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Adiós

1.

Cadaqués, 10 de julio de 1999

No descarto estar loco. Ni tampoco que ésta no sea la condición que nos

permite sobrevivir.

Creo que la sospecha de mi locura anida en mí desde mi primer recuerdo.

La certeza la tuve aquella tarde de mayo en que esperaba el cadáver de mi madre

mientras pensaba en mi próximo examen y en que debía, sin falta, cortarme el

pelo.

La silueta del avión avanzaba desdibujada en el brillo de los charcos de la

lluvia reciente. Mis piernas temblaban, pero yo seguía pensando en asuntos

livianos. Mi cuerpo se rebelaba mientras mi mente se defendía. Esa locura que nos

protege fue la que me permitió observar sin sollozar como un salvaje cómo

bajaban los furgones.

En el segundo iba mi madre.

El avión de las fuerzas aéreas británicas acababa de aterrizar en el

aeropuerto militar Villacoublay. Bajaron dos furgones más. Uno transportaba el

cadáver del filósofo Jean Michel Bascquiat y el último era el de su chófer, quien

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conducía el convoy civil contra el que el ejército de la OTAN había abierto fuego

por error en el puente de Varvarin, a ciento cincuenta kilómetros al sur de

Belgrado. El avión se dirigiría luego a Londres para llevar el cuerpo sin vida de

dos jóvenes periodistas ingleses. Bonny Spencer, corresponsal para The

Independent, herida en el mismo incidente, había hecho el reconocimiento del

cadáver de mi madre.

Me llamó ella misma: ambas llevaban diez días en Pristina y aunque jamás

nos habíamos visto, solicitó comunicármelo. Me dijo que murió al instante, sin

sufrir; que, justo antes del ataque, mamá, con uno de sus walkman puesto,

tatareaba algo de Peter Gabriel. Fue fácil imaginármela cantando y moviendo la

cabeza de un lado a otro con los ojos semicerrados y sonriendo. Quizá incluso

bailando. Mi madre bailaba hasta sentada.


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Estuve a punto de preguntarle por su cuerpo. Si lo que me mandaban era

un guiñapo mutilado, destrozado, sin rostro. Pero pensé que a mi madre ésto le

habría importado realmente poco.


Como también decía - cuando le vaticinaba que moriría antes que ella,

preso en mis frecuentes crisis existenciales - que era de lo único que no estaba

dispuesta a hablar porque jamás estaría preparada para mi muerte.

- Además, Matt, no querrás perder la posibilidad de heredar algo - añadía

entonces con sorna -, siempre me has parecido muy interesado por nuestra

situación económica.

- Cierto - le contestaba yo entonces quisquilloso – pero, ya que estás tan

generosa y dispuesta a hacerlo, hazlo pronto. Antes de que te conviertas en una

vieja insoportable. Más, quiero decir.

- Es una posibilidad que me permitiría no sobrepasar los cuarenta años,

con lo que hoy sería un cadáver casi joven evitándome, además, la ardua

obligación de adaptarme a la sociedad que se vislumbra para el próximo milenio -

me había dicho una tarde de domingo poco antes de su viaje a Kosovo mientras se

estiraba en el sofá después de una plácida siesta.

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- Bien, mami, dejemos esta conversación sin interés y, dado que regresarás

a darme la lata ¿por qué no me haces un anticipo antes de irte? Estoy en las

últimas.

- Diez días suman cuatrocientos francos para todo, transporte incluido.

- He dicho un adelanto a cuenta de mi herencia, no de mi asignación.

- Ya lo he entendido, ¿o acaso crees que heredarás más?

- ¡Qué burra eres!

- Seguro. Pero si en lugar de volver viva, entera y coleando, te envían mi

fiambre, no olvides quemarlo.

Se fue el 28 de abril de 1999. La madrugada del 9 de mayo me llamaba

Bonny Spencer. Mi madre había muerto aproximadamente a las 3 de la tarde del

día anterior.

Hasta que amaneció, esperé despierto una llamada que reparara la noticia.

Serían las siete cuando llamé a mi abuela Solange, sintiéndome roto por mí

mismo, y por tener que hacerle tanto daño.

- La traen esta tarde, abuela.

Mi abuelo ni se enteró. Enfermo de Alzheimer, vivía recluido en sus

habitaciones mientras su mente navegaba por laberintos confusos.

- Tal vez sería mejor que te quedaras en casa, abuela. Descansa para ir esta

tarde al crematorio - le dije mientras comíamos.

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No quiso. A las dos, perfectamente arreglada, estaba dispuesta para recibir

el cadáver de su hija. No había derramado ni una lágrima desde mi llegada, sólo

me abrazó con más fuerza que otras veces. Durante la comida hablamos de mis

estudios; de una exposición de Miquel Barceló en el Centro Pompidou; de mis

amigos; de la vida en Cadaqués... Sólo cuando un oficial nos entregó los enseres

de mi madre, mi abuela se apoyó en mi brazo y, por primera vez desde que

empezó a formar parte de mi memoria, la vi minúscula, encogida por la

desesperación.

muerte.

Mi madre había dejado escrito que no deseaba ninguna ceremonia para su


A la salida del crematorio Pêre Lachaise, mi abuela estrechó la mano de mi

padre, luego la de Elías y se metió en el coche que nos esperaba. Pensé que a mi

madre le hubiera gustado presenciar aquel saludo. Al llegar a su casa la acompañé

hasta el recibidor y fue entonces, al despedirme, cuando vi sus ojos enrojecidos,

pero sonrió y, dándome un suave cachete en la mejilla, sólo me preguntó cuando

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iría a verla. Prometí llamarla al día siguiente tan pronto me hubiera ocupado de los

primeros trámites derivados de la muerte de mi madre.

- Cuídate Matt, y si necesitas algo, recuerda que nuestro abogado siempre

te podrá ayudar. ¿Qué harás con las cenizas?

- No te preocupes abuela. Todo irá bien.

Nunca sabrá que su hija descansa bajo un abeto situado en una esquina del

jardín del Museo Marmottan, a pocos metros de su casa; un lugar en el que mi

madre siempre decía que le hubiera gustado vivir.

Me acompañó Elías, quien contaba con la complicidad del vigilante del

museo para que al final de la tarde nos franqueara la puerta. Con una pequeña pala

hicimos un hueco, estrecho y profundo, y el cuerpo de mamá se deslizó

mezclándose con la tierra húmeda. Elías rellenó el agujero con hojas y tierra sobre

las que puso una piedra. Luego anduvimos en silencio hasta el principio de la calle

Passy.

- ¿Quieres cenar algo?

- No, gracias Elías. Mañana tengo un examen; intentaré estudiar.

- De acuerdo, Mateo. Estos días además tendrás que ocuparte de tu

abuela, pero estaremos en contacto. Cuídate.

Elías me dio un beso en la frente y subió a un taxi. Eran más de las ocho

cuando llegaba a casa pero madame Luise, nuestra portera, salió a saludarme.

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La muerte de mi madre me había convertido en un hombre. Monsieur

Cases. Bizarre. Tenía diecinueve años. Las semanas siguientes finalicé mi curso

académico; arreglé bajo la tutela de Elías varias de las disposiciones de mamá y

salí hacia Cadaqués. Allí empecé este relato que abarca diez años de memoria.

- Mamá, ¿la memoria duele?

- Pienso que en la memoria, Matt, las huellas del dolor nunca desaparecen.

La memoria, como todo, es injusta. Lo que sigue, ¿es como lo hubiera

contado mi madre, mi padre? ¿Es acaso como lo hubieran contado los perdedores,

los vencidos? ¿O es la fábula que cada cual precisa para sobrevivir a la memoria?

Como sea, una parte de este recuento es lo que, entre unos y otros, me han ido

relatando. Pero seguramente tampoco yo podré evitar hacer mi propia lectura,

sobre todo porque se trata de mis padres a los que tanto cuesta imaginar jóvenes,

despreocupados, enloquecidos, como uno mismo. Como yo mismo. Pero, no nos

entretengamos; el tiempo apremia. Porque al final de este recuento – justo o no –

sólo han de quedar las huellas. Y no tanto dolor.

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2.

Hace veinte años mis padres se casaron contra la voluntad de mis abuelos

maternos, los Beaumont-Rochelle, quienes pelearon con todas sus fuerzas para

que mi madre dejara a mi padre, estudiante de música, hijo de un inmigrante

republicano español, jubilado como modesto profesor de piano.

El idilio lo había descubierto la hermana mayor de mi madre, Charlotte,

quien los pescó achuchándose en un cine. Previo interrogatorio y solemne bronca

al enterarse de quién era el pretendiente, los abuelos rodearon a su hija de un

implacable dispositivo de vigilancia. Pero mi madre, quien no se caracterizaba por

un carácter sumiso, encontró mil trucos con los que soslayar el cerco. Por las

mañanas el chofer de mi abuelo la dejaba en la Escuela de Bellas Artes y a

mediodía la recogía. Cada tarde mi abuela la acompañaba a la escuela de danza

adonde la iba a buscar tras dos horas de clase ignorando que el pianista de la

academia era la causa de su preocupación. Cierto que un cuarto de hora entre clase

y clase no era mucho para sus ardores pero, entre esos momentos, otros

conseguidos con la complicidad de alguna amiga y notas ardientes, ellos

prosiguieron su relación desmesuradamente encendida por las trabas. Un año

después, dieron el salto. A mi padre le surgió la oportunidad de incorporarse en

una joven orquesta en la Provenza y mi madre se largó con él. Cuando días

después mis abuelos la localizaron, Alexandra de Beaumont-Rochelle ya se

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llamaba Alexandra Cases y se había instalado con mi padre en Chateaurenard, un

sencillo pueblo a pocos kilómetros de Avignon, residencia de muchos inmigrantes

argelinos que trabajaban en los viñedos.

Después de su separación, descubrí una caja cuyo contenido llegó a

obsesionarme: estaba llena de fotografías de mis padres mirándose lelos en la

playa; haciendo el idiota entre amigos o sentados en el pequeño jardín de “Les

roses”, nuestra casa en Chateaurenard, conmigo ya en medio. Eran muy guapos.

La belleza de ambos, intuyo, fue uno de sus males. A mi padre le consumían los

celos y, por su parte, él mismo sucumbía con frecuencia a la pasión que suscitaba

entre las mujeres.

