no tiene precio.

Luca se escapó del precio. Yo me escapaba de quedar atrapado en la dudosa

telaraña de una biografía sobre él. Reducir un ser humano al tamaño de un libro

siempre me pareció un absurdo. Y Luca se cuidó bien de jugar con el absurdo… Su

coherencia no lo dejaba serlo. Absurdo.

Conozco a Oscar Jalil desde hace muchos años y a. Nos une un amor

incondicional por la buena música y lo que la rodea. A esta altura, también cierto

aspecto humano. Cuando me contó que iba a embarcarse en escribir un libro sobre

Luca, lo confieso, me sentí incómodo.

No soy el gran inquisidor ni tengo las llaves al “misterio Luca”. Pero el hecho de

que una editorial importante iba a adueñarse, de alguna manera, de la vida de Luca a

nivel biográfico me parecía poco coherente. Oscar tampoco era una persona que en

mi ignorancia hubiera asociado con el universo Sumo, aunque sí notaba su

sensibilidad en general.

La cosa quedó en que iba a “ayudarlo con su investigación” (algo como en un

policial) contestando preguntas y contando hechos concretos también sobre mi

pasado. Más protagonismo no quería.

Jalil siguió con su quimérica búsqueda por el verdadero Luca Prodan y se metió

en lo que, imagino, fue el laberinto que espera a todo biógrafo serio.

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Han pasado mucho más de tres años y el libro está listo. No lo he leído todavía.

Quiero que me sorprenda, ser un lector más. Vivir, si es posible, esta increíble historia

como un argentino cualquiera. Gracias a Dios, Oscar ha decidido permitir que hablen

aquellos que estuvieron ahí, que conocieron a mi hermano, que bebieron con él los

intensos tragos de su existencia. La historia contada a viva voz, de la manera más

genuina, dejando a cada lector la capacidad de sacar su conclusión.

El biógrafo estará guiándonos a través del espeso laberinto del pasado Prodan,

pero el Gran Coro contará la historia. Y la música, claro. La música.

Andrea Prodan

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Prefacio

La revolución de Luca

Juro que nunca tomé una ginebra con Luca Prodan.

Jamás hablé con él, tampoco me lo crucé en la calle ni en algún vagón del

ferrocarril San Martín. El encuentro más cercano fue a distancia, desde la quinta fila

de butacas de un cine marplatense ubicado en la avenida Independencia. Sumo

presentaba After Chabón y ni siquiera la sala semivacía amortiguó el impacto.

Trescientos tipos y unas pocas chicas subidos a los apoy abrazos durante todo el show.

Gente viviendo una experiencia colectiva, haciendo equilibrio en un juego de

intercambio de sudor, energía y placer. Luca y su imán, gestual, simiesco y cantor.

Años después de su muerte, mozos de bares, liny eras de estación y mil novias

repiten a quien quiera escuchar que su encuentro con Luca, el encuentro que yo

nunca tuve, los marcó para siempre. Los cercanos, los que compartieron ensayos, los

amores reales y los amigos de verdad sostienen exactamente lo mismo: Luca les

voló la cabeza y nunca volvieron a ser los mismos. Créase o no, la gran mayoría

coincide en su toque divino, unidos por un reflejo que rebasaba lo musical y se

entrometía en todos los órdenes de la vida.

La aventura de escribir este libro comenzó en enero de 2012 en Traslasierra,

cuando su hermano Andrea abrió el memorial. Luego en Hurlingham, en la casa de

su amigo Timmy MacKern, conocí de primera mano las historias escocesas y el

refugio suburbano en donde Sumo preparó la revuelta; siguió en bares porteños con

novias y amigos, y de vuelta a Córdoba para una tarde completa de anécdotas con

Germán Daffunchio, el baquiano de Sumo. Más tarde continuó en un pueblito perdido

cerca de La Falda tras las huellas del exilio voluntario de Superman Troglio. En enero

de 2013, en un coqueto café de Martínez, Mónica Stromp —el gran amor argentino

de Luca— habló durante dos horas y las cosas tomaron otra dimensión. Volé a Roma

buscando su casa familiar, y en Londres pude ver cómo era el barrio que lo conoció

como vecino intoxicado. Casi sobre el cierre del libro, una entrevista reveladora a

Diego Arnedo decidió el fin de la investigación. Hablé con mucha gente sobre Luca;

algunos guardaron silencio, con razones más que valederas.

Nunca volví a ver nada igual a aquel show de Sumo en Mar del Plata. Tampoco

repetí la sensación de esa idea de rock brutal y distinguido, arrogante y cercano. La

certeza de sentirme parte de un experimento original. De algún modo, casi como

cerrando un círculo personal, la experiencia colectiva es el motor de esta biografía.

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El desafío fue construirla a través de las casi 80 entrevistas realizadas, convirtiendo

en testimonios únicos a muchas revelaciones significativas. Me propuse hacerlo sin

manipularlas en función de mi propia versión de la historia, adoptándolas como el

relato en sí mismo. Escogiendo, en definitiva, la historia coral como respuesta al

misterio Luca. Un rompecabezas repleto de interpretaciones, anécdotas y vigías del

gran mito en las voces de los que sí estuvieron ahí.

Oscar Jalil, agosto de 2015.

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Haber conocido a Luca me trajo la posibilidad de percibir algunos aspectos míos, que

por los efectos de la dictadura y ciertas culpas, me tenían un poco congelado el

balero. Algo así como una fobia social… Una traba que no me dejaba liberarme del

todo. Cuando vi que el tipo decía “fuck you, vamos para adelante” y se ponía al

frente de la cosa, sentí que se abría una puerta, hacia un desahogo de todos los

claroscuros de mi personalidad. Más allá de charlas y silencios compartidos, quizás

con un traguito de por medio, estoy muy agradecido porque desde su sensibilidad me

invitó a pasar y participar de su proyecto artístico, junto a Timmy MacKern,

Germán Daffunchio y Alejandro Sokol, compañeros de la locura de la imaginación.

Diego Arnedo, junio de 2015.

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Capítulo 1

Antes de Luca

Una historia puede comenzar en cualquier parte.

En el caso de Luca Prodan, ese punto de referencia es un mapa imposible,

marcado por un destino familiar incierto, en el que la brújula siempre giró como un

trompo perturbado. La aventura y su sabor eventual es la mejor manera de seguir los

rastros que cubren Europa, Asia y Sudamérica en un viaje permanente, con estadías

regulares en ciudades que se vuelven propias cuando una guerra mundial frena el

paso o la heroína impone la fuga. El rastro inicial aparece en Constantinopla. La

capital del Imperio Otomano era, en 1911, un sitio ideal para perderse entre espías de

naciones imperiales, musulmanes devotos y viajeros de paso que debían cruzar

obedientes la ruta obligada entre oriente y occidente. Ungido por la casualidad,

también fue el lugar de nacimiento de Mario Prodan. Para el hijo de un comandante

naval austrohúngaro, por aquella época la tercera armada más poderosa del mundo

detrás de Rusia e Inglaterra, la opción de espera en Constantinopla figuraba entre los

planes de su progenitor: Giovanni Prodan esperaba órdenes para mover lo que los

ingleses denominaban Dreadnought, un gran barco de guerra que descansaba en el

estrecho de Bósforo. El abuelo de Luca provenía de una familia humilde, campesinos

del norte de la Italia, porción de la bota que en aquel tiempo pertenecía al imperio

austrohúngaro. La ambición de Giovanni y el llamativo sistema de movilidad social

de la monarquía austríaca permitió que un hijo de vecino proveniente de las capas

inferiores alcanzara el grado de comandante di vascello. La estadía en la capital turca

duró un largo período y también sirvió de sede romántica para el encuentro entre

Giovanni y Margarethe Von Görög, una joven y bellísima dama de la nobleza

húngara; el idilio fue explosivo y dejó un heredero, luego llegó el casamiento y

también la separación. Antes, el pequeño Mario vivió sus primeros años formativos

en Pola, la base naval del imperio ubicada a orillas del mar Adriático.

Las piezas del árbol genealógico de Luca guardan similitud con los símbolos de

una carta náutica. Son indescifrables y escurridizos para espectadores ajenos a las

travesías y las conexiones promiscuas de las familias de abolengo espigado. El tío

abuelo de Mario Prodan, por ejemplo, fue el gran chef austrohúngaro Gregor Von

Görög, maestro de cocina en el Palacio de Buckingham durante los últimos años del

largo reinado de Victoria y, posteriormente, como cocinero personal del Rey

Eduardo VII. Gregor formó parte del círculo íntimo de Auguste Escoffier (el Chef de

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los Reyes y el Rey de los Chefs) y fue miembro estable del Clan de los Cinco,

considerados los más grandes chefs de su época.

El mapa borroso volvió a sacudirse en 1914. El estallido de la Primera Guerra

Mundial disparó a los protagonistas hacia nuevas fronteras, aunque cuesta pensarlos

dentro de límites territoriales o apacibles residencias estables. El 28 de junio de ese

año fue asesinado el Archiduque Francisco Fernando, sobrino del Emperador

Francisco José I y heredero al trono austrohúngaro, en Sarajevo. Un activista

serbobosnio, Gavrilo Princip, miembro de la organización nacionalista serbia “La

Mano Negra”, fue el autor del magnicidio. El atentado desencadenó una fatal serie

de acontecimientos que provocaron la gran guerra. Mientras tanto, el acorazado de

bandera austrohúngaro al mando de Giovanni Prodan esperaba un nuevo destino en

el puerto de Shanghái, en ese momento convertido en un treaty port, puerto

internacional administrado por diferentes países europeos. Mientras duró el conflicto,

el pesado barco de guerra austrohúngaro permaneció en Shanghái, y la estadía se

extendió por muchos años más para su comandante, que quedó del lado de los

derrotados. Giovanni no regresó a Italia cuando terminó la guerra, sino que se instaló

en China, para sorpresa de su familia y su hijo, que creció con la obsesión de volver

a verlo. Esa promesa la cumplió a los 17 años, cuando viajó a Pekín, pero Giovanni

ya hacía rato que había dejado Shanghái. La sorpresa fue mayúscula cuando

comprobó que su padre tenía una nueva familia, que incluía una esposa belga y dos

hijos.

De todas las historias que guarda Andrea Prodan, la del encuentro entre su padre

con su progenitor parece un fragmento de la saga de El cuarteto de Alejandría, la

fabulosa novela de Lawrence Durrell, dividida en cuatro volúmenes en donde la

intriga, el poder y el amor conducen a sus personajes por laberintos insondables. “A

mi papá se le derrumbó el mito, pero él era muy cabeza dura, muy decidido. Dijo:

‘Yo no vuelvo ni en pedo, me quedo acá y además me voy a poner a trabajar’. Su

padre le respondió: ‘No esperes ninguna ayuda de mi parte’”. Mario Prodan se quedó

igualmente en China (ya no existía el Imperio Austrohúngaro); su padre no tenía

potestad sobre el pesado Dreadnought, la may oría de ellos iban a ser tomados y

transformados en navíos ingleses. “Así que Giovanni Prodan empezó a trabajar.

Tenía un cargo bastante importante en una empresa alemana, que estaba radicada en

China, que exportaba seda de ahí y maquinaria alemana a China. Finalmente, puso a

mi padre a trabajar como runner, que es como un cadete, el pibe que hace el té en

las oficinas. Conociendo al tipo fue: ‘Vos empezás de abajo, ninguna ayuda ni

recomendación’. El estilo contrario de cualquier padre italiano. A mi papá le gustaba

mucho ser italiano, le parecía el país más creativo del mundo, adoraba a los genios, a

los artistas y todo eso. Pero odiaba al italiano vivito, al chamuyero. Mi papá, en algún

punto, era más austríaco que italiano. Si le ves la cara, parecía un miembro de la

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casa real de los Habsburgo”.

Mario empezó a trabajar en la empresa de su padre y ahí comenzó a delinear su

fascinación por China. Se puede decir, a través de Andrea, que allí completó su

formación, sin siquiera haber pisado una universidad: “Él tenía algún tipo de rollo con

eso. Todos los que lo conocieron sostenían que hubiera sido un excelente docente

universitario. Era un tipo muy culto, con una enorme capacidad para aprender y

comunicar. Un tipo que se llenaba de información, muy intelectual. Pero también era

un tipo de acción. De joven fue campeón de natación, uno de los grandes campeones

de natación italianos. Cuando se fue, ya estaba en el equipo olímpico. Era clavadista.

También fue campeón en estilo libre y crawl. Así que cuando fue a China, su equipo

italiano lo seguía entrenando a distancia en el Club Italiano en Pekín”.

Además de brillar en la natación, Mario Prodan también era un jinete avezado y

gran jugador de polo. Su pasión por los deportes ecuestres lo condujo directamente a

Cecilia Pollock. “Tuvieron una historia, un amor que nació a través de los deportes,

que al final fue lo que los salvó”. Cecilia provenía de una familia de escoceses que

vivían en China desde hacía varias generaciones y que habían llegado como

misioneros. “Ella era católica, escocesa católica. No fanática, ni practicante, pero de

religión católica”. Cissie nació en Shanghái en 1918, su padre fue director de la

empresa que construyó la red de tranvías de Shanghái, pero su verdadera pasión (y

lo que después pasó a ser su ocupación de tiempo completo) era entrenar caballos de

carrera. Adiestró a muchos por el resto de su vida, viajó por toda Europa vendiendo

caballos, era un experto en la materia. “El padre de mi mamá era escocés, la madre

galesa y mitad irlandesa. Ella estaba orgullosa de no tener una gota de sangre inglesa.

Adoraba a su padre, pero lo veía bastante poco porque él viajaba por el tema de los

caballos. Volvía de largos viajes con regalos y era superamoroso, pero después

volvía a irse... La crió su madre, que tenía un pequeño hotel. Hicieron una vida muy

humilde, mientras el padre hacía toda la vida de dandy y en China lo llamaban The

Gentleman Jockey. Mi mamá creció con los caballos, dormía con ellos. Con mi

padre se conocieron en un campo de polo y hubo mucho feeling. Fue muy raro

porque ambos eran deportistas y muy intelectuales a la vez”.

Mario Prodan y Cecilia Pollock se casaron en 1940, un año después nació

Michela y al siguiente Claudia, las hermanas mayores de Luca. Al poco tiempo, los

sorprendió una nueva guerra mundial. Andrea recuerda una historia que le contó su

madre sobre el primer indicio de un conflicto bélico, que poco tenía que ver con las

historias de la gran guerra. “Ella estaba compartiendo una cabalgata con amigos de

la comunidad europea, iban con los coolies, que eran como los sirvientes chinos que

los seguían, y en un momento vieron un avión de guerra pequeño pasando por arriba.

De un momento a otro, empezó a dispararles. Estaban en medio del campo, con los

caballos, hubo terror, se tiraron al piso, el avión pasó una vez y cuando se fue, había

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uno de ellos muerto tirado en el piso. Era un joven inglés amigo de mi mamá.

Cuando el avión volvió a pasar, alcanzó a ver la cara del piloto y su expresión de

odio. Al tiempo terminaron en un campo de concentración. Para los japoneses que

invadieron parte de China, mi madre era una inglesa, o sea el enemigo, y mi papá

estaba casado con ella, así que… Los agarraron y los mandaron a un campo de

concentración japonés”.

Ahí permanecieron casi tres años. Mario era el jefe cocinero de la sección

italiana; el campo también incluía sectores destinados a residentes norteamericanos e

ingleses, otro para los italianos, franceses, holandeses y rusos.

Andrea Prodan: Durante toda mi infancia, en vez de escuchar cuentos de hadas, mi

mamá me contaba historias de campo de concentración, cosas realmente bizarras.

Le gustaba contarme las cosas más sangrientas y también las más lindas. Es

interesante notar cómo, con el paso de los años, ellos se acordaban del campo de

concentración casi con cariño, porque ahí pasaron las horas más intensas de su vida.

Murieron muchísimos amigos, fueron torturados, casi la mitad de la gente que estuvo

en el campo murió de hambre antes de ser liberada. Lo que pasa es que cuando

Japón empezó a perder la guerra, comenzó a gastar en petróleo, en nafta para sus

barcos y en armas. También se recortaron los gastos de los campos de

concentración. Así que cuando empezó el conflicto, pusieron a mis padres ahí

adentro. Mi papá, por ejemplo, podía cocinar con ingredientes limitados. Había

frutas, verduras, un poco de carne de vez en tanto… Al final había papas

completamente podridas, el pan era muy viejo o inexistente, el aceite era usado mil

veces y muchísima gente empezó a enfermarse por mala nutrición. En un punto, los

japoneses los eliminaban porque les costaban demasiado y eran enfermos para los

que no tenían medicinas. ¡Olvidate de la Convención de Ginebra! En el último

tiempo, los hicieron cavar una enorme fosa al lado del campo, adentro del predio,

donde ellos mismos tenían que tirar a los que morían. Hubo un momento de

tremenda depresión general, con todos pensando: “Acá vamos a terminar todos…”.

Pero no era como los nazis porque no había un master plan. Mis padres siempre

contaban que el comandante de su campo era un tipo que hablaba perfectamente

inglés, que había estudiado un período en Cambridge o algo así, un hombre muy

culto, pero durísimo. En una ocasión, mis padres pidieron ver al comandante del

campo de concentración. Fueron a preguntar si podían construir un muro que

separase la habitación de ellos, porque dormían todos juntos en un gran dormitorio.

En un momento, mi hermana Claudia estaba muy enferma, a punto de morirse,

porque le agarró una especie de tuberculosis. Ellos necesitaban cuidar mucho de ella,

estar en un lugar más limpio, y mi papá pidió si se podía construir un pequeño muro

para aislarse un tiempo. Cuando entraron a la oficina del comandante, mi papá dejó

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pasar primero a mi madre. Eso en Japón es absolutamente inaudito, no existe. El

guardia, que era un sargento que estaba ahí, el segundo de este chabón, cuando pasó

esto le dio un empujón a mi padre, agarró una cosa de esas para matar moscas y le

dio en la cara. Mi padre se levantó, le dio un trompazo en la cara, se pudrió todo y los

separaron con el japonés sangrando y gritando: “¡Te voy a matar!”. El comandante

del campo comprendió perfectamente lo que había pasado y fue buenísimo porque

terminó castigándolo al sargento. Les pidió disculpas a mis padres y al final les

hicieron el muro”.

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Capítulo 2

Familia Prodan

“Yo me viví toda una vida antes de llegar a ser una estrella de rock, entre comillones,

comillitas y comillas”.

Luca entrevistado por Néstor Nardella.

Audrey Hepburn maniobra con graciosa impericia una Vespa por el centro de Roma.

En el asiento de atrás, Gregory Peck intenta en vano tomar el control de la situación

mientras la chica de pelo corto, delgada e infinita, conduce en contramano por Via

del Corso. Es 1953 y William Wyler está dispuesto a mostrar a la ciudad eterna como

nunca fue vista antes. Es cierto que el naciente neorrealismo documentó con

veracidad y genio la Italia de posguerra. Pero todavía faltarían varios años para el

reconocimiento unánime de la escuela moderna del cine italiano. Roman Holiday es

otra cosa; un adorable entretenimiento romántico que captura lugares históricos

como la deliciosa escena de la Bocca Della Verità, esa legendaria máscara de

mármol que mordía la mano de aquel que mentía, o paseos obligados que casi

siempre terminan en las escalinatas de Piazza Di Spagna; escenarios naturales que

convirtieron a una divertida comedia sentimental en un clásico de Hollywood. Así,

como en la película de Wy ler, lucía Roma cuando nació Luca Prodan el 17 de mayo

de 1953. El mismo día se inauguró el Estadio Olímpico de la ciudad, unas horas antes

de que Cecilia, su madre, rompiera bolsa en plena función de ballet en el Teatro de la

Opera. La distinguida dama escocesa no estaba dispuesta a abandonar el palco del

teatro, y tampoco demostró miedo o ansiedad (ya había pasado por varias

situaciones extremas). Aquel mullido coliseo del arte podía ser un buen lugar para

aguardar las señales con dolor a contracciones. Una experiencia más para alguien

que en 1948 había llegado a Roma sola, con sus dos hijas y la módica esperanza de

vivir de la caridad de algunos buenos amigos. En tanto Mario, su marido intrépido,

cerraba cuentas y ordenaba el nuevo destino familiar luego de muchos años de

residencia en China.

Luca nació en el Hospital Salvador Mundi, con toda la familia Prodan establecida

en la vieja capital imperial. El primer refugio romano tuvo lugar en el coqueto barrio

de Parioli. Una amiga de origen ruso, que Cecilia había conocido en Pekín, le cedió

una habitación para que compartiera junto a sus dos hijas, Claudia y Michela.

Cuando regresó Mario, buscaron una casa en las afueras de la capital itálica y el

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barrio elegido fue Monte Sacro (muchos años antes, en 1805, un jovencísimo Simón

Bolivar juró liberar a Venezuela en lo que se conoce como el Juramento del Monte

Sacro). Luca pasó ahí sus primeros años, hasta que su padre compró un piso en pleno

centro de Roma, más precisamente en Via dei Funari 20, a pocos metros de la

Fontana delle Tartarughe en Piazza Mettei, y con vista directa a la Iglesia Santa

Caterina dei Funari, reconocida como una de las primeras iglesias barrocas de la

historia. La casa era un exconvento; Mario decidió derribar todos los muros de las

celdas que ocupan antiguamente los monjes y crear un amplio departamento.

La Roma idílica que abrigaba el romance entre la princesa y el periodista distaba

mucho de una realidad de miseria durante los largos años de la reconstrucción. Al

costado de las ruinas históricas y de los típicos lugares turísticos, el centro de la

ciudad permanecía como una zona decadente en donde se mezclaban pobres y ricos

en un hábito tolerante, que identifica las conexiones sociales entre los romanos. Los

tiempos de crisis estrecharon los lazos y la distinción de clases se acortaba en la

mezcla que podía encontrar a un noble aristócrata de compras por la feria sobre la

Piazza Campo dei Fiori. Ni la circunspección londinense ni la altivez parisina: Roma

imponía otro trato, en donde la vida estaba en la calle y de la cual Luca tomó sus

primeras lecciones de igualdad y equidad cotidiana. A esa formación asistemática se

suma los primeros años de vida escolar en St. George’s British International School,

un colegio internacional donde había niños de 53 países diferentes, porque allí

concurrían hijos de cónsules, embajadores y agregados diplomáticos que trabajaban

en Roma. Imposible crecer con algún gen racista en una escuela donde los mejores

amigos podían venir de Nigeria, China o Marruecos, entre muchas otras naciones.

Mientras Luca crecía en Roma, Mario Prodan progresaba en el negocio de ventas

de antigüedades y comenzaba una de las etapas más creativas de su vida como un

silencioso agitador cultural siempre conectado al mundo del cine, la literatura y el

arte chino. Su aura distintiva incluso impresionaba a los expertos chinos que lo

consultaban con frecuencia cuando aún vivía en Pekín. No era solo el conocimiento,

tenía un sutil manejo del buen gusto y el charme necesario para cautivar a

ocasionales compradores u obsesivos buscadores de tesoros ocultos. Parte de ese

encanto puede resumirse en una historia que el hermano menor de Luca cuenta con

exactitud meridiana.

Andrea Prodan: Mi papá logró comprar una casa en Pekín, tenía un gusto increíble,

la capacidad para buscar el lugar en el momento justo y comprarlo. Siempre fue su

don. En China compró una casa que era un extemplo, con un techo de tejas y un

jardín precioso, todo con muros, en pleno centro de Pekín en una callecita que en

chino significa “la callejuela del bolsillo” porque era cerrada, no había salida. Ellos

vivían en ese lugar, tengo fotos de Michela ahí, con los sirvientes chinos, porque en

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esa época todos los europeos que vivían allí tenían sirvientes. Si eras europeo y tenías

un poco de plata, era lo normal. Cuando explotó la guerra, tuvieron que dejar esa

casa. Los llevaron a un campo de concentración y la casa fue ocupada por un cónsul

japonés. Cuando la guerra terminó volvieron, luego de atravesar una auténtica

odisea, porque llegaron los y anquis y los liberaron. Los trasladaron por barco a través

del mar de China, primero a Shanghái y de ahí a Pekín. Dicen mis padres que fue

mucho más duro que el tiempo que pasaron en el campo porque muchos murieron

en el camino. Cuando finalmente llegaron a la casa, los japoneses les habían dejado

una carta apoyada en la mesa que decía: “Querido Sr. Prodan y familia: queremos

agradecer el placer de haber vivido en su hermosa casa, a pesar de estos años que

nos pusieron en conflicto, no hay ningún odio real entre nosotros y usted”. Una cosa

muy formal y sincera al mismo tiempo. El final era: “Posdata: habrán notado que

una parte del ventanal que da al patio se rompió, cuando un día nuestra hija resbaló.

No pudimos encontrar la tonalidad de rosa que tenía el vidrio, un poco más oscura

porque es color ciruela, pero sepan disculpar”. Mis padres, que venían del infierno,

no lo podían creer. Ellos siempre dijeron: “A los japoneses los odiamos y admiramos

al mismo tiempo”. Porque en algunas cosas fueron increíbles y en otras son

violentísimos y perversos, con violencia aguda. El chino, en cambio, es mucho más

bonachón y práctico, le gusta mucho la familia. El japonés es más cerebral, como el

alemán. Si tiene una idea en mente no para hasta conseguirlo. El chino es otra cosa,

como el napolitano, o el argento.

Entre los muchos trabajos de Mario figura el rol de asistente de dirección en

Cinecittà. El control y manejo fluido de varios idiomas lo acercó a los míticos

estudios, que a fines de la década del 40 estaban dominados por producciones

europeas y norteamericanas. Filmar en Italia era todavía muy económico y la

capacidad de sus técnicos era inigualable. El enorme complejo dedicado a la

realización cinematográfica funcionaba desde 1937, cuando Benito Mussolini puso en

marcha una enorme maquinaria de arte y propaganda. En 1943, la ocupación nazi

saqueó Cinecittà para luego convertirla en un campo de detención. Inversionistas

norteamericanos determinaron el renacimiento de los estudios y superproducciones

como Quo Vadis (1948) le valieron el título de la “Holly wood sobre el Tíber”. Allí, el

experto en arte chino entabló amistad con Roberto Rossellini y Federico Fellini y

comenzó una fructífera carrera dentro del cine. Primero como asistente, luego como

productor y finalmente, en 1952, escribió y dirigió su primera película, Una Croce

Senza Nome (Una cruz sin nombre), que se inscribe dentro de la corriente dominante

del neorrealismo italiano. Fue el debut y despedida de una carrera ascendente que

duró apenas un lustro. Una salida elegante ante la imprevisión que significaba

producir cine con dinero propio.

El imaginario argentino suele posicionar erróneamente a la familia Prodan en la

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categoría de millonarios. Desde su origen mismo en plena década del 40, Mario y

Cecilia pasaron por períodos de bienestar y pobreza con la misma rapidez del

jugador que pierde toda su fortuna en una sola apuesta.

Andrea Prodan: Mi padre era un tipo muy libre que se mandaba miles de proy ectos.

Era un tipo que vivió la vida a pleno en diferentes aventuras. Algunas las hacía

bárbaro y otras veces perdía todo. Se levantaba y a empezar nuevamente. Tuvimos

períodos en los que fuimos muy ricos que él aprovechó; como cuando se hizo el y ate

como él quería, se compró una casa y construyó otra maravillosa. También tuvo

épocas de extrema pobreza, en las que volvió a perder muchas cosas, entre ellas el

yate y la casa de verano en Tarquinia, algo que fue muy traumático para nosotros,

sus hijos. Sus últimos años los vivió en la casa de Roma. Nunca fuimos una familia

burguesa clásica ni él fue un hombre de negocios que hizo fortuna. Era algo que iba y

venía, fascinante pero también cambiante. Si a él le iba bien con las cosas que

amaba, todos contentos. Si le iba mal, la familia tenía que bancársela. Mi mamá

siempre jugó ese papel de estar muy unida a él para ayudar en el momento que la

familia necesitaba. Igual tenían muy buenos amigos, conocían a toda la crème de la

crème intelectual de Roma, a la gente que se movía muy bien en ese ambiente.

Nunca le pidieron un favor a nadie y en ese sentido estoy muy orgulloso de mi

padre. Eso le trajo problemas, pero también fue muy admirado por hacer todo solo.

En Londres, mi padre fue socio en Barling’s, que era el negocio de antigüedades más

conocido de la célebre Mount Street y estaba en la zona más concheta de Londres.

Abrió ese negocio con un inglés, el propio Barling, que era el dueño. Mi padre se

ocupaba de toda la parte asiática y el otro de la parte europea. Mi padre decía que los

italianos eran truchos y que los británicos eran muy correctos. Por eso nos hizo

educar a todos al estilo británico. Mi padre hablaba un inglés perfecto, sin acento.

¿Cómo llegaron a Italia tus padres?

Cuando terminó la guerra, vivieron unos años más en China. Mi papá empezó a

reconstruir sus cosas donde las había dejado antes del campo de concentración, pero

pasó lo de Chiang Kai Shek y Mao Tse Tung. Si ganaba Chiang Kai Shek, iba a seguir

todo igual. Pero si ganaba Mao, no. Era algo así como: “Con la guerra del

proletariado, todos afuera. Ningún extranjero”. Ganó Mao Tse Tung y tuvieron que

salir corriendo de ahí. Porque en este momento los chinos eran tan fanáticos que te

agarraban y te mataban. Así que mis padres se sentaron y dijeron: “Sí, estamos en

una encrucijada, tenemos que rajar de acá”. Estaban dejando atrás una vida y todo

lo que habían logrado. “¿A qué parte del mundo querés ir a vivir?”, preguntó mi

padre. Porque era así, en ese momento todo era posible. Mi mamá respondió:

“Italia”. “¿Dónde?”. “Nápoles”. Mi mamá adoraba Nápoles desde siempre.

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“Decime otra ciudad mejor”, contestó mi papá. “Está bien. Roma”. Compró un

pasaje en barco para ella, Michela y Claudia, arreglaron unas cosas con unos amigos

en Londres, después en Roma, y así fue que mi mamá llegó a Italia unos seis meses

antes que mi papá. Primero vivía en una pensión, la gente los ay udó porque estaban

muy mal, sin un centavo. Mi mamá viajó a Italia con las copas que había ganado

como campeona de caballo porque eran de plata. Mi papá se quedó en China

terminando lo que había empezado, tratando de cerrar lo máximo posible, hizo unos

cajones, los puso en un barco y se fue también para Italia. Llegó en 1948 o 1949.

Esos primeros tiempos en Italia fueron duros. Era una Roma completamente

destruida por la Segunda Guerra Mundial.

Tu mamá no conocía Roma.

No, siempre contaba que le pareció impresionante. Maravillosa. Un país con la gente

superentregada. Porque no tenían un mango. Era como la Argentina en 2001, cuando

todo era posible, como en todos lados cuando no hay plata. Me quedé en la Argentina

por eso. Volviendo a mi papá. Abandonó lentamente la historia del arte chino, porque

pensó que no tenía nada que ver con su nueva vida. Tenía que ser práctico y pensar

en cómo conseguir una supervivencia en Italia para él y su familia. Empezó a hacer

cosas a través de no sé qué conexión, porque mis padres conocían a mucha gente.

Personas de la aristocracia rusa, de esos que se escaparon de Rusia y después

huyeron de China. Muchos fueron a París, Londres o Roma. Mis padres conocían a

muchos de estos emigrados rusos, norteamericanos o ingleses, que también habían

quedado en Europa. Era como una red de amistad, se ay udaban un poco entre ellos

en momentos muy, muy, duros para todos. Así que mi papá entró a trabajar en

Cinecittà como asistente de dirección, porque él era muy rápido y aparte hablaba

todos esos idiomas. En ese momento, Cinecittà estaba explotando con producciones

inglesas, norteamericanas, alemanas, de todo el mundo. Todos filmaban ahí porque

Italia era muy barata y tenía unos técnicos buenísimos. Mussolini había creado este

enorme centro de cine que era el más grande de Europa, y que aún hoy lo sigue

siendo.

Pero tu papá no tenía nada que ver con el cine.

No, nada que ver. Lo que sí tenía es que era muy buen intérprete, un tipo que había

escrito varios cuentos, de hecho había publicado muchas cosas en diarios.

Podía ser un guionista.

Sí, eso es lo que fue después. Se hizo muy amigo de Rossellini y de Fellini. Con Fellini

tenían proyectos en común, cosas que escribieron juntos. Es más, Fellini le robó el

nombre del protagonista de uno de los libros de mi papá, creo que es de La Dolce

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Vita. Se llama Guido Guidi.

El personaje que hace Marcello Mastroianni…

Sí. El nombre de este personaje del libro que escribió mi papá, que era un papel muy

para Mastroianni: un niño eterno al que le encantan las mujeres, pero que por dentro

es muy débil y lo manejan todos. Él utiliza su debilidad con inteligencia, para obtener

lo que necesita de todos, pero al final es un pobre boludo. A Fellini le encantaba. Mi

papá era muy gracioso en su manera de contar las cosas. Era muy perspicaz con las

personas. Con Fellini se repartían esta capacidad para hacer retratos de las personas,

te miraban y te sacaban la foto enseguida. Lentamente, mi papá pasó de ser asistente

de dirección a productor. Hizo varias películas poniendo su plata y después logró

hacer su propia película como productor y pasó a ser director con una película

llamada Una cruz sin nombre. Ganó un premio que en esa época era importante,

aunque hoy suena patético: el Premio del Vaticano. Fue en el Festival de Venecia,

creo que en el año 53 o 54. Era como el premio de la ética de la no sé qué. Es una

película que mi hermana después encontró en la cineteca de Roma, en el Centro

Experimental, y la tengo en Bologna. Estaba usándola para un falso documental

sobre Piero Stamish, un tipo que no existe, todo una historia mía. Me senté a mirarla

y tiene cosas muy buenas, tiene momentos de verdadero cine neorrealista. Es una

Roma filmada de un modo increíble, una Roma que ni reconocería, porque es muy

de esa época. Mi padre tenía mucha onda. Conocía a toda esta gente, hizo su propia

película neorrealista, le fue bien… El problema es que trabajar en el mundo del cine,

te lleva a la vida más inestable que hay. A mi mamá, que es escocesa, no le gustaba

ese sube y baja. A mi papá sí, porque era un tipo apasionado. Se metía en miles de

cosas, perdió mucha plata hasta el final de su vida. Ha pasado de ser muy rico a

perder todo, a volver a ser rico de nuevo… Era muy dado, le gustaban los proy ectos

grandes.

¿Esa película la produjo o la dirigió?

Empezó como productor, el director era Laszlo Kovacs, un húngaro que después pasó

a ser director de fotografía porque como director no era bueno y mi papá se dio

cuenta al toque. En China, mi papá había sido director de muchas obras de teatro.

También hizo cosas en el campo de concentración, cuando terminó la guerra: antes

de que pudieran liberarlos, tuvieron que esperar seis meses adentro. En ese tiempo,

los yanquis y los ingleses les daban la comida y armaron cosas maravillosas.

Hicieron varietés donde cada uno cantaba, se vestían de Marlene Dietrich, había de

todo. Mi papá era el director de esa obra de teatro.

En el 45 tenía 34 años. Un tipo muy joven que se ponía al frente de muchas cosas.

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Hay tantas historias… Mis padres vivieron todo esto con una naturalidad absoluta.

Creo que eso fue su gran fortaleza, como pasó también con mi hermana. Mi padre

era un tipo muy creativo. Tenía grandes cualidades pero para él no era demasiado

importante desplegarlas. Tenía su costado de vago también. Era un tipo sumamente

cerebral, aunque muy carnal al mismo tiempo. Era marinero, después construy ó tres

barcos a partir de unos dibujos que mandó a hacer. Pasó muchos años de su vida en

el mar. Era un tipo muy sanguíneo, le gustaba mucho la comida, cocinaba, hacía de

todo.

Cuando Luca y vos eran chicos, él ya tenía su yate.

Sí. Se hizo construir más de uno. A veces, algunos fines de semana, nos íbamos a

Cerdeña, por ejemplo. Mi papá tenía su marinero, Luca era el segundo, y después

venía y o. Con Luca, éramos sus esclavos. En la vida, mi papá era un tipo muy

amable. Pero arriba del y ate se convertía en Adolf Fucking Hitler. Estaba este

marinero, que hacía todo, un tipo increíble. Pero nosotros éramos dos boludos y no

sabíamos nada, porque cuando sos chico no sabés.

¿Cómo era su vida social?

Al negocio de mi papá venía gente importante, uno era el rey de Suecia, otro el

dueño de no sé qué. Otro que venía era el actor de Drácula, que era muy amigo de

mi padre, un tipo muy rico que le compraba muchísimas cosas, era un experto en

arte chino. Mi papá decía: “Mirá, como actor lo considero casi nulo, pero como

coleccionista tiene un ojo tremendo, mucho mejor que la mayoría de mis colegas”.

Christopher Lee.

Exactamente. Venía muy seguido a comer. Había gente muy famosa, italianos

conocidos, productores de cine. Pero la may oría eran extranjeros. El italiano no le

dio mucha bola al arte chino. Los ingleses sí eran expertos, también los franceses y

los norteamericanos.

¿Cómo fue tener un padre tan activo?

Para los hijos puede ser un problema, porque pensás: “Nunca voy a superarlo”. Era

bueno en todo lo que hacía. El problema era para Luca, que fue el primogénito. Mi

papá era muy competitivo, demasiado, y quería que sus hijos fueran igualmente

exitosos. Nos empujaba a hacer hazañas exageradas. Además tenía físico de atleta.

Yo era muy flaco y tengo mucha resistencia, pero no tengo su físico. Luca tampoco,

nos parecemos más a mi mamá. Mi viejo nos hacía nadar por horas, seguirlo por

kilómetros en el mar, o nos paraba el barco en medio del Mediterráneo, sin ninguna

isla a la vista, y decía: “Bueno, ahora vamos a tirarnos”. Tenía un mástil altísimo, con

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las escaleras que iban a arriba, como seis metros, y teníamos que tirarnos de ahí

arriba al agua. Él hacía una doble vuelta al revés, nosotros lo veíamos y decíamos:

“No, ni en pedo”. Era un tipo fascinante, con el que no te aburrías nunca. Hay un

refrán en inglés que dice: “Jack of all trades and master of none”. Quiere decir: “Jack

de todos los trabajos y maestro en ninguno”. Bueno, él cambiaba el refrán y decía:

“Master of one”. O sea: “Sé hacer bien muchas cosas y soy maestro en una: el arte

chino”. No tenía rival. Aparte, era muy bueno cuando venían a pedirle favores.

Estaban todos esos famosos que le decían: “Te pido solo un favor, decime cuánto vale

esto y si me hicieron una trampa cuando me lo vendieron o de qué época es”.

Primero lo invitaban a una casa de la puta madre, por ejemplo en el sur de Francia,

le ofrecían de todo y después llegaba el momento de: “Che, me mirarías esto…”. Él

sabía que pasaría eso antes de que se lo dijeran. Decía que los más hipócritas eran los

que esperaban varios días en hacerlo. Él prefería a los que le decían: “Bueno, no

tengo tiempo, ¿me mirás esto?”.

En ese ambiente, el del arte, hay que aplicar mucha diplomacia.

Sí, pero a él le encantaba esa franela. Era un gran contador de historias, de chistes y

anécdotas, así que lo llamaban y sacaba todas las historias de su pasado de la galera.

¿Llegaste a verlo mal en algún momento de tu juventud o la de Luca?

Hubo dos momentos de nuestra juventud en los que mi papá perdió muchísima plata.

Ahí lo vi cambiar radicalmente. Tenía un humor malisímo, engordó un montón. La

primera vez fue cuando hizo un negocio que salió mal con un inglés que parecía todo

un lord, el clásico chanta británico. Mi papá puso toda la plata que había ganado, la

invirtió en ese negocio y el tipo de un momento a otro desapareció. Esto fue en

Londres y Kuala Lumpur, alrededor del año 70.

¿En esa época tu papá ya tenía problemas con Luca?

Sí, estaban empezando. Luca estaba armando un lío bárbaro, porque se puso re

hippie, estaba en contra de los ricos, en contra de la Esso, en contra de todo. Mi papá

le decía: “Flaco, pero…”. Además mi padre no era millonario ni un hombre de

negocios.

Era un tipo del arte.

Sí, la plata que hizo la puso en cosas muy lindas, no era un tipo ordinario. Pero Luca

quería ser James Dean, quería ser eso sí o sí. Era como si dijera: “Qué cagada; si mi

papá fuera más forro, sería más grosa mi rebeldía”. Era extrema la cosa. Mi papá

siempre le dio todo lo que él quiso, que no era mucho, y en un momento fue

mimado, pero le ponía límites.

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¿Cuáles era esos límites?

Primero, cuando empezó a drogarse de muy joven con marihuana. En Italia, en esa

época no existía hablar de fumar hachís y esas cosas. Luca fue uno de los primeros

en venir desde su colegio en Escocia con la cultura esa. Era hippie de verdad, se

vestía así. La gente en la calle lo miraba y a él le encantaba: “Soy del bando de Jim

Morrison”, me decía. A mis padres eso no les hacía ninguna gracia porque pensaban

que Luca era el chico bueno que ellos habían educado. Lo habían preparado para ser

alguien distinto, lo habían mandado a colegios buenísimos, no sé qué carrera

esperaba mi papá para él. Mi papá pensaba: “Con toda la educación que tiene, algo

groso va a encarar”. En ningún momento intentó convencer a Luca para ser

anticuario, aunque cada tanto tiraba algo de eso para ver si nosotros picábamos.

“Andrea tiene una pasión impresionante para el arte chino, él va a ser mi heredero

en esto”, decía. Pero cuando vio que a mí me interesaba pero que no sería lo mío

porque yo estaba buscando otras cosas, en ningún momento me vino a hinchar con

eso. A Luca tampoco, francamente.

¿Con tu hermana Claudia cómo era la relación?

Claudia era casi una beatnik. Una mujer muy independiente, como una especie de

mini Frida Kahlo. Era muy linda y cuando quería no se producía, algo raro para esa

época, porque le chupaba un huevo. Viajó por todo el mundo, vivió en la India,

trabajó cuatro años en Somalia para la FAO (Food and Agriculture Organization) de

las Naciones Unidas. Después se desencantó de eso y se deprimió muchísimo,

porque Claudia era muy idealista. Volvió a Italia cuando la FAO la mandó a ser

traductora simultánea en el centro de las Naciones Unidas en Ginebra, y sintió que la

FAO era una mierda, que era un lugar muy injusto donde mucho era una transa. Era

demasiado estrés, porque ella tenía que traducir en simultaneo, en inglés, en francés

o en italiano. Trabajaba en todos los grandes eventos; si en Arabia Saudita subía el

petróleo y el Sheik hablaba en inglés, ella tenía que traducir en francés para toda la

comunidad francesa, por ejemplo.

¿Y Michela, tu otra hermana, empieza a meterse en el cine por tu papá?

Michela tiene un papel en la película de él, porque la niña que iba a ser una de las

protagonistas, una chica inglesa, se derrumbó antes de empezar a filmar. Todos

decían: “Tiene que hacerlo Michela”. Mi papá no quería, porque era muy severo. En

la película se la ve algo nerviosa, asustada. Mi papá era durísimo con ella y además

fue un tipo algo machista. No quería que sus hijas tuvieran una vida artística, por

decirlo de alguna manera. Él pensó: “Se tienen que casar con un chabón rico y me

las saco de encima”. Michela hizo la escuela de Sadler’s Wells de ballet. Era una de

las tres mejores ballerinas de ahí. Empezó de muy chica, en Roma, y aparece en la

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película Bellísima de Visconti, como una pequeña bailarina. Sadler’s Wells es la

escuela de ballet más famosa de Inglaterra y, en esa época, segunda del Bolshói de

Moscú. Es una escuela donde estudiás todo, matemática, todo, es como un colegio

pero la may or parte del tiempo es ballet. Mi padre pensó: “Va a ser una famosa

bailarina”. Pero al momento de pegar el salto Michela dijo: “¿Sabés qué? ¡Ni en

pedo! Quiero vivir la vida. El mundo del ballet es un infierno”.

¿Cómo se lo tomó tu papá?

A él no podías criticarle nada porque se ponía furioso. Era de acero en esas cosas,

cuando ibas en contra de lo que él había decidido era realmente tremendo. Yo mismo

tuve que descubrir modos muy sutiles de hacer lo que quería. Creo que soy actor por

eso: mis métodos para eludir a mi padre de su escrutinio total me llevaron a ser un

actor de una fineza tremenda. Sobreviví así, como una especie de espía en la

oscuridad, esquivando a mi papá. Luca no podía hacer eso. Para él era demasiado.

Iban al choque todo el tiempo, eran como dos toros enfrentados. Michela era una

chica muy inteligente, muy seductora, era la nena de Mario, aunque fuera tan duro

con ella, como lo era con todos nosotros. Cuando Michela le dijo eso, él le respondió

algo tremendo: “Vos sos una mediocre, invertiste años en esto y cuando llega el

momento sos una cagona”. Ella le contestó: “No, no quiero arruinar mis pies, mirá a

la Margot Fonteyn, ¿viste los pies que tiene? Tiene 35 años y parece una gallina”.

Como castigo, mi papá la enchufó en una escuela de traductoras en Londres para

secretarias de oficina.

Tu padre quería que ustedes estudiaran en Inglaterra sí o sí.

Salvo Claudia, que no estudió en Inglaterra porque cuando era chica hizo un

intercambio con una familia en Estados Unidos y se fue a vivir dos años allá. Pero

incluso Claudia terminó en el mundo anglosajón, aunque ella zafó un poco más y fue

la que más curtió Italia. Michela dejó Inglaterra y volvió a Roma, a otra escuela de

secretarias. Después trabajó en una agencia de traducciones, y un día la llamaron

para hacer una traducción en italiano del guión de filmación de Barbarella, una

película que estaban a punto de empezar a filmar en Roma.

La de Roger Vadim.

Sí. A la jefa de Michela le llegaban estos trabajos importantes, pero justo ese día

estaba enferma y la única disponible para hacer la traducción era Michela, así que

agarró el guión. Ni sabía quién era Roger Vadim, creo que tenía 18 años. Se lo llevó a

casa, hizo el trabajo, se divirtió mucho traduciéndolo. Además Michela hablaba muy

bien en inglés y conocía la jerga de Londres, captaba perfectamente el cockney

británico. Cuando lo entregó, Roger Vadim llamó a la agencia para felicitarla por el

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trabajo, y preguntó quién lo había hecho. La directora de la escuela, que era una

mina copada, para nada envidiosa, le contestó: “Lo hizo una chica que trabaja acá”.

Entre una cosa y otra, Michela terminó y endo a los estudios Dino Citta, de Dino de

Laurentiis, porque él había hecho su propio Cinecittà para competirle al otro. Estaban

filmando ahí, y por una serie de cosas increíbles, el hombre que estaba organizando

el equipo de filmación conocía a mi papá desde hacía muchos años. Le dijo: “Pará,

¡¿vos sos la hija de Prodan?! ¿Sabés que necesitamos a alguien para la segunda

unidad de Script, una scriptgirl? Es la segunda unidad pero hay mucho trabajo, no vas

a estar con los actores más famosos, pero…”. Le dijeron cuánto pagaban y mi

hermana hizo cuentas: “En la agencia me rompo el culo y me dan nada. Acá, por

estar un mes y medio haciendo esta película en la segunda unidad, van a pagarme

diez veces más”. Aceptó el trabajo sin decirle nada a mi papá, porque él estaba en

Hong Kong comprando las cosas que después vendía en Europa.

¿Ahí fue que conoció a Jane Fonda?

La conoció en ese mes y medio en el que estuvo ahí, se hicieron muy amigas y

terminó siendo su asistente, sí. Un día, Jane le avisa de la llegada a Roma de los

Rolling Stones, que eran amigos de Vadim y de ella también. Jane los había invitado a

una casa que tenía sobre la Via Appia Antica, fuera de Roma, al lado de una tumba

enorme que se llama Cecilia Metella, que es como una torre con forma de corona.

Fellini la usó mucho en su cine porque es un lugar increíble. Un día, Fonda la llama

desde el set donde estaba filmando y le dice: “Mirá, Michela, mañana tenés que

ayudarme porque vienen… ¿Los conocés, no? Mick Jagger, Keith Richards… Te pido

ayuda para organizar todo para que cuando lleguen se sientan como en su casa. Van

a quedarse una semanita porque Anita Pallenberg festeja su cumpleaños y no sé

qué…”. Michela no entendía nada. También le dijo: “Antes de ellos van a llegar unos

camiones del sur de Francia con todos los equipos. No van a estar tocando pero ellos

escuchan su música en equipos”. Claro, no existía todavía el Hi-Fi.

¿No tenían un estudio móvil?

Sí, pero eso que llevaron ahí eran equipos para escuchar música, tocadiscos y

parlantes. A pesar de ser una chica bastante cuadrada, Michela estaba alucinada con

todo eso y aparte se hacía la canchera, se fumaba sus fasitos cuando alguien le

convidaba. “Andrea”, me contaba, “dormirono tutto il giorno” (“Andrea, duermen

todo el día”). Los Stones vivían de noche. Una noche parece que Jagger convocó a

todos los que estaban en la casa porque tenía que hacer un anuncio. Apareció con un

disco de vinilo que tenía una tapa en blanco. “Bueno”, dijo Jagger. “Acá tenemos el

disco que nos mandó Paul de Londres”.

Era Sgt. Pepper. Mick pone el disco, que ninguno, ni siquiera él, había escuchado. Era

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una de las primeras copias. Cuando los Beatles sacaban un disco se lo mandaban

enseguida a los Stones. Eran re amigos. Michela cuenta que se acomodaron,

prendieron todo lo que tenían para fumar, se cagaron de risa, pusieron el disco, se

sentaron a escucharlo. Al principio nadie decía nada, porque los temas están

enganchados y en un momento empezaron las expresiones por lo bajo. Lo

escucharon entero y, cuando terminó, uno de ellos se levantó y dijo: “¿Lo ponemos

otra vez?”. Lo escucharon dos veces seguidas, prácticamente sin hablar, excepto por

alguna expresión como “bastardo”, “hijo de puta”. Después de volver a escucharlo,

lo llamaron a McCartney o a Lennon a Londres, y le dijeron: “Sos un hijo de puta, en

el próximo disco les vamos a romper el culo”.

¿Siguió trabajando con Jane Fonda después de eso?

Sí, y después le pasó otra cosa en la casa de Jane, que también era la de su papá,

Henry Fonda, porque toda la familia vivía junta en Malibu Beach. Michela estuvo en

la primera visión de Easy Rider, la película de Dennis Hopper y Peter Fonda, que es

el hermano de Jane. Tenían un cine en la casa, con operador y todo. Cuando Henry

Fonda terminó esa visión, se levantó y le dijo a Peter: “Hiciste un buen esfuerzo”.

Nada más. Era una manera de decirle: “Esto es una cagada”. El hijo quedó

destruido. Jane era muy chupamedias del padre, lo consideraba un mito viviente, y a

su hermano lo trataba como si fuera un tarado, y se fue con el padre diciendo algo

así como: “Bueno, sí, está bastante buena”. Peter se quedó muy mal, pero estaba

acostumbrado a ser tratado así.

¿Ya estaba Jack Nicholson ahí con ellos?

Sí, y Michela se quería morir de la vergüenza que tenía. Nicholson era el mejor

amigo de ellos, aunque en ese momento era un simple guionista, escribía y no hacía

absolutamente nada. Era de esos que hacen los chistes, porque era muy gracioso, era

el gran copado de ese grupo y estaban todos enamorados de él, las mujeres y los

hombres también. Pero no lo consideraban un actor. Para ellos, era uno que

sobrevivía escribiendo cosas para otros. También estaba Terry Southern, que era un

guionista inglés, un tipo con el que Kubrick hizo la película de la bomba atómica, que

es bellísima, Dr. Strangelove.

Es el mismo guionista que escribió Desde el jardín, la de Peter Sellers.

Sí, ese. Bueno, Southern era un genio, todos lo admiraban mucho, pero estaba medio

loco también. Vio la película con ellos, editada y recién armada, y cuando Henry se

fue les dijo a los demás: “Es un viejo choto… Está buena la película, loco, tiene la

semilla de algo bueno”. Entonces empezó a decirles, desde su lugar de experto, cuál

era problema. Les dijo: “Tiene que tener un final distinto, ¿por qué no lo invierten?

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Además les falta un personaje con más sentido del humor, porque falta chispa. ¿Por

qué no usan al amigo este de ustedes que está todo el día tirado, que es muy

gracioso?”. ¡Hablaba de Jack Nicholson! “¿Qué? ¿A Jack?”, le decían. “No, él no

quiere en este momento”. “¿Pero, le preguntaron?”. Así fue que lo encararon: “Che,

Nicholson, ¿vos ayudarías en esta película?”. Jack respondió: “Claro que ay udaría,

pero estos Fonda son medio forros, quieren toda la fama para ellos”. En ese punto,

Southern dijo: “Chicos, hablen entre ustedes, pónganse de acuerdo. Yo les digo que

unas escenas con él funcionarían, inventen un personaje para Jack. Nos vemos en dos

semanas, pero hagan algo”. Supuestamente lo que pasó después (todo eso me lo

contó Michela), fue que se fumaron unos churros, fueron a ver a Nicholson,

escribieron tres escenas, inventaron el personaje del abogado, tiraron unas escenas,

volvieron a filmar otras cositas e incorporaron todo eso, empezando con la escena del

árbol, en la que fuman muchísimo, que era una improvisación. Ahí empezaron a

reconstruir todo y la volvieron a reeditar con Terry Southern, que les dio un montón

de ideas.

Terminó ganando en el Festival de Cannes…

Claro, incluso fueron a Francia con la película sin antes mostrarles la nueva versión ni

a la hermana ni al padre. “No van a entenderla”, decían. Cuando ganó Cannes,

Michela estaba en Malibu. Me contó que Henry y Jane, en lugar de ponerse

contentos, estaban indignados: “¿Cómo puede ser que estos dos boludos ganen

Cannes? Es la decadencia de occidente”. Lo que pasaba era que la nueva versión no

tenía nada que ver con la película que habían visto ellos, aunque pensaban que sí.

Michela pertenecía al mundo del jet-set, todo lo contrario de Luca. ¿Cómo era su vida

en ese momento?

No tenía nada que ver con la de Michela. Luca ya era muy under, hacía la vida

propia del mundo de la droga, crotísima, algo sórdida, tremenda. Lo he visto en

situaciones que eran el propio infierno, sobre todo en Londres. También con las

amistades que tenía en Roma en la época de la heroína. Lo vi a Luca iny ectándose

en estos lugares tan oscuros en Roma, lugares como el teatro de Marcello, el Viejo

Coliseo, que está al lado de nuestra casa, un lugar donde, además, había un levante

enorme de homosexuales. Era muy crudo porque cogían ahí, con los heroinómanos

que iban a pincharse ahí a un costado, todo lleno de jeringas. Bueno, Luca iba ahí con

sus amigos. Él curtió profundamente, estuvo realmente en el infierno, se metió en ese

mundo de la droga casi con gusto.

Fuiste al mismo colegio que él. ¿Qué te decía después de haberlo pasado tan mal ahí?

Para el inglés, el italiano era un europeo de otra categoría, como el griego. En esa

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época, Italia era un país todavía humilde, estamos hablando de 1970, que es cuando

él llegó a Escocia. En mi época de colegio, después del boom de la cosa de Italia, los

ingleses seguían tomándonos el pelo pero con un poco de fascinación y respeto. Pero

cuando estuvo Luca era distinto, te decían “el africano de Europa”. Luca siempre me

decía: “Mirá, a la primera que te dicen algo sobre Italia, si te dicen ‘grasiento’ o

‘campesino’ no sé qué, vos les devolvés una enseguida, sin pensarlo. Deciles: ‘Loco,

cuando ustedes los ingleses se pintaban y vivían en las cuevas y luchaban como

trogloditas, los romanos ya tenían rutas, baños, leyes. Los romanos llegaron a

Inglaterra con toda la infraestructura, los mejores escritores, el ejército organizado,

mientras ustedes los ingleses eran unos salvajes’. Vos les decís: ‘Che, salvajito de las

cuevas, qué me venís a pegar. Andá a cagar, que nosotros y a teníamos baños de agua

caliente y todo el Imperio Romano cuando ustedes eran una puntita”. Yo pensaba:

“Bueno, si les digo eso me van a cagar a trompadas”. Pero Luca tenía razón. Se iban

destruidos cuando les decías: “Che, flaquito, volvete a tu cuevita, prehistórico de

mierda”.

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Capítulo 3

Escocia

“Un gran rollo mío es el colegio donde me mandaron, donde me enseñaron mucho,

pero donde al mismo tiempo aprendí que la sociedad quiere que seas una marioneta:

cuanto más famoso y mejor es el colegio, más marioneta vas a salir, o sino, más

loco. Yo salí loco”.

Luca en la revista Pelo.

En 1934, Kurt Hahn emprendió el camino del exilio luego de ser amenazado de

muerte por miembros del partido nazi. El educador alemán de origen judío no solo

era una amenaza racial para los grupos de choque hitlerianos. Había osado criticar

públicamente al régimen por hechos de violencia extrema, arengando a alumnos y

profesores desde su puesto de director de la escuela Salem, un establecimiento

privado con sede en Baden, al suroeste de Alemania. Hahn sufrió cinco días de

arresto y fue liberado gracias a un recurso presentado por el primer ministro

británico Ramsay MacDonald. En julio de ese año, abandonó el país para radicarse

en el norte de Escocia y fundar Gordonstoun, un colegio modelo para su tiempo, que

trasladaba al Reino Unido la experiencia pedagógica que había iniciado en tierras

germanas. Sus ideas están contenidas en la educación experiencial, una filosofía

basada en la convicción de que todo conocimiento debe empezar en la relación

directa del individuo con el ambiente, donde encuentra la oportunidad de esclarecer

y estudiar la complejidad de esta relación y sus estados funcionales emergentes.

Dicho de otro modo, Kurt Hahn estaba convencido de que el aprendizaje es el

resultado de la exposición directa ante situaciones que permitan que los estudiantes se

involucren, pongan todos sus sentidos en actividad y que, desde ahí, puedan generar

espacios de reflexión. Una teoría innovadora que incorporaba a la relación directa

del individuo con el ambiente, poniendo a prueba la imaginación de una manera no

tan académica sobre la base de ciertos principios: “Construcción, adquisición y

descubrimiento de nuevos conocimientos, habilidades y valores a través de vivencias

desarrolladas de manera sistémica”. El objetivo final aspiraba a estimular las

destrezas y habilidades del liderazgo. Es por esta razón que cobran importancia

capital actividades de carácter motriz, artístico, lúdico, los acertijos, los juegos de

ingenio e inteligencia y un sinnúmero de estrategias que, usadas de manera

adecuada, siempre según Kurt, conducen a aprendizajes altamente significativos y

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duraderos. Estos mismos propósitos, que contradecían totalmente los fundamentos de

la rígida educación británica, son los que formaron la educación de Luca Prodan

durante su estadía en Gordonstoun.

El profesor Hahn tardó años en poner en marcha el proyecto, pensado desde un

principio como un colegio internacional. Atravesó la guerra y, por un tiempo, debió

mudar las instalaciones del instituto a Gales. Pero, a finales de la década del 40,

Gordonstoun y a marchaba como su mentor lo había soñado: inspirado en los escritos

de Platón, promovía la creación de una sociedad basada en el compromiso, la

responsabilidad, la honestidad, la justicia y el servicio a los demás. El sistema

funcionaba sobre un estricto cumplimiento de las normas, que incluía métodos de

castigo como los baños de ducha fría. Entre las bases formativas, Kurt Hahn puso

mucho énfasis en la educación física y la disciplina militarista, impulsando

actividades como la navegación a vela y el montañismo. El ámbito natural de Elgin,

perteneciente al condado de Moray, frente al fiordo del mismo nombre, ofrece

ventajas para estas prácticas deportivas, una postal escocesa ubicada en la costa

nordeste del mar del Norte en donde dominan los acantilados y un clima oceánico

subpolar en invierno.

Rigor, responsabilidad y altas miras humanistas. Una pesada cadena de

expectativas y exigencias escolares para un chico de diez años extrapolado desde

Roma, casi como el objeto de un experimento para probar adaptación y eficacia de

un sistema educativo que brillaba desde la Europa insular, y que contaba entre los

matriculados a varios miembros de la casa real británica. En la misma época en que

Luca vivió en el colegio, el Príncipe Carlos de Gales formaba parte de la población

estudiantil de Gordonstoun: había llegado ahí por recomendación de su padre, Felipe

Duque de Edimburgo, otro discípulo de Kurt Hahn que incluso estudió en la sede

alemana de Salem. Los hijos de la reina Isabel y hermanos de Carlos, Andrés y

Eduardo, siguieron el mismo derrotero educativo. Los príncipes obtuvieron el título de

“Guardianes” para representar a la escuela en eventos y otra serie de comisiones

protocolares. A los exalumnos se los conoce como “Old Gordonstounians” o “OGs”,

entre los que se destacan el escritor William Boyd, Balthazar Getty (actor y heredero

de la fortuna petrolera Getty), el remero y medalla de oro en las Juegos Olímpicos

de Londres 2102 Heather Stanning y Duncan Jones, también conocido como “Zowie

Bowie”, director de cine e hijo de David Bowie. En esa galería de notables OGs

también aparece el nombre de Luca Prodan y su métier: músico.

Como tantos otros niños que llegaban a Gordonstoun, Timmy MacKern provenía

de un país lejano, al sur de todo, y llevaba la impronta de una familia argentina con

fuertes lazos británicos. Tanto su padre como su abuelo estudiaron en Inglaterra y

debieron atravesar el Atlántico en barco siguiendo una tradición familiar que había

comenzado varias generaciones antes. Esta vez la ubicación cambió a Escocia y

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Timmy siguió los pasos de su hermano may or. Poco había cambiado para el futuro

amigo de Luca Prodan, que ya había pasado varios años pupilo en una escuela de La

Cumbre, en las sierras cordobesas. MacKern no tuvo mayores problemas de

adaptación durante los años escolares en Escocia (1968-1972). El problema se

insinuaba en la lejanía y el encierro.

Luca tenía nueve años cuando ingresó en Gordonstoun. Sus primeras cartas

familiares incluían pedidos para dejar el colegio y regresar a Roma; solía despedirse

dibujando la forma de la bota italiana como un ruego de ayuda. Andrea Prodan

siguió el camino de su hermano. A los 10 años, ingresó en Brambletye School,

ubicada al sur de Londres (en el condado de Sussex) y luego en el aristocrático The

King’s School, en Canterbury. Andrea corrió con ventaja cuando tuvo que enfrentar

la discriminación de sus compañeros ingleses: Luca lo había preparado para el

contraataque.

Timmy MacKern: Mi padre es argentino, de quinta generación, pero con muchas

tradiciones inglesas. Primero mandó a mi hermano al colegio Gordonstoun y después

fui yo. Como él había hecho el colegio allá, quería que siguiera sus pasos. Soy un año

más chico que Luca. Yo ya era pupilo desde los siete años, siempre lo fui. El plan de

irme del colegio en Córdoba al que iba, que no era muy agradable, a un colegio allá,

me parecía buenísimo. No me molestaba para nada. En Córdoba iba al colegio San

Pablo, estaba en La Cumbre y era una bosta. Muchos hablan bien, pero mi

experiencia fue mala. El director era profesor de educación física del ejército y

manejaba una dictadura escolar. Te pegaban por cualquier cosa, censuraban todo, lo

que llegaba de los padres pasaba por un filtro y vivíamos bajo un régimen de terror.

Básicamente, era su forma de educar. Entonces, las familias mandaban a sus hijos y

eran todos muy correctos, pero no por educación: por miedo. El Gordonstoun, que es

un colegio que cree en tu palabra, para mí era como una vacación en comparación

con el colegio de Córdoba.

Andrea Prodan: Los ingleses, sobre todo los de clase alta, primero te dicen “Hello”

y enseguida te atacan para medir tu reacción. Si lograbas ser cínico y responderles

algo inteligente, empezaban a respetarte. Me acuerdo que el día que llegué a mi

primer colegio, agarraron a un chico nuevo y lo pusieron en un baúl. Todos

llegábamos al colegio con un baúl, algunos vivían en pueblos cerca del colegio, otros

en Londres, otros en Sudáfrica, en Australia, Sudamérica o Roma. Para algunos

ingleses, vivir en Roma era incluso peor que vivir en Sudáfrica, porque Sudáfrica es

más británica que Roma. A este chico lo agarraron en el dormitorio, en un tercer piso

y lo empujaron adentro del baúl. Lo encerraron y dijeron: “A los pelotudos como

este les pasan cosas así”, y lo tiraron por las escaleras. El chico cayó dos pisos,

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después todos se rajaron, llegaron los maestros con los chicos más grandes, los

monitores, los prefectos, lo abrieron y estaba todo ensangrentado, temblando, con un

cagazo tremendo. Te hacían ese tipo de cosas. Entonces, lo primero que pensás es:

“¿Cómo mierda voy a hacer para que no me pase esto a mí?”.

Timmy MacKern: Estudié ahí entre 1968 y 1972, pero Luca había empezado antes.

Él hizo también la primaria allá, o la última parte de la primaria. Había ido mucho

antes que yo, cuando estaba mi hermano, que era más grande. Cuando llegué al

colegio me acompañó mi hermano y Luca estaba ahí. Me lo presento así nomás. A

diferencia del colegio de Córdoba, en Gordonstoun no la pasabas mal, pero estabas

en un colegio pupilo. Encerrado. No volvías a tu casa y hacías otra vida. En cualquier

colegio pupilo estás bajo un régimen y te controlan todas las horas del día. La

educación estaba buena, no se mataban tanto por la parte académica, era un colegio

bastante abierto. Los tipos estaban siempre buscando lo mejor en vos. Tenía un

costado humanista. Más de grande tenés otro enfoque, pero cuando estás ahí querés

irte, lo odiás, querés que se termine y quedarte ahí lo menos posible, no aprovechás

un carajo. Es la reacción típica.

Andrea Prodan: Gordonstoun era otro planeta, la escuela donde la reina mandó a sus

hijos. Eso le daba mucho prestigio, pero no era considerada una escuela

académicamente respetable. En ese sentido era bastante floja. Te preparaba para

una vida de militar y de supervivencia. No le daban mucha bola a la literatura ni a la

cultura. Te enseñaban a organizar a grupos de personas, te daban un rifle y tenías que

saber cazar, reconocer todos los tipos de pájaros, catalogar a los animales, sobrevivir

una semana con dos latas de leche condensada y una vela. Era un mega ambiente

boy scout. El primer regalo que me hizo Luca fue cuando él tenía 15 años y ya

estaba en el colegio en Escocia. Yo tenía siete y me regaló Action Man, el muñequito

soldado. Tenía el pelo como de verdad, y me lo mandó con una cartita y todo. Me lo

compró con su plata y me llegó desde Inglaterra como regalo. Nunca voy a

olvidarme de eso. También me regalaba mucha música, no veía la hora de estar con

él de vacaciones para que me diera nuevas cosas para escuchar. Cuando él volvía de

Escocia, nos tirábamos en nuestro dormitorio de la casa en Tarquinia y

escuchábamos un programa de radio de la época que se llamaba Supersonic.

Timmy MacKern: La amistad con Luca fue dándose porque los dos éramos

extranjeros. El colegio tenía un porcentaje alto de gente de otros país. Además de los

ingleses, que eran mayoría, había muchos extranjeros. A mí me decían “wog”, que

es una especie de negro indio. A Luca le decían “italiano grasoso”. Los italianos no

eran respetados por los ingleses, eran “los cobardes de la guerra”. Obviamente, en el

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colegio siempre se imponen las actitudes más despectivas, entonces había como una

afinidad, supongo, entre lo latino o algo así. Los dos veníamos de afuera. Sin

embargo, también teníamos otros amigos en común que eran de ahí. Era un colegio

que le prestaba mucha atención a la cuestión deportiva. Ahí estudió el príncipe Felipe

y después mandó a sus hijos. David Bowie también mandó al hijo ahí. Jugábamos al

rugby y al hockey. Ya en el colegio, Luca era una especie de líder para las hazañas

absurdas que hacía. Tenía mucho magnetismo. Fue un adelantado en la parte la

música, ahí armó su primera banda, hacían covers de Canned Heat. Me acuerdo de

un tema, “Going Up The Country ”. Luca era muy fan de todo eso. Tocaba el tambor

y la trompeta, pero la gaita no. En el colegio se hacía el circo de marchar y todo eso.

En realidad mucho no tocaba, se la daba más de Sr. Profesor Boy Scout.

Andrea Prodan: Estaba la banda del colegio, con las gaitas, y Luca tocaba trompeta

y también tambor. “Crua Chan” es un tributo a todo eso. Tenía una gran capacidad

instintiva para tocar, eso lo aprendió en la escuela, pero siempre decía que no tocaba

bien la guitarra. No era un prolijito ni le interesaba serlo, le gustaban los acordes.

Nora Fisch: Luca siempre me contaba que él jugaba con los niños pobres del pueblo,

ya tenía esa cosa de involucrarse con todo el mundo y con lo popular. Decía que él

venía de una situación de gran privilegio, de una familia muy aristocrática, de un

colegio en Escocia que era muy top, donde por cierto lo discriminaban mucho por

ser italiano. Al mismo tiempo, me parece que le gustó estar ahí. La manera en que él

se presentaba frente a mí, en ese momento, era como alguien con una crianza en un

clima muy aristocrático y de mucho privilegio y de muy buena educación, pero que

a la vez se rebeló contra eso y sintió el deseo de involucrarse con la cosa más

popular.

Rodrigo Espina: En mi película, Andrea dice: “El primer pacto de Luca con la

muerte fue seguramente cuando estuvo en el Gordonstoun”. Yo lo tenía escrito desde

el segundo guión. El que se filmó fue el quinto, y era una de las primeras cosas que

dije. Cerca del Gordonstoun había un castillo en ruinas, donde yo imaginaba que

hacían ciertos rituales, ciertas cosas, porque eran en las ruinas de un castillo

abandonado, como si fuera en el patio del Gordonstoun. Si uno se escapa del colegio,

seguramente va ahí. Si buceás en las letras vas a ver un montón de eso. En los

cuadernos de Luca hay un dibujo en el que hay una cabeza, con un dragón que sale

de ahí. Es un dragón, no es una gallina.

Andrea Prodan: Yo tengo sus report cards, los boletines del colegio. Sobre Luca

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escribían lo mismo que después escribieron sobre mí, aunque creo que Luca era más

extremo y más quilombero, y seguramente fuera así. Pero es lo mismo: “Tiene alto

potencial, es un chico sociable, los otros se llevan muy bien con él, es muy gracioso

en la clase pero no se dedica realmente a esto, no está tomando demasiado en serio

sus cosas, tendría que tener más respeto con los maestros”. Encontré esas report

cards hace poco, con los comentarios de los maestros. Es raro ver que esos

comentarios son tan divertidos, conociendo el final trágico de Luca. En el colegio era

el clásico chico amable, inteligente, que tenía todo, del que los demás piensan: “Qué

lástima que no sea más partisano de esta movida británica de la educación”. Pero

también es cierto que nosotros pensábamos como italianos y estábamos ahí de prepo.

Habíamos aprendido los códigos de los ingleses, hablábamos igual que ellos, no había

forma de que ellos pudieran discriminarnos sin ver un documento que diga “italiano”.

Pero dentro nuestro, en nuestra esencia, estaba esta cosa de: “Sí, sí, sí, pero soy

italiano y te la voy a poner en el orto”. Los ingleses reaccionaban pensando cosas

como: “¿Nosotros te damos todo esto y vos lo tirás?”. Cuando Luca se fue del colegio

muchos seguramente se ofendieron, pero también debieron sentirse aliviados.

Timmy MacKern: Cuando Luca se escapó de Gordonstoun fue una revolución,

porque nadie se había animado a hacerlo de esa manera.

Luca Prodan: Para mí, fue una decisión momentánea e irrevocable. Dejar todo lo

de la sociedad. Mi colegio era muy especial, te inculcaban cosas para ser una

famosa e impresionante marioneta de la sociedad, no aquel obrero pobre… Ahí era

toda una manera de pensar, te hacían pensar de una manera que podría estar acá

ocho horas para decirte cómo fue, pero un día… Yo era muy rebelde en el colegio,

pero era el primero de la clase y tuve una beca para Cambridge y usé ese hecho de

la beca porque salía después en la revista anual del colegio y los padres mandaban a

sus hijos ahí porque decían: “Este año hubo tres becas para Cambridge”, como si

fuera… Era todo un comercio y a mí me hicieron como un trato, porque y o me

portaba mal pero tenía la beca: “Vos portate un poco mejor y no te echamos del

colegio, y si querés no tenés que levantarte a las 6.30 de la mañana y correr

semidesnudo”, cosa que hice durante seis años, todas las mañanas, a las siete y

media. Me hicieron un trato comercial que no tenía nada que ver con el lado

espiritual que te vendían en ese colegio, de ser un buen tipo, de decir la verdad, de

todo eso. Ahí me di cuenta de que era todo mentira y me escapé y chau, me escapé

de todo. Dejé todo el lado normal de ser un ciudadano honorable.

Andrea Prodan: A Luca no le gustaba Gordonstoun.

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Cecilia (Madre de Luca): Gordonstoun era otra cosa. Él se escapó. Bien hecho.

Andrea Prodan: Mi papá le dio un sopapo, Luca le dio otro.

Cecilia: Bien por él.

Timmy MacKern: En realidad, escaparse era fácil, porque no es que estabas

encerrado. Tenías el fin de semana para ir al pueblo: firmabas un libro cuando te ibas

y cuando volvías. Ahí había un bache, porque te daba un día entero antes de que

alguien se diera cuenta de que no habías vuelto. Además, cuando se escapó, cruzó a

Italia. Tenía 16 años y justo le habían regalado una escopeta de esas de caza, de

doble caño. En el colegio se criaban faisanes. Era una de las actividades que se

hacían en el campo y si querías podías anotarte. Él se metió más que nada para criar

a los faisanes y recibió la escopeta, que valía mucha guita. Entonces la vendió y con

esa guita se escapó. Viajó en tren hasta Londres y de ahí se tomó un ferry. Una vez,

cuando estuvo preso en Italia, me escribió: “Es lo mismo que estar en la escuela,

pero mejor porque no hay que hacer nada”.

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Etapa hippie. Luca en Kew Gardens, Londres, 1974.

(Gentileza de Timmy MacKern)

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Capítulo 4

Londres I

Escocia y la disciplina a campo abierto en Gordonstoun encierran el período más

sosegado de Luca Prodan o, al menos, el último rastro bajo un sistema de control.

Después todo será una carrera loca, un arriesgado ingreso a la clandestinidad con

apenas 16 años cumplidos: primero viviendo de prestado en Roma mientras Interpol

lo buscaba por todo Europa, más tarde conocerá la cárcel —en dos oportunidades—

y una larga estadía en Londres completan 11 años que casi terminan con su vida en

1979 a causa de un coma hepático producido por una fuerte adicción a la heroína.

Pero no todo se redujo a una fuga permanente en lo que va desde 1969 hasta su

llegada a la Argentina en 1980. Son años formativos en la mejor escuela de rock

británico. Luca vivirá los años dorados de la transición de la psicodelia al rock

progresivo y también conocerá de primera mano el embate punk y sus sucedáneos

sistemas evolutivos; entre medio compartirá veranos alucinados en Tarquinia y vivirá

desafiando el férreo mandato familiar. Aquí aparecen fotos de los primeros amores

y noticias horribles como la muerte de su hermana Claudia, un background

pesadísimo y, al mismo tiempo, repleto de movimientos imprevisibles. La pulsión de

vida y muerte haciendo equilibrio en el estrecho margen que existe entre libertad y

autodestrucción.

Los boletines escolares pintaban a Luca como el clásico chico amable y social,

muy inteligente y poco dedicado a las obligaciones que imponía el rígido claustro de

Gordonstoun. Además de recibir con asombro la noticia de su partida a pocos meses

de su graduación, las autoridades del colegio no podían digerir la idea de desprecio

que encerraba esa partida prematura. Su familia tampoco lo podía creer y ubicaba a

Luca dentro de la expresión idiomática bastian contrario, que en italiano es utilizada

para reconocer a todo aquel que va en contra de la opinión de la mayoría. Todavía

faltaban algunos años para que esta característica se convirtiera en determinante e

irreductible. Mientras tanto, los Prodan pasaban sus vacaciones de verano en la casa

de Tarquinia y aún permanecía una mirada más benévola ante las travesuras del

mayor de los hermanos varones. Si existió un momento idílico en la vida de Luca

Prodan está escondido tras los muros de la vieja ciudad etrusca, un paraíso antiguo en

donde el asombro se mezclaba con el mundo lúdico pegado a los niños del pueblo, en

su mayoría provenientes de la clase trabajadora. Allí vivió su adolescencia y

aprendió a mezclarse socialmente bajo los muros de la ciudad medieval, la misma

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en donde Mario Monicelli filmó La armada Brancaleone, en Etruria, la vieja

dominación de los etruscos ubicada al norte de Roma, en las regiones de Lazio,

bordeando Toscana. La historia dice que allí nació Italia 600 años antes de la llegada

de Cristo. La propiedad ocupaba varias hectáreas, allí se levantaba la casa de los

Prodan que incluía una preciosa pileta de natación y una caballeriza. Luca era el

líder carismático de los niños del lugar, a medida que crecía sus andanzas infantiles

se transformaron en dolores de cabeza para sus padres, con el advenimiento del

hippismo también aparecieron el hachís y los ácidos. Ahí empezó el problema con

los padres de los amigos de Luca, hasta ese momento estaban felices de que sus hijos

pudieran participar de la opulencia de la familia romana, después no, esta opulencia

empezó a ser un problema cuando sus hijos volvían drogados a sus casas y ellos no

tenían ni idea de qué y quién alteraba esas mentes juveniles. Nada grave, solo la

alteración de la tranquilidad pueblerina, que rompía en parte la monotonía del lugar,

y cierto gesto domesticado de sus habitantes más humildes. Luca le cambió para

siempre la percepción a sus amigos. Tarquinia también fue un espacio ideal para

perderse en los primeros amoríos, la buena memoria familiar recuerda a Franca y

Giovanna como las primeras novias de Luca.

La fuga de Gordonstoun no alejó demasiado a Luca de su familia ni de su lugar

de origen. Volvió a Roma, vivió de incógnito durante un tiempo en el garage de un

amigo y trabajó en el mercado central de frutas, hasta que se topó por casualidad

con su madre y con Andrea. Ellos iban en auto y casi chocan ante la inesperada

aparición. De regreso al hogar y ante un padre furioso, retomó sus estudios en la

escuela que lo había tenido como alumno antes de viajar a Escocia, The St. George’s

British International School. Además de completar el colegio secundario a los 18

años, Luca aquí conoció a Linda Tricker, su novia por los próximos nueve años. Con

ella compartió residencia en Londres, locuras, adicciones y un vínculo que ni siquiera

se quebró con la separación definitiva un tiempo antes de viajar a la Argentina.

La etapa hippie de Luca en Roma incluye escenas como guitarrista vocacional o

vendiendo artesanías y dibujos junto a Claudia en Piazza Spagna. Es el tiempo del

amor eterno a los discos de The Beatles y The Rolling Stones, o el descubrimiento de

nuevas bandas como King Crimson y su influyente disco debut. En una de esas tardes

romanas, Claudia lo llevó a visitar a una vidente en Piazza Navona: la mujer predijo

que Luca era, posiblemente, la reencarnación de una mujer que se llamó Eva Perón

y que en un futuro no tan lejano viajaría a Sudamérica. Ninguno de los dos tenía una

mínima idea de quién se trataba. Luego, en casa, su padre esbozó una respuesta

ligera sobre la esposa de un general que había gobernado un lejano país al otro lado

del mundo.

Como en una sucesión de hechos para un guión inviable, Luca cayó preso por

vender hachís. Permaneció tres meses en la cárcel de Rebibbia, en las afueras de

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Roma, presidio que también albergó años después a Mehmet Ali Agca (que intentó

matar al papa Juan Pablo II el 13 de may o de 1981). Luca nunca se quejó de esa

etapa oscura. Tal y como le escribió a su amigo Timmy, la igualaba a los momentos

que permaneció internado en Escocia, con la diferencia de que en la cárcel no tenía

que hacer absolutamente nada. Aquí compuso algunas de sus primeras canciones,

aunque nunca develó esta etapa que podía ampliar su halo mitológico en plena etapa

argentina. Para reafirmar su condición de presidiario, Luca se hizo tatuar en la parte

superior de su brazo izquierdo dos figuras geométricas: un círculo y un rectángulo

representaban a la vista del mundo exterior una señal de cuidado. Él era el círculo

afuera del rectángulo.

Sus padres no realizaron ninguna gestión para liberarlo y, tras cumplir la breve

condena, volvió a fugarse, esta vez para evitar el servicio militar obligatorio. Entre

1972 y 1974, ya con el título de desertor en la frente y un nuevo destino británico,

Luca volverá a Italia cada verano ingresando por mar y por vía terrestre para no ser

detenido por las autoridades migratorias. Vive en Brighton, la ciudad costera del sur

de Inglaterra y capital mod por excelencia, allí prueba su carácter social en una

especie de casa tomada con un nivel cercano a la indigencia. Timmy MacKern lo

visita y comprueba que Luca subsiste gracias a la ayuda social del Estado, pero en

esa casa viven varios homeless con los que el italiano bonachón comparte el subsidio

de desempleo. Timmy lo convence de volver a Londres, donde alquila un

departamento mucho más confortable que esa cueva de Brighton. Como estudiante

de fotografía, MacKern solía utilizar a su amigo como modelo: el resultado de esas

tomas formaron una serie de imágenes y fotomontajes en los Kew Gardens de

Londres, donde Luca aparece con barba, lentes y sombrero, un atuendo bastante

elegante que se completaba con un saco espigado. A su lado aparece su hermano

Andrea, de apenas 11 años. Trabajó esporádicamente en una agencia de seguridad

como portero de noche para exposiciones de antigüedades, en lo que será la mejor

cobertura para dos temporadas pegados a la agenda de conciertos del semanario

Melody Maker: Yes, David Bowie, Genesis, Roxy Music, Emerson, Lake & Palmer,

Van Der Graaf Generator, Henry Cow y Robert Wy att, entre muchos otros, son

alguno de los nombres que formaron la grilla de recitales entre los días de vigilancia,

tours de compras por disquerías y dieta de ácidos para ser ingerida un rato antes de

los shows.

En uno de los tantos regresos veraniegos, Luca fue detenido junto a Linda por

manejar un auto en contramano por las laberínticas y angostas calles romanas. Los

carabinieri se percataron de que el infractor tenía pedido de captura por haber

desertado del Ejército. Años más tarde, el relato del incidente se convertiría en una

canción: “Red Lights” habla de “luces rojas” y “autos blancos” en clara alusión a las

patrullas policiales. Otra vez a la cárcel y, en esta oportunidad, a la prisión militar de

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Forte Boccea, la misma en donde será alojado en 1995 el jerarca nazi Erich Priebke,

acusado de los asesinatos de 335 civiles en lo que se conoce como la Masacre de las

Fosas Ardeatinas, perpetrados durante la ocupación alemana de Roma. La segunda

detención de Luca no duró demasiado, porque el destino militar y a estaba asignado:

el Regimiento de los Alpini. El conscripto Prodan nunca acudió a la cita castrense y

su situación se agravó porque esta vez desertó con el uniforme puesto.

De nuevo, Londres fue la ruta elegida para la fuga.

Mónica Stromp: El tatuaje de Luca es un secreto nunca contado. Sé dónde pasó pero

no podría decir qué es. Era un rectángulo que tenía abiertas las puntas opuestas, y al

lado tenía un círculo.

Timmy MacKern: Yo veía bastante a los padres de Luca porque le sacaba fotos a las

cosas de Mario, que vendía arte chino. Tenían un departamento en Londres, y cada

tanto lo veía para hacer fotos de esas cosas que vendía. Tenía unos platos chinos, y o

les sacaba las fotos y se las ponía en un sobre. Creo que también las mandaba

derecho a los clientes para vender. En Roma tenía un negocio todavía más grande de

arte chino, muy de lujo, al que iba gente de mucha guita. Era uno de los referentes

de arte chino y vendía en todos lados. Era un experto en saber qué era auténtico y

qué no. Andá a saber cómo sacaba las obras de China, ¿no? Esa parte no la sé.

También recuerdo una vez que fui a cenar con los padres de Luca sin él y que fue

muy raro. Ellos preguntándome por Luca, sin saber qué hacer. Fue una situación

muy incómoda.

Nora Fisch: Luca me habló mucho de su niñez, me contó de su hermano, a quien le

tenía muchísimo afecto. Tenía casetes de audio con grabaciones habladas por

Andrea, que él le había enviado por correo, y los escuchaba una y otra vez. Eran

como un bálsamo, le hacían bien, lo hacían sonreír.

Andrea Prodan: Luca tenía mucha más relación que y o con la gente pueblerina en

Tarquinia. Era más grande, vivió ahí su adolescencia. Tarquinia era una ciudad

antiquísima, medieval. Para tener una idea de cómo es Tarquinia hay que ver la

película La armada Brancaleone, que está filmada alrededor del pueblo, en esta parte

de Italia que se llama Etruria, que está al norte de Roma, en las regiones de Lazio,

bordeando Toscana. Es una región muy antigua, donde nació Italia, antes de Roma,

porque ahí estaban los etruscos. Nuestra vida familiar estaba entre el departamento

de Roma y Tarquinia. Luca vivió ahí su adolescencia, conviviendo con todo el

mundo. Luca curtió mucho con los chicos del pueblo, se mandaban cagadas, y a era

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un líder, el carismático, el travieso, el gracioso. Ellos le mostraban los lugares y él

decía: “Bueno, en este lugar vamos a hacer esto”. Con ese grupo de chicos

atravesaron varias etapas y llegaron al hippismo. Luca volvía de Londres y de Roma,

Michela venía de California, y ellos dos fueron entre los muy pocos verdaderos

primeros hippies de Italia. Se juntaron un montón de intereses alrededor de lo que

estaba armando Luca en su casa allá arriba, empezó a llevar varias drogas, empezó

con el hachís y terminó con varios ácidos. Todavía no había aparecido la heroína,

pero todos los pibes del pueblo probaban esas cosas.

Rodrigo Espina: Cuando rodé mi película sobre Luca hice mucho hincapié en

encontrar a Duccio, que es un amigo de Luca de esa época en Tarquinia. Mi socio

me decía: “¡Estás loco, Espina, estás loco! ¡Luca hace veinte años decía… Si lo

encuentran a Duccio…! Y vos 30 años después querés buscarlo”. Apareció

preguntando por la calle. Cuando y a nadie sabía cómo ubicarlo, dije: “Díganle al

pibe de producción que pregunte por la calle”. Hicimos eso y apareció en Campo Di

Fiori. Duccio nos citó en un nightclub de Roma, algo que ya suena raro, encima a las

diez de la mañana. Estaba todo sudado, no había dormido en toda la noche, había

estado jugando al póker. Un personaje tremendo. Cuando lo vi, dijo lo abracé y el

tipo me dijo: “¿Quién sos?”. Pero para mí fue emocionante. Luca, en unas cartas que

tiene Andrea, dice: “Denle a Duccio todo mi amor”. Lo dice como siete veces: “Mi

amor, mi amor, mi amor, mi amor, mi amor”. Fue el gran compinche que tuvo Luca

durante una época.

Andrea Prodan: Los padres de Tarquinia no sabían qué era la droga, ni siquiera el

hachís. Hubo problemas, hubo muchos problemas. Luca tuvo algunas novias en

Tarquinia, siempre chicas muy humildes. Una que estaba enamorada de él era la

moza de un pequeño restorán que se llamaba “Le Due Orfanelle”; tenía los dientes

un poco para afuera, pero era hermosa, de esas feítas lindas.

Rodrigo Espina: También está Arduino, que es el hombre gordo que aparece en la

película, que era otro de los hijos de campesinos de esa zona, porque era hijo de los

caseros. A Luca nunca le importó un carajo de las “diferencias sociales” y se hizo

muy amigo de él. Dentro de su banda estaban los artistas y los lúmpenes. Arduino es

escultor, y cuando lo entrevisté le hice una sola pregunta. Su respuesta duró 50

minutos… Cuando terminó de hablar lo aplaudimos y lo abrazamos todos porque fue

genial, clarísimo. Massimo, un artista total, dice: “Yo soy artista gracias a Luca. De

alguna manera, Luca fue el que abrió mis límites, el que rompió mis fronteras”.

También aparece una mujer rubia, muy linda, que fue la primera novia de Luca. Yo

le digo: “Contame el primer beso” y ella responde: “Qué importa el primer beso,

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importan otras cosas”. Tarquinia es un capítulo hermoso, creo que es la etapa más

feliz de la vida de Luca.

Andrea Prodan: La primera novia importante de Luca es Linda, que estaba en St.

George’s, en la escuela de Roma, porque el padre trabajaba para una empresa

multinacional. Se llamaba Linda Tricker, el apellido era como un juego: Linda

Engañadora. A mi madre nunca le gustó Linda, porque las madres son así… “Esta

chica no me gusta, está llevándolo por el camino equivocado”. No era una chica que

dijeras “¡wow!”, pero era rubia, tenía una cara angulosa, era parecida a Jane

Sey mour, la actriz, todo el mundo le decía eso porque Sey mour estaba en una

película de James Bond. Era famosa. Mi mama decía: “Es un poco ordinaria”. A

Luca le encantaba, y ella era audaz sexualmente y mentalmente muy rápida. Era

medio bruja, incluso siempre tuve la sensación de que ella quería seducirme.

Íntimamente me daba vergüenza. Yo era un niño, pero y a cuando fui más grande,

alrededor de mis 14 años, a ella le gustaba la energía de seducirme para ver si Luca

se ponía mal y ver que provocaba en mí, y y o intentaba esquivarla. Linda era un

poco de eso que los ingleses llaman mindfucker: la que coge con tu cerebro.

Conociendo a Luca, que siempre fue tan rápido para comprender a la gente, me

parece raro que hay a caído como boludo en una energía de esa clase. Pero todos

tenemos nuestro punto débil y él estuvo enganchado durante años con Linda. Ella le

enseñó muchas cosas, le abrió la cabeza tanto sexualmente como con las drogas.

Luca le escribió canciones. Linda es “la chica que transformó a un ratoncito en un

gnomo” (“The girl who turned a mouse into a gnome”), y “Breaking Away ” está

dedicada, en parte, a ella.

Rodrigo Espina: Linda nunca quiso darnos una entrevista para la película. Solamente

habla con Andrea. Me acuerdo que el productor de la película me decía: “No

importa, Espina, contratamos a una actriz y decimos que es Linda”. Yo le decía:

“¡¿Cómo?! ¡¿Una actriz y decimos que es Linda?!”.

Andrea Prodan: Rodrigo no pudo sacarle una palabra. La veía como un pilar de la

película, pero solamente se comunicaba conmigo. Hablamos una hora y media

desde el celular, con Rodrigo al lado. Ella me contaba cosas y lloraba. “¿Sabés,

Andrea?”, me dijo. “No estoy preparada para esto todavía, no puedo hablar de Luca,

no puedo volver atrás, tengo hijos, hice mi vida, quiero hablar de él, pero no puedo ni

quiero saber, perdón, perdón…”. Era comprensible porque esos recuerdos

pertenecen a su intimidad. Volví a verla varias veces después de la muerte de Luca.

Es muy copada y está más frágil, mucho más frágil.

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Stephanie Nutall: Linda nunca dejó de amar a Luca, como sucedió con tantas de sus

novias.

Andrea Prodan: Luca y Linda eran como Bonnie & Cly de. Una pareja muy unida,

muy modernos en un punto. Se conocieron cuando Luca se escapó de la escuela en

Escocia. Mis padres enchufaron a mi hermano en St. Geroge’s porque estaban

desesperados y querían que terminara sus estudios.

Timmy MacKern: Luca se puso más mujeriego cuando vino a la Argentina. Antes

estaba mucho con Linda.

Andrea Prodan: Yo creo que Linda fue el gran amor de su vida.

Timmy MacKern: En el 71 empecé a estudiar administración de empresas, en uno

de esos cursos que hacías un tiempo en la facultad, después trabajabas un tiempo y

volvías a estudiar. Lo hice en Kingston, en las afueras de Londres, en los suburbios,

porque y o tenía el departamento en Richmond, que es un barrio. Hice ese primer año

y después, en diciembre del otro año, viajé a la Argentina para hacer la parte en la

práctica en la que trabajaba. Durante esa época no hice unos exámenes y me

echaron, y recibí una carta de Luca, en la que me contaba que había estado en la

cárcel, y que se había ido a Inglaterra. Estaba viviendo en Brighton, en el sur, que es

donde más plata hay. Mi hermano se había quedado en Londres y enloqueció un

poquito, se enfermó, y y o me fui para allá a ayudarlo. Un día de esos me fui a

Brighton a ver a Luca. Estaba ahí en una casa medio tomada. Recuerdo que cuando

bajé del tren y le pedí al taxi que me llevase ahí, el tipo me dijo: “¿Ahí?”. La casa

era un desastre, Luca y a había prendido fuego su pieza, quemaban las cosas de la

escalera por leña, una casa de locos sin un mango, un desastre. Creo que Luca vivía

del seguro de desempleo. Cuando le dije que me volvía a Londres, se vino conmigo y

se instaló en mi departamento.

Nora Fisch: Me contó que trabajó en una fábrica como sereno, junto a Timmy y,

aparentemente, esa fue una época en la que se drogó bastante y empezó con la

heroína. Tenía historias increíbles acerca de la escena musical de Londres en ese

momento. También me contó muchas anécdotas, por ejemplo que cuando tenía unos

14 años iba en un tren por Europa, de Italia a Inglaterra o viceversa, viajaba solo y

una mujer mucho may or se le acercó y terminaron teniendo sexo ahí en el tren.

Timmy MacKern: Yo empecé a estudiar fotografía porque me bancaba mi padre y

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Luca tenía un laburo como de seguridad, que lo hacían varios en Gordonstoun. Era un

laburo muy fácil que y o también hice. Te decían: “Te pagamos por hora, en negro,

sin pedir nada”. Era todo trucho, quizás cuidabas una exposición de antigüedades y te

quedabas ahí dos semanas, las 24 horas del día. Pero cobrabas por hora y era un

montón de plata. Vivimos toda esa época juntos con Luca y con su novia de entonces,

Linda. En Londres íbamos mucho a ver bandas.

Andrea Prodan: A Luca le gustaban mucho los Beatles y los Stones. Tenía todos los

discos y los escuchaba mucho con Claudia. En Tarquinia compró Sgt. Pepper Lonely

Hearts Club Band y me recortó todo lo que venía troquelado, se sacaba una página

que tenía medallas y cosas para poner arriba de un papel, como un chiste, y me

vistió como uno de los Sgt. Pepper, Paul, creo… Ese disco me re pegó (y o tendría

seis años), porque parece que es un disco para niños, con ese mundo y esos sonidos.

Más adelante Luca me dijo: “No comprendo cómo te copás tanto con esto y no

tomás drogas”. “Esto es mi droga”, le respondí.

Luca Prodan: Nací en Roma, donde nació la esposa de Keith Richards. Por eso tengo

todo mi respeto por los Rolling Stones, que tienen lazos con Roma.

Andrea Prodan: Cuando después y o era más grande él y a escuchaba King Crimson

y todo eso, me llevaba todo a la escuela y y o lo escuchaba bajo la almohada, en el

dormitorio. Tenía un grabadorcito Sany o, trucho, mono, y ahí ponía Islands, de King

Crimson. También escuchaba Court of the Crimson King, Trilogy y Tarkus, de

Emerson, Lake & Palmer… The Yes Album. A Luca le gustaba mucho el rock

cómico, siempre decía que no entendía por qué no hay más juego en el rock. “Es una

pavada, hay que divertirse también”. Le encantaba Zappa, sobre todo Apostrophe,

Captain Beefheart, Bonzo Dog Doo Dah Band, que son los Monty Py thon de la

música inglesa, Neil Innes. Yo crecí con esos discos también. También era fan de

Bowie. Space Oddity era otro de sus grandes discos de siempre. En esa época, mi

papá le había construido una mini casa adentro de una torre medieval en el fondo del

jardín de nuestra casa en Tarquinia y Luca se metía ahí adentro con su novia y sus

amigos para fumar cualquier cosa, tomar ácidos, probar cosas raras. Ese verano, en

el que y o tendría ocho años, fue el verano de Space Oddity. Luca estaba sacadísimo,

es un disco que parecía que le hablaba a él, como le pasó a un montón de gente. Luca

siempre fue un provocador, un adelantado, llevaba gente y la sacaba como quería.

Empujaba a los demás a hacer cosas que no habrían tenido el coraje o las ganas de

concretar y muchas veces terminaban adorándolo porque les abría muchas puertas.

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Timmy MacKern: Me perdí el punk porque dejé Inglaterra cuando murió mi padre,

en octubre de 1975. Yo estaba en Marruecos, me enteré como un mes después, y en

diciembre me vine para la Argentina, justo en Navidad, para ver a mi madre y a la

familia. Todavía estaba estudiando fotografía, en segundo año. Vine por unos días,

pero me quedé y no volví más. Me acuerdo de haber hablado en Londres con Luca:

“Chau, Luca. Te veo en diez días”. Él y a tenía su departamento al lado del río, uno

que le había comprado el padre en el Támesis. Llevaba ahí a gente encontrada por

casualidad, a italianos de paso, extraños de toda índole, a los paquistaníes, estaba lleno

de gatos. Era un departamento algo caótico, amueblado, estaba bastante bien. Volví a

verlo casi seis años después, en el 81, cuando él viajó a Córdoba.

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Las plantas de Luca. “Crezcan”, repetía todas las mañanas en el departamento de su

amigo Timmy. Londres, 1975.

(Gentileza de Timmy MacKern)

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Capítulo 5

Londres II

“Bueno, yo viví en Inglaterra entre el 73 y el 80, tenía mi casa y todo, ahí en esa

época, de verdad, no pasaba nada. Había visto a Roxy Music, que eran re buenos en

esa época, ellos eran la única cosa nueva, lo demás era medio aburrido, medio

estancado, como ahora por ejemplo, que esa música que viene de Inglaterra y de

Estados Unidos es toda para gente que quiere consumir, mirar televisión color, tener

su videocasetera, su cochecito, la novia, una novia distinta, un novio distinto cada fin

de semana, no piensan en el amor, solamente piensan en consumir, porque hay guita

ahora. En el 73 era más o menos todo estancado, después surgió el punk que echó un

poco a esos genios que había antes, porque en todo el mundo había menos guita y la

gente se enojaba más y se enojó. Por eso se formó la expresión social en Inglaterra.

Yo lo viví y al principio odiaba a los punks. Después me di cuenta que eran buenos,

que no eran violentos y que eran más de verdad que los hippies, que eran todos unos

hipócritas. Decían: ‘Todo bien, todo bien’ y después te afanaban la guita de la

campera. Para mí los punks eran más de verdad”.

Luca entrevistado por Marcela Feudale en la radio Rock & Pop en 1987.

Poco antes de atravesar el centro medular de la ciudad de Londres, el Támesis

serpentea como un dragón chino, circula ondulante y convierte a la capital en un

mapa imposible. Uno de sus meandros más pronunciados rodea el Jardín Botánico de

Kew, bendito pulmón urbano presidido por una imponente estructura de metal. Es una

maravilla arquitectónica pensada como un invernadero gigante: The Palm House fue

terminada en 1849 y se mantiene como uno de los mejores reflejos del esplendor

victoriano, hierro y cristal en casi una síntesis de símbolos imperiales. Timmy

MacKern vivió a pasos de los Royal Botanic Gardens y Luca encontró refugio allí en

más de una ocasión. A mediados de 1975, Timmy regresó a Buenos Aires luego de

conocer la noticia del fallecimiento de su padre. Atrás quedaban sus estudios de

fotografía y la vida furtiva junto al italiano. El duelo incluía una serie de obligaciones,

como tomar las riendas de la empresa metalúrgica de los MacKern. Casi al mismo

tiempo, Luca regresó a Londres mientras todavía pesaba sobre su cabeza el rótulo de

desertor. Con la idea de asumir el control de la situación, Mario Prodan también

decidió instalarse en Londres, un poco para atender sus prósperos negocios en el

mercado de arte chino y, de paso, redoblar la guarda familiar. Cecilia lo acompañó y,

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en esa nueva residencia londinense, los Prodan no vivieron todos juntos: los padres se

instalaron en el exclusivo barrio de Shepherd Market, en pleno corazón de Mayfair, a

pocas cuadras del Palacio de Buckingham. Luca permaneció muy cerca de la casa

de Timmy frente al Jardín Botánico: solo tenía que cruzar el puente de Kew y

chocarse con el número 30B de Thames Road, un calle que bordea al río con casas

idénticas, puro ladrillo a la vista, techo de tejas a dos aguas y un pequeño patio al

frente. Nada mal para un chico de 22 años que tenía, por fin, un espacio propio. Una

circunstancia que no volvió a repetirse en el tiempo: luego de Londres, vivirá buena

parte del resto de su vida en forma provisional, por lo general en casas ajenas o bajo

los términos del inquilino ocasional.

Londres distaba mucho de ser una fiesta: desempleo, inflación, crisis energética y

devaluación de la libra formaban el rosario de calamidades que enfrentaba el

laborista Harold Wilson desde su asunción como Primer Ministro, en marzo de 1974.

En esa coyuntura nada bueno podía suceder a futuro, algo que tampoco afectaba las

miras bastante austeras de Luca, ya metido hasta el cuello en el vaivén lento de las

drogas duras y el deseo no muy explicitado de pasarla bien escuchando o haciendo

música, discutiendo el amor con Linda o trabajando en empleos eventuales como

personal de seguridad para conciertos; entre los custodiados figuran algunos astros

exóticos de la new-wave como Lene Lovich y Joe King Carrasco. Pero en la lista de

los empleos estables de Luca solo existe un nombre: Virgin. La disquería fundada por

Richard Branson unos años antes en Oxford Street ya había alcanzado, en 1975, un

lugar destacado en el mercado discográfico con la aparición del sello del mismo

nombre y su primer gran éxito, Tubular Bells de Mike Oldfield. El tipo que en poco

tiempo se convertiría en uno de los multimillonarios más poderosos del planeta, ese

año contrató a Luca para manejar la sección de “singles” en la nueva sucursal de

Nothing Hill Gate. El estilo Branson imponía nuevos hábitos para el modus operandi

de las disquerías tradicionales: en sus primeros locales podía encontrarse comida

vegetariana y buenos almohadones para escuchar con auriculares, sin límite de

tiempo, el vinilo elegido. Pero, más allá de estos detalles, lo importante estaba en el

material importado que se conseguía en sus bateas. El kraut-rock le debe a Branson su

difusión en Inglaterra: los discos de Neu! y Can constituían parte de ese tesoro que

Luca tuvo en sus manos y empezó a acumular para sí mismo, la mayoría robados

del depósito con un límite: uno de cada diez discos que vendía iba a parar a su casa.

Obviamente, lo descubrieron y lo echaron, pero la insistencia de los clientes (que

reclamaban al italiano que podía descubrir el título de una canción y a su intérprete

con tan solo escuchar un silbido desafinado) le jugó a favor. Luca corría con ventaja,

porque todas las noches escuchaba a John Peel por Radio One de la BBC, el

programador y conductor radial más importante de la historia del rock inglés, que fue

una pieza clave en la difusión de bandas nuevas de la segunda mitad de los años 70.

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Parte de su prédica formó una nueva audiencia, que dejaba atrás el complejo

universo del rock progresivo y apostaba todo a un sonido más cercano, visceral y sin

demasiadas vueltas. Paradójicamente, Virgin fichó a Sex Pistols para la edición de su

disco debut, Never Mind The Bollocks, y el exhippie Richard Branson empezaba a

fundar un imperio empresarial justo con el disco que celebraba el “no future” y que

escupía en la cara de todos los valores de la sociedad británica. La segunda

oportunidad en Virgin duró poco más que un suspiro. Luca empezó a trabajar en un

depósito, con muchos más discos a disposición, y la sustracción alcanzó niveles de

desmesura. Además de llevarse los discos que le gustaban, también robaba discos

para sus amigos y para su hermano Andrea. Esta vez Branson no dudó y ordenó el

despido definitivo.

1978 arrancó con uno de los shows más recordados por Luca Prodan. El 15 y el

16 de enero, Van der Graaf (ya sin el “Generator”) brindó un par de recitales en el

Club Marquee. El sonido, oscuro, denso y por momentos violento, parece admitir que

fue Peter Hammill quien en 1975 anticipó el estallido con su premonitorio disco

solista Nadir’s Big Chance, que en su contratapa incluía un manifiesto firmado por el

álter ego de Hammill, Ricky Nadir, donde utiliza la denominación punk beefy songs

(musculosas canciones punk). Allí expone, en varias canciones, un salvajismo ajeno

al estilo de su banda y que tampoco podía encontrarse en sus álbumes solistas. Luca

tomó nota de las instrucciones del cantante de VDG y, durante los conciertos del

Marquee, pudo traducir el futuro. El cantante espigado y de voz dramática anticipaba

los estertores del dark y el after-punk, y al mismo tiempo seguía siendo esa banda

progresiva de arreglos cuidados y siempre atenta a poner tensión en la belleza. El

registro incluye los gritos de la gente, que parecen estar pegada al escenario. El

primer Marquee, ubicado en Wardour Street, era un lugar bastante chico y, según

Luca en una entrevista concedida a Roberto Pettinato, “era muy raro porque fue la

primera vez que y o vi a los viejos hippies y a los nuevos punks en un recital, sin

pelearse ni tirándose cosas”. También afirmó que alguno de los alaridos que se

escuchan entre tema y tema le pertenecen a él.

Tal vez la sonoridad que provocaba el nombre de una banda como Talking Heads

haya sido un antecedente para que Luca bautizara a su primer grupo como New

Clear Heads. En plena guerra fría, el título podía tener varias acepciones: cabezas

nucleares y nuevas cabezas claras. En ambos casos, funcionaba como una señal de

alerta. La banda solo dejó un par de grabaciones caseras y algunos shows en pubs, y

la historia apenas retiene las iniciales LP como principal compositor, cantante y

guitarrista. “Space Age Outrage”, “United” y “White Trash” son algunas de las

canciones que Luca compuso en Londres, aunque solo la última llegará a formar

parte de un casete oficial. Toda la actividad se reduce a la lentitud que produce la

heroína y también a un cierto desencanto hacia la industria musical. Luca estaba a

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favor del cambio de valores estéticos que estaba produciendo el reggae, el punk rock

naciente y artistas como David Bowie o Brian Eno, que aún formaban parte de su

lista de artistas inspiradores. Pero sus días estaban más en sintonía con el efecto

protector de la heroína y el resto quedaba totalmente relegado. Será el tiempo en el

que Linda comienza a ay udar a unos amigos de Manchester. La banda se llama

Manicured Noise y son pura vanguardia bailando sobre ritmos nerviosos y una

impronta funk nada convencional. Su líder es Steve Walsh y sobresale la baterista, lo

más parecido en contundencia y exactitud a Maureen Tucker. La chica responde al

nombre de Stephanie Nutall y en poco tiempo se convierte en buena amiga de Luca.

Por cercanía y afinidad musical, los Manicured Noise conocían a Joy Division, la

banda que revolucionó los 80 casi sin poner un pie en la década. Su cantante, Ian

Curtis, se suicidó el 16 de may o de 1980 a horas de iniciar una gira por Estados

Unidos. De la amistad con Stephanie también nació el fanatismo de Luca por la

densidad de JD, la voz única de su cantante y el uso de máquinas de ritmo. También

heredaría algo de su destino trágico.

El mapa de influencias de Luca Prodan es lo más parecido a la guía del viajero

poshippie. La travesía como escucha comprometido incluy e el pasaje que va de los

clásicos de la década del 60 (Los Beatles, Jimi Hendrix, los Doors y los Rolling

Stones) a la cosmogonía del rock progresivo británico y su derivado sinfónico. Esta

última categoría reúne a varios de sus discos predilectos. Por una vía menos

majestuosa aparece el rock norteamericano desfachatado. Ahí están los primeros

álbumes de Canned Heat, el sarcasmo de Frank Zappa (etapa Apostrophe, 1974) y la

desquiciada transgresión de Captain Beefheart, a bordo de dos obras cumbres: Trout

Mask Replica (1969) y Mirror Man (1970). Andrea Prodan confiesa que su hermano

disfrutaba mucho con la posibilidad lúdica que ofrecía el rock en su vertiente más

irónica.

Si bien la discoteca de Luca era un mueble variopinto, a partir de 1977 el punk

rock delineó preferencias y ubicaciones de privilegio. Al lado de los discos británicos

fechados durante ese año, empezaron a ganar lugar las tapas arty de los primigenios

Talking Heads y el álbum homónimo de Suicide. Sin ser un ferviente admirador de

los sonidos neoy orquinos, Luca reconocía que las instrucciones de Velvet

Underground por fin tomaban forma de revuelta generacional. La música italiana es

otro elemento a tener en cuenta en la etapa formativa de Prodan. No tardó mucho en

comprobar que Premiata Forneria Marconi manejaba un estilo propio cada vez que

ingresaba en la esfera del rock sinfónico, o que Banco del Mutuo Soccorso podría

haber llegado mucho más lejos si no se hubiera dejado guiar tanto por sus apetencias

de éxito. Admiraba mucho a Jenny Sorrenti. Pero fue Lucio Battisti quien más

conectó a Luca con el expresionismo cancionero y la raíz sanguínea de la cultura

itálica.

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Los discos de Bob Marley representan el primer acercamiento de Luca a las

penurias del tercer mundo. Entró al punk a través del reggae, escuchando a Marley,

Steel Pulse y Aswath. En Londres asistió a varios recitales del gran Bob y en esos

shows, en donde también tocaban grupos punks, comprendió el valor musical y

espiritual del reggae. Natty Dread (1975) figura entre sus discos favoritos por el

riesgo que asumió Marley al acercar el reggae a otros géneros como el pop, el soul,

el funk y el rock. En la misma línea, dos años antes, Catch A Fire y Burnin’ habían

anticipado el poder del gueto con sus cadencias hipnóticas y una enorme musicalidad

basada en los envolventes ritmos jamaiquinos. Luca también admiraba la sensibilidad

y la simpleza con que Nick Drake exponía sus emociones. Pink Moon, el último

trabajo del cantautor, establece claras conexiones entre ambos, una extraña manera

de llenar de belleza esos lugares en donde todo es tristeza eterna.

Si bien Luca vivió a pleno la explosión del punk rock londinense, tenía ciertos

reparos frente a las aspiraciones de los Sex Pistols y The Clash. Lo suyo estaba más

cerca de los Damned (circa Damned, Damned, Damned), Buzzcocks y Wire.

Bautizada como la mejor banda de punk inteligente de Inglaterra, Wire logró la

síntesis entre velocidad y urgencia expresiva con su disco debut, el imprescindible

Pink Flag.

Lou Reed y su fuerza espartana representan una de las influencias fundamentales

de Luca. Discos como Transformer, Berlin, Sally Can’t Dance, Coney Island Baby y

Street Hassle figuraron entre los álbumes favoritos de Luca, junto a los cuatro

trabajos de estudio de Velvet Underground. Pero Berlin, quizás por su atray ente

atmósfera de decadencia y autodestrucción, aparece en el primer lugar. Sin duda,

Luca veía a Reed como el auténtico animal de rock, una criatura perversa y dañina

que purga culpas (propias y ajenas) debido a su condición de portavoz. John Martyn

es otro referente en la etapa formativa de Luca Prodan. Tal vez por la procedencia

escocesa de este músico o por su gran capacidad para glorificar una canción

acústica, Luca haya decidido incorporarse en el minúsculo fans club de Marty n.

Solid Air se acerca a la perfección gracias a la canción que le da título al álbum,

dedicada a Nick Drake, y uno de los preferidos por Luca.

Para medidos de 1979, la relación con Linda estaba quebrada y una parte

terminará derrumbándose con la noticia del suicidio de su hermana Claudia junto a

su novio en un descampado en Sperlonga, un balneario a mitad de camino entre

Roma y Nápoles. En los primeros días de julio, la policía encontró los cuerpos de dos

jóvenes que habían inhalado monóxido de carbono introduciendo el caño de escape

en el interior del vehículo. Dejaron varias cartas, una de ellas para la policía, en

donde pedían disculpas por la escena dantesca que dejaron detrás de sí. Luca había

iniciado a su hermana en el consumo de heroína y, de alguna u otra manera, se sentía

responsable por la decisión que terminó con su vida.

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Claudia nació en China y estuvo a punto de morir en el campo de concentración.

Su madre decía, un poco en serio y un poco en broma, que el carácter inestable de su

hija provenía del uso indiscriminado de la penicilina que le aplicaron durante el

cautiverio. A pesar de la diferencia de edad de casi diez años, Claudia y Luca

compartían el mismo nivel de sensibilidad respecto a los males del mundo. Militante

en temas de Derechos Humanos y muy comprometida en causas ecológicas,

Claudia Prodan llegó a vivir en África mientras trabajaba como traductora para la

FAO, la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

Desencantada con los manejos espurios de los organismos internacionales en el tema

del hambre y el cuidado del planeta, Claudia comenzó a padecer trastornos

depresivos que minaron su carácter humanista y solidario. Luca pintó la tragedia de

Claudia en la letra de “Warm Mist”, uno de los primeros temas de Sumo.

El emblemático periódico de izquierda L’Unità, fundado por el filósofo marxista

Antonio Gramsci en 1924, en su edición del 10 de julio de 1979, publicó una crónica

del trágico suceso con un título aterrador: “Los encontraron abrazados en el auto:

mejor morir de droga que vivir así”.

El suicidio de Carlo Pistoni y Claudia Prodan fue tomado por el diario romano

como un terrible acto de reprobación al estado de las cosas en la conflictiva situación

política en Italia: “Después de iny ectarse, transformaron el vehículo en una cámara

de gas. Él tenía 36 años y cuatro hijos, ella había dejado hace un año su trabajo en la

FAO. Han buscado una ruptura brusca con la vida cotidiana”, indicaba sin eufemismo

el subtítulo de la nota: “Desde hace un año habían ‘cortado los puentes’. Cerraron los

vínculos familiares, dejaron el trabajo, vendieron la casa. Tenían 36 años. El

domingo los encontraron muertos, abrazados a bordo de un auto estacionado en una

callecita aislada, entre Sperlonga e Itri. Engancharon un tubo en el caño de escape

que entraba en el habitáculo a través del ventilete. Sobre el tablero, una jeringa

usada. Sobre los asientos y sobre los brazos, manchas de sangre: rastros de una

iny ección de heroína que salió mal. Entre las cuatro cartas dejadas por la pareja a

los amigos (y una dirigida a los carabineros), una decía: ‘Es mejor morir de droga

que vivir así’. Pero para asegurarse la muerte quisieron agregar a aquella que

probablemente fue una sobredosis, el auto como cámara de gas. Carlo Pistoni y

Claudia Prodan estaban allí, encerrados en un Fiat Ritmo, patente de Milán, desde dos

o tal vez tres días atrás. Sus cuerpos estaban devastados, edematizados por el

avanzado estado de descomposición acelerado por el calor. Nadie había notado en un

principio ese auto, nadie se había dado cuenta —pasando por la calle que va de Itri a

Sperlonga— que en aquel vehículo había dos personas. Y que la radio no había

dejado de sonar un instante: cuando los encontraron estaba todavía encendida, la

batería no se había descargado. Recién el domingo un joven notó el auto, se acercó y,

asustado, fue a advertir a los carabineros. Poco después llegó también al lugar el

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pretor de Gaeta al cual está asignada la investigación: después del examen médico

legal —que comprobó que la pareja murió por asfixia con óxido de carbono (y por lo

tanto no por el pinchazo de heroína)— el magistrado ha dado la autorización para la

sepultura de los cadáveres. Las cartas en cambio (cuatro, recogidas en una bolsita de

celofán) fueron secuestradas en el momento. Una escrita por Pistoni era dirigida a la

policía, las otras, a tres amigos, estaban firmadas por la mujer, los carabineros no

han dejado escapar nada acerca de su contenido. Solamente aquella frase: ‘Mejor

morir de droga…’. y otra: ‘Admiro a los combatientes de la izquierda…’.

Fragmentaria, hecha de noticias recopiladas y no comprobadas, es también la

reconstrucción de la vida de Carlo Pistoni y Claudia Prodan. Sobre los hombros, de

todas maneras tienen una elección en común, que parece brusca, imprevista, de

ruptura con la ‘sociedad organizada’. Claudia tenía 36 años, nacida en Pekín de padres

italianos, que viven actualmente en Inglaterra, políglota, vivía en Roma, sola, en un

departamento de su propiedad en el centro y trabajaba en la FAO. Pero un año atrás

había dejado el trabajo y había vendido el departamento. Para viajar, un vecino

(mejor un exvecino) cuenta: ‘No le gustaba vivir. Claudia había iniciado hace muchos

años un proceso de autodestrucción, que iba a conducirla primero a la droga y luego

a la muerte. Incluso la relación con Carlo comenzada hace dos años atrás, parecía

nacida bajo el signo de la destrucción. Él estaba casi siempre en la casa, pintaba. Ella

mantenía todavía la relación con el exterior, trabajando’. Después la decisión de

dejar también el trabajo para viajar al extranjero, a América Latina, India o África,

donde pensaba vivir con el dinero recaudado de la venta de su departamento. Carlo

Pistoni estaba casado y tenía cuatro hijos. La larga y sufrida crisis cony ugal se había

‘resuelto’ al menos legalmente solo unos meses atrás, con una separación ratificada

por el tribunal. La mujer —que vive con los hijos en Via Acaia, en el Appio Latino—

ha dicho ayer que no veía a su marido desde hace 40 días ni tenía noticias suy as. La

última partida —esa que había llevado a la pareja a Sperlonga— había sido tal vez

programada para un largo viaje. La Ritmo había sido alquilada en Nápoles, en el baúl

había tres valijas llenas de ropa. Evidentemente, los dos tenían intenciones de estar

afuera mucho tiempo. La decisión del suicidio debe haber sido, tal vez, una decisión

crecida con el tiempo, paralela a la carrera de heromaníacos como un pensamiento

fijo: pero no había sido programada, pensada con anticipación, estudiada para este

viaje. En Sperlonga, los dos desembocaron en una calle secundaria, se pararon en

una pequeña plaza y han cumplido su rito para matarse. Sobre los asientos había,

junto a las cartas, también las hojas de un block de bosquejos: estaban diseñados los

cuerpos de dos amantes con jeringas en los brazos. Un último, trágico, autorretrato”.

Germán Daffunchio: Claudia… Claudia se suicidó, ¿no? Yo, personalmente, esto es

algo muy mío, terminé de entenderlo cuando vi la película de Luca, porque nunca

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pude entender cuál era su dolor. Siempre atrás de una gran adicción, hasta atrás de

una gran autodestrucción tiene que haber un dolor, algo detonante y para mí fue

Claudia. Porque él fue quien le dio heroína por primera vez y ella se murió

heroinómana. A mí nunca me habló de Claudia. Hilvanando todo, me fui cayendo

así. “Tac”, dije. “Claro, fue eso” y él le dice a la hermana en ese tema, que él no iba

a morir como ella, que él iba a morir brillando arriba o alto, no sé, fijate la

traducción de “Warm Mist”, qué fue lo que pasó.

Silvia Ceriani: A mí nunca me dijo que sintiera culpa por la muerte de Claudia. Sí

me dijo que su hermana tomaba heroína, como también me contó que él la

consumía. Debe haber sido algo muy doloroso para él, profundamente doloroso.

Deduzco ahora esto ahora, porque él nunca me dijo: “Yo le dije a Claudia que

tomara heroína”. Además son cosas que pasan, si no hubiera sido él seguramente se

hubiera encontrado con la heroína por otro medio, no lo sabemos.

Stephanie Nutall: Luca se sentía muy cercano a su hermana Claudia, y tal vez parte

del problema que tenía era ver cómo llenar el hueco que dejó ella en su vida.

Mónica Stromp: No sé si el tema de Claudia lo agobiaba, pero había momentos en

los que hablaba de ella, por supuesto. Posiblemente sintiera culpa. Mucha gente decía

que él sentía culpa por haberle hecho probar cosas. No me voy a olvidar de su relato.

Cuando la encontraron en el auto con el novio, no sé si fue él, no sé cómo fue, pero

Luca fue al auto y vio que en el grabador del auto había un casete, y se fijó cuál era.

Y —esto me lo contó Luca mismo— y es que así sacó que la última canción que

Claudia seguramente habría escuchado en el grabador del auto, era de Lucio Dalla,

“Com’ é profondo il mare”. O sea, vio que estaba parado el casete al final y que

como lo último, si todavía estaba consciente, había escuchado ese tema. Y es así que

uno de los temas que más lo conmovían era ese.

Andrea Prodan: A Luca lo fascinaba Pink Flag, de Wire. También los primeros tres

discos de Magazine. De Wire decía que manejaban un inglés y unas ideas muy

intelectuales, pero lo decía hablando en cockney, le gustaba el choque entre la

supercultura y la clase obrera inglesa. Me acuerdo de estar escuchando a Magazine

con él, leíamos juntos las letras. Muchas veces me decía: “¿Sabés de qué está

hablando Howard Devoto en este tema de Magazine? De la heroína”. Le pegaba

fuerte porque toda esa gente tomaba heroína. Otros que nos gustaban muchoeran The

Only Ones. Poníamos “Another Girl, Another Planet”: “Te tengo bajo mi piel/ Me

siento en otro planeta cuando estoy con vos…”. Parecía una canción de amor, pero

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él me decía: “No, no es de amor, está dedicada a la heroína”. Luca captaba el

verdadero sentido de la canción. Yo me sentía un pelotudo. Para él, estaba todo

relacionado con las drogas.

Claudio Kleiman: Aparte tenía muy buen gusto, era un melómano, ¿no? Siempre

contaba de los discos que tenía en la casa, de que lo habían echado de la Virgin

porque se había afanado… Era la época de los singles, se había afanado como 350

simples de la Virgin y algunos de esos se los había traído.

Andrea Prodan: Virgin nació como un sello de hippies perdidos, de los que después

del fracaso se volcaron a cosas muy complicadas. Este Richard Branson era un

exhippie, pero medio vivo. Decidíó armar el sello Virgin y hacían estos discos de

bandas buenas, de rock progresivo. Luca se copó con eso y terminó trabajando para

Branson en el primer negocio de la Virgin en Londres. Porque antes la Virgin tenía un

pequeño negocio en Notting Hill Gate, que era un barrio… Ahora es Notting Hill, el

de la película. Pero en los años 60 y 70 era un barrio heavy, había casas lindas, pero

también mucho jamaiquino. No era un local normal, era una especie de galpón de la

Virgin que estaba ahí.

Alfredo Rosso: Cuando lo conocí, de lo primero que hablamos fue justamente de su

colección de discos porque él me dijo: “Tengo una buena colección de simples,

porque yo trabajé en Virgin”. Y me aclaró que en el Virgin de Marble Arch. Yo

había estado ahí, un lugar que y a no existe hace décadas. Había estado revolviendo y

comprando discos y me pareció una disquería alucinante. Porque no solo tenían

material del sello Virgin, sino que tenían los mejores discos de Londres. Él había

laburado ahí y obviamente se había quedado con un montón de material.

Empezamos a hablar de los grupos de new-wave, creo que y a tenía el tema “Divided

By Joy ”. Le gustaba mucho el reggae, hablamos de la línea Front Line de Virgin, nos

metimos un poco en temas musicales. Me di cuenta de que era un tipo muy culto

también. Sabía mucho de cine y literatura, porque en aquella época, la gente que

manejaba un cierto conocimiento de rock, también seguro tenía un cierto

conocimiento de literatura, de cine distinto, de cine contracultural. Y Luca era un

típico ejemplo. No se daba que a un tipo le gustase King Crimson y después al cine

fuera a ver las películas de John Way ne. Había como una correlación cultural. A los

tipos jóvenes que les gustaba la buena música, que les gustaba el rock, los podías ver

en los cines de la L de Corrientes (Losuar y Lorraine) y también los ibas a ver en las

librerías buscando libros de la colección Minotauro de ciencia ficción, qué sé yo... A

los que les interesaba la parte de psicología comprar textos de Cooper, que hablaban

de Psiquiatría y Anti Psiquiatría, algo por el estilo. O sea, era gente progre, y Luca

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era progre, pero no era esnob. Eso era fundamental, Luca nunca fue un tipo esnob.

Es más, se cagaba de risa de los esnobs.

Andrea Prodan: Creo que a Luca lo fastidiaba no ser parte de la clase obrera. O sea,

lo que decía Lennon: “A working class hero is something to be” (“Un héroe de clase

obrera es algo a ser”). Luca también creía eso. Fue su cruz en Inglaterra, eso que le

impidió a ser alguien allá también. Los ingleses son muy esnobs. La prensa musical

de esa época hablaba mucho eso que llamaban street credibility (“credibilidad de la

calle”). Si no la tenías, no podías hacer nada. Muchos incluso ocultaban su

procedencia de clase medio burguesa, como Paul Weller. Luca estuvo en el mejor

colegio de Escocia, una escuela real, venía de una familia burguesa y rara, bastante

excéntrica. Los ingleses lo tenían como un extranjero extravagante, onda: “¿Quién es

ese bicho?”.

Marcelo Pocavida: Me contó que la disquería Virgin Records había editado a los Sex

Pistols, que tenía su local y que había una sección de reggae, punk y new-wave. Él

empezó a laburar allí y estaba encargado de esa sección. A ese lugar iban todos a

hinchar las pelotas o a comprar: iban Lemmy, Sid Vicious, Joe Strummer… Pero él

no vivía solo de eso, sino que a veces hacía de dealer, vendía falopa y demás.

Recordaba también mucho el tema de que se hizo muy amigo de los Wire y que con

ellos compartió muchísimas cosas. Contaba que para un cumpleaños de él le hicieron

una torta de hachís. Terminaron de la cabeza. A él le gustaba mucho esa cosa oscura.

También le gustaba mucho Peter Hammill…

Andrea Prodan: En Londres vio muchas veces a Bob Marley y se dio cuenta de que

era especial. Una vez, en 1977, fuimos a ver a The Clash en su primer gran concierto

en el Rainbow Theatre; estaban ellos, antes Sham 69, y antes Richard Hell and the

Voidoids, que eran como los primeros punks de New York. Llegamos tempranito

porque y o quería ver todo, él me dio una píldora de speed, de anfetaminas, que era

tan poderosa que empecé a poguear como un loco y a con Richard Hell. Después

vinieron los otros y me saqué más, y con los Clash ni te cuento. Me reventé toda la

pierna, me desperté al otro día y tenía sangre, moretones, pero en el momento no

sentí nada. Cuando subió The Clash, lo busqué a Luca y él estaba en el piso,

durmiendo. Lo desperté: “Mierda, está The Clash”, dijo. Los vio un poco, así nomás,

y se fue a los baños, creo que para hacerse una iny ección de heroína. No le dio

pelota al show. Fue un concierto increíble, el público reventó las primeras 30 butacas

y las tiró en el escenario. Con las luces se veían las cataratas de saliva, porque los

escupían sin parar, y Joe Strummer estaba enojado. Lo venían escupiendo desde

hacía meses… Cuando empezaron el tema “London’s Burning” un asiento le pegó en

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la cabeza. Pararon todo, miraron al público y empezaron otra vez, pero Strummer

cambió la letra por “London’s Freezing”. Fue un concierto impresionante, la primera

vez que vi una energía así, tan concentrada y mítica en el escenario. Fui a ver a un

montón de grupos distintos con Luca. Había uno de rock progresivo, en el que tocaba

Phil Collins. Brand X .

Lalo Mir: Luca se copaba cuando le hablabas de discos, que tenía esto, qué sé yo, y

me acuerdo que esa primera vez me dijo: “Porque yo estuve en Europa y vi a todos

los grupos” y agregó: “Vi a Van der Graaf Generator”. Me acuerdo que me dijo eso

y le dije: “¿A vos también te gustaba el rock sinfónico?”. “No, mucho no, me empezó

a gustar más a partir del punk, pero vi a Genesis”. Había visto a los Pistols, a los

Clash, a todos.

Andrea Prodan: Después de trabajar como una especie de patovica, se fue al Virgin

de Marble Arch, que fue el primer local de Virgin grande. Tenía el banquito de los

singles y Luca trabajaba allá. En esa época, con John Peel, él descubrió todo el punk,

era increíble. Lo escuchábamos a las diez a la noche: “Ayer estaba en un pub,

escuché a una banda y me dieron este demo: Buzzcocks”. Luca se dedicaba a

descubrir todo, lo que decías lo anotaba. Yo le decía: “Luca, escuché a esos tipos”.

“Sí, Circle Jerks, te consigo”. Ahí empezó a afanarse discos para él, para amigos,

para mí, y en un momento el dueño del negocio, un tipo que se llamaba Branson y

que ahora es millonario, le dijo: “Hermano, pará un poco…”. No lo echaron

directamente, fue de común acuerdo, y él se quedó con colecciones de discos

rarísimos de los Sex Pistols y de XTC, un grupo que Luca adoraba. Cuando salió el

EP 3D, lo primero que publicaron, una mañana lo puso en casa: “Decime, ¿qué te

parece esto?”. “Está buenísimo, ¿quiénes son?”. “Voy a averiguar, quiero

conocerlos”. Más adelante me dijo: “Los conocí, Andy Partridge es re amigo, vas a

ver que son supereléctricos”. Después sacaron el primer disco y Luca estaba

enojadísimo, no le gustó nada. “Qué mierda, hicieron un disquito, pierden toda la

energía que tienen en vivo”. Se calentó y les dijo que eran unos tarados. No quiso

escucharlos más. Me dijo: “No, qué te voy a presentar a esos tarados que no saben lo

que están haciendo, cagaron su gran oportunidad”. Muchos años después, cuando

vine a la Argentina en el 82, le traje English Settlement y le puse “Living Through

Another Cuba”, sin decirle nada. Estábamos en Hurlingham, en la habitación roja

donde vivía él. Luca estaba haciendo otra cosa, escuchó y me preguntó qué era.

“XTC”. “Ah, ¡ellos! Bueh... Algo bueno tenían que sacar”.

