El sonido de una correcta decisión.

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Gonzalo, un joven de Concepción tímido y ansioso, conoce por accidente una chica que le llama la atención. Reacio a conocer gente y frustrado por el hecho de estar pensando en alguien, intenta dejar pasar la situación, hasta que su mayor secreto se ve en peligro y se ve obligado a buscarla para saber la verdad. Mientras corre el riesgo de enamorarse, descubre algo mucho más grande que le cambiará la vida para siempre y lo enfrentará a la decisión más difícil de su vida.

"El sonido de una correcta decisión" es una historia de riesgos, sacrificios y reflexiones respecto al amor.

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El sonido de una correcta decisión

Escrito por Sebastián Salazar

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Índice

PRIMERA PARTE: PUENTE .................................................................................. 9

Capítulo 1: "No tienes puta idea". ............................................................................... 11

Capítulo 2: Insomnio. .................................................................................................. 15

Capítulo 3: Silueta. ...................................................................................................... 19

Capítulo 4: Susurro. .................................................................................................... 27

Capítulo 5: Invocación. ............................................................................................... 33

SEGUNDA PARTE: AMIGA MÍA ....................................................................... 47

Capítulo 6: Esperanza. ................................................................................................ 49

Capítulo 7: Sabiduría. ................................................................................................. 61

Capítulo 8: Silencio. .................................................................................................... 65

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You can say what you want but I'm giving it a chance 1 ...

Revelator eyes

(The paper kites, 2015).

1 The Paper Kites (2015). Revelator Eyes. En Twelvefour [CD]. Australia: Sony Music Entertainment

Australia, Wonderlick Entertainment, Nettwerk.

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PRIMERA PARTE

PUENTE

Entendí todo, menos la distancia.

Desordené átomos tuyos para

hacerte aparecer 2 .

Gustavo Adrián Cerati, Puente.

2 Gustavo Adrián Cerati (1999). Puente. En Bocanada [CD]. Estados Unidos: BMG International.

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Capítulo 1: "No tienes puta idea".

1

En un día opacado por una delicada lluvia que no pensaba cesar, un masivo grupo

de personas detenía el tránsito de la calle Paicaví de Concepción, usándola como

lienzo para plasmar con cada paso el descontento común que daba sentido a la marcha

que estaban llevando a cabo. La convicción de quienes sostenían el paso firme, las

banderas en alto y los gritos en el cielo era más fuerte que las gotas de lluvia que los

enfriaba; los ojos amenazantes de la policía que desde los costados los observaba; los

vehículos antidisturbios que en frente los esperaba; y, por sobre todo, era más fuerte

que la falta de esperanza de aquellos que, a pesar de compartir el ideal, yacían rendidos

en sus casas.

Por la vereda y en sentido contrario, caminaba Gonzalo Bastías. Segundos antes,

el joven estudiante de psicología de la Universidad de Concepción se encontraba parado

sobre la punta de sus pies, intentando ver por encima de la multitud dónde estaban

desviándose los buses que se dirigían hacia su destino, esperando que no fuese

muy lejos.

Para su mala suerte, la siguiente parada que estaba funcionando se encontraba

varias cuadras más adelante.

Solo, caminaba apresurado, sin mirar a nadie e ignorando uno que otro grito que

lo invitaba a unirse a la marcha. No le gustaban. De hecho, deseaba no tener que caminar

solo y poder pasar desapercibido, pero cuando había llegado a su parada habitual,

no había nadie enterándose de que le tocaría caminar. Todos sabían que debían seguir

caminando. Todos habían caminado. Todos se habían ido. Y solo, tuvo que enfrentar

esa vereda, pasando con miedo cerca de policías —durísimos producto de la cocaína,

probablemente— que en cualquier momento podían tomarlo sin razón alguna para

disfrutar su sufrimiento.

11


Llevó la cabeza gacha durante todo el camino, levantándola solo para mirar si

venía su bus. Pero, no fue hasta un rato después de llegar a su parada que pasó uno

que le servía y se detuvo frente a él. El chico puso un pie arriba, se afirmó de una barra

en la puerta y, antes de subir, se puso de lado, dejando que un par de ancianas se

subieran antes que él; luego, comprobó si alguien más se dirigía a tomar ese bus.

Siempre lo hacía, pensando en la posibilidad de que algún anciano a pocos metros quisiera

subirse, pero que por la edad no pudiese llegar con rapidez; sin embargo, no vio

ninguno, y en cambio vio una chica que trotaba apurada en su dirección. La dejó pasar

también. Ella le agradeció agitada y él solo asintió con la cabeza, apretando los labios

producto de su paradojal cordialidad, que lo incomodaba cuando implicaba un contacto

social directo.

Pagando el pasaje, Gonzalo observó que todos los asientos fueron ocupados, excepto

uno al lado de una ventana... y de la chica. ‹‹¡Mierda!››, pensó. Ella era linda. Sus

ojos eran grandes y su piel pálida con un suave aspecto, como le gustaba, pero eso solo

lo hacía pensar en lo incómodo que se iba a sentir si tomaba ese puesto. Por su cabeza

pasaban cosas como que, quizás, al sentarse a su lado ella creería que estaría intentando

algo, pero que si lo evitaba, quizá podía hacerle pensar que tenía algo en su contra

o que la encontraba fea, destruyéndole el día...

Quizás ella... Quizás él... Quizá...

Apenas pagó, el chófer aceleró y le hizo perder el equilibrio. El joven chocó contra

uno de los primeros asientos, y antes de dar contra otro, logró sostenerse. Una anciana

intentó decirle algo, pero él no pudo prestarle atención al notar que la chica se

reía con disimulo desde su lugar.

No pudo más y pensó en hacerse el tonto, quedándose de pie y dándole la espalda,

pero el plan se cayó a pedazos cuando escuchó una voz... Su voz:

—¿Quieres pasar?

—Bueno, gracias —atinó a responder, en medio de un caos que sintió al no saber

cómo reaccionar.

12


Una vez sentado, el chico sacó su celular, se colocó audífonos y puso música esforzándose

en solo mirar la pantalla y apegarse lo más posible a la ventana. De pronto,

le llegó un mensaje de un amigo por WhatsApp 3 :

—¿Aún no llegas a tu casa? Quedamos de jugar "LoL" 4 .

—No —respondió Gonzalo—, de hecho estoy en un taco horrible. Lo siento, es

culpa de la marcha.

—Ah, ya. Oye, pero no te vayas a enojar por eso po'.

—Tranqui', si voy a llegar a jugar igual. No me enojo.

—Es que como las marchas siempre te irritan —agregó el amigo.

El bus se detuvo en medio del taco. Gonzalo observó si avanzaría pronto, y al

comprobar que no —y en honor a las inexistentes ganas que tenía de darle una explicación

a su amigo por medio de texto—, aprovechó la oportunidad y presionó el botón

para enviar un mensaje de voz. Intentando no hablar muy fuerte, dijo:

—No se trata de las marchas como tal, se trata de las personas que creen que

sirven para algo, cuando en realidad son un simple "placebo social". Mientras ellos

salen a marchar para luego creer que cambiaron el mundo y celebrar la jornada en sus

casas, los políticos de mierda siguen en sus asientos, tranquilos, llenándose de dinero

e ignorando todo el ruido en las calles. Créeme —dijo para concluir—, si las marchas

realmente sirvieran, estarían prohibidas.

Al rato, cuando el bus ya se había liberado del taco y avanzaba libre, la chica al

lado de Gonzalo lo miró sonriéndole y le llamó la atención tocándole el hombro con el

índice. Él, intentando no demostrar nerviosismo e incomodad, se sacó los audífonos y

se quedó viéndola, alternando la mirada entre sus ojos y sus labios, sin saber qué hacer

aparte de solo prestar atención.

—No tienes puta idea —dijo ella. Se paró y se bajó del bus.

3 Aplicación de mensajería instantánea para celulares. (N. del A.)

4 "League of Legends", juego muy popular entre jóvenes. (N. del A.)

13


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Capítulo 2: Insomnio.

1

Apenas llegó a su casa, Gonzalo se sentó en su cama, sacó el celular e increpó a

su amigo, Esteban.

—¡Por la mierda, no debiste haberme hecho mandarte ese audio! —le dijo por

WhatsApp.

—¿Yo te hice mandar ese audio? —preguntó Esteban.

—Sabes muy bien que odio enviar explicaciones por escrito.

—No es mi culpa que te dé flojera. Además, ¿cuál es el problema?

—¿Te acuerdas de la chica que te mencioné? —preguntó Gonzalo.

—¿La que te llevaba incómodo?

—Sí.

—Ya, ¿qué tiene? —preguntó Esteban—. ¿Qué pasa con ella?

—Antes de bajarse me dijo "no tienes puta idea" —respondió Gonzalo—. Así tal

cual.

—¡Naaaah!

—Sí —reafirmó Gonzalo—. Lo dijo y se bajó.

—Espera —dijo Esteban—. ¿Crees que fue por lo que dijiste?

—Supongo...

—Y... ¿No se te ha pasado por la cabeza que quizás enviaste ese audio para que te

escuchara, y así llamar su atención?

—Hijo de puta.

—Te atrapé.

—Es que no... no creo.

—No te veo tan seguro de eso —dijo Esteban.

—Hablamos más tarde —finalizó Gonzalo, cerró la aplicación y dejó el celular en

su velador.

15


No quería admitirlo, pero tuvo que hacerlo. Y al admitir la realidad, se vio rendido

y se recostó en la cama. El panorama de su tarde-noche se había reducido a pensar

en los ojos de la chica y consultar con la almohada por qué tuvo el impulso de buscar

su atención intentando sorprenderla con una opinión impopular sin pensar en ningún

"quizá".

Pero, en el fondo, sabía que sí había pensado en uno: ‹‹Quizás así me mete conversación››,

un "quizá" que en fracción de segundo había dejado atrás todas las otras

posibilidades, empujándolo a abrir la boca. Sin embargo, aunque había dado resultado

—no de la mejor forma, evidentemente—, eso tampoco quería admitirlo.

Intentar relacionarse era algo que siempre prefería evitar, por mucho que quisiera

hacerlo.

La iniciativa no era parte de él.

2

En medio del auto-flagelante mea culpa, Gonzalo lanzó una mirada al celular,

pensó unos segundos y decidió que debía dejar pasar el altercado, así que estiró el

brazo y lo tomó, luego buscó en el cajón de su velador unos audífonos y se los colocó.

Mirando hacia el techo de su habitación, abrió el reproductor de música y buscó en su

lista de canciones una en particular: una canción que hacía cuatro años, cuando había

sido lanzada, lo hizo descubrir una particularidad en lo más profundo de su mente.

Aquella canción no solo lo llevaba a sentir cada nota resonando en su alma, tampoco

se limitaba a erizar los pelos de sus brazos como antenas queriendo captar cada

frecuencia; aquella canción lo introducía a un sueño lúcido tan relajante como lo es

olvidar todo y abrazar la paz.

Fue una noche de septiembre del 2015 cuando por primera vez Gonzalo cerró

los ojos en contra de su voluntad apenas sonaron las primeras notas de un teclado

cargado con un efecto en el sonido que parecía otorgarle el poder de envolver la realidad.

Había caído en un mundo nuevo tan apacible que no hubo razón alguna para temer:

un inmenso campo adornado por una flora sorprendente, poblado por una fauna

16


que lo llenaba de vida, cubierto por un cielo con las nubes precisas para verse más

hermoso y, por supuesto, ambientado con el sonido de aquella canción.

Respirar, caminar, oír y observar se le hizo ahí tan sanador como un abrazo de

larga duración.

El estado duró cuatro minutos y veintidós segundos, pues al terminar de sonar la

música sus ojos se abrieron y volvió a la realidad. Naturalmente, se asustó un poco

aquella primera vez, pero no pudo aguantarse volver a intentarlo, comprobando así

que bastaba con solo volver a escuchar la canción para que la experiencia se repitiera.

Y así, lo hizo de nuevo, y de nuevo, hasta terminar familiarizándose con la fantástica

experiencia.

Durante la semana posterior al episodio, el joven realizó una extensa investigación

respecto a los sueños lúcidos y la canción, y llegó a la teoría de que el fenómeno

era inocuo y solo él era capaz de vivirlo. Nadie más en toda la internet acusaba haber

experimentado "algo extraño" al escuchar el tema.

Se trataba de una maravilla. Una maravilla que hasta pensó en compartir, pero

prefirió guardarla como un secreto. Aparte de que su timidez le impedía exponerla por

temor a que lo pasaran por loco, quiso guardarla como algo muy personal.

Era su sueño. Su maravilla.

