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1 year ago

Land Rover Magazine #40

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En este número, ponemos a prueba el Defender de la mano de dos intrépidos y jóvenes aventureros mientras preparan una expedición al Polo Sur. También celebramos los 50 años del Range Rover participando en una ruta que descubre las maravillas de Dubái. Echamos la vista atrás, pero también miramos hacia el futuro: un grupo de visionarios nos explica las tecnologías que pueden cambiarnos la vida en los próximos años.

amistosos y su húmedo

amistosos y su húmedo hocico negro que la empujaba de vuelta a la realidad. Entonces Yoonie vio al hombre tras el perro. Esbelto, musculoso. Ojos de color marrón grisáceo penetrantes pero distantes. «Tienes que controlar mejor a tu perro», le espetó, volviendo en sí. «No es mío. Debe de vagabundear por aquí», respondió despreocupadamente. «¿Necesitas ayuda?» «No, no», replicó, apoyándose en los codos para incorporarse. «Estoy bien». «Deberías saber que es peligroso andar sola por la montaña», dijo él, en un tono que transmitía preocupación y condescendencia paternal a partes iguales. Su expresión era contenida, perfectamente equilibrada. La irritaba. «Voy a Lares». Se puso de pie para que dejara de mirarla desde las alturas. «Y luego continuaré haciendo senderismo hasta Machu Picchu». Él asintió. «La misma ruta que yo entonces. Me llamo Jacob». Ella vaciló. «Yo me llamo Yoonie». «Quizás deberías volver», dijo él, por fin. «Ya sabes, la altitud. Se tarda un tiempo en acostumbrarse al aire de la montaña». Ella hizo una pausa. «Me gusta sentir que respiro. ¿Por qué no vas en autobús a Lares, como el resto?», replicó ella. «No tengo mucho dinero». «Entonces ¿por qué viajas?». «¿Y por qué no iba a hacerlo?», le espetó él. «El mundo es grande y hay mucho que ver. Estoy haciendo lo posible para verlo un poco». «Sí que es grande el mundo», dijo ella. «Aunque a veces llega a hacerse demasiado pequeño». «Una afirmación curiosa», respondió él, «a cualquier edad». «¿Es tu manera de preguntarme cuántos años tengo?», se burló ella. «No soy un vulgar ligón», respondió serio. «Te vi caer y quise asegurarme de que estabas bien». Ella debía de parecer escéptica. Jacob se ajustó la mochila. «¿Tienes comida, agua?». «Tengo todo lo que necesito», dijo ella. «Señorita», dijo inclinando la cabeza. Y siguió su camino, convirtiéndose rápidamente en una mota en el sinuoso camino. El Labrador se quedó junto a ella, golpeándole la pierna con la cola, como tratando de convencerla de seguir hacia Lares antes de que cayera la oscuridad. La temperatura se había desplomado y el viento le congeló el cabello contra sus mejillas. Llegó a Lares con las piernas temblorosas. Echó de menos a su guía, el labrador, que se había alejado de su vera para desaparecer en una casa en la periferia del pueblo. Entró en el vapor serpenteante de la piscina termal y se empapó hasta que el agua pareció derretirla en parte, y luego por entero. Las voces flotaban entrando y saliendo. Le irritaba la presencia de los turistas, con sus conversaciones intrascendentes, sus historias idénticas. La gente tenía tanto que decirse... ¿Qué pasaba cuando se quedaban sin palabras, sin amor? Se convertían en su madre y su padre, pensó. El conductor del monovolumen se estaba quedando dormido al volante, de eso estaba segura Yoonie. Dos horas hasta Santa Teresa en un carril de sentido único de curvas en zigzag y, mientras los Andes se oscurecían hasta que solo quedaba su contorno y el cielo se iluminaba en una miríada de estrellas, las pestañas del conductor caían contra sus pómulos. Yoonie visualizó el monovolumen despeñándose sobre el borde del escarpado precipicio y cayendo en un cañón tan profundo que los únicos testigos serían las vicuñas salvajes. Su muerte ni siquiera se marcaría con una de las lápidas adornadas con guirnaldas que abundaban en los pasos de montaña. Una muerte que no había elegido, a imagen y semejanza de una vida que no había elegido. Mantuvo la mano medio levantada, vigilante, para poder agarrar el volante en caso necesario. Poco importaba que la anciana que se sentaba detrás de ella hubiera aflojado las cintas de su brillante sombrero, se lo hubiera colocado sobre la cara y se hubiese echado a dormir. Pero los Apus, los espíritus de las montañas, debían de estar velando por ellos. Llegaron a Santa Teresa sin incidentes. A la mañana siguiente, se subió al autobús de enlace en la falda del Machu Picchu. Mientras enhebraba su camino ascendente por una montaña