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Luca Prodan
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Luca Prodan
Libertad divino tesoro
Oscar Jalil
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Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo de Andrea Prodan
Prefacio
1. Antes de Luca
2. Familia Prodan
3. Escocia
4. Londres I
5. Londres II
6. Londres III
La heroína en Luca
7. Córdoba
8. Sumo. El principio
9. 1982
10. El under porteño
11. 1983
12. Corpiños en la madrugada
13. Divididos por la felicidad
14. Astros
15. Llegando los monos
16. After Chabón
17. El largo adiós
18. El final
Epílogo
Discografía
Bibliografía
Quién es quién
Agradecimientos
Imágenes
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Jalil, Oscar
Luca Prodan : la biografía / Oscar Jalil. - 1a ed. . - Ciudad Autónoma de Buenos
Aires : Planeta, 2015.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-950-49-4839-1
1. Biografías. 2. Rock. 3. Músicos. I. Título..
CDD 920.71
© 2015, Oscar Jalil
Diseño de cubierta:
Juan Ventura para Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.
Edición: Nicolas Miguelez
Fotocromía: Álvaro Caldelas
Corrección: Teodora Scoufalos
Fotografía de cubierta: Andy Cherniavsky
Todos los derechos reservados
© 2015, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.
Publicado bajo el sello Planeta®
Independencia 1682, (1100) C.A.B.A.
www.editorialplaneta.com.ar
Primera edición en formato digital: septiembre de 2015
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del
“Copy right”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o
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total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el
tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-950-49-4839-1
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A Marina Buffagni.
A mis viejos.
A la memoria de Luca.
Andrea y Luca Prodan en Monastir, Túnez, 1984.
(Gentileza de Andrea Prodan)
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Prólogo
Agarro dos hojas de papel y una lapicera y entro en la oscuridad de la habitación de
mi hija que aún duerme. Necesito un libro de esos grandes y de tapa dura que hoy
solo los niños tienen, para apoy ar encima las hojas y escribir este prólogo.
Encuentran mis dedos, voy al baño —ese extraño espacio de intimidad— me siento
en un banquito y prendo la luz. El libro se llama La hora de los cuentos.
Es perfecto, ¿no?
Soy parte de este gran cuento que fue y que de alguna manera sigue siendo la
vida de Luca, mi hermano. Soy testigo de muchos episodios de algunas épocas.
Alegrías, locuras, injusticias, terremotos, amores y conflictos que lo rodeaban como
torbellinos. Pero también estoy parado como un niño boquiabierto frente al milagro
diario de su consagración. Soy a la vez espectador, como usted, querido lector o
lectora, de lo que generó esta pequeña vida que arrancó en Roma y se ¿apagó? en
una pieza humilde del Centro de Buenos Aires.
Soy el primero en valorar este cuento, en atesorarlo. Pero sentirse acompañado
por miles de almas que van descifrando la claridad (poética) de mi hermano es algo
que no tiene precio.
Luca se escapó del precio. Yo me escapaba de quedar atrapado en la dudosa
telaraña de una biografía sobre él. Reducir un ser humano al tamaño de un libro
siempre me pareció un absurdo. Y Luca se cuidó bien de jugar con el absurdo… Su
coherencia no lo dejaba serlo. Absurdo.
Conozco a Oscar Jalil desde hace muchos años y a. Nos une un amor
incondicional por la buena música y lo que la rodea. A esta altura, también cierto
aspecto humano. Cuando me contó que iba a embarcarse en escribir un libro sobre
Luca, lo confieso, me sentí incómodo.
No soy el gran inquisidor ni tengo las llaves al “misterio Luca”. Pero el hecho de
que una editorial importante iba a adueñarse, de alguna manera, de la vida de Luca a
nivel biográfico me parecía poco coherente. Oscar tampoco era una persona que en
mi ignorancia hubiera asociado con el universo Sumo, aunque sí notaba su
sensibilidad en general.
La cosa quedó en que iba a “ayudarlo con su investigación” (algo como en un
policial) contestando preguntas y contando hechos concretos también sobre mi
pasado. Más protagonismo no quería.
Jalil siguió con su quimérica búsqueda por el verdadero Luca Prodan y se metió
en lo que, imagino, fue el laberinto que espera a todo biógrafo serio.
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Han pasado mucho más de tres años y el libro está listo. No lo he leído todavía.
Quiero que me sorprenda, ser un lector más. Vivir, si es posible, esta increíble historia
como un argentino cualquiera. Gracias a Dios, Oscar ha decidido permitir que hablen
aquellos que estuvieron ahí, que conocieron a mi hermano, que bebieron con él los
intensos tragos de su existencia. La historia contada a viva voz, de la manera más
genuina, dejando a cada lector la capacidad de sacar su conclusión.
El biógrafo estará guiándonos a través del espeso laberinto del pasado Prodan,
pero el Gran Coro contará la historia. Y la música, claro. La música.
Andrea Prodan
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Prefacio
La revolución de Luca
Juro que nunca tomé una ginebra con Luca Prodan.
Jamás hablé con él, tampoco me lo crucé en la calle ni en algún vagón del
ferrocarril San Martín. El encuentro más cercano fue a distancia, desde la quinta fila
de butacas de un cine marplatense ubicado en la avenida Independencia. Sumo
presentaba After Chabón y ni siquiera la sala semivacía amortiguó el impacto.
Trescientos tipos y unas pocas chicas subidos a los apoy abrazos durante todo el show.
Gente viviendo una experiencia colectiva, haciendo equilibrio en un juego de
intercambio de sudor, energía y placer. Luca y su imán, gestual, simiesco y cantor.
Años después de su muerte, mozos de bares, liny eras de estación y mil novias
repiten a quien quiera escuchar que su encuentro con Luca, el encuentro que yo
nunca tuve, los marcó para siempre. Los cercanos, los que compartieron ensayos, los
amores reales y los amigos de verdad sostienen exactamente lo mismo: Luca les
voló la cabeza y nunca volvieron a ser los mismos. Créase o no, la gran mayoría
coincide en su toque divino, unidos por un reflejo que rebasaba lo musical y se
entrometía en todos los órdenes de la vida.
La aventura de escribir este libro comenzó en enero de 2012 en Traslasierra,
cuando su hermano Andrea abrió el memorial. Luego en Hurlingham, en la casa de
su amigo Timmy MacKern, conocí de primera mano las historias escocesas y el
refugio suburbano en donde Sumo preparó la revuelta; siguió en bares porteños con
novias y amigos, y de vuelta a Córdoba para una tarde completa de anécdotas con
Germán Daffunchio, el baquiano de Sumo. Más tarde continuó en un pueblito perdido
cerca de La Falda tras las huellas del exilio voluntario de Superman Troglio. En enero
de 2013, en un coqueto café de Martínez, Mónica Stromp —el gran amor argentino
de Luca— habló durante dos horas y las cosas tomaron otra dimensión. Volé a Roma
buscando su casa familiar, y en Londres pude ver cómo era el barrio que lo conoció
como vecino intoxicado. Casi sobre el cierre del libro, una entrevista reveladora a
Diego Arnedo decidió el fin de la investigación. Hablé con mucha gente sobre Luca;
algunos guardaron silencio, con razones más que valederas.
Nunca volví a ver nada igual a aquel show de Sumo en Mar del Plata. Tampoco
repetí la sensación de esa idea de rock brutal y distinguido, arrogante y cercano. La
certeza de sentirme parte de un experimento original. De algún modo, casi como
cerrando un círculo personal, la experiencia colectiva es el motor de esta biografía.
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El desafío fue construirla a través de las casi 80 entrevistas realizadas, convirtiendo
en testimonios únicos a muchas revelaciones significativas. Me propuse hacerlo sin
manipularlas en función de mi propia versión de la historia, adoptándolas como el
relato en sí mismo. Escogiendo, en definitiva, la historia coral como respuesta al
misterio Luca. Un rompecabezas repleto de interpretaciones, anécdotas y vigías del
gran mito en las voces de los que sí estuvieron ahí.
Oscar Jalil, agosto de 2015.
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Haber conocido a Luca me trajo la posibilidad de percibir algunos aspectos míos, que
por los efectos de la dictadura y ciertas culpas, me tenían un poco congelado el
balero. Algo así como una fobia social… Una traba que no me dejaba liberarme del
todo. Cuando vi que el tipo decía “fuck you, vamos para adelante” y se ponía al
frente de la cosa, sentí que se abría una puerta, hacia un desahogo de todos los
claroscuros de mi personalidad. Más allá de charlas y silencios compartidos, quizás
con un traguito de por medio, estoy muy agradecido porque desde su sensibilidad me
invitó a pasar y participar de su proyecto artístico, junto a Timmy MacKern,
Germán Daffunchio y Alejandro Sokol, compañeros de la locura de la imaginación.
Diego Arnedo, junio de 2015.
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Capítulo 1
Antes de Luca
Una historia puede comenzar en cualquier parte.
En el caso de Luca Prodan, ese punto de referencia es un mapa imposible,
marcado por un destino familiar incierto, en el que la brújula siempre giró como un
trompo perturbado. La aventura y su sabor eventual es la mejor manera de seguir los
rastros que cubren Europa, Asia y Sudamérica en un viaje permanente, con estadías
regulares en ciudades que se vuelven propias cuando una guerra mundial frena el
paso o la heroína impone la fuga. El rastro inicial aparece en Constantinopla. La
capital del Imperio Otomano era, en 1911, un sitio ideal para perderse entre espías de
naciones imperiales, musulmanes devotos y viajeros de paso que debían cruzar
obedientes la ruta obligada entre oriente y occidente. Ungido por la casualidad,
también fue el lugar de nacimiento de Mario Prodan. Para el hijo de un comandante
naval austrohúngaro, por aquella época la tercera armada más poderosa del mundo
detrás de Rusia e Inglaterra, la opción de espera en Constantinopla figuraba entre los
planes de su progenitor: Giovanni Prodan esperaba órdenes para mover lo que los
ingleses denominaban Dreadnought, un gran barco de guerra que descansaba en el
estrecho de Bósforo. El abuelo de Luca provenía de una familia humilde, campesinos
del norte de la Italia, porción de la bota que en aquel tiempo pertenecía al imperio
austrohúngaro. La ambición de Giovanni y el llamativo sistema de movilidad social
de la monarquía austríaca permitió que un hijo de vecino proveniente de las capas
inferiores alcanzara el grado de comandante di vascello. La estadía en la capital turca
duró un largo período y también sirvió de sede romántica para el encuentro entre
Giovanni y Margarethe Von Görög, una joven y bellísima dama de la nobleza
húngara; el idilio fue explosivo y dejó un heredero, luego llegó el casamiento y
también la separación. Antes, el pequeño Mario vivió sus primeros años formativos
en Pola, la base naval del imperio ubicada a orillas del mar Adriático.
Las piezas del árbol genealógico de Luca guardan similitud con los símbolos de
una carta náutica. Son indescifrables y escurridizos para espectadores ajenos a las
travesías y las conexiones promiscuas de las familias de abolengo espigado. El tío
abuelo de Mario Prodan, por ejemplo, fue el gran chef austrohúngaro Gregor Von
Görög, maestro de cocina en el Palacio de Buckingham durante los últimos años del
largo reinado de Victoria y, posteriormente, como cocinero personal del Rey
Eduardo VII. Gregor formó parte del círculo íntimo de Auguste Escoffier (el Chef de
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los Reyes y el Rey de los Chefs) y fue miembro estable del Clan de los Cinco,
considerados los más grandes chefs de su época.
El mapa borroso volvió a sacudirse en 1914. El estallido de la Primera Guerra
Mundial disparó a los protagonistas hacia nuevas fronteras, aunque cuesta pensarlos
dentro de límites territoriales o apacibles residencias estables. El 28 de junio de ese
año fue asesinado el Archiduque Francisco Fernando, sobrino del Emperador
Francisco José I y heredero al trono austrohúngaro, en Sarajevo. Un activista
serbobosnio, Gavrilo Princip, miembro de la organización nacionalista serbia “La
Mano Negra”, fue el autor del magnicidio. El atentado desencadenó una fatal serie
de acontecimientos que provocaron la gran guerra. Mientras tanto, el acorazado de
bandera austrohúngaro al mando de Giovanni Prodan esperaba un nuevo destino en
el puerto de Shanghái, en ese momento convertido en un treaty port, puerto
internacional administrado por diferentes países europeos. Mientras duró el conflicto,
el pesado barco de guerra austrohúngaro permaneció en Shanghái, y la estadía se
extendió por muchos años más para su comandante, que quedó del lado de los
derrotados. Giovanni no regresó a Italia cuando terminó la guerra, sino que se instaló
en China, para sorpresa de su familia y su hijo, que creció con la obsesión de volver
a verlo. Esa promesa la cumplió a los 17 años, cuando viajó a Pekín, pero Giovanni
ya hacía rato que había dejado Shanghái. La sorpresa fue mayúscula cuando
comprobó que su padre tenía una nueva familia, que incluía una esposa belga y dos
hijos.
De todas las historias que guarda Andrea Prodan, la del encuentro entre su padre
con su progenitor parece un fragmento de la saga de El cuarteto de Alejandría, la
fabulosa novela de Lawrence Durrell, dividida en cuatro volúmenes en donde la
intriga, el poder y el amor conducen a sus personajes por laberintos insondables. “A
mi papá se le derrumbó el mito, pero él era muy cabeza dura, muy decidido. Dijo:
‘Yo no vuelvo ni en pedo, me quedo acá y además me voy a poner a trabajar’. Su
padre le respondió: ‘No esperes ninguna ayuda de mi parte’”. Mario Prodan se quedó
igualmente en China (ya no existía el Imperio Austrohúngaro); su padre no tenía
potestad sobre el pesado Dreadnought, la may oría de ellos iban a ser tomados y
transformados en navíos ingleses. “Así que Giovanni Prodan empezó a trabajar.
Tenía un cargo bastante importante en una empresa alemana, que estaba radicada en
China, que exportaba seda de ahí y maquinaria alemana a China. Finalmente, puso a
mi padre a trabajar como runner, que es como un cadete, el pibe que hace el té en
las oficinas. Conociendo al tipo fue: ‘Vos empezás de abajo, ninguna ayuda ni
recomendación’. El estilo contrario de cualquier padre italiano. A mi papá le gustaba
mucho ser italiano, le parecía el país más creativo del mundo, adoraba a los genios, a
los artistas y todo eso. Pero odiaba al italiano vivito, al chamuyero. Mi papá, en algún
punto, era más austríaco que italiano. Si le ves la cara, parecía un miembro de la
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casa real de los Habsburgo”.
Mario empezó a trabajar en la empresa de su padre y ahí comenzó a delinear su
fascinación por China. Se puede decir, a través de Andrea, que allí completó su
formación, sin siquiera haber pisado una universidad: “Él tenía algún tipo de rollo con
eso. Todos los que lo conocieron sostenían que hubiera sido un excelente docente
universitario. Era un tipo muy culto, con una enorme capacidad para aprender y
comunicar. Un tipo que se llenaba de información, muy intelectual. Pero también era
un tipo de acción. De joven fue campeón de natación, uno de los grandes campeones
de natación italianos. Cuando se fue, ya estaba en el equipo olímpico. Era clavadista.
También fue campeón en estilo libre y crawl. Así que cuando fue a China, su equipo
italiano lo seguía entrenando a distancia en el Club Italiano en Pekín”.
Además de brillar en la natación, Mario Prodan también era un jinete avezado y
gran jugador de polo. Su pasión por los deportes ecuestres lo condujo directamente a
Cecilia Pollock. “Tuvieron una historia, un amor que nació a través de los deportes,
que al final fue lo que los salvó”. Cecilia provenía de una familia de escoceses que
vivían en China desde hacía varias generaciones y que habían llegado como
misioneros. “Ella era católica, escocesa católica. No fanática, ni practicante, pero de
religión católica”. Cissie nació en Shanghái en 1918, su padre fue director de la
empresa que construyó la red de tranvías de Shanghái, pero su verdadera pasión (y
lo que después pasó a ser su ocupación de tiempo completo) era entrenar caballos de
carrera. Adiestró a muchos por el resto de su vida, viajó por toda Europa vendiendo
caballos, era un experto en la materia. “El padre de mi mamá era escocés, la madre
galesa y mitad irlandesa. Ella estaba orgullosa de no tener una gota de sangre inglesa.
Adoraba a su padre, pero lo veía bastante poco porque él viajaba por el tema de los
caballos. Volvía de largos viajes con regalos y era superamoroso, pero después
volvía a irse... La crió su madre, que tenía un pequeño hotel. Hicieron una vida muy
humilde, mientras el padre hacía toda la vida de dandy y en China lo llamaban The
Gentleman Jockey. Mi mamá creció con los caballos, dormía con ellos. Con mi
padre se conocieron en un campo de polo y hubo mucho feeling. Fue muy raro
porque ambos eran deportistas y muy intelectuales a la vez”.
Mario Prodan y Cecilia Pollock se casaron en 1940, un año después nació
Michela y al siguiente Claudia, las hermanas mayores de Luca. Al poco tiempo, los
sorprendió una nueva guerra mundial. Andrea recuerda una historia que le contó su
madre sobre el primer indicio de un conflicto bélico, que poco tenía que ver con las
historias de la gran guerra. “Ella estaba compartiendo una cabalgata con amigos de
la comunidad europea, iban con los coolies, que eran como los sirvientes chinos que
los seguían, y en un momento vieron un avión de guerra pequeño pasando por arriba.
De un momento a otro, empezó a dispararles. Estaban en medio del campo, con los
caballos, hubo terror, se tiraron al piso, el avión pasó una vez y cuando se fue, había
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uno de ellos muerto tirado en el piso. Era un joven inglés amigo de mi mamá.
Cuando el avión volvió a pasar, alcanzó a ver la cara del piloto y su expresión de
odio. Al tiempo terminaron en un campo de concentración. Para los japoneses que
invadieron parte de China, mi madre era una inglesa, o sea el enemigo, y mi papá
estaba casado con ella, así que… Los agarraron y los mandaron a un campo de
concentración japonés”.
Ahí permanecieron casi tres años. Mario era el jefe cocinero de la sección
italiana; el campo también incluía sectores destinados a residentes norteamericanos e
ingleses, otro para los italianos, franceses, holandeses y rusos.
Andrea Prodan: Durante toda mi infancia, en vez de escuchar cuentos de hadas, mi
mamá me contaba historias de campo de concentración, cosas realmente bizarras.
Le gustaba contarme las cosas más sangrientas y también las más lindas. Es
interesante notar cómo, con el paso de los años, ellos se acordaban del campo de
concentración casi con cariño, porque ahí pasaron las horas más intensas de su vida.
Murieron muchísimos amigos, fueron torturados, casi la mitad de la gente que estuvo
en el campo murió de hambre antes de ser liberada. Lo que pasa es que cuando
Japón empezó a perder la guerra, comenzó a gastar en petróleo, en nafta para sus
barcos y en armas. También se recortaron los gastos de los campos de
concentración. Así que cuando empezó el conflicto, pusieron a mis padres ahí
adentro. Mi papá, por ejemplo, podía cocinar con ingredientes limitados. Había
frutas, verduras, un poco de carne de vez en tanto… Al final había papas
completamente podridas, el pan era muy viejo o inexistente, el aceite era usado mil
veces y muchísima gente empezó a enfermarse por mala nutrición. En un punto, los
japoneses los eliminaban porque les costaban demasiado y eran enfermos para los
que no tenían medicinas. ¡Olvidate de la Convención de Ginebra! En el último
tiempo, los hicieron cavar una enorme fosa al lado del campo, adentro del predio,
donde ellos mismos tenían que tirar a los que morían. Hubo un momento de
tremenda depresión general, con todos pensando: “Acá vamos a terminar todos…”.
Pero no era como los nazis porque no había un master plan. Mis padres siempre
contaban que el comandante de su campo era un tipo que hablaba perfectamente
inglés, que había estudiado un período en Cambridge o algo así, un hombre muy
culto, pero durísimo. En una ocasión, mis padres pidieron ver al comandante del
campo de concentración. Fueron a preguntar si podían construir un muro que
separase la habitación de ellos, porque dormían todos juntos en un gran dormitorio.
En un momento, mi hermana Claudia estaba muy enferma, a punto de morirse,
porque le agarró una especie de tuberculosis. Ellos necesitaban cuidar mucho de ella,
estar en un lugar más limpio, y mi papá pidió si se podía construir un pequeño muro
para aislarse un tiempo. Cuando entraron a la oficina del comandante, mi papá dejó
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pasar primero a mi madre. Eso en Japón es absolutamente inaudito, no existe. El
guardia, que era un sargento que estaba ahí, el segundo de este chabón, cuando pasó
esto le dio un empujón a mi padre, agarró una cosa de esas para matar moscas y le
dio en la cara. Mi padre se levantó, le dio un trompazo en la cara, se pudrió todo y los
separaron con el japonés sangrando y gritando: “¡Te voy a matar!”. El comandante
del campo comprendió perfectamente lo que había pasado y fue buenísimo porque
terminó castigándolo al sargento. Les pidió disculpas a mis padres y al final les
hicieron el muro”.
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Capítulo 2
Familia Prodan
“Yo me viví toda una vida antes de llegar a ser una estrella de rock, entre comillones,
comillitas y comillas”.
Luca entrevistado por Néstor Nardella.
Audrey Hepburn maniobra con graciosa impericia una Vespa por el centro de Roma.
En el asiento de atrás, Gregory Peck intenta en vano tomar el control de la situación
mientras la chica de pelo corto, delgada e infinita, conduce en contramano por Via
del Corso. Es 1953 y William Wyler está dispuesto a mostrar a la ciudad eterna como
nunca fue vista antes. Es cierto que el naciente neorrealismo documentó con
veracidad y genio la Italia de posguerra. Pero todavía faltarían varios años para el
reconocimiento unánime de la escuela moderna del cine italiano. Roman Holiday es
otra cosa; un adorable entretenimiento romántico que captura lugares históricos
como la deliciosa escena de la Bocca Della Verità, esa legendaria máscara de
mármol que mordía la mano de aquel que mentía, o paseos obligados que casi
siempre terminan en las escalinatas de Piazza Di Spagna; escenarios naturales que
convirtieron a una divertida comedia sentimental en un clásico de Hollywood. Así,
como en la película de Wy ler, lucía Roma cuando nació Luca Prodan el 17 de mayo
de 1953. El mismo día se inauguró el Estadio Olímpico de la ciudad, unas horas antes
de que Cecilia, su madre, rompiera bolsa en plena función de ballet en el Teatro de la
Opera. La distinguida dama escocesa no estaba dispuesta a abandonar el palco del
teatro, y tampoco demostró miedo o ansiedad (ya había pasado por varias
situaciones extremas). Aquel mullido coliseo del arte podía ser un buen lugar para
aguardar las señales con dolor a contracciones. Una experiencia más para alguien
que en 1948 había llegado a Roma sola, con sus dos hijas y la módica esperanza de
vivir de la caridad de algunos buenos amigos. En tanto Mario, su marido intrépido,
cerraba cuentas y ordenaba el nuevo destino familiar luego de muchos años de
residencia en China.
Luca nació en el Hospital Salvador Mundi, con toda la familia Prodan establecida
en la vieja capital imperial. El primer refugio romano tuvo lugar en el coqueto barrio
de Parioli. Una amiga de origen ruso, que Cecilia había conocido en Pekín, le cedió
una habitación para que compartiera junto a sus dos hijas, Claudia y Michela.
Cuando regresó Mario, buscaron una casa en las afueras de la capital itálica y el
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barrio elegido fue Monte Sacro (muchos años antes, en 1805, un jovencísimo Simón
Bolivar juró liberar a Venezuela en lo que se conoce como el Juramento del Monte
Sacro). Luca pasó ahí sus primeros años, hasta que su padre compró un piso en pleno
centro de Roma, más precisamente en Via dei Funari 20, a pocos metros de la
Fontana delle Tartarughe en Piazza Mettei, y con vista directa a la Iglesia Santa
Caterina dei Funari, reconocida como una de las primeras iglesias barrocas de la
historia. La casa era un exconvento; Mario decidió derribar todos los muros de las
celdas que ocupan antiguamente los monjes y crear un amplio departamento.
La Roma idílica que abrigaba el romance entre la princesa y el periodista distaba
mucho de una realidad de miseria durante los largos años de la reconstrucción. Al
costado de las ruinas históricas y de los típicos lugares turísticos, el centro de la
ciudad permanecía como una zona decadente en donde se mezclaban pobres y ricos
en un hábito tolerante, que identifica las conexiones sociales entre los romanos. Los
tiempos de crisis estrecharon los lazos y la distinción de clases se acortaba en la
mezcla que podía encontrar a un noble aristócrata de compras por la feria sobre la
Piazza Campo dei Fiori. Ni la circunspección londinense ni la altivez parisina: Roma
imponía otro trato, en donde la vida estaba en la calle y de la cual Luca tomó sus
primeras lecciones de igualdad y equidad cotidiana. A esa formación asistemática se
suma los primeros años de vida escolar en St. George’s British International School,
un colegio internacional donde había niños de 53 países diferentes, porque allí
concurrían hijos de cónsules, embajadores y agregados diplomáticos que trabajaban
en Roma. Imposible crecer con algún gen racista en una escuela donde los mejores
amigos podían venir de Nigeria, China o Marruecos, entre muchas otras naciones.
Mientras Luca crecía en Roma, Mario Prodan progresaba en el negocio de ventas
de antigüedades y comenzaba una de las etapas más creativas de su vida como un
silencioso agitador cultural siempre conectado al mundo del cine, la literatura y el
arte chino. Su aura distintiva incluso impresionaba a los expertos chinos que lo
consultaban con frecuencia cuando aún vivía en Pekín. No era solo el conocimiento,
tenía un sutil manejo del buen gusto y el charme necesario para cautivar a
ocasionales compradores u obsesivos buscadores de tesoros ocultos. Parte de ese
encanto puede resumirse en una historia que el hermano menor de Luca cuenta con
exactitud meridiana.
Andrea Prodan: Mi papá logró comprar una casa en Pekín, tenía un gusto increíble,
la capacidad para buscar el lugar en el momento justo y comprarlo. Siempre fue su
don. En China compró una casa que era un extemplo, con un techo de tejas y un
jardín precioso, todo con muros, en pleno centro de Pekín en una callecita que en
chino significa “la callejuela del bolsillo” porque era cerrada, no había salida. Ellos
vivían en ese lugar, tengo fotos de Michela ahí, con los sirvientes chinos, porque en
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esa época todos los europeos que vivían allí tenían sirvientes. Si eras europeo y tenías
un poco de plata, era lo normal. Cuando explotó la guerra, tuvieron que dejar esa
casa. Los llevaron a un campo de concentración y la casa fue ocupada por un cónsul
japonés. Cuando la guerra terminó volvieron, luego de atravesar una auténtica
odisea, porque llegaron los y anquis y los liberaron. Los trasladaron por barco a través
del mar de China, primero a Shanghái y de ahí a Pekín. Dicen mis padres que fue
mucho más duro que el tiempo que pasaron en el campo porque muchos murieron
en el camino. Cuando finalmente llegaron a la casa, los japoneses les habían dejado
una carta apoyada en la mesa que decía: “Querido Sr. Prodan y familia: queremos
agradecer el placer de haber vivido en su hermosa casa, a pesar de estos años que
nos pusieron en conflicto, no hay ningún odio real entre nosotros y usted”. Una cosa
muy formal y sincera al mismo tiempo. El final era: “Posdata: habrán notado que
una parte del ventanal que da al patio se rompió, cuando un día nuestra hija resbaló.
No pudimos encontrar la tonalidad de rosa que tenía el vidrio, un poco más oscura
porque es color ciruela, pero sepan disculpar”. Mis padres, que venían del infierno,
no lo podían creer. Ellos siempre dijeron: “A los japoneses los odiamos y admiramos
al mismo tiempo”. Porque en algunas cosas fueron increíbles y en otras son
violentísimos y perversos, con violencia aguda. El chino, en cambio, es mucho más
bonachón y práctico, le gusta mucho la familia. El japonés es más cerebral, como el
alemán. Si tiene una idea en mente no para hasta conseguirlo. El chino es otra cosa,
como el napolitano, o el argento.
Entre los muchos trabajos de Mario figura el rol de asistente de dirección en
Cinecittà. El control y manejo fluido de varios idiomas lo acercó a los míticos
estudios, que a fines de la década del 40 estaban dominados por producciones
europeas y norteamericanas. Filmar en Italia era todavía muy económico y la
capacidad de sus técnicos era inigualable. El enorme complejo dedicado a la
realización cinematográfica funcionaba desde 1937, cuando Benito Mussolini puso en
marcha una enorme maquinaria de arte y propaganda. En 1943, la ocupación nazi
saqueó Cinecittà para luego convertirla en un campo de detención. Inversionistas
norteamericanos determinaron el renacimiento de los estudios y superproducciones
como Quo Vadis (1948) le valieron el título de la “Holly wood sobre el Tíber”. Allí, el
experto en arte chino entabló amistad con Roberto Rossellini y Federico Fellini y
comenzó una fructífera carrera dentro del cine. Primero como asistente, luego como
productor y finalmente, en 1952, escribió y dirigió su primera película, Una Croce
Senza Nome (Una cruz sin nombre), que se inscribe dentro de la corriente dominante
del neorrealismo italiano. Fue el debut y despedida de una carrera ascendente que
duró apenas un lustro. Una salida elegante ante la imprevisión que significaba
producir cine con dinero propio.
El imaginario argentino suele posicionar erróneamente a la familia Prodan en la
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categoría de millonarios. Desde su origen mismo en plena década del 40, Mario y
Cecilia pasaron por períodos de bienestar y pobreza con la misma rapidez del
jugador que pierde toda su fortuna en una sola apuesta.
Andrea Prodan: Mi padre era un tipo muy libre que se mandaba miles de proy ectos.
Era un tipo que vivió la vida a pleno en diferentes aventuras. Algunas las hacía
bárbaro y otras veces perdía todo. Se levantaba y a empezar nuevamente. Tuvimos
períodos en los que fuimos muy ricos que él aprovechó; como cuando se hizo el y ate
como él quería, se compró una casa y construyó otra maravillosa. También tuvo
épocas de extrema pobreza, en las que volvió a perder muchas cosas, entre ellas el
yate y la casa de verano en Tarquinia, algo que fue muy traumático para nosotros,
sus hijos. Sus últimos años los vivió en la casa de Roma. Nunca fuimos una familia
burguesa clásica ni él fue un hombre de negocios que hizo fortuna. Era algo que iba y
venía, fascinante pero también cambiante. Si a él le iba bien con las cosas que
amaba, todos contentos. Si le iba mal, la familia tenía que bancársela. Mi mamá
siempre jugó ese papel de estar muy unida a él para ayudar en el momento que la
familia necesitaba. Igual tenían muy buenos amigos, conocían a toda la crème de la
crème intelectual de Roma, a la gente que se movía muy bien en ese ambiente.
Nunca le pidieron un favor a nadie y en ese sentido estoy muy orgulloso de mi
padre. Eso le trajo problemas, pero también fue muy admirado por hacer todo solo.
En Londres, mi padre fue socio en Barling’s, que era el negocio de antigüedades más
conocido de la célebre Mount Street y estaba en la zona más concheta de Londres.
Abrió ese negocio con un inglés, el propio Barling, que era el dueño. Mi padre se
ocupaba de toda la parte asiática y el otro de la parte europea. Mi padre decía que los
italianos eran truchos y que los británicos eran muy correctos. Por eso nos hizo
educar a todos al estilo británico. Mi padre hablaba un inglés perfecto, sin acento.
¿Cómo llegaron a Italia tus padres?
Cuando terminó la guerra, vivieron unos años más en China. Mi papá empezó a
reconstruir sus cosas donde las había dejado antes del campo de concentración, pero
pasó lo de Chiang Kai Shek y Mao Tse Tung. Si ganaba Chiang Kai Shek, iba a seguir
todo igual. Pero si ganaba Mao, no. Era algo así como: “Con la guerra del
proletariado, todos afuera. Ningún extranjero”. Ganó Mao Tse Tung y tuvieron que
salir corriendo de ahí. Porque en este momento los chinos eran tan fanáticos que te
agarraban y te mataban. Así que mis padres se sentaron y dijeron: “Sí, estamos en
una encrucijada, tenemos que rajar de acá”. Estaban dejando atrás una vida y todo
lo que habían logrado. “¿A qué parte del mundo querés ir a vivir?”, preguntó mi
padre. Porque era así, en ese momento todo era posible. Mi mamá respondió:
“Italia”. “¿Dónde?”. “Nápoles”. Mi mamá adoraba Nápoles desde siempre.
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“Decime otra ciudad mejor”, contestó mi papá. “Está bien. Roma”. Compró un
pasaje en barco para ella, Michela y Claudia, arreglaron unas cosas con unos amigos
en Londres, después en Roma, y así fue que mi mamá llegó a Italia unos seis meses
antes que mi papá. Primero vivía en una pensión, la gente los ay udó porque estaban
muy mal, sin un centavo. Mi mamá viajó a Italia con las copas que había ganado
como campeona de caballo porque eran de plata. Mi papá se quedó en China
terminando lo que había empezado, tratando de cerrar lo máximo posible, hizo unos
cajones, los puso en un barco y se fue también para Italia. Llegó en 1948 o 1949.
Esos primeros tiempos en Italia fueron duros. Era una Roma completamente
destruida por la Segunda Guerra Mundial.
Tu mamá no conocía Roma.
No, siempre contaba que le pareció impresionante. Maravillosa. Un país con la gente
superentregada. Porque no tenían un mango. Era como la Argentina en 2001, cuando
todo era posible, como en todos lados cuando no hay plata. Me quedé en la Argentina
por eso. Volviendo a mi papá. Abandonó lentamente la historia del arte chino, porque
pensó que no tenía nada que ver con su nueva vida. Tenía que ser práctico y pensar
en cómo conseguir una supervivencia en Italia para él y su familia. Empezó a hacer
cosas a través de no sé qué conexión, porque mis padres conocían a mucha gente.
Personas de la aristocracia rusa, de esos que se escaparon de Rusia y después
huyeron de China. Muchos fueron a París, Londres o Roma. Mis padres conocían a
muchos de estos emigrados rusos, norteamericanos o ingleses, que también habían
quedado en Europa. Era como una red de amistad, se ay udaban un poco entre ellos
en momentos muy, muy, duros para todos. Así que mi papá entró a trabajar en
Cinecittà como asistente de dirección, porque él era muy rápido y aparte hablaba
todos esos idiomas. En ese momento, Cinecittà estaba explotando con producciones
inglesas, norteamericanas, alemanas, de todo el mundo. Todos filmaban ahí porque
Italia era muy barata y tenía unos técnicos buenísimos. Mussolini había creado este
enorme centro de cine que era el más grande de Europa, y que aún hoy lo sigue
siendo.
Pero tu papá no tenía nada que ver con el cine.
No, nada que ver. Lo que sí tenía es que era muy buen intérprete, un tipo que había
escrito varios cuentos, de hecho había publicado muchas cosas en diarios.
Podía ser un guionista.
Sí, eso es lo que fue después. Se hizo muy amigo de Rossellini y de Fellini. Con Fellini
tenían proyectos en común, cosas que escribieron juntos. Es más, Fellini le robó el
nombre del protagonista de uno de los libros de mi papá, creo que es de La Dolce
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Vita. Se llama Guido Guidi.
El personaje que hace Marcello Mastroianni…
Sí. El nombre de este personaje del libro que escribió mi papá, que era un papel muy
para Mastroianni: un niño eterno al que le encantan las mujeres, pero que por dentro
es muy débil y lo manejan todos. Él utiliza su debilidad con inteligencia, para obtener
lo que necesita de todos, pero al final es un pobre boludo. A Fellini le encantaba. Mi
papá era muy gracioso en su manera de contar las cosas. Era muy perspicaz con las
personas. Con Fellini se repartían esta capacidad para hacer retratos de las personas,
te miraban y te sacaban la foto enseguida. Lentamente, mi papá pasó de ser asistente
de dirección a productor. Hizo varias películas poniendo su plata y después logró
hacer su propia película como productor y pasó a ser director con una película
llamada Una cruz sin nombre. Ganó un premio que en esa época era importante,
aunque hoy suena patético: el Premio del Vaticano. Fue en el Festival de Venecia,
creo que en el año 53 o 54. Era como el premio de la ética de la no sé qué. Es una
película que mi hermana después encontró en la cineteca de Roma, en el Centro
Experimental, y la tengo en Bologna. Estaba usándola para un falso documental
sobre Piero Stamish, un tipo que no existe, todo una historia mía. Me senté a mirarla
y tiene cosas muy buenas, tiene momentos de verdadero cine neorrealista. Es una
Roma filmada de un modo increíble, una Roma que ni reconocería, porque es muy
de esa época. Mi padre tenía mucha onda. Conocía a toda esta gente, hizo su propia
película neorrealista, le fue bien… El problema es que trabajar en el mundo del cine,
te lleva a la vida más inestable que hay. A mi mamá, que es escocesa, no le gustaba
ese sube y baja. A mi papá sí, porque era un tipo apasionado. Se metía en miles de
cosas, perdió mucha plata hasta el final de su vida. Ha pasado de ser muy rico a
perder todo, a volver a ser rico de nuevo… Era muy dado, le gustaban los proy ectos
grandes.
¿Esa película la produjo o la dirigió?
Empezó como productor, el director era Laszlo Kovacs, un húngaro que después pasó
a ser director de fotografía porque como director no era bueno y mi papá se dio
cuenta al toque. En China, mi papá había sido director de muchas obras de teatro.
También hizo cosas en el campo de concentración, cuando terminó la guerra: antes
de que pudieran liberarlos, tuvieron que esperar seis meses adentro. En ese tiempo,
los yanquis y los ingleses les daban la comida y armaron cosas maravillosas.
Hicieron varietés donde cada uno cantaba, se vestían de Marlene Dietrich, había de
todo. Mi papá era el director de esa obra de teatro.
En el 45 tenía 34 años. Un tipo muy joven que se ponía al frente de muchas cosas.
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Hay tantas historias… Mis padres vivieron todo esto con una naturalidad absoluta.
Creo que eso fue su gran fortaleza, como pasó también con mi hermana. Mi padre
era un tipo muy creativo. Tenía grandes cualidades pero para él no era demasiado
importante desplegarlas. Tenía su costado de vago también. Era un tipo sumamente
cerebral, aunque muy carnal al mismo tiempo. Era marinero, después construy ó tres
barcos a partir de unos dibujos que mandó a hacer. Pasó muchos años de su vida en
el mar. Era un tipo muy sanguíneo, le gustaba mucho la comida, cocinaba, hacía de
todo.
Cuando Luca y vos eran chicos, él ya tenía su yate.
Sí. Se hizo construir más de uno. A veces, algunos fines de semana, nos íbamos a
Cerdeña, por ejemplo. Mi papá tenía su marinero, Luca era el segundo, y después
venía y o. Con Luca, éramos sus esclavos. En la vida, mi papá era un tipo muy
amable. Pero arriba del y ate se convertía en Adolf Fucking Hitler. Estaba este
marinero, que hacía todo, un tipo increíble. Pero nosotros éramos dos boludos y no
sabíamos nada, porque cuando sos chico no sabés.
¿Cómo era su vida social?
Al negocio de mi papá venía gente importante, uno era el rey de Suecia, otro el
dueño de no sé qué. Otro que venía era el actor de Drácula, que era muy amigo de
mi padre, un tipo muy rico que le compraba muchísimas cosas, era un experto en
arte chino. Mi papá decía: “Mirá, como actor lo considero casi nulo, pero como
coleccionista tiene un ojo tremendo, mucho mejor que la mayoría de mis colegas”.
Christopher Lee.
Exactamente. Venía muy seguido a comer. Había gente muy famosa, italianos
conocidos, productores de cine. Pero la may oría eran extranjeros. El italiano no le
dio mucha bola al arte chino. Los ingleses sí eran expertos, también los franceses y
los norteamericanos.
¿Cómo fue tener un padre tan activo?
Para los hijos puede ser un problema, porque pensás: “Nunca voy a superarlo”. Era
bueno en todo lo que hacía. El problema era para Luca, que fue el primogénito. Mi
papá era muy competitivo, demasiado, y quería que sus hijos fueran igualmente
exitosos. Nos empujaba a hacer hazañas exageradas. Además tenía físico de atleta.
Yo era muy flaco y tengo mucha resistencia, pero no tengo su físico. Luca tampoco,
nos parecemos más a mi mamá. Mi viejo nos hacía nadar por horas, seguirlo por
kilómetros en el mar, o nos paraba el barco en medio del Mediterráneo, sin ninguna
isla a la vista, y decía: “Bueno, ahora vamos a tirarnos”. Tenía un mástil altísimo, con
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las escaleras que iban a arriba, como seis metros, y teníamos que tirarnos de ahí
arriba al agua. Él hacía una doble vuelta al revés, nosotros lo veíamos y decíamos:
“No, ni en pedo”. Era un tipo fascinante, con el que no te aburrías nunca. Hay un
refrán en inglés que dice: “Jack of all trades and master of none”. Quiere decir: “Jack
de todos los trabajos y maestro en ninguno”. Bueno, él cambiaba el refrán y decía:
“Master of one”. O sea: “Sé hacer bien muchas cosas y soy maestro en una: el arte
chino”. No tenía rival. Aparte, era muy bueno cuando venían a pedirle favores.
Estaban todos esos famosos que le decían: “Te pido solo un favor, decime cuánto vale
esto y si me hicieron una trampa cuando me lo vendieron o de qué época es”.
Primero lo invitaban a una casa de la puta madre, por ejemplo en el sur de Francia,
le ofrecían de todo y después llegaba el momento de: “Che, me mirarías esto…”. Él
sabía que pasaría eso antes de que se lo dijeran. Decía que los más hipócritas eran los
que esperaban varios días en hacerlo. Él prefería a los que le decían: “Bueno, no
tengo tiempo, ¿me mirás esto?”.
En ese ambiente, el del arte, hay que aplicar mucha diplomacia.
Sí, pero a él le encantaba esa franela. Era un gran contador de historias, de chistes y
anécdotas, así que lo llamaban y sacaba todas las historias de su pasado de la galera.
¿Llegaste a verlo mal en algún momento de tu juventud o la de Luca?
Hubo dos momentos de nuestra juventud en los que mi papá perdió muchísima plata.
Ahí lo vi cambiar radicalmente. Tenía un humor malisímo, engordó un montón. La
primera vez fue cuando hizo un negocio que salió mal con un inglés que parecía todo
un lord, el clásico chanta británico. Mi papá puso toda la plata que había ganado, la
invirtió en ese negocio y el tipo de un momento a otro desapareció. Esto fue en
Londres y Kuala Lumpur, alrededor del año 70.
¿En esa época tu papá ya tenía problemas con Luca?
Sí, estaban empezando. Luca estaba armando un lío bárbaro, porque se puso re
hippie, estaba en contra de los ricos, en contra de la Esso, en contra de todo. Mi papá
le decía: “Flaco, pero…”. Además mi padre no era millonario ni un hombre de
negocios.
Era un tipo del arte.
Sí, la plata que hizo la puso en cosas muy lindas, no era un tipo ordinario. Pero Luca
quería ser James Dean, quería ser eso sí o sí. Era como si dijera: “Qué cagada; si mi
papá fuera más forro, sería más grosa mi rebeldía”. Era extrema la cosa. Mi papá
siempre le dio todo lo que él quiso, que no era mucho, y en un momento fue
mimado, pero le ponía límites.
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¿Cuáles era esos límites?
Primero, cuando empezó a drogarse de muy joven con marihuana. En Italia, en esa
época no existía hablar de fumar hachís y esas cosas. Luca fue uno de los primeros
en venir desde su colegio en Escocia con la cultura esa. Era hippie de verdad, se
vestía así. La gente en la calle lo miraba y a él le encantaba: “Soy del bando de Jim
Morrison”, me decía. A mis padres eso no les hacía ninguna gracia porque pensaban
que Luca era el chico bueno que ellos habían educado. Lo habían preparado para ser
alguien distinto, lo habían mandado a colegios buenísimos, no sé qué carrera
esperaba mi papá para él. Mi papá pensaba: “Con toda la educación que tiene, algo
groso va a encarar”. En ningún momento intentó convencer a Luca para ser
anticuario, aunque cada tanto tiraba algo de eso para ver si nosotros picábamos.
“Andrea tiene una pasión impresionante para el arte chino, él va a ser mi heredero
en esto”, decía. Pero cuando vio que a mí me interesaba pero que no sería lo mío
porque yo estaba buscando otras cosas, en ningún momento me vino a hinchar con
eso. A Luca tampoco, francamente.
¿Con tu hermana Claudia cómo era la relación?
Claudia era casi una beatnik. Una mujer muy independiente, como una especie de
mini Frida Kahlo. Era muy linda y cuando quería no se producía, algo raro para esa
época, porque le chupaba un huevo. Viajó por todo el mundo, vivió en la India,
trabajó cuatro años en Somalia para la FAO (Food and Agriculture Organization) de
las Naciones Unidas. Después se desencantó de eso y se deprimió muchísimo,
porque Claudia era muy idealista. Volvió a Italia cuando la FAO la mandó a ser
traductora simultánea en el centro de las Naciones Unidas en Ginebra, y sintió que la
FAO era una mierda, que era un lugar muy injusto donde mucho era una transa. Era
demasiado estrés, porque ella tenía que traducir en simultaneo, en inglés, en francés
o en italiano. Trabajaba en todos los grandes eventos; si en Arabia Saudita subía el
petróleo y el Sheik hablaba en inglés, ella tenía que traducir en francés para toda la
comunidad francesa, por ejemplo.
¿Y Michela, tu otra hermana, empieza a meterse en el cine por tu papá?
Michela tiene un papel en la película de él, porque la niña que iba a ser una de las
protagonistas, una chica inglesa, se derrumbó antes de empezar a filmar. Todos
decían: “Tiene que hacerlo Michela”. Mi papá no quería, porque era muy severo. En
la película se la ve algo nerviosa, asustada. Mi papá era durísimo con ella y además
fue un tipo algo machista. No quería que sus hijas tuvieran una vida artística, por
decirlo de alguna manera. Él pensó: “Se tienen que casar con un chabón rico y me
las saco de encima”. Michela hizo la escuela de Sadler’s Wells de ballet. Era una de
las tres mejores ballerinas de ahí. Empezó de muy chica, en Roma, y aparece en la
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película Bellísima de Visconti, como una pequeña bailarina. Sadler’s Wells es la
escuela de ballet más famosa de Inglaterra y, en esa época, segunda del Bolshói de
Moscú. Es una escuela donde estudiás todo, matemática, todo, es como un colegio
pero la may or parte del tiempo es ballet. Mi padre pensó: “Va a ser una famosa
bailarina”. Pero al momento de pegar el salto Michela dijo: “¿Sabés qué? ¡Ni en
pedo! Quiero vivir la vida. El mundo del ballet es un infierno”.
¿Cómo se lo tomó tu papá?
A él no podías criticarle nada porque se ponía furioso. Era de acero en esas cosas,
cuando ibas en contra de lo que él había decidido era realmente tremendo. Yo mismo
tuve que descubrir modos muy sutiles de hacer lo que quería. Creo que soy actor por
eso: mis métodos para eludir a mi padre de su escrutinio total me llevaron a ser un
actor de una fineza tremenda. Sobreviví así, como una especie de espía en la
oscuridad, esquivando a mi papá. Luca no podía hacer eso. Para él era demasiado.
Iban al choque todo el tiempo, eran como dos toros enfrentados. Michela era una
chica muy inteligente, muy seductora, era la nena de Mario, aunque fuera tan duro
con ella, como lo era con todos nosotros. Cuando Michela le dijo eso, él le respondió
algo tremendo: “Vos sos una mediocre, invertiste años en esto y cuando llega el
momento sos una cagona”. Ella le contestó: “No, no quiero arruinar mis pies, mirá a
la Margot Fonteyn, ¿viste los pies que tiene? Tiene 35 años y parece una gallina”.
Como castigo, mi papá la enchufó en una escuela de traductoras en Londres para
secretarias de oficina.
Tu padre quería que ustedes estudiaran en Inglaterra sí o sí.
Salvo Claudia, que no estudió en Inglaterra porque cuando era chica hizo un
intercambio con una familia en Estados Unidos y se fue a vivir dos años allá. Pero
incluso Claudia terminó en el mundo anglosajón, aunque ella zafó un poco más y fue
la que más curtió Italia. Michela dejó Inglaterra y volvió a Roma, a otra escuela de
secretarias. Después trabajó en una agencia de traducciones, y un día la llamaron
para hacer una traducción en italiano del guión de filmación de Barbarella, una
película que estaban a punto de empezar a filmar en Roma.
La de Roger Vadim.
Sí. A la jefa de Michela le llegaban estos trabajos importantes, pero justo ese día
estaba enferma y la única disponible para hacer la traducción era Michela, así que
agarró el guión. Ni sabía quién era Roger Vadim, creo que tenía 18 años. Se lo llevó a
casa, hizo el trabajo, se divirtió mucho traduciéndolo. Además Michela hablaba muy
bien en inglés y conocía la jerga de Londres, captaba perfectamente el cockney
británico. Cuando lo entregó, Roger Vadim llamó a la agencia para felicitarla por el
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trabajo, y preguntó quién lo había hecho. La directora de la escuela, que era una
mina copada, para nada envidiosa, le contestó: “Lo hizo una chica que trabaja acá”.
Entre una cosa y otra, Michela terminó y endo a los estudios Dino Citta, de Dino de
Laurentiis, porque él había hecho su propio Cinecittà para competirle al otro. Estaban
filmando ahí, y por una serie de cosas increíbles, el hombre que estaba organizando
el equipo de filmación conocía a mi papá desde hacía muchos años. Le dijo: “Pará,
¡¿vos sos la hija de Prodan?! ¿Sabés que necesitamos a alguien para la segunda
unidad de Script, una scriptgirl? Es la segunda unidad pero hay mucho trabajo, no vas
a estar con los actores más famosos, pero…”. Le dijeron cuánto pagaban y mi
hermana hizo cuentas: “En la agencia me rompo el culo y me dan nada. Acá, por
estar un mes y medio haciendo esta película en la segunda unidad, van a pagarme
diez veces más”. Aceptó el trabajo sin decirle nada a mi papá, porque él estaba en
Hong Kong comprando las cosas que después vendía en Europa.
¿Ahí fue que conoció a Jane Fonda?
La conoció en ese mes y medio en el que estuvo ahí, se hicieron muy amigas y
terminó siendo su asistente, sí. Un día, Jane le avisa de la llegada a Roma de los
Rolling Stones, que eran amigos de Vadim y de ella también. Jane los había invitado a
una casa que tenía sobre la Via Appia Antica, fuera de Roma, al lado de una tumba
enorme que se llama Cecilia Metella, que es como una torre con forma de corona.
Fellini la usó mucho en su cine porque es un lugar increíble. Un día, Fonda la llama
desde el set donde estaba filmando y le dice: “Mirá, Michela, mañana tenés que
ayudarme porque vienen… ¿Los conocés, no? Mick Jagger, Keith Richards… Te pido
ayuda para organizar todo para que cuando lleguen se sientan como en su casa. Van
a quedarse una semanita porque Anita Pallenberg festeja su cumpleaños y no sé
qué…”. Michela no entendía nada. También le dijo: “Antes de ellos van a llegar unos
camiones del sur de Francia con todos los equipos. No van a estar tocando pero ellos
escuchan su música en equipos”. Claro, no existía todavía el Hi-Fi.
¿No tenían un estudio móvil?
Sí, pero eso que llevaron ahí eran equipos para escuchar música, tocadiscos y
parlantes. A pesar de ser una chica bastante cuadrada, Michela estaba alucinada con
todo eso y aparte se hacía la canchera, se fumaba sus fasitos cuando alguien le
convidaba. “Andrea”, me contaba, “dormirono tutto il giorno” (“Andrea, duermen
todo el día”). Los Stones vivían de noche. Una noche parece que Jagger convocó a
todos los que estaban en la casa porque tenía que hacer un anuncio. Apareció con un
disco de vinilo que tenía una tapa en blanco. “Bueno”, dijo Jagger. “Acá tenemos el
disco que nos mandó Paul de Londres”.
Era Sgt. Pepper. Mick pone el disco, que ninguno, ni siquiera él, había escuchado. Era
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una de las primeras copias. Cuando los Beatles sacaban un disco se lo mandaban
enseguida a los Stones. Eran re amigos. Michela cuenta que se acomodaron,
prendieron todo lo que tenían para fumar, se cagaron de risa, pusieron el disco, se
sentaron a escucharlo. Al principio nadie decía nada, porque los temas están
enganchados y en un momento empezaron las expresiones por lo bajo. Lo
escucharon entero y, cuando terminó, uno de ellos se levantó y dijo: “¿Lo ponemos
otra vez?”. Lo escucharon dos veces seguidas, prácticamente sin hablar, excepto por
alguna expresión como “bastardo”, “hijo de puta”. Después de volver a escucharlo,
lo llamaron a McCartney o a Lennon a Londres, y le dijeron: “Sos un hijo de puta, en
el próximo disco les vamos a romper el culo”.
¿Siguió trabajando con Jane Fonda después de eso?
Sí, y después le pasó otra cosa en la casa de Jane, que también era la de su papá,
Henry Fonda, porque toda la familia vivía junta en Malibu Beach. Michela estuvo en
la primera visión de Easy Rider, la película de Dennis Hopper y Peter Fonda, que es
el hermano de Jane. Tenían un cine en la casa, con operador y todo. Cuando Henry
Fonda terminó esa visión, se levantó y le dijo a Peter: “Hiciste un buen esfuerzo”.
Nada más. Era una manera de decirle: “Esto es una cagada”. El hijo quedó
destruido. Jane era muy chupamedias del padre, lo consideraba un mito viviente, y a
su hermano lo trataba como si fuera un tarado, y se fue con el padre diciendo algo
así como: “Bueno, sí, está bastante buena”. Peter se quedó muy mal, pero estaba
acostumbrado a ser tratado así.
¿Ya estaba Jack Nicholson ahí con ellos?
Sí, y Michela se quería morir de la vergüenza que tenía. Nicholson era el mejor
amigo de ellos, aunque en ese momento era un simple guionista, escribía y no hacía
absolutamente nada. Era de esos que hacen los chistes, porque era muy gracioso, era
el gran copado de ese grupo y estaban todos enamorados de él, las mujeres y los
hombres también. Pero no lo consideraban un actor. Para ellos, era uno que
sobrevivía escribiendo cosas para otros. También estaba Terry Southern, que era un
guionista inglés, un tipo con el que Kubrick hizo la película de la bomba atómica, que
es bellísima, Dr. Strangelove.
Es el mismo guionista que escribió Desde el jardín, la de Peter Sellers.
Sí, ese. Bueno, Southern era un genio, todos lo admiraban mucho, pero estaba medio
loco también. Vio la película con ellos, editada y recién armada, y cuando Henry se
fue les dijo a los demás: “Es un viejo choto… Está buena la película, loco, tiene la
semilla de algo bueno”. Entonces empezó a decirles, desde su lugar de experto, cuál
era problema. Les dijo: “Tiene que tener un final distinto, ¿por qué no lo invierten?
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Además les falta un personaje con más sentido del humor, porque falta chispa. ¿Por
qué no usan al amigo este de ustedes que está todo el día tirado, que es muy
gracioso?”. ¡Hablaba de Jack Nicholson! “¿Qué? ¿A Jack?”, le decían. “No, él no
quiere en este momento”. “¿Pero, le preguntaron?”. Así fue que lo encararon: “Che,
Nicholson, ¿vos ayudarías en esta película?”. Jack respondió: “Claro que ay udaría,
pero estos Fonda son medio forros, quieren toda la fama para ellos”. En ese punto,
Southern dijo: “Chicos, hablen entre ustedes, pónganse de acuerdo. Yo les digo que
unas escenas con él funcionarían, inventen un personaje para Jack. Nos vemos en dos
semanas, pero hagan algo”. Supuestamente lo que pasó después (todo eso me lo
contó Michela), fue que se fumaron unos churros, fueron a ver a Nicholson,
escribieron tres escenas, inventaron el personaje del abogado, tiraron unas escenas,
volvieron a filmar otras cositas e incorporaron todo eso, empezando con la escena del
árbol, en la que fuman muchísimo, que era una improvisación. Ahí empezaron a
reconstruir todo y la volvieron a reeditar con Terry Southern, que les dio un montón
de ideas.
Terminó ganando en el Festival de Cannes…
Claro, incluso fueron a Francia con la película sin antes mostrarles la nueva versión ni
a la hermana ni al padre. “No van a entenderla”, decían. Cuando ganó Cannes,
Michela estaba en Malibu. Me contó que Henry y Jane, en lugar de ponerse
contentos, estaban indignados: “¿Cómo puede ser que estos dos boludos ganen
Cannes? Es la decadencia de occidente”. Lo que pasaba era que la nueva versión no
tenía nada que ver con la película que habían visto ellos, aunque pensaban que sí.
Michela pertenecía al mundo del jet-set, todo lo contrario de Luca. ¿Cómo era su vida
en ese momento?
No tenía nada que ver con la de Michela. Luca ya era muy under, hacía la vida
propia del mundo de la droga, crotísima, algo sórdida, tremenda. Lo he visto en
situaciones que eran el propio infierno, sobre todo en Londres. También con las
amistades que tenía en Roma en la época de la heroína. Lo vi a Luca iny ectándose
en estos lugares tan oscuros en Roma, lugares como el teatro de Marcello, el Viejo
Coliseo, que está al lado de nuestra casa, un lugar donde, además, había un levante
enorme de homosexuales. Era muy crudo porque cogían ahí, con los heroinómanos
que iban a pincharse ahí a un costado, todo lleno de jeringas. Bueno, Luca iba ahí con
sus amigos. Él curtió profundamente, estuvo realmente en el infierno, se metió en ese
mundo de la droga casi con gusto.
Fuiste al mismo colegio que él. ¿Qué te decía después de haberlo pasado tan mal ahí?
Para el inglés, el italiano era un europeo de otra categoría, como el griego. En esa
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época, Italia era un país todavía humilde, estamos hablando de 1970, que es cuando
él llegó a Escocia. En mi época de colegio, después del boom de la cosa de Italia, los
ingleses seguían tomándonos el pelo pero con un poco de fascinación y respeto. Pero
cuando estuvo Luca era distinto, te decían “el africano de Europa”. Luca siempre me
decía: “Mirá, a la primera que te dicen algo sobre Italia, si te dicen ‘grasiento’ o
‘campesino’ no sé qué, vos les devolvés una enseguida, sin pensarlo. Deciles: ‘Loco,
cuando ustedes los ingleses se pintaban y vivían en las cuevas y luchaban como
trogloditas, los romanos ya tenían rutas, baños, leyes. Los romanos llegaron a
Inglaterra con toda la infraestructura, los mejores escritores, el ejército organizado,
mientras ustedes los ingleses eran unos salvajes’. Vos les decís: ‘Che, salvajito de las
cuevas, qué me venís a pegar. Andá a cagar, que nosotros y a teníamos baños de agua
caliente y todo el Imperio Romano cuando ustedes eran una puntita”. Yo pensaba:
“Bueno, si les digo eso me van a cagar a trompadas”. Pero Luca tenía razón. Se iban
destruidos cuando les decías: “Che, flaquito, volvete a tu cuevita, prehistórico de
mierda”.
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Capítulo 3
Escocia
“Un gran rollo mío es el colegio donde me mandaron, donde me enseñaron mucho,
pero donde al mismo tiempo aprendí que la sociedad quiere que seas una marioneta:
cuanto más famoso y mejor es el colegio, más marioneta vas a salir, o sino, más
loco. Yo salí loco”.
Luca en la revista Pelo.
En 1934, Kurt Hahn emprendió el camino del exilio luego de ser amenazado de
muerte por miembros del partido nazi. El educador alemán de origen judío no solo
era una amenaza racial para los grupos de choque hitlerianos. Había osado criticar
públicamente al régimen por hechos de violencia extrema, arengando a alumnos y
profesores desde su puesto de director de la escuela Salem, un establecimiento
privado con sede en Baden, al suroeste de Alemania. Hahn sufrió cinco días de
arresto y fue liberado gracias a un recurso presentado por el primer ministro
británico Ramsay MacDonald. En julio de ese año, abandonó el país para radicarse
en el norte de Escocia y fundar Gordonstoun, un colegio modelo para su tiempo, que
trasladaba al Reino Unido la experiencia pedagógica que había iniciado en tierras
germanas. Sus ideas están contenidas en la educación experiencial, una filosofía
basada en la convicción de que todo conocimiento debe empezar en la relación
directa del individuo con el ambiente, donde encuentra la oportunidad de esclarecer
y estudiar la complejidad de esta relación y sus estados funcionales emergentes.
Dicho de otro modo, Kurt Hahn estaba convencido de que el aprendizaje es el
resultado de la exposición directa ante situaciones que permitan que los estudiantes se
involucren, pongan todos sus sentidos en actividad y que, desde ahí, puedan generar
espacios de reflexión. Una teoría innovadora que incorporaba a la relación directa
del individuo con el ambiente, poniendo a prueba la imaginación de una manera no
tan académica sobre la base de ciertos principios: “Construcción, adquisición y
descubrimiento de nuevos conocimientos, habilidades y valores a través de vivencias
desarrolladas de manera sistémica”. El objetivo final aspiraba a estimular las
destrezas y habilidades del liderazgo. Es por esta razón que cobran importancia
capital actividades de carácter motriz, artístico, lúdico, los acertijos, los juegos de
ingenio e inteligencia y un sinnúmero de estrategias que, usadas de manera
adecuada, siempre según Kurt, conducen a aprendizajes altamente significativos y
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duraderos. Estos mismos propósitos, que contradecían totalmente los fundamentos de
la rígida educación británica, son los que formaron la educación de Luca Prodan
durante su estadía en Gordonstoun.
El profesor Hahn tardó años en poner en marcha el proyecto, pensado desde un
principio como un colegio internacional. Atravesó la guerra y, por un tiempo, debió
mudar las instalaciones del instituto a Gales. Pero, a finales de la década del 40,
Gordonstoun y a marchaba como su mentor lo había soñado: inspirado en los escritos
de Platón, promovía la creación de una sociedad basada en el compromiso, la
responsabilidad, la honestidad, la justicia y el servicio a los demás. El sistema
funcionaba sobre un estricto cumplimiento de las normas, que incluía métodos de
castigo como los baños de ducha fría. Entre las bases formativas, Kurt Hahn puso
mucho énfasis en la educación física y la disciplina militarista, impulsando
actividades como la navegación a vela y el montañismo. El ámbito natural de Elgin,
perteneciente al condado de Moray, frente al fiordo del mismo nombre, ofrece
ventajas para estas prácticas deportivas, una postal escocesa ubicada en la costa
nordeste del mar del Norte en donde dominan los acantilados y un clima oceánico
subpolar en invierno.
Rigor, responsabilidad y altas miras humanistas. Una pesada cadena de
expectativas y exigencias escolares para un chico de diez años extrapolado desde
Roma, casi como el objeto de un experimento para probar adaptación y eficacia de
un sistema educativo que brillaba desde la Europa insular, y que contaba entre los
matriculados a varios miembros de la casa real británica. En la misma época en que
Luca vivió en el colegio, el Príncipe Carlos de Gales formaba parte de la población
estudiantil de Gordonstoun: había llegado ahí por recomendación de su padre, Felipe
Duque de Edimburgo, otro discípulo de Kurt Hahn que incluso estudió en la sede
alemana de Salem. Los hijos de la reina Isabel y hermanos de Carlos, Andrés y
Eduardo, siguieron el mismo derrotero educativo. Los príncipes obtuvieron el título de
“Guardianes” para representar a la escuela en eventos y otra serie de comisiones
protocolares. A los exalumnos se los conoce como “Old Gordonstounians” o “OGs”,
entre los que se destacan el escritor William Boyd, Balthazar Getty (actor y heredero
de la fortuna petrolera Getty), el remero y medalla de oro en las Juegos Olímpicos
de Londres 2102 Heather Stanning y Duncan Jones, también conocido como “Zowie
Bowie”, director de cine e hijo de David Bowie. En esa galería de notables OGs
también aparece el nombre de Luca Prodan y su métier: músico.
Como tantos otros niños que llegaban a Gordonstoun, Timmy MacKern provenía
de un país lejano, al sur de todo, y llevaba la impronta de una familia argentina con
fuertes lazos británicos. Tanto su padre como su abuelo estudiaron en Inglaterra y
debieron atravesar el Atlántico en barco siguiendo una tradición familiar que había
comenzado varias generaciones antes. Esta vez la ubicación cambió a Escocia y
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Timmy siguió los pasos de su hermano may or. Poco había cambiado para el futuro
amigo de Luca Prodan, que ya había pasado varios años pupilo en una escuela de La
Cumbre, en las sierras cordobesas. MacKern no tuvo mayores problemas de
adaptación durante los años escolares en Escocia (1968-1972). El problema se
insinuaba en la lejanía y el encierro.
Luca tenía nueve años cuando ingresó en Gordonstoun. Sus primeras cartas
familiares incluían pedidos para dejar el colegio y regresar a Roma; solía despedirse
dibujando la forma de la bota italiana como un ruego de ayuda. Andrea Prodan
siguió el camino de su hermano. A los 10 años, ingresó en Brambletye School,
ubicada al sur de Londres (en el condado de Sussex) y luego en el aristocrático The
King’s School, en Canterbury. Andrea corrió con ventaja cuando tuvo que enfrentar
la discriminación de sus compañeros ingleses: Luca lo había preparado para el
contraataque.
Timmy MacKern: Mi padre es argentino, de quinta generación, pero con muchas
tradiciones inglesas. Primero mandó a mi hermano al colegio Gordonstoun y después
fui yo. Como él había hecho el colegio allá, quería que siguiera sus pasos. Soy un año
más chico que Luca. Yo ya era pupilo desde los siete años, siempre lo fui. El plan de
irme del colegio en Córdoba al que iba, que no era muy agradable, a un colegio allá,
me parecía buenísimo. No me molestaba para nada. En Córdoba iba al colegio San
Pablo, estaba en La Cumbre y era una bosta. Muchos hablan bien, pero mi
experiencia fue mala. El director era profesor de educación física del ejército y
manejaba una dictadura escolar. Te pegaban por cualquier cosa, censuraban todo, lo
que llegaba de los padres pasaba por un filtro y vivíamos bajo un régimen de terror.
Básicamente, era su forma de educar. Entonces, las familias mandaban a sus hijos y
eran todos muy correctos, pero no por educación: por miedo. El Gordonstoun, que es
un colegio que cree en tu palabra, para mí era como una vacación en comparación
con el colegio de Córdoba.
Andrea Prodan: Los ingleses, sobre todo los de clase alta, primero te dicen “Hello”
y enseguida te atacan para medir tu reacción. Si lograbas ser cínico y responderles
algo inteligente, empezaban a respetarte. Me acuerdo que el día que llegué a mi
primer colegio, agarraron a un chico nuevo y lo pusieron en un baúl. Todos
llegábamos al colegio con un baúl, algunos vivían en pueblos cerca del colegio, otros
en Londres, otros en Sudáfrica, en Australia, Sudamérica o Roma. Para algunos
ingleses, vivir en Roma era incluso peor que vivir en Sudáfrica, porque Sudáfrica es
más británica que Roma. A este chico lo agarraron en el dormitorio, en un tercer piso
y lo empujaron adentro del baúl. Lo encerraron y dijeron: “A los pelotudos como
este les pasan cosas así”, y lo tiraron por las escaleras. El chico cayó dos pisos,
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después todos se rajaron, llegaron los maestros con los chicos más grandes, los
monitores, los prefectos, lo abrieron y estaba todo ensangrentado, temblando, con un
cagazo tremendo. Te hacían ese tipo de cosas. Entonces, lo primero que pensás es:
“¿Cómo mierda voy a hacer para que no me pase esto a mí?”.
Timmy MacKern: Estudié ahí entre 1968 y 1972, pero Luca había empezado antes.
Él hizo también la primaria allá, o la última parte de la primaria. Había ido mucho
antes que yo, cuando estaba mi hermano, que era más grande. Cuando llegué al
colegio me acompañó mi hermano y Luca estaba ahí. Me lo presento así nomás. A
diferencia del colegio de Córdoba, en Gordonstoun no la pasabas mal, pero estabas
en un colegio pupilo. Encerrado. No volvías a tu casa y hacías otra vida. En cualquier
colegio pupilo estás bajo un régimen y te controlan todas las horas del día. La
educación estaba buena, no se mataban tanto por la parte académica, era un colegio
bastante abierto. Los tipos estaban siempre buscando lo mejor en vos. Tenía un
costado humanista. Más de grande tenés otro enfoque, pero cuando estás ahí querés
irte, lo odiás, querés que se termine y quedarte ahí lo menos posible, no aprovechás
un carajo. Es la reacción típica.
Andrea Prodan: Gordonstoun era otro planeta, la escuela donde la reina mandó a sus
hijos. Eso le daba mucho prestigio, pero no era considerada una escuela
académicamente respetable. En ese sentido era bastante floja. Te preparaba para
una vida de militar y de supervivencia. No le daban mucha bola a la literatura ni a la
cultura. Te enseñaban a organizar a grupos de personas, te daban un rifle y tenías que
saber cazar, reconocer todos los tipos de pájaros, catalogar a los animales, sobrevivir
una semana con dos latas de leche condensada y una vela. Era un mega ambiente
boy scout. El primer regalo que me hizo Luca fue cuando él tenía 15 años y ya
estaba en el colegio en Escocia. Yo tenía siete y me regaló Action Man, el muñequito
soldado. Tenía el pelo como de verdad, y me lo mandó con una cartita y todo. Me lo
compró con su plata y me llegó desde Inglaterra como regalo. Nunca voy a
olvidarme de eso. También me regalaba mucha música, no veía la hora de estar con
él de vacaciones para que me diera nuevas cosas para escuchar. Cuando él volvía de
Escocia, nos tirábamos en nuestro dormitorio de la casa en Tarquinia y
escuchábamos un programa de radio de la época que se llamaba Supersonic.
Timmy MacKern: La amistad con Luca fue dándose porque los dos éramos
extranjeros. El colegio tenía un porcentaje alto de gente de otros país. Además de los
ingleses, que eran mayoría, había muchos extranjeros. A mí me decían “wog”, que
es una especie de negro indio. A Luca le decían “italiano grasoso”. Los italianos no
eran respetados por los ingleses, eran “los cobardes de la guerra”. Obviamente, en el
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colegio siempre se imponen las actitudes más despectivas, entonces había como una
afinidad, supongo, entre lo latino o algo así. Los dos veníamos de afuera. Sin
embargo, también teníamos otros amigos en común que eran de ahí. Era un colegio
que le prestaba mucha atención a la cuestión deportiva. Ahí estudió el príncipe Felipe
y después mandó a sus hijos. David Bowie también mandó al hijo ahí. Jugábamos al
rugby y al hockey. Ya en el colegio, Luca era una especie de líder para las hazañas
absurdas que hacía. Tenía mucho magnetismo. Fue un adelantado en la parte la
música, ahí armó su primera banda, hacían covers de Canned Heat. Me acuerdo de
un tema, “Going Up The Country ”. Luca era muy fan de todo eso. Tocaba el tambor
y la trompeta, pero la gaita no. En el colegio se hacía el circo de marchar y todo eso.
En realidad mucho no tocaba, se la daba más de Sr. Profesor Boy Scout.
Andrea Prodan: Estaba la banda del colegio, con las gaitas, y Luca tocaba trompeta
y también tambor. “Crua Chan” es un tributo a todo eso. Tenía una gran capacidad
instintiva para tocar, eso lo aprendió en la escuela, pero siempre decía que no tocaba
bien la guitarra. No era un prolijito ni le interesaba serlo, le gustaban los acordes.
Nora Fisch: Luca siempre me contaba que él jugaba con los niños pobres del pueblo,
ya tenía esa cosa de involucrarse con todo el mundo y con lo popular. Decía que él
venía de una situación de gran privilegio, de una familia muy aristocrática, de un
colegio en Escocia que era muy top, donde por cierto lo discriminaban mucho por
ser italiano. Al mismo tiempo, me parece que le gustó estar ahí. La manera en que él
se presentaba frente a mí, en ese momento, era como alguien con una crianza en un
clima muy aristocrático y de mucho privilegio y de muy buena educación, pero que
a la vez se rebeló contra eso y sintió el deseo de involucrarse con la cosa más
popular.
Rodrigo Espina: En mi película, Andrea dice: “El primer pacto de Luca con la
muerte fue seguramente cuando estuvo en el Gordonstoun”. Yo lo tenía escrito desde
el segundo guión. El que se filmó fue el quinto, y era una de las primeras cosas que
dije. Cerca del Gordonstoun había un castillo en ruinas, donde yo imaginaba que
hacían ciertos rituales, ciertas cosas, porque eran en las ruinas de un castillo
abandonado, como si fuera en el patio del Gordonstoun. Si uno se escapa del colegio,
seguramente va ahí. Si buceás en las letras vas a ver un montón de eso. En los
cuadernos de Luca hay un dibujo en el que hay una cabeza, con un dragón que sale
de ahí. Es un dragón, no es una gallina.
Andrea Prodan: Yo tengo sus report cards, los boletines del colegio. Sobre Luca
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escribían lo mismo que después escribieron sobre mí, aunque creo que Luca era más
extremo y más quilombero, y seguramente fuera así. Pero es lo mismo: “Tiene alto
potencial, es un chico sociable, los otros se llevan muy bien con él, es muy gracioso
en la clase pero no se dedica realmente a esto, no está tomando demasiado en serio
sus cosas, tendría que tener más respeto con los maestros”. Encontré esas report
cards hace poco, con los comentarios de los maestros. Es raro ver que esos
comentarios son tan divertidos, conociendo el final trágico de Luca. En el colegio era
el clásico chico amable, inteligente, que tenía todo, del que los demás piensan: “Qué
lástima que no sea más partisano de esta movida británica de la educación”. Pero
también es cierto que nosotros pensábamos como italianos y estábamos ahí de prepo.
Habíamos aprendido los códigos de los ingleses, hablábamos igual que ellos, no había
forma de que ellos pudieran discriminarnos sin ver un documento que diga “italiano”.
Pero dentro nuestro, en nuestra esencia, estaba esta cosa de: “Sí, sí, sí, pero soy
italiano y te la voy a poner en el orto”. Los ingleses reaccionaban pensando cosas
como: “¿Nosotros te damos todo esto y vos lo tirás?”. Cuando Luca se fue del colegio
muchos seguramente se ofendieron, pero también debieron sentirse aliviados.
Timmy MacKern: Cuando Luca se escapó de Gordonstoun fue una revolución,
porque nadie se había animado a hacerlo de esa manera.
Luca Prodan: Para mí, fue una decisión momentánea e irrevocable. Dejar todo lo
de la sociedad. Mi colegio era muy especial, te inculcaban cosas para ser una
famosa e impresionante marioneta de la sociedad, no aquel obrero pobre… Ahí era
toda una manera de pensar, te hacían pensar de una manera que podría estar acá
ocho horas para decirte cómo fue, pero un día… Yo era muy rebelde en el colegio,
pero era el primero de la clase y tuve una beca para Cambridge y usé ese hecho de
la beca porque salía después en la revista anual del colegio y los padres mandaban a
sus hijos ahí porque decían: “Este año hubo tres becas para Cambridge”, como si
fuera… Era todo un comercio y a mí me hicieron como un trato, porque y o me
portaba mal pero tenía la beca: “Vos portate un poco mejor y no te echamos del
colegio, y si querés no tenés que levantarte a las 6.30 de la mañana y correr
semidesnudo”, cosa que hice durante seis años, todas las mañanas, a las siete y
media. Me hicieron un trato comercial que no tenía nada que ver con el lado
espiritual que te vendían en ese colegio, de ser un buen tipo, de decir la verdad, de
todo eso. Ahí me di cuenta de que era todo mentira y me escapé y chau, me escapé
de todo. Dejé todo el lado normal de ser un ciudadano honorable.
Andrea Prodan: A Luca no le gustaba Gordonstoun.
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Cecilia (Madre de Luca): Gordonstoun era otra cosa. Él se escapó. Bien hecho.
Andrea Prodan: Mi papá le dio un sopapo, Luca le dio otro.
Cecilia: Bien por él.
Timmy MacKern: En realidad, escaparse era fácil, porque no es que estabas
encerrado. Tenías el fin de semana para ir al pueblo: firmabas un libro cuando te ibas
y cuando volvías. Ahí había un bache, porque te daba un día entero antes de que
alguien se diera cuenta de que no habías vuelto. Además, cuando se escapó, cruzó a
Italia. Tenía 16 años y justo le habían regalado una escopeta de esas de caza, de
doble caño. En el colegio se criaban faisanes. Era una de las actividades que se
hacían en el campo y si querías podías anotarte. Él se metió más que nada para criar
a los faisanes y recibió la escopeta, que valía mucha guita. Entonces la vendió y con
esa guita se escapó. Viajó en tren hasta Londres y de ahí se tomó un ferry. Una vez,
cuando estuvo preso en Italia, me escribió: “Es lo mismo que estar en la escuela,
pero mejor porque no hay que hacer nada”.
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Etapa hippie. Luca en Kew Gardens, Londres, 1974.
(Gentileza de Timmy MacKern)
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Capítulo 4
Londres I
Escocia y la disciplina a campo abierto en Gordonstoun encierran el período más
sosegado de Luca Prodan o, al menos, el último rastro bajo un sistema de control.
Después todo será una carrera loca, un arriesgado ingreso a la clandestinidad con
apenas 16 años cumplidos: primero viviendo de prestado en Roma mientras Interpol
lo buscaba por todo Europa, más tarde conocerá la cárcel —en dos oportunidades—
y una larga estadía en Londres completan 11 años que casi terminan con su vida en
1979 a causa de un coma hepático producido por una fuerte adicción a la heroína.
Pero no todo se redujo a una fuga permanente en lo que va desde 1969 hasta su
llegada a la Argentina en 1980. Son años formativos en la mejor escuela de rock
británico. Luca vivirá los años dorados de la transición de la psicodelia al rock
progresivo y también conocerá de primera mano el embate punk y sus sucedáneos
sistemas evolutivos; entre medio compartirá veranos alucinados en Tarquinia y vivirá
desafiando el férreo mandato familiar. Aquí aparecen fotos de los primeros amores
y noticias horribles como la muerte de su hermana Claudia, un background
pesadísimo y, al mismo tiempo, repleto de movimientos imprevisibles. La pulsión de
vida y muerte haciendo equilibrio en el estrecho margen que existe entre libertad y
autodestrucción.
Los boletines escolares pintaban a Luca como el clásico chico amable y social,
muy inteligente y poco dedicado a las obligaciones que imponía el rígido claustro de
Gordonstoun. Además de recibir con asombro la noticia de su partida a pocos meses
de su graduación, las autoridades del colegio no podían digerir la idea de desprecio
que encerraba esa partida prematura. Su familia tampoco lo podía creer y ubicaba a
Luca dentro de la expresión idiomática bastian contrario, que en italiano es utilizada
para reconocer a todo aquel que va en contra de la opinión de la mayoría. Todavía
faltaban algunos años para que esta característica se convirtiera en determinante e
irreductible. Mientras tanto, los Prodan pasaban sus vacaciones de verano en la casa
de Tarquinia y aún permanecía una mirada más benévola ante las travesuras del
mayor de los hermanos varones. Si existió un momento idílico en la vida de Luca
Prodan está escondido tras los muros de la vieja ciudad etrusca, un paraíso antiguo en
donde el asombro se mezclaba con el mundo lúdico pegado a los niños del pueblo, en
su mayoría provenientes de la clase trabajadora. Allí vivió su adolescencia y
aprendió a mezclarse socialmente bajo los muros de la ciudad medieval, la misma
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en donde Mario Monicelli filmó La armada Brancaleone, en Etruria, la vieja
dominación de los etruscos ubicada al norte de Roma, en las regiones de Lazio,
bordeando Toscana. La historia dice que allí nació Italia 600 años antes de la llegada
de Cristo. La propiedad ocupaba varias hectáreas, allí se levantaba la casa de los
Prodan que incluía una preciosa pileta de natación y una caballeriza. Luca era el
líder carismático de los niños del lugar, a medida que crecía sus andanzas infantiles
se transformaron en dolores de cabeza para sus padres, con el advenimiento del
hippismo también aparecieron el hachís y los ácidos. Ahí empezó el problema con
los padres de los amigos de Luca, hasta ese momento estaban felices de que sus hijos
pudieran participar de la opulencia de la familia romana, después no, esta opulencia
empezó a ser un problema cuando sus hijos volvían drogados a sus casas y ellos no
tenían ni idea de qué y quién alteraba esas mentes juveniles. Nada grave, solo la
alteración de la tranquilidad pueblerina, que rompía en parte la monotonía del lugar,
y cierto gesto domesticado de sus habitantes más humildes. Luca le cambió para
siempre la percepción a sus amigos. Tarquinia también fue un espacio ideal para
perderse en los primeros amoríos, la buena memoria familiar recuerda a Franca y
Giovanna como las primeras novias de Luca.
La fuga de Gordonstoun no alejó demasiado a Luca de su familia ni de su lugar
de origen. Volvió a Roma, vivió de incógnito durante un tiempo en el garage de un
amigo y trabajó en el mercado central de frutas, hasta que se topó por casualidad
con su madre y con Andrea. Ellos iban en auto y casi chocan ante la inesperada
aparición. De regreso al hogar y ante un padre furioso, retomó sus estudios en la
escuela que lo había tenido como alumno antes de viajar a Escocia, The St. George’s
British International School. Además de completar el colegio secundario a los 18
años, Luca aquí conoció a Linda Tricker, su novia por los próximos nueve años. Con
ella compartió residencia en Londres, locuras, adicciones y un vínculo que ni siquiera
se quebró con la separación definitiva un tiempo antes de viajar a la Argentina.
La etapa hippie de Luca en Roma incluye escenas como guitarrista vocacional o
vendiendo artesanías y dibujos junto a Claudia en Piazza Spagna. Es el tiempo del
amor eterno a los discos de The Beatles y The Rolling Stones, o el descubrimiento de
nuevas bandas como King Crimson y su influyente disco debut. En una de esas tardes
romanas, Claudia lo llevó a visitar a una vidente en Piazza Navona: la mujer predijo
que Luca era, posiblemente, la reencarnación de una mujer que se llamó Eva Perón
y que en un futuro no tan lejano viajaría a Sudamérica. Ninguno de los dos tenía una
mínima idea de quién se trataba. Luego, en casa, su padre esbozó una respuesta
ligera sobre la esposa de un general que había gobernado un lejano país al otro lado
del mundo.
Como en una sucesión de hechos para un guión inviable, Luca cayó preso por
vender hachís. Permaneció tres meses en la cárcel de Rebibbia, en las afueras de
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Roma, presidio que también albergó años después a Mehmet Ali Agca (que intentó
matar al papa Juan Pablo II el 13 de may o de 1981). Luca nunca se quejó de esa
etapa oscura. Tal y como le escribió a su amigo Timmy, la igualaba a los momentos
que permaneció internado en Escocia, con la diferencia de que en la cárcel no tenía
que hacer absolutamente nada. Aquí compuso algunas de sus primeras canciones,
aunque nunca develó esta etapa que podía ampliar su halo mitológico en plena etapa
argentina. Para reafirmar su condición de presidiario, Luca se hizo tatuar en la parte
superior de su brazo izquierdo dos figuras geométricas: un círculo y un rectángulo
representaban a la vista del mundo exterior una señal de cuidado. Él era el círculo
afuera del rectángulo.
Sus padres no realizaron ninguna gestión para liberarlo y, tras cumplir la breve
condena, volvió a fugarse, esta vez para evitar el servicio militar obligatorio. Entre
1972 y 1974, ya con el título de desertor en la frente y un nuevo destino británico,
Luca volverá a Italia cada verano ingresando por mar y por vía terrestre para no ser
detenido por las autoridades migratorias. Vive en Brighton, la ciudad costera del sur
de Inglaterra y capital mod por excelencia, allí prueba su carácter social en una
especie de casa tomada con un nivel cercano a la indigencia. Timmy MacKern lo
visita y comprueba que Luca subsiste gracias a la ayuda social del Estado, pero en
esa casa viven varios homeless con los que el italiano bonachón comparte el subsidio
de desempleo. Timmy lo convence de volver a Londres, donde alquila un
departamento mucho más confortable que esa cueva de Brighton. Como estudiante
de fotografía, MacKern solía utilizar a su amigo como modelo: el resultado de esas
tomas formaron una serie de imágenes y fotomontajes en los Kew Gardens de
Londres, donde Luca aparece con barba, lentes y sombrero, un atuendo bastante
elegante que se completaba con un saco espigado. A su lado aparece su hermano
Andrea, de apenas 11 años. Trabajó esporádicamente en una agencia de seguridad
como portero de noche para exposiciones de antigüedades, en lo que será la mejor
cobertura para dos temporadas pegados a la agenda de conciertos del semanario
Melody Maker: Yes, David Bowie, Genesis, Roxy Music, Emerson, Lake & Palmer,
Van Der Graaf Generator, Henry Cow y Robert Wy att, entre muchos otros, son
alguno de los nombres que formaron la grilla de recitales entre los días de vigilancia,
tours de compras por disquerías y dieta de ácidos para ser ingerida un rato antes de
los shows.
En uno de los tantos regresos veraniegos, Luca fue detenido junto a Linda por
manejar un auto en contramano por las laberínticas y angostas calles romanas. Los
carabinieri se percataron de que el infractor tenía pedido de captura por haber
desertado del Ejército. Años más tarde, el relato del incidente se convertiría en una
canción: “Red Lights” habla de “luces rojas” y “autos blancos” en clara alusión a las
patrullas policiales. Otra vez a la cárcel y, en esta oportunidad, a la prisión militar de
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Forte Boccea, la misma en donde será alojado en 1995 el jerarca nazi Erich Priebke,
acusado de los asesinatos de 335 civiles en lo que se conoce como la Masacre de las
Fosas Ardeatinas, perpetrados durante la ocupación alemana de Roma. La segunda
detención de Luca no duró demasiado, porque el destino militar y a estaba asignado:
el Regimiento de los Alpini. El conscripto Prodan nunca acudió a la cita castrense y
su situación se agravó porque esta vez desertó con el uniforme puesto.
De nuevo, Londres fue la ruta elegida para la fuga.
Mónica Stromp: El tatuaje de Luca es un secreto nunca contado. Sé dónde pasó pero
no podría decir qué es. Era un rectángulo que tenía abiertas las puntas opuestas, y al
lado tenía un círculo.
Timmy MacKern: Yo veía bastante a los padres de Luca porque le sacaba fotos a las
cosas de Mario, que vendía arte chino. Tenían un departamento en Londres, y cada
tanto lo veía para hacer fotos de esas cosas que vendía. Tenía unos platos chinos, y o
les sacaba las fotos y se las ponía en un sobre. Creo que también las mandaba
derecho a los clientes para vender. En Roma tenía un negocio todavía más grande de
arte chino, muy de lujo, al que iba gente de mucha guita. Era uno de los referentes
de arte chino y vendía en todos lados. Era un experto en saber qué era auténtico y
qué no. Andá a saber cómo sacaba las obras de China, ¿no? Esa parte no la sé.
También recuerdo una vez que fui a cenar con los padres de Luca sin él y que fue
muy raro. Ellos preguntándome por Luca, sin saber qué hacer. Fue una situación
muy incómoda.
Nora Fisch: Luca me habló mucho de su niñez, me contó de su hermano, a quien le
tenía muchísimo afecto. Tenía casetes de audio con grabaciones habladas por
Andrea, que él le había enviado por correo, y los escuchaba una y otra vez. Eran
como un bálsamo, le hacían bien, lo hacían sonreír.
Andrea Prodan: Luca tenía mucha más relación que y o con la gente pueblerina en
Tarquinia. Era más grande, vivió ahí su adolescencia. Tarquinia era una ciudad
antiquísima, medieval. Para tener una idea de cómo es Tarquinia hay que ver la
película La armada Brancaleone, que está filmada alrededor del pueblo, en esta parte
de Italia que se llama Etruria, que está al norte de Roma, en las regiones de Lazio,
bordeando Toscana. Es una región muy antigua, donde nació Italia, antes de Roma,
porque ahí estaban los etruscos. Nuestra vida familiar estaba entre el departamento
de Roma y Tarquinia. Luca vivió ahí su adolescencia, conviviendo con todo el
mundo. Luca curtió mucho con los chicos del pueblo, se mandaban cagadas, y a era
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un líder, el carismático, el travieso, el gracioso. Ellos le mostraban los lugares y él
decía: “Bueno, en este lugar vamos a hacer esto”. Con ese grupo de chicos
atravesaron varias etapas y llegaron al hippismo. Luca volvía de Londres y de Roma,
Michela venía de California, y ellos dos fueron entre los muy pocos verdaderos
primeros hippies de Italia. Se juntaron un montón de intereses alrededor de lo que
estaba armando Luca en su casa allá arriba, empezó a llevar varias drogas, empezó
con el hachís y terminó con varios ácidos. Todavía no había aparecido la heroína,
pero todos los pibes del pueblo probaban esas cosas.
Rodrigo Espina: Cuando rodé mi película sobre Luca hice mucho hincapié en
encontrar a Duccio, que es un amigo de Luca de esa época en Tarquinia. Mi socio
me decía: “¡Estás loco, Espina, estás loco! ¡Luca hace veinte años decía… Si lo
encuentran a Duccio…! Y vos 30 años después querés buscarlo”. Apareció
preguntando por la calle. Cuando y a nadie sabía cómo ubicarlo, dije: “Díganle al
pibe de producción que pregunte por la calle”. Hicimos eso y apareció en Campo Di
Fiori. Duccio nos citó en un nightclub de Roma, algo que ya suena raro, encima a las
diez de la mañana. Estaba todo sudado, no había dormido en toda la noche, había
estado jugando al póker. Un personaje tremendo. Cuando lo vi, dijo lo abracé y el
tipo me dijo: “¿Quién sos?”. Pero para mí fue emocionante. Luca, en unas cartas que
tiene Andrea, dice: “Denle a Duccio todo mi amor”. Lo dice como siete veces: “Mi
amor, mi amor, mi amor, mi amor, mi amor”. Fue el gran compinche que tuvo Luca
durante una época.
Andrea Prodan: Los padres de Tarquinia no sabían qué era la droga, ni siquiera el
hachís. Hubo problemas, hubo muchos problemas. Luca tuvo algunas novias en
Tarquinia, siempre chicas muy humildes. Una que estaba enamorada de él era la
moza de un pequeño restorán que se llamaba “Le Due Orfanelle”; tenía los dientes
un poco para afuera, pero era hermosa, de esas feítas lindas.
Rodrigo Espina: También está Arduino, que es el hombre gordo que aparece en la
película, que era otro de los hijos de campesinos de esa zona, porque era hijo de los
caseros. A Luca nunca le importó un carajo de las “diferencias sociales” y se hizo
muy amigo de él. Dentro de su banda estaban los artistas y los lúmpenes. Arduino es
escultor, y cuando lo entrevisté le hice una sola pregunta. Su respuesta duró 50
minutos… Cuando terminó de hablar lo aplaudimos y lo abrazamos todos porque fue
genial, clarísimo. Massimo, un artista total, dice: “Yo soy artista gracias a Luca. De
alguna manera, Luca fue el que abrió mis límites, el que rompió mis fronteras”.
También aparece una mujer rubia, muy linda, que fue la primera novia de Luca. Yo
le digo: “Contame el primer beso” y ella responde: “Qué importa el primer beso,
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importan otras cosas”. Tarquinia es un capítulo hermoso, creo que es la etapa más
feliz de la vida de Luca.
Andrea Prodan: La primera novia importante de Luca es Linda, que estaba en St.
George’s, en la escuela de Roma, porque el padre trabajaba para una empresa
multinacional. Se llamaba Linda Tricker, el apellido era como un juego: Linda
Engañadora. A mi madre nunca le gustó Linda, porque las madres son así… “Esta
chica no me gusta, está llevándolo por el camino equivocado”. No era una chica que
dijeras “¡wow!”, pero era rubia, tenía una cara angulosa, era parecida a Jane
Sey mour, la actriz, todo el mundo le decía eso porque Sey mour estaba en una
película de James Bond. Era famosa. Mi mama decía: “Es un poco ordinaria”. A
Luca le encantaba, y ella era audaz sexualmente y mentalmente muy rápida. Era
medio bruja, incluso siempre tuve la sensación de que ella quería seducirme.
Íntimamente me daba vergüenza. Yo era un niño, pero y a cuando fui más grande,
alrededor de mis 14 años, a ella le gustaba la energía de seducirme para ver si Luca
se ponía mal y ver que provocaba en mí, y y o intentaba esquivarla. Linda era un
poco de eso que los ingleses llaman mindfucker: la que coge con tu cerebro.
Conociendo a Luca, que siempre fue tan rápido para comprender a la gente, me
parece raro que hay a caído como boludo en una energía de esa clase. Pero todos
tenemos nuestro punto débil y él estuvo enganchado durante años con Linda. Ella le
enseñó muchas cosas, le abrió la cabeza tanto sexualmente como con las drogas.
Luca le escribió canciones. Linda es “la chica que transformó a un ratoncito en un
gnomo” (“The girl who turned a mouse into a gnome”), y “Breaking Away ” está
dedicada, en parte, a ella.
Rodrigo Espina: Linda nunca quiso darnos una entrevista para la película. Solamente
habla con Andrea. Me acuerdo que el productor de la película me decía: “No
importa, Espina, contratamos a una actriz y decimos que es Linda”. Yo le decía:
“¡¿Cómo?! ¡¿Una actriz y decimos que es Linda?!”.
Andrea Prodan: Rodrigo no pudo sacarle una palabra. La veía como un pilar de la
película, pero solamente se comunicaba conmigo. Hablamos una hora y media
desde el celular, con Rodrigo al lado. Ella me contaba cosas y lloraba. “¿Sabés,
Andrea?”, me dijo. “No estoy preparada para esto todavía, no puedo hablar de Luca,
no puedo volver atrás, tengo hijos, hice mi vida, quiero hablar de él, pero no puedo ni
quiero saber, perdón, perdón…”. Era comprensible porque esos recuerdos
pertenecen a su intimidad. Volví a verla varias veces después de la muerte de Luca.
Es muy copada y está más frágil, mucho más frágil.
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Stephanie Nutall: Linda nunca dejó de amar a Luca, como sucedió con tantas de sus
novias.
Andrea Prodan: Luca y Linda eran como Bonnie & Cly de. Una pareja muy unida,
muy modernos en un punto. Se conocieron cuando Luca se escapó de la escuela en
Escocia. Mis padres enchufaron a mi hermano en St. Geroge’s porque estaban
desesperados y querían que terminara sus estudios.
Timmy MacKern: Luca se puso más mujeriego cuando vino a la Argentina. Antes
estaba mucho con Linda.
Andrea Prodan: Yo creo que Linda fue el gran amor de su vida.
Timmy MacKern: En el 71 empecé a estudiar administración de empresas, en uno
de esos cursos que hacías un tiempo en la facultad, después trabajabas un tiempo y
volvías a estudiar. Lo hice en Kingston, en las afueras de Londres, en los suburbios,
porque y o tenía el departamento en Richmond, que es un barrio. Hice ese primer año
y después, en diciembre del otro año, viajé a la Argentina para hacer la parte en la
práctica en la que trabajaba. Durante esa época no hice unos exámenes y me
echaron, y recibí una carta de Luca, en la que me contaba que había estado en la
cárcel, y que se había ido a Inglaterra. Estaba viviendo en Brighton, en el sur, que es
donde más plata hay. Mi hermano se había quedado en Londres y enloqueció un
poquito, se enfermó, y y o me fui para allá a ayudarlo. Un día de esos me fui a
Brighton a ver a Luca. Estaba ahí en una casa medio tomada. Recuerdo que cuando
bajé del tren y le pedí al taxi que me llevase ahí, el tipo me dijo: “¿Ahí?”. La casa
era un desastre, Luca y a había prendido fuego su pieza, quemaban las cosas de la
escalera por leña, una casa de locos sin un mango, un desastre. Creo que Luca vivía
del seguro de desempleo. Cuando le dije que me volvía a Londres, se vino conmigo y
se instaló en mi departamento.
Nora Fisch: Me contó que trabajó en una fábrica como sereno, junto a Timmy y,
aparentemente, esa fue una época en la que se drogó bastante y empezó con la
heroína. Tenía historias increíbles acerca de la escena musical de Londres en ese
momento. También me contó muchas anécdotas, por ejemplo que cuando tenía unos
14 años iba en un tren por Europa, de Italia a Inglaterra o viceversa, viajaba solo y
una mujer mucho may or se le acercó y terminaron teniendo sexo ahí en el tren.
Timmy MacKern: Yo empecé a estudiar fotografía porque me bancaba mi padre y
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Luca tenía un laburo como de seguridad, que lo hacían varios en Gordonstoun. Era un
laburo muy fácil que y o también hice. Te decían: “Te pagamos por hora, en negro,
sin pedir nada”. Era todo trucho, quizás cuidabas una exposición de antigüedades y te
quedabas ahí dos semanas, las 24 horas del día. Pero cobrabas por hora y era un
montón de plata. Vivimos toda esa época juntos con Luca y con su novia de entonces,
Linda. En Londres íbamos mucho a ver bandas.
Andrea Prodan: A Luca le gustaban mucho los Beatles y los Stones. Tenía todos los
discos y los escuchaba mucho con Claudia. En Tarquinia compró Sgt. Pepper Lonely
Hearts Club Band y me recortó todo lo que venía troquelado, se sacaba una página
que tenía medallas y cosas para poner arriba de un papel, como un chiste, y me
vistió como uno de los Sgt. Pepper, Paul, creo… Ese disco me re pegó (y o tendría
seis años), porque parece que es un disco para niños, con ese mundo y esos sonidos.
Más adelante Luca me dijo: “No comprendo cómo te copás tanto con esto y no
tomás drogas”. “Esto es mi droga”, le respondí.
Luca Prodan: Nací en Roma, donde nació la esposa de Keith Richards. Por eso tengo
todo mi respeto por los Rolling Stones, que tienen lazos con Roma.
Andrea Prodan: Cuando después y o era más grande él y a escuchaba King Crimson
y todo eso, me llevaba todo a la escuela y y o lo escuchaba bajo la almohada, en el
dormitorio. Tenía un grabadorcito Sany o, trucho, mono, y ahí ponía Islands, de King
Crimson. También escuchaba Court of the Crimson King, Trilogy y Tarkus, de
Emerson, Lake & Palmer… The Yes Album. A Luca le gustaba mucho el rock
cómico, siempre decía que no entendía por qué no hay más juego en el rock. “Es una
pavada, hay que divertirse también”. Le encantaba Zappa, sobre todo Apostrophe,
Captain Beefheart, Bonzo Dog Doo Dah Band, que son los Monty Py thon de la
música inglesa, Neil Innes. Yo crecí con esos discos también. También era fan de
Bowie. Space Oddity era otro de sus grandes discos de siempre. En esa época, mi
papá le había construido una mini casa adentro de una torre medieval en el fondo del
jardín de nuestra casa en Tarquinia y Luca se metía ahí adentro con su novia y sus
amigos para fumar cualquier cosa, tomar ácidos, probar cosas raras. Ese verano, en
el que y o tendría ocho años, fue el verano de Space Oddity. Luca estaba sacadísimo,
es un disco que parecía que le hablaba a él, como le pasó a un montón de gente. Luca
siempre fue un provocador, un adelantado, llevaba gente y la sacaba como quería.
Empujaba a los demás a hacer cosas que no habrían tenido el coraje o las ganas de
concretar y muchas veces terminaban adorándolo porque les abría muchas puertas.
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Timmy MacKern: Me perdí el punk porque dejé Inglaterra cuando murió mi padre,
en octubre de 1975. Yo estaba en Marruecos, me enteré como un mes después, y en
diciembre me vine para la Argentina, justo en Navidad, para ver a mi madre y a la
familia. Todavía estaba estudiando fotografía, en segundo año. Vine por unos días,
pero me quedé y no volví más. Me acuerdo de haber hablado en Londres con Luca:
“Chau, Luca. Te veo en diez días”. Él y a tenía su departamento al lado del río, uno
que le había comprado el padre en el Támesis. Llevaba ahí a gente encontrada por
casualidad, a italianos de paso, extraños de toda índole, a los paquistaníes, estaba lleno
de gatos. Era un departamento algo caótico, amueblado, estaba bastante bien. Volví a
verlo casi seis años después, en el 81, cuando él viajó a Córdoba.
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Las plantas de Luca. “Crezcan”, repetía todas las mañanas en el departamento de su
amigo Timmy. Londres, 1975.
(Gentileza de Timmy MacKern)
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Capítulo 5
Londres II
“Bueno, yo viví en Inglaterra entre el 73 y el 80, tenía mi casa y todo, ahí en esa
época, de verdad, no pasaba nada. Había visto a Roxy Music, que eran re buenos en
esa época, ellos eran la única cosa nueva, lo demás era medio aburrido, medio
estancado, como ahora por ejemplo, que esa música que viene de Inglaterra y de
Estados Unidos es toda para gente que quiere consumir, mirar televisión color, tener
su videocasetera, su cochecito, la novia, una novia distinta, un novio distinto cada fin
de semana, no piensan en el amor, solamente piensan en consumir, porque hay guita
ahora. En el 73 era más o menos todo estancado, después surgió el punk que echó un
poco a esos genios que había antes, porque en todo el mundo había menos guita y la
gente se enojaba más y se enojó. Por eso se formó la expresión social en Inglaterra.
Yo lo viví y al principio odiaba a los punks. Después me di cuenta que eran buenos,
que no eran violentos y que eran más de verdad que los hippies, que eran todos unos
hipócritas. Decían: ‘Todo bien, todo bien’ y después te afanaban la guita de la
campera. Para mí los punks eran más de verdad”.
Luca entrevistado por Marcela Feudale en la radio Rock & Pop en 1987.
Poco antes de atravesar el centro medular de la ciudad de Londres, el Támesis
serpentea como un dragón chino, circula ondulante y convierte a la capital en un
mapa imposible. Uno de sus meandros más pronunciados rodea el Jardín Botánico de
Kew, bendito pulmón urbano presidido por una imponente estructura de metal. Es una
maravilla arquitectónica pensada como un invernadero gigante: The Palm House fue
terminada en 1849 y se mantiene como uno de los mejores reflejos del esplendor
victoriano, hierro y cristal en casi una síntesis de símbolos imperiales. Timmy
MacKern vivió a pasos de los Royal Botanic Gardens y Luca encontró refugio allí en
más de una ocasión. A mediados de 1975, Timmy regresó a Buenos Aires luego de
conocer la noticia del fallecimiento de su padre. Atrás quedaban sus estudios de
fotografía y la vida furtiva junto al italiano. El duelo incluía una serie de obligaciones,
como tomar las riendas de la empresa metalúrgica de los MacKern. Casi al mismo
tiempo, Luca regresó a Londres mientras todavía pesaba sobre su cabeza el rótulo de
desertor. Con la idea de asumir el control de la situación, Mario Prodan también
decidió instalarse en Londres, un poco para atender sus prósperos negocios en el
mercado de arte chino y, de paso, redoblar la guarda familiar. Cecilia lo acompañó y,
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en esa nueva residencia londinense, los Prodan no vivieron todos juntos: los padres se
instalaron en el exclusivo barrio de Shepherd Market, en pleno corazón de Mayfair, a
pocas cuadras del Palacio de Buckingham. Luca permaneció muy cerca de la casa
de Timmy frente al Jardín Botánico: solo tenía que cruzar el puente de Kew y
chocarse con el número 30B de Thames Road, un calle que bordea al río con casas
idénticas, puro ladrillo a la vista, techo de tejas a dos aguas y un pequeño patio al
frente. Nada mal para un chico de 22 años que tenía, por fin, un espacio propio. Una
circunstancia que no volvió a repetirse en el tiempo: luego de Londres, vivirá buena
parte del resto de su vida en forma provisional, por lo general en casas ajenas o bajo
los términos del inquilino ocasional.
Londres distaba mucho de ser una fiesta: desempleo, inflación, crisis energética y
devaluación de la libra formaban el rosario de calamidades que enfrentaba el
laborista Harold Wilson desde su asunción como Primer Ministro, en marzo de 1974.
En esa coyuntura nada bueno podía suceder a futuro, algo que tampoco afectaba las
miras bastante austeras de Luca, ya metido hasta el cuello en el vaivén lento de las
drogas duras y el deseo no muy explicitado de pasarla bien escuchando o haciendo
música, discutiendo el amor con Linda o trabajando en empleos eventuales como
personal de seguridad para conciertos; entre los custodiados figuran algunos astros
exóticos de la new-wave como Lene Lovich y Joe King Carrasco. Pero en la lista de
los empleos estables de Luca solo existe un nombre: Virgin. La disquería fundada por
Richard Branson unos años antes en Oxford Street ya había alcanzado, en 1975, un
lugar destacado en el mercado discográfico con la aparición del sello del mismo
nombre y su primer gran éxito, Tubular Bells de Mike Oldfield. El tipo que en poco
tiempo se convertiría en uno de los multimillonarios más poderosos del planeta, ese
año contrató a Luca para manejar la sección de “singles” en la nueva sucursal de
Nothing Hill Gate. El estilo Branson imponía nuevos hábitos para el modus operandi
de las disquerías tradicionales: en sus primeros locales podía encontrarse comida
vegetariana y buenos almohadones para escuchar con auriculares, sin límite de
tiempo, el vinilo elegido. Pero, más allá de estos detalles, lo importante estaba en el
material importado que se conseguía en sus bateas. El kraut-rock le debe a Branson su
difusión en Inglaterra: los discos de Neu! y Can constituían parte de ese tesoro que
Luca tuvo en sus manos y empezó a acumular para sí mismo, la mayoría robados
del depósito con un límite: uno de cada diez discos que vendía iba a parar a su casa.
Obviamente, lo descubrieron y lo echaron, pero la insistencia de los clientes (que
reclamaban al italiano que podía descubrir el título de una canción y a su intérprete
con tan solo escuchar un silbido desafinado) le jugó a favor. Luca corría con ventaja,
porque todas las noches escuchaba a John Peel por Radio One de la BBC, el
programador y conductor radial más importante de la historia del rock inglés, que fue
una pieza clave en la difusión de bandas nuevas de la segunda mitad de los años 70.
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Parte de su prédica formó una nueva audiencia, que dejaba atrás el complejo
universo del rock progresivo y apostaba todo a un sonido más cercano, visceral y sin
demasiadas vueltas. Paradójicamente, Virgin fichó a Sex Pistols para la edición de su
disco debut, Never Mind The Bollocks, y el exhippie Richard Branson empezaba a
fundar un imperio empresarial justo con el disco que celebraba el “no future” y que
escupía en la cara de todos los valores de la sociedad británica. La segunda
oportunidad en Virgin duró poco más que un suspiro. Luca empezó a trabajar en un
depósito, con muchos más discos a disposición, y la sustracción alcanzó niveles de
desmesura. Además de llevarse los discos que le gustaban, también robaba discos
para sus amigos y para su hermano Andrea. Esta vez Branson no dudó y ordenó el
despido definitivo.
1978 arrancó con uno de los shows más recordados por Luca Prodan. El 15 y el
16 de enero, Van der Graaf (ya sin el “Generator”) brindó un par de recitales en el
Club Marquee. El sonido, oscuro, denso y por momentos violento, parece admitir que
fue Peter Hammill quien en 1975 anticipó el estallido con su premonitorio disco
solista Nadir’s Big Chance, que en su contratapa incluía un manifiesto firmado por el
álter ego de Hammill, Ricky Nadir, donde utiliza la denominación punk beefy songs
(musculosas canciones punk). Allí expone, en varias canciones, un salvajismo ajeno
al estilo de su banda y que tampoco podía encontrarse en sus álbumes solistas. Luca
tomó nota de las instrucciones del cantante de VDG y, durante los conciertos del
Marquee, pudo traducir el futuro. El cantante espigado y de voz dramática anticipaba
los estertores del dark y el after-punk, y al mismo tiempo seguía siendo esa banda
progresiva de arreglos cuidados y siempre atenta a poner tensión en la belleza. El
registro incluye los gritos de la gente, que parecen estar pegada al escenario. El
primer Marquee, ubicado en Wardour Street, era un lugar bastante chico y, según
Luca en una entrevista concedida a Roberto Pettinato, “era muy raro porque fue la
primera vez que y o vi a los viejos hippies y a los nuevos punks en un recital, sin
pelearse ni tirándose cosas”. También afirmó que alguno de los alaridos que se
escuchan entre tema y tema le pertenecen a él.
Tal vez la sonoridad que provocaba el nombre de una banda como Talking Heads
haya sido un antecedente para que Luca bautizara a su primer grupo como New
Clear Heads. En plena guerra fría, el título podía tener varias acepciones: cabezas
nucleares y nuevas cabezas claras. En ambos casos, funcionaba como una señal de
alerta. La banda solo dejó un par de grabaciones caseras y algunos shows en pubs, y
la historia apenas retiene las iniciales LP como principal compositor, cantante y
guitarrista. “Space Age Outrage”, “United” y “White Trash” son algunas de las
canciones que Luca compuso en Londres, aunque solo la última llegará a formar
parte de un casete oficial. Toda la actividad se reduce a la lentitud que produce la
heroína y también a un cierto desencanto hacia la industria musical. Luca estaba a
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favor del cambio de valores estéticos que estaba produciendo el reggae, el punk rock
naciente y artistas como David Bowie o Brian Eno, que aún formaban parte de su
lista de artistas inspiradores. Pero sus días estaban más en sintonía con el efecto
protector de la heroína y el resto quedaba totalmente relegado. Será el tiempo en el
que Linda comienza a ay udar a unos amigos de Manchester. La banda se llama
Manicured Noise y son pura vanguardia bailando sobre ritmos nerviosos y una
impronta funk nada convencional. Su líder es Steve Walsh y sobresale la baterista, lo
más parecido en contundencia y exactitud a Maureen Tucker. La chica responde al
nombre de Stephanie Nutall y en poco tiempo se convierte en buena amiga de Luca.
Por cercanía y afinidad musical, los Manicured Noise conocían a Joy Division, la
banda que revolucionó los 80 casi sin poner un pie en la década. Su cantante, Ian
Curtis, se suicidó el 16 de may o de 1980 a horas de iniciar una gira por Estados
Unidos. De la amistad con Stephanie también nació el fanatismo de Luca por la
densidad de JD, la voz única de su cantante y el uso de máquinas de ritmo. También
heredaría algo de su destino trágico.
El mapa de influencias de Luca Prodan es lo más parecido a la guía del viajero
poshippie. La travesía como escucha comprometido incluy e el pasaje que va de los
clásicos de la década del 60 (Los Beatles, Jimi Hendrix, los Doors y los Rolling
Stones) a la cosmogonía del rock progresivo británico y su derivado sinfónico. Esta
última categoría reúne a varios de sus discos predilectos. Por una vía menos
majestuosa aparece el rock norteamericano desfachatado. Ahí están los primeros
álbumes de Canned Heat, el sarcasmo de Frank Zappa (etapa Apostrophe, 1974) y la
desquiciada transgresión de Captain Beefheart, a bordo de dos obras cumbres: Trout
Mask Replica (1969) y Mirror Man (1970). Andrea Prodan confiesa que su hermano
disfrutaba mucho con la posibilidad lúdica que ofrecía el rock en su vertiente más
irónica.
Si bien la discoteca de Luca era un mueble variopinto, a partir de 1977 el punk
rock delineó preferencias y ubicaciones de privilegio. Al lado de los discos británicos
fechados durante ese año, empezaron a ganar lugar las tapas arty de los primigenios
Talking Heads y el álbum homónimo de Suicide. Sin ser un ferviente admirador de
los sonidos neoy orquinos, Luca reconocía que las instrucciones de Velvet
Underground por fin tomaban forma de revuelta generacional. La música italiana es
otro elemento a tener en cuenta en la etapa formativa de Prodan. No tardó mucho en
comprobar que Premiata Forneria Marconi manejaba un estilo propio cada vez que
ingresaba en la esfera del rock sinfónico, o que Banco del Mutuo Soccorso podría
haber llegado mucho más lejos si no se hubiera dejado guiar tanto por sus apetencias
de éxito. Admiraba mucho a Jenny Sorrenti. Pero fue Lucio Battisti quien más
conectó a Luca con el expresionismo cancionero y la raíz sanguínea de la cultura
itálica.
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Los discos de Bob Marley representan el primer acercamiento de Luca a las
penurias del tercer mundo. Entró al punk a través del reggae, escuchando a Marley,
Steel Pulse y Aswath. En Londres asistió a varios recitales del gran Bob y en esos
shows, en donde también tocaban grupos punks, comprendió el valor musical y
espiritual del reggae. Natty Dread (1975) figura entre sus discos favoritos por el
riesgo que asumió Marley al acercar el reggae a otros géneros como el pop, el soul,
el funk y el rock. En la misma línea, dos años antes, Catch A Fire y Burnin’ habían
anticipado el poder del gueto con sus cadencias hipnóticas y una enorme musicalidad
basada en los envolventes ritmos jamaiquinos. Luca también admiraba la sensibilidad
y la simpleza con que Nick Drake exponía sus emociones. Pink Moon, el último
trabajo del cantautor, establece claras conexiones entre ambos, una extraña manera
de llenar de belleza esos lugares en donde todo es tristeza eterna.
Si bien Luca vivió a pleno la explosión del punk rock londinense, tenía ciertos
reparos frente a las aspiraciones de los Sex Pistols y The Clash. Lo suyo estaba más
cerca de los Damned (circa Damned, Damned, Damned), Buzzcocks y Wire.
Bautizada como la mejor banda de punk inteligente de Inglaterra, Wire logró la
síntesis entre velocidad y urgencia expresiva con su disco debut, el imprescindible
Pink Flag.
Lou Reed y su fuerza espartana representan una de las influencias fundamentales
de Luca. Discos como Transformer, Berlin, Sally Can’t Dance, Coney Island Baby y
Street Hassle figuraron entre los álbumes favoritos de Luca, junto a los cuatro
trabajos de estudio de Velvet Underground. Pero Berlin, quizás por su atray ente
atmósfera de decadencia y autodestrucción, aparece en el primer lugar. Sin duda,
Luca veía a Reed como el auténtico animal de rock, una criatura perversa y dañina
que purga culpas (propias y ajenas) debido a su condición de portavoz. John Martyn
es otro referente en la etapa formativa de Luca Prodan. Tal vez por la procedencia
escocesa de este músico o por su gran capacidad para glorificar una canción
acústica, Luca haya decidido incorporarse en el minúsculo fans club de Marty n.
Solid Air se acerca a la perfección gracias a la canción que le da título al álbum,
dedicada a Nick Drake, y uno de los preferidos por Luca.
Para medidos de 1979, la relación con Linda estaba quebrada y una parte
terminará derrumbándose con la noticia del suicidio de su hermana Claudia junto a
su novio en un descampado en Sperlonga, un balneario a mitad de camino entre
Roma y Nápoles. En los primeros días de julio, la policía encontró los cuerpos de dos
jóvenes que habían inhalado monóxido de carbono introduciendo el caño de escape
en el interior del vehículo. Dejaron varias cartas, una de ellas para la policía, en
donde pedían disculpas por la escena dantesca que dejaron detrás de sí. Luca había
iniciado a su hermana en el consumo de heroína y, de alguna u otra manera, se sentía
responsable por la decisión que terminó con su vida.
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Claudia nació en China y estuvo a punto de morir en el campo de concentración.
Su madre decía, un poco en serio y un poco en broma, que el carácter inestable de su
hija provenía del uso indiscriminado de la penicilina que le aplicaron durante el
cautiverio. A pesar de la diferencia de edad de casi diez años, Claudia y Luca
compartían el mismo nivel de sensibilidad respecto a los males del mundo. Militante
en temas de Derechos Humanos y muy comprometida en causas ecológicas,
Claudia Prodan llegó a vivir en África mientras trabajaba como traductora para la
FAO, la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.
Desencantada con los manejos espurios de los organismos internacionales en el tema
del hambre y el cuidado del planeta, Claudia comenzó a padecer trastornos
depresivos que minaron su carácter humanista y solidario. Luca pintó la tragedia de
Claudia en la letra de “Warm Mist”, uno de los primeros temas de Sumo.
El emblemático periódico de izquierda L’Unità, fundado por el filósofo marxista
Antonio Gramsci en 1924, en su edición del 10 de julio de 1979, publicó una crónica
del trágico suceso con un título aterrador: “Los encontraron abrazados en el auto:
mejor morir de droga que vivir así”.
El suicidio de Carlo Pistoni y Claudia Prodan fue tomado por el diario romano
como un terrible acto de reprobación al estado de las cosas en la conflictiva situación
política en Italia: “Después de iny ectarse, transformaron el vehículo en una cámara
de gas. Él tenía 36 años y cuatro hijos, ella había dejado hace un año su trabajo en la
FAO. Han buscado una ruptura brusca con la vida cotidiana”, indicaba sin eufemismo
el subtítulo de la nota: “Desde hace un año habían ‘cortado los puentes’. Cerraron los
vínculos familiares, dejaron el trabajo, vendieron la casa. Tenían 36 años. El
domingo los encontraron muertos, abrazados a bordo de un auto estacionado en una
callecita aislada, entre Sperlonga e Itri. Engancharon un tubo en el caño de escape
que entraba en el habitáculo a través del ventilete. Sobre el tablero, una jeringa
usada. Sobre los asientos y sobre los brazos, manchas de sangre: rastros de una
iny ección de heroína que salió mal. Entre las cuatro cartas dejadas por la pareja a
los amigos (y una dirigida a los carabineros), una decía: ‘Es mejor morir de droga
que vivir así’. Pero para asegurarse la muerte quisieron agregar a aquella que
probablemente fue una sobredosis, el auto como cámara de gas. Carlo Pistoni y
Claudia Prodan estaban allí, encerrados en un Fiat Ritmo, patente de Milán, desde dos
o tal vez tres días atrás. Sus cuerpos estaban devastados, edematizados por el
avanzado estado de descomposición acelerado por el calor. Nadie había notado en un
principio ese auto, nadie se había dado cuenta —pasando por la calle que va de Itri a
Sperlonga— que en aquel vehículo había dos personas. Y que la radio no había
dejado de sonar un instante: cuando los encontraron estaba todavía encendida, la
batería no se había descargado. Recién el domingo un joven notó el auto, se acercó y,
asustado, fue a advertir a los carabineros. Poco después llegó también al lugar el
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pretor de Gaeta al cual está asignada la investigación: después del examen médico
legal —que comprobó que la pareja murió por asfixia con óxido de carbono (y por lo
tanto no por el pinchazo de heroína)— el magistrado ha dado la autorización para la
sepultura de los cadáveres. Las cartas en cambio (cuatro, recogidas en una bolsita de
celofán) fueron secuestradas en el momento. Una escrita por Pistoni era dirigida a la
policía, las otras, a tres amigos, estaban firmadas por la mujer, los carabineros no
han dejado escapar nada acerca de su contenido. Solamente aquella frase: ‘Mejor
morir de droga…’. y otra: ‘Admiro a los combatientes de la izquierda…’.
Fragmentaria, hecha de noticias recopiladas y no comprobadas, es también la
reconstrucción de la vida de Carlo Pistoni y Claudia Prodan. Sobre los hombros, de
todas maneras tienen una elección en común, que parece brusca, imprevista, de
ruptura con la ‘sociedad organizada’. Claudia tenía 36 años, nacida en Pekín de padres
italianos, que viven actualmente en Inglaterra, políglota, vivía en Roma, sola, en un
departamento de su propiedad en el centro y trabajaba en la FAO. Pero un año atrás
había dejado el trabajo y había vendido el departamento. Para viajar, un vecino
(mejor un exvecino) cuenta: ‘No le gustaba vivir. Claudia había iniciado hace muchos
años un proceso de autodestrucción, que iba a conducirla primero a la droga y luego
a la muerte. Incluso la relación con Carlo comenzada hace dos años atrás, parecía
nacida bajo el signo de la destrucción. Él estaba casi siempre en la casa, pintaba. Ella
mantenía todavía la relación con el exterior, trabajando’. Después la decisión de
dejar también el trabajo para viajar al extranjero, a América Latina, India o África,
donde pensaba vivir con el dinero recaudado de la venta de su departamento. Carlo
Pistoni estaba casado y tenía cuatro hijos. La larga y sufrida crisis cony ugal se había
‘resuelto’ al menos legalmente solo unos meses atrás, con una separación ratificada
por el tribunal. La mujer —que vive con los hijos en Via Acaia, en el Appio Latino—
ha dicho ayer que no veía a su marido desde hace 40 días ni tenía noticias suy as. La
última partida —esa que había llevado a la pareja a Sperlonga— había sido tal vez
programada para un largo viaje. La Ritmo había sido alquilada en Nápoles, en el baúl
había tres valijas llenas de ropa. Evidentemente, los dos tenían intenciones de estar
afuera mucho tiempo. La decisión del suicidio debe haber sido, tal vez, una decisión
crecida con el tiempo, paralela a la carrera de heromaníacos como un pensamiento
fijo: pero no había sido programada, pensada con anticipación, estudiada para este
viaje. En Sperlonga, los dos desembocaron en una calle secundaria, se pararon en
una pequeña plaza y han cumplido su rito para matarse. Sobre los asientos había,
junto a las cartas, también las hojas de un block de bosquejos: estaban diseñados los
cuerpos de dos amantes con jeringas en los brazos. Un último, trágico, autorretrato”.
Germán Daffunchio: Claudia… Claudia se suicidó, ¿no? Yo, personalmente, esto es
algo muy mío, terminé de entenderlo cuando vi la película de Luca, porque nunca
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pude entender cuál era su dolor. Siempre atrás de una gran adicción, hasta atrás de
una gran autodestrucción tiene que haber un dolor, algo detonante y para mí fue
Claudia. Porque él fue quien le dio heroína por primera vez y ella se murió
heroinómana. A mí nunca me habló de Claudia. Hilvanando todo, me fui cayendo
así. “Tac”, dije. “Claro, fue eso” y él le dice a la hermana en ese tema, que él no iba
a morir como ella, que él iba a morir brillando arriba o alto, no sé, fijate la
traducción de “Warm Mist”, qué fue lo que pasó.
Silvia Ceriani: A mí nunca me dijo que sintiera culpa por la muerte de Claudia. Sí
me dijo que su hermana tomaba heroína, como también me contó que él la
consumía. Debe haber sido algo muy doloroso para él, profundamente doloroso.
Deduzco ahora esto ahora, porque él nunca me dijo: “Yo le dije a Claudia que
tomara heroína”. Además son cosas que pasan, si no hubiera sido él seguramente se
hubiera encontrado con la heroína por otro medio, no lo sabemos.
Stephanie Nutall: Luca se sentía muy cercano a su hermana Claudia, y tal vez parte
del problema que tenía era ver cómo llenar el hueco que dejó ella en su vida.
Mónica Stromp: No sé si el tema de Claudia lo agobiaba, pero había momentos en
los que hablaba de ella, por supuesto. Posiblemente sintiera culpa. Mucha gente decía
que él sentía culpa por haberle hecho probar cosas. No me voy a olvidar de su relato.
Cuando la encontraron en el auto con el novio, no sé si fue él, no sé cómo fue, pero
Luca fue al auto y vio que en el grabador del auto había un casete, y se fijó cuál era.
Y —esto me lo contó Luca mismo— y es que así sacó que la última canción que
Claudia seguramente habría escuchado en el grabador del auto, era de Lucio Dalla,
“Com’ é profondo il mare”. O sea, vio que estaba parado el casete al final y que
como lo último, si todavía estaba consciente, había escuchado ese tema. Y es así que
uno de los temas que más lo conmovían era ese.
Andrea Prodan: A Luca lo fascinaba Pink Flag, de Wire. También los primeros tres
discos de Magazine. De Wire decía que manejaban un inglés y unas ideas muy
intelectuales, pero lo decía hablando en cockney, le gustaba el choque entre la
supercultura y la clase obrera inglesa. Me acuerdo de estar escuchando a Magazine
con él, leíamos juntos las letras. Muchas veces me decía: “¿Sabés de qué está
hablando Howard Devoto en este tema de Magazine? De la heroína”. Le pegaba
fuerte porque toda esa gente tomaba heroína. Otros que nos gustaban muchoeran The
Only Ones. Poníamos “Another Girl, Another Planet”: “Te tengo bajo mi piel/ Me
siento en otro planeta cuando estoy con vos…”. Parecía una canción de amor, pero
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él me decía: “No, no es de amor, está dedicada a la heroína”. Luca captaba el
verdadero sentido de la canción. Yo me sentía un pelotudo. Para él, estaba todo
relacionado con las drogas.
Claudio Kleiman: Aparte tenía muy buen gusto, era un melómano, ¿no? Siempre
contaba de los discos que tenía en la casa, de que lo habían echado de la Virgin
porque se había afanado… Era la época de los singles, se había afanado como 350
simples de la Virgin y algunos de esos se los había traído.
Andrea Prodan: Virgin nació como un sello de hippies perdidos, de los que después
del fracaso se volcaron a cosas muy complicadas. Este Richard Branson era un
exhippie, pero medio vivo. Decidíó armar el sello Virgin y hacían estos discos de
bandas buenas, de rock progresivo. Luca se copó con eso y terminó trabajando para
Branson en el primer negocio de la Virgin en Londres. Porque antes la Virgin tenía un
pequeño negocio en Notting Hill Gate, que era un barrio… Ahora es Notting Hill, el
de la película. Pero en los años 60 y 70 era un barrio heavy, había casas lindas, pero
también mucho jamaiquino. No era un local normal, era una especie de galpón de la
Virgin que estaba ahí.
Alfredo Rosso: Cuando lo conocí, de lo primero que hablamos fue justamente de su
colección de discos porque él me dijo: “Tengo una buena colección de simples,
porque yo trabajé en Virgin”. Y me aclaró que en el Virgin de Marble Arch. Yo
había estado ahí, un lugar que y a no existe hace décadas. Había estado revolviendo y
comprando discos y me pareció una disquería alucinante. Porque no solo tenían
material del sello Virgin, sino que tenían los mejores discos de Londres. Él había
laburado ahí y obviamente se había quedado con un montón de material.
Empezamos a hablar de los grupos de new-wave, creo que y a tenía el tema “Divided
By Joy ”. Le gustaba mucho el reggae, hablamos de la línea Front Line de Virgin, nos
metimos un poco en temas musicales. Me di cuenta de que era un tipo muy culto
también. Sabía mucho de cine y literatura, porque en aquella época, la gente que
manejaba un cierto conocimiento de rock, también seguro tenía un cierto
conocimiento de literatura, de cine distinto, de cine contracultural. Y Luca era un
típico ejemplo. No se daba que a un tipo le gustase King Crimson y después al cine
fuera a ver las películas de John Way ne. Había como una correlación cultural. A los
tipos jóvenes que les gustaba la buena música, que les gustaba el rock, los podías ver
en los cines de la L de Corrientes (Losuar y Lorraine) y también los ibas a ver en las
librerías buscando libros de la colección Minotauro de ciencia ficción, qué sé yo... A
los que les interesaba la parte de psicología comprar textos de Cooper, que hablaban
de Psiquiatría y Anti Psiquiatría, algo por el estilo. O sea, era gente progre, y Luca
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era progre, pero no era esnob. Eso era fundamental, Luca nunca fue un tipo esnob.
Es más, se cagaba de risa de los esnobs.
Andrea Prodan: Creo que a Luca lo fastidiaba no ser parte de la clase obrera. O sea,
lo que decía Lennon: “A working class hero is something to be” (“Un héroe de clase
obrera es algo a ser”). Luca también creía eso. Fue su cruz en Inglaterra, eso que le
impidió a ser alguien allá también. Los ingleses son muy esnobs. La prensa musical
de esa época hablaba mucho eso que llamaban street credibility (“credibilidad de la
calle”). Si no la tenías, no podías hacer nada. Muchos incluso ocultaban su
procedencia de clase medio burguesa, como Paul Weller. Luca estuvo en el mejor
colegio de Escocia, una escuela real, venía de una familia burguesa y rara, bastante
excéntrica. Los ingleses lo tenían como un extranjero extravagante, onda: “¿Quién es
ese bicho?”.
Marcelo Pocavida: Me contó que la disquería Virgin Records había editado a los Sex
Pistols, que tenía su local y que había una sección de reggae, punk y new-wave. Él
empezó a laburar allí y estaba encargado de esa sección. A ese lugar iban todos a
hinchar las pelotas o a comprar: iban Lemmy, Sid Vicious, Joe Strummer… Pero él
no vivía solo de eso, sino que a veces hacía de dealer, vendía falopa y demás.
Recordaba también mucho el tema de que se hizo muy amigo de los Wire y que con
ellos compartió muchísimas cosas. Contaba que para un cumpleaños de él le hicieron
una torta de hachís. Terminaron de la cabeza. A él le gustaba mucho esa cosa oscura.
También le gustaba mucho Peter Hammill…
Andrea Prodan: En Londres vio muchas veces a Bob Marley y se dio cuenta de que
era especial. Una vez, en 1977, fuimos a ver a The Clash en su primer gran concierto
en el Rainbow Theatre; estaban ellos, antes Sham 69, y antes Richard Hell and the
Voidoids, que eran como los primeros punks de New York. Llegamos tempranito
porque y o quería ver todo, él me dio una píldora de speed, de anfetaminas, que era
tan poderosa que empecé a poguear como un loco y a con Richard Hell. Después
vinieron los otros y me saqué más, y con los Clash ni te cuento. Me reventé toda la
pierna, me desperté al otro día y tenía sangre, moretones, pero en el momento no
sentí nada. Cuando subió The Clash, lo busqué a Luca y él estaba en el piso,
durmiendo. Lo desperté: “Mierda, está The Clash”, dijo. Los vio un poco, así nomás,
y se fue a los baños, creo que para hacerse una iny ección de heroína. No le dio
pelota al show. Fue un concierto increíble, el público reventó las primeras 30 butacas
y las tiró en el escenario. Con las luces se veían las cataratas de saliva, porque los
escupían sin parar, y Joe Strummer estaba enojado. Lo venían escupiendo desde
hacía meses… Cuando empezaron el tema “London’s Burning” un asiento le pegó en
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la cabeza. Pararon todo, miraron al público y empezaron otra vez, pero Strummer
cambió la letra por “London’s Freezing”. Fue un concierto impresionante, la primera
vez que vi una energía así, tan concentrada y mítica en el escenario. Fui a ver a un
montón de grupos distintos con Luca. Había uno de rock progresivo, en el que tocaba
Phil Collins. Brand X .