Yo nací un año después de su boda y me llamaron Mateo. Mi padre

continuaba en la orquesta, pero, con pocas actuaciones durante el invierno, y

precisando más ingresos, despachaba en una gasolinera. Mi madre contribuyó en

la economía familiar trabajando por las mañanas en una pequeña galería de arte de

Avignon y, por las tardes, impartiendo clases de danza. Pese a las estrecheces,

siempre decía que fue una época fantástica y que en ningún momento echó de

menos su anterior vida en París; y que, cuando yo nací, todavía pensaba que nada

ni nadie podría acabar con nosotros. Sin embargo pienso que, al margen de que el

amor demasiado joven no fue capaz de resistir otros avatares, las complicaciones,

justamente, empezaron conmigo. Avanzado el embarazo, mi madre dejó de

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trabajar por lo que mi padre tuvo que añadir un tercer salario que obtuvo tocando

el piano en un bar musical de Avignon. Las escenas y las recriminaciones

empezaron a ser usuales: mi padre reprochaba a su mujer la carga que le

suponíamos así como la pérdida de libertad para ambos como pareja. Entonces

empezaron a distanciarse.

Pero un día concreto, estalló oficialmente la hecatombe. Una amiga, de

visita una tarde, se había ofrecido quedarse a dormir: así mi madre podría ir a

buscar a su marido y salir un rato con él.

En una esquina, a pocos metros del bar, estaba mi padre pegándose el lote

con una desconocida. Mi madre se paró delante como hipnotizada mientras ellos

continuaban retorciendo sus cuerpos. En un giro él dio un traspié y se encontró

frente a su mujer. La mañana siguiente mi madre cogió el portante y a mí y nos

fuimos a Cannes donde vivía mi bisabuela Claire, cuyo historial de juventud

superaba largamente el de mi madre. Al parecer nos quedamos en su casa el resto

de aquel invierno y toda la primavera. A mi padre, quien inició la búsqueda de

inmediato, le costó mucho encontrarnos porque lo que menos imaginó es que

mamá se refugiara en ningún miembro de su familia. Pero cuando descubrió

nuestro paradero, la acribilló a cartas a las que mamá no contestó. Al final se

presentó en Cannes pasando por la humillación de vivir en una casa de huéspedes

y visitándonos en la lujosa villa de Claire de Beaumont-Rochelle. Sin embargo,

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creo que a mi padre, en el fondo, aquella distancia, aquel nuevo reto, lo motivaba.

Cavilo que cuanto más inaccesible era mi madre, más la deseaba porque le

resarcía de todas las penurias pasadas por sus padres en París. Aunque esta

impresión sólo es conjetura mía. Lo cierto es que, antes de verano, nos instalamos

nuevamente juntos. No sé si mi padre era el mismo de antes de esta historia,

probablemente; pero mi madre volvió pletórica, y no por la insistencia de mi

padre, sino porque en esos meses de ocio y relajo, sobre todo económico, recuperó

la noción de su fuerza así como la certeza de la belleza de su cuerpo joven,

espléndido y dorado.

El siguiente otoño, abrió su propia galería en Avignon. Una iniciativa que

mi padre vivió como una traición: el dinero provenía de la bisabuela Claire, es

decir, de la familia que lo rechazaba y, además comprendió que su mujer iniciaba

una etapa de consecuencias imprevisibles pero que, en cualquier caso, y

claramente, la alejaban de su control.

Vivimos ocho años más en Chateaurenard durante los cuales mi madre no

se hizo de oro con su negocio, pero ganó lo suficiente como para sentirse por

primera vez independiente. En cuanto a mi bisabuela, nunca dejó de velar por ella

y a su muerte mamá heredó, entre otros bienes que con el tiempo fui

descubriendo, un piso en la avenida Ingres en París. Mi padre a su vez - aunque

nunca dejó de perseguir a mamá con sus celos -, gracias a los ingresos de su

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mujer, pudo dedicarse plenamente a la música. Durante los últimos tiempos de

Chateaurenard, empezó a dar modestos conciertos de piano en poblaciones

cercanas primero y, poco a poco, cada vez más lejos: Bordeaux, Poitiers, Saint

Etienne... Lyon fue decisivo. Allí tomó contacto con otros músicos con los que

formó una pequeña orquesta que él dirigiría. Para entonces hacía tiempo que no se

puede decir exactamente que viviera en casa: pasaba alguna noche y, otros días,

mamá lo acompañaba. Las pocas fotos que encontré de estos años son de tertulias

con sus amigos y, en casi todas, junto a mi madre aparece un hombre joven, rubio,

alto, muy guapo y espectacular con el pelo recogido en una cola: ¿Amante de

mamá? Con el tiempo he sabido que cuando papá estaba en casa, se dedicaba a

realizar un minucioso registro hurgando por todos los rincones en busca de

pruebas que delataran a mamá quien con los años resplandecía. Pero no me consta

que mi padre diera nunca con ninguna prueba que confirmara sus sospechas; ni

nada con lo que seguir alimentando sus celos que, sin embargo, persistieron.

Mis fotos preferidas son las de la playa: en estas siempre estamos mi

madre y yo. O yo solo; o, como máximo, con Mich, una pintora amiga de mi

madre de formas rotundas. Cuando le preguntaba a mi madre si Mich pintaba

bien, me decía que no había que tomar su trabajo como arte propiamente dicho,

pero que tenía una técnica correcta y que su gusto algo recargado encantaba a las

familias burguesas de la provincia. Mamá se lo pasaba en grande con Mich: le

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gustaba su risa fuerte y contagiosa, su carácter natural y le hacía gracia la frescura

con la que seducía a los hombres que se llevaba por delante. A mí también me

gustaba Mich, sobre todo cuando me apretujaba y mi cara quedaba apresada entre

sus senos.

Cuando murió la bisabuela Claire y mamá empezó a ir con frecuencia a

París, yo me quedaba con Mich quien también se ocupaba esos días de la galería.

Mich vivía con dos tíos. Y es que Mich era cojonuda. Años después, mamá me

explicó que, por aquel entonces, Mich se comportaba como un hombre Tanto, que

no sólo vivía con su pequeño harén, sino que además de traicionarlo con quien le

venía en gana, si uno de ellos se iba de parranda, lo dejaba en la calle un par de

días y luego, cuando lo dejaba entrar, se lo llevaba a la cama para tirárselo hasta

tenerlo bien encandilado. Momento en que le hacía un corte de mangas largándose

con cualquiera de sus otros amantes, digamos externos.

De los dos amantes con los que Mich vivía, siempre había uno que le

gustaba más: pues con éste todavía era más implacable. Una noche, cabreada

porque el preferido llegó cuando amanecía, Mich le tiró desde la terraza un

barreño lleno de agua sucia y se fue a dormir tan pancha dejándolo fuera hecho un

asco. Bien ¿no? Pero cuando mamá se iba, Mich lo dejaba todo y se instalaba en

nuestra casa. Mis recuerdos de estos días todavía son momentos muy

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desdibujados en mi memoria, lo que sé es por mi madre. Pero conservo alguna

imagen de Mich esperándome en la entrada del colegio Saint Joseph; otras de los

móviles de cartón que ella misma me hacía; de algún paseo en coche hasta la

playa... Aunque lo único concreto era mi obsesión por su cuerpo: la espiaba por

todos los rincones. ¿Se dio cuenta? Mich fue, además, la primera persona a quien

enseñé mis primeros textos de autor. Se los leía en voz alta y ella me escuchaba

con atención, comentando lo que ella creía debía mejorar o, por el contrario, lo

que más le había gustado. Y jamás se impacientaba, durara lo que durara la

lectura, que debía ser bastante porque yo me enrollaba un montón. ¡Menudo palo!

Cuando empezó el verano del 89, mamá me dijo que a final de agosto nos

instalaríamos una temporada en París. Todo estaba arreglado, me anunció una

tarde: había hecho obras en el apartamento heredado de su abuela de forma que

ocuparíamos la pequeña planta baja ya que el piso superior lo había alquilado; yo

proseguiría mis estudios en una escuela en Passy y ella trabajaría en una galería de

Saint Germain. Es decir, enormes cambios sobre los que no me había anticipado

nada. No, yo no estaba de acuerdo, pero ¿acaso

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existía alguna posibilidad para detener el tiempo? Lloré como un loco la víspera

de dejar Les roses, muerto de miedo. La vida, empezaba.

Los últimos días de mi primer septiembre en París, acabaron con un fuerte

viento que rugía entre los castaños que rodeaban las ventanas de nuestra casa y yo

me dormía cada noche oyéndolos murmurar. El recuerdo de estos días es casi

nítido; de hecho fue a partir de entonces cuando ya no pude hacer nada por

detener el tiempo y su memoria. De los años anteriores sólo me quedan

sensaciones. Mi mano hurgando en una arena blanca y finísima; el pelo de mi

madre suelto y mojado sobre la espalda; algún aroma..., imágenes difusas de ese

tiempo perfecto en el que la vida transcurría sin constancia. Pero aquel otoño todo

empezó a ser preciso y, aunque con frecuencia me instalaba en la inopia refugiado

en mis ensueños, pronto intuí que no había escapatoria, que había llegado el

momento de cumplir mi destino y existir.

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3.

Cuando los abuelos Beaumont-Rochelle localizaron a mamá, tres semanas

después de su boda, la abuela fue a Nîmes desde donde llamó a su hija. Parece que

se encontraron en el bar del hotel donde la abuela se alojó una única noche.

- Olvida esta historia Alexandra - le rogó mi abuela -, regresa a París y

viaja una temporada o instálate en Nueva York y estudia danza unos meses, un

año, el tiempo que precises. Siempre decías que lo harías antes de casarte. Hazlo,

por favor, porque este matrimonio no puede funcionar. El matrimonio es otra

cosa.

- Aunque no sea el marido que papá y tú esperabais, e incluso a riesgo de

equivocarme, quiero vivir con Daniel, mamá. ¿O acaso no soy yo quien ha de

comprobarlo? Es cierto que siempre pensé vivir un tiempo en Nueva York donde

tanto me hubiera gustado estudiar danza, ya lo sabes - aunque esta idea, si

recuerdo bien, tampoco te entusiasmaba -. Pero después de casi dos años de ver a

Daniel a escondidas nuestra relación se había vuelto obsesiva y sin más salida que

lo que ya está hecho.