Timmy MacKern: En esa etapa de Londres, buscábamos en la Melody Maker qué

había para ir a ver y sacábamos entradas con meses de anticipación. Vimos mucho a

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Van der Graaf, que era una banda más chica y tocaba en lugares muy chicos. Tenías

que moverte para verlos: tocaban en gimnasios, por ejemplo, cosas raras. También

íbamos a ver a Genesis en algunos estadios, a Weather Report, todo muy mezclado.

Después veíamos a Henry Cow, varias veces vimos a Robert Wyatt cuando ya estaba

hecho pelota, en silla de ruedas. En Londres, Luca tenía pocos amigos, apenas dos o

tres. En realidad, Luca era el diablito con nuestros amigos, se peleaba y no venían

más. Había un amigo de él, que era un amigo en común, que decía: “Luca es un

diablo, olvidate, es malo”. Tenía esa parte: si estabas en su círculo de amistad te

llevabas muy bien, pero si le caías mal… Si por ejemplo venía uno medio intelectual,

Luca lo peleaba. Tenía con qué hacerlo, porque era muy culto. Nuestra vida consistía

en buscar qué fumar o tomar, toda nuestra vida pasaba por ahí, pasábamos muchas

horas encerrados. También estaba Linda, que era su novia de la secundaria, una

chica inglesa que tenía al padre en Roma. Recuerdo que se peleaban mucho, pero

nada fuera de lo normal. Ella también trabajaba, de alguna manera lo mantenía a

Luca, además de que Linda manejaba y tenía auto. Yo tenía una combi y se movía

con ella o conmigo a todas partes. Luca nunca manejó, creo que porque le resultaba

más cómodo no saber. No tenía auto ni le interesaba comprarse uno, aunque si

hubiera manejado y se lo pedía al padre, le compraba un auto seguro.

Andrea Prodan: Luca a veces trabajaba como guardia de seguridad, y con esa plata

se compraba sus cosas, que eran básicamente discos y drogas. También estaba la

plata que le daba el gobierno, porque él decía que tenía familia, que tenía hijos en

Inglaterra, y en ese período eran tan crédulos que el gobierno le daba una plata por

semana por ese tema. Él la usaba para comprarse hachís y otras cosas. Decía: “Me

llegó la plata. Me compro otros diez discos y me quedo los primeros cinco días de la

semana escuchándolos, invito a mis amigos a drogarnos y listo”. Tenía unos amigos

con un estudio de grabación chiquitito, armado en la casa de uno, e iban a tocar. Yo

tengo unos temas que hizo Luca en Londres.

Marcelo Gasió: Luca tenía la capacidad de hablar con un liny era o con el presidente

de la Nación y ponerse al nivel de esa persona. Podía hablarle en los mismos

términos sin ser soberbio ni hacerse el vivo. Se convertía en un par de la persona con

la cual estaba hablando, en un buen sentido. Teníamos charlas, más que nada cuando

terminaban los shows, y tomábamos cerveza. Todo el mundo le preguntaba cosas de

Inglaterra, de cuando era chico, que él vio a los Sex Pistols, que Sid Vicious era un

pelotudo, que él estaba en el disco de Van der Graaf, que él grita y se escucha la voz.

Vos decías: “¿Este tipo me está caminando? ¿Será verdad?”. Aparentemente era todo

cierto.

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Stephanie Nutall: Luca seguramente vio en vivo a Joy Division. Yo los conocía

personalmente, no éramos amigos pero pasábamos el rato juntos porque ensayaban

en el cuarto opuesto al nuestro. Con Josey, el bajista, la otra chica y Nigel, nos

veíamos todo el tiempo. Estábamos aburridos, íbamos a visitarlos y jodíamos juntos.

Luca no los conoció a ellos. Ellos decían que yo era la novia del baterista, pero nunca

salí con ninguno de ellos. Vi algo sobre eso en Facebook hace algunos meses.

Pusieron algo sobre Joy Division, hablando de la música, y después alguien comentó

que yo era la novia de fulano. Yo escribí en inglés: “¿Podría alguien aclarar que

nunca fui la novia de ninguno de ellos?”. Tuve una relación, sí, pero nada permanente

que pueda considerarse un noviazgo.

Nora Fisch: Luca hablaba reiteradamente de Lou Reed, con tremenda admiración.

Su influencia se ve en la música de Sumo. También admiraba mucho al reggae, a los

rastas, que en ese momento, en Londres, estaban muy de moda. Y por supuesto Jim

Morrison era uno de sus referentes. Otra cosa que le encantaba era Monty Phyton,

un humor muy inglés.

Andrea Prodan: Creo que a Luca lo aburrían un poco los norteamericanos, pero

tenía montón de cosas de ellos. Le gustaban Neil Young, The Doors y Lou Reed, por

su fuerza espartana, su intelecto proletario. De los Doors le gustaba todo y creo que él

tiene mucho que ver con Morrison. Ese estilo, eso de entregarte a ese viaje de vida y

de muerte todo el tiempo. Luca tenía un manejo increíble del idioma inglés y una

sensualidad de la palabra, le gustaba elegirlas muy bien. Eran muy parecidos, veo

mucho en común entre ellos, aunque con un poco menos de sentido del humor de

parte de Morrison. Luca también tenía más onda, me parece. El primer Genesis le

gustaba muchísimo también. The Lamb Lies Down On Broadway y Nursery Crime

eran dos de sus preferidos. Vio muchas veces a Genesis. Otra de sus bandas

preferidas era Roxy Music, sobre todo la primera época, cuando eran re adelantados.

Salieron todos de la Art School de Londres, eran cultos, habían leído un montón.

Norberto Cambiasso: Luca vivió todo ese proceso en Londres, estuvo en el centro de

la tormenta. Era fan de Yes y de Van der Graaf, seguía las giras de Van der Graaf,

pero vio el proceso del punk y lo vivió en carne propia también. Porque no es que

después se va a aggiornar progresivamente, sino que va a adoptar algunas cosas,

como un protagonista directo. Johnny Rotten también era fanático de Peter Hammill,

¿no? Esa idea de que hay una discontinuidad absoluta entre el punk y lo que vino

antes… Hoy sabemos que es una idea tirada de los pelos. Sirvió en su momento, en

particular en 1977, como retórica tanto de las bandas, de los managers y de la propia

critica, para decir “acá hay algo nuevo”. Pero cuando uno se pone a rastrear la

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historia, vas a encontrar toneladas de continuidad, digamos. Nick Mason, el baterista

de Floyd, produce un disco de los Damned. El primer punk no tenía una credencial

tan callejera como la que se le pudo atribuir después. Los primeros grupejos

formados hacia el 75 tenían que ver con estudiantes de arte desilusionados de todo lo

que había venido antes, pero estudiantes de arte al fin.

Andrea Prodan: En una época, Luca tocaba en distintos grupos progresivos, se

juntaba con un grupo de gente que tocaba eso, gente de Canterbury. Las bandas

italianas que le gustaban eran Premiata Forneria Marconi y Banco del Mutuo

Soccorso. También había una chica muy interesante, que se llamaba Jenny Sorrenti,

que era la mujer o la hermana de Alan Sorrenti. Obviamente, escuchaba muchísimo

a Lucio Battisti, y John Marty n le encantaba. También me acuerdo de que leyó a

Leonard Cohen y que el libro Hermosos perdedores le había gustado mucho. En esa

época yo lo veía por períodos, todavía vivía con mis padres, y nos encontrábamos en

las vacaciones o en algún fin de semana largo en el que yo iba a Londres a ver

conciertos con él. Le gustaba mucho el reggae, que era la única música compatible

con el punk. Ahí empezó a decir: “Está buenísimo esto, con tres acordes expresás

ideas”. Empezó a entrar en mi territorio, que era el punk, porque y o estaba copado

con eso. Yo viajaba cuando podía, pero como él estaba al pedo en Londres veía a

todos. Tenía un departamento al que iba muchísima gente, algunos eran amigos

suyos, porque él cocinaba muy bien y siempre tenía buenas drogas. Su casa era

como un hospicio, en la casa de Luca siempre había unos paquistaníes, unos

franceses de paso, un grupo punk amigo… Nunca estaba solo. Era muy generoso y al

final se cansó de que se aprovecharan tanto de él. Los ingleses, al ser medio

amarretes, muchas veces se quedaban por semanas.

Alfredo Rosso: Cuando Luca era disquero, Kevin Coy ne era uno de los grupos que

Virgin intentaba mover.

Rodrigo Espina: Me pasó que muchos me dijeron: “No, loco porque a mí Luca me

dijo que era amigo de Stewart Copeland”. Siempre les digo: “Loco, creéla, creéla

porque es verdad”. Además Luca no era cholulo, no te iba a decir: “Porque mi

amigo Stewart Copeland…”. Es más, cuando Sting vino a la Argentina lo buscó y no

lo encontró. Miles Copeland, el hermano de Stewart, está casado con una argentina.

Stewart viajaba a comprar caballos de polo, venía a la Argentina seguido, siempre

quisieron ubicarlo y no lo encontraron. Me acuerdo que Luca vio el recital de Sting

en River y decía: “Qué asco, es un profesor de gimnasia. Sting parece un profesor de

educación física. Es muy sano, muy sano…”. Vimos ese recital juntos, en la tele de

mi oficina. A Luca no le gustó nada.

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Stephanie Nutall: Crecí en Manchester y me mudé a Londres en 1980. En

Manchester trabajaba en una oficina y los viernes a la noche viajaba por el fin de

semana a Londres. Trabajaba para el NL (Ingresos Públicos del Gobierno), el

organismo que cobra impuestos y esas cosas. Disfrutaba mi tiempo y visitaba a la

gente allá. Después, todos los domingos a la noche tomaba el micro y el lunes a la

mañana estaba de regreso para trabajar. La estación de micros estaba cerca de mi

casa, en el centro de Manchester. Hice eso durante unos seis meses, después pensé

que tal vez con Manicured Noise trabajaríamos juntos en Londres y me mudé. No

tenía un lugar para vivir y alquilé un cuarto en la casa donde vivía Luca. A Luca le

encantaba reírse y decir pavadas. No todos apreciaban ese tipo de humor, pero y o sí.

Hacía voces cómicas, imitaciones, era muy gracioso de verdad. También podía ser

tímido por momentos. Le encantaba cocinar y me enseñó muchas recetas. En

Inglaterra, cada vez que él se ponía a cocinar abríamos una botella de vino barato o

fumábamos un poco de marihuana. Luca no había empezado a tomar drogas duras

todavía, pero ambos tomábamos mucho alcohol. Lo recuerdo cocinando un guiso con

albóndigas o cualquier cosa, haciendo bolas de masa hervida, lo que en inglés se

llaman dumplings. Una vez, estaba haciendo un guiso de estos y usó una harina que

había estado en la alacena durante mucho tiempo. Estaba llena de gorgojos, de esos

que recién descubrís cuando estás cocinando la harina. Nos llamó: “Steph, Linda,

¡vengan a ver esto!”. Estaba lleno de bichitos flotando en el guiso. Agarró uno, se lo

comió y nosotras dijimos: “¡¿Qué estás haciendo?! ¡Estás loco!”. Él masticaba y nos

respondió: “Es solo proteína, no hay nada malo con eso”. Para mí, eso resume a

Luca.

Andrea Prodan: Un día fui a tocar percusión con New Clear Heads. Tocaban por

pubs y el problema es que Luca al tomar heroína en ese período, no “crecía” nunca.

Se contentaba con eso: salir a tocar un poco y listo. No quería ser famoso. Lo

interesante es que todos los amigos de mi hermano, y los míos también, nos dábamos

cuenta de que tenía un talento de la puta madre. Me acuerdo que Stewart Copeland

era amigo de Luca y que otro amigo en común hizo la primera batería que Stuart

usó. Era una batería transparente, que no sonaba muy bien pero era hermosísima.

Esos tipos, incluido Sting (o Gordon, que es su verdadero nombre), venían a la casa

de Luca. Me acuerdo que un día estaban tirados en el piso de su casa y Luca agarró

como siempre la guitarra.

Stephanie Nutall: La casa de Luca estaba en Kew Bridge, cerca del río. Era chiquita

y le alquilé un cuartito. Era una época triste, porque conocí a Luca justo después del

suicidio de Claudia, su hermana. Luca iba y venía, no sabía mucho de su vida. Me lo

cruzaba en esa casa y probablemente fui a verlo a uno o dos conciertos. Él estaba

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con la heroína, así que no parecía demasiado presente. No sabía bien qué hacía Luca,

tenía sus cosas y no las comentaba mucho. Lo veía dar vueltas por la casa, era muy

divertido, muy gracioso. Pero cuando consumía heroína era escalofriante. Una vez,

Linda viajó y me quedé sola con él. Antes de irse, ella me dio instrucciones para

saber qué hacer en caso de que Luca tuviera una sobredosis. No podía estar en el

mismo cuarto cuando se iny ectaba, pero después me quedaba con él y era

terrorífico. Por suerte, nunca pasó nada serio. Su vida era la heroína. Desaparecía

por días enteros, todos sabíamos que tenía un montón de novias.

Andrea Prodan: Luca tenía a la provocación como arma, pero no al pedo. Lo hacía

para despertar en la gente su parte viva. Le gustaba ver cuando a la gente se le

prendían luces. Siempre decía: “Estás vivo, aprovechá, tenés que probar todas las

drogas. Yo no puedo porque estoy hecho. Tomo algunas cosas que me alteran

físicamente, pero no estoy bien. Vos podés probar todo, excepto la heroína, porque te

enganchás y después chau. Pueden pasar diez años que no la tomás más, pero llega

uno y te la regala y listo, podés matarte ese día”.

Stephanie Nutall: Luca era un y onqui. Sin dudas. Pero era alguien diferente del

resto. En Londres estaba la gente más exótica, pero incluso se distinguía del resto en

ese contexto. Era mitad italiano y mitad británico. Cuando no consumía heroína era

muy entretenido estar con él, le gustaba hablar, era muy inteligente, gracioso, le

gustaba hacer jodas… Ah, imitaba muy bien a otras personas, usando diferentes

voces. A mí me gustaba escuchar sus historias de cuando estaba en Italia. Me contaba

por qué tenía marcas en el pecho, que estuvo en la cárcel por un tiempo en Italia

porque se escapó del servicio militar y que por eso se fue a Inglaterra. Que después

volvió a Italia pero que lo arrestaron de casualidad: creo que estaba en un accidente

de auto y que lo arrestaron cuando llegó la policía para evaluar la situación. Estuvo

preso durante un año. En la casa que compartíamos, Luca tenía un radiador para

calentar la heroína, que un día se le cayó encima y se quemó bastante. Tenía sus días

buenos y sus días malos. Cuando atravesaba momentos oscuros desaparecía y

visitaba a alguna novia. Pero cuando estaba de buen humor hablaba y era muy

sociable.

Andrea Prodan: Su casa de Londres tenía ese olor de las casitas típicas de Londres.

Era el 30 de Thames Road, en un barrio residencial, lindo. A nuestros padres les

gustaba decir: “A nuestro hijo le compramos una casa en Strand-On-The-Green”. La

verdad es que la casa estaba atrás de Strand-On-The-Green porque salía mucha

menos plata. Él siempre decía: “¡Qué boludos que son!”. Estaba sobre el río, cerca

de los Kew Gardens. Atrás, en una calle medio chota. Era esa típica casita inglesa,

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mitad pintada de rosa, mitad amarilla, separada por un jardincito atrás y un pequeño

jardincito adelante, con luces bajas y ese olor fortísimo a marihuana emanando de

todos lados. Cuando los domingos venían mis padres a comer, él abría todo, echaba

spray. Retiraba la evidencia. Tenía como ocho gatos meando por todos lados,

haciendo quilombo. Luca adoraba a los gatos. También había amigos. Llegabas y te

encontrabas con tres paquistaníes en la cocina o con italianos que conocía y

terminaban viviendo con él.

Stephanie Nutall: Luca no era un adicto típico. Nunca robó. Él pedía. Muchos adictos

roban y no son confiables. Yo creía en Luca instintivamente. No quería tener nada

que ver con los drogadictos, porque muchas veces causan problemas. Pero él nunca

tocó algo mío. Luca tenía principios fuertes, aunque era muy libre en otros sentidos,

pero en cuanto a sus amigos y su respeto… Bueno, quizá no respetaba a las mujeres

como debió haberlo hecho, pero si alguien lo maltrataba se sentía herido. Era capaz

de hacer cualquier cosa por sus amigos, era muy generoso. También lo era con su

propio talento.

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El hombre elefante. Fotomontaje de Timmy MacKern con Luca como modelo en

Kew Gardens. Londres, 1974.

(Gentileza de Timmy MacKern)

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Capítulo 6

Londres III

“Yo viví siete años en Londres y tuve que dejar todo y venirme porque la heroína me

estaba matando. La heroína es la mamá eterna, es como el útero que te protege…

Con ella no se jode, por algo es la segunda droga en importancia, la primera es el

poder”.

Luca Prodan.

Como en varias películas de Stanley Kubrick, en donde el deterioro del mundo

exterior mantiene un lazo con el pulso de tragedia que acosa a los protagonistas, Luca

Prodan vivió en Londres su propio romance mortal con la heroína, mientras Gran

Bretaña transitaba una de sus peores crisis institucionales. En el cierre de una década

fatídica en materia económica con cifras récord de desempleados y un alto costo

social, la disputa entre laboristas y conservadores alcanzó su máximo nivel de

hostilidades cuando el Primer Ministro, James Callaghan, anunció el aplazamiento de

las elecciones generales y, desde el ala más intransigente de la derecha, Margaret

Thatcher calificó a sus contrincantes como “gallinas”. El año 1978 no pudo terminar

peor. Bautizado como el “invierno del descontento”, el país quedó prácticamente

paralizado por las huelgas generales. Para colmo de males, Callaghan fue derrotado

por un voto en la “moción de censura”, planteada con la intención de ganar tiempo y

postergar por unos meses las elecciones. La estrategia fallida de los laboristas no hizo

otra cosa que acelerar el meteórico ascenso y el posterior triunfo de Thatcher en los

comicios del 3 de mayo de 1979, cargo que mantuvo hasta 1990 con la férrea

aplicación de políticas monetaristas, represión a los sindicatos y un nacionalismo

exacerbado. También una guerra contra la Argentina, que mantuvo a flote al

gobierno conservador en el momento más adverso de la gestión de la Iron Lady (la

“Dama de Hierro”) durante su primer mandato en el número 10 de Downing Street.

Luca apenas conoció el embate thatcherista, y es difícil establecer si fue capaz de

percibir el progresivo daño social que padeció el Reino Unido durante toda la década.

Lo suy o estaba más asociado a lidiar con la heroína y enfocarse como músico, a

pesar de estar desilusionado del negocio del rock y un poco atado al estigma clasista

de su origen: Luca sufría de modo silencioso la imposibilidad natural de ser un

working class hero por la sencilla razón de pertenecer a una familia adinerada, juicio

de valor que la generación punk aplicaría a sus acólitos con rigor. Traumas aparte,

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muchas de sus primeras canciones tienen la pesadumbre de un tiempo final, una

mirada gris que iba más allá de la rutina inestable del clima londinense. La crisis

británica nunca se detuvo, atravesó la década del 70, y ese paulatino telón decadente

ya anticipaba que allí no ocurriría nada bueno a futuro.

Italia tampoco era un vergel de esperanzas en los primeros años 70. A medida

que la década avanzaba, el país se acercaba peligrosamente a un tiempo crítico

dominado por una escalada de violencia entre las Brigadas Rojas y el gobierno del

demócrata cristiano Giovanni Leone. Las revueltas estudiantiles del Mayo Francés y

los ecos de la primavera de Praga inspiraron un tiempo de acción para la izquierda

italiana, que y a tenía una tradición de lucha que ni el poder criminal de Benito

Mussolini pudo aplacar. De las primeras actividades propagandísticas y de denuncia,

el brazo militar de la izquierda más virulenta representada por las Brigadas Rojas

pasó a la lucha armada con acciones diversas y 1978 será el punto más álgido de una

escalada a sangre y fuego. La foto del cuerpo sin vida de Aldo Moro en el pequeño

baúl de un Renault 4 conmovió a medio planeta: el líder demócrata cristiano estuvo

casi dos meses en cautiverio y el 9 de mayo su cuerpo fue encontrado por la policía

romana frente a la puerta de entrada de la casa de la familia Prodan, en la esquina

laberíntica que bordea a la Iglesia de Santa Caterina dei Funari en la intersección de

las calles Michelangelo Caetani y Funari. Las Brigadas Rojas se lo adjudicaron,

aunque el futuro demostró que detrás del secuestro existía una trama siniestra con la

participación de la CIA, sectores ultraderechistas y hasta dirigentes cercanos a Moro,

que se oponían a la alianza con el Partido Comunista Italiano que proponía el líder

cristiano-demócrata, en una clara intención de pacificar al país y salir de una grave

crisis. Bajo ese manto espeso, el regreso de Luca a Roma pendía de un hilo, porque

del otro lado de los Alpes lo esperaba una condena del ejército italiano y algo mucho

más doloroso: comprobar, in situ, la lista de amigos caídos en combates de heroína.

A pesar de tantas perspectivas funestas, la última temporada de Luca en Londres

traería un respiro, sin desconocer los típicos giros imprevisibles de una vida con

mecanismo de ruleta. En 1979 participó como invitado en un simple de los New

Musik, un grupo de synth-pop más cercano al estilo The Korgis o los afamados The

Buggles que a los gustos electrónicos de Luca, mucho más interesado en la

experimentación industrial de Throbbing Gristle o la evolución punk-tecno de los

primeros Ultravox. Aquí primó la cercanía de Luca con Julie Mansfield, su novia de

ese momento, y hermana del cantante de la banda. Tony Mansfield necesitaba voces

para repetir de manera hablada “They Don’t Want Your Name” (“No quieren tu

nombre”), la arenga de una canción anticapitalista llamada “Living by Numbers”,

donde participaron varios amigos del grupo (Luca es el tercero en repetir la

consigna). La canción llegó al puesto número 13 del chart británico y Luca pudo

escuchar por primera vez su voz en un disco, tal vez captar alguna pasada radial del

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tema y, lo que es más improbable, hasta ver el video que registraron los New Musik,

que luego de editar su segundo LP decidieron separar la banda. Mansfield continuó

trabajando como productor de una larga lista de artistas que incluy e nombre como

los de Aztec Camera, The Damned, A-Ha y hasta Miguel Bosé.

La escala final de una canción biográfica que —con interrupciones— podría

llamarse “Siete años en Londres”, terminó en el Charing Cross Hospital en la

Navidad de 1979, en medio de una huelga general que también alcanzó al antiguo

establecimiento utilizado como hospital escuela para estudiantes de medicina. Luca

sobrevivió de manera milagrosa a un coma hepático, producto del terremoto interno

que provocó la heroína en su cuerpo. Fue tal la fragilidad de su estado que los

médicos recomendaron no moverlo ni administrarle ningún tipo de analgésico ni

sonda: había llegado al equilibrio perfecto en el que la heroína no admite ningún

agente externo. Acompañado únicamente por su madre y algunas plegarias, Luca

empezó a mejorar. Su piel adquirió un color amarillo, los ojos tomaron una tonalidad

naranja y el hígado se convirtió en la joya más frágil de un cuerpo devastado. Así

subió al avión que lo llevó de vuelta a Roma. Las autoridades británicas lo deportaron

y en el aeropuerto de Fiumicino los militares italianos lo esperaban para cumplir con

una vieja deuda. Sin escapatoria ni pasaporte, Luca terminó su recuperación en el

hospital militar de Celio. Pero cuando parecía que la suerte estaba echada apareció

una carta salvadora: hartos del expediente Luca Prodan, el ejército lo eximió de sus

responsabilidades castrenses y lo declaró enfermo mental a través del artículo 28b.

De ahí en más, ya no podría votar ni desempeñar empleos estatales.

La carta que seis meses antes le había enviado a Timmy MacKern empezó a

tomar sentido y forma. En plena etapa de abstinencia, unas vacaciones en la

Argentina podían aplazar por un tiempo la tentación de volver a caer en la heroína,

tan a mano en las calles romanas. Los tiempos se aceleraron cuando su amigo

Duccio fue detenido en el Campo dei Fiori por tenencia de drogas. El entorno más

cercano comprendió que Luca correría la misma suerte. No tuvo mejor idea que

pagar el pasaje de avión de Luca a Buenos Aires y quitarse un problema de encima,

mientras noviaba con Michela. Práctico y generoso, el aristócrata es el principal

responsable del aterrizaje de Luca en suelo nacional, otra jugada sobre la hora y la

certeza de que ahí mismo había comenzado una cuenta regresiva impensada, siete

años otra vez, pero en este caso en el extremo sur del planeta, muy lejos de todo lo

conocido. Antes de partir o, tal vez, en el medio del Atlántico, encerrado en un baño,

Luca respetó el protocolo y onqui y se iny ectó el último pico de heroína.

Stephanie Nutall: Luca se dio la última iny ección en el avión, cuando viajó por

primera vez a la Argentina. Cissie, la madre de Luca, necesitaba llevarse a Luca a

Italia de nuevo. Era una mujer fuerte, pero el estado de Luca era terrible. Si no

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dejaba la heroína se iba a morir. Londres y Roma lo volvían loco, y él quería

escapar.

Andrea Prodan: Y se sube al avión. El novio de mi hermana le pagó un boleto de

ida. Era muy fuerte saber que le estaba pagando un vuelo solamente de ida. En un

punto, para mi familia fue un gran alivio verlo ir, porque realmente se había

enredado en tantos quilombos entre Italia, Inglaterra, las cárceles, su vida y las

muertes, que era la última y única esperanza.

Diego Capusotto: Un tipo que a los 28 años tuvo un coma hepático, una hermana que

se murió de un pico de heroína y que viene de una escena de Europa donde se ponen

en fila para que les explote la cabeza, es un tipo que no se come ninguna. No es

alguien que tiene la formalidad del discurso probablemente armadito o

contemporizador. Me parece que es tu propio salvajismo frente a un mundo que no te

cierra, que no te gusta.

Andrea Prodan: A fines de los 70 en Europa hubo una especie de resaca, una

depresión generalizada, que agarró a muchas personas. Había entrado fuertemente la

heroína, que en Italia estaba rampante. De hecho, ya había matado a varios amigos

de Luca. Luca empezó con la heroína en Londres, después intentó curarse, se pasó a

la metadona, al alcohol… Fue una época muy fea. Entró en ese coma hepático, que

duró una semana, y ya lo daban por muerto. La película de Rodrigo Espina cuenta

esto, y logra comprimir muy bien algunas cosas muy difíciles de contar. Es un

documental maravilloso. Este coma hepático prácticamente mató a Luca, porque

cuando salió de eso fue como un milagro. Mi papá no estuvo con él porque se había

ido a vivir a Italia, prácticamente separándose de mi madre. Entonces, mi mamá se

quedó con este hijo amarillo con ojos anaranjados, enormes… Parecía Homero

Simpson, estaba todo amarillo con dos pelotas naranjas gigantes en los ojos… Lo

echaron de Inglaterra estando en mínimas condiciones de salud. Volvió a Italia y lo

metieron preso, nuevamente, como tantas veces en el pasado. Para nosotros, esta

situación cambió todo, porque pasamos de una época dorada, esos años tan hermosos

de nuestra infancia y nuestra juventud, a una Italia con muchos amigos muertos, con

una lucha terrible de la clase política, las brigate rosse, la derecha italiana, un país

muy denso, con mucha policía en la calle, mucho ejército en todos lados.

Lila Riquelme (esposa de Alejandro Sokol): En una época hablábamos mucho y una

de las cosas que me más me impresionó fue cuando me contó que estuvo en coma.

Decía que estaba como en un sueño, en su cuarto, en la casa de la madre. Contaba

74


que en sus sueños tenía luchas con el bien y el mal, que escuchaba unos pasos que

subían por la escalera, y que él pensaba que esos pasos eran de Satanás. Todo esto

me lo contaba en el cuarto rojo de esa casa enorme que tenía Timmy, donde había

cincuenta millones de velas prendidas. Te asustaba. Luca tenía esa creencia en los

espíritus que nos rodean, siempre hablaba de esas cosas, igual que Stephanie… Me

parece que eso es muy inglés. Decía que él escuchaba esos pasos que iban subiendo

la escalera, que se acercaban a la puerta del cuarto y que cuando se abría la puerta

entraba su mamá… Por la forma de contarlo, parecía que era el mismo demonio

que quería llevárselo. Como si Luca sintiera que lo venían a buscar. Yo me imaginaba

a la madre abriendo la puerta… Contaba que cuando la vio, él despertó y que a partir

de ahí empezó a querer volver a vivir. Me impresionó mucho cómo me lo contó,

porque se emocionó. Fue la primera vez que me habló de algo tan íntimo, porque en

general era bastante jodón…

Nora Fisch: Hay un cierto grado de auto-mitificación con respecto a ese coma. En

conversaciones posteriores, Luca me contó que tuvo uno pero que fue por una

enfermedad, no por sobredosis. Aparentemente su cuerpo no podía liberar toxinas

por una enfermedad hepática o digestiva, estuvo a punto de morirse. Me contó que su

madre estaba con él, así que debe ser este mismo episodio. Durante el coma tuvo una

especie de visión, la sensación de estar en un lugar con túneles texturados, con cosas

que salían de la pared y ver luz radiante al final de los mismos. Él lo interpretó como

una especie de representación de sus órganos enfermos. Hay bastante escrito y

documentado sobre gente que está en situaciones al borde de la muerte y cuenta esta

historia: ven como una especie de luz blanca al final de un túnel que los atrae y les da

una enorme sensación de paz y de alivio.

Lila Riquelme: Luca era muy reservado con sus cosas y venía de un sufrimiento

muy groso con la heroína. Una de las cosas que me dijo fue: “Nunca jamás en tu

vida pruebes la heroína, porque después no vas a encontrar nada más lindo en el

mundo. Nada va a ser mejor más que eso”. Sentí que estaba diciéndomelo de

corazón, para evitarme el sufrimiento que él tenía.

Stephanie Nutall: Luca se llevaba muy bien con las mujeres. Es un don que tienen

algunos hombres. Son muy relajados con las mujeres, incluso siendo tan infieles

como lo era Luca. Él era una persona muy complicada, sobre todo con sus humores,

y tenía una novia para cada uno de sus estados de ánimo. Luca se interesaba mucho

por las personas, le gustaba conocerlas en profundidad, le gustaba ser sociable.

Podías enamorarte muy fácilmente de él, porque era muy carismático. Era lo

mismo que transmitía en el escenario. Estabas con él y te sentías inspirada por sus

75


ideas. Tenía muchos amigos, hacía relaciones muy buenas. Pero la heroína lo

convirtió en alguien irresponsable. Bueno, él y a era irresponsable y siempre le gustó

divertirse. Pero siempre me pareció que estaba escapándose de algo y que la heroína

le servía para esa huida. Quizás se escapaba de su niñez o de su familia, no podría

juzgarlo eso, ni siquiera comentarlo demasiado porque no lo sé. Solo digo que, en un

nivel superficial, era evidente que estaba tratando de escaparse de algo todo el

tiempo.

Claudia Gernhardt: Un día me contó el efecto, el proceso y lo que era la heroína.

Me hizo prometerle que yo nunca iba a probar. Me dijo: “¿Vos me lo jurás hoy ?”. Le

respondí: “Te lo juro”. Y siguió: “Porque es una droga para personas muy sensibles,

y vos sos muy proclive para estar en eso”. Años después, un día vino una chica de

España, amiga de Willy Crook o de uno de ellos. Yo estaba en Villa Gesell y tenía, en

un cuadro, una fotito de Luca. En un momento, y o estaba lavando ropa, de espaldas a

esta piba, y ella abrió una agenda o algo así. Me di vuelta y me dijo: “¿Querés?”. Yo:

“¿Qué es?”. No me di cuenta. “Heroína”, me respondió. Levanté la cabeza, miré el

cuadro de Luca, y le dije: “No, gracias”. Pero quería ver, porque y o nunca había

presenciado cómo se consumía. Ella tenía muy poco, una cosita de nada, aunque no

sé cuánto se necesita para consumir. Ahí entendí la canción de los Stones “Brown

Sugar”. Fue la única vez que vi heroína. Mientras le decía: “No, no, no, gracias”

buscaba los ojos de Luca en el cuadro, que parecía que estaban mirándome.

Andrea Prodan: Luca deja una Inglaterra gris para meterse en una Italia igualmente

gris. En ese momento empieza a componer otra vez canciones, que son todas

bastante fuertes, aunque no las recuerdo del todo. Cuando estaba en su casa, a veces

cantaba con él. Una de las canciones que compuso se llama “No Time” y era muy

buena. Ya estaba con eso: “No tengo más tiempo/ Esto se acabó”. Era como una

plegaria en la que pedía un poco más de tiempo para poder hacer algo con su vida.

Es algo que repite en la canción dedicada a mi hermana Claudia, cuando dice: “Por

favor, dame una oportunidad de salir de este gris y de hacer algo”. Lo que vino

después es lo que se sabe: la Argentina, como el sol que está en su moneda, en su

bandera, en todo, fue el país que le dio la posibilidad, que le dio ese tiempo. Tal vez no

fue demasiado, pero sí el suficiente como para pasar de la bosta de Europa a crear la

flor que pudo hacer acá.

Stephanie Nutall: Recuerdo a Luca y a su perro, que sacó de la calle. El perro

también adoraba a Luca y se quedaba siempre con él. Era un perro loco, como él.

Luca lo cuidó mucho.

76


Luca Prodan: Para la ley italiana, yo soy un enfermo mental. Cuando me quisieron

meter en la colimba dije no. Por eso estuve preso hasta que me agarró un médico y

me dio el artículo 28b, que quiere decir que soy un enfermo mental. El 28a era puto

y el 28c, drogadicto. A mí me pusieron el “b” y me avisaron que a partir de ese

momento no iba a poder votar más ni laburar en empleos públicos. Me cagué de

risa… ¡Qué éxito!

Timmy MacKern: Cuando llegué a la Argentina, después de la muerte de mi padre,

me puse a trabajar en el negocio familiar porque descubrimos que el socio de mi

padre nos estaba robando todo. Teníamos una fábrica metalúrgica en Wilde,

hacíamos válvulas. Me metieron ahí para meterle algo de presión al socio este y

tener presencia. Yo estaba trabajando ahí y de golpe me casé, mi mujer quedó

embarazada y nos fuimos a Córdoba. Abandoné la fábrica, dejé todo, y me instalé

en la casa que habíamos tenido de toda la vida. En Córdoba tuve a mi primera hija, al

año siguiente tuve a la segunda, y ahí reapareció Luca. Estaba muy complicado con

la heroína, había estado en coma hepático, todo mal. Me escribió y me contó que

estaba y éndose al carajo con las drogas.

Carta de Luca Prodan a Timmy MacKern:

“¿Como estás? Dios, ha pasado un maldito largo tiempo desde que nos comunicamos.

Lo que sea, vi a tu madre y tuvimos una pequeña charla, y me mostró una gran

cantidad de fotos, le pregunté, si era mi tiempo para decidirme a ir y poder verte, he

tenido un terrible maldito tiempo en los últimos dos años.

Te cuento, Linda y yo nos separamos en febrero de 1978, aunque estábamos

muy enamorados nos estábamos destruy endo, así que le pedí que se mudara, y lo

hizo. Después empecé a salir con Julie, cantante de una banda llamada Pin-Ups,

todavía estoy con Julie pero veo a Linda regularmente, dormimos juntos y cosas por

el estilo, me gustaría casarme y tener hijos, igual que vos, hombre afortunado, de

todos modos, estoy tan deprimido y genialmente jodido que empecé a darme con

heroína. Tu mamá me dijo que estás sembrando y sos un hombre de negocios. Estoy

seguro de que puedo ser útil. Linda está deprimida también, pero ella es la manager

de un grupo de rock con un gran potencial que se llama Manicured Noise, es como la

cola de la nueva ola del punk, pero hacen música muy interesante. Las compañías

discográficas están olfateando a su alrededor como locos y podría haber grandes

cosas por delante. Linda se encuentra de gira con ellos en este momento, y a ves,

Linda podría elegir a la banda en vez de a mí. A mí y a Argentina, eso va a romper

mi corazón, pero así es la vida. Estoy seguro de que esto va a ser una sorpresa para

vos… Podría gustarme compartir mi vida y trabajo con vos. De todos modos, pase lo

77


que pase, me encantaría ir de vacaciones, en el comienzo de noviembre. Frente a mí

tengo una foto tuy a y de Inés, y sus dos pequeñas. Y el perro negro, está al lado de la

silla blanca, en la que Inés está sentada y ella parece estar oliendo su axila, todos

están sonriendo, la imagen lo dice todo, espero que realmente sean felices como se

ven, estoy seguro de que lo son. En cuanto a mí, sigo siendo adicto a la heroína y no

la puedo dejar aún hoy, mientras estoy en Londres, sé que voy a volver a eso, porque

mi vida aquí es tan horrible. Cuando me despierto quiero empezar a limpiarme en la

clínica, te dan metadona, heroína sintética, para reducir lentamente las dosis, hasta

que estás limpio, voy a hacer la cura hasta el final para poder ir a Buenos Aires. La

heroína es el único problema que tengo cuando me quedo en este horrible Londres.

Por favor respondeme de inmediato, dejame saber lo que pensás, envía mi amor a

Inés y las pequeñas, ¿cuáles son sus nombres? Y a Diana y Peter y cualquier otra

persona que podría entender”.

78


La heroína en Luca

Por Sergio Gaitán (1).

La heroína fue sintetizada por vez primera en 1874. La insertó en el mercado el

laboratorio Bayer en 1898. La comercialización de heroína y de aspirina –

desarrollada y lanzada en esta misma época–, hizo de Bayer un monstruo

farmacéutico.

La heroína, al igual que la morfina, está considerada por los libros de texto de

Farmacología Clínica como un “analgésico opiáceo”. Paradójicamente, el

laboratorio promocionaba la utilidad de la heroína para el tratamiento de

morfinómanos, aunque también como analgésico, antitusivo y como sustancia “para

reducir el temor”. Químicamente, la heroína es “diacetilmorfina”. Esto significa que,

para producir heroína, hay que lograr una doble acetilación de la molécula de

morfina base, un proceso sencillo que no requiere de mayores costos. A su vez, la

morfina es un derivado del opio, que se extrae de la amapola (adormidera o papaver

somniferum).

Una vez diacetilizada, la molécula se vuelve mucho más soluble en grasas

(liposoluble), por lo cual pasa al cerebro más rápidamente y adquiere allí mayores

concentraciones. Seguramente, esta propiedad se relacione a cierto efecto

euforizante de la heroína, en contraposición al efecto más soporoso y sedativo de la

morfina.

Una vez consumida, al perder la doble acetilación dentro del organismo, la

heroína vuelve a transformarse en morfina. La morfina y la monoacetilmorfina son,

en última instancia, las moléculas que provocan los efectos de la heroína.

La heroína puede ser inhalada, fumada, inyectada (por vía endovenosa,

intramuscular o subcutánea) o administrada por vía rectal (práctica conocida con el

simpático nombre de plug-in).

Para ser inyectada, la heroína debe ser previamente disuelta en agua (o en

soluciones cítricas), calentada y filtrada.

Como analgésico, la heroína en estado puro es sumamente potente: 1 gramo de

heroína alcanzan para unas 200 dosis medias de analgesia por vía intramuscular (5

mg/dosis). En una persona no habituada al consumo de heroína, la dosis letal ronda

los 3 mg por kilo de peso, administrados de una vez.

Sin embargo, la tolerancia a la heroína es alta (al igual que sucede con otros

opiáceos). Esto significa que el Sistema Nervioso Central va adaptándose a la droga,

79


de manera tal que se requieren cada vez may ores dosis para lograr efectos similares

a los iniciales. Los consumidores crónicos pueden usar dosis diarias capaces de matar

a varias personas sin tolerancia a la heroína.

Este fenómeno de tolerancia es sumamente importante. Innumerables usuarios

de heroína han muerto por el hecho de haber dejado de consumir heroína

endovenosa durante algunos meses y, al pretender luego inyectarse nuevamente en

alguna ocasión, cometen el error de aplicarse de una vez su dosis habitual, es decir,

aquella que se iny ectaban cuando consumían crónicamente y presentaban una alta

tolerancia a la heroína.

Como todo buen opiáceo, la heroína se destaca principalmente por su notable y

potente poder analgésico. Es inevitable pensar en la heroína al ver a Sid Vicious

cortajeado en escena, a Iggy Pop lesionado y feliz en pleno show, o a Kurt Cobain

incrustándose sin reparos físicos contra la batería de Dave Grohl. La heroína provoca

un efecto inicial de placentera euforia (no observado normalmente con morfina),

seguido de algunas horas de importante sedación, relajación, analgesia y descenso

del nivel de conciencia (efectos más emparentados a la morfina).

Algunos efectos físicos no deseados de los opiáceos en general: disminución de la

intensidad y del ritmo respiratorio (es lo que desencadena la muerte a sobredosis),

constipación muy importante (como le sucedió a Elvis), náuseas, vómitos, mareos y

desmayos.

Respecto a los efectos psíquicos más subjetivos, es importante destacar un

párrafo de Antonio Escohotado:

“La satisfacción atribuida al llamado ‘flash’ de heroína me parece imposible sin

que se haya establecido antes una relación especial del sujeto con la aguja en sí, y

sin que haya también un grado previo de tolerancia. Pero esa relación con la aguja

(gracias a la cual preferirá, por ejemplo, iny ectarse heroína de pésima calidad a

aspirar heroína pura, si se lo pone en semejante disyuntiva), y cierto hábito ya

formado o en avanzada formación, siempre me han hecho pensar que un ‘flash’ es

ante todo interrupción de un desasosiego, y no tanto un placer positivo; faltará allí

donde falte la manía de inyectarse…”.

Los típicos efectos subjetivos incluyen desinterés o autosuficiencia sobre las cosas

habituales y “semisueños” tanto más breves cuanto mayor sea el grado de ebriedad

opiácea. Las dosis moderadas suelen inducir algunas horas de calma lúcida, abierta

al contacto con otros y a la introspección. Es como estar hibernando y despierto, al

mismo tiempo.

El efecto apaciguador de la heroína liquida preocupaciones y temores. Sin

embargo, todo abuso se paga al día siguiente con intensas cefaleas y debilidad. Luego

de un abuso inicial, la persona inexperimentada puede demorar 48 horas en

recuperarse totalmente, para lo cual deberá dormir todo lo posible. A dosis mínimas,

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no psicoactivas, la heroína suprime la tos de cualquier origen de manera fulminante.

“Morfina y heroína proporcionan o prometen algún tipo de paz interior, y abarcan

desde una sutil hibernación al plácido embrutecimiento”.

Para algunos autores, el efecto euforizante de la heroína incrementaría su

potencial adictivo respecto a la morfina. Los libros de texto de Farmacología Clínica

destacan a la heroína por su máxima dependencia psíquica y física, y por su máxima

tolerancia. Estos efectos, en su grado extremo, solo son comparables a los de otros

opiáceos (morfina), a los de los barbitúricos y a los del alcohol legal (el alcohol

presenta solo un poco menos de tolerancia respecto a la heroína, aunque comparte

con ella similar máximo potencial de dependencia psíquica y física).

La vía de administración endovenosa se encuentra asociada a un mayor grado de

abuso y dependencia. Algunas patologías cardíacas, como la endocarditis bacteriana

de aurícula o ventrículo derechos, se observa principalmente en usuarios de drogas

endovenosas (80% o más).

Abstinencia a la heroína en dependientes

Estudios realizados en 1928 indicaron que puede producirse un cuadro abstinencial

aparatoso, por decirlo de alguna manera, usando unos 250 mg diarios por el término

de un mes. Un sujeto con una fuerte dependencia física a la heroína o a la morfina

puede comenzar con algunos síntomas leves de abstinencia a las diez horas de la

última dosis. La sudoración, la rinorrea (goteo de la nariz), el lagrimeo y los bostezos

son frecuentes en este período de abstinencia precoz.

A las 16 o 18 horas de la última dosis, el sujeto dependiente suele conciliar un

sueño agitado e inquieto, en forma característica. Este particular sueño dura varias

horas, y el sujeto se despierta más agitado y triste que antes.

Para la heroína, el síndrome de abstinencia será máximo a las 72 horas, en

cuanto a la sintomatología física. En esta instancia, el sujeto se encuentra reducido a

un guiñapo cachivachezco, con marcada debilidad y depresión psíquica, anorexia,

insomnio, estornudos, fuerte lagrimeo, irritabilidad, violentos bostezos, náuseas,

vómitos, espasmos intestinales y diarrea, hipertensión arterial, escalofríos y notable

sudoración. La actividad pilomotora que produce ondas de “piel de gallina” es

prominente, y la piel se parece a la de un pavo desplumado. Este rasgo es la base de

la expresión cold turkey (pavo frío) para hacer alusión a la interrupción abrupta de

heroína, como en la canción de John Lennon.

En cuanto a los temblores es posible verlos, dentro del contexto clínico general, en

un sujeto durante un fuerte episodio de abstinencia a la heroína. Sin embargo, los

temblores no se destacan tanto como signo de abstinencia a opiáceos, siendo estos

muchísimo más frecuentes en relación a la abstinencia alcohólica.

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No se observan temblores durante el uso de heroína, así como tampoco es un

signo de sobredosis.

El coma hepático que sufrió Luca mientras aún vivía en Londres, que lo tuvo

suspendido al borde de la muerte, habla de un hígado y a muy afectado. Sin ninguna

duda, aquel coma hepático no fue ocasionado por la heroína ni por un consumo

desmedido de huevos fritos, sino por una ingesta masiva de alcohol. Luca llegó a la

Argentina escapando de la heroína, pero seguramente y a cirrótico. Su consumo de

alcohol siempre fue muy elevado, por lo que se sabe.

1- Médico Especialista Jerarquizado en Psiquiatría y Psicología Médica. M.P.112.866

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Timmy MacKern y familia en Córdoba. La foto que vio Luca y que lo convenció de

abandonar Europa para establecerse en las sierras.

(Gentileza de Timmy MacKern)

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Capítulo 7

Córdoba

“Un compañero mío de la primaria, Timmy MacKern, que ahora es el manager de

Sumo, vivía en una hermosa casa en las sierras de Córdoba; vine y me gustó.

Empecé a hacer unas grabaciones yo solo en el portaestudio y volví a Londres —en

realidad iba a comprar vacas—, y me di cuenta que había un hueco enorme en la

música. Ahí pensé en formar un conjunto. (…) Vine para ‘limpiarme’ de las drogas

fuertes (…)”.

Luca entrevistado por Claudio Kleiman para la revista Canta Rock número 34.

One-way ticket con destino a Buenos Aires, una parada previa al fin del mundo y la

desesperación en la garganta. El aterrizaje de Luca en suelo argentino es lo más

parecido a The Man Who Fell to Earth, la película en donde David Bowie interpreta a

Thomas Jerome Newton, un extraterrestre del planeta Anthea que llega a la Tierra

para buscar un modo de transportar agua a su planeta, devastado por una terrible

sequía. No es necesario seguir al pie de la letra la trama del film de ciencia ficción

para encontrar semejanzas y descifrar los efectos que provocó la súbita llegada.

Nada volvió a ser igual en la vida de todos aquellos que establecieron un mínimo

contacto con aquel tipo tan ajeno a la realidad de un país en dictadura, repleto de

exiliados internos y con el miedo adherido como un virus incurable.

En 1980, la Argentina era un país derrotado. El plan cívico-militar avanzaba sobre

las bases de la represión, las desapariciones forzadas y una devastadora política

económica de corte liberal. El gobierno del general Videla cumplió cuatro años en el

poder casi al mismo tiempo que Luca arribaba al aeropuerto de Ezeiza. Por aquellos

días de otoño, los diarios hablaban de una apertura en el diálogo político, pero no era

más que otra farsa para disimular una feroz interna por la sucesión presidencial entre

los cuadros superiores del ejército y la marina. En el llano, la vida continuaba bajo el

simple devenir de un tiempo lento: Timmy MacKern cumplió el ritual del

reencuentro con el amigo en problemas y aquella foto hippie junto a sus hijas y su

mujer, Inés Daffunchio, se transformó en una visa hacia el territorio libre de heroína.

Antes de cruzar las cumbres cordobesas e internarse en el valle de Traslasierra, la

comitiva y el invitado (todavía aturdido por la última dosis) pasaron por el feudo de

los MacKern en Hurlingham. La vieja casona familiar de estilo inglés volvió menos

bruscos esos primeros días de adaptación y abstinencia. Allí empezaron a caer

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algunos amigos de Timmy, entre ellos su cuñado y hermano de Inés: Germán

Daffunchio definía, a sus 18 años, un porvenir como marino mercante. Se parecía en

algo al italiano que no hablaba con nadie: la idea de fugarse de todo lo fascinaba.

Germán llevó a sus amigos para que conocieran al tano que dormía todo el día en la

habitación roja, ubicada en el altillo de la casa de Hurlingham. Lo interesante sucedía

cuando se despertaba y solía abrazarse a una acústica para frenar el tiempo propio y

de sus observadores. Así llegaron Alejadro Sokol y su novia Lila, ambos queriendo

conocer al extraño de acento raro.

“Desmenuzando a Serú Girán” titulaba la tapa de Expreso Imaginario de mayo,

con una inofensiva foto de la banda más popular del rock argentino. En tanto, la

edición de Pelo del mismo mes, revista rival y de may or tirada comercial, ofrecía a

Genesis en trío con cara de oficinistas desahuciados y una cobertura del regreso de

Manal, la banda fundacional del blues en castellano. Ahí terminaba la información

gráfica a la que podía acceder el músico que venía de testear al punk rock in situ, y

que ya había visto cómo la new-wave se ponía cada vez más pop (al mismo tiempo

que surgía una escena que pasaba del punk a pura evolución y oscuridad). En las

radios argentinas, el rock no calificaba y llegaba con delay. Afortunadamente,

existían algunas islas. “En las trasnoches de fin de semana, arriba a la estación

musical de Radio Rivadavia la imaginaria presencia de El tren fantasma”, decía la

promo del ciclo que unía a Peter Tosh con Joe Jackson. Mientras tanto, la voz del

locutor Omar Cerasuolo convidaba fragmentos discursivos bien bizarros con Neon

Lights, de Kraftwerk, como cortina y pasaje directo hacia las estrellas. En las

disquerías porteñas y de las ciudades principales del país se repetía el anuncio de la

inminente edición de Unmasked, de Kiss, y en las bateas de novedades competían

Glass Houses, de Billy Joel, con Duke, de Genesis. Todavía estaba muy presente la

gira de Almendra luego de diez años de silencio. El tour nacional durante el verano

de 1980 enfrentó razzias policiales y detenciones masivas, una apuesta arriesgada

que abarcó las principales ciudades del interior del país. En ese mapa de situación, en

donde imperaba la censura y cualquier concentración juvenil significaba una

amenaza latente, Luca comenzó a asimilar señales, carencias y costumbres de un

lugar desconocido. La desintoxicación para intentar una mejora de su condición

física era su prioridad, pero también existía la posibilidad de iniciar un

emprendimiento agropecuario desde la finca de su amigo y socio terapéutico.

A los pies de las sierras, en un paraje conocido como Huaico, pequeño poblado

cercano a Nono, Luca ocupó la habitación separada de la casa principal de los

MacKern, que junto al parque formaba el pequeño paraíso serrano llamado Happy

Valley. Tenía intimidad, podía cocinar y hasta había recuperado una especialidad

escolar: el avistaje de aves, observaciones que de niño trasladaba a un cuaderno con

exactitud. Poco a poco, en estado de fragilidad, el amigo italiano no tardó demasiado

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en alterar el orden del paraje dominado por tradicionales familias inglesas. La

mejoría de Luca comenzó con borracheras, intempestivas cabalgatas hacia la

pulpería del pueblo y alguna intervención en guitarreadas de ocasión. Empezó a

correr el rumor que aseguraba que en casa de los MacKern vivía un italiano que

estaba loco. Entre los primeros aliados del exilio cordobés aparece el nombre de

Ricardo Curtet, amigo de Timmy y joven guitarrista. Será el primer interlocutor

válido de Luca en medio de las sierras. Curtet estaba bien munido: tenía una guitarra

Eko, un equipo Robertone y una sólida base blusera. Luca y él se pasaban y eites y

cierta fascinación compartida por los discos de Frank Zappa. Las primeras zapadas

en trío incluían a Timmy golpeando una valija, como si fuera un tambor, a Luca

tocando una criolla y a Curtet amplificando todo con su viola eléctrica. Luca le pedía

que tocara poco, apenas tres tonos, para poder jugar a improvisar melodías.

El principio fue acústico, al ritmo de la melancolía y la soledad que asociada a la

abstinencia conducía irremediablemente al vacío. Esos primeros meses de

vacaciones en las montañas, entre zapadas y borracheras, convencieron a Luca

acerca de la posibilidad de armar una banda, sobre todo cuando subió a cantar en un

boliche de Mina Clavero, la ciudad más cercana a Nono. Cuando Alejandro y

Germán se acoplaron a ese entramado de canciones mínimas, Luca decidió volver a

Europa y vender el departamento de Londres, utilizar ese dinero para comprar

instrumentos e iniciar algo parecido a tener un grupo. Notaba las carencias del rock

argentino, cada vez más ensimismado en una música elaborada cercana al rock

progresivo o al jazz-rock, se burlaba cada vez que Germán le hacía escuchar La

Máquina de Hacer Pájaros o Spinetta Jade, grupos favoritos del marino que también

tocaba la guitarra.

En la Argentina, el punk rock era una revuelta musical ajena a las libertades de

movimiento permitidas por una dictadura criminal. Es imposible pensar en 1977 o

1978 con crestas, vaqueros deshilachados y actitud desafiante, si bien la mecha

encendida por los Sex Pistols prendió en las principales capitales del planeta.

Recién en 1980, con el advenimiento de grupos new-wave como The Police,

Blondie, Talking Heads y The B-52’s comenzó a girar entre los enterados un sonido

más directo, nervioso y bailable. Es el contraste entre los discos que trajo Luca y la

realidad rockera argentina, la rendija por donde se infiltró la intención de subvertir

una escena que, al mismo tiempo, hacía lo posible por resistir una política represiva

hacia el público joven. Ventaja o no, mucha información, talento y decisión. Son

posibles respuestas para el gesto espontáneo de un artista en ciernes asqueado del

negocio del rock, pero recuperado para la causa en un territorio fértil para empezar

de nuevo, incluso para comenzar una pequeña revolución musical sin la necesidad de

contar con músicos experimentados ni grandes presupuestos de producción. La

libertad, que no existía en las calles del país durante el proceso militar, tomó

86


significación y la energía necesaria para crear una gesta de la nada misma.

Por eso, los discos que trajo Luca en su primer viaje determinaron un curso

intensivo de educación musical para aquellos que lo rodearon y también para las

futuras generaciones de acólitos al periodismo musical ejercido por un músico. Una

pasión que, hasta ese momento, los popes del rock nacional no ejercían. Cuando lo

hacían, en encuestas o entrevistas, revelaban un paladar bastante conservador. La

mezcla latina y anglosajona (tanto a nivel sanguíneo, crianza o educación formal)

establece en Luca un estado de esquizofrenia musical, digno de un sobreviviente de la

era dorada de Los Beatles que transitó el hippismo con conciencia progresiva y un

sentido crítico de la desmesura. Finalmente, cuando arriba al punk y a estaba

demasiado curtido como para tentarse en el facilismo de la provocación. Fue mucho

mejor observarlo como un fabuloso mal necesario para disparar formas de

evolución. Joy Division es la vía de acceso de Luca Prodan al corazón de las tinieblas

del pospunk. Como ningún otro cantante de su tiempo, Ian Curtis reflejó en sus

canciones los efectos de una época de desilusión y hastío generacional. Toda la

oscuridad que escondían The Doors, The Velvet Underground y el Bowie berlinés

revivió para estallar en Joy Division. Solo dos discos de estudio quedan como

muestras de una historia trágica: Curtis se ahorcó en la casa de su exmujer. Esa

sombra perturbadora también alcanzó a Luca, aunque cuando llegó a la Argentina,

Curtis todavía estaba vivo y, en ese primer viaje, Luca ya sabía de memoria las

canciones del atormentado y vital Unknown Pleasures.

Germán Daffunchio: La primera vez que supe algo de Luca fue en la casa de

Timmy. Yo entraba al servicio militar y nos tomamos una botella y media de anís

turco con él y con un amigo mío. Hice el servicio militar en el 79, era el chofer del

jefe de una zona que abarcaba de Aluminé hasta Esquel. Esa noche de borrachera,

Timmy me dijo: “Quiero hacerte escuchar algo”, y me puso una grabación de él

hablando. En esa época, se mandaban casetes. Me pareció muy loco. Timmy me

contó que era su amigo, que no sé qué, que estaba muy mal, porque además Luca le

escribía contándole sus cosas. Brindamos por él. Un tiempo después lo conocí cuando

vino a Buenos Aires. Era un tipo impresentable, mala onda total, pelado, nadie le

daba bola. No era que se había rapado, sino que estaba avanzadamente pelado.

Timmy MacKern: En realidad, mi madre lo vio antes que yo. Luca fue a visitarla

con una novia que tenía, una rubia que era cantante de una banda punk. Fue con esta

tipa re loca a ver a mi madre, que se quedó impactada por su aspecto. Mi madre le

mostró unas fotos y había una en la que y o estaba con mi mujer, mis dos hijas

chiquitas y una perra. Luca vio esa foto, se imaginó cómo era la vida en Córdoba y

se enganchó con eso.

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Ricardo Curtet: Mi familia compró un negocio en Mina Clavero. Después

empezaron a construir un hotel, tenían varias cosas ahí. Yo vivía ahí y mi mujer de

esa época también se mudó a Córdoba. Empezamos a frecuentar a la gente, y un día

un amigo me dijo: “Mirá, están unos ingleses, que tienen unos discos…”. Era Timmy,

que había vuelto hacía relativamente poco de Inglaterra y se había casado con Inés.

Conocía a Timmy antes de la llegada de Luca.

Lila Riquelme (esposa de Alejandro Sokol): Conocí a Ale en 1977. Yo tenía 15 años;

Ale, 17. En esa época también conocí a Germán, porque vivíamos los tres en

Hurlingham. Ale tocaba la guitarra en la plaza y cantaba para el grupo de gente que

nos juntábamos ahí, siempre a la tarde, porque estábamos en plena dictadura militar.

A la noche generalmente nos reuníamos en la casa de Germán para comer algo y

ellos hacían su música. Me puse de novia con Ale y, un tiempo después, Germán nos

presentó a Timmy y a su mujer Inés, que cada tanto venían de Córdoba e íbamos a

visitarlos a la casa de Hurlingham. Ale y Germán ya tocaban juntos. En un

momento, Germán nos cuenta de este amigo de Timmy, lo que le había pasado con

el tema de la heroína, que había estado en coma y que estaba en un período

aparentemente muy depresivo y que Timmy le tiró una soga, digamos. Ahí yo me

enteré de la parte en que se habían conocido ellos en Escocia, en la escuela, en el

secundario y que se habían hecho muy amigos.

Germán Daffunchio: Hay una secuencia en Hurlingham que recuerdo

perfectamente: y o estaba en el living hablando con Timmy, con mi hermana y el

resto de los chicos, y apareció Luca con una guitarra criolla. No le dio bola a nadie y

de golpe se puso a cantar solo. Era su arma de seducción. Creo que lo que más me

llamó la atención era que cantaba canciones simples. En ese momento, en la

Argentina había un rollo con el jazz-rock interminable, imposible. Y él cantaba

canciones simples. Tenía un repertorio de temas: “Five Years”, de Bowie, o

“Redemption Song”, de Bob Marley, había varios temas. Tenía temas de John

Marty n… Al otro día se volvieron para Córdoba. Así que no me acuerdo haber tenido

un diálogo, además él no hablaba castellano. Yo después hice un viaje, vine para acá

y me lo encontré. Él había llegado, ponele, hacía un mes o dos. No recuerdo bien el

tiempo. Ahí fueron los primeros encuentros: sentarse en su cama, la guitarra, fumar

mucho y horas y horas y horas escuchando música y cantando. Muy informal todo.

Lila Riquelme: Cuando lo conocí, Ale era todo Beatles. De lo nacional íbamos a ver a

Serú Girán con Germán y Evangelina, su novia. Eso era lo máximo que nosotros… A

Ale también le gustaba mucho el disco de La Máquina de Hacer Pájaros. De

repente, Germán nos contó de Luca, que iba a venir y a los pocos días fuimos los tres

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a lo de Timmy. Me acuerdo de entrar y ver a un tipo… Justo habíamos visto la

película Atrapado sin salida y Luca me recordó al personaje de Jack Nicholson. Su

aspecto era similar, porque arriba de la cabeza le faltaba un poco el pelo pero abajo

lo tenía un poco largo, hasta los hombros. Hablaba en inglés. Mi impresión fue la de

encontrarme con un loco. Todo el mundo hablaba en castellano y él se comunicaba

con Timmy en inglés. No hablaba mucho. Tocó “Redemption Song”, de Bob Marley,

o “Billy ”, esos temas… No tuvimos ningún tipo de diálogo, solamente “Hola” y

“Chau”.

Timmy MacKern: Cuando vino a la Argentina, Luca también estaba muy mal por la

separación con Linda. Ella no quiso viajar, un poco porque había sufrido mucho con

él. Él mismo decía que estaban autodestruyéndose el uno al otro, aunque ella no era

tan loca como él.

Ricardo Curtet: Timmy se había instalado en Córdoba, aunque la familia no quería

que se quedase allá. Insistían para que esté en Buenos Aires, porque son gente

bastante pudiente, y su idea era que maneje la fábrica del padre, que había muerto.

Pero él no quería. La familia MacKern tiene dos propiedades, Happy Valley y

Bicoca, eran unas cuantas hectáreas. Nos reuníamos en su casa porque era enorme,

con ese parque, es todo muy lindo. Nos juntábamos ahí y y o llevaba la guitarra.

Timmy MacKern: Me acuerdo que en Córdoba Luca prendía el fuego aunque no

fuera época de prender, porque tenía frío todo el tiempo. Dormía mucho y estaba sin

energía. Creo que tardó dos o tres semanas hasta llegar al fondo de la casa. A lo sumo

caminaba un poco, daba una vueltita sobre una mesa, se tiraba de nuevo. Estuvo así

unos días, muy apagado, pero no se quejó ni hizo nada, porque se había tomado toda

la metadona en el avión. Viajó con cinco frascos y a los pocos días le quedaba la

mitad del último.

Ricardo Curtet: Siempre había una casa vacía y Timmy nos decía: “Quédense,

cualquier cosa se van”. También venía otra gente amiga. Un día me dijo: “Mirá, va a

venir un italiano, un amigo de allá, de Europa. Viene para quedarse acá. A él también

le gusta tocar”. Yo tenía un equipo Robertone y una guitarra Eko, y tocaba blues. Bah,

tocaba todo, empecé a los nueve años con el tango y el folclore.

Timmy MacKern: En esa época, en Córdoba no había nada comparado con lo que es

ahora. Estaba muy aislada de todo, no estaba la ruta, no había televisión ni teléfono

fijo. Si querías hablar tenías que ir al teléfono público, ahí te llamaban y pedían a la

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operadora. Vivíamos desconectados. No hubiéramos podido conseguir metadona en

un lugar así, apenas si podíamos comprar anfetaminas.

Ricardo Curtet: Timmy me dijo: “Va a venir, sí, está medio loco mi amigo”.

Nosotros fumábamos, hacíamos cualquier locura, pero no pensaba que el tipo estaba

tan mal, en realidad. Cuando Luca llegó, pasó un tiempo y yo me olvidé de eso. Un

día estaba en Mina Clavero y apareció Timmy con Luca. Tenía pelo y estaba bien

vestido, con un traje. Me lo presentó, pero Luca no hablaba ni una palabra. Timmy le

traducía. Charlábamos un poco en italiano, le entendíamos un poquito, y o le decía:

“Mirá, mi abuela también era italiana”, qué sé y o. En mi casa siempre se hacía

pastas, en el negocio también, y eso a él le gustaba mucho. Andrea es buen cliente de

mi hermano ahora. Siempre va a comprarle los agnolotis.

Germán Daffunchio: Yo y a tocaba la guitarra, pero no podía engancharme con la

historia del rock argentino. Sentía que era imposible esa competencia entre los

guitarristas, que todavía existe.

Ricardo Curtet: En un momento Luca me dijo, medio en italiano: “Venite a casa”.

Le respondí: “Ah, pero, ¿para qué?”. “Para emborracharnos”. Así fue que

empezamos a vernos y a quedarnos en su casa. Él tenía una guitarra criolla, y o llevé

un amplificador, Timmy tocaba una maleta, golpeaba unos cosos como si fuera unos

tambores. Casi no había ningún instrumento.

Timmy MacKern: En Córdoba tomábamos cerveza Santa Fe en lata y vino en

damajuana. La ginebra apareció más adelante, en Buenos Aires. Luca reemplazó a

la heroína con alcohol, no hay ninguna duda. Después se convirtió en alcohólico y

temblaba mucho, me acuerdo.

Germán Daffunchio: Tuvo unas épocas en las que recibía heroína de un amigo de él

de Italia que se llamaba Duccio. Le duraba muy poco tiempo. Recuerdo una vez que

le había llegado y fueron unos días intensos. El gran amor de Luca, como lo dice en

la canción, fue la heroína. Es algo que nunca pudo dejar de amar. Tiene su razón de

ser, ¿no? Es comprensible. Por algo los heroinómanos son heroinómanos y no quieren

volver al mundo.

Ricardo Curtet: En la casa de Timmy de Córdoba había una cabra, unos pollitos y

algunos chanchos. Un día fuimos a verlo y Luca me dijo: “Estos son los policías de

Inglaterra”. Se cagaba de risa todo el día, nunca te decía: “Mirá, yo estoy enfermo,

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loco, estoy jodido del hígado”. Él seguía como si no pasara nada. No solo eso: lo

único que le preocupaba era tener alcohol suficiente todo el tiempo. Íbamos a

comprar de un bar a otro, todos los días. Nos íbamos todos a dormir y él se quedaba

tomando solo… Después dormía todo el día en una de las casitas. A la tarde se

levantaba y tocábamos un rato.

Timmy MacKern: A Luca lo sedujo el paisaje y lo alejado que estaba Córdoba de

todo. Más que nada era eso. Lo único que podía consumir era alcohol. Yo solamente

fumaba marihuana, en la quinta tenía un montón de faso. Tomé mi último ácido en

Londres y nunca más.

Ricardo Curtet: Luca era muy educado. Muchos decían: “¿Qué hace este acá en

medio de la montaña?”. Pero él estaba bien, un poco más gordo, tranquilo… Al

principio llegó muy mal, dormía, dormía y dormía, y tomaba mucho alcohol. Había

un vino Rendija, un tinto que venía en una damajuana de diez litros. Esa se la bajaba

él solo… Agarraba cualquier cosa, el Tres Plumas, lo que encontraba. Aparte había

una bodega del abuelo de Timmy, tenían unas botellas en el sótano, botellas muy

antiguas de whisky. Se las tomó todas. Nosotros lo ay udamos. Después se armó un lío

porque lo tenían reservado para cuando iba la familia. Un día se rompió una botella,

la última que quedaba, y estaba preocupadísimo. A veces íbamos al pueblo a

comprar, pero cuando hacía diez grados bajo cero era un frío que congelaba, nos

quedábamos adentro, con el hogar, la leña… y el whisky de la familia de Timmy.

Stephanie Nutall: Luca podía ser muy gracioso cuando tomaba. Cuando se

despertaba tenía una tos constante y guardaba una botella de alcohol puro para

limpiar las teclas de su máquina de escribir. Después empezó a utilizarla para esa tos,

porque la única manera que tenía de dejar de toser era poniendo algunas gotas de

alcohol en un vaso de agua para tomarlo. Era una tos nerviosa, pero sin duda que era

un alcohólico. Tenía que tomar para funcionar.

Germán Daffunchio: Luca no se limpió para dejar la heroína, sino que cambió de

droga. Él, para bancarse su vida, chupaba como un cuervo. Cada noche se tomaba

una botella de vodka. La lucha contra su alcoholismo empezó en esa época.

Ricardo Curtet: Tenía una enfermedad en el hígado, que en ese tiempo tampoco se

sabía bien qué era, porque empezaba todo lo de la hepatitis. Luca iba a un médico en

Nono, en Mina Clavero, pero, ¿qué podía decirle un médico de campo? Más todavía

en esa época, cuando había menos que ahora, que tampoco hay mucho. En esa zona

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no había teléfono, no podías comunicarte con nadie, para ir al médico tenías que

hacer 15 o 20 kilómetros.

Lila Riquelme: Yo era muy chica, nunca había visto un personaje así. Como para

todo argentino, era algo distinto a lo que veíamos. Era alguien extraño en su aspecto,

pero muy metido para adentro. Ese fue el Luca que conocí en ese momento.

Después ellos se fueron a Córdoba y tengo entendido que Luca pasó todo ese invierno

allá. Más adelante, hablando con él y con Timmy, me contaron que básicamente se

pasó ese invierno frente al hogar, sin decir palabra, deprimido totalmente y haciendo

su música, que después salió en los dos discos solistas de Luca. Esos discos los

escucho siempre y hay muchos temas que te dicen cómo estaba y cómo era él.

Después de ese invierno, volvimos a verlo en el verano siguiente.

Germán Daffunchio: Los primeros encuentros musicales eran acompañarlo

mientras él cantaba. Me decía: “Este tema es La, Re y Mi”, y yo lo seguía.

Ricardo Curtet: Cuando llegó, hacía poco que había muerto Bob Marley. Él me

ponía sus discos y y o le decía: “Mirá, y o escucho jazz… Ray Charles, BB King…”.

Yo era pibe y quería tocar y tocar. Él respondía: “Está bien, pero no importa que sean

tan buenos los músicos, tener que tocar tantas notas o tantas cosas. Vos hacé dos o tres

tonos nada más”.

Germán Daffunchio: Al principio era informal, más que nada por el hecho de

compartir y de aprender de un tipo que venía de Londres, que para nosotros era

como ir a la escuela.

Ricardo Curtet: En Córdoba,también venían otros a tocar un poco. Algunos tocaban

folclore, pero él estaba con los discos que había traído, unos simples, un montón de

cosas. Tenía discos en italiano, me acuerdo de Lucio Dalla, y también tenía todos los

discos de punk. Nosotros no entendíamos un carajo. Yo tenía mis discos, que me

había llevado de Buenos Aires: Cream, Eric Clapton, Jimi Hendrix, Frank Zappa…

Me gustaba mucho Zappa, y Luca te decía: “¡Uh! ¡Frank Zappa! Sí, lo vi en vivo”.

Estábamos muy impresionados con eso, él había visto a King Crimson, a Zappa, a

Pink Floy d. Nosotros no habíamos visto nada. En esa época, ¿quién viajaba? De pedo

teníamos los discos importados que nos llegaban. La primera vez que vino Luca no

tenía grabador. Había traído un equipito de música y pasaba los discos de Timmy.

Tampoco era un equipo muy bueno, porque la casa de Timmy era usada como casa

de vacaciones.

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Germán Daffunchio: Recuerdo noches, noches y noches de tocar y escuchar

música y más música y volver a tocar. Había mucho de filosofía urbana. Luca

contándome sus famosos cuentos, que para nosotros eran buenísimos porque en la

Argentina vivíamos ciegos. Tuvimos química desde que nos conocimos, que es algo

que deben sentir todos los que lo conocieron. Porque Luca generó una reacción

dentro de cada persona con la que se cruzó.

Lila Riquelme: Luca era un tipo sumamente inteligente y muy intelectual. Cuando

nos reencontramos, él y a podía hablar más o menos en castellano. Era poquito, pero

le alcanzaba… Yo hablaba inglés porque en mi infancia viví en Londres cuatro años

y estudié allá por el laburo de mi viejo. Entonces, cuando él hablaba en inglés con

Timmy, y o les entendía todo. No me animaba a hablar en inglés con ellos porque me

sentía muy chica y a él lo veía tan grande...

Ricardo Curtet: Empezamos a tocar de a ratos, en los asados. Luca también venía a

casa, muchas veces se quedaba a comer. Un día empezó a decir: “Hay que hacer

una banda acá, tenemos que tocar, tenemos que salir por toda la Argentina. No

quiero volver a Europa, el dinero es lo de menos, eso no me importa”.

Timmy MacKern: Decidió hacer una banda porque en el campo no pasaba nada y

no teníamos un mango en esa época. Yo administraba el campo de un vecino que

había alquilado al lado del nuestro. Aparte había puesto una plantación de lavanda,

que era un peligro. Ahí Luca empezó con la idea del grupo y nos pusimos a hacer las

primeras grabaciones, con el radiograbador. En su segundo viaje vendió el

departamento de Londres, el padre le dio una plata, y con eso Luca le pagó el pasaje

a Stephanie para que se venga. Trató de convencer a Linda pero no pudo, y ella

después terminó casándose con John, el cantante de Manicured Noise, que era

conocido de Luca. Enseguida aparecieron Sokol y Germán, que era marinero en

YPF y venía cuando le daban tiempo en tierra. Sokol y Germán eran dos amigos que

cantaban temas de Sui Generis.

Germán Daffunchio: Luca representaba lo que todos queríamos ser y no podíamos.

O no nos animábamos. Para el músico, era el rocker que venía de la cuna del rock y

te decía: “No, yo estuve con Roger Waters…” y con este y con este otro. “Un día vi

a Van der Graaf, vi a los Clash…”. “¡Contame cómo es la historia! Maestro,

siéntese…”. Era como la punta de una flecha. Luca decía y hacía todo lo que a mí

me hubiera gustado decir y hacer. Nosotros, como argentinos posmilitares, no nos

dábamos cuenta de que vivíamos completamente encerrados, reprimidos, todos

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vestiditos igual y tan duros, ¿no?

Lila Riquelme: Mi viejo laburaba en el consulado en Londres, después estuvo en

Grecia, y tuve la suerte de conocer casi toda Europa. Después mi papá se fue a

Grecia, pero yo me volví a la Argentina. En 1980, mi papá volvió de Grecia y con

Luca ya teníamos una relación de amistad, él se conectaba con Ale y con Germán

por la música, porque y a tocaban juntos. Nos veíamos prácticamente todos los días,

hasta que me enfermé de fiebre tifoidea y estuve cuatro meses en cama. Me puse

tan mal que todos pensaban que me moría. Mi madre no quería internarme, así que

me tenían en mi cuarto con un tratamiento… No comía, había adelgazado mucho, y

dejé de ir a las reuniones con ellos. Un día escuché a mi papá hablar en inglés con

alguien y de repente lo vi entrar a Luca a mi cuarto. Él siempre andaba con sus

walkman, y apenas se acercó me saludó y me puso los auriculares. Yo volaba de

fiebre, me parecía que era todo parte de un sueño. A partir de ese día, empezó a

venir todas las tardes, tipo seis y media, para visitarme, ponerme los auriculares y

hacerme escuchar música. Pasaba un rato con mi viejo, tomando whisky y

charlando de cosas de la vida, después volvía a mi cuarto, se llevaba su walkman y al

otro día aparecía de nuevo. Nunca voy a olvidarme de eso. Nunca esperé que lo

hiciera. Fue sanador. Me ponía Lucio Dalla, Lou Reed, Joe Hicks, Marley, Vivaldi…

Él escuchaba mucha música sinfónica. Creo que eso de visitarme y ponerme música

tenía que ver con reconocerse él mismo, cuando estaba con el coma hepático.

Después me contó que cuando estuvo mal siempre pedía escuchar música. Desde

ese momento, aprendí a quererlo como persona. Su humildad… No sé cómo

explicarlo. La gente me pregunta: “¿Y Luca?”. Para mí él fue un regalo que me dio

la vida. Me abrió los ojos en un montón de cosas, contándome sus experiencias, las

cosas que él había pasado. Era muy abierto, siempre te escuchaba, quería estar con

la gente común, podía hablar con el que más sabía y también con el analfabeto.

Germán Daffunchio: Un día, Luca apareció en la casa de mi abuela y yo estaba con

un amigo de ella que era un mulato. Un amigo de toda la vida, porque su madre

planchaba en esa casa. También estaban mi abuelo paterno y alguien más. Luca se

sentó, agarró la guitarra y empezó a cantar un tema muy triste. La cuestión es que el

mulato de golpe se largó a llorar. Se le caían las lágrimas, no podía parar de llorar. Mi

abuela lo consolaba y él seguía llorando porque justo era una canción muy vieja que

cantaba su madre. Para mí, fue revelador: la certificación de que la música

transmitía. La dimensión que podía tener. Lo que Luca cantaba no era una historia

generacional: era pura emoción sin tiempo, y funcionaba para todos igual, para los

jóvenes y los viejos… Para mí fue impactante porque, además, todo ese quilombo lo

había armado el tano este. Yo pensaba: “¿Cómo puede ser que se meta en una

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reunión de viejos, cante un tema y los haga llorar?”.

Ricardo Curtet: Una vez lo invitaron a tocar unos ingleses. Los vecinos de Timmy

eran todos británicos, de esos que si no hablabas en inglés no querían ni saludarte.

Una vez, íbamos a dedo para visitarlos y nos llevaron, pero preguntaban cosas como:

“¿Ustedes son empleados de Timmy?”. Les respondimos que éramos amigos de

Timmy y de Luca, y ellos: “Ah, Luca. Luca, no, no. Es un italiano que está loco”.

Luca estaba constantemente en pedo. Ensillábamos los caballos y después íbamos al

barcito de los gauchos. La dueña era una vieja que estaba siempre ahí, porque era

como un almacén de campo donde iba a comprar todo el mundo. Tenía un mostrador

como para sentarse a tomar y Luca siempre se metía ahí. Los vecinos de Timmy

eran todos millonarios. Cada tanto aparecía uno que decía: “Uy, Dios mío, se me

pinchó la rueda, no sé cómo cambiarla…”. Nos pedían ay uda y nosotros se la

cambiábamos. “¿Te das cuenta cómo es la gente que tiene dinero?”, decía Luca.

Timmy MacKern: Luca se volvió a Italia con la idea de cambiar la guita y traerla.

Veníamos grabando en un radiograbador, no podíamos hacer mucho, entonces quería

ir a buscar algo para grabar en serio y no sabíamos bien qué comprar. Una vez allá

descubrió la portastudio y la trajo. Al principio éramos solamente él y yo en una

piecita. También había una batería electrónica, que en esa época era muy básica, un

bajo, una guitarra, una cámara de eco y nada más. Yo no tocaba nada, pero grababa

y leía los manuales. Germán venía a visitarlo todo el tiempo y se fue prendiendo en

lo que hacía Luca.

Germán Daffunchio: Nos faltaba un baterista y Luca empezó a mirar el rock

argentino. Él tenía una frase que me decía siempre: “Mirá, Germán, acá falta

locura”. Insistía todo el tiempo con eso. Sumo tenía un hueco, porque había un

espectro en la música que no estaba, que era la locura. Eso lo vio de entrada y

también se dio cuenta de que acá había muy poca cultura musical, de alguna

manera. Nosotros escuchábamos a Marley, que se había muerto hacía poco. Me

acuerdo de la colección de simples de Luca, tenía pilas de discos, esas tapas con los

negros y sus crenchas colgando, todos adorando una planta de porro… Yo pensaba:

“¿Qué es este mundo? ¿Dónde estoy parado, boludo?”. No podía creerlo, pero me

parecía tan fantástico e increíble. Entendía que ahí había para buscar a nivel musical.

Había una amplitud creativa enorme, porque todo lo que estaba pasando, todo lo que

pasó después de los 70, con el punk y lo que vino después, explotó para todos lados.

Pero acá estaba oculto.

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Ricardo Curtet: Luca decía: “No quiero tener un buen auto, ni tener una re linda

mina, me importa un carajo”. Entonces se fue y volvió. Desapareció por unos

meses, menos de un año, y volvió a Córdoba.

Germán Daffunchio: La cuestión es que Luca se fue diciendo: “Me vuelvo a

Londres, vendo el departamento que tengo, compro cosas y armamos una banda”.

Le respondí: “Sí, está bien, tano. Andá y avisame cuando volvés”. Yo tenía que

volver a navegar. Estos encuentros siempre eran cuando tenía vacaciones. En el mar

navegabas un mes y tenías diez días libres.

Lila Riquelme: Sumo arrancó en la casa de Timmy con ellos tres. Después Luca

viajó a Londres a vender el departamento que tenía. Decía que con esa plata iba a

comprar un campo y unas vaquitas.

Andrea Prodan: Yo lo extrañaba muchísimo. No tenía más a mi referente musical,

mi hermano y mi amigo. Quería ir a la Argentina a ver qué estaba haciendo. Al

principio las cartas eran relativamente aburridas. No por el estilo ni por cómo

escribía, pero te contaba que había comprado vacas, que tenía un pedazo de tierra y

que con un poco de suerte podía comprar dos cabras y que Timmy podía ayudarlo…

Yo decía: “Qué loco, se dedica a las vacas ahora…”. Era durísimo. Un día nos

mandó un casete y nos dijo: “Che, me hinché las pelotas con las fucking vacas y me

vuelvo a Europa, quiero comprar unos equipos. Acá falta música, falta onda”.

Germán Daffunchio: Me acuerdo que un día me dijo: “Mirá, le voy a pagar el

pasaje a Stephanie”. No sé si ya había arreglado con ella. Ni se le cruzó la idea de

buscar un baterista argentino. Además, creo que en el fondo quería tener una aliada

inglesa… O necesitaba una mujer cerca, me parece.

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Time Fate Love. Luca Prodan en el living de la casa de los MacKern en Traslasierra,

Córdoba, 1981.

(Gentileza de Timmy MacKern)

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Capítulo 8

Sumo. El principio

“Cuando Luca se cruzó en nuestras vidas, todo cuajó perfectamente. Todo: nuestras

ganas de ser músicos, con nuestra rebelión dormida”.

Alejandro Sokol a la revista Rolling Stone.

No había un plan. La excusa seguía siendo tan simple como en los veranos lisérgicos

en Italia, cuando Timmy era el invitado de Luca y juntos exprimían el tiempo cerca

del mar. Esta vez se trataba de otro recreo compartido, más alejado de todo el mundo

europeo y con el tano jodón a pura dieta de metadona para no olvidar de dónde había

escapado. Los límites de Timmy caminaban por el patio: dos hijas pequeñas y la

panza de Inés con pronóstico de mellizos. Nada de eso alteró la relación entre los

amigos. El único problema era la solvencia económica, por los magros ingresos que

generaba el campo. Luca abandonó rápidamente la idea de convertirse en un

productor agropecuario; estaba más pendiente de los intercambios que surgían en las

guitarreadas rociadas con vino tinto en damajuana y consumos industriales de

cannabis. La vida social era escasa y aunque tuvo una noviecita en el pueblo, la

auténtica agitación la encontraba cada vez que visitaba la pulpería de Nono o los

bares de Mina Clavero. En una de las primeras cartas orales que Luca grabó en

casete y envió a Londres, les contaba a Linda Tricker y Stephanie Nutall sobre su

debut frente al público argentino. Sucedió de manera casual, durante el fin de

semana largo por el día de la bandera en un bar de Mina Clavero, gracias a la

invitación de una banda cordobesa que convenció al extranjero a subirse al

escenario. La foto se repitió el domingo 22 de junio. Esa noche interpretó varias

canciones, acompañado solo por su guitarra, entre ellas versiones de “Stand By Me”

y “Twist & Shout”, y otra de cosecha propia: “Regtest”. “Regtest” era un rip-off de

Bob Marley. Luca aclaró la fuente y también detalló la cálida aceptación que recibió

de los músicos anfitriones, el público y hasta del sonidista, que ofreció asistirlo si

volvía a animarse a tocar. El episodio funcionó casi como un empujón para terminar

de convencerse y accionar el próximo movimiento que definiría el futuro de los

próximos siete años. No tuvo mejor idea que volver a Londres, vender su

departamento y, con ese dinero, invertir en equipos e instrumentos, material

imprescindible para extender la temporada de ocio y vestir las canciones que

empezaban a brotar como señales de recuperación.

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Regresó a la Argentina con una guitarra Fender acústica, un bajo Hofner, algunos

pedales y micrófonos. El cargamento también incluyó una preciada portastudio de

cuatro canales y una batería electrónica. Inés Daffunchio le envió una carta a su

hermano Germán, agenciándolo de la buena nueva. El marino aprovechó la primera

licencia y viajó a Córdoba, pero antes agotó los ahorros para comprarse su primera

guitarra eléctrica. Nunca más volvió a embarcarse. Alejandro Sokol siguió el mismo

camino.

Durante el verano de 1981 empezó a tomar forma algo parecido a una asociación

de ideas. Sokol tenía mucho oído y una facilidad notable para defenderse con

cualquier instrumento. Esa determinación lúdica fascinaba a Luca, y a Sokol le tocó

el bajo. Cuando aparecía, Ricardo Curtet se unía a las zapadas. Incluso llegó a

participar de las primeras grabaciones en la portastudio que operaba Timmy. Uno de

los primeros temas que surgió de esas sesiones serranas es “Night & Day”, con su

pulso maquinal y un clima fantasmagórico. La guitarra poco ortodoxa de Germán

terminó de convencer a Luca: detrás de esos ejercicios de prueba y error había una

banda en ciernes. Sin embargo, todavía notaba que faltaba un elemento. Más

precisamente, un aliado que hablara su mismo idioma y tradujera la vibra punk que

difícilmente encontraría en tierras criollas. Era momento de ir por Stephanie Nutall.

Luca volvió a insistir. “Si estás aburrida, vení”, escribió lacónico. El mensaje

causó efecto en Stephanie. Ya hacía un año que su banda, Manicured Noise, no

existía más. “Steph” había dejado Manchester para instalarse en Londres,

compartiendo el departamento de Linda que podía pagar gracias a su trabajo de

recaudadora de impuestos en el fisco inglés. Tampoco tenía un proyecto en mente, y

sonaba muy tentador que su amigo le ofreciera un pasaje de avión hacia un país

desconocido. No lo pensó más y puso proa hacia el sur. Antes de subir al avión

compró un redoblante, porque el resto de la batería la esperaría en Buenos Aires,

según la promesa de Luca. El viaje fue agotador, primero una escala en Ámsterdam,

luego en el norte de África y finalmente otra parada en San Pablo antes de arribar al

aeropuerto de Ezeiza en una mañana soleada de octubre de 1981. El comité de

recepción tardó en llegar, así que pasó sus primeras horas argentinas observando la

enorme cantidad de soldados que exhibían, con total naturalidad, sus armas de

guerra. De ahí fueron a Hurlingham: Stephanie necesitaba recuperar el sueño luego

de un baño de anfetaminas, la vieja receta punk contra lo ansiedad y los vuelos

interminables. Cuando Steph logró reaccionar enfilaron a los negocios de la calle

Talcahuano: faltaba la batería. Con una amplia variedad de instrumentos importados

disponibles, Stephanie eligió una batería Colombo de fabricación nacional. Le gustó el

sonido. Para ella, la marca era un mero accesorio.

La banda que aún no tenía nombre empezó a ensay ar y a escupir canciones de

desahogo como “Warm Mist”, que era la historia trágica de Claudia contada por su

100


hermano. También estaba “Pinini Reggae”, la favorita de Steph; o la primera versión

de “Divided By Joy”. El pulso salvaje y contundente de Stephanie cerró el ala flaca

de la asociación: ahora, esos temas tenían un grado de frescura que la máquina de

ritmo no podía empatar. Por encima de cualquier evaluación, los temas no se

parecían a nada conocido que sonara en el mapa del rock argentino. Mientras tanto,

el libro del año de la revista Pelo ponía en tapa a The Police, Phil Collins, León

Gieco, Queen y Pat Benatar como las figuras más destacadas de 1981. Al otro lado

de las Altas Cumbres, en un paraje perdido de Córdoba, crecía algo que no se sabía

bien qué era. Para agregar misterio y arrogancia a la historia, un diccionario y la

elección de Timmy MacKern sellaron la suerte del grupo. “Sumo” era un nombre de

significados múltiples. El círculo empezaba a cerrarse en esa Torre de Babel serrana

en donde varios se comunicaban por señas: Steph no hablaba una palabra de

castellano y Germán, Alejandro y Ricardo jamás se esforzaron por mejorar su

inglés de escuela secundaria. En el medio, Luca y Timmy tenían el control del

mensaje y también de las traducciones: entre ellos siempre hablaban en inglés. Poco

antes de regresar a Buenos Aires, Ricardo Curtet declinó su participación en el grupo

aduciendo problemas familiares.

El 31 de diciembre de 1981 encontró a los incipientes Sumo en algo parecido a un

debut en formato de show privado. A modo de despedida del año, la banda tocó en

vivo en el patio del caserón de Hurlingham. Los asistentes al concierto eran en su

mayoría miembros del clan MacKern, más las novias de Germán y Alejandro. El

sonido alteró al barrio, pero la sorpresa superó la tolerancia de las familias inglesas

del lugar cuando por los parlantes sonó, antes del show y a un volumen demencial,

“The Torture Never Stops” de Frank Zappa: nueve minutos de guitarras intoxicadas y

gemidos orgásmicos.

Gracias a la madre de Timmy, conocida de John Lear —el presidente de la

compañía discográfica Phonogram—, Sumo tuvo su primera prueba de eficacia. La

sesión ante Lear y Adrián Berwick, el director artístico del sello, provocó una buena

impresión de los cazatalentos. Ambos quedaron muy impresionados ante la

performance del grupo y, sobre todo, por el carisma escénico de Luca. Desde el

vamos, también evaluaron la inviabilidad de la propuesta dentro de un mercado

demasiado endogámico. Hubo reuniones, incluso propuestas descabelladas: una de

ellas fue promover el costado acústico de Sumo y equipararlo a un grupo argentino,

compuesto por extranjeros, llamado Harp. Era una copia infame del trío folkie

América que cantaba en inglés y hacía gala de sus camisas leñadoras. Obviamente,

no hubo acuerdo. Pero esa conexión con Berwick permitió que Sumo ingresara por

primera vez a un estudio de grabación para registrar un demo de cinco temas. Con

esa tarjeta de admisión fue posible iniciar un recorrido por los bares de la Zona Norte

del Gran Buenos Aires en busca de lugares para tocar; justamente, el territorio en

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donde los Harp tenían mucho éxito.

La decisión de pelarse completamente es otro eslabón en la larga cadena de

hechos fortuitos que determinaron la estética imprevisible de Luca Prodan: no

existían pelados en el rock. De existir, eran casos demasiado aislados como para

tomarlos en cuenta: tal vez el más notorio fuera Tony Levin, notable bajista del

renacido King Crimson de los 80, o el voluminoso Buster Bloodvessel, cantante de la

banda ska inglesa Bad Manners. Pero eran ejemplares excepciones en un planeta en

donde la cabellera era tan importante como la guitarra, y representaba un signo de

respetabilidad rockera, mucho más en un país que aún vivía los resabios de la era

hippie. Luca empezó a sentir el rigor de una calvicie prematura a fines de los 70,

aunque no era nada que incomodara al hombre imán. En una de las largas noches

continuadas de Hurlingham, luego de un asado y con mucho vino en la cabeza, Lila y

Alejandro acompañaron el tren de un comentario de Luca: algo debía hacer con su

módica cantidad de cabello y hasta barajó la posibilidad de raparse, confesó en

medio de una borrachera de órdago. Entre risotadas, Alejandro y su novia

comenzaron a cortarle el pelo con una tijera, luego trajeron espuma de afeitar y con

una maquinita completaron el trabajo. Al otro día, Luca no recordaba qué había

pasado y descubrió frente al espejo la obra de sus amigos.

Nadie en su sano juicio podía salir a vender a un grupo con las señas de identidad

de Sumo: canciones en inglés, un líder totalmente rapado y con actitud desafiante, la

batería a cargo de una chica con pasaporte británico. Demasiadas razones para

provocar rechazo en un circuito de rock en formación, todavía impregnado de un

sesgo conservador. Era así incluso en los círculos más progresistas, integrados por

artistas que resistían los embates de la represión y la censura, pero que fueron poco

tolerantes frente a los nuevos patrones estéticos. Para muestra, basta una canción:

“Mientras miro las nuevas olas”, de Serú Girán, imponía en 1980 una mirada

retrógrada frente al avance de las bandas de la new-wave. “¿Te acuerdas del tipo que

rompía las guitarras/ cuando nadie tenía un miserable amplificador?/ Hay miles

ahora/ Corbatas con saco gris/ Flequillo solo hasta la nariz/ La historia prosigue pero

amigos y o ya la vi”, dice la letra escrita por Charly García, que en un futuro cercano

se convertiría en un paladín de la modernidad con gestos osados y varias epopeyas

de cambio.

Y todavía faltaba una contienda bélica en el tablero, sin duda, el may or obstáculo

a las aspiraciones de una banda que solo quería subir a cuanto escenario tuviese a la

vista.

La seguidilla de conciertos empezó oficialmente el sábado 4 de febrero de 1982

en Caroline’s Pub, un boliche ubicado en El Palomar. La lista de temas incluyó los

estrenos de “Virna Lisi”, el reggae “Breaking Away ” y canciones que no volvieron a

aparecer, como “Time Fate Love” o “Strange Things”. Esa noche, entre el público

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podía verse a Diego Arnedo y a Jorge Crespo. Ambos jugarían roles fundamentales

en el planeta Sumo. El pub Mastropiero siguió en la lista de lugares que el cuarteto

reinventaba: en este caso, se trataba de una whiskería medio tramposa de Olivos, que

promocionaba a un grupo inglés durante varios sábados de febrero. Hasta allí, por

recomendación de Berwick, llegó Alfredo Rosso, joven periodista de la revista

Expreso Imaginario y empleado del sello Music Hall. La banda no entraba en el

diminuto escenario y la sorpresa fue mayúscula cuando en la mitad del primer tema,

“Night & Day”, el cantante enfundado en una careta rasta se sacaba la máscara y

aparecía un tipo completamente pelado. El show continuaba, pero ese impacto visual

permanecería por un largo tiempo en la memoria de todos los presentes.

Stephanie Nutall: En Inglaterra, no era feliz haciendo música. Dejé la casa de mis

padres después de pelearme mucho con ellos, empezaba a salir a la noche, volvía a

casa de día y mis padres decían que estaba portándome mal. Mi madre estaba muy

enojada. Me gritó que trataba a nuestra casa como un hotel. Le respondí: “Bueno,

estoy haciendo el check out”. Ya no era parte de la brigada de chicas de la iglesia

donde iba a tocar el tambor militar. Un novio que tenía estaba haciendo audiciones

para armar una banda y me dijo: “Tenés que ser nuestra baterista”. Yo le respondí

que no tocaba la batería completa, que solamente podía tocar el tambor militar. Pero

el cantante de esa banda parecía Hitler, vestido todo de negro y con el pelo cortito,

así que no le molestó. Esa banda parecía un grupo fascista, aunque no lo éramos para

nada. Me preocupaba esa imagen que dábamos.

Germán Daffunchio: Antes de la llegada de Stephanie, era todo como un juego.

“Night & Day” apareció así, casi sin querer. Veníamos de una noche intensa,

digamos. Yo había comprado un xilofón, porque ya estaba la decisión de tener una

banda y estábamos esperando resolver lo del baterista para empezar más

seriamente. Nos pasamos toda la noche grabando y delirando en la casa de Timmy.

A la mañana siguiente, me levanté rumbo al baño y me lo encontré a Luca. Estaba

escuchando la grabación de lo que habíamos hecho. Tenía puesto su sombrero. No

me olvido más de esa imagen: se sacó los auriculares y me dijo: “Hey, Germán.

¡Esto es bueno!”. Él mismo estaba sorprendido.

Stephanie Nutall: Cuando volví a ver a Luca en Kentish Town, me preguntó si quería

ser la baterista de su banda. Me dijo: “Stephanie, acá no estás contenta, no te gusta lo

que estás haciendo”. Él conocía mi situación y me dio esa oportunidad. Le respondí

que me encantaría. Yo era chica y no tenía mucho para perder. Cuando acepté, me

dijo que debía contárselo a mis padres. “Van a estar contentos,” me dijo. Le contesté:

“No, no van a estar para nada contentos”. Hablé con ellos y ahí se desencadenó una

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pelea grande con mi familia. Dejamos de hablarnos. Mis padres me advertían: “No

vay as allá. Es un país que está gobernado por la derecha, hay militares y balas”. Mis

padres leían los medios de comunicación ingleses, los tabloides, que claramente

pueden influenciar tus ideas acerca de un país cuando no siempre dicen la verdad. Yo

era joven y no me parecía un problema irme. Peleaba con mi consciencia, porque

sabía que mis padres no querían que me fuera. Tenía 18, 19 años y sabía que hay

oportunidades que son únicas y no quería dejarla pasar. Además, me ofrecían la

plata para viajar y tocar allá. Compré mi propio redoblante. Viajé a Manchester para

visitar a mis padres brevemente antes de viajar. Ellos seguían enojados. Mi padre me

decía que pronto iba a haber enormes dificultades en la Argentina y tenía razón. Sin

embargo, sigo pensando que si te pasás la vida envuelto en una bolita de algodón

nunca vas a ser nadie. A veces necesitás un salto al vacío, y eso es exactamente lo

que hice.

Timmy MacKern: Estuvo en Londres unos diez meses antes de volverse a Córdoba.

Se curó de la heroína después de ese viaje.

Stephanie Nutall: En Londres, me sentía una extranjera. Trabajaba en Richmond,

que está al otro lado del puente. En una época, Luca estaba tan obsesionado con la

heroína que me llamaba al trabajo para preguntarme si y a me habían pagado porque

necesitaba más plata. Al tiempo, los dueños del lugar decidieron vender la propiedad

y empezó a enfermarse. Creo recordar que, a partir de eso, se fue a Italia varias

veces. No me acuerdo bien si la propiedad estaba en venta porque él y a había

decidido mudarse a la Argentina, probablemente haya sido así. Después de eso me

mudé a una casa con Linda a Kentish Town, en el otro lado de Londres. Cuando Luca

volvió de su primer viaje a la Argentina se lo veía mucho mejor de salud.

Germán Daffunchio: Un día recibo otra carta de mi hermana, en la que me contaba

que Luca había vuelto y que había traído una máquina para grabar y no sé qué más.

Inmediatamente, pedí permiso para bajarme de la Marina Mercante, dije que tenía

no sé qué y no volví nunca más. Dejé de trabajar ahí y con la guita que me quedaba

me compré una guitarra eléctrica.

Lila Riquelme: Se fue diciendo que iba a comprar vaquitas, pero cuando volvió

compró una batería, le pagó el pasaje a Stephanie y también compró una consola de

12 canales con la que grababa a la noche. Cuando llegó Stephanie, se mudaron de

nuevo y Ale se fue con ellos para Córdoba. Ya venían ensay ando un poco en

Hurlingham.

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Germán Daffunchio: Cuando Alejandro vino a Córdoba a tocar conmigo me dijo:

“Bueno, y o toco el bajo”. A lo que le respondí: “Yo toco el bajo”. Y él: “No, y o toco

el bajo”. Bueno, pum. Yo tampoco era guitarrista, por lo menos no era un guitarrista

profesional para una banda de rock. Pero como esta banda nunca estuvo enfocada en

eso, no hubo problema… Por eso digo que fue todo tan extraño. Yo estaba enfocado

en descargar, porque en mi caso funcionaba como una terapia. Cuando era marino,

no quería pertenecer más a la especie humana. Quería vivir arriba de un barco,

recorrer el mundo y no pertenecer más a nada. Venía de hacer el servicio militar, de

haber conocido a los milicos del Proceso. A los 19 años estaba podrido de todo eso y

asqueado del mundo. Nosotros estábamos locos. No teníamos la ambición de hacer

un grupo de rock que iba a revolucionar a la Argentina o cualquiera de todos los

títulos que hoy tiene Sumo. Éramos unos pibes que estábamos perdidos en el mundo,

como todos los pibes perdidos del mundo que hay, con un tipo que estaba tratando de

no morirse. Se creó una especie de química, que se sumó al espíritu de lucha que

traíamos todos.

Ricardo Curtet: En Nono, Luca tenía una novia, Sonia, que está en la película de

Espina. El tipo estaba solo y nosotros siempre pensábamos: “Bueno, vamos a

presentarle a alguien…”. Porque Luca decía: “Che, loco, hace tres meses que estoy

acá, la verdad es que estoy podrido, me quiero comer las piedras”. “Bueno, mirá, te

vamos a traer una mina”. Pero la verdad es que no había mucho. La vida social en

Nono era muy limitada. Uno iba ahí, se fumaba un faso y la gente decía: “¿Qué es

eso?”. Yo respondía: “Es un tabaco importado”. Los tipos no entendían nada. Iba con

la guitarra a las peñas y todos me respetaban y me llevaban para todos lados,

acompañando a los cantores de tango y folclore. El rock no se entendía. De hecho,

fui el primero en tener una guitarra eléctrica en Mina Clavero. La gente me decía:

“¿Qué es ese ruido?”. “No, es el amplificador, estoy afinando”. “A la mierda”, me

decían. “Es una locura, se escucha a cuatro kilómetros…”.

Lila Riquelme: Luca ya tenía el bajo Hoffner que trajo en su primer viaje. Ale era

un tipo muy abierto a todo, podía tocar cualquier instrumento, tenía un gran oído

musical… Esa era la conexión musical entre ellos. Hay temas, como por ejemplo

“Lament”, que hicieron juntos. El coro que se escucha detrás de la voz de Luca lo

hace Ale. Se divertían mucho juntos, se reían todo el tiempo.

Ricardo Curtet: Córdoba era un aburrimiento tremendo. Cuando nacieron las

mellizas de Timmy, el loco andaba corriendo de acá para allá con los niños, iba y

venía al pueblo. La madre de Timmy les había llevado un coche y Luca hizo los

primeros viajes a Buenos Aires en ese auto.

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Germán Daffunchio: Para Luca, Stephanie era una buena combinación, baterista y

mujer… Porque seguramente tuvieron sus encuentros de soledad. Stephanie también

era un personaje. Bajó del avión y estuvo dos días seguidos durmiendo. Después nos

enteramos de que en esa época todos los punks tomaban muchas anfetaminas. La

música punk es anfetamina. Claro, con el bajón de anfetamina quedás hecho mierda

y no te podés mover. Estuvo durmiendo durante días enteros y se fue. Al principio,

Luca no hablaba mucho en castellano, pero algo le entendías, más que nada por la

similitud con el italiano. Pero Stephanie no hablaba nada de nada y eso era muy loco.

Nuestra comunicación era todo gestos. Una de las cosas que tenía Stephanie era que

se ponía colorada y en cierto momento la veías insultando mientras tocaba la batería.

Se ponía toda roja, puteando, y a veces lloraba.

Ricardo Curtet: Cuando llegó Stephanie fui a la casa en Hurlingham. No entendía

nada, pobre. Una vez fuimos a ver Nosferatu con ella, mientras esperábamos a Luca,

que tenía que volver. Stephanie no era una novia oficial de Luca, pero un poco sí.

Tenían otra mentalidad. Nosotros decíamos: “¿Es la novia o no?”. Ellos dos tenían otra

cabeza, no les importaba si eran novios o no.

Lila Riquelme: Ale no sabía hablar en inglés, aunque después conectó muy bien

también con Stephanie. Ale y y o teníamos una relación divina con Stephanie, ella

siempre se quería conectar, hablaba en castellano como podía y se reía de eso. Luca

era igual.

Ricardo Curtet: Stephanie daba unos tragos de vodka que metía miedo. A veces

dejaba de tocar la batería, iba a tomarse un trago y seguía tocando.

Germán Daffunchio: Un día alguien me tradujo lo que le pasaba y cómo lo

explicaba: ella creía que cuando uno tocaba tenía que pensar en todo lo malo que

había pasado en tu vida. Entonces vos la veías y estaba enojada todo el tiempo, era

muy loco. Además, imaginate una mujer baterista que insultaba.

Stephanie Nutall: Siempre lloro mientras toco la batería. Empecé cuando tenía

nueve años y me pasa desde entonces. En realidad lloro todo el tiempo, por cualquier

razón. A veces siento que me lleno de emoción y que no puedo expresarla

claramente, salvo con lágrimas. Mi padre me decía que era demasiado dramática.

Como Sarah Bernhardt. Mi primer recuerdo es que alguien me propuso tocar la

batería, dije: “Dale” y lloré. Creo que me pasa por la frustración de no ser capaz de

expresarme con palabras.

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Germán Daffunchio: También está la famosa anécdota de la batería que se compró:

fue con Luca y con Timmy a las casas del centro a comprar una y ella eligió una

batería argentina, una Colombo. Nadie sabe bien por qué, porque tenía oportunidad

de tener una americana, pero le gustó el sonido de esa batería nacional. Esa batería

fue un emblema de Sumo durante muchos años. Stephanie dejó una esencia.

Stephanie Nutall: Aunque él escribía las letras, bueno, nosotros creábamos las

melodías, tocábamos muchos juntos. Él tenía ideas y en realidad era la fuerza

creativa principal, pero todos hacíamos nuestra parte: y o con la batería, Germán

amaba su guitarra eléctrica, le gustaba experimentar, y Luca quería que todos

fuéramos reconocidos. No se comportaba como si él fuera el líder de la banda. Nos

empujaba a ser creativos, pero tampoco nos forzaba. No te hacía sentir

insignificante. Era de trato fácil y pensaba cómo extraer lo mejor de la gente. Le

interesaba mucho lo que les pasaba a los demás.

Ricardo Curtet: Luca tenía todo en su cabeza, no había mucha improvisación. Tenía

sus canciones y sus cuadernos, y ahí asomaba la idea de lo que quería hacer, una

mezcla entre reggae y punk. Yo había hecho cosas con Luca y un amigo mío que

tocó el bajo en dos o tres temas. Eso terminó en su disco solista, aunque no aparecí

después en los créditos. En realidad nunca supe que eso iba a terminar en un disco.

Eso que grabamos quedó así durante 20 años, hasta que se publicó… Cuando salió, y o

ni siquiera estaba en la Argentina. Timmy vino a buscarme y me dijo: “Che, estás en

un disco de Luca”. Le respondí: “¿Qué disco? No me acuerdo”. “Una noche que nos

quedamos con Luca grabando, ¿te acordás? Tomando whisky ”. “Bueno, todas las

noches nos quedábamos con Luca tomando whisky, pero no me acuerdo de haber

grabado, qué sé yo”. Un tiempo después fui a su casa de Hurlingham y me hizo

escuchar: “Ah, sí, me acuerdo, estos temas que había hecho Luca”. Estaban

“Lament”, otro tema de Canned Heat, que era de la película Woodstock, “Go To The

Country ” y tres o cuatro más. La verdad es que no me acordaba, pero Timmy me

dio el dinero que correspondía y firmé en SADAIC. Después uno de esos temas se

usó para la película de Rodrigo Espina. Había una caja de ritmos, un distorsionador,

un equipo, un pedal que es como un Leslie y que se usó en “Lament”. A veces

afinaba la guitarra de Luca, porque estaba un poco… Él no tocaba mucho, hizo con

tres o cuatro tonos las melodías. Luca era un melodista, un poco como pasaba con

John Lennon, que tampoco era un gran guitarrista… Pero hacía unas armonías

buenísimas. Durante un tiempo me dio un poco de bronca que esos discos hay an

quedado guardados, porque algunas cosas estaban buenas. Después, cuando salieron

a la luz, a la gente le gustaron esos temas.

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Germán Daffunchio: Mi visión personal es que Sumo tuvo una ideología que nació

en esa época. En la primera época hubo mucho de tocar y de escuchar, pero

también mucho de filosofar sobre creencias artísticas. Teníamos actitudes que

definimos en los primeros tiempos, como el delirio de que yo tocaba la guitarra,

Luca me manejaba la cámara de eco y hacíamos música con eso. Había comprado

un xilofón y se armó una cosa participativa. Esa era una de las cualidades que tenía

Sumo, que después volqué en Las Pelotas: la integración de los músicos. Las Pelotas

no es “mi” banda, como tampoco Sumo fue la banda de Luca, por más que él

después estuviera al frente y fuera la cabeza de todo. En esos inicios fundamos las

bases. Pasó con Stephanie, que dejó un espíritu. Una de las esencias de Sumo era esa

persona enojada, pegando. Sumo tenía una parte que era oscura y una parte más

luminosa.

Timmy MacKern: La elección del nombre del grupo fue en Buenos Aires, en mi

casa de Hurlingham. Teníamos un diccionario en tres tomos. Los separamos y

empezamos a buscar. Estaban Luca, Germán y no sé si Alejandro también.

Empezamos a anotar en listas cinco sugerencias en un papel, después leímos todos los

nombres y quedó “Sumo”. Lo elegí y o porque me había tocado el tomo de las “s”,

no porque fuera una cosa especial.

Ricardo Curtet: Hubo una zapada muy linda en Hurlingham. Nosotros nos fuimos

desde Versalles, donde vivía y o, con un auto viejo que tragaba aceite, a punto de

fundirse, cargamos unos parlantes y otras cosas. Yo llevaba a los secuaces míos de

allá, los que tocaban conmigo. Ellos sabían que era amigo de Luca, que andaba con

los de Sumo y qué sé yo. Cuando llegamos, Luca había puesto los parlantes en el

jardín. Se escuchaba como a 200 metros, no me olvido más. Se escuchaba muy

fuerte. Había puesto a Zappa, “The Torture Never Stops”, que tenía esos solos de

guitarra y también hay una mina atrás que grita como si tuviera un orgasmo.

Empezamos a escucharla desde lejos, pensando: “¿Pero de dónde carajo sale esa

música?”. Nos dimos cuenta que venía de ahí cuando nos acercamos a la casa.

Lila Riquelme: La primera presentación de Sumo fue bastante extraña porque el

público éramos las novias, la mamá de Timmy, la hermana, el propio Timmy, Inés,

Enrique y Nacho Daffunchio, que también era chiquito, y nadie más. Ese era el

público. Armaron todo ahí en el parque afuera. Fue raro pero estuvo buenísimo.

Germán Daffunchio: En el jardín de Timmy el público eran 20 personas, de las

cuales 15 eran familiares. Yo igual me sentía que estaba tocando en el Madison

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Square Garden. Era una experiencia totalmente novedosa. Cuando le dije a mi padre

que iba a ser músico, se largó a llorar. No tenía consuelo.

Ricardo Curtet: Otra vez fue a verlos el capo de CBS, la discográfica. Era un

ensay o, me acuerdo que Germán estaba muy nervioso. Al final, el tipo quería que

hicieran folk. El hombre era amigo de la mamá de Timmy y era jefe en

Phonogram.

Germán Daffunchio: Había una amiga de la mamá de Timmy que no sé si era la

madre de un capo de Phonogram. Adrián Berwick se llamaba.

Alfredo Rosso: Berwick trabajaba en Phonogram, que ahora es Universal. Primero

fue Phonogram, después Polygram y finalmente se llamó Universal. Yo estaba a

cargo del Departamento Internacional de Music Hall. A finales del 81, que es cuando

empieza esta historia, teníamos el sello Sire. Yo edité a los Talking Heads, a los

Pretenders y a los Ramones por primera vez en la Argentina… Como los dos

teníamos el mismo trabajo, lo que hacíamos con Berwick era pasarnos los discos que

editábamos. Yo le daba los míos y él los suy os. De vez en cuando, me daba alguna

muestra importada y yo le daba alguna mía. Intercambiábamos figuritas porque a

los dos nos gustaba la música. Paralelamente, en esa época y o estaba entrando en

Radio Rivadavia, también la FM, y le pedía material a la gente de las grabadoras,

incluy endo a Berwick. Era algo muy común.

Adrián Berwick: Mi mentor fue John Lear. Él conocía a mi viejo y trabajé muchos

años con él en la Argentina y después en Londres. La madre de Timmy MacKern

era amiga suya, además eran vecinos, porque Lear vivió en Hurlingham toda su

vida, con toda la inglesada de esa zona. Un día me dijo: “Me ha pedido una amiga

que vaya a ver un grupo, me gustaría que vengas vos también”. Yo era el director

artístico en esa época y le dije: “Bueno, vamos”. Así que nos fuimos hasta

Hurlingham a ver a este grupo. Pero no es que fuimos a ver un show o un

espectáculo: estaban tocando en el patio de la casa de Timmy. Era verano y no era

demasiado tarde, habrá sido a las seis o siete de la tarde. Fue justo antes o justo

después de las fiestas, tal vez enero del 82, o fines de diciembre del 81. Luca me

impresionó mucho desde el momento en que lo conocí.

Timmy MacKern: Mi madre era muy amiga del capo de Phonogram. Era un tipo

medio religioso y ambos iban a la iglesia. Él era de la comunidad inglesa que vive en

Hurlingham y nos puso en contacto con Berwick, que en realidad era el encargado de

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la parte internacional de Phonogram. Estaba con otra producción nacional, que era

una banda de vaqueros llamada Harp.

Carlos “Aspix” Giustino: Conocí a Luca en Palomar, en un lugar que se llamaba

Caroline’s Café, que era de unos amigos. Yo vivía en Ciudad Jardín y con otros

amigos organizábamos fiestas, ese tipo de cosas de jovencitos. Un día apareció

alguien de Hurlingham diciendo: “Hay un grupo con una chica que toca la batería”.

Esa era la atracción principal. Mucho tiempo después supe que fue el primer recital

de Sumo. No tengo un recuerdo muy claro de Luca en ese show, pero lo del grupo

fue muy fuerte porque era algo que estaba muy a contramano de lo que uno estaba

acostumbrado a ver adentro de un bar, especialmente en el conurbano. Eran lugares

a los que iban tipos con una guitarrita a tocar una bossa nova, o dúos de flauta

traversa… De repente aparecen estos animales con Stephie, que la verdad es que no

era muy ducha tocando la batería pero tenía unos cojones tremendos porque se

paraba y tocaba. Luca usaba el aparato ese que tenía, un delay todo distorsionado que

sonaba todo feo y pastoso.

Germán Daffunchio: En esa época había un grupo que se llamaba Harp. Tocaban

country y cantaban en inglés. Berwick trabajaba con ellos. No sé si hubo una reunión

con Timmy, Luca y Berwick, pero esa fue la piedra fundacional para que empezara

a rodar todo esto. Primero apareció la posibilidad de salir a tocar e inclusive, quizás,

hasta de grabar un disco. Como grupo no éramos nada, era todo por Luca, porque el

tipo cantaba en inglés y Berwick había visto que había un mini mercado en la zona de

Martínez, Olivos, San Isidro. Ahí se tocaba música en los pubs, los tipos se subían con

gorro de vaquero. Yo nunca los vi.

Timmy MacKern: Berwick llevó a Harp a tocar a la iglesia, obviamente presionados

por la compañía.

Adrián Berwick: Nadie hacía esa música en la Argentina. Pero Luca era un inglés

de origen italiano, no era argentino. Y era un inglés muy inglés. Esa primera vez que

lo vi en el jardín de Timmy, lo que más me impresionó fue Luca como performer. O

sea, como cantante era crudo pero tenía una presencia escénica que y o no había

visto nunca. Me impactó mucho. Empezamos a juntarnos, hicimos algunas reuniones,

estuvimos discutiendo mucho sobre las canciones, vinieron a mi casa algunas veces.

Nos llevábamos bien.

Ricardo Curtet: Luca era un tipo buena onda. Se hacía el duro, pero lo querían

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todos. Enganchaba enseguida con la gente.

Adrián Berwick: Las canciones que tocaban eran buenas y después quedaron en el

tiempo, pero lo que era impresionante era su forma de interpretarlas. No es que me

hayan impactado ni su voz ni las canciones: era Luca lo que te cautivaba. Él no

estaba en gran forma todavía; tocaban siempre en ambientes cerrados, estaban

probando mientras él se recuperaba en Córdoba. Después de ese primer encuentro

hicimos algunas reuniones, escuchamos discos juntos, hablamos mucho de música y

después hicimos un demo. En esa época, los estudios de Phonogram estaban en

avenida Belgrano, se habían mudado de la calle Moreno al 2038, estaba muy cerca

del Congreso. Las oficinas estaban en Hipólito Yrigoyen. Una noche tomamos el

estudio y grabamos cuatro o cinco temas. Fue el primer demo con el cual salimos,

con Timmy y con Luca, a tratar de buscar shows. Necesitábamos hacerlos tocar en

vivo para que rodaran el material y también para que se probasen ellos mismos. No

tenían demasiada experiencia.

Timmy MacKern: Cuando le dejamos el demo, nos dijo: “No me gusta comparar”.

Y nos sacó el disco de Flash and the Pan, los australianos, que tenían varios hits en la

radio. No sé por qué lo relacionó con nosotros…

Germán Daffunchio: Berwick armó la gran prueba que íbamos a tener en la

compañía de discos. Nueve de la mañana, dos botellas de vino blanco, empezamos a

grabar. Nunca en nuestra vida habíamos grabado, menos en un estudio profesional.

Nuestra experiencia de grabación había sido Luca en los estudios de sus amigos y

nosotros nada, porque nosotros estábamos en Córdoba.

Adrián Berwick: En esa época, muchas compañías de discos tenían sus propios

estudios de grabación. Es una tradición que se ha ido perdiendo en el tiempo, igual

que tener sus fábricas, su distribución. Llegó un punto en el que la cosa se sofisticó

mucho y los artistas pretendían otra tecnología o preferían grabar parte del disco en

otro estudio. Tener uno propio era muy cómodo, lo usábamos para todos los artistas

de folclore, obviamente para los artistas de pop argentino. En el demo de Sumo grabó

uno de los dos técnicos que teníamos, que eran empleados de la compañía. No hay

que olvidarse de que, cuando los hice grabar, Sumo era un grupo que había

escuchado en el patio de una casa y que me llegaba por amigos de amigos. Además

era una estación baja, cerca de Navidad, y en el estudio había turnos libres. Así que

fuimos una noche y grabamos los temas así como venían. Hicimos algunas

sobregrabaciones, pero en general lo que se escucha es lo que se grabó en directo.

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Germán Daffunchio: De repente estábamos en un estudio de estos, enormes, y

grabamos cuatro temas. Claro, evidentemente el tipo dijo: “Esto no es Harp, esto que

está pasando no es…”. La cuestión es que nos bocharon, de alguna manera. Esa

grabación salió después en estos dos discos solistas de Luca. Ahí están los demos de

“Regtest”, “Warm Mist”, etcétera.

Alfredo Rosso: Un día fui a visitarlo a Berwick y me dijo: “Mirá, estoy un poco

frustrado. Tengo una banda que me gusta mucho, les hice una prueba en el estudio de

Phonogram, pero acá no los quieren editar porque cantan en inglés. Me gustaría darte

una copia para ver qué opinás”. Entonces me dio la copia en casete de la primera

cosa que grabó Sumo profesionalmente. Ese casete tenía temas como “Breaking

Away”, “Night & Day”, “Telephones Ringing In Empty Rooms”. Daffunchio en

guitarras, Sokol en bajo, Stephanie Nutall en batería y Luca cantando, tocando esa

máquina de ritmos que tocaba él y la guitarra acústica. Bueno, ese casete me dio

vuelta. Adrián me había dicho: “Si te gustan andá a verlos a un boliche de Olivos que

se llama Mastropiero”. Se ve que me gustaron mucho porque fui a verlos ese mismo

sábado.

Marcelo Gasió: Había un compañero de trabajo nuestro en el Expreso Imaginario,

que era el que vendía publicidad. Salía por los negocios, los comercios, para atraer

gente para la revista. Era medio charlatán, como todo buen vendedor. Un día nos dijo

que en la zona de Hurlingham y El Palomar había un inglés, que había vivido la

época punk de Inglaterra y que hacía new-wave. Nos contó que había formado un

grupo. En ese momento estaba lleno de grupos, y o también tenía el mío, y viste

cómo es, te dicen: “No, hay un grupo buenísimo”, y vos pensás: “Hay un montón de

grupos buenísimos”. Además me lo decía este tipo, que era medio charlatán. Me tiró

la onda una o dos veces, hasta que también lo convenció de ir a Alfredo Rosso.

Fuimos a ver de qué se trataba.

Adrián Berwick: Nos recorrimos toda la Zona Norte porque yo era de ahí y los

conocía a todos. Entonces llevé el demo a varios locales que había por la avenida

Libertador y nos tomaron en uno que estaba en Olivos, en la calle Corrientes, que se

llamaba Mastropiero.

Timmy MacKern: Teníamos la idea de que la compañía de discos iba a habilitarnos

todo, sobre todo dónde tocar. Entonces a Berwick lo hinchamos mucho con eso:

“Estamos ahora en Buenos Aires. ¿Dónde tocamos?”. Salimos un par de noches, con

él en el auto, para buscar lugares. Era como ir con cualquiera a dar una vuelta, y en

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esa época no había mucho. Hasta que encontramos ese pub en Olivos.

Ricardo Curtet: Con el primer Sumo, el de Luca, Germán, Sokol y Stephanie, toqué

en un par de lugares. En Córdoba, Luca me propuso ser parte de la banda, pero

después ellos se fueron a tocar a Buenos Aires y yo me quedé en Córdoba un tiempo

más.

Germán Daffunchio: Cuando hicimos esa prueba, nos quedamos sin nada. Sumo era

un grupo que cantaba en inglés, que además hacía una música rara, que no tenía

nada que ver con lo que pasaba. Era una situación difícil de vender. Pero habíamos

decidido que íbamos a vivir de la música y salíamos a buscar lugares para tocar con

Timmy y su Renault. Llevábamos el casete a bares de Olivos, San Isidro,

Hurlingham…

Adrián Berwick: Mastropiero era un boliche para parejitas. Todavía recuerdo el

impacto que sentí en ese primer show. Luca y a estaba pelado. Hay que tener en

cuenta que ahora está lleno de pelados, pero en esa época era algo rarísimo.

Timmy MacKern: Tocábamos donde nos aceptaban. Los padres de Germán tenían

una estanciera grande, cargábamos todo ahí arriba e íbamos a los shows así. No

alquilábamos nada, pero teníamos unos bafles que habíamos comprado… Teníamos

cero costo.

Lila Riquelme: La primera vez que vi a Luca pelado fue en un asado. Mucho vino.

Muchísimo. En esa época yo no tomaba alcohol, pero Luca se agarraba unos pedos

bárbaros. En un momento, y a a la noche, quedamos los tres, Ale, él y yo. Estábamos

en la cocina de Timmy, Luca se miraba en el vidrio de una de las ventanas y decía:

“Uh, yo no sé, la verdad es que quiero cambiar, me gustaría pelarme”. Con Ale nos

miramos y pensamos: “Esta es la nuestra”. Lo sentamos y le dijimos: “Ah, bueno,

nosotros te pelamos”. “¿En serio?”. “Sí”. Primero le cortamos el pelo que tenía atrás

con la tijera… Luca estaba totalmente borracho. Ale y yo nos cagábamos de risa.

Después le pusimos espuma de afeitar, le pasamos una máquina y se fue a dormir.

Nosotros nos fuimos y a la mañana siguiente Luca no entendía qué había pasado, no

sabía por qué estaba pelado, no se acordaba de nada… Nos hemos reído tanto con

eso, Ale lloraba cuando lo vimos… Luca nos decía: “Ustedes dos, hijos de puta, lo

que me hicieron…”. “Vos nos dijiste que querías…”. Llorábamos todos de la risa.

Adrián Berwick: Además, Luca tenía esa cara redonda, con facciones muy

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expresivas. El resto del grupo le daba mucho espacio y lo único que veías era a Luca

en realidad. Germán tocaba de espaldas.

Alfredo Rosso: Mastropiero era un bar de trampa. Fue muy raro ver a Sumo en un

lugar tan poco afín. Tenía paredes de madera y en las mesas había un recubrimiento

de mosaico. La barra era muy pesada, como acolchonada, y había un símil vitraux

en los vidrios de las ventanas y de las puertas. Era un bar para tipos que iban con la

secretaria. Te servían whisky en vaso gordo, típico de principios de los años 80. En

ese lugar, uno esperaba que tocaran hits o incluso karaoke. De repente aparecieron

esos tipos que no tenían nada que ver y estaba bastante lleno. Había buen ambiente.

Germán Daffunchio: Conocimos a Alfredo Rosso en Mastropiero. Antes habíamos

tocado en Caroline’s, en El Palomar. Ese fue el primer show de Sumo. Después

vinieron los Mastropiero.

Marcelo Gasió: En aquel momento te decían que venía un punk de Inglaterra y vos

te imaginabas a un pibe de pelo largo. Estaban muy de moda los pubs, esos boliches

donde vos ibas a tomar algo, la clase de lugar donde podías ver al Negro Rada, al

Fontova Trío, incluso a Soda Stereo a Los Redondos cuando arrancaron. Te sentabas,

comías algo y veías al grupo. De pronto aparece un tipo pelado, cuando nadie era

pelado, con una gracia que era una rareza. Los que tenían poco pelo se ponían un

peluquín o se dejaban la bocha. Pero Luca estaba totalmente pelado, haciendo rock

vestido con un jogging y una remera. Pensabas: “¿Esto es un rockero?”.

Alfredo Rosso: Verlos en vivo me dio vuelta. Nadie hacía esa música acá. Estamos

hablando de febrero del 82. Era una música oscura, y la imagen de estos cuatro tipos,

sobre todo la imagen de Luca en ese escenario chiquitito que tenía Mastropiero era

tremenda. Apareció con una careta, rasta, y empezaron a tocar “Night & Day”. Al

final del tema, Luca se sacó la careta y apareció ese pelado tan raro. Hoy eso no le

llamaría la atención a nadie porque hay mucho músico pelado. En ese momento no

había ninguno, ni siquiera afuera.

Marcelo Gasió: Empezaron a cantar en inglés, algo que también era raro. Luca

chapuceaba algo de castellano, se hacía entender. Hoy todos sabemos que aprendió a

hablar en castellano acá, y muy bien. Porque Luca hablaba el argot, cazaba las

palabras, los sonidos, jugaba mucho con eso. Pero en ese momento hablaba muy

poco. Lo vimos y la verdad es que nos gustó, nos pareció por lo menos original. Los

músicos no eran buenos en el sentido técnico, estaban muy limitados todos. A mí

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Stephanie nunca me gustó como baterista, me parecía muy simple. Pero esas

limitaciones eran la gracia del grupo.

Adrián Berwick: Cuando empezaron a tocar en Mastropiero yo estaba al costado del

escenario, completamente magnetizado por Luca. Fue su primer show y no era el

Sumo que vieron todos después, que ya se había transformado en algo más

construido, mucho más grande y con éxitos discográficos. Ese día volví a sentir un

efecto parecido al que sentí cuando lo vi en el patio de la casa de Timmy, con luz de

día todavía, pero aumentado por el volumen, las luces… Luca tenía un spot sobre él.

Es una imagen que puedo ver hasta el día de hoy. Trabajé con cientos de artistas en

mis 35 años de carrera, en varios países también. Luca tenía una determinación

única, pocas veces vista. No sé si fue así porque vio una gran oportunidad con lo que

él tenía para proponer en la Argentina en ese momento. Leí un par de notas en las

que decía que todo le parecía un poco atrasado, porque el movimiento punk de fines

de los años 70 no había pasado por la Argentina. Él tenía unos años más que y o, pero

te aseguro que lo que más recuerdo de él, aparte del talento y todas sus aptitudes, fue

su gran determinación. Era un tipo que tomaba mucho, y que estaba bien tomando

mucho. Porque cuando había que salir a buscar shows él estaba siempre presente,

cuando tenía que hacer lo que tenía que hacer lo hacía muy bien, tuvo una carrera

corta que honestamente no seguí de cerca porque mis viajes en esa época a la

Argentina eran muy fugaces. Pero recuerdo que en esas primeras épocas Luca y a

tenía un proyecto en su cabeza, el proyecto musical Sumo, y que comunicaba muy

bien eso que quería transmitir.

Marcelo Gasió: El público que iba a los pubs era medio concheto, de clase media, el

mismo público que podría haber ido a ver a Pedro y Pablo. Por eso nos sorprendió

tanto la música que hacían. Los primeros temas de Sumo eran muy diferentes a todo,

hacían una versión de “Five Years”, de Bowie, después un tema de Lou Reed,

cantaban en inglés, el cantante era pelado, la baterista era mujer. Todo muy raro.

Alfredo Rosso: Cuando terminó el show, alguien me marcó que el manager era

Timmy MacKern y empecé a hablarle en inglés. A los dos minutos me dijo: “Pero

yo soy de acá”. Entonces me presentó a Luca, entramos a charlar y me di cuenta de

que teníamos mucho en común, porque a él le gustaba la misma música que a mí. En

ese momento yo escuchaba Joy Division, XTC, todos los grupos pioneros de la

movida new-wave. Había escrito una nota sobre punk que y a tenía casi cuatro años.

Había leído bastante del tema. Me había comprado discos de Magazine, Ian Dury,

Elvis Costello. Había viajado el año anterior a Inglaterra y había visto algo de esa

movida. Esa primera noche me hice amigo de Luca y me presenté con Stephanie y

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quedamos en volver a vernos. Creo recordar que nos fuimos todos juntos, porque

ellos venían a pie o en una camioneta. Pero quedó una relación.

Adrián Berwick: Me fui a vivir a Brasil en el 83, mucho antes de la gran explosión

de Sumo. El gran arquitecto del éxito de Sumo fue Timmy MacKern. Lo que diga es

ley. Fue el amigo más fraterno que tuvo Luca, y eso que Luca era una persona

bastante complicada. Era un grande, pero también era loco. Tenía una vena artística

excéntrica. No tuve dudas sobre su talento desde el primer momento en que lo

conocí. No me lo impuso nadie. Yo decidí hacer el demo, decidí salir con ellos a

buscar trabajo, lo vi en mi casa, lo vi en la oficina, escuchábamos discos juntos,

tratábamos de conocernos musicalmente. Porque Luca disparaba en todas las

direcciones en esa época y la elección de las canciones fue hecha por Luca pero fue

también pensando en lo que podría gustar más.

Alfredo Rosso: Yo estaba subscripto desde hacía un año a New Musical Express. La

recibía por vía aérea. Un día leí una nota de Stephanie y su grupo, Manicured Noise,

que se llamaba “Stephanie and her pet rat”. Porque ella era cobradora de impuestos,

e iba con su jaulita y un cobayito que tenía. Lo llevaba con ella para no dejarlo solo

en la casa y que se muriera.

Stephanie Nutall:En el New Musical Express salió ese artículo, “Stephanie y su rata”.

Era una entrevista. Yo tenía una rata blanca como mascota, viajaba conmigo a

Londres y vivía en la cocina…

Alfredo Rosso: Entonces, por esas cosas de la vida, y o tenía la nota. Seguí y endo a

Mastropiero. Fui un domingo y había seis personas para ver a Sumo. Fui otro sábado

donde había un poco más de gente. Los vi por lo menos tres veces en Mastropiero.