Lalo Mir: Luca se copaba cuando le hablabas de discos, que tenía esto, qué sé yo, y
me acuerdo que esa primera vez me dijo: “Porque yo estuve en Europa y vi a todos
los grupos” y agregó: “Vi a Van der Graaf Generator”. Me acuerdo que me dijo eso
y le dije: “¿A vos también te gustaba el rock sinfónico?”. “No, mucho no, me empezó
a gustar más a partir del punk, pero vi a Genesis”. Había visto a los Pistols, a los
Clash, a todos.
Andrea Prodan: Después de trabajar como una especie de patovica, se fue al Virgin
de Marble Arch, que fue el primer local de Virgin grande. Tenía el banquito de los
singles y Luca trabajaba allá. En esa época, con John Peel, él descubrió todo el punk,
era increíble. Lo escuchábamos a las diez a la noche: “Ayer estaba en un pub,
escuché a una banda y me dieron este demo: Buzzcocks”. Luca se dedicaba a
descubrir todo, lo que decías lo anotaba. Yo le decía: “Luca, escuché a esos tipos”.
“Sí, Circle Jerks, te consigo”. Ahí empezó a afanarse discos para él, para amigos,
para mí, y en un momento el dueño del negocio, un tipo que se llamaba Branson y
que ahora es millonario, le dijo: “Hermano, pará un poco…”. No lo echaron
directamente, fue de común acuerdo, y él se quedó con colecciones de discos
rarísimos de los Sex Pistols y de XTC, un grupo que Luca adoraba. Cuando salió el
EP 3D, lo primero que publicaron, una mañana lo puso en casa: “Decime, ¿qué te
parece esto?”. “Está buenísimo, ¿quiénes son?”. “Voy a averiguar, quiero
conocerlos”. Más adelante me dijo: “Los conocí, Andy Partridge es re amigo, vas a
ver que son supereléctricos”. Después sacaron el primer disco y Luca estaba
enojadísimo, no le gustó nada. “Qué mierda, hicieron un disquito, pierden toda la
energía que tienen en vivo”. Se calentó y les dijo que eran unos tarados. No quiso
escucharlos más. Me dijo: “No, qué te voy a presentar a esos tarados que no saben lo
que están haciendo, cagaron su gran oportunidad”. Muchos años después, cuando
vine a la Argentina en el 82, le traje English Settlement y le puse “Living Through
Another Cuba”, sin decirle nada. Estábamos en Hurlingham, en la habitación roja
donde vivía él. Luca estaba haciendo otra cosa, escuchó y me preguntó qué era.
“XTC”. “Ah, ¡ellos! Bueh... Algo bueno tenían que sacar”.
Timmy MacKern: En esa etapa de Londres, buscábamos en la Melody Maker qué
había para ir a ver y sacábamos entradas con meses de anticipación. Vimos mucho a
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Van der Graaf, que era una banda más chica y tocaba en lugares muy chicos. Tenías
que moverte para verlos: tocaban en gimnasios, por ejemplo, cosas raras. También
íbamos a ver a Genesis en algunos estadios, a Weather Report, todo muy mezclado.
Después veíamos a Henry Cow, varias veces vimos a Robert Wyatt cuando ya estaba
hecho pelota, en silla de ruedas. En Londres, Luca tenía pocos amigos, apenas dos o
tres. En realidad, Luca era el diablito con nuestros amigos, se peleaba y no venían
más. Había un amigo de él, que era un amigo en común, que decía: “Luca es un
diablo, olvidate, es malo”. Tenía esa parte: si estabas en su círculo de amistad te
llevabas muy bien, pero si le caías mal… Si por ejemplo venía uno medio intelectual,
Luca lo peleaba. Tenía con qué hacerlo, porque era muy culto. Nuestra vida consistía
en buscar qué fumar o tomar, toda nuestra vida pasaba por ahí, pasábamos muchas
horas encerrados. También estaba Linda, que era su novia de la secundaria, una
chica inglesa que tenía al padre en Roma. Recuerdo que se peleaban mucho, pero
nada fuera de lo normal. Ella también trabajaba, de alguna manera lo mantenía a
Luca, además de que Linda manejaba y tenía auto. Yo tenía una combi y se movía
con ella o conmigo a todas partes. Luca nunca manejó, creo que porque le resultaba
más cómodo no saber. No tenía auto ni le interesaba comprarse uno, aunque si
hubiera manejado y se lo pedía al padre, le compraba un auto seguro.
Andrea Prodan: Luca a veces trabajaba como guardia de seguridad, y con esa plata
se compraba sus cosas, que eran básicamente discos y drogas. También estaba la
plata que le daba el gobierno, porque él decía que tenía familia, que tenía hijos en
Inglaterra, y en ese período eran tan crédulos que el gobierno le daba una plata por
semana por ese tema. Él la usaba para comprarse hachís y otras cosas. Decía: “Me
llegó la plata. Me compro otros diez discos y me quedo los primeros cinco días de la
semana escuchándolos, invito a mis amigos a drogarnos y listo”. Tenía unos amigos
con un estudio de grabación chiquitito, armado en la casa de uno, e iban a tocar. Yo
tengo unos temas que hizo Luca en Londres.
Marcelo Gasió: Luca tenía la capacidad de hablar con un liny era o con el presidente
de la Nación y ponerse al nivel de esa persona. Podía hablarle en los mismos
términos sin ser soberbio ni hacerse el vivo. Se convertía en un par de la persona con
la cual estaba hablando, en un buen sentido. Teníamos charlas, más que nada cuando
terminaban los shows, y tomábamos cerveza. Todo el mundo le preguntaba cosas de
Inglaterra, de cuando era chico, que él vio a los Sex Pistols, que Sid Vicious era un
pelotudo, que él estaba en el disco de Van der Graaf, que él grita y se escucha la voz.
Vos decías: “¿Este tipo me está caminando? ¿Será verdad?”. Aparentemente era todo
cierto.
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Stephanie Nutall: Luca seguramente vio en vivo a Joy Division. Yo los conocía
personalmente, no éramos amigos pero pasábamos el rato juntos porque ensayaban
en el cuarto opuesto al nuestro. Con Josey, el bajista, la otra chica y Nigel, nos
veíamos todo el tiempo. Estábamos aburridos, íbamos a visitarlos y jodíamos juntos.
Luca no los conoció a ellos. Ellos decían que yo era la novia del baterista, pero nunca
salí con ninguno de ellos. Vi algo sobre eso en Facebook hace algunos meses.
Pusieron algo sobre Joy Division, hablando de la música, y después alguien comentó
que yo era la novia de fulano. Yo escribí en inglés: “¿Podría alguien aclarar que
nunca fui la novia de ninguno de ellos?”. Tuve una relación, sí, pero nada permanente
que pueda considerarse un noviazgo.
Nora Fisch: Luca hablaba reiteradamente de Lou Reed, con tremenda admiración.
Su influencia se ve en la música de Sumo. También admiraba mucho al reggae, a los
rastas, que en ese momento, en Londres, estaban muy de moda. Y por supuesto Jim
Morrison era uno de sus referentes. Otra cosa que le encantaba era Monty Phyton,
un humor muy inglés.
Andrea Prodan: Creo que a Luca lo aburrían un poco los norteamericanos, pero
tenía montón de cosas de ellos. Le gustaban Neil Young, The Doors y Lou Reed, por
su fuerza espartana, su intelecto proletario. De los Doors le gustaba todo y creo que él
tiene mucho que ver con Morrison. Ese estilo, eso de entregarte a ese viaje de vida y
de muerte todo el tiempo. Luca tenía un manejo increíble del idioma inglés y una
sensualidad de la palabra, le gustaba elegirlas muy bien. Eran muy parecidos, veo
mucho en común entre ellos, aunque con un poco menos de sentido del humor de
parte de Morrison. Luca también tenía más onda, me parece. El primer Genesis le
gustaba muchísimo también. The Lamb Lies Down On Broadway y Nursery Crime
eran dos de sus preferidos. Vio muchas veces a Genesis. Otra de sus bandas
preferidas era Roxy Music, sobre todo la primera época, cuando eran re adelantados.
Salieron todos de la Art School de Londres, eran cultos, habían leído un montón.
Norberto Cambiasso: Luca vivió todo ese proceso en Londres, estuvo en el centro de
la tormenta. Era fan de Yes y de Van der Graaf, seguía las giras de Van der Graaf,
pero vio el proceso del punk y lo vivió en carne propia también. Porque no es que
después se va a aggiornar progresivamente, sino que va a adoptar algunas cosas,
como un protagonista directo. Johnny Rotten también era fanático de Peter Hammill,
¿no? Esa idea de que hay una discontinuidad absoluta entre el punk y lo que vino
antes… Hoy sabemos que es una idea tirada de los pelos. Sirvió en su momento, en
particular en 1977, como retórica tanto de las bandas, de los managers y de la propia
critica, para decir “acá hay algo nuevo”. Pero cuando uno se pone a rastrear la
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historia, vas a encontrar toneladas de continuidad, digamos. Nick Mason, el baterista
de Floyd, produce un disco de los Damned. El primer punk no tenía una credencial
tan callejera como la que se le pudo atribuir después. Los primeros grupejos
formados hacia el 75 tenían que ver con estudiantes de arte desilusionados de todo lo
que había venido antes, pero estudiantes de arte al fin.
Andrea Prodan: En una época, Luca tocaba en distintos grupos progresivos, se
juntaba con un grupo de gente que tocaba eso, gente de Canterbury. Las bandas
italianas que le gustaban eran Premiata Forneria Marconi y Banco del Mutuo
Soccorso. También había una chica muy interesante, que se llamaba Jenny Sorrenti,
que era la mujer o la hermana de Alan Sorrenti. Obviamente, escuchaba muchísimo
a Lucio Battisti, y John Marty n le encantaba. También me acuerdo de que leyó a
Leonard Cohen y que el libro Hermosos perdedores le había gustado mucho. En esa
época yo lo veía por períodos, todavía vivía con mis padres, y nos encontrábamos en
las vacaciones o en algún fin de semana largo en el que yo iba a Londres a ver
conciertos con él. Le gustaba mucho el reggae, que era la única música compatible
con el punk. Ahí empezó a decir: “Está buenísimo esto, con tres acordes expresás
ideas”. Empezó a entrar en mi territorio, que era el punk, porque y o estaba copado
con eso. Yo viajaba cuando podía, pero como él estaba al pedo en Londres veía a
todos. Tenía un departamento al que iba muchísima gente, algunos eran amigos
suyos, porque él cocinaba muy bien y siempre tenía buenas drogas. Su casa era
como un hospicio, en la casa de Luca siempre había unos paquistaníes, unos
franceses de paso, un grupo punk amigo… Nunca estaba solo. Era muy generoso y al
final se cansó de que se aprovecharan tanto de él. Los ingleses, al ser medio
amarretes, muchas veces se quedaban por semanas.
Alfredo Rosso: Cuando Luca era disquero, Kevin Coy ne era uno de los grupos que
Virgin intentaba mover.
Rodrigo Espina: Me pasó que muchos me dijeron: “No, loco porque a mí Luca me
dijo que era amigo de Stewart Copeland”. Siempre les digo: “Loco, creéla, creéla
porque es verdad”. Además Luca no era cholulo, no te iba a decir: “Porque mi
amigo Stewart Copeland…”. Es más, cuando Sting vino a la Argentina lo buscó y no
lo encontró. Miles Copeland, el hermano de Stewart, está casado con una argentina.
Stewart viajaba a comprar caballos de polo, venía a la Argentina seguido, siempre
quisieron ubicarlo y no lo encontraron. Me acuerdo que Luca vio el recital de Sting
en River y decía: “Qué asco, es un profesor de gimnasia. Sting parece un profesor de
educación física. Es muy sano, muy sano…”. Vimos ese recital juntos, en la tele de
mi oficina. A Luca no le gustó nada.
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Stephanie Nutall: Crecí en Manchester y me mudé a Londres en 1980. En
Manchester trabajaba en una oficina y los viernes a la noche viajaba por el fin de
semana a Londres. Trabajaba para el NL (Ingresos Públicos del Gobierno), el
organismo que cobra impuestos y esas cosas. Disfrutaba mi tiempo y visitaba a la
gente allá. Después, todos los domingos a la noche tomaba el micro y el lunes a la
mañana estaba de regreso para trabajar. La estación de micros estaba cerca de mi
casa, en el centro de Manchester. Hice eso durante unos seis meses, después pensé
que tal vez con Manicured Noise trabajaríamos juntos en Londres y me mudé. No
tenía un lugar para vivir y alquilé un cuarto en la casa donde vivía Luca. A Luca le
encantaba reírse y decir pavadas. No todos apreciaban ese tipo de humor, pero y o sí.
Hacía voces cómicas, imitaciones, era muy gracioso de verdad. También podía ser
tímido por momentos. Le encantaba cocinar y me enseñó muchas recetas. En
Inglaterra, cada vez que él se ponía a cocinar abríamos una botella de vino barato o
fumábamos un poco de marihuana. Luca no había empezado a tomar drogas duras
todavía, pero ambos tomábamos mucho alcohol. Lo recuerdo cocinando un guiso con
albóndigas o cualquier cosa, haciendo bolas de masa hervida, lo que en inglés se
llaman dumplings. Una vez, estaba haciendo un guiso de estos y usó una harina que
había estado en la alacena durante mucho tiempo. Estaba llena de gorgojos, de esos
que recién descubrís cuando estás cocinando la harina. Nos llamó: “Steph, Linda,
¡vengan a ver esto!”. Estaba lleno de bichitos flotando en el guiso. Agarró uno, se lo
comió y nosotras dijimos: “¡¿Qué estás haciendo?! ¡Estás loco!”. Él masticaba y nos
respondió: “Es solo proteína, no hay nada malo con eso”. Para mí, eso resume a
Luca.
Andrea Prodan: Un día fui a tocar percusión con New Clear Heads. Tocaban por
pubs y el problema es que Luca al tomar heroína en ese período, no “crecía” nunca.
Se contentaba con eso: salir a tocar un poco y listo. No quería ser famoso. Lo
interesante es que todos los amigos de mi hermano, y los míos también, nos dábamos
cuenta de que tenía un talento de la puta madre. Me acuerdo que Stewart Copeland
era amigo de Luca y que otro amigo en común hizo la primera batería que Stuart
usó. Era una batería transparente, que no sonaba muy bien pero era hermosísima.
Esos tipos, incluido Sting (o Gordon, que es su verdadero nombre), venían a la casa
de Luca. Me acuerdo que un día estaban tirados en el piso de su casa y Luca agarró
como siempre la guitarra.
Stephanie Nutall: La casa de Luca estaba en Kew Bridge, cerca del río. Era chiquita
y le alquilé un cuartito. Era una época triste, porque conocí a Luca justo después del
suicidio de Claudia, su hermana. Luca iba y venía, no sabía mucho de su vida. Me lo
cruzaba en esa casa y probablemente fui a verlo a uno o dos conciertos. Él estaba
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con la heroína, así que no parecía demasiado presente. No sabía bien qué hacía Luca,
tenía sus cosas y no las comentaba mucho. Lo veía dar vueltas por la casa, era muy
divertido, muy gracioso. Pero cuando consumía heroína era escalofriante. Una vez,
Linda viajó y me quedé sola con él. Antes de irse, ella me dio instrucciones para
saber qué hacer en caso de que Luca tuviera una sobredosis. No podía estar en el
mismo cuarto cuando se iny ectaba, pero después me quedaba con él y era
terrorífico. Por suerte, nunca pasó nada serio. Su vida era la heroína. Desaparecía
por días enteros, todos sabíamos que tenía un montón de novias.
Andrea Prodan: Luca tenía a la provocación como arma, pero no al pedo. Lo hacía
para despertar en la gente su parte viva. Le gustaba ver cuando a la gente se le
prendían luces. Siempre decía: “Estás vivo, aprovechá, tenés que probar todas las
drogas. Yo no puedo porque estoy hecho. Tomo algunas cosas que me alteran
físicamente, pero no estoy bien. Vos podés probar todo, excepto la heroína, porque te
enganchás y después chau. Pueden pasar diez años que no la tomás más, pero llega
uno y te la regala y listo, podés matarte ese día”.
Stephanie Nutall: Luca era un y onqui. Sin dudas. Pero era alguien diferente del
resto. En Londres estaba la gente más exótica, pero incluso se distinguía del resto en
ese contexto. Era mitad italiano y mitad británico. Cuando no consumía heroína era
muy entretenido estar con él, le gustaba hablar, era muy inteligente, gracioso, le
gustaba hacer jodas… Ah, imitaba muy bien a otras personas, usando diferentes
voces. A mí me gustaba escuchar sus historias de cuando estaba en Italia. Me contaba
por qué tenía marcas en el pecho, que estuvo en la cárcel por un tiempo en Italia
porque se escapó del servicio militar y que por eso se fue a Inglaterra. Que después
volvió a Italia pero que lo arrestaron de casualidad: creo que estaba en un accidente
de auto y que lo arrestaron cuando llegó la policía para evaluar la situación. Estuvo
preso durante un año. En la casa que compartíamos, Luca tenía un radiador para
calentar la heroína, que un día se le cayó encima y se quemó bastante. Tenía sus días
buenos y sus días malos. Cuando atravesaba momentos oscuros desaparecía y
visitaba a alguna novia. Pero cuando estaba de buen humor hablaba y era muy
sociable.
Andrea Prodan: Su casa de Londres tenía ese olor de las casitas típicas de Londres.
Era el 30 de Thames Road, en un barrio residencial, lindo. A nuestros padres les
gustaba decir: “A nuestro hijo le compramos una casa en Strand-On-The-Green”. La
verdad es que la casa estaba atrás de Strand-On-The-Green porque salía mucha
menos plata. Él siempre decía: “¡Qué boludos que son!”. Estaba sobre el río, cerca
de los Kew Gardens. Atrás, en una calle medio chota. Era esa típica casita inglesa,
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mitad pintada de rosa, mitad amarilla, separada por un jardincito atrás y un pequeño
jardincito adelante, con luces bajas y ese olor fortísimo a marihuana emanando de
todos lados. Cuando los domingos venían mis padres a comer, él abría todo, echaba
spray. Retiraba la evidencia. Tenía como ocho gatos meando por todos lados,
haciendo quilombo. Luca adoraba a los gatos. También había amigos. Llegabas y te
encontrabas con tres paquistaníes en la cocina o con italianos que conocía y
terminaban viviendo con él.
Stephanie Nutall: Luca no era un adicto típico. Nunca robó. Él pedía. Muchos adictos
roban y no son confiables. Yo creía en Luca instintivamente. No quería tener nada
que ver con los drogadictos, porque muchas veces causan problemas. Pero él nunca
tocó algo mío. Luca tenía principios fuertes, aunque era muy libre en otros sentidos,
pero en cuanto a sus amigos y su respeto… Bueno, quizá no respetaba a las mujeres
como debió haberlo hecho, pero si alguien lo maltrataba se sentía herido. Era capaz
de hacer cualquier cosa por sus amigos, era muy generoso. También lo era con su
propio talento.
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El hombre elefante. Fotomontaje de Timmy MacKern con Luca como modelo en
Kew Gardens. Londres, 1974.
(Gentileza de Timmy MacKern)
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Capítulo 6
Londres III
“Yo viví siete años en Londres y tuve que dejar todo y venirme porque la heroína me
estaba matando. La heroína es la mamá eterna, es como el útero que te protege…
Con ella no se jode, por algo es la segunda droga en importancia, la primera es el
poder”.
Luca Prodan.
Como en varias películas de Stanley Kubrick, en donde el deterioro del mundo
exterior mantiene un lazo con el pulso de tragedia que acosa a los protagonistas, Luca
Prodan vivió en Londres su propio romance mortal con la heroína, mientras Gran
Bretaña transitaba una de sus peores crisis institucionales. En el cierre de una década
fatídica en materia económica con cifras récord de desempleados y un alto costo
social, la disputa entre laboristas y conservadores alcanzó su máximo nivel de
hostilidades cuando el Primer Ministro, James Callaghan, anunció el aplazamiento de
las elecciones generales y, desde el ala más intransigente de la derecha, Margaret
Thatcher calificó a sus contrincantes como “gallinas”. El año 1978 no pudo terminar
peor. Bautizado como el “invierno del descontento”, el país quedó prácticamente
paralizado por las huelgas generales. Para colmo de males, Callaghan fue derrotado
por un voto en la “moción de censura”, planteada con la intención de ganar tiempo y
postergar por unos meses las elecciones. La estrategia fallida de los laboristas no hizo
otra cosa que acelerar el meteórico ascenso y el posterior triunfo de Thatcher en los
comicios del 3 de mayo de 1979, cargo que mantuvo hasta 1990 con la férrea
aplicación de políticas monetaristas, represión a los sindicatos y un nacionalismo
exacerbado. También una guerra contra la Argentina, que mantuvo a flote al
gobierno conservador en el momento más adverso de la gestión de la Iron Lady (la
“Dama de Hierro”) durante su primer mandato en el número 10 de Downing Street.
Luca apenas conoció el embate thatcherista, y es difícil establecer si fue capaz de
percibir el progresivo daño social que padeció el Reino Unido durante toda la década.
Lo suy o estaba más asociado a lidiar con la heroína y enfocarse como músico, a
pesar de estar desilusionado del negocio del rock y un poco atado al estigma clasista
de su origen: Luca sufría de modo silencioso la imposibilidad natural de ser un
working class hero por la sencilla razón de pertenecer a una familia adinerada, juicio
de valor que la generación punk aplicaría a sus acólitos con rigor. Traumas aparte,
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muchas de sus primeras canciones tienen la pesadumbre de un tiempo final, una
mirada gris que iba más allá de la rutina inestable del clima londinense. La crisis
británica nunca se detuvo, atravesó la década del 70, y ese paulatino telón decadente
ya anticipaba que allí no ocurriría nada bueno a futuro.
Italia tampoco era un vergel de esperanzas en los primeros años 70. A medida
que la década avanzaba, el país se acercaba peligrosamente a un tiempo crítico
dominado por una escalada de violencia entre las Brigadas Rojas y el gobierno del
demócrata cristiano Giovanni Leone. Las revueltas estudiantiles del Mayo Francés y
los ecos de la primavera de Praga inspiraron un tiempo de acción para la izquierda
italiana, que y a tenía una tradición de lucha que ni el poder criminal de Benito
Mussolini pudo aplacar. De las primeras actividades propagandísticas y de denuncia,
el brazo militar de la izquierda más virulenta representada por las Brigadas Rojas
pasó a la lucha armada con acciones diversas y 1978 será el punto más álgido de una
escalada a sangre y fuego. La foto del cuerpo sin vida de Aldo Moro en el pequeño
baúl de un Renault 4 conmovió a medio planeta: el líder demócrata cristiano estuvo
casi dos meses en cautiverio y el 9 de mayo su cuerpo fue encontrado por la policía
romana frente a la puerta de entrada de la casa de la familia Prodan, en la esquina
laberíntica que bordea a la Iglesia de Santa Caterina dei Funari en la intersección de
las calles Michelangelo Caetani y Funari. Las Brigadas Rojas se lo adjudicaron,
aunque el futuro demostró que detrás del secuestro existía una trama siniestra con la
participación de la CIA, sectores ultraderechistas y hasta dirigentes cercanos a Moro,
que se oponían a la alianza con el Partido Comunista Italiano que proponía el líder
cristiano-demócrata, en una clara intención de pacificar al país y salir de una grave
crisis. Bajo ese manto espeso, el regreso de Luca a Roma pendía de un hilo, porque
del otro lado de los Alpes lo esperaba una condena del ejército italiano y algo mucho
más doloroso: comprobar, in situ, la lista de amigos caídos en combates de heroína.
A pesar de tantas perspectivas funestas, la última temporada de Luca en Londres
traería un respiro, sin desconocer los típicos giros imprevisibles de una vida con
mecanismo de ruleta. En 1979 participó como invitado en un simple de los New
Musik, un grupo de synth-pop más cercano al estilo The Korgis o los afamados The
Buggles que a los gustos electrónicos de Luca, mucho más interesado en la
experimentación industrial de Throbbing Gristle o la evolución punk-tecno de los
primeros Ultravox. Aquí primó la cercanía de Luca con Julie Mansfield, su novia de
ese momento, y hermana del cantante de la banda. Tony Mansfield necesitaba voces
para repetir de manera hablada “They Don’t Want Your Name” (“No quieren tu
nombre”), la arenga de una canción anticapitalista llamada “Living by Numbers”,
donde participaron varios amigos del grupo (Luca es el tercero en repetir la
consigna). La canción llegó al puesto número 13 del chart británico y Luca pudo
escuchar por primera vez su voz en un disco, tal vez captar alguna pasada radial del
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tema y, lo que es más improbable, hasta ver el video que registraron los New Musik,
que luego de editar su segundo LP decidieron separar la banda. Mansfield continuó
trabajando como productor de una larga lista de artistas que incluy e nombre como
los de Aztec Camera, The Damned, A-Ha y hasta Miguel Bosé.
La escala final de una canción biográfica que —con interrupciones— podría
llamarse “Siete años en Londres”, terminó en el Charing Cross Hospital en la
Navidad de 1979, en medio de una huelga general que también alcanzó al antiguo
establecimiento utilizado como hospital escuela para estudiantes de medicina. Luca
sobrevivió de manera milagrosa a un coma hepático, producto del terremoto interno
que provocó la heroína en su cuerpo. Fue tal la fragilidad de su estado que los
médicos recomendaron no moverlo ni administrarle ningún tipo de analgésico ni
sonda: había llegado al equilibrio perfecto en el que la heroína no admite ningún
agente externo. Acompañado únicamente por su madre y algunas plegarias, Luca
empezó a mejorar. Su piel adquirió un color amarillo, los ojos tomaron una tonalidad
naranja y el hígado se convirtió en la joya más frágil de un cuerpo devastado. Así
subió al avión que lo llevó de vuelta a Roma. Las autoridades británicas lo deportaron
y en el aeropuerto de Fiumicino los militares italianos lo esperaban para cumplir con
una vieja deuda. Sin escapatoria ni pasaporte, Luca terminó su recuperación en el
hospital militar de Celio. Pero cuando parecía que la suerte estaba echada apareció
una carta salvadora: hartos del expediente Luca Prodan, el ejército lo eximió de sus
responsabilidades castrenses y lo declaró enfermo mental a través del artículo 28b.
De ahí en más, ya no podría votar ni desempeñar empleos estatales.
La carta que seis meses antes le había enviado a Timmy MacKern empezó a
tomar sentido y forma. En plena etapa de abstinencia, unas vacaciones en la
Argentina podían aplazar por un tiempo la tentación de volver a caer en la heroína,
tan a mano en las calles romanas. Los tiempos se aceleraron cuando su amigo
Duccio fue detenido en el Campo dei Fiori por tenencia de drogas. El entorno más
cercano comprendió que Luca correría la misma suerte. No tuvo mejor idea que
pagar el pasaje de avión de Luca a Buenos Aires y quitarse un problema de encima,
mientras noviaba con Michela. Práctico y generoso, el aristócrata es el principal
responsable del aterrizaje de Luca en suelo nacional, otra jugada sobre la hora y la
certeza de que ahí mismo había comenzado una cuenta regresiva impensada, siete
años otra vez, pero en este caso en el extremo sur del planeta, muy lejos de todo lo
conocido. Antes de partir o, tal vez, en el medio del Atlántico, encerrado en un baño,
Luca respetó el protocolo y onqui y se iny ectó el último pico de heroína.
Stephanie Nutall: Luca se dio la última iny ección en el avión, cuando viajó por
primera vez a la Argentina. Cissie, la madre de Luca, necesitaba llevarse a Luca a
Italia de nuevo. Era una mujer fuerte, pero el estado de Luca era terrible. Si no
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dejaba la heroína se iba a morir. Londres y Roma lo volvían loco, y él quería
escapar.
Andrea Prodan: Y se sube al avión. El novio de mi hermana le pagó un boleto de
ida. Era muy fuerte saber que le estaba pagando un vuelo solamente de ida. En un
punto, para mi familia fue un gran alivio verlo ir, porque realmente se había
enredado en tantos quilombos entre Italia, Inglaterra, las cárceles, su vida y las
muertes, que era la última y única esperanza.
Diego Capusotto: Un tipo que a los 28 años tuvo un coma hepático, una hermana que
se murió de un pico de heroína y que viene de una escena de Europa donde se ponen
en fila para que les explote la cabeza, es un tipo que no se come ninguna. No es
alguien que tiene la formalidad del discurso probablemente armadito o
contemporizador. Me parece que es tu propio salvajismo frente a un mundo que no te
cierra, que no te gusta.
Andrea Prodan: A fines de los 70 en Europa hubo una especie de resaca, una
depresión generalizada, que agarró a muchas personas. Había entrado fuertemente la
heroína, que en Italia estaba rampante. De hecho, ya había matado a varios amigos
de Luca. Luca empezó con la heroína en Londres, después intentó curarse, se pasó a
la metadona, al alcohol… Fue una época muy fea. Entró en ese coma hepático, que
duró una semana, y ya lo daban por muerto. La película de Rodrigo Espina cuenta
esto, y logra comprimir muy bien algunas cosas muy difíciles de contar. Es un
documental maravilloso. Este coma hepático prácticamente mató a Luca, porque
cuando salió de eso fue como un milagro. Mi papá no estuvo con él porque se había
ido a vivir a Italia, prácticamente separándose de mi madre. Entonces, mi mamá se
quedó con este hijo amarillo con ojos anaranjados, enormes… Parecía Homero
Simpson, estaba todo amarillo con dos pelotas naranjas gigantes en los ojos… Lo
echaron de Inglaterra estando en mínimas condiciones de salud. Volvió a Italia y lo
metieron preso, nuevamente, como tantas veces en el pasado. Para nosotros, esta
situación cambió todo, porque pasamos de una época dorada, esos años tan hermosos
de nuestra infancia y nuestra juventud, a una Italia con muchos amigos muertos, con
una lucha terrible de la clase política, las brigate rosse, la derecha italiana, un país
muy denso, con mucha policía en la calle, mucho ejército en todos lados.
Lila Riquelme (esposa de Alejandro Sokol): En una época hablábamos mucho y una
de las cosas que me más me impresionó fue cuando me contó que estuvo en coma.
Decía que estaba como en un sueño, en su cuarto, en la casa de la madre. Contaba
74
que en sus sueños tenía luchas con el bien y el mal, que escuchaba unos pasos que
subían por la escalera, y que él pensaba que esos pasos eran de Satanás. Todo esto
me lo contaba en el cuarto rojo de esa casa enorme que tenía Timmy, donde había
cincuenta millones de velas prendidas. Te asustaba. Luca tenía esa creencia en los
espíritus que nos rodean, siempre hablaba de esas cosas, igual que Stephanie… Me
parece que eso es muy inglés. Decía que él escuchaba esos pasos que iban subiendo
la escalera, que se acercaban a la puerta del cuarto y que cuando se abría la puerta
entraba su mamá… Por la forma de contarlo, parecía que era el mismo demonio
que quería llevárselo. Como si Luca sintiera que lo venían a buscar. Yo me imaginaba
a la madre abriendo la puerta… Contaba que cuando la vio, él despertó y que a partir
de ahí empezó a querer volver a vivir. Me impresionó mucho cómo me lo contó,
porque se emocionó. Fue la primera vez que me habló de algo tan íntimo, porque en
general era bastante jodón…
Nora Fisch: Hay un cierto grado de auto-mitificación con respecto a ese coma. En
conversaciones posteriores, Luca me contó que tuvo uno pero que fue por una
enfermedad, no por sobredosis. Aparentemente su cuerpo no podía liberar toxinas
por una enfermedad hepática o digestiva, estuvo a punto de morirse. Me contó que su
madre estaba con él, así que debe ser este mismo episodio. Durante el coma tuvo una
especie de visión, la sensación de estar en un lugar con túneles texturados, con cosas
que salían de la pared y ver luz radiante al final de los mismos. Él lo interpretó como
una especie de representación de sus órganos enfermos. Hay bastante escrito y
documentado sobre gente que está en situaciones al borde de la muerte y cuenta esta
historia: ven como una especie de luz blanca al final de un túnel que los atrae y les da
una enorme sensación de paz y de alivio.
Lila Riquelme: Luca era muy reservado con sus cosas y venía de un sufrimiento
muy groso con la heroína. Una de las cosas que me dijo fue: “Nunca jamás en tu
vida pruebes la heroína, porque después no vas a encontrar nada más lindo en el
mundo. Nada va a ser mejor más que eso”. Sentí que estaba diciéndomelo de
corazón, para evitarme el sufrimiento que él tenía.
Stephanie Nutall: Luca se llevaba muy bien con las mujeres. Es un don que tienen
algunos hombres. Son muy relajados con las mujeres, incluso siendo tan infieles
como lo era Luca. Él era una persona muy complicada, sobre todo con sus humores,
y tenía una novia para cada uno de sus estados de ánimo. Luca se interesaba mucho
por las personas, le gustaba conocerlas en profundidad, le gustaba ser sociable.
Podías enamorarte muy fácilmente de él, porque era muy carismático. Era lo
mismo que transmitía en el escenario. Estabas con él y te sentías inspirada por sus
75
ideas. Tenía muchos amigos, hacía relaciones muy buenas. Pero la heroína lo
convirtió en alguien irresponsable. Bueno, él y a era irresponsable y siempre le gustó
divertirse. Pero siempre me pareció que estaba escapándose de algo y que la heroína
le servía para esa huida. Quizás se escapaba de su niñez o de su familia, no podría
juzgarlo eso, ni siquiera comentarlo demasiado porque no lo sé. Solo digo que, en un
nivel superficial, era evidente que estaba tratando de escaparse de algo todo el
tiempo.
Claudia Gernhardt: Un día me contó el efecto, el proceso y lo que era la heroína.
Me hizo prometerle que yo nunca iba a probar. Me dijo: “¿Vos me lo jurás hoy ?”. Le
respondí: “Te lo juro”. Y siguió: “Porque es una droga para personas muy sensibles,
y vos sos muy proclive para estar en eso”. Años después, un día vino una chica de
España, amiga de Willy Crook o de uno de ellos. Yo estaba en Villa Gesell y tenía, en
un cuadro, una fotito de Luca. En un momento, y o estaba lavando ropa, de espaldas a
esta piba, y ella abrió una agenda o algo así. Me di vuelta y me dijo: “¿Querés?”. Yo:
“¿Qué es?”. No me di cuenta. “Heroína”, me respondió. Levanté la cabeza, miré el
cuadro de Luca, y le dije: “No, gracias”. Pero quería ver, porque y o nunca había
presenciado cómo se consumía. Ella tenía muy poco, una cosita de nada, aunque no
sé cuánto se necesita para consumir. Ahí entendí la canción de los Stones “Brown
Sugar”. Fue la única vez que vi heroína. Mientras le decía: “No, no, no, gracias”
buscaba los ojos de Luca en el cuadro, que parecía que estaban mirándome.
Andrea Prodan: Luca deja una Inglaterra gris para meterse en una Italia igualmente
gris. En ese momento empieza a componer otra vez canciones, que son todas
bastante fuertes, aunque no las recuerdo del todo. Cuando estaba en su casa, a veces
cantaba con él. Una de las canciones que compuso se llama “No Time” y era muy
buena. Ya estaba con eso: “No tengo más tiempo/ Esto se acabó”. Era como una
plegaria en la que pedía un poco más de tiempo para poder hacer algo con su vida.
Es algo que repite en la canción dedicada a mi hermana Claudia, cuando dice: “Por
favor, dame una oportunidad de salir de este gris y de hacer algo”. Lo que vino
después es lo que se sabe: la Argentina, como el sol que está en su moneda, en su
bandera, en todo, fue el país que le dio la posibilidad, que le dio ese tiempo. Tal vez no
fue demasiado, pero sí el suficiente como para pasar de la bosta de Europa a crear la
flor que pudo hacer acá.
Stephanie Nutall: Recuerdo a Luca y a su perro, que sacó de la calle. El perro
también adoraba a Luca y se quedaba siempre con él. Era un perro loco, como él.
Luca lo cuidó mucho.
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Luca Prodan: Para la ley italiana, yo soy un enfermo mental. Cuando me quisieron
meter en la colimba dije no. Por eso estuve preso hasta que me agarró un médico y
me dio el artículo 28b, que quiere decir que soy un enfermo mental. El 28a era puto
y el 28c, drogadicto. A mí me pusieron el “b” y me avisaron que a partir de ese
momento no iba a poder votar más ni laburar en empleos públicos. Me cagué de
risa… ¡Qué éxito!
Timmy MacKern: Cuando llegué a la Argentina, después de la muerte de mi padre,
me puse a trabajar en el negocio familiar porque descubrimos que el socio de mi
padre nos estaba robando todo. Teníamos una fábrica metalúrgica en Wilde,
hacíamos válvulas. Me metieron ahí para meterle algo de presión al socio este y
tener presencia. Yo estaba trabajando ahí y de golpe me casé, mi mujer quedó
embarazada y nos fuimos a Córdoba. Abandoné la fábrica, dejé todo, y me instalé
en la casa que habíamos tenido de toda la vida. En Córdoba tuve a mi primera hija, al
año siguiente tuve a la segunda, y ahí reapareció Luca. Estaba muy complicado con
la heroína, había estado en coma hepático, todo mal. Me escribió y me contó que
estaba y éndose al carajo con las drogas.
Carta de Luca Prodan a Timmy MacKern:
“¿Como estás? Dios, ha pasado un maldito largo tiempo desde que nos comunicamos.
Lo que sea, vi a tu madre y tuvimos una pequeña charla, y me mostró una gran
cantidad de fotos, le pregunté, si era mi tiempo para decidirme a ir y poder verte, he
tenido un terrible maldito tiempo en los últimos dos años.
Te cuento, Linda y yo nos separamos en febrero de 1978, aunque estábamos
muy enamorados nos estábamos destruy endo, así que le pedí que se mudara, y lo
hizo. Después empecé a salir con Julie, cantante de una banda llamada Pin-Ups,
todavía estoy con Julie pero veo a Linda regularmente, dormimos juntos y cosas por
el estilo, me gustaría casarme y tener hijos, igual que vos, hombre afortunado, de
todos modos, estoy tan deprimido y genialmente jodido que empecé a darme con
heroína. Tu mamá me dijo que estás sembrando y sos un hombre de negocios. Estoy
seguro de que puedo ser útil. Linda está deprimida también, pero ella es la manager
de un grupo de rock con un gran potencial que se llama Manicured Noise, es como la
cola de la nueva ola del punk, pero hacen música muy interesante. Las compañías
discográficas están olfateando a su alrededor como locos y podría haber grandes
cosas por delante. Linda se encuentra de gira con ellos en este momento, y a ves,
Linda podría elegir a la banda en vez de a mí. A mí y a Argentina, eso va a romper
mi corazón, pero así es la vida. Estoy seguro de que esto va a ser una sorpresa para
vos… Podría gustarme compartir mi vida y trabajo con vos. De todos modos, pase lo
77
que pase, me encantaría ir de vacaciones, en el comienzo de noviembre. Frente a mí
tengo una foto tuy a y de Inés, y sus dos pequeñas. Y el perro negro, está al lado de la
silla blanca, en la que Inés está sentada y ella parece estar oliendo su axila, todos
están sonriendo, la imagen lo dice todo, espero que realmente sean felices como se
ven, estoy seguro de que lo son. En cuanto a mí, sigo siendo adicto a la heroína y no
la puedo dejar aún hoy, mientras estoy en Londres, sé que voy a volver a eso, porque
mi vida aquí es tan horrible. Cuando me despierto quiero empezar a limpiarme en la
clínica, te dan metadona, heroína sintética, para reducir lentamente las dosis, hasta
que estás limpio, voy a hacer la cura hasta el final para poder ir a Buenos Aires. La
heroína es el único problema que tengo cuando me quedo en este horrible Londres.
Por favor respondeme de inmediato, dejame saber lo que pensás, envía mi amor a
Inés y las pequeñas, ¿cuáles son sus nombres? Y a Diana y Peter y cualquier otra
persona que podría entender”.
78
La heroína en Luca
Por Sergio Gaitán (1).
La heroína fue sintetizada por vez primera en 1874. La insertó en el mercado el
laboratorio Bayer en 1898. La comercialización de heroína y de aspirina –
desarrollada y lanzada en esta misma época–, hizo de Bayer un monstruo
farmacéutico.
La heroína, al igual que la morfina, está considerada por los libros de texto de
Farmacología Clínica como un “analgésico opiáceo”. Paradójicamente, el
laboratorio promocionaba la utilidad de la heroína para el tratamiento de
morfinómanos, aunque también como analgésico, antitusivo y como sustancia “para
reducir el temor”. Químicamente, la heroína es “diacetilmorfina”. Esto significa que,
para producir heroína, hay que lograr una doble acetilación de la molécula de
morfina base, un proceso sencillo que no requiere de mayores costos. A su vez, la
morfina es un derivado del opio, que se extrae de la amapola (adormidera o papaver
somniferum).
Una vez diacetilizada, la molécula se vuelve mucho más soluble en grasas
(liposoluble), por lo cual pasa al cerebro más rápidamente y adquiere allí mayores
concentraciones. Seguramente, esta propiedad se relacione a cierto efecto
euforizante de la heroína, en contraposición al efecto más soporoso y sedativo de la
morfina.
Una vez consumida, al perder la doble acetilación dentro del organismo, la
heroína vuelve a transformarse en morfina. La morfina y la monoacetilmorfina son,
en última instancia, las moléculas que provocan los efectos de la heroína.
La heroína puede ser inhalada, fumada, inyectada (por vía endovenosa,
intramuscular o subcutánea) o administrada por vía rectal (práctica conocida con el
simpático nombre de plug-in).
Para ser inyectada, la heroína debe ser previamente disuelta en agua (o en
soluciones cítricas), calentada y filtrada.
Como analgésico, la heroína en estado puro es sumamente potente: 1 gramo de
heroína alcanzan para unas 200 dosis medias de analgesia por vía intramuscular (5
mg/dosis). En una persona no habituada al consumo de heroína, la dosis letal ronda
los 3 mg por kilo de peso, administrados de una vez.
Sin embargo, la tolerancia a la heroína es alta (al igual que sucede con otros
opiáceos). Esto significa que el Sistema Nervioso Central va adaptándose a la droga,
79
de manera tal que se requieren cada vez may ores dosis para lograr efectos similares
a los iniciales. Los consumidores crónicos pueden usar dosis diarias capaces de matar
a varias personas sin tolerancia a la heroína.
Este fenómeno de tolerancia es sumamente importante. Innumerables usuarios
de heroína han muerto por el hecho de haber dejado de consumir heroína
endovenosa durante algunos meses y, al pretender luego inyectarse nuevamente en
alguna ocasión, cometen el error de aplicarse de una vez su dosis habitual, es decir,
aquella que se iny ectaban cuando consumían crónicamente y presentaban una alta
tolerancia a la heroína.
Como todo buen opiáceo, la heroína se destaca principalmente por su notable y
potente poder analgésico. Es inevitable pensar en la heroína al ver a Sid Vicious
cortajeado en escena, a Iggy Pop lesionado y feliz en pleno show, o a Kurt Cobain
incrustándose sin reparos físicos contra la batería de Dave Grohl. La heroína provoca
un efecto inicial de placentera euforia (no observado normalmente con morfina),
seguido de algunas horas de importante sedación, relajación, analgesia y descenso
del nivel de conciencia (efectos más emparentados a la morfina).
Algunos efectos físicos no deseados de los opiáceos en general: disminución de la
intensidad y del ritmo respiratorio (es lo que desencadena la muerte a sobredosis),
constipación muy importante (como le sucedió a Elvis), náuseas, vómitos, mareos y
desmayos.
Respecto a los efectos psíquicos más subjetivos, es importante destacar un
párrafo de Antonio Escohotado:
“La satisfacción atribuida al llamado ‘flash’ de heroína me parece imposible sin
que se haya establecido antes una relación especial del sujeto con la aguja en sí, y
sin que haya también un grado previo de tolerancia. Pero esa relación con la aguja
(gracias a la cual preferirá, por ejemplo, iny ectarse heroína de pésima calidad a
aspirar heroína pura, si se lo pone en semejante disyuntiva), y cierto hábito ya
formado o en avanzada formación, siempre me han hecho pensar que un ‘flash’ es
ante todo interrupción de un desasosiego, y no tanto un placer positivo; faltará allí
donde falte la manía de inyectarse…”.
Los típicos efectos subjetivos incluyen desinterés o autosuficiencia sobre las cosas
habituales y “semisueños” tanto más breves cuanto mayor sea el grado de ebriedad
opiácea. Las dosis moderadas suelen inducir algunas horas de calma lúcida, abierta
al contacto con otros y a la introspección. Es como estar hibernando y despierto, al
mismo tiempo.
El efecto apaciguador de la heroína liquida preocupaciones y temores. Sin
embargo, todo abuso se paga al día siguiente con intensas cefaleas y debilidad. Luego
de un abuso inicial, la persona inexperimentada puede demorar 48 horas en
recuperarse totalmente, para lo cual deberá dormir todo lo posible. A dosis mínimas,
80
no psicoactivas, la heroína suprime la tos de cualquier origen de manera fulminante.
“Morfina y heroína proporcionan o prometen algún tipo de paz interior, y abarcan
desde una sutil hibernación al plácido embrutecimiento”.
Para algunos autores, el efecto euforizante de la heroína incrementaría su
potencial adictivo respecto a la morfina. Los libros de texto de Farmacología Clínica
destacan a la heroína por su máxima dependencia psíquica y física, y por su máxima
tolerancia. Estos efectos, en su grado extremo, solo son comparables a los de otros
opiáceos (morfina), a los de los barbitúricos y a los del alcohol legal (el alcohol
presenta solo un poco menos de tolerancia respecto a la heroína, aunque comparte
con ella similar máximo potencial de dependencia psíquica y física).
La vía de administración endovenosa se encuentra asociada a un mayor grado de
abuso y dependencia. Algunas patologías cardíacas, como la endocarditis bacteriana
de aurícula o ventrículo derechos, se observa principalmente en usuarios de drogas
endovenosas (80% o más).
Abstinencia a la heroína en dependientes
Estudios realizados en 1928 indicaron que puede producirse un cuadro abstinencial
aparatoso, por decirlo de alguna manera, usando unos 250 mg diarios por el término
de un mes. Un sujeto con una fuerte dependencia física a la heroína o a la morfina
puede comenzar con algunos síntomas leves de abstinencia a las diez horas de la
última dosis. La sudoración, la rinorrea (goteo de la nariz), el lagrimeo y los bostezos
son frecuentes en este período de abstinencia precoz.
A las 16 o 18 horas de la última dosis, el sujeto dependiente suele conciliar un
sueño agitado e inquieto, en forma característica. Este particular sueño dura varias
horas, y el sujeto se despierta más agitado y triste que antes.
Para la heroína, el síndrome de abstinencia será máximo a las 72 horas, en
cuanto a la sintomatología física. En esta instancia, el sujeto se encuentra reducido a
un guiñapo cachivachezco, con marcada debilidad y depresión psíquica, anorexia,
insomnio, estornudos, fuerte lagrimeo, irritabilidad, violentos bostezos, náuseas,
vómitos, espasmos intestinales y diarrea, hipertensión arterial, escalofríos y notable
sudoración. La actividad pilomotora que produce ondas de “piel de gallina” es
prominente, y la piel se parece a la de un pavo desplumado. Este rasgo es la base de
la expresión cold turkey (pavo frío) para hacer alusión a la interrupción abrupta de
heroína, como en la canción de John Lennon.
En cuanto a los temblores es posible verlos, dentro del contexto clínico general, en
un sujeto durante un fuerte episodio de abstinencia a la heroína. Sin embargo, los
temblores no se destacan tanto como signo de abstinencia a opiáceos, siendo estos
muchísimo más frecuentes en relación a la abstinencia alcohólica.
81
No se observan temblores durante el uso de heroína, así como tampoco es un
signo de sobredosis.
El coma hepático que sufrió Luca mientras aún vivía en Londres, que lo tuvo
suspendido al borde de la muerte, habla de un hígado y a muy afectado. Sin ninguna
duda, aquel coma hepático no fue ocasionado por la heroína ni por un consumo
desmedido de huevos fritos, sino por una ingesta masiva de alcohol. Luca llegó a la
Argentina escapando de la heroína, pero seguramente y a cirrótico. Su consumo de
alcohol siempre fue muy elevado, por lo que se sabe.
1- Médico Especialista Jerarquizado en Psiquiatría y Psicología Médica. M.P.112.866
82
Timmy MacKern y familia en Córdoba. La foto que vio Luca y que lo convenció de
abandonar Europa para establecerse en las sierras.
(Gentileza de Timmy MacKern)
83
Capítulo 7
Córdoba
“Un compañero mío de la primaria, Timmy MacKern, que ahora es el manager de
Sumo, vivía en una hermosa casa en las sierras de Córdoba; vine y me gustó.
Empecé a hacer unas grabaciones yo solo en el portaestudio y volví a Londres —en
realidad iba a comprar vacas—, y me di cuenta que había un hueco enorme en la
música. Ahí pensé en formar un conjunto. (…) Vine para ‘limpiarme’ de las drogas
fuertes (…)”.
Luca entrevistado por Claudio Kleiman para la revista Canta Rock número 34.
One-way ticket con destino a Buenos Aires, una parada previa al fin del mundo y la
desesperación en la garganta. El aterrizaje de Luca en suelo argentino es lo más
parecido a The Man Who Fell to Earth, la película en donde David Bowie interpreta a
Thomas Jerome Newton, un extraterrestre del planeta Anthea que llega a la Tierra
para buscar un modo de transportar agua a su planeta, devastado por una terrible
sequía. No es necesario seguir al pie de la letra la trama del film de ciencia ficción
para encontrar semejanzas y descifrar los efectos que provocó la súbita llegada.
Nada volvió a ser igual en la vida de todos aquellos que establecieron un mínimo
contacto con aquel tipo tan ajeno a la realidad de un país en dictadura, repleto de
exiliados internos y con el miedo adherido como un virus incurable.
En 1980, la Argentina era un país derrotado. El plan cívico-militar avanzaba sobre
las bases de la represión, las desapariciones forzadas y una devastadora política
económica de corte liberal. El gobierno del general Videla cumplió cuatro años en el
poder casi al mismo tiempo que Luca arribaba al aeropuerto de Ezeiza. Por aquellos
días de otoño, los diarios hablaban de una apertura en el diálogo político, pero no era
más que otra farsa para disimular una feroz interna por la sucesión presidencial entre
los cuadros superiores del ejército y la marina. En el llano, la vida continuaba bajo el
simple devenir de un tiempo lento: Timmy MacKern cumplió el ritual del
reencuentro con el amigo en problemas y aquella foto hippie junto a sus hijas y su
mujer, Inés Daffunchio, se transformó en una visa hacia el territorio libre de heroína.
Antes de cruzar las cumbres cordobesas e internarse en el valle de Traslasierra, la
comitiva y el invitado (todavía aturdido por la última dosis) pasaron por el feudo de
los MacKern en Hurlingham. La vieja casona familiar de estilo inglés volvió menos
bruscos esos primeros días de adaptación y abstinencia. Allí empezaron a caer
84
algunos amigos de Timmy, entre ellos su cuñado y hermano de Inés: Germán
Daffunchio definía, a sus 18 años, un porvenir como marino mercante. Se parecía en
algo al italiano que no hablaba con nadie: la idea de fugarse de todo lo fascinaba.
Germán llevó a sus amigos para que conocieran al tano que dormía todo el día en la
habitación roja, ubicada en el altillo de la casa de Hurlingham. Lo interesante sucedía
cuando se despertaba y solía abrazarse a una acústica para frenar el tiempo propio y
de sus observadores. Así llegaron Alejadro Sokol y su novia Lila, ambos queriendo
conocer al extraño de acento raro.
“Desmenuzando a Serú Girán” titulaba la tapa de Expreso Imaginario de mayo,
con una inofensiva foto de la banda más popular del rock argentino. En tanto, la
edición de Pelo del mismo mes, revista rival y de may or tirada comercial, ofrecía a
Genesis en trío con cara de oficinistas desahuciados y una cobertura del regreso de
Manal, la banda fundacional del blues en castellano. Ahí terminaba la información
gráfica a la que podía acceder el músico que venía de testear al punk rock in situ, y
que ya había visto cómo la new-wave se ponía cada vez más pop (al mismo tiempo
que surgía una escena que pasaba del punk a pura evolución y oscuridad). En las
radios argentinas, el rock no calificaba y llegaba con delay. Afortunadamente,
existían algunas islas. “En las trasnoches de fin de semana, arriba a la estación
musical de Radio Rivadavia la imaginaria presencia de El tren fantasma”, decía la
promo del ciclo que unía a Peter Tosh con Joe Jackson. Mientras tanto, la voz del
locutor Omar Cerasuolo convidaba fragmentos discursivos bien bizarros con Neon
Lights, de Kraftwerk, como cortina y pasaje directo hacia las estrellas. En las
disquerías porteñas y de las ciudades principales del país se repetía el anuncio de la
inminente edición de Unmasked, de Kiss, y en las bateas de novedades competían
Glass Houses, de Billy Joel, con Duke, de Genesis. Todavía estaba muy presente la
gira de Almendra luego de diez años de silencio. El tour nacional durante el verano
de 1980 enfrentó razzias policiales y detenciones masivas, una apuesta arriesgada
que abarcó las principales ciudades del interior del país. En ese mapa de situación, en
donde imperaba la censura y cualquier concentración juvenil significaba una
amenaza latente, Luca comenzó a asimilar señales, carencias y costumbres de un
lugar desconocido. La desintoxicación para intentar una mejora de su condición
física era su prioridad, pero también existía la posibilidad de iniciar un
emprendimiento agropecuario desde la finca de su amigo y socio terapéutico.
A los pies de las sierras, en un paraje conocido como Huaico, pequeño poblado
cercano a Nono, Luca ocupó la habitación separada de la casa principal de los
MacKern, que junto al parque formaba el pequeño paraíso serrano llamado Happy
Valley. Tenía intimidad, podía cocinar y hasta había recuperado una especialidad
escolar: el avistaje de aves, observaciones que de niño trasladaba a un cuaderno con
exactitud. Poco a poco, en estado de fragilidad, el amigo italiano no tardó demasiado
85
en alterar el orden del paraje dominado por tradicionales familias inglesas. La
mejoría de Luca comenzó con borracheras, intempestivas cabalgatas hacia la
pulpería del pueblo y alguna intervención en guitarreadas de ocasión. Empezó a
correr el rumor que aseguraba que en casa de los MacKern vivía un italiano que
estaba loco. Entre los primeros aliados del exilio cordobés aparece el nombre de
Ricardo Curtet, amigo de Timmy y joven guitarrista. Será el primer interlocutor
válido de Luca en medio de las sierras. Curtet estaba bien munido: tenía una guitarra
Eko, un equipo Robertone y una sólida base blusera. Luca y él se pasaban y eites y
cierta fascinación compartida por los discos de Frank Zappa. Las primeras zapadas
en trío incluían a Timmy golpeando una valija, como si fuera un tambor, a Luca
tocando una criolla y a Curtet amplificando todo con su viola eléctrica. Luca le pedía
que tocara poco, apenas tres tonos, para poder jugar a improvisar melodías.
El principio fue acústico, al ritmo de la melancolía y la soledad que asociada a la
abstinencia conducía irremediablemente al vacío. Esos primeros meses de
vacaciones en las montañas, entre zapadas y borracheras, convencieron a Luca
acerca de la posibilidad de armar una banda, sobre todo cuando subió a cantar en un
boliche de Mina Clavero, la ciudad más cercana a Nono. Cuando Alejandro y
Germán se acoplaron a ese entramado de canciones mínimas, Luca decidió volver a
Europa y vender el departamento de Londres, utilizar ese dinero para comprar
instrumentos e iniciar algo parecido a tener un grupo. Notaba las carencias del rock
argentino, cada vez más ensimismado en una música elaborada cercana al rock
progresivo o al jazz-rock, se burlaba cada vez que Germán le hacía escuchar La
Máquina de Hacer Pájaros o Spinetta Jade, grupos favoritos del marino que también
tocaba la guitarra.
En la Argentina, el punk rock era una revuelta musical ajena a las libertades de
movimiento permitidas por una dictadura criminal. Es imposible pensar en 1977 o
1978 con crestas, vaqueros deshilachados y actitud desafiante, si bien la mecha
encendida por los Sex Pistols prendió en las principales capitales del planeta.
Recién en 1980, con el advenimiento de grupos new-wave como The Police,
Blondie, Talking Heads y The B-52’s comenzó a girar entre los enterados un sonido
más directo, nervioso y bailable. Es el contraste entre los discos que trajo Luca y la
realidad rockera argentina, la rendija por donde se infiltró la intención de subvertir
una escena que, al mismo tiempo, hacía lo posible por resistir una política represiva
hacia el público joven. Ventaja o no, mucha información, talento y decisión. Son
posibles respuestas para el gesto espontáneo de un artista en ciernes asqueado del
negocio del rock, pero recuperado para la causa en un territorio fértil para empezar
de nuevo, incluso para comenzar una pequeña revolución musical sin la necesidad de
contar con músicos experimentados ni grandes presupuestos de producción. La
libertad, que no existía en las calles del país durante el proceso militar, tomó
86
significación y la energía necesaria para crear una gesta de la nada misma.
Por eso, los discos que trajo Luca en su primer viaje determinaron un curso
intensivo de educación musical para aquellos que lo rodearon y también para las
futuras generaciones de acólitos al periodismo musical ejercido por un músico. Una
pasión que, hasta ese momento, los popes del rock nacional no ejercían. Cuando lo
hacían, en encuestas o entrevistas, revelaban un paladar bastante conservador. La
mezcla latina y anglosajona (tanto a nivel sanguíneo, crianza o educación formal)
establece en Luca un estado de esquizofrenia musical, digno de un sobreviviente de la
era dorada de Los Beatles que transitó el hippismo con conciencia progresiva y un
sentido crítico de la desmesura. Finalmente, cuando arriba al punk y a estaba
demasiado curtido como para tentarse en el facilismo de la provocación. Fue mucho
mejor observarlo como un fabuloso mal necesario para disparar formas de
evolución. Joy Division es la vía de acceso de Luca Prodan al corazón de las tinieblas
del pospunk. Como ningún otro cantante de su tiempo, Ian Curtis reflejó en sus
canciones los efectos de una época de desilusión y hastío generacional. Toda la
oscuridad que escondían The Doors, The Velvet Underground y el Bowie berlinés
revivió para estallar en Joy Division. Solo dos discos de estudio quedan como
muestras de una historia trágica: Curtis se ahorcó en la casa de su exmujer. Esa
sombra perturbadora también alcanzó a Luca, aunque cuando llegó a la Argentina,
Curtis todavía estaba vivo y, en ese primer viaje, Luca ya sabía de memoria las
canciones del atormentado y vital Unknown Pleasures.
Germán Daffunchio: La primera vez que supe algo de Luca fue en la casa de
Timmy. Yo entraba al servicio militar y nos tomamos una botella y media de anís
turco con él y con un amigo mío. Hice el servicio militar en el 79, era el chofer del
jefe de una zona que abarcaba de Aluminé hasta Esquel. Esa noche de borrachera,
Timmy me dijo: “Quiero hacerte escuchar algo”, y me puso una grabación de él
hablando. En esa época, se mandaban casetes. Me pareció muy loco. Timmy me
contó que era su amigo, que no sé qué, que estaba muy mal, porque además Luca le
escribía contándole sus cosas. Brindamos por él. Un tiempo después lo conocí cuando
vino a Buenos Aires. Era un tipo impresentable, mala onda total, pelado, nadie le
daba bola. No era que se había rapado, sino que estaba avanzadamente pelado.
Timmy MacKern: En realidad, mi madre lo vio antes que yo. Luca fue a visitarla
con una novia que tenía, una rubia que era cantante de una banda punk. Fue con esta
tipa re loca a ver a mi madre, que se quedó impactada por su aspecto. Mi madre le
mostró unas fotos y había una en la que y o estaba con mi mujer, mis dos hijas
chiquitas y una perra. Luca vio esa foto, se imaginó cómo era la vida en Córdoba y
se enganchó con eso.
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Ricardo Curtet: Mi familia compró un negocio en Mina Clavero. Después
empezaron a construir un hotel, tenían varias cosas ahí. Yo vivía ahí y mi mujer de
esa época también se mudó a Córdoba. Empezamos a frecuentar a la gente, y un día
un amigo me dijo: “Mirá, están unos ingleses, que tienen unos discos…”. Era Timmy,
que había vuelto hacía relativamente poco de Inglaterra y se había casado con Inés.
Conocía a Timmy antes de la llegada de Luca.
Lila Riquelme (esposa de Alejandro Sokol): Conocí a Ale en 1977. Yo tenía 15 años;
Ale, 17. En esa época también conocí a Germán, porque vivíamos los tres en
Hurlingham. Ale tocaba la guitarra en la plaza y cantaba para el grupo de gente que
nos juntábamos ahí, siempre a la tarde, porque estábamos en plena dictadura militar.
A la noche generalmente nos reuníamos en la casa de Germán para comer algo y
ellos hacían su música. Me puse de novia con Ale y, un tiempo después, Germán nos
presentó a Timmy y a su mujer Inés, que cada tanto venían de Córdoba e íbamos a
visitarlos a la casa de Hurlingham. Ale y Germán ya tocaban juntos. En un
momento, Germán nos cuenta de este amigo de Timmy, lo que le había pasado con
el tema de la heroína, que había estado en coma y que estaba en un período
aparentemente muy depresivo y que Timmy le tiró una soga, digamos. Ahí yo me
enteré de la parte en que se habían conocido ellos en Escocia, en la escuela, en el
secundario y que se habían hecho muy amigos.
Germán Daffunchio: Hay una secuencia en Hurlingham que recuerdo
perfectamente: y o estaba en el living hablando con Timmy, con mi hermana y el
resto de los chicos, y apareció Luca con una guitarra criolla. No le dio bola a nadie y
de golpe se puso a cantar solo. Era su arma de seducción. Creo que lo que más me
llamó la atención era que cantaba canciones simples. En ese momento, en la
Argentina había un rollo con el jazz-rock interminable, imposible. Y él cantaba
canciones simples. Tenía un repertorio de temas: “Five Years”, de Bowie, o
“Redemption Song”, de Bob Marley, había varios temas. Tenía temas de John
Marty n… Al otro día se volvieron para Córdoba. Así que no me acuerdo haber tenido
un diálogo, además él no hablaba castellano. Yo después hice un viaje, vine para acá
y me lo encontré. Él había llegado, ponele, hacía un mes o dos. No recuerdo bien el
tiempo. Ahí fueron los primeros encuentros: sentarse en su cama, la guitarra, fumar
mucho y horas y horas y horas escuchando música y cantando. Muy informal todo.
Lila Riquelme: Cuando lo conocí, Ale era todo Beatles. De lo nacional íbamos a ver a
Serú Girán con Germán y Evangelina, su novia. Eso era lo máximo que nosotros… A
Ale también le gustaba mucho el disco de La Máquina de Hacer Pájaros. De
repente, Germán nos contó de Luca, que iba a venir y a los pocos días fuimos los tres
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a lo de Timmy. Me acuerdo de entrar y ver a un tipo… Justo habíamos visto la
película Atrapado sin salida y Luca me recordó al personaje de Jack Nicholson. Su
aspecto era similar, porque arriba de la cabeza le faltaba un poco el pelo pero abajo
lo tenía un poco largo, hasta los hombros. Hablaba en inglés. Mi impresión fue la de
encontrarme con un loco. Todo el mundo hablaba en castellano y él se comunicaba
con Timmy en inglés. No hablaba mucho. Tocó “Redemption Song”, de Bob Marley,
o “Billy ”, esos temas… No tuvimos ningún tipo de diálogo, solamente “Hola” y
“Chau”.
Timmy MacKern: Cuando vino a la Argentina, Luca también estaba muy mal por la
separación con Linda. Ella no quiso viajar, un poco porque había sufrido mucho con
él. Él mismo decía que estaban autodestruyéndose el uno al otro, aunque ella no era
tan loca como él.
Ricardo Curtet: Timmy se había instalado en Córdoba, aunque la familia no quería
que se quedase allá. Insistían para que esté en Buenos Aires, porque son gente
bastante pudiente, y su idea era que maneje la fábrica del padre, que había muerto.
Pero él no quería. La familia MacKern tiene dos propiedades, Happy Valley y
Bicoca, eran unas cuantas hectáreas. Nos reuníamos en su casa porque era enorme,
con ese parque, es todo muy lindo. Nos juntábamos ahí y y o llevaba la guitarra.
Timmy MacKern: Me acuerdo que en Córdoba Luca prendía el fuego aunque no
fuera época de prender, porque tenía frío todo el tiempo. Dormía mucho y estaba sin
energía. Creo que tardó dos o tres semanas hasta llegar al fondo de la casa. A lo sumo
caminaba un poco, daba una vueltita sobre una mesa, se tiraba de nuevo. Estuvo así
unos días, muy apagado, pero no se quejó ni hizo nada, porque se había tomado toda
la metadona en el avión. Viajó con cinco frascos y a los pocos días le quedaba la
mitad del último.
Ricardo Curtet: Siempre había una casa vacía y Timmy nos decía: “Quédense,
cualquier cosa se van”. También venía otra gente amiga. Un día me dijo: “Mirá, va a
venir un italiano, un amigo de allá, de Europa. Viene para quedarse acá. A él también
le gusta tocar”. Yo tenía un equipo Robertone y una guitarra Eko, y tocaba blues. Bah,
tocaba todo, empecé a los nueve años con el tango y el folclore.
Timmy MacKern: En esa época, en Córdoba no había nada comparado con lo que es
ahora. Estaba muy aislada de todo, no estaba la ruta, no había televisión ni teléfono
fijo. Si querías hablar tenías que ir al teléfono público, ahí te llamaban y pedían a la
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operadora. Vivíamos desconectados. No hubiéramos podido conseguir metadona en
un lugar así, apenas si podíamos comprar anfetaminas.
Ricardo Curtet: Timmy me dijo: “Va a venir, sí, está medio loco mi amigo”.
Nosotros fumábamos, hacíamos cualquier locura, pero no pensaba que el tipo estaba
tan mal, en realidad. Cuando Luca llegó, pasó un tiempo y yo me olvidé de eso. Un
día estaba en Mina Clavero y apareció Timmy con Luca. Tenía pelo y estaba bien
vestido, con un traje. Me lo presentó, pero Luca no hablaba ni una palabra. Timmy le
traducía. Charlábamos un poco en italiano, le entendíamos un poquito, y o le decía:
“Mirá, mi abuela también era italiana”, qué sé y o. En mi casa siempre se hacía
pastas, en el negocio también, y eso a él le gustaba mucho. Andrea es buen cliente de
mi hermano ahora. Siempre va a comprarle los agnolotis.
Germán Daffunchio: Yo y a tocaba la guitarra, pero no podía engancharme con la
historia del rock argentino. Sentía que era imposible esa competencia entre los
guitarristas, que todavía existe.
Ricardo Curtet: En un momento Luca me dijo, medio en italiano: “Venite a casa”.
Le respondí: “Ah, pero, ¿para qué?”. “Para emborracharnos”. Así fue que
empezamos a vernos y a quedarnos en su casa. Él tenía una guitarra criolla, y o llevé
un amplificador, Timmy tocaba una maleta, golpeaba unos cosos como si fuera unos
tambores. Casi no había ningún instrumento.
Timmy MacKern: En Córdoba tomábamos cerveza Santa Fe en lata y vino en
damajuana. La ginebra apareció más adelante, en Buenos Aires. Luca reemplazó a
la heroína con alcohol, no hay ninguna duda. Después se convirtió en alcohólico y
temblaba mucho, me acuerdo.
Germán Daffunchio: Tuvo unas épocas en las que recibía heroína de un amigo de él
de Italia que se llamaba Duccio. Le duraba muy poco tiempo. Recuerdo una vez que
le había llegado y fueron unos días intensos. El gran amor de Luca, como lo dice en
la canción, fue la heroína. Es algo que nunca pudo dejar de amar. Tiene su razón de
ser, ¿no? Es comprensible. Por algo los heroinómanos son heroinómanos y no quieren
volver al mundo.
Ricardo Curtet: En la casa de Timmy de Córdoba había una cabra, unos pollitos y
algunos chanchos. Un día fuimos a verlo y Luca me dijo: “Estos son los policías de
Inglaterra”. Se cagaba de risa todo el día, nunca te decía: “Mirá, yo estoy enfermo,
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loco, estoy jodido del hígado”. Él seguía como si no pasara nada. No solo eso: lo
único que le preocupaba era tener alcohol suficiente todo el tiempo. Íbamos a
comprar de un bar a otro, todos los días. Nos íbamos todos a dormir y él se quedaba
tomando solo… Después dormía todo el día en una de las casitas. A la tarde se
levantaba y tocábamos un rato.
Timmy MacKern: A Luca lo sedujo el paisaje y lo alejado que estaba Córdoba de
todo. Más que nada era eso. Lo único que podía consumir era alcohol. Yo solamente
fumaba marihuana, en la quinta tenía un montón de faso. Tomé mi último ácido en
Londres y nunca más.
Ricardo Curtet: Luca era muy educado. Muchos decían: “¿Qué hace este acá en
medio de la montaña?”. Pero él estaba bien, un poco más gordo, tranquilo… Al
principio llegó muy mal, dormía, dormía y dormía, y tomaba mucho alcohol. Había
un vino Rendija, un tinto que venía en una damajuana de diez litros. Esa se la bajaba
él solo… Agarraba cualquier cosa, el Tres Plumas, lo que encontraba. Aparte había
una bodega del abuelo de Timmy, tenían unas botellas en el sótano, botellas muy
antiguas de whisky. Se las tomó todas. Nosotros lo ay udamos. Después se armó un lío
porque lo tenían reservado para cuando iba la familia. Un día se rompió una botella,
la última que quedaba, y estaba preocupadísimo. A veces íbamos al pueblo a
comprar, pero cuando hacía diez grados bajo cero era un frío que congelaba, nos
quedábamos adentro, con el hogar, la leña… y el whisky de la familia de Timmy.
Stephanie Nutall: Luca podía ser muy gracioso cuando tomaba. Cuando se
despertaba tenía una tos constante y guardaba una botella de alcohol puro para
limpiar las teclas de su máquina de escribir. Después empezó a utilizarla para esa tos,
porque la única manera que tenía de dejar de toser era poniendo algunas gotas de
alcohol en un vaso de agua para tomarlo. Era una tos nerviosa, pero sin duda que era
un alcohólico. Tenía que tomar para funcionar.
Germán Daffunchio: Luca no se limpió para dejar la heroína, sino que cambió de
droga. Él, para bancarse su vida, chupaba como un cuervo. Cada noche se tomaba
una botella de vodka. La lucha contra su alcoholismo empezó en esa época.
Ricardo Curtet: Tenía una enfermedad en el hígado, que en ese tiempo tampoco se
sabía bien qué era, porque empezaba todo lo de la hepatitis. Luca iba a un médico en
Nono, en Mina Clavero, pero, ¿qué podía decirle un médico de campo? Más todavía
en esa época, cuando había menos que ahora, que tampoco hay mucho. En esa zona
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no había teléfono, no podías comunicarte con nadie, para ir al médico tenías que
hacer 15 o 20 kilómetros.
Lila Riquelme: Yo era muy chica, nunca había visto un personaje así. Como para
todo argentino, era algo distinto a lo que veíamos. Era alguien extraño en su aspecto,
pero muy metido para adentro. Ese fue el Luca que conocí en ese momento.
Después ellos se fueron a Córdoba y tengo entendido que Luca pasó todo ese invierno
allá. Más adelante, hablando con él y con Timmy, me contaron que básicamente se
pasó ese invierno frente al hogar, sin decir palabra, deprimido totalmente y haciendo
su música, que después salió en los dos discos solistas de Luca. Esos discos los
escucho siempre y hay muchos temas que te dicen cómo estaba y cómo era él.
Después de ese invierno, volvimos a verlo en el verano siguiente.
Germán Daffunchio: Los primeros encuentros musicales eran acompañarlo
mientras él cantaba. Me decía: “Este tema es La, Re y Mi”, y yo lo seguía.
Ricardo Curtet: Cuando llegó, hacía poco que había muerto Bob Marley. Él me
ponía sus discos y y o le decía: “Mirá, y o escucho jazz… Ray Charles, BB King…”.
Yo era pibe y quería tocar y tocar. Él respondía: “Está bien, pero no importa que sean
tan buenos los músicos, tener que tocar tantas notas o tantas cosas. Vos hacé dos o tres
tonos nada más”.
Germán Daffunchio: Al principio era informal, más que nada por el hecho de
compartir y de aprender de un tipo que venía de Londres, que para nosotros era
como ir a la escuela.
Ricardo Curtet: En Córdoba,también venían otros a tocar un poco. Algunos tocaban
folclore, pero él estaba con los discos que había traído, unos simples, un montón de
cosas. Tenía discos en italiano, me acuerdo de Lucio Dalla, y también tenía todos los
discos de punk. Nosotros no entendíamos un carajo. Yo tenía mis discos, que me
había llevado de Buenos Aires: Cream, Eric Clapton, Jimi Hendrix, Frank Zappa…
Me gustaba mucho Zappa, y Luca te decía: “¡Uh! ¡Frank Zappa! Sí, lo vi en vivo”.
Estábamos muy impresionados con eso, él había visto a King Crimson, a Zappa, a
Pink Floy d. Nosotros no habíamos visto nada. En esa época, ¿quién viajaba? De pedo
teníamos los discos importados que nos llegaban. La primera vez que vino Luca no
tenía grabador. Había traído un equipito de música y pasaba los discos de Timmy.
Tampoco era un equipo muy bueno, porque la casa de Timmy era usada como casa
de vacaciones.
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Germán Daffunchio: Recuerdo noches, noches y noches de tocar y escuchar
música y más música y volver a tocar. Había mucho de filosofía urbana. Luca
contándome sus famosos cuentos, que para nosotros eran buenísimos porque en la
Argentina vivíamos ciegos. Tuvimos química desde que nos conocimos, que es algo
que deben sentir todos los que lo conocieron. Porque Luca generó una reacción
dentro de cada persona con la que se cruzó.
Lila Riquelme: Luca era un tipo sumamente inteligente y muy intelectual. Cuando
nos reencontramos, él y a podía hablar más o menos en castellano. Era poquito, pero
le alcanzaba… Yo hablaba inglés porque en mi infancia viví en Londres cuatro años
y estudié allá por el laburo de mi viejo. Entonces, cuando él hablaba en inglés con
Timmy, y o les entendía todo. No me animaba a hablar en inglés con ellos porque me
sentía muy chica y a él lo veía tan grande...
Ricardo Curtet: Empezamos a tocar de a ratos, en los asados. Luca también venía a
casa, muchas veces se quedaba a comer. Un día empezó a decir: “Hay que hacer
una banda acá, tenemos que tocar, tenemos que salir por toda la Argentina. No
quiero volver a Europa, el dinero es lo de menos, eso no me importa”.
Timmy MacKern: Decidió hacer una banda porque en el campo no pasaba nada y
no teníamos un mango en esa época. Yo administraba el campo de un vecino que
había alquilado al lado del nuestro. Aparte había puesto una plantación de lavanda,
que era un peligro. Ahí Luca empezó con la idea del grupo y nos pusimos a hacer las
primeras grabaciones, con el radiograbador. En su segundo viaje vendió el
departamento de Londres, el padre le dio una plata, y con eso Luca le pagó el pasaje
a Stephanie para que se venga. Trató de convencer a Linda pero no pudo, y ella
después terminó casándose con John, el cantante de Manicured Noise, que era
conocido de Luca. Enseguida aparecieron Sokol y Germán, que era marinero en
YPF y venía cuando le daban tiempo en tierra. Sokol y Germán eran dos amigos que
cantaban temas de Sui Generis.
Germán Daffunchio: Luca representaba lo que todos queríamos ser y no podíamos.
O no nos animábamos. Para el músico, era el rocker que venía de la cuna del rock y
te decía: “No, yo estuve con Roger Waters…” y con este y con este otro. “Un día vi
a Van der Graaf, vi a los Clash…”. “¡Contame cómo es la historia! Maestro,
siéntese…”. Era como la punta de una flecha. Luca decía y hacía todo lo que a mí
me hubiera gustado decir y hacer. Nosotros, como argentinos posmilitares, no nos
dábamos cuenta de que vivíamos completamente encerrados, reprimidos, todos
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vestiditos igual y tan duros, ¿no?
Lila Riquelme: Mi viejo laburaba en el consulado en Londres, después estuvo en
Grecia, y tuve la suerte de conocer casi toda Europa. Después mi papá se fue a
Grecia, pero yo me volví a la Argentina. En 1980, mi papá volvió de Grecia y con
Luca ya teníamos una relación de amistad, él se conectaba con Ale y con Germán
por la música, porque y a tocaban juntos. Nos veíamos prácticamente todos los días,
hasta que me enfermé de fiebre tifoidea y estuve cuatro meses en cama. Me puse
tan mal que todos pensaban que me moría. Mi madre no quería internarme, así que
me tenían en mi cuarto con un tratamiento… No comía, había adelgazado mucho, y
dejé de ir a las reuniones con ellos. Un día escuché a mi papá hablar en inglés con
alguien y de repente lo vi entrar a Luca a mi cuarto. Él siempre andaba con sus
walkman, y apenas se acercó me saludó y me puso los auriculares. Yo volaba de
fiebre, me parecía que era todo parte de un sueño. A partir de ese día, empezó a
venir todas las tardes, tipo seis y media, para visitarme, ponerme los auriculares y
hacerme escuchar música. Pasaba un rato con mi viejo, tomando whisky y
charlando de cosas de la vida, después volvía a mi cuarto, se llevaba su walkman y al
otro día aparecía de nuevo. Nunca voy a olvidarme de eso. Nunca esperé que lo
hiciera. Fue sanador. Me ponía Lucio Dalla, Lou Reed, Joe Hicks, Marley, Vivaldi…
Él escuchaba mucha música sinfónica. Creo que eso de visitarme y ponerme música
tenía que ver con reconocerse él mismo, cuando estaba con el coma hepático.
Después me contó que cuando estuvo mal siempre pedía escuchar música. Desde
ese momento, aprendí a quererlo como persona. Su humildad… No sé cómo
explicarlo. La gente me pregunta: “¿Y Luca?”. Para mí él fue un regalo que me dio
la vida. Me abrió los ojos en un montón de cosas, contándome sus experiencias, las
cosas que él había pasado. Era muy abierto, siempre te escuchaba, quería estar con
la gente común, podía hablar con el que más sabía y también con el analfabeto.
Germán Daffunchio: Un día, Luca apareció en la casa de mi abuela y yo estaba con
un amigo de ella que era un mulato. Un amigo de toda la vida, porque su madre
planchaba en esa casa. También estaban mi abuelo paterno y alguien más. Luca se
sentó, agarró la guitarra y empezó a cantar un tema muy triste. La cuestión es que el
mulato de golpe se largó a llorar. Se le caían las lágrimas, no podía parar de llorar. Mi
abuela lo consolaba y él seguía llorando porque justo era una canción muy vieja que
cantaba su madre. Para mí, fue revelador: la certificación de que la música
transmitía. La dimensión que podía tener. Lo que Luca cantaba no era una historia
generacional: era pura emoción sin tiempo, y funcionaba para todos igual, para los
jóvenes y los viejos… Para mí fue impactante porque, además, todo ese quilombo lo
había armado el tano este. Yo pensaba: “¿Cómo puede ser que se meta en una
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reunión de viejos, cante un tema y los haga llorar?”.
Ricardo Curtet: Una vez lo invitaron a tocar unos ingleses. Los vecinos de Timmy
eran todos británicos, de esos que si no hablabas en inglés no querían ni saludarte.
Una vez, íbamos a dedo para visitarlos y nos llevaron, pero preguntaban cosas como:
“¿Ustedes son empleados de Timmy?”. Les respondimos que éramos amigos de
Timmy y de Luca, y ellos: “Ah, Luca. Luca, no, no. Es un italiano que está loco”.
Luca estaba constantemente en pedo. Ensillábamos los caballos y después íbamos al
barcito de los gauchos. La dueña era una vieja que estaba siempre ahí, porque era
como un almacén de campo donde iba a comprar todo el mundo. Tenía un mostrador
como para sentarse a tomar y Luca siempre se metía ahí. Los vecinos de Timmy
eran todos millonarios. Cada tanto aparecía uno que decía: “Uy, Dios mío, se me
pinchó la rueda, no sé cómo cambiarla…”. Nos pedían ay uda y nosotros se la
cambiábamos. “¿Te das cuenta cómo es la gente que tiene dinero?”, decía Luca.
Timmy MacKern: Luca se volvió a Italia con la idea de cambiar la guita y traerla.
Veníamos grabando en un radiograbador, no podíamos hacer mucho, entonces quería
ir a buscar algo para grabar en serio y no sabíamos bien qué comprar. Una vez allá
descubrió la portastudio y la trajo. Al principio éramos solamente él y yo en una
piecita. También había una batería electrónica, que en esa época era muy básica, un
bajo, una guitarra, una cámara de eco y nada más. Yo no tocaba nada, pero grababa
y leía los manuales. Germán venía a visitarlo todo el tiempo y se fue prendiendo en
lo que hacía Luca.
Germán Daffunchio: Nos faltaba un baterista y Luca empezó a mirar el rock
argentino. Él tenía una frase que me decía siempre: “Mirá, Germán, acá falta
locura”. Insistía todo el tiempo con eso. Sumo tenía un hueco, porque había un
espectro en la música que no estaba, que era la locura. Eso lo vio de entrada y
también se dio cuenta de que acá había muy poca cultura musical, de alguna
manera. Nosotros escuchábamos a Marley, que se había muerto hacía poco. Me
acuerdo de la colección de simples de Luca, tenía pilas de discos, esas tapas con los
negros y sus crenchas colgando, todos adorando una planta de porro… Yo pensaba:
“¿Qué es este mundo? ¿Dónde estoy parado, boludo?”. No podía creerlo, pero me
parecía tan fantástico e increíble. Entendía que ahí había para buscar a nivel musical.
Había una amplitud creativa enorme, porque todo lo que estaba pasando, todo lo que
pasó después de los 70, con el punk y lo que vino después, explotó para todos lados.
Pero acá estaba oculto.
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Ricardo Curtet: Luca decía: “No quiero tener un buen auto, ni tener una re linda
mina, me importa un carajo”. Entonces se fue y volvió. Desapareció por unos
meses, menos de un año, y volvió a Córdoba.
Germán Daffunchio: La cuestión es que Luca se fue diciendo: “Me vuelvo a
Londres, vendo el departamento que tengo, compro cosas y armamos una banda”.
Le respondí: “Sí, está bien, tano. Andá y avisame cuando volvés”. Yo tenía que
volver a navegar. Estos encuentros siempre eran cuando tenía vacaciones. En el mar
navegabas un mes y tenías diez días libres.
Lila Riquelme: Sumo arrancó en la casa de Timmy con ellos tres. Después Luca
viajó a Londres a vender el departamento que tenía. Decía que con esa plata iba a
comprar un campo y unas vaquitas.
Andrea Prodan: Yo lo extrañaba muchísimo. No tenía más a mi referente musical,
mi hermano y mi amigo. Quería ir a la Argentina a ver qué estaba haciendo. Al
principio las cartas eran relativamente aburridas. No por el estilo ni por cómo
escribía, pero te contaba que había comprado vacas, que tenía un pedazo de tierra y
que con un poco de suerte podía comprar dos cabras y que Timmy podía ayudarlo…
Yo decía: “Qué loco, se dedica a las vacas ahora…”. Era durísimo. Un día nos
mandó un casete y nos dijo: “Che, me hinché las pelotas con las fucking vacas y me
vuelvo a Europa, quiero comprar unos equipos. Acá falta música, falta onda”.
Germán Daffunchio: Me acuerdo que un día me dijo: “Mirá, le voy a pagar el
pasaje a Stephanie”. No sé si ya había arreglado con ella. Ni se le cruzó la idea de
buscar un baterista argentino. Además, creo que en el fondo quería tener una aliada
inglesa… O necesitaba una mujer cerca, me parece.
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Time Fate Love. Luca Prodan en el living de la casa de los MacKern en Traslasierra,
Córdoba, 1981.
(Gentileza de Timmy MacKern)
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Capítulo 8
Sumo. El principio
“Cuando Luca se cruzó en nuestras vidas, todo cuajó perfectamente. Todo: nuestras
ganas de ser músicos, con nuestra rebelión dormida”.
Alejandro Sokol a la revista Rolling Stone.
No había un plan. La excusa seguía siendo tan simple como en los veranos lisérgicos
en Italia, cuando Timmy era el invitado de Luca y juntos exprimían el tiempo cerca
del mar. Esta vez se trataba de otro recreo compartido, más alejado de todo el mundo
europeo y con el tano jodón a pura dieta de metadona para no olvidar de dónde había
escapado. Los límites de Timmy caminaban por el patio: dos hijas pequeñas y la
panza de Inés con pronóstico de mellizos. Nada de eso alteró la relación entre los
amigos. El único problema era la solvencia económica, por los magros ingresos que
generaba el campo. Luca abandonó rápidamente la idea de convertirse en un
productor agropecuario; estaba más pendiente de los intercambios que surgían en las
guitarreadas rociadas con vino tinto en damajuana y consumos industriales de
cannabis. La vida social era escasa y aunque tuvo una noviecita en el pueblo, la
auténtica agitación la encontraba cada vez que visitaba la pulpería de Nono o los
bares de Mina Clavero. En una de las primeras cartas orales que Luca grabó en
casete y envió a Londres, les contaba a Linda Tricker y Stephanie Nutall sobre su
debut frente al público argentino. Sucedió de manera casual, durante el fin de
semana largo por el día de la bandera en un bar de Mina Clavero, gracias a la
invitación de una banda cordobesa que convenció al extranjero a subirse al
escenario. La foto se repitió el domingo 22 de junio. Esa noche interpretó varias
canciones, acompañado solo por su guitarra, entre ellas versiones de “Stand By Me”
y “Twist & Shout”, y otra de cosecha propia: “Regtest”. “Regtest” era un rip-off de
Bob Marley. Luca aclaró la fuente y también detalló la cálida aceptación que recibió
de los músicos anfitriones, el público y hasta del sonidista, que ofreció asistirlo si
volvía a animarse a tocar. El episodio funcionó casi como un empujón para terminar
de convencerse y accionar el próximo movimiento que definiría el futuro de los
próximos siete años. No tuvo mejor idea que volver a Londres, vender su
departamento y, con ese dinero, invertir en equipos e instrumentos, material
imprescindible para extender la temporada de ocio y vestir las canciones que
empezaban a brotar como señales de recuperación.
99
Regresó a la Argentina con una guitarra Fender acústica, un bajo Hofner, algunos
pedales y micrófonos. El cargamento también incluyó una preciada portastudio de
cuatro canales y una batería electrónica. Inés Daffunchio le envió una carta a su
hermano Germán, agenciándolo de la buena nueva. El marino aprovechó la primera
licencia y viajó a Córdoba, pero antes agotó los ahorros para comprarse su primera
guitarra eléctrica. Nunca más volvió a embarcarse. Alejandro Sokol siguió el mismo
camino.
Durante el verano de 1981 empezó a tomar forma algo parecido a una asociación
de ideas. Sokol tenía mucho oído y una facilidad notable para defenderse con
cualquier instrumento. Esa determinación lúdica fascinaba a Luca, y a Sokol le tocó
el bajo. Cuando aparecía, Ricardo Curtet se unía a las zapadas. Incluso llegó a
participar de las primeras grabaciones en la portastudio que operaba Timmy. Uno de
los primeros temas que surgió de esas sesiones serranas es “Night & Day”, con su
pulso maquinal y un clima fantasmagórico. La guitarra poco ortodoxa de Germán
terminó de convencer a Luca: detrás de esos ejercicios de prueba y error había una
banda en ciernes. Sin embargo, todavía notaba que faltaba un elemento. Más
precisamente, un aliado que hablara su mismo idioma y tradujera la vibra punk que
difícilmente encontraría en tierras criollas. Era momento de ir por Stephanie Nutall.
Luca volvió a insistir. “Si estás aburrida, vení”, escribió lacónico. El mensaje
causó efecto en Stephanie. Ya hacía un año que su banda, Manicured Noise, no
existía más. “Steph” había dejado Manchester para instalarse en Londres,
compartiendo el departamento de Linda que podía pagar gracias a su trabajo de
recaudadora de impuestos en el fisco inglés. Tampoco tenía un proyecto en mente, y
sonaba muy tentador que su amigo le ofreciera un pasaje de avión hacia un país
desconocido. No lo pensó más y puso proa hacia el sur. Antes de subir al avión
compró un redoblante, porque el resto de la batería la esperaría en Buenos Aires,
según la promesa de Luca. El viaje fue agotador, primero una escala en Ámsterdam,
luego en el norte de África y finalmente otra parada en San Pablo antes de arribar al
aeropuerto de Ezeiza en una mañana soleada de octubre de 1981. El comité de
recepción tardó en llegar, así que pasó sus primeras horas argentinas observando la
enorme cantidad de soldados que exhibían, con total naturalidad, sus armas de
guerra. De ahí fueron a Hurlingham: Stephanie necesitaba recuperar el sueño luego
de un baño de anfetaminas, la vieja receta punk contra lo ansiedad y los vuelos
interminables. Cuando Steph logró reaccionar enfilaron a los negocios de la calle
Talcahuano: faltaba la batería. Con una amplia variedad de instrumentos importados
disponibles, Stephanie eligió una batería Colombo de fabricación nacional. Le gustó el
sonido. Para ella, la marca era un mero accesorio.
La banda que aún no tenía nombre empezó a ensay ar y a escupir canciones de
desahogo como “Warm Mist”, que era la historia trágica de Claudia contada por su
100
hermano. También estaba “Pinini Reggae”, la favorita de Steph; o la primera versión
de “Divided By Joy”. El pulso salvaje y contundente de Stephanie cerró el ala flaca
de la asociación: ahora, esos temas tenían un grado de frescura que la máquina de
ritmo no podía empatar. Por encima de cualquier evaluación, los temas no se
parecían a nada conocido que sonara en el mapa del rock argentino. Mientras tanto,
el libro del año de la revista Pelo ponía en tapa a The Police, Phil Collins, León
Gieco, Queen y Pat Benatar como las figuras más destacadas de 1981. Al otro lado
de las Altas Cumbres, en un paraje perdido de Córdoba, crecía algo que no se sabía
bien qué era. Para agregar misterio y arrogancia a la historia, un diccionario y la
elección de Timmy MacKern sellaron la suerte del grupo. “Sumo” era un nombre de
significados múltiples. El círculo empezaba a cerrarse en esa Torre de Babel serrana
en donde varios se comunicaban por señas: Steph no hablaba una palabra de
castellano y Germán, Alejandro y Ricardo jamás se esforzaron por mejorar su
inglés de escuela secundaria. En el medio, Luca y Timmy tenían el control del
mensaje y también de las traducciones: entre ellos siempre hablaban en inglés. Poco
antes de regresar a Buenos Aires, Ricardo Curtet declinó su participación en el grupo
aduciendo problemas familiares.
El 31 de diciembre de 1981 encontró a los incipientes Sumo en algo parecido a un
debut en formato de show privado. A modo de despedida del año, la banda tocó en
vivo en el patio del caserón de Hurlingham. Los asistentes al concierto eran en su
mayoría miembros del clan MacKern, más las novias de Germán y Alejandro. El
sonido alteró al barrio, pero la sorpresa superó la tolerancia de las familias inglesas
del lugar cuando por los parlantes sonó, antes del show y a un volumen demencial,
“The Torture Never Stops” de Frank Zappa: nueve minutos de guitarras intoxicadas y
gemidos orgásmicos.
Gracias a la madre de Timmy, conocida de John Lear —el presidente de la
compañía discográfica Phonogram—, Sumo tuvo su primera prueba de eficacia. La
sesión ante Lear y Adrián Berwick, el director artístico del sello, provocó una buena
impresión de los cazatalentos. Ambos quedaron muy impresionados ante la
performance del grupo y, sobre todo, por el carisma escénico de Luca. Desde el
vamos, también evaluaron la inviabilidad de la propuesta dentro de un mercado
demasiado endogámico. Hubo reuniones, incluso propuestas descabelladas: una de
ellas fue promover el costado acústico de Sumo y equipararlo a un grupo argentino,
compuesto por extranjeros, llamado Harp. Era una copia infame del trío folkie
América que cantaba en inglés y hacía gala de sus camisas leñadoras. Obviamente,
no hubo acuerdo. Pero esa conexión con Berwick permitió que Sumo ingresara por
primera vez a un estudio de grabación para registrar un demo de cinco temas. Con
esa tarjeta de admisión fue posible iniciar un recorrido por los bares de la Zona Norte
del Gran Buenos Aires en busca de lugares para tocar; justamente, el territorio en
101
donde los Harp tenían mucho éxito.
La decisión de pelarse completamente es otro eslabón en la larga cadena de
hechos fortuitos que determinaron la estética imprevisible de Luca Prodan: no
existían pelados en el rock. De existir, eran casos demasiado aislados como para
tomarlos en cuenta: tal vez el más notorio fuera Tony Levin, notable bajista del
renacido King Crimson de los 80, o el voluminoso Buster Bloodvessel, cantante de la
banda ska inglesa Bad Manners. Pero eran ejemplares excepciones en un planeta en
donde la cabellera era tan importante como la guitarra, y representaba un signo de
respetabilidad rockera, mucho más en un país que aún vivía los resabios de la era
hippie. Luca empezó a sentir el rigor de una calvicie prematura a fines de los 70,
aunque no era nada que incomodara al hombre imán. En una de las largas noches
continuadas de Hurlingham, luego de un asado y con mucho vino en la cabeza, Lila y
Alejandro acompañaron el tren de un comentario de Luca: algo debía hacer con su
módica cantidad de cabello y hasta barajó la posibilidad de raparse, confesó en
medio de una borrachera de órdago. Entre risotadas, Alejandro y su novia
comenzaron a cortarle el pelo con una tijera, luego trajeron espuma de afeitar y con
una maquinita completaron el trabajo. Al otro día, Luca no recordaba qué había
pasado y descubrió frente al espejo la obra de sus amigos.
Nadie en su sano juicio podía salir a vender a un grupo con las señas de identidad
de Sumo: canciones en inglés, un líder totalmente rapado y con actitud desafiante, la
batería a cargo de una chica con pasaporte británico. Demasiadas razones para
provocar rechazo en un circuito de rock en formación, todavía impregnado de un
sesgo conservador. Era así incluso en los círculos más progresistas, integrados por
artistas que resistían los embates de la represión y la censura, pero que fueron poco
tolerantes frente a los nuevos patrones estéticos. Para muestra, basta una canción:
“Mientras miro las nuevas olas”, de Serú Girán, imponía en 1980 una mirada
retrógrada frente al avance de las bandas de la new-wave. “¿Te acuerdas del tipo que
rompía las guitarras/ cuando nadie tenía un miserable amplificador?/ Hay miles
ahora/ Corbatas con saco gris/ Flequillo solo hasta la nariz/ La historia prosigue pero
amigos y o ya la vi”, dice la letra escrita por Charly García, que en un futuro cercano
se convertiría en un paladín de la modernidad con gestos osados y varias epopeyas
de cambio.
Y todavía faltaba una contienda bélica en el tablero, sin duda, el may or obstáculo
a las aspiraciones de una banda que solo quería subir a cuanto escenario tuviese a la
vista.
La seguidilla de conciertos empezó oficialmente el sábado 4 de febrero de 1982
en Caroline’s Pub, un boliche ubicado en El Palomar. La lista de temas incluyó los
estrenos de “Virna Lisi”, el reggae “Breaking Away ” y canciones que no volvieron a
aparecer, como “Time Fate Love” o “Strange Things”. Esa noche, entre el público
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podía verse a Diego Arnedo y a Jorge Crespo. Ambos jugarían roles fundamentales
en el planeta Sumo. El pub Mastropiero siguió en la lista de lugares que el cuarteto
reinventaba: en este caso, se trataba de una whiskería medio tramposa de Olivos, que
promocionaba a un grupo inglés durante varios sábados de febrero. Hasta allí, por
recomendación de Berwick, llegó Alfredo Rosso, joven periodista de la revista
Expreso Imaginario y empleado del sello Music Hall. La banda no entraba en el
diminuto escenario y la sorpresa fue mayúscula cuando en la mitad del primer tema,
“Night & Day”, el cantante enfundado en una careta rasta se sacaba la máscara y
aparecía un tipo completamente pelado. El show continuaba, pero ese impacto visual
permanecería por un largo tiempo en la memoria de todos los presentes.
Stephanie Nutall: En Inglaterra, no era feliz haciendo música. Dejé la casa de mis
padres después de pelearme mucho con ellos, empezaba a salir a la noche, volvía a
casa de día y mis padres decían que estaba portándome mal. Mi madre estaba muy
enojada. Me gritó que trataba a nuestra casa como un hotel. Le respondí: “Bueno,
estoy haciendo el check out”. Ya no era parte de la brigada de chicas de la iglesia
donde iba a tocar el tambor militar. Un novio que tenía estaba haciendo audiciones
para armar una banda y me dijo: “Tenés que ser nuestra baterista”. Yo le respondí
que no tocaba la batería completa, que solamente podía tocar el tambor militar. Pero
el cantante de esa banda parecía Hitler, vestido todo de negro y con el pelo cortito,
así que no le molestó. Esa banda parecía un grupo fascista, aunque no lo éramos para
nada. Me preocupaba esa imagen que dábamos.
Germán Daffunchio: Antes de la llegada de Stephanie, era todo como un juego.
“Night & Day” apareció así, casi sin querer. Veníamos de una noche intensa,
digamos. Yo había comprado un xilofón, porque ya estaba la decisión de tener una
banda y estábamos esperando resolver lo del baterista para empezar más
seriamente. Nos pasamos toda la noche grabando y delirando en la casa de Timmy.
A la mañana siguiente, me levanté rumbo al baño y me lo encontré a Luca. Estaba
escuchando la grabación de lo que habíamos hecho. Tenía puesto su sombrero. No
me olvido más de esa imagen: se sacó los auriculares y me dijo: “Hey, Germán.
¡Esto es bueno!”. Él mismo estaba sorprendido.
Stephanie Nutall: Cuando volví a ver a Luca en Kentish Town, me preguntó si quería
ser la baterista de su banda. Me dijo: “Stephanie, acá no estás contenta, no te gusta lo
que estás haciendo”. Él conocía mi situación y me dio esa oportunidad. Le respondí
que me encantaría. Yo era chica y no tenía mucho para perder. Cuando acepté, me
dijo que debía contárselo a mis padres. “Van a estar contentos,” me dijo. Le contesté:
“No, no van a estar para nada contentos”. Hablé con ellos y ahí se desencadenó una
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pelea grande con mi familia. Dejamos de hablarnos. Mis padres me advertían: “No
vay as allá. Es un país que está gobernado por la derecha, hay militares y balas”. Mis
padres leían los medios de comunicación ingleses, los tabloides, que claramente
pueden influenciar tus ideas acerca de un país cuando no siempre dicen la verdad. Yo
era joven y no me parecía un problema irme. Peleaba con mi consciencia, porque
sabía que mis padres no querían que me fuera. Tenía 18, 19 años y sabía que hay
oportunidades que son únicas y no quería dejarla pasar. Además, me ofrecían la
plata para viajar y tocar allá. Compré mi propio redoblante. Viajé a Manchester para
visitar a mis padres brevemente antes de viajar. Ellos seguían enojados. Mi padre me
decía que pronto iba a haber enormes dificultades en la Argentina y tenía razón. Sin
embargo, sigo pensando que si te pasás la vida envuelto en una bolita de algodón
nunca vas a ser nadie. A veces necesitás un salto al vacío, y eso es exactamente lo
que hice.
Timmy MacKern: Estuvo en Londres unos diez meses antes de volverse a Córdoba.
Se curó de la heroína después de ese viaje.
Stephanie Nutall: En Londres, me sentía una extranjera. Trabajaba en Richmond,
que está al otro lado del puente. En una época, Luca estaba tan obsesionado con la
heroína que me llamaba al trabajo para preguntarme si y a me habían pagado porque
necesitaba más plata. Al tiempo, los dueños del lugar decidieron vender la propiedad
y empezó a enfermarse. Creo recordar que, a partir de eso, se fue a Italia varias
veces. No me acuerdo bien si la propiedad estaba en venta porque él y a había
decidido mudarse a la Argentina, probablemente haya sido así. Después de eso me
mudé a una casa con Linda a Kentish Town, en el otro lado de Londres. Cuando Luca
volvió de su primer viaje a la Argentina se lo veía mucho mejor de salud.
Germán Daffunchio: Un día recibo otra carta de mi hermana, en la que me contaba
que Luca había vuelto y que había traído una máquina para grabar y no sé qué más.
Inmediatamente, pedí permiso para bajarme de la Marina Mercante, dije que tenía
no sé qué y no volví nunca más. Dejé de trabajar ahí y con la guita que me quedaba
me compré una guitarra eléctrica.
Lila Riquelme: Se fue diciendo que iba a comprar vaquitas, pero cuando volvió
compró una batería, le pagó el pasaje a Stephanie y también compró una consola de
12 canales con la que grababa a la noche. Cuando llegó Stephanie, se mudaron de
nuevo y Ale se fue con ellos para Córdoba. Ya venían ensay ando un poco en
Hurlingham.
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Germán Daffunchio: Cuando Alejandro vino a Córdoba a tocar conmigo me dijo:
“Bueno, y o toco el bajo”. A lo que le respondí: “Yo toco el bajo”. Y él: “No, y o toco
el bajo”. Bueno, pum. Yo tampoco era guitarrista, por lo menos no era un guitarrista
profesional para una banda de rock. Pero como esta banda nunca estuvo enfocada en
eso, no hubo problema… Por eso digo que fue todo tan extraño. Yo estaba enfocado
en descargar, porque en mi caso funcionaba como una terapia. Cuando era marino,
no quería pertenecer más a la especie humana. Quería vivir arriba de un barco,
recorrer el mundo y no pertenecer más a nada. Venía de hacer el servicio militar, de
haber conocido a los milicos del Proceso. A los 19 años estaba podrido de todo eso y
asqueado del mundo. Nosotros estábamos locos. No teníamos la ambición de hacer
un grupo de rock que iba a revolucionar a la Argentina o cualquiera de todos los
títulos que hoy tiene Sumo. Éramos unos pibes que estábamos perdidos en el mundo,
como todos los pibes perdidos del mundo que hay, con un tipo que estaba tratando de
no morirse. Se creó una especie de química, que se sumó al espíritu de lucha que
traíamos todos.
Ricardo Curtet: En Nono, Luca tenía una novia, Sonia, que está en la película de
Espina. El tipo estaba solo y nosotros siempre pensábamos: “Bueno, vamos a
presentarle a alguien…”. Porque Luca decía: “Che, loco, hace tres meses que estoy
acá, la verdad es que estoy podrido, me quiero comer las piedras”. “Bueno, mirá, te
vamos a traer una mina”. Pero la verdad es que no había mucho. La vida social en
Nono era muy limitada. Uno iba ahí, se fumaba un faso y la gente decía: “¿Qué es
eso?”. Yo respondía: “Es un tabaco importado”. Los tipos no entendían nada. Iba con
la guitarra a las peñas y todos me respetaban y me llevaban para todos lados,
acompañando a los cantores de tango y folclore. El rock no se entendía. De hecho,
fui el primero en tener una guitarra eléctrica en Mina Clavero. La gente me decía:
“¿Qué es ese ruido?”. “No, es el amplificador, estoy afinando”. “A la mierda”, me
decían. “Es una locura, se escucha a cuatro kilómetros…”.
Lila Riquelme: Luca ya tenía el bajo Hoffner que trajo en su primer viaje. Ale era
un tipo muy abierto a todo, podía tocar cualquier instrumento, tenía un gran oído
musical… Esa era la conexión musical entre ellos. Hay temas, como por ejemplo
“Lament”, que hicieron juntos. El coro que se escucha detrás de la voz de Luca lo
hace Ale. Se divertían mucho juntos, se reían todo el tiempo.
Ricardo Curtet: Córdoba era un aburrimiento tremendo. Cuando nacieron las
mellizas de Timmy, el loco andaba corriendo de acá para allá con los niños, iba y
venía al pueblo. La madre de Timmy les había llevado un coche y Luca hizo los
primeros viajes a Buenos Aires en ese auto.
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Germán Daffunchio: Para Luca, Stephanie era una buena combinación, baterista y
mujer… Porque seguramente tuvieron sus encuentros de soledad. Stephanie también
era un personaje. Bajó del avión y estuvo dos días seguidos durmiendo. Después nos
enteramos de que en esa época todos los punks tomaban muchas anfetaminas. La
música punk es anfetamina. Claro, con el bajón de anfetamina quedás hecho mierda
y no te podés mover. Estuvo durmiendo durante días enteros y se fue. Al principio,
Luca no hablaba mucho en castellano, pero algo le entendías, más que nada por la
similitud con el italiano. Pero Stephanie no hablaba nada de nada y eso era muy loco.
Nuestra comunicación era todo gestos. Una de las cosas que tenía Stephanie era que
se ponía colorada y en cierto momento la veías insultando mientras tocaba la batería.
Se ponía toda roja, puteando, y a veces lloraba.
Ricardo Curtet: Cuando llegó Stephanie fui a la casa en Hurlingham. No entendía
nada, pobre. Una vez fuimos a ver Nosferatu con ella, mientras esperábamos a Luca,
que tenía que volver. Stephanie no era una novia oficial de Luca, pero un poco sí.
Tenían otra mentalidad. Nosotros decíamos: “¿Es la novia o no?”. Ellos dos tenían otra
cabeza, no les importaba si eran novios o no.
Lila Riquelme: Ale no sabía hablar en inglés, aunque después conectó muy bien
también con Stephanie. Ale y y o teníamos una relación divina con Stephanie, ella
siempre se quería conectar, hablaba en castellano como podía y se reía de eso. Luca
era igual.
Ricardo Curtet: Stephanie daba unos tragos de vodka que metía miedo. A veces
dejaba de tocar la batería, iba a tomarse un trago y seguía tocando.
Germán Daffunchio: Un día alguien me tradujo lo que le pasaba y cómo lo
explicaba: ella creía que cuando uno tocaba tenía que pensar en todo lo malo que
había pasado en tu vida. Entonces vos la veías y estaba enojada todo el tiempo, era
muy loco. Además, imaginate una mujer baterista que insultaba.
Stephanie Nutall: Siempre lloro mientras toco la batería. Empecé cuando tenía
nueve años y me pasa desde entonces. En realidad lloro todo el tiempo, por cualquier
razón. A veces siento que me lleno de emoción y que no puedo expresarla
claramente, salvo con lágrimas. Mi padre me decía que era demasiado dramática.
Como Sarah Bernhardt. Mi primer recuerdo es que alguien me propuso tocar la
batería, dije: “Dale” y lloré. Creo que me pasa por la frustración de no ser capaz de
expresarme con palabras.
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Germán Daffunchio: También está la famosa anécdota de la batería que se compró:
fue con Luca y con Timmy a las casas del centro a comprar una y ella eligió una
batería argentina, una Colombo. Nadie sabe bien por qué, porque tenía oportunidad
de tener una americana, pero le gustó el sonido de esa batería nacional. Esa batería
fue un emblema de Sumo durante muchos años. Stephanie dejó una esencia.
Stephanie Nutall: Aunque él escribía las letras, bueno, nosotros creábamos las
melodías, tocábamos muchos juntos. Él tenía ideas y en realidad era la fuerza
creativa principal, pero todos hacíamos nuestra parte: y o con la batería, Germán
amaba su guitarra eléctrica, le gustaba experimentar, y Luca quería que todos
fuéramos reconocidos. No se comportaba como si él fuera el líder de la banda. Nos
empujaba a ser creativos, pero tampoco nos forzaba. No te hacía sentir
insignificante. Era de trato fácil y pensaba cómo extraer lo mejor de la gente. Le
interesaba mucho lo que les pasaba a los demás.
Ricardo Curtet: Luca tenía todo en su cabeza, no había mucha improvisación. Tenía
sus canciones y sus cuadernos, y ahí asomaba la idea de lo que quería hacer, una
mezcla entre reggae y punk. Yo había hecho cosas con Luca y un amigo mío que
tocó el bajo en dos o tres temas. Eso terminó en su disco solista, aunque no aparecí
después en los créditos. En realidad nunca supe que eso iba a terminar en un disco.
Eso que grabamos quedó así durante 20 años, hasta que se publicó… Cuando salió, y o
ni siquiera estaba en la Argentina. Timmy vino a buscarme y me dijo: “Che, estás en
un disco de Luca”. Le respondí: “¿Qué disco? No me acuerdo”. “Una noche que nos
quedamos con Luca grabando, ¿te acordás? Tomando whisky ”. “Bueno, todas las
noches nos quedábamos con Luca tomando whisky, pero no me acuerdo de haber
grabado, qué sé yo”. Un tiempo después fui a su casa de Hurlingham y me hizo
escuchar: “Ah, sí, me acuerdo, estos temas que había hecho Luca”. Estaban
“Lament”, otro tema de Canned Heat, que era de la película Woodstock, “Go To The
Country ” y tres o cuatro más. La verdad es que no me acordaba, pero Timmy me
dio el dinero que correspondía y firmé en SADAIC. Después uno de esos temas se
usó para la película de Rodrigo Espina. Había una caja de ritmos, un distorsionador,
un equipo, un pedal que es como un Leslie y que se usó en “Lament”. A veces
afinaba la guitarra de Luca, porque estaba un poco… Él no tocaba mucho, hizo con
tres o cuatro tonos las melodías. Luca era un melodista, un poco como pasaba con
John Lennon, que tampoco era un gran guitarrista… Pero hacía unas armonías
buenísimas. Durante un tiempo me dio un poco de bronca que esos discos hay an
quedado guardados, porque algunas cosas estaban buenas. Después, cuando salieron
a la luz, a la gente le gustaron esos temas.
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Germán Daffunchio: Mi visión personal es que Sumo tuvo una ideología que nació
en esa época. En la primera época hubo mucho de tocar y de escuchar, pero
también mucho de filosofar sobre creencias artísticas. Teníamos actitudes que
definimos en los primeros tiempos, como el delirio de que yo tocaba la guitarra,
Luca me manejaba la cámara de eco y hacíamos música con eso. Había comprado
un xilofón y se armó una cosa participativa. Esa era una de las cualidades que tenía
Sumo, que después volqué en Las Pelotas: la integración de los músicos. Las Pelotas
no es “mi” banda, como tampoco Sumo fue la banda de Luca, por más que él
después estuviera al frente y fuera la cabeza de todo. En esos inicios fundamos las
bases. Pasó con Stephanie, que dejó un espíritu. Una de las esencias de Sumo era esa
persona enojada, pegando. Sumo tenía una parte que era oscura y una parte más
luminosa.
Timmy MacKern: La elección del nombre del grupo fue en Buenos Aires, en mi
casa de Hurlingham. Teníamos un diccionario en tres tomos. Los separamos y
empezamos a buscar. Estaban Luca, Germán y no sé si Alejandro también.
Empezamos a anotar en listas cinco sugerencias en un papel, después leímos todos los
nombres y quedó “Sumo”. Lo elegí y o porque me había tocado el tomo de las “s”,
no porque fuera una cosa especial.
Ricardo Curtet: Hubo una zapada muy linda en Hurlingham. Nosotros nos fuimos
desde Versalles, donde vivía y o, con un auto viejo que tragaba aceite, a punto de
fundirse, cargamos unos parlantes y otras cosas. Yo llevaba a los secuaces míos de
allá, los que tocaban conmigo. Ellos sabían que era amigo de Luca, que andaba con
los de Sumo y qué sé yo. Cuando llegamos, Luca había puesto los parlantes en el
jardín. Se escuchaba como a 200 metros, no me olvido más. Se escuchaba muy
fuerte. Había puesto a Zappa, “The Torture Never Stops”, que tenía esos solos de
guitarra y también hay una mina atrás que grita como si tuviera un orgasmo.
Empezamos a escucharla desde lejos, pensando: “¿Pero de dónde carajo sale esa
música?”. Nos dimos cuenta que venía de ahí cuando nos acercamos a la casa.
Lila Riquelme: La primera presentación de Sumo fue bastante extraña porque el
público éramos las novias, la mamá de Timmy, la hermana, el propio Timmy, Inés,
Enrique y Nacho Daffunchio, que también era chiquito, y nadie más. Ese era el
público. Armaron todo ahí en el parque afuera. Fue raro pero estuvo buenísimo.
Germán Daffunchio: En el jardín de Timmy el público eran 20 personas, de las
cuales 15 eran familiares. Yo igual me sentía que estaba tocando en el Madison
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Square Garden. Era una experiencia totalmente novedosa. Cuando le dije a mi padre
que iba a ser músico, se largó a llorar. No tenía consuelo.
Ricardo Curtet: Otra vez fue a verlos el capo de CBS, la discográfica. Era un
ensay o, me acuerdo que Germán estaba muy nervioso. Al final, el tipo quería que
hicieran folk. El hombre era amigo de la mamá de Timmy y era jefe en
Phonogram.
Germán Daffunchio: Había una amiga de la mamá de Timmy que no sé si era la
madre de un capo de Phonogram. Adrián Berwick se llamaba.
Alfredo Rosso: Berwick trabajaba en Phonogram, que ahora es Universal. Primero
fue Phonogram, después Polygram y finalmente se llamó Universal. Yo estaba a
cargo del Departamento Internacional de Music Hall. A finales del 81, que es cuando
empieza esta historia, teníamos el sello Sire. Yo edité a los Talking Heads, a los
Pretenders y a los Ramones por primera vez en la Argentina… Como los dos
teníamos el mismo trabajo, lo que hacíamos con Berwick era pasarnos los discos que
editábamos. Yo le daba los míos y él los suy os. De vez en cuando, me daba alguna
muestra importada y yo le daba alguna mía. Intercambiábamos figuritas porque a
los dos nos gustaba la música. Paralelamente, en esa época y o estaba entrando en
Radio Rivadavia, también la FM, y le pedía material a la gente de las grabadoras,
incluy endo a Berwick. Era algo muy común.
Adrián Berwick: Mi mentor fue John Lear. Él conocía a mi viejo y trabajé muchos
años con él en la Argentina y después en Londres. La madre de Timmy MacKern
era amiga suya, además eran vecinos, porque Lear vivió en Hurlingham toda su
vida, con toda la inglesada de esa zona. Un día me dijo: “Me ha pedido una amiga
que vaya a ver un grupo, me gustaría que vengas vos también”. Yo era el director
artístico en esa época y le dije: “Bueno, vamos”. Así que nos fuimos hasta
Hurlingham a ver a este grupo. Pero no es que fuimos a ver un show o un
espectáculo: estaban tocando en el patio de la casa de Timmy. Era verano y no era
demasiado tarde, habrá sido a las seis o siete de la tarde. Fue justo antes o justo
después de las fiestas, tal vez enero del 82, o fines de diciembre del 81. Luca me
impresionó mucho desde el momento en que lo conocí.
Timmy MacKern: Mi madre era muy amiga del capo de Phonogram. Era un tipo
medio religioso y ambos iban a la iglesia. Él era de la comunidad inglesa que vive en
Hurlingham y nos puso en contacto con Berwick, que en realidad era el encargado de
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la parte internacional de Phonogram. Estaba con otra producción nacional, que era
una banda de vaqueros llamada Harp.
Carlos “Aspix” Giustino: Conocí a Luca en Palomar, en un lugar que se llamaba
Caroline’s Café, que era de unos amigos. Yo vivía en Ciudad Jardín y con otros
amigos organizábamos fiestas, ese tipo de cosas de jovencitos. Un día apareció
alguien de Hurlingham diciendo: “Hay un grupo con una chica que toca la batería”.
Esa era la atracción principal. Mucho tiempo después supe que fue el primer recital
de Sumo. No tengo un recuerdo muy claro de Luca en ese show, pero lo del grupo
fue muy fuerte porque era algo que estaba muy a contramano de lo que uno estaba
acostumbrado a ver adentro de un bar, especialmente en el conurbano. Eran lugares
a los que iban tipos con una guitarrita a tocar una bossa nova, o dúos de flauta
traversa… De repente aparecen estos animales con Stephie, que la verdad es que no
era muy ducha tocando la batería pero tenía unos cojones tremendos porque se
paraba y tocaba. Luca usaba el aparato ese que tenía, un delay todo distorsionado que
sonaba todo feo y pastoso.
Germán Daffunchio: En esa época había un grupo que se llamaba Harp. Tocaban
country y cantaban en inglés. Berwick trabajaba con ellos. No sé si hubo una reunión
con Timmy, Luca y Berwick, pero esa fue la piedra fundacional para que empezara
a rodar todo esto. Primero apareció la posibilidad de salir a tocar e inclusive, quizás,
hasta de grabar un disco. Como grupo no éramos nada, era todo por Luca, porque el
tipo cantaba en inglés y Berwick había visto que había un mini mercado en la zona de
Martínez, Olivos, San Isidro. Ahí se tocaba música en los pubs, los tipos se subían con
gorro de vaquero. Yo nunca los vi.
Timmy MacKern: Berwick llevó a Harp a tocar a la iglesia, obviamente presionados
por la compañía.
Adrián Berwick: Nadie hacía esa música en la Argentina. Pero Luca era un inglés
de origen italiano, no era argentino. Y era un inglés muy inglés. Esa primera vez que
lo vi en el jardín de Timmy, lo que más me impresionó fue Luca como performer. O
sea, como cantante era crudo pero tenía una presencia escénica que y o no había
visto nunca. Me impactó mucho. Empezamos a juntarnos, hicimos algunas reuniones,
estuvimos discutiendo mucho sobre las canciones, vinieron a mi casa algunas veces.
Nos llevábamos bien.
Ricardo Curtet: Luca era un tipo buena onda. Se hacía el duro, pero lo querían
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todos. Enganchaba enseguida con la gente.
Adrián Berwick: Las canciones que tocaban eran buenas y después quedaron en el
tiempo, pero lo que era impresionante era su forma de interpretarlas. No es que me
hayan impactado ni su voz ni las canciones: era Luca lo que te cautivaba. Él no
estaba en gran forma todavía; tocaban siempre en ambientes cerrados, estaban
probando mientras él se recuperaba en Córdoba. Después de ese primer encuentro
hicimos algunas reuniones, escuchamos discos juntos, hablamos mucho de música y
después hicimos un demo. En esa época, los estudios de Phonogram estaban en
avenida Belgrano, se habían mudado de la calle Moreno al 2038, estaba muy cerca
del Congreso. Las oficinas estaban en Hipólito Yrigoyen. Una noche tomamos el
estudio y grabamos cuatro o cinco temas. Fue el primer demo con el cual salimos,
con Timmy y con Luca, a tratar de buscar shows. Necesitábamos hacerlos tocar en
vivo para que rodaran el material y también para que se probasen ellos mismos. No
tenían demasiada experiencia.
Timmy MacKern: Cuando le dejamos el demo, nos dijo: “No me gusta comparar”.
Y nos sacó el disco de Flash and the Pan, los australianos, que tenían varios hits en la
radio. No sé por qué lo relacionó con nosotros…
Germán Daffunchio: Berwick armó la gran prueba que íbamos a tener en la
compañía de discos. Nueve de la mañana, dos botellas de vino blanco, empezamos a
grabar. Nunca en nuestra vida habíamos grabado, menos en un estudio profesional.
Nuestra experiencia de grabación había sido Luca en los estudios de sus amigos y
nosotros nada, porque nosotros estábamos en Córdoba.
Adrián Berwick: En esa época, muchas compañías de discos tenían sus propios
estudios de grabación. Es una tradición que se ha ido perdiendo en el tiempo, igual
que tener sus fábricas, su distribución. Llegó un punto en el que la cosa se sofisticó
mucho y los artistas pretendían otra tecnología o preferían grabar parte del disco en
otro estudio. Tener uno propio era muy cómodo, lo usábamos para todos los artistas
de folclore, obviamente para los artistas de pop argentino. En el demo de Sumo grabó
uno de los dos técnicos que teníamos, que eran empleados de la compañía. No hay
que olvidarse de que, cuando los hice grabar, Sumo era un grupo que había
escuchado en el patio de una casa y que me llegaba por amigos de amigos. Además
era una estación baja, cerca de Navidad, y en el estudio había turnos libres. Así que
fuimos una noche y grabamos los temas así como venían. Hicimos algunas
sobregrabaciones, pero en general lo que se escucha es lo que se grabó en directo.
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Germán Daffunchio: De repente estábamos en un estudio de estos, enormes, y
grabamos cuatro temas. Claro, evidentemente el tipo dijo: “Esto no es Harp, esto que
está pasando no es…”. La cuestión es que nos bocharon, de alguna manera. Esa
grabación salió después en estos dos discos solistas de Luca. Ahí están los demos de
“Regtest”, “Warm Mist”, etcétera.
Alfredo Rosso: Un día fui a visitarlo a Berwick y me dijo: “Mirá, estoy un poco
frustrado. Tengo una banda que me gusta mucho, les hice una prueba en el estudio de
Phonogram, pero acá no los quieren editar porque cantan en inglés. Me gustaría darte
una copia para ver qué opinás”. Entonces me dio la copia en casete de la primera
cosa que grabó Sumo profesionalmente. Ese casete tenía temas como “Breaking
Away”, “Night & Day”, “Telephones Ringing In Empty Rooms”. Daffunchio en
guitarras, Sokol en bajo, Stephanie Nutall en batería y Luca cantando, tocando esa
máquina de ritmos que tocaba él y la guitarra acústica. Bueno, ese casete me dio
vuelta. Adrián me había dicho: “Si te gustan andá a verlos a un boliche de Olivos que
se llama Mastropiero”. Se ve que me gustaron mucho porque fui a verlos ese mismo
sábado.
Marcelo Gasió: Había un compañero de trabajo nuestro en el Expreso Imaginario,
que era el que vendía publicidad. Salía por los negocios, los comercios, para atraer
gente para la revista. Era medio charlatán, como todo buen vendedor. Un día nos dijo
que en la zona de Hurlingham y El Palomar había un inglés, que había vivido la
época punk de Inglaterra y que hacía new-wave. Nos contó que había formado un
grupo. En ese momento estaba lleno de grupos, y o también tenía el mío, y viste
cómo es, te dicen: “No, hay un grupo buenísimo”, y vos pensás: “Hay un montón de
grupos buenísimos”. Además me lo decía este tipo, que era medio charlatán. Me tiró
la onda una o dos veces, hasta que también lo convenció de ir a Alfredo Rosso.
Fuimos a ver de qué se trataba.
Adrián Berwick: Nos recorrimos toda la Zona Norte porque yo era de ahí y los
conocía a todos. Entonces llevé el demo a varios locales que había por la avenida
Libertador y nos tomaron en uno que estaba en Olivos, en la calle Corrientes, que se
llamaba Mastropiero.
Timmy MacKern: Teníamos la idea de que la compañía de discos iba a habilitarnos
todo, sobre todo dónde tocar. Entonces a Berwick lo hinchamos mucho con eso:
“Estamos ahora en Buenos Aires. ¿Dónde tocamos?”. Salimos un par de noches, con
él en el auto, para buscar lugares. Era como ir con cualquiera a dar una vuelta, y en
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esa época no había mucho. Hasta que encontramos ese pub en Olivos.
Ricardo Curtet: Con el primer Sumo, el de Luca, Germán, Sokol y Stephanie, toqué
en un par de lugares. En Córdoba, Luca me propuso ser parte de la banda, pero
después ellos se fueron a tocar a Buenos Aires y yo me quedé en Córdoba un tiempo
más.
Germán Daffunchio: Cuando hicimos esa prueba, nos quedamos sin nada. Sumo era
un grupo que cantaba en inglés, que además hacía una música rara, que no tenía
nada que ver con lo que pasaba. Era una situación difícil de vender. Pero habíamos
decidido que íbamos a vivir de la música y salíamos a buscar lugares para tocar con
Timmy y su Renault. Llevábamos el casete a bares de Olivos, San Isidro,
Hurlingham…
Adrián Berwick: Mastropiero era un boliche para parejitas. Todavía recuerdo el
impacto que sentí en ese primer show. Luca y a estaba pelado. Hay que tener en
cuenta que ahora está lleno de pelados, pero en esa época era algo rarísimo.
Timmy MacKern: Tocábamos donde nos aceptaban. Los padres de Germán tenían
una estanciera grande, cargábamos todo ahí arriba e íbamos a los shows así. No
alquilábamos nada, pero teníamos unos bafles que habíamos comprado… Teníamos
cero costo.
Lila Riquelme: La primera vez que vi a Luca pelado fue en un asado. Mucho vino.
Muchísimo. En esa época yo no tomaba alcohol, pero Luca se agarraba unos pedos
bárbaros. En un momento, y a a la noche, quedamos los tres, Ale, él y yo. Estábamos
en la cocina de Timmy, Luca se miraba en el vidrio de una de las ventanas y decía:
“Uh, yo no sé, la verdad es que quiero cambiar, me gustaría pelarme”. Con Ale nos
miramos y pensamos: “Esta es la nuestra”. Lo sentamos y le dijimos: “Ah, bueno,
nosotros te pelamos”. “¿En serio?”. “Sí”. Primero le cortamos el pelo que tenía atrás
con la tijera… Luca estaba totalmente borracho. Ale y yo nos cagábamos de risa.
Después le pusimos espuma de afeitar, le pasamos una máquina y se fue a dormir.
Nosotros nos fuimos y a la mañana siguiente Luca no entendía qué había pasado, no
sabía por qué estaba pelado, no se acordaba de nada… Nos hemos reído tanto con
eso, Ale lloraba cuando lo vimos… Luca nos decía: “Ustedes dos, hijos de puta, lo
que me hicieron…”. “Vos nos dijiste que querías…”. Llorábamos todos de la risa.
Adrián Berwick: Además, Luca tenía esa cara redonda, con facciones muy
113
expresivas. El resto del grupo le daba mucho espacio y lo único que veías era a Luca
en realidad. Germán tocaba de espaldas.
Alfredo Rosso: Mastropiero era un bar de trampa. Fue muy raro ver a Sumo en un
lugar tan poco afín. Tenía paredes de madera y en las mesas había un recubrimiento
de mosaico. La barra era muy pesada, como acolchonada, y había un símil vitraux
en los vidrios de las ventanas y de las puertas. Era un bar para tipos que iban con la
secretaria. Te servían whisky en vaso gordo, típico de principios de los años 80. En
ese lugar, uno esperaba que tocaran hits o incluso karaoke. De repente aparecieron
esos tipos que no tenían nada que ver y estaba bastante lleno. Había buen ambiente.
Germán Daffunchio: Conocimos a Alfredo Rosso en Mastropiero. Antes habíamos
tocado en Caroline’s, en El Palomar. Ese fue el primer show de Sumo. Después
vinieron los Mastropiero.
Marcelo Gasió: En aquel momento te decían que venía un punk de Inglaterra y vos
te imaginabas a un pibe de pelo largo. Estaban muy de moda los pubs, esos boliches
donde vos ibas a tomar algo, la clase de lugar donde podías ver al Negro Rada, al
Fontova Trío, incluso a Soda Stereo a Los Redondos cuando arrancaron. Te sentabas,
comías algo y veías al grupo. De pronto aparece un tipo pelado, cuando nadie era
pelado, con una gracia que era una rareza. Los que tenían poco pelo se ponían un
peluquín o se dejaban la bocha. Pero Luca estaba totalmente pelado, haciendo rock
vestido con un jogging y una remera. Pensabas: “¿Esto es un rockero?”.
Alfredo Rosso: Verlos en vivo me dio vuelta. Nadie hacía esa música acá. Estamos
hablando de febrero del 82. Era una música oscura, y la imagen de estos cuatro tipos,
sobre todo la imagen de Luca en ese escenario chiquitito que tenía Mastropiero era
tremenda. Apareció con una careta, rasta, y empezaron a tocar “Night & Day”. Al
final del tema, Luca se sacó la careta y apareció ese pelado tan raro. Hoy eso no le
llamaría la atención a nadie porque hay mucho músico pelado. En ese momento no
había ninguno, ni siquiera afuera.
Marcelo Gasió: Empezaron a cantar en inglés, algo que también era raro. Luca
chapuceaba algo de castellano, se hacía entender. Hoy todos sabemos que aprendió a
hablar en castellano acá, y muy bien. Porque Luca hablaba el argot, cazaba las
palabras, los sonidos, jugaba mucho con eso. Pero en ese momento hablaba muy
poco. Lo vimos y la verdad es que nos gustó, nos pareció por lo menos original. Los
músicos no eran buenos en el sentido técnico, estaban muy limitados todos. A mí
114
Stephanie nunca me gustó como baterista, me parecía muy simple. Pero esas
limitaciones eran la gracia del grupo.
Adrián Berwick: Cuando empezaron a tocar en Mastropiero yo estaba al costado del
escenario, completamente magnetizado por Luca. Fue su primer show y no era el
Sumo que vieron todos después, que ya se había transformado en algo más
construido, mucho más grande y con éxitos discográficos. Ese día volví a sentir un
efecto parecido al que sentí cuando lo vi en el patio de la casa de Timmy, con luz de
día todavía, pero aumentado por el volumen, las luces… Luca tenía un spot sobre él.
Es una imagen que puedo ver hasta el día de hoy. Trabajé con cientos de artistas en
mis 35 años de carrera, en varios países también. Luca tenía una determinación
única, pocas veces vista. No sé si fue así porque vio una gran oportunidad con lo que
él tenía para proponer en la Argentina en ese momento. Leí un par de notas en las
que decía que todo le parecía un poco atrasado, porque el movimiento punk de fines
de los años 70 no había pasado por la Argentina. Él tenía unos años más que y o, pero
te aseguro que lo que más recuerdo de él, aparte del talento y todas sus aptitudes, fue
su gran determinación. Era un tipo que tomaba mucho, y que estaba bien tomando
mucho. Porque cuando había que salir a buscar shows él estaba siempre presente,
cuando tenía que hacer lo que tenía que hacer lo hacía muy bien, tuvo una carrera
corta que honestamente no seguí de cerca porque mis viajes en esa época a la
Argentina eran muy fugaces. Pero recuerdo que en esas primeras épocas Luca y a
tenía un proyecto en su cabeza, el proyecto musical Sumo, y que comunicaba muy
bien eso que quería transmitir.
Marcelo Gasió: El público que iba a los pubs era medio concheto, de clase media, el
mismo público que podría haber ido a ver a Pedro y Pablo. Por eso nos sorprendió
tanto la música que hacían. Los primeros temas de Sumo eran muy diferentes a todo,
hacían una versión de “Five Years”, de Bowie, después un tema de Lou Reed,
cantaban en inglés, el cantante era pelado, la baterista era mujer. Todo muy raro.
