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Edición 14 de de Noviembre de 2015

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| Artículo | Esoterismo

| Artículo | Esoterismo y cuerpo humano En el ámbito llamado esoterismo existen instancias materiales cuyo enigma sólo responde a una convención cultural. Por obvia traición terrena, esas instancias remiten al cuerpo humano y a la materia orgánica que las sustenta. Acaso facturan funciones biológicas animales: respirar, transpirar, alimentarse, etc. Su presencia imperiosa en la anatomía arraiga el espíritu en su morada física, pese a su breve paso por el mundo. Se consideran las citas siguientes como demostración de ese recinto tangible, sin el cual los ideales herméticos y místicos no se realizarían en el planeta Tierra. Existen dos prototipos masculinos: el “afeminado y pasivo”, el indeseado, y el “heroico y activo, demoledor de dogmas y prejuicios rancios, crudo en su franqueza y valiente ante el peligro”, el modelo ideal, ¿philerasta y paederasta? (Salarrué 43-44). “Donde los muertos conducen y señalan los pasos de los vivos (67) yo no soy una niña como ustedes creen. Soy un niño varón. Me Llamo Rodrigo […] el abuelo [la autoridad patriarcal] como él manda en esta casa [en este país] dispuso que me pusiera ropa de mujer y que me cambiaran de nombre (75) me dieron chocolate […] para que me cambiara de color (75) [de raza, por razón política del mestizaje]. Así me han disfrazado “los grandes” (75) [los que detentan el poder, los hombres blancos] “los cheles” [que] “clava[ron] en la cruz [al] indio Jesús” (155). “Me convertí para mis amiguitos en varón disfrazado de niña” (76). Claudia Lars (1987) “Se revelará mi verdadera identidad, mi secreto de llamarme: Marta Cecilia de la Circuncisión de Sangamín, [de] ser señorita […] si he de largarme será (así dicen todos) a condición de ser “La Rafael Lara-Martínez New Mexico Tech, soter@nmt.edu Desde Comala siempre… Martina”, “La Martita” o “Martita” […] me he sentido como un poco apenada de ser tan hombre y de estar tan Íngrimo. Sé que si me pongo traje de mujer y tacón y medias de “nylon” y todo, me voy a mariposear tan terriblemente que a saber qué va a suceder”. Salarrué, Íngrimo (Humorada juvenil), 19??/1969 : 533). La primera cita proviene de una novela que narra la búsqueda espiritual por trascender la materialidad terrestre y corporal. La interrogación central no cuestionaría si el personaje principal, el vasco don Javier Rodríguez, logra completar su objetivo místico al transfigurarse en un ser etéreo. Acaso luego de “manipular las fuerzas internas”, haría que “la Naturaleza no tenga influencia alguna sobre él” (Lindo, LIII). En cambio, de reconocer su atributo humano —revestido de hombre en un espacio-tiempo y biológico precisos— de inmediato se impone hacia cuál de los polos complementarios de la masculinidad se orienta su sondeo íntimo. Se presupone que pertenece “al heroico y activo”, ya que de lo contrario languidecería al aceptar pasivamente las convenciones sociales en boga. Una premisa fundadora de la literatura fantástica y esotérica salvadoreña se infiere de un arquetipo clásico de la masculinidad como polo dinámico ante una pasividad afeminada. Queda al lector determinar si ese cimiento viril representa una de tantas «“confesiones subrepticias” que se deslizan en el texto» para “hacer dioses a los hombres” enérgicos (Lindo, LIV). La segunda noticia describe las dudas de la niña Carmen Brannon tal cual las imagina su doble adulto, Claudia Lars, desde la lejanía temporal. En su imaginario infantil conjetura que las identidades sociales de género —varón y niña— se superponen a las naturales hasta opacarlas. A diferencia de la perspectiva actual —suponiendo una opción personal— se exhibe una jerarquía social similar a la de la raza. La ingenuidad de Tierra de infancia se disuelve en breves comentarios socio-políticos que, de la inocencia infantil, culminan en un sesgo de política sexual insospechado. Le compete a la