Con el paso del tiempo, aquella maravilla la convirtió en una actividad frecuente,

y nunca perdía la magia. Por otro lado, en algunas ocasiones esa magia se hacía muy

necesaria, como la noche en que su ánimo no dejaba de hundirse posterior al intento

de contacto que resultó en la poco sutil respuesta ‹‹no tienes puta idea››. Pero, esa

misma noche algo irrumpió en el onírico paisaje. En medio del paseo por el lugar,

Gonzalo vio una sombra detrás de un árbol, difusa y con una forma humana muy poco

definida. Se escondía de él, pero a la vez parecía intentar observarlo.

En la realidad física, los brazos de Gonzalo se tensaron y sus manos apretaron el

cobertor de la cama con desmedida fuerza, mientras que en la otra realidad intentaba

enfrentar el miedo y alcanzar la sombra.

Cuando despertó, se vio a sí mismo confundido y agitado. En cuatro años nunca

le había pasado algo similar y no hallaba explicación, pero, por lo que más quisiera el

17


destino, deseaba que el evento no se relacionara con la chica que conoció en el bus

camino a casa.

Esa noche no pudo dormir.

18


Capítulo 3: Silueta.

1

Al otro día, después de una aburrida clase, Gonzalo caminaba junto a Esteban

por la plaza del estudiante de la Universidad de Concepción. Este último notó en el

rostro de Gonzalo que la noche anterior no la había pasado nada bien, y además el silencio

entre los dos no era habitual, así que decidió intervenir.

—¿Qué te pasó?

—¿Por qué? —preguntó Gonzalo.

—No lo sé, es solo que... ¡Se te murió la cara!

—Déjame.

—Ay, ¿acaso es porque no tienes puta idea? —se burló Esteban—. ¿O no es por

eso?

—Algo así... No pude dormir en toda la noche, pensando en esa mierda.

—¿Quieres conversar?

—Puede ser...

—Nos podríamos fumar una cosita...

—Eso es lo que tienes —dijo Gonzalo con complicidad.

Al rato, estaban sentados a un lado de la laguna Los patos. Desde que se conocieron,

hacía un año, habían convertido la completa extensión de áreas verdes de la universidad

en los lugares más productivos al momento de hacer sobre-análisis de cada

situación que enfrentaban. Atentos a que ni un policía infiltrado en la universidad los

pillara in fraganti, acompañaban la conversación con un cañito 5 . Esteban esperaba que

así se relajaran los ánimos y, además, que fuese más fácil dejar salir algunas cosas. De

pronto, mientras Gonzalo daba una fumada, aprovechó y sacó el tema:

—Ya, ¿qué te tiene mal de la tipa?

5 "Un cañito" es una de las tantas formas que se usan para referirse a un cigarrillo de marihuana. También

en Chile se le llama "pito", "caño", "verde", etcétera. (N. del A.)

19


—No es ella —respondió Gonzalo, devolviéndole el pito a Esteban.

—¿Entonces?

—Lo que me dijiste ayer me quedó dando vueltas. Tenías razón con que intenté

llamar su atención...

—Te lo dije —interrumpió Esteban, interrumpiendo también la fumada que estaba

dando.

—Sí... ¿Pero por qué lo hice?

—¿Era bonita?

—Sí.

—Quizá fue por eso —dijo Esteban, liberando una gran bocanada de humo

acompañada de un ligero aire de sabiduría que solo él se creía, y un poco de tos—.

Inconsciente, quisiste hacerlo, lo adaptaste a tus extrañas formas de hacer las cosas y

ya.

—Eso lo sé —aseguró Gonzalo.

—Entonces, ¿por qué te acomplejas tanto?

—Es que...

—Ahí está la cosa —interrumpió de nuevo Esteban—. Yo creo que el tema es que

te afecta que te haya acomplejado tanto.

—Mierda, sí. Pero, de nuevo, ¿why?

—Quizá te quedó gustando.

—¡Qué estupidez! —refutó Gonzalo—. Ni siquiera la conozco.

—No, no la conoces, pero desafió tus ideales y eso para ti es una erección mental.

—Si fuese por eso, me atraerían todas las personas que piensan diferente a mí y

que son capaces de discutir conmigo si me escuchan en un lugar cualquiera exponiendo

mis opin...

—Espérate —atajó Esteban, entregando el artilugio para la mente a su amigo,

esperando callarlo y calmarlo un poco—. Ese es un punto, pero estás... estás ignorando

que es muy diferente cuando... cuando sabes bien que no se trata de una facha. Obvio

que no es una, si le molestó que hablaras mal de las marchas.

—Pero... —intentó defenderse Gonzalo.

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—Cállate —ordenó Esteban, anulando el intento de defensa—. A lo que voy es

que quizás opina distinto, pero va en tu línea... Y no te hagas, te atrae un montón la

idea de... la idea de conversar y compartir puntos de vista con una chica, siempre y

cuando no sean tirados de las mechas 6 . Es todo lo que buscas conocer. Ese rollo tuyo

de la mente y la...

—La sapiosexualidad —terminó Gonzalo por él.

—Eso.

Esteban hizo una pausa, miró a un lado, pestañeó con gran esfuerzo y luego volvió

la mirada hacia su amigo.

—Mierda, me fui a la chucha 7 —dijo, y en ese momento advirtió que Gonzalo estaba

mirando el césped con un sospechoso detenimiento.

—Yo igual.

—Deberíamos ir a comer.

—Sí, yo creo.

Y así fue. El dúo se levantó y caminó hacia la plaza Perú, deteniéndose solo para

apreciar una que otra cosa o verbalizar alguna revelación repentina.

Llegaron al "Tokio bowl" con la intención de comprar uno de los contundentes

para vencer el "bajón 8 ", sin embargo el local estaba lleno, así que tuvieron que esperar

un rato para ordenar. Luego, se vieron obligados a comer afuera, pero tuvieron la

suerte de encontrar una de las bancas exteriores para clientes desocupada.

Mientras comían, Esteban notó de pronto que Gonzalo, cuando le quedaba poco

más de un cuarto de su pedido, sostenía la mirada por encima de su hombro. Preocupado,

le advirtió que se había quedado pegado y que podía estar mirando a alguien sin

querer, pero, al ver que no le hacía caso, volteó y... Era ella: Amanda Sáez, estudiante

de primer año de filosofía capaz de embobar a su amigo tan solo diciéndole "no tienes

puta idea", pasando por fuera de los locales tomada del brazo de un chico.

6 "Tirado de las mechas" es equivalente a "descabellado". (N. del A.)

7 "Chucha" es una palabra malsonante usada en Chile a modo de exclamación o para recalcar algo. (N.

del A.)

8 Nombre que se le da a la sensación de hambre insaciable provocada por el consumo de marihuana.

En otros lugares se le llama "munchies". (N. del A.)

21


—Hueón' 9 , tienes la boca abierta, por la chucha, despégate.

—¿Qué? —reaccionó Gonzalo, mirando a Esteban y disparando otra mirada, esta

vez fugaz, a la chica. Sin embargo, esa mirada fugaz fue suficiente para verla regalándole

una sonrisa antes de desaparecer de su vista.

—¡Oye!

—Me sonrió...

—¿Qué? ¿Era ella?

—Sí, y me sonrió —respondió Gonzalo—, pero iba con alguien.

—Ya está. Está con alguien. Se terminó el tema. Puedes dejarlo ahí.

—Pero me sonrió...

—¿Y? No debe estar soltera para sonreírte. Ni que eso significara un compromiso,

hueón'.

—Bueno...

—No te vas a deprimir ahora po' —rogó Esteban.

—No, no me deprimiré... Solo es raro.

—¿Por qué?

—Porque me reconoció.

2

Esa noche, Gonzalo teorizó acerca del porqué de esa sonrisa fijándose en tres

puntos respecto a la chica:

1. Lo reconoció.

2. Iba con alguien más.

3. En su primer contacto, justo antes de la famosa frasecita, también sonrió.

9 Es muy difícil definir el uso de la palabra "hueón" en Chile, ya que necesita esencialmente de un contexto

para ello. Pero, es el equivalente en el dialecto chileno de la palabra "huevón", aunque en Chile puede

referir tanto a alguien que es tonto como a un amigo o incluso a un tipo cualquiera sin intenciones de agregarle

calificativo alguno (Ej: "ese hueón" podría ser en inglés "that guy"). En este caso es como decir "amigo".

(N. del A.)

22


‹‹¿Se habrá querido burlar de mí?››, era una pregunta que como un fantasma

atormentaba su cabeza en cada cuestionamiento. ‹‹¿Y si se quiso burlar de mí, el posible

novio también sabía sobre mi existencia? ¿Se burlaban juntos? ¿Le habrá contado

dedespués del encuentro en el bus? ¿O tuvo que explicarle después de la sonrisa

de hoy? ¿Y si esa solo fue una sonrisa nerviosa en respuesta a la mirada que le clavé

bajo los efectos del THC? ¿Todavía estaba bajo los efectos del THC? ¿Y si quise mirarla

adrede?... No, no quise. ¿Pero, y si lo quise sin querer? ¡Qué estúpido! ¿Qué otra cosa

podía ser esa sonrisa si no una burla? Un coqueteo jamás, si iba acompañada… A menos

que…››.

—Dos cosas —le respondió Esteban por WhatsApp, después de una avalancha de

preguntas que le llegaron en medio de la noche—: primero, si te reconoció es porque

se vieron apenas ayer; segundo, lo de hoy debió de haber sido solo una sonrisa amistosa.

¡No es para tanto!

—Pero esa sonrisa parecía algo más —aseguró Gonzalo—. Estaba en el límite entre

la burla y el coqueteo, estoy casi seguro.

—Bueno, si ese fuese el caso, quizás efectivamente quiera contactarse contigo y

él era solo un amigo, o puede que siga riéndose de ti y tu argumento sobre las marchas...

O ambas.

—¿Crees que sea así?

—¿Que se esté riendo de ti?

—No, lo otro.

—Bueno, ya armaste esa teoría y es válida, pero recuerda que existen las demás.

—¿Pero lo crees? —insistió Gonzalo.

—Sí —respondió Esteban—. No creo que sea coqueteo precisamente, pero quizá

sí intenta llamar tu atención.

—¿Y qué debería hacer?

—Solucionarlo.

—¡Gracias, Esteban! Eres un genio. La cagó. No sé cómo no se me ocurrió antes.

—Tu sarcasmo solo deja en evidencia que no me entiendes.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó Gonzalo.

—Háblale.

23


—Sabía que me dirías esa mierda.

—Es tu única opción.

—¿Ah, sí? ¡También puedo esconderme!

—Bueno, sí, esa también es una opción —aceptó Esteban—, solo que tendrás

que seguir aguantándote las mil teorías sobre esa simple e insignificante sonrisa por

el resto de tus días.

—Sabes que no es tan simple como hablarle… ¿Y cuándo?

—Te la encontraste por primera vez después de una clase, ¿verdad?

—Ajá.

—Hay una gran probabilidad de que ella también haya estado saliendo de una

clase…

—Ya sé para dónde vas, maldito psicópata —atajó Gonzalo.

—Ahí tienes tu solución. Ahora, déjame dormir porque sigo con la cabeza algo

torpe. Hablamos mañana.

—Nos vemos.

Después de ese mensaje, Gonzalo dejó el celular a un lado, pero de inmediato lo

volvió a tomar y envió otro.

—Ah, oye... gracias.

Pero Esteban ya había caído en sueño profundo.

3

Esa noche, una tras otra, las notas de esa canción volvieron a acoplar sus frecuencias

a algo en lo profundo del ADN de Gonzalo, resonando finalmente en cada una

de las estructuras de su cerebro y llevándolo a aquel maravilloso lugar donde podía

descansar. Sus pies se posaron en el pasto que con suavidad le daba la bienvenida a la

onírica realidad, su mirada recorrió el firmamento de lado a lado, registrando en la

memoria otra postal, y sus pulmones volvieron a llenarse del aire más puro y limpio

que solo él podía respirar.

Al menos eso era lo que quería seguir creyendo.

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Cada vez que recurría a su lugar, se ponía un límite: escuchar la canción hasta

diez veces. Diez visitas: la primera siempre la usaba para apreciar el lugar con todos

sus sentidos; en la segunda comenzaba un paseo por el largo campo, extendiéndose

hasta tres repeticiones más, y el resto de veces que se sumergía en aquel mundo las

ocupaba en descansar bajo la copa de un árbol que proyectaba una gran sombra. Y esa

noche, en el momento que aprovechaba esa sombra, vio a lo lejos una forma parecida

a la del día anterior, pero con un antropomorfismo mucho más definido. Caminaba

con una notoria timidez. Parecía estar perdida, buscando algo en medio de toda la extensión

del lugar.