- Podías haberme puesto al corriente de vuestros planes, hija, y os

hubiéramos ayudado, sólo que más tarde y de otra forma.

- ¿Poneros al corriente, dices? Daniel no existía para vosotros, ¿no lo

recuerdas mamá?

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- Alexandra, es tonto reprocharnos nada ahora.

- Es tarde, querrás decir.

Mi madre enfureció a mi abuela quien le anunció que, a partir de aquel

momento, no podría contar con ellos para nada. Me pregunto si alguna de las dos

imaginó – y valoró - que pasarían años sin verse.

Sé que, con el tiempo, mi madre comprendió de alguna forma el enfado de

sus padres, lo que nunca dejó de sorprenderle fue las implacables medidas y el

cerco que levantaron para interrumpir su relación con mi padre.


Cuando mi madre me dijo eso de que ‘sabía que ella no entraría en mis

planes’, pensé que le había dado una neura tonta y también algo dramática. Me

pregunté, incluso, si estaba en sus cabales; si no chochearía. ¿Cómo no iba entrar

en mis planes la mujer a quien más quería?

Mi nacimiento tampoco cambió las cosas. A excepción de la bisabuela

Claire, el resto de la familia parecía haberla olvidado. Fue Claire quien le

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comunicó que mi tía Charlotte, la hermana chivata, se había casado con un

banquero. Una boda a todo trapo con mil quinientos invitados. Claire se lo contó

después de la boda porque hasta el último momento albergó la esperanza de que

llamaran a mamá. Habían transcurridos cuatro años desde la huida y mis padres -

mi madre para ser exactos - vivía completamente desconectada de París. Pese al

episodio de mi padre a la salida del pub y

todo lo que vino después, no creo que, en aquel momento, añorara París; ni

tampoco otra vida.

Pero en mi familia había otro París: el de mi padre. Mis abuelos paternos

vivían en un pequeño piso en la calle de vielle Temple, en el Marais; un barrio que

a partir de los 80 se pondría de moda entre artistas y jóvenes ejecutivos quienes

rehabilitaron varios de los hoteles particulares edificados en el siglo XVII. Pero

cuando mi abuelo Pere Cases llegó en el 38, después de haber pasado cuatro

meses en el campo de refugiados de Argeles-sur-Mer, era una zona muy modesta.

En París lo acogió el matrimonio Borés huido de Barcelona inmediatamente

después de que los nacionales fusilaran a Didac, su hijo menor, miliciano

republicano. Los Borés le ofrecieron lo que tenían: un cuarto que compartiría con

Xavier, su hijo mayor. Mi abuelo tenía veintidós años y su único patrimonio era la

carrera de música. Pero no era momento de exquisiteces laborales así que entró

como repartidor en el taller de sastrería donde trabajaba el bisabuelo Borés. Poco

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después encontró otro reparto para las mañanas de los domingos en un horno de la

avenida Hausmann regentado por los Sholem, un afable matrimonio judío quienes

a su vez le ayudaron a encontrar alumnos a los que dar clases de piano.

Pronto mi abuelo se enamoró de Camila, la hija menor de sus caseros,

pero, avergonzado por su situación precaria, no se atrevía a decirle nada

contentándose con tenerla a su lado los domingos por la tarde, día en que salía con

Xavier y Camila a dar una vuelta y a tomar un refresco que a menudo compartían.

Un domingo que Xavier estaba enfermo y mis abuelos salieron solos, mi abuela se

le declaró. Tú sólo dime si me quieres, parece

que insistió ella.

,

contestó mi abuela enamorada.

Cinco meses más tarde se casaban quedándose a vivir en el piso del

Marais. Poco después, también se casaba Xavier Borés con Paulette, una chica

francesa, hija única de los dueños de una tintorería ubicada en el distrito de Saint-

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Honorê: un pequeño salto económico y de inserción social para unos sencillos

inmigrantes. Pero la novia estaba embarazada y sus padres tragaron y hasta

pagaron el convite.

Mis abuelos y los Borés no sólo sobrevivieron a las penurias y al miedo

que invadió la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial sino que además

mantuvieron escondido a Elías Nathan desde que los alemanes se llevaron a sus

padres y a su hermana. Elías se salvó por los pelos y por la azotea de la vivienda

de los abuelos. Cuando su familia dormía, él acudía a ese terrado, lugar de

ingenuas citas clandestinas con una niña judía, vecina de escalera de los Borés.

Una noche, al oír ruido y un camión que paraba delante de la casa, Elías,

instintivamente, se escondió; ella, asustada, bajó. Se la llevaron a gritos y golpes

con sus padres y con la familia Nathan. Amanecía cuando Elías llamó aterido a la

puerta de mi familia. La bisabuela lo había visto mil veces por el barrio: recordaba

que charlaba por los codos y que conseguía propinas haciendo pequeños recados o

acompañando a los ancianos a sus casas. Y también conocía a su padre, un médico

judío alemán que ya no pudo ejercer en París pero a quien los vecinos acudían con

frecuencia.

Cuando acabó la guerra, Elías casi no hablaba. Pese al cariño de toda la

familia, él había vivido no sólo recluido, sino casi ausente. En la medida de lo

posible, y de la clandestinidad necesaria, mis abuelos le procuraron libros con los

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que le ayudaron a seguir las materias escolares que le hubieran correspondido.

Cuando las tropas aliadas entraron en París, mi abuelo salió a recibirlos con Elías

sentado sobre sus hombros. Los vecinos se quedaron pasmados al saber que aquel

niño era el hijo del doctor Nathan ya que, durante el tiempo que permaneció

escondido, jamás lo vieron por lo que nunca dudaron - hasta olvidarlo - que Elías

había sido deportado con sus padres.

Unos meses después de la liberación, no había ninguna duda acerca de la

muerte de todos los Nathan: la madre y la hermana de Elías, en Dachau; el padre,

en Flossenbürg. Mi abuelo empezó entonces la búsqueda de otros parientes.

- ¡Déjalo estar! - le suplicaba mi abuela, deseosa de quedarse con Elías.

- No podemos - le contestaba el abuelo -: debe tener una familia.

- ¿Y nosotros? - le increpaba ella - .¿Cuánto hemos de esperar para tener

un hijo que nadie se pueda llevar?

- Lo tendremos cuando muera Franco - contestaba siempre él.

Mi abuelo encontró a un tío de Elías en Chicago quien fue inmediatamente

a París a recoger a su sobrino al que, aún sin constancia, creía muerto. Aquel

chico no sólo era lo único que le quedaba de su hermano sino de cuantos Natahn -

incrédulos ante la amenaza nazi – optaron por quedarse en Europa.

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- Será un hijo más - aseguró a aquella familia infinitamente afligida por

la partida de Elías – . Y para ustedes también, se lo aseguro: los judíos

nunca olvidamos.

A mi bisabuela y a mi abuela les regaló sendos anillos de platino con un

pequeño diamante. En el interior había grabado: le haim.

La bisabuela murió a los cincuenta y seis años la Navidad de 1947 de un

cáncer que se la llevó en quince días. Su marido, dos meses después de un infarto.

Ahora me doy cuenta de que no eran viejos, sólo mayores. Y tampoco tanto. Pero

uno y otro estaban exhaustos por el dolor instalado hasta el último rincón de su

alma por la muerte de su hijo Didac; y por ver a España en manos de Franco; y

por la ausencia de Elías y porque el tiempo pasaba y mis abuelos no tenían hijos.

Existían también otras minucias - que en otras condiciones no hubieran sido sino

puñetas, como hubiera dicho la abuela Camila -, como el inaguantable talante de

su nuera Paulette quien los miraba con una mal disimulada condescendencia desde

su condición moi, je suis parisien, recordándoles sin tregua la dificultad de

sobrevivir desde su condición de exilados.

Por toda esta suma de carencias, pienso que dimitieron muriendo. Yo también lo

hubiera hecho.

En 1949 el abuelo pudo al fin entrar como profesor en el Conservatorio de

Música de la calle de Madrid. Cinco años más tarde mi abuela se plantó: quería un

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hijo. Acababa de cumplir treinta y seis años y veía que había Franco para rato y a

ella Franco ‘se la traía floja’, le dijo a mi abuelo.

- ¿CÓMO QUE TE LA TRAE FLOJA? - bramó el abuelo -. ¿Acaso has

olvidado que tu hermano ha muerto y que Cataluña no existe?

- Me la trae floja porque, aunque Franco dure cien años, mi hijo le

sobrevivirá y se pegará el gusto de verlo morir y de ver renacer

Cataluña. Y sino, cuenta.

El abuelo, al fin, cedió.

- Pero con una condición: si es chico se llamará Lluis y si es chica,

Llüisa.

- Además de que no sé a qué pitos tenemos que llamar Lluis a nuestro

hijo, aquí la ‘ll’ no existe - replicó mi abuela.

- Los pitos por los que se llamará Lluis es por Companys, por Lluis

Companys ¿te suena? Y la ‘ll’, será para cuando volvamos a Cataluña.

Mientras, los franceses, que lo pronuncien como quieran.

Mi padre tardó tres años en llegar. Cuando nació, el abuelo estaba tan

conmovido que ni rechistó cuando la abuela – colmada al fin su ternura - le pidió

que lo inscribiera como Daniel Lluis Cases.

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Mi padre aprendió a hablar en tres idiomas: en francés, obviamente; en

catalán, con su padre y en español con su madre. El abuelo, más visceral que la

abuela, protestaba sin cesar contra el idioma del imperio fascista - como llamaba a

España - pero la abuela, posiblemente por su condición de maestra, veía, por

encima de cualquier connotación política, ventajas didácticas.

Cuando años más tarde mi padre apareció por la puerta con su novia, los

abuelos se quedaron estupefactos.

- ¿Te has vuelto loco? – exclamaron -. Esta no es una mujer adecuada

para ti. ¿Sabes quienes son sus padres, y cómo y dónde vive tu novia?

Las clases sociales existen y uno debe atenerse a lo que es posible.

Pasando de cualquier objeción y justamente deslumbrado por la belleza de

su novia pero también por lo que significaba, mi padre le propuso a mamá la

huída a Provenza. Alguna vez he hablado con mi madre acerca de los orígenes de

mi padre y de sus visitas al piso de mis abuelos, tan sencillo como el de los

porteros de cualquier inmueble del distrito XVI, donde ella había vivido con sus

padres.


zapatillas de lana. Y también recuerdo el olor de la cocina, filtrándose por toda la

casa; y lo que me sorprendió su vejez, más evidente por los escasos medios con

los que había vivido. Pero no, no te puedo decir que nunca me sintiera incómoda.

