El Mollete Literario

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El Mollete Literario

indicadorpolitico.mx

molleteliterario@indicadorpolitico.mx

Director: Carlos Ramírez

Octubre 15, 2016, Número 38, Tercera Época

de cómo vino rené y

cómo no se ha ido

Por Carlos Ramírez/ pág. 9

Bob Dylan es el Premio

Nobel de Literatura 2016


2

El Mollete Literario

Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.

José Vasconcelos

Editorial

Hasta luego, René

El pasado 9 de octubre, despertamos con un cielo gris y con una noticia

que nos enturbió la cabeza y el corazón: René Aviléz Fabila había muerto en

su casa, en la Ciudad de México, en un día de descanso.

René, más que formar parte del Consejo Editorial de esta revista literaria,

fue un amigo.

Ya será casi un año de que nos concedió una entrevista, no queríamos

saber del hombre comunista, del escritor de “La Onda”, buscábamos saber

del René que fue joven, que era docente y que tenía por amante a la literatura.

Hallamos a un hombre asincerado, divertido, carismático, seguro de

lo que hizo y de lo que haría. En aquella entrevista reafirmamos nuestra

amistad, siempre fue un amigo, siempre, y ahí lo conocimos de otra manera:

el joven que cuando fumaba un porro pensaba en albóndigas o en tortas de

milanesa, el maestro que bebía buen whisky con sus alumnos si le planteaban

una plática interesante, el hombre que pensaba constantemente qué hacer

con sus “hijos”, cada uno almacenado amorosamente en su biblioteca, para

no dejarlos así nomás, antes de morir.

Sería absurdo no escribir de él, porque lo merecía. Su vida fue una mezcla

de My way y Non, je ne regrette rien, y por eso lo envidiamos.

Desde que supimos de su muerte lo extrañamos, no concebimos una

noticia como la que nos dejó apabullados esa mañana de domingo, donde la

lluvia a penas si se atrevió a molestarnos, nos sabía tristes, ya atormentados,

ya cabisbajos como para bajar más nuestra cabeza.

Así, sólo nos queda un mensaje: Prometimos beber contigo en una ocasión

cercana, el tiempo nos comió y tú nos ganaste, pero nos veremos, sí, de

nuevo, porque nunca fuiste alguien de quien quisiéramos alejarnos. Hasta

luego, René.

Las letras me revientan Por Luy

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Índice

21

René Avilés Fabila, las plumas

del “búho” han partido

Por Nallely Pérez (“Ene Riaño”)

Letras Torcidas

Por César Cañedo

Invasores

Por P.I.G

Escribir novela negra

Por Manu de Ordoñana, Ana Merino

y Ane Mayoz

de cómo vino rené

y cómo no se ha ido

Por Carlos Ramírez

El llano en llamas:

De la circunstancia al destino

Por Paul Martínez

Bob Dylan dijo que nunca

ganaría un Nobel

por ser Bob Dylan

Por Monserrat Méndez

Memoria de un personaje que no existe

Por Ulises Casal

Anonimata

Por Berenice Ibarías, Canuto Roldán

Harakiri

Por Luis Villalón

La Antártida en mis huesos

Por Ximena Cobos

El Mollete Literario

Mtro. Carlos Ramírez

Presidente y Director General

carlosramirezh@hotmail.com

Lic. José Luis Rojas

Coordinador General Editorial

joselrojasr@hotmail.com

Monserrat Méndez Pérez

Jefa de Edición y Diseño

Consejo Editorial

+

René Avilés Fabila

Wendy Coss y León

Coordinadora de Relaciones Públicas

Raúl Urbina

Asistente de la Dirección General

El Mollete Literario es una publicación mensual editada por el

Grupo de Editores del Estado de México, S. A. y el Centro de Estudios

Políticos y de Seguridad Nacional, S. C. Editor responsable:

Carlos Javier Ramírez Hernández. Todos los artículos son de responsabilidad

de sus autores. Oficinas: Durango 223, Col. Roma,

Delegación Cuauhtémoc, C. P. 06700, México D.F. Reserva 15670.

Certificación en trámite por la Asociación Interactiva para el

Desarrollo Productivo, A. C.


René Avilés

Fabila, las

plumas

del “búho”

han

partido

3

El Mollete Literario

Por Nallely Pérez (“Ene Riaño”)

Como cada domingo René Avilés Fabila preparaba el pasado 9 de

octubre su asidua colaboración para el periódico Excélsior. Implantado

el otoño en la capital mexicana, el frío de las primeras

horas de la mañana se dejaba sentir, él twiteaba adelantos de “Hechicería

y amor”, artículo en el que abordaba las prácticas espiritistas del mártir

de la democracia mexicana, Francisco I. Madero, y advertía que los

espectros a los que el antirreleccionista contactaba olvidaron advertirle

a éste sobre la puñalada por la espalda que Victoriano Huerta le daría.


4

El Mollete Literario

Así trascurría la faena dominical, día

en el que, aunque se asegura ha sido hecho

para descansar, Avilés no daba pausa

a la escritura, porque él vivía para escribir

y a eso se dedicó por más de cinco

décadas. Sí, Madero no fue advertido de

la traición pero este escritor, periodista

y catedrático tampoco, minutos después

del aludido tweet fue sorprendido por

un fulminante infarto que le arrebató la

posibilidad de festejar el próximo 5 de

noviembre su cumpleaños número 76.

Su muerte al estilo José Emilio Pacheco,

quien también murió una mañana

del séptimo día, circuló en el

portal del periódico La

Crónica de hoy, uno de

los primeros medios en

confirmar el deceso del

“búho” como también

se le conocía, gracias

al suplemento de dicho

nombre que dirigió en

1984. Apenas pasaba

del mediodía y en las redes

sociales poco se decía

de su partida, pues

pese a lo prolífico de su

pluma, Avilés no gozó

de las mieles de ser un

best seller y, sin embargo,

ha sido uno de los

pocos literatos mexicanos

que han visto traducidos

al coreano títulos

de su autoría (La canción

de Odette y El gran solitario

de Palacio).

Nacido en la Ciudad

de México a finales

de 1940, desde pequeño

tuvo a su alcance una

nutrida colección de títulos pertenecientes

a la biblioteca de sus padres, quienes

se dedicaban a los quehaceres escriturales,

hecho que, sin duda, marcó su vocación

escritural. Ávido lector, guiado por

su madre, la cual le obsequió a temprana

edad una máquina de escribir y un

diccionario, la trayectoria de René Avilés

se remonta a su adolescencia, época

en la que en la sala de su casa montaba

obras teatrales para sus primos pequeños.

Cabe mencionar que su padre, con

quien no convivió mucho, fue amigo de

figuras de la intelectualidad mexicana

de la primera mitad del siglo XX, como

lo fuera Jaime Torres Bodet, entre otros.

Debido a que fue coetáneo de José

Agustín y Gustavo Sainz (de quien en el

número 23 de este suplemento literario

escribiera una nota fúnebre), así como

cercano a otras figuras de la llamada

literatura de la Onda, en la historiografía

de las letras mexicanas a Avilés se le

atribuye haber sido parte de esta oleada,

no obstante su variada obra dista de

los principios estéticos del resto de los

implicados en esta clase de literatura,

dígase Parménides García Saldaña, el

cual mostró sin tapujos el caló de la juventud

connacional de los años sesenta.

“Pese a haber sido un incansable

obrero de la palabra, siempre

puntual y acertado en las miles de

páginas que escribió al calor del

paso del tiempo, desde su juventud

se caracterizó por ser un espíritu

rebelde que no temía decir lo

que otros callaban por temos a no

ser ‘santos de la devoción’ de los

ejecutantes del poder literario”.

Sus influencias son amplias, en sus años

de preparatoria formó parte de un taller

literario impartido por el jalisciense

Juan José Arreola, del cual surgió la revista

Mester.

La prosa del otrora consejero editorial

de El Mollete Literario se caracterizó

desde sus albores por una línea ácida y

cínica, tal y como lo constata su debut

literario, Los juegos (1967), novela en la

que aborda con ironía las manías de

las cúpulas literarias del país a partir

de nombres ficticios que no obstante se

traslucen, hecho que en su momento le

valió que uno de los encargados de la

prestigiada editorial Joaquín Mortiz le

recomendara al joven escritor quemar

esas páginas que bien podrían traerle

serias enemistades.

Pese a haber sido un incansable

obrero de la palabra, siempre puntual

y acertado en las miles de páginas que

escribió al calor del paso del tiempo,

desde su juventud se caracterizó por ser

un espíritu rebelde que no temía decir

lo que otros callaban por temor a no ser

“santos de la devoción” de los ejecutantes

del poder literario. En este sentido,

son conocidos los roces que tuvo con

Fernando Benítez, o la desaprobación

que en los años sesenta

le provocaba

el proceder de

Carlos Fuentes,

el escritor súper

estrella de aquel

entonces.

Lo único que

le interesaba a

René Avilés era la

literatura y a eso

pudo haber dedicado

de lleno toda

su existencia pero

es bien sabido

que, como señaló

Césare Lombroso,

“el verdadero

hombre no es

el literato ni el

erudito, sino el

hombre que trabaja

y come”, por

ello, por miedo al

hambre y la miseria,

Avilés fue un

profesionalizado

de la escritura —como lo serían también

Manuel Gutiérrez Nájera y otros

tantos escritores pertenecientes al modernismo—.

Después de cursar Relaciones

Internacionales, se empleó tanto

en el periodismo como en la docencia,

las dos vías económicas por excelencia

a las que el letrado, si es que carece de

un mecenas, tiene que recurrir para

sobrevivir.

Apenas cumplida la mayoría de

edad, que tiempo atrás se obtenía a los

21 años y no a los 18 como en la actualidad,

René Avilés comenzó a colaborar

en El Día, tiempo después se integraría


a Siempre, publicación

especializada

en cultura. Además,

formó parte

de la redacción del

suplemento de El

Nacional, llamado

Revista Mexicana de

Cultura, así como

del diario Unomasuno

y fue colaborador

de Crónica de

hoy, entre otros tantos

medios de comunicación

escrita.

Su ininterrumpida

labor periodística

lo hizo merecedor

en 1991 del Premio

Nacional del Periodismo

por Difusión

de la Cultura.

Por otra parte,

desde que inició

su trayectoria

como catedrático,

en 1975, se enfocó

en impartir lecciones

de literatura a los estudiantes de

periodismo de la Facultad de Ciencias

Políticas de la UNAM, pues tenía claro,

como testimoniara en su obra La incómoda

frontera entre el periodismo y la literatura, la

necesidad que el nuevo periodismo “encabezado

por figuras como Tom Wolfe

y Hunter S. Thomson” se nutriera de

fuentes literarias para lograr así una

simbiosis que dotara de una estética los

asuntos de la cotidianidad noticiosa. Su

constante preocupación por preparar

a las nuevas generaciones lo llevó a ser

uno de los fundadores de la UAM, así

como a animar a los jóvenes escritores a

no tirar la toalla y continuar con el arduo

sendero de la creación.