Alfredo Rosso: Cuando terminó el show, alguien me marcó que el manager era
Timmy MacKern y empecé a hablarle en inglés. A los dos minutos me dijo: “Pero
yo soy de acá”. Entonces me presentó a Luca, entramos a charlar y me di cuenta de
que teníamos mucho en común, porque a él le gustaba la misma música que a mí. En
ese momento yo escuchaba Joy Division, XTC, todos los grupos pioneros de la
movida new-wave. Había escrito una nota sobre punk que y a tenía casi cuatro años.
Había leído bastante del tema. Me había comprado discos de Magazine, Ian Dury,
Elvis Costello. Había viajado el año anterior a Inglaterra y había visto algo de esa
movida. Esa primera noche me hice amigo de Luca y me presenté con Stephanie y
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quedamos en volver a vernos. Creo recordar que nos fuimos todos juntos, porque
ellos venían a pie o en una camioneta. Pero quedó una relación.
Adrián Berwick: Me fui a vivir a Brasil en el 83, mucho antes de la gran explosión
de Sumo. El gran arquitecto del éxito de Sumo fue Timmy MacKern. Lo que diga es
ley. Fue el amigo más fraterno que tuvo Luca, y eso que Luca era una persona
bastante complicada. Era un grande, pero también era loco. Tenía una vena artística
excéntrica. No tuve dudas sobre su talento desde el primer momento en que lo
conocí. No me lo impuso nadie. Yo decidí hacer el demo, decidí salir con ellos a
buscar trabajo, lo vi en mi casa, lo vi en la oficina, escuchábamos discos juntos,
tratábamos de conocernos musicalmente. Porque Luca disparaba en todas las
direcciones en esa época y la elección de las canciones fue hecha por Luca pero fue
también pensando en lo que podría gustar más.
Alfredo Rosso: Yo estaba subscripto desde hacía un año a New Musical Express. La
recibía por vía aérea. Un día leí una nota de Stephanie y su grupo, Manicured Noise,
que se llamaba “Stephanie and her pet rat”. Porque ella era cobradora de impuestos,
e iba con su jaulita y un cobayito que tenía. Lo llevaba con ella para no dejarlo solo
en la casa y que se muriera.
Stephanie Nutall:En el New Musical Express salió ese artículo, “Stephanie y su rata”.
Era una entrevista. Yo tenía una rata blanca como mascota, viajaba conmigo a
Londres y vivía en la cocina…
Alfredo Rosso: Entonces, por esas cosas de la vida, y o tenía la nota. Seguí y endo a
Mastropiero. Fui un domingo y había seis personas para ver a Sumo. Fui otro sábado
donde había un poco más de gente. Los vi por lo menos tres veces en Mastropiero.
Un día le llevé el artículo a Stephanie y se murió. Habrá pensado: “¿Cómo este tipo
va a tener un artículo sobre un grupo mío?”. A ella no la conocían ni en Inglaterra,
¿cómo iban a conocerla acá? Nos hicimos muy amigos. Porque a la tipa le llamó la
atención que un periodista argentino tuviera una nota de su grupo. Desde entonces, la
vi varias veces y me contó más detalles de la época. Para ser sinceros, ninguno de
estos grupos trascendió. Ludus es el más famoso, entre muchas comillas. Manicured
Noise grabó dos singles y desapareció. Pero era una escena muy excitante la de
Manchester en esa época. Hay bandas que obviamente trascendieron, como New
Order, Magazine, los propios Joy Division, los Buzzcocks. El grupo de Stephanie grabó
solamente simples. Hace poco años salió un CD con demos y simples.
116
Ricardo Curtet: Rosso fue a verlos a Mastropiero. La compañía no había aceptado a
Sumo, pero Berwick le dijo a Alfredo: “Tenés que escuchar esto”. Después de esos
shows, Alfredo le dijo lo mismo a Pettinato. Roberto fue a verlos a Estudiantes y ahí
empezó a correr la bola.
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118
Afiche original del festival “Rock del sol a la luna” realizado en el estadio de
Estudiantes de Buenos Aires con la participación de Sumo, Riff, Los Violadores y
Orions, entre otros, 1982.
119
Capítulo 9
1982
“Yo canto en inglés, men, pero soy italiano. Y las Malvinas son italianas. Por eso
tengo un colador en la cabeza, porque los italianos van a bombardear con fideos”.
Luca Prodan en el Stud Free Pub.
Una vez lanzado al almanaque incierto del rock argentino modelo 1982, Sumo
cambió la tradición de tocar poco (y con aires de excelencia) que arrastraban las
bandas consolidadas. También los nuevos grupos que intentaban seguir a sus
referentes, por la prepotencia de copar cualquier escenario o inventar lugares sin
medir resultados ni testear las plantas de sonido. En un año fatídico para la historia
argentina, en donde la guerra primero se tiñó de euforia desmedida para convertirse
rápidamente en una tragedia nacional, Luca Prodan creó una moderna versión de La
armada Brancaleone. Un frente capaz de confrontar al chauvinismo imperante, las
facciones conservadoras de nuestro rock y todo aquel que veía como enemigo al
extranjero que hablaba raro. Dentro de ese clima, Hurlingham no era un lugar
neutral. Rodeado por uno de los principales emplazamientos del ejército argentino
(como el gigantesco predio de Campo de Mayo o la histórica Brigada Aérea de El
Palomar), la Zona Oeste del Gran Buenos Aires concentró en los años de plomo la
representación más acabada de uno de los postulados esenciales de la Doctrina de la
Seguridad Nacional. A instancias del departamento de Estado norteamericano,
promovía dictaduras latinoamericanas sostenidas por ejércitos de ocupación en sus
propios territorios. Desde el Colegio Militar, la academia castrense donde se
formaron los presidentes de facto desde 1930, todo estaba dominado por el verde
oliva y los carteles de sectores restringidos para la vida civil. Ahí, en el ojo del
conflicto, Sumo comenzó su fabuloso plan de operaciones.
El dato de la realización de un festival al aire libre, en el estadio de Estudiantes de
Buenos Aires, fue el pretexto para convencer a los organizadores de que un nuevo
grupo merecía un lugar en la grilla del evento. El resto es una suma de sucesos
fortuitos, que desembocaron en la tarde del 20 de marzo, en un concierto masivo
bajo el rótulo de Rock del sol a la luna, con la participación de Riff, Orions, Los
Violadores, Juan Baglietto (sic), Los Abuelos de la Nada, Memphis, Hangar y La
Fuente, entre otros. En el afiche de fondo negro y letras blancas, el nombre de Sumo
provocaba curiosidad por la aclaración entre paréntesis de su procedencia: England.
120
El encuentro previo se realizó en la sala de ensayo de los Orions, e incluyó una
zapada de Sumo ante la mirada atónita de tipos que venían del rock sinfónico. Ver a
una chica tocar la batería no era común en el rock argentino, y mucho menos en
shorts y con una actitud punk en su forma de golpear los parches. Finalmente, la
banda liderada por el legendario guitarrista Adrián Bar accedió al pedido de los
principiantes. Antes, su baterista, José Luis “Daddy” González, realizó una
demostración de cómo debía tocarse la batería.
El calor de marzo era insoportable. A media tarde, el sol todavía dominaba el
escenario del estadio de Caseros. Stephanie subió a tocar en biquini y remera. Le
alcanzó con poner un pie en el bombo para desatar un coro gigante que empezó a
repetirse de manera obsesiva: “¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!”. Era la respuesta a semejante
atrevimiento de la chica que solo tenía calor, y que estaba acostumbrada a tocar en
pantalones cortos, igual que Stewart Copeland de The Police y de tantos otros bateros
de la nueva era. Aunque todavía faltaba mucho para que subiera la banda de
Norberto Pappo Napolitano, los acólitos de Riff pedían por El Carpo como en los
tiempos de Pappo’s Blues. Arriba del escenario, la preocupación de Germán
Daffunchio pasaba por saber cuánto tiempo resistirían como blanco fácil en ese ring
de la impaciencia. Con máscara y peluca incluida, Luca desafió a la multitud cada
vez más insistente: “Pappo, ¿quién es Pappo? Fuckin’ Pappo. Yo le juego una carrera
tomando vodka hasta Rosario a ver quién gana”, fue la respuesta del frontman a viva
voz. La imagen del público se congeló y el silencio ganó como única reacción. Sumo
completó su set de no más de media hora con total normalidad y algunos aplausos.
Los primeros punks que iban tras los rastros de Los Violadores quedaron
gratamente sorprendidos por esa banda que no tenía ni un gramo del viejo rock. Algo
parecido sucedió con un grupo de periodistas encabezados por el joven director de la
revista el Expreso Imaginario, Roberto Pettinato. El hechizo fue instantáneo y la
versión de “Mirror Man”, de Captain Beefheart, completó el encantamiento. Fue un
guiño erudito que continuó en bambalinas con promesa de un nuevo encuentro, la
próxima vez con forma de entrevista entre los Sumo y el editor de la prestigiosa
publicación. Junto al grupo de punks de la Zona Norte que seguían a Los Violadores,
una chica de 17 años también quedó obnubilada por la experiencia Sumo, en especial
por el magnetismo escénico de su cantante: Mónica Stromp no habló ese día con
Luca, pero no tardó mucho en conseguir el número de teléfono de Timmy MacKern.
Inmediatamente, terminó su relación con el primer guitarrista y fundador de Los
Violadores, Hari B, nacido como Pedro Braun y reconocido como el primer punk
argentino (después de publicar, en 1977, un aviso clasificado en la revista Pelo para
formar una banda de punk rock).
En la edición número 161 del mes de abril, con Eric Carr de Kiss en tapa, la
revista Pelo destinó dos páginas a la reseña del festival en la cancha de Estudiantes.
121
“El sol, Riff y la luna” señalaba el título de una reseña detallada del encuentro con
unas pocas líneas dedicadas a la presencia de un grupo: “Prosiguió con Sumo, un trío
(sic) que incluye una baterista de excelentes condiciones y que transita una línea
reggae”. La mención a Stephanie Nutall tenía un correlato gráfico con una pequeña
foto de la chica inglesa en una galería de imágenes junto a Memphis, Baglietto y Los
Violadores.
A las 9:15 del 2 de abril, el gobernador británico Rex Hunt ordenó la rendición de
las tropas inglesas en las Islas Malvinas, que después de 150 años de usurpación
volvían a pertenecer a la República Argentina. La Operación Rosario había
terminado de manera exitosa, y en pocos minutos el mismo gobierno del general
Galtieri (que dos días antes había reprimido ferozmente la masiva marcha a Plaza de
Mayo organizada por la CGT) recibía el abrazo popular y borraba de un plumazo el
recuerdo de la mayor movilización durante el régimen. El evento se replicó en otras
ciudades del país, dejó más de cuatro mil detenidos y el asesinato del obrero
mendocino José Benedicto Ortiz a manos de las fuerzas de gendarmería.
“Mirá, Germán, acá falta locura” era la frase favorita de Luca por aquellos días.
Pero el cantante no se refería a la agitada vida política del país, que puso a la banda
en un lugar de beligerancia manifiesta frente a los acontecimientos de abril. Los
padres de Stephanie Nutall estaban desesperados, llamaban a la casa de Timmy, que
en los primeros días del conflicto estaba custodiada por la policía al igual que todo el
barrio en Hurlingham. El barrio estaba ocupado en su mayoría por tradicionales
familias británicas y la protección se había activado ante el temor de algún ataque de
corte ultramontano. El panorama se tornaba cada vez más confuso y, luego de
algunas cavilaciones, la baterista decidió volver a Inglaterra. Antes, Sumo tocó en
Mastropiero integrado, por única vez, por dos bajistas. El nuevo integrante era una
cara conocida en la zona, y un músico de probada destreza: Diego Arnedo era parte
de la tercera formación de la banda MAM de los hermanos Ricardo y Omar Mollo,
un grupo reconocido en la Zona Oeste. El nuevo integrante ocuparía el lugar de Sokol,
quien a su vez remplazaría a Steph en la batería. En el concierto despedida, Arnedo
se las ingenió para tocar sin siquiera haber ensayado los temas: entre canción y
canción, le daba play a un grabador portátil para escuchar un casete y así saber el
tono por donde correría el próximo tema. El bajista y vecino de los MacKern había
visto el debut de Sumo en Caroline’s, y decidió presentarse espontáneamente, como
posible refuerzo, por comentarios de amigos. A modo de legado, Steph convenció a
Alejandro para que tomara su lugar y se hiciera cargo de la batería Colombo. El
cambio no afectó la dinámica del cuarteto. Sokol había aprendido a tocar la batería
mirando a su amiga inglesa; la instalación rítmica quedó en buenas manos y también
parte de la magia original de la primera formación.
122
Germán Daffunchio: El segundo show de Sumo fue en la cancha de Estudiantes de
Buenos Aires. Me acuerdo de estar en Córdoba diciéndole a Luca: “Pero, vos estás
loco, ¿cómo vamos a ir a tocar al festival que toca Riff?”. Era la época de las
cadenas, cuando salían todos los heavy metal. También tocaron Baglietto y Los
Violadores.
Pil Trafa: Conocí a Luca el 20 de marzo del 82, en el Club Estudiantes de Buenos
Aires. Había visto que la publicidad decía: “Sumo, England” pero no sabía quiénes
eran. Había poca información en ese momento. Tocaron y me sorprendió mucho
que la baterista era mujer. También Luca, que estaba con una máscara, una peluca o
algo así. Después se la sacó. Yo entendía algo de la música que hacían: Joy Division,
ese estilo. Después tocamos y Luca se nos acercó. Lo primero que me dijo fue que
nuestro tema “Estás muerto” se parecía mucho a “No Feeling” de los Sex Pistols. Se
había quedado al costado del escenario viendo todo el show y estaba muy contento.
Germán Daffunchio: Nos enteramos que los Orions eran los organizadores del
festival. En realidad estaban poniendo fichas para ellos, ¿no? Entonces organizan este
festival y nosotros vamos a ver si nos dejan tocar. Vamos a la sala de ellos, algo muy
raro: Stephanie, Luca, Alejandro y yo viendo ensay ar a una banda de hard rock…
Stephanie tocaba como baterista punk, con bombo, tambor y el ton-ton, y el hi-hat.
Bien punk. Los Orions tenían esas baterías de doble bombo: Se habían quedado en la
época del rock sinfónico, de Yes, de Rush.
Lila Riquelme: La potencia que tenía la petisa te impactaba. La verdad es que ver
tocar a Stephanie era impresionante.
Germán Daffunchio: Tocamos dos o tres temas en la sala de los Orions. Uno fue
“Shut Up Mark”. Era un temazo. Lo habíamos hecho con Ale. Él tocaba el bajo, y o la
guitarra y Stephanie le puso la batería. Tengo la imagen de Luca bajando y
empezando a cantarlo instantáneamente. Era un tema que él le cantaba a Mark
Chapman, el que mató a Lennon. Para nosotros, era un tema pesado. Recuerdo a
Stephanie ese día: petisita, inglesita, con el pantalón corto… Le chupaba un huevo
todo. Se subió a la batería: “¿Podemos tocar?”. “Sí”. Los Orions la veían pasar,
pensando: “¿Y esto qué es?”. “Bueno, esto es la baterista…”. Se sentó, terminamos de
tocar los cuatro temas y los chabones se quedaron alucinando. No entendían nada. Al
que más se le voló el cerebro fue al baterista. Cuando Stephanie bajó, el tipo volvió a
subirse a la batería y empezó a tocar. Como diciendo: “Así se toca la batería, no
puede ser esto, una mujer…”. El cantante era esos típicos cantantes de hard rock.
123
Después de esos cuatro temas nos dijeron: “Bueno, está bien, toquen en el
festival…”.
Marcelo Pocavida: Supe de Sumo de una manera totalmente casual. Vimos un
volante del festival “Del sol a la luna”, vay a nombre hippie si lo hay… Se hacía en la
cancha de Estudiantes de Caseros. Empezaba a la mañana y terminaba a la noche, al
mejor estilo de la tradición B.A. Rock, pero de los 80. El cierre era con Riff, con la
presencia de Pappo, que era el referente rockero de más peso que había. Nosotros
éramos un grupito que andaba de acá para allá, todos juntos, que eran los pibes de la
revista Vaselina. Seguíamos a Los Violadores. En ese flyer aparecían todos los
nombres y logos de las bandas: Memphis La Blusera, Orions, había más de diez
grupos. Uno de eso grupos se presentaba como: “Sumo, England”. Para nosotros,
Inglaterra era la tierra prometida, la meca del punk. ¡Inglaterra! Dijimos: “¿Qué será
esto? Debe ser una banda de chantas…”.
Germán Daffunchio: Nos presentaron como un grupo inglés. Me acuerdo que el
afiche decía: “Sumo: grupo inglés”. Cuando salimos a tocar estaba un amigo nuestro,
que se llamaba Pepe Luis, al que después los Divididos le hicieron un tema. Pepe me
acompañó desde la entrada hasta el escenario y me tomé un vaso de vino resero.
Estaba convencido de que nos iban a comer. Nos subimos y a Stephanie le gritaban:
“¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!”.
Stephanie Nutall: Estaba tocando y todo era: Yo lo disfrutaba. Nunca me había
pasado algo así antes. Nunca había visto punk en la Argentina. Era gracioso. Lo
interesante es que, hace unos meses, uno de mis amigos argentinos de Facebook me
mandó un mensaje privado para pedirme perdón en nombre del país por decirme
“puta”. Me dijo: “Es terrible, lo lamento mucho”. Fue muy tierno. Igual y o lo
pensaba como algo gracioso: no te pasa seguido que tanta gente te diga “puta” al
mismo tiempo.
Germán Daffunchio: Había algo de gente abajo. No estaba repleto pero había gente
suficiente. Era el segundo show de nuestra vida y el primero había sido en un
bolichito para 30 personas. De golpe estábamos en un lugar donde había más de mil
personas. Luca salió con la máscara. No me acuerdo qué tema hacíamos con esa
máscara. Ahí empezó la piedra basal de lo que fue después Luca, el personaje arriba
del escenario, con todas esas cosas, las pelucas…
Marcelo Pocavida: Fuimos a la cancha de Estudiantes con una bandera, vestidos
124
todos con camperas de cuero, tachas, los pelos parados. Todavía no había heavy
metal propiamente dicho. De hecho, había mucho “pappero” con morral y jeans.
Pocas muñequeras. Cuando llegamos, y a nos miraron mal. Entre los hippies y la
cana, nos miraron para el culo: éramos los únicos tarados vestidos y peinados así. En
ese momento, las bandas tocaban en el campo pero la gente no tenía acceso. La
gente lo veía desde las tribunas, como si fuera un partido de fútbol. Había una
distancia importante, igual que si te acercabas al alambrado. Sin ir más lejos, cuando
se hacían recitales en Obras, ibas sentado en butacas, en sillas. Si te parabas, venía un
cana y te sentaba. En un momento dado, todavía estábamos en la heladería,
sabíamos que Los Violadores iban a tocar antes que Riff y nos quedamos ahí
esperando. Empiezan a armar, y lo primero que vimos es que a la batería sube una
chica toda vestida de negro, pelo largo, y que empieza a aporrear la batería. No
podíamos creerlo: “¿Es una mina la que está ahí?”. Empezó a golpear la batería.
Después subieron el bajista y el guitarrista, y empezaron a tocar una introducción
muy tribal, media hipnótica, como una introducción. Después supimos que tenían
muy pocos temas.
Pil Trafa: No existían bandas como Sumo en la Argentina. Los Violadores éramos
una banda punk. Ellos también, pero de una manera distinta. Ese día en Estudiantes
creo que cerraba Baglietto y nadie les dio pelota, igual que a nosotros. La gente jodía
todo el tiempo con Pappo. Tocabas cualquier acorde y te gritaban: “Pappo, Pappo,
Pappo”.
Germán Daffunchio: Las frases que tiraba en vivo, las cosas que decía… Ese
festival fue tremendo porque al final se quedaron todos callados. En un momento,
cuando todos decían “¡Pappo, Pappo, Pappo!”, Luca tiró: “¡Fuckin’ Pappo!”. Me
acuerdo de haber pensado: “Listo, acá nos matan”. Decía: “Fuckin’ Pappo, ¡fuck you
con Pappo! ¡A Pappo le corro una carrera a Rosario tomando vodka”. Imaginate a
los monos. El tano era desafiante, un hijo de puta… Qué bueno… Eran épocas
especiales.
Marcelo Pocavida: Entonces aparece en escena un tipo con una máscara de látex de
anciano, disfrazado de viejo, haciendo como movimientos medios simiescos, acorde
a la música que estaban tocando, y y a nos gustó. Hasta ese momento dijimos:
“Parece Killing Joke”. De golpe el tipo empieza a vociferar sonidos guturales medio
en inglés, bien al estilo Luca, y eso nos gustó más todavía. Después de ese tema, se
sacó la máscara y apareció el pelado. Estaba con una campera de cuero muy
gastada, la típica campera de cuero que había traído de Inglaterra, y siguió así todo el
concierto. Acá no había tradición de cantantes ni de frontman. Estaba Pil Trafa y
125
nadie más. Era algo que no se veía desde Billy Bond. La gente no le dio ni bola a
Sumo. Querían bandas que tocaran blues o alguna hipponeada, qué sé yo. Los
Violadores se comieron muchos silbidos. No pararon hasta que no apareció Riff. Lo
único que les interesaba era ver a Pappo.
Alfredo Rosso: El propio Pettinato era fan de Sumo en esa época, cuando
obviamente no tocaba con ellos. Esa tarde de Estudiantes de Buenos Aires habíamos
ido todos juntos en el auto de Gasió. Petti estaba con nosotros porque habíamos ido
para cubrir el festival para el Expreso. Cuando empezaron a gritarles cosas a
Stephanie y a Luca y él dijo eso de la carrera a Rosario tomando ginebra contra
Pappo, todos pensamos: “Los van a matar a estos monos”. Pero la monada cambió
completamente y empezó a aplaudirlo. “Este tipo tiene huevos”, pensé.
Mónica Stromp: Acababa de dar mi examen de ingreso a la Puey rredón y a la
Escuela Nacional de Arte Dramático. Había conocido a Gamexane viajando en el
tren que va de Martínez a Retiro. Una noche salimos y nos encontramos con él, este
chico punk, todo vestido de negro, muy dulce. Él nos dijo: “Vengan con nosotros,
vamos a una fiesta”. Así conocí a Los Violadores y empecé a estar con uno de los
chicos. Una tarde fuimos juntos al festival en una cancha de fútbol, cerca de la
General Paz. Apareció Sumo en el escenario, con Stephanie y con Luca, y pensé:
“Qué cool que es esto, buenísimo, ¡al fin!”. Él me pareció muy atractivo, y me
gustaba lo potentes que eran como grupo.
Marcelo Pocavida: Después del show de Estudiantes nos acercamos al alambrado:
Luca se bajó del escenario, empezó a caminar y se vino derechito hasta donde
estábamos nosotros. Él estaba con su campera de cuero, nosotros con las nuestras, y
nos dijo: “Oh, punks en la Argentina. Yo creía que los punks eran de New York City”.
Hablaba de la discoteca New York City. Ahí hablamos dos o tres cositas, con un
alambrado en el medio. Lo acompañaban amigos o gente, no sé y o, iría a tomar
algo. Vio una masa negra, éramos tres o cuatro, y se acercó. Éramos pibes y
tampoco te dejaban entrar al campo. Le preguntamos varias cosas: “¿De dónde sos?
¿Vas a tocar de vuelta?”. No sé si llegó a decirnos algo. Después empezamos a
rastrearlo y terminamos siendo público de Sumo.
Bobby Flores: Vi a Sumo en el festival en Estudiantes de Buenos Aires. Tocó con Los
Violadores y con Riff. Me había llegado que Luca era amigo de Johnny Rotten. Yo
era muy punk, era mi música, y me habían hablado de una foto suy a con Johnny
Rotten en un festival. Yo estaba laburando en una radio, creo que en Del Plata, y fui a
126
cubrir ese show. El plato fuerte era Riff, aunque y o no era muy fan de ellos y no
estaba muy interesado en el asunto. Me acuerdo de Stephanie: me llamó la atención
que la baterista fuera una mina inglesa.
Alfredo Rosso: No fue un gran show de Sumo, pero fue correcto. Es cierto que no
era el mejor lugar porque en la cancha no había mucha vibra. Pero se la bancaron y
pasó. Esa misma noche tocaban en Mastropiero y volví a verlos ahí, por tercera vez.
Después vino el 2 de abril, y cuando vino el 2 de abril entró a pudrirse todo.
Marcelo Pocavida: De la cancha de Estudiantes tuvo que sacarnos la cana. Cuando
arrancaron Los Violadores empezamos a saltar, pero éramos nosotros solos
viéndolos: cuatro bobos de negro saltando. Vino a apurarnos un grupo que estaba ahí
y se complicó un poco: el punk venía a usurpar la tranquilidad, para ellos era algo
sacrílego. Paradójicamente nos sacó la policía, que después iba a cansarse de
meternos en cana. Creo que no llegamos a ver el show completo de Los Violadores
porque la cosa se puso áspera. Salimos custodiados.
Germán Daffunchio: En esa época también tocamos en La Plata y en Entre Ríos.
Hace poco fuimos con Las Pelotas a tocar a Chajarí, y por supuesto aparecieron los
que habían estado en ese show de Sumo de ahí. Me acuerdo que nos pusieron un
cartel, “Bienvenido Sumo”, pero que ni siquiera era un pasacalle. Recién habían
movido a todo el pueblo, con una campaña que era: “De Federación, listo para
ay udar a la Nación…”. Era una ciudad nueva que habían creado los milicos, la típica
ciudad de ellos: puro cemento. Dentro de Federación había un grupo de gente, serían
cinco o diez, que dijo: “Vamos a hacer movidas, llevemos un grupo”. No sé por qué
llevaron a Sumo. No tengo idea de dónde nos conocían. La cuestión es que fuimos a
tocar a Federación y Chajarí. Fue un desastre. Nos alojamos en una casita cerca del
río y una de las diversiones que teníamos era buscar piedras y meternos en el agua.
Ahí tocamos la primera versión de “Mejor no hablar de ciertas cosas” o de “La rubia
tarada”, no me acuerdo de cuál, pero estrenamos una de esas dos. Esos primeros
shows, cuando tocamos en La Plata, en Chajarí y en la cancha de Estudiantes fueron
el comienzo de una época muy creativa de Sumo.
Stephanie Nutall: Cuando fui a la Argentina me di cuenta de que había un público
diferente. Tienen el mejor público, incluso hoy sigue siendo así. En la Argentina, la
gente iba a verte para disfrutar del concierto. En Inglaterra, en cambio, te miran
como si fueran los chicos más copados y descreídos. Los argentinos disfrutaban del
show. Eso era refrescante.
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Germán Daffunchio: En esa época, vivíamos bastante tiempo en Córdoba.
Viajábamos a Buenos Aires para tocar y nos volvíamos. Prácticamente convivíamos,
pasábamos mucho tiempo juntos… Hoy pienso en eso y creo que estábamos en una
lucha épica, digamos.
Ricardo Curtet: Una vez fuimos a Córdoba en el tren y Luca invitó a un montón de
gente. Tenía dólares y le decía a cualquiera: “¿Vos querés ir a Córdoba?”. “Sí”. “¿Vos
querés ir a Córdoba?”. “Bueno”. “¿Pero estos quiénes son?”, decíamos nosotros. “Ah,
son unos amigos míos, nos tomamos una ginebra recién”. “¿Y ahora los vas a llevar a
Córdoba a todos?”. “Sí, sí, vamos a ir todos en el tren, tomá la plata… Andá a Retiro
y comprá 12 pasajes. Ah, comprá vino también y todo lo que encuentres”.
Germán Daffunchio: Cuando llegó Stephanie teníamos más o menos 10 o 12 temas,
y había varios que eran covers. Teníamos armado un showcito y ensay ábamos desde
las 11 de la noche hasta las seis de la mañana en el living de la casa de Timmy, que
tenía unos taburetes que usamos para “Virna Lisi”. Luca agarraba los palitos de ese
xilofón que había comprado y los tocaba sobre ese taburete, que quedó todo
marcado. El primer original de “Virna Lisi” tenía una batería electrónica, que era
una cajita cuadrada chiquita, no me acuerdo cómo se llamaba. Era rudimentaria,
pero tenía lo suyo. Muy moderna para ese momento. Después de ensay ar, a las seis
o siete de la mañana nos tirábamos en la pileta y nos íbamos a dormir.
Stephanie Nutall: Solo una vez paramos un show porque Luca estaba demasiado
borracho. Aceptábamos el hecho de que era alcohólico, pero esa noche había ido
demasiado lejos, se caía por todo el escenario y hacía tonterías. Era un show de dos
partes, no me acuerdo dónde era, aunque casi lo puedo ver… Llegamos a la segunda
parte y le dijimos, “No, nos vamos”. Él nos preguntó: “Pero, ¿por qué?”. “Porque
estás borracho, porque es basura”. Creo que esperábamos que él pensara un poco
más en lo que estaba haciendo. No me gusta predicar, pero llegó un punto en que
había empezado a afectar la banda y estaba tomando demasiado. Cuando tomaba, al
otro día no se acordaba de nada. No tenía ningún recuerdo. Tomaba hasta el
momento en el que no se acordaba. Se lo mencionábamos, pero simplemente no
lograba acordarse.
Claudio Kleiman: Mi primera visión de Sumo fue muy especial. Alcancé a ver el
que fue el último recital con Stephanie. Yo había estado todo 1981 fuera de la
Argentina, viajando como un hippie por Latinoamérica. Cuando volví, Alfredo Rosso
me dice: “Che, tenés que ver a ver este grupo, está muy bueno. Es de un tano que
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está viviendo en la Argentina”. No soy tan memorioso como Alfredo, pero me
acuerdo que ese show fue en un boliche que estaba en un primer piso, por la zona de
Santa Fe, cerca de Callao. Al poco tiempo, cuando la cuestión de Malvinas empezó a
ponerse espesa, la reina les dijo a sus súbditos que si no tenían algo muy específico
que hacer, se volvieran.
Ricardo Curtet: Llegué a Buenos Aires, desde Córdoba, el 2 de abril del 82. Entré
en la casa de mis abuelos, y lo encontré a mi abuelo con la radio: “Che, empezó el
quilombo en las islas Malvinas, entraron los ingleses y mataron a uno. Estos
milicos…”. Sabía que Timmy y Luca estaban en Hurlingham. Entonces esperé un
rato para ver qué decían en la televisión, que en esa época empezaba más tarde. Al
rato ya estaban pasando las imágenes de las Malvinas, en blanco y negro, y llamé a
Hurlingham a la casa de Timmy. Me atendió Luca y me dijo: “Che, qué les pasa,
están locos, este quilombo, ahora no vamos a poder tocar, no vamos a poder hacer
nada”. Le dije: “Sí, bueno, ¿qué hago? ¿Voy para allá?”. Me respondió: “Y sí, acá
está la policía, que nos tiene medio rodeados”. Querían proteger un poco a los
ingleses que había ahí, por si a algún loco se le ocurría pensar “¡Hay que matarlos!”.
Entonces estaban ahí, medio que no sabían qué hacer. La más preocupada era
Stephanie, porque ella sí era inglesa, y la familia la llamaba todo el tiempo…
Stephanie Nutlal: Cuando empezó la guerra de Malvinas, mi familia estaba muerta
de miedo, particularmente mi mamá. Intentaron llamarme más de una vez. Los
diarios escribían muchas de las cosas que revientan a la gente, los leías y todo
parecía ser mucho peor de que lo era en realidad. Estábamos preocupados: ¿qué iban
a hacer, nos iban a poner a todos los ingleses en campos de concentración? Pensás
muchas cosas en esos momentos, más aún si te dejás influenciar por los medios.
Ricardo Curtet: Fui para Hurlingham y le dije a la policía: “Mire, soy amigo de
esta gente, quiero entrar…”. “Bueno…”. Llamaron por teléfono a la casa y en la
casa le dijeron: “Sí, déjenlo pasar”. La casa de Timmy estaba en la calle Canning,
donde termina la estación Hurlingham. Esa calle después cambió de nombre, igual
que Scalabrini Ortiz, porque Canning era un ministro inglés más hijo de puta que la
mierda. Esa custodia duró uno o dos días. Entré a la casa y me encontré con
Stephanie y con Luca mirando la tele. Aparecían esas imágenes, andaba este
periodista Gómez Fuentes reporteando lo de Malvinas, y Luca se cagaba de risa.
Decía: “Pero ese tipo tiene una cara de inglés que mata, parecía una caricatura.
Volvámonos a Córdoba, porque acá no se puede hacer nada”. En plena guerra de
Malvinas, en Córdoba hablábamos con la gente, y la gente de la sierra no sabía qué
pasaba, ni siquiera creía que iba a haber una guerra. Luca les decía “No, boludos,
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van a venir los ingleses, esos hijos de puta y te van a hacer mierda”. También jodía:
“Las Malvinas son italianas, ¡y los vamos a bombardear con fettucini!”.
Stephanie Nutall: Quería quedarme, pero mi visa estaba por vencer y no podía
pagar la renovación. Tuve que salir del país y entrar de vuelta. Tenías que irte por
seis meses, pero ibas pagando y podías renovar la visa por tres meses más. Recuerdo
que mi mamá intentó llamarme a Buenos Aires, y que la red de teléfono en Buenos
Aires no era muy buena. Llamó muchas veces y cada vez la atendía un argentino se
asustaba todavía más. “¡Dios mío, una persona argentina!”. Finalmente me encontró:
“Tenés que volver a casa, por favor, necesitamos que vengas”. La escuché muy mal,
la angustia estaba haciéndole daño, entonces le dije de mala gana: “Junto la plata y,
bueno, cuando pueda vuelvo”. Pero no quería hacerlo. Prefería correr el riesgo, ir a
Uruguay, intentar entrar de vuelta y, si no, ir al consulado y decirles: “Mándenme a
casa”. El dinero estaba inaccesible, habían congelado todas las cuentas inglesas. No
recuerdo bien cómo fue, pero no pudimos sacarlo y además empezó a
desvalorizarse: las cosas subían de precio todas las semanas. Entonces, aceptar esas
libras de mis padres fue mi única opción, hicieron muchas cosas para conseguirlas,
aunque y o no quería saber nada. Aún les debo esa plata. Nunca se las devolví.
Ricardo Curtet: En ese tiempo, cuando todavía eran todos milicos, Luca pasaba
tomando cerveza por delante de los cuarteles y se cagaba de risa. Un día, en uno de
los viajes a Buenos Aires, pasamos por la Esma y le dijimos: “No camines por esa la
vereda, Luca, vamos por enfrente”. Él decía: “Yo no tengo miedo, loco, váy anse
todos a la puta que los parió”. Pasaba por delante de los centinelas, burlándose de
ellos, y había un cartel que decía: “Centinela abrirá fuego”.
Lila Riquelme: Ale y Stephanie tenía una relación cercana. Se hicieron muy amigos.
Stephanie tuvo que irse por el tema de las Malvinas. La vieja que le rompía las
pelotas desde allá, desesperada porque pensaba que nosotros colgábamos a los
ingleses de los árboles. Cuando se fue, le entregó los palillos a Ale y le dijo: “Quiero
que vos seas el que ocupe mi lugar”.
Claudio Kleiman: Con Stephanie, el grupo sonaba distinto a lo que fue después Sumo.
Porque ella tocaba de una manera única: muy primitiva pero con un golpe muy
fuerte. Tipo Maureen Tucker, de Velvet Underground, o la mina de los White Stripes.
Era muy punk y oscura al mismo tiempo. Nosotros en 1982 no teníamos muy
presente a Joy Division, pero Luca obviamente sí. Nos dimos cuenta más adelante de
esa influencia.
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Alfredo Rosso: Me acuerdo muy bien del asado de despedida de Stephanie. Los
padres la llamaban todos los días a la pobre Stephanie… Era lógico preocuparte
porque tu hijo está en el país con el que tu país está a punto de entrar en guerra. Vas a
tratar de que vuelva, ¿no? Ella no quería saber nada con irse porque le gustaba mucho
tocar acá, y además la gente le tiraba buena onda. Ese día de su despedida se le hizo
un asado en la casa de Timmy en Hurlingham. También fue Pettinato, que ya era
parte del circuito, no tocaba con ellos pero eran más amigotes. En un momento, Luca
me agarró y me dijo: “Che, qué buena está la nota del Expreso de John Marty n que
escribiste. Me gustó mucho, ¿no te ofendés? La leí en el baño”. Después me dijo:
“Alfredo Rosso, vos sos Fred Red”. Me puso el sobrenombre que yo uso en
cibernética. Cuando piden el nombre de usuario pongo “Fred Red” y me acuerdo de
él.
Sergio Rotman: La primera vez que vi a Sumo todavía estaba Stephanie. Fue en
marzo del 82, antes de Malvinas. Los vi desde una ventana. No me dejaban entrar
porque era menor. Me acuerdo que tocaron “Pinini Reggae” y una versión de un
tema de John Martyn, “Solid Air”. Me impresionó muchísimo. Era increíble la
diferencia con el resto de las cosas que había para ver. Me pareció un poco hippón
para lo punky que éramos nosotros.
Alfredo Rosso: Luca era un fan de John Martyn y conocía a Nick Drake. Un día me
dijo: “‘Solid Air’ es un tema que Marty n le decicó a Nick Drake”. Siempre lo tocaba.
Germán Daffunchio: Stephanie se fue, y con Alejandro y a nos habíamos
encontrado un par de veces con Diego, que vivía muy cerca de la casa de mi madre.
Mi imagen de Diego era la de uno de los grandes músicos de acá: me acuerdo de que
cuando yo era adolescente ya lo veía pasar llevando el bajo. Nunca lo había
escuchado, pero sabía que era bueno. Una vez nos cruzamos con Ale volviendo de
tocar y nos encontramos con él.
Lila Riquelme: Arnedo entra justo cuando Stephanie se vuelve a Inglaterra. Estaban
buscando un bajista por Hurlingham y Germán dice: “En la otra cuadra hay un
chabón que toca el bajo”. Era Diego.
Diego Arnedo: Vi a Sumo en vivo con la primera formación. Los vi como público en
los dos shows de Caroline’s. Después hicieron el de Estadio de Estudiantes de Caseros,
pero ahí no estuve. Creo que empecé con ellos después de eso. Antes de que se vay a
Stephanie, mientras yo volvía a casa de los ensayos de El Palomar y de todas las
131
reuniones nuestras, me encontraba siempre con los Mollo y con algunos más, entre
ellos Enrique Daffunchio, el hermano mayor de Germán. Los Daffunchio vivían a
una cuadra de la casa de mi vieja y nos veíamos como vecinos. A veces, Enrique me
tocaba el timbre y me decía: “Vos sabés que acá vino un tano que estuvo diez años
viviendo en Londres y no sé, está bueno”. Yo le respondía: “Está bien…”. No le daba
mucha bola, aunque él me lo contaba como algo realmente interesante. También me
había encontrado un par de veces con Germán y Alejandro, que eran dos pibes,
bastante más chicos que yo. Germán repetía: “No sabés, qué loco, qué loco, qué
loco…”. Un día, Enrique me dice: “¿Por qué no vas y te acercás?”. Yo me había
enterado que había un grupo armado, pero terminé acercándome por curiosidad.
Germán Daffunchio: Diego fue a Caroline’s, la primera vez que tocó Sumo. Se
quedó dado vuelta. Cayó medio de maduro que iba a venir a tocar.
Diego Arnedo: El primer contacto con la música fue por una transferencia
hereditaria. Cuando yo tenía tres o cuatro años, mi padre, Mario Arnedo Gallo, me
enseñó a tocar el bombo legüero. Todo lo que pasó después con el rock fue algo que
elegí. El tema del bajo y el bombo está completamente ligado y relacionado. Yo
jugaba al fútbol, y mientras me dediqué a eso no le di bola a la música. El fútbol me
cubría todas las expectativas emocionales y físicas. Fui de esos pibes que vivíamos en
un barrio suburbano, con potreros donde no se construía nada y entonces
aprovechábamos y hacíamos nuestras propias canchitas. Intenté que me ficharan en
Atlanta, pero nunca pasó. Entonces me fui a probar a Colegiales y llegué a jugar un
par de partidos. Tendría 16 años. En la canchita de nuestro querido “Botafogo”, cerca
de casa, tuve un primer golpe que me generó una distención de ligamentos. Seguí
jugando y de esa distensión me vino una complicación. Empezó a tener muchos
dolores en la pierna derecha, pero seguí jugando hasta que me hice una rotura de
meñiscos por un rodillazo que me imposibilitó caminar. No pude jugar más. Me
operé dos veces, me rompí el meñisco de afuera y nunca más pude jugar. Resultó
que en la convalecencia de mi primera lesión, Gustavo Linares, que era un amigo del
colegio, me dejó un bajo al lado de la cama mientras yo estaba con la pierna
inflamada. Yo ya había dejado el colegio. El tema fue que un día pasó por casa para
verme y me consultó si conocía a alguien del barrio que tuviese una viola eléctrica.
La necesitaba su hermana, que era maestra, para un acto. Le dije que creía que
Marcelo Pini, otro amigo legendario de Hurlingham que falleció como el flaco Pepe
Luis, tenía una. Entonces Gustavo se va a lo de Marcelo a buscar una guitarra, vuelve
y me dice: “No tenía una guitarra, pero tenía este bajo. Ya que no podés levantarte
de la cama y estás embolado, tenelo así te divertís un rato”. Fue la primera vez que
entró un instrumento eléctrico en mi casa. Hasta entonces, lo que siempre hubo fue la
132
presencia de la guitarra criolla de mi viejo en un sillón, y el bombo por ahí.
Lila Riquelme: Fuimos a ver a Diego un par de veces a El Palomar. Él tocaba con
MAM. Diego empezó a venir a los ensayos y así arrancó Sumo.
Diego Arnedo: Antes de Sumo, Omar Mollo me llamó para ser parte del intento de
la tercera formación de MAM. Fue en el 78. Ensayábamos todos los días, en el
mismo lugar donde después ensay ábamos con Sumo. Con MAM ensayábamos
mucho y hacíamos shows dos veces por año, como mucho. Digamos que las
posibilidades de actuación en vivo las posibilitó el “pub rock”, que eran ambientes
chicos para tocar con equipos pequeños y para poco público. Esto empezó a pasar
cuando llegó Luca. Antes los espacios no estaban. Había que generarlos.
Germán Daffunchio: Luca pegó buena onda con Diego inmediatamente. Diego es
un gran bajista, ni tengo que decirlo.
Diego Arnedo: Alguien me comentó que parecía que la baterista de Sumo se iba, y
que iban a necesitar otro integrante, y ahí fue cuando lo conocí a Luca. Vivía en la
casa de Timmy. Yo sabía cuál era esa casa desde chiquito, ya que mi vieja nos
llevaba, a mí y a mis hermanos a jugar a la plaza de Hurlingham. Para llegar había
que pasar por esa casona que tenía un roble en la esquina y nosotros jugábamos con
las bellotas de la vereda. Para mí, siempre fue mi barrio. Así fue que toqué el timbre
de la casa de Timmy, porque sabía que ahí estaba el italiano que había venido de
haber vivido diez años en Londres y que posiblemente estaba buscando músicos. Y
bueno, así fue, se abrió el portón y apareció Luca con los ojos brillosos, una gorrita y
pelo largo. Me habló en un castellano italianizado, y me dijo: “Bueno, sí, y a me
hablaron de vos: dame tu teléfono”. Entonces le pasé el número de mi casa. Eso fue
todo. Para mí no significó mucho, porque era muy frecuente la inestabilidad de los
proy ectos en esas épocas. O sea, el encuentro con Luca no fue algo ni esperado ni
buscado: pasó.
Germán Daffunchio: Cuando entró Diego, se formó una de las mejores versiones de
Sumo.
Claudia Gernhardt: Yo era novia de Diego Arnedo. Teníamos un amigo, Pacho, que
nos contó que había estado en una fiesta donde había un pelado que tocaba la guitarra
y cantaba en inglés. Era como decir: “Che, en la esquina de enfrente toca una chica
pelirroja…”. “Ah, mirá que interesante”. Eso fue todo. Un día estábamos en lo de
133
Diego y tocan la puerta, fui a atender y era Timmy. Me preguntó si era la casa de un
bajista con esa voz suavecita y divina que tiene. Le dije: “Sí, esperá que lo llamo a
Diego”. Se pusieron a hablar, Timmy le contó sobre Luca y le dijo a Diego que
fuera a conocerlo.
Diego Arnedo: Es muy posible que el hecho de haberlos visto tocar en vivo me hay a
llevado a ir a ver el ensay o y acercarme a ellos. Cuando los veías en vivo te
arrancaban la cabeza. Vi a Sumo en Caroline’s, un bar que estaba al lado de la
estación de El Palomar. Me acuerdo de ver a un grupo rarísimo, que para ese
momento era muy extraño: Luca cantaba con una voz infernal, bebiendo latas de
cerveza y después tirándolas vacías por atrás de la batería. Germán tocaba de
espalda, una mujer baterista que tocaba de costado pero que le pegaba con todo.
Alejandro, que tocaba el bajo, también era raro. La banda tenía un sonido chico pero
dinámico.
Claudia Gernhardt: Fuimos con Diego a la casa de Timmy, subimos y nos hizo
pasar a la pieza roja. Ahí estaba Luca sentado, tocando “Solid Air” en la guitarra.
Como yo soy muy respetuosa me senté calladita en una cama que había ahí frente a
ellos. Diego enchufó el bajo, se pusieron a tocar y la química entre ellos fue
instantánea, como si hubiesen tocado juntos toda la vida. En un momento, Luca se
paró y se acercó a mí para mostrarme unas fotos. En lugar de pensar “este se vino
con la noviecita” se acercó y me incluyó. Luca era tan educado… Tenía una
personalidad atrapante. La persona que con más cultura he conocido en mi vida. Ese
día me quedé escuchándolos un montón y a partir de ahí y a empezaron ensay ar en
el sótano de la casa de la madre de Timmy.
Mónica Stromp: En la pieza roja agarraba la guitarra y cantaba en italiano las
famosas canzonettas italianas. O “Stand By Me”. También le encantaba Alan
Sorrenti, Nick Drake, John Martyn, Bob Marley... Para nombrar algunos.
Germán Daffunchio: El desafío para la generación de Diego fue dejar de meter
dedo y empezar a sentir la música. En el reggae, por ejemplo, eso era importante.
Los bajistas venían de Weather Report o Jaco Pastorius, y hablaban más de técnica
que de sentimiento. Cuando la música tiene sentimiento es lo mismo una canzonetta
italiana, un tema de John Lennon o uno de Sumo.
Diego Arnedo: Yo estaba acostumbrado a los eternos ensayos de otros grupos, con
temas que había que pasar fragmento por fragmento y dejar todo bien. Venía de la
134
escuela de ensayar mucho. Lo bueno de conocer a Luca fue que él rompía con todas
las reglas. Empecé a entender que era un tipo que no solamente quería romper cosas,
sino que tenía convicción para hacerlo. Mucha convicción.
Claudio Kleiman: Lo que impactaba de Sumo era ver algo tan distinto a lo que se
estaba haciendo. La primera impresión que tuve, y que era algo muy notable en esa
primera época, era la influencia de Jim Morrison en Luca. Me pareció que había
muchas similitudes en la música y en su voz. Con el tiempo esa influencia fue
perdiéndose. El hecho de tener una baterista de afuera le daba un sonido de rock
anglosajón, si se quiere. Porque los músicos de rock nacional tocan nacional aunque
no quieran.
Diego Arnedo: Llegué a ensayar con Stephanie, antes de que Alejandro la
reemplazara en la batería. Me acuerdo que en un momento, Luca me dijo: “Venite
con tu bajo”. Llevé mi bajo Fender al ensayo, pero estaba Alejandro con su
instrumento, porque el bajista era él. Ahí Luca dijo: “Che, fuck you, tenemos dos
bajos y listo”. Porque había que ir a tocar a ese famoso lugarcito, Mastropiero. Al
final tocamos con los dos bajos. En realidad fue tragicómico. Algo así como que el
ensay o fue un jueves y había que ir a tocar el sábado. Como y o no sabía los temas,
les pedí que me prestaran el único casete grabado que tenían, lo metí en un
radiograbador chiquito, me lo llevé al show y lo puse arriba del equipo de bajo. Entre
tema y tema, en vivo, iba poniendo en punta los temas, con la oreja pegada al
grabador, reboninando la cinta, para poder reconocer más o menos cómo era cada
uno. Alejandro me miraba y se cagaba de la risa.
Claudio Kleiman: Ese primer Sumo era algo de lo que no tenías registro previo: nadie
había visto algo así. Además tocaban Sokol y Germán, y eso también era medio
primitivo, bastante rústico, pero al mismo tiempo le daba un color.
Diego Arnedo: Stephanie estaba cumpliendo con sus últimos ensayos porque ya
sabía que se iba, y se entendía que Alejandro iba a pasar a la batería. Heredó la
batería que Stephanie había comprado en Daiam, y mientras tuvo que reemplazarla
lo hizo muy bien, porque supo tomar la influencia de Stephanie.
Stephanie Nutall: Volví a Inglaterra un 13 de abril. Llegué a Londres un lunes
feriado. Me había ido antes del desencadenamiento de la peor parte de la guerra. Lo
que preocupaba a mi mamá, creo, es que cerca de donde estábamos había una base
aérea. Mis padres sabían eso y los ingleses dijeron en los medios que si los argentinos
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no se rendían iban a empezar a bombardear las bases militares en tierra firme. Su
terror era comprensible: mi madre es hija de la guerra, creció durante la Segunda
Guerra Mundial y en su cabeza pensaba en esas cosas. Al principio no quise volver a
Manchester. Me quedé en Londres, estaba frustrada, y me enojó que todos me
trataran como traidora cuando fui a la Argentina. Yo no tenía nada que ver con la
guerra en Malvinas. Me pasó incluso cuando fui a buscar trabajo. Me decía: “Bueno,
no deberías haber ido”. ¿Qué les importaba lo que y o hiciera? Eran personas con
mentes chiquititas que creían toda esa basura y eso me enfureció. No quise volver a
casa porque sabía lo que iba a pasar. A las dos semanas de haber regresado
finalmente pensé: “Esto no está bien, tengo que volver a casa. Son mis padres, se
preocuparon por mí, juntaron la plata para traerme acá”. Así que volví y fuimos a
misa, porque mis padres son de ir a la iglesia. Una vez que entramos, los dos
anunciaron a los gritos: “¡Miren! ¡Rescatamos a nuestra hija!”. Eso me enojó de
nuevo. Traté de no decir nada, pero no pude aguantarme y reaccioné: “No, no quería
volver. Perdónenme. Ustedes no me rescataron. Se rescataron a ustedes mismos”.
Durante mucho tiempo guardé en mi corazón el sueño de volver a la Argentina.
Adrián Berwick: Es una lástima que Stephanie haya durado tan poco en el grupo.
Aparte del hecho de que era mujer, era interesante que fuera inglesa. El grupo tenía
estos dos componentes importantes que venían de Europa, y había mucha energía.
La Argentina vivía un momento especial, importante para la música local, con una
industria discográfica que empujaba mucho. Había algunos problemas, porque el
disco estaba bajando mucho de ventas y el casete estaba empezando a sufrir un
poco. Pero creativamente las cosas estaban fértiles.
Claudio Kleiman: No me acuerdo la primera vez que hablé con Luca, porque fuimos
acercándonos de a poco. En los 80 me sentía bastante huérfano musicalmente. Me
había formado con todo lo que en esos años pasó a ser prohibido: Dylan, Crosby, Stills
And Nash, Leonard Cohen, Neil Young… Todos tipos que hoy son sagrados.
Entonces, lo único que iba a ver era Sumo y los Redondos. Era lo único que pasaba
mi barrera. A Sumo los saqué por Pettinato, porque en esa época éramos muy
amigos. Cuando Petti entró a tocar con ellos empecé a ir a ver a Sumo más seguido.
Germán Daffunchio: En Sumo había una cosa extremadamente visceral y
ensayábamos muchas horas, zapábamos muchísimo, era algo normal en nosotros.
Diego Arnedo: En la Argentina veníamos de la etapa del jazz-rock. Los bajistas
sacábamos los trastes de nuestros instrumentos, por Jaco Pastorius, y los guitarristas
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tocaban tipo Pat Metheny. Luca tiraba todo eso por la ventana, se cagaba de risa.
Tenía una idea de construcción muy interesante, él proponía una limpieza, sacarse
perfeccionismos de encima para poder hacer algo que está más cerca de tu
emoción. Se cagaba en los mandatos de ciertos preconceptos.
Claudio Kleiman: Luca fue desarrollando su perfil de frontman. Lo perfeccionó con
el tiempo, porque al principio no era tan así. Como tantos frontman zarpados, Luca
era un tipo bastante tímido. Incluso todo eso que hacía con la cámara de eco, lo que
buscaba con la manipulación de su voz, era una forma de esconderse. Una manera
de no mostrar su vulnerabilidad. Esa confianza que le vimos después, eso de encarar
al público, fue desarrollándola con los años. En ese primer momento había
momentos en los que incluso cantaba de espaldas al público… Se ponía de espaldas
con el micrófono, manipulando la camarita. La tenía en una banqueta en el medio
del escenario, al lado de él. Ese efecto que usaba era central en su actuación. Era
protagonista.
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Capítulo 10
El under porteño
“Iba a ver a Sumo en el Einstein. Para mí, sigue siendo la mejor banda que hubo acá.
Más allá de que una de las ventajas que tenía Luca era que casualmente cantaba en
inglés. El gran problema del rock en castellano es el idioma, porque trata de emular
una música que se creó en la dinámica de otra lengua. Pero sigo pensando que Sumo
es la mejor banda. No tanto la etapa más loca, con la piba inglesa que tocaba la
batería. Pettinato pasó a ser como la inclusión del humor en la banda. Era como un
tontón, pero muchas de las letras son de Pettinato. Y aparte la personalidad de Luca,
sobre todo para esas dimensiones. Eso también cambia mucho: en un lugar chico la
personalidad está ahí, es otro mambo. La vibración está en el pecho. Disfruté mucho
de esa época”.
Indio Solari en la revista La García.
La segunda alineación de Sumo inauguró el Café Einstein, cuna y nave madre del
under porteño de los tempranos 80. En mayo de 1982, Omar Chabán era un agitador
cultural en potencia. Recién llegado de una larga estadía en Berlín, tenía en mente,
junto a su novia —la actriz y modelo Katja Alemann—, crear un espacio de arte en
donde todas las noches sucediera algo: teatro de vanguardia, muestras poco
convencionales y bandas nuevas formarían las herramientas para intervenir la vida
nocturna porteña. Ubicado en la avenida Córdoba, a metros de Pueyrredón, el Café
Einstein tenía cierto aire esnob pero se imponía un gusto inclusivo que buscaba
incorporar a todo tipo de público. El espacio era muy reducido: luego de cruzar la
planta baja, una escalera conducía al bar en donde no cabían más de 60 personas.
Chabán y sus socios, Sergio Aisenstein y Helmut Ziegler, conformaron una sociedad
con la idea de no perder dinero y correr un poco la línea de lo permitido luego de seis
años de dictadura. El bar era una especie de living gigante, con un escenario
estrecho. El trabajo de restauración de la vieja casona contó con la ay uda de mucha
gente, entre los que se destacaba el nombre de Pipo Cipolatti, encargado de realizar
la instalación eléctrica y líder de un grupo llamado Los Twist. Daniel Melingo, otro de
los fundadores de la banda, había conocido a Luca Prodan en el festival en la cancha
de Estudiantes de Buenos Aires, mientras acompañaba como saxofonista a Los
Abuelos de la Nada. Sumo llegó al Einstein gracias a Melingo e inauguró, junto a Los
Twist, el escenario del mítico bar.
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Mientras la guerra de Malvinas avanzaba hacia un final anunciado, el 16 de may o
de 1982, los nombres más representativos del rock nacional convocaron a 60 mil
personas en pos de un festival benéfico en las canchas de rugby del Club Obras
Sanitarias. La entrada adquirió el valor de un alimento no perecedero o ropa de
abrigo para los soldados argentinos. El título del encuentro devolvía favores a los
países del continente que apoyaron la aventura armada del general Galtieri. El
llamado “Festival de la Solidaridad Latinoamericana” escondía la misma bipolaridad
que cubrió a la Plaza de Mayo vivando a un dictador. Para los organizadores —
Daniel Grinbank, Alberto Ohanian y Pity Iñurrigarro—, el megaconcierto tuvo un
carácter pacifista y en ningún momento significó un apoyo velado al gobierno
militar. Ante la prohibición de emitir canciones en inglés por la radio, el rock
argentino comenzó a ganar espacios impensados antes del 2 de abril y dejó de ser un
ruido marginal para transformarse en una herramienta institucional. Charly García,
Luis Alberto Spinetta, Litto Nebbia, Nito Mestre, León Gieco, Tantor, David Lebón,
Rubén Rada, Cantilo-Durietz, Fantasía, Ricardo Soulé, Raúl Porchetto, Dulces 16 (con
Pappo como invitado) y el dúo Moro-Satragni aceptaron formar parte del cartel
solidario. Mientras que Virus, la banda de rock frívolo según la prensa especializada
de la época, dijo no a una invitación que consideraba desagradable. Los Violadores
siguieron el mismo camino. Sumo, por supuesto, no figuraba en la agenda de ninguno
de los organizadores.
“La música progresiva nacional, que es parte de un lenguaje universal de amor y
comunicación, se hace presente en este momento histórico para ratificar la voluntad
constructiva de un pueblo en paz”. Con esas palabras, a cargo de los presentadores
Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso, arrancó una jornada de casi cinco horas
con transmisión en directo por radio y televisión. Una enorme ceremonia para
millones de argentinos dominados por sensaciones confusas: identidad nacional,
reclamos justos, bronca contenida, falso patriotismo y una honda preocupación por
aquellos chicos en las islas trastocaron la sensibilidad de un pueblo aturdido ante el
estado de las cosas. El rock tampoco fue ajeno a ese desorden emocional. Nadie sabe
si algo de lo recaudado llegó a Puerto Argentino o quedó varado en algún kiosco del
Fondo Patriótico. La imagen final del multitudinario concierto, con un escenario
poblado por músicos unidos en las estrofas de “Algo de paz”, el tema de Porchetto,
aún persiste como un gesto de inocencia y escasa madurez política.
El número 75 de la revista el Expreso Imaginario mostraba en tapa una foto color
de Pedro Aznar y otra de Brian Eno. En el interior, justo en la página 35, aparecía
por primera vez, en un medio de alcance nacional, un reportaje a la banda de Luca
Prodan. Unos meses antes, en la misma publicación, Sumo apareció en la sección
“Rutas argentinas” con un breve comentario que mencionaba la partida de Stephanie
Nutall; el segundo era mucho más importante y con la firma de Alfredo Rosso
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reflejaba con elogios y exactitud el show realizado el 1º de mayo en La Cofradía.
Pero la edición de octubre significó el primer acercamiento al imaginario de Luca
Prodan: el título de la nota era Sumo: ¡sorpresa en el pub! Sobre la parte inferior
podía verse una foto en blanco y negro, obra de Claudina Pugliese, que incluy e a un
quinto integrante. No era otro que Roberto Pettinato, quien firmó el texto bajo un
alias, León Melquíades, y no incluy ó su nombre real cuando citó a cada uno de los
integrantes del grupo. En octubre, cuando la revista llegó a los kioscos, Pettinato y a
hacía meses que formaba parte del grupo: llegó a Sumo por obra y efecto del azar,
respetando la mecánica que vio nacer a la banda. Cuando realizaron la entrevista, el
joven director de la Expreso cargaba un saxo y Luca lo invitó al ensayo una vez que
terminó la charla. Sin ajustar detalles ni responsabilidades, Pettinato pasó a formar
parte de la familia Sumo del mismo modo en que habían hecho Sokol, Daffunchio o
Arnedo: alcanzó con el visto bueno y el pulgar extendido de Luca para sellar su
ingreso. Poco ayudó la entrada del periodista a difundir la banda. El Expreso
Imaginario dejó de existir en enero de 1983.
Unos meses antes de la demorada publicación de la entrevista a Luca Prodan,
Sumo festejó en el Café Einstein sus primeros 50 shows, una cantidad exorbitante
para un grupo novel. También participó, en formato reducido, en el festival realizado
en el Polideportivo de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Ahí Luca reemplazó en
varios temas al cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La noche del 21
de septiembre, Carlos Indio Solari se negó a asistir a la reunión de bandas por una
vieja consigna: tocar “solos y de noche”. La Negra Poli, manager del grupo
multidisciplinario, decidió invitar a Luca, quien a su vez incluy ó a Pettinato en la
excursión platense. Poli y Skay Beilinson y a eran habitué del Einstein y tenían un
especial afecto por el cantante italiano. Hubo un par de ensay os previos en la casa de
Rocambole, diseñador y responsable de la imagen de los Redondos. En la vieja
casona de Diagonal 74 casi 48, Luca y Pettinato estrecharon vínculos estéticos y
etílicos con los músicos ricoteros. Aquella noche de primavera, Luca cantó “Nene
nena”, “Criminal mambo” y “Mejor no hablar de ciertas cosas”. Este último tema
pasó a formar parte del set list de Sumo y los Redondos nunca más volvieron a
tocarlo. Casi un pago silencioso ante el gesto generoso de Luca a plantarse frente a un
público desconocido, que nuevamente esperaba a Riff.
Sumo permaneció en quinteto durante poco más de un año. Entrenó en vivo en
cuanto escenario estuviera a disposición. Algunos estaban bastante alejados de los
centros urbanos y no habían sido visitados casi nunca por el rock: la banda giró por
Entre Ríos y tocó en ciudades como Federación y Chajarí, como destinos exóticos
del país. Esa mini gira tuvo como invitados a los hermanos de Luca: Andrea y
Michela habían llegado a Buenos Aires para comprobar, de primera mano, todo lo
que no podían creer de modo epistolar.
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Flavio Casanova: En el Polideportivo Los Redonditos tocaron con Luca como
cantante y fue: “Ah, qué bueno… Cómo cambió esto, nada que ver…”. Yo ya había
visto a Los Redonditos y Luca les dio otra polenta. Ese día Luca no se movía mucho,
hacía gestos con la mano, pero le alcanzaba con eso. Ahora lo escucho y no me
parece que tuviera una gran voz, pero en esa época me parecía muy bueno. Creía
que era el mejor cantante que había acá.
Germán Daffunchio: Roberto nos hizo una nota y nosotros de ahí nos íbamos a
ensayar. Obviamente estábamos muy fumados y le dijimos: “¿Querés venir a
ensayar? ¿Querés venir con nosotros? Vení”. Se prendió como una garrapata. Entró a
Sumo como lo haría típicamente hoy en cualquier lado: “Hola, soy Roberto
Pettinato”.
Alfredo Rosso: El cambio en Sumo fue de a poco a partir de la salida de Stephanie.
El segundo Sumo había perdido esa cosa primal de los primeros tiempos. Cuando se
fue Stephanie, la banda tuvo que agarrar el cincel y el martillo y picar piedras. Tocó
en todas partes, porque, francamente, Stephanie debe haber estado en diez shows, no
más que eso. El segundo Sumo tocó mucho, incluyendo cuando y a se volvieron un
quinteto con Pettinato. Estuvieron tres años tocando en lugares imposibles como el
Marqués, ahí en la calle Cabrera de Palermo, o los contrataban para animar una
fiesta. Me acuerdo de ver a un montón de ejecutivos hablando entre ellos, un ruido
bárbaro de voces y a Luca cantando y cagándose de risa de ellos. Esas situaciones se
daban, porque tenían un manager que los llevaba a esos lugares. Me acuerdo en el
IFT, ya con Pettinato, que uno de los que estaban en la platea le gritó: “¡Pettinato, a la
redacción!”. Roberto todavía era el director del Expreso Imaginario.
Germán Daffunchio: Roberto vino con el saxo hasta Hurlingham y zapó arriba de lo
que tocábamos nosotros. Tengo imágenes de Roberto en esa época, que me vienen
ahora a través de los años. Él no podía creer lo que estaba viviendo, con todo lo que
ama Nueva York y el rock en inglés. ¡Estaba con un grupo que cantaba canciones de
Joy Division y John Martyn! Para él era demasiado.
Diego Arnedo: Pettinato entrevistó a Luca para una nota que hizo en el Expreso
Imaginario. Le pareció simpático y después nos llamó a Germán, a Alejandro y a mí
para hacer una continuación de esa entrevista a Sumo. En algún momento le dijimos:
“¿Por qué no te venís al ensayo? Él respondió: “Sí, y a Luca me había dicho. Bueno,
voy”. Agarró el saxo y se vino con nosotros a un ensayo en la casa de Timmy.
Después empezó a venir, sin pensar mucho qué era lo que se quería hacer, ni si
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estaba bien o mal que viniera. El tema es que venía. Hasta que obviamente a Luca le
gustó que estuviese.
Timmy MacKern: Fueron a una entrevista con Petti sin Luca. Estaban Germán,
Alejandro y no sé si Diego. Se juntaron al mediodía y a la tarde volvieron con él a
Hurlingham para tocar. Pettinato se acopló solo en la cosa. El que sí nos seguía
mucho era Alfredo Rosso. Venían otros de la Expreso Imaginario, pero nadie tanto
como Rosso.
Germán Daffunchio: A Roberto lo invitamos a tocar de onda. “¿Querés venir? Vení,
toca”. Después se convirtió en una especie de grano, porque el saxo tiene un solo
sonido y en un momento la cuestión era que tenía que haber un saxo siempre, en
cada tema. Estamos hablando de la época under, del desconocimiento. En una noche
de show con Sumo estaba garantizado el viaje. Eran noches intensísimas. Las zapadas
eran eternas… Había mucho sentimiento, mucha energía, explosión, una cosa medio
gloriosa. Había una sensación de revolución grosa que también coincidía con la
Argentina que estaba por entrar en democracia. “Ahora vamos a poder ser libres”,
decían todos. Pero no sabíamos qué era ser libre. Realmente no lo sabíamos.
Alfredo Rosso: En el año 79 Petti vivía en la calle Mendoza, en Belgrano R, en un
departamentito chiquito. Me acuerdo que un día le toqué el timbre, entré y estaba
escuchando a Tinseltown Rebellion, de Frank Zappa. Tenía una partitura en un atril
con un solo de Coltrane, porque estaba practicándolo. Todavía faltaba para Sumo,
pero el tipo ya estaba muy metido en la música. Cuando fue director de la Expreso,
Petti entendió algo fundamental: el público había cambiado. Habían llegado Virus,
Soda, Sumo, Los Redonditos, Memphis, Los Violadores… Un día estábamos con él en
un Pumper Nic, donde hoy está McDonald’s, en Carlos Pellegrini casi Corrientes,
frente al Obelisco. Habíamos ido a comer y había una reunión de adolescentes, unos
pibes de 15 años. Pettinato me dijo: “¿Ves? A estos pibes todo eso de los indios y de
los hippies les importa tres carajos”. Me daba a entender que había encontrado un
idioma nuevo y que lo tenía muy claro.
Claudio Kleiman: Creo que, por un lado, lo que le valió a Petti su ingreso a Sumo fue
su background de Van der Graaf. Porque Petti es el único tipo que tocaba en la onda
de David Jackson, que era un saxofonista de free jazz metido en una banda de rock.
En los 80, además, era reglamentario que las bandas tuvieran un saxofonista. Petti no
buscaba el arreglo lindo sino un sonido medio caótico… Petti se metió como
diciendo: “Voy a hacer en Sumo lo que hace David Jackson en Van der Graaf”. Creo
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que era el precedente que había. Van der Graaf era una banda que nunca entró en
ninguna categoría, que estaba encuadrada en el rock progresivo pero los punk y los
pospunk respetaban.
Marcelo Gasió: Pettinato tenía la idea de formar un grupo. Le gustaba el jazz y
quería hacer algo tipo Captain Beefheart. Supongo que cuando conoció a los Sumo
fue ideal dentro del esquema que buscaba. Porque no eran músicos profesionales,
tenían limitaciones técnicas pero también tenían ganas, actitud, un cantante
carismático. El seudónimo “León Melquíades” lo había inventado Alfredo Rosso pero
lo usábamos todos. Cuando alguien quería escribir algo y no quería firmarlo aparecía
León Melquíades.
Daniel Melero: Vi a Sumo el día que debutaba Pettinato. Habría unas 60 personas.
Antes los había visto en un lugar en Belgrano, cuando todavía tocaba la baterista. No
me llamó la atención para nada, ni en ese momento ni después. Me parecía que hubo
un exceso de hypeo a un extranjero que venía a cantarnos canciones firmadas por él
que no le pertenecían. A mí no me pasaba nada con “Heroin”, por ejemplo. Ahora
creo que la construcción que hicieron fue enorme.
Germán Daffunchio: Tengo la grabación del primer show que hizo Roberto con
Sumo: fue en Anchor Inn, creo que en Paseo Colón y Belgrano, o en una esquina de
esas en el bajo. Era un lugar que estaba muy bueno, donde tocamos varias veces y
llegamos a compartir noches con el Negro Fontova. En el medio del show siempre
aparecía la policía y había que dejar de tocar. Entraban, miraban a todo el mundo, el
lugar quedaba en silencio. Nunca me voy a olvidar de una noche en la que estaba
tocando el Negro Fontova y se hacía el pelotudo. Entró la policía y dijo: “Bueno,
vamos a hacer otro tema: ‘Me tenés podrido, me tenés. Me tenés podrido, me
tenés…’”. ¡Empezó a cantar eso! Enseguida empezamos a cantarla todos, con la
policía adentro, haciendo sus famosas razzias.
Alfredo Rosso: Luca y Petti tenían mucho en común. Roberto es un tipo muy culto.
Hace dos años o tres hubo una polémica en televisión, alguien quiso discutir de algún
tema intelectual con Pettinato, y tuvo que callarse porque Roberto lo dio vuelta siete
veces. Pettinato es un tipo que conoce de literatura beat, de Stand Up, de jazz, puede
tocarte una partitura de Coltrane a simple vista… Entonces, con Luca, conectaban
para hablar de cosas profundas. Lo que pasa es que al otro le gustaba chicanearlo. Le
decía: “El boludo de Pettinato”. Pero era en joda, y nunca falta el que dice que Luca
lo odiaba. ¡Por favor! Lo respetaba mucho.
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Pipo Cipolatti: Conocía a Roberto desde mucho antes de su ingreso en Sumo, de
cuando era periodista de jazz, un estudioso que intentaba ser saxofonista… Me
acuerdo que Melingo le decía: “No toques”. Un día le pregunté a Luca: “¿Por qué lo
pusiste a Pettinato en la banda?”. Me parecía raro. Me respondió: “Porque se viste de
naranja, usa barba larga y toca para la mierda”. Pettinato usaba pedal también,
hacía ruidos raros del dodecafonismo y … ¡Quedaba bárbaro! Roberto tiene mucha
erudición.
Claudio Kleiman: Petti tenía mucha cultura rock. Los otros no. Eran como más
intuitivos. Igual, Luca consideraba como su gran partner musical a Germán.
Compartía con él esa filosofía medio anarquista, medio pospunk. No creo que
Germán tuviera la cultura rock de Petti, pero conectaban desde un lugar más
intuitivo. Germán era un loco de la guerra, se había subido a un barco, no sé cuánto
tiempo se pasó en alta mar. Así que mucha información musical no tendría. Pero era
un tipo totalmente autodidacta y que tocaba la viola de una manera diferente. En ese
sentido estaba más emparentado con tipos de esa camada, con los Television, con los
Talking Heads.
Norberto Cambiasso: Desde el punto de vista de Pettinato y de Luca, Sumo era una
banda ilustrada, lo cual no era nada común en esa época. Pero era una banda
ilustrada en tradiciones disímiles, que no es el caso de Soda Stereo, donde se ve que
Cerati empieza a imaginar cosas de acuerdo a los descubrimientos que esté haciendo
en los distintos períodos o en las alianzas con Daniel Melero. Sumo era peculiar
porque legitimó cosas como Joy Division o Pharoah Sanders. Pettinato fue
importante para eso.
Diego Arnedo: Era muy interesante. Como sentir que tenía un pedacito del rock en
inglés en Hurlingham, con un tipo que parecía era Peter Hammill o Lou Reed, Jim
Morrison o Syd Barrett. Porque la identidad de Luca se había formado con eso. El
tipo vino a tratar de hacer un grupo inspirado en Joy Division, un grupo que y o ni
siquiera conocía. Un día lo escuché y dije: “Sacá eso porque nos matamos todos”.
Pero su idea de la música estaba muy influenciada por ellos. Luca cocinaba sus
pastas y escuchaba Joy Division. Se identificaba con el pospunk, esa cosa muy
depresiva pero a la vez muy artística.
Germán Daffunchio: En un momento Sumo empezó a recorrer lo que llamaríamos
el “under” de Buenos Aires: La Esquina del Sol, Einstein, el Stud Free Pub, Zero Bar.
Alfredo Rosso iba a vernos y escribió la primera nota seria sobre Sumo. Antes de eso
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tuvimos un manager, por decirlo así. Un día apareció uno que dijo: “Yo puedo ser
manager de ustedes, les consigo lugares”. Ese tipo nos consiguió un contrato con una
empresa de ropa que se llamaba 20/20. Entonces 20/20 nos contrató para dos shows,
uno en Córdoba y otro en Mendoza. Una cosa muy bizarra. Bizarra grosa. Nuestro
equipo de sonido era el que usábamos en la sala de ensay o y nos llevaron a tocar a
una discoteca, que era un lugar gigante. Nos habían puesto en un rinconcito y éramos
parte de un show presentación de la marca. No entendíamos nada, absolutamente
nada. Nos habían contratado de un lugar y fuimos como locos porque… ¡No
ganábamos un mango! El show en Mendoza estuvo buenísimo. Ahí apareció un
reportero del Expreso Imaginario y nos dijo: “Va a salir una nota de ustedes en la
Expreso”. Compramos como tres números, buscamos la nota… Nada. Al final
encontramos una columna sobre el show en Mendoza, en una letra muy chiquita:
“Blablabla… Me encontré con un grupo muy bueno que se llamaba Sumo”. Eso era
la nota que habíamos estado esperando. La de Rosso era más seria.
Horacio Gabin: Donde mejor lo escuché sonar a Sumo fue en el Zero Bar, en
Palermo, que y a no está más.
Lila Riquelme: Zero Bar estaba en República de la India y Las Heras, y cuando
Sumo tocó ahí Stephanie y a no estaba, era el Sumo con Pettinato. El grupo estaba
empezando a pegar fuerte, y o estaba embarazada de Ismael, y Ale y a no quería
saber nada con toda esa locura. Recuerdo que una noche, Luca subió al escenario
borracho y a desde el camarín. Hizo dos o tres temas y en un momento cay ó
planchado en el piso. Se desmay ó, pero fueron unos segundos. Nosotros estábamos
viendo el show desde abajo, la banda siguió tocando y todos pensamos: “Es una joda
de Luca”. De repente se levantó y siguió todo el show, como si no hubiera pasado
nada. Después, en el camarín, dijo que se había desmay ado de verdad.
Germán Daffunchio: Luca siempre utilizó a la música como una terapia necesaria
para canalizar el dolor. Pero era todo bastante caótico. Por un lado estaba el sueño de
hacer música y por otro estaba el caos del alcohol, que siempre estuvo presente y
fue paralelo a la historia de Sumo. Para que Luca se pusiera en pedo tenía que
chupar mucho. No recuerdo borracheras como historias agresivas para nada.
Siempre nos reíamos mucho. El primer foco de pelea con él fue eso de tener que
tocar en pedo. Yo no podía entender por qué tenía que mamarse para tocar. Él me
decía: “Mirá, Germán, tengo que cantar borracho. Si no tomo alcohol no puedo”.
Tampoco es que se pusiera en pedo, pero, ¿por qué tenía que chupar tanto? Ponerse
en pedo es otra cosa. Me costaba entender por qué tenía que tomar alcohol para
enfrentar a la gente. Ahora lo veo todo de otra manera, pero en ese momento no
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entendía. Alcanzaba con que él estuviera parado ahí y que no se cay era. Con eso era
suficiente. No hacía falta reventarse más.
Walter Fresco: Yo trabajaba en CBS, en Repertorio Internacional. Como cualquier
pendejo de esa edad, más todavía en esa época, andaba por todos los pubs y lugares
donde hubiera bandas de rock tocando. Los viernes y los sábados salía al Stud, Zero,
Einstein, Jazz & Pub. Era el circuito de ese momento. La primera vez que vi a Sumo
creo que fue en Zero Bar. Sumo ya era una banda bastante particular: el look, la
estética, la música que hacían… Totalmente atípico para el rock argentino. Cuando
ibas a ver a Sumo entrabas a Zero y parecía que te caías, como que abrías un portal
y pasabas a otro lado. Porque adentro había un pelado descalzo con un tipo con dos
barbitas tocando una música totalmente innovadora.
Pipo Cipolatti: En el 81 estaba con un amigo que se llamaba Rafael. Teníamos un
grupo que se llamaba Los Pipos, que era una fantasía: la idea era no tocar nunca en
vivo. Ensay ábamos, grabábamos casetes y hacíamos volantes que pegábamos en
Galería del Este, porque y o soy diseñador gráfico y dibujante, y él también.
Entonces hacíamos diseños bastante modernistas. Conocía a Daniel Melingo porque
yo iba a algunos ensay os de Los Abuelos. Ahí también aparecía Charly y empecé a
conocer a todo el ambiente… Yo me vestía raro, con saco y corbata, y tenía el pelo
largo. Era mitad hippie, mitad moderno. Quería ser punk, pero los punks tenían muy
mal olor y preferí otra cosa. Un día, me acuerdo de ver un cartel en la calle que
decía: “Sumo: funkie, soul”, algo así. “Qué raro”, pensé. En la Argentina no había
bandas de funkie en esa época, menos con un loco cantando en inglés. No supe nada
más de ellos hasta que se inauguró el Café Einstein. Conocía a Chabán del Bar 900,
en San Telmo, y como soy electrotécnico me ofrecí para hacer la instalación
eléctrica. Empezamos a romper los zócalos y vino Daniel Melingo a pintar.
Geniol: Yo había abierto un boliche en Olivos, anterior al Einstein, que se llamaba
Umbral. Era un pasillo largo, había dos locales adelante y atrás un chalet. Entonces
saqué las paredes, rompí todo y abrí ese lugar. Venían Luis Alberto Spinetta,
Calamaro… Miguel Abuelo era muy asiduo y con él nos hicimos muy amigos. Se
juntaban ahí y zapaban hasta el amanecer. Yo tocaba la tumbadora, Luis agarraba la
viola y hacía un show de media hora, después le pasaba la viola a otro, y todo por un
café de diez mangos. No se comercializaba nada, ellos lo entendieron y y o me sentía
orgulloso de tenerlos ahí. Me hacía un poquito el Jerry Lewis, tenía un personaje
cómico, y un día Luis me dijo: “Dale, Geniol, hacete algo”. Me dio vergüenza
decirle que tenía vergüenza, y le respondí: “Ahora voy ”. Fui al baño, me maquillé un
poco de blanco, subí y canté un rockabilly. La gente empezó a aplaudir, estaba
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contenta. Yo tenía tanta energía que asustaba, me decían. Un día vinieron Chabán,
Katja Alemann y Sergio Aisenstein a conocer el lugar porque ya tenían la idea de
abrir el suy o. A los dos meses abrieron el Einstein, que fue una copia de Umbral.
Diego Arnedo: Con Luca éramos los solteritos y nos gustaba ir al Centro a tomar
unos tragos y conocer gente. Con Sumo tocábamos, pero los días de semana no
teníamos grandes ocupaciones. Entonces nos juntábamos y uno de los lugares más
frecuentes era obviamente el Café Einstein, donde Omar Chabán y Katja Alemann
se dedicaban a hacer cosas raras, mini espectáculos bizarros y divertidos. Einstein
era uno de los mejores lugares. Era muy chiquito, entrarían unas 50 personas más o
menos, porque en un principio lo abrieron no con la idea de que hubiese grupos en
vivo. Les interesaba más bien la gente del teatro, o el público vinculado a la pintura o
el arte. Se hacían exposiciones, había gente como Vivi Tellas, Geniol, Federico
Peralta Ramos y varios más, además de ellos dos, Katja y Omar, que también
actuaban. Por ejemplo, entrabas un miércoles a la noche y te encontrabas con Omar
Chabán tirándole choclos adentro de un balde a Katja Alemann. Cosas así.
Flavio Casanova: El Einstein era una casa y entrabas por el garaje. Cuando pasabas,
subías una escalera y en el primer piso había dos balcones, una mesa, una barra y
nada más. El escenario era chiquitito. Las bandas que recién empezaban y sonaban
mal tocaban todas ahí.
Pipo Cipolatti: Empezamos a armar el café. Hice el primer afiche y unos volantes
que decían: “Café Einstein. Cene, baile y diviértase… Atendido por sus mozos, con el
doble concierto de Sumo y Los Twist”. Algo así. Las dos bandas tocábamos los
viernes y los sábados, primero Sumo y después Los Twist. Ahí conocí a Luca y a
Arnedo. Venían a ensay ar en el fondo del Einstein, en un galpón que no tenía
enchufes. Pusimos un alargue de 30 metros que explotó. Después de eso empezamos
a ensay ar en el Abasto.
Geniol: De ese lugar, Umbral, el Einstein copió la anarquía y la soltura. Tuve que
cerrarlo porque vino la policía a pedirme una habilitación, y partí para el centro. Fui
al Einstein y ahí estaba Omar: “Geniol, qué tal, querido”. “Bien, querido, ¿cómo
estás?”. Me preguntó: “¿Vas a hacer algo?”. “No, no tengo músicos”. Yo hacía una
performance y los músicos que venían eran sanata, a veces hacían temas muy
cortitos, presentando personajes decadentes de la vida: Margot, Fito, el Trolo, el
Alcohólico, el Rockabilly, el Agresivo, el Policía… Les pegaba con un palo de
esponja a los clientes mientras cantaba, totalmente degenerado, con una sirena en la
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mano… El público se divertía, todos corrían, rompían las mesas, era un quilombo.
Miguel Abuelo me bautizó como “un dealer del desorden”. El padre de Gustavito
Spinetta, que era mi socio, y de Luis Alberto, que era mi padrino, fue el arreglador
del primer grupo musical, que se llamaba Geniol y sus Aspirinetas, puesto por Luis
Alberto. Luis Alberto me había enseñado la base de batería y bajo, después ponía la
viola y la voz.
Katja Alemann: A fines de los 70 había varios bares, pero el más conocido era El
Corralón. No había muchos lugares donde ir. Empecé haciendo teatro con un grupo,
en una obra que se llamaba La velada del teatro mágico, solo para locos. Ahí actuaba
Omar. Después hacíamos un show que se llamaba El cataplasma en un bar en San
Telmo, El Novecento. En el 81 surgió la idea de hacer el Einstein. Omar y y o éramos
pareja en ese momento, y siempre dijo que y o lo mandé a trabajar… Se juntó con
Helmut Ziegler y con Sergio Aisenstein y armaron el bar. Yo solamente acompañé
porque estaba con Omar, pero no tuve nada que ver con el Einstein. Estaba ahí,
digamos. Luca empezó a tocar ahí enseguida. Lo había visto en Zero Bar y me había
encantado. Manipulaba su voz con los aparatitos, tenía una consolita, sonaba bárbaro,
sobre todo comparado con el rock nacional, que en general los cantantes son todos
unos perros.
Pipo Cipolatti: Con Luca nos conocimos en la previa a los primeros shows. Yo era
profesor de inglés, me había recibido a los 17 años y todavía tenía bastante fresco el
idioma. Luca era muy instruido, sabía de todo un poco… Hablábamos de mitología,
de jazz… Le gustaban mucho las flores y sabía los nombres en inglés y en castellano.
A veces charlábamos de esas cosas en los preliminares del Einstein, que era una
ruina, o en el Capricornio, un bar que estaba al lado. Ahí iban los estudiantes de
medicina a leer sus apuntes y nosotros, que tomábamos ginebra.
Flavio Casanova: Un día fuimos con unos amigos a una disquería de Buenos Aires y
había un afiche que decía: “Los Encargados”. Pensamos: “Vamos a ver a esos, capaz
que son buenos”. Llegamos a un lugar recontra careta, nosotros con los pelos parados
y ropa punk, y se acercó Daniel Melero: “¿De dónde salieron ustedes?”. Porque a
Daniel le encantaba eso. Lo conocí en esa situación. Nosotros vivíamos en La Plata,
y en uno de esos viajes a Buenos Aires, Melero nos dice: “Vamos al Café Einstein”.
Fuimos. Yo estaba aprendiendo a tocar en esa época. Ese día, en el Einstein no había
grupos. Pero había una obra de teatro, y me acuerdo que entramos y nos recibió
Chabán. Omar le puso toda la onda: “Pasen, loco, vienen de La Plata”, qué se yo.
Después empezamos a ir seguido, y una noche vemos que pasa caminando Luca.
Salió de algún lado con una guitarra acústica y todos le decían: “Dale, dale, ponete a
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tocar algo”. Luca agarró la guitarra y tocó “Five Years”, de Bowie. “¿De dónde salió
este?”, nos dijimos. Nos habían contado que cantaba en una banda, que era más o
menos conocido, pero había 15 personas viéndolo. Nadie.
Daniel Melero: Yo era amigo de Geniol porque era mi peluquero. Cuando él salía
como Margot era impresionante. En realidad, la escena era más interesante que
cualquiera de nosotros individualmente. Ese conjunto. La otra cosa interesante era
cómo todo eso convivía, algo que no volvió a pasar desde principios de los 90, desde
los sónicos, que eran diferentes y más o menos convivían.
Pipo Cipolatti: Era un tipo que venía de otro país, que hablaba en italiano, en inglés,
tenía mucha información, sabía mucho de música. Cuando lo veía actuar me gustaba
por su personalidad. Era Luca y los de fuego.
Geniol: Yo le había encontrado una vuelta a la representación de la decadencia.
Decía: “Esto no es Gasalla o Perciavalle. Eso es lentejuela, es fino, Café Concert. Me
preguntaban: ‘¿Esto es el punk? ¿Qué es?’”. Spinetta dejó de venir a verme porque
estaba visto como baladista y el público del Einstein era punkie, más fuerte y bastante
sectario. Ahí lo conocí a Luca, que estaba los sábados. Yo iba los viernes, a él le
gustaba lo que hacía y empezó a venir a verme. Se reía mucho. Cuando empecé a
verlo seguido me di cuenta de que Luca era un cantante en serio. Tenía ese don.
Siempre hacía alguna que otra canzonetta en italiano y yo le decía que eso era medio
grasa en la Argentina.
Flavio Casanova: Al principio, en el Einstein éramos todos habitués. De tanto ir,
empecé a conocerlos a todos: Melingo, Vivi Tellas, Geniol, Pipo. Nos decían: “Ah, los
flacos de La Plata”. Con Luca hablé ese primer día que lo vi. Me acerqué y le dije:
“Ay, qué bueno, tocaste ‘Five Years’ de Bowie. Ziggy Stardust”. Empezamos a hablar
de música y el tipo se re copó. Porque si bien había flacos que iban a verlo, la
mayoría no tenía ni idea de música; les gustaba más el arte o el teatro… Luca se
copaba cuando le hablabas de discos. Cada vez que iba y estaba Luca, me saludaba
de la misma manera: “Hola, Flaco”. Era común vernos, no existía ese culto del que
se habla hoy cuando se refieren a Luca.
Marcelo Pocavida: A Luca íbamos a verlo a los shows que hacía en Zero o Stud Free
Pub. En el Einstein no me dejaban entrar ahí porque Chabán me tenía en la mira:
“Vos no, pendejo. Vos no”, me decía. Un día se descuidó y entramos con unas minas
de Mar del Plata. Después cumplí la mayoría de edad y con Chabán estábamos en
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buenos términos, pero al principio era complicado. Un día se lo conté a Luca y me
dijo “¿Cómo que no te dejan entrar?”. Le pasé mi teléfono, me llamó y me dijo:
“Vos venite, yo te espero en la esquina de Córdoba y Pueyrredón. Entrás conmigo”.
Pero ese día tampoco hubo caso, tuve que volverme a mi casa y el tipo se quedó
mal. Volví a ir otro día, Omar seguía envenenado conmigo y Luca lo cagó a pedos:
“Yo acá traigo la música, vos me tenés que pagar. ¿Con qué pago los ravioles y el
morfi? Dejalo entrar al pibe, está conmigo, y o lo cuido, no va a hacer nada”. En
otros lugares no tenía esos problemas.
Alfredo Rosso: Me acuerdo de ver a Luca solo en el Einstein tocando “Solid Air”, de
John Martyn, y haciendo una versión increíble de “Redemption Song”, de Marley.
Luca con la viola, nada más. También tocaba un tema de Lou Reed que es muy poco
conocido, que se llama “Billy”. Yo nunca le había dado la menor bola, pero él lo
tocaba.
Marcelo Pocavida: Un día fuimos a verlo a uno de esos pubs bien de los 80 en
Paternal o Devoto. Éramos una banda y él se divertía porque nosotros le imitábamos
el acento cuando él decía: “Ahora voy a tocar un reggae de Bob Marley ”. También
lo gastábamos gritándole: “¡Tocate una de Pappo!”. Se lo decíamos a propósito, para
darle manija, y él se enganchaba. Esa noche, los siete u ocho que fuimos
terminamos todos en cuero. Los del pub habían dejado sobre las mesas como tres
bandejas con empanadas y nos morfamos todo… Pobre Luca, porque después tuvo
que pagar él. Además habíamos tomado mucho, uno de mis amigos se descompuso
y se vomitó todo. Me acuerdo de Luca limpiando el vómito, cagándose de risa.
“Pobres pibes, tenían hambre. Dejá, después te pagamos”, les decía a los del lugar.
Marcelo Moura: La primera vez que vi a Sumo fue en el Einstein, en mi primera
salida con mi primera mujer en Buenos Aires. Yo todavía vivía en La Plata. A ella la
había conocido en una gira y me invitó al Einstein, que para mí era un lugar para ir a
mamarte y cosas así. Estaba Chabán. Éramos 14. Recuerdo que me volví a La Plata
con la cabeza hecha una licuadora: Sumo, mi primera salida, una chica, Chabán y
Katja haciendo una performance. Pasé de estar tomando mate a eso. Era bastante
fuerte la situación.
Diego Arnedo: Una de las cosas que me pasaron con Luca fue que, volviendo de una
de estas salidas nocturnas, esperando el primer tren de la madrugada, que salía de
Federico Lacroze hacia Ruben Darío, en Hurlingham, nos pasamos de largo,
dormidos, y cuando retomamos de vuelta, nos volvimos a pasar. El malhumor que
150
teníamos era cada vez más terrible. Al otro día nos cagábamos de risa, pero en ese
momento no podíamos ni mirarnos.
Katja Alemann: Al principio el Einstein fue muy bien, pero después tuvimos el
problemita este… Bueno, que era la dictadura militar. Muchas veces venía la policía
a hacer averiguaciones de antecedentes, prendían todas las luces, se llevaban a todo
el mundo y te arruinaban la noche. Ahí empezó a bajar mucho la afluencia de
público. El primer verano del Einstein fue así, con muy poca gente. Entonces
empezamos a hacer comida gratis, como las famosas pizzas con Mendicrim y
mandarina que hacía Omar. Después de eso, empezó a venir público de nuevo.
Vivi Tellas: En el Einstein caía todo el tiempo la policía. Luca se había hecho muy
fan de ese personaje del boludo, y adoptó eso de “qué hacé, bolú”. Tenía esa
picardía, por su parte italiana me parece. Se mataba de risa y empezó a jugar con
eso. Luca era muy dulce, como un niño. Nunca tuvimos nada, digamos, amoroso,
pero era tan amable...
Pipo Cipolatti: Con Luca tenía más complicidad que con los demás. Hablábamos de
los otros tipos: “Esta manga de pelotudos…”. No sé cómo se dirigiría a otras
personas, pero con los amigos de la banda era así… El trato que tenía con otras
personas era más distante. A mí me apreciaba mucho. Nos cagábamos de risa juntos,
tocábamos temas de Dean Martin y Bob Marley en los martes de olla popular…
Porque los martes no venía ni el loro. Omar Chabán cocinaba y servía la comida él
mismo, porque no había nadie. Seríamos 10 o 15 personas, entre ellos Luca, Arnedo,
Melingo y y o. Arnedo tocaba el contrabajo, Luca con una guitarra criolla, Melingo
con una pandereta, yo con una un vasito o lo que hubiera, pero no tenía ningún
instrumento. Era una especie de unplugged que armábamos en una de las tantas
mesas, mientras comíamos algunas de esas cosas con mandarina que cocinaba
Chabán. Tocábamos acústicos de Bob Marley y un tema de Dean Martin que se
llama “Memories Are Made of This”. A mí me encantaba ese tema. Luca cantaba y
nosotros hacíamos coros.
Katja Alemann: En el Einstein empezamos a hacer teatro para tratar de atraer a más
gente. Ya era el 82, pero el problema seguían siendo las razzias, porque después
estábamos tres o cuatro semanas tratando de remontar el lugar. Hasta que un buen
día me invitaron al programa de televisión de Juan Carlos Mareco, Cordialmente. Yo
y a era conocida como actriz y tenía mi speech perfectamente armado. Este buen
hombre, Mareco, no tuvo mejor idea que preguntarme a qué gobierno iba a votar,
151
porque y a era el final de la dictadura. Respondí: “A un gobierno que destituy a al
Estado Policial”. Se les atragantó la comida a todos. Nadie supo qué decir, ni qué
contestar, porque hablar mal de la policía era incluso más complejo que hacerlo de
los milicos, que estaban yéndose. El poder represor, de hecho, estaba en manos de la
policía… Ese día me despaché y dije que éramos artistas, que teníamos el derecho
de expresarnos, que no estábamos haciendo nada ilegal, que pagábamos los
impuestos y que la policía tenía que funcionar como nuestros empleados, porque sus
sueldos provenían de lo que nosotros aportábamos como ciudadanos…
Daniel Melingo: Había una búsqueda muy grande y no solo de identidad.
Buscábamos cómo decir lo que estaba pasando de una manera diferente. Éramos
una capa de gente que hasta ese momento no había aparecido, nos sentíamos tapados
por un tipo de cultura musical, por un tipo de cultura en la calle, por mucha opresión,
entonces esa necesidad se dio naturalmente. Quiero decir que no era que queríamos
simplemente diferenciarnos, sino que buscábamos ser realmente diferentes, que no
es lo mismo.
Horacio Gabin: Si bien Luca no era un punk, estaba bastante cerca de serlo. Era un
tipo duro que no se comía ninguna y que realmente se la bancaba. Lo he visto en el
Einstein, donde estábamos todos pegaditos, incluso el policía de civil que estaba al
lado tuyo y que te agarraba el libro donde tenías el papel de armar. Te decía: “Vení,
acompañame” y te llevaba. A mí me pasó con El Señor de los Anillos, con el papel
de armar ahí adentro.
Marcelo Pocavida: Un día, a mediados del 82, arreglamos para ir a la casa de Luca
en Hurlingham con la idea de hacerle una nota. Sumo ensayaba en la bodega, pero
cuando llegabas a la casa lo primero que veías era un hall que tenía el piso de
madera reluciente, un hogar, un televisor color… Parecía una postal la casa de
Timmy MacKern. Había unos niños todos rubios… Todo parecía salido de un lugar
muy distinto a lo que conocíamos los que vivíamos en conurbano. Luca tenía su
habitación en un entrepiso, en lo que sería un altillo. Había muchos instrumentos,
cuerdas de guitarra, un quilombo bastante importante de cables. En realidad, hacerle
una entrevista hablando sobre Sumo era difícil porque el grupo todavía no tenía
historia y a nosotros nos interesaba mucho qué podía contarnos del punk. Estábamos
en el 82 y él hablaba del 77, había pasado un tiempo, pero Luca había estado en la
explosión del movimiento y empezó a recordar todo. Tenía muy buena memoria y
estuvo muy bueno porque no habló solamente del punk sino también de cuando había
ido a ver a Pink Floyd, de su experiencia con las drogas y de lo que significó estar en
un happening constante, viajando de un lado a otro. Luca tenía un diario personal
152
bastante importante donde tenía anotados todos los conciertos que había visto de King
Crimson, Pink Floyd y todos los demás.
Katja Alemann: Yo era toda divina, preciosa, era la hermana del ministro de
economía… Eso que dije en el programa de Mareco armó todo un lío. Pero tuvo
éxito mi gestión, porque la policía no vino nunca más. Al Einstein lo clausuraron
después, en la época democrática, pero por otro problema. Cuando a fines del 82
dejó de venir la policía, el Einstein empezó a florecer. Sumo tocaba siempre, los
martes eran de olla popular y tocaban todos los grupos nuevos, igual que los viernes y
los sábados. Después nosotros empezamos a hacer un show que también empezó a
tener mucho éxito, El Bulbo Jopo Show, que era un varieté donde había muchos
actores. Cada uno hacía su número, era un continuo. A veces venía Geniol, porque
era un artista varieté. Vivi Tellas hacía La nadadora, que era preciosa. Teníamos
como tres números cada uno.
Geniol: Estaban Vivi Tellas y una chica que me gustaba mucho que hacía de
paralítica, sadomasoquista, que le tiraban mierda en la cara con una escupidera.
Estaban Los Twist, Sumo, pasaron todos por el Einstein. Chabán parecía recién salido
de una pantalla de película antigua, en blanco y negro. Me hacía acordar mucho a
Ángel Magaña. Katja siempre fue muy bella.
Vivi Tellas: El Einstein fue nuestro aguantadero. El lugar que teníamos para la
resistencia artística. Creo que Sumo tocaba los martes por la comida, como hacían
varios grupos. Con Soda Stereo era igual. Nunca había plata. Entonces todos
cocinábamos, había sopa, pizza, y todos se quedaban a comer.
Alejandro Taranto: Cuando Chabán cerraba el Einstein los más quemados o
noctámbulos terminábamos inevitablemente en el bar Escorpio, un café típico
porteño que estaba abierto las 24 horas. Era pedir una cerveza para cinco y quedarse
hablando. A Luca siempre lo vi tomando ginebra. Le gustaba mucho hablar y
aleccionar a las personas, de alguna manera. A veces incluso lo hacía de forma muy
agreta. Éramos amigos de la noche, digamos.
Germán Daffunchio: De alguna manera, en el Einstein Luca encontró un lugar
donde podía tomar gratis, cagarse de risa, cogerse a las minas que se cogía y pasarla
bien. Todos los días pasaba algo: un martes hacían un puchero popular, otro días
estaban las obras de Omar o Katja.
153
Vivi Tellas: Yo hacía monólogos y Luca había quedado obsesionado con uno que se
llamaba “El boludo”. Me decía: “Vivi, ¿de dónde sacaste ‘El boludo’? Es buenísimo”.
Me lo repetía siempre con ese acento rarísimo que tenía. El personaje era un pibe
con un embudo en la cabeza, que era como un inventor medio chanta, bien argentino,
que decía todo el tiempo “boludo”: “Que no, boludo, qué boludo…” Sumaba
números, inventaba cosas con los números y el reloj, y se creía un genio. Era un
boludo de verdad ese personaje. Tenía un vestuario, maquillaje, barba y había
tomado sol. Luca estaba fanatizado con eso. Estaba todo el tiempo en el Einstein…
Alfredo Rosso: Luca nos pescó el lado tilingo claramente. Nos caló enseguida a los
porteños, nos encontró la vuelta, se dio cuenta enseguida cómo es el ser porteño, que
de última es un tano que habla en castellano. Como cuando se reía de que todo el
mundo se decía “bolú”. “¿Qué hacés, bolú?”. Ahora es muy común, pero empezó en
ese momento. Se reía de sí mismo, como cuando hacía esas charlas entre tema y
tema en los recitales. “Un pelado bolú”, decía.
Geniol: No había drogas en el Einstein. Se cuidaba mucho eso y adentro no había
nada. El que llegaba y a venía colocado. Convivíamos con Toxicomanía, que estaba al
lado, controlando todo. Sí había mucho sexo. Parados, de costado, con la boca, con la
mano…
Daniel Melero: El Einstein era genial, pero Sumo no era lo más importante. Los
miércoles eran buenísimos, había teatro varieté, le decían “Le Melancholic” o algo
así. Los martes también eran lo más porque era la olla popular. Estaban Peralta
Ramos, los Sumo, Los Encargados, Soda Stereo.
Katja Alemann: El Einstein era un reviente insoportable. Hoy está idealizado: “¡Ay,
el Einstein!”. Pero el día a día en el Einstein era imposible. Siempre estaban los
boludos que se emborrachaban y traían problemas. También estaba el estrés de si
venía gente o no venía gente, la parte administrativa…
Vivi Tellas: Luca transmitía algo muy destructivo. Coqueteaba con la muerte, era
demasiado punk, aunque sin perder su encanto. No era violento.
Horacio Gabin: El lugar era pequeño, todas las mesitas eran chiquititas, las persianas
cerradas, humo, un escenario pequeño y bajito. Una vez había un loco que estaba re
denso, justo al lado de Luca. Lo molestaba, se caía sobre los equipos, rompía las
bolas y no los dejaba tocar cómodos. Luca le dijo: “Eh, punkito. Vos sos malo, ¿no?
154
¿Te creés malo?”. Entonces Luca agarró un porrón de cerveza, lo rompió, se cortó la
cabeza, le dio el vidrio y le dijo: “¡A ver, hacé esto, nene malo!”.
Katja Alemann: Luca sufría mucho por el mundo, por lo que él veía del entorno, por
la vacuidad, por el sinsentido, porque nadie tenía los huevos de verdad para hacer
cosas. Venía de Londres, de Italia… Entonces vino acá y se encontró con un país
cuadrúpedo, más en ese momento. Se deprimía, le daba mucha tristeza la realidad
que lo circundaba. A mí me parecía un poco ingenuo… Yo estaba con Omar, que era
otro delirante que le daba 20 vueltas a las cosas, superintelectual. Omar tenía una
visión totalmente distinta de las cosas, era mucho más analítico, más extremo, más
jodido en su forma de pensar. Luca era un pancito de Dios en ese sentido. Muy
idealista.
Vivi Tellas: Era una época en la que íbamos muy rápido, como si estuviésemos
desesperados. Veníamos de una época de mucho miedo, represión, restricción… Viví
en California muchos años y eso también nos unía con Luca, porque hablábamos
bastante en inglés. Yo venía del flower power, tenía mucha libertad, tenía otra cabeza
en algún sentido. Con Luca hablábamos mucho de la vida. Cada vez que me
encontraba con él era un estado medio poético, era raro. Había silencios, como si
estuviéramos todo el tiempo conectando y contemplándonos. Pero no sabíamos bien
quiénes éramos, quién era el otro. Es raro decirlo, pero él era un fan mío y me
trataba como un ídolo. A mí me encantaba él, su forma, pero yo no era fan suy a. Él
también estaba fanatizado con las Bay Biscuits, y con este personaje, y con verme
en el Einstein. No éramos amigos, pero teníamos onda. Tenía un atractivo, pero y o
me perdí de verlo así. No me resultaba atractivo en ese momento. Me daba un poco
de miedo. Era muy extremo. Esa cosa un poco destructiva me alejaba de él.
Alfredo Rosso: Luca admiraba mucho a Lennon, y sentía que Lennon era un
ideólogo. En el fondo, Luca era un tipo que había sido criado en la época de las
utopías de los años 60 y creía en eso. Al mismo tiempo, después pasó por toda la
etapa del punk y la adicción que tenía. La ideología hippie era muy pro vida, por eso
de “paz y amor” que tanto se ridiculiza, pero detrás de eso había una pulsión por la
vida, por la belleza, por los colores. Las adicciones a las drogas fuertes son muy
tanáticas, muy vinculadas a la muerte. Entonces, Luca, de alguna manera,
ideológicamente era un tipo colorido y abierto, pero también tenía otro lado, el lado
oscuro.
Fabián Couto: Yo trabajaba en El Agujerito. Pipo Cipolatti compraba discos ahí y
155
ahí empezamos a relacionarnos. Formamos Los Twist, decidí ser el manager y
tocamos durante muchos domingos en el Parque Genovés. Los Twist se hicieron más
o menos famosos por las canciones que tenían, que son las que después conocieron
todos, y porque tenían todo ese look de los chalequitos. Era divertido. Después
pasamos al Einstein, y en la noche del debut estaba Luca. Ese fue el show en el que
Luca se colgaba de un travesaño que había y le chupaba la corbata a Pipo.
Hilda Lizarazu: Hice el secundario en Estados Unidos y volví a la Argentina en el 81.
Empecé a salir de noche y caí en las noches bohemias y porteñas del Einstein.
Todavía no era cantante, trabajaba como fotógrafa. Una noche de esas, Luca Prodan
me golpeó duramente con un borceguí en la cabeza, mientras y o estaba mirando
cómo Geniol hacía su performance de doblar la guitarra y qué sé yo. ¡Fue horrible!
Luca no era esa persona sobre la que van a escribir un libro: era ese pelotudo que
estaba colgado de una viga como un mono. Estaba sacado, era un violentón. Fue un
accidente, yo estaba muy distraída mirando algo y de golpe: ¡paf! Recibí este
golpazo en la cabeza y vi a este tipo que estaba colgado ahí. Un italiano que estaba
sacado… Sabía que era un italiano que estaba re loco… Me dolió mucho. Después
bajó, pero no recuerdo si se disculpó… Había mucha gente, el lugar era tremendo,
chiquito, todos transpirados… Cuando tenés 18 años te bancás esas cosas. Esa fue la
primera vez que lo vi.
Germán Daffunchio: Luca tenía aquel mal humor de tano. Los que lo conocíamos
no le dábamos ni bola, lo dejábamos gritar un rato, que viviera en sus locuras. En la
época que salíamos a tocar, yo tenía una estanciera de mis padres y cargaba todo
ahí. Iba, desarmaba la sala de ensayo, la transportaba al lugar del show, a veces
bajaba todo solo, otra veces bajábamos todo con Alejandro. Armábamos,
tocábamos, desarmábamos, cargábamos, llevaba y volvía a armar todo. Luca nunca
estaba para ninguna de todas estas cosas. Después nos acostumbramos, pero a la
mitad del show ya estaba ebrio como una cuba y con sus delirios… El show se
sostenía porque él tenía ese don y también tenía la cultura alcohólica del inglés, que
es tremenda. Hay que estar al lado de ellos.
Lila Riquelme: El tema del alcohol era algo que yo odiaba en Luca, no entendía por
qué necesitaba llegar a esos estados.
Germán Daffunchio: En los shows del Einstein por ahí tocábamos un tema,
zapábamos dos, tocábamos otro, zapábamos uno, tocábamos dos, zapábamos uno.
Era muy artístico. Experimentábamos en vivo.
156
Walas: Yo me escapaba de mi casa para ir a los recitales. Primero salía a andar en
skate y a partir de eso conocí la cultura rock y la subcultura punk. Ahí es cuando
empieza a escucharse la palabra Sumo. Además tenía un compañero de colegio que
era el hermano o el medio hermano de Vivi Tellas. Íbamos a ver a muchas bandas,
hasta que llegamos a Sumo. El recuerdo que tengo de Luca es en dos dimensiones.
Una era arriba del escenario, la otra pateando en las puertas de otros shows. Tocaban
Fricción o Casanovas y el tipo estaba ahí, haciendo puerta con los punks, charlando
con los que éramos más chicos que él, nosotros admirándolo porque ya era un
músico… Luca trajo el aroma de las cosas de afuera, lo que hacía traía a los Sex
Pistols, a los Clash, Joy Division, Julian Cope o Wire. Ahora lo valoro mucho, pero en
ese momento era ir a verlo y nada más. Hoy pienso: “Estábamos viendo una banda
de Londres de ese momento, de vanguardia y en Buenos Aires”. Porque te tomabas
un colectivo hasta Palermo y …
Pipo Cipolatti: Sumo era un grupo más de los que tocaba entre nosotros en el
Einstein. “Che, está tocando el pelado que vino de Londres a dejar el caballo”. Para
mí, ver a Sumo era como una luz estroboscópica. Tengo esa imagen: una luz
estroboscópica y la voz de Luca con el pedalito de efectos que le ponía reverb y
ecos. Era el único cantante que usaba pedales. Cambiaba las frecuencias, buscaba
una voz cavernosa… Usaba mucho el delay.
Germán Daffunchio: En esa época del Einstein no había cantantes que fueran al
frente. Era la época del morral, todavía. Los Redonditos no habían arrancado, o eran
algo muy distinto a lo que fueron después. Hacían una puesta en escena. El Indio no
se convirtió en el cantante que se conoce hasta que grabaron Gulp! a mediados de los
80. En el 82 lo veías y era un oficinista cantando. Con el Indio nos cruzábamos en
determinados lugares, siempre antes de los shows. Era un tipo absolutamente común
y silvestre.
Lalo Mir: Yo hacía un programa que se llamaba 9PM. Una noche, después de la
radio, fuimos al Einstein. Era un día de semana, las 11 de la noche o algo así. Habría
diez personas, comiendo, tomando una cerveza, una whiscola, no sé qué
consumíamos. No eran más de tres o cuatro mesas con la gente desparramada. Luca
tocaba una guitarrita, medio que le faltaba una cuerda, así como medio mal y
cantaba unas baladas tristes, y unas cosas napolitanas e italianas, y lo acompañaba en
un teclado uno de los RH, que hacían neo tango en esa época. Chabán le hacía la
iluminación con un velador. Se movía y eso era el efecto de las luces. Luca cada
tanto le decía: “Salí, Chabón”. Esa fue la primera vez que lo vi.
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Carlos “Aspix” Giustino: En el 83 y a trabajaba como fotógrafo y teníamos un
estudio, el Subway, en el que y a firmaba como Aspix. El primer medio con el que
empezamos a trabajar fue la revista Twist y Gritos. Ahí tenía su oficina Tom Lupo,
que por entonces todavía era Carlos Galanternik. Ahí comenzó a formarse un muy
buen grupo de dementes comandados por Lupo, y Luca aparecía muy a menudo.
Era un quilombo ese lugar. A Lupo se le metió gente a vivir en las oficinas del fondo,
dentro de su redacción. Le alquiló un cuarto a uno y terminó haciendo subir a 15
personas, familias, niños, había ropa colgada en los pasillos de la redacción y no se
los podía sacar… Una cosa muy bizarra. Luca conoció a Jorge Crespo, a quien y o
conocía de El Palomar, y que me decía: “Uh, quiero conocerlo a Luca, tenés que
hacerme una foto con él”. Un día me enteré de que Luca iba a ir a hacer una nota
con Lupo, lo llevé a Crespo y terminó siendo su manager. Todavía conservo esa foto
de los dos, con las dos caritas debajo de una lamparita en el pasillo de Twist y Gritos.
Fue la segunda entrevista que Luca hizo en su vida. La primera había sido con
Pettinato. También fue la primera vez que le hice fotos debajo de un escenario.
Pil Trafa: Sumo tocaba en muchos lugares, me acuerdo de uno en la calle Cabrera,
en Palermo, y del IFT. Yo iba a los pubs y me hice amigo del manager, Timmy, y de
Luca. Empezamos a charlar, a tomarnos una ginebra o una cerveza. Ya estaba Sokol
en la bata, después pasó al bajo y enseguida entró Pettinato. Iba a ver mucho a
Sumo. Estuve en el Einstein cuando se hizo “Mejor no hablar de ciertas cosas”. Había
ido el Indio ese día. Luca estaba probando y tiraron ese tema. No sé si se hizo en ese
momento, pero fue la primera vez que lo escuché.
Ricardo Curtet: Cuando empezaron a tocar en el Einstein y a era todo un desmadre.
La gente se subía al escenario, le pegaba una piña a uno y agarraba la guitarra. Una
vez fui a tocar ahí, porque cuando me veía Luca siempre me decía: “Subí, vení a
tocar”. Era todo un quilombo, no se entendía un pedo. En un momento se subió un
punk, me sacó la guitarra y qué sé y o. Luca lo empujó y le dijo: “Salí de acá, dejá
tocar a mi amigo”. Dejé de ir porque siempre pasaba algo. A Diego Arnedo le
habían pegado un maderazo en la cara. Yo pensaba: “Estos me llegan a pegar a mí y
los mato. Les doy un guitarrazo y los mato”.
Andrea Prodan: Con mi hermana Michela extrañábamos a Luca. Queríamos ver
cómo estaba. Nos escribía, nos mandaba casetes, y en su voz se escuchaba que se
sentía bien. El primero que me mandó Luca desde la Argentina tenía la canción
“Pinini Reggae”… Qué cago de risa… Pero me daba un poco de vergüenza
escucharlo porque y o estaba haciendo el servicio militar en un lugar que se llama
Orvieto, que pronto transformé en Orvietnam, un embole tremendo. Es un pueblito
158
muy lindo, que produce uno de los mejores vinos de Italia, y en el dormitorio del
cuartel había muchos personajes de toda Italia, todos mezclados. Un día saqué mi
casetera y puse el tema. Los chabones me gritaron: “¡Troppo forte!” y empezaron a
bailar. De golpe estaba todo el dormitorio bailando. Me preguntaron: “¿Qué es esto?”.
“¡Es mi hermano!”, respondí. “¿Tu hermano hace esto? ¿Y dónde vive, en Roma?”.
“No, en la Argentina”. “¿Qué? ¿En la Argentina existe el rock?”. En Europa mucho
no se sabe de la Argentina. Me pidieron: “¡Ponelo otra vez!”. Terminó siendo “la”
canción del dormitorio, día tras día escuchando el “Pinini” fucking reggae…
Fantástico. Ahí pensé:“Loco, esto tiene futuro”.
Andrea Prodan: Viajamos para verlo y llegamos a Traslasierra. Ahí nos
encontramos con Luca sano y pelado. Resplandeciente, con mucha luz. Conocimos a
sus amigos, uno de ellos con una cara de monaguillo un poco perverso, que era Sokol.
Mi hermana le dijo: “¡Ay, una pureza de ángel!” (risas) Luca me decía: “Ya está,
estoy haciendo temas buenísimos, la gente se engancha, no sabés en Mina Clavero
cómo bailan…”. Obviamente, empecé a pensar: “Puta madre, qué banda, está
buenísima”. Veía a Sokol en la batería, a Luca cantando y tocando la guitarra, Diego
en el bajo, Pettinato y a estaba en la banda… Germán en guitarra, tan tímido,
mirando para abajo pero produciendo unos sonidos que solo U2 estaba
experimentando. Sumo no era una banda de rock. Era como ver un happening, algo
más que solamente rock. Algunos me decían:“¿Sabés qué pasa? Esto está muy bueno,
pero es para poca gente, no todos van a comprenderlo. Hablan en inglés, no tiene
futuro, qué lástima”. ¿Qué boludo, no? “No tiene futuro”, decían. Fue una cosa
hermosa viajar y verlo bien. Nos hizo muy felices a Michela y a mí. Luca estaba
libre.
159
Sumo en La Cofradía, mayo de 1982.
(Gentileza de Claudina Pugliese)
160
Capítulo 11
1983
“Hubo un Obras que no pudo hacerse cuando yo no llegué de la montaña y las cosas
entre los dos no quedaron del todo bien. Yo fui el responsable de que se haya
suspendido ese concierto. Después de eso, cuando nos cruzábamos por ahí siempre
nos arrojábamos indirectas. Él me detestaba y y o lo gastaba diciéndole que era un
viejo borracho. Nunca llegamos a las manos porque intervenían los demás, pero la
onda era cero. Desde entonces, en cada presentación de Sumo, Luca se refería
despectivamente a Los Violadores y, en especial, a mí. No sé por qué se la agarró
conmigo. La chica había sido mi novia por seis meses. Yo la llevé al Chavalette, se
copó con Luca y se fue con él por cuatro años… El que tendría que estar ofendido,
en tal caso, sería yo. Él me curtió la minita, no al revés”.
Hari B en el libro El nacimiento del punk en la Argentina y la historia de Los
Violadores.
“Hari B y Luca eran amigos. Después tuvieron una disputa por una alemana llamada
Mónica –Luca se la sopló– y comenzó entonces un enfrentamiento que terminó con
el tema ‘Fuck You’, dedicado enteramente a Hari B”.
Robert Zelazek en el libro El nacimiento del punk en la Argentina y la historia de Los
Violadores.
El número especial de fin de año de la revista Pelo recorría lo mejor de 1982 a partir
de la opinión de los músicos. En el primer lugar aparecía Paul McCartney, con
Momento culminante. Luego, Yendo de la cama al living, de Charly García. Más atrás,
Señales, de Rush. A doble página y bajo el subtítulo “Lerner, el luchador del año”, la
publicación quincenal proclamaba a una de las revelaciones de la temporada y entre
los nuevos grupos del año aparecían Luciérnaga Curiosa, Los Helicópteros, Los
Encargados, La Torre, Púrpura, Dr. Rock, Ray o X y Demo (la banda liderada por el
histórico Rinaldo Rafanelli, bajista de Sui Generis y Polifemo, que contaba con un
joven guitarrista llamado Ricardo Mollo). No apareció ni la más mínima mención a
Sumo. Tampoco a ninguno del resto de los grupos que tocaban en el nuevo circuito de
bares y pubs.
Sin embargo, contra todos los pronósticos, Sumo cumplió un año de vida y
estableció un sistema de perseverancia apoyado por todo tipo de estrategias, casi
161
como una célula revoltosa en plena lucha de liberación. El final de la guerra de
Malvinas derivó en un lento repliegue del gobierno militar y también en una
esperanza no tan remota de volver a la vida democrática. Se respiraba cierto alivio
en el aire, aunque el poder represivo se mantuvo intacto. Luca y a tenía un nombre en
el circuito underground, en un mapa que formaban espacios como el Einstein, La
Esquina del Sol, Zero Bar y Stud Free Pub, escenarios reducidos para un público
informado. “Si no estabas en la escena era muy difícil enterarse”, contó alguna vez
Fidel Nadal para explicar el panorama artístico del que formó parte primero como
espectador y años más tarde como el líder de Todos Tus Muertos. Sin llegar a los
niveles de provocación del llamado “destape español” luego de la muerte de Franco,
entre 1982 y 1983 el ambiente contracultural porteño abrazó el absurdo y el humor
con propuestas cercanas al rock. La aparición de las Bay Biscuits, un grupo integrado
por Viviana Tellas, Fabiana Cantilo, Isabel De Sebastián y Edith Kucher traficaba con
la idea del teatro musical satírico, que más tarde será perfeccionado por el Club del
Clown de Batato Barea o el aporte inestimable de Las Gambas al Ajillo. Vivi Tellas
fue la aliada de Luca en esos cruces de canciones, expresionismo bizarro y jarana
grupal. El choque entre la cultura autorizada y los nuevos subterráneos parece
resumirse en una noche, cuando la directora y guionista María Luisa Bemberg visitó
el Einstein en busca de una actriz para el rol protagónico de Camila O’Gorman, la
posible aspirante al rol de la heroína profana era Katja Alemann. El espectáculo de
la velada incluyó a Katja bailando un tango erótico. Luego, Vivi Tellas braceó sobre
una tabla de planchar para dar vida a su rutina de La nadadora. Enseguida, el dúo
integrado por Omar Chabán y Sergio Aisenstein, llamado Pis y Caca, provocaron a
los presentes lanzando choclos, mostaza y yogur. La realizadora huyó espantada,
nunca más volvió al Einstein.
Las Bay Biscuits llegaron al gran público invitadas como grupo de apertura de los
recitales que ofreció Serú Girán en el teatro Coliseo a fines de 1981. Fue una
experiencia traumática para el grupo femenino, que enfrentó a un público hostil,
incapaz de soportar canciones irónicas. La tolerancia mejoraba ostensiblemente
cuando acompañaban a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (incluso realizaron
los coros de “Superlógico”, tema incluido en uno de los primeros demos del grupo
platense). La fascinación que sentía Luca por los monólogos de Vivi Tellas, en
especial por aquel en el que se repetía todo el tiempo la frase “qué hacés, boludo”,
hizo que el cantante redujera el latiguillo a “qué hacé, bolú”, para transformarlo en
uno de sus saludos favoritos. Luca empezó a quedarse a dormir en el café de avenida
Córdoba. También ensayaba con Sumo y participaba por fuera del grupo en la vida
social del lugar, animando un show de Los Twist colgado desde el techo, o
simplemente como reidor de las performance de su amigo Geniol. En su era de
esplendor, en plena primavera democrática, el Einstein fue el centro de un mundo
162
lúdico, un pozo voluptuoso de las futuras vanguardias teatrales y el campo de
entrenamiento de los nombres que cambiaron para siempre el humor del rock
argentino.
Los punks fueron los primeros aliados de Luca. Bandas como Los Violadores,
Alerta Roja y Los Laxantes conectaron de manera instantánea con el tipo que había
visto en Londres a los Sex Pistols y The Clash. Luca fue un espejo donde reflejarse y
tomar prestado esos gestos que aquí solo llegaban en fotos o unos pocos videos. La
banda de Pil Trafa ya había grabado un disco que no tenía forma de publicar. Pero
crecía en público y tocaba casi tan seguido como los freaks de Hurlingham. Son Los
Violadores quienes llevan a Sumo a tocar en Le Chavalet, un restaurante pituco de
Recoleta ubicado frente al Hospital Alemán, en la calle Ecuador. Ahí Luca conoció a
Mónica Stromp y también compartió cuerpo a cuerpo razzias salvajes y noches de
comisaría. Una fecha lleva a la otra y, casi sin medir riesgos económicos, las dos
bandas sin un álbum en la calle decidieron organizar un mini Obras para el sábado 22
de enero de 1983. La jugada temeraria salió mal: Hari B, primer punk argentino y
alpinista confeso, regresó tarde de la montaña, con lo cual el show debió posponerse
una semana. Los Violadores tuvieron que cubrir los gastos. El día del show
postergado, en el lugar había muy poca gente: apenas unos 350 valientes. Eran
muchos seguidores para esos grupos subterráneos, pero casi ni se notaban en el
enorme gimnasio del Club Obras Sanitarias.
Luca no creció con Videla, pero conoció cuatro presidentes militares en poco más
de dos años de permanencia durante la dictadura. Nunca tramitó la ciudadanía: debía
viajar a Uruguay y luego volver a ingresar al país para obtener su visa de turista.
Realizó el trámite en pocas oportunidades. La mayor parte del tiempo permaneció
como un extranjero ilegal según las normas argentinas de migraciones. En la ciudad
se movía en tren y en subte; no tenía buena conexión con los automóviles, y una
considerable miopía invalidó cualquier cambio de decisión. El ferrocarril lo acercaba
sin esfuerzo y por poco dinero a los destinos que separaban a Hurlingham del resto
del planeta conocido. El problema surgía cuando debía acompañar a Mónica Stromp
a su casa de Martínez, en la Zona Norte de Buenos Aires. El único medio de
transporte era La Costera, un micro de línea que unía a La Plata con San Isidro. El
viaje continuaba en tren hasta la casa de los Stromp, familia dirigida por un alto
directivo de la fábrica de Mercedes -Benz. Tiempo de espera y de viaje sellaron la
primera etapa de una relación que no acusaba conflicto frente a los 11 años que
separaban a Luca de su novia, una bellísima estudiante que cursaba el primer año de
la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Puey rredón y también estudiante de
Arte Dramático. Tenían varias cosas en común: familias de clase alta, una educación
escolar bastante rígida y el arte como válvula de escape al mandato impuesto. La
relación tuvo muchas idas y venidas, peleas y reconciliaciones, una disputa constante
163
contra la dependencia alcohólica de Luca que de a poco empezó a devorarse
cualquier tipo de proyecto a futuro.
Rápidamente, Luca descubrió que Sumo no podía tocar todas las semanas en el
Einstein. Para colmo, el lugar permanecía abierto todos los días salvo los lunes y con
una agenda que no llegaba a cubrir las noches dedicadas al rock. Los Violadores,
Virus y unos ignotos Soda Stereo se agregaban a la lista de bandas junto a Los Twist,
Los Encargados y Control. Luca incluso llegó a discutir con Omar Chabán por el
precio de las bebidas, que según él eran muy baratas. Buscaba elevar el caché de los
grupos y convocó a una rebelión de bandas para que ninguna volviera a tocar en el
Einstein hasta nuevo aviso. El único grupo que eludió el pacto fue Soda Stereo, que
incluso llegó a tocar en el Einstein con una “custodia” de rugbiers amigos por temor a
represalias. Entonces, Sumo se multiplicó por obra y síntesis de su líder. Así nació
Sumito, como versión reducida con Arnedo (contrabajo), Sokol (batería) y Pettinato
(saxo); Ojos de Terciopelo (que miran a la Gente con Dientes) junto a Germán y
Alejandro; y La Hurlingham Reggae Band, que además de Arnedo y Pettinato
incluy e en su formación original a Tito “Fargo” (guitarra) y a Alberto “Superman”
Troglio. De esa manera, la nave madre aseguraba tres lugares nuevos dentro de la
cartelera del lugar y una variedad de estilos que podía cubrir desde el calipso a
experimentos retorcidos como la larga zapada convertido en único tema del
repertorio de Ojos de Terciopelo. Por otro lado, Sumito representaba el costado
acústico de Luca, aquel repertorio inicial en Traslasierra emparentado con el aura de
Nick Drake, John Martyn y Lucio Dalla, canciones para cauterizar al tipo magullado.
De todas esas exploraciones, La Hurlingham Reggae Band fue el proy ecto más
serio y consistente. Luca no trajo el reggae al país, pero le puso melodía y letras
inteligentes a los primeros himnos del género jamaiquino de fabricación nacional.
Vecino de Hurlingham, Tito “Fargo” Daviero también supo de la llegada de Luca al
barrio. Fargo, junto a un batero oriundo de General Rodríguez, Alberto Troglio,
movían los hilos de Oiga Diga, un aventajado grupo de ska y reggae. Entre
intercambios de instrumentos, charlas y algunos discos de Yellowman, Black Uhuru o
Linton Kwesi Johnson nació una afinidad que amplió el inventario reggae del grupo.
Además del Café Einstein, LHRB comenzó a tocar en lugares un poco más grandes
como Zero Bar (de República de la India y Las Heras) o el Stud Free Pub (en
avenida Libertador y La Pampa). Los primeros seguidores de Sumo no entendían
bien las razones de tanta diversificación, cuando intentaban pedir una canción no
sabían a qué banda correspondía la lista de temas. En una de esas veladas de La
Hurlingham, Skay Beilinson y La Negra Poli convencieron a Fargo para que se
uniera a Los Redondos.
28 de abril del 83. El último presidente de facto, Reynaldo Bignone, dictó el
decreto por el cual se fijaba la fecha de elecciones para el 30 de octubre de ese año.
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Al mismo tiempo, ordenó la destrucción de la documentación existente sobre la
detención, tortura y asesinato de los desaparecidos. No logró su cometido. A partir de
ese momento, el país comenzó a moverse al ritmo de una nueva campaña política. A
los pocos días, Sumo llegó a Trenque Lauquen a través de una invitación de los
locales de La Sobrecarga. Esa noche de may o, Luca anunció que tocarían un tema
“medio castellano” y aclaró que la letra pertenecía a Los Redonditos de Ricota, “un
conjunto de La Plata muy underground. Son underground porque tocan una vez cada
tres años, pero son buenísimos”. Fue la presentación irónica de “Mejor no hablar de
ciertas cosas”.
César Dominici:A Luca lo conocimos en un festival en Olavarría a fines del 82.
Nosotros estábamos dejando Igoagrio y en ese momento éramos los originales de
Sobrecarga. Hicimos nuestra actuación y en el fondo veíamos a un pelado
desaforado que agitaba los brazos y saltaba. Cuando terminaron de tocar se acercó y
acordamos una invitación para que Sumo fuera a Trenque Lauquen. El evento se
concretó a mediados del 83, el 7 de mayo, en una actuación que compartimos en el
Club Argentino de Trenque y donde Luca tocó la trompeta como invitado nuestro…
La vibración quedó flotando y para septiembre de ese mismo año hicimos un festival
en el mismo club, con la presencia de Sumo, La Hurlingham Regaee Band, Alphonso
S’Entrega, Alerta Roja y La Sobrecarga. A partir de allí, ellos fueron nuestros
padrinos. Cuando fuimos a Buenos Aires compartimos cartel en bares de Hurlingham
y en Capital, donde actuábamos como teloneros.
Pil Trafa: Cuando en el 83 hicimos ese mini Obras con Sumo, Los Violadores
teníamos un disco hecho, pero todavía no lo habíamos editado. Sumo no había
grabado todavía. Habíamos preparado videos de los Clash, de Bob Marley, que ni los
pasaron. Se postergó una semana porque nuestro guitarrista de esa época, Hari B, no
pudo bajar de la montaña. Luca estaba recontra caliente.
Marcelo Moura: Sumo no me sorprendía tanto porque y o venía de ensay ar con
Virus, que era una locura diferente pero locura al fin, algo tan excéntrico como lo
que hacía Sumo.
Pil Trafa: En realidad, con Sumo no había ninguna rivalidad, pero Luca se calentó
por eso que pasó con Hari. Tenía razón, porque tuvo que postergarse el concierto por
una semana. Me acuerdo estar en el camarín de Obras, Luca destapando un vino y
diciendo: “La puta madre, tuvimos que volver a pagar carteles” y cosas así. No pude
decir nada porque el que no había podido bajar de la montaña era un compañero
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mío… Nosotros también nos enojamos mucho con él por eso. En esa época no había
comunicaciones, tuvimos que mandarle radiogramas… Hoy hablamos todos por
celular, pero en ese momento había un radiograma que llegaba a un lugar, que era
una posta. Para recibir el radiograma, el que lo recibía tenía que ir hasta ahí. Hari se
apuró para llegar, pero era muy sobre la hora y era impredecible si estaría o no a
tiempo.
Marcelo Pocavida: Para Luca, Los Violadores eran muy nenes de mamá. Al
principio les tenía simpatía, pero después y a no. Esa bronca también tuvo que ver con
algo más personal por una mujer en común. Luca era fanático de Alerta Roja
porque decía que eran más auténticos.
Pil Trafa: Después de eso pasó lo del acento finito en “La rubia tarada” y todo lo
demás. Me llevaba muy bien con Luca. Teníamos empatía. Él era bastante más
grande que y o, me veía como un chiquito argentino revoltoso. Él había visto eso en
Londres y me empujaba: “Qué bien lo que están haciendo ustedes…”. Era
recíproco, porque a mí me gustaba mucho Sumo y también cuando él tomaba la
acústica y hacía “White Trash” en lugares muy pequeños, para 30 personas, fui a
varios de esos conciertos. No solo en el Einstein sino también en otros lugares. Había
uno en la calle Cabrera, en Palermo, Anchor, que era una especie de teatro circular.