autoridad patriarcal —al abuelo— decidir el género de la niña con vocación de poeta, hasta encubrir su sexo natural bajo el atuendo cultural del vestido. Su remisión hacia lo subalterno la subraya un doble canje. Lo masculino se recubre de femenino, así como lo blanco se tiñe de moreno. Si macho y hembra definen categorías naturales recibidas por predestinación, varón y niña delimitan atributos culturales que se adquieren por educación familiar y escolar. El “fino lenguaje y maneras de señorita” contrasta con “los peones de la hacienda y los criados de la casa” (98), al igual que con “mi aspecto amuchachado y rústico” (141). La tercera citación refiere “el instante de las afirmaciones sexuales” que el autor “lo ha vivido” como “experiencia” e “imagen viviente” (Lindo, CVII), acaso encarnada en el cuerpo. Aun si la memoria es siempre selectiva —mediada por el “tan corto olvido”— de su opción arbitraria no se excluye el despertar sexual del/de la protagonista. Si la pastoral larsiana intuye que el lugar determina la etnia —“el indio Cruz pertenecía al traspatio” (119), jamás a la sala o al comedor— la fantasía salarrueriana entrevé la filiación del viaje transatlántico a la identidad sexual. En oposición al vasco —orgulloso de su varonía— Íngrimo declara sentirse “apenada de ser tan hombre” (533). Y “qué va a suceder” con ese triple canje —de geografía, horario y género— es una interrogante que el escritor deja a guisa de la interpretación lectora. Quizás en él/ella/ello se encarne aquella “doncella viril, ese estado natural de transición: el estado angélico, muy alejado de aquel andoginismo ingrato que hay en ciertos afeminamientos del estado fisiológico, más, que sicológico” (Salarrué, 555). La verdadera bisexualidad residiría en la psique humana, es decir, en el deseo por el otro/otra sin ambages. *** El dilema actual no indagaría si en la fantasía, esoteria y misticismo existen referencias directas a la sexualidad y a la política de género. En cambio, la verdadera problemática la expresa el silencio del siglo XXI. Mientras en una época anterior a la teoría de género, el citado Hugo Lindo y su colega Luis Gallegos Valdés —“el sexo y ciertos problemas a él atañederos” (Gallegos Valdés, 242)—intuyen la relación de la fantasía al cuerpo humano, la actualidad la acalla. Parecería que cuanto más se avanza en materia digital, inteligencia artificial, manipulación genética, etc., tanto más se desarrollan los tabúes de la investigación historiográfica. Tal es Existen dos prototipos masculinos: el “afeminado y pasivo”, el indeseado, y el “heroico y activo, demoledor de dogmas y prejuicios rancios, crudo en su franqueza y valiente ante el peligro”, el modelo ideal, ¿philerasta y paederasta? una de las convenciones culturales que nos rige hasta que los estudios de género renueven los enfoques alrededor del cuerpo humano vivido como experiencia histórica y política. Bibliografía Gallegos Valdés, Luis. Panorama de la literatura salvadoreña. San Salvador: UCA- Editores, 1989. Lars, Claudia. Tierra de infancia. San Salvador: UCA- Editores, 1987 Salarrué. Obras escogidas. San Salvador: Editorial Universitaria, 1969-1970. Dos volúmenes. Selección, prólogo y notas” de Hugo Lindo (VII-CXVIII). Relación esotérica y mística entre dos cuerpos desnudos. Agradezco el envío anónimo por razones de estado. Sábado 14 / noviembre / 2015 TRESMIL 3

Álvaro Darío Lara Escritor y poeta Salarrué es un artista completo y poco conocido en sus múltiples facetas, no sólo como gran narrador, esto es: novelista y cuentista, sino por su fascinante producción plástica, valorada hasta hace pocos años. Una imaginería cromática adelantada, para aquellos tiempos centroamericanos, donde campea la sugestiva magia de un abstraccionismo muy particular, lleno de fuerza y de misterio. Con Salarrué, al igual que con muchos de nuestros autores –don Alberto Masferrer, por ejemplo- se han cometido repetidos yerros en la percepción y análisis de sus discursos literarios, estéticos y filosóficos, al “divorciar”, para el caso de Salarrué, lo que denominan su obra “realista-costumbrista-regionalista” con la calificada como “fantástica-orientalista”. Esto ha sido señalado, por algunos estudiosos, como el doctor Ricardo Roque Baldovinos, en su estupendo ensayo “Salarrué, la religión del arte” (Arte y Parte, Istmo Editores, 2001). El pretendido divorcio representa una forma limitada de traducir a Salarrué, ya que para aproximarse a su estudio, más que ir tras la pista de lo “opuesto”, habría que emprender el camino de las correspondencias subyacentes en el todo de su obra, De igual manera, es importante, reconocer que su producción literaria y plástica tiene a su base una concepción esotérica del mundo, particularmente de mucha influencia teosófica. Es importante señalar que el esoterismo comprende una doctrina o un conjunto de doctrinas que afirman ahondar en conocimientos explicativos del misterio de la naturaleza, el universo y la humanidad. Estas enseñanzas son transmitidas a un grupo de iniciados, y poseen un carácter secreto, en contraposición a lo exotérico, cuyo acceso es del dominio público. La palabra teosofía, como sabemos, procede etimológicamente de los vocablos griegos “teo” que significa: Dios; y “sophos”, sabiduría. Esto pudiera traducirse como sabiduría divina. Mejor aún, como la disciplina esotérica, que se dedica al conocimiento de lo divino, mediante el estudio comparativo de las distintas religiones. La teosofía tiene una fuerte predilección por el misticismo oriental, básicamente de raíz hindú. Se ve a sí misma como una escuela de desarrollo y crecimiento espiritual Privilegia la búsqueda filosófica y científica, a través del análisis religioso, para llegar, según sus postulados, a una mayor evolución personal y colectiva. Los estudios teosóficos, fueron sistematizados, a partir de la fundación de la Sociedad Teosófica, en Nueva York, Estados Unidos en 1875. Entre sus iniciadores se destacan: la escritora y pensadora Helena Petrovna Blavatsky ( 1831-1891), mejor conocida como Madame Blavatsky; y el coronel norteamericano Henry Olcott (1832-1907). Desde luego, la teosofía, representa una tendencia occidental, que se nutre de un interesante eclecticismo religioso, y que en el caso de Latinoamérica y en concreto, de la región centroamericana, hizo sentir fuertemente su presencia en los medios intelectuales, literarios, artísticos y místicos, de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX. | Artículo | 4 TRESMIL Sábado 14 / noviembre / 2015 SALARRUÉ: SU TRASFONDO ESOTÉRICO Su evidente influencia, en la configuración de las llamadas “redes de intelectuales” comienza a estudiarse recientemente. En este sentido, resultan importantísimas las investigaciones de la doctora Marta Elena Casaús Arzú, académica guatemalteca, autora de libros capitales como: “Las redes intelectuales centroamericanas: un siglo de imaginarios nacionales, 1820-1920”( Guatemala, F&G Editores, 2005) ; y “El libro de la vida de Alberto Masferrer y otros escritos vitalistas. Edición crítica de la obra teosófico-vitalista, 1927- 1932” (Guatemala, F&G Editores, 2012). Entre algunos, de los muchos, periodistas, políticos y escritores, que profesaron estas ideas, a lo largo de Latinoamérica, podemos mencionar a personajes de la talla de: Porfirio Barba Jacob, José Vasconcelos, Gabriela Mistral, Salvador Mendieta, Carlos Wyld Ospina, Joaquín Garcia Monge, Maximiliano Hernández Martínez y Augusto César Sandino. Fundamentos teosóficos como la “unidad” “La Monja Blanca” fue expuesta en 1947 en Nueva York, con el título “La loca monja blanca”. La figura parece un extraterrestre. Los conocedores también clasifican esta obra como surrealista. que gobierna todos los mundos conocidos y desconocidos, y que se revela en la fuerza del “amor”, que es expansión universal; así, como la concepción de la reencarnación y del karma; los distintos planos del ser humano (sobre todo el astral) la práctica de la meditación, del desdoblamiento, y otros aspectos, se pueden