Me hacía mucha gracia la pasión con la que tu abuelo me hablaba de Cataluña y

también de su llegada al Marais: de cuando repartía trajes y pasteles; de todas las

dificultades agravadas por la Guerra Mundial; y de cómo ocultaron a Elías. Tus

abuelos, Matt, no sólo son buenos y muy valientes sino que alguien con quien

siempre he podido hablar de mil cosas porque, aunque no tuvieran una cultura

cosmopolita, han sido inquietos, atentos a cuanto sucedía y buenos lectores. Con

ellos aprendí que existen mil formas de vida y que todas debían interesarme si

quería enfrentarme al mundo. Matt, no dudes nunca en mirar más allá de lo que

te rodea.>

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4.

Las primeras semanas en París, viví en un permanente acojone. En

Chateaurenard y en Avignon conocíamos a todo el mundo, por lo que mi madre

me dejaba ir solo a un montón de sitios; en París, en cambio, me pasaba solo un

montón de horas. Suerte que Mich seguía siendo mi mejor aliada y mi canguro

telefónico. Mich llamaba casi cada tarde contándome las novedades de nuestros

amigos y, a su vez, quería que yo le enumerara las nuestras. Pero cuando le decía

que en París nunca pasaba nada se mondaba anunciándome que ya me daría

cuenta de que sólo sucedían cosas en las grandes ciudades. A lo que yo le

contestaba que no, que lo que había era más cosas: más edificios, más coches, más

tiendas, más cines, más de todo, en suma. Pero como tenía que esperar a que

mamá tuviera tiempo para ir a cualquier parte - y ella iba de bólido todo el día –

pues que nunca pasaba nada porque nuestras salidas se limitaban a los domingos.

Cada domingo mi madre me enseñaba un trozo de París. Aseguraba que

como teníamos toda la vida, no había que devorar París de golpe. Creo que desde

entonces sé que nunca hay que contar con toda la vida para nada. Pero el recuerdo

de estos domingos con mi madre, y, sobre todo, el deseo de estar a su lado

percibiendo su perfume y la calidez de su mano, todavía hoy, es intenso.

Las primeras imágenes diáfanas de mis abuelos paternos, provienen

también de estos días. Cuando nos instalamos en París, tenían casi ochenta años y

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prácticamente sólo salían con nosotros. Ambos eran extremadamente delgados y

dice mi madre que todavía se mostraban vitales y muy graciosos. En 1978

hicieron al fin su primer viaje a Barcelona. El abuelo, entonces, después de tan

larga ausencia, empezó a hablar con determinación del día en que regresarían

definitivamente. Pero la abuela lo fue frenando con excusas, preocupada y

pendiente de mi padre y de nuestro futuro.

Aquella semana de otoño en que oí rugir los castaños, desaparecieron de

casa todas las pertenencias de mi padre. Me di cuenta de inmediato porque una

tarde, al regresar de la escuela, sobre el piano, habitualmente cubierto de sus

partituras y carpetas, no había nada. Algo que nunca había sucedido aunque

durante semanas no apareciera por casa. Cuando llegó mi madre, yo ya había

inspeccionado todos los armarios y hasta un pequeño altillo. Acabado el registro,

no tuve ni la menor duda: papá no volvería. Aquella noche dormí mal, abrumado

por sentimientos contradictorios. Pero, conforme iban pasando los días, la culpa

por desear tanto estar a solas con mi madre, se disipó dando paso a un imperativo

sentido de posesión. El día de Nochebuena fui con mamá a casa de los abuelos y

al encontrar allí a mi padre me pasé toda la velada temiendo regresara a casa. Sólo

al comprobar que mis temores eran infundados, nada más cruzar la puerta de

nuestro pequeño habitáculo, rompí a llorar compulsivamente.

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Nunca saqué a mi madre de su equívoco. Jamás le dije que mi llanto había

sido una explosión de alegría.

Pese a la insistencia de Mich de que en París pasarían grandes cosas a las

que debía estar alerta porque cambiarían mi vida, yo me pasaba el día en el

colegio y en casa, con el único aliciente de que dos tardes a la semana venía

Âdele, mi profesora de piano. En un principio, Âdele no me pareció tan divertida

como Mich, por ejemplo. Pero, un día, le puse mi mano en la pantorrilla - que era

lo que más me interesaba de aquellas clases - y ella ni se inmutó. Al día siguiente

igual y el otro, y el otro, hasta que empecé a subir y le toqué las bragas. Con los

días, ella misma me fue enseñando a manejar la mano con tanta habilidad que a

los nueve años ya sabía cuál es el punto más erógeno de una mujer: el tan buscado

punto “G”. Aunque fue una sabiduría de la que no fui consciente hasta varios años

después.

Algún día mi madre llegaba en el mejor momento, pero nunca sospechó

nada porque nuestros juegos - ¿cuánto debían durar, cinco, siete minutos? -

siempre sucedían al finalizar la clase y sin movernos del piano. Y, si aparecía mi

madre, mis dedos volvían rápidamente al teclado. Luego Âdele solía quedarse un

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ato hablando con mamá con tal desparpajo, tan dicharachera y locuaz que más de

una vez temí si no le estaría explicando a mamá mi habilidad bajo el teclado.

Desde luego hay que ser idiota. Si me llega a pescar con unos años más... En fin.

No deja de ser cierto que mis clases con Âdele fueron excepcionales y la primera

cosa realmente apasionante que me sucedió en París. Pero las tardes que me

quedaba solo como una mona esperando a mi madre, añoraba tanto nuestra vida

en Les Roses que ni Âdele compensaba aquella pérdida. Total - me decía - deben

haber otras Âdeles por estos mundos sin necesidad de vivir en una gran ciudad

donde los únicos que parecen pasarlo bien son los mayores, y siempre que no

lleguen a viejos, porque a estos nada les aterra más que salir a la calle. Vaya,

ninguna ventaja.

En primavera llegó otro acontecimiento: iría a Londres con mis abuelos

quienes viajarían unos días para reunirse con Elías Nathan, el niño judío. Por más

que evoco Chateaurenard, él nunca no aparece. Claro que de esa época hasta el

recuerdo de los abuelos es difuso, pero en París Elías estaba en todas partes: en la

conversación, en el correo, en las fotos... Y, por su parte, él nunca olvidó a mis

abuelos a quienes escribía encabezando las cartas por ‘queridos padres’.

Neurólogo y psiquiatra, Elías Nathan vivía habitualmente en Nueva York,

distancia que nunca le impidió visitar cada año a mis abuelos y, cuando éstos

empezaron a ir a Barcelona, no sólo les acompañaba sino que les costeaba el viaje.

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En su momento, también Elías intentó convencer a mi padre de que atrasara su

boda con mamá con la tentadora propuesta de pasar una temporada con él en

Estados Unidos y ampliar sus estudios. Y es que Elías ejercía tanto de hijo con

mis abuelos como de hermano mayor con mi padre, quien apreciaba sinceramente

su criterio. Salvo esta vez que nada ni nadie pudo disuadirlo.

Lo que más me interesó de ir a Londres fue viajar por primera vez en

avión. Todavía conservo la libreta en la que fui anotando mis impresiones del

viaje. Un ejercicio de escritura y memoria que nunca más he abandonado.

Mientras el avión cruzaba el canal de la Mancha y el piloto nos iba explicando la

situación, la altura, la temperatura y velocidad, yo lo anoté añadiendo: “este avión

vuela muy despacio, espero lleguemos hoy como me han prometido.”

En el primer recuerdo, la imagen de Elías es la de una persona tan mayor

como mis abuelos. Su mujer, en cambio, me produjo otra impresión. Tal vez por

ser mujer, por sus cabellos rubios y el maquillaje... No sé. Pero lo cierto es que

Elías tenía cuarenta y cuatro años y Dinah, su mujer, treinta y nueve. Ahora puedo

ver claramente que Elías parecía, incluso, más joven de lo que era y también la

evidencia de su enorme personalidad. De este viaje, conservo fotos delante del

Duke’s Hotel, donde nos hospedamos; de nuestros paseos por Hyde Park,

Portobello y Picadilly Circus; de nuestra visita al zoológico y alguna en

Hammersmith, frente a la casa que Elías y su mujer habían alquilado para vivir un

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año con sus dos hijos: tiempo previsto por Elías y por Edouard Scott-Brown, un

eminente psiquiatra londinense, para escribir un libro sobre las patologías

mentales derivadas de los malos tratos y abusos.

Hay una foto preciosa de Elías con mi padre, quien nos acompañó en este

viaje. Sentados en un pequeño embarcadero junto al Támesis, ambos están

descalzos y con los pantalones arremangados. Los dos de perfil, a mi padre la

toma evidencia unas facciones armoniosas enmarcadas por el cabello muy corto y

oscuro. A Elías una mecha de pelo claro y ya algo entrecano le cae sobre la frente.

Lleva gafas con montura redonda y pequeña, parece liviana, tal vez de metal.

Elías parece escuchar atentamente a mi padre con la barbilla apoyada sobre su

propia rodilla, doblada bajo su cuerpo. El río brilla en el fondo.

Aquellos días en Londres resultaron determinantes para nuestro futuro

inmediato. Antes de ir a Chateaurenard con mi madre, pasaría todo julio con Elías

y su familia en Londres; entretanto, mis abuelos irían a Barcelona viendo cuantas

casas fueran precisas hasta que encontraran una que les convenciera sin más

excusas y así cumplir su deseo de regresar a Cataluña. Un obsequio de Elías, el

hijo que jamás perdieron.

Al regresar a París, todavía me esperaba otro gran acontecimiento, como

hubiera dicho Mich. Nada más salir de los cinturones, encontré la ciudad plagada

de vallas publicitarias con una foto de mi madre: sentada como una geisha, entre

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sus piernas había una inmensa botella de una conocida marca de perfume. Suaves

mechas de su pelo largo y cobrizo reposaban sobre el recipiente y el cutis,

blanquísimo, aparecía sin rastro de sus minúsculas pecas. Su cuerpo,

probablemente desnudo, quedaba escondido tras la etiqueta dorada del recipiente;

los brazos y manos, también muy blancos, descansaban sobre la base y sus ojos

glaucos se clavaban felinos en los tuyos, miraras desde el ángulo que miraras. En

mi memoria permanece la cólera que me produjo compartir tanto.

