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Los autores que colaboran en<br />

este volumen son todos<br />

historiadores e investigadores<br />

a quienes se les encargó la<br />

redacción del ensayo para este<br />

libro. La mayoría ha<br />

incursionado en la historia de<br />

la vida privada y quienes no<br />

habían explorado este terreno<br />

se acercaron con motivo de la<br />

contribución a este libro. Ellos<br />

son: José Ignacio Avellaneda<br />

Navas, Pablo Rodríguez<br />

Jiménez, Jaime Borja,<br />

Beatriz Castro Carvajal,<br />

Margarita Garrido,<br />

Michael F. Jiménez,<br />

Catalina Reyes, Lina Marcela<br />

González, Malcolm Deas,<br />

Carlos Eduardo Jaramillo<br />

Castillo, Efraín Sánchez,<br />

Aída Martínez Carreño,<br />

Anthony McFarlane,<br />

Renán Silva y Pilar de Zuleta.


CO LECCIÓ N<br />

V I T R A L


Historia de la vida<br />

cotidiana en Colombia


Historia<br />

de la vida<br />

cotidiana<br />

en Colombia<br />

BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

EDITO R A<br />

DONACIÓN<br />

AIDA MARTÍNEZ CARREÑO<br />

GRUPO EDITORIAL NORMA<br />

Barcelona Rueños Aires. Caracas. Guatemala. México. Panamá.<br />

San José, San Juan. San Salvador, Santaf'é de Bogotá. Santiago


Primera edición, noviembre de 1996<br />

t í Editorial Norma S.A.,1996<br />

Apartado 53550, Santafé de Bogotá<br />

La investigación gráfica fue realizada por Magdalena Arango C.<br />

Las reproducciones de las imágenes provienen de los archivos de<br />

Cordillera Editores, Oscar Monsalve y Clemencia Isaz.a.<br />

Ilustración de cubierta: Señora preparando alimentos.<br />

José Manuel CJroot. Biblioteca Luis-Angel Arango.<br />

Fondo Sala Audiovisuales<br />

Impreso en Colombia-Printed in Colombia<br />

Impreso por Cargraphics S .v - Impresión Digital.<br />

Prohibida la reproducción totalo parcial de estaobra<br />

por cualquier medio sinautorización escritade laeditorial<br />

Este libro se com puso en caracteres Caslon Berthold<br />

cc 21018324<br />

isnN 958-04-3099-3


Contenido<br />

Prefacio<br />

g<br />

PRIMERA<br />

PAR T E<br />

La Conquista 13<br />

L a vida cotidiana en la Conquista 15<br />

José Ignacio Avellaneda Navas<br />

SEGUNDA PARTE<br />

La Colonia 57<br />

Lrf vida cotidiana en ias minas coloniales 59<br />

Pablo Rodríguez / Jaime Humberto Borja<br />

L a vida cotidiana en la las haciendas coloniales 79<br />

Pablo Rodríguez / Beatriz Castro Carvajal<br />

Casa y ordot cotidiano en el Nuevo<br />

Reino de Granada, s. xvm 103<br />

Pablo Rodríguez Jiménez<br />

L a vida cotidiana y pública *<br />

en las ciudades coloniales 13 1<br />

Margarita Garrido<br />

TERCERA PARTE<br />

La república 159<br />

L a vida rural cotidiana en la República 16 1<br />

Michael F. Jiménez


L a vida doméstica en las ciudades republicanas 205<br />

Catalina Reyes / Lina Marcela González<br />

L a vida pública en las ciudades republicanas 241<br />

Beatriz Castro Carvajal<br />

L a política en la vida cotidiana republicana 271<br />

Malcolm Deas<br />

Guerras civiles \>vida cotidiana 291<br />

Carlos Eduardo Jaramillo Castillo<br />

Antiguo modo de viaja r en Colombia 3 1 1<br />

Efraín Sánchez<br />

L a vida m aterial en los espacios domésticos 337<br />

Aída Martínez Carreño<br />

E l comercio en la vida económica<br />

y social neogranádina 363<br />

Anthony McFarlane<br />

L a vida cotidiana universitaiia en él<br />

Nuevo Reino de Granada 391<br />

Renán Silva<br />

L a vida cotidiana en los conventos de mujeres 421<br />

Pilar de Zuleta


Prefacio<br />

Las investigaciones sobre historia de la vida cotidiana en<br />

Colombia son recientes. Aunque en los últimos diez años<br />

se han publicado algunos trabajos aislados alrededor de<br />

este campo, contenidos en artículos bajo diversos títulos,<br />

sólo en las últimas publicaciones de obras colectivas de<br />

historia se incluye la vida cotidiana como una temática independiente.1<br />

El propósito de este libro es, por un lado, recopilar y<br />

sintetizar los trabajos realizados sobre el tema y por otro,<br />

presentar nuevas investigaciones que incluyen documentación<br />

desconocida y aspectos novedosos de la vida cotidiana<br />

hasta ahora poco divulgados. Esperamos con ello crear<br />

un ambiente propicio para futuras investigaciones.<br />

La disciplina de la historia, anteriormente, se ocupaba<br />

de personajes destacados, especialmente de los héroes, de<br />

los gobernantes y de los sucesos sobresalientes y únicos,<br />

sin preocuparse por la gente común, por lo habitual, por lo<br />

aparentemente trivial; como diría la historiadora inglesa<br />

Eileen Power: “hablar de la gente corriente habría sido indigno<br />

de la historia”.2<br />

Al plantear en la historia la temática de lo cotidiano,<br />

procuramos rescatar el quehacer diario, el transcurrir habitual,<br />

la vida de la gente común. Pero no tratamos de hacer<br />

1. l/oniloño, Patricia. Los estudios sobre las costumbres de la vida cotidiana<br />

realizados en Colombia durante e l decenio de iq 8 o . Ponencia presentada<br />

en el Seminario las ciencias sociales en la historiografía en la lengua<br />

española, Cartagena, julio de 1990.<br />

2. Power. F.ilecn, Gente m edieval primera publicación 1924. Editorial<br />

Ariel, Barcelona, [988.


10 I BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

un recuento, de reescribir las crónicas, las anécdotas, sino<br />

de encontrar en esta mirada lo significativo y explicativo<br />

para el conocimiento de nuestra historia. Intentamos, mejor,<br />

hallar el secreto del funcionamiento de un grupo, de<br />

un medio social o de una institución, y de perfilar sus relaciones.<br />

En la preocupación por lo cotidiano encontramos la<br />

estabilidad, lo que se resiste al cambio, expresado en las<br />

formas de mayor arraigo, en las costumbres, en los hábitos,<br />

que son parte de la forma de ser de una sociedad, de su forma<br />

de pensar, de actuar, de su imaginario. Ello nos impone<br />

la necesidad de trabajar sobre períodos amplios, buscando<br />

el juego múltiple de la vida, todos sus movimientos, todas<br />

sus duraciones, rupturas y variaciones eludiendo el acontecimiento<br />

aislado. Esta es la razón para que abarquemos en<br />

el libro un largo período histórico, a fin de poder mostrar<br />

los cambios lentos o precipitados de la forma de vida al filo<br />

de cada época.<br />

Al tocar el tema de lo cotidiano para las gentes, los<br />

mundos de lo público y lo privado se encuentran permanentemente<br />

porque es allí donde los individuos trajinan<br />

día a día. Esto significa que si la historia prescindiera del<br />

ámbito de lo cotidiano, estaría haciendo a un lado la historia<br />

de gran parte de la vida de la gente. Ahora, la línea divisoria<br />

entre lo público y lo privado a veces no es fácil de<br />

trazar, se sobrepone, se desdibuja y en ocasiones desaparece.<br />

Se trata de mostrar, en lo posible, los cambios en esta<br />

línea divisoria entre el mundo de lo público y el de lo privado,<br />

como también, sus interrelaciones en el quehacer<br />

diario.<br />

Lo privado lo entendemos como el lugar de lo familiar,<br />

de lo doméstico, de lo secreto. Como lo afirma Georges<br />

Duby, lo privado se encuentra encerrado en lo que poseemos<br />

como lo más precioso, lo que sólo pertenece a uno


Prefacio | 11<br />

mismo, lo que no concierne a los demás, lo que no cabe<br />

divulgar ni mostrar porque es algo demasiado diferente a<br />

las apariencias cuya salvaguarda pública exige el honor. Es<br />

el interior del hogar, de la morada, está bajo llave y<br />

enclaustrada.3 Lo público lo entendemos como el conjunto<br />

de normas relacionadas con el Estado o con el sen-icio<br />

del Estado, como también, lo que está bajo el claro control<br />

de la mirada de la sociedad, en particular tratándose de<br />

una sociedad del “cara a cara” de otros tiempos. Podemos<br />

hablar entonces de la preocupación y la importancia del<br />

“qué dirán” y del control impuesto por la comunidad a través<br />

del “deber ser". El límite borroso de lo público y lo privado<br />

es quizás más visible en las fiestas y celebraciones y<br />

en aquello a lo que todos tenían derecho, como los servicios<br />

urbanos o las instancias de la justicia o la administración.4<br />

Esta obra quiere difundir con amplitud la temática de<br />

la historia de la vida cotidiana, por lo tanto procuramos<br />

que el lenguaje se aleje de los vicios engorrosos de la academia<br />

y suavizar el estilo, convirtiéndose en un texto más<br />

ameno y asequible.<br />

El conjunto de artículos aquí incluidos expone explicaciones<br />

viejas y nuevas preguntas. Muestra tópicos ya tratados<br />

como la conquista, la hacienda y la mina colonial, el<br />

comercio y la vida política desde una óptica diferente; y<br />

presenta temas novedosos, como la vida doméstica y pública,<br />

la vida de las instituciones como las universidades y<br />

conventos coloniales.<br />

Muchos elementos de la vida cotidiana permanecen;<br />

3. Aries, Philippe y Duhv. (¡eorges, Historia de la vida privada,<br />

Taurus, Madrid, 1988, (prefacio).<br />

4. (i'onzalho. Pilar, I,a historia de ¡a vida privada en Ja Nueva España,<br />

en la revista Historia Mexicana, vol. xi.11, N ° 2, 1992, pág. 353 a 377.


12 | BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

se manifiestan en la presencia conjunta de lo tradicional<br />

con lo moderno, de lo viejo con lo nuevo. Aunque lo moderno<br />

generalmente aparece en los avances tecnológicos y<br />

en los nuevos pensamientos, que supuestamente imponen<br />

otro tipo de vida, el cambio es, más bien, un acomodo de<br />

lo nuevo con lo viejo. Los cambios en la vida cotidiana<br />

colombiana han sido lentos, lo tradicional tiene mucho<br />

más arraigo de lo esperado, a pesar de la dinámica que adquiere<br />

el país en ciertos momentosi La cotidianidad está<br />

hecha, finalmente, de una sumatoria de rituales que las sociedades<br />

van creando, cambiando y acomodando para<br />

convivir diariamente.<br />

El aparente olvido de la temática indígena no fue intencional.<br />

Desde cuando ideamos esta obra invitamos al<br />

insigne Gerardo Reichel-DolmatofFa colaborar con un ensayo<br />

sobre la vida cotidiana en la época precolombina,<br />

pero sus ocupaciones y su estado de salud no le permitieron<br />

cumplir con el cometido. A dos colegas se les encargó<br />

estudiar la vida cotidiana de los resguardos indígenas en la<br />

república, pero en el último momento desistieron de la<br />

empresa. La deuda con la problemática indígena sigue en<br />

pie.<br />

Por último, nos queda compartir con los lectores lo sugestivo,<br />

novedoso y divertido que encuentren en el mundo<br />

de lo cotidiano.<br />

B E A T R I Z C A S T R O C A R V A JA L


PRIMERA PARTE<br />

La Conquista


La vida cotidiana en la Conquista<br />

JOSÉ IGNACIO<br />

AVELLANEDA NAVAS*<br />

En memoria del historiador Juan Eriede,<br />

quien tanto contribuyó a l entendimiento<br />

de la historia de Colombia.<br />

L / a vida cotidiana durante la conquista del territorio destinado<br />

a llamarse Colombia se inicia en la periferia, en<br />

1509, en Urabá y para 1536 se habrá extendido a Santa<br />

Marta, Cartagena y Popayán. Para este estudio se observaron<br />

las expediciones dirigidas por Gonzalo Jiménez de<br />

Quesada, Nicolás Federmán y Sebastián de Belalcázar,<br />

quienes complementaron este territorio con la creación en<br />

1539, de su división política central que llamaron la provincia<br />

del Nuevo Reino de Granada. Cuando sea conveniente<br />

al propósito, también se considerarán otras tres<br />

expediciones colonizadoras del Nuevo Reino, que entre<br />

1540 y 1543, dirigieron Jerónimo Lebrón, Lope Montalvo<br />

de Lugo y Alonso Luis de Lugo.<br />

Antecedentes de ¡as expediciones conquistadoras<br />

Para saber por qué en 1539 tres expediciones independientes<br />

se encontraron en el corazón de la tierra habitada por<br />

la nación muisca, es necesario investigar sus antecedentes.<br />

La de Jiménez fue gestada en las islas Canarias y en Santa<br />

Marta, la de Federmán en Venezuela, y la de Belalcázar en<br />

el norte del Perú.<br />

* Gainesville, I'L, marzo de 1994


En enero de 1535, la corona concedió a don Pedro<br />

Fernández de Lugo la gobernación de Santa Marta, originalmente<br />

establecida por Rodrigo de Bastidas.' Este<br />

sexagenario y rico adelantado, gobernador de las Canarias,<br />

tenía poderosas razones para cambiar su cómoda situación<br />

en las islas por la vida extraña, exótica e incómoda de las<br />

Indias; seguramente conocía mucho de lo que sigue.<br />

Cuando en 1527 Francisco Pizarro exploró la costa norte<br />

del Perú, recogió algunas llamas para presentarlas a la corte<br />

y las envió a España en un navio que se detuvo en Santa<br />

Marta. El gobernador de esta población quedó tan impresionado<br />

con estos animales, que inmediatamente empezó<br />

a preparar una expedición para llegar por tierra al Perú. La<br />

muerte le impidió llevarla a cabo, pero su sucesor, García<br />

de Lerma, envió en 15 3 1 a un grupo explorador que llegó<br />

hasta la confluencia del río Magdalena con el Lebrija, este<br />

último bautizado en honor a un capitán que tomó parte en<br />

esa aventura. Así conocieron unas tres cuartas partes del<br />

trecho de ese río que se debía recorrer para iniciar la desviación<br />

a tierra muisca. Al año siguiente, Jerónimo de<br />

Meló venció la boca marítima del Magdalena y lo navegó<br />

unas 30 leguas, en cuyo recorrido un cacique le informó<br />

que el río era tan largo y profundo que se podía seguir corriente<br />

arriba durante cinco meses.<br />

Estas condiciones motivaron una acción inmediata:<br />

por un lado, Hernando Pizarro (hermano de Francisco)<br />

acababa de llegar a Santa Marta con la noticia de la inmenl<br />

6 | JOSÉ IGNACIO AVF.LI.ANFIJA<br />

La expedición de Gonzalo Jim énez de Quesada<br />

1. Sobre el contenido de este párrafo véase Juan Friede, Doatmentos<br />

inéditos para la historia de Colombia, Bogotá, J955, 11, págs. 232-38,<br />

266-67 más 3 18 y 368; m, págs. 196-210; Anónimo, Relation de la conquista<br />

de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada en Juan Friede, Desert -<br />

brimiento del Nuevo Reino de Granada y fundación de Bogotá (1536 1539),<br />

Bogotá, i960, págs. 201-52.


L a vida cotidiana en la Conquista | 17<br />

sa riqueza encontrada en Perú, la que podía certificar con<br />

el tesoro que llevaba consigo; por otra parte, Diego de<br />

ürdás, a quien seguiría posteriormente Gerónimo Ortal,<br />

había estado buscando Orinoco arriba los ricos veneros de<br />

oro que se suponía crecían bajo la tierra cercana a la línea<br />

ecuatorial y que se distinguirían con el nombre de Meta.2<br />

Rápidamente Lerma envió la expedición de Viana, que llegó<br />

hasta la remota población indígena de Sompallón, sobre<br />

el Magdalena, lugar situado un poco más al sur del<br />

Tamalameque indígena (El Banco), quizás cerca de La<br />

Gloria actual.<br />

La cuidadosa planeación, financiación y ejecución de<br />

los preparativos del viaje a Indias, incluido el enrolamiento<br />

de unos mil hombres y la organización del hospedaje,<br />

transporte y alimentación durante el viaje marítimo, suyo<br />

y de sus acompañantes, ocupó a don Pedro hasta noviembre<br />

de 1535.5 Envió a Sevilla a su hijo Alonso Luis de<br />

Lugo, para que enrolara soldados y contratara naves mientras<br />

él obtenía otras embarcaciones en las Canarias. Obtuvo<br />

la financiación de buena parte del capital necesario, de<br />

mercaderes, prestamistas y particulares, hipotecando las<br />

extensas propiedades que tenía en las Canarias; el resto<br />

completado con sus propios haberes. Con esos fondos cubrió<br />

el alquiler completo de unas diez naves, más la compra<br />

de herrajes, armas, provisiones y alimentos para el<br />

viaje y para su estadía en Santa Marta.<br />

El ibérico que aspirara a formar parte en la empresa de<br />

don Pedro, vi otra cualquiera de conquista, debía cubrir el<br />

valor de su comida y hospedaje desde su lugar de origen<br />

2. Demetrio Ramos, Estudios de historia venezolana, Caracas, 1976,<br />

págs. 259-81.<br />

3. I X'opoldo De la Rosa Olivera, “Don Pedro Fernández de Lugo<br />

Prepara la Kxpedición a Santa Marta”, en Anuario de estudios atlánticos<br />

N° 5- *959- P'ifís- 399-444-


l8 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

hasta Sevilla, puerto de embarque. Las más de las veces<br />

viajaba a pie, recorriendo entre 9 y 18 kilómetros por día;<br />

así, si salía de León o Segovia, el viaje le tomaba unos cincuenta<br />

días y si provenía de Madrid o Valladolid, unos<br />

treinta. Llevaba sólo sus ropas y se hospedaba donde hubiese<br />

un techo. A veces encontraba una cama en un hostal<br />

municipal, pero tenía que pagar por su comida. Sus gastos<br />

diarios fluctuaban entre 30 y 60 maravedíes.4 Llegado a<br />

Sevilla, tenía que procurarse manutención y albergue hasta<br />

el día del embarque. En adelante, tenía que cubrir el valor<br />

del pasaje marítimo, el de su alimentación (que oscilaba<br />

entre 10 y 25 ducados) y el de su “aperada”. Por todo, un<br />

soldado de a pie tenía que gastar unos 25 ducados para<br />

pasar a Indias, una cantidad considerable si se tiene en<br />

cuenta que con ésta podía subsistir durante unos 300 días.<br />

Los desposeídos y los miembros de las capas sociales menos<br />

privilegiadas, no podían aspirar entonces a conquistar<br />

las Indias legalmente, aunque, claro, los marineros podían<br />

desertar al llegar al puerto de destino y los polizones no<br />

faltaban. Si el viaje a Sevilla, su estadía allí, la compra de<br />

equipo y el valor del pasaje representaban una barrera económica<br />

que limitaba a los posibles aspirantes a soldados de<br />

a pie, mucho más lo era para los que deseaban hacer sus<br />

conquistas a caballo, pues en ese caso necesitaban tener<br />

unos 120 ducados, suma considerable.5<br />

4. Auke Pieter Jacobs, “Ilegal and Illegal Emigration from Seville,<br />

1550-1650", en Ida Altman y James Horn, editores, “To Make America’<br />

European Emigra!ion in the Early Modem Period, Berkeley, 1991, págs.<br />

58-84. En cuanto a las medidas monetarias: un ducado era igual a 375<br />

maravedíes y un peso de oro fino igual a 450, o sea que 1,2 ducados<br />

eran iguales a un peso; además, el real era igual a 1/8 de peso. El maravedí<br />

era sólo una medida; no existían monedas de ese valor.<br />

5. José Ignacio Avellaneda, “The Conquerors o f the New<br />

Kingdom o f Granada,” tesis de doctorado, University o f Morilla,<br />

Gainesville, 1990, págs. 114 -12 0 .


Lt7 vida cotidiana en la Conquista \ 19<br />

Ir a Indias era costoso; los que no tenían dinero, no<br />

podían hacerlo. Además de este filtro económico-social, el<br />

aspirante debía pasar los requisitos de la Casa de Contratación<br />

en Sevilla: ser cristiano viejo (los conversos no eran<br />

bien vistos), no ser moro, ni judío ni “luterano,” o sea seguidor<br />

de la Reforma protestante.<br />

Con unos mil hombres enrolados en Sevilla, su segundo,<br />

el licenciado Gonzalo Jiménez, varias mujeres y algunos<br />

esclavos negros (y hasta moriscos), don Pedro llegó a<br />

Santa Marta en enero de 1536. Como ese puerto no estaba<br />

preparado para alojar al triple de la población que entonces<br />

tenía, los recién llegados tuvieron que acomodarse en<br />

cualquier alojamiento disponible o en ranchos improvisados<br />

sobre la bella bahía. Esta concentración de gente sería<br />

fatal, pues las fuentes de agua potable pronto resultaron<br />

contaminadas. De acuerdo a las quizás exageradas relaciones<br />

de los cronistas coloniales, la gente empezó a enfermar<br />

de un tipo de disentería tan devastador, que a diario se<br />

acomodaban en fosas comunes entre 20 y 30 cadáveres.<br />

Para no entristecer aun más a los enfermos, el gobernador<br />

prohibió que las campanas tañeran por los muertos.6 Resultaba<br />

apremiante que don Pedro tomara una decisión in­<br />

6. Los cronistas coloniales aquí considerados y sus obras son: fray<br />

Pedro Aguado, Recopilación historial, Bogotá. 1956; fray Juan de Castellanos,<br />

Elegías de varones ilustres de Indias, Bogotá, 1955; fray Pedro<br />

Simón, Noticias historiales de las conquistas de T iara Eirtne en las Indias<br />

Occidentales, Bogotá, 19 81: y el obispo Lucas Fernández de Piedrahita,<br />

Noticia historial de las conquistas del Nuevo Reino de Granada, Bogotá,<br />

1973. Sus obras son lo suficientemente conocidas como para no requerir<br />

introducción. Fn esta lista también se pueden incluir a Pedro Cieza<br />

de León, Gonzalo Fernández de Oviedo, Antonio de Herrera, v fray<br />

Alonso de Zamora; adicionalmente se pueden considerar las obras de<br />

|uan Rodríguez Freyle y Juan Flórez de Ocariz, quienes a pesar de no<br />

ser cronistas, recogen valioso material histórico. Para esta nota véase<br />

Aguado Recopilación, 1:209; Castellanos, Elegías, 11, pág. 414; Simón,<br />

Notiaas, 111. pág. 51.


20 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

mediata para aliviar esas condiciones. Considerando lo logrado<br />

por sus antecesores y seguro de que el futuro de su<br />

gobernación estaba hacia el sur -hacia el occidente estaba<br />

limitado por la de Cartagena y al oriente por la de Venezuela-,<br />

decidió iniciar su gran expedición en busca de un<br />

camino terrestre al Perú y al Mar del Sur.<br />

L a expedición de Nicolás Federmán<br />

Determinante crucial de la expedición de Nicolás<br />

Federmán fue la concesión de la gobernación de Venezuela,<br />

que en 1528 la corona española hizo a la casa comercial<br />

alemana de los Welser, firma dedicada al intercambio comercial<br />

y a la conversión de materias primas.7 Interesada<br />

en expandir sus actividades a las Indias y al Lejano Oriente,<br />

esa casa había extendido sus factorías y agencias primero<br />

a las Canarias y Madera y luego a la isla de Santo<br />

Domingo en el Caribe. Ese camino se le había abierto en<br />

1519 , cuando apoyó al rey español para que fuera coronado<br />

emperador del Sacro Imperio Romano, quien, como<br />

Carlos V, permitió a todas las naves de su imperio -incluidas<br />

desde luego las alemanas- tomar parte en la empresa<br />

de América.8<br />

La financiación de la empresa venezolana fiie menos<br />

complicada que la de Santa Marta porque la compañía<br />

Welser asumió todo el riesgo y suplió el equipo y provisiones<br />

necesarios; no obstante, las gentes llevadas a Venezuela<br />

tuvieron que pagar por su transporte trasatlántico los<br />

mismos ocho o doce ducados que se sabe cobraron a un<br />

7. Juan Friede, Los Welser en la conquista de Venezuela, Caracas,<br />

19 61, págs. 77-92.<br />

8. Demetrio Ramos, L a fundación de Venezuela: Ampies y Coro, una<br />

singularidad histórica, Valladolid, 1978, pág. 263.


La vida cotidiana eti ¡a Conquista | 21<br />

grupo de éstos.9 Como una de las grandes esperanzas de<br />

los Welser era encontrar una conexión acuática de América<br />

con el Lejano Oriente, fue que, en 1529, Ambrosio de<br />

Alfinger, el primer gobernador de Venezuela, al poco<br />

tiempo de desembarcar salió de Coro a explorar el lago de<br />

Venezuela y en 15 3 1 dirigió una expedición al Mar del Sur<br />

en la que perdió su vida.<br />

Esta última expedición determinaría la de Federmán<br />

por dos razones: en primer lugar, después de haber alcanzado<br />

la lejana confluencia del río Cesar con el Magdalena,<br />

Alfinger regresó describiendo un amplio arco que pasó por<br />

tierras de la nación Guane, vecinos de los muiscas (sobre<br />

cuyas tierras se establecería el Nuevo Reino de Granada),<br />

donde se informó sobre la existencia del rico Xerira, secreto<br />

que los Welser supieron guardar por varios años, y que<br />

Alfinger 110 pudo alcanzar por falta de gentes y provisiones.10<br />

En segundo lugar, el empeño de Alfinger en las exploraciones,<br />

que se traducía en prolongadas ausencias de<br />

las ciudades que había establecido en Venezuela, reñía con<br />

los intereses de sus moradores, más interesados en el éxito<br />

de las colonizaciones que en el de las exploraciones. Éstos,<br />

españoles en su gran mayoría, se quejaban ante el rey y lograban<br />

que la autoridad de los oficiales reales y de los cabildos<br />

municipales creciera a expensas de la de los<br />

gobernadores alemanes.<br />

Federmán, quien había llegado a Venezuela como segundo<br />

de Alfinger, en ausencia de su jefe y contraviniendo<br />

sus órdenes, realizó una exploración que le iba a servir en<br />

el futuro; en 1530 partiría en dirección al Mar del Sur y lle­<br />

9. Friede, Los IVelser, pág. 342 y sobre lo que sigue en este párrafo<br />

véanse págs. 181-182. Sobre las acciones de Alfinger en Venezuela,<br />

véase este mismo autor v obra, págs. 166-234.<br />

10. Archivo General de Indias (AGI)Justicia 110 7 N ° 1, fl. 94 y ss.,<br />

declaración de Andrés de Ayala compañero de Federmán.


22 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

garía a Acarigua, situada cerca de la puerta a los Llanos."<br />

Su desobediencia fue castigada obligándolo a regresar a<br />

Europa, de donde volvió en 1535 como segundo del gobernador<br />

Jorge Espira, quien lo dejó encargado del gobierno<br />

y con instrucciones precisas de lo que debía hacer,<br />

incluyendo la colonización del Cabo de la Vela. Tres meses<br />

después se dirigió al sur en una dilatada y demorada<br />

expedición que tomó el nombre de Los Choques.<br />

Federmán fue al Cabo de la Vela, pero a pesar de sus<br />

esfuerzos nada logró. La aridez de la Guajira, la ausencia<br />

de recursos naturales tangibles -excepto las perlas que no<br />

logró extraer- y la ausencia de indígenas sumisos, obligaron<br />

a Federmán a abandonar la región sin haber fundado<br />

ciudad o edificado fortaleza alguna. Fue entonces cuando<br />

dio el primer paso en el camino que lo llevaría a participar<br />

en la creación del Nuevo Reino: ordenó al grueso de sus<br />

gentes ir al valle de Acarigua, mientras él se dirigía a Coro,<br />

para conseguir más soldados y provisiones.<br />

En vista del fracaso de su aventura al Cabo de la Vela,<br />

la atmósfera que encontró en Coro en lo relativo a su autoridad<br />

como gobernador encargado, bastante mala desde<br />

antes, ahora le era francamente hostil. Apesadumbrado y<br />

contraviniendo las órdenes de Espira, en diciembre de<br />

1536 Federmán decidió seguir al área del Tocuyo, donde<br />

se reunió con el capitán Martínez y encabezó sus tropas<br />

tras la conocida noticia del Meta, que tanto Ordás como<br />

Ortal sabían se encontraba Orinoco arriba, río que Alfinger<br />

había identificado como Xerira y que quedaba al sur de<br />

la nación Guane.<br />

L a expedición de Sebastián de Belalcázar<br />

El veterano Belalcázar había sido uno de los 168 euro-<br />

1 1 . Nicolás Federmán, Historia Indiana, Madrid, 1958.


La vida cotidiana en la Conquista | 23<br />

peos que junto con Francisco Pizarro aprisionaron al Inca<br />

en Cajamarca. A diferencia dejiménez y Federmán, estaba<br />

familiarizado con el Perú y el Mar del Sur y había conquistado<br />

tierras al norte del imperio incaico donde había fundado<br />

varias ciudades. Cuando empezó a dar los primeros<br />

pasos que le conducirían impensadamente a participar en<br />

la creación del Nuevo Reino, acababa de regresar a Quito,<br />

después de haber fundado Cali y Popayán en la provincia<br />

que tomaría el nombre de esta última población. En julio<br />

de 1537 volvió a asumir el cargo de teniente gobernador y<br />

capitán general de Quito, que le había conferido su jefe<br />

Francisco Pizarro, pero no regresó para permanecer sino<br />

para obtener más soldados, provisiones e indios de servicio<br />

y así consolidar sus ambiciosos y secretos planes de<br />

comandar su propia gobernación independiente de Pizarro.”<br />

Continuó haciendo preparativos hasta el 4 de marzo<br />

de 1538, fecha en la que se enrumbó hacia el norte, acompañado<br />

de 200 soldados y unos 5 000 indios. Públicamente<br />

declaró que iba a asistir a las ciudades de Cali y Popayán y<br />

a conquistar otros reinos para ponerlos a los pies de Su<br />

Majestad, pero dentro de este contexto tan general y abnegado,<br />

bien podía tener otras intenciones más específicas en<br />

procura de mayor beneficio personal.<br />

Los cronistas coloniales estuvieron de acuerdo en manifestar<br />

años más tarde de ocurridos los hechos, que<br />

Belalcázar había salido de Quito para ir tras El Dorado<br />

(hoy en duda), para obtener título de la gobernación de<br />

Popayán, y para continuar su exploración hasta la Mar del<br />

12. José Rumazo González, l.ibm prim ero de cabildos de Quito, Quito,<br />

1934,1. págs. 270-74. Sobre los velados planes de Belalcázar y el resto<br />

de lo contenido en este párrafo véase esta misma fuente, págs. 302­<br />

303, 325, 362-363 v 400, y Friede, Documentos inéditos, v, pág. 206.


24 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

Norte.'3 A Belalcázar no se le escapaba lo importante que<br />

sería para su futura gobernación tener acceso terrestre y<br />

directo a ese mar, evitando así el molesto trasbordo de un<br />

mar a otro a través de Panamá, donde la influencia de Pizarro<br />

era entonces tan notable. Además, había que llegar a<br />

ese mar para seguir a España e ir a su corte, el único lugar<br />

donde podía obtener por merced real su título de gobernador.<br />

Otra razón para que Belalcázar se dirigiese al norte debía<br />

estar relacionada con las experiencias de dos de sus<br />

compañeros, Juan de Avendaño y Luis de Sanabria. Avendaño<br />

había hecho parte de la exploración de Diego de<br />

Ordás, Orinoco arriba, y había estado presente cuando los<br />

indígenas les habían informado sobre la existencia del rico<br />

Meta; Sanabria, por su parte, había estado en Cubagua y<br />

Maracapana cuando Gerónimo Ortal buscaba el mismo<br />

Meta. Estos dos debieron convencer a Belalcázar de alcanzar<br />

esa tierra rica, pues de otro modo, si su único deseo era<br />

llegar al mar, no se explica la lentitud con la que avanzó su<br />

expedición. De ser así, apenas alcanzó la porción navegable<br />

del Magdalena debería haber ordenado la construcción<br />

de unas naves que les permitieran navegar corriente abajo,<br />

siempre y cuando contase con los recursos para hacerlo y<br />

supiese a donde fluía ese río. De acuerdo con lo que él mismo<br />

escribió al rey, tenía los conocimientos geográficos<br />

suficientes y contaba con las herramientas y los hombres<br />

para construir tales naves.14<br />

3 13 . Aguado, No/idas, m, pág. 332; Castellanos, Elegías, m. pág.<br />

375, iv, pág. 293; Simón, No/idas, 111, pág. 332, 336; Fernández, No/iría<br />

historial, 1, pág. 193, 302.<br />

14. Carta del 20 de marzo de 1540 transcrita por Juan Friede, Gonzalo<br />

Jim énez de Quesada a través de documentos históricos, tomo 1, Bogotá,<br />

i960, págs. 239-40.


Organización y avance de las expediciones<br />

La vida cotidiana en la Conquista \ 25<br />

Organización<br />

Las seis expediciones que crearon o colonizaron el<br />

Nuevo Reino fueron organizadas siguiendo un modelo militar,<br />

aunque su disciplina osciló entre una estricta (la de<br />

Gonzalo Jiménez) a otra flexible (la de Jerónimo Lebrón),<br />

dependiendo de si su intención era más de carácter exploratorio<br />

(la de Jiménez) o colonizador (la de Lebrón). Bajo<br />

un supremo líder llamado capitán general, se encontraban<br />

los bien armados maeses de campo, alféreces, capitanes,<br />

soldados de a caballo, y los caporales encargados de sus<br />

grupos de soldados de a pie divididos en arcabuceros, ballesteros,<br />

rodeleros, macheteros y azadoneros, la gran mayoría<br />

de ellos de dudoso entrenamiento o experiencia<br />

militar. Jiménez, por ejemplo, dividió sus 600 hombres<br />

-que avanzaban por tierra- entre ocho capitanes escogidos<br />

entre la gente que trajo don Pedro Fernández y los que<br />

ya se encontraban en Santa Marta; paralelamente, por el<br />

Magdalena avanzaban cinco bergantines cargados de caballos,<br />

mercancías y provisiones (muchas para vender a<br />

buen precio).<br />

Entre esta gente se encontraban los indispensables cirujano,<br />

boticario, veterinario o cuidador de caballos, herrero<br />

v artesanos como carpinteros, calafateadores, curtidores<br />

y otros que se podían encargar no sólo del mantenimiento<br />

de todo lo que llevaban, incluidos vestidos y armas, sino<br />

hasta de hacer herramientas y construir naves y puentes.<br />

También entre ellos se encontraba el escribano, que registraba<br />

cualquier acontecer con significado legal; el tenedor<br />

de bienes de difuntos, que se encargaba de los bienes dejados<br />

por éstos; los tres oficiales reales -contador, tesorero y<br />

veedor- quienes a nombre del rey colectaban impuestos y<br />

llevaban cuenta de todo valor quitado a los indígenas y que


20 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

iba a parar a un fondo común que sería al final repartido<br />

entre todos los expedicionarios.'5 Entre ellos también se<br />

encontraban, aunque sin título militar, los clérigos, que<br />

proveían soporte moral y guía espiritual a los conquistadores<br />

y quienes a veces protegían a los americanos de los europeos.<br />

El capitán general era la suprema autoridad administrativa,<br />

ejecutiva y judicial durante la expedición. Militarmente<br />

tenía la última palabra: podía ascender o degradar a<br />

cualquiera de sus hombres e imponer cualquier regla que<br />

encontrara conveniente para el progreso de la expedición.<br />

Como justicia superior podía juzgar y castigar aun con la<br />

pérdida de la vida del infractor, tal y como Jiménez, por<br />

ejemplo, condenó y ejecutó a Juan Gordo. Sin embargo,<br />

no debía abusar de su autoridad porque sus gentes se podían<br />

rebelar y deponerlo. Los soldados eran libres de participar<br />

o no en las expediciones, pero una vez aceptados,<br />

quedaban muy comprometidos. Cuando Juan de Rivera y<br />

sus 40 hombres se unieron a Federmán en el Cabo de la<br />

Vela, fueron bien recibidos, pero cuando algunos de ellos<br />

trataron de regresar a Santa Marta, de donde provenían, se<br />

les juzgó por insubordinación y dos fueron ejecutados.'6<br />

El general, sus capitanes, soldados y otros miembros<br />

formaban una compañía que tenía una causa común. Cada<br />

uno proveía sus propias armas, caballos, esclavos, equipo y<br />

provisiones. Aunque había excepciones, ninguno percibía<br />

15. El documento por excelencia para estudiar ki operación, composición<br />

y relaciones internas de cualquier expedición de conquista española<br />

en las Indias es el Reparto d el Botín, hecho por el licenciado<br />

Jim énez el 6 de junio de 1538 entre todos los soldados que sobrevivieron<br />

en su empresa. Éste, que ahora se encuentra en AGI Justicia 536B,<br />

está transcrito en Friede, Gonzalo Jim enez, págs. 136 -16 1.<br />

16. A G I Justicia 56, resumido en Academia Nacional de la Historia,<br />

Ju icios de residencia de la provincia de Venezuela, l Los IVelser, Caracas,<br />

1977, págs. 192-96.


La vida cotidiana en la Conquista | 27<br />

un salario, pero todos tenían derecho a una parte del botín<br />

habido, dependiendo de su rango y después de descontado<br />

el quinto real. Don Pedro Fernández percibiría diez<br />

partes, Jiménez nueve, los capitanes cuatro, los soldados<br />

de a caballo dos, y los de a pie entre una y una y media. De<br />

las tres primeras expediciones, la de Jiménez recogió más<br />

de 200 000 pesos en oro y 1 630 esmeraldas, mientras que<br />

las de Federmán y Belalcázar percibieron 10 000 y 2 625<br />

respectivamente.'7<br />

Los líderes de las expediciones y muchos de sus capitanes<br />

eran asistidos por otros compañeros europeos. Muchos<br />

de ellos gozaban del servicio de secretarios, asistentes<br />

y criados. Los soldados se unían en pequeños grupos que<br />

llamaban “ranchos” y contribuyendo con sus recursos al<br />

común, avanzaban como una unidad, cocinando y acampando<br />

juntos. Entre los de Jiménez, Juan Tafiir y Francisco<br />

de Figueredo, pertenecían al mismo rancho, Juan Rodríguez<br />

viajaba en el de Juan de San Martín, y Alonso Martín<br />

era del rancho de Martín Sánchez Ropero. Existen evidencias<br />

sobre las varias unidades en que se dividían los de<br />

Federmán. Como ejemplo de lo variadas que podían ser<br />

las asociaciones entre soldados, se cita la siguiente: en diciembre<br />

de 1540 Jácome Díaz y juan Trujillo, ambos compañeros<br />

de Federmán, hicieron una sociedad hermanable<br />

para ir a la conquista de las Sierras Nevadas (del Ruiz),<br />

para la cual el primero ponía 20 cabezas de puerco y una<br />

india del Perú y el otro contribuía con un caballo enfrenado<br />

y ensillado.'8<br />

El guerrero no iba vestido como tradicionalmente ha<br />

AGI Justicia 534H; AGI Contaduría 1292; Fricde, Documentos,<br />

v, pág. 209.<br />

18. AGI Justicia 545, fl. f>2ir; Fricde, Gonzalo Jiménez, págs. 152;<br />

AGI Patronato 160-1-9, declaración de Alonso de Olalla; Archivo Regional<br />

de Hoyacá (ARIi). Notaría Primera de Tunja, Libro 1, fl. 408.


28 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

sido descrito, con armadura compuesta de coraza, cota de<br />

malla, falda, guardabrazos y otras piezas de acero. Al salir<br />

de España, podía llevar la cabeza cubierta con un casco de<br />

cuero semejante al yelmo romano, o boina adornada de<br />

plumas; el tronco cubierto con jubón o sayo relleno de algodón<br />

o pelo de animal para protegerlo contra las flechas<br />

indígenas; y el resto del cuerpo vestido con pantalones largos<br />

de lino y los pies con alpargatas. Sin embargo, al llegar<br />

a su destino y al volverse baquiano, cambiaba esas galas<br />

por otras más a propósito para conquistar la América. La<br />

vestimenta del soldado de jornada “era un capotillo de dos<br />

aguas sobre la camisa de lienzo de la tierra que es de algodón,<br />

con forros de lo mismo; los gregüescos eran de la<br />

misma tela, y el que más se adelantaba traía esto de manta<br />

de algodón, que es un poco más dura. Otros, por diferenciar,<br />

hacían del mismo lienzo unas que por acá llaman<br />

camisetas, que son a modo de saltambarcas, y todos comúnmente<br />

traían medias de lo mismo y calzaban alpargates”.'9<br />

Explicando la diferencia en vestido, un cronista<br />

colonial escribió que en las Indias las armaduras hechas<br />

con algodón eran mucho mas efectivas que las de acero<br />

usadas en España, cuando se deseaba protección contra<br />

las flechas indígenas, así las describió: “De anjeo o de mantas<br />

delgadas de algodón se hacen unos sayos que llaman<br />

sayos de armas; éstos son largos, que llegan debajo de la<br />

rodilla o a la pantorrilla, estofados todos de alto, abajo de<br />

algodón, de grueso de tres dedos... y de esta suerte y por<br />

esta orden hacen las mangas del sayo y su babera... los arneses<br />

o coseletes, y los morriones o celadas... y testera para<br />

19. Sobre los vestidos de los soldados al salir de Sevilla, véase la<br />

descripción de Jerónimo Koeler, en Hannah S. M. Amburger, Die<br />

Vamiliengcschichíe der Knelcr (l.xmdres, 1930), págs. 158-289, o Friede,<br />

Los fVeher, (págs. 341-42); Simón, Noticias, 111, págs. 49 (acá transcrito);<br />

y Agnado, Recopilación, i, pág. 195.


La vida cotidiana en la Conquista \ 29<br />

el caballo que le cubre rostro y pescuezo, y pecho... y faldas...<br />

cubriendo ancas y piernas del caballo. Puesto un<br />

hombre encima de un caballo y armado con todas estas<br />

armas, parece cosa más disforme y monstruosa de la que<br />

aquí se puede figurar". Pues bien, Ríe con estas armaduras a<br />

la americana y con la vestimenta del soldado de campaña<br />

que se conquistaron las Indias y no con yelmos, corazas y<br />

mallas de acero.<br />

Avance<br />

Leyendo las relaciones que han quedado sobre estas<br />

expediciones es evidente que éstas avanzaban confiadas en<br />

hallar el alimento en el camino, o sea en encontrar cultivos<br />

o depósitos de granos y raíces indígenas. Poco después de<br />

salir Jiménez de Santa Marta ya les faltó comida, que pudieron<br />

suplir saqueando los sembrados de maíz de la nación<br />

Chimila. Esta iba a ser la primera de las muchas veces<br />

que se aprovecharon de lo que pertenecía a los indígenas, a<br />

la vez que los de Federmán se hicieron notorios por los<br />

saqueos que realizaron desde el sur de Coro hasta el boquerón<br />

de Barquisimeto y de allí, pegados a las montañas,<br />

siguiendo al Pauto y más al sur, hasta las vecindades del<br />

Ariari habitadas por los sufridos Guayupes, a quienes obligaron<br />

a compartir con ellos los fértiles cultivos de maíz y<br />

yucas que tenían. De igual modo avanzó Belalcázar sobre<br />

las montañas al este de Popayán, en busca del nacimiento<br />

del Magdalena para seguir luego su curso, en cuyo valle<br />

siempre encontró con qué alimentar a su tropa.<br />

Las mismas relaciones informan cómo los soldados de<br />

a caballo de Jiménez a veces complementaban su alimentación<br />

con venados cazados a orillas de los ríos Cesar y<br />

Magdalena y cómo, cuando un caballo quedaba inhabilitado,<br />

era consumido. Es curioso anotar que ninguna de esas<br />

crónicas señala que los soldados pescasen o que los sóida-


3 0 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

dos de a pie cazaran. Tanta era la dependencia del alimento<br />

indígena que cuando éste escaseaba, morían de hambre,<br />

a pesar de que hoy cueste trabajo imaginar cómo, en un<br />

medio tropical no abusado y donde había abundante caza,<br />

pesca, nueces y frutas, alguien pudiese realmente morir de<br />

hambre.20<br />

El alimento, sin embargo, no era repartido entre todos<br />

tan equitativamente como se cree. Agustín Castellano, soldado<br />

de Alonso Luis de Lugo, refiriéndose bajo juramento<br />

a las hambres que sufrieron durante esa expedición, manifestó<br />

que “solamente los muy favorecidos comían alguna<br />

carne de caballo o macho”. Cuando los de Lebrón subían<br />

al Nuevo Reino, un Valenzuela estaba tan hastiado de comer<br />

tallos de bihao que juró matar a una india acompañante<br />

para comerle los hígados; Iñigo López de Mendoza<br />

lo convenció de abandonar semejante idea tan poco cristiana,<br />

dándole un pedazo de queso que llevaba en las alforjas,<br />

un manjar que entonces, unos tenían y otros no. Lope<br />

Montalvo de Lugo refirió cómo, en otra expedición, era<br />

tan grande el hambre que para alimentar a los enfermos<br />

compraron a otros soldados un perro en 100 pesos.3' El<br />

intento de canibalismo de Valenzuela no fue el único.<br />

Baltasar Maldonado refirió años después que durante la<br />

expedición de Jiménez “comieron carne de indios e indias<br />

más sapos y culebras”, hecho que confirman los cronistas<br />

coloniales. Parece que quien tenía dinero o había llevado<br />

20. Para ejemplo véase la descripción de la región de Tamalameque<br />

fechada en enero de 1579 en Juan Friede, Fuentes documentales<br />

para la historia de!Nuevo Reino de Granada, Bogotá, 1976, vti, págs. 275­<br />

301.<br />

2 1. Un su orden: Probanza de Castellano en AGI Patronato 15 6 -1­<br />

5; Simón, Noticias, iv, pág. 73; Probanza de Jorge Espira, AGI Justicia<br />

990. Para lo de Maldonado (que sigue) véase su probanza en AGI Patronato<br />

157-2-5.


I éíi vida cotidiana en la Conquista | 31<br />

mayores provisiones o caballos tenía mas acceso al alimento<br />

y hasta podía evitar tener que comerse a sus semejantes.<br />

Considerando la expedición de Jiménez, es evidente<br />

que desde que los de tierra salieron de Santa Marta, hacia<br />

el sur, pegados a las laderas occidentales de la Sierra, anduvieron<br />

por caminos indígenas llevando consigo esclavos,<br />

indios de servicio, caballos de guerra y bestias de carga,<br />

perros y posiblemente cerdos, cabras u ovejas, pues el cronista<br />

Aguado escribió que llevaban un hato que el cronista<br />

Simón llamaba carnada. Entre tanto los cinco bergantines<br />

remontaban el bien conocido Magdalena. Al atravesar el<br />

Ariguaní, salieron de la región Chimila y se dirigieron<br />

hacia el sureste hasta llegar al bien habitado valle del Cesar,<br />

por donde siguiendo caminos indígenas bajaron a<br />

Chiriguaná donde recogieron algún oro de los indígenas y<br />

continuaron por sendas -indígenas también- hasta llegar<br />

al viejo Tamalameque, sitio americano muy bien provisto<br />

de alimentos y todo tipo de frutas. Atravesando el río Cesar<br />

en canoas que gentilmente les prestaron los locales,<br />

continuaron al sur por buenos caminos indígenas hasta llegar<br />

a otro buen sitio de aborígenes conocido como Sompallón.<br />

Mientras tanto, los de los bergantines avanzaban<br />

lentamente por regiones bien conocidas.<br />

Ahora iban a empezar los problemas por ausencia de<br />

indígenas. La región entre Sompallón y La Tora no estaba<br />

muy habitada y los pocos que la frecuentaban usaban canoas<br />

para transportarse y labraban sus cultivos en sitios<br />

resguardados en cualquiera de sus dos cenagosas riberas.<br />

El hambre aumentó y por falta de caminos indígenas fue<br />

necesario abrir trocha. Tampoco había nativos que les pudieran<br />

guiar ni ayudar a transportar sus pesadas cargas,<br />

que incluían algunos cañoncitos, yunques para la forja y<br />

mucho herraje y cadenas. Los sufrimientos se multiplica­


32 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

ron y las muertes de europeos continuaron hasta que, penosamente,<br />

llegaron a La Tora, sitio asentado sobre las<br />

Barrancas Bermejas.<br />

Allí reposaron y en sus alrededores notaron una canoa<br />

cargada con mantas de algodón preciosamente decoradas<br />

al pincel y sal de mina muy distinta a la que consumían río<br />

abajo, que provenía del mar. Estas fueron las señales que<br />

interpretó bien el licenciado Jiménez al deducir que esos<br />

productos debían provenir de tierras habitadas por civilizaciones<br />

más avanzadas. En este momento, añade el historiador<br />

Friede, Gonzalo Jiménez cambió el oro del Perú por<br />

la sal muisca. Después de salir de La Tora y remontar un<br />

tanto el Opón, por donde bajaban esos artículos, dieron<br />

con la ruta indígena Camino de la Sal, a cuya vera se encontraban<br />

depósitos de sal y comida y lugares de descanso<br />

para los transportadores. Arriba encontraron el valle de la<br />

Grita, situado ya en el altiplano muisca. Desde allí divisaron<br />

muchos caminos y múltiples columnas de humo indicativas<br />

de cuán bien habitada era la tierra. Volviendo atrás,<br />

Jiménez, Federmán y Belalcázar tuvieron distintas razones<br />

para dirigir sus expediciones, pero hubo una en común:<br />

todos iban tras las noticias obtenidas de los indígenas sobre<br />

la existencia de una tierra rica que se conocía como<br />

Meta o Xerira, en donde sus naturales se vestían con mantas<br />

de algodón finamente decoradas y explotaban minas<br />

de sal.<br />

Los obstáculos a l avance: la naturaleza y los indios<br />

L a naturaleza<br />

Los primeros cronistas escribieron cómo los expedicionarios<br />

padecieron enfermedades, hambres, incomodidades<br />

y trabajos derivados de las condiciones físicas<br />

inherentes a una naturaleza tropical, describiendo viva-


L a vida cotidiana en la Conquista | 33<br />

mente las condiciones geográficas y climáticas que se oponían<br />

a su avance. Los escritores posteriores fueron gradualmente<br />

exagerando la dureza de esas condiciones,<br />

quizás para hacer aparecer a los conquistadores más apreciables<br />

y valientes porque habían logrado superarlas. Escribieron<br />

cómo las espinas y ramazones les destruían los<br />

cuerpos ya atormentados por los tábanos y un ejército de<br />

zancudos, jejenes, roedores y muchas sabandijas; cómo los<br />

tigres los comían, las culebras les picaban y los feroces caimanes<br />

los atemorizaban mientras aguantaban excesivos<br />

calores y trataban de guarecerse bajo las hojas de los árboles,<br />

de las tempestades acompañadas de rayos, truenos y<br />

relámpagos espantosos.22<br />

A pesar de que la extensión y conformación del territorio<br />

atravesado por las huestes del licenciado Jiménez fue<br />

sin duda una dura prueba a su resistencia, se deben considerar<br />

también las ventajas de la ruta que escogieron. Las<br />

sabanas de Fundación y las del suroeste y sur de la Sierra<br />

Nevada, el valle del Cesar que se extiende hasta el Magdalena,<br />

el valle de éste hasta su afluente, el Opón, todas eran<br />

tierras planas y conformaban las cuatro quintas partes del<br />

camino que recorrieron desde Santa Marta hasta Bogotá;<br />

además no ofrecían otros obstáculos geográficos distintos<br />

a los ríos y las ciénagas. El río Magdalena fue por varios<br />

siglos el mejor y más fácil camino de penetración al Nuevo<br />

Reino y aunque bogar en bergantín río arriba era una labor<br />

durísima, que dependía únicamente del esfuerzo humano<br />

(realizado más por los esclavos e indígenas que por los eu-<br />

22. Fray Alonso de Zamora, Historia de la provincia de San Antonino<br />

de!Nuevo Reino de (.¡¡uñada, Hogotá. 1980, 1, págs. 197-98. Para una discusión<br />

más amplia sobre el tema véase José Ignacio Avellaneda. L a expedición<br />

de Gonzalo Jiménez de Quesada a l M ar del Sur y la creación del<br />

Nuevo Reino de Granada, capítulo 2, próximo a aparecer.


3 4 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

ropeos), muchas veces hubiera sido peor transportar las<br />

pesadas cargas a la espalda.<br />

Bajar a Guataquí, puerto sobre el Magdalena no muy<br />

lejano de Tocaima, para luego llegar hasta la costa, fue trayecto<br />

fácil (salvo el Salto de Honda) y tanto Jiménez como<br />

Federmán y Belalcázar lo hicieron en quince días cuando<br />

decidieron ir a España. El Magdalena y su valle no debe,<br />

por tanto, considerarse como un inconveniente sino, mejor,<br />

como una gran ayuda que facilitó el avance y permitió<br />

la asistencia prestada por los bergantines que cargaron enfermos<br />

y llevaron provisiones.<br />

Al avance de los conquistadores se interpusieron algunos<br />

ríos, pero, por lo que relatan los cronistas sobre el cruce<br />

del Ariguaní y el Cesar, se llega a una conclusión<br />

diferente. Según éstos, la labor de atravesar el Ariguaní fue<br />

improvisada y hecha “con mal aderezo”. Con una mejor<br />

preparación de quienes hicieron las maromas, este cruce<br />

hubiese sido un evento corriente que no hubiera merecido<br />

mención en las crónicas. También a la inexperiencia adjudicó<br />

el cronista Aguado las dificultades que tuvieron al<br />

cruzar el Cesar, pues escribió que “pasaron en pequeñas<br />

canoas, con harto riesgo y peligro de las vidas de muchos<br />

por no tener el sostén y hueco que se requería para navegar<br />

gentes bisoñas y chapetonas. Este nombre de chapetón<br />

o chapetones comúnmente se usa en muchas partes de<br />

Indias, y se dice por la gente que nuevamente va a ellas, y<br />

que no entienden los tratos, usanzas, dobleces y cautelas<br />

de las gentes de Indias, hombre que ignora lo que ha de<br />

hacer, decir, o tratar”. Las ciénagas ribereñas fueron un<br />

obstáculo que alargaba el camino al tener que circundarlas<br />

si no se vadeaban. El que las hubiesen encontrado más crecidas<br />

de lo normal era natural, pues desafortunadamente la<br />

expedición se inició en abril, el “mes de aguas mil”.<br />

El terreno continuó plano hasta que al ascender por el


La vida cotidiana en la Conquista | 3 5<br />

valle del río Opón, encontraron el Camino de la Sal. Esta<br />

era una buena senda indígena que le facilitó al licenciado el<br />

tránsito de su tropa en éste, el primer tramo montañoso<br />

que encontró. Durante el recorrido de sus 20 leguas había<br />

partes tan inclinadas, que a veces fue necesario retrasar la<br />

marcha para permitir el paso de las bestias, pero no se<br />

debe subestimar el gran alivio que debieron significar los<br />

albergues y depósitos de alimentos que mantenían los indígenas<br />

a la vera del camino. Llegado al valle del Alférez y<br />

de la Grita en adelante, el terreno lo conformaban lomas<br />

amenas cruzadas por múltiples y cómodos, aunque primitivos<br />

caminos indígenas. Las condiciones climáticas que<br />

sufrieron los expedicionarios fueron las lluvias, el calor, el<br />

frío y los “vapores dañinos y aires destemplados”. Aunque<br />

ninguno de los tres primeros causan la muerte, sí podían<br />

contribuir a debilitar el cuerpo y hacerlo más propenso a<br />

las enfermedades. Los calores del valle del Magdalena son<br />

sin duda sofocantes pero no son mayores que los de los<br />

fuertes veranos andaluces, provincia de donde venían<br />

muchos de los conquistadores. Allí, en Erija, llamada La<br />

Sartén de España, el termómetro sube a los 45 grados centígrados<br />

a la sombra, cosa que muy raramente sucede en el<br />

valle del Magdalena. Así mismo, cuando subían a la altiplanicie<br />

cundibovacense, les incomodó el frío, porque ya venían<br />

muy escasos de ropa, pero, nuevamente, esas<br />

temperaturas son suavísimas al compararlas con los crudos<br />

inviernos de Castilla, Extremadura o León. Además, el<br />

frío lo combatieron exitosa y rápidamente con las mantas<br />

que tomaron de los indígenas. No se puede olvidar, sin<br />

embargo, que varios de los soldados de Federmán y muchos<br />

indios acompañantes, murieron congelados cuando<br />

atravesaban el páramo de Sumapaz camino a Bogotá.21<br />

23. José Ignacio Avellaneda Navas, Los com/tañeros de Federmán,<br />

cojundndores de Siint/i he de Bogotá, Bogotá, 1990, págs. 40, 81-82.