En el Einstein, Timmy me mostraba casetes ingleses con bandas como Adam & the
Ants, cosas que y o veía en las revistas pero que no llegaba a escuchar. Las poníamos
ahí. También hablábamos de literatura, sobre todo de Dickens. Yo le contaba a Luca
de Borges. Me dijo que había leído Ficciones y hablábamos de los infinitos borgianos,
ese tipo de cosas.
Horacio Gabin: Cuando y o tocaba en Los Muebles, a veces Luca cantaba con
nosotros. En realidad se subía y cantaba todo el tiempo: “¡Qué hacé, bolú!”.
Cualquier tema que tocáramos decía lo mismo: “¡Qué hacé, bolú!”. Era el monólogo
de Vivi, que le encantaba. Qué increíble que aún hoy sigue siendo denso el
“boludo”… Pasan las décadas y el “boludo” sigue como si nada. Creo que tendrían
que tratarlo los lingüistas…
Mónica Stromp: Después de aquel show en Estudiantes, en el que y o ni sabía quiénes
eran los que habían tocado, no volví a ver a Luca por un tiempo. Un día encontré
unos volantitos que decían “Sumo” y pensé: “¿Qué será esto?”. Resultó que eran
ellos. En ese momento, y o tenía 17 años. Salíamos bastante, íbamos al Einstein, a
Anchor Inn. Una noche de esas salimos con unos amigos del Colegio Lincoln, con
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otra chica alemana, mi mejor amiga de esa época; fuimos a ver a Sumo y nos gustó.
Creo que fue en Anchor Inn, en Paseo Colón. Era un barcito, no era un lugar de rock.
Tenía un pasillo muy largo y me acuerdo que estaba Petti con la pata eny esada. En
un momento, el grupo paró de tocar, Luca escuchó que estábamos hablando en inglés
y se acercó. Empezó a hablarme en inglés: “Qué tal”, “qué buena música”… Nos
gustamos. Después, esta amiga mía me pasó el número de teléfono de la casa de
Timmy y lo llamé. Y empezamos a salir.
Vivi Tellas: Con El boludo estaba obsesionado. En esa época y o actuaba mucho y
parece que era muy graciosa. Luca también era fanático de La nadadora. Era un
personaje que te enseñaba a nadar, con una malla dorada y una peluca rubia, porque
venía de Estados Unidos y estaba probando bombas en Latinoamérica. Se mataba de
risa. Con las Bay Biscuits fuimos a un programa de televisión donde el elenco estable
del programa era igual a nosotras, pero en serio. Entonces no tenía ninguna gracia el
grupo paródico de lo rubio. Yo tenía toda una ideología respecto a eso, que era la
conquista americana en la Argentina. Lo rubio simbolizaba eso. Con el grupo
empezamos en el 81, recuperamos temas de los 60 como “Marcianita”, “Cuando
calienta el sol”, y después empecé a componer y a escribir letras. Hice “Cleopatra”
con Melingo. Esa es mi canción más famosa.
Mónica Stromp: La primera noche que salimos formalmente juntos fue en
noviembre del 82. Vino a buscarme a mi casa en Martínez desde Hurlingham, un
viaje tremendo, y partimos rumbo al Einstein. Como era mucho viaje, teníamos
tiempo para ver cosas. Esa noche me mostró lo que tenía en el bolsito con una
impresión del nombre “Juan Rico”: un libro de los Guiness Book Of Records… Se lo
había afanado a Timmy para leer en el micro La Costera. Otro autor que leía: Kurt
Vonnegut. Compartíamos mucha música. En su pieza roja nos dormíamos con Brian
Eno: Música para aeropuertos. O escuchábamos Captain Beefheart. A él le encantaba
la “Sinfonía del Nuevo Mundo” de Antonín Dvorak. Ponía mucho David Bowie,
también Elton John, el Álbum Blanco de los Beatles lo escuchaba para arriba, para
abajo, para arriba, para abajo… Me acuerdo de Lucio Dalla, de una canción que se
llama “La tua felicità”, que sería “Tu felicidad”. Me decía: “Pero vos fíjate, ¿no? ¿Te
das cuenta? El tema más corto del disco es ‘La tua felicità’. Como en la vida, la
felicidad es lo más corto”. Después escuchábamos a Francesco De Gregori, un disco
que se llamaba La donna cannone. Conmigo no escuchaba Joy Division o música
similar. Después, en la casa de George, en Palomar, poníamos los Stones. Luca ponía
la música según el momento y el lugar. Creo que también leí eso en el libro de Petti y
tenía razón: la compartía según la situación.
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Pil Trafa: Mónica era una chica argentina-austríaca, que a veces venía a los ensay os
de Los Violadores en mi casa porque era novia de Hari B.
Mónica Stromp: Éramos dos miopes. Me acompañaba desde Hurlingham hasta San
Isidro en el micro La Costera, y de ahí íbamos caminando o en un colectivo hasta mi
casa. Era un gentleman. Las paradas de La Costera no tenían mucha luz, y estaba el
riesgo de que si no sacabas el brazo para pararlo, el micro seguía de largo. ¡Nosotros
no veíamos nada! A veces pasaba algo y decíamos: “Uh, qué suerte, fue un camión”.
Pero a veces era La Costera y si se te pasaba, significaba una hora de espera más.
Estas cosas pasaban a las cinco o seis de la mañana. Los micros tenían una
frecuencia muy baja.
O me compraba orquídeas. Como dije antes, era un gentleman en la manera de
cuidar las formas conmigo. Me llevaba hasta mi casa, venía a buscarme a la escuela
de arte, me llevaba a comer.
Judith González: La hermana may or de una amiga mía de la secundaria había
salido con Luca, cuando él tenía pelo largo y era un pibe que había llegado de
Inglaterra. Me contó que tocaba, que tenía una guitarra criolla toda chota, y que la
tocaba en la casa de ella. Esto fue en la época del Einstein, creo que lo había
conocido ahí. Después, mi relación con Luca fue a nivel amiga. Empecé a ir a verlo
cuando no iba nadie. La gente era tan poca que nos conocíamos las caras, eran los
mismos de siempre. Entonces te saludabas, charlabas, después te encontrabas en la
esquina, por ahí se estaban fumando un porro y era: “Eh, loco, ¿no da para una
seca?”. Todas esas estupideces. Te quedabas hablando con uno, con otro y enseguida
éramos todos conocidos, como si fuese un club. A Luca lo veía ahí porque él se
mezclaba entre la gente. No tenía esa cosa de estrella de rock, no se hacía el divo,
estaba loco nomás. Hay una foto que le saqué en una de esas situaciones. Estábamos
a la vuelta fumándonos uno y apareció Luca. Le ofrecimos una seca y dijo: “No, no
quiero”. Estaba completamente en pedo. No me acuerdo que más nos dijo, pero y o
le propuse: “¿No querés sacarte una foto conmigo?”. Yo tenía una cámara de una
amiga encima. Me respondió: “Dale, pero esperame un poquito”. Yo no sabía qué iba
a hacer. Fue hasta unos árboles que había ahí nomás y vomitó como una bestia. Se
vomitó todo. Cuando terminó, se limpió, se quedó parado un rato ahí y después vino.
“Bueno, ahora sí saquémonos una foto”. Le respondí: “Dale. ¿Cómo nos ponemos?”.
“Como la Familia Ingalls”, me contestó. Me agarró del brazo así, sonreímos y
sacamos la foto. Después me dijo: “Bueno, chau” y se fue a tocar. Unos días después
me dijo: “Que bueno, flaca, quiero una copia de esa foto”. Le respondí: “Ay, no me
hagas sacar una copia. Tomá, te regalo el negativo”. Después lo lamenté, claro,
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porque esa copia que me quedé está toda estropeada, es de papel.
Vivi Tellas: En esa época el rock era muy solemne, y no se llevaba muy bien con el
humor. Luca tuvo que ver también con ese lugar de quiebre. Era un ambiente muy
machista, y nosotras aparecíamos haciendo humor en un lugar en el que no había
posibilidad de entender la sátira. Luca lo entendía, pero la mayoría no.
Germán Daffunchio: En el Einstein quería aparecer Charly García y lo sacaban. Lo
escupían hasta que se iba. Charly tuvo una época en la que salió a buscar música y
ver qué pasaba. Me consta ver a toda la escalera del Einstein escupiéndolo. Charly
significaba otra cosa en ese momento, lo contrario a la resistencia nuestra. Para
nosotros, los músicos como él se habían acostumbrado a hacer algo más
complaciente.
Daniel Melero: Charly nunca pudo ser under, nunca lo fue, y todo el tiempo quería
estar con nosotros. A él tampoco le di bola nunca, como a Luca.
Horacio Gabin: Luca se burlaba del rock careta, por decirlo de alguna manera…
“Qué te me venís a hacer la estrella de rock si acá todavía falta mucho para eso”,
decía. Obviamente, lo hacía con ciertos personajes y con otros no.
Patricia Pietrafesa: Iba a ver grupos y muchos me decían: “Tenés que ir al Einstein.
Tenés que ver a Sumo. Tenés que ir a ver a Virus”. Yo estaba muy interesada en The
Clash, me gustaba Moris y el punk, y los que me conocían me daban indicaciones:
“Tenés que leer el libro Punk, la muerte joven. Tenés que ir a Parque Rivadavia”.
Entonces empecé a ir al Einstein y a todos esos lugares. El lugar era impresionante,
iban un montón de punks, que eran los que yo conocía. Mucho consumo de pastillas,
incluso se las comprabas ahí adentro a algún flaco que vendía. Mi experiencia tiene
que ver mucho con eso, con la cantidad de alcohol que pudiera consumir afuera y
luego mezclar con otras cosas que podíamos comprar ahí adentro. Ahí vi a Soda
Stereo también… Más allá de ver tocar a Sumo, y especialmente a Luca, en esa
época se inició toda una nueva manera de ser rock, con ellos y también con Virus,
Los Violadores…
Sergio Rotman: La primera vez que hablé en persona con Luca fue en La Esquina
del Sol, en el primer show oficial de Los Cadillacs, o en el segundo. Los Twist habían
cancelado porque estaban presos, y los Cadillacs teníamos un solo show. Fue en
marzo o abril del 85. Nos invitaron porque era un grupo del cual se hablaba, tocamos
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y vino Luca, que había ido a ver a Los Twist y flasheó con Los Cadillacs. En un
momento me dice: “Mirá…”. Tenía hongos en la gamba. “¡Tengo el mapa de
Europa!”. Me impresionó mucho. Le dije: “Luca, ¿a vos te gustaba Wire?”. “Sí, sí,
me gusta Wire”. Ya estaba bebiendo mucho en esa primera época, entrando en su
decadencia.
Vivi Tellas: Cuando aparecimos en el Coliseo con Charly nos tiraron monedas, de
todo. Tuvo que intervenir la policía porque fue muy violento. Se ve que les resultaba
agresivo, como una provocación. Nosotras nos considerábamos parte del rock,
porque veíamos que los del rock eran los únicos que armaban conciertos como
afuera. Una de las primeras cosas que hicimos fue con Fontova, por ejemplo.
Cuando nos enterábamos de que alguien conseguía un lugar le decíamos: “¿Nos
invitan?” o “Queremos hacer un tema”. Con Los Redonditos tocamos un montón, por
ejemplo.
Germán Daffunchio: Voy a contradecir a todo el mundo y lo hago por la memoria
de Luca: Los Redonditos de Ricota no fueron la resistencia de nada. Es mentira. En
los 80 ellos tocaban dos o tres veces por año, armaban todo con la escenografía de
Rocambole, hacían todo el show… Pero los que íbamos presos éramos nosotros. El
que se comió la flecha fue Luca, no el Indio. Después el Indio agarró la bandera, la
levantó y entró perfecto. Lo digo con todo respeto por el Indio, pero éramos dos
corrientes distintas. En alguna oportunidad lo hablé con Skay. Hay una mística de que
Los Redondos y Sumo salíamos a la calle a hacer la resistencia. Bueno, es mentira.
Los que íbamos presos éramos nosotros, Los Violadores, los otros grupos punks. La
cantidad de shows en los que entró la policía…
Sergio Rotman: Los Redondos era otra gente. Un grupo hippie de rockeros más
cercanos a Pappo’s Blues que a Sumo. Es mentira la conexión de Luca, si bien es
cierto que Luca un día cantó con Los Redondos. Los que tenían relación con Sumo
eran Los Violadores, no Los Redondos. Había mucha diferencia entre las bandas de
rock’n’roll tradicional y los que éramos pro punk. Sumo era un grupo pro punk,
simpatizábamos en las mismas costumbres. Los Redondos, no. La posta es lo que
pasó entre el 82 y el 84.
Diego Capusotto: Los Redondos también me resultaban conmovedores, pero el
grupo que me ponía alerta era Sumo. Te dejaba con esa sensación del ojo del
cazador, sentías que eras tomado por otra cosa, no eras el espectador común que va a
ver un recital. Disfrutaba mucho de ir a esos lugares y encontrar un buen sitio para
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estar, nada me importaba más que estar ahí, en presencia de algo que era arrasador.
No tenía que ver con la potencia o el sonido sino con algo que era como modificador.
Enrique Symns: Una noche, Los Redondos tocaron en El Depósito. Fue la única vez
que pude estar en el escenario con Luca, porque Poli lo echaba. Los Redondos se
trataban muy mal con él. Soy de los que piensan que si Luca no se moría, Los
Redondos no hubieran existido más. Cuando Los Redondos metían 200 personas,
Luca ya llenaba Obras. Había mucha diferencia de público. Los Redondos era un
grupo marginal y Luca ya había conquistado a la masa marginada porque era el
representante de la cultura under. Ese día salió al escenario mientras yo estaba
haciendo un monólogo del Día de la Mujer. Yo llevé a una amiga que era prostituta y
la sorteé. Se llamaba Olga. Todos tenían un número, la desnudé, saqué un papel con
el número sorteado de su vagina por pedido de ella. El ganador fue un pendejo que se
escapó corriendo y no quiso el premio. Ese día fue el día que Luca salió conmigo a
cantar. Lo echaron del escenario.
Judith González: Yo iba los domingos a New York City, hasta que un día mis amigos
me invitaron a ver a Sumo. A partir de ahí íbamos a determinados boliches, donde te
encontrabas a muchos conocidos, éramos siempre los mismos. Cuando vi a Sumo
pensé: “Ay, que locos que están estos”. Aparte que no entendía qué decían. Es más, ni
siquiera estaba segura de si Luca cantaba en inglés de verdad o era por fonética. Yo
decía: “Este tipo no sabe hablar inglés y se hace el inglés”. ¡No entendía nada! Me
pegaban mucho la música, el ritmo y la polenta que tenía Luca. En esa época era
todo tan desabrido… El rock era un bodrio. Cuando fui a ver a Sumo me rompió la
cabeza. El público también era raro. Pensabas: “¿De dónde salió esta gente? ¿Dónde
viven los días de semana?”. Porque veías unos punkies con un look que para esa
época era realmente transgresor. La gente veía un punk y decía: “¡Ah! ¡¿Esto qué
es?! ¿Un marciano? ¿Un degenerado?”.
Sissi Hansen: Si no hubiese sido por Luca, el Café Einsteinno se hubiese mantenido
durante un año y medio… Era el show principal y estaba todos los días. Yo estaba de
novia con Sergio, uno de los socios de Chabán, y me encargaba con él del bar. Luca
se acercaba a la barra y me decía: “Rubia, dame una ginebra”. Eso podía sucedera
cualquier hora… Era un hombre sensible, con cierta alegría y también con angustia.
La rebeldía que teníaera verdadera. Se sentaba en la calle y les decía a los punks:
“Eh, ¿vos sos punk? Mirá, ¡yo me como esta cucaracha!”. Agarraba una cucaracha
que pasaba y se la comía de verdad. Luca era real.
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Judith González: Yo también iba a ver a Los Redonditos, los vi desde el principio,
pero el público de ellos era más intelectual. Un poco naif, más fino. La gente que
seguía a Sumo era totalmente marciana. Yo empezaba a fumar mis primeros porros
y sentía que estaba loquísima, pero había muchos que estaban locos en serio. Iban
todos empastillados a ver a Luca. El público de Sumo era mucho más trash que el de
Los Redonditos. Más pesado. Cuando empezó a ir más gente, no mucha pero un poco
más, los punkies hacían un pogo que era a matar o morir. No daba para pelearse
porque nos conocíamos todos, pero se armaba.
Sergio Rotman: Recuerdo un show en el que Sumo tocó con Alerta Roja en El
Pequeño Teatro, en la calle Bartolomé Mitre. Fuimos a ver a Alerta Roja, que era un
punk un poco cuadrado pero que nos gustaba. Tocó con Sumo y fue una epifanía. Me
partió la cabeza. Tocaron “Shut Up, Mark”, que cuando terminaba Luca decía “¡Shut
up!” y se apagaba todo… Nunca había visto algo así en mi vida. Yo había ido a ver a
The Police, pero no tenía nada que ver con Sumo. Hay una visión de Sumo que no
tiene mucho que ver con la realidad, porque Sumo nunca fue un grupo de rock’n’roll.
Era un grupo de pospunk con tintes de reggae, a la usanza de A Certain Ratio o bandas
de Factory. Ese show me cambió la cabeza. Era lo único que queríamos escuchar,
fue una explosión. Empezamos a seguirlos.
Judith González: A lo único que le teníamos miedo era a la policía. Una vez vi un
allanamiento en la primera Esquina del Sol, en Guatemala y Gurruchaga. Estábamos
en pleno recital y de repente Luca dice: “Che, loco, hay mucha policía acá”. En el
momento pensé que era una de esas cosas de Luca, que lo decía por alguien que
había metido mala onda. Dos segundos después se encendieron las luces, se apagó el
sonido e irrumpió la policía. Gritaban: “Todos contra la pared, hombres de este lado,
mujeres de este otro”. Te separaban. Un amigo me agarró de la mano y me dijo:
“Vení, flaca, vení”. Me sacó porque La Esquina del Sol tenía dos entradas y salimos
corriendo por la segunda. Después supe, por la gente que se quedó, que se llevaron a
todos, aunque tiraron lo que tenían en los bolsillos al suelo y estaba todo el piso lleno
de porquerías. Entonces cerraron el boliche y los metieron en los bondis. Estuvieron
toda la noche en la comisaría.
Mónica Stromp: Nos metieron presos y nos soltaron a las seis o siete de la mañana.
Me acuerdo de todos sentados en la veredita, comiendo medialunas, diciendo: “¿Esto
qué fue?”. Después nos volvimos a Hurlingham en el auto de Timmy. Luca salió
último.
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Claudia Gernhardt: Nos llevaron a todos presos. Era la época de “los argentinos
somos derechos y humanos”. Él fue el primero que salió porque era italiano. Luca
odiaba que le dijeran George, que era su segundo nombre, y el cana dice: “Lucas
Jorge Prodan”. ¡Peor! Les encantaba agregarle la “s”. Fueron largándonos a todos
pero nos quedamos sentados en la puerta esperando al resto, pero ni Timmy ni Diego
salían. En un momento me dijeron: “No sale más”. Nos volvimos todos a
Hurlingham, a la casa de Timmy, que era donde vivía Luca. Yo me quedé toda la
noche despierta esperando a Diego porque estaba re preocupada. Llamábamos a
cada rato y Luca se quedó haciéndome compañía. Los soltaron a las ocho de la
mañana.
Diego Capusotto: Descubrí la existencia de Sumo por una nota del Expreso
Imaginario que hizo Pettinato bajo el seudónimo de León Melquíades. Un tiempo
después estábamos con unos pibes en la esquina donde solíamos parar en Villa Luro y
apareció Estela Carbone, que es la hermana mayor de Juan Carbone, el saxofonista
de los Callejeros. Ella había tenido una especie de romance veraniego en Villa Gesell
con Luca, y nos dijo de ir a ver a Sumo, que tocaba en La Alcantarilla. Fuimos y el
recuerdo que tengo es que en un momento Superman Troglio se descompuso y subió
un chabón del público a tocar los últimos temas. Estaba Charly García como
espectador. Era un grupo sumamente conmovedor e hipnótico. Luca atravesaba el
sonido, no era un cantante que simplemente estaba al frente de una banda sino que el
sonido era él. Era como si se saliese de su propio cuerpo y por eso era tan potente e
indefinible. Iba a ver a otras bandas pero con ninguna me pasaba lo mismo que con
Sumo. Era un lugar de cierta hipnosis, de cierto ritual o éxtasis. Me acuerdo lo que
me producía el tema “Divididos por la felicidad” en vivo. Después de ese día, seguí
yéndolos a ver a reductos pequeños como La Esquina del Sol.
Alejandro Taranto: Primero vi a Luca en el bar Einstein, haciendo contorsionismo y
colgándose de las vigas del lugar en un show de Los Twist. Parecía un mono. Me dije:
“Quiero ver el show, este tipo está pretendiendo llamar la atención de los demás y
está cortándoles el show a Los Twist”. Con los años me di cuenta de que lo que el tipo
estaba haciendo era recrear un lugar de arte y al mismo tiempo generar también el
arte desde su lugar. Ese día estaría dado vuelta como una media y le pintó colgarse
de las vigas. A los pocos días volví a verlo, pero tocando con Sumo en un lugar que se
llamaba Boogie Boogie. Tocaban ellos y Los Muebles, una banda tipo Deep Purple.
En ese momento, un tipo totalmente calvo era la anti-imagen del rockero. El
estereotipo del rockero hippoide que teníamos acá era Fito Páez. Lo cool era el
morral, todo eso. Cuando Sumo empezó a tocar me impactó que Luca tenía su
camarita Roland, también tenía un delay y lo piloteaba él solo. Pensé: “Mirá, se
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puede salir a tocar así, no hace falta una consola de 24 canales”. Estábamos
acostumbrados a otra clase de shows, en otros lugares más grandes. Aluciné cuando
empezó a cantar y a meter esos delay en las voces. Esa noche habían tocado “Mejor
no hablar de ciertas cosas” y “Agosto” y de repente, en el medio del show ¡bum!
llegó la policía. Todo el mundo descartando los papeles, los joints, y empezaron a
caer patrulleros. Paraban a los autos particulares, porque los bondis no aparecían, y
nos llevaron a todos los que estábamos en el lugar, unas 70 u 80 personas, a la
comisaría de la zona. Me acuerdo de Pettinato subiendo al patrullero, vestido con el
overol naranja de la municipalidad de Hurlingham, con el saxo en la mano.
Obviamente estaba Luca, como el resto del grupo. A Fidel Nadal, que tenía su cresta
y parecía uno de Exploited, vino a buscarlo la madre porque era menor.
Germán Daffunchio: En Boogie Boogie se llevaron hasta a los mozos. Hay una
escena famosa de ese día. Sale un cabo de mierda, con todos haciendo cola porque
nos pedían el documento a todos. Nos revisaban a uno por uno, averiguación de
antecedentes y toda la poronga. Sale este cabo y dice: “¿Quién es Lucas Prodan?”.
Aparece Luca y empieza a decir: “¡Eh, Luca, vamo’ Luca!”. Entonces todos
empezaron: “¡Luca, Luca, Luca!”. Claro, él era la bandera de esa resistencia y al
tano no podían tocarlo. El cana se lo llevó para adentro y le gritaba: “¡Silencio,
silencio!”. Pero todos seguíamos: “¡Luca, Luca, Luca!”. Estábamos todos
condenados ahí en la cárcel.
Diego Capusotto: Luca no estaba haciendo la actuación del cantante sino que estaba
poniendo la vida ahí. No había ninguna pose, en Sumo no existía el pedido de la
afectación, de la puesta en escena. Era algo en carne viva. Además, los temas eran
muy buenos. Era muy vital ir a ver a Sumo. Me parece que en los 80 hubo un
desorden saludable. Confluyeron varias voces, desde un grupo como Virus, al que
todos ninguneaban pensando que era música frívola, o Melero, que hizo cosas que las
escuchás muchos años después y empezás a ver que era no solamente otra rítmica,
sino que empieza a producirte otra cosa. Hay otras bandas a las que las escuchás 20
años después y son una porquería. Sumo era oscuro, tenía una fuerza motora de
baile, de movimiento y de fiereza. En los 90 se metieron todos en sus casas salvo Los
Redondos. En los 80, la calle seguía siendo claramente de la policía y por lo menos
había una disputa. Después de la dictadura se abrió una puerta y un montón de gente
salió a ver qué pasaba, justamente a ganar la calle.
Patricia Pietrafesa: Fue terrible salir del oscurantismo. En el 83 empiezan a surgir
todo estos grupos, punks, heavys, darks, gays, lesbianas, que antes no tenían
visibilidad. Eran personas distintas que salían del gris y que eran sistemáticamente
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detenidas. No digo que hubiese un plan sistemático del gobierno para eliminar a la
gente diferente pero que la policía actuaba de esa manera.
Tito Fargo: La pasamos muy mal en esa época. Ya desde los núcleos familiares era
complicado desarrollarte como artista, así que cuando salías a la calle era mucho
peor porque no había código ni había referentes. Los únicos referentes que
culturalmente se mostraban era que el rock y todo lo que se generaba a partir de ahí
era un dolor de bolas, y que había que ir y cagarlos a trompadas a todos porque eran
unos vagos de mierda. De hecho salías, ibas a conciertos y a veces no sabías cómo
terminaban las cosas. Yo viví todo eso de los camiones de culata en los recitales…
Con Sumo pasaba mucho eso de salir del show y que esté el camión celular ahí,
esperando. Era el pasaje derecho a la comisaría. Pero valía la pena ir a verlos
porque no había nada igual.
Diego Capusotto: Una vez, en La Esquina del Sol se hizo un corte en la mitad del
recital. Una especie de receso y, en un momento, entró un cana de azul porque hubo
una escaramuza con un chabón. La gente empezó a silbar y el cana no pudo llevarse
a nadie porque el público le hizo una resistencia de chiflido. Recuerdo estar pegado a
la puerta con un amigo y que entraron a caer patrullas y coches de civil. En un
momento, apareció el que sería el dueño del lugar y le pidió a Luca que cortara el
show porque estaba lleno de canas. Luca se fue medio enojado y la gente empezó:
“No, tocá otra, tocá otra”. Volvió, hicieron “Fuck You”, y cuando abrimos las puertas
para salir era un quilombo. Nosotros zafamos de casualidad pero se armó un
desbande de piñas, piedrazos… Solía pasar eso porque el afuera no te pertenecía,
seguía vigilado, algo que en esa época pasaba mucho y todo terminaba con la policía
esperándote como si fueras un chico que se escapó de la casa y fue a ver un show.
Lo recuerdo porque era una situación muy tensa de estar escuchando algo liberador
y decir: “Pero de afuera vienen a cazarnos a todos”.
Carlos “Aspix” Giustino: En el Zero Bar de República de la India, que era una
especie de sótano, los shows de Sumo eran una cosa increíble, con Geniol cagando en
el escenario… Cagando literalmente, eso lo vi con mis propios ojos… Paralelamente
a eso, con unos amigos organizábamos unas fiestas en una quinta en Las Lomas de
San Isidro. Éramos estudiantes de publicidad y lo hacíamos para la gente de la
facultad, más específicamente para estudiantes de publicidad. Teníamos esa casa
enorme para nosotros, con un jardín enorme con pileta y hacíamos unas fiestas
alucinantes que se llenaban de conchetos para los que Sumo era bastante difícil de
digerir. Sumo tocó en la primera de estas fiestas y en la segunda vino Soda Stereo, a
los que tuvimos que llamar de urgencia porque Sumo no pudo venir. Esas fiestas
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perduran en la memoria de muchos porque fueron míticas. Sumo tocó en una que
bautizamos como “El Zapatazo”. Esa noche estuvo Geniol haciendo un show en vivo.
Yo pasaba música y juntos hacíamos un show que se llamaba “Geniol y Aspirineta”.
Hacíamos alguna locura sobre un tema de Nina Hagen, algo muy abstracto,
alrededor de la pileta. Eso que hoy llaman performance pero que en ese momento
salía espontáneamente… Esa fiesta fue una demencia, con gente disfrazada teniendo
sexo dentro de los placares… Al otro día te encontrabas a esa gente tirada en el
jardín… Fue fantástico. El show de Sumo funcionaba tremendo, porque todos se
alzaban en un pedo para 40. Había choperas libres y entraban como 300 personas.
Después volvieron a esas fiestas con La Hurlingham Reggae Band.
Sergio Rotman: El Sumo del 82 al 84 fue el mejor grupo de la historia de la música
argentina. Los vi en La Alcantarilla, en El Pequeño Teatro, en el Einstein, en Gracias
Nena… No sé cuántas veces. Sumo te pegaba por la opresión que generaba en los
shows. En “White Trash” y “Telephones Ringing In Empty Rooms”, Pettinato usaba
un flanger en el saxofón. Para mí fue un antes y un después. Luca era enorme como
cantante y como compositor. Siempre me interesó mucho como letrista y cantante.
Judith González: Una vez, Luca quiso darme un beso pero y o no lo tomé como algo
hacia mí. No es que tuviera debilidad por mí ni nada por el estilo. Él era así, estaba
cantando y de repente, en el medio de la canción, agarraba alguna y se la apretaba.
Las chicas estaban muy locas y le daban el beso en una onda liberal. No tenía may or
trascendencia. Cuando hizo eso me chocó, porque yo era chica y me dio impresión.
Además Luca no era David Bowie… Te generaba más repulsión que atracción. Me
encantaba verlo cantar, me parecía un artista de la puta madre y lo seguía a muerte,
pero no tenía el feeling sexual con él. Cuando me dio ese beso le saqué la cara y él
me acarició la cabeza, como diciendo “no importa” y siguió cantando. Las chicas lo
seguían mucho. Tenía muchas enamoradas. Siempre lo veías acompañado de chicas,
pero te dabas cuenta cuando estaba de novio con una, como era el caso de Mónica.
Mónica Stromp: Hubo un encuentro entre mis padres y Luca. Andrea y Michela
habían viajado a la Argentina a visitarlo en diciembre del 82 y una noche de verano
vinieron a mi casa. Estaban ahí para buscarme, porque después íbamos a salir, y
para conocer a mis padres. Luca todavía no era una figura pública, pero era el novio
de la nena. Hay dos cosas que recuerdo como lo más lindo de esa situación. Por un
lado, el intento de los dos, de mi papá y de Luca, de caerle bien el uno al otro. Luca
sacó todo su charme de escuela escocesa, habló de su mamá, todo. Acompañado por
Michela, que era una dama. Mi papá, que no entendía muy bien el cosmos que se le
estaba presentando, porque eso no tenía nada que ver con el rock ni nada. Por otro
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lado, a mi papá no se le ocurrió mejor idea que pedirle a Luca que cantara. Él
accedió y cantó bárbaro, pero para mi padre fue como decir: “¿What is this!?”. Una
situación disparatada, porque para mi papá no había ningún tipo de parámetro para
decir canta bien, mal, lindo o feo. Después de eso no hubo más reuniones, ni venía a
casa a comer. Cuando estaban mis padres, Luca no venía. No había relación con mi
familia. Mis hermanas más chicas sabían quién era, pero creo que se dieron cuenta
recién mucho más adelante de lo que fue mi historia con él.
Claudia Gernhardt: El día que Luca fue a almorzar a la casa de los padres de
Mónica, hicimos como una producción. Lo vestimos muy elegante, con pantalón de
vestir. Mónica era muy chica y los padres no aprobaban la relación. Hay que
ponerse en su lugar como padres, eso es cierto, pero tampoco estábamos
presentándoles nada tan raro. Sí, era pelado y cantaba, pero no era para tanto.
También era un síntoma de esos tiempos, porque por ahí ahora llevás un cantante y te
felicitan. Pero en ese momento era muy difícil.
Silvia Ceriani: Conocí a Luca porque y o tenía una casa a la vuelta del Einstein y era
amiga de Ester, que era moza de ese lugar, y Luca y ella tenían un romance. Un día
fui a la tarde al Einstein para hablar con Ester y Luca estaba solo, con la portastudio.
Sonaba “O Superman” de Laurie Anderson y él estaba tocando encima. Después nos
hicimos amigos, él venía mucho a esa casa en Paraguay y Puey rredón. Tocábamos
la guitarra, fumábamos y la pasábamos bien, esa es la verdad. Él tenía dos novias,
Ester y Mónica.
Katja Alemann: La novia de Luca era Mónica. Una chica divina. Una preciosura de
persona, totalmente natural, no tenía nada que ver con el estereotipo de lo que era la
mujer argentina en ese momento. Había estudiado en un colegio alemán.
Claudia Gernhardt: Mónica y Luca eran sumamente cómicos. El juego preferido
de ellos dos era hacer rebotar a Mónica contra la pared. Mónica es un hilo,
flaquísima, y cuando Luca hacía eso se moría de risa. ¡La tiraba de verdad contra la
pared!
Silvia Ceriani: Los que conocíamos a Luca sabíamos que tenía dos novias. ¿Cómo se
las arreglaba él? No sé. Lo que sí sé es que con Mónica era siempre un “sí, más o
menos, no…” y que con Esther fue “sí” hasta que se cortó.
Claudia Gernhardt: Mónica no quería que Luca tomara. Sus problemas eran por
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eso, y también porque a veces Luca aparecía con alguna chica. El may or impacto
fue cuando empezó a estar con Ester, porque con ella tuvo algo más duradero. El
resto no contaba, fue lo que ahora sería un touch and go. Mónica y Luca se querían
mucho, muchísimo, si él dejaba el alcohol me hubiese gustado que formaran una
familia. Hablaban en inglés todo el tiempo y eso también los comunicaba mucho. Yo
los quería mucho como pareja, no sé si puedo ser objetiva. Les decía que me
parecían los Pimpinela a veces… Mónica era la compañera ideal para Luca, tenía lo
que él necesitaba. Una chica con esa veta artística que iba al Einstein pero no era
ninguna loca.
Nora Fisch: Luca leía muy bien los códigos no verbales en la gente. Se hacía el duro
pero le gustaban las mujeres que se vestían bien. De hecho Mónica, su novia
histórica, era de Bellas Artes y tenía un gran sentido estético, como él, que aplicaba a
la manera de vestir en ese momento.
Mónica Stromp: Al principio le compraba ropa, o se la hacía. Hay un chaleco tejido,
negro, que tiene adelante una trenza de cinta y lana a los costados. Se lo hice yo.
También le regalé esa bufanda palestina, blanca y negra, que tanto usó, y varias
remeras. En ese momento tenía un bolsito con dos cosas, no le importaba nada lo
material, pero sí le gustaban las cosas lindas. Cuando vino, Andrea le trajo un
pantalón cargo negro. Luca lo usó durante cinco años, con el cinturón de cuero con el
cierre de metal con forma de serpiente. En el fondo le gustaba la ropa, estaba feliz de
la vida con ese pantalón que le trajo el hermano. También se trajo de Túnez una
djellaba, uno de esos trajes árabes, que tenía un bordado grande en amarillo.
También estaba su suéter punk, a ray as negras y verdes. No le importaba mucho,
pero si aparecía algo lindo le encantaba usarlo. También Andrea le trajo esa famosa
remera negra sin mangas, con un parche con un sol japonés, que decía “SUMO”, y
tenía un luchador. La usaba agujereada, toda rota, y la tiene puesta en una sesión de
fotos. En esas fotos, Luca juega con un cable de teléfono; fue una sesión de fotos que
organizó Pettinato para una nota suy a en una revista, y dio unas fotos muy lindas.
Luca estaba bárbaro, con la cara bien, divertido. No esa cara de enfermo que le
apareció después.
Nora Fisch: No gastaba un peso en ropa, pero le gustaba y tenía su manera de vestir
y de generar reacción con su aspecto. Por ejemplo, le habían gustado un par de
anteojos míos, que eran muy cool y se usaban mucho, muy ochentosos. Me dijo:
“Me los llevo” y me los sacó. “Bueno, llevátelos…”.
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Paula Menéndez: Luca inspiraba algo diferente en una mujer. Había muchas chicas
que estaban loca y perdidamente enamoradas de él. He visto a algunas que eran
capaces de desnudarse realmente, literalmente, delante suyo. Se sacaban la ropa en
medio de un recital y le gritaban: “¡Acá estoy ! ¡Soy tuy a y no quiero otra cosa en la
vida!”. Sinceramente, nunca había visto algo así con ningún tipo. Luca no era ni
hermoso, ni un fisicoculturista, ni un tipo con una facha como para decir eso…
Tampoco andaba por ahí desperdigando su cultura, que era mucha y muy rica. Era
un tipo humilde y sencillo que se sentaba a tomar un vaso de alcohol solo para
compartirlo con el tipo que quisiera estar con él. Era llamativa la atracción que
causaba en las mujeres. Se enamoraban de él. Mujeres de un perfil físico, social y
económico tan diverso. Era muy loco. Podía ser una chica muy rockera, una de
barrio, o una muy elegante de Zona Norte, de familia adinerada. Tan dispares como
pudieron ser Mónica y Cintia o Ester y otras minas que he conocido. Era tremendo lo
que despertaba en las mujeres.
Silvia Ceriani: Conmigo, Luca tuvo una actitud protectora inmediatamente. No sé
por qué, quizás me vio chiquita. Tengo una carta que me mandó cuando por alguna
razón fue a Europa, me parece que fue a comprar equipos o algo así, y desde allá
me mandó una postal, una foto que decía: “Esta era la casa que teníamos cuando y o
era chico, nos íbamos de vacaciones y la vendieron y ahora la hicieron museo”.
También escribió: “¿Ves esta ventanita que está acá? Yo desde acá miraba”. Eso fue
al principio. Nuestra relación fue así: dos personas que por alguna razón se sintieron
cerca. Me gustaba charlar con él y a él estar conmigo. Estaba bueno.
Mónica Stromp: Luca no tenía casa fija o propia, y era muy atractivo para muchas
personas. Para las chicas y para sus fans. Hubo luchas por él, pero y o me enteraba
tarde porque no cabía dentro de mi percepción de lo que era nuestra relación. Me
parecía que no hacía falta. Pero si él tenía la necesidad de ir a dormir a algún lado o
le había gustado alguien, andá a saber. Cosa suya.
Silvia Ceriani: Luca era un gentleman, de verdad. Nos amábamos profundamente,
pero no era solo físico sino una conexión astral. Pero de verdad. Ya desde el primer
momento fue así. No es que enseguida tuvimos un romance, al contrario. Pasó un
montón de tiempo. Nos vimos un par de veces, nos encontramos de casualidad en la
calle, y yo fui a verlo a un par de shows. A Luca le interesaba la otra persona,
escuchaba.
Marcelo Castello: Las minas lo adoraban. Fabi Cantilo se lo quería coger mal.
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Mirta Bogdasarian: Él tenía a su novia, que era Mónica, la chica alemana que era
su mujer, digamos. Lo que pasa es que a él después le gustaban las minas. No lo digo
por una cuestión para nada machista, ni baboso. Se llevaba bien con las mujeres y le
gustaban.
Vivi Tellas: Luca era muy dulce. Muy romántico con las chicas. Era un punk muy,
pero muy educado. Los punk son un poco son así, respetuosos, pero él encima tenía
una estirpe. Un caballero. Me hubiese gustado ser más amiga de él. Pero yo estaba
loca también.
Daniel Melero: Luca venía a casa a visitar a Vivi y muchas veces y o estaba un rato
con ellos… La casa era una cúpula, así que en general los dejaba y me iba a mi
estudio. Luca no me importaba, la verdad. No me parecía una persona interesante,
aunque lo era. Yo era mucho más rígido que ahora, tenía mucho más divididas las
aguas, elegía mucho con quién me vinculaba y con quién no. A Luca me lo cruzaba
todo el tiempo en el subte, en la línea que va por Corrientes. La última novia de Luca,
Silvia, vivía en mi casa. No en la que compartía con Vivi sino en la que tenía en
Flores, donde y o trabajaba con Los Encargados. Vivía en la parte de arriba y era
asistente de Vivi… Era buena piba.
Diego Arnedo: En esa época todos estábamos locos. Un día, entre otras ocurrencias,
Luca nos propuso formar Sumito, que era un Sumo chiquito: Luca, Pettinato y yo. La
idea era cubrir un espacio y divertirnos las noches que no estábamos con el grupo. La
idea quizás fue abrir el juego con otras cosas. También se armaron otros grupos. Lo
hicimos para mantenernos en un bar, divertirnos, cobrar algo y poder seguir tocando.
Mónica Stromp: Sumo, Sumito, La Hurlingham, Los Ojos de Terciopelo. Había un
montón de bandas paralelas. Las hacía Luca para tocar todas las noches, por el
placer de hacerlo y también para cobrar algo.
Diego Arnedo: La imagen de Luca era una mezcla de algo de Titanes en el Ring y
de un tipo que daba miedo. No había pelados en la calle. Él, además, hacía algunas
cosas para asustar a los demás. En esa primera época, cuando Luca vivía en
Hurlingham, nos veíamos mucho porque vivíamos cerca, a cuatro cuadras de
distancia. También tenía una faceta muy graciosa. Nos divertíamos también saliendo
a la noche.
Claudia Gernhardt: Le tomaban las botellas de vino al cuñado de Timmy y le
180
ponían otras berretas. Era muy cómico. Cuando Luca venía a lo de Diego, hacían
una música y Mónica, que dice que tiene ascendencia alemana, contaba el cuento de
Caperucita Roja en alemán, por ejemplo. Esa época era tocar, tocar y tocar. La
madre de Diego estaba sumamente copada con permitir eso y se armaban reuniones
íntimas muy nuestras. Se hacían meriendas en las que la pasábamos superbien. Me
hice muy amiga de Mónica y los cuatro compartíamos muchas cosas.
Diego Tuñón: Yo tenía 15 años y un día, de casualidad, salíamos del cine con unos
amigos del barrio y vimos a un punk entrar a un lugar. El pibe era Gamexane y el
lugar era el Einstein. Subimos la escalera sin saber dónde nos metíamos y había un
pelado tocando. Un italiano pelado, solo con la guitarra y un eco. Después se subieron
otros. Luca los presentó como Sumito. Fue el primer recital que vi en mi vida.
Éramos cinco o seis personas que estaban conmigo y había otros diez. De esos cinco
o seis, después de ver a Luca tres se afeitaron la cabeza. Tenían 15 o 16 años y se
afeitaron la cabeza. A partir de ahí nos volvimos desaforados fans de Sumo.
Gustábamos de la música nueva, yo todavía coqueteaba con el heavy metal y el
punk, no entendía Duran Duran, me parecían medios boludos, porque cuando sos
chico todo es un estamento. Pero después de esa noche nos volvimos locos. Ahí
conocí a Daniel Melero, que me parecía el más moderno de todos. No tocaba nunca.
Este tano también era otra cosa. Nos volvió locos. Yo no conocía la música reggae
por ejemplo. Tenía una noción por los Clash, pero recién estaba entrando en eso y no
terminaba de entender. Empecé a seguir lo que podía, si mis padres me dejaban salir.
Había lugares donde podías entrar pero terminabas preso. Era complicado.
Claudio Kleiman: Sumito hacía muchos covers, no tocaba tanto los temas de Sumo.
Hacían el repertorio que Luca traía de Europa. Hacían “Solid Air”, el tema de John
Marty n, versiones de Bowie, de Lou Reed. Luca tenía muy buen gusto y era un
melómano, ¿no? A veces hablábamos de discos, era un tipo alucinante, jamás te
aburrías estando con él. No se le acababa la cuerda nunca, siempre sacaba un nuevo
tema, porque era un tipo con una cultura muy grande. Charlábamos de todo: historias
del mundo, de la Segunda Guerra Mundial, de esoterismo…Hay tipos que son así,
como también eran Pappo y Spinetta, como también es Iorio. Podías pasarte 48
horas hablando con ellos.
Diego Arnedo: En Sumito tocaba el contrabajo y no se escuchaba un carajo… En un
momento de cierta inestabilidad del grupo, me acuerdo que estábamos caminando
con Luca por la calle y me dijo: “Che, si no pasa nada con Sumo nos vamos a
Londres”. Le respondí: “¿Te parece? Estás loco”. Me dijo: “Estaría buenísimo,
porque con este quilombo de Malvinas que vay a un argentino a Londres a tocar el
181
bajo…”. Fui a preguntarle a Timmy si le parecía bien lo de ir a Londres. Timmy me
contestó: “Sí, ¿por qué no, che?”. De alguna manera, esa cosa medio mágica que
tenía la situación de tocar con Luca, me acercaba un poco más a Europa,
especialmente a la música británica. Era como estar más cerca de un mundo que yo
había vivido desde afuera, solamente con los discos.
Germán Daffunchio: Sumito surgió en el Einstein: eran Luca y Diego, dos tipos que
básicamente podían cantar y tocar cuatro mil blues sin problemas. Era muy fácil
para ellos dos salir con la guitarra y el bajo. Se tomaban todo lo que había en el
boliche y sacaban algún mango. La Hurlingham Reggae Band también apareció de
esa necesidad importante de trabajar. Porque Sumo tocaba hacía años, pero ni
siquiera tenía disco. Había un estado de estancamiento y La Hurlingham llegó como
una oportunidad más para tocar y llevarse algo de guita. En su momento, a Diego el
reggae le partió la cabeza y armó La Hurligham con Tito Fargo, que a su vez tenía
una banda con Alberto Troglio y Leandro Carrizo. Se llamaba Oiga Diga. Creo que
empezaron en la casa de Diego.
Pety (cantante de Riddim): El primer reggae de la Argentina lo hizo Luca en 82 y se
llama “Regtest”. Y es el primer reggae. La primer versión que hizo arranca diciendo:
“Some call it happy valley rock…”. “Algunos lo llaman rock feliz del valle…”.
“Happy valley”, ¿no?… Ahí en Córdoba. Si traducís la letra de “Regtest”, te das
cuenta de que es un reggae.
Alfredo Rosso: Alguien, algún colega periodista, habrá hecho una nota muy
romántica que decía “Luca nos trajo el reggae”, y después todos repitieron eso. En
realidad el reggae lo trajo Claudio Kleiman, que tenía una disquería en Flores que
vendía los discos de Marley en el 79, y donde y o me copié Aswad, Matumbi,
Marley. Me los copiaba Daniel Morano en casete porque yo no tenía un peso.
Entonces, lo más justo sería decir que el reggae llegó a la Argentina por Daniel
Morano, Luca y Kleiman. Pero sí es cierto que la influencia de Luca fue importante,
porque de alguna forma acá se tocaba con un criterio de virtuosismo y Sumo
demostró que se podía hacer buena música con más silencios y menos notas. Luca
era muy magnético, un tipo con carisma y que tuvo una incidencia importante. Pero
tampoco vamos a decir que nos enseñó todo.
Pety (cantante de Riddim): Con Diego y Superman la base estaba ajustadísima.
Germán también le sacó el riff y tocaba reggae muy bien. “Breaking Away ” está
buenísimo porque es raro. Es un reggae con rock. Había conocimiento en Sumo,
182
aunque estaba más cerca de The Police que de Burning Spear. Otra cosa para
destacar son las letras de los reggae de Luca, porque cantaba “Peace & Love” y te
arrancaba con “I don’t eat no meat”, o sea, “soy vegetariano”. Son cosas
relacionadas con el rastafarismo inclusive. Luca podía pronunciar en patois, el
dialecto jamaiquino. Era un conocedor en serio, sabía de lo que hablaba, no era que
lo actuaba y nada más.
Bobby Flores: Yo me acerqué al reggae por Luca. Hasta ese momento había
escuchado a Marley, pero acá no había discos de Marley. Lo más cercano al reggae
era Donald haciendo “Scaba badi bidu”, que fue el primer reggae que se hizo,
“D’y er Mak’er” de Led Zeppelin, “Shot the Sheriff” en la versión de Clapton… Y
nada más.
Alberto “Superman” Troglio: Luca no trajo el reggae a la Argentina. Antes de
conocerlo, yo y a me había comprado discos de reggae en la disquería Cesar Po, que
estaba en Flores. Luca nos descubrió a nosotros haciendo reggae.
Tito Fargo: Oiga Diga era un trío de ska, medio reggae, medio The Police, un poco
sanjuanino. Era un Police mendocino. Estábamos “Superman” Troglio, Leandro
Carrizo, que hoy es el stage de Las Pelotas, y y o. Yo venía escuchando un poco de
reggae por discos que nos traían los que viajaban, pero pudimos entender de qué se
trataba cuando llegó Luca, mucho más cuando empezamos a tocar juntos y, de
alguna manera, nos pusimos a trabajar metidos dentro de la música. Superman fue el
primero en encontrar la idea y en desarrollarla. Sentía esa música. Fue el primer
baterista de reggae que hubo acá.
Diego Arnedo: Fargo era vecino mío, nos conocemos desde antes de Sumo. Es más,
le dicen “Fargo” por mi vieja. Ella le puso así porque Tito hacía el reparto con una
camioneta ploteada de panes Fargo. Mi vieja lo veía por la ventana y me decía:
“Diego, ahí llegó Tito Fargo”. Él venía de toda su vuelta de reparto de pan y nos
juntábamos a comer algo al mediodía.
Alberto “Superman” Troglio: Yo vivía en San Andrés en esa época, todavía no me
había mudado. Le daba clases de batería a José Luis, un pibito que trabajaba en un
almacén. Le enseñaba a tocar y morfábamos galletitas. A ese almacén iba este
Fargo. Un día José Luis me dice: “Che, hay un repartidor de pan Fargo que es
guitarrista”. Se había enterado de que y o tocaba la batería y quería escucharme. En
esa época, sería por el 73, ya lo conocía a Diego, a quien todos consideraban ya
183
como un gran bajista, de una banda que se llamaba Salmos. Mi grupo se llamaba
Devas, hacíamos música tipo Emerson, Lake & Palmer, algo así. Ya me decían
“Superman”. Un día, Fargo me invitó a zapar.
Tito Fargo: Nosotros estábamos en Hurlingham, Luca y a estaba instalado ahí, quería
tocar un poco de reggae y armamos un híbrido entre las dos bandas. Yo conocía a
Mollo y a Arnedo, que tocaban en MAM, en Palomar, en el sótano de una verdulería
que había ahí. Ese lugar después fue una de las salas de ensayo que tuvo Sumo. Con
La Hurlingham Reggae Band ensay ábamos en otro sótano que había debajo de un
supermercado: El Tropezón. Es muy típico de la zona encontrar algún lugar grande
con venta de comestibles y abajo el sótano como depósito, vacío. Entonces nos
instalábamos en esos lugares. Diego es de Hurlingham, hemos zapado juntos cuando
éramos chicos, a los 15 o 16 años, hasta que él se juntó con Ricardo, después de
haber pasado por un montón de bandas. Cuando consolidan MAM, yo estaba dando
vueltas por ahí, siempre iba a escucharlos. Formábamos una especie de gueto de la
zona. Yo tenía una camioneta y trabajaba como fletero. Éramos de la parte más
vanguardista de la zona, que es Hurlingham y una parte de Castelar. El resto del
Oeste era básicamente rockero y blusero.
Alberto “Superman” Troglio: Cuando empecé a juntarme con Fargo, queríamos que
Diego tocara el bajo con nosotros y a veces venía. Él y a había empezado con Sumo
y decía: “Sí, hay una bandita que ensay a en un sótano de una casona de
Hurlingham”. Fargo que venía a buscarme con la camioneta llena de pan porque
terminaba el reparto por mi zona. Entonces me iba con él hasta la casa,
ensay ábamos y a veces venía Diego a zapar con nosotros. Un día, creo que durante
la guerra de Malvinas, hicimos el primer tema de reggae. Yo era el que más reggae
escuchaba. Había descubierto esa música porque la pasaban en Radio Rivadavia, en
el programa El tren fantasma, que y o escuchaba siempre. El primer reggae que
escuché fue también en la radio. Lo pasó Hugo Guerrero Marthineitz, que siempre
fue un innovador.
Daniel Colombres: Lo que pasó con el reggae fue una locura, porque aparecen Bob
Marley, Peter Tosh… Apenas empezó a instalarse hicimos una campaña para “Chau
pucho”. Vino Pancho Ibáñez al estudio donde yo trabajaba como sesionista y
grabamos un reggae alucinante: “Chau, chau, chau, pucho…”. Sonaba perfecto, muy
parejo, muy bien. Incluso hicieron un clip con un pibe que laburaba ahí en el estudio,
que fumaba como un animal. Pancho Ibáñez lo agarró para hacer el clip. Fue muy
gracioso. La aparición del reggae nos rompió la cabeza a todos, más que nada
cuando escuchamos a The Police. Enseguida nos pusimos a buscar, a ver qué onda.
184
The Police nos mató a todos, por cómo tocaban esos tipos. O sea, entre Bob Marley y
Police, quedamos quemados. Entonces interpretamos todo el reggae de la manera en
que pudimos.
Alberto “Superman” Troglio: El primer tema lo hicimos tomando mate en la
cocinita de la casa de Fargo. Se llamaba “Yo no quiero ir” y era sobre la guerra de
Malvinas. Lo cantaba Diego y Fargo intentaba hacer una guitarra reggae, porque
todavía no la tenía muy clara.
Tito Fargo: Siempre me interesó la música hecha con asociaciones, las bandas
donde se intercambian cosas entre todos. Toda la parte así de virtuosismo con el
instrumento nunca fue parte de mi elección artística. Experimenté un poco con eso,
como todos en esa época, pero no demasiado.
Alberto “Superman” Troglio: Con Oiga Diga, alguna que otra vez tocamos como
soporte de Sumo en lugares chiquititos como el Einstein. Sumo ensay aba en el sótano
de la casa de Timmy. Los echaron de ahí porque Luca se chupaba todos los vinos del
cuñado de Timmy, un tipo que trabajaba en el Lloyds Bank, y entonces vinieron a la
salita que tenía Leandro, el bajista de Oiga Diga, en Hurlingham. Yo no conocía ni a
Germán ni a Sokol. Sumo empezó a ensayar ahí. Un día estábamos tocando “No
Woman No Cry ” y cuando salí me interceptó Luca. Todavía no hablaba muy bien en
castellano y me dijo algo así como: “Good… Un baterista blanco de Argentina que
toca tan bien el reggae…”. Después de eso, cuando Sumo terminaba de ensay ar, y o
me quedaba a zapar con Luca. Ahí salió la idea de armar La Hurlingham Reggae
Band.
Patricia Pietrafesa: Sumo era el resumen de un montón de cosas que venían de
afuera: un poco de Velvet Underground, un poco de reggae, era como una mezcla
muy loca para ese momento. Luca, además, era una persona tan… Tan cero pose…
Era superreal. Veías a una persona que estaba atravesada por un montón de cosas
culturales que en ese momento no llegaban con facilidad acá. Era increíble. Me
acuerdo que me quedaba sentada, cerca de ese escenario pequeño y muy bajo del
Einstein, completamente fascinada mirándolos. Eso no me pasaba con otros
espectáculos que había ahí. Después los vi en otros lugares, pero en el Einstein me
pegaba la proximidad. El lugar, la circunstancia, Luca mismo. Era muy especial.
Sissi Hansen: El Einstein cerró en 1983. Era un lugar pequeño, se subía una escalera,
tenía varias habitaciones al fondo de un pasillo grande… Si subías, y a al costado
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tenías la barra; de frente, cerca de la ventana, se improvisaba el escenario. Pasaron
muchas cosas en el Einstein. En la época del proceso militar, antes de cierre del
lugar, vivíamos en la comisaría. Pero lo supimos llevar. Era como estar en un cabaret
de arte, todos metidos ahí dentro, mientras afuera había una guerra. No nos quedaba
más que unirnos y volcar toda esa bronca de represión en el arte. Mientras duró, el
Einstein fue una verdadera familia.
Timmy MacKern: No teníamos sonido, prácticamente. Luca ponía la voz al palo y
todo lo demás que salga como sea… Esa era la filosofía. No había consola, teníamos
un mezclador chiquito que había traído Luca de su viaje, que era un amplificador con
seis entradas y que tenía siempre él, con su cámara… En el Einstein, cuando
inauguraron, había un sonidista. Pero duró un fin de semana porque ocupaba como
medio boliche el tipo con su consola. Tocábamos en lugares donde no entraba nadie.
Germán Daffunchio: Usábamos cámaras de eco a cinta que andaban como el culo.
En los shows, el moho en la atmósfera que se armaba, los caldos atmosféricos
mezclados con gotas de ginebra, hacían que todo se desintegrara, entonces, y o
siempre antes de los shows, tenía que llevar cinco cintas de repuesto para cada uno,
cortando, mandando, soldando cables, porque no había nadie que lo hiciera.
Sissi Hansen: Recuerdo todos los shows de Sumo en el Café Einstein. Era un
verdadero placer verlos. Luca era un gran showman. Él y Miguel Abuelo eran los
mejores. Lo interesante de Luca, y lo más novedoso, fue su sonido. Jugaba con los
efectos de su voz y el sonido era genial…
Diego Arnedo: En esas noches en las que no teníamos shows, estábamos un sábado
en la casa de Timmy con Luca cocinando, a la tarde temprano, porque Luca se
tomaba su tiempo para las salsas. Sonó el teléfono y atendió Timmy. Cuando cortó,
me dijo: “¿Te acordás de aquel lugar que fuimos a ver para tocar? El dueño pregunta
si queremos ir esta noche porque nos quiere probar. Dice que va a estar Sandra
Mihanovich actuando y que nos a va a dar un ratito después, para ver si les
gustamos”. Porque llegó un momento en el que con Timmy salíamos a buscar laburo
con un demo en casete. Fuimos a un par de lugares, y los dueños de estos bares,
cuando les mostrábamos las canciones del casete, que estaban cantadas en inglés, nos
decían: “¿Ustedes están locos? ¿Quiere que vengan y me rompan el bar?”. Recién
había pasado lo de Malvinas. Uno de esos tipos que tenía un bar en Castelar fue el que
llamó. Yo dije: “Pero, pará, los demás no están”. Timmy trató de ubicarlos por
teléfono, pero no encontraba a ninguno. Entonces, salió el monstruo que estaba
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cocinando y dijo: “Che, fuck you, ¡vamos igual!”. Llegamos al bar con la Renault 12
Break de Timmy, en el momento en que estaba terminando de actuar Sandra
Mihanovich. Cuando ella terminó, se vació la mitad del bar, que estaba repleto de
gente. Nosotros ubicamos, en ese pequeño escenario, un equipo chiquito por donde
pasamos el bajo, la guitarra de Luca y la voz. Mientras armábamos la nada, la gente
que se había quedado, que no era poca, nos miraba como diciendo: “¿Quiénes son
estos dos?”. Empezamos a tocar con ese sonido horrible e imposible, y veíamos
cómo la gente se levantaba de las mesas para irse, de lo insoportable que era
escuchar eso, con todo saliendo por ese parlantito. Solo quedaron cinco borrachos
justo delante de nosotros y les brindamos nuestra gala a ellos. Fue buenísimo ver
cómo la gente se levantaba y se iba puteando. Obviamente, todo lo que hicimos fue
en un tono de: “Me importa un carajo, estamos pasándola bien y chau”. Por su
supuesto, el dueño del bar no nos llamó nunca más.
Germán Daffunchio: Esos grupos se armaron para tocar más y poder ver algo de
guita. Veníamos con esa situación de la plata desde hacía años. En Córdoba, con Luca
y Timmy nos levantábamos a cazar a la hora que salía el sol. Porque las palomas, las
grandes, están siempre… El sol sale y a medida que va creciendo empiezan a venir
los ray os de luz. Los pájaros buscan los palos de los árboles más altos para
calentarse, porque están cagados de frío. Entonces salíamos a cazar palomas para
morfar, porque no recibíamos guita de ningún lado. Estábamos muertos, literalmente,
cagados de hambre. En Buenos Aires no era para tanto, pero la plata no circulaba,
nos arreglábamos como podíamos.
Timmy MacKern: Luca iba todos los días al Einstein porque no tenía nada que hacer
y ahí siempre se armaba algo. Omar y todos los demás estaban tan locos que todo el
tiempo pasaban cosas. Cuando tocaban con Sumo o con Sumito no sé cuánta gente
pagaba, unas 40 o 50 personas, que era el Einstein lleno. Era muy poquito, y Chabán
era medio agarrado. Era para pedirle más plata. Te daba la entrada y no era una
suma importante… Luca iba todos los días a mendigar unos pesos para su bolsillo.
Diego vivía con su madre, Germán con su padre, nadie pagaba nada ni tenía muchas
responsabilidades. Bueno, y o sí las tenía.
Diego Arnedo: Me acuerdo de las primeras veces que volvíamos a Hurlingham
después de un show y entonces Timmy, que era el manager, nos decía: “¿Quieren
cobrar o comer?”. Nos íbamos a un lugar que se llamaba “Pizza por metro” y
terminábamos la jornada ahí. Me acuerdo mucho del entusiasmo de todos para
seguir adelante con eso que estaba bueno para nosotros. Tenía una carga mística en
medio de esa rareza. Había una parte medio poética, un convencimiento que
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generaba ese entusiasmo para esperar el próximo show, meter todas las cosas en la
estanciera de la madre de Germán e ir y venir. Todo eso me ay udó mucho para
entender algunas particularidades de un grupo de rock.
Timmy MacKern: No vivíamos de los shows. Íbamos a una pizzería de Hurlingham,
comíamos una pizza y se acababa lo que se recaudaba. Pagábamos la nafta de la
estanciera y nada más.
Diego Arnedo: Hemos llegado a tocar en una peña folklórica en San Miguel. Afuera
había una pizarra que decía algo así como: “El dúo Marta y Miguel, el cuarteto ‘El
Guitarrazo’, ‘Los de Salta Santiagueños’ y … Sumo”. Esa vez tuve el privilegio de
verlo a Luca bailando una chacarera. Uno de esos grupos empezó a tocar y de golpe
vi a un tipo bailando raro, con los brazos para arriba, con una vieja. Era Luca. Nunca
dejaba de divertirse.
Germán Daffunchio: Era muy duro. Con lo que ganábamos comíamos dos metros
de pizza y nos tomábamos siete birras. Para nosotros era un logro que nos estuvieran
pagando por lo que hacíamos. Un logro increíble, no podíamos creerlo.
Diego Arnedo: El hecho contundente para nosotros fue que con Sumo empezamos a
trabajar con la música. No importaba tanto cuánto nos pagaban, lo indiscutible era
que empezamos a laburar. Una vez, cuando hubo una de esas pausas de shows, le
ofrecí mi trabajo a Cintia, la mamá de Timmy. Le dije que podía pintarle su
departamento, que estaba dentro de la casa de Timmy, y ella aceptó muy
amablemente. Le dije que tardaría tres o cuatro días, pero tardé un mes. Claro, Luca,
en su aburrimiento, venía y me distraía. Esas otras cosas que también pasaban
formaban parte de la convivencia del grupo.
Germán Daffunchio: Con La Hurlingham, Diego y Luca se dieron cuenta de que
podían hacer algo que no fuera Sumo. Además podían ir más lejos con el reggae.
Con Ale empezamos a tocar con ellos, hicimos algún show, pero la esposa de Tito
Fargo era insoportable, estaba ahí todo el tiempo, y no fuimos más.
Horacio Gabin: La gente que escuchaba reggae era muy poca. Pasabas música en
una fiesta y cuando ponías reggae más de uno te decía: “Sacá eso que es todo igual”.
Antes de Luca y o había escuchado a Radio Etiopía, una banda de reggae que no
prosperó. Al argentino le pegó el reggae a partir de Luca.
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Diego Arnedo: Estábamos mucho en la casa de Timmy, y Luca se pasaba todo el
tiempo con el grabador escuchando música. Eran casi siempre casetes y también
tenía algunos discos. Así fue como nos conectamos con la música reggae, que tanto
nos gustó. En esa época no había nada de eso. Esto inspiró a Luca a formar La
Hurlingham Reggae Band. Cuando empecé a escuchar a algunas bandas de reggae
se me partió la cabeza.
Tito Fargo: Sumo tocaba un poco de reggae y un poco de otras cosas que tenían que
ver más con un rock más inglés, pero no tanto de raíz de reggae. Con Superman
veníamos tocando un poco de reggae y cuando Sumo se fusionó en eso, quedamos
Superman, Diego, Luca y y o. Armamos la base. Después entró un percusionista,
Darío Ungaro, y nunca tuvimos tecladista porque no había tipos que tocaran eso. Sí
teníamos invitados, a veces venía Pettinato, a veces Ricardo Mollo, estábamos
girando dentro de ese concepto. Pero básicamente fue una idea que se le ocurrió a
Luca, porque nos habíamos instalado para tocar en vivo y hasta para ensay ar en el
Einstein.
Diego Arnedo: También lo hicimos porque a Luca se le ocurrió utilizar los equipos
que quedaban del show de Sumo de la noche anterior y poder utilizarlos el domingo a
la tarde. Hablaba con el dueño del bar donde tocaba Sumo y le decía: “Che, ¿no
querés que armemos algo para tocar mañana a la tarde?”. Fargo, que era el
guitarrista, ofreció la camioneta del reparto de pan Fargo y posibilitó el traslado de
los equipos de vuelta a Hurlingham. Había un apasionamiento por el reggae que era
superior y nos despertó mucho interés.
Germán Daffunchio: Estaba bueno. Lamentablemente, hay temas que se han
perdido. Luca tenía escuchado tanto reggae… Sus influencias eran notables.
Tito Fargo: Con La Hurlingham Reggae Band hicimos un montón de shows…
Tocábamos casi todos los fines de semana. Una vez fuimos a tocar a una fiesta
privada, en San Isidro, en una casa, no sé cómo salió ese show. Llevamos las cosas en
algunos coches que teníamos y armamos todo al lado de una pileta. La fiesta era de
reggae, pero recontra concheta, de gente de mucha guita. Me acuerdo de Luca
tirándose a la pileta cuando terminamos el concierto. En la banda de reggae la
energía era distinta a la de Sumo. Incluso Luca se comportaba de una forma
diferente. Creo que esa banda le generaba una especie de oasis, o que le daba una
calma que la otra no. Más que nada por la sumatoria de personalidades.
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Diego Arnedo: En la etapa de la formación de La Hurlingham, un día vino a tocar a
Ricardo Mollo y se sumó a la banda. Eso lo luego lo llevó a ser también integrante de
Sumo. Supongo que le habrá pasado lo mismo que a mí en su momento, en cuanto a
su formación y a captar con un ojo clínico lo que pasaba con este grupo. Si entendías
qué pasaba en Sumo, te daban ganas de participar.
Sissi Hansen: Yo ya era cantante profesional en esa época. En Buenos Aires cantaba
en el Automóvil Club, en casamientos y en fiestas. En La Hurlingham Reggae Band
hacía coros. Ensayaba en la sala de ellos en Hurlingham y conocía la casa de Sumo
también. Siempre habíamuy buena música, recién caigo de dónde estuve tantas
veces…
Tito Fargo: Por ahí Sumo tocaba un sábado en el Einstein y el domingo alguno,
generalmente era Luca, había quedado vivo de un concierto del día anterior. Con la
banda de reggae logramos copar todo el fin de semana. Entonces, él se aseguraba
tocar el viernes, el sábado y el domingo, y tener un lugar donde estar generando un
movimiento. El único miembro estable de La Hurlingham era Luca. Nosotros
veníamos después. De hecho, había días en los que no iba ninguno del grupo, porque
había otras actividades, otras cosas, y él estaba ahí tocando acústico. Pero como con
La Hurlingham nos enfocamos en tocar reggae y él se dedicó a armar canciones
para esa banda, a partir de ahí Sumo se volvió un poco más estridente.
Germán Daffunchio: En Sumo empezó a aparecer lo que llamaríamos “el rock
argentino” con todas sus cosas. Mi escuela era Sumo, que era un anti-eso, y no podía
prenderme a ninguna charla de esas. Empezó a haber como una especie de moda y
caían todos en La Hurlingham. Ricardo Mollo apareció ahí, por ejemplo. Mollo se
caracterizaba por eso de estar en todos lados: tocaba Baglietto, tocaba con Baglietto;
tocaba Celeste Carballo, tocaba con Celeste Carballo… Él iba con su equipito y
tocaba con quien fuera. Alambre González también estuvo en La Hurlingham
Reggae Band. Iban todos los que habían escuchado algo de reggae.
Diego Arnedo: Con Superman hablábamos mucho. Siempre tengo una relación
especial con los bateristas, porque tenemos que ponernos de acuerdo. Es un acuerdo
para ver si podemos llegar a algo. En ese momento nadie tocaba reggae y él lo hacía
muy bien. Yo no entendía nada del rastafarismo ni me importaba un carajo. Me
encantaba la música, el concepto musical y lo que se generaba desde ahí.
Alberto “Superman” Troglio: Hay temas de La Hurlingham Reggae Band que
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pasaron por herencia a Sumo. La Hurlingham se disolvió cuando a Fargo lo invitaron
a tocar en Los Redondos. También vinieron a buscarme a mí para tocar, pero les
dije: “No, me gusta más Sumo”. Me atraía más. Sumo y Los Redondos llegaron a
ensay ar un par de veces en la misma sala, en una que estaba en un primer piso y que
estaba por Caballito o Flores. Ya sonaba “A brillar, mi amor” y y o pensaba: “¿Cómo
los chabones estos no tienen sala propia…?”.
Claudio Kleiman: Con la Negra Poli íbamos mucho a ver a Sumito y a La
Hurlingham Reggae Band. La Negra era fanática de Luca, fuimos mucho al Einstein.
Luca era un animal del escenario y además vivía de lo que cobraba cuando tocaba.
Recién en la última época de Sumo se empezaron a hacer unos mangos, que no eran
muchos. Generalmente, con Sumo tocaba muchas veces los fines de semana, en el
Einstein, o en otro lugar, se había buscado un rebusque para hacerse unos mangos y
tocar durante la semana. Los miércoles por ahí salía con Sumito y en alguna semana
tocaba un lunes con Sumito y el miércoles con La Hurlingham. Skay también venía.
Íbamos propulsados por el entusiasmo de la Negra. Vimos recitales alucinantes. Muy
grosos. Con Sumito a veces, de repente, se sumaba Ricardo. La Negra conoció a Tito
Fargo viendo a La Hurlingham. Después lo llevaron a Los Redondos.
Alberto “Superman” Troglio: Con Diego siempre andábamos juntos porque
teníamos afinidad. Me acuerdo de la Negra Poli en el Einstein. Se vestía sexy, era
linda, pero la chabona venía a hablarnos y medio que nos pechaba.
Tito Fargo: Skay Beilinson y la Negra Poli venían a ver shows tanto de Sumo como
de la banda de reggae. En un momento tenían que rearmar la historia musical de Los
Redonditos, porque ellos no tocaban mucho, apenas una o dos veces al año, con una
formación medianamente estable. Un día tocamos en Zero Bar y vinieron a vernos.
Ahí, Skay me planteó ensayar y tocar juntos. Los Redondos estaban en una nueva
etapa, querían dejar de ser tan aleatorios en la propuesta y encarar una cosa más
musical. Fui a ensay ar a la casa de ellos. A partir de ahí toqué con los dos, con La
Hurlingham Reggae Band y con Los Redondos. He tenido shows en el mismo día con
una banda y con otra, tenía que ir corriendo para estar con los dos. En esa época, Los
Redondos lo invitaron a Luca a cantar en La Plata con ellos. Ahí pasó lo de “Mejor
no hablar de ciertas cosas”. El tema era un blues de Solari, creo que Luca tomó esa
letra y no sé cómo la adaptó. Empezó a cantar arriba de una base, como esas cosas
que van mutando, y se la quedó. La canción está sostenida por el bajo de Diego.
Básicamente es eso.
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Claudia Gernhardt: Luca sentía un amor especial por Diego. Me lo contó él mismo.
También me dijo: “Los mejores músicos de reggae que conocí acá son Diego y
Superman”. La Hurlingham Reggae Band era buenísima. Sumito, para mí, también
era impagable con Pettinato, Diego y Luca.
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Tapa no oficial del casete Corpiños en la madrugada.
Diseño de Marcelo Castello para las copias que se vendían, con la autorización de
Luca, en una disquería céntrica de El Palomar.
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Capítulo 12
Corpiños en la madrugada
“Yo vine a la Argentina con una onda muy Joy Division, con ganas de hacer una
mezcla de estilos muy complicada. Por eso al principio yo tocaba la guitarra aunque
no me guste tocar y cantar; y o quería incitar a los músicos que estaban conmigo. Yo
rompía cuerdas y me salía sangre de los dedos, mientras que aquí todos querían ser
Al Di Meola. Pero cambiaron y así llegamos a Sumo. Creo que dentro de los
esquemas de los grupos de acá somos muy distintos”.
Luca entrevistado por Pipo Lernoud y Marcelo Fernández Bitar para la revista Canta
Rock número 64.
Para un extranjero como Luca Prodan, el domingo 30 de octubre de 1983 fue un día
más. En su caso, acarreando la reseca de la noche anterior o simplemente viendo
pasar un feriado de bares cerrados y con un ruido inusitado para una jornada no
laborable. Después de siete años y siete meses de dictadura, la Argentina volvía a la
vida democrática y el italiano tardó un poco en procesar esa algarabía futbolística
que nunca había visto. Muchos de sus amigos y hasta su novia, Mónica Stromp,
votaron por primera vez ese día, al igual que la may oría del público que seguía a
Sumo: el padrón electoral incorporó a cinco millones de nuevos votantes. Raúl
Alfonsín, el candidato a presidente por la Unión Cívica Radical (UCR), ganó la
elección por un amplio margen y Luca asistió a un momento singular en la historia
nacional: el regreso a las urnas dejó la primera derrota del peronismo en comicios
libres. En poco tiempo, había experimentado casi todas las escalas perversas del
gobierno militar, incluida la guerra, y el final del linaje castrense que a partir de ese
momento empezaría a operar desde las sombras. Justo en el comienzo de la
primavera alfonsinista, Sumo ingresó a grabar su primera producción independiente.
Financiada por el binomio fundador, Luca y Timmy se hicieron cargo de la
producción ejecutiva y alquilaron los Estudios Del Jardín con la idea de editar un
casete grabado en condiciones dignas y mover la cinta por las diferentes compañías
discográficas.
Ubicado en pleno barrio norte, Santa Fe y Talcahuano, los Estudios Del Jardín
inauguraron —junto a Panda y Del Cielito— la era de los espacios independientes
supervisados por ingenieros de sonido más cercanos al rock y con una metodología
totalmente opuesta a las antiguas prácticas arcaicas de las compañías
194
multinacionales. El tránsito por el lugar de Los Abuelos de la Nada, Charly García o
bandas debutantes como Suéter lo establecieron como una alternativa válida a la hora
de elegir un estudio. Para Sumo representó cruzar el umbral del amateurismo y la
íntima confirmación de plasmar, en un objeto tangible, tantas deseos difuminados en
acciones geniales y caóticas al mismo tiempo.
Al frente del estudio estaban el ingeniero de sonido Ernesto Zoca y Gustavo
Donés, bajista de Suéter y reconocido sesionista, con participaciones en varios discos
del dúo Pastoral (y en el debut y despedida de Merlín), el proyecto de Gustavo
Montesano, de Crucis, y Alejandro De Michele. La consola de ocho canales que
disponía el lugar no simbolizaba la panacea tecnológica, pero sí una herramienta
calificada para traducir el sonido que Luca tenía en la cabeza: acercarse al vivo y
explotar al máximo el encaje de las piezas después de un año y medio de ensayos y
recitales. Con una tirada inicial de 300 copias en casete, Corpiños en la madrugada —
Pettinato adjudicaba ese título delirante a una frase revelada por su pequeña hijastra
—, funcionó como una prueba de aptitud para Sumo. También fue la ratificación de
estar en las antípodas del rock argentino modelo 83. Sumo, incluso en ese momento
posfundacional, y a no reconocía estilos: los derribaba para enredarse, con total
naturalidad free, en modos, gestos y hasta pequeñas inflexiones de inmortalidad. Todo
dentro de una rutina conceptual que iba más allá del reggae, el dark-rock, la mueca
punk o el espíritu festivo de la música disco. El registro captó el momento exacto del
período rozagante, la etapa saludable de Luca dentro de los límites que permitía un
físico averiado y la certeza de estar viviendo un tiempo de descuento. Nada impidió
que se apartara del control maestro, pura convicción de saber a dónde ir al menos en
las canciones. Sin tapa, el casete empezó a venderse a la salida de los recitales de la
banda de Hurlingham. Se comercializaba bajo la promesa de completar la obra ni
bien un diseñador amigo de la banda terminara el trabajo e hiciera la portada. Casi
tres años después, un fanático de Sumo, Marcelo Castello, le preguntó a Luca si podía
ilustrar la tapa del casete que ya había pasado a cintas TDK y podía conseguirse en
una disquería de El Palomar. El cantante aceptó y así fue que Corpiños en la
madrugada tuvo una imagen a la que asociarse: la ilustración con la imagen de
Rodolfo Valentino abrazando a una odalisca, mítico fragmento de la película El Sheik
(1926), sedujo a Luca. Expresaba perfectamente el espíritu del disco que no llegó a
vinilo pero que, sin embargo, en pocos años se transformó en una pieza de culto.
En Corpiños en la madrugada, entre los invitados aparece el nombres de Daniel
Colombres, baterista de Suéter, quien participó aportando percusión en “Breaking
Away”. Luca quería mejorar la performance de Sokol, e insistió en doblar los ritmos
del reggae que finalmente no quedó en el casete. En los créditos también figura
Daniel Melingo, tocando el saxo en “Una noche en New York City”, luego conocida
como “La rubia tarada”, y en “Debede”. Las canciones que terminaron en la cinta
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fueron diez. El lado A se abría con “Night & Day ” y el lado B se cerraba con
“Heroína”. La reedición en CD, editada en 1993, incorporó temas como “Breaking
Away” y excluyó aquella primigenia versión de “Heroína”, tal vez porque Sumo
nunca consiguió reproducir el sonido de batería que había logrado Alejandro Sokol
(más adelante, en 1986, no tuvieron más remedio que incluirla en Llegando los
monos). Una vez más, el pasado se volvió futuro y viceversa en la historia de Sumo,
una máquina del tiempo que Luca empezó a manipular cuando llegó por primera vez
a Córdoba y registró canciones que, varios años después de su muerte, mostraron su
faceta desconocida de songwriter.
El 10 de diciembre, desde los balcones del Cabildo y ante una multitud que vivaba
su nombre, Raúl Alfonsín auguró el inicio de un período de “100 años de libertad, paz
y democracia”. El sincero y merecido festejo cubrió a toda la plaza. Las Madres de
Plaza de Mayo se ubicaron en Diagonal Sur con un cartel en el que pidieron por “la
aparición con vida de nuestros hijos”, mientras que las Abuelas de Plaza de May o
reclamaron por la devolución de sus nietos desaparecidos. Luca se mantuvo ajeno a
las celebraciones nacionales. Entre su realidad y la historia argentina en tiempo real
se interponían signos, palabras y comportamientos que todavía intentaba traducir.
Volvería a esa plaza en diciembre de 1987, para acompañar a las Madres en la
Marcha de la Resistencia contra el autoritarismo cívico y militar.
El año terminó con la esperanza de tocar en la Costa Atlántica durante enero de
1984. De paso, el experimento de pasar un mes completo lejos de casa serviría para
probar, a lo largo de esa gira estival, a un viejo conocido de La Hurlingham Reggae
Band. Luego de un recital de Sumo en el Stud Free Pub, Luca le ofreció a Ricardo
Mollo integrarse al grupo. Lo hizo a pesar de la resistencia de Germán Daffunchio
por sumar a otro guitarrista a la formación de quinteto. Mollo venía de tocar con
bandas reconocidas del Oeste: MAM, Coral y Demo eran medallas sin trascendencia
para ingresar a Sumo. En la decisión de Luca pesaron más el consejo de Diego
Arnedo, que apoy aba la incorporación de Mollo, y cómo se había adaptado el joven
violero a las cadencias lunáticas de La Hurlingham. Su esencia estaba más próxima
al virtuosismo de Jimi Hendrix que al corazón intuitivo de Joe Strummer. Sin
embargo, una vez más, Luca volvía a confirmar su olfato infalible para elegir
músicos.
La gira veraniega de Sumo casi termina con la banda. En septiembre de 1983,
Timmy, Germán y Luca viajaron a Villa Gesell con la idea de alquilar una casa y
hacer base, para luego tocar en otras play as de la Costa Atlántica. El plan parecía
viable, porque viajaban con su propio sonido. En ese mismo viaje cerraron varios
shows en el balneario Charly, un trato que aseguraba solvencia económica para todo
el mes de enero. Luca ya tenía armado su tiempo compartido: la primera quincena
la compartiría con Mónica y en la segunda llegaría Ester, una historia que comenzó
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en el Café Einstein, donde la chica trabajaba como camarera. El resto de los músicos
se mantenía dentro de los cánones de la monogamia, que incluía hijos e esposas o
novias oficiales. Al segundo día, el recital terminó en una pelea con el dueño, ante la
insistencia de Luca para que los “conchetitos” aportaran algo cada vez que pasaban
la gorra. En muy poco tiempo, lo que parecía un plan perfecto se transformó en
deuda, hambre y malestar generalizado. La segunda oportunidad tuvo lugar en un
coqueto boliche de Gesell, pero terminó en una trifulca descomunal con varios
lesionados. El resto de aquella gira fue buscar algún modo de obtener dinero, que
incluy ó desde ofrecer el sonido a otros músicos a directamente tocar en un cabaret.
La gira también incluy ó pequeños hurtos de lácteos en supermercados de la zona y
promociones de los pocos shows que lograban cerrar a través de un altoparlante
instalado en la camioneta de Timmy. Anunciaban a Sumo bajo el lema: “Llegando
los monos”.
Ante la desesperación por la falta de dinero crecían, proporcionalmente, los
niveles de ansiedad. Por lo general, las noches terminaban en excesos de alcohol o
cocaína, elección que reducía aún más los magros ingresos de la gira fallida.
Alejandro Sokol fue el primero en colapsar. Al regresar a Buenos Aires abandonó la
banda y, al poco tiempo, se convirtió a la religión mormona. Ese hecho fue el
comienzo de un período incierto para el futuro de Sumo, que volvía perder a su
baterista, al igual que los Spinal Tap. Para colmo, Luca recibió la invitación de sus
hermanos para visitar Túnez y luego viajar a Roma. La aceptó.
Luca llegó a Túnez y luego viajó en un taxi compartido hasta el pueblo costero de
Monastir. Allí lo esperaban Andrea y Michela, como parte del equipo de producción
de una miniserie de 12 capítulos para la televisión norteamericana. Anno Domini
hurgaba en la vida de las primeras comunidades cristianas narradas por los apóstoles
en el Nuevo Testamento, justo después de la muerte de Jesucristo. Dirigida por Stuart
Cooper —y escrita nada menos que por Anthony Burgess—, la miniserie contaba
con un elenco de estrellas encabezado por Ava Gardner y James Mason. En pleno
rodaje, Luca y Andrea pudieron charlar con Mason sobre la filmación de Lolita, de
Stanley Kubrick, y hasta obtuvieron pequeños papeles: en la escena de la milagrosa
liberación de San Pedro, Luca aparece en el rol de guardiacárcel.
“Chau, Silvia, estoy en Roma hace tres semanas, antes estuve en Túnez en donde
me dieron un papel en una película que se estaba rodando por ahí. Dentro de tres días
me voy a Londres, donde me quedaré como una semana, y después vuelvo a Buenos
Aires. La foto de esta postal es la vista desde la ventana de mi casita en Tarquinia al
norte de Roma. Un abrazo. Luca”.
Fechada el 20 de abril, la postal para Silvia Ceriani, otra conexión nacida en el
Café Einstein, revelaba el itinerario europeo de Luca y su decisión de volver. La
primera acción fue convocar a Alberto “Superman” Troglio para que ocupara el
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lugar vacante y convencer a Germán de retomar el trabajo luego de un serio
amague de dejar la banda. De nuevo con el equipo completo, Sumo volvió al circuito
de bares con tremendos conciertos en el Stud Free Pub, convertido en un antro
cuidado y en donde los músicos empezaban a cobrar caché o porcentajes dignos. A
diferencia del Einstein y la avaricia de sus dueños, que merecieron una canción de
Sumo (“Quiero dinero”), el bar de avenida Libertador modificó algunas pautas del
negocio y el trato a los músicos antes y después del show. Luca también ganó un
amigo en la cocina del lugar, que con conexión directa al escenario lo proveía de
tragos y algún plato de comida después del show.
Diego Arnedo: Cuando grabamos Corpiños en la madrugada, sentí lo que le pasa a
todo músico que va de una sala de ensayo a un estudio de grabación sabiendo que va
a grabar sus temas y que van a ser editados. Es como entrar en otro mundo. El
encuentro, tomar el trencito, ir hasta allá todos los días y encontrarse con los
demás… Todo eso era una novedad que me fascinaba.
Daniel Colombres: Estudios del Jardín era un lugar nuevo, en una época en la que
nadie ponía estudios y había muy pocos. Yo era muy amigo del dueño, Gustavo
Donés, que tocaba en Suéter. Nosotros éramos como sesionistas ahí. Sabía de Sumo
porque conocía a Ricardo, a Diego y a Daffunchio. Soy de Caseros y ellos son de
Hurlingham. Palomar y Hurlingham eran barrios vecinos. La referencia que tenía es
que cuando cae el pelado Luca los junta a todos. Ellos venían haciendo bandas y
bandas y nunca pasaba nada.
Germán Daffunchio: Grabamos Corpiños en la madrugada en Estudios del Jardín,
que estaba en la calle Santa Fe. Esos estudios eran famosos porque Charly había
grabado el tambor de “Yendo de la cama al living” ahí. ¡La pelotudez del músico
argentino! “No, no, acá Charly grabó, no sabés lo que grabó Charly, ese tambor…”.
Daniel Colombres: Entonces caen a grabar al estudio, porque uno de los socios del
estudio era de Hurlingham. En ese momento, el baterista todavía era Sokol. La
verdad es que él no tocaba bien. Un día escuché lo que habían grabado y Luca me
dijo: “Colombres, ¿podés tocar la percusión? Así arreglás lo que tocó como el culo
Alejandro”. Le respondí: “Pelado, ¿cómo voy a poder arreglar esto? ¿Voy a tocar la
percusión encima de lo que está grabado? No puedo arreglarlo…”. Me dijo: “Bueno,
tocá algo, tocá algo arriba”. Se hacían las cosas como se podía. Sumo era así. Estuve
durante toda la grabación de ese disco. En Corpiños en la madrugada toqué congas y
percusión de tumbadoras. Creo que ellos ya venían ensayados, con lo precario que
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era la batería digamos… Ojo, no quiero subestimar el producto, pero bueno, Sokol no
era un baterista profesional ni podía tocar bien un pattern de reggae. Por eso es que
me llamó a mí el pelado, que era el que tenía las cosas claras. Luca dirigía todo y su
mano derecha fue siempre Germán. Con Diego se llevaba muy bien también.
Después, cuando entró Ricardo, fue lo mismo. El potencial de Sumo estaba muy
claro en ese momento, impactaba muchísimo verlos en vivo y el pelado estaba muy
bien físicamente.
Sergio Rotman: La mejor grabación de Sumo es el casete Corpiños en la
madrugada. Sin dudas. Los discos siguientes son muy buenos, pero están impregnados
de esa materia fecal llamada “operadores de sonido argentinos”. Pero no es culpa de
ellos, si no de que en la Argentina no había escuela. Entonces, el disco que Luca hizo
con su oreja es Corpiños…, el mejor disco de Sumo por lejos.
Daniel Melingo: Luca venía al ensay o de las Bay Biscuits. En esa época yo tocaba el
caño con Sumo, en la primera formación. De hecho, estoy en la primera grabación
de Corpiños…
Daniel Colombres: Luca era taurino como y o, por lo tanto me cay ó muy bien de
entrada. Un tipo con una musicalidad gigante que además, cantaba, soltaba la voz…
Hacía melodías muy gringas. De hecho, hoy escuchás los temas de Sumo y parecen
actuales, como si hubieran sido grabados ay er. Eso es por la música, no por el sonido,
que está muy bien, si no fuera por el saxo desafinado de Pettinato… A Pettinato lo
bardeaban mucho porque tocaba mal. Todavía toca mal. No es un músico, toca el
saxo como y o puedo coser telas. Eso no me hace costurero.
Diego Tuñón: Ese casete me hacía acordar a Robert Fripp, a cosas que en ese
momento me llegaban por los amigos de Daniel Melero, que eran los chicos grandes
del barrio, los que traficaban los discos, de alguna forma. De hecho, a ellos no los
impresionaba Sumo. Para mí, era un embajador directo de todo lo que iba a venir.
Dicho y hecho, gran parte del rock barrial que después triunfó tiene mucho que ver
con la actitud de Sumo. Sumo era rudimentario, pero… En esa época tenías que
arreglarte con lo que había, era la forma de encarar los instrumentos. Además ellos
no se apoy aban en sintetizadores. Corpiños… era muy moderno.
Daniel Colombres: La grabación fue alcohol y merca. Durante mucho tiempo
recordamos esas sesiones con mucho cariño. Cuando terminaron dijimos: “¡Guau!
¡Qué disco hicieron estos pibes!”. Porque además, cuando tomamos conciencia del
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disco que habían hecho, a la gente y a le estaba gustando mucho Sumo.
Diego Arnedo: Cuando grabamos Corpiños… veía a Luca muy metido en lo que
estaba haciendo. Luca siempre fue un tipo serio, pero muy irónico a la vez. Había
que conocerlo. Por ahí vos decías: “Qué bueno que está esto”, pero él lo entendía de
otra manera y después decía: “Está bueno lo que estamos haciendo”. O sea, tenía un
planteo de conducción más general, no estaba mucho en los detalles.
Marcelo Castello: Corpiños en la madrugada se vendía sin tapa. Te daban el casete,
con el nombre escrito con una birome. Lo conseguías en los recitales, en el Einstein,
donde tocara Sumo.
Daniel Colombres: Cuando Luca escuchó lo que había grabado realmente lo veía
muy conforme. Yo no sentía lo mismo, creía que no estaba bueno porque era
exactamente lo mismo pero con mi percusión, pero confiaba mucho en su criterio.
Me gustó su aceptación. A lo mejor, y o podría haber tocado la batería en Sumo.
Quizás nunca me lo pidieron porque y o estaba tocando con otros músicos y habrán
pensado que no iba a aceptar. En ese momento no lo habría aceptado porque y o
estaba con Pastoral y con Suéter. Pero me hubiese gustado porque hoy Sumo forma
parte de la historia.
Silvia Ceriani: Luca me regaló un casete de Corpiños en la madrugada y yo se lo
cambié por otro de Joni Mitchell que tenía “Shadows and Light”. Me dijo: “Uy, qué
bueno, hace mucho que no escucho Joni Mitchell”.
Lalo Mir: Le hice una entrevista a Luca en el Estudio del Jardín, que estaba al lado
de la radio donde hacíamos el programa 9PM. Ya me lo había cruzado varias veces.
Estaban grabando y me gustó lo que escuché. Me pareció salvaje, sobre todo para lo
que venía siendo el rock y el pop argentino, que era más prolijito. Sumo tenía groove,
te hacía mover la patita, que no es lo mismo que bailar. Me enganchó. Otra cosa
impactante, bastante incongruente, es que los primeros temas eran en inglés, por lo
menos la may oría. Yo siempre iba a contracorriente y me parecía divertido que, en
plena época en la que todos cantaban en castellano, hay a aparecido un chabón que
venía de Inglaterra, un tano con toda esa cultura anglo. Fue el momento más loco de
los 80. Después apareció el marketing y cambió bastante todo. Estaba “La rubia
tarada”, pero era casi el único en castellano.
Pil Trafa: Lo del “acento finito”, que quedó en la mitología popular, lo canta Geniol.
200
Geniol: Un día me llamaron y me dijeron: “Che, Luca quiere que vengas para acá,
estamos grabando. ¿Podés?”. “Sí ¿Y cómo hago?”. No sé dónde recibí la llamada
telefónica ni dónde me levantó el taxi, pero fui. Entré y me dijeron: “¿Podés hacer
algo en esto?”. Así que fue una improvisación en el momento, el tema se cocinó ahí,
no había nada preparado. Una parte del tema se hizo a la salida de New York City,
enfrente del boliche, casi en la esquina. Después, yo hice lo del “pseudo punkito”.
Marcelo Pocavida: “La rubia tarada” está basada en Hari B. Él era totalmente
consciente de eso. Hari era un tipo creativo; por eso con Luca no se bancaban
mutuamente.
Hari B: Luca incluy ó en el tema “La rubia tarada” una parte dedicada a mí que
dice: “Un pseudo punkito con acento finito, quiere hacerse el chico malo, tuerce la
boca, se arregla el pelito, toma un trago y vuelve a Belgrano…”. Cuando Sumo
tocaba en Le Chavalette, esa parte de la letra no estaba.
Geniol: En la canción menciono a Belgrano porque y o era de Villa Urquiza y fui
hippie, de los hippies de Belgrano, los hippies de Boutique, y estaban los punks de
Belgrano. Había un menosprecio en el under hacia los hippies. Yo puteaba a eso
punkitos que venían a ver los recitales, se hacían los malos, volvían a Belgrano y nos
dejaban con el problema. Habían roto una vidriera y teníamos que salir agachados
por culpa de ellos. Habían sido los de “La Capilla Punk”. Vinieron como cuatro o
cinco patrulleros y tuve que salir en cuclillas. Después agarré a uno de esos pendejos
y le pregunté: “¿A dónde se fueron?”. “A Belgrano”, me contestó. “Claro, vos vivís
ahí, rompés vidrios y te hacés el anarquista, pero después vas a la casa de tu viejo.
No rompas las pelotas”. Eran punks de camisa negra, con caras de malos, pero
cuando terminaba el recital y hacía frío se ponían un gamulán, que costaba cualquier
guita, con un cinto cruzado y se iban a la casa de la vieja. Yo les decía: “Loco, el
gamulán no es punk”.
Pil Trafa: Geniol venía a los shows de Los Violadores, actuaba con nosotros y
también con Sumo y tenía un proyecto con Stuka que se llamaba “Geniol con Coca”.
Lalo Mir: “La rubia tarada” era una lectura muy lineal, popular. “La rubia tarada
me dice: ¿Por qué te pelaste? Por el asco que da tu sociedad”. Una lectura muy The
Clash, muy Londres para lo que había acá.
Sergio Rotman: La rubia tarada no era Mónica. La alemana era buena onda, la
201
novia hippie de Luca que andaba siempre por ahí. Yo estuve cuando pasó lo de la
“Noche de New York City ”. Fue en la fiesta de lanzamiento de la revista Perfil.
Sacaron un número que se llamaba Ahí vienen los punks, donde pusieron fotos de
Luca que no volví a ver. Tuve guardada esa revista durante muchos años. Salía Fidel,
Mónica Vidal, Andrés Ruiz, Gamexane, Huevo, Maner, Patricia Pietrafesa y yo. La
tensión que generaba Sumo cuando tocaba en bares pequeños no tiene comparación
con nada.
Daniel Melero: La música de Sumo siempre me pareció tosca. Salvo “Mañana en el
Abasto”, que es una canción interesante, y alguna que otra más. “La rubia tarada”
me parece una patraña, algo injusto porque es la venganza de un tonto. A esa piba la
conocí bastante y no era ninguna tarada.
Nora Fisch: El lenguaje de Luca contrastaba porque “La rubia tarada”, por ejemplo,
era una especie de crítica social muy explícita, frontal, y eso no se encontraba en
otros. Pero era todo chico, todavía muy experimental, algo más auténticamente
under, al borde de las cosas, después trascendió pero nació en ese ámbito.
Norberto Cambiasso: Luca era el salvaje italiano que cantaba cosas como “La rubia
tarada”, que no eran tan comunes. Verdaderamente hubo un antes y un después de
Sumo. La ironía de las letras, además de sus declaraciones. Luca era un tipo que no
tenía ningún temor a contradecirse, no le importaban los ideales de coherencia y
compromiso y todas esas cosas que habían estado sosteniéndose tanto tiempo y
desgastándose a la vez en el rock de la década anterior.
Pipo Cipolatti: Yo le decía que en “La rubia tarada” pronunciaba la “r” como judío:
“¡Luca, hablás como un israelí!”.
Claudio Kleiman: En un momento, y o tenía una novia que era una de las chicas que,
creo, bailaban con Sumo. Se llamaba Pato. En un recital en el IFT habían preparado
una escenografía y qué sé y o, y fui al camarín a felicitar a Luca. Me gustaba mucho
el tema “Breaking Away ”, que era de la primera camada de temas de Sumo, y que
después apareció en Corpiños en la madrugada. Después, con el tiempo, cambió
mucho. Al principio el repertorio eran temas que había compuesto Luca con la
guitarra acústica, que en la primera época ocupaba un lugar bastante preponderante.
El grupo se armaba en torno a eso. “Breaking Away ” era muy lindo, un tema que
podrían haber hecho los Talking Heads. Me acerqué y le dije: “¿Ese tema ‘Breaking
Away ’ es tuy o?”. Me respondió: “Sí, pero es bueno”.
202
Pety (Cantante de Riddim): “Breaking Away” está buenísimo y es muy raro. Es un
reggae rockeado.
Sergio Rotman: “Heroin” empezó como un cover de Lou Reed. Luca fue
deformándolo, haciéndole una letra nueva, pero cualquiera que conozca un poco de
música sabe que son los mismos tonos y es el mismo arreglo. O sea, es la misma
canción. Pero es genial. En vivo, Luca tocaba el tema de Lou Reed. Me acuerdo de
él cantando “I don’t know just where I’m going” hasta que después cambió la letra por
“I used to love…”. En el 83, antes de grabar Corpiños…, “Heroin” era el cover de
Lou Reed. Eso es fantástico y me encanta que se la haya adueñado. Lo que hizo con
“ICB”, que es Ian Curtis Buried, de New Order, fue distinto. Un día lo increpé por ese
tema y él me dijo: “Esa canción era mía, Bernard Butler me robó la canción y la
novia”. No sé si creerle. Con el correr del tiempo leí historias y libros de New Order
y jamás vi ninguna referencia a Luca Prodan.
Fernando García: “Heroin” es arte contemporáneo… Esa apropiación tiene que ver
con eso.
Alberto “Superman” Troglio: Cuando entré a Sumo, Mollo no estaba. Ricardo
todavía estaba con MAM. Un día subió a tocar como invitado en Zero Bar y era Jimi
Hendrix. A Germán no le causaba ninguna simpatía. A mí tampoco me gustaba.
Pensaba igual que Germán. Después Mollo se compró la guitarra Roland para tratar
de encontrar una forma de encastrar en Sumo, porque al principio no sabía cómo
hacerlo.
Germán Daffunchio: Cuando arrancó La Hurlingham Reggae Band, Luca y a se
dedicaba solamente a cantar. Siempre habíamos sido dos guitarras y de alguna
manera empecé a tocar sus partes. En un momento nos dimos cuenta de que
necesitábamos un guitarrista que aportara algo distinto. Timmy decía: “Necesitamos
a alguien que sea como Maradona. Un argentino”. Fue un tema de discusión y yo
voté que no. Creía que esa forma de ser no tenía nada que ver con nosotros. Siempre
nos habíamos apartado ideológicamente del rock argentino. Pero bueno, eran cosas
inevitables. Lo que sucedió después con la entrada de Ricardo fue fantástico, pero en
ese momento me pareció una locura “argentinizar” a Sumo.
Alberto “Superman” Troglio: El primer show formal que hice con Sumo fue en el
anfiteatro de la calle Florida. Ese día estuvo Mollo pero tocamos sin Germán porque
se ofendió y se fue a Bariloche, a la casa de la hermana. Estuvo allá como una
203
semana. Después volvió y tuvo que aceptarlo. A Germán no le gustaba Ricardo en
Sumo y tenía razón, porque en realidad Ricardo no pegó en Sumo hasta que él mismo
se adaptó.
Daniel Melero: Cuando entró Mollo, Sumo era una bola en la que no había jerarquía,
ni silencio, ni una deliberación. Era una exposición de egos con un ritmo. Pettinato
trataba de ser John Coltrane, pero tampoco me parecía una cacofonía interesante. No
era The Contortions, aunque ellos podrían haber ido para ese lado. Ese era un
potencial posible para Sumo. Era un grupo muy machista, los ritmos están agarrados
a la gravedad terrestre, como saltando para abajo. Lo que más me gustaba de Luca
era que tenía la cámara de eco en el escenario, aunque podría haberla usado mejor.
Yo sabía cómo se usaba esa space echo y en la música de él quedaba muy bien. En
realidad, de eso debía ocuparse un sonidista, pero ahí no había ni sonidista.
Flavio Casanova: Luca siempre tenía una cámara de eco al lado y sonaba
buenísimo. Tocaban reggae pero no sonaba a reggae, parecía mezclado con una cosa
de la Factory… A mí el reggae no me gusta, pero en Sumo sí porque era una mezcla
de todo. Además después de eso te mandaban un tema punk bien tocado. Acá no
había nada así. Era una síntesis perfecta. Lo que pasa es que el impacto era en un
público escaso, porque los que íbamos nos conocíamos todos y éramos pocos. Sumo
me gustaba, era la banda de acá que escuchaba, pero cuando entró Mollo dejó de
gustarme. Prefería a Germán, cuando la onda era más independiente. Un día los vi
en La Plata, ese día tocó Mollo, y pensé: “¿Este guitarrista quién es?”. La banda
sonaba toda pareja, como pasaba siempre con Sumo, pero la guitarra punteaba
arriba. Me pareció que estaba de más. Sumo sin Mollo era más atmosférico, no
tocaban tanto pero estaba todo en su lugar. Tenía una cosa climática que estaba
buenísima.
Sergio Rotman: Para nosotros, cuando entró Ricardo fue el fin de Sumo. Con el
tiempo, a Mollo lo revaloricé, sobre todo cuando tuve su amistad. Pero en ese
momento, su ingreso fue un puñal. La primera vez que vi a Sumo con Ricardo fue en
Bajo Harlem, un lugar que quedaba en Marcelo T. de Alvear. Me dolió que hubiera
un tipo haciendo solos de guitarra eléctrica, porque Daffunchio era el mejor
guitarrista que y o había visto en mi vida. Entonces, para mí, Sumo terminó ahí. No es
culpa de Ricardo. Pero al rockear al grupo Sumo perdió más de lo que ganó.
Walas: Por un lado, en Mollo tenían a un Hendrix y, por el otro, a un Belew, un
experimental, que era Germán. Pero lo que más me gustaba era la ideología que
204
trajo Luca. Si bien fue un Marco Polo de lo estético, lo más importante es que nos
abrió la cabeza a nivel ético y se llevó puesto el costumbrismo. También me gustaba
mucho el absurdo, las cosas que decía entre tema y tema, o cuando empezaba: “A
mi abuela la agarraron los indios…”. Me flasheaba el nonsense y lo metafórico de lo
que decía. En el medio de un show, Luca era: “Te lo digo a vos, rubia. Te lo digo a
vos, flaca, boludo. ¿Te das cuenta?…”. Hablaba como de entrecasa, con buenos
consejos de hermano mayor, con el aval de la formación y del mundo que tuvo.
Diego Arnedo: Me parece que Ricardo nos vio por primera vez en el Stud Free Bar.
Después estuvo en el Einstein también. Los cambios de integrantes cambian la
musicalidad de los grupos, por los matices y por las formas de tocar. Pero, de todas
maneras, Sumo siguió siendo Sumo en cada cambio de formación. Hubiese sido
distinto si no estaba Luca.
Germán Daffunchio: Ricardo tenía una fábrica de zapatos con el padre, o la había
heredado. Entonces tenía guitarras buenas y equipos. De hecho, y o usaba las
guitarras que él dejaba de usar. Las que para mí eran cuerdas nuevas, para él eran
usadas… Porque mis cuerdas… Para el primer show que hicimos con Sumo
solamente tenía plata para comprar unas cuerdas nacionales… Hoy me doy cuenta
de que adquirí un estilo pegándoles duro a las cuerdas. En ese primer show rompí
tres.
Marcelo Gasió: Estuve con ellos en las grabaciones de algunos discos. Hay dos
etapas que marcaron cambios importantes en Sumo. Una es la entrada de Arnedo,
que es un bajista impresionante, con mucha técnica y un sonido fundamental.
Arnedo levantaba todo. La otra es cuando entró Mollo, que es un músico
extraordinario. Ahí cambió más todavía. Lo que hacía Daffunchio era muy
interesante porque sus “limitaciones” le daban un sonido particular a la rítmica de la
guitarra. Eso está muy claro en Corpiños en la madrugada, que se grabó sin Mollo.
Me gustaba ese Sumo sin Mollo, lo que no quiere decir que no me guste Mollo. Al
contrario, me parece un músico extraordinario y aportó mucho con sus solos y su
sonido. Pero si tengo que elegir, prefiero al primer Sumo.
Germán Daffunchio: En un momento, después del ingreso de Ricardo, dijimos:
“Hagamos una cosa, este verano instalémonos en una playa y vivamos tocando ahí,
hagamos un lugar…”. Nos fuimos con Timmy y Luca a Villa Gesell, creo que en
agosto o septiembre, a buscar un lugar para alquilar, instalarnos todos ahí, hacer base
y tocar en Villa Gesell. Hablamos inclusive con el dueño de un balneario que se
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llamaba Charly.
Claudia Gernhardt: El balneario Charly lo conseguí y o. El dueño era jazzero.
Viajamos a hacer la contratación con Timmy, Germán, Diego y Luca. También
estaba Ester… Cuando la vi me quedé, porque yo era amiga de Mónica. Alquilamos
una casa en 113 y 4, en un lugar que durante muchos años no se pudo vender y que
tiene una ley enda, un dicho que dice: “Donde pasó Sumo no creció más el pasto”.
Germán Daffunchio: Es imposible explicar el quilombo que fue instalarnos en Villa
Gesell. Llegamos, fuimos a tocar a Charly y al segundo día nos echaron. Nosotros
pasábamos la gorra y no nos daban un mango. Entonces, al segundo día, Luca, ya
copeteado, empezó: “Ustedes son todos unos fucking conchetos de mierda, unos
fucking pelotuditos, y ahora vamos a hacer ‘Fuck You’ y…”. Terminamos muy mal
en ese lugar. Nos quedamos con una deuda, sin laburo y con todo para pagar. A partir
de ese hecho fuimos a tocar a cualquier de Gesell. Fue medio infernal, durísimo,
porque a Luca no le importaba nunca nada, como siempre. “Bueno, vamos ahí,
vamos ahí”, decía. Para él estaba todo bien, pero para nosotros era muy difícil.
Tuvimos episodios complicados… Entrábamos en los supermercados a robar comida
porque nos moríamos de hambre.
Claudia Gernhardt: En una habitación dormíamos Luca, Diego y yo, y en la otra,
Evangelina con Germán y Lila con Ale. Timmy y Pettinato habían alquilado otra
casa porque tenían chicos. Luca había llevado una carpa. La casa era chiquita, pero
el terreno era enorme. Entonces llevó 15 días a su novia alemana y 15 días a su novia
judía. En los shows decía: “Acá atrás tengo dos novias, una judía y una alemana”.
Toda la gente se cagaba de risa pensando que era una joda, pero era verdad. Ricardo
ya tenía a su hija Azul con Gabriela, pero ellos fueron a un hotel. A la tardecita
tocaban en Charly y a la noche donde saliera. Ahí comenzó el famoso “llegando los
monos”…
Mónica Stromp: Ese verano en Villa Gesell, Luca y yo vivíamos en la “carpita del
jardín”. No teníamos cuarto. Era lo que había. “The joy of being there…”. Me llevaba
bien con las mujeres de los chicos de la banda.
Lila Riquelme: El verano del 84 fue una locura. Ahora me acuerdo y me río, pero en
ese momento no me causó ninguna gracia. Nos cagamos de hambre mal, habían
alquilado una casa alucinante en Villa Gesell, le decían “la casa de cartón”, no sé por
qué. Luca y Mónica estaban acampando afuera, en una carpa. En la casa estábamos
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Germán, Evangelina, que era la novia de Germán, Diego con una de sus novias, Ale
y yo. Luca cocinaba y todo, pero básicamente estaba en la carpa con Mónica. El
primer show que hicieron fue a las tres de la tarde, en la playa. Había un par de
personas que ya sabía que tocaban ahí y se armó quilombo. No sé si fue en el
segundo tema, creo que sí, pero hubo piñas, descontrol total. Desde ese día le hicieron
la cruz a la banda. No los querían en ningún lado. No tocaban, no había plata, no
había comida… Me acuerdo que íbamos a la farmacia con Ale, Germán y
Evangelina, y que la gente que estaba adelante nuestro se pesaba y decía: “Uy, qué
barbaridad, ¡engordé cuatro kilos!”. Nosotros decíamos: “Qué barbaridad, ¡bajé
dos!”. Nos cagamos de hambre mal. Ese verano quedé embarazada de Ale.
Claudia Gernhardt: Los echaron del balneario porque Luca dijo la palabra “boludo”
o algo así, una frase desafortunada, el tipo se ray ó y dijo: “No se toca más”. Diego a
veces hacía sonido para ganar plata; como y o trabajaba, pagaba algunas cosas y
hacía la comida. Un día hice ensalada criolla, le puse orégano y Luca se ofendió.
Protestó porque acá le ponemos orégano a todo. Yo la había preparado con todo mi
cariño para todo el mundo, y le dije: “Bueno, sacale el orégano si no te gusta…”.
Pero se enojó y no comió. Después hubo algunos recitales en otros balnearios, pero
al final quedaron unos boliches en los que tocaban a la noche.
Germán Daffunchio: Me acuerdo de un show en una esquina, muy cerca de la
play a, en un primer piso que estaba todo lleno de arena. La característica del lugar es
que era una play a dentro de un edificio. Estaba muy bueno. Estábamos tocando y
adelante nuestro empezó a bailar una mina muy linda. A continuación se le puso un
chabón al lado, también empezó a bailar… A los cinco minutos se armó una batalla
campal… Mamita. Fue bravo… La secuencia fue: “¡Luca, mira lo que me
hicieron!”. El chabón tenía un tajo, la sangre saliéndole a cataratas. Era una época
salada socialmente hablando. Después fuimos a tocar a un cabaret, tocamos en una
pizzería y en todos los lugares en los que nos aceptaron. Juntamos más o menos la
guita para poder pagar y nos fuimos. También le hacíamos sonido a Ariel Prat y a
otro más. Sorteábamos entre nosotros y salíamos en equipos de a dos, con nuestras
cajitas, y le hacíamos sonido a otros grupos. Nos pagaban poco, pero nos servía.
Íbamos, operábamos, nos agarrábamos unos pedos de la puta madre y
terminábamos cantando con ellos.
Fernando Noy: Creo que vi a Luca por primera vez en Villa Gesell. Yo iba siempre a
la villa, vivía ahí de diciembre a marzo, todo el verano. En ese tiempo la villa era
Goa, el paraíso, la India. Todo el mundo tomaba sol desnudo, ya había nacido algo
más fuerte que el ácido, que se llamaba STD y duraba seis o siete días. Entonces
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tomábamos un STD y nos quedábamos seis días frente a las arenas, viendo esa
maravilla que era la villa en ese tiempo, agreste, abandonada. Un día, en un verano,
estoy arriba de un colectivo yendo a lo de una amiga y veo que por la plaza de
Gesell pasa una especie de marciano pelado. Le escuché la voz a ese tipo
extrañísimo y me llamó más todavía la atención, porque siempre existe lo que se
llama onda, la captación, el faro, el olfato. Cuando llegué a lo de mi amiga, que era
la reina de los artesanos, le dije: “Vi un tipo…”. Ella me respondió: “Sí, es un inglés,
no sé qué mierda es”. En esos días, con mis amigos siempre íbamos a un boliche que
se llama Paseo de los Momentos, donde todo era permitido. Uno llegaba colocado de
lo que fuere. Fumábamos marihuana en la playa y corríamos hacia el bar, que
estaba enfrente, y siempre había unos grupitos que tocaban para animar el lugar.
Hasta que una noche, veo que aparece aquel pelado que había visto y que me había
llamado poderosamente la atención.
Germán Daffunchio: Esa gira tuvo un grado de densidad grande. Porque además
estaba la lucha política, por decirlo de alguna manera, y la recepción que tenía
Gesell de la música. La sociedad de ese momento, la locura que había, era una
bomba de tiempo que podía estallar para cualquier lado. Había mucha intolerancia.
Cuando veíamos esas peleas y empezaba a correr sangre tardábamos siete décimas
de segundo en irnos.
Diego Arnedo: En Villa Gesell llegué a tener hambre. Me acuerdo de salir a hacerle
el sonido a dos hippies en un barcito, con el sonidito que teníamos ahí parado, como
para comprar un paquete de fideos. Fue un momento muy especial. Aparte nos
echaron de un balneario. No sé cómo a Timmy se le ocurrió que íbamos a pasar un
mes con un sueldo tocando todos los días en un balneario así… Tocábamos en el
pastito del balneario “top” de Villa Gesell. Se llamaba Charly. Timmy dijo: “Vamos a
trabajar a Villa Gesell”. Fuimos y cada uno se organizó por su lado. Timmy estaba
con su familia en una casa, Pettinato por otro lado, Luca con sus novias. También
había una casa que amparaba a los que estábamos en estado de albergue transitorio.
Nos metimos ahí y había unas novias, se armó medio un quilombo y me acuerdo que
Luca dijo: “Yo no tengo problema, me voy a dormir afuera”. Se armó una casita
debajo de una planta y se fue con un colchón a vivir con su novia. Vivía en un
arbusto. Tenía esas cosas geniales.
Germán Daffunchio: Estábamos en el infierno mismo y Alejandro, de alguna
manera, se asustó y se fue. Mejor dicho, pensó: “Si sigo acá, me muero”. Algo así.
La sensación era que el mundo era el infierno mismo y que no había futuro. Nosotros
tratábamos de laburar de lo que hacíamos, pero no teníamos productora, no teníamos
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nada de nada, estábamos perdidos. Al principio, a Luca queríamos matarlo.
Terminamos diciéndole: “Luca, ¿cómo puede ser que al segundo día nos quedamos
sin…?”. Su respuesta era: “¡Fuck you! ¡Me importa un carajo!”. “Ah, sí, ¿cómo que
te importa un carajo? ¡Tenemos que pagar el lugar! A vos no te interesa y me parece
bárbaro, pero, ¿qué hacemos nosotros? Nos van a matar”. Timmy estaba con su
familia, Roberto también. Ricardo había ido con su mujer y su hija, aunque él tenía
su trabajo y estaba más tranquilo porque no necesitaba vivir de eso.
Fernando Noy: El único dato que teníamos era que Luca era inglés o era tano, no se
sabía bien. Estábamos en el Paseo de los Momentos y de pronto, a las dos o tres de la
mañana, aparece Luca con una guitarra. El público se había ido casi todo, quedaba la
resaca y el dueño del lugar. Entonces Luca entra y dice: “Vengo a tocar la viola”.
Recuerdo el diálogo con el dueño del boliche: “¿Qué tocás?”, le preguntó. Se pusieron
a hablar en inglés y al final el tipo le dijo a Luca: “Bueno, tocá pibe…”. El pelado
empezó a cantar canciones en inglés, se movía, bailaba, era una cosa fascinante.
Nosotros nos mirábamos y decíamos: “¡Qué prodigio apareció en nuestra vida!”.
Conocíamos a Tanguito, a Manal, a Miguel Abuelo… Sabíamos lo que era la música,
la teníamos en nosotros porque fue nuestra gran hechicera… De pronto, escuchar
esos temas tan impecablemente cantados, tan acabados… Ni podías ponerte a hacer
coritos, porque el chabón copaba todo… Estuvo tres horas cantando. Cuando
amanecía, escucho otra charla con el dueño, cuando Luca le dijo: “Yo toqué para
que veas quién soy, pero también te quiero contar que tengo un grupo de amigos que
tocan conmigo, que se llama Sumito”. Arreglaron para tocar a los tres días.
Lila Riquelme: Como no podían tocar, alquilaban el sonido que habían llevado, y de
ahí sacábamos unos mangos para el morfi. Timmy, además, pagaba algunas cosas, y
Petti cada tanto traía algo desde su casa para tirar a la parrilla. Los fans también
contribuían con cajones de naranja o de yogur. Recién al final, un chabón de un
boliche en la play a dijo: “Bueno, está bien, pueden tocar”. Los contrataron, todo el
mundo contento y otra vez, al tercer tema, volaron piñas adentro del bar… Se pudrió
todo y pensé: “Bueno, ya está”. Me tomé el bondi y me volví. Estuve un mes, creo
fue en enero. Me vine un poco antes que ellos porque no me aguantaba más.
Alberto “Superman” Troglio: Una vuelta, en Villa Gesell nos bajamos de un
escenario en la play a con Mollo y nos pusimos a hablar con unos pibes. Parecíamos
extraterrestres que habían salido de una nave espacial y nos decían: “Nos parece
mentira estar hablando con ustedes después de haberlos visto en vivo”. Recién ahora
reconozco esas cosas porque en el momento nunca te das cuenta.
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Fernando Noy: Fuimos a ver a Sumito a ese bar de Gesell con un grupito en el que
estaba Willy Crook, porque Willy era otro duende de la villa. Cuando escuché a esa
banda no lo pude creer. Estaban todos, menos Pettinato. Fue tal el éxito, se llenó tanto
el Paseo de los Momentos, que el propio dueño tenía pánico. Porque se corrió la voz.
“Che, hay una gente alucinante”y vinieron mil monos. Esa noche me enteré de que
no había chance de continuar ahí y que necesitaban otro lugar. Yo tenía un amigo que
manejaba un lugar en la avenida 3 y 108, que se llamaba Tingo María. Ahí entraban
como 300 monos, era grande, una esquina que estaba medio en pelotas. Le conté de
Sumo al dueño del lugar porque yo había quedado enloquecido con Luca Prodan,
más que nada con él. Además, Diego Arnedo Gallo era hijo de un amigo mío,
porque yo había estado con él en un conjunto folklórico… “Che”, le dije al dueño del
boliche, “hay unos chabones que suenan muy bien”. “No me digas. Bueno, está bien,
que vengan. Les doy la puerta y vendo la bebida”. Yo amaba colaborar y entonces
armé una especie de panfletito que pegamos por toda la ciudad con mi amiga.
Primero hicieron una función y arrasaron, metieron como 300 monos. En la puerta
ellos vendían un casetito, Corpiños en la madrugada, y de eso hacían una buena
mosca. Yo estaba fascinado con Luca, pero ese día vino el bombonazo de Pettinato,
que también me fascinó de entrada. Roberto estaba engripado y como me sentía
muy atraído por su aspecto empecé a cuidarlo. Le hacía unos tecitos hasta que me
dijo: “Bueno… ¡Basta! ¡Rajá de acá!”. ¡Me sacaba carpiendo! Como no había nadie
que cuidara la entrada y yo no quería que los garcharan con la plata, me puse de
espaldas con el culo apoyado en la puerta. Nunca sentí una multitud que me violara
tan maravillosamente… Porque cuando la banda largaba era rock’n’roll de verdad.
Sumo era sexo. El paraíso.
Claudia Gernhardt: Eran todos familieros, iban mucho a la casa de Timmy, hacían
comidas… Como una tribu que se reunía. No había demasiado descontrol.
Fernando Noy: En esa primera función, Sumo llenó el boliche y Timmy no estuvo.
Cuando apareció para la segunda noche en ese lugar y o me abrí, porque ahí me
enteré de que ellos tenían su productor. No puedo decir que me abandonaron porque
lo que yo quería era estar en un boliche, hacer mi trip, mi mambo. Pero podría
decirse que fui el productor ejecutivo de ese momento, por la parte de pegar
panfletos, avisar al mundo, a los hippies, a la gente, y controlar y vender las entradas
y darles una guita, de la cual me ganaba una porción. Después apareció Timmy, que
era un señor, un tipo encantador, una persona hermosa, pero muy seria y extraña.
“Yo soy el manager”, me dijo. “Ah, bueno, sí, chau, chau…”. Así como con Los
Redonditos yo era íntimo de la Poli Ricota y entraba como una emperatriz a todo
show de Patricio Rey, lo mismo pasó después con Timmy y con Sumo.
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Lila Riquelme: Después de Villa Gesell, y a en Buenos Aires, Ale conoció a un
personaje que andaba con unas historias un poco más duras. Se enganchó en eso.
Cuando volvió, y a sabíamos que y o había quedado embarazada. Sumo en ese
momento estaba por firmar con CBS y la cosa empezó a estar mucho más
comprometida. Ale dijo: “No, me abro de esto”. Conocimos a los mormones,
decidimos hacer una vida más sana y así fue durante varios años. Ale nunca quiso
volver a Sumo. Diego venía a visitarnos a casa y le decía: “Ale, te necesitamos.
Pensalo”. No hubo forma. Luca también venía y Ale iba a verlo mucho a él. Nació
Ismael, nuestro primer hijo, y a los cuatro meses quedé embarazada de Camila. Yo
era una ama de casa total. Una vez fuimos a ver a Sumo al Stud, un día que tocó para
la prensa por el primer disco que grabaron. Luca nos mandó las entradas y fuimos.
La banda estuvo impresionante, pero nosotros estábamos lejos de eso y no queríamos
saber más nada. Ni Ale ni yo, menos con los chicos.
Alberto “Superman” Troglio: Yo tocaba en La Hurlingham Reggae Band cuando
Sokol y a tenía problemas porque se había hecho mormón. Alejandro era “sexo,
drogas & mormón”. Se iba a de un extremo al otro. Lo había suplantado tres veces.
La última de esas veces me acuerdo que estaban Timmy y Luca medios borrachos
en el mostrador del Einstein y les dije: “Hey, estoy cansado de ser la rueda de
auxilio, me gustaría tocar en Sumo”. Luca me respondió: “Sí, lo que pasa es que no lo
podemos echar a Sokol”. “Bueno, pero ténganlo en cuenta”.
Germán Daffunchio: Alberto tocaba en La Hurlingham Reggae Band. Cuando se
separó el grupo que tenía con Tito Fargo había quedado medio flotando. Cuando se
fue Alejandro, la opción directa era él. Además, ya había reemplazado a Alejandro
en algún que otro show de Sumo.
Lila Riquelme: Ale siempre fue muy extremista, era una cosa o la otra, con él no
había un término medio. Teníamos un hijo en camino y creo que se asustó con la
fama y todo lo que implicaba, más allá de las drogas, del alcohol o de las mujeres.
Tenía 24 años y se asustó. Estaba buscando otra cosa, algo mejor para la familia que
quería formar, y un día me dijo: “Mirá, estaba caminando a las seis o siete de la
mañana por Hurlingham, vi una capilla y me metí. Bueno, estuve toda la mañana ahí
adentro, me recibieron re bien y quiero que vengas”. Fuimos juntos al domingo
siguiente y nos enganchamos con los mormones. Vinieron los misioneros, nos
explicaron todo y nos gustó. Ale luchaba todo el tiempo para estar bien; pintaba
casas, la vieja tenía un taller de costura y hacían camperas, trabajaba el cuero en el
fondo de la casa. Fueron nuestros años más felices. En un momento, ya no pudo más
y arrancó otra vez con la música, conoció a unos chicos —que ahora son la mayoría
211
mormones— y formaron la banda Sokol, que tocó acá en Hurlingham.
Alberto “Superman” Troglio: Luca se fue un mes a Túnez o a Marruecos. No sé qué
pomo iba a hacer allá. Nosotros estuvimos ensay ando en el living de la casa de
Diego. El primer tema que toqué con Sumo fue “Silver Moon”. Salió zapando.
Empecé con una base media que le había escuchado a Dennis Bovell, el bajista que
toca con Lynton Quincy Jones, y que también toca la batería y produce, y cada tanto
saca discos solistas. La base de “Silver Moon” es parecida a una base que hacía el
tipo ese. Entonces Diego le metió el bajo, Mollo hizo esas guitarras medio árabes y
después, cuando volvió de su viaje, Luca le puso la letra. Eso pasó con cuatro o cinco
temas nuevos. Los que más componíamos en la banda éramos Diego, Germán y y o.
Mónica Stromp: El plan del viaje a Europa y Túnez era: “Me voy, vuelvo y
compramos una casa”.
Andrea Prodan: En el año 84 tuve mi primer rol como actor, a los 22 años. Ava
Gardner hacía de Agripina, yo era un británico que iba a ser emperador, y ella con
su hijo Nerón me mataban. Muy divertido. Esto fue en Túnez, donde también conocí
a Susan Sarandon. Luca vino justo en ese período, y hasta hizo un mini papel como
un esclavo. El ángel liberaba a San Pedro, ese esclavo que interpretaba Luca se
levantaba y descubría que había escapado. Les vino perfecto porque Luca era
pelado… Hay una versión de la película más larga, en la que está él y otra en la que
no. Después fuimos a Roma y de ahí a ver a mis padres, que vivían muy cerca de
Venecia, en una ciudad que se llama Treviso. Estuvimos con mi mamá y con mi
hermana Michela. Nos sacamos una foto en Venecia, debajo de un puente.
212
213
Monos en la calle Corrientes. Afiche gráfico para la presentación oficial de Divididos
por la felicidad en el teatro Astros.
214
Capítulo 13
Divididos por la felicidad
“La anarquía punk es principalmente un gran ¡fuck you! Para mí la anarquía no
existe y no podría existir porque siempre habrá alguna onda de poder. La anarquía
sería buenísima, con cada uno haciendo lo que quiera sin joder al otro, pero no creo
que a nadie le gustaría que le violen a su mujer gritando ‘¡Viva la anarquía!’ y la
anarquía con límites ya no es anarquía. A mí me podrán considerar un tipo anarco,
pero estoy grabando en CBS… Nosotros éramos marginales y al final nos aceptaron,
lo que te muestra que hubo algún cambio en la sociedad argentina. En el fondo
seguimos igual. En cambio Soda Stereo también era un grupo de Zero pero habrán
pensado mucho más la situación y son aceptados masivamente. Una vez hablé del
‘rock radical’, que dice que todo está bien y que bailemos… O sea el pop plástico. Eso
no me gusta ni pongo discos ni los veo en vivo porque yo también estoy haciendo
shows. Quizás me gustaría ver qué pasa, pero como no los vi no puedo opinar mucho.
Y de la música de afuera tampoco escucho nada nuevo, sino cosas olvidadas del
pasado. Hay mucho pop, muchos raros peinados y mucha tecnología. Lo más
importante en nuestra carrera fue que nadie nos dio bola y todos nos odiaban. Por eso
tocamos tres años en cualquier parte y frente a muchos públicos, por lo que se armó
una bola muy grande. Acordate que cuando todos eran latinoamericanos nosotros
estábamos cantando en inglés. Y de a poco la gente se fue dando cuenta de que
nuestra onda era mejor que la de los demás. Luego CBS nos ofreció grabar. No hubo
ninguna transa”.
Luca entrevistado por Fernando Marcelo Bitar y Eduardo Berti en la revista Canta
Rock número 50.
La zozobra duró unos meses. Luca regresó de Europa y la banda ganó una fuerza
inusitada, a pesar de tener una cuenta pendiente: el ahora sexteto veía cómo los
grupos que arrancaron casi al mismo tiempo (y en los mismos lugares) exhibían
orgullosas la llegada a su primer disco. La lista tenía a Los Twist, Soda Stereo, Ny lon
y Los Violadores entre los debutantes, mientras Sumo permanecía a la espera. No
era un producto accesible, nada más cierto, vestían como operarios de una fábrica
metalúrgica, su cantante andaba en ojotas y ostentaba una pelada en plena era de los
raros peinados nuevos. Estaban al margen de cualquier categoría del rock argentino,
que en 1984 dividía aguas entre modernos y comprometidos. Tenían fama de
215
descontrolados, y en vivo eran la mismísima encarnación del salvajismo escénico,
tercos e inadaptados, que traficaban diversión y oscuridad frente a la desmedida
algarabía democrática.
La primera vez que Daniel Grinbank, el productor de rock más importante del
país, escuchó un casete de Sumo fue terminante: era imposible que una compañía
discográfica se fijase en una banda así. Para Timmy y Germán, el golpe fue
tremendo. Ellos eran los encargados de mover la cinta y ser los destinatarios de la
indiferencia. La sentencia del rey Midas del espectáculo musical era una razón
valedera para disolver a la banda. Más allá del impacto inicial, en Sumo funcionó
como un estímulo. Desde el principio, Luca impuso su espíritu espartano para
enfrentar los contratiempos, formó a la banda sobre esa idea obstinada, como el
escudo protector y la marca de identidad de la familia Sumo. El próximo paso fue
contactar a un productor de apellido Rota, que había trabajado con los legendarios
Shakers y que en 1981 formó parte de la organización que trajo por primera vez a
Queen a la Argentina. El encuentro produjo una grabación de prueba en los estudios
de Francis Smith, afamado productor y compositor de éxitos descomunales como
“De boliche en boliche” o “Estoy hecho un demonio” en los tempranos 70. Casi
como un acto instintivo de supervivencia, los Sumo registraron dos de los pocos temas
en los que Luca cantaba en un castellano bastante cocoliche: una versión reggae muy
amable de “Cambalache”, el clásico contestatario de Enrique Santos Discépolo, y
“La rubia tarada”. La jugada salió mal, y lo que parecía un binomio de hits
potenciales terminó en un depósito de cintas de descarte. Ni la mención de Maradona
en la letra del remozado “Cambalache” alcanzó para modificar la decisión de los
cazatalentos.
En lo que parecía el cierre de un año funesto, que había empezado con la saga
amor y locura en Villa Gesell, siguió con el runrún de la separación del grupo para
luego tornarse en intranquilidad ante la posible reincidencia de Luca en el consumo
de heroína durante su estadía europea. La aparición de un joven productor despejó
todos los nubarrones: Walter Fresco conocía a la banda, la había visto muchas veces
en vivo y estaba convencido del potencial que escondía su ecléctico repertorio
sumado a la potencia artística de su cantante. Después de las primeras charlas con
Timmy, comenzó el largo proceso de persuadir a los capos de CBS, que finalmente
accedieron con algunos reparos. Los directivos apostaban por las canciones de La
Hurlingham Reggae Band, temas más accesibles y festivos que la original paleta
after-punk de la banda.
Ni Fresco era un avezado productor artístico ni los Sumo sabían cómo manejarse
en un estudio de grandes dimensiones. El tercer elemento lo completó el técnico de
grabación, más acostumbrado a grabar a grupos folklóricos que rock. En ese
maremágnum de intenciones comenzó a registrase Divididos por la felicidad. Otra
216
vez, una grabación de Sumo coincidía con un acto eleccionario: el 25 de noviembre
se realizó un plebiscito nacional no vinculante con el fin de aceptar o rechazar el
Tratado de Paz y Amistad firmado con Chile para resolver el Conflicto del Beagle.