Un día le llevé el artículo a Stephanie y se murió. Habrá pensado: “¿Cómo este tipo

va a tener un artículo sobre un grupo mío?”. A ella no la conocían ni en Inglaterra,

¿cómo iban a conocerla acá? Nos hicimos muy amigos. Porque a la tipa le llamó la

atención que un periodista argentino tuviera una nota de su grupo. Desde entonces, la

vi varias veces y me contó más detalles de la época. Para ser sinceros, ninguno de

estos grupos trascendió. Ludus es el más famoso, entre muchas comillas. Manicured

Noise grabó dos singles y desapareció. Pero era una escena muy excitante la de

Manchester en esa época. Hay bandas que obviamente trascendieron, como New

Order, Magazine, los propios Joy Division, los Buzzcocks. El grupo de Stephanie grabó

solamente simples. Hace poco años salió un CD con demos y simples.

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Ricardo Curtet: Rosso fue a verlos a Mastropiero. La compañía no había aceptado a

Sumo, pero Berwick le dijo a Alfredo: “Tenés que escuchar esto”. Después de esos

shows, Alfredo le dijo lo mismo a Pettinato. Roberto fue a verlos a Estudiantes y ahí

empezó a correr la bola.

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Afiche original del festival “Rock del sol a la luna” realizado en el estadio de

Estudiantes de Buenos Aires con la participación de Sumo, Riff, Los Violadores y

Orions, entre otros, 1982.

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Capítulo 9

1982

“Yo canto en inglés, men, pero soy italiano. Y las Malvinas son italianas. Por eso

tengo un colador en la cabeza, porque los italianos van a bombardear con fideos”.

Luca Prodan en el Stud Free Pub.

Una vez lanzado al almanaque incierto del rock argentino modelo 1982, Sumo

cambió la tradición de tocar poco (y con aires de excelencia) que arrastraban las

bandas consolidadas. También los nuevos grupos que intentaban seguir a sus

referentes, por la prepotencia de copar cualquier escenario o inventar lugares sin

medir resultados ni testear las plantas de sonido. En un año fatídico para la historia

argentina, en donde la guerra primero se tiñó de euforia desmedida para convertirse

rápidamente en una tragedia nacional, Luca Prodan creó una moderna versión de La

armada Brancaleone. Un frente capaz de confrontar al chauvinismo imperante, las

facciones conservadoras de nuestro rock y todo aquel que veía como enemigo al

extranjero que hablaba raro. Dentro de ese clima, Hurlingham no era un lugar

neutral. Rodeado por uno de los principales emplazamientos del ejército argentino

(como el gigantesco predio de Campo de Mayo o la histórica Brigada Aérea de El

Palomar), la Zona Oeste del Gran Buenos Aires concentró en los años de plomo la

representación más acabada de uno de los postulados esenciales de la Doctrina de la

Seguridad Nacional. A instancias del departamento de Estado norteamericano,

promovía dictaduras latinoamericanas sostenidas por ejércitos de ocupación en sus

propios territorios. Desde el Colegio Militar, la academia castrense donde se

formaron los presidentes de facto desde 1930, todo estaba dominado por el verde

oliva y los carteles de sectores restringidos para la vida civil. Ahí, en el ojo del

conflicto, Sumo comenzó su fabuloso plan de operaciones.

El dato de la realización de un festival al aire libre, en el estadio de Estudiantes de

Buenos Aires, fue el pretexto para convencer a los organizadores de que un nuevo

grupo merecía un lugar en la grilla del evento. El resto es una suma de sucesos

fortuitos, que desembocaron en la tarde del 20 de marzo, en un concierto masivo

bajo el rótulo de Rock del sol a la luna, con la participación de Riff, Orions, Los

Violadores, Juan Baglietto (sic), Los Abuelos de la Nada, Memphis, Hangar y La

Fuente, entre otros. En el afiche de fondo negro y letras blancas, el nombre de Sumo

provocaba curiosidad por la aclaración entre paréntesis de su procedencia: England.

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El encuentro previo se realizó en la sala de ensayo de los Orions, e incluyó una

zapada de Sumo ante la mirada atónita de tipos que venían del rock sinfónico. Ver a

una chica tocar la batería no era común en el rock argentino, y mucho menos en

shorts y con una actitud punk en su forma de golpear los parches. Finalmente, la

banda liderada por el legendario guitarrista Adrián Bar accedió al pedido de los

principiantes. Antes, su baterista, José Luis “Daddy” González, realizó una

demostración de cómo debía tocarse la batería.

El calor de marzo era insoportable. A media tarde, el sol todavía dominaba el

escenario del estadio de Caseros. Stephanie subió a tocar en biquini y remera. Le

alcanzó con poner un pie en el bombo para desatar un coro gigante que empezó a

repetirse de manera obsesiva: “¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!”. Era la respuesta a semejante

atrevimiento de la chica que solo tenía calor, y que estaba acostumbrada a tocar en

pantalones cortos, igual que Stewart Copeland de The Police y de tantos otros bateros

de la nueva era. Aunque todavía faltaba mucho para que subiera la banda de

Norberto Pappo Napolitano, los acólitos de Riff pedían por El Carpo como en los

tiempos de Pappo’s Blues. Arriba del escenario, la preocupación de Germán

Daffunchio pasaba por saber cuánto tiempo resistirían como blanco fácil en ese ring

de la impaciencia. Con máscara y peluca incluida, Luca desafió a la multitud cada

vez más insistente: “Pappo, ¿quién es Pappo? Fuckin’ Pappo. Yo le juego una carrera

tomando vodka hasta Rosario a ver quién gana”, fue la respuesta del frontman a viva

voz. La imagen del público se congeló y el silencio ganó como única reacción. Sumo

completó su set de no más de media hora con total normalidad y algunos aplausos.

Los primeros punks que iban tras los rastros de Los Violadores quedaron

gratamente sorprendidos por esa banda que no tenía ni un gramo del viejo rock. Algo

parecido sucedió con un grupo de periodistas encabezados por el joven director de la

revista el Expreso Imaginario, Roberto Pettinato. El hechizo fue instantáneo y la

versión de “Mirror Man”, de Captain Beefheart, completó el encantamiento. Fue un

guiño erudito que continuó en bambalinas con promesa de un nuevo encuentro, la

próxima vez con forma de entrevista entre los Sumo y el editor de la prestigiosa

publicación. Junto al grupo de punks de la Zona Norte que seguían a Los Violadores,

una chica de 17 años también quedó obnubilada por la experiencia Sumo, en especial

por el magnetismo escénico de su cantante: Mónica Stromp no habló ese día con

Luca, pero no tardó mucho en conseguir el número de teléfono de Timmy MacKern.

Inmediatamente, terminó su relación con el primer guitarrista y fundador de Los

Violadores, Hari B, nacido como Pedro Braun y reconocido como el primer punk

argentino (después de publicar, en 1977, un aviso clasificado en la revista Pelo para

formar una banda de punk rock).

En la edición número 161 del mes de abril, con Eric Carr de Kiss en tapa, la

revista Pelo destinó dos páginas a la reseña del festival en la cancha de Estudiantes.

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“El sol, Riff y la luna” señalaba el título de una reseña detallada del encuentro con

unas pocas líneas dedicadas a la presencia de un grupo: “Prosiguió con Sumo, un trío

(sic) que incluye una baterista de excelentes condiciones y que transita una línea

reggae”. La mención a Stephanie Nutall tenía un correlato gráfico con una pequeña

foto de la chica inglesa en una galería de imágenes junto a Memphis, Baglietto y Los

Violadores.

A las 9:15 del 2 de abril, el gobernador británico Rex Hunt ordenó la rendición de

las tropas inglesas en las Islas Malvinas, que después de 150 años de usurpación

volvían a pertenecer a la República Argentina. La Operación Rosario había

terminado de manera exitosa, y en pocos minutos el mismo gobierno del general

Galtieri (que dos días antes había reprimido ferozmente la masiva marcha a Plaza de

Mayo organizada por la CGT) recibía el abrazo popular y borraba de un plumazo el

recuerdo de la mayor movilización durante el régimen. El evento se replicó en otras

ciudades del país, dejó más de cuatro mil detenidos y el asesinato del obrero

mendocino José Benedicto Ortiz a manos de las fuerzas de gendarmería.

“Mirá, Germán, acá falta locura” era la frase favorita de Luca por aquellos días.

Pero el cantante no se refería a la agitada vida política del país, que puso a la banda

en un lugar de beligerancia manifiesta frente a los acontecimientos de abril. Los

padres de Stephanie Nutall estaban desesperados, llamaban a la casa de Timmy, que

en los primeros días del conflicto estaba custodiada por la policía al igual que todo el

barrio en Hurlingham. El barrio estaba ocupado en su mayoría por tradicionales

familias británicas y la protección se había activado ante el temor de algún ataque de

corte ultramontano. El panorama se tornaba cada vez más confuso y, luego de

algunas cavilaciones, la baterista decidió volver a Inglaterra. Antes, Sumo tocó en

Mastropiero integrado, por única vez, por dos bajistas. El nuevo integrante era una

cara conocida en la zona, y un músico de probada destreza: Diego Arnedo era parte

de la tercera formación de la banda MAM de los hermanos Ricardo y Omar Mollo,

un grupo reconocido en la Zona Oeste. El nuevo integrante ocuparía el lugar de Sokol,

quien a su vez remplazaría a Steph en la batería. En el concierto despedida, Arnedo

se las ingenió para tocar sin siquiera haber ensayado los temas: entre canción y

canción, le daba play a un grabador portátil para escuchar un casete y así saber el

tono por donde correría el próximo tema. El bajista y vecino de los MacKern había

visto el debut de Sumo en Caroline’s, y decidió presentarse espontáneamente, como

posible refuerzo, por comentarios de amigos. A modo de legado, Steph convenció a

Alejandro para que tomara su lugar y se hiciera cargo de la batería Colombo. El

cambio no afectó la dinámica del cuarteto. Sokol había aprendido a tocar la batería

mirando a su amiga inglesa; la instalación rítmica quedó en buenas manos y también

parte de la magia original de la primera formación.

122


Germán Daffunchio: El segundo show de Sumo fue en la cancha de Estudiantes de

Buenos Aires. Me acuerdo de estar en Córdoba diciéndole a Luca: “Pero, vos estás

loco, ¿cómo vamos a ir a tocar al festival que toca Riff?”. Era la época de las

cadenas, cuando salían todos los heavy metal. También tocaron Baglietto y Los

Violadores.

Pil Trafa: Conocí a Luca el 20 de marzo del 82, en el Club Estudiantes de Buenos

Aires. Había visto que la publicidad decía: “Sumo, England” pero no sabía quiénes

eran. Había poca información en ese momento. Tocaron y me sorprendió mucho

que la baterista era mujer. También Luca, que estaba con una máscara, una peluca o

algo así. Después se la sacó. Yo entendía algo de la música que hacían: Joy Division,

ese estilo. Después tocamos y Luca se nos acercó. Lo primero que me dijo fue que

nuestro tema “Estás muerto” se parecía mucho a “No Feeling” de los Sex Pistols. Se

había quedado al costado del escenario viendo todo el show y estaba muy contento.

Germán Daffunchio: Nos enteramos que los Orions eran los organizadores del

festival. En realidad estaban poniendo fichas para ellos, ¿no? Entonces organizan este

festival y nosotros vamos a ver si nos dejan tocar. Vamos a la sala de ellos, algo muy

raro: Stephanie, Luca, Alejandro y yo viendo ensay ar a una banda de hard rock…

Stephanie tocaba como baterista punk, con bombo, tambor y el ton-ton, y el hi-hat.

Bien punk. Los Orions tenían esas baterías de doble bombo: Se habían quedado en la

época del rock sinfónico, de Yes, de Rush.

Lila Riquelme: La potencia que tenía la petisa te impactaba. La verdad es que ver

tocar a Stephanie era impresionante.

Germán Daffunchio: Tocamos dos o tres temas en la sala de los Orions. Uno fue

“Shut Up Mark”. Era un temazo. Lo habíamos hecho con Ale. Él tocaba el bajo, y o la

guitarra y Stephanie le puso la batería. Tengo la imagen de Luca bajando y

empezando a cantarlo instantáneamente. Era un tema que él le cantaba a Mark

Chapman, el que mató a Lennon. Para nosotros, era un tema pesado. Recuerdo a

Stephanie ese día: petisita, inglesita, con el pantalón corto… Le chupaba un huevo

todo. Se subió a la batería: “¿Podemos tocar?”. “Sí”. Los Orions la veían pasar,

pensando: “¿Y esto qué es?”. “Bueno, esto es la baterista…”. Se sentó, terminamos de

tocar los cuatro temas y los chabones se quedaron alucinando. No entendían nada. Al

que más se le voló el cerebro fue al baterista. Cuando Stephanie bajó, el tipo volvió a

subirse a la batería y empezó a tocar. Como diciendo: “Así se toca la batería, no

puede ser esto, una mujer…”. El cantante era esos típicos cantantes de hard rock.

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Después de esos cuatro temas nos dijeron: “Bueno, está bien, toquen en el

festival…”.

Marcelo Pocavida: Supe de Sumo de una manera totalmente casual. Vimos un

volante del festival “Del sol a la luna”, vay a nombre hippie si lo hay… Se hacía en la

cancha de Estudiantes de Caseros. Empezaba a la mañana y terminaba a la noche, al

mejor estilo de la tradición B.A. Rock, pero de los 80. El cierre era con Riff, con la

presencia de Pappo, que era el referente rockero de más peso que había. Nosotros

éramos un grupito que andaba de acá para allá, todos juntos, que eran los pibes de la

revista Vaselina. Seguíamos a Los Violadores. En ese flyer aparecían todos los

nombres y logos de las bandas: Memphis La Blusera, Orions, había más de diez

grupos. Uno de eso grupos se presentaba como: “Sumo, England”. Para nosotros,

Inglaterra era la tierra prometida, la meca del punk. ¡Inglaterra! Dijimos: “¿Qué será

esto? Debe ser una banda de chantas…”.

Germán Daffunchio: Nos presentaron como un grupo inglés. Me acuerdo que el

afiche decía: “Sumo: grupo inglés”. Cuando salimos a tocar estaba un amigo nuestro,

que se llamaba Pepe Luis, al que después los Divididos le hicieron un tema. Pepe me

acompañó desde la entrada hasta el escenario y me tomé un vaso de vino resero.

Estaba convencido de que nos iban a comer. Nos subimos y a Stephanie le gritaban:

“¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!”.

Stephanie Nutall: Estaba tocando y todo era: Yo lo disfrutaba. Nunca me había

pasado algo así antes. Nunca había visto punk en la Argentina. Era gracioso. Lo

interesante es que, hace unos meses, uno de mis amigos argentinos de Facebook me

mandó un mensaje privado para pedirme perdón en nombre del país por decirme

“puta”. Me dijo: “Es terrible, lo lamento mucho”. Fue muy tierno. Igual y o lo

pensaba como algo gracioso: no te pasa seguido que tanta gente te diga “puta” al

mismo tiempo.

Germán Daffunchio: Había algo de gente abajo. No estaba repleto pero había gente

suficiente. Era el segundo show de nuestra vida y el primero había sido en un

bolichito para 30 personas. De golpe estábamos en un lugar donde había más de mil

personas. Luca salió con la máscara. No me acuerdo qué tema hacíamos con esa

máscara. Ahí empezó la piedra basal de lo que fue después Luca, el personaje arriba

del escenario, con todas esas cosas, las pelucas…

Marcelo Pocavida: Fuimos a la cancha de Estudiantes con una bandera, vestidos

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todos con camperas de cuero, tachas, los pelos parados. Todavía no había heavy

metal propiamente dicho. De hecho, había mucho “pappero” con morral y jeans.

Pocas muñequeras. Cuando llegamos, y a nos miraron mal. Entre los hippies y la

cana, nos miraron para el culo: éramos los únicos tarados vestidos y peinados así. En

ese momento, las bandas tocaban en el campo pero la gente no tenía acceso. La

gente lo veía desde las tribunas, como si fuera un partido de fútbol. Había una

distancia importante, igual que si te acercabas al alambrado. Sin ir más lejos, cuando

se hacían recitales en Obras, ibas sentado en butacas, en sillas. Si te parabas, venía un

cana y te sentaba. En un momento dado, todavía estábamos en la heladería,

sabíamos que Los Violadores iban a tocar antes que Riff y nos quedamos ahí

esperando. Empiezan a armar, y lo primero que vimos es que a la batería sube una

chica toda vestida de negro, pelo largo, y que empieza a aporrear la batería. No

podíamos creerlo: “¿Es una mina la que está ahí?”. Empezó a golpear la batería.

Después subieron el bajista y el guitarrista, y empezaron a tocar una introducción

muy tribal, media hipnótica, como una introducción. Después supimos que tenían

muy pocos temas.

Pil Trafa: No existían bandas como Sumo en la Argentina. Los Violadores éramos

una banda punk. Ellos también, pero de una manera distinta. Ese día en Estudiantes

creo que cerraba Baglietto y nadie les dio pelota, igual que a nosotros. La gente jodía

todo el tiempo con Pappo. Tocabas cualquier acorde y te gritaban: “Pappo, Pappo,

Pappo”.

Germán Daffunchio: Las frases que tiraba en vivo, las cosas que decía… Ese

festival fue tremendo porque al final se quedaron todos callados. En un momento,

cuando todos decían “¡Pappo, Pappo, Pappo!”, Luca tiró: “¡Fuckin’ Pappo!”. Me

acuerdo de haber pensado: “Listo, acá nos matan”. Decía: “Fuckin’ Pappo, ¡fuck you

con Pappo! ¡A Pappo le corro una carrera a Rosario tomando vodka”. Imaginate a

los monos. El tano era desafiante, un hijo de puta… Qué bueno… Eran épocas

especiales.

Marcelo Pocavida: Entonces aparece en escena un tipo con una máscara de látex de

anciano, disfrazado de viejo, haciendo como movimientos medios simiescos, acorde

a la música que estaban tocando, y y a nos gustó. Hasta ese momento dijimos:

“Parece Killing Joke”. De golpe el tipo empieza a vociferar sonidos guturales medio

en inglés, bien al estilo Luca, y eso nos gustó más todavía. Después de ese tema, se

sacó la máscara y apareció el pelado. Estaba con una campera de cuero muy

gastada, la típica campera de cuero que había traído de Inglaterra, y siguió así todo el

concierto. Acá no había tradición de cantantes ni de frontman. Estaba Pil Trafa y

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nadie más. Era algo que no se veía desde Billy Bond. La gente no le dio ni bola a

Sumo. Querían bandas que tocaran blues o alguna hipponeada, qué sé yo. Los

Violadores se comieron muchos silbidos. No pararon hasta que no apareció Riff. Lo

único que les interesaba era ver a Pappo.

Alfredo Rosso: El propio Pettinato era fan de Sumo en esa época, cuando

obviamente no tocaba con ellos. Esa tarde de Estudiantes de Buenos Aires habíamos

ido todos juntos en el auto de Gasió. Petti estaba con nosotros porque habíamos ido

para cubrir el festival para el Expreso. Cuando empezaron a gritarles cosas a

Stephanie y a Luca y él dijo eso de la carrera a Rosario tomando ginebra contra

Pappo, todos pensamos: “Los van a matar a estos monos”. Pero la monada cambió

completamente y empezó a aplaudirlo. “Este tipo tiene huevos”, pensé.

Mónica Stromp: Acababa de dar mi examen de ingreso a la Puey rredón y a la

Escuela Nacional de Arte Dramático. Había conocido a Gamexane viajando en el

tren que va de Martínez a Retiro. Una noche salimos y nos encontramos con él, este

chico punk, todo vestido de negro, muy dulce. Él nos dijo: “Vengan con nosotros,

vamos a una fiesta”. Así conocí a Los Violadores y empecé a estar con uno de los

chicos. Una tarde fuimos juntos al festival en una cancha de fútbol, cerca de la

General Paz. Apareció Sumo en el escenario, con Stephanie y con Luca, y pensé:

“Qué cool que es esto, buenísimo, ¡al fin!”. Él me pareció muy atractivo, y me

gustaba lo potentes que eran como grupo.

Marcelo Pocavida: Después del show de Estudiantes nos acercamos al alambrado:

Luca se bajó del escenario, empezó a caminar y se vino derechito hasta donde

estábamos nosotros. Él estaba con su campera de cuero, nosotros con las nuestras, y

nos dijo: “Oh, punks en la Argentina. Yo creía que los punks eran de New York City”.

Hablaba de la discoteca New York City. Ahí hablamos dos o tres cositas, con un

alambrado en el medio. Lo acompañaban amigos o gente, no sé y o, iría a tomar

algo. Vio una masa negra, éramos tres o cuatro, y se acercó. Éramos pibes y

tampoco te dejaban entrar al campo. Le preguntamos varias cosas: “¿De dónde sos?

¿Vas a tocar de vuelta?”. No sé si llegó a decirnos algo. Después empezamos a

rastrearlo y terminamos siendo público de Sumo.

Bobby Flores: Vi a Sumo en el festival en Estudiantes de Buenos Aires. Tocó con Los

Violadores y con Riff. Me había llegado que Luca era amigo de Johnny Rotten. Yo

era muy punk, era mi música, y me habían hablado de una foto suy a con Johnny

Rotten en un festival. Yo estaba laburando en una radio, creo que en Del Plata, y fui a

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cubrir ese show. El plato fuerte era Riff, aunque y o no era muy fan de ellos y no

estaba muy interesado en el asunto. Me acuerdo de Stephanie: me llamó la atención

que la baterista fuera una mina inglesa.

Alfredo Rosso: No fue un gran show de Sumo, pero fue correcto. Es cierto que no

era el mejor lugar porque en la cancha no había mucha vibra. Pero se la bancaron y

pasó. Esa misma noche tocaban en Mastropiero y volví a verlos ahí, por tercera vez.

Después vino el 2 de abril, y cuando vino el 2 de abril entró a pudrirse todo.

Marcelo Pocavida: De la cancha de Estudiantes tuvo que sacarnos la cana. Cuando

arrancaron Los Violadores empezamos a saltar, pero éramos nosotros solos

viéndolos: cuatro bobos de negro saltando. Vino a apurarnos un grupo que estaba ahí

y se complicó un poco: el punk venía a usurpar la tranquilidad, para ellos era algo

sacrílego. Paradójicamente nos sacó la policía, que después iba a cansarse de

meternos en cana. Creo que no llegamos a ver el show completo de Los Violadores

porque la cosa se puso áspera. Salimos custodiados.

Germán Daffunchio: En esa época también tocamos en La Plata y en Entre Ríos.

Hace poco fuimos con Las Pelotas a tocar a Chajarí, y por supuesto aparecieron los

que habían estado en ese show de Sumo de ahí. Me acuerdo que nos pusieron un

cartel, “Bienvenido Sumo”, pero que ni siquiera era un pasacalle. Recién habían

movido a todo el pueblo, con una campaña que era: “De Federación, listo para

ay udar a la Nación…”. Era una ciudad nueva que habían creado los milicos, la típica

ciudad de ellos: puro cemento. Dentro de Federación había un grupo de gente, serían

cinco o diez, que dijo: “Vamos a hacer movidas, llevemos un grupo”. No sé por qué

llevaron a Sumo. No tengo idea de dónde nos conocían. La cuestión es que fuimos a

tocar a Federación y Chajarí. Fue un desastre. Nos alojamos en una casita cerca del

río y una de las diversiones que teníamos era buscar piedras y meternos en el agua.

Ahí tocamos la primera versión de “Mejor no hablar de ciertas cosas” o de “La rubia

tarada”, no me acuerdo de cuál, pero estrenamos una de esas dos. Esos primeros

shows, cuando tocamos en La Plata, en Chajarí y en la cancha de Estudiantes fueron

el comienzo de una época muy creativa de Sumo.

Stephanie Nutall: Cuando fui a la Argentina me di cuenta de que había un público

diferente. Tienen el mejor público, incluso hoy sigue siendo así. En la Argentina, la

gente iba a verte para disfrutar del concierto. En Inglaterra, en cambio, te miran

como si fueran los chicos más copados y descreídos. Los argentinos disfrutaban del

show. Eso era refrescante.

127


Germán Daffunchio: En esa época, vivíamos bastante tiempo en Córdoba.

Viajábamos a Buenos Aires para tocar y nos volvíamos. Prácticamente convivíamos,

pasábamos mucho tiempo juntos… Hoy pienso en eso y creo que estábamos en una

lucha épica, digamos.

Ricardo Curtet: Una vez fuimos a Córdoba en el tren y Luca invitó a un montón de

gente. Tenía dólares y le decía a cualquiera: “¿Vos querés ir a Córdoba?”. “Sí”. “¿Vos

querés ir a Córdoba?”. “Bueno”. “¿Pero estos quiénes son?”, decíamos nosotros. “Ah,

son unos amigos míos, nos tomamos una ginebra recién”. “¿Y ahora los vas a llevar a

Córdoba a todos?”. “Sí, sí, vamos a ir todos en el tren, tomá la plata… Andá a Retiro

y comprá 12 pasajes. Ah, comprá vino también y todo lo que encuentres”.

Germán Daffunchio: Cuando llegó Stephanie teníamos más o menos 10 o 12 temas,

y había varios que eran covers. Teníamos armado un showcito y ensay ábamos desde

las 11 de la noche hasta las seis de la mañana en el living de la casa de Timmy, que

tenía unos taburetes que usamos para “Virna Lisi”. Luca agarraba los palitos de ese

xilofón que había comprado y los tocaba sobre ese taburete, que quedó todo

marcado. El primer original de “Virna Lisi” tenía una batería electrónica, que era

una cajita cuadrada chiquita, no me acuerdo cómo se llamaba. Era rudimentaria,

pero tenía lo suyo. Muy moderna para ese momento. Después de ensay ar, a las seis

o siete de la mañana nos tirábamos en la pileta y nos íbamos a dormir.

Stephanie Nutall: Solo una vez paramos un show porque Luca estaba demasiado

borracho. Aceptábamos el hecho de que era alcohólico, pero esa noche había ido

demasiado lejos, se caía por todo el escenario y hacía tonterías. Era un show de dos

partes, no me acuerdo dónde era, aunque casi lo puedo ver… Llegamos a la segunda

parte y le dijimos, “No, nos vamos”. Él nos preguntó: “Pero, ¿por qué?”. “Porque

estás borracho, porque es basura”. Creo que esperábamos que él pensara un poco

más en lo que estaba haciendo. No me gusta predicar, pero llegó un punto en que

había empezado a afectar la banda y estaba tomando demasiado. Cuando tomaba, al

otro día no se acordaba de nada. No tenía ningún recuerdo. Tomaba hasta el

momento en el que no se acordaba. Se lo mencionábamos, pero simplemente no

lograba acordarse.

Claudio Kleiman: Mi primera visión de Sumo fue muy especial. Alcancé a ver el

que fue el último recital con Stephanie. Yo había estado todo 1981 fuera de la

Argentina, viajando como un hippie por Latinoamérica. Cuando volví, Alfredo Rosso

me dice: “Che, tenés que ver a ver este grupo, está muy bueno. Es de un tano que

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está viviendo en la Argentina”. No soy tan memorioso como Alfredo, pero me

acuerdo que ese show fue en un boliche que estaba en un primer piso, por la zona de

Santa Fe, cerca de Callao. Al poco tiempo, cuando la cuestión de Malvinas empezó a

ponerse espesa, la reina les dijo a sus súbditos que si no tenían algo muy específico

que hacer, se volvieran.

Ricardo Curtet: Llegué a Buenos Aires, desde Córdoba, el 2 de abril del 82. Entré

en la casa de mis abuelos, y lo encontré a mi abuelo con la radio: “Che, empezó el

quilombo en las islas Malvinas, entraron los ingleses y mataron a uno. Estos

milicos…”. Sabía que Timmy y Luca estaban en Hurlingham. Entonces esperé un

rato para ver qué decían en la televisión, que en esa época empezaba más tarde. Al

rato ya estaban pasando las imágenes de las Malvinas, en blanco y negro, y llamé a

Hurlingham a la casa de Timmy. Me atendió Luca y me dijo: “Che, qué les pasa,

están locos, este quilombo, ahora no vamos a poder tocar, no vamos a poder hacer

nada”. Le dije: “Sí, bueno, ¿qué hago? ¿Voy para allá?”. Me respondió: “Y sí, acá

está la policía, que nos tiene medio rodeados”. Querían proteger un poco a los

ingleses que había ahí, por si a algún loco se le ocurría pensar “¡Hay que matarlos!”.

Entonces estaban ahí, medio que no sabían qué hacer. La más preocupada era

Stephanie, porque ella sí era inglesa, y la familia la llamaba todo el tiempo…

Stephanie Nutlal: Cuando empezó la guerra de Malvinas, mi familia estaba muerta

de miedo, particularmente mi mamá. Intentaron llamarme más de una vez. Los

diarios escribían muchas de las cosas que revientan a la gente, los leías y todo

parecía ser mucho peor de que lo era en realidad. Estábamos preocupados: ¿qué iban

a hacer, nos iban a poner a todos los ingleses en campos de concentración? Pensás

muchas cosas en esos momentos, más aún si te dejás influenciar por los medios.

Ricardo Curtet: Fui para Hurlingham y le dije a la policía: “Mire, soy amigo de

esta gente, quiero entrar…”. “Bueno…”. Llamaron por teléfono a la casa y en la

casa le dijeron: “Sí, déjenlo pasar”. La casa de Timmy estaba en la calle Canning,

donde termina la estación Hurlingham. Esa calle después cambió de nombre, igual

que Scalabrini Ortiz, porque Canning era un ministro inglés más hijo de puta que la

mierda. Esa custodia duró uno o dos días. Entré a la casa y me encontré con

Stephanie y con Luca mirando la tele. Aparecían esas imágenes, andaba este

periodista Gómez Fuentes reporteando lo de Malvinas, y Luca se cagaba de risa.

Decía: “Pero ese tipo tiene una cara de inglés que mata, parecía una caricatura.

Volvámonos a Córdoba, porque acá no se puede hacer nada”. En plena guerra de

Malvinas, en Córdoba hablábamos con la gente, y la gente de la sierra no sabía qué

pasaba, ni siquiera creía que iba a haber una guerra. Luca les decía “No, boludos,

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van a venir los ingleses, esos hijos de puta y te van a hacer mierda”. También jodía:

“Las Malvinas son italianas, ¡y los vamos a bombardear con fettucini!”.

Stephanie Nutall: Quería quedarme, pero mi visa estaba por vencer y no podía

pagar la renovación. Tuve que salir del país y entrar de vuelta. Tenías que irte por

seis meses, pero ibas pagando y podías renovar la visa por tres meses más. Recuerdo

que mi mamá intentó llamarme a Buenos Aires, y que la red de teléfono en Buenos

Aires no era muy buena. Llamó muchas veces y cada vez la atendía un argentino se

asustaba todavía más. “¡Dios mío, una persona argentina!”. Finalmente me encontró:

“Tenés que volver a casa, por favor, necesitamos que vengas”. La escuché muy mal,

la angustia estaba haciéndole daño, entonces le dije de mala gana: “Junto la plata y,

bueno, cuando pueda vuelvo”. Pero no quería hacerlo. Prefería correr el riesgo, ir a

Uruguay, intentar entrar de vuelta y, si no, ir al consulado y decirles: “Mándenme a

casa”. El dinero estaba inaccesible, habían congelado todas las cuentas inglesas. No

recuerdo bien cómo fue, pero no pudimos sacarlo y además empezó a

desvalorizarse: las cosas subían de precio todas las semanas. Entonces, aceptar esas

libras de mis padres fue mi única opción, hicieron muchas cosas para conseguirlas,

aunque y o no quería saber nada. Aún les debo esa plata. Nunca se las devolví.

Ricardo Curtet: En ese tiempo, cuando todavía eran todos milicos, Luca pasaba

tomando cerveza por delante de los cuarteles y se cagaba de risa. Un día, en uno de

los viajes a Buenos Aires, pasamos por la Esma y le dijimos: “No camines por esa la

vereda, Luca, vamos por enfrente”. Él decía: “Yo no tengo miedo, loco, váy anse

todos a la puta que los parió”. Pasaba por delante de los centinelas, burlándose de

ellos, y había un cartel que decía: “Centinela abrirá fuego”.

Lila Riquelme: Ale y Stephanie tenía una relación cercana. Se hicieron muy amigos.

Stephanie tuvo que irse por el tema de las Malvinas. La vieja que le rompía las

pelotas desde allá, desesperada porque pensaba que nosotros colgábamos a los

ingleses de los árboles. Cuando se fue, le entregó los palillos a Ale y le dijo: “Quiero

que vos seas el que ocupe mi lugar”.

Claudio Kleiman: Con Stephanie, el grupo sonaba distinto a lo que fue después Sumo.

Porque ella tocaba de una manera única: muy primitiva pero con un golpe muy

fuerte. Tipo Maureen Tucker, de Velvet Underground, o la mina de los White Stripes.

Era muy punk y oscura al mismo tiempo. Nosotros en 1982 no teníamos muy

presente a Joy Division, pero Luca obviamente sí. Nos dimos cuenta más adelante de

esa influencia.

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Alfredo Rosso: Me acuerdo muy bien del asado de despedida de Stephanie. Los

padres la llamaban todos los días a la pobre Stephanie… Era lógico preocuparte

porque tu hijo está en el país con el que tu país está a punto de entrar en guerra. Vas a

tratar de que vuelva, ¿no? Ella no quería saber nada con irse porque le gustaba mucho

tocar acá, y además la gente le tiraba buena onda. Ese día de su despedida se le hizo

un asado en la casa de Timmy en Hurlingham. También fue Pettinato, que ya era

parte del circuito, no tocaba con ellos pero eran más amigotes. En un momento, Luca

me agarró y me dijo: “Che, qué buena está la nota del Expreso de John Marty n que

escribiste. Me gustó mucho, ¿no te ofendés? La leí en el baño”. Después me dijo:

“Alfredo Rosso, vos sos Fred Red”. Me puso el sobrenombre que yo uso en

cibernética. Cuando piden el nombre de usuario pongo “Fred Red” y me acuerdo de

él.

Sergio Rotman: La primera vez que vi a Sumo todavía estaba Stephanie. Fue en

marzo del 82, antes de Malvinas. Los vi desde una ventana. No me dejaban entrar

porque era menor. Me acuerdo que tocaron “Pinini Reggae” y una versión de un

tema de John Martyn, “Solid Air”. Me impresionó muchísimo. Era increíble la

diferencia con el resto de las cosas que había para ver. Me pareció un poco hippón

para lo punky que éramos nosotros.

Alfredo Rosso: Luca era un fan de John Martyn y conocía a Nick Drake. Un día me

dijo: “‘Solid Air’ es un tema que Marty n le decicó a Nick Drake”. Siempre lo tocaba.

Germán Daffunchio: Stephanie se fue, y con Alejandro y a nos habíamos

encontrado un par de veces con Diego, que vivía muy cerca de la casa de mi madre.

Mi imagen de Diego era la de uno de los grandes músicos de acá: me acuerdo de que

cuando yo era adolescente ya lo veía pasar llevando el bajo. Nunca lo había

escuchado, pero sabía que era bueno. Una vez nos cruzamos con Ale volviendo de

tocar y nos encontramos con él.

Lila Riquelme: Arnedo entra justo cuando Stephanie se vuelve a Inglaterra. Estaban

buscando un bajista por Hurlingham y Germán dice: “En la otra cuadra hay un

chabón que toca el bajo”. Era Diego.

Diego Arnedo: Vi a Sumo en vivo con la primera formación. Los vi como público en

los dos shows de Caroline’s. Después hicieron el de Estadio de Estudiantes de Caseros,

pero ahí no estuve. Creo que empecé con ellos después de eso. Antes de que se vay a

Stephanie, mientras yo volvía a casa de los ensayos de El Palomar y de todas las

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reuniones nuestras, me encontraba siempre con los Mollo y con algunos más, entre

ellos Enrique Daffunchio, el hermano mayor de Germán. Los Daffunchio vivían a

una cuadra de la casa de mi vieja y nos veíamos como vecinos. A veces, Enrique me

tocaba el timbre y me decía: “Vos sabés que acá vino un tano que estuvo diez años

viviendo en Londres y no sé, está bueno”. Yo le respondía: “Está bien…”. No le daba

mucha bola, aunque él me lo contaba como algo realmente interesante. También me

había encontrado un par de veces con Germán y Alejandro, que eran dos pibes,

bastante más chicos que yo. Germán repetía: “No sabés, qué loco, qué loco, qué

loco…”. Un día, Enrique me dice: “¿Por qué no vas y te acercás?”. Yo me había

enterado que había un grupo armado, pero terminé acercándome por curiosidad.

Germán Daffunchio: Diego fue a Caroline’s, la primera vez que tocó Sumo. Se

quedó dado vuelta. Cayó medio de maduro que iba a venir a tocar.

Diego Arnedo: El primer contacto con la música fue por una transferencia

hereditaria. Cuando yo tenía tres o cuatro años, mi padre, Mario Arnedo Gallo, me

enseñó a tocar el bombo legüero. Todo lo que pasó después con el rock fue algo que

elegí. El tema del bajo y el bombo está completamente ligado y relacionado. Yo

jugaba al fútbol, y mientras me dediqué a eso no le di bola a la música. El fútbol me

cubría todas las expectativas emocionales y físicas. Fui de esos pibes que vivíamos en

un barrio suburbano, con potreros donde no se construía nada y entonces

aprovechábamos y hacíamos nuestras propias canchitas. Intenté que me ficharan en

Atlanta, pero nunca pasó. Entonces me fui a probar a Colegiales y llegué a jugar un

par de partidos. Tendría 16 años. En la canchita de nuestro querido “Botafogo”, cerca

de casa, tuve un primer golpe que me generó una distención de ligamentos. Seguí

jugando y de esa distensión me vino una complicación. Empezó a tener muchos

dolores en la pierna derecha, pero seguí jugando hasta que me hice una rotura de

meñiscos por un rodillazo que me imposibilitó caminar. No pude jugar más. Me

operé dos veces, me rompí el meñisco de afuera y nunca más pude jugar. Resultó

que en la convalecencia de mi primera lesión, Gustavo Linares, que era un amigo del

colegio, me dejó un bajo al lado de la cama mientras yo estaba con la pierna

inflamada. Yo ya había dejado el colegio. El tema fue que un día pasó por casa para

verme y me consultó si conocía a alguien del barrio que tuviese una viola eléctrica.

La necesitaba su hermana, que era maestra, para un acto. Le dije que creía que

Marcelo Pini, otro amigo legendario de Hurlingham que falleció como el flaco Pepe

Luis, tenía una. Entonces Gustavo se va a lo de Marcelo a buscar una guitarra, vuelve

y me dice: “No tenía una guitarra, pero tenía este bajo. Ya que no podés levantarte

de la cama y estás embolado, tenelo así te divertís un rato”. Fue la primera vez que

entró un instrumento eléctrico en mi casa. Hasta entonces, lo que siempre hubo fue la

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presencia de la guitarra criolla de mi viejo en un sillón, y el bombo por ahí.

Lila Riquelme: Fuimos a ver a Diego un par de veces a El Palomar. Él tocaba con

MAM. Diego empezó a venir a los ensayos y así arrancó Sumo.

Diego Arnedo: Antes de Sumo, Omar Mollo me llamó para ser parte del intento de

la tercera formación de MAM. Fue en el 78. Ensayábamos todos los días, en el

mismo lugar donde después ensay ábamos con Sumo. Con MAM ensayábamos

mucho y hacíamos shows dos veces por año, como mucho. Digamos que las

posibilidades de actuación en vivo las posibilitó el “pub rock”, que eran ambientes

chicos para tocar con equipos pequeños y para poco público. Esto empezó a pasar

cuando llegó Luca. Antes los espacios no estaban. Había que generarlos.

Germán Daffunchio: Luca pegó buena onda con Diego inmediatamente. Diego es

un gran bajista, ni tengo que decirlo.

Diego Arnedo: Alguien me comentó que parecía que la baterista de Sumo se iba, y

que iban a necesitar otro integrante, y ahí fue cuando lo conocí a Luca. Vivía en la

casa de Timmy. Yo sabía cuál era esa casa desde chiquito, ya que mi vieja nos

llevaba, a mí y a mis hermanos a jugar a la plaza de Hurlingham. Para llegar había

que pasar por esa casona que tenía un roble en la esquina y nosotros jugábamos con

las bellotas de la vereda. Para mí, siempre fue mi barrio. Así fue que toqué el timbre

de la casa de Timmy, porque sabía que ahí estaba el italiano que había venido de

haber vivido diez años en Londres y que posiblemente estaba buscando músicos. Y

bueno, así fue, se abrió el portón y apareció Luca con los ojos brillosos, una gorrita y

pelo largo. Me habló en un castellano italianizado, y me dijo: “Bueno, sí, y a me

hablaron de vos: dame tu teléfono”. Entonces le pasé el número de mi casa. Eso fue

todo. Para mí no significó mucho, porque era muy frecuente la inestabilidad de los

proy ectos en esas épocas. O sea, el encuentro con Luca no fue algo ni esperado ni

buscado: pasó.

Germán Daffunchio: Cuando entró Diego, se formó una de las mejores versiones de

Sumo.

Claudia Gernhardt: Yo era novia de Diego Arnedo. Teníamos un amigo, Pacho, que

nos contó que había estado en una fiesta donde había un pelado que tocaba la guitarra

y cantaba en inglés. Era como decir: “Che, en la esquina de enfrente toca una chica

pelirroja…”. “Ah, mirá que interesante”. Eso fue todo. Un día estábamos en lo de

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Diego y tocan la puerta, fui a atender y era Timmy. Me preguntó si era la casa de un

bajista con esa voz suavecita y divina que tiene. Le dije: “Sí, esperá que lo llamo a

Diego”. Se pusieron a hablar, Timmy le contó sobre Luca y le dijo a Diego que

fuera a conocerlo.

Diego Arnedo: Es muy posible que el hecho de haberlos visto tocar en vivo me hay a

llevado a ir a ver el ensay o y acercarme a ellos. Cuando los veías en vivo te

arrancaban la cabeza. Vi a Sumo en Caroline’s, un bar que estaba al lado de la

estación de El Palomar. Me acuerdo de ver a un grupo rarísimo, que para ese

momento era muy extraño: Luca cantaba con una voz infernal, bebiendo latas de

cerveza y después tirándolas vacías por atrás de la batería. Germán tocaba de

espalda, una mujer baterista que tocaba de costado pero que le pegaba con todo.

Alejandro, que tocaba el bajo, también era raro. La banda tenía un sonido chico pero

dinámico.

Claudia Gernhardt: Fuimos con Diego a la casa de Timmy, subimos y nos hizo

pasar a la pieza roja. Ahí estaba Luca sentado, tocando “Solid Air” en la guitarra.

Como yo soy muy respetuosa me senté calladita en una cama que había ahí frente a

ellos. Diego enchufó el bajo, se pusieron a tocar y la química entre ellos fue

instantánea, como si hubiesen tocado juntos toda la vida. En un momento, Luca se

paró y se acercó a mí para mostrarme unas fotos. En lugar de pensar “este se vino

con la noviecita” se acercó y me incluyó. Luca era tan educado… Tenía una

personalidad atrapante. La persona que con más cultura he conocido en mi vida. Ese

día me quedé escuchándolos un montón y a partir de ahí y a empezaron ensay ar en

el sótano de la casa de la madre de Timmy.

Mónica Stromp: En la pieza roja agarraba la guitarra y cantaba en italiano las

famosas canzonettas italianas. O “Stand By Me”. También le encantaba Alan

Sorrenti, Nick Drake, John Martyn, Bob Marley... Para nombrar algunos.

Germán Daffunchio: El desafío para la generación de Diego fue dejar de meter

dedo y empezar a sentir la música. En el reggae, por ejemplo, eso era importante.

Los bajistas venían de Weather Report o Jaco Pastorius, y hablaban más de técnica

que de sentimiento. Cuando la música tiene sentimiento es lo mismo una canzonetta

italiana, un tema de John Lennon o uno de Sumo.

Diego Arnedo: Yo estaba acostumbrado a los eternos ensayos de otros grupos, con

temas que había que pasar fragmento por fragmento y dejar todo bien. Venía de la

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escuela de ensayar mucho. Lo bueno de conocer a Luca fue que él rompía con todas

las reglas. Empecé a entender que era un tipo que no solamente quería romper cosas,

sino que tenía convicción para hacerlo. Mucha convicción.

Claudio Kleiman: Lo que impactaba de Sumo era ver algo tan distinto a lo que se

estaba haciendo. La primera impresión que tuve, y que era algo muy notable en esa

primera época, era la influencia de Jim Morrison en Luca. Me pareció que había

muchas similitudes en la música y en su voz. Con el tiempo esa influencia fue

perdiéndose. El hecho de tener una baterista de afuera le daba un sonido de rock

anglosajón, si se quiere. Porque los músicos de rock nacional tocan nacional aunque

no quieran.

Diego Arnedo: Llegué a ensayar con Stephanie, antes de que Alejandro la

reemplazara en la batería. Me acuerdo que en un momento, Luca me dijo: “Venite

con tu bajo”. Llevé mi bajo Fender al ensayo, pero estaba Alejandro con su

instrumento, porque el bajista era él. Ahí Luca dijo: “Che, fuck you, tenemos dos

bajos y listo”. Porque había que ir a tocar a ese famoso lugarcito, Mastropiero. Al

final tocamos con los dos bajos. En realidad fue tragicómico. Algo así como que el

ensay o fue un jueves y había que ir a tocar el sábado. Como y o no sabía los temas,

les pedí que me prestaran el único casete grabado que tenían, lo metí en un

radiograbador chiquito, me lo llevé al show y lo puse arriba del equipo de bajo. Entre

tema y tema, en vivo, iba poniendo en punta los temas, con la oreja pegada al

grabador, reboninando la cinta, para poder reconocer más o menos cómo era cada

uno. Alejandro me miraba y se cagaba de la risa.

Claudio Kleiman: Ese primer Sumo era algo de lo que no tenías registro previo: nadie

había visto algo así. Además tocaban Sokol y Germán, y eso también era medio

primitivo, bastante rústico, pero al mismo tiempo le daba un color.

Diego Arnedo: Stephanie estaba cumpliendo con sus últimos ensayos porque ya

sabía que se iba, y se entendía que Alejandro iba a pasar a la batería. Heredó la

batería que Stephanie había comprado en Daiam, y mientras tuvo que reemplazarla

lo hizo muy bien, porque supo tomar la influencia de Stephanie.

Stephanie Nutall: Volví a Inglaterra un 13 de abril. Llegué a Londres un lunes

feriado. Me había ido antes del desencadenamiento de la peor parte de la guerra. Lo

que preocupaba a mi mamá, creo, es que cerca de donde estábamos había una base

aérea. Mis padres sabían eso y los ingleses dijeron en los medios que si los argentinos

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no se rendían iban a empezar a bombardear las bases militares en tierra firme. Su

terror era comprensible: mi madre es hija de la guerra, creció durante la Segunda

Guerra Mundial y en su cabeza pensaba en esas cosas. Al principio no quise volver a

Manchester. Me quedé en Londres, estaba frustrada, y me enojó que todos me

trataran como traidora cuando fui a la Argentina. Yo no tenía nada que ver con la

guerra en Malvinas. Me pasó incluso cuando fui a buscar trabajo. Me decía: “Bueno,

no deberías haber ido”. ¿Qué les importaba lo que y o hiciera? Eran personas con

mentes chiquititas que creían toda esa basura y eso me enfureció. No quise volver a

casa porque sabía lo que iba a pasar. A las dos semanas de haber regresado

finalmente pensé: “Esto no está bien, tengo que volver a casa. Son mis padres, se

preocuparon por mí, juntaron la plata para traerme acá”. Así que volví y fuimos a

misa, porque mis padres son de ir a la iglesia. Una vez que entramos, los dos

anunciaron a los gritos: “¡Miren! ¡Rescatamos a nuestra hija!”. Eso me enojó de

nuevo. Traté de no decir nada, pero no pude aguantarme y reaccioné: “No, no quería

volver. Perdónenme. Ustedes no me rescataron. Se rescataron a ustedes mismos”.

Durante mucho tiempo guardé en mi corazón el sueño de volver a la Argentina.

Adrián Berwick: Es una lástima que Stephanie haya durado tan poco en el grupo.

Aparte del hecho de que era mujer, era interesante que fuera inglesa. El grupo tenía

estos dos componentes importantes que venían de Europa, y había mucha energía.

La Argentina vivía un momento especial, importante para la música local, con una

industria discográfica que empujaba mucho. Había algunos problemas, porque el

disco estaba bajando mucho de ventas y el casete estaba empezando a sufrir un

poco. Pero creativamente las cosas estaban fértiles.

Claudio Kleiman: No me acuerdo la primera vez que hablé con Luca, porque fuimos

acercándonos de a poco. En los 80 me sentía bastante huérfano musicalmente. Me

había formado con todo lo que en esos años pasó a ser prohibido: Dylan, Crosby, Stills

And Nash, Leonard Cohen, Neil Young… Todos tipos que hoy son sagrados.

Entonces, lo único que iba a ver era Sumo y los Redondos. Era lo único que pasaba

mi barrera. A Sumo los saqué por Pettinato, porque en esa época éramos muy

amigos. Cuando Petti entró a tocar con ellos empecé a ir a ver a Sumo más seguido.

Germán Daffunchio: En Sumo había una cosa extremadamente visceral y

ensayábamos muchas horas, zapábamos muchísimo, era algo normal en nosotros.

Diego Arnedo: En la Argentina veníamos de la etapa del jazz-rock. Los bajistas

sacábamos los trastes de nuestros instrumentos, por Jaco Pastorius, y los guitarristas

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tocaban tipo Pat Metheny. Luca tiraba todo eso por la ventana, se cagaba de risa.

Tenía una idea de construcción muy interesante, él proponía una limpieza, sacarse

perfeccionismos de encima para poder hacer algo que está más cerca de tu

emoción. Se cagaba en los mandatos de ciertos preconceptos.

Claudio Kleiman: Luca fue desarrollando su perfil de frontman. Lo perfeccionó con

el tiempo, porque al principio no era tan así. Como tantos frontman zarpados, Luca

era un tipo bastante tímido. Incluso todo eso que hacía con la cámara de eco, lo que

buscaba con la manipulación de su voz, era una forma de esconderse. Una manera

de no mostrar su vulnerabilidad. Esa confianza que le vimos después, eso de encarar

al público, fue desarrollándola con los años. En ese primer momento había

momentos en los que incluso cantaba de espaldas al público… Se ponía de espaldas

con el micrófono, manipulando la camarita. La tenía en una banqueta en el medio

del escenario, al lado de él. Ese efecto que usaba era central en su actuación. Era

protagonista.

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Capítulo 10

El under porteño

“Iba a ver a Sumo en el Einstein. Para mí, sigue siendo la mejor banda que hubo acá.

Más allá de que una de las ventajas que tenía Luca era que casualmente cantaba en

inglés. El gran problema del rock en castellano es el idioma, porque trata de emular

una música que se creó en la dinámica de otra lengua. Pero sigo pensando que Sumo

es la mejor banda. No tanto la etapa más loca, con la piba inglesa que tocaba la

batería. Pettinato pasó a ser como la inclusión del humor en la banda. Era como un

tontón, pero muchas de las letras son de Pettinato. Y aparte la personalidad de Luca,

sobre todo para esas dimensiones. Eso también cambia mucho: en un lugar chico la

personalidad está ahí, es otro mambo. La vibración está en el pecho. Disfruté mucho

de esa época”.

Indio Solari en la revista La García.

La segunda alineación de Sumo inauguró el Café Einstein, cuna y nave madre del

under porteño de los tempranos 80. En mayo de 1982, Omar Chabán era un agitador

cultural en potencia. Recién llegado de una larga estadía en Berlín, tenía en mente,

junto a su novia —la actriz y modelo Katja Alemann—, crear un espacio de arte en

donde todas las noches sucediera algo: teatro de vanguardia, muestras poco

convencionales y bandas nuevas formarían las herramientas para intervenir la vida

nocturna porteña. Ubicado en la avenida Córdoba, a metros de Pueyrredón, el Café

Einstein tenía cierto aire esnob pero se imponía un gusto inclusivo que buscaba

incorporar a todo tipo de público. El espacio era muy reducido: luego de cruzar la

planta baja, una escalera conducía al bar en donde no cabían más de 60 personas.

Chabán y sus socios, Sergio Aisenstein y Helmut Ziegler, conformaron una sociedad

con la idea de no perder dinero y correr un poco la línea de lo permitido luego de seis

años de dictadura. El bar era una especie de living gigante, con un escenario

estrecho. El trabajo de restauración de la vieja casona contó con la ay uda de mucha

gente, entre los que se destacaba el nombre de Pipo Cipolatti, encargado de realizar

la instalación eléctrica y líder de un grupo llamado Los Twist. Daniel Melingo, otro de

los fundadores de la banda, había conocido a Luca Prodan en el festival en la cancha

de Estudiantes de Buenos Aires, mientras acompañaba como saxofonista a Los

Abuelos de la Nada. Sumo llegó al Einstein gracias a Melingo e inauguró, junto a Los

Twist, el escenario del mítico bar.

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Mientras la guerra de Malvinas avanzaba hacia un final anunciado, el 16 de may o

de 1982, los nombres más representativos del rock nacional convocaron a 60 mil

personas en pos de un festival benéfico en las canchas de rugby del Club Obras

Sanitarias. La entrada adquirió el valor de un alimento no perecedero o ropa de

abrigo para los soldados argentinos. El título del encuentro devolvía favores a los

países del continente que apoyaron la aventura armada del general Galtieri. El

llamado “Festival de la Solidaridad Latinoamericana” escondía la misma bipolaridad

que cubrió a la Plaza de Mayo vivando a un dictador. Para los organizadores —

Daniel Grinbank, Alberto Ohanian y Pity Iñurrigarro—, el megaconcierto tuvo un

carácter pacifista y en ningún momento significó un apoyo velado al gobierno

militar. Ante la prohibición de emitir canciones en inglés por la radio, el rock

argentino comenzó a ganar espacios impensados antes del 2 de abril y dejó de ser un

ruido marginal para transformarse en una herramienta institucional. Charly García,

Luis Alberto Spinetta, Litto Nebbia, Nito Mestre, León Gieco, Tantor, David Lebón,

Rubén Rada, Cantilo-Durietz, Fantasía, Ricardo Soulé, Raúl Porchetto, Dulces 16 (con

Pappo como invitado) y el dúo Moro-Satragni aceptaron formar parte del cartel

solidario. Mientras que Virus, la banda de rock frívolo según la prensa especializada

de la época, dijo no a una invitación que consideraba desagradable. Los Violadores

siguieron el mismo camino. Sumo, por supuesto, no figuraba en la agenda de ninguno

de los organizadores.

“La música progresiva nacional, que es parte de un lenguaje universal de amor y

comunicación, se hace presente en este momento histórico para ratificar la voluntad

constructiva de un pueblo en paz”. Con esas palabras, a cargo de los presentadores

Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso, arrancó una jornada de casi cinco horas

con transmisión en directo por radio y televisión. Una enorme ceremonia para

millones de argentinos dominados por sensaciones confusas: identidad nacional,

reclamos justos, bronca contenida, falso patriotismo y una honda preocupación por

aquellos chicos en las islas trastocaron la sensibilidad de un pueblo aturdido ante el

estado de las cosas. El rock tampoco fue ajeno a ese desorden emocional. Nadie sabe

si algo de lo recaudado llegó a Puerto Argentino o quedó varado en algún kiosco del

Fondo Patriótico. La imagen final del multitudinario concierto, con un escenario

poblado por músicos unidos en las estrofas de “Algo de paz”, el tema de Porchetto,

aún persiste como un gesto de inocencia y escasa madurez política.

El número 75 de la revista el Expreso Imaginario mostraba en tapa una foto color

de Pedro Aznar y otra de Brian Eno. En el interior, justo en la página 35, aparecía

por primera vez, en un medio de alcance nacional, un reportaje a la banda de Luca

Prodan. Unos meses antes, en la misma publicación, Sumo apareció en la sección

“Rutas argentinas” con un breve comentario que mencionaba la partida de Stephanie

Nutall; el segundo era mucho más importante y con la firma de Alfredo Rosso

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reflejaba con elogios y exactitud el show realizado el 1º de mayo en La Cofradía.

Pero la edición de octubre significó el primer acercamiento al imaginario de Luca

Prodan: el título de la nota era Sumo: ¡sorpresa en el pub! Sobre la parte inferior

podía verse una foto en blanco y negro, obra de Claudina Pugliese, que incluy e a un

quinto integrante. No era otro que Roberto Pettinato, quien firmó el texto bajo un

alias, León Melquíades, y no incluy ó su nombre real cuando citó a cada uno de los

integrantes del grupo. En octubre, cuando la revista llegó a los kioscos, Pettinato y a

hacía meses que formaba parte del grupo: llegó a Sumo por obra y efecto del azar,

respetando la mecánica que vio nacer a la banda. Cuando realizaron la entrevista, el

joven director de la Expreso cargaba un saxo y Luca lo invitó al ensayo una vez que

terminó la charla. Sin ajustar detalles ni responsabilidades, Pettinato pasó a formar

parte de la familia Sumo del mismo modo en que habían hecho Sokol, Daffunchio o

Arnedo: alcanzó con el visto bueno y el pulgar extendido de Luca para sellar su

ingreso. Poco ayudó la entrada del periodista a difundir la banda. El Expreso

Imaginario dejó de existir en enero de 1983.

Unos meses antes de la demorada publicación de la entrevista a Luca Prodan,

Sumo festejó en el Café Einstein sus primeros 50 shows, una cantidad exorbitante

para un grupo novel. También participó, en formato reducido, en el festival realizado

en el Polideportivo de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Ahí Luca reemplazó en

varios temas al cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La noche del 21

de septiembre, Carlos Indio Solari se negó a asistir a la reunión de bandas por una

vieja consigna: tocar “solos y de noche”. La Negra Poli, manager del grupo

multidisciplinario, decidió invitar a Luca, quien a su vez incluy ó a Pettinato en la

excursión platense. Poli y Skay Beilinson y a eran habitué del Einstein y tenían un

especial afecto por el cantante italiano. Hubo un par de ensay os previos en la casa de

Rocambole, diseñador y responsable de la imagen de los Redondos. En la vieja

casona de Diagonal 74 casi 48, Luca y Pettinato estrecharon vínculos estéticos y

etílicos con los músicos ricoteros. Aquella noche de primavera, Luca cantó “Nene

nena”, “Criminal mambo” y “Mejor no hablar de ciertas cosas”. Este último tema

pasó a formar parte del set list de Sumo y los Redondos nunca más volvieron a

tocarlo. Casi un pago silencioso ante el gesto generoso de Luca a plantarse frente a un

público desconocido, que nuevamente esperaba a Riff.

Sumo permaneció en quinteto durante poco más de un año. Entrenó en vivo en

cuanto escenario estuviera a disposición. Algunos estaban bastante alejados de los

centros urbanos y no habían sido visitados casi nunca por el rock: la banda giró por

Entre Ríos y tocó en ciudades como Federación y Chajarí, como destinos exóticos

del país. Esa mini gira tuvo como invitados a los hermanos de Luca: Andrea y

Michela habían llegado a Buenos Aires para comprobar, de primera mano, todo lo

que no podían creer de modo epistolar.

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Flavio Casanova: En el Polideportivo Los Redonditos tocaron con Luca como

cantante y fue: “Ah, qué bueno… Cómo cambió esto, nada que ver…”. Yo ya había

visto a Los Redonditos y Luca les dio otra polenta. Ese día Luca no se movía mucho,

hacía gestos con la mano, pero le alcanzaba con eso. Ahora lo escucho y no me

parece que tuviera una gran voz, pero en esa época me parecía muy bueno. Creía

que era el mejor cantante que había acá.

Germán Daffunchio: Roberto nos hizo una nota y nosotros de ahí nos íbamos a

ensayar. Obviamente estábamos muy fumados y le dijimos: “¿Querés venir a

ensayar? ¿Querés venir con nosotros? Vení”. Se prendió como una garrapata. Entró a

Sumo como lo haría típicamente hoy en cualquier lado: “Hola, soy Roberto

Pettinato”.

Alfredo Rosso: El cambio en Sumo fue de a poco a partir de la salida de Stephanie.

El segundo Sumo había perdido esa cosa primal de los primeros tiempos. Cuando se

fue Stephanie, la banda tuvo que agarrar el cincel y el martillo y picar piedras. Tocó

en todas partes, porque, francamente, Stephanie debe haber estado en diez shows, no

más que eso. El segundo Sumo tocó mucho, incluyendo cuando y a se volvieron un

quinteto con Pettinato. Estuvieron tres años tocando en lugares imposibles como el

Marqués, ahí en la calle Cabrera de Palermo, o los contrataban para animar una

fiesta. Me acuerdo de ver a un montón de ejecutivos hablando entre ellos, un ruido

bárbaro de voces y a Luca cantando y cagándose de risa de ellos. Esas situaciones se

daban, porque tenían un manager que los llevaba a esos lugares. Me acuerdo en el

IFT, ya con Pettinato, que uno de los que estaban en la platea le gritó: “¡Pettinato, a la

redacción!”. Roberto todavía era el director del Expreso Imaginario.

Germán Daffunchio: Roberto vino con el saxo hasta Hurlingham y zapó arriba de lo

que tocábamos nosotros. Tengo imágenes de Roberto en esa época, que me vienen

ahora a través de los años. Él no podía creer lo que estaba viviendo, con todo lo que

ama Nueva York y el rock en inglés. ¡Estaba con un grupo que cantaba canciones de

Joy Division y John Martyn! Para él era demasiado.

Diego Arnedo: Pettinato entrevistó a Luca para una nota que hizo en el Expreso

Imaginario. Le pareció simpático y después nos llamó a Germán, a Alejandro y a mí

para hacer una continuación de esa entrevista a Sumo. En algún momento le dijimos:

“¿Por qué no te venís al ensayo? Él respondió: “Sí, y a Luca me había dicho. Bueno,

voy”. Agarró el saxo y se vino con nosotros a un ensayo en la casa de Timmy.

Después empezó a venir, sin pensar mucho qué era lo que se quería hacer, ni si

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estaba bien o mal que viniera. El tema es que venía. Hasta que obviamente a Luca le

gustó que estuviese.

Timmy MacKern: Fueron a una entrevista con Petti sin Luca. Estaban Germán,

Alejandro y no sé si Diego. Se juntaron al mediodía y a la tarde volvieron con él a

Hurlingham para tocar. Pettinato se acopló solo en la cosa. El que sí nos seguía

mucho era Alfredo Rosso. Venían otros de la Expreso Imaginario, pero nadie tanto

como Rosso.

Germán Daffunchio: A Roberto lo invitamos a tocar de onda. “¿Querés venir? Vení,

toca”. Después se convirtió en una especie de grano, porque el saxo tiene un solo

sonido y en un momento la cuestión era que tenía que haber un saxo siempre, en

cada tema. Estamos hablando de la época under, del desconocimiento. En una noche

de show con Sumo estaba garantizado el viaje. Eran noches intensísimas. Las zapadas

eran eternas… Había mucho sentimiento, mucha energía, explosión, una cosa medio

gloriosa. Había una sensación de revolución grosa que también coincidía con la

Argentina que estaba por entrar en democracia. “Ahora vamos a poder ser libres”,

decían todos. Pero no sabíamos qué era ser libre. Realmente no lo sabíamos.

Alfredo Rosso: En el año 79 Petti vivía en la calle Mendoza, en Belgrano R, en un

departamentito chiquito. Me acuerdo que un día le toqué el timbre, entré y estaba

escuchando a Tinseltown Rebellion, de Frank Zappa. Tenía una partitura en un atril

con un solo de Coltrane, porque estaba practicándolo. Todavía faltaba para Sumo,

pero el tipo ya estaba muy metido en la música. Cuando fue director de la Expreso,

Petti entendió algo fundamental: el público había cambiado. Habían llegado Virus,

Soda, Sumo, Los Redonditos, Memphis, Los Violadores… Un día estábamos con él en

un Pumper Nic, donde hoy está McDonald’s, en Carlos Pellegrini casi Corrientes,

frente al Obelisco. Habíamos ido a comer y había una reunión de adolescentes, unos

pibes de 15 años. Pettinato me dijo: “¿Ves? A estos pibes todo eso de los indios y de

los hippies les importa tres carajos”. Me daba a entender que había encontrado un

idioma nuevo y que lo tenía muy claro.

Claudio Kleiman: Creo que, por un lado, lo que le valió a Petti su ingreso a Sumo fue

su background de Van der Graaf. Porque Petti es el único tipo que tocaba en la onda

de David Jackson, que era un saxofonista de free jazz metido en una banda de rock.

En los 80, además, era reglamentario que las bandas tuvieran un saxofonista. Petti no

buscaba el arreglo lindo sino un sonido medio caótico… Petti se metió como

diciendo: “Voy a hacer en Sumo lo que hace David Jackson en Van der Graaf”. Creo

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que era el precedente que había. Van der Graaf era una banda que nunca entró en

ninguna categoría, que estaba encuadrada en el rock progresivo pero los punk y los

pospunk respetaban.

Marcelo Gasió: Pettinato tenía la idea de formar un grupo. Le gustaba el jazz y

quería hacer algo tipo Captain Beefheart. Supongo que cuando conoció a los Sumo

fue ideal dentro del esquema que buscaba. Porque no eran músicos profesionales,

tenían limitaciones técnicas pero también tenían ganas, actitud, un cantante

carismático. El seudónimo “León Melquíades” lo había inventado Alfredo Rosso pero

lo usábamos todos. Cuando alguien quería escribir algo y no quería firmarlo aparecía

León Melquíades.

Daniel Melero: Vi a Sumo el día que debutaba Pettinato. Habría unas 60 personas.

Antes los había visto en un lugar en Belgrano, cuando todavía tocaba la baterista. No

me llamó la atención para nada, ni en ese momento ni después. Me parecía que hubo

un exceso de hypeo a un extranjero que venía a cantarnos canciones firmadas por él

que no le pertenecían. A mí no me pasaba nada con “Heroin”, por ejemplo. Ahora

creo que la construcción que hicieron fue enorme.

Germán Daffunchio: Tengo la grabación del primer show que hizo Roberto con

Sumo: fue en Anchor Inn, creo que en Paseo Colón y Belgrano, o en una esquina de

esas en el bajo. Era un lugar que estaba muy bueno, donde tocamos varias veces y

llegamos a compartir noches con el Negro Fontova. En el medio del show siempre

aparecía la policía y había que dejar de tocar. Entraban, miraban a todo el mundo, el

lugar quedaba en silencio. Nunca me voy a olvidar de una noche en la que estaba

tocando el Negro Fontova y se hacía el pelotudo. Entró la policía y dijo: “Bueno,

vamos a hacer otro tema: ‘Me tenés podrido, me tenés. Me tenés podrido, me

tenés…’”. ¡Empezó a cantar eso! Enseguida empezamos a cantarla todos, con la

policía adentro, haciendo sus famosas razzias.

Alfredo Rosso: Luca y Petti tenían mucho en común. Roberto es un tipo muy culto.

Hace dos años o tres hubo una polémica en televisión, alguien quiso discutir de algún

tema intelectual con Pettinato, y tuvo que callarse porque Roberto lo dio vuelta siete

veces. Pettinato es un tipo que conoce de literatura beat, de Stand Up, de jazz, puede

tocarte una partitura de Coltrane a simple vista… Entonces, con Luca, conectaban

para hablar de cosas profundas. Lo que pasa es que al otro le gustaba chicanearlo. Le

decía: “El boludo de Pettinato”. Pero era en joda, y nunca falta el que dice que Luca

lo odiaba. ¡Por favor! Lo respetaba mucho.

143


Pipo Cipolatti: Conocía a Roberto desde mucho antes de su ingreso en Sumo, de

cuando era periodista de jazz, un estudioso que intentaba ser saxofonista… Me

acuerdo que Melingo le decía: “No toques”. Un día le pregunté a Luca: “¿Por qué lo

pusiste a Pettinato en la banda?”. Me parecía raro. Me respondió: “Porque se viste de

naranja, usa barba larga y toca para la mierda”. Pettinato usaba pedal también,

hacía ruidos raros del dodecafonismo y … ¡Quedaba bárbaro! Roberto tiene mucha

erudición.

Claudio Kleiman: Petti tenía mucha cultura rock. Los otros no. Eran como más

intuitivos. Igual, Luca consideraba como su gran partner musical a Germán.

Compartía con él esa filosofía medio anarquista, medio pospunk. No creo que

Germán tuviera la cultura rock de Petti, pero conectaban desde un lugar más

intuitivo. Germán era un loco de la guerra, se había subido a un barco, no sé cuánto

tiempo se pasó en alta mar. Así que mucha información musical no tendría. Pero era

un tipo totalmente autodidacta y que tocaba la viola de una manera diferente. En ese

sentido estaba más emparentado con tipos de esa camada, con los Television, con los

Talking Heads.

Norberto Cambiasso: Desde el punto de vista de Pettinato y de Luca, Sumo era una

banda ilustrada, lo cual no era nada común en esa época. Pero era una banda

ilustrada en tradiciones disímiles, que no es el caso de Soda Stereo, donde se ve que

Cerati empieza a imaginar cosas de acuerdo a los descubrimientos que esté haciendo

en los distintos períodos o en las alianzas con Daniel Melero. Sumo era peculiar

porque legitimó cosas como Joy Division o Pharoah Sanders. Pettinato fue

importante para eso.

Diego Arnedo: Era muy interesante. Como sentir que tenía un pedacito del rock en

inglés en Hurlingham, con un tipo que parecía era Peter Hammill o Lou Reed, Jim

Morrison o Syd Barrett. Porque la identidad de Luca se había formado con eso. El

tipo vino a tratar de hacer un grupo inspirado en Joy Division, un grupo que y o ni

siquiera conocía. Un día lo escuché y dije: “Sacá eso porque nos matamos todos”.

Pero su idea de la música estaba muy influenciada por ellos. Luca cocinaba sus

pastas y escuchaba Joy Division. Se identificaba con el pospunk, esa cosa muy

depresiva pero a la vez muy artística.

Germán Daffunchio: En un momento Sumo empezó a recorrer lo que llamaríamos

el “under” de Buenos Aires: La Esquina del Sol, Einstein, el Stud Free Pub, Zero Bar.

Alfredo Rosso iba a vernos y escribió la primera nota seria sobre Sumo. Antes de eso

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tuvimos un manager, por decirlo así. Un día apareció uno que dijo: “Yo puedo ser

manager de ustedes, les consigo lugares”. Ese tipo nos consiguió un contrato con una

empresa de ropa que se llamaba 20/20. Entonces 20/20 nos contrató para dos shows,

uno en Córdoba y otro en Mendoza. Una cosa muy bizarra. Bizarra grosa. Nuestro

equipo de sonido era el que usábamos en la sala de ensay o y nos llevaron a tocar a

una discoteca, que era un lugar gigante. Nos habían puesto en un rinconcito y éramos

parte de un show presentación de la marca. No entendíamos nada, absolutamente

nada. Nos habían contratado de un lugar y fuimos como locos porque… ¡No

ganábamos un mango! El show en Mendoza estuvo buenísimo. Ahí apareció un

reportero del Expreso Imaginario y nos dijo: “Va a salir una nota de ustedes en la

Expreso”. Compramos como tres números, buscamos la nota… Nada. Al final

encontramos una columna sobre el show en Mendoza, en una letra muy chiquita:

“Blablabla… Me encontré con un grupo muy bueno que se llamaba Sumo”. Eso era

la nota que habíamos estado esperando. La de Rosso era más seria.

Horacio Gabin: Donde mejor lo escuché sonar a Sumo fue en el Zero Bar, en

Palermo, que y a no está más.

Lila Riquelme: Zero Bar estaba en República de la India y Las Heras, y cuando

Sumo tocó ahí Stephanie y a no estaba, era el Sumo con Pettinato. El grupo estaba

empezando a pegar fuerte, y o estaba embarazada de Ismael, y Ale y a no quería

saber nada con toda esa locura. Recuerdo que una noche, Luca subió al escenario

borracho y a desde el camarín. Hizo dos o tres temas y en un momento cay ó

planchado en el piso. Se desmay ó, pero fueron unos segundos. Nosotros estábamos

viendo el show desde abajo, la banda siguió tocando y todos pensamos: “Es una joda

de Luca”. De repente se levantó y siguió todo el show, como si no hubiera pasado

nada. Después, en el camarín, dijo que se había desmay ado de verdad.

Germán Daffunchio: Luca siempre utilizó a la música como una terapia necesaria

para canalizar el dolor. Pero era todo bastante caótico. Por un lado estaba el sueño de

hacer música y por otro estaba el caos del alcohol, que siempre estuvo presente y

fue paralelo a la historia de Sumo. Para que Luca se pusiera en pedo tenía que

chupar mucho. No recuerdo borracheras como historias agresivas para nada.

Siempre nos reíamos mucho. El primer foco de pelea con él fue eso de tener que

tocar en pedo. Yo no podía entender por qué tenía que mamarse para tocar. Él me

decía: “Mirá, Germán, tengo que cantar borracho. Si no tomo alcohol no puedo”.

Tampoco es que se pusiera en pedo, pero, ¿por qué tenía que chupar tanto? Ponerse

en pedo es otra cosa. Me costaba entender por qué tenía que tomar alcohol para

enfrentar a la gente. Ahora lo veo todo de otra manera, pero en ese momento no

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entendía. Alcanzaba con que él estuviera parado ahí y que no se cay era. Con eso era

suficiente. No hacía falta reventarse más.

Walter Fresco: Yo trabajaba en CBS, en Repertorio Internacional. Como cualquier

pendejo de esa edad, más todavía en esa época, andaba por todos los pubs y lugares

donde hubiera bandas de rock tocando. Los viernes y los sábados salía al Stud, Zero,

Einstein, Jazz & Pub. Era el circuito de ese momento. La primera vez que vi a Sumo

creo que fue en Zero Bar. Sumo ya era una banda bastante particular: el look, la

estética, la música que hacían… Totalmente atípico para el rock argentino. Cuando

ibas a ver a Sumo entrabas a Zero y parecía que te caías, como que abrías un portal

y pasabas a otro lado. Porque adentro había un pelado descalzo con un tipo con dos

barbitas tocando una música totalmente innovadora.

Pipo Cipolatti: En el 81 estaba con un amigo que se llamaba Rafael. Teníamos un

grupo que se llamaba Los Pipos, que era una fantasía: la idea era no tocar nunca en

vivo. Ensay ábamos, grabábamos casetes y hacíamos volantes que pegábamos en

Galería del Este, porque y o soy diseñador gráfico y dibujante, y él también.

Entonces hacíamos diseños bastante modernistas. Conocía a Daniel Melingo porque

yo iba a algunos ensay os de Los Abuelos. Ahí también aparecía Charly y empecé a

conocer a todo el ambiente… Yo me vestía raro, con saco y corbata, y tenía el pelo

largo. Era mitad hippie, mitad moderno. Quería ser punk, pero los punks tenían muy

mal olor y preferí otra cosa. Un día, me acuerdo de ver un cartel en la calle que

decía: “Sumo: funkie, soul”, algo así. “Qué raro”, pensé. En la Argentina no había

bandas de funkie en esa época, menos con un loco cantando en inglés. No supe nada

más de ellos hasta que se inauguró el Café Einstein. Conocía a Chabán del Bar 900,

en San Telmo, y como soy electrotécnico me ofrecí para hacer la instalación

eléctrica. Empezamos a romper los zócalos y vino Daniel Melingo a pintar.

Geniol: Yo había abierto un boliche en Olivos, anterior al Einstein, que se llamaba

Umbral. Era un pasillo largo, había dos locales adelante y atrás un chalet. Entonces

saqué las paredes, rompí todo y abrí ese lugar. Venían Luis Alberto Spinetta,

Calamaro… Miguel Abuelo era muy asiduo y con él nos hicimos muy amigos. Se

juntaban ahí y zapaban hasta el amanecer. Yo tocaba la tumbadora, Luis agarraba la

viola y hacía un show de media hora, después le pasaba la viola a otro, y todo por un

café de diez mangos. No se comercializaba nada, ellos lo entendieron y y o me sentía

orgulloso de tenerlos ahí. Me hacía un poquito el Jerry Lewis, tenía un personaje

cómico, y un día Luis me dijo: “Dale, Geniol, hacete algo”. Me dio vergüenza

decirle que tenía vergüenza, y le respondí: “Ahora voy ”. Fui al baño, me maquillé un

poco de blanco, subí y canté un rockabilly. La gente empezó a aplaudir, estaba

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contenta. Yo tenía tanta energía que asustaba, me decían. Un día vinieron Chabán,

Katja Alemann y Sergio Aisenstein a conocer el lugar porque ya tenían la idea de

abrir el suy o. A los dos meses abrieron el Einstein, que fue una copia de Umbral.

Diego Arnedo: Con Luca éramos los solteritos y nos gustaba ir al Centro a tomar

unos tragos y conocer gente. Con Sumo tocábamos, pero los días de semana no

teníamos grandes ocupaciones. Entonces nos juntábamos y uno de los lugares más

frecuentes era obviamente el Café Einstein, donde Omar Chabán y Katja Alemann

se dedicaban a hacer cosas raras, mini espectáculos bizarros y divertidos. Einstein

era uno de los mejores lugares. Era muy chiquito, entrarían unas 50 personas más o

menos, porque en un principio lo abrieron no con la idea de que hubiese grupos en

vivo. Les interesaba más bien la gente del teatro, o el público vinculado a la pintura o

el arte. Se hacían exposiciones, había gente como Vivi Tellas, Geniol, Federico

Peralta Ramos y varios más, además de ellos dos, Katja y Omar, que también

actuaban. Por ejemplo, entrabas un miércoles a la noche y te encontrabas con Omar

Chabán tirándole choclos adentro de un balde a Katja Alemann. Cosas así.

Flavio Casanova: El Einstein era una casa y entrabas por el garaje. Cuando pasabas,

subías una escalera y en el primer piso había dos balcones, una mesa, una barra y

nada más. El escenario era chiquitito. Las bandas que recién empezaban y sonaban

mal tocaban todas ahí.

Pipo Cipolatti: Empezamos a armar el café. Hice el primer afiche y unos volantes

que decían: “Café Einstein. Cene, baile y diviértase… Atendido por sus mozos, con el

doble concierto de Sumo y Los Twist”. Algo así. Las dos bandas tocábamos los

viernes y los sábados, primero Sumo y después Los Twist. Ahí conocí a Luca y a

Arnedo. Venían a ensay ar en el fondo del Einstein, en un galpón que no tenía

enchufes. Pusimos un alargue de 30 metros que explotó. Después de eso empezamos

a ensay ar en el Abasto.

Geniol: De ese lugar, Umbral, el Einstein copió la anarquía y la soltura. Tuve que

cerrarlo porque vino la policía a pedirme una habilitación, y partí para el centro. Fui

al Einstein y ahí estaba Omar: “Geniol, qué tal, querido”. “Bien, querido, ¿cómo

estás?”. Me preguntó: “¿Vas a hacer algo?”. “No, no tengo músicos”. Yo hacía una

performance y los músicos que venían eran sanata, a veces hacían temas muy

cortitos, presentando personajes decadentes de la vida: Margot, Fito, el Trolo, el

Alcohólico, el Rockabilly, el Agresivo, el Policía… Les pegaba con un palo de

esponja a los clientes mientras cantaba, totalmente degenerado, con una sirena en la

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mano… El público se divertía, todos corrían, rompían las mesas, era un quilombo.

Miguel Abuelo me bautizó como “un dealer del desorden”. El padre de Gustavito

Spinetta, que era mi socio, y de Luis Alberto, que era mi padrino, fue el arreglador

del primer grupo musical, que se llamaba Geniol y sus Aspirinetas, puesto por Luis

Alberto. Luis Alberto me había enseñado la base de batería y bajo, después ponía la

viola y la voz.

Katja Alemann: A fines de los 70 había varios bares, pero el más conocido era El

Corralón. No había muchos lugares donde ir. Empecé haciendo teatro con un grupo,

en una obra que se llamaba La velada del teatro mágico, solo para locos. Ahí actuaba

Omar. Después hacíamos un show que se llamaba El cataplasma en un bar en San

Telmo, El Novecento. En el 81 surgió la idea de hacer el Einstein. Omar y y o éramos

pareja en ese momento, y siempre dijo que y o lo mandé a trabajar… Se juntó con

Helmut Ziegler y con Sergio Aisenstein y armaron el bar. Yo solamente acompañé

porque estaba con Omar, pero no tuve nada que ver con el Einstein. Estaba ahí,

digamos. Luca empezó a tocar ahí enseguida. Lo había visto en Zero Bar y me había

encantado. Manipulaba su voz con los aparatitos, tenía una consolita, sonaba bárbaro,

sobre todo comparado con el rock nacional, que en general los cantantes son todos

unos perros.

Pipo Cipolatti: Con Luca nos conocimos en la previa a los primeros shows. Yo era

profesor de inglés, me había recibido a los 17 años y todavía tenía bastante fresco el

idioma. Luca era muy instruido, sabía de todo un poco… Hablábamos de mitología,

de jazz… Le gustaban mucho las flores y sabía los nombres en inglés y en castellano.

A veces charlábamos de esas cosas en los preliminares del Einstein, que era una

ruina, o en el Capricornio, un bar que estaba al lado. Ahí iban los estudiantes de

medicina a leer sus apuntes y nosotros, que tomábamos ginebra.

Flavio Casanova: Un día fuimos con unos amigos a una disquería de Buenos Aires y

había un afiche que decía: “Los Encargados”. Pensamos: “Vamos a ver a esos, capaz

que son buenos”. Llegamos a un lugar recontra careta, nosotros con los pelos parados

y ropa punk, y se acercó Daniel Melero: “¿De dónde salieron ustedes?”. Porque a

Daniel le encantaba eso. Lo conocí en esa situación. Nosotros vivíamos en La Plata,

y en uno de esos viajes a Buenos Aires, Melero nos dice: “Vamos al Café Einstein”.

Fuimos. Yo estaba aprendiendo a tocar en esa época. Ese día, en el Einstein no había

grupos. Pero había una obra de teatro, y me acuerdo que entramos y nos recibió

Chabán. Omar le puso toda la onda: “Pasen, loco, vienen de La Plata”, qué se yo.

Después empezamos a ir seguido, y una noche vemos que pasa caminando Luca.

Salió de algún lado con una guitarra acústica y todos le decían: “Dale, dale, ponete a

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tocar algo”. Luca agarró la guitarra y tocó “Five Years”, de Bowie. “¿De dónde salió

este?”, nos dijimos. Nos habían contado que cantaba en una banda, que era más o

menos conocido, pero había 15 personas viéndolo. Nadie.

Daniel Melero: Yo era amigo de Geniol porque era mi peluquero. Cuando él salía

como Margot era impresionante. En realidad, la escena era más interesante que

cualquiera de nosotros individualmente. Ese conjunto. La otra cosa interesante era

cómo todo eso convivía, algo que no volvió a pasar desde principios de los 90, desde

los sónicos, que eran diferentes y más o menos convivían.

Pipo Cipolatti: Era un tipo que venía de otro país, que hablaba en italiano, en inglés,

tenía mucha información, sabía mucho de música. Cuando lo veía actuar me gustaba

por su personalidad. Era Luca y los de fuego.

Geniol: Yo le había encontrado una vuelta a la representación de la decadencia.

Decía: “Esto no es Gasalla o Perciavalle. Eso es lentejuela, es fino, Café Concert. Me

preguntaban: ‘¿Esto es el punk? ¿Qué es?’”. Spinetta dejó de venir a verme porque

estaba visto como baladista y el público del Einstein era punkie, más fuerte y bastante

sectario. Ahí lo conocí a Luca, que estaba los sábados. Yo iba los viernes, a él le

gustaba lo que hacía y empezó a venir a verme. Se reía mucho. Cuando empecé a

verlo seguido me di cuenta de que Luca era un cantante en serio. Tenía ese don.

Siempre hacía alguna que otra canzonetta en italiano y yo le decía que eso era medio

grasa en la Argentina.

Flavio Casanova: Al principio, en el Einstein éramos todos habitués. De tanto ir,

empecé a conocerlos a todos: Melingo, Vivi Tellas, Geniol, Pipo. Nos decían: “Ah, los

flacos de La Plata”. Con Luca hablé ese primer día que lo vi. Me acerqué y le dije:

“Ay, qué bueno, tocaste ‘Five Years’ de Bowie. Ziggy Stardust”. Empezamos a hablar

de música y el tipo se re copó. Porque si bien había flacos que iban a verlo, la

mayoría no tenía ni idea de música; les gustaba más el arte o el teatro… Luca se

copaba cuando le hablabas de discos. Cada vez que iba y estaba Luca, me saludaba

de la misma manera: “Hola, Flaco”. Era común vernos, no existía ese culto del que

se habla hoy cuando se refieren a Luca.

Marcelo Pocavida: A Luca íbamos a verlo a los shows que hacía en Zero o Stud Free

Pub. En el Einstein no me dejaban entrar ahí porque Chabán me tenía en la mira:

“Vos no, pendejo. Vos no”, me decía. Un día se descuidó y entramos con unas minas

de Mar del Plata. Después cumplí la mayoría de edad y con Chabán estábamos en

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buenos términos, pero al principio era complicado. Un día se lo conté a Luca y me

dijo “¿Cómo que no te dejan entrar?”. Le pasé mi teléfono, me llamó y me dijo:

“Vos venite, yo te espero en la esquina de Córdoba y Pueyrredón. Entrás conmigo”.

Pero ese día tampoco hubo caso, tuve que volverme a mi casa y el tipo se quedó

mal. Volví a ir otro día, Omar seguía envenenado conmigo y Luca lo cagó a pedos:

“Yo acá traigo la música, vos me tenés que pagar. ¿Con qué pago los ravioles y el

morfi? Dejalo entrar al pibe, está conmigo, y o lo cuido, no va a hacer nada”. En

otros lugares no tenía esos problemas.

Alfredo Rosso: Me acuerdo de ver a Luca solo en el Einstein tocando “Solid Air”, de

John Martyn, y haciendo una versión increíble de “Redemption Song”, de Marley.

Luca con la viola, nada más. También tocaba un tema de Lou Reed que es muy poco

conocido, que se llama “Billy”. Yo nunca le había dado la menor bola, pero él lo

tocaba.

Marcelo Pocavida: Un día fuimos a verlo a uno de esos pubs bien de los 80 en

Paternal o Devoto. Éramos una banda y él se divertía porque nosotros le imitábamos

el acento cuando él decía: “Ahora voy a tocar un reggae de Bob Marley ”. También

lo gastábamos gritándole: “¡Tocate una de Pappo!”. Se lo decíamos a propósito, para

darle manija, y él se enganchaba. Esa noche, los siete u ocho que fuimos

terminamos todos en cuero. Los del pub habían dejado sobre las mesas como tres

bandejas con empanadas y nos morfamos todo… Pobre Luca, porque después tuvo

que pagar él. Además habíamos tomado mucho, uno de mis amigos se descompuso

y se vomitó todo. Me acuerdo de Luca limpiando el vómito, cagándose de risa.

“Pobres pibes, tenían hambre. Dejá, después te pagamos”, les decía a los del lugar.

Marcelo Moura: La primera vez que vi a Sumo fue en el Einstein, en mi primera

salida con mi primera mujer en Buenos Aires. Yo todavía vivía en La Plata. A ella la

había conocido en una gira y me invitó al Einstein, que para mí era un lugar para ir a

mamarte y cosas así. Estaba Chabán. Éramos 14. Recuerdo que me volví a La Plata

con la cabeza hecha una licuadora: Sumo, mi primera salida, una chica, Chabán y

Katja haciendo una performance. Pasé de estar tomando mate a eso. Era bastante

fuerte la situación.

Diego Arnedo: Una de las cosas que me pasaron con Luca fue que, volviendo de una

de estas salidas nocturnas, esperando el primer tren de la madrugada, que salía de

Federico Lacroze hacia Ruben Darío, en Hurlingham, nos pasamos de largo,

dormidos, y cuando retomamos de vuelta, nos volvimos a pasar. El malhumor que

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teníamos era cada vez más terrible. Al otro día nos cagábamos de risa, pero en ese

momento no podíamos ni mirarnos.

Katja Alemann: Al principio el Einstein fue muy bien, pero después tuvimos el

problemita este… Bueno, que era la dictadura militar. Muchas veces venía la policía

a hacer averiguaciones de antecedentes, prendían todas las luces, se llevaban a todo

el mundo y te arruinaban la noche. Ahí empezó a bajar mucho la afluencia de

público. El primer verano del Einstein fue así, con muy poca gente. Entonces

empezamos a hacer comida gratis, como las famosas pizzas con Mendicrim y

mandarina que hacía Omar. Después de eso, empezó a venir público de nuevo.

Vivi Tellas: En el Einstein caía todo el tiempo la policía. Luca se había hecho muy

fan de ese personaje del boludo, y adoptó eso de “qué hacé, bolú”. Tenía esa

picardía, por su parte italiana me parece. Se mataba de risa y empezó a jugar con

eso. Luca era muy dulce, como un niño. Nunca tuvimos nada, digamos, amoroso,

pero era tan amable...

Pipo Cipolatti: Con Luca tenía más complicidad que con los demás. Hablábamos de

los otros tipos: “Esta manga de pelotudos…”. No sé cómo se dirigiría a otras

personas, pero con los amigos de la banda era así… El trato que tenía con otras

personas era más distante. A mí me apreciaba mucho. Nos cagábamos de risa juntos,

tocábamos temas de Dean Martin y Bob Marley en los martes de olla popular…

Porque los martes no venía ni el loro. Omar Chabán cocinaba y servía la comida él

mismo, porque no había nadie. Seríamos 10 o 15 personas, entre ellos Luca, Arnedo,

Melingo y y o. Arnedo tocaba el contrabajo, Luca con una guitarra criolla, Melingo

con una pandereta, yo con una un vasito o lo que hubiera, pero no tenía ningún

instrumento. Era una especie de unplugged que armábamos en una de las tantas

mesas, mientras comíamos algunas de esas cosas con mandarina que cocinaba

Chabán. Tocábamos acústicos de Bob Marley y un tema de Dean Martin que se

llama “Memories Are Made of This”. A mí me encantaba ese tema. Luca cantaba y

nosotros hacíamos coros.

Katja Alemann: En el Einstein empezamos a hacer teatro para tratar de atraer a más

gente. Ya era el 82, pero el problema seguían siendo las razzias, porque después

estábamos tres o cuatro semanas tratando de remontar el lugar. Hasta que un buen

día me invitaron al programa de televisión de Juan Carlos Mareco, Cordialmente. Yo

y a era conocida como actriz y tenía mi speech perfectamente armado. Este buen

hombre, Mareco, no tuvo mejor idea que preguntarme a qué gobierno iba a votar,

151


porque y a era el final de la dictadura. Respondí: “A un gobierno que destituy a al

Estado Policial”. Se les atragantó la comida a todos. Nadie supo qué decir, ni qué

contestar, porque hablar mal de la policía era incluso más complejo que hacerlo de

los milicos, que estaban yéndose. El poder represor, de hecho, estaba en manos de la

policía… Ese día me despaché y dije que éramos artistas, que teníamos el derecho

de expresarnos, que no estábamos haciendo nada ilegal, que pagábamos los

impuestos y que la policía tenía que funcionar como nuestros empleados, porque sus

sueldos provenían de lo que nosotros aportábamos como ciudadanos…

Daniel Melingo: Había una búsqueda muy grande y no solo de identidad.

Buscábamos cómo decir lo que estaba pasando de una manera diferente. Éramos

una capa de gente que hasta ese momento no había aparecido, nos sentíamos tapados

por un tipo de cultura musical, por un tipo de cultura en la calle, por mucha opresión,

entonces esa necesidad se dio naturalmente. Quiero decir que no era que queríamos

simplemente diferenciarnos, sino que buscábamos ser realmente diferentes, que no

es lo mismo.

Horacio Gabin: Si bien Luca no era un punk, estaba bastante cerca de serlo. Era un

tipo duro que no se comía ninguna y que realmente se la bancaba. Lo he visto en el

Einstein, donde estábamos todos pegaditos, incluso el policía de civil que estaba al

lado tuyo y que te agarraba el libro donde tenías el papel de armar. Te decía: “Vení,

acompañame” y te llevaba. A mí me pasó con El Señor de los Anillos, con el papel

de armar ahí adentro.

Marcelo Pocavida: Un día, a mediados del 82, arreglamos para ir a la casa de Luca

en Hurlingham con la idea de hacerle una nota. Sumo ensayaba en la bodega, pero

cuando llegabas a la casa lo primero que veías era un hall que tenía el piso de

madera reluciente, un hogar, un televisor color… Parecía una postal la casa de

Timmy MacKern. Había unos niños todos rubios… Todo parecía salido de un lugar

muy distinto a lo que conocíamos los que vivíamos en conurbano. Luca tenía su

habitación en un entrepiso, en lo que sería un altillo. Había muchos instrumentos,

cuerdas de guitarra, un quilombo bastante importante de cables. En realidad, hacerle

una entrevista hablando sobre Sumo era difícil porque el grupo todavía no tenía

historia y a nosotros nos interesaba mucho qué podía contarnos del punk. Estábamos

en el 82 y él hablaba del 77, había pasado un tiempo, pero Luca había estado en la

explosión del movimiento y empezó a recordar todo. Tenía muy buena memoria y

estuvo muy bueno porque no habló solamente del punk sino también de cuando había

ido a ver a Pink Floyd, de su experiencia con las drogas y de lo que significó estar en

un happening constante, viajando de un lado a otro. Luca tenía un diario personal

152


bastante importante donde tenía anotados todos los conciertos que había visto de King

Crimson, Pink Floyd y todos los demás.

Katja Alemann: Yo era toda divina, preciosa, era la hermana del ministro de

economía… Eso que dije en el programa de Mareco armó todo un lío. Pero tuvo

éxito mi gestión, porque la policía no vino nunca más. Al Einstein lo clausuraron

después, en la época democrática, pero por otro problema. Cuando a fines del 82

dejó de venir la policía, el Einstein empezó a florecer. Sumo tocaba siempre, los

martes eran de olla popular y tocaban todos los grupos nuevos, igual que los viernes y

los sábados. Después nosotros empezamos a hacer un show que también empezó a

tener mucho éxito, El Bulbo Jopo Show, que era un varieté donde había muchos

actores. Cada uno hacía su número, era un continuo. A veces venía Geniol, porque

era un artista varieté. Vivi Tellas hacía La nadadora, que era preciosa. Teníamos

como tres números cada uno.

Geniol: Estaban Vivi Tellas y una chica que me gustaba mucho que hacía de

paralítica, sadomasoquista, que le tiraban mierda en la cara con una escupidera.

Estaban Los Twist, Sumo, pasaron todos por el Einstein. Chabán parecía recién salido

de una pantalla de película antigua, en blanco y negro. Me hacía acordar mucho a

Ángel Magaña. Katja siempre fue muy bella.

Vivi Tellas: El Einstein fue nuestro aguantadero. El lugar que teníamos para la

resistencia artística. Creo que Sumo tocaba los martes por la comida, como hacían

varios grupos. Con Soda Stereo era igual. Nunca había plata. Entonces todos

cocinábamos, había sopa, pizza, y todos se quedaban a comer.

Alejandro Taranto: Cuando Chabán cerraba el Einstein los más quemados o

noctámbulos terminábamos inevitablemente en el bar Escorpio, un café típico

porteño que estaba abierto las 24 horas. Era pedir una cerveza para cinco y quedarse

hablando. A Luca siempre lo vi tomando ginebra. Le gustaba mucho hablar y

aleccionar a las personas, de alguna manera. A veces incluso lo hacía de forma muy

agreta. Éramos amigos de la noche, digamos.

Germán Daffunchio: De alguna manera, en el Einstein Luca encontró un lugar

donde podía tomar gratis, cagarse de risa, cogerse a las minas que se cogía y pasarla

bien. Todos los días pasaba algo: un martes hacían un puchero popular, otro días

estaban las obras de Omar o Katja.

153


Vivi Tellas: Yo hacía monólogos y Luca había quedado obsesionado con uno que se

llamaba “El boludo”. Me decía: “Vivi, ¿de dónde sacaste ‘El boludo’? Es buenísimo”.

Me lo repetía siempre con ese acento rarísimo que tenía. El personaje era un pibe

con un embudo en la cabeza, que era como un inventor medio chanta, bien argentino,

que decía todo el tiempo “boludo”: “Que no, boludo, qué boludo…” Sumaba

números, inventaba cosas con los números y el reloj, y se creía un genio. Era un

boludo de verdad ese personaje. Tenía un vestuario, maquillaje, barba y había

tomado sol. Luca estaba fanatizado con eso. Estaba todo el tiempo en el Einstein…

Alfredo Rosso: Luca nos pescó el lado tilingo claramente. Nos caló enseguida a los

porteños, nos encontró la vuelta, se dio cuenta enseguida cómo es el ser porteño, que

de última es un tano que habla en castellano. Como cuando se reía de que todo el

mundo se decía “bolú”. “¿Qué hacés, bolú?”. Ahora es muy común, pero empezó en

ese momento. Se reía de sí mismo, como cuando hacía esas charlas entre tema y

tema en los recitales. “Un pelado bolú”, decía.

Geniol: No había drogas en el Einstein. Se cuidaba mucho eso y adentro no había

nada. El que llegaba y a venía colocado. Convivíamos con Toxicomanía, que estaba al

lado, controlando todo. Sí había mucho sexo. Parados, de costado, con la boca, con la

mano…

Daniel Melero: El Einstein era genial, pero Sumo no era lo más importante. Los

miércoles eran buenísimos, había teatro varieté, le decían “Le Melancholic” o algo

así. Los martes también eran lo más porque era la olla popular. Estaban Peralta

Ramos, los Sumo, Los Encargados, Soda Stereo.

Katja Alemann: El Einstein era un reviente insoportable. Hoy está idealizado: “¡Ay,

el Einstein!”. Pero el día a día en el Einstein era imposible. Siempre estaban los

boludos que se emborrachaban y traían problemas. También estaba el estrés de si

venía gente o no venía gente, la parte administrativa…

Vivi Tellas: Luca transmitía algo muy destructivo. Coqueteaba con la muerte, era

demasiado punk, aunque sin perder su encanto. No era violento.

Horacio Gabin: El lugar era pequeño, todas las mesitas eran chiquititas, las persianas

cerradas, humo, un escenario pequeño y bajito. Una vez había un loco que estaba re

denso, justo al lado de Luca. Lo molestaba, se caía sobre los equipos, rompía las

bolas y no los dejaba tocar cómodos. Luca le dijo: “Eh, punkito. Vos sos malo, ¿no?

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¿Te creés malo?”. Entonces Luca agarró un porrón de cerveza, lo rompió, se cortó la

cabeza, le dio el vidrio y le dijo: “¡A ver, hacé esto, nene malo!”.

Katja Alemann: Luca sufría mucho por el mundo, por lo que él veía del entorno, por

la vacuidad, por el sinsentido, porque nadie tenía los huevos de verdad para hacer

cosas. Venía de Londres, de Italia… Entonces vino acá y se encontró con un país

cuadrúpedo, más en ese momento. Se deprimía, le daba mucha tristeza la realidad

que lo circundaba. A mí me parecía un poco ingenuo… Yo estaba con Omar, que era

otro delirante que le daba 20 vueltas a las cosas, superintelectual. Omar tenía una

visión totalmente distinta de las cosas, era mucho más analítico, más extremo, más

jodido en su forma de pensar. Luca era un pancito de Dios en ese sentido. Muy

idealista.

Vivi Tellas: Era una época en la que íbamos muy rápido, como si estuviésemos

desesperados. Veníamos de una época de mucho miedo, represión, restricción… Viví

en California muchos años y eso también nos unía con Luca, porque hablábamos

bastante en inglés. Yo venía del flower power, tenía mucha libertad, tenía otra cabeza

en algún sentido. Con Luca hablábamos mucho de la vida. Cada vez que me

encontraba con él era un estado medio poético, era raro. Había silencios, como si

estuviéramos todo el tiempo conectando y contemplándonos. Pero no sabíamos bien

quiénes éramos, quién era el otro. Es raro decirlo, pero él era un fan mío y me

trataba como un ídolo. A mí me encantaba él, su forma, pero yo no era fan suy a. Él

también estaba fanatizado con las Bay Biscuits, y con este personaje, y con verme

en el Einstein. No éramos amigos, pero teníamos onda. Tenía un atractivo, pero y o

me perdí de verlo así. No me resultaba atractivo en ese momento. Me daba un poco

de miedo. Era muy extremo. Esa cosa un poco destructiva me alejaba de él.

Alfredo Rosso: Luca admiraba mucho a Lennon, y sentía que Lennon era un

ideólogo. En el fondo, Luca era un tipo que había sido criado en la época de las

utopías de los años 60 y creía en eso. Al mismo tiempo, después pasó por toda la

etapa del punk y la adicción que tenía. La ideología hippie era muy pro vida, por eso

de “paz y amor” que tanto se ridiculiza, pero detrás de eso había una pulsión por la

vida, por la belleza, por los colores. Las adicciones a las drogas fuertes son muy

tanáticas, muy vinculadas a la muerte. Entonces, Luca, de alguna manera,

ideológicamente era un tipo colorido y abierto, pero también tenía otro lado, el lado

oscuro.

Fabián Couto: Yo trabajaba en El Agujerito. Pipo Cipolatti compraba discos ahí y

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ahí empezamos a relacionarnos. Formamos Los Twist, decidí ser el manager y

tocamos durante muchos domingos en el Parque Genovés. Los Twist se hicieron más

o menos famosos por las canciones que tenían, que son las que después conocieron

todos, y porque tenían todo ese look de los chalequitos. Era divertido. Después

pasamos al Einstein, y en la noche del debut estaba Luca. Ese fue el show en el que

Luca se colgaba de un travesaño que había y le chupaba la corbata a Pipo.

Hilda Lizarazu: Hice el secundario en Estados Unidos y volví a la Argentina en el 81.

Empecé a salir de noche y caí en las noches bohemias y porteñas del Einstein.

Todavía no era cantante, trabajaba como fotógrafa. Una noche de esas, Luca Prodan

me golpeó duramente con un borceguí en la cabeza, mientras y o estaba mirando

cómo Geniol hacía su performance de doblar la guitarra y qué sé yo. ¡Fue horrible!

Luca no era esa persona sobre la que van a escribir un libro: era ese pelotudo que

estaba colgado de una viga como un mono. Estaba sacado, era un violentón. Fue un

accidente, yo estaba muy distraída mirando algo y de golpe: ¡paf! Recibí este

golpazo en la cabeza y vi a este tipo que estaba colgado ahí. Un italiano que estaba

sacado… Sabía que era un italiano que estaba re loco… Me dolió mucho. Después

bajó, pero no recuerdo si se disculpó… Había mucha gente, el lugar era tremendo,

chiquito, todos transpirados… Cuando tenés 18 años te bancás esas cosas. Esa fue la

primera vez que lo vi.

Germán Daffunchio: Luca tenía aquel mal humor de tano. Los que lo conocíamos

no le dábamos ni bola, lo dejábamos gritar un rato, que viviera en sus locuras. En la

época que salíamos a tocar, yo tenía una estanciera de mis padres y cargaba todo

ahí. Iba, desarmaba la sala de ensayo, la transportaba al lugar del show, a veces

bajaba todo solo, otra veces bajábamos todo con Alejandro. Armábamos,

tocábamos, desarmábamos, cargábamos, llevaba y volvía a armar todo. Luca nunca

estaba para ninguna de todas estas cosas. Después nos acostumbramos, pero a la

mitad del show ya estaba ebrio como una cuba y con sus delirios… El show se

sostenía porque él tenía ese don y también tenía la cultura alcohólica del inglés, que

es tremenda. Hay que estar al lado de ellos.

Lila Riquelme: El tema del alcohol era algo que yo odiaba en Luca, no entendía por

qué necesitaba llegar a esos estados.

Germán Daffunchio: En los shows del Einstein por ahí tocábamos un tema,

zapábamos dos, tocábamos otro, zapábamos uno, tocábamos dos, zapábamos uno.

Era muy artístico. Experimentábamos en vivo.

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Walas: Yo me escapaba de mi casa para ir a los recitales. Primero salía a andar en

skate y a partir de eso conocí la cultura rock y la subcultura punk. Ahí es cuando

empieza a escucharse la palabra Sumo. Además tenía un compañero de colegio que

era el hermano o el medio hermano de Vivi Tellas. Íbamos a ver a muchas bandas,

hasta que llegamos a Sumo. El recuerdo que tengo de Luca es en dos dimensiones.

Una era arriba del escenario, la otra pateando en las puertas de otros shows. Tocaban

Fricción o Casanovas y el tipo estaba ahí, haciendo puerta con los punks, charlando

con los que éramos más chicos que él, nosotros admirándolo porque ya era un

músico… Luca trajo el aroma de las cosas de afuera, lo que hacía traía a los Sex

Pistols, a los Clash, Joy Division, Julian Cope o Wire. Ahora lo valoro mucho, pero en

ese momento era ir a verlo y nada más. Hoy pienso: “Estábamos viendo una banda

de Londres de ese momento, de vanguardia y en Buenos Aires”. Porque te tomabas

un colectivo hasta Palermo y …

Pipo Cipolatti: Sumo era un grupo más de los que tocaba entre nosotros en el

Einstein. “Che, está tocando el pelado que vino de Londres a dejar el caballo”. Para

mí, ver a Sumo era como una luz estroboscópica. Tengo esa imagen: una luz

estroboscópica y la voz de Luca con el pedalito de efectos que le ponía reverb y

ecos. Era el único cantante que usaba pedales. Cambiaba las frecuencias, buscaba

una voz cavernosa… Usaba mucho el delay.

Germán Daffunchio: En esa época del Einstein no había cantantes que fueran al

frente. Era la época del morral, todavía. Los Redonditos no habían arrancado, o eran

algo muy distinto a lo que fueron después. Hacían una puesta en escena. El Indio no

se convirtió en el cantante que se conoce hasta que grabaron Gulp! a mediados de los

80. En el 82 lo veías y era un oficinista cantando. Con el Indio nos cruzábamos en

determinados lugares, siempre antes de los shows. Era un tipo absolutamente común

y silvestre.

Lalo Mir: Yo hacía un programa que se llamaba 9PM. Una noche, después de la

radio, fuimos al Einstein. Era un día de semana, las 11 de la noche o algo así. Habría

diez personas, comiendo, tomando una cerveza, una whiscola, no sé qué

consumíamos. No eran más de tres o cuatro mesas con la gente desparramada. Luca

tocaba una guitarrita, medio que le faltaba una cuerda, así como medio mal y

cantaba unas baladas tristes, y unas cosas napolitanas e italianas, y lo acompañaba en

un teclado uno de los RH, que hacían neo tango en esa época. Chabán le hacía la

iluminación con un velador. Se movía y eso era el efecto de las luces. Luca cada

tanto le decía: “Salí, Chabón”. Esa fue la primera vez que lo vi.

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Carlos “Aspix” Giustino: En el 83 y a trabajaba como fotógrafo y teníamos un

estudio, el Subway, en el que y a firmaba como Aspix. El primer medio con el que

empezamos a trabajar fue la revista Twist y Gritos. Ahí tenía su oficina Tom Lupo,

que por entonces todavía era Carlos Galanternik. Ahí comenzó a formarse un muy

buen grupo de dementes comandados por Lupo, y Luca aparecía muy a menudo.

Era un quilombo ese lugar. A Lupo se le metió gente a vivir en las oficinas del fondo,

dentro de su redacción. Le alquiló un cuarto a uno y terminó haciendo subir a 15

personas, familias, niños, había ropa colgada en los pasillos de la redacción y no se

los podía sacar… Una cosa muy bizarra. Luca conoció a Jorge Crespo, a quien y o

conocía de El Palomar, y que me decía: “Uh, quiero conocerlo a Luca, tenés que

hacerme una foto con él”. Un día me enteré de que Luca iba a ir a hacer una nota

con Lupo, lo llevé a Crespo y terminó siendo su manager. Todavía conservo esa foto

de los dos, con las dos caritas debajo de una lamparita en el pasillo de Twist y Gritos.

Fue la segunda entrevista que Luca hizo en su vida. La primera había sido con

Pettinato. También fue la primera vez que le hice fotos debajo de un escenario.

Pil Trafa: Sumo tocaba en muchos lugares, me acuerdo de uno en la calle Cabrera,

en Palermo, y del IFT. Yo iba a los pubs y me hice amigo del manager, Timmy, y de

Luca. Empezamos a charlar, a tomarnos una ginebra o una cerveza. Ya estaba Sokol

en la bata, después pasó al bajo y enseguida entró Pettinato. Iba a ver mucho a

Sumo. Estuve en el Einstein cuando se hizo “Mejor no hablar de ciertas cosas”. Había

ido el Indio ese día. Luca estaba probando y tiraron ese tema. No sé si se hizo en ese

momento, pero fue la primera vez que lo escuché.

Ricardo Curtet: Cuando empezaron a tocar en el Einstein y a era todo un desmadre.

La gente se subía al escenario, le pegaba una piña a uno y agarraba la guitarra. Una

vez fui a tocar ahí, porque cuando me veía Luca siempre me decía: “Subí, vení a

tocar”. Era todo un quilombo, no se entendía un pedo. En un momento se subió un

punk, me sacó la guitarra y qué sé y o. Luca lo empujó y le dijo: “Salí de acá, dejá

tocar a mi amigo”. Dejé de ir porque siempre pasaba algo. A Diego Arnedo le

habían pegado un maderazo en la cara. Yo pensaba: “Estos me llegan a pegar a mí y

los mato. Les doy un guitarrazo y los mato”.

Andrea Prodan: Con mi hermana Michela extrañábamos a Luca. Queríamos ver

cómo estaba. Nos escribía, nos mandaba casetes, y en su voz se escuchaba que se

sentía bien. El primero que me mandó Luca desde la Argentina tenía la canción

“Pinini Reggae”… Qué cago de risa… Pero me daba un poco de vergüenza

escucharlo porque y o estaba haciendo el servicio militar en un lugar que se llama

Orvieto, que pronto transformé en Orvietnam, un embole tremendo. Es un pueblito

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muy lindo, que produce uno de los mejores vinos de Italia, y en el dormitorio del

cuartel había muchos personajes de toda Italia, todos mezclados. Un día saqué mi

casetera y puse el tema. Los chabones me gritaron: “¡Troppo forte!” y empezaron a

bailar. De golpe estaba todo el dormitorio bailando. Me preguntaron: “¿Qué es esto?”.

“¡Es mi hermano!”, respondí. “¿Tu hermano hace esto? ¿Y dónde vive, en Roma?”.

“No, en la Argentina”. “¿Qué? ¿En la Argentina existe el rock?”. En Europa mucho

no se sabe de la Argentina. Me pidieron: “¡Ponelo otra vez!”. Terminó siendo “la”

canción del dormitorio, día tras día escuchando el “Pinini” fucking reggae…

Fantástico. Ahí pensé:“Loco, esto tiene futuro”.

Andrea Prodan: Viajamos para verlo y llegamos a Traslasierra. Ahí nos

encontramos con Luca sano y pelado. Resplandeciente, con mucha luz. Conocimos a

sus amigos, uno de ellos con una cara de monaguillo un poco perverso, que era Sokol.

Mi hermana le dijo: “¡Ay, una pureza de ángel!” (risas) Luca me decía: “Ya está,

estoy haciendo temas buenísimos, la gente se engancha, no sabés en Mina Clavero

cómo bailan…”. Obviamente, empecé a pensar: “Puta madre, qué banda, está

buenísima”. Veía a Sokol en la batería, a Luca cantando y tocando la guitarra, Diego

en el bajo, Pettinato y a estaba en la banda… Germán en guitarra, tan tímido,

mirando para abajo pero produciendo unos sonidos que solo U2 estaba

experimentando. Sumo no era una banda de rock. Era como ver un happening, algo

más que solamente rock. Algunos me decían:“¿Sabés qué pasa? Esto está muy bueno,

pero es para poca gente, no todos van a comprenderlo. Hablan en inglés, no tiene

futuro, qué lástima”. ¿Qué boludo, no? “No tiene futuro”, decían. Fue una cosa

hermosa viajar y verlo bien. Nos hizo muy felices a Michela y a mí. Luca estaba

libre.

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Sumo en La Cofradía, mayo de 1982.

(Gentileza de Claudina Pugliese)

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Capítulo 11

1983

“Hubo un Obras que no pudo hacerse cuando yo no llegué de la montaña y las cosas

entre los dos no quedaron del todo bien. Yo fui el responsable de que se haya

suspendido ese concierto. Después de eso, cuando nos cruzábamos por ahí siempre

nos arrojábamos indirectas. Él me detestaba y y o lo gastaba diciéndole que era un

viejo borracho. Nunca llegamos a las manos porque intervenían los demás, pero la

onda era cero. Desde entonces, en cada presentación de Sumo, Luca se refería

despectivamente a Los Violadores y, en especial, a mí. No sé por qué se la agarró

conmigo. La chica había sido mi novia por seis meses. Yo la llevé al Chavalette, se

copó con Luca y se fue con él por cuatro años… El que tendría que estar ofendido,

en tal caso, sería yo. Él me curtió la minita, no al revés”.

Hari B en el libro El nacimiento del punk en la Argentina y la historia de Los

Violadores.

“Hari B y Luca eran amigos. Después tuvieron una disputa por una alemana llamada

Mónica –Luca se la sopló– y comenzó entonces un enfrentamiento que terminó con

el tema ‘Fuck You’, dedicado enteramente a Hari B”.

Robert Zelazek en el libro El nacimiento del punk en la Argentina y la historia de Los

Violadores.

El número especial de fin de año de la revista Pelo recorría lo mejor de 1982 a partir

de la opinión de los músicos. En el primer lugar aparecía Paul McCartney, con

Momento culminante. Luego, Yendo de la cama al living, de Charly García. Más atrás,

Señales, de Rush. A doble página y bajo el subtítulo “Lerner, el luchador del año”, la

publicación quincenal proclamaba a una de las revelaciones de la temporada y entre

los nuevos grupos del año aparecían Luciérnaga Curiosa, Los Helicópteros, Los

Encargados, La Torre, Púrpura, Dr. Rock, Ray o X y Demo (la banda liderada por el

histórico Rinaldo Rafanelli, bajista de Sui Generis y Polifemo, que contaba con un

joven guitarrista llamado Ricardo Mollo). No apareció ni la más mínima mención a

Sumo. Tampoco a ninguno del resto de los grupos que tocaban en el nuevo circuito de

bares y pubs.

Sin embargo, contra todos los pronósticos, Sumo cumplió un año de vida y

estableció un sistema de perseverancia apoyado por todo tipo de estrategias, casi

161


como una célula revoltosa en plena lucha de liberación. El final de la guerra de

Malvinas derivó en un lento repliegue del gobierno militar y también en una

esperanza no tan remota de volver a la vida democrática. Se respiraba cierto alivio

en el aire, aunque el poder represivo se mantuvo intacto. Luca y a tenía un nombre en

el circuito underground, en un mapa que formaban espacios como el Einstein, La

Esquina del Sol, Zero Bar y Stud Free Pub, escenarios reducidos para un público

informado. “Si no estabas en la escena era muy difícil enterarse”, contó alguna vez

Fidel Nadal para explicar el panorama artístico del que formó parte primero como

espectador y años más tarde como el líder de Todos Tus Muertos. Sin llegar a los

niveles de provocación del llamado “destape español” luego de la muerte de Franco,

entre 1982 y 1983 el ambiente contracultural porteño abrazó el absurdo y el humor

con propuestas cercanas al rock. La aparición de las Bay Biscuits, un grupo integrado

por Viviana Tellas, Fabiana Cantilo, Isabel De Sebastián y Edith Kucher traficaba con

la idea del teatro musical satírico, que más tarde será perfeccionado por el Club del

Clown de Batato Barea o el aporte inestimable de Las Gambas al Ajillo. Vivi Tellas

fue la aliada de Luca en esos cruces de canciones, expresionismo bizarro y jarana

grupal. El choque entre la cultura autorizada y los nuevos subterráneos parece

resumirse en una noche, cuando la directora y guionista María Luisa Bemberg visitó

el Einstein en busca de una actriz para el rol protagónico de Camila O’Gorman, la

posible aspirante al rol de la heroína profana era Katja Alemann. El espectáculo de

la velada incluyó a Katja bailando un tango erótico. Luego, Vivi Tellas braceó sobre

una tabla de planchar para dar vida a su rutina de La nadadora. Enseguida, el dúo

integrado por Omar Chabán y Sergio Aisenstein, llamado Pis y Caca, provocaron a

los presentes lanzando choclos, mostaza y yogur. La realizadora huyó espantada,

nunca más volvió al Einstein.

Las Bay Biscuits llegaron al gran público invitadas como grupo de apertura de los

recitales que ofreció Serú Girán en el teatro Coliseo a fines de 1981. Fue una

experiencia traumática para el grupo femenino, que enfrentó a un público hostil,

incapaz de soportar canciones irónicas. La tolerancia mejoraba ostensiblemente

cuando acompañaban a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (incluso realizaron

los coros de “Superlógico”, tema incluido en uno de los primeros demos del grupo

platense). La fascinación que sentía Luca por los monólogos de Vivi Tellas, en

especial por aquel en el que se repetía todo el tiempo la frase “qué hacés, boludo”,

hizo que el cantante redujera el latiguillo a “qué hacé, bolú”, para transformarlo en

uno de sus saludos favoritos. Luca empezó a quedarse a dormir en el café de avenida

Córdoba. También ensayaba con Sumo y participaba por fuera del grupo en la vida

social del lugar, animando un show de Los Twist colgado desde el techo, o

simplemente como reidor de las performance de su amigo Geniol. En su era de

esplendor, en plena primavera democrática, el Einstein fue el centro de un mundo

162


lúdico, un pozo voluptuoso de las futuras vanguardias teatrales y el campo de

entrenamiento de los nombres que cambiaron para siempre el humor del rock

argentino.

Los punks fueron los primeros aliados de Luca. Bandas como Los Violadores,

Alerta Roja y Los Laxantes conectaron de manera instantánea con el tipo que había

visto en Londres a los Sex Pistols y The Clash. Luca fue un espejo donde reflejarse y

tomar prestado esos gestos que aquí solo llegaban en fotos o unos pocos videos. La

banda de Pil Trafa ya había grabado un disco que no tenía forma de publicar. Pero

crecía en público y tocaba casi tan seguido como los freaks de Hurlingham. Son Los

Violadores quienes llevan a Sumo a tocar en Le Chavalet, un restaurante pituco de

Recoleta ubicado frente al Hospital Alemán, en la calle Ecuador. Ahí Luca conoció a

Mónica Stromp y también compartió cuerpo a cuerpo razzias salvajes y noches de

comisaría. Una fecha lleva a la otra y, casi sin medir riesgos económicos, las dos

bandas sin un álbum en la calle decidieron organizar un mini Obras para el sábado 22

de enero de 1983. La jugada temeraria salió mal: Hari B, primer punk argentino y

alpinista confeso, regresó tarde de la montaña, con lo cual el show debió posponerse

una semana. Los Violadores tuvieron que cubrir los gastos. El día del show

postergado, en el lugar había muy poca gente: apenas unos 350 valientes. Eran

muchos seguidores para esos grupos subterráneos, pero casi ni se notaban en el

enorme gimnasio del Club Obras Sanitarias.

Luca no creció con Videla, pero conoció cuatro presidentes militares en poco más

de dos años de permanencia durante la dictadura. Nunca tramitó la ciudadanía: debía

viajar a Uruguay y luego volver a ingresar al país para obtener su visa de turista.

Realizó el trámite en pocas oportunidades. La mayor parte del tiempo permaneció

como un extranjero ilegal según las normas argentinas de migraciones. En la ciudad

se movía en tren y en subte; no tenía buena conexión con los automóviles, y una

considerable miopía invalidó cualquier cambio de decisión. El ferrocarril lo acercaba

sin esfuerzo y por poco dinero a los destinos que separaban a Hurlingham del resto

del planeta conocido. El problema surgía cuando debía acompañar a Mónica Stromp

a su casa de Martínez, en la Zona Norte de Buenos Aires. El único medio de

transporte era La Costera, un micro de línea que unía a La Plata con San Isidro. El

viaje continuaba en tren hasta la casa de los Stromp, familia dirigida por un alto

directivo de la fábrica de Mercedes -Benz. Tiempo de espera y de viaje sellaron la

primera etapa de una relación que no acusaba conflicto frente a los 11 años que

separaban a Luca de su novia, una bellísima estudiante que cursaba el primer año de

la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Puey rredón y también estudiante de

Arte Dramático. Tenían varias cosas en común: familias de clase alta, una educación

escolar bastante rígida y el arte como válvula de escape al mandato impuesto. La

relación tuvo muchas idas y venidas, peleas y reconciliaciones, una disputa constante

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contra la dependencia alcohólica de Luca que de a poco empezó a devorarse

cualquier tipo de proyecto a futuro.

Rápidamente, Luca descubrió que Sumo no podía tocar todas las semanas en el

Einstein. Para colmo, el lugar permanecía abierto todos los días salvo los lunes y con

una agenda que no llegaba a cubrir las noches dedicadas al rock. Los Violadores,

Virus y unos ignotos Soda Stereo se agregaban a la lista de bandas junto a Los Twist,

Los Encargados y Control. Luca incluso llegó a discutir con Omar Chabán por el

precio de las bebidas, que según él eran muy baratas. Buscaba elevar el caché de los

grupos y convocó a una rebelión de bandas para que ninguna volviera a tocar en el

Einstein hasta nuevo aviso. El único grupo que eludió el pacto fue Soda Stereo, que

incluso llegó a tocar en el Einstein con una “custodia” de rugbiers amigos por temor a

represalias. Entonces, Sumo se multiplicó por obra y síntesis de su líder. Así nació

Sumito, como versión reducida con Arnedo (contrabajo), Sokol (batería) y Pettinato

(saxo); Ojos de Terciopelo (que miran a la Gente con Dientes) junto a Germán y

Alejandro; y La Hurlingham Reggae Band, que además de Arnedo y Pettinato

incluy e en su formación original a Tito “Fargo” (guitarra) y a Alberto “Superman”

Troglio. De esa manera, la nave madre aseguraba tres lugares nuevos dentro de la

cartelera del lugar y una variedad de estilos que podía cubrir desde el calipso a

experimentos retorcidos como la larga zapada convertido en único tema del

repertorio de Ojos de Terciopelo. Por otro lado, Sumito representaba el costado

acústico de Luca, aquel repertorio inicial en Traslasierra emparentado con el aura de

Nick Drake, John Martyn y Lucio Dalla, canciones para cauterizar al tipo magullado.

De todas esas exploraciones, La Hurlingham Reggae Band fue el proy ecto más

serio y consistente. Luca no trajo el reggae al país, pero le puso melodía y letras

inteligentes a los primeros himnos del género jamaiquino de fabricación nacional.

Vecino de Hurlingham, Tito “Fargo” Daviero también supo de la llegada de Luca al

barrio. Fargo, junto a un batero oriundo de General Rodríguez, Alberto Troglio,

movían los hilos de Oiga Diga, un aventajado grupo de ska y reggae. Entre

intercambios de instrumentos, charlas y algunos discos de Yellowman, Black Uhuru o

Linton Kwesi Johnson nació una afinidad que amplió el inventario reggae del grupo.

Además del Café Einstein, LHRB comenzó a tocar en lugares un poco más grandes

como Zero Bar (de República de la India y Las Heras) o el Stud Free Pub (en

avenida Libertador y La Pampa). Los primeros seguidores de Sumo no entendían

bien las razones de tanta diversificación, cuando intentaban pedir una canción no

sabían a qué banda correspondía la lista de temas. En una de esas veladas de La

Hurlingham, Skay Beilinson y La Negra Poli convencieron a Fargo para que se

uniera a Los Redondos.

28 de abril del 83. El último presidente de facto, Reynaldo Bignone, dictó el

decreto por el cual se fijaba la fecha de elecciones para el 30 de octubre de ese año.

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Al mismo tiempo, ordenó la destrucción de la documentación existente sobre la

detención, tortura y asesinato de los desaparecidos. No logró su cometido. A partir de

ese momento, el país comenzó a moverse al ritmo de una nueva campaña política. A

los pocos días, Sumo llegó a Trenque Lauquen a través de una invitación de los

locales de La Sobrecarga. Esa noche de may o, Luca anunció que tocarían un tema

“medio castellano” y aclaró que la letra pertenecía a Los Redonditos de Ricota, “un

conjunto de La Plata muy underground. Son underground porque tocan una vez cada

tres años, pero son buenísimos”. Fue la presentación irónica de “Mejor no hablar de

ciertas cosas”.

César Dominici:A Luca lo conocimos en un festival en Olavarría a fines del 82.

Nosotros estábamos dejando Igoagrio y en ese momento éramos los originales de

Sobrecarga. Hicimos nuestra actuación y en el fondo veíamos a un pelado

desaforado que agitaba los brazos y saltaba. Cuando terminaron de tocar se acercó y

acordamos una invitación para que Sumo fuera a Trenque Lauquen. El evento se

concretó a mediados del 83, el 7 de mayo, en una actuación que compartimos en el

Club Argentino de Trenque y donde Luca tocó la trompeta como invitado nuestro…

La vibración quedó flotando y para septiembre de ese mismo año hicimos un festival

en el mismo club, con la presencia de Sumo, La Hurlingham Regaee Band, Alphonso

S’Entrega, Alerta Roja y La Sobrecarga. A partir de allí, ellos fueron nuestros

padrinos. Cuando fuimos a Buenos Aires compartimos cartel en bares de Hurlingham

y en Capital, donde actuábamos como teloneros.

Pil Trafa: Cuando en el 83 hicimos ese mini Obras con Sumo, Los Violadores

teníamos un disco hecho, pero todavía no lo habíamos editado. Sumo no había

grabado todavía. Habíamos preparado videos de los Clash, de Bob Marley, que ni los

pasaron. Se postergó una semana porque nuestro guitarrista de esa época, Hari B, no

pudo bajar de la montaña. Luca estaba recontra caliente.

Marcelo Moura: Sumo no me sorprendía tanto porque y o venía de ensay ar con

Virus, que era una locura diferente pero locura al fin, algo tan excéntrico como lo

que hacía Sumo.

Pil Trafa: En realidad, con Sumo no había ninguna rivalidad, pero Luca se calentó

por eso que pasó con Hari. Tenía razón, porque tuvo que postergarse el concierto por

una semana. Me acuerdo estar en el camarín de Obras, Luca destapando un vino y

diciendo: “La puta madre, tuvimos que volver a pagar carteles” y cosas así. No pude

decir nada porque el que no había podido bajar de la montaña era un compañero

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mío… Nosotros también nos enojamos mucho con él por eso. En esa época no había

comunicaciones, tuvimos que mandarle radiogramas… Hoy hablamos todos por

celular, pero en ese momento había un radiograma que llegaba a un lugar, que era

una posta. Para recibir el radiograma, el que lo recibía tenía que ir hasta ahí. Hari se

apuró para llegar, pero era muy sobre la hora y era impredecible si estaría o no a

tiempo.

Marcelo Pocavida: Para Luca, Los Violadores eran muy nenes de mamá. Al

principio les tenía simpatía, pero después y a no. Esa bronca también tuvo que ver con

algo más personal por una mujer en común. Luca era fanático de Alerta Roja

porque decía que eran más auténticos.

Pil Trafa: Después de eso pasó lo del acento finito en “La rubia tarada” y todo lo

demás. Me llevaba muy bien con Luca. Teníamos empatía. Él era bastante más

grande que y o, me veía como un chiquito argentino revoltoso. Él había visto eso en

Londres y me empujaba: “Qué bien lo que están haciendo ustedes…”. Era

recíproco, porque a mí me gustaba mucho Sumo y también cuando él tomaba la

acústica y hacía “White Trash” en lugares muy pequeños, para 30 personas, fui a

varios de esos conciertos. No solo en el Einstein sino también en otros lugares. Había

uno en la calle Cabrera, en Palermo, Anchor, que era una especie de teatro circular.

En el Einstein, Timmy me mostraba casetes ingleses con bandas como Adam & the

Ants, cosas que y o veía en las revistas pero que no llegaba a escuchar. Las poníamos

ahí. También hablábamos de literatura, sobre todo de Dickens. Yo le contaba a Luca

de Borges. Me dijo que había leído Ficciones y hablábamos de los infinitos borgianos,

ese tipo de cosas.

Horacio Gabin: Cuando y o tocaba en Los Muebles, a veces Luca cantaba con

nosotros. En realidad se subía y cantaba todo el tiempo: “¡Qué hacé, bolú!”.

Cualquier tema que tocáramos decía lo mismo: “¡Qué hacé, bolú!”. Era el monólogo

de Vivi, que le encantaba. Qué increíble que aún hoy sigue siendo denso el

“boludo”… Pasan las décadas y el “boludo” sigue como si nada. Creo que tendrían

que tratarlo los lingüistas…

Mónica Stromp: Después de aquel show en Estudiantes, en el que y o ni sabía quiénes

eran los que habían tocado, no volví a ver a Luca por un tiempo. Un día encontré

unos volantitos que decían “Sumo” y pensé: “¿Qué será esto?”. Resultó que eran

ellos. En ese momento, y o tenía 17 años. Salíamos bastante, íbamos al Einstein, a

Anchor Inn. Una noche de esas salimos con unos amigos del Colegio Lincoln, con

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otra chica alemana, mi mejor amiga de esa época; fuimos a ver a Sumo y nos gustó.

Creo que fue en Anchor Inn, en Paseo Colón. Era un barcito, no era un lugar de rock.

Tenía un pasillo muy largo y me acuerdo que estaba Petti con la pata eny esada. En

un momento, el grupo paró de tocar, Luca escuchó que estábamos hablando en inglés

y se acercó. Empezó a hablarme en inglés: “Qué tal”, “qué buena música”… Nos

gustamos. Después, esta amiga mía me pasó el número de teléfono de la casa de

Timmy y lo llamé. Y empezamos a salir.