Gonzalo se escondió detrás del árbol y se dedicó a observar. Aquella figura no

parecía ser una amenaza, sino más bien un ser inofensivo, temeroso y abandonado. De

pronto, Gonzalo notó que la canción llegaba a su fin y miró el cielo una vez más, y al

volver a bajar la mirada, advirtió que la figura estaba mirándolo a él.

El chico devolvió la mirada y le implantó asombrosa fuerza. La figura dio un paso

atrás con algo que parecía ser miedo y levantó los brazos a la altura del pecho, haciendo

ademán de tímida protección. Luego, comenzó a dar media vuelta, y Gonzalo notó

algo que cambió su actitud: era la silueta de una mujer.

—¡Oye! —dijo, apartándose del árbol, avanzó un paso y... despertó.

No volvió a repetir la canción.

25


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Capítulo 4: Susurro.

1

—Hoy ella debería salir a la misma hora que nosotros.

—¡¿Vas a hablarle?! —preguntó Esteban—. ¡Hueona', qué brutal!

—No lo sé...

2

Había pasado una semana desde la gran marcha. Eran las doce, hora en la que

Gonzalo y Amanda salían de clases. Él salía del "plato", al fondo de la universidad; ella

de la facultad de educación, un poco más cerca de la calle principal Chacabuco. Ella

caminaba sola y con prisa; él con Esteban y a paso calmo. Ellos conversaban; ella se

acompañaba de música.

En el camino, un grito intentó interrumpir a la muchacha, pero los audífonos le

impidieron saber de dónde venía. Se los sacó para escuchar mejor: un amigo en el paso

que divide las escaleras del Foro había sido la fuente. Se le acercó y comenzaron a

charlar.

Hasta entonces, Gonzalo y Esteban habían ido por un camino diferente al de

Amanda. Desde donde salieron, hacia la salida de la universidad todo era una larga

extensión dividida por la gran anchura de "los pastos" 10 de La plaza del estudiante,

ubicados justo al centro. Las dos vías que quedaban a sus costados —una que ocupó él

y otra que ocupó ella— llegaban hasta el Foro, hacia donde el césped acababa y daba

paso a la gran pileta que en su parte superior posaba la escultura en homenaje al espíritu

de los fundadores de la casa de estudios. Más allá, unas grandes escaleras, solo

10 En la Universidad de Concepción, los estudiantes llaman a las áreas verdes "Los pastos de...",

completando la última parte con el sector contiguo a la sección de césped dentro del campus a la cual se

hace referencia. (N. del A.)

27


interrumpidas por el paso donde se encontraba el amigo de Amanda, se alzaban hasta

volver a bajar hacia un punto en que las vías de los costados se convertían en un solo

gran camino hacia la salida.

Podrían haberse encontrado ahí de no ser porque Gonzalo llegó junto a Esteban

cuando ella aún seguía conversando en el Foro, entre la pileta y lo más alto de aquellas

inalcanzables escaleras.

—Necesito mear —le dijo Gonzalo a Esteban, saliendo de la universidad—, iré a

la facultad de medicina 11 .

—¿Nervioso?

—Cállese, hombre horrible.

Lo estaba. De una u otra forma, sabía que terminaría hablando con ella.

En el baño, demoró, pensando que así le daría tiempo para irse y evitaría encontrársela

en la parada de buses. Sin embargo, la chica recién había terminado de charlar,

retomando el rumbo y, quién sabe por qué, acelerando el paso como nunca.

Cuando Amanda llegó al arco en la entrada de la universidad, Gonzalo se separaba

de Esteban y se encaminaba hacia Paicavi. Había dado tiempo suficiente, creía, y

era hora de irse a casa. Su amigo, por su lado, se fue afligido, viendo cómo que todos

los consejos que le había dado estaban siendo ignorados.

A pesar de que los nervios seguían atacando a Gonzalo en fugaces ráfagas, mientras

iba en dirección a tomar el bus, algo de paz se elevaba en su ser al creer haberse

zafado de soportar una conversación casi forzada. Quería evitar como sea el contacto

y, sobre todo, ceder a aquella parte de su interior que lo alentaba a intentar algo con

ella. Pero debía.

Necesitaba respuestas.

Necesitaba saber si acaso ella tenía algo que ver con la figura que comenzó a

aparecer en sus sueños lúcidos.

Sin embargo, tendría que ser otro día. Los nervios causados por la inseguridad

acerca de la efectividad de su estrategia desaparecieron cuando se encontró solo en la

parada de buses, levantando el brazo para tomar uno. Pero el bus no terminaba de

11 La facultad de medicina de la Universidad de Concepción se encuentra por fuera del campus de esta,

cruzando la calle Chacabuco. (N. del A.)

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detenerse cuando una mano golpeó su hombro, y, al voltear, vio a Amanda y el bus que

se alejaba tras su espalda.

—¿Por qué hicist...?

—¡Hola! —interrumpió ella—. ¿Estás muy apurado?

—No, pero me quería ir.

—¡Ups! No lo lograste.

—Y... ¿Por qué lo hiciste?

—Porque puedo y porque tenemos que hablar.

—¿Tenemos?

—Sí —reafirmó la chica—. El otro día, después de tu errónea opinión sobre las

marchas, te dije algo feo sin conocerte y...

—¿Crees que fue feo? —interrumpió Gonzalo, siguiéndole el juego—. Bueno, que

después de mi acertada opinión me hayas tratado de forma despectiva y que ahora lo

reconozcas me hace pensar que... no lo sé... quizás tienes modales.

—Ahí viene un bus.

—Entonces me voy.

—Voy contigo —dijo ella.

—Me retracto. Quizás no tienes tantos modales, considerando tu nulo respeto a

mi espacio personal.

—Nos sirve el mismo bus, llorón.

Ambos subieron, pero ella se encargó de que él lo hiciera primero, forzándolo a

escoger un asiento mientras caminaba a sus espaldas. Cuando lo hizo, se sentó a su

lado.

—¿Es en serio? —preguntó él, ocultando los nervios detrás de una actitud terca.

—Oye, qué pesado.

—No sé si lo recuerdas, pero fuiste tú quien...

—Eso ya pasó —atajó Amanda—. No es mi culpa que tu opinión esté tan mal.

—Y dele con el temita —dijo él a regañadientes—. Sin ánimos de sonar pesado,

¿qué quieres?

—Que salgamos.

Bastaron esas dos palabras para callarlo a él y a su mente un par de segundos.

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—¿Qué? —logró soltar.

—Eso, salgamos un día de estos. Sería entretenido conocerte.

—No sé... ¿No te dirán algo por salir con un tipo desconocido?

—¿Quién?

—No sé —titubeó Gonzalo.

—Creíste que el hueón ' con el que iba cuando tú estabas muy volao' era mi pareja

o algo así, ¿verdad?

Él miró a un lado, avergonzado y aceptando que su pregunta fue un error.

—No lo sé...

—Aunque lo hubiese sido —interrumpió la chica—, da lo mismo. Es solo salir.

Nadie tiene por qué controlar eso.

—No he dicho eso, es solo que...

—¿Querías saber si estoy soltera?

La piel de Gonzalo se puso roja y...

—Rápido, pásame tu teléfono —dijo ella, casi obligándolo. Él lo hizo sin meditarlo.

La joven le anotó un número, le devolvió el aparato y se bajó del bus.

3

Era su número, por supuesto.

Gonzalo lo agregó a sus contactos, y en WhatsApp apareció la foto de perfil de

ella. ‹‹Es bellísima››, era todo lo que podía pensar cuando observaba la imagen. Sin

embargo, advertir la atracción lo hacía sentir una extraña culpa.

—¿Y cómo se llama? —le preguntó Esteban.

Gonzalo le había contado con lujo de detalles todo lo que había pasado en un

breve mensaje de un poco más de diecisiete líneas.

—Mierda, no lo sé —respondió.

—Supongo, si no me contaste ese detalle.

—Debería preguntarle.

—Sí.

30


—¿Cómo? —preguntó Gonzalo.

—Por la mierda, Gonza. Me costó un mundo convencerte de que le hablaras y,

aun así, lo intentaste evitar. Si no es porque ella se te acercó, seguirías preguntándome

lo mismo, pero para recién hacer contacto. —Gonzalo quiso responder, pero advirtió

que Esteban estaba escribiendo otro mensaje y esperó—. La respuesta es la misma:

háblale.

—No soy bueno iniciando conversaciones.

—Pero no te sabes su puto nombre.

—¿Y?

—¿Cómo que "¿y?"? Es obvio: usas la pregunta como excusa para comenzar a

hablar y la conversación fluirá.

—Suena forzado y evidente —comentó Gonzalo—, pero bueno, es lo que me

queda. Lo haré.

—Espérate —atajó Esteban—. Hazlo mañana en la tarde.

—¿Por qué?

—Para que no parezcas un desesperado.

No quería parecerlo, así que hizo caso. Pero, las ganas no le faltaban.

Conversó con Esteban un rato más por chat de voz, mientras jugaban una partida

online de un juego de disparos. Gonzalo tenía la cabeza en otro lado y le atinaba a

cualquier cosa menos a los enemigos.

Cuando terminaron de jugar, después de un montón de quejas de Esteban por su

desempeño, Gonzalo apagó el computador, se recostó, se puso audífonos y... temió.

Temió a la figura que comenzó a aparecer en sus sueños desde que conoció a Amanda;

pero ese temor lo llevó a una concluir que, con lo que pasó ese día, si había una relación

entre las apariciones y ella, un próximo sueño lúcido se lo confirmaría. Y fue ahí

cuando afloró la mejor motivación para dar un primer paso más allá del miedo: la curiosidad.

Una respiración profunda, mientras deslizaba el dedo por la pantalla del celular

en búsqueda de la canción, otra al momento de encontrarla, un cerrar de ojos, play y...

Ahí estaba ella. En medio del inmenso campo abierto. Era una chica un poco más

baja que él, de pantalón negro, abrigo beige y una bufanda azul que le tapaba la boca y

31


flameaba tras su cuello. Se encontraba parada frente a él, mirándolo a los ojos con un

par de lágrimas que recorrían sus mejillas.

Un haz de luz color magenta se superponía sobre su rostro, deformando con

suavidad la imagen que veía Gonzalo.

—¿Quién eres? —preguntó él.

No hubo respuesta. Ella solo lo miraba con triste expresión.

Gonzalo no aguantó, se acercó y repitió la pregunta tomándola con delicadeza de

los hombros. Parecía que seguiría sin recibir respuesta, cuando, de pronto, ella llevó

su mano derecha hacia la bufanda que le cubría la boca, la bajó y emitió una palabra

que Gonzalo no pudo escuchar. Él se acercó un poco más, y ella a su oído.

—Déjala —le susurró.

—¡¿Qué?!

Un sinfín de preguntas comenzaron a golpear los dientes de Gonzalo, intentando

salir a raudales, pero le era imposible abrir la boca. La canción estaba terminando y

solo podía seguir mirando los ojos de la chica, sin poder decirle nada al mismo tiempo

que observaba las lágrimas que caían por sus mejillas.

Cuando terminó, despertó de un salto. El cable de los audífonos tiró del celular,

haciéndolo caer a un lado de la cama. Agitado, Gonzalo se abalanzó a recogerlo y repitió

la canción...

Pero ella ya no estaba.

32


Capítulo 5: Invocación.

1

Gonzalo no solo no le habló a Amanda al día siguiente, sino también al siguiente

y lo que quedaba de semana. Y cada día se había enfrentado a la tentación de hacerlo,

pero también hubo otra fuerte tentación: visitar a la chica del último sueño. Sin embargo,

ambas opciones convergían en la confusa e inquietante situación en la que no

sabía qué provocaría hablar con una u otra, y de la cual no podía descansar, puesto

que al no tener certeza de cuándo se produciría una nueva aparición en su maravilloso

lugar, visitarlo se hacía inseguro incluso cuando la única intención era ir a relajarse.

Su orgullo lo ofuscaba al aceptar que su lugar preferido fue invadido, inhabilitándose

como lugar de descanso, y todo a causa de un drama amoroso. Evitar cualquier

contacto con Amanda era la solución rápida, pero no le hacía sentido que todo

fuese una casualidad. Algo debía de haber en ella y tenía que saber qué era. Sin embargo,

no tenía idea de cómo afrontarlo y no podía pedirle ayuda a Esteban. Se había

prometido guardar su maravilla como un secreto.

Esta vez corría por su cuenta.

Una noche, mientras pensaba recostado sobre su cama, un impulso apareció como

solución: si quería saber por qué debía dejar a Amanda —suponiendo que la otra

chica se refería a ella—, debía hablarle, y así provocaría otra aparición en sus sueños

lúcidos.

Era un paso indispensable para un improvisado ritual de invocación.