32


5.

Aquella primavera mi madre había empezado a trabajar en el estudio del

fotógrafo Hugo Theuler, el mismo que le había hecho la foto del perfume. Pero

aquella imagen que yo había vivido como una traición, y por la que renegué

mucho tiempo, sólo había sido un trabajo puntual puesto que lo que realmente le

interesaba era aprender fotografía, un campo creativo en el que deseaba

especializarse.

Entrado junio, hicimos una breve escapada a Avignon para firmar la venta

de la galería, cumpliéndose mi sospecha de que mi madre, poco a poco, iría

cerrando las puertas que accedían a mi infancia. Un reproche que no llegué a

expresarle porque al llegar a nuestra casa de Chateaurenard, me sorprendí a mi

mismo al comprender que me sentía como un extraño. Pese a que me gustó triscar

por sus calles, visitar a nuestros vecinos, entrar en las tiendas en las que solíamos

comprar y sobre todo ver a Mich, yo era otro. En sólo unos meses me había

convertido en otro. Y eso sí dolía.

Mich ayudó a mi madre a recoger cuanto quedaba en la galería. Los

cuadros que no se habían vendido los depositaron en un galerista de Nîmes y la

última noche nos fuimos los tres a cenar a Sète donde mamá me hizo una foto con

Mich. Temprano, la mañana siguiente, a punto de arrancar hacia París, Mich me

prometió venir en cuanto acabara mis clases.

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- ¿Y porque no vienes ahora? - le supliqué.

- Primero he de organizar mi guardería, Matt. No llores, tonto, pronto

estaré en París.

- Mami ¿si Mich tiene una guardería, por qué no me has llevado nunca? -

le pregunté extrañado.

- Matt, la de Mich no es una guardería para niños como tú.

La guardería a la que Mich se refería, y de la que supe unos años después,

eran sus dos últimos amantes: Peter, un austríaco de dicienueve años que estaba

recorriendo Europa en bicicleta y Alain, un chico de veintitrés, hijo del dueño de

un gran taller de carpintería de Avignon. Mich tenía entonces treinta y tres años y,

pese a lo que fui conociendo de su pasado, de su niñez herida, aún me pregunto,

puestos a jugársela, por qué no se había casado como mamá: con muchos números

para el fracaso, pero en el contexto de una historia romántica. Mich siempre tan

calurosa, rebosante de vitalidad y de afecto maternal, colmaba éste con amantes

cada vez más jóvenes a los que protegía y mantenía hasta que ella misma se

cansaba o hasta que ellos acababan yéndose. Mi madre nunca le cuestionó a Mich

la forma en que resolvía sus afectos y carencias, pero la incorporación de Alain,

cuya adicción a las drogas había convertido el hogar de sus padres en un nido de

conflictos y de acusaciones mutuas - y que no podía aportarle a Mich más que

problemas de toda índole -, la asustó hasta pedirle que lo dejara.

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madre.

- Sé que te va a sorprender, Alex, pero Alain no es cuestionable. Es cierto

que, al inicio de nuestra relación, todavía estaba muy enganchado pero,

cuando quiso vivir conmigo, lo único que le pedí fue que se dejara ayudar.

Y lo está haciendo: acude al hospital, la metadona funciona y todo va bien.

Está controlado, de verdad. Ahora no lo puedo dejar. Es más, si Peter

continúa en casa es sólo como amigo y, ahora, de ambos. Pero, lo más

importante, Alex, es que, por primera vez, tengo un proyecto de pareja:

Alain y yo hemos hablado de tener hijos. Todavía habrá que esperar unas

semanas, tal vez algunos meses, incluso, pero es algo que me consta desea

profundamente y hará cuanto sea preciso.

- Pues ayer después de cenar se fumó dos porros seguidos – apretó mi

- No querrás que lo deje todo de golpe – se revolvió Mich -. Si le acoso

demasiado lo único que conseguiré es repetir las broncas que ha tenido con

sus padres y que de nada le han servido.

Quedó acordado que Mich vendría a París en quince días para quedarse

otros tantos con nosotros. Mamá le pidió que utilizara estos días para tomar

distancia de Alain y reflexionar. , asintió ella.

La estancia de Mich fue lo mejor de aquel año en París. Su llegada a la

Gare de Lyon ya fue apoteósica: como era más alta que mamá nos divisó antes y

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desde el final del andén profirió un ¡¡¡Aleeeex!!! con más decibelios que los

altavoces de la estación. Llevaba el sombrero de flores que se ponía cuando

pintaba en la calle, vistoso y lleno de humor; un vestido largo y rojo y los collares

y brazaletes de cuentas multicolores con los que decía que ahuyentaba a los

malos espíritus.

Mamá corrió hacia ella conmigo agarrado de su mano y se abrazó fuerte a

Mich desapareciendo literalmente entre los muelles de su cuerpo. Luego llegó mi

turno y entre sus brazos olí su piel tan querida, con aquel aroma a pachulí que me

acompañaba desde la cuna. Sí, fueron unos días perfectos pese a los múltiples

trastos de Mich rondando por toda la casa, pese al sofá-cama del salón, siempre

abierto, y a que mamá y ella se encerraban a hablar en el cuarto de mamá como

dos idiotas puesto que se las oía desde cualquier punto de los sesenta metros

cuadrados en los que vivíamos. Pero era muy gracioso verlas juntas, sobre todo

cuando bailaban como dos chaladas al son de un antiguo disco de Ornella

Vanoni, Vinicius de Moraes y Toquinho que ponían una y otra vez, sorteando en

las sambas los múltiples obstáculos esparcidos por doquier. O cuando cantaban

abrazadas como dos amantes en los temas más románticos. ‘Il semaforo, il

semaforo… io ti cerco se vuoi, ti prometo…,’. ¡Dioses! Cuán precioso fue aquel

tiempo. Debí estar más atento, y retener cada instante.

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Desde que mamá empezara a trabajar con Hugo, sus horarios de trabajo

cambiaron de forma que algunos días ni la veíamos el pelo y otros, en cambio, los

tenía completamente libres. Pero durante los días que Mich estuvo en París,

ambos nos montamos nuestra vida de forma que recorrimos casi todo cuanto

mamá y yo habíamos visitado - utilizando todos los domingos de aquel invierno -

porque lo que Mich sí tenía claro es que el tiempo no era algo con lo que se podía

contar. Al atardecer, mamá solía reunirse con nosotros en un salón de té próximo

a casa, justo delante de la antigua estación de tren de Passy: el Yamazaki,

propiedad de un japonés que hace un chocolate y unas pastas que te mueres. Pero

también hubo algún día extraordinario en los que mamá nos llevó a Mich y a mí

al plató donde aquella semana fotografiaban a un grupo de baile. Esos días Mich

disfrutó mucho ayudando a todos un poco: fuera sosteniendo los paraguas para

matizar las luces, peinando a los bailarines o yendo a buscar refrescos. Mientras,

yo lo observaba todo desde un rincón, fascinado por aquel escenario espectral. Me

parecía una especie de limbo donde los bailarines repetían, como por castigo

divino, una y otra vez, el mismo movimiento hasta que Hugo exclamaba ¡ya la

tengo!, tal vez tras más de una hora de repeticiones. Los días siguientes escribí

unos cuentos que todavía hoy conservo: “Historias desde la antesala del cielo y el

infierno”, se llaman, y durante toda la adolescencia detesté al autor de nueve años

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que los había escrito, acusándolo de místico de pacotilla. Pobre Mich, ¡pensar que

se los leí todos y aguantó!

Los paseos por el mercado de Passy, por las tiendas de segunda mano del

Marais o la noche que mamá nos invitó a cenar al Lucas Carton, son varios de los

mejores momentos de aquellos días pero, con una clara ventaja, gana el domingo

en que Mich se empeñó en ir a pintar retratos a los turistas en la Place du Tertre.

Como pensé que nadie iba a hacerle caso, me ofrecí acompañarla urgiéndole a

salir temprano de casa para coger un buen sitio.

Pasó más de una hora en la que Mich no se comió un rosco y en la que,

además, tuvo que aguantar una manifiesta hostilidad de algunos artistas habituales

que la obligaron a cambiar su taburete y enseres varias veces. Entonces Mich,

aburrida, me dijo que me sentara que me dibujaría a mí. A punto de terminar,

llegó mi madre con Hugo que fue el siguiente. Mientras me dibujaba, varias

personas ya se habían parado para ver cómo nacía mi cara entre sus lápices: es

conocido que un niño siempre enternece. Pero Hugo, con su aspecto de vikingo

imponente, fue determinante. Antes de acabar su retrato, Mich ya tenía dos

personas esperando, y luego dos más , tres..., y así hasta las cuatro de la tarde

momento en que paró porque quiso y porque con más de seis mil francos en el

bolsillo estaba radiante. Y es que Mich era realmente genial. Sus retratos, sin los

colorainas que ponía en los óleos y acuarelas, estaban francamente bien y además

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a los clientes les encantaba su risa contagiosa, su afición a entretenerles con sus

ensoñadores pronósticos de pitonisa y el guiño cómplice con el que los ataba a su

caballete, el mismo que había tenido su padre y por el que se había convertido en

el retratista de calle más buscado de Avignon hasta que su última amante lo dejó y

él, exhausto, se zampó tres botes de barbitúricos.

Mamá dice que fue a raíz de la muerte de su padre cuando Mich decidió

que lo mejor era vivir con dos amantes y no hacer nunca planes, tal vez herida

desde la infancia por su condición de hija de madre desconocida. Sí, ya sé que

suena raro y que en la paternidad, si hay alguien anónimo, éste suele ser el padre,

pero no en el caso de Mich, quien sólo conservaba en su segundo apellido la

presencia de la madre: una chica de Florencia que a los diecisiete años no se sintió

capaz de formar una familia abandonando Avignon y a Claude Béziers seis días

después de que naciera la hija de ambos. Su padre inscribió a Mich como Michèle

Béziers Corbi.