Vivi Tellas: Con El boludo estaba obsesionado. En esa época y o actuaba mucho y

parece que era muy graciosa. Luca también era fanático de La nadadora. Era un

personaje que te enseñaba a nadar, con una malla dorada y una peluca rubia, porque

venía de Estados Unidos y estaba probando bombas en Latinoamérica. Se mataba de

risa. Con las Bay Biscuits fuimos a un programa de televisión donde el elenco estable

del programa era igual a nosotras, pero en serio. Entonces no tenía ninguna gracia el

grupo paródico de lo rubio. Yo tenía toda una ideología respecto a eso, que era la

conquista americana en la Argentina. Lo rubio simbolizaba eso. Con el grupo

empezamos en el 81, recuperamos temas de los 60 como “Marcianita”, “Cuando

calienta el sol”, y después empecé a componer y a escribir letras. Hice “Cleopatra”

con Melingo. Esa es mi canción más famosa.

Mónica Stromp: La primera noche que salimos formalmente juntos fue en

noviembre del 82. Vino a buscarme a mi casa en Martínez desde Hurlingham, un

viaje tremendo, y partimos rumbo al Einstein. Como era mucho viaje, teníamos

tiempo para ver cosas. Esa noche me mostró lo que tenía en el bolsito con una

impresión del nombre “Juan Rico”: un libro de los Guiness Book Of Records… Se lo

había afanado a Timmy para leer en el micro La Costera. Otro autor que leía: Kurt

Vonnegut. Compartíamos mucha música. En su pieza roja nos dormíamos con Brian

Eno: Música para aeropuertos. O escuchábamos Captain Beefheart. A él le encantaba

la “Sinfonía del Nuevo Mundo” de Antonín Dvorak. Ponía mucho David Bowie,

también Elton John, el Álbum Blanco de los Beatles lo escuchaba para arriba, para

abajo, para arriba, para abajo… Me acuerdo de Lucio Dalla, de una canción que se

llama “La tua felicità”, que sería “Tu felicidad”. Me decía: “Pero vos fíjate, ¿no? ¿Te

das cuenta? El tema más corto del disco es ‘La tua felicità’. Como en la vida, la

felicidad es lo más corto”. Después escuchábamos a Francesco De Gregori, un disco

que se llamaba La donna cannone. Conmigo no escuchaba Joy Division o música

similar. Después, en la casa de George, en Palomar, poníamos los Stones. Luca ponía

la música según el momento y el lugar. Creo que también leí eso en el libro de Petti y

tenía razón: la compartía según la situación.

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Pil Trafa: Mónica era una chica argentina-austríaca, que a veces venía a los ensay os

de Los Violadores en mi casa porque era novia de Hari B.

Mónica Stromp: Éramos dos miopes. Me acompañaba desde Hurlingham hasta San

Isidro en el micro La Costera, y de ahí íbamos caminando o en un colectivo hasta mi

casa. Era un gentleman. Las paradas de La Costera no tenían mucha luz, y estaba el

riesgo de que si no sacabas el brazo para pararlo, el micro seguía de largo. ¡Nosotros

no veíamos nada! A veces pasaba algo y decíamos: “Uh, qué suerte, fue un camión”.

Pero a veces era La Costera y si se te pasaba, significaba una hora de espera más.

Estas cosas pasaban a las cinco o seis de la mañana. Los micros tenían una

frecuencia muy baja.

O me compraba orquídeas. Como dije antes, era un gentleman en la manera de

cuidar las formas conmigo. Me llevaba hasta mi casa, venía a buscarme a la escuela

de arte, me llevaba a comer.

Judith González: La hermana may or de una amiga mía de la secundaria había

salido con Luca, cuando él tenía pelo largo y era un pibe que había llegado de

Inglaterra. Me contó que tocaba, que tenía una guitarra criolla toda chota, y que la

tocaba en la casa de ella. Esto fue en la época del Einstein, creo que lo había

conocido ahí. Después, mi relación con Luca fue a nivel amiga. Empecé a ir a verlo

cuando no iba nadie. La gente era tan poca que nos conocíamos las caras, eran los

mismos de siempre. Entonces te saludabas, charlabas, después te encontrabas en la

esquina, por ahí se estaban fumando un porro y era: “Eh, loco, ¿no da para una

seca?”. Todas esas estupideces. Te quedabas hablando con uno, con otro y enseguida

éramos todos conocidos, como si fuese un club. A Luca lo veía ahí porque él se

mezclaba entre la gente. No tenía esa cosa de estrella de rock, no se hacía el divo,

estaba loco nomás. Hay una foto que le saqué en una de esas situaciones. Estábamos

a la vuelta fumándonos uno y apareció Luca. Le ofrecimos una seca y dijo: “No, no

quiero”. Estaba completamente en pedo. No me acuerdo que más nos dijo, pero y o

le propuse: “¿No querés sacarte una foto conmigo?”. Yo tenía una cámara de una

amiga encima. Me respondió: “Dale, pero esperame un poquito”. Yo no sabía qué iba

a hacer. Fue hasta unos árboles que había ahí nomás y vomitó como una bestia. Se

vomitó todo. Cuando terminó, se limpió, se quedó parado un rato ahí y después vino.

“Bueno, ahora sí saquémonos una foto”. Le respondí: “Dale. ¿Cómo nos ponemos?”.

“Como la Familia Ingalls”, me contestó. Me agarró del brazo así, sonreímos y

sacamos la foto. Después me dijo: “Bueno, chau” y se fue a tocar. Unos días después

me dijo: “Que bueno, flaca, quiero una copia de esa foto”. Le respondí: “Ay, no me

hagas sacar una copia. Tomá, te regalo el negativo”. Después lo lamenté, claro,

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porque esa copia que me quedé está toda estropeada, es de papel.

Vivi Tellas: En esa época el rock era muy solemne, y no se llevaba muy bien con el

humor. Luca tuvo que ver también con ese lugar de quiebre. Era un ambiente muy

machista, y nosotras aparecíamos haciendo humor en un lugar en el que no había

posibilidad de entender la sátira. Luca lo entendía, pero la mayoría no.

Germán Daffunchio: En el Einstein quería aparecer Charly García y lo sacaban. Lo

escupían hasta que se iba. Charly tuvo una época en la que salió a buscar música y

ver qué pasaba. Me consta ver a toda la escalera del Einstein escupiéndolo. Charly

significaba otra cosa en ese momento, lo contrario a la resistencia nuestra. Para

nosotros, los músicos como él se habían acostumbrado a hacer algo más

complaciente.

Daniel Melero: Charly nunca pudo ser under, nunca lo fue, y todo el tiempo quería

estar con nosotros. A él tampoco le di bola nunca, como a Luca.

Horacio Gabin: Luca se burlaba del rock careta, por decirlo de alguna manera…

“Qué te me venís a hacer la estrella de rock si acá todavía falta mucho para eso”,

decía. Obviamente, lo hacía con ciertos personajes y con otros no.

Patricia Pietrafesa: Iba a ver grupos y muchos me decían: “Tenés que ir al Einstein.

Tenés que ver a Sumo. Tenés que ir a ver a Virus”. Yo estaba muy interesada en The

Clash, me gustaba Moris y el punk, y los que me conocían me daban indicaciones:

“Tenés que leer el libro Punk, la muerte joven. Tenés que ir a Parque Rivadavia”.

Entonces empecé a ir al Einstein y a todos esos lugares. El lugar era impresionante,

iban un montón de punks, que eran los que yo conocía. Mucho consumo de pastillas,

incluso se las comprabas ahí adentro a algún flaco que vendía. Mi experiencia tiene

que ver mucho con eso, con la cantidad de alcohol que pudiera consumir afuera y

luego mezclar con otras cosas que podíamos comprar ahí adentro. Ahí vi a Soda

Stereo también… Más allá de ver tocar a Sumo, y especialmente a Luca, en esa

época se inició toda una nueva manera de ser rock, con ellos y también con Virus,

Los Violadores…

Sergio Rotman: La primera vez que hablé en persona con Luca fue en La Esquina

del Sol, en el primer show oficial de Los Cadillacs, o en el segundo. Los Twist habían

cancelado porque estaban presos, y los Cadillacs teníamos un solo show. Fue en

marzo o abril del 85. Nos invitaron porque era un grupo del cual se hablaba, tocamos

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y vino Luca, que había ido a ver a Los Twist y flasheó con Los Cadillacs. En un

momento me dice: “Mirá…”. Tenía hongos en la gamba. “¡Tengo el mapa de

Europa!”. Me impresionó mucho. Le dije: “Luca, ¿a vos te gustaba Wire?”. “Sí, sí,

me gusta Wire”. Ya estaba bebiendo mucho en esa primera época, entrando en su

decadencia.

Vivi Tellas: Cuando aparecimos en el Coliseo con Charly nos tiraron monedas, de

todo. Tuvo que intervenir la policía porque fue muy violento. Se ve que les resultaba

agresivo, como una provocación. Nosotras nos considerábamos parte del rock,

porque veíamos que los del rock eran los únicos que armaban conciertos como

afuera. Una de las primeras cosas que hicimos fue con Fontova, por ejemplo.

Cuando nos enterábamos de que alguien conseguía un lugar le decíamos: “¿Nos

invitan?” o “Queremos hacer un tema”. Con Los Redonditos tocamos un montón, por

ejemplo.

Germán Daffunchio: Voy a contradecir a todo el mundo y lo hago por la memoria

de Luca: Los Redonditos de Ricota no fueron la resistencia de nada. Es mentira. En

los 80 ellos tocaban dos o tres veces por año, armaban todo con la escenografía de

Rocambole, hacían todo el show… Pero los que íbamos presos éramos nosotros. El

que se comió la flecha fue Luca, no el Indio. Después el Indio agarró la bandera, la

levantó y entró perfecto. Lo digo con todo respeto por el Indio, pero éramos dos

corrientes distintas. En alguna oportunidad lo hablé con Skay. Hay una mística de que

Los Redondos y Sumo salíamos a la calle a hacer la resistencia. Bueno, es mentira.

Los que íbamos presos éramos nosotros, Los Violadores, los otros grupos punks. La

cantidad de shows en los que entró la policía…

Sergio Rotman: Los Redondos era otra gente. Un grupo hippie de rockeros más

cercanos a Pappo’s Blues que a Sumo. Es mentira la conexión de Luca, si bien es

cierto que Luca un día cantó con Los Redondos. Los que tenían relación con Sumo

eran Los Violadores, no Los Redondos. Había mucha diferencia entre las bandas de

rock’n’roll tradicional y los que éramos pro punk. Sumo era un grupo pro punk,

simpatizábamos en las mismas costumbres. Los Redondos, no. La posta es lo que

pasó entre el 82 y el 84.

Diego Capusotto: Los Redondos también me resultaban conmovedores, pero el

grupo que me ponía alerta era Sumo. Te dejaba con esa sensación del ojo del

cazador, sentías que eras tomado por otra cosa, no eras el espectador común que va a

ver un recital. Disfrutaba mucho de ir a esos lugares y encontrar un buen sitio para

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estar, nada me importaba más que estar ahí, en presencia de algo que era arrasador.

No tenía que ver con la potencia o el sonido sino con algo que era como modificador.

Enrique Symns: Una noche, Los Redondos tocaron en El Depósito. Fue la única vez

que pude estar en el escenario con Luca, porque Poli lo echaba. Los Redondos se

trataban muy mal con él. Soy de los que piensan que si Luca no se moría, Los

Redondos no hubieran existido más. Cuando Los Redondos metían 200 personas,

Luca ya llenaba Obras. Había mucha diferencia de público. Los Redondos era un

grupo marginal y Luca ya había conquistado a la masa marginada porque era el

representante de la cultura under. Ese día salió al escenario mientras yo estaba

haciendo un monólogo del Día de la Mujer. Yo llevé a una amiga que era prostituta y

la sorteé. Se llamaba Olga. Todos tenían un número, la desnudé, saqué un papel con

el número sorteado de su vagina por pedido de ella. El ganador fue un pendejo que se

escapó corriendo y no quiso el premio. Ese día fue el día que Luca salió conmigo a

cantar. Lo echaron del escenario.

Judith González: Yo iba los domingos a New York City, hasta que un día mis amigos

me invitaron a ver a Sumo. A partir de ahí íbamos a determinados boliches, donde te

encontrabas a muchos conocidos, éramos siempre los mismos. Cuando vi a Sumo

pensé: “Ay, que locos que están estos”. Aparte que no entendía qué decían. Es más, ni

siquiera estaba segura de si Luca cantaba en inglés de verdad o era por fonética. Yo

decía: “Este tipo no sabe hablar inglés y se hace el inglés”. ¡No entendía nada! Me

pegaban mucho la música, el ritmo y la polenta que tenía Luca. En esa época era

todo tan desabrido… El rock era un bodrio. Cuando fui a ver a Sumo me rompió la

cabeza. El público también era raro. Pensabas: “¿De dónde salió esta gente? ¿Dónde

viven los días de semana?”. Porque veías unos punkies con un look que para esa

época era realmente transgresor. La gente veía un punk y decía: “¡Ah! ¡¿Esto qué

es?! ¿Un marciano? ¿Un degenerado?”.

Sissi Hansen: Si no hubiese sido por Luca, el Café Einsteinno se hubiese mantenido

durante un año y medio… Era el show principal y estaba todos los días. Yo estaba de

novia con Sergio, uno de los socios de Chabán, y me encargaba con él del bar. Luca

se acercaba a la barra y me decía: “Rubia, dame una ginebra”. Eso podía sucedera

cualquier hora… Era un hombre sensible, con cierta alegría y también con angustia.

La rebeldía que teníaera verdadera. Se sentaba en la calle y les decía a los punks:

“Eh, ¿vos sos punk? Mirá, ¡yo me como esta cucaracha!”. Agarraba una cucaracha

que pasaba y se la comía de verdad. Luca era real.

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Judith González: Yo también iba a ver a Los Redonditos, los vi desde el principio,

pero el público de ellos era más intelectual. Un poco naif, más fino. La gente que

seguía a Sumo era totalmente marciana. Yo empezaba a fumar mis primeros porros

y sentía que estaba loquísima, pero había muchos que estaban locos en serio. Iban

todos empastillados a ver a Luca. El público de Sumo era mucho más trash que el de

Los Redonditos. Más pesado. Cuando empezó a ir más gente, no mucha pero un poco

más, los punkies hacían un pogo que era a matar o morir. No daba para pelearse

porque nos conocíamos todos, pero se armaba.

Sergio Rotman: Recuerdo un show en el que Sumo tocó con Alerta Roja en El

Pequeño Teatro, en la calle Bartolomé Mitre. Fuimos a ver a Alerta Roja, que era un

punk un poco cuadrado pero que nos gustaba. Tocó con Sumo y fue una epifanía. Me

partió la cabeza. Tocaron “Shut Up, Mark”, que cuando terminaba Luca decía “¡Shut

up!” y se apagaba todo… Nunca había visto algo así en mi vida. Yo había ido a ver a

The Police, pero no tenía nada que ver con Sumo. Hay una visión de Sumo que no

tiene mucho que ver con la realidad, porque Sumo nunca fue un grupo de rock’n’roll.

Era un grupo de pospunk con tintes de reggae, a la usanza de A Certain Ratio o bandas

de Factory. Ese show me cambió la cabeza. Era lo único que queríamos escuchar,

fue una explosión. Empezamos a seguirlos.

Judith González: A lo único que le teníamos miedo era a la policía. Una vez vi un

allanamiento en la primera Esquina del Sol, en Guatemala y Gurruchaga. Estábamos

en pleno recital y de repente Luca dice: “Che, loco, hay mucha policía acá”. En el

momento pensé que era una de esas cosas de Luca, que lo decía por alguien que

había metido mala onda. Dos segundos después se encendieron las luces, se apagó el

sonido e irrumpió la policía. Gritaban: “Todos contra la pared, hombres de este lado,

mujeres de este otro”. Te separaban. Un amigo me agarró de la mano y me dijo:

“Vení, flaca, vení”. Me sacó porque La Esquina del Sol tenía dos entradas y salimos

corriendo por la segunda. Después supe, por la gente que se quedó, que se llevaron a

todos, aunque tiraron lo que tenían en los bolsillos al suelo y estaba todo el piso lleno

de porquerías. Entonces cerraron el boliche y los metieron en los bondis. Estuvieron

toda la noche en la comisaría.

Mónica Stromp: Nos metieron presos y nos soltaron a las seis o siete de la mañana.

Me acuerdo de todos sentados en la veredita, comiendo medialunas, diciendo: “¿Esto

qué fue?”. Después nos volvimos a Hurlingham en el auto de Timmy. Luca salió

último.

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Claudia Gernhardt: Nos llevaron a todos presos. Era la época de “los argentinos

somos derechos y humanos”. Él fue el primero que salió porque era italiano. Luca

odiaba que le dijeran George, que era su segundo nombre, y el cana dice: “Lucas

Jorge Prodan”. ¡Peor! Les encantaba agregarle la “s”. Fueron largándonos a todos

pero nos quedamos sentados en la puerta esperando al resto, pero ni Timmy ni Diego

salían. En un momento me dijeron: “No sale más”. Nos volvimos todos a

Hurlingham, a la casa de Timmy, que era donde vivía Luca. Yo me quedé toda la

noche despierta esperando a Diego porque estaba re preocupada. Llamábamos a

cada rato y Luca se quedó haciéndome compañía. Los soltaron a las ocho de la

mañana.

Diego Capusotto: Descubrí la existencia de Sumo por una nota del Expreso

Imaginario que hizo Pettinato bajo el seudónimo de León Melquíades. Un tiempo

después estábamos con unos pibes en la esquina donde solíamos parar en Villa Luro y

apareció Estela Carbone, que es la hermana mayor de Juan Carbone, el saxofonista

de los Callejeros. Ella había tenido una especie de romance veraniego en Villa Gesell

con Luca, y nos dijo de ir a ver a Sumo, que tocaba en La Alcantarilla. Fuimos y el

recuerdo que tengo es que en un momento Superman Troglio se descompuso y subió

un chabón del público a tocar los últimos temas. Estaba Charly García como

espectador. Era un grupo sumamente conmovedor e hipnótico. Luca atravesaba el

sonido, no era un cantante que simplemente estaba al frente de una banda sino que el

sonido era él. Era como si se saliese de su propio cuerpo y por eso era tan potente e

indefinible. Iba a ver a otras bandas pero con ninguna me pasaba lo mismo que con

Sumo. Era un lugar de cierta hipnosis, de cierto ritual o éxtasis. Me acuerdo lo que

me producía el tema “Divididos por la felicidad” en vivo. Después de ese día, seguí

yéndolos a ver a reductos pequeños como La Esquina del Sol.

Alejandro Taranto: Primero vi a Luca en el bar Einstein, haciendo contorsionismo y

colgándose de las vigas del lugar en un show de Los Twist. Parecía un mono. Me dije:

“Quiero ver el show, este tipo está pretendiendo llamar la atención de los demás y

está cortándoles el show a Los Twist”. Con los años me di cuenta de que lo que el tipo

estaba haciendo era recrear un lugar de arte y al mismo tiempo generar también el

arte desde su lugar. Ese día estaría dado vuelta como una media y le pintó colgarse

de las vigas. A los pocos días volví a verlo, pero tocando con Sumo en un lugar que se

llamaba Boogie Boogie. Tocaban ellos y Los Muebles, una banda tipo Deep Purple.

En ese momento, un tipo totalmente calvo era la anti-imagen del rockero. El

estereotipo del rockero hippoide que teníamos acá era Fito Páez. Lo cool era el

morral, todo eso. Cuando Sumo empezó a tocar me impactó que Luca tenía su

camarita Roland, también tenía un delay y lo piloteaba él solo. Pensé: “Mirá, se

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puede salir a tocar así, no hace falta una consola de 24 canales”. Estábamos

acostumbrados a otra clase de shows, en otros lugares más grandes. Aluciné cuando

empezó a cantar y a meter esos delay en las voces. Esa noche habían tocado “Mejor

no hablar de ciertas cosas” y “Agosto” y de repente, en el medio del show ¡bum!

llegó la policía. Todo el mundo descartando los papeles, los joints, y empezaron a

caer patrulleros. Paraban a los autos particulares, porque los bondis no aparecían, y

nos llevaron a todos los que estábamos en el lugar, unas 70 u 80 personas, a la

comisaría de la zona. Me acuerdo de Pettinato subiendo al patrullero, vestido con el

overol naranja de la municipalidad de Hurlingham, con el saxo en la mano.

Obviamente estaba Luca, como el resto del grupo. A Fidel Nadal, que tenía su cresta

y parecía uno de Exploited, vino a buscarlo la madre porque era menor.

Germán Daffunchio: En Boogie Boogie se llevaron hasta a los mozos. Hay una

escena famosa de ese día. Sale un cabo de mierda, con todos haciendo cola porque

nos pedían el documento a todos. Nos revisaban a uno por uno, averiguación de

antecedentes y toda la poronga. Sale este cabo y dice: “¿Quién es Lucas Prodan?”.

Aparece Luca y empieza a decir: “¡Eh, Luca, vamo’ Luca!”. Entonces todos

empezaron: “¡Luca, Luca, Luca!”. Claro, él era la bandera de esa resistencia y al

tano no podían tocarlo. El cana se lo llevó para adentro y le gritaba: “¡Silencio,

silencio!”. Pero todos seguíamos: “¡Luca, Luca, Luca!”. Estábamos todos

condenados ahí en la cárcel.

Diego Capusotto: Luca no estaba haciendo la actuación del cantante sino que estaba

poniendo la vida ahí. No había ninguna pose, en Sumo no existía el pedido de la

afectación, de la puesta en escena. Era algo en carne viva. Además, los temas eran

muy buenos. Era muy vital ir a ver a Sumo. Me parece que en los 80 hubo un

desorden saludable. Confluyeron varias voces, desde un grupo como Virus, al que

todos ninguneaban pensando que era música frívola, o Melero, que hizo cosas que las

escuchás muchos años después y empezás a ver que era no solamente otra rítmica,

sino que empieza a producirte otra cosa. Hay otras bandas a las que las escuchás 20

años después y son una porquería. Sumo era oscuro, tenía una fuerza motora de

baile, de movimiento y de fiereza. En los 90 se metieron todos en sus casas salvo Los

Redondos. En los 80, la calle seguía siendo claramente de la policía y por lo menos

había una disputa. Después de la dictadura se abrió una puerta y un montón de gente

salió a ver qué pasaba, justamente a ganar la calle.

Patricia Pietrafesa: Fue terrible salir del oscurantismo. En el 83 empiezan a surgir

todo estos grupos, punks, heavys, darks, gays, lesbianas, que antes no tenían

visibilidad. Eran personas distintas que salían del gris y que eran sistemáticamente

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detenidas. No digo que hubiese un plan sistemático del gobierno para eliminar a la

gente diferente pero que la policía actuaba de esa manera.

Tito Fargo: La pasamos muy mal en esa época. Ya desde los núcleos familiares era

complicado desarrollarte como artista, así que cuando salías a la calle era mucho

peor porque no había código ni había referentes. Los únicos referentes que

culturalmente se mostraban era que el rock y todo lo que se generaba a partir de ahí

era un dolor de bolas, y que había que ir y cagarlos a trompadas a todos porque eran

unos vagos de mierda. De hecho salías, ibas a conciertos y a veces no sabías cómo

terminaban las cosas. Yo viví todo eso de los camiones de culata en los recitales…

Con Sumo pasaba mucho eso de salir del show y que esté el camión celular ahí,

esperando. Era el pasaje derecho a la comisaría. Pero valía la pena ir a verlos

porque no había nada igual.

Diego Capusotto: Una vez, en La Esquina del Sol se hizo un corte en la mitad del

recital. Una especie de receso y, en un momento, entró un cana de azul porque hubo

una escaramuza con un chabón. La gente empezó a silbar y el cana no pudo llevarse

a nadie porque el público le hizo una resistencia de chiflido. Recuerdo estar pegado a

la puerta con un amigo y que entraron a caer patrullas y coches de civil. En un

momento, apareció el que sería el dueño del lugar y le pidió a Luca que cortara el

show porque estaba lleno de canas. Luca se fue medio enojado y la gente empezó:

“No, tocá otra, tocá otra”. Volvió, hicieron “Fuck You”, y cuando abrimos las puertas

para salir era un quilombo. Nosotros zafamos de casualidad pero se armó un

desbande de piñas, piedrazos… Solía pasar eso porque el afuera no te pertenecía,

seguía vigilado, algo que en esa época pasaba mucho y todo terminaba con la policía

esperándote como si fueras un chico que se escapó de la casa y fue a ver un show.

Lo recuerdo porque era una situación muy tensa de estar escuchando algo liberador

y decir: “Pero de afuera vienen a cazarnos a todos”.

Carlos “Aspix” Giustino: En el Zero Bar de República de la India, que era una

especie de sótano, los shows de Sumo eran una cosa increíble, con Geniol cagando en

el escenario… Cagando literalmente, eso lo vi con mis propios ojos… Paralelamente

a eso, con unos amigos organizábamos unas fiestas en una quinta en Las Lomas de

San Isidro. Éramos estudiantes de publicidad y lo hacíamos para la gente de la

facultad, más específicamente para estudiantes de publicidad. Teníamos esa casa

enorme para nosotros, con un jardín enorme con pileta y hacíamos unas fiestas

alucinantes que se llenaban de conchetos para los que Sumo era bastante difícil de

digerir. Sumo tocó en la primera de estas fiestas y en la segunda vino Soda Stereo, a

los que tuvimos que llamar de urgencia porque Sumo no pudo venir. Esas fiestas

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perduran en la memoria de muchos porque fueron míticas. Sumo tocó en una que

bautizamos como “El Zapatazo”. Esa noche estuvo Geniol haciendo un show en vivo.

Yo pasaba música y juntos hacíamos un show que se llamaba “Geniol y Aspirineta”.

Hacíamos alguna locura sobre un tema de Nina Hagen, algo muy abstracto,

alrededor de la pileta. Eso que hoy llaman performance pero que en ese momento

salía espontáneamente… Esa fiesta fue una demencia, con gente disfrazada teniendo

sexo dentro de los placares… Al otro día te encontrabas a esa gente tirada en el

jardín… Fue fantástico. El show de Sumo funcionaba tremendo, porque todos se

alzaban en un pedo para 40. Había choperas libres y entraban como 300 personas.

Después volvieron a esas fiestas con La Hurlingham Reggae Band.

Sergio Rotman: El Sumo del 82 al 84 fue el mejor grupo de la historia de la música

argentina. Los vi en La Alcantarilla, en El Pequeño Teatro, en el Einstein, en Gracias

Nena… No sé cuántas veces. Sumo te pegaba por la opresión que generaba en los

shows. En “White Trash” y “Telephones Ringing In Empty Rooms”, Pettinato usaba

un flanger en el saxofón. Para mí fue un antes y un después. Luca era enorme como

cantante y como compositor. Siempre me interesó mucho como letrista y cantante.

Judith González: Una vez, Luca quiso darme un beso pero y o no lo tomé como algo

hacia mí. No es que tuviera debilidad por mí ni nada por el estilo. Él era así, estaba

cantando y de repente, en el medio de la canción, agarraba alguna y se la apretaba.

Las chicas estaban muy locas y le daban el beso en una onda liberal. No tenía may or

trascendencia. Cuando hizo eso me chocó, porque yo era chica y me dio impresión.

Además Luca no era David Bowie… Te generaba más repulsión que atracción. Me

encantaba verlo cantar, me parecía un artista de la puta madre y lo seguía a muerte,

pero no tenía el feeling sexual con él. Cuando me dio ese beso le saqué la cara y él

me acarició la cabeza, como diciendo “no importa” y siguió cantando. Las chicas lo

seguían mucho. Tenía muchas enamoradas. Siempre lo veías acompañado de chicas,

pero te dabas cuenta cuando estaba de novio con una, como era el caso de Mónica.

Mónica Stromp: Hubo un encuentro entre mis padres y Luca. Andrea y Michela

habían viajado a la Argentina a visitarlo en diciembre del 82 y una noche de verano

vinieron a mi casa. Estaban ahí para buscarme, porque después íbamos a salir, y

para conocer a mis padres. Luca todavía no era una figura pública, pero era el novio

de la nena. Hay dos cosas que recuerdo como lo más lindo de esa situación. Por un

lado, el intento de los dos, de mi papá y de Luca, de caerle bien el uno al otro. Luca

sacó todo su charme de escuela escocesa, habló de su mamá, todo. Acompañado por

Michela, que era una dama. Mi papá, que no entendía muy bien el cosmos que se le

estaba presentando, porque eso no tenía nada que ver con el rock ni nada. Por otro

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lado, a mi papá no se le ocurrió mejor idea que pedirle a Luca que cantara. Él

accedió y cantó bárbaro, pero para mi padre fue como decir: “¿What is this!?”. Una

situación disparatada, porque para mi papá no había ningún tipo de parámetro para

decir canta bien, mal, lindo o feo. Después de eso no hubo más reuniones, ni venía a

casa a comer. Cuando estaban mis padres, Luca no venía. No había relación con mi

familia. Mis hermanas más chicas sabían quién era, pero creo que se dieron cuenta

recién mucho más adelante de lo que fue mi historia con él.

Claudia Gernhardt: El día que Luca fue a almorzar a la casa de los padres de

Mónica, hicimos como una producción. Lo vestimos muy elegante, con pantalón de

vestir. Mónica era muy chica y los padres no aprobaban la relación. Hay que

ponerse en su lugar como padres, eso es cierto, pero tampoco estábamos

presentándoles nada tan raro. Sí, era pelado y cantaba, pero no era para tanto.

También era un síntoma de esos tiempos, porque por ahí ahora llevás un cantante y te

felicitan. Pero en ese momento era muy difícil.

Silvia Ceriani: Conocí a Luca porque y o tenía una casa a la vuelta del Einstein y era

amiga de Ester, que era moza de ese lugar, y Luca y ella tenían un romance. Un día

fui a la tarde al Einstein para hablar con Ester y Luca estaba solo, con la portastudio.

Sonaba “O Superman” de Laurie Anderson y él estaba tocando encima. Después nos

hicimos amigos, él venía mucho a esa casa en Paraguay y Puey rredón. Tocábamos

la guitarra, fumábamos y la pasábamos bien, esa es la verdad. Él tenía dos novias,

Ester y Mónica.

Katja Alemann: La novia de Luca era Mónica. Una chica divina. Una preciosura de

persona, totalmente natural, no tenía nada que ver con el estereotipo de lo que era la

mujer argentina en ese momento. Había estudiado en un colegio alemán.

Claudia Gernhardt: Mónica y Luca eran sumamente cómicos. El juego preferido

de ellos dos era hacer rebotar a Mónica contra la pared. Mónica es un hilo,

flaquísima, y cuando Luca hacía eso se moría de risa. ¡La tiraba de verdad contra la

pared!

Silvia Ceriani: Los que conocíamos a Luca sabíamos que tenía dos novias. ¿Cómo se

las arreglaba él? No sé. Lo que sí sé es que con Mónica era siempre un “sí, más o

menos, no…” y que con Esther fue “sí” hasta que se cortó.

Claudia Gernhardt: Mónica no quería que Luca tomara. Sus problemas eran por

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eso, y también porque a veces Luca aparecía con alguna chica. El may or impacto

fue cuando empezó a estar con Ester, porque con ella tuvo algo más duradero. El

resto no contaba, fue lo que ahora sería un touch and go. Mónica y Luca se querían

mucho, muchísimo, si él dejaba el alcohol me hubiese gustado que formaran una

familia. Hablaban en inglés todo el tiempo y eso también los comunicaba mucho. Yo

los quería mucho como pareja, no sé si puedo ser objetiva. Les decía que me

parecían los Pimpinela a veces… Mónica era la compañera ideal para Luca, tenía lo

que él necesitaba. Una chica con esa veta artística que iba al Einstein pero no era

ninguna loca.

Nora Fisch: Luca leía muy bien los códigos no verbales en la gente. Se hacía el duro

pero le gustaban las mujeres que se vestían bien. De hecho Mónica, su novia

histórica, era de Bellas Artes y tenía un gran sentido estético, como él, que aplicaba a

la manera de vestir en ese momento.

Mónica Stromp: Al principio le compraba ropa, o se la hacía. Hay un chaleco tejido,

negro, que tiene adelante una trenza de cinta y lana a los costados. Se lo hice yo.

También le regalé esa bufanda palestina, blanca y negra, que tanto usó, y varias

remeras. En ese momento tenía un bolsito con dos cosas, no le importaba nada lo

material, pero sí le gustaban las cosas lindas. Cuando vino, Andrea le trajo un

pantalón cargo negro. Luca lo usó durante cinco años, con el cinturón de cuero con el

cierre de metal con forma de serpiente. En el fondo le gustaba la ropa, estaba feliz de

la vida con ese pantalón que le trajo el hermano. También se trajo de Túnez una

djellaba, uno de esos trajes árabes, que tenía un bordado grande en amarillo.

También estaba su suéter punk, a ray as negras y verdes. No le importaba mucho,

pero si aparecía algo lindo le encantaba usarlo. También Andrea le trajo esa famosa

remera negra sin mangas, con un parche con un sol japonés, que decía “SUMO”, y

tenía un luchador. La usaba agujereada, toda rota, y la tiene puesta en una sesión de

fotos. En esas fotos, Luca juega con un cable de teléfono; fue una sesión de fotos que

organizó Pettinato para una nota suy a en una revista, y dio unas fotos muy lindas.

Luca estaba bárbaro, con la cara bien, divertido. No esa cara de enfermo que le

apareció después.

Nora Fisch: No gastaba un peso en ropa, pero le gustaba y tenía su manera de vestir

y de generar reacción con su aspecto. Por ejemplo, le habían gustado un par de

anteojos míos, que eran muy cool y se usaban mucho, muy ochentosos. Me dijo:

“Me los llevo” y me los sacó. “Bueno, llevátelos…”.

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Paula Menéndez: Luca inspiraba algo diferente en una mujer. Había muchas chicas

que estaban loca y perdidamente enamoradas de él. He visto a algunas que eran

capaces de desnudarse realmente, literalmente, delante suyo. Se sacaban la ropa en

medio de un recital y le gritaban: “¡Acá estoy ! ¡Soy tuy a y no quiero otra cosa en la

vida!”. Sinceramente, nunca había visto algo así con ningún tipo. Luca no era ni

hermoso, ni un fisicoculturista, ni un tipo con una facha como para decir eso…

Tampoco andaba por ahí desperdigando su cultura, que era mucha y muy rica. Era

un tipo humilde y sencillo que se sentaba a tomar un vaso de alcohol solo para

compartirlo con el tipo que quisiera estar con él. Era llamativa la atracción que

causaba en las mujeres. Se enamoraban de él. Mujeres de un perfil físico, social y

económico tan diverso. Era muy loco. Podía ser una chica muy rockera, una de

barrio, o una muy elegante de Zona Norte, de familia adinerada. Tan dispares como

pudieron ser Mónica y Cintia o Ester y otras minas que he conocido. Era tremendo lo

que despertaba en las mujeres.

Silvia Ceriani: Conmigo, Luca tuvo una actitud protectora inmediatamente. No sé

por qué, quizás me vio chiquita. Tengo una carta que me mandó cuando por alguna

razón fue a Europa, me parece que fue a comprar equipos o algo así, y desde allá

me mandó una postal, una foto que decía: “Esta era la casa que teníamos cuando y o

era chico, nos íbamos de vacaciones y la vendieron y ahora la hicieron museo”.

También escribió: “¿Ves esta ventanita que está acá? Yo desde acá miraba”. Eso fue

al principio. Nuestra relación fue así: dos personas que por alguna razón se sintieron

cerca. Me gustaba charlar con él y a él estar conmigo. Estaba bueno.

Mónica Stromp: Luca no tenía casa fija o propia, y era muy atractivo para muchas

personas. Para las chicas y para sus fans. Hubo luchas por él, pero y o me enteraba

tarde porque no cabía dentro de mi percepción de lo que era nuestra relación. Me

parecía que no hacía falta. Pero si él tenía la necesidad de ir a dormir a algún lado o

le había gustado alguien, andá a saber. Cosa suya.

Silvia Ceriani: Luca era un gentleman, de verdad. Nos amábamos profundamente,

pero no era solo físico sino una conexión astral. Pero de verdad. Ya desde el primer

momento fue así. No es que enseguida tuvimos un romance, al contrario. Pasó un

montón de tiempo. Nos vimos un par de veces, nos encontramos de casualidad en la

calle, y yo fui a verlo a un par de shows. A Luca le interesaba la otra persona,

escuchaba.

Marcelo Castello: Las minas lo adoraban. Fabi Cantilo se lo quería coger mal.

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Mirta Bogdasarian: Él tenía a su novia, que era Mónica, la chica alemana que era

su mujer, digamos. Lo que pasa es que a él después le gustaban las minas. No lo digo

por una cuestión para nada machista, ni baboso. Se llevaba bien con las mujeres y le

gustaban.

Vivi Tellas: Luca era muy dulce. Muy romántico con las chicas. Era un punk muy,

pero muy educado. Los punk son un poco son así, respetuosos, pero él encima tenía

una estirpe. Un caballero. Me hubiese gustado ser más amiga de él. Pero yo estaba

loca también.

Daniel Melero: Luca venía a casa a visitar a Vivi y muchas veces y o estaba un rato

con ellos… La casa era una cúpula, así que en general los dejaba y me iba a mi

estudio. Luca no me importaba, la verdad. No me parecía una persona interesante,

aunque lo era. Yo era mucho más rígido que ahora, tenía mucho más divididas las

aguas, elegía mucho con quién me vinculaba y con quién no. A Luca me lo cruzaba

todo el tiempo en el subte, en la línea que va por Corrientes. La última novia de Luca,

Silvia, vivía en mi casa. No en la que compartía con Vivi sino en la que tenía en

Flores, donde y o trabajaba con Los Encargados. Vivía en la parte de arriba y era

asistente de Vivi… Era buena piba.

Diego Arnedo: En esa época todos estábamos locos. Un día, entre otras ocurrencias,

Luca nos propuso formar Sumito, que era un Sumo chiquito: Luca, Pettinato y yo. La

idea era cubrir un espacio y divertirnos las noches que no estábamos con el grupo. La

idea quizás fue abrir el juego con otras cosas. También se armaron otros grupos. Lo

hicimos para mantenernos en un bar, divertirnos, cobrar algo y poder seguir tocando.

Mónica Stromp: Sumo, Sumito, La Hurlingham, Los Ojos de Terciopelo. Había un

montón de bandas paralelas. Las hacía Luca para tocar todas las noches, por el

placer de hacerlo y también para cobrar algo.

Diego Arnedo: La imagen de Luca era una mezcla de algo de Titanes en el Ring y

de un tipo que daba miedo. No había pelados en la calle. Él, además, hacía algunas

cosas para asustar a los demás. En esa primera época, cuando Luca vivía en

Hurlingham, nos veíamos mucho porque vivíamos cerca, a cuatro cuadras de

distancia. También tenía una faceta muy graciosa. Nos divertíamos también saliendo

a la noche.

Claudia Gernhardt: Le tomaban las botellas de vino al cuñado de Timmy y le

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ponían otras berretas. Era muy cómico. Cuando Luca venía a lo de Diego, hacían

una música y Mónica, que dice que tiene ascendencia alemana, contaba el cuento de

Caperucita Roja en alemán, por ejemplo. Esa época era tocar, tocar y tocar. La

madre de Diego estaba sumamente copada con permitir eso y se armaban reuniones

íntimas muy nuestras. Se hacían meriendas en las que la pasábamos superbien. Me

hice muy amiga de Mónica y los cuatro compartíamos muchas cosas.

Diego Tuñón: Yo tenía 15 años y un día, de casualidad, salíamos del cine con unos

amigos del barrio y vimos a un punk entrar a un lugar. El pibe era Gamexane y el

lugar era el Einstein. Subimos la escalera sin saber dónde nos metíamos y había un

pelado tocando. Un italiano pelado, solo con la guitarra y un eco. Después se subieron

otros. Luca los presentó como Sumito. Fue el primer recital que vi en mi vida.

Éramos cinco o seis personas que estaban conmigo y había otros diez. De esos cinco

o seis, después de ver a Luca tres se afeitaron la cabeza. Tenían 15 o 16 años y se

afeitaron la cabeza. A partir de ahí nos volvimos desaforados fans de Sumo.

Gustábamos de la música nueva, yo todavía coqueteaba con el heavy metal y el

punk, no entendía Duran Duran, me parecían medios boludos, porque cuando sos

chico todo es un estamento. Pero después de esa noche nos volvimos locos. Ahí

conocí a Daniel Melero, que me parecía el más moderno de todos. No tocaba nunca.

Este tano también era otra cosa. Nos volvió locos. Yo no conocía la música reggae

por ejemplo. Tenía una noción por los Clash, pero recién estaba entrando en eso y no

terminaba de entender. Empecé a seguir lo que podía, si mis padres me dejaban salir.

Había lugares donde podías entrar pero terminabas preso. Era complicado.

Claudio Kleiman: Sumito hacía muchos covers, no tocaba tanto los temas de Sumo.

Hacían el repertorio que Luca traía de Europa. Hacían “Solid Air”, el tema de John

Marty n, versiones de Bowie, de Lou Reed. Luca tenía muy buen gusto y era un

melómano, ¿no? A veces hablábamos de discos, era un tipo alucinante, jamás te

aburrías estando con él. No se le acababa la cuerda nunca, siempre sacaba un nuevo

tema, porque era un tipo con una cultura muy grande. Charlábamos de todo: historias

del mundo, de la Segunda Guerra Mundial, de esoterismo…Hay tipos que son así,

como también eran Pappo y Spinetta, como también es Iorio. Podías pasarte 48

horas hablando con ellos.

Diego Arnedo: En Sumito tocaba el contrabajo y no se escuchaba un carajo… En un

momento de cierta inestabilidad del grupo, me acuerdo que estábamos caminando

con Luca por la calle y me dijo: “Che, si no pasa nada con Sumo nos vamos a

Londres”. Le respondí: “¿Te parece? Estás loco”. Me dijo: “Estaría buenísimo,

porque con este quilombo de Malvinas que vay a un argentino a Londres a tocar el

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bajo…”. Fui a preguntarle a Timmy si le parecía bien lo de ir a Londres. Timmy me

contestó: “Sí, ¿por qué no, che?”. De alguna manera, esa cosa medio mágica que

tenía la situación de tocar con Luca, me acercaba un poco más a Europa,

especialmente a la música británica. Era como estar más cerca de un mundo que yo

había vivido desde afuera, solamente con los discos.

Germán Daffunchio: Sumito surgió en el Einstein: eran Luca y Diego, dos tipos que

básicamente podían cantar y tocar cuatro mil blues sin problemas. Era muy fácil

para ellos dos salir con la guitarra y el bajo. Se tomaban todo lo que había en el

boliche y sacaban algún mango. La Hurlingham Reggae Band también apareció de

esa necesidad importante de trabajar. Porque Sumo tocaba hacía años, pero ni

siquiera tenía disco. Había un estado de estancamiento y La Hurlingham llegó como

una oportunidad más para tocar y llevarse algo de guita. En su momento, a Diego el

reggae le partió la cabeza y armó La Hurligham con Tito Fargo, que a su vez tenía

una banda con Alberto Troglio y Leandro Carrizo. Se llamaba Oiga Diga. Creo que

empezaron en la casa de Diego.

Pety (cantante de Riddim): El primer reggae de la Argentina lo hizo Luca en 82 y se

llama “Regtest”. Y es el primer reggae. La primer versión que hizo arranca diciendo:

“Some call it happy valley rock…”. “Algunos lo llaman rock feliz del valle…”.

“Happy valley”, ¿no?… Ahí en Córdoba. Si traducís la letra de “Regtest”, te das

cuenta de que es un reggae.

Alfredo Rosso: Alguien, algún colega periodista, habrá hecho una nota muy

romántica que decía “Luca nos trajo el reggae”, y después todos repitieron eso. En

realidad el reggae lo trajo Claudio Kleiman, que tenía una disquería en Flores que

vendía los discos de Marley en el 79, y donde y o me copié Aswad, Matumbi,

Marley. Me los copiaba Daniel Morano en casete porque yo no tenía un peso.

Entonces, lo más justo sería decir que el reggae llegó a la Argentina por Daniel

Morano, Luca y Kleiman. Pero sí es cierto que la influencia de Luca fue importante,

porque de alguna forma acá se tocaba con un criterio de virtuosismo y Sumo

demostró que se podía hacer buena música con más silencios y menos notas. Luca

era muy magnético, un tipo con carisma y que tuvo una incidencia importante. Pero

tampoco vamos a decir que nos enseñó todo.

Pety (cantante de Riddim): Con Diego y Superman la base estaba ajustadísima.

Germán también le sacó el riff y tocaba reggae muy bien. “Breaking Away ” está

buenísimo porque es raro. Es un reggae con rock. Había conocimiento en Sumo,

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aunque estaba más cerca de The Police que de Burning Spear. Otra cosa para

destacar son las letras de los reggae de Luca, porque cantaba “Peace & Love” y te

arrancaba con “I don’t eat no meat”, o sea, “soy vegetariano”. Son cosas

relacionadas con el rastafarismo inclusive. Luca podía pronunciar en patois, el

dialecto jamaiquino. Era un conocedor en serio, sabía de lo que hablaba, no era que

lo actuaba y nada más.

Bobby Flores: Yo me acerqué al reggae por Luca. Hasta ese momento había

escuchado a Marley, pero acá no había discos de Marley. Lo más cercano al reggae

era Donald haciendo “Scaba badi bidu”, que fue el primer reggae que se hizo,

“D’y er Mak’er” de Led Zeppelin, “Shot the Sheriff” en la versión de Clapton… Y

nada más.

Alberto “Superman” Troglio: Luca no trajo el reggae a la Argentina. Antes de

conocerlo, yo y a me había comprado discos de reggae en la disquería Cesar Po, que

estaba en Flores. Luca nos descubrió a nosotros haciendo reggae.

Tito Fargo: Oiga Diga era un trío de ska, medio reggae, medio The Police, un poco

sanjuanino. Era un Police mendocino. Estábamos “Superman” Troglio, Leandro

Carrizo, que hoy es el stage de Las Pelotas, y y o. Yo venía escuchando un poco de

reggae por discos que nos traían los que viajaban, pero pudimos entender de qué se

trataba cuando llegó Luca, mucho más cuando empezamos a tocar juntos y, de

alguna manera, nos pusimos a trabajar metidos dentro de la música. Superman fue el

primero en encontrar la idea y en desarrollarla. Sentía esa música. Fue el primer

baterista de reggae que hubo acá.

Diego Arnedo: Fargo era vecino mío, nos conocemos desde antes de Sumo. Es más,

le dicen “Fargo” por mi vieja. Ella le puso así porque Tito hacía el reparto con una

camioneta ploteada de panes Fargo. Mi vieja lo veía por la ventana y me decía:

“Diego, ahí llegó Tito Fargo”. Él venía de toda su vuelta de reparto de pan y nos

juntábamos a comer algo al mediodía.

Alberto “Superman” Troglio: Yo vivía en San Andrés en esa época, todavía no me

había mudado. Le daba clases de batería a José Luis, un pibito que trabajaba en un

almacén. Le enseñaba a tocar y morfábamos galletitas. A ese almacén iba este

Fargo. Un día José Luis me dice: “Che, hay un repartidor de pan Fargo que es

guitarrista”. Se había enterado de que y o tocaba la batería y quería escucharme. En

esa época, sería por el 73, ya lo conocía a Diego, a quien todos consideraban ya

183


como un gran bajista, de una banda que se llamaba Salmos. Mi grupo se llamaba

Devas, hacíamos música tipo Emerson, Lake & Palmer, algo así. Ya me decían

“Superman”. Un día, Fargo me invitó a zapar.

Tito Fargo: Nosotros estábamos en Hurlingham, Luca y a estaba instalado ahí, quería

tocar un poco de reggae y armamos un híbrido entre las dos bandas. Yo conocía a

Mollo y a Arnedo, que tocaban en MAM, en Palomar, en el sótano de una verdulería

que había ahí. Ese lugar después fue una de las salas de ensayo que tuvo Sumo. Con

La Hurlingham Reggae Band ensay ábamos en otro sótano que había debajo de un

supermercado: El Tropezón. Es muy típico de la zona encontrar algún lugar grande

con venta de comestibles y abajo el sótano como depósito, vacío. Entonces nos

instalábamos en esos lugares. Diego es de Hurlingham, hemos zapado juntos cuando

éramos chicos, a los 15 o 16 años, hasta que él se juntó con Ricardo, después de

haber pasado por un montón de bandas. Cuando consolidan MAM, yo estaba dando

vueltas por ahí, siempre iba a escucharlos. Formábamos una especie de gueto de la

zona. Yo tenía una camioneta y trabajaba como fletero. Éramos de la parte más

vanguardista de la zona, que es Hurlingham y una parte de Castelar. El resto del

Oeste era básicamente rockero y blusero.

Alberto “Superman” Troglio: Cuando empecé a juntarme con Fargo, queríamos que

Diego tocara el bajo con nosotros y a veces venía. Él y a había empezado con Sumo

y decía: “Sí, hay una bandita que ensay a en un sótano de una casona de

Hurlingham”. Fargo que venía a buscarme con la camioneta llena de pan porque

terminaba el reparto por mi zona. Entonces me iba con él hasta la casa,

ensay ábamos y a veces venía Diego a zapar con nosotros. Un día, creo que durante

la guerra de Malvinas, hicimos el primer tema de reggae. Yo era el que más reggae

escuchaba. Había descubierto esa música porque la pasaban en Radio Rivadavia, en

el programa El tren fantasma, que y o escuchaba siempre. El primer reggae que

escuché fue también en la radio. Lo pasó Hugo Guerrero Marthineitz, que siempre

fue un innovador.

Daniel Colombres: Lo que pasó con el reggae fue una locura, porque aparecen Bob

Marley, Peter Tosh… Apenas empezó a instalarse hicimos una campaña para “Chau

pucho”. Vino Pancho Ibáñez al estudio donde yo trabajaba como sesionista y

grabamos un reggae alucinante: “Chau, chau, chau, pucho…”. Sonaba perfecto, muy

parejo, muy bien. Incluso hicieron un clip con un pibe que laburaba ahí en el estudio,

que fumaba como un animal. Pancho Ibáñez lo agarró para hacer el clip. Fue muy

gracioso. La aparición del reggae nos rompió la cabeza a todos, más que nada

cuando escuchamos a The Police. Enseguida nos pusimos a buscar, a ver qué onda.

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The Police nos mató a todos, por cómo tocaban esos tipos. O sea, entre Bob Marley y

Police, quedamos quemados. Entonces interpretamos todo el reggae de la manera en

que pudimos.

Alberto “Superman” Troglio: El primer tema lo hicimos tomando mate en la

cocinita de la casa de Fargo. Se llamaba “Yo no quiero ir” y era sobre la guerra de

Malvinas. Lo cantaba Diego y Fargo intentaba hacer una guitarra reggae, porque

todavía no la tenía muy clara.

Tito Fargo: Siempre me interesó la música hecha con asociaciones, las bandas

donde se intercambian cosas entre todos. Toda la parte así de virtuosismo con el

instrumento nunca fue parte de mi elección artística. Experimenté un poco con eso,

como todos en esa época, pero no demasiado.

Alberto “Superman” Troglio: Con Oiga Diga, alguna que otra vez tocamos como

soporte de Sumo en lugares chiquititos como el Einstein. Sumo ensay aba en el sótano

de la casa de Timmy. Los echaron de ahí porque Luca se chupaba todos los vinos del

cuñado de Timmy, un tipo que trabajaba en el Lloyds Bank, y entonces vinieron a la

salita que tenía Leandro, el bajista de Oiga Diga, en Hurlingham. Yo no conocía ni a

Germán ni a Sokol. Sumo empezó a ensayar ahí. Un día estábamos tocando “No

Woman No Cry ” y cuando salí me interceptó Luca. Todavía no hablaba muy bien en

castellano y me dijo algo así como: “Good… Un baterista blanco de Argentina que

toca tan bien el reggae…”. Después de eso, cuando Sumo terminaba de ensay ar, y o

me quedaba a zapar con Luca. Ahí salió la idea de armar La Hurlingham Reggae

Band.

Patricia Pietrafesa: Sumo era el resumen de un montón de cosas que venían de

afuera: un poco de Velvet Underground, un poco de reggae, era como una mezcla

muy loca para ese momento. Luca, además, era una persona tan… Tan cero pose…

Era superreal. Veías a una persona que estaba atravesada por un montón de cosas

culturales que en ese momento no llegaban con facilidad acá. Era increíble. Me

acuerdo que me quedaba sentada, cerca de ese escenario pequeño y muy bajo del

Einstein, completamente fascinada mirándolos. Eso no me pasaba con otros

espectáculos que había ahí. Después los vi en otros lugares, pero en el Einstein me

pegaba la proximidad. El lugar, la circunstancia, Luca mismo. Era muy especial.

Sissi Hansen: El Einstein cerró en 1983. Era un lugar pequeño, se subía una escalera,

tenía varias habitaciones al fondo de un pasillo grande… Si subías, y a al costado

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tenías la barra; de frente, cerca de la ventana, se improvisaba el escenario. Pasaron

muchas cosas en el Einstein. En la época del proceso militar, antes de cierre del

lugar, vivíamos en la comisaría. Pero lo supimos llevar. Era como estar en un cabaret

de arte, todos metidos ahí dentro, mientras afuera había una guerra. No nos quedaba

más que unirnos y volcar toda esa bronca de represión en el arte. Mientras duró, el

Einstein fue una verdadera familia.

Timmy MacKern: No teníamos sonido, prácticamente. Luca ponía la voz al palo y

todo lo demás que salga como sea… Esa era la filosofía. No había consola, teníamos

un mezclador chiquito que había traído Luca de su viaje, que era un amplificador con

seis entradas y que tenía siempre él, con su cámara… En el Einstein, cuando

inauguraron, había un sonidista. Pero duró un fin de semana porque ocupaba como

medio boliche el tipo con su consola. Tocábamos en lugares donde no entraba nadie.

Germán Daffunchio: Usábamos cámaras de eco a cinta que andaban como el culo.

En los shows, el moho en la atmósfera que se armaba, los caldos atmosféricos

mezclados con gotas de ginebra, hacían que todo se desintegrara, entonces, y o

siempre antes de los shows, tenía que llevar cinco cintas de repuesto para cada uno,

cortando, mandando, soldando cables, porque no había nadie que lo hiciera.

Sissi Hansen: Recuerdo todos los shows de Sumo en el Café Einstein. Era un

verdadero placer verlos. Luca era un gran showman. Él y Miguel Abuelo eran los

mejores. Lo interesante de Luca, y lo más novedoso, fue su sonido. Jugaba con los

efectos de su voz y el sonido era genial…

Diego Arnedo: En esas noches en las que no teníamos shows, estábamos un sábado

en la casa de Timmy con Luca cocinando, a la tarde temprano, porque Luca se

tomaba su tiempo para las salsas. Sonó el teléfono y atendió Timmy. Cuando cortó,

me dijo: “¿Te acordás de aquel lugar que fuimos a ver para tocar? El dueño pregunta

si queremos ir esta noche porque nos quiere probar. Dice que va a estar Sandra

Mihanovich actuando y que nos a va a dar un ratito después, para ver si les

gustamos”. Porque llegó un momento en el que con Timmy salíamos a buscar laburo

con un demo en casete. Fuimos a un par de lugares, y los dueños de estos bares,

cuando les mostrábamos las canciones del casete, que estaban cantadas en inglés, nos

decían: “¿Ustedes están locos? ¿Quiere que vengan y me rompan el bar?”. Recién

había pasado lo de Malvinas. Uno de esos tipos que tenía un bar en Castelar fue el que

llamó. Yo dije: “Pero, pará, los demás no están”. Timmy trató de ubicarlos por

teléfono, pero no encontraba a ninguno. Entonces, salió el monstruo que estaba

186


cocinando y dijo: “Che, fuck you, ¡vamos igual!”. Llegamos al bar con la Renault 12

Break de Timmy, en el momento en que estaba terminando de actuar Sandra

Mihanovich. Cuando ella terminó, se vació la mitad del bar, que estaba repleto de

gente. Nosotros ubicamos, en ese pequeño escenario, un equipo chiquito por donde

pasamos el bajo, la guitarra de Luca y la voz. Mientras armábamos la nada, la gente

que se había quedado, que no era poca, nos miraba como diciendo: “¿Quiénes son

estos dos?”. Empezamos a tocar con ese sonido horrible e imposible, y veíamos

cómo la gente se levantaba de las mesas para irse, de lo insoportable que era

escuchar eso, con todo saliendo por ese parlantito. Solo quedaron cinco borrachos

justo delante de nosotros y les brindamos nuestra gala a ellos. Fue buenísimo ver

cómo la gente se levantaba y se iba puteando. Obviamente, todo lo que hicimos fue

en un tono de: “Me importa un carajo, estamos pasándola bien y chau”. Por su

supuesto, el dueño del bar no nos llamó nunca más.

Germán Daffunchio: Esos grupos se armaron para tocar más y poder ver algo de

guita. Veníamos con esa situación de la plata desde hacía años. En Córdoba, con Luca

y Timmy nos levantábamos a cazar a la hora que salía el sol. Porque las palomas, las

grandes, están siempre… El sol sale y a medida que va creciendo empiezan a venir

los ray os de luz. Los pájaros buscan los palos de los árboles más altos para

calentarse, porque están cagados de frío. Entonces salíamos a cazar palomas para

morfar, porque no recibíamos guita de ningún lado. Estábamos muertos, literalmente,

cagados de hambre. En Buenos Aires no era para tanto, pero la plata no circulaba,

nos arreglábamos como podíamos.

Timmy MacKern: Luca iba todos los días al Einstein porque no tenía nada que hacer

y ahí siempre se armaba algo. Omar y todos los demás estaban tan locos que todo el

tiempo pasaban cosas. Cuando tocaban con Sumo o con Sumito no sé cuánta gente

pagaba, unas 40 o 50 personas, que era el Einstein lleno. Era muy poquito, y Chabán

era medio agarrado. Era para pedirle más plata. Te daba la entrada y no era una

suma importante… Luca iba todos los días a mendigar unos pesos para su bolsillo.

Diego vivía con su madre, Germán con su padre, nadie pagaba nada ni tenía muchas

responsabilidades. Bueno, y o sí las tenía.

Diego Arnedo: Me acuerdo de las primeras veces que volvíamos a Hurlingham

después de un show y entonces Timmy, que era el manager, nos decía: “¿Quieren

cobrar o comer?”. Nos íbamos a un lugar que se llamaba “Pizza por metro” y

terminábamos la jornada ahí. Me acuerdo mucho del entusiasmo de todos para

seguir adelante con eso que estaba bueno para nosotros. Tenía una carga mística en

medio de esa rareza. Había una parte medio poética, un convencimiento que

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generaba ese entusiasmo para esperar el próximo show, meter todas las cosas en la

estanciera de la madre de Germán e ir y venir. Todo eso me ay udó mucho para

entender algunas particularidades de un grupo de rock.

Timmy MacKern: No vivíamos de los shows. Íbamos a una pizzería de Hurlingham,

comíamos una pizza y se acababa lo que se recaudaba. Pagábamos la nafta de la

estanciera y nada más.

Diego Arnedo: Hemos llegado a tocar en una peña folklórica en San Miguel. Afuera

había una pizarra que decía algo así como: “El dúo Marta y Miguel, el cuarteto ‘El

Guitarrazo’, ‘Los de Salta Santiagueños’ y … Sumo”. Esa vez tuve el privilegio de

verlo a Luca bailando una chacarera. Uno de esos grupos empezó a tocar y de golpe

vi a un tipo bailando raro, con los brazos para arriba, con una vieja. Era Luca. Nunca

dejaba de divertirse.

Germán Daffunchio: Era muy duro. Con lo que ganábamos comíamos dos metros

de pizza y nos tomábamos siete birras. Para nosotros era un logro que nos estuvieran

pagando por lo que hacíamos. Un logro increíble, no podíamos creerlo.

Diego Arnedo: El hecho contundente para nosotros fue que con Sumo empezamos a

trabajar con la música. No importaba tanto cuánto nos pagaban, lo indiscutible era

que empezamos a laburar. Una vez, cuando hubo una de esas pausas de shows, le

ofrecí mi trabajo a Cintia, la mamá de Timmy. Le dije que podía pintarle su

departamento, que estaba dentro de la casa de Timmy, y ella aceptó muy

amablemente. Le dije que tardaría tres o cuatro días, pero tardé un mes. Claro, Luca,

en su aburrimiento, venía y me distraía. Esas otras cosas que también pasaban

formaban parte de la convivencia del grupo.

Germán Daffunchio: Con La Hurlingham, Diego y Luca se dieron cuenta de que

podían hacer algo que no fuera Sumo. Además podían ir más lejos con el reggae.

Con Ale empezamos a tocar con ellos, hicimos algún show, pero la esposa de Tito

Fargo era insoportable, estaba ahí todo el tiempo, y no fuimos más.

Horacio Gabin: La gente que escuchaba reggae era muy poca. Pasabas música en

una fiesta y cuando ponías reggae más de uno te decía: “Sacá eso que es todo igual”.

Antes de Luca y o había escuchado a Radio Etiopía, una banda de reggae que no

prosperó. Al argentino le pegó el reggae a partir de Luca.

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Diego Arnedo: Estábamos mucho en la casa de Timmy, y Luca se pasaba todo el

tiempo con el grabador escuchando música. Eran casi siempre casetes y también

tenía algunos discos. Así fue como nos conectamos con la música reggae, que tanto

nos gustó. En esa época no había nada de eso. Esto inspiró a Luca a formar La

Hurlingham Reggae Band. Cuando empecé a escuchar a algunas bandas de reggae

se me partió la cabeza.

Tito Fargo: Sumo tocaba un poco de reggae y un poco de otras cosas que tenían que

ver más con un rock más inglés, pero no tanto de raíz de reggae. Con Superman

veníamos tocando un poco de reggae y cuando Sumo se fusionó en eso, quedamos

Superman, Diego, Luca y y o. Armamos la base. Después entró un percusionista,

Darío Ungaro, y nunca tuvimos tecladista porque no había tipos que tocaran eso. Sí

teníamos invitados, a veces venía Pettinato, a veces Ricardo Mollo, estábamos

girando dentro de ese concepto. Pero básicamente fue una idea que se le ocurrió a

Luca, porque nos habíamos instalado para tocar en vivo y hasta para ensay ar en el

Einstein.

Diego Arnedo: También lo hicimos porque a Luca se le ocurrió utilizar los equipos

que quedaban del show de Sumo de la noche anterior y poder utilizarlos el domingo a

la tarde. Hablaba con el dueño del bar donde tocaba Sumo y le decía: “Che, ¿no

querés que armemos algo para tocar mañana a la tarde?”. Fargo, que era el

guitarrista, ofreció la camioneta del reparto de pan Fargo y posibilitó el traslado de

los equipos de vuelta a Hurlingham. Había un apasionamiento por el reggae que era

superior y nos despertó mucho interés.

Germán Daffunchio: Estaba bueno. Lamentablemente, hay temas que se han

perdido. Luca tenía escuchado tanto reggae… Sus influencias eran notables.

Tito Fargo: Con La Hurlingham Reggae Band hicimos un montón de shows…

Tocábamos casi todos los fines de semana. Una vez fuimos a tocar a una fiesta

privada, en San Isidro, en una casa, no sé cómo salió ese show. Llevamos las cosas en

algunos coches que teníamos y armamos todo al lado de una pileta. La fiesta era de

reggae, pero recontra concheta, de gente de mucha guita. Me acuerdo de Luca

tirándose a la pileta cuando terminamos el concierto. En la banda de reggae la

energía era distinta a la de Sumo. Incluso Luca se comportaba de una forma

diferente. Creo que esa banda le generaba una especie de oasis, o que le daba una

calma que la otra no. Más que nada por la sumatoria de personalidades.

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Diego Arnedo: En la etapa de la formación de La Hurlingham, un día vino a tocar a

Ricardo Mollo y se sumó a la banda. Eso lo luego lo llevó a ser también integrante de

Sumo. Supongo que le habrá pasado lo mismo que a mí en su momento, en cuanto a

su formación y a captar con un ojo clínico lo que pasaba con este grupo. Si entendías

qué pasaba en Sumo, te daban ganas de participar.

Sissi Hansen: Yo ya era cantante profesional en esa época. En Buenos Aires cantaba

en el Automóvil Club, en casamientos y en fiestas. En La Hurlingham Reggae Band

hacía coros. Ensayaba en la sala de ellos en Hurlingham y conocía la casa de Sumo

también. Siempre habíamuy buena música, recién caigo de dónde estuve tantas

veces…

Tito Fargo: Por ahí Sumo tocaba un sábado en el Einstein y el domingo alguno,

generalmente era Luca, había quedado vivo de un concierto del día anterior. Con la

banda de reggae logramos copar todo el fin de semana. Entonces, él se aseguraba

tocar el viernes, el sábado y el domingo, y tener un lugar donde estar generando un

movimiento. El único miembro estable de La Hurlingham era Luca. Nosotros

veníamos después. De hecho, había días en los que no iba ninguno del grupo, porque

había otras actividades, otras cosas, y él estaba ahí tocando acústico. Pero como con

La Hurlingham nos enfocamos en tocar reggae y él se dedicó a armar canciones

para esa banda, a partir de ahí Sumo se volvió un poco más estridente.

Germán Daffunchio: En Sumo empezó a aparecer lo que llamaríamos “el rock

argentino” con todas sus cosas. Mi escuela era Sumo, que era un anti-eso, y no podía

prenderme a ninguna charla de esas. Empezó a haber como una especie de moda y

caían todos en La Hurlingham. Ricardo Mollo apareció ahí, por ejemplo. Mollo se

caracterizaba por eso de estar en todos lados: tocaba Baglietto, tocaba con Baglietto;

tocaba Celeste Carballo, tocaba con Celeste Carballo… Él iba con su equipito y

tocaba con quien fuera. Alambre González también estuvo en La Hurlingham

Reggae Band. Iban todos los que habían escuchado algo de reggae.

Diego Arnedo: Con Superman hablábamos mucho. Siempre tengo una relación

especial con los bateristas, porque tenemos que ponernos de acuerdo. Es un acuerdo

para ver si podemos llegar a algo. En ese momento nadie tocaba reggae y él lo hacía

muy bien. Yo no entendía nada del rastafarismo ni me importaba un carajo. Me

encantaba la música, el concepto musical y lo que se generaba desde ahí.

Alberto “Superman” Troglio: Hay temas de La Hurlingham Reggae Band que

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pasaron por herencia a Sumo. La Hurlingham se disolvió cuando a Fargo lo invitaron

a tocar en Los Redondos. También vinieron a buscarme a mí para tocar, pero les

dije: “No, me gusta más Sumo”. Me atraía más. Sumo y Los Redondos llegaron a

ensay ar un par de veces en la misma sala, en una que estaba en un primer piso y que

estaba por Caballito o Flores. Ya sonaba “A brillar, mi amor” y y o pensaba: “¿Cómo

los chabones estos no tienen sala propia…?”.

Claudio Kleiman: Con la Negra Poli íbamos mucho a ver a Sumito y a La

Hurlingham Reggae Band. La Negra era fanática de Luca, fuimos mucho al Einstein.

Luca era un animal del escenario y además vivía de lo que cobraba cuando tocaba.

Recién en la última época de Sumo se empezaron a hacer unos mangos, que no eran

muchos. Generalmente, con Sumo tocaba muchas veces los fines de semana, en el

Einstein, o en otro lugar, se había buscado un rebusque para hacerse unos mangos y

tocar durante la semana. Los miércoles por ahí salía con Sumito y en alguna semana

tocaba un lunes con Sumito y el miércoles con La Hurlingham. Skay también venía.

Íbamos propulsados por el entusiasmo de la Negra. Vimos recitales alucinantes. Muy

grosos. Con Sumito a veces, de repente, se sumaba Ricardo. La Negra conoció a Tito

Fargo viendo a La Hurlingham. Después lo llevaron a Los Redondos.

Alberto “Superman” Troglio: Con Diego siempre andábamos juntos porque

teníamos afinidad. Me acuerdo de la Negra Poli en el Einstein. Se vestía sexy, era

linda, pero la chabona venía a hablarnos y medio que nos pechaba.

Tito Fargo: Skay Beilinson y la Negra Poli venían a ver shows tanto de Sumo como

de la banda de reggae. En un momento tenían que rearmar la historia musical de Los

Redonditos, porque ellos no tocaban mucho, apenas una o dos veces al año, con una

formación medianamente estable. Un día tocamos en Zero Bar y vinieron a vernos.

Ahí, Skay me planteó ensayar y tocar juntos. Los Redondos estaban en una nueva

etapa, querían dejar de ser tan aleatorios en la propuesta y encarar una cosa más

musical. Fui a ensay ar a la casa de ellos. A partir de ahí toqué con los dos, con La

Hurlingham Reggae Band y con Los Redondos. He tenido shows en el mismo día con

una banda y con otra, tenía que ir corriendo para estar con los dos. En esa época, Los

Redondos lo invitaron a Luca a cantar en La Plata con ellos. Ahí pasó lo de “Mejor

no hablar de ciertas cosas”. El tema era un blues de Solari, creo que Luca tomó esa

letra y no sé cómo la adaptó. Empezó a cantar arriba de una base, como esas cosas

que van mutando, y se la quedó. La canción está sostenida por el bajo de Diego.

Básicamente es eso.

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Claudia Gernhardt: Luca sentía un amor especial por Diego. Me lo contó él mismo.

También me dijo: “Los mejores músicos de reggae que conocí acá son Diego y

Superman”. La Hurlingham Reggae Band era buenísima. Sumito, para mí, también

era impagable con Pettinato, Diego y Luca.

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Tapa no oficial del casete Corpiños en la madrugada.

Diseño de Marcelo Castello para las copias que se vendían, con la autorización de

Luca, en una disquería céntrica de El Palomar.

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Capítulo 12

Corpiños en la madrugada

“Yo vine a la Argentina con una onda muy Joy Division, con ganas de hacer una

mezcla de estilos muy complicada. Por eso al principio yo tocaba la guitarra aunque

no me guste tocar y cantar; y o quería incitar a los músicos que estaban conmigo. Yo

rompía cuerdas y me salía sangre de los dedos, mientras que aquí todos querían ser

Al Di Meola. Pero cambiaron y así llegamos a Sumo. Creo que dentro de los

esquemas de los grupos de acá somos muy distintos”.

Luca entrevistado por Pipo Lernoud y Marcelo Fernández Bitar para la revista Canta

Rock número 64.

Para un extranjero como Luca Prodan, el domingo 30 de octubre de 1983 fue un día

más. En su caso, acarreando la reseca de la noche anterior o simplemente viendo

pasar un feriado de bares cerrados y con un ruido inusitado para una jornada no

laborable. Después de siete años y siete meses de dictadura, la Argentina volvía a la

vida democrática y el italiano tardó un poco en procesar esa algarabía futbolística

que nunca había visto. Muchos de sus amigos y hasta su novia, Mónica Stromp,

votaron por primera vez ese día, al igual que la may oría del público que seguía a

Sumo: el padrón electoral incorporó a cinco millones de nuevos votantes. Raúl

Alfonsín, el candidato a presidente por la Unión Cívica Radical (UCR), ganó la

elección por un amplio margen y Luca asistió a un momento singular en la historia

nacional: el regreso a las urnas dejó la primera derrota del peronismo en comicios

libres. En poco tiempo, había experimentado casi todas las escalas perversas del

gobierno militar, incluida la guerra, y el final del linaje castrense que a partir de ese

momento empezaría a operar desde las sombras. Justo en el comienzo de la

primavera alfonsinista, Sumo ingresó a grabar su primera producción independiente.

Financiada por el binomio fundador, Luca y Timmy se hicieron cargo de la

producción ejecutiva y alquilaron los Estudios Del Jardín con la idea de editar un

casete grabado en condiciones dignas y mover la cinta por las diferentes compañías

discográficas.

Ubicado en pleno barrio norte, Santa Fe y Talcahuano, los Estudios Del Jardín

inauguraron —junto a Panda y Del Cielito— la era de los espacios independientes

supervisados por ingenieros de sonido más cercanos al rock y con una metodología

totalmente opuesta a las antiguas prácticas arcaicas de las compañías

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multinacionales. El tránsito por el lugar de Los Abuelos de la Nada, Charly García o

bandas debutantes como Suéter lo establecieron como una alternativa válida a la hora

de elegir un estudio. Para Sumo representó cruzar el umbral del amateurismo y la

íntima confirmación de plasmar, en un objeto tangible, tantas deseos difuminados en

acciones geniales y caóticas al mismo tiempo.

Al frente del estudio estaban el ingeniero de sonido Ernesto Zoca y Gustavo

Donés, bajista de Suéter y reconocido sesionista, con participaciones en varios discos

del dúo Pastoral (y en el debut y despedida de Merlín), el proyecto de Gustavo

Montesano, de Crucis, y Alejandro De Michele. La consola de ocho canales que

disponía el lugar no simbolizaba la panacea tecnológica, pero sí una herramienta

calificada para traducir el sonido que Luca tenía en la cabeza: acercarse al vivo y

explotar al máximo el encaje de las piezas después de un año y medio de ensayos y

recitales. Con una tirada inicial de 300 copias en casete, Corpiños en la madrugada —

Pettinato adjudicaba ese título delirante a una frase revelada por su pequeña hijastra

—, funcionó como una prueba de aptitud para Sumo. También fue la ratificación de

estar en las antípodas del rock argentino modelo 83. Sumo, incluso en ese momento

posfundacional, y a no reconocía estilos: los derribaba para enredarse, con total

naturalidad free, en modos, gestos y hasta pequeñas inflexiones de inmortalidad. Todo

dentro de una rutina conceptual que iba más allá del reggae, el dark-rock, la mueca

punk o el espíritu festivo de la música disco. El registro captó el momento exacto del

período rozagante, la etapa saludable de Luca dentro de los límites que permitía un

físico averiado y la certeza de estar viviendo un tiempo de descuento. Nada impidió

que se apartara del control maestro, pura convicción de saber a dónde ir al menos en

las canciones. Sin tapa, el casete empezó a venderse a la salida de los recitales de la

banda de Hurlingham. Se comercializaba bajo la promesa de completar la obra ni

bien un diseñador amigo de la banda terminara el trabajo e hiciera la portada. Casi

tres años después, un fanático de Sumo, Marcelo Castello, le preguntó a Luca si podía

ilustrar la tapa del casete que ya había pasado a cintas TDK y podía conseguirse en

una disquería de El Palomar. El cantante aceptó y así fue que Corpiños en la

madrugada tuvo una imagen a la que asociarse: la ilustración con la imagen de

Rodolfo Valentino abrazando a una odalisca, mítico fragmento de la película El Sheik

(1926), sedujo a Luca. Expresaba perfectamente el espíritu del disco que no llegó a

vinilo pero que, sin embargo, en pocos años se transformó en una pieza de culto.

En Corpiños en la madrugada, entre los invitados aparece el nombres de Daniel

Colombres, baterista de Suéter, quien participó aportando percusión en “Breaking

Away”. Luca quería mejorar la performance de Sokol, e insistió en doblar los ritmos

del reggae que finalmente no quedó en el casete. En los créditos también figura

Daniel Melingo, tocando el saxo en “Una noche en New York City”, luego conocida

como “La rubia tarada”, y en “Debede”. Las canciones que terminaron en la cinta

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fueron diez. El lado A se abría con “Night & Day ” y el lado B se cerraba con

“Heroína”. La reedición en CD, editada en 1993, incorporó temas como “Breaking

Away” y excluyó aquella primigenia versión de “Heroína”, tal vez porque Sumo

nunca consiguió reproducir el sonido de batería que había logrado Alejandro Sokol

(más adelante, en 1986, no tuvieron más remedio que incluirla en Llegando los

monos). Una vez más, el pasado se volvió futuro y viceversa en la historia de Sumo,

una máquina del tiempo que Luca empezó a manipular cuando llegó por primera vez

a Córdoba y registró canciones que, varios años después de su muerte, mostraron su

faceta desconocida de songwriter.

El 10 de diciembre, desde los balcones del Cabildo y ante una multitud que vivaba

su nombre, Raúl Alfonsín auguró el inicio de un período de “100 años de libertad, paz

y democracia”. El sincero y merecido festejo cubrió a toda la plaza. Las Madres de

Plaza de Mayo se ubicaron en Diagonal Sur con un cartel en el que pidieron por “la

aparición con vida de nuestros hijos”, mientras que las Abuelas de Plaza de May o

reclamaron por la devolución de sus nietos desaparecidos. Luca se mantuvo ajeno a

las celebraciones nacionales. Entre su realidad y la historia argentina en tiempo real

se interponían signos, palabras y comportamientos que todavía intentaba traducir.

Volvería a esa plaza en diciembre de 1987, para acompañar a las Madres en la

Marcha de la Resistencia contra el autoritarismo cívico y militar.

El año terminó con la esperanza de tocar en la Costa Atlántica durante enero de

1984. De paso, el experimento de pasar un mes completo lejos de casa serviría para

probar, a lo largo de esa gira estival, a un viejo conocido de La Hurlingham Reggae

Band. Luego de un recital de Sumo en el Stud Free Pub, Luca le ofreció a Ricardo

Mollo integrarse al grupo. Lo hizo a pesar de la resistencia de Germán Daffunchio

por sumar a otro guitarrista a la formación de quinteto. Mollo venía de tocar con

bandas reconocidas del Oeste: MAM, Coral y Demo eran medallas sin trascendencia

para ingresar a Sumo. En la decisión de Luca pesaron más el consejo de Diego

Arnedo, que apoy aba la incorporación de Mollo, y cómo se había adaptado el joven

violero a las cadencias lunáticas de La Hurlingham. Su esencia estaba más próxima

al virtuosismo de Jimi Hendrix que al corazón intuitivo de Joe Strummer. Sin

embargo, una vez más, Luca volvía a confirmar su olfato infalible para elegir

músicos.

La gira veraniega de Sumo casi termina con la banda. En septiembre de 1983,

Timmy, Germán y Luca viajaron a Villa Gesell con la idea de alquilar una casa y

hacer base, para luego tocar en otras play as de la Costa Atlántica. El plan parecía

viable, porque viajaban con su propio sonido. En ese mismo viaje cerraron varios

shows en el balneario Charly, un trato que aseguraba solvencia económica para todo

el mes de enero. Luca ya tenía armado su tiempo compartido: la primera quincena

la compartiría con Mónica y en la segunda llegaría Ester, una historia que comenzó

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en el Café Einstein, donde la chica trabajaba como camarera. El resto de los músicos

se mantenía dentro de los cánones de la monogamia, que incluía hijos e esposas o

novias oficiales. Al segundo día, el recital terminó en una pelea con el dueño, ante la

insistencia de Luca para que los “conchetitos” aportaran algo cada vez que pasaban

la gorra. En muy poco tiempo, lo que parecía un plan perfecto se transformó en

deuda, hambre y malestar generalizado. La segunda oportunidad tuvo lugar en un

coqueto boliche de Gesell, pero terminó en una trifulca descomunal con varios

lesionados. El resto de aquella gira fue buscar algún modo de obtener dinero, que

incluy ó desde ofrecer el sonido a otros músicos a directamente tocar en un cabaret.

La gira también incluy ó pequeños hurtos de lácteos en supermercados de la zona y

promociones de los pocos shows que lograban cerrar a través de un altoparlante

instalado en la camioneta de Timmy. Anunciaban a Sumo bajo el lema: “Llegando

los monos”.

Ante la desesperación por la falta de dinero crecían, proporcionalmente, los

niveles de ansiedad. Por lo general, las noches terminaban en excesos de alcohol o

cocaína, elección que reducía aún más los magros ingresos de la gira fallida.

Alejandro Sokol fue el primero en colapsar. Al regresar a Buenos Aires abandonó la

banda y, al poco tiempo, se convirtió a la religión mormona. Ese hecho fue el

comienzo de un período incierto para el futuro de Sumo, que volvía perder a su

baterista, al igual que los Spinal Tap. Para colmo, Luca recibió la invitación de sus

hermanos para visitar Túnez y luego viajar a Roma. La aceptó.

Luca llegó a Túnez y luego viajó en un taxi compartido hasta el pueblo costero de

Monastir. Allí lo esperaban Andrea y Michela, como parte del equipo de producción

de una miniserie de 12 capítulos para la televisión norteamericana. Anno Domini

hurgaba en la vida de las primeras comunidades cristianas narradas por los apóstoles

en el Nuevo Testamento, justo después de la muerte de Jesucristo. Dirigida por Stuart

Cooper —y escrita nada menos que por Anthony Burgess—, la miniserie contaba

con un elenco de estrellas encabezado por Ava Gardner y James Mason. En pleno

rodaje, Luca y Andrea pudieron charlar con Mason sobre la filmación de Lolita, de

Stanley Kubrick, y hasta obtuvieron pequeños papeles: en la escena de la milagrosa

liberación de San Pedro, Luca aparece en el rol de guardiacárcel.

“Chau, Silvia, estoy en Roma hace tres semanas, antes estuve en Túnez en donde

me dieron un papel en una película que se estaba rodando por ahí. Dentro de tres días

me voy a Londres, donde me quedaré como una semana, y después vuelvo a Buenos

Aires. La foto de esta postal es la vista desde la ventana de mi casita en Tarquinia al

norte de Roma. Un abrazo. Luca”.

Fechada el 20 de abril, la postal para Silvia Ceriani, otra conexión nacida en el

Café Einstein, revelaba el itinerario europeo de Luca y su decisión de volver. La

primera acción fue convocar a Alberto “Superman” Troglio para que ocupara el

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lugar vacante y convencer a Germán de retomar el trabajo luego de un serio

amague de dejar la banda. De nuevo con el equipo completo, Sumo volvió al circuito

de bares con tremendos conciertos en el Stud Free Pub, convertido en un antro

cuidado y en donde los músicos empezaban a cobrar caché o porcentajes dignos. A

diferencia del Einstein y la avaricia de sus dueños, que merecieron una canción de

Sumo (“Quiero dinero”), el bar de avenida Libertador modificó algunas pautas del

negocio y el trato a los músicos antes y después del show. Luca también ganó un

amigo en la cocina del lugar, que con conexión directa al escenario lo proveía de

tragos y algún plato de comida después del show.

Diego Arnedo: Cuando grabamos Corpiños en la madrugada, sentí lo que le pasa a

todo músico que va de una sala de ensayo a un estudio de grabación sabiendo que va

a grabar sus temas y que van a ser editados. Es como entrar en otro mundo. El

encuentro, tomar el trencito, ir hasta allá todos los días y encontrarse con los

demás… Todo eso era una novedad que me fascinaba.

Daniel Colombres: Estudios del Jardín era un lugar nuevo, en una época en la que

nadie ponía estudios y había muy pocos. Yo era muy amigo del dueño, Gustavo

Donés, que tocaba en Suéter. Nosotros éramos como sesionistas ahí. Sabía de Sumo

porque conocía a Ricardo, a Diego y a Daffunchio. Soy de Caseros y ellos son de

Hurlingham. Palomar y Hurlingham eran barrios vecinos. La referencia que tenía es

que cuando cae el pelado Luca los junta a todos. Ellos venían haciendo bandas y

bandas y nunca pasaba nada.

Germán Daffunchio: Grabamos Corpiños en la madrugada en Estudios del Jardín,

que estaba en la calle Santa Fe. Esos estudios eran famosos porque Charly había

grabado el tambor de “Yendo de la cama al living” ahí. ¡La pelotudez del músico

argentino! “No, no, acá Charly grabó, no sabés lo que grabó Charly, ese tambor…”.

Daniel Colombres: Entonces caen a grabar al estudio, porque uno de los socios del

estudio era de Hurlingham. En ese momento, el baterista todavía era Sokol. La

verdad es que él no tocaba bien. Un día escuché lo que habían grabado y Luca me

dijo: “Colombres, ¿podés tocar la percusión? Así arreglás lo que tocó como el culo

Alejandro”. Le respondí: “Pelado, ¿cómo voy a poder arreglar esto? ¿Voy a tocar la

percusión encima de lo que está grabado? No puedo arreglarlo…”. Me dijo: “Bueno,

tocá algo, tocá algo arriba”. Se hacían las cosas como se podía. Sumo era así. Estuve

durante toda la grabación de ese disco. En Corpiños en la madrugada toqué congas y

percusión de tumbadoras. Creo que ellos ya venían ensayados, con lo precario que

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era la batería digamos… Ojo, no quiero subestimar el producto, pero bueno, Sokol no

era un baterista profesional ni podía tocar bien un pattern de reggae. Por eso es que

me llamó a mí el pelado, que era el que tenía las cosas claras. Luca dirigía todo y su

mano derecha fue siempre Germán. Con Diego se llevaba muy bien también.

Después, cuando entró Ricardo, fue lo mismo. El potencial de Sumo estaba muy

claro en ese momento, impactaba muchísimo verlos en vivo y el pelado estaba muy

bien físicamente.

Sergio Rotman: La mejor grabación de Sumo es el casete Corpiños en la

madrugada. Sin dudas. Los discos siguientes son muy buenos, pero están impregnados

de esa materia fecal llamada “operadores de sonido argentinos”. Pero no es culpa de

ellos, si no de que en la Argentina no había escuela. Entonces, el disco que Luca hizo

con su oreja es Corpiños…, el mejor disco de Sumo por lejos.

Daniel Melingo: Luca venía al ensay o de las Bay Biscuits. En esa época yo tocaba el

caño con Sumo, en la primera formación. De hecho, estoy en la primera grabación

de Corpiños…

Daniel Colombres: Luca era taurino como y o, por lo tanto me cay ó muy bien de

entrada. Un tipo con una musicalidad gigante que además, cantaba, soltaba la voz…

Hacía melodías muy gringas. De hecho, hoy escuchás los temas de Sumo y parecen

actuales, como si hubieran sido grabados ay er. Eso es por la música, no por el sonido,

que está muy bien, si no fuera por el saxo desafinado de Pettinato… A Pettinato lo

bardeaban mucho porque tocaba mal. Todavía toca mal. No es un músico, toca el

saxo como y o puedo coser telas. Eso no me hace costurero.

Diego Tuñón: Ese casete me hacía acordar a Robert Fripp, a cosas que en ese

momento me llegaban por los amigos de Daniel Melero, que eran los chicos grandes

del barrio, los que traficaban los discos, de alguna forma. De hecho, a ellos no los

impresionaba Sumo. Para mí, era un embajador directo de todo lo que iba a venir.

Dicho y hecho, gran parte del rock barrial que después triunfó tiene mucho que ver

con la actitud de Sumo. Sumo era rudimentario, pero… En esa época tenías que

arreglarte con lo que había, era la forma de encarar los instrumentos. Además ellos

no se apoy aban en sintetizadores. Corpiños… era muy moderno.

Daniel Colombres: La grabación fue alcohol y merca. Durante mucho tiempo

recordamos esas sesiones con mucho cariño. Cuando terminaron dijimos: “¡Guau!

¡Qué disco hicieron estos pibes!”. Porque además, cuando tomamos conciencia del

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disco que habían hecho, a la gente y a le estaba gustando mucho Sumo.

Diego Arnedo: Cuando grabamos Corpiños… veía a Luca muy metido en lo que

estaba haciendo. Luca siempre fue un tipo serio, pero muy irónico a la vez. Había

que conocerlo. Por ahí vos decías: “Qué bueno que está esto”, pero él lo entendía de

otra manera y después decía: “Está bueno lo que estamos haciendo”. O sea, tenía un

planteo de conducción más general, no estaba mucho en los detalles.

Marcelo Castello: Corpiños en la madrugada se vendía sin tapa. Te daban el casete,

con el nombre escrito con una birome. Lo conseguías en los recitales, en el Einstein,

donde tocara Sumo.

Daniel Colombres: Cuando Luca escuchó lo que había grabado realmente lo veía

muy conforme. Yo no sentía lo mismo, creía que no estaba bueno porque era

exactamente lo mismo pero con mi percusión, pero confiaba mucho en su criterio.

Me gustó su aceptación. A lo mejor, y o podría haber tocado la batería en Sumo.

Quizás nunca me lo pidieron porque y o estaba tocando con otros músicos y habrán

pensado que no iba a aceptar. En ese momento no lo habría aceptado porque y o

estaba con Pastoral y con Suéter. Pero me hubiese gustado porque hoy Sumo forma

parte de la historia.

Silvia Ceriani: Luca me regaló un casete de Corpiños en la madrugada y yo se lo

cambié por otro de Joni Mitchell que tenía “Shadows and Light”. Me dijo: “Uy, qué

bueno, hace mucho que no escucho Joni Mitchell”.

Lalo Mir: Le hice una entrevista a Luca en el Estudio del Jardín, que estaba al lado

de la radio donde hacíamos el programa 9PM. Ya me lo había cruzado varias veces.

Estaban grabando y me gustó lo que escuché. Me pareció salvaje, sobre todo para lo

que venía siendo el rock y el pop argentino, que era más prolijito. Sumo tenía groove,

te hacía mover la patita, que no es lo mismo que bailar. Me enganchó. Otra cosa

impactante, bastante incongruente, es que los primeros temas eran en inglés, por lo

menos la may oría. Yo siempre iba a contracorriente y me parecía divertido que, en

plena época en la que todos cantaban en castellano, hay a aparecido un chabón que

venía de Inglaterra, un tano con toda esa cultura anglo. Fue el momento más loco de

los 80. Después apareció el marketing y cambió bastante todo. Estaba “La rubia

tarada”, pero era casi el único en castellano.

Pil Trafa: Lo del “acento finito”, que quedó en la mitología popular, lo canta Geniol.

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Geniol: Un día me llamaron y me dijeron: “Che, Luca quiere que vengas para acá,

estamos grabando. ¿Podés?”. “Sí ¿Y cómo hago?”. No sé dónde recibí la llamada

telefónica ni dónde me levantó el taxi, pero fui. Entré y me dijeron: “¿Podés hacer

algo en esto?”. Así que fue una improvisación en el momento, el tema se cocinó ahí,

no había nada preparado. Una parte del tema se hizo a la salida de New York City,

enfrente del boliche, casi en la esquina. Después, yo hice lo del “pseudo punkito”.

Marcelo Pocavida: “La rubia tarada” está basada en Hari B. Él era totalmente

consciente de eso. Hari era un tipo creativo; por eso con Luca no se bancaban

mutuamente.

Hari B: Luca incluy ó en el tema “La rubia tarada” una parte dedicada a mí que

dice: “Un pseudo punkito con acento finito, quiere hacerse el chico malo, tuerce la

boca, se arregla el pelito, toma un trago y vuelve a Belgrano…”. Cuando Sumo

tocaba en Le Chavalette, esa parte de la letra no estaba.

Geniol: En la canción menciono a Belgrano porque y o era de Villa Urquiza y fui

hippie, de los hippies de Belgrano, los hippies de Boutique, y estaban los punks de

Belgrano. Había un menosprecio en el under hacia los hippies. Yo puteaba a eso

punkitos que venían a ver los recitales, se hacían los malos, volvían a Belgrano y nos

dejaban con el problema. Habían roto una vidriera y teníamos que salir agachados

por culpa de ellos. Habían sido los de “La Capilla Punk”. Vinieron como cuatro o

cinco patrulleros y tuve que salir en cuclillas. Después agarré a uno de esos pendejos

y le pregunté: “¿A dónde se fueron?”. “A Belgrano”, me contestó. “Claro, vos vivís

ahí, rompés vidrios y te hacés el anarquista, pero después vas a la casa de tu viejo.

No rompas las pelotas”. Eran punks de camisa negra, con caras de malos, pero

cuando terminaba el recital y hacía frío se ponían un gamulán, que costaba cualquier

guita, con un cinto cruzado y se iban a la casa de la vieja. Yo les decía: “Loco, el

gamulán no es punk”.

Pil Trafa: Geniol venía a los shows de Los Violadores, actuaba con nosotros y

también con Sumo y tenía un proyecto con Stuka que se llamaba “Geniol con Coca”.

Lalo Mir: “La rubia tarada” era una lectura muy lineal, popular. “La rubia tarada

me dice: ¿Por qué te pelaste? Por el asco que da tu sociedad”. Una lectura muy The

Clash, muy Londres para lo que había acá.

Sergio Rotman: La rubia tarada no era Mónica. La alemana era buena onda, la

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novia hippie de Luca que andaba siempre por ahí. Yo estuve cuando pasó lo de la

“Noche de New York City ”. Fue en la fiesta de lanzamiento de la revista Perfil.

Sacaron un número que se llamaba Ahí vienen los punks, donde pusieron fotos de

Luca que no volví a ver. Tuve guardada esa revista durante muchos años. Salía Fidel,

Mónica Vidal, Andrés Ruiz, Gamexane, Huevo, Maner, Patricia Pietrafesa y yo. La

tensión que generaba Sumo cuando tocaba en bares pequeños no tiene comparación

con nada.

Daniel Melero: La música de Sumo siempre me pareció tosca. Salvo “Mañana en el

Abasto”, que es una canción interesante, y alguna que otra más. “La rubia tarada”

me parece una patraña, algo injusto porque es la venganza de un tonto. A esa piba la

conocí bastante y no era ninguna tarada.

Nora Fisch: El lenguaje de Luca contrastaba porque “La rubia tarada”, por ejemplo,

era una especie de crítica social muy explícita, frontal, y eso no se encontraba en

otros. Pero era todo chico, todavía muy experimental, algo más auténticamente

under, al borde de las cosas, después trascendió pero nació en ese ámbito.

Norberto Cambiasso: Luca era el salvaje italiano que cantaba cosas como “La rubia

tarada”, que no eran tan comunes. Verdaderamente hubo un antes y un después de

Sumo. La ironía de las letras, además de sus declaraciones. Luca era un tipo que no

tenía ningún temor a contradecirse, no le importaban los ideales de coherencia y

compromiso y todas esas cosas que habían estado sosteniéndose tanto tiempo y

desgastándose a la vez en el rock de la década anterior.

Pipo Cipolatti: Yo le decía que en “La rubia tarada” pronunciaba la “r” como judío:

“¡Luca, hablás como un israelí!”.

Claudio Kleiman: En un momento, y o tenía una novia que era una de las chicas que,

creo, bailaban con Sumo. Se llamaba Pato. En un recital en el IFT habían preparado

una escenografía y qué sé y o, y fui al camarín a felicitar a Luca. Me gustaba mucho

el tema “Breaking Away ”, que era de la primera camada de temas de Sumo, y que

después apareció en Corpiños en la madrugada. Después, con el tiempo, cambió

mucho. Al principio el repertorio eran temas que había compuesto Luca con la

guitarra acústica, que en la primera época ocupaba un lugar bastante preponderante.

El grupo se armaba en torno a eso. “Breaking Away ” era muy lindo, un tema que

podrían haber hecho los Talking Heads. Me acerqué y le dije: “¿Ese tema ‘Breaking

Away ’ es tuy o?”. Me respondió: “Sí, pero es bueno”.

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Pety (Cantante de Riddim): “Breaking Away” está buenísimo y es muy raro. Es un

reggae rockeado.

Sergio Rotman: “Heroin” empezó como un cover de Lou Reed. Luca fue

deformándolo, haciéndole una letra nueva, pero cualquiera que conozca un poco de

música sabe que son los mismos tonos y es el mismo arreglo. O sea, es la misma

canción. Pero es genial. En vivo, Luca tocaba el tema de Lou Reed. Me acuerdo de

él cantando “I don’t know just where I’m going” hasta que después cambió la letra por

“I used to love…”. En el 83, antes de grabar Corpiños…, “Heroin” era el cover de

Lou Reed. Eso es fantástico y me encanta que se la haya adueñado. Lo que hizo con

“ICB”, que es Ian Curtis Buried, de New Order, fue distinto. Un día lo increpé por ese

tema y él me dijo: “Esa canción era mía, Bernard Butler me robó la canción y la

novia”. No sé si creerle. Con el correr del tiempo leí historias y libros de New Order

y jamás vi ninguna referencia a Luca Prodan.

Fernando García: “Heroin” es arte contemporáneo… Esa apropiación tiene que ver

con eso.

Alberto “Superman” Troglio: Cuando entré a Sumo, Mollo no estaba. Ricardo

todavía estaba con MAM. Un día subió a tocar como invitado en Zero Bar y era Jimi

Hendrix. A Germán no le causaba ninguna simpatía. A mí tampoco me gustaba.

Pensaba igual que Germán. Después Mollo se compró la guitarra Roland para tratar

de encontrar una forma de encastrar en Sumo, porque al principio no sabía cómo

hacerlo.

Germán Daffunchio: Cuando arrancó La Hurlingham Reggae Band, Luca y a se

dedicaba solamente a cantar. Siempre habíamos sido dos guitarras y de alguna

manera empecé a tocar sus partes. En un momento nos dimos cuenta de que

necesitábamos un guitarrista que aportara algo distinto. Timmy decía: “Necesitamos

a alguien que sea como Maradona. Un argentino”. Fue un tema de discusión y yo

voté que no. Creía que esa forma de ser no tenía nada que ver con nosotros. Siempre

nos habíamos apartado ideológicamente del rock argentino. Pero bueno, eran cosas

inevitables. Lo que sucedió después con la entrada de Ricardo fue fantástico, pero en

ese momento me pareció una locura “argentinizar” a Sumo.

Alberto “Superman” Troglio: El primer show formal que hice con Sumo fue en el

anfiteatro de la calle Florida. Ese día estuvo Mollo pero tocamos sin Germán porque

se ofendió y se fue a Bariloche, a la casa de la hermana. Estuvo allá como una

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semana. Después volvió y tuvo que aceptarlo. A Germán no le gustaba Ricardo en

Sumo y tenía razón, porque en realidad Ricardo no pegó en Sumo hasta que él mismo

se adaptó.

Daniel Melero: Cuando entró Mollo, Sumo era una bola en la que no había jerarquía,

ni silencio, ni una deliberación. Era una exposición de egos con un ritmo. Pettinato

trataba de ser John Coltrane, pero tampoco me parecía una cacofonía interesante. No

era The Contortions, aunque ellos podrían haber ido para ese lado. Ese era un

potencial posible para Sumo. Era un grupo muy machista, los ritmos están agarrados

a la gravedad terrestre, como saltando para abajo. Lo que más me gustaba de Luca

era que tenía la cámara de eco en el escenario, aunque podría haberla usado mejor.

Yo sabía cómo se usaba esa space echo y en la música de él quedaba muy bien. En

realidad, de eso debía ocuparse un sonidista, pero ahí no había ni sonidista.

Flavio Casanova: Luca siempre tenía una cámara de eco al lado y sonaba

buenísimo. Tocaban reggae pero no sonaba a reggae, parecía mezclado con una cosa

de la Factory… A mí el reggae no me gusta, pero en Sumo sí porque era una mezcla

de todo. Además después de eso te mandaban un tema punk bien tocado. Acá no

había nada así. Era una síntesis perfecta. Lo que pasa es que el impacto era en un

público escaso, porque los que íbamos nos conocíamos todos y éramos pocos. Sumo

me gustaba, era la banda de acá que escuchaba, pero cuando entró Mollo dejó de

gustarme. Prefería a Germán, cuando la onda era más independiente. Un día los vi

en La Plata, ese día tocó Mollo, y pensé: “¿Este guitarrista quién es?”. La banda

sonaba toda pareja, como pasaba siempre con Sumo, pero la guitarra punteaba

arriba. Me pareció que estaba de más. Sumo sin Mollo era más atmosférico, no

tocaban tanto pero estaba todo en su lugar. Tenía una cosa climática que estaba

buenísima.

Sergio Rotman: Para nosotros, cuando entró Ricardo fue el fin de Sumo. Con el

tiempo, a Mollo lo revaloricé, sobre todo cuando tuve su amistad. Pero en ese

momento, su ingreso fue un puñal. La primera vez que vi a Sumo con Ricardo fue en

Bajo Harlem, un lugar que quedaba en Marcelo T. de Alvear. Me dolió que hubiera

un tipo haciendo solos de guitarra eléctrica, porque Daffunchio era el mejor

guitarrista que y o había visto en mi vida. Entonces, para mí, Sumo terminó ahí. No es

culpa de Ricardo. Pero al rockear al grupo Sumo perdió más de lo que ganó.

Walas: Por un lado, en Mollo tenían a un Hendrix y, por el otro, a un Belew, un

experimental, que era Germán. Pero lo que más me gustaba era la ideología que

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trajo Luca. Si bien fue un Marco Polo de lo estético, lo más importante es que nos

abrió la cabeza a nivel ético y se llevó puesto el costumbrismo. También me gustaba

mucho el absurdo, las cosas que decía entre tema y tema, o cuando empezaba: “A

mi abuela la agarraron los indios…”. Me flasheaba el nonsense y lo metafórico de lo

que decía. En el medio de un show, Luca era: “Te lo digo a vos, rubia. Te lo digo a

vos, flaca, boludo. ¿Te das cuenta?…”. Hablaba como de entrecasa, con buenos

consejos de hermano mayor, con el aval de la formación y del mundo que tuvo.

Diego Arnedo: Me parece que Ricardo nos vio por primera vez en el Stud Free Bar.

Después estuvo en el Einstein también. Los cambios de integrantes cambian la

musicalidad de los grupos, por los matices y por las formas de tocar. Pero, de todas

maneras, Sumo siguió siendo Sumo en cada cambio de formación. Hubiese sido

distinto si no estaba Luca.

Germán Daffunchio: Ricardo tenía una fábrica de zapatos con el padre, o la había

heredado. Entonces tenía guitarras buenas y equipos. De hecho, y o usaba las

guitarras que él dejaba de usar. Las que para mí eran cuerdas nuevas, para él eran

usadas… Porque mis cuerdas… Para el primer show que hicimos con Sumo

solamente tenía plata para comprar unas cuerdas nacionales… Hoy me doy cuenta

de que adquirí un estilo pegándoles duro a las cuerdas. En ese primer show rompí

tres.

Marcelo Gasió: Estuve con ellos en las grabaciones de algunos discos. Hay dos

etapas que marcaron cambios importantes en Sumo. Una es la entrada de Arnedo,

que es un bajista impresionante, con mucha técnica y un sonido fundamental.

Arnedo levantaba todo. La otra es cuando entró Mollo, que es un músico

extraordinario. Ahí cambió más todavía. Lo que hacía Daffunchio era muy

interesante porque sus “limitaciones” le daban un sonido particular a la rítmica de la

guitarra. Eso está muy claro en Corpiños en la madrugada, que se grabó sin Mollo.

Me gustaba ese Sumo sin Mollo, lo que no quiere decir que no me guste Mollo. Al

contrario, me parece un músico extraordinario y aportó mucho con sus solos y su

sonido. Pero si tengo que elegir, prefiero al primer Sumo.

Germán Daffunchio: En un momento, después del ingreso de Ricardo, dijimos:

“Hagamos una cosa, este verano instalémonos en una playa y vivamos tocando ahí,

hagamos un lugar…”. Nos fuimos con Timmy y Luca a Villa Gesell, creo que en

agosto o septiembre, a buscar un lugar para alquilar, instalarnos todos ahí, hacer base

y tocar en Villa Gesell. Hablamos inclusive con el dueño de un balneario que se

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llamaba Charly.

Claudia Gernhardt: El balneario Charly lo conseguí y o. El dueño era jazzero.

Viajamos a hacer la contratación con Timmy, Germán, Diego y Luca. También

estaba Ester… Cuando la vi me quedé, porque yo era amiga de Mónica. Alquilamos

una casa en 113 y 4, en un lugar que durante muchos años no se pudo vender y que

tiene una ley enda, un dicho que dice: “Donde pasó Sumo no creció más el pasto”.

Germán Daffunchio: Es imposible explicar el quilombo que fue instalarnos en Villa

Gesell. Llegamos, fuimos a tocar a Charly y al segundo día nos echaron. Nosotros

pasábamos la gorra y no nos daban un mango. Entonces, al segundo día, Luca, ya

copeteado, empezó: “Ustedes son todos unos fucking conchetos de mierda, unos

fucking pelotuditos, y ahora vamos a hacer ‘Fuck You’ y…”. Terminamos muy mal

en ese lugar. Nos quedamos con una deuda, sin laburo y con todo para pagar. A partir

de ese hecho fuimos a tocar a cualquier de Gesell. Fue medio infernal, durísimo,

porque a Luca no le importaba nunca nada, como siempre. “Bueno, vamos ahí,

vamos ahí”, decía. Para él estaba todo bien, pero para nosotros era muy difícil.

Tuvimos episodios complicados… Entrábamos en los supermercados a robar comida

porque nos moríamos de hambre.

Claudia Gernhardt: En una habitación dormíamos Luca, Diego y yo, y en la otra,

Evangelina con Germán y Lila con Ale. Timmy y Pettinato habían alquilado otra

casa porque tenían chicos. Luca había llevado una carpa. La casa era chiquita, pero

el terreno era enorme. Entonces llevó 15 días a su novia alemana y 15 días a su novia

judía. En los shows decía: “Acá atrás tengo dos novias, una judía y una alemana”.

Toda la gente se cagaba de risa pensando que era una joda, pero era verdad. Ricardo

ya tenía a su hija Azul con Gabriela, pero ellos fueron a un hotel. A la tardecita

tocaban en Charly y a la noche donde saliera. Ahí comenzó el famoso “llegando los

monos”…

Mónica Stromp: Ese verano en Villa Gesell, Luca y yo vivíamos en la “carpita del

jardín”. No teníamos cuarto. Era lo que había. “The joy of being there…”. Me llevaba

bien con las mujeres de los chicos de la banda.

Lila Riquelme: El verano del 84 fue una locura. Ahora me acuerdo y me río, pero en

ese momento no me causó ninguna gracia. Nos cagamos de hambre mal, habían

alquilado una casa alucinante en Villa Gesell, le decían “la casa de cartón”, no sé por

qué. Luca y Mónica estaban acampando afuera, en una carpa. En la casa estábamos

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Germán, Evangelina, que era la novia de Germán, Diego con una de sus novias, Ale

y yo. Luca cocinaba y todo, pero básicamente estaba en la carpa con Mónica. El

primer show que hicieron fue a las tres de la tarde, en la playa. Había un par de

personas que ya sabía que tocaban ahí y se armó quilombo. No sé si fue en el

segundo tema, creo que sí, pero hubo piñas, descontrol total. Desde ese día le hicieron

la cruz a la banda. No los querían en ningún lado. No tocaban, no había plata, no

había comida… Me acuerdo que íbamos a la farmacia con Ale, Germán y

Evangelina, y que la gente que estaba adelante nuestro se pesaba y decía: “Uy, qué

barbaridad, ¡engordé cuatro kilos!”. Nosotros decíamos: “Qué barbaridad, ¡bajé

dos!”. Nos cagamos de hambre mal. Ese verano quedé embarazada de Ale.

Claudia Gernhardt: Los echaron del balneario porque Luca dijo la palabra “boludo”

o algo así, una frase desafortunada, el tipo se ray ó y dijo: “No se toca más”. Diego a

veces hacía sonido para ganar plata; como y o trabajaba, pagaba algunas cosas y

hacía la comida. Un día hice ensalada criolla, le puse orégano y Luca se ofendió.

Protestó porque acá le ponemos orégano a todo. Yo la había preparado con todo mi

cariño para todo el mundo, y le dije: “Bueno, sacale el orégano si no te gusta…”.

Pero se enojó y no comió. Después hubo algunos recitales en otros balnearios, pero

al final quedaron unos boliches en los que tocaban a la noche.

Germán Daffunchio: Me acuerdo de un show en una esquina, muy cerca de la

play a, en un primer piso que estaba todo lleno de arena. La característica del lugar es

que era una play a dentro de un edificio. Estaba muy bueno. Estábamos tocando y

adelante nuestro empezó a bailar una mina muy linda. A continuación se le puso un

chabón al lado, también empezó a bailar… A los cinco minutos se armó una batalla

campal… Mamita. Fue bravo… La secuencia fue: “¡Luca, mira lo que me

hicieron!”. El chabón tenía un tajo, la sangre saliéndole a cataratas. Era una época

salada socialmente hablando. Después fuimos a tocar a un cabaret, tocamos en una

pizzería y en todos los lugares en los que nos aceptaron. Juntamos más o menos la

guita para poder pagar y nos fuimos. También le hacíamos sonido a Ariel Prat y a

otro más. Sorteábamos entre nosotros y salíamos en equipos de a dos, con nuestras

cajitas, y le hacíamos sonido a otros grupos. Nos pagaban poco, pero nos servía.

Íbamos, operábamos, nos agarrábamos unos pedos de la puta madre y

terminábamos cantando con ellos.

Fernando Noy: Creo que vi a Luca por primera vez en Villa Gesell. Yo iba siempre a

la villa, vivía ahí de diciembre a marzo, todo el verano. En ese tiempo la villa era

Goa, el paraíso, la India. Todo el mundo tomaba sol desnudo, ya había nacido algo

más fuerte que el ácido, que se llamaba STD y duraba seis o siete días. Entonces

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tomábamos un STD y nos quedábamos seis días frente a las arenas, viendo esa

maravilla que era la villa en ese tiempo, agreste, abandonada. Un día, en un verano,

estoy arriba de un colectivo yendo a lo de una amiga y veo que por la plaza de

Gesell pasa una especie de marciano pelado. Le escuché la voz a ese tipo

extrañísimo y me llamó más todavía la atención, porque siempre existe lo que se

llama onda, la captación, el faro, el olfato. Cuando llegué a lo de mi amiga, que era

la reina de los artesanos, le dije: “Vi un tipo…”. Ella me respondió: “Sí, es un inglés,

no sé qué mierda es”. En esos días, con mis amigos siempre íbamos a un boliche que

se llama Paseo de los Momentos, donde todo era permitido. Uno llegaba colocado de

lo que fuere. Fumábamos marihuana en la playa y corríamos hacia el bar, que

estaba enfrente, y siempre había unos grupitos que tocaban para animar el lugar.

Hasta que una noche, veo que aparece aquel pelado que había visto y que me había

llamado poderosamente la atención.

Germán Daffunchio: Esa gira tuvo un grado de densidad grande. Porque además

estaba la lucha política, por decirlo de alguna manera, y la recepción que tenía

Gesell de la música. La sociedad de ese momento, la locura que había, era una

bomba de tiempo que podía estallar para cualquier lado. Había mucha intolerancia.

Cuando veíamos esas peleas y empezaba a correr sangre tardábamos siete décimas

de segundo en irnos.

Diego Arnedo: En Villa Gesell llegué a tener hambre. Me acuerdo de salir a hacerle

el sonido a dos hippies en un barcito, con el sonidito que teníamos ahí parado, como

para comprar un paquete de fideos. Fue un momento muy especial. Aparte nos

echaron de un balneario. No sé cómo a Timmy se le ocurrió que íbamos a pasar un

mes con un sueldo tocando todos los días en un balneario así… Tocábamos en el

pastito del balneario “top” de Villa Gesell. Se llamaba Charly. Timmy dijo: “Vamos a

trabajar a Villa Gesell”. Fuimos y cada uno se organizó por su lado. Timmy estaba

con su familia en una casa, Pettinato por otro lado, Luca con sus novias. También

había una casa que amparaba a los que estábamos en estado de albergue transitorio.

Nos metimos ahí y había unas novias, se armó medio un quilombo y me acuerdo que

Luca dijo: “Yo no tengo problema, me voy a dormir afuera”. Se armó una casita

debajo de una planta y se fue con un colchón a vivir con su novia. Vivía en un

arbusto. Tenía esas cosas geniales.

Germán Daffunchio: Estábamos en el infierno mismo y Alejandro, de alguna

manera, se asustó y se fue. Mejor dicho, pensó: “Si sigo acá, me muero”. Algo así.

La sensación era que el mundo era el infierno mismo y que no había futuro. Nosotros

tratábamos de laburar de lo que hacíamos, pero no teníamos productora, no teníamos

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nada de nada, estábamos perdidos. Al principio, a Luca queríamos matarlo.

Terminamos diciéndole: “Luca, ¿cómo puede ser que al segundo día nos quedamos

sin…?”. Su respuesta era: “¡Fuck you! ¡Me importa un carajo!”. “Ah, sí, ¿cómo que

te importa un carajo? ¡Tenemos que pagar el lugar! A vos no te interesa y me parece

bárbaro, pero, ¿qué hacemos nosotros? Nos van a matar”. Timmy estaba con su

familia, Roberto también. Ricardo había ido con su mujer y su hija, aunque él tenía

su trabajo y estaba más tranquilo porque no necesitaba vivir de eso.

Fernando Noy: El único dato que teníamos era que Luca era inglés o era tano, no se

sabía bien. Estábamos en el Paseo de los Momentos y de pronto, a las dos o tres de la

mañana, aparece Luca con una guitarra. El público se había ido casi todo, quedaba la

resaca y el dueño del lugar. Entonces Luca entra y dice: “Vengo a tocar la viola”.

Recuerdo el diálogo con el dueño del boliche: “¿Qué tocás?”, le preguntó. Se pusieron

a hablar en inglés y al final el tipo le dijo a Luca: “Bueno, tocá pibe…”. El pelado

empezó a cantar canciones en inglés, se movía, bailaba, era una cosa fascinante.

Nosotros nos mirábamos y decíamos: “¡Qué prodigio apareció en nuestra vida!”.

Conocíamos a Tanguito, a Manal, a Miguel Abuelo… Sabíamos lo que era la música,

la teníamos en nosotros porque fue nuestra gran hechicera… De pronto, escuchar

esos temas tan impecablemente cantados, tan acabados… Ni podías ponerte a hacer

coritos, porque el chabón copaba todo… Estuvo tres horas cantando. Cuando

amanecía, escucho otra charla con el dueño, cuando Luca le dijo: “Yo toqué para

que veas quién soy, pero también te quiero contar que tengo un grupo de amigos que

tocan conmigo, que se llama Sumito”. Arreglaron para tocar a los tres días.

Lila Riquelme: Como no podían tocar, alquilaban el sonido que habían llevado, y de

ahí sacábamos unos mangos para el morfi. Timmy, además, pagaba algunas cosas, y

Petti cada tanto traía algo desde su casa para tirar a la parrilla. Los fans también

contribuían con cajones de naranja o de yogur. Recién al final, un chabón de un

boliche en la play a dijo: “Bueno, está bien, pueden tocar”. Los contrataron, todo el

mundo contento y otra vez, al tercer tema, volaron piñas adentro del bar… Se pudrió

todo y pensé: “Bueno, ya está”. Me tomé el bondi y me volví. Estuve un mes, creo

fue en enero. Me vine un poco antes que ellos porque no me aguantaba más.

Alberto “Superman” Troglio: Una vuelta, en Villa Gesell nos bajamos de un

escenario en la play a con Mollo y nos pusimos a hablar con unos pibes. Parecíamos

extraterrestres que habían salido de una nave espacial y nos decían: “Nos parece

mentira estar hablando con ustedes después de haberlos visto en vivo”. Recién ahora

reconozco esas cosas porque en el momento nunca te das cuenta.

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Fernando Noy: Fuimos a ver a Sumito a ese bar de Gesell con un grupito en el que

estaba Willy Crook, porque Willy era otro duende de la villa. Cuando escuché a esa

banda no lo pude creer. Estaban todos, menos Pettinato. Fue tal el éxito, se llenó tanto

el Paseo de los Momentos, que el propio dueño tenía pánico. Porque se corrió la voz.

“Che, hay una gente alucinante”y vinieron mil monos. Esa noche me enteré de que

no había chance de continuar ahí y que necesitaban otro lugar. Yo tenía un amigo que

manejaba un lugar en la avenida 3 y 108, que se llamaba Tingo María. Ahí entraban

como 300 monos, era grande, una esquina que estaba medio en pelotas. Le conté de

Sumo al dueño del lugar porque yo había quedado enloquecido con Luca Prodan,

más que nada con él. Además, Diego Arnedo Gallo era hijo de un amigo mío,

porque yo había estado con él en un conjunto folklórico… “Che”, le dije al dueño del

boliche, “hay unos chabones que suenan muy bien”. “No me digas. Bueno, está bien,

que vengan. Les doy la puerta y vendo la bebida”. Yo amaba colaborar y entonces

armé una especie de panfletito que pegamos por toda la ciudad con mi amiga.

Primero hicieron una función y arrasaron, metieron como 300 monos. En la puerta

ellos vendían un casetito, Corpiños en la madrugada, y de eso hacían una buena

mosca. Yo estaba fascinado con Luca, pero ese día vino el bombonazo de Pettinato,

que también me fascinó de entrada. Roberto estaba engripado y como me sentía

muy atraído por su aspecto empecé a cuidarlo. Le hacía unos tecitos hasta que me

dijo: “Bueno… ¡Basta! ¡Rajá de acá!”. ¡Me sacaba carpiendo! Como no había nadie

que cuidara la entrada y yo no quería que los garcharan con la plata, me puse de

espaldas con el culo apoyado en la puerta. Nunca sentí una multitud que me violara

tan maravillosamente… Porque cuando la banda largaba era rock’n’roll de verdad.

Sumo era sexo. El paraíso.

Claudia Gernhardt: Eran todos familieros, iban mucho a la casa de Timmy, hacían

comidas… Como una tribu que se reunía. No había demasiado descontrol.

Fernando Noy: En esa primera función, Sumo llenó el boliche y Timmy no estuvo.

Cuando apareció para la segunda noche en ese lugar y o me abrí, porque ahí me

enteré de que ellos tenían su productor. No puedo decir que me abandonaron porque

lo que yo quería era estar en un boliche, hacer mi trip, mi mambo. Pero podría

decirse que fui el productor ejecutivo de ese momento, por la parte de pegar

panfletos, avisar al mundo, a los hippies, a la gente, y controlar y vender las entradas

y darles una guita, de la cual me ganaba una porción. Después apareció Timmy, que

era un señor, un tipo encantador, una persona hermosa, pero muy seria y extraña.

“Yo soy el manager”, me dijo. “Ah, bueno, sí, chau, chau…”. Así como con Los

Redonditos yo era íntimo de la Poli Ricota y entraba como una emperatriz a todo

show de Patricio Rey, lo mismo pasó después con Timmy y con Sumo.

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Lila Riquelme: Después de Villa Gesell, y a en Buenos Aires, Ale conoció a un

personaje que andaba con unas historias un poco más duras. Se enganchó en eso.

Cuando volvió, y a sabíamos que y o había quedado embarazada. Sumo en ese

momento estaba por firmar con CBS y la cosa empezó a estar mucho más

comprometida. Ale dijo: “No, me abro de esto”. Conocimos a los mormones,

decidimos hacer una vida más sana y así fue durante varios años. Ale nunca quiso

volver a Sumo. Diego venía a visitarnos a casa y le decía: “Ale, te necesitamos.

Pensalo”. No hubo forma. Luca también venía y Ale iba a verlo mucho a él. Nació

Ismael, nuestro primer hijo, y a los cuatro meses quedé embarazada de Camila. Yo

era una ama de casa total. Una vez fuimos a ver a Sumo al Stud, un día que tocó para

la prensa por el primer disco que grabaron. Luca nos mandó las entradas y fuimos.

La banda estuvo impresionante, pero nosotros estábamos lejos de eso y no queríamos

saber más nada. Ni Ale ni yo, menos con los chicos.

Alberto “Superman” Troglio: Yo tocaba en La Hurlingham Reggae Band cuando

Sokol y a tenía problemas porque se había hecho mormón. Alejandro era “sexo,

drogas & mormón”. Se iba a de un extremo al otro. Lo había suplantado tres veces.

La última de esas veces me acuerdo que estaban Timmy y Luca medios borrachos

en el mostrador del Einstein y les dije: “Hey, estoy cansado de ser la rueda de

auxilio, me gustaría tocar en Sumo”. Luca me respondió: “Sí, lo que pasa es que no lo

podemos echar a Sokol”. “Bueno, pero ténganlo en cuenta”.

Germán Daffunchio: Alberto tocaba en La Hurlingham Reggae Band. Cuando se

separó el grupo que tenía con Tito Fargo había quedado medio flotando. Cuando se

fue Alejandro, la opción directa era él. Además, ya había reemplazado a Alejandro

en algún que otro show de Sumo.

Lila Riquelme: Ale siempre fue muy extremista, era una cosa o la otra, con él no

había un término medio. Teníamos un hijo en camino y creo que se asustó con la

fama y todo lo que implicaba, más allá de las drogas, del alcohol o de las mujeres.

Tenía 24 años y se asustó. Estaba buscando otra cosa, algo mejor para la familia que

quería formar, y un día me dijo: “Mirá, estaba caminando a las seis o siete de la

mañana por Hurlingham, vi una capilla y me metí. Bueno, estuve toda la mañana ahí

adentro, me recibieron re bien y quiero que vengas”. Fuimos juntos al domingo

siguiente y nos enganchamos con los mormones. Vinieron los misioneros, nos

explicaron todo y nos gustó. Ale luchaba todo el tiempo para estar bien; pintaba

casas, la vieja tenía un taller de costura y hacían camperas, trabajaba el cuero en el

fondo de la casa. Fueron nuestros años más felices. En un momento, ya no pudo más

y arrancó otra vez con la música, conoció a unos chicos —que ahora son la mayoría

211


mormones— y formaron la banda Sokol, que tocó acá en Hurlingham.

Alberto “Superman” Troglio: Luca se fue un mes a Túnez o a Marruecos. No sé qué

pomo iba a hacer allá. Nosotros estuvimos ensay ando en el living de la casa de

Diego. El primer tema que toqué con Sumo fue “Silver Moon”. Salió zapando.

Empecé con una base media que le había escuchado a Dennis Bovell, el bajista que

toca con Lynton Quincy Jones, y que también toca la batería y produce, y cada tanto

saca discos solistas. La base de “Silver Moon” es parecida a una base que hacía el

tipo ese. Entonces Diego le metió el bajo, Mollo hizo esas guitarras medio árabes y

después, cuando volvió de su viaje, Luca le puso la letra. Eso pasó con cuatro o cinco

temas nuevos. Los que más componíamos en la banda éramos Diego, Germán y y o.

Mónica Stromp: El plan del viaje a Europa y Túnez era: “Me voy, vuelvo y

compramos una casa”.

Andrea Prodan: En el año 84 tuve mi primer rol como actor, a los 22 años. Ava

Gardner hacía de Agripina, yo era un británico que iba a ser emperador, y ella con

su hijo Nerón me mataban. Muy divertido. Esto fue en Túnez, donde también conocí

a Susan Sarandon. Luca vino justo en ese período, y hasta hizo un mini papel como

un esclavo. El ángel liberaba a San Pedro, ese esclavo que interpretaba Luca se

levantaba y descubría que había escapado. Les vino perfecto porque Luca era

pelado… Hay una versión de la película más larga, en la que está él y otra en la que

no. Después fuimos a Roma y de ahí a ver a mis padres, que vivían muy cerca de

Venecia, en una ciudad que se llama Treviso. Estuvimos con mi mamá y con mi

hermana Michela. Nos sacamos una foto en Venecia, debajo de un puente.

212


213


Monos en la calle Corrientes. Afiche gráfico para la presentación oficial de Divididos

por la felicidad en el teatro Astros.

214


Capítulo 13

Divididos por la felicidad

“La anarquía punk es principalmente un gran ¡fuck you! Para mí la anarquía no

existe y no podría existir porque siempre habrá alguna onda de poder. La anarquía

sería buenísima, con cada uno haciendo lo que quiera sin joder al otro, pero no creo

que a nadie le gustaría que le violen a su mujer gritando ‘¡Viva la anarquía!’ y la

anarquía con límites ya no es anarquía. A mí me podrán considerar un tipo anarco,

pero estoy grabando en CBS… Nosotros éramos marginales y al final nos aceptaron,

lo que te muestra que hubo algún cambio en la sociedad argentina. En el fondo

seguimos igual. En cambio Soda Stereo también era un grupo de Zero pero habrán

pensado mucho más la situación y son aceptados masivamente. Una vez hablé del

‘rock radical’, que dice que todo está bien y que bailemos… O sea el pop plástico. Eso

no me gusta ni pongo discos ni los veo en vivo porque yo también estoy haciendo

shows. Quizás me gustaría ver qué pasa, pero como no los vi no puedo opinar mucho.

Y de la música de afuera tampoco escucho nada nuevo, sino cosas olvidadas del

pasado. Hay mucho pop, muchos raros peinados y mucha tecnología. Lo más

importante en nuestra carrera fue que nadie nos dio bola y todos nos odiaban. Por eso

tocamos tres años en cualquier parte y frente a muchos públicos, por lo que se armó

una bola muy grande. Acordate que cuando todos eran latinoamericanos nosotros

estábamos cantando en inglés. Y de a poco la gente se fue dando cuenta de que

nuestra onda era mejor que la de los demás. Luego CBS nos ofreció grabar. No hubo

ninguna transa”.

Luca entrevistado por Fernando Marcelo Bitar y Eduardo Berti en la revista Canta

Rock número 50.

La zozobra duró unos meses. Luca regresó de Europa y la banda ganó una fuerza

inusitada, a pesar de tener una cuenta pendiente: el ahora sexteto veía cómo los

grupos que arrancaron casi al mismo tiempo (y en los mismos lugares) exhibían

orgullosas la llegada a su primer disco. La lista tenía a Los Twist, Soda Stereo, Ny lon

y Los Violadores entre los debutantes, mientras Sumo permanecía a la espera. No

era un producto accesible, nada más cierto, vestían como operarios de una fábrica

metalúrgica, su cantante andaba en ojotas y ostentaba una pelada en plena era de los

raros peinados nuevos. Estaban al margen de cualquier categoría del rock argentino,

que en 1984 dividía aguas entre modernos y comprometidos. Tenían fama de

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descontrolados, y en vivo eran la mismísima encarnación del salvajismo escénico,

tercos e inadaptados, que traficaban diversión y oscuridad frente a la desmedida

algarabía democrática.

La primera vez que Daniel Grinbank, el productor de rock más importante del

país, escuchó un casete de Sumo fue terminante: era imposible que una compañía

discográfica se fijase en una banda así. Para Timmy y Germán, el golpe fue

tremendo. Ellos eran los encargados de mover la cinta y ser los destinatarios de la

indiferencia. La sentencia del rey Midas del espectáculo musical era una razón

valedera para disolver a la banda. Más allá del impacto inicial, en Sumo funcionó

como un estímulo. Desde el principio, Luca impuso su espíritu espartano para

enfrentar los contratiempos, formó a la banda sobre esa idea obstinada, como el

escudo protector y la marca de identidad de la familia Sumo. El próximo paso fue

contactar a un productor de apellido Rota, que había trabajado con los legendarios

Shakers y que en 1981 formó parte de la organización que trajo por primera vez a

Queen a la Argentina. El encuentro produjo una grabación de prueba en los estudios

de Francis Smith, afamado productor y compositor de éxitos descomunales como

“De boliche en boliche” o “Estoy hecho un demonio” en los tempranos 70. Casi

como un acto instintivo de supervivencia, los Sumo registraron dos de los pocos temas

en los que Luca cantaba en un castellano bastante cocoliche: una versión reggae muy

amable de “Cambalache”, el clásico contestatario de Enrique Santos Discépolo, y

“La rubia tarada”. La jugada salió mal, y lo que parecía un binomio de hits

potenciales terminó en un depósito de cintas de descarte. Ni la mención de Maradona

en la letra del remozado “Cambalache” alcanzó para modificar la decisión de los

cazatalentos.

En lo que parecía el cierre de un año funesto, que había empezado con la saga

amor y locura en Villa Gesell, siguió con el runrún de la separación del grupo para

luego tornarse en intranquilidad ante la posible reincidencia de Luca en el consumo

de heroína durante su estadía europea. La aparición de un joven productor despejó

todos los nubarrones: Walter Fresco conocía a la banda, la había visto muchas veces

en vivo y estaba convencido del potencial que escondía su ecléctico repertorio

sumado a la potencia artística de su cantante. Después de las primeras charlas con

Timmy, comenzó el largo proceso de persuadir a los capos de CBS, que finalmente

accedieron con algunos reparos. Los directivos apostaban por las canciones de La

Hurlingham Reggae Band, temas más accesibles y festivos que la original paleta

after-punk de la banda.

Ni Fresco era un avezado productor artístico ni los Sumo sabían cómo manejarse

en un estudio de grandes dimensiones. El tercer elemento lo completó el técnico de

grabación, más acostumbrado a grabar a grupos folklóricos que rock. En ese

maremágnum de intenciones comenzó a registrase Divididos por la felicidad. Otra

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vez, una grabación de Sumo coincidía con un acto eleccionario: el 25 de noviembre

se realizó un plebiscito nacional no vinculante con el fin de aceptar o rechazar el

Tratado de Paz y Amistad firmado con Chile para resolver el Conflicto del Beagle.

Durante el servicio militar, Germán Daffunchio cumplió funciones de chofer del

entonces general Galtieri y llegó a presenciar reuniones de los altos mandos militares

que terminaban en borracheras de órdago. La propuesta de paz fue aprobada por el

82% de los votos y así el gobierno de Alfonsín clausuraba una de las hipótesis de

conflicto más abonada por los capitostes de la dictadura militar.

El disco se grabó entre octubre y enero. Aunque Sumo ya tenía tres años de vida,

su visibilidad en los medios especializados era inexistente. El número 229 de la revista

Pelo dedicó una amplia cobertura a “lo mejor” del año 84. Con una foto de Bruce

Springsteen en tapa y varios títulos a modo de balance, la nota editorial admitía que:

“En 1984 la Argentina comenzó a transitar, vacilante, el camino de la democracia.

Esta tarea ciclópea para un país que tiene sus miembros entumecidos (por no decir

mutilados) consumió la atención y las energías de la mayoría de la gente. En este

contexto, el rock venía exhausto después de haber sido uno de los bastiones

fundamentales de resistencia a la dictadura, por lo que debió reciclarse para poder

ofrecer una propuesta renovadora a todo ese caudal de seguidores. La crisis

económica no le fue ajena y golpeó duramente toda la estructura, obligando a

establecer nuevas reglas de juego. Y está bien, la Argentina de 1984 es una nación

destruida que trata lentamente de recomponerse en un esfuerzo que seguramente va a

durar algunos años más. Por eso ahora debemos tratar de hacer el país posible y no el

que todo soñamos, y en esos términos el rock ha comenzado a manifestarse lenta pero

inexorablemente hacia un nuevo camino”.

El texto de Juan Manuel Cibeira le adjudicaba al rock en dictadura un rol un tanto

exagerado frente a su implicancia, más cercana al espacio de refugio que de

resistencia. En las páginas internas de la revista, la y a clásica encuesta del año, con la

participación de los músicos argentinos, ubicaba en primer lugar a Alchemy, de Dire

Straits, seguido de Fito Páez con Del 63; en tercer lugar, Born In The U.S.A., de

Springsteen. Entre una larga serie de notas de análisis de situación, bajo el título de

“Los que se vienen” aparecía un informe sobre bandas nuevas. Los Enanitos Verdes,

Cosméticos, Sachet, La Nuca, Boxer, Maccioco y Los de Goma, Cinema y Súper

Yo-Yo formaban la lista de promesas a punto de registrar su disco debut.