De otra forma habría descartado la idea, pero la impulsividad de nuevo fue más

fuerte. Tomó el celular, abrió el chat de Amanda y envió un mensaje que decía ‹‹Hola››.

Acto seguido, lo dejó a un lado. Boca abajo, por supuesto. Luego, se esforzó en pensar

en otras cosas, pero cada treinta segundos miraba el celular... y nada.

No hay nada peor para una persona tímida y ansiosa que una respuesta tardía. Y

la que esperaba iba a ser una de ellas.

33


Dieciséis minutos y veintisiete segundos más tarde, el celular vibró y Gonzalo lo

tomó al instante.

Como si de un mantra se tratase, repitió en su cabeza un par de veces ‹‹sé sutil,

no demuestres tanto interés›› antes de ver el mensaje y disponerse a entrar en el

complejo proceso de iniciar una conversación con una persona casi desconocida.

—Veo que aprendiste a usar el teléfono —le había respondido ella.

—No sabía con qué nombre guardar tu número.

‹‹Maravillosa jugada››, pensó.

—¿No se te ocurrió una mejor forma de preguntar mi nombre?

‹‹Mierda››, pensó de vuelta y respondió:

—No, la verdad es que no. No suelo tratar con personas que no son capaces de

presentarse.

—Lo siento, señor modales, pero usted tampoco se ha presentado.

—No me has dado el tiempo.

—Entonces, supongo que sabremos nuestros nombres cuando nos juntemos —

dijo Amanda. Él no supo qué responder, pero ella se adelantó—: ¿Cuándo puedes?

—Cuando quieras.

Después de enviar esa respuesta, Gonzalo lanzó su celular lejos de su vista. Se levantó

de la cama y apoyó su cabeza contra la pared más cercana.

‹‹Nada sutil, demasiado interés›› se quejaba cuando, de pronto, escuchó una vibración.

Le habían respondido, y sabía muy bien que había extendido una alfombra

roja para una respuesta sarcástica.

Buscó el teléfono, y al recogerlo cubrió la pantalla con la palma de su mano. Cerró

los ojos con fuerza y con un rápido movimiento la retiró, tomó una pequeña pausa

y, lentamente, se atrevió a mirar.

—¡Guau! Alguien está ansioso —había dicho ella.

‹‹Siempre lo estoy››, pensó él y luego respondió:

—Solo tengo mucho tiempo libre.

—Entonces mañana a las 4 en el Foro.

—Parece que la ansiosa es otra.

Ella dede contestar.

34


2

A las 03.40 p. m del día siguiente, él se encontraba preparando su mente a un lado

del campanil, aislado del mundo con sus audífonos, mientras comenzaba a escuchar

el disco "Live at Wembley Stadium" de Queen. Diecinueve minutos después, cuando

se le cruzaba por la cabeza que el hecho de que comenzara a sonar la canción "Under

pressure", justo cuando llegaba la hora de la cita, debía de ser una mala broma del

tiempo, un dedo tocó su hombro con delicadeza.

—¡Hola!

—Al menos esta vez no me golpeaste el hombro.

—Estoy pensando que eres más llorón de lo que creía —dijo ella.

—Y quizás más... Espera, esa no fue una buena respuesta.

—No lo fue. Para nada.

—Oye, ¿y por qué en el Foro? —preguntó Gonzalo.

—Porque es un buen punto de inicio para caminar hacia el parque Ecuador, ¿no

te parece?

Y eso hicieron.

A paso lento, caminaron por el parque riéndose de los padres que tenían que soportar

los berrinches de sus hijos que a gritos insistían en subirse una vez más a los

juegos; de las parejas que no parecían tan parejas, sentadas en alguna banca con celular

en mano y sin hablarse ni mirarse a los ojos; del humor negro de Amanda, que cada

vez que veía a alguien cometer un error explotaba en carcajadas; de las quejas de Gonzalo,

que cada vez que veía algún envoltorio en el suelo exclamaba ‹‹¡Gente de mierda!››,

y de la facilidad con la que cada uno hacía referencias a "Los Simpsons".

Un par de horas más tarde, ella propuso que fueran por un café cerca del parque.

Él accedió, aunque la idea de quedarse dentro de un local le era aburrida. Sin embargo,

al recibir cada uno su café, ella quiso salir luego de ahí. Tampoco soportaba el encierro.

Un simple detalle que provocó una sonrisa en Gonzalo.

Siempre que ella proponía algo, caminaba delante de él. Y él, al verla, no podía

evitar sentir algo de felicidad, sin saber por qué. Algo había en la luz que irradiaba

35


Amanda, en su espontaneidad, en su sinceridad, en la sensación de que no llevaba

máscara alguna al enfrentar el mundo.

Y su sonrisa... Oh, su sonrisa resumía lo más bello del universo en fracción de segundo.

Fuera del local, ella volteó hacia Gonzalo y le dijo:

—Hay unos baños en el parque que sobre su estructura tienen un mirador... A

esta hora nadie usa esos baños y la vista es hermosa... Podríamos...

—¿Podríamos exponernos a que nos roben?

—¡Ay!, no seas miedoso.

—Es broma. No creo que nos pase algo... ¿O sí?

—Si alguien se atreve a hacernos algo, le rociaré mi gas pimienta.

—¡¿Traes un gas pimienta?!

—Sí —respondió ella, lanzándole una mirada penetrante—. Por si alguien intenta

hacerme daño.

—Es bueno saberlo —dijo él, mirando hacia un lado.

—Entonces, ¿vamos?

—¿Es mi idea o estás intentando llevarme a un lugar lindo y apartado, como toda

una románt...?

—Quiero que nos fumemos un pito tranquilos —interrumpió ella, tomándole la

mano para guiarlo con rapidez hacia aquel lugar.

Gonzalo, en ese momento, al enfrentarse a un gesto lleno de incertidumbre, que

significaba todo y nada a la vez, se dio cuenta de algo: la ansiedad con su sinfín de teorías

y cuestionamientos no apareció, y en cambio estaba sintiendo paz.

Amanda avanzaba riendo y él apreciaba el silencio en su cabeza. La quietud lo

había dejado en trance. Si dimensionar la tranquilidad ya le era difícil, asociarla a la

primera vez que tomaba la mano de Amanda parecía una tarea imposible. Le era teóricamente

incompatible. Sin embargo, la explicación era simple, solo que alejada de su

manera tan racional de ver las cosas. Y es que era solo eso y nada más. Sin dobles lecturas,

sin señales difusas, sin múltiples interpretaciones. Solo estaban siendo. Y él se

estaba permitiendo ser. Ser y nada más.

Y en el ser, el sentir; y en el sentir, la libertad.

36


Cuando llegaron al mirador sobre los baños del parque, advirtieron que detrás

había una escalera en paralelo con una estructura en su costado derecho, a mitad de

ascenso, que funcionaba perfecta como mirador. La subieron apreciando las hojas de

los árboles a su izquierda que la asemejaban a la escalera de un bosque encantado; y,

cuando llegaron al lugar que usarían de mirador, notaron que la estructura se parecía

a la de una torre de un gran castillo.

—No conocía este lugar —dijo él.

—Yo tampoco había subido hasta acá —dijo ella, mientras sacaba algunos implementos

de su mochila—. Es lindo.

—Sí. Oye, ¿no te da miedo que lleguen los pacos 12 ?

—¿Por el pito dices tú?

—Ajá.

—Tranquilo, no llegarán acá —aseguró ella—. ¿Te molesta si pongo música con

mi celular?

—No, para nada.

Ella sacó su teléfono y puso una canción que a él le llamó la atención: era de la

misma banda que compuso el tema que lo inducía a los sueños lúcidos. Y es que, a pesar

de haber tenido la suerte de que no se tratara de la canción que para él era especial,

existía una alta probabilidad de que ella la tuviera también en su biblioteca, así

que tuvo que actuar rápido:

—¡Qué buena banda!

—¿La conoces? —preguntó Amanda.

—Sí, me gusta... Aunque me gustaría mostrarte otro grupo, no sé si te molesta...

—Ah, dale —dijo ella—. Apaga mi celular y pon lo que quieras.

—¿No te molesta?

—No, ¿por qué debería? De hecho, agradezco que me muestres tu música... eso

es compartir una parte de ti también.

12 Forma —considerada a veces despectiva— de referirse a la policía chilena. (N. del A.)

37


Fue poco el tiempo que tuvo Gonzalo para apreciar ese detalle, pues tenía que

decidir qué banda podía ser lo suficientemente desconocida como para que pareciera

algo rebuscado. Buscó rápido en la lista de artistas y escogió Greta Van Fleet.

—Son buenísimos —dijo ella apenas escuchó la introducción de una canción—,

pero la voz se parece demasiado a la del tipo de Led Zeppelin.

—Sí, creo que eso les puede quitar un poco de identidad.

—Pienso lo mismo, pero es solo un detalle.

Pasaron unos segundos de silencio y Gonzalo liberó un suspiro mental.

Había zafado, pero no pudo evitar recordar el último sueño lúcido que tuvo y a

aquella chica con un claro mensaje: "déjala". Si se refería a Amanda, le era imposible

entender por qué tenía que dejar a alguien que le estaba agradando tanto.

De pronto, Amanda le ofreció un cigarrillo de marihuana que había terminado

recién de armar. ‹‹Vaya, te quedan lindos››, le dijo él cuando lo recibió, ella agradeció

con una sonrisa el halago y luego volteó hacia el parque. Gonzalo comenzó a fumar,

mientras la observaba apoyada con los brazos sobre la muralla. Al verla, admiraba la

libertad que transmitía y lo bien que lo hacía sentir al no juzgarlo constantemente.

Pero, sobre todo, caer en la cuenta de la comodidad del silencio lo hacía sentir que era

ahí donde quería estar.

—Oye —dijo ella de repente.

—Dime.

—¿Y cuál es tu nombre?

Gonzalo no pudo evitar toser y ella rió. Sin embargo, la tos no se detuvo. Amanda

se le acercó, posó una mano sobre su hombro y le preguntó si estaba bien ofreciéndole

café.

—S... sí... estoy bien.

—No pensé que te ibas a morir con un simple cañito.

—No... es... eso —respondió él, mientras seguía tosiendo—. Es que... me... p... pillaste

por sor... sorpresa con la... pregunta.

Cuando por fin dede toser, se erguió y quedó frente a ella. La chica, que aún no

apartaba la mano de su hombro, dejó el café a un lado y se le acercó un poco más. Él,

sin moverse, la miró a los ojos.

38


—Gonzalo. Me llamo Gonzalo, ¿y tú?

—Amanda.

Por medio de la mirada parecían estar teniendo una conversación aparte con intenciones

mucho más claras.

—Tienes los ojos rojitos —dijo ella sonriendo.

—No sé si es por la marihuana o por las lágrimas de tanto toser.

Ambos rieron. Ella bajó su mano derecha y tomó el cigarrillo que estaba en la

mano izquierda de él. Sus dedos se tocaron y él bajó la mirada, y cuando la volvió a

subir, ella parecía estar aguantando algo: era humo. Con un gesto le pidió que se acercara.

Él, nervioso, acercó su rostro hacia el de ella, cerró los ojos y abrió un poco los

labios; ella, con suavidad, le tomó la cara por donde se le marcaba la mandíbula, provocándole

una tierna sonrisa en respuesta al calor de su mano que hacía poco sostenía

el vaso de café, posó sus labios sobre los de él y vertió el humo en su boca.

Gonzalo, en ese momento, tuvo que admitir que se había equivocado respecto a

lo que sentía: no era ahí donde quería estar, sino con ella.

3

Cuando llegó a su casa, Gonzalo no podía dejar de sentirse culpable en medio de

sonrisas tontas que se le escapaban como un tic nervioso. La había besado y había

quedado encantado, hipnotizado por la textura de sus labios junto al sabor del café. Se

habían quedado en el mirador un par de horas más, conversando, besándose otro poco,

conociéndose el uno al otro y besándose un poco más. Ambos experimentaron la

extraña sensación de conocerse desde hacía mucho tiempo. La conexión era fuerte. Sin

embargo, él había concretado esa reunión por otra razón: invocar a la joven de sus

sueños lúcidos, la que al parecer le había hablado de Amanda... ordenándole dejarla.

Pero se dejó arrastrar por el caudal de sentimientos que ella le provocaba y ahora

eran algo más, no tenía idea qué, pero algo suponía que estaban comenzando, desobedeciendo

por completo a la chica de la bufanda azul. Y, de esa manera, las posibles

39


espuestas de la invocación dejaban de ser simples advertencias y pasaban a convertirse

en revelaciones con la capacidad de destruir una ilusión.