36 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

Los aires y vapores dañinos son algo más difícil de<br />

identificar. Un escritor del siglo xix, refiriéndose a la salubridad<br />

de la región de Tamalameque, apuntó que “su temperamento<br />

es cálido y las miasmas que se levantan de las<br />

ciénagas y pantanos producen fiebres intermitentes, peligrosas<br />

para el extranjero”.24 Obviamente se refería a un fenómeno<br />

que entonces no se conocía bien, pero sus efectos<br />

sí: que en las aguas estancadas se criaban mosquitos cuyas<br />

picaduras transmitían la malaria y la fiebre amarilla. A pesar<br />

de que parece existir cierto paralelo entre las descripciones<br />

del siglo xvi y las del xix, hasta allí llega toda<br />

similitud. Está razonablemente comprobado que ninguna<br />

de esas enfermedades existían en América antes del siglo<br />

xvin, cuando se cree fueron importadas del África occidental.<br />

Probablemente los cronistas se referían a algún tipo<br />

de fiebres originadas antes por dietas inadecuadas o mala<br />

nutrición que por transmisiones parasitarias. Conviene<br />

tener en cuenta que el cronista Simón escribió “porque<br />

como los más eran chapetones y no acostumbrados a los<br />

aires y destemples de estas tierras, que son bien diferentes<br />

a los de España”, lo que sugiere que existía alguna relación<br />

entre lo que consideraba la causa de un tipo de enfermedad<br />

y la falta de experiencia en Indias.<br />

El hábitat tropical ofrece nichos ecológicos favorables<br />

a insectos como mosquitos, garrapatas, hormigas, avispas,<br />

niguas y otros parásitos; a sabandijas como culebras, sapos,<br />

alacranes y murciélagos; a fieras como los jaguares<br />

(no había tigres) y osos; a saurios como los caimanes. Los<br />

más molestos debieron ser los mosquitos, de los que<br />

Simón aclaró en su crónica que los de acá, llamados zan­<br />

24. Manuel Ancízar, Peregrinación de Alpha, Bogotá, 1956, pág.<br />

430. Sobre la malaria y fiebre amarilla, véase William H. McNeill,<br />

Plagues and People, Garden City, NY, 1963, pág. 430.


La vida cotidiana en la Conquista | 37<br />

cudos, eran los mismos bientearé de España. Conviene recordar<br />

que los mosquitos son mucho más molestos para<br />

los forasteros que para los locales. Afortunadamente, con<br />

cuidado se podían evitar las molestias de las hormigas y<br />

avispas y las de las garrapatas, que a veces no se pueden<br />

ver a simple vista. Las culebras debieron ser tan molestas<br />

como los mosquitos, pero es posible que por no haber sido<br />

la causa directa de la muerte de ninguno de los de Jiménez,<br />

los cronistas coloniales no las hubieran mencionado mucho.<br />

Hoy, como seguramente entonces, se encuentran sapos<br />

que exudan veneno y quizás aún exista alguno igual al<br />

que comió el soldado Juan Duarte y que le produjo locura;<br />

sin embargo, estos animales no se han caracterizado por<br />

ser un azote humano. En cuanto a los murciélagos que les<br />

chupaban la sangre de noche, el único remedio conocido<br />

era dormir cubierto, práctica que, señaló Simón, no cumplían<br />

los soldados.<br />

El caimán, animal muy exótico a los ojos europeos, se<br />

menciona en las crónicas como el causante de la muerte<br />

del soldado Juan Lorenzo; sin embargo, esto parece más<br />

una conjetura de los cronistas, pues uno de ellos escribió<br />

que “le debió asir el pie un caimán”, porque cuando estaba<br />

en el agua sólo pudo sacar la cabeza una vez para gritar<br />

“Señor mío, misericordia”. Su agobio pudo también habérselo<br />

causado un calambre. Estos saurios se cebaron y se<br />

volvieron atrevidos cuando eran alimentados por los cadáveres<br />

que los expedicionarios arrojaban al agua mientras<br />

descansaban en La Tora. Tanto, que hay menciones de<br />

haber atacado a un asno y ser un peligro para los perros,<br />

pero nunca para los humanos. Los huidizos “tigres” (jaguares),<br />

que ocupan un lugar predominante en nuestro<br />

folclor, aparecen en las crónicas como causantes de la<br />

muerte de un soldado, a quien, para quien desee creerlo,<br />

mientras descansaba en su hamaca, se lo llevó un tigre


38 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

“como un gato a un ratón.” Concedido; es probable que<br />

los jaguares hubiesen causado la muerte de un soldado o<br />

dos que hubiesen quedado rezagados por enfermos, pero<br />

de allí a inferir que fuesen un factor importante de pérdidas<br />

humanas, hay mucho trecho.<br />

Los indios<br />

El segundo obstáculo que se oponía a los designios de<br />

los conquistadores después de la naturaleza, eran los indios.<br />

Para vencerlos contaban con capitanes y soldados,<br />

caballos de guerra, arcabuces, ballestas, espadas, lanzas y<br />

otras armas. Sin embargo, si se estudian las crónicas y las<br />

relaciones sobre la expedición del licenciado Jiménez, se<br />

concluye que otra fue la realidad: los indígenas constituyeron<br />

una ayuda para el progreso de la expedición y no un<br />

obstáculo, salvo en unos pocos casos. La primera vez que<br />

los expedicionarios de a pie (los de los bergantines fueron<br />

duramente atacados especialmente cuando regresaban a<br />

Santa Marta) encontraron alguna oposición, sin consecuencias<br />

para ellos, fue cuando estaban entrando a Tamalameque.<br />

Después, otro grupo sería atacado en las riberas<br />

del Magdalena cerca de la Tora; un tercer grupo, dirigido<br />

por el capitán San Martín, sería acosado cuando regresaba<br />

del altiplano muisca y un cuarto grupo fue acosado cuando<br />

Hernán Pérez quiso quitarles unas casas a los Opón. Sólo<br />

la última contienda les causó dos bajas.<br />

Quizá la mayor resistencia provino de los habitantes<br />

del valle de la Grita, pero fue tan insignificante que sólo<br />

requirió un soldado de a caballo y unos pocos de a pie para<br />

vencer esa oposición. Los muiscas estaban muy mal armados,<br />

con pequeños dardos que lanzaban con unas tiraderas<br />

-no usaban el arco y las flechas-, con lanzas de madera y<br />

espadas de palma. Además, su concepto de hacer la guerra<br />

estaba cargado de ideas religiosas, donde primaba la fina­


La vida cotidiana en la Conquista \ 39<br />

lidad de “tomar a mano al contrario" y no de matarle en el<br />

campo de batalla, a lo que creían les ayudaban las momias<br />

de sus antepasados, que cuando hacían la guerra, llevaban<br />

a la espalda. Desafortunadamente para los indígenas, no<br />

era dable “tomar a mano” a los avezados españoles, expertos<br />

en correr a los moros de la península ibérica y en pelear<br />

con todos los ejércitos de Europa.<br />

Tan pequeño obstáculo serían los indígenas, que a<br />

ellos sólo se les puede atribuir la muerte de dos soldados<br />

del licenciado Jiménez, desde que avanzaron por tierra<br />

desde Santa Marta hasta llegar a la región muisca. Tampoco<br />

se les puede culpar de la muerte de ninguno de los<br />

acompañantes europeos de los generales Belalcázar o<br />

Federmán, si en el caso de éste último se exceptúa que<br />

mientras sus gentes escalaban las montañas para llegar al<br />

páramo de Sumapaz, los indios pegaron fuego a la paja, de<br />

lo cual resultó muerto un español enfermo y otro que, aterrado,<br />

se lanzó al abismo.25 No, los indígenas no fueron un<br />

obstáculo, fueron la gran ayuda que ya se ha vislumbrado.<br />

Desde su salida de Santa Marta los europeos se alimentaron<br />

de los cultivos indígenas, avanzaban en buena parte<br />

por caminos indígenas, atravesaban los ríos en canoas indígenas<br />

y frecuentemente se hospedaban en habitaciones<br />

indígenas. Desde su salida llevaban centenares de indios<br />

para que les llevaran sus cargas y les prestaran otros servicios,<br />

y cuando estos morían o escapaban, eran reemplazados<br />

por otros tomados a la fuerza como sucedió en<br />

Chimila; en Chiriguaná, donde apresaron algunos para<br />

que los enrumbaran nuevamente, pues estaban perdidos;<br />

en Tamalameque, donde los locales fueron quienes les informaron<br />

sobre la suerte de los bergantines; en el Opón,<br />

donde se hicieron a otros, quienes les llevarían donde se<br />

25. Apiado, RtrnpUadñn m, pág. 178.


4 0 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

hacía la sal y les servirían de intérpretes. Los indígenas fueron<br />

quienes les dieron mantas para que se protegieran del<br />

frío, les mostraron dónde vivían sus soberanos y otros señores<br />

principales, dónde guardaban algunos de sus tesoros,<br />

dónde estaban sus adoratorios más importantes como<br />

el templo de Sogamuxi, dónde las tumbas de sus antepasados,<br />

dónde las minas de esmeraldas y cómo las explotaba<br />

el señor de “Somyndoco”. En fin, el indígena mostró al<br />

conquistador mucho de lo que quiso ver, mientras lo alimentaba<br />

y entretenía hasta prestándole sus mujeres e hijas<br />

y sirviéndole a cuerpo de rey o mejor, pues hasta el mismo<br />

licenciado Jiménez sugirió -quizás equivocadamente- que<br />

los indígenas percibieron a los cristianos como hijos del<br />

Sol y la Luna.26<br />

Para terminar el tema, la expedición mejor servida fue<br />

con mucho la de Belalcázar, que venía acompañada no de<br />

centenares sino de millares de indígenas mejor aleccionados<br />

por los privilegiados incas y curacas a prestar un servicio<br />

óptimo. Este grupo iba bien dotado de caballos de<br />

guerra y de carga, más centenares de cerdos; vestían lujosas<br />

ropas y finos paños, sedas, granas, perpiñanes y encrespadas<br />

plumas; acampaban en tiendas de suaves lanas<br />

peruanas y algunos comían en vajilla de plata las viandas<br />

preparadas por expertos cocineros mientras duchas “señoras<br />

de juego” les entretenían en sus ratos de ocio.27 El lujo<br />

de esta expedición contrastaba con las espartanas de<br />

Jiménez y Federmán que, cuando Belalcázar las conoció,<br />

sus gentes calzaban alpargatas y se cubrían con humildes<br />

26. Gonzalo Jim énez “Epítome de ia Conquista del Nuevo Reino<br />

de Granada”, en Friede, Descubrimiento, pág. 262.<br />

27. Véase Avellaneda Navas José Ignacio, L a expedición de Sebastián<br />

de Relacázar a l M ar del Norte y su llegada a l Nuevo Reino de Granada,<br />

Bogotá, 1992. págs. 6 -11.


La vida cotidiana en la Conquista<br />

G . Gallina.<br />

Grabado Iluminado 1827.<br />

Le costume anden et modeme ou historie.<br />

Amerique ler. partier<br />

por Jules Ferrario.<br />

Milán.<br />

Poblado indígena con sementeras.<br />

Theodoro de Bry.<br />

Grabado 1602.<br />

Biblioteca Nacional.


Cristóbal Colón llega a América.<br />

P. Palaggi— D .K . Bonatti.<br />

Grabado iluminado 1827.<br />

L e costume anden et moderne ou historie.<br />

Amerique ier. partier<br />

por Jules Ferrario.<br />

Milán.


I.a vida cotidiana en la Conquista | 41<br />

ropas de algodón cuando no con pieles de animales. Fuera<br />

como Riera, todas estas expediciones gozaron permanentemente<br />

del servicio de los indígenas que les aliviaron las<br />

cargas y les señalaron el recorrido hasta llegar el corazón<br />

del futuro Nuevo Reino.<br />

Allí, en el altiplano, encontraron los recién llegados<br />

una civilización acostumbrada a vivir en paz con la naturaleza<br />

y que, sin destruirla, extractaba de ella lo indispensable<br />

para subsistir. Allí tenían su casa medio millón de<br />

indígenas;28 allí cultivaban sus tierras, cazaban, pescaban,<br />

comerciaban, se alimentaban, construían sus edificios y fabricaban<br />

sus artefactos, rendían tributo a sus señores, defendían<br />

su territorio, adoraban a sus dioses, se expresaban<br />

artísticamente, se divertían y practicaban sus deportes, se<br />

reproducían y educaban a sus hijos, tal como los europeos<br />

lo hacían al otro lado del mar aunque en un grado inferior<br />

de civilización si ésta se mide materialmente. Allí, en ese<br />

altiplano, sucedió un encuentro entre dos grupos humanos<br />

que tenían idénticos derechos e idéntica dignidad. El que<br />

110 lo hubiesen percibido así entonces aquellos que escribieron<br />

la historia, no da cabida a que hoy no se le mire<br />

como fue. Sin embargo, inclinarse en favor de uno u otro<br />

grupo previene que hagamos lo más valioso: estudiar<br />

nuestro pasado para comprender mejor nuestra identidad.<br />

E!primer paso colonizador: la fundación de ciudades<br />

“Quien no poblare, no hará buena conquista, y no conquistando<br />

la tierra, no se convertirá la gente; así que la máxima<br />

del conquistador ha de ser poblar”, escribió el cronista<br />

28. Jaim e Jaramillo Urihe, Ensayos de historia soria! colombiana, Bogotá,<br />

1968, pág. 93; Germán Colmenares, Historia económica y social de<br />

( ’.olombia, 1537-171Q, Bogotá, 1978. pág. 10 1.


42 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

Francisco López de Gomara.29 La colonización se consideraba<br />

entonces inherente al proceso de conquista y para<br />

el líder de la expedición poblar quería decir establecer ciudades<br />

permanentes siguiendo el modelo castellano definido<br />

por sus antepasados durante la Reconquista española.<br />

Sin embargo, casi dos años habrían de pasar desde cuando<br />

Gonzalo Jiménez llegó a tierra muisca, hasta cuando la primera<br />

ciudad de tipo español fue fundada con la ayuda de<br />

Nicolás Federmán y Sebastián de Belalcázar, el primer<br />

paso dado en el proceso colonizador del Nuevo Reino.<br />

Las instrucciones dadas por don Pedro Fernández de<br />

Lugo ajiménez, no incluían la autorización necesaria para<br />

fundar ciudades y mucho menos, para crear una división<br />

política completa, lo que inesperadamente fue el resultado<br />

final de la expedición. Como buen licenciado en leyes que<br />

era, ajim énez no se le escapaba la implicación legal de no<br />

tener tal autorización. Sin embargo, el estar sus hombres<br />

en un ambiente extraño, rodeados de los inescrutables<br />

muiscas, con quienes no se podían comunicar directamente<br />

y quienes les aventajaban en más de dos mil a uno, deseando<br />

vivir agrupados entre sí, como acostumbraban, en<br />

un sitio donde les fuera posible intercambiar ideas y experiencias,<br />

para así, gozando de mutua compañía sentirse un<br />

poco más seguros, todo esto movió a Jiménez a concentrarlos<br />

en una comunidad. Así que después de estar su gente<br />

recorriendo la tierra muisca y sus alrededores, en el valle<br />

de los Alcázares, Jiménez ordenó la construcción de un<br />

campamento más permanente para sus soldados, consistente<br />

en una iglesia y doce primitivos ranchos grandes al<br />

estilo indígena. Como no tenía autoridad, Jiménez no fun­<br />

29. Francisco I^ópez de Gomara, Historia general de las Indias, Barcelona,<br />

1965, págs. I-75.


La vida cotidiana en la Conquista | 43<br />

dó ciudad alguna, pero ese 6 de agosto de 1538, día de la<br />

Transfiguración del Señor, estableció la ciudad de Santa<br />

Fe de Bogotá, la futura capital del Nuevo Reino de Granada.<br />

Unos siete meses después llegaron a los Alcázares<br />

Federmán y el experimentado Belalcázar. Hacía años que<br />

éste último había recibido autorización de Francisco Pizarro<br />

para fundar ciudades y la había ejercido al establecer<br />

Quito, Cali, Popayán y luego Timaná. El mismo, Belalcázar,<br />

también había estado presente cuando en 1519<br />

Pedrarias Dávila fundó Panamá y quizás conocía las instrucciones<br />

reales que éste había recibido para efectuar tal<br />

fundación, y hasta las cédulas regulando el establecimiento<br />

de ciudades que Carlos v firmó cuatro años después. De<br />

acuerdo con ambas órdenes reales, las ciudades se debían<br />

situar en lugares protegidos y de fértil tierra, dotados de<br />

aguas, leña, buenos pastos y materiales de construcción<br />

abundantes. Deberían quedar en lugar ventilado por vientos<br />

de norte a sur y cercano a buenas fuentes de trabajo<br />

indígena. Los lotes para las casas deberían ser rectangulares,<br />

la plaza bien delineada, la iglesia localizada claramente,<br />

y el buen orden se debía seguir desde el principio.'’0<br />

Si bien Jiménez, Belalcázar o Federmán sabían espontáneamente<br />

que un diseño de cuadrilla era el más conveniente<br />

a seguir en el trazo de una ciudad, o ya que<br />

hubieran estudiado los planos de las antiguas ciudades chinas,<br />

romanas o las modernas establecidas durante el renacimiento<br />

italiano, o las que habían dejado los indígenas en<br />

México o Perú, lo cierto fue que Jiménez decidió seguir ese<br />

30. “Ynstrucción para el ( íohernador de Tierra Firme, la qual se le<br />

entregó el 4 de agosto de 13x111" en Manuel Serrano y Sáenz, ed. Orígenes<br />

de la dominación española en América, Madrid, 19 18, i, pág. c c l x x x i .<br />

Vcase también Carlos Martínez, Santa Fe, capital del Nuevo Reino de<br />

Granada, Bogotá, 1987, págs. 14-71.


4 4 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

diseño después que Belalcázar lo convenció para que fundara<br />

la ciudad con todas las legalidades y ceremonias.1' No<br />

se sabe si mientras Jiménez practicaba la abogacía en Granada,<br />

España, al visitar la vecina Santa Fe recién fundada<br />

por los Reyes Católicos, quedó impresionado por su ordenado<br />

diseño rectangular; lo que sí parece cierto es que esta<br />

ciudad le inspiró el nombre de la que fundó en el valle de<br />

los Alcázares, como Granada le inspiró el nombre del<br />

Nuevo Reino.<br />

Bien basada estaba la insistencia de Belalcázar en que<br />

Jiménez debía fundar. Muy probablemente a estas alturas<br />

ya habían decidido, en unión con Federmán, someter a la<br />

corte española sus disputas sobre la jurisdicción de la nueva<br />

tierra, y por consiguiente ya estaban convencidos de<br />

que debían dejar su gente y el territorio bajo una autoridad<br />

bien establecida, y a los indígenas organizados bajo el orden<br />

de la corona española. Estos objetivos podrían satisfacerse<br />

con el establecimiento de municipalidades al estilo<br />

castellano, aunque aún quedara por resolver cómo hacerlo<br />

ante la falta de autoridad de Jiménez. Sin embargo, si veinte<br />

años atrás, en iguales circunstancias Hernán Cortés había<br />

encontrado un recurso legal para fundar Veracruz,<br />

también Jiménez podía hacer lo propio estimulado por<br />

Belalcázar, para dejar dividida la región en tres jurisdicciones<br />

encabezadas por tres ciudades donde residirían los europeos:<br />

Santa Fe, Vélez y Tunja.<br />

Santa Fe fue fondada sobre una fértil sabana, en un sitio<br />

bien irrigado por dos arroyos, protegido a su espalda<br />

por una cordillera que corre de sur a norte y bien provisto<br />

de leña, madera, arcilla, piedra, arena, cal y buenos pastos.<br />

El 27 de abril de 1539, en presencia de los campos de los<br />

3 1. Juan Friede, Fuentes documentales, 111, págs. 130 -31; Castellanos.<br />

Elegías, iv, págs. 291-94.


La vida cotidiana en la Conquista | 45<br />

tres generales, Jiménez montó su corcel y blandiendo su<br />

desnuda espada, retó a quienes se le opusieran a establecer<br />

la ciudad en el nombre del rey español. En esta forma inició<br />

las ceremonias de fundación, seleccionando el sitio<br />

para la plaza -boy llamada de Bolívar- en cuyo marco colocó<br />

la iglesia y el cabildo municipal, e irradiando de ésta<br />

hacia afuera, distribuyó lotes entre sus futuros residentes<br />

siguiendo un orden jerárquico hoy poco conocido. Acto<br />

seguido procedió a establecer el gobierno municipal, compuesto<br />

por dos alcaldes y seis regidores, quienes al estar<br />

reunidos formaban el regimiento; un procurador, un alguacil<br />

mayor y el escribano, que anotaría lo tratado durante<br />

las reuniones de ese cabildo. Terminó la ceremonia creando<br />

la primera parroquia, llamando a su iglesia Nuestra Señora<br />

de la Concepción, y nombrando a su primer cura y al<br />

asistente de éste. '2<br />

Grandes eran los poderes de la municipalidad castellana<br />

ahora trasladados a suelo indígena. Investida con poderes<br />

ejecutivos, legislativos y judiciales, podía gobernar la<br />

comunidad asentada sobre una extensa jurisdicción definida<br />

sobre límites territoriales próximos. Podía decidir casos<br />

legales, registrar a los vecinos que iban a vivir permanentemente<br />

en ella y proveerlos no sólo de lotes municipales<br />

para que edificaran sus casas, sino también de huertas cercanas<br />

a la ciudad y de estancias situadas más lejos. Podía<br />

reglamentar todo lo relacionado con la comunidad, tal<br />

como definir los precios de artículos y servicios, supervisar<br />

sus pesas y medidas, asignar hierros para marcar ganados,<br />

32. Simón, Noticias, 111, págs. 303-7 y 343-46; véase también Sylvia<br />

M. Broadhcnt, “I/a Fundación de Santa Fe, Rectificaciones a Recti<br />

ficaciones," en fío/etín de Historia y Antigüedades, 56, págs. 630-32 (abriljunio,<br />

1967), págs. 189-207.


46 I JOSfi IGNACIO AVELLANEDA<br />

y distribuir mano de obra indígena entre los vecinos que la<br />

requiriesen y para la ejecución de trabajos públicos.33<br />

A la fundación de Santa Fe siguieron las otras dos<br />

acordadas al tiempo, las de las ciudades de Vélez y Tunja.<br />

Vélez pudo haber sido fundada tan temprano como abril<br />

de 1539 por Martín Galeano, quien al notar que el sitio originalmente<br />

escogido no era el adecuado, en septiembre<br />

del mismo año la movió al que actualmente ocupa. Su jurisdicción<br />

era muy amplia, pues cubría tierras no sólo<br />

muiscas sino también guane, muzo, carare, opón y yaregüí.<br />

La fundación de Tunja está mucho mejor documentada<br />

que la de sus dos hermanas, como resultado del celo con<br />

que sus habitantes guardaron los documentos de su creación,<br />

empezando con el acta de su fundación efectuada el<br />

6 de agosto de 1539 por Gonzalo Suárez. Aunque Suárez<br />

seguramente creyó que había escogido el mejor sitio, pues<br />

allí vivía el zaque muisca, desde los primeros años se quejaron<br />

sus vecinos del riguroso clima y de la falta de agua. Los<br />

límites de la ciudad fueron delineados en buena parte siguiendo<br />

las divisiones políticas previamente establecidas<br />

por los indígenas.<br />

A estas tres ciudades siguieron la fundación de Cocuy,<br />

en enero de 154 1 por Gonzalo García Zorro, la de Málaga,<br />

en marzo de 1542 por Jerónimo de Aguayo, la de Tocaima,<br />

el 20 de marzo de 1544 por Hernán Venegas, y la de<br />

Pamplona, en noviembre de 1549 por Pedro de Orsúa. A<br />

éstas, siguieron las fundaciones efectuadas en la siguiente<br />

década, a saber, Ibagué del Valle de las Lanzas, Villeta de<br />

San Miguel, Tudela, León de Yaregüí, Mariquita, San Juan<br />

de los Llanos, Burgos, Victoria, Mérida, y Trinidad de los<br />

Muzos. A pesar de que Cocuy, Málaga, Tudela, León y<br />

33. Véase por e jemplo, Libro de cabildos de la a .. Ja d de Tunja, 1539­<br />

1542, volumen 1, Bogotá, 19 41.


Burgos fueron posteriormente abandonadas e Ibagué trasladada<br />

a otro sitio, esas fundaciones constituyeron un grupo<br />

de centros cívicos lo suficientemente amplio como para<br />

permitir a los habitantes del Nuevo Reino residenciarse en<br />

ellos más equilibradamente que en otras colonias españolas,<br />

donde sólo había una o unas pocas ciudades.<br />

Causas de la muerte de los conquistadores<br />

La vida cotidiana en la Conquista | 47<br />

Concentrando la atención en los 600 hombres que salieron<br />

de Santa Marta con el licenciado Jiménez, cuentan las crónicas<br />

y las relaciones que cien de ellos perdieron la vida<br />

entre Santa Marta y Sompallón, otros cien desde allí a La<br />

Tora, doscientos más mientras en este sitio descansaban, y<br />

finalmente otros veinte más al llegar a las cumbres de las<br />

sierras del Opón, donde empezaban las tierras muiscas. De<br />

acuerdo con esos escritos, las principales causas de dichas<br />

muertes Rieron mucho más las hambres y las enfermedades,<br />

que la conformación geográfica de los terrenos que<br />

atravesaron, el clima, los animales, y los ataques de los indígenas,<br />

implicando que había una cierta interrelación,<br />

aunque no entendida, entre el hambre y la muerte.<br />

Parece que estos escritores percibieron un ciclo en el<br />

que los trabajos debilitaban a las gentes y las predisponían<br />

a las enfermedades y, cuando les faltaba el alimento, morían<br />

mas rápidamente. Las primeras muertes de unos que<br />

ya iban enfermos se sucedieron después de que les faltó el<br />

alimento recorriendo la nación Chimila y, cuando perdidos,<br />

no encontraron qué comer en la zona de Chiriguaná.<br />

Siguieron hasta llegar al oasis indígena que era Tamalameque,<br />

donde los alimentos no sólo eran abundantes sino<br />

delicados, y de allí continuaron por camino llano hasta<br />

Sompallón que también estaba bien provisto. A simple vista<br />

parece inexplicable que la tropa perdiera una sexta parte<br />

de sus efectivos recorriendo tierras llanas y lugares ya co­


48 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

nocidos y que ofrecían pocos peligros y dificultades, y en<br />

donde habían sufrido pocas hambres pues las que experimentaron<br />

no duraron mucho.<br />

El siguiente trecho para llegar a La Tora fue mucho<br />

más duro. Hasta el río Lebrija el camino era conocido,<br />

pero la ausencia de aborígenes en esa región se tradujo en<br />

muchas más penalidades para los expedicionarios, quienes<br />

avanzaron abriendo trocha y sin encontrar cultivos indígenas.<br />

En este trayecto murieron otros cien cristianos. A<br />

simple vista esto parece más comprensible que durante el<br />

fácil tramo anterior. Disminuidos en una tercera parte llegaron<br />

al cómodo sitio de Sompallón, donde descansaron<br />

por más de dos meses. Sin embargo, a pesar de que los soldados<br />

no estaban soportando las incomodidades inherentes<br />

a estar avanzando en medio de una selva tropical y de<br />

tener comida más o menos a la mano, continuaron muriendo.<br />

Tantos se perdieron en La Tora -idoscientos!-<br />

como en todo el trayecto de Santa Marta a ella. Entonces,<br />

si las muertes se sucedían cuando los soldados estaban haciendo<br />

tanto caminos fáciles como difíciles, o incluso ninguno,<br />

hay que descartar cualquier influencia sobre las<br />

enfermedades y las muertes derivada de los trabajos inherentes<br />

al estar viajando. La gente moría igualmente haciendo<br />

puentes, abriendo trochas, atravesando ríos y<br />

vadeando ciénagas, mientras las lluvias les acortaban el<br />

sueño, que descansando en un lugar permanente protegidos<br />

de los elementos.<br />

No es viable pensar en una rara enfermedad que igual<br />

atacaba a hombres en ejercicio o en reposo, pero no al general<br />

de la expedición ni a su hermano, ni tampoco a los<br />

tres oficiales reales, ni a los dos sacerdotes, ni a siete de los<br />

ocho capitanes, ni a la gran mayoría de los soldados de a<br />

caballo, a no ser que se considere otro aspecto: el alimento.<br />

Ya se señalaron algunos indicios que permiten pensar


,


5 0 | JOSÉ IGNACIO AVE LL A N F DA<br />

tanto a los de Federmán o Belalcázar, quienes ya llevaban<br />

un tiempo en ellas. Esa falta de experiencia, o la terquedad,<br />

les resultó fatal, por no dar crédito a la posible cura: el conocimiento<br />

del indio que sabía alimentarse bien.<br />

Características de los conquistadores<br />

La definición de las características de los conquistadores<br />

del Nuevo Reino está basado en el estudio de 658 sobrevivientes<br />

de las seis expediciones que crearon e iniciaron su<br />

colonización.35 Además de las tres ya mencionadas, dirigidas<br />

por Jiménez, Federmán, y Belalcázar, se registraron las<br />

de Jerónimo Lebrón, Lope Montalvo de Lugo y Alonso<br />

Luis de Lugo. Lebrón subió al Reino a encabezar su gobierno<br />

formado bajo la jurisdicción de Santa Marta, pero<br />

tuvo que regresar cuando no fue admitido en esa dignidad,<br />

dejando a casi todos sus hombres. Desilusionado con su<br />

situación en Venezuela, donde era el segundo del gobernador,<br />

Lope Montalvo de Lugo se dirigió al Reino, a donde<br />

llegó en mayo de 154 1. Dividida en dos grupos, entre 1542<br />

y 1543, la expedición llegó al Reino con los acompañantes<br />

de Alonso Luis de Lugo, quien iba a hacerse cargo de su<br />

gobierno. Para visualizar esto mejor mírese el cuadro 1,<br />

donde se puede observar el número de los conquistadores<br />

que salieron, llegaron y el número de los sobrevivientes<br />

identificados. En el grupo de Jiménez se incluye a los que<br />

viajaron en los bergantines, a pesar de que unos cien regresaron<br />

a Santa Marta. De los doscientos originales de Bela-<br />

35. El análisis completo se encuentra en Avellaneda, “The Conquerors,”<br />

tesis de doctorado. University o f Florida. (1990). Con algunas<br />

modificaciones en los números de los conquistadores activos, este mismo<br />

análisis está siendo publicado en José Ignacio Avellaneda, The<br />

Conquerors o f the New Kingdom o f Granada (Albuquerque: University of<br />

New Mexico Press, 1994), que será publicado en español con el título<br />

Los conquistadores del Nuevo Reino de Granada.


L a vida cotidiana en la Conquista | 5 t<br />

cazar, unos cincuenta se quedaron en el camino fundando<br />

a Timaná y solo ciento cincuenta continuaron al Nuevo<br />

Reino. También se incluye un grupo adicional de cuarenta<br />

y cuatro sobrevivientes identificados, de quienes no se conoce<br />

a cuál de las expediciones pertenecían.<br />

E X P E D IC IÓ N S A L IE R O N L L E G A R O N ID E N T IF IC A D O S<br />

Jiménez 800 J73 I73<br />

Federmán 300 160 116<br />

Belalcázar I5° T5° 64<br />

Lebrón 300 200 124<br />

Montalvo 80 80 34<br />

Luis de L. 300 170 103<br />

Desconocida 44<br />

Total *93° 933 658<br />

Cuadro 1. Núm ero de conquistadores que Rieron al N uevo R eino,<br />

cuaántos llegaron, y cuántos lian sido identificados.<br />

Se hace énfasis en que este cuadro sólo incluye a los<br />

hombres conquistadores y excluye a las mujeres, mulatos,<br />

mestizos, indios y esclavos que han sido identificados<br />

como sobrevivientes de estas mismas expediciones y que<br />

serán tratados más adelante. La definición de estos conquistadores<br />

se ha hecho examinando dos características<br />

generales: aquellas definidas al nacer, tales como lugar y<br />

fecha de nacimiento, raza y género, y aquellas adquiridas<br />

después, tales como educación, religión, previa experiencia,<br />

y la clase social a que pertenecían al momento de llegar<br />

al Nuevo Reino.


52 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

El 91% de los sobrevivientes eran españoles, pero<br />

figuran once portugueses, cuatro franceses, tres alemanes,<br />

dos italianos y dos flamencos. El 27% del total eran andaluces,<br />

otro 27% eran castellanos, el 13% extremeños, el<br />

10% leoneses y el resto lo formaban los nacidos en las<br />

otras provincias de España.<br />

El año de nacimiento resulta más significativo ya que<br />

sirve para calcular la edad que tenían los conquistadores a<br />

su llegada. El más joven de ellos tenía 16 años y el más viejo<br />

62. El 13% tenía entre 16 y 20 años y el 15% estaba entre<br />

los 41 y los 62 años de edad. El mayor grupo lo formaban<br />

aquellos entre los 26 y los 30 años (el 29%) y la edad promedio<br />

era 27 años.<br />

Todos los conquistadores pertenecían a la raza blanca,<br />

resultante de las muchas mezclas étnicas que tuvieron<br />

lugar principalmente en la península ibérica desde la expansión<br />

griega hasta la Reconquista, con una excepción:<br />

Pedro de Lerma. Este compañero de Lebrón fue el único<br />

conquistador negro libre que tomó parte en las expediciones<br />

aquí tratadas.<br />

Muchas más mujeres de las hasta ahora conocidas,<br />

acompañaron a los conquistadores, pues de ellas se han<br />

identificado 18. Con Belalcázar vinieron la mexicana Beatriz<br />

de Bejarano (seguramente llevada por Pedro de Alvarado<br />

desde Centroamérica al Perú), la mestiza Mencia de<br />

Collantes, más las peruanas Francisca Inga -india noblela<br />

famosa Beatriz o Yunbo (“señora de juegos”) y Catalina.<br />

Las primeras tres mujeres españolas y una esclava negra<br />

llegaron con Lebrón: la recién nacida María de Céspedes<br />

con su madre Isabel Romera, más Catalina de Quintanilla,<br />

y la esclava Isabel. Las siguientes españolas llegaron con<br />

Luis de Lugo y fueron Mari Díaz, Leonor Gómez, Ana<br />

Domínguez, la mulata Juana García, las hermanas Ana,


La vida cotidiana en ¡a Conquista | 53<br />

Isabel y Juana Ramírez, más Eloísa Gutiérrez. No se sabe si<br />

Catalina López vino con Lebrón o con Lugo.<br />

De los mestizos ya se han mencionado las mujeres,<br />

pero faltan los hombres, aunque de uno de ellos ya se ha<br />

hablado: Francisco de Belalcázar, hijo del general Sebastián.<br />

El otro fue Lucas Bejarano, niño recién nacido del<br />

primer matrimonio cristiano celebrado en el Nuevo Reino,<br />

el de Beatriz de México con Lucas Bejarano, compañero<br />

de Belalcázar.<br />

Muy pocos de los millares de indígenas que trajeron las<br />

expediciones han sido identificados. Además de las mujeres<br />

indígenas ya mencionadas, también vinieron con<br />

Belalcázar los peruanos Antón Coro y el noble Pedro Inga,<br />

y con Lebrón vinieron voluntariamente los distinguidos<br />

caciques Meló y Malebú, quienes volvieron a su lugar de<br />

origen.<br />

Igualmente significativo es el número de esclavos negros<br />

que sobrevivieron y que han sido identificados: con<br />

Lebrón llegaron siete en total, seis varones y la ya mencionada<br />

esclava Isabel; y con Luis de Lugo 17, todos hombres,<br />

incluyendo a Mangalonga de Etiopía y a Gasparillo.<br />

Con seguridad éstos no son todos, pues hay evidencia de<br />

que por lo menos Jiménez venía acompañado de un esclavo,<br />

y Belalcázar de una esclava, y que había varios de ellos<br />

viviendo en el Nuevo Reino entre 1540 y 1543 y que tuvieron<br />

que llegar allí con estas expediciones. Además, se conoce<br />

la existencia de un esclavo morisco que murió en<br />

1539, mientras su amo Gonzalo García Zorro buscaba la<br />

Casa del Sol y quien seguramente le acompañó si no desde<br />

España, por lo menos desde Santa Marta.<br />

Es muy fácil juzgar el grado de educación de personas<br />

como Jiménez y Federmán, que escribieron libros sobre<br />

sus conquistas; o el de personas que dejaron crónicas sobre<br />

su participación en ellas; o de los escribanos, oficiales rea­


5 4 I JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

les, tenedores de bienes de difuntos y clérigos que tenían<br />

necesidad de leer y escribir para hacer sus oficios. De los<br />

otros queda el testimonio de las cartas que escribieron,<br />

pero más comúnmente, de si pudieron o no estampar su<br />

firma en algún documento que la requería. Aquellos que<br />

podían firmar se consideran potencialmente literatos y<br />

aquellos que no lo pudieron hacer o “estamparon su señal”,<br />

como analfabetas. De un detallado análisis que tiene<br />

en cuenta esos factores, se concluye que hasta un 79% de<br />

los conquistadores del Nuevo Reino podía estar en condiciones<br />

de saber leer y escribir, y por consiguiente, de tener<br />

un grado de educación relativamente alto en las condiciones<br />

del siglo xvi. Esta característica sugiere una vez más<br />

que los conquistadores no pertenecían a la clase menos favorecida<br />

de la sociedad española.<br />

Durante una época en que España, por medio del Patronato<br />

negociado con los papas, había asumido la defensa<br />

de la influyente Iglesia Católica, y después de que los moros<br />

y judíos habían sido expulsados de España para mantener<br />

en ella una homogeneidad religiosa, no se podía<br />

esperar sino que todos los conquistadores fueran católicos,<br />

aunque aún hoy están por resolverse algunas dudas. Todavía<br />

se sospecha que el mismísimo licenciado Jiménez provenía<br />

de una familia de conversos. Federmán, reputado<br />

como católico, Ríe acompañado por dos flamencos y dos<br />

alemanes, estos últimos provenientes de donde recientemente<br />

se había iniciado la Reforma protestante. Alguno de<br />

éstos podría ser “luterano”, como los llamaban entonces,<br />

porque de otra forma no se explica para qué, en 1535, la<br />

corona española expidió una cédula prohibiendo a los alemanes<br />

ir a Venezuela sin un permiso especial.-16 Queda por<br />

36. Juan Friede, Gonzalo Jiménez, págs. 17-20; Enrique Otte, Ce-


I .a vida cotidiana en Ja Conquista | 55<br />

ver si el esclavo morisco que acompañó a García Zorro, en<br />

su intimidad veneraba más a Malioma que a Cristo.<br />

Teniendo en cuenta el énfasis de todos los cronistas en<br />

la importancia de ser baquiano para el conquistador, o sea,<br />

experimentado en las cosas de Indias, aquí se considerará<br />

en primer lugar los años de experiencia en la América que<br />

estos hombres tenían al llegar al Nuevo Reino. Como es de<br />

esperar, los menos expertos deberían ser los compañeros<br />

de Jiménez y Luis de Lugo, pues poco después de llegar de<br />

España siguieron hacia el Reino, llegando a éste sólo con<br />

la experiencia obtenida durante el camino. Los más experimentados,<br />

los de Belalcázar, Federmán y Montalvo,<br />

quienes ya llevaban un tiempo en Indias antes de llegar al<br />

Reino. En resumen, se tiene que el 32% del total no tenía<br />

más experiencia que la obtenida en el camino (aproximadamente<br />

un año), el 31% la tenía de cinco a nueve años, el<br />

20% de dos a cuatro años y el 17% de 10 años o más.<br />

El análisis de la clase social se limitará a determinar si<br />

estos hombres pertenecían al común de las gentes -los<br />

plebeyos- o si eran miembros del primer escalón de la nobleza<br />

española, los hidalgos. La conquista de América fue<br />

una empresa relativamente popular en la que no tuvo participación<br />

activa la alta nobleza (salvo unos pocos altos<br />

gobernantes de México y Perú). Los grandes riesgos del<br />

viaje y las incomodidades encontradas al otro lado del<br />

océano, evitaron que los hombres ricos y los altos nobles<br />

abandonaran la comodidad de sus hogares para estar de<br />

cuerpo presente en las conquistas.<br />

Pertenecer a la nobleza tenía ciertas ventajas económicas<br />

además del prestigio que conllevaba. Por esa razón,<br />

muchos conquistadores del Nuevo Reino reclamaron ser<br />

didario de la prm inaa de Venezuela, tS29 ' 53S' Curacas, 19H2, págs.<br />

2 53 54-


56 | JOSÉ IGNACIO AVELLANEDA<br />

hidalgos, y, como se sabe que sólo diez pudieron demostrarlo<br />

con la correspondiente ejecutoria, los otros reclamaron<br />

ser hidalgos notorios, en otras palabras que si se<br />

comportaban como hidalgos era porque lo eran, sin necesidad<br />

de tener que demostrarlo con documentos como se<br />

requería en España. Con esta salvedad, se sabe de 73 conquistadores<br />

(el 11% ) que manifestaron ser hidalgos: 27<br />

eran compañeros de Jiménez, 15 de Federmán, 8 de Lebrón,<br />

2 de Montalvo y 13 de Luis de Lugo. El resto de los<br />

658 conquistadores identificados eran entonces plebeyos o<br />

pecheros, como también se les llamaba, porque pagaban<br />

un cierto impuesto municipal llamado pecho. Esta mentalidad<br />

hidalguesca, que entre otras cosas consideraba denigrantes<br />

los trabajos manuales, hasta mediados del siglo<br />

x v i i t iba a ser parte integral de la ética laboral de alguna<br />

gente. Sin importar el número de hidalgos o pecheros, la<br />

conquista del Nuevo Reino ofreció a quienes tomaron parte<br />

en ella y que luego se convirtieron en sus colonizadores,<br />

grandes oportunidades para mejorar sus condiciones económicas<br />

y sociales, que a la vez les permitieron ser políticamente<br />

influyentes. Lamentablemente, esa mejoría se<br />

basó inicialmente en el oro y las esmeraldas arrebatados a<br />

los muiscas y vecinos, y subsecuentemente en el trabajo y<br />

en el tributo que arbitrariamente impusieron al sufrido indígena<br />

y que en algunas partes duró hasta cuando se<br />

ganó la independencia de España. Ése ftie el precio que<br />

pagó el indígena por el beneficio de conocer la civilización<br />

europea.


S E G U N D A<br />

PA RTE<br />

L a C o lo n ia


La vida cotidiana en las<br />

minas coloniales<br />

PARI O<br />

r o d r í g u e z ’<br />

JAIME HUMBERTO<br />

b o r j a ”<br />

/■;/ blanco vive en su casa<br />

tie madera con balcón.<br />

F l negro, en rancho de paja,<br />

en un solo paredón.<br />

Cuando vuelvo de la mina<br />

cansado del cairetón,<br />

encuentro a mi negra triste,<br />

abandonada de Dios<br />

V a mis negritos con hambre.<br />

Por qué esto, pregunto yo.<br />

“A la mina". Poema anónimo del<br />

Siglo Xt 'II<br />

Las tnittas<br />

La inmensa riqueza aurífera de la Nueva Granada, depositada<br />

en montañas, en vetas y en el lecho de los ríos, se convirtió<br />

desde los primeros años de la Conquista en el<br />

principal interés de los españoles. Para los hombres del si-<br />

' Pablo Rodríguez (1955) Historiador. Profesor del Departamento<br />

de Historia de la Universidad Nacional. Ha publicado Cabildo y vida<br />

urbana en el Medellin colonial, r ó jf-ijja , Universidad de Antioquia, M e­<br />

dellin. 1992. Seducción, amancebamiento y abandono en la Colonia, Simón<br />

y Ixila (¡iiberek. Santafc de Hogotá, 1991. Ha coordinado la elaboración<br />

de la Las mujeres en /a historia de Colombia, Editorial Norma. 1995.<br />

F,n distintas revistas v libros colectivos ha publicado ensayos sobre la<br />

historia de la familia y de la sociedad coloniales.<br />

“ Jaim e Humberto lio ija (1962) Historiador. Profesor-Investigador


6o | PABI.O RODRIGUEZ / JAIME HUMBERTO BORJA<br />

glo xvi el oro era sinónimo de riqueza sin fin, por su obtención<br />

no importaba padecer sacrificios ni penalidades. El<br />

oro tenía la virtud de encantar, de ensoñar. En su desesperada<br />

búsqueda, los aventureros veían ciudades rutilantes,<br />

“dorados” y lagunas encantadas. Su extraño e inequívoco<br />

poder llevó a que muchos españoles dejaran sus armaduras<br />

y se adentraran en su búsqueda en inhóspitas regiones<br />

acompañados de cuadrillas de indígenas o esclavos. Durante<br />

los tres siglos de vida colonial, las más variadas y<br />

distantes regiones neogranadinas vieron florecer rancherías<br />

de hombres enloquecidos por el oro, aunque en pocas<br />

ocasiones alcanzaron a convertirse en ciudades.<br />

En Antioquia, por ejemplo, a fines del siglo xvi, el descubrimiento<br />

de los ricos sedimentos del río Nechí provocó<br />

el rápido desplazamiento de casi todos los mineros que se<br />

encontraban en Buriticá. En muy pocos años fundaron<br />

Cáceres, Zaragoza y Guamocó. El rescate fue tan intenso,<br />

que hacia 1640 se empezó a manifestar el desencanto.<br />

Guamocó, que llegó a ser considerada la “Villa de Oro”,<br />

Ríe totalmente abandonada y hoy sólo sobreviven sus minas<br />

en medio de la selva. Cáceres y Zaragoza se sumieron<br />

en una profunda depresión y pobreza, de las cuales aún no<br />

han salido.<br />

El oro de la Nueva Granada se encontraba principalmente<br />

en los aluviones de los ríos y quebradas. Las vetas,<br />

que fueron fuentes significativas de la riqueza mineral, debían<br />

contar para su explotación con la cercanía de un río<br />

que se pudiera canalizar. Los Reales de Minas, nombre<br />

con el que se conocían en la época los lugares de excavación<br />

y laboreo, eran rancherías o conjuntos de ranchos que<br />

de la Universidad Javeriana. Coordinador del Seminario de Mentalidades.<br />

Ha publicado diversos artículos de investigación sobre historia de<br />

la cultura en libros colectivos y revistas.


La vida cotidiana en las minas coloniales | 61<br />

se levantaban cerca a los ríos y servían de vivienda a la<br />

gente. Según su importancia y la cantidad de gente que<br />

concentraban, poseían una capilla con campana. En los<br />

ranchos vivía la “gente”, sin separación de sexos ni de familias.<br />

Un rancho era dedicado a la cocina, otro para las<br />

herramientas y la herrería, otro para guardar la sal y los alimentos<br />

y, en no pocos casos, un cepo para los esclavos remisos.<br />

Que se sepa, muy pocas minas tuvieron rancho para<br />

los enfermos. En construcciones separadas vivían el capataz<br />

y los lugartenientes. El amo, que casi nunca visitaba estas<br />

posesiones, se alojaba en estas casas.<br />

Los asentamientos mineros con sus ranchos, capilla y<br />

despensa, prefiguraban la vida urbana en lugares selváticos<br />

y húmedos. La ranchería, como también se conocía, poseía<br />

en lugar cercano sembradíos de maíz y yuca. Normalmente,<br />

eran puntos diseminados a lo largo de un río o en<br />

torno a una área rica en mineral. Sin embargo, la abundancia<br />

de minerales y el interés que lograban concitar en todo<br />

el Reino, hizo que muchos asentamientos surgieran como<br />

ciudades desde sus inicios. De Zaragoza y de Cáceres se<br />

decía que, en sus propias calles, se encontraba oro. Remedios,<br />

Marmato y Caloto, aunque inmediatas a los sitios de<br />

laboreo, fueron fundadas a cierta distancia entre sí en<br />

busca de terrenos más propicios. En estas ciudades las<br />

edificaciones en adobe y teja eran más consistentes; estaban<br />

alineadas en calles que concluían en una plaza adornada<br />

con Iglesia, casa de Cabildo y Caja Real. En estas<br />

fundaciones el Estado español se interesó por hacer presencia,<br />

especialmente con una oficina y un Contador para<br />

recibir el pago del quinto real y perseguir el contrabando<br />

de oro.<br />

Desde el punto de vista administrativo, las regiones en<br />

las que estaban situados grupos de Reales de Minas eran<br />

denominadas Distritos Mineros. En la Nueva Granada sur-


02 | PABLO RODRIGUEZ / JAIME HUMBERTO BORJA<br />

gieron, durante los tres siglos de vida colonial, distintos<br />

distritos que indican tanto los ejes de la colonización como<br />

las trayectorias de la expansión. En el oriente del país se<br />

situaban los distritos de Pamplona y Vélez, de muy temprana<br />

explotación. En el centro, Mariquita cubría lugares<br />

tan distintos como Victoria, Lajas e Ibagué. Antioquia,<br />

Buriticá, Cáceres, Zaragoza y Remedios, casi constituían<br />

un arco continuo. En el occidente, Arma, Anserma y Cartago<br />

conformaban un eje a lo largo del río Cauca. Más al<br />

sur, Popayán vigilaba los Reales de Mondomo, Chisquío y<br />

Almaguer. Los yacimientos del Chocó tuvieron a Nóvita y<br />

Tadó como los núcleos principales de este inmenso territorio<br />

minero. Y, finalmente, desde Cali se controlaba Dagua,<br />

Raposo, Iscuandé y Barbacoas.<br />

En contraste con la riqueza que proveían las zonas mineras,<br />

la vida material de los Reales de Minas era muy precaria.<br />

En buena medida esto se debía a la dificultad de<br />

acceso de mercancías necesarias para la vida diaria a lugares<br />

tan aislados y de compleja geografía. De otro lado, en<br />

distintos casos la Corona tomó medidas para impedir el<br />

contrabando a estas regiones. En el caso del Chocó, hubo<br />

disposiciones que regulaban el comercio de ropa y oro por<br />

los ríos San Juan y Atrato. Las prohibiciones recayeron<br />

también sobre la introducción de “aguardiente y vino de<br />

Perú, nasca, sal, fierro, aceite y dulces”, por lo que decían<br />

“casi siempre se vive con escasez en la Provincia del Chocó:<br />

todo cuesta sobre caro a los mineros y consiguientemente<br />

no es fácil que logren adelantamiento las minas sino<br />

notorio atraso (...) pues apenas hay minero alguno que no<br />

viva empeñado de deudas, trampeando para conservarse y<br />

mantenerse...” 1. El Chocó dependía para su abastecimieni.<br />

Moreno y Fscandón, Francisco Antonio, “listado del Virreinato<br />

de Santa Fe. Nuevo Reino de (¡ranada, 17 7 2 ”, Bogotá, en Boletín de<br />

Historia y Antigüedades, vol. 23, N ° 264-265, sept-oct 1936, pág. 568.


La vida cotidiana en las minas coloniales \ 63<br />

to, de los pocos barcos que venían con autorización desde<br />

Guayaquil con las mercaderías permitidas, tales como esclavos,<br />

herramientas, lienzos para vestir a los esclavos y<br />

manufacturas. Antioquia, por su parte, dependía de Honda<br />

sobre el río Magdalena, lugar al que era heroico llegar por<br />

el Nare. Esto hacía que artículos como el hierro y el acero,<br />

indispensables para la fabricación de las herramientas, alcanzaran<br />

precios notablemente altos.<br />

La gente de las minas<br />

Nadie discute que la actividad económica más atractiva y<br />

extendida durante la Colonia fiie la minería. Los encomenderos<br />

de los siglos xvi y xvii no dudaron en emplear a los<br />

indígenas, legal o ilegalmente, en el rescate de minerales.<br />

Luego, con el exterminio de los naturales, aparecieron los<br />

señores de cuadrilla, empresarios que invirtieron sus capitales<br />

en la importación de numerosos esclavos. De esta<br />

manera, la minería neogranadina empezó a ser, desde la<br />

penúltima década del siglo xvi, una labor realizada básicamente<br />

por esclavos africanos.<br />

Un establecimiento minero era conformado por un capataz<br />

o administrador de minas, una cuadrilla de esclavos<br />

de distinto tamaño y un capitán de cuadrilla. Un religioso<br />

hacía presencia esporádica en los campamentos, ofrecía<br />

misa e impartía los sacramentos. También arribaban a estos<br />

apartados lugares comerciantes de víveres, lienzos y<br />

hierro. Un contacto más cotidiano e importante para las<br />

rancherías, era el que establecían los indígenas; conocedores<br />

de la región, ágiles canoeros y buenos cultivadores, los<br />

indígenas del Chocó y del Cauca fueron indispensables<br />

para el mantenimiento de muchos asentamientos mineros;<br />

además de hacer de transportadores por la maraña de ríos<br />

de las regiones mineras, eran quienes las abastecían de<br />

maíz.


6 4 | PABLO RODRIGUEZ / JAIME HUMBERTO BORJA<br />

El capataz o administrador era un blanco pobre o un<br />

mulato que conocía las técnicas mineras. Normalmente,<br />

eran hombres que dedicaban su vida a este oficio, adquirían<br />

experiencia, sabían identificar los lugares donde se encontraban<br />

las vetas o los lavaderos ricos en oro y poseían<br />

la fuerza para mandar a la gente de la cuadrilla. Con frecuencia,<br />

los administradores de ranchos pequeños, de menos<br />

de veinte esclavos, eran sus mismos propietarios. Se<br />

trataba de blancos de condición modesta que apostaban a<br />

la suerte de estas empresas y cuya historia parecería enseñar<br />

más penalidades que triunfos. Por el contrario, los<br />

capataces de las grandes rancherías eran, casi siempre, familiares<br />

lejanos o deudos de los “señores” de cuadrilla. Los<br />

propietarios de estas empresas eran individuos que residían<br />

en las ciudades importantes del Reino, participaban<br />

en otras actividades económicas rentables y recibían los<br />

reconocimientos propios de las elites locales. En sus administradores<br />

depositaban una absoluta confianza, aunque se<br />

cuidaban de que llevaran libros de contabilidad, comunicaran<br />

con periodicidad los pormenores de la mina e hicieran<br />

llegar con prontitud las ganancias del laboreo.<br />

De los capitanes de cuadrilla sabemos, por el historiador<br />

Robert West, que eran negros que iban a la cabeza de<br />

cada grupo de esclavos. Sus obligaciones incluían el mantenimiento<br />

de la disciplina, la distribución de los alimentos<br />

y la recolección del producto semanal de oro para entregarlo<br />

al administrador. El capitán de cuadrilla era sumamente<br />

importante para el amo, y tenía en cierto modo el<br />

carácter de jefe, por lo que gozaba de respeto. Su estima<br />

puede ser advertida en el hecho de que recibía raciones<br />

especiales de alimento, vivía en bohío aparte, con el posible<br />

propósito de inducirlo a mantener a la gente trabajando.<br />

Algunos documentos señalan que en el Cauca ciertos<br />

capitanes llegaban a recibir jamones y quesos de parte de


La vida cotidiana en las minas coloniales<br />

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M a p a de la ribera derecha del río<br />

Q u in am ayó hasta C alo to .<br />

17 6 2 .<br />

A rch ivo G en era l de la N ación.<br />

M ap o teca 4 N ° 3 7 2 a .