Al igual que José Revueltas, estuvo

afiliado al Partido Comunista de México.

Aunque ciertas fuentes sostienen que

vivió en carne propia el Mayo Francés

(1968), ya que realizó en París estudios

de postgrado en la Universidad de la

Sorbona, la realidad es que no fue sino

hasta 1970 que Avilés arribó a la capital

francesa al lado su esposa, Rosario

Casco Montoya, quien lo animó a ir a

estudiar a Europa. Durante sus tres años

de estadía en dicho centro de estudios el

autor de Hacía el fin del mundo continúo

enviando colaboraciones al Excélsior,

diario en el participó hasta el final de

sus días.

Prolífico, autor de alrededor de 30

títulos, su pluma cultivó una escritura

más allá de la canónica narrativa ficcional,

además de cuentos y novelas,

Avilés capturó sus hondos pensamientos

en distintos libros ensayísticos, así como

en incontables artículos perdidos en las

numerosas publicaciones periódicas en

las que participó. Entre sus obras fundamentales

se encuentran, además de los

títulos mencionados líneas atrás, La cantante

desafinada, Fantasías de carrusel, Lejos

del Edén: la Tierra, Réquiem por su suicida,

El diccionario de los homenajes, De secuestros y

uno que otro sabotaje, así como El Evangelio

según René Avilés Fabila. Publicados todos

ellos a lo largo de medio siglo en distintas

editoriales nacionales y extranjeras.

Tal vez a la obra de René Avilés

Fabila sea aplicable la sentencia que

Carlos Díaz Dufoo Jr. hizo en contra

del éxito literario, la cual aseguraba que

“éste [el éxito] es el peor enemigo de la

elegancia, cuya defensa natural es la impopularidad,

y cuya esencia es el secreto

de un ritmo que sólo a unos cuantos es

dado advertir”. De esta forma se aclararía

por qué la calidad escritural del ahora

finado autor aquí expuesto no ha de

medirse por la cantidad de lectores que

tuvo su escritura.

Tras haber partido de este mundo,

“el búho” deja dos libros inéditos, uno

de cuentos y otro de corte ensayístico,

según asegura su viuda; los cuales es

previsible se publiquen de manera póstuma

para que así se integren a su colección

de “hijos”, los cuales Avilés deseaba

le sobrevivieran.

La labor de este incansable de la difusión

literaria y cultural, de este hombre

que entre las numerosas actividades

que realizó se encuentran haber sido el

primero en editar la obra de Francisco

Zarco y fundar el Museo del Escritor,

ha llegado a su fin. René Avilés Fabila

murió haciendo lo que más disfrutaba

hacer, escribir, ahora descansa en paz

una de las figuras sin las cuales este medio,

El Mollete Literario, no existiría. ¡Le

echaremos de menos!

5

El Mollete Literario


Poetalado

Por César Cañedo

@chocorrols

chocorrol_x@hotmail.com

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El Mollete Literario

Ilustración:

Brenda Olvera

Técnica Tinta

Ya no puedo escapar de mi poesía.

Ensayo en otras voces los colores ajenos,

quiero acallar sonatas,

purgarme endecasílabos y metros,

ser un contemporáneo verso libre

y no puedo y me frustro.

Como si en la carrera

de 400 metros

no tuviera con qué cerrar el paso

y me voy desganando

y mis pies no responden

y no puedo y me frustro.

Como si desde antes

de terminar noviazgo

ya planeara el regreso

a tanta soltería intencionada

pero el dolor me parte

sin querer fornicar con nuevos hombres

y no puedo y me frustro.

Cómo olvidar las ganas

de entrar a su perfil y ser testigo

de tanta ajenidad en su sonrisa

de un ya lo superé muy encimado

ante aquel no me olvides espacioso

y no puedo y me culpo.

Y vuelvo a la poesía y me lamento

por no poder pintar verdes ajenos,

relaciones sin causa,

preciosismo de altura,

lenguaje selectísimo y diverso

y no puedo y me frustro.

La amistad que ha dañado

el más puro eslabón de la confianza

y que ha estoqueado

toda fe de mi fe

me ha carcomido

la esperanza pasada en hombres nuevos

y me encierro y me aparto.

Cómo disciplinarme

en mílitas lecturas marcha turca,

organizar mi pluma y biblioteca

y selectolectoria registrarlo

todo:

doce libros al mes

veinte poemas

un artículo serio

y un ensayo poeto

y en cambio mi energía

se la roba la red weborldwaideana

y me culpo

y me culpo.

Como acallar las voces

de tanto otro poeta, mis ancestras,

que nutren con aplomo esta vozuela

Novo, Bohórquez,

Jattín, otros tantos

que no mencionaré

por ser de calle,

de sauna silvestre,

de línea dorada,

de campamento oculto

y encerrado.

Aplomo a ese silencio

rugiente en hoja en blanco

y no llega mi voz

ariela ¡canta ya! brujamarina

y enmudezco y expiro.


Invasores

Y

ahora, una breve

experiencia

traumática de mi vida.

Anteriormente mi casa

estaba infestada de moscas que placenteras

revoloteaban mientras realizaba

mis actividades diarias: comer, dormir,

bañarme, hacer ejercicio, tener sexo, etcétera.

Al principio era insoportable. Intenté

asesinarlas con matamoscas, con

insecticidas y en el último de los casos

con un fuego dirigido que estuvo a nada

de incendiar mi sala. A la postre aprendí

a vivir con ellas, y aunque detestable

era su presencia y el maldito ruido que

generaban, dejé de prestarles atención.

Las repudiaba, pero tenía que compartir

el espacio con ellas. Había fracasado

en mi intento por eliminarlas,

razón por la que ahora dormían en mi

cama y devoraban mi comida. Merecido

me lo tenía, decía mi familia.

Una noche dejé abierta la ventana,

primero para recibir un poco de

aire fresco que desplazara el hedor de

suciedad que dejaban las moscas ahí

donde se posaban y segundo, para ver

si se les ocurría mudarse a otro lugar

más amigable.

Al despertar, noté que la cantidad de

moscas había disminuido considerablemente.

En cambio, había dos grandes

telarañas posadas a los costados de mi

ventana y en ellas los cadáveres de dece-

nas de moscas, todos ellos putrefactos y

devorados hasta el hartazgo.

La escena me causó temor al principio,

pero considerando la cantidad

de moscas que rondaban por mi casa,

un par de telarañas nos vendrían bien

a todos. El problema fue cuando las telarañas

se multiplicaron y ahora se encontraban

no sólo en la ventana, sino

en la cocina, en el baño, a un costado

de mi cama, todas repletas de cuerpos

descompuestos de desaladas moscas.

En poco tiempo los insectos voladores

dejaron de apropiarse de mi estancia;

algunas moscas huyeron, otras decidieron

resistir hasta el último momento,

pero el final fue el mismo: la terrible

telaraña y minutos y minutos de agonía

antes de que la araña se decidiera a acabar

con su existencia.

Nos sentíamos felices de que al fin

pudiéramos reposar, comer a gusto, descansar

tranquilos, sin un zumbido atronador

golpeando nuestros oídos.

Luego de algunos días las arañas comenzaron

a apropiarse de los espacios

habituales de la casa. La ropa estaba llena

de telarañas, de las paredes brotaban

diminutas arañitas que causaban temor

a los niños. Dormir era una pesadilla

con los arácnidos paseándose a gusto

en la cama, sobre nuestros rostros, sobre

nuestros cuerpos, algunas veces picando

y otras veces posando huevecillos.

La cura a nuestro problema se había

convertido en uno igual de grave.

Nuevamente habíamos sido invadidos.

Mi familia me recriminó haber dejado

la ventana abierta, darle paso libre a las

arañas y a su destructiva presencia.

Nuevamente intentamos deshacernos

de ellas, pero a diferencia de con las

moscas, las arañas resistían los embates

sin problema y debido a su capacidad

para desplazarse, les era muy fácil esconderse

durante periodos cortos, reproducirse

y aumentar su presencia.

Una noche, agotado de buscar los

medios para acabar con ellas, abrí la

ventana para vomitar debido a la náusea

que provocaba verlas caminar tranquilamente

y en grupo por encima del

televisor. Me desvanecí y caí en letargo

durante largas horas. Al despertar, un

reptil semejante a un sapo trepaba las

cortinas de la ventana, devorando con

gusto las arañas que intentaban, sin lograrlo,

detener su paso. Había llegado

quien, en definitiva, nos salvaría de la

invasión. Mi familia dio el beneficio de

la duda y decidí alojarlo como nuestro

nuevo guardián.

Dicen que en otras casas ocurre

exactamente lo mismo, aunque en lugar

de moscas son personas vestidas de traje

y en lugar de arañas son civiles vestidos

de verde. A los reptiles les dicen empresarios,

pero no entiendo por qué.

7

El Mollete Literario

Ilustración:

Brenda Olvera

Técnica Tinta


Escribir

novela negra

Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

8

El Mollete Literario

Estas tres palabras contenidas

en el título del

libro desvelan su interior.

Se dan consejos sobre

la escritura de la novela en

general y sobre la novela negra,

en particular. Se analizan

varias novelas para mostrar todos

los recursos que ayudarán

al futuro novelista. El autor

del mismo es el fecundo escritor

británico H.R.F. Keating

(1926-2011). Es quien, tras

crear un gran número de clásicas

novelas de detectives, publicó

varios ensayos relacionados.

Además fue presidente de

la Crime Writers Association

entre 1970 y 1971 y presidente

del Detection Club entre 1985

y 2000.


Keating insiste en que una novela

negra tiene como finalidad

el entretenimiento y como

tema principal el asesinato en todas sus

variantes. Es además una ficción que

antepone siempre el lector al escritor;

hay un pacto invisible con él, un pacto

con el que se trata de no engañarle, de

jugar limpio. En ese pacto está el que

dentro de los posibles sospechosos se

esconda el asesino. Este tipo de novelas

resultan atrayentes porque tanto el crimen

como el mal existen. El mal es lo

que más fascina al ser humano, se manifiesta

en nuestra propia naturaleza o

surge en las relaciones entre los seres

humanos.

Nunca hay que olvidar que la novela

negra es ante todo una historia. Por esto

convendría encontrar un argumento

que surja de algo sobre lo que realmente

se quisiera escribir: un tipo determinado

de persona, una situación conocida…

Resalta que una buena novela detectivesca

surgirá cuando el rompecabezas

se solucione y a su vez revele lo que la

novela debía comunicar.

Desde que la historia detectivesca

alcanzó su cénit entre 1920 y 1940, se

han ido introduciendo continuos cambios

y tendencias. Se intenta clasificar,

puntualizar los distintos tipos pero si la

distinción teórica es clara, en la práctica

la línea divisoria se encuentra muchas

veces borrosa. Aún así se mencionan algunas

variantes.