El tormento de la culpa se extendió durante toda la noche. Había ignorado su

propio método, dejándose llevar por el sentir, y su orgullo se lo sacaba en cara una y

otra vez. Con Amanda, la libertad del sentir fue lo mejor que pudo haberle pasado, pero,

una vez solo, todo se convertía en objeto de análisis, llevándolo a caer en el desesperante

abismo de la ansiedad.

Cada posibilidad crepitaba en su cabeza, advirtiéndole un peligro tras otro. Y

‹‹¿Deberé dejarla por...?›› era solo el punto de inicio de muchas de las teorías que formulaba

a base de factores que rescataba de cada segundo de la cita.

Todo hubiese sido más fácil si hubiera seguido el plan. Pero, el amor no sabe de

planes. Menos cuando llega de golpe.

Dando vueltas en la cama, no quería conversarlo con nadie. Eran esas circunstancias

en las que recurría a Esteban, pero ni siquiera sabía cómo exponérselo. Dormir

se le estaba haciendo imposible y, como en aquellas noches en las que toda distracción

es un potencial somnífero, la vorágine de opciones que se le pasaban por la cabeza

crecía y creía, pero, además, le insistía a punzadas con una: viajar al mundo de sus

sueños.

El impulso le decía que fuera, pero el miedo se lo impedía cada vez que tomaba

el celular. Y, en medio de un enfrentamiento con la idea, se le pasó por la cabeza una

simple pregunta: ‹‹¿por qué?››. El temor debía de tener una explicación. Aunque en un

principio le había fastidiado que su lugar de descanso se viera invadido y que la causa

pudiese ser Amanda, después del último encuentro no parecía ser lo que más le preocupaba.

No le provocaba un considerable aumento del nivel de estrés que le fuesen a

responder que no dejarían su sitio o algo por el estilo, sino la sola idea de tener que

alejarse de quien había robado su atención. Y, víctima del insomnio, tuvo el tiempo

suficiente para notarlo. Sin embargo, notó también que en ese cambio de foco ignoró

una interrogante: ¿por qué Amanda se relacionaba con sus sueños?

La advertencia que le habían dado en su última visita solo lo había hecho pensar

en qué había de malo en Amanda, pero no en por qué Amanda. Y, de pronto, mientras

avanzaba en este camino de pensamientos que poco a poco se iba pavimentando, un

40


dato que podía ser muy certero le llegó a la cabeza: ella escuchaba la misma banda que

compuso el tema que lo inducía a los sueños.

Debía de haber alguna conexión.

Los párpados ya le pesaban y recayó en que lo único que le importaba de las posibles

respuestas era si iba a poder seguir con ella o no.

¿Pero necesitaba esas respuestas?

Si las ignoraba, dejaría el camino libre a la ansiedad. Eso lo tenía claro. Pero quizá

podía confiar a un amor incipiente la fortaleza para enfrentar la incertidumbre.

Aunque sabía que le angustiaría estar consciente de que le advirtieron de un peligro

en ella, algo lo animaba a seguir.

Se podía tratar de la típica pérdida de uso de razón que se da solo en las madrugadas

y que da paso a los impulsos. Pero estos no eran suficiente. Necesitaba un empujón

más fuerte que lo convenciera de que la insensatez valdría la pena.

Y durmió decidido a buscar un empujón.

4

—Espera, ¿qué? —preguntó Esteban.

Gonzalo lo había citado para conversar en algún lugar de la universidad; y, luego

de haberle contado todo, le tocaba enfrentar el interrogatorio de su amigo.

—Nada, eso pasó nomas.

—¿Cómo que nada? Se besaron.

—Sí, pero...

—Y sentiste cosas...

—Ya, pero...

—Y no fueron nervios...

—Sí los sentí un poco, pero...

—¿Cómo es que dejaste que eso pasara?

—No lo dejé pasar.

41


—Claro que lo hiciste —afirmó Esteban—, y me alegra un montón. Solo que es

impresionante que hayas dejado de lado todo eso de "me incomoda estar con alguien",

"no sirvo para esas cosas" y toda esa mierda de púber miedoso.

—Sigo teniendo miedo...

—¿Qué?

—Lo que escuchaste: sigo teniendo miedo —aseguró Gonzalo.

—¿Pero a qué?

—A fallar.

—¿Cómo?

—Tengo miedo de que las cosas no resulten, Esteban. Tengo mucho miedo.

—Pero si recién empezaron...

—Pero no sé cómo terminará.

—Obvio que no lo sabes. De hecho, no sabes cómo terminará nada de lo que está

pasando.

—Sí, pero podría evitar los riesgos —dijo Gonzalo.

—Ah, claro... y no vivir nada.

—¿Y acaso es necesario vivir una relación sentimental? Quiero estar tranquilo,

tener la cabeza tranquila.

—No, no es necesario, pero sí es necesario vivir... y vivir es atreverse.

—No me salgas con esas mier...

—Cállate —atajó Esteban—. No es solo un cliché, sabes bien que ese es tu problema:

nunca te atreves a nada, dejando que el tiempo se consuma y que la vida se te

pase. Y si sigues así, lo lograrás.

—Y si ella me parte el alma, ¿no perderé parte de mi vida entonces?

—¿Y si la ilumina?

—...

—También consideraste esa posibilidad, ¿verdad? —preguntó Esteban.

—Es que...

—Si no lo hubieras hecho, me lo habrías ocultado y la hubieses dejado lo antes

posible.

—Pero...

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—Quieres un consejo, ¿verdad?

—Quiero saber que valdrá la pena arriesgarme.

—Gonzalo, arriesgarse siempre vale la pena. Piénsalo: no necesitas a nadie, has

aprendido un montón sobre cómo manejar tu vida y me has demostrado ser una persona

muy madura... pero eso se ha construido a base de experiencias. No tienes que

depender de esta relación, tampoco tienes que tomarla a la ligera; solo tienes que vivirla.

—Pero no sé nada de ella.

—Aunque lo supieras, la estás conociendo en el ahora. ¿Qué importa su pasado?

Las personas cambian. Y, aunque dedicaras parte de tu tiempo a investigarla antes de

intentar algo, tendrías que hacer lo mismo con cualquier persona que se te cruce y

llame tu atención. Déjate llevar y dale tiempo a ella y a ti para conocerla, para conocerse.

››Somos amigos —continuó Esteban—, ambos sabemos que somos los reyes del

sobre-análisis y el cálculo, y quiero que consideres eso cuando te digo que a veces es

mejor dejar que las cosas pasen, ignorando los riesgos. Algunos ámbitos de la vida lo

exigen. Son las reglas del juego. Y puede darse en acciones tan simples como... vivir. De

hecho, si nos aterráramos por todos los riesgos, deberíamos estar gritando, porque...

—Nos podría caer un meteorito en este preciso instante —completó Gonzalo.

—Exacto.

—Ese es el límite, ¿verdad?

—Sí, has llegado al límite y debes dejarte descansar.

Los ojos de Gonzalo se pusieron rojos y Esteban supo que solo debía abrazarlo.

Lo conocía, sabía cómo le afectaba la ansiedad e incluso podía intuir las dudas que su

cabeza creaba, y verlo dar un paso era un gran motivo de alegría.

Gonzalo había ocultado que su miedo a los riesgos se debía a que le habían advertido

de la existencia de estos, pero encontró en Esteban el empujón que necesitaba

y decidió vivir lo que sea que le deparara el camino junto a Amanda, pero con una

condición: no se provocaría más los sueños lúcidos, no visitaría más su maravilla.

43


5

Dos meses después, Gonzalo y Amanda estaban preparando una noche de películas,

café y pan con queso en la casa de él. Ambos ya se habían puesto pijama y habían

dejado la comida lista, pero, antes de acostarse a ver la cinta, Amanda fue al baño.

Cuando volvió, la puerta de la habitación estaba cerrada, y al abrirla se encontró solo

con oscuridad. De pronto, unas luces de colores comenzaron a recorrer las paredes y

el techo de la habitación, y su origen se encontraba sobre la cama. Se trataba de una

pequeña lámpara que Gonzalo había comprado para la ocasión.

Él la esperaba sentado sobre la cama con las piernas cruzadas. Ella adoptó la

misma posición frente a él, quedando la lamparita en medio de ambos.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

—Bueno, mira...

—¿Estás nervioso?

—¡Ay!, dame tiempo.

—Tranquilo —dijo la chica, acercándose, y lo besó—. Tienes todo el tiempo que

quieras.

—Gracias, porque me costará un poco —dijo él, tomó una larga pausa y siguió—:

Mira, quería aprovechar esta ocasión para decirte que te has vuelto una persona muy

importante para mí y que me siento muy afortunado de haberte conocido. Me fue muy

difícil aceptar la idea de intentar algo, lo sabes, pero contigo me siento tan tranquilo...

No me juzgas por cómo soy, me apoyas en cada paso que doy, me tienes paciencia y...

solo puedo sentirme agradecido por la magia con la que me tratas y que transmites.

Me siento agradecido de poder vivir tu presencia, tu esencia. Disfruto mucho estar

contigo porque me causas la mayor de las comodidades. Solo me basta con que seas tú

y...

La pausa se extendió, y Amanda ya sabía más o menos lo que se venía con tamaño

discurso, así que lo apuró con una sonrisa en los labios.

—¿Y...?

44


—Sé que no te gusta que las cosas tengan etiquetas, de hecho a mí tampoco, pero

me gustaría... ¡Mierda, no sé cómo decirlo!

—Tranquilo —dijo ella, se acercó y le tomó ambas manos—. Lo que sea, sí.

Y lo besó.

Él la siguió, tomándole con delicadeza la cara, luego llevó la mano hasta la nuca y

comenzó a acariciarle el cabello. El tacto de los labios era suave y el movimiento lento,

como si dibujaran olas entre tibias respiraciones y luces que chocaban en sus rostros.

Solo se interrumpían por ligeras mordidas y una que otra sonrisa.

De pronto, ella le tomó el antebrazo y jaló hasta bajarle la mano a la parte superior

de sus pechos. Él la retiró de inmediato, mostrándose muy nervioso, pero ella volvió

a tomarle la mano y la regresó donde la había dejado, luego le tomó la cara, se alejó

un poco y esperó a que él abriera los ojos. Cuando lo hizo, lo miró con una dulce sonrisa

y se acercó de nuevo para besarlo, pero él se echó hacia atrás.

—Debo preguntarte por algo.

—¿Por qué?

—Por consentimiento...

45


46


SEGUNDA PARTE

AMIGA MÍA

Bring it back, bring it back,

don't take it away from me,

because you don't know what

it means to me 13 .

Freddie Mercury, Love of my life.

I close my eyes and bang I am dead.

I know he knows that he’s killing me for

mercy.

And here I go 14 .

Aurora Aksnes, Murder song (5, 4, 3, 2, 1).

Tengo tiempo para saber si lo que sueño

concluye en algo 15 .

Luis Alberto Spinetta, Bajan.

13 Queen (1975). Love of my life. En A Night at the Opera [CD]. Europa: EMI, Parlophone. Estados

Unidos: Elektra, Hollywood Records.

14 Aurora Aksnes (2016). Murder song (5, 4, 3, 2, 1). En All My Demons Greeting Me as a Friend

[CD]. Reino Unido: Decca Records. Estados Unidos: Universal Music Group.

15 Pescado rabioso (1973). Bajan. En Artaud [CD]. Argentina: Talent/Microfón.

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48


Capítulo 6: Esperanza.

1

Tan frío.

El cielo parecía estar a punto de desprenderse, mientras el horizonte se cubría

de una niebla negra que avanzaba violentamente hacia ella. Desnuda, Amanda observaba

su piel reseca en búsqueda de alguna gota de sudor que pudiese calmar su desesperada

sed, pero era tarde, la niebla estaba cada vez más cerca. La frustración produjo

un amargo rictus en sus labios deshidratados y decidió huir. Cuando volteó, vio a

Gonzalo. Sorprendida, dio un respingo y luego reparó en su expresión: el llanto de

quien ya se había resignado a ser condenado después de un tortuoso vivir. Sin embargo,

le llamó mucho más la atención la sangre que salía por sus ojos. Se acercó a él, le

tomó la cara y comenzó a lamer.

La niebla los cubrió.

2

Con un sobresalto, Amanda despertó a Gonzalo. Él, que había ido a quedarse a su

casa por el fin de semana, pensó que solo se trataba de una broma, pero, al ver el rostro

de ella, cambió de parecer.

—¿Qué pasó?

—Tuve una pesadilla horrible.

—Con tu reacción me parece que fue más que horrible.

—Lo fue —dijo ella.

—¿Y qué pasaba?

—Estaba en una especie de mundo post-apocalíptico... una nube negra me iba a

tragar... y tú estabas ahí... llorando sangre.