donde exuberantes flores tropicales y pájaros iridiscentes destellaban entre la frondosa vegetación, se podía sentir sucumbiendo a la misteriosa atracción ILUSTRACIONES: CALVIN SPRAGUE. RETRATO DE LA AUTORA: MATT DOUMA magnética de este salvaje e inhóspito paisaje, forjado en el atronador río y las caras intemporales de los desfiladeros. Una docena de idiomas la rodearon en la cola escaleras arriba, en el control de pasaportes y billetes. Los turistas pululaban arriba y abajo por los escalones de granito, concentrados en hacer fotos que vivirían por siempre en la nube, como las ruinas que capturaban. Pero Yoonie miraba con atención hacia delante, hambrienta de vida, en pos de la libertad que centelleaba justo delante de ella. Y, de manera más mundana, también en pos de la mujer que vendía botellas de agua. Llevar a cuestas una mochila llena hasta los topes de posesiones materiales que se había resistido a dejar atrás en Boston daba mucha sed. Sacó con dificultad algunas monedas y se dirigió hacia la vendedora. Vislumbró un rostro familiar con el rabillo del ojo. Se quedó mirando. «Anda, menuda casualidad», dijo secamente. «Vaya», sonrió Jacob con cara de sorpresa. «Es casi un milagro». Ella lo analizó con más detenimiento esta vez. Se movía con un aplomo que no había percibido durante su primer encuentro, y su porte erguido y curtido destacaba entre la barahúnda de turistas. El cuerpo de un atleta, pensó de nuevo. O de un luchador. «Debe de ser el destino», dijo Yoonie mirándolo fijamente. «Bueno, si vas a seguirme, quizá también puedes servirme de ayuda…». Se quitó la mochila y la empujó hacia él con una sonrisa maliciosa. «¡Trata de no quedarte atrás!», continuó, alejándose de un divertido Jacob y enfilando senda arriba hacia la antigua ciudad que parecía flotar en pleno aire, rodeada por las ondulantes sombras azules de las montañas. Un viaje jalonado de canales de agua, templos y campos en terrazas, construidos por ingenieros milenarios que entendían el silencio de la belleza y la belleza del silencio. Los estrechos senderos estaban plagados de admiradores, pero Yoonie fluyó contra la corriente humana, girando a la izquierda, luego a la derecha, y hacia arriba, hacia el templo del sol. Alguien la llamó por su nombre. Quizás fuera el viento. Finalmente se detuvo en un claro en terrazas, esperándole. «No sabía que iba a haber tanta gente, pensé que era temporada baja», dijo Yoonie. «Quería desaparecer. Bueno, no quería estar en ninguna parte». «Perú no es ninguna parte», dijo él. «Mira, sé por qué estás aquí», respondió ella con tono decidido. El parecía desconcertado. ¿Un parpadeo de alerta en sus ojos? «No eres muy bueno en tu trabajo», le dijo con calma. Jacob se irguió, con gesto confundido. ¿Se llamaba de verdad Jacob? Probablemente no. «De hecho, diría que como espía eres bastante malo». Él la miró de frente, sin esforzarse ya en seguir fingiendo. «Con el debido respeto, señorita Park, soy un profesional de la protección ejecutiva, y has corrido un riesgo innecesario escabulléndote sola». «Bueno, señor guardaespaldas, puedes decirle a mi padre que no voy a volver». Una pausa incómoda. «¿Qué piensas hacer a continuación?», dijo él finalmente. «Seguiré mi camino». Hasta la Patagonia. Y no sonaba mal continuar hasta el océano. «Supongo que intentarás seguirme, ¿no?». «Vendrán a por ti, señorita Park. Parecen muy decididos». Ella lo sabía demasiado bien. Pero la gente desaparecía todo el tiempo, borrándose y volviendo a dibujarse, como garabatos en la arena. No debería ser difícil para una chica desaparecer en un continente entero, en todo un hemisferio, ¿no? Primero, todo lo que tenía que hacer era zafarse de Jacob. Yoonie lo miró ausente —de pie, inmóvil, repentinamente desprovisto de finalidad— y escudriñó el cielo. Las nubes blancas pasaron, inexorables, cambiantes. Al menos, este día aún era suyo. Esta respiración, y la siguiente. Suyas. 70 71

 

Revista Land Rover

 

La revista Land Rover Magazine recoge en sus páginas historias de diferentes lugares del mundo que hablan de fuerza interior y de afán de superación.

En este número, ponemos a prueba el Defender de la mano de dos intrépidos y jóvenes aventureros mientras preparan una expedición al Polo Sur. También celebramos los 50 años del Range Rover participando en una ruta que descubre las maravillas de Dubái. Echamos la vista atrás, pero también miramos hacia el futuro: un grupo de visionarios nos explica las tecnologías que pueden cambiarnos la vida en los próximos años.

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