Durante el servicio militar, Germán Daffunchio cumplió funciones de chofer del
entonces general Galtieri y llegó a presenciar reuniones de los altos mandos militares
que terminaban en borracheras de órdago. La propuesta de paz fue aprobada por el
82% de los votos y así el gobierno de Alfonsín clausuraba una de las hipótesis de
conflicto más abonada por los capitostes de la dictadura militar.
El disco se grabó entre octubre y enero. Aunque Sumo ya tenía tres años de vida,
su visibilidad en los medios especializados era inexistente. El número 229 de la revista
Pelo dedicó una amplia cobertura a “lo mejor” del año 84. Con una foto de Bruce
Springsteen en tapa y varios títulos a modo de balance, la nota editorial admitía que:
“En 1984 la Argentina comenzó a transitar, vacilante, el camino de la democracia.
Esta tarea ciclópea para un país que tiene sus miembros entumecidos (por no decir
mutilados) consumió la atención y las energías de la mayoría de la gente. En este
contexto, el rock venía exhausto después de haber sido uno de los bastiones
fundamentales de resistencia a la dictadura, por lo que debió reciclarse para poder
ofrecer una propuesta renovadora a todo ese caudal de seguidores. La crisis
económica no le fue ajena y golpeó duramente toda la estructura, obligando a
establecer nuevas reglas de juego. Y está bien, la Argentina de 1984 es una nación
destruida que trata lentamente de recomponerse en un esfuerzo que seguramente va a
durar algunos años más. Por eso ahora debemos tratar de hacer el país posible y no el
que todo soñamos, y en esos términos el rock ha comenzado a manifestarse lenta pero
inexorablemente hacia un nuevo camino”.
El texto de Juan Manuel Cibeira le adjudicaba al rock en dictadura un rol un tanto
exagerado frente a su implicancia, más cercana al espacio de refugio que de
resistencia. En las páginas internas de la revista, la y a clásica encuesta del año, con la
participación de los músicos argentinos, ubicaba en primer lugar a Alchemy, de Dire
Straits, seguido de Fito Páez con Del 63; en tercer lugar, Born In The U.S.A., de
Springsteen. Entre una larga serie de notas de análisis de situación, bajo el título de
“Los que se vienen” aparecía un informe sobre bandas nuevas. Los Enanitos Verdes,
Cosméticos, Sachet, La Nuca, Boxer, Maccioco y Los de Goma, Cinema y Súper
Yo-Yo formaban la lista de promesas a punto de registrar su disco debut.
Curiosamente, una vez más Sumo volvía a estar ausente en un resumen anual, incluso
siendo un nombre importante por convocatoria y permanencia en el circuito de pubs,
bares y pequeños teatros porteños.
Como Leonard Cohen o Serge Gainsbourg, Luca hacía rato que ya había
superado los 30 años y por fin llegaba, con una edad poco rockera, al tan ansiado
álbum debut. No era un solista, claro, ni tampoco fraccionaba su tiempo entre la
literatura o la pintura como lo habían hecho Cohen y Gainsbourg, respectivamente.
De no haber llegado a la Argentina, es muy difícil imaginarlo con una carrera
217
musical en Inglaterra o Italia, básicamente porque cualquiera de esos territorios
representaba la muerte segura. Pero ni siquiera sin haber sido un prisionero de la
heroína Luca hubiera encajado en la escena londinense, donde la alta concentración
de bandas y solistas conspiraba contra un artista desencantado del negocio musical
británico. En la Argentina, encontró un campo ubérrimo para experimentar y
enmendar años robados por la represión con la música que traía en su cabeza y en la
valija, y que aquí solo formaba parte de los círculos de enterados. Pero, por sobre
todo, se alinearon varios planetas para que un italiano en retirada encontrara los
aliados imprescindibles para montar una empresa liberadora y desafiante.
Para la grabación de Divididos por la felicidad, el cantante cedió a sus
compañeros el control del sonido y el manejo de los detalles de las diez canciones del
álbum. Pettinato, Germán, Diego y, en menor medida, el recién ingresado Ricardo
Mollo —quien y a había participado en varias grabaciones—, compartieron con
Fresco las riendas de un registro complicado. Pesaba la inexperiencia, cierta
arrogancia de los participantes y el afán por llegar lo más cerca posible a ese sonido
que en una noche iluminada Sumo alcanzaba sobre un escenario. La peor parte se la
llevó “Superman” Troglio, que grabó todas sus intervenciones por separado,
resignando buena parte del pulso original que imponía en vivo. Las controversias y
los tironeos internos no afectaron el resultado final. Cuando el disco llegó a las bateas,
la colisión fue inmediata. Al frente de Sumo, Luca recuperaba para el rock argentino
varios años de atraso y dejaba constancia de su propio manual de supervivencia.
Reggae blanco con mueca prepotente, las derivaciones del punk como materia
evolutiva en la búsqueda de climas oscuros y actitud combativa, y los primeros
experimentos entre rock crudo y música electrónica eran meras herramientas de un
todo mucho más complejo que unía la idiosincrasia de un europeo fugitivo y sus
secuaces argentinos. Cinco tipos en estado de shock permanente frente al tornado que
dirigía una orquesta desquiciada.
Todos los integrantes de Sumo tuvieron su cuota de opinión sobre cómo debía
sonar el disco. De esa cazuela de ideas surgió un ruido tan real como imperfecto,
pero la conjunción de esos elementos significó una explosión de novedades. El eje
maestro que formaban Mollo y Arnedo dejaba lugar importante para el
expresionismo ruidoso de Germán, un hermano de ideas de Adrian Belew (aunque el
violero de Hurlingham nunca lo había escuchado). En esa misma línea intuitiva
aparecen los raptos esquizoides del saxo de Roberto Pettinato. Por detrás, como un
auténtico guardián del tiempo, “Superman” Troglio enderezaba todos los desniveles
de la muralla Sumo. Arriba, en lo más alto, el bravo clamor de Luca llamaba a
tomar las armas aunque la cadencia de un reggae sugiriera lo contrario.
Plagado de enigmas para la época, Divididos por la felicidad invitaba a descubrir
y perderse en su simbología oscura. La tapa mostraba una imagen tomada de la TV,
218
en donde dos ballenas yacían en una play a. Según Luca, la imagen representa los
cuatro elementos: el sol (fuego), el cielo (aire), el mar (agua) y la play a (tierra). El
título incluy e más señales, como una cita explícita a Joy Division, la banda inglesa
que marcó el camino a las tendencias conocidas como after-punk y dark-rock. La
traducción imperfecta de “Divided By Joy ” tenía algo de apropiación criolla y
homenaje velado. El tema que la da título al disco guardaba sospechosos rasgos de
similitud con “ICB”, una canción de New Order, el grupo que nació como
consecuencia del final de Joy Division, incluida en su álbum debut Movement, de
1981.
“Nuestra primer baterista, Stephanie, era la novia del guitarrista de New Order
(Bernard Sumner). Eran todos de Manchester, y cuando Stephanie y yo hicimos ese
tema, su novio le dijo que le gustaba, y que si lo podía usar, y lo copiaron. Ahora como
lo tocamos nosotros es distinto. Pero esa época le dije que sí, porque me daba lo
mismo, yo estaba tirado en un piso en Londres”, señaló Luca a Gloria Guerrero en
una entrevista aparecida en la revista Humor en marzo de 1985. Stephanie desmintió
su relación con Sumner, aunque el tema de los New Order dedicado a Curtis
confirma la versión, al menos en unos cuantos compases: el comienzo de la batería
electrónica y las guitarras brumosas son idénticas, aunque en la versión de Sumo el
ritmo era mucho más acelerado. Las extrañas conexiones no terminan, porque la
letra de “Mejor no hablar de ciertas cosas”, escrita por el Indio Solari, sellaba la
alianza del under más insumiso y también la llave de entrada hacia un lenguaje de
frases cortas y el uso de la fonética.
Como en el arranque del disco debut de Roxy Music, álbum que Luca adoraba,
en Divididos por la felicidad también se escucha un cuchicheo de voces femeninas en
una fase previa a la fiesta, justo antes del estallido disco-funk de “La rubia tarada”,
una danza mala onda con crítica a la tilinguería autóctona y pasajes de vodevil
bizarro a cargo de Geniol. En cada escala reggae del disco, “Superman” Troglio
impuso imaginación y autoridad para no repetirse y destrabar así ritmos roots o
lanzarse como un pionero en las playas del dub. En “Mula plateada”, un ska con
rítmica tribal, asomó otro de los destellos vanguardistas de Sumo. “Debede” se
adelantó 20 años con su contagiosa mezcla de electro-disco-punk.
El disco azul de Sumo se transformó con el paso del tiempo en auténtico tratado
de estilo para el futuro del rock argentino.
Diego Capusotto: Ibas a ver a otra banda y al cuarto tema ya estabas hablando de
otra cosa, porque generalmente se tornaba mecánico. Con Sumo eso no te pasaba
porque había una presencia de sonido que era constante, algo muy intenso. Salías de
verlos como pasado por una experiencia con cierta vitalidad. No salías como uno
más que fue a entretenerse con un sonido durante una hora y media. No era
219
escaparse de ningún lugar sino encontrar lugares con un tipo de poética que tienen
pocos grupos. A mí eso no me pasaba con ningún otro. Claramente, Sumo es mi
grupo favorito de los 80.
Walas: A veces me pongo a pensar en quiénes son los que en los últimos tiempos nos
abrieron la cabeza para que seamos un poco mejores, un poco más tolerantes, piolas
y felices. Uno de ellos es Luca. Otros son Juan Castro, Fernando Peña, Federico
Moura… Personas que murieron y se convierten en mártires, una condición que
legitima más su mensaje. El tipo enfatizaba el respeto por el otro, por ejemplo. Por
ahí te decía cualquier barbaridad pero sin machismo, sexismo ni fascismo. Luca
venía de quilombos personales y del mundo en guerra, mientras nosotros estábamos
aprendiendo todo. Veníamos de sociedades fascistas. Entonces el tipo te decía: “No, a
tu novia tenés que respetarla”. Hay grabaciones en las que Luca está hablando de
rock y enfatizando la importancia del amor siendo un punk, no un hippie. Nos tiraba
consejos ideológicos y éticos que nos abrieron la cabeza. Muchos de los que ahora
son referentes aprendieron de ahí.
Palo Pandolfo: En mi caso, lo realmente importante en mi historia con Luca es mi
amigo Sergio Bondar. Con él hicimos Julio Madurga, donde Sergio cantaba y yo era
el bajista, como el segundón suy o, porque él siempre iba adelante. Antes de todo,
antes de hacernos siquiera modernos, Sergio y a era una figura muy importante para
mí, incluso para hablar de Luca. Con Sergio hicimos tercer año de la secundaria,
después él se cambió de colegio, pero éramos íntimos amigos. Pero, ¿qué pasa? Por
un lado, en el 79 y el 80 Sergio era de la juventud del IKUF, es decir, judíos
militantes de izquierda. Se afilió antes que nadie a la Federación Juvenil Comunista.
Digo esto porque Sergio murió en el 95 de Sida y, para mí, Luca y Sergio son parte
de la misma historia, porque Sergio era vanguardia y estaba un paso adelantado en
todo. Andar con Sergio siempre redundaba en peligro porque buscaba los extremos.
Él fue el primero que me habló de Sumo. Fue en el 83, me invitó al Einstein y no fui
porque me había puesto de novio con mi primera novia y andaba en el final de la
etapa hippie. Me dijo que era una banda que había que ver… Sergio me hizo
escuchar Residents antes de The Clash o Sex Pistols. Ese año no pude ver a Sumo
pero y a sabía de su existencia.
Diego Capusotto: En el rock siempre fue interesante la ruptura del discurso. Se
supone que siempre estuvo vinculado con tratar de modificar un poco la existencia
que nos es relatada. Hay algo del rock en confrontación con una narrativa que no nos
pertenece, que no nos interesa, que es la narrativa de la institución, la narrativa del
poder, lo que nos dice cómo debemos comportarnos. El rock siempre fue como un
220
niño travieso que se escapa de esa fórmula. Cuando te encontrás que eso en realidad
es una declamación en un rockero pero también es parte funcional de ese discurso de
poder, cuando el tipo se convierte en un buen ciudadano o se preocupa por el éxito,
eso empieza a desvirtuar la posibilidad de encontrar un sonido, y también la
posibilidad de decirlo en una letra que confronte contra ese discurso del poder real,
digamos. Porque después ese rockero se convierte en un muchacho que solamente
quiere ir a la fiesta de Punta del Este… Bueno, ahí aparecía un tipo como Luca,
como un lobo que asustaba, que venía de afuera, pelado, y que daba un poco de
miedo.
Palo Pandolfo: Los vi por primera vez en La Alcantarilla y fue inolvidable. Un antes
y un después, como ver a Spinetta Jade en Obras en el 79. Son mojones en mi vida.
Años después, el primer show de Don Cornelio fue en el mismo lugar donde vi a
Sumo en el 84. Recién me había cortado el pelo y estaba haciéndome moderno. Ya
había escuchado, gracias a Sergio Bondar, Survival, de Bob Marley, Adam and the
Ants… Digamos que cuando llegué a Sumo y a tenía Marley, Residents, Sex Pistols,
Human League, The The, Propaganda, Ultravox… Estábamos en la vanguardia, y a
sabíamos que había que cortarse el pelo y ser modernos. Ese día, mientras
esperábamos para entrar con dos amigos, en la cola estaban Charly García con
Alfredo Toth… ¡Estaban yendo a ver a Sumo! Convengamos en que “Rap del Exilio”
y Sumo es lo mismo. Así que Charly afana en Sumo. Yo estaba ahí y lo vi… Ese día
en La Alcantarilla fue entrar y empezar a fluir, porque Sumo en vivo era tremendo.
Con mis amigos terminamos arriba de las sillas, en éxtasis. Eso era Sumo, entrabas
en éxtasis. Te llevaba a un lugar subconsciente, te sacaba del Yo, te pulverizaba el
ego, era un éxtasis religioso, como un trance, te contagiaba un trance rítmico y
oscuro. Sentí eso sin conocer un solo tema.
Gillespi: Mi noche iniciática en el mundo de Sumo fue en el 85, cuando estudiaba
Psicología en la UBA y tenía un compañero fotógrafo que me insistía todo el tiempo
con ir a verlos. “Vos tenés que escuchar Sumo”, me decía. Yo estaba tocando con
unos músicos de la Zona Norte de Buenos Aires, uno de ellos era Mex Urtizberea, y
teníamos un grupo que se llamaba Paiza. El bajista de ese grupo también me habló
de Sumo, especialmente del bajista, que parecía que era increíble. Al final, un día fui
a verlos y me encontré con una fauna que no sabía que existía. El lugar se llamaba
Chantecler y era un antro terrible, un cabaret al que le habían sacado las mesas. El
piso estaba completamente embarrado y mojado, supongo que por las bebidas que se
volcaban en el piso. Eso más el calor humano… Era un asco. Yo tendría 20 años y
era un pajuerano de Monte Grande que estaba en la facultad. Mi sensación después
de esa primera vez fue una mezcla de excitación, sorpresa y miedo. Bastante miedo.
221
Se mezclaba gente de todo tipo. Nosotros, que teníamos el perfil universitario, con
tipos con la cresta que se la pasaban escupiendo a todo el mundo. La primera vez que
los vi hubo riñas y el recital se interrumpió varias veces. Luca frenaba todo porque
tenía esa cosa de papito. “A ver los boludos que están peleando…”. Los que estaban
peleando parecían convictos de una prisión. Pero les hablaba Luca y era: “Listo, no
nos peleamos más”. Ejercía una influencia grande porque todo el mundo daba por
sentado que Luca las había pasado todas. Hablaba como la voz de la experiencia.
Mónica Stromp: Una de las grandes cosas que tenía Luca era que hacía las cosas y
punto. Subía al escenario y no cabía la duda. Lo hice como lo hice. Stop. No
importaba si estaba mal o bien porque era lo que era. Creo que él confiaba mucho en
que la gente vibraba con eso. Es, quizás, su logro más grande. No importaba si los
temas duraban 20 minutos, si se le rompía el micrófono o lo que fuera. Verlo era toda
una vivencia. En esa época, la del 83 en adelante, en el auditorio había unas ganas
grandes de dejarte arrasar… Estaba bueno dejarse llevar. Hay mucha gente que
vivió esos shows y que agradece a Dios haber estado ahí.
Diego Capusotto: Cuando Luca decía: “Estos pibes se hace los punkis pero en
realidad antes de tocar se maquillan” lo hacía con autoridad porque venía de afuera.
No lo conocía personalmente, pero seguramente que lo que decía era bastante real.
No parecía una postura de alguien que habla mal de otros para convertirse en un
propio personaje, al cual todos convocan para que hable mal de los demás, como si
fuera un actor o una actriz que va a un programa de chimentos. Luca era un
hostigador. No era un cascarrabias como puede serlo tu abuelo, al que y a no le llega
sangre a la cabeza porque y a tiene 80 años. Luca desmitificó todo un armado de
palabras, de acciones y de modismos. No me molesta que hay a alguien así, en la
medida de lo que haga esté bien hecho o con mucha contundencia expresiva.
Palo Pandolfo: Luca era como un chamán. Siempre lo describo como un productor,
porque es un chabón que vino a la Argentina a abrir puertas, con una misión rara. Los
padres vivieron en China… La suya es una historia épica, como un Dr. Zhivago. Vino
a abrir cabezas, amén de la drogadicción, que es un lado reprochable y una
influencia extraña. Pero al mismo tiempo es conocimiento por abismos, es Henri
Michaux, es Hoffmann, como un experimentador en el cuerpo químico. Su misión
era despertar el espíritu salvaje en una realidad argentina adormecida y masacrada,
donde habían fusilado a toda la gente sensible y vivíamos con miedo. Luca transmitía
valentía. Fue muy icónico para nosotros.
222
Gillespi: El show era una bestialidad. Primero porque tocaban a un volumen que no
se podía creer, pero sonaba cristalino. Cuando terminaban, la cabeza te quedaba
como una pandereta. Otra cosa que me gustaba era la puesta de luces. Eran casi
todas en contraluz, es decir que veías a las figuras recortadas de los músicos sobre la
luminaria, que estaba detrás del escenario. Eso generaba un efecto, cuanto menos,
psicodélico y narcótico. Entre el volumen y que no veías un porongo, te mataban. El
show empezaba acústico. Luca llevaba una guitarra acústica y tenía el pelo largo y
marrón. Cantaba una balada. Después se sacaba la peluca y ahí empezaba el
rock’n’roll. Esa primera vez que vi a Sumo quedé completamente magnetizado con la
imagen de Luca. En el último de los temas, se sentó en el borde del escenario con las
patitas colgando, dio el saltito y se metió entre la gente, que estaba enfervorizada con
los acordes finales de la canción. Pasó caminando y y o automáticamente me fui
caminando con él. No me quede viéndolo, una cosa muy extraña. Tenía la necesidad
de preguntarle cosas. Yo venía tocando hacía varios años con bandas, pero lo que
había experimentado era inédito. Cuando el show terminó, Luca salió del lugar
completamente solo, con una bolsa de supermercado en la mano, y afuera había un
grupito de gente. En la bolsa de ny lon llevaba la peluca, el hueso ese que tenía y no
sé qué más, y empezó a caminar por Corrientes, para el lado de Callao, y y o me
puse a caminar detrás de él, a una distancia prudencial de diez metros. Así hicimos
varias cuadras y a mí me quedaba como el orto porque tenía que ir para la 9 de Julio.
Dobló justo donde está el Ópera, el bar que está en la esquina de Callao y Corrientes,
hizo dos metros y se puso a esperar el 60 en la parada del colectivo. No me animé a
decirle nada porque Luca metía miedo. Me miró, como midiéndome con cara de
pendenciero, a los pocos minutos se subió al 60 y se fue. Yo me quedé en la parada
como un boludo.
Paula Menéndez: Luca vino a la Argentina para salvarse y buscarse un lugarcito en
el mundo. Jamás se le pasó por la cabeza la revolución que en cierta forma generó.
Había gente de mi familia que me decía: “¿Cómo vas a escuchar un tipo que canta
en inglés? No te das cuenta que todo lo que pasó en Malvinas…”. En alguna gente
may or flotaba toda esa historia. Pero a los que escuchábamos a Sumo eso nunca nos
importó. Lo escuchabas cantar a Luca y quedabas flotando en éxtasis, soñando,
pensando, viviendo eso que te estaba cantando… Era como que te arrullaba, y de
repente te despertaba con una sacudida, con algo explosivo. Luca tenía esa
bipolaridad entre la dulzura y la furia.
Diego Arnedo: Al principio, en Sumo no había un plan. Era todo un quilombo
anárquico. Terminaba de un ensay o y pensaba: “Esto no dura más que el sábado que
viene”. En los ensay os, más de una vez alguien decía: “Che, ¿nadie va a cambiar de
223
acorde?”.
Paula Menéndez: Yo escuchaba Pappo’s Blues y a músicos que eran de una
generación anterior a la mía. Me gustaba el rock’n’roll. Una vez, por casualidad, en
una salida nocturna alguien me metió en un reducto, que creo que era Zero Bar.
Tocaba Sumo y pensé: “¿Qué es esto? Es muy loco”. La gente que había ido conmigo
no pensó lo mismo, pero y o me dije: “No puedo quedarme con esto colgado, tengo
que hacer algo con lo que vi”. Ahí empezó mi seguidilla de ir a ver a Sumo, a
rescatar donde tocaban, algo que no era tan fácil de hacer. A partir de ahí mi
fascinación con Sumo se volvió casi religiosa. Yo era de Caballito, socia de Ferro.
Cuando íbamos al club con mi papá, entraba por la puerta de adelante y me iba por
la de atrás. Le decía a mi papá: “Me quedo acá en el club” y me escapaba. O
avisaba que me quedaba en la casa de una amiga pero me pasaba todo el fin de
semana y endo a los recitales en Paladium, La Alcantarilla o Jazz & Pop. Más
adelante conocí a los del grupo y me fui a Bahía Blanca con ellos. Me quedé en su
hotel y viajé en su micro… Yo era muy chica, me vestía con unas minifaldas
escandalosas… Para mí fue algo movilizador, porque engañaba a mi familia para
seguirlos. Nunca dejé de ir ni a un solo recital. Ni siquiera cuando ya estaba en la
universidad y tenía exámenes. Tenía una doble personalidad: por un lado era muy
estudiosa y aplicada, mi familia era divina, perfecta… Pero por otro lado tenía esa
necesidad de expresar cosas, que Sumo me las permitía.
Rolo: Vi a Sumo por primera vez en el Stud, en Belgrano, un lugar muy chiquitito, a
mediados del 84. Yo tenía 15 años, estaba con un amigo que me había convencido
para ir, pero todos los demás que estaban ahí tenían más de 30. Nosotros éramos dos
colados. Yo escuchaba Iron Maiden, me gustaba el fútbol, era un tipo diurno, y toda
esa gente me pareció muy rara. Eran todos artistas, punks con alfileres clavados en la
cara, muy pocas chicas que estaban vestidas bien dark, tipo The Cure. Yo estaba
parado en la puerta y entonces se me acercó alguien, me palmeó el brazo y me dijo:
“¿Qué pasa acá? ¿Qué hacés vos, estás de visita”. Le respondí: “No…”. Era un tipo
pelado, bien robusto. “Sos muy chiquito para estar acá, ¿qué estás haciendo?”. Lo
miré y le dije: “No, mirá, me dijeron que hay un grupo que se llama Sumo que está
buenísimo, que parece una banda de afuera, que el cantante canta en inglés o en
alemán”. “Ah, ¿sí?”, me dijo. “¿Y vos leíste a Borges?”. “¿¡Qué!?”. “Si leíste a
Borges”. “Eh, bueno”. Me respondió: “Yo me sé toda la biblioteca de Borges. No me
sé un libro solo: me sé la biblioteca entera. ¿Por qué no te vas a tu casa y te cultivás
the fucking mind?”. ¡Me mandó una puteada en inglés! “¿Qué hace el gordo este?”, le
pregunté a mi amigo, que y a había visto a Sumo antes. Pero se hacía el misterioso:
“Ya vas a ver quién es”. “Qué raro”, le dije, “la verdad es que esto está
224
incomodándome. La gente es rara, viene uno que me manda a mi casa…”.
Entramos, y al rato salió Sumo a tocar en un escenario de diez centímetros de alto,
arriba de una tarima de madera muy bajita. Lo miré a mi amigo y le dije: “Ahí está,
es el gordo ese. ¿Es el cantante…?”. Enseguida, antes de empezar a tocar, un flaco se
paró entre medio de la gente y le sacó los anteojos a Luca. “Devolveme los anteojos,
hijo de puta”, le dijo. “No, sacámelos vos”, le respondió el flaco. “Bueh, le vamos a
dar igual…”. Arrancó el show y sonaba horrible, porque los equipos eran
lamentables. Acoplaba todo, una cosa terrible que te levantaba del piso. El punto es
que terminó ese primer tema y empecé a aplaudir, pero enseguida me di cuenta de
que era el único que estaba haciéndolo. Vi que Luca me miraba y me hizo un gesto
con el dedo, como diciendo “no aplaudas”. Cada vez entendía menos qué estaba
pasando ahí. Pensaba: “Le roban los anteojos a su supuesto ídolo, ese supuesto ídolo
me mandó a mi casa a estudiar, no lo aplauden… ¿Qué es esto?”. Fueron dos horas
de show y, cuando terminaron de tocar, Luca vino derechito hasta donde estaba y o.
Me encaró y me dijo: “Lo de ‘fucking’ es mentira. Pero andá a tu casa y estudiá. No
te creas esto”. Me fui de ahí con un miedo bastante grande. Nunca había visto a tanta
gente en ese estado. Llegué a mi casa completamente sordo y muy confundido. Ese
fue el primer contacto que tuve con Luca.
Claudina Pugliese: Yo era punk y sacaba fotos. También escribía la revista Vaselina
con Marcelo Pocavida y más gente. Un día, Marcelo Gasió, del Expreso Imaginario,
me dijo: “Vamos a ver a un grupo. Se llama Sumo y va a cambiar la historia. Lleva
la cámara porque no vas a olvidarte nunca de esto”. Realmente fue un flash. Después
de eso, varias veces nos sentamos a charlar con Luca en una mesa. No era diferente
de sus canciones. Nos contaba cosas que hacía, como estar mucho con los liny eras, y
siempre nos decía: “Ustedes no están despiertos. Tuvieron tantos militares, tienen que
despertar”. Estuve yendo a ver a Sumo un año y medio y después me asusté con las
drogas. Había mucha mezcla de alcohol y pastillas, algunos se picaban con jarabe
para la tos con vino, con lo que sea. Muchos terminaron mal porque las mezclas que
hacían les reventó el cerebro.
Rolo: Al domingo siguiente a ese show de Sumo, fui a la cancha a ver a River. Me
acuerdo que no escuchaba bien, la gente saltaba y cantaba, pero la potencia del show
me había dejado perturbado. El lunes siguiente fui al colegio, me senté y me quedé
mirando todo, como colgado. Vino uno y me dijo: “¿Estás bien vos?”. “Sí, lo que pasa
es que vi un ovni…”. “¿Cómo que viste un ovni?”. “Sí, me llevaron a ver un
grupo…”. “¿Cómo se llama?”. “Sumo”. “¿Sumo? Y y o resto, boludo”, me dijo
cagándose de risa. Me cargaban porque en ese momento el furor eran Los Abuelos
de la Nada. Después de ver a Sumo por primera vez pensé: “Esto no se repite, hay
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que aprovecharlo porque es único”. A partir de ahí, durante los cuatro años siguientes,
fui a ver todos los shows que pude. El aspecto de Luca daba miedo. Pelado, con los
anteojos negros… Él me contaba que usaba todo eso como una coraza para
defenderse. “Yo mato una arañita y lloro, pero lo tengo que utilizar, es un poder que
tengo que utilizar”, me decía.
Claudina Pugliese: Sumo sonaba muy fuerte, con mucho swing, porque Diego era
impresionante. Yo me hice bajista por Diego. Lo vi tocar y dije: “Quiero tocar ese
instrumento”. Me partió la cabeza.
Alberto “Superman” Troglio: En la primera época no usábamos sonido… Yo le
pegaba fuerte a la bata y listo. Luca me decía “Brazos de algarrobo” por los
músculos. Era un sonido medio ordinario y caótico. Cuando ya teníamos un billete,
nos garpaban o podíamos pagar el sonido o lo vinculaban con el caché, ahí sí que
sonaba el grupo. Pero al margen de eso, que es una parte técnica que tiene que ver
con la electricidad, en el escenario Sumo siempre fue algo caótico. Yo estaba sentado
en la batería, como en la torre de un castillo, encima de una tarima y lo veía a Diego
con el bajo, a Pettinato jodiendo, a Luca que se agarraba a piñas con Mollo
ficticiamente, o a Luca que se iba del escenario y nosotros seguíamos tocando y nos
mirábamos…
Paula Menéndez: Yo experimentaba una alegría muy profunda cuando iba a los
shows de Sumo. Me llenaba de felicidad verlos. Cuando me volvía a mi casa el lunes,
estaba toda la semana llena, y el fin de semana ya necesitaba otra dosis de mi
“droga”. Sumo era el motor de mi vida, de cierta manera. Con el tiempo me gustaba
participar tanto en la confección de una lista para un show como entrar y salir del
camarín, estar en la previa o hacer cualquier cosa con ellos. En las pruebas de
sonido, a veces intervenía como si fuera músico: “Eso estuvo bien, aquello no”… Lo
increíble es que ellos me escuchaban y me apreciaban. Diego siempre me quiso un
montón, por ejemplo, Ricardo también. Festejábamos todos mis cumpleaños con una
torta que y o llevaba, le decían la “la torta Paula”, porque hacía siempre la misma. Si
el fin de semana de mi cumpleaños Sumo tocaba en Temperley, por ejemplo, ahí iba
yo con mi torta para festejarlo con ellos.
Fernando García: Yo había leído La muerte joven antes de escuchar cualquier cosa
punk y y a me imaginaba qué podía ser. Después encontré un reportaje a Luca y a
Arnedo en “Las páginas de Gloria” de la revista Humor. Luca hablaba de Van der
Graaf, y cuando leí eso… Yo me sentía absolutamente solo escuchando rock con
226
consciencia de cultura rock. Eso ya implicaba un corte con mucha gente en esa
época. No era lo más común, digamos. Estaba muy solo, como dentro de la subsecta.
Entonces alguien hablaba de Van der Graaf y decía algo del punk. Pensé:
“Tengo que ver esto”. No conseguía quién me acompañara, además. Fui con un pibe
que no tenía nada que ver, porque era blusero. Yo tenía el pelo largo, pullover
peruano, pantalón medio acampanado, el cinto ese que se usaba medio mapuche que
estaba de moda, bastante hippón. Fui a ver qué pasaba con este grupo que nombraba
a Van der Graaf. Además leía la Expreso Imaginario y sabía que Pettinato tocaba.
Los vi en el Stud Free Pub y fue un shock absoluto. En ese recital hubo una parte
acústica en el medio, Luca solo con la guitarra, y debe haber cantado alguno de los
temas que después salieron en el disco de Timmy, alguno de esos que hacía en
Córdoba. Salía del acústico con “Teléfonos que suenan en habitaciones vacías”. No sé
cómo me animé y le dije algo tipo: “Sos Hammill”, o algo así. El chabón paró y me
miró durante un segundo que para mí fue una eternidad. Paró de rasguear y arrancó
de nuevo. Fue un antes y un después para mí.
Paula Menéndez: Yo iba a todos lados vestida de una forma superprovocativa, era
grandota, tenía el cuerpo de una adolescente bastante llamativa para ese momento…
Pero había una cosa muy fraternal, familiar, de muchísimo respeto. Siempre me
sentí cuidada por ellos. Siempre estaba bailando arriba del escenario, o al costado, y
generalmente Luca me dedicaba algún tema o en la mitad del recital empezaba a
gritar: “¡Paaaaaaaaaaaula!”. Me ponía toda colorada, bailando con mis minifaldas.
La gente pensaba que era parte del show. Siempre me respetaron muchísimo, por eso
creo que los amé tanto. He ido ver a muchos de los otros grupos que me gustaban en
su momento, pero no existía nada parecido y nunca sentí algo similar hacia mí. A
Luca le gustaba charlar y conversar de muchísimas cosas a la vez. Nunca te hacía
sentir que su tiempo se estaba terminando ni que se tuviera que ir. Se enganchaba
hablando con vos y para él eras igual o más importante que cualquier otro.
Bobby Flores: Yo pasaba música en un lugar que se llamaba El Depósito, que estaba
en la calle Cochabamba, en San Telmo. Ahí venían unos pibes de La Plata que se
llamaban Las Violetas, que después fueron los Virus. Sumo tocaba mucho ahí, y lo
que más me llamaba la atención de Luca es que antes del show él estaba con la
gente. A veces, muchos no sabían quién era porque lo veían tomando algo en la barra
o sentado en una mesa. Después te dabas cuenta de que era el mismo tipo que subía
al escenario y eso no estaba muy visto. Me parece que a Luca le gustaba saber hasta
el fondo para quién estaba tocando. Tenía eso de mimetizarse con el público para
lograr que el público hiciera lo mismo con él.
227
Fernando García: De los shows de Sumo me acuerdo detalles raros, como unos
tipos con botellas ofrendándole vino a Luca, que era como el Gauchito Gil de la
gente. Le daban las botellas y él tomaba como si fuera un animal del zoológico al que
le tiran cualquier cosas y agarra todo. Yo venía de ver a Spinetta, que era como un
dios, a Porchetto, a Piero con Prema, a Charly en Necochea, a Los Abuelos de la
Nada en el Ital Park… Salvo Kamikaze, de Spinetta, que lo escuchaba más para
socializar que porque me gustara, en ese momento no me atraía el rock argentino. Mi
escuela eran los discos anglo. Entonces claro, aparece Luca con la máquina esa de
ecos con cinta abierta y fue una cosa… Sumo sonaba muy bien. Vi pocas cosas
mejores en vivo.
Paula Menéndez: Luca fue el primero en enseñarme un montón de cosas. Me habló
del punk, de lo que era todo eso, me hizo escuchar cosas que no conocía. Le
encantaba que y o ley era. No me recomendaba libros directamente, pero de repente
me preguntaba: “¿Leíste tal cosa?”. Cuando me decía eso, corría inmediatamente a
buscarlo. Me decía: “¿Leíste a Jack Kerouac?”. Apenas me lo decía y o ya estaba
buscando En el camino, lo conseguía y me ponía a leerlo. Todo eso que él me
mencionaba era siempre buenísimo.
Rodrigo Espina: Teníamos charlas de melómano. Sobre música, cine, Castaneda.
Esa era la base de mi relación con Luca. También me ayudó mucho con miedos que
y o tenía. Hoy eso me pasa con Andrea. Son esa clase de amigos con los que nos
pasamos seis horas hablando de toda la filmografía de John Cassavetes, de
Bergman… Con Luca hacíamos eso. Desde que teníamos un mismo disco rayado, en
el mismo tema, en el mismo lugar. Hablábamos mucho sobre música.
Fernando García: Cuando después de ver a Sumo escuché Joy Division redondeé el
concepto. Lo que pasa es que Sumo era postpunk pero con la voluptuosidad de Led
Zeppelin o The Who. El es flaco, tiene sea cosa austera, y Sumo era muy caliente.
Mollo tocaba, si bien ahí estaba un poco reprimido por los efectos, mediado por esa
pedalera que tenía. Arnedo ni hablar… Superman también tocaba muy bien y Luca
era una cosa… Lo veías y todo lo que tenía puesto era una camisa de Little Stone lila,
a rayas, un pantalón tipo militar con bolsillos y una campera de cuero hecha mierda
arriba… Yo vi eso y me compré esa ropa, la misma camisa, el mismo pantalón y a
la semana me había rapado, como el de Los profesionales. Después de ver a Sumo
era otra persona. Cambié totalmente, hice como una inquisición acá, vendí muchos
discos que había comprado, como los de Yes. Me quedé con lo mínimo indispensable.
228
Rolo: La primera vez que me crucé a Luca por la calle le hice la pregunta más
estúpida que pude haberle hecho. Lo paré y le dije: “¡Luca! ¿Cuándo tocan?”. Me
respondió: “¡Qué sé yo! ¿Ves esto?”. Estuvo media hora hablándome de recetas de
cocina y de cómo se hacía un buen pescado. “Qué pregunta boluda… ¡Qué sé yo
cuándo tocamos! Fijate en el diario…”.
Carlos “Aspix” Giustino: No sé si hay muchos que puedan compararse con Luca
como frontman. La actitud que tenía era algo nunca visto.
Sergio Rotman: No me impresionaba tanto Luca como líder de escenario. No lo
revalorizo como el gran frontman. Para mí, en esa época, Fidel le pasaba el trapo
cien veces. Lo que pasa es que el pelado era un gran cantante y un gran compositor.
A mí nunca me cambió mucho la mano la remera rota, la botella de ginebra, no me
gustaba eso. De hecho, eso era lo que me separaba de Sumo. Lo que sí creo es que
hay una versión totalmente errónea de lo que era Sumo en vivo. Creo que lo mejor
del pelado era su lírica, su poder de composición y su grandeza como cantante. Pero
nadie habla de eso. Lo del frontman, con la botella de ginebra, para mí fue lo que lo
mató. Cuando Luca tenía sus efectos arriba del escenario, que fue la época en que yo
seguí a Sumo, era realmente increíble, como ver a Joy Division.
Alfredo Rosso: Luca era un muy buen letrista. La poética de “Teléfonos que suenan
en cuartos vacíos” es de la ostia, una letra que podría haber cantado cualquier gran
cantautor inglés de los 70. Si hubiera tenido una buena editorial en Inglaterra, algunos
de sus temas podría haberlos cantado algún otro intérprete. Podría haber hecho
algunos mangos como derechos de autor. “Telephones Ringing In Empty Rooms” es
un temazo.
Alberto “Superman” Troglio: Luca tenía fugas mentales que estaban buenas. El tipo
te decía: “Que la chupen”. O el famoso “Fuck you”. Ahora cualquiera que te putea
te grita: “¡Eh, la puta que te parió!” y pone el dedito. Eso lo trajo Luca. Lo usa hasta
Lanata, que es un boludo.
Diego Tuñón: Como cantante era espectacular. Tenía algo muy parecido a Ian Dury.
Sumo es igual a Ian Dury And The Blockheads. Recién ahora me doy cuenta. Ian
Dury fue el que me dio el switch de “quiero ser músico”. Me pasó con él a los nueve
o diez años, lo escuché y pensé: “Quiero este mundo”. Hace poco vi un show en la
tele, su actitud, y era Luca. Incluso tiene un Pettinato, si te fijás. Tiene hasta la figura
controversial de un saxofonista como Pettinato, digamos. La estructura de Sumo es
229
muy parecida a la de The Blockheads. Los vestuarios también son parecidos. No me
refiero a que Sumo haya sido una copia, porque a veces las cosas suceden al mismo
tiempo.
Fernando Noy: Luca tenía una voz alucinante. Era incomparable. Estaba marcado.
Se veía que era alguien que sustraía, que te sacaba de cualquier malestar y te llevaba
a un éxtasis. Era un mago, un chamán… Era un genio. Un poeta clarividente.
Sergio Rotman: Como cantante me hacía acordar a Peter Gabriel, no sé por qué. No
tenía ningún aura de intelectual ni era un tipo de andar corriendo el escenario como
Morrison. Luca no era un rockstar sino un pelado que cantaba bastante cerrado.
Vicentico le copió todo a Luca. Después, con el correr de los años, fue perdiéndolo.
Pero si ves los primeros videos de Los Cadillacs no hay un tipo más parecido a Luca,
sobre todo en lo que Luca representaba.
Alfredo Rosso: A Luca le gustaban los Doors y Echo And The Bunnymen, dos
grupos con cantantes de voz profunda. Además, él tenía un gran caudal vocal. No me
extrañaría que le gustase Frank Sinatra. Jim Morrison era un admirador declarado de
Frank Sinatra, Ian McCulloch era fanático de Morrison, así que por extensión… Era
un gran cantante y también letrista enorme, un poeta consumado. El mito de su vida
quizás lo oscurece todo. Pero más allá de la leyenda de Luca, no hay que olvidarse
de que era un talento, y no siempre el talento y el mito van juntos. Sid Vicious, por
ejemplo, es solamente un mito. Luca fue las dos cosas.
Gloria Guerrero: Sumo en vivo era demasiado fuerte. Cualquier cosa que pueda
decir parece un lugar común. Pero yo nunca había visto una explosión así en mi vida.
Los veías y por más que no te gustara no tenías por dónde darles, cuando a los demás
sí. Podía no gustarte, está bien, pero como mínimo te quedabas helado. Había fuego.
En algún punto, Los Redondos también tenían esa carga y por eso compartían
público. En su momento, cuando Fito tocó Ciudad de pobres corazones fue algo
parecido, pero tuvo que pasarle lo que le pasó…
Fernando García: Los Redondos estaban acá, mientras que Sumo estaba en un lugar
entre Inglaterra y Marte, esa era la diferencia. Luca cantaba muy bien, tenía un
dominio total del escenario, las cosas que decía entre tema y tema, y si le decían
algo contestaba y siempre se armaba.
Daniel Molina: Sumo era muy potente, tenía una base de bajo que la hacía única.
230
Sobre ese sonido denso estallaba la voz de Luca. Lo que me llamó la atención es que
Luca parecía chiquito, flaquito, frágil, pero la voz llegaba desde el infinito y ocupaba
todo el universo. Era un actor de la voz más que un cantante.
Lalo Mir: Luca era salvaje, candoroso y muy querible, tierno, todo a la vez. Puede
parecer una contradicción, pero no lo era porque él era así: imprevisible. Se le subía
a cococho al que estaba tocando, casi siempre a Mollo, y andaban los dos dando
vuelta por el boliche, el tipo tocando un solo y el otro pegándole en la cabeza. Nunca
se había visto una cosa así, era amor-odio: “Te pego pero te estoy abrazando”. Eso
era Luca. Mucho contacto físico en una época en la que no nos tocábamos tanto.
Mario Breuer: En vivo, Sumo era la verdadera aplanadora. Obviamente, la
responsabilidad más fuerte de la aplanadora la tenía la base y de ahí que a los
Divididos se les dice “la aplanadora del rock”. Era fuertísimo verlos, una usina
vibrando.
Claudio Kleiman: Se sentía dueño de la escena y cantaba increpando al público. Era
su manera de provocar. Se acercaba al borde del escenario y les hablaba a uno o dos,
dirigiendo el tema, pero haciendo eso en realidad les hablaba a todos. En lugar de
dirigirse al público en general, de repente se centraba en uno. Eso te conmovía
porque vos veías cómo lo estaba afectando al pendejo ese al que increpaba. Tenía un
rebote muy especial. Era como Nick Cave, un tipo que venía más o menos de la
misma escuela. De hecho, The Birthday Party tiene bastante paralelo con el primer
Sumo.
Germán Daffunchio: El periodismo que se enganchó con Sumo fue el periodismo
culto, que tiene mucha música escuchada, que está harto de tanta chatura y tanta
mediocridad. Encima Luca era un tipo culto, no era un chabón cualquiera. Una vez
estábamos en una parada de colectivo y él tenía unos anteojos que eran de soldador.
Estábamos parados y no sé qué chiste hizo, algo con eso de “qué hacé, boludo”,
como siempre cuando se ponía a hacer chistes. Al lado nuestro había dos viejas, que
lo miraron y le dijeron: “Usted es un maleducado”. “Maleducado, ¿y o? Dígame
usted cuál es la capital de Afganistán”. Las viejas se quedaron petrificadas. “¿Es
Kabul, señora? ¿Quién es entonces el maleducado, ¿usted o yo? Usted es la
maleducada”.
Claudio Kleiman: Luca me miraba con recelo. Creo que era recíproco. Nos
mirábamos mal, pero a mí me gustaba lo que hacía. Me acuerdo muy
231
específicamente de algo que pasó en un recital, después de un show fantástico en
algún lugar de Palermo Viejo, puede haber sido en La Luna, o en alguno de esos
boliches donde tocaba Sumo. En esos recitales todo el mundo hacía pogo, el público
se caía todo el tiempo, te agitaba, y yo nunca fui a hacer eso. Iba, miraba y lo
disfrutaba igual, a mi manera. Esa noche, Luca se me acercó después del show y me
dijo algo así como: “Kleiman, el hombre que está afuera…”. Le respondí: “Bueno,
sí, pero estoy acá”. A partir de ahí fuimos acercándonos de a poco. No voy a decir,
como hacen tantos, que Luca era amigo mío. Pero sí que lo apreciaba muchísimo y
que sé que él también a mí. Muchas veces me dijo: “Che, hagamos una nota”. Era él
el que me pedía que le hiciera notas. Compartimos unas cuántas cosas.
Alfredo Rosso: Daba la impresión de ser un tipo campechano que sabía mucho pero
que no te lo refregaba por la cara. Era un tano romano educado en Escocia y
conocía todas las afectaciones de los británicos. ¿Qué ibas a venderle? Sumo,
además, tenía una toma de posición, no había duda de eso. Luca, en cierto sentido,
fue un tipo ciertamente comprometido con las luchas de su generación. Lo que pasa
es que tampoco era inocente ni naif. En ese sentido, es una pena que no se hayan
conocido más con García, porque tenían mucho en común. García es un profundo
idealista. Por eso está como está y quedó como quedó, porque se puso el país al
hombro, de alguna manera. Es como El hombre ilustrado de Ray Bradbury, que tiene
el país tatuado en la piel. Luca, de alguna manera, es lo mismo. Hizo un curso rápido
de argentinidad, le sumó el bagaje que tenía encima y llegó un momento en el que
no dio más. Creo que expresó mucho de eso en el primer disco y en el último, que
son los que más me gustan.
Diego Arnedo: Cuando hicimos el primer disco, Divididos por la felicidad, toqué el
tema “Divided By Joy” con el bajo Höfner. Era un bajo que, de la mitad del palo
para arriba, directamente no afinaba. Entonces, cuando escuché la toma le dije a
Luca: “Che, este bajo desafina, tenemos que buscar otro”. Me respondió: “¿Estás
loco? Dejalo así”. Es una disonancia que está grabada así. No se fijaba en eso porque
él estaba mirando otras cosas, más profundamente, sumergido en otro lado. De
hecho, ahora lo escucho y pienso: “Qué bueno que quedó así”.
Germán Daffunchio: La historia para empezar a grabar un primer disco de Sumo
fue tediosa. Muy difícil. Daniel Grinbank, cuando escuchó Sumo, dijo que no existía.
Que era una banda imposible para la Argentina. Para nosotros fue un golpe tremendo
porque no teníamos cabida, había una barrera, ninguna compañía de discos nos veía
como un negocio.
232
Alfredo Rosso: La llave del éxito de Sumo es Walter Fresco. Él hizo firmar a Sumo,
le consiguió el contrato, manejó las grabaciones y trató de hacerle la vida un poco
más fácil.
Walter Fresco: Mi interés por Sumo nació un poco por el reggae, porque primero
fue mi gusto personal. Hablaba de Sumo y de La Hurlingham Reggae Band con
Alfredo Rosso. Debo haber visto unos 60 shows de Sumo a lo largo de esos años. Una
noche fui a a un auditorio que estaba en Tucumán y Florida, en un subsuelo. Pagué
mi entradita, como hacía siempre, me quedé hasta el final, y cuando el lugar se
vació fui para el lado de los camarines. Ahí me encontré con Timmy MacKern, que
muy amigablemente me preguntó: “¿Y vos quién sos?”. “Mirá, yo trabajo en una
compañía, quería hablar con ustedes…”. Me dieron un poquito de vueltas y empecé
a charlar con ellos. Ya conocía a Pettinato porque trabajaba en el Expreso con
Alfredo y venían a buscar material a la compañía. Había estado en su departamento
de Avenida de Mayo escuchando a Zappa y grabándonos música. Pero era el único
conocido que tenía. Después de esa noche, hicimos otra y firmamos enseguida. Fue
rápido.
Germán Daffunchio: Antes de Walter Fresco, tuvimos nuestros propios intentos. Con
Timmy nos rompimos el culo yendo a todos lados. Una vez apareció un productor
que se llamaba Rota. Su gran chapa era que había traído a Queen a la Argentina. Era
un productor groso, el manager original de los Shakers. Nosotros compramos, como
los indios compraron espejitos: “¡Vamos a hacerlo!”. El tipo vivía en La Reja, cerca
de Moreno. Con Timmy nos íbamos hasta ahí para hablar con él, ver qué íbamos a
hacer, cuándo íbamos a grabar… Luca nunca se metió en esas cosas porque
confiaba en nosotros. En un momento, este Rota iba a hacer un festival de rock
enorme en Luján, que después terminó prohibiéndose. La cuestión es que un día nos
dijo: “Vamos a hacer una prueba. Vamos a grabar en los estudios de Francis Smith”.
Era una prueba para una compañía, donde te agarraba un cazatalentos y te decía:
“Te doy tres horas en tal lugar, a ver, grabame un tema…”. Después lo escuchaba y
decía: “Me gusta/ No me gusta”. Fuimos y grabamos “La rubia tarada” y … una
versión reggae de “Cambalache”. Es como la historia de las Leyes del Rock, ¿no?
Esas cosas típicas cuando arrancás, cuando entrás en una meseta y parece que no
hay salida. Cuando cada uno empieza a decir: “No, lo que pasa es que estamos
haciendo mal esto” o “No, cantemos un tema en castellano”. Pensamos: “Le
mandamos ‘La rubia tarada’ y ‘Cambalache’. ¡Es un éxito asegurado!”. La idea de
grabar “Cambalache” tiene que haber nacido de Pettinato… Como diciendo:
“Hagamos un hit”. Como sea, me acuerdo que pensamos: “Por ahí podemos fusionar
el tango con esto, el folclore con el rock. Sí, transformemos un tango en reggae”. Esa
233
versión de “Cambalache” era un sacrilegio. Encima Luca habla de Maradona, como
que formaba parte de eso. Obviamente, el cazatalentos nos dio una patada en el culo
y nunca pasó nada.
Timmy MacKern: Eso de “Cambalache” fue cuando estábamos haciendo un demo
para CBS. Lo hicimos con un tal Rota, que estuvo con lo de Queen en la Argentina y
había trabajado en no sé qué compañía en Buenos Aires con los Shakers. Eso era su
gran movida. Tenía un puesto alto en una discográfica y nos consiguió para hacer
estos demos. Los hicimos y ellos lo rechazaron. No era lo que estaban buscando.
Diego Arnedo: Puede ser que los dueños del negocio del disco hay an dicho: “Si los
otros grupos cantan todos en castellano, se les entienden las letras, tienen un público y
son de acá, ¿por qué estos cantan en inglés y no se les entiende nada?”. No sé cómo
fue que a Walter Fresco se le ocurrió grabarnos… Algo habrá visto, supongo que fue
el reggae como concepto de lo más vendible. Es más, nosotros incluimos reggae en
el primer disco porque había una necesidad de hacerlo.
Timmy MacKern: El que lo convenció a Walter Fresco de firmar el contrato fue
Pettinato. Pero Fresco se anotó como productor artístico. Igual, el primer contrato de
Sumo lo firmé yo. A los músicos no les interesaba, había mucho desinterés de la
banda. Para el segundo contrato se dieron cuenta y querían firmarlo ellos, pero en el
primero, que era muy informal, no les importaba. Para ellos era más fácil que
firmara y o porque se desligaban de todo.
Walter Fresco: El productor artístico de Divididos por la felicidad fui y o, aunque…
Se grabó en los estudios de CBS, que estaban bien, aunque tampoco eran ninguna
maravilla. Eran decentes y más para una banda de la que no se sabía si funcionaría o
no… Me dieron la derecha para hacerlo, pero no estaba firmando a Pimpinela, que
sé que va a vender. Sumo era una apuesta. Yo proponía canciones que me parecía
que tenían que estar, sobre todo después de haber visto tantos shows, porque y a tenía
una idea. Les decía: “El disco es por acá, es este conjunto de canciones”.
Germán Daffunchio: Para nosotros, Walter Fresco fue casi un milagro. Una
salvación. Nos defendió dentro de la compañía de discos, éramos su hobby, su grupo
preferido, la banda que él había descubierto. Si estabas un poco adelantado a la
media mediocre argentina, te dabas cuenta de que Sumo era una bomba. Había algo
que se había desarrollado a través de los años, con tantos shows, que era muy real.
Mucho más real de lo que quizás los propios músicos de Sumo vimos o tomamos
234
conciencia en su momento.
Walter Fresco: Se grabó todo con el mismo técnico, Luis Brozzoni, que era uno de
los dos técnicos fijos del estudio. Luca no era cerrado, pero sí poco comunicativo. Lo
que no quita que era buena gente y que nos llevábamos bárbaro. Venía y hacía lo
suy o. “Hola, loco”. Se metía en el cuartucho donde tenía que cantar y tiraba la voz.
En ese disco no hubo problemas, fue una situación inmejorable. No era una banda de
desquiciados que te hacía quilombo en el estudio. Fue todo muy distendido.
Diego Arnedo: El técnico de esa grabación fue Luis Brozzoni, porque trabajaba fijo
en los viejos estudios de CBS. Estábamos supeditados a un horario, pero muy
entusiasmados. El concepto de la mezcla estaba muy relegado y en ese momento
más todavía. Pero sabíamos que estábamos grabando un disco y eso era mucho.
Walter Fresco: Ellos eran raros y conmigo se sintieron cómodos. En cualquiera de
las multinacionales o empresas que había, la gente iba a laburar de saco y corbata.
Yo era pendejo, manejaba Internacional pero iba a la oficina en remera. Todos los
demás iban de traje y te caía Pettinato vestido con el mameluco y Luca entraba
descalzo o en ojotas… En esa época te ponías un auricular en la cabeza y eras un
marciano porque ibas por la calle con un walkman… Sumo era una gran banda pero
tenía un gran quilombo desde lo grupal, porque no todos opinaban lo mismo. Pettinato
quería una cosa, Mollo quería otra, Arnedo quería otra. El único que no hinchaba las
pelotas era Luca… Después fuimos poniéndonos de acuerdo. En ese primer disco y o
tenía un poquito la batuta, pero ellos también. De alguna manera, éramos todos tan
novatos… Ellos siguieron el tren, lo cual es comprensible. Nos juntábamos en el bar
que estaba en la esquina para planear cada paso, definir los cortes de difusión, qué
temas mandábamos al Interior para difusión… Era difícil difundir los temas en inglés
porque en las radios casi no sonaba música anglo. Fue una época rara, pero también
habrá sido el momento ideal para que pase. Las cosas se dan cuando se tienen que
dar.
Germán Daffunchio: Walter Fresco consiguió el contrato, el acuerdo era que debía
ser el productor del disco, pero le faltaba experiencia. Tenía muy buenas intenciones,
y te decía: “Para mí, ese tema tendría que estar sonando así…”. Te ponía un disco de
otro y le respondíamos: “Perfecto, ¿ahora cómo se hace?”. Porque es todo una
escuela. Con los años aprendés a grabar y te das cuenta de todo, pero en ese
momento no. Había buenas intenciones pero mucha inexperiencia. Hicimos algo que
sigue siendo la cosa más absurda que hizo Sumo: grabamos toda la batería separada.
235
Primero el bombo, después el tambor, después el… Una cosa de locos, no sé cómo
Alberto pudo hacer eso. Hay una secuencia que es muy graciosa con respecto a eso.
Estaba la batería, al lado había un piano de cola, y nosotros rompiéndole las bolas al
técnico. “¿Sabés lo que pueden hacer ustedes?”, nos dijo. Puso un Newmann, un
micrófono de la puta madre, arriba de las cuerdas. “Cuando les diga, aprieten las
teclas para que quede liberada”. Entonces, la cuerda vibraba con la batería y esa
vibración de la cuerda se agarraba por el micrófono. Una locura total que no sirvió
para nada. Pobre Superman… Hay una parte de la música, que es el sentimiento que
ponés. En ese formato, separando todo, es imposible que eso se conserve. Además
aparecieron, por primera vez, las baterías electrónicas. “Divided By Joy ” y varios
más tienen máquinas.
Mario Breuer: Había visto a Sumo en vivo dos o tres veces. Cuando estaban
haciendo su primer disco, recibí un llamado de Roberto Pettinato, a quien y a conocía.
Yo estaba grabando o mezclando en Panda y sonó el teléfono. Era Roberto:
“¡Negrito, Negrito! ¡Tenés que salvarnos! Estamos en la puerta del disco más
significativo del rock nacional de la historia y acá hay una sarta de sordos hijos de
puta que van en contra de esto que está pasando. ¡No sabés el disco que grabamos!
Pero los tipos que me pusieron a mezclar no entienden nada”. Le dije: “Roberto,
tranquilo, tranquilo. Esto no es fácil, por ahí tienen que mezclar dos o tres temas hasta
que empiecen a entender qué es lo que buscan”. Me respondió: “Estamos hace diez
días, todo lo que hicieron hasta ahora es un desastre. Voy a explicarte una cosa a ver
si entendés con quién estoy trabajando. Sabés que los saxos me gustan procesados y
como en esta banda todo el mundo procesa y o también quiero lo mismo. Porque
Germán le pone delay a todo, el pelado también… Entonces me diseñé un solo y le
expliqué al técnico que quería que vaya a dos delay, que uno de los delay pase por un
chorus, que el otro delay vaya a una cámara, que la cámara tenga una repetición,
¿ok? Quiero que todo eso arme el sonido del solo. Le expliqué todo esto y el tipo se dio
vuelta cara de pajarito y me dijo: ‘¿Entonces lo querés con más cámara o menos
cámara?’. ¡Le explico y el tipo no tiene la más puta idea de lo que le estoy hablando!
¡Son aparatos que tiene al lado suyo! Me constesta: ‘No, ese aparato no anda’. No, no
es que no anda. ¡Es que no lo sabe usar!”… Lo escuché y después le dije: “Mirá,
Roberto, para mí no hay honor ni lujo más grande que ir y mezclar este disco. Pero
dudo mucho que la compañía permita que un ingeniero no residente se ocupe del
trabajo. Preguntales. Si te dicen que sí, nos juntamos y me voy saltando en una
pata”. Yo me tiraba a cada pileta… Porque meterme en un estudio sabiendo que todo
el mundo iba a mirarme como el culo, para trabajar con equipos que no había usado
nunca… Yo siempre voy para adelante, pero había una cuestión burocrática en el
medio, una política de empresa que no podía saltearse. Sacaron el disco y
236
efectivamente fue uno de los discos más significativos del rock nacional…
Diego Arnedo: Para nosotros, Divididos por la felicidad era la emoción de tener un
disco publicado. Fue más grande la alegría de haber podido grabarlo que la
disconformidad de las mezclas, esas cosas con las que nos enroscamos los músicos,
eso de “poné más fuerte esto y más bajo aquello”. La conmoción máxima fue poder
llevar a un disco todos los ensay os, los shows y la artística de Sumo. Ahora lo
escucho y me parece que está buenísimo. Pienso en lo que pasó y me parece que las
cosas hechas de esa manera son irreemplazables. Era Sumo en un estudio. Sumo en
un bar. Sumo en un ensay o. Como una mezcla de caos organizado.
Walter Fresco: No era que y o quisiera grabarles determinados temas y otros no, ni
que los obligué a grabar un tema en español, no. Se hizo un consenso con un tipo que
está laburando dentro de una compañía y nos pusimos de acuerdo en lo que parecía
que era más potable. Ese consenso incluía el reggae, que personalmente sí me gusta
y también incluía un bagaje de temas. Volvimos a grabar “Heroin”, por ejemplo. Se
hizo una selección de su pasado inmediato, que era Corpiños en la madrugada, se
agregó material nuevo y de ahí salió Divididos por la felicidad. Además estaba la ley
que obligaba a las radios a poner un 25% de temas en español. Así que no era tan
fácil promover las cosas en inglés. Pero en el disco se laburaron todas las variantes.
Lo que pasa es que evidentemente, como buen país en el que se habla español, lo que
primero funcionó radialmente fue en castellano: “Mejor no hablar de ciertas cosas”,
“La rubia tarada” y después se colaron otros como “Disco Baby Disco”…
Germán Daffunchio: Durante la grabación, Luca delegaba mucho. Sumo tenía
conceptualmente un sonido, pero no sé si alguna vez llegamos a concretarlo. Hay
aproximaciones, en algunos temas y cosas que lamentablemente se han perdido
porque nunca acostumbramos a grabar.
Diego Arnedo: En Divididos por la felicidad, la idea era grabar lo que éramos. El
reggae estuvo porque fue lo que llevó a Walter Fresco a firmar ese contrato, aunque
también grabábamos otras cosas. Ahí hubo una decisión que no sé cómo llegó. No sé
por dónde, ni qué entusiasmo tuvo Walter Fresco para decir que detrás de eso había
un posible nuevo rock.
Germán Daffunchio: Para Luca y para mí, y esto lo digo más que nada desde un
lado ideológico, el baterista era el corazón de Stephanie. Era un puesto muy
importante en Sumo. Pero Albert lo cubrió. Entró a grabar nuestro primer disco,
237
Divididos por la felicidad, habiendo tocado muy poco en Sumo, y él tenía más que
nada los temas que incorporamos de La Hurlingham, y no tanto los que eran
netamente de Sumo. En esa época, el sonido que triunfaba era el The Police. Las
baterías tenían un concepto que en la época del sinfónico no existía, la individualidad
de cada casco sonoro, y eso llevó a que los bateristas de reggae aparecieran con
delays, cámaras, muchos efectos… Ya empezaba la enfermedad de las cámaras…
La crisis de los 80 fue la locura de las baterías electrónicas y las cámaras. Se trataba
de grabar baterías que sonaban totalmente en Júpiter, con unos espacios enormes.
Walter Fresco: Divididos por la felicidad vendió bien y siguió haciéndolo en el
tiempo. Llegamos a “disco de oro”. Después, el proceso fue repitiéndose y
mejorando con los que vinieron después.
Germán Daffunchio: Mirándolo a través de la experiencia y de lo que pasó después,
el tiempo nos enseñó que en esa época en la Argentina no había ningún tipo de
experiencia de grabar rock propiamente dicho. Verdaderamente. Había una pequeña
escuela de rock, que eran la que habían inventado el Flaco Spinetta, Charly, Amilcar
Gilabert, todos esos… Pero los técnicos funcionales que tenían las compañías de
discos en sus propios estudios no sabían. Había distintos técnicos y trabajaban como si
fuera una empresa. Estaba el operador de la máquina de no sé qué, el que se
encargaba de grabar… Tenían una experiencia en lo orquestal y el choque fue muy
groso. Todo el mundo sufrió a esa técnica. Había un proceso final que era el master
en la pasta y el único aparato que había en la Argentina lo manejaba un chabón.
Nunca me voy a olvidar de eso: un gordo que leía Clarín, traía el coso, ponía los
compresores al mango y leía el diario… Lo único que le importaba era que no
saltara y entonces comprimía todo. Vos podías volverte loco tratando de que sonara
bien y después te lo arruinaban. Por eso Charly y todos los demás empezaron a
masterizar afuera. Vivieron eso y se fueron. Era terrible, porque le entregabas la
cinta mezclada, el tipo hacía la matriz para después copiar todos los discos y lo
destrozaba, realmente lo destrozaba.
Alberto “Superman” Troglio: El primer disco fue un desastre. El técnico era… Unas
semanas antes había grabado a Larralde y después entramos a grabar nosotros…
¡Con el mismo técnico!
Germán Daffunchio: Los discos de Sumo suenan todos como el orto. Quizás los
últimos están mejor, pero el primero… Divididos por la felicidad fue una experiencia
muy extraña porque no habíamos grabado discos. Habíamos tenido la experiencia de
238
Del Cielito, pero grabando todo simultáneamente. De golpe, ese estudio era enorme,
gigante, entraban orquestas ahí dentro. La sala de operaciones estaba en un primer
piso, en una ventanita, se veía una cabecita, te sentías muy raro.
Walter Fresco: La tapa del disco salió de un documental que había hecho un amigo.
Había una imagen de esas ballenas tiradas en la play a y me gustó esa textura.
Congelamos esa escena y el resultado parece un tapiz, porque está tomada de la TV.
Germán Daffunchio: Divididos por la felicidad tuvo un hit, “La rubia tarada”. Detrás
de ese tema asomaba la cabeza de Luca, y Luca y a era muy conocido. En un show,
me acuerdo de verlo a Fito Páez cerca de mi equipo. Yo tocaba y pensaba: “¿Qué
está haciendo este tipo acá? ¿Qué está pasando ? ¿Qué pasa que viene esta gente?”.
Ellos eran nuestros enemigos, no tenían nada que ver con nosotros. “¿Quién los invitó
a esta fiesta?”. Lo mismo con Andrés Calamaro, que apareció en la historia en esa
época. Para nosotros representaban otra cosa, pero a ellos no les importaba nada. La
historia de Luca es muy compleja y profunda. Hay una parte, que es el personaje, al
cual se le acercaban todos los músicos que hoy dicen: “Yo toqué con Luca. Estuve
con él. Era amigo mío”. Eso pasaba porque Luca era único, y cuando empezó a
venir gente a vernos y explotó “La rubia tarada” se vio más que nunca.
Bobby Flores: Siempre me llamó mucho la atención que un tema hecho casi en joda
como “La rubia tarada” se haya convertido en un clásico de la música popular. Es
una canción enrevesada, rarísima, con una letra que es muy de ese momento. Sumo
tenía temas mucho mejores, pero creo “La rubia tarada” es el que más representa al
grupo en otros estratos. New York City era el boliche al que iba a bailar Carmen
Barbieri y nosotros no queríamos ser eso. Lo que pasaba cuando Sumo tocaba “La
rubia tarada” era tremendo, no me lo olvido más. Que alguien desde el escenario les
gritara a todos que New York City era una mierda nos representaba muy bien.
Estábamos todos detrás de Luca diciendo lo mismo.
Mónica Stromp: Si yo estaba ahí y daba para hacer un coro, lo hacía. Si no, lo hacía
Evangelina o Lila, quien estuviera. Antes de “La rubia tarada” hay una especie de
conversación de chicas. Éramos Andrea, una compañera mía de teatro, y y o. Se
suponía que éramos dos pibas conversando sobre tipos en el baño de chicas. Esas
cosas quedaron registradas de casualidad. Lo mismo el coro de “Heroin”, que salió
mal grabado, distorsionado. Pero fue lo que salió y estaba bien. Era divertido hacerlo.
Lo que grabamos en “La rubia tarada” ni se entiende porque está grabado en el baño
de un estudio, no me acuerdo si en El Jardín o en Panda. Todas esas ideas surgían así:
239
“¿Lo hacemos?”. “Dale, lo hacemos”.
Palo Pandolfo: En Don Cornelio llegamos a Joy Division por Divididos por la
felicidad. Después de escucharlo, nos pusimos más oscuros. “Ah”, dijimos, “esto es
rock’n’roll. Hay que estar del orto, tiene que estar todo mal”. A partir de eso,
empezamos a tomar merca.
240
Capítulo 14
Astros
“Luca un día vino a casa a hacer una traducción de ‘Hablando a tu corazón’, uno de
los temas de Tango. Tenía mucho olor a ginebra, eso me lo dijo Migue, y o no me di
cuenta (…) Nos llevamos bastante bien pero no sé en qué planeta estaba él. Estaba
bastante loco, ¿no? Un día hablamos con Luis y hablábamos de él y… ¿Qué dejó? O
sea… Esa de la banda está buena, pero es como la apología de no sé qué (…) La
verdad es que mucho conmigo no tenía que ver”.
Charly García en el programa La cueva, Telefe, 1993.
“Sucede que, aparentemente ahora somos exitosos. Pero esto nos costó mucho.
Aparte y o no sé muy bien de qué se trata el éxito. Supongo que ganar más plata,
aparecer en las fotos junto a un potentado petrolero; todo depende de cada uno y de
lo que cada persona se crea. Yo sigo viajando en subte y hay gente que no lo
entiende, aunque la vida te cambia después de ser famoso. Por ejemplo, si Sergio
Denis viaja en subte, se dan cuenta algunos. Si viajo yo, me mira todo el fucking
vagón, y eso a veces me embola (…) Por otro lado, la posibilidad de caerme, a mí
particularmente no me asusta, porque mi vida no se agota en la música. Sé hacer
muchas cosas (…) Casualmente hoy vengo de adaptar las letras de Charly García al
inglés (…)
Aquí hay demasiada seriedad. Todos quieren ser ‘imperiosamente’ profesionales y se
olvidan que el rock es una locura y los que hacen rock son locos. Mirá cuando Yes
hizo ‘Close to the Edge’ estaba en la cúspide; sin embargo estaban re locos e hicieron
la mejor música. Todos quieren lucirse, ser personajes. En Sumo, nada de la careta
importa. Si el sonido de alguno no se escucha, se sube y listo. Somos muy
espontáneos. Ves a Virus y estás frente a seis máquinas perfectas, pero sucede que el
argentino, en general es muy especial. Tiene un lema: ‘Frente a la duda, ponte duro’.
La duda tiene que ver con el miedo a la vida, al público, o simplemente a ser
auténtico. El músico de rock, el que lo lleva en el corazón y en las bolas, es un
arquetipo musical”.
Luca entrevistado por Adriana Mercuri en la revista Pelo número 270.
En 1985, Luca Prodan cruzó la línea del anonimato underground para convertirse
rápidamente en una mezcla de agitador cultural y personaje exótico del nuevo
241
panorama musical. En el peor de los casos, en un bocón exacerbado al solo efecto de
plantar bandera contra los usos y costumbres del rockero medio argentino. La
aparición de Divididos por la felicidad coincidió con el auge editorial que vivió la
prensa gráfica durante la “primavera alfonsinista” y Luca reunía todos los boletos
ganadores: un Bukowski joven que caminaba por Buenos Aires y encima dirigía una
banda de rock por demás interesante. A las publicaciones históricas de la cultura
joven como Pelo y Humor se sumaron Canta Rock, Twist y Gritos y Toco y Canto, que
compartían espacio en los kioscos junto a nuevas revistas de análisis político y
cultural como El Periodista y El Porteño (esta última instalada desde 1982 como un
foco de resistencia informativa basado en el periodismo de investigación y con una
atracción extra, un suplemento “marginoliento” llamado “Cerdos y Peces” que
desde 1984 se estableció de manera independiente).
1985 también será el año de aparición del suplemento joven del diario Clarín, otra
herramienta de difusión más expansiva a las acostumbradas publicaciones mensuales
o quincenales. La agenda del suplemento “Sí” agilizó la data del rock y completó el
espacio de comunicación que desde el 23 de enero de 1985 instaló la emisora Rock &
Pop, la primera FM dedicada exclusivamente al rock de aquí y de allá, un hito que
modificó el modo de llegar a los oy entes e intervenir con un lenguaje informal y una
musicalización acorde (toda una apuesta de cambio que trastocó para siempre los
patrones estéticos del mundo radial argentino). La apertura y proliferación de nuevos
medios encontró en Luca a una figura singular: culto y sagaz, divertido y picante,
vago e intuitivo, y siempre dispuesto a hostigar al gremio musical o desnudar el
costado más conservador de una escena supuestamente contestataria. Luca no estaba
solo. Los Violadores, Virus y Los Twist acompañaban el cambio de paradigma,
aunque ninguno llegaba a los niveles de acidez que alcanzaba el cantor romano. Un
poco per jodere y otro poco para marcar diferencias, Luca jugó al personaje cual
piedra en el zapato del rock argentino. Rompió el pacto silencioso de no agresión que
dominaba los dimes y diretes, aunque en bambalinas mantenía buenas relaciones con
la mayoría de sus pares. Vivir en un nevermind permanente lo habilitaba, muy suelto
de cuerpo, a revelarse contra la patria tilinga, el rock domesticado y los intocables de
la escena. Pocos se ajustaban al canon de autenticidad, aunque el paso del tiempo
suavizó los comentarios y hasta mejoró el grado de tolerancia.
Cada intervención del extranjero insumiso exhibía un juego dialéctico totalmente
nuevo. La mayoría de los entrevistadores caían rendidos antes las experiencias, entre
risueñas y trágicas, que Luca relataba con lujo de detalles: su adicción a la heroína,
el tiempo trascurrido en la cárcel o el constante asedio hacia los modos de nuestro
rock impregnaron los encuentros con la prensa, en donde se ponía de manifiesto el
carisma del cantante y cierto aprovechamiento ante situaciones hasta el momento
inéditas para muchos periodistas. Luca expresaba algo que aquí había llegado en
242
traducciones de artículos dedicados a Lou Reed, Johnny Rotten o Iggy Pop, una
manera de entender el rock desde la provocación y poniendo absolutamente todo en
tela de juicio. La arrolladora confirmación de sus dichos aparecía cada vez que la
púa caía sobre el disco debut de Sumo. Con la música, sus opiniones un tanto
arrogantes e inconformistas, al igual que esa imagen de estrella de rock estropeada,
ganaban relevancia. Toda esa diatriba a lo Luca, a veces chocante y hasta gratuita
—“a mí no me gusta prácticamente nada”—, exponía perfectamente el concepto
Sumo: un caos organizado, puro misterio y tentación. En vivo, el efecto alcanzaba
alturas desconocidas y multiplicaba aún más todo lo que insinuaba Luca en una
entrevista.
Abril comenzó con el estreno de La historia oficial, la película dirigida por Luis
Puenzo, que exploraba el infierno de la apropiación de bebés durante el Proceso
Militar y anticipaba, de un modo poético, el Juicio a las Juntas por graves y masivas
violaciones a los Derechos Humanos. El lunes 22 de abril comenzaron las audiencias
del juicio oral y público a los ex miembros de las tres juntas militares que
gobernaron el país desde 1976 a 1983. Esa mismo día, Sumo ofreció una
presentación de Divididos por la felicidad para la prensa en el Stud Free Pub. La
discográfica acompañó la salida del disco con una serie de acciones promocionales,
aunque la banda se reservaba el manejo de los shows. El 10 y 11 de mayo, la banda
más under del under porteño presentaba su disco debut en el teatro Astros a sala
llena, unas 600 localidades por función. Sumo ratificaba su crecimiento en público,
que en parte llegó al teatro de la avenida Corrientes empujado por el hit radial “La
rubia tarada”. Fue tan así que debió agregarse una nueva función para el domingo 12
de mayo.
Las jornadas formativas en el Café Einstein tomaron por asalto el teatro Astros
con el absurdo y el humor dentro de una banda de rock que no intentaba ser paródica,
todo lo contrario: utilizaba los detalles escénicos como el aderezo necesario para el
espectáculo total. Allí encajaban artistas de la calle como Geniol, ex campeón de yoyo
Russell y mimo vocacional que, paradójicamente, ponía su voz cuando “La rubia
tarada” alcanzaba su clímax. Valía todo: un mozo, el Hermano José, amigo de Luca
portando una bandeja, vasos y bebida, y auténticos luchadores de catch integraban la
troupe. Eran tipos que Luca reclutaba de los bares, que obtenían unos minutos de
exposición dentro de un ambiente que les era ajeno y, sin embargo, podían acoplarse
al show con total naturalidad. La iluminación espectral estuvo a cargo de Daniel
Siman (nuevo miembro de la familia sumesca) y entre los disfraces sobresalía la
túnica de Germán, que incluía dos brazos de plástico, genial desmitificación del
guitarrista pulpo. Al frente de la escena, en el rol de maestro de ceremonia, Luca era
capaz de confesar, entre tema y tema, hechos terribles con la naturalidad de un
guerrero con varias batallas perdidas:
243
“Mi hermana y su novio se mataron en un coche, pusieron una manguera en el
tubo de escape, no se bajoneen, está bien, no hay problema, está todo bien… Y se
mataron así, eran adictos a la heroína y este tema está dedicado a ellos”.
Así, sin eufemismos, Luca presentaba “Heroin”. Al fin y al cabo, era la
explicación que completaba uno de los temas claves del repertorio de Sumo.
“‘A Sumo no le importa nada’, rezaban los afiches que anunciaban la presentación
de Divididos por la felicidad, el álbum debut de Sumo. Y seguramente es cierto.
Repasando la historia de la banda durante varios años netamente underground y en
poco tiempo convertida en una de las pocas que pueden llenar tres veces consecutivas
el Astros, se concluye en algo evidente: Sumo se ha propuesto hacer las cosas de otra
manera, sin importarle demasiado ni la historia, ni las características del medio, ni las
consecuencias de su propio trabajo. Tal vez sea esa especie de negligencia la que
produce este verdadero fenómeno, más allá de los valores musicales que el grupo sin
duda posee”, reflexionaba Federico Oldenburg desde las páginas de la revista Pelo,
mientras que otros medios como Twist y Gritos, por ejemplo, resaltaron la
experiencia Sumo en el Astros como un espectáculo superior e inigualable.
De esa manera, entre repercusiones tibias y adhesiones más elocuentes, Sumo
resumía por imagen, historia y pretensiones las características de banda incómoda
dentro de la escena del rock argentino, definición que la crítica de rock suele
glorificar bajo el eufemismo de “banda de culto”. Ni las 15.000 copias vendidas de
Divididos por la felicidad, una cifra nada despreciable para una banda debutante, ni la
participación en el mega festival Rock & Pop (en octubre de 1985 en el estadio de
Vélez Sarsfield, junto a estrellas internacionales como Nina Hagen, John May all e
INXS, y artistas locales de peso como Charly García, Virus, Soda Stereo, Zas y Fito
Páez, entre otros) torcieron un centímetro esa gloriosa maldición hecha de fugas,
adicciones y free rock.
Los pequeños triunfos de Sumo van a correr a través de una agenda cargada de
recitales, en tanto Luca seguía una línea trazada por el azar del día a día y una
desdicha personal que no encontraba consuelo en el aplauso ni en sus considerables
conquistas amorosas. El vaivén que imponía la relación con Mónica Stromp casi
siempre desembocaba en el Abasto. Allí vivió con Esther, una chica que había
conocido en el bar Einstein. El idilio con Esther fue duradero y a pesar de las
intermitencias vivieron juntos en su departamento de la calle Gallo 492. En poco
tiempo, Luca empezó a confundirse con los vecinos del lugar y algunos llegaron a
quejarse al portero del edificio: aducían que en el 9º B había, además de varios
gatitos, un tipo pelado que se paseaba desnudo. Su escala obligada empezaba en El
Destino, un bar ubicado en Humahuaca y Gallo, ginebra en mano y el diario Buenos
Aires Herald como señas de identidad en la pesadumbre de un quitapenas. El
mercado de Abasto cerró sus puertas el 14 de octubre de 1984 y el barrio se
transformó en un parque de diversiones abandonado. Luca vivió el paulatino
244
deterioro del lugar, al cual volvió una y otra vez, incluso cuando la historia junto a
Esther había terminado.
Para despedir el año y adelantar temas de su próximo disco, Sumo repitió en
diciembre la apuesta de tres noches consecutivas en el Astros. Esta vez, la
convocatoria de público no fue la esperada pero ninguno de los presentes quedó
ajeno a la contundencia de esos shows. El sonido mejoró considerablemente y la
escenografía, compuesta por delfines inflables flotando sobre la cabeza de los
músicos, reconocía la psicodelia acuática de la banda, que agregó coristas y volvió a
repetir los pasajes del Hermano José, el mozo amigo de Luca, y el inefable Geniol
recreando una canción que y a empezaba a convertirse en una mochila. El balance
era positivo: Jorge Crespo otro amigo de Luca, se incorporó a la cofradía como roadmanager;
Timmy alquiló una pequeña oficina en el barrio de Once con la intención
de liberar la casa familiar de los MacKern, que durante tres años fue el búnker de la
banda, que también mudó la sala de ensayo al sótano de los hermanos Mollo en El
Palomar. Todo parecía acomodarse y, por primera vez, los Sumo empezaban a
vislumbrar que podían llegar a vivir de la música. Luca, sin embargo, estaba lejos de
tener un lugar propio donde caer solo o acompañado. Seguía siendo un extranjero sin
residencia conocida.
La visibilidad de Sumo, luego de las temporadas subterráneas, surtió efecto en las
principales encuestas de fin de año. Sumo ganó el rubro “banda revelación” tanto en
Pelo como en el “Sí!” de Clarín, casi un premio consuelo para un grupo que hacía
años era el máximo animador de la escena de pubs y bares porteños y zonas
aledañas. En la edición 254 de Pelo (con foto de Bob Geldof, considerado el hombre
del año por su aporte a los conciertos solidarios de Live Aid), Luca aparecía en varias
páginas: “Por su imagen, por su actitud sobre el escenario, por su extraño acento,
pero por sobre todo porque dijo lo que muy pocos se atreven a decir, Luca Prodan, el
cantante del grupo Sumo, fue el que más se destacó como personaje original”. De
modo llamativo, no había una consideración artística en la enumeración de razones
que justificaban la elección de Luca como “el personaje”. En otra parte, el cantante
escogió sus discos favoritos junto a otros 44 músicos. El primer lugar se lo llevó The
Dream of The Turtles de Sting, aunque Luca optó por Born in The U.S.A., de Bruce
Springsteen, Y ahora que pasa ¿eh?, de Los Violadores, y Famosas canciones
napolitanas, de Aurelio Fierro, un popular cantante italiano de la década del 50. No
hubo, a lo largo de esa multitudinaria lista, un solo voto al debut de Sumo. La encuesta
de lectores de Pelo sí tenía reservados algunos lugares para los integrantes de la
banda. Ricardo Mollo salió octavo en el rubro guitarrista y Luca aparecía en el
décimo como cantante, por debajo de Juan Carlo Baglietto, Miguel Mateos y Gustavo
Cerati; Diego Arnedo también figuraba en el octavo lugar dentro de la categoría de
bajistas. Como banda, Sumo aparecía en décimo lugar, y para el rubro “grupo en
245
vivo” alcanzó el séptimo puesto, la misma ubicación que ocupó Divididos por la
felicidad. Sumo formaba parte de un pelotón pero no alcanzó ni por asomo los
primeros lugares. 1985 fue el año en que discos como Rockas Vivas (Zas), Nada
personal (Soda Stereo), Piano Bar (Charly García), Giros (Fito Páez) y Locura
(Virus) aparecían entre los favoritos de la may oría.
El 9 de diciembre, un día después de la tercera función de Sumo en el teatro
Astros, se conoció la sentencia del Juicio a las Juntas militares. Videla y Massera
fueron condenados a reclusión perpetua; Roberto Viola a 17 años de cárcel; Armando
Lambruschini fue condenado a ocho; y Orlando Agostia a cuatro. El resto de los
acusados fueron absueltos. En cinco años de estadía, Luca fue testigo del cierre de
una parte de la historia más siniestra de la Argentina. Había llegado al país cuando
todavía gobernaba Videla y vio pasar cuatro presidentes a lo largo de una historia
personal que parecía conjugarse perfectamente con el drama nacional. La política
en democracia no lo contagió. Solo la lucha de las Madres de Plaza de May o
formaba parte de un ideario que aborrecía las instituciones y miraba el futuro político
con el más absoluto pesimismo.
Gustavo Cerati: En un momento, Luca empezó a atacarnos, un poco como
estrategia suy a para diferenciarse. Incluso me acuerdo que una vez me llamó para
pedirme disculpas por una cosa que aparentemente había dicho. Me llamó y me dijo:
“No lo vayas a tomar en serio, mirá que…”. Era un poco la joda, también. Había
que diferenciarse, después de todo nosotros también lo hacíamos y aprovechábamos
para tirarle un palo a uno o a otro como para tratar de buscar nuestro lugar en eso.
Igual lo de Luca era gracioso, él tenía una simpatía natural. No había esa cosa seria,
dogmática y mucho menos mesiánica. Era puramente joda. Nos bardeba a nosotros,
así como decía que Moura era incapaz de tocar un instrumento. Luca decía cosas así.
Sabía perfectamente el valor que tenía Federico como músico.
Marcelo Moura: Esos ataques eran un pose para la prensa. La onda de Luca era la
del chico malo, entonces no podía decir que Virus era maravilloso. En realidad no
cerraba que lo dijera de nadie, supongo, menos si era argentino.
Claudio Kleiman: Federico Moura había impuesto una clase de frontman más
desinhibido en relación a lo que era el rock nacional. Pero Luca no lo respetaba a
Moura. Luca no podía entender que hubieran tipos a los que te encontrabas en una
fiesta, gente que lideraba un grupo y que no podían cantar un tema si no tenían todo
el andamiaje armado. Moura era un poco así, había muchos así, y eso lo sacaba de
quicio.
246
Hilda Lizarazu: Luca trajo el enojo, el “no futuro” europeo. En él se juntaron todas
las coordenadas que debe reunir para ser el mensajero. También es el embajador del
reggae, que tanto gusta en la Argentina a partir de Sumo. Lo que pasa es que él era
genuino con su postura de “no quiero a nadie”. Entonces era controvertido, incluso
agresivo, con Charly y con los que y a estaban instalados en el Olimpo rockero. No
era muy querido ni respetado porque criticaba. Luca era agreta. Buscarroña. Nunca
presencié una pelea porque a Charly le deslizaba, se ponía ese traje de protección y
chau. Cuando te enfrentás a un arengador, esos tipos que te dicen: “Eh, ¿vos quién
sos?”, o te enganchás o decís: “Uh, este tarado…”. Era un poco así. No era una
persona amigable, se sentía dueño de la calle y el representante de las clases
alcohólicas. Me acuerdo que un día y o estaba comiendo en Pippo y lo vi pasar medio
borracho. Entró medio patoteando, con esa postura punk… Estaba solo, con una
petaquita.
Lalo Mir: Luca se comportaba como un chico que estaba medio loco. Era la
percepción que tenían todos: “Ah, sí, Prodan, hay que ver con qué te sale ese, por ahí
te aparece borracho, por ahí aparece cagado…”. Esas cosas escuchabas.
Diego Tuñón: A los grandes, Sumo no les gustó mucho. Pero para mí fue el nexo con
muchas cosas, como que unió el heavy metal con el pop. Porque la actitud de ellos
era heavy metal, la misma que tenían los V-8, que vomitaban en vivo, digamos. Hoy
escucho los discos de V-8 y también me parecen re pop.
Mónica Stromp: El rock argentino era muy conformista. Él vio eso y decidió lo que
haría. Agarró un micrófono y listo, lo hizo. Cuando llegó Luca a la Argentina, acá no
tenía muchos amigos, tampoco iba a hacerse enemigos, pero no le importaba nada el
mundillo del rock. ¿Qué podía perder? Estamos hablando de una época en la que no lo
conocía nadie. Tuvo la suerte de darse cuenta de que había un lugar para hacer
música. Eso lo mantuvo bien durante cierto tiempo.
Walas: Spinetta y Charly eran los enemigos.
Damián Damore: La primera vez que vi a Sumo fue en el Lomas Rock, a la tarde.
También tocó Soda Stereo y el cierre, y a de noche, lo hizo La Torre. Fue una
sorpresa verlos a la tarde, más que nada para un adolescente como yo, que comencé
a ver recitales en los primeros años de la democracia siempre de noche, bien tarde,
porque los grupos giraban por todo el conurbano como ahora hacen los bailanteros. El
primer quiebre fue la postura altiva de Luca en el escenario. Sus manos siempre se
247
movían de una manera distinta que las de Cerati o García, por ejemplo. Ellos
también eran frontman movedores de manos, porque Cerati acompañaba la
sensualidad de las letras y García parecía sacarse cosas de encima, Miguel Abuelo
agitaba las manos como un boxeador o con alguna pandereta…Quizás Moura podría
compararse con Dy lan en ese aspecto, ocupando la lista de artistas que no saben qué
hacer con las manos o con el micrófono cuando cantan. Luca se distinguía del resto
porque sobreactuaba al rock, me parece. Al menos y o no veía a otro artista levantar
el anular no solo por “fuck you”… O hacer círculos con las manos, como un brujo a
punto de hacer hipnosis. Eso lo vi muy claramente.
Timmy MacKern: No sabíamos nada del rock argentino, en verdad. El que acercó al
grupo a eso fue Ricardo Mollo, que tocaba con Spinetta, con Mestre… No
conocíamos a nadie y nadie nos conocía a nosotros.
Claudio Kleiman: Luca increpaba a todos, por distintos motivos. “¿No podés agarrar
la guitarra y conmoverme? Aunque sea agarrá la guitarra y cantame un blues”. Era
lo menos blusero que existía, pero te apuraba como diciendo: “Qué va a
conmoverme eso… Si sos un pelotudo que no puede hacer nada si no le arman la
banda en escena…”. Eso tenía que ver con el valor que Luca depositaba en la
autenticidad, que era un valor que en los 80 no estaba muy de moda porque
justamente se priorizaba el artificio.
Daniel Melero: Luca decía: “Dale una guitarra acústica a Melero y que toque una
canzonetta”. Pero andá… ¿Por qué tengo que tocar una canzonetta? Aparte si quiero
puedo hacerlo. Era un ignorante… Él dividía, pero qué sé y o.
Alejandro Taranto: Sumo era muy subestimado, sobre todo porque los músicos
consagrados no le daban cabida a Luca. Salvo Pappo, porque cuando se veían se
cagaban de risa juntos. Compartían ese humor irónico, y como Pappo era el único de
todos los argentos que había vivido en Londres, pensaban parecido. Pappo era
directo, no escribía “Alicia en el país” como Charly García. Directamente escribía y
grababa: “¿Adónde está la libertad?” o “El otro día me quisieron matar, con la
ametralladora pa-pa-pa-pa”. Hay fotos de ellos juntos de cuando Pappo fue a ver a
Sumo a Obras. Pappo fue y será Pappo, el que nos enseñó que no hay que olvidarse
del lugar que uno viene, creérsela pero de ninguna manera confundir el humo con las
nubes. Luca era parecido, se llevaban bastante bien.
Paula Menéndez: Luca tiraba cosas sobre todo el mundo, pero lo hacía en broma.
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Habló en contra de Pappo y un día se encontraron y estaba todo bien. No tenía nada
en contra de nadie. Lo único que lo enojaba de verdad era cuando alguien le faltaba
el respeto a una mujer.
Claudio Kleiman: Luca era un zarpado, no se te ocurría pedirle objetividad. Lo que
pasa es que fue un artista existencial que vivía eso las 24 horas al día. No consideraba
al tipo que únicamente era artista en las dos horas que se subía al escenario. Es más,
le daba más valor a lo existencial que a lo artístico. Por eso en el barrio lo querían
tanto, porque el tipo podía relacionarse con cualquiera. En ese sentido sí que era
como Pappo. Entraba a un bar, se ponía a tomar ginebra con un borracho que estaba
en la barra y se pasaba horas hablando. Lo más interesante y enriquecedor es que
ese otro tipo que compartía un trago con él también estaba poniendo su vida sobre la
mesa. De última, no le importaba tanto si era artista o si cantaba, sino la gente que
tenía una historia interesante para él.
Bobby Flores: Estaba esa dicotomía que teníamos todos, eso de la música
complaciente contra la música combativa. A los Soda Stereo les decían “putos”
porque se peinaban y maquillaban para tocar, algo que en otros lados era habitual
pero acá no. Luca sabía que era habitual y sin embargo los peleaba. Él había visto a
Soft Cell pero se metía en la pelea de acá porque supongo que le divertía, era una
forma de meterse… Estaba muy interesado en meterse en la idiosincrasia de acá, le
interesaba mucho eso.
Mónica Stromp: Si uno viene a la Argentina después de haber estado un tiempo
afuera, hay ciertos mecanismos que saltan a la vista. Imaginate lo que le pasó a Luca
cuando llegó a principios de los 80. Vio una sociedad pendiente por ejemplo de la
última modelito del último show de revistas. Para decirte algo y para no explay arme
demasiado. Se enojaba mucho porque veía muchos chupamedias dando vueltas.
Marcelo Moura: Teníamos una amiga en común, Jackie; nos juntábamos en la casa
de ella y nos divertíamos mucho. Después de cagarse de risa conmigo durante una
noche entera, salía a decir que éramos unos pelotudos. Soy una persona con mucho
humor y a él eso le llamaba la atención. Se reía mucho porque tengo un humor muy
filoso, cero maleducado y eso le encantaba. Eran noches en las que estábamos seis o
siete personas en un departamento, charlando, tomando algo y riéndonos toda la
noche. Luca me decía “Sos muy graciosen…”. Después le preguntaban qué opinaba
de Marcelo Moura y decía: “Es un puto”.
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Damián Damore: Las declaraciones de Luca contra otros músicos causaban mucha
gracia. Era un paralelo con el Indio, porque son dos retóricas opuestas, como el yin y
el y ang. Me divertían especialmente porque a mí, como fan, me daba material para
debatir con mis amigos fanáticos de otras bandas. ¿Quién se animaba a hablar mal de
Charly ? Era el destructor de leyendas. De Moura decía que no tenía alma. De Cerati
que era un conchetito. A Vicentico era al que más ninguneaba porque decía que lo
imitaba, algo que no llegué a entender del todo. A Mateos también lo fustigaba. En un
reportaje, a Luca le dicen reventado y él responde “y o hablo cuatro idiomas”. Luca
no se bancaba ni medio los prejuicios, supongo que para los periodistas debe haber
sido difícil tratar con él.
Norberto Cambiasso: Estaba esa cosa de ideología de comunidad, eso de “estamos
todos detrás del mismo barco”, por más que uno supiera que podía ser ficticio, y de
hecho lo era. En los 70 a Arcoíris la gente de La Pesada los llamaba “las amas de
casa del rock”, porque hacían una música que a ellos le parecía blandengue y
encima tenían una guía espiritual que era mujer, o sea… Antes de Luca, la ironía era
un artículo escaso en el rock argentino y él fue una andanada…
Mónica Stromp: ¿Qué rompió Luca? Él dio su opinión, pero no sé si rompió algo.
Sumó su propuesta pero las otras bandas siguieron tocando y estaba todo bien. Creo
que él, viendo el panorama local, pensó: “Acá hay un lugar alucinante para mí”. En
Inglaterra, su prioridad no era hacer música, allá le nació la pasión por ella. Llegó
sintiéndose mal, sin tener nada que hacer, escuchó la radio y pensó: “Hago esto y me
divierto”. Podría haber escrito un libro, no sé. No digo que no fuese músico, pero
también podría haberle dado por otro lado. Eso sí: en la Argentina, la música se
transformó en prioridad.
Rodrigo Espina: Le gustaba mucho llamar la atención porque era un contador de
cuentos impresionante. Tenía una cultura y un humor increíbles, no tenía miedo ni
cholulismo ante nada. ¿Cómo evitás ser el centro de atención cuando tenés todo eso
desde siempre?
Diego Tuñón: Luca no hacía la arenga de la autenticidad. Los otros integrantes quizás
sí tenían eso, pero él era muy despojado. Además tenía el abandono del alcohólico.
Estamos hablando de un pibe. Nosotros lo vemos con esa actitud ruda y reacia, pero
era muy joven. A mí me copaba que él siempre se vendió como un viejo. Me
acuerdo de una nota que hizo para el “Sí!”; cuando le preguntaron sobre el tecno-pop,
y él respondió: “Yo soy viejo, a mí eso no me gusta”. Qué lindo cuando en aquella
250
época la música se relacionaba con la juventud.
Mirta Bogdasarián: Luca era bastante celoso de los otros músicos. Hablaba mal de
casi todos, decía que eran medio pelotudos. Del único que hablaba bien era de
Spinetta. De hecho, una vez Luca fue a la casa de Spinetta, cuando él tenía a sus hijos
pequeños. Estaban charlando y uno de sus chicos, creo que Dante, rompió un
ventanal de la casa con una pelota. Vinieron todos corriendo: “¡Uh, se rompió el
vidrio…!”. Spinetta dijo: “Bueno, no importa, así van a entrar las mariposas”. A Luca
eso le pareció genial. Me lo contaba y me decía. “Spinetta está loco de verdad, a ese
le creo”. Charly, en cambio, le parecía un boludo.
Rodrigo Espina: La primera vez que lo vi fue un día que y o estaba en Güerrin y él
entró a la pizzería después de ver La vida de Brian. Nos agarró a mí y a dos amigos.
Ni nos conocía y nos gritó: “¡Vay an a ver La vida de Brian que está buenísima!”. No
le dimos mucha bola porque no sabíamos quién era. Lo conocí en persona en 1985.
Yo iba al recital de Nina Hagen, me subí al tren en Once, al furgón, y escuché a
alguien que hablaba con la tonada que tenía Luca. No conocía a Sumo porque yo solo
escuchaba bandas en inglés. Al principio me dio mucha envidia y pensé: “¿Quién es
este…?”. Había un grupo de 40 personas rodeándolo. Dije: “Este mentiroso…”.
Cuando llegamos a Liniers logré ver al pelado entre la gente. A los dos días fui a ver a
Sumo. “Ah, es este…”. Me hice fan en el acto. Esa noche, después de Sumo tocó
Charly, en el que fue el show de la gran vergüenza de la vida de García, porque hizo
algo imperdonable cuando mandó al hospital a un técnico. Charly salió, dio un salto
en el escenario y se cayó. El papelón fue tan grande que se paró, agarró la guitarra,
enfiló hacia un técnico o un asistente y le clavó la guitarra al pobre pibe. Tuvieron
que llevarlo al hospital. Eso no se comentó nunca pero lo vi con mis propios ojos. Ese
día llovía y todo fue un quilombo. Tocaron Blitz o La Unión, no me acuerdo bien, y
les tiraron tantos barrazos y cascotazos que salió Charly a defenderlos y decir: “Eh,
frenen un poco la mano…”. También tocó Soda Stereo. Los dos mejores shows
fueron, por lejos, los de Sumo y Soda.
Andy Cherniavsky: Yo trabajaba para Daniel Grinbank, era la fotógrafa de DG
Discos. Tenía mi oficina en el piso de arriba. Retrataba todo lo que hacía Grinbank,
por decirlo de alguna manera. Era una especie de fanática del rock, cuyo may or
sueño era ser parte de todo ese movimiento que yo consideraba ideológico. La
primera foto que hice de Sumo fue en 1985, justamente en ese estudio de Rodríguez
Peña y Santa Fe, para el programa del festival Rock & Pop que organizaba Grinbank,
en el que tocaron INXS y Nina Hagen. No los conocía personalmente, salvo a
Pettinato, pero hicimos unas fotos muy divertidas. Ellos eran bastante locos e
251
histriónicos. Luca era divertido, muy personaje, y la banda me encantaba porque me
parecía como alucinante que alguien de otro país hubiera podido integrarse y ser
parte de un movimiento. Además, Luca tenía ese look totalmente desinteresado, con
la ropa toda rota... Esa primera vez yo estaba un poco tímida con él como personaje.
A los pocos días saqué fotos de Sumo en vivo, en ese mismo festival. Tenían una
potencia, un desparpajo y una musicalidad increíbles… Se notaba que Luca era un
líder muy groso y carismático.
Damián Damore: Sumo tenía el halo del misterio, y más canciones que el resto
aunque no las oyeras nunca. “Basura blanca”, o “White Trash”, tenía en los shows la
fuerza de los pedidos de “Muchacha ojos de papel” en los de Spinetta y Sumo muy
pocas veces la tocaba. En esa época la democracia era vitalidad y los discos de las
bandas respondían a esa coy untura. Bares y fondas, La dicha en movimiento, Relax,
Nada personal, Clics modernos… Sumo en cambio, no. Divididos por la felicidad era
un título muy juguetón, casi provocador más allá de la traducción lineal por Joy
Division.Sumo tenía back up. Mientras sonaba en la radios con sus discos. también
sonaba en las disquerías con sus piratas y hacían sus shows. Paradójicamente, no
usufructuaba ese envión como el resto de las bandas exitosas. A partir de 1985, varios
grupos y a depositaban el futuro fuera de la Argentina, como las giras de Soda, la
producción de Alomar, sus maxis, el crecimiento de Los Enanitos, los cambios de
Los Fabulosos Cadillacs, etc. Todos querían tener larga vida menos Sumo, porque
estaba claro que no iba a ser para siempre. Eran el verdadero agujero interior.
Daniel Molina: Luca fue una brisa de aire fresco y de renovación radical. El rock
argentino se había fosilizado un poco en la dictadura. Ese es el efecto perverso de la
persecución y la censura: te enclaustra en un momento y te dificulta que avances.
Luca trajo a Buenos Aires parte de lo más interesante de lo que estaba pasando
afuera. Pero no fue un mero importador porque lo tenía en la sangre. Era eso. Fue un
agitador solo por hacer la suya.
Fernando Noy: Luca era coherente y tenía un humor exquisito que no todo el mundo
se bancaba. No creo que ni siquiera a sus músicos les resultara cómodo. Ni a
Pettinato cuando lo cargaba, ni a Mollo cuando lo puteaba en el escenario. Pero era
la ternura más impresionante del mundo… Era un punk que venía a traerte el chiste
que no te iba a gustar.
Geniol: Los músicos argentinos eran baladistas y Luca era rock’n’roll porque tenía
calle.
252
Alfredo Rosso: No creo que Luca fuera resistido entre los músicos argentinos
consagrados, pero quizás no lo entendían mucho. Tenía cosas afines con Moura, con
Cerati, con Calamaro, obviamente con Los Redondos.
Gloria Guerrero: Luca le caía bien a la mayoría de los músicos. No recuerdo a
nadie que me hay a hablado mal. Él podía decir cosas de los demás, pero si tenías dos
dedos de frente, veías que lo hacía con altura y no te calentabas.
Lalo Mir: Generaba muchas cosas en el ambiente del rock, lo típico que despiertan
esas personas, mucha admiración y mucha envidia. Era un chabón que llegó, dijo
tres pelotudeces y todo el mundo y a estaba hablando de él. Estimo que fue una
mezcla de admiración y envidia, y mucho misterio. Luca era un gran signo de
interrogación.
Daniel Melero: Luca era un esnob. El esnob es lo que le da onda a la Corte. La Corte
produce a los esnobs para sentir que está en algo. Cuando Luca empezó no tenía
poder, pero hizo una construcción hasta generar una onda. Yo siento que también soy
un esnob en ese sentido, salvo que la Corte viene a mí. Soy más engreído todavía.
Gloria Guerrero: Puede ser que tuviera un personaje, pero si le caías bien era muy
fácil sacarlo de ese lugar. Su forma de ser era irónica, muy aguda. Si enfrente tenía
un muñequito iba a pegarle un par de bifes para divertirse. Pero lo hacía sin maldad,
de una manera muy picante. Era un tipo muy sincero. Sin vueltas. Luca le
encontraba la sencillez a todo. No tenía posturas sino que él era así. Dividía a las
cosas, y a las personas, entre lo que para él era hipócrita o no lo era. Basaba todo en
eso. Él podía gastar a Soda, como cuando se vanagloriaba de que “ellos meten 100
tipos y nosotros metemos el doble en el mismo lugar”. Pero si veía que su
contrincante musical era honesto y sincero, lo dejaba tranquilo aunque a él no le
gustara esa música y le pareciera vana y demás. Gastaba a Los Violadores porque
estudiaron en la Universidad de Belgrano, eso sí. De hecho, yo estuve en la casa de
Hari B y la mamá vino con un chocolate caliente para el nene. Entonces: “¿Qué
punk?”. Eso lo sacaba mucho más de quicio que alguien que hiciera música vana o
estúpida. Respetaba mucho más a un tipo como Cerati, que se crió así y no lo
ocultaba. Luca no era Pappo ni le decía al DJ que fuera a laburar, no iba a valerse de
eso.
Patricia Pietrafesa: Yo lo veía parecido a Lou Reed. No tenía mucho que ver
físicamente, pero para mí era algo así. Lo que te pegaba de Luca era verlo tan
253
cercano, tan real, como uno más, cuando a la vez era alguien tan especial. También
te pegaba su forma descarnada de manejarse en el escenario. Es como que no era
punk pero al mismo tiempo sí. Su influencia tiene que ver con lo ideológico. Luca era
intocable. Con otras bandas pensabas: “Ahora Los Violadores se vendieron…”. Eso
de “venderse” se usaba mucho en ese momento. Pero jamás se me hubiera cruzado
por la cabeza pensar que él se había vendido porque firmó un contrato con alguien.
Luca estaba en otro plano, jamás lo cuestioné, algo que sí hacía con otros. Ni se me
ocurría pensar eso con respecto a Luca, y me pasaba lo mismo con respecto a Virus.
Alberto “Superman” Troglio: Los que más le gustaban a Luca eran Lou Reed y John
Lennon.
Marcelo Gasió: Sumo y Virus rompieron con todo lo que se venía haciendo y
escuchando en la Argentina. Dijeron: “En el mundo se está escuchando otra cosa”.
Estábamos a años luz de Europa, desconectados de todo, había censura, las películas
no llegaban o venían cortadas, te prohibían leer ciertos libros. Los accesos a la
información eran complicados. Lo que hizo Luca fue decir: “No, miren, muchachos,
en el mundo no se escucha más Yes y Emerson, Lake & Palmer. No necesitás ser un
músico académico para hacer un grupo. Te juntás con amigos, aprendés tres o cuatro
acordes de guitarra y salís a tocar”. De hecho, hay muchas canciones de Sumo que
tienen un único acorde, como es el caso de “Leave Me Alone”. Luca renegaba de
Los Violadores porque decía que eran pibes de Belgrano. Le gustaban Casanovas y
Alerta Roja.
Diego Tuñón: Luca estaba a favor y también en contra de lo que a mí me gustaba,
porque odiaba a Virus. Siempre me pareció raro que odiara a Virus, porque eran los
más modernos de todos. Virus era arte. O sea, retaría a cualquier banda del mundo a
que me diga que tiene mejores letras que Virus, sobre todo en el rock latino. Voy a
cualquier país del mundo y te digo: “Mostrame una obra con la solidez de Virus…”.
Creo que ni Sumo la tiene, porque tenía más actitud que canciones, ¿no? Tiene cosas
lindas, muy lindas, Luca era un gran cantante, tiene músicas geniales, pero cuando
entrás a “Los viejos vinagres” hay detalles que no están tan buenos… A Melero
tampoco le gustaban ni Virus ni Sumo. Para él, Virus era grasa. A mí me gusta eso de
ser un poco grasa, qué sé y o. Llegar a lo popular desde el capricho más que desde el
lado de la vanguardia. Melero igual tiene algo de grasa en su genialidad.
Daniel Melero: Sumo fue muy influyente, eso es innegable. No es la música que
escucho ni me sentaría a escuchar sus discos. Con Los Redondos tampoco me
254
enganché jamás. De todas maneras, y o no sentía afinidad con nada, pero sí con la
gente… Me veía todo el tiempo con Federico Moura y le decía que Virus era una
mierda. En general nunca estuve de acuerdo con la manera en la que todos pensaban
su carrera. Yo la pensé de otra forma y me construí un lugar propio. Por supuesto
que me encantó cuando me ofrecieron contratos discográficos, pero también me
encantó irme de ahí rápidamente y comprobar que podía subsistir y seguir. Yo
aprendí muy rápido que se podía ser elegante sin tener dinero. Que la plata no tenía
que ver con tener estilo. Estos grupos como Los Redondos no tenían personas con
estilo. Tenían un estilo de vida, pero ese estilo era caro porque había que tener plata
para ser un Redondito de Ricota. Yo me enganchaba más con Los Violadores. En esa
época siempre me llevé mejor con los punks. Luca tenía onda con los punks porque
les aportaba algo energético que no les daba nadie.
Diego Tuñón: La escena de los 80 me salvó la vida. Para un adolescente la música es
todo. Es su religión. La Argentina estaba en un proceso en el que no había sucedido
nada. Siempre había habido mucha curiosidad y mucha creación musical, pero te
nombraban a Baglietto y todo eso era una extensión del hipismo. Querías comprarte
la revista Pelo y eran todos hippies, salvo alguna cosita, un pedacito, sobre el newwave.
Yo me la compraba por ese pedacito. Que existieran Virus y Sumo y que
empezasen a sonar en las radios era esperanzador. Fue lo que me hizo creer que
podría llegar a existir la carrera de músico, digamos.
Gloria Guerrero: Una vez me dijo: “Si yo hubiera nacido acá me hubieran pegado
un voleo, pero vengo de Europa con todo el conocimiento”. Luca nos mostró música
de la cual no teníamos idea. Era un bicho raro, al argentino le encanta el exotismo y
él lo sabía incluso mejor que nosotros.
Bobby Flores: De Luca me llamaba la atención que no le tenía miedo a nadie. En
esa época no sabías bien dónde estaba el enemigo, pero a él lo paraba la cana y no le
pasaba nada. Si nos pasaba a nosotros nos cagábamos todos. Estuvimos en lugares a
los que cay ó la cana, lo miraban y el que metía miedo era Luca… Como era
extranjero, lo tenían ahí, él se daba cuenta de eso y lo aprovechaba: “¿Qué tocás?”,
les decía. “Tocame a mí… Qué lo tocás a él que está doblado y tirado en un sillón. Te
aprovechás de él, hijo de puta”. Luca contraatacaba y los canas no hacían nada.
Sabía que tenía cierta ventaja y se ponía bravo. Yo adoraba eso y me sentía seguro
estando con él. Luca entendía lo que estaba pasando porque lo veía periféricamente,
pero nosotros estábamos dentro del quilombo y nos costaba más. Eso me abrió
bastante la cabeza.
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Lalo Mir: Una noche fuimos a ver a Los Fabulosos Cadillacs, cuando todavía se
llamaban Cadillac 57, a un lugar en la calle Marcelo T. de Alvear, en un primer piso.
Había un boliche y yo lo llevé a Carlos Rodríguez Ares porque le había hablado de
Los Cadillacs y el pibe estaba con Virus, haciendo de representante. Me pasé la
noche bebiendo y hablando al pedo con Luca en una mesa mientras estaban tocando
los Cadillacs, todo muy informal. A él le interesaban la literatura, el arte, la calle, el
tango, la cultura, era muy curioso intelectualmente. Yo siempre fui muy aficionado a
las artes plásticas, a las artes visuales, siempre me gustó mucho la fotografía, y estoy
todo el tiempo traduciendo imágenes a sonido, la arquitectura me influye. Con Luca
hablábamos de esas cosas porque eran unos códigos que él entendía, unos
decodificadores con los que se conectaba. Era un tipo formado, tenía una cultura
bastante completa. Además era una esponja, leía mucho, tenía que ocupar la mente
con algo.
Alfredo Rosso: A Luca le gustaba mucho el cine italiano de principios de los 60.
Hablábamos de eso porque yo era muy fan de Fellini y de Pasolini, y a él le
gustaban cosas todavía más cretinas. A los dos nos encantaba Antonioni. Me acuerdo
que un día me dijo: “A mí me gusta mucho la actriz Virna Lisi”. Le respondí: “Ah, la
que actúa en Desierto rojo, de Antonioni”. “No, esa es Monica Vitti”, me contestó,
como diciendo: “No te hagas el que sabés conmigo…”. El tipo era un fan de verdad.
También era un gran fan de Lennon. Por eso tiene ese tema que es terrible y que
salió a grabar en Fiebre, “Cállate, Mark”.
Daniel Melero: Nunca lo escuché a Luca decir algo que me interesase
particularmente, una opinión sobre algo. Me parece que en un punto era muy egoísta,
no sé por qué guardo esa sensación… Creo que es porque era un tipo que se erguía
muy fuertemente, como un sabedor de algo que su música no respaldaba. En eso y o
era parecido a él porque también me creía que la tenía. Éramos todos inmaduros. Me
acuerdo que fui al primer recital en el Astros y me aburrí. Luca salió de abajo, por
una trampa que tenía. El único que me llamaba la atención era Arnedo. Es más, yo
quería que Arnedo tocara con Los Encargados, en un momento iba a poner a Arnedo
y a Gramática, el baterista de Los Violadores. Pero bueno, no ocurrió, fueron charlas
porque la onda estaba. Cuando en el Einstein estábamos en camarines, con el que
más hablaba era con Arnedo. Me gustaba su sonido, la parada, en cierto sentido era
como un Bill Wyman, estático y muy dinámico para el bajo. Tenía formación, me
parece.
Mónica Stromp: Creo que mientras más sabés, más esponja sos, más podés
absorber, más reciclás y sacás afuera. Luca tenía mucho de eso. Lo ves en la
256
variedad de las propuestas que hizo a nivel musical. No se quedó con una única cosa.
Germán Daffunchio: Lo del Astros fue una locura importante de nuestra parte. Fue
increíble. Era la primera vez que trabajábamos con luces, por ejemplo. Nunca
habíamos estado en un teatro propiamente dicho, con un disco en la calle. Yo lo vivía
como una consagración. Con Luca nos mirábamos y nos decíamos: “¿Viste, boludo?
Mirá todo el quilombo que hicimos. ¿Te acordás cuando estábamos en Córdoba?”.
Alfredo Rosso: Una vez pactamos una nota con Luca en el bar Suárez, un bar típico
que desapareció, un clásico de Buenos Aires. Fue cuando Sumo estaba planeando el
recital del Astros, que estaba a media cuadra. Nos juntamos ahí con Luca, Jorge
Crespo, Sergio Marchi y Eduardo de la Puente. Nos fuimos a mi bulín de Villa
Crespo, y ahí hicimos una larga nota que salió en la revista Rock & Pop. La entrevista
salió muy bien, y después nos fuimos a comer una pizza a un lugar que se llamaba El
Gol de Ortega y Moreno, en Corrientes y Paraná. En un momento, Luca dijo: “¿A
esto le llaman pizza ustedes?”.
Carlos “Aspix” Giustino: Hice una sesión de fotos con Sumo cuando estaban por
presentar su disco en el Astros. Ellos querían hacer las fotos para la promoción en vía
publica y me las pidieron a mí. Las hicimos en la sala del Palomar, en un ensay o.
Luca era histriónico al momento de hacerse fotos, muy desenvuelto, tenía una
personalidad muy distinta al resto de los pibes de acá. Nosotros veníamos de la
dictadura y realmente nos impactaba su actitud. Tenía ese costado de reviente que
lejos de horrorizarnos nos caía muy simpático.
Daniel Melero: Cuando llegaron al teatro Astros construyeron la plataforma que
después aprovecharon Los Redondos. Porque el crecimiento de Los Redondos es
debido a la desaparición de Sumo. Creo que en gran medida fue así, de la misma
manera en que la desaparición de Los Redondos tuvo consecuencias en crecimiento
para otros grupos. La diferencia es que en Sumo y Los Redondos existía una cultura,
por lo menos.
Fernando García: Los Redondos se llevan con ellos un poco del aura de Luca, es
cierto. La primera vez que lo vi al Indio tenía una barba, un look horrible, era Ángelo
Paolo, un tipo de whiskería, ni siquiera era cheto, no sé cómo definirlo. Lo que pasa
es que Los Redondos tenía una cosa desafiante muy de ellos. Eso de que le copió la
pelada a Luca lo sospecharía más de Gustavo Cordera que del Indio. Sí es verdad que
después de Luca se hizo un ícono de la pelada. Evidentemente, le copiaron eso pero
257
nadie se puso a escuchar a John Martyn…
Palo Pandolfo: El primer pelado fue Luca, el Indio se peló después. Yo vi a Los
Redondos en el Parakultural y… ¡Todavía tenía pelo!
Gloria Guerrero: Los Redondos tocaban desde hacía años, eran de otra ciudad y
tuvieron que meterse en Buenos Aires. No coincido en eso de la herencia de Sumo.
Al contrario, porque eran complementarios, como dos tipos que atendían el mismo
almacén.
Fernando García: En mi colegio, Sumo era el grupo “de los putos y los
drogadictos”. Eso es lo que se decía. Todos iban a ver a Soda y Sumo les parecía un
grupo de degenerados. La gente iba a bailar, todos los pibes escuchaban a Los
Abuelos y música bolichera… Yo iba a un industrial y escuchar Sumo era como un
resistencia, incluso entre los mismos rockeros.
Walas: Ir a ver a Sumo era estar todos los que nos encontrábamos en lo shows
haciendo puerta, por ejemplo en el Stud Free Bar. Porque quedaba justo donde estaba
el túnel de Libertador. Era como una muralla de cemento y nos juntábamos todos los
raros que los seguíamos a esperar a que toquen. En esa época ahí también tocaban
Clap, Soda Stereo, Los Encargados, Sobrecarga, Factor RH…
Diego Tuñón: En el 86 festejé mi cumpleaños en el Stud Free Pub. Cumplía 16,
éramos fans de Sumo, ellos ese día tocaban y agarré a 10 o 15 personas y los invité a
todos al Stud. La plata para invitar me la dio mi papá. Fue un show impresionante y
entre el público casi no había nadie más que nosotros.
Raúl Romeo: El Stud Free Pub fue un lugar intermedio porque había una capacidad
casi para 500 personas. Tenía un ingreso que era a través de una play a de
estacionamiento, que no era muy grande, y después había un patio con plantas y
mesas. Los shows empezaban tarde, casi siempre una hora después del horario en el
que estaban anunciados o más. Originalmente el lugar era una caballeriza y estaba
en muy buen estado. Casi siempre, después de cerrar el Stud íbamos a Fly er. Unas
cuantas noches lo llevé a Luca y después se hacía cargo él de su vida. Se subía a mi
auto o al de cualquier otro que pasara. Luca había hecho amistad con el cocinero.
Eran dos personas opuestas pero él tenía esa capacidad de poder relacionarse.
Entonces, a Luca le gustaba venir al Stud porque había chicas lindas, era un lugar
tranquilo y su cocinero amigo le pasaba la ginebra. Nadie lo molestaba y él, con su
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descontrol, tampoco molestaba a nadie. El Stud tuvo la suerte de estar en Belgrano,
que era un lugar distinto. Era fácil de ubicar y de llegar, en una zona tranquila.
Siempre estábamos dispuestos para que usaran el lugar como sala de ensay o o
hicieran una buena prueba de sonido. Llegaban a la tarde, armaban todo y hacían lo
que tenían que hacer; pasaba la previa de arreglar el salón y más tarde se tocaba.
Cuando llegaba el momento del show, Luca y a había bebido bastante.
Fernando García: En el Stud Free Pub, la primera vez que fui a ver a Sumo todavía
no había pogo. En Cemento ya sí. Era un pogo fuerte que si te agarraba te mataba.
Gillespi: Aquel pogo de Cemento derivaba en piñas, no era como el que hacen hoy
que viene Green Day, donde los pendejos saben que está todo bien. El pogo de los
shows de Sumo se mezclaba con la gente común, que pensaba que los estaban
empujando y terminaban todos a las piñas.
Katja Alemann: Estaba bueno Cemento, qué pena que lo tiraron abajo. Lo diseñamos
con Omar porque él quería tener los dos lugares, aunque después al Einstein lo
clausuraron, ni me acuerdo qué pasó, pero fue una pelotudez. La idea de Cemento
era un lugar con los materiales a la vista, sin chifón ni los espejitos que tenían New
York City, Mau-Mau y los lugares de la época. Teníamos la idea de hacerlo
totalmente crudo, con la fuerza de ese material. Le pusimos “Cemento” por eso,
hicimos todo con ese concepto, el ladrillo, el asfalto. Al principio fue un furor, sobre
todo el primer medio año, porque venían de cualquier lado a ver qué habíamos
hecho. Después salió la competencia, que fue Paladium, y los artistas se fueron a
trabajar ahí porque les pagaban más… Paladium existió dos años, pero se llevó todas
las ideas, y lo hizo con espónsores y con guita. Copiaron nuestra estética con artistas
nuestros. El 85 fue el año de la “traición de los amigos” y fue bastante complicado.
Cuando la gente ve plata se vuelve loca. Nadie sabe lo que cuesta hacer un lugar…
Cuando empezó a ir bien y ganábamos plata, muchos artistas se pusieron envidiosos,
reclamando por qué no les pagábamos a ellos. Nadie sabía que cuando abrís un lugar
así, tenés que recuperarte de todo lo que invertiste. Fue a partir de la “traición de los
amigos” que Cemento viró más a la música. Empezamos a hacer más recitales en
Cemento, algo que al principio no pasaba.
Fernando García: En Paladium, cuando Los Redonditos presentaron Oktubre, Luca
andaba caminando entre el público y hacía mímica de Skay. No lo hacía burlándose,
al contrario, parecía copado de verdad.
259
Raúl Romeo: Los que manejábamos el lugar éramos muy gentiles con los plomos y
ellos cuidaban todo el tiempo el negocio por sí mismos. Los Sumo protegían sus
equipos y también a sus chicas, a las camareras y a su público. La gente se
autocontrolaba y, si bien había personajes que entraban o salían y eran difíciles por
algunas circunstancias, la misma gente que los conocía los neutralizaba. Luca sentía
que el Stud era su casa, y también le gustaba ir por las chicas. Si bien consideraba a
la zona de Belgrano como careta y todo eso, tenía esa ambigüedad. A lo mejor,
durante el día se la pasaba tomando ginebra en el Abasto, pero también disfrutaba de
buscar lindas chicas y todo eso. Hubo un show en el que salió con un colador en la
cabeza. Se lo habrá dado Juan Carlos el cocinero, imagino. Fue en la época en la que
presentaron Divididos por la felicidad.
Katja Alemann: El Día de la Independencia, cuando recién habíamos inaugurado,
hice la primera performance en Cemento. Entré con un mateo, toda desnuda y con
un caballo de verdad, encadenada con el Ave María. Había dos efebos, que eran
Batato y Gabriel Chame, que me llevaban hasta el escenario en medio de toda la
gente, que no podía creer lo que veía. Porque y o además estaba en la televisión y me
conocía todo el mundo. Era la Madre Patria en bolas, con una peluca de soga que me
había hecho, toda pintada de cobre para ser como una india, con todas las crenchas
largas, y encadenada. Una Madre Patria medio indigente, digamos. De fondo sonaba
el himno nacional y yo estaba rodeada de pibes que me miraban de cerca para ver si
estaba realmente en bolas o no. En la parte del himno de las “rotas cadenas” caían
las cadenas y soltamos las palomas que teníamos atrás. Después me subí a una
cruz… Me acuerdo de mirar a la gente, porque el lugar estaba lleno, y realmente
hubo un momento de recogimiento cuando sonó el himno. Lo cantó todo el mundo.
Recién había vuelto la democracia y recuerdo sentir la sensación de que otra
Argentina era posible. Fue muy emocionante. Realmente emocionante. No fue una
joda. A partir de ahí Sumo tocó mucho en Cemento, más que nada al principio,
porque convocaban muchísima gente. Después no pudo tocar más porque la gente
que traía excedía la capacidad del lugar.
Fernando Noy: Cuando inauguró Cemento caímos con un grupo de crestas, que era
la banda “Speed de poetas locos”. En esa época apareció Geniol, una figura que me
hipnotizó para siempre. Él hacía una especie de personaje en el show de Sumo en
Cemento, y también en otros boliches. Yo tenía un pie en el folclore y era amigo del
dueño de La Capilla, un gallego, que había armado ese lugar, que era una iglesia
armenia, en Suipacha y Córdoba. Empezó haciendo espectáculos muy caros, con
una entrada como de 100 dólares, con figuras como Astor Piazzolla, Atahualpa
Yupanqui y el Cuchi Leguizamón… Yo lo ayudaba en la producción, en la parte
260
ejecutiva, pero el lugar empezó a caer y la gente no fue más. Entonces, el dueño de
La Capilla me dijo: “¿Vos no me programarías figuras de rock de acá?”. Así fue que
programé a Los Redonditos de Ricota y a Geniol con Coca, que era el grupo punk del
momento, el show que veneraba Luca Prodan, en el que fui la invitada de honor…
Era maravilloso porque podía darme el lujo de aparecer vestido de monja, con
minifalda, y meterme con un carrito de supermercado, con calas en el culo, como si
me las metiera de verdad. El hit del momento de Geniol con Coca decía: “Tú no
esperabas/ la mariposa/ y a no quiere más nada…”. Después programé a Sumo. Luca
venía y me decía: “¿No lo viste a Geniolo?”. Luca sentía una adoración terrible por
Geniol. Era su metal clown. Por Geniol sentía una admiración que se le prendían los
ojos de luz. Yo también lo veneraba a Luca. Él veneró a Geniol por esas
reciprocidades que se dan entre los pares. Después de esos conciertos el lugar se
transformó en La Capilla del Rock.
Pety (cantante de Riddim): Empezó a gustarme el reggae escuchándolo en las
previas de Sumo. Me acuerdo puntualmente cuando escuché Yellowman, el tema
“Strong is Strong”, en Cemento. Pensé: “¡Esto está buenísimo!”. Fui a preguntarle a
Chabán, que estaba bailando en círculo con ese tema, qué era lo que sonaba. Me
respondió sin dejar de bailar: “No sé, la música la ponen estos locos”. A partir de ahí
empecé a investigar.
Geniol: Luca era vivo. Interpretaba las cosas enseguida. Él sabía que y o era de la
calle y que lo que decía era verdad.
Fernando Noy: En La Capilla del Rock se programaba un mes entero de shows.
Tocaban Los Enanitos Verdes y Fito Páez, pero también estaba lo que iba a llamarse
la “Misa Punk”, un evento donde todos los punkekes iban a ver a ver a Geniol con
Coca, en un espectáculo en el que también estaba y o. Habíamos programado cuatro
viernes, pero el primero fue un escándalo tan grande que en un momento vino la jefa
de prensa y me dijo: “Noy, no salgas por afuera porque hay siete patrulleros
esperando”. Los punks habían grafiteado todos los coches, las paredes, habían escrito
símbolos anarcos y punk. “¡Tenemos que escapar!”, grité. “¡Salgamos por los
tejados!”. No me olvido más de eso, huy endo por avenida Córdoba, yo con mis
medias todas destruidas, con mi tutú hecho con conos de bailarina clásica y la cresta
punk… O sea, una maravilla…
Katja Alemann: Cemento era un lugar absolutamente democrático, para nada
discriminatorio, al que podía entrar cualquier persona vestida de cualquier manera.
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Había mucha gente que no tenía otros lugares para mostrarse, como todos los grupos
de hardcore y punk que Omar tanto bancó. Fue un estratega en su manera de armar
las fechas y de hacer coincidir grupos, festivales, y darles lugar a grupos durante
muchos años, hasta que se hacían famosos. Lo de la canción “Quiero dinero”,
cuando Luca cantaba “¡Helmut, Omar! ¡Quiero dinero!” salió de algunas discusiones
que hubo por la guita. Luca era muy romántico y Omar cuidaba la plata porque
había que bancar los costos. Cuando tenés un lugar no podés hacerte el hippie. Hay
que funcionar como empresario. En Cemento, la responsabilidad económica era
mucho may or que en el Einstein porque era un cacho de lugar. El alquiler era mucho
más alto, trabajaba mucha más gente… Eso hacía que Omar siempre estuviera
viendo cómo hacer para que viniera gente y, por supuesto, ganar plata con eso. Todos
queremos ganar dinero con lo que hacemos.
Germán Daffunchio: La gente piensa que movíamos miles de personas y no era así.
En el under metías 300 y estabas chocho. Empezó a cambiar cuando hicimos los
Astros para presentar el primer disco.
Andy Cherniavsky: En el Astros, en la presentación de Divididos por la felicidad,
saqué fotos unas fotos bastante zarpadas en el backstage, con todos agarrándolo a
Luca, haciendo caras y qué sé y o. No había que pedirles nada porque ellos armaban
su propio circo, algo muy propio de la escena. Luca agarraba ese hueso que tenía, un
fémur, o un tampón… Tengo una foto de él con un tampón colgando en la mano.
Tenía un condimento muy diferente de todo lo que y o venía viendo. Los únicos que
eran más o menos parecidos eran Los Abuelos de la Nada y Los Twist.
Germán Daffunchio: En el Astros, no sé si fue en el primero o en el segundo, con la
gente de la compañía de discos hicimos playback de todo el disco. Era una forma
barata de hacer diez videos. La historia dice que se los robaron al tipo que los tenía.
Los dejó en el auto, en algún lugar y cuando fue a buscarlo le habían afanado el auto.
Quedaron dos o tres.
Walter Fresco: La compañía apoy ó el show en el Astros, como lo hizo con tantas
otras cosas. Hay que tener en cuenta que en esa época no se usaba que la
discográfica tuviera los conciertos de los artistas. Sí implicaba un crecimiento
paralelo. Para nosotros, desde lo musical; para ellos, con el objetivo de vender
algunos discos más. El soporte principal que dábamos era convocar a los medios y
demás cosas que se hacen siempre. Es más, hicimos una presentación “paga” para la
prensa en el Stud Free Pub. Fue la primera vez que cuatro o cinco personas
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importantes de la compañía vieron un show de Sumo. Quedaron culo para arriba.
Germán Daffunchio: El Astros no nos dejó mucha plata. Cuando no tenés nada y
ganás algo te parece que es un montón. Pero, honestamente, no recuerdo haber
salido a comprarme nada ni decir: “Che, ahora sí, vengan que los invito a todos a
comer”. Se trataba de sobrevivir.
Judith González: Cuando Sumo tocó en el Astros, Luca se puso un disco atado en la
cara, como si fuera una careta, y dijo: “Ahora soy un disco”. Sentí que estaba
anunciando la llegada de otro público, que después se agrandó todavía más. Esto iba
en paralelo con lo que empezaba a pasar con Los Redondos, aunque a ellos el público
masivo les llegó un poco después.
Germán Daffunchio: En el Astros usé unos brazos… Fue una locura de mi mujer y
sus amigas. Porque Luca salía con pelucas y nosotros teníamos nuestra parte. Era
para generar una reacción de asombro. Esos brazos eran buenísimos, lo pienso y me
cago de risa. No lo puedo creer… Ese día tuvimos que pagar todas las butacas rotas.
Ahí empezó a descubrirse que el rock, el verdadero, el sanguíneo, no era compatible
con butacas. Se entendió que tiene que haber una parte para la gente que quiera estar
parada saltando. Eso lo aprendimos en el Astros porque… Nos costaron bastante plata
esas butacas. No las habían roto de mala onda, había sido gente que se paraba a
bailar… Después del primer disco arrancó la anteúltima etapa de Sumo, cuando
Timmy armó una especie de productora. Atendía Mónica, la novia de Luca, y se
hizo con Jorge Crespo. Era una agencia, una oficina nuestra en la cual contrataban los
shows. Ahí fue que hicimos el Astros.
Timmy MacKern: Crespo conoció a Luca en algún lugar, lo convenció de que
laburaba en publicidad y que podía ayudarnos. Se hizo muy amigo de Luca y nos
dijo: “Este tipo nos puede ayudar mucho” y así quedó.
Paula Menéndez: Jorge Crespo y Luca estaban siempre juntos. Jorge se pegaba a
Luca permanentemente porque mostraba todo el furor, la furia, el amor, la pasión y
el delirio que tiene que tener un fan absoluto. Nacho, el hermano de Germán,
también era bastante fanático.