49


—¡Guau! Eso suena bastante horrible. Pero tranquila, amor, estoy aquí, contigo.

El joven la abrazó y comenzó a besar su hombro. Ella, sin embargo, no podía dejar

de pensar en la pesadilla. De pronto, se incorporó de la cama.

—Necesito un té.

—Tranquila, yo te lo hago —dijo él comenzando a levantarse, pero ella no lo

permitió.

—No, tranquilo. Yo voy.

Él arqueó las cejas, se encogió de hombros e intentó volver a dormir; ella, por su

lado, se puso pantuflas, encendió la portátil y echó a correr una lista de reproducción

con sus canciones favoritas.

Antes de abandonar la habitación, volteó hacia Gonzalo y lo vio desplomado.

‹‹¡Bah! ¡Qué quedó cansado!››, pensó y salió en dirección a la cocina.

Pero no era cansancio.

Gonzalo no había visto venir que ella dejaría música sonando, y entre sus temas

favoritos estaba el que lo inducía a los sueños lúcidos. La reproducción aleatoria jugó

en su contra y fue el primero en sonar, dejándolo sin oportunidad de evitar escuchar

las cuatro primeras notas que, una a una, reverberaron hasta apoderarse de su cabeza

por medio de impulsos nerviosos que aprovechaban una particularidad en su ADN.

Acto seguido, cayó en sueño profundo.

Después de dos años y medio habiéndolo evitado, incluso en los momentos en

que la ansiedad lo atormentaba y la curiosidad lo tentaba, gracias a una firme voluntad

forjada a base del amor que sentía por quien demostró ser la pareja que nunca

buscó ni necesitó, pero que siempre deseó encontrar y tener a su lado; después de dos

años y medio, Gonzalo volvía a visitar aquel lugar... por accidente.

3

La luz, el aire y la paz del lugar al que lo llevaba esa canción lo hicieron sentir

mucho mejor que la forma en que lo habían hecho sus nítidos recuerdos. El césped

relucía y el cielo seguía siendo el más hermoso que había podido apreciar.

50


Al percatarse de su soledad, pensó que lo mejor era aprovechar la oportunidad.

De todos modos, solo podía controlar la entrada, mas no la salida del sueño.

A lo lejos, vio el árbol que brindaba la sombra que solía disfrutar. Silbando, comenzó

a caminar hacia allá. Le era extraño estar ahí, no solo por el paso del tiempo,

sino también por lo mismo que había calmado su tentación de volver cuando recordaba

cómo se sentía: ya no se trataba de un privilegio increíble capaz de causar un sentimiento

inalcanzable; con Amanda consiguió sentirse igual de bien —e incluso mejor—

en el mundo real. La palabra "inalcanzable" había desaparecido. La relación de

ambos era sana y fructífera; durante los dos años y medio que llevaban juntos, los había

guiado por un camino que los hizo madurar y crecer personalmente al punto de

prescindir de estímulos externos —o extrañamente internos— para sentirse bien. No

necesitaban "algo más", ni evadir la realidad. Una autoestima que habían estado trabajando

desde antes de conocerse cimentaba la deseada independencia emocional, y una

vez que la alcanzaron por completo, la compañía se convirtió en una opción... y estar

juntos era su opción.

De eso se trata el amor, ¿no?

Mientras caminaba hacia el árbol, fuera de su sueño Amanda regresaba a la habitación

con dos tazas de té. Al verlo dormido, decidió no interrumpirlo, se sentó frente

a la portátil y comenzó a leer algunos artículos. Pasos antes de llegar al árbol, Gonzalo

vio en el horizonte una cegadora luz magenta. Amanda notó que su cuerpo tuvo una

extraña contracción, pero no le dio mayor importancia. Él, por su lado, sabía lo que se

venía y reafirmó lo que ya había pensado: debía aprovechar la oportunidad.

En medio de la luz, salió ella: la chica de la bufanda azul. Gonzalo no se movió y

ella corrió hacia él, dio un salto y lo abrazó rodeándole el cuello. Él la tomó de la cintura,

la bajó y quedaron de frente. Se miraron mientras ella retrocedía un paso y se quitaba

la bufanda. La chica lloraba. Él, consternado, no sabía qué preguntarle, pero había

algo que sí sabía: la quería. Era un cariño especial. Desconocía los motivos, pero sentía

que la reconocía y, sobre todo, que la quería con mucha fuerza.

—Necesito tiempo.

—¿Qué? —preguntó él.

51


—Necesito que me des tiempo, no te vayas —respondió ella con los ojos llenos

de lágrimas—. No te vayas, por favor.

—La canción que me sostiene acá está a punto de terminar, y no podré evitar

irme.

—Entonces vuelve y déjala en repeat.

A pesar de haber supuesto que ella entendería que una canción determinaba su

estadía ahí, lo descolocó que supiera cómo funcionaba.

—No puedo ahora.

—¡Por favor, vuelve! —insistió ella.

—Volveré... más tarde, pero volveré.

Gonzalo salió del sueño con un grito ahogado, asustando a Amanda que de inmediato

se le acercó.

—¿Qué te pasó?

—Una pesadilla —respondió y la abrazó.

Horas más tarde, Gonzalo esperaba estar demostrando tranquilidad. Se había

quedado lo suficiente en casa de Amanda como para que su retirada se viera normal.

‹‹Mi papá me pidió ayuda con algo››, le explicó y se fue.

Por primera vez en la relación, le mintió.

4

Recostado sobre su cama, Gonzalo inició el ritual que hacía mucho no realizaba.

Se puso los audífonos, buscó la canción en su teléfono, cerró los ojos y...

—¡Volviste! —gritó ella y caminó hacia él haciendo ademán de abrazarlo, sin

embargo Gonzalo rechazó el gesto.

—¡Dime qué pasa, por qué me dijiste hace dos años que la dejara, por qué estás

llorando, por qué sabes cómo llego acá! ¡Dime por qué irrumpes así en mi vida!

—Tengo mucho que explicar...

—Tienes tiempo —atajó él—. Programé la canción para que se repitiera unas

cuantas veces.

52


—Sé cómo llegas hasta acá porque lo hago de la misma manera.

—¿Ah, sí?¿Y cuál es la canción?

—"Revelator eyes" de The Paper Kites.

Tenía razón.

—¿Y cómo sé que no eres algún producto de mi mente y por eso lo sabes? —

interpeló Gonzalo, anonadado—. Todo esto ya es raro; desde el 2015 que todo esto ha

sido raro, ¿por qué no serías tú también parte de lo que le pasa a mi cabeza?

—Porque no es mucho lo que sé de ti... solo lo que me han contado.

—¿Lo que te han contado? ¿Quién?

—Mamá.

—¿De qué estás hablando? ¿Y quién es ella?

—Vine acá porque quería conocerte, aunque sea unos miserables minutos, pero

también vine porque...

Las palabras parecían no poder salir de su boca.

—Termina lo que ibas a decir —exigió Gonzalo—. ¿Por qué más viniste hasta

acá?

—Debo convencerte de que dejes a... Amanda.

—¿Por qué?

—Porque sufrirá —respondió ella y desapareció en medio de un destello de luz.

A pesar de estar en el mismo lugar, cada uno escuchaba la canción en tiempos diferentes.

Cuando acabó para ella, Gonzalo quedó solo y aterrado. No entendía por qué

la chica afirmaba que Amanda iba a sufrir, y lo primero que se le vino a la cabeza fue

que, si debía dejarla, era él quien tendría la culpa. ¿Pero cómo lo sabía ella?

De pronto, otro destello de luz anunció que volvía. Él la recibió gritando:

—¡¿Por qué sufrirá?! ¡Dime!

—¡Porque si no la dejas ahora, lo harás cuando ella ya no pueda soportarlo!

—¿Y cómo sabes eso tú?

—Porque vivo con ella desde que te fuiste de su lado.

—¿Por qué hablas como si supieras todo lo que va a pasar? —preguntó él, intuyendo

ya una respuesta—. No puede ser posible que...

53


—Sí, es posible y por eso lo sé —interrumpió ella. Ya sin lágrimas, se forzó a

calmarse, adoptó una expresión seria y le afirmó su presentimiento—: Créeme, soy de

tu futuro. Estamos juntos aquí porque al parecer en este lugar no hay tiempo y solo

basta con que dos personas que tengan esta "habilidad" coincidan en la fecha y hora

de cualquier año para que puedan encontrarse. Vine muchas veces con la idea de relajarme

en mis peores momentos, pero cuando supe lo que pasó... lo que va a pasar, se

me ocurrió intentar buscarte acá. Sabía que tú podías venir y confié en que este extraño

lugar me dejaría contactarme contigo de alguna forma. Y cuando al fin te encontré,

te fuiste por dos años, pero eso me bastó para nunca perder la esperanza de poder

avisarte a tiempo... y aún hay tiempo. Debo pedirte que confíes en mí, Gonzalo, y que

evites que ella sufra por ti.

—¡¿Pero por qué sufrirá por mí?!

—¡Porque morirás!

Los ojos de Gonzalo se llenaron de horror. Ella, sin poder contener más el llanto,

extendió sus manos intentando calmarlo.

—¿Q... quién eres tú y por qué s... sabes eso? —preguntó él, alejándose.

—Soy Verónica Bastías Sáez... tu hija.

—¿Mi hija?

—Y de Amanda.

—No. Tú eres un producto de mi mente y no me quieres dejar tener una relación

en paz. Eso es todo: eres otro producto de mi maldita ansiedad.

—Mírame a los ojos y me creerás.

Él lo hizo, y supo así que ese cariño que sentía por ella era especial porque era el

cariño de un padre hacia su hija. Aún no lograba asimilarlo por completo cuando la

canción comenzó a anunciar su término.

—Por favor, espérame acá —pidió él.

—Lo haré.

Al despertar, la canción no volvió a repetirse dando paso a una pausa publicitaria.

Temblando, Gonzalo se quitó los audífonos, llevó una mano hacia su cara y comenzó

a llorar. Poco a poco, encogió las piernas y llevó la cabeza hasta sus rodillas. Una

54


vez en esa posición, tomó una almohada, la presionó contra su cara, se ocultó bajo sus

antebrazos y dejó salir un desgarrador grito de impotencia.

Le costaba aceptarlo, pero en el fondo sabía que podía estar enfrentándose a la

verdad. Lo sentía y lo creía, pero sobre todo lo sentía. Cuando miró a los ojos a la chica

de sus sueños, pudo notar que estaba sintiendo algo que nunca antes había experimentado.

Su pulso había cambiado, un extraño orgullo y una inexplicable felicidad

habían emergido: en sus ojos había podido ver parte de él.

De pronto, una amarga frustración se apodede él. Cayó en cuenta de que si

realmente era verdad lo que acababa de saber, él podría haber sido feliz con la mujer

que amaba, habrían tenido una relación que funcionaría en el tiempo e incluso hubieran

formado una familia... de no ser porque moriría y ella quedaría sola, cargando con

el dolor de su partida y la responsabilidad de hacerse cargo de una niña sin la compañía

de aquel amor que no pudo evitar perder.

Una sensación parecida a estar tocando con la punta de los dedos lo inalcanzable

lo hizo detener el llanto, ahogándolo unos segundos, solo para mirar en dirección al

cielo, maldecir el destino y continuar llorando.

Cuando se calmó un poco, intentó ordenar su cabeza. Sabía que se vería forzado

a tomar una decisión, pero primero necesitaba saber detalles, así que tomó los audífonos,

buscó la canción y volvió a soñar. Al llegar, Verónica estaba ahí con claros indicios

de nerviosismo, y al verlo aparecer con la cara roja y los ojos hinchados de tanto llorar,

se le partió el alma.

—¡No!

—Dime, ¿por qué no coincidimos cuando viniste solo a relajarte? —preguntó él

de inmediato, interrumpiendo el intento de consuelo por parte de ella.

—Me lo pregunté muchas veces y deduje que me volví una realidad en la tuya

cuando conociste a mamá.

—O sea que...

—Solo desde el momento en que se convirtieron en pareja yo pude ser capaz de

aparecer aquí. Antes de eso, yo no podía ser real para ti, porque me escribieron en el

futuro al momento de juntarse.

—Pero la primera vez que te vi no estábamos juntos.

55


—¿Pero se conocían?

—Sí, algo así...

—Entonces, probablemente ya te gustaba... y tú a ella.

Gonzalo esbozó con debilidad una sonrisa, pero la apagó de inmediato y clavó los

ojos en su hija. Ella denotaba una profunda pena.

—¿Cuánto me queda? —preguntó el joven con frialdad.

—¿Por qué quieres sab...?

—¡Dime!

—¿En qué año estás?

—Fines del 2021.

—Un poco más de un año y medio—sentenció Verónica.