La vida cotidiana en ¡as minas coloniales | 65<br />

los administradores de las minas. En algunos casos, una<br />

especie de capitana era la encargada de las mujeres.2<br />

En las cuadrillas también llegó a conocerse una cierta<br />

especialización de oficios; los esclavos que adquirían un<br />

conocimiento en el arte de la herrería, recibían un tratamiento<br />

preferential. Su trabajo era imprescindible para<br />

mantener bien conservadas las barras, almocafres y demás<br />

herramientas. Otros conocimientos especialmente valorados<br />

por los amos, eran los de los carpinteros, las parteras<br />

y los curanderos de picaduras de víboras.<br />

Las cuadrillas mineras llegaron a estar conformadas<br />

hasta por varios cientos de esclavos, aunque lo normal era<br />

que el tamaño de una cuadrilla oscilara entre los 50 y los<br />

200 esclavos. A toda esta gente los propietarios la distinguían<br />

simplemente como la gente “útil" y la “chusma".<br />

Con estas expresiones denominaban a los “útiles” los que,<br />

por un lado laboraban y la “chusma”, los que siendo niños,<br />

enfermos o ancianos, no lo hacían. Una cuadrilla era más<br />

que un grupo de trabajadores. Las peculiaridades de la<br />

economía y del mismo comercio de esclavos hacía que la<br />

preponderancia de los varones en estos grupos fuera un<br />

hecho frecuente. Sin embargo, pronto los esclavistas comprendieron<br />

que la ausencia de mujeres era poco conveniente<br />

para la conservación de las cuadrillas y la<br />

estabilidad emocional de los esclavos.<br />

En las minas del Chocó, las mujeres, los ancianos y los<br />

niños, no sólo llegaron a constituir un grupo numeroso,<br />

sino que resultó ser indispensable para su funcionamiento.<br />

Las mujeres jóvenes, con el agua a las rodillas, también<br />

limpiaban las areniscas de los ríos durante largas jornadas.<br />

La minería de aluvión encontró en las mujeres su principal<br />

2. West. Robert. L


6 6 I PABLO RODRIGUEZ / JAIME HUMBERTO BORJA<br />

fuerza de trabajo: mientras los hombres construían canalones<br />

y realizaban cortes con barras en la tierra, numerosas<br />

esclavas se dedicaban a lavar los granitos de barro y metal.<br />

Las ancianas, por su lado, cocían los alimentos y asistían a<br />

los enfermos. Los ancianos y los niños cumplían una tarea<br />

central en toda ranchería: cultivaban eras de yuca y plátano.<br />

Fam iliasfragmentadas<br />

Los esclavos que llegaron a las minas colombianas no<br />

constituían un grupo cultural ni demográfico. Procedían<br />

de muy diversos pueblos africanos, hablaban distintas lenguas<br />

y, aunque se los contaba por familias al descender de<br />

los galeones en Cartagena de Indias, pronto perdían sus<br />

parentescos. El comercio de esclavos en los puertos y en<br />

las ciudades del interior, terminó de dislocar los escasos<br />

vínculos familiares que hubieran sobrevivido al cautiverio<br />

interoceánico. Sus apellidos Guinea, Fon, Arará, Luango o<br />

Babará, simplemente nos sugieren su lejano territorio aborigen<br />

perdido, y aun más perdido cuando rápidamente<br />

eran denominados “bozal”, es decir, africano a secas.<br />

Los primeros establecimientos de las regiones mineras<br />

eran adelantados por pequeños grupos de hombres. Las<br />

épocas de cateo y búsqueda de los yacimientos podían tardar<br />

meses. Sólo cuando los mineros tenían certeza de sus<br />

hallazgos y obtenían la adjudicación de los lavaderos, comenzaba<br />

el desplazamiento de sus cuadrillas de esclavos.<br />

En sus inicios en las rancherías la presencia de mujeres era<br />

escasa. Una vez superados los días de incertidumbre, la relación<br />

entre los sexos se equilibraba.<br />

No obstante, en los asentamientos mineros poca atención<br />

se prestó a la unidad familiar esclava. Los esclavos<br />

dormían en un mismo rancho sin distinción de parentesco,<br />

sexo ni edad. Los clérigos, que se quejaron de esta sitúa-


La vida cotidiana en í'as minas coloniales \ 67<br />

ción, la denunciaron como propicia para la promiscuidad<br />

y las enfermedades. De otro lado, el rigor del trabajo minero,<br />

el trato inhumano a que estaba sometido el esclavo, su<br />

precaria alimentación y la facilidad con que los debilitaban<br />

distintas enfermedades, bacía que la muerte en los ranchos<br />

mineros fiiera un hecho cotidiano. Las familias esclavas<br />

perdían sus miembros -especialmente impúberes- con tal<br />

rapidez, que hace dudar sobre su ánimo reproductivo.<br />

Las regiones mineras neogranadinas no desconocieron<br />

el azote de epidemias de viruela y sarampión. Bajo ellas<br />

sucumbieron numerosos esclavos de la provincia de Popayán.<br />

Sin embargo, el estudio detallado de las descripciones<br />

del cuerpo de los esclavos en el momento de su venta, lia<br />

permitido conocer las enfermedades que más los afectaban<br />

y sus posibles causas.1 Las afecciones más comunes eran<br />

las malformaciones óseas, las hernias discales, la pérdida<br />

de las extremidades, las enfermedades pulmonares y de la<br />

piel. Las venéreas o mal “gálico”, eran corrientes. Las fiebres,<br />

más temidas, se aceptaban con resignación. En un<br />

caso, el capataz simplemente recomendó: “pónganle un<br />

negro racional que sepa ayudarlo a bien morir y que la<br />

gente en el real se junte en la enfermería a encomendar a<br />

Dios al agonizante”.<br />

Las cuadrillas eran divididas por sus propietarios sin<br />

tener en cuenta la existencia de núcleos y relaciones familiares.<br />

Pocos esclavistas de las regiones mineras comprendieron<br />

que el favorecimiento de la unión familiar esclava<br />

podía mejorar el rendimiento de los mismos, reducir su rebeldía<br />

y disuadirlos de escapar.<br />

3. Colmenares, Cíermán, Poptiyán: una sociedad esclavista, 1680-1800,<br />

Medellin, La Carreta, 1979, pág. 92-96. También. Pablo Rodríguez,<br />

"Aspectos del comercio y la vida de los esclavos. Popayán, 1780-1850",<br />

Boletín de Antropología, vol. 7, N° 23, Medellin, Universidad de<br />

Antioi)uia, 1990.


68 I PABLO RODRIGUEZ / J AI M F. HUMBERTO BORJA<br />

La prédica eclesiástica sobre el matrimonio católico no<br />

tuvo difusión en las rancherías mineras. Los amos mineros<br />

prestaron poco o ningún interés en oficializar las uniones<br />

de hecho que surgían en las cuadrillas. Por los inventarios<br />

de los esclavos de estas propiedades se sabe que el madresolterismo<br />

era frecuente. Tampoco era desconocido el hecho<br />

de que una esclava fuera madre de niños de distintos<br />

esclavos. En este contexto, el rol de esposo o padre debió<br />

de estar completamente ausente.<br />

La movilidad de las labores de la minería y las peculiaridades<br />

del régimen esclavista, tendieron a situar a la mujer<br />

negra esclava en el centro de esta subsociedad. Su función<br />

social se constituyó en el eje de la vida en las rancherías.<br />

Este hecho desdibujó las nociones tradicionales de patrilinealidad<br />

y patrilocalidad de la familia católica. El cuidado<br />

de los ranchos, de los niños, de los enfermos y de los<br />

plantíos, convirtió a la mujer en el sujeto más estable de<br />

esta azarosa sociedad. Los reparos sobre el escaso celo de<br />

los hombres hacia sus mujeres, probablemente indique<br />

más que su escasa permanencia en las viviendas.<br />

Otro hecho que contribuyó a la distorsión de las relaciones<br />

familiares en los poblados mineros fue la demanda<br />

sexual de los blancos, amos, capataces y mayordomos. El<br />

amancebamiento de los blancos con las esclavas, aunque<br />

oculto, era demasiado visible. En el Chocó, hacia 1779, el<br />

número de hombres blancos doblaba al de mujeres, y el de<br />

los hombres casados era muy superior al de las casadas.4<br />

En uno de estos casos, en 1784, se denunciaba “el amancebamiento<br />

público y escandaloso en que vive Don Claudio<br />

Martínez con una negra libre llamada Joachina Ynestrossa<br />

y como pecados tan públicos y escandalosos piden pronto<br />

4. Sharp, William F., Slavery on the Safianish Frontier, The Colombian<br />

Chocó, 1680-1810, University o f Oklahoma Press, 1976.


La vida cotidiana en las minas coloniales | 69<br />

remedio para evitarlos inmediatamente y no dar más ofensas<br />

a la magestad divina”.’ Estos hombres tenían sus mujeres<br />

y familias en Popayán, Cali, Buga, Cartago y Medellin.<br />

Hechos circunstanciales, como el descubrimiento de un<br />

contrabando o de un robo por la justicia, hacían públicos<br />

los concubinatos de los amos y sus proles bastardas.6<br />

Es claro que buena parte de la poca fuerza que tuvo el<br />

matrimonio católico y la familia monogámica en las regiones<br />

mineras, principalmente del Pacífico, se debió a la casi<br />

ausencia de la Iglesia. En 1720, un gobernador manifestaba<br />

que en Quibdó no había ni un clérigo. En todo el Chocó,<br />

en 1782, sólo había 18. Si se consideran la preocupación<br />

prioritaria del clero por salvar el alma de los indígenas, y<br />

las muy difíciles condiciones para desplazarse en este territorio,<br />

es fácil entender el escaso servicio que la Iglesia le<br />

prestaba los esclavos -sin olvidar que distintas Ordenes y<br />

clérigos se dedicaron a explotar minas en la región con el<br />

trabajo esclavo-. De otro lado, la lejanía de los centros de<br />

administración de justicia, la riqueza de estas regiones y la<br />

precaria presencia de la Iglesia, generaban otras situaciones<br />

conflictivas. Según decía del Chocó el visitador Moreno<br />

y Escandón, “estas regiones atraen a muchas gentes sin<br />

ocupación ni destino, vagantes y muy nocivas a la sociedad<br />

pública, como dispuestas a todo género de vicios, fomentando<br />

juegos, riñas y embriagueces”.7<br />

Como es de suponer, los blancos no eran ajenos a estas<br />

contravenciones. Para ilustrarlo véanse las declaraciones<br />

en torno a un proceso en el que se vio envuelto un propie­<br />

5. A.Cí.N. Sccción Colonia. Juicios Criminales, t. ior, fol. 251.<br />

6. Sharp. \V. K. op. cit., pág. 138. También Romero, Mario Diego.<br />

“Procesos de pohhuniento y organización social en la costa pacífica<br />

colombiana", Hogotá. Anuario de Historia Soria! y de la Cultura, págs.<br />

18-19, I99I -<br />

7. Moreno y l'.scandón, np. cit., pág. 600


JO I PABLO RODRIGUEZ / JAIME HUMBERTO BORJA<br />

tario de cuadrillas de Quibdó, don Joseph de los Santos. A<br />

sus acusadores les preguntaba: “digan si me han conosido<br />

bibir escandalosamente con mugeres o en concurso de<br />

heyas o si e dado escandalo o en otra forma alguna o si me<br />

han visto en los burdeles que aqui se acostumbran o en<br />

juegos o en banquetes que aqui se han usado”.8 Por su parte,<br />

los corregidores y los alcaldes de Remedios llamaban<br />

con frecuencia para que los amos, a pesar de sus vicios,<br />

controlaran “el escándalo que en este sitio ocasionan los<br />

negros, con juegos prohibidos y que Vuestras Mercedes<br />

son de los que concurren a ellos tolerando y permitiendo<br />

las perniciosas consecuencias que produce tan detestable<br />

vicio”.9<br />

Estos clamores por la moralidad en las minas no alteraban<br />

los hechos cotidianos y el ritmo ordinario de los<br />

días. Entre los gastos de algunas minas hemos encontrado<br />

que se disponía de un presupuesto para tabaco y aguardiente,<br />

que si no se entregaba como ración a los esclavos,<br />

se vendía en la tienda de la mina.<br />

E l curso de los días<br />

El ritmo de los días en los Reales de Minas estaba marcado<br />

por el trabajo. Apenas despuntaba el alba, “la gente” tomaba<br />

el camino del corte o del río. Casi siempre el sitio de labores<br />

estaba muy cerca a la ranchería. De tal forma, la<br />

jornada, que duraba hasta las cuatro de la tarde, se iniciaba<br />

temprano. Una pausa debía hacerse hacia las once del día<br />

para tomar el almuerzo.<br />

En algunos casos, los amos exigían a los mineros que<br />

antes de ir a los cortes, concentraran a su gente en la capi-<br />

8. A.G.N. Sección Colonia, Fondo Miscelánea t. 4, fol. 1088.<br />

g. A.G.N. Sección Colonia. Juicios Criminales, Remedios, t. 207,<br />

fol. 995V.


La vida cotidiana en las minas coloniales | 71<br />

lia y rezaran el rosario, rezo que debía repetirse antes de ir<br />

a dormir. Es imposible captar con certeza el alcance de estos<br />

consejos. Como vimos antes, los clérigos hacían poca<br />

presencia en los Reales de Minas y es difícil intuir, también,<br />

el espíritu religioso de los capataces. Tampoco conocemos<br />

el monto de la distribución de rosarios y catecismos<br />

en estas regiones.<br />

La alimentación de los esclavos varió en cada lugar. En<br />

algunas minas recibían una ración semanal de dos libras de<br />

carne y cuatro cabezas de plátano; en otras, sólo se les suministraba<br />

libra y media de carne. Sin embargo, en muchas<br />

minas y, sobre todo desde finales del siglo xvm, los propietarios<br />

prefirieron darles un día libre a la semana y facilitarles<br />

tierra y herramientas. Seguramente en las minas<br />

cercanas a regiones agrícolas los esclavos recibieron una<br />

dieta mejor y más estable. En las regiones aisladas y de difícil<br />

acceso, la oferta de carne, sal y otros víveres, era muy<br />

irregular y costosa. Allí los propietarios se vieron forzados<br />

a conceder tiempo libre a los esclavos para que encontraran<br />

su alimentación mediante la pesca, la cacería y los<br />

cultivos. Es claro que este camino fue el que finalmente<br />

condujo a la libertad de los esclavos y a la fundación de los<br />

pueblos negros. Así, en su tránsito, el esclavo dedicado a la<br />

minería se hizo también agricultor, cazador y pescador.<br />

A pesar del recelo por parte de algunos mineros en<br />

aquello de guardar el día domingo, éste parece haber sido<br />

respetado como festividad religiosa. Este día se aprovechaba<br />

para limpiar cascajos y, con suerte, hacerse a unos<br />

tomines; también para completar la dieta semanal cazando<br />

manatíes, guaguas y venados. Del trabajo de los días libres<br />

muchos esclavos llegaron a ahorrar el capital necesario<br />

para su propia manumisión o la de sus familiares.<br />

Conviene indicar, aun a costa de trastocar el orden de<br />

la exposición, que muchos mineros instalaron en los cam-


72 I PABL.O RODRIGUEZ / JAIMF. HUMBERTO BORJA<br />

pamentos tiendas de raya para captar los ahorros de los<br />

esclavos. Aunque hubo ordenanzas que obligaban a ofrecer<br />

los productos a precios razonables, comúnmente fueron<br />

utilizadas para endeudar al esclavo e impedir que se<br />

alejara, así comprara su libertad. Al respecto, unos esclavos<br />

del Chocó declaraban: “es orden cerrada que ningún esclavo<br />

compre en esta ciudad cosa ninguna(...) porque precisamente<br />

han de comprar al amo sus reventas y ropas por el<br />

precio que quiere”.10<br />

Otra tarea femenina era la composición de los sencillos<br />

trajes que vestían. Los amos adquirían de los comerciantes<br />

piezas de tela de algodón para sus esclavos. Los pantalones<br />

cortos de los hombres y los camisones de las mujeres<br />

eran confeccionados en los ranchos. Se sabe, igualmente,<br />

que en regiones más frías, como Remedios y Santa Rosa<br />

de Osos, los esclavos eran provistos con piezas de lana<br />

para componer una ruana que les cubriera el cuerpo.<br />

Los dados, el tabaco y el aguardiente, que eran celosamente<br />

prohibidos en los Reales de Minas, aparecían los<br />

días de fiesta. Los comerciantes que recorrían las rancherías<br />

no sólo las abastecían con sus mercancías, también<br />

portaban estos objetos vedados y a los que ellos eran igualmente<br />

aficionados. En los días sábados y domingos la disciplina<br />

de los capataces se relajaba y se permitían formas<br />

de expresión individual y colectivas más divertidas.<br />

Pero la vida cotidiana de los esclavos de las minas estaba<br />

señada también por el autoritarismo, la sevicia y la violencia<br />

física. En una mina chocoana, en 1798, el capataz<br />

Manuel Fermín tenía la orden de dar doce azotes al que no<br />

sudara en el trabajo. Esta misma sentencia existía para las<br />

mujeres, aun en estado de embarazo. El látigo y el cepo se<br />

10. A.CJ.N. Sección Colonia, Negros y Esclavos del Cauca, 1 . 11, fo!.<br />

771.


L.a vida cotidiana en las tuinas coloniales | 73<br />

convirtieron en castigos usuales en las regiones mineras.<br />

La desobediencia era castigada sin clemencia. La sanción<br />

de faltas menores como el hurto de alimentos o herramientas,<br />

podían dejar paralizado a un esclavo. El espíritu<br />

huidizo y rebelde era tratado ejemplarmente. El temor de<br />

los capataces y su confianza en la falta de justicia creaban<br />

una “bruma" de inhumanidad en estas regiones. Los relatos<br />

que nos ofrecen los archivos de las torturas, los azotes<br />

y los apaleamientos, nos hacen dudar de su racionalidad.<br />

Magia y religión<br />

La vida en las minas era sumamente frágil; no sólo por la<br />

falta de los medios mínimos de subsistencia, sino también<br />

porque el clima era malsano. Los temores se acentuaban<br />

con la frecuente sevicia de los amos, sus duros castigos, el<br />

cepo y hasta la hostilidad de los indígenas. Esto trajo<br />

como resultado un medio mágico propicio para el sentimiento<br />

religioso. Pero persistía la escasa presencia de sacerdotes.<br />

Las ordenanzas de minería de Juan de Borja del<br />

siglo xvi, insistían en su necesidad. Otros administradores,<br />

como Joseph Palacios de la Vega, también observaban que<br />

la evangelization era importante porque desterraba “los<br />

vicios y las supersticiones”. Mediante una recta doctrina,<br />

decía, se lograrían contener “las borracheras y los vicios<br />

que han de seguir estando solos”.11<br />

Los esclavos eran superficialmente cristianizados en<br />

los puertos de embarque en Africa y de arribo en América.<br />

Cuando los trasladaban a las minas tenían una versión<br />

muy simple y popular del cristianismo. Un sacerdote, en el<br />

11. De Borja, Juan, “Ordenanzas de Minería”, Bogotá, en Boletín de<br />

Historia y Antigüedades N ° 146, abril 1920, pág. 72; Palacios de la Vega,<br />

Joseph, Diario de Viaje, 1787-1788. Bogotá, Editorial ABC, 1955, pág.<br />

75-


74 I p a b i.o r o d r íg u e z / j a i m e Hu m b e r t o b o r j a<br />

siglo xviii, contaba que le fue llevada una negra moribunda<br />

y al preguntar quién quería que la confesara, el acompañante<br />

respondió: “paire mío, con cualquiera: si su mercé<br />

no estuviera aquí como paire mío, entonces todos son buenos.<br />

Nosotros como no tenemos paire, cuando estamos<br />

para morir nos confesamos como cristianos con otro de<br />

nosotros”12. Esta circunstancia era propicia para que en el<br />

ambiente de las minas surgiera un cristianismo supersticioso<br />

o alimentado de tradiciones y prácticas populares de<br />

origen africano.<br />

No obstante, el esclavo terminaba aceptando la nueva<br />

religión, ya fuera como velo mimético o como práctica<br />

fundida con otras creencias. La nueva fe, como fachada<br />

exterior, les daba la posibilidad de mezclar los dioses y<br />

practicar los ritos de sus antepasados, como lo prueban las<br />

ceremonias fúnebres del velorio de angelitos y los cantos<br />

religiosos que aún hoy subsisten. La vida cotidiana de las<br />

minas fue regida por un cristianismo mágico que el occidente<br />

cristiano llamó “brujería”.<br />

El baile al son de los tambores, los ritos con símbolos<br />

de la naturaleza, el uso de las yerbas y la repetición de sonidos,<br />

le recordaban a los amos, funcionarios, sacerdotes e<br />

inquisidores, los sabatsy aquelarres europeos. Por eso juzgaron<br />

de brujería a las “juntas” que realizaban los esclavos<br />

clandestinamente. Este temor de los blancos a los poderes<br />

sobrenaturales de los negros, nunca tuvo en cuenta que<br />

muchas veces se trataba de ritos iniciáticos, propios de las<br />

naciones africanas. En éstos se invocaban fuerzas mágicosagradas<br />

portadoras de poderes que otorgaban determinados<br />

beneficios. Para estos trabajadores forzados, el mundo<br />

real tenía su paralelo con otro mundo, abstracto, infinito e<br />

ilimitado, habitado por seres divinos y ancestrales: por<br />

12. Palacios de la Vega, Joseph, np. cit. pág 75.


La vida cotidiana en las minas coloniales | 75<br />

esto la realidad era mágica. Ritos, generalmente cristianizados,<br />

también formaban parte de una extensa red de resistencia<br />

negra esclava contra los amos.<br />

Los españoles, así mismo, entendían que los cultos religiosos<br />

africanos estaban dirigidos al diablo; veían pactos<br />

con el demonio en el uso de yerbas, en los poderes curativos<br />

e invocativos y en los ritos iniciáticos de las religiones<br />

originales de los esclavos. De esta forma, un cristianismo<br />

que servía de fachada y las prácticas mágicas africanas, dieron<br />

como resultado una estrecha convivencia e interpenetración<br />

de los sistemas religiosos, convivencia que daría<br />

verdadero sentido al mestizaje.<br />

Resultado del drama de la existencia cotidiana y de la<br />

escasa evangelización, los esclavos no dudaron en acercarse<br />

a una figura de consuelo y poder: el demonio. Lejos de<br />

contener el férreo maniqueísmo occidental, los esclavos<br />

veían al diablo como un bufón de Dios, una figura de consuelo.<br />

En las regiones mineras, las reiteradas acusaciones<br />

de los amos hacia los esclavos de practicar la brujería y la<br />

hechicería, en un pacto tácito con el demonio, condujo a<br />

que equívocamente apareciera y se extendiera una férrea<br />

demonolatría: el diablo se convirtió en un “aliado” que carecía<br />

de la malignidad cristiana pero que apoyaba la lucha<br />

cotidiana por la sobrevivencia. De esta manera, entre los<br />

esclavos apareció un cristianismo adaptado a sus propias<br />

condiciones y el factor que los inclinó hacia la Iglesia fue la<br />

ocasional defensa que realizaron obispos y sacerdotes contra<br />

el maltrato de los amos y su renuencia a procurar los<br />

domingos y días festivos para el descanso.<br />

Ocio, danzas y cantos<br />

El descanso en los Reales de Minas estaba mediatizado. El<br />

trabajo copaba casi toda la vida. Aun así, existían momentos<br />

de ocio. Una de las formas de ocio y resistencia a la


7 6 I PABLO RODRIGUEZ / JAIME HUMBERTO BORJA<br />

descarnada situación cotidiana del esclavo fueron los cabildos<br />

negros. Las autoridades y los amos permitieron que<br />

los esclavos se reunieran a danzar, a cantar y a hacer música<br />

de acuerdo con sus tradiciones. Muchas veces colocaron<br />

estos cabildos bajo la protección de un santo cristiano,<br />

a la usanza de las cofradías españolas debidamente vigiladas<br />

por la Iglesia. Fue frecuente que estos cabildos utilizaran<br />

el cristianismo como la fachada detrás de la cual se<br />

podía ritualizar e invocar, gracias al sonido de sus tambores<br />

a sus orichas -deidades africanas.<br />

Motivados por un sentimiento religioso, los esclavos<br />

hacían bailes y música, casi se puede decir que practicaban<br />

secretamente sus religiones. Esta resistencia a la cultura<br />

colonial definió lentamente los elementos de identidad<br />

étnica y cultural que aún persisten en regiones mineras<br />

como el Chocó y el sur de Antioquia. Mitos y leyendas<br />

nacidos del misterioso y mágico ambiente de la selva o de<br />

la adaptación de los mitos africanos, existieron y siguen<br />

existiendo en las zonas mineras. Los bailes negros de clara<br />

influencia europea como el currulao, la jota, la contradanza,<br />

la mazurca y la polca, tuvieron su origen en estas regiones.<br />

Los esclavos se reunían a imitar, a manera de burla y<br />

resistencia, los galanteos y coqueteos de las danzas cortesanas<br />

españolas, pero alterando el contenido rítmico y<br />

reemplazando la vihuela, el laúd, la guitarra, el violín y la<br />

flauta, por los tambores, el redoblante, las maracas, los platillos<br />

y la chirimía. El resultado fue la copia de los movimientos<br />

corporales europeos pero con el ardor y el<br />

erotismo africano.<br />

La diversidad idiomática de los esclavos los llevó a<br />

aceptar el castellano, al cual le imprimieron su propia fonética<br />

y semántica. Lo aceptaron pero no sólo para obedecer<br />

las órdenes del amo, fue también un instrumento para<br />

expresar sus emociones, para imitar, recrear y adaptar su


La vida cotidiana en las minas coloniales | 77<br />

mundo. Desde esta perspectiva, el ocio dio lugar a la tradición<br />

oral, aspecto fundamental de las prácticas culturales<br />

africanas. Los esclavos de las minas le contaban a sus hijos<br />

leyendas, cuentos y mitos de sus lugares de origen. Estas<br />

narraciones Rieron adaptadas a las nuevas circunstancias y<br />

se transmitieron por generaciones.<br />

Fue frecuente que, al ejercitar la memoria, los esclavos<br />

tomaran romances españoles, que tras su debida adaptación<br />

se transmitían oralmente. El lingüista Germán de<br />

Granda lia recogido entre las actuales comunidades mineras<br />

chocoanas romances franceses y españoles de los siglos<br />

xni y xv, que se han perpetuado en la región desde el siglo<br />

xvii. También la poesía tuvo su lugar en los momentos de<br />

ocio, ya fuera con fines religiosos o para cantar sus desgracias,<br />

como aparece en el poema anónimo de mediados del<br />

siglo xvii en Iscuandé: “Aunque mi amo me mate/ a la<br />

mina no voy,/ yo no quiero morirme en un socavón./ Don<br />

Pedro es tu amo:/ él te com pró./- Se compran las cosas,/<br />

a los hombres, no!/ (...) En la mina brilla el oro,/ al fondo<br />

del socavón./ El amo se lleva todo;/ al negro deja el dolor”.'^<br />

Bibliografía<br />

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La vida cotidiana en<br />

las haciendas coloniales<br />

P A B LO<br />

R O D R Í G U E Z<br />

C A S T R O<br />

HF.ATRIZ<br />

C A R V A JA L<br />

L /o s valles, sabanas y llanuras colombianas, vieron surgir<br />

desde comienzos del siglo xvu un nuevo elemento que<br />

cambió su paisaje: la hacienda colonial. Los nuevos cultivos,<br />

animales y construcciones retocaron los colores y texturas<br />

de esta geografía. Desde entonces, el paisaje agrario<br />

de las regiones más hispanizadas de Colombia ha mostrado<br />

edificaciones rústicas que sobresalen entre árboles frutales,<br />

palmeras, eucaliptos y extensos cultivos. Otro de los<br />

cambios, aunque tardío, introducido por la hacienda dando<br />

un nuevo trazo al horizonte agrario, fiieron los canales<br />

de riego y las cercas. Con éstos, el panorama de los campos<br />

fue retaceado en forma de colchas, sugiriendo los<br />

confines de una propiedad o las separaciones de los distintos<br />

cultivos.<br />

No cabe duda que de la hacienda colonial la casa era el<br />

elemento más vistoso y llamativo. Su presencia en los vastos<br />

campos mostraba la consolidación de un dominio y su<br />

dimensión indicaba el vigor de sus dueños. La casa de la<br />

hacienda colonial fiie apareciendo poco a poco; en la medida<br />

en que el hacendado iba adquiriendo control sobre un<br />

territorio, crecía la mano de obra disponible y los recursos<br />

económicos para construirla.


8o I PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

Pero si bien podemos hablar de una hacienda colonial,<br />

ésta variaba mucho en tamaño y características. Existía<br />

desde la elemental hilera de recintos no diferenciados en<br />

carácter o función, bordeados por un corredor, hasta la<br />

casa organizada en torno a los cuatro lados de un patio, al<br />

cual se le podían sumar eventualmente uno o dos recintos<br />

más, destinados a la servidumbre y el depósito. Las construcciones<br />

en forma de L o de U eran las más comunes ya<br />

que se trataba de obras intermedias, entre las casas más<br />

sencillas y las más acabadas, además de marcar así el espacio<br />

interior y por lo tanto delimitar de una forma u otra la<br />

casa. Generalmente las casas de las haciendas neogranadinas<br />

eran de un piso, sin embargo, existieron notables ejemplos<br />

de construcciones de dos pisos.<br />

La distribución interna de las casas era, desde luego,<br />

flexible. Podía consistir apenas en tres o cuatro recintos<br />

para albergar a sus dueños o los encargados del funcionamiento<br />

de la hacienda, para guardar las herramientas y<br />

aperos necesarios, para almacenar productos agrícolas y,<br />

en algunos casos, para encerrar a los esclavos huidizos. Las<br />

cocinas muchas veces no estaban incorporadas a las casas<br />

por temor a los incendios, y se instalaban por lo tanto en<br />

un lugar cercano en forma de bohíos de factura indígena.<br />

Toda casa de hacienda tenía un salón de recibo y reuniones.<br />

En las tierras cálidas el baño era al aire libre, próximo<br />

a la casa.<br />

Lugar principalísimo de la arquitectura y conformación<br />

de la casa de hacienda colonial lo constituyó la capilla<br />

u oratorio. Anexas a sus casas, los hacendados más prósperos<br />

construyeron capillas de tamaño modesto para oficiar<br />

misa los domingos, bautizar los recién nacidos y bendecir<br />

a los novios. Las capillas, si bien podían ser austeras en su<br />

diseño, en su decorado revelaban la gratitud espiritual de<br />

sus propietarios; esculturas de santos y vírgenes, pinturas,


La vida cotidiana en las haciendas coloniales | 81<br />

copones, candelabros, floreros, estolas e incensarios no Paitaban<br />

en las ceremonias. Cabe agregar que las haciendas<br />

de las órdenes religiosas, situaban sus capillas en lugar separado<br />

de la casa principal, con el probable propósito de<br />

realzar su significado.<br />

La ubicación de las casas coloniales no sólo era un sitio<br />

privilegiado e integrado al paisaje rural, sino que además<br />

tenían cierta orientación que las hacía benignas para<br />

habitarlas. Las casas de tierra fría estaban ubicadas en dirección<br />

oriente-occidente buscando el sol; por el contrario,<br />

las de tierra caliente estaban situadas en dirección<br />

sur-norte buscando sombra y tenían techos más altos para<br />

que el aire circulara y diera más frescura.<br />

El mobiliario de las haciendas variaba según la calidad<br />

de sus dueños y del gusto que les diera visitarla en temporadas.<br />

Muchas casas tenían poco que envidiar a las residencias<br />

urbanas. Los hacendados buscaban tener el mismo<br />

confort de la ciudad y no ahorraban en camas con pabellón,<br />

sillas mecedoras, comedores, armarios, lámparas, vajillas<br />

y cubiertos. Elementos muchas veces importados de<br />

Holanda y China.<br />

La casa del “señor” estaba conectada con las otras<br />

construcciones de la hacienda. En los valles calientes y<br />

templados, cerca a la casa se encontraba el trapiche para<br />

producir azúcar, panela, miel y aguardiente. El trapiche<br />

consistía en un sistema de compresión construido en madera<br />

y accionado por bueyes o por caballos. La construcción<br />

en la que se levantaba el trapiche tenía techo de teja<br />

de barro, era espaciosa y no se amurallaba para permitir su<br />

aireación. Cada trapiche poseía sus fogones, pozuelos y recipientes<br />

para envasar el producto. La casa de trapiche debía<br />

contar también con un almacén para las herramientas<br />

y un espacio para resguardar los animales que cargaban la<br />

caña.


82 I PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

Los fondos, pailas, canoas, hornillas y hormas eran<br />

objetos sumamente valiosos que exigían el cuidado y mantenimiento<br />

de los trabajadores. Los inventarios de las haciendas<br />

trapicheras no descuidan en registrar estos aperos<br />

aun estando rotos o desgastados. El alto precio del hierro<br />

y el cobre en la época colonial, imponía que se celara su<br />

uso. Una libra de hierro podía alcanzar hasta dos patacones<br />

en el siglo xvm, y un simple fondo pesaba varias arrobas.1<br />

En las regiones paramunas del Cauca y en las sabanas<br />

de Cundinamarca y Boyacá, existía el molino triguero. Así<br />

mismo, toda hacienda buscaba hacerse de una fabrica de<br />

teja y ladrillo para proveer sus propias construcciones. Un<br />

recinto, a manera de taller, servía para los oficios de herrería<br />

y carpintería. No sabemos si el lugar en el que se<br />

sacrificaban las reses para alimento de la gente de la hacienda<br />

constituía un sitio especial, pero sí que había un<br />

cuarto donde se elaboraban las velas con el sebo de los<br />

animales sacrificados.2<br />

Otras construcciones las constituían las cabañas de las<br />

familias esclavas y de los trabajadores libres. Éstas eran<br />

ranchos de techo pajizo y bahareque, frágiles y poco duraderas.<br />

Estas cabañas fueron presa fácil del tiempo, tanto,<br />

que en la actualidad no existe vestigio de su existencia. No<br />

obstante, algunos viajeros del siglo xix las encontraron cómodas<br />

y bien cuidadas por sus habitantes.1<br />

El casco de la hacienda llegó a prefigurar algo más que<br />

i. Colmenares, Germán, Cali: mineros, terratenientes y comerdantes<br />

en el siglo xnn, Cali. Universidad del Valle, 1975, pág. 103.<br />

1. Hamilton comenta en su diario que el trabajo del desollado,<br />

descuartizada y despresada de los toros era muy rápido y se hacía a<br />

campo abierto.<br />

3. Hamilton, }. P., Viajes por el interior de las prov incias de Colombia,<br />

Bogotá, Banco de la República, 1955, tomo 11, pág. 71.


la mera evocación del mundo hispánico en el campo; la<br />

casa del hacendado, la capilla con su campana, el trapiche<br />

y los ranchos de la “gente” fueron los espacios de una<br />

sociedad peculiar que acuñó sus propias normas y costumbres.<br />

L a gente<br />

La vida cotidiana en las haciendas coloniales | 83<br />

Las haciendas coloniales neogranadinas llegaron a albergar<br />

grupos e individuos de los más variados sectores<br />

étnicos y sociales. Aunque las haciendas y las estancias no<br />

eran siempre residencia permanente de sus propietarios,<br />

éstos pasaban temporadas en ellas junto a sus familias y<br />

amigos. Vale anotar que en no pocas ocasiones las haciendas<br />

eran refugio de la estrechez económica o de las contrariedades<br />

políticas. Los hacendados, blancos criollos por lo<br />

general, representaban una autoridad lejana, pocas veces<br />

visible. La administración y la autoridad en la hacienda era<br />

depositada en una persona de confianza, normalmente del<br />

mismo grupo social, y en un grupo de capataces. Al respecto,<br />

mucho se ha considerado la diferencia de trato y<br />

relaciones en las haciendas con propietarios ausentes. En<br />

éstas, se ha indicado, el administrador animado por los<br />

beneficios que podía obtener del sistema, imponía a los esclavos<br />

y a los trabajadores un régimen inhumano. Por el<br />

contrario, en las haciendas administradas directamente<br />

por sus propietarios podía surgir con más facilidad un trato<br />

indulgente y paternalista.<br />

Los administradores de las haciendas en muchos casos<br />

eran parientes próximos de los dueños. Primos, sobrinos o<br />

cuñados, en todo caso blancos de un rango inferior al de<br />

los propietarios. De esta proximidad nacía la confianza<br />

que se les tenía. No obstante, los propietarios de las grandes<br />

haciendas acostumbraban elaborar listados detallados<br />

de las tareas y obligaciones que debían cumplirse con ri­


8 4 I PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

gor. Así mismo, era usual que entre propietario y administrador<br />

existiera una correspondencia semanal sobre las<br />

novedades en cada una de las labores de la hacienda. Finalmente,<br />

en un mdimentario libro de contabilidad debían<br />

consignarse los gastos y beneficios por todo concepto.<br />

Los capataces eran responsables de la disciplina y rendimiento<br />

en áreas específicas de la producción de las haciendas.<br />

Unos tenían a su cargo las labores del campo,<br />

otros las del trapiche, molino o destilería. El capataz era un<br />

mestizo o mulato de demostrada destreza en su oficio y<br />

con ascendente sobre los trabajadores.<br />

Un elemento común de las haciendas de las tierras calientes<br />

y templadas colombianas fue su dependencia de la<br />

fuerza de trabajo esclava. Hasta mediados del siglo xvn las<br />

propiedades rurales, debido a la ausencia de fuerza de trabajo<br />

y las limitaciones del mercado, se habían concentrado<br />

en la explotación ganadera que requería el empleo de poca<br />

gente. El auge de las economías mineras del occidente colombiano,<br />

motivó la importación de decenas de miles de<br />

esclavos africanos al país, y la incentivación productiva en<br />

las haciendas. Las haciendas de los valles del Cauca, de<br />

Aburrá, del Tolima y del Magdalena llegaron a concentrar<br />

cientos de esclavos en sus distintas áreas productivas. Estos<br />

esclavos constituían el capital más preciado de las<br />

haciendas, amén de representar el valor más elevado de<br />

sus inventarios. Eran la fuerza de trabajo fija y más estable<br />

de estas haciendas. La adquisición de los esclavos y su<br />

traslado a las haciendas corrieron paralelos con la decisión<br />

de roturar extensivamente la tierra y edificar trapiches<br />

para la producción de panes de azúcar.<br />

Los esclavos de las haciendas no eran exclusivamente<br />

varones en su edad más vigorosa. Mujeres, ancianos y niños<br />

llegaban a representar hasta el 60% de las llamadas


La vida cotidiana en las haciendas coloniales | 85<br />

cuadrillas de las haciendas.4 Eran, en su mayoría, esclavos<br />

criollos nacidos en América. Y cuando había bozales, o sea<br />

africanos recién importados, casi siempre habían pasado<br />

algunos años en las minas. Como grupo, los esclavos eran<br />

muy distintos, así mismo su ubicación y oficio en la hacienda.<br />

En las haciendas de la Provincia de Cartagena un historiador<br />

encontró recientemente que en la segunda mitad<br />

del siglo xvii había una relación de tres hombres por cada<br />

mujer, hecho que propiciaba la rebeldía, el cimarronaje, la<br />

sodomía y el robo de indias de comunidades vecinas. Sólo<br />

en las últimas décadas del siglo xvn, cuando se interrumpió<br />

la importación de esclavos africanos, empezó a observarse<br />

un equilibrio entre los sexos.5<br />

Junto a los esclavos, los negros y los mulatos libres<br />

adquirieron notoriedad en el mundo de las haciendas.<br />

Nacidos de relaciones de negros esclavos con mujeres indígenas<br />

o mestizas, y de negras esclavas con hombres<br />

libres, compartían su cotidianidad con los esclavos. Su<br />

existencia debió flexibilizar las relaciones y el trato en las<br />

haciendas, e incluso replantear la noción negro = esclavo.<br />

Los trabajadores libres de las haciendas constituían un<br />

universo variado en las distintas regiones neogranadinas.<br />

En los siglos xvi y xvn, las haciendas de la sabana cundiboyacense<br />

y de otras regiones del país se sirvieron de la<br />

fuerza de trabajo indígena a través del sistema de concierto.<br />

Los indígenas repartidos en concierto a los distintos hacendados<br />

de la localidad, trabajaban períodos de entre tres<br />

y seis meses, a cambio de un salario. El creciente mestizaje<br />

4. Colmenares. Germán, Popa y tin: una sociedad esclavista, 1680-1800,<br />

Medellin, Ea Carreta. 1979, págs. 74-87.<br />

5. Meiscl, Adolfo, “Esclavitud, mestizaje y haciendas en la Provincia<br />

de Cartagena 15 33-18 51", en E l Caribe colombiano, Harranquilla,<br />

Ediciones Uninorte, 1988, págs. t o o - i o i .


8 6 | PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

y las presiones sobre los pueblos de indios, motivaron el<br />

surgimiento del peonaje en las haciendas. Los llamados<br />

gañanes o jornaleros eran mestizos, mulatos e indios contratados<br />

temporalmente por las haciendas, recibían un jornal,<br />

una ración de chicha y no se reparaba en su sexo o<br />

edad. Repartimiento y peonaje fueron dos instituciones<br />

que coexistieron en la Colonia; la hacienda combinó estos<br />

contratos según su conveniencia en términos de mercado<br />

y oferta de fuerza de trabajo.<br />

El peón era un labriego sin tierra que se contrataba<br />

para desempeñar tareas específicas de las haciendas. Su<br />

vínculo con la hacienda era individual y no comprometía a<br />

su familia. El salario, un real y medio, de un peón del siglo<br />

xvm, era irrisorio, toda vez que no recibía pago por los días<br />

feriados ni por los días de ausencia. La condición del peón<br />

era muy incierta y su vida miserable. El concertado, por su<br />

parte, tenía un contrato más estable. Vinculado a la hacienda<br />

por seis meses o un año, se integraba a actividades<br />

más complejas y variadas. En ocasiones la esposa y los hijos<br />

colaboraban en las faenas y aumentaban los ingresos.<br />

Los concertados pertenecían a los pueblos vecinos a las<br />

haciendas y se desconoce que residieran en forma fija en la<br />

hacienda. No obstante, tal parece que los concertados no<br />

escapaban a las contingencias de los pobres del campo^por<br />

lo que renunciaban con llamativa frecuencia a renovar sus<br />

contratos.fi<br />

En algunas regiones hispanoamericanas las haciendas<br />

retenían esta fuerza de trabajo a través de su endeudamiento.<br />

En el caso neogranadino la relativa abundancia de campesinos<br />

dispuestos a emplearse en las haciendas permitía<br />

la reposición de los que desertaban.<br />

6. Tovar, Hermes, Grande.r empresas agríenlas y ganaderas. Su desarrollo<br />

en el sigh xnn, Bogotá, Ediciones c i f c , 1980, págs. 79-81.


vida cotidiana en las haciendas coloidales | 87<br />

En las últimas dos décadas del siglo xvm surgió en las<br />

haciendas del Valle del Cauca un tipo de trabajador nuevo:<br />

el aparcero o agregado. Los negros libertos y los mestizos<br />

sin tierra recibían una parcela en predios de la hacienda<br />

para su sustento a cambio de sus servicios. En algunos casos<br />

se trataba también de indígenas que no querían retornar<br />

a sus resguardos y preferían quedarse adscritos a una<br />

hacienda. Cabe señalar, además, que estas haciendas recurrieron<br />

al arrendamiento de parcelas a campesinos de la<br />

región. Este hecho dio lugar a la aparición de un individuo<br />

conocido como arrendatario o terrazguero, persona que<br />

pagaba una renta en dinero a la hacienda o, en su defecto,<br />

en trabajo.<br />

Los aparceros, agregados, terrazgueros y arrendatarios<br />

llegaron a constituir, junto a los esclavos, la población trabajadora<br />

más estable de las haciendas colombianas. Su<br />

composición varió según el lugar y la dedicación de la hacienda.<br />

En las haciendas de la altiplanicie de Popayán había<br />

esclavos, pero su número dependía de si la hacienda<br />

poseía trapiche o no. Se pensaba que 50 esclavos eran<br />

suficientes para mover un trapiche. En estas haciendas no<br />

había trabajadores asalariados ni aparceros. En cambio, en<br />

las haciendas de cultivo, la población indígena concertada,<br />

agregada y arrendada era preponderante.7<br />

Finalmente, el trabajo calificado de carpinteros, plateros,<br />

doradores, albañiles y pintores, más asociado con las<br />

ciudades, era igualmente requerido en las haciendas. Artesanos<br />

blancos, mestizos y mulatos fueron empleados para<br />

reparar las piezas de los trapiches, restaurar las casas y decorar<br />

las capillas. Las haciendas de las órdenes religiosas<br />

7. Díaz, Zamira, Guerra y economía en las haciendas, Popayán i j Hoifijo,<br />

Bogotá. Banco Popular, 1983, págs. 41-43.


88 | PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

sobresalían en el empleo de este tipo de trabajador un tanto<br />

peculiar en el campo.<br />

L a jom ada y e l acontecer diario<br />

Las labores cotidianas de las haciendas dependían de su<br />

producción. Si bien la mayoría de las haciendas explotaban<br />

conjuntamente cultivos y ganado, cada una de estas<br />

actividades era programada según los períodos de cosecha<br />

y las épocas de invierno y sequía. Las haciendas que tuvieron<br />

una mayor especialización fueron las trapicheras. En<br />

éstas se sembraba caña de azúcar durante todo el año, en<br />

rotación permanente según fuera chica o grande. El trapiche,<br />

que trabajaba día y noche, debía alimentarse con leña<br />

y caña sin cesar. No obstante, también en las haciendas<br />

trapicheras se realizaba pastoreo de ganado y cultivo de<br />

distintos productos.<br />

La gente de las haciendas iniciaba sus actividades mucho<br />

antes de que el sol despertara. La mayoría iba a los<br />

campos a preparar la tierra, a desyerbar, a limpiar zanjas y<br />

a componer los arados. En épocas de cultivos y cosecha en<br />

los campos de las haciendas la actividad era febril. Eran<br />

semanas en las que se concentraban los trabajadores de la<br />

región, y los administradores y propietarios estaban más<br />

atentos. Así mismo, a los campos también se dirigían muy<br />

temprano los hombres de vaquería. Concentrar las reses,<br />

trasladarlas a los pastos y marcarlas, eran tareas que ocupaban<br />

en forma cotidiana a un grupo particular de trabajadores.<br />

En algunas regiones estos mismos hombres se<br />

ocupaban de la quesería de las haciendas y de la curtiembre<br />

de las pieles.<br />

Cabe agregar que las haciendas tenían su propio abasto<br />

de carnes. En las haciendas vallecaucanas se sacrificaban<br />

entre tres y cuatro reses semanales, unas doscientas al<br />

año. La carne se destinaba a las raciones que se ofrecían a


La vida cotidiana en las haciendas coloniales | 89<br />

la gente de la hacienda. El seho del ganado era utilizado<br />

para engrasar los trapiches y para hacer velas. El cuero era<br />

empleado en la fabrica de monturas para los bueyes y para<br />

hacer camas y zurrones.<br />

Otra actividad importante de algunas haciendas era la<br />

cría de caballos. El caballo era un bien muy preciado en las<br />

ciudades, pero su escasez lo hacía sumamente costoso.<br />

Además de esta razón, ciertos prejuicios llevaban a considerar<br />

que montar caballo era exclusivo de la gente noble.<br />

Los caballos criados en las haciendas de Buga, Cartago y<br />

Neiva eran muy estimados. Hasta allí viajaban arrieros<br />

para adquirirlos y luego venderlos en los mercados de<br />

Santafé, Antioquia y Mompox. Los vaqueros normalmente<br />

eran mulatos o mestizos que se distinguían por su peculiar<br />

indumentaria de capa, sandalias, machete y sombrero<br />

de paja de anchas alas. En las haciendas dedicaban a la vaquería<br />

a los que desde niños demostraban agilidad y destreza<br />

con el lazo y en el trote de los caballos.<br />

Las semanas de rodeo y herranza de las haciendas ganaderas<br />

constituían un verdadero festín. En los meses de<br />

agosto y diciembre se concentraban en las haciendas numerosos<br />

trabajadores libres y gente del vecindario para<br />

emplearse en el recuento y marca del ganado. Los relatos<br />

existentes sobre Doyma, hacienda de tierra templada de<br />

Cundinamarca, señalan que hombres y mujeres acudían en<br />

tropel. Otro tanto ocurría en las épocas de sacas o de envíos<br />

de ganado a las ciudades y a los distritos mineros. Primero<br />

debían componerse los caminos por donde cruzaría<br />

la manada. Luego de realizado el registro de las reses, los<br />

peones empleados por la hacienda iniciaban su recorrido,<br />

a éstos se unían particulares que aprovechaban para dirigirse<br />

a aquellos lugares. En los ríos debía contratarse gente<br />

experta que ayudara a vadear ganado. En muchos aspectos<br />

las sacas, origen de la arriería, eran una auténtica caravana.


9 0 | PABI.O RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

Sin embargo, era el trapiche el lugar que concitaba las<br />

mayores atenciones de las haciendas. De él dependían los<br />

principales ingresos de los propietarios. En algunas haciendas<br />

el trapiche funcionaba día y noche en épocas de<br />

molienda. En el día se ocupaban cuatro pozuelos y dos en<br />

la noche. La actividad del trapiche ocupaba un grupo numeroso<br />

de gente en las labores de campo, de manejo de<br />

muías, de carga de caña y leña, de molienda y de horno. El<br />

envase de la miel en las botijas y los zurrones, y su distribución<br />

en pilones, era tarea dispendiosa. En ocasiones, el trabajo<br />

nocturno en estos trapiches era una forma de castigo<br />

a esclavos remisos.<br />

Según las instrucciones de distintas haciendas la jornada<br />

se iniciaba hacia las cuatro de la mañana. Un capitán<br />

debía llamar en voz alta a los esclavos, hombres y mujeres,<br />

de acuerdo a las tareas que previamente se les habían asignado.<br />

Se sabe que a excepción de los enfermos, todo el<br />

mundo tenía obligaciones diarias. Los niños recogían el<br />

bagazo en los trapiches, transportaban a lomo de muía la<br />

leña y las viandas.<br />

Las Instrucciones dadas a los mayordomos de las haciendas<br />

revelan una especial atención en establecer una división<br />

del trabajo para obtener un mayor rendimiento. En<br />

una de estas Instrucciones, se ordenaba que los molenderos<br />

“no maltraten las muías, teniendo siempre buenos tiros<br />

y cojines...y que el trapiche esté siempre bien aseado”, que<br />

los cargueros “tengan buenos aliños para que no lastimen<br />

las muías, las que han de entregar bien lavadas en la noche,<br />

y si alguno no cumpliere con lo dicho deberá ser castigado”<br />

y los muleros deberán cuidar de “limpiar las muías y<br />

darles sal en los menguantes, teniendo siempre las aguadas<br />

y salitres limpios...” todo lo cual deberá ser supervigilado


por el administrador quién además tendrá cuidado en “hacer<br />

limpiar, quemar y resembrar a su tiempo los potreros”.*<br />

Las mujeres tenían sus obligaciones principales en la<br />

casa de los amos, sin embargo también se ocupaban del<br />

ordeño de las vacas, del cuidado de las aves de corral y del<br />

mantenimiento de las ricas huertas caseras de hortalizas,<br />

verduras y frutales.<br />

La vida rústica de la hacienda no despreciaba el goce<br />

de los frutos de la tierra. Los recuentos de los cultivos en la<br />

huerta de la casa principal y en los patiecitos de las casas<br />

de los esclavos y trabajadores, cuentan cómo se sembraban<br />

flores, manzanos, naranjos, limones, nísperos, pitahayas,<br />

marañones, caimos, duraznos, chirimoyas, cocos,<br />

badeas, piñas, melones, papayas, guayabas, guanábanas,<br />

aguacates, mameyes y zapotes. Respecto a las chirimoyas,<br />

resulta llamativa la alusión que el coronel Hamilton hiciera<br />

de las palabras del barón de Humboldt: “valdría la pena de<br />

hacer viaje a Popayán tan sólo para darse el placer de comer<br />

chirimoyas".9 Igualmente, las haciendas surtían de las<br />

más variadas hortalizas y verduras los mercados de las ciudades.<br />

En las cuentas de las haciendas aparecen nombrados<br />

los despachos de cebollas, arvejas, habas, arracachas,<br />

frijoles y habas.<br />

Los días en ia casa grande<br />

La vida cotidiana en las haciendas coloniales | 91<br />

Más que un lugar de recreo, la casa de hacienda colonial<br />

llegó a constituir para los propietarios su segundo hogar,<br />

cuando no su residencia fija. En ocasiones se ha constatado<br />

que los hacendados preferían residir en sus casas de<br />

campo, prestando atención directa a sus trabajadores. Este<br />

hecho llegó a resentir a los Cabildos de Medellin y Buga,<br />

8. Tovar, H., op. at. pág. 54.<br />

9. Hamilton, |. P., op. at. pág. 25.


92 I PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

que veían cómo las familias beneméritas abandonaban las<br />

ciudades. La presencia, así fuera temporal, de los propietarios<br />

y sus familias en las haciendas, parecería haber marcado<br />

una pauta distinta a las actividades y relaciones<br />

cotidianas. Este tópico en particular fue advertido por los<br />

viajeros de comienzos del siglo xix.<br />

La solidez, confort y dimensión de la casa de campo<br />

colonial era reflejo de la prosperidad de sus propietarios.<br />

En su auge, los hacendados se esmeraron por levantar segundos<br />

pisos en sus propiedades, poner teja en los techos,<br />

instalar puertas y ventanas con cerraduras, embaldosar los<br />

pisos, colocar baños de agua fría y ampliar el tamaño y<br />

calidad de la cocina. El confort se hizo notable en el mobiliario,<br />

decorado y servicios. Al respecto, una de las más<br />

notables descripciones sobre los refinamientos de una hacienda<br />

neogranadina la efectuó el viajero inglés J. P.<br />

Hamilton, quien a propósito de la hacienda Japio, de los<br />

Arboleda, escribió:<br />

Luego de tomar un baño y cambiarnos de ropa, nos sentamos<br />

a la mesa donde, en vajilla de plata maciza y porcelana<br />

francesa, se nos sirvió una comida exquisita, con la cual echamos<br />

en olvido las penalidades sufridas. Es más, se convirtieron<br />

éstas en tema de diversión al paladear los añejos vinos<br />

españoles del señor Arboleda. Pudimos apreciar la inteligencia<br />

e ilustración de los esposos Arboleda. Ya me habían<br />

mencionado al marido en Popaván como hombre de vastas<br />

capacidades que había consagrado enorme esfuerzo para enriquecer<br />

sus conocimientos por medio de los libros.<br />

En una sala que llamaba su estudio, tenía una rica biblioteca<br />

de autores franceses, ingleses, italianos y españoles, muchos<br />

de los cuales había adquirido recientemente en Lim a-<br />

Ai entrar en la alcoba que se me destinara, quedé pasmado<br />

ante el exquisito primor del decorado con que todo estaba,


I.a vida cotidiana a / 1as haciendas coloniales | 93<br />

y el lujo de los artículos de tocador que sólo gastan las familias<br />

más ricas de F.uropa v que nunca esperé encontrar en el<br />

remoto aunque bellísimo Valle del Cauca. Servían de dosel al<br />

lecho cortinas de estilo francés, ornadas de flores artificiales, v<br />

en una consola se veían frascos de agua de colonia, jabón de<br />

Windsor, aceite de Macassar, crcme d'amendcs ameres, cepillos,<br />

etc. Dormí profundamente en mi lujosa cama que bien<br />

podía considerarse por todo aspecto corno un lecho de rosas.<br />

Temprano a la mañana siguiente, un criado entró a anunciarme<br />

que el baño frío estaba listo, l odo aquello me parecía cosa<br />

de ensueño mágico o encantamiento y me sentí como un héroe<br />

de las M il y una noches transportado por los aires a un palacio;<br />

tan mezquinos habían sido los alojamientos y tan pobre<br />

la mesa de que había podido disfrutar durante mi viaje.10<br />

Al parecer haciendas como Japio guardaban una diferencia<br />

considerable con las propiedades medianas del<br />

campo, en las cuales, la rusticidad de la vida cotidiana era<br />

el patrón común y por biblioteca no se poseía más que un<br />

misal o un libro de evangelios. Las observaciones sobre estas<br />

propiedades subrayan las precariedades básicas de la<br />

gente, al punto que sería fácil llegar a pensar que no había<br />

mucha diferencia entre los medianos y los pequeños propietarios<br />

del campo. Esta circunstancia la corroboran los<br />

escasos y simples objetos que unos y otros registraban en<br />

sus testamentos. Sin embargo, un elemento los diferenciaba:<br />

la solvencia de los medianos hacendados para contratar<br />

unos pocos trabajadores en épocas de siembra y<br />

cosecha.<br />

Los hacendados neogranadinos eran conscientes de la<br />

importancia que revestían para sus empresas los trabajadores<br />

indígenas, mestizos y esclavos. La caridad y el espíritu<br />

10. Hamilton, |. 1’., of>. at. págs. 65-66.


94 I pa b l o r o d r íg u e z / B ea t r iz c a s t r o c ar vajal<br />

piadoso que con frecuencia demostraban, era bien compatible<br />

con la racionalidad de sus empresas. Al respecto,<br />

Germán Colmenares encontró que los hacendados del<br />

altiplano payanés, en forma de dádiva, regresaban a los<br />

indígenas que poblaban las haciendas, los pagos de sus tributos.<br />

En otras ocasiones, preferían conmutarles por servicios<br />

sus pagos de dinero. Este procedimiento, claro está,<br />

no se extendía a los pueblos indígenas de la vecindad que<br />

no habitaban en la hacienda. Así, la dádiva era un expediente<br />

de premio o castigo por los servicios recibidos o por<br />

los rechazos experimentados. La misma familiaridad con<br />

los indígenas adscritos a la hacienda llegaba a hacerlos ver<br />

como parte de ella, junto con el ganado y los aperos. En el<br />

extremo de estas manifestaciones se encontraban las<br />

donaciones de tierra a los indígenas. Decisión que se entendía<br />

como un rasgo más de la generosidad patriarcal, y<br />

que, no obstante, encubría el deseo de asegurar el servicio<br />

de las familias indígenas.<br />

Otros rasgos de benevolencia de los amos parecía surgir<br />

en sus relaciones con los esclavos mulatos y negros.<br />

Los hacendados por lo común se ocuparon de que los esclavos<br />

tuvieran una dieta regular de carne, maíz, plátano y<br />

sal. Insistían en que anualmente se adquirieran los cortes<br />

necesarios de bayeta para sus vestidos. En particular, en la<br />

hacienda Las Piedras de Timbío se explicaba que “el vestuario<br />

que se daba a los criados era lo menos para tenerlos<br />

vestidos y abrigados, una cobija de jerga, camisa y calzón<br />

de lienzo y dos capisayos a los hombres; cobija, bayeta<br />

para envolverse y cobijarse, y una camisa de lienzo para las<br />

mujeres”.11 En igual sentido, la vivienda de los esclavos en<br />

II. Rodríguez, Pablo, “Aspectos del comercio y la vida de los esclavos.<br />

Popayán, 1780-1850”, Meddlín, Boletín de Antropología, N ° 23,<br />

Universidad de Antioquia, 1990, pág. 23.