Hasta los diecinueve años, Mich conoció a un montón de candidatas a

madres; amantes de su padre quien, pese a desear formar una familia y conseguir

una presencia femenina que cuidara de Mich, trastornado por lo sucedido con Ada

Corbi, hacía polvo cualquier relación. Dicen que la madre de Mich era una

explosión de belleza latina por la que su padre, cerca ya de la cincuentena,

enloqueció. Cuando Ada le anunció su embarazo, aquel hombre que había tenido

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mil mujeres sin que se decidiera a detener su paso junto a ninguna de ellas, hizo

planes para los tres, obras en la casa y le pidió a Ada que se casaran cuanto antes.

Pero Ada le dio largas, le dijo que no fuera gafe, que se podía malograr el

embarazo y que ya se casarían cuando la criatura hubiera nacido. Claude Béziers,

habituado a las múltiples supersticiones de Ada, accedió y durante todo el

embarazo se comportó como un hombre nuevo, pletórico, casi metódico y lleno de

atenciones hacia la futura madre. Entretanto Ada, quien tenía una complexión

maciza - muy parecida a la que tendría Mich -, comía, bebía y fumaba

compulsivamente sin que Claude percibiera la posible angustia que se escondía

tras estos excesos. La noche del mismo día que llegaron de la clínica, Ada

desapareció para siempre dejando a Claude una nota escuetísima; la justa para que

no la buscara imaginando un percance, y anotándole la hora en que debía dar a la

niña el siguiente biberón. El padre de Mich la buscó por cuantos sitios imaginó

podía estar escondida, excusando su ausencia a una maternidad demasiado joven y

a una posible depresión posparto. Pero cuando comprendió que Ada no volvería,

pasó una semana entera borracho como una cuba y llorando más que aquella

recién nacida abandonada. De aquel dolor nació un hombre distinto, más

excéntrico que bohemio, completamente abstemio, reacio a las juergas de las que

tanto había disfrutado, y nada dispuesto a demostrar ningún afecto a cuantas

mujeres pasaron luego por su vida. Si hubo alguna que le pareció adecuada para

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estar con Mich, se limitó a tratarla con menos sequedad, con mejores modos y

hasta algún obsequio. Pero todas acababan abandonándole, incapaces de resistir

aquella herida que tanto lo atormentaba. Sin embargo, y en los límites de su

propia naturaleza, fue un buen padre para Mich con quien era capaz hasta de

desbordar ternura. Cuando murió, Mich buscó hasta la desesperación, entre el lío

que eran sus pertenencias y recuerdos, alguna foto de su madre, pero no la

encontró: Claude las había roto todas. Sin embargo, en una antigua carpeta,

apareció un dibujo con una hermosa joven encinta. Sí, coincidieron cuantos la

habían conocido, ésta es Ada. La fecha anotada era justo la de la víspera de su

nacimiento.

Mich, enmarcó el dibujo y sobre el cristal escribió: Wanted

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Busilis

1.

La perspectiva de pasar el mes de julio con los Nathan, me producía

pánico. Habían existido otros momentos de separación de mi madre en los que me

quedaba con Mich, con mis abuelos o con mi padre, pero jamás tanto como un

mes lejos de aquel círculo de protección y afecto. La víspera de mi marcha cené

con mis padres y mis abuelos. Recuerdo a la abuela refunfuñar porque el abuelo,

exultante porque se acercaba el fin de su exilio, bebió más de la cuenta. Yo no

abrí el pico en toda la noche. El miedo por perder a mi madre, a quien había oído

hablar de varios viajes y unos días en Barcelona, me inquietaba en extremo. Al

llegar a casa le pedí que me dejara dormir con ella.

- Como en Chateaurenard, insistí al ver que dudaba.

- Te dejaba porque no tenías la cara de mono que se te está poniendo. Pero

Matt, ¿no te das cuenta de que creces? Está bien, quédate, pero será la

última vez. ¿De acuerdo? Haremos la despedida de tu niñez.

Me acosté antes, esperándola despierto. Atento a sus movimientos entre la

salita y mi cuarto. Al rato, entró con sigilo y me besó en la frente. Luego se

durmió dándome la espalda. La luz de la noche de verano me permitía entrever la

forma de su cuerpo de ondas suaves y tenues. Y yo sentí cuánto la amaba y

deseaba, ignorando dónde me podía conducir aquel amor desmesurado. Al fin me

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dormí y cuando me di cuenta ya había pasado el control de pasaportes con un

cartel colgado de mi cuello que acreditaba quién era aquel idiota, ignorando que el

idiota hablaba y que sabía identifircarse.

Así llegué a Heathrow donde encontré a Elías Nathan esperándome con

su hija Yael, una niña de once años que me pareció muy guapa. Sentada al lado de

su padre, Yael se pasó el trayecto observándome a través del espejito

embellecedor. Al llegar a Hammersmith no había nadie en la casa pero, sobre la

mesa de la cocina, Dinah nos había dejado té frío y unas pastas riquísimas que

Yael y yo devoramos en un santiamén mientras continuábamos escrutándonos.

Luego Elías me condujo a mi cuarto indicándole a su hija que me ayudara a

acomodarme. Ambos hablaban fluidamente el francés pero Elías me advirtió que

durante aquel mes sólo hablaríamos en inglés.

Mi cuarto estaba en el último piso: una buhardilla de techo bajo, pero

espaciosa y cálida. El sol de primera hora de la tarde entraba por el pequeño

balcón que daba sobre el río iluminándolo todo con matices de diversa intensidad.

- Es bonito ¿verdad? - me dijo Yael, acodados ambos en el balcón -, es mi

cuarto preferido y el de papá también, por eso lo quiso para ti y ya no dejó

que nadie se instalara.

- Lo siento, ¿estás enfadada?

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- Al principio sí, pero mi padre me explicó que si él sobrevivió a la guerra

fue gracias a tu familia y que por ello nuestra deuda es enorme y para

siempre. Además, ¿me dejarás subir, verdad?

Pensé que Yael y yo nos íbamos a entender muy bien dándome cuenta, al

tiempo, de que no me sentía en absoluto infeliz, como tanto había temido.

- ¡Mira! – exclamó de pronto impaciente -: en esa barca llega mamá con

mi hermano Max, bajemos al embarcadero. Luego arreglarás tus cosas.

Así empezaron cuatro semanas fantásticas con largos paseos en bicicleta,

meriendas en el río, horas de lectura en el pequeño jardín junto al Támesis, y,

algún día, cenas e incursiones por Londres con Elías, Dinah, Yael y Max. Éste

último, desde la autoridad de sus catorce años, se mostraba simpático y protector

conmigo, pero apenas lo veía porque siempre estaba con Steven, el hijo del doctor

Scott Brown. Ambos salían temprano a pasear por el río y cada tarde iban a

Londres regresando luego con sus padres. Con frecuencia las veladas terminaban

en cenas compartidas por las dos familias en una u otra casa y, antes de acostarse,

Elías y Max solían dar un último paseo. Y yo, desde mi cuarto, observaba aquella

complicidad que desconocía con una punzada de envidia, aunque casi nunca pude

recrearme en mi desgracia porque a esa hora aparecía Yael a rescatarme. Con la

casa en silencio, y todos dormidos, nos tumbábamos en los bancos de Saint Peter

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Square, una tranquila plaza situada detrás de la casa donde nos fumábamos los

cigarrillos que Yael había ido arramblando durante el día.

Yael y yo nos hicimos inseparables. Literalmente, la adoraba, y ella, no

ignorándolo, abusaba de la manifiesta pleitesía que yo le rendía. Pero era tan

divertida que no me importaba parecer su esclavo. Además, contemplar su

relación con Dinah no me producía el mismo desasosiego que la de Elías con

Max; y no porque Yael se enfrentara por sistema con su madre, sino porque las

raras ocasiones en que buscaba el abrazo de Dinah, sólo cerrando los ojos yo

podía sentir a mi madre y refugiarme en los mil momentos de ternura compartida.

Un día Elías entró en mi cuarto a despedirse: la mañana siguiente salía

hacia Nueva York y quería saber si estaba bien, cómo iba todo y si me sentía

añorado. Era el final de la tarde, momento en que yo escribía en mi diario. Lo

cerré de golpe, temeroso de que leyera lo que en él decía de Yael, así como

nuestros secretos y escapadas.

La presencia de Elías siempre me inquietaba. ¿O era la inteligencia de su

mirada la que me perturbaba? Cuando hablaba con Elías, estaba seguro de que

podía leer en mi mente sin dificultad así que le contestaba procurando pensar en

asuntos livianos, creyendo que así conseguía ocultar la parte oscura de mi alma.

En mi diario anoté que Elías me explicó que los abuelos le habían llamado para

decirle que habían encontrado una casa en Barcelona con la que estaban

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entusiasmados y que deseaban que él la viera cuanto antes, así que, al regresar de

Nueva York, lo haría deteniéndose en Barcelona.

- Esto hará que mi ausencia dure más de lo previsto, Mateo. He pensado

que, si lo deseas, podrías reunirte con nosotros. Tu madre está con ellos y

un fin de semana no creo que perjudique mucho tus progresos en inglés.

Pero yo rechacé su propuesta temiendo que, lejos de nuestra casa, mi

madre, siempre imprevisible, se mostrara frivolona y distante como hacía alguna

vez. Aunque a Elías le contesté que me sentía muy bien y que me daba pereza ir a

Barcelona.

- Como quieras, si cambias de opinión se lo dices a Dinah y ella se ocupará

de todo. ¿De acuerdo?

Al irse, se detuvo un momento en el balcón donde Yael y yo pasábamos

tantos ratos hablando o jugando al ajedrez mientras la luz de la tarde se evanescía.

Justo al lado había una estantería en la que tenía una foto de mi madre. Elías la

cogió unos segundos mirándola con lo que a mí me pareció una sombra de

inquietud. Después me besó en la frente y salió.

Mientras yo escribía en mi diario esta visita, oí la voz de Dinah

avisándonos para la cena. Aquella noche, antes de dormirme, lloré desesperado

sabiendo que evitaba ver a mi madre para no tener que compartirla con nada ni

nadie.