Gonzalo giró la cabeza hacia un lado, miró el suelo y, como si estuviese resistiendo

un duro golpe, cerró los ojos y apretó los labios con fuerza; luego, tomó una respiración

profunda y continuó:

—¿Tuve un accidente? Podría evitarlo...

—No —aseguró ella—. No podrás evitarlo... ni yo.

—¿Qué? —preguntó él sobresaltado. Ella se le acercó y tomó sus manos.

La chica intentó hablarle, pero solo pudo abrazarlo.

En la realidad física, el dedo índice de Verónica tuvo un espasmo que soltó el

oxímetro de pulso que tenía puesto. Una enfermera al lado de la camilla en la que se

encontraba se percató y comenzó a revisar los signos vitales. Todo continuaba dentro

de los rangos normales, pero el protocolo especial que tenían para la joven la obligaba

a detener la canción y sacarla del sueño lúcido.

Entre los brazos de su padre, desapareció.

—¿Todo bien? —le preguntó la enfermera a Verónica—. ¿No quieres descansar

un poco de tus sueños?

—No, estoy bien. Quiero volver.

La enfermera puso la canción desde el principio y ella volvió. Gonzalo seguía ahí,

ahora sentado en el suelo y con la cabeza gacha, pero, al advertir su presencia, levantó

la mirada.

—¿Qué quisiste decir? —preguntó.

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—La razón por la cual eres capaz de llegar a este lugar se encuentra en tu sangre...

y también la razón de tu muerte. Nuestra muerte.

—¡¿Qué?! ¡No, por la mierda, no!

Gonzalo se llevó ambas manos a la cabeza y se dejó caer sobre el césped sin poder

entender lo que estaba escuchando. Sin embargo, Verónica se dispuso a explicarle:

—Nadie supo que tú podías venir acá, así que supongo que ocultaste esto; en

cambio, yo tuve que contarlo. Un día, la abuel... tu mamá encontró un disco que tenías

muy guardado y creyó que era mejor dárnoslo a mamá y a mí. Pensó que disfrutaríamos

mucho escucharlo; pero, la noche que lo hicimos, ni una pensó que al sonar esa

canción yo caería desvanecida. Fue ahí cuando conocí este lugar. Tenía tan solo seis

años, y para mi mamá fue desesperante ver a su pequeña hija quedar inconsciente

más de cuatro minutos, entonces me vi obligada a decirle lo que pasó cuando desperté.

A Gonzalo se le acababa el tiempo. Ya era algo recurrente, así que esta vez solo le

hizo una seña a Verónica y ella entendió. Segundos más tarde, ya estaba de vuelta.

—¿Y acaso esto es lo que nos mata?

—No, esto es solo lo que tenemos a cambio de perder nuestras vidas —

respondió ella—. Vivir estos sueños no empeora ni acelera el proceso. Al menos eso es

lo que creen los médicos.

—¿Médicos?

—Después del primer episodio, me estudiaron mucho tiempo. No les fue difícil

descubrir que se debía a la canción, pero sí les fue difícil encontrar una causa, hasta

que pensaron en que podía ser hereditario y llegaron a ti. Después de unos cuantos

estudios más, concluyeron que una característica de nuestro ADN era la responsable

de mi reacción a la canción... pero más tarde se dieron cuenta de que también era la

explicación de tu extraña muerte.

—¿Pero cómo? Eso es imposible, nadie más ha muerto en mi familia solo por tener

el mismo ADN que yo... que nosotros.

—Bueno —titubeó ella—, eso es porque lo que hay en nuestro código genético

solo se activa al momento de escuchar la canción.

—O sea que... ¿ya no tengo vuelta atrás?

57


—No. Lo siento mucho —respondió Verónica mientras se acercaba a abrazarlo.

Él la rodeó con los brazos y, ambos, en medio de ese gran campo de hermosos colores,

lloraron hasta caer sobre sus rodillas. Él le tomó la cara, la miró de frente y le dijo:

—No, soy yo quien lo siente por... por no haber estado.

—Siempre supe que no fue tu culpa, y esta trágica coincidencia es el mejor regalo

que me ha dado la vida. Pero, créeme, podemos remediarlo mejor.

—¿A qué te refieres?

—Si te separas de mi mamá ahora, ella lo superará algún día y le evitaremos todo

el sufrimiento que le causó tu muerte... todos dicen que desde entonces ya no es la

misma persona.

—Pero si la dejo, tu existencia se borrará del futuro...

—No importa —dijo la muchacha, tomando una breve pausa antes de seguir—.

He vivido bien y mi destino ya está sentenciado. Ni siquiera me daré cuenta, pero, si

pudiera, aceptaría tranquila no haber existido por la felicidad de ella. Debes dejarla. Es

lo que nos queda. Hagámoslo por ella.

—Pero la amo...

—Si de verdad la amas...

—Le evitaré todo el sufrimiento —terminó él.

—La canción está terminando —dijo ella, volviendo a sus brazos con más fuerza.

—No me quedaré aquí ahora, pero volveré. Tarde o temprano, volveré.

Y, mientras la tenía en sus brazos, un destello se la llevó.

5

Cuando Verónica despertó, estaba de vuelta en la sala del hospital en el año

2041. Frente a ella estaba su madre. Desgastada, la mujer le sonrió con una evidente

amargura.

Amanda todavía desconfiaba de la canción que había provocado que internaran

a su hija tres veces a la semana en un centro médico para ser objeto de estudios desde

el año 2028. Además, tenía que ir cada vez que quisiera escuchar la canción para tener

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los sueños lúcidos. Se trataba de un permiso único, concedido después de que prohibieran

la canción en todo el mundo a un año del primer episodio, cuando se dieron

cuenta de que la causa de los sueños se encontraba en el ADN y que existían más casos

de personas que compartían la parte del código genético que se activaba al escucharla.

Era como activar una bomba de tiempo. Gonzalo, en su caso, de un día para otro

comenzó a deteriorarse sin explicación. Nunca pensó que se podía relacionar con sus

sueños, y la medicina de su tiempo no había logrado hacer la conexión entre su ADN y

la enfermedad.

Sin embargo, a pesar de ese amargo gesto por parte de su madre, Verónica pudo

sentir que todavía había esperanza de que ella fuese feliz... y le devolvió la sonrisa.

59


60


Capítulo 7: Sabiduría.

1

Después de la revelación, Gonzalo comenzó a inventar excusas cada vez que

Amanda le proponía un panorama. Durante dos semanas, logró disminuir la cantidad

de veces que se veían sin generar sospecha alguna. Debía ocultar lo que mantenía su

mente ocupada, y verla era como aguantar que le enterraran un cuchillo en una herida

abierta y lo giraran dentro, pero sin poder gritar de dolor hasta llegar a casa.

No podía discutir el tema con ella y en su mente no encontraba soluciones. Como

siempre, analizaba factores, posibilidades y proyectaba resultados; pero nada. Una y

otra vez, daba vueltas en ideas que pudiesen servirle para seguir al lado de ella, pero

terminaba encontrándoles alguna inconsistencia que lo llevaban, poco a poco, a enfrentar

la única solución real: debía dejarla.

Priorizar se le hacía difícil cuando se interponía el inocente pero posesivo

egoísmo que se negaba a romper el lazo entre ellos. Sin embargo, sabía la responsabilidad

que cargaba, y la idea le apretaba el pecho cada vez que se le pasaba por la cabeza.

Sufría de solo pensar que tendría que desprenderse de su amor, mientras que la

culpa lo atacaba recordándole que no podía decirle la verdad, obligándolo a dejarla sin

explicación.

De una u otra forma la haría sufrir, y eso lo destrozaba.

Al término de esas dos semanas llenas de sobre-análisis, evadiendo a Amanda,

determinó que debía hacer una visita antes de tomar una decisión.

Necesitaba un empujón.

61


2

Al día siguiente, el domingo por la tarde, fue al cementerio general de Concepción.

Hacía muchos meses que no visitaba el lugar, pero recordaba muy bien el trayecto

que debía completar. Odiaba los cementerios, sin embargo bastó con la primera vez

que hizo el recorrido hasta la tumba que buscaba para que nunca se le olvidase.

Una vez ahí, notó que hacía no mucho alguien había ido a dejar flores. Las acomodó

con cuidado, dejando a la vista el epitafio que decía: ‹‹Aquí descansa Esteban

González, 17/03/2000 - 24/10/2020; un joven que iluminó a sus cercanos con su

humilde sabiduría. Lo recordarán siempre su familia y amigos››.

Luego de apreciar un momento los detalles de cada letra grabada en la lápida,

Gonzalo se sentó a un lado, afirmó su cabeza sobre sus dedos entrelazados, cerró los

ojos, dio un largo suspiro y...

‹‹Estoy jodido —dijo en voz alta—, ¿verdad? —Levantó la cabeza, miró hacia el

epitafio y continuó—: Sé que me hubieras tratado de imbécil por estar hablándole a

una tumba, incluso sabiendo que se trata de la tuya, pero en estas ocasiones solo se

me ocurría recurrir a ti. Pero te fuiste... no soportaste este mundo de mierda y te fuiste.

Te extraño tanto, por la chucha, tanto, cada día. —Hizo una pausa y dejó escapar

una pequeña risa—. Si pudieras verme en calidad de ángel, probablemente enviarías

un pájaro a cagarme encima por no haber venido a visitarte antes; aunque, conociéndote,

hubieras preferido que no viniera nunca. Lo hubieras encontrado una pérdida de

tiempo.

Tengo tanto que contarte ahora. No me hubieras creído todo lo que ha pasado,

todo lo que no te conté, todas las veces que necesité un consejo tuyo... Y ahora, sobre

todo ahora, necesito uno más que nunca.

El amor nunca fue lo mío, hasta que conocí a la mujer que me robó el corazón y

penetró fuerte en mi alma. Sé que no la necesito, pero dejarla me duele tanto. Ella no

sería capaz de dimensionar lo que su amor significa para mí. Su presencia, cada gesto,

cada detalle. Su sonrisa. Ella.

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Sacarla de raíz es un martirio para el cual no estoy preparado, pero debo hacerlo.

Debo, ¿verdad?

He buscado tantas soluciones, tantas formas de seguir a su lado, pero sé que la

estoy perdiendo, incluso cuando ella tiene la intención de quedarse junto a mí hasta

que se acabe el tiempo. Pero el amor no se trata de eso. Sé que me lo hubieras dicho:

amar no se trata de poseer, sino de pensar en lo mejor para el otro. Y... lo mejor... —No

pudo terminar la frase y rompió a llorar—. Lo mejor es que esté sin mí.

No lo resisto —dijo entre lágrimas—. Estoy perdiendo al amor de mi vida por algo

que está en mi propia sangre. ¿Por qué ha de ser así el destino conmigo? ¡¿Por qué?!

Primero te perdí a ti... ahora a ella... y pronto perderé la vida. No creo merecer

tanto dolor. Tú hubieras dicho que son solo cuestiones de azar, pero eso solo me hace

pensar que tengo la peor suerte que un ser humano podría tener. Estoy perdiendo a

quienes más amo. A pesar de todo el esfuerzo que he hecho por ser una mejor persona

para ellos, los estoy perdiendo. Y no puedo hacer nada al respecto.

Me siento tan solo e impotente. No tengo la fuerza para tomar una decisión. Sin

embargo, sé lo que hubieras creído mejor para este caso...

Si supiera que el más allá existe, me consolaría pensar que te vería pronto.

Te amo, amigo mío. Gracias››.

Luego de eso, se levantó, secó sus lágrimas y abandonó el lugar.

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64


Capítulo 8: Silencio.

1

—¿Aló?

—Hola, amor —contestó Amanda del otro lado.

—Hola... Oye, te llamaba para preguntarte si tenías algo que hacer en la tarde,

después de clases.

—Déjame revisar mi agenda...

Gonzalo cerró los ojos y suspiró esbozando una sonrisa.

—¿Hay un espacio para mí? —preguntó.

—Hmm... no lo sé... ya sabes cómo son los lunes.

—¡Ya po'!

—Creo que puedo hacer uno para ti —dijo ella.

—¿Te parece en el parque a las 6 p. m., a un lado de la cafetería?

—¡Qué rico! Me parece perfecto.

—Nos vemos ahí entonces. Debo cortarte porque empezará mi clase.

—Bueno, nos vemos ahí. Chao, te amo.

—Y yo a ti —dijo él.

Cuando cortó la llamada, Gonzalo apretujó el celular con ambas manos a la vez

que agachaba la cabeza. Decirle que la amaba dolía. Eran las palabras más sinceras

que podía expresarle, pero sabía que quizá era una de las últimas veces que ella sonreiría

al escucharlas.