La vida cotidiana en las haciendas coloniales<br />

E n g a tivá.<br />

1767.<br />

A rch ivo G en era l de la<br />

N ació n . M ap o te ca 4<br />

N ° I48a-c.<br />

Plano de las m edidas de<br />

fanegadas, fanegadas de pan<br />

coger y fanegadas de ganado<br />

m ayor según práctica y<br />

ejem plares de la provincia.<br />

1768.<br />

\ich ivo G en era l de la N ación.<br />

M apoteca 4 N ° 259a.<br />

l , V<br />

* r r n<br />

...<br />

’ 1 ' "iJtmt:<br />

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¿Jlt?.


E stan cia de<br />

T e ja d illo y<br />

cultivo de<br />

caña.<br />

C artagen a .<br />

■765-<br />

A rc h iv o<br />

G en era l de la<br />

N ació n .<br />

M ap o teca 4<br />

N ° 79 A .<br />

M áq u in as para usos industriales:<br />

m olino de aceite, prensa de<br />

aceite, m áquina de pilar arroz,<br />

m áquina de m oler chocolate.<br />

1776 .<br />

A rch ivo G en era l de la N ación.<br />

M ap o teca 4 N ° 5 5 7 A


La vida cotidiana en las haciendas coloniales | 95<br />

las haciendas tuvo distintas ventajas. Animados por conservar<br />

la moralidad entre los esclavos, los hacendados<br />

aconsejaban que cada familia construyera su ranchito. Los<br />

solteros, hombres y mujeres, debían vivir en entables separados.<br />

No obstante, el espíritu paternalista de los hacendados<br />

se ha relacionado más con su disposición a conceder la libertad<br />

a sus esclavos. El contacto diario con los esclavos<br />

de servidumbre, los capitanes de campo, trapiche y vaquería,<br />

permitía el surgimiento de relaciones basadas en la<br />

confianza y la obligación. Las Cartas de Libertad que<br />

llegaban a adquirir los esclavos de las haciendas indican<br />

una manifestación afectiva de parte del amo, y también, la<br />

posibilidad que tenían los esclavos en las haciendas para<br />

ahorrar pequeños capitales. Estas libertades, obligado es<br />

decirlo, en muchos casos no beneficiaban al esclavo trabajador,<br />

sino a sus hijos, novias o padres ancianos. En los<br />

casos en que los hacendados otorgaban libertades a sus esclavos,<br />

las daban bajo el compromiso de continuar sirviendo<br />

a la hacienda. Más frecuente era la manumisión de los<br />

esclavos que desempeñaban oficios en la casa principal, especialmente<br />

esclavas ancianas que habían servido a sus<br />

amos durante toda su vida.<br />

Control y patemalismo<br />

La Instrucción más importante dada a mayordomos de<br />

haciendas hispanoamericanas, la de la Compañía de Jesús,<br />

concluía con una máxima de suma crudeza: “Hagan buenos<br />

christianos a los esclavos y los harán buenos sirvientes”.12<br />

Es probable que muchas haciendas colombianas<br />

1 2. Instrucciones a los Hermanos Jesuítas. Transcripción hecha<br />

por Frangois Chevalier y reproducida en Im Iglesia en la economía de<br />

America Latina, siglos xn-xix, A. liauer (compilador), México, i n a h ,<br />

1986. págs. 347-360.


9 6 | PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

repararan poco en el cuidado de los trabajadores que enseñaban<br />

los jesuítas, sin embargo, se sabe que, por la importancia<br />

de sus propiedades rurales, por su presencia en<br />

varias gobernaciones y por su concepción de empresa,<br />

estas Instrucciones incidieron en la administración de distintas<br />

haciendas en el siglo xvni. Núcleo central de estas<br />

instrucciones lo constituía la seguridad de que la fe y la<br />

moral garantizaban el éxito de toda empresa.<br />

La primera y más importante consideración que hace<br />

la Instrucción a los mayordomos es que “Si quieren los<br />

Hermanos Administradores que Dios les eche la bendición<br />

sobre los campos y sementeras de la hacienda, han de<br />

poner mejor cuidado en el cultivo de las almas y buena<br />

educación de los sirvientes y domésticos de ella que en el<br />

cultivo y labranza de los campos, porque Dios ha prometido<br />

abundantes cosechas de frutos temporales a los que<br />

guardan su Santa Ley”. Para lograr este propósito, las<br />

instrucciones señalan en forma sumamente detallada las<br />

medidas que debían tomarse con los esclavos y los trabajadores<br />

libres. Según éstas, todo mayordomo debía tratar<br />

a sus esclavos como a sus propios hijos, sentimiento que<br />

no podía cuestionarse alegando que eso le correspondía a<br />

un cura.<br />

Entre las reglas para la conservación del orden cotidiano<br />

vale la pena comentar algunas. La misa dominical y de<br />

días de fiesta, era una obligación para toda la gente de la<br />

hacienda. Media hora antes de iniciarse el oficio debían<br />

darse repiques de campana para que todos se alistaran. En<br />

una tabla se escribía el nombre de los que entraban y, al<br />

salir, al ser anunciado su nombre, podía retirarse respondiendo<br />

“Ave María Santísima”. Los que faltaban sin una<br />

excusa admisible debían ser castigados con seis u ocho<br />

azotes. Así mismo, en los ranchos de los esclavos y sirvientes<br />

debía vigilarse que no hubiera borracheras, amanceba­


I m vida cotidiana en las haciendas coloniales | 97<br />

mientos, pleitos, odios y escándalos. Para esto se recomendaba<br />

que no se admitieran trabajadores de malas costumbres,<br />

y que los que llegaban, debían demostrar que eran<br />

casados, no fuera que ocultaran sus amancebamientos y<br />

corrompieran a los demás.<br />

Todo trabajador de la hacienda debía tener una tarea<br />

diaria y responder por ella. Los hombres, las mujeres y aun<br />

los niños estaban obligados a cumplir con una labor de<br />

acuerdo a sus fuerzas. Los enfermos eran atendidos por<br />

una anciana inteligente en curaciones ordinarias. Sólo se<br />

les permitía salir del rancho de enfermería para ir a misa,<br />

pero por ningún motivo ir a los trojes, pues era señal de<br />

que disimulaban la enfermedad. Las mujeres embarazadas,<br />

próximas al parto, recibían la confesión y raciones de<br />

jojoba y azúcar para beber en agua caliente. Las raciones<br />

de alimentos y vestidos eran establecidos en días precisos.<br />

Así, la ropa se distribuía en el mes de noviembre y en las<br />

raciones semanales de alimentos se reservaba la carne para<br />

los jueves, y el maíz y la sal para el sábado.<br />

Pero la Instrucción era también un manual de persuasión<br />

a través del castigo y la reconciliación. No duda en<br />

recomendar que cuando el castigo es necesario, debe aplicarse,<br />

pero sin cólera. Primero debe sosegarse el ánimo y<br />

en forma reposada buscar que los esclavos confiesen el delito.<br />

Advierte que si se procede con injurias, baldones y<br />

palabras pesadas, jamás se obtiene la enmienda. Por ningún<br />

motivo debía permitirse que un hombre distinto al administrador<br />

castigara a una mujer, como tampoco debía<br />

hacerse en lugar público, a la vista de todos. A manera de<br />

consejo experimentado, la Instrucción recomendaba: “No<br />

sean amigos de que siempre resuene el estmendo de masas,<br />

y grillos, y cadenas y cepos. Y cuando por graves delitos<br />

fuere necesario que anden algunos aprisionados,<br />

procuren que esto 110 dure mucho tiempo. Y si fuere nece-


9 8 I PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

sario, busquen secretamente padrinos que vengan a rogar<br />

por ellos para soltarlos. Y entonces, habiendo un poco resistido<br />

al ruego delante del culpado, ponderando la gravedad<br />

de su delito que no merece perdón: por fin dénles<br />

libertad, haciendo de modo que ellos queden agradecidos<br />

por el perdón, y juntamente intimidados con la amenaza<br />

de mayor castigo si reinciden”.1-1<br />

Una demostración más personal de este sistema, que<br />

semejaba a una familia, lo constituía el hábito de servir los<br />

hacendados de padrinos de los hijos de sus esclavos. Este<br />

hecho debía reforzar los vínculos en la hacienda e incrementar<br />

el sentido de lealtad y fidelidad al patrón. Así mismo,<br />

en las haciendas del occidente colombiano se difundió<br />

la costumbre de bautizar a los esclavos con el apellido de<br />

sus amos. Aun en la condición libre, se conservaba este<br />

apellido. No se trata, como ingenuamente se piensa, de<br />

que todos estos negros eran hijos bastardos de sus amos.<br />

Hacienda y ciudad<br />

Pero la hacienda no fue un sistema encerrado en sí mismo.<br />

Luego de las épocas de confinamiento y precariedad vividas<br />

por las estancias y las haciendas en el siglo xvn, hilos<br />

muy diversos unieron estas posesiones con las ciudades<br />

vecinas y con las capitales de provincia durante el siglo<br />

xvii. Las haciendas abastecían a las ciudades con sus<br />

productos. La sola hacienda Santa Bárbara colocaba<br />

anualmente 1000 reses en el matadero de Mompox. Los<br />

productos agrícolas y de manufactura vendidos en los<br />

mercados procedían principalmente de las haciendas. Esta<br />

relación comprendía un flujo de acarreos, gentes que iban<br />

y venían por los caminos, préstamos de dineros eclesiásticos<br />

y juegos políticos.<br />

1 3 .Ibid., pág.352.


L// vida cotidiana a i las fiaciaidas coloniales | 99<br />

Los hacendados tenían una presencia visible en la ciudad.<br />

Como figuras de prestigio y precedencia, constituían<br />

el núcleo básico de muchos cabildos municipales. Con frecuencia<br />

poseían los cargos de más alta dignidad como los<br />

de alférez real, depositario general y alcalde mayor. El<br />

control de los cabildos no tenía fines simplemente simbólicos<br />

o figurativos. A través de ellos incidían en la fijación de<br />

los precios de la carne y el maíz.<br />

Claro está, eran también los hacendados los que financiaban<br />

las fiestas cívicas y religiosas de las villas y ciudades.<br />

Contribuían al jolgorio de las efemérides locales con algunos<br />

toros para las corridas, costeaban, así mismo, la cera<br />

para iluminar la iglesia y la pólvora para el convivio nocturno.<br />

De otro lado, la pobreza de los cabildos del siglo xvn<br />

encontró en la economía de las haciendas un potencial de<br />

financiación. En épocas de calamidad las haciendas eran<br />

obligadas a dar contribuciones con productos o en metálico.<br />

En otras ocasiones, cuando la ciudad requería de trabajadores<br />

para componer el cauce de un río, aderezar un<br />

puente, limpiar las calles o, incluso, reparar la iglesia o el<br />

cabildo, se solicitaba el concurso de las haciendas.<br />

Hacienda y ciudad mantenían un delicado vínculo social.<br />

En particular, durante las épocas de escasez y de altos<br />

precios de los víveres, se sentían con intensidad en las haciendas.<br />

El historiador Germán Colmenares encontró que<br />

en la Provincia de Popayán, ocurrieron tres grandes períodos<br />

de crisis de abastecimientos: 1683-1689, 1741-1747 y<br />

I 7^3_I79°- Crisis que eran motivadas por las epidemias,<br />

los veranos prolongados, las rivalidades entre varias ciudades<br />

por el abasto, el consumo excesivo y la lejanía de los<br />

batos con respecto a las ciudades.'4 Los efectos del desa-<br />

14. Colmenares. Germán. Popayán: Una sociedad esclavista, 1680-<br />

r8n, Medellin, La Carreta, 1979, págs. 215-227.


IOO I PABLO RODRÍGUEZ / BEATRIZ CASTRO CARVAJAL<br />

basto eran notables entre todos los vecinos, dando origen<br />

al desorden social. En estas épocas, el abigeato y la cuatrería<br />

hacían su aparición y no sólo en las propiedades<br />

cercanas a las ciudades. Se trataba, casi siempre, de una<br />

delincuencia para sobrevivir. Tres o cuatro mestizos o mulatos<br />

pobres se adentraban al anochecer en el campo, sacrificaban<br />

una res y retornaban al amanecer con las carnes.<br />

Otras manifestaciones de tensión social las vivió la hacienda<br />

con los grupos de gente pobre que se arraigaron en<br />

sus confines. Los casos de las haciendas de los valles del<br />

Cauca y del Magdalena revelan un cuadro de conflictos<br />

muy variado. En algunos casos se trató de comunidades<br />

con las que la hacienda coqueteó y trató de convertir en<br />

arrendatarios. En otros, fueron arrendatarios que se alcanzaron<br />

en sus pagos y se negaron a abandonar las tierras.<br />

Finalmente, en otros, se trató de palenques o comunidades<br />

de arrochelados que vivían de algunos cultivos, la caza, la<br />

pesca y de algún trato con la hacienda. El desafío de estos<br />

palenques a la pretensión de las autoridades de transformarlos<br />

en poblados, era un reto tácito al influjo de los hacendados.<br />

Con frecuencia, un manto de violencia cubrió la<br />

relación de las haciendas con los palenques, en algunos<br />

pocos casos, como los de Atnaime y E l Bolo en el centro del<br />

valle del Cauca, se creó una relación armónica.'5<br />

15. Véase, Colmenares, Germán, “Castas, patrones de poblamicnto<br />

y conflictos sociales en las provincias del Cauca 18 10 -18 30 ”, en G.<br />

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I 993-


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Casa y orden cotidiano en el<br />

Nuevo Reino de Granada, s. xvm<br />

PABLO<br />

R O D R ÍG U E Z JIM É N E Z<br />

Universidad Nacional de Colombia<br />

Eyn el Nuevo Reino de Granada ninguna otra construcción<br />

distinta a las visibles iglesias y a las sedes de los Cabildos<br />

llegó a ser tan notoria como la casa colonial. Criolla,<br />

mestiza o indígena, la casa era el lugar donde las familias<br />

aseguraban un hogar, daban calor a sus días y conservaban<br />

un honor. En la tradición castellana medieval todo individuo<br />

debía pertenecer a una “casa y solar conocido”, entendiendo<br />

por tal, que todo hombre o mujer, en la condición<br />

de noble o siervo, debía pertenecer a un lugar. Pero esta<br />

pertenencia a un lugar equivalía a participar de una familia,<br />

de una comunidad. Así mismo, esta declaración distinguía<br />

a los castellanos de los judíos, de los gitanos y de los conversos.<br />

Esta tradición se extendió al Nuevo Reino de Granada.<br />

Así, no era extraño que españoles recién llegados a<br />

una ciudad y acogidos por una familia confesaran pertenecer<br />

a la “casa” de esta familia. Casa y familia tuvieron<br />

entonces similar significado entre los sectores más hispanizados<br />

de la sociedad.<br />

La casa de dos pisos fiie excepcional en la Nueva Granada.<br />

Salvo en Cartagena de Indias, donde barrios como<br />

La Merced y San Sebastián casi constituían un conjunto de


104 I PARLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

casas suntuosas de dos y tres niveles, la casa de una planta<br />

fue el patrón común de las ciudades y villas coloniales. Las<br />

pocas casas de dos pisos de cada lugar enmarcaban la plaza<br />

principal. A partir de la cual un variado paisaje de casas<br />

de un nivel se alineaba hasta los extramuros de la ciudad.<br />

La casa de alto y bajo, como se llamaba a la de dos pisos,<br />

era propia de las familias más ricas. Se requería gran<br />

capital para construir una edificación de esta complejidad.<br />

La teja y el adobe empezaron a ser utilizados en el siglo<br />

xvii, sin embargo no todas las poblaciones contaban con<br />

fábricas para su producción, ni se los conseguía a lo largo<br />

del año. El precio de la teja hacía de distintivo de las casas<br />

que lo enseñaban en sus techos. La construcción de una<br />

vivienda de dos pisos llevaba varios años. Hoy los restauradores<br />

de estas viviendas encuentran que muchas se<br />

construyeron en forma interrumpida.<br />

Las casonas de dos pisos que construyeron los encomenderos<br />

de los siglos xvi y xvn eran utilizadas como depósito<br />

y como vivienda. En los cuartos del primer nivel se<br />

amontonaban los productos que los indígenas pagaban<br />

como tributo y se alojaba a la servidumbre. En el piso superior<br />

se hallaban las alcobas de la familia. Esta distribución<br />

varió en el siglo xvm. El primer piso fue ampliado, las<br />

familias trasladaron allí parte de sus alcobas, las áreas sociales<br />

se impusieron y, en ocasiones, abrieron una tienda<br />

con puerta o ventana a la calle. La cocina y la servidumbre<br />

continuaron en el primer piso, aunque alrededor de un<br />

nuevo patio. Estas casas tenían una puerta en un costado<br />

para el ingreso de las bestias, la leña y el agua. Las viviendas<br />

de una planta, según fuera su tamaño, calidad y ubicación,<br />

indicaban la condición social de sus propietarios.<br />

Muchas casas cercanas a las plazas mayores se entremezclaban<br />

con las de dos pisos, eran tan espaciosas como éstas


Casa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnu | 105<br />

y tenían una distribución armoniosa. Las más opulentas se<br />

componían de dos y tres patios.<br />

Una forma más modesta de casa de una planta, difundida<br />

en todas las ciudades neogranadinas, fue la construida<br />

en forma de L alrededor de un patio central. Se adornaba<br />

con un contraportón que daba acceso a un espacioso corredor.<br />

En éste se situaba el comedor y los muebles que<br />

servían de sala. Las dos habitaciones que poseían se comunicaban<br />

con el interior a través del corredor y, cuando daban<br />

a la calle, con una ventana. En estas casas vivía la<br />

gente de condición social media de las ciudades: blancos<br />

pobres y mestizos de algún patrimonio. Este tipo de vivienda<br />

era corriente en barrios como San Sebastián y Santo<br />

Toribio en Cartagena, La Catedral y El Príncipe en<br />

Santafé de Bogotá, San Benito, San Roque y San Lorenzo<br />

en Medellin, San Agustín en Popayán, y Santa Rosa y San<br />

Nicolás en Cali.<br />

El bohío, o rancho de paredes de bahareque y techo de<br />

paja, era la vivienda común de la gente pobre de todas las<br />

ciudades coloniales. Estaba conformada por una sola alcoba<br />

que servía de dormitorio y sala. En la parte posterior<br />

una hornaza bajo una enramada de techo pajizo sin paredes<br />

era toda la cocina. En cada lugar, éstas indicaban que<br />

allí vivían indígenas, mulatos y negros. El aspecto rústico<br />

de estas viviendas fue el rasgo distintivo de los barrios Las<br />

Nieves y Santa Bárbara de Tunja y Santafé de Bogotá, de<br />

Santo Toribio y Getsemaní de Cartagena, de Guanteros y<br />

Quebrada Arriba en Medellin y de San Nicolás y San<br />

Agustín en Cali.<br />

Estas diferencias pueden apreciarse en los recuentos<br />

que las mismas autoridades coloniales efectuaron de las<br />

viviendas de algunas ciudades. Popayán, por ejemplo, en<br />

1807 poseía 73 casas de dos plantas, 307 de un piso con<br />

techo de teja y 491 con techo de paja. Cartagena de Indias,


IOÓ | PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

en 1777, tenía 719 casas de una planta y 222 de dos pisos<br />

(en estado inhabitable se econtraban 38 casas de una planta<br />

y 8 de dos). Y Medellin, en 1786, estaba conformado por<br />

4 casas de dos plantas, 92 de un piso con techo de teja y<br />

279 con techo de paja. Por supuesto, las casas en estas ciudades<br />

también se distinguían según tuvieran o no solar y<br />

cocina independiente.<br />

La cocina constituía uno de los espacios más importantes<br />

de las casas coloniales. Situada en la parte posterior<br />

de cada vivienda, en ocasiones aislada del conjunto residencial<br />

para prevenir los frecuentes incendios, en la cocina<br />

se preparaban los alimentos, y era el lugar donde se mantenía<br />

encendido el Riego. Tal vez no existía lugar más activo<br />

y social de cada casa que su cocina. En las viviendas<br />

pobres, la cocina estaba en el patio, cubierta por una enramada.<br />

Con excepción de las grandes casas coloniales, el común<br />

de las viviendas de la época poseía muy pocas alcobas.<br />

Las grandes casonas cartageneras y payanesas tenían<br />

numerosos cuartos para la familia, parientes, visitantes y<br />

sirvientes. En éstas, la alcoba tendía a ser un espacio privado,<br />

individual. No obstante, la mayoría de las viviendas<br />

sólo poseía uno o dos cuartos en los que se dormía, comía<br />

y vivía. La casa de los pobres, mestizos, indígenas y mulatos<br />

se componía casi exclusivamente de una alcoba, en la<br />

que se encontraba un camastro y los pocos muebles que<br />

conformaban su menage.<br />

Esta estrechez de la vivienda era advertida y denunciada<br />

como la causa de la promiscuidad en que vivían muchos<br />

sectores de la población. AI respecto, el capuchino<br />

Joaquín de Finestrad, que había recorrido distintas regiones<br />

del Nuevo Reino, se lamentaba en su notable escrito,<br />

E l Vasallo Instruido, en los siguientes términos: “...aun<br />

aquellos que tienen la proporción en sus casas, de cuyo be­


Cosa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Gravada, s. xrm | 107<br />

neficio carecen los más, viviendo en unas pobres chozas, y<br />

viéndose por esta razón precisados a dormir en cama franca,<br />

o común a todos; hermanas con hermanos, y padres<br />

con hijas, o a ser éstos testigos oculares del recato matrimonial<br />

tan recomendado”.1 Unido a la restricción de espacio<br />

estaba el hecho de la casi total ausencia de puertas que<br />

aislaran los cuartos interiores. Aquí todo era visto, todo era<br />

escuchado. Lo íntimo individual, lo que se entendía como<br />

privado, era el espacio de la familia. En Popayán, una mujer<br />

se extrañaba de que su esposo se molestara porque le<br />

había interrumpido la lectura. El archivo judicial de la<br />

época no cesa de decírnoslo, en esta sociedad con tantas<br />

ranuras y tabiques todo era visto, pero especialmente lo<br />

anormal y lo ilegal.<br />

F o n n a s d e v iv ir<br />

Uno de los hechos más notables de la vida familiar colonial<br />

era que ésta muchas veces se compartía con parientes<br />

lejanos, con esclavos y sirvientes. En los distintos sectores<br />

sociales, la familia no estaba conformada exclusivamente<br />

por los padres y los hijos, pues normalmente la formaban<br />

también abuelos, tíos, primos, suegros, yernos, cuñados y<br />

ahijados. En cada historia familiar distintas razones económicas,<br />

demográficas o circunstanciales conducían a que la<br />

vida familiar fuera compartida con otros. En algunos lugares<br />

esto llegó a ser tan común, que a los primos hermanos<br />

simplemente se les llamaba hermanos. La adopción de<br />

huérfanos y la hospitalidad a desvalidos era un hecho natural<br />

y desprejuiciado. Así mismo, la costumbre de la posesión<br />

de esclavos domésticos era algo más que una<br />

inversión económica. Con demasiada frecuencia los escla­<br />

1. |oaquín de Kincstrad. E l Vasallo Instruido en el Nuevo Reino de<br />

Granada, r 789. manuscrito. Biblioteca Nacional.


108 | PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

vos daban a sus amos, además de servicios durante toda su<br />

vida, compañía y afecto.<br />

La familia compuesta por tres generaciones, padres,<br />

hijos y nietos, parecería haber sido más frecuente entre<br />

quienes tenían un patrimonio. A pesar de haber existido<br />

un régimen igualitario de herencia y derechos de los hijos<br />

a reclamar las partes en el momento de su matrimonio,<br />

muchos padres exigían a los hijos continuar residiendo en<br />

casa. Establecer una nueva casa era algo sumamente oneroso.<br />

El hecho es que, en cada ciudad, entre los grupos<br />

solventes de la sociedad, encontramos casas donde los<br />

abuelos convivían con dos o tres hijos casados, sus respectivas<br />

esposas y sus nietos. En algunos casos, los padres<br />

condicionaban el permiso de matrimonio de sus hijos a<br />

que la nueva pareja continuara a su lado. Forma sutil de<br />

hacerse a una compañía y a unos brazos para el trabajo.<br />

Red que no ocultaba su influencia sobre el diario vivir y el<br />

destino de estas parejas.<br />

Un factor que limitaba la existencia de familias de tres<br />

generaciones era la temprana edad a la que se moría. Menos<br />

del 7% de la población de las ciudades superaba los 55<br />

años, y eran los hombres quienes primero sucumbían en<br />

esta fatal demografía. Así, aunque el común de la población<br />

de las ciudades contraía nupcias y concebía sus primeros<br />

hijos relativamente temprano, pocos nietos tenían<br />

la oportuidad de conocer y convivir con sus dos abuelos.<br />

El caso más frecuente era criarse con los padres y con una<br />

de las abuelas.<br />

La circunstancia de vivir distintos hermanos con sus<br />

hijos en casa de los padres, motivados por necesidades<br />

económicas y afectivas, no dejaba de presentar situaciones<br />

reveladoras. A la muerte de los padres, recibían en herencia<br />

fracciones de una casa que podían conservar durante<br />

muchos años. En el centro de Medellin, a fines del siglo


Casa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xivi | 109<br />

xvm, cuatro hermanos Alvarez compartían la casa que habían<br />

heredado. Cuando en una ocasión debieron declarar<br />

la porción que cada uno tenía, dos afirmaron poseer de a<br />

séptimas partes y dos de a parte y media. Hecho interesante<br />

en estos casos es descubrir que la tutoría de la casa<br />

recaía no siempre en un hombre. En el caso comentado se<br />

trataba de la hermana mayor doña Gregoria Alvarez, casada<br />

con don Miguel Gómez.J<br />

En ocasiones, también, el parentesco familiar determinaba<br />

la vecindad. En barrios de reciente conformación o<br />

que habían conservado lotes baldíos, hermanos y primos<br />

recibían en herencia fracciones de un predio donde levantaban<br />

sus casas, y se convertían en vecinos. Calles como la<br />

de El Rosario o El Carnero en el barrio Guanteros de Medellin,<br />

eran reconocidas como de las familias Olarte y<br />

González. El parentesco aquí no se reducía a una casa,<br />

abarcaba la calle y el barrio. Lo público, es decir la calle,<br />

era alterado por lo doméstico que no se contenía en un espacio<br />

privado.-1<br />

La convivencia de distintas familias en una misma casa<br />

no es un hecho reciente. Ya en el siglo xvm distintas ciudades<br />

colombianas observaban este fenómeno. En Cartagena<br />

de Indias, Tunja y Santafé se nombraba como “tiendas”,<br />

“asesorías”, “dichas” y “cuartos” a las partes de las casas en<br />

las que vivía una familia. Numerosos caserones de Cartagena<br />

de Indias eran habitados por seis, ocho y hasta once<br />

familias. Por supuesto, la mayoría eran familias pertene-<br />

2. I/» casa de los Álvarez estaba situada en la manzana N ° 26. Archivo<br />

Histórico de Antioquia. Padrón de Mcdcllín, 1787, vol. 340, doc.<br />

6503, fol. 289.<br />

3. Ixis Olarte ocupaban 4 de las 13 casas de la calle del Rosario,<br />

mientras que los González habitaban tres de las siete residencias de la<br />

calle El Carnero. Archivo Histórico de Antioquia, Padrón de Mcdcllín,<br />

1786, vol. 340. doc. 6503, Ibis. 245-260.


H O I PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

cientes a las castas de mulatos y pardos. Sin embargo, conviene<br />

tener en cuenta que en muchos de estos casos los<br />

miembros de la familia jefe eran blancos empobrecidos. Y,<br />

aunque esta modalidad de vida era más frecuente en los<br />

barrios populares de Getsemaní y Santo Toribio, en La<br />

Merced y San Sebastián no se desconocía. Un ejemplo notable<br />

de cómo vivían estas familias lo podemos encontrar<br />

en una de las casas de la Calle Nuestra Señora de las Angustias<br />

del barrio La Merced. En la parte alta y principal<br />

de la casa vivía el presbítero don Joseph Mendoza en compañía<br />

de su hermana Eugenia, quienes eran asistidos por<br />

seis esclavos de distintos sexos y con edades que oscilaban<br />

entre los 18 y los 5 1 años. En esta misma área superior vivía<br />

su hermano, el recaudador del derecho de Sisa de la<br />

ciudad, don Felipe de Mendoza, con su esposa, cuatro hijos<br />

y tres esclavos. En la parte inferior de la casa vivía el<br />

oficial de contaduría don Joseph de Paz con doña Teresa<br />

de Mendoza, hermana de aquéllos, con sus siete hijos y<br />

dos esclavos. En un costado de este piso vivía doña Melchora<br />

de Paz, hermana del anterior, abandonada de su<br />

marido pero acompañada de cinco esclavos. En un rincón<br />

y hacia el patio, estaba la alcoba de una mulata ya anciana,<br />

sostenida por su hijo, José Olivo, oficial de sastrería, y<br />

acompañados de una mujer de treinta años y de un niño<br />

expósito que habían recogido tiempo atrás. Más al fondo,<br />

se encontraba un cuarto donde vivía el mulato Anastasio<br />

Galindo, dedicado a la carpintería, con su esposa y una<br />

hija de ocho años. Finalmente, una última alcoba estaba<br />

alquilada a unos comerciantes que guardaban allí sus mercaderías.4<br />

4. Se trata de la casa N ° 2, manzana N ° 1, de dicha calle. Archivo<br />

General de la Nación, Padrón del Hamo de Nuestra Señora de la M erced<br />

de Cartagena de Indias, Milicias y Marina, 1777, t. 14 1.


Casa v orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 111<br />

Como puede observarse, en una casa más o menos excepcional<br />

de la época, convivían 41 personas de los grupos<br />

blanco, mulato, pardo y esclavo. Conformaban seis familias,<br />

varias con un origen muy próximo, otras simplemente<br />

anexadas a esta gran comunidad doméstica. Aquí, aunque<br />

puede suponerse que existían áreas reservadas para cada<br />

familia, las zonas comunes debían ser muy importantes. El<br />

zaguán, los corredores, la escalera, el patio, la cisterna de<br />

agua, el depositorio, la cocina y el comedor eran lugares de<br />

encuentro cotidiano en los que se daba la comunicación y<br />

se reforzaba la solidaridad. No obstante, en estas casas de<br />

tantas almas, niños y avatares, cada uno debía inventar su<br />

lugar y momento de privacidad.<br />

Un aspecto trascendental de la vida familiar colonial<br />

empezó a ser el surgimiento desde el mismo siglo xvm de<br />

la familia “reducida”, o mejor, conyugal. Algo más de la<br />

mitad de las familias de las principales ciudades colombianas<br />

estaban conformadas por los cónyuges y sus hijos. En<br />

ocasiones este núcleo se distorsionaba con la muerte de<br />

uno de los padres y se transformaba en el de las familias<br />

constituidas por una viuda o un viudo con su prole. También<br />

era muy frecuente que un rápido matrimonio de la<br />

viuda o el viudo recompusiera esta unidad. Esta estructura<br />

familiar estaba presente en todos los sectores sociales.<br />

Aunque parecería que era dominante entre los blancos pobres,<br />

los mestizos y los mulatos, cuando las circunstancias<br />

económicas los obligaban, expulsaban a los hijos mayores<br />

para que buscaran su sustento.<br />

Así, distintos factores sociales provocaban severos desgarramientos<br />

en el orden familiar, dando lugar a formas de<br />

convivencia bastante atípicas para nuestra imagen del<br />

mundo colonial. Al observar más en detalle las personas<br />

que vivían en cada una de las casa de estas ciudades se ha<br />

revelado un hecho sumamente interesante: el crecido nú­


I 12 | PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

mero de personas solitarias que las habitaban. Se trataba<br />

de gente adulta que compartía una vivienda, en la que recibía<br />

compañía y servicios. Podía tratarse de una viuda que<br />

vivía con una esclava, o de dos mujeres de las castas que<br />

vivían solas; no faltaban hermanos que se habían conservados<br />

célibes y decidían no separarse, comerciantes acompañados<br />

de un sirviente y ancianos asistidos por una esclava.<br />

Los ancianos ricos o de condición modesta, viudos o solteros,<br />

podían asistirse de sirvientes. Entre los pobres, los<br />

infortunios de la existencia, parecerían acercarlos en busca<br />

de ayuda mutua.<br />

La casa y la vecindad eran lugares de solidaridad y de<br />

fraternidad pero también de competencia de intereses sexuales,<br />

económicos y personales. La proximidad con que<br />

se vivía exponía a las personas a roces que se expresaban<br />

en forma verbal o de hecho y que generalmente herían el<br />

honor. El comportamiento de una persona no era ajena a<br />

los vecinos, pues se compartían callejones, patios y solares.<br />

En el momento de un altercado, lo íntimo se volvía materia<br />

de acusación. En la acusación personal, la casa era<br />

puesta en cuestión.<br />

Nacer, casar y morir en casa<br />

Es probable que una de las diferencias más significativas de<br />

la sociedad colonial con la sociedad moderna consista en<br />

que los tres acontecimientos decisivos en la vida de todo<br />

individuo ocurrían en casa, rodeados de parientes y amigos:<br />

se nacía en el lecho de la madre, asistido por una<br />

partera y ante la expectativa de los familiares. La madre<br />

embarazada no tenía el recurso de un médico ni de una<br />

bibliografía que la instruyera. La comprensión de su estado<br />

y de los cuidados que debía tener le eran dados por las mujeres<br />

mayores. Las matronas transmitían consejos, recetas,<br />

y también prejuicios. A las embarazadas se les recomenda­


Casa v orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 113<br />

ba principalmente prudencia en los movimientos, evitar las<br />

corrientes de aire y negarse a toda relación sexual con su<br />

marido. De otro lado, un consejo obligado, aun para las<br />

esclavas, era enriquecer la dieta en los últimos tres meses.<br />

Resultado de los insuficientes conocimientos médicos<br />

y de la falta de asepsia en el parto, la mortalidad infantil se<br />

presenta como uno de los hechos más dramáticos en el<br />

pasado. En estas circunstancias, el nacimiento era un triunfo<br />

de la vida, entendido como un regalo del Señor. La<br />

muerte de los infantes era tan habitual, que en muchos casos<br />

los padres 110 hacían presencia en sus entierros. La<br />

Iglesia, previendo complicaciones en la infancia, recomendaba<br />

a los padres apresurarse a bautizar al recién nacido,<br />

hecho que ocurría en los dos o tres días siguientes al nacimiento<br />

en la pila que para este efecto poseía cada parroquia.<br />

La fórmula “Yo te bautizo, en el Nombre del Padre, del<br />

Hijo y del Espíritu Santo, Amén", fue establecida y difundida<br />

por el Concilio de Trento. La ceremonia del bautizo<br />

era sencilla: se componía de la ablución con agua bendecida,<br />

la recitación de la fórmula y la asistencia de los padres<br />

y de dos padrinos. La sola presencia de los padrinos en la<br />

ceremonia les otorgaba parentesco espiritual con la criatura.<br />

Un aspecto importante del bautismo era la designación<br />

de un nombre. Los nombres de pila coloniales revelan los<br />

acentos religiosos y devocionales de la comunidad. Los<br />

nombres del siglo xvi estaban muy asociados al antiugo<br />

santoral cristiano. Durante los siglos xvn y xvm, se hicieron<br />

familiares los nombres de algunos santos y jerarcas<br />

patrocinados por las comunidades religiosas. Entre los<br />

hombres los nombres más acostumbrados eran José, Ignacio,<br />

Francisco, Antonio, Mariano y Vicente. Entre las<br />

mujeres, el culto mariano determinó decididamente sus<br />

nombres. María se convirtió en el prefijo de los nombres


I T4 | PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

más corrientes: Josefa, Gertrudis, Javiera, Ana, Ignacia, Catarina,<br />

Manuela, Juana y Antonia. Muchos de éstos, puede<br />

observarse, eran feminizaciones de los nombres de santos<br />

varones. Los nombres de Jesús yjesusa sólo se popularizaron<br />

en el siglo xix.5<br />

La mayoría de los niños venían al mundo en los meses<br />

de agosto, octubre y mayo. De acuerdo con las estadísticas,<br />

las parejas concebían sus hijos en los meses de noviembre,<br />

enero y septiembre. El mes de nacimiento estaba<br />

muy determinado por las recomendaciones eclesiásticas<br />

de hacer veda sexual en las épocas de Cuaresma y de Navidad.<br />

Justamente, los meses en que menos niños nacían<br />

eran diciembre y enero.<br />

Cada familia tenía en promedio cuatro hijos que llegaban<br />

a la edad adulta. En sus testamentos, los padres y las<br />

madres nombran a algunos de sus hijos fallecidos en la<br />

adolescencia y en la juventud. Con sentimientos de dolor y<br />

nostalgia hacen memoria de un afecto profundo. Los niños<br />

de menos de diez años apenas si son recordados. Este<br />

silencio sobre los niños muertos al nacer o en su infancia<br />

hace difícil conocer cuántos alumbramientos llegaban a tener<br />

las mujeres coloniales. No obstante, nunca fueron tantos<br />

como usualmente se piensa. Las familias de más de<br />

diez hijos en la época colonial Rieron una excepción, incluso<br />

en Medellin. El tamaño sorprendente de las familias de<br />

distintas regiones del país fue un fenómeno que sólo empe­<br />

5. No sobra considerar que en el momento del bautismo los niños<br />

y niñas recibían los apellidos de sus padres. Cuando carecían del apellido<br />

del padre, porque nacían de relaciones ilegítimas o porque eran<br />

expósitos, podían ser bautizados con el nombre de la población de origen:<br />

como María Rosalía Duitama o Tomasa de Ubaté. En algunos casos<br />

también se usaban referencias a la geografía o a un oficio: Juana<br />

Rita Montes, José Antonio Cogollos o Juan Francisco Pilador, Laureano<br />

Carbonero, Vicente Labrador.


Casa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 115<br />

zó a darse a mediados del siglo pasado, cuando se amplió<br />

la frontera agrícola y se conformó la unidad doméstica<br />

campesina.<br />

De otro lado, el matrimonio, más que una necesidad<br />

era una ambición de todos los hombres y las mujeres. El<br />

matrimonio era tanto la celebración de un sacramento de<br />

la Iglesia como el más importante ritual du passage que<br />

marcaba la vida de todo individuo. El significado del matrimonio<br />

católico difundido por los clérigos llegó a calar<br />

hondo en la población neogranadina. A pesar de las licencias<br />

que la sociedad otorgaba a la sexualidad masculina y<br />

de la serie de factores sociales que llevaban a muchas personas<br />

a vivir en concubinato, el matrimonio era considerado<br />

como el estado ideal de hombres y mujeres.<br />

La selección de un pretendiente era un asunto que<br />

involucraba a toda la familia. Los arreglos matrimoniales<br />

los llevaban a cabo tíos o los mismos padres, que examinaban<br />

al pretendiente futuro ideal para sus sobrinas e hijas.<br />

En otros casos era el propio interesado, acompañado de<br />

un padrino o un benefactor quien visitaba al padre de la<br />

novia para manifestarle sus intenciones y considerar las<br />

nupcias. Conversaciones privadas en salitas amobladas<br />

con canapés y silletas, se trataban los términos formales y<br />

la fecha de las nupcias. Entre los estratos medio y alto de la<br />

sociedad, la decisión matrimonial era considerada demasiado<br />

importante como para dejarla en manos de los jóvenes.<br />

En este medio los jóvenes no elegían sus cónyuges. La<br />

alta estima en la que se tenía la dote entre los contrayentes<br />

envolvía de formalidad las nupcias y situaba a los padres<br />

en el centro del juego.<br />

El celo de los padres y de los familiares sobre los pretendientes<br />

de los jóvenes se orientaba principalmente a<br />

impedir los matrimonios con inferiores raciales. La sociedad<br />

criolla vivía con especial aflicción las uniones que in-


I l 6 | PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

tentaban sus integrantes con gente mestiza o mulata. Una<br />

actitud que tenía respaldo jurídico era oponerse al consentimiento<br />

de tales uniones, hecho con el cual se perdían los<br />

derechos hereditarios y los clérigos debían apartar su bendición.<br />

Una estrategia, probablemente inconsciente, fue<br />

aconsejar la conveniencia de los matrimonios entre familiares.<br />

Las uniones entre parientes se arreglaban para fortalecer<br />

los nexos familiares, robustecer las economías de tíos<br />

y primos, y para excluir a la gente de dudosa condición<br />

racial y social. En ocasiones, también, el prejuicio contra<br />

los extraños conducía a robustecer las alianzas familiares<br />

entre componentes de un mismo grupo socio-profesional.<br />

De las últimas décadas del siglo xvi se conocen las uniones<br />

entre encomenderos; en los siglos x v i i y xvm se hicieron<br />

corrientes los matrimonios entre familias de mineros, comerciantes<br />

y hacendados.<br />

Carecemos de un estudio que nos indique cuál era la<br />

edad a la que hombres y mujeres contraían nupcias. Sin<br />

embargo, si restamos un año a la edad promedio en la que<br />

a fines del siglo xvm las madres habían tenido su primer<br />

hijo, podemos establecer que las mujeres contraían matrimonio<br />

hacia los 22 años. Esta edad debía variar de acuerdo<br />

a la condición racial, social y regional de las mujeres. Es<br />

probable que la edad de las mujeres blancas y mestizas<br />

urbanas fuera mayor que la de las mestizas, mulatas e indígenas<br />

rurales. Sobre la edad de los hombres siempre se ha<br />

considerado que era mayor. Un hecho cierto es que la diferencia<br />

promedio de edad entre las parejas urbanas del<br />

Nuevo Reino de Granada oscilaba entre 6 y los 10 años.<br />

Pocas parejas tenían edades cercanas, en cambio muchas<br />

presentaban diferencias de entre 16 y 30 años.<br />

Desde el Concilio de Trento la celebración del matrimonio<br />

debía efectuarse dentro de una iglesia. Sin embargo,<br />

según hemos advertido, en el Nuevo Reino a mediados del


Caso y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 117<br />

siglo xvm, continuaban realizándose ceremonias nupciales<br />

en casas de particulares notables. Para dar inicio formal a<br />

un matrimonio, las normas exigían la presentación de una<br />

información matrimonial confirmada por dos vecinos.<br />

También, los novios debían hacer confesión cristiana sobre<br />

su auténtica motivación matrimonial, sus posibles<br />

noviazgos y experiencias sexuales anteriores. Toda ceremonia<br />

era anunciada a la comunidad durante tres domingos<br />

consecutivos. Solo en casos en que las autoridades<br />

eclesiásticas consideraran conveniente obviar las proclamas<br />

dominicales para defender un matrimonio se realizaba<br />

la ceremonia en la misma semana del anuncio.<br />

Las nupcias coloniales se celebraban muy temprano en<br />

la mañana y de manera bastante sobria. No se hacía gasto<br />

en coros o misas especiales. Las parejas asistían acompañadas<br />

de sus familiares y de dos testigos. No existía una<br />

formalidad en cuanto al vestuario, simplemente se vestían<br />

las mejores prendas sin reparos de color. El momento más<br />

importante de la ceremonia lo constituía la respuesta de<br />

los novios a la pregunta del sacerdote: “Acepta Ud. fulana,<br />

como esposo a fulano?” El clérigo debía interrogarlos y<br />

asegurarse de que establecían el vínculo con absoluta libertad<br />

de consentimiento. Concluida la misa, los asistentes<br />

eran invitados por los padres de la novia para festejar el<br />

acontecimiento.<br />

Los meses preferidos para efectuar los matrimonios<br />

eran febrero, mayo y noviembre. Estas fechas podían ser el<br />

resultado de la negativa de los clérigos para efectuar velaciones<br />

en el Adviento y en la Cuaresma. Cabe señalar que<br />

las parejas no iban a vivir inmediatamente lejos de sus<br />

padres, los primeros años debían pasarlos junto a ellos<br />

mientras acumulaban el capital necesario para adquirir una<br />

vivienda independiente.<br />

Finalmente, toda persona esperaba morir en casa,


I l 8 | PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

acompañada de sus familiares y vecinos, y asistido espiritualmente<br />

por un representante de la Iglesia. Para todo<br />

feligrés la muerte era un trance sumamente difícil, por lo<br />

cual tomaba precauciones para evitar la condenación eterna.<br />

Se debía asegurar el auxilio de la Iglesia en el momento<br />

de la agonía y una adecuada inhumación bajo la protección<br />

de una advocación cristiana.<br />

Desde temprana edad la gente de algún recurso adquiría<br />

“asiento y lugar” en la Catedral o en una parroquia. El<br />

primero le garantizaba un puesto cómodo y acorde con su<br />

rango en las misas y fiestas religiosas. El segundo, le reservaba<br />

un sitio eterno bajo las baldosas de la iglesia y cercano<br />

al santo de su devoción. Reposar en el propio claustro de<br />

santidad católica debía calmar en alguna medida la ansiedad<br />

de la muerte.<br />

Los testamentos, tan propios de la época colonial, no<br />

sólo eran escritos por las personas ancianas o enfermas. El<br />

temor a una muerte intempestiva hacía que aun la gente<br />

jóven y robusta legara lo que consideraba su “última voluntad”.<br />

La redacción de este solemne documento era la<br />

ocasión de reconocer la elemental humanidad, de arrepentirse,<br />

de perdonar, de confesar lo inconfesable y de solicitar<br />

en forma detallada el sepelio y el entierro deseados.<br />

Las ceremonias más vistosas eran aquellas en las que el<br />

difunto era acompañado por un séquito de frailes y sacerdotes,<br />

la misa cantada, las campanas puestas al viento y el<br />

cortejo marchaba con cruz en alto. Cada testador asignaba<br />

una suma de dinero a lo que denominaban “las mandas<br />

forzosas”, especie de limosna para el mantenimiento de las<br />

misas que la parroquia ofrecía por las benditas ánimas del<br />

purgatorio. Un monto distinto de dinero era utilizado en<br />

fundar capellanías para asegurar misas semanales, mensuales<br />

o anuales por el descanso del alma del testador. Otra<br />

cantidad podía ser dedicada a mantener encendida una o


Casa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de G ranada, S. xvm<br />

i i<br />

«1<br />

f i T<br />

Plano de casa en<br />

Girón.<br />

1776.<br />

A rchivo General<br />

de la Nación.<br />

M apoteca 4<br />

N ° 605a.<br />

Virgen de Chinquinquirá<br />

con donante enfermera<br />

doña M aría Jesús<br />

Xaram illo y Gavidiria.<br />

18 13 .<br />

M useo de Antioquia.<br />

Probanza de limpieza de linaje<br />

de don Anselm o de Vierna y<br />

M azo.<br />

1795-<br />

Biblioteca Nacional. Raros y<br />

Curiosos. Libro 19 1 N ° 374.


D e español e india nace mestizo.<br />

Juan y M anuel de la Cruz.<br />

Grabado coloreado.<br />

1777- 1788.<br />

Biblioteca Luis-A n gel Arango. Sala<br />

M anuscritos 391.0946. C15C.<br />

D e negro y española nace mulata.<br />

Juan y M anuel de la Cruz.<br />

Grabado coloreado.<br />

1777-1788.<br />

Biblioteca L u is-Á ngel Arango. Sala<br />

M anuscritos 391.0946. C15C.<br />

D e mulato y española nace morisco.<br />

Juan y M anuel de la Cruz.<br />

Grabado coloreado.<br />

1 7 7 7 - 1 7 8 8 .<br />

Biblioteca Luis-A ngel A rango. Sala<br />

M anuscritos 39 1.0946. C 15C .


Casa v orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 119<br />

varias velas a la imagen de una santidad. Los capitales legados<br />

a la Iglesia por voluntad testamental, llegaron a ser<br />

auténticas fortunas. Cabe señalar, también, que el momento<br />

de la muerte llamaba a realizar buenos actos y especialmente<br />

a dar muestras de espíritu piadoso. Un aspecto<br />

interesante de los testamentos coloniales era la decisión<br />

cristiana existente de libertar a los esclavos más fieles y la<br />

concesión de un rubro de dineros que se dejaban para socorrer<br />

a familiares y a criados desvalidos.<br />

E l uso del tiempo diario<br />

El orden cotidiano del hogar era regulado por dos actividades:<br />

orar y comer. Alimento espiritual el uno, alimento<br />

corporal el otro. Antes del amanecer y hacia las seis de la<br />

mañana, la familia se reunía a rezar. Daba gracias por el<br />

nuevo día y encomendaba las tareas a realizar. Los alimentos<br />

del día, el almuerzo y la comida, se agradecían con una<br />

oración. En la noche, la familia se reunía de nuevo para rezar<br />

el rosario. Las horas de oración eran tan cumplidas,<br />

que constituían la referencia de horas de la comunidad. No<br />

se decía “al despuntar el alba” o “como a las siete de la mañana”<br />

sino “después de la primera oración”.<br />

Cada hogar aspiraba a una imagen de santidad. Las<br />

paredes de los salones y las alcobas se decoraban con lienzos<br />

y retablos de imágenes cristianas. Normalmente eran<br />

representaciones de cuerpo de algún santo o de un pasaje<br />

bíblico. Otras imágenes apreciadas eran los populares exvotos,<br />

simbólicas narraciones de gratitud por un favor recibido.<br />

En un rincón de un zaguán o de una alcoba principal<br />

se situaba el altar doméstico, sitio en el que se efectuaban<br />

los rezos colectivos. Algunos de estos altares eran suntuosos,<br />

y alcanzaban a contener imágenes de bulto de santos<br />

traídas de ^uito y Lima. Las promesas religiosas y las<br />

penitencias que imponían los clérigos eran rezos cotidia­


120 I PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

nos del santo rosario en casa. Más allá de las iglesias y conventos,<br />

en los hogares, se vivió una intensa religiosidad<br />

doméstica. Hoy sabemos que esta manifestación estuvo<br />

asociada también a la escasez de conventos femeninos y a<br />

su definido carácter elitista. Una de las labores cotidianas<br />

más importantes de los hogares coloniales era encender y<br />

conservar el fuego. Labor esencialmente femenina, al<br />

prender las primeras brasas en la cocina empezaba el día.<br />

En la época se acostumbraban tres comidas principales y<br />

tres ligeras. Las primeras estaban compuestas por el desayuno,<br />

la comida y la cena. Las segundas, que variaban de<br />

denominación en cada región, eran los “tragos” del despertar,<br />

las onces o medias nueves y la merienda de las cinco<br />

de la tarde. Esta cadena de comidas obligaba a mantener el<br />

fuego encendido en la cocina y a una gran actividad de las<br />

mujeres en casa. En la noche siempre debía mantenerse a<br />

mano un tizón encendido para iluminar los cuartos o el<br />

camino por el corredor.<br />

Otro elemento doméstico asociado a la naturaleza femenina<br />

era el agua. El agua debía traerse a casa en pesados<br />

toneles desde los arroyos o las fuentes vecinas, transporte<br />

que constituía un oficio no exclusivamente masculino. Su<br />

uso debía mediarse y cuidarse. Se distribuía en las fuentes<br />

de las habitaciones para el lavado de las manos y el rostro.<br />

En la cocina se la requería para la cocción de los alimentos<br />

y la limpieza de los utensilios de plata, porcelana o simple<br />

madera. En el patio también se la almacenaba para dar de<br />

beber a los sirvientes, a las bestias y asear las bacinillas. Así<br />

mismo, eran las mujeres las que lavaban a los niños y a los<br />

enfermos.<br />

Disponer y asear la casa era tarea cotidiana. Después<br />

del desayuno, señoras y sirvientes se entregaban a la limpieza<br />

de alcobas y zaguanes. La ropa de vestir y de cama<br />

se lavaba en las quebradas. La leña era almacenada y dis­


Casa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 121<br />

puesta en la cocina. Las carnes se salaban y colgaban de<br />

cordeles. En el patio se contaban los huevos y se daba el<br />

alimento a las gallinas y los caballos.<br />

La comida o nuestro actual almuerzo se sem a hacia<br />

las dos de la tarde. En ocasiones las muchachas debían<br />

llevar estas viandas hasta los extramuros de la ciudad, donde<br />

los hombres cultivaban una era o encerraban las reses.<br />

Después de la siesta mediterránea llegaba el momento<br />

propicio para las visitas. Visitar o ser visitado se tomaba<br />

con cierta formalidad. Entre las mujeres de las clases media<br />

y alta se tejía, bordaba y zurcía, animando conversaciones<br />

y cantos de estribillos. Entre familias, las visitas se<br />

recibían en el salón principal, se acompañaban de alguna<br />

bebida, vino o chocolate. Estas ocasiones se aprovechaban<br />

para comentar las novedades de la ciudad, presentar las<br />

habilidades musicales de alguna hija o anunciar noviazgos<br />

y matrimonios.<br />

Entre los sectores populares la vida cotidiana estaba<br />

definida por el trabajo. La variedad de oficios que realizaban<br />

tanto hombres como mujeres se ejecutaban muchas<br />

veces en casa. El exiguo espacio de la casa servía de<br />

vivienda y de lugar de trabajo. Los herreros, carpinteros,<br />

curtidores, zapateros, sastres, sombrereros, plateros y las<br />

cigarreras, tejedoras, costureras, hilanderas, encajeras y<br />

muchísimos otros artesanos tenían sus talleres en su propia<br />

vivienda. Este hecho, por el número de artesanos que<br />

había en cada ciudad, debería hacernos dudar de la tradicional<br />

idea según la cual el rol masculino era externo a la<br />

casa. En los sectores populares, especialmente en el de los<br />

artesanos, los hombres pasaban el día trabajando en casa,<br />

los movimientos de la gente de la casa no les eran extraños<br />

y recibían la ayuda de sus esposas e hijos.<br />

Las familias artesanas eran también escuelas de trabajo.<br />

Uno o varios de los hijos de un artesano seguían el


122 I PABLO RODRIGUEZ JIMÉNEZ<br />

oficio de su padre. En su ausencia, un sobrino o un joven<br />

del vecindario hacía las veces de aprendiz. A los adolescentes<br />

que trabajaban en un taller, con tan solo nueve o<br />

diez años ya se los nombraba por su oficio. A la muerte del<br />

padre, el hijo mayor heredaba las herramientas y el buen<br />

nombre del padre. Ya en la época colonial los oficios eran<br />

asunto de familia, como conformando un linaje.<br />

E l horno de la casa<br />

Tal vez el fenómeno más complejo de nuestra culturas<br />

hasta tiempos recientes era la manera como el honor familiar<br />

estaba anclado en la sexualidad. A diferencia de otras<br />

culturas, en las que el honor se fundamentaba en la riqueza,<br />

en la espiritualidad o en el vigor físico, en la nuestra<br />

estaba contenida en la pureza sexual de las mujeres. En la<br />

vida cotidiana este hecho se tradujo en una especial aprehensión<br />

de los padres y los maridos hacia sus hijas y esposas,<br />

reservando su virginidad para el matrimonio y<br />

cuidando que todo nacimiento fuera legítimo.<br />

En la época no existía capital más preciado que el del<br />

honor. El honor era asunto de hombres aunque encarnado<br />

en sus mujeres. Bien sabemos que los escritores del Siglo<br />

de Oro encontraron en el honor la fuente principal para<br />

sus dramas. Aún recientemente, y cerca a nosotros, Gabriel<br />

García Márquez insistía en el tema en su Crónica de<br />

una muerte anunciada. Se podía ser pobre pero con un<br />

honor limpio. Toda afrenta al honor familiar era vivida<br />

con especial dramatismo psicológico y social, por lo que<br />

las familias y la comunidad cuidaban celosamente de conservar<br />

su orden sexual y moral. No obstante, con relativa<br />

frecuencia el honor de las familias se veía menoscabado<br />

por hechos escandalosos. Muy lamentados eran la pérdida<br />

de virginidad y los embarazos prematrimoniales de las hijas.<br />

Seducidas con promesas de matrimonio y luego aban-


Casa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 123<br />

donadas, las muchachas, principalmente de los sectores<br />

populares, debían afrontar el reparo de la familia y el vecindario.<br />

Estos quebrantos al honor familiar eran más sensibles<br />

cuando provenían de un joven mulato y pobre. En<br />

este caso los padres se veían ante la disyuntiva de forzar un<br />

matrimonio que reparara el daño y aceptar una criatura de<br />

color.<br />

El honor familiar estaba comprometido también en la<br />

fidelidad de las esposas. Hecho azaroso y sumamente<br />

compleio, la infidelidad de las esposas era más una invención<br />

que un hecho rutinario. En muchos casos los maridos<br />

que alegaban infidelidad de sus esposas sólo buscaban<br />

ocultar el abandono a que las tenían sometidas o sus propios<br />

concubinatos. Un hecho real es que la comunidad<br />

actuaba como un control implacable sobre el orden conyugal.<br />

En las ausencias de sus maridos, todos los movimientos<br />

y conversaciones de las esposas de mineros y<br />

comerciantes eran observados por los vecinos. De regreso<br />

a casa, el marido recibía, como chisme o como escrito<br />

anónimo, la información de la conducta que un vecino receloso<br />

considerara impropia.<br />

La reacción de los hombres ante la pérdida del honor<br />

siempre fue dramática. En esta sociedad que exaltaba la<br />

limpieza del honor, los reveses sufridos provocaban en los<br />

hombres severos conflictos de conciencia. Probablemente,<br />

en este aspecto, la sociedad colonial demandó del hombre<br />

un tutelaje demasiado difícil de cumplir, a pesar de las prerrogativas<br />

de autoridad de que estaba investido ante su esposa<br />

y sus hijos. En un caso un padre que veía a su hija<br />

embarazada sin haber sido tomada en matrimonio, relataba<br />

así su dolor: “Quando hablo de la desonra de mi cassa<br />

me ruboro, el corazón se funesta, manda lagrimas a los<br />

ojos y sólo me permite dar una idea oscura de mi sitúa-


124 I PABLO RODRÍG1IKZ JIMÉNEZ<br />

ción”.6 En otra ocasión, un esposo sólo atinó a encontrar<br />

en el suicidio remedio a la desolación que le embargaba el<br />

adulterio de su mujer.7 Las historias de honor familiar casi<br />

siempre narran escenas que representan una violencia sobre<br />

un espacio sagrado: el hogar. Un hombre que escala<br />

una pared para buscar a su amada, un familiar que abusa<br />

de la confianza o un alcalde que irrumpe en la casa derribando<br />

puertas tras supuestas ilicitudes. Es llamativo que el<br />

relato de estos hechos se construya con un lenguaje particular<br />

que oscila entre lo jurídico, lo religioso, lo moral y lo<br />

circunstancial.<br />

Cabe mencionar que el honor de la casa no era un bien<br />

privado sino público.8 En el honor se fundaba el buen<br />

nombre y buena fama de una persona o una familia ante la<br />

comunidad. El ocultamiento de su pérdida o el desprecio<br />

de su valor eran delatados por la comunidad. A través de<br />

actos simbólicos, de rumores, de injurias verbales y de escritos<br />

satíricos, los vecinos ejercían un control y un castigo<br />

a quienes lo perdían. La materia de la que se servían los alcaldes<br />

y los jueces para inquirir en el mundo doméstico<br />

eran los rumores y palabras callejeras. El alcalde de barrio<br />

era un escucha del rumor popular. Sus acciones, además,<br />

daban fuego al cotilleo del vecindario. El chismorreo del<br />

6. Archivo Histórico de Antioquia, Medellin, Criminal B 10 1, leg.<br />

i8oo-r8io, d. 15, 1806.<br />

7. Archivo General de la Nación, Santafé de Bogotá, Criminal, t.<br />

132, fols. 510-56 2,1809.<br />

8. Varios autores han tratado el tema del honor con brillantez:<br />

Julián I’itt-Rivers, Antropología d e l Honor, Barcelona. Ed. Crítica, 1979:<br />

J.G . Peristany (Compilador), E l Concepto d e l Honor en la Sociedad M editerránea,<br />

Barcelona, Ed. Labor, 1968: José Antonio Maravall, Poder, Honor<br />

y E lites en e l Siglo xm , Madrid: siglo xxi, 1989: Patricia Seed, Am ar,<br />

H onrar y Obedecer en e l M éxico Colonial, México, Alianza ed., 19 9 1; y<br />

Ramón Gutiérrez, Cuando Jesús llegó, las m adres d e l m aíz se fueron, M éxico,<br />

Fondo de Cultura Económica, 1993.