Surgió la llamada “historia invertida”

que comienza cuando al asesino se

le ve cometiendo el crimen y, al final, es

descubierto pese a la aparente perfección

de su método. Luego el howdunit o

cómo-lo-hizo, donde se sabe quién es e

interesa demostrar cómo ha podido cometer

semejante crimen. El whydunit,

por-qué-lo-hizo, donde importa por

qué esa persona es capaz de llevar a

cabo el asesinato.

Más adelante y en oposición a la primigenia

historia detectivesca apareció la

novela detectivesca, que es la que tiene

un tema, la que trata de algo. Cuanto

más interesante sea el asesinado, mejor

puede ser el libro; la víctima debería

ejemplificar, de algún modo, el tema

principal. “Personalmente, con esta denominación,

me refiero a una obra en

la que el factor rompecabezas se reduce,

los personajes son mucho más vívidos y

reales que los que se necesitaban para

la historia detectivesca y sus características

y comportamientos son tratados con

mucho más peso. Después aparecerá la

novela criminal, es decir, la novela detectivesca

desarrollada que otorga todavía

un mayor énfasis a los personajes, y,

sobre todo, y especialmente, a su medio,

a todo aquello que los rodea. Pese a seguir

manteniendo el crimen como uno

de sus elementos esenciales y estando

también concebidas como entretenimiento,

este tipo de novelas no considerarán

el elemento rompecabezas como

un factor principal.

Es más fácil reconocerla que definirla.

Se trata de la novela de suspense.

Aunque se asemeja bastante al

thriller, éste está pensado para estremecer;

frente a aquella donde predomina

la noción de suspense a lo largo

de toda la novela. Las novelas de Patricia

Highsmith contienen un estilo diferente

de suspense, puesto que toma

casos extremos. Ella misma reconoce

que lo que enciende su imaginación es

siempre toda esa gente que es capaz

de traspasar los límites. Y es que ella

ha elogiado a los criminales, a quienes

considera “gente activa, de espíritu libre

y que no se arrodilla ante nadie”.

Existe también la novela de fondo

histórico. Aquí tendrán relación el lugar,

la comunidad o el modo de vida

particular donde se va a producir un

determinado crimen. El autor de este

libro tuvo dificultad a la hora de vender

sus primeras novelas criminales a las

editoriales puesto que las calificaban de

“demasiado británicas”. Por eso, alejó la

historia de su entorno, la alejó tanto que

decidió situarla en la India, a pesar de

que él nunca había estado allí. “La India

es un lugar en el que las cosas no llegan

a ser nunca perfectas. No poder ser

perfecto junto con intentar ser lo más

perfecto posible era uno de los grandes

problemas del ser humano que también

encendía mi imaginación”. Así apareció

en 1964 The Perfect Murder, su primer libro

publicado en América y con el que

logró entrar a ese mercado.

Si se echa la vista atrás, hay que

mencionar a Edgar Allan Poe, quien fue

“Nunca hay que olvidar que la

novela negra es ante todo una historia.

Por esto convendría encontrar

un argumento que surja de algo

sobre lo que realmente se quisiera

escribir: un tipo determinado de

persona, una situación conocida…

Resalta que una buena novela detectivesca

surgirá cuando el rompecabezas

se solucione y a su vez revele

lo que la novela debía comunicar”.

9

El Mollete Literario


10

El Mollete Literario

el iniciador de todo el género detectivesco.

Con sus historias aportó muchas de

las características esenciales del género.

Creó la figura del ayudante (de Watson

por ejemplo de Sherlock Holmes), que

en realidad no es algo imprescindible.

Pero sí que lo son muchos otros elementos

como los que menciona P.D. James

al describir la historia detectivesca como

un relato en el que siempre hay una

misteriosa muerte; también un círculo

cerrado de sospechosos, quienes deben

tener una razón creíble para cometer

el asesinato y un detective que será el

personaje central que resolverá el misterio

mediante una lógica

deductiva.

En cuanto al detective,

la figura del detective

se ha convertido

en el gran detective gracias

a personajes como

Miss Marple de Agatha

Christie, Auguste Dupin

de Poe, Sherlock Holmes

creado por Conan

Doyle… Todos ellos se

caracterizan por ser investigadores

dotados de

poderes que van más

allá de los de cualquier

otro mortal. Intentan

conocer hasta el más mínimo

detalle de la vida

de los sospechosos, se introducen

en la mente de

otras personas, unen lo intuitivo con lo

racional… No se pueden dejar de lado

estos monstruos a la hora de inventar

esta figura y sobre todo es bueno tener

presente que deberá ser él quien lo averigüe

todo. El autor opina que el detective

que se vaya a crear puede ser como su

inspector Gothe, quien, aparentemente,

está muy lejos de ser un héroe, pero cuya

actuación sí que resulta creíble, que es lo

que debe importar. Añade que se debe

tener mucho cuidado si se elige al tipo

que no se parece en nada a uno mismo,

porque costará reflejar sus intuiciones y

pensamientos con naturalidad. Ágatha

Christie en su Autobiografía cuenta cómo

cuando estaba creando a Poirot, jugó

con la idea de hacer de su detective casi

un colegial. Lo veía atractivo, novedoso

y pícaro. Pero astutamente se dio cuenta

de que sería mucho más difícil ver a través

de unas lentes juveniles que a través

de unas de origen belga.

Hay que dedicarle tiempo al personaje

principal, que sea diferente a los

demás, por eso viene bien caracterizarlo

con un rasgo marcado y definitorio. Incluso

la primera vez que se describa, ese

rasgo se puede exagerar para que quede

su imagen fija en la mente del lector; así

más adelante bastará con mencionarlo.

Éste es un pequeño truco que Keating

aprendió leyendo un voluminoso estudio

sobre el gran Joseph Conrad.

El gran éxito de la compleja historia

“En cualquier historia novelesca

aparecerán dos elementos

imprescindibles: por un

lado, la trama, esto es, el asesinato

y cómo ocurrió y, por

otro, la historia, lo que tiene

lugar de una forma concatenada.

A la hora de contarla,

entra en escena la forma”.

criminal acabó produciendo en California

las potentes historias del investigador

privado, el héroe desde cuyos ojos

vemos la historia. Este personaje es una

persona de acción, investiga personalmente.

En realidad, es una vuelta a los

caballeros andantes, de ahí que Chandler

coja el nombre de Malory por el autor

de La muerte de Arturo o Robert Parker

llame a su héroe Spenser por el poeta

de The Fairy Queen. Estas historias según,

uno de sus mayores exponentes, Raymond

Chandler “devolvieron de nuevo

el asesinato a esa clase de gente que lo

comete por alguna razón y no sólo para

tener un cadáver”. El germen de este

tipo de relatos está en las revistas baratas

americanas de los años veinte o treinta

(pulps). Posteriormente hay que decir

que el género cruzó con éxito el Atlán-

tico pese a ser americano en su origen.

Las pistas forman parte del juego

que mantienen escritor y lector. Dorothy

L. Sayers afirmó que cualquier

tonto puede mentir, pero que el escritor

de novelas detectivescas inteligente sabrá

contar la verdad de tal manera que

sean los mismos lectores quienes acaben

engañándose a sí mismos. Según

Keating la mejor manera de engañar

a los lectores es poniéndoles delante la

pista que les va a llevar a la solución,

parecerá que esa pista está para todo

excepto para que la vean. Mejor si la

pista está frente al lector, expuesta de

un modo arriesgado y

audaz, desafiándolo a

descubrirla. Y en estos

casos, sobre todo, es

cuando hay que cerciorarse

de que un detalle

nos puede dar mucho

juego: el carácter del

personaje. Puede reflejar

el tema del libro, puede

ser un elemento que adelante

la acción de la historia…

y sería fantástico

si pudiera hacer todo

esto a la vez.

En cualquier historia

novelesca aparecerán

dos elementos imprescindibles:

por un lado, la

trama, esto es, el asesinato

y cómo ocurrió y, por

otro, la historia, lo que tiene lugar de

una forma concatenada. A la hora de

contarla, entra en escena la forma. En

este tipo de novelas la forma debe ser

concreta y determinada. Se parte del

asesinato, se va ampliando con la aparición

de varios sospechosos y casi en el

último momento se comprime y acaba

de nuevo en el tema central, es decir,

el asesinato. Este es un esquema principal

que puede ampliarse añadiendo

otro asesinato hacia el final. Un gran

secreto de Keating es: “…si escribes,

piensa a quién le estás hablando,

y después cuéntale lo que quiere

oír”.

En el momento de crear el asesinato,

es necesario escribirlo paso a paso. Esto

ayudará a la credibilidad de la obra,

aunque se sepa que nunca aparecerá en


la novela, puesto que el asesinato es lo

que queda oculto y nunca se cuenta.

Por lo que respecta a los sospechosos,

Keating hace hincapié en que el

número de ellos no debiera ser muy

alto. Cuatro sería una cifra de sospechosos

suficiente. Y es que siempre hay

que hacerle caso a Graham Greene:

“Una historia no tiene espacio más que

para un número limitado de personajes

inventados”.

Una novela es acción y más este

tipo de novelas. La acción son acontecimientos.

Y la clave para escribir escenas

de acción es limitar al máximo

las descripciones. Sorprendentemente

una sencilla descripción puede atrapar

al lector, para esto hay que procurar

exponer los hechos de forma detallada,

de modo creíble. Graham Greene

dijo en uno de sus libros autobiográficos

que “la emoción es algo sencillo.

Debería ser descrita sin rodeos, sin

envoltorios metafóricos, ya que éstos

son reflejos de pensamientos que pasan

por la mente de quien escribe. Pero la

acción es cuando no hay tiempo para

reflexionar”.

Los diálogos y la narración serán

activos, vivaces, porque el detective

privado siempre se está moviendo a la

caza de la pista. Los interrogatorios no

deben ser grises ni aburridos. De repente

el interrogado debería decir algo

inesperado, o callarse o mentir para así

conservar viva la curiosidad del lector.

No se cansa de repetir el autor de

este libro que hay que mantener al lector

con nosotros, mantenerlo expectante

y esto es una cuestión de ritmo. Y compara

el ritmo a la conducción: “Igual

que en un coche, existe una velocidad

adecuada para cada tramo del camino,

y no se puede ir demasiado rápido en

sucesos importantes ni tampoco perder

demasiado tiempo describiendo algo

trivial”.

Ya se sabe que iniciar una novela no

es algo baladí, y finalizarla menos. En

este tipo de novelas muchos se precipitan

y Keating confiesa que su mujer (la

actriz Sheila Mitchel) se lo ha echado en

cara tras leer varias de las suyas. Para

que el lector acabe la historia a gusto,

hay que redondear la obra de manera

que pueda notar el final no sólo visualmente

sino de un modo mucho más sentido

y profundo. Insiste: “Deberíamos

tratar de conseguir un efecto similar al

de las últimas notas de una sinfonía;

oyéndolas, aquel que las escucha sabe

que ha llegado el final, que el trabajo

está acabado”.