Curiosamente, una vez más Sumo volvía a estar ausente en un resumen anual, incluso

siendo un nombre importante por convocatoria y permanencia en el circuito de pubs,

bares y pequeños teatros porteños.

Como Leonard Cohen o Serge Gainsbourg, Luca hacía rato que ya había

superado los 30 años y por fin llegaba, con una edad poco rockera, al tan ansiado

álbum debut. No era un solista, claro, ni tampoco fraccionaba su tiempo entre la

literatura o la pintura como lo habían hecho Cohen y Gainsbourg, respectivamente.

De no haber llegado a la Argentina, es muy difícil imaginarlo con una carrera

217


musical en Inglaterra o Italia, básicamente porque cualquiera de esos territorios

representaba la muerte segura. Pero ni siquiera sin haber sido un prisionero de la

heroína Luca hubiera encajado en la escena londinense, donde la alta concentración

de bandas y solistas conspiraba contra un artista desencantado del negocio musical

británico. En la Argentina, encontró un campo ubérrimo para experimentar y

enmendar años robados por la represión con la música que traía en su cabeza y en la

valija, y que aquí solo formaba parte de los círculos de enterados. Pero, por sobre

todo, se alinearon varios planetas para que un italiano en retirada encontrara los

aliados imprescindibles para montar una empresa liberadora y desafiante.

Para la grabación de Divididos por la felicidad, el cantante cedió a sus

compañeros el control del sonido y el manejo de los detalles de las diez canciones del

álbum. Pettinato, Germán, Diego y, en menor medida, el recién ingresado Ricardo

Mollo —quien y a había participado en varias grabaciones—, compartieron con

Fresco las riendas de un registro complicado. Pesaba la inexperiencia, cierta

arrogancia de los participantes y el afán por llegar lo más cerca posible a ese sonido

que en una noche iluminada Sumo alcanzaba sobre un escenario. La peor parte se la

llevó “Superman” Troglio, que grabó todas sus intervenciones por separado,

resignando buena parte del pulso original que imponía en vivo. Las controversias y

los tironeos internos no afectaron el resultado final. Cuando el disco llegó a las bateas,

la colisión fue inmediata. Al frente de Sumo, Luca recuperaba para el rock argentino

varios años de atraso y dejaba constancia de su propio manual de supervivencia.

Reggae blanco con mueca prepotente, las derivaciones del punk como materia

evolutiva en la búsqueda de climas oscuros y actitud combativa, y los primeros

experimentos entre rock crudo y música electrónica eran meras herramientas de un

todo mucho más complejo que unía la idiosincrasia de un europeo fugitivo y sus

secuaces argentinos. Cinco tipos en estado de shock permanente frente al tornado que

dirigía una orquesta desquiciada.

Todos los integrantes de Sumo tuvieron su cuota de opinión sobre cómo debía

sonar el disco. De esa cazuela de ideas surgió un ruido tan real como imperfecto,

pero la conjunción de esos elementos significó una explosión de novedades. El eje

maestro que formaban Mollo y Arnedo dejaba lugar importante para el

expresionismo ruidoso de Germán, un hermano de ideas de Adrian Belew (aunque el

violero de Hurlingham nunca lo había escuchado). En esa misma línea intuitiva

aparecen los raptos esquizoides del saxo de Roberto Pettinato. Por detrás, como un

auténtico guardián del tiempo, “Superman” Troglio enderezaba todos los desniveles

de la muralla Sumo. Arriba, en lo más alto, el bravo clamor de Luca llamaba a

tomar las armas aunque la cadencia de un reggae sugiriera lo contrario.

Plagado de enigmas para la época, Divididos por la felicidad invitaba a descubrir

y perderse en su simbología oscura. La tapa mostraba una imagen tomada de la TV,

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en donde dos ballenas yacían en una play a. Según Luca, la imagen representa los

cuatro elementos: el sol (fuego), el cielo (aire), el mar (agua) y la play a (tierra). El

título incluy e más señales, como una cita explícita a Joy Division, la banda inglesa

que marcó el camino a las tendencias conocidas como after-punk y dark-rock. La

traducción imperfecta de “Divided By Joy ” tenía algo de apropiación criolla y

homenaje velado. El tema que la da título al disco guardaba sospechosos rasgos de

similitud con “ICB”, una canción de New Order, el grupo que nació como

consecuencia del final de Joy Division, incluida en su álbum debut Movement, de

1981.

“Nuestra primer baterista, Stephanie, era la novia del guitarrista de New Order

(Bernard Sumner). Eran todos de Manchester, y cuando Stephanie y yo hicimos ese

tema, su novio le dijo que le gustaba, y que si lo podía usar, y lo copiaron. Ahora como

lo tocamos nosotros es distinto. Pero esa época le dije que sí, porque me daba lo

mismo, yo estaba tirado en un piso en Londres”, señaló Luca a Gloria Guerrero en

una entrevista aparecida en la revista Humor en marzo de 1985. Stephanie desmintió

su relación con Sumner, aunque el tema de los New Order dedicado a Curtis

confirma la versión, al menos en unos cuantos compases: el comienzo de la batería

electrónica y las guitarras brumosas son idénticas, aunque en la versión de Sumo el

ritmo era mucho más acelerado. Las extrañas conexiones no terminan, porque la

letra de “Mejor no hablar de ciertas cosas”, escrita por el Indio Solari, sellaba la

alianza del under más insumiso y también la llave de entrada hacia un lenguaje de

frases cortas y el uso de la fonética.

Como en el arranque del disco debut de Roxy Music, álbum que Luca adoraba,

en Divididos por la felicidad también se escucha un cuchicheo de voces femeninas en

una fase previa a la fiesta, justo antes del estallido disco-funk de “La rubia tarada”,

una danza mala onda con crítica a la tilinguería autóctona y pasajes de vodevil

bizarro a cargo de Geniol. En cada escala reggae del disco, “Superman” Troglio

impuso imaginación y autoridad para no repetirse y destrabar así ritmos roots o

lanzarse como un pionero en las playas del dub. En “Mula plateada”, un ska con

rítmica tribal, asomó otro de los destellos vanguardistas de Sumo. “Debede” se

adelantó 20 años con su contagiosa mezcla de electro-disco-punk.

El disco azul de Sumo se transformó con el paso del tiempo en auténtico tratado

de estilo para el futuro del rock argentino.

Diego Capusotto: Ibas a ver a otra banda y al cuarto tema ya estabas hablando de

otra cosa, porque generalmente se tornaba mecánico. Con Sumo eso no te pasaba

porque había una presencia de sonido que era constante, algo muy intenso. Salías de

verlos como pasado por una experiencia con cierta vitalidad. No salías como uno

más que fue a entretenerse con un sonido durante una hora y media. No era

219


escaparse de ningún lugar sino encontrar lugares con un tipo de poética que tienen

pocos grupos. A mí eso no me pasaba con ningún otro. Claramente, Sumo es mi

grupo favorito de los 80.

Walas: A veces me pongo a pensar en quiénes son los que en los últimos tiempos nos

abrieron la cabeza para que seamos un poco mejores, un poco más tolerantes, piolas

y felices. Uno de ellos es Luca. Otros son Juan Castro, Fernando Peña, Federico

Moura… Personas que murieron y se convierten en mártires, una condición que

legitima más su mensaje. El tipo enfatizaba el respeto por el otro, por ejemplo. Por

ahí te decía cualquier barbaridad pero sin machismo, sexismo ni fascismo. Luca

venía de quilombos personales y del mundo en guerra, mientras nosotros estábamos

aprendiendo todo. Veníamos de sociedades fascistas. Entonces el tipo te decía: “No, a

tu novia tenés que respetarla”. Hay grabaciones en las que Luca está hablando de

rock y enfatizando la importancia del amor siendo un punk, no un hippie. Nos tiraba

consejos ideológicos y éticos que nos abrieron la cabeza. Muchos de los que ahora

son referentes aprendieron de ahí.

Palo Pandolfo: En mi caso, lo realmente importante en mi historia con Luca es mi

amigo Sergio Bondar. Con él hicimos Julio Madurga, donde Sergio cantaba y yo era

el bajista, como el segundón suy o, porque él siempre iba adelante. Antes de todo,

antes de hacernos siquiera modernos, Sergio y a era una figura muy importante para

mí, incluso para hablar de Luca. Con Sergio hicimos tercer año de la secundaria,

después él se cambió de colegio, pero éramos íntimos amigos. Pero, ¿qué pasa? Por

un lado, en el 79 y el 80 Sergio era de la juventud del IKUF, es decir, judíos

militantes de izquierda. Se afilió antes que nadie a la Federación Juvenil Comunista.

Digo esto porque Sergio murió en el 95 de Sida y, para mí, Luca y Sergio son parte

de la misma historia, porque Sergio era vanguardia y estaba un paso adelantado en

todo. Andar con Sergio siempre redundaba en peligro porque buscaba los extremos.

Él fue el primero que me habló de Sumo. Fue en el 83, me invitó al Einstein y no fui

porque me había puesto de novio con mi primera novia y andaba en el final de la

etapa hippie. Me dijo que era una banda que había que ver… Sergio me hizo

escuchar Residents antes de The Clash o Sex Pistols. Ese año no pude ver a Sumo

pero y a sabía de su existencia.

Diego Capusotto: En el rock siempre fue interesante la ruptura del discurso. Se

supone que siempre estuvo vinculado con tratar de modificar un poco la existencia

que nos es relatada. Hay algo del rock en confrontación con una narrativa que no nos

pertenece, que no nos interesa, que es la narrativa de la institución, la narrativa del

poder, lo que nos dice cómo debemos comportarnos. El rock siempre fue como un

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niño travieso que se escapa de esa fórmula. Cuando te encontrás que eso en realidad

es una declamación en un rockero pero también es parte funcional de ese discurso de

poder, cuando el tipo se convierte en un buen ciudadano o se preocupa por el éxito,

eso empieza a desvirtuar la posibilidad de encontrar un sonido, y también la

posibilidad de decirlo en una letra que confronte contra ese discurso del poder real,

digamos. Porque después ese rockero se convierte en un muchacho que solamente

quiere ir a la fiesta de Punta del Este… Bueno, ahí aparecía un tipo como Luca,

como un lobo que asustaba, que venía de afuera, pelado, y que daba un poco de

miedo.

Palo Pandolfo: Los vi por primera vez en La Alcantarilla y fue inolvidable. Un antes

y un después, como ver a Spinetta Jade en Obras en el 79. Son mojones en mi vida.

Años después, el primer show de Don Cornelio fue en el mismo lugar donde vi a

Sumo en el 84. Recién me había cortado el pelo y estaba haciéndome moderno. Ya

había escuchado, gracias a Sergio Bondar, Survival, de Bob Marley, Adam and the

Ants… Digamos que cuando llegué a Sumo y a tenía Marley, Residents, Sex Pistols,

Human League, The The, Propaganda, Ultravox… Estábamos en la vanguardia, y a

sabíamos que había que cortarse el pelo y ser modernos. Ese día, mientras

esperábamos para entrar con dos amigos, en la cola estaban Charly García con

Alfredo Toth… ¡Estaban yendo a ver a Sumo! Convengamos en que “Rap del Exilio”

y Sumo es lo mismo. Así que Charly afana en Sumo. Yo estaba ahí y lo vi… Ese día

en La Alcantarilla fue entrar y empezar a fluir, porque Sumo en vivo era tremendo.

Con mis amigos terminamos arriba de las sillas, en éxtasis. Eso era Sumo, entrabas

en éxtasis. Te llevaba a un lugar subconsciente, te sacaba del Yo, te pulverizaba el

ego, era un éxtasis religioso, como un trance, te contagiaba un trance rítmico y

oscuro. Sentí eso sin conocer un solo tema.

Gillespi: Mi noche iniciática en el mundo de Sumo fue en el 85, cuando estudiaba

Psicología en la UBA y tenía un compañero fotógrafo que me insistía todo el tiempo

con ir a verlos. “Vos tenés que escuchar Sumo”, me decía. Yo estaba tocando con

unos músicos de la Zona Norte de Buenos Aires, uno de ellos era Mex Urtizberea, y

teníamos un grupo que se llamaba Paiza. El bajista de ese grupo también me habló

de Sumo, especialmente del bajista, que parecía que era increíble. Al final, un día fui

a verlos y me encontré con una fauna que no sabía que existía. El lugar se llamaba

Chantecler y era un antro terrible, un cabaret al que le habían sacado las mesas. El

piso estaba completamente embarrado y mojado, supongo que por las bebidas que se

volcaban en el piso. Eso más el calor humano… Era un asco. Yo tendría 20 años y

era un pajuerano de Monte Grande que estaba en la facultad. Mi sensación después

de esa primera vez fue una mezcla de excitación, sorpresa y miedo. Bastante miedo.

221


Se mezclaba gente de todo tipo. Nosotros, que teníamos el perfil universitario, con

tipos con la cresta que se la pasaban escupiendo a todo el mundo. La primera vez que

los vi hubo riñas y el recital se interrumpió varias veces. Luca frenaba todo porque

tenía esa cosa de papito. “A ver los boludos que están peleando…”. Los que estaban

peleando parecían convictos de una prisión. Pero les hablaba Luca y era: “Listo, no

nos peleamos más”. Ejercía una influencia grande porque todo el mundo daba por

sentado que Luca las había pasado todas. Hablaba como la voz de la experiencia.

Mónica Stromp: Una de las grandes cosas que tenía Luca era que hacía las cosas y

punto. Subía al escenario y no cabía la duda. Lo hice como lo hice. Stop. No

importaba si estaba mal o bien porque era lo que era. Creo que él confiaba mucho en

que la gente vibraba con eso. Es, quizás, su logro más grande. No importaba si los

temas duraban 20 minutos, si se le rompía el micrófono o lo que fuera. Verlo era toda

una vivencia. En esa época, la del 83 en adelante, en el auditorio había unas ganas

grandes de dejarte arrasar… Estaba bueno dejarse llevar. Hay mucha gente que

vivió esos shows y que agradece a Dios haber estado ahí.

Diego Capusotto: Cuando Luca decía: “Estos pibes se hace los punkis pero en

realidad antes de tocar se maquillan” lo hacía con autoridad porque venía de afuera.

No lo conocía personalmente, pero seguramente que lo que decía era bastante real.

No parecía una postura de alguien que habla mal de otros para convertirse en un

propio personaje, al cual todos convocan para que hable mal de los demás, como si

fuera un actor o una actriz que va a un programa de chimentos. Luca era un

hostigador. No era un cascarrabias como puede serlo tu abuelo, al que y a no le llega

sangre a la cabeza porque y a tiene 80 años. Luca desmitificó todo un armado de

palabras, de acciones y de modismos. No me molesta que hay a alguien así, en la

medida de lo que haga esté bien hecho o con mucha contundencia expresiva.

Palo Pandolfo: Luca era como un chamán. Siempre lo describo como un productor,

porque es un chabón que vino a la Argentina a abrir puertas, con una misión rara. Los

padres vivieron en China… La suya es una historia épica, como un Dr. Zhivago. Vino

a abrir cabezas, amén de la drogadicción, que es un lado reprochable y una

influencia extraña. Pero al mismo tiempo es conocimiento por abismos, es Henri

Michaux, es Hoffmann, como un experimentador en el cuerpo químico. Su misión

era despertar el espíritu salvaje en una realidad argentina adormecida y masacrada,

donde habían fusilado a toda la gente sensible y vivíamos con miedo. Luca transmitía

valentía. Fue muy icónico para nosotros.

222


Gillespi: El show era una bestialidad. Primero porque tocaban a un volumen que no

se podía creer, pero sonaba cristalino. Cuando terminaban, la cabeza te quedaba

como una pandereta. Otra cosa que me gustaba era la puesta de luces. Eran casi

todas en contraluz, es decir que veías a las figuras recortadas de los músicos sobre la

luminaria, que estaba detrás del escenario. Eso generaba un efecto, cuanto menos,

psicodélico y narcótico. Entre el volumen y que no veías un porongo, te mataban. El

show empezaba acústico. Luca llevaba una guitarra acústica y tenía el pelo largo y

marrón. Cantaba una balada. Después se sacaba la peluca y ahí empezaba el

rock’n’roll. Esa primera vez que vi a Sumo quedé completamente magnetizado con la

imagen de Luca. En el último de los temas, se sentó en el borde del escenario con las

patitas colgando, dio el saltito y se metió entre la gente, que estaba enfervorizada con

los acordes finales de la canción. Pasó caminando y y o automáticamente me fui

caminando con él. No me quede viéndolo, una cosa muy extraña. Tenía la necesidad

de preguntarle cosas. Yo venía tocando hacía varios años con bandas, pero lo que

había experimentado era inédito. Cuando el show terminó, Luca salió del lugar

completamente solo, con una bolsa de supermercado en la mano, y afuera había un

grupito de gente. En la bolsa de ny lon llevaba la peluca, el hueso ese que tenía y no

sé qué más, y empezó a caminar por Corrientes, para el lado de Callao, y y o me

puse a caminar detrás de él, a una distancia prudencial de diez metros. Así hicimos

varias cuadras y a mí me quedaba como el orto porque tenía que ir para la 9 de Julio.

Dobló justo donde está el Ópera, el bar que está en la esquina de Callao y Corrientes,

hizo dos metros y se puso a esperar el 60 en la parada del colectivo. No me animé a

decirle nada porque Luca metía miedo. Me miró, como midiéndome con cara de

pendenciero, a los pocos minutos se subió al 60 y se fue. Yo me quedé en la parada

como un boludo.

Paula Menéndez: Luca vino a la Argentina para salvarse y buscarse un lugarcito en

el mundo. Jamás se le pasó por la cabeza la revolución que en cierta forma generó.

Había gente de mi familia que me decía: “¿Cómo vas a escuchar un tipo que canta

en inglés? No te das cuenta que todo lo que pasó en Malvinas…”. En alguna gente

may or flotaba toda esa historia. Pero a los que escuchábamos a Sumo eso nunca nos

importó. Lo escuchabas cantar a Luca y quedabas flotando en éxtasis, soñando,

pensando, viviendo eso que te estaba cantando… Era como que te arrullaba, y de

repente te despertaba con una sacudida, con algo explosivo. Luca tenía esa

bipolaridad entre la dulzura y la furia.

Diego Arnedo: Al principio, en Sumo no había un plan. Era todo un quilombo

anárquico. Terminaba de un ensay o y pensaba: “Esto no dura más que el sábado que

viene”. En los ensay os, más de una vez alguien decía: “Che, ¿nadie va a cambiar de

223


acorde?”.

Paula Menéndez: Yo escuchaba Pappo’s Blues y a músicos que eran de una

generación anterior a la mía. Me gustaba el rock’n’roll. Una vez, por casualidad, en

una salida nocturna alguien me metió en un reducto, que creo que era Zero Bar.

Tocaba Sumo y pensé: “¿Qué es esto? Es muy loco”. La gente que había ido conmigo

no pensó lo mismo, pero y o me dije: “No puedo quedarme con esto colgado, tengo

que hacer algo con lo que vi”. Ahí empezó mi seguidilla de ir a ver a Sumo, a

rescatar donde tocaban, algo que no era tan fácil de hacer. A partir de ahí mi

fascinación con Sumo se volvió casi religiosa. Yo era de Caballito, socia de Ferro.

Cuando íbamos al club con mi papá, entraba por la puerta de adelante y me iba por

la de atrás. Le decía a mi papá: “Me quedo acá en el club” y me escapaba. O

avisaba que me quedaba en la casa de una amiga pero me pasaba todo el fin de

semana y endo a los recitales en Paladium, La Alcantarilla o Jazz & Pop. Más

adelante conocí a los del grupo y me fui a Bahía Blanca con ellos. Me quedé en su

hotel y viajé en su micro… Yo era muy chica, me vestía con unas minifaldas

escandalosas… Para mí fue algo movilizador, porque engañaba a mi familia para

seguirlos. Nunca dejé de ir ni a un solo recital. Ni siquiera cuando ya estaba en la

universidad y tenía exámenes. Tenía una doble personalidad: por un lado era muy

estudiosa y aplicada, mi familia era divina, perfecta… Pero por otro lado tenía esa

necesidad de expresar cosas, que Sumo me las permitía.

Rolo: Vi a Sumo por primera vez en el Stud, en Belgrano, un lugar muy chiquitito, a

mediados del 84. Yo tenía 15 años, estaba con un amigo que me había convencido

para ir, pero todos los demás que estaban ahí tenían más de 30. Nosotros éramos dos

colados. Yo escuchaba Iron Maiden, me gustaba el fútbol, era un tipo diurno, y toda

esa gente me pareció muy rara. Eran todos artistas, punks con alfileres clavados en la

cara, muy pocas chicas que estaban vestidas bien dark, tipo The Cure. Yo estaba

parado en la puerta y entonces se me acercó alguien, me palmeó el brazo y me dijo:

“¿Qué pasa acá? ¿Qué hacés vos, estás de visita”. Le respondí: “No…”. Era un tipo

pelado, bien robusto. “Sos muy chiquito para estar acá, ¿qué estás haciendo?”. Lo

miré y le dije: “No, mirá, me dijeron que hay un grupo que se llama Sumo que está

buenísimo, que parece una banda de afuera, que el cantante canta en inglés o en

alemán”. “Ah, ¿sí?”, me dijo. “¿Y vos leíste a Borges?”. “¿¡Qué!?”. “Si leíste a

Borges”. “Eh, bueno”. Me respondió: “Yo me sé toda la biblioteca de Borges. No me

sé un libro solo: me sé la biblioteca entera. ¿Por qué no te vas a tu casa y te cultivás

the fucking mind?”. ¡Me mandó una puteada en inglés! “¿Qué hace el gordo este?”, le

pregunté a mi amigo, que y a había visto a Sumo antes. Pero se hacía el misterioso:

“Ya vas a ver quién es”. “Qué raro”, le dije, “la verdad es que esto está

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incomodándome. La gente es rara, viene uno que me manda a mi casa…”.

Entramos, y al rato salió Sumo a tocar en un escenario de diez centímetros de alto,

arriba de una tarima de madera muy bajita. Lo miré a mi amigo y le dije: “Ahí está,

es el gordo ese. ¿Es el cantante…?”. Enseguida, antes de empezar a tocar, un flaco se

paró entre medio de la gente y le sacó los anteojos a Luca. “Devolveme los anteojos,

hijo de puta”, le dijo. “No, sacámelos vos”, le respondió el flaco. “Bueh, le vamos a

dar igual…”. Arrancó el show y sonaba horrible, porque los equipos eran

lamentables. Acoplaba todo, una cosa terrible que te levantaba del piso. El punto es

que terminó ese primer tema y empecé a aplaudir, pero enseguida me di cuenta de

que era el único que estaba haciéndolo. Vi que Luca me miraba y me hizo un gesto

con el dedo, como diciendo “no aplaudas”. Cada vez entendía menos qué estaba

pasando ahí. Pensaba: “Le roban los anteojos a su supuesto ídolo, ese supuesto ídolo

me mandó a mi casa a estudiar, no lo aplauden… ¿Qué es esto?”. Fueron dos horas

de show y, cuando terminaron de tocar, Luca vino derechito hasta donde estaba y o.

Me encaró y me dijo: “Lo de ‘fucking’ es mentira. Pero andá a tu casa y estudiá. No

te creas esto”. Me fui de ahí con un miedo bastante grande. Nunca había visto a tanta

gente en ese estado. Llegué a mi casa completamente sordo y muy confundido. Ese

fue el primer contacto que tuve con Luca.

Claudina Pugliese: Yo era punk y sacaba fotos. También escribía la revista Vaselina

con Marcelo Pocavida y más gente. Un día, Marcelo Gasió, del Expreso Imaginario,

me dijo: “Vamos a ver a un grupo. Se llama Sumo y va a cambiar la historia. Lleva

la cámara porque no vas a olvidarte nunca de esto”. Realmente fue un flash. Después

de eso, varias veces nos sentamos a charlar con Luca en una mesa. No era diferente

de sus canciones. Nos contaba cosas que hacía, como estar mucho con los liny eras, y

siempre nos decía: “Ustedes no están despiertos. Tuvieron tantos militares, tienen que

despertar”. Estuve yendo a ver a Sumo un año y medio y después me asusté con las

drogas. Había mucha mezcla de alcohol y pastillas, algunos se picaban con jarabe

para la tos con vino, con lo que sea. Muchos terminaron mal porque las mezclas que

hacían les reventó el cerebro.

Rolo: Al domingo siguiente a ese show de Sumo, fui a la cancha a ver a River. Me

acuerdo que no escuchaba bien, la gente saltaba y cantaba, pero la potencia del show

me había dejado perturbado. El lunes siguiente fui al colegio, me senté y me quedé

mirando todo, como colgado. Vino uno y me dijo: “¿Estás bien vos?”. “Sí, lo que pasa

es que vi un ovni…”. “¿Cómo que viste un ovni?”. “Sí, me llevaron a ver un

grupo…”. “¿Cómo se llama?”. “Sumo”. “¿Sumo? Y y o resto, boludo”, me dijo

cagándose de risa. Me cargaban porque en ese momento el furor eran Los Abuelos

de la Nada. Después de ver a Sumo por primera vez pensé: “Esto no se repite, hay

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que aprovecharlo porque es único”. A partir de ahí, durante los cuatro años siguientes,

fui a ver todos los shows que pude. El aspecto de Luca daba miedo. Pelado, con los

anteojos negros… Él me contaba que usaba todo eso como una coraza para

defenderse. “Yo mato una arañita y lloro, pero lo tengo que utilizar, es un poder que

tengo que utilizar”, me decía.

Claudina Pugliese: Sumo sonaba muy fuerte, con mucho swing, porque Diego era

impresionante. Yo me hice bajista por Diego. Lo vi tocar y dije: “Quiero tocar ese

instrumento”. Me partió la cabeza.

Alberto “Superman” Troglio: En la primera época no usábamos sonido… Yo le

pegaba fuerte a la bata y listo. Luca me decía “Brazos de algarrobo” por los

músculos. Era un sonido medio ordinario y caótico. Cuando ya teníamos un billete,

nos garpaban o podíamos pagar el sonido o lo vinculaban con el caché, ahí sí que

sonaba el grupo. Pero al margen de eso, que es una parte técnica que tiene que ver

con la electricidad, en el escenario Sumo siempre fue algo caótico. Yo estaba sentado

en la batería, como en la torre de un castillo, encima de una tarima y lo veía a Diego

con el bajo, a Pettinato jodiendo, a Luca que se agarraba a piñas con Mollo

ficticiamente, o a Luca que se iba del escenario y nosotros seguíamos tocando y nos

mirábamos…

Paula Menéndez: Yo experimentaba una alegría muy profunda cuando iba a los

shows de Sumo. Me llenaba de felicidad verlos. Cuando me volvía a mi casa el lunes,

estaba toda la semana llena, y el fin de semana ya necesitaba otra dosis de mi

“droga”. Sumo era el motor de mi vida, de cierta manera. Con el tiempo me gustaba

participar tanto en la confección de una lista para un show como entrar y salir del

camarín, estar en la previa o hacer cualquier cosa con ellos. En las pruebas de

sonido, a veces intervenía como si fuera músico: “Eso estuvo bien, aquello no”… Lo

increíble es que ellos me escuchaban y me apreciaban. Diego siempre me quiso un

montón, por ejemplo, Ricardo también. Festejábamos todos mis cumpleaños con una

torta que y o llevaba, le decían la “la torta Paula”, porque hacía siempre la misma. Si

el fin de semana de mi cumpleaños Sumo tocaba en Temperley, por ejemplo, ahí iba

yo con mi torta para festejarlo con ellos.

Fernando García: Yo había leído La muerte joven antes de escuchar cualquier cosa

punk y y a me imaginaba qué podía ser. Después encontré un reportaje a Luca y a

Arnedo en “Las páginas de Gloria” de la revista Humor. Luca hablaba de Van der

Graaf, y cuando leí eso… Yo me sentía absolutamente solo escuchando rock con

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consciencia de cultura rock. Eso ya implicaba un corte con mucha gente en esa

época. No era lo más común, digamos. Estaba muy solo, como dentro de la subsecta.

Entonces alguien hablaba de Van der Graaf y decía algo del punk. Pensé:

“Tengo que ver esto”. No conseguía quién me acompañara, además. Fui con un pibe

que no tenía nada que ver, porque era blusero. Yo tenía el pelo largo, pullover

peruano, pantalón medio acampanado, el cinto ese que se usaba medio mapuche que

estaba de moda, bastante hippón. Fui a ver qué pasaba con este grupo que nombraba

a Van der Graaf. Además leía la Expreso Imaginario y sabía que Pettinato tocaba.

Los vi en el Stud Free Pub y fue un shock absoluto. En ese recital hubo una parte

acústica en el medio, Luca solo con la guitarra, y debe haber cantado alguno de los

temas que después salieron en el disco de Timmy, alguno de esos que hacía en

Córdoba. Salía del acústico con “Teléfonos que suenan en habitaciones vacías”. No sé

cómo me animé y le dije algo tipo: “Sos Hammill”, o algo así. El chabón paró y me

miró durante un segundo que para mí fue una eternidad. Paró de rasguear y arrancó

de nuevo. Fue un antes y un después para mí.

Paula Menéndez: Yo iba a todos lados vestida de una forma superprovocativa, era

grandota, tenía el cuerpo de una adolescente bastante llamativa para ese momento…

Pero había una cosa muy fraternal, familiar, de muchísimo respeto. Siempre me

sentí cuidada por ellos. Siempre estaba bailando arriba del escenario, o al costado, y

generalmente Luca me dedicaba algún tema o en la mitad del recital empezaba a

gritar: “¡Paaaaaaaaaaaula!”. Me ponía toda colorada, bailando con mis minifaldas.

La gente pensaba que era parte del show. Siempre me respetaron muchísimo, por eso

creo que los amé tanto. He ido ver a muchos de los otros grupos que me gustaban en

su momento, pero no existía nada parecido y nunca sentí algo similar hacia mí. A

Luca le gustaba charlar y conversar de muchísimas cosas a la vez. Nunca te hacía

sentir que su tiempo se estaba terminando ni que se tuviera que ir. Se enganchaba

hablando con vos y para él eras igual o más importante que cualquier otro.

Bobby Flores: Yo pasaba música en un lugar que se llamaba El Depósito, que estaba

en la calle Cochabamba, en San Telmo. Ahí venían unos pibes de La Plata que se

llamaban Las Violetas, que después fueron los Virus. Sumo tocaba mucho ahí, y lo

que más me llamaba la atención de Luca es que antes del show él estaba con la

gente. A veces, muchos no sabían quién era porque lo veían tomando algo en la barra

o sentado en una mesa. Después te dabas cuenta de que era el mismo tipo que subía

al escenario y eso no estaba muy visto. Me parece que a Luca le gustaba saber hasta

el fondo para quién estaba tocando. Tenía eso de mimetizarse con el público para

lograr que el público hiciera lo mismo con él.

227


Fernando García: De los shows de Sumo me acuerdo detalles raros, como unos

tipos con botellas ofrendándole vino a Luca, que era como el Gauchito Gil de la

gente. Le daban las botellas y él tomaba como si fuera un animal del zoológico al que

le tiran cualquier cosas y agarra todo. Yo venía de ver a Spinetta, que era como un

dios, a Porchetto, a Piero con Prema, a Charly en Necochea, a Los Abuelos de la

Nada en el Ital Park… Salvo Kamikaze, de Spinetta, que lo escuchaba más para

socializar que porque me gustara, en ese momento no me atraía el rock argentino. Mi

escuela eran los discos anglo. Entonces claro, aparece Luca con la máquina esa de

ecos con cinta abierta y fue una cosa… Sumo sonaba muy bien. Vi pocas cosas

mejores en vivo.

Paula Menéndez: Luca fue el primero en enseñarme un montón de cosas. Me habló

del punk, de lo que era todo eso, me hizo escuchar cosas que no conocía. Le

encantaba que y o ley era. No me recomendaba libros directamente, pero de repente

me preguntaba: “¿Leíste tal cosa?”. Cuando me decía eso, corría inmediatamente a

buscarlo. Me decía: “¿Leíste a Jack Kerouac?”. Apenas me lo decía y o ya estaba

buscando En el camino, lo conseguía y me ponía a leerlo. Todo eso que él me

mencionaba era siempre buenísimo.

Rodrigo Espina: Teníamos charlas de melómano. Sobre música, cine, Castaneda.

Esa era la base de mi relación con Luca. También me ayudó mucho con miedos que

y o tenía. Hoy eso me pasa con Andrea. Son esa clase de amigos con los que nos

pasamos seis horas hablando de toda la filmografía de John Cassavetes, de

Bergman… Con Luca hacíamos eso. Desde que teníamos un mismo disco rayado, en

el mismo tema, en el mismo lugar. Hablábamos mucho sobre música.

Fernando García: Cuando después de ver a Sumo escuché Joy Division redondeé el

concepto. Lo que pasa es que Sumo era postpunk pero con la voluptuosidad de Led

Zeppelin o The Who. El es flaco, tiene sea cosa austera, y Sumo era muy caliente.

Mollo tocaba, si bien ahí estaba un poco reprimido por los efectos, mediado por esa

pedalera que tenía. Arnedo ni hablar… Superman también tocaba muy bien y Luca

era una cosa… Lo veías y todo lo que tenía puesto era una camisa de Little Stone lila,

a rayas, un pantalón tipo militar con bolsillos y una campera de cuero hecha mierda

arriba… Yo vi eso y me compré esa ropa, la misma camisa, el mismo pantalón y a

la semana me había rapado, como el de Los profesionales. Después de ver a Sumo

era otra persona. Cambié totalmente, hice como una inquisición acá, vendí muchos

discos que había comprado, como los de Yes. Me quedé con lo mínimo indispensable.

228


Rolo: La primera vez que me crucé a Luca por la calle le hice la pregunta más

estúpida que pude haberle hecho. Lo paré y le dije: “¡Luca! ¿Cuándo tocan?”. Me

respondió: “¡Qué sé yo! ¿Ves esto?”. Estuvo media hora hablándome de recetas de

cocina y de cómo se hacía un buen pescado. “Qué pregunta boluda… ¡Qué sé yo

cuándo tocamos! Fijate en el diario…”.

Carlos “Aspix” Giustino: No sé si hay muchos que puedan compararse con Luca

como frontman. La actitud que tenía era algo nunca visto.

Sergio Rotman: No me impresionaba tanto Luca como líder de escenario. No lo

revalorizo como el gran frontman. Para mí, en esa época, Fidel le pasaba el trapo

cien veces. Lo que pasa es que el pelado era un gran cantante y un gran compositor.

A mí nunca me cambió mucho la mano la remera rota, la botella de ginebra, no me

gustaba eso. De hecho, eso era lo que me separaba de Sumo. Lo que sí creo es que

hay una versión totalmente errónea de lo que era Sumo en vivo. Creo que lo mejor

del pelado era su lírica, su poder de composición y su grandeza como cantante. Pero

nadie habla de eso. Lo del frontman, con la botella de ginebra, para mí fue lo que lo

mató. Cuando Luca tenía sus efectos arriba del escenario, que fue la época en que yo

seguí a Sumo, era realmente increíble, como ver a Joy Division.

Alfredo Rosso: Luca era un muy buen letrista. La poética de “Teléfonos que suenan

en cuartos vacíos” es de la ostia, una letra que podría haber cantado cualquier gran

cantautor inglés de los 70. Si hubiera tenido una buena editorial en Inglaterra, algunos

de sus temas podría haberlos cantado algún otro intérprete. Podría haber hecho

algunos mangos como derechos de autor. “Telephones Ringing In Empty Rooms” es

un temazo.

Alberto “Superman” Troglio: Luca tenía fugas mentales que estaban buenas. El tipo

te decía: “Que la chupen”. O el famoso “Fuck you”. Ahora cualquiera que te putea

te grita: “¡Eh, la puta que te parió!” y pone el dedito. Eso lo trajo Luca. Lo usa hasta

Lanata, que es un boludo.

Diego Tuñón: Como cantante era espectacular. Tenía algo muy parecido a Ian Dury.

Sumo es igual a Ian Dury And The Blockheads. Recién ahora me doy cuenta. Ian

Dury fue el que me dio el switch de “quiero ser músico”. Me pasó con él a los nueve

o diez años, lo escuché y pensé: “Quiero este mundo”. Hace poco vi un show en la

tele, su actitud, y era Luca. Incluso tiene un Pettinato, si te fijás. Tiene hasta la figura

controversial de un saxofonista como Pettinato, digamos. La estructura de Sumo es

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muy parecida a la de The Blockheads. Los vestuarios también son parecidos. No me

refiero a que Sumo haya sido una copia, porque a veces las cosas suceden al mismo

tiempo.

Fernando Noy: Luca tenía una voz alucinante. Era incomparable. Estaba marcado.

Se veía que era alguien que sustraía, que te sacaba de cualquier malestar y te llevaba

a un éxtasis. Era un mago, un chamán… Era un genio. Un poeta clarividente.

Sergio Rotman: Como cantante me hacía acordar a Peter Gabriel, no sé por qué. No

tenía ningún aura de intelectual ni era un tipo de andar corriendo el escenario como

Morrison. Luca no era un rockstar sino un pelado que cantaba bastante cerrado.

Vicentico le copió todo a Luca. Después, con el correr de los años, fue perdiéndolo.

Pero si ves los primeros videos de Los Cadillacs no hay un tipo más parecido a Luca,

sobre todo en lo que Luca representaba.

Alfredo Rosso: A Luca le gustaban los Doors y Echo And The Bunnymen, dos

grupos con cantantes de voz profunda. Además, él tenía un gran caudal vocal. No me

extrañaría que le gustase Frank Sinatra. Jim Morrison era un admirador declarado de

Frank Sinatra, Ian McCulloch era fanático de Morrison, así que por extensión… Era

un gran cantante y también letrista enorme, un poeta consumado. El mito de su vida

quizás lo oscurece todo. Pero más allá de la leyenda de Luca, no hay que olvidarse

de que era un talento, y no siempre el talento y el mito van juntos. Sid Vicious, por

ejemplo, es solamente un mito. Luca fue las dos cosas.

Gloria Guerrero: Sumo en vivo era demasiado fuerte. Cualquier cosa que pueda

decir parece un lugar común. Pero yo nunca había visto una explosión así en mi vida.

Los veías y por más que no te gustara no tenías por dónde darles, cuando a los demás

sí. Podía no gustarte, está bien, pero como mínimo te quedabas helado. Había fuego.

En algún punto, Los Redondos también tenían esa carga y por eso compartían

público. En su momento, cuando Fito tocó Ciudad de pobres corazones fue algo

parecido, pero tuvo que pasarle lo que le pasó…

Fernando García: Los Redondos estaban acá, mientras que Sumo estaba en un lugar

entre Inglaterra y Marte, esa era la diferencia. Luca cantaba muy bien, tenía un

dominio total del escenario, las cosas que decía entre tema y tema, y si le decían

algo contestaba y siempre se armaba.

Daniel Molina: Sumo era muy potente, tenía una base de bajo que la hacía única.

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Sobre ese sonido denso estallaba la voz de Luca. Lo que me llamó la atención es que

Luca parecía chiquito, flaquito, frágil, pero la voz llegaba desde el infinito y ocupaba

todo el universo. Era un actor de la voz más que un cantante.

Lalo Mir: Luca era salvaje, candoroso y muy querible, tierno, todo a la vez. Puede

parecer una contradicción, pero no lo era porque él era así: imprevisible. Se le subía

a cococho al que estaba tocando, casi siempre a Mollo, y andaban los dos dando

vuelta por el boliche, el tipo tocando un solo y el otro pegándole en la cabeza. Nunca

se había visto una cosa así, era amor-odio: “Te pego pero te estoy abrazando”. Eso

era Luca. Mucho contacto físico en una época en la que no nos tocábamos tanto.

Mario Breuer: En vivo, Sumo era la verdadera aplanadora. Obviamente, la

responsabilidad más fuerte de la aplanadora la tenía la base y de ahí que a los

Divididos se les dice “la aplanadora del rock”. Era fuertísimo verlos, una usina

vibrando.

Claudio Kleiman: Se sentía dueño de la escena y cantaba increpando al público. Era

su manera de provocar. Se acercaba al borde del escenario y les hablaba a uno o dos,

dirigiendo el tema, pero haciendo eso en realidad les hablaba a todos. En lugar de

dirigirse al público en general, de repente se centraba en uno. Eso te conmovía

porque vos veías cómo lo estaba afectando al pendejo ese al que increpaba. Tenía un

rebote muy especial. Era como Nick Cave, un tipo que venía más o menos de la

misma escuela. De hecho, The Birthday Party tiene bastante paralelo con el primer

Sumo.

Germán Daffunchio: El periodismo que se enganchó con Sumo fue el periodismo

culto, que tiene mucha música escuchada, que está harto de tanta chatura y tanta

mediocridad. Encima Luca era un tipo culto, no era un chabón cualquiera. Una vez

estábamos en una parada de colectivo y él tenía unos anteojos que eran de soldador.

Estábamos parados y no sé qué chiste hizo, algo con eso de “qué hacé, boludo”,

como siempre cuando se ponía a hacer chistes. Al lado nuestro había dos viejas, que

lo miraron y le dijeron: “Usted es un maleducado”. “Maleducado, ¿y o? Dígame

usted cuál es la capital de Afganistán”. Las viejas se quedaron petrificadas. “¿Es

Kabul, señora? ¿Quién es entonces el maleducado, ¿usted o yo? Usted es la

maleducada”.

Claudio Kleiman: Luca me miraba con recelo. Creo que era recíproco. Nos

mirábamos mal, pero a mí me gustaba lo que hacía. Me acuerdo muy

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específicamente de algo que pasó en un recital, después de un show fantástico en

algún lugar de Palermo Viejo, puede haber sido en La Luna, o en alguno de esos

boliches donde tocaba Sumo. En esos recitales todo el mundo hacía pogo, el público

se caía todo el tiempo, te agitaba, y yo nunca fui a hacer eso. Iba, miraba y lo

disfrutaba igual, a mi manera. Esa noche, Luca se me acercó después del show y me

dijo algo así como: “Kleiman, el hombre que está afuera…”. Le respondí: “Bueno,

sí, pero estoy acá”. A partir de ahí fuimos acercándonos de a poco. No voy a decir,

como hacen tantos, que Luca era amigo mío. Pero sí que lo apreciaba muchísimo y

que sé que él también a mí. Muchas veces me dijo: “Che, hagamos una nota”. Era él

el que me pedía que le hiciera notas. Compartimos unas cuántas cosas.

Alfredo Rosso: Daba la impresión de ser un tipo campechano que sabía mucho pero

que no te lo refregaba por la cara. Era un tano romano educado en Escocia y

conocía todas las afectaciones de los británicos. ¿Qué ibas a venderle? Sumo,

además, tenía una toma de posición, no había duda de eso. Luca, en cierto sentido,

fue un tipo ciertamente comprometido con las luchas de su generación. Lo que pasa

es que tampoco era inocente ni naif. En ese sentido, es una pena que no se hayan

conocido más con García, porque tenían mucho en común. García es un profundo

idealista. Por eso está como está y quedó como quedó, porque se puso el país al

hombro, de alguna manera. Es como El hombre ilustrado de Ray Bradbury, que tiene

el país tatuado en la piel. Luca, de alguna manera, es lo mismo. Hizo un curso rápido

de argentinidad, le sumó el bagaje que tenía encima y llegó un momento en el que

no dio más. Creo que expresó mucho de eso en el primer disco y en el último, que

son los que más me gustan.

Diego Arnedo: Cuando hicimos el primer disco, Divididos por la felicidad, toqué el

tema “Divided By Joy” con el bajo Höfner. Era un bajo que, de la mitad del palo

para arriba, directamente no afinaba. Entonces, cuando escuché la toma le dije a

Luca: “Che, este bajo desafina, tenemos que buscar otro”. Me respondió: “¿Estás

loco? Dejalo así”. Es una disonancia que está grabada así. No se fijaba en eso porque

él estaba mirando otras cosas, más profundamente, sumergido en otro lado. De

hecho, ahora lo escucho y pienso: “Qué bueno que quedó así”.

Germán Daffunchio: La historia para empezar a grabar un primer disco de Sumo

fue tediosa. Muy difícil. Daniel Grinbank, cuando escuchó Sumo, dijo que no existía.

Que era una banda imposible para la Argentina. Para nosotros fue un golpe tremendo

porque no teníamos cabida, había una barrera, ninguna compañía de discos nos veía

como un negocio.

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Alfredo Rosso: La llave del éxito de Sumo es Walter Fresco. Él hizo firmar a Sumo,

le consiguió el contrato, manejó las grabaciones y trató de hacerle la vida un poco

más fácil.

Walter Fresco: Mi interés por Sumo nació un poco por el reggae, porque primero

fue mi gusto personal. Hablaba de Sumo y de La Hurlingham Reggae Band con

Alfredo Rosso. Debo haber visto unos 60 shows de Sumo a lo largo de esos años. Una

noche fui a a un auditorio que estaba en Tucumán y Florida, en un subsuelo. Pagué

mi entradita, como hacía siempre, me quedé hasta el final, y cuando el lugar se

vació fui para el lado de los camarines. Ahí me encontré con Timmy MacKern, que

muy amigablemente me preguntó: “¿Y vos quién sos?”. “Mirá, yo trabajo en una

compañía, quería hablar con ustedes…”. Me dieron un poquito de vueltas y empecé

a charlar con ellos. Ya conocía a Pettinato porque trabajaba en el Expreso con

Alfredo y venían a buscar material a la compañía. Había estado en su departamento

de Avenida de Mayo escuchando a Zappa y grabándonos música. Pero era el único

conocido que tenía. Después de esa noche, hicimos otra y firmamos enseguida. Fue

rápido.

Germán Daffunchio: Antes de Walter Fresco, tuvimos nuestros propios intentos. Con

Timmy nos rompimos el culo yendo a todos lados. Una vez apareció un productor

que se llamaba Rota. Su gran chapa era que había traído a Queen a la Argentina. Era

un productor groso, el manager original de los Shakers. Nosotros compramos, como

los indios compraron espejitos: “¡Vamos a hacerlo!”. El tipo vivía en La Reja, cerca

de Moreno. Con Timmy nos íbamos hasta ahí para hablar con él, ver qué íbamos a

hacer, cuándo íbamos a grabar… Luca nunca se metió en esas cosas porque

confiaba en nosotros. En un momento, este Rota iba a hacer un festival de rock

enorme en Luján, que después terminó prohibiéndose. La cuestión es que un día nos

dijo: “Vamos a hacer una prueba. Vamos a grabar en los estudios de Francis Smith”.

Era una prueba para una compañía, donde te agarraba un cazatalentos y te decía:

“Te doy tres horas en tal lugar, a ver, grabame un tema…”. Después lo escuchaba y

decía: “Me gusta/ No me gusta”. Fuimos y grabamos “La rubia tarada” y … una

versión reggae de “Cambalache”. Es como la historia de las Leyes del Rock, ¿no?

Esas cosas típicas cuando arrancás, cuando entrás en una meseta y parece que no

hay salida. Cuando cada uno empieza a decir: “No, lo que pasa es que estamos

haciendo mal esto” o “No, cantemos un tema en castellano”. Pensamos: “Le

mandamos ‘La rubia tarada’ y ‘Cambalache’. ¡Es un éxito asegurado!”. La idea de

grabar “Cambalache” tiene que haber nacido de Pettinato… Como diciendo:

“Hagamos un hit”. Como sea, me acuerdo que pensamos: “Por ahí podemos fusionar

el tango con esto, el folclore con el rock. Sí, transformemos un tango en reggae”. Esa

233


versión de “Cambalache” era un sacrilegio. Encima Luca habla de Maradona, como

que formaba parte de eso. Obviamente, el cazatalentos nos dio una patada en el culo

y nunca pasó nada.

Timmy MacKern: Eso de “Cambalache” fue cuando estábamos haciendo un demo

para CBS. Lo hicimos con un tal Rota, que estuvo con lo de Queen en la Argentina y

había trabajado en no sé qué compañía en Buenos Aires con los Shakers. Eso era su

gran movida. Tenía un puesto alto en una discográfica y nos consiguió para hacer

estos demos. Los hicimos y ellos lo rechazaron. No era lo que estaban buscando.

Diego Arnedo: Puede ser que los dueños del negocio del disco hay an dicho: “Si los

otros grupos cantan todos en castellano, se les entienden las letras, tienen un público y

son de acá, ¿por qué estos cantan en inglés y no se les entiende nada?”. No sé cómo

fue que a Walter Fresco se le ocurrió grabarnos… Algo habrá visto, supongo que fue

el reggae como concepto de lo más vendible. Es más, nosotros incluimos reggae en

el primer disco porque había una necesidad de hacerlo.

Timmy MacKern: El que lo convenció a Walter Fresco de firmar el contrato fue

Pettinato. Pero Fresco se anotó como productor artístico. Igual, el primer contrato de

Sumo lo firmé yo. A los músicos no les interesaba, había mucho desinterés de la

banda. Para el segundo contrato se dieron cuenta y querían firmarlo ellos, pero en el

primero, que era muy informal, no les importaba. Para ellos era más fácil que

firmara y o porque se desligaban de todo.

Walter Fresco: El productor artístico de Divididos por la felicidad fui y o, aunque…

Se grabó en los estudios de CBS, que estaban bien, aunque tampoco eran ninguna

maravilla. Eran decentes y más para una banda de la que no se sabía si funcionaría o

no… Me dieron la derecha para hacerlo, pero no estaba firmando a Pimpinela, que

sé que va a vender. Sumo era una apuesta. Yo proponía canciones que me parecía

que tenían que estar, sobre todo después de haber visto tantos shows, porque y a tenía

una idea. Les decía: “El disco es por acá, es este conjunto de canciones”.

Germán Daffunchio: Para nosotros, Walter Fresco fue casi un milagro. Una

salvación. Nos defendió dentro de la compañía de discos, éramos su hobby, su grupo

preferido, la banda que él había descubierto. Si estabas un poco adelantado a la

media mediocre argentina, te dabas cuenta de que Sumo era una bomba. Había algo

que se había desarrollado a través de los años, con tantos shows, que era muy real.

Mucho más real de lo que quizás los propios músicos de Sumo vimos o tomamos

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conciencia en su momento.

Walter Fresco: Se grabó todo con el mismo técnico, Luis Brozzoni, que era uno de

los dos técnicos fijos del estudio. Luca no era cerrado, pero sí poco comunicativo. Lo

que no quita que era buena gente y que nos llevábamos bárbaro. Venía y hacía lo

suy o. “Hola, loco”. Se metía en el cuartucho donde tenía que cantar y tiraba la voz.

En ese disco no hubo problemas, fue una situación inmejorable. No era una banda de

desquiciados que te hacía quilombo en el estudio. Fue todo muy distendido.

Diego Arnedo: El técnico de esa grabación fue Luis Brozzoni, porque trabajaba fijo

en los viejos estudios de CBS. Estábamos supeditados a un horario, pero muy

entusiasmados. El concepto de la mezcla estaba muy relegado y en ese momento

más todavía. Pero sabíamos que estábamos grabando un disco y eso era mucho.

Walter Fresco: Ellos eran raros y conmigo se sintieron cómodos. En cualquiera de

las multinacionales o empresas que había, la gente iba a laburar de saco y corbata.

Yo era pendejo, manejaba Internacional pero iba a la oficina en remera. Todos los

demás iban de traje y te caía Pettinato vestido con el mameluco y Luca entraba

descalzo o en ojotas… En esa época te ponías un auricular en la cabeza y eras un

marciano porque ibas por la calle con un walkman… Sumo era una gran banda pero

tenía un gran quilombo desde lo grupal, porque no todos opinaban lo mismo. Pettinato

quería una cosa, Mollo quería otra, Arnedo quería otra. El único que no hinchaba las

pelotas era Luca… Después fuimos poniéndonos de acuerdo. En ese primer disco y o

tenía un poquito la batuta, pero ellos también. De alguna manera, éramos todos tan

novatos… Ellos siguieron el tren, lo cual es comprensible. Nos juntábamos en el bar

que estaba en la esquina para planear cada paso, definir los cortes de difusión, qué

temas mandábamos al Interior para difusión… Era difícil difundir los temas en inglés

porque en las radios casi no sonaba música anglo. Fue una época rara, pero también

habrá sido el momento ideal para que pase. Las cosas se dan cuando se tienen que

dar.

Germán Daffunchio: Walter Fresco consiguió el contrato, el acuerdo era que debía

ser el productor del disco, pero le faltaba experiencia. Tenía muy buenas intenciones,

y te decía: “Para mí, ese tema tendría que estar sonando así…”. Te ponía un disco de

otro y le respondíamos: “Perfecto, ¿ahora cómo se hace?”. Porque es todo una

escuela. Con los años aprendés a grabar y te das cuenta de todo, pero en ese

momento no. Había buenas intenciones pero mucha inexperiencia. Hicimos algo que

sigue siendo la cosa más absurda que hizo Sumo: grabamos toda la batería separada.

235


Primero el bombo, después el tambor, después el… Una cosa de locos, no sé cómo

Alberto pudo hacer eso. Hay una secuencia que es muy graciosa con respecto a eso.

Estaba la batería, al lado había un piano de cola, y nosotros rompiéndole las bolas al

técnico. “¿Sabés lo que pueden hacer ustedes?”, nos dijo. Puso un Newmann, un

micrófono de la puta madre, arriba de las cuerdas. “Cuando les diga, aprieten las

teclas para que quede liberada”. Entonces, la cuerda vibraba con la batería y esa

vibración de la cuerda se agarraba por el micrófono. Una locura total que no sirvió

para nada. Pobre Superman… Hay una parte de la música, que es el sentimiento que

ponés. En ese formato, separando todo, es imposible que eso se conserve. Además

aparecieron, por primera vez, las baterías electrónicas. “Divided By Joy ” y varios

más tienen máquinas.

Mario Breuer: Había visto a Sumo en vivo dos o tres veces. Cuando estaban

haciendo su primer disco, recibí un llamado de Roberto Pettinato, a quien y a conocía.

Yo estaba grabando o mezclando en Panda y sonó el teléfono. Era Roberto:

“¡Negrito, Negrito! ¡Tenés que salvarnos! Estamos en la puerta del disco más

significativo del rock nacional de la historia y acá hay una sarta de sordos hijos de

puta que van en contra de esto que está pasando. ¡No sabés el disco que grabamos!

Pero los tipos que me pusieron a mezclar no entienden nada”. Le dije: “Roberto,

tranquilo, tranquilo. Esto no es fácil, por ahí tienen que mezclar dos o tres temas hasta

que empiecen a entender qué es lo que buscan”. Me respondió: “Estamos hace diez

días, todo lo que hicieron hasta ahora es un desastre. Voy a explicarte una cosa a ver

si entendés con quién estoy trabajando. Sabés que los saxos me gustan procesados y

como en esta banda todo el mundo procesa y o también quiero lo mismo. Porque

Germán le pone delay a todo, el pelado también… Entonces me diseñé un solo y le

expliqué al técnico que quería que vaya a dos delay, que uno de los delay pase por un

chorus, que el otro delay vaya a una cámara, que la cámara tenga una repetición,

¿ok? Quiero que todo eso arme el sonido del solo. Le expliqué todo esto y el tipo se dio

vuelta cara de pajarito y me dijo: ‘¿Entonces lo querés con más cámara o menos

cámara?’. ¡Le explico y el tipo no tiene la más puta idea de lo que le estoy hablando!

¡Son aparatos que tiene al lado suyo! Me constesta: ‘No, ese aparato no anda’. No, no

es que no anda. ¡Es que no lo sabe usar!”… Lo escuché y después le dije: “Mirá,

Roberto, para mí no hay honor ni lujo más grande que ir y mezclar este disco. Pero

dudo mucho que la compañía permita que un ingeniero no residente se ocupe del

trabajo. Preguntales. Si te dicen que sí, nos juntamos y me voy saltando en una

pata”. Yo me tiraba a cada pileta… Porque meterme en un estudio sabiendo que todo

el mundo iba a mirarme como el culo, para trabajar con equipos que no había usado

nunca… Yo siempre voy para adelante, pero había una cuestión burocrática en el

medio, una política de empresa que no podía saltearse. Sacaron el disco y

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efectivamente fue uno de los discos más significativos del rock nacional…

Diego Arnedo: Para nosotros, Divididos por la felicidad era la emoción de tener un

disco publicado. Fue más grande la alegría de haber podido grabarlo que la

disconformidad de las mezclas, esas cosas con las que nos enroscamos los músicos,

eso de “poné más fuerte esto y más bajo aquello”. La conmoción máxima fue poder

llevar a un disco todos los ensay os, los shows y la artística de Sumo. Ahora lo

escucho y me parece que está buenísimo. Pienso en lo que pasó y me parece que las

cosas hechas de esa manera son irreemplazables. Era Sumo en un estudio. Sumo en

un bar. Sumo en un ensay o. Como una mezcla de caos organizado.

Walter Fresco: No era que y o quisiera grabarles determinados temas y otros no, ni

que los obligué a grabar un tema en español, no. Se hizo un consenso con un tipo que

está laburando dentro de una compañía y nos pusimos de acuerdo en lo que parecía

que era más potable. Ese consenso incluía el reggae, que personalmente sí me gusta

y también incluía un bagaje de temas. Volvimos a grabar “Heroin”, por ejemplo. Se

hizo una selección de su pasado inmediato, que era Corpiños en la madrugada, se

agregó material nuevo y de ahí salió Divididos por la felicidad. Además estaba la ley

que obligaba a las radios a poner un 25% de temas en español. Así que no era tan

fácil promover las cosas en inglés. Pero en el disco se laburaron todas las variantes.

Lo que pasa es que evidentemente, como buen país en el que se habla español, lo que

primero funcionó radialmente fue en castellano: “Mejor no hablar de ciertas cosas”,

“La rubia tarada” y después se colaron otros como “Disco Baby Disco”…

Germán Daffunchio: Durante la grabación, Luca delegaba mucho. Sumo tenía

conceptualmente un sonido, pero no sé si alguna vez llegamos a concretarlo. Hay

aproximaciones, en algunos temas y cosas que lamentablemente se han perdido

porque nunca acostumbramos a grabar.

Diego Arnedo: En Divididos por la felicidad, la idea era grabar lo que éramos. El

reggae estuvo porque fue lo que llevó a Walter Fresco a firmar ese contrato, aunque

también grabábamos otras cosas. Ahí hubo una decisión que no sé cómo llegó. No sé

por dónde, ni qué entusiasmo tuvo Walter Fresco para decir que detrás de eso había

un posible nuevo rock.

Germán Daffunchio: Para Luca y para mí, y esto lo digo más que nada desde un

lado ideológico, el baterista era el corazón de Stephanie. Era un puesto muy

importante en Sumo. Pero Albert lo cubrió. Entró a grabar nuestro primer disco,

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Divididos por la felicidad, habiendo tocado muy poco en Sumo, y él tenía más que

nada los temas que incorporamos de La Hurlingham, y no tanto los que eran

netamente de Sumo. En esa época, el sonido que triunfaba era el The Police. Las

baterías tenían un concepto que en la época del sinfónico no existía, la individualidad

de cada casco sonoro, y eso llevó a que los bateristas de reggae aparecieran con

delays, cámaras, muchos efectos… Ya empezaba la enfermedad de las cámaras…

La crisis de los 80 fue la locura de las baterías electrónicas y las cámaras. Se trataba

de grabar baterías que sonaban totalmente en Júpiter, con unos espacios enormes.

Walter Fresco: Divididos por la felicidad vendió bien y siguió haciéndolo en el

tiempo. Llegamos a “disco de oro”. Después, el proceso fue repitiéndose y

mejorando con los que vinieron después.

Germán Daffunchio: Mirándolo a través de la experiencia y de lo que pasó después,

el tiempo nos enseñó que en esa época en la Argentina no había ningún tipo de

experiencia de grabar rock propiamente dicho. Verdaderamente. Había una pequeña

escuela de rock, que eran la que habían inventado el Flaco Spinetta, Charly, Amilcar

Gilabert, todos esos… Pero los técnicos funcionales que tenían las compañías de

discos en sus propios estudios no sabían. Había distintos técnicos y trabajaban como si

fuera una empresa. Estaba el operador de la máquina de no sé qué, el que se

encargaba de grabar… Tenían una experiencia en lo orquestal y el choque fue muy

groso. Todo el mundo sufrió a esa técnica. Había un proceso final que era el master

en la pasta y el único aparato que había en la Argentina lo manejaba un chabón.

Nunca me voy a olvidar de eso: un gordo que leía Clarín, traía el coso, ponía los

compresores al mango y leía el diario… Lo único que le importaba era que no

saltara y entonces comprimía todo. Vos podías volverte loco tratando de que sonara

bien y después te lo arruinaban. Por eso Charly y todos los demás empezaron a

masterizar afuera. Vivieron eso y se fueron. Era terrible, porque le entregabas la

cinta mezclada, el tipo hacía la matriz para después copiar todos los discos y lo

destrozaba, realmente lo destrozaba.

Alberto “Superman” Troglio: El primer disco fue un desastre. El técnico era… Unas

semanas antes había grabado a Larralde y después entramos a grabar nosotros…

¡Con el mismo técnico!

Germán Daffunchio: Los discos de Sumo suenan todos como el orto. Quizás los

últimos están mejor, pero el primero… Divididos por la felicidad fue una experiencia

muy extraña porque no habíamos grabado discos. Habíamos tenido la experiencia de

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Del Cielito, pero grabando todo simultáneamente. De golpe, ese estudio era enorme,

gigante, entraban orquestas ahí dentro. La sala de operaciones estaba en un primer

piso, en una ventanita, se veía una cabecita, te sentías muy raro.

Walter Fresco: La tapa del disco salió de un documental que había hecho un amigo.

Había una imagen de esas ballenas tiradas en la play a y me gustó esa textura.

Congelamos esa escena y el resultado parece un tapiz, porque está tomada de la TV.

Germán Daffunchio: Divididos por la felicidad tuvo un hit, “La rubia tarada”. Detrás

de ese tema asomaba la cabeza de Luca, y Luca y a era muy conocido. En un show,

me acuerdo de verlo a Fito Páez cerca de mi equipo. Yo tocaba y pensaba: “¿Qué

está haciendo este tipo acá? ¿Qué está pasando ? ¿Qué pasa que viene esta gente?”.

Ellos eran nuestros enemigos, no tenían nada que ver con nosotros. “¿Quién los invitó

a esta fiesta?”. Lo mismo con Andrés Calamaro, que apareció en la historia en esa

época. Para nosotros representaban otra cosa, pero a ellos no les importaba nada. La

historia de Luca es muy compleja y profunda. Hay una parte, que es el personaje, al

cual se le acercaban todos los músicos que hoy dicen: “Yo toqué con Luca. Estuve

con él. Era amigo mío”. Eso pasaba porque Luca era único, y cuando empezó a

venir gente a vernos y explotó “La rubia tarada” se vio más que nunca.

Bobby Flores: Siempre me llamó mucho la atención que un tema hecho casi en joda

como “La rubia tarada” se haya convertido en un clásico de la música popular. Es

una canción enrevesada, rarísima, con una letra que es muy de ese momento. Sumo

tenía temas mucho mejores, pero creo “La rubia tarada” es el que más representa al

grupo en otros estratos. New York City era el boliche al que iba a bailar Carmen

Barbieri y nosotros no queríamos ser eso. Lo que pasaba cuando Sumo tocaba “La

rubia tarada” era tremendo, no me lo olvido más. Que alguien desde el escenario les

gritara a todos que New York City era una mierda nos representaba muy bien.

Estábamos todos detrás de Luca diciendo lo mismo.

Mónica Stromp: Si yo estaba ahí y daba para hacer un coro, lo hacía. Si no, lo hacía

Evangelina o Lila, quien estuviera. Antes de “La rubia tarada” hay una especie de

conversación de chicas. Éramos Andrea, una compañera mía de teatro, y y o. Se

suponía que éramos dos pibas conversando sobre tipos en el baño de chicas. Esas

cosas quedaron registradas de casualidad. Lo mismo el coro de “Heroin”, que salió

mal grabado, distorsionado. Pero fue lo que salió y estaba bien. Era divertido hacerlo.

Lo que grabamos en “La rubia tarada” ni se entiende porque está grabado en el baño

de un estudio, no me acuerdo si en El Jardín o en Panda. Todas esas ideas surgían así:

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“¿Lo hacemos?”. “Dale, lo hacemos”.

Palo Pandolfo: En Don Cornelio llegamos a Joy Division por Divididos por la

felicidad. Después de escucharlo, nos pusimos más oscuros. “Ah”, dijimos, “esto es

rock’n’roll. Hay que estar del orto, tiene que estar todo mal”. A partir de eso,

empezamos a tomar merca.

240


Capítulo 14

Astros

“Luca un día vino a casa a hacer una traducción de ‘Hablando a tu corazón’, uno de

los temas de Tango. Tenía mucho olor a ginebra, eso me lo dijo Migue, y o no me di

cuenta (…) Nos llevamos bastante bien pero no sé en qué planeta estaba él. Estaba

bastante loco, ¿no? Un día hablamos con Luis y hablábamos de él y… ¿Qué dejó? O

sea… Esa de la banda está buena, pero es como la apología de no sé qué (…) La

verdad es que mucho conmigo no tenía que ver”.

Charly García en el programa La cueva, Telefe, 1993.

“Sucede que, aparentemente ahora somos exitosos. Pero esto nos costó mucho.

Aparte y o no sé muy bien de qué se trata el éxito. Supongo que ganar más plata,

aparecer en las fotos junto a un potentado petrolero; todo depende de cada uno y de

lo que cada persona se crea. Yo sigo viajando en subte y hay gente que no lo

entiende, aunque la vida te cambia después de ser famoso. Por ejemplo, si Sergio

Denis viaja en subte, se dan cuenta algunos. Si viajo yo, me mira todo el fucking

vagón, y eso a veces me embola (…) Por otro lado, la posibilidad de caerme, a mí

particularmente no me asusta, porque mi vida no se agota en la música. Sé hacer

muchas cosas (…) Casualmente hoy vengo de adaptar las letras de Charly García al

inglés (…)

Aquí hay demasiada seriedad. Todos quieren ser ‘imperiosamente’ profesionales y se

olvidan que el rock es una locura y los que hacen rock son locos. Mirá cuando Yes

hizo ‘Close to the Edge’ estaba en la cúspide; sin embargo estaban re locos e hicieron

la mejor música. Todos quieren lucirse, ser personajes. En Sumo, nada de la careta

importa. Si el sonido de alguno no se escucha, se sube y listo. Somos muy

espontáneos. Ves a Virus y estás frente a seis máquinas perfectas, pero sucede que el

argentino, en general es muy especial. Tiene un lema: ‘Frente a la duda, ponte duro’.

La duda tiene que ver con el miedo a la vida, al público, o simplemente a ser

auténtico. El músico de rock, el que lo lleva en el corazón y en las bolas, es un

arquetipo musical”.

Luca entrevistado por Adriana Mercuri en la revista Pelo número 270.

En 1985, Luca Prodan cruzó la línea del anonimato underground para convertirse

rápidamente en una mezcla de agitador cultural y personaje exótico del nuevo

241


panorama musical. En el peor de los casos, en un bocón exacerbado al solo efecto de

plantar bandera contra los usos y costumbres del rockero medio argentino. La

aparición de Divididos por la felicidad coincidió con el auge editorial que vivió la

prensa gráfica durante la “primavera alfonsinista” y Luca reunía todos los boletos

ganadores: un Bukowski joven que caminaba por Buenos Aires y encima dirigía una

banda de rock por demás interesante. A las publicaciones históricas de la cultura

joven como Pelo y Humor se sumaron Canta Rock, Twist y Gritos y Toco y Canto, que

compartían espacio en los kioscos junto a nuevas revistas de análisis político y

cultural como El Periodista y El Porteño (esta última instalada desde 1982 como un

foco de resistencia informativa basado en el periodismo de investigación y con una

atracción extra, un suplemento “marginoliento” llamado “Cerdos y Peces” que

desde 1984 se estableció de manera independiente).

1985 también será el año de aparición del suplemento joven del diario Clarín, otra

herramienta de difusión más expansiva a las acostumbradas publicaciones mensuales

o quincenales. La agenda del suplemento “Sí” agilizó la data del rock y completó el

espacio de comunicación que desde el 23 de enero de 1985 instaló la emisora Rock &

Pop, la primera FM dedicada exclusivamente al rock de aquí y de allá, un hito que

modificó el modo de llegar a los oy entes e intervenir con un lenguaje informal y una

musicalización acorde (toda una apuesta de cambio que trastocó para siempre los

patrones estéticos del mundo radial argentino). La apertura y proliferación de nuevos

medios encontró en Luca a una figura singular: culto y sagaz, divertido y picante,

vago e intuitivo, y siempre dispuesto a hostigar al gremio musical o desnudar el

costado más conservador de una escena supuestamente contestataria. Luca no estaba

solo. Los Violadores, Virus y Los Twist acompañaban el cambio de paradigma,

aunque ninguno llegaba a los niveles de acidez que alcanzaba el cantor romano. Un

poco per jodere y otro poco para marcar diferencias, Luca jugó al personaje cual

piedra en el zapato del rock argentino. Rompió el pacto silencioso de no agresión que

dominaba los dimes y diretes, aunque en bambalinas mantenía buenas relaciones con

la mayoría de sus pares. Vivir en un nevermind permanente lo habilitaba, muy suelto

de cuerpo, a revelarse contra la patria tilinga, el rock domesticado y los intocables de

la escena. Pocos se ajustaban al canon de autenticidad, aunque el paso del tiempo

suavizó los comentarios y hasta mejoró el grado de tolerancia.

Cada intervención del extranjero insumiso exhibía un juego dialéctico totalmente

nuevo. La mayoría de los entrevistadores caían rendidos antes las experiencias, entre

risueñas y trágicas, que Luca relataba con lujo de detalles: su adicción a la heroína,

el tiempo trascurrido en la cárcel o el constante asedio hacia los modos de nuestro

rock impregnaron los encuentros con la prensa, en donde se ponía de manifiesto el

carisma del cantante y cierto aprovechamiento ante situaciones hasta el momento

inéditas para muchos periodistas. Luca expresaba algo que aquí había llegado en

242


traducciones de artículos dedicados a Lou Reed, Johnny Rotten o Iggy Pop, una

manera de entender el rock desde la provocación y poniendo absolutamente todo en

tela de juicio. La arrolladora confirmación de sus dichos aparecía cada vez que la

púa caía sobre el disco debut de Sumo. Con la música, sus opiniones un tanto

arrogantes e inconformistas, al igual que esa imagen de estrella de rock estropeada,

ganaban relevancia. Toda esa diatriba a lo Luca, a veces chocante y hasta gratuita

—“a mí no me gusta prácticamente nada”—, exponía perfectamente el concepto

Sumo: un caos organizado, puro misterio y tentación. En vivo, el efecto alcanzaba

alturas desconocidas y multiplicaba aún más todo lo que insinuaba Luca en una

entrevista.

Abril comenzó con el estreno de La historia oficial, la película dirigida por Luis

Puenzo, que exploraba el infierno de la apropiación de bebés durante el Proceso

Militar y anticipaba, de un modo poético, el Juicio a las Juntas por graves y masivas

violaciones a los Derechos Humanos. El lunes 22 de abril comenzaron las audiencias

del juicio oral y público a los ex miembros de las tres juntas militares que

gobernaron el país desde 1976 a 1983. Esa mismo día, Sumo ofreció una

presentación de Divididos por la felicidad para la prensa en el Stud Free Pub. La

discográfica acompañó la salida del disco con una serie de acciones promocionales,

aunque la banda se reservaba el manejo de los shows. El 10 y 11 de mayo, la banda

más under del under porteño presentaba su disco debut en el teatro Astros a sala

llena, unas 600 localidades por función. Sumo ratificaba su crecimiento en público,

que en parte llegó al teatro de la avenida Corrientes empujado por el hit radial “La

rubia tarada”. Fue tan así que debió agregarse una nueva función para el domingo 12

de mayo.

Las jornadas formativas en el Café Einstein tomaron por asalto el teatro Astros

con el absurdo y el humor dentro de una banda de rock que no intentaba ser paródica,

todo lo contrario: utilizaba los detalles escénicos como el aderezo necesario para el

espectáculo total. Allí encajaban artistas de la calle como Geniol, ex campeón de yoyo

Russell y mimo vocacional que, paradójicamente, ponía su voz cuando “La rubia

tarada” alcanzaba su clímax. Valía todo: un mozo, el Hermano José, amigo de Luca

portando una bandeja, vasos y bebida, y auténticos luchadores de catch integraban la

troupe. Eran tipos que Luca reclutaba de los bares, que obtenían unos minutos de

exposición dentro de un ambiente que les era ajeno y, sin embargo, podían acoplarse

al show con total naturalidad. La iluminación espectral estuvo a cargo de Daniel

Siman (nuevo miembro de la familia sumesca) y entre los disfraces sobresalía la

túnica de Germán, que incluía dos brazos de plástico, genial desmitificación del

guitarrista pulpo. Al frente de la escena, en el rol de maestro de ceremonia, Luca era

capaz de confesar, entre tema y tema, hechos terribles con la naturalidad de un

guerrero con varias batallas perdidas:

243


“Mi hermana y su novio se mataron en un coche, pusieron una manguera en el

tubo de escape, no se bajoneen, está bien, no hay problema, está todo bien… Y se

mataron así, eran adictos a la heroína y este tema está dedicado a ellos”.

Así, sin eufemismos, Luca presentaba “Heroin”. Al fin y al cabo, era la

explicación que completaba uno de los temas claves del repertorio de Sumo.

“‘A Sumo no le importa nada’, rezaban los afiches que anunciaban la presentación

de Divididos por la felicidad, el álbum debut de Sumo. Y seguramente es cierto.

Repasando la historia de la banda durante varios años netamente underground y en

poco tiempo convertida en una de las pocas que pueden llenar tres veces consecutivas

el Astros, se concluye en algo evidente: Sumo se ha propuesto hacer las cosas de otra

manera, sin importarle demasiado ni la historia, ni las características del medio, ni las

consecuencias de su propio trabajo. Tal vez sea esa especie de negligencia la que

produce este verdadero fenómeno, más allá de los valores musicales que el grupo sin

duda posee”, reflexionaba Federico Oldenburg desde las páginas de la revista Pelo,

mientras que otros medios como Twist y Gritos, por ejemplo, resaltaron la

experiencia Sumo en el Astros como un espectáculo superior e inigualable.

De esa manera, entre repercusiones tibias y adhesiones más elocuentes, Sumo

resumía por imagen, historia y pretensiones las características de banda incómoda

dentro de la escena del rock argentino, definición que la crítica de rock suele

glorificar bajo el eufemismo de “banda de culto”. Ni las 15.000 copias vendidas de

Divididos por la felicidad, una cifra nada despreciable para una banda debutante, ni la

participación en el mega festival Rock & Pop (en octubre de 1985 en el estadio de

Vélez Sarsfield, junto a estrellas internacionales como Nina Hagen, John May all e

INXS, y artistas locales de peso como Charly García, Virus, Soda Stereo, Zas y Fito

Páez, entre otros) torcieron un centímetro esa gloriosa maldición hecha de fugas,

adicciones y free rock.

Los pequeños triunfos de Sumo van a correr a través de una agenda cargada de

recitales, en tanto Luca seguía una línea trazada por el azar del día a día y una

desdicha personal que no encontraba consuelo en el aplauso ni en sus considerables

conquistas amorosas. El vaivén que imponía la relación con Mónica Stromp casi

siempre desembocaba en el Abasto. Allí vivió con Esther, una chica que había

conocido en el bar Einstein. El idilio con Esther fue duradero y a pesar de las

intermitencias vivieron juntos en su departamento de la calle Gallo 492. En poco

tiempo, Luca empezó a confundirse con los vecinos del lugar y algunos llegaron a

quejarse al portero del edificio: aducían que en el 9º B había, además de varios

gatitos, un tipo pelado que se paseaba desnudo. Su escala obligada empezaba en El

Destino, un bar ubicado en Humahuaca y Gallo, ginebra en mano y el diario Buenos

Aires Herald como señas de identidad en la pesadumbre de un quitapenas. El

mercado de Abasto cerró sus puertas el 14 de octubre de 1984 y el barrio se

transformó en un parque de diversiones abandonado. Luca vivió el paulatino

244


deterioro del lugar, al cual volvió una y otra vez, incluso cuando la historia junto a

Esther había terminado.

Para despedir el año y adelantar temas de su próximo disco, Sumo repitió en

diciembre la apuesta de tres noches consecutivas en el Astros. Esta vez, la

convocatoria de público no fue la esperada pero ninguno de los presentes quedó

ajeno a la contundencia de esos shows. El sonido mejoró considerablemente y la

escenografía, compuesta por delfines inflables flotando sobre la cabeza de los

músicos, reconocía la psicodelia acuática de la banda, que agregó coristas y volvió a

repetir los pasajes del Hermano José, el mozo amigo de Luca, y el inefable Geniol

recreando una canción que y a empezaba a convertirse en una mochila. El balance

era positivo: Jorge Crespo otro amigo de Luca, se incorporó a la cofradía como roadmanager;

Timmy alquiló una pequeña oficina en el barrio de Once con la intención

de liberar la casa familiar de los MacKern, que durante tres años fue el búnker de la

banda, que también mudó la sala de ensayo al sótano de los hermanos Mollo en El

Palomar. Todo parecía acomodarse y, por primera vez, los Sumo empezaban a

vislumbrar que podían llegar a vivir de la música. Luca, sin embargo, estaba lejos de

tener un lugar propio donde caer solo o acompañado. Seguía siendo un extranjero sin

residencia conocida.

La visibilidad de Sumo, luego de las temporadas subterráneas, surtió efecto en las

principales encuestas de fin de año. Sumo ganó el rubro “banda revelación” tanto en

Pelo como en el “Sí!” de Clarín, casi un premio consuelo para un grupo que hacía

años era el máximo animador de la escena de pubs y bares porteños y zonas

aledañas. En la edición 254 de Pelo (con foto de Bob Geldof, considerado el hombre

del año por su aporte a los conciertos solidarios de Live Aid), Luca aparecía en varias

páginas: “Por su imagen, por su actitud sobre el escenario, por su extraño acento,

pero por sobre todo porque dijo lo que muy pocos se atreven a decir, Luca Prodan, el

cantante del grupo Sumo, fue el que más se destacó como personaje original”. De

modo llamativo, no había una consideración artística en la enumeración de razones

que justificaban la elección de Luca como “el personaje”. En otra parte, el cantante

escogió sus discos favoritos junto a otros 44 músicos. El primer lugar se lo llevó The

Dream of The Turtles de Sting, aunque Luca optó por Born in The U.S.A., de Bruce

Springsteen, Y ahora que pasa ¿eh?, de Los Violadores, y Famosas canciones

napolitanas, de Aurelio Fierro, un popular cantante italiano de la década del 50. No

hubo, a lo largo de esa multitudinaria lista, un solo voto al debut de Sumo. La encuesta

de lectores de Pelo sí tenía reservados algunos lugares para los integrantes de la

banda. Ricardo Mollo salió octavo en el rubro guitarrista y Luca aparecía en el

décimo como cantante, por debajo de Juan Carlo Baglietto, Miguel Mateos y Gustavo

Cerati; Diego Arnedo también figuraba en el octavo lugar dentro de la categoría de

bajistas. Como banda, Sumo aparecía en décimo lugar, y para el rubro “grupo en

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vivo” alcanzó el séptimo puesto, la misma ubicación que ocupó Divididos por la

felicidad. Sumo formaba parte de un pelotón pero no alcanzó ni por asomo los

primeros lugares. 1985 fue el año en que discos como Rockas Vivas (Zas), Nada

personal (Soda Stereo), Piano Bar (Charly García), Giros (Fito Páez) y Locura

(Virus) aparecían entre los favoritos de la may oría.

El 9 de diciembre, un día después de la tercera función de Sumo en el teatro

Astros, se conoció la sentencia del Juicio a las Juntas militares. Videla y Massera

fueron condenados a reclusión perpetua; Roberto Viola a 17 años de cárcel; Armando

Lambruschini fue condenado a ocho; y Orlando Agostia a cuatro. El resto de los

acusados fueron absueltos. En cinco años de estadía, Luca fue testigo del cierre de

una parte de la historia más siniestra de la Argentina. Había llegado al país cuando

todavía gobernaba Videla y vio pasar cuatro presidentes a lo largo de una historia

personal que parecía conjugarse perfectamente con el drama nacional. La política

en democracia no lo contagió. Solo la lucha de las Madres de Plaza de May o

formaba parte de un ideario que aborrecía las instituciones y miraba el futuro político

con el más absoluto pesimismo.

Gustavo Cerati: En un momento, Luca empezó a atacarnos, un poco como

estrategia suy a para diferenciarse. Incluso me acuerdo que una vez me llamó para

pedirme disculpas por una cosa que aparentemente había dicho. Me llamó y me dijo:

“No lo vayas a tomar en serio, mirá que…”. Era un poco la joda, también. Había

que diferenciarse, después de todo nosotros también lo hacíamos y aprovechábamos

para tirarle un palo a uno o a otro como para tratar de buscar nuestro lugar en eso.

Igual lo de Luca era gracioso, él tenía una simpatía natural. No había esa cosa seria,

dogmática y mucho menos mesiánica. Era puramente joda. Nos bardeba a nosotros,

así como decía que Moura era incapaz de tocar un instrumento. Luca decía cosas así.

Sabía perfectamente el valor que tenía Federico como músico.

Marcelo Moura: Esos ataques eran un pose para la prensa. La onda de Luca era la

del chico malo, entonces no podía decir que Virus era maravilloso. En realidad no

cerraba que lo dijera de nadie, supongo, menos si era argentino.

Claudio Kleiman: Federico Moura había impuesto una clase de frontman más

desinhibido en relación a lo que era el rock nacional. Pero Luca no lo respetaba a

Moura. Luca no podía entender que hubieran tipos a los que te encontrabas en una

fiesta, gente que lideraba un grupo y que no podían cantar un tema si no tenían todo

el andamiaje armado. Moura era un poco así, había muchos así, y eso lo sacaba de

quicio.

246


Hilda Lizarazu: Luca trajo el enojo, el “no futuro” europeo. En él se juntaron todas

las coordenadas que debe reunir para ser el mensajero. También es el embajador del

reggae, que tanto gusta en la Argentina a partir de Sumo. Lo que pasa es que él era

genuino con su postura de “no quiero a nadie”. Entonces era controvertido, incluso

agresivo, con Charly y con los que y a estaban instalados en el Olimpo rockero. No

era muy querido ni respetado porque criticaba. Luca era agreta. Buscarroña. Nunca

presencié una pelea porque a Charly le deslizaba, se ponía ese traje de protección y

chau. Cuando te enfrentás a un arengador, esos tipos que te dicen: “Eh, ¿vos quién

sos?”, o te enganchás o decís: “Uh, este tarado…”. Era un poco así. No era una

persona amigable, se sentía dueño de la calle y el representante de las clases

alcohólicas. Me acuerdo que un día y o estaba comiendo en Pippo y lo vi pasar medio

borracho. Entró medio patoteando, con esa postura punk… Estaba solo, con una

petaquita.

Lalo Mir: Luca se comportaba como un chico que estaba medio loco. Era la

percepción que tenían todos: “Ah, sí, Prodan, hay que ver con qué te sale ese, por ahí

te aparece borracho, por ahí aparece cagado…”. Esas cosas escuchabas.

Diego Tuñón: A los grandes, Sumo no les gustó mucho. Pero para mí fue el nexo con

muchas cosas, como que unió el heavy metal con el pop. Porque la actitud de ellos

era heavy metal, la misma que tenían los V-8, que vomitaban en vivo, digamos. Hoy

escucho los discos de V-8 y también me parecen re pop.

Mónica Stromp: El rock argentino era muy conformista. Él vio eso y decidió lo que

haría. Agarró un micrófono y listo, lo hizo. Cuando llegó Luca a la Argentina, acá no

tenía muchos amigos, tampoco iba a hacerse enemigos, pero no le importaba nada el

mundillo del rock. ¿Qué podía perder? Estamos hablando de una época en la que no lo

conocía nadie. Tuvo la suerte de darse cuenta de que había un lugar para hacer

música. Eso lo mantuvo bien durante cierto tiempo.

Walas: Spinetta y Charly eran los enemigos.

Damián Damore: La primera vez que vi a Sumo fue en el Lomas Rock, a la tarde.

También tocó Soda Stereo y el cierre, y a de noche, lo hizo La Torre. Fue una

sorpresa verlos a la tarde, más que nada para un adolescente como yo, que comencé

a ver recitales en los primeros años de la democracia siempre de noche, bien tarde,

porque los grupos giraban por todo el conurbano como ahora hacen los bailanteros. El

primer quiebre fue la postura altiva de Luca en el escenario. Sus manos siempre se

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movían de una manera distinta que las de Cerati o García, por ejemplo. Ellos

también eran frontman movedores de manos, porque Cerati acompañaba la

sensualidad de las letras y García parecía sacarse cosas de encima, Miguel Abuelo

agitaba las manos como un boxeador o con alguna pandereta…Quizás Moura podría

compararse con Dy lan en ese aspecto, ocupando la lista de artistas que no saben qué

hacer con las manos o con el micrófono cuando cantan. Luca se distinguía del resto

porque sobreactuaba al rock, me parece. Al menos y o no veía a otro artista levantar

el anular no solo por “fuck you”… O hacer círculos con las manos, como un brujo a

punto de hacer hipnosis. Eso lo vi muy claramente.

Timmy MacKern: No sabíamos nada del rock argentino, en verdad. El que acercó al

grupo a eso fue Ricardo Mollo, que tocaba con Spinetta, con Mestre… No

conocíamos a nadie y nadie nos conocía a nosotros.

Claudio Kleiman: Luca increpaba a todos, por distintos motivos. “¿No podés agarrar

la guitarra y conmoverme? Aunque sea agarrá la guitarra y cantame un blues”. Era

lo menos blusero que existía, pero te apuraba como diciendo: “Qué va a

conmoverme eso… Si sos un pelotudo que no puede hacer nada si no le arman la

banda en escena…”. Eso tenía que ver con el valor que Luca depositaba en la

autenticidad, que era un valor que en los 80 no estaba muy de moda porque

justamente se priorizaba el artificio.

Daniel Melero: Luca decía: “Dale una guitarra acústica a Melero y que toque una

canzonetta”. Pero andá… ¿Por qué tengo que tocar una canzonetta? Aparte si quiero

puedo hacerlo. Era un ignorante… Él dividía, pero qué sé y o.

Alejandro Taranto: Sumo era muy subestimado, sobre todo porque los músicos

consagrados no le daban cabida a Luca. Salvo Pappo, porque cuando se veían se

cagaban de risa juntos. Compartían ese humor irónico, y como Pappo era el único de

todos los argentos que había vivido en Londres, pensaban parecido. Pappo era

directo, no escribía “Alicia en el país” como Charly García. Directamente escribía y

grababa: “¿Adónde está la libertad?” o “El otro día me quisieron matar, con la

ametralladora pa-pa-pa-pa”. Hay fotos de ellos juntos de cuando Pappo fue a ver a

Sumo a Obras. Pappo fue y será Pappo, el que nos enseñó que no hay que olvidarse

del lugar que uno viene, creérsela pero de ninguna manera confundir el humo con las

nubes. Luca era parecido, se llevaban bastante bien.

Paula Menéndez: Luca tiraba cosas sobre todo el mundo, pero lo hacía en broma.

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Habló en contra de Pappo y un día se encontraron y estaba todo bien. No tenía nada

en contra de nadie. Lo único que lo enojaba de verdad era cuando alguien le faltaba

el respeto a una mujer.

Claudio Kleiman: Luca era un zarpado, no se te ocurría pedirle objetividad. Lo que

pasa es que fue un artista existencial que vivía eso las 24 horas al día. No consideraba

al tipo que únicamente era artista en las dos horas que se subía al escenario. Es más,

le daba más valor a lo existencial que a lo artístico. Por eso en el barrio lo querían

tanto, porque el tipo podía relacionarse con cualquiera. En ese sentido sí que era

como Pappo. Entraba a un bar, se ponía a tomar ginebra con un borracho que estaba

en la barra y se pasaba horas hablando. Lo más interesante y enriquecedor es que

ese otro tipo que compartía un trago con él también estaba poniendo su vida sobre la

mesa. De última, no le importaba tanto si era artista o si cantaba, sino la gente que

tenía una historia interesante para él.

Bobby Flores: Estaba esa dicotomía que teníamos todos, eso de la música

complaciente contra la música combativa. A los Soda Stereo les decían “putos”

porque se peinaban y maquillaban para tocar, algo que en otros lados era habitual

pero acá no. Luca sabía que era habitual y sin embargo los peleaba. Él había visto a

Soft Cell pero se metía en la pelea de acá porque supongo que le divertía, era una

forma de meterse… Estaba muy interesado en meterse en la idiosincrasia de acá, le

interesaba mucho eso.

Mónica Stromp: Si uno viene a la Argentina después de haber estado un tiempo

afuera, hay ciertos mecanismos que saltan a la vista. Imaginate lo que le pasó a Luca

cuando llegó a principios de los 80. Vio una sociedad pendiente por ejemplo de la

última modelito del último show de revistas. Para decirte algo y para no explay arme

demasiado. Se enojaba mucho porque veía muchos chupamedias dando vueltas.

Marcelo Moura: Teníamos una amiga en común, Jackie; nos juntábamos en la casa

de ella y nos divertíamos mucho. Después de cagarse de risa conmigo durante una

noche entera, salía a decir que éramos unos pelotudos. Soy una persona con mucho

humor y a él eso le llamaba la atención. Se reía mucho porque tengo un humor muy

filoso, cero maleducado y eso le encantaba. Eran noches en las que estábamos seis o

siete personas en un departamento, charlando, tomando algo y riéndonos toda la

noche. Luca me decía “Sos muy graciosen…”. Después le preguntaban qué opinaba

de Marcelo Moura y decía: “Es un puto”.

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Damián Damore: Las declaraciones de Luca contra otros músicos causaban mucha

gracia. Era un paralelo con el Indio, porque son dos retóricas opuestas, como el yin y

el y ang. Me divertían especialmente porque a mí, como fan, me daba material para

debatir con mis amigos fanáticos de otras bandas. ¿Quién se animaba a hablar mal de

Charly ? Era el destructor de leyendas. De Moura decía que no tenía alma. De Cerati

que era un conchetito. A Vicentico era al que más ninguneaba porque decía que lo

imitaba, algo que no llegué a entender del todo. A Mateos también lo fustigaba. En un

reportaje, a Luca le dicen reventado y él responde “y o hablo cuatro idiomas”. Luca

no se bancaba ni medio los prejuicios, supongo que para los periodistas debe haber

sido difícil tratar con él.

Norberto Cambiasso: Estaba esa cosa de ideología de comunidad, eso de “estamos

todos detrás del mismo barco”, por más que uno supiera que podía ser ficticio, y de

hecho lo era. En los 70 a Arcoíris la gente de La Pesada los llamaba “las amas de

casa del rock”, porque hacían una música que a ellos le parecía blandengue y

encima tenían una guía espiritual que era mujer, o sea… Antes de Luca, la ironía era

un artículo escaso en el rock argentino y él fue una andanada…

Mónica Stromp: ¿Qué rompió Luca? Él dio su opinión, pero no sé si rompió algo.

Sumó su propuesta pero las otras bandas siguieron tocando y estaba todo bien. Creo

que él, viendo el panorama local, pensó: “Acá hay un lugar alucinante para mí”. En

Inglaterra, su prioridad no era hacer música, allá le nació la pasión por ella. Llegó

sintiéndose mal, sin tener nada que hacer, escuchó la radio y pensó: “Hago esto y me

divierto”. Podría haber escrito un libro, no sé. No digo que no fuese músico, pero

también podría haberle dado por otro lado. Eso sí: en la Argentina, la música se

transformó en prioridad.

Rodrigo Espina: Le gustaba mucho llamar la atención porque era un contador de

cuentos impresionante. Tenía una cultura y un humor increíbles, no tenía miedo ni

cholulismo ante nada. ¿Cómo evitás ser el centro de atención cuando tenés todo eso

desde siempre?

Diego Tuñón: Luca no hacía la arenga de la autenticidad. Los otros integrantes quizás

sí tenían eso, pero él era muy despojado. Además tenía el abandono del alcohólico.

Estamos hablando de un pibe. Nosotros lo vemos con esa actitud ruda y reacia, pero

era muy joven. A mí me copaba que él siempre se vendió como un viejo. Me

acuerdo de una nota que hizo para el “Sí!”; cuando le preguntaron sobre el tecno-pop,

y él respondió: “Yo soy viejo, a mí eso no me gusta”. Qué lindo cuando en aquella

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época la música se relacionaba con la juventud.

Mirta Bogdasarián: Luca era bastante celoso de los otros músicos. Hablaba mal de

casi todos, decía que eran medio pelotudos. Del único que hablaba bien era de

Spinetta. De hecho, una vez Luca fue a la casa de Spinetta, cuando él tenía a sus hijos

pequeños. Estaban charlando y uno de sus chicos, creo que Dante, rompió un

ventanal de la casa con una pelota. Vinieron todos corriendo: “¡Uh, se rompió el

vidrio…!”. Spinetta dijo: “Bueno, no importa, así van a entrar las mariposas”. A Luca

eso le pareció genial. Me lo contaba y me decía. “Spinetta está loco de verdad, a ese

le creo”. Charly, en cambio, le parecía un boludo.

Rodrigo Espina: La primera vez que lo vi fue un día que y o estaba en Güerrin y él

entró a la pizzería después de ver La vida de Brian. Nos agarró a mí y a dos amigos.

Ni nos conocía y nos gritó: “¡Vay an a ver La vida de Brian que está buenísima!”. No

le dimos mucha bola porque no sabíamos quién era. Lo conocí en persona en 1985.

Yo iba al recital de Nina Hagen, me subí al tren en Once, al furgón, y escuché a

alguien que hablaba con la tonada que tenía Luca. No conocía a Sumo porque yo solo

escuchaba bandas en inglés. Al principio me dio mucha envidia y pensé: “¿Quién es

este…?”. Había un grupo de 40 personas rodeándolo. Dije: “Este mentiroso…”.

Cuando llegamos a Liniers logré ver al pelado entre la gente. A los dos días fui a ver a

Sumo. “Ah, es este…”. Me hice fan en el acto. Esa noche, después de Sumo tocó

Charly, en el que fue el show de la gran vergüenza de la vida de García, porque hizo

algo imperdonable cuando mandó al hospital a un técnico. Charly salió, dio un salto

en el escenario y se cayó. El papelón fue tan grande que se paró, agarró la guitarra,

enfiló hacia un técnico o un asistente y le clavó la guitarra al pobre pibe. Tuvieron

que llevarlo al hospital. Eso no se comentó nunca pero lo vi con mis propios ojos. Ese

día llovía y todo fue un quilombo. Tocaron Blitz o La Unión, no me acuerdo bien, y

les tiraron tantos barrazos y cascotazos que salió Charly a defenderlos y decir: “Eh,

frenen un poco la mano…”. También tocó Soda Stereo. Los dos mejores shows

fueron, por lejos, los de Sumo y Soda.

Andy Cherniavsky: Yo trabajaba para Daniel Grinbank, era la fotógrafa de DG

Discos. Tenía mi oficina en el piso de arriba. Retrataba todo lo que hacía Grinbank,

por decirlo de alguna manera. Era una especie de fanática del rock, cuyo may or

sueño era ser parte de todo ese movimiento que yo consideraba ideológico. La

primera foto que hice de Sumo fue en 1985, justamente en ese estudio de Rodríguez

Peña y Santa Fe, para el programa del festival Rock & Pop que organizaba Grinbank,

en el que tocaron INXS y Nina Hagen. No los conocía personalmente, salvo a

Pettinato, pero hicimos unas fotos muy divertidas. Ellos eran bastante locos e

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histriónicos. Luca era divertido, muy personaje, y la banda me encantaba porque me

parecía como alucinante que alguien de otro país hubiera podido integrarse y ser

parte de un movimiento. Además, Luca tenía ese look totalmente desinteresado, con

la ropa toda rota... Esa primera vez yo estaba un poco tímida con él como personaje.

A los pocos días saqué fotos de Sumo en vivo, en ese mismo festival. Tenían una

potencia, un desparpajo y una musicalidad increíbles… Se notaba que Luca era un

líder muy groso y carismático.

Damián Damore: Sumo tenía el halo del misterio, y más canciones que el resto

aunque no las oyeras nunca. “Basura blanca”, o “White Trash”, tenía en los shows la

fuerza de los pedidos de “Muchacha ojos de papel” en los de Spinetta y Sumo muy

pocas veces la tocaba. En esa época la democracia era vitalidad y los discos de las

bandas respondían a esa coy untura. Bares y fondas, La dicha en movimiento, Relax,

Nada personal, Clics modernos… Sumo en cambio, no. Divididos por la felicidad era

un título muy juguetón, casi provocador más allá de la traducción lineal por Joy

Division.Sumo tenía back up. Mientras sonaba en la radios con sus discos. también

sonaba en las disquerías con sus piratas y hacían sus shows. Paradójicamente, no

usufructuaba ese envión como el resto de las bandas exitosas. A partir de 1985, varios

grupos y a depositaban el futuro fuera de la Argentina, como las giras de Soda, la

producción de Alomar, sus maxis, el crecimiento de Los Enanitos, los cambios de

Los Fabulosos Cadillacs, etc. Todos querían tener larga vida menos Sumo, porque

estaba claro que no iba a ser para siempre. Eran el verdadero agujero interior.

Daniel Molina: Luca fue una brisa de aire fresco y de renovación radical. El rock

argentino se había fosilizado un poco en la dictadura. Ese es el efecto perverso de la

persecución y la censura: te enclaustra en un momento y te dificulta que avances.

Luca trajo a Buenos Aires parte de lo más interesante de lo que estaba pasando

afuera. Pero no fue un mero importador porque lo tenía en la sangre. Era eso. Fue un

agitador solo por hacer la suya.

Fernando Noy: Luca era coherente y tenía un humor exquisito que no todo el mundo

se bancaba. No creo que ni siquiera a sus músicos les resultara cómodo. Ni a

Pettinato cuando lo cargaba, ni a Mollo cuando lo puteaba en el escenario. Pero era

la ternura más impresionante del mundo… Era un punk que venía a traerte el chiste

que no te iba a gustar.

Geniol: Los músicos argentinos eran baladistas y Luca era rock’n’roll porque tenía

calle.

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Alfredo Rosso: No creo que Luca fuera resistido entre los músicos argentinos

consagrados, pero quizás no lo entendían mucho. Tenía cosas afines con Moura, con

Cerati, con Calamaro, obviamente con Los Redondos.

Gloria Guerrero: Luca le caía bien a la mayoría de los músicos. No recuerdo a

nadie que me hay a hablado mal. Él podía decir cosas de los demás, pero si tenías dos

dedos de frente, veías que lo hacía con altura y no te calentabas.

Lalo Mir: Generaba muchas cosas en el ambiente del rock, lo típico que despiertan

esas personas, mucha admiración y mucha envidia. Era un chabón que llegó, dijo

tres pelotudeces y todo el mundo y a estaba hablando de él. Estimo que fue una

mezcla de admiración y envidia, y mucho misterio. Luca era un gran signo de

interrogación.

Daniel Melero: Luca era un esnob. El esnob es lo que le da onda a la Corte. La Corte

produce a los esnobs para sentir que está en algo. Cuando Luca empezó no tenía

poder, pero hizo una construcción hasta generar una onda. Yo siento que también soy

un esnob en ese sentido, salvo que la Corte viene a mí. Soy más engreído todavía.

Gloria Guerrero: Puede ser que tuviera un personaje, pero si le caías bien era muy

fácil sacarlo de ese lugar. Su forma de ser era irónica, muy aguda. Si enfrente tenía

un muñequito iba a pegarle un par de bifes para divertirse. Pero lo hacía sin maldad,

de una manera muy picante. Era un tipo muy sincero. Sin vueltas. Luca le

encontraba la sencillez a todo. No tenía posturas sino que él era así. Dividía a las

cosas, y a las personas, entre lo que para él era hipócrita o no lo era. Basaba todo en

eso. Él podía gastar a Soda, como cuando se vanagloriaba de que “ellos meten 100

tipos y nosotros metemos el doble en el mismo lugar”. Pero si veía que su

contrincante musical era honesto y sincero, lo dejaba tranquilo aunque a él no le

gustara esa música y le pareciera vana y demás. Gastaba a Los Violadores porque

estudiaron en la Universidad de Belgrano, eso sí. De hecho, yo estuve en la casa de

Hari B y la mamá vino con un chocolate caliente para el nene. Entonces: “¿Qué

punk?”. Eso lo sacaba mucho más de quicio que alguien que hiciera música vana o

estúpida. Respetaba mucho más a un tipo como Cerati, que se crió así y no lo

ocultaba. Luca no era Pappo ni le decía al DJ que fuera a laburar, no iba a valerse de

eso.

Patricia Pietrafesa: Yo lo veía parecido a Lou Reed. No tenía mucho que ver

físicamente, pero para mí era algo así. Lo que te pegaba de Luca era verlo tan

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cercano, tan real, como uno más, cuando a la vez era alguien tan especial. También

te pegaba su forma descarnada de manejarse en el escenario. Es como que no era

punk pero al mismo tiempo sí. Su influencia tiene que ver con lo ideológico. Luca era

intocable. Con otras bandas pensabas: “Ahora Los Violadores se vendieron…”. Eso

de “venderse” se usaba mucho en ese momento. Pero jamás se me hubiera cruzado

por la cabeza pensar que él se había vendido porque firmó un contrato con alguien.

Luca estaba en otro plano, jamás lo cuestioné, algo que sí hacía con otros. Ni se me

ocurría pensar eso con respecto a Luca, y me pasaba lo mismo con respecto a Virus.

Alberto “Superman” Troglio: Los que más le gustaban a Luca eran Lou Reed y John

Lennon.

Marcelo Gasió: Sumo y Virus rompieron con todo lo que se venía haciendo y

escuchando en la Argentina. Dijeron: “En el mundo se está escuchando otra cosa”.

Estábamos a años luz de Europa, desconectados de todo, había censura, las películas

no llegaban o venían cortadas, te prohibían leer ciertos libros. Los accesos a la

información eran complicados. Lo que hizo Luca fue decir: “No, miren, muchachos,

en el mundo no se escucha más Yes y Emerson, Lake & Palmer. No necesitás ser un

músico académico para hacer un grupo. Te juntás con amigos, aprendés tres o cuatro

acordes de guitarra y salís a tocar”. De hecho, hay muchas canciones de Sumo que

tienen un único acorde, como es el caso de “Leave Me Alone”. Luca renegaba de

Los Violadores porque decía que eran pibes de Belgrano. Le gustaban Casanovas y

Alerta Roja.

Diego Tuñón: Luca estaba a favor y también en contra de lo que a mí me gustaba,

porque odiaba a Virus. Siempre me pareció raro que odiara a Virus, porque eran los

más modernos de todos. Virus era arte. O sea, retaría a cualquier banda del mundo a

que me diga que tiene mejores letras que Virus, sobre todo en el rock latino. Voy a

cualquier país del mundo y te digo: “Mostrame una obra con la solidez de Virus…”.

Creo que ni Sumo la tiene, porque tenía más actitud que canciones, ¿no? Tiene cosas

lindas, muy lindas, Luca era un gran cantante, tiene músicas geniales, pero cuando

entrás a “Los viejos vinagres” hay detalles que no están tan buenos… A Melero

tampoco le gustaban ni Virus ni Sumo. Para él, Virus era grasa. A mí me gusta eso de

ser un poco grasa, qué sé y o. Llegar a lo popular desde el capricho más que desde el

lado de la vanguardia. Melero igual tiene algo de grasa en su genialidad.

Daniel Melero: Sumo fue muy influyente, eso es innegable. No es la música que

escucho ni me sentaría a escuchar sus discos. Con Los Redondos tampoco me

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enganché jamás. De todas maneras, y o no sentía afinidad con nada, pero sí con la

gente… Me veía todo el tiempo con Federico Moura y le decía que Virus era una

mierda. En general nunca estuve de acuerdo con la manera en la que todos pensaban

su carrera. Yo la pensé de otra forma y me construí un lugar propio. Por supuesto

que me encantó cuando me ofrecieron contratos discográficos, pero también me

encantó irme de ahí rápidamente y comprobar que podía subsistir y seguir. Yo

aprendí muy rápido que se podía ser elegante sin tener dinero. Que la plata no tenía

que ver con tener estilo. Estos grupos como Los Redondos no tenían personas con

estilo. Tenían un estilo de vida, pero ese estilo era caro porque había que tener plata

para ser un Redondito de Ricota. Yo me enganchaba más con Los Violadores. En esa

época siempre me llevé mejor con los punks. Luca tenía onda con los punks porque

les aportaba algo energético que no les daba nadie.

Diego Tuñón: La escena de los 80 me salvó la vida. Para un adolescente la música es

todo. Es su religión. La Argentina estaba en un proceso en el que no había sucedido

nada. Siempre había habido mucha curiosidad y mucha creación musical, pero te

nombraban a Baglietto y todo eso era una extensión del hipismo. Querías comprarte

la revista Pelo y eran todos hippies, salvo alguna cosita, un pedacito, sobre el newwave.

Yo me la compraba por ese pedacito. Que existieran Virus y Sumo y que

empezasen a sonar en las radios era esperanzador. Fue lo que me hizo creer que

podría llegar a existir la carrera de músico, digamos.

Gloria Guerrero: Una vez me dijo: “Si yo hubiera nacido acá me hubieran pegado

un voleo, pero vengo de Europa con todo el conocimiento”. Luca nos mostró música

de la cual no teníamos idea. Era un bicho raro, al argentino le encanta el exotismo y

él lo sabía incluso mejor que nosotros.

Bobby Flores: De Luca me llamaba la atención que no le tenía miedo a nadie. En

esa época no sabías bien dónde estaba el enemigo, pero a él lo paraba la cana y no le

pasaba nada. Si nos pasaba a nosotros nos cagábamos todos. Estuvimos en lugares a

los que cay ó la cana, lo miraban y el que metía miedo era Luca… Como era

extranjero, lo tenían ahí, él se daba cuenta de eso y lo aprovechaba: “¿Qué tocás?”,

les decía. “Tocame a mí… Qué lo tocás a él que está doblado y tirado en un sillón. Te

aprovechás de él, hijo de puta”. Luca contraatacaba y los canas no hacían nada.

Sabía que tenía cierta ventaja y se ponía bravo. Yo adoraba eso y me sentía seguro

estando con él. Luca entendía lo que estaba pasando porque lo veía periféricamente,

pero nosotros estábamos dentro del quilombo y nos costaba más. Eso me abrió

bastante la cabeza.

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Lalo Mir: Una noche fuimos a ver a Los Fabulosos Cadillacs, cuando todavía se

llamaban Cadillac 57, a un lugar en la calle Marcelo T. de Alvear, en un primer piso.

Había un boliche y yo lo llevé a Carlos Rodríguez Ares porque le había hablado de

Los Cadillacs y el pibe estaba con Virus, haciendo de representante. Me pasé la

noche bebiendo y hablando al pedo con Luca en una mesa mientras estaban tocando

los Cadillacs, todo muy informal. A él le interesaban la literatura, el arte, la calle, el

tango, la cultura, era muy curioso intelectualmente. Yo siempre fui muy aficionado a

las artes plásticas, a las artes visuales, siempre me gustó mucho la fotografía, y estoy

todo el tiempo traduciendo imágenes a sonido, la arquitectura me influye. Con Luca

hablábamos de esas cosas porque eran unos códigos que él entendía, unos

decodificadores con los que se conectaba. Era un tipo formado, tenía una cultura

bastante completa. Además era una esponja, leía mucho, tenía que ocupar la mente

con algo.

Alfredo Rosso: A Luca le gustaba mucho el cine italiano de principios de los 60.

Hablábamos de eso porque yo era muy fan de Fellini y de Pasolini, y a él le

gustaban cosas todavía más cretinas. A los dos nos encantaba Antonioni. Me acuerdo

que un día me dijo: “A mí me gusta mucho la actriz Virna Lisi”. Le respondí: “Ah, la

que actúa en Desierto rojo, de Antonioni”. “No, esa es Monica Vitti”, me contestó,

como diciendo: “No te hagas el que sabés conmigo…”. El tipo era un fan de verdad.

También era un gran fan de Lennon. Por eso tiene ese tema que es terrible y que

salió a grabar en Fiebre, “Cállate, Mark”.

Daniel Melero: Nunca lo escuché a Luca decir algo que me interesase

particularmente, una opinión sobre algo. Me parece que en un punto era muy egoísta,

no sé por qué guardo esa sensación… Creo que es porque era un tipo que se erguía

muy fuertemente, como un sabedor de algo que su música no respaldaba. En eso y o

era parecido a él porque también me creía que la tenía. Éramos todos inmaduros. Me

acuerdo que fui al primer recital en el Astros y me aburrí. Luca salió de abajo, por

una trampa que tenía. El único que me llamaba la atención era Arnedo. Es más, yo

quería que Arnedo tocara con Los Encargados, en un momento iba a poner a Arnedo

y a Gramática, el baterista de Los Violadores. Pero bueno, no ocurrió, fueron charlas

porque la onda estaba. Cuando en el Einstein estábamos en camarines, con el que

más hablaba era con Arnedo. Me gustaba su sonido, la parada, en cierto sentido era

como un Bill Wyman, estático y muy dinámico para el bajo. Tenía formación, me

parece.

Mónica Stromp: Creo que mientras más sabés, más esponja sos, más podés

absorber, más reciclás y sacás afuera. Luca tenía mucho de eso. Lo ves en la

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variedad de las propuestas que hizo a nivel musical. No se quedó con una única cosa.

Germán Daffunchio: Lo del Astros fue una locura importante de nuestra parte. Fue

increíble. Era la primera vez que trabajábamos con luces, por ejemplo. Nunca

habíamos estado en un teatro propiamente dicho, con un disco en la calle. Yo lo vivía

como una consagración. Con Luca nos mirábamos y nos decíamos: “¿Viste, boludo?

Mirá todo el quilombo que hicimos. ¿Te acordás cuando estábamos en Córdoba?”.

Alfredo Rosso: Una vez pactamos una nota con Luca en el bar Suárez, un bar típico

que desapareció, un clásico de Buenos Aires. Fue cuando Sumo estaba planeando el

recital del Astros, que estaba a media cuadra. Nos juntamos ahí con Luca, Jorge

Crespo, Sergio Marchi y Eduardo de la Puente. Nos fuimos a mi bulín de Villa

Crespo, y ahí hicimos una larga nota que salió en la revista Rock & Pop. La entrevista

salió muy bien, y después nos fuimos a comer una pizza a un lugar que se llamaba El

Gol de Ortega y Moreno, en Corrientes y Paraná. En un momento, Luca dijo: “¿A

esto le llaman pizza ustedes?”.

Carlos “Aspix” Giustino: Hice una sesión de fotos con Sumo cuando estaban por

presentar su disco en el Astros. Ellos querían hacer las fotos para la promoción en vía

publica y me las pidieron a mí. Las hicimos en la sala del Palomar, en un ensay o.

Luca era histriónico al momento de hacerse fotos, muy desenvuelto, tenía una

personalidad muy distinta al resto de los pibes de acá. Nosotros veníamos de la

dictadura y realmente nos impactaba su actitud. Tenía ese costado de reviente que

lejos de horrorizarnos nos caía muy simpático.

Daniel Melero: Cuando llegaron al teatro Astros construyeron la plataforma que

después aprovecharon Los Redondos. Porque el crecimiento de Los Redondos es

debido a la desaparición de Sumo. Creo que en gran medida fue así, de la misma

manera en que la desaparición de Los Redondos tuvo consecuencias en crecimiento

para otros grupos. La diferencia es que en Sumo y Los Redondos existía una cultura,

por lo menos.

Fernando García: Los Redondos se llevan con ellos un poco del aura de Luca, es

cierto. La primera vez que lo vi al Indio tenía una barba, un look horrible, era Ángelo

Paolo, un tipo de whiskería, ni siquiera era cheto, no sé cómo definirlo. Lo que pasa

es que Los Redondos tenía una cosa desafiante muy de ellos. Eso de que le copió la

pelada a Luca lo sospecharía más de Gustavo Cordera que del Indio. Sí es verdad que

después de Luca se hizo un ícono de la pelada. Evidentemente, le copiaron eso pero

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nadie se puso a escuchar a John Martyn…

Palo Pandolfo: El primer pelado fue Luca, el Indio se peló después. Yo vi a Los

Redondos en el Parakultural y… ¡Todavía tenía pelo!

Gloria Guerrero: Los Redondos tocaban desde hacía años, eran de otra ciudad y

tuvieron que meterse en Buenos Aires. No coincido en eso de la herencia de Sumo.

Al contrario, porque eran complementarios, como dos tipos que atendían el mismo

almacén.

Fernando García: En mi colegio, Sumo era el grupo “de los putos y los

drogadictos”. Eso es lo que se decía. Todos iban a ver a Soda y Sumo les parecía un

grupo de degenerados. La gente iba a bailar, todos los pibes escuchaban a Los

Abuelos y música bolichera… Yo iba a un industrial y escuchar Sumo era como un

resistencia, incluso entre los mismos rockeros.

Walas: Ir a ver a Sumo era estar todos los que nos encontrábamos en lo shows

haciendo puerta, por ejemplo en el Stud Free Bar. Porque quedaba justo donde estaba

el túnel de Libertador. Era como una muralla de cemento y nos juntábamos todos los

raros que los seguíamos a esperar a que toquen. En esa época ahí también tocaban

Clap, Soda Stereo, Los Encargados, Sobrecarga, Factor RH…

Diego Tuñón: En el 86 festejé mi cumpleaños en el Stud Free Pub. Cumplía 16,

éramos fans de Sumo, ellos ese día tocaban y agarré a 10 o 15 personas y los invité a

todos al Stud. La plata para invitar me la dio mi papá. Fue un show impresionante y

entre el público casi no había nadie más que nosotros.

Raúl Romeo: El Stud Free Pub fue un lugar intermedio porque había una capacidad

casi para 500 personas. Tenía un ingreso que era a través de una play a de

estacionamiento, que no era muy grande, y después había un patio con plantas y

mesas. Los shows empezaban tarde, casi siempre una hora después del horario en el

que estaban anunciados o más. Originalmente el lugar era una caballeriza y estaba

en muy buen estado. Casi siempre, después de cerrar el Stud íbamos a Fly er. Unas

cuantas noches lo llevé a Luca y después se hacía cargo él de su vida. Se subía a mi

auto o al de cualquier otro que pasara. Luca había hecho amistad con el cocinero.

Eran dos personas opuestas pero él tenía esa capacidad de poder relacionarse.

Entonces, a Luca le gustaba venir al Stud porque había chicas lindas, era un lugar

tranquilo y su cocinero amigo le pasaba la ginebra. Nadie lo molestaba y él, con su

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descontrol, tampoco molestaba a nadie. El Stud tuvo la suerte de estar en Belgrano,

que era un lugar distinto. Era fácil de ubicar y de llegar, en una zona tranquila.

Siempre estábamos dispuestos para que usaran el lugar como sala de ensay o o

hicieran una buena prueba de sonido. Llegaban a la tarde, armaban todo y hacían lo

que tenían que hacer; pasaba la previa de arreglar el salón y más tarde se tocaba.

Cuando llegaba el momento del show, Luca y a había bebido bastante.

Fernando García: En el Stud Free Pub, la primera vez que fui a ver a Sumo todavía

no había pogo. En Cemento ya sí. Era un pogo fuerte que si te agarraba te mataba.

Gillespi: Aquel pogo de Cemento derivaba en piñas, no era como el que hacen hoy

que viene Green Day, donde los pendejos saben que está todo bien. El pogo de los

shows de Sumo se mezclaba con la gente común, que pensaba que los estaban

empujando y terminaban todos a las piñas.

Katja Alemann: Estaba bueno Cemento, qué pena que lo tiraron abajo. Lo diseñamos

con Omar porque él quería tener los dos lugares, aunque después al Einstein lo

clausuraron, ni me acuerdo qué pasó, pero fue una pelotudez. La idea de Cemento

era un lugar con los materiales a la vista, sin chifón ni los espejitos que tenían New

York City, Mau-Mau y los lugares de la época. Teníamos la idea de hacerlo

totalmente crudo, con la fuerza de ese material. Le pusimos “Cemento” por eso,

hicimos todo con ese concepto, el ladrillo, el asfalto. Al principio fue un furor, sobre

todo el primer medio año, porque venían de cualquier lado a ver qué habíamos

hecho. Después salió la competencia, que fue Paladium, y los artistas se fueron a

trabajar ahí porque les pagaban más… Paladium existió dos años, pero se llevó todas

las ideas, y lo hizo con espónsores y con guita. Copiaron nuestra estética con artistas

nuestros. El 85 fue el año de la “traición de los amigos” y fue bastante complicado.

Cuando la gente ve plata se vuelve loca. Nadie sabe lo que cuesta hacer un lugar…

Cuando empezó a ir bien y ganábamos plata, muchos artistas se pusieron envidiosos,

reclamando por qué no les pagábamos a ellos. Nadie sabía que cuando abrís un lugar

así, tenés que recuperarte de todo lo que invertiste. Fue a partir de la “traición de los

amigos” que Cemento viró más a la música. Empezamos a hacer más recitales en

Cemento, algo que al principio no pasaba.

Fernando García: En Paladium, cuando Los Redonditos presentaron Oktubre, Luca

andaba caminando entre el público y hacía mímica de Skay. No lo hacía burlándose,

al contrario, parecía copado de verdad.

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Raúl Romeo: Los que manejábamos el lugar éramos muy gentiles con los plomos y

ellos cuidaban todo el tiempo el negocio por sí mismos. Los Sumo protegían sus

equipos y también a sus chicas, a las camareras y a su público. La gente se

autocontrolaba y, si bien había personajes que entraban o salían y eran difíciles por

algunas circunstancias, la misma gente que los conocía los neutralizaba. Luca sentía

que el Stud era su casa, y también le gustaba ir por las chicas. Si bien consideraba a

la zona de Belgrano como careta y todo eso, tenía esa ambigüedad. A lo mejor,

durante el día se la pasaba tomando ginebra en el Abasto, pero también disfrutaba de

buscar lindas chicas y todo eso. Hubo un show en el que salió con un colador en la

cabeza. Se lo habrá dado Juan Carlos el cocinero, imagino. Fue en la época en la que

presentaron Divididos por la felicidad.

Katja Alemann: El Día de la Independencia, cuando recién habíamos inaugurado,

hice la primera performance en Cemento. Entré con un mateo, toda desnuda y con

un caballo de verdad, encadenada con el Ave María. Había dos efebos, que eran

Batato y Gabriel Chame, que me llevaban hasta el escenario en medio de toda la

gente, que no podía creer lo que veía. Porque y o además estaba en la televisión y me

conocía todo el mundo. Era la Madre Patria en bolas, con una peluca de soga que me

había hecho, toda pintada de cobre para ser como una india, con todas las crenchas

largas, y encadenada. Una Madre Patria medio indigente, digamos. De fondo sonaba

el himno nacional y yo estaba rodeada de pibes que me miraban de cerca para ver si

estaba realmente en bolas o no. En la parte del himno de las “rotas cadenas” caían

las cadenas y soltamos las palomas que teníamos atrás. Después me subí a una

cruz… Me acuerdo de mirar a la gente, porque el lugar estaba lleno, y realmente

hubo un momento de recogimiento cuando sonó el himno. Lo cantó todo el mundo.

Recién había vuelto la democracia y recuerdo sentir la sensación de que otra

Argentina era posible. Fue muy emocionante. Realmente emocionante. No fue una

joda. A partir de ahí Sumo tocó mucho en Cemento, más que nada al principio,

porque convocaban muchísima gente. Después no pudo tocar más porque la gente

que traía excedía la capacidad del lugar.

Fernando Noy: Cuando inauguró Cemento caímos con un grupo de crestas, que era

la banda “Speed de poetas locos”. En esa época apareció Geniol, una figura que me

hipnotizó para siempre. Él hacía una especie de personaje en el show de Sumo en

Cemento, y también en otros boliches. Yo tenía un pie en el folclore y era amigo del

dueño de La Capilla, un gallego, que había armado ese lugar, que era una iglesia

armenia, en Suipacha y Córdoba. Empezó haciendo espectáculos muy caros, con

una entrada como de 100 dólares, con figuras como Astor Piazzolla, Atahualpa

Yupanqui y el Cuchi Leguizamón… Yo lo ayudaba en la producción, en la parte

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ejecutiva, pero el lugar empezó a caer y la gente no fue más. Entonces, el dueño de

La Capilla me dijo: “¿Vos no me programarías figuras de rock de acá?”. Así fue que

programé a Los Redonditos de Ricota y a Geniol con Coca, que era el grupo punk del

momento, el show que veneraba Luca Prodan, en el que fui la invitada de honor…

Era maravilloso porque podía darme el lujo de aparecer vestido de monja, con

minifalda, y meterme con un carrito de supermercado, con calas en el culo, como si

me las metiera de verdad. El hit del momento de Geniol con Coca decía: “Tú no

esperabas/ la mariposa/ y a no quiere más nada…”. Después programé a Sumo. Luca

venía y me decía: “¿No lo viste a Geniolo?”. Luca sentía una adoración terrible por

Geniol. Era su metal clown. Por Geniol sentía una admiración que se le prendían los

ojos de luz. Yo también lo veneraba a Luca. Él veneró a Geniol por esas

reciprocidades que se dan entre los pares. Después de esos conciertos el lugar se

transformó en La Capilla del Rock.

Pety (cantante de Riddim): Empezó a gustarme el reggae escuchándolo en las

previas de Sumo. Me acuerdo puntualmente cuando escuché Yellowman, el tema

“Strong is Strong”, en Cemento. Pensé: “¡Esto está buenísimo!”. Fui a preguntarle a

Chabán, que estaba bailando en círculo con ese tema, qué era lo que sonaba. Me

respondió sin dejar de bailar: “No sé, la música la ponen estos locos”. A partir de ahí

empecé a investigar.

Geniol: Luca era vivo. Interpretaba las cosas enseguida. Él sabía que y o era de la

calle y que lo que decía era verdad.

Fernando Noy: En La Capilla del Rock se programaba un mes entero de shows.

Tocaban Los Enanitos Verdes y Fito Páez, pero también estaba lo que iba a llamarse

la “Misa Punk”, un evento donde todos los punkekes iban a ver a ver a Geniol con

Coca, en un espectáculo en el que también estaba y o. Habíamos programado cuatro

viernes, pero el primero fue un escándalo tan grande que en un momento vino la jefa

de prensa y me dijo: “Noy, no salgas por afuera porque hay siete patrulleros

esperando”. Los punks habían grafiteado todos los coches, las paredes, habían escrito

símbolos anarcos y punk. “¡Tenemos que escapar!”, grité. “¡Salgamos por los

tejados!”. No me olvido más de eso, huy endo por avenida Córdoba, yo con mis

medias todas destruidas, con mi tutú hecho con conos de bailarina clásica y la cresta

punk… O sea, una maravilla…

Katja Alemann: Cemento era un lugar absolutamente democrático, para nada

discriminatorio, al que podía entrar cualquier persona vestida de cualquier manera.

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Había mucha gente que no tenía otros lugares para mostrarse, como todos los grupos

de hardcore y punk que Omar tanto bancó. Fue un estratega en su manera de armar

las fechas y de hacer coincidir grupos, festivales, y darles lugar a grupos durante

muchos años, hasta que se hacían famosos. Lo de la canción “Quiero dinero”,

cuando Luca cantaba “¡Helmut, Omar! ¡Quiero dinero!” salió de algunas discusiones

que hubo por la guita. Luca era muy romántico y Omar cuidaba la plata porque

había que bancar los costos. Cuando tenés un lugar no podés hacerte el hippie. Hay

que funcionar como empresario. En Cemento, la responsabilidad económica era

mucho may or que en el Einstein porque era un cacho de lugar. El alquiler era mucho

más alto, trabajaba mucha más gente… Eso hacía que Omar siempre estuviera

viendo cómo hacer para que viniera gente y, por supuesto, ganar plata con eso. Todos

queremos ganar dinero con lo que hacemos.

Germán Daffunchio: La gente piensa que movíamos miles de personas y no era así.

En el under metías 300 y estabas chocho. Empezó a cambiar cuando hicimos los

Astros para presentar el primer disco.

Andy Cherniavsky: En el Astros, en la presentación de Divididos por la felicidad,

saqué fotos unas fotos bastante zarpadas en el backstage, con todos agarrándolo a

Luca, haciendo caras y qué sé y o. No había que pedirles nada porque ellos armaban

su propio circo, algo muy propio de la escena. Luca agarraba ese hueso que tenía, un

fémur, o un tampón… Tengo una foto de él con un tampón colgando en la mano.

Tenía un condimento muy diferente de todo lo que y o venía viendo. Los únicos que

eran más o menos parecidos eran Los Abuelos de la Nada y Los Twist.

Germán Daffunchio: En el Astros, no sé si fue en el primero o en el segundo, con la

gente de la compañía de discos hicimos playback de todo el disco. Era una forma

barata de hacer diez videos. La historia dice que se los robaron al tipo que los tenía.

Los dejó en el auto, en algún lugar y cuando fue a buscarlo le habían afanado el auto.

Quedaron dos o tres.

Walter Fresco: La compañía apoy ó el show en el Astros, como lo hizo con tantas

otras cosas. Hay que tener en cuenta que en esa época no se usaba que la

discográfica tuviera los conciertos de los artistas. Sí implicaba un crecimiento

paralelo. Para nosotros, desde lo musical; para ellos, con el objetivo de vender

algunos discos más. El soporte principal que dábamos era convocar a los medios y

demás cosas que se hacen siempre. Es más, hicimos una presentación “paga” para la

prensa en el Stud Free Pub. Fue la primera vez que cuatro o cinco personas

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importantes de la compañía vieron un show de Sumo. Quedaron culo para arriba.

Germán Daffunchio: El Astros no nos dejó mucha plata. Cuando no tenés nada y

ganás algo te parece que es un montón. Pero, honestamente, no recuerdo haber

salido a comprarme nada ni decir: “Che, ahora sí, vengan que los invito a todos a

comer”. Se trataba de sobrevivir.

Judith González: Cuando Sumo tocó en el Astros, Luca se puso un disco atado en la

cara, como si fuera una careta, y dijo: “Ahora soy un disco”. Sentí que estaba

anunciando la llegada de otro público, que después se agrandó todavía más. Esto iba

en paralelo con lo que empezaba a pasar con Los Redondos, aunque a ellos el público

masivo les llegó un poco después.

Germán Daffunchio: En el Astros usé unos brazos… Fue una locura de mi mujer y

sus amigas. Porque Luca salía con pelucas y nosotros teníamos nuestra parte. Era

para generar una reacción de asombro. Esos brazos eran buenísimos, lo pienso y me

cago de risa. No lo puedo creer… Ese día tuvimos que pagar todas las butacas rotas.

Ahí empezó a descubrirse que el rock, el verdadero, el sanguíneo, no era compatible

con butacas. Se entendió que tiene que haber una parte para la gente que quiera estar

parada saltando. Eso lo aprendimos en el Astros porque… Nos costaron bastante plata

esas butacas. No las habían roto de mala onda, había sido gente que se paraba a

bailar… Después del primer disco arrancó la anteúltima etapa de Sumo, cuando

Timmy armó una especie de productora. Atendía Mónica, la novia de Luca, y se

hizo con Jorge Crespo. Era una agencia, una oficina nuestra en la cual contrataban los

shows. Ahí fue que hicimos el Astros.

Timmy MacKern: Crespo conoció a Luca en algún lugar, lo convenció de que

laburaba en publicidad y que podía ayudarnos. Se hizo muy amigo de Luca y nos

dijo: “Este tipo nos puede ayudar mucho” y así quedó.

Paula Menéndez: Jorge Crespo y Luca estaban siempre juntos. Jorge se pegaba a

Luca permanentemente porque mostraba todo el furor, la furia, el amor, la pasión y

el delirio que tiene que tener un fan absoluto. Nacho, el hermano de Germán,

también era bastante fanático.

Alberto “Superman” Troglio: Crespo era como un segundo manager que ay udaba a

Timmy. En una época tuvimos una agencia en Bartolomé Mitre. Yo vivía cerca y

estaba de novio con una loca que pintó en un escenario. Yo siempre me ponía de

263


novio con las locas. Un día, en uno de los Astros, estaba tocando y por debajo del

plato del hi-hat vi que había una flaca que me sonreía. Cuando terminó el show la

hice subir al escenario y me quedé con ella. Yo tenía que viajar a Luján pero le dije:

“Voy a dormir por acá, si querés nos quedamos juntos”. Ahí empecé a pelar, porque

eso de tener verso es una boludez. A una mujer le decís realmente lo que sentís y se

terminó. Sinceridad y listo. Entonces me la levanté, congeniamos y nos quedamos

toda la noche. La piba estaba re loca, se hacía llamar “Carol”, y la casa de ella era

en Villa Ballester, cerca del pueblito mío. Se me prendía para los shows, hasta que

después me enteré, por ella misma, que también andaba con Luca. Un día estábamos

en lo de Diego con Carol y cay ó Luca con el fletero, que era un amigo de Jorge

Crespo. Cuando la vio, y o me adelanté y le expliqué. Pensé: “Este me va a cagar a

trompadas”. Pero me dijo: “Estaría bueno que no se mezclen las mujeres con la

banda”. Porque era una de los satélites que daban vueltas.

Claudia Gernhardt: Podrán aparecer dos mil novias de Luca. Pero su gran amor

fue Mónica. Él quería formar una familia con ella. Nosotros dos nos decíamos las

cosas al pan, pan y al vino, vino. También le decía lo que no me gustaba. Recuerdo

comentarle a Diego cosas que yo le decía a Luca y que él me respondiera: “¿Eso le

dijiste? ¿Y qué te dijo?”. Eran cosas como: “Luca, hoy desafinaste un montón, y o

que vos le devolvería la entrada a todos los que vinieron”. Siempre fuimos muy

frontales y sinceros entre nosotros. Por eso, por más que aparezcan dos mil novias,

y o puedo asegurar que la mujer con la que él tenía en su cabeza un proyecto era

Mónica.