Casa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 125<br />

vecindario, el inadecuado saludo o la negativa a reconocer<br />

el título de “don” a una persona concluían fácilmente en<br />

los estrados de la justicia. En teoría, la función del alcalde<br />

de barrio era la de restaurar el equilibrio y la convivencia<br />

entre esos vecinos. Así, un alcalde se negó a aceptar un<br />

pleito de honor entre dos primos, por considerar que estos<br />

hechos eran “odiosos y malsonantes”.9<br />

El honor era un “don” de pertenencia y de responsabilidad,<br />

que puesto en labios ligeros podía causar destrozos.<br />

La palabra, forma casi única de comunicación en esta sociedad,<br />

irnimpía con violencia en el barrio, en el mercado<br />

o en la casa injuriando ese valor principalísimo del honor.<br />

Todo se veía y todo se comentaba. En una vida de tanta<br />

proximidad y tanta vecindad, la palabra no se medía y no<br />

se precisaba su dirección. A la palabra se la valoraba pero<br />

también se la temía. Su ambigüedad o su evasión podían<br />

ser tomadas como afrentas. Al vaivén de los aguardientes<br />

en la taberna, un marido podía ser acusado de “cornudo” o<br />

de “mezclado”. Ante el alcalde o el juez los declarantes<br />

confesaban de manera irremediable días después que<br />

“todo lo sabían de oidas”, o que “todo era público y notorio”.<br />

Las injurias al honor se multiplicaron al finalizar el siglo<br />

xvm, probablemente como resultado de la indefinición<br />

social en que vivían muchos grupos, como, también, por<br />

la abigarrada cotidianidad doméstica. La injuria era, casi<br />

siempre, un lance entre vecinos.<br />

Las reglas de comunidad imponían cierta disciplina,<br />

cuyo quebranto recibía una sanción de carácter ritual o,<br />

también, punitiva. Por ejemplo, el comportamiento blando<br />

de los maridos con sus esposas era censurado casi que<br />

9. Archivo Histórico de Antioquia, Medellin. Criminal, 1? 65, leg.<br />

1790-1800, d. 19. lilis, ir, 2r y jr . Citado por Beatriz Patino Millán en<br />

su libro. C rim inalidad, lev pen al y estructura social en ¡a Provincia de A n ­<br />

tioquia, Medellin, i d e a . 1994, pag. 223.


126 I PABLO RODRIGUEZ JIMÉNEZ<br />

teatralmente por la comunidad. A manera de las “cencerradas”<br />

europeas, los vecinos de Santafé de Bogotá y<br />

Tunja en los siglos xvi y xvn colgaban cuernos de novillo<br />

en la puerta de las casas de los maridos que mostraban debilidad<br />

para corregir a sus esposas.10 Este gesto tan simbólico<br />

era una sorna, una ironía, pero también una sanción<br />

que reclamaba autoridad.<br />

Una forma de injuria, sutil pero tenaz, que hacía público<br />

el deshonor, eran las coplas y los versos cantados. En<br />

las fiestas familiares era habitual que improvisados copleros,<br />

acompañados del tañir de guitarras, hicieran versos<br />

satíricos sobre los asistentes o, incluso, sobre las autoridades.<br />

Las demandas judiciales por injuria al honor enseñan<br />

que los copleros cantaban justamente lo que todos sabían<br />

y podía causar risa. En Antioquia existía la tradición de<br />

formar comparsas que cantaban versos, su tono se hizo tan<br />

conflictivo que las autoridades tuvieron que publicar un<br />

bando, en 1794, en el que prohibían los “versos de inju-<br />

• M I T<br />

na ."<br />

Los libelos o escritos satíricos, a pesar de que se convirtieron<br />

en un medio de crítica al régimen borbón, nunca<br />

perdieron su valor y eficacia para denunciar los amores ilegítimos,<br />

la alcahuetería y la homosexualidad en la vecindad.<br />

Escritos que se clavaban en una pared, que se hacían<br />

10. Archivo General tie la Nación, Santafé de Bogotá, Criminal, t.<br />

202, fols. 1-13 2 . Sobre las cencerradas europeas pueden verse los inteligentes<br />

estudios de Natalie Zemon Davis, “Cencerrada, honor y comunidad<br />

en Lyon y Ginebra en el siglo xvn”, en Sociedad y C ultura en la<br />

Fran ría M oderna, Barcelona. Ed. Crítica, 1993, págs. 113 - 13 2 ; y de<br />

E.Ph. Thompson, “La cencerrada”, en Costumbres en Común, Barcelona,<br />

Ed. Crítica, 1995, págs. 520-594.<br />

1 1. Patiño Millán, págs. 230-232. En el texto la autora presenta varios<br />

versos. Un caso muy interesante de mujeres cantoras de coplas<br />

satíricas ocurrió en Tunia en 1796: Archivo General de la Nación, Criminal,<br />

t. 3 1, fols. 913-966.


Cusa y orden cotidiano en el Nuevo Reino de Granada, s. xnn | 127<br />

llegar a un marido o a un alcalde, podían esconder una vieja<br />

rivalidad pero, a su vez, eran un mecanismo de control<br />

que se apoyaba en el rumor de la comunidad y en la moral<br />

social.<br />

En los límites de estos mecanismos de control, otros<br />

expurgaban una violencia física que no dejaba de tener,<br />

paradójicamente, sus matices simbólicos. En los barrios de<br />

mestizos e indios, Santa Bárbara y Las Nieves de Tunja y<br />

Bogotá, ocurrieron casos con cierta frecuencia de jóvenes<br />

que actuaban en gavilla para cortar el cabello a muchachas<br />

que no les prestaban atención a sus coqueteos. Llama la<br />

atención que en sus respuestas a los alcaldes no creían haber<br />

cometido algún delito, pues sólo lo hacían para que<br />

“no se den infidas”.”<br />

Es obvio que los difusos límites entre lo privado y lo<br />

público en esta sociedad intervenían en favor de un orden<br />

que colocaba en su centro la defensa del honor. Orden<br />

que, es necesario decirlo, se presentaba demasiado frágil.<br />

Hace ya muchos años el antropólogo Julian Pitt-Rivers<br />

advirtió en forma lúcida cómo la vida doméstica y la vida<br />

pública se reunían selladas por el honor. Pero en nuestro<br />

caso se trataba de un sentimiento expuesto permanentemente<br />

al acecho de los demás." La intervención de la<br />

comunidad y de los alcaldes sobre la vida familiar constituía<br />

una permanente presión porque concebían que toda<br />

afrenta a su honra lastimaba el orden social. Pero no deberíamos<br />

olvidar en qué forma vecinos y alcaldes se consideraban<br />

sus reparadores. En la vida cotidiana de las gentes de<br />

los barrios de las ciudades neogranadinas el honor dejaba<br />

12. Archivo General de la Nación. Santufé de Bogotá, Criminal, t:<br />

83. fol. 415, 1805.<br />

13. l’itt-Rivers. 82. Arlette Fargo adelanta un razonamiento similar<br />

en su estudio sobre la vida en los barrios populares de París en el siglo<br />

xviu. L a vida frág il, México, Instituto Mora, 1994, págs. 28 39.


128 I PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ<br />

de ser una noción abstracta para decidir hechos cruciales:<br />

por defenderlo acudían a salvar a una mujer de la sevicia<br />

de su marido, como también, por defenderlo, la denunciaban<br />

exponiéndola a su violencia.<br />

Bibliografía<br />

E l conocim iento que p oseem os de la form ación fam iliar y la<br />

vida dom éstica colonial colom biana es m uy precario. H asta el<br />

presente son m uy contad as las investigaciones que se han orientado<br />

en esta dirección. E l autor ha h ech o un esfuerzo por relacionar<br />

la inform ación dispersa y fragm entaria que existe sobre el<br />

tem a.<br />

Parte sustancial de la inform ación que sirve de base a este<br />

ensayo p roced e de los Padron es de Población de fines del siglo<br />

x v i i i , levantados en cada una de las ciudades colom bianas, y del<br />

conjunto de testam entos de hom bres y m ujeres de Tunja, M e ­<br />

dellin, C ali y C artagena. U n estudio m ás am plio sobre las form as<br />

de vida fam iliar en la é p o ca es preparado actualm ente por el autor.<br />

O tras referencias pueden encontrarse en:<br />

A vendafio, R osa. Demografía histórica de Tunja. Tesis de M a estría,<br />

Tunja, u p t c , 19 9 1.<br />

Benitez, Jo s é A ntonio. E l Camero de Medellin. Edición de R o b erto<br />

Luis Jaram illo . M ed ellin, G o b ern ación de A ntioquia,<br />

1988.<br />

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D ueñas, G uiom ar. “Socied ad , fam ilia y género en Santafé a finales<br />

de la colo n ia”, en Anuario Colombiano de Historia Social y<br />

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M edellin, Suram ericana, 1988, págs. 30 7-34 2.<br />

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milia en el mundo ibe/vamericano, M éxico, u n a m , 1994.<br />

“U na m anera difícil de vivir: las fam ilias urbanas neogranadinas<br />

del siglo x vm ”, en F a m ilia y v id a p riv a d a en Iberoam érica.<br />

M éxico, E l C o leg io de M éxico, 19 95.<br />

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tá, C o rp oració n N acion al de Turism o, 19 82.<br />

Vargas. Julián. La sociedad de Santafé colonial B ogo tá, c i n e p ,<br />

1990.


L a vida cotidiana y pública en las<br />

ciudades coloniales<br />

MARGARITA<br />

GA RRID O<br />

L / a fundación de ciudades Ríe la fc>rma predilecta de<br />

tomar posesión del territorio por parte de los españoles. Se<br />

fundaron ciudades-puertos, ciudades-centros administrativos,<br />

ciudades-mineras, ciudades de frontera y ciudades de<br />

abrigo y sustento en los largos valles. El tipo de ciudad que<br />

dominó el primer siglo colonial Ríe la ciudad encomendera,<br />

no sólo porque los encomenderos impusieron un estilo<br />

señorial acorde con su recién adquirida hidalguía y Rieran<br />

los dueños de las casas altas y de las tierras circundantes,<br />

sino también, y sobre todo, porque su mercado de víveres<br />

y de todo tipo de artículos era abastecido por los indios de<br />

las encomiendas, y la construcción y mantenimiento de<br />

obras y espacios públicos y privados se hacían con el “alquile”<br />

de indios (o mita urbana).<br />

Las primeras construcciones que convocaron el interés<br />

de los vecinos y requirieron el trabajo de los indios Rieron<br />

las iglesias y los conventos de Franciscanos, Dominicos,<br />

Agustinos o Mercedarios que tempranamente marcaron la<br />

fisonomía de Santa Fe, Tunja y Villa de Leiva; Popayán,<br />

Pasto, Cartagena, Santa Marta y de Santa Fe de Antioquia.<br />

Los indios, incluidos en una circunferencia de ocho leguas


I32 | MARGARITA GARRIDO<br />

de radio en torno a Tunja, contribuyeron además a la adecuación<br />

de puentes, cercas, acequias, las primeras fuentes<br />

de agua y molinos y, en el caso de San Juan de Pasto, un<br />

hospital.1<br />

Fue el tiempo en que los visitadores, los cronistas y los<br />

reales cosmógrafos, describieron las ciudades por el número<br />

de indios que se repartían los encomenderos. En Neiva,<br />

catorce vecinos y alrededor de 2 500 indios tributarios, en<br />

Timaná, el mismo número de vecinos con 1 500 tributarios<br />

y para La Plata, veinticuatro vecinos y 4 000 tributarios.2<br />

Pasto, que había tenido 20 000 indios cuando la visita<br />

de Tomás López, tenía, en los setentas del siglo xvi, 8 000<br />

tributarios encomendados a veintiocho vecinos, Popayán<br />

4 500 a veinte vecinos y Cali, que había llegado a tener 600<br />

españoles entre vecinos y comerciantes, contaba con 120,<br />

de los cuales diecinueve o veinte tenían encomendados<br />

unos 2 000 indios.3 Los encomenderos de Santa Fe se<br />

opusieron rotundamente a las órdenes de no cargar ni<br />

maltratar los indios. Sobre esta materia hubo varios<br />

enfrentamientos entre las autoridades, entre autoridades<br />

eclesiásticas y civiles, entre oidores y visitadores. Cosa pública,<br />

fueron también los rumores: algunos sonados crímenes<br />

y condenas, las querellas individuales, o algunos<br />

dramas pasionales.4 Pero a mediados del siglo xvn cuando<br />

la población indígena había llegado a su mínima expre­<br />

1. Colmenares, Germán, L a provincia de Tunja en e l Nuevo Reino de<br />

G ranada, '['unja, biblioteca de la Academia Boyaccnse de Historia,<br />

1984: Díaz del Castillo, Emiliano, San Jua n de Pasto, siglo xn , Bogotá,<br />

Fondo Cultural Cafetero, 1987, págs. 271-286.<br />

2. Geografía de Juan I/ipez de Velasco citada por Joaquín ( Jarcia<br />

liorrero, N eiva en et siglo xm , Neiva, 1983, págs. 66-72.<br />

3. Informe de Fray Jerónim o de F.scobar citado por Emiliano Díaz<br />

del Castillo, op. a t., Bogotá, 1987, págs. 3 11- 3 19 .<br />

4. Véase la ohra de Juan Rodríguez Freyle, E l Camero, Conquista y<br />

descubrim iento d el Nuevo R eino de Granada.


La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 13 3<br />

sión, la encomienda como institución no pudo superar su<br />

crisis y con ella cayó la ciudad encomendera.<br />

La ciudad hidalga del primer siglo colonial dejó un<br />

fuerte legado de valores que marcaron definidamente el<br />

sentido de la convivencia urbana. En particular, establecer<br />

la ciudad como centro del poder en un área dada; un cabildo<br />

donde se definía el abasto de la ciudad por el campo y<br />

se competía por el poder; los alcaldes ordinarios encargados<br />

de la justicia en primera instancia en sus jurisdicciones,<br />

el tiempo, medido por los repiques de campanas y la conducta,<br />

por los preceptos religiosos. Como en otras sociedades<br />

preindustriales, la diferenciación de lo público y lo<br />

privado no era tan clara como resulta hoy a nuestros ojos.<br />

Quizás la mejor referencia a ello es la expresión de “público<br />

y notorio”, la cual se refería a lo sabido por todos e incluía<br />

los distintos aspectos de la vida en la calle, la plaza, la<br />

Iglesia o el cabildo y en ocasiones la vida de las personas<br />

dentro de sus casas.<br />

La ciudad del siglo xvm conservó su misión de establecer<br />

el orden espacial y escriturario para la vida en ella y en<br />

el área circundante, pero el modelo fue profundamente<br />

afectado por la condición colonial americana y se produjo<br />

una cultura urbana criolla y mestiza.* La distinción de ciudades<br />

españolas y pueblos de indios perduró sólo formalmente,<br />

pero no evitó que la ciudad fiiera en cierta medida<br />

‘tomada’ por los mestizos. Los poderes y los notables,<br />

blancos españoles y americanos, estaban ubicados alrededor<br />

de la plaza, con sus sirvientes -sobre todo indias o esclavas<br />

negras-, en las cuadras aledañas se ubicaban los<br />

vecinos que les seguían un peldaño más abajo en nobleza y<br />

* Véase Colmenares, Germán, C ali, terratenientes, mineros y comerciantes,<br />

siglo xrm, Cali, 1975, y Popayán, una sociedad esclavista, 16H0-<br />

1H00, Bogotá, 1979.


134 I MARGARITA g a r r i d o<br />

prominencia, alternando con mestizos en ascenso y en<br />

proceso de blanqueamiento, y luego la plebe, el bajo pueblo,<br />

constituido por hombres y mujeres libres de todos los<br />

colores -ya se hablaba menos de “castas”- y los indios que<br />

habían venido a quedarse por distintas razones en la ciudad.<br />

La convivencia de gentes libres de varios mestizajes,<br />

dio lugar a formas culturales que en mayor o menor medida<br />

combinaban elementos diversos y alternativos. En las<br />

galleras, los sitios de juego y las chicherías, se produjeron<br />

vínculos entre miembros de diferentes estamentos de la<br />

sociedad, en contravía del orden que los separaba. Aunque<br />

los espacios y jerarquías definidas por el reparto de solares,<br />

al hacerse las fundaciones, no cambiaron, en muchos lugares<br />

y tiempos fue difícil mantener el patrón del damero, y<br />

la imagen de las calles embarradas, con los caños en medio,<br />

la cercanía de los animales y de las basuras no fue extraña.<br />

Por mucho tiempo la cuadrícula original no se<br />

completó y los servicios públicos fueron bastante precarios.5<br />

En los espacios públicos como las plaza y los altozanos,<br />

las calles principales, las arcadas, las pilas, los manantiales<br />

y los mercados, se aprendía y se reproducía el<br />

comportamiento público. Los oficios de los artesanos calificados,<br />

hasta cierto punto jerarquizables, estaban ubicados<br />

en barrios a los que les imprimían su carácter. Plateros<br />

y sastres, ebanistas y carpinteros, loceros, tejedores, hilanderas,<br />

sombrereras y zapateros entre muchos otros, habitan<br />

dichos barrios. En las ciudades del siglo xvm otros<br />

oficios como los de pequeños comerciantes (tratantes y<br />

pulperos), arrieros y toda suerte de servicios, se concentra-<br />

5. Romero, José Luis, Latinoam érica, las ciudades y las ideas, México.<br />

1976; Vargas, Julián, 1st soacda/1 de Santa Fe colonial, Bogotá, c i n e p ,<br />

1990; Rodríguez, Pablo, C abildo y vida urbana en M edellin colonial, 1675-<br />

ijjo , Medellin, Universidad de Antioquia, 1992.


vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 135<br />

lian en barrios como San Victorino en Santa Fe, el Ejido en<br />

Popayán y la Mano del Negro en Cali/'<br />

Reconocimientos: lo privado público<br />

La operación simbólica más importante de lo público cotidiano<br />

era la del reconocimieiito que se daban unos vecinos a<br />

otros. El ser público de las personas se construía sobre una<br />

relación de intercambio con las otras. Los elementos que<br />

se intercambiaban eran principalmente simbólicos: la nobleza<br />

o limpieza de sangre (blasones, relaciones de méritos,<br />

credenciales de cristianos viejos), el trato (forma de<br />

dirigirse, usar o no el don, el título tal, etc.), la procedencia<br />

(dar el lugar o el paso al más importante), las maneras (de<br />

hablar, de vestirse, de comer, de conducirse, de celebrar,<br />

etc.), la honra y buen nombre. Estos elementos constituían<br />

el capital simbólico de las personas, de los grupos y de los<br />

estamentos, y era defendido como lo más preciado de su<br />

identidad. Los detalles de estructura y ornamentación de<br />

las casas principales tales como el pórtico, el tener una o<br />

dos plantas, techo de paja o de teja, ocupar un cuarto de<br />

manzana o menos, tanto como el número de sirvientes,<br />

aludían a la ‘distinción’ de sus ocupantes. Todos estos elementos<br />

debían ser validados -reconocidos- por los otros<br />

individuos y por la comunidad. El reconocimiento ocurría<br />

en la vida diaria sobre todo en los espacios no privados<br />

como las calles, la plaza y las plazuelas, las iglesias, el<br />

comercio o el mercado e inclusive, las casas de otras personas.<br />

En el reconocimiento individual se ponía en juego una<br />

combinación de elementos étnicos, de linaje, de patrocinio<br />

6. Colmenares. Germán. “La economía y la sociedad coloniales,<br />

1550-1800", en N ueva H istoria de Colombia, vol. 1. Bogotá, Planeta,<br />

1989. págs. 117 -152.


1^6 | MARGARITA GARRIDO<br />

y, muy especialmente, de honra. Siguiendo el sencillo principio<br />

de que lo que ocasiona las quejas es lo más sentido y<br />

lo que se condena lo más temido por una sociedad, podemos<br />

decir que el honor y la honra eran altamente valorados<br />

y su ultraje temido. Dirigirse a alguien de manera<br />

apropiada era una forma de honrarle, de reconocerle sus<br />

méritos. Son incontables los casos de reclamo por ultraje<br />

en la manera de dirigirse a alguien. Ellos suscitaban querellas<br />

que eran la manera de buscar una solución legal a los<br />

conflictos individuales entre vecinos, tanto como la vía de<br />

queja por abuso de autoridad, por mal trato e incumplimiento<br />

de compromisos adquiridos.<br />

El dictado de alguien, eran los títulos que antecedían a<br />

su nombre. El del rey y el virrey, muy largos e impresionantes,<br />

los de los oidores un poco y con la excepción de<br />

los de algunos poquísimos marqueses, el título de la mayoría<br />

de los españoles peninsulares o americanos que había<br />

en Nueva Granada no era más que el de don. Éste era, sin<br />

embargo, muy preciado.<br />

Fueron muy comunes las quejas sobre haber negado el<br />

don a alguien que lo había obtenido, tal el caso de Antonio<br />

Muñoz, un comerciante que había costeado la fiesta de la<br />

Candelaria en Medellin,7 o el de alguien que lo heredaba<br />

de generaciones, como don Manuel de Caicedo y Tenorio<br />

en Cali, retomado por Eustaquio Palacios en E l alférez real.<br />

La clave de la identidad de los notables era su diferenciación<br />

de las castas. Los valores de linaje y blancura parecen<br />

haber sido los más importantes. Hay cientos de casos<br />

de solicitud de ‘Gracias al sacar’ o blanqueamiento, llenando<br />

los estantes de archivos coloniales. La educación también<br />

era importante, sobre todo en lo relativo a maneras y<br />

7. Twinam, Ann, M inen , M erchants an d Farmers in C olonial Colombia,<br />

Austin, 1982, págs. 198-221.


La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales \ 137<br />

costumbres, y para los hombres, la educación escolar formal.<br />

El acceso a los colegios mayores era cuestión de género<br />

y de linaje. Entre las mujeres muy pocas eran capaces<br />

de leer y escribir y se dice que el virrey Ezpeleta se aterró<br />

de ver señoras de distinción haciendo cuentas con granos<br />

de maíz. Las famosas “exposiciones de méritos”, recogen<br />

los servicios a la Corona por generaciones y los títulos por<br />

ello obtenidos. La diferenciación entre criollos y españoles<br />

varió con las circunstancias, pero sólo fue puesta como<br />

antagonismo principal en tiempos de la Independencia.<br />

En el ámbito público el tratamiento de don era signo<br />

de civilidad, de “estilo político”. En el caso abierto por la<br />

queja de don Gabriel López de Arellano, notario eclesiástico<br />

de Medellin, por no haber sido tratado como don en<br />

1776, los testimonios decían, “...que en esta villa es estilo<br />

político de muchos tiempos a esta parte el tratar a las Personas<br />

de Calidad y honra con el tratamiento de don Fulamfi<br />

no... .<br />

Los pleitos por precedencia en la entrada o en asiento<br />

en reuniones de los cuerpos de gobierno ordinarios o presidiendo<br />

celebraciones, no sólo ocuparon a notarios y jueces,<br />

sino que fueron la comidilla pública. En Cartagena, en<br />

1767, Francisco García del Fierro y Francisco Antonio de<br />

Aróstegui, regidor y procurador respectivamente sostuvieron<br />

un pleito de precedencia pública; en Popayán, el regidor<br />

Matías Rojas y el fiel ejecutor Joaquín Ibarra, se vieron<br />

envueltos en una disputa sobre lo mismo entre 1774 y<br />

1777; en Honda, dos regidores de su cabildo, Joaquín Lascano<br />

y Tomás de los Santos, entre 179 1 y 1795 dejan constancia<br />

de otra disputa.9<br />

8. Benítez, José Antonio, “el Cojo", Cam ero de M edellin, editado<br />

por R. I/. jaramillo, Mcdcllín, 1988, prólogo, pág. xxn.<br />

9. Fondo Policía del Archivo General de la Nación, en adelante<br />

AGN, citados por mí en Reclamos y representaciones: variaciones de la f>o-


138 | MARGARITA GARRIDO<br />

El orden de entrada y “de asiento” en la Iglesia también<br />

era significativo y dio lugar a un cúmulo de pleitos. Los alcaldes<br />

de un pueblo se quejaron de que sus pares u<br />

homólogos en pueblos vecinos, les solicitaran cualquier<br />

gestión con las palabras, “ordeno y mando” y no con las<br />

adecuadas de “ruego y encargo”. El “ordeno y mando” los<br />

disminuía. Hay mucho de cortesano en la representación<br />

que los individuos tienen del orden cuando se sienten motivados<br />

a entablar pleitos interminables sobre estos asuntos.<br />

Ello es esencial en una sociedad colonial, jerarquizada<br />

y estamental, en la que la elaborada etiqueta textual y<br />

gestual correspondía a las posiciones en la jerarquía y éstas<br />

requerían el reconocimiento público. Cuando vemos los<br />

empadronamientos hechos “con distinción de la esfera de<br />

cada uno”, entendemos cómo, sobre las diferencias estamentales,<br />

se construían las identidades. Pero no sólo las<br />

formas ritualizadas se exhiben en el escenario ciudadano.<br />

La gente común defiende su honra y exige reconocimiento<br />

de ella por parte de las autoridades con quienes, en caso<br />

contrario, se querellan. Dos vecinos de Titiribita, un pueblo<br />

de blancos e indios cerca de Chocontá, se quejan de<br />

que su alcalde los ha llamado ladrones y zánganos y solicitan<br />

“que nos devuelva nuestro crédito de uno y otro lo que<br />

públicamente nos ha dicho en nuestra deshonra y buena reputación<br />

que hasta el presente hemos vivido”.10<br />

La buena reputación moral también tenía un alcance<br />

estamental y entraba en el intercambio político. Como lo<br />

señalara Germán Colmenares, la ofensa a un miembro del<br />

estamento noble era vista como ofensa a la honra del grupo,<br />

pues suponía un despojo de las calidades subjetivas que<br />

¡(tica en el N uevo Reino tie G ranada, 1770-1810, Bogotá, Banco de la República,<br />

1993, pág. 221.<br />

10. A G N , Empleados Públicos de Cundinamarca (en adelante<br />

e p c ), 2 1, fol. 423-426.


Ijfí vida cotí diana y pública en las ciudades coloniales | 139<br />

debían acompañar a sus miembros." Es ello lo que explica<br />

la oposición de los vecinos notables de Cartago a la elección<br />

de don Nicolás de Perea como alcalde en 1776, por<br />

ser sospechoso de complicidad en un crimen cometido<br />

por su sobrino. La “difamación... originada en la voz común<br />

que ha rugido en aquellos países que aunque sea un<br />

leve y falso nimor del vulgo” había “manchado” a Perea. Al<br />

elegirlo se exponía “el honor del empleo a los menosprecios<br />

y vilipendios que nacen de un mal y sospechoso concepto”.12<br />

El grupo de notables defiende su autoridad<br />

política del deterioro que le produciría la mancha moral<br />

del electo. El orden político tenía pues una estrecha correspondencia<br />

no sólo con los estamentos étnicos sino<br />

también con una imaginada jerarquía moral. Esta correspondencia<br />

también la cuidaban celosamente, como parte<br />

de su patrimonio, los notables de poblaciones como Anapoima,<br />

donde encontramos una queja contra el alcalde<br />

Rojas por insultar a los “sujetos de distinción” para “ofenderlos<br />

y vilipendiarlos a la vista de la plebe”. L a notabilidad<br />

de los notables tenía que ser confirmada por el vulgo.<br />

También era precisamente la defensa de la honra, uno<br />

de los elementos aue agrupaba a los artesanos en cofradías,<br />

en las que además de la devoción, compartían el socorro<br />

mutuo para la dote de sus hijas, la enfermedad y la<br />

muerte.<br />

Vecinos y parroquianos: la moral pública<br />

De acuerdo con el modelo hispano colonial se debía vivir<br />

11. Colmenares, (íermán, T '.l manejo ideológico de la ley en un<br />

período de transición” en 11 is/orín C rítica, N" 4, Bogotá, Universidad de<br />

los Andes, 1990, pág. 1 r.<br />

12. a o n , Colonia, Empleados Públicos del Cauca, t. 1, fol.<br />

721-920.<br />

13. a g n . f.p c , t. 24. fol. 353-355-


140 | MARGARITA GARRIDO<br />

“en policía y a son de campana”, es decir congregados, en<br />

orden y alrededor o cerca de una iglesia. Ello permitía el<br />

control de la moral pública y privada. La densidad física<br />

del espacio ocupado por grandes edificios religiosos, la<br />

recurrencia en el tiempo de las horas con campanas, los<br />

domingos y otras fiestas de guarda, la marcación y registro<br />

de los cambios de estado, nacimiento, matrimonio y muerte<br />

mediante los rituales religiosos, produjeron una llamativa<br />

centralidad de lo religioso y un ambiente tan permeado<br />

de ello, que lo público cotidiano parecía resolverse principalmente<br />

en sus espacios, sus horas, sus rituales y sus discursos.<br />

No en vano y semanalmente, los sermones fueron<br />

el discurso destinado al público, el que denotaba los límites<br />

del bien y del mal, ofrecía (e imponía) un sentido del orden<br />

y apelaba continuamente a las conciencias.<br />

Lo civil y lo religioso parecían unidos para siempre por<br />

las Dos Majestades, como se decía, Dios y el Rey. La parroquia<br />

era el núcleo para la administración tanto eclesiástica<br />

como civil y quienes vivían en una misma área urbana,<br />

eran al mismo tiempo vecindario y feligresía. No se podía<br />

en aquella concepción del mundo ser buen ciudadano si<br />

no se era buen padre, buen hijo, buen esposo y buen parroquiano;<br />

no se podía faltar a la ley sin pecar; faltar al rey sin<br />

faltar a Dios. Así, se tenía un doble sentido, civil y religioso,<br />

del orden político, del jurídico y del espacial. Las fiestas y<br />

ceremonias, de regocijo o duelo, también tenían los dos<br />

sentidos. Podemos decir que se hacía uso civil de las religiosas<br />

y religiosos de las civiles, cuyas fronteras no siempre<br />

eran claras.<br />

Desde las primeras épocas del período colonial los sermones<br />

de los curas apoyaban a las autoridades en la imposición<br />

de tributos como la alcabala y otros impuestos.'4<br />

14. Groot, José Manuel, H istoria eclesiástica y c ivil de la N ueva G ranada,<br />

vol. 11, pág. 203.


La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 141<br />

Vecinos, oficiales y sacerdotes, acostumbraban justificar<br />

sus actos por amor a ‘las dos Majestades’: Dios y la Corona.<br />

Si por un lado la Iglesia y las misiones suplían al Estado<br />

en áreas alejadas o no integradas, por otro, la lucha contra<br />

los pecados públicos no era sólo asunto de la Iglesia sino<br />

también de los gobernantes.<br />

Las respuestas a la Cédula de Aranjuez entre 1801 y<br />

1804 permiten observar que en ciudades y villas la asistencia<br />

a la misa y el control sobre la moral familiar, eran mucho<br />

más efectivas que en las zonas rurales.'5 No obstante,<br />

no había uniformidad al respecto. En algunas de las parroquias<br />

multiétnicas se encuentra el caso de que los blancos<br />

no querían ir a la Iglesia para distinguirse de los indios.<br />

Además de notar lo anterior, el obispo de Cartagena se<br />

horroriza de los bundes de negros que se daban “no solo<br />

en los sitios y lugares, sino también en las villas y ciudades”.'6<br />

Todos los discursos, civiles y religiosos, públicos y<br />

privados, están permeados por el lenguaje moral. Las autoridades<br />

tratan de controlar al vecindario con las disposiciones<br />

de orden y policía y el vecindario a su vez ejerce<br />

control no sólo sobre sus semejantes sino sobre las autoridades<br />

en defensa de la moral pública, la justicia y el bien<br />

común.<br />

Orden y p o liiía : discursos sobre la ciudad<br />

Los cabildos de las ciudades tuvieron siempre a su cargo<br />

ordenar el abasto de carne y víveres, las obras públicas, el<br />

mantenimiento del hospital, de los caminos y los puentes y<br />

15 . Ao n . Cédulas Reales, Real Cédula de Aranjuez, 2 4 de abril de<br />

1R01.<br />

16. Informe del obispo de Cartagena sobre el estado de la religión<br />

y la Iglesia. 1781, en Hell Lemus, Gustavo, Cartagena de Indias: de la Colonia<br />

a la República, Hogotá, Fundación Guberek, 19 91, págs. 1 5 2 - 1 6 1 .


142 | MARGARITA GARRIDO<br />

el control de pesos y medidas.17 En la segunda mitad del<br />

siglo xviii los principios protoempresariales de orden,<br />

eficiencia y regularidad, fueron rectores de las políticas sobre<br />

el orden público. Aunque se siguió girando en torno a<br />

la imposición del modelo de vida colonizador de “policía y<br />

buen gobierno”, el discurso de los gobernantes se vio renovado<br />

por las ideas ilustradas. Las dos diferentes vertientes<br />

del discurso sobre el orden urbano, una más relacionada<br />

con la policía de lo material -las obras públicas, el acueducto,<br />

la limpieza, la cuadrícula, los cementerios- y la otra,<br />

más relacionada con el orden social -las diversiones, la integridad<br />

de las familias, la pobreza-, estaban estrechamente<br />

vinculadas.<br />

Mientras en algunas partes las iniciativas ilustradas<br />

chocaron con cabildos y curas tradicionales, en otras los<br />

cabildantes asumieron los ideales de mejoramiento. Además,<br />

los vecinos presionaban por el cuidado del empedrado<br />

y de las asequias y por derechos como el de llevar una<br />

“paja de agua” a su casa.'8<br />

Los documentos escritos de nuevo ordenaban las ciudades<br />

como lo habían hecho con las fundaciones del siglo<br />

xvi.'9 El traslado de Arma a Rionegro en 1770, dio lugar a<br />

que se expresara con precisión el orden que debía tener la<br />

nueva ciudad. El cabildo solicitó autorización del rey para<br />

recaudar ciertos impuestos con el fin de incrementar la<br />

renta pública y financiar los gastos de la ciudad y las obras<br />

públicas. Se fijaron impuestos sobre almacenes, casas de<br />

juego, puentes y ganadería. Con el fin de dotar la ciudad de<br />

17. Véanse obras basadas en libros capitulares como Arboleda,<br />

Cíustavo, Historia de Cali, Cali, U. del Valle, 1956.<br />

18. Martínez, William, L a vida cotidiana de Tunja en el siglo xnn<br />

Tunja, tesis de grado de la U. Pedagógica y Tecnológica de Colombia,<br />

1989, págs. 69-75.<br />

19. Véase Rama, Ángel, L a ciudád letrada, Hannover, 1984.


La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales \ 143<br />

vastos recursos naturales se propuso tomar parte de la tierra<br />

del resguardo de los indios de San Antonio de Peryra, a<br />

fin de convertirla en propia y formar ejidos. (Los indios<br />

serían trasladados a la localidad de Chuscas). Se designó el<br />

lugar en el que se construiría la plaza central de donde partirían<br />

calles y manzanas de cien yardas, diseñadas de<br />

acuerdo con el patrón damero. Se designó el sábado para<br />

día de mercado, en el cual los habitantes que vivían dispersos<br />

en los campos, debían acudir a la ciudad para tener<br />

contacto con las maneras civilizadas y adquirir hábitos de<br />

interrelación social. Los pequeños negocios ubicados en<br />

las afueras debían ser trasladados a su interior y sujetarse al<br />

pago de impuestos/0<br />

Las medidas fueron sugeridas por el cabildo recién<br />

nombrado y por el gobernador de Antioquia, don Francisco<br />

Silvestre, y recibieron el apoyo del oidor Mon y<br />

Velarde. Los valores de racionalidad económica, de mercado,<br />

de vida en policía, convergían en la concepción de la<br />

ciudad como centro civilizador. En las ciudades se publicaban<br />

bandos sobre los días en que se debía barrer y sacar<br />

las basuras de distintas clases, la manera de hacer cercas a<br />

los lotes, de construir cañerías y conservar los andenes. Se<br />

daban disposiciones específicas para los domicilios y para<br />

los talleres de diferentes oficios según sus materiales y desperdicios.<br />

También se disponían los lugares donde se podían<br />

mantener animales, generalmente sólo en los ejidos y<br />

las condiciones para cerdos y gallinas. Los encargados de<br />

hacer cumplir estas normas eran los alcaldes de barrio. En<br />

los casos de disposiciones dirigidas a las comunidades indígenas,<br />

las Cédulas Reales llegaban a dar indicaciones sobre<br />

la forma de construir camas y distribuir los espacios<br />

interiores.<br />

20. a g í , Santa Fe 706.


144 I MARGARITA GARRIDO<br />

El orden público era motivo central de preocupación<br />

de las autoridades y las disposiciones se proclamaban por<br />

‘bando por las calles públicas y acostumbradas y a son de<br />

cajas y usanza de guerra’, y correspondía a los alcaldes de<br />

barrio hacerlas cumplir e informar semanalmente al juez<br />

superior o al oidor donde lo hubiere. Las disposiciones tomadas<br />

después de la Revolución de los Comuneros, en<br />

178 1, para “afianzar la quietud... procurar la Paz, y Subordinación<br />

debida al Soberano”, dejan ver, en lo que consideran<br />

desorden, el sentido del orden. El bando que se<br />

publicó en marzo de 1782 no sólo mandó a recoger volantes<br />

sediciosos, libelos infamatorios y pasquines de la pasada<br />

revolución, sino que también ordenó a los alcaldes de<br />

barrios a dar noticia de los vagos y ociosos, y a los caseros<br />

de sus inquilinos. Las mesas de truco debieron cerrarse a<br />

las diez de la noche y las pulperías y chicherías a las ocho,<br />

las carreras de caballos fueron prohibidas, el porte de armas<br />

también, con la única excepción de las espadas de los<br />

caballeros, las músicas sólo pudieron sonar con permiso y<br />

por motivo justo. Los casados separados fueron compelidos<br />

a reunirse y hacer vida con sus respectivas mujeres.<br />

Los mendigos y pordioseros que son “de mal exemplo al<br />

público por su ociosidad”, debieron ser llevados a los hospicios<br />

según su sexo.21<br />

Estos bandos reforzaban la capacidad de las autoridades<br />

para tener un amplio control de la vida cotidiana. En<br />

Popayán, en un atardecer de enero de 1782, un grupo de<br />

negros y mulatos celebraban el entierro de un niño en el<br />

barrio de San Camilo, según usanza. La “algasara y vulla”<br />

del “baile de angelito”, llamó la atención del gobernador,<br />

don Pedro de Becaría, quien se hallaba “en cumplimiento<br />

de su obligación de ronda a fin de evitar todo desorden,<br />

21. a g n , Cédulas Reales, t. 10. fol. 252-258.


escándalos y pecados públicos”, ya que se había prohibido<br />

por bando “los bailes en casa alguna sin permiso y licencia<br />

de este juzgado”. Al poco rato se suscitó un pleito que fue<br />

lo que causó que se abriera expediente y se registrara el<br />

caso. Uno de los caballeros enredados en el pleito había<br />

reprochado a los asistentes por bailar delante del cadáver y<br />

había explicado su presencia diciendo que andaba buscando<br />

un esclavo huido. Estos bailes que acompañaban a los<br />

entierros de niños eran tolerados con cierta reserva.22<br />

Había pues, un denso discurso civil-moral sobre lo público<br />

cotidiano que reglamentaba espacios, usos^ actitudes<br />

y relaciones. Es difícil medir su incidencia y el grado de<br />

consenso que alcanzó. Se puede decir, sin embargo, que su<br />

eco llega a la era republicana para ser combinado con una<br />

pedagogía para la producción de ciudadanos.<br />

La prensa de fines del siglo xvm también convergió en<br />

los discursos sobre la vida cotidiana de la ciudad, enmarcándolos<br />

en el género cultivado por Feijoo yJovellanos, es<br />

decir, como crítica de las costumbres. El Papel Periódico<br />

de Santafe se ocupó de la pobreza, de los hospicios, de los<br />

hospitales y promovió las sociedades de amigos del país.<br />

Aludió a los granadinos como una comunidad y como una<br />

audiencia, informándoles del comercio, de los nombramientos<br />

y promociones coloniales, tanto como de las principales<br />

noticias de España y de Europa. Fue este asomo a<br />

la cotidianidad moderna, lo que introdujo, como lo hizo la<br />

prensa en todas partes, esa idea de tiempo, por una parte<br />

contiguo y discontinuo que une cotidianidades y por otra,<br />

continuo que conecta historias intermitentes.<br />

Como la prensa, la Expedición Botánica, la Real Biblioteca,<br />

las sociedades de amigos del país y el cambio de<br />

currículum en los colegios, contribuyeron de diversas forl^a<br />

vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales \ 145<br />

22. ACiN, EPC, t. I, fol. 179-278


146 I MARGARITA GARRIDO<br />

mas a ampliar el espacio de lo público y a matizar los discursos<br />

tradicionales con aproximaciones modernas a viejos<br />

y nuevos temas.<br />

Lo Justo y el bien común: política local<br />

Los gobernados trataron de ejercer un control moral sobre<br />

sus gobernantes y de defender lo considerado justo o el<br />

bien común. Su discurso y sus actitudes sobre lo público se<br />

pueden ver en las “representaciones” elevadas por los vecinos<br />

de las ciudades y villas a la Real Audiencia sobre las<br />

elecciones, sobre los alcaldes y sobre la justicia. Estos eran<br />

temas principales de lo público cotidiano en las poblaciones<br />

de todos lo tamaños. La participación de los vecinos<br />

en la vida política local fue mucho mayor de lo que comúnmente<br />

se piensa. Cada año se hacía elección de alcaldes<br />

con base en las temas formadas por el cabildo y en un<br />

relativo consenso de los vecinos sobre quiénes eran merecedores<br />

de los cargos. El primero de enero, previa confirmación<br />

de uno de los nombres por el gobernador o el<br />

corregidor, se hacían públicos los nombramientos.<br />

Los elegidos debía ostentar los valores hidalgos: ser<br />

limpio de sangre (sin mezcla de castas), moralmente correcto,<br />

libre de causas con la justicia y de parentesco con<br />

los electores, saber leer y escribir y tener con qué vivir con<br />

decencia (no tener oficio manual y vestir capa).<br />

Los vecinos contaban con la posibilidad de protestar<br />

contra la elección de un alcalde, o contra una injusticia.<br />

Reunidos al efecto, escribían unos documentos llamados<br />

representaciones en los que explicaban las razones que tenían<br />

para oponerse a un candidato. Cualquier falla real o<br />

supuesta sobre alguno de estos atributos y condiciones<br />

podría ser expresada para oponerse a su elección o a su<br />

confirmación. Como los alcaldes eran al tiempo jueces locales,<br />

su capacidad de ser justo era también aquilatada. Los


L/7 vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 147<br />

aspectos que más frecuentemente se denunciaban en las<br />

representaciones eran el monopolio de los cargos locales<br />

por una familia o un grupo -que incluía denuncias de testaferros,<br />

de elecciones amañadas, de intervención inapropiada<br />

de curas-, los abusos en la distribución de justicia<br />

-juicios venales, falsos testimonios, manipulación notarial,<br />

multas excesivas y aprovechamiento de la ignorancia de<br />

otros-. Los notarios eran piezas claves de esta cultura<br />

escrituraria.<br />

Si por una parte ser vecino daba derecho a participar<br />

en lo público, por otra implicaba la imposibilidad de estar<br />

aislado de lo mismo. Un mal gobernante contra quien la<br />

oposición era infructuosa, causaba el abandono del pueblo.<br />

En muchas ocasiones los vecinos amenazaron con hacer<br />

esto si no se les cambiaban los alcaldes o regidores. Cuando<br />

“la vara queda siempre en la misma casa”... “la pobre<br />

ciudad y nosotros sujetos a la servidumbre, persecución y<br />

venganza que se puede considerar, o precisados (como lo<br />

haremos en tal caso) a salir huyendo de nuestro vecindario<br />

a refugiarnos en otra jurisdicción”. Otros hablan de “opresión”<br />

o “esclavitud” y se refieren a los que gobiernan como<br />

“familia otomana”. En esos casos solicitan para la población<br />

que se “apliquen los medios de libertarla del pesado<br />

yugo que la aflige”.2*<br />

Los vecinos tendían a ejercer un cierto control de los<br />

gobernantes locales, cuidando de que los electos cumplieran<br />

con los requisitos étnicos, morales, económicos y de<br />

idoneidad considerados apropiados, de que los cargos<br />

rotaran y de que la administración de justicia fuera pública<br />

y acorde con las leyes. Este control se ejercía a través de<br />

una especie de tribunal moral colectivo, constituido por<br />

23. Véanse muchos ejemplos en \ 1. Garrido, Redam os y representaciones,<br />

segundo capítulo.


14 8 | MARGARITA GARRIDO<br />

todos, sobre lo que se consideraba de conocimiento público.<br />

Por eso a las representaciones seguían por los testimonios,<br />

que comenzaban preguntando por lo que era<br />

“público y notorio, pública voz y fama”.<br />

No es difícil encontrar casos en los que los candidatos<br />

a alcalde pierden sus cargos por una acusación de adulterio<br />

o amancebamiento, de malversación de dineros reales<br />

o comisión de injusticias, y aun por no ir a misa o no confesarse<br />

o comulgar una vez al año. No obstante, también<br />

hay casos de protesta popular por la intransigencia de un<br />

alcalde con los amancebamientos y adulterios de los vecinos.<br />

En algunas de las ocasiones en que dos grupos familiares<br />

de notables se enfrentaron por los cargos del<br />

gobierno local, entre los argumentos expuestos a favor de<br />

uno y otro estaba su preocupación por el bien público, especialmente<br />

el de los pobres.<br />

El cura era tan importante personaje como el alcalde.<br />

Sus comportamientos eran asunto de público conocimiento,<br />

es decir, parte importante de lo “público y notorio”, y<br />

sus actitudes y discursos incidían en la vida colectiva. En la<br />

mayoría de los casos los curas en los pueblos no se limitaban<br />

a proporcionar los servicios religiosos. Estaban comprometidos<br />

en diferentes grados con la lucha contra el<br />

concubinato y la embriaguez. A su vez, de él se esperaba<br />

un comportamiento apropiado, absteniéndose de mantener<br />

‘relaciones sospechosas’ con mujeres, de jugar cartas,<br />

de involucrarse en el comercio, de participar en los bailes y<br />

en corridas o riñas de gallos.24 Sus fallas en esos aspectos, y<br />

su intervención en política, ocasionaron muchas quejas.<br />

24. ‘Constituciones sinodiales hechas en la ciudad de Santa fe por<br />

el señor Don Fray Juan de los Barrios, primer Ar/.ohispo de este Nuevo<br />

Reino de Granada que las acaha de promulgar a 3 de junio de 1556<br />

años,’ Groot, J. M ., H istoria eclesiástica y c iv il de la N ueva (iranaz/a, vol.<br />

11, págs. 498-499.


La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 149<br />

En la segunda mitad del siglo xvm, cuando las innovaciones<br />

de los Borbones rompieron con la tradición tolerante<br />

y laxa de la casa de Austria, y se bizo altamente<br />

efectivo el cobro de impuestos y el control de los estancos<br />

(monopolios reales), la gente de ciudades, villas y sitios<br />

protestó. Las innovaciones borbónicas tocaron directamente<br />

la vida cotidiana de amplios grupos, algunos de los<br />

cuales pasaron de la queja a la revuelta, siendo la de mayor<br />

cobertura y trascendencia la de los Comuneros del Socorro.<br />

“Las Capitulaciones” pueden leerse como un manual<br />

de la vida cotidiana en lo que concierne a las condiciones<br />

de vida de distintos grupos: las de los indios que día a día<br />

debían defenderse de la avidez de sus vecinos, de sus curas<br />

y de sus corregidores; las de los vecinos libres, artesanos y<br />

campesinos que se sentían asfixiados por los impuestos y<br />

los estancos; las de los criollos, quienes, además, solicitaban<br />

preferencia en los cargos públicos.2’ El examen de las<br />

revueltas deja ver que la violencia personal no era típica en<br />

ellas, sino más bien la amenaza y la intimidación por parte<br />

de los reclamantes y la disuasión por parte de las autoridades.<br />

Pueblos en el imperio: pertenencia e identidad<br />

Ser vecino otorgaba derechos y exigía deberes. En la temprana<br />

colonia ser vecino significaba tener casa poblada en<br />

la ciudad por un buen tiempo, ser blanco o pasar por ello.<br />

Se distinguían de los moradores y de los estantes. En la dinámica<br />

del poblamiento y el mestizaje estos requisitos se<br />

desdibujaron; entonces, el residir por un tiempo en el asen-<br />

25. Véanse las Capitulaciones en Briceño, Manuel, ¡.o s Comuneros, s,<br />

historia de la insurrección, Bogotá, 1980. La más avanzada interpretación<br />

en Phelan, John, E l pueblo y e l rey, la revolución comunera en Colombia,<br />

ijSi, Bogotá, 1980.


I5O | MARGARITA GARRIDO<br />

tamiento urbano le podía otorgar la calidad de vecino casi<br />

a cualquier persona libre. Pero eso no quiere decir que las<br />

diferencias étnicas y estamentales desaparecieran; su vigencia<br />

seguía siendo abrumadora. Muy pronto en Hispanoamérica<br />

no sólo la calidad sino el lugar de residencia<br />

empezó a acompañar comúnmente al nombre del individuo,<br />

de la misma forma que el lugar de origen había acompañado<br />

al nombre de los primeros pobladores hispanos,<br />

quienes hacían de ello un elemento importante de sus relaciones<br />

sociales y políticas.26<br />

La pertenencia a un lugar se convirtió en un rasgo de<br />

identificación y aun de identidad. La población de diversos<br />

mestizajes, que constituía la mayoría al final del período<br />

colonial, se encontraba carente de los elementos de identidad<br />

étnica y comunitaria que si tenían los criollos y los indios<br />

de las comunidades, de ahí que tendiera a hacer de su<br />

vecindad su principal pertenencia. Esa fue una de las principales<br />

razones por las que el localismo y la emulación<br />

entre poblaciones fue tan fecunda. La posición de la población<br />

en la jerarquía colonial (sitio, viceparroquia, parroquia,<br />

villa y ciudad) resultaba muy importante, puesto que<br />

a mayor título no sólo se obtenía mayor autonomía y jurisdicción,<br />

sino también mayor jerarquía entre sus vecinos.<br />

Las representaciones solicitando promoción, firmadas por<br />

grupos de vecinos, exponían los méritos del lugar expresados<br />

en sus construcciones religiosas y civiles, en la decencia<br />

y civilidad de los pobladores y en su capacidad<br />

económica para sostener, según fuera el caso, al cura de la<br />

parroquia, o el tren administrativo de una villa o ciudad.27<br />

26. Lxjckhart, James, Los hombres de Cajamarca, Lima, Ed. Milla<br />

l?atres, 1972, tomo 1. pág. 4 1 y 12 1.<br />

27. Este tema ha sido tratado por la autora en Reclamos y representaciones,<br />

pág. 190-228.


i r<br />

La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales<br />

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’ » 11 l) !•<br />

Plano de la fundación de la<br />

ciudad del Espíritu Santo del<br />

Valle de Lagrita.<br />

1601.<br />

A rchivo General de la Nación.<br />

M apoteca 4 N ° 559a.<br />

V v<br />

y<br />

J<br />

Salida del virrey del Palacio.<br />

O leo original* destruido el 9 de<br />

A bril, copia de Leudo.<br />

Casa M useo del 20 de Julio.<br />

.SPECTIVA OFACHADA DEL C A B IL D O D tA N 'J IO?.<br />

-Ci'Tí a - ■ _ ' . / ; ¡ 2 0„ - ' .le írrt; -J<br />

t i U ito ta », • • ¡’M im a ! y ¿ » > . . J . « ; / . & e < » w * z •» 1a n ¿ítu<br />

• • *' .'/


E l trapiche o<br />

molino de<br />

azúcar.<br />

G rabad o<br />

A ndré M . E .<br />

A m érica<br />

Pintoresca. Tome<br />

iii. M ontaner y<br />

Sim ón Editores.<br />

Barcelona. 1884.<br />

Recolectores de café.<br />

Antioquia. M elitón<br />

Rodríguez.<br />

Fotografía. 1892.<br />

Interior casa<br />

cam pesina.<br />

Enrique Price.<br />

Acuarela.