Alberto “Superman” Troglio: Crespo era como un segundo manager que ay udaba a
Timmy. En una época tuvimos una agencia en Bartolomé Mitre. Yo vivía cerca y
estaba de novio con una loca que pintó en un escenario. Yo siempre me ponía de
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novio con las locas. Un día, en uno de los Astros, estaba tocando y por debajo del
plato del hi-hat vi que había una flaca que me sonreía. Cuando terminó el show la
hice subir al escenario y me quedé con ella. Yo tenía que viajar a Luján pero le dije:
“Voy a dormir por acá, si querés nos quedamos juntos”. Ahí empecé a pelar, porque
eso de tener verso es una boludez. A una mujer le decís realmente lo que sentís y se
terminó. Sinceridad y listo. Entonces me la levanté, congeniamos y nos quedamos
toda la noche. La piba estaba re loca, se hacía llamar “Carol”, y la casa de ella era
en Villa Ballester, cerca del pueblito mío. Se me prendía para los shows, hasta que
después me enteré, por ella misma, que también andaba con Luca. Un día estábamos
en lo de Diego con Carol y cay ó Luca con el fletero, que era un amigo de Jorge
Crespo. Cuando la vio, y o me adelanté y le expliqué. Pensé: “Este me va a cagar a
trompadas”. Pero me dijo: “Estaría bueno que no se mezclen las mujeres con la
banda”. Porque era una de los satélites que daban vueltas.
Claudia Gernhardt: Podrán aparecer dos mil novias de Luca. Pero su gran amor
fue Mónica. Él quería formar una familia con ella. Nosotros dos nos decíamos las
cosas al pan, pan y al vino, vino. También le decía lo que no me gustaba. Recuerdo
comentarle a Diego cosas que yo le decía a Luca y que él me respondiera: “¿Eso le
dijiste? ¿Y qué te dijo?”. Eran cosas como: “Luca, hoy desafinaste un montón, y o
que vos le devolvería la entrada a todos los que vinieron”. Siempre fuimos muy
frontales y sinceros entre nosotros. Por eso, por más que aparezcan dos mil novias,
y o puedo asegurar que la mujer con la que él tenía en su cabeza un proyecto era
Mónica.
Mónica Stromp: Timmy me pidió si podía ir a trabajar a la oficina de producción,
para atender el teléfono y tipear los contratos. Era muy divertido porque estaban
George y Timmy. Los chicos no caían casi nunca, salvo que Luca viniera a
buscarme. Básicamente era eso: escribir los contratos, hablar por teléfono, no pasaba
mucho. Después ay udé para cobrar entradas en Obras y el Astros, pero nunca
pretendí ser manager ni acercarme al grupo de management. Se daba como se daba.
La oficina duró un año y después se disolvió. Estaba en la calle Perón, era un
conventillo con dos cuartitos y una puerta con ventana de vidrio. Doña Rocío se
llamaba la dueña, una señora muy anciana.
264
Capítulo 15
Llegando los monos
“¿Qué reventado? Yo fui al mejor colegio de Europa, con el príncipe Carlos de
Inglaterra. Hablo castellano, francés, inglés, ¿vos cuántos idiomas hablás? Yo cuatro
y medio y vos uno. Y yo soy el reventado, de repente, ¿qué pasa?”.
Luca en el programa Espantapájaros.
“Por vestimenta, tics y gestos, la apariencia del público de Sumo(…) parece
diferente. Ellos son chicos que se la saben. Tienen cara de eso: de saber y de
rechazar. Son sofisticadamente desalineados y se la creen. Eso es seguro: se la creen.
Tanto se la creen que actúan frente a Sumo como las admiradoras de Tremendo o
Menudo. Y Sumo pone lo suyo. Sumo hace como que no hace. Y los chicos hacen
como que lo creen. Sumo hace que está copado con la suya, que no le calienta lo que
pasa abajo del escenario y juega a delirarse y los chicos hacen como que eso es
verdad. Un jueguito parecido al de Menudo pero para chicos sofisticados, esos que no
se dejan engañar por la TV. Sumo es eso: Menudo cantando en inglés el rock de los
‘chicos malos’. (…) Tengo que hacer una confesión. Para atreverme a escribir esta
nota y rememorar aquel recital de Sumo, tuve que poner Piano bar de Charly García
a todo volumen. Sino la pálida no se banca”.
Daniel Molina en el número 41 de El Porteño, 1985.
“Cuando no éramos importantes, nos sentíamos así; y cuando lo fuimos…Ya no
estábamos sobre la Tierra. Bueno, especialmente nuestra mente y nuestra música,
ambas envueltas en un veneno fantasmal, perverso y narcótico, que nunca nadie
entendió cómo entró, cómo se quedó y si alguna vez nos abandonó. Lo increíble fue
que no se trataba aquí del síndrome ‘soy famoso, ¡mis somníferos, por favor, y mi
baño de espuma!’. En el rock el desmadre tarda poco en llegar. Nadie en el mundo
clásico imagina a Leonard Bernstein echado sobre almohadones, fumando opio,
mirando las piruetas de un insecto cualquiera, animando el horrible silencio. Era
increíble, pero ahora recuerdo todo como varios procesos sucediendo y creciendo
simultáneamente, independientes unos de otros, entre sangre y terciopelo, todo
ardiendo y descomponiendo los rostros… Sumo, una boca voraz disfrutando del cielo
y las tinieblas sin culpa ni llanto. Nunca acerté tanto como el día en el que le dije a
Cerati: ‘Ustedes son los Beatles… Nosotros los Rolling Stones’. Y para ser más
exactos, los Stones de Exile on Main St.”.
Roberto Pettinato en Sumo por Pettinato.
265
En los primeros meses de 1986, el humor social asumió la presencia de un progresivo
deterioro económico. El lanzamiento del Plan Austral, aplicado por el gobierno de
Alfonsín en junio de 1985, frenó la inflación por unos meses sobre la base del
congelamiento de precios y salarios. La nueva moneda, el austral, prometía un
cambio de rumbo que terminó derrumbándose y marcó el principio del fin de un
período cargado de esperanza y cierta inocencia política. Un poco antes de la
instalación de ese efecto general, la escena artística más realista y sensible al devenir
de una realidad compleja acusó recibo en forma de hastío. El rock reflejó esa
densidad en el ambiente, en especial los grupos más nuevos, que reaccionaron con
pesimismo para describir un tiempo de duda, buena memoria y desilusión. Corpiños
en la madrugada y a había inaugurado esa vía de escape en los tugurios porteños.
Temas como “Night & Day” o “Divididos por la felicidad” adoctrinaron a muchos
músicos que antes fueron público y crecieron en la atmósfera pesada que exponía
Sumo. La aparición de bandas como El Corte, Fricción, La Sobrecarga, Corrosivos,
Mimilocos, Casanovas, Don Cornelio y La Zona, Control, Uno X Uno, La Forma,
Todos Tus Muertos y Clap, entre otros, modificaron la sastrería y el ánimo del under
porteño a pura distorsión y oscuridad. En la superficie, la mecha que encendió Joy
Division llegó al país a través de The Cure, pero en la vida subterránea parte de esa
melancolía ruidosa tenía a Sumo como primera referencia y a Luca como el vocero
existencial.
La adhesión dark-rock era solo una parte del equipaje de Luca Prodan. En su
valija no había gabardinas negras ni la más remota posibilidad de utilizar un corte
cardado al mejor estilo Robert Smith, y cada vez que Sumo se apoderaba del reggae
rompía con los esquemas previsibles de toda banda oscura. En realidad, la procesión
dark iba por dentro: mientras crecía la repercusión pública que imponía su estampa
de tipo rudo y máximo consumidor de ginebra Bols, el cotidiano miraba hacia El
Palomar y una temporada de convivencia con Mónica en la casa de su amigo
entrañable, Jorge Crespo. Como un paciente acostumbrado a las recaídas, esos
períodos tenían la dinámica de un sube y baja permanente, por momentos
espléndidos y en otros afloraban discusiones infernales. La negativa de Luca a
abandonar el alcohol siempre fue la madre de todas las controversias. En la banda,
solo Germán enfrentaba el problema cara a cara que en varias oportunidades
terminaron en escenas de pugilato. Desde los primeros días serranos, el núcleo
fundador de Sumo sabía que Luca estaba muriéndose desde el día en que arribó a
Ezeiza. A ese destino inexorable, Germán, Timmy y Mónica, o amigos como Jorge
Crespo o Claudia Gernhardt, ofrecieron batalla y cuidado para un trastorno mucho
más intrincado que el rótulo de dependencia alcohólica.
“A Luca le tocó el rol de ‘personaje’. Desde muy chico su papel fue el de
‘diferente’, loco, rebelde. Un estigma que Luca lleva con conciencia de que existe,
con aceptación y con alegría. El personaje Luca Prodan está construido en base a
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paradojas: Luca es feo, zarpado, sucio y está loco. Un ‘duro’. Y al mismo tiempo
destila ternura, honestidad, lucidez. Se vuelve lindo”, definía la periodista Nora Fisch
en el primer número de la reaparecida revista Expreso Imaginario. Con claridad y
simpleza, Fisch desentrañaba lo que hasta ese momento el periodismo observaba de
manera lineal. Para la may oría, Luca era un italiano que llegó para evangelizarnos
en materia de rock inglés de factura reciente y que tenía como mayor virtud desollar
músicos argentinos frente a cuanto grabador o micrófono tuviera por delante. Una
mirada reduccionista que muchos años después desembocó primero en una obra de
teatro y luego en una película horrorosa. En ambos casos, la caricatura (Luca vive),
por momentos desopilante, asfixió al personaje en un bao de descontrol y violencia.
Entre marzo y abril, Sumo registró Llegando los monos. Las condiciones de
grabación mejoraron de manera ostensible frente al disco debut: tanto la elección de
los estudios Panda como la presencia de Mario Breuer en la operación técnica y
mezcla determinaron que la banda acariciara por primera vez el sonido que lograban
en vivo. Luca se mantuvo a distancia. Grabó sus partes vocales con rigor profesional
y ofició de consiglieri en algunas decisiones. La locura estaba sobre los controles en
donde Arnedo, Mollo, Daffunchio y Pettinato bombardeaban a Breuer, un auténtico
piloto de tormenta en un mar de libaciones y mandíbulas pétreas. Nada del otro
mundo para una época signada por la idea del estudio como una zona liberada para la
experimentación con sustancias y el posterior efecto de retener la eternidad del
instante creativo.
“En cuanto al significado de Llegando los monos tiene tres sentidos. El primero
hace alusión a la vuelta de los milicos (no tenés más que ver lo reiterativo de la
historia argentina). El segundo habla de nosotros y el tercero es anecdótico. Resulta
que estábamos en Villa Gesell y no teníamos un mango porque la municipalidad nos
había prohibido tocar a raíz de que yo había puteado a una vieja. Después la señora se
volvió a Buenos Aires y pudimos tocar. Entonces salimos con un altavoz a la playa y
nosotros mismos gritábamos: ‘No es una alucinación. Está Sumo en Villa Gesell…
llegando los monos’”, le explicaba Luca a la revista Pelo del mes de julio. Para la
tapa del álbum, Luca y Timmy eligieron una imagen de la obra conceptual del
artista búlgaro Christo, titulada Package 1961. El enigma del embalaje como portada
continuaba en las canciones. Un arranque desconcertante sobre una base a pura
cámara de eco y un batallón de silbidos para la canción que le da título al disco; casi
sin pausa, el envión proto-punk de “El ojo blindado”, inspirado en un regalo de
Mónica, un colgante con forma de ojo que según Luca controlaba sus movimientos
infieles. Toda una declaración de principios en menos de tres minutos. El segundo
disco para CBS significó un salto de calidad respecto a Divididos por la felicidad, pero
no varió en nada el eclecticismo clásico-moderno que imponía Sumo cada vez que
desviaba la mirada para correr el foco de atención. El reggae estaba presente con un
tema de La Hurlingham, “No Good” y “Rollando”, solo incluido en la edición en
267
casete; la psicodelia sombría podía transformarse en una bellísima y sentida marcha
lenta, “Heroin”, en honor a Claudia Prodan, Lou Reed y Wellapon; incluso se
permitía un hit infame para pagar las cuentas caseras que podía volverse irresistible,
como quedó inmortalizado en “Los viejos vinagres”. En el podio, “TV caliente” (todo
el amor de Luca por Virna Lisi), “Que me pisen” (la argentinidad inexplicable) y
“Estallando desde el océano” (originalmente conocida como “Bruce” por su
crescendo muy Springsteen). La banda quedó tan conforme con el resultado que
sobre el final del último tema, en el reprise de “Llegando los monos”, se escucha la
voz de Diego Arnedo diciendo “Para Mario”.
“Con su segundo álbum Sumo no defrauda ni sorprende. Es una potencia contenida
que amaga con haberse superado pero muchas veces pisa en falso”, admitía de
manera lacónica la reseña de Pelo, la revista con mayor tirada nacional en su
número 269, que elegía a Julian Lennon para su foto de tapa. En la agenda, y a pesar
del tiempo de crisis, Sumo no paró de tocar. En abril brillaron en Córdoba durante la
edición del Festival Chateau Rock ante la mirada desconcertada del gobernador
Ramón Mestre, que consultó a sus asesores para saber quién era ese pelado que
excitaba tanto al público. También tuvieron buena recepción en Electric Circus de
Quilmes, Gracias Nena de Capital y un show memorable en la disco Amadeus de
Berisso, con Luca intentando recuperar un cinturón luego de un pogo salvaje. La
correa apareció pero la hebilla nunca volvió, lo cual desató otra escaramuza y la
banda siguió tocando.
Por la misma época, algo de la memoria del bar Einstein se mudó a San Telmo
cuando en abril abrió sus puertas el Centro Parakultural de la calle Venezuela. A
pocas cuadras, en Estados Unidos al 1200, y a hacía un rato largo que Omar Chabán
y Katja Alemann habían inaugurado Cemento, que junto a Paladium de la calle
Reconquista formaban un triángulo perfecto de una escena cultural que y a daba
muestras claras de crecimiento y expansión. Espacios más amplios, sobre todo
Paladium y Cemento, la inclusión de la disco como instancia cercana a la órbita del
rock y la idea del centro multidisciplinario como el Parakultural modificaron los
hábitos nocturnos de muchos porteños y otros tantos que hacían muchos kilómetros
para llegar al bajo y luego cruzar por las callecitas de San Telmo para terminar o
empezar en Cemento. Luca era uno de ellos: sus largas caminatas podían arrancar en
el Abasto y continuar durante toda la noche pero casi siempre concentrado en el eje
Cemento-Parakultural-Paladium y todos los bares reos de la zona.
El hábito del caminante podía transformarse en bromas de amigos que asociaban
a Luca con Kung Fu: bolsito colgado en el hombro y la pelada característica que lo
volvía visible desde lejos. Así lo divisó Rodrigo Espina desde el balcón de su
productora de publicidad llamada Casting. El realizador y a había visto a Sumo en
vivo y pensó en Luca para uno de los roles de un corto experimental que estaba
268
preparando. Su asistente, Jorgelina, quedó embelesada y no tardó mucho en
convertirse en otra conquista del italiano voraz.
El cortometraje El día que reventaron las lámparas de gas mostraba a Luca en el
papel de un parapolicial alterado, que corría por una terraza tras los pasos del
supuesto asesino de una rubia misteriosa interpretada por Belén Edwards, bailarina y
primera esposa de Gustavo Cerati. Con música de Sumo, Miles Davis y Chuck
Mangione, el registro intentaba contar una historia sobre el miedo, la paranoia y el
límite de lo prohibido. El relato apostaba al absurdo y podía suponer una especie de
ejercicio breve inspirado en After Hours, de Martin Scorsese. Además de Luca, hay
participaciones de María José Gabin y Alejandra Flechner, integrantes del grupo de
humor Las Gambas al Ajillo, y actores del circuito independiente como Luis
Ziembrowski y Marcos Woinsky. La experiencia sirvió para crear un vínculo
entrañable y permitió el ingreso de Rodrigo al círculo de confianza de Sumo. De ahí
en más, se encargaría de registrar con su cámara algunos conciertos memorables en
la historia de la banda.
El mismo día en que la Argentina se coronó campeón del mundo en el Estadio
Azteca, Sumo grabó, a las 11 de la mañana del domingo 29 de junio, una furibunda
versión de “Los viejos vinagres” en Feliz domingo. El programa se trasmitía en vivo,
pero las bandas invitadas tenían que grabar su set de dos o tres canciones antes de las
13, horario de inicio de las maratónicas jornadas conducidas por Silvio Soldán, en
donde varios colegios secundarios competían por un viaje a Bariloche. Algunos
grupos optaban por la salida del playback, pero Luca y los cinco magníficos fueron a
los bifes y sin dormir: venían de un amanecer movidito luego de tocar en la disco
Electrcic Circus de Quilmes. Luca apareció con una peluca negra y la banda lucía
como de regreso de un atraco que había durado toda la noche. Vestidos como
mercenarios, pantalones militares y algunos con anteojos de sol, la imagen del día de
la final de México 86 era un termómetro perfecto del momento de la banda. Desde
las tribunas, chicos y chicas de no más de 17 años coreaban el estribillo robado a
Rubén Darío: el “¡Juventud divino tesoro!” bajaba de las tribunas como una
aprobación y el cantante devolvía el gesto alzando la mano derecha a favor de una
“v” peronista. Sumo era popular y nacional, al menos en ese momento diferido.
Llegando los monos tuvo una aceptación instantánea en aquellos lugares a donde
Sumo antes no llegaba. El auge de las radios comunitarias propició una difusión extra
a mucha música que las FM establecidas pasaban de largo. El disco, además, tenía
canciones pegadizas sin perder esa mugre original ni los clásicos movimientos de
timón. A esa altura, estaba muy claro que todos los caminos conducían a Obras
Sanitarias. La primera escala tuvo a Sumo como dueño total del afiche para la
presentación de su nuevo disco el sábado 9 de agosto. “Sumo apabulló, demostrando
no solo que en la evolución sigue superándose a sí mismo, sino también que hoy por
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hoy es una de las bandas más grandes que tiene el rock local”, señaló Federico
Oldenburg desde la sección “En Vivo” de la revista Pelo. El concierto quedó
registrado en VHS, sin demasiado despliegue de cámaras ni de planos jugados, y
reflejó fielmente la épica del grupo. Como boxeadores que se dirigen al ring o una
versión más punk de Spinal Tap, la secuencia inicial expone, en apenas un minuto, la
épica de la banda: Mónica a un costado, observando los movimientos previos; Geniol
estirando su cuello de mimo; los Sumo como un bloque compacto de peleadores
callejeros junto a dos orientales que oficiarán de estatuas japonesas, todos esperando
la orden de salida. Suena “Crua Chan” y ese himno de guerra escocés será la señal
de combate. Nada volverá a ser igual para todos los que gritan desde el otro lado
después de la primera carga de la infantería ligera.
El ritual se repitió el 15 noviembre. De nuevo en Obras y esta vez junto a Os
Paralamas Do Sucesso, un ascendente trío brasileño de new-wave que empezó a
abrirse camino gracias a temas como “Gafas” o “Inundados”. Si bien los Paralamas
y a habían participado en la última edición del Chateau Rock en Córdoba, fue este
show con Sumo el que les abrió las compuertas del mercado argentino. Una semana
después, Sumo cruzó por primera vez una frontera nacional y se presentó en la
capital uruguay a como parte del Festival Montevideo Rock I, en donde también
participaron Charly García, GIT, Fito Páez y bandas orientales como La Tabaré,
Níquel y Los Estómagos, entre otros. El encuentro duró tres días y juntó a más de 50
mil personas. Sumo tocó el segundo día y dejó mucho más que una buena impresión.
“La inocencia y el candor se acaban cuando irrumpe Sumo (Argentina). La actuación
de este grupo fue impresionante. Músicos de gran veteranía (dos guitarras, saxo, bajo
y batería) guiados por un excepcional cantante: Luca Prodan, italiano. Prodan es el
rostro dela marginación. Aparece descalzo, enfundado en harapos, portando una
máscara con cara de cabaretera. Al quitársela aparece su rapada cabeza. Obsequia
—a él no le sirven— peines y cepillos de plástico ala concurrencia. Sumo realiza casi
todos los temas en inglés (reggae en su mayoría). Arranca con “Gaitas”, marcha
escocesa del siglo XVIII, de rebelión contra los ingleses. El grupo, altamente
profesional, suena de miedo. La presencia escénica de Prodan es maligna y
hostigadora. A pesar de eso y del idioma, logra una comunicación muy caliente. Se le
recordará por mucho tiempo como uno de los más carismáticos intérpretes que por
aquí han pasado”, escribió Jorge Bonaldi para la revista uruguay a Brecha. En otro de
sus clásicos gestos provocativos, Luca dedicó “La rubia tarada” a una parte de la
concurrencia: “Es para todas esas que viven en Punta Gorda y Carrasco... Es así,
¿no?”, preguntó para confirmar el dato sobre dos de los barrios más pitucos de
Montevideo.
Luego de tocar en varios escenarios gigantes, Sumo despidió el año en Cemento y
retomó el contacto con los aromas del under porteño. A pesar de la hiperactividad, el
grupo todavía no encontraba un equilibrio financiero. Como productores
270
independientes de los shows en Obras Sanitarias, debieron resignar ganancias frente a
los altos costos organizativos. El mejor trabajo fuera de la banda lo consiguió Luca
gracias a su amiga Claudia Gernhardt: fue durante varios meses el traductor del Topo
Gigio, el tipo encargado de develar los libretos firmados para la creadora de
simpático ratoncito animado, la veneciana María Perego. La creadora de Gigio
elogió la tarea de interpretación y en especial el muy buen manejo de la jerga
callejera romana. No duró demasiado pero la labor de traductor se convirtió en el
único trabajo fuera de la música que tuvo Luca en la Argentina.
En un año problemático en materia económica, el rock local creció en cantidad
de ediciones discográficas y en nuevas tendencias con muchos nombres de
recambio, y Sumo alcanzó el reconocimiento que se le negaba en ediciones
anteriores. Si bien Signos de Soda Stereo arrasó en casi todos las compulsas, muy
cerca del trío aparecía el nombre de Sumo o de su último álbum, Llegando los monos.
Luca, como siempre, dividía aguas: ganó como “personalidad del año” y también
como artista “peor vestido”. No estaba muy lejos de Gustavo Cerati en la ridícula
categoría “peinado del año”. En los sondeos de la revista Pelo, armados a partir del
voto de los lectores, por primera vez empezaron a rankear varios nombres nuevos:
Fricción (banda revelación de 1986), Todos Tus Muertos, Los Fabulosos Cadillacs,
Clap, Casanovas y La Sobrecarga expresaban un interesante síntoma generacional.
El mismo número en el que salió publicada la encuesta mostraba en tapa un brindis
entre Federico Moura, Gustavo Cerati y Miguel Mateos. Abajo, el título explicaba la
reunión cumbre en clara alusión al expansionismo latinoamericano del rock local:
“Rock argentino 87. Nueva música para el mundo”.
En la parte superior izquierda de la tapa se anunciaba, en letras celestes, “Póster
de Sumo”.
Timmy MacKern: No le importaba el fútbol pero tenía esa cosa de tano. En los
mundiales, le salía el orgullo italiano.
Diego Arnedo: Luca no entendía nada de fútbol. Nunca lo vi con una pelota en la
mano.
Enrique Symns: A Luca le hice una única entrevista y no anduvo el grabador. Así que
la inventé toda. El título era: “Yo no me cojo a las nenas de 15”. Pero era mentira
que me había dicho eso. Tuvo muchísimas novias, igual. Yo después salí con algunas
que habían sido amantes de él y era muy promiscuo, muy sucio… Las mujeres
tenían locura por Luca. Hay una cosa maravillosa que dice Freud: “El encuentro
entre el hombre y la mujer es imposible, porque el hombre ama en la mujer a su
madre, y la mujer busca en el hombre a Dios”. La mujer es más misteriosa, ¿Cómo
271
puede ser que haya groupies? ¿Por qué y o no soy groupie de Madonna? No le haría
favores sexuales para conocerla. Las mujeres son mágicas.
Alberto “Superman” Troglio: Luca decía que la novia de Robert Smith había sido su
novia. Cuando vino The Cure a Ferro le dijimos: “Che, vamos a ver a The Cure”. Nos
contestó: “No, porque si me ve Robert Smith va a cagarme a trompadas”.
Mónica Stromp: Luca no podía tener su casa, lo sobrepasaba. Le costaba cuidarse y
quizás también asumir compromiso consigo mismo. Ese compromiso incluía tener su
propio lugar. Tuvimos un intento de convivencia, pero no salió muy bien. Quizás lo
que más se acercó a una convivencia fue el tiempo en lo de Jorge, en Palomar.
Después hubo otro intento en Hurlingham, pero que fue un poco fallido. Alquiló una
casa para nosotros en la calle Schubert, pero era una casa vacía, que no tenía
absolutamente nada. Consiguió ese espacio pero no se dio cuenta de que había que
llenarlo con las cosas que uno necesita si quiere vivir en un lugar. Por más absurdo
que suene, así se daban las cosas
Alberto “Superman” Troglio: Al principio vivía en lo de Timmy, pero la verdad es
que era un tormento tenerlo ahí a Luca. Abajo vivían el cuñado y la madre de
Timmy, Timmy estaba arriba con la esposa y cuatro o cinco hijos… Entonces Luca
por ahí se ponía borracho y era difícil. Llegó un momento en el que parece que
Timmy no lo soportaba más y Luca se alquiló diferentes lugarcitos o vivía en lo de
Crespo.
Mirta Bogdasarián: Tengo dos hermanos may ores, vivíamos en El Palomar y mis
padres tenían un negocio de ropa para danza enfrente de la estación. A fines del 85
uno de mis hermanos ya había visto a Sumo, un día estábamos en la puerta de la
galería boludeando y me presentó a Luca. Era un sábado a la mañana. Yo tenía 14
años. Luca tenía distintos lugares donde paraba, y o trabajaba en una peletería
después del colegio en la misma galería y él venía a visitarme. Se sentaba en un
sillón de cuero que había y era muy gracioso porque llegaban las señoras a tomarse
medidas para achicar su tapado de visón y ahí estaba Luca Prodan… Nos hicimos
amigos. Era muy cariñoso y en sus vueltas por Palomar se quedaba un buen rato
charlando conmigo, que era la empleada. En esa galería había una disquería que
cerró, a mi viejo le pareció una buena idea pagar el alquiler y continuar con la
disquería para que la atendiéramos con mis hermanos. Dejé de trabajar en la
peletería y me pasé a la disquería. Luca siguió viniendo porque iba mucho al bar de
al lado. Hacía su recorrida de ginebra en distintos bares y pasaba por la disquería.
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Marcelo Castello: Luca vivía en Ciudad Jardín, prácticamente, pero estaba en la
sala de ensay o o en los bares del Palomar profundo, el Palomar obrero. La barrera
de la que habla en “Que me pisen” es la famosa vía que separa Ciudad Jardín de El
Palomar; es decir, a la parte obrera de la parte cheta.
Mirta Bogdasarián: Una vez vino a la galería, cuando y o todavía trabajaba en la
peletería, y me contó que el día anterior había estado temprano en el local. Yo estaba
en la escuela, porque a la mañana atendía la dueña. “Estuve ay er, me asusté, me
asusté un montón y estaba la dueña… Me pareció que me dijo que te habías ido a
Italia y y o pensé: ‘¿Qué hago?’ ¿Qué hago si te vas a Italia y no tengo más contacto
con vos?”. Me mató de amor… Tenía gestos muy afectivos.
Luca era muy sensible, muy buen tipo. Cuando empecé el primer año de la
secundaria entré en una depresión, lloraba todo el tiempo y no sabía qué me pasaba.
Cosas de adolescente. Mis padres, con la mejor buena voluntad, me llevaron al
médico y el bestia me dio Lexotadina y Tristanol. Me medicó. Empecé a sentirme
bien, iba al colegio contentísima porque se me habían pasado los problemas y quedé
muy amiga de las pastas… Cuando lo conocí a Luca hablábamos de eso y él me
decía: “Dejate de joder, fumate un porro, no tomes pastillas…”. Era muy amoroso,
todo lo contrario de lo que uno podría llegar a pensar en relación a su imagen de
reventado. Lógicamente, me enamoré de él.
Marcelo Castello: Luca andaba por los bares y perdía cosas. Los documentos, las
llaves de la casa, lo que sea. Como si fuera despojándose de todo en cada recorrida
que hacía. Luca era una estrella arriba del escenario, pero abajo no.
Mónica Stromp: Luca no iba por la vereda para morderle la pantorrilla a nadie.
Sabía muy bien cuándo estaba arriba del escenario y cuándo no. En el escenario
hacía la música como quería hacerla, junto a sus excelentes músicos. En la calle era
una persona, distinta a muchas otras, pero no se hacía la estrella de rock. Era mi
pareja. Después llegó un momento en el que queríamos ir al cine por ejemplo, y no
llegábamos. Cada dos metros lo paraba alguien para hablar: “Che, Luca. ¿Qué tal?”.
Supongo que eso va forjando un personaje. Yo puedo hablar desde mi intimidad con
él. Conmigo no se hacía la estrella. Él hacía su música, y o mis cuadros. Nos
acompañábamos. Así las cosas
Mirta Bogdasarián: Solo tomaba ginebra, pero mucha y de manera permanente.
Hacía sus recorridas por los bares, y en una vuelta de dos horas se tomaba cinco
ginebras.
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Mónica Stromp: Para esa época, en la que alquilamos la casa, Luca no estaba muy
sano. Teníamos el deseo de hacer cosas pero no había la manera de ponerlas en
práctica. Tanto a él como a mí nos daba tristeza esa situación. Y a mí no me quedaba
otra que decirle: “Mirá, o te ponés bien o esto se va al carajo”.
Claudia Gernhardt: Yo hacía la producción del programa de televisión del Topo
Gigio. Cuando arrancó, el partner del Topo Gigio era Juan Carlos Mareco. Todo el
mundo creía que su voz la hacía él, pero en realidad era un italiano que se llamaba
Pepino Mazzulo. En un momento había que hacer las voces para México, todo el
equipo se iba para allá, pero este hombre era muy viejito y no quiso viajar porque se
asustó con el famoso terremoto de antes del Mundial 86. Al final se vinieron los
mexicanos para acá y grabamos en los estudios Woody Televisión, que ya no existen.
La dueña, María, a la que le decían la Señora Perego, era italiana. Un amor de
persona que traía los libretos en italiano. “El Topo Gigio es como si fuese un nene de
seis años”, me explicó. “Hay que buscar un traductor. ¿Conocés a alguien?”. Primero
pensé en alguien de la Dante Alighieri, pero en realidad el personaje usaba un
vocabulario de la calle que en la academia no te enseñan. En un momento, para mí
llegó a ser como mi novio porque pasaba un montón de horas con el Topo Gigio… Lo
miraba y me parecía que tenía vida propia… Como y o estaba viviendo con Luca en
la casa de una amiga, en la calle Monroe, le dije: “Mirá que estas cosas se pagan
muy bien”. Cuando le llevé el primer libreto él lo tradujo y Mónica, que estaba
siempre con nosotros, se ocupó de transcribirlo porque a Luca algunas cosas se le
trababan. Le llevé una muestra a María y quedó muy asombrada: “¿Quién te tradujo
esto tan bien? Es maravilloso lo que conseguiste”. Luca había captado perfectamente
el lunfardo de los textos y se transformó en el traductor del Topo Gigio. Era muy
gracioso.
Mónica Stromp: Hay una anécdota divertida. En el 85 o en el 86 habíamos tenido
una discusión, no me acuerdo por qué. Yo había decidido no atenderle el teléfono.
Lógicamente no había ni mails, ni móviles, nada. O y o lo llamaba y lo encontraba en
la casa o él me llamaba y me ubicaba en la mía. Pasaron un día o dos sin vernos,
porque y o lo había decidido así. Unos días después llamó a la secretaría de la Escuela
Nacional de Bellas Artes, diciendo que había puesto una bomba. Lo hizo para que yo
saliera de la escuela y poder verme. ¡Evacuaron la Academia! Volví a verlo en esa
situación, con mis compañeros mirando la escena. Pensé: “Wow, mirá lo que es
capaz de hacer. Interesante”. Yo sabía que hacía cosas así. Si quería conseguir algo,
lo conseguía.
Claudia Gernhardt: Fuimos muy compañeros. Obviamente entre nosotros nunca
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pasó nada porque yo era la ex o la novia de Diego y para mí él era de Mónica,
estuvieran peleados o no. Yo estaba enamoradísima de Diego y Luca quería que
estuviésemos juntos. Ha hecho cosas como mandarle mensajes que yo nunca le he
mandado. Me llamaba mucho la atención lo bien que comprendía los sentimientos de
una mujer. Luca debe haber tenido mil amigas, pero en general había otra onda.
Conmigo era sentarnos, hablar y contarnos cosas. Me ha sacado de momentos que
estaba medio depre. Éramos los dos muy sentimentales. Para Luca, por ejemplo, la
muerte de Bob Marley fue un mazazo. Timmy había traído un video del entierro, lo
vimos juntos y nos pusimos a llorar. Pero era todo medio tragicómico, porque por ahí
poníamos un tango de fondo y volvíamos a llorar, y o por Diego y él por Mónica.
Mónica Stromp: Luca era muy celoso. No era divertido cuando algo le daba celos.
Se ponía mal. No le gustaba nada. Como nos pasa a todos.
Mirta Bogdasarián: Al principio no pasaba nada entre nosotros, era algo amistoso.
Mis viejos no me dejaban ir con mis hermanos a ver a Sumo porque era chica, pero
y o le caía a los ensay os en los sótanos del Palomar. En esa época vivía con Jorge
Crespo, y después se mudó a Hurlingham. Alquiló una casa, un par de veces lo
acompañé a pagar el alquiler, y ahí tuvo un proy ecto familiar con Mónica que no
prosperó. Yo era una nena, un aparato, lo mío era más un enganche de pendeja que
algo serio. Un día me llamó porque había tenido una pelotera con Mónica. Ella le
rompió la cabeza con un vidrio y estaba todo cortado. Una discusión de pareja. Yo
me había ido al cine y cuando volví mi vieja me dijo: “Te llamó tres veces Luca”. A
mi vieja no le gustaba nada tanta amistad… Después me enteré que se había
lastimado, que había venido una amiga de Mónica y se la había llevado de esa
casa… Después de un tiempo de estas visitas que me hacía y o estaba desgastada y él
se iba de gira a Chile. Un día lo llamé por teléfono a la casa de Jorge, me atendió
Luca y le dije: “Andate a la mierda”, y le corté. Una pendejada… Si bien y o era
chica tampoco era una boluda, y me daba cuenta de que nuestro vínculo era una
locura. Me daba bronca que no me diera pelota, pero sabía que era más un mambo
mío.
Claudia Gernhardt: Un fin de semana en el que los dos estábamos mal nos
encerramos en mi casa. Como Luca sabía mucho de cine y en esos momentos
estaban los videoclubs, alquilamos 11 películas. Obviamente las eligió él y me hizo
ver cosas como El tambor de hojalata; después ponía una más livianita y otra vez una
fuerte. Así todo el fin de semana. Otra que vimos fue Greystoke, La historia de
Tarzán, con Christopher Lambert. Cuando terminamos de verla me dijo: “Bueno,
ahora tenemos que ir a comprar comida a un supermercado”. Entonces me hizo una
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apuesta que consistía en salir del departamento y llegar hasta el supermercado
caminando y hablando como monos. El que paraba y no sostenía la actuación,
perdía. Teníamos que comprar, pagar y volver caminando medio agachados y
hablando como monos… Creo que fue el día en el que más me reí en mi vida. No se
podía creer la cara del cajero del supermercado cuando vio a un tipo pelado con una
piba al lado haciendo: “¡Uh, uh, uh, uh!”. Le mostramos las cosas, le pagamos y el
tipo nos cobró rápido para que nos fuéramos. Luca hacía cosas muy cómicas. Yo no
estaba en mi mejor momento pero él me sacaba eso.
Mirta Bogdasarián: Cuando iba a la casa de Hurlingham me decía “viejita”. “Vos
no tenés la edad que tenés. Entendés mucho más, sos una viejita”. Nos dimos el
primer beso el 22 de diciembre del 86. Habíamos salido y yo después tenía un
cumpleaños. Me acompañó a tomar un taxi, estábamos caminando y nos cruzamos
con una pareja que iba de la mano. Luca los vio y me agarró la mía. A mí me daba
vergüenza pensar que pasaba conmigo por los mismos lugares por los que andaba
con Mónica, y encima agarrados de la mano… Él me decía: “Está bien, entiendo,
igual vos podés no saber, el que queda mal, el inestable, soy yo. Vos no te hagas
problema”. Era muy convincente para esas cosas… Me hablaba mucho de Esther,
pero su vínculo más fuerte era con Mónica, que era una mina muy preciosa,
increíble, altísima, rubia, alemana, con una estructura… Yo sabía perfectamente que
era su mujer. De hecho, compartimos algunas reuniones con ella, pero nunca supe si
ella creía que éramos amigos o si se había enterado de que había algo más.
Claudia Gernhardt: Cuando tuve un alejamiento con Diego, Luca fue un gran
compañero. Nos peleábamos con nuestras parejas y llorábamos juntos. En esa parte
éramos terribles.
Mónica Stromp: Con el paso de los años tratás de reacomodarte en la vida, y formé
mi nueva familia. Durante un tiempo sentí la necesidad de hablar con Michela, por
ejemplo, porque las dos necesitábamos hablar de la vida que había compartido con
su hermano.
Después, creciendo, madurando y teniendo un hijo, me di cuenta de lo difícil que
hubiera sido ese proyecto con él. En su momento yo era chica y estaba convencida
de que podíamos hacer algo juntos, pero ahora, a mi edad, es difícil pensar en algo
más o menos estable con él, algo sano, alimentador. Necesitás más que el amor para
eso. También hablé con la mamá de Luca. Es muy complejo porque y o era muy
joven, la tenía muy clara con él y él conmigo, pero había muchos obstáculos.
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Claudia Gernhardt: Alguien iba y le decía algo como: “Pero vos, boludo… No sé,
fijate lo que hacés… Cuidate”. Por ahí esa persona que quería aconsejarlo pesaba
200 kilos y él le decía: “Sí, sí, yo sé qué soy, ¿y vos, te miraste al espejo?”. Luca
sabía tus debilidades y te las señalaba como diciendo: “Vos también tenés algo para
mejorar”. Eso me gustaba mucho de él.
Paula Menéndez: Luca adoraba a Esther, la quería mucho. Pero su amor era
Mónica.
Mónica Stromp: Sigue conmoviéndome el amor que nos tuvimos. La conexión. Nos
entendíamos. Estaba todo tan claro. Creo que vio en mí a una chica que venía de un
contexto similar al suy o. Más allá de la diferencia de edad (me llevaba 11 años),
teníamos los mismos códigos. Nos gustaban las mismas cosas. Compartíamos una
misma curiosidad que nos alimentaba a los dos. También vio que yo no le tenía
demasiado ni falso respeto ni miedo. Yo no lo idolatraba. Solamente lo amaba.
Después me puse a perseguirlo con el alcohol. Una vez Petti dijo que yo lo
controlaba —con respecto a su enfermedad—. Seguramente es cierto. Lo intenté.
Rolo: Un día tenían que tocar en un bar de José C. Paz donde no había nadie. Cuando
llegué, lo único que había era un grupo de viejos jugando a las cartas y chupando. Un
lugar calamitoso. “¿Será acá?”, pensé. “¿Habré leído bien?”. De pronto lo vi a
Superman y le pregunté: “Escuchame ¿ustedes van a tocar acá?”. “Sí, sí, donde
podamos, porque no saben dónde meternos”. Al final tocaron tardísimo, y los
ubicaron en una esquina. Parecía que estaban en penitencia. Cuando empezaron a
tocar me paré a un costado, con todo el grupo mirándome a mí, porque era el único
que estaba. Obviamente, nadie les dio ni pelota. Cuando terminó el show, me fui para
la estación a tomar el tren y vi venir a todo el grupo. Luca se sentó al lado mío,
estaba cargando un equipo, y le pregunté: “¿Qué se siente tocar para nadie?”.
“¿Cómo?”, me dijo. “Tocar para nadie, ¿no viste que no había nadie?”. “¿Pero a vos
te gustó?”. “Sí, sí, a mí me gustó, pero…”. “¿Pero qué? Pero nada. Si a vos te gustó
me voy a mi casa absolutamente satisfecho”. Los músicos bajaron en Hurlingham,
pero él se quedó en el tren y me contó: “Me voy para el Abasto porque quiero ir a
ver a Esther. Yo tengo mucho quilombo con las mujeres, y necesito mucho cariño y
Esther me da un cariño más del que vos te imaginás. En este momento necesito el
cariño de Esther”. Cuando bajamos en Retiro serían las cinco y media de la mañana,
y a un costado, en el andén del ramal que va a Pilar, había siete linyeras durmiendo.
Los despertó uno por uno, se levantaron y lo abrazaron. “¡Luca, Luca!”, le decían. Se
quedó hablando con los siete. Conversaron de sus cosas y en un momento me dijo:
“¿Viste todos esos que estaban ahí? Son todos amigos míos. Te digo más, ninguno de
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ellos es malo. ¿Para dónde vas?”. “Para Congreso”. “Bueno, chau, me voy al
Abasto”.
Alberto “Superman” Troglio: Yo me corría porque soy más vergonzoso. Diego era
más gavilán. Gavilán pollero. Se levantaba lindas minas y aprendí de él. Se levantaba
cada potra… Después, cuando tenía problemas amorosos, venía y me consultaba a
mí. Me decía: “¿Petiso, qué opinás?”. “Qué sé yo, Diego. ¿Justo yo que soy un perejil
voy a aconsejarte?”. Luca también participaba de esas charlas de problemáticas
respecto a las mujeres. Su novia oficial era Mónica. Había tres o cuatro más dando
vueltas por ahí, pero Mónica era intocable. Te metías con ella y te mataba.
Paula Menéndez: Luca aparecía vestido con un jogging hecho pelota, muy viejo, y
una campera rota. Lo mirabas y pensabas: “¿Cómo puede pretender algo con una
mujer un tipo que se viste así?”. Creáse o no, a las mujeres les encantaba. A mí
nunca me interesó en ese sentido. A mí, Luca me seducía desde un aspecto
completamente musical, sentimental, amistoso… Desde un aspecto humano. Todas
las chicas que daban vueltas por ahí querían tener algo con él, algún deseo o alguna
fantasía, pero yo no. Era como si fuera un hermano mayor, porque además había
demasiada diferencia de edad. Luca y Mónica tuvieron unos períodos de crisis
importantes. Ella le bancó muchísimas cosas. Luca no podía evitar ciertas caídas.
Podría haber estado tranquilo, con una mujer como Mónica, que lo amaba
locamente, y estar bien, porque él también la amaba. Pero Luca no quería eso. O no
podía llevarlo a cabo, quizás.
Mirta Bogdasarián: Luca siempre fue muy franco conmigo. No se hacía el
noviecito y yo tampoco me consideré jamás su novia. De hecho él me hablaba
mucho de Mónica y de Esther. Supongo que yo pensaría: “Lo tomo o lo dejo”. Una
vez se fueron de gira y yo me quedé con las llaves de la casa de Hurlingham porque
iba a darle de comer a su gata, que se llamaba Tripulación. Era una gatita negra,
chiquitita, divina. Luca estaba muy solo y tenía muy pocas cosas. Algunos casetes de
música, muy poca ropa porque la perdía todo el tiempo. También le llevé la ropa al
Lave-Rap y entraba todo en una bolsa, alcanzó un lavado porque no tenía mucho y
tampoco le interesaba. Tuvo épocas, cuando estaba más alcohólico, que olía muy
mal. Yo estaba tan enamorada que ni me daba cuenta, pero sí… Olía mal. Una vez
fuimos a Hurlingham porque iban a grabar no sé qué a la casa de Timmy, Luca llegó
y se tiró a la pileta. Lo gastaban diciéndole que era el baño del día.
Paula Menéndez: Muchas veces y o lo hubiera metido debajo de una ducha… A
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veces tenía un olor… Yo decía: “Ay, ¡Dios mío!”. Pero a Luca se le perdonaba todo.
Daniel Melero: En una época, en Cemento Vivi hacía una cosa que se llamaba “Pida
tema”. Le decían, no sé, “La policía” y ella salía diciendo cualquier cosa, como
hacen ahora. Eso lo inventó Vivi y era impresionante de verdad. Luca estaba sentado
en el piso, en cuero, con ojotas y unos pantalones que estarían atados con un piolín.
Estaba todo lastimado, como cuando los borrachos se caen. No sé con quién estaba
hablando sentado ahí en el piso y tenía un olor… Ya tenía un olor a sucio. Le faltaba
higiene.
Claudia Gernhardt: Fumarse un porro lo ponía de buen humor. A veces le decía:
“Voy a conseguirte porque estás de mal humor”. Eso lo tranquilizaba. La heroína le
había dejado un temblequeo que controlaba con ginebra. Se tomaba unos cortitos
para mantenerse.
Mirta Bogdasarián: De Luca me conmovía mucho su sensibilidad, sobre todo en
relación a un aspecto que en apariencia era tan poco sensible. Una vez fuimos al cine
en Hurlingham, daban The Wall y me dijo: “No, la vi mil veces en Inglaterra…”.
Entramos a ver Rocky, la tercera o la cuarta, y se emocionó tanto que lloraba como
un nene.
Claudia Gernhardt: He visto a Luca muy pero muy triste. A veces me despertaba a
las cuatro de la mañana y él estaba llorando. Tenía una angustia que venía no sé de
dónde, de muchos años atrás. Lo abrazaba, se quedaba quieto un rato, después se
calmaba, se acostaba y al otro día estaba mejor.
Mónica Stromp: Contra la adicción de Luca hicimos de todo. Una vez nos fuimos a
Córdoba por un mes, los dos solos, para ver si podía bajar de la cantidad que estaba
tomando. Me acuerdo de ir a esconderle la botella en el bosque, en lo de Timmy, y
de él saliendo a buscarla en un parque de no sé cuántas hectáreas. Mucho más tarde
entendí que y o no tenía la culpa de su alcoholismo, y que el alcohol no había sido la
primera adicción que había tenido, y que yo no podía salvarlo. Pero la ilusión muere
último, dicen. La esperanza es lo que último muere.
Germán Daffunchio: Cada uno sabe cuál es el remedio de cada uno. Yo no tomaba
nada, ni siquiera alcohol, porque tenía que manejar y hacer todo lo demás. Me
gustaba fumar, y fumábamos mucho. Fumar siempre fue un nexo con Luca. En el
último Sumo, el único que fumaba con él era yo.
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Paula Menéndez: Nunca vi a Luca tomando cocaína. Él fumaba y tomaba ginebra.
No le interesaba ese estado paranoico ni estar duro. El resto de los chicos tuvo la
suerte de poder manejarlo, pero en ese momento estaban todos hechos mierda, muy
enganchados cada uno en lo suyo. Yo lo veía más que a los demás porque al principio
no sabía que el alcohol puede destrozarte tanto por dentro. Me di cuenta de eso en el
último tiempo.
Carlos “Aspix” Giustino: Nunca lo vi a Luca tomar cocaína. Jamás. Alcohol sí,
porque bebía en serio. Una vez hicimos un viaje loquísimo a Uruguay con Sumo.
Tocaban en un festival rural del Prado en el que también estaba Fito Páez. Ese show
de Fito fue su reaparición en público después de la muerte de sus tías abuelas, fue el
día en el que Fito estrenó Ciudad de pobres corazones. Lo vi desde el backstage con
Luca. Me acuerdo que me dijo: “Cómo está este pibe…”. Tengo una foto de Fito
parado arriba del piano, tocando con el pie, realmente sacado. Había hecho mierda
el camarín porque estaba loco, muy pero muy loco.
Paula Menéndez: Dentro de la banda, su amigo era Germán. Y Timmy, por
supuesto. Con Timmy tenían ciertos códigos que entendían solo ellos.
Germán Daffunchio: Cuando estábamos en la Sierra cazando palomas para comer,
soñábamos con salir a tocar en vivo alguna vez y armar una bandita. Fue tremendo
pasar de eso a lo que estábamos viviendo. Había muchos kilómetros recorridos, y el
alcohol siempre estuvo como un destructor o un generador de quilombos. Quilombos
que de alguna manera uno se lo permite al frontman de una banda, como por
ejemplo, que no viniera a ensayar varios días. De última no nos preocupaba porque
nosotros no ensay ábamos.
Timmy MacKern: Luca nunca fue de pelearme. Pero muchas veces tuve ganas de
matarlo.
Germán Daffunchio: Creo que, dentro de la banda, aparte de Timmy, yo fui su
único amigo. Diego también, pero más desde lo musical.
Rodrigo Espina: Dentro de la banda, sus amigos eran Germán y Diego. Germán
estaba casado y quizás no compartían tanta, pero su amigo era él. Germán era el
único que lo enfrentaba. Como todos los demás del grupo, yo también tenía esa cosa
de “Uy, Luca…”. Sabíamos que estábamos frente a un gran hombre. Pero el que
realmente le decía las cosas era Germán.
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Paula Menéndez: Vi a Luca en alguna que otra situación agresiva, sobre todo en los
primeros tiempos. Pero siempre fue con motivo. Luca no era pro violencia. Lo que
pasaba era que cuando alguien le decía una cosa fuera de lugar iba al frente, porque
no era ningún cagón. No le tenía miedo a nada, podía enfrentarse verbalmente y
físicamente a cualquiera.
Germán Daffunchio: Córdoba siempre tuvo una injerencia profunda en el espíritu de
mi vida. Para Sumo era un lugar especial. Una vez, antes de Llegando los monos,
tuvimos una crisis y dijimos: “Bueno, vamos a componer a Córdoba”. No teníamos
cómo mover nada, era todo un quilombo. Entonces se me ocurrió manguearle un
Chevrolet 57 a un tío que yo tenía. El auto había estado cinco años parado en un
garaje, yo sabía que no estaba usándolo, lo llamé, se lo mangueé y me dijo: “Sí,
llevátelo”. Fui al garaje, saqué el Chevrolet 57, llegué a la casa de mi madre, le
saqué el asiento de atrás, y entre el asiento de atrás y el baúl se hacía una F-100.
Entraban un montón de cosas. Entonces nos fuimos a Córdoba con el Chevrolet, fue
una locura total, no me fijé ni el aceite, solamente le puse nafta y arranqué. Se me
rompió la correa, el ventilador, la manguera…
Alberto “Superman” Troglio: En Córdoba, Luca le partió a Germán el hueso de la
abuela de Timmy en la cabeza y le hizo un tajo.
Claudio Kleiman: Luca viajaba con un hueso, todo lleno de pelos. Estaba medio
podrido, tenía un olor bárbaro, una porquería. Daba un asco terrible, pero lo llevaba a
todos lados. Después lo sacaba en el escenario y decía que era de su abuela.
Germán Daffunchio: Luca me cortó la cara con ese hueso. Era peleador de pandilla,
para él cualquier cosa se transformaba en un arma. Había un hueso, lo agarró y me
cortó. Nos agarramos a piñas varias veces. Esa pelea del hueso vino a raíz de una
grabación. Empezamos a tirar bases, ideas para que él cantara arriba, y Luca nada
de nada. Pasaban las horas y no hacía un carajo. En un momento saltó todo el mundo
diciéndome: “Che, boludo, no estamos haciendo nada”. Fui el único que lo increpó:
“Loco, ¿qué mierda pasa?”. Ahí nos peleamos mal. Pero después de esa pelea cantó
un montón de temas. A los dos días de eso me fui porque quería matarlo. Lo único
que quería era asesinar a Luca.
Alberto “Superman” Troglio: Empezaron a pelear, iban para adelante y para atrás
pugilísticamente. En un momento se agarraron las manos, había como una cómoda
larga, un mueble bajito de Timmy, y en ese ir y venir Luca agarró el hueso y
281
terminó la discusión de esa forma, con un huesazo. Tuvieron que llevar a Germán a
una sala de primeros auxilios en Mina Clavero. Yo dormía con Diego en la casita del
medio y Luca en el cuartito de al lado. Entonces nos pusimos a hablar y él decía: “Yo
no quería pegarle, pero este es un hincha las pelotas con el alcohol…”. Yo nunca le
rompí las pelotas con el alcohol porque era al pedo… O sea, hablar con un
alcohólico… Luca decía: “Lo que pasa es que se armó el kiosquito y tienen miedo de
que Sumo se deshaga. Les interesa el kiosquito más que…”. A Luca le importaba un
huevo de verdad. Para esto, estamos hablando y saca una damajuana de un vino que
hacían unos monjes de ahí, de Mina Clavero, un vino patero y nos convidó. Yo me
cagaba de risa. Con Diego le decíamos: “Sí, sí, te entiendo…”. Nunca entramos en
conflicto.
Germán Daffunchio: Al final se fue por su lado y no nos vimos por tres o cuatro
días. Una tarde estaba caminando por Hurlingham, cerca de la estación Rubén Darío,
justo Luca salió de un bar y me lo choqué. No nos habíamos hablado más después de
la pelea. Nos miramos y me dijo: “Hey, Germán, yo te quiero”. “Yo también te
quiero, hijo de puta”. Nos abrazamos y listo. Bien de tano, ¿no?
Nora Fisch: Sabía de Sumo porque yo escuchaba música, iba a recitales y me
encantaba. Pero no conocía a Luca personalmente. Un día me mandaron a hacer mi
primera entrevista con Luca, para la revista Expreso Imaginario, que se hizo en una
oficina que tenía Timmy en el Centro. Lo abordé con algo de aprehensión, porque
Luca tenía aura de duro. Pero esa entrevista fue un deleite. Estuvo divino, inteligente,
amable; fue una comunicación fluida, inmediata, nos reímos bastante durante la
conversación. En esa época había menos culto a la fama que ahora, entonces el tono
de la charla fue hipercordial y relajado. Como detalle, me acuerdo que ese día y o
tenía puestas unas sandalias de plástico color bronce, con taco chino, bastante
inusuales. Yo había estado en la primera edición de Rock in Río y me las había
comprado allá. Luca se fijó en mis zapatos y los elogió, dijo algo así como: “¡Qué
lindas tus sandalias!”. Me sorprendió ese comentario de parte de alguien con fama de
duro. Me pareció muy fuera de personaje, más cerca de un comentario entre chicas.
Una vez que la nota se publicó, me llegó el mensaje que a Luca le había gustado
mucho el artículo.
Claudia Gernhardt: A Luca le decías: “Che, ¿sabés que vi un vestido azul que me
encanta?” y él no te respondía: “Qué pavada me estás diciendo…”. Luca contestaba:
“Che, vamos a verlo”. Tenía esas cosas porque te escuchaba y sabía mucho de la
mujer. Creo mucho en la amistad del hombre y la mujer. Nunca pude reemplazarlo
como amigo. Tengo amigos divinos, pero ninguno tiene esa deferencia de decirte:
282
“Hola, loca, ¿cómo estás? Te re quiero”. Era muy inocente. Como un chico.
Mónica Stromp: Luca era muy bueno escuchando a los demás y, lógicamente, a mí
me escuchaba mucho. Hablábamos mucho de nuestro proyecto: queríamos
casarnos, tener una familia.
Luca me cocinaba mucho, tanto en lo de Timmy como en la casa en Córdoba o en lo
de George. Cuando venía a la casa de mis padres y ellos no estaban, también.
Cocinaba con mucha pasión, cuidaba los detalles, tenía su método. Hay una foto que
saqué yo en la que él está cocinando en la casa de Timmy de Córdoba. Está con un
saquito de buzo azul. Le gustaba cocinar y le gustaba comer. Fuimos muchas veces a
un restaurante chino que estaba a la vuelta de la Puey rredón. Íbamos cuatro veces
por semana, fácil.
Claudia Gernhardt: Yo estaba refaccionando la casa de una amiga en la calle
Monroe y una noche Luca y Mónica se quedaron a dormir ahí para hacerme
compañía. Era una casa chorizo vieja, de esas que tienen habitaciones que dan a un
patio y siempre había alguien trabajando, porque esta chica estaba arreglándola. Me
fui a trabajar y cuando volví me encontré con un cartel enorme que decía:
“CUIDADO”. Otro decía: “OJO CON TOCAR”. Toda la parte de la escalera decía:
“OJO: ELECTRICIDAD”. Había carteles por todos lados. Me quedé no sé cuánto
tiempo sentada en una silla, en el comedor, con miedo a tocar y quedarme
electrocutada con algo. En un momento vi que en mi habitación había una hoja
tirada. No quise tocar el picaporte, por las dudas, a ver si me quedaba pegada… Abrí
la puerta apenitas, empujándola con el pie, tocando solo las partes de madera. Una
vez adentro vi que había una flecha que apuntaba a mi cama. Me acerqué y vi un
póster de Silvia Pérez. ¡No me olvido más! El póster tenía escrito: “Claudia, los
ornitorrincos cantan cuando nadan, Germán me dio esta”. Lo decía por la frase que
venía después: “Saluda atentamente, besos, muack muack muack cuack cuack cuack,
Luca”. Había agarrado una revista cualquiera y escribió eso… Yo empecé a reírme
y pensé: “¿Qué le habrá pasado, le habrá agarrado corriente…?”. Me quedé ahí y a
las dos o tres horas cay ó Luca. Le dije: “Che, ¿qué pasó con esto? ¿Qué son estos
carteles? ¿Cuál es el problema?”. Me respondió: “Ah, no, eso era una joda”. “Pero…
¡Hace tres horas que estoy acá tentada por el póster y dura del miedo sin tocar
nada!”. Luca me hacía ese tipo de cosas. Me daban más ganas de abrazarlo que de
matarlo, porque eran divertidas.
Mónica Stromp: Era sorpresivo. Muy divertido.
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Claudia Gernhardt: Cuando estaba viviendo conmigo, a la tarde venía Tom Lupo a
hacerle entrevistas. Yo les preparaba una merienda con Nesquik y facturas. Tom
Lupo decía: “Uh, esto me hace acordar a mi mamá…”. Yo le respondía: “Acá se
merienda, viejo”. Cuando y o me iba a trabajar, Luca se despertaba y le preparaba
el desayuno. No me iba hasta que no veía que se lo terminaba, como con los chicos.
Lo cuidaba en lo que podía, porque obviamente había cosas que se me escapaban.
Pero él bajó mucho sus dosis de ginebra en casa. Se levantaba a las cuatro de la
mañana, y o lo escuchaba, me iba detrás de él y le decía: “¿Qué hacés?”. Me
contestaba: “Tengo hambre”. Más de una vez terminamos cocinando espaguetis a las
cuatro de la mañana… En esa época había engordado como cinco kilos. Duró un
tiempo porque el tiempo que vivimos juntos fue en un departamento que me habían
prestado para cuidar. Fue una convivencia hermosa y Mónica también venía mucho.
Nora Fisch: Tenía su estilo de vestir y de generar reacción con su aspecto,
empezando por afeitarse la cabeza cuando nadie lo hacía. No gastaba en ropa, no se
compraba pero era muy específico con lo que se ponía, aun cuando tuviera solo tres
remeras rotas, conseguía lo que le gustaba de alguna manera.
Hilda Lizarazu: Le hice un retrato, que es mi propio Korda, uno que está de frente,
con la mirada calma y sin anteojos. Fue para la revista Humor, para “Las páginas de
Gloria”, donde yo trabajaba como fotógrafa. Gloria hacía la nota y yo después me
los llevaba a caminar para hacer el retrato. Caminamos por San Telmo; a mí me
gustaba hacer retratos con los fondos de piedra y en una de esas calles había un
mármol que estaba buenísimo… Hicimos un par de cuadritas juntos, él estaba muy
tranquilo, apoy ando su trabajo de difusión. Todavía no estaba esa idea de no hacer
prensa que muchos adoptaron después. Luca estaba con unos walkman. Vino con
Mónica, su novia, y tuvimos muy buena onda. No hablamos de música porque yo no
era de ese mundo sino una chica de 19 años que sacaba fotos. En ese momento él no
tenía ese background que emergió cuando se convirtió en mito.
Gloria Guerrero: Era un tipo perfectamente normal. Lo único preocupante era todo
lo que chupaba. En el Einstein, y o daba un curso de rock con un compañero y
llevábamos invitados. Un día vino Luca con Mónica, su novia; nos la pasamos
escondiéndole la botella de ginebra. Tenía un problema de adicción muy fuerte, pero
salvo eso se lo veía absolutamente lúcido. Nunca lo vi dado vuelta, de hecho. Ha
venido a mi casa a hacer notas y era adorable, un tipo con el que podías mantener
una conversación linda porque no había afectación en lo que hacía. Era tan educado
y sensible que al decirlo pareciera como si estuviera contradiciendo a la ley enda,
pero era así. Lo que sí, si alguien le hacía una pregunta tonta o malintencionada…
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Ahí te convenía correrte, porque cuando no veía sinceridad te mataba. Si alguien
quería correrlo lo pasaba por arriba. A Luca le jodía la hipocresía. Esa nota fue
cuando estaba difundiendo Llegando los monos.
Mario Breuer: Los Sumo me convocaron para su segundo disco, Llegando los
monos. Me fui un par de veces a Hurlingham, a la sala de ellos, y me mostraron
algunas maquetas que tenían. Tocaron otros temas y cada uno habló del sonido que
soñaba. Todavía era la época en la que a los grupos les costaba preocuparse por el
sonido del grupo. Pasaba con casi todos que cada uno se preocupaba por su propio
sonido. Signo de los tiempos, ¿no? Después de los ensayos nos metimos en el estudio a
trabajar y estuvo bueno. Las mezclas se pusieron un poco caóticas porque en ese
entonces te sentabas a mezclar con todo el grupo alrededor, como en un bote con seis
remeros, cada uno remando para su lado: “¡No! ¡Vamos para allá!”. ¡No, mejor
vamos por el otro lado!”. Eso no pasaba solamente con Sumo sino con todos. Se
trabajaba así porque no había conocimiento de prolijidad ni de producción.
Walter Fresco: Para ese disco rescatamos “Heroin”, que ya estaba hecha, aunque
se versionó un poquito distinta. En algún caso hemos tenido algunas diferencias, qué
sé yo… En su momento estábamos medio pasados de cantidad de temas, iba a
quedar afuera “Nextweek” y Germán, un tipo al que adoro, dijo: “No, loco, ese
tema…”. No me acuerdo cómo terminamos haciendo, pero quedó. Había que elegir
entre mucho material y además muy bueno.
Claudio Kleiman: Luca decía que además de él, el otro enfermo del grupo era
Germán. Como que él y Germán eran los que marcaban un poco el rumbo. A los
otros los consideraba “demasiado” músicos.
Mario Breuer: Les importaba la música disco como referencia. Mi característica a
lo largo de mi carrera siempre fue tratar de no imponer mi sonido ni el del último
disco que me voló la cabeza. Mi política es escarbar en las entrañas del grupo y
encontrar el suy o propio. En el caso de Sumo no había nada que uno pueda hacer
para que eso no ocurriera, porque tenían un sonido muy definido: un baterista como
Superman… ¡Un bajista como Arnedo…! Daffunchio haciendo esas guitarras
mántricas y el otro animal de Mollo volando cabezas con una guitarra que parecía
una sierra eléctrica.
Flavio Casanova: Cuando Sumo estaba haciendo Llegando los monos nosotros
grabábamos nuestro primer disco también en Panda. Pero ellos tenían el turno que
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iba de las dos hasta las seis de la tarde, y nosotros desde las seis hasta las doce de la
noche. No se nos ocurrió invitarlo a grabar a Luca. Igual era otra onda… Estábamos
grabando el disco con Melero, llegué a Panda el primer día y ni sabía que estaba
Sumo. Cuando entré, estaba Superman tirado en el piso y tenía todo tipo de falopa.
También estaba Pettinato, Mollo y alguien más y él dijo: “Señores, ¿quieren
servirse?”. Ni me fijé, pero me cagaba de risa. Superman tenía un pañuelo en la
cabeza, se hacía el chino y les decía a los demás: “Sírvanse, sírvanse…”.
Mario Breuer: Cuando grabamos Llegando los monos había bastante descontrol. La
verdad es que no sé si llamarlo “descontrol”… Había consumos límbicos que me
llevaban a lugares desde donde podíamos inventar y generar situaciones de sonido
que por ahí, cuando uno recién se levanta, no te salen. Para decirlo bien fácil, no nos
drogábamos al pedo. No era que el tipo iba, buscaba sus drogas y y a llegaba al
estudio drogado. No, no, no. Tampoco era que ni bien llegaba al estudio se prendía y
le daba, no. Digamos que se esperaba el momento indicado. Ahora la gente se droga
para ir a la cancha o al cine, ¿no? Ahí se usaba mucho para la experimentación, no
era “me conseguí un ácido y me lo tomo ahora…”. Los elementos que alteran la
percepción del ser humano se utilizaban básicamente para una cuestión creativa, de
experimentación, de llevar la música a cierto lugar, cosa que se venía haciendo en
otros continentes desde hacía años. No sé si hay drogas más o menos peligrosas, pero
en los 80 todavía quedaba un poco de eso.
Alberto “Superman” Troglio: Muchas cosas de Llegando los monos las hicimos con
la Fostex de Timmy en La Bicoca, que es la casita de la hermana de Timmy. Esa
casa es media rara porque hay como fantasmas. En serio, en serio… Ahí grabamos
“Los cinco magníficos”, por ejemplo. La que quedó en el disco es casi la toma
original.
Walter Fresco: Sumo fue una mezcla de gente muy especial. Superman nunca está
en el candelero de la historia de Sumo, pero fue el mejor baterista de reggae que
hubo en este país.
Mario Breuer: Creo que Luca prendía la mecha de los temas. Era un personaje
carismático no solo para el público, sino también para la banda. No quiero decir que
era el gurú, porque me estaría alejando mucho de la realidad. Pero el grupo miraba
hacia él. Era un poco el centro. Todos trabajaban muchísimo y se metían, cada uno
tenía muy claro su rol, estaba muy establecido. Pero Sumo giraba alrededor de
Luca, como un sistema planetario. Batería y bajo generaban bases demoledoras.
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Había una guitarra, que era la de Germán, que creaba los climas. Otra guitarra, la de
Mollo, que ponía los cambios y hacía las melodías. Pettinato entraba a hacer vuelo.
“Acá la parte mía es hacer quilombo”, decía Roberto a veces. En las partes en las
que todo se ponía cargado y caótico, ahí iba Pettinato a sumar un poco de eso.
Roberto era importante, tal vez porque es un tipo comunicador de profesión y eso
hacía que hablara más con Luca que otros. No sé si realmente había sido un acuerdo
del grupo, algo como “rodeémoslo equidistantemente al pelado”, o si el pelado te
ponía él mismo las distancias. Pero funcionaban alrededor suy o.
Marcelo Gasió: En las grabaciones, el que se preocupaba por el sonido del grupo era
Pettinato. El resto no le daba demasiada bola. Luca a veces aparecía y a veces no.
No fue a ninguna mezcla, por ejemplo. Pettinato, en cambio, era el que se sentaba al
lado del técnico para decirle “esto sí, esto no”. En esa época, los técnicos de estudio
eran empleados de las compañías discográficas que hacían folclore, cumbia, rock, lo
que fuera. No había un concepto de rock, menos todavía de reggae. Pero el grupo
tampoco se involucraba demasiado, no era que los escuchabas decir: “Estamos
haciendo arte”. Como Roberto se lo tomaba más en serio le quedó eso de que a él le
interesaba la plata y a los demás no. No era así y es injusto verlo de esa manera.
Además, todo el mundo quería cobrar. No le decían: “Sí, vos quedate con la plata, a
nosotros no nos interesa…”. Desde mi punto de vista, Pettinato quería aportar ideas
para que los discos de Sumo estuvieran bien grabados. Decir que era un comerciante
por eso es como decir que Paul McCartney también lo era cuando quería mejorar el
sonido de Los Beatles y hacer un buen producto.
Walter Fresco: Cuando fuimos a grabar a Panda empezaron las disputas de poder
dentro de la banda. Había un grado alto de locura también. Quisieron desplazarme y
demás, y hubo un momento en el que Pettinato intentó agarrar la producción. Un día
llegué a Panda y estaba Mario Breuer sentado. Normalmente, al lado del ingeniero
de sonido hay una silla más, que es la del productor. En esa silla, que era la mía,
estaba sentado Pettinato, como diciendo “yo de acá no me muevo”. Estábamos
grabando “Los viejos vinagres”. Fue una situación media rara pero me la banqué y
me senté atrás. Una hora y media después, Pettinato, que estaba chocho ahí sentado,
le dijo a Breuer: “Mario, tiremos una mezcla”. Eso no me lo aguanté. Entonces me
paré y desde atrás le dije: “No, si vinimos a Panda para hacer esta mierda que
estamos escuchando, mejor nos vamos de acá ya mismo. Va todo de vuelta”. Porque
la verdad es que era un desastre, sonoramente imposible, un asco. La compañía
había puesto mucha guita para grabar en un lugar como Panda. Después, en
determinado momento hicimos un remix de “Los viejos vinagres” con Breuer y
Germán, los tres solos. Era una bestia lo que sonaba ese remix. Pudo hacerse bien
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porque Germán es un tipo con cerebro, que estaba siempre dispuesto a hablar las
cosas y a trabajar en equipo. Pettinato era imposible. Se creía el dueño del grupo.
Claudio Kleiman: La relación entre ellos era competitiva. Pettinato es muy
competitivo y Luca también lo era a su manera. También era como una división de
roles medio falsa, eso del policía bueno y el policía malo. Pettinato decía: “Hagamos
guita, tenemos que hacer un hit”, pero Luca también vivía un poco esa contradicción.
Era como un juego.
Mario Breuer: Luca era un tipo parco. O sería muy tímido. Yo hablo muy bien en
inglés y a pesar de eso me llevó mucho tiempo tener charlitas con él sobre el disco
que estábamos haciendo o sobre lo que él se imaginaba. Todo el tiempo decía: “Yo no
puedo opinar mucho del sonido, y o tengo una banda que tiene un sonido increíble,
qué voy a opinar si el sonido y a lo traemos hecho, el sonido es el sonido de mi banda
que es el mejor sonido que puedo tener”. No nos olvidemos que era la década del 80,
donde no se respetaban los sonidos naturales. Era muy difícil lograr ese sonido que
tenían en vivo, porque vos ibas al show, hacías saturar todas las entradas de
micrófono de la consola y ya sabías que iba a sonar bien. En esa época, para ciertas
cosas, si la consola no prendía la luz roja no garpaba…
Walter Fresco: En Sumo cada uno cumplía un rol. En el show, obviamente resaltaba
el pelado. Pero también lo hacía Mollo cuando hacía un solo tocando con los dientes,
y Pettinato, que estaba vestido de naranja con las dos barbitas… Pero más allá de
eso, que forma parte del show, escuchás la música y es igualmente impactante. En
los discos tratábamos de replicar lo que ellos eran en vivo.
Flavio Casanova: Cuando con Casanovas y a habíamos grabado bastante de nuestro
disco, un día le dije a Luca: “¿Che, por qué no te quedás y escuchás?”. Me respondió:
“Sí, cómo no… ¿Me puedo quedar?”. “Sí, sí, pasá”. Le mostramos el tema “Otro
sueño muerto”, que era el tema más raro y quedó afuera del disco por eso. Le gustó.
Decía: “Qué buen sonido”. Melero ponía muchas cámaras, cosas raras y Luca
compraba eso… También le hicimos escuchar “Ella es un águila”. Dos días después
volví al estudio y oí que no solo tenían nuestro mismo sonido de batería, sino que
Pettinato había grabado un saxo igual al que Melingo había puesto en nuestro disco…
Y que el y eite de guitarra de “Nextweek” era idéntico… Nosotros no dijimos nada,
en realidad el comentario fue: “Mirá, Sumo nos copia a nosotros…”. No nos molestó.
Además, humildemente, “Ella es un águila” es mejor que “Nextweek”.
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Walter Fresco: Luca no se metía en esos quilombos. Hacía su parte y se iba.
Flavio Casanova: Nunca lo vi mal a Luca, tengo otra imagen de él porque siempre
tenía buena onda. Cuando estábamos grabando el disco, yo me había quedado en
Buenos Aires para no ir y venir de La Plata todos los días. No tenía un mango y
estaba cagado de hambre. Como grabábamos a la noche, por ahí la compañía nos
llevaba algo de comida a la sesión, pero eso pasaba más tarde. Un día me desperté
más o menos temprano, casi no dormí, y tenía un hambre bárbaro. Salí a caminar y
me lo encontré a Luca. “¿Me acompañás?”, me dijo. “Sí, dale, estoy al pedo porque
me quedo a dormir acá…”. Me propuso bajar al bar del subte, esos bares de gallegos
que había en la vieja estación Carlos Gardel, y él se pidió una ginebra, porque es
verdad que tomaba ginebra a las 11 de la mañana. Estábamos ahí y me preguntó:
“¿Querés comer algo?”. “Luca, te digo la verdad, no tengo un centavo y me estoy
muriendo…”. Me dijo que pidiera lo que quisiera y me lo pagó él.
Mario Breuer: Creo que estaba un poquito eso de buscar un hit con ese disco.
También porque se metió Walter Fresco, que era el director artístico de la compañía,
el que los escuchó y los contrató para la compañía. Creo que “Nextweek” apuntaba
un poco a eso. “Los viejos vinagres” también. En un momento me dijeron:
“Necesitaríamos tener un tambor y un bombo superfirmes”. Eso se llama
preproducción. Yo respondí: “Batería electrónica, entonces”. Miré para un lado y
para el otro. Superman es un tipo que realmente hace lo suy o magníficamente. Se
metía, pero no era un tipo tan insistidor en la producción. Le dije: “¿Algún
problema?”. Me contestó: “No, mejor, menos para tocar”. Así fue que metimos la
batería electrónica. Me acuerdo que estuvimos un rato muy largo con el sonido del
bajo, porque Diego me decía: “Quiero que suene como goma, tiene que ser goma
ese bajo”. Me lo remarcaba todo el tiempo.
Walter Fresco: Con ese disco fue: “Con el debut ganamos respeto, ahora hagamos el
segundo”.
Mario Breuer: A Arnedo le importaba mucho el sonido, estaba muy consciente,
prestaba mucha atención a las mezclas. Mollo también. Superman igual, pero era
más calladito y había que sacudirlo un poco para sacarle una opinión. Daffunchio era
más cool, se quedaba al costadito, decía “sí” o “no”. Las mezclas eran una locura. Lo
que pasa es ellos estaban muy concentrados en el trabajo, no se dispersaban, pero no
todos querían exactamente el mismo disco. Entonces cada uno iba tirando un poco de
su lado. Tampoco es que las diferencias entre ellos fueran extremas. Uno iba al norte,
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el otro iba para el noroeste, algo así. Llegando los monos no fue un disco fácil por eso
mismo. Cuando en un grupo son todos una manga de burros en la que cada uno opina
algo diferente, para mí es más sencillo porque no le doy bola a nadie como hice
muchísimas veces. Pero en Sumo no se podía hacer eso porque todos tenían un peso
importante en la banda.
Germán Daffunchio: “Estallando desde el océano”, conceptualmente, es 100%
Sumo. Ahora lo grabaría mucho mejor, obviamente. El tema “Ojos de terciopelo” lo
hicimos con Luca y con Diego, fue algo instantáneo, de los pocos que hay. Para mí
son experiencias extremadamente reveladoras, estados de química pura. Esa
conjugación perfecta es importante.
Alfredo Rosso: Según cuentan los miembros de Sumo los temas eran realmente
creaciones colectivas. Todos contribuían, o sea que la autoría está bien distribuida.
Luca no era de los que dicen: “Yo y cuatro más”. Hasta donde pude recabar de
Pettinato o Mollo en algún momento, la cosa era bastante democrática dentro de la
banda.
Mario Breuer: Mientras fuimos grabando estuvo todo muy tranquilo. Se armó la
banda, los micrófonos, lo de siempre, y Luca pidió algún lugar donde él pudiera
estar, algo que sea así como “su lugarcito”. Panda tenía una sala más chica que
estaba entre dos blindex grandotes y más atrás estaba la salita del fondo. Luca se
ubicó en esa. Luca llegaba al estudio y ni entraba al control. Se iba derecho ahí al
fondo y escuchaba todo por auriculares. Se alejaba físicamente, pero no estaba para
nada al margen. Se pasaba todo el tiempo con los auriculares puestos, escuchando,
tomando notas, mirando las letras, retocando palabras o frases, pero se quedaba.
Terminaban las tomas, venían todos corriendo a escuchar, después se iban y le
decían: “¿Y Luca? ¿Qué te parece? ¿Está bien así?”. Luca les respondía: “Me gusta” o
“Más o menos”. La banda escuchaba todo, pero después iban y le preguntaban todo a
él. Su palabra era fuertísimamente respetada en todo el grupo, que es casi lo mismo
que decir que tenía la última palabra, pero no. La diferencia es que él no imponía
nada. Eran los otros los que acataban. Eso es muy distinto a decir: “Acá mando yo”.
Luca no tenía ninguna intención de mandar. Pero el resto bailaba alrededor de sus
ideas.
Walter Fresco: El laburo enfermo que hacía Germán Daffunchio con la guitarra es
impresionante, es un músico tremendo, el cerebro oculto de la banda. Es como
cuando escuchás un disco de U2 y pensás: “¿Qué pasa acá?”. Bueno, lo que pasa es
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que está The Edge metiendo cosas como un enfermo, sosteniendo un montón de
cosas. Germán es igual.
Mario Breuer: Cuando terminamos Llegando los monos estaban felices y y o
también. “Nextweek”, “Virna Lisi”, “Yo quiero a mi bandera”… Recuerdo con
mucho cariño a ese disco. Además, cargo con el detalle de que el disco termina con
Arnedo diciendo: “Para Mario”. Eso me ha valido mucho respeto, incluso por el lado
femenino a lo largo de América Latina. “¿Eres Mario?” “¡No lo puedo creer!”.
Lalo Mir: Luca tenía una inteligencia en la síntesis, en la poesía, era un tipo de
mucha sensibilidad. Porque tiene cada frase… “Yo quiero cruzar con la barrera y
que me pisen, que me pisen, que me pisen”. Es la Argentina dicha por un inglés que
llegó ay er. Cada vez que agarro el diario y veo un colectivo en una barrera pienso:
“Luca lo venía diciendo”. “¿Querés que te pisen? ¡Cruzá por la barrera!”. Otra era:
“Yo quiero la bandera, planchadita, planchadita”.
Alfredo Rosso: Cuando escribió: “Quiero cruzar con la barrera y que me pisen” se
dio cuenta de la estupidez argentina. Cruzar con la barrera baja y que te pise el tren,
la bandera planchadita pero no arrugarte con ella… Querés la bandera como un
símbolo, pero no moverte por esa bandera. Entendió muy bien el esnobismo y la
falsedad que hay en tanta gente.
Damián Damore: Ver a Sumo era cero aguante. Era mucho calor, apretujones,
adrenalina, furor, pogo, pero nada de aguante porque Sumo era un secreto a voces.
“Mi bandera” es un análisis de este tiempo y creo que lo que voy a decir es la
negación de todo eso. “Mi bandera, que no es la bandera de mi país”, arengaba Luca
con… ¡Una bandera italiana! Para Luca, las banderas eran trapos de verdad, para
colgarse del cuello. Era un accesorio habitual en él las bufandas, es decir, las cosas
colgadas de su cuello.
Mónica Stromp: “El ojo blindado” era un dije. En realidad es una historia horrible,
para hablar de eso tengo que pensar en gente que fue mala… Un día fuimos a visitar
a un conocido de Luca que había importado unos colgantes. Era una especie de
monóculo hecho con un marco dorado, que no estaba vacío en el centro, sino que
tenía un holograma blanco. Lo movías y tenía el holograma de un ojo. Creo que ese
chico le regaló uno a Luca. O se lo regalé y o ese día, no me acuerdo. Estaba mal
hecho y el holograma fue borrándose con el tiempo. Luca tenía ese colgante encima
pero no se ponía el collar. “El ojo blindado que me has regalado” viene de ahí.
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Diego Arnedo: Para “Estallando sobre el océano” estaba esa línea de bajo, la parte
“A”, que a mí me sugería otra parte. Me faltaba algo más. Se me ocurrió algo, se lo
pegué, pero desde la línea del bajo, que pasa por tres tonos. Ahí se armó eso que
Luca cantó arriba. Voy a confesar algo: una vez, charlando en uno de nuestros viajes
en tren, Luca llegó a decirme: “Yo para cantar escucho el bajo”.
Germán Daffunchio: Diego fue un complemento ideal para Luca, porque podían
salir y tocar toda la noche, tranquilamente… Y vaciar el bar. Diego cumplió un papel
muy groso dentro de Sumo, sobre todo energéticamente.
Mónica Stromp: El tema “No Good” viene de nuestra relación. Hubo una época en
la que mis padres, que eran bastante estrictos, me observaban mucho. Veían que a
veces estaba mejor y otras peor, porque con Luca tuvimos muchos altibajos. Lo más
difícil fue obviamente la lucha contra el alcohol. Mis padres se daban cuenta. En un
momento, no sé cuál fue el detonante, tampoco importa, mi padre me prohibió ver a
Luca. Me dijo que iba a poner a alguien que me observara. De ahí salió eso de “Hear
the policeman say…” de la canción. Yo le había contado eso Luca, y estaba
desesperada. Le dije: “Mi padre me vigila para que no te vea más”. Me contestó:
“Claro, porque tu papá dice que y o soy ‘no good’ para vos”.
Claudia Gernhardt: En los coros de “Heroin” grabaron Mónica y Evangelina, la
mujer de Germán. En vivo, se subía a hacerlos la que estuviera ahí. La primera en
animarse fue Evangelina, que en un ensay o empezó a hacer los “uuuuh”, a todos les
gustó y quedaron. Con Evangelina también compartíamos bastantes camarines.
Marcelo Gasió: Por algún motivo, a Pettinato le gustaba mi caligrafía y para
Llegando los monos me pidió que escribiera el sobre interno del disco. Tenía que
transcribir las letras, se las pedí, pero no las tenían pasadas a papel. Entonces vinieron
Timmy y Roberto a mi casa, trajeron el master del disco y nos pusimos a escucharlo
para sacar las letras de Luca. Había cosas que ni siquiera Timmy entendía. Lo
mirábamos para preguntarle qué estaba diciendo Luca y Timmy respondía: “Ok, soy
inglés, pero no sé…”. Yo tenía miedo de equivocarme, porque haciendo algo así
puede pasarte que interpretás algo mal y estás cambiándole la letra a un artista. En
un momento estábamos discutiendo si cantaba tal cosa o tal otra y les dije: “Che,
pídanle a Luca las letras, esto es un laburo enorme y no estamos seguros de nada…”.
Me respondieron: “No sabemos dónde está ni dónde ubicarlo”. El tipo había
desaparecido dos o tres días. Al final lo hicimos así, las escribí en una hoja
escuchando el disco con ellos y no hubo ningún error. Después Pettinato le hizo un par
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de correcciones. Una creo que fue “Nextweek”, porque creo y o escribí la canción
“Nesquik” por lo que decía la letra. Se nota porque el título de ese tema es otra
caligrafía. La otra corrección es “Estallando desde el océano”, porque creo que y o
había puesto el título en inglés.
Marcelo Castello: Sumo estaba por sacar Llegando los monos y Luca flirteaba con
Mirta, que atendía la peletería en la galería. Las primeras veces que lo vi fue ahí.
Cuando compraron la disquería, le dejó a Mirta y los hermanos vender copias del
casete de Corpiños en la madrugada. Los vendían sin tapa, te lo grababan y te lo
llevabas. Un día me lo encontré en esa disquería y le conté que era diseñador
gráfico. Yo estaba empezando la carrera y trabajaba como maquetador en la revista
de la Rock & Pop. A Luca le chupaba un huevo lo del casete. Le propuse hacerle una
tapa y me dijo: “Bueno, hacelo, qué sé y o”. Le mostré la imagen de Valentino y me
dijo: “Ah, está bueno”. Todas las copias que se vendieron ahí salieron con esa tapa
alternativa. Mirta hacía la fotocopia, las cortaba y las vendía. Fue la primera tapa
real autorizada por Luca Prodan. Después, cuando me fui a vivir a Mallorca, hice
una adaptación, que es la que hoy circula por Internet.
Mirta Bogdasarián: Corpiños en la madrugada se había comercializado muy poco.
Lo comprabas en los recitales y nada más. Entonces en la radio dijeron que
Corpiños… estaba también en una disquería en Palomar. En realidad nosotros lo
grabábamos en casete y vendíamos los TDK copiados a gente que venía gente de
Quilmes, de Ezpeleta, de cualquier lado. Eran fanáticos que llegaban desde cualquier
lado para conseguirlo y a Sumo le funcionó.
Gillespi: Cuando me copié el casete de Sumo lo escuchaba todo el tiempo. Me
volvían loco letras como “Mejor no hablar de ciertas cosas” o “La rubia tarada”.
Pensaba: “¿Cómo puede ser?”. Porque y o venía de otra cultura, del rock nacional,
donde todo el mundo era poético, cantaba con voz aguda… Esto era una poesía
urbana, más descarnada, más Bukowski, si se quiere.
Claudia Gernhardt: En el 86 viajé a Roma y conocí a los padres de Luca. Recién
había salido Llegando los monos. Eran dos personas serias, y con Andrea les hicimos
una broma. Les pusimos un casete de Pimpinela y les dijimos que el hombre que
cantaba, o sea la voz de Joaquín Galán, era la de su hijo Luca. Les veía las caras y en
un momento me agarraron unas ganas terribles de reírme. La situación me dio tanta
vergüenza que empecé a hacerle señas a Andrea para terminar con eso… Cuando
Andrea vio la cara de los padres les dijo “No, era una broma…”. Les habíamos
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dicho que Lucía Galán era Mónica. Se agarraron una bronca bárbara… Entonces les
pusimos Llegando los monos y y o trataba de explicarles en italiano todo lo que pasaba
con Luca en Buenos Aires. Sabía algunas palabras por lo del Topo Gigio. Me subía
arriba del sillón y les bailaba, tratando de imitar lo que hacía el público de Sumo en la
Argentina, contándoles todo lo que había logrado su hijo. Saltaba arriba del sillón y
ellos me miraban.
Andy Cherniavsky: Para el Chateau Rock del 86 me fui con Sumo en tren a Córdoba.
Fue un caos total, del cual me acuerdo poco. Sí recuerdo que llegué hasta el hotel con
ellos y que Luca estaba muy zarpado, muy dado vuelta. Fue un viaje muy
impactante, era la primera vez que viajábamos en un tren de gira, un delirio muy
divertido.
César Dominici:En el viaje en tren a Chateau Rock se veía, se olía y se sentía a toda
la muchachada en expansión, diseminada por los vagones. Luca estaba sentado en su
asientocomo una especie de chamán, con su grabador a pilas atendiéndonos a todos
con sus comentarios e historias más variadas.
Hilda Lizarazu: Con Man Ray coincidimos con Sumo en un Chateau. Ahí lo vi en
vivo con esa peluca y me encantó toda esa parte expresionista que tenía. Le creí, fue
como ¡guau! El tipo estaba ladrando toda esa parte punk, como diciendo: “Mirá los
huevos que tengo”. Yo estaba en mis veintis y pensé: “¡Qué bueno!”. Lo que yo hago
no tiene esa furia pero había un lado artístico que me resultaba creíble.
Claudia Gernhardt: Las giras eran maravillosas. Fui a una en Córdoba y me
acuerdo de Pettinato haciendo números graciosos, Ricardo también… Eran unos
delirantes, unos colgados.
Axel Krygier: En el 86 y o estaba tocando con Kevin Johansen en Instrucción Cívica.
Tenía 16 años y fuimos a tocar a Isla Jordán, entre Río Negro y Neuquén. Yo había
dejado el colegio así que tenía tiempo y espacio para hacer esas cosas. El show era
en un festival que se llamaba Isla Rock. Parábamos en un hotel donde también se
alojaba Sumo. Esa fue la primera vez que vi en directo a Luca, y estaba corriendo
por las escaleras, haciendo quilombo y jugando con los otros Sumo. Era un delirio.
Estaban realmente locos, por lo menos a nuestros ojos. Verlos era muy impactante, y
también muy divertido. Después los vi sobre el escenario y eso sí que fue increíble.
Salieron a escena como arrastrándose, haciendo una especie de bola humana entre
varios. Ya había visto a Luca en un programa de televisión y me había encantado.
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Quiero decir que cuando compartimos ese festival ya me gustaba Sumo. Después de
ese show quedó el impacto de Luca sobre mi retina y mi cerebro.
Damián Damore: La reacción de la gente era inusual, porque veían en Luca alguien
distinto del resto. Primero por el aspecto, un pelado con gafas oscuras, con campera
de cuero sin nada abajo, un outfit que era importado del primer mundo y natural.
Aunque era decadente, resultaba un imán. A diferencia del resto, se dejaba ver entre
la gente porque él no se consideraba una estrella de nuestro rock.Por supuesto que eso
no lo hacía más accesible que el resto, porque le molestaba mucho el acoso. Se
deshacía de la gente, se burlaba del público, lo puteaba, no comprendía que alguien
quisiera colgarse de su hombro. No había pose en él. Las veces que lo vi cerca nunca
lo vi con otro Sumo. Como si saliera a reconocer solito el campo de juego antes del
show. Su presencia te inmovilizaba y no podías dejar de mirarlo.
Pety (cantante de Riddim): Sumo en vivo te mataba. Me acuerdo del humo en el
escenario, el asistente prendiendo los equipos, todo oscuro y las lucecitas rojas como
diciendo: “Ya salen, y a salen…”. Ese momento era único porque Sumo en vivo te
mataba. En la Argentina no hubo banda que haya tenido el 15% de la fuerza que
tenía Sumo. Eran los seis justos. Ni uno más ni uno de menos. Todos eran necesarios.
Fernando García: En un lugar de Flores, Luca salió de adentro de un cohete de
cartón, que decía “x” no sé cuánto. Rompió la parte de arriba y salió. Empezaron con
“Noche de paz”, que fue buenísimo, y presentaron “Crua Chan”, que no lo habían
tocado nunca antes y me pareció tremendo. Cada vez que presentaban un tema
nuevo era una sensación… Cuando en otro show anterior habían presentado
“Estallando desde el océano” directamente no lo podía creer. “¿Qué es esto? ¿Qué
estamos escuchando?”, pensé.
Bobby Flores: Germán era un guitarrista buenísimo. Mollo... Daban miedo tocando.
Sumo tocaba en serio. El show de ellos te mataba.
Daniel Molina: En general, las presentaciones de Sumo en los boliches solían ser un
quilombo. El sonido era muy complejo y a menudo el retorno no les funcionaba y
hacían cualquiera. A veces eso pasaba durante un tema o dos, pero la vez en que yo
comenté su show en El Porteño, fue todo el recital. Se notaba que estaban con bronca
en el escenario, pero lo mismo hicieron todos los temas. Era horrible. Casi una tortura
escucharlos. Pero el público fanático lo tomó como una “experiencia”. Yo lo critiqué
por eso y Luca se enojó. No me lo dijo a mí, porque nos vimos pocas veces, sino a
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Symns, cuando vio la crítica publicada. Se justificó con que el sonido no funcionó
para nada y que pensaron que suspender el show era peor que sonar así. Quizá tuvo
razón. A sus fans les gustó igual. A mí no. Amaba Sumo pero no hasta el fanatismo.
Los discos de Sumo me parecen lo mejor de lo que se grabó en Buenos Aires en los
80 junto con Virus, Charly y Los Redonditos.
Rodrigo Espina: Conocí a Luca cuando yo estaba haciendo un corto, que después fue
El día que reventaron las lámparas. Mi asistente era Jorgelina y laburábamos en
Casting, que era mi empresa. Un día estábamos en el balcón y lo vimos pasar; y a
habíamos ido ver a Sumo y nos había arrancado la cabeza. Jorgelina me preguntó:
“¿No querés que le diga si quiere actuar en el corto?”. Yo venía diciéndole que lo
quería a Luca para lo que estábamos haciendo, pero solamente lo conocía de ir a ver
a Sumo. Fue, lo corrió, volvió a los cinco minutos y me dijo: “A la tarde está acá”.
Jorgelina Pochintesta: Yo quería que El día que reventaron las lámparas de gas
fuera la mejor película del mundo. Estábamos con Rodrigo trabajando en eso, y en
un intervalo salimos al balcón de la productora, que estaba en un primer piso.
Entonces lo vi pasar a Luca en ojotas, que iba a comprar fruta o verdura. Le dije a
Rodri: “Mirá quién va ahí. ¿Y si le pedimos que trabaje en la peli?”. Bajé corriendo,
le conté a Luca que lo había visto desde el balcón de la oficina, que preparábamos
una peli y que queríamos que él trabajara. Me preguntó dónde era, se lo escribí en un
papel porque tenía miedo de que se olvidara todo y me dijo que a la tarde pasaba.
Vino con Mónica.
Rodrigo Espina: Ahí empezamos a hacernos amigos. Era cómico verlo a Luca en mi
productora, un lugar que estaba siempre lleno de modelos. Un día le presenté a una
rubia infernal, como si dijese a Meg Foster, que se iba a Italia. Se la presenté para
ver si quería mandarle algo a su familia. Luca estaba rojo como un tomate, sin poder
mirar a los ojos a la mina… Fue la primera vez que lo vi así. Porque esa chica era
una diosa, un metro ochenta, linda como una Barbie, de esas que te dejan sin aire. A
Luca también lo dejó sin aire.
Jorgelina Pochintesta: Luca era rock puro. Para mí el rock es lealtad, fuerza, bajón,
rabia, autenticidad. Luca era todo eso y vivía constantemente a flor de piel. Yo sentía
un magnetismo muy fuerte pero trataba de evitar verlo porque él estaba mal.
Rodrigo Espina: Yo tenía una productora que se llamaba “Casting”. Fue la primera
empresa de casting que hubo en la Argentina. Es más, el rubro “casting” lo
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inventamos con mis socios. Quedaba en Montevideo y Sarmiento. Luca hacía unas
caminatas de Kung Fu… Salía con el bolsito que tenía, donde siempre había
obviamente un libro, porque Luca fue un gran lector. Mi productora le quedaba de
camino y entonces empezó a venir todos los días. Luca era tan múltiple que podía
estar con mucho lumpenaje, con mucha marginación, pero también necesitaba de
esa parte fina. Eso estaba muy presente en él, y creo que cumplí un poco ese rol en
su vida.
Fernando Noy: Tuve una pelea con Luca. Él iba mucho al Parakultural a tocar solo.
Ahí, las figuras éramos Batato, Omar Viola, Urdapilleta y y o. Una noche y o estaba
preparándome para hacer mi set de canciones en el camarín, que más que camarín
era un gallinero con goteras, y cuando me vio lista para cantar me dijo: “Cómo
andiamo, Cicciolina, sono lei?”. ¡Me ray é! “¿¡Qué!? ¿¡Cicciolina!?”. Yo soy resentida
social por amor a mi pueblo, como diría Eva Perón. ¿Cómo venía a llamarme como
a una estrella italiana? Le grité: “¡Vay a de aquí, stronzo! ¡Non ti voglio parlare piú, io
sono strella del mondo e no della merda deIl’ Italia!”. Luca se quedó mudo y se fue.
Al otro día vino de nuevo y se acercó al camarín. Yo pensé: “Ay, viene ese…”. Se
me paró adelante y me dijo: “Mis disculpas… Tu non sei la Cicciolina, sei la mia
Virna Lisi”. Me morí con eso. Lo abracé y lo amé, porque en ese momento Luca era
el chiquito que había visto en Villa Gesell. Fue tan tierno que me caló el corazón. Me
miró a los ojos y me dijo: “Yo te quiero”. Ahí descubrí quién era ese príncipe
fabuloso.
Enrique Symns: Yo odiaba el Parakultural, pero era fanático del Medio Mundo
Varieté, que era el otro lugar, donde y o iba a laburar y a pasar la noche con Batato
Barea. Una noche, él tocaba con una banda que se llamaba Luca y Los Apestosos y
me hizo un chiste horrible: “Te parecés a Alfonsín”, me dijo. Yo le respondí: “Te
parecés a Jaco Pastorius”, porque a Pastorius lo habían cagado a trompadas en un
bar. También me dijo: “Estoy podrido de los Sumo”.
Horacio Gabin: Ignacio “Ignatz” Mendes tocaba en Los Muebles, una banda que
tocaba en el Einstein. Cuando Luca estaba armando Sumo, le propuso a Ignatz ser
parte. Esto fue antes de Mollo. Ignacio era primera guitarra, tocaba muy bien, pero
como y a tenía su banda, le dijo que no. Dos o tres años después, cuando Luca tocó en
el Parakultural con Los Apestosos, una banda cómica que teníamos Ignatz, Eduardo
Bertoglio y y o, encaró a Ignatz en el camarín del Parakultural con esa sinceridad que
lo caracterizaba: “¿Y…? ¿Te arrepentiste?”. Yo sabía la historia y me quedé helado,
porque en ese momento Sumo era la banda más poderosa del momento y Los
Muebles había desaparecido.
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Fernando Noy: Mi vida era el Parakultural con Batato Barea y Alejandro
Urdapilleta. Siempre fui trotskista y odiaba la invasión milica, menos desde el arte.
Artistas como John Lennon y Janis Joplin… ¡Los beso de rodillas! Para mí no son
yanquis, son artistas cósmicos. Luca era igual, un gran maestro del trip astral.
Seguíamos a Luca hasta que nos fuimos dando cuenta de lo que era Sumo. Mi
montaje en el Parakultural y Cemento era muy punk.
Horacio Gabin: El Parakultural nació no como un espacio teatral o multimedia, sino
como una sala para dar clases. Tanto Omar Viola como y o veníamos de la Compañía
Argentina de Mimos, que dirigía Ángel Elizondo, y trabajábamos en la Escuela
Argentina de Mimos. En el verano del 86 nos quedamos sin espacio para la escuela y
un artista escenógrafo, de apellido Mora, nos ofreció un teatro que él había alquilado
para hacer esculturas. Antes, el lugar había sido El Teatro de la Cortada, uno de los
lugares independientes más emblemáticos de la década del 60, que también
funcionaba como café-concert. Cuando vimos el lugar, estaba cubierto de pulgas y
las ratas más chicas te llevaban a hacer un recorrido. El suelo estaba cubierto de
escenografías viejas de los 60… Con Omar después hicimos toda la movida para
limpiarlo, mi madre puso unos dólares y compramos un piso de machimbre. A la
segunda semana de estar dando clases, con unos amigos empezamos a poner música
y armamos actividades de artistas plásticos. Apareció Batato con El Club del Clown,
Humberto Tortonese, y en un momento comenzaron a venir las bandas. Éramos
artistas pero no hacíamos teatro convencional, entonces Omar Viola empezó a
trabajar de presentador, como un “clown”, y de repente se había formado el primer
varieté de la época. A partir de ahí se fundaron otros lugares como Medio Mundo
Varieté o Babilonia, que hacían nuestro formato. Algunos nos copiaban hasta el color
de la pintura… Mi exsuegro es Pérez Celis, que un día me dijo: “Yo quiero exponer
acá”. Llevó unos cuadros que valían 20 mil dólares, porque era un artista muy
cotizado, y una de esas primeras noches vimos a un punk caminando en cámara lenta
con un aerosol… Grabó la “A” de anarquía en uno de los cuadros. Cuando se lo
conté, Pérez Celis me puteó, bajó el cuadro, lo dio vuelta y me pidió un fibrón. “Obra
modificada por la violencia de nuestro tiempo”, escribió.
Patricia Pietrafesa: A Luca lo veía bastante seguido porque él iba a ver a Todos Tus
Muertos, que tocaban un montón en el Parakultural. Yo no veía a otros músicos hacer
eso de ir a ver bandas. Venía Melero, que era parte de la escena punk aunque tocaba
otra cosa, pero estuvo en muchas movidas radicales de esa época. Además Luca
tenía una presencia fuerte en esos recitales. La gente que y o conocía decía: “Sí, ay er
estuvo Luca” o “Vamos al bar donde para Luca”. Era uno más de los personajes de
la escena, no se veía como una estrella, nada que ver.
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Marcelo Pocavida: Fuimos alejándonos de Sumo porque la banda estaba haciéndose
cada vez más grande. No fui parte de esa época de Luca de la que todos dicen: “Yo
me tomé una ginebra con Luca”.
Horacio Gabin: Más de una vez me han dicho que Sumo tocó en el Parakultural,
pero y o estuve todas las noches ahí y no podría asegurarlo. No digo que no hay a
tocado, sino que no lo recuerdo. Luca tocó con nosotros, con Los Apestosos, y venía
mucho porque vivía cerca y había adoptado el lugar. Por lo general abríamos de
jueves a domingo y por ahí algún lunes por la tarde. Los Apestosos era una banda
que jugaba a ser una superbanda y tocaba mal porque Bertoglio y y o éramos actores
y había un músico que actuaba muy mal porque no era actor. El primer día lo
hicimos en joda y la gente interactuó. Hacíamos unos blues, actuábamos como
fanáticos… Sonaba horrible pero nos convertimos en un número puesto en el
Parakultural. La característica era que para cada cosa teníamos un look distinto:
tocábamos blues y nos vestíamos de sepultureros; tocábamos hot-jazz y aparecíamos
maquillados y de negro; hacíamos tango, canzonettas italianas, punk, reggae… Para
cada género teníamos un disfraz. Un día lo invitamos a Luca y respondió: “¡Por
supuesto!”. Es más, en una de esas encuestas de la Pelo de fin de año votó a Los
Apestosos como “banda revelación” y “mejor show en vivo”. Cantaba los temas
punk y los reggae siempre con la misma letra: “¡Qué hacé, bolú!”. Era un personaje
divino.
Bobby Flores: El escenario del Parakultural era una catástrofe. Había unas
performance de Batato, Urdapilleta y Tortonese en las que todos terminaban
cagándose a trompadas, tirándose con muebles de una punta a otra del escenario. El
público estaba ahí estático, mirando cómo se mataban. Creo que la Organización
Negra, que después fue De La Guarda y Fuerza Bruta, surge de ahí. La primera vez
que los vi en Cemento agarraban gente del cogote y la llevaban colgando medio
metro. Luca sintonizaba con esa energía. Lo he visto bajar a pelearse con la gente.
Fernando Noy: Cada vez que tocaba en el Parakultural y o decía: “Qué maravilla,
hoy va a estar acá el Rey de Sumo”. Lo había visto en distintas ocasiones, en mil
shows. En un momento pensé que se dedicaba a ser solista, porque sabía qué pasaba
en la interna de la banda. Pero ni le preguntaba. Me quedaba tranquilito, sentadito con
mi botella de fernet con Crush. Me quedaba embriagada mirándolo cantar sus
melodías de amor en mi trono armado con porro que tenía ahí. Salía corriendo por el
corredor de arriba, fumaba marihuana y quedaba re stoned, re colocada. Encima
ver a esa estrella ahí… El Parakultural era eso.
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Horacio Gabin: Luca era de los que se quedaban hasta el final, como hasta las
cuatro o cinco de la mañana. Una noche, en pleno invierno, estaba con su campera
de cuero, un pantalón corto blanco y en ojotas. Le dije: “Flaco, ¿no te cagás de
frío…?”. Me respondió: “No, porque así parezco karateca y meto miedo”. Tenía toda
una filosofía de vida muy de él… Otra vuelta había una chica sentada riéndose sola,
poniendo caras extrañas, en una situación rara. Me quedé mirándola y de golpe, de
debajo de la mesa salió Luca.
Bobby Flores: Luca era muy lúcido. Un día íbamos caminando por Santa Fe y
Callao, él y a era medio conocido. Sumo había grabado el disco y habían ido a Feliz
domingo, y él estaba a las puteadas por eso. Luca estaba con Mónica, su novia
alemana. En un momento aparecieron unos fans de otra banda y le gritaron: “¡Puto!
¡Pelado puto!”. Luca se dio vuelta y y o pensé que iba a cagarlos a trompadas. Les
dijo “¿Vos me decís puto a mí? Mirá la rubia que llevo al lado. Vos estás con esos dos
y me decís puto a mí, bobo”. O sea, ni siquiera voy a ponerme a pelear con vos
porque sos un tarado. Tenía esa lucidez, una arrogancia sana, fundamentada.
Gloria Guerrero: En una nota me dijo: “Hay cosas a las que puedo decir que no y
otras que sí. Por ejemplo, hoy tengo que ir a Feliz domingo porque es parte del
contrato con CBS. Pero yo me divierto y la paso bien”. No tenía vueltas con esas
cosas. No se le caía ninguna medalla. Pensaría: “Me pongo la peluca, un colador en
la cabeza, digo fuck you…”. En Feliz domingo Sumo tocó en vivo y sonó
impresionante. No hizo playback. Esa era la revolución, porque esa música no se
había hecho en la Argentina. El tipo venía con un hardware de información y encima
hablando mal. Era encantador que hablara con acento.
Damián Damore: Sumo rompía todos los ejes. En Feliz domingo tocaron en vivo, sin
playback, todos disfrazados. Atentaban todo el tiempo contra ellos mismos.
Judith González: Fue loco el proceso, con apariciones de Luca en la tele, donde hasta
tu mamá al fin podía conocerlo. Tocaron en Feliz domingo, estuvieron en el
programa de Moria Casán… Eso los acercaba a la masa. Era gracioso ver que el
mismo público que antes nos miraba con espanto cuando Sumo tocaba en las discos
después iba a verlo. La may or paradoja se daba en las rubias chetas que, sin sentirse
heridas por la letra de “La rubia tarada”, empezaron a sentirse atraídas por su
carisma.
Fernando García: Hay otro show de Sumo en la televisión, en Badía y Compañía, en
300
el que Luca revolea la campera y cae justo en la cámara que estaba tomando al
grupo y la pantalla queda negra no sé por cuánto tiempo. Badía transpiraba. El under
no es una circunstancia. Vivi Tellas sigue siendo under. No es: “Hoy soy under porque
llevo 20 personas y mañana…”. Eso se lo creen todos los mamertos de los 90, que
pensaron que era tocar blues y rock’n’roll para 12 personas… Quiero decir que ser
under no es lo mismo que ser independiente. “Under” es una palabra que viene de
Frank Zappa y Captain Beefheart. El último grupo under de la Argentina fue Don
Cornelio y La Zona y Sumo siguió siendo under incluso cuando llenaban Obras o iban
a la tele.
Alberto “Superman” Troglio: Cuando estábamos ensay ando para el primer Obras
hubo una discusión porque había que ir al rograma de Moria Casán, Monumental
Moria, para promocionarlo. Presentábamos Llegando los monos. Entonces Luca nos
dijo: “Eh, ustedes nunca van a los reportajes y después se quejan porque salgo y o en
la tapa…”. En la revista Pelo ponían la cara de Luca y decía: “Reportaje a Sumo”.
Algunos protestábamos: “Luca no es Sumo. Luca es Luca”. Pero bueno, era la cara
de la banda, y pasa con todos los grupos. Ponían “Los Redonditos” y salía el Indio.
Luca nos respondía: “Ustedes no van a las notas y me mandan a mí”. Era verdad,
porque nosotros no queríamos ir a ningún programa. Entonces empezó esa discusión.
Como estábamos ensayando y eso pasó en una pausa, la casetera siguió grabando.
Quedó registrado el ensay o y también esa pelea. Tuve esos casetes por mucho
tiempo, hasta que se los di a Pettinato cuando hizo su libro. Se los presté y nunca más
me los devolvió. Fue tan graciosa esa discusión… Germán decía: “Eh, y o pongo la
estanciera y …” y Luca le respondía: “¿Y qué? ¿Y qué? A mí me chupa un huevo”.
Un tiempo después lo vi a Pettinato en la televisión con Bonadeo y le mandé un
mensaje. Entonces Bonadeo lo ley ó: “Che, acá hay un mensaje de Superman
Troglio”. “Ah, sí, es el baterista de Sumo”, le dice Pettinato. “Dice que le devuelvas
los casetes”. “Ah”. Se rió, sí. Pero nunca me devolvió nada.
Germán Daffunchio: En un momento, éramos el resto del grupo y Luca. Nosotros
nos poníamos en bloque: Ricardo, Diego, Roberto, Alberto y y o íbamos juntos a todos
los lugares, a las fiestitas, hacíamos todo juntitos. En todas nuestras reuniones
hablábamos todo lo que había que hablar, miles de boludeces. Pero la realidad era
que nadie se animaba a enfrentar a Luca. El único que lo hacía era yo, aunque con
cosas extremadamente puntuales. Todos empezaban: “No, vos fijate, con este cómo
vamos a hacer”, esas típicas cosas de las bandas. Con Luca no hablaba nadie…
Porque, ¿quién iba a decirle algo a Luca? Por eso son famosas mis peleas con él.
Fernando García: Cuando presentaron Llegando los monos fui el primer día. Estaba
301
saliendo con una mina muy hippie, muy de Baglietto y de Fito Páez. No me gustaba
mucho, pero salía igual para tener algo a mano. Ese primer día fui a ver a Sumo solo.
Al otro día iba por Primera Junta caminando con ella de la mano. Sumo tocaba de
nuevo, se acercaba la hora y y o quería ir de vuelta. En un momento vi venir el
colectivo y le dije: “¡Chau, me voy a ver a Sumo!”. Le solté la mano, me subí al
colectivo y me fui. Después, obviamente, me peleé. Me decía: “Te gusta más Luca
que y o”.
Lalo Mir: Lo más impresionante de Sumo lo vi en Obras. No sé cuántos hicieron,
pero hay uno en el que estuve parado, sin poder creer lo que veía, me quedé como
duro… El escenario era un basural, fue impactante. Me quedé escuchando todo el
concierto y ni aplaudí, me acuerdo.
José Luis Luzzi: Yo manejaba la discoteca Airport, que estaba destinada a la
juventud. No tenía el público que buscaban New York City o Mau Mau. La publicidad
decía “La juventud está en Airport Discotheque”. Una noche fui a la presentación de
Llegando los monos en Obras y me dieron un video de Sumo, para que los conozca
mejor. Ahí se veía todo lo que sucedía en los vestuarios y aparecía Andrés Calamaro
diciendo: “Pero, si subo, ¿qué voy a cantar?”. Airport era muy fuerte en ese
momento, hacíamos cosas grandes, y después de ese día me propusieron hacer
Sumo ahí. Me pareció que podíamos probar y un tiempo después lo hicimos.
Recuerdo que estuve con Luca durante la prueba de sonido y antes de subir al
escenario se tomó una botella de ginebra entera. Yo lo miraba pensando que no iba a
poder subir, pero subió igual. Es más, salió al escenario con una de whisky Criadores,
se tiró la mitad encima y la otra mitad se la tomó. Sin embargo, en mi vida vi un
show tan extraordinario como ese… No sé si era por lo que había tomado o si
conseguía su mejor forma justamente por eso. Siete días después se murió. Antes de
producir ese show de Sumo en Airport todos me decían que Luca abusaba del
alcohol. Esa noche tomó mucho pero no desmereció en nada. Hay tipos que suben
mal al escenario y dan pena. Lo de Luca era extraordinario.
Patricia Pietrafesa: Sumo y a estaba tocando en lugares más grandes pero no se
quedó ahí. Podían ir a Obras y a la otra semana volver a un lugar chico. Por eso se
veía tan próximo y tan cercano. En mi caso, Luca seguía siendo un referente porque
estaba el tema de la autodestrucción, que era algo que me fascinaba de él y que y o
practicaba.
Diego Tuñón: Dejé de ir a verlos cuando empezó lo de los Obras. Paralelamente,
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ellos seguían tocando en lugares chicos. Una vez me lo crucé a Luca en Gracias
Nena. Estaba en la barra, pidió una ginebra chiquitita, y o estaba al lado, y me
ofreció. Yo le dije: “No, no, gracias…”. “Dale, boludo…”. Una cosa así.
Fernando García: Era muy fácil hablar con Luca. Terminaban de tocar, te
quedabas ahí y en un momento aparecía. Una vez hablamos en Taiwan, un lugar de
mierda de esos chiquitos que duraban tres meses.
Pety (cantante de Riddim): Muchos de los que íbamos siempre a ver a Sumo
también éramos seguidores de Alphonso S’Entrega. Los vimos noches y noches en el
viejo Prix D’ Ami, el que quedaba en Arcos y Monroe. Se llenaba tanto de humo que
salías llorando.
Bobby Flores: Luca tenía onda con Alphonso S’Entrega, tocaron juntos muchas
veces, más que nada en Prix D’Ami, Daniel Morano era el dueño del lugar, tocaba la
guitarra y cantaba en Alphonso, y había sido el primer bajista de Serú Girán, porque
el grupo se formó en la casa de Morano en Buzios. Después él se quedó en Buzios, los
otros dos se vinieron y encontraron a Pedro Aznar. En los 80, Daniel estaba muy en
el centro de atención porque tenía Prix D’Ami y ahí tocaban todos, donde incluso se
daban mezclas raras como Charly con Melingo, Aníbal García en la batería y
Christian Basso en el bajo. Se formaba cualquier cosa. Era zapar toda la noche con
pibes que tocaban. Todo eso lo habilitó Daniel y Luca fue parte.
Alberto “Superman” Troglio: La presentación de Llegando los monos fue un
despelote. En ese show a Syman, que era el iluminador, se le trabó la máquina de
humo, y eran máquinas que en esa época quemaban vaselina. Me acuerdo que
quedó apuntando al pedal de bombo y a mí se me patinaba el pie. Entonces agarré, le
pegué una patada al tacho y se lo tiré a la mierda. Todo ese despelote pasó con todas
las novias de Luca juntas, bailando en el escenario. Tengo un video de eso pero no se
ve nada.
Herbert Vianna: Antes de tocar con Sumo en Obras no teníamos idea de su
existencia, lo que es una prueba de la distorsión de comunicaciones culturales entre
los países latinoamericanos, ¿no? Entre el filtro que existe en estos términos. El
impacto fue tan fuerte… Me quedé impresionado. Luca cultivaba este concepto
pospunk de anti-estrechismos. Combatía los clichés de las estrellas nivel popular, y lo
hacía con tanta claridad y entusiasmo, que generaba una reacción inmediata.
Además sus ideas musicales golpeaban a gente de tantas generaciones diferentes…
303
Cuando lo vimos actuar, los Paralamas quedamos boquiabiertos, totalmente
encantados con la fuerza de su performance. Su actitud era totalmente desarmada y
fuerte. Nos conocimos pero no llegamos a ningún nivel de profundidad que no fuera
una celebración en un brindis, en aquel momento. Brindamos por un camino que
empezaba a hacerse claro, con manifestaciones verdaderas de la juventud
latinoamericana con influencias innegables. Compartimos un único concierto, pero el
impacto en mí fue tan grande que cuando nació mi primer hijo le puse “Luca” en
honor a él.
João Barone: Brindamos en el camarín y Luca nos propuso tocar juntos en Buenos
Aires, en El Paradiso. Fue fuerte conocerlo. Luca era como un meteoro.
Herbert Vianna: Yo vivía con mucha intensidad, con los traumas que pasan por la
cabeza de un joven de clase media, esos que vienen del universo latino con sus
transformaciones en la edad adulta. En aquel momento empezaba a tener señales de
una pérdida de pelo. Cuando vi a Luca con su actitud totalmente natural y febril, eso
me dio un apoy o filosófico. Hizo que tuviera mucha más confianza en la verdad y no
tanto en la apariencia. Su energía era real, no tenía clichés. Fue una fuente de
inspiración que venció al tiempo. Luca era tan intenso que su mirada se clavaba en
los ojos del público y nos desarmaba a todos de una forma verdadera y profunda.
João Barone: La impresión fue que Sumo era una mezcla de The Doors con Legião
Urbana. Había un parecido entre las fuerzas de Luca y la de Renato, tanto por la
energía que ponían sobre el escenario como en la voz.
Timmy MacKern: Después de Obras me acuerdo que estábamos haciendo la cuenta
con Fernando Moy a y en el primer show fue tremendo la plata que ganamos. Cinco
mil personas por no sé cuánto que salía la entrada. Ganamos todo junto lo que nunca
habíamos visto. Igual esas fueron las cosas grandes. Después de eso, en todos los
festivales en los que tocamos, que no sé si eran de la agencia de Grinbank, nos
quedábamos con muy poca plata. Mientras veías que Los Twist o Los Abuelos de la
Nada estaban ganando mucha guita, como jugando otro partido completamente.
Mirta Bogdasarián: Mi hermano may or tenía cierto parecido con Cerati y una de
las noches de la presentación de Llegando los monos subió al escenario de Obras con
una guitarra desconectada imitándolo. Fue un gag, porque era imposible pensar a un
integrante de Soda Stereo en un recital de Sumo… Cerati en ese momento se ofendió,
hubo una pelotera y dijo en radio que le había parecido una falta de respeto. Lo de la
304
imitación de Cerati fue cuando Sumo presentó Llegando los monos. Unos días después
Luca vino a la disquería con Superman, o con Mollo, y se pusieron a hablar de eso
con mi hermano en la puerta del local. “Sí, se armó quilombo, tuvimos problemas
con Cerati por la broma esa, que te vestiste como él…”. En un momento, Luca se dio
vuelta y dijo: “Bueno, y o tengo otro problema acá”. Se metió adentro porque y o
estaba en la parte de atrás. Lo último que había hecho era decirle: “Andate a la
mierda”. Entonces se acercó: “Che, bueno, qué pasó, por qué me cortaste,
hubiésemos seguido hablando…”. No me acuerdo cómo siguió la conversación, pero
quedamos en ir a tomar algo al bar de al lado. Mi viejo seguía teniendo el negocio de
danzas y entonces Luca le preguntó: “¿Puedo ir a tomar algo con su hija?”. Un
disparate… Ese día la conversación fue más a calzón quitado: “¿Te creés que yo no
me doy cuenta? ¿Que y o vengo acá por tus hermanos? No. Vengo por vos, pero tengo
miedo de que vos y todos piensen que y o te usé…”. De chica y o era más viva que
ahora, o menos estructurada, porque con el tiempo la neurosis va enviciándote… Era
como más franca, y me acuerdo que respondí: “Mirá, puedo arrepentirme y pueden
pasarme muchas cosas, pero no voy a sentirme usada por algo que estoy
decidiendo…”. Luca me dijo: “Ah, ok…”. Quedamos en que iba a pasar a visitarlo a
su casa y esa fue nuestra primera cita. Hasta ese momento solamente hablábamos.
No me había dado un beso todavía. Fui a la casa y él era muy cuidadoso. Estuvimos
ahí abrazados porque él estaba hecho mierda. Convengamos en que Luca tomaba
muchísimo y y a tendría el hígado complicado. Estaba flaco, comía mal, muy
baqueteado. Ya empezaba a necesitar un cuidado intensivo.
Claudia Gernhardt: El 31 de diciembre del 86, en el que fue el último fin de año de
Luca, Mónica le partió una sartén en la cabeza. No sé cuál de los dos era más
bravito… Cuando Mónica me avisó, me tomé un taxi desde Libertador y Olleros, me
fui a Hurlingham y ella se volvió a su casa. Pasamos ese fin de año los dos solos en
un colchón. Después vino Diego y más tarde cayó Sokol.
Mónica Stromp: Era nuestra manera de arreglar las cosas. Era sorpresivo, Luca.
Muy divertido. Dentro de la banda me llevaba bien con George y con Timmy. Para
mí Sumo era el grupo de Luca, no el mío, y trataba de mantener una distancia.
Quizás hubo situaciones puntuales en las que necesitaba hablar con alguien, en un
momento fue Diego, pero muy pocas. Era su trabajo y y o lo respetaba. En la
desesperación, alguna vez hablé con Timmy o con George para pedirles ay uda.
Estaban las mujeres de los chicos, pero ese era un circuito por fuera de la banda.
Claudia Gernhardt: A Luca le encantaba la canción “Puerto Pollensa”. Es difícil
imaginarse que le gustaba esa canción, pero era así, al punto de que me la cantaba
305
siempre. A veces, después de los shows de Sumo nos íbamos con Diego a bailar
lentos a una casa. Había un pibe que nos pasaba música y a Luca le encantaba esa
canción. Nunca me explicó por qué.
Gillespi: Un día, unos dos meses después de haber visto a Sumo, me bajé del tren en
la estación Liniers y me pareció verlo a Luca acodado en uno de esos barcitos
vidriados que suele haber en las estaciones, los que están sobre el andén, pero de
espaldas a la calle. Pensé: “Este pelado es Luca”. No había pelados en esa época.
Entonces me detuve a mirarlo y el tipo se estaba tomando un vaso de vino blanco.
Estaba escabiando a las cuatro de la tarde. Le dije: “Che, te molesto, me gusta la
banda. Yo toco la trompeta, si necesitan en algún momento trompetista”. Me saludó
amablemente, muy educado. “Yo tocaba la trompeta”, me respondió. Más adelante
supe que él había venido de Italia con una trompeta, entre otros instrumentos que
había traído. “La trompeta… Hay que estudiar mucho, pero me gusta”, me dijo. Ahí
empezó a haber un feeling inesperado para mí. “Estaría bueno meter algunas cosas
con la trompeta pero tenés que hablar con Roberto. Él es el encargado de los
vientos”. En Corpiños en la madrugada, Melingo y Pettinato hacían como una sesión
en “Disco Baby Disco”. Por supuesto que no había celulares y no tenía la más puta
idea del teléfono de Roberto. Así que quedó todo en la nada. La casualidad quiso que
unos meses después me encontrase con Pettinato.
Enrique Symns: Yo trabajaba en la revista El Porteño, que estaba en la calle
Cochabamba. A la vuelta, sobre Piedras, había un bolichito. Llegaba a la mañana,
toda mi vida hice lo mismo, y mi desay uno era dos medidas de Campari, media de
vodka y un poco de pimienta. Eso a las ocho de la mañana. Luca había descubierto
que y o entraba al bar porque él iba a Alcohólicos Anónimos. Entró y me dijo: “Hoy
no juré”, por los católicos que juran todo el día. Ahí empezó a tomar ginebra y no
me dejaba ir. Esa mañana me dijo “La cocaína es peor que la heroína. La heroína te
mata, la cocaína te va cagando y vos seguís…”. Tenía razón.
Gillespi: Pettinato había ido como invitado al programa A solas, de Hugo Guerrero
Marthineitz. Ahí habló de drogas y cosas así, y el tipo estaba en boca en todo el
mundo por lo zarpado de sus declaraciones. Es más, la primera vez había sido tan
atrevido que Guerrero Marthineitz volvió a invitarlo al poco tiempo. Había dicho
públicamente que consumía drogas. Hoy lo dice Calamaro y se arma lío, en aquel
momento era mucho más escandaloso. Aparte hablaba de igual a igual, con esa
soberbia que tiene Petti, ¿no? Un día y o estaba caminando por la avenida Santa Fe y
lo vi venir. Estaba charlando con otro tipo. Pensé: “¿Cómo le hablo a este monstruo?”.
No era el mismo feeling que con Luca, con Petti era one shot.Tenía que decirle algo
306
para que reparase en mí. Entonces, cuando pasó le dije: “Olu Dara”. Se detuvo. Le
había dicho una palabra encriptada. Era el nombre de un trompetista de
vanguardia… Sus discos de aquel momento eran de trompeta y batería. Yo sabía que
a él le gustaba el free-jazz. Petti me dijo: “No me digas que te gusta Olu Dara”. “Sí.
Tengo varios discos y toco la trompeta. También me gustan este tipo y tal otro”. Su
respuesta fue: “Tenemos que tocar juntos”. Así de simple. Me dio un número de
teléfono: “Llamame”. Lo llamé, quedamos en vernos, y fui a su departamento de
Belgrano. Me atendió con el saxofón colgado. “Sacá la trompeta”, me tiró. Estaba
escuchando James Brown a todo volumen con un superequipo con bandeja. Nos
pusimos a tocar, él contra una pared, y o contra la otra, arriba de ese disco. Cuando
terminó el primer lado, que tocamos enterito, me dijo: “Mañana ensay amos en El
Palomar. ¿Querés venir?”. “Genial. Voy ”.
Marcelo Gasió: Después de lo de Guerrero Marthineitz, Ismael Salgado lo llamó a
Pettinato para conducir Música total y así fue que empezó su carrera televisiva.
Gillespi: Me fui hasta el Palomar. Sumo ensayaba en una esquina, en un sótano
debajo de una panadería vieja, una cosa muy extraña. Tenían unos enrejaditos a la
altura de la calle, unas ventilaciones por donde el ruido salía para la vereda. Estaban
tocando al mango, muy fuerte. Golpeé una puerta de madera y no me atendó nadie.
Yo escuchaba los temas que ensay aban y por el ventiluz les gritaba: “¡Hola!”. Se
oían risas, muchas risas, y empezaban otro tema. Debo haber estado una hora ahí,
gritando: “¡Hola! ¡Soy el trompetista!”. Hasta que salió uno con dos envases de
cerveza, como para ir a comprar más. Me presenté, me hizo pasar, y cuando bajé,
mientras seguían tocando, me observaron todos como diciendo: “¿Este tipo quién
es?”. Yo lo miré a Pettinato, que hizo una seña: “Tocá, tocá…”. Agarré la trompeta,
empecé a tocar y así transcurrió el resto del ensay o, como si fuera uno más…
Terminó el ensayo, todo el mundo empezó a guardar los instrumentos, siguieron las
risotadas. En un momento apareció Timmy, que solamente hablaba en inglés con
Luca: “¿Qué número de documento tenés? Porque mañana nos vamos a Córdoba a
tocar”. Yo: “Ah, bárbaro, genial…”. Nadie me dijo si había tocado bien o mal.
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El hueso de la abuela. Luca en vivo y la historia de la abuela “Kaya” representada
por su fémur.
(Foto de Andy Cherniavsky)
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Capítulo 16
After Chabón
“Mirá, hay un dicho que dice ‘coraje holandés’. Eso significa que tenés coraje
porque tomás. Y y o tomo ginebra. Y por ahí eso me ayuda a dar coraje. Entonces
por eso tengo temor y eso lo ablanda un poco”.
Luca entrevistado por Tom Lupo.
“Bueno, ok... Buenas noches, muchas gracias. ¿El mar está ahí? Nosotros nos vamos.
A él lo vamos a matar ahora por tocar como un boludo (señalando a Pettinato) y ahora
vienen los... ¿Quién viene? ¡Virus! Lo que pasa es que somos todos putos... Tenemos
ganas”. Fue el parlamento que utilizó Luca para la despedida del show de Sumo en el
Festival Rock in Bali. A 14 kilómetros de Mar del Plata, camino a Santa Clara del Mar,
el encuentro de dos jornadas en Bali Beach —el viernes 23 y el sábado 24 de enero
— prometía una selección de variadas atracciones. Soda Stereo, Sumo, Virus, Andrés
Calamaro, David Lebón y Los Violadores, entre los nombres más conocidos,
compartirían escenario con nuevos nombres encabezados por Fricción, La
Sobrecarga, Los Enanitos Verdes y Cosméticos, entre otros. En un ambiente ideal,
frente al mar y con una afluencia de público menor a la esperada, Sumó subió al
escenario gigante pasadas las dos de la mañana para ofrecer otra muestra de
contundencia escénica. Sobre el final del recital Luca lanzó, entre balbuceos, una
frase que se entendió mal y que distaba mucho del mensaje distorsionado que se
propagó después. Luca nunca dijo: “Ahora viene la banda de los putos” cuando el
grupo tuvo que abandonar el escenario para darle paso a Virus. Sin embargo, fue lo
que se entendió en la confusión y Luca quedó como un homofóbico a los ojos de
Federico Moura. Parte de la prensa aprovechó el malentendido para crear una
controversia entre Sumo y Virus. El propio cantante de Virus, siempre cauto y
distante, reaccionó ante la insistencia de los medios rockeros en una entrevista
publicada por la revista Canta Rock en abril de 1987: “Yo no lo vi a Luca. Recién me
enteré en Buenos Aires de lo que hizo. Obviamente, la gente de producción no nos dijo
nada en el momento de salir a escena para no rayarnos. Por lo que me dijeron, la
gente gritaba lo mismo que había dicho Luca. Eso me sorprendió. Me pareció un
mamarracho, un botón. Lo desapruebo y borro de mi cabeza totalmente, porque no
hay cosa que soporto menos que una actitud de policía. Se me cayó la última cáscara
que para mí le quedaba a Luca. Tendrá su onda de rock’n’roll, pero es un cliché. Vino
a la Argentina con su inseguridad de cantar en inglés y se tuvo que meter el inglés en
310
el culo y hacer letras como ‘La rubia tarada’ para shockear a señoras burguesas. Es
horrible que Luca tenga que hablar mal de alguien por inseguridad. Bah, Lerner hizo
algo parecido en Prima Rock. Salió a tocar después de nosotros y dijo algo así como
‘ahora estamos todos del mismo lado’. Son productos de inseguridades muy grandes.
Desapruebo a Luca y no me interesa el chusmerío de seguir hablando de él. No me
interesa; su música nunca me sedujo, y ahora su cabeza me parece un bochorno”.
La polémica quedó como una anécdota más en el comienzo de un año signado
por el desgaste físico de Luca, su negativa a frenar la ingesta de alcohol y el malestar
interno encabezado por Timmy MacKern frente a un proceso irreversible. El
manager de Sumo pasó la mayor parte del año en Córdoba, bajando a Buenos Aires
en muy pocas ocasiones. Jorge Crespo reemplazó al viejo amigo de Luca en la tarea
de llevar adelante una banda de gitanos con un líder averiado pero nunca vencido. No
quedaba tiempo, los grandes conciertos veraniegos ocuparon los primeros meses del
año. Después de Rock in Bali, Chile se convirtió en el segundo destino internacional
para los Sumo. El sábado 21 febrero, en el predio de la Quinta Vergara, sede del
Festival de Viña del Mar, la banda formó parte, junto a GIT por el lado local, de un
curioso encuentro denominado “Primer Recital de Integración de Música Rock
Chileno-Argentina” con la participación de grupos trasandinos como Upa! y Aparato
Raro. Lalo Mir, el reconocido locutor y conductor radial, fue uno de los impulsores
de una especie de “after Viña” pensado para todos los argentinos que veraneaban en
la Quinta Región. El inicio del concierto de Sumo se atrasó una hora por
inconvenientes técnicos, el sonidista perdió la hoja con todas las especificaciones de
la prueba de sonido y no sabía cómo continuar. Luca decidió caminar a tientas y
utilizar los primeros temas para ajustar el sonido. Sumo le voló igualmente la cabeza
al público. “¡Luca no baila ni canta bonito, pero se comunica de una forma con la
gente y con el resto de los músicos! Hace chistes y juega y empuja, grita, calla y lanza
todo al aire. Es un circo y el público, al principio un tanto desconcertado, se va
arrastrando en él. Al parecer no todos estaban al tanto de que la rebelión contra la
sociedad de consumo es, más que una temática, una forma de vida”, reseñó el diario
Las Últimas Noticias. Luego del show, Luca desapareció en la noche de Viña del Mar.