Mónica Stromp: Timmy me pidió si podía ir a trabajar a la oficina de producción,

para atender el teléfono y tipear los contratos. Era muy divertido porque estaban

George y Timmy. Los chicos no caían casi nunca, salvo que Luca viniera a

buscarme. Básicamente era eso: escribir los contratos, hablar por teléfono, no pasaba

mucho. Después ay udé para cobrar entradas en Obras y el Astros, pero nunca

pretendí ser manager ni acercarme al grupo de management. Se daba como se daba.

La oficina duró un año y después se disolvió. Estaba en la calle Perón, era un

conventillo con dos cuartitos y una puerta con ventana de vidrio. Doña Rocío se

llamaba la dueña, una señora muy anciana.

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Capítulo 15

Llegando los monos

“¿Qué reventado? Yo fui al mejor colegio de Europa, con el príncipe Carlos de

Inglaterra. Hablo castellano, francés, inglés, ¿vos cuántos idiomas hablás? Yo cuatro

y medio y vos uno. Y yo soy el reventado, de repente, ¿qué pasa?”.

Luca en el programa Espantapájaros.

“Por vestimenta, tics y gestos, la apariencia del público de Sumo(…) parece

diferente. Ellos son chicos que se la saben. Tienen cara de eso: de saber y de

rechazar. Son sofisticadamente desalineados y se la creen. Eso es seguro: se la creen.

Tanto se la creen que actúan frente a Sumo como las admiradoras de Tremendo o

Menudo. Y Sumo pone lo suyo. Sumo hace como que no hace. Y los chicos hacen

como que lo creen. Sumo hace que está copado con la suya, que no le calienta lo que

pasa abajo del escenario y juega a delirarse y los chicos hacen como que eso es

verdad. Un jueguito parecido al de Menudo pero para chicos sofisticados, esos que no

se dejan engañar por la TV. Sumo es eso: Menudo cantando en inglés el rock de los

‘chicos malos’. (…) Tengo que hacer una confesión. Para atreverme a escribir esta

nota y rememorar aquel recital de Sumo, tuve que poner Piano bar de Charly García

a todo volumen. Sino la pálida no se banca”.

Daniel Molina en el número 41 de El Porteño, 1985.

“Cuando no éramos importantes, nos sentíamos así; y cuando lo fuimos…Ya no

estábamos sobre la Tierra. Bueno, especialmente nuestra mente y nuestra música,

ambas envueltas en un veneno fantasmal, perverso y narcótico, que nunca nadie

entendió cómo entró, cómo se quedó y si alguna vez nos abandonó. Lo increíble fue

que no se trataba aquí del síndrome ‘soy famoso, ¡mis somníferos, por favor, y mi

baño de espuma!’. En el rock el desmadre tarda poco en llegar. Nadie en el mundo

clásico imagina a Leonard Bernstein echado sobre almohadones, fumando opio,

mirando las piruetas de un insecto cualquiera, animando el horrible silencio. Era

increíble, pero ahora recuerdo todo como varios procesos sucediendo y creciendo

simultáneamente, independientes unos de otros, entre sangre y terciopelo, todo

ardiendo y descomponiendo los rostros… Sumo, una boca voraz disfrutando del cielo

y las tinieblas sin culpa ni llanto. Nunca acerté tanto como el día en el que le dije a

Cerati: ‘Ustedes son los Beatles… Nosotros los Rolling Stones’. Y para ser más

exactos, los Stones de Exile on Main St.”.

Roberto Pettinato en Sumo por Pettinato.

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En los primeros meses de 1986, el humor social asumió la presencia de un progresivo

deterioro económico. El lanzamiento del Plan Austral, aplicado por el gobierno de

Alfonsín en junio de 1985, frenó la inflación por unos meses sobre la base del

congelamiento de precios y salarios. La nueva moneda, el austral, prometía un

cambio de rumbo que terminó derrumbándose y marcó el principio del fin de un

período cargado de esperanza y cierta inocencia política. Un poco antes de la

instalación de ese efecto general, la escena artística más realista y sensible al devenir

de una realidad compleja acusó recibo en forma de hastío. El rock reflejó esa

densidad en el ambiente, en especial los grupos más nuevos, que reaccionaron con

pesimismo para describir un tiempo de duda, buena memoria y desilusión. Corpiños

en la madrugada y a había inaugurado esa vía de escape en los tugurios porteños.

Temas como “Night & Day” o “Divididos por la felicidad” adoctrinaron a muchos

músicos que antes fueron público y crecieron en la atmósfera pesada que exponía

Sumo. La aparición de bandas como El Corte, Fricción, La Sobrecarga, Corrosivos,

Mimilocos, Casanovas, Don Cornelio y La Zona, Control, Uno X Uno, La Forma,

Todos Tus Muertos y Clap, entre otros, modificaron la sastrería y el ánimo del under

porteño a pura distorsión y oscuridad. En la superficie, la mecha que encendió Joy

Division llegó al país a través de The Cure, pero en la vida subterránea parte de esa

melancolía ruidosa tenía a Sumo como primera referencia y a Luca como el vocero

existencial.

La adhesión dark-rock era solo una parte del equipaje de Luca Prodan. En su

valija no había gabardinas negras ni la más remota posibilidad de utilizar un corte

cardado al mejor estilo Robert Smith, y cada vez que Sumo se apoderaba del reggae

rompía con los esquemas previsibles de toda banda oscura. En realidad, la procesión

dark iba por dentro: mientras crecía la repercusión pública que imponía su estampa

de tipo rudo y máximo consumidor de ginebra Bols, el cotidiano miraba hacia El

Palomar y una temporada de convivencia con Mónica en la casa de su amigo

entrañable, Jorge Crespo. Como un paciente acostumbrado a las recaídas, esos

períodos tenían la dinámica de un sube y baja permanente, por momentos

espléndidos y en otros afloraban discusiones infernales. La negativa de Luca a

abandonar el alcohol siempre fue la madre de todas las controversias. En la banda,

solo Germán enfrentaba el problema cara a cara que en varias oportunidades

terminaron en escenas de pugilato. Desde los primeros días serranos, el núcleo

fundador de Sumo sabía que Luca estaba muriéndose desde el día en que arribó a

Ezeiza. A ese destino inexorable, Germán, Timmy y Mónica, o amigos como Jorge

Crespo o Claudia Gernhardt, ofrecieron batalla y cuidado para un trastorno mucho

más intrincado que el rótulo de dependencia alcohólica.

“A Luca le tocó el rol de ‘personaje’. Desde muy chico su papel fue el de

‘diferente’, loco, rebelde. Un estigma que Luca lleva con conciencia de que existe,

con aceptación y con alegría. El personaje Luca Prodan está construido en base a

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paradojas: Luca es feo, zarpado, sucio y está loco. Un ‘duro’. Y al mismo tiempo

destila ternura, honestidad, lucidez. Se vuelve lindo”, definía la periodista Nora Fisch

en el primer número de la reaparecida revista Expreso Imaginario. Con claridad y

simpleza, Fisch desentrañaba lo que hasta ese momento el periodismo observaba de

manera lineal. Para la may oría, Luca era un italiano que llegó para evangelizarnos

en materia de rock inglés de factura reciente y que tenía como mayor virtud desollar

músicos argentinos frente a cuanto grabador o micrófono tuviera por delante. Una

mirada reduccionista que muchos años después desembocó primero en una obra de

teatro y luego en una película horrorosa. En ambos casos, la caricatura (Luca vive),

por momentos desopilante, asfixió al personaje en un bao de descontrol y violencia.

Entre marzo y abril, Sumo registró Llegando los monos. Las condiciones de

grabación mejoraron de manera ostensible frente al disco debut: tanto la elección de

los estudios Panda como la presencia de Mario Breuer en la operación técnica y

mezcla determinaron que la banda acariciara por primera vez el sonido que lograban

en vivo. Luca se mantuvo a distancia. Grabó sus partes vocales con rigor profesional

y ofició de consiglieri en algunas decisiones. La locura estaba sobre los controles en

donde Arnedo, Mollo, Daffunchio y Pettinato bombardeaban a Breuer, un auténtico

piloto de tormenta en un mar de libaciones y mandíbulas pétreas. Nada del otro

mundo para una época signada por la idea del estudio como una zona liberada para la

experimentación con sustancias y el posterior efecto de retener la eternidad del

instante creativo.

“En cuanto al significado de Llegando los monos tiene tres sentidos. El primero

hace alusión a la vuelta de los milicos (no tenés más que ver lo reiterativo de la

historia argentina). El segundo habla de nosotros y el tercero es anecdótico. Resulta

que estábamos en Villa Gesell y no teníamos un mango porque la municipalidad nos

había prohibido tocar a raíz de que yo había puteado a una vieja. Después la señora se

volvió a Buenos Aires y pudimos tocar. Entonces salimos con un altavoz a la playa y

nosotros mismos gritábamos: ‘No es una alucinación. Está Sumo en Villa Gesell…

llegando los monos’”, le explicaba Luca a la revista Pelo del mes de julio. Para la

tapa del álbum, Luca y Timmy eligieron una imagen de la obra conceptual del

artista búlgaro Christo, titulada Package 1961. El enigma del embalaje como portada

continuaba en las canciones. Un arranque desconcertante sobre una base a pura

cámara de eco y un batallón de silbidos para la canción que le da título al disco; casi

sin pausa, el envión proto-punk de “El ojo blindado”, inspirado en un regalo de

Mónica, un colgante con forma de ojo que según Luca controlaba sus movimientos

infieles. Toda una declaración de principios en menos de tres minutos. El segundo

disco para CBS significó un salto de calidad respecto a Divididos por la felicidad, pero

no varió en nada el eclecticismo clásico-moderno que imponía Sumo cada vez que

desviaba la mirada para correr el foco de atención. El reggae estaba presente con un

tema de La Hurlingham, “No Good” y “Rollando”, solo incluido en la edición en

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casete; la psicodelia sombría podía transformarse en una bellísima y sentida marcha

lenta, “Heroin”, en honor a Claudia Prodan, Lou Reed y Wellapon; incluso se

permitía un hit infame para pagar las cuentas caseras que podía volverse irresistible,

como quedó inmortalizado en “Los viejos vinagres”. En el podio, “TV caliente” (todo

el amor de Luca por Virna Lisi), “Que me pisen” (la argentinidad inexplicable) y

“Estallando desde el océano” (originalmente conocida como “Bruce” por su

crescendo muy Springsteen). La banda quedó tan conforme con el resultado que

sobre el final del último tema, en el reprise de “Llegando los monos”, se escucha la

voz de Diego Arnedo diciendo “Para Mario”.

“Con su segundo álbum Sumo no defrauda ni sorprende. Es una potencia contenida

que amaga con haberse superado pero muchas veces pisa en falso”, admitía de

manera lacónica la reseña de Pelo, la revista con mayor tirada nacional en su

número 269, que elegía a Julian Lennon para su foto de tapa. En la agenda, y a pesar

del tiempo de crisis, Sumo no paró de tocar. En abril brillaron en Córdoba durante la

edición del Festival Chateau Rock ante la mirada desconcertada del gobernador

Ramón Mestre, que consultó a sus asesores para saber quién era ese pelado que

excitaba tanto al público. También tuvieron buena recepción en Electric Circus de

Quilmes, Gracias Nena de Capital y un show memorable en la disco Amadeus de

Berisso, con Luca intentando recuperar un cinturón luego de un pogo salvaje. La

correa apareció pero la hebilla nunca volvió, lo cual desató otra escaramuza y la

banda siguió tocando.

Por la misma época, algo de la memoria del bar Einstein se mudó a San Telmo

cuando en abril abrió sus puertas el Centro Parakultural de la calle Venezuela. A

pocas cuadras, en Estados Unidos al 1200, y a hacía un rato largo que Omar Chabán

y Katja Alemann habían inaugurado Cemento, que junto a Paladium de la calle

Reconquista formaban un triángulo perfecto de una escena cultural que y a daba

muestras claras de crecimiento y expansión. Espacios más amplios, sobre todo

Paladium y Cemento, la inclusión de la disco como instancia cercana a la órbita del

rock y la idea del centro multidisciplinario como el Parakultural modificaron los

hábitos nocturnos de muchos porteños y otros tantos que hacían muchos kilómetros

para llegar al bajo y luego cruzar por las callecitas de San Telmo para terminar o

empezar en Cemento. Luca era uno de ellos: sus largas caminatas podían arrancar en

el Abasto y continuar durante toda la noche pero casi siempre concentrado en el eje

Cemento-Parakultural-Paladium y todos los bares reos de la zona.

El hábito del caminante podía transformarse en bromas de amigos que asociaban

a Luca con Kung Fu: bolsito colgado en el hombro y la pelada característica que lo

volvía visible desde lejos. Así lo divisó Rodrigo Espina desde el balcón de su

productora de publicidad llamada Casting. El realizador y a había visto a Sumo en

vivo y pensó en Luca para uno de los roles de un corto experimental que estaba

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preparando. Su asistente, Jorgelina, quedó embelesada y no tardó mucho en

convertirse en otra conquista del italiano voraz.

El cortometraje El día que reventaron las lámparas de gas mostraba a Luca en el

papel de un parapolicial alterado, que corría por una terraza tras los pasos del

supuesto asesino de una rubia misteriosa interpretada por Belén Edwards, bailarina y

primera esposa de Gustavo Cerati. Con música de Sumo, Miles Davis y Chuck

Mangione, el registro intentaba contar una historia sobre el miedo, la paranoia y el

límite de lo prohibido. El relato apostaba al absurdo y podía suponer una especie de

ejercicio breve inspirado en After Hours, de Martin Scorsese. Además de Luca, hay

participaciones de María José Gabin y Alejandra Flechner, integrantes del grupo de

humor Las Gambas al Ajillo, y actores del circuito independiente como Luis

Ziembrowski y Marcos Woinsky. La experiencia sirvió para crear un vínculo

entrañable y permitió el ingreso de Rodrigo al círculo de confianza de Sumo. De ahí

en más, se encargaría de registrar con su cámara algunos conciertos memorables en

la historia de la banda.

El mismo día en que la Argentina se coronó campeón del mundo en el Estadio

Azteca, Sumo grabó, a las 11 de la mañana del domingo 29 de junio, una furibunda

versión de “Los viejos vinagres” en Feliz domingo. El programa se trasmitía en vivo,

pero las bandas invitadas tenían que grabar su set de dos o tres canciones antes de las

13, horario de inicio de las maratónicas jornadas conducidas por Silvio Soldán, en

donde varios colegios secundarios competían por un viaje a Bariloche. Algunos

grupos optaban por la salida del playback, pero Luca y los cinco magníficos fueron a

los bifes y sin dormir: venían de un amanecer movidito luego de tocar en la disco

Electrcic Circus de Quilmes. Luca apareció con una peluca negra y la banda lucía

como de regreso de un atraco que había durado toda la noche. Vestidos como

mercenarios, pantalones militares y algunos con anteojos de sol, la imagen del día de

la final de México 86 era un termómetro perfecto del momento de la banda. Desde

las tribunas, chicos y chicas de no más de 17 años coreaban el estribillo robado a

Rubén Darío: el “¡Juventud divino tesoro!” bajaba de las tribunas como una

aprobación y el cantante devolvía el gesto alzando la mano derecha a favor de una

“v” peronista. Sumo era popular y nacional, al menos en ese momento diferido.

Llegando los monos tuvo una aceptación instantánea en aquellos lugares a donde

Sumo antes no llegaba. El auge de las radios comunitarias propició una difusión extra

a mucha música que las FM establecidas pasaban de largo. El disco, además, tenía

canciones pegadizas sin perder esa mugre original ni los clásicos movimientos de

timón. A esa altura, estaba muy claro que todos los caminos conducían a Obras

Sanitarias. La primera escala tuvo a Sumo como dueño total del afiche para la

presentación de su nuevo disco el sábado 9 de agosto. “Sumo apabulló, demostrando

no solo que en la evolución sigue superándose a sí mismo, sino también que hoy por

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hoy es una de las bandas más grandes que tiene el rock local”, señaló Federico

Oldenburg desde la sección “En Vivo” de la revista Pelo. El concierto quedó

registrado en VHS, sin demasiado despliegue de cámaras ni de planos jugados, y

reflejó fielmente la épica del grupo. Como boxeadores que se dirigen al ring o una

versión más punk de Spinal Tap, la secuencia inicial expone, en apenas un minuto, la

épica de la banda: Mónica a un costado, observando los movimientos previos; Geniol

estirando su cuello de mimo; los Sumo como un bloque compacto de peleadores

callejeros junto a dos orientales que oficiarán de estatuas japonesas, todos esperando

la orden de salida. Suena “Crua Chan” y ese himno de guerra escocés será la señal

de combate. Nada volverá a ser igual para todos los que gritan desde el otro lado

después de la primera carga de la infantería ligera.

El ritual se repitió el 15 noviembre. De nuevo en Obras y esta vez junto a Os

Paralamas Do Sucesso, un ascendente trío brasileño de new-wave que empezó a

abrirse camino gracias a temas como “Gafas” o “Inundados”. Si bien los Paralamas

y a habían participado en la última edición del Chateau Rock en Córdoba, fue este

show con Sumo el que les abrió las compuertas del mercado argentino. Una semana

después, Sumo cruzó por primera vez una frontera nacional y se presentó en la

capital uruguay a como parte del Festival Montevideo Rock I, en donde también

participaron Charly García, GIT, Fito Páez y bandas orientales como La Tabaré,

Níquel y Los Estómagos, entre otros. El encuentro duró tres días y juntó a más de 50

mil personas. Sumo tocó el segundo día y dejó mucho más que una buena impresión.

“La inocencia y el candor se acaban cuando irrumpe Sumo (Argentina). La actuación

de este grupo fue impresionante. Músicos de gran veteranía (dos guitarras, saxo, bajo

y batería) guiados por un excepcional cantante: Luca Prodan, italiano. Prodan es el

rostro dela marginación. Aparece descalzo, enfundado en harapos, portando una

máscara con cara de cabaretera. Al quitársela aparece su rapada cabeza. Obsequia

—a él no le sirven— peines y cepillos de plástico ala concurrencia. Sumo realiza casi

todos los temas en inglés (reggae en su mayoría). Arranca con “Gaitas”, marcha

escocesa del siglo XVIII, de rebelión contra los ingleses. El grupo, altamente

profesional, suena de miedo. La presencia escénica de Prodan es maligna y

hostigadora. A pesar de eso y del idioma, logra una comunicación muy caliente. Se le

recordará por mucho tiempo como uno de los más carismáticos intérpretes que por

aquí han pasado”, escribió Jorge Bonaldi para la revista uruguay a Brecha. En otro de

sus clásicos gestos provocativos, Luca dedicó “La rubia tarada” a una parte de la

concurrencia: “Es para todas esas que viven en Punta Gorda y Carrasco... Es así,

¿no?”, preguntó para confirmar el dato sobre dos de los barrios más pitucos de

Montevideo.

Luego de tocar en varios escenarios gigantes, Sumo despidió el año en Cemento y

retomó el contacto con los aromas del under porteño. A pesar de la hiperactividad, el

grupo todavía no encontraba un equilibrio financiero. Como productores

270


independientes de los shows en Obras Sanitarias, debieron resignar ganancias frente a

los altos costos organizativos. El mejor trabajo fuera de la banda lo consiguió Luca

gracias a su amiga Claudia Gernhardt: fue durante varios meses el traductor del Topo

Gigio, el tipo encargado de develar los libretos firmados para la creadora de

simpático ratoncito animado, la veneciana María Perego. La creadora de Gigio

elogió la tarea de interpretación y en especial el muy buen manejo de la jerga

callejera romana. No duró demasiado pero la labor de traductor se convirtió en el

único trabajo fuera de la música que tuvo Luca en la Argentina.

En un año problemático en materia económica, el rock local creció en cantidad

de ediciones discográficas y en nuevas tendencias con muchos nombres de

recambio, y Sumo alcanzó el reconocimiento que se le negaba en ediciones

anteriores. Si bien Signos de Soda Stereo arrasó en casi todos las compulsas, muy

cerca del trío aparecía el nombre de Sumo o de su último álbum, Llegando los monos.

Luca, como siempre, dividía aguas: ganó como “personalidad del año” y también

como artista “peor vestido”. No estaba muy lejos de Gustavo Cerati en la ridícula

categoría “peinado del año”. En los sondeos de la revista Pelo, armados a partir del

voto de los lectores, por primera vez empezaron a rankear varios nombres nuevos:

Fricción (banda revelación de 1986), Todos Tus Muertos, Los Fabulosos Cadillacs,

Clap, Casanovas y La Sobrecarga expresaban un interesante síntoma generacional.

El mismo número en el que salió publicada la encuesta mostraba en tapa un brindis

entre Federico Moura, Gustavo Cerati y Miguel Mateos. Abajo, el título explicaba la

reunión cumbre en clara alusión al expansionismo latinoamericano del rock local:

“Rock argentino 87. Nueva música para el mundo”.

En la parte superior izquierda de la tapa se anunciaba, en letras celestes, “Póster

de Sumo”.

Timmy MacKern: No le importaba el fútbol pero tenía esa cosa de tano. En los

mundiales, le salía el orgullo italiano.

Diego Arnedo: Luca no entendía nada de fútbol. Nunca lo vi con una pelota en la

mano.

Enrique Symns: A Luca le hice una única entrevista y no anduvo el grabador. Así que

la inventé toda. El título era: “Yo no me cojo a las nenas de 15”. Pero era mentira

que me había dicho eso. Tuvo muchísimas novias, igual. Yo después salí con algunas

que habían sido amantes de él y era muy promiscuo, muy sucio… Las mujeres

tenían locura por Luca. Hay una cosa maravillosa que dice Freud: “El encuentro

entre el hombre y la mujer es imposible, porque el hombre ama en la mujer a su

madre, y la mujer busca en el hombre a Dios”. La mujer es más misteriosa, ¿Cómo

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puede ser que haya groupies? ¿Por qué y o no soy groupie de Madonna? No le haría

favores sexuales para conocerla. Las mujeres son mágicas.

Alberto “Superman” Troglio: Luca decía que la novia de Robert Smith había sido su

novia. Cuando vino The Cure a Ferro le dijimos: “Che, vamos a ver a The Cure”. Nos

contestó: “No, porque si me ve Robert Smith va a cagarme a trompadas”.

Mónica Stromp: Luca no podía tener su casa, lo sobrepasaba. Le costaba cuidarse y

quizás también asumir compromiso consigo mismo. Ese compromiso incluía tener su

propio lugar. Tuvimos un intento de convivencia, pero no salió muy bien. Quizás lo

que más se acercó a una convivencia fue el tiempo en lo de Jorge, en Palomar.

Después hubo otro intento en Hurlingham, pero que fue un poco fallido. Alquiló una

casa para nosotros en la calle Schubert, pero era una casa vacía, que no tenía

absolutamente nada. Consiguió ese espacio pero no se dio cuenta de que había que

llenarlo con las cosas que uno necesita si quiere vivir en un lugar. Por más absurdo

que suene, así se daban las cosas

Alberto “Superman” Troglio: Al principio vivía en lo de Timmy, pero la verdad es

que era un tormento tenerlo ahí a Luca. Abajo vivían el cuñado y la madre de

Timmy, Timmy estaba arriba con la esposa y cuatro o cinco hijos… Entonces Luca

por ahí se ponía borracho y era difícil. Llegó un momento en el que parece que

Timmy no lo soportaba más y Luca se alquiló diferentes lugarcitos o vivía en lo de

Crespo.

Mirta Bogdasarián: Tengo dos hermanos may ores, vivíamos en El Palomar y mis

padres tenían un negocio de ropa para danza enfrente de la estación. A fines del 85

uno de mis hermanos ya había visto a Sumo, un día estábamos en la puerta de la

galería boludeando y me presentó a Luca. Era un sábado a la mañana. Yo tenía 14

años. Luca tenía distintos lugares donde paraba, y o trabajaba en una peletería

después del colegio en la misma galería y él venía a visitarme. Se sentaba en un

sillón de cuero que había y era muy gracioso porque llegaban las señoras a tomarse

medidas para achicar su tapado de visón y ahí estaba Luca Prodan… Nos hicimos

amigos. Era muy cariñoso y en sus vueltas por Palomar se quedaba un buen rato

charlando conmigo, que era la empleada. En esa galería había una disquería que

cerró, a mi viejo le pareció una buena idea pagar el alquiler y continuar con la

disquería para que la atendiéramos con mis hermanos. Dejé de trabajar en la

peletería y me pasé a la disquería. Luca siguió viniendo porque iba mucho al bar de

al lado. Hacía su recorrida de ginebra en distintos bares y pasaba por la disquería.

272


Marcelo Castello: Luca vivía en Ciudad Jardín, prácticamente, pero estaba en la

sala de ensay o o en los bares del Palomar profundo, el Palomar obrero. La barrera

de la que habla en “Que me pisen” es la famosa vía que separa Ciudad Jardín de El

Palomar; es decir, a la parte obrera de la parte cheta.

Mirta Bogdasarián: Una vez vino a la galería, cuando y o todavía trabajaba en la

peletería, y me contó que el día anterior había estado temprano en el local. Yo estaba

en la escuela, porque a la mañana atendía la dueña. “Estuve ay er, me asusté, me

asusté un montón y estaba la dueña… Me pareció que me dijo que te habías ido a

Italia y y o pensé: ‘¿Qué hago?’ ¿Qué hago si te vas a Italia y no tengo más contacto

con vos?”. Me mató de amor… Tenía gestos muy afectivos.

Luca era muy sensible, muy buen tipo. Cuando empecé el primer año de la

secundaria entré en una depresión, lloraba todo el tiempo y no sabía qué me pasaba.

Cosas de adolescente. Mis padres, con la mejor buena voluntad, me llevaron al

médico y el bestia me dio Lexotadina y Tristanol. Me medicó. Empecé a sentirme

bien, iba al colegio contentísima porque se me habían pasado los problemas y quedé

muy amiga de las pastas… Cuando lo conocí a Luca hablábamos de eso y él me

decía: “Dejate de joder, fumate un porro, no tomes pastillas…”. Era muy amoroso,

todo lo contrario de lo que uno podría llegar a pensar en relación a su imagen de

reventado. Lógicamente, me enamoré de él.

Marcelo Castello: Luca andaba por los bares y perdía cosas. Los documentos, las

llaves de la casa, lo que sea. Como si fuera despojándose de todo en cada recorrida

que hacía. Luca era una estrella arriba del escenario, pero abajo no.

Mónica Stromp: Luca no iba por la vereda para morderle la pantorrilla a nadie.

Sabía muy bien cuándo estaba arriba del escenario y cuándo no. En el escenario

hacía la música como quería hacerla, junto a sus excelentes músicos. En la calle era

una persona, distinta a muchas otras, pero no se hacía la estrella de rock. Era mi

pareja. Después llegó un momento en el que queríamos ir al cine por ejemplo, y no

llegábamos. Cada dos metros lo paraba alguien para hablar: “Che, Luca. ¿Qué tal?”.

Supongo que eso va forjando un personaje. Yo puedo hablar desde mi intimidad con

él. Conmigo no se hacía la estrella. Él hacía su música, y o mis cuadros. Nos

acompañábamos. Así las cosas

Mirta Bogdasarián: Solo tomaba ginebra, pero mucha y de manera permanente.

Hacía sus recorridas por los bares, y en una vuelta de dos horas se tomaba cinco

ginebras.

273


Mónica Stromp: Para esa época, en la que alquilamos la casa, Luca no estaba muy

sano. Teníamos el deseo de hacer cosas pero no había la manera de ponerlas en

práctica. Tanto a él como a mí nos daba tristeza esa situación. Y a mí no me quedaba

otra que decirle: “Mirá, o te ponés bien o esto se va al carajo”.

Claudia Gernhardt: Yo hacía la producción del programa de televisión del Topo

Gigio. Cuando arrancó, el partner del Topo Gigio era Juan Carlos Mareco. Todo el

mundo creía que su voz la hacía él, pero en realidad era un italiano que se llamaba

Pepino Mazzulo. En un momento había que hacer las voces para México, todo el

equipo se iba para allá, pero este hombre era muy viejito y no quiso viajar porque se

asustó con el famoso terremoto de antes del Mundial 86. Al final se vinieron los

mexicanos para acá y grabamos en los estudios Woody Televisión, que ya no existen.

La dueña, María, a la que le decían la Señora Perego, era italiana. Un amor de

persona que traía los libretos en italiano. “El Topo Gigio es como si fuese un nene de

seis años”, me explicó. “Hay que buscar un traductor. ¿Conocés a alguien?”. Primero

pensé en alguien de la Dante Alighieri, pero en realidad el personaje usaba un

vocabulario de la calle que en la academia no te enseñan. En un momento, para mí

llegó a ser como mi novio porque pasaba un montón de horas con el Topo Gigio… Lo

miraba y me parecía que tenía vida propia… Como y o estaba viviendo con Luca en

la casa de una amiga, en la calle Monroe, le dije: “Mirá que estas cosas se pagan

muy bien”. Cuando le llevé el primer libreto él lo tradujo y Mónica, que estaba

siempre con nosotros, se ocupó de transcribirlo porque a Luca algunas cosas se le

trababan. Le llevé una muestra a María y quedó muy asombrada: “¿Quién te tradujo

esto tan bien? Es maravilloso lo que conseguiste”. Luca había captado perfectamente

el lunfardo de los textos y se transformó en el traductor del Topo Gigio. Era muy

gracioso.

Mónica Stromp: Hay una anécdota divertida. En el 85 o en el 86 habíamos tenido

una discusión, no me acuerdo por qué. Yo había decidido no atenderle el teléfono.

Lógicamente no había ni mails, ni móviles, nada. O y o lo llamaba y lo encontraba en

la casa o él me llamaba y me ubicaba en la mía. Pasaron un día o dos sin vernos,

porque y o lo había decidido así. Unos días después llamó a la secretaría de la Escuela

Nacional de Bellas Artes, diciendo que había puesto una bomba. Lo hizo para que yo

saliera de la escuela y poder verme. ¡Evacuaron la Academia! Volví a verlo en esa

situación, con mis compañeros mirando la escena. Pensé: “Wow, mirá lo que es

capaz de hacer. Interesante”. Yo sabía que hacía cosas así. Si quería conseguir algo,

lo conseguía.

Claudia Gernhardt: Fuimos muy compañeros. Obviamente entre nosotros nunca

274


pasó nada porque yo era la ex o la novia de Diego y para mí él era de Mónica,

estuvieran peleados o no. Yo estaba enamoradísima de Diego y Luca quería que

estuviésemos juntos. Ha hecho cosas como mandarle mensajes que yo nunca le he

mandado. Me llamaba mucho la atención lo bien que comprendía los sentimientos de

una mujer. Luca debe haber tenido mil amigas, pero en general había otra onda.

Conmigo era sentarnos, hablar y contarnos cosas. Me ha sacado de momentos que

estaba medio depre. Éramos los dos muy sentimentales. Para Luca, por ejemplo, la

muerte de Bob Marley fue un mazazo. Timmy había traído un video del entierro, lo

vimos juntos y nos pusimos a llorar. Pero era todo medio tragicómico, porque por ahí

poníamos un tango de fondo y volvíamos a llorar, y o por Diego y él por Mónica.

Mónica Stromp: Luca era muy celoso. No era divertido cuando algo le daba celos.

Se ponía mal. No le gustaba nada. Como nos pasa a todos.

Mirta Bogdasarián: Al principio no pasaba nada entre nosotros, era algo amistoso.

Mis viejos no me dejaban ir con mis hermanos a ver a Sumo porque era chica, pero

y o le caía a los ensay os en los sótanos del Palomar. En esa época vivía con Jorge

Crespo, y después se mudó a Hurlingham. Alquiló una casa, un par de veces lo

acompañé a pagar el alquiler, y ahí tuvo un proy ecto familiar con Mónica que no

prosperó. Yo era una nena, un aparato, lo mío era más un enganche de pendeja que

algo serio. Un día me llamó porque había tenido una pelotera con Mónica. Ella le

rompió la cabeza con un vidrio y estaba todo cortado. Una discusión de pareja. Yo

me había ido al cine y cuando volví mi vieja me dijo: “Te llamó tres veces Luca”. A

mi vieja no le gustaba nada tanta amistad… Después me enteré que se había

lastimado, que había venido una amiga de Mónica y se la había llevado de esa

casa… Después de un tiempo de estas visitas que me hacía y o estaba desgastada y él

se iba de gira a Chile. Un día lo llamé por teléfono a la casa de Jorge, me atendió

Luca y le dije: “Andate a la mierda”, y le corté. Una pendejada… Si bien y o era

chica tampoco era una boluda, y me daba cuenta de que nuestro vínculo era una

locura. Me daba bronca que no me diera pelota, pero sabía que era más un mambo

mío.

Claudia Gernhardt: Un fin de semana en el que los dos estábamos mal nos

encerramos en mi casa. Como Luca sabía mucho de cine y en esos momentos

estaban los videoclubs, alquilamos 11 películas. Obviamente las eligió él y me hizo

ver cosas como El tambor de hojalata; después ponía una más livianita y otra vez una

fuerte. Así todo el fin de semana. Otra que vimos fue Greystoke, La historia de

Tarzán, con Christopher Lambert. Cuando terminamos de verla me dijo: “Bueno,

ahora tenemos que ir a comprar comida a un supermercado”. Entonces me hizo una

275


apuesta que consistía en salir del departamento y llegar hasta el supermercado

caminando y hablando como monos. El que paraba y no sostenía la actuación,

perdía. Teníamos que comprar, pagar y volver caminando medio agachados y

hablando como monos… Creo que fue el día en el que más me reí en mi vida. No se

podía creer la cara del cajero del supermercado cuando vio a un tipo pelado con una

piba al lado haciendo: “¡Uh, uh, uh, uh!”. Le mostramos las cosas, le pagamos y el

tipo nos cobró rápido para que nos fuéramos. Luca hacía cosas muy cómicas. Yo no

estaba en mi mejor momento pero él me sacaba eso.

Mirta Bogdasarián: Cuando iba a la casa de Hurlingham me decía “viejita”. “Vos

no tenés la edad que tenés. Entendés mucho más, sos una viejita”. Nos dimos el

primer beso el 22 de diciembre del 86. Habíamos salido y yo después tenía un

cumpleaños. Me acompañó a tomar un taxi, estábamos caminando y nos cruzamos

con una pareja que iba de la mano. Luca los vio y me agarró la mía. A mí me daba

vergüenza pensar que pasaba conmigo por los mismos lugares por los que andaba

con Mónica, y encima agarrados de la mano… Él me decía: “Está bien, entiendo,

igual vos podés no saber, el que queda mal, el inestable, soy yo. Vos no te hagas

problema”. Era muy convincente para esas cosas… Me hablaba mucho de Esther,

pero su vínculo más fuerte era con Mónica, que era una mina muy preciosa,

increíble, altísima, rubia, alemana, con una estructura… Yo sabía perfectamente que

era su mujer. De hecho, compartimos algunas reuniones con ella, pero nunca supe si

ella creía que éramos amigos o si se había enterado de que había algo más.

Claudia Gernhardt: Cuando tuve un alejamiento con Diego, Luca fue un gran

compañero. Nos peleábamos con nuestras parejas y llorábamos juntos. En esa parte

éramos terribles.

Mónica Stromp: Con el paso de los años tratás de reacomodarte en la vida, y formé

mi nueva familia. Durante un tiempo sentí la necesidad de hablar con Michela, por

ejemplo, porque las dos necesitábamos hablar de la vida que había compartido con

su hermano.

Después, creciendo, madurando y teniendo un hijo, me di cuenta de lo difícil que

hubiera sido ese proyecto con él. En su momento yo era chica y estaba convencida

de que podíamos hacer algo juntos, pero ahora, a mi edad, es difícil pensar en algo

más o menos estable con él, algo sano, alimentador. Necesitás más que el amor para

eso. También hablé con la mamá de Luca. Es muy complejo porque y o era muy

joven, la tenía muy clara con él y él conmigo, pero había muchos obstáculos.

276


Claudia Gernhardt: Alguien iba y le decía algo como: “Pero vos, boludo… No sé,

fijate lo que hacés… Cuidate”. Por ahí esa persona que quería aconsejarlo pesaba

200 kilos y él le decía: “Sí, sí, yo sé qué soy, ¿y vos, te miraste al espejo?”. Luca

sabía tus debilidades y te las señalaba como diciendo: “Vos también tenés algo para

mejorar”. Eso me gustaba mucho de él.

Paula Menéndez: Luca adoraba a Esther, la quería mucho. Pero su amor era

Mónica.

Mónica Stromp: Sigue conmoviéndome el amor que nos tuvimos. La conexión. Nos

entendíamos. Estaba todo tan claro. Creo que vio en mí a una chica que venía de un

contexto similar al suy o. Más allá de la diferencia de edad (me llevaba 11 años),

teníamos los mismos códigos. Nos gustaban las mismas cosas. Compartíamos una

misma curiosidad que nos alimentaba a los dos. También vio que yo no le tenía

demasiado ni falso respeto ni miedo. Yo no lo idolatraba. Solamente lo amaba.

Después me puse a perseguirlo con el alcohol. Una vez Petti dijo que yo lo

controlaba —con respecto a su enfermedad—. Seguramente es cierto. Lo intenté.

Rolo: Un día tenían que tocar en un bar de José C. Paz donde no había nadie. Cuando

llegué, lo único que había era un grupo de viejos jugando a las cartas y chupando. Un

lugar calamitoso. “¿Será acá?”, pensé. “¿Habré leído bien?”. De pronto lo vi a

Superman y le pregunté: “Escuchame ¿ustedes van a tocar acá?”. “Sí, sí, donde

podamos, porque no saben dónde meternos”. Al final tocaron tardísimo, y los

ubicaron en una esquina. Parecía que estaban en penitencia. Cuando empezaron a

tocar me paré a un costado, con todo el grupo mirándome a mí, porque era el único

que estaba. Obviamente, nadie les dio ni pelota. Cuando terminó el show, me fui para

la estación a tomar el tren y vi venir a todo el grupo. Luca se sentó al lado mío,

estaba cargando un equipo, y le pregunté: “¿Qué se siente tocar para nadie?”.

“¿Cómo?”, me dijo. “Tocar para nadie, ¿no viste que no había nadie?”. “¿Pero a vos

te gustó?”. “Sí, sí, a mí me gustó, pero…”. “¿Pero qué? Pero nada. Si a vos te gustó

me voy a mi casa absolutamente satisfecho”. Los músicos bajaron en Hurlingham,

pero él se quedó en el tren y me contó: “Me voy para el Abasto porque quiero ir a

ver a Esther. Yo tengo mucho quilombo con las mujeres, y necesito mucho cariño y

Esther me da un cariño más del que vos te imaginás. En este momento necesito el

cariño de Esther”. Cuando bajamos en Retiro serían las cinco y media de la mañana,

y a un costado, en el andén del ramal que va a Pilar, había siete linyeras durmiendo.

Los despertó uno por uno, se levantaron y lo abrazaron. “¡Luca, Luca!”, le decían. Se

quedó hablando con los siete. Conversaron de sus cosas y en un momento me dijo:

“¿Viste todos esos que estaban ahí? Son todos amigos míos. Te digo más, ninguno de

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ellos es malo. ¿Para dónde vas?”. “Para Congreso”. “Bueno, chau, me voy al

Abasto”.

Alberto “Superman” Troglio: Yo me corría porque soy más vergonzoso. Diego era

más gavilán. Gavilán pollero. Se levantaba lindas minas y aprendí de él. Se levantaba

cada potra… Después, cuando tenía problemas amorosos, venía y me consultaba a

mí. Me decía: “¿Petiso, qué opinás?”. “Qué sé yo, Diego. ¿Justo yo que soy un perejil

voy a aconsejarte?”. Luca también participaba de esas charlas de problemáticas

respecto a las mujeres. Su novia oficial era Mónica. Había tres o cuatro más dando

vueltas por ahí, pero Mónica era intocable. Te metías con ella y te mataba.

Paula Menéndez: Luca aparecía vestido con un jogging hecho pelota, muy viejo, y

una campera rota. Lo mirabas y pensabas: “¿Cómo puede pretender algo con una

mujer un tipo que se viste así?”. Creáse o no, a las mujeres les encantaba. A mí

nunca me interesó en ese sentido. A mí, Luca me seducía desde un aspecto

completamente musical, sentimental, amistoso… Desde un aspecto humano. Todas

las chicas que daban vueltas por ahí querían tener algo con él, algún deseo o alguna

fantasía, pero yo no. Era como si fuera un hermano mayor, porque además había

demasiada diferencia de edad. Luca y Mónica tuvieron unos períodos de crisis

importantes. Ella le bancó muchísimas cosas. Luca no podía evitar ciertas caídas.

Podría haber estado tranquilo, con una mujer como Mónica, que lo amaba

locamente, y estar bien, porque él también la amaba. Pero Luca no quería eso. O no

podía llevarlo a cabo, quizás.

Mirta Bogdasarián: Luca siempre fue muy franco conmigo. No se hacía el

noviecito y yo tampoco me consideré jamás su novia. De hecho él me hablaba

mucho de Mónica y de Esther. Supongo que yo pensaría: “Lo tomo o lo dejo”. Una

vez se fueron de gira y yo me quedé con las llaves de la casa de Hurlingham porque

iba a darle de comer a su gata, que se llamaba Tripulación. Era una gatita negra,

chiquitita, divina. Luca estaba muy solo y tenía muy pocas cosas. Algunos casetes de

música, muy poca ropa porque la perdía todo el tiempo. También le llevé la ropa al

Lave-Rap y entraba todo en una bolsa, alcanzó un lavado porque no tenía mucho y

tampoco le interesaba. Tuvo épocas, cuando estaba más alcohólico, que olía muy

mal. Yo estaba tan enamorada que ni me daba cuenta, pero sí… Olía mal. Una vez

fuimos a Hurlingham porque iban a grabar no sé qué a la casa de Timmy, Luca llegó

y se tiró a la pileta. Lo gastaban diciéndole que era el baño del día.

Paula Menéndez: Muchas veces y o lo hubiera metido debajo de una ducha… A

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veces tenía un olor… Yo decía: “Ay, ¡Dios mío!”. Pero a Luca se le perdonaba todo.

Daniel Melero: En una época, en Cemento Vivi hacía una cosa que se llamaba “Pida

tema”. Le decían, no sé, “La policía” y ella salía diciendo cualquier cosa, como

hacen ahora. Eso lo inventó Vivi y era impresionante de verdad. Luca estaba sentado

en el piso, en cuero, con ojotas y unos pantalones que estarían atados con un piolín.

Estaba todo lastimado, como cuando los borrachos se caen. No sé con quién estaba

hablando sentado ahí en el piso y tenía un olor… Ya tenía un olor a sucio. Le faltaba

higiene.

Claudia Gernhardt: Fumarse un porro lo ponía de buen humor. A veces le decía:

“Voy a conseguirte porque estás de mal humor”. Eso lo tranquilizaba. La heroína le

había dejado un temblequeo que controlaba con ginebra. Se tomaba unos cortitos

para mantenerse.

Mirta Bogdasarián: De Luca me conmovía mucho su sensibilidad, sobre todo en

relación a un aspecto que en apariencia era tan poco sensible. Una vez fuimos al cine

en Hurlingham, daban The Wall y me dijo: “No, la vi mil veces en Inglaterra…”.

Entramos a ver Rocky, la tercera o la cuarta, y se emocionó tanto que lloraba como

un nene.

Claudia Gernhardt: He visto a Luca muy pero muy triste. A veces me despertaba a

las cuatro de la mañana y él estaba llorando. Tenía una angustia que venía no sé de

dónde, de muchos años atrás. Lo abrazaba, se quedaba quieto un rato, después se

calmaba, se acostaba y al otro día estaba mejor.

Mónica Stromp: Contra la adicción de Luca hicimos de todo. Una vez nos fuimos a

Córdoba por un mes, los dos solos, para ver si podía bajar de la cantidad que estaba

tomando. Me acuerdo de ir a esconderle la botella en el bosque, en lo de Timmy, y

de él saliendo a buscarla en un parque de no sé cuántas hectáreas. Mucho más tarde

entendí que y o no tenía la culpa de su alcoholismo, y que el alcohol no había sido la

primera adicción que había tenido, y que yo no podía salvarlo. Pero la ilusión muere

último, dicen. La esperanza es lo que último muere.

Germán Daffunchio: Cada uno sabe cuál es el remedio de cada uno. Yo no tomaba

nada, ni siquiera alcohol, porque tenía que manejar y hacer todo lo demás. Me

gustaba fumar, y fumábamos mucho. Fumar siempre fue un nexo con Luca. En el

último Sumo, el único que fumaba con él era yo.

279


Paula Menéndez: Nunca vi a Luca tomando cocaína. Él fumaba y tomaba ginebra.

No le interesaba ese estado paranoico ni estar duro. El resto de los chicos tuvo la

suerte de poder manejarlo, pero en ese momento estaban todos hechos mierda, muy

enganchados cada uno en lo suyo. Yo lo veía más que a los demás porque al principio

no sabía que el alcohol puede destrozarte tanto por dentro. Me di cuenta de eso en el

último tiempo.

Carlos “Aspix” Giustino: Nunca lo vi a Luca tomar cocaína. Jamás. Alcohol sí,

porque bebía en serio. Una vez hicimos un viaje loquísimo a Uruguay con Sumo.

Tocaban en un festival rural del Prado en el que también estaba Fito Páez. Ese show

de Fito fue su reaparición en público después de la muerte de sus tías abuelas, fue el

día en el que Fito estrenó Ciudad de pobres corazones. Lo vi desde el backstage con

Luca. Me acuerdo que me dijo: “Cómo está este pibe…”. Tengo una foto de Fito

parado arriba del piano, tocando con el pie, realmente sacado. Había hecho mierda

el camarín porque estaba loco, muy pero muy loco.

Paula Menéndez: Dentro de la banda, su amigo era Germán. Y Timmy, por

supuesto. Con Timmy tenían ciertos códigos que entendían solo ellos.

Germán Daffunchio: Cuando estábamos en la Sierra cazando palomas para comer,

soñábamos con salir a tocar en vivo alguna vez y armar una bandita. Fue tremendo

pasar de eso a lo que estábamos viviendo. Había muchos kilómetros recorridos, y el

alcohol siempre estuvo como un destructor o un generador de quilombos. Quilombos

que de alguna manera uno se lo permite al frontman de una banda, como por

ejemplo, que no viniera a ensayar varios días. De última no nos preocupaba porque

nosotros no ensay ábamos.

Timmy MacKern: Luca nunca fue de pelearme. Pero muchas veces tuve ganas de

matarlo.

Germán Daffunchio: Creo que, dentro de la banda, aparte de Timmy, yo fui su

único amigo. Diego también, pero más desde lo musical.

Rodrigo Espina: Dentro de la banda, sus amigos eran Germán y Diego. Germán

estaba casado y quizás no compartían tanta, pero su amigo era él. Germán era el

único que lo enfrentaba. Como todos los demás del grupo, yo también tenía esa cosa

de “Uy, Luca…”. Sabíamos que estábamos frente a un gran hombre. Pero el que

realmente le decía las cosas era Germán.

280


Paula Menéndez: Vi a Luca en alguna que otra situación agresiva, sobre todo en los

primeros tiempos. Pero siempre fue con motivo. Luca no era pro violencia. Lo que

pasaba era que cuando alguien le decía una cosa fuera de lugar iba al frente, porque

no era ningún cagón. No le tenía miedo a nada, podía enfrentarse verbalmente y

físicamente a cualquiera.

Germán Daffunchio: Córdoba siempre tuvo una injerencia profunda en el espíritu de

mi vida. Para Sumo era un lugar especial. Una vez, antes de Llegando los monos,

tuvimos una crisis y dijimos: “Bueno, vamos a componer a Córdoba”. No teníamos

cómo mover nada, era todo un quilombo. Entonces se me ocurrió manguearle un

Chevrolet 57 a un tío que yo tenía. El auto había estado cinco años parado en un

garaje, yo sabía que no estaba usándolo, lo llamé, se lo mangueé y me dijo: “Sí,

llevátelo”. Fui al garaje, saqué el Chevrolet 57, llegué a la casa de mi madre, le

saqué el asiento de atrás, y entre el asiento de atrás y el baúl se hacía una F-100.

Entraban un montón de cosas. Entonces nos fuimos a Córdoba con el Chevrolet, fue

una locura total, no me fijé ni el aceite, solamente le puse nafta y arranqué. Se me

rompió la correa, el ventilador, la manguera…

Alberto “Superman” Troglio: En Córdoba, Luca le partió a Germán el hueso de la

abuela de Timmy en la cabeza y le hizo un tajo.

Claudio Kleiman: Luca viajaba con un hueso, todo lleno de pelos. Estaba medio

podrido, tenía un olor bárbaro, una porquería. Daba un asco terrible, pero lo llevaba a

todos lados. Después lo sacaba en el escenario y decía que era de su abuela.

Germán Daffunchio: Luca me cortó la cara con ese hueso. Era peleador de pandilla,

para él cualquier cosa se transformaba en un arma. Había un hueso, lo agarró y me

cortó. Nos agarramos a piñas varias veces. Esa pelea del hueso vino a raíz de una

grabación. Empezamos a tirar bases, ideas para que él cantara arriba, y Luca nada

de nada. Pasaban las horas y no hacía un carajo. En un momento saltó todo el mundo

diciéndome: “Che, boludo, no estamos haciendo nada”. Fui el único que lo increpó:

“Loco, ¿qué mierda pasa?”. Ahí nos peleamos mal. Pero después de esa pelea cantó

un montón de temas. A los dos días de eso me fui porque quería matarlo. Lo único

que quería era asesinar a Luca.

Alberto “Superman” Troglio: Empezaron a pelear, iban para adelante y para atrás

pugilísticamente. En un momento se agarraron las manos, había como una cómoda

larga, un mueble bajito de Timmy, y en ese ir y venir Luca agarró el hueso y

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terminó la discusión de esa forma, con un huesazo. Tuvieron que llevar a Germán a

una sala de primeros auxilios en Mina Clavero. Yo dormía con Diego en la casita del

medio y Luca en el cuartito de al lado. Entonces nos pusimos a hablar y él decía: “Yo

no quería pegarle, pero este es un hincha las pelotas con el alcohol…”. Yo nunca le

rompí las pelotas con el alcohol porque era al pedo… O sea, hablar con un

alcohólico… Luca decía: “Lo que pasa es que se armó el kiosquito y tienen miedo de

que Sumo se deshaga. Les interesa el kiosquito más que…”. A Luca le importaba un

huevo de verdad. Para esto, estamos hablando y saca una damajuana de un vino que

hacían unos monjes de ahí, de Mina Clavero, un vino patero y nos convidó. Yo me

cagaba de risa. Con Diego le decíamos: “Sí, sí, te entiendo…”. Nunca entramos en

conflicto.

Germán Daffunchio: Al final se fue por su lado y no nos vimos por tres o cuatro

días. Una tarde estaba caminando por Hurlingham, cerca de la estación Rubén Darío,

justo Luca salió de un bar y me lo choqué. No nos habíamos hablado más después de

la pelea. Nos miramos y me dijo: “Hey, Germán, yo te quiero”. “Yo también te

quiero, hijo de puta”. Nos abrazamos y listo. Bien de tano, ¿no?

Nora Fisch: Sabía de Sumo porque yo escuchaba música, iba a recitales y me

encantaba. Pero no conocía a Luca personalmente. Un día me mandaron a hacer mi

primera entrevista con Luca, para la revista Expreso Imaginario, que se hizo en una

oficina que tenía Timmy en el Centro. Lo abordé con algo de aprehensión, porque

Luca tenía aura de duro. Pero esa entrevista fue un deleite. Estuvo divino, inteligente,

amable; fue una comunicación fluida, inmediata, nos reímos bastante durante la

conversación. En esa época había menos culto a la fama que ahora, entonces el tono

de la charla fue hipercordial y relajado. Como detalle, me acuerdo que ese día y o

tenía puestas unas sandalias de plástico color bronce, con taco chino, bastante

inusuales. Yo había estado en la primera edición de Rock in Río y me las había

comprado allá. Luca se fijó en mis zapatos y los elogió, dijo algo así como: “¡Qué

lindas tus sandalias!”. Me sorprendió ese comentario de parte de alguien con fama de

duro. Me pareció muy fuera de personaje, más cerca de un comentario entre chicas.

Una vez que la nota se publicó, me llegó el mensaje que a Luca le había gustado

mucho el artículo.

Claudia Gernhardt: A Luca le decías: “Che, ¿sabés que vi un vestido azul que me

encanta?” y él no te respondía: “Qué pavada me estás diciendo…”. Luca contestaba:

“Che, vamos a verlo”. Tenía esas cosas porque te escuchaba y sabía mucho de la

mujer. Creo mucho en la amistad del hombre y la mujer. Nunca pude reemplazarlo

como amigo. Tengo amigos divinos, pero ninguno tiene esa deferencia de decirte:

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“Hola, loca, ¿cómo estás? Te re quiero”. Era muy inocente. Como un chico.

Mónica Stromp: Luca era muy bueno escuchando a los demás y, lógicamente, a mí

me escuchaba mucho. Hablábamos mucho de nuestro proyecto: queríamos

casarnos, tener una familia.

Luca me cocinaba mucho, tanto en lo de Timmy como en la casa en Córdoba o en lo

de George. Cuando venía a la casa de mis padres y ellos no estaban, también.

Cocinaba con mucha pasión, cuidaba los detalles, tenía su método. Hay una foto que

saqué yo en la que él está cocinando en la casa de Timmy de Córdoba. Está con un

saquito de buzo azul. Le gustaba cocinar y le gustaba comer. Fuimos muchas veces a

un restaurante chino que estaba a la vuelta de la Puey rredón. Íbamos cuatro veces

por semana, fácil.

Claudia Gernhardt: Yo estaba refaccionando la casa de una amiga en la calle

Monroe y una noche Luca y Mónica se quedaron a dormir ahí para hacerme

compañía. Era una casa chorizo vieja, de esas que tienen habitaciones que dan a un

patio y siempre había alguien trabajando, porque esta chica estaba arreglándola. Me

fui a trabajar y cuando volví me encontré con un cartel enorme que decía:

“CUIDADO”. Otro decía: “OJO CON TOCAR”. Toda la parte de la escalera decía:

“OJO: ELECTRICIDAD”. Había carteles por todos lados. Me quedé no sé cuánto

tiempo sentada en una silla, en el comedor, con miedo a tocar y quedarme

electrocutada con algo. En un momento vi que en mi habitación había una hoja

tirada. No quise tocar el picaporte, por las dudas, a ver si me quedaba pegada… Abrí

la puerta apenitas, empujándola con el pie, tocando solo las partes de madera. Una

vez adentro vi que había una flecha que apuntaba a mi cama. Me acerqué y vi un

póster de Silvia Pérez. ¡No me olvido más! El póster tenía escrito: “Claudia, los

ornitorrincos cantan cuando nadan, Germán me dio esta”. Lo decía por la frase que

venía después: “Saluda atentamente, besos, muack muack muack cuack cuack cuack,

Luca”. Había agarrado una revista cualquiera y escribió eso… Yo empecé a reírme

y pensé: “¿Qué le habrá pasado, le habrá agarrado corriente…?”. Me quedé ahí y a

las dos o tres horas cay ó Luca. Le dije: “Che, ¿qué pasó con esto? ¿Qué son estos

carteles? ¿Cuál es el problema?”. Me respondió: “Ah, no, eso era una joda”. “Pero…

¡Hace tres horas que estoy acá tentada por el póster y dura del miedo sin tocar

nada!”. Luca me hacía ese tipo de cosas. Me daban más ganas de abrazarlo que de

matarlo, porque eran divertidas.

Mónica Stromp: Era sorpresivo. Muy divertido.

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Claudia Gernhardt: Cuando estaba viviendo conmigo, a la tarde venía Tom Lupo a

hacerle entrevistas. Yo les preparaba una merienda con Nesquik y facturas. Tom

Lupo decía: “Uh, esto me hace acordar a mi mamá…”. Yo le respondía: “Acá se

merienda, viejo”. Cuando y o me iba a trabajar, Luca se despertaba y le preparaba

el desayuno. No me iba hasta que no veía que se lo terminaba, como con los chicos.

Lo cuidaba en lo que podía, porque obviamente había cosas que se me escapaban.

Pero él bajó mucho sus dosis de ginebra en casa. Se levantaba a las cuatro de la

mañana, y o lo escuchaba, me iba detrás de él y le decía: “¿Qué hacés?”. Me

contestaba: “Tengo hambre”. Más de una vez terminamos cocinando espaguetis a las

cuatro de la mañana… En esa época había engordado como cinco kilos. Duró un

tiempo porque el tiempo que vivimos juntos fue en un departamento que me habían

prestado para cuidar. Fue una convivencia hermosa y Mónica también venía mucho.

Nora Fisch: Tenía su estilo de vestir y de generar reacción con su aspecto,

empezando por afeitarse la cabeza cuando nadie lo hacía. No gastaba en ropa, no se

compraba pero era muy específico con lo que se ponía, aun cuando tuviera solo tres

remeras rotas, conseguía lo que le gustaba de alguna manera.

Hilda Lizarazu: Le hice un retrato, que es mi propio Korda, uno que está de frente,

con la mirada calma y sin anteojos. Fue para la revista Humor, para “Las páginas de

Gloria”, donde yo trabajaba como fotógrafa. Gloria hacía la nota y yo después me

los llevaba a caminar para hacer el retrato. Caminamos por San Telmo; a mí me

gustaba hacer retratos con los fondos de piedra y en una de esas calles había un

mármol que estaba buenísimo… Hicimos un par de cuadritas juntos, él estaba muy

tranquilo, apoy ando su trabajo de difusión. Todavía no estaba esa idea de no hacer

prensa que muchos adoptaron después. Luca estaba con unos walkman. Vino con

Mónica, su novia, y tuvimos muy buena onda. No hablamos de música porque yo no

era de ese mundo sino una chica de 19 años que sacaba fotos. En ese momento él no

tenía ese background que emergió cuando se convirtió en mito.

Gloria Guerrero: Era un tipo perfectamente normal. Lo único preocupante era todo

lo que chupaba. En el Einstein, y o daba un curso de rock con un compañero y

llevábamos invitados. Un día vino Luca con Mónica, su novia; nos la pasamos

escondiéndole la botella de ginebra. Tenía un problema de adicción muy fuerte, pero

salvo eso se lo veía absolutamente lúcido. Nunca lo vi dado vuelta, de hecho. Ha

venido a mi casa a hacer notas y era adorable, un tipo con el que podías mantener

una conversación linda porque no había afectación en lo que hacía. Era tan educado

y sensible que al decirlo pareciera como si estuviera contradiciendo a la ley enda,

pero era así. Lo que sí, si alguien le hacía una pregunta tonta o malintencionada…

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Ahí te convenía correrte, porque cuando no veía sinceridad te mataba. Si alguien

quería correrlo lo pasaba por arriba. A Luca le jodía la hipocresía. Esa nota fue

cuando estaba difundiendo Llegando los monos.

Mario Breuer: Los Sumo me convocaron para su segundo disco, Llegando los

monos. Me fui un par de veces a Hurlingham, a la sala de ellos, y me mostraron

algunas maquetas que tenían. Tocaron otros temas y cada uno habló del sonido que

soñaba. Todavía era la época en la que a los grupos les costaba preocuparse por el

sonido del grupo. Pasaba con casi todos que cada uno se preocupaba por su propio

sonido. Signo de los tiempos, ¿no? Después de los ensayos nos metimos en el estudio a

trabajar y estuvo bueno. Las mezclas se pusieron un poco caóticas porque en ese

entonces te sentabas a mezclar con todo el grupo alrededor, como en un bote con seis

remeros, cada uno remando para su lado: “¡No! ¡Vamos para allá!”. ¡No, mejor

vamos por el otro lado!”. Eso no pasaba solamente con Sumo sino con todos. Se

trabajaba así porque no había conocimiento de prolijidad ni de producción.

Walter Fresco: Para ese disco rescatamos “Heroin”, que ya estaba hecha, aunque

se versionó un poquito distinta. En algún caso hemos tenido algunas diferencias, qué

sé yo… En su momento estábamos medio pasados de cantidad de temas, iba a

quedar afuera “Nextweek” y Germán, un tipo al que adoro, dijo: “No, loco, ese

tema…”. No me acuerdo cómo terminamos haciendo, pero quedó. Había que elegir

entre mucho material y además muy bueno.

Claudio Kleiman: Luca decía que además de él, el otro enfermo del grupo era

Germán. Como que él y Germán eran los que marcaban un poco el rumbo. A los

otros los consideraba “demasiado” músicos.

Mario Breuer: Les importaba la música disco como referencia. Mi característica a

lo largo de mi carrera siempre fue tratar de no imponer mi sonido ni el del último

disco que me voló la cabeza. Mi política es escarbar en las entrañas del grupo y

encontrar el suy o propio. En el caso de Sumo no había nada que uno pueda hacer

para que eso no ocurriera, porque tenían un sonido muy definido: un baterista como

Superman… ¡Un bajista como Arnedo…! Daffunchio haciendo esas guitarras

mántricas y el otro animal de Mollo volando cabezas con una guitarra que parecía

una sierra eléctrica.

Flavio Casanova: Cuando Sumo estaba haciendo Llegando los monos nosotros

grabábamos nuestro primer disco también en Panda. Pero ellos tenían el turno que

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iba de las dos hasta las seis de la tarde, y nosotros desde las seis hasta las doce de la

noche. No se nos ocurrió invitarlo a grabar a Luca. Igual era otra onda… Estábamos

grabando el disco con Melero, llegué a Panda el primer día y ni sabía que estaba

Sumo. Cuando entré, estaba Superman tirado en el piso y tenía todo tipo de falopa.

También estaba Pettinato, Mollo y alguien más y él dijo: “Señores, ¿quieren

servirse?”. Ni me fijé, pero me cagaba de risa. Superman tenía un pañuelo en la

cabeza, se hacía el chino y les decía a los demás: “Sírvanse, sírvanse…”.

Mario Breuer: Cuando grabamos Llegando los monos había bastante descontrol. La

verdad es que no sé si llamarlo “descontrol”… Había consumos límbicos que me

llevaban a lugares desde donde podíamos inventar y generar situaciones de sonido

que por ahí, cuando uno recién se levanta, no te salen. Para decirlo bien fácil, no nos

drogábamos al pedo. No era que el tipo iba, buscaba sus drogas y y a llegaba al

estudio drogado. No, no, no. Tampoco era que ni bien llegaba al estudio se prendía y

le daba, no. Digamos que se esperaba el momento indicado. Ahora la gente se droga

para ir a la cancha o al cine, ¿no? Ahí se usaba mucho para la experimentación, no

era “me conseguí un ácido y me lo tomo ahora…”. Los elementos que alteran la

percepción del ser humano se utilizaban básicamente para una cuestión creativa, de

experimentación, de llevar la música a cierto lugar, cosa que se venía haciendo en

otros continentes desde hacía años. No sé si hay drogas más o menos peligrosas, pero

en los 80 todavía quedaba un poco de eso.

Alberto “Superman” Troglio: Muchas cosas de Llegando los monos las hicimos con

la Fostex de Timmy en La Bicoca, que es la casita de la hermana de Timmy. Esa

casa es media rara porque hay como fantasmas. En serio, en serio… Ahí grabamos

“Los cinco magníficos”, por ejemplo. La que quedó en el disco es casi la toma

original.

Walter Fresco: Sumo fue una mezcla de gente muy especial. Superman nunca está

en el candelero de la historia de Sumo, pero fue el mejor baterista de reggae que

hubo en este país.

Mario Breuer: Creo que Luca prendía la mecha de los temas. Era un personaje

carismático no solo para el público, sino también para la banda. No quiero decir que

era el gurú, porque me estaría alejando mucho de la realidad. Pero el grupo miraba

hacia él. Era un poco el centro. Todos trabajaban muchísimo y se metían, cada uno

tenía muy claro su rol, estaba muy establecido. Pero Sumo giraba alrededor de

Luca, como un sistema planetario. Batería y bajo generaban bases demoledoras.

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Había una guitarra, que era la de Germán, que creaba los climas. Otra guitarra, la de

Mollo, que ponía los cambios y hacía las melodías. Pettinato entraba a hacer vuelo.

“Acá la parte mía es hacer quilombo”, decía Roberto a veces. En las partes en las

que todo se ponía cargado y caótico, ahí iba Pettinato a sumar un poco de eso.

Roberto era importante, tal vez porque es un tipo comunicador de profesión y eso

hacía que hablara más con Luca que otros. No sé si realmente había sido un acuerdo

del grupo, algo como “rodeémoslo equidistantemente al pelado”, o si el pelado te

ponía él mismo las distancias. Pero funcionaban alrededor suy o.

Marcelo Gasió: En las grabaciones, el que se preocupaba por el sonido del grupo era

Pettinato. El resto no le daba demasiada bola. Luca a veces aparecía y a veces no.

No fue a ninguna mezcla, por ejemplo. Pettinato, en cambio, era el que se sentaba al

lado del técnico para decirle “esto sí, esto no”. En esa época, los técnicos de estudio

eran empleados de las compañías discográficas que hacían folclore, cumbia, rock, lo

que fuera. No había un concepto de rock, menos todavía de reggae. Pero el grupo

tampoco se involucraba demasiado, no era que los escuchabas decir: “Estamos

haciendo arte”. Como Roberto se lo tomaba más en serio le quedó eso de que a él le

interesaba la plata y a los demás no. No era así y es injusto verlo de esa manera.

Además, todo el mundo quería cobrar. No le decían: “Sí, vos quedate con la plata, a

nosotros no nos interesa…”. Desde mi punto de vista, Pettinato quería aportar ideas

para que los discos de Sumo estuvieran bien grabados. Decir que era un comerciante

por eso es como decir que Paul McCartney también lo era cuando quería mejorar el

sonido de Los Beatles y hacer un buen producto.

Walter Fresco: Cuando fuimos a grabar a Panda empezaron las disputas de poder

dentro de la banda. Había un grado alto de locura también. Quisieron desplazarme y

demás, y hubo un momento en el que Pettinato intentó agarrar la producción. Un día

llegué a Panda y estaba Mario Breuer sentado. Normalmente, al lado del ingeniero

de sonido hay una silla más, que es la del productor. En esa silla, que era la mía,

estaba sentado Pettinato, como diciendo “yo de acá no me muevo”. Estábamos

grabando “Los viejos vinagres”. Fue una situación media rara pero me la banqué y

me senté atrás. Una hora y media después, Pettinato, que estaba chocho ahí sentado,

le dijo a Breuer: “Mario, tiremos una mezcla”. Eso no me lo aguanté. Entonces me

paré y desde atrás le dije: “No, si vinimos a Panda para hacer esta mierda que

estamos escuchando, mejor nos vamos de acá ya mismo. Va todo de vuelta”. Porque

la verdad es que era un desastre, sonoramente imposible, un asco. La compañía

había puesto mucha guita para grabar en un lugar como Panda. Después, en

determinado momento hicimos un remix de “Los viejos vinagres” con Breuer y

Germán, los tres solos. Era una bestia lo que sonaba ese remix. Pudo hacerse bien

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porque Germán es un tipo con cerebro, que estaba siempre dispuesto a hablar las

cosas y a trabajar en equipo. Pettinato era imposible. Se creía el dueño del grupo.

Claudio Kleiman: La relación entre ellos era competitiva. Pettinato es muy

competitivo y Luca también lo era a su manera. También era como una división de

roles medio falsa, eso del policía bueno y el policía malo. Pettinato decía: “Hagamos

guita, tenemos que hacer un hit”, pero Luca también vivía un poco esa contradicción.

Era como un juego.

Mario Breuer: Luca era un tipo parco. O sería muy tímido. Yo hablo muy bien en

inglés y a pesar de eso me llevó mucho tiempo tener charlitas con él sobre el disco

que estábamos haciendo o sobre lo que él se imaginaba. Todo el tiempo decía: “Yo no

puedo opinar mucho del sonido, y o tengo una banda que tiene un sonido increíble,

qué voy a opinar si el sonido y a lo traemos hecho, el sonido es el sonido de mi banda

que es el mejor sonido que puedo tener”. No nos olvidemos que era la década del 80,

donde no se respetaban los sonidos naturales. Era muy difícil lograr ese sonido que

tenían en vivo, porque vos ibas al show, hacías saturar todas las entradas de

micrófono de la consola y ya sabías que iba a sonar bien. En esa época, para ciertas

cosas, si la consola no prendía la luz roja no garpaba…

Walter Fresco: En Sumo cada uno cumplía un rol. En el show, obviamente resaltaba

el pelado. Pero también lo hacía Mollo cuando hacía un solo tocando con los dientes,

y Pettinato, que estaba vestido de naranja con las dos barbitas… Pero más allá de

eso, que forma parte del show, escuchás la música y es igualmente impactante. En

los discos tratábamos de replicar lo que ellos eran en vivo.

Flavio Casanova: Cuando con Casanovas y a habíamos grabado bastante de nuestro

disco, un día le dije a Luca: “¿Che, por qué no te quedás y escuchás?”. Me respondió:

“Sí, cómo no… ¿Me puedo quedar?”. “Sí, sí, pasá”. Le mostramos el tema “Otro

sueño muerto”, que era el tema más raro y quedó afuera del disco por eso. Le gustó.

Decía: “Qué buen sonido”. Melero ponía muchas cámaras, cosas raras y Luca

compraba eso… También le hicimos escuchar “Ella es un águila”. Dos días después

volví al estudio y oí que no solo tenían nuestro mismo sonido de batería, sino que

Pettinato había grabado un saxo igual al que Melingo había puesto en nuestro disco…

Y que el y eite de guitarra de “Nextweek” era idéntico… Nosotros no dijimos nada,

en realidad el comentario fue: “Mirá, Sumo nos copia a nosotros…”. No nos molestó.

Además, humildemente, “Ella es un águila” es mejor que “Nextweek”.

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Walter Fresco: Luca no se metía en esos quilombos. Hacía su parte y se iba.

Flavio Casanova: Nunca lo vi mal a Luca, tengo otra imagen de él porque siempre

tenía buena onda. Cuando estábamos grabando el disco, yo me había quedado en

Buenos Aires para no ir y venir de La Plata todos los días. No tenía un mango y

estaba cagado de hambre. Como grabábamos a la noche, por ahí la compañía nos

llevaba algo de comida a la sesión, pero eso pasaba más tarde. Un día me desperté

más o menos temprano, casi no dormí, y tenía un hambre bárbaro. Salí a caminar y

me lo encontré a Luca. “¿Me acompañás?”, me dijo. “Sí, dale, estoy al pedo porque

me quedo a dormir acá…”. Me propuso bajar al bar del subte, esos bares de gallegos

que había en la vieja estación Carlos Gardel, y él se pidió una ginebra, porque es

verdad que tomaba ginebra a las 11 de la mañana. Estábamos ahí y me preguntó:

“¿Querés comer algo?”. “Luca, te digo la verdad, no tengo un centavo y me estoy

muriendo…”. Me dijo que pidiera lo que quisiera y me lo pagó él.

Mario Breuer: Creo que estaba un poquito eso de buscar un hit con ese disco.

También porque se metió Walter Fresco, que era el director artístico de la compañía,

el que los escuchó y los contrató para la compañía. Creo que “Nextweek” apuntaba

un poco a eso. “Los viejos vinagres” también. En un momento me dijeron:

“Necesitaríamos tener un tambor y un bombo superfirmes”. Eso se llama

preproducción. Yo respondí: “Batería electrónica, entonces”. Miré para un lado y

para el otro. Superman es un tipo que realmente hace lo suy o magníficamente. Se

metía, pero no era un tipo tan insistidor en la producción. Le dije: “¿Algún

problema?”. Me contestó: “No, mejor, menos para tocar”. Así fue que metimos la

batería electrónica. Me acuerdo que estuvimos un rato muy largo con el sonido del

bajo, porque Diego me decía: “Quiero que suene como goma, tiene que ser goma

ese bajo”. Me lo remarcaba todo el tiempo.

Walter Fresco: Con ese disco fue: “Con el debut ganamos respeto, ahora hagamos el

segundo”.

Mario Breuer: A Arnedo le importaba mucho el sonido, estaba muy consciente,

prestaba mucha atención a las mezclas. Mollo también. Superman igual, pero era

más calladito y había que sacudirlo un poco para sacarle una opinión. Daffunchio era

más cool, se quedaba al costadito, decía “sí” o “no”. Las mezclas eran una locura. Lo

que pasa es ellos estaban muy concentrados en el trabajo, no se dispersaban, pero no

todos querían exactamente el mismo disco. Entonces cada uno iba tirando un poco de

su lado. Tampoco es que las diferencias entre ellos fueran extremas. Uno iba al norte,

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el otro iba para el noroeste, algo así. Llegando los monos no fue un disco fácil por eso

mismo. Cuando en un grupo son todos una manga de burros en la que cada uno opina

algo diferente, para mí es más sencillo porque no le doy bola a nadie como hice

muchísimas veces. Pero en Sumo no se podía hacer eso porque todos tenían un peso

importante en la banda.

Germán Daffunchio: “Estallando desde el océano”, conceptualmente, es 100%

Sumo. Ahora lo grabaría mucho mejor, obviamente. El tema “Ojos de terciopelo” lo

hicimos con Luca y con Diego, fue algo instantáneo, de los pocos que hay. Para mí

son experiencias extremadamente reveladoras, estados de química pura. Esa

conjugación perfecta es importante.

Alfredo Rosso: Según cuentan los miembros de Sumo los temas eran realmente

creaciones colectivas. Todos contribuían, o sea que la autoría está bien distribuida.

Luca no era de los que dicen: “Yo y cuatro más”. Hasta donde pude recabar de

Pettinato o Mollo en algún momento, la cosa era bastante democrática dentro de la

banda.

Mario Breuer: Mientras fuimos grabando estuvo todo muy tranquilo. Se armó la

banda, los micrófonos, lo de siempre, y Luca pidió algún lugar donde él pudiera

estar, algo que sea así como “su lugarcito”. Panda tenía una sala más chica que

estaba entre dos blindex grandotes y más atrás estaba la salita del fondo. Luca se

ubicó en esa. Luca llegaba al estudio y ni entraba al control. Se iba derecho ahí al

fondo y escuchaba todo por auriculares. Se alejaba físicamente, pero no estaba para

nada al margen. Se pasaba todo el tiempo con los auriculares puestos, escuchando,

tomando notas, mirando las letras, retocando palabras o frases, pero se quedaba.

Terminaban las tomas, venían todos corriendo a escuchar, después se iban y le

decían: “¿Y Luca? ¿Qué te parece? ¿Está bien así?”. Luca les respondía: “Me gusta” o

“Más o menos”. La banda escuchaba todo, pero después iban y le preguntaban todo a

él. Su palabra era fuertísimamente respetada en todo el grupo, que es casi lo mismo

que decir que tenía la última palabra, pero no. La diferencia es que él no imponía

nada. Eran los otros los que acataban. Eso es muy distinto a decir: “Acá mando yo”.

Luca no tenía ninguna intención de mandar. Pero el resto bailaba alrededor de sus

ideas.

Walter Fresco: El laburo enfermo que hacía Germán Daffunchio con la guitarra es

impresionante, es un músico tremendo, el cerebro oculto de la banda. Es como

cuando escuchás un disco de U2 y pensás: “¿Qué pasa acá?”. Bueno, lo que pasa es

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que está The Edge metiendo cosas como un enfermo, sosteniendo un montón de

cosas. Germán es igual.

Mario Breuer: Cuando terminamos Llegando los monos estaban felices y y o

también. “Nextweek”, “Virna Lisi”, “Yo quiero a mi bandera”… Recuerdo con

mucho cariño a ese disco. Además, cargo con el detalle de que el disco termina con

Arnedo diciendo: “Para Mario”. Eso me ha valido mucho respeto, incluso por el lado

femenino a lo largo de América Latina. “¿Eres Mario?” “¡No lo puedo creer!”.

Lalo Mir: Luca tenía una inteligencia en la síntesis, en la poesía, era un tipo de

mucha sensibilidad. Porque tiene cada frase… “Yo quiero cruzar con la barrera y

que me pisen, que me pisen, que me pisen”. Es la Argentina dicha por un inglés que

llegó ay er. Cada vez que agarro el diario y veo un colectivo en una barrera pienso:

“Luca lo venía diciendo”. “¿Querés que te pisen? ¡Cruzá por la barrera!”. Otra era:

“Yo quiero la bandera, planchadita, planchadita”.

Alfredo Rosso: Cuando escribió: “Quiero cruzar con la barrera y que me pisen” se

dio cuenta de la estupidez argentina. Cruzar con la barrera baja y que te pise el tren,

la bandera planchadita pero no arrugarte con ella… Querés la bandera como un

símbolo, pero no moverte por esa bandera. Entendió muy bien el esnobismo y la

falsedad que hay en tanta gente.

Damián Damore: Ver a Sumo era cero aguante. Era mucho calor, apretujones,

adrenalina, furor, pogo, pero nada de aguante porque Sumo era un secreto a voces.

“Mi bandera” es un análisis de este tiempo y creo que lo que voy a decir es la

negación de todo eso. “Mi bandera, que no es la bandera de mi país”, arengaba Luca

con… ¡Una bandera italiana! Para Luca, las banderas eran trapos de verdad, para

colgarse del cuello. Era un accesorio habitual en él las bufandas, es decir, las cosas

colgadas de su cuello.

Mónica Stromp: “El ojo blindado” era un dije. En realidad es una historia horrible,

para hablar de eso tengo que pensar en gente que fue mala… Un día fuimos a visitar

a un conocido de Luca que había importado unos colgantes. Era una especie de

monóculo hecho con un marco dorado, que no estaba vacío en el centro, sino que

tenía un holograma blanco. Lo movías y tenía el holograma de un ojo. Creo que ese

chico le regaló uno a Luca. O se lo regalé y o ese día, no me acuerdo. Estaba mal

hecho y el holograma fue borrándose con el tiempo. Luca tenía ese colgante encima

pero no se ponía el collar. “El ojo blindado que me has regalado” viene de ahí.

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Diego Arnedo: Para “Estallando sobre el océano” estaba esa línea de bajo, la parte

“A”, que a mí me sugería otra parte. Me faltaba algo más. Se me ocurrió algo, se lo

pegué, pero desde la línea del bajo, que pasa por tres tonos. Ahí se armó eso que

Luca cantó arriba. Voy a confesar algo: una vez, charlando en uno de nuestros viajes

en tren, Luca llegó a decirme: “Yo para cantar escucho el bajo”.

Germán Daffunchio: Diego fue un complemento ideal para Luca, porque podían

salir y tocar toda la noche, tranquilamente… Y vaciar el bar. Diego cumplió un papel

muy groso dentro de Sumo, sobre todo energéticamente.

Mónica Stromp: El tema “No Good” viene de nuestra relación. Hubo una época en

la que mis padres, que eran bastante estrictos, me observaban mucho. Veían que a

veces estaba mejor y otras peor, porque con Luca tuvimos muchos altibajos. Lo más

difícil fue obviamente la lucha contra el alcohol. Mis padres se daban cuenta. En un

momento, no sé cuál fue el detonante, tampoco importa, mi padre me prohibió ver a

Luca. Me dijo que iba a poner a alguien que me observara. De ahí salió eso de “Hear

the policeman say…” de la canción. Yo le había contado eso Luca, y estaba

desesperada. Le dije: “Mi padre me vigila para que no te vea más”. Me contestó:

“Claro, porque tu papá dice que y o soy ‘no good’ para vos”.

Claudia Gernhardt: En los coros de “Heroin” grabaron Mónica y Evangelina, la

mujer de Germán. En vivo, se subía a hacerlos la que estuviera ahí. La primera en

animarse fue Evangelina, que en un ensay o empezó a hacer los “uuuuh”, a todos les

gustó y quedaron. Con Evangelina también compartíamos bastantes camarines.

Marcelo Gasió: Por algún motivo, a Pettinato le gustaba mi caligrafía y para

Llegando los monos me pidió que escribiera el sobre interno del disco. Tenía que

transcribir las letras, se las pedí, pero no las tenían pasadas a papel. Entonces vinieron

Timmy y Roberto a mi casa, trajeron el master del disco y nos pusimos a escucharlo

para sacar las letras de Luca. Había cosas que ni siquiera Timmy entendía. Lo

mirábamos para preguntarle qué estaba diciendo Luca y Timmy respondía: “Ok, soy

inglés, pero no sé…”. Yo tenía miedo de equivocarme, porque haciendo algo así

puede pasarte que interpretás algo mal y estás cambiándole la letra a un artista. En

un momento estábamos discutiendo si cantaba tal cosa o tal otra y les dije: “Che,

pídanle a Luca las letras, esto es un laburo enorme y no estamos seguros de nada…”.

Me respondieron: “No sabemos dónde está ni dónde ubicarlo”. El tipo había

desaparecido dos o tres días. Al final lo hicimos así, las escribí en una hoja

escuchando el disco con ellos y no hubo ningún error. Después Pettinato le hizo un par

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de correcciones. Una creo que fue “Nextweek”, porque creo y o escribí la canción

“Nesquik” por lo que decía la letra. Se nota porque el título de ese tema es otra

caligrafía. La otra corrección es “Estallando desde el océano”, porque creo que y o

había puesto el título en inglés.

Marcelo Castello: Sumo estaba por sacar Llegando los monos y Luca flirteaba con

Mirta, que atendía la peletería en la galería. Las primeras veces que lo vi fue ahí.

Cuando compraron la disquería, le dejó a Mirta y los hermanos vender copias del

casete de Corpiños en la madrugada. Los vendían sin tapa, te lo grababan y te lo

llevabas. Un día me lo encontré en esa disquería y le conté que era diseñador

gráfico. Yo estaba empezando la carrera y trabajaba como maquetador en la revista

de la Rock & Pop. A Luca le chupaba un huevo lo del casete. Le propuse hacerle una

tapa y me dijo: “Bueno, hacelo, qué sé y o”. Le mostré la imagen de Valentino y me

dijo: “Ah, está bueno”. Todas las copias que se vendieron ahí salieron con esa tapa

alternativa. Mirta hacía la fotocopia, las cortaba y las vendía. Fue la primera tapa

real autorizada por Luca Prodan. Después, cuando me fui a vivir a Mallorca, hice

una adaptación, que es la que hoy circula por Internet.

Mirta Bogdasarián: Corpiños en la madrugada se había comercializado muy poco.

Lo comprabas en los recitales y nada más. Entonces en la radio dijeron que

Corpiños… estaba también en una disquería en Palomar. En realidad nosotros lo

grabábamos en casete y vendíamos los TDK copiados a gente que venía gente de

Quilmes, de Ezpeleta, de cualquier lado. Eran fanáticos que llegaban desde cualquier

lado para conseguirlo y a Sumo le funcionó.

Gillespi: Cuando me copié el casete de Sumo lo escuchaba todo el tiempo. Me

volvían loco letras como “Mejor no hablar de ciertas cosas” o “La rubia tarada”.

Pensaba: “¿Cómo puede ser?”. Porque y o venía de otra cultura, del rock nacional,

donde todo el mundo era poético, cantaba con voz aguda… Esto era una poesía

urbana, más descarnada, más Bukowski, si se quiere.

Claudia Gernhardt: En el 86 viajé a Roma y conocí a los padres de Luca. Recién

había salido Llegando los monos. Eran dos personas serias, y con Andrea les hicimos

una broma. Les pusimos un casete de Pimpinela y les dijimos que el hombre que

cantaba, o sea la voz de Joaquín Galán, era la de su hijo Luca. Les veía las caras y en

un momento me agarraron unas ganas terribles de reírme. La situación me dio tanta

vergüenza que empecé a hacerle señas a Andrea para terminar con eso… Cuando

Andrea vio la cara de los padres les dijo “No, era una broma…”. Les habíamos

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dicho que Lucía Galán era Mónica. Se agarraron una bronca bárbara… Entonces les

pusimos Llegando los monos y y o trataba de explicarles en italiano todo lo que pasaba

con Luca en Buenos Aires. Sabía algunas palabras por lo del Topo Gigio. Me subía

arriba del sillón y les bailaba, tratando de imitar lo que hacía el público de Sumo en la

Argentina, contándoles todo lo que había logrado su hijo. Saltaba arriba del sillón y

ellos me miraban.

Andy Cherniavsky: Para el Chateau Rock del 86 me fui con Sumo en tren a Córdoba.

Fue un caos total, del cual me acuerdo poco. Sí recuerdo que llegué hasta el hotel con

ellos y que Luca estaba muy zarpado, muy dado vuelta. Fue un viaje muy

impactante, era la primera vez que viajábamos en un tren de gira, un delirio muy

divertido.

César Dominici:En el viaje en tren a Chateau Rock se veía, se olía y se sentía a toda

la muchachada en expansión, diseminada por los vagones. Luca estaba sentado en su

asientocomo una especie de chamán, con su grabador a pilas atendiéndonos a todos

con sus comentarios e historias más variadas.

Hilda Lizarazu: Con Man Ray coincidimos con Sumo en un Chateau. Ahí lo vi en

vivo con esa peluca y me encantó toda esa parte expresionista que tenía. Le creí, fue

como ¡guau! El tipo estaba ladrando toda esa parte punk, como diciendo: “Mirá los

huevos que tengo”. Yo estaba en mis veintis y pensé: “¡Qué bueno!”. Lo que yo hago

no tiene esa furia pero había un lado artístico que me resultaba creíble.

Claudia Gernhardt: Las giras eran maravillosas. Fui a una en Córdoba y me

acuerdo de Pettinato haciendo números graciosos, Ricardo también… Eran unos

delirantes, unos colgados.

Axel Krygier: En el 86 y o estaba tocando con Kevin Johansen en Instrucción Cívica.

Tenía 16 años y fuimos a tocar a Isla Jordán, entre Río Negro y Neuquén. Yo había

dejado el colegio así que tenía tiempo y espacio para hacer esas cosas. El show era

en un festival que se llamaba Isla Rock. Parábamos en un hotel donde también se

alojaba Sumo. Esa fue la primera vez que vi en directo a Luca, y estaba corriendo

por las escaleras, haciendo quilombo y jugando con los otros Sumo. Era un delirio.

Estaban realmente locos, por lo menos a nuestros ojos. Verlos era muy impactante, y

también muy divertido. Después los vi sobre el escenario y eso sí que fue increíble.

Salieron a escena como arrastrándose, haciendo una especie de bola humana entre

varios. Ya había visto a Luca en un programa de televisión y me había encantado.

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Quiero decir que cuando compartimos ese festival ya me gustaba Sumo. Después de

ese show quedó el impacto de Luca sobre mi retina y mi cerebro.

Damián Damore: La reacción de la gente era inusual, porque veían en Luca alguien

distinto del resto. Primero por el aspecto, un pelado con gafas oscuras, con campera

de cuero sin nada abajo, un outfit que era importado del primer mundo y natural.

Aunque era decadente, resultaba un imán. A diferencia del resto, se dejaba ver entre

la gente porque él no se consideraba una estrella de nuestro rock.Por supuesto que eso

no lo hacía más accesible que el resto, porque le molestaba mucho el acoso. Se

deshacía de la gente, se burlaba del público, lo puteaba, no comprendía que alguien

quisiera colgarse de su hombro. No había pose en él. Las veces que lo vi cerca nunca

lo vi con otro Sumo. Como si saliera a reconocer solito el campo de juego antes del

show. Su presencia te inmovilizaba y no podías dejar de mirarlo.

Pety (cantante de Riddim): Sumo en vivo te mataba. Me acuerdo del humo en el

escenario, el asistente prendiendo los equipos, todo oscuro y las lucecitas rojas como

diciendo: “Ya salen, y a salen…”. Ese momento era único porque Sumo en vivo te

mataba. En la Argentina no hubo banda que haya tenido el 15% de la fuerza que

tenía Sumo. Eran los seis justos. Ni uno más ni uno de menos. Todos eran necesarios.

Fernando García: En un lugar de Flores, Luca salió de adentro de un cohete de

cartón, que decía “x” no sé cuánto. Rompió la parte de arriba y salió. Empezaron con

“Noche de paz”, que fue buenísimo, y presentaron “Crua Chan”, que no lo habían

tocado nunca antes y me pareció tremendo. Cada vez que presentaban un tema

nuevo era una sensación… Cuando en otro show anterior habían presentado

“Estallando desde el océano” directamente no lo podía creer. “¿Qué es esto? ¿Qué

estamos escuchando?”, pensé.

Bobby Flores: Germán era un guitarrista buenísimo. Mollo... Daban miedo tocando.

Sumo tocaba en serio. El show de ellos te mataba.

Daniel Molina: En general, las presentaciones de Sumo en los boliches solían ser un

quilombo. El sonido era muy complejo y a menudo el retorno no les funcionaba y

hacían cualquiera. A veces eso pasaba durante un tema o dos, pero la vez en que yo

comenté su show en El Porteño, fue todo el recital. Se notaba que estaban con bronca

en el escenario, pero lo mismo hicieron todos los temas. Era horrible. Casi una tortura

escucharlos. Pero el público fanático lo tomó como una “experiencia”. Yo lo critiqué

por eso y Luca se enojó. No me lo dijo a mí, porque nos vimos pocas veces, sino a

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Symns, cuando vio la crítica publicada. Se justificó con que el sonido no funcionó

para nada y que pensaron que suspender el show era peor que sonar así. Quizá tuvo

razón. A sus fans les gustó igual. A mí no. Amaba Sumo pero no hasta el fanatismo.

Los discos de Sumo me parecen lo mejor de lo que se grabó en Buenos Aires en los

80 junto con Virus, Charly y Los Redonditos.

Rodrigo Espina: Conocí a Luca cuando yo estaba haciendo un corto, que después fue

El día que reventaron las lámparas. Mi asistente era Jorgelina y laburábamos en

Casting, que era mi empresa. Un día estábamos en el balcón y lo vimos pasar; y a

habíamos ido ver a Sumo y nos había arrancado la cabeza. Jorgelina me preguntó:

“¿No querés que le diga si quiere actuar en el corto?”. Yo venía diciéndole que lo

quería a Luca para lo que estábamos haciendo, pero solamente lo conocía de ir a ver

a Sumo. Fue, lo corrió, volvió a los cinco minutos y me dijo: “A la tarde está acá”.

Jorgelina Pochintesta: Yo quería que El día que reventaron las lámparas de gas

fuera la mejor película del mundo. Estábamos con Rodrigo trabajando en eso, y en

un intervalo salimos al balcón de la productora, que estaba en un primer piso.

Entonces lo vi pasar a Luca en ojotas, que iba a comprar fruta o verdura. Le dije a

Rodri: “Mirá quién va ahí. ¿Y si le pedimos que trabaje en la peli?”. Bajé corriendo,

le conté a Luca que lo había visto desde el balcón de la oficina, que preparábamos

una peli y que queríamos que él trabajara. Me preguntó dónde era, se lo escribí en un

papel porque tenía miedo de que se olvidara todo y me dijo que a la tarde pasaba.

Vino con Mónica.

Rodrigo Espina: Ahí empezamos a hacernos amigos. Era cómico verlo a Luca en mi

productora, un lugar que estaba siempre lleno de modelos. Un día le presenté a una

rubia infernal, como si dijese a Meg Foster, que se iba a Italia. Se la presenté para

ver si quería mandarle algo a su familia. Luca estaba rojo como un tomate, sin poder

mirar a los ojos a la mina… Fue la primera vez que lo vi así. Porque esa chica era

una diosa, un metro ochenta, linda como una Barbie, de esas que te dejan sin aire. A

Luca también lo dejó sin aire.

Jorgelina Pochintesta: Luca era rock puro. Para mí el rock es lealtad, fuerza, bajón,

rabia, autenticidad. Luca era todo eso y vivía constantemente a flor de piel. Yo sentía

un magnetismo muy fuerte pero trataba de evitar verlo porque él estaba mal.

Rodrigo Espina: Yo tenía una productora que se llamaba “Casting”. Fue la primera

empresa de casting que hubo en la Argentina. Es más, el rubro “casting” lo

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inventamos con mis socios. Quedaba en Montevideo y Sarmiento. Luca hacía unas

caminatas de Kung Fu… Salía con el bolsito que tenía, donde siempre había

obviamente un libro, porque Luca fue un gran lector. Mi productora le quedaba de

camino y entonces empezó a venir todos los días. Luca era tan múltiple que podía

estar con mucho lumpenaje, con mucha marginación, pero también necesitaba de

esa parte fina. Eso estaba muy presente en él, y creo que cumplí un poco ese rol en

su vida.

Fernando Noy: Tuve una pelea con Luca. Él iba mucho al Parakultural a tocar solo.

Ahí, las figuras éramos Batato, Omar Viola, Urdapilleta y y o. Una noche y o estaba

preparándome para hacer mi set de canciones en el camarín, que más que camarín

era un gallinero con goteras, y cuando me vio lista para cantar me dijo: “Cómo

andiamo, Cicciolina, sono lei?”. ¡Me ray é! “¿¡Qué!? ¿¡Cicciolina!?”. Yo soy resentida

social por amor a mi pueblo, como diría Eva Perón. ¿Cómo venía a llamarme como

a una estrella italiana? Le grité: “¡Vay a de aquí, stronzo! ¡Non ti voglio parlare piú, io

sono strella del mondo e no della merda deIl’ Italia!”. Luca se quedó mudo y se fue.

Al otro día vino de nuevo y se acercó al camarín. Yo pensé: “Ay, viene ese…”. Se

me paró adelante y me dijo: “Mis disculpas… Tu non sei la Cicciolina, sei la mia

Virna Lisi”. Me morí con eso. Lo abracé y lo amé, porque en ese momento Luca era

el chiquito que había visto en Villa Gesell. Fue tan tierno que me caló el corazón. Me

miró a los ojos y me dijo: “Yo te quiero”. Ahí descubrí quién era ese príncipe

fabuloso.

Enrique Symns: Yo odiaba el Parakultural, pero era fanático del Medio Mundo

Varieté, que era el otro lugar, donde y o iba a laburar y a pasar la noche con Batato

Barea. Una noche, él tocaba con una banda que se llamaba Luca y Los Apestosos y

me hizo un chiste horrible: “Te parecés a Alfonsín”, me dijo. Yo le respondí: “Te

parecés a Jaco Pastorius”, porque a Pastorius lo habían cagado a trompadas en un

bar. También me dijo: “Estoy podrido de los Sumo”.

Horacio Gabin: Ignacio “Ignatz” Mendes tocaba en Los Muebles, una banda que

tocaba en el Einstein. Cuando Luca estaba armando Sumo, le propuso a Ignatz ser

parte. Esto fue antes de Mollo. Ignacio era primera guitarra, tocaba muy bien, pero

como y a tenía su banda, le dijo que no. Dos o tres años después, cuando Luca tocó en

el Parakultural con Los Apestosos, una banda cómica que teníamos Ignatz, Eduardo

Bertoglio y y o, encaró a Ignatz en el camarín del Parakultural con esa sinceridad que

lo caracterizaba: “¿Y…? ¿Te arrepentiste?”. Yo sabía la historia y me quedé helado,

porque en ese momento Sumo era la banda más poderosa del momento y Los

Muebles había desaparecido.

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Fernando Noy: Mi vida era el Parakultural con Batato Barea y Alejandro

Urdapilleta. Siempre fui trotskista y odiaba la invasión milica, menos desde el arte.

Artistas como John Lennon y Janis Joplin… ¡Los beso de rodillas! Para mí no son

yanquis, son artistas cósmicos. Luca era igual, un gran maestro del trip astral.

Seguíamos a Luca hasta que nos fuimos dando cuenta de lo que era Sumo. Mi

montaje en el Parakultural y Cemento era muy punk.

Horacio Gabin: El Parakultural nació no como un espacio teatral o multimedia, sino

como una sala para dar clases. Tanto Omar Viola como y o veníamos de la Compañía

Argentina de Mimos, que dirigía Ángel Elizondo, y trabajábamos en la Escuela

Argentina de Mimos. En el verano del 86 nos quedamos sin espacio para la escuela y

un artista escenógrafo, de apellido Mora, nos ofreció un teatro que él había alquilado

para hacer esculturas. Antes, el lugar había sido El Teatro de la Cortada, uno de los

lugares independientes más emblemáticos de la década del 60, que también

funcionaba como café-concert. Cuando vimos el lugar, estaba cubierto de pulgas y

las ratas más chicas te llevaban a hacer un recorrido. El suelo estaba cubierto de

escenografías viejas de los 60… Con Omar después hicimos toda la movida para

limpiarlo, mi madre puso unos dólares y compramos un piso de machimbre. A la

segunda semana de estar dando clases, con unos amigos empezamos a poner música

y armamos actividades de artistas plásticos. Apareció Batato con El Club del Clown,

Humberto Tortonese, y en un momento comenzaron a venir las bandas. Éramos

artistas pero no hacíamos teatro convencional, entonces Omar Viola empezó a

trabajar de presentador, como un “clown”, y de repente se había formado el primer

varieté de la época. A partir de ahí se fundaron otros lugares como Medio Mundo

Varieté o Babilonia, que hacían nuestro formato. Algunos nos copiaban hasta el color

de la pintura… Mi exsuegro es Pérez Celis, que un día me dijo: “Yo quiero exponer

acá”. Llevó unos cuadros que valían 20 mil dólares, porque era un artista muy

cotizado, y una de esas primeras noches vimos a un punk caminando en cámara lenta

con un aerosol… Grabó la “A” de anarquía en uno de los cuadros. Cuando se lo

conté, Pérez Celis me puteó, bajó el cuadro, lo dio vuelta y me pidió un fibrón. “Obra

modificada por la violencia de nuestro tiempo”, escribió.

Patricia Pietrafesa: A Luca lo veía bastante seguido porque él iba a ver a Todos Tus

Muertos, que tocaban un montón en el Parakultural. Yo no veía a otros músicos hacer

eso de ir a ver bandas. Venía Melero, que era parte de la escena punk aunque tocaba

otra cosa, pero estuvo en muchas movidas radicales de esa época. Además Luca

tenía una presencia fuerte en esos recitales. La gente que y o conocía decía: “Sí, ay er

estuvo Luca” o “Vamos al bar donde para Luca”. Era uno más de los personajes de

la escena, no se veía como una estrella, nada que ver.

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Marcelo Pocavida: Fuimos alejándonos de Sumo porque la banda estaba haciéndose

cada vez más grande. No fui parte de esa época de Luca de la que todos dicen: “Yo

me tomé una ginebra con Luca”.

Horacio Gabin: Más de una vez me han dicho que Sumo tocó en el Parakultural,

pero y o estuve todas las noches ahí y no podría asegurarlo. No digo que no hay a

tocado, sino que no lo recuerdo. Luca tocó con nosotros, con Los Apestosos, y venía

mucho porque vivía cerca y había adoptado el lugar. Por lo general abríamos de

jueves a domingo y por ahí algún lunes por la tarde. Los Apestosos era una banda

que jugaba a ser una superbanda y tocaba mal porque Bertoglio y y o éramos actores

y había un músico que actuaba muy mal porque no era actor. El primer día lo

hicimos en joda y la gente interactuó. Hacíamos unos blues, actuábamos como

fanáticos… Sonaba horrible pero nos convertimos en un número puesto en el

Parakultural. La característica era que para cada cosa teníamos un look distinto:

tocábamos blues y nos vestíamos de sepultureros; tocábamos hot-jazz y aparecíamos

maquillados y de negro; hacíamos tango, canzonettas italianas, punk, reggae… Para

cada género teníamos un disfraz. Un día lo invitamos a Luca y respondió: “¡Por

supuesto!”. Es más, en una de esas encuestas de la Pelo de fin de año votó a Los

Apestosos como “banda revelación” y “mejor show en vivo”. Cantaba los temas

punk y los reggae siempre con la misma letra: “¡Qué hacé, bolú!”. Era un personaje

divino.

Bobby Flores: El escenario del Parakultural era una catástrofe. Había unas

performance de Batato, Urdapilleta y Tortonese en las que todos terminaban

cagándose a trompadas, tirándose con muebles de una punta a otra del escenario. El

público estaba ahí estático, mirando cómo se mataban. Creo que la Organización

Negra, que después fue De La Guarda y Fuerza Bruta, surge de ahí. La primera vez

que los vi en Cemento agarraban gente del cogote y la llevaban colgando medio

metro. Luca sintonizaba con esa energía. Lo he visto bajar a pelearse con la gente.

Fernando Noy: Cada vez que tocaba en el Parakultural y o decía: “Qué maravilla,

hoy va a estar acá el Rey de Sumo”. Lo había visto en distintas ocasiones, en mil

shows. En un momento pensé que se dedicaba a ser solista, porque sabía qué pasaba

en la interna de la banda. Pero ni le preguntaba. Me quedaba tranquilito, sentadito con

mi botella de fernet con Crush. Me quedaba embriagada mirándolo cantar sus

melodías de amor en mi trono armado con porro que tenía ahí. Salía corriendo por el

corredor de arriba, fumaba marihuana y quedaba re stoned, re colocada. Encima

ver a esa estrella ahí… El Parakultural era eso.

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Horacio Gabin: Luca era de los que se quedaban hasta el final, como hasta las

cuatro o cinco de la mañana. Una noche, en pleno invierno, estaba con su campera

de cuero, un pantalón corto blanco y en ojotas. Le dije: “Flaco, ¿no te cagás de

frío…?”. Me respondió: “No, porque así parezco karateca y meto miedo”. Tenía toda

una filosofía de vida muy de él… Otra vuelta había una chica sentada riéndose sola,

poniendo caras extrañas, en una situación rara. Me quedé mirándola y de golpe, de

debajo de la mesa salió Luca.

Bobby Flores: Luca era muy lúcido. Un día íbamos caminando por Santa Fe y

Callao, él y a era medio conocido. Sumo había grabado el disco y habían ido a Feliz

domingo, y él estaba a las puteadas por eso. Luca estaba con Mónica, su novia

alemana. En un momento aparecieron unos fans de otra banda y le gritaron: “¡Puto!

¡Pelado puto!”. Luca se dio vuelta y y o pensé que iba a cagarlos a trompadas. Les

dijo “¿Vos me decís puto a mí? Mirá la rubia que llevo al lado. Vos estás con esos dos

y me decís puto a mí, bobo”. O sea, ni siquiera voy a ponerme a pelear con vos

porque sos un tarado. Tenía esa lucidez, una arrogancia sana, fundamentada.

Gloria Guerrero: En una nota me dijo: “Hay cosas a las que puedo decir que no y

otras que sí. Por ejemplo, hoy tengo que ir a Feliz domingo porque es parte del

contrato con CBS. Pero yo me divierto y la paso bien”. No tenía vueltas con esas

cosas. No se le caía ninguna medalla. Pensaría: “Me pongo la peluca, un colador en

la cabeza, digo fuck you…”. En Feliz domingo Sumo tocó en vivo y sonó

impresionante. No hizo playback. Esa era la revolución, porque esa música no se

había hecho en la Argentina. El tipo venía con un hardware de información y encima

hablando mal. Era encantador que hablara con acento.

Damián Damore: Sumo rompía todos los ejes. En Feliz domingo tocaron en vivo, sin

playback, todos disfrazados. Atentaban todo el tiempo contra ellos mismos.

Judith González: Fue loco el proceso, con apariciones de Luca en la tele, donde hasta

tu mamá al fin podía conocerlo. Tocaron en Feliz domingo, estuvieron en el

programa de Moria Casán… Eso los acercaba a la masa. Era gracioso ver que el

mismo público que antes nos miraba con espanto cuando Sumo tocaba en las discos

después iba a verlo. La may or paradoja se daba en las rubias chetas que, sin sentirse

heridas por la letra de “La rubia tarada”, empezaron a sentirse atraídas por su

carisma.

Fernando García: Hay otro show de Sumo en la televisión, en Badía y Compañía, en

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el que Luca revolea la campera y cae justo en la cámara que estaba tomando al

grupo y la pantalla queda negra no sé por cuánto tiempo. Badía transpiraba. El under

no es una circunstancia. Vivi Tellas sigue siendo under. No es: “Hoy soy under porque

llevo 20 personas y mañana…”. Eso se lo creen todos los mamertos de los 90, que

pensaron que era tocar blues y rock’n’roll para 12 personas… Quiero decir que ser

under no es lo mismo que ser independiente. “Under” es una palabra que viene de

Frank Zappa y Captain Beefheart. El último grupo under de la Argentina fue Don

Cornelio y La Zona y Sumo siguió siendo under incluso cuando llenaban Obras o iban

a la tele.

Alberto “Superman” Troglio: Cuando estábamos ensay ando para el primer Obras

hubo una discusión porque había que ir al rograma de Moria Casán, Monumental

Moria, para promocionarlo. Presentábamos Llegando los monos. Entonces Luca nos

dijo: “Eh, ustedes nunca van a los reportajes y después se quejan porque salgo y o en

la tapa…”. En la revista Pelo ponían la cara de Luca y decía: “Reportaje a Sumo”.

Algunos protestábamos: “Luca no es Sumo. Luca es Luca”. Pero bueno, era la cara

de la banda, y pasa con todos los grupos. Ponían “Los Redonditos” y salía el Indio.

Luca nos respondía: “Ustedes no van a las notas y me mandan a mí”. Era verdad,

porque nosotros no queríamos ir a ningún programa. Entonces empezó esa discusión.

Como estábamos ensayando y eso pasó en una pausa, la casetera siguió grabando.

Quedó registrado el ensay o y también esa pelea. Tuve esos casetes por mucho

tiempo, hasta que se los di a Pettinato cuando hizo su libro. Se los presté y nunca más

me los devolvió. Fue tan graciosa esa discusión… Germán decía: “Eh, y o pongo la

estanciera y …” y Luca le respondía: “¿Y qué? ¿Y qué? A mí me chupa un huevo”.

Un tiempo después lo vi a Pettinato en la televisión con Bonadeo y le mandé un

mensaje. Entonces Bonadeo lo ley ó: “Che, acá hay un mensaje de Superman

Troglio”. “Ah, sí, es el baterista de Sumo”, le dice Pettinato. “Dice que le devuelvas

los casetes”. “Ah”. Se rió, sí. Pero nunca me devolvió nada.

Germán Daffunchio: En un momento, éramos el resto del grupo y Luca. Nosotros

nos poníamos en bloque: Ricardo, Diego, Roberto, Alberto y y o íbamos juntos a todos

los lugares, a las fiestitas, hacíamos todo juntitos. En todas nuestras reuniones

hablábamos todo lo que había que hablar, miles de boludeces. Pero la realidad era

que nadie se animaba a enfrentar a Luca. El único que lo hacía era yo, aunque con

cosas extremadamente puntuales. Todos empezaban: “No, vos fijate, con este cómo

vamos a hacer”, esas típicas cosas de las bandas. Con Luca no hablaba nadie…

Porque, ¿quién iba a decirle algo a Luca? Por eso son famosas mis peleas con él.

Fernando García: Cuando presentaron Llegando los monos fui el primer día. Estaba

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saliendo con una mina muy hippie, muy de Baglietto y de Fito Páez. No me gustaba

mucho, pero salía igual para tener algo a mano. Ese primer día fui a ver a Sumo solo.

Al otro día iba por Primera Junta caminando con ella de la mano. Sumo tocaba de

nuevo, se acercaba la hora y y o quería ir de vuelta. En un momento vi venir el

colectivo y le dije: “¡Chau, me voy a ver a Sumo!”. Le solté la mano, me subí al

colectivo y me fui. Después, obviamente, me peleé. Me decía: “Te gusta más Luca

que y o”.

Lalo Mir: Lo más impresionante de Sumo lo vi en Obras. No sé cuántos hicieron,

pero hay uno en el que estuve parado, sin poder creer lo que veía, me quedé como

duro… El escenario era un basural, fue impactante. Me quedé escuchando todo el

concierto y ni aplaudí, me acuerdo.

José Luis Luzzi: Yo manejaba la discoteca Airport, que estaba destinada a la

juventud. No tenía el público que buscaban New York City o Mau Mau. La publicidad

decía “La juventud está en Airport Discotheque”. Una noche fui a la presentación de

Llegando los monos en Obras y me dieron un video de Sumo, para que los conozca

mejor. Ahí se veía todo lo que sucedía en los vestuarios y aparecía Andrés Calamaro

diciendo: “Pero, si subo, ¿qué voy a cantar?”. Airport era muy fuerte en ese

momento, hacíamos cosas grandes, y después de ese día me propusieron hacer

Sumo ahí. Me pareció que podíamos probar y un tiempo después lo hicimos.

Recuerdo que estuve con Luca durante la prueba de sonido y antes de subir al

escenario se tomó una botella de ginebra entera. Yo lo miraba pensando que no iba a

poder subir, pero subió igual. Es más, salió al escenario con una de whisky Criadores,

se tiró la mitad encima y la otra mitad se la tomó. Sin embargo, en mi vida vi un

show tan extraordinario como ese… No sé si era por lo que había tomado o si

conseguía su mejor forma justamente por eso. Siete días después se murió. Antes de

producir ese show de Sumo en Airport todos me decían que Luca abusaba del

alcohol. Esa noche tomó mucho pero no desmereció en nada. Hay tipos que suben

mal al escenario y dan pena. Lo de Luca era extraordinario.

Patricia Pietrafesa: Sumo y a estaba tocando en lugares más grandes pero no se

quedó ahí. Podían ir a Obras y a la otra semana volver a un lugar chico. Por eso se

veía tan próximo y tan cercano. En mi caso, Luca seguía siendo un referente porque

estaba el tema de la autodestrucción, que era algo que me fascinaba de él y que y o

practicaba.

Diego Tuñón: Dejé de ir a verlos cuando empezó lo de los Obras. Paralelamente,

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ellos seguían tocando en lugares chicos. Una vez me lo crucé a Luca en Gracias

Nena. Estaba en la barra, pidió una ginebra chiquitita, y o estaba al lado, y me

ofreció. Yo le dije: “No, no, gracias…”. “Dale, boludo…”. Una cosa así.

Fernando García: Era muy fácil hablar con Luca. Terminaban de tocar, te

quedabas ahí y en un momento aparecía. Una vez hablamos en Taiwan, un lugar de

mierda de esos chiquitos que duraban tres meses.

Pety (cantante de Riddim): Muchos de los que íbamos siempre a ver a Sumo

también éramos seguidores de Alphonso S’Entrega. Los vimos noches y noches en el

viejo Prix D’ Ami, el que quedaba en Arcos y Monroe. Se llenaba tanto de humo que

salías llorando.

Bobby Flores: Luca tenía onda con Alphonso S’Entrega, tocaron juntos muchas

veces, más que nada en Prix D’Ami, Daniel Morano era el dueño del lugar, tocaba la

guitarra y cantaba en Alphonso, y había sido el primer bajista de Serú Girán, porque

el grupo se formó en la casa de Morano en Buzios. Después él se quedó en Buzios, los

otros dos se vinieron y encontraron a Pedro Aznar. En los 80, Daniel estaba muy en

el centro de atención porque tenía Prix D’Ami y ahí tocaban todos, donde incluso se

daban mezclas raras como Charly con Melingo, Aníbal García en la batería y

Christian Basso en el bajo. Se formaba cualquier cosa. Era zapar toda la noche con

pibes que tocaban. Todo eso lo habilitó Daniel y Luca fue parte.

Alberto “Superman” Troglio: La presentación de Llegando los monos fue un

despelote. En ese show a Syman, que era el iluminador, se le trabó la máquina de

humo, y eran máquinas que en esa época quemaban vaselina. Me acuerdo que

quedó apuntando al pedal de bombo y a mí se me patinaba el pie. Entonces agarré, le

pegué una patada al tacho y se lo tiré a la mierda. Todo ese despelote pasó con todas

las novias de Luca juntas, bailando en el escenario. Tengo un video de eso pero no se

ve nada.

Herbert Vianna: Antes de tocar con Sumo en Obras no teníamos idea de su

existencia, lo que es una prueba de la distorsión de comunicaciones culturales entre

los países latinoamericanos, ¿no? Entre el filtro que existe en estos términos. El

impacto fue tan fuerte… Me quedé impresionado. Luca cultivaba este concepto

pospunk de anti-estrechismos. Combatía los clichés de las estrellas nivel popular, y lo

hacía con tanta claridad y entusiasmo, que generaba una reacción inmediata.

Además sus ideas musicales golpeaban a gente de tantas generaciones diferentes…

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Cuando lo vimos actuar, los Paralamas quedamos boquiabiertos, totalmente

encantados con la fuerza de su performance. Su actitud era totalmente desarmada y

fuerte. Nos conocimos pero no llegamos a ningún nivel de profundidad que no fuera

una celebración en un brindis, en aquel momento. Brindamos por un camino que

empezaba a hacerse claro, con manifestaciones verdaderas de la juventud

latinoamericana con influencias innegables. Compartimos un único concierto, pero el

impacto en mí fue tan grande que cuando nació mi primer hijo le puse “Luca” en

honor a él.

João Barone: Brindamos en el camarín y Luca nos propuso tocar juntos en Buenos

Aires, en El Paradiso. Fue fuerte conocerlo. Luca era como un meteoro.

Herbert Vianna: Yo vivía con mucha intensidad, con los traumas que pasan por la

cabeza de un joven de clase media, esos que vienen del universo latino con sus

transformaciones en la edad adulta. En aquel momento empezaba a tener señales de

una pérdida de pelo. Cuando vi a Luca con su actitud totalmente natural y febril, eso

me dio un apoy o filosófico. Hizo que tuviera mucha más confianza en la verdad y no

tanto en la apariencia. Su energía era real, no tenía clichés. Fue una fuente de

inspiración que venció al tiempo. Luca era tan intenso que su mirada se clavaba en

los ojos del público y nos desarmaba a todos de una forma verdadera y profunda.

João Barone: La impresión fue que Sumo era una mezcla de The Doors con Legião

Urbana. Había un parecido entre las fuerzas de Luca y la de Renato, tanto por la

energía que ponían sobre el escenario como en la voz.

Timmy MacKern: Después de Obras me acuerdo que estábamos haciendo la cuenta

con Fernando Moy a y en el primer show fue tremendo la plata que ganamos. Cinco

mil personas por no sé cuánto que salía la entrada. Ganamos todo junto lo que nunca

habíamos visto. Igual esas fueron las cosas grandes. Después de eso, en todos los

festivales en los que tocamos, que no sé si eran de la agencia de Grinbank, nos

quedábamos con muy poca plata. Mientras veías que Los Twist o Los Abuelos de la

Nada estaban ganando mucha guita, como jugando otro partido completamente.

Mirta Bogdasarián: Mi hermano may or tenía cierto parecido con Cerati y una de

las noches de la presentación de Llegando los monos subió al escenario de Obras con

una guitarra desconectada imitándolo. Fue un gag, porque era imposible pensar a un

integrante de Soda Stereo en un recital de Sumo… Cerati en ese momento se ofendió,

hubo una pelotera y dijo en radio que le había parecido una falta de respeto. Lo de la

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imitación de Cerati fue cuando Sumo presentó Llegando los monos. Unos días después

Luca vino a la disquería con Superman, o con Mollo, y se pusieron a hablar de eso

con mi hermano en la puerta del local. “Sí, se armó quilombo, tuvimos problemas

con Cerati por la broma esa, que te vestiste como él…”. En un momento, Luca se dio

vuelta y dijo: “Bueno, y o tengo otro problema acá”. Se metió adentro porque y o

estaba en la parte de atrás. Lo último que había hecho era decirle: “Andate a la

mierda”. Entonces se acercó: “Che, bueno, qué pasó, por qué me cortaste,

hubiésemos seguido hablando…”. No me acuerdo cómo siguió la conversación, pero

quedamos en ir a tomar algo al bar de al lado. Mi viejo seguía teniendo el negocio de

danzas y entonces Luca le preguntó: “¿Puedo ir a tomar algo con su hija?”. Un

disparate… Ese día la conversación fue más a calzón quitado: “¿Te creés que yo no

me doy cuenta? ¿Que y o vengo acá por tus hermanos? No. Vengo por vos, pero tengo

miedo de que vos y todos piensen que y o te usé…”. De chica y o era más viva que

ahora, o menos estructurada, porque con el tiempo la neurosis va enviciándote… Era

como más franca, y me acuerdo que respondí: “Mirá, puedo arrepentirme y pueden

pasarme muchas cosas, pero no voy a sentirme usada por algo que estoy

decidiendo…”. Luca me dijo: “Ah, ok…”. Quedamos en que iba a pasar a visitarlo a

su casa y esa fue nuestra primera cita. Hasta ese momento solamente hablábamos.

No me había dado un beso todavía. Fui a la casa y él era muy cuidadoso. Estuvimos

ahí abrazados porque él estaba hecho mierda. Convengamos en que Luca tomaba

muchísimo y y a tendría el hígado complicado. Estaba flaco, comía mal, muy

baqueteado. Ya empezaba a necesitar un cuidado intensivo.

Claudia Gernhardt: El 31 de diciembre del 86, en el que fue el último fin de año de

Luca, Mónica le partió una sartén en la cabeza. No sé cuál de los dos era más

bravito… Cuando Mónica me avisó, me tomé un taxi desde Libertador y Olleros, me

fui a Hurlingham y ella se volvió a su casa. Pasamos ese fin de año los dos solos en

un colchón. Después vino Diego y más tarde cayó Sokol.

Mónica Stromp: Era nuestra manera de arreglar las cosas. Era sorpresivo, Luca.

Muy divertido. Dentro de la banda me llevaba bien con George y con Timmy. Para

mí Sumo era el grupo de Luca, no el mío, y trataba de mantener una distancia.

Quizás hubo situaciones puntuales en las que necesitaba hablar con alguien, en un

momento fue Diego, pero muy pocas. Era su trabajo y y o lo respetaba. En la

desesperación, alguna vez hablé con Timmy o con George para pedirles ay uda.

Estaban las mujeres de los chicos, pero ese era un circuito por fuera de la banda.

Claudia Gernhardt: A Luca le encantaba la canción “Puerto Pollensa”. Es difícil

imaginarse que le gustaba esa canción, pero era así, al punto de que me la cantaba

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siempre. A veces, después de los shows de Sumo nos íbamos con Diego a bailar

lentos a una casa. Había un pibe que nos pasaba música y a Luca le encantaba esa

canción. Nunca me explicó por qué.

Gillespi: Un día, unos dos meses después de haber visto a Sumo, me bajé del tren en

la estación Liniers y me pareció verlo a Luca acodado en uno de esos barcitos

vidriados que suele haber en las estaciones, los que están sobre el andén, pero de

espaldas a la calle. Pensé: “Este pelado es Luca”. No había pelados en esa época.

Entonces me detuve a mirarlo y el tipo se estaba tomando un vaso de vino blanco.

Estaba escabiando a las cuatro de la tarde. Le dije: “Che, te molesto, me gusta la

banda. Yo toco la trompeta, si necesitan en algún momento trompetista”. Me saludó

amablemente, muy educado. “Yo tocaba la trompeta”, me respondió. Más adelante

supe que él había venido de Italia con una trompeta, entre otros instrumentos que

había traído. “La trompeta… Hay que estudiar mucho, pero me gusta”, me dijo. Ahí

empezó a haber un feeling inesperado para mí. “Estaría bueno meter algunas cosas

con la trompeta pero tenés que hablar con Roberto. Él es el encargado de los

vientos”. En Corpiños en la madrugada, Melingo y Pettinato hacían como una sesión

en “Disco Baby Disco”. Por supuesto que no había celulares y no tenía la más puta

idea del teléfono de Roberto. Así que quedó todo en la nada. La casualidad quiso que

unos meses después me encontrase con Pettinato.

Enrique Symns: Yo trabajaba en la revista El Porteño, que estaba en la calle

Cochabamba. A la vuelta, sobre Piedras, había un bolichito. Llegaba a la mañana,

toda mi vida hice lo mismo, y mi desay uno era dos medidas de Campari, media de

vodka y un poco de pimienta. Eso a las ocho de la mañana. Luca había descubierto

que y o entraba al bar porque él iba a Alcohólicos Anónimos. Entró y me dijo: “Hoy

no juré”, por los católicos que juran todo el día. Ahí empezó a tomar ginebra y no

me dejaba ir. Esa mañana me dijo “La cocaína es peor que la heroína. La heroína te

mata, la cocaína te va cagando y vos seguís…”. Tenía razón.

Gillespi: Pettinato había ido como invitado al programa A solas, de Hugo Guerrero

Marthineitz. Ahí habló de drogas y cosas así, y el tipo estaba en boca en todo el

mundo por lo zarpado de sus declaraciones. Es más, la primera vez había sido tan

atrevido que Guerrero Marthineitz volvió a invitarlo al poco tiempo. Había dicho

públicamente que consumía drogas. Hoy lo dice Calamaro y se arma lío, en aquel

momento era mucho más escandaloso. Aparte hablaba de igual a igual, con esa

soberbia que tiene Petti, ¿no? Un día y o estaba caminando por la avenida Santa Fe y

lo vi venir. Estaba charlando con otro tipo. Pensé: “¿Cómo le hablo a este monstruo?”.

No era el mismo feeling que con Luca, con Petti era one shot.Tenía que decirle algo

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para que reparase en mí. Entonces, cuando pasó le dije: “Olu Dara”. Se detuvo. Le

había dicho una palabra encriptada. Era el nombre de un trompetista de

vanguardia… Sus discos de aquel momento eran de trompeta y batería. Yo sabía que

a él le gustaba el free-jazz. Petti me dijo: “No me digas que te gusta Olu Dara”. “Sí.

Tengo varios discos y toco la trompeta. También me gustan este tipo y tal otro”. Su

respuesta fue: “Tenemos que tocar juntos”. Así de simple. Me dio un número de

teléfono: “Llamame”. Lo llamé, quedamos en vernos, y fui a su departamento de

Belgrano. Me atendió con el saxofón colgado. “Sacá la trompeta”, me tiró. Estaba

escuchando James Brown a todo volumen con un superequipo con bandeja. Nos

pusimos a tocar, él contra una pared, y o contra la otra, arriba de ese disco. Cuando

terminó el primer lado, que tocamos enterito, me dijo: “Mañana ensay amos en El

Palomar. ¿Querés venir?”. “Genial. Voy ”.

Marcelo Gasió: Después de lo de Guerrero Marthineitz, Ismael Salgado lo llamó a

Pettinato para conducir Música total y así fue que empezó su carrera televisiva.

Gillespi: Me fui hasta el Palomar. Sumo ensayaba en una esquina, en un sótano

debajo de una panadería vieja, una cosa muy extraña. Tenían unos enrejaditos a la

altura de la calle, unas ventilaciones por donde el ruido salía para la vereda. Estaban

tocando al mango, muy fuerte. Golpeé una puerta de madera y no me atendó nadie.

Yo escuchaba los temas que ensay aban y por el ventiluz les gritaba: “¡Hola!”. Se

oían risas, muchas risas, y empezaban otro tema. Debo haber estado una hora ahí,

gritando: “¡Hola! ¡Soy el trompetista!”. Hasta que salió uno con dos envases de

cerveza, como para ir a comprar más. Me presenté, me hizo pasar, y cuando bajé,

mientras seguían tocando, me observaron todos como diciendo: “¿Este tipo quién

es?”. Yo lo miré a Pettinato, que hizo una seña: “Tocá, tocá…”. Agarré la trompeta,

empecé a tocar y así transcurrió el resto del ensay o, como si fuera uno más…

Terminó el ensayo, todo el mundo empezó a guardar los instrumentos, siguieron las

risotadas. En un momento apareció Timmy, que solamente hablaba en inglés con

Luca: “¿Qué número de documento tenés? Porque mañana nos vamos a Córdoba a

tocar”. Yo: “Ah, bárbaro, genial…”. Nadie me dijo si había tocado bien o mal.

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El hueso de la abuela. Luca en vivo y la historia de la abuela “Kaya” representada

por su fémur.

(Foto de Andy Cherniavsky)

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Capítulo 16

After Chabón

“Mirá, hay un dicho que dice ‘coraje holandés’. Eso significa que tenés coraje

porque tomás. Y y o tomo ginebra. Y por ahí eso me ayuda a dar coraje. Entonces

por eso tengo temor y eso lo ablanda un poco”.

Luca entrevistado por Tom Lupo.

“Bueno, ok... Buenas noches, muchas gracias. ¿El mar está ahí? Nosotros nos vamos.

A él lo vamos a matar ahora por tocar como un boludo (señalando a Pettinato) y ahora

vienen los... ¿Quién viene? ¡Virus! Lo que pasa es que somos todos putos... Tenemos

ganas”. Fue el parlamento que utilizó Luca para la despedida del show de Sumo en el

Festival Rock in Bali. A 14 kilómetros de Mar del Plata, camino a Santa Clara del Mar,

el encuentro de dos jornadas en Bali Beach —el viernes 23 y el sábado 24 de enero

— prometía una selección de variadas atracciones. Soda Stereo, Sumo, Virus, Andrés

Calamaro, David Lebón y Los Violadores, entre los nombres más conocidos,

compartirían escenario con nuevos nombres encabezados por Fricción, La

Sobrecarga, Los Enanitos Verdes y Cosméticos, entre otros. En un ambiente ideal,

frente al mar y con una afluencia de público menor a la esperada, Sumó subió al

escenario gigante pasadas las dos de la mañana para ofrecer otra muestra de

contundencia escénica. Sobre el final del recital Luca lanzó, entre balbuceos, una

frase que se entendió mal y que distaba mucho del mensaje distorsionado que se

propagó después. Luca nunca dijo: “Ahora viene la banda de los putos” cuando el

grupo tuvo que abandonar el escenario para darle paso a Virus. Sin embargo, fue lo

que se entendió en la confusión y Luca quedó como un homofóbico a los ojos de

Federico Moura. Parte de la prensa aprovechó el malentendido para crear una

controversia entre Sumo y Virus. El propio cantante de Virus, siempre cauto y

distante, reaccionó ante la insistencia de los medios rockeros en una entrevista

publicada por la revista Canta Rock en abril de 1987: “Yo no lo vi a Luca. Recién me

enteré en Buenos Aires de lo que hizo. Obviamente, la gente de producción no nos dijo

nada en el momento de salir a escena para no rayarnos. Por lo que me dijeron, la

gente gritaba lo mismo que había dicho Luca. Eso me sorprendió. Me pareció un

mamarracho, un botón. Lo desapruebo y borro de mi cabeza totalmente, porque no

hay cosa que soporto menos que una actitud de policía. Se me cayó la última cáscara

que para mí le quedaba a Luca. Tendrá su onda de rock’n’roll, pero es un cliché. Vino

a la Argentina con su inseguridad de cantar en inglés y se tuvo que meter el inglés en

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el culo y hacer letras como ‘La rubia tarada’ para shockear a señoras burguesas. Es

horrible que Luca tenga que hablar mal de alguien por inseguridad. Bah, Lerner hizo

algo parecido en Prima Rock. Salió a tocar después de nosotros y dijo algo así como

‘ahora estamos todos del mismo lado’. Son productos de inseguridades muy grandes.

Desapruebo a Luca y no me interesa el chusmerío de seguir hablando de él. No me

interesa; su música nunca me sedujo, y ahora su cabeza me parece un bochorno”.

La polémica quedó como una anécdota más en el comienzo de un año signado

por el desgaste físico de Luca, su negativa a frenar la ingesta de alcohol y el malestar

interno encabezado por Timmy MacKern frente a un proceso irreversible. El

manager de Sumo pasó la mayor parte del año en Córdoba, bajando a Buenos Aires

en muy pocas ocasiones. Jorge Crespo reemplazó al viejo amigo de Luca en la tarea

de llevar adelante una banda de gitanos con un líder averiado pero nunca vencido. No

quedaba tiempo, los grandes conciertos veraniegos ocuparon los primeros meses del

año. Después de Rock in Bali, Chile se convirtió en el segundo destino internacional

para los Sumo. El sábado 21 febrero, en el predio de la Quinta Vergara, sede del

Festival de Viña del Mar, la banda formó parte, junto a GIT por el lado local, de un

curioso encuentro denominado “Primer Recital de Integración de Música Rock

Chileno-Argentina” con la participación de grupos trasandinos como Upa! y Aparato

Raro. Lalo Mir, el reconocido locutor y conductor radial, fue uno de los impulsores

de una especie de “after Viña” pensado para todos los argentinos que veraneaban en

la Quinta Región. El inicio del concierto de Sumo se atrasó una hora por

inconvenientes técnicos, el sonidista perdió la hoja con todas las especificaciones de

la prueba de sonido y no sabía cómo continuar. Luca decidió caminar a tientas y

utilizar los primeros temas para ajustar el sonido. Sumo le voló igualmente la cabeza

al público. “¡Luca no baila ni canta bonito, pero se comunica de una forma con la

gente y con el resto de los músicos! Hace chistes y juega y empuja, grita, calla y lanza

todo al aire. Es un circo y el público, al principio un tanto desconcertado, se va

arrastrando en él. Al parecer no todos estaban al tanto de que la rebelión contra la

sociedad de consumo es, más que una temática, una forma de vida”, reseñó el diario

Las Últimas Noticias. Luego del show, Luca desapareció en la noche de Viña del Mar.

Cuando los organizadores estaban a punto de dar aviso a la policía, el cantante bajó

de un taxi ayudado por dos pescadores. Se había ido a pescar mar adentro con una

buena provisión de pisco.

En lo que parecía una escalada por superar al show anterior, el 27 de marzo

Sumo ofreció otro de sus conciertos más recordados, esta vez en el marco del Chateu

Rock en el estadio mundialista de la ciudad de Córdoba. En el cierre de la primera

jornada y luego de la presentación de los inofensivos Enanitos Verdes, la banda

parecía potenciarse en el contraste con otros grupos: “Con la propuesta más rockera

de todas, aunque el estilo escogido se llame reggae o disco music. Los cordobeses

también pudieron comprobarlo: tener a Sumo sonando en los escenarios locales es un

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verdadero lujo para el rock local, y hay que aprovecharlo ahora. Con la

incorporación de un trompetista —¿próximo miembro estable?— Sumo estableció un

diálogo cuasi free entre los vientos y la increíble guitarra de Mollo, que en temas

como ‘Mejor no hablar de ciertas cosas’ dejó al público directamente sin posibilidad

de reaccionar. Fue demasiado”, señaló el cronista no identificado de la revista Pelo

en la edición 289, que tenía en tapa una foto de Luca en cuero con el título “Sumo

arrasó en Córdoba”. El trompetista que mencionaba la reseña era Marcelo

Rodríguez, después conocido como Gillespi. Rodríguez había debutado con Sumo en

un escenario gigante y ante una audiencia de diez mil personas.