2

Gonzalo tenía en su cabeza un discurso preparado, y había pensado posibles

reacciones a esperar y formas de sobrellevarlas. Mientras caminaba hacia el parque,

65


epasaba todo una y otra vez, pero en ese momento su mayor preocupación era cómo

iba a sentirse al verla.

Para evitar que ella notara su nerviosismo, decidió esperarla en una ubicación

diferente a la acordada y con vista a la cafetería, buscando poder verla llegar y apaciguar

su reacción. Se posicionó en una banca no muy lejana y, mientras esperaba, comenzó

a apreciar a los transeúntes que disfrutaban la hermosa tarde. El parque lo

ayudaba un poco a despejarse, pero solo un poco, puesto que giraba su mirada hacia la

cafetería compulsivamente.

Amanda solía ser puntual, pero cuando dieron las seis aún no llegaba. Gonzalo

no despegó la mirada de la cafetería desde entonces, hasta que unas manos golpearon

sus hombros haciéndolo saltar de la banca.

—¡Mierda! —exclamó, llevándose una mano al pecho.

—No pensé que te asustarías tanto —dijo ella, riendo.

Al voltear, Gonzalo la miró y su estómago se contrajo, pero aprovechó el susto

para disfrazar los nervios de impacto. Ella se acercó, lo besó y le dio un abrazo. Sin

notarlo, él extendió la duración del abrazo y aplicó más fuerza de lo normal.

—Tranquilo, fue un susto nomas —dijo ella.

—Eh... sí, es que me pillaste muy desprevenido —dijo él, soltándola.

Estaba descolocado y no controlaba bien su actuar. A pesar de que tenía un plan,

necesitaba algo de tiempo para juntar las fuerzas necesarias para enfrentar la situación.

Para conseguirlo, le ofreció a Amanda ir a por café. Ella accedió, le tomó la mano

y comenzó a caminar hacia la cafetería.

Siempre hacía eso: le tomaba la mano y comenzaba a caminar. A él le encantaba

ese gesto desde la primera vez, cuando no significó nada y a la vez todo, y aquella paz

después del tacto le enseñó una luz que después vería en los ojos de ella cada vez que

pasara tiempo a su lado e hicieran el amor con tan solo apreciarse el uno al otro. Sin

embargo, esta vez fue diferente. No había paz, sino una pena inmensa que crecía cada

segundo. Sentía que la perdía, a pesar de tenerla en frente, acertando al sabor del café

que iba a querer, mientras le contaba alguna anécdota de su día, sonriéndole y mirándolo

con unos ojos que reflejaban el amor más sincero que nunca pensó encontrar y

que, ahora que lo tenía, debía dejar.

66


Saliendo de la cafetería, Amanda le propuso ir al lugar donde se habían dado su

primer beso. Gonzalo había vetado esa ubicación de su lista de lugares tranquilos para

conversar, pero no supo cómo negarse a la propuesta. Una vez ahí, tampoco supo cómo

comenzar el discurso que tenía preparado, sin embargo algo lo impulsó a dar el

primer paso.

—Amanda, necesito decirte alg...

—Lo sé —atajó ella.

—¿Qué?

—Te conozco, he podido notar que has estado muy tenso las últimas veces que

nos hemos visto. ¿Qué es lo que pasa?

—Bueno —titubeó él—. No sé cómo explicarlo a la perfección, pero quiero que

comprendas que esto no tiene relación contigo, tampoco he dejado de quererte...

—¿Quieres terminar? —interrumpió Amanda—. ¿Me estás hueveando?

—Necesito que me entiendas, es algo muy personal.

—Pensé en algún momento que quizá querías terminar, pero no puedo creer que

sea verdad. ¿Qué es tan personal como para tomar esta decisión de un momento para

otro? ¿Por qué terminar?

Unas lágrimas comenzaron a asomarse en los ojos de Amanda, y Gonzalo no pudo

contener seguirla.

—Por favor, déjame explicarte...

—Es que no entiendo qué es tan grave como para que no quieras que esté a tu

lado —dijo ella con la voz ya temblorosa.

—Necesito estar solo, alejarme un tiempo de todo... y eso te incluye.

La expresión de Amanda reflejó cómo su alma se quebraba poco a poco, sus labios

vibraron en el intento de decir algo, y con gran esfuerzo pudo dejar salir:

—¿Eso es todo?

Gonzalo sabía que ella podía responder algo así, y lo había considerado un escenario

ideal para poner punto final a la conversación, sin embargo algo no lo dejaba.

—¿Por qué? —insistió ella entre lágrimas.

Él cerró los ojos e imaginó los de su hija, Verónica; de pronto, pudo sentir como

si escuchara la voz de ella diciéndole "hazlo", sin embargo era Amanda:

67


—¡Hazlo... dime que no quieres estar conmigo!

—¡No se trata de ti! Y sí, eso es todo y debes respetar mi decisión.

—¿Y con esa frialdad quieres que me trague que no se trata de mí, que no dejaste

de quererme?

—Sigo queriéndote, Amanda. Entiéndeme, por favor.

—No, no te entiendo —dijo ella—, pero si es así como dices, lo respetaré. Lo haré

porque estás cometiendo un error, y estás en todo tu derecho a ser un imbécil.

—Amanda, no...

—¡Cállate, hueón'! ¿Has pensado en nuestra relación? Era perfecta, al menos para

mí. Disfruté tu compañía cada segundo, aprendí mucho de ti, crecimos juntos hasta

hacernos invencibles para el mundo, ¿y ahora te vas?

Gonzalo también había considerado que ella le podía enrostrar la calidad de la

relación, pero no pensó que dolería tanto.

—Debo hacerlo. Yo también creo que nuestra relación era perfecta, también la

disfruté cada segundo, pero debes enten...

—Métete tus palabras de buena crianza por la raja, hueón'. No me pidas que entienda

esto porque es absurdo. Pero quédate tranquilo, no te voy a pedir que te quedes,

porque si debo pedírtelo ya no vale la pena.

Gonzalo nunca la había visto tan indignada. A pesar de que el vocabulario de ella

siempre había sido tosco, la sombría expresión que adoptó de un segundo a otro era

algo nuevo para él, y solo pudo enfrentarla con silencio.

—Me voy.

—Amanda, entiendo que estés así, pero créeme, sé por qué lo hago.

—¿Lo sabes? Yo creo que es un capricho y que no tienes la más puta idea del

error que estás cometiendo.

—Tomamos el mismo bus, voy contigo.

—No, iré a otro lugar. No quiero irme contigo.

—Amanda...

Ella tomó su vaso de café y se fue.

Gonzalo se quedó ahí, viéndola alejarse. Siempre había creído que no sería capaz

de romperle el corazón, pero lo hizo. Una sensación horrible se apoderaba de sí: la

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adrenalina lo tenía rígido, y por dentro sentía cómo su corazón se aceleraba, golpeando

cada vez más fuerte en el intento de abrirle el pecho y salir tras ella.

Sin embargo, hizo lo correcto. Al menos eso parecía.

Debía comprobarlo.

3

Gonzalo no se movió de donde estaba por cerca de treinta minutos, tiempo que

ocupó desahogándose y procesando lo que se venía. Luego, fue en dirección a tomar el

bus.

Ansioso, esperaba llegar a casa lo antes posible para comprobar que todo había

salido bien, pero no se aguantó y decidió escuchar la canción en el bus. Una vez lo tomó,

buscó rápido un asiento, comenzó el ritual que solía realizar en su cama y, sin

considerar nada, se indujo el sueño lúcido.

Al llegar al mundo de sus sueños, vio el hermoso campo vacío, anunciándole que

todo el dolor que estaba sintiendo valía la pena. Eso le dio un respiro, pero de pronto

una luz magenta comenzó a crecer delante. ‹‹¡Mierda, no!››, gritó.

Frente a Gonzalo, apareció Verónica. Su cara se encontraba deteriorada y se veía

muy cansada. Él corrió hacia ella y la tomó de los hombros.

—¡¿Qué pasó?! ¡¿Por qué sigues aquí?! ¡¿No funcionó?!

—Funcionó, papá. Lo hiciste bien —dijo ella con una voz muy suave.

Él sostuvo la mirada en sus ojos, desconcertado, esperando alguna explicación,

pero otra luz se la llevó, haciéndola desaparecer entre sus manos.

Sin entender nada, Gonzalo se llevo ambas manos a la cabeza. ‹‹Ella debía desaparecer››,

repetía una y otra vez. Los segundos se hacían eternos y la canción recién

había comenzado. Su mundo se iba abajo: al parecer todo el esfuerzo fue en vano. El

confuso golpe lo aturdió y, sin darse cuenta, comenzó a girar, obteniendo una vista

panorámica del horizonte, mientras la brisa acariciaba su cara; ahí, en la nada, buscaba

alguna explicación. Algo debía de haber pasad...

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De golpe, salió del sueño. Despertó agitado, un pasajero del bus a su lado lo miraba

asustado. Al despabilar, miró el celular y vio que una llamada entrante había interrumpido

la canción. Era Amanda.

—¿Aló?

—Gonzalo, no quiero que me mal interpretes, pero debo preguntarte algo...

—¿Estás embarazada?

—¿Qué?

—Si es que estás embarazada, Amanda. ¿Lo estás?

—Sí, ¿cómo lo supiste? Suenas muy agit...

—¿Y qué es eso que me ibas a preguntar?

—Quiero que sepas que no te estoy pidiendo nada, pero... ¿Estás seguro de que

no quieres que vivamos esto juntos?

—¿Dónde estás?

—En el Foro.

—Voy para allá.

4

Mientras Gonzalo tomaba un bus de vuelta a Concepción, y Amanda, sentada en

las escaleras del Foro, sacaba de su mochila un test de embarazo —que tenía ahí hacía

unos días— para observar el positivo que le había arrojado y matar la espera con nostalgia;

en el año 2041, Verónica le sonreía a su madre desde la camilla en su lecho de

muerte. Sin embargo, la Amanda de ese futuro no despedía a su hija hundiéndose en

un gran pesar, sino en paz. Frente a la chica se encontraba una mujer que había desarrollado

una gran fortaleza gracias al amor que le había enseñado el rol de madre, duro

y solitario. Una mujer que tenía por mayor motivación la felicidad de su hija y que,

cuando supo de la enfermedad, dedicó su vida a darle un buen vivir antes de verla partir.

Y lo había logrado, pudiendo despedirla no sin abundante tristeza en su corazón,

pero sosteniéndose en la tranquilidad de haber hecho lo mejor que pudo. Y en la entrega,

la paz.

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Por supuesto que quiero que vivamos esto juntos...

La mujer se le acercó, le tomó ambas manos y se arrodilló a su lado. Ella, débil, le

prometió que podría superarlo, tal como superó a ese amor del que alguna vez le habló.

¿En serio? ¿Te quedarás?

Al escuchar aquella promesa, Amanda besó sus manos y le aseguró que así sería.

También le aseguró que el amor que sentía por ella era único y que la muerte no significaría

nada, porque el recuerdo permanecería hasta el fin de sus días. Pasaron unos

segundos, se levantó y la abrazó.

Sí, me quedaré.

De pronto, una cegadora luz comenzó a envolver la realidad, borrando el espacio

y el tiempo, y tomando también esa última imagen de aquella unión entre madre e

hija.

No quiero que lo hagas si solo se trata del hijo que estoy esperando.

La línea temporal en la que Amanda nunca más supo de Gonzalo después de la

conversación en el parque estaba desapareciendo.

Lo hago por ti, lo hago por nosotros. Saldremos adelante juntos y tendremos

a esa niña. Tendremos a... Verónica.

Y cuando la realidad desapareció, una nueva, donde Gonzalo había decidido

quedarse y enfrentar su secreto —su maravilla— junto con ella, tomó su lugar. En esa

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nueva realidad, Amanda y Verónica también estaban juntas, pero la joven se encontraba

sana y su madre feliz.

¿Niña? ¿Cómo sabes que es una niña?

Además, ya no se encontraban en el hospital, sino en el cementerio, abrazadas,

observando la tumba de Gonzalo. Junto al lugar donde fue sepultado quien fue su mejor

amigo, Esteban, descansaba él en paz. Había evitado que su hija enfermara, impidiendo

que pudiese escuchar aquella canción y, además, había advertido a la comunidad

científica de la extraña particularidad en su ADN, protegiendo a muchos otros que

la compartían. A pesar de su aporte, no fue recordado como un héroe; sin embargo,

Verónica escuchó más de una vez a Amanda hablar de quien fue el amor de su vida —y

el padre de ella—, afirmando que fue un gran hombre que había tomado una sabía

decisión. Y era cierto. Aunque nadie pudo saberlo, esa decisión había resultado ser la

correcta.

No tienes puta idea.

Fin

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