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Unos días después, llegaba un sobre desde Barcelona con una carta de la

abuela y otra de mamá. La abuela Camila escribía con letras irregulares y muy

picudas, propias de la vejez y de la artrosis. Hacía calor y el abuelo tenía unas

almorranas muy molestas, decía. “Pero ya verás, Mateo, como te gustará

Barcelona. Tu madre está entusiasmada y, ahora que Hugo se ha ido, cada noche

se va con su cámara a los barrios bajos, lo que aquí llaman Barrio Chino; dice

que encuentra maravillas. Tu abuelo está muy asustado y, la verdad, yo también,

porque esas no son calles por donde deban andar las señoras, pero ya sabes lo

cabezota y un poco insensata que siempre ha sido, así que mejor no insistir y

rogar, en cambio, que no le pase nada. Aunque, todo hay que decirlo, de no ser

por tu madre no hubiéramos encontrado una casa tan bonita. Y está en Gràcia, el

barrio donde viví con mi familia hasta el exilio. Si todo va bien, en unos meses,

nos podremos instalar.

Elías nos ha explicado lo rápido que aprendes el inglés así como lo bien que te

has adaptado a la vida de Londres. A tu abuelo y a mí nos hubiera gustado verte,

Mateo, pero si no has venido es porque estás bien con la familia de Elías, que es

como otro hijo, y eso no puede sino alegraranos.

Sé bueno y no olvides tener tus cosas ordenadas. Te llamaremos como siempre el

lunes por la noche. Te quiere.”

Abuela Camila

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Mi madre escribió:

“Mi adorado hijo,

Barcelona es un lugar fantástico. Los tres primeros días, Hugo me

arrancaba de la cama a las seis de la mañana y antes de las ocho ya estábamos

fotografiando por la calle. Pese al madrugón, por el que andaba medio grogui y

renegando un buen rato, he de reconocer que pronto descubrí esta ciudad

inesperada. Y ahora que Hugo se ha ido, y que puedo rondar por todas partes a

mi aire, lo que más me gusta es fotografiar las calles adyacentes a La Rambla, un

bulevar que es una locura multicolor de flores, pájaros y figuras vivientes. A tus

abuelos no les gusta nada porque es un barrio marginal, pero yo encuentro

rostros y pequeños rincones fascinantes. Estoy deseando pasear contigo, Matt, y

mostrarte esta ciudad que no esperaba tan llena de encanto. Sólo me asombra

cómo ha sido desperdiciado el mar, a cuya espalda Barcelona ha crecido. Dicen

que para las próximas Olimpíadas del ’92 todo el litoral cambiará, ya que han

iniciado un proyecto con el que la ciudad y alrededores se abrirá al mar. Espero

que sea así pero, a menos que no caiga una bomba, hay trozos de la costa que me

parecen irreversibles.

Bueno cabezota, vamos a otra cosa: si no has querido venir es porque

estás bien. ¿Ves como no hay que mirar tus propias posibilidades limitadas a

espacios y personas que ya conoces? Aunque te persigan mil miedos, no dudes

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que siempre es mejor arriesgar. Encontrarás momentos de esplendor y también

otros de desespero. Pero eso es vivir. Y aún hay más: si jamás te rindes, algún

día podrás escribirle a Milton para decirle que siempre habrá más paraísos que

los paraísos perdidos.

Con amor.”

Mamá.

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2.

De no haber estado mi madre en Barcelona, mis abuelos hubieran

comprado un pequeño piso en Gràcia donde hubieran vivido tranquilos: mi abuelo

jugando al dominó en algún bar cercano y la abuela paseando por el barrio y

recuperando en sus rincones la memoria que le había sido usurpada. Pero, si soy

justo, reconozco que fueron muy felices los últimos años de su vida; tal vez más

de lo que habían estado soñando, año tras año, desde su exilio. Pero su destino, y

también el nuestro - el de mi madre y el mío - cambió justo el día en que ellos

hacían una última visita al piso por el que se habían decidido. Mi madre los había

dejado con el vendedor de la agencia en un bar de la plaza de la Virreina mientras

ella se daba una vuelta para husmear el barrio. Y así, caminando sin rumbo, llegó

a la calle Vilafranca por la que anduvo hasta que se encontró frente a una casa por

la que sintió un enamoramiento inmediato. Por el estilo dedujo que había sido

construida a principios de siglo y comprendía dos plantas y un altillo. Mientras la

observaba, salió un operario que colgó un cartel: EN VENTA.

- ¿Está el propietario? – inquirió mi madre.

- Sí, soy yo - contestó sorprendido un hombre que había permanecido en la

oscuridad tras el dintel de la puerta.

- ¿La puedo ver?

50


El interior era fresco y la planta baja daba a un frondoso jardín situado en

un interior de manzana. La cocina y los baños estaban terminados, pero era

evidente que la obra había sido interrumpida.

- La documentación de la casa o el permiso de obras ¿está todo en orden? –

preguntó mi madre.

Sí, todo estaba en regla menos la vida de aquel desconocido incapaz de

vivir en una casa que debía compartir con la que hubiera sido su mujer de no

haber muerto inesperadamente un mes antes.

Mi madre fue en busca de mis abuelos; el vendedor hacía ya un rato que se

había ido y empezaban a inquietarse cuando apareció ella tan pimpante para

llevarlos a la casa que acababa de comprar.

- ¿Qué casa hija, pero qué dices? - exclamaron los pobres asustados.

Acondicionarían la planta baja para ellos; la primera planta sería para ella

y para mí y el altillo sería su estudio ya que había pensado estar en Barcelona

tanto como mis estudios y su trabajo lo permitieran, así no estarían tanto tiempo

sin nosotros. Una vez más, mis abuelos se quedaron estupefactos: desde su boda,

pasmarlos era una de las grandes especialidades de mis padres. Pero, durante la

cena, mi madre los acabó de convencer y lógicamente de ilusionar. La única razón

por la que habían atrasado su regreso a España éramos nosotros: la posibilidad de

tenernos cerca con frecuencia era más de lo que podían esperar para los últimos

51


años de su vida. Pronto, al día siguiente, llamaron a Elías; diez días más tarde el

acuerdo quedaba cerrado y el dos de agosto se firmaron los documentos de

compra: yo era el nuevo propietario de la casa; un tercio la pagó Elías y el resto

mi madre quien no dejó Barcelona hasta aprobar los últimos arreglos.

52


3.

Elías estuvo diez días fuera de Londres, una ausencia que cambió el ritmo

de la casa no sólo porque los horarios fueron menos estrictos sino porque Dinah

pasaba muchas horas con Yael y conmigo, coyuntura que me permitió conocerla

mejor así como apreciar su naturaleza algo monótona y obsesivamente meticulosa,

pero agradable y nada revuelta como mamá. Su preferido era Max, pero se

esforzaba por entender a Yael, en ocasiones temerariamente imprevisible. A

Dinah le gustaba el orden como idea y lo aplicaba a la casa, a la educación de sus

hijos, a sus relaciones sociales y también a sí misma. Su aspecto era siempre

impecable y su carácter, sin evidentes altibajos, jamás explotaba; ni siquiera el

día en que Yael por poco no provoca un incendio cuando olvidó en el fuego un

cazo que contenía cera con la que pensaba quitarle el bigote a una hondureña que

venía a limpiar. Dinah había salido a comprar y llegó justo a tiempo después de

correr un buen trecho al distinguir una humareda saliendo por la ventana. Parece

que la cera es una materia muy escandalosa y si bien un finísimo polvo gris se

introdujo por todos los rincones, al final sólo quedó en un susto sin consecuencias.

Yael fue castigada a fregar cocina y despensa hasta que no quedara ni una mota de

la cera quemada, pero a Dinah no le dio un patatús por lo sucedido, ni alzó la voz

al imponerle el castigo a su hija. De haberle sucedido a mi madre, el bufido se

hubiera oído en varios kilómetros a la redonda y el enfado le hubiera durado

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astantes días; este tipo de incidentes la sacaban de sus casillas y se le podían

adivinar espumarajos de ira desbordando por las comisuras de los labios. Prefiero

ni pensarlo.

Durante este tiempo sin Elías, cada mañana salíamos temprano en la barca

provistos de dos grandes cestos repletos de finos bocadillos de pan inglés con

roastbeef, pepinillos y tomates; y otros con queso de hierbas y pollo. Ágape que

culminaba con unos pasteles tan deliciosos que Max, Yael y yo los devorábamos

en un santiamén. Al llegar a casa, corríamos a asearnos para salir cuanto antes con

Dinah con quien íbamos al centro fuera al cine, a merendar o simplemente a

callejear por mercadillos y anticuarios. Y era tan agradable que incluso Max

cambió muchas de sus salidas con Steven para unirse a nosotros. En cuanto a

Yael, en lugar de fabular el próximo lío en el que nos meteríamos, le gustaba

comentar el día y preparar una lista de los sitios que podíamos visitar la tarde

siguiente. Por otra parte, los hermanos, habitualmente dispuestos a la guerra,

durante estos días hicieron una tregua que nos permitió disfrutar mejor de esta

singular semana. Sí, estuvieron muy bien estos días, aunque comprendí algo que

jamás hubiera podido imaginar: y es que en los núcleos familiares siempre hay

algo - o alguien - que desvirtúa la relación. En los Nathan, Dinah no era la misma

sin Elías ya que la presencia de éste no sólo dominaba el comportamiento de su

mujer sino que el de ésta con sus hijos y, en consecuencia, también la relación

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entre Max y Yael. Lo que me hizo pensar, por primera vez sin remordimientos,

que mi madre y yo - y no únicamente por mi deseo de exclusividad -, éramos

suficiente.

Luego regresó Elías y todo volvió a ser como antes. Sólo mi cercana vuelta

a casa cambió o, más bien, aceleró el programa de inglés previsto para mi

estancia. A Dinah le correspondía evaluar mis adelantos orales para lo que elaboró

su propio examen confiriéndome la responsabilidad de pedir en las tiendas los

productos, mantener una pequeña charla con el dentista que supervisaba la

ortodoncia de Yael, así como comprar entradas para cines y conciertos. Finalizada

la cena, disponía de diez minutos en los que debía relatar lo que habíamos hecho

aquel día, otra prueba que cada miembro de la familia calificaba; una calificación

que se uniría a la obtenida en una prueba escrita - cuyo lector y juez sería Elías -

en la que debía relatar, en seis folios, mi estancia en Londres. Si la media

conseguida en ambas pruebas alcanzaba el notable, podría escogerme un gran

premio. Otra novedad fue la noticia de que mi padre vendría a recogernos a Elías

y a mí para ir a Barcelona donde nos esperaban los abuelos y mi madre. La

compra de la casa ya estaba decidida y habían fijado la firma de documentos para

los primeros días de agosto.