rastrear no sólo como motivos recurrentes en la obra de Salarrué, sino como firmes convicciones del autor, que configuran una atmósfera literaria y artística, donde advertimos, la presencia de un lenguaje dotado de un gran simbolismo. Como bien afirma Ricardo Roque Baldovinos cuando nos dice, en su ensayo citado con anterioridad: “Faltan trabajos donde se emprenda la tarea de consignar y explicar la simbología esotérica que puede haber en textos como los de Cuentos de Barro y Trasmallo. Mucho menos se ha propuesto alguien dar cuenta de la historicidad de las convicciones religiosas y filosóficas de Salarrué. Aquí, de poco sirven apriorismos de uno u otro signo”. Por otra parte, lecturas de autores teosóficos como: H.P. Blavatski, Annie Besant, Krishnamurti, Carlos Jinarajadasa Mario Roso de Luna y otros; al igual que los llamados Grandes Maestros, Iluminados o Avatares de la Humanidad como: Buda, Zoroastro, Pitágoras y Jesús, modelaron el pensamiento de Salarrué; aunque, según su testimonio, lo determinante, fueron extraños e inexplicables fenómenos que le ocurrieron desde su juventud. Pero, permitamos, que sea el mismo escritor, quien nos ilustre al respecto, en algunos fragmentos de esa larga entrevista que le hiciera -el año de su fallecimiento- el poeta José Roberto Cea (“Experiencias con Salarrué: Revista ABRA, año 2, volumen 1, número 9, enero-febrero de 1976, pp. 38-45). En este apartado, el gran narrador, se refiere a sus experiencias astrales. Veamos: “JRC: -¿Y todos estos estudios, Salarrué, tuvieron alguna influencia en tu desarrollo artístico? S: -¡Ah! Sí, en cierto modo sí. JRC: -Digo, por la identificación que uno encuentra en tu obra como O-Yarkandal, por ejemplo. S: -Yo siempre fui una vocación para el arte, desde niño, y me desarrollé ahí; después, cuando ya estaba mayor, como de 30 años, entonces vinieron las experiencias que tuve, que me dieron a conocer ciertas cosas como eso de dejar mi cuerpo y salir de él conscientemente y atravesar las diversas capas sólidas con mi cuerpo astral, entonces me desprendía de mi cuerpo físico, y entre esas cosas salía consciente, primero con mucho miedo, después sin miedo, absolutamente consciente, por supuesto que estaba guiado y a saber por qué motivo se me concedió esa gracia, estaba completamente grave y no podía ir a donde me daba la gana sino que iba a muchos lugares, pero así en una forma espontánea, salía del patio de la casa, a través de la pared o por la puerta cerrada y de allí me elevaba, porque la levitación es parte de eso, a unas alturas enormes sin que hubiera vértigo ni nada; sobre San Salvador, conocía los lugares perfectamente y llegaba hasta la orilla del mar, al Estero de Jaltepec lo veía desde arriba, cuando ya tenía miedo, porque había pasado como 10 minutos, cerraba los ojos y volvía, quería regresar y regresaba inmediatamente, bajaba al patio de mi casa y entraba y allí estaba mi cuerpo sobre mi cama, yo llegaba y ponía mis manos sobre mi pecho. Tenía los ojos algo en blanco, en estado de trance y me levantaba las manos astrales en el momento de la respiración. Cuando yo salía de mi cuerpo, quería saber cómo era el cuerpo astral y lo tocaba para averiguar ¡y era carne!”. En otra respuesta, Salarrué explica su primer contacto con la teosofía: “Yo no sabía nada de eso, a mí me lo había contado mi amigo Alberto Guerra Trigueros, que era católico, pero sabía mucho de eso, había estudiado y era un poco teósofo, por eso me llevó a su casa y me leyó un libro teosófico donde explicaban lo que era el cuerpo astral y todo eso, allí nomás me di cuenta de que no estaba mintiendo, ¡de que aquello era verdad! Yo lo había comprobado… Así es que yo entré a esas ideas no por los libros, sino por la experiencia, lo cual es una gran ventaja, porque uno admite que uno se desprende”. Más adelante, encontramos otro revelador testimonio: “Así es que seguí estudiando esos libros teosóficos. Eso te da a ti una seguridad Sigue en página 5/

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