Mientras los Sumo volvían a ingresar a los estudios Panda para registrar su

tercera producción consecutiva en la compañía discográfica CBS, el país vivía una

auténtica zozobra institucional durante la celebración católica de Semana Santa. En

Córdoba, el mayor Ernesto Barreiro, acusado de torturas en el centro clandestino de

detención “La Perla”, se declaró en rebeldía e inició una asonada militar que sumó al

coronel Aldo Rico en la Escuela de Infantería de Campo de May o. La tensión creció

y el repudio de la sociedad civil fue masivo a través de movilizaciones de todas las

fuerzas políticas y sindicales en defensa de la democracia. Luego de cuatro días de

tensión, el domingo 19 de abril, el presidente Raúl Alfonsín anunció a la multitud,

reunida en la Plaza de May o, la rendición de los sublevados. En junio el Congreso de

la Nación aprobó, a propuesta del poder ejecutivo, la Ley de Obediencia Debida, que

exculpaba a los oficiales de rango medio y bajo por delitos de lesa humanidad

cometidos durante la última dictadura militar, que junto a la Ley de Punto Final,

promulgada en diciembre del año anterior, promovía un grave retroceso del gobierno

democrático en materia de justicia y memoria, la claudicación adquirió dimensión

de derrota en aquel otoño infame.

El largo adiós de Luca adelantó varias pistas en las canciones de After Chabón,

más allá de permanecer ausente en muchos momentos del registro y limitarse a

cantar o terminar algunas letras justo antes de grabarlas, el disco imponía una

despedida en climas y letras, un modo más testimonial de codearse con una

posibilidad cierta y cada vez más cercana. Su propio réquiem en “Mañana en el

Abasto”, la batalla final de “Crua Chan”, el segundo capítulo de “Heroin” (a través

de la letra mordaz de “No te pongas azul”) o la cadencia de la melancolía abreviada

en “La gota en el ojo”. En cada entrevista, Luca reafirmaba su predilección por After

Chabón y decía que el era el mejor disco de Sumo. “Sí, porque no hay ningún hit

obvio. Fue muy sincero. A mí no me importó seguir siendo famoso. Yo dije: Mirá,

nosotros somos buenos. Nos hicimos nuestro público antes de que saliera el primer

disco. La onda es la misma, no cambió. ¿Entonces por qué hacer una ‘rubia tarada’ a

propósito y ponerle ‘La morocha boluda’ así la compran todos los rubios? Hacemos lo

que nos sale, y nos sale bien. Sin inventarnos un hit o dos o tres. Si de acá salen hits es

porque salen, porque a la gente le gustan, si no, no. Igual nuestro público lo va a

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comprar. No estamos buscando un público masivo, por lo menos yo no”, admitía el

cantante de Sumo en el número de agosto de la revista Pelo. Luca se refería a After

Chabón como un disco que tenía más imaginación, con un aporte esencial de Mario

Lastiri, que había trabajado como asistente de Mario Breuer en Llegando los monos

para luego convertirse en el sonidista de Sumo. “Sumo no es solamente los músicos.

Son los plomos, todos. Es una onda de familia. Estoy orgulloso de decir que no hay

nadie en todo el equipo (que cuando salimos de gira somos como 20) que sea una

mala persona. Ni uno. Y Mario es uno de los Sumo, y nos conoce como personas, como

músicos, el sonido, todo. Yo cuando canto le doy con todo, al re mango… Bueno, acá

en general no cantan así. Pero Mario Lastiri está acostumbrado a mis alaridos…”.

Como en los discos anteriores, la cita obligada a un tema ajeno en After Chabón

está presente en el estribillo de “No tan distintos (1989)”, con más de tres compases

sacados a “Know Yourself Mankind” de la banda roots The Gladiators. “Banderitas y

globos” es un rescate de un viejo tema compuesto en plena guerra de Malvinas: Luca

solía bromear con esa idea de las banderitas y estar bien, “pero en el fondo está muy

mal como Gatieri”, solía explicar en los shows. En tanto “Hola Frank” era el tema

más Frank Zappa de Sumo, basado en una idea teatral de Luca que consistía jugar

con distintos tipos de voces, algunas irónicas, otras en un modo de rap. La variedad

incluy ó a Juan Pablo II, que por esos días de abril de 1987 visitaba por segunda vez el

país. La tapa del luchador de sumo fue idea de Roberto Pettinato, que consiguió, a

través del periodista Marcelo Gasió, la foto de Ozeki Konishiki, campeón mundial de

pesos pesados. El título del tercer disco de Sumo nació como un chiste a las etiquetas,

los géneros que crea el periodismo de rock y cualquier otra denominación ajena a la

banda.

Mientras grababa el nuevo disco, Luca consiguió un lugar en donde vivir. Gracias

a un amigo, Marcelo Arbiser, músico y afinador de pianos, que alquilaba una vieja

propiedad de alto en la calle Alsina 451 entre Bolívar y Defensa. La ubicación era

ideal, a metros de Plaza de May o, la casona era la cuarta más antigua dentro del

casco histórico de Buenos Aires, tenía el aspecto de un conventillo en donde paraban

toda clase de freaks; el baño no incluía ducha y solo contaba con una letrina. En

tiempos más benignos, allí vivió Niní Marshall. Mucho antes, en el sótano,

funcionaron las primeras mazmorras, con salas de tortura y pequeños calabozos.

Luca nunca se enteró de este costado oculto de la casa y apenas reparó en un detalle:

la primera vez que subió a la parte más alta del caserón divisó la cúpula de la Basílica

de San Francisco, aquella vista era lo más parecido a estar en Roma. Entre lúmpenes

incurables, Luca se habituó a la rutina laboral de barrio: verduleros, mozos o

quinieleros formaron parte del auditorio siempre dispuesto a escuchar las historias del

italiano famoso. El dueño del barcito ubicado debajo de la casa de Alsina pasó a ser

un compinche necesario luego de que Luca lo bautizara como “El Suizo”. La salida

obligatoria empezaba en un banco de Plaza de May o a cualquier hora del día o la

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noche. Entre sus proezas románticas se destacaba cocinar un plato de pastas y

ofrendárselo a la cajera más linda del Banco Nación. También supo participar en

alguna marcha alrededor de la pirámide de Mayo junto a las Madres de Plaza de

May o. El contacto con los Sumo se hizo cada vez más esporádico y compartía, con

su amigo Geniol, el sabor y la incomodidad del conventillo hippie. Otro destino era el

departamento de Claudia Gernhardt, allí tenía una buena ducha y comida sana

preparada con mucha dedicación por su amiga y confidente. Luca también empieza

a viajar más seguido a El Palomar, a pesar de que con Sumo ya casi ni ensayan. La

razón es aquella chica de 17 años que atiende la disquería en donde todavía se

vendían copias en TDK de Corpiños en la madrugada. La historia con Mirta

Bogdasarián no se parecía a Lolita de Nabokov: proyectaba un amor imposible sin

culpas ni remordimientos, con la certeza de que no podía durar.

La casa de Alsina será el búnker elegido para todo tipo de entrevistas. Justo

cuando los rockeros más conocidos empezaban a tomar distancia de la prensa y las

bandas como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota iniciaban una era de fobia y

silencio, Luca apareció como la estrella dispuesta, en medio de una pobreza

franciscana, a hablar con quien lo parase en la calle y tenga algunas preguntas

interesantes para hacerle. Néstor Nardella, un joven periodista mendocino, lo visitará

dos veces durante 1987, y dos chicas del Colegio Nacional Buenos Aires casi fueron

sancionadas por publicar una nota al “bocasucia de Prodan”. La radio significó otro

refugio en donde jugar el rol de comediante y amplificar el feedback con la gente

desde otro escenario. Luca empieza a presentarse sin previo aviso en los estudios de

Rock & Pop o Radio Municipal, pero por sobre todo a transformarse en un habitué del

Tom Lupo Show, un ciclo de FM Municipal que iba los domingos a la noche conducido

por el poeta y psicoanalista Carlos Galanternik, más conocido como Tom Lupo. Ahí

Luca será público, músico y hasta comediante. En alguna oportunidad, ante la

ausencia de Lupo, el cantante y Bobby Flores se hicieron cargo de la conducción.

Mario Breuer: La última vez que vi a Sumo fue en el festival que se hizo en Mar del

Plata, que se llamó Rock in Bali. En lo que a mí respecta, el mejor festival de rock de

la década del 80, en el que estuvo todo el mundo: Virus, Abuelos, Don Cornelio,

Sumo, Soda Stereo… Soda dio un show increíble, con Gustavo con 39 grados de

fiebre. Todos, pero todos, dieron un show tremendo. Me acuerdo que fui con el que

era mi asistente de esa época, Walter Chacón, y sabíamos que había muchas bandas

que estaban yendo sin sonidista. Fuimos a lo mercenario, y terminamos haciendo un

montón de discos a partir de eso…

Andy Cherniavsky: Estuve en el Rock in Bali del 87, en Mar del Plata, donde Sumo

hizo un show increíble.

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Alberto “Superman” Troglio: En Rock in Bali nos acusaron de haber dicho “ahora

vienen los putos…” porque después tocaba Virus. Es mentira. Lo que Luca dijo fue:

“Bueno, nos vamos porque no tenemos más temas, nosotros somos putos…”. No sé

quién escribió eso, pero no fue como dicen.

Marcelo Moura: Mollo dijo que en realidad no había sido así, como que la gente de

la producción estaba diciéndole a la banda que tenía que terminar porque faltaba un

grupo más y que los chicos de la banda le dijeron a Luca: “Vamos, vamos”.

Entonces él: “Son unos putos…”. Después, todos leímos lo que leímos. Luca era un

tipo absolutamente cambiante, un tipo loco en todo sentido, con una locura linda y

otra no tanto. Pero el episodio de Mar del Plata no alteró en absoluto la relación que

teníamos. Por un lado, sabíamos que era una pose o que estaba en pedo. Porque

chupaba una botella de ginebra y se ponía agreta. Por eso, prefiero quedarme con la

parte más linda de Luca, su parte creativa, su buen humor. Creo que algunos del

grupo fuimos a la carpa a buscarlo, para cagarlo a trompadas, y no lo encontramos.

Salió por debajo de una lona, o algo así, y al mismo tiempo teníamos que subir a

tocar así que… Ese festival fue una desgracia porque estuvo muy mal organizado.

Después lo vi y todo bien, nunca guardamos rencor porque al final nos pareció una

boludez. Nosotros teníamos la cabeza bastante abierta. Quizás a Federico le molestó,

pero no creo que demasiado.

Andrés Calamaro: Viajamos juntos en el micro que nos llevaba al Festival Rock in

Bali, donde también cantamos juntos y compartimos algún episodio marginal bonito.

Le pregunté su opinión de Tom Waits y lo describió como un híbrido de Captain

Beefheart y Dr. John… En aquel tray ecto ocurrió algo interesante. Ricardo tocaba la

guitarra enchufada en un implemento con auriculares y Luca cantaba enchufado…

Grabé aquel a capella en un grabador portátil y volví a escucharlo en el medio de

una carretera perdida entre Uruguay y Brasil, el autocar se equivocó de ruta y el

ripio había roto tres ruedas. Entonces apareció sonando aquella grabación espontánea

registrada en Ruta 2. En medio de un tape de Sakamoto “apareció” Luca cantando y

después… El grabador se comió la cinta. Jamás pudimos recuperarla.

Silvia Ceriani: Me pidió que lo acompañara en una gira. Fuimos a Mar del Plata y a

Bahía Blanca. Ahí fue la primera vez que me propuso hacer coros con el grupo. Volví

a cantar en el Obras. En Cemento yo era la que lo llevaba en la silla de ruedas. Nos

divertíamos con esas cosas.

Claudio Kleiman: Recuerdo haber compartido un par de viajes muy alucinantes. Dos

315


fueron a La Falda, ambos larguísimos, en los que nos quedamos toda la noche

despiertos, hablando de todo. Uno fue en un micro, y nos pasamos la noche cantando.

Luca podía cantar durante horas, golpeando un estuche de viola, sin viola. Cantando a

capella, golpeando durante horas. Sabía canciones de lo que fuera, desde Los Beatles

hasta lo que se te ocurra. El otro viaje a La Falda fue en tren y pasó algo similar.

Quizás fue cuando tocaron en el Chateau con Los Paralamas. Eran los dos números

centrales. Esa clase de viajes te aproximan mucho con la gente.

Fabián Couto: En febrero del 87 la gente prendió fuego La Falda. Fue un quilombo

bárbaro. Rompieron los equipos, un desastre… No sé bien por qué había pasado, pero

la situación se puso complicada. Con Fernando Moy a éramos managers de Fito Páez,

y cuando se pudrió todo, todo el mundo quiso huir de ahí y volverse a Buenos Aires.

No me acuerdo por qué, pero no había micro a disposición para volvernos. Entonces

emprendimos una caminata dentro de todo eso, que parecía Beirut, viendo qué

carajo hacer con todo eso. Había autos quemados, pasaba gente corriendo… Hasta

que en un lugar vi que tenían un micro en la puerta de una casa. Le dije al tipo:

“¿Cuánto me cobrás por llevarnos con tu micro de nuevo a Buenos Aires?”. Al tipo le

pareció una locura, pero como el dinero no faltaba y sentíamos que estaba a punto de

estallar una guerra, le ofrecí una suma que no podía rechazar. Siempre digo que con

esa plata podríamos haberle comprado el micro… El tipo obviamente dijo: “Listo,

vamos”. Nos subimos con Fito y la banda, agarramos la ruta y a la hora de estar

viajando vimos que al margen de la ruta estaba caminando un grupo de gente. Fito,

que era muy fanático, como todos nosotros, me dijo: “Son los Sumo”. Paramos el

micro y les preguntamos qué hacían. “Vamos para Buenos Aires”. ¡Estaban

volviendo a pie! Les dijimos: “Bueno, suban, son nuestros invitados”. Regresamos

juntos y para nosotros fue un honor porque nos parecían muy grosos. Paramos como

a las siete y media de la mañana a desay unar en la ruta. Cuando entramos al lugar,

Fito me dijo: “Che, Luca no tiene un mango, démosle guita”. Le di algo de plata y su

desay uno consistió en una medialuna de manteca y una botella de ginebra Bols que

se tomó en media hora. Con los años, con Mollo y Arnedo siempre recordamos ese

aventón y se muestran muy agradecidos.

Timmy MacKern: Cuando estaba la idea de que la banda triunfaba y veíamos que

podía crecer, Luca no hizo nada a favor a eso. Me acuerdo de un show de Mar del

Plata en el que no pudo cantar de lo borracho que estaba. Eso pasó muy pocas veces,

pero pasó. En los últimos tiempos no estábamos concentrados. Yo me había ido a

vivir a Córdoba en marzo del 87, cuando empezaba el colegio de mis hijos. Venía a

Buenos Aires a todos los recitales pero ya sabían que tenían que buscarse otra

movida porque así el grupo no iba a llegar a ningún lado. Había que arrancar otra

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vida. Yo veía que mi vida también era un desastre y tuve que corregir cosas. Era

como un cambio. En Buenos Aires había algo que no me gustaba. La banda había

llegado a un punto de decir quién era el segundo y el tercero más famoso. Se veía un

final no tan lindo.

Lalo Mir: En Chile, la radio donde y o trabajaba armó un festival después del de Viña

del Mar, en el mismo lugar. Entonces fuimos a cerrar el verano en la mismísima

Quinta Vergara con un concierto del programa de radio, que había sido un éxito mal.

Como se decidió hacer un concierto en muy poco tiempo, en un mes o algo así,

conecté a Luca con la gente de la organización y cerraron a Sumo, que era el grupo

emergente y y a estaba sonando en Chile, más que nada en el circuito más under. En

ese festival también estaban GIT, que era bien mainstream porque lo ponían todas las

FM de Chile, y los grupos chilenos Upa! y Aparato Raro. La idea del evento era:

tenemos un hit argentino, que era GIT, uno de acá, que era Upa!, otro grupo

emergente local, que era Aparato Raro, y también está Sumo, que son los parias, los

rockeros locos… No sé por qué, supongo que por el horario, pusieron último a Sumo.

Cuando tuvieron que subir, y a eran como las 12 de la noche, y se perdieron las

plantillas de la consola donde estaba toda la prueba de sonido. Tenían todo seteado,

porque se hacía con papel, pero las hojas desaparecieron. Había que volver a hacer

todo. Luca, adelante del público, entró al escenario en cuero, con unos jogging todos

rotos, se le veía el culo, con una botella de pisco en la mano. Empezó a tomar de la

botella y a deambular por el escenario. Yo era el animador del festival. En un

momento se tiró al piso y se terminó la botella de pisco. De pronto volvió a pararse

con la botella encima y me dijo: “Lalo, avisame cuando vamos a tocar”. Le

respondí: “Loco, salgan a tocar así. Prueban el sonido a medida que tocan”. Hicieron

eso y fue un concierto espectacular. Dos días antes, cuando habían llegado a Chile,

hubo una conferencia de prensa y un periodista chileno le preguntó: “¿Qué sabés de

Chile?”. Luca, que tenía ese jogging que nunca se cambió, le contestó: “Lo único que

sé de Chile, porque lo vi en la revista del avión, es que es un país largo y finito”. De

ahí salió el tema “Camarón Bombay ”, de Divididos… Luca era un rocker, en el

sentido más estricto de la palabra.

Carlos “Aspix” Giustino: En febrero del 87 estuve con Sumo en ese concierto en la

Quinta Vergara, que es un lugar tradicionalísimo de Chile, donde todavía estaba

Pinochet. Lalo Mir tenía un programa de radio fabuloso, que era el número uno

absoluto y juntaba gente en la calle… Lalo decía cosas como: “Bueno, los primeros

diez que aparezcan en piyama con una pelotita de tenis se llevan no sé qué…”. ¡Y

aparecían diez personas en piy ama con la pelotita de tenis! Era chifladísimo. Yo

estaba trabajando con GIT como fotógrafo, estábamos en el medio de una gira

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larguísima que incluía el festival de Viña del Mar. Lalo hacía un festival en el mismo

lugar y Sumo tocó ahí. Me acuerdo que nosotros volvimos del Norte de Chile después

de un viaje muy largo en bus y fuimos al hotel al que acababan de llegar los Sumo.

Me encontré con Timmy, y en un momento lo veo a Luca, que estaba… Todavía se

preguntaban cómo lo habían dejado viajar así. A la noche fuimos para el show y fue

tremendo. Creo que fue la última vez que lo vi.

Alberto “Superman” Troglio: A Chile viajamos en uno de esos aviones Eastern, que

tenían una turbina en la cola. Más adelante se cay eron tres o cuatro y los prohibieron.

Llegamos en poco tiempo, a los pedos. En Chile nos fue bien. Me acuerdo que de ahí

salió “Camarón Bombay ”. Cuando volvíamos paramos a comer en un lugar que

estaba cerca de Valdivia. Toda la comida chilena era extraña, guiso de algas y cosas

así. Yo pedí milanesa napolitana, y Diego y Ricardo pidieron Camarón Bombay.

Cuando el mozo se los trajo, resultó que era como un caracol, un hueso con algunas

entradas relleno con no sé qué porquería. Ellos no sabían por dónde empezar a

comer. Al final había que darlo vuelta, tenía todo un protocolo y solamente se comía

el relleno. Se llamaba Caracol Bombay y de ahí salió la canción.

Lalo Mir: Luca no era un entrevistado normal porque se corría de ese lugar. Llegaba

y era una especie de ser en su totalidad. No tuve muchas entrevistas con él, creo que

fueron dos o tres veces. Sí tomamos algo juntos en un bar. Nos encontramos porque

nos habíamos conocido en la radio. En la nota que hicimos en Chile me dijo una frase

que todavá hoy me taladra la cabeza. Era una nota para armar un programa de

radio, entonces tenía una pauta, armábamos una columna dentro del programa y en

un momento hicimos un juego de nombres. “Luca”, le propuse, “y o te digo ‘tano’ y

vos me decís algo, te digo ‘Daffunchio’ y lo mismo…”. Empezamos a hacerlo al aire,

le dije “Daffunchio” y me tiró algo. “Mollo”: no sé qué. “Superman”: qué sé y o.

Cuando le dije “Pettinato” hizo un silencio y me respondió: “Pettinato no es músico”.

“¿Ah, no, ¿qué es?”. “Pettinato es estrella de la televisión…”. Cuando le dije “Luca”,

me contestó: “Yo no soy músico… Soy cocinero. Tengo una receta y vos te morís:

vermicelli a la crema, con salsa de anchoa. ¿Vos sabés lo que eso?”.

Gillespi: Debuté con Sumo en Córdoba. Llegamos en tren, en un viaje terrible.

Íbamos a tocar en el festival Chateau Rock, también estaban La Torre, Los Enanitos

Verdes, GIT, Fito Páez y algunos más. Nos citaron a todos en la estación de Retiro.

Era el tren del rock. Se viajaba toda la noche y yo ni sabía la densidad de Sumo en

relación a las demás bandas. El vagón en el que íbamos nosotros era un desfile

constante. Luca se acostó en medio del pasillo, se quedó dormido y el guarda y todos

los demás tenían que esquivarlo para ir al baño. Llegamos a Córdoba, a un hotel

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pedorrísimo, y nadie nos daba bola. Estaba todo el mundo, pasaba Pedro Aznar,

pasaban todos y no había ninguna clase de onda. Sumo era un grupo revulsivo para

los demás, en ese momento y o no sabía bien por qué, y tampoco lo supe nunca. Pero

no era que a Ricardo Mollo o a Diego Arnedo los aceptaban como ahora. Aparte

Luca, en los reportajes, mataba a todos. Los músicos decían: “¿Quién se cree que es

este?”.

Claudio Kleiman: Luca, en un sentido, era como Miles Davis, salvando las distancias.

Porque si él te permitía ingresar en el grupo es porque y a tenía una plena confianza.

Si no, no te invitaba. De hecho, creo que Gillespi fue el único músico invitado de

Sumo.

Gillespi: Petti estaba siempre culo y calzón con Mollo, eran inseparables. En

Córdoba me mandaron a una habitación solo. Entonces iban pasando las horas, yo

prendía la tele, hacía tiempo… Estaba nervioso porque nadie me avisaba nada.

Pensaba: “¿Habrá prueba de sonido?”. Empezó a hacerse de noche y ya no sabía qué

hacer. En un momento bajé y le dije al conserje: “Pettinato”. Me comunicaron con

él. “Soy el trompetista”. “Ah, sí, ¿qué pasa?”. “Boludo, necesito hablar con alguien”.

“Bueno, subí”. Fui a la habitación, estaba con Mollo escuchando música con un

radiograbador gigante, tirado en la cama, desnudo. ¡Eran las siete de la tarde! Para

mi mentalidad, eso no daba… Entré en la habitación y Mollo me dijo: “Claro, vos sos

nuevo… No sabés todavía… Para estar en la banda te lo tenés que garchar a

Pettinato. Todos los músicos que entran tienen que garchárselo…”. Pettinato parecía

Nerón. Estaba mucho más gordo que ahora y parecía una foca. Me miraba desde la

cama, envuelto en una sábana y completamente desnudo. Yo no sabía dónde estaba

el límite porque no los conocía. En un momento empezaron a cagarse de la risa y al

rato vino Germán: : “Ya me bañé. A tal hora bajen porque viene la combi”. Yo

pensaba: “¿Qué carajo voy a tocar?”. Nadie me decía nada.

Andy Cherniavsky: Para el Chateau Rock del 87 me fui con Sumo en tren a Córdoba.

Fue un caos total, del cual me acuerdo poco. Sí recuerdo llegué hasta el hotel con

ellos y que Luca estaba muy zarpado, muy dado vuelta. Fue un viaje muy

impactante, era la primera vez que viajábamos en un tren de gira, un delirio muy

divertido.

Gillespi: Fuimos al Chateau Carreras. El número central eran Los Enanitos Verdes,

pero cerraba Sumo. El escenario tenía una parte giratoria y la banda siguiente podía

ir armando mientras tocaba la anterior. Los Enanitos terminaron con su hit, que era

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“El extraño de pelo largo”. Sonaba en un tono divino, yo escuchaba el bramido de la

gente y tenía un cagazo… Entonces, mientras el escenario empezó a girar para que

tocáramos nosotros, apareció Luca con el hueso de la abuela, que era un hueso de

una vaca, que cuando lo encontró todavía tenía carne o cuero y que empezó a llevar

a todos lados, cada vez más putrefacto, como un cavernícola. “Es el hueso de mi

abuela”, decía. Lo único que llevaba a los shows era la peluca y ese hueso. Estaban

las guitarras de Mollo, los equipos de no sé qué, el hueso y la peluca de Luca. Era lo

único que llevaba.

Alberto “Superman” Troglio: Gillespi a veces desafinaba y nadie le decía nada.

Luca traía al sótano de Palomar a un loco que tocaba la armónica, el Tiqui. Era

como un Mick Jagger al que lo agarró una enfermedad mental. Luca invitaba a

cualquiera sin consultar a nadie. No sé si él pensaba que era el líder de la banda, por

ahí no, aunque y o creo pensaba que sí. Nunca se lo pregunté.

Gillespi: Antes de ir al estadio hicimos una caminata, unas cuadras a la redonda, y

paramos en un barcito a tomar unas cervezas. Luca había estado con una mina que lo

tenía secuestrado en la habitación. En ese momento apareció un grupo de pendejos

cordobeses que estaba a la caza de autógrafos en la zona del hotel. Les pidieron

autógrafos a todos, y cuando me pidieron a mí, y o pensé: “Soy un caradura, cómo

voy a firmar un autógrafo, estos me cagan a trompadas…”. Luca me vio y me dijo:

“¿Por qué no le firmás?”. “Y, porque… Yo…”. “Si te piden un autógrafo se lo tenés

que firmar”, me interrumpió. “Bueno, listo, le firmo…”. Después entendí que él tenía

mucho respeto por la gente. No le gustaba defraudar a su público. Entonces interpretó

mi actitud como una mezcla de humildad y soberbia. Ese show fue muy bueno y

Sumo salió en la tapa de la revista Pelo. Una parte de la nota decía algo así como:

“Un trompetista de nombre desconocido le dio un toque jazzístico a la banda”. Nadie

me había presentado y el periodista nunca supo cómo me llamaba. Para mí fue

como tocar el cielo con las manos.

Silvia Ceriani: Sumo firmó un contrato importante porque el grupo crecía cada vez

más. Llenaba Obras y cualquier otro lugar donde fuera. Luca decía: “A mí me

gustaba la época en que íbamos a tocar todos los fines de semana, no como ahora

que tocamos una vez cada tanto”. Firmaron cuando hicieron After Chabón. Estaba por

reorganizarse todo el trabajo con ese contrato.

Mario Breuer: El sonidista de Sumo era “el carnicero de La Lucila”, Mario Lastiri.

Yo le decía así porque era vecino mío, vivía a la vuelta de casa. Es más, a Mario lo

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puse yo a laburar ahí porque ellos me invitaron a ser sonidista de la banda, pero yo

tenía muchísimo trabajo en estudio. Justo estaba trabajando con Mario, que era mi

asistente, y él había estado estudiando en Estados Unidos. Entonces se lo llevaron

para hacer sonido en vivo y estuvieron muy contentos. El disco que siguió, After

Chabón, lo hicieron con él.

Timmy MacKern: Al principio Luca dirigía y hacía todo el asunto musical. Al final,

en la época del tercer disco, ya no. Yo tenía un grabador de ocho pistas en casa,

venían Diego y Germán y ponían todas las bases. Luca llegaba a la mañana, re

temprano, buscaba una base que le gustara y le cantaba encima. Tenía todo servido.

Mario Breuer: Mientras Sumo grababa After Chabón y o estaba en otra sala de

Panda laburando. En un momento me llamaron para ver cómo podían hacer para

que una guitarra sonara más o menos como una gaita. Fui, les propuse un programa,

toqué y le dijeron a Lastiri: “Perfecto, no toques nada, graba Mario”. Pero fue lo

único que hice.

Fernando García: After Chabón tiene algo de despedida, que se siente desde que

ponés la púa.

Germán Daffunchio: En el último disco yo estaba sentado, escuchando, medio que

me ocupé de la producción. En realidad todos queríamos ser productores, de alguna

manera. Yo me consideraba con derecho a serlo porque sabía cómo sonaba Sumo.

Pero Roberto pensaba lo mismo y Ricardo también. Era una locura. No teníamos

experiencia, pero es parte de la historia. Lo cierto es que Luca se me acercaba y me

decía: “Hey, Germán, esto es Sumo”. “Esto no es Sumo”. Siempre teníamos la

discusión de qué era o no era Sumo. Porque Sumo es un espíritu.

Daniel Melero: Cuando estaban grabando After Chabón en Panda estuve con ellos en

una sesión, en el control con el grupo. Luca no había ido. Estaba grabando Pettinato.

Ese año yo estaba grabando Conga y ya tenía más onda. Al principio no, porque él

había hecho una crítica de BA Rock para el Expreso Imaginario, en la que escribió

que Los Encargados no habían ni figurado, que no existían. Ahí se equivocó. Tuve

más onda con él después de Sumo.

Diego Capusotto: Sumo era una banda que no tenía argentinidad. No parecía una

banda de acá, si se quiere. En aquella época hubo cosas muy buenas como Conga, de

Melero, o el disco de Don Cornelio. Pero en Sumo había algo más que era extra.

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Sergio Rotman: After Chabón es un gran disco, pero lamentablemente no llegaron a

explorar ese aspecto de Sumo.

Rodrigo Espina: Luca escuchó After Chabón terminado por primera vez en mi casa,

en un tocadiscos con la púa rota. Me acuerdo que pasó a buscarme cuando recién

había salido el disco. Le dije: “Eh, compré el disco”. “¿En serio? ¡Vamos a

escucharlo”. Vino a casa y me acuerdo que se quejaba: “Esto les dije que no…”.

“¡No! ¡Por qué pusieron esto!”. “Esto está bueno…”. Yo sentía que había un quiebre

en ese sentido. En algún punto es lo que nos pasaba a lo último con Alejandro Sokol,

que al final no podía estar con nosotros. Sabía que no podía mirarnos a los ojos, y

necesitaba estar con sus amigos consecuentes, los que le conseguían las drogas, pero

a nosotros no podía mirarnos a los ojos porque íbamos a decirle: “Ale, te estás

matando, te estás muriendo”. Viví eso con Ale y supongo que es lo que deber

haberles pasado a los Sumo con Luca. Germán era el tipo que le decía todo. Por algo

se comió el famoso huesazo en la cabeza.

Claudio Kleiman: En After Chabón hay varias letras que tienen alusiones al suicidio.

Fernando Noy: Luca iba y venía con Omar Chabán, que era mi gran amigo, y decía

“After Chabán” en vez de “After Chabón”. Hacíamos un juego enorme de esgrima

verbal, humoral, juegos que a Luca le encantaban.

Daniel Melero: “Mañana en el Abasto” es interesante. Es otra cosas porque tiene la

cajita de ritmos y hay silencios.

Alfredo Rosso: Luca entendía la melancolía porteña. Su canción sobre el Abasto hoy

es incomprensible porque no tenés la referencia de lo que pasó. El Abasto era el gran

mercado abastecedor de hortalizas, de pollos, de la comida de Buenos Aires. En los

60, en los 50 y en los 40 llegaban los camiones del campo, traían frutas, verduras, lo

que sea, y salían de ahí para ser distribuidos. Los mayoristas iban a comprar al

Abasto y se llevaban los alimentos a sus negocios. Ese mercado se cerró a fines de

los años 70 o principios de los 80, justo cuando llegó Luca. Yo vivía ahí, y alrededor

del Abasto había todo un barrio que trabajaba en función del mercado. Había hoteles

humildes porque era para la gente que llegaba con su fruta y su verdura para vender.

Por ahí pasaban la noche ahí porque estaban cansados, entonces se pagaban una

noche de hotel y se quedaban hasta el día siguiente. También había bares y

restaurantes, bodegones, y algún piringundín con minas. Era como una pequeña

ciudad alrededor del Abasto. Cuando se cerró el mercado, todo eso se terminó.

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“Mañana en el Abasto” habla del barrio vacío y de esa gente que quedó en la nada,

en el limbo. Mientras lo recorre, él va pensando en todo esto, se mete en el subte,

llega a la “Línea B, Carlos Gardel, la parada del Abasto”. Dice algo así como: “Yo

me alejo más del suelo y del cielo también”. Es poesía pura.

Hilda Lizarazu: Una vez, en una de nuestras primeras actuaciones, Luca vino a ver a

Man Ray. Fue raro porque supuestamente no teníamos nada que ver. Yo nunca me

sentí enojada con el mundo, era una persona feliz, y él estaba con “La rubia tarada”.

Pero él era un tipo culto y curioso y vino a escucharnos a La Manzana de las Luces.

Esa noche creo que había cinco personas, de las cuales una era Luca Prodan, que ya

era muy conocido. Me sentí muy honrada con su presencia. Al final del show se

acercó para hacernos una devolución, nos dijo que le había gustado y y o me quedé

muy sorprendida porque y o lo veía como un tipo pesado. Él era un punk y yo una

chica pop supervital. Lo que pasa es que también era un tipo pensante, ávido de

escuchar y consumir nuestra cultura. Creo que esa curiosidad es lo que lo hizo

escribir lo que escribió. “Mañana en el Abasto”, por ejemplo, un tema poético,

hermoso, con esa sensibilidad en la observación. Cuando te preguntás por qué el mito

de Luca sigue vigente, la respuesta está en su obra, que es breve pero tiene densidad.

Alfredo Rosso: Luca pescó muy bien el tango, y lo hubiera hecho todavía mejor si

hubiera vivido un tiempo más. De hecho, hizo una versión maravillosa de

“Cambalache”. “Mañana en el Abasto” retrata muy bien ese momento del mercado,

antes de que hicieran el shopping, esa primera etapa en la que la gente quedó varada.

Se llegó a un nivel de decadencia fulero, que incluso se veía desde afuera de la

carcasa, porque empezaron a demolerlo desde adentro. Entonces vos pasabas a

determinada hora de la noche y era una cosa fantasmal.

Germán Daffunchio: Hay una anécdota muy grosa con “Cambalache”. Cuando ya

estábamos con CBS, años después de lo de Francis Smith, y o iba seguido a verlo a

Walter Fresco. En una de esas visitas vi que en su oficina tenía una torta de cintas de

un cuarto de pulgada. Como yo las pegaba para las cámaras de eco y Walter tenía

kilómetros de cinta ahí tiradas, le pedí que me regalara algunas. “Sí, llevátelas”, me

dijo. Un día me puse a escucharlas y, ¿qué había en una de esas tortas de cinta?

Aquella versión de Sumo de “Cambalache” y “La rubia tarada”. Era “material de

descarte” que este Rota le había hecho escuchar a Parlaphone. Era el master estereo

que había salido de eso. Fue una casualidad, porque sino se hubiese perdido. Fresco

no sabía que tenía eso ahí.

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Sergio Pujol: “Mañana en el Abasto” es un anti-tango. Porque no hay una

idealización del barrio, al contrario. En el tango siempre se construye el barrio como

un lugar puro, inmaculado, que está un poco a resguardo de la modernización, donde

quedan los verdaderos valores, la noviecita, la madre. Eso es el barrio para el tango,

un reservorio moral. El centro, en cambio, es la corrupción. Luca toma un barrio

gardeliano y lo muestra como un lugar arrasado por la política. Todavía no se

hablaba del modelo neoliberal pero ya estaba el ajuste del último tramo de Alfonsín,

y a estaba el endeudamiento, la decadencia, eso de tratar de generar interés en

capitales que vengan a invertir acá. Toda esa transformación de la ciudad que va a

profundizar Menem, que es quien después cambia completamente Buenos Aires.

“Mañana en el Abasto”, en esas condiciones, es como la voz de Goy eneche de los

últimos años, un estado de decadencia pero que todavía tiene cierto encanto. Además

elige un tempo lento, un modo expresivo casi lánguido, es como una especie de

karma, tiene una letanía… En realidad es una elegía muy, muy, dura.

Claudio Kleiman: Luca empieza a depositar la música en los otros, que eran los que

le armaban las bases. Lo que pasa es que él era brillante de cualquier manera,

porque sobre las bases te armaba “Mañana en el Abasto”…

Diego Arnedo: Lo insólito era que en la revista Canta Rock aparecía el cancionero

nacional, escrito con el cifrado americano todo bien, y el pasaje de cada tema de

distintos autores. Luca lo miraba, y cuando entre todas estas canciones aparecía un

tema, decía: “Mirá: E mayor y nada más”. Y se cagaba de risa de eso. “Eso es

Sumo”, decía. Tenía la capacidad de hacer melodías sobre un único tono, pintaba la

belleza de la melodía sobre cualquier cosa.

Marcelo Gasió: La foto de los luchadores de sumo que aparece en la tapa de After

Chabón se la di yo. Mi hermano había vivido en Japón y y o hice un viaje para verlo.

Él tenía libros de cualquier cosa y sacamos la imagen de uno de ellos.

Germán Daffunchio: Creo que en las últimas épocas los de la banda y a estaban

armando sus propios kioscos.

Walter Fresco: No es fácil ser famoso, y a algunos les pega mal. Hay que saber

llevar esa cruz. Mi relación con Sumo fue deteriorándose a raíz de estas cosas. Para

su tercer disco volvieron a darme la dirección artística, pero ellos venían con otras

ideas y de producir con otra gente. Yo entendía que por ahí preferían a otro, pero ha

pasado que un par de ellos entraban a CBS y ni me saludaban… ¿Quieren trabajar

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con otro? Perfecto. Pero que me ignoren o me traten como a un delincuente cuando

tuve tanto que ver con su crecimiento… Con Luca guardo cero rencor, porque con él

nunca me pasó algo así. Pero de parte del resto esa actitud me dolió mucho. Jamás

discutí con ninguno de ellos, ni con Pettinato, ni con Mollo, ni con Arnedo. Es más,

nos hemos cruzado y nos saludamos. Pero para el tercer disco la relación estaba

gastada, inflada por sus propios egos. Además, todo lo que hice con Sumo fue ad

honorem, porque nunca cobré ni una regalía por la producción. Hice lo que hice

porque me gustaba la banda… Sumo vendía discos, pero nunca fue una banda

explosiva. Es imposible compararlo con Soda Stereo, por ejemplo. Era un grupo que

cosechaba mucho respeto, una banda de culto, que claramente abrió un camino. Los

discos se vendieron con el paso del tiempo y siguen vendiéndose hasta hoy, porque se

han reeditado.

Timmy MacKern: Sumo nunca vendió más de 20 mil discos. Soda vendía 60 mil…

Después sí vendió, pero en ese momento eran números muy bajos.

Germán Daffunchio: En el momento en que muere Luca, con Ricardo habíamos

logrado, entre las dos guitarras, un espacio que era fantástico. Pero cuando apareció

la posibilidad de sumarlo me pareció que era una locura. Creía que Sumo estaba

argentinizándose.

Walter Fresco: Me quedé con las ganas de ver la forma de llevar a Sumo a países

angloparlantes… No era algo descabellado, pero los focos estaban puestos acá.

Intenté convencer a la compañía, pero no lo conseguí.

Alberto “Superman” Troglio: Ricardo empezó a meter raíces de a poquito y terminó

trayendo otro manager, porque en esa época Timmy y a vivía en Córdoba. Decidió

irse a vivir a Córdoba con Germán, aunque venían a los ensayos igual. Entonces, un

día pintó Mollo con un manager. Yo le dije: “Bueno, yo confío en vos, si lo trajiste

vos, todo bien”. Pero cuando Timmy se enteró estuvo todo mal. Era un tarado del

Palomar. Al principio y o lo veía bien pero después me di cuenta de que era un bobo.

Según Ricardo, lo trajo porque Timmy no cumplía la función. Al final el tipo terminó

yéndose solo. Ricardo tomó una posición de liderazgo de a poquito y en realidad ahí

los cerebros eran Germán y Luca.

Alberto “Superman” Troglio: Grinbank medio que nos cagaba. Nos prometía un

sueldo por mes o cinco shows y nunca cumplió ni con los cinco shows ni con el

sueldo.

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Timmy MacKern: La incorreción de Sumo no era una actitud. Era la realidad en la

que vivíamos. No había un plan, nos llevaba el viento de acá para allá, de repente las

cosas empezaron a crecer y a mejorar de a poco. Cuando entramos a la agencia de

Grinbank tocamos mucho más que si hubiéramos seguido solos.

Alberto “Superman” Troglio: Con todo el tema del alcohol y las peleas, Luca y a se

sentía como un perro cuando lo chicaneás mucho. Se daba cuenta y no venía a los

ensayos. Ensayábamos dos veces a la semana y no venía nunca. O grabábamos en

el lavadero de Timmy con la Fostex chiquitita y tampoco venía. También había

problemas con las canciones y por ahí chocaba con Pettinato o con Germán.

Paula Menéndez: Cuando Luca se fue a vivir a San Telmo empezó a darle menos

bola a Sumo. Los chicos del grupo habían comenzado a interesarse un poco por la

parte económica, y a él eso no le importaba nada de nada. Había un poco de enojo

con Luca por estos temas de la plata. Si era por él, en los shows entraban todos gratis.

A Luca se le prendía un montón de gente y si podía él metía a todo el mundo.

Realmente no le importaba la plata. En un momento ese tema comenzó a pesar,

porque Luca no podía pensar a nivel comercial. Para que un grupo pueda crecer, el

líder de la banda tiene que estar bien y a lo mejor él había empezado a volverse un

poco irresponsable.

Rodrigo Espina: A veces me pregunto: “¿Por qué me hice amigo de Luca? ¿Por qué

me dio bola?”. De alguna manera, en mí vio eso que también encontraba en Mónica

Stromp. Me da vergüenza decirlo, pero es así. Cuando las cosas son lo que son y a no

da vergüenza decirlas, ¿no? Yo nací en San Isidro y soy un tipo fino. Luca en algún

punto, encontraba en mí cierta sensibilidad que en cierta gente no estaba. Tenía cierto

aguante conmigo, algo que no sé si hubiese tenido con otros. Luca me tenía

paciencia: “No tengas miedo. Dale, Ro”. Pudo comprender mis temores, todo lo que

le contaba de mi vida, lo que significaba el rock para mí, que fue lo que me hizo

romper la esfera de San Isidro. Luca comprendió eso porque era muy inteligente y

se daba cuenta de todo. Yo era uno de sus amigos. ¿Por qué estuvo Pettinato en su

mundo? Porque con ningún integrante de Sumo podía hablar sobre quién era él…

Petti sabe de música, de cine y de literatura, es lo único bueno que tiene… Conmigo

también hablaba de esas cosas, porque era lo que gustaba. Para Luca, Sumo era arte,

pero no podía conversarlo con ellos, salvo con Petti.

Fernando García: Pettinato fue muy importante en Sumo. Me parece que Luca

tenía un interlocutor artístico ahí.

326


Silvia Ceriani: Pettinato es una persona muy inteligente, en el buen sentido. Algunos

tienen prejuicios y confunden cómo se presenta el otro con cómo es en realidad.

Hay personas que tienen una vida pública y por alguna razón, quizás para esconder

su timidez, eligen mostrar algo diferente de lo que son. Luca decía que la persona con

la que mejor podía comunicarse era con Pettinato. Con Timmy también, porque

tenían esa cosa de hermanos que se encontraron en otro país, en un lugar distinto al

que habían nacido y se ampararon.

Geniol: En Cemento alguien tiró una cruz que debía haberse afanado de un

cementerio, una cruz grosa, que le pegó a Diego y le partió una ceja. Luca bajó para

agarrarse a bifes con el pibe que tiró eso, que era un punk bastante rebelde. Cuando

terminó el show, yo estaba con ellos en el camarín y de golpe este pibe punk, que

estaba con una banda de gente, pateó la puerta con los borceguíes y se creó una

tensión. Pettinato le dijo a Luca: “Bueno, vos bajaste del escenario, hacete

responsable”. Guardó su saxo, le pasó la franelita y rajó por detrás de la barra de

Cemento, bien agachadito para que los punks no lo vieran. “¿Y vos, Geniol? Me quedo

solo…”, me dijo Luca. Le respondí: “Yo siempre estoy a tu lado. ¿Cuándo te fallé?

Quedate tranquilo que la espalda la tenés cubierta, por lo menos un piñazo de atrás no

te van a pegar…”. Al final Luca y el punk rebelde terminaron chupando juntos en la

barra por donde se había escapado Pettinato. Esa es la clase de soledad que sentía

Luca con el grupo.

Gillespi: A Diego le pegaron con una madera y casi le sacan el ojo. Todavía tiene la

cicatriz. Chabán hacía una parrillada adelante, y el grupo tocaba en el fondo. Había

cajones para prender fuego, la gente los agarró y empezó a tirar los pedazos contra

el escenario. Fue una batahola porque Luca se tiró en palomita desde arriba del

escenario, Diego también se tiró y empezaron a pelearse con la gente mientras

nosotros seguimos tocando como media hora más, sin saber qué era de la vida de

ellos.

Fernando García: Ya había shows medios raros porque por ahí Luca estaba muy

hecho mierda. Parecía que tenía todo controlado, pero en algún Cemento ya era

muy notorio.

Bobby Flores: Luca chupaba bastante. Más de una vez lo vi borracho. Pero todos nos

emborrachábamos. No era un ejemplar único sino un estándar en la noche. Lo que

sí, él tenía un fervor por la ginebra y esas bebidas blancas. Esas sí te matan porque

son una mierda. Por momentos no podías seguirle el tren ni tomar como él. Se

327


tomaba una botella de ginebra como nada y quedaba tirado en el piso.

Gillespi: Nunca nadie me dio una indicación para tocar. Una vez escribí las partituras

en mi casa y tenían dos o tres notas que no iban. Les dije: “Saqué esto, para mí es

esta nota”. Las probamos con Petti y me dijo: “Qué raro”. Pero jamás me pidió que

cambie algo. Sumo tenía un equilibrio. Diego, Germán y Superman era un triángulo

laburador perfecto. Ellos ensay aban y estaban bien. Petti era un pintor que coloreaba

arriba de eso. Mollo también. Tenían ese privilegio de ser los “intelectualoides”,

mientras los otros eran los obreros. Siempre existió esa tensión entre Germán y

Ricardo. Yo era superpintor, porque era surreal. Un día, Pettinato lo describió: “Vos

sos un pedal nuestro, como cuando queremos el sonido de trompeta, apretamos el

pedal y tocás vos”. Como una sonoridad más que tenía la banda. Debo haber hecho

unos 12 conciertos. Estuve un año en Sumo. Luca y a estaba bastante desmejorado y

no se tocaba tan seguido.

Rolo: Una vez, en el 87, y o estaba caminando al mediodía con mi novia y me lo

encontré a Luca tirado en la calle, en la zona donde ahora está Puerto Madero. Tenía

la cabeza abierta. Me acerqué y le dije: “Luca, Luca, ¿qué pasó?”. Estaba

desmay ado al sol. Empecé a sacudirlo y en un momento reaccionó y me dijo: “Ay,

cómo me duele todo…”. “Pero, ¿qué te pasó?”. “Nada, nada… Iba con mi novia,

pasaron cuatro que me gritaron ‘puto’, me peleé y acá estoy”. “¿Y tu novia? ¿Se fue?

¿Tu novia te dejó acá?”. “Y, sí… Siempre me dejan a mí…”. “Pero, escuchame,

estás todo abollado”. “Sí, pero no sabés cómo quedaron dos de ellos… Gracias por

despertarme”. Le dije: “Te acompaño hasta Alem por lo menos, vamos a tu casa”.

En ese momento éramos vecinos y nos veíamos todo el tiempo. Me respondió: “No,

no, gracias, y o me arreglo. ¿Tenés un papelito?”. Luca siempre te pedía un papelito

para anotar tu teléfono, pero después lo perdía. Nunca me llamaba ni pasaba nada.

Pero cada vez que me veía me pedía un papelito para anotar mi número de teléfono.

Nunca tuvimos una amistad, pero nos cruzábamos todo el tiempo. Con Luca siempre

te pasaban cosas insólitas.

Claudio Kleiman: Su vicio principal era el alcohol blanco. Su resistencia era

increíble. No caía, o caía después de días.

Rodrigo Espina: Nunca tomé alcohol en mi vida y eso de alguna manera nos

separaba. Creo que de no haber sido así nuestra amistad hubiese sido más grande.

Había momentos en los que Luca pasaba a buscarme por Casting y nos íbamos

caminando al Abasto. Llegábamos y él se metía un bar. Si yo hubiese tomado… Pero

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por más ganas que tengas, sentarte en una barra cuando no sos alcohólico… Yo fumo

marihuana y cuando fumo no quiero estar con alguien que no fuma. Sé que me estás

haciendo el aguante, ¿no? pero…

Gillespi: En la empresa de Rodrigo elegían caras para las publicidades y gente para

los extras de los programas. Él no era del medio del rock sino de la tele, pero era

amigo de Luca. Recuerdo que solían andar de un lado para otro, del Parakultural a

Cemento, y Rodrigo siempre con su cámara de video prendida. Lo filmaba a Luca

entrando a los camarines, hablando con nosotros, subía al escenario, tenía acceso a

todo.

Rodrigo Espina: Un día no me lo banqué. Fue la noche de fin de año, cuando en

Cemento tocaban La Negra y Sumo. Omar dijo: “Esta noche, la mejor banda de

rock de la Argentina y la mejor obra de teatro de la Argentina”. La Negra tocó antes

que Sumo y Luca comenzó a burlarlos, porque subían los aparatos para mostrar los

trucos y los efectos. Eso me dio un poquito de vergüenza. En público, muchas veces

buscaba ser el centro de atención. Lo que pasa es que conmigo fue muy distinto, era

un dulce total. Lo he visto ser desagradable con algunas personas, pero conmigo

jamás. En las últimas épocas, lo he visto escupir partes del cuerpo. Le venía una tos y

sacaba no sé qué cosas afuera.

Rolo: Como acá no había heroína, Luca adoptó el alcohol. Lo he visto en vivo,

abriendo la boca, tomándose una botella de whisky que después tiraba para atrás.

Pero no estaba borracho, porque seguía tomando otra cosa. Vos decías: “¿Qué? ¿No

le hace nada…?”. Pero el estado químico que trajo de Europa era tal que nada le

hacía nada. Podía calmarlo un poco, por ahí tenía un temblequeo en la mano, pero

nada más. Luca era un alcohólico consciente. Nunca lo vi borracho, como esos que

no coordinan. Jamás. Hablabas con él y le sentías el aliento a ginebra, eso sí.

Gillespi: En el último tiempo, en los ensay os siempre faltaban integrantes. Luca iba

poco y cantaba Mollo… Ricardo era el director musical. También había muchas

charlas sobre Luca porque nadie sabía cómo sobrellevar esa situación. Un día íbamos

a hacer un Cemento, Luca apareció en el ensay o con dos botellas de cerveza, y

detrás suy o venían como tres personas más. “No, nos invitó Luca”, dijeron. Eran

unos tipos que había encontrado en la calle. “Qué linda banda”, decían. “Qué lindo el

bajo…”. Unos comentarios… Al rato se fueron con Luca, que y a estaba en otra

cosa. Conversé con él en varias oportunidades pero circunstancialmente, no era que

nos encontrábamos para charlar. En un momento ellos empezaron a componer After

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Chabón en la casa de Timmy de Hurlingham. Habían armado un estudio chiquitito

con un grabador a cinta. Fui varias veces ahí y llevaba mate o le afinaba la guitarra a

Germán.

Rolo: Una noche, en el medio de un show en San Justo, de golpe se apagó la luz.

Fueron tres segundos. Cuando volvió a prenderse, de golpe el bolso de Luca

desapareció. Al lado del escenario había una baranda, y el tipo que agarró el bolso se

fue corriendo por ahí. Luca saltó la baranda, empezó a perseguirlo y y o salí

corriendo atrás suyo, mientras la banda seguía tocando “Mejor no hablar de ciertas

cosas”, que en vivo era un tema larguísimo. Salimos del lugar pisando parejas que

estaban apretando en el piso, porque en esa época no le daban nada de bola al grupo,

para la may oría era completamente indiferente. A las dos cuadras lo vi a Luca

parado, rascándose la cabeza, descalzo y en cuero. “¿Y?”, le dije, “¿Lo agarraste?”.

“No, se me escapó”. De fondo se escuchaba a la banda, que estaba tocando el

mismo tema. “¿Escuchás? No se dieron cuenta de que me robaron el bolso, pero

bueh, por lo menos vos sí”. Volvimos al boliche y el tipo de seguridad le dijo a Luca:

“Usted no. Vos sí”, dijo señalándome. Le respondí: “No, pará, es al revés. Te

equivocaste, flaco, tenés que dejarlo pasar a él, que es el que está cantando”. “Sí, sí”,

me dijo. “Pasá vos, este no”. “Acabamos de pasar corriendo recién, flaco. Es el

cantante de la banda que está tocando”. Entonces Luca empezó a hablarle en

francés, en cualquier idioma. Miré al de seguridad: “Dejalo pasar, vas a ver que es el

cantante”. Al final pasó y retomó… ¡“Mejor no hablar de ciertas cosas”! Todavía

estaban tocando ese tema… Los músicos nunca se dieron cuenta de que lo habían

choreado. Un tiempo después, en Pinar de Rocha volvió a pasarle lo mismo.

Alberto “Superman” Troglio: “Mejor no hablar” duraba 15 minutos. Entre el solo

del saxo, lo que cantaba Luca, el solo de guitarra y después que le mordía los

borceguíes y lo tiraba al piso a Mollo, que se dejaba caer… Era larguísima.

Rolo: En el 87, en una de las tantas veces que me lo encontré en la calle, Luca estaba

descalzo, sentado en la vereda. “¿Luca, ¿qué pasa?”. “No, es que no tengo nada, y a

no quiero más nada. Ya sé cuándo va a venir mi momento. A ver si vos podés

adivinarlo…”. “Bueno, está bien, ¿así que no tenés nada? Bueno, listo”. Antes de irme

le dije: “¿No necesitás nada?”. “No, quiero estar solo”. Me fui a mi casa, agarré una

pila enorme de remeras negras, empecé a cortarlas en el medio y arriba les puse un

pedazo de sábana blanca.

Pety (cantante de Riddim): Rolo tenía la locura de tirarle remeras a Luca. Las hacía

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él. Si originalmente tenían un dibujo o una marca, Rolo tapaba el dibujo con una

sábana de la vieja, la cocía y le ponía “Luca, dame Nesquik” y no sé qué, partes de

letras de las canciones. Luca agarraba las remeras sin poder creer que alguien se las

tirara y se las ponía.

Rolo: Les escribía temas de las primeras épocas de Sumo, con los nombres internos

de ellos, casi en código, para que Luca supiera que era un fan de siempre, no de los

últimos. En lugar de “Crua Chan” escribí “Gaitas”, por ejemplo, y en lugar de

“Estallando desde el océano” escribí “Bruce”, que le decían así porque parecía de

Springsteen. Cuando terminé de hacer las remeras pensé: “¿Y ahora qué hago con

esto?”. Llevé alguna a un show, se la tiré a Luca y él la agarro. La miró, se rió y la

guardó. Una de esas remeras decía “Coraje holandés”, que era una frase que le

gustaba porque la usaban los holandeses cuando salían a conquistar. Era una frase que

usaba siempre. El show siguiente a ese de la remera fue en Airport. Cuando salió

Luca, Pety me dijo: “Mirá lo que tiene puesto”. ¡Era la remera! La usó todo el show.

Ahí pensé: “Este tipo sí que necesita algo, necesita mucho…”. Empecé a llevarle

más remeras y las usaba siempre.

Pety (cantante de Riddim): La primera de las pocas interacciones que tuve con

Luca fue en Airport, un boliche que quedaba en Rivadavia y no sé qué. Salimos

temprano, llegamos a la prueba de sonido, esperamos apoyados en el auto y él se

asomó. Le dije “Eh, Luca, Luca”. “Hola muchachos”. “¡Hoy tocá mas reggae!”, le

grité, porque era lo que más me gustaba. Me respondió: “Si querés reggae, hacete

una banda vos”. Chau. Eso me marcó.

Gillespi: Sumo no tenía nada que ver con nada porque tenía un condimento punk y el

eclecticismo como para pasar del reggae al rock’n’roll, el free-jazz o la música disco.

En la medida en que empecé a tocar con ellos, antes de los shows, Luca me pedía la

trompeta y tocaba un poco algunas cosas en el camarín. Al principio de la banda él

tocaba la trompeta en el escenario.

Geniol: En la casa de Alsina no llegamos a vivir un año. Yo estaba en la pieza de al

lado. Subías la escalera, salías a un patio cuadrado, la primera puerta del pasillito era

la de Luca, la segunda era la mía. Estaban separadas por un tabique y nos

hablábamos de lado a lado, charloteábamos por ahí. “Compadre…”. “¿Qué querés?”.

“Estoy con mi novia…”. Silvia también vivía ahí, pero en otra pieza.

Silvia Ceriani: Luca tenía su personaje. A algunos les daba miedo porque él lo usaba

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para alejar a cierta gente. Lo que pasa es que era muy tímido y, por otro lado,

tomaba mucho alcohol. Cualquier sustancia te afecta, es mentira que no te hace

nada. Mi romance con Luca empezó cuando él se separó de Mónica. Tenían una casa

juntos pero la convivencia no funcionó. Yo y a estaba viviendo en la casa de Alsina,

se desocupó el cuarto de unos chicos que se fueron a Suiza, la habitación quedó vacía

y terminó ocupándola Luca. Se mudó una semana antes de su cumpleaños, en mayo.

Yo cumplía dos semanas después. Una noche fuimos al cine a ver Highlander y

cuando volvimos hacía un frío alucinante. En mi cuarto había quedado la estufa

prendida y se la ofrecí para calentar el suyo. “Llevátela”, le dije. “Mi cuarto y a está

caliente”. Me respondió: “Ah, pero entonces vos te vas a quedar sin estufa, ¿por qué

no te venís a dormir a mi cuarto?”. Bueno, así fue que empezó nuestro romance.

Antes de eso, él había estado persiguiéndome un montón. Me regalaba flores, me

cantaba canciones… La casa de Alsina era una casa comunitaria. Cuando estábamos

juntos, la may oría de las veces cocinaba yo porque soy vegetariana y él y a no se

dedicaba tanto a la cocina. Teníamos muchos visitantes, más todos los que vivíamos

en la casa. Yo hacía teatro, Luca era músico, Marcelo tocaba el piano, estaba Geniol.

A esa casa también venía mucha gente a ver a Luca porque a él le gustaba hablar.

Mejor dicho, le gustaba comunicar, sobre todo a los más jóvenes. Si él te veía

interesado y curioso se sentaba a hablar con vos. Tenía un gran amor por lo humano.

Eso era algo muy particular para mí porque y o venía de una cultura totalmente

diferente: colegio de monjas y dictadura militar. Entonces, encontrarme con alguien

que venía de otro mundo era como un bálsamo.

Marcelo Gasió: Luca tenía la capacidad de hablar con un linyera o con el presidente

de la Nación y ponerse al nivel de esa persona. Le daba igual y se comunicaba en los

mismos términos, sin ser soberbio ni hacerse el vivo. Se convertía en un par de la

persona con la cual estaba hablando, en un buen sentido. Era de la misma manera

arriba y abajo del escenario. Andaba con ojotas, que no estaban de moda y eran una

grasada, vivía sin plata en una pensión o en las casas de las novias. Lo tomaba

realmente como una forma de vida. Era intelectualmente honesto.

Fabián Couto: El dueño de la casa de Alsina era Marcelo, hermano menor de Estela,

que era compañera de colegio y amiga mía en el Carlos Pellegrini. Marcelo era un

dotado, nadie tocaba el piano clásico como él. Antes de mudarse a esa casa de Alsina

creo que el lugar era un taller. Supongo que las personalidades de Luca y Marcelo

debían tocarse en algún punto porque los dos eran geniales. Supongo que ambos

debían estar a un nivel de locura similar. Marcelo era gay, una loca a la que le

gustaba destacarse, y Luca era un tipo muy pero muy culto realmente. Quizás

congeniaban en eso, porque los dos tenían una formación superior.

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Rolo: Siempre lo veía con una novia distinta. No conocí a ninguna de sus chicas

personalmente, pero Luca siempre estaba con una mujer. Las necesitaba. A la vuelta

de su casa había un Banco Río, que era la sucursal de Plaza de Mayo. Ahí trabajaba

una chica que Luca se cruzó en la plaza y que cuando la vio no pudo creer lo que era.

Según él, le había “iluminado el día”. Fue a hablarle y ella le dijo: “Bueno, está bien,

no es para tanto…”. Las cosas que le habrá dicho Luca, andá a saber qué le

provocó… Le habló y le habló hasta que ella lo frenó: “Escuchame, estoy en mi hora

de almuerzo, porque trabajo en el banco, soy cajera ahí”. “Ah, ¿sí? Bueno, un día de

estos voy a sorprenderte”. La siguió un poco y se fue. Luca era vivo y cuando veía

que no le daban mucha cabida le gustaba llamar la atención. Así que un día se

apareció por el banco con un sombrero de cocinero, el delantal y un plato, porque

era la hora del almuerzo… ¡Le había hecho unas pastas! Cay ó en el banco con los

fideos, no sé si al tuco o al pesto, y pidió ver a la chica. “¿No es tu hora de almuerzo?

¿No te sorprendí?”. También le dio una margarita que había arrancado de la plaza. La

piba se murió de amor porque ni sabía quién era Luca. Con esas cosas te dabas

cuenta de que tenía una necesidad total de demostrar algo que andá a saber de dónde

lo traía…

Rodrigo Espina: Jorgelina me dijo muy claramente: “Si pensás que no existen

hombres así, bueno, sí que existen”. Ahí es donde Luca nos daba un puñetazo a todos

los demás hombres, porque al parecer era un gran amante. ¿Cómo hacía, si no, para

estar con tres novias al mismo tiempo? ¿Cómo sostenés que las tres lo supieran y se lo

banquen? Stephi dice: “Tenía un lado femenino que sabía usar…”. Era muy

romántico y hacía reír a las chicas. Es así de simple: las hacés reír y les cantás. No

hace falta más con las mujeres, ni siquiera tener plata. Es que se rían y cantarles.

Posta.

Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Cuando Luca vino por primera vez a la casa de

Alsina subió por la escalera, empezó a ver todo y dijo: “Esto lo soñé cuando estuve

en coma en Londres. Soñé esta casa, la vi. Ahora me queda ver si veo Roma”. Todos

nos quedamos mirándolo. Entonces subió corriendo hacia arriba, se paró a mirar

hacia la esquina, desde donde se veía la parte de arriba de la iglesia. “Sí, esta es la

casa donde estuve y o porque se veía Roma”.

Claudia Gernhardt: Luca también compartió otro departamento que alquilábamos

con Willy Crook en la calle Santos Dumont. Teníamos un amigo en ENTEL que nos

comunicaba gratis. Entonces llamábamos a Italia, a un número en el que un pibe te

daba recetas en italiano y el pelado nos traducía. Nos pasábamos como dos horas

hablando a ese número. Willy es mi sobrino por elección… Alquilábamos un

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departamento que era bastante grande y cuando venía Luca los dos se ponían muy

celosos. Willy le decía: “No toques a mi tía”.

Geniol: Una noche le dije: “Tengo frío, estoy temblando. Dame un trago de

ginebra”. “No, Geniol, por favor, si querés te doy dinero y te vas a comprar”. Era

loco, Luca. “No, no me hagas salir con este frío, dame un trago”. Entonces sacaba la

botella de ginebra envuelta en papel y le costaba soltarla… “¿Comiste?”. “No”.

Estaba más flaco que la mierda. “Bueno, vamos a comer unos tallarines al lado”.

Siempre pagaba él. Los Sumo nunca me tiraron un mango.

Claudia Gernhardt: Luca me llamaba todos los días a mi oficina, donde y o

trabajaba en el Topo Gigio. Yo tenía reuniones importantes y dejaba dicho que no me

molestara nadie. Luca llamaba, decía que era algo urgente y entonces me lo pasaban

igual. Estábamos reunidos, concentradísimos en el Topo Gigio, y tenía que

levantarme, pidiendo perdón, para atender el teléfono. “Hola loca, soy y o, te quería

decir que te re quiero…”. Eso pasaba todos los días. Cuando se murió, no tener más

ese llamado suyo de todos los días fue… Demasiado terrible para mí… Yo le

contestaba: “Ah, sí, gracias, igualmente…”. ¡No podía hablar ahí! Pero en realidad

tenía ganas de decirle: “Tano, yo también te recontra quiero”. Después venía a

buscarme al trabajo y si me veía mal me hacía cosquillas. Si veía que yo estaba

triste porque me enteraba que Diego estaba con otra chica, algo que era bastante

habitual, ponía una cara de monstruo que sabía hacer, me mostraba los dedos y

decía: “¡Ahora viene, ahora viene!”. Me acorralaba, me hacía cosquillas y yo

terminaba siempre riéndome.

Mirta Bogdasarián: Dejé de estar con Luca porque en mi casa la situación se había

complicado. Mi vieja era muy viva y se daba cuenta de que había algo raro. Al

principio naturalizaron la relación porque veían a Luca como un vecino del barrio.

Pero en ese momento los padres le tenían mucho miedo a la droga, no se sabía tanto

sobre eso, qué sé y o qué mambo tendría mi vieja, quizás pensaba que Luca iba a

corrompernos, tanto a mí como a mis hermanos. Era como si pensara: “No es una

buena compañía para los chicos”. Prejuicios. Al principio lo saludaban, hasta que

empezaron a darse cuenta de que y o me rajaba con él. Un día y o había dicho que

iba a la casa de una compañera de la secundaria, mi viejo llamó y y o no estaba…

Ahí se dieron cuenta y empezó a pudrirse todo. Yo estaba totalmente obstinada…

Pobres, ¿no? Debe haber sido difícil para ellos. Nos enfrentamos totalmente y y o les

gritaba: “No van a impedir que me relacione con él…”. Puede ser que y o fuera un

poco rebelde, pero tenía claro que Luca era alguien que me hacía bien… Ellos veían

un peligro donde no lo había. Después él se mudó a San Telmo y dejamos de vernos

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tan seguido. Conmigo, Luca fue muy cuidadoso. Era amoroso, muy franelero, nos

pasábamos horas tirados en la cama de la mano, hablando boludeces, escuchando

música… Mucho tiempo después pasé por situaciones personales complejas y

pensaba: “Qué bueno sería poder hablarlo con Luca…”. Porque fuera de cualquier

situación amorosa, era alguien inteligente y sensible, que te hacía pensar y te

escuchaba. Era un buen amigo y tenía una cosa fraternal. Luca se enamoraba, pero

en un sentido platónico o único, establecía vínculos muy profundos con las mujeres

con las que se relacionaba.

Claudia Gernhardt: Una vez, en el 87, nos fuimos de viaje a Colonia. Había que

salir del país por un tema de papeles, y o tenía plata y le propuse irnos de viaje. Me

respondió: “Sí, aparte allá no me conoce nadie y puedo estar tranquilo”. A Luca le

gustaba mucho andar caminando por la calle y en Buenos Aires ya se le complicaba

un poco. Nos fuimos hasta Buquebus y sacamos unos pasajes que me salieron un

huevo… Nos dieron unas tarjetas de embarque, cada uno agarró la suya y

empezamos a llenarlas. Escribí mi apellido, que es difícil de escribir, y le dije: “Voy

al baño, esperame que y a vengo”. Cuando volví le pregunté por las tarjetas y me

respondió: “Ah, y a está.Ya las llené y las entregué”. “Pero, ¿cómo? ¿La mía también

la llenaste?”. “Sí, sí, no te hagas problema”. Me lo dijo con una cara muy seria. De

repente, por el parlante se escuchó: “Señorita Claudia Gernhardt, presentarse en

ventanilla 8”. Miré inmediatamente a Luca, que me dijo: “¿Qué?”. Seguía serio y le

dije: “Uy, capaz que pusiste mal el apellido en la parte de abajo, porque había que

repetirlo, o te olvidaste alguna letra”. Encaré para la ventanilla y había un tipo, le

mostré el documento y me dijo: “No, no, ¿podría pasar por favor?”. Me abrió la

puerta y me pidió que tomara asiento. Yo no entendía nada. El tipo me dijo: “Bueno,

acá de acuerdo a su profesión…”. Ahí lo interrumpí: “Perdón, ¿me permite ver esa

tarjeta?”. “Y no, y o quería hacerle algunas preguntas…”. “Sí, pero, ¿me permite ver

la tarjeta?”. “Bueno, sí, acá está”. En la parte de profesión, Luca me había puesto:

“Astróloga”. ¡El tipo empezó a preguntarme si podía decirle cómo eran los de

Capricornio…! Me dieron unas ganas de asesinar a Luca… Tenía una bronca…

Como Diego es de Capricornio le describí su personalidad y el tipo se quedó

fascinado. Cuando creí que eso había sido todo, el tipo me dijo: “Ajá… ¿Y en el

horóscopo chino? Su amigo me comentó que es especialista. Yo soy dragón”. “Ah,

bueno, bueno… Mire, la verdad es que estoy estudiando, el año que viene paso y le

digo…”. ¡Quería irme a la mierda! Cuando salí, Luca estaba ahí con el bolso, con

todo el mundo corriendo porque había que embarcar. Empecé a correrlo, gritándole:

“¡Te voy a matar!”. Parecíamos Tom y Jerry. Después nos abrazamos y entramos a

cagarnos de risa.

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Rolo: Un día, volviendo de trabajar, y o estaba parado en la estación Dorrego,

esperando el subte, y de pronto vi que por la escalera mecánica venía

desplomándose un tipo que se había tirado por la goma del costado. Era Luca, que

cay ó parado al lado mío. Todo el mundo lo miraba. No sabía ni mi nombre, pero me

conocía de los shows, de cuando no iba nadie a verlos. “Típicos argentinos, ¿viste?”.

“¿Qué cosa, Luca?”. “Ven algo raro y se quedan todos duritos, con miedo, ¿viste el

cagazo que se pegaron?”. “Sí, qué querés, te tiraste del revés de la escalera…”. “Sí,

pero mirá cómo quedé”. Se había clavado algo de la escalera mecánica en la pierna,

un clavo, y estaba sangrando. “Mirá lo que me costó la jodita. Igual no tengo dolor

porque tomé tanta metadona que me pasé de largo. Ahora me muerde un perro y no

me duele. El tema es que mancho todo, pero bueno, dolor físico no tengo”. Subimos

al subte, él iba para el Abasto, a la estación Carlos Gardel, y me cantó una canción

en inglés. Cuando terminó de cantar le dije: “Está buena”. “¿Sí? ¿Te gustó?”. La

situación era tremenda, con el tipo cantando y todos mirándolo. “Sí”, le respondí.

“Tocala en Sumo”. “No, estás loco, Sumo no, esta fue para vos”. Nosotros dos

estábamos sentados y se subió una señora may or. Se paró y dijo: “Mucho trajecito,

ustedes. Mucho glamour pero el asiento no se lo da nadie a la señora”. Se paró y se lo

dio él.

Silvia Ceriani: Un domingo a la tarde estábamos yendo a visitarlo a Rodrigo Espina

y Luca se tiró por la baranda de la escalera mecánica del subte. Se enganchó el

pantalón con un tornillo y se lastimó entre el glúteo y la pierna. No sé si compramos

alcohol o algo, y cuando llegamos a lo de Rodrigo le puse una curita con una gasita.

“Ahora soy más punk porque tengo el pantalón roto”, decía riéndose. Esa noche

fuimos al Parakultural y estaba con el mismo pantalón. En un momento apareció

alguien y le dijo: “¿Me firmás acá…? Y dame algo tuyo porque no me van a creer

que estuve con vos…”. Luca lo miró, se metió la mano adentro del pantalón y le

regaló la gasa.

Geniol: El dueño de la casa era el colorado y estaba enamoradísimo de él. No solo

las mujeres se volvían locos con el tano, sino que los gay s también. Además, esa

casa no tenía agua caliente y una vez tuvimos que bañarnos en el vestuario de Obras

después de tocar… Decíamos: “¡Vámonos de acá! ¡Quiero bañarme día por

medio!”. Porque solamente nos duchábamos cuando nos levantábamos una mina.

Íbamos a las casas de las minas y aprovechábamos.

Claudia Gernhardt: Una de las may ores virtudes de Luca era la puntualidad.

Respetaba muchísimo el tiempo ajeno, y si te decía “quedamos a las siete” no era ni

cinco minutos antes ni cinco después. Lo raro es que no usaba reloj pero era

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puntualísimo. Una noche, cuando yo y a vivía en Santos Dumont, actuaba The Bolshoi

en Obras. Luca iba a ir a verlos y yo más tarde tenía un cumpleaños, pero habíamos

quedado en cenar a las ocho y media de la noche en casa. Después cada uno se iba

por su lado, pero y o me quedaba tranquila porque se iba comido. Puse a hacer los

espagueti, miré la hora y vi que habían pasado 15 o 20 minutos de la hora que

habíamos pactado. Como él ya me había contagiado la puntualidad, su demora me

enojó mucho. “Los fideos van a salir horribles…”, qué sé yo… Apagué el agua y fui

a darme un baño de inmersión para calmarme, porque me había puesto muy

nerviosa. Llené la bañera, me metí y a los cinco minutos sonó el portero. Me levanté,

me puse una toalla y fui corriendo a atender: “Hola, soy Luca”. Antes podías abrir el

portero desde arriba, así que le dije: “Subí que te dejo abierto”. Dejé la puerta

entornada y me metí otra vez en la bañera porque estaba muerta de frío. Había

puesto una esencia de limón, y o qué sé, y tenía espuma hasta el cuello. Cuando subió

me dijo: “Hola, loca, ¿qué hacés?”. Yo tenía una mala onda terrible y él me dijo que

no había pasado el colectivo o algo así. “Bueno, está bien”, le respondí. “Mirá, Luca,

el agua ya hirvió, hay que hacer todo de vuelta, fijate…”. Entonces me abrió la

puerta del baño y le dije: “Me estoy bañando”. “Sí, y a sé, loca, y te noto re mala

onda”. “Bueno. Termino de bañarme y se me va a pasar. Dame cinco minutos.

Tengo frío. Cerrá la puerta”. Yo estaba tratando de cambiar el humor. “No, loca, y o

te quiero explicar, porque…”. “Después me explicás, Luca. Ahora quiero bañarme”.

De repente vi que se puso las manos en la cabeza, se sacó unos walkman que y o le

había prestado y los puso en el bidet. Después dejó el morral en el piso y le dije:

“Luca, y a voy, empezá a poner el agua… ¿Qué hacés?”. Mientras y o hablaba se

metió vestido adentro de la bañadera. El agua se puso toda negra. Entonces me

abrazó y me dijo: “Loca, y o te re quiero, no te enojes conmigo”. Salió todo

empapado, y o me quedé mirándolo y empecé a reírme: “Yo también, loco, y o te

amo, sos lo más lindo que me pasó en la vida Luca… ¡Estás todo mojado! ¿Y ahora

que vamos a hacer?”. Porque él tenía ese recital. En ese tiempo y o compraba ropa

en San Telmo y tenía unos pantalones de vestir de hombre, con unos tiradores. Hay

una foto de Luca con esos pantalones, una de las últimas que se sacó… En esa época

había mucha ropa unisex, así que tuve que prestarle esos pantalones, una camisa

blanca y los tiradores para que se fuera al recital, porque estaba todo empapado. Le

di todo y me preguntó: “¿Y los zapatos? ¿Qué hacemos?”. Yo calzo 36, 37, ¿entendés?

Le dije: “Y bueno, Willy no está, vamos a sacarle un par de zapatillas…. Tomá,

ponételas y después se las devolvés”. Cuando se enteró, a Willy no le gustó para nada

que Luca tuviera sus zapatillas.

Bobby Flores: Yo pasaba música en un boliche que estaba en el Bajo, en una terraza,

a la vuelta de Paladium. Un día vino Luca y me regaló un kilo de carne. ¡Un sábado

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a las diez y media de la noche! Me contó que había bajado del tren en Retiro, que vio

la carne y pensó: “Qué buena carne, voy a regalársela a un amigo”. Compró dos o

tres kilos en la estación porque la vio buena y me dio uno a mí. Yo la guardé, al otro

día la puse en la plancha y efectivamente estaba muy buena. A Luca le gustaba la

comida. Habíamos hecho un programa en Radio Belgrano y Luca venía a dar

recetas de cocina. Cocinaba muy bien y odiaba que acá le pusiéramos orégano a

todo. Siempre se quejaba de eso. No iba a la radio como músico sino como un tano

loco que tiraba recetas con ese acento que tenía… También tenía diferencias con las

pizzas. “La pizza de acá está buena pero no es la pizza italiana”.

Claudia Gernhardt: Diego estaba con otra chica, Luca averiguó su nombre, un día

empezó a nombrármela y y o me puse a llorar. Su intención era que yo pudiera

superar a Diego de una buena vez. Estábamos los dos solos en Santos Dumont y de

pronto entró Willy, me vio a mí llorando y a Luca sentado en su camita. Lo encaró y

le dijo: “¡¿Qué le hiciste?!”. Yo le dije: “No, nada… Ya está…”. Entonces me apoy é

en Willy en una escena muy trágica y el pelado saltó con: “Put your head on my

shoulder…”, por la canción de Paul Anka. Pasé automáticamente del llanto a la risa

total. Fue impresionante cómo me cambió el humor con un comentario. Otro día

empezó a perseguirme cantando “Hasta que choque China con África te voy a

perseguir” hasta que me alcanzó y me pegó en las rodillas con el soporte de un

colchón que teníamos con Willy. Al otro día fui al médico, que me apoy ó en la

camilla y me dijo: “Pero… ¿Tuviste algún accidente?”. Lo miré y le respondí: “¡No!

¿Por qué?”. “¿Qué tenés en las rodillas?”. Eran los moretones que me dejaba Luca de

lo fuerte que me daba… A veces también me daba con la cabeza, con la bocha. Yo

me cagaba tanto de risa que ni me daba cuenta.

Silvia Ceriani: No era de entrar y decir: “Acá llegó Luca”. Pero su presencia en sí

misma atraía a las personas. Cuando alguien respondía a esa atracción y se acercaba

a hablarle, él siempre trataba de decirte algo.

Claudia Gernhardt: Luca era el ying y el yang, era todo a la vez. Yo me quedo con

su sensibilidad, tanto en su parte femenina como en la masculina. Luca tenía todo lo

que tiene que tener un tipo.

Silvia Ceriani: Luca leía mucho, pero en la época en la que nosotros estuvimos

juntos lo que más le interesaba era resolver la situación del día a día. No tenía una

biblioteca, por ejemplo, y casi no tenía ropa, apenas tres o cuatro cosas porque había

ido dejando todo por todos lados. Le habían robado la trompeta y otras cosas, algunas

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se las había olvidado por ahí. Tenía adoración por el cómic El Víbora. Cada vez que

iba a visitar a Esther, salía con un par de revistas. Sé que en la casa de Esther tenía

mucho, también discos y otras cosas que él había dejado. Los meses que estuvimos

juntos fueron intensos por el modo de vida que llevábamos. Salíamos mucho de

noche, íbamos al Parakultural porque nos quedaba cerca. También nos quedábamos

en la casa tocando la guitarra hasta cualquier hora.

Nora Fisch: Luca tenía sus cosas complicadas, ya sea autodestructivas u hostiles al

divino botón. Me acuerdo que una vez estábamos con una amiga mía

norteamericana. Era una chica un poco esnob, bien de Nueva York, que vivía

temporariamente en la Argentina. Se la presenté a Luca porque ella era medio

groupie, le gustaban los famosos. El tema es que los ingleses son muy sensibles al

acento, hay todo un código de clases sociales dentro de la sociedad británica basado

en el modo de hablar. Como ella tenía un acento neoyorquino, Luca, percibiendo su

costado esnob, apuntó donde le podía molestar: “¿Por qué hablás con ese acento de

‘cry baby’?” le preguntó refiriéndose a un cierto tono nasal al hablar. Ella se ofendió a

muerte y se fue. Hacía esas cosas, como pequeños abusos de poder en las relaciones

interpersonales, tenía esa percepción inmediata del otro y sabía qué decir para

desestabilizarlo. Luca era bastante criticón. Señalaba errores y debilidades de gente

que conocía, era un hábito, casi como una manera de establecer complicidad con

vos, criticando a otros. No le interesaba ser amigo de ninguna de las estrellas de la

música de ese momento. A los únicos a quienes jamás lo escuché criticar fueron a

sus compañeros de Sumo; con excepción de Pettinato, a él sí lo criticaba.

Silvia Ceriani: De Luca me fascinaba la presencia que tenía, que era algo muy

particular, y su manera de ver las cosas. Era una persona sumamente amplia y

tolerante, y por otro lado era implacable en su modo de hacer. Él mismo decía:

“Cualquiera puede tocar la guitarra y tocar una canción, pero hacerlo bien es otra

cosa”. Creo que eso puede ilustrarlo más que cualquier cosa. Eso de “hacerlo bien”

era lo que lo constituía a Luca en su ser, como persona. También eso de ponerse en el

lugar del líder y decir: “Vamos para allá, yo voy para allá y voy de esta manera”.

Mirta Bogdasarián: Cuando se llevó algunas cosas a San Telmo, una vez fui con él y

me mostró el lugar. Ahí conocí a esta Silvia. Yo no tengo una estructura mística, soy

bastante escéptica, pero a veces creo que ahí pasaban cosas raras. En esa casa se

activaban unas sensibilidades. Me siento una pelotuda diciendo esto, pero me acuerdo

que cuando fui a la casa de Alsina no me gustó demasiado el lugar, como si hubiese

vibrado algo que no estaba bueno. Estaba esa Silvia y nos convidó con un té. Además

de ponerme celosa porque había aparecido una mina nueva, sentí que el espacio

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estaba bueno pero que por alguna razón ese lugar no sería bueno para Luca.

Fernando Noy: Yo y a había conocido la casa de Alsina al 400, que tenía unos cuartos

donde vivían Luca, Geniol y Sergio De Loof, que después iba a crear Bolivia a la

vuelta del Parakultural y se fue de ahí porque no se bancó la oscuridad del lugar. La

casa de Alsina era un palacete victoriano sombrío. El cuarto de Luca estaba al fondo.

El dueño del lugar era el colorado que tocaba el piano.

Silvia Ceriani: Luca estaba muy enfermo. Tenía hepatitis C. Cuando tenés eso no

podés tomar alcohol porque el hígado se te pone cada vez más duro. Él nunca dejó de

tomar. Es horrible decirlo, pero qué sé y o… Por un lado, Luca tenía todo ese deseo y

esa apuesta por la vida que lo ponía en una situación de liderazgo. Por el otro, no

hacía lo necesario para seguir estando acá porque no le interesaba. En un momento

dijo: “Bueno, no voy a tomar más, me voy a ir a vivir a Córdoba, me voy a dedicar

a otra cosa porque la fuckin’ música me tiene harto…”. Por eso a veces adoptaba esa

actitud con la prensa o con alguien que se ponía en ese campo tan equívoco que es el

de las estrellas de rock. Decía: “Si todos quieren ser estrellas, entonces yo quiero ser

el agujero negro”. Lo importante del rock’n’roll era eso que quería decir, lo que

despertaba en la cabeza de las personas. No necesitaba de alguien que se pusiera

servil con el sistema y se llenara de plata gracias al rock. Hablábamos mucho de eso

porque no queríamos ser víctimas de esa maquinaria. Él no quería sentirse

manipulado sino que quería ocupar el lugar que había elegido. Eligió ese punto para

comunicarse y quería explotarlo al máximo. No sé si todos en el grupo pensaban lo

mismo, pero Luca tenía muy claro qué quería hacer.

Mirta Bogdasarián: Fui un par de veces a verlo a San Telmo. Faltaba a la escuela,

me cambiaba en el baño de la estación Palermo y después volvía a ponerme el

uniforme para volver a mi casa. Me rateaba de la escuela para ir a su casa… Lo

habré hecho dos o tres veces. Después realmente se complicó seguir viéndolo, y él

y a no podía ir a la disquería porque tenía la guerra declarada. Mi viejo había dicho:

“Voy a romperle la cabeza de un botellazo”. Ya estaba todo mal.

Eliana Braier: Tanto Ruth Jalif como y o estábamos haciendo el taller de periodismo

de quinto año del colegio. Era opcional y lo daban Débora Pérez Volpin, Guillermo

Mastrini y Sergio Dukowski. Queríamos hacer una entrevista para que la revista se

vendiera y se nos ocurrió hacer una encuesta entre los chicos. Salió primero Charly,

segundo Soda y tercero Sumo. Charly no sé en qué estaba, Soda había salido de gira,

y entonces intenté gestionar una entrevista con Luca a través de la empresa de

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Grinbank. Nunca me respondieron, llamaba por teléfono y ni bola. Por esas cosas de

la vida, un sábado a la mañana estaba y endo al taller y me lo crucé a Luca en la

esquina de Bolívar y Diagonal. Le dije: “Eh, Luca, te ando buscando porque

queremos hacerte una entrevista. Yo voy al colegio, es para el taller de periodismo”.

Me respondió: “Bueno, dale, vení”. Me hizo entrar al barcito que está en la esquina,

se pidió una ginebra y arreglamos que en la semana, después del colegio, iríamos a

la casa. Fuimos el día que nos citó, creo que además de Ruth y y o vinieron dos chicos

más que eran fanáticos de Sumo. Yo no lo era para nada, de hecho tuve que estudiar

para entrevistarlo. En la casa de Luca había un colchón tirado en el piso y pilas de

revistas. Con Ruth nos sentamos en el colchón. Su cuartito era chico y tenía una

escalerita que iba para arriba, pero dentro del mismo cuarto. Un lugar muy humilde.

Silvia Ceriani: No era para nada antipático porque lo que más le gustaba era ese

poder que tenía para comunicar. Mi sensación es que él tenía una misión en la vida y

que eso lo volvía más abierto, lo sostenía y le hacía valorar más a la persona que

tenía enfrente. No tenía una actitud egoísta. No se creía más que nadie. Pero el hecho

de sentir que tenía algo valioso para mostrarle al otro lo hacía brindarse de esa

manera.

Eliana Braier: Estuvimos charlando, él fue muy amable, se lo veía cómodo. En un

momento sacó una revista de esa pila que tenía, tapó la parte de abajo y me mostró a

una chica muy hermosa. Después levantó la mano y vi que la chica tenía pito. Yo no

lo podía creer, más pura y casta no podía ser. Eso me impactó y él se mató de risa

con esa carcajada tan típica que tenía. Durante la entrevista me dijo que podía ser mi

papá, porque y o tenía 17 años, y me contó que había debutado a los 12. La entrevista

en sí fue bárbara. Después, como y o no sabía escribir a máquina, mi papá se ocupó

de trascribir esas dos horas de entrevista. Era médico, había escrito libros, y después

de tipearla le tomó cariño a Luca. Decía que daba la imagen de tipo necesitado de

afecto. Cuando salió la revista, volví a cruzármelo por la calle y le dije: “¡Hey, salió

la entrevista!”. “Sí, me la acercaron, me gustó”. La entrevista salió publicada con

todas las palabrotas que dijo, porque Luca insultaba bastante. Las dejamos porque

eran parte de su discurso. Entonces nos llamaron de rectoría, un lugar que no había

pisado en el transcurso de mis cinco años en el colegio. Ruth hacía natación, la

sacaron de la pileta y fue chorreando, con la gorra de baño puesta, pobrecita.

Entramos con Débora, que nos daba el curso. Al primero que vi fue al vicerrector,

que usaba un moñito en el cuello. Me dijo: “¿Usted es uno de los mamarrachos que

escribió esto?”. “Sí”. Nos hizo pasar para ver al rector, que era el Chancho

Sanguinetti, que nos entró a decir que cómo podía ser que en un taller de ese colegio

se usara ese lenguaje. Con Débora le dijimos que reproducir su manera de hablar

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era parte de la imagen del personaje, que no podía distorsionarse… Ahí el tipo me

dijo la frase: “¿Usted cree que va a pasar a la historia de la literatura con esto?”. Le

respondí: “No sé, pero tengo que respetar la personalidad del entrevistado”. Más

adelante hice la carrera de Comunicación y mi tutor de tesis fue Carlos Polimeni.

Cuando supo de esta entrevista la usó, la publicó en un libro y también la usó para

hacer una obra de teatro. También se utilizó un fragmento para la película Luca vive,

en una parte en la que hay dos adolescentes entrevistándolo. Yo pensaba:

“Evidentemente, y a es parte de la literatura”. Hace un par de años tuve que llamarlo

a Sanguinetti para sacarlo por teléfono en el noticiero donde trabajo y aproveché

para sacarme la espina: “Antes que nada, quiero decirle que usted me dijo esto y me

parece que se equivocó…”. Me saqué las ganas… Esa entrevista también la pasó

Jorge Lanata en su programa Hora 25 en la Rock & Pop. Le llevé los casetes,

levantamos mi voz, Lanata ponía la suy a y Luca le contestaba.

Néstor Nardella: Yo tenía 16 años y trabajaba para una radio en Mendoza. El

manager de Sumo era Jorge Crespo, la secretaria de Grinbank en DG Producciones

me dio su teléfono, lo llamé y le pedí una entrevista con Luca. Llegué a Buenos Aires

con mi mochilita… Cuando Luca se enteró que y o venía de viajar 22 horas en

colectivo, accedió enseguida. Le dijo a Crespo: “Mandalo a mi casa”. Fui y me abrió

él. La casa era como una pensión y Luca vivía con otra gente. También había dos

chicas italianas, que eran artesanas. Después me enteré que el pelirrojo, el pianista

medio loco, se ponía muy celoso cuando Luca daba notas a los periodistas o llevaba

minitas a la casa. Entonces, cuando se sentía así se ponía a tocar el piano, que es lo

que hizo ese día… Cuando llegué, Luca me comentó que estaba terminando de

comer, me pidió que esperara un cachito y, como había mucho ruido y mucha gente,

fuimos a un altillo, donde tenía el colchón tirado en el piso y la botella de ginebra

Bols. Fumaba cigarrillos Chesterfield largos, pero antes de fumarlos los partía a la

mitad y tiraba una parte. Fue muy especial.

Silvia Ceriani: Luca fumaba tabaco y decía: “No sé por qué fumo si nunca antes

fumé, pero bueno… Ahora fumo”. Le gustaban los Marlboro. Yo también fumaba un

montón. No teníamos una vida saludable, esa es la verdad. La época no ay udó,

porque en ese momento todo era: “Me hace mal, dame dos”.

Néstor Nardella: Luca era cero estrella. Me vio blandito y tuvo muy buena

predisposición, desde el hecho de recibirme hasta preocuparse porque el pelirrojo

estaba tocando el piano sin parar y tenía miedo de que yo no pudiera grabar la

entrevista. Esa nota habrá durado una hora y cuarto. En un momento, me preguntó si

alguna vez había visto a Sumo. Le respondí que no y me comentó: “Esta noche

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tocamos en Cemento, mendocino, ¿querés venir?”. “Bueno, me encantaría, Lucas, un

placer…”. En aquella época muchos se confundían a Luca con “Lucas”, los mismos

periodistas escribían “Lucas Prodan”. Cuando le dije así no le gustó, pero igual sonrió

y me dijo: “Vení esta noche, yo te invito y te hago entrar”. Llegué a Cemento muy

temprano y tuve que hacer tiempo en un cafecito que había en la esquina. En un

momento vi un alboroto y me imaginé que había llegado. Me acerqué corriendo,

Luca estaba entrando y ahí le grité. Se dio vuelta, se empinó un poquito con los pies y

me encontró: “¡Eh! ¡Mendocino, vení!”. Le dijo al de Seguridad: “Es invitado mío”.

Me empujó cariñosamente para adentro: “Pasá. Gracias por venir. Vas a ver lo que

es Sumo”. Y se fue al camarín… Yo me sentía Dios. Veía a los pibes haciendo

tumulto en la entrada de Cemento y y o había entrado con Luca… El problema era

que no tenía un mango, lo último que había comido había sido un pancho al mediodía,

y vi que en la barra había un tarro de esos de aceituna, donde ponían algo que

llamaban “la sobrita”. Eran todos los culitos de los vasos, el sobrante de los tragos.

Ahí tiraban lo que quedaba de una Coca Cola, un vodka, un destornillador, lo que

fuera… Si vos no tenías plata para tomarte un trago en la barra, te daban un vaso de

esa sobrita, que parecía una sopa, por 25 centavos. Había que ser muy macho para

tomar eso… Quiero decir que en esos tragos había de todo, desde alcohol hasta baba

de todo el mundo… El lugar estaba llenísimo esa noche y la gente deliraba con Luca.

Volví a verlo unos meses después, en diciembre del 87.

Axel Krygier: Yo había hecho un viaje y venía de comprarme una portaestudio, en

la que empecé a grabar algunos temas que me gustaban. En Radio Muncipal había un

programa de Tom Lupo; los grupos podían llevarle los demos y él los pasaba. Le

llevé mis temas a Tom y él estuvo genial, los pasó al aire porque le gustaron mucho y

me pidió que le dejara el casete para volver a ponerlos. Por alguna razón, ese casete

se perdió, me encontré con Lupo en un show de Clap y él me pidió que le llevara otra

copia. Al día siguiente, a eso de las 11 de la noche estaba y endo para la radio en el

colectivo, me puse el walkman y en el programa estaba Luca, que había caído de

sorpresa. Pensé: “Uy, está Luca, está Luca…”. Cuando llegué a la radio, abrí la

puerta y Luca estaba y éndose. Saludó y salió. Mientras tanto, y o esperaba el turno

para mis temas y se hizo cada vez más tarde. Justo cuando estaban por pasarlos

volvió a entrar Luca para incorporarse a la sesión. Yo ya estaba esperando dentro del

estudio. Tom empezó a hacerle una entrevista a Luca y me dijo: “Vos querías

conocerlo, vení”. Entonces Luca me hizo una entrevista pero no pude decir una

palabra. Me agarró mucha timidez. Pasaron el primero de mis temas, Luca se

entusiasmó y dijo: “Tom, preguntame qué me pareció”. Tom le siguió el juego,

cargándolo un poco: “Luca, ¿qué te pareció lo que escuchamos recién?”. “¡Me

pareció buenísimo!”. Pasaron el segundo tema y Luca seguía copado. Ahí me dijo:

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“¿Por qué no te venís a casa con la portaestudio y hacemos algo?”. Yo tenía 18 años,

no me consideraba verdaderamente muy capaz. Hasta ese momento había tocado el

saxo en grupos y hacía mis temas en casa, grabando una cosa sobre otra pero sin

gran erudición. Simplemente eran mi fantasía de lo que debía ser la música y no lo

consideraba algo muy real. Cuando Luca me dijo eso mi reacción fue: “¡Ja, ja! Sí,

seguro…”.

Daniel Melero: Tom Lupo fue muy importante. Un tipo fundamental para todos

nosotros y toda esa camada de gente. En su programa de radio, Submarino amarillo,

nos dio el espacio que creo que merecíamos. Fue el único que se daba cuenta qué

pasaba y lo hizo por nada, sin pedir nada a cambio, por el placer de hacerlo.

Tom Lupo: Muchas veces vino Luca al programa y nunca quiso hablar; se tiraba en

un rincón, se quedaba como uno más. Le gustaba estar, se sentía como protegido.

Cuando la producción sabía que estaba mezclado entre la gente lo invitaba a salir al

aire y mandaba en el medio del reportaje frases que teníamos grabadas de una

emisión en vivo que habíamos hecho en Caras más Caras y a Luca le divertía mucho

escuchar eso. De pronto, definiciones como: “Sumo es lo que piensa tu abuela

cuando no tiene nada que hacer”, o “los periodistas de rock y los músicos se chupan

las medias entre sí”. La cara de Luca era de felicidad, de escuchar eso que y a estaba

olvidado digamos.

Damián Damore:La Rock & Pop era el emblema de la difusión y hacía promos con

las canciones del rock argentino. Lupo, por su parte, fue un personaje fundamental de

todo aquello y un difusor especial de Sumo y de Luca. Su “Hola, amiguitos” lo

convertía en el guarda de un tren fantasma del rock. Mis noches más encantadoras

eran escuchando Radio del Plata cerca de la medianoche, porque en algún momento

aparecía el “tres x uno”, la sección de canciones en vivo del Submarino amarillo.

Sumo era habitué de la sección. Los recitales replicaban el impacto, es cierto, pero

insisto en diferenciar a Sumo porque en general, las bandas tocaban y copiaban el

disco.

Axel Krygier: La verdad es que no me animaba a juntarme con Luca, ni siquiera

sabía dónde tenía que ir y eso quedó en la nada. Un tiempo después, un amigo, el

artista plástico Diego Chemes, quería promocionar un show que hacía en Cemento.

Le propuse llevarlo al programa de Tom. Caímos a la radio sin decir nada y justo

estaba Luca con Marcelo Arbiser, que era el dueño de la casa donde vivía. Estaban

ahí delirando, nos incorporamos al programa y terminamos todos gritando,

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cagándonos de risa. Cuando terminó el programa, Luca nos invitó a seguirla en su

casa: “¿Por qué no se vienen?”. Fuimos caminando hasta Alsina y Balcarce, en el

camino nos encontramos con Alejandro Awada y se prendió. Siempre que nos

vemos nos decimos: “Te acordás de aquella noche, ¿no?”. Luca nos invitó a su cuarto,

subimos por la escalerita y nos mostró un diente de Geniol: “Es un diente postizo de

Geniol, lo tengo acá”, nos dijo riéndose. Había un póster de Sex Pistols, creo. Lo miró

y me dijo: “La gente cree que a mí me gusta solamente esta mierda”. A partir de ese

momento empecé a conocerlo un poquito y se me abrió la visión de esa persona tan

intensa. Me di cuenta de que Luca era mucho más cercano de lo que y o creía. En

esa época y o y a consumía mucha música y la consideraba como algo artístico,

entendía que no era puro rock’n’roll, y comprendí que su concepto era el mismo.

Luca era un tipo muy culto. En un momento me confesó: “Tu música me hace

acordar a lo que hace mi hermano, Andrea”. Ahora soy amigo de Andrea y lo

quiero muchísimo. Así que ese momento pasó a tener un significado mucho más

íntimo, menos legendario, y que cuadra más en una cosa de familia, de hermanos.

Andrea es una persona espectacular. Trabajamos juntos en una película, nos

conocimos cuando hicimos un tema juntos. Esa noche, Luca nos puso un casete con

un par de temas de Andrea, se quejó de algunas cosas que estaban pasando con el

grupo, despotricó un poco, fumamos un porro y se quedó dormido.

Fernando García: El Tom Lupo Show era genial porque vos te mandabas y programa

por medio estaba Luca. Lo hacía en Radio Municipal los domingos a la tarde. Fui

muchas veces porque y o tenía una banda, le llevaba demos y Tom Lupo pasaba todo.

Muchas veces Luca estaba ahí.

Bobby Flores: Hubo un programa en el que Tom no estuvo y con Luca nos

quedamos solos. Me acuerdo que no había ido ni el operador. Ese día aparecí con él

porque creo que me lo encontré en el camino. Debe haber sido algo así como: “¿A

dónde vas?” . “Voy a la radio”, “¿Qué vas a hacer?”. “Voy a poner música”. “Bueno,

vamos a poner música”. Puse unos discos, fuimos al micrófono y terminamos

hablando de comida, con Luca dando recetas de cocina. Luca eligió algo de música

para pasar entre los discos que había en la radio. Había una versión del Álbum Blanco

de Los Beatles a la que le faltaba “Helter Skelter” y alguna más. La habían

censurado los milicos y discutimos sobre eso. Luca me decía: “No, seguro que se

olvidaron de ponerlas”. Yo le respondía: “No, boludo, las sacaron a propósito”. Él:

“No, y o creo que se olvidaron, eran temas malísimos que no le interesaban a

nadie…”.

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Capítulo 17

El largo adiós

“Yo dentro de poco me voy a morir”.

La confesión de Luca Prodan dejó muda a Nora Fisch. El silencio de la joven

periodista solo acrecentó la necesidad del músico por contar un largo idilio con la

muerte. “Yo tomé siete ácidos, una vez, cuando tenía 19 años… Los tomé por razones

que son más complicadas, no es que tomé siete ácidos como un boludo. Comí un papel

donde se habían mojado unos ácidos. Todo el ácido de esos siete ácidos se había ido en

el papel. Entonces yo me fui, también. Hice una serie de cosas que es demasiado largo

de contar, y terminé en el sofá de la casa de mi hermana. Y ahí llegué a ver la luz

blanca… Mucha gente nunca vuelve… Yo era un pibe de 19 años… Ahí entendés todo.

Todo lo que es la vida, por qué estamos acá, qué es el universo, quién lo hizo, cómo se

hizo… Y estar por ese instante… Con todo… O sea, vos sos una parte de todo, están

todos felices… Yo lo sentí, eso. Y después se me quebró algo en la cabeza… Porque no

podés verlo a los 19 años, ¿entendés? Eso me cambió la vida totalmente”. El atracón

lisérgico modificó para siempre la percepción que tenía del mundo. “Ver la luz

blanca a esa edad, te rompe el cerebro, te rompe el sistema nervioso. Te rompe todo. Y

yo puedo pensar, más o menos funcionar. Pero necesito siempre algo. Ahora es la

ginebra. Y me está haciendo mierda la ginebra… La gente que me rodea no sabe bien

eso, no entiende qué pasa. Además, ¡contáselo! Ahora estamos en un momento

especial, vos lo estás captando… Es así… Y yo sé que tengo mucha influencia sobre la

gente. Y no la uso, no quiero, no me importa”. Sentados en el piso de un coqueto y

diminuto monoambiente de Recoleta, Luca habló mucho más de lo que pedía la

entrevista. Fue un desahogo por explicar las razones de tantas elecciones

equivocadas, eso que sus amigos no aceptaban pero que convivía como un estigma

que se dirigía de manera inexorable hacia un desenlace anunciado. Nora acusó

recibo y se planteó la idea de escribir un libro sobre Luca. Los encuentros se

repitieron y por unos meses el cantante de Sumo tuvo un nuevo refugio, muy alejado

de las privaciones de la casona de la calle Alsina. “Yo sé que de alguna manera, con

el alcohol me estoy matando… Pero hay veces que de noche me despierto, voy al

baño y cuando vuelvo a la cama, escucho voces. Es como una impresión de que me

llaman. Algo que no es malo…Me volvió a pasar, pero después sentí que me ataban de

un brazo y una pierna y me estaban tirando a un lugar… que era bueno el lugar, pero

yo no quería ir. Yo luché y volví”.

En pleno corazón de Montserrat, Luca era el rey del barrio, un artista reconocido

que ante la sorpresa de sus vecinos había elegido vivir en los términos de una pobreza

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franciscana. Recorría los bares del lugar y pasaba horas en charlas casuales en una

agencia de lotería o mirando cómo jugaban al fútbol los pibes del barrio en un

estacionamiento de la calle Bolívar. Hubo noches en las que volvía muy borracho al

conventillo, precedido por botellas lanzadas al aire contra algún enemigo invisible:

“Déjenme en paz”, gritaba, según recordaba “El Suizo”. En ese momento, nadie

entendía qué le pasaba. Muchos años después, producto del derrumbe del piso en el

barcito que alquilaba “El Suizo” debajo de la antigua casona colonial, aquellos que no

comprendieron esos arranques de furia empezaron a relacionar el fortuito

descubrimiento arqueológico de pequeños calabazos, restos humanos y hasta

instrumentos de tortura con aquellos fantasmas que perseguían al italiano. Puertas

adentro y escaleras arriba, el trajín de Luca en la casa era muy distinto: artistas y

lúmpenes del más variado calibre desafiaban la hostilidad del lugar con encuentros

en el patio, guitarreadas espontáneas o el deleite de probar alguno de los pianos que

descansaban en la sala principal. En una noche de frío impiadoso, Luca se quedó a

dormir en la habitación de Silvia Ceriani; eran amigos desde la época del bar

Einstein. Silvia lo conoció gracias a Esther, la novia de Luca que vivía en el Abasto, y

ambos coincidieron cinco años después en ese conventillo desvencijado que a veces

se parecía a una guarida para desertores en fuga.

“Esta noche el show es un show al revés. A mí se me dio vuelta la vida… También

es un show dedicado al amor y a que la gente se respete el uno al otro. Y entonces por

esa gran razón que es un show al revés, el primer tema es lo que le dijo Borges al punk

en el tren, en Londres: Fuck you”. Sumo arrancó el show en Obras Sanitarias con los

bises (“Fuck You” y “Noche de paz”). Luca amagó una explicación con frases

inconexas que meses más tarde cobrarían sentido. Lo que siguió fue un set list patas

para arriba y la excusa de presentar las canciones de After Chabón. “Lo que pasa que

a veces me olvido las letras”, se sinceró el cantante a pesar de tener unas hojas al pie

del micrófono para ayudarlo a recordar. Eran detalles indisimulables y nadie podía

sospechar que ese sería el último show en el estadio de avenida Libertador. “Pocas

veces el público en un show puede sentirse tan parte de este como con Sumo. No

podría definir el punto exacto, pero Luca Prodan, en su media lengua castellana, en

sus eternos boludeos y acotaciones en joda, hace que cinco mil tipos convivan junto a

él, como en una reunión de amigos, todos medio borrachos y dispuestos a pasarla

bien”, describía Eduardo de la Puente desde las páginas de Rock & Pop. Andrés

Calamaro participó en una especie de pase de comedia tirolés para la recreación de

un tema de la La novicia rebelde. “No chiflen, Calamaro mata”, defendió Luca al

invitado y los silbidos se transformaron en aplausos. También participaron Tito Fargo

y El Piojo Ábalos, de Los Redonditos de Ricota, en un show bastante austero en lo

escénico. Solo contó con las luces de Daniel Siman y sus juegos de contrastes tenues

recordaban a los viejos tiempos performáticos de Sumo.

“Este disco constituía una prueba riesgosa y significativa para los integrantes de

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Sumo, banda que echó las raíces en aquel underground restringido del Café Einstein y

a la cual el destino le tenía preparado el dulce sabor del éxito masivo. ¿Cómo saltar

esa valla, cargada con el peso extra de los temas hits que supieron conseguir? ¿Cómo

mantener ágil ese espíritu rebelde auténtico, transgresor que los recortó contra el

panorama tantas veces grisáceo de la música nacional? Bueno, felicitaciones. La

prueba ha sido pasada con éxito. ¿La clave? Hacer los que les dio la gana. Y de esa

manera confirmar nuevamente las características esenciales de Sumo: corazón, garra,

verdad”, se preguntaba y respondía la reseña —sin firma— dedicada a After Chabón

en la edición 300 de la revista Pelo. El cronista oculto tenía razón. El disco menos

elaborado y casi compuesto en el estudio, reforzaba la idea de frescura y

originalidad que tanto seducía a Luca. La fragilidad física de su cantante, el grado de

improvisación que dominó buena parte del registro y un organizado caos para

completar la grabación provocaron la mejor síntesis que Sumo podía ofrecer. La

misma lógica se repetirá en los shows y en el devenir cotidiano de Luca. Lucidez y

desvarío serán los extremos frecuentes que visitará seguido, según el horario y el

nivel de alcohol en sangre. Durante un show compartido, en diciembre de 1987, en el

marco de La Feria de la Naciones en el predio de la Sociedad Rural, Luca intentó

acoplarse al show de Los Fabulosos Cadillacs y no fue bien recibido. Primero lo

sacaron a empujones y luego, en bambalinas, recibió un golpe de Naco Goldfinger,

saxofonista de la banda. Unos meses antes, el cariño y respeto de Los Redondos

permitió que Luca asaltara el escenario de Cemento justo cuando sonaba una versión

bastante densa de “Criminal mambo”.

Había que actuar rápido. Luca se moría y esa sensación se volvía certeza entre

sus amigos más antiguos. Estaba muy delgado, comía poco y sufría depresiones que

por lo general terminaban en ataques de llanto. Claudia Gernhardt, con la anuencia

de Mónica Stromp, que seguía atenta a Luca aunque estuviesen distanciados, pensó

en un tratamiento drástico de desintoxicación. El mejor lugar era el Centro

Adventista de Vida Sana en Entre Ríos. Allí funcionaba la clínica conocida como

Puiggari, en la localidad de Libertador San Martín. El valor, que incluía una estadía

de varios meses, era muy costoso. Luca estaba de acuerdo a medias, pero su postura

irreductible de antaño parecía ceder ante la preocupación de su amiga. En

diciembre, firmaría un nuevo contrato con CBS y cobraría en SADAIC un monto

considerable producto de regalías, parte de ese dinero sería destinado al tratamiento.

En otro gesto de clarividencia y desesperación, Luca organizó una fiesta de

despedida en la casa de Alsina. Como en un happening de entrecasa, el anfitrión

anticipaba la partida junto a sus amigos. Aunque no lo había anunciado de manera

explícita, los más íntimos sabían cuál era la razón del festejo. Invitó a una banda de

Dixieland y Luca cantó, acompañado de Marcelo Arbiser al piano, una versión de

“Alabama Song”, de Kurt Weill. Ninguno de sus camaradas de Sumo se hizo

presente. Entre los músicos se encontraban Axel Kry gier, a quien Luca había

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conocido en aquel programa de radio de Tom Lupo y Miguel Abuelo, que llegó como

acompañante de Claudia. El encuentro con el líder de Los Abuelos de la Nada

terminó en un abrazo luego de años de hostilidades a distancia.

Andrea recibió un llamado de su hermano, un pedido de auxilio: “Estoy mal”.

Luca habló de un hastío general y de sus problemas de salud, y también le dijo que

quería verlo. Del otro lado, en Italia, el hermano menor percibió un estado de

vulnerabilidad que desconocía en Luca. Le prometió que viajaría a Buenos Aires

antes de fin de año: no podía abandonar la filmación de I Ragazzi di Via Panisperna,

su primer rol protagónico, y la oportunidad de trabajar a las órdenes de uno de los

mejores directores italianos del momento, Gianni Amelio. Además compartía cartel

con Virna Lisi, a la que y a le había hecho escuchar el tema que compuso Luca en su

honor. Ella respondió con una foto autografiada en donde le decía que agradecía su

amor. Sin conocerlo, le mandaba un abrazo “dolce” para “Mio caro Luca”.

Las rondas nocturnas de Luca tenían a Plaza de May o como uno de los mejores

lugares para contemplar el movimiento de la gente y perderse en ese tránsito

anónimo. La madrugada del jueves 10 de diciembre lo encontró en medio de la

Séptima Marcha de la Resistencia, organizada por Madres de Plaza de May o. Se

acercó a la redacción abierta del periódico de la Madres y charló con los

organizadores del encuentro convocado “contra el autoritarismo cívico-militar”.

“‘Vivo cerca’, señaló, ‘por eso estoy aquí. Tal vez si viviera en Hurlingham no hubiera

venido’, dijo, franco. ‘Hay una mezcla acá, en esta marcha. Veo por un lado la

solemnidad, el dolor, las madres tristes. Y por otro, gente que parece estar de fiesta’,

aclaró. ‘Soy un loco, o los demás me ven como loco, pero hoy vine aquí porque estoy

por la vida’. Siguió hablando un largo rato, como si tuviera ganas de decir cosas desde

hace mucho tiempo, como si hubiera encontrado por fin a quién decírselas. ‘Porque

los rockeros’, dijo, ‘son egoístas, individualistas, solo quieren lucirse, y de los

derechos humanos no les importa nada. Yo no soy un rockero loco que está en la

droga’, dijo. ‘La lucha de las Madres me parece justa, pero en la sociedad argentina

hay un sentimiento de indiferencia que me espanta’. Fue lo último que dijo. Después,

se perdió en la marcha, entre cantos y bombos, con sus asombros y sus franquezas”.

Así rezaba la pequeña crónica publicada en la edición número 38 el periódico de

Madres de Plaza de May o de enero de 1988.

Al otro día, el viernes 11 de diciembre, Sting tocó en el estadio de River Plate

frente a 70 mil personas. Antes del show visitó a las Madres y las invitó a participar

del concierto durante la interpretación de “They Dance Alone”, el tema inspirado en

el reclamo de las madres de desaparecidos chilenos durante la dictadura de Pinochet.

La imagen de Sting y las Madres recorrió el mundo. Luca lo vio por televisión,

conocía personalmente al ex The Police desde 1977, cuando Sting, Stewart Copeland

y Andy Summers solían parar en la casa de Thames Road en Londres. Días previos

al show de Sting en Buenos Aires, allegados a la producción intentaron ubicar a Luca

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porque sabían que aquel loco que en los años 70 trabajaba en la disquería de Virgin

vivía en Buenos Aires. Luca, sin embargo, no estaba de buen ánimo y quedó bastante

decepcionado con la performance del astro inglés. “Mirá, parece un profesor de

gimnasia”, le dijo a su amigo Rodrigo Espina mientras miraban el show que la

televisión trasmitió en directo.

Nora Fisch: La segunda entrevista que le hice a Luca fue en el 87, para la Pelo. Esa

vez me pidieron que fuera una nota mucho más en profundidad, más larga que la

primera que le había hecho. Para Expreso te pedían artículos más sustanciales.

Coordinaron la nota directamente desde la editorial y quedaron en que Luca vendría

a mi casa para la entrevista. Yo había egresado de Bellas Artes y vivía en un

departamento casi sin muebles, tenía algunas sillas de los años 50 retapizadas color

peltre metalizado y una enorme alfombra gris, todo prestado o comprado de segunda

mano por poca plata… El departamento era medio estilo Supersónicos, que en los 80

era todavía inusual; la revalorización del diseño modernista “escandinavo” no estaba

de moda como ahora. Había pintado una pared con marcas de pintura plateada

hechas con rodillo. Luca entró, se sentó en la alfombra gris y yo me senté al lado de

él. Serían las dos o tres de la tarde, y lo primero que me dijo apenas prendí el

grabador fue: “Dentro de poco me voy a morir”. Así empezó. Yo lo escuché, con

sorpresa pero también con aceptación, casi de inmediato le creí. Ese día, Luca me

habló de haber visto “la luz blanca”, algo que para él era un tema tremendamente

importante y estaba signando ese momento de su vida. Es decir había tenido lo que se

llama “Near Death Experience”, que se traduce como “experiencia cercana a la

muerte”. Me lo describió como una sensación de mucha paz, de gran tranquilidad y

felicidad. Sentía una añoranza por esa luz blanca, como si quisiera volver, creo que

incluso usó la palabra “home” como referencia, como “volver a casa”. Con Luca

hablábamos bastante en inglés, creo que eso nos acercó, nos comunicábamos

pasando de uno a otro idioma. Ese día nos quedamos horas y horas sentados en el

piso conversando, cuando se fue ya se había hecho de noche. Estaba enganchadísimo

contándome cosas.

Mirta Bogdasarián: Luca me leyó una carta que le mandó Andrea, donde decía que

iba a venir a la Argentina. Me dijo: “No voy a presentarte a mi hermano porque vas

a enamorarte de él. Es como y o pero más joven y más sano…”.

Enrique Symns: Luca era un tipo primitivo y al mismo tiempo muy psicópata. Los

psicópatas, como dice el Indio Solari en una entrevista que le hice, no son los

asesinos. Son como los Manos de la historieta El Eternauta, manipuladores que

manejan las situaciones. Luca era un psicópata bruto e ingenuo, pero tenía mucha

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magia. Siempre dije que cuando Luca caminaba por la calle Corrientes la calle se

movía. Éramos muy noctámbulos en esa época.

Nora Fisch: Cuando Luca se fue de mi casa el día de la entrevista para el Expreso,

no me cabía la menor duda de que se iba a morir pronto. Entonces a los pocos días

fui a verlo a Daniel Ripoll, que era el dueño de la editorial. Me acuerdo que entré a su

despacho y le dije que había que hacer un libro biográfico sobre Luca. Estaba

sentado detrás de su escritorio, me senté frente a él y le dije: “Mirá, me parece que

es muy buena idea que hagamos un libro de entrevistas contando su vida, una

biografía, porque Luca se va a morir pronto”. Ripoll se quedó en silencio. Era un tipo

muy inteligente, canchero, un poco irónico. Primero me hizo algunas preguntas.

“¿Por qué pensás que se va a morir?”. Le respondí: “Porque vio la luz blanca…”.

“Pero… ¿Está enfermo de algo?”. “Eso no lo sé, pero la vio y se muere”. Ripoll era

un hombre de negocios, no tenía un pelo de tonto. Se quedó un minuto largo en

silencio y me contestó: “Hacelo, dale”. Creo que él también le crey ó a Luca, a

través mío. No me acuerdo cómo hice, pero logré comunicarme con Luca, le conté

mi idea y le encantó. Quedamos en empezar a encontrarnos regularmente para

grabar conversaciones. Hablábamos mucho, me contó un millón de anécdotas, de su

niñez, de su hermano Andrea, del colegio en Escocia, acerca de los inicios de Sumo,

acerca de sus novias… Comenzó a venir a mi casa con mucha frecuencia y a

quedarse ratos larguísimos. La pasábamos muy bien. Todo sucedió muy

rápidamente, en poco tiempo Luca empezó a copar mi vida. Había momentos en los

que y o tenía que irme y él me decía: “Bueno, voy con vos”. Si iba al almacén, Luca

venía conmigo. Si tenía que hacer un trámite, entonces me acompañaba. Tocaba el

timbre en cualquier momento, aparecía de día, de noche, si y o estaba con gente no

se quedaba. A veces venía y y o no estaba, entonces le di las llaves. Empezó a traer

sus cosas esenciales: ropa, los casetes con las grabaciones de su hermano... De

pronto, se había instalado en mi vida.

Mirta Bogdasarián: Una vez quise llamarlo para su cumpleaños pero no sabía dónde

estaba. En esa época eran difíciles las comunicaciones. Pensé: ¿Le mando un

telegrama…?”. Al final me llamó él… Le dije: “¡Feliz cumpleaños!”. “Bueno,

gracias…”. Estaba solo. Era su cumpleaños y me llamó él a mí.

Nora Fisch: El libro que estábamos haciendo con Luca nunca salió porque nuestra

relación se fue para otro lado. No pude seguir siendo testigo de este proceso de

muerte de Luca con un propósito profesional o marketinero. Era un libro que a la

editorial iba a darle dinero y que a mí me daría cierto prestigio, pero no pude seguir

haciéndolo. Porque en un momento Luca empezó a importarme tremendamente y lo

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que y o quería era que él no se muriera, no tener ningún motivo para apurarme a

escribir su biografía. Luca entró en mi vida como una tromba, empujó todo lo demás

para un costado. Ese lugar se lo di y o porque estaba fascinada con él, era muy

inteligente, tenía un gran sentido del humor, veía el mundo desde su perspectiva de

varias culturas superpuestas, una perspectiva global que no mucha gente tenía en la

Argentina en 1987. Y estaba parado en un lugar de la vida muy raro, desde donde los

vaivenes de lo cotidiano no le importaban en absoluto. Había en él algo muy

desapegado y muy real al mismo tiempo, algo diferente y muy humano. Entonces el

proy ecto del libro naufragó y empecé a pensar de qué manera podía acompañarlo o

involucrarme con su vida para evitar que se muriera. Lo llevé a un médico. Era una

situación de gran impotencia porque él no se dejaba ayudar. Luca proy ectaba esa

necesidad de salvación pero al mismo tiempo la socavaba constantemente. Era un

aspecto bastante cruel de él, porque generaba desesperación. Era muy perceptivo,

leía muy bien al otro y sabía exactamente qué decir para moverle el piso. Al final de

esta amistad que teníamos, cuando casi habíamos dejado de vernos, una vez nos

encontramos brevemente y me tiró: “Yo pensé que vos podías salvarme la vida”.

Tremendo… Estaba claro que eso no iba a suceder. Decir eso era algo absurdo

porque nadie podía salvarlo.

Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: En San Telmo Luca decía que veía espíritus y

fantasmas, que escuchaba ruidos y que lo querían llevar. Como 20 años después de su

muerte, un día estaba en la cocina y de golpe se hundió el piso. Casi me caigo para

abajo. Empecé a mirar y descubrí los túneles. Sabía que existían, pero no que ahí

abajo estaban las salas de tortura. Porque después bajé y vi que había cárceles

chiquitas. Eran calabozos en los que, según me dijeron, metían a los negros parados,

les ponían adoquines arriba y se iban hundiendo hasta que se ahogaban. Luca

siempre decía que ahí abajo estaba lleno de fantasmas, que esos fantasmas lo

seguían a él y que él veía cosas. Nosotros pensábamos que era delirio hasta que pasó

eso del piso y descubrimos los calabozos.

Silvia Ceriani: Luca tenía otro modo de ver la realidad, más parecido al que y o tenía

intuitivamente. Eso para mí fue mucho. Encima me amaba. Era genial. Luca

siempre tuvo varias novias. Yo lo sabía y lo veía como algo normal. No me parecía

terrible que estuviera con otras mujeres. No tiene nada de malo estar con más de una

persona.

Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Yo había sido policía antes de tener el bar. Luca

siempre viajaba en el tren San Martín y lo encontraba a la madrugada, cuando

andaba con Geniol. Un día y o estaba en el banco haciendo adicional, él pasó, lo

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saludé y me dijo: “¿Qué hacés, Suizo ‘por el culo’?”. Me decía “Por el culo” porque

los suizos y los italianos no se llevan bien. Nos conocíamos porque Luca iba a la

quiniela, donde tenía a su amigo Omar, y también a Marito, Gustavo y Dani. Le

gustaba ir a ese local porque hacían cosas de electricidad y también se fabricaban

arañas. Se ponía en un rincón, había una nena rubiecita, la sentaba en su pierna y le

cantaba “La rubia tarada”. Me acuerdo que Omar ponía los billetes de lotería para

devolución y con un sello hacía: “Tac, Tac, Tac”. A Luca ese ruido le encantaba y un

día le dijo: “Yo te voy a llevar a vos, voy a cantar y vos hacés ‘tac, tac, tac’…”.

Aparte él iba mucho al bar del gallego o al de la uruguaya a tomar ginebra. Se

juntaba con un montón de gente.

Enrique Symns: Luca era muy tierno, y un hombre muy solitario y triste. Creo que

vino a la Argentina con el alma partida.

Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Cuando y o vivía en el conventillo lo escuchaba

tirar botellas. Las revoleaba contra las paredes y gritaba: “¡Déjenme en paz,

déjenme en paz!”. Se sentían los ruidos de botellas en la noche… Una vez que Luca

quiso entrar en un túnel y se quedó enganchado en el edificio de al lado. Pasó el

cuerpo y se trabó en la bóveda de los edificios de al lado. Le gustaba ir a mirar cómo

jugaban los pibes a la pelota en la play ita de la calle Moreno. Era un vagabundo que

andaba por todos lados. Bajaba a las nueve de la mañana a la quiniela, lo buscaba a

Mario y lo acompañaba al banco a buscar cambio para el negocio de quiniela. Se

ponía una sombrilla, que era una visera con una sombrilla, un poncho, un pantalón de

gimnasia, unas ojotas y se ataba con una soga. De ahí viene eso que canta: “Marito,

vamos a buscar la platita”. En esa época la mujer de Omar, que era otro de sus

amigos del barrio, quedó embrazada y Luca le tocaba la panza: “Se mueve, se

mueve…”. Entonces uno dijo: “Vos vas a ser el padrino, Luca”. A él le encantó: “Sí,

y o voy a ser el padrino de la nena…”. La mujer de Omar, cuando escuchó eso, por

lo bajo dijo: “Sí, está bien, por estos seis meses voy a dejar que este sea el padrino de

mi hija…”. Hoy la nena se llama Yamila y es casi la ahijada de Luca Prodan.

Silvia Ceriani: El día anterior a Obras Sumo había ido a tocar no sé a dónde, creo

que a Pinar de Rocha. Yo trabajaba como modelo de pintura, habíamos quedado en

vernos cuando y o salía del taller pero por alguna razón nos desencontramos y

entonces fue solo. Cuando volvió estaba rengo. Había estado saltando, se había

torcido el pie y no podía caminar. Me acordé que una amiga tenía una silla de ruedas

en la casa y fuimos a buscarla. Entonces entramos al escenario así. Después se

olvidó que le dolía el pie y empezó a saltar igual.

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Rolo: Una noche, cuando venía de grabar “Años” con Tom Lupo y Calamaro, antes

del último Obras, Luca se fue para Pinar de Rocha porque tenía que tocar con Sumo.

No sé por qué, pero cuando llegó no lo dejaban entrar. Entonces se subió a la reja del

lugar, que era gigante, y empezó a gritar: “¡Llegaron los monos! ¡Llegaron los

monos! ¡Llegaron los monos!”. Pety y y o estábamos justo al lado. En un momento,

cuando y a se había subido a lo más alto, saltó para el lado de adentro, cerca de donde

estaba la puerta del boliche. Había un árbol gigante, y alrededor del árbol el dueño

tenía un puma o un tigre encadenado… Cuando Luca cayó del otro lado, al tipo de

seguridad se le soltó la cadena y le gritó: “¡No te hagás el vivo porque suelto al

animal!”. ¿Qué le respondió Luca? “Dale, soltalo que lo muerdo y se muere de

rabia”.

Pety (cantante de Riddim): Luca le decía: “Yo soy el que canta, boludo”. El tipo le

contestaba: “A un costado, a un costado…” y llamaba por el handy. Luca se colgó de

las rejas y gritaba: “¡Abran, putos. Llegaron los monos!”. Ese día estaba totalmente

loco, con esa campera de cuero hecha mierda que tenía. Cómo me hizo reír ese

día… Nosotros estábamos en la cola para entrar. La otra vez que tocaron en Pinar de

Rocha terminó en la pileta. Terminó de cantar y se tiró… Ahora voy a ver rock y son

todos modelitos, estrellitas…

Sergio Rotman: En el último tiempo, Luca era un ser desagradable. Te lo cruzabas

en todos lados y te decía: “Che, voy al bar”. Para nosotros era: “No vay as al bar que

está Luca”. Era un bodrio. Tipo Miguel Abuelo, que también decías: “Vámonos que

está Miguel Abuelo”. No era una experiencia linda estar con ellos.

Patricia Pietrafesa: En ese momento todo el mundo estaba muy puesto. Se usaba

mucho estar al borde. Nunca me pasó de estar con él y pensar: “Qué pesado, Luca”.

Para nada. Tuvimos conversaciones muy de limados en el Parakultural, pero nada

más. Charlábamos bastante de cosas muy casuales. Nunca tuve ninguna relación

más allá de saludarnos y compartir tragos.

Alejandro Taranto: En La Rural se hacía la Feria de la Naciones, a beneficio de

COAS. Yo y a era manager de Los Fabulosos Cadillacs y nos contrataron para tocar

el mismo día que Sumo. Les dije: “Bueno, ok, me parece que lo ideal es que abran

Los Cadillacs y cierre Sumo”. “Bueno”, me respondieron, “como vos quieras, total

las dos bandas están fuertes”. Perfecto. Cuando llegué al lugar con el grupo, Los

Cadillacs no querían abrir de ninguna manera sino cerrar. Ellos estaban en pleno

furor de los hits de Yo te avisé, que marcaron un antes y un después porque generaron

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un movimiento social. Fue el disco que rompió con el estereotipo del hippoide de pelo

largo para que aparezcan los rude-boys, esos gorditos con uniforme de colegio

secundario. Cuando Los Cadillacs se plantaron, fui y lo hablé con Justo, que en ese

momento era el manager, y me dijo: “Todo bien, olvidate, boludo. Esto es Sumo,

estos monos no se comen ni la punta, no pasa nada”. Terminó Sumo, llegó el turno de

Los Cadillacs, y en medio del show tocaron “Yo no me sentaría en tu mesa”. En ese

momento Luca, que estaba mirando el show conmigo desde atrás del escenario, me

dijo: “Este tema me gusta”. Entonces quizo subir a cantar el coro pero no lo dejaron

y lo sacaron a patadas en el orto, literalmente.

Sergio Rotman: Los Cadillacs y Sumo estábamos cabeza a cabeza y compartimos

ese show, el único show que hicimos juntos, en la Feria de las Naciones. Luca vino y

nos dijo: “Déjenme cantar con ustedes”. Nosotros éramos pendejos rabiosos y le

respondimos: “No. Tomatelá, ¿qué querés cantar?”. Entonces vino al camarín a

increparnos. A Naco, que era saxofonista de Los Cadillacs, le empezó a decir: “Rude

boy, rude boy”. Naco no se la bancó, le metió un roscazo y lo sentó de culo. Con

Vicentico los separamos porque y a nos conocíamos, pero quedó una recontra mala

onda… A las dos semanas nos votó como “grupo del año”.

Alejandro Taranto: Tuve que intervenir para defenderlo y fui el único que lo hizo.

Naco lo echó del escenario mientras Vicentico le gritaba: “Andate de acá, este es mi

show”. Era muy despreciado Luca. Lo saqué de ahí, lo agarré del hombro, vi que le

habían roto la campera, me fui caminando con él y le dije: “Te pido disculpas, loco.

Por favor, te pido muchas disculpas…”. Me respondió: “No, Taranto, con vos está

todo bien, pero estos pibes son rock nacional. Yo pensé que eran rude-boys, que

entendían qué significaba, pero son unos caretas, nenitos de mamá disfrazados de

rude-boys”. A partir de ese momento me di cuenta de que Los Cadillacs eran malas

personas. Porque ese día lo agredieron, Naco lo cagó a trompadas y nadie paró y

dijo: “Che, estuvieron como el orto…”. Después, el caradura de Vicentico hizo un

tema que se llama “Luca”. No hay que borrar con el codo lo que se escribe con la

mano.

Flavio Casanova: Con Casanovas ensay ábamos en la calle Larrea, en el Once,

donde vivía Luca. Lo veíamos siempre. Un día vino a un ensayo y dijo: “Esta es la

banda que más me gusta, la única banda que parece de Londres, los demás…”.

Odiaba a Charly García y a Los Cadillacs. Luca venía de The Clash y nosotros

teníamos esa escuela, el rockabilly mezclado con eso, y el tipo se enganchó. Ahí es

cuando en un reportaje dijo que le gustaba Casanovas. Eran las 11 de la mañana pero

subió al ensay o con una botella de cerveza: “¡Eh, qué bueno, a ver, toquen una,

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toquen alguna!”. Le tocamos una. “¡Qué bueno que está, vamos a hacer una cosa!”.

Nos llevó creo que a Palomar, donde tenía una portastudio chiquitita, de esas que

estaban de moda… Nos hizo grabar un demo ahí, me parece que era la casa de

Mollo, y tenía el póster de Peter Gabriel con la flor, de la época de Genesis, de eso

no me olvido más.

Sergio Rotman: Los Cadillacs nos conocimos por Sumo, porque íbamos a verlos. Los

vimos muchas veces en Jazz & Pop y empezamos a hablar porque nos veíamos ahí.

En esa época, si veías a alguien que estaba vestido medio raro pegabas onda. Te

ponías a hablar porque tenías algún zapato y eso ya te conectaba con la gente.

Terminamos mal pero eso no quita que para mí Sumo fue el mejor grupo que vi en

mi vida, y Luca el mejor compositor y cantante que hubo acá.