A la hora de ponerse a escribir, da

el consejo de todos los demás autores,

“escribe”. Y otro consejo también conocido

por todos: es necesario tener en

cuenta a los grandes novelistas del pasado,

esos cuyas obras demuestran intensidad

aún hoy. Opina que esa intensidad

reside en las palabras. “Tenían el don

de saber utilizar la palabra exacta, y no

otra. Y esa aspiración es la que todos

deberíamos tener en mente. Cada vez

que usamos una palabra que no es la correcta

generalmente no nos molestamos

en eliminarla de esa vívida descripción

que podemos haber escrito. Y hacerlo

de forma repetida puede acabar ofuscando

nuestra historia”. Reconoce que

no es fácil conseguir esa palabra justa,

pero para que nadie desista alude a que

el mismo Simenon tenía que cambiarse

de camisa tras una hora ante su máquina

de escribir debido al sudor que generaba

su esfuerzo.

Keating también reconoce que de

Graham Greene aprendió a llevarse a la

cama lo escrito ese día para leerlo. Así el

subconsciente se prepara para el trabajo

del día siguiente, aunque no está de

más releer las últimas páginas antes de

empezar.

Asimismo no olvida lo que el novelista

indio R. K. Narayan pronunció

en un programa de televisión. Dijo

que cada vez dedicaba más tiempo a

la corrección y revisión del texto “para

poder hacer que valga la pena que se

imprima”. Por esto, Keating afirma

que al final, una vez escrita la novela,

“hay que intentar acallar al creador

para dejar salir al crítico”. Porque está

convencido de que “es en los pequeños

detalles donde radica la diferencia entre

un libro que está bien y un libro que

el lector no olvidará, o quizá entre un

libro que rechace un editor y uno que

esté deseando publicar”.

Publicado con autorización del autor

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El Mollete Literario


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El Mollete Literario

de cómo vino rené

y cómo aún no se ha ido

antihomenaje

a mily

Por Carlos Ramírez

yo tenía entre trece y diecinueve años y no permitiré que nadie diga que

es la edad más hermosa de la vida, escribí escribiendo a paul nizan en

un libro que me recomendó mucho tiempo después david huerta, bueno,

tampoco era de lo peor, yo vivía en oaxaca y oaxaca era entonces una aldea

de muchas casuchas distribuidas alrededor del zócalo de la ciudad, mi casa

estaba a cuatro cuadras del zócalo y, sorpréndanse, no tenía pavimento;

pero no vengo a hablar de mí sino de rené avilés

fabila en uno más de sus tantos homenajes, y

hablo porque yo lo conocí primero a través

de la lectura de sus libros, cuentos y novelas,

que disfruté cuando trabajaba en el heraldo

de méxico como redactor de boletines para

convertirlos en notas más o menos publicables

pero sin dejar de reconocer que era, en aquellos

comienzos de los setenta, un nivel bastante bajo

del periodismo nacional que se había vestido

de gloria en el reinado priísta de entonces, que

entonces sí era reinado y no como ahora, porque

era más o menos mil novecientos setenta y dos

y el país entraba con euforia a la monarquía

sexenal de Echeverría, y en la redacción

estaba también mily, a quien conocí entonces,

y ella aprovechaba los tiempos muertos entre

boletín y boletín para leer cuentos, novelas

y poesía y ahí me aferré a una parte de mi

vocación con las letras, la literatura pegada al

periodismo, aunque había leído pocos libros,

poquísimos, casi ninguno, pero me había

prometido con mi amigo fabiolo, de la prepa

en Oaxaca, que yo sería algún día un escritor

consumado, por eso me encantó esa relación

porque mily me recomendaba libros y yo los

leía con avidez, y ahí descubrí, por ejemplo,

al boom latinoamericano, primero a garcía

márquez, luego a vargas llosa y finalmente a

cortázar, luego me desencantó el colombiano,

el argentino se desvió ya de grande hacia la

literatura política y me quedé al final con el

vargas llosa que llegué a criticar, háganme

ustedes el favor, por sus textos conservadores

y, dios me libre ahora, su ruptura con cuba;

pero se es otro cantar

ahí comencé, pues, mi relación con la literatura;

y les pido me perdonen porque aquí venimos a

hablar de rené avilés fabila pero no coman ansias,

pronto llegaré a ese punto, porque antes me

encontré con la literatura mexicana en general, a

carlos fuentes que me gustaba antes y hoy ya no y

a otros, hasta que en una librería compré un libro

que me metió de lleno a la literatura del tal avilés y

amigos que entonces lo acompañaban, un librito

de portada café titulado de los tres ninguno y que

recopilaba cuentos e historias de rené, josé agustín

y gerardo de la torre, y ahí me quedé plantado en

aquellos años de mil novecientos setenta y dos y mil

novecientos setenta y tres y no los volví a soltar,

abrumado por su estilo y su temática, los he venido

siguiendo ahora con mayor sentido crítico pero

siempre con esa fidelidad de aquel entonces tan

lejano año de nuestro descontento;

y fue entonces, por cierto, una lectura más o

menos a fondo porque casi todos los libros de los

tres, más el gustavo sainz que se agregó años

después, pasaron la prueba de los muchos

cambios de casa y ahí están, ahí está, como la

puerta de alcalá, el de los tres ninguno como

puerta de entrada, aunque no sé si tenga algún

valor pero varios de esos libros los tengo a la fecha

en su primera edición y no los vendo, y algunos

de ellos con anotaciones al margen, al principio y

al final, algunos con tinta roja y otros con tinta


sepia, frases a veces contundentes que quisieron

indagar entonces algo que yo decía con voz de

profeta desempleado al que nadie pelaba

e n t o n c e s

obvio,

¿no?

pero que debía tener pues voz de profeta

diciendo que esos muchachos iban a llegar más

alto, aunque cuando publicaron sus primera

obras yo tenía menos años que los de nizan y de

todos modos no era feliz pero tampoco sufría

demasiado, porque ellos publicaron sus

primeras obras de mil novecientos sesenta y

cuatro a mil novecientos sesenta y nueve yo los

descubrí en mil novecientos setenta y dos, y me

acuerdo que luego del libro de los tres me sacó

de onda la tumba de agustín, releí dos veces

gazapo, me encantó ensayo general de gerardo

y a avilés fabila lo descubrí como novelista años

después de todo, y no puedo explicar por qué

entonces no lo busqué como a los demás;

porque a avilés fabila realmente lo pulsé a fondo

en mil novecientos setenta y cinco, cuando yo

había dejado el heraldo de mexico y yo estaba

trabajando en el periódico el día de enrique

ramírez y ramírez, sin parentesco alguno,

porque yo ​quería entrarle de lleno al periodismo

político y en el heraldo me daban mucho espacio

pero estaba de hueva cubriendo primero policía,

luego las fuentes de salud y terminé, por el

milagro de purgas relacionadas con la fundación

frustrada de un sindicato, en la fuente de la

presidencia de la república escribiendo crónicas

echeverristas, y por eso me pasé a el día donde

se hacía un periodismo más político, y era cierto

porque ahí me relacioné con muchos asilados

latinoamericanos de izquierda, y a través de ellos

varié un poco el rumbo de mis lecturas y ahí me

encontré, en los libros, obviamente, y no en la

redacción, a andré malraux, primero con sus

antimemorias y luego con toda su obra, sobre

todo los conquistadores y la condición humana,

y me puse a experimentar la literatura política

de deveras pero no pude, y mejor volví a mis

lecturas y en alguna conversación en la redacción

de el día hablé de mis lecturas de la onda y

mencioné a avilés fabila y fue como mentar la

soga en casa del ahorcado

pero bien ahorcado

porque resulta, y déjenme contarles, que en el

día avilés fabila tenía tache, pero tache de a

deveras, porque decían en los pasillos que

ramírez y ramírez le había comprado varios

ejemplares a rené cuando promovía su novela

antes de terminarla y luego en el libro le daba en

toda la madre, y don enrique, como alarcón en

el heraldo le llamábamos don ga, por aquello de

el padrino, era de muchos resentimientos y

decía que rené lo había traicionado porque lo

presentaba en el libro como un político trapecista

que había salido del partido comunista y se

había pasado al pri por obra y gracia, y algo de

dinero, de lópez mateos para fundar un

periódico de izquierda y para crear en el pri un

espacio de izquierda, válgame dios, pero así eran

las cosas entonces, y por eso don enrique estaba

que echaba chispas contra rené porque ese libro,

la primera novela que publicó, se llamaba los

juegos y este año de dos mil siete cumple los

cuarenta años de edad, estas son las mañanitas,

ni madres, así no es pero de todos modos

cuarenta años son muchos y la novela ahí está

todavía, disfrutable porque todos los

protagonistas siguen vivos, bueno algunos algo

tarados ya pero cuando menos respirando, y el

ambiente es el mismo, el de las mafias y los

clanes; y así fue como entré en contacto literario

con rené y de ahí me seguí de frente, aunque

debo de confesar que me gustaron más las

novelas y los cuentos, y nunca quedé satisfecho

con las viñetas o la línea fantástica, porque yo le

exigía como lector literatura de la realidad, no

las ficciones en el vacío, y de entre todas me

quedé para siempre con tantadel, para mi gusto

la mejor de sus novelas porque capta con

precisión y profundidad

qué serio me puse

los tres espacios de la creación, a saber, dos

puntos y seguido, el ambiente, el lenguaje y los

personajes, y me enamoré de tantadel, aunque

cada vez que quiero hablar de ella con rené me

manda por un tubo, no sé qué resentimientos

tiene contra ella o contra la novela, pero me

importa poco porque he comenzado a escribir

una novela que se va a llamar la prima de

tantadel y les juró que sí existió y que será una

novela que va a dar qué decir aunque sea que le

digan que no sirve pero será un homenaje a

tantadel y a su época y ciertamente un

reconocimiento a la capacidad literaria de rené,

aunque a él le gusta hablar más de el gran

solitario de palacio, que fue la novela de

dictadores que le ganó en tiempo, espacio y

temática a garcía márquez, alejo carpentier y

augusto roa bastos y después vargas llosa y su

chivo en cristalería, una novela, la de rené,

completa, circular e irrepetible; y luego vinieron

los cuentos y novelas cuya lista la pueden

ustedes consultar en el diccionario bibliográfico

de escritores de méxico de la unam, porque

aquí sólo vengo a hablar de las obras que me

gustan de rené y de la vida en méxico en el

periodo presidencial de avilés fabila y su

gabinete formado por el triunvirato de agustín,

de la torre y sainz, aunque cada uno marchó

por su lado y en aquellos años nizanianos los

tres eran cuatro y se movían en manada en

medio de la selva de asfalto

qué mamón me oí

de la república de las letras, todos ellos

presentados por sí mismos en la autobiografía

de jóvenes autores que promovieron emmanuel

carballo y empresas editoriales, y en donde se

publicaron los textos de agustín y sainz y no sé

por qué avilés y de la torre no, quizá porque ya

se sentían viejos, aunque avilés escribió mucho

después una larga autobiografía en tres partes

memorias de un comunista (manuscrito

encontrado en perisur), recordanzas y nuevas

recordanzas, libros que, en efecto, aparecieron

tarde, cuando las autobiografías carecen de

frescura y casi siempre pontifican, aunque rené

no ha perdido su sentido del humor, pero me

hubiera gustado haber leído su autobiografía

entonces, sobre todo su paso por el partido

comunista, su amistad con revueltas y su

encuentro con agustín y de la torre, aquéllos

años en los que tenía poco más de veinte años y

nizan no podría decir que habían sido los años

más hermosos de su vida;