Cuando los organizadores estaban a punto de dar aviso a la policía, el cantante bajó
de un taxi ayudado por dos pescadores. Se había ido a pescar mar adentro con una
buena provisión de pisco.
En lo que parecía una escalada por superar al show anterior, el 27 de marzo
Sumo ofreció otro de sus conciertos más recordados, esta vez en el marco del Chateu
Rock en el estadio mundialista de la ciudad de Córdoba. En el cierre de la primera
jornada y luego de la presentación de los inofensivos Enanitos Verdes, la banda
parecía potenciarse en el contraste con otros grupos: “Con la propuesta más rockera
de todas, aunque el estilo escogido se llame reggae o disco music. Los cordobeses
también pudieron comprobarlo: tener a Sumo sonando en los escenarios locales es un
311
verdadero lujo para el rock local, y hay que aprovecharlo ahora. Con la
incorporación de un trompetista —¿próximo miembro estable?— Sumo estableció un
diálogo cuasi free entre los vientos y la increíble guitarra de Mollo, que en temas
como ‘Mejor no hablar de ciertas cosas’ dejó al público directamente sin posibilidad
de reaccionar. Fue demasiado”, señaló el cronista no identificado de la revista Pelo
en la edición 289, que tenía en tapa una foto de Luca en cuero con el título “Sumo
arrasó en Córdoba”. El trompetista que mencionaba la reseña era Marcelo
Rodríguez, después conocido como Gillespi. Rodríguez había debutado con Sumo en
un escenario gigante y ante una audiencia de diez mil personas.
Mientras los Sumo volvían a ingresar a los estudios Panda para registrar su
tercera producción consecutiva en la compañía discográfica CBS, el país vivía una
auténtica zozobra institucional durante la celebración católica de Semana Santa. En
Córdoba, el mayor Ernesto Barreiro, acusado de torturas en el centro clandestino de
detención “La Perla”, se declaró en rebeldía e inició una asonada militar que sumó al
coronel Aldo Rico en la Escuela de Infantería de Campo de May o. La tensión creció
y el repudio de la sociedad civil fue masivo a través de movilizaciones de todas las
fuerzas políticas y sindicales en defensa de la democracia. Luego de cuatro días de
tensión, el domingo 19 de abril, el presidente Raúl Alfonsín anunció a la multitud,
reunida en la Plaza de May o, la rendición de los sublevados. En junio el Congreso de
la Nación aprobó, a propuesta del poder ejecutivo, la Ley de Obediencia Debida, que
exculpaba a los oficiales de rango medio y bajo por delitos de lesa humanidad
cometidos durante la última dictadura militar, que junto a la Ley de Punto Final,
promulgada en diciembre del año anterior, promovía un grave retroceso del gobierno
democrático en materia de justicia y memoria, la claudicación adquirió dimensión
de derrota en aquel otoño infame.
El largo adiós de Luca adelantó varias pistas en las canciones de After Chabón,
más allá de permanecer ausente en muchos momentos del registro y limitarse a
cantar o terminar algunas letras justo antes de grabarlas, el disco imponía una
despedida en climas y letras, un modo más testimonial de codearse con una
posibilidad cierta y cada vez más cercana. Su propio réquiem en “Mañana en el
Abasto”, la batalla final de “Crua Chan”, el segundo capítulo de “Heroin” (a través
de la letra mordaz de “No te pongas azul”) o la cadencia de la melancolía abreviada
en “La gota en el ojo”. En cada entrevista, Luca reafirmaba su predilección por After
Chabón y decía que el era el mejor disco de Sumo. “Sí, porque no hay ningún hit
obvio. Fue muy sincero. A mí no me importó seguir siendo famoso. Yo dije: Mirá,
nosotros somos buenos. Nos hicimos nuestro público antes de que saliera el primer
disco. La onda es la misma, no cambió. ¿Entonces por qué hacer una ‘rubia tarada’ a
propósito y ponerle ‘La morocha boluda’ así la compran todos los rubios? Hacemos lo
que nos sale, y nos sale bien. Sin inventarnos un hit o dos o tres. Si de acá salen hits es
porque salen, porque a la gente le gustan, si no, no. Igual nuestro público lo va a
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comprar. No estamos buscando un público masivo, por lo menos yo no”, admitía el
cantante de Sumo en el número de agosto de la revista Pelo. Luca se refería a After
Chabón como un disco que tenía más imaginación, con un aporte esencial de Mario
Lastiri, que había trabajado como asistente de Mario Breuer en Llegando los monos
para luego convertirse en el sonidista de Sumo. “Sumo no es solamente los músicos.
Son los plomos, todos. Es una onda de familia. Estoy orgulloso de decir que no hay
nadie en todo el equipo (que cuando salimos de gira somos como 20) que sea una
mala persona. Ni uno. Y Mario es uno de los Sumo, y nos conoce como personas, como
músicos, el sonido, todo. Yo cuando canto le doy con todo, al re mango… Bueno, acá
en general no cantan así. Pero Mario Lastiri está acostumbrado a mis alaridos…”.
Como en los discos anteriores, la cita obligada a un tema ajeno en After Chabón
está presente en el estribillo de “No tan distintos (1989)”, con más de tres compases
sacados a “Know Yourself Mankind” de la banda roots The Gladiators. “Banderitas y
globos” es un rescate de un viejo tema compuesto en plena guerra de Malvinas: Luca
solía bromear con esa idea de las banderitas y estar bien, “pero en el fondo está muy
mal como Gatieri”, solía explicar en los shows. En tanto “Hola Frank” era el tema
más Frank Zappa de Sumo, basado en una idea teatral de Luca que consistía jugar
con distintos tipos de voces, algunas irónicas, otras en un modo de rap. La variedad
incluy ó a Juan Pablo II, que por esos días de abril de 1987 visitaba por segunda vez el
país. La tapa del luchador de sumo fue idea de Roberto Pettinato, que consiguió, a
través del periodista Marcelo Gasió, la foto de Ozeki Konishiki, campeón mundial de
pesos pesados. El título del tercer disco de Sumo nació como un chiste a las etiquetas,
los géneros que crea el periodismo de rock y cualquier otra denominación ajena a la
banda.
Mientras grababa el nuevo disco, Luca consiguió un lugar en donde vivir. Gracias
a un amigo, Marcelo Arbiser, músico y afinador de pianos, que alquilaba una vieja
propiedad de alto en la calle Alsina 451 entre Bolívar y Defensa. La ubicación era
ideal, a metros de Plaza de May o, la casona era la cuarta más antigua dentro del
casco histórico de Buenos Aires, tenía el aspecto de un conventillo en donde paraban
toda clase de freaks; el baño no incluía ducha y solo contaba con una letrina. En
tiempos más benignos, allí vivió Niní Marshall. Mucho antes, en el sótano,
funcionaron las primeras mazmorras, con salas de tortura y pequeños calabozos.
Luca nunca se enteró de este costado oculto de la casa y apenas reparó en un detalle:
la primera vez que subió a la parte más alta del caserón divisó la cúpula de la Basílica
de San Francisco, aquella vista era lo más parecido a estar en Roma. Entre lúmpenes
incurables, Luca se habituó a la rutina laboral de barrio: verduleros, mozos o
quinieleros formaron parte del auditorio siempre dispuesto a escuchar las historias del
italiano famoso. El dueño del barcito ubicado debajo de la casa de Alsina pasó a ser
un compinche necesario luego de que Luca lo bautizara como “El Suizo”. La salida
obligatoria empezaba en un banco de Plaza de May o a cualquier hora del día o la
313
noche. Entre sus proezas románticas se destacaba cocinar un plato de pastas y
ofrendárselo a la cajera más linda del Banco Nación. También supo participar en
alguna marcha alrededor de la pirámide de Mayo junto a las Madres de Plaza de
May o. El contacto con los Sumo se hizo cada vez más esporádico y compartía, con
su amigo Geniol, el sabor y la incomodidad del conventillo hippie. Otro destino era el
departamento de Claudia Gernhardt, allí tenía una buena ducha y comida sana
preparada con mucha dedicación por su amiga y confidente. Luca también empieza
a viajar más seguido a El Palomar, a pesar de que con Sumo ya casi ni ensayan. La
razón es aquella chica de 17 años que atiende la disquería en donde todavía se
vendían copias en TDK de Corpiños en la madrugada. La historia con Mirta
Bogdasarián no se parecía a Lolita de Nabokov: proyectaba un amor imposible sin
culpas ni remordimientos, con la certeza de que no podía durar.
La casa de Alsina será el búnker elegido para todo tipo de entrevistas. Justo
cuando los rockeros más conocidos empezaban a tomar distancia de la prensa y las
bandas como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota iniciaban una era de fobia y
silencio, Luca apareció como la estrella dispuesta, en medio de una pobreza
franciscana, a hablar con quien lo parase en la calle y tenga algunas preguntas
interesantes para hacerle. Néstor Nardella, un joven periodista mendocino, lo visitará
dos veces durante 1987, y dos chicas del Colegio Nacional Buenos Aires casi fueron
sancionadas por publicar una nota al “bocasucia de Prodan”. La radio significó otro
refugio en donde jugar el rol de comediante y amplificar el feedback con la gente
desde otro escenario. Luca empieza a presentarse sin previo aviso en los estudios de
Rock & Pop o Radio Municipal, pero por sobre todo a transformarse en un habitué del
Tom Lupo Show, un ciclo de FM Municipal que iba los domingos a la noche conducido
por el poeta y psicoanalista Carlos Galanternik, más conocido como Tom Lupo. Ahí
Luca será público, músico y hasta comediante. En alguna oportunidad, ante la
ausencia de Lupo, el cantante y Bobby Flores se hicieron cargo de la conducción.
Mario Breuer: La última vez que vi a Sumo fue en el festival que se hizo en Mar del
Plata, que se llamó Rock in Bali. En lo que a mí respecta, el mejor festival de rock de
la década del 80, en el que estuvo todo el mundo: Virus, Abuelos, Don Cornelio,
Sumo, Soda Stereo… Soda dio un show increíble, con Gustavo con 39 grados de
fiebre. Todos, pero todos, dieron un show tremendo. Me acuerdo que fui con el que
era mi asistente de esa época, Walter Chacón, y sabíamos que había muchas bandas
que estaban yendo sin sonidista. Fuimos a lo mercenario, y terminamos haciendo un
montón de discos a partir de eso…
Andy Cherniavsky: Estuve en el Rock in Bali del 87, en Mar del Plata, donde Sumo
hizo un show increíble.
314
Alberto “Superman” Troglio: En Rock in Bali nos acusaron de haber dicho “ahora
vienen los putos…” porque después tocaba Virus. Es mentira. Lo que Luca dijo fue:
“Bueno, nos vamos porque no tenemos más temas, nosotros somos putos…”. No sé
quién escribió eso, pero no fue como dicen.
Marcelo Moura: Mollo dijo que en realidad no había sido así, como que la gente de
la producción estaba diciéndole a la banda que tenía que terminar porque faltaba un
grupo más y que los chicos de la banda le dijeron a Luca: “Vamos, vamos”.
Entonces él: “Son unos putos…”. Después, todos leímos lo que leímos. Luca era un
tipo absolutamente cambiante, un tipo loco en todo sentido, con una locura linda y
otra no tanto. Pero el episodio de Mar del Plata no alteró en absoluto la relación que
teníamos. Por un lado, sabíamos que era una pose o que estaba en pedo. Porque
chupaba una botella de ginebra y se ponía agreta. Por eso, prefiero quedarme con la
parte más linda de Luca, su parte creativa, su buen humor. Creo que algunos del
grupo fuimos a la carpa a buscarlo, para cagarlo a trompadas, y no lo encontramos.
Salió por debajo de una lona, o algo así, y al mismo tiempo teníamos que subir a
tocar así que… Ese festival fue una desgracia porque estuvo muy mal organizado.
Después lo vi y todo bien, nunca guardamos rencor porque al final nos pareció una
boludez. Nosotros teníamos la cabeza bastante abierta. Quizás a Federico le molestó,
pero no creo que demasiado.
Andrés Calamaro: Viajamos juntos en el micro que nos llevaba al Festival Rock in
Bali, donde también cantamos juntos y compartimos algún episodio marginal bonito.
Le pregunté su opinión de Tom Waits y lo describió como un híbrido de Captain
Beefheart y Dr. John… En aquel tray ecto ocurrió algo interesante. Ricardo tocaba la
guitarra enchufada en un implemento con auriculares y Luca cantaba enchufado…
Grabé aquel a capella en un grabador portátil y volví a escucharlo en el medio de
una carretera perdida entre Uruguay y Brasil, el autocar se equivocó de ruta y el
ripio había roto tres ruedas. Entonces apareció sonando aquella grabación espontánea
registrada en Ruta 2. En medio de un tape de Sakamoto “apareció” Luca cantando y
después… El grabador se comió la cinta. Jamás pudimos recuperarla.
Silvia Ceriani: Me pidió que lo acompañara en una gira. Fuimos a Mar del Plata y a
Bahía Blanca. Ahí fue la primera vez que me propuso hacer coros con el grupo. Volví
a cantar en el Obras. En Cemento yo era la que lo llevaba en la silla de ruedas. Nos
divertíamos con esas cosas.
Claudio Kleiman: Recuerdo haber compartido un par de viajes muy alucinantes. Dos
315
fueron a La Falda, ambos larguísimos, en los que nos quedamos toda la noche
despiertos, hablando de todo. Uno fue en un micro, y nos pasamos la noche cantando.
Luca podía cantar durante horas, golpeando un estuche de viola, sin viola. Cantando a
capella, golpeando durante horas. Sabía canciones de lo que fuera, desde Los Beatles
hasta lo que se te ocurra. El otro viaje a La Falda fue en tren y pasó algo similar.
Quizás fue cuando tocaron en el Chateau con Los Paralamas. Eran los dos números
centrales. Esa clase de viajes te aproximan mucho con la gente.
Fabián Couto: En febrero del 87 la gente prendió fuego La Falda. Fue un quilombo
bárbaro. Rompieron los equipos, un desastre… No sé bien por qué había pasado, pero
la situación se puso complicada. Con Fernando Moy a éramos managers de Fito Páez,
y cuando se pudrió todo, todo el mundo quiso huir de ahí y volverse a Buenos Aires.
No me acuerdo por qué, pero no había micro a disposición para volvernos. Entonces
emprendimos una caminata dentro de todo eso, que parecía Beirut, viendo qué
carajo hacer con todo eso. Había autos quemados, pasaba gente corriendo… Hasta
que en un lugar vi que tenían un micro en la puerta de una casa. Le dije al tipo:
“¿Cuánto me cobrás por llevarnos con tu micro de nuevo a Buenos Aires?”. Al tipo le
pareció una locura, pero como el dinero no faltaba y sentíamos que estaba a punto de
estallar una guerra, le ofrecí una suma que no podía rechazar. Siempre digo que con
esa plata podríamos haberle comprado el micro… El tipo obviamente dijo: “Listo,
vamos”. Nos subimos con Fito y la banda, agarramos la ruta y a la hora de estar
viajando vimos que al margen de la ruta estaba caminando un grupo de gente. Fito,
que era muy fanático, como todos nosotros, me dijo: “Son los Sumo”. Paramos el
micro y les preguntamos qué hacían. “Vamos para Buenos Aires”. ¡Estaban
volviendo a pie! Les dijimos: “Bueno, suban, son nuestros invitados”. Regresamos
juntos y para nosotros fue un honor porque nos parecían muy grosos. Paramos como
a las siete y media de la mañana a desay unar en la ruta. Cuando entramos al lugar,
Fito me dijo: “Che, Luca no tiene un mango, démosle guita”. Le di algo de plata y su
desay uno consistió en una medialuna de manteca y una botella de ginebra Bols que
se tomó en media hora. Con los años, con Mollo y Arnedo siempre recordamos ese
aventón y se muestran muy agradecidos.
Timmy MacKern: Cuando estaba la idea de que la banda triunfaba y veíamos que
podía crecer, Luca no hizo nada a favor a eso. Me acuerdo de un show de Mar del
Plata en el que no pudo cantar de lo borracho que estaba. Eso pasó muy pocas veces,
pero pasó. En los últimos tiempos no estábamos concentrados. Yo me había ido a
vivir a Córdoba en marzo del 87, cuando empezaba el colegio de mis hijos. Venía a
Buenos Aires a todos los recitales pero ya sabían que tenían que buscarse otra
movida porque así el grupo no iba a llegar a ningún lado. Había que arrancar otra
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vida. Yo veía que mi vida también era un desastre y tuve que corregir cosas. Era
como un cambio. En Buenos Aires había algo que no me gustaba. La banda había
llegado a un punto de decir quién era el segundo y el tercero más famoso. Se veía un
final no tan lindo.
Lalo Mir: En Chile, la radio donde y o trabajaba armó un festival después del de Viña
del Mar, en el mismo lugar. Entonces fuimos a cerrar el verano en la mismísima
Quinta Vergara con un concierto del programa de radio, que había sido un éxito mal.
Como se decidió hacer un concierto en muy poco tiempo, en un mes o algo así,
conecté a Luca con la gente de la organización y cerraron a Sumo, que era el grupo
emergente y y a estaba sonando en Chile, más que nada en el circuito más under. En
ese festival también estaban GIT, que era bien mainstream porque lo ponían todas las
FM de Chile, y los grupos chilenos Upa! y Aparato Raro. La idea del evento era:
tenemos un hit argentino, que era GIT, uno de acá, que era Upa!, otro grupo
emergente local, que era Aparato Raro, y también está Sumo, que son los parias, los
rockeros locos… No sé por qué, supongo que por el horario, pusieron último a Sumo.
Cuando tuvieron que subir, y a eran como las 12 de la noche, y se perdieron las
plantillas de la consola donde estaba toda la prueba de sonido. Tenían todo seteado,
porque se hacía con papel, pero las hojas desaparecieron. Había que volver a hacer
todo. Luca, adelante del público, entró al escenario en cuero, con unos jogging todos
rotos, se le veía el culo, con una botella de pisco en la mano. Empezó a tomar de la
botella y a deambular por el escenario. Yo era el animador del festival. En un
momento se tiró al piso y se terminó la botella de pisco. De pronto volvió a pararse
con la botella encima y me dijo: “Lalo, avisame cuando vamos a tocar”. Le
respondí: “Loco, salgan a tocar así. Prueban el sonido a medida que tocan”. Hicieron
eso y fue un concierto espectacular. Dos días antes, cuando habían llegado a Chile,
hubo una conferencia de prensa y un periodista chileno le preguntó: “¿Qué sabés de
Chile?”. Luca, que tenía ese jogging que nunca se cambió, le contestó: “Lo único que
sé de Chile, porque lo vi en la revista del avión, es que es un país largo y finito”. De
ahí salió el tema “Camarón Bombay ”, de Divididos… Luca era un rocker, en el
sentido más estricto de la palabra.
Carlos “Aspix” Giustino: En febrero del 87 estuve con Sumo en ese concierto en la
Quinta Vergara, que es un lugar tradicionalísimo de Chile, donde todavía estaba
Pinochet. Lalo Mir tenía un programa de radio fabuloso, que era el número uno
absoluto y juntaba gente en la calle… Lalo decía cosas como: “Bueno, los primeros
diez que aparezcan en piyama con una pelotita de tenis se llevan no sé qué…”. ¡Y
aparecían diez personas en piy ama con la pelotita de tenis! Era chifladísimo. Yo
estaba trabajando con GIT como fotógrafo, estábamos en el medio de una gira
317
larguísima que incluía el festival de Viña del Mar. Lalo hacía un festival en el mismo
lugar y Sumo tocó ahí. Me acuerdo que nosotros volvimos del Norte de Chile después
de un viaje muy largo en bus y fuimos al hotel al que acababan de llegar los Sumo.
Me encontré con Timmy, y en un momento lo veo a Luca, que estaba… Todavía se
preguntaban cómo lo habían dejado viajar así. A la noche fuimos para el show y fue
tremendo. Creo que fue la última vez que lo vi.
Alberto “Superman” Troglio: A Chile viajamos en uno de esos aviones Eastern, que
tenían una turbina en la cola. Más adelante se cay eron tres o cuatro y los prohibieron.
Llegamos en poco tiempo, a los pedos. En Chile nos fue bien. Me acuerdo que de ahí
salió “Camarón Bombay ”. Cuando volvíamos paramos a comer en un lugar que
estaba cerca de Valdivia. Toda la comida chilena era extraña, guiso de algas y cosas
así. Yo pedí milanesa napolitana, y Diego y Ricardo pidieron Camarón Bombay.
Cuando el mozo se los trajo, resultó que era como un caracol, un hueso con algunas
entradas relleno con no sé qué porquería. Ellos no sabían por dónde empezar a
comer. Al final había que darlo vuelta, tenía todo un protocolo y solamente se comía
el relleno. Se llamaba Caracol Bombay y de ahí salió la canción.
Lalo Mir: Luca no era un entrevistado normal porque se corría de ese lugar. Llegaba
y era una especie de ser en su totalidad. No tuve muchas entrevistas con él, creo que
fueron dos o tres veces. Sí tomamos algo juntos en un bar. Nos encontramos porque
nos habíamos conocido en la radio. En la nota que hicimos en Chile me dijo una frase
que todavá hoy me taladra la cabeza. Era una nota para armar un programa de
radio, entonces tenía una pauta, armábamos una columna dentro del programa y en
un momento hicimos un juego de nombres. “Luca”, le propuse, “y o te digo ‘tano’ y
vos me decís algo, te digo ‘Daffunchio’ y lo mismo…”. Empezamos a hacerlo al aire,
le dije “Daffunchio” y me tiró algo. “Mollo”: no sé qué. “Superman”: qué sé y o.
Cuando le dije “Pettinato” hizo un silencio y me respondió: “Pettinato no es músico”.
“¿Ah, no, ¿qué es?”. “Pettinato es estrella de la televisión…”. Cuando le dije “Luca”,
me contestó: “Yo no soy músico… Soy cocinero. Tengo una receta y vos te morís:
vermicelli a la crema, con salsa de anchoa. ¿Vos sabés lo que eso?”.
Gillespi: Debuté con Sumo en Córdoba. Llegamos en tren, en un viaje terrible.
Íbamos a tocar en el festival Chateau Rock, también estaban La Torre, Los Enanitos
Verdes, GIT, Fito Páez y algunos más. Nos citaron a todos en la estación de Retiro.
Era el tren del rock. Se viajaba toda la noche y yo ni sabía la densidad de Sumo en
relación a las demás bandas. El vagón en el que íbamos nosotros era un desfile
constante. Luca se acostó en medio del pasillo, se quedó dormido y el guarda y todos
los demás tenían que esquivarlo para ir al baño. Llegamos a Córdoba, a un hotel
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pedorrísimo, y nadie nos daba bola. Estaba todo el mundo, pasaba Pedro Aznar,
pasaban todos y no había ninguna clase de onda. Sumo era un grupo revulsivo para
los demás, en ese momento y o no sabía bien por qué, y tampoco lo supe nunca. Pero
no era que a Ricardo Mollo o a Diego Arnedo los aceptaban como ahora. Aparte
Luca, en los reportajes, mataba a todos. Los músicos decían: “¿Quién se cree que es
este?”.
Claudio Kleiman: Luca, en un sentido, era como Miles Davis, salvando las distancias.
Porque si él te permitía ingresar en el grupo es porque y a tenía una plena confianza.
Si no, no te invitaba. De hecho, creo que Gillespi fue el único músico invitado de
Sumo.
Gillespi: Petti estaba siempre culo y calzón con Mollo, eran inseparables. En
Córdoba me mandaron a una habitación solo. Entonces iban pasando las horas, yo
prendía la tele, hacía tiempo… Estaba nervioso porque nadie me avisaba nada.
Pensaba: “¿Habrá prueba de sonido?”. Empezó a hacerse de noche y ya no sabía qué
hacer. En un momento bajé y le dije al conserje: “Pettinato”. Me comunicaron con
él. “Soy el trompetista”. “Ah, sí, ¿qué pasa?”. “Boludo, necesito hablar con alguien”.
“Bueno, subí”. Fui a la habitación, estaba con Mollo escuchando música con un
radiograbador gigante, tirado en la cama, desnudo. ¡Eran las siete de la tarde! Para
mi mentalidad, eso no daba… Entré en la habitación y Mollo me dijo: “Claro, vos sos
nuevo… No sabés todavía… Para estar en la banda te lo tenés que garchar a
Pettinato. Todos los músicos que entran tienen que garchárselo…”. Pettinato parecía
Nerón. Estaba mucho más gordo que ahora y parecía una foca. Me miraba desde la
cama, envuelto en una sábana y completamente desnudo. Yo no sabía dónde estaba
el límite porque no los conocía. En un momento empezaron a cagarse de la risa y al
rato vino Germán: : “Ya me bañé. A tal hora bajen porque viene la combi”. Yo
pensaba: “¿Qué carajo voy a tocar?”. Nadie me decía nada.
Andy Cherniavsky: Para el Chateau Rock del 87 me fui con Sumo en tren a Córdoba.
Fue un caos total, del cual me acuerdo poco. Sí recuerdo llegué hasta el hotel con
ellos y que Luca estaba muy zarpado, muy dado vuelta. Fue un viaje muy
impactante, era la primera vez que viajábamos en un tren de gira, un delirio muy
divertido.
Gillespi: Fuimos al Chateau Carreras. El número central eran Los Enanitos Verdes,
pero cerraba Sumo. El escenario tenía una parte giratoria y la banda siguiente podía
ir armando mientras tocaba la anterior. Los Enanitos terminaron con su hit, que era
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“El extraño de pelo largo”. Sonaba en un tono divino, yo escuchaba el bramido de la
gente y tenía un cagazo… Entonces, mientras el escenario empezó a girar para que
tocáramos nosotros, apareció Luca con el hueso de la abuela, que era un hueso de
una vaca, que cuando lo encontró todavía tenía carne o cuero y que empezó a llevar
a todos lados, cada vez más putrefacto, como un cavernícola. “Es el hueso de mi
abuela”, decía. Lo único que llevaba a los shows era la peluca y ese hueso. Estaban
las guitarras de Mollo, los equipos de no sé qué, el hueso y la peluca de Luca. Era lo
único que llevaba.
Alberto “Superman” Troglio: Gillespi a veces desafinaba y nadie le decía nada.
Luca traía al sótano de Palomar a un loco que tocaba la armónica, el Tiqui. Era
como un Mick Jagger al que lo agarró una enfermedad mental. Luca invitaba a
cualquiera sin consultar a nadie. No sé si él pensaba que era el líder de la banda, por
ahí no, aunque y o creo pensaba que sí. Nunca se lo pregunté.
Gillespi: Antes de ir al estadio hicimos una caminata, unas cuadras a la redonda, y
paramos en un barcito a tomar unas cervezas. Luca había estado con una mina que lo
tenía secuestrado en la habitación. En ese momento apareció un grupo de pendejos
cordobeses que estaba a la caza de autógrafos en la zona del hotel. Les pidieron
autógrafos a todos, y cuando me pidieron a mí, y o pensé: “Soy un caradura, cómo
voy a firmar un autógrafo, estos me cagan a trompadas…”. Luca me vio y me dijo:
“¿Por qué no le firmás?”. “Y, porque… Yo…”. “Si te piden un autógrafo se lo tenés
que firmar”, me interrumpió. “Bueno, listo, le firmo…”. Después entendí que él tenía
mucho respeto por la gente. No le gustaba defraudar a su público. Entonces interpretó
mi actitud como una mezcla de humildad y soberbia. Ese show fue muy bueno y
Sumo salió en la tapa de la revista Pelo. Una parte de la nota decía algo así como:
“Un trompetista de nombre desconocido le dio un toque jazzístico a la banda”. Nadie
me había presentado y el periodista nunca supo cómo me llamaba. Para mí fue
como tocar el cielo con las manos.
Silvia Ceriani: Sumo firmó un contrato importante porque el grupo crecía cada vez
más. Llenaba Obras y cualquier otro lugar donde fuera. Luca decía: “A mí me
gustaba la época en que íbamos a tocar todos los fines de semana, no como ahora
que tocamos una vez cada tanto”. Firmaron cuando hicieron After Chabón. Estaba por
reorganizarse todo el trabajo con ese contrato.
Mario Breuer: El sonidista de Sumo era “el carnicero de La Lucila”, Mario Lastiri.
Yo le decía así porque era vecino mío, vivía a la vuelta de casa. Es más, a Mario lo
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puse yo a laburar ahí porque ellos me invitaron a ser sonidista de la banda, pero yo
tenía muchísimo trabajo en estudio. Justo estaba trabajando con Mario, que era mi
asistente, y él había estado estudiando en Estados Unidos. Entonces se lo llevaron
para hacer sonido en vivo y estuvieron muy contentos. El disco que siguió, After
Chabón, lo hicieron con él.
Timmy MacKern: Al principio Luca dirigía y hacía todo el asunto musical. Al final,
en la época del tercer disco, ya no. Yo tenía un grabador de ocho pistas en casa,
venían Diego y Germán y ponían todas las bases. Luca llegaba a la mañana, re
temprano, buscaba una base que le gustara y le cantaba encima. Tenía todo servido.
Mario Breuer: Mientras Sumo grababa After Chabón y o estaba en otra sala de
Panda laburando. En un momento me llamaron para ver cómo podían hacer para
que una guitarra sonara más o menos como una gaita. Fui, les propuse un programa,
toqué y le dijeron a Lastiri: “Perfecto, no toques nada, graba Mario”. Pero fue lo
único que hice.
Fernando García: After Chabón tiene algo de despedida, que se siente desde que
ponés la púa.
Germán Daffunchio: En el último disco yo estaba sentado, escuchando, medio que
me ocupé de la producción. En realidad todos queríamos ser productores, de alguna
manera. Yo me consideraba con derecho a serlo porque sabía cómo sonaba Sumo.
Pero Roberto pensaba lo mismo y Ricardo también. Era una locura. No teníamos
experiencia, pero es parte de la historia. Lo cierto es que Luca se me acercaba y me
decía: “Hey, Germán, esto es Sumo”. “Esto no es Sumo”. Siempre teníamos la
discusión de qué era o no era Sumo. Porque Sumo es un espíritu.
Daniel Melero: Cuando estaban grabando After Chabón en Panda estuve con ellos en
una sesión, en el control con el grupo. Luca no había ido. Estaba grabando Pettinato.
Ese año yo estaba grabando Conga y ya tenía más onda. Al principio no, porque él
había hecho una crítica de BA Rock para el Expreso Imaginario, en la que escribió
que Los Encargados no habían ni figurado, que no existían. Ahí se equivocó. Tuve
más onda con él después de Sumo.
Diego Capusotto: Sumo era una banda que no tenía argentinidad. No parecía una
banda de acá, si se quiere. En aquella época hubo cosas muy buenas como Conga, de
Melero, o el disco de Don Cornelio. Pero en Sumo había algo más que era extra.
321
Sergio Rotman: After Chabón es un gran disco, pero lamentablemente no llegaron a
explorar ese aspecto de Sumo.
Rodrigo Espina: Luca escuchó After Chabón terminado por primera vez en mi casa,
en un tocadiscos con la púa rota. Me acuerdo que pasó a buscarme cuando recién
había salido el disco. Le dije: “Eh, compré el disco”. “¿En serio? ¡Vamos a
escucharlo”. Vino a casa y me acuerdo que se quejaba: “Esto les dije que no…”.
“¡No! ¡Por qué pusieron esto!”. “Esto está bueno…”. Yo sentía que había un quiebre
en ese sentido. En algún punto es lo que nos pasaba a lo último con Alejandro Sokol,
que al final no podía estar con nosotros. Sabía que no podía mirarnos a los ojos, y
necesitaba estar con sus amigos consecuentes, los que le conseguían las drogas, pero
a nosotros no podía mirarnos a los ojos porque íbamos a decirle: “Ale, te estás
matando, te estás muriendo”. Viví eso con Ale y supongo que es lo que deber
haberles pasado a los Sumo con Luca. Germán era el tipo que le decía todo. Por algo
se comió el famoso huesazo en la cabeza.
Claudio Kleiman: En After Chabón hay varias letras que tienen alusiones al suicidio.
Fernando Noy: Luca iba y venía con Omar Chabán, que era mi gran amigo, y decía
“After Chabán” en vez de “After Chabón”. Hacíamos un juego enorme de esgrima
verbal, humoral, juegos que a Luca le encantaban.
Daniel Melero: “Mañana en el Abasto” es interesante. Es otra cosas porque tiene la
cajita de ritmos y hay silencios.
Alfredo Rosso: Luca entendía la melancolía porteña. Su canción sobre el Abasto hoy
es incomprensible porque no tenés la referencia de lo que pasó. El Abasto era el gran
mercado abastecedor de hortalizas, de pollos, de la comida de Buenos Aires. En los
60, en los 50 y en los 40 llegaban los camiones del campo, traían frutas, verduras, lo
que sea, y salían de ahí para ser distribuidos. Los mayoristas iban a comprar al
Abasto y se llevaban los alimentos a sus negocios. Ese mercado se cerró a fines de
los años 70 o principios de los 80, justo cuando llegó Luca. Yo vivía ahí, y alrededor
del Abasto había todo un barrio que trabajaba en función del mercado. Había hoteles
humildes porque era para la gente que llegaba con su fruta y su verdura para vender.
Por ahí pasaban la noche ahí porque estaban cansados, entonces se pagaban una
noche de hotel y se quedaban hasta el día siguiente. También había bares y
restaurantes, bodegones, y algún piringundín con minas. Era como una pequeña
ciudad alrededor del Abasto. Cuando se cerró el mercado, todo eso se terminó.
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“Mañana en el Abasto” habla del barrio vacío y de esa gente que quedó en la nada,
en el limbo. Mientras lo recorre, él va pensando en todo esto, se mete en el subte,
llega a la “Línea B, Carlos Gardel, la parada del Abasto”. Dice algo así como: “Yo
me alejo más del suelo y del cielo también”. Es poesía pura.
Hilda Lizarazu: Una vez, en una de nuestras primeras actuaciones, Luca vino a ver a
Man Ray. Fue raro porque supuestamente no teníamos nada que ver. Yo nunca me
sentí enojada con el mundo, era una persona feliz, y él estaba con “La rubia tarada”.
Pero él era un tipo culto y curioso y vino a escucharnos a La Manzana de las Luces.
Esa noche creo que había cinco personas, de las cuales una era Luca Prodan, que ya
era muy conocido. Me sentí muy honrada con su presencia. Al final del show se
acercó para hacernos una devolución, nos dijo que le había gustado y y o me quedé
muy sorprendida porque y o lo veía como un tipo pesado. Él era un punk y yo una
chica pop supervital. Lo que pasa es que también era un tipo pensante, ávido de
escuchar y consumir nuestra cultura. Creo que esa curiosidad es lo que lo hizo
escribir lo que escribió. “Mañana en el Abasto”, por ejemplo, un tema poético,
hermoso, con esa sensibilidad en la observación. Cuando te preguntás por qué el mito
de Luca sigue vigente, la respuesta está en su obra, que es breve pero tiene densidad.
Alfredo Rosso: Luca pescó muy bien el tango, y lo hubiera hecho todavía mejor si
hubiera vivido un tiempo más. De hecho, hizo una versión maravillosa de
“Cambalache”. “Mañana en el Abasto” retrata muy bien ese momento del mercado,
antes de que hicieran el shopping, esa primera etapa en la que la gente quedó varada.
Se llegó a un nivel de decadencia fulero, que incluso se veía desde afuera de la
carcasa, porque empezaron a demolerlo desde adentro. Entonces vos pasabas a
determinada hora de la noche y era una cosa fantasmal.
Germán Daffunchio: Hay una anécdota muy grosa con “Cambalache”. Cuando ya
estábamos con CBS, años después de lo de Francis Smith, y o iba seguido a verlo a
Walter Fresco. En una de esas visitas vi que en su oficina tenía una torta de cintas de
un cuarto de pulgada. Como yo las pegaba para las cámaras de eco y Walter tenía
kilómetros de cinta ahí tiradas, le pedí que me regalara algunas. “Sí, llevátelas”, me
dijo. Un día me puse a escucharlas y, ¿qué había en una de esas tortas de cinta?
Aquella versión de Sumo de “Cambalache” y “La rubia tarada”. Era “material de
descarte” que este Rota le había hecho escuchar a Parlaphone. Era el master estereo
que había salido de eso. Fue una casualidad, porque sino se hubiese perdido. Fresco
no sabía que tenía eso ahí.
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Sergio Pujol: “Mañana en el Abasto” es un anti-tango. Porque no hay una
idealización del barrio, al contrario. En el tango siempre se construye el barrio como
un lugar puro, inmaculado, que está un poco a resguardo de la modernización, donde
quedan los verdaderos valores, la noviecita, la madre. Eso es el barrio para el tango,
un reservorio moral. El centro, en cambio, es la corrupción. Luca toma un barrio
gardeliano y lo muestra como un lugar arrasado por la política. Todavía no se
hablaba del modelo neoliberal pero ya estaba el ajuste del último tramo de Alfonsín,
y a estaba el endeudamiento, la decadencia, eso de tratar de generar interés en
capitales que vengan a invertir acá. Toda esa transformación de la ciudad que va a
profundizar Menem, que es quien después cambia completamente Buenos Aires.
“Mañana en el Abasto”, en esas condiciones, es como la voz de Goy eneche de los
últimos años, un estado de decadencia pero que todavía tiene cierto encanto. Además
elige un tempo lento, un modo expresivo casi lánguido, es como una especie de
karma, tiene una letanía… En realidad es una elegía muy, muy, dura.
Claudio Kleiman: Luca empieza a depositar la música en los otros, que eran los que
le armaban las bases. Lo que pasa es que él era brillante de cualquier manera,
porque sobre las bases te armaba “Mañana en el Abasto”…
Diego Arnedo: Lo insólito era que en la revista Canta Rock aparecía el cancionero
nacional, escrito con el cifrado americano todo bien, y el pasaje de cada tema de
distintos autores. Luca lo miraba, y cuando entre todas estas canciones aparecía un
tema, decía: “Mirá: E mayor y nada más”. Y se cagaba de risa de eso. “Eso es
Sumo”, decía. Tenía la capacidad de hacer melodías sobre un único tono, pintaba la
belleza de la melodía sobre cualquier cosa.
Marcelo Gasió: La foto de los luchadores de sumo que aparece en la tapa de After
Chabón se la di yo. Mi hermano había vivido en Japón y y o hice un viaje para verlo.
Él tenía libros de cualquier cosa y sacamos la imagen de uno de ellos.
Germán Daffunchio: Creo que en las últimas épocas los de la banda y a estaban
armando sus propios kioscos.
Walter Fresco: No es fácil ser famoso, y a algunos les pega mal. Hay que saber
llevar esa cruz. Mi relación con Sumo fue deteriorándose a raíz de estas cosas. Para
su tercer disco volvieron a darme la dirección artística, pero ellos venían con otras
ideas y de producir con otra gente. Yo entendía que por ahí preferían a otro, pero ha
pasado que un par de ellos entraban a CBS y ni me saludaban… ¿Quieren trabajar
324
con otro? Perfecto. Pero que me ignoren o me traten como a un delincuente cuando
tuve tanto que ver con su crecimiento… Con Luca guardo cero rencor, porque con él
nunca me pasó algo así. Pero de parte del resto esa actitud me dolió mucho. Jamás
discutí con ninguno de ellos, ni con Pettinato, ni con Mollo, ni con Arnedo. Es más,
nos hemos cruzado y nos saludamos. Pero para el tercer disco la relación estaba
gastada, inflada por sus propios egos. Además, todo lo que hice con Sumo fue ad
honorem, porque nunca cobré ni una regalía por la producción. Hice lo que hice
porque me gustaba la banda… Sumo vendía discos, pero nunca fue una banda
explosiva. Es imposible compararlo con Soda Stereo, por ejemplo. Era un grupo que
cosechaba mucho respeto, una banda de culto, que claramente abrió un camino. Los
discos se vendieron con el paso del tiempo y siguen vendiéndose hasta hoy, porque se
han reeditado.
Timmy MacKern: Sumo nunca vendió más de 20 mil discos. Soda vendía 60 mil…
Después sí vendió, pero en ese momento eran números muy bajos.
Germán Daffunchio: En el momento en que muere Luca, con Ricardo habíamos
logrado, entre las dos guitarras, un espacio que era fantástico. Pero cuando apareció
la posibilidad de sumarlo me pareció que era una locura. Creía que Sumo estaba
argentinizándose.
Walter Fresco: Me quedé con las ganas de ver la forma de llevar a Sumo a países
angloparlantes… No era algo descabellado, pero los focos estaban puestos acá.
Intenté convencer a la compañía, pero no lo conseguí.
Alberto “Superman” Troglio: Ricardo empezó a meter raíces de a poquito y terminó
trayendo otro manager, porque en esa época Timmy y a vivía en Córdoba. Decidió
irse a vivir a Córdoba con Germán, aunque venían a los ensayos igual. Entonces, un
día pintó Mollo con un manager. Yo le dije: “Bueno, yo confío en vos, si lo trajiste
vos, todo bien”. Pero cuando Timmy se enteró estuvo todo mal. Era un tarado del
Palomar. Al principio y o lo veía bien pero después me di cuenta de que era un bobo.
Según Ricardo, lo trajo porque Timmy no cumplía la función. Al final el tipo terminó
yéndose solo. Ricardo tomó una posición de liderazgo de a poquito y en realidad ahí
los cerebros eran Germán y Luca.
Alberto “Superman” Troglio: Grinbank medio que nos cagaba. Nos prometía un
sueldo por mes o cinco shows y nunca cumplió ni con los cinco shows ni con el
sueldo.
325
Timmy MacKern: La incorreción de Sumo no era una actitud. Era la realidad en la
que vivíamos. No había un plan, nos llevaba el viento de acá para allá, de repente las
cosas empezaron a crecer y a mejorar de a poco. Cuando entramos a la agencia de
Grinbank tocamos mucho más que si hubiéramos seguido solos.
Alberto “Superman” Troglio: Con todo el tema del alcohol y las peleas, Luca y a se
sentía como un perro cuando lo chicaneás mucho. Se daba cuenta y no venía a los
ensayos. Ensayábamos dos veces a la semana y no venía nunca. O grabábamos en
el lavadero de Timmy con la Fostex chiquitita y tampoco venía. También había
problemas con las canciones y por ahí chocaba con Pettinato o con Germán.
Paula Menéndez: Cuando Luca se fue a vivir a San Telmo empezó a darle menos
bola a Sumo. Los chicos del grupo habían comenzado a interesarse un poco por la
parte económica, y a él eso no le importaba nada de nada. Había un poco de enojo
con Luca por estos temas de la plata. Si era por él, en los shows entraban todos gratis.
A Luca se le prendía un montón de gente y si podía él metía a todo el mundo.
Realmente no le importaba la plata. En un momento ese tema comenzó a pesar,
porque Luca no podía pensar a nivel comercial. Para que un grupo pueda crecer, el
líder de la banda tiene que estar bien y a lo mejor él había empezado a volverse un
poco irresponsable.
Rodrigo Espina: A veces me pregunto: “¿Por qué me hice amigo de Luca? ¿Por qué
me dio bola?”. De alguna manera, en mí vio eso que también encontraba en Mónica
Stromp. Me da vergüenza decirlo, pero es así. Cuando las cosas son lo que son y a no
da vergüenza decirlas, ¿no? Yo nací en San Isidro y soy un tipo fino. Luca en algún
punto, encontraba en mí cierta sensibilidad que en cierta gente no estaba. Tenía cierto
aguante conmigo, algo que no sé si hubiese tenido con otros. Luca me tenía
paciencia: “No tengas miedo. Dale, Ro”. Pudo comprender mis temores, todo lo que
le contaba de mi vida, lo que significaba el rock para mí, que fue lo que me hizo
romper la esfera de San Isidro. Luca comprendió eso porque era muy inteligente y
se daba cuenta de todo. Yo era uno de sus amigos. ¿Por qué estuvo Pettinato en su
mundo? Porque con ningún integrante de Sumo podía hablar sobre quién era él…
Petti sabe de música, de cine y de literatura, es lo único bueno que tiene… Conmigo
también hablaba de esas cosas, porque era lo que gustaba. Para Luca, Sumo era arte,
pero no podía conversarlo con ellos, salvo con Petti.
Fernando García: Pettinato fue muy importante en Sumo. Me parece que Luca
tenía un interlocutor artístico ahí.
326
Silvia Ceriani: Pettinato es una persona muy inteligente, en el buen sentido. Algunos
tienen prejuicios y confunden cómo se presenta el otro con cómo es en realidad.
Hay personas que tienen una vida pública y por alguna razón, quizás para esconder
su timidez, eligen mostrar algo diferente de lo que son. Luca decía que la persona con
la que mejor podía comunicarse era con Pettinato. Con Timmy también, porque
tenían esa cosa de hermanos que se encontraron en otro país, en un lugar distinto al
que habían nacido y se ampararon.
Geniol: En Cemento alguien tiró una cruz que debía haberse afanado de un
cementerio, una cruz grosa, que le pegó a Diego y le partió una ceja. Luca bajó para
agarrarse a bifes con el pibe que tiró eso, que era un punk bastante rebelde. Cuando
terminó el show, yo estaba con ellos en el camarín y de golpe este pibe punk, que
estaba con una banda de gente, pateó la puerta con los borceguíes y se creó una
tensión. Pettinato le dijo a Luca: “Bueno, vos bajaste del escenario, hacete
responsable”. Guardó su saxo, le pasó la franelita y rajó por detrás de la barra de
Cemento, bien agachadito para que los punks no lo vieran. “¿Y vos, Geniol? Me quedo
solo…”, me dijo Luca. Le respondí: “Yo siempre estoy a tu lado. ¿Cuándo te fallé?
Quedate tranquilo que la espalda la tenés cubierta, por lo menos un piñazo de atrás no
te van a pegar…”. Al final Luca y el punk rebelde terminaron chupando juntos en la
barra por donde se había escapado Pettinato. Esa es la clase de soledad que sentía
Luca con el grupo.
Gillespi: A Diego le pegaron con una madera y casi le sacan el ojo. Todavía tiene la
cicatriz. Chabán hacía una parrillada adelante, y el grupo tocaba en el fondo. Había
cajones para prender fuego, la gente los agarró y empezó a tirar los pedazos contra
el escenario. Fue una batahola porque Luca se tiró en palomita desde arriba del
escenario, Diego también se tiró y empezaron a pelearse con la gente mientras
nosotros seguimos tocando como media hora más, sin saber qué era de la vida de
ellos.
Fernando García: Ya había shows medios raros porque por ahí Luca estaba muy
hecho mierda. Parecía que tenía todo controlado, pero en algún Cemento ya era
muy notorio.
Bobby Flores: Luca chupaba bastante. Más de una vez lo vi borracho. Pero todos nos
emborrachábamos. No era un ejemplar único sino un estándar en la noche. Lo que
sí, él tenía un fervor por la ginebra y esas bebidas blancas. Esas sí te matan porque
son una mierda. Por momentos no podías seguirle el tren ni tomar como él. Se
327
tomaba una botella de ginebra como nada y quedaba tirado en el piso.
Gillespi: Nunca nadie me dio una indicación para tocar. Una vez escribí las partituras
en mi casa y tenían dos o tres notas que no iban. Les dije: “Saqué esto, para mí es
esta nota”. Las probamos con Petti y me dijo: “Qué raro”. Pero jamás me pidió que
cambie algo. Sumo tenía un equilibrio. Diego, Germán y Superman era un triángulo
laburador perfecto. Ellos ensay aban y estaban bien. Petti era un pintor que coloreaba
arriba de eso. Mollo también. Tenían ese privilegio de ser los “intelectualoides”,
mientras los otros eran los obreros. Siempre existió esa tensión entre Germán y
Ricardo. Yo era superpintor, porque era surreal. Un día, Pettinato lo describió: “Vos
sos un pedal nuestro, como cuando queremos el sonido de trompeta, apretamos el
pedal y tocás vos”. Como una sonoridad más que tenía la banda. Debo haber hecho
unos 12 conciertos. Estuve un año en Sumo. Luca y a estaba bastante desmejorado y
no se tocaba tan seguido.
Rolo: Una vez, en el 87, y o estaba caminando al mediodía con mi novia y me lo
encontré a Luca tirado en la calle, en la zona donde ahora está Puerto Madero. Tenía
la cabeza abierta. Me acerqué y le dije: “Luca, Luca, ¿qué pasó?”. Estaba
desmay ado al sol. Empecé a sacudirlo y en un momento reaccionó y me dijo: “Ay,
cómo me duele todo…”. “Pero, ¿qué te pasó?”. “Nada, nada… Iba con mi novia,
pasaron cuatro que me gritaron ‘puto’, me peleé y acá estoy”. “¿Y tu novia? ¿Se fue?
¿Tu novia te dejó acá?”. “Y, sí… Siempre me dejan a mí…”. “Pero, escuchame,
estás todo abollado”. “Sí, pero no sabés cómo quedaron dos de ellos… Gracias por
despertarme”. Le dije: “Te acompaño hasta Alem por lo menos, vamos a tu casa”.
En ese momento éramos vecinos y nos veíamos todo el tiempo. Me respondió: “No,
no, gracias, y o me arreglo. ¿Tenés un papelito?”. Luca siempre te pedía un papelito
para anotar tu teléfono, pero después lo perdía. Nunca me llamaba ni pasaba nada.
Pero cada vez que me veía me pedía un papelito para anotar mi número de teléfono.
Nunca tuvimos una amistad, pero nos cruzábamos todo el tiempo. Con Luca siempre
te pasaban cosas insólitas.
Claudio Kleiman: Su vicio principal era el alcohol blanco. Su resistencia era
increíble. No caía, o caía después de días.
Rodrigo Espina: Nunca tomé alcohol en mi vida y eso de alguna manera nos
separaba. Creo que de no haber sido así nuestra amistad hubiese sido más grande.
Había momentos en los que Luca pasaba a buscarme por Casting y nos íbamos
caminando al Abasto. Llegábamos y él se metía un bar. Si yo hubiese tomado… Pero
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por más ganas que tengas, sentarte en una barra cuando no sos alcohólico… Yo fumo
marihuana y cuando fumo no quiero estar con alguien que no fuma. Sé que me estás
haciendo el aguante, ¿no? pero…
Gillespi: En la empresa de Rodrigo elegían caras para las publicidades y gente para
los extras de los programas. Él no era del medio del rock sino de la tele, pero era
amigo de Luca. Recuerdo que solían andar de un lado para otro, del Parakultural a
Cemento, y Rodrigo siempre con su cámara de video prendida. Lo filmaba a Luca
entrando a los camarines, hablando con nosotros, subía al escenario, tenía acceso a
todo.
Rodrigo Espina: Un día no me lo banqué. Fue la noche de fin de año, cuando en
Cemento tocaban La Negra y Sumo. Omar dijo: “Esta noche, la mejor banda de
rock de la Argentina y la mejor obra de teatro de la Argentina”. La Negra tocó antes
que Sumo y Luca comenzó a burlarlos, porque subían los aparatos para mostrar los
trucos y los efectos. Eso me dio un poquito de vergüenza. En público, muchas veces
buscaba ser el centro de atención. Lo que pasa es que conmigo fue muy distinto, era
un dulce total. Lo he visto ser desagradable con algunas personas, pero conmigo
jamás. En las últimas épocas, lo he visto escupir partes del cuerpo. Le venía una tos y
sacaba no sé qué cosas afuera.
Rolo: Como acá no había heroína, Luca adoptó el alcohol. Lo he visto en vivo,
abriendo la boca, tomándose una botella de whisky que después tiraba para atrás.
Pero no estaba borracho, porque seguía tomando otra cosa. Vos decías: “¿Qué? ¿No
le hace nada…?”. Pero el estado químico que trajo de Europa era tal que nada le
hacía nada. Podía calmarlo un poco, por ahí tenía un temblequeo en la mano, pero
nada más. Luca era un alcohólico consciente. Nunca lo vi borracho, como esos que
no coordinan. Jamás. Hablabas con él y le sentías el aliento a ginebra, eso sí.
Gillespi: En el último tiempo, en los ensay os siempre faltaban integrantes. Luca iba
poco y cantaba Mollo… Ricardo era el director musical. También había muchas
charlas sobre Luca porque nadie sabía cómo sobrellevar esa situación. Un día íbamos
a hacer un Cemento, Luca apareció en el ensay o con dos botellas de cerveza, y
detrás suy o venían como tres personas más. “No, nos invitó Luca”, dijeron. Eran
unos tipos que había encontrado en la calle. “Qué linda banda”, decían. “Qué lindo el
bajo…”. Unos comentarios… Al rato se fueron con Luca, que y a estaba en otra
cosa. Conversé con él en varias oportunidades pero circunstancialmente, no era que
nos encontrábamos para charlar. En un momento ellos empezaron a componer After
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Chabón en la casa de Timmy de Hurlingham. Habían armado un estudio chiquitito
con un grabador a cinta. Fui varias veces ahí y llevaba mate o le afinaba la guitarra a
Germán.
Rolo: Una noche, en el medio de un show en San Justo, de golpe se apagó la luz.
Fueron tres segundos. Cuando volvió a prenderse, de golpe el bolso de Luca
desapareció. Al lado del escenario había una baranda, y el tipo que agarró el bolso se
fue corriendo por ahí. Luca saltó la baranda, empezó a perseguirlo y y o salí
corriendo atrás suyo, mientras la banda seguía tocando “Mejor no hablar de ciertas
cosas”, que en vivo era un tema larguísimo. Salimos del lugar pisando parejas que
estaban apretando en el piso, porque en esa época no le daban nada de bola al grupo,
para la may oría era completamente indiferente. A las dos cuadras lo vi a Luca
parado, rascándose la cabeza, descalzo y en cuero. “¿Y?”, le dije, “¿Lo agarraste?”.
“No, se me escapó”. De fondo se escuchaba a la banda, que estaba tocando el
mismo tema. “¿Escuchás? No se dieron cuenta de que me robaron el bolso, pero
bueh, por lo menos vos sí”. Volvimos al boliche y el tipo de seguridad le dijo a Luca:
“Usted no. Vos sí”, dijo señalándome. Le respondí: “No, pará, es al revés. Te
equivocaste, flaco, tenés que dejarlo pasar a él, que es el que está cantando”. “Sí, sí”,
me dijo. “Pasá vos, este no”. “Acabamos de pasar corriendo recién, flaco. Es el
cantante de la banda que está tocando”. Entonces Luca empezó a hablarle en
francés, en cualquier idioma. Miré al de seguridad: “Dejalo pasar, vas a ver que es el
cantante”. Al final pasó y retomó… ¡“Mejor no hablar de ciertas cosas”! Todavía
estaban tocando ese tema… Los músicos nunca se dieron cuenta de que lo habían
choreado. Un tiempo después, en Pinar de Rocha volvió a pasarle lo mismo.
Alberto “Superman” Troglio: “Mejor no hablar” duraba 15 minutos. Entre el solo
del saxo, lo que cantaba Luca, el solo de guitarra y después que le mordía los
borceguíes y lo tiraba al piso a Mollo, que se dejaba caer… Era larguísima.
Rolo: En el 87, en una de las tantas veces que me lo encontré en la calle, Luca estaba
descalzo, sentado en la vereda. “¿Luca, ¿qué pasa?”. “No, es que no tengo nada, y a
no quiero más nada. Ya sé cuándo va a venir mi momento. A ver si vos podés
adivinarlo…”. “Bueno, está bien, ¿así que no tenés nada? Bueno, listo”. Antes de irme
le dije: “¿No necesitás nada?”. “No, quiero estar solo”. Me fui a mi casa, agarré una
pila enorme de remeras negras, empecé a cortarlas en el medio y arriba les puse un
pedazo de sábana blanca.
Pety (cantante de Riddim): Rolo tenía la locura de tirarle remeras a Luca. Las hacía
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él. Si originalmente tenían un dibujo o una marca, Rolo tapaba el dibujo con una
sábana de la vieja, la cocía y le ponía “Luca, dame Nesquik” y no sé qué, partes de
letras de las canciones. Luca agarraba las remeras sin poder creer que alguien se las
tirara y se las ponía.
Rolo: Les escribía temas de las primeras épocas de Sumo, con los nombres internos
de ellos, casi en código, para que Luca supiera que era un fan de siempre, no de los
últimos. En lugar de “Crua Chan” escribí “Gaitas”, por ejemplo, y en lugar de
“Estallando desde el océano” escribí “Bruce”, que le decían así porque parecía de
Springsteen. Cuando terminé de hacer las remeras pensé: “¿Y ahora qué hago con
esto?”. Llevé alguna a un show, se la tiré a Luca y él la agarro. La miró, se rió y la
guardó. Una de esas remeras decía “Coraje holandés”, que era una frase que le
gustaba porque la usaban los holandeses cuando salían a conquistar. Era una frase que
usaba siempre. El show siguiente a ese de la remera fue en Airport. Cuando salió
Luca, Pety me dijo: “Mirá lo que tiene puesto”. ¡Era la remera! La usó todo el show.
Ahí pensé: “Este tipo sí que necesita algo, necesita mucho…”. Empecé a llevarle
más remeras y las usaba siempre.
Pety (cantante de Riddim): La primera de las pocas interacciones que tuve con
Luca fue en Airport, un boliche que quedaba en Rivadavia y no sé qué. Salimos
temprano, llegamos a la prueba de sonido, esperamos apoyados en el auto y él se
asomó. Le dije “Eh, Luca, Luca”. “Hola muchachos”. “¡Hoy tocá mas reggae!”, le
grité, porque era lo que más me gustaba. Me respondió: “Si querés reggae, hacete
una banda vos”. Chau. Eso me marcó.
Gillespi: Sumo no tenía nada que ver con nada porque tenía un condimento punk y el
eclecticismo como para pasar del reggae al rock’n’roll, el free-jazz o la música disco.
En la medida en que empecé a tocar con ellos, antes de los shows, Luca me pedía la
trompeta y tocaba un poco algunas cosas en el camarín. Al principio de la banda él
tocaba la trompeta en el escenario.
Geniol: En la casa de Alsina no llegamos a vivir un año. Yo estaba en la pieza de al
lado. Subías la escalera, salías a un patio cuadrado, la primera puerta del pasillito era
la de Luca, la segunda era la mía. Estaban separadas por un tabique y nos
hablábamos de lado a lado, charloteábamos por ahí. “Compadre…”. “¿Qué querés?”.
“Estoy con mi novia…”. Silvia también vivía ahí, pero en otra pieza.
Silvia Ceriani: Luca tenía su personaje. A algunos les daba miedo porque él lo usaba
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para alejar a cierta gente. Lo que pasa es que era muy tímido y, por otro lado,
tomaba mucho alcohol. Cualquier sustancia te afecta, es mentira que no te hace
nada. Mi romance con Luca empezó cuando él se separó de Mónica. Tenían una casa
juntos pero la convivencia no funcionó. Yo y a estaba viviendo en la casa de Alsina,
se desocupó el cuarto de unos chicos que se fueron a Suiza, la habitación quedó vacía
y terminó ocupándola Luca. Se mudó una semana antes de su cumpleaños, en mayo.
Yo cumplía dos semanas después. Una noche fuimos al cine a ver Highlander y
cuando volvimos hacía un frío alucinante. En mi cuarto había quedado la estufa
prendida y se la ofrecí para calentar el suyo. “Llevátela”, le dije. “Mi cuarto y a está
caliente”. Me respondió: “Ah, pero entonces vos te vas a quedar sin estufa, ¿por qué
no te venís a dormir a mi cuarto?”. Bueno, así fue que empezó nuestro romance.
Antes de eso, él había estado persiguiéndome un montón. Me regalaba flores, me
cantaba canciones… La casa de Alsina era una casa comunitaria. Cuando estábamos
juntos, la may oría de las veces cocinaba yo porque soy vegetariana y él y a no se
dedicaba tanto a la cocina. Teníamos muchos visitantes, más todos los que vivíamos
en la casa. Yo hacía teatro, Luca era músico, Marcelo tocaba el piano, estaba Geniol.
A esa casa también venía mucha gente a ver a Luca porque a él le gustaba hablar.
Mejor dicho, le gustaba comunicar, sobre todo a los más jóvenes. Si él te veía
interesado y curioso se sentaba a hablar con vos. Tenía un gran amor por lo humano.
Eso era algo muy particular para mí porque y o venía de una cultura totalmente
diferente: colegio de monjas y dictadura militar. Entonces, encontrarme con alguien
que venía de otro mundo era como un bálsamo.
Marcelo Gasió: Luca tenía la capacidad de hablar con un linyera o con el presidente
de la Nación y ponerse al nivel de esa persona. Le daba igual y se comunicaba en los
mismos términos, sin ser soberbio ni hacerse el vivo. Se convertía en un par de la
persona con la cual estaba hablando, en un buen sentido. Era de la misma manera
arriba y abajo del escenario. Andaba con ojotas, que no estaban de moda y eran una
grasada, vivía sin plata en una pensión o en las casas de las novias. Lo tomaba
realmente como una forma de vida. Era intelectualmente honesto.
Fabián Couto: El dueño de la casa de Alsina era Marcelo, hermano menor de Estela,
que era compañera de colegio y amiga mía en el Carlos Pellegrini. Marcelo era un
dotado, nadie tocaba el piano clásico como él. Antes de mudarse a esa casa de Alsina
creo que el lugar era un taller. Supongo que las personalidades de Luca y Marcelo
debían tocarse en algún punto porque los dos eran geniales. Supongo que ambos
debían estar a un nivel de locura similar. Marcelo era gay, una loca a la que le
gustaba destacarse, y Luca era un tipo muy pero muy culto realmente. Quizás
congeniaban en eso, porque los dos tenían una formación superior.
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Rolo: Siempre lo veía con una novia distinta. No conocí a ninguna de sus chicas
personalmente, pero Luca siempre estaba con una mujer. Las necesitaba. A la vuelta
de su casa había un Banco Río, que era la sucursal de Plaza de Mayo. Ahí trabajaba
una chica que Luca se cruzó en la plaza y que cuando la vio no pudo creer lo que era.
Según él, le había “iluminado el día”. Fue a hablarle y ella le dijo: “Bueno, está bien,
no es para tanto…”. Las cosas que le habrá dicho Luca, andá a saber qué le
provocó… Le habló y le habló hasta que ella lo frenó: “Escuchame, estoy en mi hora
de almuerzo, porque trabajo en el banco, soy cajera ahí”. “Ah, ¿sí? Bueno, un día de
estos voy a sorprenderte”. La siguió un poco y se fue. Luca era vivo y cuando veía
que no le daban mucha cabida le gustaba llamar la atención. Así que un día se
apareció por el banco con un sombrero de cocinero, el delantal y un plato, porque
era la hora del almuerzo… ¡Le había hecho unas pastas! Cay ó en el banco con los
fideos, no sé si al tuco o al pesto, y pidió ver a la chica. “¿No es tu hora de almuerzo?
¿No te sorprendí?”. También le dio una margarita que había arrancado de la plaza. La
piba se murió de amor porque ni sabía quién era Luca. Con esas cosas te dabas
cuenta de que tenía una necesidad total de demostrar algo que andá a saber de dónde
lo traía…
Rodrigo Espina: Jorgelina me dijo muy claramente: “Si pensás que no existen
hombres así, bueno, sí que existen”. Ahí es donde Luca nos daba un puñetazo a todos
los demás hombres, porque al parecer era un gran amante. ¿Cómo hacía, si no, para
estar con tres novias al mismo tiempo? ¿Cómo sostenés que las tres lo supieran y se lo
banquen? Stephi dice: “Tenía un lado femenino que sabía usar…”. Era muy
romántico y hacía reír a las chicas. Es así de simple: las hacés reír y les cantás. No
hace falta más con las mujeres, ni siquiera tener plata. Es que se rían y cantarles.
Posta.
Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Cuando Luca vino por primera vez a la casa de
Alsina subió por la escalera, empezó a ver todo y dijo: “Esto lo soñé cuando estuve
en coma en Londres. Soñé esta casa, la vi. Ahora me queda ver si veo Roma”. Todos
nos quedamos mirándolo. Entonces subió corriendo hacia arriba, se paró a mirar
hacia la esquina, desde donde se veía la parte de arriba de la iglesia. “Sí, esta es la
casa donde estuve y o porque se veía Roma”.
Claudia Gernhardt: Luca también compartió otro departamento que alquilábamos
con Willy Crook en la calle Santos Dumont. Teníamos un amigo en ENTEL que nos
comunicaba gratis. Entonces llamábamos a Italia, a un número en el que un pibe te
daba recetas en italiano y el pelado nos traducía. Nos pasábamos como dos horas
hablando a ese número. Willy es mi sobrino por elección… Alquilábamos un
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departamento que era bastante grande y cuando venía Luca los dos se ponían muy
celosos. Willy le decía: “No toques a mi tía”.
Geniol: Una noche le dije: “Tengo frío, estoy temblando. Dame un trago de
ginebra”. “No, Geniol, por favor, si querés te doy dinero y te vas a comprar”. Era
loco, Luca. “No, no me hagas salir con este frío, dame un trago”. Entonces sacaba la
botella de ginebra envuelta en papel y le costaba soltarla… “¿Comiste?”. “No”.
Estaba más flaco que la mierda. “Bueno, vamos a comer unos tallarines al lado”.
Siempre pagaba él. Los Sumo nunca me tiraron un mango.
Claudia Gernhardt: Luca me llamaba todos los días a mi oficina, donde y o
trabajaba en el Topo Gigio. Yo tenía reuniones importantes y dejaba dicho que no me
molestara nadie. Luca llamaba, decía que era algo urgente y entonces me lo pasaban
igual. Estábamos reunidos, concentradísimos en el Topo Gigio, y tenía que
levantarme, pidiendo perdón, para atender el teléfono. “Hola loca, soy y o, te quería
decir que te re quiero…”. Eso pasaba todos los días. Cuando se murió, no tener más
ese llamado suyo de todos los días fue… Demasiado terrible para mí… Yo le
contestaba: “Ah, sí, gracias, igualmente…”. ¡No podía hablar ahí! Pero en realidad
tenía ganas de decirle: “Tano, yo también te recontra quiero”. Después venía a
buscarme al trabajo y si me veía mal me hacía cosquillas. Si veía que yo estaba
triste porque me enteraba que Diego estaba con otra chica, algo que era bastante
habitual, ponía una cara de monstruo que sabía hacer, me mostraba los dedos y
decía: “¡Ahora viene, ahora viene!”. Me acorralaba, me hacía cosquillas y yo
terminaba siempre riéndome.
Mirta Bogdasarián: Dejé de estar con Luca porque en mi casa la situación se había
complicado. Mi vieja era muy viva y se daba cuenta de que había algo raro. Al
principio naturalizaron la relación porque veían a Luca como un vecino del barrio.
Pero en ese momento los padres le tenían mucho miedo a la droga, no se sabía tanto
sobre eso, qué sé y o qué mambo tendría mi vieja, quizás pensaba que Luca iba a
corrompernos, tanto a mí como a mis hermanos. Era como si pensara: “No es una
buena compañía para los chicos”. Prejuicios. Al principio lo saludaban, hasta que
empezaron a darse cuenta de que y o me rajaba con él. Un día y o había dicho que
iba a la casa de una compañera de la secundaria, mi viejo llamó y y o no estaba…
Ahí se dieron cuenta y empezó a pudrirse todo. Yo estaba totalmente obstinada…
Pobres, ¿no? Debe haber sido difícil para ellos. Nos enfrentamos totalmente y y o les
gritaba: “No van a impedir que me relacione con él…”. Puede ser que y o fuera un
poco rebelde, pero tenía claro que Luca era alguien que me hacía bien… Ellos veían
un peligro donde no lo había. Después él se mudó a San Telmo y dejamos de vernos
334
tan seguido. Conmigo, Luca fue muy cuidadoso. Era amoroso, muy franelero, nos
pasábamos horas tirados en la cama de la mano, hablando boludeces, escuchando
música… Mucho tiempo después pasé por situaciones personales complejas y
pensaba: “Qué bueno sería poder hablarlo con Luca…”. Porque fuera de cualquier
situación amorosa, era alguien inteligente y sensible, que te hacía pensar y te
escuchaba. Era un buen amigo y tenía una cosa fraternal. Luca se enamoraba, pero
en un sentido platónico o único, establecía vínculos muy profundos con las mujeres
con las que se relacionaba.
Claudia Gernhardt: Una vez, en el 87, nos fuimos de viaje a Colonia. Había que
salir del país por un tema de papeles, y o tenía plata y le propuse irnos de viaje. Me
respondió: “Sí, aparte allá no me conoce nadie y puedo estar tranquilo”. A Luca le
gustaba mucho andar caminando por la calle y en Buenos Aires ya se le complicaba
un poco. Nos fuimos hasta Buquebus y sacamos unos pasajes que me salieron un
huevo… Nos dieron unas tarjetas de embarque, cada uno agarró la suya y
empezamos a llenarlas. Escribí mi apellido, que es difícil de escribir, y le dije: “Voy
al baño, esperame que y a vengo”. Cuando volví le pregunté por las tarjetas y me
respondió: “Ah, y a está.Ya las llené y las entregué”. “Pero, ¿cómo? ¿La mía también
la llenaste?”. “Sí, sí, no te hagas problema”. Me lo dijo con una cara muy seria. De
repente, por el parlante se escuchó: “Señorita Claudia Gernhardt, presentarse en
ventanilla 8”. Miré inmediatamente a Luca, que me dijo: “¿Qué?”. Seguía serio y le
dije: “Uy, capaz que pusiste mal el apellido en la parte de abajo, porque había que
repetirlo, o te olvidaste alguna letra”. Encaré para la ventanilla y había un tipo, le
mostré el documento y me dijo: “No, no, ¿podría pasar por favor?”. Me abrió la
puerta y me pidió que tomara asiento. Yo no entendía nada. El tipo me dijo: “Bueno,
acá de acuerdo a su profesión…”. Ahí lo interrumpí: “Perdón, ¿me permite ver esa
tarjeta?”. “Y no, y o quería hacerle algunas preguntas…”. “Sí, pero, ¿me permite ver
la tarjeta?”. “Bueno, sí, acá está”. En la parte de profesión, Luca me había puesto:
“Astróloga”. ¡El tipo empezó a preguntarme si podía decirle cómo eran los de
Capricornio…! Me dieron unas ganas de asesinar a Luca… Tenía una bronca…
Como Diego es de Capricornio le describí su personalidad y el tipo se quedó
fascinado. Cuando creí que eso había sido todo, el tipo me dijo: “Ajá… ¿Y en el
horóscopo chino? Su amigo me comentó que es especialista. Yo soy dragón”. “Ah,
bueno, bueno… Mire, la verdad es que estoy estudiando, el año que viene paso y le
digo…”. ¡Quería irme a la mierda! Cuando salí, Luca estaba ahí con el bolso, con
todo el mundo corriendo porque había que embarcar. Empecé a correrlo, gritándole:
“¡Te voy a matar!”. Parecíamos Tom y Jerry. Después nos abrazamos y entramos a
cagarnos de risa.
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Rolo: Un día, volviendo de trabajar, y o estaba parado en la estación Dorrego,
esperando el subte, y de pronto vi que por la escalera mecánica venía
desplomándose un tipo que se había tirado por la goma del costado. Era Luca, que
cay ó parado al lado mío. Todo el mundo lo miraba. No sabía ni mi nombre, pero me
conocía de los shows, de cuando no iba nadie a verlos. “Típicos argentinos, ¿viste?”.
“¿Qué cosa, Luca?”. “Ven algo raro y se quedan todos duritos, con miedo, ¿viste el
cagazo que se pegaron?”. “Sí, qué querés, te tiraste del revés de la escalera…”. “Sí,
pero mirá cómo quedé”. Se había clavado algo de la escalera mecánica en la pierna,
un clavo, y estaba sangrando. “Mirá lo que me costó la jodita. Igual no tengo dolor
porque tomé tanta metadona que me pasé de largo. Ahora me muerde un perro y no
me duele. El tema es que mancho todo, pero bueno, dolor físico no tengo”. Subimos
al subte, él iba para el Abasto, a la estación Carlos Gardel, y me cantó una canción
en inglés. Cuando terminó de cantar le dije: “Está buena”. “¿Sí? ¿Te gustó?”. La
situación era tremenda, con el tipo cantando y todos mirándolo. “Sí”, le respondí.
“Tocala en Sumo”. “No, estás loco, Sumo no, esta fue para vos”. Nosotros dos
estábamos sentados y se subió una señora may or. Se paró y dijo: “Mucho trajecito,
ustedes. Mucho glamour pero el asiento no se lo da nadie a la señora”. Se paró y se lo
dio él.
Silvia Ceriani: Un domingo a la tarde estábamos yendo a visitarlo a Rodrigo Espina
y Luca se tiró por la baranda de la escalera mecánica del subte. Se enganchó el
pantalón con un tornillo y se lastimó entre el glúteo y la pierna. No sé si compramos
alcohol o algo, y cuando llegamos a lo de Rodrigo le puse una curita con una gasita.
“Ahora soy más punk porque tengo el pantalón roto”, decía riéndose. Esa noche
fuimos al Parakultural y estaba con el mismo pantalón. En un momento apareció
alguien y le dijo: “¿Me firmás acá…? Y dame algo tuyo porque no me van a creer
que estuve con vos…”. Luca lo miró, se metió la mano adentro del pantalón y le
regaló la gasa.
Geniol: El dueño de la casa era el colorado y estaba enamoradísimo de él. No solo
las mujeres se volvían locos con el tano, sino que los gay s también. Además, esa
casa no tenía agua caliente y una vez tuvimos que bañarnos en el vestuario de Obras
después de tocar… Decíamos: “¡Vámonos de acá! ¡Quiero bañarme día por
medio!”. Porque solamente nos duchábamos cuando nos levantábamos una mina.
Íbamos a las casas de las minas y aprovechábamos.
Claudia Gernhardt: Una de las may ores virtudes de Luca era la puntualidad.
Respetaba muchísimo el tiempo ajeno, y si te decía “quedamos a las siete” no era ni
cinco minutos antes ni cinco después. Lo raro es que no usaba reloj pero era
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puntualísimo. Una noche, cuando yo y a vivía en Santos Dumont, actuaba The Bolshoi
en Obras. Luca iba a ir a verlos y yo más tarde tenía un cumpleaños, pero habíamos
quedado en cenar a las ocho y media de la noche en casa. Después cada uno se iba
por su lado, pero y o me quedaba tranquila porque se iba comido. Puse a hacer los
espagueti, miré la hora y vi que habían pasado 15 o 20 minutos de la hora que
habíamos pactado. Como él ya me había contagiado la puntualidad, su demora me
enojó mucho. “Los fideos van a salir horribles…”, qué sé yo… Apagué el agua y fui
a darme un baño de inmersión para calmarme, porque me había puesto muy
nerviosa. Llené la bañera, me metí y a los cinco minutos sonó el portero. Me levanté,
me puse una toalla y fui corriendo a atender: “Hola, soy Luca”. Antes podías abrir el
portero desde arriba, así que le dije: “Subí que te dejo abierto”. Dejé la puerta
entornada y me metí otra vez en la bañera porque estaba muerta de frío. Había
puesto una esencia de limón, y o qué sé, y tenía espuma hasta el cuello. Cuando subió
me dijo: “Hola, loca, ¿qué hacés?”. Yo tenía una mala onda terrible y él me dijo que
no había pasado el colectivo o algo así. “Bueno, está bien”, le respondí. “Mirá, Luca,
el agua ya hirvió, hay que hacer todo de vuelta, fijate…”. Entonces me abrió la
puerta del baño y le dije: “Me estoy bañando”. “Sí, y a sé, loca, y te noto re mala
onda”. “Bueno. Termino de bañarme y se me va a pasar. Dame cinco minutos.
Tengo frío. Cerrá la puerta”. Yo estaba tratando de cambiar el humor. “No, loca, y o
te quiero explicar, porque…”. “Después me explicás, Luca. Ahora quiero bañarme”.
De repente vi que se puso las manos en la cabeza, se sacó unos walkman que y o le
había prestado y los puso en el bidet. Después dejó el morral en el piso y le dije:
“Luca, y a voy, empezá a poner el agua… ¿Qué hacés?”. Mientras y o hablaba se
metió vestido adentro de la bañadera. El agua se puso toda negra. Entonces me
abrazó y me dijo: “Loca, y o te re quiero, no te enojes conmigo”. Salió todo
empapado, y o me quedé mirándolo y empecé a reírme: “Yo también, loco, y o te
amo, sos lo más lindo que me pasó en la vida Luca… ¡Estás todo mojado! ¿Y ahora
que vamos a hacer?”. Porque él tenía ese recital. En ese tiempo y o compraba ropa
en San Telmo y tenía unos pantalones de vestir de hombre, con unos tiradores. Hay
una foto de Luca con esos pantalones, una de las últimas que se sacó… En esa época
había mucha ropa unisex, así que tuve que prestarle esos pantalones, una camisa
blanca y los tiradores para que se fuera al recital, porque estaba todo empapado. Le
di todo y me preguntó: “¿Y los zapatos? ¿Qué hacemos?”. Yo calzo 36, 37, ¿entendés?
Le dije: “Y bueno, Willy no está, vamos a sacarle un par de zapatillas…. Tomá,
ponételas y después se las devolvés”. Cuando se enteró, a Willy no le gustó para nada
que Luca tuviera sus zapatillas.
Bobby Flores: Yo pasaba música en un boliche que estaba en el Bajo, en una terraza,
a la vuelta de Paladium. Un día vino Luca y me regaló un kilo de carne. ¡Un sábado
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a las diez y media de la noche! Me contó que había bajado del tren en Retiro, que vio
la carne y pensó: “Qué buena carne, voy a regalársela a un amigo”. Compró dos o
tres kilos en la estación porque la vio buena y me dio uno a mí. Yo la guardé, al otro
día la puse en la plancha y efectivamente estaba muy buena. A Luca le gustaba la
comida. Habíamos hecho un programa en Radio Belgrano y Luca venía a dar
recetas de cocina. Cocinaba muy bien y odiaba que acá le pusiéramos orégano a
todo. Siempre se quejaba de eso. No iba a la radio como músico sino como un tano
loco que tiraba recetas con ese acento que tenía… También tenía diferencias con las
pizzas. “La pizza de acá está buena pero no es la pizza italiana”.
Claudia Gernhardt: Diego estaba con otra chica, Luca averiguó su nombre, un día
empezó a nombrármela y y o me puse a llorar. Su intención era que yo pudiera
superar a Diego de una buena vez. Estábamos los dos solos en Santos Dumont y de
pronto entró Willy, me vio a mí llorando y a Luca sentado en su camita. Lo encaró y
le dijo: “¡¿Qué le hiciste?!”. Yo le dije: “No, nada… Ya está…”. Entonces me apoy é
en Willy en una escena muy trágica y el pelado saltó con: “Put your head on my
shoulder…”, por la canción de Paul Anka. Pasé automáticamente del llanto a la risa
total. Fue impresionante cómo me cambió el humor con un comentario. Otro día
empezó a perseguirme cantando “Hasta que choque China con África te voy a
perseguir” hasta que me alcanzó y me pegó en las rodillas con el soporte de un
colchón que teníamos con Willy. Al otro día fui al médico, que me apoy ó en la
camilla y me dijo: “Pero… ¿Tuviste algún accidente?”. Lo miré y le respondí: “¡No!
¿Por qué?”. “¿Qué tenés en las rodillas?”. Eran los moretones que me dejaba Luca de
lo fuerte que me daba… A veces también me daba con la cabeza, con la bocha. Yo
me cagaba tanto de risa que ni me daba cuenta.
Silvia Ceriani: No era de entrar y decir: “Acá llegó Luca”. Pero su presencia en sí
misma atraía a las personas. Cuando alguien respondía a esa atracción y se acercaba
a hablarle, él siempre trataba de decirte algo.
Claudia Gernhardt: Luca era el ying y el yang, era todo a la vez. Yo me quedo con
su sensibilidad, tanto en su parte femenina como en la masculina. Luca tenía todo lo
que tiene que tener un tipo.
Silvia Ceriani: Luca leía mucho, pero en la época en la que nosotros estuvimos
juntos lo que más le interesaba era resolver la situación del día a día. No tenía una
biblioteca, por ejemplo, y casi no tenía ropa, apenas tres o cuatro cosas porque había
ido dejando todo por todos lados. Le habían robado la trompeta y otras cosas, algunas
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se las había olvidado por ahí. Tenía adoración por el cómic El Víbora. Cada vez que
iba a visitar a Esther, salía con un par de revistas. Sé que en la casa de Esther tenía
mucho, también discos y otras cosas que él había dejado. Los meses que estuvimos
juntos fueron intensos por el modo de vida que llevábamos. Salíamos mucho de
noche, íbamos al Parakultural porque nos quedaba cerca. También nos quedábamos
en la casa tocando la guitarra hasta cualquier hora.
Nora Fisch: Luca tenía sus cosas complicadas, ya sea autodestructivas u hostiles al
divino botón. Me acuerdo que una vez estábamos con una amiga mía
norteamericana. Era una chica un poco esnob, bien de Nueva York, que vivía
temporariamente en la Argentina. Se la presenté a Luca porque ella era medio
groupie, le gustaban los famosos. El tema es que los ingleses son muy sensibles al
acento, hay todo un código de clases sociales dentro de la sociedad británica basado
en el modo de hablar. Como ella tenía un acento neoyorquino, Luca, percibiendo su
costado esnob, apuntó donde le podía molestar: “¿Por qué hablás con ese acento de
‘cry baby’?” le preguntó refiriéndose a un cierto tono nasal al hablar. Ella se ofendió a
muerte y se fue. Hacía esas cosas, como pequeños abusos de poder en las relaciones
interpersonales, tenía esa percepción inmediata del otro y sabía qué decir para
desestabilizarlo. Luca era bastante criticón. Señalaba errores y debilidades de gente
que conocía, era un hábito, casi como una manera de establecer complicidad con
vos, criticando a otros. No le interesaba ser amigo de ninguna de las estrellas de la
música de ese momento. A los únicos a quienes jamás lo escuché criticar fueron a
sus compañeros de Sumo; con excepción de Pettinato, a él sí lo criticaba.
Silvia Ceriani: De Luca me fascinaba la presencia que tenía, que era algo muy
particular, y su manera de ver las cosas. Era una persona sumamente amplia y
tolerante, y por otro lado era implacable en su modo de hacer. Él mismo decía:
“Cualquiera puede tocar la guitarra y tocar una canción, pero hacerlo bien es otra
cosa”. Creo que eso puede ilustrarlo más que cualquier cosa. Eso de “hacerlo bien”
era lo que lo constituía a Luca en su ser, como persona. También eso de ponerse en el
lugar del líder y decir: “Vamos para allá, yo voy para allá y voy de esta manera”.
Mirta Bogdasarián: Cuando se llevó algunas cosas a San Telmo, una vez fui con él y
me mostró el lugar. Ahí conocí a esta Silvia. Yo no tengo una estructura mística, soy
bastante escéptica, pero a veces creo que ahí pasaban cosas raras. En esa casa se
activaban unas sensibilidades. Me siento una pelotuda diciendo esto, pero me acuerdo
que cuando fui a la casa de Alsina no me gustó demasiado el lugar, como si hubiese
vibrado algo que no estaba bueno. Estaba esa Silvia y nos convidó con un té. Además
de ponerme celosa porque había aparecido una mina nueva, sentí que el espacio
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estaba bueno pero que por alguna razón ese lugar no sería bueno para Luca.
Fernando Noy: Yo y a había conocido la casa de Alsina al 400, que tenía unos cuartos
donde vivían Luca, Geniol y Sergio De Loof, que después iba a crear Bolivia a la
vuelta del Parakultural y se fue de ahí porque no se bancó la oscuridad del lugar. La
casa de Alsina era un palacete victoriano sombrío. El cuarto de Luca estaba al fondo.
El dueño del lugar era el colorado que tocaba el piano.
Silvia Ceriani: Luca estaba muy enfermo. Tenía hepatitis C. Cuando tenés eso no
podés tomar alcohol porque el hígado se te pone cada vez más duro. Él nunca dejó de
tomar. Es horrible decirlo, pero qué sé y o… Por un lado, Luca tenía todo ese deseo y
esa apuesta por la vida que lo ponía en una situación de liderazgo. Por el otro, no
hacía lo necesario para seguir estando acá porque no le interesaba. En un momento
dijo: “Bueno, no voy a tomar más, me voy a ir a vivir a Córdoba, me voy a dedicar
a otra cosa porque la fuckin’ música me tiene harto…”. Por eso a veces adoptaba esa
actitud con la prensa o con alguien que se ponía en ese campo tan equívoco que es el
de las estrellas de rock. Decía: “Si todos quieren ser estrellas, entonces yo quiero ser
el agujero negro”. Lo importante del rock’n’roll era eso que quería decir, lo que
despertaba en la cabeza de las personas. No necesitaba de alguien que se pusiera
servil con el sistema y se llenara de plata gracias al rock. Hablábamos mucho de eso
porque no queríamos ser víctimas de esa maquinaria. Él no quería sentirse
manipulado sino que quería ocupar el lugar que había elegido. Eligió ese punto para
comunicarse y quería explotarlo al máximo. No sé si todos en el grupo pensaban lo
mismo, pero Luca tenía muy claro qué quería hacer.
Mirta Bogdasarián: Fui un par de veces a verlo a San Telmo. Faltaba a la escuela,
me cambiaba en el baño de la estación Palermo y después volvía a ponerme el
uniforme para volver a mi casa. Me rateaba de la escuela para ir a su casa… Lo
habré hecho dos o tres veces. Después realmente se complicó seguir viéndolo, y él
y a no podía ir a la disquería porque tenía la guerra declarada. Mi viejo había dicho:
“Voy a romperle la cabeza de un botellazo”. Ya estaba todo mal.
Eliana Braier: Tanto Ruth Jalif como y o estábamos haciendo el taller de periodismo
de quinto año del colegio. Era opcional y lo daban Débora Pérez Volpin, Guillermo
Mastrini y Sergio Dukowski. Queríamos hacer una entrevista para que la revista se
vendiera y se nos ocurrió hacer una encuesta entre los chicos. Salió primero Charly,
segundo Soda y tercero Sumo. Charly no sé en qué estaba, Soda había salido de gira,
y entonces intenté gestionar una entrevista con Luca a través de la empresa de
340
Grinbank. Nunca me respondieron, llamaba por teléfono y ni bola. Por esas cosas de
la vida, un sábado a la mañana estaba y endo al taller y me lo crucé a Luca en la
esquina de Bolívar y Diagonal. Le dije: “Eh, Luca, te ando buscando porque
queremos hacerte una entrevista. Yo voy al colegio, es para el taller de periodismo”.
Me respondió: “Bueno, dale, vení”. Me hizo entrar al barcito que está en la esquina,
se pidió una ginebra y arreglamos que en la semana, después del colegio, iríamos a
la casa. Fuimos el día que nos citó, creo que además de Ruth y y o vinieron dos chicos
más que eran fanáticos de Sumo. Yo no lo era para nada, de hecho tuve que estudiar
para entrevistarlo. En la casa de Luca había un colchón tirado en el piso y pilas de
revistas. Con Ruth nos sentamos en el colchón. Su cuartito era chico y tenía una
escalerita que iba para arriba, pero dentro del mismo cuarto. Un lugar muy humilde.
Silvia Ceriani: No era para nada antipático porque lo que más le gustaba era ese
poder que tenía para comunicar. Mi sensación es que él tenía una misión en la vida y
que eso lo volvía más abierto, lo sostenía y le hacía valorar más a la persona que
tenía enfrente. No tenía una actitud egoísta. No se creía más que nadie. Pero el hecho
de sentir que tenía algo valioso para mostrarle al otro lo hacía brindarse de esa
manera.
Eliana Braier: Estuvimos charlando, él fue muy amable, se lo veía cómodo. En un
momento sacó una revista de esa pila que tenía, tapó la parte de abajo y me mostró a
una chica muy hermosa. Después levantó la mano y vi que la chica tenía pito. Yo no
lo podía creer, más pura y casta no podía ser. Eso me impactó y él se mató de risa
con esa carcajada tan típica que tenía. Durante la entrevista me dijo que podía ser mi
papá, porque y o tenía 17 años, y me contó que había debutado a los 12. La entrevista
en sí fue bárbara. Después, como y o no sabía escribir a máquina, mi papá se ocupó
de trascribir esas dos horas de entrevista. Era médico, había escrito libros, y después
de tipearla le tomó cariño a Luca. Decía que daba la imagen de tipo necesitado de
afecto. Cuando salió la revista, volví a cruzármelo por la calle y le dije: “¡Hey, salió
la entrevista!”. “Sí, me la acercaron, me gustó”. La entrevista salió publicada con
todas las palabrotas que dijo, porque Luca insultaba bastante. Las dejamos porque
eran parte de su discurso. Entonces nos llamaron de rectoría, un lugar que no había
pisado en el transcurso de mis cinco años en el colegio. Ruth hacía natación, la
sacaron de la pileta y fue chorreando, con la gorra de baño puesta, pobrecita.
Entramos con Débora, que nos daba el curso. Al primero que vi fue al vicerrector,
que usaba un moñito en el cuello. Me dijo: “¿Usted es uno de los mamarrachos que
escribió esto?”. “Sí”. Nos hizo pasar para ver al rector, que era el Chancho
Sanguinetti, que nos entró a decir que cómo podía ser que en un taller de ese colegio
se usara ese lenguaje. Con Débora le dijimos que reproducir su manera de hablar
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era parte de la imagen del personaje, que no podía distorsionarse… Ahí el tipo me
dijo la frase: “¿Usted cree que va a pasar a la historia de la literatura con esto?”. Le
respondí: “No sé, pero tengo que respetar la personalidad del entrevistado”. Más
adelante hice la carrera de Comunicación y mi tutor de tesis fue Carlos Polimeni.
Cuando supo de esta entrevista la usó, la publicó en un libro y también la usó para
hacer una obra de teatro. También se utilizó un fragmento para la película Luca vive,
en una parte en la que hay dos adolescentes entrevistándolo. Yo pensaba:
“Evidentemente, y a es parte de la literatura”. Hace un par de años tuve que llamarlo
a Sanguinetti para sacarlo por teléfono en el noticiero donde trabajo y aproveché
para sacarme la espina: “Antes que nada, quiero decirle que usted me dijo esto y me
parece que se equivocó…”. Me saqué las ganas… Esa entrevista también la pasó
Jorge Lanata en su programa Hora 25 en la Rock & Pop. Le llevé los casetes,
levantamos mi voz, Lanata ponía la suy a y Luca le contestaba.
Néstor Nardella: Yo tenía 16 años y trabajaba para una radio en Mendoza. El
manager de Sumo era Jorge Crespo, la secretaria de Grinbank en DG Producciones
me dio su teléfono, lo llamé y le pedí una entrevista con Luca. Llegué a Buenos Aires
con mi mochilita… Cuando Luca se enteró que y o venía de viajar 22 horas en
colectivo, accedió enseguida. Le dijo a Crespo: “Mandalo a mi casa”. Fui y me abrió
él. La casa era como una pensión y Luca vivía con otra gente. También había dos
chicas italianas, que eran artesanas. Después me enteré que el pelirrojo, el pianista
medio loco, se ponía muy celoso cuando Luca daba notas a los periodistas o llevaba
minitas a la casa. Entonces, cuando se sentía así se ponía a tocar el piano, que es lo
que hizo ese día… Cuando llegué, Luca me comentó que estaba terminando de
comer, me pidió que esperara un cachito y, como había mucho ruido y mucha gente,
fuimos a un altillo, donde tenía el colchón tirado en el piso y la botella de ginebra
Bols. Fumaba cigarrillos Chesterfield largos, pero antes de fumarlos los partía a la
mitad y tiraba una parte. Fue muy especial.
Silvia Ceriani: Luca fumaba tabaco y decía: “No sé por qué fumo si nunca antes
fumé, pero bueno… Ahora fumo”. Le gustaban los Marlboro. Yo también fumaba un
montón. No teníamos una vida saludable, esa es la verdad. La época no ay udó,
porque en ese momento todo era: “Me hace mal, dame dos”.
Néstor Nardella: Luca era cero estrella. Me vio blandito y tuvo muy buena
predisposición, desde el hecho de recibirme hasta preocuparse porque el pelirrojo
estaba tocando el piano sin parar y tenía miedo de que yo no pudiera grabar la
entrevista. Esa nota habrá durado una hora y cuarto. En un momento, me preguntó si
alguna vez había visto a Sumo. Le respondí que no y me comentó: “Esta noche
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tocamos en Cemento, mendocino, ¿querés venir?”. “Bueno, me encantaría, Lucas, un
placer…”. En aquella época muchos se confundían a Luca con “Lucas”, los mismos
periodistas escribían “Lucas Prodan”. Cuando le dije así no le gustó, pero igual sonrió
y me dijo: “Vení esta noche, yo te invito y te hago entrar”. Llegué a Cemento muy
temprano y tuve que hacer tiempo en un cafecito que había en la esquina. En un
momento vi un alboroto y me imaginé que había llegado. Me acerqué corriendo,
Luca estaba entrando y ahí le grité. Se dio vuelta, se empinó un poquito con los pies y
me encontró: “¡Eh! ¡Mendocino, vení!”. Le dijo al de Seguridad: “Es invitado mío”.
Me empujó cariñosamente para adentro: “Pasá. Gracias por venir. Vas a ver lo que
es Sumo”. Y se fue al camarín… Yo me sentía Dios. Veía a los pibes haciendo
tumulto en la entrada de Cemento y y o había entrado con Luca… El problema era
que no tenía un mango, lo último que había comido había sido un pancho al mediodía,
y vi que en la barra había un tarro de esos de aceituna, donde ponían algo que
llamaban “la sobrita”. Eran todos los culitos de los vasos, el sobrante de los tragos.
Ahí tiraban lo que quedaba de una Coca Cola, un vodka, un destornillador, lo que
fuera… Si vos no tenías plata para tomarte un trago en la barra, te daban un vaso de
esa sobrita, que parecía una sopa, por 25 centavos. Había que ser muy macho para
tomar eso… Quiero decir que en esos tragos había de todo, desde alcohol hasta baba
de todo el mundo… El lugar estaba llenísimo esa noche y la gente deliraba con Luca.
Volví a verlo unos meses después, en diciembre del 87.
Axel Krygier: Yo había hecho un viaje y venía de comprarme una portaestudio, en
la que empecé a grabar algunos temas que me gustaban. En Radio Muncipal había un
programa de Tom Lupo; los grupos podían llevarle los demos y él los pasaba. Le
llevé mis temas a Tom y él estuvo genial, los pasó al aire porque le gustaron mucho y
me pidió que le dejara el casete para volver a ponerlos. Por alguna razón, ese casete
se perdió, me encontré con Lupo en un show de Clap y él me pidió que le llevara otra
copia. Al día siguiente, a eso de las 11 de la noche estaba y endo para la radio en el
colectivo, me puse el walkman y en el programa estaba Luca, que había caído de
sorpresa. Pensé: “Uy, está Luca, está Luca…”. Cuando llegué a la radio, abrí la
puerta y Luca estaba y éndose. Saludó y salió. Mientras tanto, y o esperaba el turno
para mis temas y se hizo cada vez más tarde. Justo cuando estaban por pasarlos
volvió a entrar Luca para incorporarse a la sesión. Yo ya estaba esperando dentro del
estudio. Tom empezó a hacerle una entrevista a Luca y me dijo: “Vos querías
conocerlo, vení”. Entonces Luca me hizo una entrevista pero no pude decir una
palabra. Me agarró mucha timidez. Pasaron el primero de mis temas, Luca se
entusiasmó y dijo: “Tom, preguntame qué me pareció”. Tom le siguió el juego,
cargándolo un poco: “Luca, ¿qué te pareció lo que escuchamos recién?”. “¡Me
pareció buenísimo!”. Pasaron el segundo tema y Luca seguía copado. Ahí me dijo:
343
“¿Por qué no te venís a casa con la portaestudio y hacemos algo?”. Yo tenía 18 años,
no me consideraba verdaderamente muy capaz. Hasta ese momento había tocado el
saxo en grupos y hacía mis temas en casa, grabando una cosa sobre otra pero sin
gran erudición. Simplemente eran mi fantasía de lo que debía ser la música y no lo
consideraba algo muy real. Cuando Luca me dijo eso mi reacción fue: “¡Ja, ja! Sí,
seguro…”.
Daniel Melero: Tom Lupo fue muy importante. Un tipo fundamental para todos
nosotros y toda esa camada de gente. En su programa de radio, Submarino amarillo,
nos dio el espacio que creo que merecíamos. Fue el único que se daba cuenta qué
pasaba y lo hizo por nada, sin pedir nada a cambio, por el placer de hacerlo.
Tom Lupo: Muchas veces vino Luca al programa y nunca quiso hablar; se tiraba en
un rincón, se quedaba como uno más. Le gustaba estar, se sentía como protegido.
Cuando la producción sabía que estaba mezclado entre la gente lo invitaba a salir al
aire y mandaba en el medio del reportaje frases que teníamos grabadas de una
emisión en vivo que habíamos hecho en Caras más Caras y a Luca le divertía mucho
escuchar eso. De pronto, definiciones como: “Sumo es lo que piensa tu abuela
cuando no tiene nada que hacer”, o “los periodistas de rock y los músicos se chupan
las medias entre sí”. La cara de Luca era de felicidad, de escuchar eso que y a estaba
olvidado digamos.
Damián Damore:La Rock & Pop era el emblema de la difusión y hacía promos con
las canciones del rock argentino. Lupo, por su parte, fue un personaje fundamental de
todo aquello y un difusor especial de Sumo y de Luca. Su “Hola, amiguitos” lo
convertía en el guarda de un tren fantasma del rock. Mis noches más encantadoras
eran escuchando Radio del Plata cerca de la medianoche, porque en algún momento
aparecía el “tres x uno”, la sección de canciones en vivo del Submarino amarillo.
Sumo era habitué de la sección. Los recitales replicaban el impacto, es cierto, pero
insisto en diferenciar a Sumo porque en general, las bandas tocaban y copiaban el
disco.
Axel Krygier: La verdad es que no me animaba a juntarme con Luca, ni siquiera
sabía dónde tenía que ir y eso quedó en la nada. Un tiempo después, un amigo, el
artista plástico Diego Chemes, quería promocionar un show que hacía en Cemento.
Le propuse llevarlo al programa de Tom. Caímos a la radio sin decir nada y justo
estaba Luca con Marcelo Arbiser, que era el dueño de la casa donde vivía. Estaban
ahí delirando, nos incorporamos al programa y terminamos todos gritando,
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cagándonos de risa. Cuando terminó el programa, Luca nos invitó a seguirla en su
casa: “¿Por qué no se vienen?”. Fuimos caminando hasta Alsina y Balcarce, en el
camino nos encontramos con Alejandro Awada y se prendió. Siempre que nos
vemos nos decimos: “Te acordás de aquella noche, ¿no?”. Luca nos invitó a su cuarto,
subimos por la escalerita y nos mostró un diente de Geniol: “Es un diente postizo de
Geniol, lo tengo acá”, nos dijo riéndose. Había un póster de Sex Pistols, creo. Lo miró
y me dijo: “La gente cree que a mí me gusta solamente esta mierda”. A partir de ese
momento empecé a conocerlo un poquito y se me abrió la visión de esa persona tan
intensa. Me di cuenta de que Luca era mucho más cercano de lo que y o creía. En
esa época y o y a consumía mucha música y la consideraba como algo artístico,
entendía que no era puro rock’n’roll, y comprendí que su concepto era el mismo.
Luca era un tipo muy culto. En un momento me confesó: “Tu música me hace
acordar a lo que hace mi hermano, Andrea”. Ahora soy amigo de Andrea y lo
quiero muchísimo. Así que ese momento pasó a tener un significado mucho más
íntimo, menos legendario, y que cuadra más en una cosa de familia, de hermanos.
Andrea es una persona espectacular. Trabajamos juntos en una película, nos
conocimos cuando hicimos un tema juntos. Esa noche, Luca nos puso un casete con
un par de temas de Andrea, se quejó de algunas cosas que estaban pasando con el
grupo, despotricó un poco, fumamos un porro y se quedó dormido.
Fernando García: El Tom Lupo Show era genial porque vos te mandabas y programa
por medio estaba Luca. Lo hacía en Radio Municipal los domingos a la tarde. Fui
muchas veces porque y o tenía una banda, le llevaba demos y Tom Lupo pasaba todo.
Muchas veces Luca estaba ahí.
Bobby Flores: Hubo un programa en el que Tom no estuvo y con Luca nos
quedamos solos. Me acuerdo que no había ido ni el operador. Ese día aparecí con él
porque creo que me lo encontré en el camino. Debe haber sido algo así como: “¿A
dónde vas?” . “Voy a la radio”, “¿Qué vas a hacer?”. “Voy a poner música”. “Bueno,
vamos a poner música”. Puse unos discos, fuimos al micrófono y terminamos
hablando de comida, con Luca dando recetas de cocina. Luca eligió algo de música
para pasar entre los discos que había en la radio. Había una versión del Álbum Blanco
de Los Beatles a la que le faltaba “Helter Skelter” y alguna más. La habían
censurado los milicos y discutimos sobre eso. Luca me decía: “No, seguro que se
olvidaron de ponerlas”. Yo le respondía: “No, boludo, las sacaron a propósito”. Él:
“No, y o creo que se olvidaron, eran temas malísimos que no le interesaban a
nadie…”.
345
Capítulo 17
El largo adiós
“Yo dentro de poco me voy a morir”.
La confesión de Luca Prodan dejó muda a Nora Fisch. El silencio de la joven
periodista solo acrecentó la necesidad del músico por contar un largo idilio con la
muerte. “Yo tomé siete ácidos, una vez, cuando tenía 19 años… Los tomé por razones
que son más complicadas, no es que tomé siete ácidos como un boludo. Comí un papel
donde se habían mojado unos ácidos. Todo el ácido de esos siete ácidos se había ido en
el papel. Entonces yo me fui, también. Hice una serie de cosas que es demasiado largo
de contar, y terminé en el sofá de la casa de mi hermana. Y ahí llegué a ver la luz
blanca… Mucha gente nunca vuelve… Yo era un pibe de 19 años… Ahí entendés todo.
Todo lo que es la vida, por qué estamos acá, qué es el universo, quién lo hizo, cómo se
hizo… Y estar por ese instante… Con todo… O sea, vos sos una parte de todo, están
todos felices… Yo lo sentí, eso. Y después se me quebró algo en la cabeza… Porque no
podés verlo a los 19 años, ¿entendés? Eso me cambió la vida totalmente”. El atracón
lisérgico modificó para siempre la percepción que tenía del mundo. “Ver la luz
blanca a esa edad, te rompe el cerebro, te rompe el sistema nervioso. Te rompe todo. Y
yo puedo pensar, más o menos funcionar. Pero necesito siempre algo. Ahora es la
ginebra. Y me está haciendo mierda la ginebra… La gente que me rodea no sabe bien
eso, no entiende qué pasa. Además, ¡contáselo! Ahora estamos en un momento
especial, vos lo estás captando… Es así… Y yo sé que tengo mucha influencia sobre la
gente. Y no la uso, no quiero, no me importa”. Sentados en el piso de un coqueto y
diminuto monoambiente de Recoleta, Luca habló mucho más de lo que pedía la
entrevista. Fue un desahogo por explicar las razones de tantas elecciones
equivocadas, eso que sus amigos no aceptaban pero que convivía como un estigma
que se dirigía de manera inexorable hacia un desenlace anunciado. Nora acusó
recibo y se planteó la idea de escribir un libro sobre Luca. Los encuentros se
repitieron y por unos meses el cantante de Sumo tuvo un nuevo refugio, muy alejado
de las privaciones de la casona de la calle Alsina. “Yo sé que de alguna manera, con
el alcohol me estoy matando… Pero hay veces que de noche me despierto, voy al
baño y cuando vuelvo a la cama, escucho voces. Es como una impresión de que me
llaman. Algo que no es malo…Me volvió a pasar, pero después sentí que me ataban de
un brazo y una pierna y me estaban tirando a un lugar… que era bueno el lugar, pero
yo no quería ir. Yo luché y volví”.
En pleno corazón de Montserrat, Luca era el rey del barrio, un artista reconocido
que ante la sorpresa de sus vecinos había elegido vivir en los términos de una pobreza
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franciscana. Recorría los bares del lugar y pasaba horas en charlas casuales en una
agencia de lotería o mirando cómo jugaban al fútbol los pibes del barrio en un
estacionamiento de la calle Bolívar. Hubo noches en las que volvía muy borracho al
conventillo, precedido por botellas lanzadas al aire contra algún enemigo invisible:
“Déjenme en paz”, gritaba, según recordaba “El Suizo”. En ese momento, nadie
entendía qué le pasaba. Muchos años después, producto del derrumbe del piso en el
barcito que alquilaba “El Suizo” debajo de la antigua casona colonial, aquellos que no
comprendieron esos arranques de furia empezaron a relacionar el fortuito
descubrimiento arqueológico de pequeños calabazos, restos humanos y hasta
instrumentos de tortura con aquellos fantasmas que perseguían al italiano. Puertas
adentro y escaleras arriba, el trajín de Luca en la casa era muy distinto: artistas y
lúmpenes del más variado calibre desafiaban la hostilidad del lugar con encuentros
en el patio, guitarreadas espontáneas o el deleite de probar alguno de los pianos que
descansaban en la sala principal. En una noche de frío impiadoso, Luca se quedó a
dormir en la habitación de Silvia Ceriani; eran amigos desde la época del bar
Einstein. Silvia lo conoció gracias a Esther, la novia de Luca que vivía en el Abasto, y
ambos coincidieron cinco años después en ese conventillo desvencijado que a veces
se parecía a una guarida para desertores en fuga.
“Esta noche el show es un show al revés. A mí se me dio vuelta la vida… También
es un show dedicado al amor y a que la gente se respete el uno al otro. Y entonces por
esa gran razón que es un show al revés, el primer tema es lo que le dijo Borges al punk
en el tren, en Londres: Fuck you”. Sumo arrancó el show en Obras Sanitarias con los
bises (“Fuck You” y “Noche de paz”). Luca amagó una explicación con frases
inconexas que meses más tarde cobrarían sentido. Lo que siguió fue un set list patas
para arriba y la excusa de presentar las canciones de After Chabón. “Lo que pasa que
a veces me olvido las letras”, se sinceró el cantante a pesar de tener unas hojas al pie
del micrófono para ayudarlo a recordar. Eran detalles indisimulables y nadie podía
sospechar que ese sería el último show en el estadio de avenida Libertador. “Pocas
veces el público en un show puede sentirse tan parte de este como con Sumo. No
podría definir el punto exacto, pero Luca Prodan, en su media lengua castellana, en
sus eternos boludeos y acotaciones en joda, hace que cinco mil tipos convivan junto a
él, como en una reunión de amigos, todos medio borrachos y dispuestos a pasarla
bien”, describía Eduardo de la Puente desde las páginas de Rock & Pop. Andrés
Calamaro participó en una especie de pase de comedia tirolés para la recreación de
un tema de la La novicia rebelde. “No chiflen, Calamaro mata”, defendió Luca al
invitado y los silbidos se transformaron en aplausos. También participaron Tito Fargo
y El Piojo Ábalos, de Los Redonditos de Ricota, en un show bastante austero en lo
escénico. Solo contó con las luces de Daniel Siman y sus juegos de contrastes tenues
recordaban a los viejos tiempos performáticos de Sumo.
“Este disco constituía una prueba riesgosa y significativa para los integrantes de
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Sumo, banda que echó las raíces en aquel underground restringido del Café Einstein y
a la cual el destino le tenía preparado el dulce sabor del éxito masivo. ¿Cómo saltar
esa valla, cargada con el peso extra de los temas hits que supieron conseguir? ¿Cómo
mantener ágil ese espíritu rebelde auténtico, transgresor que los recortó contra el
panorama tantas veces grisáceo de la música nacional? Bueno, felicitaciones. La
prueba ha sido pasada con éxito. ¿La clave? Hacer los que les dio la gana. Y de esa
manera confirmar nuevamente las características esenciales de Sumo: corazón, garra,
verdad”, se preguntaba y respondía la reseña —sin firma— dedicada a After Chabón
en la edición 300 de la revista Pelo. El cronista oculto tenía razón. El disco menos
elaborado y casi compuesto en el estudio, reforzaba la idea de frescura y
originalidad que tanto seducía a Luca. La fragilidad física de su cantante, el grado de
improvisación que dominó buena parte del registro y un organizado caos para
completar la grabación provocaron la mejor síntesis que Sumo podía ofrecer. La
misma lógica se repetirá en los shows y en el devenir cotidiano de Luca. Lucidez y
desvarío serán los extremos frecuentes que visitará seguido, según el horario y el
nivel de alcohol en sangre. Durante un show compartido, en diciembre de 1987, en el
marco de La Feria de la Naciones en el predio de la Sociedad Rural, Luca intentó
acoplarse al show de Los Fabulosos Cadillacs y no fue bien recibido. Primero lo
sacaron a empujones y luego, en bambalinas, recibió un golpe de Naco Goldfinger,
saxofonista de la banda. Unos meses antes, el cariño y respeto de Los Redondos
permitió que Luca asaltara el escenario de Cemento justo cuando sonaba una versión
bastante densa de “Criminal mambo”.
Había que actuar rápido. Luca se moría y esa sensación se volvía certeza entre
sus amigos más antiguos. Estaba muy delgado, comía poco y sufría depresiones que
por lo general terminaban en ataques de llanto. Claudia Gernhardt, con la anuencia
de Mónica Stromp, que seguía atenta a Luca aunque estuviesen distanciados, pensó
en un tratamiento drástico de desintoxicación. El mejor lugar era el Centro
Adventista de Vida Sana en Entre Ríos. Allí funcionaba la clínica conocida como
Puiggari, en la localidad de Libertador San Martín. El valor, que incluía una estadía
de varios meses, era muy costoso. Luca estaba de acuerdo a medias, pero su postura
irreductible de antaño parecía ceder ante la preocupación de su amiga. En
diciembre, firmaría un nuevo contrato con CBS y cobraría en SADAIC un monto
considerable producto de regalías, parte de ese dinero sería destinado al tratamiento.
En otro gesto de clarividencia y desesperación, Luca organizó una fiesta de
despedida en la casa de Alsina. Como en un happening de entrecasa, el anfitrión
anticipaba la partida junto a sus amigos. Aunque no lo había anunciado de manera
explícita, los más íntimos sabían cuál era la razón del festejo. Invitó a una banda de
Dixieland y Luca cantó, acompañado de Marcelo Arbiser al piano, una versión de
“Alabama Song”, de Kurt Weill. Ninguno de sus camaradas de Sumo se hizo
presente. Entre los músicos se encontraban Axel Kry gier, a quien Luca había
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conocido en aquel programa de radio de Tom Lupo y Miguel Abuelo, que llegó como
acompañante de Claudia. El encuentro con el líder de Los Abuelos de la Nada
terminó en un abrazo luego de años de hostilidades a distancia.
Andrea recibió un llamado de su hermano, un pedido de auxilio: “Estoy mal”.
Luca habló de un hastío general y de sus problemas de salud, y también le dijo que
quería verlo. Del otro lado, en Italia, el hermano menor percibió un estado de
vulnerabilidad que desconocía en Luca. Le prometió que viajaría a Buenos Aires
antes de fin de año: no podía abandonar la filmación de I Ragazzi di Via Panisperna,
su primer rol protagónico, y la oportunidad de trabajar a las órdenes de uno de los
mejores directores italianos del momento, Gianni Amelio. Además compartía cartel
con Virna Lisi, a la que y a le había hecho escuchar el tema que compuso Luca en su
honor. Ella respondió con una foto autografiada en donde le decía que agradecía su
amor. Sin conocerlo, le mandaba un abrazo “dolce” para “Mio caro Luca”.
Las rondas nocturnas de Luca tenían a Plaza de May o como uno de los mejores
lugares para contemplar el movimiento de la gente y perderse en ese tránsito
anónimo. La madrugada del jueves 10 de diciembre lo encontró en medio de la
Séptima Marcha de la Resistencia, organizada por Madres de Plaza de May o. Se
acercó a la redacción abierta del periódico de la Madres y charló con los
organizadores del encuentro convocado “contra el autoritarismo cívico-militar”.
“‘Vivo cerca’, señaló, ‘por eso estoy aquí. Tal vez si viviera en Hurlingham no hubiera
venido’, dijo, franco. ‘Hay una mezcla acá, en esta marcha. Veo por un lado la
solemnidad, el dolor, las madres tristes. Y por otro, gente que parece estar de fiesta’,
aclaró. ‘Soy un loco, o los demás me ven como loco, pero hoy vine aquí porque estoy
por la vida’. Siguió hablando un largo rato, como si tuviera ganas de decir cosas desde
hace mucho tiempo, como si hubiera encontrado por fin a quién decírselas. ‘Porque
los rockeros’, dijo, ‘son egoístas, individualistas, solo quieren lucirse, y de los
derechos humanos no les importa nada. Yo no soy un rockero loco que está en la
droga’, dijo. ‘La lucha de las Madres me parece justa, pero en la sociedad argentina
hay un sentimiento de indiferencia que me espanta’. Fue lo último que dijo. Después,
se perdió en la marcha, entre cantos y bombos, con sus asombros y sus franquezas”.
Así rezaba la pequeña crónica publicada en la edición número 38 el periódico de
Madres de Plaza de May o de enero de 1988.
Al otro día, el viernes 11 de diciembre, Sting tocó en el estadio de River Plate
frente a 70 mil personas. Antes del show visitó a las Madres y las invitó a participar
del concierto durante la interpretación de “They Dance Alone”, el tema inspirado en
el reclamo de las madres de desaparecidos chilenos durante la dictadura de Pinochet.
La imagen de Sting y las Madres recorrió el mundo. Luca lo vio por televisión,
conocía personalmente al ex The Police desde 1977, cuando Sting, Stewart Copeland
y Andy Summers solían parar en la casa de Thames Road en Londres. Días previos
al show de Sting en Buenos Aires, allegados a la producción intentaron ubicar a Luca
349
porque sabían que aquel loco que en los años 70 trabajaba en la disquería de Virgin
vivía en Buenos Aires. Luca, sin embargo, no estaba de buen ánimo y quedó bastante
decepcionado con la performance del astro inglés. “Mirá, parece un profesor de
gimnasia”, le dijo a su amigo Rodrigo Espina mientras miraban el show que la
televisión trasmitió en directo.
Nora Fisch: La segunda entrevista que le hice a Luca fue en el 87, para la Pelo. Esa
vez me pidieron que fuera una nota mucho más en profundidad, más larga que la
primera que le había hecho. Para Expreso te pedían artículos más sustanciales.
Coordinaron la nota directamente desde la editorial y quedaron en que Luca vendría
a mi casa para la entrevista. Yo había egresado de Bellas Artes y vivía en un
departamento casi sin muebles, tenía algunas sillas de los años 50 retapizadas color
peltre metalizado y una enorme alfombra gris, todo prestado o comprado de segunda
mano por poca plata… El departamento era medio estilo Supersónicos, que en los 80
era todavía inusual; la revalorización del diseño modernista “escandinavo” no estaba
de moda como ahora. Había pintado una pared con marcas de pintura plateada
hechas con rodillo. Luca entró, se sentó en la alfombra gris y yo me senté al lado de
él. Serían las dos o tres de la tarde, y lo primero que me dijo apenas prendí el
grabador fue: “Dentro de poco me voy a morir”. Así empezó. Yo lo escuché, con
sorpresa pero también con aceptación, casi de inmediato le creí. Ese día, Luca me
habló de haber visto “la luz blanca”, algo que para él era un tema tremendamente
importante y estaba signando ese momento de su vida. Es decir había tenido lo que se
llama “Near Death Experience”, que se traduce como “experiencia cercana a la
muerte”. Me lo describió como una sensación de mucha paz, de gran tranquilidad y
felicidad. Sentía una añoranza por esa luz blanca, como si quisiera volver, creo que
incluso usó la palabra “home” como referencia, como “volver a casa”. Con Luca
hablábamos bastante en inglés, creo que eso nos acercó, nos comunicábamos
pasando de uno a otro idioma. Ese día nos quedamos horas y horas sentados en el
piso conversando, cuando se fue ya se había hecho de noche. Estaba enganchadísimo
contándome cosas.
Mirta Bogdasarián: Luca me leyó una carta que le mandó Andrea, donde decía que
iba a venir a la Argentina. Me dijo: “No voy a presentarte a mi hermano porque vas
a enamorarte de él. Es como y o pero más joven y más sano…”.
Enrique Symns: Luca era un tipo primitivo y al mismo tiempo muy psicópata. Los
psicópatas, como dice el Indio Solari en una entrevista que le hice, no son los
asesinos. Son como los Manos de la historieta El Eternauta, manipuladores que
manejan las situaciones. Luca era un psicópata bruto e ingenuo, pero tenía mucha
350
magia. Siempre dije que cuando Luca caminaba por la calle Corrientes la calle se
movía. Éramos muy noctámbulos en esa época.
Nora Fisch: Cuando Luca se fue de mi casa el día de la entrevista para el Expreso,
no me cabía la menor duda de que se iba a morir pronto. Entonces a los pocos días
fui a verlo a Daniel Ripoll, que era el dueño de la editorial. Me acuerdo que entré a su
despacho y le dije que había que hacer un libro biográfico sobre Luca. Estaba
sentado detrás de su escritorio, me senté frente a él y le dije: “Mirá, me parece que
es muy buena idea que hagamos un libro de entrevistas contando su vida, una
biografía, porque Luca se va a morir pronto”. Ripoll se quedó en silencio. Era un tipo
muy inteligente, canchero, un poco irónico. Primero me hizo algunas preguntas.
“¿Por qué pensás que se va a morir?”. Le respondí: “Porque vio la luz blanca…”.
“Pero… ¿Está enfermo de algo?”. “Eso no lo sé, pero la vio y se muere”. Ripoll era
un hombre de negocios, no tenía un pelo de tonto. Se quedó un minuto largo en
silencio y me contestó: “Hacelo, dale”. Creo que él también le crey ó a Luca, a
través mío. No me acuerdo cómo hice, pero logré comunicarme con Luca, le conté
mi idea y le encantó. Quedamos en empezar a encontrarnos regularmente para
grabar conversaciones. Hablábamos mucho, me contó un millón de anécdotas, de su
niñez, de su hermano Andrea, del colegio en Escocia, acerca de los inicios de Sumo,
acerca de sus novias… Comenzó a venir a mi casa con mucha frecuencia y a
quedarse ratos larguísimos. La pasábamos muy bien. Todo sucedió muy
rápidamente, en poco tiempo Luca empezó a copar mi vida. Había momentos en los
que y o tenía que irme y él me decía: “Bueno, voy con vos”. Si iba al almacén, Luca
venía conmigo. Si tenía que hacer un trámite, entonces me acompañaba. Tocaba el
timbre en cualquier momento, aparecía de día, de noche, si y o estaba con gente no
se quedaba. A veces venía y y o no estaba, entonces le di las llaves. Empezó a traer
sus cosas esenciales: ropa, los casetes con las grabaciones de su hermano... De
pronto, se había instalado en mi vida.
Mirta Bogdasarián: Una vez quise llamarlo para su cumpleaños pero no sabía dónde
estaba. En esa época eran difíciles las comunicaciones. Pensé: ¿Le mando un
telegrama…?”. Al final me llamó él… Le dije: “¡Feliz cumpleaños!”. “Bueno,
gracias…”. Estaba solo. Era su cumpleaños y me llamó él a mí.
Nora Fisch: El libro que estábamos haciendo con Luca nunca salió porque nuestra
relación se fue para otro lado. No pude seguir siendo testigo de este proceso de
muerte de Luca con un propósito profesional o marketinero. Era un libro que a la
editorial iba a darle dinero y que a mí me daría cierto prestigio, pero no pude seguir
haciéndolo. Porque en un momento Luca empezó a importarme tremendamente y lo
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que y o quería era que él no se muriera, no tener ningún motivo para apurarme a
escribir su biografía. Luca entró en mi vida como una tromba, empujó todo lo demás
para un costado. Ese lugar se lo di y o porque estaba fascinada con él, era muy
inteligente, tenía un gran sentido del humor, veía el mundo desde su perspectiva de
varias culturas superpuestas, una perspectiva global que no mucha gente tenía en la
Argentina en 1987. Y estaba parado en un lugar de la vida muy raro, desde donde los
vaivenes de lo cotidiano no le importaban en absoluto. Había en él algo muy
desapegado y muy real al mismo tiempo, algo diferente y muy humano. Entonces el
proy ecto del libro naufragó y empecé a pensar de qué manera podía acompañarlo o
involucrarme con su vida para evitar que se muriera. Lo llevé a un médico. Era una
situación de gran impotencia porque él no se dejaba ayudar. Luca proy ectaba esa
necesidad de salvación pero al mismo tiempo la socavaba constantemente. Era un
aspecto bastante cruel de él, porque generaba desesperación. Era muy perceptivo,
leía muy bien al otro y sabía exactamente qué decir para moverle el piso. Al final de
esta amistad que teníamos, cuando casi habíamos dejado de vernos, una vez nos
encontramos brevemente y me tiró: “Yo pensé que vos podías salvarme la vida”.
Tremendo… Estaba claro que eso no iba a suceder. Decir eso era algo absurdo
porque nadie podía salvarlo.
Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: En San Telmo Luca decía que veía espíritus y
fantasmas, que escuchaba ruidos y que lo querían llevar. Como 20 años después de su
muerte, un día estaba en la cocina y de golpe se hundió el piso. Casi me caigo para
abajo. Empecé a mirar y descubrí los túneles. Sabía que existían, pero no que ahí
abajo estaban las salas de tortura. Porque después bajé y vi que había cárceles
chiquitas. Eran calabozos en los que, según me dijeron, metían a los negros parados,
les ponían adoquines arriba y se iban hundiendo hasta que se ahogaban. Luca
siempre decía que ahí abajo estaba lleno de fantasmas, que esos fantasmas lo
seguían a él y que él veía cosas. Nosotros pensábamos que era delirio hasta que pasó
eso del piso y descubrimos los calabozos.
Silvia Ceriani: Luca tenía otro modo de ver la realidad, más parecido al que y o tenía
intuitivamente. Eso para mí fue mucho. Encima me amaba. Era genial. Luca
siempre tuvo varias novias. Yo lo sabía y lo veía como algo normal. No me parecía
terrible que estuviera con otras mujeres. No tiene nada de malo estar con más de una
persona.
Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Yo había sido policía antes de tener el bar. Luca
siempre viajaba en el tren San Martín y lo encontraba a la madrugada, cuando
andaba con Geniol. Un día y o estaba en el banco haciendo adicional, él pasó, lo
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saludé y me dijo: “¿Qué hacés, Suizo ‘por el culo’?”. Me decía “Por el culo” porque
los suizos y los italianos no se llevan bien. Nos conocíamos porque Luca iba a la
quiniela, donde tenía a su amigo Omar, y también a Marito, Gustavo y Dani. Le
gustaba ir a ese local porque hacían cosas de electricidad y también se fabricaban
arañas. Se ponía en un rincón, había una nena rubiecita, la sentaba en su pierna y le
cantaba “La rubia tarada”. Me acuerdo que Omar ponía los billetes de lotería para
devolución y con un sello hacía: “Tac, Tac, Tac”. A Luca ese ruido le encantaba y un
día le dijo: “Yo te voy a llevar a vos, voy a cantar y vos hacés ‘tac, tac, tac’…”.
Aparte él iba mucho al bar del gallego o al de la uruguaya a tomar ginebra. Se
juntaba con un montón de gente.
Enrique Symns: Luca era muy tierno, y un hombre muy solitario y triste. Creo que
vino a la Argentina con el alma partida.
Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Cuando y o vivía en el conventillo lo escuchaba
tirar botellas. Las revoleaba contra las paredes y gritaba: “¡Déjenme en paz,
déjenme en paz!”. Se sentían los ruidos de botellas en la noche… Una vez que Luca
quiso entrar en un túnel y se quedó enganchado en el edificio de al lado. Pasó el
cuerpo y se trabó en la bóveda de los edificios de al lado. Le gustaba ir a mirar cómo
jugaban los pibes a la pelota en la play ita de la calle Moreno. Era un vagabundo que
andaba por todos lados. Bajaba a las nueve de la mañana a la quiniela, lo buscaba a
Mario y lo acompañaba al banco a buscar cambio para el negocio de quiniela. Se
ponía una sombrilla, que era una visera con una sombrilla, un poncho, un pantalón de
gimnasia, unas ojotas y se ataba con una soga. De ahí viene eso que canta: “Marito,
vamos a buscar la platita”. En esa época la mujer de Omar, que era otro de sus
amigos del barrio, quedó embrazada y Luca le tocaba la panza: “Se mueve, se
mueve…”. Entonces uno dijo: “Vos vas a ser el padrino, Luca”. A él le encantó: “Sí,
y o voy a ser el padrino de la nena…”. La mujer de Omar, cuando escuchó eso, por
lo bajo dijo: “Sí, está bien, por estos seis meses voy a dejar que este sea el padrino de
mi hija…”. Hoy la nena se llama Yamila y es casi la ahijada de Luca Prodan.
Silvia Ceriani: El día anterior a Obras Sumo había ido a tocar no sé a dónde, creo
que a Pinar de Rocha. Yo trabajaba como modelo de pintura, habíamos quedado en
vernos cuando y o salía del taller pero por alguna razón nos desencontramos y
entonces fue solo. Cuando volvió estaba rengo. Había estado saltando, se había
torcido el pie y no podía caminar. Me acordé que una amiga tenía una silla de ruedas
en la casa y fuimos a buscarla. Entonces entramos al escenario así. Después se
olvidó que le dolía el pie y empezó a saltar igual.
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Rolo: Una noche, cuando venía de grabar “Años” con Tom Lupo y Calamaro, antes
del último Obras, Luca se fue para Pinar de Rocha porque tenía que tocar con Sumo.
No sé por qué, pero cuando llegó no lo dejaban entrar. Entonces se subió a la reja del
lugar, que era gigante, y empezó a gritar: “¡Llegaron los monos! ¡Llegaron los
monos! ¡Llegaron los monos!”. Pety y y o estábamos justo al lado. En un momento,
cuando y a se había subido a lo más alto, saltó para el lado de adentro, cerca de donde
estaba la puerta del boliche. Había un árbol gigante, y alrededor del árbol el dueño
tenía un puma o un tigre encadenado… Cuando Luca cayó del otro lado, al tipo de
seguridad se le soltó la cadena y le gritó: “¡No te hagás el vivo porque suelto al
animal!”. ¿Qué le respondió Luca? “Dale, soltalo que lo muerdo y se muere de
rabia”.
Pety (cantante de Riddim): Luca le decía: “Yo soy el que canta, boludo”. El tipo le
contestaba: “A un costado, a un costado…” y llamaba por el handy. Luca se colgó de
las rejas y gritaba: “¡Abran, putos. Llegaron los monos!”. Ese día estaba totalmente
loco, con esa campera de cuero hecha mierda que tenía. Cómo me hizo reír ese
día… Nosotros estábamos en la cola para entrar. La otra vez que tocaron en Pinar de
Rocha terminó en la pileta. Terminó de cantar y se tiró… Ahora voy a ver rock y son
todos modelitos, estrellitas…
Sergio Rotman: En el último tiempo, Luca era un ser desagradable. Te lo cruzabas
en todos lados y te decía: “Che, voy al bar”. Para nosotros era: “No vay as al bar que
está Luca”. Era un bodrio. Tipo Miguel Abuelo, que también decías: “Vámonos que
está Miguel Abuelo”. No era una experiencia linda estar con ellos.
Patricia Pietrafesa: En ese momento todo el mundo estaba muy puesto. Se usaba
mucho estar al borde. Nunca me pasó de estar con él y pensar: “Qué pesado, Luca”.
Para nada. Tuvimos conversaciones muy de limados en el Parakultural, pero nada
más. Charlábamos bastante de cosas muy casuales. Nunca tuve ninguna relación
más allá de saludarnos y compartir tragos.
Alejandro Taranto: En La Rural se hacía la Feria de la Naciones, a beneficio de
COAS. Yo y a era manager de Los Fabulosos Cadillacs y nos contrataron para tocar
el mismo día que Sumo. Les dije: “Bueno, ok, me parece que lo ideal es que abran
Los Cadillacs y cierre Sumo”. “Bueno”, me respondieron, “como vos quieras, total
las dos bandas están fuertes”. Perfecto. Cuando llegué al lugar con el grupo, Los
Cadillacs no querían abrir de ninguna manera sino cerrar. Ellos estaban en pleno
furor de los hits de Yo te avisé, que marcaron un antes y un después porque generaron
354
un movimiento social. Fue el disco que rompió con el estereotipo del hippoide de pelo
largo para que aparezcan los rude-boys, esos gorditos con uniforme de colegio
secundario. Cuando Los Cadillacs se plantaron, fui y lo hablé con Justo, que en ese
momento era el manager, y me dijo: “Todo bien, olvidate, boludo. Esto es Sumo,
estos monos no se comen ni la punta, no pasa nada”. Terminó Sumo, llegó el turno de
Los Cadillacs, y en medio del show tocaron “Yo no me sentaría en tu mesa”. En ese
momento Luca, que estaba mirando el show conmigo desde atrás del escenario, me
dijo: “Este tema me gusta”. Entonces quizo subir a cantar el coro pero no lo dejaron
y lo sacaron a patadas en el orto, literalmente.
Sergio Rotman: Los Cadillacs y Sumo estábamos cabeza a cabeza y compartimos
ese show, el único show que hicimos juntos, en la Feria de las Naciones. Luca vino y
nos dijo: “Déjenme cantar con ustedes”. Nosotros éramos pendejos rabiosos y le
respondimos: “No. Tomatelá, ¿qué querés cantar?”. Entonces vino al camarín a
increparnos. A Naco, que era saxofonista de Los Cadillacs, le empezó a decir: “Rude
boy, rude boy”. Naco no se la bancó, le metió un roscazo y lo sentó de culo. Con
Vicentico los separamos porque y a nos conocíamos, pero quedó una recontra mala
onda… A las dos semanas nos votó como “grupo del año”.
Alejandro Taranto: Tuve que intervenir para defenderlo y fui el único que lo hizo.