Alfredo Rosso: En Cemento, Luca subió a cantar con Los Redondos. Fue maravilloso

porque todo el mundo creía que estaba preparado, pero no. Podés preguntarles a la

Negra, a Skay o al Indio y van a decirte lo mismo. Luca subió al escenario por su

cuenta, se mandó. Pero quedó tan bien… Subió en medio de “Criminal mambo” y

empezó a rapear lo que se le ocurrió en medio del tema, mientras Los Redondos lo

miraban… “Ah, Redonditos, I Got You”, dijo algo así y se bajó. No es que se quedó a

boludear media hora. Rapeó eso en “Criminal mambo” y se fue. Fue en mayo del

87, la misma noche en la que el Indio dijo: “Vamos a hacer un tema para los vejetes,

para Claudio Kleiman y Alfredo Rosso” y tocaron “La vaca cubana”. Hay una

grabación de eso.

Enrique Symns: La relación de Luca con Los Redondos terminó mal porque primero

Luca cantó en un recital al que el Indio no fue y eso al Indio le cayó para la mierda.

Al Indio no le caía nada bien Luca. A Poli sí. Pero Poli es muy rara. La Corte de ella,

los que la querían, eran Luca Prodan, Willy Crook, Richard Coleman. Todos

queríamos a Poli.

Tom Lupo: A Luca le gustaba hablar de política, de filosofía y de psicoanálisis. Un

viernes estaba de visita en mi oficina, en la redacción de Twist y Gritos, y le comenté

que Lacan decía que el hombre afectivamente no progresaba, que era el mismo que

hace dos mil años, que lo único que progresaba era la tecnología. Y concluí

diciéndole: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo tecnos”.

Andy Cherniavsky: En ese momento y o era pareja de Andrés Calamaro, vivíamos

juntos, y en nuestra casa de la calle Serrano, Andrés tenía un estudio que se llamaba

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“El hornero amable”. Un día, Luca vino a grabar “Años”. Me acuerdo que le abrí la

puerta. Fue mi segundo encuentro con él, y el primero entre Andrés y Luca, a pesar

de que se conocían de los festivales. Fue un momento un poco incómodo, porque ese

Luca no tenía nada que ver con el que conocíamos, el Luca con la personalidad

chispeante del tren y de los shows. En esas situaciones podías ver su sencillez, su

vergüenza, por decirlo de alguna manera… Luca entró a casa con la timidez típica de

cualquiera que entra a una casa desconocida, para encontrarse con alguien, que

tampoco era muy conocido para él. Ese día no hice fotos porque me parecía que

había que respetar el momento de ellos dos. Al mismo tiempo me causaba mucha

gracia porque “Años” era un tema que no tenía nada que ver con ninguno de los dos.

Quizás con Andrés un poco más, pero no con Luca. Era mucho más lógico que

Andrés admirase a Luca a que Luca aceptara ir a hacer un tema como ese a la casa

de Andrés Calamaro. La verdad es que fue buenísimo. Yo oía desde arriba y no

podía creerlo. Se encerraron en el estudio, los escuchaba cantar y me fascinaba lo

que salía de ahí. Porque aparte no sabía qué iba a pasar entre ellos.

Andrés Calamaro: En un Obras donde subí a cantar el “Fuck You” de La novicia

rebelde… A la vuelta de la antigua Radio del Plata, Tom Galanternik nos presentó

“oficialmente” y los tres pactamos grabar “Años”. Yo tenía una lechuza en el patio,

un regalo de mi hermano Javier, y hablamos entonces de cuestiones campesinas,

recuerdos de su tiempo en la serranía cordobesa… También nos cruzamos bastante

en Panda, aquellos estudio de Floresta donde grabábamos. A Luca le gustaba

preguntar por el último libro que habías leído, o restarle importancia a la grabación

del disco con un “no me importa nada”; un auténtico “príncipe y mendigo” con

mucha cultura musical y muy buena educación.

Andy Cherniavsky: Andrés sentía mucha admiración por Luca. Disfrutábamos

juntos de todo lo que tenía que ver con Sumo. Además era superamigo de Petti, con

quien nos veíamos todo el tiempo y llamaba siempre a casa.

Andrés Calamaro: Grabamos “Años” en una habitación palermitana equipada con

un grabador Fostex de ocho pistas, idéntico al que usara Luca en sus primeras

grabaciones cordobesas. Las paredes forradas de discos y algún teclado más un drum

machine que ahora sería considerado vintage. Tom nos dejó la idea. Antes de grabar

fuimos a pedir prestado un disco de Pablo Milanés para escuchar la canción. Según

recuerdo, pasamos un buen rato grabando juntos. No me acuerdo de la secuencia

exacta de la grabación pero compartimos horas, probablemente días. Quedamos

informalmente en seguir grabando más cosas pero no tuvimos tiempo.

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Tom Lupo: “Cuidado con el temor” es la frase que agregó Luca. Alguna vez

habíamos leído a Don Juan, que decía que el temor no se vence nunca, que hay que

aprender a vivir acompañado por el temor.

Mario Breuer: En un momento Andrés y Luca se juntaron para hacer el famoso:

“El tiempo pasa/ nos vamos poniendo tecno”. Me acuerdo de algún comentario de

Andrés, algo así como: “El pelado llegó y durante la primera media hora no abrió la

boca”. Creo que el contacto entre ellos se estableció por el lado lúdico-musical,

jugando y tocando. Andrés decía que al principio fue un poquito incómodo. Eran dos

personalidades muy diferentes, porque Andrés es una persona muy elocuente y

Luca era bastante tímido.

Germán Daffunchio: Cuando Luca grabó “Años” con Calamaro y Tom Lupo, lo

trajo a Timmy y nos mostró lo que había hecho. Fue una mañana en la que fuimos a

buscarlo a Palomar. Me dijo: “Mirá lo que hice el otro día con Calamaro”. Lo

pusimos y con Timmy empezamos a reírnos. “¡Ustedes son unos hijos de puta!”, nos

decía. “Son unos boludos, es un buen tipo”. Hay una etapa en el alcoholismo de Luca

en la que se volvió extremadamente dócil. Estaba manso: “¡Sí, cómo no!”.

“¡Grabemos!”. “¿Yo? ¿En pedo? No, para nada”.

Daniel Melero: Calamaro pegó onda con Luca. Calamaro era una persona que

ay udó mucho en esa época. A mí me ayudó mucho.

Germán Daffunchio: Tom Lupo, en un momento, también se le prendió a Luca. Hay

un cierto tipo de gente que apareció en los últimos tiempos, igual que Sergio Víctor

Palma, los que lo rodearon, o los que lo rodearon a Monzón, a Bonavena, son todos

los que van a comer con él, se ponen en pedo y salen con esto… No sé cuánta de esa

gente sabía algo de la vida de Luca, o realmente fue amiga de él. Yo creo que no

hubo ninguno. El único amigo que Luca tuvo hasta el fin del último aliento fue

Timmy. Es el único en el que confió siempre. Los demás pueden decir lo que

quieran, pero es así.

Andy Cherniavsky: Luca vino a mi estudio para hacerse esas famosas fotos que

tengo de él, unos retratos donde traté de sacar la otra cara de Luca. Me propuse

hacerle retratos serios. Llegó al mediodía vestido como siempre, con el jogging y las

All Star. Estábamos él y yo, los dos solos en el estudio, totalmente fuera de la cosa

histriónica, divertida o zarpada. Ese día no estaba para nada borracho y me encontré

con un tipo triste y tímido. De esa sesión salió la foto de las zapatillas, por ejemplo.

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Fue la única situación en la que tuve una relación mano a mano con él, donde lo guié

fotográficamente, y creo que esas fotos son como joy as porque representan el alma

de Luca. Siento que ese día llegué a un lugar suyo muy interno, donde se lo ve

melancólico, sin la sobreexcitación del show. Fue una situación muy sentimental, por

decirlo de alguna manera. Siento que le llegué al alma con esa fotografía.

Rolo: Luca siempre fue autosuficiente. Pero nada le alcanzaba, ni siquiera esa

libertad que se había ganado. Creo que extrañaba mucho a su familia, más allá de

todo. De chico vivió cosas que lo marcaron mucho.

Paula Menéndez: Al final, Luca había adelgazado muchísimo. Cuando lo conocí era

redondito y tenía sus rollitos en la parte de atrás. Se lo veía saludable y rellenito. Pero

en un momento se puso muy pero muy flaco.

Claudia Gernhardt: Opté por averiguar lo de la internación porque y o estaba

haciendo terapia, tuve un papá alcohólico y yo quería saber de qué forma podía

ayudar a Luca. La psicóloga me decía: “Cada vez que llegues a tu casa, deprimite.

Que él tenga que hacer algo para ocuparse de vos. ¿Entendés?”. Entonces yo llegaba

y le decía: “Que esto, que lo otro, que en el laburo me dijeron tal cosa...”. Él se ponía

loco y gritaba: “¡Los voy a re cagar a trompadas!”. Ahí bajó mucho la dosis de

ginebra porque y o lo mantenía ocupado y él me cocinaba, lavaba la ropa…

Tampoco es que yo sea la Madre Teresa de Calcuta. Pero quería un consejito para

ayudarlo. Esa misma terapeuta fue la que me contó sobre esa clínica en Puiggari,

que está en Entre Ríos. Me dijo: “Averiguá porque ahí hay desintoxicaciones de todo

tipo”.

Mónica Stromp: Luca estuvo en Alcohólicos Anónimos una o dos veces. Se dice que

es la mejor opción, pero quizás no para alguien con el background que tenía él.

Realmente quedaba como sapo de otro planeta. Le hubiese servido más encontrar un

terapeuta copado.

Geniol: En esa casa Luca tenía un aliento a hígado reventado que era insoportable.

Yo lo quería pero era impresionante, cuando hablaba con él tenía que taparme la

nariz porque era muy fuerte, como si estuviera podrido por dentro.

Claudia Gernhardt: Ya teníamos programada una internación porque Luca quería

desintoxicarse. Entonces averiguamos y pedimos la plata prestada para hacer el

viaje e internarlo. Él empezaba a cobrar SADAIC en muy poco tiempo, así que

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podía devolver esa plata cuando volviera. Nadie sabe lo que fue para mí ese

momento…. Era la internación soñada y él quería curarse. Me decía: “Así como

estoy no puedo tener una familia, porque yo quiero tener un hijo y que mi hijo vea

que estoy bien”. Además él quería seguir con Sumo. Al mismo tiempo, en agosto del

87 me dijo que a fin de ese año se moría… Aseguraba que en su familia había gente

que tenía predicciones y que sabía cosas. Le respondí: “Dejame de joder… Mirá la

pavada que me estás diciendo”.

Nora Fisch: Sin ser una experta en el tema, entiendo que cuando la gente está en ese

grado de alcoholismo necesita tomar para estar normal. En ese momento, hice

alguna consulta sobre esto porque durante nuestras conversaciones Luca tomaba

constantemente. Se levantaba, tenía una ginebra Bols en la heladera y tomaba. Otros

toman un té o un café, Luca desayunaba con ginebra. Unos años más tarde, cuando

vi la película Leaving Las Vegas, con Nicolas Cage, pensé en Luca. Era exactamente

así, la adicción como un camino imparable hacia la destrucción.

Silvia Ceriani: Luca no comía demasiado porque no tenía hambre, pero no es que no

se alimentara. Era una persona que hacía una vida totalmente normal, salvo que

tomaba mucho alcohol y ya no debía seguir haciéndolo. Hay gente que se queda en

la lista de espera para un trasplante de hígado y si el órgano no llega se muere. Te

internan y te ponen en diálisis permanente porque si el hígado no te funciona no

podés vivir. La verdad es que con el alcohol no se cuidaba nada.

Mónica Stromp: Luca tenía el proy ecto de cobrar ese dinero para ir a una clínica en

Entre Ríos a curarse. Éramos muchos los que lo apoy ábamos en ese proy ecto.

Seguro iba a ser durísimo desintoxicarse del alcohol, pero Luca en ese momento

parecía dispuesto a hacer el intento. No sé si era realmente un deseo profundo, pero

sí parecía querer hacerlo por nosotros, éramos su incentivo. Nos pasa a todos tener

proyectos así, que funcionan en un mundo ideal.

En otros momentos de su vida, para Luca la muerte era una opción, ya había estado

cerca.

Llega un punto en el que le perdés el miedo a la muerte, ves que no tiene

trascendencia, que no es grave. Quizás lo sea para los demás, pero no para uno

mismo…

Nora Fisch: Luca estaba rodeado de gente que quería salvarlo y a él en realidad no

le interesaba. No podría decir si realmente quería morirse o no, pero evidentemente

no quiso hacer ningún esfuerzo para evitarlo. No sé si realmente estaba enfermo de

360


algo, nunca llegué a saber un diagnóstico, no parecía enfermo, pero casi no comía,

por ejemplo. Yo cocinaba, o lo hacíamos juntos porque a él le gustaba cocinar, era

muy gourmet, muy específico con lo que le gustaba y sabía cómo prepararlo. Pero

al final comía muy poco, como si sacara todas las calorías del alcohol y nada más.

Mónica Stromp: Yo creo que debo haber sido una de las pocas personas ilusionadas

que nunca pensó que Luca iba a morirse. Estaba segura de que iba a salvarse.

Nora Fisch: En Luca había una marcha imparable hacia el final. Por más que cada

tanto hiciera amagues como para cambiar las cosas o creer que alguien lo podía

ay udar. Supongo que los músicos de Sumo debían sentir la misma impotencia, igual

que otra gente que lo rodeaba y seguramente tenía las mismas ganas que y o de

ay udarlo. Yo iba poco a recitales o a lugares públicos con Luca porque nuestra

relación fue muy cercana pero al mismo tiempo muy privada. Solo fui una vez con

él a un show en el conurbano. Me acuerdo que estábamos con los otros Sumo y

acompañantes en el vestuario de un club después del show y que Luca estaba sentado

en una silla con una botella de whisky para él solo y tomaba, tomaba y tomaba. En

un momento me exasperó ser testigo de eso, me acerqué a Luca, le saqué el vaso y

la botella, él ni siquiera protestó. Estuvo pasivo, como un chico al que le sacás algo

que le hace mal y lo sabe. Vacié la botella de whisky y el vaso en una pileta que

había ahí. Luca se quedó callado, no dijo nada, aceptó. Arnedo, o quizás fue Mollo,

no me acuerdo, se acercó y sin que Luca lo oiga, me hizo un gesto con la cabeza, y

dijo bajito: “Gracias, está muy bien lo que acabás de hacer”.

Silvia Ceriani: Nunca le escondí ninguna bebida ni nada. No es mi modo de ser. Sí lo

hablamos varias veces y estaba esa idea de: “Yo puedo hacer otras cosas y, ahora

que estoy con vos, sé que vas a seguirme a todos lados. Voy a dejar de tomar y nos

vamos a vivir a Córdoba”. Había un proyecto, pero una cosa es decir algo y otra

cosa es hacerlo. La última vez que fuimos juntos a Hurlingham nos tomamos el tren

y teníamos que hacer una combinación o esperar otro tren en algún lado, no me

acuerdo bien. Estuvimos en una estación más tiempo del que teníamos que estar y

había un tipo que estaba re tomado en el bar. Cuando finalmente llegamos a

Hurlingham, Luca hizo la canción “Hombre del Paraguay ” y también “Brilla tu luz

sobre mí”, que cantó improvisando sobre una base que los Sumo ya tenían grabada.

Cuando volvíamos de Hurlingham, en el viaje me dijo: “Esta canción te la dedico a

vos”… Le hice conocer la música de Manal. La poesía de Javier Martínez le gustaba

más que cualquier otra cosa que había escuchado de otro escritor de rock. Le parecía

genuino. Una vez le toqué en la guitarra “De nada sirve”, de Moris, y también le

gustó.

361


Alberto “Superman” Troglio: Una vez tuvimos una reunión en la que Luca no

estuvo. Nos juntamos para ver qué hacíamos, porque habíamos frenado todo para

que se cure. Levantamos los shows para que él tuviera tiempo de internarse en Entre

Ríos. Pero cuando llegó el momento de ir empezó con que no quería y ahí se

desataron las peleas. En esa reunión había que decidir si nos hundíamos con el barco

o nos tirábamos antes. Pero, ¿qué era tirarse antes del barco? ¿Echarlo a Luca o nos

echamos nosotros mismos? ¿Disolvemos? Resolvimos que sería al pedo tomar

cualquier decisión y así fue que seguimos hasta que el barco finalmente su hundió.

Mirta Bogdasarián: Dejé de verlo a mediados del 87. Un día me llamó por teléfono

a lo de la vecina y yo no estaba. Cuando volví mi vieja me dijo: “Te llamó Luca”.

“Ah, ¿qué dijo?”. “Dijo que te digamos que todavía existe”. A esa altura ya se habían

calmado las aguas porque él se había mudado y no apareció más por Palomar. Eso

fue una semana antes de su muerte y al día siguiente fui a verlo a San Telmo. Sentí

que estaba despidiéndose y esa última vez que lo vi no estuvo bueno. Él ya estaba

muy mal y cuando lo vi así le fui con un delirio, le pedí que nos fuéramos a Córdoba

juntos, que yo me escapaba de mi casa… Casi no nos veíamos pero y o seguía muy

enganchada. Era un plan disparatado, la de Romeo y Julieta. Ese día estuvo muy

duro conmigo. Yo me había hecho un mechón rubio en el pelo, y cuando le propuse

fugarnos a Córdoba me respondió: “¿Qué me decís? ¿Que nos vamos a ir? No digas

boludeces, estás aburrida, esas cosas se te ocurren porque… Mirá lo que te hiciste en

la cabeza, eso es porque estás aburrida… Va a ir a buscarme la policía al otro día, no

digas huevadas…”. Pero lo más terrible era esa sensación de que estaba

despidiéndose y que me había llamado por eso.

Nora Fisch: Mi actividad es el arte contemporáneo. Hoy soy galerista, pero en ese

momento pintaba. Un día le mostré a Luca las cosas que estaba haciendo y él me

pidió una pintura. La tenía colgada en su cuarto de la casa de Alsina. Un día me dijo:

“¿Sabés una cosa? La pintura es algo que no me interesa tanto”. Me dio el ejemplo de

una chica amiga de él, no me acuerdo el nombre, que había hecho una obra

recolectando ramas de árboles en la calle después de una poda, a Luca esa obra le

había interesado. Así fue que dio una definición del arte muy contemporánea, como

algo performático, de gesto, de acción, de concepto que todavía hoy es muy

relevante, una línea en la que trabajan varios artistas de mi galería.

Claudia Gernhardt: A Luca no le gustaban nada Los Abuelos. Esas canciones bien

arriba, o las letras como “Ninguna bala parará este tren…” no conjugaban con la

realidad de ese momento. Eran incompatibles, igual que con Soda. Las canciones de

Sumo no eran “bailá que la vida es linda…”. Al contrario, porque Sumo te decía:

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“Ojo, no pienses que está todo bien”. Un día me tocaron el timbre de casa, atendí el

portero y me dijeron: “Habla Miguel”. “¿Qué Miguel?”, pregunté. “Miguel Abuelo”.

“Sí, ¿qué querés? Mirá, Willy está en lo de la novia”. Me respondió: “No, ¿sabe qué

pasa, señora? Tengo un problema”. “Bueno, subí”. Le abrí y cuando subió me dijo:

“¿Vos sos la tía de Willy ?”. “Sí, yo soy la tía de Willy”. “Ah, yo pensé que era una

señora muy grande… Mirá, me pasó que teníamos una sola llave de mi casa, y quise

entrar y no pude. Venía a decirle a Willy si no me podía hacer un lugar…”. “Willy

no está y hoy ya no vuelve porque se queda a dormir en la casa de la novia. Si

querés tenés su habitación, no creo que él tenga problema”. Me contó que había

estado escribiendo en lo de Kubero Díaz. “¿Te interesa escuchar unos poemas?”, me

preguntó. Le dije que sí y nos quedamos cenando. Nos hicimos amigos. No se

llevaba bien con Luca, era Luca el que no lo quería.

Silvia Ceriani: Luca tenía un amor increíble por su hermano. Cuando vivíamos en la

casa de Alsina recibió unos casetes que le mandaba Andrea con cosas que él

pensaba. Los escuchaba todo el tiempo y me iba traduciendo porque estaban en

inglés. Me acuerdo de uno que era sobre cosas muy profundas, la vida y no sé qué, y

que era muy gracioso porque al final decía: “Estas son las cosas que yo pienso

cuando estoy en el baño”. Luca siempre decía que su hermano era muy talentoso y

muy buen actor, que también tenía mucho talento para la música pero que no se

animaba.

Claudia Gernhardt: En noviembre del 87, Luca hizo una fiesta de despedida en la

casa de Alsina. Yo llegué a la fiesta, y lo encontré en su pieza, llorando en un rincón.

Lo abracé y me dijo: “Qué suerte que viniste”. Automáticamente me miró, yo

estaba con un vestido blanco y una chaqueta roja. “Parecés una azafata de

Lufthansa…”. Entonces levantó la cabeza y lo vio a Miguel Abuelo. Esa era la

prueba de fuego, porque y o era amiga de Miguel por fuera de Luca. Cuando me vio

dejó de llorar. Miguel, muy astuto, le dijo: “Mirá, esta es tu casa, y o vine a

acompañarla a ella, pero si vos querés me voy en este momento”. Entonces Luca le

respondió: “No, si viniste con ella debés ser buena persona, así que está todo bien”. Se

levantó y se dieron un abrazo.

Axel Krygier: Se hizo una gran fiesta en la casa de Alsina. Esa noche Luca me vio y

volvió a decirme: “Tenés que venir con la portaestudio y hacemos algo. ¿Por qué no

venís a tocar mañana? Tenemos que tocar en el Parakultural”. En la fiesta había una

banda de Dixieland y en un momento dijeron: “Queremos invitar a Luca a cantar

con nosotros”. Tocaron algún blues. Después nos quedamos todos hasta la madrugada

y con Marcelo, que tenía varios pianos y tocaba muy bien, cantaron “Moon of

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Alabama”. Luca lo versionaba a partir de la versión de Morrison, pero Marcelo lo

hacía más a lo Kurt Weill. Yo miraba todo eso con la sonrisa clavada y no atinaba a

emitir palabra. De alguna manera, esa fiesta fue como una despedida que hizo Luca.

Me acuerdo que estaba Rodrigo Espina filmando. Unos días después fui como

invitado para tocar el saxo alto. Me subí al escenario, tuve que esperar una bocha y

y o estaba muy ansioso. Arrancamos como a las cinco de la mañana y tocamos

“Stand By Me”, que era un tema que Luca solía tocar, y algún otro tema. Mientras

tocábamos hice un par de solos, Luca me agarraba y me abrazaba. Mientras y o

tocaba él decía por el micrófono: “Este es re groso, hace una cosa tipo Residents”, o

algo así. Bajamos del escenario, el público nos rodeó y empezaron a cantar: “Uh,

Residents…”. Yo no conocía a los Residents. Tenía esa idea de hacer algo con las

voces, algunas más agudas y otras más graves, pasándolas por la portaestudio,

ralentando la cinta o acelerándola, o dando vuelta el casete para cantar al revés.

Después, escuchando Residents entendí por qué había dicho eso y el honor que

significaba, digamos… Pero el momento en el que estuve tocando el saxo con Luca

enfrente a mí fue inolvidable. Antes de irme, Luca me dijo: “Bueno, me voy a

Córdoba por 15 días más o menos. Cuando vuelva me gustaría que hagamos algo en

casa, traete la porta”. Volvió y al muy poco tiempo falleció. Cuando me enteré me

quedé helado. No era su amigo, no lo veía seguido ni sabía tanto de él. Habíamos

tenido pequeños grandes contactos. Él mostró interés hacia mi música, me estimuló,

me marcó, y al mismo tiempo me cagué en las patas.

Claudia Gernhardt: En esa fiesta había mucha gente. Luca había invitado a los

Sumo y no fueron. Estaba esa pibita, Silvita, y y o no entendía cómo podía mostrarse

tan espléndida cuando a la persona con la que estaba se la veía tan mal. Era chica, sí,

pero Mónica también era pendeja y así y todo se calentaba y discutía. Mónica no

aplaudía cuando Luca se tomaba 80 ginebras.

Enrique Symns: Di un recital de poesía en la fiesta en su casa de Alsina. Luca estaba

sentado en el patio, sobre una fuente. Es la última imagen que tengo de él. A esa

altura no me daba más bola y yo tampoco a él porque y o estaba muy redondero. Un

boludo era yo.

Timmy MacKern: Yo admiraba de Luca la falta de conciencia, especialmente en un

lugar como la Argentina, donde y a había pasado la cercanía de la muerte. Él había

sobrevivido, vino acá, donde nadie iba a juzgarlo y no importaba si seguía viviendo o

no. Realmente vino en un momento en el que estábamos todos medio cagados, todo

el país estaba igual, y Luca era un tipo al que no le importaba nada… Tenía una

libertad tan grande que era admirable. Era un tipo sin nada de miedo en un lugar

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donde vivíamos asustados. Muy pocos se hubiesen atrevido a hacer lo que él hizo acá.

De hecho no lo hizo nadie más.

Nora Fisch: La irrupción de Luca en mi vida corrigió mi destino, me ay udó

indirectamente a tomar ciertas decisiones que fueron las que tenían que ser. De todas

maneras, no quiero convertirlo en un mito. La gente que vive con tanta intensidad,

aparentemente sin miedo ni apego a nada, tal vez tiene temores que son tan enormes

y profundos que no emergen. Sin pretender hacer psicoanálisis barato, creo que

adentro del Luca carismático y autosuficiente había un nenito muerto de miedo.

Luca tenía una soledad esencial, como la de un chiquito abandonado. Fue alguien

superinteligente y talentoso, como artista sintonizó de manera muy ajustada la

cultura que lo rodeó, pudo leer con gran sensibilidad la sociedad argentina de los 80

con sus hipocresías y sus ternuras, y supo hablarle. Los verdaderos artistas se

involucran con lo social en un nivel perceptual muy profundo y pueden articularlo en

palabras, en gestos, en música o en imágenes. Luca fue verdadero. Una vez

caminábamos por la calle y dos adolescentes que trabajaban en un reparto de un

almacén lo pararon con admiración tímida. Luca tomó uno de los canastos de reparto

y se dio a sí mismo un gran golpe en la cabeza. Los chicos se quedaron

desconcertados, pero el mensaje fue fuerte: acá un famoso y admirado está

haciendo algo muy estúpido, a propósito, para demostrarte, a través de lastimarse a sí

mismo, y de manera literalmente contundente, que la fama y la admiración que

provoca son nociones vacuas, que él es uno más, un tonto que anda por el mundo

lastimándose.

Silvia Ceriani: Creo que Luca valoraba mucho la vida en el sentido práctico del

término. Apreciaba a las personas y todo lo que un ser humano puede transmitir a

otro. No necesitás vivir diez mil años para ser así. Al contrario: es ahora. Tal vez, ese

presentimiento que él tenía de que cuando uno es una estrella la vida es corta es

justamente lo que lo hacía no tener miedo. Quizás se sintió culpable por la muerte de

su hermana. Más por haber sido irresponsable con ella, no por el acto en sí.

Rodrigo Espina: Luca leía mucho en inglés, más que nada para no perder el idioma.

Leía mucho a Kurt Vonnegut. Hemos hablado de Don Juan y de esoterismo. Se reía

del new age, de la buena onda y de todas las cosas positivas de esos libros porque

decía que en el mundo estaba todo mal. Pero los leía y creo que algo de eso

incorporó, yo lo pesqué en algo de eso. En los últimos reportajes hablaba mucho del

amor, cosa que antes no había sido así, por ejemplo. Quizás eso tuvo que ver con la

cercanía de la muerte, algo que tuvo desde siempre, y que al final él mismo se veía

venir.

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Timmy MacKern: Yo tengo diez hijos y los necesito para mantenerme vivo, porque

todo lo demás se muere. Luca no tenía razón para vivir.

Rodrigo Espina: En mi película hay una anécdota que muestra qué era Luca. Él

cuenta que vino a curarse y que la primera noche, Timmy le dijo: “Yo me voy a

matar”. Luca pensaba: “Yo vine para que me mimaran, para que me contuvieran, y

Timmy quería matarse…”. Luca siempre tuvo que contener a todos, esa es la

verdad. Lo digo y me dan ganas de llorar. Nadie lo contuvo nunca a Luca. A veces

las mujeres lo hacían un poco. Pero lo cierto es que vino a curarse y tuvo que

contener a todos. En ese sentido, fue un superhéroe. O un superhombre. Se bancaba

todas.

Paula Menéndez: Yo tenía una historia con una persona que Luca conocía muy bien

y él estaba muy enojado con eso. Trataba de sacarme a esa persona de la cabeza

permanentemente. Me decía “Fulanito es un cagón. ¡Despertate!”. Era tan bueno que

si tenía que hacerme pata con alguien lo hacía, pero si alguien me hacía daño se

ponía muy mal y me hablaba. En cierta forma, con los años Luca fue perdiendo la

energía. Creo que iba dejando algo en todos los demás, algo que él, pobrecito, perdía.

Fue vaciándose poco a poco. Los que somos de esa generación y participamos de la

época de Sumo tenemos una parte suy a muy importante dentro nuestro. Somos parte

de lo que vivimos, y él nos dejó mucho mientras se vaciaba. Eso pasó con todas las

personas con las que hablé de Luca, con los miles de millones de personas que he

hablado. Luca era un tipo muy generoso, que se sentaba a conversar en cualquier

lugar con cualquiera, tanto para hablarle como para escucharlo.

Germán Daffunchio: Estoy totalmente en paz con mi conciencia, porque las peleas

fueron siempre para salvarlo. Una vez, cuando faltaba poco para que se muriera, me

dijo: “¿Qué te pasa?”. Estábamos solos en una pieza. Le respondí: “Te estás

muriendo, boludo. No entiendo. Mirá, Luca, tenés mina, tenés todo, mirá dónde

llegamos, loco”. Me miró y me contestó: “Sí, tenés razón. Pero es demasiado tarde”.

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Capítulo 18

El final

“Yo me voy a morir dentro de poco, que va a ser muy bueno para los diarios, que

van a poner una notita, con la crucecita negra…”.

Luca entrevistado por Néstor Nardella en diciembre de 1987.

“Por suerte sentí paz. Porque cuando me enteré que y a no estaba, salimos todos en

un auto hacia San Telmo. Y me acuerdo de subir porque él tenía un cuarto arriba en

ese lugar, y estaba en el piso tirado, mitad del cuerpo en el colchón y mitad del

cuerpo en el piso. Y entonces, lo primero que hice (estaba sin la remera), y lo

primero que hice fue apoy arle las manos. Y cuando vi que estaba completamente

frío, me tiré encima de él a calentarle el cuerpo; andá a saber por qué. Cuando lo

subí al colchón con otro chico que estaba ahí, con Ignacio, el hermano de Germán,

me di cuenta de que y a no estaba. La frase fue: “Acá no hay nadie”. Entonces lo

ubiqué en otro lugar. Y eso para mí fue muy importante para seguir la vida y no

tener esa cosa de no…No lo quiero ver, que es dejarlo vivo. Entonces, preferí todo

eso, preferí sentir el frío en la palma de mis manos y saber que ahí adentro no

estaba”.

Ricardo Mollo en el programa Línea de tiempo.

La sensación térmica de la tarde contradecía al calendario del domingo 20 de

diciembre. Faltaba un día para el comienzo del verano, pero en Lomas de Zamora no

se notaba. El sol todavía peleaba contra el pronóstico meteorológico cuando los

integrantes de Sumo llegaron al estadio de Los Andes. Una vez más, “Superman”

Troglio puso su Chevrolet Impala modelo 59 al servicio de la banda. Esa nave

espacial podía trasladar cómodamente a todos los Sumo e incluso sumar a algunas

novias. Luca no se bancó la demora en el portón de entrada a la espera de algún

responsable del lugar y terminó discutiendo con un tipo de seguridad que no lo dejaba

ingresar con una botella de ginebra. Empezó a las patadas con el portón y en los

vestuarios del club siguió molesto. Compartían la trastienda del show junto a los

integrantes de Los Violadores, una escena similar a aquel primer show masivo de

Sumo en el estadio de fútbol de Estudiantes Buenos Aires en Caseros. Rolo y Pety,

seguidores incasables de Sumo, accedieron a la antesala del show. Luca tomó una

birome y les dijo: “Armen la lista de temas”. Todo un privilegio para esos pibes que

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desde el 85 seguían a Sumo como los discípulos de Mitra.

El escenario, dispuesto cerca de la mitad del campo de juego frente a los bancos

de suplentes, tenía las dimensiones de una pequeña plataforma propia de una entrega

de premios o alguna fiesta de carnaval. Cuando empezó el show de Los Violadores,

en la tribuna no había más de 300 personas, y el número creció muy poco en el

transcurso de la velada al aire libre. Entre la grada de cemento y el tablado austero,

unas 50 sillas de plástico completaban el estado de desolación. Ese sector nunca se

cubrió con espectadores y solo sirvió para que Rolo, Pety y algunos pocos fanáticos

de Sumo poguearan en el más absoluto aislamiento. Del otro lado del túnel, en

camarines, Luca disipaba su mal humor con alguna burla a la banda de Pil Trafa: le

causó mucha gracia un estuche plástico de color rosa destinado a guardar los

cosméticos de los músicos. “¡Mirá al grupo punk!”, vociferó con fuerza inquisitiva.

Ni el frío, ni el estadio semivacío, ni un sonido cruel afectaron el ánimo de la

banda. Sumo estaba acostumbrado a tocar en circunstancias adversas. Luca

mostraba una delgadez desconocida y le costaba afinar en los temas más jugados,

pero el show volvió a mostrar los niveles de energía y entrega que exponía cada vez

que subía a un escenario. El final del show llegó a la velocidad de una versión rabiosa

de “Day Tripper”: Luca escupió la letra que John Lennon dedicó a los “hippies de fin

de semana” con la voz exhausta y el cuerpo vencido. Una más, “Fuck You” sonó de

nuevo como estaba pautado en la lista. Por unos segundos eternos, Luca quedó solo

en el escenario, sentado como un buda mientras el resto del grupo abandonaba el

escenario.

Volvieron todos juntos en la nave de “Superman”. Luca y Silvia se bajaron en la

esquina de 9 de Julio y Alsina. Luca quedó en encontrarse con Timmy al otro día

para firmar el nuevo contrato por cuatro discos con CBS. Con el resto de la banda se

juntaría la noche del 25 de diciembre para tocar, una vez más, en Cemento. En la

mente del manager, lo más cercano era juntar el dinero suficiente para abonar el

costo del tratamiento en la clínica entrerriana.

“La mejor manera de morir, Roberto, es con heroína… Porque pasás al otro lado…

sin sentir nada de nada… es como un sueño…”. Para Pettinato, “el destino escucha

todas las solicitudes y sus decisiones se cumplen”. Luca murió la madrugada del 22

de diciembre de 1987, a los 34 años, en la casona de Alsina. Lo encontraron tendido

en su cama con una sonrisa en la boca: “Su sonrisa era de paz… de… como dijo él, de

pasar al otro lado sin sentir nada”, cuenta Perttinato en su libro Sumo, la jungla del

poder. El dictamen médico certificó “muerte por paro cardíaco respiratorio”. Según

Silvia, murió mientras dormía por culpa de la cirrosis, aunque el rumor entre los

amigos era otro: una sobredosis de una mezcla de sustancias entre las cuales la

heroína formaba una parte del cóctel. Timmy y el resto de la banda llegaron a San

Telmo en las primeras horas de la mañana. La noticia corrió tan rápido que al

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mediodía ya había algunos periodistas en el lugar. Uno a uno, fueron desfilando por la

casa amigos, exnovias y algunos fans. Abajo, el barrio estaba conmocionado y la

quinta edición del diario Crónica expandió el pesar a todos los kioscos.

Albino “Joe” Stefanolo, el abogado encargado de los contratos discográficos de

Sumo, manejó la cuestión legal: Luca no tenía sus documentos al día y esa situación

lo volvía inadmisible a las normas de ingreso de cualquier cementerio metropolitano.

Stefanolo, el reconocido “abogado del rock”, actuó rápido. Luego de algunas

gestiones, obtuvo el permiso para llevar el cuerpo al cementerio de Avellaneda.

Previamente, el velatorio se realizó en una cochería de la avenida Belgrano, en

Avellaneda, durante unas pocas horas en la mañana del miércoles 23 de diciembre.

Los empleados de Sepelios Alvear identificaron al coche fúnebre que transportó el

féretro con destino a Villa Domínico bajo el rótulo de “Lucas George Prodan”, un

error frecuente que sufrió Luca durante su residencia argentina y que lo acompañó

hasta su última morada.

La madre de Luca y su hermano Andrea, que viajaron desde Italia, no llegaron a

tiempo para despedirlo.

Rolo: Lo que siempre admiré de Luca fue su libertad, que creo que fue justamente

lo que terminó lastimándolo. Eso es lo que siempre me gustó de él. Lo veías y te

ponía una llave para sentirte libre y caminar por el abismo. Vos no ibas a caer,

porque el que caía era él. Te daba esa garantía. “Vos no lo hagas. Si querés asomate,

pero no lo hagas”. Luca hacía lo que quería. Muchas veces me lo cruzaba y me

decía: “A veces es muy difícil llegar al fin de semana, porque es muy difícil llenar

los días”. Eso fue en el 87, cuando y a estaba mal físicamente. Un día me dijo que la

heroína era el estado ideal. “Si alguna vez probás algo, que no sea heroína. Es muy

cara y cuando se te acaba, fuiste. No necesitás nada más con la heroína: no

transpirás, no tenés mucha hambre, no tenés necesidades de nada. Cuando la dejás,

es todo al revés. Transpirás, ves un cementerio y llorás, estás letárgico todo el

tiempo…”. Algo así como el vientre de la vida, ¿no? Como el útero materno.

Pil Trafa: En Los Andes tocamos juntos. A Luca no lo dejaban entrar por ciertos

problemas, no sé, estaba con una ginebra. Me contó todo eso, que la seguridad no lo

dejaba pasar. Lo vi muy delgado, muy demacrado. Estaba amarillo.

Rolo: El día que Sumo tocó en Los Andes, y o estaba con Pety. Jamás habíamos

tenido la osadía de meternos en un camarín de Sumo. Nunca. Pero ese día Luca nos

hizo pasar. Cuando entramos empezó a patear cosas, estaba muy nervioso, y le

pasaba algo raro, porque hacía mucho calor y él tenía frío. No quería comer y nos

dijo: “Acá hay sanguches, coman ustedes”. En un momento nos miró y nos dijo:

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“¿Se acuerdan de la lista de tema del viernes?”. Habían tocado en un lugar que se

llamaba Arena Discotheque y nosotros habíamos ido. Le respondimos: “Sí, más bien,

estuvo buenísimo cómo la armaron…”. “Bueno, repítanla”, nos dijo. Así fue que con

Pety armamos la última lista de Sumo en vivo. “Hagan cinco listas”, agregó. “No,

pará, ¿como cinco listas? Ustedes son seis”. “No, Pettinato que se la haga solo”. Pety

temblaba de los nervios. Le tenía tanto respeto a Luca que no se animaba a decir ni

una palabra. Luca estaba callado y Pety me dijo: “Boludo, no puedo escribir”.

“Tranquilo”, le respondí. “Arranquemos. ‘Virna Lisi’, ‘Gaitas’…”. Luca estaba

apoy ado contra la pared y de repente escuchamos que empezó a jadear y a gruñir.

“¿Qué te pasa?”, le dije… Ahí me cagué… Terminamos la lista y salimos con ellos a

cenar. Cuando terminamos y estábamos y éndonos, los del grupo nos dijeron: “No,

ustedes vengan con nosotros. Vengan al césped y salimos de ahí”. Fue el último

concierto de Sumo. Había unas 200 personas.

Alberto “Superman” Troglio: Luca y a venía mal. En Los Andes se había peleado

con los policías, porque no lo dejaban entrar con una ginebra. “Eh, pero y o soy el

cantante de Sumo”, gritaba. Empezó a patear la puerta y esa noche nos quedamos sin

cantante. Cuando lo dejé, le dije: “Bueno, nos vemos el martes, que ensay amos”.

Pety (cantante de Riddim): La única vez que pude tener una conversación con Luca

fue en la cancha de Los Andes, en el último show. Tocaron con Los Violadores y él

estaba re contento, aunque muy flaco. Pettinato tocaba el saxo en el baño, sentado en

el inodoro, “Superman” Troglio le daba patadas a una puerta que no se cerraba, ese

camarín era… Había unos sanguches de miga muy finitos y Luca decía: “Estos

sanguches son de nada, no tienen nada”.

Rolo: En Los Andes hicimos la lista con Pety. En un momento Mollo se acercó a él y

le pidió la lista: “¿A ver? ‘No te pongas azul’…”. Cuando vio ese tema, Mollo le dijo

“¿Otra vez? Este tema no…”. “¿No te gusta?”, le preguntó Luca. “Sí, pero estamos en

una cancha y acá se pierde”, “Bueno, te prometo que es la última vez que lo

hacemos. No vamos a tocarlo nunca más”. “¿En serio? ¡Bien!”. No lo tocaron nunca

más…

Pety (cantante de Riddim): Fue la única vez que tocaron “Fuck You” dos veces,

porque la pusimos al principio y al final. Dijimos: “Hoy arranca con esta…”. No lo

podíamos creer. Ese show lo terminaron tocando una versión de “Day Tripper”, de

Los Beatles. Hicieron “Day Tripper” y después “Fuck You”, que fue el último tema

que tocó Sumo.

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Damián Damore: La última vez que vi a Sumo fue en Los Andes y el deterioro de

Luca era muy evidente. Fue un recital pésimo, acaso el peor. Era verano pero hacía

frío, el escenario era una tarima que pusierondelante de la salida de los vestuarios. La

cancha de Los Andes, llamada Eduardo Gallardón, como la de Temperley, donde se

hizo el Lomas Rock, no tenía luz artificial. Había una guirnalda de luces sostenidas

con cables, no recuerdo que haya tachos “par mil” ni nada de eso. Luca no cantaba

sino que directamente gritaba. Estaba muy flaco, y pese al frío que hacía, estaba

descalzo, en cuero, con ese jogging azul que le marcaba la pija. Tomaba agua

mineral de una botella de plástico de esas de dos litros, aunque luego se dijo que

bebía ginebra. No puedo recordar si el público accedía al campo, pero sí recuerdo

que el escenario se ubicaba paralelo a la línea lateral, en dirección a la calle Santa

Fe, y que los fans escupían. Pudo tratarse de los fans de Los Violadores, porque la

fecha fue de los dos. La última canción fue “Day Tripper”, el cover de Los Beatles

que venían haciendo el último año en los shows.

Alberto “Superman” Troglio: Yo tenía una Chevrolet Impala, un auto enorme, en el

que entrábamos todos los Sumo y las novias también. Entraban como cinco en el

asiento de adelante, era un auto muy ancho, americano, del año 59, tenía todos

alerones como los Cadillacs. Ahí adentro tocamos con Los Violadores… Luca se bajó

de mi auto cerca del Obelisco, porque vivía por San Telmo. Se fue caminando con

Silvia, la chica a la que nosotros le decíamos “el ángel negro” porque era medio

extraña. Lo dejé ahí, nosotros seguimos por la autopista para Hurlingham.

Mónica Stromp: Ya te conté cuál era la situación con respecto a las “casas” de Luca.

En diciembre del 87 él vivía en esa casa de San Telmo, a la que fui una o dos veces.

Yo estaba dando mis finales en la Escuela de Bellas Artes. De hecho, di el último

final el 21 de diciembre, el día anterior a su muerte. Esa noche nos encontramos con

mis compañeros de Bellas Artes. Nos habíamos recibido todos. Volviendo a casa,

cerca de Núñez, como a las tres de la mañana pensé: “Wow, podría pasar por la casa

de Luca y contarle que terminé, y ver qué podemos hacer…”. Sentí una cosa rara,

como si algo me frenara, y no fui. Fue la hora en la que estaba muriéndose. Eso me

creó una culpa, y varias veces pensé: “Cómo no fuiste, cómo no fuiste…”. Me enteré

de la noticia de su muerte porque me llamó Petti. O Ricardo. No me acuerdo. Antes

de su viaje a Europa y Túnez me dijo: “Me voy, vuelvo y compramos una casa”. La

situación financiera siempre fue muy precaria. Mucho después, Luca iba a cobrar

los cinco años de SADAIC, pero se murió dos días antes. Vivía de lo que sacaban de

los shows.

Diego Arnedo: Nunca pensé que fuese a morir, quizás porque lo tenía en un lugar

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muy fuerte. Muchas veces me había demostrado, por otras cosas, que estando muy

mal se puede salir de eso. Yo sabía que él estaba mal, pero no a ese punto. Se murió

dos días después de hacer un show. Como pasa con todas las personas que uno quiere,

que quiso y que se fueron, solo hay que entender qué es lo que sucede con nosotros

en este mundo. Ahí es cuando uno empieza a madurar ciertas cosas de la existencia,

más que nada. Pero siempre dije que Luca no está perdido. Está ganado.

Claudia Gernhardt: Para Diego fue terrible. No se puede comparar dolores, pero

hay gente que es más sensible que otra.

Pil Trafa: Dos días después de Los Andes me enteré por Ari Paluch, en Rock & Pop,

en el programa Feedback. Dijo: “Paramos todo, murió Luca Prodan”.

Timmy MacKern: Ese día estaba anunciado, no fue un shock. En verdad no es que no

hay a sido un shock, porque la muerte fue realmente el final, pero sabíamos que todo

estaba apuntando a eso.

Alberto “Superman” Troglio: Me fui a Luján, donde para hablar por teléfono tenía

que hacer 15 cuadras de tierra hasta un almacén que tenía un teléfono viejo de esos

de Entel. Al día siguiente apareció por mi casa el almacenero. Había venido en

bicicleta y me dijo: “Mirá, a tal hora te van a llamar”. Era un teléfono que solamente

podía recibir llamadas. Fui a la hora que más o menos me había dicho, tipo 11 de la

mañana o algo así, y atendí un llamado de Ricardo. “Pettinato me avisó que se murió

Luca…”. Al principio no caí. Agarré el auto y dije: “Bueno, voy para allá”. Me

mandé por la autopista, pasé a buscar a Diego, a Ricardo, a Crespo y a Timmy.

Fuimos todos en mi auto hasta San Telmo y cuando llegamos subimos. Luca todavía

estaba en el cuartito de arriba, tirado en un colchón y tenía como una leve sonrisa.

Como la Gioconda. Me puse a llorar.

Claudia Gernhardt: Yo estaba en Mar del Plata porque había llevado de gira a Las

Primas… Había ido con Gato, el hijo de Miguel Abuelo, que tenía 15 años y estaba

enloquecido con ellas. Antes de volver a Buenos Aires, lo llamé a Miguel y le dije:

“¿Por qué cuando llegamos no se hacen un asadito en casa y nos esperan con Willy

y todos los demás?”. Bajamos del micro cargados porque yo había comprado una

cantidad de alfajores Havanna como para llenar la heladera y traía algunos regalos.

En casa no había nadie, pero tenía el contestador lleno. Pensé: “¿Quién me llama

sabiendo que me iba a Mar del Plata?”. El primero era: “Hola soy … Quería saber

cómo estabas”. Lo miré a Gato y le dije: “¿Qué es esto?”. Otro: “Hola, soy Silvia,

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quería saber cómo va todo”. Digo: “¿Qué le pasa a esta gente?”. “Che, Gato, voy a

llamar a tu papá… Menos mal que iban a hacer un asado, porque no hay nadie…”.

Entonces llamé a lo de Miguel y me atendió el sobrino. “No, Miguel está acostado

porque no se siente bien”. Le contesté: “Bueno, pero íbamos a hacer un asado, loco…

Cómo me cagaron, ahora voy a tener que comprar comida hecha…”. Al rato

apareció un amigo de Gato, un pibito que tenía su misma edad, pobrecito… “Hola tía,

¿estás bien?”. Le respondí: “¡Otro más que me pregunta si estoy bien! ¿A alguien le

llegó un informe de algún médico y y o no me enteré?”. Él se quedó callado y y o no

entendía nada… De repente, en la inocencia de los chicos, me dijo: “Tía, ¿no se te

murió ningún amigo a vos?”. “¿Qué? ¿A mí? No, ¿por?”. “Tía, se murió Luca…”. Le

dije: “Dejate de hinchar… Abrí la puerta y decile a este hijo de puta que pase…

¡Dale, Lu! ¡Entrá y dejate de hinchar las pelotas!”. El pelado tenía la costumbre de

subir haciendo un ruido en las escaleras. “Decile al pelado que entre, boludo…”. En

el momento en el que me enteré, ya se habían reunido todos los músicos en un

boliche que se llamaba Caras más Caras. Willy estaba ahí tocando con otros porque

y a sabían que se había muerto. En un momento este chico me agarró del brazo y me

dijo: “Luca se murió” “¿Cómo? ¡No puede ser! ¡No puede ser!”. La llamé a Mónica,

me atendió la mamá y me dijo que le habían dado un sedante. Eso me lo confirmó

todo.

Rodrigo Espina: Yo me había hecho medio amigote de muchos de los que vivían en

esa casa. El que me vino a avisar fue el Colorado. Esa mañana y o estaba armando

mi productora, preparando las luces y todo lo demás, vino y me dijo: “Se fue, se

fue…”. Nos pusimos a llorar, me tomé un taxi y caí en la casa a las diez y veinte. No

había casi nadie... Los Sumo fueron cay endo, una cosa así. Yo estaba tan imbécil que

no entendía nada. Porque uno creía que Luca no se iba a morir nunca, que los que

nos íbamos a morir éramos nosotros. ¿Cómo iba a morirse nuestro superhéroe, el tipo

que tenía respuesta a todo?

Paula Menéndez: Dos días antes de su fallecimiento, Luca me dijo: “Yo me voy a

morir mañana”. Lo tengo anotado en mi diario íntimo de ese año. Lo tenía muy

claro. Le respondí: “¿¡Qué estás diciendo!?”. Ese día Luca estaba deprimido.

Después de su muerte, muchas veces me pregunté: “¿¡Cómo no me lo llevé a mi

casa!? ¿Cómo no pude ver que iba a pasar algo así? ¿Cómo no pudimos verlo ni y o ni

ninguno de sus amigos o amores?”. Esa día en que me dijo que iba a morirse me

quedé con la sensación de que había algo que él estaba tratando de expresar y que no

sabía cómo hacerlo.

Nora Fisch: Me enteré de la muerte de Luca a través de una amiga, Mónica Delfino,

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que hacía y siguió haciendo prensa de rock. Yo estaba con unos amigos del exterior

que estaban de visita en Buenos Aires quedándose en casa y hacía un par de semanas

que no estaba en contacto con Luca. Había habido un proceso de distanciamiento

paulatino y tuvimos un último intercambio abrupto, después del cual y a no hubo

oportunidad de volver a hablar. Mónica tocó el timbre, no terminó de entrar y me

dijo: “Mirá, quiero decirte una cosa… Hoy a la mañana… Se murió Luca…”. Fue

devastador.

Mirta Bogdasarián: Me enteré de su muerte por mi viejo, que lo escuchó en la

radio. Estuve en el entierro pero nunca me enteré que hubo un velatorio. Sentí un

dolor enorme y sinceramente detesté a Silvia. Ahora también pienso que ella tenía 23

años y sería una descontrolada. Quizás hoy lo entiendo distinto, pero en ese momento

tenía ganas de decirle: “¿Cómo no te das cuenta de que lo que para vos es un pico

para él fue el pase al otro mundo?”. Porque Luca estaba hecho mierda y darle eso

era como tirarle fósforos al kerosene.

Enrique Symns: Sobrevivimos todos menos él. Qué locura. ¿Qué hubiera sido de

Luca? Yo creo que se suicidó en algún lugar, porque él murió cuando estaba

triunfando, cuando estaba por recibir un cheque de mucha plata y la novia estaba por

recibirse de psicóloga.

Claudia Gernhardt: Me quedé congelada. Al rato vino a casa la mujer de Willy con

dos psicólogas. Me las mandó por miedo a que y o hiciera algo, o para contenerme.

Las eché apenas llegaron: “Les agradezco mucho pero chau, hasta luego”. Mi

primera reacción fue preocuparme por Mónica. El jueves anterior se habían peleado

en la calle. Vinieron a buscarme las hermanas de Mónica, fuimos a su casa y

después al velatorio. A Silvia, el apodo de “el ángel de la muerte” se lo puso Pettinato.

Yo creí que ella era una cosa y resultó ser otra. Pensé que era alguien que le hacía

bien a Luca, y le hizo el peor mal del mundo. Vino un par de veces a mi casa. Era

vegetariana y yo le cocinaba especial. Fue cuando nosotros vivíamos en Ecuador y

Mansilla, en aquel departamento prestado. Luca murió en esa casa, donde él dijo que

iba a morir. Donde escuchaba el ruido de la murió... Porque la tenía ahí al lado.

Geniol: Cuando murió yo estaba en Belgrano R. Me lo dijeron y pensé que era una

joda. Me llamaron para avisarme y primero no lo creí. Yo había ligado un puesto de

flores en Barrancas de Belgrano y escuché en la radio: “Se murió Luca”. Ahí

empecé a negarlo: “Son boludeces, son boludeces…”. Pero no quise ir a esa casa…

Me había ido de Alsina hacía una semana, decidí abandonar el conventillo por una

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discusión con una mina. Luca me había dicho: “El lunes voy a cobrar plata de

Sadaic, voy a darte 200.000 pesos a vos, alquilate un departamento y rajamos de

acá”. Quería irse de Alsina porque la casa se había llenado de gays. En esa casa

vivíamos como indigentes. Había gente que meaba desde la puerta de su pieza, no

podías ni sentarte en el inodoro. Él decía: “Yo voy a morirme en esta casa”. “No,

rajemos, rajemos, Luca, dejate de romper las pelotas”.

Mirta Bogdasarián: Después de la muerte de Luca seguí y endo a la casa de Jorge

de Palomar. Parece que cuando Jorge habló con Silvia ella le dijo: “Yo me desperté

y él no”. Se habían picado. Cuando me contó eso empecé a decirle a Jorge: “Pero,

¿cómo puede ser esta mina…?”. Él me respondió: “Es una persona para olvidar”.

Claudia Gernhardt: Cuando Luca se murió lo único que yo quería era matar a

Silvia. Estábamos a punto de internarlo en Entre Ríos. A mí me ganaron por cuatro

días, porque Sumo dejaba de tocar para que él se internase en una clínica adventista.

Silvia Ceriani: Luca murió en mis brazos. Soy la única persona que estaba con él. No

se murió de sobredosis. No me interesa lo que pueda decir nadie.

Geniol: Silvita se iny ectaba cocaína. Yo la llamo “La viuda negra”, porque es como

esa arañita chiquitita que mata. Era la protegida de la casa, una chica media

diabólica y adicta a la aguja. No sé qué pasó con Silvita detrás de esa puerta. Pueden

hablar, pero fue detrás de una puerta cerrada. Hay muchas versiones. La única que

sabe la verdad y, no sé si la dice, es Silvia.

Paula Menéndez: No creo que nadie quiera a Silvia. Yo tampoco.

Silvia Ceriani: No murió de sobredosis. Se murió porque tenía cirrosis.

Sergio Rotman: Luca no tomaba heroína en la Argentina. Lo que se picó fue

metadona cortada con veneno para ratas. Consiguieron una metadona que no era

iny ectable. Sé quién se la vendió. El punto es que la metadona es bebible. ¿Por qué se

la iny ectó? No lo sé. Luca no se quería morir, pero se hubiera muerto igual de

cirrosis porque estaba liquidado, en ese estado en el que vomitás sangre. Luca no

consumía drogas de ningún tipo. Tomaba alcohol y fumaba porro. Nosotros

tomábamos mucha cocaína, pero él no.

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Timmy MacKern: Luca murió por una sobredosis de su vida. Nunca me calenté en

averiguar. Lo que pasa es que estaba tan hecho pelota que reventó.

Enrique Symns: Menos mal que alguien dice la verdad sobre lo que pasó con Luca,

porque robarle la muerte a alguien me parece la máxima locura.

Sergio Gaitán: ¿Existen pruebas objetivas que sostengan la hipótesis de “muerte por

uso endovenoso de heroína adulterada” en el caso de Luca? Si bien no es imposible

que la heroína venga cortada con estricnina o con algún otro veneno para ratas,

existen formas muchísimo más frecuentes de adulterar la heroína: bicarbonato de

sodio, lactosa, glucosa, quinina, talco, barbitúricos, otros opiáceos como el fentanilo,

etc. Desde lo simbólico, la idea de Luca Prodan muerto por la acción de un veneno

para ratas resulta repugnante e indignante. Se tiende a pensar: “Luca, una persona tan

importante para la cultura popular, murió como una rata…”. Es una idea fácil de

instalar y el componente simbólico es poderoso, en este sentido. Esa hipótesis de

envenenamiento involuntario por vía endovenosa debería estar avalada por, al

menos, un dato objetivo: certificado de defunción, informes de la Policía Científica,

informe de necropsia y toxicológicos, de haberse hecho. Es decir, cualquier dato

objetivo sobre lesiones punzantes en trayectos venosos, jeringuillas, implementos

para calentar y diluir la heroína en el lugar donde se halló el cuerpo, bolsita o papel

con la droga. Por otra parte, es extremadamente frecuente que los sujetos con

cirrosis no coagulen bien, y a que el hígado es el encargado de producir los factores

de coagulación. Por otro lado, el hígado endurecido provoca várices esofágicas,

debido a particularidades anatómicas del sistema venoso de la región. Estas várices

que se forman en el interior del esófago tienden a sangrar, debido a la frecuente

gastritis erosiva que se observa en los alcohólicos crónicos. Una vez que se produce

una hemorragia digestiva por esta causa, los trastornos en la coagulación no logran

detener la hemorragia, y sobreviene la muerte por un shock hipovolémico, que es la

pérdida de sangre masiva.

Sergio Rotman: Los que encontraron a Luca en la casa en la que murió fueron

Martín Tessitore, que después fue bajista de Los Ojos y de Mal Recetado, y Pat, que

era la novia de Gamexane. Eran dos de mis mejores amigos. Pat era una bruja del

ambiente que murió de Sida a los dos o tres años. Lo encontraron ellos con la aguja

clavada. Así nomás. Todo lo demás que puedan decir es mentira. El 90% de la gente

que habla de Luca no tiene ni idea. Los conozco a todos.

Sergio Gaitán: En general, el que muere por uso de heroína endovenosa no tiene el

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tiempo, ni la voluntad, ni la capacidad de guardar o esconder su jeringuilla, su

cucharita o su bolsita de heroína. La marca de la aguja suele ser visible. En el caso

de las sobredosis, el sujeto entra rápidamente en coma, con una notable depresión

respiratoria que lo lleva a la muerte en el transcurso de horas. En el caso de la

adulteración con sustancias extremadamente tóxicas, la muerte tarda menos en

llegar e inclusive puede ser inmediata. Quienes llegaron primero sin duda se

encontraron con esos signos inequívocos. Pero… ¿Qué resolvió el médico que

extendió el certificado de defunción como causa de muerte primaria y secundaria?

Suele resultar comprometido, para quien se encuentra frente al cadáver de una

figura sumamente popular, certificar simplemente el habitual “paro

cardiorrespiratorio no traumático”. Sobre todo si existen en el cuerpo, y a su

alrededor, claros signos de uso de drogas endovenosas.

Rodrigo Espina: Ocultar a esta altura que hubo un pico de heroína me parece… Es

cierta la teoría de que se inyectó heroína y que murió por eso. Después de tanto

tiempo creo que no tengo por qué ocultarlo. Es verdad. Una de las formas de cortar

la heroína es con geniol o con veneno de rata. La que él se inyectó vino con mucho

veneno de rata y le explotó no sé qué cosa. Pero más allá de la eterna discusión sobre

si fue un pico de heroína o no, lo cierto es que Luca se moría de eso o de cualquier

otra cosa. Su cuerpo no daba más. Yo mismo tiré lo que quedó de la heroína que se

inyectó. Fui uno de los que primero cayó a la casa. Agarré la heroína, la tiré a un

baldío, me comí unas puteadas grandes de alguien… Así fue. No sé quién se la dio,

hay una historia media negra con una tercera persona que está bajo secreto, y o no lo

sé, y que va a permanecer bajo secreto. Hubo un juramento, no sé si fue entre los

tres o entre Luca y ella, pero supongo que fue entre los tres. La única que puede

romperlo es Silvia y sé que no va a hacerlo. A Silvia le tocó compartir, entre otras

cosas, cierta parte del infierno de Luca, que termina con su muerte.

Sergio Gaitán: Luca consumió a lo largo de su vida todo tipo de drogas. En Tarquinia

tomó ácido hasta la psicosis, lo cual no le dejó un buen recuerdo. Alguna vez declaró

que: “Tomo alcohol para tranquilizarme, porque el ácido me destruy ó los nervios…”.

Era amigo de la marihuana y no tan afín al uso regular de cocaína, aunque era un

consumidor eventual, como él mismo admitió cuando dijo: “Yo merca no compro,

pero si me ponés la ray a ahí… Le doy ….”. Lo cierto es que quedó notablemente

pegado a dos drogas en particular: el alcohol y la heroína. Si bien son dos drogas bien

distintas en muchas particularidades farmacológicas, ambas comparten algunos

efectos en común: anestesian el dolor psíquico y suprimen el desasosiego vital. Sin

dudas, existieron dos circunstancias vitales que Luca nunca pudo acomodar en su

psiquismo sin que le hicieran ruido: el sentimiento de desamor parental al obligarlo a

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concurrir a Gordonstoun, y el particular suicidio de Claudia. A mi entender, ese

“ruido psíquico”, que se estableció en forma de desasosiego a través de sentimientos

como desamparo, vulnerabilidad y culpa, resulta trascendental al intentar

comprender su fuerte pulsión de muerte a través de sustancias con un efecto

subjetivo altamente “acallador y apaciguador psíquico”. Como escribió Jean Cocteau

refieiréndose al opio, aunque sus palabras podrían hacerse extensivas al efecto

subjetivo de todos los opiáceos en general, inclusive la heroína: “Decirle a un

fumador de opio en estado continuo de euforia que se está degradando, equivale a

decirle a un pedazo de mármol que está siendo deteriorado por Miguel Ángel, a una

hoja de papel que está siendo borroneada por Shakespeare o al silencio que está

siendo interrumpido por Bach”.

Diego Tuñón: Una semana después de la muerte de Luca me llamaron para hacer

una publicidad de un paté santafecino. El protagonista era Richard Coleman. Otro de

los que estaba ahí, que se hizo amigo mío y también se llamaba Diego, era el bajista

de Geniol con Coca. Vivía en la casa mítica de San Telmo y me contó cómo había

sido la muerte de Luca. Que supuestamente esta chica le insistió porque quería

probar la heroína. Luca no venía bien, igual. Como que se levantaba, tomaba un poco

de ginebra y vomitaba. Finalmente se dio un pico y cuando la chica se despertó se

encontró con Luca en rigor mortis. En aquel momento Geniol tenía siempre bandas

en las que los integrantes cambiaban, eran chicos que se picaban cocaína, gente

pesada.

Silvia Ceriani: Luca tenía un espíritu guerrero. Pero de guerrero con convicción. Es

difícil definir a una persona que ha estado tan cerca de uno, porque cualquier cosa

que se diga puede ser usada en tu contra.

Mónica Stromp: Me parece difícil cuando ponen a la gente en un pedestal y se

olvidan del contexto. Sumo era una banda de rock muy buena, sin duda. Pero el mito

empezó con su muerte. Ahora resulta que todo el mundo lo conocía, todo el mundo

había visto un show, todo el mundo había sido amigo… Aparecen frases como el

“guerrero” y cosas así. No comparto esa clase de visiones. Para mí, Luca tenía una

potencia creativa increíble, y por suerte se dio cuenta de que acá había lugar para

hacer música. Él disfrutaba muchísimo creando y tocando, quería que su música le

gustase a la gente, por más que en su época el círculo fuese pequeño. Pero… ¿Un

guerrero de qué? ¿Qué guerra estaba luchando? Para mí que su lucha era interna, con

su historia personal y sus adicciones. Pero no era hacia afuera. Esa guerra era entre

la necesidad del físico contra el deseo del alma. A él le gustaba la buena vida, y eso

no era el reviente. Vino a la Argentina porque Timmy le había mandado una foto de

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él con su mujer y sus chicos en una casa preciosa en las sierras de Córdoba. Vos lo

hubieras visto jugando con esos chicos. Siempre añoró una felicidad simple. Después

de tantos años, mi visión sobre los años que compartí con él ha cambiado, quizás veo

las cosas con más realismo, o mi propio horizonte me permite comprender cosas de

una manera distinta. Luca sabía que iba a morirse. Quizás le hubiese gustado hacer

otras cosas, pero la opción de morirse era una. No digo que la haya buscado, porque

creo que su muerte fue un “accidente” lamentable, con un efecto devastador, que no

tendría que haber pasado. Pero sí creo que iba a ser muy laborioso y doloroso

sacarlo de donde estaba, sin saber si su físico lo iba a soportar.

Geniol: Creo que fue un suicidio. Perdió la noción de la vida. De la vida social.

Timmy MacKern: Fue como una mini celebración de él… Para mí no fue un

suicidio. Justo habíamos cobrado una plata de CBS, renovamos el contrato por cuatro

años, cobramos una plata. Quizás era su forma de evadirse de todo eso… Todo

empieza mucho antes, Sumo fue la culminación de una larga historia.

Fernando Noy: Un día, Fito y Fabi Cantilo me dijeron: “Nos vamos a la casa de

Luca”. Yo y a había ido, le abrí la heladera y vi un limón y tres cositas más, pero no

había nada. Estaba la calavera de la muerte. Yo y a lo cantaba, como poeta, como

escorpión, como bruja, como maga, como andrógina sagrada. La onda estaba

captada. Entonces, les dije: “No, no, me quedo con Batato, nos vamos a comer

medialunas”. Eran como las cinco de la mañana. “Andá vos, Fito, andá con Fabi”.

Era el año 87, que es cuando murió Luca. Estuvieron con Luca dos días antes de su

muerte.

Rolo: El mismo día en que Luca murió, vino Pety y me lo contó. Yo estaba con mi

novia en la puerta del club Ateneo. Le respondí: “Sí, sí, sabía…”. Siempre hacíamos

bromas de todo tipo. Él estaba escuchando la noticia en la radio, en el auto de un

amigo. No le creí. Me fui con mi novia a tomar algo, y cuando volví me repitió:

“Che, mirá que se murió Luca”. Ahí empecé a hacerme a la idea un poco más: “No

puede ser, si el domingo estábamos con él…”. “En serio, se murió”. La primera

reacción que tuve fue empezar a caminar sin mirar nada. Fui derecho hasta la casa,

me atendió el Coloradito y le dije: “Disculpame, nunca golpeé esta puerta. Sé que

Luca vive acá porque una vez me trajo y no quise entrar. ¿Luca está?”. “No”, me

dijo. “Luca se fue, no va a volver. A ver… A vos te voy a decir la posta, porque a

algunos los mandé a cualquier lado. Luca no va a volver. Mañana a las nueve de la

mañana en Avellaneda. Andá ahí”. No sé por qué, pero a un montón de personas que

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fueron a su casa los habían mandado a Chacarita. A las nueve de la mañana de ese

miércoles estuvimos ahí con Pety. No fuimos a darle el pésame a nadie, porque

familiares no había. Queríamos saber si era verdad.

Silvia Ceriani: En la casa hubo un desfile y cada uno que llegó se llevó algo. De

verdad. A mí me quedó un reloj que él me había dado antes de morirse. Mucho

después me lo robaron. Conservo algunas cositas, como las credenciales que usamos

en Obras. Tengo la suya y la mía.

Claudia Gernhardt: Cuando Luca murió, lo primero que le robaron fueron los

walkman míos que tenía en la pieza y una pollera escocesa que me había regalado.

Alberto “Superman” Troglio: Al mediodía llegó un periodista de Crónica, que no sé

cómo carajo se habrá enterado, supongo que alguno buchoneó. En esa época no se

hacía investigación forense. Ahora sí. Cuando hay muerte dudosa te agarra la policía,

te abre todo, qué sé yo… Pero bueno, tampoco era tan importante. La policía nunca

vino pero llegó una ambulancia. A uno de los primeros a los que llamamos fue a

Stefanolo y el tipo piloteó la historia. En la casa, todos esos hippies que vivían ahí se

tomaron el raje y le afanaron un montón de cosas. Silvia tampoco estaba. Se habrán

cagado todos hasta las patas. Cayó Stefanolo y también el tarado este de Rial, que era

notero de Crónica, que lo enganchó a Ricardo y le hizo una nota. En Crónica

pusieron: “Extraña muerte de cantante de rock”. Hicimos el velorio, llevamos el

cajón y lo enterramos en Avellaneda. Nunca voy al velorio de nadie porque no me

gusta, pero al de Luca fui.

Timmy MacKern: No queríamos que investiguen nada. Cuando fuimos a la

comisaria con Stefanolo el tipo dijo: “Sí, tomaba un poco más de esto”. El policía nos

preguntó: “¿Pero tienen alguna razón para decir ‘muerte sospechosa’?”. Le dijimos

que no. “¿Entonces para que vienen acá? Solo vengan a verme si sospechan de algún

siniestro”. Era otra época, había muchas muertes y no investigaban mucho cuando

había algún escándalo. Después fue buscar un médico que firmara los certificados y

de eso se encargó la empresa fúnebre. Estuvimos todo un día diciendo: “¿Dónde lo

metemos?”. Nadie quería recibirlo porque Luca no tenía domicilio y estaban todos

los cementerios al re palo.

Rodrigo Espina: Yo cometí una gran falla, de la que me salvó Timmy. Porque

cuando llegué a la casa había un ambiente en el que nadie sabía qué hacer. Me

dijeron “Llamá al servicio…”. Lo hice y justo llegó Timmy, que frenó todo. Durante

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mucho tiempo, Timmy me dijo: “Si y o no llegaba vos hubieses mandando a Luca a

una fosa común”. No sé… Soy una bestia con esas cosas. Me dijeron que llamase al

servicio fúnebre y yo llamé. Nadie sabía qué hacer.

Fernando Noy: El colorado dueño de la casa, Marcelo Arbisser, impidió la llegada

de la prensa, que estaba como loca porque sabían que había muerto ese sol. No dejó

pasar a nadie y nosotros pensamos: “Ah, bueno, se está portando bien”. Pero no:

estaba vendiéndole la exclusiva a Crónica… Murió al poco tiempo, y a tenía Sida de

antes. Yo había visto la muerte de Miguel Abuelo, de Tanguito, de Alejandra Pizarnik.

Me viene la muerte como una hermana, como “vamos a llorar para que no sufra”.

Yo soy muy hechicera, en el sentido de conocer ciertos trámites del Mas Allá.

Entonces leí El libro tibetano de los muertos, que se lee durante un mes seguido por la

noche para el alma que se está yendo, y le hice ese trámite, para él, nada menos. Yo

sé por el opio, y porque tomé heroína, que la muerte no existe y que no hay un final.

Vivo la muerte de Luca como un pacto para un reencuentro posterior. Tomando

heroína en París, de pronto me daba un pico, miraba y ahí estaban Janis Joplin o Jimi

Hendrix. Luca se había quedado único e infinito, porque no sabía el devenir de ellos,

de las bandas.

Germán Daffunchio: Luché para tratar de ser consecuente con Sumo hasta el último

día. De serle leal a nuestro trato de honor, eso que habíamos tenido originalmente. De

hecho, nos encontramos con Luca muerto y había que enterrarlo. Hasta en eso

estuvimos con él. Me cuesta mucho hablar sobre esto. Tengo el sentimiento adentro

de mi corazón, que es verdaderamente intransferible… No sé si algún día voy a

poder transmitir lo que realmente significaba Sumo. Va tomando dimensión a través

del tiempo. Para mí, Sumo fue el principio de todo.

Nora Fisch: Apenas logré dejar de llorar fui a la casa de Alsina y ahí estaban los

Sumo, Tim, había bastante gente, a algunos los conocía, a otros no… Uno de los

Sumo, no me acuerdo quién, me preguntó: “¿Querés subir a verlo?”. Dije que sí. Subí

y me quedé un rato a solas con él… Lo que más me llamó la atención fue que tenía

una sonrisa, una expresión de bienestar… En ese momento, mi interpretación fue que

finalmente había llegado a la luz blanca. Tal vez hay otras explicaciones más

científicas para ese rictus sonriente, pero yo asocié esa expresión de felicidad, de paz

y de tranquilidad, con su entrada a un lugar plácido y añorado, adonde realmente

quería estar.

Rolo: Cuando pasé a verlo en el cajón le besé las manos, que estaban muy frías.

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Jamás había experimentado algo así. En la cara tenía una expresión de paz. Me

acuerdo que pensé: “Te salió el plan”. Porque se había cumplido todo lo que él había

dicho. Nunca voy a olvidarme de esa cara de paz.

Geniol: Cuando murió, Luca tenía una sonrisa. Eso es por un nervio, como un efecto

físico.

Germán Daffunchio: La tragedia que vivimos, que fue la tragedia de Luca, es que a

Luca de alguna manera lo devoró el personaje. Cuando se murió no vino ninguno de

todos los que se le aparecían para decirle: “Eh, vamos a tomar una ginebra”. Al Luca

del Abasto, al de los bares y bares, se lo comió el personaje. Fue una lucha que

perdimos. No logramos que dejara de tomar. De usarlo como remedio, el alcohol

terminó siendo el veneno. Se murió a los 34 años. Era un pendejo… Pero y a no

quería más nada. Estaba saturado de la vida.

Stephanie Nutall: Me enteré de la muerte de Luca un mes más tarde, a fines de

enero. Recibí un mensaje que tardó en llegar. Un tiempo después Linda vino a

visitarme y me trajo un video que alguien le había mandado. Me dijo: “No vas a

poder creer el éxito que tuvo Luca”. Miramos la cinta e hicimos una suerte de

velatorio. Me impresionó mucho enterarme lo famoso que había llegado a ser.

Rolo: Había salido en los extras de Crónica, pero igual nos costaba creer que fuera

cierto. En el velatorio nos quedamos solamente media hora porque no te dejaban

estar más. Llegamos a las nueve pero abrieron recién a las 11. El que abrió la puerta

nos dijo: “Chicos, son pocos acá, es media hora esto. Más no se puede. El tema es

que han pasado casi dos días. Vamos a abrir el cajón, van a pasar los que están acá y

se acabó. Treinta minutos y se van”. Cuando me tocó pasar para ver a Luca apareció

Mollo con una cara que no me olvido más. Me miró casi sonriendo, como diciendo:

“Te saliste con la tuy a”. Éramos 20 personas nada más, entre ellas Mónica Stromp.

El sentimiento general en el velatorio era más de congoja interior que de llanto

explícito. Un dolor hacia adentro, como cuando te cuesta aceptar algo, ¿no? No

esperábamos un desenlace tan rápido, pero sabíamos que iba a pasar.

Claudia Gernhardt: A la mañana siguiente estuvimos en Avellaneda con Mónica. No

me acuerdo si fui con Willy o me lo encontré allá, pero en un momento le pregunté:

“¿Qué estaría haciendo Luca si y o me muriera?”. “Estaría tomando una ginebra”,

me respondió Willy. “Bueno, es la primera vez que me voy a tomar una ginebra”.

Me fui a un bar, me pedí una ginebra, me la tomé de un trago y me pareció

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asquerosa. Después del entierro fuimos con Mónica a mi casa, pasamos la Navidad

juntas, comiendo alfajores Havanna. Ni siquiera bajamos a comprar comida.

Estábamos totalmente tristes, deprimidas, encerradas en casa y comiendo alfajores.

Esa Nochebuena abrí las ventanas del departamento, puse “Noche de paz” en el

balcón y de los edificios empezaron a prender luces y a poner el mismo tema. Fue

alucinante.

Enrique Symns: El 22 de diciembre es el día de mi cumpleaños y en aquella época

cada uno festejaba el suyo en un bar que se llamaba Caras más Caras, que estaba en

Almagro. El día que se murió Luca íbamos todos a festejar mi cumpleaños ahí,

locamente, como siempre… Yo trabajaba en la revista Fin de Siglo y al mediodía

me llamó Poli para contarme que Luca se había muerto. Me agarró un ataque y me

fui al bar de enfrente. Esa noche, mi cumpleaños fue un velorio. Todos cantaron

canciones de Luca en Caras más Caras hasta el amanecer y de ahí se fueron al

entierro, donde Orje le cantó un blues.

Alfredo Rosso: 1987 fue el final de una época. Desgraciadamente, la muerte de

Luca era medio anunciada. No tomó a ninguno de los músicos de Sumo por sorpresa,

según lo que comentaron después. Lo que pasa es que de tan anunciada todos

suponían que nunca iba a ocurrir, porque justamente lo habían visto sobreponerse a

tantas cosas… Luca era un tipo duro. Había tocado en Obras unos días antes y se la

había bancado. Me acuerdo que a ese concierto llevé a mi hija mayor, era una

noche de lluvia, y que Luca se había cantado todo, con un frenesí infernal. Era

evidente que Luca estaba muy escorado, me imagino que tendría el hígado muy

mal, pero siempre se reponía para cantar. Tenía una personalidad terrible, una fuerza

interior que lo llevaba a poder hacer lo que tenía que hacer en el escenario…

Durante esa última época de Luca no nos veíamos mucho. Creo que la última vez

había sido en Freedom, en un recital del Negro Fontova. Luca había ido como

espectador, nos encontramos y charlamos bastante.

Geniol: Luca era un gran tipo, un gran artista, tenía un don y era un artista de verdad,

no era joda. Lamentablemente tendría que haber sido un poquito más fuerte, como

para evitar que la mediocridad del medio lo haya hecho mierda como lo hizo.

Porque Luca fue víctima de la mediocridad de la gente que no lo entendió.

Germán Daffunchio: La muerte de Luca era irreversible. Había un proceso de

deterioro físico que era notable. Uno se daba cuenta. El Luca que conocí cuando

estábamos en Córdoba era distinto al Luca que se fue. Todos vamos quemándonos en

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el camino, algunos más que otros, pero no con esa intensidad. La última vez que

hablamos me dijo la famosa frase que para mí, en un momento, fue importante:

“Vos tenés que seguir”. Yo: “¿Y qué estoy haciendo, boludo? Vos te estás muriendo,

y o ahora tengo un hijo”. “Vos tenés que seguir, Germán, vos tenés que seguir”. De

alguna manera, cuando él se murió, esas palabras fueron una especie de puntapié

para tener el valor de empezar de vuelta.

Claudia Gernhardt: Hay días en los que pienso: “¿Cómo puede ser que el tiempo no

hay a menguado el dolor?”. Tengo ganas de salir y verlo a Luca cruzando la calle. Me

pasaron muchas cosas después de su muerte, situaciones no muy lindas, y me

hubiera gustado sentir su protección. Porque y o lo cuidaba, pero él sin saberlo me

protegía. Yo me sentía segura estando con él. Sabía lo que sentía, me acompañaba,

no me criticaba.

Andrés Calamaro: Luca necesitó pocas palabras y una gran actitud. Además tenía

natural conocimiento del micrófono, sabía sonar cantando, se le notaba la cantidad de

recitales clásicos vistos en Europa. Nos llevábamos muy bien y hubiéramos sido

amigos, nos habíamos prometido grabar juntos, los dos creíamos en la grabación

espontánea y doméstica. Se lo extraña.

Bobby Flores: Nunca pensé que se iba a morir. Había aguantado tanto… Las últimas

veces que lo había visto no parecía estar mal. Lo había visto en Rock & Pop, porque

en ese momento lo managereaba Grinbank. Me lo dijo Elizabeth Vernaci, porque yo

estaba de novio con la Negra. Ella se enteró primero y me llamó para contarme. Le

respondí: “Se despierta, boluda, mañana se despierta, no le den bola…”. Después me

lo confirmaron y no lo podía creer. Pensé que yo me iba a morir antes que él.

Lalo Mir: Cuando murió me enteré en la radio. Creo que estábamos al aire, o

acabábamos de terminar el programa. Fue un cachetazo. Me afectó mucho porque le

tenía un afecto muy especial y sentía admiración por él. Me parecía un personaje

singular, un referente cultural muy importante. Además una muerte así, de esa

manera, medio tonta pero al mismo tiempo tan obvia. Uno tenía el deseo de que no le

pase una cosa así. Pensabas: “Bueno, salió de la pesada, se vino a Buenos Aires

precisamente para estar más lejos de eso…”. Sabíamos que le gustaba irse un poco

de rosca, que tomaba demasiado, pero nadie esperaba un final así, tan pelotudo. Fue

un baldazo de agua fría.

Tom Lupo: En uno de los últimos reportajes que hicimos en la radio, yo le dije:

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“Podríamos seguir toda la noche, somos jóvenes, también sabemos que vamos a

morir”, agregué una frase, y él se quedó con la frase anterior y me dijo: “Gracias

por hacerme acordar”. Y ahí me di cuenta de que le había hecho acordar que vamos

a morir. Y después de eso, la producción puso un tema que él había pedido dos o tres

veces en la noche y yo no le había dado bolilla. Y justo la producción, sin saber que

él había pedido eso, lo puso como despedida y dijo: “Este tema habla de muerte”,

que fue la última reflexión que hizo. Después se despidió con la tos. O sea que vino el

recuerdo de la muerte, la palabra “muerte” dicha por él y el final del reportaje que

es una tos; como que Luca se despidió de la radio con una tos que el operador

procesó, le puso una cámara. Quedó como la misma tos de “Los cinco magníficos”.

Luca me había dado mucha ginebra esa noche porque al hablar me tragaba las

palabras. Yo le dije: “Uh, qué casualidad, pusieron el tema que vos habías pedido.

Pero yo quiero escuchar ‘Noche de paz’”. Y no dije “Noche de paz” sino “Noche

paz”. Estaba totalmente disléxico y borracho porque Luca creo que además tenía la

capacidad —con o sin ginebra— de emborrachar al que estaba al lado. Tanto fue así

que recién noté la alegría con la que había dicho “Gracias por hacerme acordar”

unos minutos después. Y recién entonces me reí.

Bobby Flores: Con la muerte de Luca sentí por primera vez en mi vida qué significa

una pérdida irreparable. Pensé: “Cagamos, se murió y ya no hay más, esto no se

arregla de ningún lado”. Cuando se murió Federico Moura también. Creo que Jorge

Crespo fue el tipo que más sufrió la muerte de Luca. Creí que Jorge también se

moría. Estaba devastado.

Andy Cherniavsky: La muerte de Luca me partió al medio, me hizo muy mal. Tener

a Luca entre nosotros fue como tener a un personaje que de alguna manera validaba

a la Argentina. Más todavía en ese momento, porque no era solamente la música sino

el hecho de haber elegido un país de mierda en medio de un momento de mierda

para hacer algo genial, comerse a todo el mundo, enamorar a toda la audiencia y

morirse acá. Un extranjero que se hizo carne de una cultura rock que para nosotros

había estado prohibida por muchos años. Para mí su muerte fue algo demasiado

duro, lo sufrí muchísimo. Ese mismo año también se murieron Miguel Abuelo y Fede

Moura, gente que para mí era muy cercana. Los Abuelos se juntaban en casa antes

de cada show, el micro salía de la puerta de mi casa, Miguel era mi vecino… A Fede

le saqué fotos cuando y a estaba enfermo. Luca se murió muy poco tiempo después

de esas sesiones increíbles que habíamos hecho… Muchos años después me tocó

hacer la estampilla de Luca Prodan, algo que me dio mucha alegría.

Fernando García: Estaba en la avenida Cabildo con dos amigos, que justamente

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había conocido de ir a ver a Sumo. Ese fin de año, Sumo iba a tocar la noche del 30

diciembre en Cemento. Habíamos ido a la disquería, La Pelela y a otras más, que te

grababan casetes. Había un pibe negro que también iba a ver mucho a Sumo. Nunca

supimos el nombre. Nos cruzamos con él y nos dijo: “Che, ¿Vieron que murió

Luca?”. “¡¿Qué?! Si toca Sumo en Cemento. ¿Qué se va a morir Luca?”. “No, en

serio, me dijeron que se murió. Bueno, si no se murió nos vemos en Cemento”.

“Bueno, sí, nos vemos ahí…”. Llegué a mi casa, me abrió mi hermana y me dijo:

“¿Viste lo que pasó? Murió Luca”. Prendí la tele y estaba la noticia en Crónica. Sonó

el teléfono, era uno de estos pibes y me dijo: “¿Qué vamos a hacer ahora?”. No me

olvido más de esa frase. Ir a ver a Sumo era nuestro plan. No había nada mejor.

Alberto “Superman” Troglio: Yo estuve un rato en el velatorio con los pibes. El que

se encargó de todo fue Timmy. A los dos días nos juntamos a zapar. Ahí fue que cay ó

Andrea, que viajó desde Italia, y trajo el famoso casete con la firma de Virna Lisi,

porque le había gustado la canción que Luca le había hecho. Nos pusimos a zapar y

recién ahí nos dimos cuenta de que Luca no estaba más. Yo fui tomando conciencia

de a poco, no me pegó de golpe. Ese día de la zapada sentí que se había hundido el

barco. Creo que después de la muerte de Luca, Sumo hizo bien en separarse.

Germán Daffunchio: Roberto se garantizó la no continuidad de Sumo… Es el día de

hoy que sigue repitiendo: “¿Pero en serio vos decís que y o separé a Sumo?”. “Sí, vos

lo separaste y te digo exactamente cómo fue toda la secuencia, hijo de puta”. En su

momento yo tenía tanto dolor y tanta bronca… No podía creer que se hubiese

disipado todo lo que habíamos hablado durante el proceso final de Luca. Porque en

un momento empezamos a decir: “Luca se muere, ¿qué vamos a hacer?”. Roberto

quería probar suerte en Europa, en España, y entonces dejó tendido al grupo. Hizo

todo un juego, una tramoya, toda una vuelta, eso típico de la forma de ser de

Pettinato. Aparte de mí, el único Sumo que había dentro de Sumo era Diego. Para

mí, seguir sin Luca era una posibilidad viable porque creía mucho en el espíritu del

grupo.

Alberto “Superman” Troglio: Pettinato era el que se afanaba todo… Apareció en

Internet la primera versión de “Virna Lisi” tocada por Stephanie, cuando ni y o

estaba. Alguien las bajó. ¿Quién tenía acceso a ese material? Pettinato. No creo que

ni Timmy, ni Germán, ni Diego, ni Ricardo lo hayan puesto, porque no son de hacer

esas cosas. Pettinato sí, porque tuvo el vacío de una viuda de Sumo y necesitaba

hacer esas cosas. Todos los dedos de los ex Sumo lo señalan a Pettinato como el

responsable de esas cosas.

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Palo Pandolfo: Sergio Bodán estaba todo el tiempo en la casa de Alsina, porque eran

amigos. Sé por él que Luca siempre hablaba bien de mí, me llegaba eso, así que con

él tuve una ligazón rara, que es como un misterio no develado. Solo a través de

Sergio. Tengo a Luca totalmente idealizado. Para mí es una figura mitológica.

Cuando me enteré de su muerte sentí mucha rabia por no haberlo conocido. Una

semana después terminé en la casa, bebiendo con siete dementes de una obra de

teatro, saltando por las habitaciones. Fue muy extraño estar en su casa después de su

muerte, que aparte había sido en la terracita de arriba, que la jeringa, que la

heroína... Asumimos eso como el camino a seguir, el camino del reviente, como

diciendo: “Bueno, nosotros también queremos…”. O sea, era una cosa densa. Había

un espíritu que daba bastante miedo. En esa casa sentías adrenalina, una sensación de

peligro. Teníamos 24 años.

Alberto “Superman” Troglio: Geniol dice que Luca le había dicho que cuando él se

muriera, el cantante de Sumo iba a ser él. Después Geniol le hizo un juicio millonario

a Sumo. Para mí, Geniol era un chabón amigo… Hacía mil mimos y boludeces

arriba del escenario pero nunca fue un Sumo. Es más, en los contratos está la firma

de nosotros seis y no la de un tal Geniol. En el juicio pidió un resarcimiento por lo de

“La rubia tarada”. Habría que preguntarle a un abogado, yo no sé de esas cosas...

Damián Damore: Mi primo, con el que iba a los recitales, vino corriendo a contarme

porque creo que salió publicado en la quinta de Crónica. Me sorprendí, creí que era

broma, y me puse a llorar cuando lo confirmé. Con Sumo se me iba toda la

adolescencia. Al toque me dejó mi novia, terminé emborrachándome en la fiesta de

fin de año del secundario, haciendo un papelón grande, con mis hermanos y mi

madre viniendo a rescatarme del verdugueo general. Sin Sumo, me di cuenta, no

tenía nada. No me importaba nada. Ni siquiera me entusiasmé con esa versión de

que Palo podía reemplazarlo como cantante, versión que hizo correr Polimeni. Sumo

era Luca y los demás.

Palo Pandolfo: En el 90 se instaló el rumor de que y o reemplazaría a Luca en Sumo.

A mí me llegó por una nota de Carlos Polimeni en el suplemento “No”, como a la

mayoría de la gente. Aparentemente, Polimeni había estado con ellos y,

supuestamente, el propio Luca le había dicho eso. En su momento, para producir

Patria o muerte fui a buscarlo a Arnedo. Me dijo: “No hago eso para otros músicos”.

Pero me invitó a zapar y nos encontrábamos en Floresta.

Diego Tuñón: Cuando murió Luca y o era muy joven, creía que y o iba a morir igual,

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aunque ahora agradezco no haberlo hecho. Pero era lo que me parecía lógico. Por

suerte, como role model tuve más a Melero que a Luca, y Daniel no estaba tanto en

eso de “vivamos cada día como si fuera el último”. Pero es muy lindo ver que hay

gente que vive lo que pregona. Luca, para mí, era eso. Pero lo más impactante es

que dejó una obra en muy poco tiempo, porque Sumo es una obra que vive en sí

misma. Como los Clash y los Beatles, ¿no? Grandes obras en períodos cortos de

tiempo. También creo que fueron fenómenos porque no había habido antecedentes y

eso los hace pioneros de una actitud, ¿no?

Mónica Stromp: Siendo madre, entiendo que el padre de Luca trató de hacer lo

mejor que podía en el marco de sus límites. Salió mal, pero no porque la intención

haya sido mala. Me cuesta pensar que un padre actúe de mala manera hacia su hijo.

Actúa de la manera que puede. Mis padres tampoco hicieron todo a la perfección.

Hicieron, dentro de su universo, lo que pensaban que era mejor para mí. Nos pasó a

todos. Quizás desconocieron un montón de cosas de este hijo particular que tuvieron,

no sé… Se me parte el corazón. A Mario lo conocí de anciano… Me llevó abajo, en

su casa, a su taller, me mostró sus cosas, me regaló los libros que había escrito…

Claudia Gernhardt: Luca me decía que en su familia había muchos videntes.

Cuando vi a la madre después de su muerte, me contó que ese día Michela subió con

un dolor de cabeza impresionante, porque vivían en unos pisos divinos en Roma. Ella

tenía una foto de Luca que de repente hizo así y a los diez minutos llamó Timmy

para decirles que Luca había muerto.

Mónica Stromp: Luca no tuvo la chance de tener 50 años. No pudo pacificarse con

su familia. Otros le crearon un rol, o se lo creó él mismo, y quedó atrapado en eso.

Conociendo a sus padres, y a de grandes, y a Michela, entiendo que hubo conflictos

pero parto de la base de que no salieron del odio. Es muy difícil juzgar a la gente.

Claudia Gernhardt: La madre de Luca vino con Andrea cuando murió Luca. Estaba

en la casa de Timmy y fui a visitarla porque y a la conocía. Yo trataba de no estar

muy mal porque era su mamá, pero ella me dijo que en realidad los años que había

vivido Luca entre aquel coma hepático y su muerte habían sido como un regalo y

que por lo menos el hijo había hecho algo. Le di mucha ropa que tenía porque en el

87 Luca vivió prácticamente en mi casa. Ella me preguntaba: “¿Esto es de Luca?”.

Porque estaba todo medio gastado. Había unas máscaras que y o traía de Brasil y que

Luca usó en varios recitales, me acuerdo de una que tiene una máscara de látex a la

que le sale un pucho de una boca de mujer. Durante muchos años, por mi trabajo fui

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socia o algo así de un lugar que se llamaba “Los Diarios”. Era una agencia que tenía

un servicio en el que te mandaban recortes de prensa de los temas que vos eligieras.

Yo tenía “Topo Gigio” y “Las Primas”, porque trabajaba con ellos, y aproveché para

agregar a “Sumo” porque me salía lo mismo. Entonces tenía todos los lugares donde

habían tocado. Armé una carpeta con eso y cuando la mamá de Luca vino a la

Argentina se la regalé juntos con todos los discos de él. Me pareció correcto que lo

tuviera su mamá.

Mónica Stromp: Dos años después de la muerte de Luca, conocí a tres chicos de

Roma que habían venido a la Argentina. Un director de cine, su productor y un

amigo de ellos. Vinieron con el proy ecto de grabar una película acá, con una

productora argentina. Los acompañe a Iguazú, los ayudé a buscar locaciones, fuimos

a la Patagonia, filmamos la película y un día Lanfranco, el productor, me dijo: “¿No

querés venirte a Roma con nosotros que hay que terminar las cuentas y el

presupuesto?”. Viajé en enero del 90. Lanfranco fue a buscarme al aeropuerto y me

dijo: “Tengo que contarte una cosa que nunca antes te dije. Para eso te voy a llevar a

un lugar particular”. Ya nos conocíamos bastante, del medio año que habíamos

trabajado juntos, y me parecía una persona adorable. Me llevó directamente a la

Fuente de las Tortugas. Yo nunca había estado en Roma. Me mostró, ahí mismo en la

fuente, señalando: “Esta es la casa donde yo crecí. Y ahí a la vuelta, en Via de

Funari, está la casa de Luca. Luca y yo éramos amigos”. Yo no podía creerlo. Me

dije: “¿Qué es esto...? ¡Qué suerte que tengo! Vengo a Roma, con un trabajo, a la

ciudad de Luca y con la suerte de tener al lado a un amigo suyo”. Fue muy

emocionante. Me quedé en Italia más de un año. Fui a visitar a Michela, a Cissie y a

Mario, el papá de Luca. Fue emocionante conocer todo lo que él me había contado.

La mamá me regaló cosas de ella, muy valiosas, como agradeciéndome. Me decía:

“No puedo hacer nada, pero quiero agradecerte lo que significaste para mi hijo. Esto

es para vos, para mi nuera”. Me quería morir, tanta tristeza. Volví varias veces a

Roma, estuve con Michela, tenía muchas preguntas para hacerle.

Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Luca murió como él quiso. Siempre hablaba de

que se sentía culpable por la muerte de la hermana. Él se fue de Italia por eso y llegó

al peor lugar, porque acá todo era más libre y se encontró con gente que andaba en

eso. Murió en su ley.

Ricardo Curtet: En Buenos Aires estaba su sobrino, Homero, que siempre me

pregunta sobre Luca porque él no sabe mucho de esa época. Un día vino a Córdoba y

fuimos a lo de Timmy. Me quedé a dormir dos o tres días ahí y después Luca se

volvió a Buenos Aires porque tenía que tocar. Me preguntó si quería ir con él a alguna

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gira, pero no sé en qué andaría yo en ese momento y le dije que no. Esa vez que vino

a Córdoba todos alucinaron porque estaba Luca Prodan y qué sé y o… Esa vez en

Cura Brochero fue la última vez que lo vimos. Al poco tiempo de su muerte estuvo la

mamá. Un día veo venir la camioneta de Timmy, manejaba su esposa, y había una

señora al lado. Entonces para y me dice: “Esta señora es la mamá de Luca, vino de

Europa”. La saludé y siguieron. Volví a ver a la madre en la casa de Andrea, pero y a

estaba más viejita. Estuvimos comiendo un asado, interpretó algunas canciones en

italiano, después yo toqué el tema de jazz “All Of Me” y ella lo cantó.

Nora Fisch: Cuando Luca falleció me llevé de su cuarto esa pintura que le había

regalado y también unos anteojos de sol que originalmente habían sido míos y que él

se apropió y usó mucho. Dos o tres años después de su muerte, cuando yo y a vivía

en Estados Unidos, volví de visita y encontré esos anteojos. No sabía qué hacer con

ellos, si tirarlos, porque no los quería tener. Entonces salí a caminar con los anteojos

en la mano y mientras caminaba se me ocurrió una idea. Entré al Cementerio de la

Recoleta y los dejé en la tumba de Evita (previa encarnación de Luca según sus

propias anécdotas).

Rolo: Una vez, cuando el cuerpo de Luca todavía estaba en la tumba del Cementerio

de Avellaneda, un día fuimos con Pety a verlo, y en un momento me senté en esa

tumba. De pronto vi que se acercaba una señora gorda, grandota, que estaba con una

nena, y que traía un ramo de flores en la mano. Ahí había otra gente, y al principio

pensé que la señora estaría visitando a su marido, o algo así. Como encaró derecho a

la tumba de Luca, en un momento me paré. Antes de que llegara hasta donde estaba

y o, le dije: “Disculpe”. “No, quedate sentado…”, me contestó. Nos miraba… “Qué

desperdicio, ¿cómo puede ser? Nunca me dijo nada este muchacho…”. Nosotros nos

mirábamos y no entendíamos nada. “Señora”, le dije, “¿usted sabe dónde está

dejando las flores?”. “Sí, cómo no voy a saber”. “¿Pero sabe quién es él?”. “No lo

sabía hasta que me enteré que murió por el diario. Yo pasaba todos los días por donde

vivía él en San Telmo. Un día vio llorando a mi nena, se acercó y la calmó. La sentó

en su pierna y le cantó canzonettas italianas hasta que mi hija empezó a sonreír. Yo

me asusté porque era un tipo raro, hasta que me dijo: ‘Señora, mire que y o soy

vecino de acá’. Después de eso, cada vez que lo veíamos nos saludaba, se agachaba

así y le cantaba de nuevo. Nunca me contó que era cantante”.

Pety (cantante de Riddim): Cuando murió, a los dos días pasé por Alsina y me

encontré con el Colorado, el pianista que vivía con él. Me puse a llorar frente a la

casa y él me preguntó si lo conocía. “Sí, soy amigo de Rolo, el de las remeras”. Me

dijo: “Subí”. El lugar era un bajón… Sacó una caja y me dio una de las remeras que

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le había tirado Rolo. Se la llevé al Rolo y le dije: “Mirá lo que te conseguí”. Hoy en

día, Rolo tiene esa remera guardada. Es muy loco porque hay fotos de un show en el

que Luca la tiene puesta.

Mirta Bogdasarián: Durante un tiempo fui a verlo al cementerio. Un día estaba

pintándome y cambiándome para ir desde Palomar hasta Avellaneda. Me miré en el

espejo y pensé: “¿A quién vas a ver? No hay nadie ahí. ¿A dónde vas?”. Me vestía

como para una cita… No fui más.

Herbert Vianna: Con los Paralamas grabamos “Mi bandera” y también “Heroin”,

pero tocábamos muchas de sus canciones, no solo esas. La obra de Luca tuvo un

impacto muy grande en nuestra sensibilidad. Cuando en las giras hacíamos esas

versiones el desafío era encontrar una manera de hacerlas en un nivel verdadero, a

la misma altura que su creación, pero en portugués. Nos daba curiosidad y hacíamos

esa búsqueda con grandes dosis de ansiedad. Celebrábamos el honor de conocerlo y

el hecho de estar tan cerca de su poder de comunicación. Esa fuerza que tenía Luca

sigue vigente en nosotros, realmente es así.

Alberto “Superman” Troglio: Conocer a Luca fue una escuela de la vida interesante.

Lo disfruté. No sé si podría explicar en qué me cambió, pero me cambió… Luca era

astuto, tenía viveza… Un ojo clínico con las cosas. Pero eso era algo que también

tenía Diego sin haber venido de Inglaterra ni ser romano. Al margen de haber

conocido a Luca, estuvo bueno haber hecho todo lo que hicimos. Porque no lo

hicimos con la intención de llegar a ser conocidos.

Rodrigo Espina: Timmy fue su gran amigo. Germán también. A Timmy lo llamaba

“El tipo que cae hacia adentro”.

Germán Daffunchio: Para mí, el concepto de verdadero amigo es aquel que te dice

hasta lo que vos no querés escuchar. No me pidas que te deje morir, me voy a resistir

y sabés que lo estoy haciendo por amor. Luca sabía eso.

Timmy MacKern: Teníauna gran búsqueda de libertad y de verdad.Tanta

intensidad… Ignoraba todos los intentos paracambiar la orientación de su vida, como

si su destino y a estuviera pactado. Él ni siquiera probó modificarlo, nunca se le

hubiera ocurrido hacerlo. Dejó la sensación deque fracasó con su propia vida,

peroprendió, y sigue prendiendo, en las de los demás.

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De aquí a la eternidad. Italia en el pecho, la mirada en la luna.

(Foto de Albi Álvarez)

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Epílogo

“No quiero llegar a vivir 87 años y ver a mis bisnietos. Me veo más como un enorme

cometa, una estrella fugaz. Todo el mundo se detendrá, apuntará a lo alto y me verá

pasar. Nunca verán algo igual y no me podrán olvidar jamás”.

Jim Morrison

“Yo vuelvo (a Europa) cuando muera mi viejo”.

Luca entrevistado por Pipo Lernoud y Marcelo Fernández Bitar en el número 64 de

la revista Canta Rock.

Andrea: ¿Te acordás de este lugar?

Cecilia: Claro que me acuerdo.

Cecilia: Lo recuerdo. Hermoso ¿no? Muy privado. Hola, Lu. ¿Se supone que ese es

Luca?

Andrea: No sé. No se le parece,

Cecilia: Adiós, querido. Dios te bendiga. ¿Cuántos años tenía Luca cuando murió?

Andrea: 34.

(…)

Cecilia: ¿Cuántos años tengo y o?

Andrea: ¿Cuántos años tenés vos? Tenés 87. Muy bien, ma. Una mujer escocesa

trotamundos.

Cecilia: No, este es mi último viaje. No puedo venir más. ¿Quién es esa mujer,

Andrea?

Andrea: Ese es el monumento a la madre.

Cecilia: Una madre. ¡Ah, a todas las madres! Eso es muy lindo.

Andrea: Es también una tumba de alguien que no tiene una familia.

(…)

Andrea: Cuando papi le dio un sopapo, Luca le dio otro.

Cecilia: Bien por él.

Andrea: Ahí fue cuando el problema empezó.

Cecilia: ¿Qué problema?

Andrea: El problema…

Cecilia: No sé qué problema.

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Fragmento del documental Together, dirigido por Jannik Splidsboel, que retrata el

diálogo entre Cecilia Pollock y Andrea Prodan en ocasión de la ultima visita de la

madre de los Prodan al cementerio de Avellaneda.

Los cementerios de Père-Lachaise y Avellaneda están unidos por una cadena de

extrañas coincidencias. Mientras la suntuosa necrópolis de París recibe a diario a

cientos de fanáticos de Jim Morrison, en el camposanto ubicado en Villa Domínico se

repite la misma liturgia. Sin el fervor turístico, pibes de barrio peregrinan hasta la

última escala de Luca Prodan. Tan lejanos y tan próximos a la vez, Morrison y

Prodan aún tienen un sequito de seguidores que necesitan dejarles mensajes o

hablarles en voz alta. Sus tumbas están sembradas con las mismas ofrendas: cartas

anónimas, mensajes ilegibles, cigarrillos y porros consumidos, tapitas de bebidas

alcohólicas, velas y las infaltables flores marchitas. También han sido escenario de

pequeños fogones y disturbios del más variado calibre. La respuesta a tanta

veneración hay que buscarla en los destinos trágicos, el magnetismo que aún ejercen

sus vidas tormentosas y, por sobre todo, en un legado artístico aún vigente. Hoy, estos

bastiones rockeros de la buena memoria se resisten estoicamente al silencio de la

muerte.

Villa Domínico es un típico barrio obrero del conurbano bonaerense. Por obra del

deterioro económico, adquirió atributos de zona brava. Pero ese diagnóstico funciona

más en los prejuicios de los forasteros que en los propios habitantes del lugar. Allí, en

el partido de Avellaneda, descansan los restos de Luca Prodan y todo parece encajar.

Según los empleados municipales que cumplen funciones en el cementerio, Luca

recibe visitas casi todos los días y más cuando se acerca el aniversario de la muerte.

“Los pibes vienen con guitarras y se ponen a tocar canciones de Sumo. Antes, cuando

estaba en tierra, había un poco de descontrol porque llegaban con la Bols en la

mochila y se terminaban pasando de copas. Pero desde que lo trajeron acá, en el

jardín, la cosa está más tranquila”, explica Maximiliano Romero.

El primer lugar elegido para la tumba de Luca sigue recibiendo mensajes: “Es

que los pibes dicen que ahí todavía queda algo de él”. Pero la historia más increíble

en torno de la memoria del cantante de Sumo tiene a un enigmático bebedor de

ginebra que llega cada 22 de diciembre subido a una Honda 750. “Se llama Marcelo

y creo que fue plomo de Sumo. Cada vez que viene, vacía una petaca de ginebra

sobre la piedra. Luego se sienta y comienza a tomar. Yo lo he visto tomarse más de tres

botellas y no armar ningún quilombo”.

Luca admiraba a Morrison. Si tenía un Norte a seguir en materia de cantantes de

rock, estaba más cerca de la voz de The Doors que de cualquier otro. Pero el primer

eslabón en una serie de extrañas casualidades empezó a unirlos el 3 de julio de 1971:

a los 27 años, Jim Morrison murió en París y su predicción se cargó de un

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escalofriante realismo. La versión oficial señaló muerte provocada por un ataque al

corazón; de ahí en más, la leyenda sobre un hecho confuso y de final abierto. Hay

quienes juran haber visto a Morrison en Australia o en alguna playa de California.

Otros afirman que se masturbó hasta producirse un paro cardíaco. Pero la historia

que más se acerca a la verdad tiene a Morrison buscando heroína en la noche de

París. Como un adicto primerizo, no midió los efectos de una droga que desconocía y

terminó sucumbiendo en brazos de una dosis fatal. Días antes de morir, Jim Morrison

visitó Père-Lachaise y lanzó un deseo que resultó otro presagio: “Aquí es donde

quiero ser enterrado”. Ubicada en la parcela número seis, cerca de la entrada sur

sobre el Boulevard de Ménilmontat, la pequeña tumba del “Rey Lagarto” resulta

insignificante si se la compara con los mausoleos de Oscar Wilde o Marcel Proust,

vecinos del mismo cementerio. En ocasión del 25º aniversario de la muerte de

Morrison, más de 15 mil personas reunidas alrededor de su sencilla lápida de bronce

fueron dispersadas violentamente por la policía. Desde ese momento, su tumba es

custodiada día y noche por una cámara de video infrarroja. Como sucedió en Père-

Lachaise, la tranquilidad del Cementerio de Avellaneda también conoció el choque

entre fanáticos y las fuerzas del orden. En 1997, al cumplirse el 10º aniversario de la

muerte de Luca, la Infantería dispersó con violencia a un grupo de seguidores. Según

Maximiliano, “la cosa se complicó porque los pibes estaban por las nubes y se querían

llevar todo por delante. A un policía le partieron una guitarra en la espalda y la

Infantería terminó reprimiendo mal”.

Originalmente, una cruz presidía la tumba. Cuando los restos de Luca fueron

trasladados, previa cremación, la cruz quedó en manos de Andrea. “Es increíble,

pero no podía tirar la cruz. No soy fetichista pero es algo tan impregnado de amor y

símbolos, de cosas que la gente puso ahí por alguna razón, que haberla tirado hubiese

sido como darle un palazo en la cabeza a un niño. La tengo en Córdoba, en un jardín.

A mi hijo le encanta ir a mirarla. Algunos me dicen que la saque, y me pregunto si es

morboso, pero como no tengo problemas con eso prefiero conservarla”. Esta forma

de convivir con el recuerdo también anima a los que llegan hasta el Cementerio de

Avellaneda. En ese viaje a lo inexplicable, la tumba de Luca parece un monumento

natural, un bloque macizo que contradice la fragilidad de la existencia y mira al

mundo mortal con la prepotencia de lo que no se extingue.

A pocos metros de la entrada, en una especie de plaza interna, una enorme piedra

redonda sobresale como un monumento vikingo en un cementerio católico: cubre la

urna que contienen las cenizas del cantante. La piedra blanca tiene inscripciones de

todo tipo: “Luca vive y Ricky también”, en alusión a Ricky Espinosa, el líder de

Flema que se quitó la vida saltando de un quinto piso y que también ocupa un lugar en

el cementerio. “Hay pibes que nos decían: ‘Yo dejo una chala y les pido que no la

toquen hasta que me vaya, después hagan lo que quieran’”, señala Romero.

396


Andrea Prodan: La piedra estaba en la orilla del río, muy cerca de mi casa en

Traslasierra, en Córdoba. Los que trabajan en el cementerio lo re quieren a Luca; el

director quería reformar la tumba, ponerle cadenas y una especie de monumento.

Me opuse. ¿Cómo iba a ponerle cadenas a la tumba de mi hermano? Cuando llegué

con la piedra me miraban como si estuviese loco. La roca tiene algo muy físico; la

primera cosa que hacés es tocarla y la sensación es como si acariciaras piel o una

cabeza pelada. No es que lo pensé de esa manera, pero quedó perfecta. Parece un

meteorito que cayó de no sé dónde.

397


Discografía

DIVIDIDOS POR LA FELICIDAD

SUMO

CBS (1985)

La influencia after-punk que Luca introdujo en el rock argentino tardó cuatro años en

alcanzar su edición definitiva. El disco debut de Sumo resume el ideario del sello

Factory en mezclar reggae blanco, funk y hasta kraut-rock. Experimental y popular,

398


precario en su factura y sempiterno en cuanto a resultados, Divididos por la felicidad

captura un momento único de una banda tan ensayada en vivo como revelada en la

tensión de dos guitarristas opuestos en sus modos de trascender. Luca comprendió

mejor que nadie que esta pelea eléctrica enriquecía al núcleo y era el abrigo ideal

para sus ataques de cantor criado en la línea Morrison. En la variedad atemporal

descansa el legado de muchas canciones nacidas en las sierras cordobesas y

mejoradas de manera colectiva.

LLEGANDO LOS MONOS

SUMO

CBS (1986)

La mezcla de estilos, el caos organizado y esa rara cualidad de encastrar piezas

399


dispares evoluciona en sonido y producción para la grabación de Llegando los monos.

Luca empieza a ceder el liderazgo pero crece como un buda desde las tomas vocales

y los detalles, para entender a la cámara de eco como la prolongación infinita de su

voz o un aliado para destrabar a sus compañeros. Ya es un avezado sociólogo del ser

nacional y lo pone a prueba en “Que me pisen”; también acusa recuerdos de la

muerte en “Heroína”, el tema que había nacido como un cover de Velvet

Underground y que ya le pertenece por derecho de adicción. Es “Bruce”

(“Estallando desde el océano”) el triunfo de la épica de Sumo, un crescendo que

desconoce géneros y solo reconoce a Samuel Taylor Coleridge en su lírica, una cita

de Luca al padre del Romanticismo inglés.

AFTER CHABÓN

SUMO

400


CBS (1987)

Deshilachado, armado de retazos y en tiempo de descuento, After Chabón sigue

siendo asociado a la argentinización de Luca Prodan. Por el contrario, esconde

efectos inversos: el rock local se vuelve un poco más Luca en el tercer disco de

Sumo. El canto de guerra inicial (“Crua Chan”), la postal urbana de un europeo

desencantado (“Mañana en el Abasto”) o el humor del planeta Zappa (“Hola Frank”)

confirman que la tarea ha sido cumplida. Luca logró que cinco tipos incómodos con

la escena nacional rindieran al máximo de sus posibilidades en una suerte de banda

desenfrenada, nave madre de un sonido salvaje y una actitud aún más desafiante. Si

la Argentina fue el último punto de fuga para Luca, el tercer disco de Sumo esconde

muchas similitudes con ese rasgo que marcó la vida de su líder.

401


FIEBRE

SUMO

CBS (1989)

La idea de un disco en vivo giraba en torno al cuarto disco de Sumo. Luca quería

grabar en Obras un repertorio que combinara temas clave, canciones nuevas y otros

que nunca habían sido registrados. El estigma de no haber podido reflejar en los

álbumes de estudio toda la potencia que generaba el grupo en sus shows continúa

siendo la gran deuda de Sumo. Fiebre achica esa brecha a medias. Recopila cuatro

versiones live en el Teatro De la Cova (San Isidro) en 1986 y suma versiones de

diferentes épocas, como la esencial “Pinini reggae”, con Stephanie Nutall en batería.

También aparece una canción que formaría parte del sucesor de After Chabón,

“Brilla tu luz para mí”, y el cover del clásico “Fever”. Un documento póstumo de

consulta necesaria para fanáticos y no tanto.

402


CORPIÑOS EN LA MADRUGADA

SUMO

SILLY PRODUCCIONES (1993)

La edición en CD de la primera producción independiente de Sumo funciona como la

guía obligatoria para revivir la etapa underground de Sumo, con Luca Prodan en

estado de gracia y una banda siguiendo al líder como devotos alucinados.

Originalmente editado en casete, el disco agrega canciones que quedaron fuera de la

cinta. Muestra al natural experiencias reveladoras como “Teléfonos/White Trash”,

pone la piedra fundacional del reggae con “Breaking Away ” y hasta explica los

trucos del punk rock a través de “Fuck You”. Como si todo esto fuera poco, la

inclusión de “Warm Mist”, quizá la canción más melancólica de Luca Prodan,

aparece casi al final como el relato original de la historia. El primer paso casi a

403


tientas y en un campo minado del gigante Sumo.

TIME FATE LOVE

LUCA PRODAN

SILLY PRODUCCIONES (1996)

Mensajes del más allá. A falta de buenas biografías, en Time Fate Love Luca cuenta

quién es y de dónde viene. Material de prueba, primeras tomas de un Sumo aún sin

nombre y el costado acústico del tipo que adoraba por igual a Nick Drake y a los

desquiciados Canned Heat. El costado orgánico aparece en todo su esplendor en

“Lament” o “Like London”; es el poeta existencial curándose en el medio de la nada,

y también el que revela su educación sentimental, el melómano incurable que

muestra credenciales y descubre que aquí hay mucho por hacer. El tiempo parece

404


detenido en los bosquejos de “Virna Lisi” y “Divided By Joy ”. La trastienda de Sumo

tiene su propia versión anthology y suena cada día mejor.

HERMOSOS PERDEDORES

LUCA PRODAN

SILLY PRODUCCIONES (1997)

La segunda parte de las grabaciones encontradas registra el período 81-83, amplía el

background de Luca con versiones de canciones ajenas (David Bowie, John Marty n,

Lou Reed), inspiración literaria (Leonard Cohen) y los primeros registros con la

segunda formación de Sumo. Aunque el lado acústico se impone, aquí reaparecen los

experimentos con la caja de ritmos y una banda que vive el error sin culpa. Hay una

nube dark en la selección realizada por Timmy MacKern. Algo del espíritu herido de

405


Luca que permanece en el disco y se trasluce en “Luces rojas”, se disipa un poco

con “Soul Love” y pide otra oportunidad en “Solid Air”. El permiso será concedido

por cinco años más.

COMPILACIONES

OBRAS CUMBRES

SUMO

COLUMBIA – SONY (2000)

En 38 canciones, el compilado Obras Cumbres resume parte de la historia de Sumo

con la mayoría de las canciones incluidas en sus cuatro discos para CBS. El detalle

más interesante es la aparición de “Años”, la versión del tema original de Pablo

Milanés, que reunió, a instancias del conductor radial Tom Lupo, a Luca Prodan y

Andrés Calamaro.

406


Bibliografía

A.A.V.V., Derrumbando la Casa Rosada. Mitos y leyendas de los primeros punks en

Argentina, Piloto de Tormenta, Buenos Aires, 2011.

A.A.V.V., Gente que no. Postpunks, darks y otros iconoclastas del under porteño en

los 80, Ediciones Piloto de Tormenta, Buenos Aires, 2009.

Cavanna, Esteban M., El nacimiento del punk en Argentina y la historia de Los

Violadores, Interpress Ediciones, Buenos Aires, 2001.

Damore, Damián, Luces calientes. Con Sumo por Buenos Aires, Ediciones FADU,

Buenos Aires, 2008.

Del Mazo, Mariano y Perantuono, Pablo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Fuimos reyes, Planeta, Buenos Aires, 2015.

Gabin, María José, Las Indepilables del Parakultural. Biografía no autorizada de

Gambas al Ajillo, Libros del Rojas, Buenos Aires, 2001.

Guerrero, Gloria, Indio Solari. El hombre ilustrado, Sudamericana, 2005.

—, La historia del palo. Diario del rock argentino 1981-1994, Ediciones de La Urraca,

Buenos Aires, 1994.

Igarzábal, Nicolás, Cemento, el semillero del rock, Gourmet Musical, Buenos Aires,

2015.

MacDonald, Ian, The Beatles. Revolución en la mente, Celeste Ediciones, Madrid,

2000.

Noy, Fernando, Historias del under, Reservoir Books, Buenos Aires, 2015.

Polimeni, Carlos, Luca. Un ciego guiando a los ciegos, Editora AC, Buenos Aires,

1990.

Pettinato, Roberto, Sumo. La jungla del poder, Pettinato & Guaragna Ediciones,

Buenos Aires, 1993.

—, Sumo por Pettinato, Reservoir Books, Buenos Aires, 2010.

Pujol, Sergio, Rock y dictadura. Crónica de una generación (1976-1983), Emecé,

Buenos Aires, 2005.

Ramos Laura y Lejbowicz, Cy nthia, Corazones en llamas. Historias del rock

argentino en los 80, Clarín Aguilar, Buenos Aires, 1991.

Ramos, Sebastián, A todo volumen. Historias de tapas del rock argentino, Secretaría

de Cultura CABA, Buenos Aires, 2008.

Rey nolds, Simon, Postpunk. Romper todo y empezar de nuevo, Caja Negra Editora,

Buenos Aires, 2013.

407


Sánchez Christian, Panella, Ariel y Sánchez, Miguel A., Cuando el arte ataque. El otro

Omar Chabán, Demo Editores, Buenos Aires, 2006.

Savage, Jon, England’s Dreaming. Los Sex Pistols y el punk rock, Reservoir Books,

Mondadori, Barcelona, 2009.

Revistas:

Pelo; Expreso Imaginario; El Porteño; Cerdos y Peces; Humor Registrado; Twist &

Gritos; Rock & Pop; Toco y Canto; El Periodista; Caín; Canta Rock; Crisis; Los

Inrockuptibles; Fin de Siglo; Rolling Stone; La Mano; El Musiquero; Otra Parte; La

García; Mavirock; Sudestada; Hurlingham Casa X Casa; Aquí; Freeway; Semanario

Brecha y Rock en Blanco y Negro.

Diarios:

Clarín; Página 12; Tiempo Argentino (primera versión); L’Unità; La Nación; Crónica;

Sur; El Día; El Mercurio y El País.

Documentales:

Espina, Rodrigo, Luca, Buenos Aires, 2007.

Splidsboel, Jannik, Together, Copenhague, 2008.

Bibliografía del capítulo “La heroína en Luca”

Bonnet, E.F.P.,Lecciones de medicina legal, López Libreros Editores S.R.L., 1984.

Escohotado, A.,Historia elemental de las drogas, Anagrama, 1996.

—, Aprendiendo de las drogas,Anagrama, 1996.

Florez, J, Armijo, J.A. y Mediavilla, A,farmacología humana, Ediciones Universidad

de Navarra S. A., 1987.

Goodman Gilman A, Goodman L.S. y cols., Las bases farmacológicas de la

terapéutica,Editorial Panamericana, 1989.

Shapiro, H.,Historia del rock y las drogas,Ediciones Robinbook, 2006.

408


Quién es quién

Alemann, Katja: Actriz y performer. Fundadora junto a Omar Chabán de Café

Einstein y Cemento.

Álvarez, Albi: Fotógrafo.

Arnedo, Diego: Bajista de Sumo.

Aspix: Fotógrafo.

Barone, João: Músico de Os Paralamas Do Sucesso.

Berwick, Adrián: Ejecutivo discográfico.

Bogdasarián, Mirta: Actriz. Tuvo una relación con Luca.

Braier, Eliana:Productora televisiva. Entrevistó a Luca.

Breuer, Mario: Ingeniero de sonido de Llegando los monos.

Calamaro, Andrés: Músico.

Cambiasso, Norberto: Crítico musical.

Capusotto, Diego: Actor y fan de Sumo.

Casanova, Flavio: Músico. Fundador de Los Casanovas.

Castello, Marcelo: Vecino de Luca en El Palomar. Diseñador de la tapa no oficial de

Corpiños en la madrugada.

Cerati, Gustavo: Fundador de Soda Stereo.

Ceriani, Silvia: Última novia de Luca. Artista y DJ.

Cherniavsky, Andy: Fotógrafa.

Cipolatti, Pipo: Músico. Fundador de Los Twist.

Colombres, Daniel: Músico.

Couto, Fabián: Manager de Los Twist y asistente de Daniel Grinbank en los años 80.

Crítico gastronómico.

Curtet, Ricardo: Músico. Participó de la formación previa a Sumo.

Daffunchio, Germán: Guitarrista y fundador de Sumo.

Damore, Damián: Periodista y escritor. Autor del libro sobre Sumo Luces calientes.

Dominici, César: Músico.

Espina, Rodrigo: Cineasta y amigo de Luca. Director de la película Luca.

Fargo, Tito: Músico.

Fisch, Nora: Periodista y curadora de arte. Fue amiga de Luca.

409


Flores, Bobby: Conductor de radio.

Fresco, Walter: Ejecutivo discográfico y productor artístico de los discos de Sumo.

Gabin, Horacio: Actor y fundador del Parakultural junto a Omar Viola.

García, Fernando: Crítico de música y arte. Escritor y curador.

Gasió, Marcelo: Periodista y ejecutivo discográfico.

Gernhardt, Claudia: Amiga de Luca y exnovia de Diego Arnedo.

Geniol: Performer y amigo de Luca.

Gillespi: Trompetista. Participó como músico invitado de Sumo.

Guerrero, Gloria: Periodista.

Gónzalez, Judith: Amiga de Luca.

Hansen, Sissi: Cantante.

Kalbermatter, Alejandro “El Suizo”: Vecino de Luca en San Telmo.

Kleiman, Claudio: Crítico musical.

Krygier, Axel: Músico.

Lizarazu, Hilda: Cantante y fotógrafa.

Lupo, Tom: Conductor radial.

Luzzi, José Luis: Dueño del Roxy.

MacKern, Timmy: Amigo de Luca y manager de Sumo.

Melero, Daniel: Músico.

Menéndez, Paula: Fan de Sumo y amiga de Luca.

Melingo, Daniel: Músico. Fundador de Los Twist.

Molina, Daniel: Escritor y crítico de arte.

Mir, Lalo: Conductor radial.

Moura, Marcelo: Músico. Fundador de Virus.

Nardella, Néstor: Periodista.

Noy, Fernando: Poeta y performer.

Nutall, Stephanie: Primera baterista de Sumo.

Pandolfo, Palo: Músico.

Pety: Fan de Sumo y cantante de Riddim.

Pietrafesa, Patricia: Música y activista punk.

Pocavida, Marcelo: Músico y activista punk.

Pochintesta, Jorgelina: Asistente de Rodrigo Espina. Tuvo una relación con Luca.

Pugliese, Claudina: Fotógrafa y activista punk.

Pujol, Sergio: Crítico musical y escritor.

Prodan, Andrea: Hermano de Luca. Actor, músico y conductor radial.

Riquelme, Lila: Esposa de Alejandro Sokol.

410


Rolo: Fan de Sumo.

Romeo, Raúl: Dueño del Stud Free Pub.

Rotman, Sergio: Músico. Fundador de Los Fabulosos Cadillacs.

Rosso, Alfredo: Crítico musical.

Symns, Enrique: Escritor y performer.

Stromp, Mónica: Novia oficial de Luca.

Taranto, Alejandro: Manager.

Tellas, Vivi: Actriz y performer.

Pil Trafa: Músico. Cantante de Los Violadores.

Tuñón, Diego: Músico de Babasónicos y fan de Sumo.

Troglio, Alberto “Superman” : Baterista de Sumo.

Vianna, Herbert: Músico de Os Paralamas Do Sucesso.

Walas: Músico de Massacre y fan de Sumo.

411


Agradecimientos

A todos los entrevistados. Muy especialmente a Andrea Prodan, Timmy MacKern,

Germán Daffunchio, Diego Arnedo, Stephanie Nutall, “Superman” Troglio, Mónica

Stromp, Claudia Gernhardt y Nora Fisch, por su generosidad y buena memoria.

Al amigo Nico Miguelez, por encontrar el rumbo en medio de la tormenta Luca y

darle tanto tiempo y atención a un proyecto imposible.

A Martín Graziano, por las nueve entrevistas y otras tantas observaciones.

A Federico Mutinelli, por sus correcciones, sugerencias y el cariño.

A Ariel Valeri y Manuel Cascallar, por las fotos y la sesión matinal.

Al maese Alfredo Rosso, estoy en esto por culpa de sus notas en el Expreso

Imaginario.

A Leandro Donozo y Alfonso Fernández, por abrir sus archivos.

A Mariel Zabiuk, Facundo Dell’ Aqua y Laura Miño Chescotta, por las horas y horas

de desgrabaciones.

A Mariano Valerio, por la confianza y apoyo permanente.

Al doctor Sergio Gaitán, por su enorme sabiduría en materia de psicotrópicos y otras

yerbas.

A mis amigos y compañeros de Radio Universidad de La Plata, maravilloso

laboratorio de experimentación, trabajo y libertad.

A Martín Pérez, por la operación Paralamas.

A Nando Magistrali, Pablo Plotkin, Bruno Larocca, Juan Barberis, Claudio Kleiman,

Sebastián Benedetti, Federico Watkins, Eddie Babenco, Juan Morris, Ramiro Barceló,

Humphrey Inzillo, Alberto Prunetti, Juan Ortelli, Marcelo Rodríguez Gaitán, Pablo

Strozza, Damián Damore, Mariano del Mazo, Pablo Perantuono, Ezequiel Velásquez,

Matías Rico, Gerardo Rivera, Chuchy Pozner y Willy Wirth.

A Hugo Espinosa, por las cintas del sótano y la asistencia.

412


413


(Foto Carlos Giustno Fotografías Aspix)

414


Imágenes

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416


Invierno en Roma: Luca y su madre, Cecilia Pollock.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

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Luca niño.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

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419


The Gentleman Jockey: George Pollock, abuelo materno de Luca.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

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Retrato de familia: Luca, Mario, Cecilia y Andrea.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

421


Primeros años: Cecilia, Mario Prodan y Luca.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

422


Hermanas: Claudia y Michela, junto al pequeño Luca.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

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424


Vacaciones en el mar. Familia Prodan y amigos.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

425


Bella Cissie.

426


(Archivo personal de Andrea Prodan)

427


428


Retrato de Mario Prodan.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

429


Clavadista: Mario Prodan y su paso por el equipo olímpico italiano de natación.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

430


431


Hermandad: Claudia Prodan junto a Luca.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

432


Claudia chinita.

433


(Archivo personal de Andrea Prodan)

434


La muerte de Claudia: “Los encontraron abrazados en el auto: mejor morir de droga

que vivir así”, decía la carta que dejó, según el periódico L’Unità.

435


Luca -último abajo, a la derecha- como miembro de Gordonstoun Pipe Band, donde

tocaba el redoblante.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

436


437


Luca y Linda de vacaciones en Escocia.

(Gentileza de Timmy Mackern)

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439


Certificado médico de Luca Prodan.

(Muestra Luca a puertas abiertas)

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Orden de captura al desertor Luca Prodan.

(Muestra Luca a puertas abiertas)

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Luca y Michela en la casa familiar de Shepherd Market, Londres.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

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444


Andrea Prodan en Túnez durante la filmación de la miniserie Anno Domini.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

445


La foto y el el mensaje de Virna Lisi para Luca Prodan.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

446


Timmy MacKern en Inglaterra.

(Archivo personal de Timmy MacKern)

447


Sthephanie Nutall en el festival “Rock del sol a la luna” en el Club Estudiantes de

Caseros.

(Gentileza de Timmy MacKern)

448


Luca en La Cofradía.

(Foto de Claudina Pugliese)

449


Prueba de sonido en el bar Einstein, diciembre de 1982.

(Archivo personal de Andrea Prodan)

450


Luca versión new-wave.

451


(Foto de Claudina Pugliese)

452


Segunda formación de Sumo: Luca, Germán, Alejandro, Diego y Roberto.

(Foto de Claudina Pugliese)

453


Mónica Stromp y Luca.

(Foto de Aspix)

454


Luca en el teatro Astros, diciembre de 1985.

(Foto de Albi Álvarez)

455


Buda en vivo.

(Foto de Albi Álvarez)

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Sumo en el festival Lomas Rock, octubre de 1985.

(Foto de Albi Álvarez)

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458


Sumo en el Astros entre delfines y coristas.

(Foto de Albi Álvarez)

459


Luca y los cinco magníficos.

(Foto de Andy Cherniavsky )

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Foto promocional para la presentación de Divididos por la felicidad, junio de 1987.

(Foto de Andy Cherniavsky )

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Sumo en el Chateau Rock, marzo de 1987.

(Foto de Andy Cherniavsky)

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“Jamaica no problem”, Luca por Andy.

(Foto de Andy Cherniavsky )

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“Shine y our light on me”, Luca por Andy.

(Foto de Andy Cherniavsky )

465


Índice

Portadilla 3

Legales 5

Prólogo de Andrea Prodan 9

Prefacio 11

1. Antes de Luca 14

2. Familia Prodan 19

3. Escocia 33

4. Londres I 42

5. Londres II 52

6. Londres III 71

La heroína en Luca 79

7. Córdoba 84

8. Sumo. El principio 99

9. 1982 120

10. El under porteño 138

11. 1983 161

12. Corpiños en la madrugada 194

13. Divididos por la felicidad 215

14. Astros 241

15. Llegando los monos 265

16. After Chabón 310

17. El largo adiós 346

18. El final 367

466


Epílogo 394

Discografía 398

Bibliografía 407

Quién es quién 409

Agradecimientos 412

Imágenes 415

467

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