porque rené comenzó a publicar ya grande,

bueno es un decir, casi a los treinta años, por

ejemplo, de los tres ninguno salió en 1974 y él los

otros dos ya estaban creciditos y rené tenía

treinta y cuatro y agustín treinta y Gerardo era

el más viejo con treinta y seis años y para esa

edad ya sabían escribir mejor, mucho mejor,

porque cuando Truman capote publicó otras

voces, otros ámbitos, dijeron en las primeras

críticas que la novela no estaba mal y que

destacaban sobre todo que el autor, tan joven

como sus veintitrés años, sabía escribir, y capote

luego los fustigo con el látigo de dios en su texto

de presentación de música para camaleones

diciendo que cómo diablos no sabría escribir si

desde la adolescencia escribía todos los días con

disciplina, como el vargas llosa de las ocho horas

diarias de escritura para soltar el brazo y calentar

la máquina antes de entrarle formalmente a la

escritura de sus textos publicables

para que aprendan

pero en el fondo quiero hablar de los contextos,

porque los estilos literarios ahí están, englobados

formalmente en lo que se llamó literatura de la

onda, pero no por formalidad literaria sino por

hueva y a veces por fastidiar al prójimo porque

si se revisan los dos libros antológicos que

lanzaron a los jóvenes ahí no hay una

caracterización formal, los dos presentados por

margo glantz, el primero, narrativa joven de

méxico, en mil novecientos sesenta y nueve, y el

segundo, onda y literatura en México: jóvenes

de 20 a 33, de mil novecientos setenta y uno, y

en ambos destacando dos cosas, primero, que

no hubo realmente una generación de la onda,

si acaso, hubo una generación de jóvenes que

irrumpió con temas diversos, entre ellos el del

ambiente de los jóvenes, y segundo, que hubo

por ahí una temática que quiso rescatar el

ambiente de ruptura del sesenta y ocho, sobre

todo en algunas páginas de gerardo de la torre

sobre el ambiente obrero, al fin de cuentas que

él había sido obrero en el sindicato petrolero;

¡un hijo de fidel velásquez!

y que los únicos que realmente crearon un estilo

de la onda fueron agustín y sainz y que sus obras

resultaron tan fuertes que confundieron a los

analistas huevones que ahora hablan de la

literatura de la onda lo que en realidad fue

literatura de jóvenes, porque ahí estaban la

seriedad de juan tovar, aguilar mora, manuel

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El Mollete Literario


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El Mollete Literario

echeverría, carlos montemayor, josé emilio

pacheco, y algunos otros que nada tenían que ver

con la onda y, eso sí, con suficiente calidad literaria

en lo que llamaríamos la literatura formal pero

escrita por jóvenes, y al final contribuyó el libro de

los tres ninguno para dejar una lectura más o

menos homogénea de los tres, más sainz después,

de un grupo de escritores con fuerza suficiente

para romper la tradición literaria del respeto a los

mayores, y a ello contribuyó, sin duda, rené, con

los juegos, esa parodia del mundo intelectual

dominado por los mandarines sartreanos de la

cultura y que fue leída como una severa crítica

contra el esnobismo intelectual y sobre todo

contra el jefe de la mafia de entonces, carlos

fuentes, y su escudero monsiváis;

y esa literatura, más que de la onda, debió haber

sido asumida como de ruptura, en donde se

mezclaban la juventud de sus autores, la

temática de la adolescencia, el desmoronamiento

del mundo feliz del priísmo

el no sabíamos de compadre lobo

atacado fieramente no desde la izquierda sino

desde la literatura, el lenguaje rupturista que

copiaba el caló de la clase media dominante, el

manejo arbitrario de las estructuras narrativas

convencionales, yendo aún más allá de joyce y

mostrando una lectura libre de shandy, todo

ello con perfiles del ambiente político y social

de entonces, porque la tumba puede leerse

como el aviso de lo que ocurría en el sesenta y

ocho, la depresión juvenil algo sartreana, y no

sé si ya se sabía pero en la novela de agustín

huelo mucho a sartre, al mandarín de la rivera

izquierda del sena, y en los juegos leí una

bofetada a la burguesía intelectual de quienes

se decían revolucionarios, el tal fuentes, y

escribían a favor de cuba y de la revolución

cubana y adoraban a fidel castro y se codeaban

con el socialismo, pero a la hora de la verdad

no eran más que unos cochinos burgueses

priístas ajenos a la realidad de la clase obrera, y

eso lo sabía rené por su militancia entonces en

el partido comunista mexicano y sus lecturas

de marx y su troskismo muy al estilo del

kundera de hoy, y todo eso lo volcaba en sus

textos, mientras los demás se burlaban del

mundo sin encontrar un espacio a gusto;

¿y parménides?

y los lectores éramos también jóvenes entonces,

como nizan, pero nizan murió joven y ya no le

dio tiempo revisar sus posturas de la juventud, y

nosotros aquí estamos viendo hacia atrás,

cuando éramos felices e indocumentados,

cuando el mundo nos pelaba los dientes y todos

queríamos hacer la revolución socialista porque

parecía la moda de entonces o porque era la

fuga a la izquierda del mundo priísta que nos

agobiaba, porque entonces, diría después luis

javier garrido, todos éramos priístas hasta

demostrar lo contrario, y porque el sesenta y

ocho no influyó por aquellos días a los autores

pero de alguna manera se colaba el ambiente de

depresión política en los ambientes o en el

repudio al stablishment, comenzando por el

ambiente familiar, pero en el caso de rené había

una especie de sendero previsible mezclando la

literatura de escenarios políticos con la fantástica

como una forma de crítica de la realidad y

también su línea clasemediera, humor, crítica y

rebeldía, todo mezclado en una capacidad

creativa impresionante por su número y

diversidad, y ahora que lo pienso veo hacia atrás

líneas literarias diferentes, rené con sentido de

crítica al sistema, agustín con la temática de una

clase media en descomposición y a punto de

reventar hacia dentro y de la torre con el

ambiente obrero visto desde una literatura de un

autor con formación marxista aunque sin la

militancia de rené, tres realidades distintas sin

ningún dios verdadero, pero a la vez

aprehensibles en una posible misma lectura;

y aquí estamos, a más de cuarenta años de la

primera obra de esa generación, la tumba,

publicada en mil novecientos sesenta y cuatro,

cuando el reinado priísta cambiaba de presidente,

de uno que se dijo de extrema izquierda dentro de

la constitución pero resultó de la peor derecha

represiva, al arribo del personaje sublime del

sesenta y ocho, el gustavito de lópez mateos, el

díaz ordaz que canalizó su odio a sí mismo en

represión

sistémica,

ó r a l e …

el chango de la política que destruyó la estabilidad

para fortalecer su poder, no el poder, sino el poder,

en ese sesenta y cuatro de nuestro descontento

comenzó esa generación de jóvenes que sigue

hoy dando lata y que en su momento fijó una

ruptura generacional y creativa, y cuyas obras

se siguen leyendo con deleite por su frescura,

aunque la clase media de ayer ya no exista hoy y

todos están jodidos, sumidos en sus crisis, ajenos

al país de hace cuarenta años cuyo colapso social

fue retratado, sin duda, con mayor precisión por

parménides garcía saldaña, el más reventado de

todos, el que asumió sin pudor el escenario de la

onda en su ensayo por la ruta de la onda, que se

definió a sí mismo como producto de la literatura

de la onda que los demás rechazaron, que

murió antes de tiempo, ya cuarentón, viviendo

su mundo particular y aparte con un consumo

casi religioso de la droga, pero que dejó dos obras

maestras: su novela pasto verde con referencias a

lo que ustedes ya saben, y el cuento el rey criollo

un homenaje igualmente criollo al rey del rock, al

dios de la música rockera, textos que comenzaban

poniendo juego y luego se dejaban ir como en un

viaje de aquéllos que ustedes también ya saben;

y por eso nos encontramos aquí, para revisar

la obra de rené y para exigirle que ya deje

de huevonear y que regrese a la literatura

de desafío, de las bofetadas al por mayor,

que el ambiente literario de hoy está de

dar pena, que hacen falta, diría stendhal,

¿cómo la ven?

novelas y cuentos que suenen como pistoletazos

en un teatro, en el teatro de nuestros

conformismos, que la generación nacida en el

decenio treinta y ocho-cuarenta y ocho se nota

hoy muy complaciente, que creo que nadie como

ellos podría darnos la gran novela del colapso del

sistema, ellos que vivieron la crisis, que dónde

está la literatura de la alternancia partidista,

cristóbal nonato fue de hueva

la novela del foxismo, el cuento del plantón,

la gran obra maestra de la crisis económica, la

historia literaria del asesinato de colosio, por qué

no le han entrado al desafío de escribir la novela

del salinismo, dónde están nuestros escritores de la

realidad, el méxico lopezobradorista los espera, si

alguien los ve díganle que los extrañamos, porque

lo peor de la crisis de méxico es la miseria de su

literatura, y leo obras de escritores de aquella

generación y los noto cansados, olvidándose a

sí mismos, sin la frescura de la pasión rupturista

de sus tiempos jóvenes, en muchos hasta su

lenguaje se percibe convencional, por eso

creo que seguimos anclados en el pasado;

pero ese pasado se nos convierte en presente y

ahí es donde percibo todavía el desafío de rené

y su pasión por seguir escribiendo con la misma

fiereza que antes, pero, y va de crítica, me

gusta más cuando platica la realidad o cuando

escribe su entorno en textos periodísticos, como

que es necesario desperezarse, porque sería

de buena onda que los escritores maduros,

hoy en la tercera edad de sus posibilidades

viejos, los cerros

pueden ser nuevamente los jóvenes que sacudan

la modorra a los jóvenes de hoy que escriben

como viejos aspirantes a nuevos mandarines

de clanes, y que despabilen la literatura como

antes lo hicieron, sobre todo cuando algunos

conservan el ánimo, el estilo y las ganas, pero

parece que quieren ser hoy los doctos que en

los sesenta representaban los viejos de entonces,

a los que ellos criticaban sin piedad, como

si el mundo fuera circular y se cumpliera la

maldición de que como me ves te verás, total,

que nada pierden con regresar a sus orígenes y

convertir su literatura en cargas de profundidad

para golpear debajo de la línea de flotación de

la república literaria de hoy que refleja en su

seno, como corresponde, la crisis de la república

priísta en proceso de desmoronamiento, y

a ellos los veo muy campantes, ajenos a esa

realidad, a pesar de que pueden contribuir,

maoísmo puro, a acelerar las contradicciones,

y que esperamos los juegos ii y el gran payaso

de palacio o cosas por el estilo, porque existe la

garantía de que rené sigue vigente en su rebeldía

contra el mundo y el stablishment y por tanto

su capacidad creadora aún tiene para dar de

sí, sólo es cuestión que se decida a escribir la

gran novela de la realidad transmilenaria y el

cuento de la segunda ruptura generacional,

total, que tanto es tantito…


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El llano en llamas:

El Mollete Literario

De la circunstancia al destino

Por Paul Martínez

sparring_loto@hotmail.com

@sparringloto

“Estoy sentado junto a la alcantarilla esperando

a que salgan las ranas”

J. Rulfo

Toda literatura es por principio una exageración, el escritor eleva

y expone lo que desea contar para mostrar exclusivamente

aquellos detalles que desea resaltar, si la operación se hace con

maestría, la obra sin embargo no dejará de mostrar una realidad profunda.