La vida cotidiana y pública a i las ciudades coloniales | 151<br />

En la segunda mitad del siglo xvm, los vecinos del Socorro<br />

expresaron que si ellos no ganaban la autonomía de San<br />

Gil por medio del reconocimiento del título de ciudad, se<br />

sentirían denigrados e infelices. Igual se sentían los vecinos<br />

de Mompox dependiendo de Cartagena. Los de Guaduas<br />

trataron de mantener a altos costos el título de villa. La<br />

competencia y rivalidad entre ciudades vecinas y pares, reforzaba<br />

el sentido de pertenencia local y constituía un acicate<br />

para la emulación en recursos, en obras, en fiestas y en<br />

refinamiento de las costumbres. Los de la ciudad de Arma<br />

perdieron no sólo su título sino también su nombre y su<br />

Virgen patrona, los cuales fueron cedidos a la nueva<br />

Santiago de Arma de Rionegro. Los vecinos de Timaná,<br />

antigua fundación, sufrieron una grave crisis ante el crecimiento<br />

de Garzón.<br />

En ocasiones, los vecinos se vieron comprometidos a<br />

defender el nombre de su ciudad cuando ésta era ofendida,<br />

sus recursos cuando éstos eran disputados por las poblaciones<br />

vecinas o por individuos y a luchar por su mejoramiento<br />

y ascenso en la jerarquía de poblaciones. Estas<br />

inquietudes generales llevaban a acciones legales que involucraban<br />

a un significativo número de vecinos. La defensa<br />

de la ciudad que hace el cabildo de Santa Fe en 1794, asume<br />

que es ella, la ciudad, la que ha sido insultada con las<br />

sospechas de deslealtad y sublevación de que los oidores la<br />

han hecho objeto. Las representaciones dicen que se debe<br />

aclarar “la inocencia de la Ciudad” y “vindicar” su “honor”.28<br />

El lugar en la jerarquía era relativo primero a sus<br />

vecinos, luego a la Audiencia y al Virreinato y por último,<br />

pero quizás eventualmente más importante, a la Corona y<br />

al Imperio.<br />

La segunda mitad del siglo xvm se caracterizó por un<br />

28. a g í . Estado 55, 56-Alj, fol. 3.


I52 | MARGARITA GARRIDO<br />

gran número de fundaciones. Hoy corresponden al 20% de<br />

la red municipal.39 Se trataba de reordenar, en el patrón<br />

urbano, muchos asentamientos de libres, que de diversas<br />

formas habían desbordado la demarcación inicial. Se hicieron<br />

de nuevo visitas a los pueblos de indios asediados por<br />

los mestizos, sobre todo en la región central y en el macizo<br />

colombiano y convirtieron a muchos en “parroquias de españoles”;-10<br />

se enviaron capitanes como Mier y Guerra, y<br />

Torre y Miranda a juntar en fundaciones a los “arrochelados”<br />

de ambos lados del Bajo Magdalena,31 se contó aun<br />

con esfuerzos misioneros como el del padre Joseph Palacios<br />

de la Vega,32 y se hicieron “reducciones a villa”, como<br />

la del curato de Sabanalarga, para que los vecinos dispersos<br />

recibieran “pasto espiritual”, se administrara justicia y<br />

disminuyeran el robo de ganado de los hatos y de cosechas.33<br />

Uno de los mayores retos de los cabildos fue el control<br />

de los asentamientos espontáneos de libres de todos<br />

los colores en los alrededores de las ciudades. Hubo profusión<br />

de bandos y providencias como la del gobernador<br />

Nieto, del Cauca, sobre “congregar y mantener en los po­<br />

29. Zambrano Pantoja, Fabio, “El proceso de poblamicnto 15 10 ­<br />

1800” en G ran Enciclopedia de Colom bia, Bogotá, Círculo de Lectores,<br />

tomo 1, 1991, págs. 115 -13 0 .<br />

30. Visitas de Moreno y Escandón y Campuzano, editadas por<br />

Colmenares, Germán y Valencia, Alonso, Indios y m estizos en la N ueva<br />

G ranada, ijjg , Bogotá, Banco Popular, 1985.<br />

3 1. De la Torre y Miranda, Antonio, “Noticia individual de las poblaciones<br />

nuevamente fondadas en la provincia de Cartagena”, 1784,<br />

Biblioteca Nacional, Fondo Pineda, mise. i960.<br />

32. Palacios de la Vega, Fray Joseph, D iario de v iaje d e l Padre Joseph<br />

Palacios de la Vega entre los indios y negros de la provincia de Cartagena en<br />

e l Nuevo Reino de G ranada, 178 7-1788, editado por Gerardo Reichel-<br />

DolmatofT Bogotá, 1955.<br />

33. Blanco, |osé A., Sabanalarga, sus orígenes y su fundación d efin itiva,<br />

Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1977.


m vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 15 3<br />

blados las gentes díscolas y vagas” y “agregarlas” en las haciendas,<br />

en los alrededores de Buga.'4 Muchos de los<br />

asentamientos terminaron por convertirse primero en poblados<br />

y luego en villas republicanas. A veces, el miedo<br />

sentido por algunos notables de las ciudades, indujo a decisiones<br />

virreinales poco ilustradas, como la que en 1802<br />

suspendía a la pujante Quilichao el título de villa ganado<br />

en 1755, por la exposición de temores hacia sus pobladores<br />

mulatos hecha por los señores de Caloto.^<br />

Para muchas poblaciones no fue fácil lograr el reconocimiento<br />

de los otros. En muchos casos, cuando se hablaba<br />

de vecinos del tal sitio, parroquia, villa o ciudad, ello<br />

tenía connotaciones más o menos funcionales, que marcaban<br />

de diversas maneras las relaciones entre los pobladores.<br />

Los vecinos de un lugar pequeño, desconocido y sin<br />

signos de “progreso” o marcado por ser de negros, de mulatos,<br />

de mestizos, o de revoltosos, sufrían su identificación<br />

con el lugar. Los vecinos de San Juan de la Vega se quejaron,<br />

en 1785, de que los de Subachoque los “pordebajeaban”<br />

por ser calentanos y campesinos y no saber de<br />

tratos como los mercaderes de Subachoque.*6 Oficio manual<br />

o no manual y clima frío o caliente, connotaron en<br />

este caso relaciones de superior-inferior entre los dos pueblos<br />

aledaños.<br />

La jerarquía de los pueblos tuvo en Nueva Granada su<br />

explícita versión eclesiástica en la clasificación de las pa­<br />

34. Cabildo de Buga, lib. 4. Popayán, agosto, 1802. Citado por<br />

Mejía, Eduardo, Origen d e l campesino vallecaucano, Cali, Universidad del<br />

Valle. 1993. pág, 67-68.<br />

35. Colmenares, Germán. “Castas, patrones de poblamiento y<br />

conflictos sociales en las provincias del Cauca 1810-1830", en G, Colmenares<br />

et a l. ¡.a independenaa, ensayos de historia s o c ia lBogotá, 1986.<br />

36. a g n , a p c . t. 39, fol. 858-891.


154 I margarita garrido<br />

rroquias según sus “cualidades y riquezas” hecha por el<br />

cura Oviedo.-17<br />

Fiesta colonial y mestiza: misa, chicha y toros<br />

Las procesiones han sido descritas como exhibiciones de<br />

la ciudad ante sí misma. En un orden celosamente determinado<br />

los prelados, las autoridades, las corporaciones, los<br />

gremios y el común, acompañaban la sucesión de imágenes<br />

de bulto de los santos. El desfile era visto como una<br />

representación del orden social y por lo tanto, como reconocimiento<br />

de posiciones establecidas y/o esperadas. La<br />

procesión de Corpus Christi fue especialmente suntuosa<br />

en Santa Fe y Mompox, las de Semana Santa en algunas<br />

ciudades como Tunja y Popaván.,R La fiesta de San Juan<br />

tuvo una tendencia ecuestre y la procesión era fluvial. Las<br />

procesiones también tenían elementos no religiosos como<br />

las comparsas, la tarasca, los gigantes y los matachines,<br />

que permitían la participación popular. La de Corpus fue<br />

la fiesta pública más importante y en la que se dio un<br />

sincretismo mayor, pues la celebración católica y española<br />

parecía coincidir en el calendario agrícola con el paso de<br />

tiempo de lluvias al seco.39 A pesar de los reiterados intentos<br />

de la iglesia para prohibir la chicha, los arcos, los gallos<br />

y los toros por la noche, la fiesta de chicha y toros se con­<br />

37. De Oviedo, Basilio Vicente, Pensamientos y noticias para la u tilid<br />

a d de los curas d e l N uevo Reino de G ranada, sus riquezas y demás cualidades<br />

y de todas sus poblaciones v curatos con especifica noticia de sus gentes y<br />

gobierno, año de 17 7 1, Bogotá, 1930.<br />

38. Friedmann, Susana, I m s fiestas de Jun io en el Nuevo Reino, Bogotá,<br />

Kelly, 1982, págs. 40-41; Bricefto, Manuel, Tunja desde su fundación<br />

hasta la época presente, Bogotá, 1909, pág. 298. Citado por William<br />

Martínez, tesis citada, págs. 266-272.<br />

39. Zuidema, Torn, “Líl encuentro de los calendarios andino y español”,<br />

en Heraclio Bonilla (comp.), Los conquistados, Tercer Mundo,<br />

Bogotá, págs. 297-316.


La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 155<br />

virtió en la creación mestiza por excelencia.40 El arreglo de<br />

los balcones y los pasacalles para las fiestas daba ocasión<br />

para mostrar objetos de prestigio y participar así en el intercambio<br />

simbólico. Se colgaban alfombras, vasijas, cuadros<br />

y esculturas. Las decoraciones subrayaban el carácter<br />

estamental de las distintas calles. Las fiestas ofrecían ocasiones<br />

propicias para lograr el reconocimiento de individuos<br />

y estamentos y otorgarlo. Las danzas que precedían<br />

al Santísimo y a la procesión también estaban organizadas<br />

por estamentos y sobre todo por gremios. Para las fiestas<br />

de Tunja del 1 1 de junio de 1590, el cabildo ordenó “...que<br />

los tratantes de la Calle Real saquen una danza buena que<br />

vaya danzando delante del Santísimo Sacramento y procesión<br />

y los zapateros otra danza y los sastres otra danza y<br />

los silleteros y zurradores otra danza y los herreros otra<br />

danza...” 41<br />

Marzhal ha encontrado en la tolerancia de la casa de<br />

Austria con el despilfarro de los cabildos en fiestas, la explicación<br />

de la lealtad de éstos a la corona. Los cabildos<br />

eran supremamente ineficientes y sus miembros en general<br />

poco comprometidos con las tareas de control, mantenimiento<br />

y mejora de la villa o ciudad. Las fiestas, sin embargo,<br />

sí les interesaban, probablemente por la donación de<br />

reciprocidad que propiciaban. Los del cabildo recibían la<br />

satisfacción de ser reconocidos como notables, como principales<br />

y distinguidos, y el público era regalado con diversión<br />

y eventualmente con una ocasión para subvertir<br />

40. Fin los tomos de la colonia de Groot J. M., H istoria eclesiástica<br />

y c iv il de la N ueva G ranada, hay numerosas referencias a las prohibiciones.<br />

41. Ocampo I ,ópcz, Javier, E l folc lo r y su m anifestación en tas supervivencias<br />

m usicales en Colombia, Tunja, 1970, pág. 27, citada por Susana<br />

Friedmann, op. cit. pág. 57.


I5 6 | MARGARITA GARRIDO<br />

momentáneamente el orden.42 Fueron famosos los preparativos<br />

en uniformes, refrescos, música e iluminaciones. El<br />

cabildo asumía algunos gastos y el patrón de la fiesta otros.<br />

Los nacimientos en la casa real, las juras de nuevos soberanos<br />

y aun la llegada de un nuevo virrey, también eran motivos<br />

de fiesta.4' En 1785, poco después de haber ocurrido<br />

en la zona un fuerte temblor de tierra, siempre entendido<br />

como castigo de Dios, las fiestas de Ubaté fueron prohibidas<br />

por el corregidor de Zipaquirá y por la Audiencia, por<br />

considerarse su celebración inapropiada para apaciguar la<br />

ira divina. No obstante, los alféreces, quienes patrocinaban<br />

las fiestas declararon que ya estaban muy entrados en gastos<br />

y era imposible suspenderlas.44<br />

Para el visitador de Antioquia, Mon y Velarde, imbuido<br />

de una mentalidad ilustrada, las fiestas eran un derroche<br />

que sólo traía vanos honores y la ruina a quienes lo<br />

auspiciaban: “Por lo común todos los trofeos que quedan<br />

después de la fiesta a más del victor, es el popular aplauso<br />

de quien labró tantas arrobas de pólvora, tantas de cera,<br />

que subió tanto rancho, que gastó tantas botijas de aguardiente:<br />

estos son los laureles que texen la corona de un Alférez<br />

consumido y gastado”.45 Su juicio no coincide con el<br />

tradicional en la valoración de lo que ganaba el alférez y lo<br />

42. Marzahl, Peter, “Creoles and Government: the Cabildo o f Popayán”,<br />

Hispanic Am erican H istorical R eview . N ° 54 (4), 1974, págs. 637­<br />

656.<br />

43. Fiestas del Socorro para el virrey Caballero, en Ortiz, Sergio E.,<br />

Colección de Documentos para la historia de Colom bia (3a serie), Bogotá,<br />

i960, pág. 19 y para el virrey Amar en Caballero, José M., D iario de la<br />

Independenaa. Bogotá, 1974, pág. 44.<br />

44. Tisnés, R. M., C apítulos de historia zipaquireña, Bogotá, 1956,<br />

págs. 219-224.<br />

45. Mon y Velarde, J. A., ‘Reglamento’, en E. Robledo, Bosquejo<br />

biográfico d el señor oidor Jua n Antonio Mon y Velarde, 178 5-178 8 , Bogotá,<br />

1954, tomo 11, pág. 180.


La vida cotidiana y pública en las ciudades coloniales | 157<br />

que ganaba la población. Las fiestas locales eran parte de la<br />

representación que los vecinos se hacían de su lugar en el<br />

concierto de poblaciones coloniales, de su dignidad y de<br />

sus virtudes civiles y “políticas”.<br />

Fuera de las fiestas, uno de los actos religiosos colectivos<br />

más significativos fueron las romerías o peregrinaciones<br />

a los santuarios especiales. En el centro del país a la<br />

Virgen de Chiquinquirá, a la Virgen de la Peña y a Nuestra<br />

Señora de Monguí; en el suroccidente, a la Virgen de Las<br />

Lajas en Ipiales y al Señor de los Milagros en Buga. Muchas<br />

otras advocaciones de la Virgen, com© la de la Candelaria<br />

en Medellin, de la Merced en Cali, del Topo en<br />

Tunja, se celebraban como patrañas de las ciudades o villas<br />

y aun de grupos de cofrades. Fiestas como la de la<br />

Niña María de Caloto, congregaban a todos los estamentos<br />

coloniales con roles asignados para cada uno y bailes<br />

en diferentes sitios. Las carnestolendas alrededor del Santuario<br />

de La Peña, congregaban a los residentes en los barrios<br />

más pobres de la capital y preocupaban mucho a las<br />

autoridades.<br />

Aunque para el siglo xvm la labor de hispanización había<br />

sido notablemente efectiva, debemos rechazar la representación<br />

de una homogeneidad cristiana y pensar más<br />

bien en una iglesia colonial a la vez colonizadora y colonizada.<br />

Aunque llena de temores y prejuicios, la Iglesia se<br />

impregnaba de las formas nativas, y en la confrontación<br />

casi cotidiana, transigía y se producían sincretismos. Las<br />

danzas del Corpus Christi, los bailes de angelitos y los alabaos,<br />

fueron sólo aspectos visibles y más o menos tolerados<br />

de multitud de creencias y prácticas híbridas. En las<br />

danzas y el teatro del Corpus Christi en las fiestas de Chiriguaná<br />

y Mompox, personajes traídos de España como la<br />

tarasca o el papayero, tenían aquí atributos opuestos. Estas<br />

fiestas también daban la ocasión para representaciones


158 I MARGARITA GARRIDO<br />

legitimadores de la Conquista. En las de Tibacuy, aún en la<br />

época republicana se representa una pantomima del sometimiento<br />

de los indígenas a los conquistadores dueños del<br />

fuego.46<br />

Al final del siglo Santafé contaba con un Coliseo construido<br />

con la licencia del virrey pero sin la del arzobispo,<br />

situado donde hoy está el Teatro Colón. Allí se hicieron<br />

representaciones con actores locales, y se llevó a la ciudad<br />

otra forma de diversión para alternar con los paseos y la<br />

gallera.47<br />

46. Friedmann, Susana, op. cit., pág. 34-47.<br />

47. Ortega, Daniel, Cosas de San tafé de Bogotá. Bogotá, Tercer<br />

Mundo, 1990, págs. 138-139.


TERCERA PARTE<br />

L a República


L a vida rural cotidiana<br />

en la República<br />

MICIIAEI, F.<br />

JIM É N E Z<br />

Traducción de E h ira Maldonado de Martín<br />

I<br />

El escritor liberal José María Samper describió en 1861 la<br />

geografía y los habitantes de la Confederación Granadina.<br />

El siguiente boceto de los neivanos -pobladores del valle<br />

alto del Magdalena, mestizos en su gran mayoría- nos<br />

muestra la idealizada imagen que tenía Samper del habitante<br />

del campo colombiano en el siglo xix:<br />

Mientras su mujer teje un sombrero en el hogar, o hila, u<br />

ordeña las vacas o cuida de las crías del corral, el activo<br />

neivano rodea o pastorea su hato o cría de ganados libres,<br />

lucha con el toro feroz en las herranzas, a pie o caballero en<br />

un fuerte trotón; o bien, descuaja los montes y cultiva con asiduidad<br />

su platanar, su maizal, su cacaotal o su plantación de<br />

arroz, de tabaco o de yucas; o en los ratos de ocio se entrega<br />

al provechoso placer de la pesca. El día que la cosecha semestral<br />

está lista en la troja (el granero), o que están gordos los<br />

corderos y cerdos, los pavos, las cabras y gallinas de las crías,<br />

el neivano construye una balsa, compuesta de troncos ligeros<br />

(balsos) y fuertes lianas o bejucos; embarca toda la provisión<br />

sin olvidar la bandola, su eterna compañera; toma su canalete<br />

o remo rudimentario, y acompañado de otros dos o tres paisanos,<br />

frecuentemente socios, se echa a bogar por el Magda­


IÓ 2 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

lena ahajo, o alguno de sus afluentes principales y va en su<br />

rancho flotante a vender en las ciudades importantes del gran<br />

río (Neiva. Purificación, Ambalema u I londa) el fruto de sus<br />

faenas de seis meses.<br />

Entonces se opera una nueva transformación. Una vez<br />

que ha vendido la balsa y todo su contenido, o reduce el dinero<br />

a herramientas, vinos, licores, ropas y otras mercancías<br />

extranjeras, que va a vender en detalles en el lugar de su domicilio,<br />

o que destina a su propio consumo; o, lo que es más frecuente,<br />

guarda su dinero y se contrata como peón en alguna<br />

hacienda de la parte inferior del valle, trabaja allí durante dos<br />

o tres meses en desmontes y otras operaciones agrícolas, y<br />

luego regresa al hogar a continuar sus faenas habituales, llevando<br />

buena provisión de patacones (piezas de cinco francos),<br />

herramientas y regalos para su familia.<br />

Así, el neivano es alternativamente pastor activo y esforzado,<br />

agricultor, hábil pescador, tratante y peón asalariado o a<br />

destajo; y es esa alternabilidad la que le imprime su sello particular<br />

y simpático'.<br />

En este bosquejo se observa claramente el romanticismo<br />

folclórico tan extendido en Europa y las Américas durante<br />

esa época, y se refleja la visión protéica del trabajo y<br />

de la vida presente en L a ideología alemana de Marx y<br />

Engels. Aun así, nos proporciona elementos muy interesantes<br />

de la vida diaria en esa zona del campo andino durante<br />

el siglo xix, como también ciertos rasgos de la cultura<br />

y la sociedad agraria en esa región de América Latina durante<br />

esos años. En primer lugar, así como el neivano de<br />

i. Samper, José M., Ensayo sobre ¡as revoluciones políticas y la condición<br />

social de las repúblicas colombianas (hispanoam ericanas). Con un apéndice<br />

sobre la orografía y la población de la Con federarían G ranandina, Bogotá,<br />

1861. Til apéndice lo escribió en i860 a solicitud de la Sociedad<br />

Etnográfica de París, de la cual Samper era miembro.


La vida n iral cotidiana en la República | 163<br />

Samper, muchísimos campesinos estaban en constante<br />

movimiento durante este período2. Muchos de ellos, pequeños<br />

propietarios y peones en su mayoría, recorrían diariamente<br />

el duro camino desde sus casas hasta su lugar de<br />

trabajo en terrenos de su propiedad o al interior de grandes<br />

haciendas, ubicadas con frecuencia en terrenos montañosos<br />

de la parte norte de la cordillera de los Andes y<br />

colindando con extensas planicies o zonas selváticas.<br />

Otros iban y venían varias veces al mes a los mercados en<br />

las ciudades más cercanas; para ello tenían que salir de<br />

casa antes del amanecer cargados con granos, frutas y vegetales,<br />

algunas veces los llevaban en sus hombros y otras<br />

en el lomo de animales de carga. Regresaban a casa, al<br />

anochecer, trayendo de vuelta los bienes adquiridos en las<br />

plazas o en las tiendas de las aldeas, el niño recién bautizado<br />

y los restos de una buena borrachera.<br />

Realizar jornadas mucho más largas también se convirtió<br />

en práctica común en el transcurso del siglo. Evidentemente,<br />

para muchos campesinos, como para el viajero<br />

neivano, la jornada río abajo buscando un puerto importante<br />

sobre el Magdalena era la oportunidad tanto para<br />

buscar aventuras como para obtener beneficios impensables<br />

en el mercado local. Con frecuencia cada vez mayor,<br />

los campesinos pobres empezaron también a vender su<br />

mano de obra en localidades distantes. Inicialmente, este<br />

desplazamiento lo realizaban pocos campesinos, pero el<br />

flujo se fue haciendo cada vez mayor y así, los habitantes<br />

del altiplano descendían desde la tierra fría para trabajar en<br />

las cosechas de tabaco, azúcar, cacao, algodón, añil y café<br />

en las florecientes propiedades situadas en las faldas de la<br />

2. Para un estudio detallado del crecimiento demográfico y de las<br />

transformaciones ocurridas en el siglo xix en Colombia, véase Zam ­<br />

brano, l'abio y Bernard, Olivier, Ciudad y tenitorio. E l proceso de pobtamiento<br />

en Colombia, Bogotá, 1993.


164 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

cordillera oriental o para unirse a los grupos de caucheros<br />

y de descortezadores de quinina en las selvas del Sumapaz<br />

y del Magdalena Medio. En forma similar los mestizos y<br />

los indios, habitantes de las zonas altas del sur de Colombia,<br />

emigraban temporalmente para participar en la zafra<br />

del azúcar en el Valle del Cauca. Con frecuencia, hombres<br />

y mujeres se desplazaban individualmente hacia los climas<br />

cálidos, pero también se daban los casos de familias enteras<br />

viajando de un lugar a otro en busca de trabajo. En algunas<br />

ocasiones se veían obligados a movilizarse hacia los<br />

campos en los que se recogía la cosecha, pero la gran<br />

mayoría de los desplazamientos se realizaban voluntariamente<br />

o bajo contrato firmado con los enganchadores,<br />

quienes daban adelantos en dinero a los cada vez más empobrecidos<br />

habitantes de las zonas altas. Al final de la estación,<br />

regresaban a sus hogares con objetos, dinero, relatos<br />

increíbles y además con las enfermedades devastadoras típicas<br />

de las tierras bajas como la lepra, la malaria y los parásitos.<br />

Como habían empezado a hacerlo antes de la independencia,<br />

los campesinos colombianos se desplazaron con<br />

mayor diligencia hacia las zonas que el geógrafo alemán,<br />

Alexander von Humboldt, había llamado a finales de siglo<br />

las “playas interiores” de las Américas, en donde “la barbarie<br />

y la civilización, las selvas impenetrables y la tierra cultivada<br />

se tocan y se entrelazan unas con otras.”3 Miles de<br />

personas se desplazaron hacia las múltiples regiones de<br />

frontera situadas a lo largo y entre las cadenas montañosas<br />

de la parte norte de la cordillera de los Andes, dejando<br />

atrás poblaciones ubicadas en las montañas y las grandes<br />

3. Von Humboldt, Alexander, Personal Narrative o f Travels in the<br />

Equinoctial Regions o f the New Continent During the Years ijgg-1803,<br />

I>ondrcs, 1808, vol. ill, págs. 420-421.


La vida rural cotidiana en la República | >65<br />

haciendas con las cuales habían estado vinculados como<br />

arrendatarios, peones o esclavos. Estos últimos, que durante<br />

el período colonial habían huido hacia las selvas tropicales<br />

de las costas del Atlántico o del Pacífico y a lo largo<br />

de los ríos Cauca y Magdalena, vieron engrosar sus filas<br />

por nuevas oleadas de africanos o de mulatos residentes en<br />

las plantaciones y en las minas de zonas aledañas. En el<br />

Valle del Cauca, tanto la guerra de la independencia como<br />

el movimiento previo, lento pero inexorable hacia la<br />

emancipación, impulsó a los esclavos a formar nuevos poblados<br />

independientes en zonas vecinas, tal el caso de las<br />

poblaciones del Valle del Patía, en las que no regían ni las<br />

leyes de los señores ni las del gobierno.4 En forma similar,<br />

durante la primera mitad del siglo, los esclavos habitantes<br />

del valle del Bajo Magdalena, cerca de Mompox, se movilizaron<br />

hacia las ciénagas y las zonas pantanosas buscando<br />

libertad y posibilidades de subsistencia.5<br />

Para muchos otros, este éxodo a nuevas tierras los<br />

mantuvo en permanente movimiento hacia tierras cada<br />

vez más lejanas. Esto les ocurrió especialmente a los habitantes<br />

de los viejos núcleos coloniales. Algunos pobladores<br />

de las montañas alrededor de Pasto y Popayán, situadas en<br />

la parte sur de Colombia, se establecieron en las tierras<br />

más bajas del Valle del Cauca y en las faldas de las montañas.<br />

En el centro del país, los campesinos de Cundinamarca<br />

y Boyacá, transformaron sus visitas a las zonas bajas<br />

adyacentes en domicilio permanente, puesto que se vieron<br />

4. Mina, Mateo, E sclavitu d y libertad en e l va lle d e l río Cauca. Bogotá,<br />

1975; Escorcia. José, “Haciendas y estructura agraria en el valle del<br />

Cauca, 1810-1850", A nuario colombiano de historia y de la cultura, 10,<br />

(1982), págs. 119 -138 , y Mcjía Prado. Eduardo, Origen d el campesino<br />

vallecaucano. Cali, 1993.<br />

5. l'als Horda, Orlando, H istoria doble de la costa, vols. 11 y m, Bogotá,<br />

1986.


IÓ6 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

obligados a huir de las presiones demográficas y de las crisis<br />

económicas surgidas en las zonas altas. Algunos se fueron<br />

hacia el oriente, a poblar los llanos impenetrables de<br />

Arauca, Casanare y San Martín y fueron absorbidos por la<br />

muy distante y diferente cultura llanera.6 Pero la mayoría<br />

de los inmigrantes del altiplano trazaron su ruta hacia el<br />

occidente. En ocasiones, quienes invertían en agricultura<br />

para exportación en la ladera occidental, reubicaban a los<br />

habitantes campesinos de las montañas a fin de contar con<br />

trabajadores en sus nuevas inversiones en las zonas bajas.<br />

Aunque algunas familias se desplazaron hacia estas regiones<br />

de frontera, al parecer la mayoría de los inmigrantes<br />

eran individuos que llegaban para las cosechas y se quedaban<br />

como peones o como arrendatarios. Una vez allí, se<br />

veían obligados a viajar continuamente puesto que las haciendas<br />

se expandieron más allá de los valles, lo que los<br />

obligó a abrirse camino hacia las laderas de las montañas,<br />

limpiando tierras selváticas para prepararlas para el pasta|e<br />

y para el cultivo de diferentes productos, esperanza de los<br />

agricultores durante varias décadas después de mediados<br />

de siglo, hasta que llega el cultivo del café.7 Otros se internaron<br />

en regiones solitarias e inexploradas como colonos<br />

6. En relación con la historia de las planicies fronterizas, véase<br />

Rausch, Jane M., A Tropical Plains Frontier. The Uanos o f Colombia, 153 1­<br />

1833, Albuquerque, Nuevo México, 1984, y The l.lanos Frontier in Colombian<br />

History, 1830-IQ30, Albuquerque, Nuevo México, 1993.<br />

7. El mejor estudio sobre este proceso es el de Marco Palacios, E l<br />

café en Colombia, 1850-1970. Una historia económica y política, Mexico,<br />

1983, parte 1. A fin de encontrar retratos vivos de la expansión de la<br />

propiedad en las laderas de la cordillera occidental, véanse los informes<br />

contemporáneos presentados por los propietarios de haciendas a Juan<br />

de Oíos Carrasquilla, Comisario de Agricultura Nacional, en el Segundo<br />

Informe Anual que presenta el Comisario de Agricultura Nacional a l Poder<br />

Ejecutivo para conocimiento del Congreso, año 1880, Bogotá, 1880 y Rivas,<br />

Medardo, Los trabajadores de tierra caliente, 1899, Bogotá, 1972.


La vida rural cotidiana a i la República | 167<br />

en forma individual o en grupos pequeños. Hacia igoo,<br />

campesinos cundiboyacenses habían llegado a la cordillera<br />

central, en donde se encontraron con las grandes migraciones<br />

rumbo al corredor antioqueño que ya llevaba en<br />

proceso más de cien años.<br />

La movilización de los antioqueños se había iniciado<br />

muchas décadas antes de la Independencia, huyendo de la<br />

hambruna, las sequías y la sobrepoblación de las zonas<br />

montañosas de los alrededores de Medellin.8 Algunos se<br />

dirigieron al norte, hacia las costas del Caribe, del Bajo<br />

Cauca y del Valle del Magdalena. Pero la mayoría se dirigió<br />

hacia la cordillera Central, abriéndose camino con<br />

machetes, hachas y fuego a través de zonas selváticas. Lograron<br />

asentar sus viviendas, establecer haciendas y formar<br />

pequeñas poblaciones en los valles y en las laderas de las<br />

montañas menos pobladas, y en menor número, en las tierras<br />

calientes. Cuando las tierras dejaban de ser cultivables,<br />

o surgían nuevas oportunidades, iniciaban la marcha de<br />

nuevo. Como sucedía en todo el país en este siglo de movilizaciones,<br />

los individuos se desplazaban por su cuenta<br />

buscando huir del hambre, de la sofocante presión de la<br />

familia patriarcal, del patrón explotador y de la guerra civil.<br />

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior, la migración<br />

antioqueña tenía la tendencia a realizarse organizada y<br />

colectivamente. En algunos casos, clanes enteros se establecieron<br />

y organizaron comunidades fuertes; también algunos<br />

especuladores de la tierra como González, Salazar y<br />

8. La obra clásica sobre la migración antioqueña es La colonización<br />

antioqueña de Parsons, |., Bogotá, 1981. Véanse también Palacios, M arco,<br />

E l café en Colombia, 1850-1 y ¿o. Una historia económica, social y política,<br />

México, 1983, parte 11; López 'Poro, Alvaro, Migración y cambio social en<br />

Antioquia, Bogotá. 1970, y Jaramillo, Roberto Luis, “La colonización<br />

antioqueña", en Meló, Jorge Orlando (editor), Historia de Antioquia,<br />

Medellin, 1988.


168 I MICHAF.l. F. JIMÉNEZ<br />

Compañía, de la zona de Caldas, organizaron movimientos<br />

colonizadores por su cuenta, esto con el fin de lograr la<br />

legalización de sus reclamos sobre tierras baldías.<br />

II<br />

Samper inicia su descripción mostrando las viviendas<br />

como unidades económicas en las cuales tanto el hombre<br />

como la mujer realizaban tareas definidas. Aunque considerables<br />

segmentos de la población campesina del norte<br />

de la cordillera de los Andes, no tenían facilidades de acceso<br />

a la tierra, pues no eran propietarios y por lo tanto aceptaban<br />

trabajos temporales o permanentes en haciendas de<br />

diferentes tamaños, la parcela pequeña se convirtió en el<br />

eje de la producción y el consumo en las zonas rurales en<br />

gran parte del territorio colombiano durante el siglo xix.<br />

Ya sea como cultivadores autónomos o como aparceros<br />

en haciendas grandes, estos campesinos demostraron tener<br />

una gran habilidad para generar diversas fuentes de<br />

sustento. El cultivo de la tierra fue de gran importancia<br />

para los aparceros, quienes obtenían cosechas de granos o<br />

de tubérculos -yuca en la costa Atlántica, papas en las tierras<br />

altas del oriente y el sur, plátano en el Valle del Cauca<br />

y maíz en el corredor antioqueño- que se complementaban<br />

con otros cultivos de raíces, vegetales y frutas. Además<br />

de los granos y las legumbres más indispensables, el azúcar<br />

en forma de panela y miel y una gran variedad de bebidas<br />

alcohólicas, entre ellas el aguardiente y el guarapo, eran<br />

fuente de energía y placer para los campesinos, pues les<br />

ayudaban a sobrellevar las penalidades de la vida diaria.<br />

Otra fuente importante de la nutrición de los aparceros<br />

eran los animales de corral como pollos, ovejas, cabras y<br />

cerdos. El ganado vacuno proporcionaba carne, leche y<br />

cuero y los caballos y las muías eran de gran importancia<br />

para el transporte de personas y de objetos. Por último, los


La vida rural cotidiana a i la República | 169<br />

núcleos familiares de los campesinos demostraron su versatilidad<br />

en la manufactura de la mayoría de sus vestimentas,<br />

calzado, herramientas y muebles, así como para la<br />

construcción de los trapiches y las chozas de guadua y<br />

bahareque que estaban esparcidas en el paisaje de la Colombia<br />

rural de estos años.<br />

Esta combinación de alimentos básicos, ganados y manufactura<br />

doméstica artesanal, se complementaba con una<br />

producción abundante y en progreso continuo, por parte<br />

de los pequeños propietarios, representada en cosechas de<br />

productos como cacao, algodón y café, especialmente en<br />

las zonas recientemente pobladas. Con mucha frecuencia<br />

esto se daba bajo los auspicios de empresas mayores que<br />

orientaban el cultivo y el procesamiento de estos productos.<br />

Desde los aparceros que cultivaban el tabaco en<br />

Ambalema y Santander, en las décadas de mediados de siglo,<br />

hasta los arrendatarios del café en las haciendas del<br />

Tolima y el oriente de Cundinamarca un poco después, los<br />

aparceros dependientes jugaron un papel clave en la expansión<br />

de la agricultura comercializada y la vinculación<br />

de Colombia a la economía mundial después de la Independencia.<br />

Pero muchos campesinos también llegaron a<br />

ser productores autónomos de dichos bienes, estableciendo<br />

un balance complejo entre el cultivo de alimentos -el<br />

denominado pan coger- y la producción de artículos para<br />

mercados nacionales e incluso internacionales. En el caso<br />

del café, cultivo de haciendas grandes en Santander, Cundinamarca<br />

y Antioquia, parece que la cosecha se complementaba<br />

con la producción obtenida por minifundistas<br />

independientes quienes vendían sus granos para su procesamiento<br />

a las plantaciones. Hacia finales del siglo, los<br />

mazamorreros, numerosos productores de alimentos en el<br />

vasto corredor antioqueño, habían diversificado sus culti-


IJO | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

vos hacia el café, creando así un campesinado libre cuya<br />

producción estaba orientada hacia los mercados globales.<br />

Sin embargo, un buen número de campesinos colombianos<br />

no lograba subsistir dependiendo exclusivamente<br />

de sus parcelas. A lo largo de la cordillera Central, los pobladores<br />

se dedicaban a la búsqueda del oro en las minas y<br />

en los ríos. Pequeños propietarios, en permanente movimiento,<br />

con frecuencia demostraban tanto interés en las<br />

excavaciones de cementerios indios para buscar guacas<br />

como en la siembra de una nueva parcela. En casi todas las<br />

regiones los campesinos descubrieron recursos adicionales<br />

en las extensas zonas selváticas y en las altiplanicies del<br />

norte de los Andes, ubicadas lejos de sus pequeñas parcelas.<br />

Había osos, venados y otros animales de caza en los<br />

aún densos territorios y los enormes bosques proporcionaban<br />

carbón y madera para cocinar y para construir las<br />

modestas chozas de los campesinos; las zonas selváticas<br />

también proporcionaban otros productos como el caucho<br />

silvestre y la corteza de cinchona. La abundante pesca en<br />

los arroyos y ríos de las zonas quebradas -en las faldas de<br />

las montañas del norte de la cordillera de los Andes así<br />

como en las riberas pantanosas en el piedemonte de los<br />

dos océanos, tanto en la costa Atlántica como en la Pacífica-,<br />

proporcionaba otros medios de subsistencia.<br />

Durante el siglo xix la parcela individual era tanto el<br />

ideal como la realidad de la mayoría de los colombianos<br />

que habitaban en las zonas rurales. La propiedad comunal<br />

de grandes extensiones de tierra era la excepción; este tipo<br />

de propiedad existía principalmente en las regiones montañosas<br />

del sur, cerca de la frontera con Ecuador y de la<br />

cabecera del río Magdalena. En este complejo y a menudo<br />

tenso universo de hombres y mujeres de diferentes generaciones,<br />

los hombres mayores siempre intentaban controlar<br />

la asignación del trabajo y los recursos traídos a la propie­


La vida rural cotidiana a i la República | 171<br />

dad por hombres más jóvenes, mujeres y niños. Como lo<br />

sugiere Samper, los patriarcas y otros hombres se inclinaban<br />

por el trabajo de limpieza de la tierra, la siembra de las<br />

cosechas y el cuidado del ganado; las responsabilidades de<br />

las mujeres estaban centradas en las labores del hogar, incluyendo<br />

la preparación de las cinco comidas diarias para<br />

la familia y los trabajadores contratados, el cuidado de los<br />

hijos, que solían ser muchos, y de algunas labores menores<br />

relacionadas con el ganado. Tanto las mujeres como los<br />

niños con frecuencia intervenían en ciertas etapas del proceso<br />

de comercialización de algunas cosedlas, como realizar<br />

el corte del tabaco y la selección de los granos de café.<br />

La artesanía femenina ocupaba también un papel esencial<br />

en la economía familiar en muchos lugares, un ejemplo es<br />

la producción de sombreros de jipijapa en Santander. Sin<br />

embargo, tanto las mujeres como los niños también iban al<br />

campo en épocas de cosecha y con no poca frecuencia<br />

ayudaban en tareas tradicionalmente masculinas como la<br />

siembra, la poda y la escarda. Ciertamente en casi todas<br />

partes, pero especialmente en las regiones de frontera,<br />

donde la visión tradicional de la división del trabajo por<br />

género se veía debilitada por el proceso constante de<br />

reubicación que les exigía rehacer las vidas, las mujeres<br />

adquirieron nuevas cargas y oportunidades dentro y fuera<br />

del hogar. Las regiones en las que las mujeres y los jóvenes<br />

se atrevieron a desafiar el control patriarcal se vieron afectadas<br />

por una violencia fratricida y conflictos sexuales.9<br />

9. Kn relación con los modelos básicos y diversos tipos de familia<br />

niral en Colombia véase Gutierre?, de Pineda, Virginia, Familia v cultura<br />

en Colombia, 2a. edición, Bogotá, 1975. Para el debate contemporáneo<br />

sobre los aspectos de género en la familia campesina, véase León,<br />

Magdalena v Deere. Carmen Dianna, “La proletarización y el trabajo<br />

agrícola en la economía parcelaria: la división del trabajo por sexo”, en<br />

León, Magdalena, cd., vol. 1, La realidad colombiana. Debate sobre ¡a mu-


172 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

Las relaciones entre las familias oscilaban entre la cooperación<br />

y el conflicto. Había con mucha frecuencia una<br />

competencia feroz entre los minifúndistas, surgían desacuerdos<br />

sobre linderos, mejoras, contratos, y muchísimos<br />

asuntos más. Estas desavenencias llevaban a los campesinos<br />

a pelear unos contra otros utilizando machetes y viejos<br />

rifles de caza o a muy ruidosos enfrentamientos verbales<br />

ante los magistrados locales. Aun así, la cooperación en las<br />

zonas rurales se daba en formas muy variadas y numerosas,<br />

como lo sugiere Samper cuando hace referencia a los<br />

socios de los neivanos en sus jornadas río abajo. Las movilizaciones<br />

de los montañeros del sur estaban determinadas<br />

por la tradicional minga para limpiar parcelas. Formas similares<br />

de ayuda mutua eran frecuentes en la colonización<br />

antioqueña; las familias tradicionalmente trabajaban unidas<br />

en las cosechas, en la limpieza de áreas despobladas y<br />

en la fundación de poblaciones y villas. Incluso el campesinado<br />

cundiboyacense, aunque menos organizado en su<br />

movilización hacia las laderas de la cordillera oriental, dejó<br />

ver el deseo y la capacidad de los campesinos pobres para<br />

poner en común sus recursos y presentar reclamos en forma<br />

colectiva, como lo muestra Catherine LeGrand en su<br />

estudio de los conflictos sobre los baldíos.10<br />

III<br />

El neivano minifúndista, pescador y comerciante descrito<br />

por Samper, también se emplea como peón en haciendas<br />

je re n América I.atin ay el Caribe, Hogotá, 1982, págs. 9-27; Salazar, M a­<br />

ría Cristina, Aparceros en Boyacá: Los condenados del tabaco, Bogotá 1987,<br />

y Reinhardt, Ñola, Our D aily Bread: The Peasant Question and Family<br />

Farming in the Colombian Andes, Berkeley, California, 1988, particularmente<br />

el capítulo 2.<br />

10. LeCírand, Catherine, Colonización y protesta campesina en Colombia,<br />

1850-1950, Bogotá, 1987.


Ln vida m ral cotidiana a i la República | 173<br />

grandes antes de represar a su parcela ubicada río arriba.<br />

La venta de su mano de obra por parte del pequeño propietario<br />

colombiano, supuestamente libre, demuestra la<br />

compleja relación que existía entre los campesinos pobres<br />

y las elites asentadas en el norte de la cordillera de los Andes<br />

después de la independencia, ya que un número considerable<br />

de campesinos estaba a medio camino entre la<br />

venta de su mano de obra y la posesión de una parcela de<br />

terreno, ora como propietario libre ora como trabajador<br />

dependiente. Como lo muestra Hermes Tovar, durante el<br />

siglo xviii el crecimiento de la población, especialmente la<br />

de los mestizos, la expansión de la agricultura comercial y<br />

el movimiento hacia las fronteras más allá de los centros<br />

montañosos, afectó seriamente el viejo latifundio colonial<br />

que descansaba sobre la mano de obra de los indios de los<br />

resguardos, o de los esclavos africanos; en su lugar, surgieron<br />

diversas formas de tenencia de la tierra, incluyendo a<br />

los terrazgueros, los agregados, los colonos, los concertados,<br />

los aparceros y los arrendatarios". Durante el siglo<br />

xix, en la mayor parte del territorio, la consolidación de los<br />

intercambios de mano de obra por el usufructo de la tierra<br />

fiie el resultado de un largo proceso de conflicto y acuerdo<br />

social. Por una parte, los remanentes de las viejas elites coloniales<br />

y la clase oligárquica emergente intentaron, con<br />

mayor o menor éxito, ejercer un control monopolista sobre<br />

la tierra y la mano de obra en el campo colombiano;<br />

por otra parte, un campesinado poco numeroso, con una<br />

movilidad geográfica creciente y capaz de una resistencia<br />

bastante versátil, hizo que dicha dominación fuera irregular<br />

e incompleta durante el transcurso del siglo.<br />

En los centros neogranadinos el orden señorial sobre-<br />

1 1 . Tovar Pinzón, Mermes, Grandes empresas agrícolas y ganaderas,<br />

lingotá. 1980.


174 I MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

vivió muchos años después de la Independencia. Los<br />

peones y los minifúndistas de las haciendas dedicadas al<br />

cultivo de granos o a la ganadería en las montañas del<br />

Cauca, en las zonas de plantaciones, así como en el altiplano<br />

cundiboyacense, estaban sometidos a condiciones de<br />

trabajo muy duras, recibían salarios muy bajos y tenían que<br />

pagar arrendamientos muy altos. Los administradores de<br />

las haciendas vigilaban muy de cerca a los trabajadores,<br />

como lo revelan las instrucciones impartidas por el terrateniente<br />

vallecaucano Sergio Arboleda al administrador de<br />

su hacienda Japio en la década de 1850.<br />

Ix?s jornales deben pagarse por tareas, en el trapiche, por<br />

pozuelos a las molenderas, armador, arriero, hornero (cuando<br />

lo haga) y el melero. Al leñador, por tarea de cargas cortadas<br />

y a los tiraleñas por tarea de cargas entregadas. A las cortadoras<br />

por tareas cortadas y a los tiraleñas por tareas de viajes<br />

cumplidos, lil melero responde de la miel que le falte, del perjuicio<br />

que resulte de los bueyes molenderos y en las muías tiradoras<br />

de leña y caña cuando las maltraten, y por el daño<br />

que reciban las hornillas a su costa, siempre que venga el daño<br />

por descuido” .<br />

Al mismo tiempo, los propietarios de las haciendas, en<br />

forma despiadada, impusieron toda clase de cargos, impuestos<br />

y licencias de funcionamiento sobre los parceleros.<br />

Los campesinos se vieron atados a las haciendas bajo la<br />

férrea disciplina de sus propietarios, quienes eran considerados<br />

los amos y bajo cuyo régimen los trabajadores tuvieron<br />

que sufrir desahucios, palizas, arrestos y humillaciones<br />

públicas, pues eran castigados en los cepos, además de<br />

12. Correa G., Claudia María, “Integración socio-económica del<br />

manumiso caucano, 1850-1900”, tesis de grado, departamento de Antropología,<br />

Universidad de los Andes, 1987, pág. 378.


La vida ntra! cotidiana en la República | 175<br />

vejaciones sexuales impuestas por los propietarios y sus<br />

administradores a los trabajadores y a los miembros de sus<br />

familias. Paradójicamente y en forma simultánea, la cultura<br />

paternalista se alimentaba por medio de parentescos ficticios,<br />

regalos y arreglos especiales ofrecidos para mantener<br />

el tipo de relaciones predominantes en las zonas altas y<br />

conservar intacta la dominación ejercida por las elites<br />

cuando ésta se veía afectada en alguna forma por las dificultades<br />

económicas, la guerra y la inestabilidad política.<br />

Pero la estructura de propiedad ejercida por los terratenientes<br />

no estaba exenta de dificultades. Tanto los arrendatarios<br />

como los peones robaban ganado, quemaban<br />

cosechas, rompían las herramientas, vendían productos en<br />

forma ilegal, se comprometían en huelgas de trabajadores<br />

y ejercían diversas formas de resistencia cotidiana, debilitando<br />

en esta forma las pretensiones feudales de los terratenientes.<br />

Menos maleables aun eran los forasteros y los<br />

fitiqueros independientes, quienes eran contratados para las<br />

cosechas y la realización de tareas especiales que debían<br />

llevarse a cabo durante el año; por esta razón, los terratenientes<br />

los trataban con más respeto. Tanto la creciente<br />

población mestiza como los antiguos esclavos llegaron a<br />

ser aparceros dentro de los latifundios en proceso de transformación,<br />

pero ellos raramente se rebelaban en forma<br />

abierta contra de las elites de estas regiones; sin embargo,<br />

sus luchas cotidianas en contra de los patronos y sus desplazamientos<br />

hacia las diversas regiones de frontera en el<br />

interior, durante las décadas que siguieron a la independencia,<br />

debilitaron el poder y la autoridad de las elites de<br />

terratenientes tradicionales.<br />

Ciertamente este abrazo fatal entre la familia campesina<br />

y la gran hacienda fiie de gran importancia, ya que,<br />

durante el transcurso del siglo, una y otra se desplazaron<br />

simultáneamente hacia las regiones no pobladas sobre


17 f> | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

todo a partir del auge de las exportaciones que se inició a<br />

mediados del mismo. En casi todas las regiones del país,<br />

los empresarios agrícolas dependían de los propietarios<br />

para despejar las zonas selváticas y arreglar la tierra para<br />

pastaje, para el cultivo de productos alimenticios y eventualmente<br />

para la obtención de cosechas comerciales<br />

puesto que éstas estaban destinadas a consumidores en<br />

otras zonas del país o del exterior. Cuando era posible, absorbían<br />

a los minifiindistas en sus grandes haciendas al establecer<br />

derechos y títulos sobre tierras cultivadas por<br />

residentes tradicionales o por colonos recién llegados,<br />

captándolos de esta forma en calidad de peones o arrendatarios.<br />

Dichos esfuerzos con frecuencia resultaron muy<br />

costosos y fallidos. En consecuencia, los terratenientes intentaban<br />

atraer trabajadores de las zonas altas, cuya población<br />

era más densa y en donde, según el fundador de una<br />

hacienda cafetera en el distrito de Viotá, al suroccidente de<br />

Cundinamarca, “la población es grande, donde hay pobreza<br />

y los salarios son muy reducidos”1-1. El geógrafo F. J.<br />

Vergara y Velasco llegó más lejos, pues habló del montañero<br />

como “constante para el trabajo y la fatiga, sumiso,<br />

de un valor sin igual... es máquina”.'4 Se ofrecían terrenos<br />

a los inmigrantes, parcelas de dos a cinco fanegadas, en las<br />

cuales podían cultivar alimentos para ellos, para los peones<br />

de las haciendas y para venderlos en los mercados locales,<br />

todo esto a cambio de su mano de obra. Era además costumbre<br />

que pagaran una pequeña suma en calidad de renta,<br />

encima de la obligación de trabajar quince días al mes<br />

13. Manuel Ahondano a Juan de Dios Carrasquilla, Viotá, Cundinamarca.<br />

noviembre 12 de 1878, en el Segttndn Informe Amtal que presenta<br />

el Comisario National de Agricultura a l Poder Ejecutivo para el conocimiento<br />

del Congreso: año 1880, Bogotá, 1880, pág. 42.<br />

14. Vergara y Velasco, F. J., Nueva Geografía de Colombia, vol. 111,<br />

Bogotá, 1974, pág. 966.


L fi vida tv ral cotidiana en la República | 177<br />

en la hacienda y prestar ocasionalmente servicios personales<br />

al terrateniente o a su administrador, trabajo por el cual<br />

recibían en algunos casos unas pocas monedas, comida y<br />

un trago de melaza.<br />

Empresas agrícolas funcionando a gran escala en las<br />

“playas interiores” de Colombia requerían una intensa explotación<br />

y represión de los aparceros dependientes, quienes,<br />

en la mayoría de los casos, constituían la mayor parte<br />

de la fuerza de trabajo.'5 Mientras algunos arrendatarios<br />

y finqueros llegaban a ser mayordomos y hombres de confianza<br />

en las grandes haciendas, la mayoría tenía que<br />

enfrentar la despiadada crueldad y arbitrariedad de los<br />

propietarios y de los administradores. Como trabajadores<br />

a destajo en los campos y centros de procesamiento, eran<br />

mal pagados y estaban sujetos a una vigilancia muy estrecha<br />

ejercida por los administradores y los capataces, quienes<br />

como los rayadores o líderes de escuadra, tenían bajo su<br />

responsabilidad el control de la disciplina para asegurar<br />

una elevada productividad. En algunos casos, los administradores<br />

de las haciendas ubicaban trabajadores de diferentes<br />

razas y origen regional mezclados unos con otros.<br />

En su calidad de arrendatarios estaban totalmente a merced<br />

de los terratenientes, quienes arbitrariamente alteraban<br />

los cánones de arrendamiento, controlaban el acceso a<br />

los pastos para ganados y a las zonas madereras, recaudaban<br />

los impuestos sobre los artículos que los arrendatarios<br />

sacaban o enviaban a los mercados, imponían exigencias<br />

sexuales sobre las mujeres y amenazaban con el desahucio<br />

a quienes se mostraban reacios a cumplir con sus exigencias.<br />

Los finqueros independientes temían ser desalojados<br />

15. Pura un análisis de los distintos tipos de mano de obra en el siglo<br />

xix en Colombia, particularmente en las nuevas zonas de población,<br />

véase Kalmanovitz, Salomón, Economía y naaón. Una breve /listona<br />

de Colombia. Bogotá, 1986, capítulo 11.


178 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

de sus tierras por los terratenientes o por los especuladores,<br />

quienes fácilmente quemaban sus propiedades o los<br />

demandaban ante las cortes locales. Durante el auge<br />

cafetero antioqueño del fin de siglo, los minifundistas,<br />

aparentemente libres, evidenciaron su dependencia de los<br />

latifundistas a quienes debían enviar el grano para su procesamiento16.<br />

Estas duras cargas, impuestas sobre aparceros,<br />

peones y minifundistas independientes, fiieron<br />

creciendo durante el siglo debido a la presión ejercida desde<br />

fuera, ya que cada día se pedía mejor calidad, se ofrecían<br />

bajos precios por los productos tropicales y empezaba<br />

a evidenciarse un decreciente interés de los empresarios<br />

agrícolas por cultivar los lazos paternalistas con sus trabajadores.<br />

A pesar de las apariencias, la reproducción del orden<br />

señorial de las zonas latifundistas tradicionales no fue fácil<br />

de perpetuar y por tanto no llegó a extenderse con iguales<br />

características en las diversas regiones de frontera. La baja<br />

densidad de la población y las facilidades que tenían los<br />

peones para escapar hacia las zonas selváticas, hizo que<br />

estos peones fueran menos maleables y permitió a los minifundistas,<br />

tanto dependientes como independientes, subvertir<br />

de diversas formas el orden impuesto en las grandes<br />

haciendas. Tanto los trabajadores asalariados como los<br />

arrendatarios, violaban los reglamentos, se resistían a obedecer<br />

las normas, amenazaban a los administradores y a<br />

los capataces, se escapaban llevando consigo no sólo madera<br />

y productos obtenidos en la cosecha sino también algunos<br />

animales; en otros casos, se unían a las cuadrillas de<br />

malhechores. Cuando el tabaco colombiano perdió su po­<br />

16. Samper Kutschbach, Mario, “Labores agrícolas y fuerza de trabajo<br />

en el suroeste de Antioquia, 18 5 0 -19 12 ”, Estudios sociales 2, marzo<br />

de 1988, pág. 14.