Naco lo echó del escenario mientras Vicentico le gritaba: “Andate de acá, este es mi
show”. Era muy despreciado Luca. Lo saqué de ahí, lo agarré del hombro, vi que le
habían roto la campera, me fui caminando con él y le dije: “Te pido disculpas, loco.
Por favor, te pido muchas disculpas…”. Me respondió: “No, Taranto, con vos está
todo bien, pero estos pibes son rock nacional. Yo pensé que eran rude-boys, que
entendían qué significaba, pero son unos caretas, nenitos de mamá disfrazados de
rude-boys”. A partir de ese momento me di cuenta de que Los Cadillacs eran malas
personas. Porque ese día lo agredieron, Naco lo cagó a trompadas y nadie paró y
dijo: “Che, estuvieron como el orto…”. Después, el caradura de Vicentico hizo un
tema que se llama “Luca”. No hay que borrar con el codo lo que se escribe con la
mano.
Flavio Casanova: Con Casanovas ensay ábamos en la calle Larrea, en el Once,
donde vivía Luca. Lo veíamos siempre. Un día vino a un ensayo y dijo: “Esta es la
banda que más me gusta, la única banda que parece de Londres, los demás…”.
Odiaba a Charly García y a Los Cadillacs. Luca venía de The Clash y nosotros
teníamos esa escuela, el rockabilly mezclado con eso, y el tipo se enganchó. Ahí es
cuando en un reportaje dijo que le gustaba Casanovas. Eran las 11 de la mañana pero
subió al ensay o con una botella de cerveza: “¡Eh, qué bueno, a ver, toquen una,
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toquen alguna!”. Le tocamos una. “¡Qué bueno que está, vamos a hacer una cosa!”.
Nos llevó creo que a Palomar, donde tenía una portastudio chiquitita, de esas que
estaban de moda… Nos hizo grabar un demo ahí, me parece que era la casa de
Mollo, y tenía el póster de Peter Gabriel con la flor, de la época de Genesis, de eso
no me olvido más.
Sergio Rotman: Los Cadillacs nos conocimos por Sumo, porque íbamos a verlos. Los
vimos muchas veces en Jazz & Pop y empezamos a hablar porque nos veíamos ahí.
En esa época, si veías a alguien que estaba vestido medio raro pegabas onda. Te
ponías a hablar porque tenías algún zapato y eso ya te conectaba con la gente.
Terminamos mal pero eso no quita que para mí Sumo fue el mejor grupo que vi en
mi vida, y Luca el mejor compositor y cantante que hubo acá.
Alfredo Rosso: En Cemento, Luca subió a cantar con Los Redondos. Fue maravilloso
porque todo el mundo creía que estaba preparado, pero no. Podés preguntarles a la
Negra, a Skay o al Indio y van a decirte lo mismo. Luca subió al escenario por su
cuenta, se mandó. Pero quedó tan bien… Subió en medio de “Criminal mambo” y
empezó a rapear lo que se le ocurrió en medio del tema, mientras Los Redondos lo
miraban… “Ah, Redonditos, I Got You”, dijo algo así y se bajó. No es que se quedó a
boludear media hora. Rapeó eso en “Criminal mambo” y se fue. Fue en mayo del
87, la misma noche en la que el Indio dijo: “Vamos a hacer un tema para los vejetes,
para Claudio Kleiman y Alfredo Rosso” y tocaron “La vaca cubana”. Hay una
grabación de eso.
Enrique Symns: La relación de Luca con Los Redondos terminó mal porque primero
Luca cantó en un recital al que el Indio no fue y eso al Indio le cayó para la mierda.
Al Indio no le caía nada bien Luca. A Poli sí. Pero Poli es muy rara. La Corte de ella,
los que la querían, eran Luca Prodan, Willy Crook, Richard Coleman. Todos
queríamos a Poli.
Tom Lupo: A Luca le gustaba hablar de política, de filosofía y de psicoanálisis. Un
viernes estaba de visita en mi oficina, en la redacción de Twist y Gritos, y le comenté
que Lacan decía que el hombre afectivamente no progresaba, que era el mismo que
hace dos mil años, que lo único que progresaba era la tecnología. Y concluí
diciéndole: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo tecnos”.
Andy Cherniavsky: En ese momento y o era pareja de Andrés Calamaro, vivíamos
juntos, y en nuestra casa de la calle Serrano, Andrés tenía un estudio que se llamaba
356
“El hornero amable”. Un día, Luca vino a grabar “Años”. Me acuerdo que le abrí la
puerta. Fue mi segundo encuentro con él, y el primero entre Andrés y Luca, a pesar
de que se conocían de los festivales. Fue un momento un poco incómodo, porque ese
Luca no tenía nada que ver con el que conocíamos, el Luca con la personalidad
chispeante del tren y de los shows. En esas situaciones podías ver su sencillez, su
vergüenza, por decirlo de alguna manera… Luca entró a casa con la timidez típica de
cualquiera que entra a una casa desconocida, para encontrarse con alguien, que
tampoco era muy conocido para él. Ese día no hice fotos porque me parecía que
había que respetar el momento de ellos dos. Al mismo tiempo me causaba mucha
gracia porque “Años” era un tema que no tenía nada que ver con ninguno de los dos.
Quizás con Andrés un poco más, pero no con Luca. Era mucho más lógico que
Andrés admirase a Luca a que Luca aceptara ir a hacer un tema como ese a la casa
de Andrés Calamaro. La verdad es que fue buenísimo. Yo oía desde arriba y no
podía creerlo. Se encerraron en el estudio, los escuchaba cantar y me fascinaba lo
que salía de ahí. Porque aparte no sabía qué iba a pasar entre ellos.
Andrés Calamaro: En un Obras donde subí a cantar el “Fuck You” de La novicia
rebelde… A la vuelta de la antigua Radio del Plata, Tom Galanternik nos presentó
“oficialmente” y los tres pactamos grabar “Años”. Yo tenía una lechuza en el patio,
un regalo de mi hermano Javier, y hablamos entonces de cuestiones campesinas,
recuerdos de su tiempo en la serranía cordobesa… También nos cruzamos bastante
en Panda, aquellos estudio de Floresta donde grabábamos. A Luca le gustaba
preguntar por el último libro que habías leído, o restarle importancia a la grabación
del disco con un “no me importa nada”; un auténtico “príncipe y mendigo” con
mucha cultura musical y muy buena educación.
Andy Cherniavsky: Andrés sentía mucha admiración por Luca. Disfrutábamos
juntos de todo lo que tenía que ver con Sumo. Además era superamigo de Petti, con
quien nos veíamos todo el tiempo y llamaba siempre a casa.
Andrés Calamaro: Grabamos “Años” en una habitación palermitana equipada con
un grabador Fostex de ocho pistas, idéntico al que usara Luca en sus primeras
grabaciones cordobesas. Las paredes forradas de discos y algún teclado más un drum
machine que ahora sería considerado vintage. Tom nos dejó la idea. Antes de grabar
fuimos a pedir prestado un disco de Pablo Milanés para escuchar la canción. Según
recuerdo, pasamos un buen rato grabando juntos. No me acuerdo de la secuencia
exacta de la grabación pero compartimos horas, probablemente días. Quedamos
informalmente en seguir grabando más cosas pero no tuvimos tiempo.
357
Tom Lupo: “Cuidado con el temor” es la frase que agregó Luca. Alguna vez
habíamos leído a Don Juan, que decía que el temor no se vence nunca, que hay que
aprender a vivir acompañado por el temor.
Mario Breuer: En un momento Andrés y Luca se juntaron para hacer el famoso:
“El tiempo pasa/ nos vamos poniendo tecno”. Me acuerdo de algún comentario de
Andrés, algo así como: “El pelado llegó y durante la primera media hora no abrió la
boca”. Creo que el contacto entre ellos se estableció por el lado lúdico-musical,
jugando y tocando. Andrés decía que al principio fue un poquito incómodo. Eran dos
personalidades muy diferentes, porque Andrés es una persona muy elocuente y
Luca era bastante tímido.
Germán Daffunchio: Cuando Luca grabó “Años” con Calamaro y Tom Lupo, lo
trajo a Timmy y nos mostró lo que había hecho. Fue una mañana en la que fuimos a
buscarlo a Palomar. Me dijo: “Mirá lo que hice el otro día con Calamaro”. Lo
pusimos y con Timmy empezamos a reírnos. “¡Ustedes son unos hijos de puta!”, nos
decía. “Son unos boludos, es un buen tipo”. Hay una etapa en el alcoholismo de Luca
en la que se volvió extremadamente dócil. Estaba manso: “¡Sí, cómo no!”.
“¡Grabemos!”. “¿Yo? ¿En pedo? No, para nada”.
Daniel Melero: Calamaro pegó onda con Luca. Calamaro era una persona que
ay udó mucho en esa época. A mí me ayudó mucho.
Germán Daffunchio: Tom Lupo, en un momento, también se le prendió a Luca. Hay
un cierto tipo de gente que apareció en los últimos tiempos, igual que Sergio Víctor
Palma, los que lo rodearon, o los que lo rodearon a Monzón, a Bonavena, son todos
los que van a comer con él, se ponen en pedo y salen con esto… No sé cuánta de esa
gente sabía algo de la vida de Luca, o realmente fue amiga de él. Yo creo que no
hubo ninguno. El único amigo que Luca tuvo hasta el fin del último aliento fue
Timmy. Es el único en el que confió siempre. Los demás pueden decir lo que
quieran, pero es así.
Andy Cherniavsky: Luca vino a mi estudio para hacerse esas famosas fotos que
tengo de él, unos retratos donde traté de sacar la otra cara de Luca. Me propuse
hacerle retratos serios. Llegó al mediodía vestido como siempre, con el jogging y las
All Star. Estábamos él y yo, los dos solos en el estudio, totalmente fuera de la cosa
histriónica, divertida o zarpada. Ese día no estaba para nada borracho y me encontré
con un tipo triste y tímido. De esa sesión salió la foto de las zapatillas, por ejemplo.
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Fue la única situación en la que tuve una relación mano a mano con él, donde lo guié
fotográficamente, y creo que esas fotos son como joy as porque representan el alma
de Luca. Siento que ese día llegué a un lugar suyo muy interno, donde se lo ve
melancólico, sin la sobreexcitación del show. Fue una situación muy sentimental, por
decirlo de alguna manera. Siento que le llegué al alma con esa fotografía.
Rolo: Luca siempre fue autosuficiente. Pero nada le alcanzaba, ni siquiera esa
libertad que se había ganado. Creo que extrañaba mucho a su familia, más allá de
todo. De chico vivió cosas que lo marcaron mucho.
Paula Menéndez: Al final, Luca había adelgazado muchísimo. Cuando lo conocí era
redondito y tenía sus rollitos en la parte de atrás. Se lo veía saludable y rellenito. Pero
en un momento se puso muy pero muy flaco.
Claudia Gernhardt: Opté por averiguar lo de la internación porque y o estaba
haciendo terapia, tuve un papá alcohólico y yo quería saber de qué forma podía
ayudar a Luca. La psicóloga me decía: “Cada vez que llegues a tu casa, deprimite.
Que él tenga que hacer algo para ocuparse de vos. ¿Entendés?”. Entonces yo llegaba
y le decía: “Que esto, que lo otro, que en el laburo me dijeron tal cosa...”. Él se ponía
loco y gritaba: “¡Los voy a re cagar a trompadas!”. Ahí bajó mucho la dosis de
ginebra porque y o lo mantenía ocupado y él me cocinaba, lavaba la ropa…
Tampoco es que yo sea la Madre Teresa de Calcuta. Pero quería un consejito para
ayudarlo. Esa misma terapeuta fue la que me contó sobre esa clínica en Puiggari,
que está en Entre Ríos. Me dijo: “Averiguá porque ahí hay desintoxicaciones de todo
tipo”.
Mónica Stromp: Luca estuvo en Alcohólicos Anónimos una o dos veces. Se dice que
es la mejor opción, pero quizás no para alguien con el background que tenía él.
Realmente quedaba como sapo de otro planeta. Le hubiese servido más encontrar un
terapeuta copado.
Geniol: En esa casa Luca tenía un aliento a hígado reventado que era insoportable.
Yo lo quería pero era impresionante, cuando hablaba con él tenía que taparme la
nariz porque era muy fuerte, como si estuviera podrido por dentro.
Claudia Gernhardt: Ya teníamos programada una internación porque Luca quería
desintoxicarse. Entonces averiguamos y pedimos la plata prestada para hacer el
viaje e internarlo. Él empezaba a cobrar SADAIC en muy poco tiempo, así que
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podía devolver esa plata cuando volviera. Nadie sabe lo que fue para mí ese
momento…. Era la internación soñada y él quería curarse. Me decía: “Así como
estoy no puedo tener una familia, porque yo quiero tener un hijo y que mi hijo vea
que estoy bien”. Además él quería seguir con Sumo. Al mismo tiempo, en agosto del
87 me dijo que a fin de ese año se moría… Aseguraba que en su familia había gente
que tenía predicciones y que sabía cosas. Le respondí: “Dejame de joder… Mirá la
pavada que me estás diciendo”.
Nora Fisch: Sin ser una experta en el tema, entiendo que cuando la gente está en ese
grado de alcoholismo necesita tomar para estar normal. En ese momento, hice
alguna consulta sobre esto porque durante nuestras conversaciones Luca tomaba
constantemente. Se levantaba, tenía una ginebra Bols en la heladera y tomaba. Otros
toman un té o un café, Luca desayunaba con ginebra. Unos años más tarde, cuando
vi la película Leaving Las Vegas, con Nicolas Cage, pensé en Luca. Era exactamente
así, la adicción como un camino imparable hacia la destrucción.
Silvia Ceriani: Luca no comía demasiado porque no tenía hambre, pero no es que no
se alimentara. Era una persona que hacía una vida totalmente normal, salvo que
tomaba mucho alcohol y ya no debía seguir haciéndolo. Hay gente que se queda en
la lista de espera para un trasplante de hígado y si el órgano no llega se muere. Te
internan y te ponen en diálisis permanente porque si el hígado no te funciona no
podés vivir. La verdad es que con el alcohol no se cuidaba nada.
Mónica Stromp: Luca tenía el proy ecto de cobrar ese dinero para ir a una clínica en
Entre Ríos a curarse. Éramos muchos los que lo apoy ábamos en ese proy ecto.
Seguro iba a ser durísimo desintoxicarse del alcohol, pero Luca en ese momento
parecía dispuesto a hacer el intento. No sé si era realmente un deseo profundo, pero
sí parecía querer hacerlo por nosotros, éramos su incentivo. Nos pasa a todos tener
proyectos así, que funcionan en un mundo ideal.
En otros momentos de su vida, para Luca la muerte era una opción, ya había estado
cerca.
Llega un punto en el que le perdés el miedo a la muerte, ves que no tiene
trascendencia, que no es grave. Quizás lo sea para los demás, pero no para uno
mismo…
Nora Fisch: Luca estaba rodeado de gente que quería salvarlo y a él en realidad no
le interesaba. No podría decir si realmente quería morirse o no, pero evidentemente
no quiso hacer ningún esfuerzo para evitarlo. No sé si realmente estaba enfermo de
360
algo, nunca llegué a saber un diagnóstico, no parecía enfermo, pero casi no comía,
por ejemplo. Yo cocinaba, o lo hacíamos juntos porque a él le gustaba cocinar, era
muy gourmet, muy específico con lo que le gustaba y sabía cómo prepararlo. Pero
al final comía muy poco, como si sacara todas las calorías del alcohol y nada más.
Mónica Stromp: Yo creo que debo haber sido una de las pocas personas ilusionadas
que nunca pensó que Luca iba a morirse. Estaba segura de que iba a salvarse.
Nora Fisch: En Luca había una marcha imparable hacia el final. Por más que cada
tanto hiciera amagues como para cambiar las cosas o creer que alguien lo podía
ay udar. Supongo que los músicos de Sumo debían sentir la misma impotencia, igual
que otra gente que lo rodeaba y seguramente tenía las mismas ganas que y o de
ay udarlo. Yo iba poco a recitales o a lugares públicos con Luca porque nuestra
relación fue muy cercana pero al mismo tiempo muy privada. Solo fui una vez con
él a un show en el conurbano. Me acuerdo que estábamos con los otros Sumo y
acompañantes en el vestuario de un club después del show y que Luca estaba sentado
en una silla con una botella de whisky para él solo y tomaba, tomaba y tomaba. En
un momento me exasperó ser testigo de eso, me acerqué a Luca, le saqué el vaso y
la botella, él ni siquiera protestó. Estuvo pasivo, como un chico al que le sacás algo
que le hace mal y lo sabe. Vacié la botella de whisky y el vaso en una pileta que
había ahí. Luca se quedó callado, no dijo nada, aceptó. Arnedo, o quizás fue Mollo,
no me acuerdo, se acercó y sin que Luca lo oiga, me hizo un gesto con la cabeza, y
dijo bajito: “Gracias, está muy bien lo que acabás de hacer”.
Silvia Ceriani: Nunca le escondí ninguna bebida ni nada. No es mi modo de ser. Sí lo
hablamos varias veces y estaba esa idea de: “Yo puedo hacer otras cosas y, ahora
que estoy con vos, sé que vas a seguirme a todos lados. Voy a dejar de tomar y nos
vamos a vivir a Córdoba”. Había un proyecto, pero una cosa es decir algo y otra
cosa es hacerlo. La última vez que fuimos juntos a Hurlingham nos tomamos el tren
y teníamos que hacer una combinación o esperar otro tren en algún lado, no me
acuerdo bien. Estuvimos en una estación más tiempo del que teníamos que estar y
había un tipo que estaba re tomado en el bar. Cuando finalmente llegamos a
Hurlingham, Luca hizo la canción “Hombre del Paraguay ” y también “Brilla tu luz
sobre mí”, que cantó improvisando sobre una base que los Sumo ya tenían grabada.
Cuando volvíamos de Hurlingham, en el viaje me dijo: “Esta canción te la dedico a
vos”… Le hice conocer la música de Manal. La poesía de Javier Martínez le gustaba
más que cualquier otra cosa que había escuchado de otro escritor de rock. Le parecía
genuino. Una vez le toqué en la guitarra “De nada sirve”, de Moris, y también le
gustó.
361
Alberto “Superman” Troglio: Una vez tuvimos una reunión en la que Luca no
estuvo. Nos juntamos para ver qué hacíamos, porque habíamos frenado todo para
que se cure. Levantamos los shows para que él tuviera tiempo de internarse en Entre
Ríos. Pero cuando llegó el momento de ir empezó con que no quería y ahí se
desataron las peleas. En esa reunión había que decidir si nos hundíamos con el barco
o nos tirábamos antes. Pero, ¿qué era tirarse antes del barco? ¿Echarlo a Luca o nos
echamos nosotros mismos? ¿Disolvemos? Resolvimos que sería al pedo tomar
cualquier decisión y así fue que seguimos hasta que el barco finalmente su hundió.
Mirta Bogdasarián: Dejé de verlo a mediados del 87. Un día me llamó por teléfono
a lo de la vecina y yo no estaba. Cuando volví mi vieja me dijo: “Te llamó Luca”.
“Ah, ¿qué dijo?”. “Dijo que te digamos que todavía existe”. A esa altura ya se habían
calmado las aguas porque él se había mudado y no apareció más por Palomar. Eso
fue una semana antes de su muerte y al día siguiente fui a verlo a San Telmo. Sentí
que estaba despidiéndose y esa última vez que lo vi no estuvo bueno. Él ya estaba
muy mal y cuando lo vi así le fui con un delirio, le pedí que nos fuéramos a Córdoba
juntos, que yo me escapaba de mi casa… Casi no nos veíamos pero y o seguía muy
enganchada. Era un plan disparatado, la de Romeo y Julieta. Ese día estuvo muy
duro conmigo. Yo me había hecho un mechón rubio en el pelo, y cuando le propuse
fugarnos a Córdoba me respondió: “¿Qué me decís? ¿Que nos vamos a ir? No digas
boludeces, estás aburrida, esas cosas se te ocurren porque… Mirá lo que te hiciste en
la cabeza, eso es porque estás aburrida… Va a ir a buscarme la policía al otro día, no
digas huevadas…”. Pero lo más terrible era esa sensación de que estaba
despidiéndose y que me había llamado por eso.
Nora Fisch: Mi actividad es el arte contemporáneo. Hoy soy galerista, pero en ese
momento pintaba. Un día le mostré a Luca las cosas que estaba haciendo y él me
pidió una pintura. La tenía colgada en su cuarto de la casa de Alsina. Un día me dijo:
“¿Sabés una cosa? La pintura es algo que no me interesa tanto”. Me dio el ejemplo de
una chica amiga de él, no me acuerdo el nombre, que había hecho una obra
recolectando ramas de árboles en la calle después de una poda, a Luca esa obra le
había interesado. Así fue que dio una definición del arte muy contemporánea, como
algo performático, de gesto, de acción, de concepto que todavía hoy es muy
relevante, una línea en la que trabajan varios artistas de mi galería.
Claudia Gernhardt: A Luca no le gustaban nada Los Abuelos. Esas canciones bien
arriba, o las letras como “Ninguna bala parará este tren…” no conjugaban con la
realidad de ese momento. Eran incompatibles, igual que con Soda. Las canciones de
Sumo no eran “bailá que la vida es linda…”. Al contrario, porque Sumo te decía:
362
“Ojo, no pienses que está todo bien”. Un día me tocaron el timbre de casa, atendí el
portero y me dijeron: “Habla Miguel”. “¿Qué Miguel?”, pregunté. “Miguel Abuelo”.
“Sí, ¿qué querés? Mirá, Willy está en lo de la novia”. Me respondió: “No, ¿sabe qué
pasa, señora? Tengo un problema”. “Bueno, subí”. Le abrí y cuando subió me dijo:
“¿Vos sos la tía de Willy ?”. “Sí, yo soy la tía de Willy”. “Ah, yo pensé que era una
señora muy grande… Mirá, me pasó que teníamos una sola llave de mi casa, y quise
entrar y no pude. Venía a decirle a Willy si no me podía hacer un lugar…”. “Willy
no está y hoy ya no vuelve porque se queda a dormir en la casa de la novia. Si
querés tenés su habitación, no creo que él tenga problema”. Me contó que había
estado escribiendo en lo de Kubero Díaz. “¿Te interesa escuchar unos poemas?”, me
preguntó. Le dije que sí y nos quedamos cenando. Nos hicimos amigos. No se
llevaba bien con Luca, era Luca el que no lo quería.
Silvia Ceriani: Luca tenía un amor increíble por su hermano. Cuando vivíamos en la
casa de Alsina recibió unos casetes que le mandaba Andrea con cosas que él
pensaba. Los escuchaba todo el tiempo y me iba traduciendo porque estaban en
inglés. Me acuerdo de uno que era sobre cosas muy profundas, la vida y no sé qué, y
que era muy gracioso porque al final decía: “Estas son las cosas que yo pienso
cuando estoy en el baño”. Luca siempre decía que su hermano era muy talentoso y
muy buen actor, que también tenía mucho talento para la música pero que no se
animaba.
Claudia Gernhardt: En noviembre del 87, Luca hizo una fiesta de despedida en la
casa de Alsina. Yo llegué a la fiesta, y lo encontré en su pieza, llorando en un rincón.
Lo abracé y me dijo: “Qué suerte que viniste”. Automáticamente me miró, yo
estaba con un vestido blanco y una chaqueta roja. “Parecés una azafata de
Lufthansa…”. Entonces levantó la cabeza y lo vio a Miguel Abuelo. Esa era la
prueba de fuego, porque y o era amiga de Miguel por fuera de Luca. Cuando me vio
dejó de llorar. Miguel, muy astuto, le dijo: “Mirá, esta es tu casa, y o vine a
acompañarla a ella, pero si vos querés me voy en este momento”. Entonces Luca le
respondió: “No, si viniste con ella debés ser buena persona, así que está todo bien”. Se
levantó y se dieron un abrazo.
Axel Krygier: Se hizo una gran fiesta en la casa de Alsina. Esa noche Luca me vio y
volvió a decirme: “Tenés que venir con la portaestudio y hacemos algo. ¿Por qué no
venís a tocar mañana? Tenemos que tocar en el Parakultural”. En la fiesta había una
banda de Dixieland y en un momento dijeron: “Queremos invitar a Luca a cantar
con nosotros”. Tocaron algún blues. Después nos quedamos todos hasta la madrugada
y con Marcelo, que tenía varios pianos y tocaba muy bien, cantaron “Moon of
363
Alabama”. Luca lo versionaba a partir de la versión de Morrison, pero Marcelo lo
hacía más a lo Kurt Weill. Yo miraba todo eso con la sonrisa clavada y no atinaba a
emitir palabra. De alguna manera, esa fiesta fue como una despedida que hizo Luca.
Me acuerdo que estaba Rodrigo Espina filmando. Unos días después fui como
invitado para tocar el saxo alto. Me subí al escenario, tuve que esperar una bocha y
y o estaba muy ansioso. Arrancamos como a las cinco de la mañana y tocamos
“Stand By Me”, que era un tema que Luca solía tocar, y algún otro tema. Mientras
tocábamos hice un par de solos, Luca me agarraba y me abrazaba. Mientras y o
tocaba él decía por el micrófono: “Este es re groso, hace una cosa tipo Residents”, o
algo así. Bajamos del escenario, el público nos rodeó y empezaron a cantar: “Uh,
Residents…”. Yo no conocía a los Residents. Tenía esa idea de hacer algo con las
voces, algunas más agudas y otras más graves, pasándolas por la portaestudio,
ralentando la cinta o acelerándola, o dando vuelta el casete para cantar al revés.
Después, escuchando Residents entendí por qué había dicho eso y el honor que
significaba, digamos… Pero el momento en el que estuve tocando el saxo con Luca
enfrente a mí fue inolvidable. Antes de irme, Luca me dijo: “Bueno, me voy a
Córdoba por 15 días más o menos. Cuando vuelva me gustaría que hagamos algo en
casa, traete la porta”. Volvió y al muy poco tiempo falleció. Cuando me enteré me
quedé helado. No era su amigo, no lo veía seguido ni sabía tanto de él. Habíamos
tenido pequeños grandes contactos. Él mostró interés hacia mi música, me estimuló,
me marcó, y al mismo tiempo me cagué en las patas.
Claudia Gernhardt: En esa fiesta había mucha gente. Luca había invitado a los
Sumo y no fueron. Estaba esa pibita, Silvita, y y o no entendía cómo podía mostrarse
tan espléndida cuando a la persona con la que estaba se la veía tan mal. Era chica, sí,
pero Mónica también era pendeja y así y todo se calentaba y discutía. Mónica no
aplaudía cuando Luca se tomaba 80 ginebras.
Enrique Symns: Di un recital de poesía en la fiesta en su casa de Alsina. Luca estaba
sentado en el patio, sobre una fuente. Es la última imagen que tengo de él. A esa
altura no me daba más bola y yo tampoco a él porque y o estaba muy redondero. Un
boludo era yo.
Timmy MacKern: Yo admiraba de Luca la falta de conciencia, especialmente en un
lugar como la Argentina, donde y a había pasado la cercanía de la muerte. Él había
sobrevivido, vino acá, donde nadie iba a juzgarlo y no importaba si seguía viviendo o
no. Realmente vino en un momento en el que estábamos todos medio cagados, todo
el país estaba igual, y Luca era un tipo al que no le importaba nada… Tenía una
libertad tan grande que era admirable. Era un tipo sin nada de miedo en un lugar
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donde vivíamos asustados. Muy pocos se hubiesen atrevido a hacer lo que él hizo acá.
De hecho no lo hizo nadie más.
Nora Fisch: La irrupción de Luca en mi vida corrigió mi destino, me ay udó
indirectamente a tomar ciertas decisiones que fueron las que tenían que ser. De todas
maneras, no quiero convertirlo en un mito. La gente que vive con tanta intensidad,
aparentemente sin miedo ni apego a nada, tal vez tiene temores que son tan enormes
y profundos que no emergen. Sin pretender hacer psicoanálisis barato, creo que
adentro del Luca carismático y autosuficiente había un nenito muerto de miedo.
Luca tenía una soledad esencial, como la de un chiquito abandonado. Fue alguien
superinteligente y talentoso, como artista sintonizó de manera muy ajustada la
cultura que lo rodeó, pudo leer con gran sensibilidad la sociedad argentina de los 80
con sus hipocresías y sus ternuras, y supo hablarle. Los verdaderos artistas se
involucran con lo social en un nivel perceptual muy profundo y pueden articularlo en
palabras, en gestos, en música o en imágenes. Luca fue verdadero. Una vez
caminábamos por la calle y dos adolescentes que trabajaban en un reparto de un
almacén lo pararon con admiración tímida. Luca tomó uno de los canastos de reparto
y se dio a sí mismo un gran golpe en la cabeza. Los chicos se quedaron
desconcertados, pero el mensaje fue fuerte: acá un famoso y admirado está
haciendo algo muy estúpido, a propósito, para demostrarte, a través de lastimarse a sí
mismo, y de manera literalmente contundente, que la fama y la admiración que
provoca son nociones vacuas, que él es uno más, un tonto que anda por el mundo
lastimándose.
Silvia Ceriani: Creo que Luca valoraba mucho la vida en el sentido práctico del
término. Apreciaba a las personas y todo lo que un ser humano puede transmitir a
otro. No necesitás vivir diez mil años para ser así. Al contrario: es ahora. Tal vez, ese
presentimiento que él tenía de que cuando uno es una estrella la vida es corta es
justamente lo que lo hacía no tener miedo. Quizás se sintió culpable por la muerte de
su hermana. Más por haber sido irresponsable con ella, no por el acto en sí.
Rodrigo Espina: Luca leía mucho en inglés, más que nada para no perder el idioma.
Leía mucho a Kurt Vonnegut. Hemos hablado de Don Juan y de esoterismo. Se reía
del new age, de la buena onda y de todas las cosas positivas de esos libros porque
decía que en el mundo estaba todo mal. Pero los leía y creo que algo de eso
incorporó, yo lo pesqué en algo de eso. En los últimos reportajes hablaba mucho del
amor, cosa que antes no había sido así, por ejemplo. Quizás eso tuvo que ver con la
cercanía de la muerte, algo que tuvo desde siempre, y que al final él mismo se veía
venir.
365
Timmy MacKern: Yo tengo diez hijos y los necesito para mantenerme vivo, porque
todo lo demás se muere. Luca no tenía razón para vivir.
Rodrigo Espina: En mi película hay una anécdota que muestra qué era Luca. Él
cuenta que vino a curarse y que la primera noche, Timmy le dijo: “Yo me voy a
matar”. Luca pensaba: “Yo vine para que me mimaran, para que me contuvieran, y
Timmy quería matarse…”. Luca siempre tuvo que contener a todos, esa es la
verdad. Lo digo y me dan ganas de llorar. Nadie lo contuvo nunca a Luca. A veces
las mujeres lo hacían un poco. Pero lo cierto es que vino a curarse y tuvo que
contener a todos. En ese sentido, fue un superhéroe. O un superhombre. Se bancaba
todas.
Paula Menéndez: Yo tenía una historia con una persona que Luca conocía muy bien
y él estaba muy enojado con eso. Trataba de sacarme a esa persona de la cabeza
permanentemente. Me decía “Fulanito es un cagón. ¡Despertate!”. Era tan bueno que
si tenía que hacerme pata con alguien lo hacía, pero si alguien me hacía daño se
ponía muy mal y me hablaba. En cierta forma, con los años Luca fue perdiendo la
energía. Creo que iba dejando algo en todos los demás, algo que él, pobrecito, perdía.
Fue vaciándose poco a poco. Los que somos de esa generación y participamos de la
época de Sumo tenemos una parte suy a muy importante dentro nuestro. Somos parte
de lo que vivimos, y él nos dejó mucho mientras se vaciaba. Eso pasó con todas las
personas con las que hablé de Luca, con los miles de millones de personas que he
hablado. Luca era un tipo muy generoso, que se sentaba a conversar en cualquier
lugar con cualquiera, tanto para hablarle como para escucharlo.
Germán Daffunchio: Estoy totalmente en paz con mi conciencia, porque las peleas
fueron siempre para salvarlo. Una vez, cuando faltaba poco para que se muriera, me
dijo: “¿Qué te pasa?”. Estábamos solos en una pieza. Le respondí: “Te estás
muriendo, boludo. No entiendo. Mirá, Luca, tenés mina, tenés todo, mirá dónde
llegamos, loco”. Me miró y me contestó: “Sí, tenés razón. Pero es demasiado tarde”.
366
Capítulo 18
El final
“Yo me voy a morir dentro de poco, que va a ser muy bueno para los diarios, que
van a poner una notita, con la crucecita negra…”.
Luca entrevistado por Néstor Nardella en diciembre de 1987.
“Por suerte sentí paz. Porque cuando me enteré que y a no estaba, salimos todos en
un auto hacia San Telmo. Y me acuerdo de subir porque él tenía un cuarto arriba en
ese lugar, y estaba en el piso tirado, mitad del cuerpo en el colchón y mitad del
cuerpo en el piso. Y entonces, lo primero que hice (estaba sin la remera), y lo
primero que hice fue apoy arle las manos. Y cuando vi que estaba completamente
frío, me tiré encima de él a calentarle el cuerpo; andá a saber por qué. Cuando lo
subí al colchón con otro chico que estaba ahí, con Ignacio, el hermano de Germán,
me di cuenta de que y a no estaba. La frase fue: “Acá no hay nadie”. Entonces lo
ubiqué en otro lugar. Y eso para mí fue muy importante para seguir la vida y no
tener esa cosa de no…No lo quiero ver, que es dejarlo vivo. Entonces, preferí todo
eso, preferí sentir el frío en la palma de mis manos y saber que ahí adentro no
estaba”.
Ricardo Mollo en el programa Línea de tiempo.
La sensación térmica de la tarde contradecía al calendario del domingo 20 de
diciembre. Faltaba un día para el comienzo del verano, pero en Lomas de Zamora no
se notaba. El sol todavía peleaba contra el pronóstico meteorológico cuando los
integrantes de Sumo llegaron al estadio de Los Andes. Una vez más, “Superman”
Troglio puso su Chevrolet Impala modelo 59 al servicio de la banda. Esa nave
espacial podía trasladar cómodamente a todos los Sumo e incluso sumar a algunas
novias. Luca no se bancó la demora en el portón de entrada a la espera de algún
responsable del lugar y terminó discutiendo con un tipo de seguridad que no lo dejaba
ingresar con una botella de ginebra. Empezó a las patadas con el portón y en los
vestuarios del club siguió molesto. Compartían la trastienda del show junto a los
integrantes de Los Violadores, una escena similar a aquel primer show masivo de
Sumo en el estadio de fútbol de Estudiantes Buenos Aires en Caseros. Rolo y Pety,
seguidores incasables de Sumo, accedieron a la antesala del show. Luca tomó una
birome y les dijo: “Armen la lista de temas”. Todo un privilegio para esos pibes que
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desde el 85 seguían a Sumo como los discípulos de Mitra.
El escenario, dispuesto cerca de la mitad del campo de juego frente a los bancos
de suplentes, tenía las dimensiones de una pequeña plataforma propia de una entrega
de premios o alguna fiesta de carnaval. Cuando empezó el show de Los Violadores,
en la tribuna no había más de 300 personas, y el número creció muy poco en el
transcurso de la velada al aire libre. Entre la grada de cemento y el tablado austero,
unas 50 sillas de plástico completaban el estado de desolación. Ese sector nunca se
cubrió con espectadores y solo sirvió para que Rolo, Pety y algunos pocos fanáticos
de Sumo poguearan en el más absoluto aislamiento. Del otro lado del túnel, en
camarines, Luca disipaba su mal humor con alguna burla a la banda de Pil Trafa: le
causó mucha gracia un estuche plástico de color rosa destinado a guardar los
cosméticos de los músicos. “¡Mirá al grupo punk!”, vociferó con fuerza inquisitiva.
Ni el frío, ni el estadio semivacío, ni un sonido cruel afectaron el ánimo de la
banda. Sumo estaba acostumbrado a tocar en circunstancias adversas. Luca
mostraba una delgadez desconocida y le costaba afinar en los temas más jugados,
pero el show volvió a mostrar los niveles de energía y entrega que exponía cada vez
que subía a un escenario. El final del show llegó a la velocidad de una versión rabiosa
de “Day Tripper”: Luca escupió la letra que John Lennon dedicó a los “hippies de fin
de semana” con la voz exhausta y el cuerpo vencido. Una más, “Fuck You” sonó de
nuevo como estaba pautado en la lista. Por unos segundos eternos, Luca quedó solo
en el escenario, sentado como un buda mientras el resto del grupo abandonaba el
escenario.
Volvieron todos juntos en la nave de “Superman”. Luca y Silvia se bajaron en la
esquina de 9 de Julio y Alsina. Luca quedó en encontrarse con Timmy al otro día
para firmar el nuevo contrato por cuatro discos con CBS. Con el resto de la banda se
juntaría la noche del 25 de diciembre para tocar, una vez más, en Cemento. En la
mente del manager, lo más cercano era juntar el dinero suficiente para abonar el
costo del tratamiento en la clínica entrerriana.
“La mejor manera de morir, Roberto, es con heroína… Porque pasás al otro lado…
sin sentir nada de nada… es como un sueño…”. Para Pettinato, “el destino escucha
todas las solicitudes y sus decisiones se cumplen”. Luca murió la madrugada del 22
de diciembre de 1987, a los 34 años, en la casona de Alsina. Lo encontraron tendido
en su cama con una sonrisa en la boca: “Su sonrisa era de paz… de… como dijo él, de
pasar al otro lado sin sentir nada”, cuenta Perttinato en su libro Sumo, la jungla del
poder. El dictamen médico certificó “muerte por paro cardíaco respiratorio”. Según
Silvia, murió mientras dormía por culpa de la cirrosis, aunque el rumor entre los
amigos era otro: una sobredosis de una mezcla de sustancias entre las cuales la
heroína formaba una parte del cóctel. Timmy y el resto de la banda llegaron a San
Telmo en las primeras horas de la mañana. La noticia corrió tan rápido que al
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mediodía ya había algunos periodistas en el lugar. Uno a uno, fueron desfilando por la
casa amigos, exnovias y algunos fans. Abajo, el barrio estaba conmocionado y la
quinta edición del diario Crónica expandió el pesar a todos los kioscos.
Albino “Joe” Stefanolo, el abogado encargado de los contratos discográficos de
Sumo, manejó la cuestión legal: Luca no tenía sus documentos al día y esa situación
lo volvía inadmisible a las normas de ingreso de cualquier cementerio metropolitano.
Stefanolo, el reconocido “abogado del rock”, actuó rápido. Luego de algunas
gestiones, obtuvo el permiso para llevar el cuerpo al cementerio de Avellaneda.
Previamente, el velatorio se realizó en una cochería de la avenida Belgrano, en
Avellaneda, durante unas pocas horas en la mañana del miércoles 23 de diciembre.
Los empleados de Sepelios Alvear identificaron al coche fúnebre que transportó el
féretro con destino a Villa Domínico bajo el rótulo de “Lucas George Prodan”, un
error frecuente que sufrió Luca durante su residencia argentina y que lo acompañó
hasta su última morada.
La madre de Luca y su hermano Andrea, que viajaron desde Italia, no llegaron a
tiempo para despedirlo.
Rolo: Lo que siempre admiré de Luca fue su libertad, que creo que fue justamente
lo que terminó lastimándolo. Eso es lo que siempre me gustó de él. Lo veías y te
ponía una llave para sentirte libre y caminar por el abismo. Vos no ibas a caer,
porque el que caía era él. Te daba esa garantía. “Vos no lo hagas. Si querés asomate,
pero no lo hagas”. Luca hacía lo que quería. Muchas veces me lo cruzaba y me
decía: “A veces es muy difícil llegar al fin de semana, porque es muy difícil llenar
los días”. Eso fue en el 87, cuando y a estaba mal físicamente. Un día me dijo que la
heroína era el estado ideal. “Si alguna vez probás algo, que no sea heroína. Es muy
cara y cuando se te acaba, fuiste. No necesitás nada más con la heroína: no
transpirás, no tenés mucha hambre, no tenés necesidades de nada. Cuando la dejás,
es todo al revés. Transpirás, ves un cementerio y llorás, estás letárgico todo el
tiempo…”. Algo así como el vientre de la vida, ¿no? Como el útero materno.
Pil Trafa: En Los Andes tocamos juntos. A Luca no lo dejaban entrar por ciertos
problemas, no sé, estaba con una ginebra. Me contó todo eso, que la seguridad no lo
dejaba pasar. Lo vi muy delgado, muy demacrado. Estaba amarillo.
Rolo: El día que Sumo tocó en Los Andes, y o estaba con Pety. Jamás habíamos
tenido la osadía de meternos en un camarín de Sumo. Nunca. Pero ese día Luca nos
hizo pasar. Cuando entramos empezó a patear cosas, estaba muy nervioso, y le
pasaba algo raro, porque hacía mucho calor y él tenía frío. No quería comer y nos
dijo: “Acá hay sanguches, coman ustedes”. En un momento nos miró y nos dijo:
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“¿Se acuerdan de la lista de tema del viernes?”. Habían tocado en un lugar que se
llamaba Arena Discotheque y nosotros habíamos ido. Le respondimos: “Sí, más bien,
estuvo buenísimo cómo la armaron…”. “Bueno, repítanla”, nos dijo. Así fue que con
Pety armamos la última lista de Sumo en vivo. “Hagan cinco listas”, agregó. “No,
pará, ¿como cinco listas? Ustedes son seis”. “No, Pettinato que se la haga solo”. Pety
temblaba de los nervios. Le tenía tanto respeto a Luca que no se animaba a decir ni
una palabra. Luca estaba callado y Pety me dijo: “Boludo, no puedo escribir”.
“Tranquilo”, le respondí. “Arranquemos. ‘Virna Lisi’, ‘Gaitas’…”. Luca estaba
apoy ado contra la pared y de repente escuchamos que empezó a jadear y a gruñir.
“¿Qué te pasa?”, le dije… Ahí me cagué… Terminamos la lista y salimos con ellos a
cenar. Cuando terminamos y estábamos y éndonos, los del grupo nos dijeron: “No,
ustedes vengan con nosotros. Vengan al césped y salimos de ahí”. Fue el último
concierto de Sumo. Había unas 200 personas.
Alberto “Superman” Troglio: Luca y a venía mal. En Los Andes se había peleado
con los policías, porque no lo dejaban entrar con una ginebra. “Eh, pero y o soy el
cantante de Sumo”, gritaba. Empezó a patear la puerta y esa noche nos quedamos sin
cantante. Cuando lo dejé, le dije: “Bueno, nos vemos el martes, que ensay amos”.
Pety (cantante de Riddim): La única vez que pude tener una conversación con Luca
fue en la cancha de Los Andes, en el último show. Tocaron con Los Violadores y él
estaba re contento, aunque muy flaco. Pettinato tocaba el saxo en el baño, sentado en
el inodoro, “Superman” Troglio le daba patadas a una puerta que no se cerraba, ese
camarín era… Había unos sanguches de miga muy finitos y Luca decía: “Estos
sanguches son de nada, no tienen nada”.
Rolo: En Los Andes hicimos la lista con Pety. En un momento Mollo se acercó a él y
le pidió la lista: “¿A ver? ‘No te pongas azul’…”. Cuando vio ese tema, Mollo le dijo
“¿Otra vez? Este tema no…”. “¿No te gusta?”, le preguntó Luca. “Sí, pero estamos en
una cancha y acá se pierde”, “Bueno, te prometo que es la última vez que lo
hacemos. No vamos a tocarlo nunca más”. “¿En serio? ¡Bien!”. No lo tocaron nunca
más…
Pety (cantante de Riddim): Fue la única vez que tocaron “Fuck You” dos veces,
porque la pusimos al principio y al final. Dijimos: “Hoy arranca con esta…”. No lo
podíamos creer. Ese show lo terminaron tocando una versión de “Day Tripper”, de
Los Beatles. Hicieron “Day Tripper” y después “Fuck You”, que fue el último tema
que tocó Sumo.
370
Damián Damore: La última vez que vi a Sumo fue en Los Andes y el deterioro de
Luca era muy evidente. Fue un recital pésimo, acaso el peor. Era verano pero hacía
frío, el escenario era una tarima que pusierondelante de la salida de los vestuarios. La
cancha de Los Andes, llamada Eduardo Gallardón, como la de Temperley, donde se
hizo el Lomas Rock, no tenía luz artificial. Había una guirnalda de luces sostenidas
con cables, no recuerdo que haya tachos “par mil” ni nada de eso. Luca no cantaba
sino que directamente gritaba. Estaba muy flaco, y pese al frío que hacía, estaba
descalzo, en cuero, con ese jogging azul que le marcaba la pija. Tomaba agua
mineral de una botella de plástico de esas de dos litros, aunque luego se dijo que
bebía ginebra. No puedo recordar si el público accedía al campo, pero sí recuerdo
que el escenario se ubicaba paralelo a la línea lateral, en dirección a la calle Santa
Fe, y que los fans escupían. Pudo tratarse de los fans de Los Violadores, porque la
fecha fue de los dos. La última canción fue “Day Tripper”, el cover de Los Beatles
que venían haciendo el último año en los shows.
Alberto “Superman” Troglio: Yo tenía una Chevrolet Impala, un auto enorme, en el
que entrábamos todos los Sumo y las novias también. Entraban como cinco en el
asiento de adelante, era un auto muy ancho, americano, del año 59, tenía todos
alerones como los Cadillacs. Ahí adentro tocamos con Los Violadores… Luca se bajó
de mi auto cerca del Obelisco, porque vivía por San Telmo. Se fue caminando con
Silvia, la chica a la que nosotros le decíamos “el ángel negro” porque era medio
extraña. Lo dejé ahí, nosotros seguimos por la autopista para Hurlingham.
Mónica Stromp: Ya te conté cuál era la situación con respecto a las “casas” de Luca.
En diciembre del 87 él vivía en esa casa de San Telmo, a la que fui una o dos veces.
Yo estaba dando mis finales en la Escuela de Bellas Artes. De hecho, di el último
final el 21 de diciembre, el día anterior a su muerte. Esa noche nos encontramos con
mis compañeros de Bellas Artes. Nos habíamos recibido todos. Volviendo a casa,
cerca de Núñez, como a las tres de la mañana pensé: “Wow, podría pasar por la casa
de Luca y contarle que terminé, y ver qué podemos hacer…”. Sentí una cosa rara,
como si algo me frenara, y no fui. Fue la hora en la que estaba muriéndose. Eso me
creó una culpa, y varias veces pensé: “Cómo no fuiste, cómo no fuiste…”. Me enteré
de la noticia de su muerte porque me llamó Petti. O Ricardo. No me acuerdo. Antes
de su viaje a Europa y Túnez me dijo: “Me voy, vuelvo y compramos una casa”. La
situación financiera siempre fue muy precaria. Mucho después, Luca iba a cobrar
los cinco años de SADAIC, pero se murió dos días antes. Vivía de lo que sacaban de
los shows.
Diego Arnedo: Nunca pensé que fuese a morir, quizás porque lo tenía en un lugar
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muy fuerte. Muchas veces me había demostrado, por otras cosas, que estando muy
mal se puede salir de eso. Yo sabía que él estaba mal, pero no a ese punto. Se murió
dos días después de hacer un show. Como pasa con todas las personas que uno quiere,
que quiso y que se fueron, solo hay que entender qué es lo que sucede con nosotros
en este mundo. Ahí es cuando uno empieza a madurar ciertas cosas de la existencia,
más que nada. Pero siempre dije que Luca no está perdido. Está ganado.
Claudia Gernhardt: Para Diego fue terrible. No se puede comparar dolores, pero
hay gente que es más sensible que otra.
Pil Trafa: Dos días después de Los Andes me enteré por Ari Paluch, en Rock & Pop,
en el programa Feedback. Dijo: “Paramos todo, murió Luca Prodan”.
Timmy MacKern: Ese día estaba anunciado, no fue un shock. En verdad no es que no
hay a sido un shock, porque la muerte fue realmente el final, pero sabíamos que todo
estaba apuntando a eso.
Alberto “Superman” Troglio: Me fui a Luján, donde para hablar por teléfono tenía
que hacer 15 cuadras de tierra hasta un almacén que tenía un teléfono viejo de esos
de Entel. Al día siguiente apareció por mi casa el almacenero. Había venido en
bicicleta y me dijo: “Mirá, a tal hora te van a llamar”. Era un teléfono que solamente
podía recibir llamadas. Fui a la hora que más o menos me había dicho, tipo 11 de la
mañana o algo así, y atendí un llamado de Ricardo. “Pettinato me avisó que se murió
Luca…”. Al principio no caí. Agarré el auto y dije: “Bueno, voy para allá”. Me
mandé por la autopista, pasé a buscar a Diego, a Ricardo, a Crespo y a Timmy.
Fuimos todos en mi auto hasta San Telmo y cuando llegamos subimos. Luca todavía
estaba en el cuartito de arriba, tirado en un colchón y tenía como una leve sonrisa.
Como la Gioconda. Me puse a llorar.
Claudia Gernhardt: Yo estaba en Mar del Plata porque había llevado de gira a Las
Primas… Había ido con Gato, el hijo de Miguel Abuelo, que tenía 15 años y estaba
enloquecido con ellas. Antes de volver a Buenos Aires, lo llamé a Miguel y le dije:
“¿Por qué cuando llegamos no se hacen un asadito en casa y nos esperan con Willy
y todos los demás?”. Bajamos del micro cargados porque yo había comprado una
cantidad de alfajores Havanna como para llenar la heladera y traía algunos regalos.
En casa no había nadie, pero tenía el contestador lleno. Pensé: “¿Quién me llama
sabiendo que me iba a Mar del Plata?”. El primero era: “Hola soy … Quería saber
cómo estabas”. Lo miré a Gato y le dije: “¿Qué es esto?”. Otro: “Hola, soy Silvia,
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quería saber cómo va todo”. Digo: “¿Qué le pasa a esta gente?”. “Che, Gato, voy a
llamar a tu papá… Menos mal que iban a hacer un asado, porque no hay nadie…”.
Entonces llamé a lo de Miguel y me atendió el sobrino. “No, Miguel está acostado
porque no se siente bien”. Le contesté: “Bueno, pero íbamos a hacer un asado, loco…
Cómo me cagaron, ahora voy a tener que comprar comida hecha…”. Al rato
apareció un amigo de Gato, un pibito que tenía su misma edad, pobrecito… “Hola tía,
¿estás bien?”. Le respondí: “¡Otro más que me pregunta si estoy bien! ¿A alguien le
llegó un informe de algún médico y y o no me enteré?”. Él se quedó callado y y o no
entendía nada… De repente, en la inocencia de los chicos, me dijo: “Tía, ¿no se te
murió ningún amigo a vos?”. “¿Qué? ¿A mí? No, ¿por?”. “Tía, se murió Luca…”. Le
dije: “Dejate de hinchar… Abrí la puerta y decile a este hijo de puta que pase…
¡Dale, Lu! ¡Entrá y dejate de hinchar las pelotas!”. El pelado tenía la costumbre de
subir haciendo un ruido en las escaleras. “Decile al pelado que entre, boludo…”. En
el momento en el que me enteré, ya se habían reunido todos los músicos en un
boliche que se llamaba Caras más Caras. Willy estaba ahí tocando con otros porque
y a sabían que se había muerto. En un momento este chico me agarró del brazo y me
dijo: “Luca se murió” “¿Cómo? ¡No puede ser! ¡No puede ser!”. La llamé a Mónica,
me atendió la mamá y me dijo que le habían dado un sedante. Eso me lo confirmó
todo.
Rodrigo Espina: Yo me había hecho medio amigote de muchos de los que vivían en
esa casa. El que me vino a avisar fue el Colorado. Esa mañana y o estaba armando
mi productora, preparando las luces y todo lo demás, vino y me dijo: “Se fue, se
fue…”. Nos pusimos a llorar, me tomé un taxi y caí en la casa a las diez y veinte. No
había casi nadie... Los Sumo fueron cay endo, una cosa así. Yo estaba tan imbécil que
no entendía nada. Porque uno creía que Luca no se iba a morir nunca, que los que
nos íbamos a morir éramos nosotros. ¿Cómo iba a morirse nuestro superhéroe, el tipo
que tenía respuesta a todo?
Paula Menéndez: Dos días antes de su fallecimiento, Luca me dijo: “Yo me voy a
morir mañana”. Lo tengo anotado en mi diario íntimo de ese año. Lo tenía muy
claro. Le respondí: “¿¡Qué estás diciendo!?”. Ese día Luca estaba deprimido.
Después de su muerte, muchas veces me pregunté: “¿¡Cómo no me lo llevé a mi
casa!? ¿Cómo no pude ver que iba a pasar algo así? ¿Cómo no pudimos verlo ni y o ni
ninguno de sus amigos o amores?”. Esa día en que me dijo que iba a morirse me
quedé con la sensación de que había algo que él estaba tratando de expresar y que no
sabía cómo hacerlo.
Nora Fisch: Me enteré de la muerte de Luca a través de una amiga, Mónica Delfino,
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que hacía y siguió haciendo prensa de rock. Yo estaba con unos amigos del exterior
que estaban de visita en Buenos Aires quedándose en casa y hacía un par de semanas
que no estaba en contacto con Luca. Había habido un proceso de distanciamiento
paulatino y tuvimos un último intercambio abrupto, después del cual y a no hubo
oportunidad de volver a hablar. Mónica tocó el timbre, no terminó de entrar y me
dijo: “Mirá, quiero decirte una cosa… Hoy a la mañana… Se murió Luca…”. Fue
devastador.
Mirta Bogdasarián: Me enteré de su muerte por mi viejo, que lo escuchó en la
radio. Estuve en el entierro pero nunca me enteré que hubo un velatorio. Sentí un
dolor enorme y sinceramente detesté a Silvia. Ahora también pienso que ella tenía 23
años y sería una descontrolada. Quizás hoy lo entiendo distinto, pero en ese momento
tenía ganas de decirle: “¿Cómo no te das cuenta de que lo que para vos es un pico
para él fue el pase al otro mundo?”. Porque Luca estaba hecho mierda y darle eso
era como tirarle fósforos al kerosene.
Enrique Symns: Sobrevivimos todos menos él. Qué locura. ¿Qué hubiera sido de
Luca? Yo creo que se suicidó en algún lugar, porque él murió cuando estaba
triunfando, cuando estaba por recibir un cheque de mucha plata y la novia estaba por
recibirse de psicóloga.
Claudia Gernhardt: Me quedé congelada. Al rato vino a casa la mujer de Willy con
dos psicólogas. Me las mandó por miedo a que y o hiciera algo, o para contenerme.
Las eché apenas llegaron: “Les agradezco mucho pero chau, hasta luego”. Mi
primera reacción fue preocuparme por Mónica. El jueves anterior se habían peleado
en la calle. Vinieron a buscarme las hermanas de Mónica, fuimos a su casa y
después al velatorio. A Silvia, el apodo de “el ángel de la muerte” se lo puso Pettinato.
Yo creí que ella era una cosa y resultó ser otra. Pensé que era alguien que le hacía
bien a Luca, y le hizo el peor mal del mundo. Vino un par de veces a mi casa. Era
vegetariana y yo le cocinaba especial. Fue cuando nosotros vivíamos en Ecuador y
Mansilla, en aquel departamento prestado. Luca murió en esa casa, donde él dijo que
iba a morir. Donde escuchaba el ruido de la murió... Porque la tenía ahí al lado.
Geniol: Cuando murió yo estaba en Belgrano R. Me lo dijeron y pensé que era una
joda. Me llamaron para avisarme y primero no lo creí. Yo había ligado un puesto de
flores en Barrancas de Belgrano y escuché en la radio: “Se murió Luca”. Ahí
empecé a negarlo: “Son boludeces, son boludeces…”. Pero no quise ir a esa casa…
Me había ido de Alsina hacía una semana, decidí abandonar el conventillo por una
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discusión con una mina. Luca me había dicho: “El lunes voy a cobrar plata de
Sadaic, voy a darte 200.000 pesos a vos, alquilate un departamento y rajamos de
acá”. Quería irse de Alsina porque la casa se había llenado de gays. En esa casa
vivíamos como indigentes. Había gente que meaba desde la puerta de su pieza, no
podías ni sentarte en el inodoro. Él decía: “Yo voy a morirme en esta casa”. “No,
rajemos, rajemos, Luca, dejate de romper las pelotas”.
Mirta Bogdasarián: Después de la muerte de Luca seguí y endo a la casa de Jorge
de Palomar. Parece que cuando Jorge habló con Silvia ella le dijo: “Yo me desperté
y él no”. Se habían picado. Cuando me contó eso empecé a decirle a Jorge: “Pero,
¿cómo puede ser esta mina…?”. Él me respondió: “Es una persona para olvidar”.
Claudia Gernhardt: Cuando Luca se murió lo único que yo quería era matar a
Silvia. Estábamos a punto de internarlo en Entre Ríos. A mí me ganaron por cuatro
días, porque Sumo dejaba de tocar para que él se internase en una clínica adventista.
Silvia Ceriani: Luca murió en mis brazos. Soy la única persona que estaba con él. No
se murió de sobredosis. No me interesa lo que pueda decir nadie.
Geniol: Silvita se iny ectaba cocaína. Yo la llamo “La viuda negra”, porque es como
esa arañita chiquitita que mata. Era la protegida de la casa, una chica media
diabólica y adicta a la aguja. No sé qué pasó con Silvita detrás de esa puerta. Pueden
hablar, pero fue detrás de una puerta cerrada. Hay muchas versiones. La única que
sabe la verdad y, no sé si la dice, es Silvia.
Paula Menéndez: No creo que nadie quiera a Silvia. Yo tampoco.
Silvia Ceriani: No murió de sobredosis. Se murió porque tenía cirrosis.
Sergio Rotman: Luca no tomaba heroína en la Argentina. Lo que se picó fue
metadona cortada con veneno para ratas. Consiguieron una metadona que no era
iny ectable. Sé quién se la vendió. El punto es que la metadona es bebible. ¿Por qué se
la iny ectó? No lo sé. Luca no se quería morir, pero se hubiera muerto igual de
cirrosis porque estaba liquidado, en ese estado en el que vomitás sangre. Luca no
consumía drogas de ningún tipo. Tomaba alcohol y fumaba porro. Nosotros
tomábamos mucha cocaína, pero él no.
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Timmy MacKern: Luca murió por una sobredosis de su vida. Nunca me calenté en
averiguar. Lo que pasa es que estaba tan hecho pelota que reventó.
Enrique Symns: Menos mal que alguien dice la verdad sobre lo que pasó con Luca,
porque robarle la muerte a alguien me parece la máxima locura.
Sergio Gaitán: ¿Existen pruebas objetivas que sostengan la hipótesis de “muerte por
uso endovenoso de heroína adulterada” en el caso de Luca? Si bien no es imposible
que la heroína venga cortada con estricnina o con algún otro veneno para ratas,
existen formas muchísimo más frecuentes de adulterar la heroína: bicarbonato de
sodio, lactosa, glucosa, quinina, talco, barbitúricos, otros opiáceos como el fentanilo,
etc. Desde lo simbólico, la idea de Luca Prodan muerto por la acción de un veneno
para ratas resulta repugnante e indignante. Se tiende a pensar: “Luca, una persona tan
importante para la cultura popular, murió como una rata…”. Es una idea fácil de
instalar y el componente simbólico es poderoso, en este sentido. Esa hipótesis de
envenenamiento involuntario por vía endovenosa debería estar avalada por, al
menos, un dato objetivo: certificado de defunción, informes de la Policía Científica,
informe de necropsia y toxicológicos, de haberse hecho. Es decir, cualquier dato
objetivo sobre lesiones punzantes en trayectos venosos, jeringuillas, implementos
para calentar y diluir la heroína en el lugar donde se halló el cuerpo, bolsita o papel
con la droga. Por otra parte, es extremadamente frecuente que los sujetos con
cirrosis no coagulen bien, y a que el hígado es el encargado de producir los factores
de coagulación. Por otro lado, el hígado endurecido provoca várices esofágicas,
debido a particularidades anatómicas del sistema venoso de la región. Estas várices
que se forman en el interior del esófago tienden a sangrar, debido a la frecuente
gastritis erosiva que se observa en los alcohólicos crónicos. Una vez que se produce
una hemorragia digestiva por esta causa, los trastornos en la coagulación no logran
detener la hemorragia, y sobreviene la muerte por un shock hipovolémico, que es la
pérdida de sangre masiva.
Sergio Rotman: Los que encontraron a Luca en la casa en la que murió fueron
Martín Tessitore, que después fue bajista de Los Ojos y de Mal Recetado, y Pat, que
era la novia de Gamexane. Eran dos de mis mejores amigos. Pat era una bruja del
ambiente que murió de Sida a los dos o tres años. Lo encontraron ellos con la aguja
clavada. Así nomás. Todo lo demás que puedan decir es mentira. El 90% de la gente
que habla de Luca no tiene ni idea. Los conozco a todos.
Sergio Gaitán: En general, el que muere por uso de heroína endovenosa no tiene el
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tiempo, ni la voluntad, ni la capacidad de guardar o esconder su jeringuilla, su
cucharita o su bolsita de heroína. La marca de la aguja suele ser visible. En el caso
de las sobredosis, el sujeto entra rápidamente en coma, con una notable depresión
respiratoria que lo lleva a la muerte en el transcurso de horas. En el caso de la
adulteración con sustancias extremadamente tóxicas, la muerte tarda menos en
llegar e inclusive puede ser inmediata. Quienes llegaron primero sin duda se
encontraron con esos signos inequívocos. Pero… ¿Qué resolvió el médico que
extendió el certificado de defunción como causa de muerte primaria y secundaria?
Suele resultar comprometido, para quien se encuentra frente al cadáver de una
figura sumamente popular, certificar simplemente el habitual “paro
cardiorrespiratorio no traumático”. Sobre todo si existen en el cuerpo, y a su
alrededor, claros signos de uso de drogas endovenosas.
Rodrigo Espina: Ocultar a esta altura que hubo un pico de heroína me parece… Es
cierta la teoría de que se inyectó heroína y que murió por eso. Después de tanto
tiempo creo que no tengo por qué ocultarlo. Es verdad. Una de las formas de cortar
la heroína es con geniol o con veneno de rata. La que él se inyectó vino con mucho
veneno de rata y le explotó no sé qué cosa. Pero más allá de la eterna discusión sobre
si fue un pico de heroína o no, lo cierto es que Luca se moría de eso o de cualquier
otra cosa. Su cuerpo no daba más. Yo mismo tiré lo que quedó de la heroína que se
inyectó. Fui uno de los que primero cayó a la casa. Agarré la heroína, la tiré a un
baldío, me comí unas puteadas grandes de alguien… Así fue. No sé quién se la dio,
hay una historia media negra con una tercera persona que está bajo secreto, y o no lo
sé, y que va a permanecer bajo secreto. Hubo un juramento, no sé si fue entre los
tres o entre Luca y ella, pero supongo que fue entre los tres. La única que puede
romperlo es Silvia y sé que no va a hacerlo. A Silvia le tocó compartir, entre otras
cosas, cierta parte del infierno de Luca, que termina con su muerte.
Sergio Gaitán: Luca consumió a lo largo de su vida todo tipo de drogas. En Tarquinia
tomó ácido hasta la psicosis, lo cual no le dejó un buen recuerdo. Alguna vez declaró
que: “Tomo alcohol para tranquilizarme, porque el ácido me destruy ó los nervios…”.
Era amigo de la marihuana y no tan afín al uso regular de cocaína, aunque era un
consumidor eventual, como él mismo admitió cuando dijo: “Yo merca no compro,
pero si me ponés la ray a ahí… Le doy ….”. Lo cierto es que quedó notablemente
pegado a dos drogas en particular: el alcohol y la heroína. Si bien son dos drogas bien
distintas en muchas particularidades farmacológicas, ambas comparten algunos
efectos en común: anestesian el dolor psíquico y suprimen el desasosiego vital. Sin
dudas, existieron dos circunstancias vitales que Luca nunca pudo acomodar en su
psiquismo sin que le hicieran ruido: el sentimiento de desamor parental al obligarlo a
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concurrir a Gordonstoun, y el particular suicidio de Claudia. A mi entender, ese
“ruido psíquico”, que se estableció en forma de desasosiego a través de sentimientos
como desamparo, vulnerabilidad y culpa, resulta trascendental al intentar
comprender su fuerte pulsión de muerte a través de sustancias con un efecto
subjetivo altamente “acallador y apaciguador psíquico”. Como escribió Jean Cocteau
refieiréndose al opio, aunque sus palabras podrían hacerse extensivas al efecto
subjetivo de todos los opiáceos en general, inclusive la heroína: “Decirle a un
fumador de opio en estado continuo de euforia que se está degradando, equivale a
decirle a un pedazo de mármol que está siendo deteriorado por Miguel Ángel, a una
hoja de papel que está siendo borroneada por Shakespeare o al silencio que está
siendo interrumpido por Bach”.
Diego Tuñón: Una semana después de la muerte de Luca me llamaron para hacer
una publicidad de un paté santafecino. El protagonista era Richard Coleman. Otro de
los que estaba ahí, que se hizo amigo mío y también se llamaba Diego, era el bajista
de Geniol con Coca. Vivía en la casa mítica de San Telmo y me contó cómo había
sido la muerte de Luca. Que supuestamente esta chica le insistió porque quería
probar la heroína. Luca no venía bien, igual. Como que se levantaba, tomaba un poco
de ginebra y vomitaba. Finalmente se dio un pico y cuando la chica se despertó se
encontró con Luca en rigor mortis. En aquel momento Geniol tenía siempre bandas
en las que los integrantes cambiaban, eran chicos que se picaban cocaína, gente
pesada.
Silvia Ceriani: Luca tenía un espíritu guerrero. Pero de guerrero con convicción. Es
difícil definir a una persona que ha estado tan cerca de uno, porque cualquier cosa
que se diga puede ser usada en tu contra.
Mónica Stromp: Me parece difícil cuando ponen a la gente en un pedestal y se
olvidan del contexto. Sumo era una banda de rock muy buena, sin duda. Pero el mito
empezó con su muerte. Ahora resulta que todo el mundo lo conocía, todo el mundo
había visto un show, todo el mundo había sido amigo… Aparecen frases como el
“guerrero” y cosas así. No comparto esa clase de visiones. Para mí, Luca tenía una
potencia creativa increíble, y por suerte se dio cuenta de que acá había lugar para
hacer música. Él disfrutaba muchísimo creando y tocando, quería que su música le
gustase a la gente, por más que en su época el círculo fuese pequeño. Pero… ¿Un
guerrero de qué? ¿Qué guerra estaba luchando? Para mí que su lucha era interna, con
su historia personal y sus adicciones. Pero no era hacia afuera. Esa guerra era entre
la necesidad del físico contra el deseo del alma. A él le gustaba la buena vida, y eso
no era el reviente. Vino a la Argentina porque Timmy le había mandado una foto de
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él con su mujer y sus chicos en una casa preciosa en las sierras de Córdoba. Vos lo
hubieras visto jugando con esos chicos. Siempre añoró una felicidad simple. Después
de tantos años, mi visión sobre los años que compartí con él ha cambiado, quizás veo
las cosas con más realismo, o mi propio horizonte me permite comprender cosas de
una manera distinta. Luca sabía que iba a morirse. Quizás le hubiese gustado hacer
otras cosas, pero la opción de morirse era una. No digo que la haya buscado, porque
creo que su muerte fue un “accidente” lamentable, con un efecto devastador, que no
tendría que haber pasado. Pero sí creo que iba a ser muy laborioso y doloroso
sacarlo de donde estaba, sin saber si su físico lo iba a soportar.
Geniol: Creo que fue un suicidio. Perdió la noción de la vida. De la vida social.
Timmy MacKern: Fue como una mini celebración de él… Para mí no fue un
suicidio. Justo habíamos cobrado una plata de CBS, renovamos el contrato por cuatro
años, cobramos una plata. Quizás era su forma de evadirse de todo eso… Todo
empieza mucho antes, Sumo fue la culminación de una larga historia.
Fernando Noy: Un día, Fito y Fabi Cantilo me dijeron: “Nos vamos a la casa de
Luca”. Yo y a había ido, le abrí la heladera y vi un limón y tres cositas más, pero no
había nada. Estaba la calavera de la muerte. Yo y a lo cantaba, como poeta, como
escorpión, como bruja, como maga, como andrógina sagrada. La onda estaba
captada. Entonces, les dije: “No, no, me quedo con Batato, nos vamos a comer
medialunas”. Eran como las cinco de la mañana. “Andá vos, Fito, andá con Fabi”.
Era el año 87, que es cuando murió Luca. Estuvieron con Luca dos días antes de su
muerte.
Rolo: El mismo día en que Luca murió, vino Pety y me lo contó. Yo estaba con mi
novia en la puerta del club Ateneo. Le respondí: “Sí, sí, sabía…”. Siempre hacíamos
bromas de todo tipo. Él estaba escuchando la noticia en la radio, en el auto de un
amigo. No le creí. Me fui con mi novia a tomar algo, y cuando volví me repitió:
“Che, mirá que se murió Luca”. Ahí empecé a hacerme a la idea un poco más: “No
puede ser, si el domingo estábamos con él…”. “En serio, se murió”. La primera
reacción que tuve fue empezar a caminar sin mirar nada. Fui derecho hasta la casa,
me atendió el Coloradito y le dije: “Disculpame, nunca golpeé esta puerta. Sé que
Luca vive acá porque una vez me trajo y no quise entrar. ¿Luca está?”. “No”, me
dijo. “Luca se fue, no va a volver. A ver… A vos te voy a decir la posta, porque a
algunos los mandé a cualquier lado. Luca no va a volver. Mañana a las nueve de la
mañana en Avellaneda. Andá ahí”. No sé por qué, pero a un montón de personas que
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fueron a su casa los habían mandado a Chacarita. A las nueve de la mañana de ese
miércoles estuvimos ahí con Pety. No fuimos a darle el pésame a nadie, porque
familiares no había. Queríamos saber si era verdad.
Silvia Ceriani: En la casa hubo un desfile y cada uno que llegó se llevó algo. De
verdad. A mí me quedó un reloj que él me había dado antes de morirse. Mucho
después me lo robaron. Conservo algunas cositas, como las credenciales que usamos
en Obras. Tengo la suya y la mía.
Claudia Gernhardt: Cuando Luca murió, lo primero que le robaron fueron los
walkman míos que tenía en la pieza y una pollera escocesa que me había regalado.
Alberto “Superman” Troglio: Al mediodía llegó un periodista de Crónica, que no sé
cómo carajo se habrá enterado, supongo que alguno buchoneó. En esa época no se
hacía investigación forense. Ahora sí. Cuando hay muerte dudosa te agarra la policía,
te abre todo, qué sé yo… Pero bueno, tampoco era tan importante. La policía nunca
vino pero llegó una ambulancia. A uno de los primeros a los que llamamos fue a
Stefanolo y el tipo piloteó la historia. En la casa, todos esos hippies que vivían ahí se
tomaron el raje y le afanaron un montón de cosas. Silvia tampoco estaba. Se habrán
cagado todos hasta las patas. Cayó Stefanolo y también el tarado este de Rial, que era
notero de Crónica, que lo enganchó a Ricardo y le hizo una nota. En Crónica
pusieron: “Extraña muerte de cantante de rock”. Hicimos el velorio, llevamos el
cajón y lo enterramos en Avellaneda. Nunca voy al velorio de nadie porque no me
gusta, pero al de Luca fui.
Timmy MacKern: No queríamos que investiguen nada. Cuando fuimos a la
comisaria con Stefanolo el tipo dijo: “Sí, tomaba un poco más de esto”. El policía nos
preguntó: “¿Pero tienen alguna razón para decir ‘muerte sospechosa’?”. Le dijimos
que no. “¿Entonces para que vienen acá? Solo vengan a verme si sospechan de algún
siniestro”. Era otra época, había muchas muertes y no investigaban mucho cuando
había algún escándalo. Después fue buscar un médico que firmara los certificados y
de eso se encargó la empresa fúnebre. Estuvimos todo un día diciendo: “¿Dónde lo
metemos?”. Nadie quería recibirlo porque Luca no tenía domicilio y estaban todos
los cementerios al re palo.
Rodrigo Espina: Yo cometí una gran falla, de la que me salvó Timmy. Porque
cuando llegué a la casa había un ambiente en el que nadie sabía qué hacer. Me
dijeron “Llamá al servicio…”. Lo hice y justo llegó Timmy, que frenó todo. Durante
380
mucho tiempo, Timmy me dijo: “Si y o no llegaba vos hubieses mandando a Luca a
una fosa común”. No sé… Soy una bestia con esas cosas. Me dijeron que llamase al
servicio fúnebre y yo llamé. Nadie sabía qué hacer.
Fernando Noy: El colorado dueño de la casa, Marcelo Arbisser, impidió la llegada
de la prensa, que estaba como loca porque sabían que había muerto ese sol. No dejó
pasar a nadie y nosotros pensamos: “Ah, bueno, se está portando bien”. Pero no:
estaba vendiéndole la exclusiva a Crónica… Murió al poco tiempo, y a tenía Sida de
antes. Yo había visto la muerte de Miguel Abuelo, de Tanguito, de Alejandra Pizarnik.
Me viene la muerte como una hermana, como “vamos a llorar para que no sufra”.
Yo soy muy hechicera, en el sentido de conocer ciertos trámites del Mas Allá.
Entonces leí El libro tibetano de los muertos, que se lee durante un mes seguido por la
noche para el alma que se está yendo, y le hice ese trámite, para él, nada menos. Yo
sé por el opio, y porque tomé heroína, que la muerte no existe y que no hay un final.
Vivo la muerte de Luca como un pacto para un reencuentro posterior. Tomando
heroína en París, de pronto me daba un pico, miraba y ahí estaban Janis Joplin o Jimi
Hendrix. Luca se había quedado único e infinito, porque no sabía el devenir de ellos,
de las bandas.
Germán Daffunchio: Luché para tratar de ser consecuente con Sumo hasta el último
día. De serle leal a nuestro trato de honor, eso que habíamos tenido originalmente. De
hecho, nos encontramos con Luca muerto y había que enterrarlo. Hasta en eso
estuvimos con él. Me cuesta mucho hablar sobre esto. Tengo el sentimiento adentro
de mi corazón, que es verdaderamente intransferible… No sé si algún día voy a
poder transmitir lo que realmente significaba Sumo. Va tomando dimensión a través
del tiempo. Para mí, Sumo fue el principio de todo.
Nora Fisch: Apenas logré dejar de llorar fui a la casa de Alsina y ahí estaban los
Sumo, Tim, había bastante gente, a algunos los conocía, a otros no… Uno de los
Sumo, no me acuerdo quién, me preguntó: “¿Querés subir a verlo?”. Dije que sí. Subí
y me quedé un rato a solas con él… Lo que más me llamó la atención fue que tenía
una sonrisa, una expresión de bienestar… En ese momento, mi interpretación fue que
finalmente había llegado a la luz blanca. Tal vez hay otras explicaciones más
científicas para ese rictus sonriente, pero yo asocié esa expresión de felicidad, de paz
y de tranquilidad, con su entrada a un lugar plácido y añorado, adonde realmente
quería estar.
Rolo: Cuando pasé a verlo en el cajón le besé las manos, que estaban muy frías.
381
Jamás había experimentado algo así. En la cara tenía una expresión de paz. Me
acuerdo que pensé: “Te salió el plan”. Porque se había cumplido todo lo que él había
dicho. Nunca voy a olvidarme de esa cara de paz.
Geniol: Cuando murió, Luca tenía una sonrisa. Eso es por un nervio, como un efecto
físico.
Germán Daffunchio: La tragedia que vivimos, que fue la tragedia de Luca, es que a
Luca de alguna manera lo devoró el personaje. Cuando se murió no vino ninguno de
todos los que se le aparecían para decirle: “Eh, vamos a tomar una ginebra”. Al Luca
del Abasto, al de los bares y bares, se lo comió el personaje. Fue una lucha que
perdimos. No logramos que dejara de tomar. De usarlo como remedio, el alcohol
terminó siendo el veneno. Se murió a los 34 años. Era un pendejo… Pero y a no
quería más nada. Estaba saturado de la vida.
Stephanie Nutall: Me enteré de la muerte de Luca un mes más tarde, a fines de
enero. Recibí un mensaje que tardó en llegar. Un tiempo después Linda vino a
visitarme y me trajo un video que alguien le había mandado. Me dijo: “No vas a
poder creer el éxito que tuvo Luca”. Miramos la cinta e hicimos una suerte de
velatorio. Me impresionó mucho enterarme lo famoso que había llegado a ser.
Rolo: Había salido en los extras de Crónica, pero igual nos costaba creer que fuera
cierto. En el velatorio nos quedamos solamente media hora porque no te dejaban
estar más. Llegamos a las nueve pero abrieron recién a las 11. El que abrió la puerta
nos dijo: “Chicos, son pocos acá, es media hora esto. Más no se puede. El tema es
que han pasado casi dos días. Vamos a abrir el cajón, van a pasar los que están acá y
se acabó. Treinta minutos y se van”. Cuando me tocó pasar para ver a Luca apareció
Mollo con una cara que no me olvido más. Me miró casi sonriendo, como diciendo:
“Te saliste con la tuy a”. Éramos 20 personas nada más, entre ellas Mónica Stromp.
El sentimiento general en el velatorio era más de congoja interior que de llanto
explícito. Un dolor hacia adentro, como cuando te cuesta aceptar algo, ¿no? No
esperábamos un desenlace tan rápido, pero sabíamos que iba a pasar.
Claudia Gernhardt: A la mañana siguiente estuvimos en Avellaneda con Mónica. No
me acuerdo si fui con Willy o me lo encontré allá, pero en un momento le pregunté:
“¿Qué estaría haciendo Luca si y o me muriera?”. “Estaría tomando una ginebra”,
me respondió Willy. “Bueno, es la primera vez que me voy a tomar una ginebra”.
Me fui a un bar, me pedí una ginebra, me la tomé de un trago y me pareció
382
asquerosa. Después del entierro fuimos con Mónica a mi casa, pasamos la Navidad
juntas, comiendo alfajores Havanna. Ni siquiera bajamos a comprar comida.
Estábamos totalmente tristes, deprimidas, encerradas en casa y comiendo alfajores.
Esa Nochebuena abrí las ventanas del departamento, puse “Noche de paz” en el
balcón y de los edificios empezaron a prender luces y a poner el mismo tema. Fue
alucinante.
Enrique Symns: El 22 de diciembre es el día de mi cumpleaños y en aquella época
cada uno festejaba el suyo en un bar que se llamaba Caras más Caras, que estaba en
Almagro. El día que se murió Luca íbamos todos a festejar mi cumpleaños ahí,
locamente, como siempre… Yo trabajaba en la revista Fin de Siglo y al mediodía
me llamó Poli para contarme que Luca se había muerto. Me agarró un ataque y me
fui al bar de enfrente. Esa noche, mi cumpleaños fue un velorio. Todos cantaron
canciones de Luca en Caras más Caras hasta el amanecer y de ahí se fueron al
entierro, donde Orje le cantó un blues.
Alfredo Rosso: 1987 fue el final de una época. Desgraciadamente, la muerte de
Luca era medio anunciada. No tomó a ninguno de los músicos de Sumo por sorpresa,
según lo que comentaron después. Lo que pasa es que de tan anunciada todos
suponían que nunca iba a ocurrir, porque justamente lo habían visto sobreponerse a
tantas cosas… Luca era un tipo duro. Había tocado en Obras unos días antes y se la
había bancado. Me acuerdo que a ese concierto llevé a mi hija mayor, era una
noche de lluvia, y que Luca se había cantado todo, con un frenesí infernal. Era
evidente que Luca estaba muy escorado, me imagino que tendría el hígado muy
mal, pero siempre se reponía para cantar. Tenía una personalidad terrible, una fuerza
interior que lo llevaba a poder hacer lo que tenía que hacer en el escenario…
Durante esa última época de Luca no nos veíamos mucho. Creo que la última vez
había sido en Freedom, en un recital del Negro Fontova. Luca había ido como
espectador, nos encontramos y charlamos bastante.
Geniol: Luca era un gran tipo, un gran artista, tenía un don y era un artista de verdad,
no era joda. Lamentablemente tendría que haber sido un poquito más fuerte, como
para evitar que la mediocridad del medio lo haya hecho mierda como lo hizo.
Porque Luca fue víctima de la mediocridad de la gente que no lo entendió.
Germán Daffunchio: La muerte de Luca era irreversible. Había un proceso de
deterioro físico que era notable. Uno se daba cuenta. El Luca que conocí cuando
estábamos en Córdoba era distinto al Luca que se fue. Todos vamos quemándonos en
383
el camino, algunos más que otros, pero no con esa intensidad. La última vez que
hablamos me dijo la famosa frase que para mí, en un momento, fue importante:
“Vos tenés que seguir”. Yo: “¿Y qué estoy haciendo, boludo? Vos te estás muriendo,
y o ahora tengo un hijo”. “Vos tenés que seguir, Germán, vos tenés que seguir”. De
alguna manera, cuando él se murió, esas palabras fueron una especie de puntapié
para tener el valor de empezar de vuelta.
Claudia Gernhardt: Hay días en los que pienso: “¿Cómo puede ser que el tiempo no
hay a menguado el dolor?”. Tengo ganas de salir y verlo a Luca cruzando la calle. Me
pasaron muchas cosas después de su muerte, situaciones no muy lindas, y me
hubiera gustado sentir su protección. Porque y o lo cuidaba, pero él sin saberlo me
protegía. Yo me sentía segura estando con él. Sabía lo que sentía, me acompañaba,
no me criticaba.
Andrés Calamaro: Luca necesitó pocas palabras y una gran actitud. Además tenía
natural conocimiento del micrófono, sabía sonar cantando, se le notaba la cantidad de
recitales clásicos vistos en Europa. Nos llevábamos muy bien y hubiéramos sido
amigos, nos habíamos prometido grabar juntos, los dos creíamos en la grabación
espontánea y doméstica. Se lo extraña.
Bobby Flores: Nunca pensé que se iba a morir. Había aguantado tanto… Las últimas
veces que lo había visto no parecía estar mal. Lo había visto en Rock & Pop, porque
en ese momento lo managereaba Grinbank. Me lo dijo Elizabeth Vernaci, porque yo
estaba de novio con la Negra. Ella se enteró primero y me llamó para contarme. Le
respondí: “Se despierta, boluda, mañana se despierta, no le den bola…”. Después me
lo confirmaron y no lo podía creer. Pensé que yo me iba a morir antes que él.
Lalo Mir: Cuando murió me enteré en la radio. Creo que estábamos al aire, o
acabábamos de terminar el programa. Fue un cachetazo. Me afectó mucho porque le
tenía un afecto muy especial y sentía admiración por él. Me parecía un personaje
singular, un referente cultural muy importante. Además una muerte así, de esa
manera, medio tonta pero al mismo tiempo tan obvia. Uno tenía el deseo de que no le
pase una cosa así. Pensabas: “Bueno, salió de la pesada, se vino a Buenos Aires
precisamente para estar más lejos de eso…”. Sabíamos que le gustaba irse un poco
de rosca, que tomaba demasiado, pero nadie esperaba un final así, tan pelotudo. Fue
un baldazo de agua fría.
Tom Lupo: En uno de los últimos reportajes que hicimos en la radio, yo le dije:
384
“Podríamos seguir toda la noche, somos jóvenes, también sabemos que vamos a
morir”, agregué una frase, y él se quedó con la frase anterior y me dijo: “Gracias
por hacerme acordar”. Y ahí me di cuenta de que le había hecho acordar que vamos
a morir. Y después de eso, la producción puso un tema que él había pedido dos o tres
veces en la noche y yo no le había dado bolilla. Y justo la producción, sin saber que
él había pedido eso, lo puso como despedida y dijo: “Este tema habla de muerte”,
que fue la última reflexión que hizo. Después se despidió con la tos. O sea que vino el
recuerdo de la muerte, la palabra “muerte” dicha por él y el final del reportaje que
es una tos; como que Luca se despidió de la radio con una tos que el operador
procesó, le puso una cámara. Quedó como la misma tos de “Los cinco magníficos”.
Luca me había dado mucha ginebra esa noche porque al hablar me tragaba las
palabras. Yo le dije: “Uh, qué casualidad, pusieron el tema que vos habías pedido.
Pero yo quiero escuchar ‘Noche de paz’”. Y no dije “Noche de paz” sino “Noche
paz”. Estaba totalmente disléxico y borracho porque Luca creo que además tenía la
capacidad —con o sin ginebra— de emborrachar al que estaba al lado. Tanto fue así
que recién noté la alegría con la que había dicho “Gracias por hacerme acordar”
unos minutos después. Y recién entonces me reí.
Bobby Flores: Con la muerte de Luca sentí por primera vez en mi vida qué significa
una pérdida irreparable. Pensé: “Cagamos, se murió y ya no hay más, esto no se
arregla de ningún lado”. Cuando se murió Federico Moura también. Creo que Jorge
Crespo fue el tipo que más sufrió la muerte de Luca. Creí que Jorge también se
moría. Estaba devastado.
Andy Cherniavsky: La muerte de Luca me partió al medio, me hizo muy mal. Tener
a Luca entre nosotros fue como tener a un personaje que de alguna manera validaba
a la Argentina. Más todavía en ese momento, porque no era solamente la música sino
el hecho de haber elegido un país de mierda en medio de un momento de mierda
para hacer algo genial, comerse a todo el mundo, enamorar a toda la audiencia y
morirse acá. Un extranjero que se hizo carne de una cultura rock que para nosotros
había estado prohibida por muchos años. Para mí su muerte fue algo demasiado
duro, lo sufrí muchísimo. Ese mismo año también se murieron Miguel Abuelo y Fede
Moura, gente que para mí era muy cercana. Los Abuelos se juntaban en casa antes
de cada show, el micro salía de la puerta de mi casa, Miguel era mi vecino… A Fede
le saqué fotos cuando y a estaba enfermo. Luca se murió muy poco tiempo después
de esas sesiones increíbles que habíamos hecho… Muchos años después me tocó
hacer la estampilla de Luca Prodan, algo que me dio mucha alegría.
Fernando García: Estaba en la avenida Cabildo con dos amigos, que justamente
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había conocido de ir a ver a Sumo. Ese fin de año, Sumo iba a tocar la noche del 30
diciembre en Cemento. Habíamos ido a la disquería, La Pelela y a otras más, que te
grababan casetes. Había un pibe negro que también iba a ver mucho a Sumo. Nunca
supimos el nombre. Nos cruzamos con él y nos dijo: “Che, ¿Vieron que murió
Luca?”. “¡¿Qué?! Si toca Sumo en Cemento. ¿Qué se va a morir Luca?”. “No, en
serio, me dijeron que se murió. Bueno, si no se murió nos vemos en Cemento”.
“Bueno, sí, nos vemos ahí…”. Llegué a mi casa, me abrió mi hermana y me dijo:
“¿Viste lo que pasó? Murió Luca”. Prendí la tele y estaba la noticia en Crónica. Sonó
el teléfono, era uno de estos pibes y me dijo: “¿Qué vamos a hacer ahora?”. No me
olvido más de esa frase. Ir a ver a Sumo era nuestro plan. No había nada mejor.
Alberto “Superman” Troglio: Yo estuve un rato en el velatorio con los pibes. El que
se encargó de todo fue Timmy. A los dos días nos juntamos a zapar. Ahí fue que cay ó
Andrea, que viajó desde Italia, y trajo el famoso casete con la firma de Virna Lisi,
porque le había gustado la canción que Luca le había hecho. Nos pusimos a zapar y
recién ahí nos dimos cuenta de que Luca no estaba más. Yo fui tomando conciencia
de a poco, no me pegó de golpe. Ese día de la zapada sentí que se había hundido el
barco. Creo que después de la muerte de Luca, Sumo hizo bien en separarse.
Germán Daffunchio: Roberto se garantizó la no continuidad de Sumo… Es el día de
hoy que sigue repitiendo: “¿Pero en serio vos decís que y o separé a Sumo?”. “Sí, vos
lo separaste y te digo exactamente cómo fue toda la secuencia, hijo de puta”. En su
momento yo tenía tanto dolor y tanta bronca… No podía creer que se hubiese
disipado todo lo que habíamos hablado durante el proceso final de Luca. Porque en
un momento empezamos a decir: “Luca se muere, ¿qué vamos a hacer?”. Roberto
quería probar suerte en Europa, en España, y entonces dejó tendido al grupo. Hizo
todo un juego, una tramoya, toda una vuelta, eso típico de la forma de ser de
Pettinato. Aparte de mí, el único Sumo que había dentro de Sumo era Diego. Para
mí, seguir sin Luca era una posibilidad viable porque creía mucho en el espíritu del
grupo.
Alberto “Superman” Troglio: Pettinato era el que se afanaba todo… Apareció en
Internet la primera versión de “Virna Lisi” tocada por Stephanie, cuando ni y o
estaba. Alguien las bajó. ¿Quién tenía acceso a ese material? Pettinato. No creo que
ni Timmy, ni Germán, ni Diego, ni Ricardo lo hayan puesto, porque no son de hacer
esas cosas. Pettinato sí, porque tuvo el vacío de una viuda de Sumo y necesitaba
hacer esas cosas. Todos los dedos de los ex Sumo lo señalan a Pettinato como el
responsable de esas cosas.
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Palo Pandolfo: Sergio Bodán estaba todo el tiempo en la casa de Alsina, porque eran
amigos. Sé por él que Luca siempre hablaba bien de mí, me llegaba eso, así que con
él tuve una ligazón rara, que es como un misterio no develado. Solo a través de
Sergio. Tengo a Luca totalmente idealizado. Para mí es una figura mitológica.
Cuando me enteré de su muerte sentí mucha rabia por no haberlo conocido. Una
semana después terminé en la casa, bebiendo con siete dementes de una obra de
teatro, saltando por las habitaciones. Fue muy extraño estar en su casa después de su
muerte, que aparte había sido en la terracita de arriba, que la jeringa, que la
heroína... Asumimos eso como el camino a seguir, el camino del reviente, como
diciendo: “Bueno, nosotros también queremos…”. O sea, era una cosa densa. Había
un espíritu que daba bastante miedo. En esa casa sentías adrenalina, una sensación de
peligro. Teníamos 24 años.
Alberto “Superman” Troglio: Geniol dice que Luca le había dicho que cuando él se
muriera, el cantante de Sumo iba a ser él. Después Geniol le hizo un juicio millonario
a Sumo. Para mí, Geniol era un chabón amigo… Hacía mil mimos y boludeces
arriba del escenario pero nunca fue un Sumo. Es más, en los contratos está la firma
de nosotros seis y no la de un tal Geniol. En el juicio pidió un resarcimiento por lo de
“La rubia tarada”. Habría que preguntarle a un abogado, yo no sé de esas cosas...
Damián Damore: Mi primo, con el que iba a los recitales, vino corriendo a contarme
porque creo que salió publicado en la quinta de Crónica. Me sorprendí, creí que era
broma, y me puse a llorar cuando lo confirmé. Con Sumo se me iba toda la
adolescencia. Al toque me dejó mi novia, terminé emborrachándome en la fiesta de
fin de año del secundario, haciendo un papelón grande, con mis hermanos y mi
madre viniendo a rescatarme del verdugueo general. Sin Sumo, me di cuenta, no
tenía nada. No me importaba nada. Ni siquiera me entusiasmé con esa versión de
que Palo podía reemplazarlo como cantante, versión que hizo correr Polimeni. Sumo
era Luca y los demás.
Palo Pandolfo: En el 90 se instaló el rumor de que y o reemplazaría a Luca en Sumo.
A mí me llegó por una nota de Carlos Polimeni en el suplemento “No”, como a la
mayoría de la gente. Aparentemente, Polimeni había estado con ellos y,
supuestamente, el propio Luca le había dicho eso. En su momento, para producir
Patria o muerte fui a buscarlo a Arnedo. Me dijo: “No hago eso para otros músicos”.
Pero me invitó a zapar y nos encontrábamos en Floresta.
Diego Tuñón: Cuando murió Luca y o era muy joven, creía que y o iba a morir igual,
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aunque ahora agradezco no haberlo hecho. Pero era lo que me parecía lógico. Por
suerte, como role model tuve más a Melero que a Luca, y Daniel no estaba tanto en
eso de “vivamos cada día como si fuera el último”. Pero es muy lindo ver que hay
gente que vive lo que pregona. Luca, para mí, era eso. Pero lo más impactante es
que dejó una obra en muy poco tiempo, porque Sumo es una obra que vive en sí
misma. Como los Clash y los Beatles, ¿no? Grandes obras en períodos cortos de
tiempo. También creo que fueron fenómenos porque no había habido antecedentes y
eso los hace pioneros de una actitud, ¿no?
Mónica Stromp: Siendo madre, entiendo que el padre de Luca trató de hacer lo
mejor que podía en el marco de sus límites. Salió mal, pero no porque la intención
haya sido mala. Me cuesta pensar que un padre actúe de mala manera hacia su hijo.
Actúa de la manera que puede. Mis padres tampoco hicieron todo a la perfección.
Hicieron, dentro de su universo, lo que pensaban que era mejor para mí. Nos pasó a
todos. Quizás desconocieron un montón de cosas de este hijo particular que tuvieron,
no sé… Se me parte el corazón. A Mario lo conocí de anciano… Me llevó abajo, en
su casa, a su taller, me mostró sus cosas, me regaló los libros que había escrito…
Claudia Gernhardt: Luca me decía que en su familia había muchos videntes.
Cuando vi a la madre después de su muerte, me contó que ese día Michela subió con
un dolor de cabeza impresionante, porque vivían en unos pisos divinos en Roma. Ella
tenía una foto de Luca que de repente hizo así y a los diez minutos llamó Timmy
para decirles que Luca había muerto.
Mónica Stromp: Luca no tuvo la chance de tener 50 años. No pudo pacificarse con
su familia. Otros le crearon un rol, o se lo creó él mismo, y quedó atrapado en eso.
Conociendo a sus padres, y a de grandes, y a Michela, entiendo que hubo conflictos
pero parto de la base de que no salieron del odio. Es muy difícil juzgar a la gente.
Claudia Gernhardt: La madre de Luca vino con Andrea cuando murió Luca. Estaba
en la casa de Timmy y fui a visitarla porque y a la conocía. Yo trataba de no estar
muy mal porque era su mamá, pero ella me dijo que en realidad los años que había
vivido Luca entre aquel coma hepático y su muerte habían sido como un regalo y
que por lo menos el hijo había hecho algo. Le di mucha ropa que tenía porque en el
87 Luca vivió prácticamente en mi casa. Ella me preguntaba: “¿Esto es de Luca?”.
Porque estaba todo medio gastado. Había unas máscaras que y o traía de Brasil y que
Luca usó en varios recitales, me acuerdo de una que tiene una máscara de látex a la
que le sale un pucho de una boca de mujer. Durante muchos años, por mi trabajo fui
388
socia o algo así de un lugar que se llamaba “Los Diarios”. Era una agencia que tenía
un servicio en el que te mandaban recortes de prensa de los temas que vos eligieras.
Yo tenía “Topo Gigio” y “Las Primas”, porque trabajaba con ellos, y aproveché para
agregar a “Sumo” porque me salía lo mismo. Entonces tenía todos los lugares donde
habían tocado. Armé una carpeta con eso y cuando la mamá de Luca vino a la
Argentina se la regalé juntos con todos los discos de él. Me pareció correcto que lo
tuviera su mamá.
Mónica Stromp: Dos años después de la muerte de Luca, conocí a tres chicos de
Roma que habían venido a la Argentina. Un director de cine, su productor y un
amigo de ellos. Vinieron con el proy ecto de grabar una película acá, con una
productora argentina. Los acompañe a Iguazú, los ayudé a buscar locaciones, fuimos
a la Patagonia, filmamos la película y un día Lanfranco, el productor, me dijo: “¿No
querés venirte a Roma con nosotros que hay que terminar las cuentas y el
presupuesto?”. Viajé en enero del 90. Lanfranco fue a buscarme al aeropuerto y me
dijo: “Tengo que contarte una cosa que nunca antes te dije. Para eso te voy a llevar a
un lugar particular”. Ya nos conocíamos bastante, del medio año que habíamos
trabajado juntos, y me parecía una persona adorable. Me llevó directamente a la
Fuente de las Tortugas. Yo nunca había estado en Roma. Me mostró, ahí mismo en la
fuente, señalando: “Esta es la casa donde yo crecí. Y ahí a la vuelta, en Via de
Funari, está la casa de Luca. Luca y yo éramos amigos”. Yo no podía creerlo. Me
dije: “¿Qué es esto...? ¡Qué suerte que tengo! Vengo a Roma, con un trabajo, a la
ciudad de Luca y con la suerte de tener al lado a un amigo suyo”. Fue muy
emocionante. Me quedé en Italia más de un año. Fui a visitar a Michela, a Cissie y a
Mario, el papá de Luca. Fue emocionante conocer todo lo que él me había contado.
La mamá me regaló cosas de ella, muy valiosas, como agradeciéndome. Me decía:
“No puedo hacer nada, pero quiero agradecerte lo que significaste para mi hijo. Esto
es para vos, para mi nuera”. Me quería morir, tanta tristeza. Volví varias veces a
Roma, estuve con Michela, tenía muchas preguntas para hacerle.
Alejandro “El Suizo” Kalbermatter: Luca murió como él quiso. Siempre hablaba de
que se sentía culpable por la muerte de la hermana. Él se fue de Italia por eso y llegó
al peor lugar, porque acá todo era más libre y se encontró con gente que andaba en
eso. Murió en su ley.
Ricardo Curtet: En Buenos Aires estaba su sobrino, Homero, que siempre me
pregunta sobre Luca porque él no sabe mucho de esa época. Un día vino a Córdoba y
fuimos a lo de Timmy. Me quedé a dormir dos o tres días ahí y después Luca se
volvió a Buenos Aires porque tenía que tocar. Me preguntó si quería ir con él a alguna
389
gira, pero no sé en qué andaría yo en ese momento y le dije que no. Esa vez que vino
a Córdoba todos alucinaron porque estaba Luca Prodan y qué sé y o… Esa vez en
Cura Brochero fue la última vez que lo vimos. Al poco tiempo de su muerte estuvo la
mamá. Un día veo venir la camioneta de Timmy, manejaba su esposa, y había una
señora al lado. Entonces para y me dice: “Esta señora es la mamá de Luca, vino de
Europa”. La saludé y siguieron. Volví a ver a la madre en la casa de Andrea, pero y a
estaba más viejita. Estuvimos comiendo un asado, interpretó algunas canciones en
italiano, después yo toqué el tema de jazz “All Of Me” y ella lo cantó.
Nora Fisch: Cuando Luca falleció me llevé de su cuarto esa pintura que le había
regalado y también unos anteojos de sol que originalmente habían sido míos y que él
se apropió y usó mucho. Dos o tres años después de su muerte, cuando yo y a vivía
en Estados Unidos, volví de visita y encontré esos anteojos. No sabía qué hacer con
ellos, si tirarlos, porque no los quería tener. Entonces salí a caminar con los anteojos
en la mano y mientras caminaba se me ocurrió una idea. Entré al Cementerio de la
Recoleta y los dejé en la tumba de Evita (previa encarnación de Luca según sus
propias anécdotas).
Rolo: Una vez, cuando el cuerpo de Luca todavía estaba en la tumba del Cementerio
de Avellaneda, un día fuimos con Pety a verlo, y en un momento me senté en esa
tumba. De pronto vi que se acercaba una señora gorda, grandota, que estaba con una
nena, y que traía un ramo de flores en la mano. Ahí había otra gente, y al principio
pensé que la señora estaría visitando a su marido, o algo así. Como encaró derecho a
la tumba de Luca, en un momento me paré. Antes de que llegara hasta donde estaba
y o, le dije: “Disculpe”. “No, quedate sentado…”, me contestó. Nos miraba… “Qué
desperdicio, ¿cómo puede ser? Nunca me dijo nada este muchacho…”. Nosotros nos
mirábamos y no entendíamos nada. “Señora”, le dije, “¿usted sabe dónde está
dejando las flores?”. “Sí, cómo no voy a saber”. “¿Pero sabe quién es él?”. “No lo
sabía hasta que me enteré que murió por el diario. Yo pasaba todos los días por donde
vivía él en San Telmo. Un día vio llorando a mi nena, se acercó y la calmó. La sentó
en su pierna y le cantó canzonettas italianas hasta que mi hija empezó a sonreír. Yo
me asusté porque era un tipo raro, hasta que me dijo: ‘Señora, mire que y o soy
vecino de acá’. Después de eso, cada vez que lo veíamos nos saludaba, se agachaba
así y le cantaba de nuevo. Nunca me contó que era cantante”.
Pety (cantante de Riddim): Cuando murió, a los dos días pasé por Alsina y me
encontré con el Colorado, el pianista que vivía con él. Me puse a llorar frente a la
casa y él me preguntó si lo conocía. “Sí, soy amigo de Rolo, el de las remeras”. Me
dijo: “Subí”. El lugar era un bajón… Sacó una caja y me dio una de las remeras que
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le había tirado Rolo. Se la llevé al Rolo y le dije: “Mirá lo que te conseguí”. Hoy en
día, Rolo tiene esa remera guardada. Es muy loco porque hay fotos de un show en el
que Luca la tiene puesta.
Mirta Bogdasarián: Durante un tiempo fui a verlo al cementerio. Un día estaba
pintándome y cambiándome para ir desde Palomar hasta Avellaneda. Me miré en el
espejo y pensé: “¿A quién vas a ver? No hay nadie ahí. ¿A dónde vas?”. Me vestía
como para una cita… No fui más.
Herbert Vianna: Con los Paralamas grabamos “Mi bandera” y también “Heroin”,
pero tocábamos muchas de sus canciones, no solo esas. La obra de Luca tuvo un
impacto muy grande en nuestra sensibilidad. Cuando en las giras hacíamos esas
versiones el desafío era encontrar una manera de hacerlas en un nivel verdadero, a
la misma altura que su creación, pero en portugués. Nos daba curiosidad y hacíamos
esa búsqueda con grandes dosis de ansiedad. Celebrábamos el honor de conocerlo y
el hecho de estar tan cerca de su poder de comunicación. Esa fuerza que tenía Luca
sigue vigente en nosotros, realmente es así.
Alberto “Superman” Troglio: Conocer a Luca fue una escuela de la vida interesante.
Lo disfruté. No sé si podría explicar en qué me cambió, pero me cambió… Luca era
astuto, tenía viveza… Un ojo clínico con las cosas. Pero eso era algo que también
tenía Diego sin haber venido de Inglaterra ni ser romano. Al margen de haber
conocido a Luca, estuvo bueno haber hecho todo lo que hicimos. Porque no lo
hicimos con la intención de llegar a ser conocidos.
Rodrigo Espina: Timmy fue su gran amigo. Germán también. A Timmy lo llamaba
“El tipo que cae hacia adentro”.
Germán Daffunchio: Para mí, el concepto de verdadero amigo es aquel que te dice
hasta lo que vos no querés escuchar. No me pidas que te deje morir, me voy a resistir
y sabés que lo estoy haciendo por amor. Luca sabía eso.
Timmy MacKern: Teníauna gran búsqueda de libertad y de verdad.Tanta
intensidad… Ignoraba todos los intentos paracambiar la orientación de su vida, como
si su destino y a estuviera pactado. Él ni siquiera probó modificarlo, nunca se le
hubiera ocurrido hacerlo. Dejó la sensación deque fracasó con su propia vida,
peroprendió, y sigue prendiendo, en las de los demás.
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De aquí a la eternidad. Italia en el pecho, la mirada en la luna.
(Foto de Albi Álvarez)
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Epílogo
“No quiero llegar a vivir 87 años y ver a mis bisnietos. Me veo más como un enorme
cometa, una estrella fugaz. Todo el mundo se detendrá, apuntará a lo alto y me verá
pasar. Nunca verán algo igual y no me podrán olvidar jamás”.
Jim Morrison
“Yo vuelvo (a Europa) cuando muera mi viejo”.
Luca entrevistado por Pipo Lernoud y Marcelo Fernández Bitar en el número 64 de
la revista Canta Rock.
Andrea: ¿Te acordás de este lugar?
Cecilia: Claro que me acuerdo.
Cecilia: Lo recuerdo. Hermoso ¿no? Muy privado. Hola, Lu. ¿Se supone que ese es
Luca?
Andrea: No sé. No se le parece,
Cecilia: Adiós, querido. Dios te bendiga. ¿Cuántos años tenía Luca cuando murió?
Andrea: 34.
(…)
Cecilia: ¿Cuántos años tengo y o?
Andrea: ¿Cuántos años tenés vos? Tenés 87. Muy bien, ma. Una mujer escocesa
trotamundos.
Cecilia: No, este es mi último viaje. No puedo venir más. ¿Quién es esa mujer,
Andrea?
Andrea: Ese es el monumento a la madre.
Cecilia: Una madre. ¡Ah, a todas las madres! Eso es muy lindo.
Andrea: Es también una tumba de alguien que no tiene una familia.
(…)
Andrea: Cuando papi le dio un sopapo, Luca le dio otro.
Cecilia: Bien por él.
Andrea: Ahí fue cuando el problema empezó.
Cecilia: ¿Qué problema?
Andrea: El problema…
Cecilia: No sé qué problema.
394
Fragmento del documental Together, dirigido por Jannik Splidsboel, que retrata el
diálogo entre Cecilia Pollock y Andrea Prodan en ocasión de la ultima visita de la
madre de los Prodan al cementerio de Avellaneda.
Los cementerios de Père-Lachaise y Avellaneda están unidos por una cadena de
extrañas coincidencias. Mientras la suntuosa necrópolis de París recibe a diario a
cientos de fanáticos de Jim Morrison, en el camposanto ubicado en Villa Domínico se
repite la misma liturgia. Sin el fervor turístico, pibes de barrio peregrinan hasta la
última escala de Luca Prodan. Tan lejanos y tan próximos a la vez, Morrison y
Prodan aún tienen un sequito de seguidores que necesitan dejarles mensajes o
hablarles en voz alta. Sus tumbas están sembradas con las mismas ofrendas: cartas
anónimas, mensajes ilegibles, cigarrillos y porros consumidos, tapitas de bebidas
alcohólicas, velas y las infaltables flores marchitas. También han sido escenario de
pequeños fogones y disturbios del más variado calibre. La respuesta a tanta
veneración hay que buscarla en los destinos trágicos, el magnetismo que aún ejercen
sus vidas tormentosas y, por sobre todo, en un legado artístico aún vigente. Hoy, estos
bastiones rockeros de la buena memoria se resisten estoicamente al silencio de la
muerte.
Villa Domínico es un típico barrio obrero del conurbano bonaerense. Por obra del
deterioro económico, adquirió atributos de zona brava. Pero ese diagnóstico funciona
más en los prejuicios de los forasteros que en los propios habitantes del lugar. Allí, en
el partido de Avellaneda, descansan los restos de Luca Prodan y todo parece encajar.
Según los empleados municipales que cumplen funciones en el cementerio, Luca
recibe visitas casi todos los días y más cuando se acerca el aniversario de la muerte.
“Los pibes vienen con guitarras y se ponen a tocar canciones de Sumo. Antes, cuando
estaba en tierra, había un poco de descontrol porque llegaban con la Bols en la
mochila y se terminaban pasando de copas. Pero desde que lo trajeron acá, en el
jardín, la cosa está más tranquila”, explica Maximiliano Romero.
El primer lugar elegido para la tumba de Luca sigue recibiendo mensajes: “Es
que los pibes dicen que ahí todavía queda algo de él”. Pero la historia más increíble
en torno de la memoria del cantante de Sumo tiene a un enigmático bebedor de
ginebra que llega cada 22 de diciembre subido a una Honda 750. “Se llama Marcelo
y creo que fue plomo de Sumo. Cada vez que viene, vacía una petaca de ginebra
sobre la piedra. Luego se sienta y comienza a tomar. Yo lo he visto tomarse más de tres
botellas y no armar ningún quilombo”.
Luca admiraba a Morrison. Si tenía un Norte a seguir en materia de cantantes de
rock, estaba más cerca de la voz de The Doors que de cualquier otro. Pero el primer
eslabón en una serie de extrañas casualidades empezó a unirlos el 3 de julio de 1971:
a los 27 años, Jim Morrison murió en París y su predicción se cargó de un
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escalofriante realismo. La versión oficial señaló muerte provocada por un ataque al
corazón; de ahí en más, la leyenda sobre un hecho confuso y de final abierto. Hay
quienes juran haber visto a Morrison en Australia o en alguna playa de California.
Otros afirman que se masturbó hasta producirse un paro cardíaco. Pero la historia
que más se acerca a la verdad tiene a Morrison buscando heroína en la noche de
París. Como un adicto primerizo, no midió los efectos de una droga que desconocía y
terminó sucumbiendo en brazos de una dosis fatal. Días antes de morir, Jim Morrison
visitó Père-Lachaise y lanzó un deseo que resultó otro presagio: “Aquí es donde
quiero ser enterrado”. Ubicada en la parcela número seis, cerca de la entrada sur
sobre el Boulevard de Ménilmontat, la pequeña tumba del “Rey Lagarto” resulta
insignificante si se la compara con los mausoleos de Oscar Wilde o Marcel Proust,
vecinos del mismo cementerio. En ocasión del 25º aniversario de la muerte de
Morrison, más de 15 mil personas reunidas alrededor de su sencilla lápida de bronce
fueron dispersadas violentamente por la policía. Desde ese momento, su tumba es
custodiada día y noche por una cámara de video infrarroja. Como sucedió en Père-
Lachaise, la tranquilidad del Cementerio de Avellaneda también conoció el choque
entre fanáticos y las fuerzas del orden. En 1997, al cumplirse el 10º aniversario de la
muerte de Luca, la Infantería dispersó con violencia a un grupo de seguidores. Según
Maximiliano, “la cosa se complicó porque los pibes estaban por las nubes y se querían
llevar todo por delante. A un policía le partieron una guitarra en la espalda y la
Infantería terminó reprimiendo mal”.
Originalmente, una cruz presidía la tumba. Cuando los restos de Luca fueron
trasladados, previa cremación, la cruz quedó en manos de Andrea. “Es increíble,
pero no podía tirar la cruz. No soy fetichista pero es algo tan impregnado de amor y
símbolos, de cosas que la gente puso ahí por alguna razón, que haberla tirado hubiese
sido como darle un palazo en la cabeza a un niño. La tengo en Córdoba, en un jardín.
A mi hijo le encanta ir a mirarla. Algunos me dicen que la saque, y me pregunto si es
morboso, pero como no tengo problemas con eso prefiero conservarla”. Esta forma
de convivir con el recuerdo también anima a los que llegan hasta el Cementerio de
Avellaneda. En ese viaje a lo inexplicable, la tumba de Luca parece un monumento
natural, un bloque macizo que contradice la fragilidad de la existencia y mira al
mundo mortal con la prepotencia de lo que no se extingue.
A pocos metros de la entrada, en una especie de plaza interna, una enorme piedra
redonda sobresale como un monumento vikingo en un cementerio católico: cubre la
urna que contienen las cenizas del cantante. La piedra blanca tiene inscripciones de
todo tipo: “Luca vive y Ricky también”, en alusión a Ricky Espinosa, el líder de
Flema que se quitó la vida saltando de un quinto piso y que también ocupa un lugar en
el cementerio. “Hay pibes que nos decían: ‘Yo dejo una chala y les pido que no la
toquen hasta que me vaya, después hagan lo que quieran’”, señala Romero.
396
Andrea Prodan: La piedra estaba en la orilla del río, muy cerca de mi casa en
Traslasierra, en Córdoba. Los que trabajan en el cementerio lo re quieren a Luca; el
director quería reformar la tumba, ponerle cadenas y una especie de monumento.
Me opuse. ¿Cómo iba a ponerle cadenas a la tumba de mi hermano? Cuando llegué
con la piedra me miraban como si estuviese loco. La roca tiene algo muy físico; la
primera cosa que hacés es tocarla y la sensación es como si acariciaras piel o una
cabeza pelada. No es que lo pensé de esa manera, pero quedó perfecta. Parece un
meteorito que cayó de no sé dónde.
397
Discografía
DIVIDIDOS POR LA FELICIDAD
SUMO
CBS (1985)
La influencia after-punk que Luca introdujo en el rock argentino tardó cuatro años en
alcanzar su edición definitiva. El disco debut de Sumo resume el ideario del sello
Factory en mezclar reggae blanco, funk y hasta kraut-rock. Experimental y popular,
398
precario en su factura y sempiterno en cuanto a resultados, Divididos por la felicidad
captura un momento único de una banda tan ensayada en vivo como revelada en la
tensión de dos guitarristas opuestos en sus modos de trascender. Luca comprendió
mejor que nadie que esta pelea eléctrica enriquecía al núcleo y era el abrigo ideal
para sus ataques de cantor criado en la línea Morrison. En la variedad atemporal
descansa el legado de muchas canciones nacidas en las sierras cordobesas y
mejoradas de manera colectiva.
LLEGANDO LOS MONOS
SUMO
CBS (1986)
La mezcla de estilos, el caos organizado y esa rara cualidad de encastrar piezas
399
dispares evoluciona en sonido y producción para la grabación de Llegando los monos.
Luca empieza a ceder el liderazgo pero crece como un buda desde las tomas vocales
y los detalles, para entender a la cámara de eco como la prolongación infinita de su
voz o un aliado para destrabar a sus compañeros. Ya es un avezado sociólogo del ser
nacional y lo pone a prueba en “Que me pisen”; también acusa recuerdos de la
muerte en “Heroína”, el tema que había nacido como un cover de Velvet
Underground y que ya le pertenece por derecho de adicción. Es “Bruce”
(“Estallando desde el océano”) el triunfo de la épica de Sumo, un crescendo que
desconoce géneros y solo reconoce a Samuel Taylor Coleridge en su lírica, una cita
de Luca al padre del Romanticismo inglés.
AFTER CHABÓN
SUMO
400
CBS (1987)
Deshilachado, armado de retazos y en tiempo de descuento, After Chabón sigue
siendo asociado a la argentinización de Luca Prodan. Por el contrario, esconde
efectos inversos: el rock local se vuelve un poco más Luca en el tercer disco de
Sumo. El canto de guerra inicial (“Crua Chan”), la postal urbana de un europeo
desencantado (“Mañana en el Abasto”) o el humor del planeta Zappa (“Hola Frank”)
confirman que la tarea ha sido cumplida. Luca logró que cinco tipos incómodos con
la escena nacional rindieran al máximo de sus posibilidades en una suerte de banda
desenfrenada, nave madre de un sonido salvaje y una actitud aún más desafiante. Si
la Argentina fue el último punto de fuga para Luca, el tercer disco de Sumo esconde
muchas similitudes con ese rasgo que marcó la vida de su líder.
401
FIEBRE
SUMO
CBS (1989)
La idea de un disco en vivo giraba en torno al cuarto disco de Sumo. Luca quería
grabar en Obras un repertorio que combinara temas clave, canciones nuevas y otros
que nunca habían sido registrados. El estigma de no haber podido reflejar en los
álbumes de estudio toda la potencia que generaba el grupo en sus shows continúa
siendo la gran deuda de Sumo. Fiebre achica esa brecha a medias. Recopila cuatro
versiones live en el Teatro De la Cova (San Isidro) en 1986 y suma versiones de
diferentes épocas, como la esencial “Pinini reggae”, con Stephanie Nutall en batería.
También aparece una canción que formaría parte del sucesor de After Chabón,
“Brilla tu luz para mí”, y el cover del clásico “Fever”. Un documento póstumo de
consulta necesaria para fanáticos y no tanto.
402
CORPIÑOS EN LA MADRUGADA
SUMO
SILLY PRODUCCIONES (1993)
La edición en CD de la primera producción independiente de Sumo funciona como la
guía obligatoria para revivir la etapa underground de Sumo, con Luca Prodan en
estado de gracia y una banda siguiendo al líder como devotos alucinados.
Originalmente editado en casete, el disco agrega canciones que quedaron fuera de la
cinta. Muestra al natural experiencias reveladoras como “Teléfonos/White Trash”,
pone la piedra fundacional del reggae con “Breaking Away ” y hasta explica los
trucos del punk rock a través de “Fuck You”. Como si todo esto fuera poco, la
inclusión de “Warm Mist”, quizá la canción más melancólica de Luca Prodan,
aparece casi al final como el relato original de la historia. El primer paso casi a
403
tientas y en un campo minado del gigante Sumo.
TIME FATE LOVE
LUCA PRODAN
SILLY PRODUCCIONES (1996)
Mensajes del más allá. A falta de buenas biografías, en Time Fate Love Luca cuenta
quién es y de dónde viene. Material de prueba, primeras tomas de un Sumo aún sin
nombre y el costado acústico del tipo que adoraba por igual a Nick Drake y a los
desquiciados Canned Heat. El costado orgánico aparece en todo su esplendor en
“Lament” o “Like London”; es el poeta existencial curándose en el medio de la nada,
y también el que revela su educación sentimental, el melómano incurable que
muestra credenciales y descubre que aquí hay mucho por hacer. El tiempo parece
404
detenido en los bosquejos de “Virna Lisi” y “Divided By Joy ”. La trastienda de Sumo
tiene su propia versión anthology y suena cada día mejor.
HERMOSOS PERDEDORES
LUCA PRODAN
SILLY PRODUCCIONES (1997)
La segunda parte de las grabaciones encontradas registra el período 81-83, amplía el
background de Luca con versiones de canciones ajenas (David Bowie, John Marty n,
Lou Reed), inspiración literaria (Leonard Cohen) y los primeros registros con la
segunda formación de Sumo. Aunque el lado acústico se impone, aquí reaparecen los
experimentos con la caja de ritmos y una banda que vive el error sin culpa. Hay una
nube dark en la selección realizada por Timmy MacKern. Algo del espíritu herido de
405
Luca que permanece en el disco y se trasluce en “Luces rojas”, se disipa un poco
con “Soul Love” y pide otra oportunidad en “Solid Air”. El permiso será concedido
por cinco años más.
COMPILACIONES
OBRAS CUMBRES
SUMO
COLUMBIA – SONY (2000)
En 38 canciones, el compilado Obras Cumbres resume parte de la historia de Sumo
con la mayoría de las canciones incluidas en sus cuatro discos para CBS. El detalle
más interesante es la aparición de “Años”, la versión del tema original de Pablo
Milanés, que reunió, a instancias del conductor radial Tom Lupo, a Luca Prodan y
Andrés Calamaro.
406
Bibliografía
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Cavanna, Esteban M., El nacimiento del punk en Argentina y la historia de Los
Violadores, Interpress Ediciones, Buenos Aires, 2001.
Damore, Damián, Luces calientes. Con Sumo por Buenos Aires, Ediciones FADU,
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Del Mazo, Mariano y Perantuono, Pablo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
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Gabin, María José, Las Indepilables del Parakultural. Biografía no autorizada de
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Buenos Aires, 2013.
407
Sánchez Christian, Panella, Ariel y Sánchez, Miguel A., Cuando el arte ataque. El otro
Omar Chabán, Demo Editores, Buenos Aires, 2006.
Savage, Jon, England’s Dreaming. Los Sex Pistols y el punk rock, Reservoir Books,
Mondadori, Barcelona, 2009.
Revistas:
Pelo; Expreso Imaginario; El Porteño; Cerdos y Peces; Humor Registrado; Twist &
Gritos; Rock & Pop; Toco y Canto; El Periodista; Caín; Canta Rock; Crisis; Los
Inrockuptibles; Fin de Siglo; Rolling Stone; La Mano; El Musiquero; Otra Parte; La
García; Mavirock; Sudestada; Hurlingham Casa X Casa; Aquí; Freeway; Semanario
Brecha y Rock en Blanco y Negro.
Diarios:
Clarín; Página 12; Tiempo Argentino (primera versión); L’Unità; La Nación; Crónica;
Sur; El Día; El Mercurio y El País.
Documentales:
Espina, Rodrigo, Luca, Buenos Aires, 2007.
Splidsboel, Jannik, Together, Copenhague, 2008.
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Goodman Gilman A, Goodman L.S. y cols., Las bases farmacológicas de la
terapéutica,Editorial Panamericana, 1989.
Shapiro, H.,Historia del rock y las drogas,Ediciones Robinbook, 2006.
408
Quién es quién
Alemann, Katja: Actriz y performer. Fundadora junto a Omar Chabán de Café
Einstein y Cemento.
Álvarez, Albi: Fotógrafo.
Arnedo, Diego: Bajista de Sumo.
Aspix: Fotógrafo.
Barone, João: Músico de Os Paralamas Do Sucesso.
Berwick, Adrián: Ejecutivo discográfico.
Bogdasarián, Mirta: Actriz. Tuvo una relación con Luca.
Braier, Eliana:Productora televisiva. Entrevistó a Luca.
Breuer, Mario: Ingeniero de sonido de Llegando los monos.
Calamaro, Andrés: Músico.
Cambiasso, Norberto: Crítico musical.
Capusotto, Diego: Actor y fan de Sumo.
Casanova, Flavio: Músico. Fundador de Los Casanovas.
Castello, Marcelo: Vecino de Luca en El Palomar. Diseñador de la tapa no oficial de
Corpiños en la madrugada.
Cerati, Gustavo: Fundador de Soda Stereo.
Ceriani, Silvia: Última novia de Luca. Artista y DJ.
Cherniavsky, Andy: Fotógrafa.
Cipolatti, Pipo: Músico. Fundador de Los Twist.
Colombres, Daniel: Músico.
Couto, Fabián: Manager de Los Twist y asistente de Daniel Grinbank en los años 80.
Crítico gastronómico.
Curtet, Ricardo: Músico. Participó de la formación previa a Sumo.
Daffunchio, Germán: Guitarrista y fundador de Sumo.
Damore, Damián: Periodista y escritor. Autor del libro sobre Sumo Luces calientes.
Dominici, César: Músico.
Espina, Rodrigo: Cineasta y amigo de Luca. Director de la película Luca.
Fargo, Tito: Músico.
Fisch, Nora: Periodista y curadora de arte. Fue amiga de Luca.
409
Flores, Bobby: Conductor de radio.
Fresco, Walter: Ejecutivo discográfico y productor artístico de los discos de Sumo.
Gabin, Horacio: Actor y fundador del Parakultural junto a Omar Viola.
García, Fernando: Crítico de música y arte. Escritor y curador.
Gasió, Marcelo: Periodista y ejecutivo discográfico.
Gernhardt, Claudia: Amiga de Luca y exnovia de Diego Arnedo.
Geniol: Performer y amigo de Luca.
Gillespi: Trompetista. Participó como músico invitado de Sumo.
Guerrero, Gloria: Periodista.
Gónzalez, Judith: Amiga de Luca.
Hansen, Sissi: Cantante.
Kalbermatter, Alejandro “El Suizo”: Vecino de Luca en San Telmo.
Kleiman, Claudio: Crítico musical.
Krygier, Axel: Músico.
Lizarazu, Hilda: Cantante y fotógrafa.
Lupo, Tom: Conductor radial.
Luzzi, José Luis: Dueño del Roxy.
MacKern, Timmy: Amigo de Luca y manager de Sumo.
Melero, Daniel: Músico.
Menéndez, Paula: Fan de Sumo y amiga de Luca.
Melingo, Daniel: Músico. Fundador de Los Twist.
Molina, Daniel: Escritor y crítico de arte.
Mir, Lalo: Conductor radial.
Moura, Marcelo: Músico. Fundador de Virus.
Nardella, Néstor: Periodista.
Noy, Fernando: Poeta y performer.
Nutall, Stephanie: Primera baterista de Sumo.
Pandolfo, Palo: Músico.
Pety: Fan de Sumo y cantante de Riddim.
Pietrafesa, Patricia: Música y activista punk.
Pocavida, Marcelo: Músico y activista punk.
Pochintesta, Jorgelina: Asistente de Rodrigo Espina. Tuvo una relación con Luca.
Pugliese, Claudina: Fotógrafa y activista punk.
Pujol, Sergio: Crítico musical y escritor.
Prodan, Andrea: Hermano de Luca. Actor, músico y conductor radial.
Riquelme, Lila: Esposa de Alejandro Sokol.
410
Rolo: Fan de Sumo.
Romeo, Raúl: Dueño del Stud Free Pub.
Rotman, Sergio: Músico. Fundador de Los Fabulosos Cadillacs.
Rosso, Alfredo: Crítico musical.
Symns, Enrique: Escritor y performer.
Stromp, Mónica: Novia oficial de Luca.
Taranto, Alejandro: Manager.
Tellas, Vivi: Actriz y performer.
Pil Trafa: Músico. Cantante de Los Violadores.
Tuñón, Diego: Músico de Babasónicos y fan de Sumo.
Troglio, Alberto “Superman” : Baterista de Sumo.
Vianna, Herbert: Músico de Os Paralamas Do Sucesso.
Walas: Músico de Massacre y fan de Sumo.
411
Agradecimientos
A todos los entrevistados. Muy especialmente a Andrea Prodan, Timmy MacKern,
Germán Daffunchio, Diego Arnedo, Stephanie Nutall, “Superman” Troglio, Mónica
Stromp, Claudia Gernhardt y Nora Fisch, por su generosidad y buena memoria.
Al amigo Nico Miguelez, por encontrar el rumbo en medio de la tormenta Luca y
darle tanto tiempo y atención a un proyecto imposible.
A Martín Graziano, por las nueve entrevistas y otras tantas observaciones.
A Federico Mutinelli, por sus correcciones, sugerencias y el cariño.
A Ariel Valeri y Manuel Cascallar, por las fotos y la sesión matinal.
Al maese Alfredo Rosso, estoy en esto por culpa de sus notas en el Expreso
Imaginario.
A Leandro Donozo y Alfonso Fernández, por abrir sus archivos.
A Mariel Zabiuk, Facundo Dell’ Aqua y Laura Miño Chescotta, por las horas y horas
de desgrabaciones.
A Mariano Valerio, por la confianza y apoyo permanente.
Al doctor Sergio Gaitán, por su enorme sabiduría en materia de psicotrópicos y otras
yerbas.
A mis amigos y compañeros de Radio Universidad de La Plata, maravilloso
laboratorio de experimentación, trabajo y libertad.
A Martín Pérez, por la operación Paralamas.
A Nando Magistrali, Pablo Plotkin, Bruno Larocca, Juan Barberis, Claudio Kleiman,
Sebastián Benedetti, Federico Watkins, Eddie Babenco, Juan Morris, Ramiro Barceló,
Humphrey Inzillo, Alberto Prunetti, Juan Ortelli, Marcelo Rodríguez Gaitán, Pablo
Strozza, Damián Damore, Mariano del Mazo, Pablo Perantuono, Ezequiel Velásquez,
Matías Rico, Gerardo Rivera, Chuchy Pozner y Willy Wirth.
A Hugo Espinosa, por las cintas del sótano y la asistencia.
412
413
(Foto Carlos Giustno Fotografías Aspix)
414
Imágenes
415
416
Invierno en Roma: Luca y su madre, Cecilia Pollock.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
417
Luca niño.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
418
419
The Gentleman Jockey: George Pollock, abuelo materno de Luca.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
420
Retrato de familia: Luca, Mario, Cecilia y Andrea.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
421
Primeros años: Cecilia, Mario Prodan y Luca.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
422
Hermanas: Claudia y Michela, junto al pequeño Luca.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
423
424
Vacaciones en el mar. Familia Prodan y amigos.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
425
Bella Cissie.
426
(Archivo personal de Andrea Prodan)
427
428
Retrato de Mario Prodan.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
429
Clavadista: Mario Prodan y su paso por el equipo olímpico italiano de natación.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
430
431
Hermandad: Claudia Prodan junto a Luca.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
432
Claudia chinita.
433
(Archivo personal de Andrea Prodan)
434
La muerte de Claudia: “Los encontraron abrazados en el auto: mejor morir de droga
que vivir así”, decía la carta que dejó, según el periódico L’Unità.
435
Luca -último abajo, a la derecha- como miembro de Gordonstoun Pipe Band, donde
tocaba el redoblante.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
436
437
Luca y Linda de vacaciones en Escocia.
(Gentileza de Timmy Mackern)
438
439
Certificado médico de Luca Prodan.
(Muestra Luca a puertas abiertas)
440
441
Orden de captura al desertor Luca Prodan.
(Muestra Luca a puertas abiertas)
442
Luca y Michela en la casa familiar de Shepherd Market, Londres.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
443
444
Andrea Prodan en Túnez durante la filmación de la miniserie Anno Domini.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
445
La foto y el el mensaje de Virna Lisi para Luca Prodan.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
446
Timmy MacKern en Inglaterra.
(Archivo personal de Timmy MacKern)
447
Sthephanie Nutall en el festival “Rock del sol a la luna” en el Club Estudiantes de
Caseros.
(Gentileza de Timmy MacKern)
448
Luca en La Cofradía.
(Foto de Claudina Pugliese)
449
Prueba de sonido en el bar Einstein, diciembre de 1982.
(Archivo personal de Andrea Prodan)
450
Luca versión new-wave.
451
(Foto de Claudina Pugliese)
452
Segunda formación de Sumo: Luca, Germán, Alejandro, Diego y Roberto.
(Foto de Claudina Pugliese)
453
Mónica Stromp y Luca.
(Foto de Aspix)
454
Luca en el teatro Astros, diciembre de 1985.
(Foto de Albi Álvarez)
455
Buda en vivo.
(Foto de Albi Álvarez)
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Sumo en el festival Lomas Rock, octubre de 1985.
(Foto de Albi Álvarez)
457
458
Sumo en el Astros entre delfines y coristas.
(Foto de Albi Álvarez)
459
Luca y los cinco magníficos.
(Foto de Andy Cherniavsky )
460
Foto promocional para la presentación de Divididos por la felicidad, junio de 1987.
(Foto de Andy Cherniavsky )
461
462
Sumo en el Chateau Rock, marzo de 1987.
(Foto de Andy Cherniavsky)
463
“Jamaica no problem”, Luca por Andy.
(Foto de Andy Cherniavsky )
464
“Shine y our light on me”, Luca por Andy.
(Foto de Andy Cherniavsky )
465
Índice
Portadilla 3
Legales 5
Prólogo de Andrea Prodan 9
Prefacio 11
1. Antes de Luca 14
2. Familia Prodan 19
3. Escocia 33
4. Londres I 42
5. Londres II 52
6. Londres III 71
La heroína en Luca 79
7. Córdoba 84
8. Sumo. El principio 99
9. 1982 120
10. El under porteño 138
11. 1983 161
12. Corpiños en la madrugada 194
13. Divididos por la felicidad 215
14. Astros 241
15. Llegando los monos 265
16. After Chabón 310
17. El largo adiós 346
18. El final 367
466
Epílogo 394
Discografía 398
Bibliografía 407
Quién es quién 409
Agradecimientos 412
Imágenes 415
467