Rulfo cumple cabalmente con estas dos características. Los relatos

de El llano en llamas muestran una realidad cruda en extremo,

en la cual nos narra de manera descarnada las vidas de aquellos que

habitan este universo y a la vez, nos sigue hablando de la capacidad

que el ser humano tiene de naturalizar los actos más crueles, llegando

a aceptarlos como si fuesen parte constitutiva de su ser.


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El Mollete Literario

El llano en llamas es quizás la colección

de cuentos más ampliamente

conocida de la literatura

mexicana. Diez y siete relatos que dan

cuenta de un universo que no ha dejado

de manar sentido desde el día de su

aparición. En ellos Rulfo dictamina la

tragedia del México posrevolucionario,

un pueblo que tras la derrota social de la

Revolución sólo atina a la desesperanza.

Un tiempo pasado y por pasado en el

olvido, o cuando menos, bien embalsamado

con el paso de los años.

Anclada en la miseria, la vida del

hombre rulfiano se convierte en un

callejón desde el cual sólo hay una posible

salida: la rebeldía. Los personajes de

Rulfo son seres que se rebelan contra la

vida, seres de muerte. El único personaje

que parece acercarse a algo que podríamos

llamar felicidad, es el loco Macario,

quien tiene la “suerte” de mantenerse

aislado en su mundo interior, en la soledad

de su habitación, lejos de las piedras

que le lanzan los habitantes del pueblo.

Los otros personajes no corren con tal

suerte, maldecidos desde el nacimiento

aceptan uno a uno su destino de muerte,

bien para llevarla o recibirla.

El universo rulfiano nace de la profundidad

del sentimiento, la culpa y el

rencor se entrelazan como una pareja

de bailarines que en su rutina van repartiendo

desgracias a quienes, por destino

o por casualidad, se encuentran en su

camino. En este mundo abundante sólo

en miseria y necesidad, los rencores se

atesoran como el único alimento, el

último recurso para defenderse de la

muerte. Hay que mantenernos vivos

para poder matar al otro.

Si buscásemos un sentido que nos

acercara a los personajes de los relatos,

sería necesario operar de manera inversa

al creador de los mismos, es decir, eliminar

en lo posible la exageración y traer a

la superficie aquello que el autor ha iluminado

en la profundidad. Para entablar

un contacto con ellos habría entonces

que preguntarnos, ¿qué de ese México

desesperanzado seguimos habitando?

¿Cuáles son las esperanzas que hemos

abandonado? ¿Es todavía posible encontrarlos

entre nosotros, o mejor aún, encontrarnos

a nosotros en ellos?

Rulfo encierra a sus personajes a

través de la miseria, baste con retomar

para mejor ejemplo, la suerte de la Tacha,

marcada por una crecida del río

que la deja desprotegida y destinada, así

de tantito, a convertirse en puta. El destino

de Tacha es acentuado por la exageración

de su realidad, su familia es tan

pobre, el río crece más que nunca, la vaca

que era su única salvación se queda dormida

en el camino y muere ahogada en

el río, Tacha misma crece rápidamente

acelerando su destino para hacerlo cada

vez más inevitable.

Probablemente nos resulte incluso

ridículo pensar que en la actualidad el

destino de una mujer esté de alguna

manera ligado al de un objeto de valor,

más todavía, al de un animal, sin embargo

una vez que reducimos la imagen

rulfiana a la profundidad que alumbra,

podríamos pensar que no es necesario

imaginar nuestra suerte atada a los pies

de una vaca, sino que basta con pensar

en cuántas veces nuestros destinos han

sido determinados por la elección de

otro. ¿No es acaso la misma miseria la

que nos hermana con la Tacha? ¿No deberíamos

soltar el llanto al igual que ella

al sabernos tan pobres?

En el mundo del Llano en llamas todo

está predestinado, la providencia nos ha

dejado este rencor que hemos de vengar,

aunque como en el caso El hombre, no

se tenga claro por qué hay que cobrar

esta venganza, sólo es cierto que se tiene

que hacer y que la cadena de violentas

muertes no se detendrá hasta que caiga

el último hombre. El perdón y la justicia

quedan fuera del mundo rulfiano, ahí

sólo cabe la venganza y las almas no tiene

paz sino hasta que les llega la muerte.

Aunque Rulfo nos propone una

trama que bien podría pertenecer a un

western del cine gringo, el perseguidor

que se convierte en perseguido, el asesino

que se vuelve víctima, la muerte que sólo

consigue saciar su sed con otra muerte,

no resulta tan complicado pensar en

cómo nuestra vida cotidiana cada vez

más se va llenando de asesinos que matan

asesinos, las batallas entre los cárteles

mexicanos por conquistar un territorio

no tienen ya un comienzo claro, no es

posible saber quién comenzó y cómo lo

hizo, acaso quienes quedamos en medio

de esto no podemos hacer sino, al modo

del pastor de borregos del relato, mirar

y relatar lo que sucede, a riesgo siempre

de ser culpados por aquellos encargados

de hacer justicia.

Entre las entrevistas que a Rulfo le

realizaron en vida, aparecen dos preguntas

que nos alumbran la obra y la

posible perspectiva con la cual podemos

leerla; la primera da luces sobre sus

relatos y la naturaleza violenta de sus

personajes, para Rulfo el hombre contiene

una violencia interna, una chispa

siempre a punto de estallar, en palabras

del mismo, “se encontraba uno con

personas que no aparentaban ninguna

maldad, pero por dentro eran asesinos,

gente que habían vivido muchas vidas,

que tenían una larga trayectoria de crimen…

que de pronto la consideraba

uno pacífica y luego te dabas cuenta

de que traían una trayectoria violenta”,

de ahí la naturaleza que a través de la

ficción se presenta en sus relatos; la segunda,

cuando a Rulfo le preguntaron

sobre su posicionamiento político y sobre

sí es necesario tenerlo, él responde

con facilidad, que no tiene una posición

decantada y que lo esencial está en resolver

la miseria.

Los relatos de El llano en llamas, son

a la vez una voz que nos cuestiona,

¿hasta dónde es posible acostumbrarnos

a la violencia, imaginar la convivencia

como una constante lucha por

la supervivencia? ¿Dónde desaparece

la voluntad del hombre y comienza

el dictado de la circunstancia? ¿Son

la violencia, la venganza, el rencor,

partes esenciales de la constitución humana?

Preguntas que nos quedan en el

aire desde una lectura que sólo intente

comprender la obra en su dimensión

ontológica. Son también estos relatos

un fuerte posicionamiento político,

una crítica áspera sobre la situación de

un país, que sumido en la miseria, se

condena a lo que la miseria produce.

Los relatos al enjaular a los personajes

en la miseria, proponen una visión que

problematiza la cuestión, pues si bien

en la ficción los destinos son inevitables,

bien podríamos preguntarnos si

acaso ¿se nos volvería puta la Tacha si

en su casa no fueran tan pobres? ¿El

hombre mataría al hombre si la justicia

se hiciera presente?


Bob Dylan dijo que nunca ganaría

un Nobel por ser Bob Dylan

Por Monserrat Méndez

En 1987, en su película Hearts of fire,

Robert Allen Zimmerman, mejor conocido

como Bob Dylan, dijo, en una escena

junto a Fiona Flanagan: “Siempre supe

que nunca iba a ser de esos cantantes de

rock and roll que ganara un Premio Nobel”.

En realidad esa sentencia no la esperaba

nadie, ni de él ni de, por ejemplo, Tom

Waits, Nick Cave, Patti Smith o Rowland

S. Howard

Casi 30 años después, en realidad 29,

Bob Dylan puede tragarse sus palabras:

este 13 de octubre, la Academia Sueca decidió

que este cadavérico maestro del rockfolk

que mudara al

blues y a veces al

electrónico, pacifista

por fuera pero

cruel, atormentador

y metódico en

sus letras, merecía

tenerlo. ¿Por qué?:

“por haber creado

nuevos modos de

expresión poética

dentro de la gran

tradición de la música

estadounidense”.

La noticias

entre los fans del

músico, pasados,

presentes y futuros,

fue recibida con

albricias, mientras

que críticos y uno

que otro seguidor

renegado olvidaron

que se trata de un premio político, que

puede (o no) estar relacionado con la tensión

en la carrera presidencial en Estados

Unidos, donde las acusaciones tiene más

peso que las propuestas. Pero en realidad

se trata de un hecho nunca visto antes,

desde la creación de la organización que

reparte premios, el más importante puede

decirse: un Nobel de Literatura a un músico

que escribe poesía e historias y les pone

música digno de un ritual portentoso de

magia negra.

Este Zimmerman, de quien John Lennon

renegó en alguna de sus canciones

“Yokonezcas”, de acuerdo a lo recitado

por la secretaria general de la Academia,

Sara Danius: “escribe poesía para el oído,

que debe ser declamada… Tiene un don

extremo de la rima. Es un sampler literario

que convoca la gran tradición y puede

combinar en forma absolutamente novedosa

músicas de distinto género”.

Pero este cantante, trovador folk que

comenzó a tocar en cabarets en Greenwich

Village, en Nueva York; estadounidense y

judío al igual que su contrincante en la

academia, Philip Roth; explotador en sus

letras del amor (If you see her, say hello),

las injusticias sociales (A hard rain's a gonna

fall), y que abrazó el cristianismo para

después dejarlo; este hombre de verdad

hizo poesía de la más bella y narró historias

increíbles en sus mejores tiempos —porque

siempre hubo un tiempo mejor que él supo

representar al caminar y mirar diferente,

y entre las glorias, sinsabores y desgracias

de su época—; sentencias bellas, dulces y

amargas como sólo podría lograrlo uno de

los mejores inadaptados emocionales del

planeta y convertirse así en el referente de

décadas como los 60 y 70.