Lm vida rural cotidiana en ¡a República | 179<br />

sición en los mercados alemanes, muchos observadores<br />

culparon a los aparceros del Tolima por su descuido en el<br />

cultivo de la hoja; Medardo Rivas se lamentaba porque el<br />

“perezoso calentano se levantó, movido por tantos halagos,<br />

y principió a sembrar tabaco y a llevar una vida de disipación<br />

y vicios”.17 Los primeros cultivadores de café en el<br />

occidente de Cundinamarca expresaron inquietudes similares,<br />

como es el caso de la queja de Aurelio Plata, cultivador<br />

del grano en la Mesa, en relación con las grandes<br />

haciendas que necesitaban muchos trabajadores; “al fin de<br />

la cosecha, cuando ya es poco el café maduro que hay en<br />

las matas, se pierde mucho, porque no lo cogen sino con<br />

mayor costo, y también porque se escapa muchas veces a<br />

la vigilancia de los empresarios”.18 Un poco después, Salvador<br />

Camacho Roldan informó que en los mismos distritos<br />

“el arrendatario y el propietario tienen intereses opuestos y<br />

casi siempre son enemigos”.'9 La hábil descripción que<br />

hace Malcolm Deas de la hacienda Santa Bárbara, en el<br />

occidente de Cundinamarca, durante el momento culminante<br />

del auge del café en las últimas décadas del siglo xix,<br />

nos revela cómo las constantes evasiones y disputas de los<br />

arrendatarios pusieron a prueba la paciencia de su administrador,<br />

Cornelio Rubio, quien reveló su frustración en<br />

un informe enviado a Roberto Herrera Restrepo que decía;<br />

“Agustín Muñoz es el mismo que no ha querido servir<br />

en nada de la cosecha, so pretexto de la enfermedad de su<br />

17. Rivas, Medardo. “ El coscchcro", en Musco tic a/adms de costumbres,<br />

vol. 11. Bogotá. 1971. pág. 172.<br />

18. Aurelio Plata a Juan de Dios Carrasquilla, Ea Mesa, Cundinamarca,<br />

noviembre 15 de 1878, en el Segundo Informe Anual que presenta<br />

el Comisario National de Agn'ctdlura a l Poder Ejecutivo para el conocimiento<br />

del Congreso: año tSSo, Bogotá, t 88o , pág. 51.<br />

19. Camacho Roldán, Salvador, Notas de viaje, Bogotá, 1887,<br />

pág. 97.


mujer y hace tiempo que no viene a trabajar ni manda cafetera<br />

ni peón, no sirve de nada absolutamente”.20 No nos<br />

debe asombrar que las “máquinas”, es decir los campesinos<br />

pobres de Vergara y Velasco, llegaran a ser vistos por sus<br />

superiores como los borrachos brutos, la escoria, los criminales<br />

y la amenaza a la prosperidad de la agricultura. Con<br />

todo, no hubo muchos encuentros violentos entre los<br />

campesinos pobres y los propietarios y administradores de<br />

las haciendas en las fronteras colombianas, principalmente<br />

porque las clases altas campesinas contaban con la coerción<br />

para compensar su débil hegemonía en esas regiones.<br />

Por último, muchos campesinos sencillamente no se<br />

sometían en absoluto al dominio de los terratenientes. Los<br />

inmigrantes de las zonas altas estaban dispuestos a proporcionar<br />

mano de obra barata en las regiones de frontera<br />

porque allí tenían la posibilidad de huir hacia la selva en<br />

caso de necesidad. En 1871, a pesar de que se presentó una<br />

enérgica solicitud de inversión extranjera en las plantaciones<br />

de añil en el valle del Magdalena, Salvador Camacho<br />

Roldán, secretario del tesoro, admitió sin embargo que<br />

puesto que, para los inmigrantes “ha llegado a ser más remunerador<br />

el trabajo de producción de víveres, el número<br />

de jornaleros disponibles para el añil ha disminuido y los<br />

jornales han subido fuera de tasa”.21 En el transcurso del<br />

siglo, y especialmente en sus últimas décadas, los minifúndistas<br />

ocuparon vastos terrenos baldíos despreciando<br />

con frecuencia a los terratenientes, a los especuladores de<br />

la tierra y a los funcionarios gubernamentales. En el correl8o<br />

| MICHAEL<br />

F. JIMÉNEZ<br />

20. Deas, Malcolm, “Una hacienda cafetera de Cundinamarca:<br />

Santa Bárbara 18 7 0 -19 12 ”, en Anuario Colombiano de Historia Socialy de<br />

la Cultura, 8, 1976, pág. 82.<br />

2 1. Camacho Roldán, Salvador, “Proyecto para la fundación de un<br />

establecimiento de añil en grande escala y de banco hipotecario,” septiembre<br />

15, 18 7 1, en Escritos varios, vol. 11, Bogotá, 1893, pág. 453.


L a vida rural cotidiana en la República | 181<br />

dor antioqueño, algunos colonizadores maniobraron en<br />

las cortes para proteger sus reclamos y además, no renunciaron<br />

al uso de la violencia. Otto Morales Benítez relata<br />

las emboscadas y las matanzas realizadas por los colonos<br />

de Elias González, el principal acaparador de tierra caldense,<br />

en abril de 18 51. La tosca justicia agraria en dicha<br />

región decía “Aplíquele la ley de Guacaica,” refiriéndose a<br />

las riberas del río en las que el odiado González encontró<br />

su fin". Por último, estos desacuerdos dieron origen a un<br />

acuerdo social de gran importancia en el campo colombiano,<br />

una tregua inestable entre quienes buscaban consolidar<br />

la agricultura comercial y monopolizar el control sobre la<br />

tierra y los trabajadores, y aquellos grupos de campesinos<br />

pobres que realmente constituían una economía minifundista<br />

tanto dentro como fuera de los complejos latifundistas.<br />

IV<br />

Camino a su destino río abajo, el neivano intercambiaba<br />

los productos de su finca por herramientas, vestidos y<br />

otros bienes. Samper por lo tanto, reconoce la importancia<br />

de la presencia de relaciones comerciales en el siglo xix en<br />

la Colombia rural. Por lo menos una vez por semana, generalmente<br />

con mayor frecuencia, las plazas de casi todos<br />

los caseríos, villas y pueblos, se veían invadidas por los llamados<br />

“tratantes” cuyo número y variedad dependía de la<br />

cantidad de habitantes en cada distrito o localidad. Los<br />

campesinos extendían en el suelo sus productos alimenticios,<br />

objetos artesanales, ganado y productos como cacao,<br />

tabaco y azúcar. Los negociantes locales abrían sus<br />

tiendas llenas de caramelos, fósforos, vestidos, herramien­<br />

22. Morales Benítez, Otto, Testimonio de un pueblo, Bogotá, 1962,<br />

pág. 104.


182 I MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

tas y otros productos manufacturados, algunos de ellos<br />

traídos del extranjero -las sedas y los licores mencionados<br />

por Samper- y otros procedentes de diversos lugares del<br />

norte de los Andes como ruanas del altiplano oriental,<br />

sombreros de Santander y sillas de montar de Chocontá.<br />

Las banderas rojas ondeaban en las puertas de las carnicerías,<br />

en las cuales se vendía tanto carne fresca como cecina.<br />

Vendedores ambulantes con baúles llenos de novedades<br />

voceaban sus mercancías.<br />

Se realizaban numerosas y variadas transacciones durante<br />

el día, la mayoría de ellas a pequeña escala -unos<br />

pocos huevos, un puñado de arroz, algunos vegetales o<br />

frutas, una tajada de carne-, éstas acompañadas por los regateos<br />

rituales que se daban mientras el dinero y los objetos<br />

pasaban de una mano a otra. En algunas ocasiones, sin<br />

embargo, estas transacciones eran mayores, puesto que<br />

comerciantes agrícolas, regionales o locales, adquirían<br />

cantidades considerables de algunas cosechas para venderlas<br />

en ciudades grandes o en el exterior; dichos intercambios<br />

se hicieron más frecuentes en lugares como La Mesa,<br />

en el occidente de Cundinamarca, donde los comerciantes<br />

del Valle del Cauca, de las tierras calientes y cálidas del<br />

alto Magdalena y de los Llanos se encontraban con los<br />

provenientes del altiplano oriental. Ocurría, también, otro<br />

tipo de comercio, cuando los hombres visitaban a las prostitutas<br />

ubicadas en los barrios de tolerancia. Además, a lo<br />

largo del día los campesinos sedientos abarrotaban las tabernas<br />

y los puestos al aire libre para beber totumas de<br />

aguardiente, guarapo o chicha, mezclando esto con relatos,<br />

música, baile, juegos de azar y discusiones bulliciosas.<br />

Mientras la mayoría de los campesinos iba a los mercados<br />

ubicados a pocas horas de sus viviendas y campos,<br />

otros tenían que recorrer distancias muy largas. Los campesinos<br />

viajaban muchos días para vender productos bási-


La vida n i ral cotidiana en ta República | 183<br />

eos en las ciudades florecientes del norte de los Andes.<br />

Minifundistas de las faldas de las montañas en el Valle del<br />

Cauca aprovisionaban a Buga y a Cali en esos años, así<br />

como algunos productores de artículos para el hogar vendían<br />

sus productos en centros urbanos ubicados en el norte<br />

de los Andes. A mediados de 1880, el geólogo alemán,<br />

Alfred Hettner, describió los encuentros en el mercado en<br />

la capital del altiplano de Bogotá:<br />

I'Ll movimiento de mercado viene concentrándose en Bogotá<br />

prácticamente los jueves y viernes de cada semana, días<br />

en que la gente de fuera viene hasta de lejos para vender sus<br />

productos del campo... Aparte de los sabaneros, allí observamos<br />

gente de los pueblos situados al este de Bogotá, por<br />

ejemplo de Choachí, Fómeque y otros. Así mismo, llegan de<br />

Fusagasugá y otras poblaciones de tierra templada. Hasta<br />

calentónos vimos, que desde luego no podrán sentirse confortables<br />

aquí en vista de la vestimenta para este clima.2'<br />

Criadores de ganado realizaban jornadas aun más largas<br />

para llegar a los mercados. Los criadores de cerdos del<br />

Quindío llevaban sus bestias en manada hacia el norte,<br />

hasta llegar a Medellin y a distritos mineros adyacentes, y<br />

hacia el sur, hasta el valle del Cauca; los llaneros guiaban el<br />

ganado desde el Valle del río Magdalena y de las llanuras<br />

del oriente hasta la sabana de Bogotá.<br />

Tanto la variedad, como las cada vez más complejas<br />

redes comerciales de la parte norte de la cordillera de los<br />

Andes, dieron lugar al surgimiento de una gran cantidad<br />

de intermediarios que trabajaban a pequeña escala. Taber-<br />

23. Hettner, Alfred, Viajes por ¡os Andes colombianos, 1882-1884,<br />

do en Romero, Mario (íermán, (comp.) Bogotá en los viajeros extranjeros<br />

del siglo xix, Bogotá, 1992, pág. 240.


184 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

ñas, tiendas y tambos aparecieron en muchos lugares del<br />

campo y sus propietarios se encargaban de vender, comprar<br />

y también alojar a los viajeros procedentes de zonas<br />

vecinas y lejanas. Muchos minifundistas prestaron ayuda<br />

proporcionando el transporte tan necesario en esos quebrados<br />

parajes del norte de la cordillera. Sus champanes y<br />

bogas negociaban la movilización en los ríos, rutas éstas<br />

muy traicioneras, conectando así las economías más importantes<br />

y estableciendo lazos entre el populoso interior<br />

y el mundo exterior. Aun más importantes eran los arrieros,<br />

quienes alimentaban los animales de carga y transportaban<br />

artículos y viajeros a través de zonas muy quebradas,<br />

llanuras sin caminos demarcados y densas selvas tropicales<br />

en las zonas bajas. Aun cuando en ocasiones los transportadores<br />

eran contratados por las casas mercantiles y por<br />

los terratenientes, generalmente trabajaban por su cuenta.<br />

El arriero se convirtió en sujeto de leyendas y mitos evocados<br />

en la caracterización hecha en este siglo por Eduardo<br />

Santa, según la cual el “hombre es fuerte, estoico, tenaz y<br />

forma con la muía una maravillosa ecuación de progreso”.24<br />

Gracias a su independencia y energía, dichos campesinos<br />

abrieron caminos entre las ciudades y el campo y<br />

ayudaron a sentar los cimientos de un mercado nacional<br />

que llegaría a cristalizar después del cambio de siglo.<br />

Para José María Samper y muchos de sus copartidarios<br />

liberales, la ubicuidad e intensidad de relaciones comerciales<br />

en el campo del norte de la cordillera de los Andes, señalaron<br />

el amanecer de una nueva era. Su referencia a la<br />

llamada “nueva transformación”, una vez que el neivano<br />

llegaba a puerto ribereño, complementó los comentarios<br />

de su hermano Miguel quien señaló por la misma época<br />

24. Santa, Eduardo, Arrieros y fundadores. Aspectos de la colonización<br />

antioqueña, Bogotá, 19 61, pág. 123.


La vida rural cotidiana en la República<br />

H acien d a de cultivo<br />

de tabaco en<br />

San tan d er.<br />

Foto grafía.<br />

D iciem b re y de<br />

19 16 .<br />

El Gráfico N ° 3 2 2 .<br />

Rancho C am p e sin o<br />

en C h o a ch í.<br />

Eduard W . M ark .<br />

A cuarela. 1846.<br />

C hoza y habitante<br />

del M agd alen a.<br />

A n d ré M . E .<br />

G ra b a d o<br />

América Pintoresca.<br />

T o m o iii.<br />

M o n ta n e r y<br />

Sim ón E d ito res.<br />

Barcelona. 18 8 4 .


D e m estizo e india nace collote.<br />

Ju a n y M a n u e l de la C ru z.<br />

G rab ad o coloreado.<br />

1777-1788.<br />

B ib lio teca L u is-A n g e l A ra n g o . Sala<br />

M an u scrito s 391.0946. C15C.<br />

D e español y m orisca nace alvino.<br />

Ju a n y M a n u e l de la C ru z.<br />

G rab ad o coloreado.<br />

1777-1788.<br />

B ib lio teca L u is -A n g e l A ra n g o . Sala<br />

M an u scrito s 391.0946. C15C.<br />

D e collote e india nace<br />

cham izo. Ju a n y M a n u e l<br />

de la C ru z.<br />

G rab ad o coloreado.<br />

*777 - 1788.<br />

B ib lio te ca L u is -Á n g e l<br />

A ra n g o . Sala<br />

M an u scrito s 391.0946.<br />

C15C.


La vida rural cotidiana en la República | 185<br />

que la colonización de la tierra caliente convirtió sin lugar<br />

a dudas a los colombianos en “ciudadanos del mundo”.25<br />

Sin embargo, ni todos los observadores contemporáneos,<br />

ni los campesinos mismos, se mostraron tan optimistas en<br />

relación con el potencial que tenían los mercados existentes<br />

para asegurarles paz y prosperidad ni a ellos ni a la<br />

mayoría de sus conciudadanos. Quizás Eugenio Díaz Castro,<br />

uno de los escritores costumbristas más populares, fue<br />

quien mejor logró articular lo que pudo haber sido la ambivalencia<br />

de la naturaleza del intercambio económico<br />

para las clases bajas del campesinado. Manuela, su heroína,<br />

lo expresa en forma amarga cuando habla acerca de su<br />

día en el mercado:<br />

¡Ah cosa chinche es hacer mercado!... La sal a catorce,<br />

cada día más cara y en la Gaceta dijeron que la iban a dar barata<br />

para favorecer al pueblo: lo que defienden al pueblo... Ya<br />

no había lechugas ni coliflores, porque llegué tardísimo...<br />

Traje media arroba de arroz y por amas me lo derraman, porque<br />

se armó una pelea de lo más grande, por medio de<br />

chivera, que les querían meter a los calentanos... Los huevos a<br />

tres el cuartillo y las cucharas de palo para la tienda también a<br />

cuatro... ¿Qué les quedará a los indios de Guasca y Guatavita<br />

que las hacen y las traen y después de haber vendido sus tierras<br />

por chicha, o por plata para beber chicha?'6<br />

Ciertamente el mercado era muy peligroso para muchos<br />

campesinos colombianos en el siglo xix. Los precios<br />

eran muy altos y los artículos escaseaban con mucha fre-<br />

25. Samper, Miguel, L a miseria en Bogotá fi8 ñi], Bogotá, 1969,<br />

pág. 126.<br />

26. Díaz Castro, Iüigenio, Manuela [1856], Bogotá. 1988, págs.<br />

95-96.


l 86 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

cuencia debido a la sequía y a las enfermedades que afectaban<br />

el campo. Los campesinos y muchos agricultores a<br />

gran escala, se quejaban incesantemente no sólo de las<br />

dificultades de transporte y los altos costos de los créditos,<br />

sino de las presiones ejercidas por los propietarios de los<br />

almacenes y los prestamistas de las ciudades; Samper mismo<br />

hace mención a “la codicia artificiosa que suele distinguir<br />

al traficante en los países poco civilizados”.27 Quienes<br />

producían para compradores extranjeros, conocieron muy<br />

pronto los peligros de la economía global. Las crisis sucesivas<br />

del tabaco, la quinina y el añil desde la década de<br />

i860, además del exiguo y desigual aumento en los precios<br />

del café durante el último cuarto de siglo afectaron muchísimo<br />

a los cultivadores de estos productos, tanto grandes<br />

como pequeños. Finalmente, el Estado colombiano, aunque<br />

dividido y débil durante la mayor parte del siglo, fue<br />

una molestia constante para los campesinos. Los monopolios<br />

oficiales, llamados estancos, favorecían a ciertos clanes<br />

de terratenientes excluyendo de esta forma a la mayoría de<br />

los campesinos y elevaban el costo de vida. Entre éstos, el<br />

monopolio de la sal provocó amargas recriminaciones debido<br />

a su valor como preservativo y elemento necesario<br />

para el engorde del ganado. Los impuestos eran otro elemento<br />

de irritación puesto que los tributos sobre la matanza<br />

del ganado, el consumo de aguardiente y otros licores,<br />

además de aquellos que gravaban diferentes artículos de<br />

consumo, los cobros catastrales, los peajes y una cantidad<br />

de gravámenes existentes hacían del comercio una actividad<br />

muy costosa e incluso peligrosa, especialmente para<br />

quienes poseían escasos recursos. Las reyertas y peleas frecuentes,<br />

las huelgas que se presentaron en la Colombia<br />

27. Samper, José M., Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición<br />

social de las repúblicas colombianas, pág. 327.


La vida rural cotidiana en la República | 187<br />

provincial durante el siglo, sin importar si su origen inmediato<br />

era político, personal, regional, racial o religioso, podían<br />

atribuirse fácilmente a las confusiones, desigualdades<br />

o arbitrariedades de las relaciones de mercado.<br />

Con la expansión de la agricultura comercial, muchos<br />

campesinos colombianos concibieron ideales y prácticas<br />

alternativas en las transacciones comerciales2*. Los pequeños<br />

propietarios del campo intentaban beneficiarse de las<br />

crecientes oportunidades económicas del norte de la cordillera<br />

de los Andes durante este período, sin tener que llegar<br />

a ser presas o víctimas de un mercado muy peligroso.<br />

Diversificaron la producción (como lo hicieron las haciendas<br />

grandes) en lugar de concentrarse exclusivamente en<br />

las cosechas más rentables; esta estrategia estaba enfocada<br />

a evitar el impacto de las fluctuaciones de precio y los costos<br />

de producción. Las relaciones recíprocas de trabajo<br />

existentes entre ellos, contaban con su complemento en el<br />

trueque y en los intercambios de dotes, junto con el uso de<br />

la moneda, protegiéndose de esta forma contra la inflación.<br />

Los aparceros de las grandes haciendas desarrollaron<br />

un complejo mercado interno para la realización de mejoras<br />

que dependían de dicha cooperación. Un poderoso<br />

sentido de honradez en las relaciones de intercambio penetró<br />

en las zonas rurales, así como la noción de “precio<br />

justo”, presente en el comentario de Eugenio Díaz Castro<br />

en relación con la promesa del gobierno de sostener un<br />

bajo costo de la vida “en defensa del pueblo”.<br />

Esta “economía moral” también se manifestó en una<br />

amplia participación de las clases bajas campesinas en redes<br />

de comercio ilegal, para hacerle frente al control exclu-<br />

28. Para el debate sobre las concepciones “alternativas" de la economía<br />

entre los campesinos colombianos y ciertos aspectos del siglo<br />

xix véase Gudeman, Stephen y Rivera, Alberto, Conversations in Colombia.<br />

The domestic economy in life and text, Cambridge, 1990.


18 8 | MICHAF.I. F. JIMÉNEZ<br />

sivo de la economía agraria que ejercían los clanes de terratenientes<br />

comerciantes en connivencia con las autoridades<br />

gubernamentales. Los peones y los aparceros recogían<br />

granos de café de los cafetales de los terratenientes, se robaban<br />

el azúcar y el ganado y todo esto era negociado en<br />

una amplia economía subterránea que abarcaba grandes<br />

zonas de la Colombia rural. Por otra parte, los pequeños<br />

propietarios campesinos, con frecuencia competían con<br />

algunos productores mayores en los mercados locales y<br />

regionales. En la década de 184.0, los cultivadores de azúcar<br />

de la región occidental de Cundinamarca, no pudieron<br />

imponer su monopolio sobre la panela y la miel debido a<br />

que hordas de trapicheros la vendían a precios más bajos en<br />

los mercados de la vecina Bogotá.29 De forma similar, antes<br />

de la abolición del monopolio del tabaco a mediados<br />

de siglo, la producción obtenida en forma ilegal y el comercio<br />

de este producto eran endémicos. Guillermo Wills<br />

observó en 18 3 1 que en la región de Ambalema “todos los<br />

años se pierden ingentes sumas en razón del escandaloso<br />

contrabando que se hace en todas direcciones, siendo la<br />

causa primordial de este mal, el ínfimo precio que se paga<br />

al cosechero por su tabaco”.30 A mediados de siglo, los cultivadores<br />

independientes, que provenían de la población<br />

de antiguos esclavos, aprovisionaban ilegalmente una buena<br />

parte del mercado del Valle del Cauca1'. Los campesinos<br />

también desarrollaron habilidades para evadir las<br />

29. Saflbrd, Frank, “Commerce and Enterprise in Central Colom ­<br />

bia, 18 2 1-18 7 0 ”, tesis de PhD no publicada, Columbia University, New<br />

York, 1965, pág. 113 .<br />

30. Wills, Guillermo, Observaciones sobre el comercio de Nueva Granada,<br />

con un apéndice relativo al de Bogotá, Bogotá, 1962, pág. 17.<br />

3 1. Taussig, Michael, “Religión de esclavos y la creación de un<br />

campesinado en el valle del río Cauca. Colom bia”, Estudios rurales latinoamericanos,<br />

11:3, septiembre-diciembre 1979, pág. 371.


La vida rural cotidiana at Ia República | 189<br />

exigencias tributarias del Estado, especialmente cuando algún<br />

artículo resultaba muy lucrativo. Los impuestos sobre<br />

el licor eran de muy difícil recaudo, puesto que los comerciantes<br />

campesinos y sus colaboradores en las pequeñas<br />

ciudades, con frecuencia se armaban para enfrentarse a la<br />

policía de los resguardos. En algunos casos, esta resistencia<br />

encontró expresión política, tal el caso de los campesinos<br />

del Tolima que se unieron a las guerrillas liberales a principios<br />

de la guerra de los Mil Días bajo la siguiente consigna:<br />

“Abajo los monopolios, viva el partido liberal, viva la<br />

revolución”^.<br />

V<br />

La esperanza de Samper, compartida por muchos de sus<br />

copartidarios liberales, según la cual la ampliación de las<br />

relaciones de mercado podría “conservar la paz y fraternidad<br />

y suprimir trabas dondequiera”^, se mostró insostenible<br />

en la Colombia rural del siglo xix. Es claro que los<br />

conflictos surgidos al interior mismo de las fincas, entre<br />

pequeños propietarios y entre ellos y los grandes terratenientes,<br />

tenían su paralelo en los mercados y además, estaban<br />

estrechamente ligados con otras dos áreas de conflicto<br />

en la vida diaria y en la estructura amplia de las relaciones<br />

sociales en el campo colombiano durante este período: la<br />

religión y la política.<br />

Aparentemente la Iglesia católica ejercía un completo<br />

32 Jaramillo, Carlos Eduardo, L a guerra de novecientos, Bogotá,<br />

1992, pág. 34. Para una comprensión más global de este asunto véase<br />

Clavijo Ocampo, Hernán, “Monopolio fiscal y guerras civiles en el<br />

Tolima, 1865-1899,” en Fronteras, regiones y ciudades en la historia de Colombia,<br />

vin Congreso Nacional de Historia de Colombia, Bucaramanga,<br />

1993, págs. J27-I50.<br />

33. Samper, [osé M„ Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición<br />

social de las repúblicas colombianas, Bogotá, 1961, pág. 3 31.


I 9O | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

dominio cultural sobre la mayor parte del territorio, como<br />

legado del proceso relativamente rápido y completo de<br />

mestizaje y aculturación ocurrido durante la colonia. Una<br />

iglesia se erigía en la plaza principal de la mayoría de las<br />

poblaciones y ciudades en el campo, incluso pequeños<br />

villorrios tenían su capilla; en algunos casos se trataba de<br />

construcciones impresionantes y en otros eran apenas<br />

chozas grandes con piso de tierra, pero unas y otras,<br />

simbolizaban la capacidad del poder eclesiástico y la autoridad<br />

ejercida durante un siglo de acalorados y, con frecuencia,<br />

violentos conflictos acerca del lugar que ocupaba<br />

la religión en asuntos tanto públicos como privados. Los<br />

curas o párrocos con frecuencia jugaron un papel protagónico<br />

en las vidas de las poblaciones rurales: ofrecían<br />

bendiciones y oraciones durante todo el ciclo vital, es decir<br />

en los nacimientos, en los matrimonios y en las muertes,<br />

servicios que con frecuencia debían ser remunerados. En<br />

las misas dominicales y en el abarrotado calendario de celebraciones<br />

religiosas, los clérigos predicaban la doctrina<br />

y exhortaban la moral en sus feligreses transmitiendo la<br />

visión de una deidad intimidante y vengadora. Dicha imagen<br />

era mitigada por una intervención piadosa, especialmente<br />

la de la Virgen María. En tales ocasiones, también<br />

consolidaban su posición de pilares del orden social, al<br />

censurar abiertamente a los librepensadores, a los criminales,<br />

a los que protestaban desde abajo y, con no poca frecuencia,<br />

a los supuestos “descreídos liberales”, La trinidad<br />

formada por el patriarcado, la jerarquía social y la armonía<br />

de este catecismo provinciano, se encuentra expresada en<br />

la descripción que hace el padre Antonio María Amézquita,<br />

en el año de 1882, de la respuesta a sus esfuerzos<br />

misioneros en la población de Cáqueza, Cundinamarca:


I m vida rural cotidiana a i ¡a República | 191<br />

De un modo sorprendente, desde la más distinguida matrona<br />

hasta la última pobre criada, y desde el primer jefe del<br />

distrito hasta el último menestral, y desde el inteligente Juez<br />

de Circuito hasta el último policía, en una palabra, comerciantes,<br />

hacendados, agricultores y empleados y aun transeúntes,<br />

poblaban la anchurosa iglesia a oír la palabra divina,<br />

con la atención de cenobitas y ermitaños. I,o que más admiraba<br />

era la afluencia de los campesinos de ambos sexos al tribunal<br />

de la penitencia, pudiendo asegurarse que durante la<br />

misión y Semana Santa se concillaron con Dios más que 4 000<br />

almas.'4 »<br />

Sin embargo, ni los halagos ni las disciplinas de la<br />

Iglesia católica lograron el dominio total de la moral y la<br />

imaginación espiritual de los campesinos colombianos durante<br />

el siglo xix. Aunque con mucha frecuencia los curas<br />

eran respetados por su piedad y su defensa enérgica del<br />

campesino pobre, como es el caso de aquellos que se unieron<br />

a los colonos en su lucha contra los especuladores de<br />

la tierra en la cordillera Central, muchos eran considerados<br />

seres malvados, corruptos y en connivencia con los<br />

opresores. Finalmente, el número reducido de seguidores,<br />

su aislamiento endémico, ponían en peligro la influencia<br />

de los curas, por consiguiente, el campesino pobre desarrolló<br />

su propia religión combinando el cristianismo con<br />

creencias y prácticas indias y africanas. Los campesinos<br />

encontraron en las cofradías, formadas por la Iglesia para<br />

canalizar y controlar la religiosidad popular, voces e<br />

instrumentos espirituales más autónomos para elevar sus<br />

protestas contra los poderosos. Por último, los teguas,<br />

34. Amézquita, Antonio María. Defensa del clero español y americano<br />

y Guía geogrrf/ico-religinsa del Estado Soberano de Cundinamarca, Bogotá,<br />

1882, pág. 220.


192 | MICHAEL F. JIMENEZ<br />

35. Citado por Taussig, Michael en “Religión de esclavos y la<br />

creación de un campesinado libre en el valle del rio Cauca, Colombia,”<br />

Estudios rurales latinoamericanos, 11:3, septiembre-diciembre, 1979, pág.<br />

chamanes, brujos y curanderos, tanto hombres como mujeres,<br />

eran los encargados de proporcionar la mejor defensa<br />

contra los males del mundo utilizando su magia, sus<br />

curas de hierbas, sus conjuros y una amplia gama de rituales<br />

y oraciones.<br />

En las festividades religiosas se manifestaba con frecuencia<br />

la expresión de la devoción popular, así, los frecuentes<br />

festivales, carnavales y peregrinaciones, eran<br />

motivo de alarma para las clases altas. Sergio Arboleda, terrateniente<br />

del Valle del Cauca, expresó su desprecio hacia<br />

éstas puesto que los “negros las celebran por tener un<br />

pretexto plausible para entregarse a diversiones poco favorables<br />

a la moral”.15 Ciertamente dichas fiestas, que<br />

generalmente coincidían con los días de mercado, les proporcionaban<br />

ocasión para beber, bailar, celebrar corridas<br />

de toros, riñas de gallos, carreras de caballos, fuegos artificiales,<br />

además de ser escenario de peleas en cantidad. En<br />

dichas ocasiones los campesinos se tomaban licencias picarescas<br />

para rehacer su mundo, aunque fuera tan solo<br />

momentáneamente, puesto que el pobre remedaba al rico,<br />

los hombres se vestían de mujeres y se disfrazaban de diablos<br />

para recorrer las calles y los caminos rurales.-16 En esta<br />

forma, así como lo hacían con los rituales y encantamientos<br />

privados, los campesinos colombianos demarcaron a<br />

su manera las fronteras entre su mundo de penas y sufrimientos<br />

y el otro de redención cristiana. Vale la pena anotar<br />

que a finales de siglo, los misioneros protestantes<br />

empezaron a realizar pequeñas pero significativas incur-<br />

377-<br />

36. Ocampo López, Javier, Las fiestas y el folclor colombiano, Hogotá,<br />

1984.


La vida n iral cotidiana a i la República | 193<br />

siones en diversas zonas rurales, como las de Santander,<br />

Cundinamarca, Tolima y el Valle del Cauca y mientras<br />

conseguían conversos entre los habitantes de los pueblos<br />

de provincia, su predicación y estudio de la Biblia atrajo<br />

también a peones y pequeños propietarios.<br />

La política constituyó un terreno igualmente debatido<br />

en el cual los campesinos pusieron su marca particular.<br />

Después de la independencia, una frágil burocracia colonial<br />

que ejercía un poder político débil, se fiie descentralizando<br />

aceleradamente. La mayoría de la población rural<br />

se encontró bajo el domino de redes clientelistas formadas<br />

por terratenientes, comerciantes, sacerdotes y personas de<br />

clase media como comerciantes locales, artesanos, burócratas,<br />

profesionales y propietarios de haciendas más pequeñas<br />

y fincas un poco más grandes. Evidentemente, los<br />

terratenientes ejercían un poder y una autoridad considerable<br />

en el campo. Aun así, en casi todas partes, la pequeña<br />

burguesía local asumió la función de agente del<br />

poder en las cortes rurales, en los cabildos y en las alcaldías<br />

y se comprometieron con la competencia existente entre<br />

los partidos Liberal y Conservador’". Con frecuencia estos<br />

gamonales y caciques recaudaban impuestos locales y<br />

multas, incluyendo los onerosos peajes. También molestaban<br />

a los peones, a los aparceros y a los propietarios independientes,<br />

imponiéndoles trabajo obligatorio como<br />

policías o destinándolos a la realización de obras públicas;<br />

y al poner en vigencia decretos contra la vagancia, asigna-<br />

37. Pura una descripción contemporánea de la política rural a<br />

finales del siglo véase: Gutiérrez, Ramón. Monografías, vol. 1, Bogotá,<br />

1920-1921, págs. 90-92. A fin de estudiar interpretaciones diferentes<br />

véanse Guillen, Fernando, E l poder Los modelos estructurales del poder<br />

político en Colombia, Bogotá, 1979, y Deas, Malcolm, “Algunas notas<br />

sobre la historia del caciquismo en Colombia," Revista de Occidente,<br />

xi.m :i27, segunda época, octubre 1973. págs. 118-140.


1 9 4 I MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

ban trabajadores para hacer turnos en las construcciones<br />

de carreteras o a prestar sus servicios en las haciendas. Los<br />

magistrados aplicaban justicia en cortes con frecuencia<br />

desvencijadas, imponiendo multas y períodos de cárcel y<br />

azotando y poniendo a los campesinos en los cepos en las<br />

plazas públicas. Del mismo modo que los sacerdotes, estas<br />

camarillas estaban dispuestas a participar en las conmemoraciones<br />

de fiestas republicanas, especialmente la celebración<br />

del día de la Independencia -el 20 de Julio- (después<br />

de mediados de la década de 1870). Dichas fiestas eran<br />

comparables a las religiosas en grandeza y esplendor, y las<br />

celebraban para instruir a los llamados la chusma, guaches,<br />

canallas y plebeyos, en los ideales y hábitos de un orden<br />

republicano indiscutiblemente al servicio de los gamonales<br />

y los patronos.<br />

Los jefes de las zonas rurales colombianas también exigían<br />

la lealtad de los campesinos en los comicios y en las<br />

campañas militares. En un siglo de continuas y frecuentes<br />

elecciones de funcionarios locales, regionales y nacionales,<br />

se congregaba un número considerable de campesinos colombianos,<br />

a menudo borrachos, en las plazas de las ciudades<br />

y pueblos, a dar su voto por mandato de sus jefes<br />

locales. En la, con frecuencia, intensa atmósfera política,<br />

los trabajadores y los pequeños propietarios eran animados<br />

por festividades tales como las organizadas en las afueras<br />

de Bogotá en 1849 por Ramón Espina, un agente<br />

político del general Tomás C. de Mosquera, con “mucho<br />

pán, chicha, terneras, servesas (sic) y varias cosas” y “discursos<br />

magníficos y muy templados”38. Cuando las ambiciones<br />

y las ideas de los patronos chocaban entre sí, los<br />

38. Carta del General Ramón Espina al General Tom ás C. de<br />

Mosquera, Bogotá, noviembre 16 de 1849, Archivo epistolar del General<br />

Mosquera, correspondencia con el General Ramón Espina, 1825-1866, Bogotá.<br />

1966, págs. 231-234.


La vida rural cotidiana a i ia República | 195<br />

gamonales se desplazaban a las veredas para reclutar gente<br />

y llevarla a las plazas principales para escuchar discursos<br />

encendidos que anunciaban nuevas intervenciones en este<br />

largo siglo de guerras civiles. Muchos de estos reclutas<br />

nunca regresaban a sus hogares, pues morían con frecuencia<br />

debido a que contraían enfermedades o caían en batallas<br />

para las cuales no iban bien equipados ni estaban<br />

preparados, o, en ocasiones, eran ejecutados por desertar.19<br />

Enfrentados a una política tan manifiestamente corrupta,<br />

excluyente y coercitiva, los campesinos, no obstante,<br />

lograban volverla a su favor de diversas formas. De<br />

manera enérgica y creativa, afirmaban sus derechos y presentaban<br />

reclamos a través del sistema legal. Las notarías y<br />

la registradurías de tierra fueron escenarios muy activos de<br />

sus esfuerzos por legitimar toda clase de negocitos, transacciones<br />

con la tierra, acuerdos para realizar mejoras, transacciones<br />

comerciales, préstamos y otros negocios. Con la<br />

ayuda de tinterillos y rábulas pertenecientes a la pequeña<br />

burguesía provincial, llenaban los tribunales locales de demandas<br />

legales que presentaban unos contra otros, así<br />

como contra los poderosos de sus comunidades, incluyendo<br />

a los mercaderes, los terratenientes y los funcionarios<br />

oficiales. Los más audaces enviaban manifiestos a las autoridades<br />

superiores denunciando injusticias y reclamando<br />

asistencia, como fue el caso de los pequeños propietarios<br />

del Valle del Cauca, quienes declararon en 1840 que el señor<br />

Quintero (un hacendado)<br />

ha sido reconvenido varias veces por los propietarios y<br />

poseedores del tereno i de los caminos; i como en otras épo­<br />

39. 'l'irado Mejía, Alvaro, Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia,<br />

Bogotá, 1976, selección de documentos contemporáneos sohre<br />

los conflictos colombianos en el siglo xix.


X96 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

cas ha despojado del modo más violento ha cuantos infelices<br />

ha querido, su contestación ahora ha sido regalarnos con una<br />

infinidad de insultas, amenazas, protestando, que al que tomara<br />

la palabra para hacer algún reclamo li iria mui mal... Como<br />

las leyes han proclamado una santa igualdad, como ellas nos<br />

castigan a todos del mismo modo, como ellas nos imponen el<br />

deber de respetar los derechos de otros, i nos garantizan los<br />

que las mismas nos han dado... como ellas nos aseguran lo<br />

que legítimamente nos pertenece, como ellos protegen tanto<br />

el infeliz como al poderoso, cuando cualquiera de ellas tenga<br />

razón y justificación como ellas, en fin, no tienen consideración<br />

a las personas sino a los derechos de ellas, es que hoi elevo,<br />

por mi i en nombre de mis compañeros, mis quejas ante el<br />

impasible y recto jusgado...4"<br />

A lo largo del siglo, el Congreso nacional recibió miles<br />

de declaraciones de los colonos de regiones de frontera en<br />

las cuales se denunciaba a los terratenientes y a los especuladores.<br />

Esto aceleró la aprobación de la Ley 84 de 1882<br />

que favorecía a los pequeños propietarios4'. De este modo,<br />

con acciones diarias y con gestos grandes y notorios, la<br />

gente de las provincias, incluyendo a muchos campesinos,<br />

ardorosamente defendían su libertad personal, su dignidad<br />

individual, su igualdad ante la ley así como la propiedad<br />

privada, cimientos todos de un republicanismo popular<br />

presente tanto en su versión liberal como conservadora.<br />

40. Archivo Judicial de Buga. Pedro Miguel Bahesa contra Luis<br />

Simón Quintero sobre despojo de caminos en Chambimbal, Tom o 5C.<br />

Legajo N ° 5. M ayo de 1840, citado en Mejía Prado, Eduardo. Origen<br />

del campesino vallecaucano, Cali, 1993, págs. 132-133.<br />

41. Zambrano Pantoja, Fabio, “Ocupación del territorio y conflictos<br />

sociales en Colombia,” en *Un país en construcción. Poblamiento,<br />

problema agrario y conflicto social”, Controversia 151-152, abril de 1989,<br />

págs. 81-196.


La vida rural cotidiana en la República | 197<br />

Además de estas constantes maniobras legales, tanto<br />

grandes como pequeñas, el campesinado del siglo xix logró<br />

cierta influencia en los asuntos políticos.42 Una cuarta<br />

parte de los municipios actuales ya habían sido fundados<br />

durante este período; los pequeños propietarios, mayoritarios<br />

en las regiones de frontera, formaban parte de las juntas<br />

y los cabildos de reparticiones de tierras, plantaban los<br />

árboles de libertad en las plazas de las ciudades, y tenían<br />

otras ciertas formas de participación en el gobierno de la<br />

comunidad. Los campesinos, hombres principalmente, se<br />

comprometían en la política electoral a pesar de las limitaciones<br />

impuestas durante la mayor parte del siglo al derecho<br />

al sufragio por razones de propiedad y analfabetismo.<br />

Estas limitaciones no existieron en la legislación durante<br />

las administraciones de los radicales en las décadas de los<br />

años 1850 a 1870. Los políticos locales no podían prescindir<br />

de ellos, como nos lo muestra la gran fiesta ofrecida por<br />

Ramón Espina a los seguidores de Mosquera en las afueras<br />

de Bogotá. A partir de la independencia, los políticos buscaban<br />

el apoyo de los pocos electores con voto autorizado,<br />

sin embargo, también se mostraban especialmente atentos<br />

a obtener el favoritismo de los numerosos ciudadanos y<br />

campesinos sin derecho a voto pero cuyas pasiones e intereses<br />

podían expresarse en las controversias acerca de las<br />

listas de candidatos y las alianzas realizadas en el nutrido<br />

calendario electoral. En efecto, aquellos campesinos en<br />

quienes los gamonales confiaban por su participación en<br />

las manifestaciones, algunas veces como electores, y con<br />

mayor frecuencia como fuerzas de choque en las disputas<br />

42. Según los comentarios sobre la política en las zonas rurales, de<br />

Malcolm Deas, “l/a presencia de la política nacional en la vida provinciana,<br />

pueblerina y rural de Colombia en el primer siglo de la república,"<br />

en Palacios. Marco (comp.), La unidad nacional en América Latina.<br />

D el regionalismo a la nacionalidad, México, 1983, págs. 149-173.


I 98 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

políticas, no carecían de cierta influencia en sus comunidades.<br />

A este respecto, las asociaciones políticas de las<br />

provincias colombianas durante el siglo xix -desde las Sociedades<br />

Democráticas del Valle del Cauca hasta las culebras<br />

de pico de oro de Santander- aunque mayoritariamente<br />

conformadas y dirigidas por habitantes de las ciudades,<br />

atraían sin embargo a sus filas a algunos pequeños propietarios,<br />

tanto libres como dependientes, así como a otros<br />

residentes de las veredas vecinas. Por último, las lecturas<br />

públicas, realizadas en plazas y tabernas, de los numerosos<br />

periódicos y panfletos que inundaban el país durante décadas<br />

de competencia política, ampliaban los horizontes de<br />

un campesinado en su mayor parte analfabeto aún. Por<br />

tanto, con relativa frecuencia en muchos lugares de la Colombia<br />

del siglo xix, los campesinos no eran sólo víctimas<br />

pasivas o estúpidas, ni borrachos embrutecidos, seguidores<br />

de algún cacique local, sino más bien personas que buscaban<br />

negociar como ciudadanos libres e iguales y que compartían<br />

y estimulaban el ideal fraternal del catecismo<br />

republicano.43<br />

La diferencia entre el republicanismo oligárquico y el<br />

popular se hizo más evidente durante las guerras civiles<br />

colombianas. Estos conflictos, que reflejaban ciertas divergencias<br />

entre las clases altas en lo que atañía a lo económico,<br />

lo político y lo religioso, dieron también la oportunidad<br />

al campesinado para registrar sus protestas y presentar sus<br />

intereses más abiertamente y en ocasiones de manera provocadora.<br />

Los propietarios independientes, los aparceros y<br />

los peones, descubrieron en más de una ocasión que las<br />

alianzas foijadas en la competencia por obtener votos y<br />

43. Aunque no existe un estudio de las formas específicas rurales<br />

de este republicanismo popular, el libro de Pacheco, Margarita, L a<br />

fiesta liberal en Cali, Cali, 1992, sobre las protestas y la movilización<br />

política en Cali entre 1848 y 1854, es enormemente sugerente.


La vida m ral cotidiana en la República | 199<br />

puestos repercutía también en los llamados a empuñar las<br />

armas realizados por los caciques. La dilatada abolición de<br />

la esclavitud en el Valle del Cauca, durante las décadas que<br />

siguieron a la Independencia, llevaron a muchos negros y<br />

mulatos a hacer causa común con el partido liberal en sus<br />

campañas contra los magnates de la tierra pertenecientes<br />

al partido conservador. A mediados de siglo, un notable de<br />

Buga se quejó ante el general José Hilario López porque<br />

“en Palmira se ha presentado a las sombras de la noche<br />

una pandilla de malhechores, victoriando el comunismo<br />

en las tierras, y la libertad de esclavos y han picado los<br />

cercos que lindan la propiedad de Pedro A. Martínez”.44<br />

Tres décadas después, el viajero alemán, Ferdinand von<br />

Schenck, afirmó que “esas gentes son tremendamente peligrosas,<br />

especialmente en bandas y entran a la lucha como<br />

valientes guerreros al servicio de cualquier héroe de la libertad<br />

que les prometa un botín”.45 Desde las campañas<br />

militares realizadas por Juan José Nieto a mediados de siglo<br />

en el valle del bajo Magdalena hasta la breve insurgencia<br />

de Ricardo Gaitán Obeso en 1885, y particularmente<br />

durante la guerra de los Mil Días, los campesinos se ofrecían<br />

como voluntarios para apoyar a los dos bandos. En la<br />

guerra, los campesinos recreaban su mundo rural en los<br />

campamentos de la guerrilla, sembrando en pequeñas<br />

parcelas, cuidando el ganado y otros equipos que habían<br />

llevado de sus propiedades; los acompañaban niños y mujeres,<br />

quienes generalmente luchaban al lado de sus hombres.<br />

El convertir el machete, herramienta de trabajo, en<br />

44. José Joaquín Carvajal al general José Hilario I -opez, Buga, noviembre<br />

9. 1849, citada por Zambrano I’., Fabio, “Documentos sobre<br />

sociabilidad de la vida a mediados del siglo Anuario de Historia Social<br />

y de la Cultura, 15. 1987, pág. 326.<br />

45. Von Schcnck. Ferdinand, Viajes por Antioquia en el año 1880,<br />

Bogotá, 1953, págs. 53-54.


200 | MICHAF.I. F. JIMÉNEZ<br />

arma para la pelea, es otra de las dimensiones de la lucha<br />

diaria por la subsistencia, la libertad y la dignidad, que aunque<br />

heroica en ocasiones, resultó con frecuencia cruel y<br />

trágica y muy pocas veces enteramente libre de los lazos<br />

creados por el clientelismo. Sin embargo, y como lo escribió<br />

posteriormente el historiador Joaquín Tamayo:<br />

El guerrillero fue la representación viva del sentimiento<br />

individualista y atrevido del colombiano. Hijo de la tierra, adquirió<br />

esa destreza peculiar del campesino para solucionar<br />

peripecias y contratiempos, que no es maliciosa picardía sino<br />

conocimiento de los recursos de la naturaleza... el guerrillero<br />

campesino o peón de vaquería, acostumbrado a soportar sin<br />

quejas las fatigas y sobresaltos de una existencia infeliz, buscó<br />

ocasión propicia para lucir sus habilidades de jinete, su fortaleza<br />

y sobre ella su rebeldía a toda ley, que no fuera hechura<br />

de su capricho y demostración de su poder.4fi<br />

V I<br />

Roberto Herrera Restrepo, propietario de una hacienda<br />

cafetera de Cundinamarca, al hacer énfasis en cómo se debía<br />

tratar a los aparceros de sus tierras, ordenó a su<br />

administrador “apriételes todo lo que sea preciso pues hay<br />

perfecto derecho y justicia para ello, a fin de que presten<br />

sus servicios como debe ser en la seguridad de que yo les<br />

sostengo, así como en su idea de ayudarlos en lo que se<br />

pueda. No hay otro sistema y hay que seguir en este tire y<br />

afloje que usted sabe bien emplear”.47 Este comentario resume<br />

claramente las relaciones de conflicto y acuerdo en-<br />

46. Tam ayo, Joaquín, L a revolución de i8g g [1938 ], Bogotá, 1942,<br />

págs. 166-167.<br />

47. Deas, Malcolm, “Una hacienda cafetera de Cundinamarca:<br />

Santa Bárbara, 18 70 -19 12," A nuario Colombiano de H istoria Social y de la<br />

C ultura, 8, 1976, pág. 83.


I ,a vida rural cotidiana en la República | 201<br />

tre las elites terratenientes comerciantes y la gran mayoría<br />

del campesinado durante el siglo xix. Este último, formado<br />

por grupos muy pequeños, afectado por una gran movilidad,<br />

ejercía formas cotidianas de resistencia y tenía una<br />

participación bastante particular en el sistema político; por<br />

tanto, la elite no podía ejercer dominio total sobre el campesinado<br />

de la zona norte de la cordillera de los Andes. La<br />

diversidad de las formas sociales, agrarias y culturales, existentes<br />

durante este período, no generó las rebeliones que<br />

caracterizaron a México, Perú y Bolivia ni tampoco evolucionó<br />

para formar un orden rural relativamente igualitario<br />

como fue el caso de Costa Rica. Aunque las elites colombianas<br />

no llegaron a ejercer un control total sobre la tierra<br />

ni sobre sus trabajadores, los campesinos pobres no llegaron<br />

a ser totalmente libres ni de las presiones del mercado,<br />

ni de la concentración del poder en unas pocas manos. Por<br />

último, el campesinado demostró, en formas variadas y<br />

múltiples, tener una enorme capacidad de resistencia frente<br />

a los ricos y poderosos y para organizar un mundo de<br />

acuerdo con sus intereses, mundo complejo y contradictorio,<br />

pero muy diferente al de los siervos de la gleba de los<br />

complejos formados por grandes haciendas, o al de los pequeños<br />

terratenientes independientes que poblaron el occidente<br />

colombiano descritos por el folclor local o la<br />

tradición histórica.48<br />

Las tensiones presentes en el siglo xix, han tenido su<br />

eco en el presente siglo, en décadas de violencia interminable.<br />

La expansión dramática del capitalismo agrícola, junto<br />

con la introducción de los cambios tecnológicos necesa-<br />

48. Para el debate sobre este tema, véase Dueñas Vargas, Guiomar,<br />

“ Algunas hipótesis para el estudio de la resistencia campesina en la región<br />

central de Colombia. Siglo xix,” Anuario Colombiano de Historia y<br />

de la Cultura 20, 1992, págs. 90-106.


2 0 2 | MICHAEL F. JIMÉNEZ<br />

ríos para la producción, la revolución en las comunicaciones<br />

y en el transporte, han transformado drásticamente las<br />

condiciones materiales de vida de la mayoría del campesinado<br />

colombiano. Desde principios del siglo y con una<br />

mayor rapidez a partir las décadas de 1920 y 1930, las posibilidades<br />

para mantener pequeñas propiedades empezaron<br />

a disminuir en muchas zonas, tanto dentro como fuera<br />

de los latifundios con los cuales habían estado estrechamente<br />

relacionados por casi dos siglos. Como lo sugieren<br />

Charles Bergquist y otros, las amplias y frecuentes protestas<br />

agrarias, que vienen presentándose desde la formación<br />

de las ligas campesinas de finales de la década de 1920, pasando<br />

por la movilización campesina promovida por la<br />

a n u c en la década de 1970, hasta llegar al proceso de la llamada<br />

“colonización armada” en las regiones de frontera<br />

colombianas, se han visto estimuladas por los constantes<br />

esfuerzos de un campesinado dispuesto a defender y recrear<br />

en alguna forma, los logros obtenidos en el siglo<br />

xix49. Por otra parte, estos conflictos han sido moldeados<br />

en estilos muy particulares por la extraordinaria vitalidad<br />

de ciertas formas de movilización política provenientes del<br />

exterior y por la participación de las bases que surgió en<br />

las décadas posteriores a la independencia. La tradición<br />

popular republicana persiste en nuestros días, moldeando<br />

un agrarismo que, según Jesús Antonio Bejarano, supone<br />

en forma constante “la convocatoria del campesinado<br />

como objeto político y su rápida conversión en sujeto político<br />

que provoca permanentemente la reunificación de las<br />

49. Bergquist, Charles, Labor in Latin America, Stanford, California,<br />

1986, capítulo 5.<br />

50. Bejarano, Jesús Antonio, “Campesinado, luchas agrarias e historia<br />

social: notas para un balance historiográfico,” Anuario Colombiano<br />

de Historia Social y de la Cultura, 1 1 , 1983, pág. 303.


La vida m ral cotidiana a i la República | 203<br />

clases dominantes para conjurar el desborde”50. Por consiguiente,<br />

a pesar de los enormes cambios en su composición<br />

demográfica y en su estructura social, Colombia<br />

continúa luchando con una herencia de vida cotidiana y<br />

luchas de su campesinado presentes desde el siglo xix.


L a vida doméstica en las<br />

ciudades republicanas<br />

CATAI.INA<br />

R E Y E S *<br />

LINA MARCELA<br />

G O N Z Á L E Z * *<br />

A caracterizar el siglo xix, generalmente se ha resaltado<br />

la diversidad de regiones y el aislamiento geográfico entre<br />

ellas, debido a las difíciles condiciones para la comunicación;<br />

regiones heredadas del período colonial, cada una<br />

con sus particularidades económicas, sociales y culturales.<br />

Pese a esta visión general, hay aspectos de las regiones colombianas<br />

que, más que puntos de diferencia, se constituyen<br />

en semejanzas, pues, aunque con sus matices, existen<br />

aspectos comunes a casi todas ellas. Tal el caso de la vida<br />

cotidiana y las costumbres familiares que, con contadas<br />

excepciones, se generalizan en la mayoría de las ciudades<br />

colombianas durante el siglo xix y xx.<br />

Es necesario destacar, sin embargo, que los patrones<br />

culturales del siglo xix tenían diferencias de tipo étnicosocial,<br />

cosa que afectaba el comportamiento familiar: las<br />

familias ricas tenían comportamientos distintos a las de re­<br />

* Catalina Reyes es historiadora, magíster en Historia, profesora<br />

del Departamento de Historia, Universidad Nacional, seccional Medellin.<br />

** Lina Marcela (¡onzálcs historiadora, Universidad Nacional. Investigadora<br />

Proyecto Colciencias: “Poder y cultura en el occidente colombiano"


2 0 6 I CATALINA REVES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

cursos medios y a las pobres; lo mismo que las familias<br />

blancas vivían diferente a las negras, mulatas, mestizas o<br />

indias.<br />

Por otro lado, hay que recordar que los centros urbanos<br />

durante el siglo xix no pasaban de ser “villorrios” poco<br />

poblados, pues Colombia era un país rural. Las principales<br />

ciudades a lo largo del siglo xix fueron Bogotá, Medellin,<br />

Cali, Cartagena, Barranquilla y El Socorro.<br />

Hacia 1850, Bogotá, la ciudad más importante por ser<br />

la capital, contaba sólo con 30 000 habitantes, mientras<br />

que la segunda, El Socorro, tenía unos 15 000. Hacia 1870,<br />

en la capital habitaban 40 000 personas mientras que en<br />

Medellin, ahora la segunda en importancia, había unas<br />

30 000. Otros centros urbanos como Cali y Barranquilla<br />

apenas empezaban a constituirse como tales. '<br />

A fines del siglo xix, la vinculación estable del país con<br />

los mercados internacionales a través de la exportación de<br />

café, le permitió avanzar hacia un desarrollo capitalista.<br />

Los procesos de industrialización, acompañados de la modernización<br />

y progreso que se vivió durante las primeras<br />

décadas de este siglo, tuvieron consecuencias sobre la vida<br />

privada y doméstica de las gentes que habitaban las ciudades.<br />

Las ciudades más importantes del país, Bogotá, Medellin,<br />

Barranquilla y Cali, vivieron procesos acelerados de<br />

urbanización y su población creció a un ritmo insospechado.<br />

Medellin y Bogotá para los años 20, lograron casi<br />

duplicar su población en relación con la de principios del<br />

siglo. Este crecimiento, obviamente, no se puede explicar<br />

como un incremento vegetativo de la población, ya que<br />

fue resultado de la gran migración campesina hacia los<br />

1. Rueda, José Olinto, “Historia de la población de Colombia:<br />

1880-2000”, en Nueva historia de Colombia, tomo 5, Bogotá, Planeta<br />

Editores, 1989. pág 362.