Antes de ser Premio Nobel, Zimmermar

hizo otras cosas: gustaba de dar golpes

en un ring con la esperanza de ser un

Mohamed Ali chiquito y delgaducho (Hurricane

está dedicada a Rubin Carter, el

pugilista que fue injustamente sentenciado

por homicidio en Estados Unidos. Incluso

corrió la noticia, de que en febrero de 2008,

el ahora literato vino a un gimnasio en México

a entrenar con

el costal.

También fue

guionista y actor, y

pintor. En mayo de

2014, 40 de sus pinturas

realistas, llenas

de color y vida

y de trazos más bien

menudos, fueron

presentadas en la

exposición “Drawn

Blank Series”, serie

que nació a partir

de bocetos del artista

durante su gira

entre 1989 y 1992.

Ahora, Dylan

ni se inmuta al saberse

galardonado

con un premio

como el Nobel de

Literatura, puede

que sea un premio más, quienes escriben

de verdad no lo hacen esperando tener un

premio (pero a nadie le cae mal ganarse

822,000 euros).

Como sea, amigos del pasado, aquellos

que conocieron a Bob gracias a Cate

Blanchet, quienes se tomarán la molestia

de investigar quién es Dylan, el Nobel,

y quienes aún se cuestionan por qué

él y no otro o si lo merece, don’t think

twice, it’s alright.

17

El Mollete Literario


Somos vampiros que sacian su sed con recuerdos:

El perfume preciso y la mascada que aún tiene parte de tu cuello;

una mesa de billar en la que juegas con la soltura e ingenio de una niña

y la certeza de un profesional;

una pareja sentada en las escaleras de una casa

y la graciosa banda de los chiles verdes.

A veces pienso que la vida es una comedia absurda

en la que los hermosos sentimientos no pueden nadar en la misma pecera…

otras más creo que es una promesa que nunca debió haber sido dicha.

18

El Mollete Literario

Por Ulises Casal

ulises.castaneda.alvarez@gmail.com

@UlisesCasal

Somos vampiros

de la memoria

Somos vampiros de la memoria,

astronautas que flotan sin gravedad en el tiempo.

La órbita que nos rige es la nostalgia

como una sombra de luz que nos acompañará hasta el final.

Cierro los ojos, y ahí estás tú,

con tus labios recogiendo los pétalos caídos.

Estás con tu sonrisa tratando de quitarle metal a los días,

y caminas, como siempre tu cadera serpentea,

y tus mejillas se sorprenden cuando me ves

en la mañana afuera de tu casa.

A veces veo mis manos, ya no están las mismas huellas.

El reloj las ha dejado esparcidas en cada batalla de esta guerra

que siempre creí que ganaría con versos y pulpa de mi alma en los labios.

A menudo he luchado por no entrar a través de la vieja puerta,

le temo a los escombros, a los muebles viejos,

a las sábanas y a los tulipanes rojos sobre la mesa,

pero su latido hace temblar mi esencia como la lluvia al mar.

Me he acostumbrado a ser un monstruo atormentado;

a morder mi propio cuello para beber de tu sangre.

Ahora soy un anarquista que sueña que las reglas de la vida

se desvanecerán con ternura,

pero al mismo tiempo le tengo miedo a la luz.

También me canso de estar triste,

tomo pastillas de vértigo y me da gripa y me sé débil,

y deliro con la idea de que algún día mi fragilidad acabará

y seré invencible, irremplazable, inconfundible…

que seré el mismo tiempo y tendré el poder de ajustar

las manecillas para cada tonto enamorado.

Si fuera Dios escribiría historias interminables,

sería el diablo que haría sagrado el derecho

de la sensualidad.

A veces me pregunto cuánta sangre bebes tú.

Con cuantos segundos o minutos te embriagas de esas viejas pasiones

que te hicieron temblar y desafiar a tu orgullo con locuras.

O si ves en las estrellas los poemas que alguna vez te escribí,

cuando hacías brillar la noche

y hacía constelaciones de poesía

en lo que ha sido mi mayor muestra de fe.

Aún me gusta ver la noche y pienso en las luces

como frutas maduras de un árbol que da magia

y en sus fantasmas imagino que sonríes porque estás bien, lejos de aquí.

Casi amanece, no es hora para vampiros,

pero quizás beba un sorbo más de ti de alguna foto

antes de dormir.

Camino por cualquier calle y me aferro a pensar que el olvido no existe.

La soberbia nunca le ganará el juego a la imaginación,

y entonces sé que cuando duermes aprendo de la Luna

la humilde virtud de intentar hacer milagros con la ausencia;

y trato de enviarte pequeños sueños con luciérnagas mensajeras

para que cuando despiertes sigas iluminando tu camino.


Anonimata*

Por Berenice Ibarías, Canuto Roldán

poetwithoutlanguage@gmail.com

*Fragmento presentado en el Museo de la Ciudad de México,

Alliant University y El Foco.

1

Escucha estas palabras, Señor,

escucha estos silencios,

nuestros oídos se han vuelto sordos,

nuestras discursos, vanos.

Nada tenemos sino el silencio

además del grito de gooool y viva México

aunque perdamos y estemos muertos.

Señor, nada hay en nuestros labios,

no hay besos de latina sexy

ni grititos de mariachi,

lo más que tenemos es un español que amordaza,

que censura las preguntas,

que asesina y se calla.

Escribo en las paredes de la calle

cuando de noche te busco

y a todos horrorizan mis escritos.

La sangre de mis hermanos tiñe mi lengua.

Mi palabra está atada a un escritorio,

mi voz a una fiesta interminable.

2

Mi país tiene sabor a guerra,

Sabe a sangre y sabe a dolor.

En silencio oigo llorar la tierra,

en silencio ella pide perdón.

Temerosa camino en la acera

Y con miedo se muere mi voz.

Viste oh patria a tus muertos de olvido

Y disfraza de fe la pobreza

Porque quiero en el grito hacer fiesta

Con orgullo de mole y mezcal.

3

Señor,

es la hora.

Toma mi máscara,

Escuece mi cuerpo.

Adéntrate en mí

Florece tu lluvia demencial en mí,

Sedienta te absorbe esta tierra.

Solo estoy buscándote.

Explosión solitaria y vana.

Sola he estado para ti.

Toma esta llaga honda que da vida a nuestras lenguas,

toma cada cuenco y bebe.

Herida soy de ti.

Mis cauces se vuelven nacederos

de tu leche patriarcal.

Piérdete en mis pliegues

para que no te encuentre yo

y se prolongue la busca.

Señor,

es la hora.

Hunde tu rectitud en mis entrañas.

Hoy mi carne es tu carne.

Lleno de ti,

saciado,

me confundo.

Nada importa más

sino abrazar tu fuerza trepidante con la mía

y hacerlas florecer en mi garganta

para que los que vienen después

den nombre a su cuerpo

y sacien también su sed.

19

El Mollete Literario


Harakiri

20

El Mollete Literario

Dos samuráis concediendo el destino a sus katanas afiladas,

el aire silba vehemente al ser atravesado por el hierro,

se genera percusión cuando entra en contacto con la armadura,

la sangre cae pesada sobre la tierra seca, los guerreros

entregados a la poética carnicería del orgullo, una coreografía

tan minuciosa como fortuita, la imagen de un luchador

vencido, pierna izquierda estirada hacia atrás, recargada en

la punta, la pierna derecha arqueada hacia el frente, sosteniendo

todo el cuerpo con el pie, la rodilla en alto, la mano

derecha soporta la katana con poca fuerza, el brazo cuelga

recto, el filo del arma sobresale perpendicular por detrás del

torso jadeante, el brazo izquierdo se encuentra igual, tenso

hacia el suelo, crispado como si éste dotara de energía al

combatiente, el guerrero cabizbajo concentra su único ojo

en el oponente que se dirige veloz a asestar el último golpe,

me parece que este es el tipo de cosas que uno se ve obligado

a hacer por un poco de aceptación, todo esto me resulta

tan hipócrita, cualquier tipo de relación interpersonal se encuentra

cargada de hipocresía, ¡es asqueroso!, no me parece

que esas películas tengan razón, ¿existe, acaso, ese amor que

tanto nos han inculcado las clasificación B, capaz de volver

a una persona un ser desinteresado total?, suena exagerado

hasta la caricatura creer en un enamorado dispuesto a sacrificarlo

todo por la felicidad ajena, ¡odio el cine!, qué aburrido

es tener que apagar el cerebro para prestar atención sin

tregua a una pantalla durante dos horas para obtener una

historia que será olvidada en un lapso de tres meses, habrá

que admitir que resulta mucho más cómodo que tomar un

café de frente y tener que escucharnos divagando sobre nimiedades,

sobre nuestras estúpidas y desabridas vidas, por

eso aquí estoy, en la oscuridad de una sala hedionda a mantequilla,

dispuesto a sacrificar mis valores a cambio de coger,

no soy mejor que una prostituta, cosificándome, cosificándola,

pura hipocresía pienso mientras el guerrero cabizbajo

grita ¡alto!, justo antes de recibir el golpe de gracia, veo su

perfil blancuzco, medio iluminado por la pantalla, quizá,

pronto, cubierto de semen, mi semen, ¿ella creerá toda esta

pantomima?, ¿está consciente de lo bochornoso que le resultaría

a un espectador ser partícipe de estos ademanes?,

lo admito, me aterra pensar que exista alguien que pueda

tomarse una relación, de cualquier tipo, en serio, imagínenselo,

disfrutando el tiempo estando junto a alguien más, platicando

por horas en un lenguaje límpido sin previamente

haber seleccionado sus palabras para tener una farsa sólida,

¿un interés nato en alguien más es posible?, sin pensar en ni

un solo beneficio para uno mismo, ni siquiera en el beneficio

que podría significar la prerrogativa de su compañía, ¿existe

en la naturaleza humana ese tipo de comportamiento?, si

por un breve momento creyera que ella está convencida de

que mi interés es puro y desinteresado, que lo más importante

para mí es su bienestar, satisfacción y felicidad, saldría

huyendo sin intercambiar ni una sílaba, me ocultaría por

siempre, lo mismo sería en caso contrario, descubriéndola a

ella un ser carente de autointerés, una maquina forrada de

piel dada a complacerme, sería repugnante de una u otra

forma, bella hipocresía, tan necesaria para no volver la realidad

una pesadilla carnosa, el samurái se detiene frente al

rostro asustado de su rival, concede la rendición, enfunda su

katana, el convaleciente adversario, con toda la energía que

le puede quedar tras las diversas heridas del combate, asesta

un furioso gancho en la entrepierna con la espada empuñada,

el metal se desliza por la carne, hueso y cartílago como si

se tratase de espuma, recorre el cuerpo desde el área genital

hasta la testa, un eje perfecto, las dos mitades del guerrero

se separan en una irrigación sanguinaria, los órganos quedan

empotrados en la carcasa mostrando lo caprichoso de

la anatomía humana, el vencedor se reincorpora, carcajadas

grotescas manan de su rostro entre lágrimas y sudor, empuña

el arma asesina con ambas manos, recarga el filo sobre

su propio ombligo, cierra los ojos, sonríe y hunde profundamente

la punta en sus entrañas, ambos fluidos se mezclan

en el interior, el sable se desliza de izquierda a derecha, los

fluidos formando uno sólo, compatibilidad, nos besamos,

dos soledades compaginadas, un suicidio hermoso, asistido,

los fluidos diluyéndose en nosotros, se puede presuponer que

el orgullo redimió todas las faltas, todo se oscurece, 終 わり

resplandeciente, su rostro bañado en semen.


La Antártida

en mis huesos

Por Ximena Cobos

Dos meses después boté la

tesis y abandoné la escuela.

Conseguí una beca

para viajar a Canadá como adjunta

de profesor de español y me largué

sin decirle nada. Sujeta al frío

y resuelta a hallarme lo más cerca

que pudiera de la Antártida, aunque

erré el camino, la distancia y el

sentido.

21

El Mollete Literario


22

El Mollete Literario

Ilustración:

Brenda Olvera

Técnica Tinta

Pasé 16 meses en aquel país. Casi no salía de noche y

poco hablaba con la gente, no quise revisar mi correo ni una

sola vez en los cerca de 496 días de Quebec. Dejé de leer y

también de escribir. Ni una carta ni una nota ni la lista del

súper o algún recado; no mensajes de texto por ningún lado.

Estaba resuelta, no habría de comunicarme de ninguna otra

forma que no fuera hablando y no iba a recordar nada si no

fuera poniendo en marcha mi memoria, así me acostumbraría

al frío en mi cara y a no volverme loca si algún día por fin

llegaba a la Antártida. Sería Joan Vollmer en Mantra, pero

sin la lectura en braille de las marcas de jeringas en mis brazos,

de eso justamente había escapado de aquel México al

que, paradójicamente, siempre se llegaba huyendo de todo

y de nada.

La beca se terminó un noviembre lleno de vapor salido

de mi boca y tiritar de mis dientes. Busqué un empleo en

una cafetería y comencé a juntar dinero otra vez. Siempre

comí poco para costear los viajes subsecuentes,

no gastaba en ropa a menos que fuera absolutamente

necesario, al fin nadie volvería a ver

mis pantis de nuevo; caminaba a casa siempre

que podía y aunque miraba escaparates traté

de mantenerme en una austeridad que jamás

alcanzó lo zen. A veces recordaba los libros

que había dejado con mi madre, abandonados

junto con deseos, ideas, planes y sentimientos.

No sé si eso me causaba emoción alguna o si

conscientemente aceptaba el desprenderme

de objetos como de personas. Quizá aquella

sensación era, en realidad, un tipo de tristeza

mexicana, una tristeza que se sumaba al número

de personas que dejas de ver naturalmente,

porque en ese país la gente está condenada a

desaparecer de una u otra forma.

Una tardé hallé Beautiful Losers de Leonard

Cohen; mi memoria, atiborrada de recuerdos,

me dijo que era uno de esos libros amontonados

en aquella casa que ahora veía tan lejana.

Un amigo me lo había comprado en un viaje

hecho justo a este país en que me encontraba

ahora, a diferencia de él, sola, friolenta y con

un francés cada vez menos titubeante, pero sin

motivos para usarlo. Gasté unos cuantos dólares

en una edición un poco austera. Al llegar al

departamento lo coloqué hasta el fondo de la

mochila y traté de olvidarlo. Fue el único libro

que compraría en años.

Con unos pocos euros en la bolsa, viajé a

Madrid. Me instalé en un piso compartido con

una familia de senegaleses a quienes no entendía

nada. Vagué unas semanas hasta hallar un

empleo en una lavandería cercana. Sabía que

pronto no tendría mis papeles en regla y no

hallaría mejor empleo para pasar desapercibida. Trabajaba

de lunes a sábado de 9:00 pm a 3:00 am, seguía comiendo

poco, hablaba con las señoras y a veces con una puta que

llegaba a las 2:00 am para poder dormir un rato.

Solía invitarle cafés de la máquina cercana a la entrada,

el dueño me enseñó un truco para sacarlos gratis a cambio

de que jamás se lo dijera a nadie; ella me regalaba cigarrillos

que a veces me fumaba por las noches de domingo,

mirando por la ventada y escuchando los ruidos de la calle

que siempre me pareció ajena. Aquella mujer fue la única

persona a quien contesté todo lo que quiso preguntarme.

Una mexicana en Madrid perdida en un empleo cutre no

era extraño, solía decirme, lo extraño era que no hablara y

que no saliera. Entre nosotras no había nada parecido a las

coincidencias o a las historias comprendidas al pie de la letra

porque “a mí me pasó igual”, pero aquella puta de pocos

sueños y malas siestas se convirtió en la persona que más

conocí en toda la vida que llevo gastada.


Luego de mucho insistir, me llevó a conocer la noche

madrileña de música que zumbaba en los oídos hasta tres

horas después de salir del lugar en turno; me pagaba tragos,

me presentaba amigos que había conocido al momento; me regaló

un labial y una tira de condones que nunca usé porque

siempre rechacé a todos los tipos que se me acercaban. Me

enseñó las calles de su Madrid de día y sin tacones. Me prestó

una novelita de Espido Freire con la que volví a la lectura

de algo más que los periódicos y me preguntó, muy seria,

si era lesbiana; luego me miró fijamente y me dijo que ella

había dejado Alcalá de Henares porque su hombre se había

liado con una panameña que no supo hacerla en la ciudad y

se refugió en su pueblo para robar maridos y escandalizar a

las señoras. Tomó mi mano, hizo mi cabello a un lado y me

dijo que no tenía que explicarle nada, que los condones se

los guardara a ella para cuando los necesitara.

Por mayo de 2017 viajé a Blanes, busqué cierta librería

esperando que fuera un mito para no hallarme en el lugar de

escritores muertos, pero era real, así que compré unos cuantos

libros para dejar de ser Joan Vollmer y convertirme en

María Font. Antes de partir le di las llaves a Blanca, la puta

de mi renacimiento, un poco en forma de agradecimiento y

otro tanto por compasión, pues siempre me pareció extraño

que descansara con los ojos medio abiertos en una silla de

aquel lugar que mantenía el ruido constante de las lavadoras

encendidas, dando y dando vueltas en ciclos programados

de acuerdo a la cantidad de ropa o dinero. La renta estaba

cubierta por dos meses y yo no tardaría tanto dando vueltas.

Al regresar a Madrid, Blanca ya no estaba, había dejado

la llave bajo la alfombra, costumbre de otros países que jamás

había entendido. Aún me quedaba semana y media en

aquel piso, así que busqué a Blanca por cuatro días seguidos

sin ocuparme de otra cosa más que de comer, pero no supe

nada. Entonces comencé a buscar empleo y hallé una cafetería

pequeña a tres cuadras de Vallecas, considerando que

era el único lugar donde estaba altamente comprobado que

fuera el país que fuera siempre hallaba la taza correcta y las

palabras de sobra, sin necesidad de correcciones engorrosas.

Me instalé en Entrevías y todos los días, excepto los sábados,

caminaba hasta el tren, subía en el Pozo y leía un poquito

hasta llegar a Vallecas. Mis días de descanso los usaba para

recorrer las estaciones del tren y mirar qué había a los lados;

siempre quise hacer eso con el metro de México, pero estaba

demasiado ocupada en cualquier cantidad de cosas que

para Blanca resultaba un secreto que jamás optó por revelar.

El secreto de la mexicana, le gustaba decir, mirándome

mientras me prendía algún cigarro.

La recordaba casi todos los días intrigada por su desaparición,

como si aquello fuera un mal made in México; por

las noches más que en el día. Por eso hice unos cuantos amigos,

fiables, de acento curiosos y ninguno mexicano; siempre

acordándome que a Blanca nunca le gustó que rechazara

a cada uno de los hombres que me presentó y que mirara

con desconfianza a sus amigas. Solía decirme: las putas somos

las personas más confiables, la cantidad de historias y

secretos que guardamos. Digamos, entonces, que comencé

a salir en su honor.

Viajé a Barcelona, Cataluña, Andalucía, sigo esperando

llegar a París y a Portugal, con escala especial en Lisboa, mi

querida Lisboa que siempre va a esperar por mí. Llamo a mi

madre una vez al mes y a mi padre una cada dos meses. A

mis hermanos escribo cartas de vez en cuando, cosas aburridas

que para mí representan el primer ensayo de un regreso

a la escritura. He empezado a llenar mi piso con libros y más

muebles; hago despensas cada vez más completas y como

un poco más.

Llevo ya casi seis años viviendo en el mismo lugar, mi rostro

parece haber cambiado y mis arrugas pequeñitas son la

huella de todo lo que sigo sin olvidar, van marcando el mapa

del secreto de la mexicana que ya nadie conocerá jamás, pues

la puta de mi amiga habría sido la única a quien le hubiera

contado todo, todo lo que era México para mí, todo lo que

ahí quiso pasarme. Conozco muy bien cómo entra el sol por

la ventana en la sala y el camino que recorre hasta los libros

que cada día caben menos. No he vuelto a ver a Blanca desde

ese mayo en que decidí salir de casa —ahora si puedo llamar

de aquel modo a este lugar —; de vez en cuando mantengo

relaciones con chicos agradables, pero sólo hago que duren

entre una semana y un mes. Llevo diez páginas de la novela

de Leonard Cohen que arrumbé en el fondo de mi mochila de

viaje y procuro no decir cosas que causen falsas expectativas

en las personas, jamás. Una mujer que sufre, como me dijo

una noche Blanca, caminando con sus tacones tan altos como

los que nunca usaría yo, siempre tiene fuego en la mirada,

un fuego que no se termina por más lágrimas que parezcan

querer salir cada día y tú, maja, la tienes bien liada en la vida.

Quizá por eso jamás llegué hasta el primer punto

en mi recorrido lejos de casa, para no derretir todo a la

primera mirada de ausencia y extrañamiento; aunque aún

llevo la Antártida en mis huesos y en cada poema que me

recuerda el sufrimiento y el adiós de mi último tiempo en

México… Desbaratado el grito, el silencio que cruje en la

escalera,

el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,

nadie grita tu nombre, nadie te espera, nadie camina

por la calle recogiendo tu sombra partida en pedacitos,

tu esqueleto partido en pedacitos, nadie te extraña,

puedes echarte a caminar mascando tu tristeza,

puedes perderte para siempre en tu tristeza,

nadie grita tu nombre, nadie te espera,

sólo el silencio que baja y te destroza,

sólo el silencio que baja y te aniquila,

el sonido que llega de repente para decir no hay nadie,

nadie camina desde la oscura zona del derrumbe

[…]

Max Rojas

23

El Mollete Literario

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