L a vida doméstica a i las ciudades republicanas | 207<br />

centros urbanos del país. Las ciudades con comercio activo,<br />

nuevas industrias, obras públicas en marcha, ferrocarriles,<br />

automóviles y tranvías, atraían como un imán a los<br />

pobladores rurales.<br />

E11 este ensayo abordaremos un tema de reciente exploración<br />

en nuestra historiografía: la vida doméstica privada<br />

en los centros urbanos entre 1850 y 1930, tratando de<br />

dar cuenta, con las restricciones obligadas de los primeros<br />

estudios, de las costumbres de la gente tras las puertas de<br />

sus casas, es decir, de la vida familiar. Sin embargo, hay<br />

que recordar que la vida familiar trascendía el ámbito doméstico<br />

y tenía manifestaciones en la esfera pública. Los<br />

bailes, paseos, visitas y toda clase de fiestas, tanto religiosas<br />

como profanas, hacían parte de la vida de las familias.<br />

Se hace también necesario aclarar que la idea “de lo<br />

privado” es un concepto que sólo se consolida en nuestro<br />

país hasta el siglo xx, acompañado de los procesos de urbanización,<br />

industrialización y fortalecimiento de una sociedad<br />

burguesa y capitalista. La emergencia del individuo<br />

como tal, hace parte fundamental del ideario burgués. En<br />

una sociedad precapitalista, como lo fiie la nuestra durante<br />

casi todo el siglo xix, no existía una diferenciación clara entre<br />

lo público y lo privado.<br />

La falta de privacidad existente había llamado la atención<br />

a los viajeros extranjeros que visitaron a Colombia<br />

durante el siglo xix. Según ellos, en las ciudades colombianas<br />

no se cerraban durante el día las puertas de las casas.<br />

Estas a disposición de quien quisiera visitarlas, aunque<br />

para ello debían respetarse ciertas formalidades: un caballero<br />

podía entrar en cualquier casa directamente sin anunciarse,<br />

y hacerlo una vez adentro; las personas de otras<br />

clases debían tocar e identificarse -siempre con un “yo”-<br />

para obtener la autorización de entrar, pero como el yo no<br />

respondía al “quién es”, ésta era sólo una formalidad que,


2 o 8 I CATALINA REYES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

sin embargo, siempre se guardaba. En cuanto a la costumbre<br />

de mantener la puerta abierta, el extranjero Alfred<br />

Hettner anotó que “la afición a la intimidad del hogar de<br />

por sí no está muy generalizada todavía”.<br />

A la falta de interés por la intimidad, hay que agregar<br />

que la puerta abierta garantizaba una distracción para los<br />

habitantes de la casa, y le añadía algo de color a una vida<br />

que transcurría la mayoría de las veces monótonamente.<br />

La puerta abierta se constituía así en una especie de frontera<br />

flexible entre lo público y lo privado. El fisgoneo, la<br />

mirada sobre la calle y la casa vecina, jugaban un papel importante<br />

en el control social. Esta observación de la vida<br />

de los demás alimentaba el chisme y las habladurías colocando<br />

en situación de riesgo a quien se atreviera a desviarse<br />

de las conductas convencionales.<br />

L as casas<br />

En los espacios interiores de las casas se desenvolvió una<br />

parte considerable de la vida privada doméstica. En términos<br />

generales, las casas colombianas de los pudientes, durante<br />

el siglo xix, conservaron los rasgos de la arquitectura<br />

colonial. Eran grandes y espaciosas, construidas en su mayoría<br />

con un solo piso o máximo dos, de adobes y techo<br />

de teja. La gente más pobre vivía en ranchos pajizos ubicados<br />

en las afueras de las ciudades. Éstos se construían en<br />

función de la temperatura y la brisa: en la tierra caliente se<br />

buscaba su circulación y en la fría se trataba de evitarla.<br />

La casa en general, tenía una sola puerta hacia la calle<br />

y entre ésta y la puerta interna, había un zaguán, sitio donde<br />

el dueño de casa recibía a sus amigos, hacía sus negocios<br />

o lo convertía en fumadero. Las mujeres de la casa<br />

utilizaban el zaguán para atender proveedores de víveres,<br />

leña y a las lavanderas y aplanchadoras de ropa. Sólo la<br />

intimidad con los miembros de la familia permitía que el


La vida doméstica en las ciudades republicanas | 209<br />

extraño pasara más allá del zaguán, y esto sólo se hacía los<br />

domingos. Estas reglas se exceptuaban con los extranjeros,<br />

pues el mayor signo de caballerosidad para con ellos, era<br />

poner sin restricciones a su completa disposición tanto la<br />

casa como la familia.<br />

Junto al zaguán existía un corredor que daba al patio<br />

principal, enladrillado, en piedra o convertido en jardín según<br />

los gustos, pero casi siempre adornado en el medio<br />

por una fuente. Alrededor de este patio estaban los corredores,<br />

sobre los cuales se hallaban los cuartos principales<br />

que, de acuerdo a su posición, tenían ventanas a la calle o<br />

al mismo corredor. Sólo muy a finales del siglo xix se impone<br />

el uso de puertas que separen las habitaciones entre<br />

sí. Durante mucho tiempo una simple cortina señalaba el<br />

límite entre una habitación y la otra.<br />

Las ventanas eran de madera, adornadas con encajes o<br />

calados, que permitían la aireación y la entrada de la luz,<br />

pues el uso del vidrio era excepcional. Las que daban hacia<br />

la calle, junto con los balcones, constituían el enlace entre<br />

la vida privada y la pública, pues era allí donde se desenvolvían<br />

los noviazgos, se fisgoneaba la vida de los demás y<br />

se disfrutaban las festividades populares con el tira y recibe<br />

de dulces y otros objetos.<br />

En la parte posterior de la casa se hallaban la cocina, la<br />

pesebrera, el solar y las habitaciones de la servidumbre.<br />

Veamos la descripción de una cocina bogotana, la cual era<br />

más o menos típica en todo el país:<br />

En primer termino había una gran piedra que se utilizaba<br />

exclusivamente para moler y aderezar el chocolate. Luego un<br />

trípode de piedras donde se hacía el fuego para colocar sobre<br />

él las ollas y calderos de hierro y arcilla [...]; más adelante, una<br />

parrilla donde se colocaban las sartenes para freír y asar las<br />

carnes. Completaba esta dotación la tradicional paila de cobre


210 I CATALINA REYES /LIN A MARCELA GONZÁLEZ<br />

en que se preparaban los dulces. Albergaba también la cocina<br />

la enorme tinaja en la que se almacenaba el agua potable.2<br />

Las cocinas de los ranchos pajizos en que habitaban<br />

los más pobres, eran mucho más simples y en algunos casos<br />

estaban ubicadas en un sitio prácticamente separado<br />

de la casa.<br />

En la segunda mitad del siglo xix, la tendencia de las<br />

casas más amplias, sobre todo las de dos pisos, fue a subdividirse.<br />

Generalmente estaban distribuidas así: los cuartos<br />

del primer piso se destinaban al arriendo y eran llamados<br />

tiendas; éstos no tenían acceso al patio interior de la casa.<br />

Eran habitadas por personas pobres, generalmente venidas<br />

del campo, quienes debían hacer sus necesidades fisiológicas<br />

en la calle por el aislamiento de la tienda con respecto<br />

a la casa. Obviamente esta restricción contribuía al<br />

desaseo de las ciudades y aumentaba los problemas de higiene<br />

y salubridad. Los cuartos del segundo piso eran ocupados<br />

por los propietarios, que contrastaba la humildad de<br />

los primeros, con la abundancia relativa de éstos.<br />

Es bueno anotar que hasta mediados del siglo xix, sin<br />

excepción, el lujo de los hogares colombianos no pasaba<br />

de una sala, adornada con canapés forrados de zaraza, mesas<br />

de pino barnizadas, porcelanas, tocadores, repisas y<br />

cuadros de imágenes religiosas. La escasa decoración de<br />

los espacios interiores se hacía con artículos ordinarios, en<br />

lo general, manufacturas locales. Claro que esto se veía en<br />

las casas de la gente con ciertos niveles económicos, pues<br />

las familias pobres carecían casi por completo de este tipo<br />

de elementos accesorios e inclusive de otros de tanta importancia<br />

como las camas, que eran reemplazadas por esteras<br />

o hamacas.<br />

2. Fundación Misión Colombia, Historia de Bogotá, tomo 2. Bogotá,<br />

Villegas Editores, 1988, pág. 74.


L a vida doméstica en las ciudades republicanas | 211<br />

En las casas de las familias más acomodadas siempre<br />

se destinaba un lugar para el oratorio, el cual, junto con el<br />

costurero, era el espacio preferido por las mujeres, para<br />

quienes las prácticas religiosas eran parte fundamental de<br />

su vida diaria y el recurso para garantizar la estabilidad y<br />

prosperidad de la familia.<br />

Para la década de los 70, las elites con acceso a importaciones<br />

europeas mejoraron el aprovisionamiento de sus<br />

casas. El piano aparece como signo de riqueza y cultura y<br />

el comedor y la sala se refinan en ornamentación.<br />

Dentro de la casa, se destinaban también algunos espacios<br />

para el trabajo: los más ricos adecuaban parte de ella,<br />

en la planta baja, para locales comerciales o bodegas y los<br />

más pobres, realizaban allí los trabajos artesanales. Los<br />

barnizadores y ebanistas de Pasto, las tejedoras de sombreros<br />

en Santander y el Valle del Cauca, las mujeres dedicadas<br />

a envolver el tabaco, las tejedoras y las costureras,<br />

trabajan en sus casas.<br />

Para 1920, el fortalecimiento de las elites, su capacidad<br />

de consumo aumentada, su imitación de los hábitos burgueses,<br />

su ánimo de diferenciación de los inmigrantes<br />

campesinos recién llegados a las ciudades, hace que la vida<br />

privada adquiera mayor importancia y que sea necesario<br />

precisar aun más claramente los límites entre lo privado<br />

y lo público. Puertas y ventanas que antes permanecían<br />

abiertas se cierran sigilosamente. Las elites crearon sus<br />

propios sitios de reunión donde sólo asistían ellas sin necesidad<br />

de mezclarse con el pueblo. En las ciudades colombianas<br />

aparecen los clubes como centros de la nueva<br />

sociabilidad de las elites urbanas, en ellos se practicaban<br />

novedosos deportes y se celebran lujosas fiestas que antes<br />

se llevaban a cabo en los espacios domésticos.<br />

La arquitectura colonial se reemplaza en la construcción<br />

de viviendas por la influencia de la arquitectura fran­


212 | CATALINA REYES / I.INA MARCELA GONZÁLEZ<br />

cesa. Los decorados interiores se sofisticaron y la sala se<br />

convirtió en el sitio más importante de la casa. Es el signo<br />

de sociabilidad burguesa por excelencia y denota la capacidad<br />

para recibir gente. La biblioteca aparece como lugar<br />

especializado, que confirma, además del nivel económico<br />

de la familia, su bagaje cultural. Los antiguos candelabros<br />

se reemplazan por lujosas lámparas de cristal y la luz eléctrica<br />

se abrió paso dejando atrás los discretos alumbrados<br />

de velas y quinqués. La noche era conquistada para la diversión,<br />

el estudio, la lectura y la costura. El teléfono hizo<br />

innecesarias las antiguas tarjetas de visita, bastaba una llamada<br />

para reemplazar tarjetas, esquelas y cartas. Eso sí*<br />

hay que aclarar que este maravilloso aparato en un principio<br />

está vedado para los novios y obviamente para la servidumbre.<br />

La cocina, lugar oscuro, lleno de humo, de moscas y<br />

muchas veces de animales domésticos, se fue convirtiendo<br />

paulatinamente en un lugar antiséptico y caracterizado<br />

por la limpieza. La cocina fue el espacio doméstico que<br />

sufrió las transformaciones más decisivas. La implantación<br />

de la energía y el avance de la técnica, permite, para los<br />

años treinta, a las familias con ingresos, contar con artefactos<br />

tan modernos como el fogón eléctrico y una nevera.<br />

Este último aparato no sólo introdujo modificaciones en la<br />

culinaria y en los gustos alimenticios, sino en el uso del<br />

tiempo de las fámulas y señoras de casa que, anteriormente,<br />

debían salir de compras para proveerse a diario de ciertos<br />

productos perecederos.<br />

Los viejos solares de las casas, que eran al mismo tiempo<br />

arboleda, frutales y huerta, donde se sembraban hortalizas<br />

para el consumo familiar y plantas medicinales, los<br />

reemplazan primorosos jardines interiores cuyo cuidado<br />

está a cargo de la orgullosa dueña del hogar, que desplega­


L a vida doméstica a i ¡as ciudades republicanas | 213<br />

ría en ellos todas sus habilidades en el arte de la conservación.<br />

En los hogares de clase media hizo parte del mobiliario<br />

la famosa máquina de coser Singer, ella no sólo le proporcionó<br />

el sustento como modistas y costureras a un<br />

sinnúmero de mujeres, sino que además contribuyó a mejorar<br />

las finanzas de las familias de reducidos ingresos,<br />

cuyas amas de casas se dedicaron juiciosamente a la confección<br />

de la ropa de sus hijos.<br />

La sofisticación de las viviendas de la elite y los intentos<br />

de imitación de estos lujos por los sectores medios,<br />

contrasta con la pobreza y las duras condiciones de los<br />

sectores pobres de la ciudad. La vivienda para los obreros<br />

y otros sectores populares es el principal problema de los<br />

treinta primeros años del siglo. En un principio, estos nuevos<br />

inmigrantes ocuparon el antiguo casco urbano de las<br />

ciudades, abandonado por las elites que se querían alejar<br />

del populacho y del ruido de la actividad comercial que se<br />

había apoderado del centro. Antiguas y lujosas viviendas<br />

se convierten en casas de inquilinato, donde familias hasta<br />

de trece miembros se hacinan en una habitación. Muchos<br />

de estos cuartos se describieron como “cuartos ciegos”,<br />

covachas sin ventilación alguna, oscuras y sin servicios sanitarios.<br />

Otros habitaron provisionalmente cuartos en pensiones<br />

para pobres, también en condiciones bastante precarias.<br />

Las casas de los pobres se describen como ranchos<br />

destartalados, de piso de tierra y una sola habitación, que<br />

hace las funciones de sala, cocina y dormitorio. Los más<br />

afortunados lograron, a través de grandes esfuerzos y el<br />

trabajo de varios miembros de la familia, incluidos muchas<br />

veces los niños, la compra de una casa en los nuevos barrios<br />

obreros que las urbanizadoras privadas se encargaron


2 14 I CATALINA REYES/ LINA MARCELA GONZALEZ<br />

de promover en las distintas ciudades. Estas casas se construyen<br />

con más comodidades y con criterios de higiene.<br />

Numerosas publicaciones médicas, jurídicas y morales<br />

de la época, pusieron en evidencia cómo la mortalidad y la<br />

proliferación de enfermedades y epidemias, estaba relacionada<br />

con las difíciles condiciones de vida de las clases pobres.<br />

En particular, señalaron la precariedad de la vivienda<br />

como causa de la enfermedad y la muerte.<br />

M ujer, fam ilia y matrimonio<br />

La institución familiar se constituyó, todo lo largo del período,<br />

en la base de la sociedad colombiana y en el espacio<br />

apropiado para inculcar los hábitos y valores morales de<br />

los cuales dependía, no sólo la estabilidad de la familia sino<br />

la de la nación. El espacio doméstico era el lugar indicado<br />

para establecer costumbres, comportamientos éticos y religiosos<br />

rígidos y austeros.<br />

De acuerdo con un autor costumbrista bogotano,<br />

“todo lo que sea adhesión e intimidad hacia [la familia],<br />

como cariño, gratitud, confianza y justas consideraciones”,<br />

era considerado un “elemento social de la mayor importancia”.3<br />

A su vez, la base fundamental de la familia era el matrimonio,<br />

que garantizaba, por medio del rito católico, la<br />

conservación del orden existente. En la costa Atlántica<br />

como en la Pacifica, así como en las zonas cálidas, con población<br />

negra, el matrimonio era excepcional y la mayoría<br />

de las parejas vivían en unión libre. Este hecho se explica<br />

por la escasa presencia de la iglesia en estas regiones.<br />

A pesar de la importancia que tenía el matrimonio católico<br />

y la constitución de la pareja monogámica en la so­<br />

3. Díaz Castro, Eugenio, Nove/as y cuadros de costumbres, Bogotá,<br />

Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, tomo 2, Procultura, 1985,<br />

pág. 115 .


L a vida doméstica en las ciudades republicanas | 215<br />

ciedad decimonónica, esto no era obstáculo para que en<br />

regiones como el Valle del Cauca o en las costas, fueran<br />

comunes las familias extensas en las que convivían parientes<br />

de primer a tercer grado. En estas regiones el madresolterismo<br />

no era escaso, ni tenía sanciones sociales tan<br />

fuertes como en otras partes.<br />

Ciudades como Bogotá y Medellin por ejemplo, rechazaban<br />

fuertemente al hi o bastardo y a la madre soltera, la<br />

cual era condenada por su familia y por la sociedad, especialmente<br />

si pertenecía a la clase media o alta; lo que no<br />

deja de ser paradójico, si se tiene en cuenta que durante<br />

todo el siglo xix, en casi todo el país el número de hijos<br />

“naturales” era superior al de los legítimos. Así por ejemplo,<br />

en Bogotá, entre agosto 1 y noviembre 30 de 1826, de<br />

300 bautismos que hubo, 157 fueron de hijos “naturales”<br />

contra 143 de hijos legítimos; y entre septiembre y diciembre<br />

de 1845, de 361 niños nacidos, 209 fueron naturales y<br />

sólo 152, legítimos.4<br />

Si bien a la mujer se le exigía la conservación de su<br />

virtud hasta el matrimonio y la infidelidad matrimonial<br />

femenina era sancionada duramente no sólo moral y socialmente<br />

sino aun jurídicamente, con el hombre se era<br />

mucho más permisivo en estos asuntos. Era frecuente no<br />

sólo entre los sectores populares, sino entre la elite y sectores<br />

medios, el que un hombre antes de casarse hubiera<br />

concebido hijos en relaciones ilícitas. Muchas costureras,<br />

empleadas domésticas, hijas de familias empobrecidas<br />

y jornaleras, eran generalmente quienes asumían esta condición<br />

de madres solteras.<br />

La vida en pareja era la meta común de hombres y<br />

mujeres desde temprana edad. Todos querían “casarse”,<br />

por amor, por aburrimiento o para escapar del hogar pa-<br />

4. Fundación Misión Colombia, op. at., pág. 74.


2 l 6 I CATALINA REYES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

temo y poder adquirir así un poco de independencia. Los<br />

matrimonios se contraían en la juventud, aunque contraer<br />

matrimonio antes de los 18 años en las mujeres no era lo<br />

usual. La diferencia de edades entre los cónyuges no debía<br />

ser muy marcada. Esta tendencia se exceptuaba en las frecuentes<br />

segundas nupcias y no era raro ver un viudo aventajado<br />

en años contraer matrimonio con una jovencita. La<br />

alta mortalidad femenina, sobre todo en los alumbramientos,<br />

llevaba a que el elevado número de viudos que contraía<br />

segundas nupcias fuera corriente. Aunque el número<br />

de viudas como consecuencia de las guerras y otros eventos<br />

no era poco, las posibilidades de unas segundas nupcias<br />

femeninas eran más restringidas.<br />

Si bien pocas veces prima en los matrimonios el amor<br />

como sentimiento que justifique la unión, desde mediados<br />

del siglo xix el amor romántico era constantemente evocado<br />

en la literatura y en la poesía. Con todo, es muy probable<br />

que sentimientos como la estabilidad, la seguridad y la<br />

protección fueran bastante más determinantes, por lo menos<br />

para las mujeres, a la hora de contraer nupcias o decidirse<br />

a vivir en pareja.<br />

El escritor antioqueño Emiro Kastos, al referirse a la<br />

importancia del matrimonio, hace el siguiente comentario:<br />

“En esta provincia todo el mundo se casa: unos por amor,<br />

otros por cálculo y la mayor parte por aburrimiento, pues<br />

no encontrando el hombre placeres ni vida social de ninguna<br />

clase, de grado o por fuerza tiene que refugiarse en la<br />

vida de familia...”5<br />

El matrimonio, sin embargo, distaba mucho del paraíso<br />

que los jóvenes, sobre todo las mujeres, imaginaban,<br />

pues algunos hechos se oponían a ello: en primer lugar, los<br />

5. Kastos, F.miro, Artondreícuhs escogidos, Londres, nueva edición,<br />

aumentada y corregida por Juan M. Fonnegra, 1885.


La vida doméstica a i ¡as ciudades republicanas | 217<br />

noviazgos eran cortos y simples: muchas veces los novios<br />

se conocían poco, pues sus amoríos se hacían “de ojo”,<br />

cruzándose sólo miradas furtivas al escondido de los padres,<br />

o mediante cartas transportadas generalmente por las<br />

sirvientas o las amigas. De ahí resultaba que cuando dos<br />

jóvenes se casaban, tras el encanto y las cortesías que suponía<br />

este tipo de relación, eran seres que apenas si se conocían<br />

y sólo la vida marital mostraba las realidades: a las<br />

mujeres empezaba a conocérseles menos elegantes de lo<br />

que se presentaban en público, mientras que los hombres<br />

perdían el encanto de la seducción y los buenos modales<br />

para con ellas. Esta situación llevaba rápidamente al hastío<br />

de la vida marital por parte de ambos miembros, pero más<br />

de la mujer, pues el hombre tenía sus quehaceres por fuera<br />

de la casa, y encontraba en éstos, y en sus amigos, entretenciones<br />

vedadas para las mujeres. En 1855 una joven recién<br />

casada se lamentaba de la situación: “Con tal que una<br />

no se queje, viva en casa propia y tenga con qué hacer<br />

mercado todas las semanas, el público de por acá no necesita<br />

más para llamarla dichosa. Nadie se toma el trabajo de<br />

averiguar si el amor, la cordialidad y las consideraciones<br />

mutuas entre los esposos habitan en el hogar doméstico”6.<br />

Las quejas de esta joven debían ser muy similares a las de<br />

muchas otras mujeres.<br />

Otro elemento que influía en esta situación, era el hecho<br />

de que los novios eran seleccionados en la mayoría de<br />

los casos por los padres, quienes tenían en cuenta principalmente<br />

motivaciones de índole social, política o económica:<br />

el matrimonio de una mujer era cosa de hombres,<br />

padre y pretendiente, y se arreglaba entre ellos. Entre las<br />

elites la endogamia era la tendencia general. Los matrimonios<br />

se realizaban entre personas pertenecientes al mismo<br />

6.Ibid., pág 16 1.


2 l 8 I CATAl.INA REYF.S / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

círculo social, y muchas uniones tenían como propósito<br />

vincular fortunas o actividades comerciales. Los matrimonios<br />

“desiguales” eran duramente criticados y producían<br />

verdaderos escándalos. El amor casi nunca resultaba ser<br />

un elemento importante. Y aunque es poco probable que<br />

se obligara, literalmente, a una joven a contraer nupcias,<br />

sobre la decisión de con quién casarse pesaban una serie<br />

de presiones familiares. Pocas mujeres, no sólo de los sectores<br />

altos y medios sino de sectores pobres, se hubieran<br />

atrevido a desafiar una prohibición familiar y contraer matrimonio<br />

con un pretendiente no aceptado. Esto, en la<br />

práctica, era condenarse, ella y su descendencia, al destierro<br />

familiar, a la falta de afecto y de apoyo.<br />

Pese a esto, y a que la vida conyugal era más cortés que<br />

amorosa, a lo largo del matrimonio la comunidad de intereses<br />

económicos y sociales establecía relaciones de dependencia<br />

entre los esposos, las cuales crecían con el pasar<br />

de los años, a tal punto, que durante la vejez, ninguno de<br />

los dos sabía o podía vivir sin su pareja, con la que habían<br />

compartido todos los pormenores de la vida.<br />

Es importante señalar que aunque la familia era la gran<br />

portadora de valores, era la mujer, en su rol de madre, esposa,<br />

hermana y maestra de sus hijos, el elemento en torno<br />

al cual se cohesionaba aquélla. El ámbito doméstico era<br />

impensable sin la mujer. Como la mujer no tenía educación<br />

y la vida claustral de nuestras ciudades no permitía<br />

otro tipo de actividades gratificantes, para ella el matrimonio<br />

lo era todo; asumía el rol doméstico y controlaba por<br />

completo todo lo interno de la casa: servidumbre, comidas,<br />

vestuario de los hijos pequeños, y los más mínimos<br />

detalles.<br />

Sin embargo, la vida, en lo que al núcleo familiar concierne,<br />

era, según se quejaban las mujeres, solitaria. Para<br />

éstas su principal compañía era la servidumbre, pues el


La vida doméstica a i las ciudades republicanas \ 219<br />

marido salía a trabajar y de los niños solían encargarse los<br />

sirvientes. Así, la mujer de clase alta, que no acostumbraba<br />

a hacer los oficios domésticos, consagraba la mayor parte<br />

de su día a perder el tiempo, y en actividades “propias” de<br />

su género. La pintura, la costura y la música, eran formas<br />

un poco menos tediosas de pasar el día. Otra actividad femenina<br />

aceptada, y que le permitió trascender los muros<br />

del hogar, fue la realización de obras pías o colectas para<br />

beneficencia pública. No pocas promovieron y colaboraron<br />

en la fundación y funcionamiento de hospitales,<br />

orfanatos, casas de pobres y manicomios. Pero incluso<br />

para realizar estas actividades la mujer, ya fuera esposa o<br />

hija, debía contar con la autorización del padre o el esposo.<br />

A las mujeres de clase alta y sectores medios, les estaba<br />

vedado circular a solas por las ciudades y para ir a la iglesia<br />

debían hacerlo acompañadas por sus criadas.<br />

Las mujeres pobres, por el contrario, pocas veces<br />

podían permanecer en el hogar y se veían precisadas a emplearse<br />

como sirvientas en otras casas, ya sea como lavanderas,<br />

aguadoras y carboneras o para realizar otros oficios.<br />

Estas mujeres circulaban libremente por la ciudad y sus<br />

hábitos y costumbres eran menos rígidos que los de las<br />

mujeres de sectores medios y altos.<br />

En el siglo xx se refuerza la imagen de la mujer como<br />

reina y madre del hogar, cuya semejanza con la Virgen<br />

María le confiere una serie de virtudes y responsabilidades<br />

dentro del ámbito doméstico. Esta imagen se vio fortalecida<br />

internacionalmente por la promulgación del dogma de<br />

la Inmaculada Concepción, a fines del siglo xix, y por el ingreso<br />

de numerosas comunidades religiosas europeas que<br />

llegaron al país, fundaron colegios y tuvieron bajo su responsabilidad<br />

la formación de las niñas y jóvenes.<br />

Para la consolidación de una sociedad capitalista, era<br />

muy útil el constreñimiento de la mujer al cuidado de los


220 I CATALINA RF.YES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

hijos y del hogar. La industrialización y el surgimiento de<br />

los establecimientos fabriles, desplaza al hogar como lugar<br />

productivo de actividades artesanales, para transformarlo<br />

fundamentalmente en un espacio de reproducción y consumo.<br />

La responsabilidad de la mujer se convierte entonces<br />

en garantizar la productividad y la salud física y moral<br />

de todos los miembros de la familia. Como justificación de<br />

su reclusión en la esfera doméstica, se genera una idealización<br />

de su función como madre y señora del hogar. Todos<br />

sus oficios recibirán de ahora en adelante el pomposo título<br />

de “ama del hogar”. Pero el hogar no era el lugar que le<br />

proporcionara tranquilidad a la mujer, sino un lugar donde<br />

aprisionar al esposo:<br />

Procure ante todo dar a su casa un aspecto alegre, conservándola<br />

muy limpia y con mucho orden; si es posible cultive<br />

un jardincito donde a su marido le guste distraerse. Sobre<br />

todo haga lo posible para que las comidas se sirvan a tiempo,<br />

siempre a la misma hora; de tal manera que el marido sepa<br />

que todos lo aguardan en casa y no se le ocurra pasar por el<br />

estanco.7<br />

A pesar del ensalzamiento de la mujer como reina y<br />

señora, semejante a la Virgen María reina de los cielos, el<br />

discurso religioso, médico y jurídico, con argumentos de<br />

distinta índole, le recordaban su inferioridad frente al hombre<br />

y su necesidad de sometimiento a él. La angelización<br />

de la mujer y su identificación con la Virgen María significa<br />

igualmente la negación de su sexualidad. La sexualidad<br />

femenina queda únicamente relegada a la actividad de<br />

reproducción. Su función fundamental en el ámbito doméstico,<br />

es el control y la disciplina de los miembros de la<br />

7. Revista I ¿1 Familia Cristiana, Medellin, abril 2 de 1914.


La vida doméstica en las ciudades republicanas \ 221<br />

familia. De ella depende no sólo su salvación sino la del esposo<br />

y los hijos. Por su parte los médicos eran insistentes<br />

en recalcar la importancia de la mujer para la preservación<br />

de la salud de los miembros del hogar. Su discurso apunta<br />

a convertirla en una especie de enfermera doméstica y la<br />

mejor aliada del médico en la implantación de normas de<br />

higiene doméstica.<br />

La casa se convierte en el espacio eminentemente femenino,<br />

la órbita del hombre es la política, los negocios, la<br />

esfera pública. Su función como una proveedor económico<br />

se ratifica y su mayor gratificación es mantener bien a su<br />

familia. A pesar de que se reconoce su superioridad sobre<br />

la mujer, constantemente en los escritos religiosos se le<br />

está exhortando para que se convierta en el apoyo de la<br />

mujer, en el compañero y el amigo. La relación entre los<br />

cónyuges, de lo que se puede apreciar en la correspondencia<br />

entre parejas de la elite, se puede definir como de amistad,<br />

compañerismo y dependencia mutua. El cariño y el<br />

afecto parecen reemplazar las grandes pasiones, no se hace<br />

alusión al deseo o la pasión sexual.<br />

La familia mononuclear, por lo menos entre los sectores<br />

altos, tiende a imponerse prácticamente en todas las<br />

ciudades del país. Sin embargo, esta estructura se ve matizada<br />

por algunas particularidades. Si bien la pareja se<br />

independiza del hogar paterno y gana autonomía, en su<br />

casa, además de los hijos, ahora viven sobrinos hijos de<br />

viudas empobrecidas, alguna hermana de los cónyuges<br />

viuda o solterona, la madre viuda de alguno de los cónyuges,<br />

numerosos criados y niños pobres “recogidos” que<br />

hacen parte de la vida familiar. La servidumbre generalmente<br />

era extensa, consistía en una cocinera, una dentrodera,<br />

una carguera, una nodriza, un paje, un jardinero y<br />

algunos otros miembros. Es así como la familia mononu-


222 | CATALINA REYES / LINA MARCELA GONZALEZ<br />

clear guardaba todavía rezagos de las familias extensas de<br />

la época colonial.<br />

Las trabajadoras domésticas<br />

Las trabajadoras domésticas han tenido gran importancia<br />

en el espacio del hogar, en la crianza de los niños, en la<br />

sexualidad de los hombres, en los hábitos higiénicos y en<br />

la conservación de las tradiciones culinarias. El hombre,<br />

acostumbrado desde su más tierna edad al regazo del delantal,<br />

para su iniciación sexual busca este objeto de sus<br />

fantasías infantiles, y como marido, frustrado la mayoría de<br />

las veces con la fría y restringida sexualidad del lecho conyugal,<br />

volcó sobre la empleada doméstica sus insatisfacciones.<br />

Las relaciones con los criados se rigieron por la estructura<br />

patriarcal de las familias y muchas de estas relaciones<br />

estaban caracterizadas por un fuerte paternalismo, donde<br />

los lazos afectivos eran más importantes que las condiciones<br />

salariales. La literatura y la consulta de archivos de correspondencia<br />

privada de las elites, muchas veces nos<br />

pueden llevar a la imagen idealizada de unas relaciones<br />

marcadas por el afecto y el cuidado de los patronos para<br />

con la servidumbre. Es innegable que en muchas familias<br />

los criados, debido a los largos años que permanecían dentro<br />

de una familia, se convertían en miembros importantes<br />

de las mismas, objeto de cariño y atención de la señora, los<br />

jóvenes y los niños. Sin embargo, no es menos cierto que la<br />

condición de servidumbre y la falta de libertad personal,<br />

presentan una cara menos ideal de estas vidas, que aparecen<br />

retratadas con pinceladas trágicas en los archivos judiciales.<br />

La mayoría de las trabajadoras domésticas eran jóvenes<br />

campesinas de las zonas más cercanas. En ciudades<br />

como Barranquilla y Cali procedían de la población negra


La vida doméstica en las ciudades republicanas | 223<br />

y en Bogotá eran indias. La trabajadora doméstica a principios<br />

de siglo estaba sometida a una condición servil. Encargada<br />

generalmente por sus padres, la señora de la casa<br />

debía responder por su virtud. Su libertad personal era casi<br />

nula, sus salidas eran escasas, en la práctica, a la iglesia y al<br />

mercado en compañía de la señora. Su salario era más simbólico<br />

que real y los padres de estas muchachas generalmente<br />

se contentaban con deshacerse de una boca más<br />

para alimentar. La señora, al darle techo, alimentación y<br />

algo de ropa vieja, sentía que estaba más que compensando<br />

a esta trabajadora. Las empleadas domésticas trabajaban<br />

desde el alba hasta que terminaban sus numerosos<br />

oficios, tarde en la noche.<br />

La mayoría de estas trabajadoras, jóvenes e ingenuas,<br />

se convertían en víctimas de una sexualidad agresiva que<br />

en general padecieron las mujeres de los sectores pobres.<br />

Mientras para las clases medias y altas se imponían códigos<br />

de angelización femenina, para estas mujeres su<br />

destino era padecer la sexualidad masculina desbordada.<br />

Algunas trabajadoras domésticas eran víctimas de los abusos<br />

de los patronos o de los jóvenes de la casa. En muchas<br />

regiones se consideraba que la iniciación sexual de los jó ­<br />

venes debía estar a cargo de la empleada doméstica. Esta<br />

ofrecía más garantías que las prostitutas, posiblemente<br />

afectadas por las enfermedades venéreas.<br />

Otras jóvenes, en medio de la soledad, se enamoraban<br />

de sus patronos o de tenderos, soldados, policías, músicos<br />

de las bandas municipales o de estudiantes, y se convertían,<br />

según consta en los archivos judiciales y en la literatura,<br />

en presas fáciles de la seducción. El resultado de estos<br />

encuentros furtivos era muchas veces un embarazo indeseado.<br />

La calidad de madres solteras era una situación dramática<br />

para muchas de estas jóvenes, sobre todo las de proce-


224 | CATALINA REYES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

dencia campesina de la región antioqueña. Esta situación<br />

les hacía perder el empleo, exponerse a la vergüenza pública<br />

y a los castigos paternos que la mayoría de las veces llegaban<br />

al maltrato físico. Muchas de ellas abandonaron sus<br />

hijos como expósitos en las puertas de los conventos e<br />

iglesias, otras, más arriesgadas, practicaron el aborto y tal<br />

vez las más ignorantes y acosadas llegaron a la realización<br />

del infanticidio, como consta en los archivos criminales y<br />

en la prensa de los primeros 30 años de este siglo.<br />

Muerte<br />

Para el período estudiado, los índices de mortalidad son<br />

altos y alcanzaban, en algunas ciudades, a representar un<br />

30% por cada mil habitantes. Más preocupante aun es que,<br />

de esta cifra, la mortalidad infantil llegó a representar hasta<br />

un 60%. La convivencia con la muerte indudablemente<br />

influía en la vida doméstica urbana y originaba actitudes<br />

frente a la muerte y la enfermedad. Entre 19 15 y 1926 Colombia<br />

perdió 375 698 de sus niños, cifra similar a la población<br />

actual de una ciudad intermedia.8<br />

Los cuadros de costumbres y los relatos de viajeros<br />

son algunas de las principales fuentes para el estudio de la<br />

vida privada doméstica. Sin embargo, ellas dan cuenta de<br />

los asuntos, si se quiere, menos íntimos de la vida familiar,<br />

dejando grandes vacíos en aspectos como las relaciones<br />

conyugales y entre padres e hijos, la existencia de amantes<br />

y la presencia de muerte, entre otros.<br />

Sabemos, no obstante, que ante la enfermedad prolongada<br />

de algún miembro de la familia, la mujer “principal”<br />

de la casa, fuera madre, esposa o hermana, se convertía en<br />

fiel guardiana a la cabecera del lecho del enfermo, aun<br />

cuando la crisis de éste se prolongara durante varios años.<br />

8. Muñoz, Cecilia y Pachón, Ximena, L a niñez en Colombia, Bogotá,<br />

Editorial Planeta, 1991.


La vida doméstica a i las ciudades republicanas | 225<br />

Por otro lado, después de la muerte de un hombre, su<br />

viuda solía quedarse encerrada en casa, para “coser su<br />

mortaja dentro de esas cuatro paredes...”, especialmente<br />

las de la clase alta, y prácticamente se anulaba para las actividades<br />

sociales mundanas, como si la muerte del marido<br />

fuera la suya propia; lo cual no significaba un retraimiento<br />

en otros asuntos. Después de la muerte del marido no pocas<br />

viudas asumían el manejo de los negocios familiares.<br />

Era entonces cuando la mujer tomaba del todo las riendas<br />

de la casa como espacio físico, y del hogar, como entorno<br />

espiritual de la familia: se convertía, mucho más que en<br />

vida del esposo, en el punto de cohesión familiar y en el<br />

centro de control de todo lo relacionado con sus hijos,<br />

nueras, yernos y nietos.<br />

Las normas del comportamiento religioso y social,<br />

mandaban que, ante el fallecimiento de un ser querido, así<br />

fuera un pariente lejano, se guardara luto riguroso por lo<br />

menos durante dos años, pasados los cuales, podía empezar<br />

a cambiarse el negro total por el medio luto.<br />

La cercanía de la muerte infundía en las personas la<br />

profunda necesidad de la confesión de sus pecados, de comulgar,<br />

de arrepentirse ante sus víctimas si algo malo habían<br />

hecho, y de despedirse de sus seres queridos antes de<br />

la última hora. Igualmente eran comunes las disposiciones<br />

testamentarias donde se dejaban amplias, o incluso la totalidad<br />

de la fortuna, a algún santo u obra pía como mecanismo<br />

para garantizar la salvación del alma.<br />

Finalmente, el cadáver siempre se enterraba con el vestido<br />

habitual, menos el sombrero, y el luto se expresaba<br />

dentro de la casa mediante crespones negros en muebles,<br />

cuadros y adornos, y con ello la familia entraba en “el régimen<br />

de la muerte”: silencio, recogimiento y encierro. Parte<br />

del rito frente a la muerte era la conservación de los objetos<br />

personales del difunto para evocarlo y para mantener


22Ó | CATALINA REYES / UNA MARCELA GONZÁLEZ<br />

su presencia viva dentro del hogar. Hacia finales del siglo<br />

xix se impone, en algunas regiones del país, la utilización<br />

de hábitos religiosos como traje mortuorio, tanto hombres<br />

como mujeres. Después de la implantación de la fotografía,<br />

se popularizó en algunas ciudades del país la foto del<br />

niño muerto en su ataúd, rodeado de flores y crespones.<br />

La enfermedad y muerte de un niño fueron experiencias<br />

corrientes en los hogares, no sólo de escasos recursos<br />

sino también de la elite. El niño enfermo generalmente era<br />

aislado en un cuarto al que sólo tenía acceso la madre. Su<br />

alimentación y cuidado en los sectores medios y altos se<br />

convertía en un pesada carga, pues además de las recomendaciones<br />

médicas, pesaban una serie de falsas<br />

creencias y supuestos cuidados que había que seguir cuidadosamente.<br />

La muerte frecuente de los seres queridos sumía a los<br />

familiares en la tristeza, y ante la indefensión frente a la<br />

enfermedad y la muerte, el consuelo en la religión y en las<br />

prácticas piadosas parecía ser el único remedio eficaz.<br />

E l ritmo diario<br />

El hecho de que la familia fuera, como ya se dijo, el epicentro<br />

de las buenas costumbres, aunado a la falta de espacios<br />

públicos de diversión y entretenimiento, lo mismo que de<br />

actividades sociales y culturales en las ciudades, hizo que<br />

la vida fuera monótona y tranquila, de una “conformidad”<br />

interrumpida sólo por las diversiones honestas de algunos<br />

días y por las frecuentes guerras ocurridas durante todo el<br />

siglo XIX.<br />

En efecto, fue característica en casi todas las ciudades<br />

colombianas, según el testimonio de muchos viajeros extranjeros,<br />

el llevar una vida claustral, quieta y casi triste, en<br />

la que las mayores diversiones las constituían los juegos de<br />

azar, de los que disfrutaban las muieres tanto o más que los


La vida dom éstica en las ciudades republicanas<br />

Vendedora con cedazo. Jo sé M a n u e l G ro o t. A m a sa n d o . Jo s é M a n u e l G ro o t.<br />

Biblioteca L u is -A n g e l A ra n g o . B ib lio te ca L u is -A n g e l A ra n g o .<br />

L a ham aca. E d u ard W . M a rk .<br />

A cu arela.<br />

B ib lio teca L u is -A n g e l A ran go.


L a vida domestica en las ciudades republicanas \ 227<br />

hombres, y algunos de salón, las corridas de toros, las peleas<br />

de gallos, los paseos alrededor de la ciudad, las tertulias<br />

literarias o políticas en las que 110 participaban mujeres<br />

y, principalmente, los bailes y visitas. A la lectura, la escritura,<br />

el estudio y la música sólo tenía acceso un porcentaje<br />

muy bajo de la población y estas actividades estaban lejos<br />

de ser consideradas entretenidas.<br />

Los cuadros de costumbres nos muestran la simplicidad<br />

de esta vida: mientras los hombres salían a la calle a<br />

resolver los asuntos públicos en actividades como los negocios,<br />

el ejercicio de sus profesiones y la política, la mujer<br />

permanecía en la esfera doméstica. Su día comenzaba temprano<br />

en la mañana, luego iba a misa y regresaba a casa<br />

para atender a la familia, realizar algunos oficios y estar al<br />

tanto de las tareas de las sirvientas; los ratos libres, que<br />

eran la mayor parte del día, los empleaban en coser, pintar,<br />

tocar el piano, cantar y fumar. Este último hábito, aunque<br />

ampliamente difundido, hasta los años 20 de este siglo se<br />

debía esconder, pues no era admitido que las mujeres filmaran.<br />

Las mujeres, sin distingo de clases, eran las responsables<br />

de hacer el mercado. “Las señoras, que por lo general<br />

escogen para ponerse ese día las sayas más sucias, los camisones<br />

más destruidos y los zapatos más siniestros, vagan,<br />

cada cual, seguida de su respectiva sirvienta que,<br />

cargada con un enorme canasto o ancho costal, va sufriendo<br />

instantáneamente el aumento de peso que ocasiona lo<br />

comprado”.9<br />

Dentro y fuera de la casa, la vida transcurría bajo una<br />

rutina y unos horarios fijos, determinados en buena parte<br />

9. Barrera, Francisco O., “F,l mercado", en Museo de cuadros de costumbres,<br />

variedades y riaies, vol. 49, tomo 4, pág. 7, Bogotá, Biblioteca El<br />

Mosaico, Banco Popular, 1973.


228 ! CATALINA REYES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

por el sonido de las campanas de la iglesia; práctica que<br />

sólo variaba los domingos y en Navidad: la mayor parte de<br />

la vida de los colombianos en el siglo anterior, estaba regida<br />

por los ritos y horarios religiosos.<br />

Los hábitos diarios eran más o menos los mismos en<br />

todas las ciudades: levantarse a las cinco o seis de la mañana,<br />

asistir a misa y dedicarse al arreglo personal al regresar;<br />

tomar el desayuno, almorzar entre las 10 y 10:30 a.m. y<br />

comer entre las 3 y las 4:30 p.m.<br />

La vida entre las comidas era también muy similar:<br />

después del desayuno los hombres salían a sus trabajos,<br />

para regresar a la hora del almuerzo, cuando las ciudades<br />

quedaban como paralizadas, pues todo se cerraba entre la<br />

una y las tres de la tarde, tiempo necesario para el almuerzo<br />

y la sagrada costumbre de la siesta, después de la cual<br />

volvían a los trabajos, de donde salían para ir a casa a comer.<br />

Después de la comida, según las regiones, los hombres<br />

iban al atrio de la iglesia o a la alameda, como en<br />

Bogotá, o a jugar billar, tomarse unos aguardientes o cabalgar,<br />

como en Mompox y Medellin, y en todo el país, solían<br />

reunirse a “tertuliar” en las tiendas, boticas, almacenes o<br />

chicherías, según la clase social de los contertulios:<br />

Las cinco de la tarde habían dado. Y o me hallaba libre y<br />

desembarazado de las ocupaciones diarias de mi oficina.<br />

Páreme en una esquina pensando en el nimbo que daría en<br />

aquel momento a mi soberana individualidad, cuando se me<br />

ocurrió la tienda de don Antuco, albergue sempiterno de<br />

embozados tertuliadores. Mi espíritu deseaba expansión después<br />

de estar todo el día entre el cajón de la oficina; mi mente,<br />

variedad de objetos sobre qué distraerse, y toda mi alma, seres<br />

desocupados con quienes tener un buen rato de tertulia. Era


La vida doméstica en las ciudades republicanas | 229<br />

todo lo que me pedía el cuerpo, y nada mejor para esto que la<br />

tienda de don Antuco.10<br />

Aunque para los hombres la regla general de este ritual<br />

era asistir solos, en las chicherías, sitios de reunión de las<br />

clases populares, se marcaba una gran diferencia, pues allí<br />

la chicha “se servía en grandes totumas a hombres y mujeres<br />

sin ningún género de distinción”.11 Este tipo de comentario<br />

nos recuerda que en general las mujeres de las clases<br />

populares gozaban de más libertad y menos controles sociales.<br />

Además, como en el siglo xix no se vivía con las agitaciones<br />

de la ciudad moderna, el trabajo siempre dejaba<br />

tiempo para la charla y para tomarse algún trago, y era habitual<br />

que a la hora de la comida los hombres llegaran a<br />

casa, mínimo con una “copita encima”, de brandy, mistela,<br />

aguardiente o chicha, de acuerdo a la capacidad económica<br />

del consumidor. En las noches se rezaba el rosario, se<br />

charlaba en familia, se leía en voz alta, o se hacía o recibía<br />

alguna visita.<br />

La rutina siempre se rompía el domingo, cuando las<br />

comidas se hacían más abundantes y especiales y la gente<br />

salía a caminar por la ciudad, luciendo sus mejores atuendos.<br />

Este día era también propicio para llevar a cabo otra<br />

de las más importantes costumbres familiares: los paseos a<br />

las cercanías de la ciudad. La familia se desplazaba para<br />

divertirse, comer en un sitio campestre y de paso, bañarse<br />

en los riachuelos.<br />

En esta actividad hay tres elementos que llaman parti-<br />

10. Groot, José Manuel, “La tienda de Don Antuco”, en Museo de<br />

cuadros de costumbres, variedades y viajes, vol. 46. tomo 1, pág. 35.<br />

11. Sánchez Cahra, Kfraín, Ramón Tones Méndez, pintor de Ia<br />

Nueva Granada. 1809 - 1885. Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1987,<br />

pág. 14O.


2 3 0 I CATALINA REYES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

cularmente la atención: en primer lugar, el transporte de<br />

“la mitad de las casa”: sillas, elementos de cocina, bebidas y<br />

alimentos, entre los que no faltaba el chocolate con bizcochos<br />

y queso; transporte que se hacía con mayor razón<br />

cuando el paseo duraba más de un día, como era frecuente<br />

entre los bogotanos cuando iban a Chapinero: “a este<br />

tiempo llegó el carro con todos los trastos [...]. Iban allí todos<br />

los enseres de la cocina, dos taburetes pequeños, unas<br />

esteras, dos almofrejes, dos o tres catres y algunos baúles y<br />

cajones, uno de estos encerraba una docena de libros y tres<br />

mil cigarros de Ambalema, y otro iba repleto de bocadillos<br />

En segundo lugar, la presencia casi inevitable de<br />

acompañamiento musical: los músicos eran parte indispensable<br />

del paseo, para amenizar los infaltables juegos y<br />

bailes; y por último, la participación en ellos de las empleadas<br />

domésticas. Al respecto es importante señalar el papel<br />

que jugaban las niñeras: eran ellas quienes se encargaban<br />

todo el tiempo de los menores de edad, tanto en la casa<br />

como fuera de ella, en consecuencia, las madres no solían<br />

ocuparse casi nunca de sus pequeños, salvo en lo que atañe<br />

a las actividades escolares.<br />

Cuando las ciudades fueron adoptando un aire más<br />

moderno y burgués, el parque se convierte en centro de la<br />

actividad social de los domingos. A él salen a pasear las<br />

gentes luciendo sus mejores galas, es el lugar de encuentro<br />

de los jóvenes de ambos sexos que aprovechan la ocasión<br />

para lanzarse significativas miradas. La retreta musical<br />

completaría el programa dominical del parque.<br />

La vida diaria estaba marcada por la fuerte unión entre<br />

las familias. Los lazos entre las familias eran estrechos, particularmente<br />

los lazos de solidaridad y afecto entre los hermanos<br />

y hermanas, los cuales se conservaban aún después<br />

12. Díaz Castro, Eugenio, op. at., pág. 47.


La vida doméstica en las ciudades republicanas | 231<br />

del matrimonio, y se extendían a sus respectivos cónyuges.<br />

La relación entre hermanos, hermanas, cuñados y cuñadas<br />

era manifiesta: se visitaban entre sí con frecuencia y en las<br />

noches solían reunirse para charlar o jugar. Tíos, primos y<br />

primas hacían parte de una tribu donde los noviazgos y<br />

amoríos proliferaban entre las generaciones más jóvenes.<br />

No eran extrañas tampoco las buenas relaciones entre<br />

vecinos. A veces familias enteras de vecinos se juntaban<br />

para ponerse al tanto de los últimos acontecimientos de la<br />

ciudad, pues a falta de mejores espectáculos, la conversación<br />

y no pocas veces los chismes, alegraban los días de<br />

nuestros antepasados.<br />

Este ritmo sosegado de la vida decimonónica era, sin<br />

embargo, alterado con frecuencia por la actividad preferida<br />

de los colombianos: el baile. No había celebración que<br />

no terminara con un baile. Aunque éstos generalmente<br />

tenían motivaciones religiosas como bautismos, matrimonios<br />

o la bendición de una casa nueva, el baile seguía siendo<br />

el mejor medio de la gente para reunirse y compartir un<br />

rato en familia y con otras familias de vecinos y amigos. Si<br />

el baile se hacía de manera improvisada, varias personas se<br />

ponían de acuerdo para saber a quién se invitaría, en qué<br />

casa y quiénes serían los músicos; era relativamente corto,<br />

hasta las 8 o 9 de la noche; pero si era preparado, podía<br />

durar hasta las cuatro de la mañana. Un baile de estos implicaba<br />

la elaboración de alimentos y bebidas especiales,<br />

en torno a lo cual se tejía la fiesta en la que participaban<br />

todos los miembros de la familia.<br />

En Cartagena, los negros bailaban el bambuco, musicalizado<br />

con guitarras, la bandurria, un instrumento llamado<br />

guache y acompañamiento de palmas y voces. Sobre<br />

un baile entre esta clase social comenta SafFray:


232 | CATALINA REYES / LINA MARCELA GONZÁLEZ<br />

Aquí no se conoce más que un baile, que es el bambuco.<br />

[...] líl hombre ejecuta pasos muy complicados, que recuerdan<br />

un poco el jig irlandés; da saltos, patalea, y agita los brazos<br />

para dar más expresión a su mímica; la mujer permanece<br />

entre tanto con los brazos cruzados y por un movimiento<br />

muy rápido del talón, y después del pie, deslizase hasta tocar<br />

el suelo, describiendo zigzags y círculos, acércase a su pareja<br />

con cierta coquetería, le vuelve la espalda, dirigiéndole una<br />

mirada expresiva, huye de él y se aproxima sucesivamente.<br />

Kste es un baile a la vez gracioso e ingenuo cuya mímica me<br />

pareció muy apasionada.'-’<br />

Los bailes entre los blancos se caracterizaban por tener<br />

un estilo más sobrio y elegante: “la hora tan deseada llegó:<br />

la música, compuesta de bandolas, tiples y guitarras, después<br />

de un buen rato de preludios, rompió el fuego con un<br />

delicioso vals...”.'4<br />

Entre las clases medias y bajas en casi todo el país, especialmente<br />

entre las negras y mulatas, un buen motivo<br />

para bailar era la muerte de un niño o “fiesta del angelito”.<br />

Cuando un niño pequeño moría, la familia, más que con<br />

tristeza, veía esto como un motivo de fiesta: “...la muerte, al<br />

hacer un vacío, deja en pos una alegría; hay un niño de<br />

menos y un angelito de más”.'5 Para la celebración de la<br />

fiesta, se vestía el cadáver del niño con sus mejores ropas,<br />

se le colocaban alhajas y se ponía en el centro de una capilla<br />

improvisada. A la fiesta, donde lo importante era reír y<br />

cantar, asistían los amigos y familiares, y la madre no llora­<br />

13. Siiflray, Charles, Viaje a Nueva Granada, Bogota, Biblioteca Popular<br />

de Cultura Colombiana, 1948, pág. 28.<br />

14. Ortiz T., Juan B., “Una tertulia casera”, en Museo de cuadros de<br />

costumbres, variedades y viajes, vol. 47, tomo 2, pág. 349.<br />

15. Saflray, Charles, op., rit, pág. 234.


L a vida doméstica a i las ciudades republicanas | 233<br />

ba porque la muerte del pequeño significaba una bendición<br />

de Dios.<br />

Es bueno señalar la influencia del clima y de la presencia<br />

de la Iglesia, al igual que el peso de elementos étnicos<br />

negros en los hábitos sociales de las gentes. En las zonas<br />

frías y templadas, con población indígena y blanca, se llevaba<br />

una vida más encerrada y menos dispuesta a actividades<br />

exteriores y colectivas que en la zona del Valle del<br />

Cauca y las costas.<br />

La escasa vida social que se llevaba a cabo durante el<br />

año, daba paso en Navidad a una gran alegría, compartida<br />

por todas las personas, sin distinción de clase, edad, ni etnia.<br />

Durante esta época las actividades principales que alegraban<br />

el ambiente eran los aguinaldos, los pesebres, los<br />

disfraces y la nochebuena, todo esto complementado con<br />

la preparación de ricos manjares propios de cada región,<br />

entre los que eran infaltables la natilla, los buñuelos, el<br />

manjar blanco y las empanadas, preparadas especialmente<br />

con pollo o pavo, huevos cocidos, pescado, alcaparras,<br />

duraznos, aceitunas, jamón y varias clases de especies.<br />

Una de las mayores diversiones durante Navidad era el<br />

juego de los aguinaldos, que empezaba hacia el 16 de diciembre<br />

y se extendía hasta el 24. La manera más común<br />

de jugar era apostar los regalos, que por lo demás, no eran<br />

de gran significación material. El juego consistía en que<br />

quién viera primero al otro apostador le gritaba “mis aguinaldos”<br />

y el otro debía pagarlos. Para ganar, se ponía el<br />

mayor ingenio posible recurriendo a los disfraces y todo<br />

tipo de trampas para lograr ver a una persona sin ser vista<br />

por ella. Un ejemplo del ingenio puesto en este juego, es la<br />

artimaña de unas jóvenes bogotanas de mediados del siglo<br />

pasado que, para esperar a los hombres con quienes estaban<br />

jugando, se metieron en una zanja, muy bien escondidas<br />

con la oscuridad de la noche y los matorrales, por


2 3 4 I CATAI.INA REYES / LINA MARCELA GONZALEZ<br />

donde debían cabalgar sus competidores. Cuando los jinetes<br />

se acercaron, ellas saltaron y gritaron “¡mis aguinaldos!,<br />

¡mis aguinaldos!”, con tal alboroto que los caballos se<br />

espantaron, mandando al suelo a caballeros y señoritas,<br />

quienes terminaron envueltos en bolas de lodo, lo cual<br />

finalmente no importó pues el premio de ganar los aguinaldos<br />

y la diversión que ello suponía, era superior a cualquier<br />

percance.'6<br />

Otra costumbre navideña era la de los disfraces, que<br />

empezaba desde antes de la nochebuena y duraba hasta el<br />

6 de enero. Las familias más acomodadas se visitaban entre<br />

ellas, dando aviso con anticipación. En la casa donde se<br />

anunciaba la visita se reunían amigos y vecinos y como<br />

quienes llegaban disfrazados iban acompañados por los<br />

músicos, se bailaba un rato en cada casa.<br />

Los regalos mutuos entre parientes, vecinos y amigos<br />

en este mes, era también una costumbre generalizada. La<br />

familia solía reunirse en torno a la preparación de dulces,<br />

tortas, buñuelos, hojaldres y platillos especiales, los que repartían<br />

en nochebuena las mujeres del servicio, a quienes<br />

siempre se veía llevando y trayendo entre las casas dulces,<br />