A medida que se acercaba mi último día con los Nathan, crecía mi

desasosiego: me sentía confundido por esa imprevista reunión familiar en

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Barcelona, y tristón por separarme de Yael y de mi cuarto junto al río. Yael venía

a charlar cada noche a mi habitación en la que, apurando nuestros últimos

encuentros, hicimos planes para que también ella viniera a París cuanto antes. Y,

por primera vez, me preguntó por mis padres: quería saber cómo eran y si los

había visto discutir cuando se separaron. Supongo que le quedó claro que la

mayor parte de mi afecto pertenecía a mi madre y que la vida de mi padre no me

había permitido apreciar su presencia como algo esencial en mi vida, que más

bien prefería vivir a solas con mi madre. Y no, nunca los oí discutir: me di cuenta

de que mi padre ya no viviría con nosotros por la desaparición de sus partituras

sobre el piano. Yael me habló entonces de los suyos y de que ella, en cambio,

prefería a su padre, pero que lo que más deseaba era vivir sola.

sorprendentes.

Si tenemos en cuenta su edad, Yael ya decía cosas realmente

Llegó mi padre y los días de despedidas. Yael y yo, acotado nuestro

tiempo por las salidas y cenas organizadas por Dinah o Margareth, la mujer del

doctor Scott Brown, nos trasladamos a Saint Peter Square donde seguimos con

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nuestro rito de fumar como carreteros mientras elucubrábamos algunos planes.

Pero a medida que se acercaba la hora de mi partida, fuimos enmudeciendo,

vencidos por la nostalgia hacia ese tiempo irrepetible en el que nos habíamos

descubierto.

También llegó la tarde en que Elías y yo iríamos a comprar el premio

ganado por mi familiar sobresaliente en inglés: unos walkman, había pedido.

Elías accedió indicándome que podía aspirar a un premio mayor, entonces le dije

que me gustaría comprar un regalo para mi madre. Yael, que nos acompañaba, se

hartó de decirme que era un idiota porque los mayores ya se compraban todo lo

que querían. Pero resistiendo sus argumentos, Elías nos llevó a Floris, en el 89 de

la calle Jeremyn, de donde salimos con un espectacular paquete que contenía la

colonia Jasmine; polvos para el cuerpo; unas preciosas cajas de metal con jabones

del mismo aroma; cepillos de varios usos con mangos de madera; productos para

el baño; aceites; flores aromáticas... Mientras lo envolvían le pedí a Elías que

escogiera algo para Yael quien nos esperaba en la calle. Sentada en un rincón de

la entrada, Yael estaba haciendo unas fotos bastante raras si consideramos el

ángulo desde donde las tomaba.

- ¿Te dedicas a fotografiar zapatos? - le preguntó su padre al salir.

Yael no se inmutó, le contestó que los zapatos dicen mucho de la persona

que los lleva y que, una vez revelado el carrete, se lo demostraría.

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La velada de despedida se organizó en casa de los Scott Brown. Mi padre,

verdadero motivo de la reunión, desplegó encanto a raudales entre los invitados a

los que acabó por rendir cuando les ofreció un variado concierto de piano. Al

llegar a los tangos, Dinah, siempre tan prudente, se lanzó a bailar hasta enloquecer

a fuerza de contorsiones al compás de ‘La moza donosa’. Yael se puso furiosa y

se pasó un buen rato renegando de la escena mientras acusaba a todos de ser unos

viejos esperpentos.

, me dijo

arrastrándome hacia donde estaban las bebidas.

Cuando Elías se dio cuenta, ambos habíamos bebido dos o tres vasos de un

fortísimo cóctel de frutas y vodka y empezábamos otro estirados en el suelo. De

hecho, no recuerdo mucho más. Las anotaciones que siguen están escritas en el

avión camino a Barcelona. Yael todavía dormía la mona cuando mi padre, Elías y

yo salimos hacia el aeropuerto. Le di un beso a Dinah, estreché la mano de Max y,

sobre el plato de Yael, dejé una caja de madera con minúsculas botellas que

contenían las diversas esencias de Floris, y la última despedida: Shalom Yael.

Al cerrar la puerta ya estaba lamentando no haber sido capaz de decirle

cuánto la añoraría.

Una semana después, llegaba a Chateaurenard con mi madre. En una

mañana y en un plis-plas - mientras yo las observaba con un silencio cargado de

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eproches al ver la impunidad con la que liquidaban mi niñez - ella y Mich

sacaron cuanto quedaba en “Les roses”. Llegado el momento de irnos, mamá me

aseguró, probablemente convencida, que cada verano alquilaríamos otra casa para

venir en vacaciones.

- ¿Pero no les has dicho a los abuelos que iríamos a Barcelona?

- Bueno, sí, Matt: quiero decir los días que nos queden al regresar de

- ???

Barcelona.

59


4.

En septiembre volví al colegio y a las clases de piano. Aunque sin Âdele,

que fue sustituida por Jêrome - lánguido hasta la exasperación -, perdieron toda la

gracia que yo le podía ver a un instrumento para el que no estaba especialmente

dotado. Nunca le pregunté a mi madre qué se había hecho de Âdele por temor a

que mi interés le pareciera excesivo e intuyera algo oscuro, pero por los abuelos

supe que se había largado a Amsterdam con una pintora de sesenta años de la que

Âdele se había enamorado perdidamente. La noticia me dejó conmocionado: ¿qué

podíamos tener en común la pintora y yo? Huelga decir que lo que yo seguía

siendo era un idiota.

Lo que sí entendí muy pronto era que se preparaban grandes cambios: mi

madre se había pasado el invierno yendo a Barcelona dejándome, entretanto, al

cuidado de los abuelos, pero en una u otra casa se percibía la provisionalidad. De

no ser por Mich, siempre al otro lado del teléfono, y por las cartas de Yael, creo

que hubiera hecho algún disparate para que me hicieran caso.


Duró siete meses, que no está mal si tenemos en cuenta que apenas vi a mi

madre y que yo iba y venía como un paquete de Passy al Marais sin siquiera el

aliciente de poder desprenderme de Jêrome. El único día que les vi francamente

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preocupados fue uno que me quedé encerrado en el metro por una avería que duró

cuatro horas. Cuando salí, en el andén estaba toda la familia y hasta Hugo, a quien

la poli miraba como si fuera un residuo de la banda Baader-Meinhoff y el

causante de aquel lío. Aquel año Hugo iba siempre con faldas largas de muchos

colores atadas con unas cuerdas en la cintura; y para completar el atuendo, botas

y chalecos turcos. La pobre abuela ya tenía razón ya cuando dijo que a ella le

importaba un pito la vestimenta de nadie pero que seguro que nadie lo hubiera

mirado aviesamente de ir vestido con cosas menos raras. En fin, lo importante fue

que aquel día estuvieron el resto de la noche pendientes de mi: nadie habló de

Barcelona, ni de los armarios, ni de las cortinas, ni del jardín y hasta mi madre

bajó a buscar una bandeja de pasteles. Yo no comí muchos porque en el vagón

una mujer mulata se encariñó conmigo y entre los dos nos zampamos una barra de

pan con queso y jamón más unas manzanas que ella había comprado al salir de su

trabajo como cajera del Prisûnic. Pero no les dije nada dejando que se

entristecieran – viéndome desganado - al imaginar lo mal que lo había pasado solo

y sin comer. Así volvía a ser lo más importante para todos. Por otra parte,

comprobado - como decía Mich - que en cuanto acabara la mudanza todo volvería

a ser como antes, dejé de elucubrar sobre la manera de montar un buen número.

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En marzo llegaron dos acontecimientos más: en cuatro o cinco semanas, a

lo sumo, los abuelos se instalarán en Barcelona, me dijo mi madre.

Ah.

- ¿Sabes Matt?, llevo todos estos meses yendo mucho a Barcelona y he

llegado a la conclusión de que es una ciudad en la que podemos estar muy

bien. Ya sé que no es Chateaurenard, que es lo que tú querrías, pero me

parece un lugar, en cualquier caso, más humano que París. Ya te he

matriculado en el Liceo Francés para el próximo curso y, no te preocupes:

encontraremos alguien para tus clases de piano.

- Gracias, pero no me gusta el piano.

- ¿Lo dices de verdad o porque estás enfadado?

- Lo digo porque no me gusta y no porque esté enfadado: París tampoco es

mi casa. Nuestra casa era Les roses.

- Te acostumbrarás, Matt, todavía eres muy joven y en Barcelona no

estarás tan solo como has estado estos dos años aquí. No creas que no lo

siento.

- Y a ti, mamá, ¿no te importa dejar París?

62


- Ya me fui una primera vez cuando me casé con tu padre, así que sé que

soy capaz de cambiar nuevamente de casa y lugar, con la ventaja de que

ahora estás tú.

- ¿Y tus padres?

- Hace años que no los veo. No entiendo la pregunta.

- ¿Te gustaría estar años y años sin verme?

- Por supuesto que no, pero es que yo nunca dejaría que te fueras sin

recordarte que siempre te esperaría y sin condiciones. ¿Lo entiendes?

- Regular.

- Ya lo entenderás: es cuestión de tiempo. Además, ya los vi cuando murió

tu bisabuela Claire y no fue una maravilla.

- Pues cuando los abuelos se ponen tontorrones siempre me dices que

somos nosotros los que tenemos que hacer la vista gorda.

- Cuando tus abuelos refunfuñan suele ser porque son muy mayores y por

un exceso de afecto, no por defecto.

- ¿Me estás diciendo que tus padres no te quieren?

- Matt, esta es la pregunta del millón. Y, dado que no estoy en su piel, sólo

puedo suponer: supongo que querían otra vida para mí y, en ese contexto,

me hubieran querido. O cuanto menos, aceptado.

- Mamá, ¿te puedo preguntar si eres rica?

63


- No, eso no se lo debes preguntar a nadie. Si alguna vez lo tienes,

disfrútalo, pero no hagas ostentación. ¿De acuerdo? E intenta no

convertirte en su esclavo, al contrario: aprovecha la libertad que te

concede y que te permite no traicionar lo que más aprecias.

Bien, ya tenemos la primera noticia. Obviamente me refiero al anuncio de

nuestro traslado a Barcelona. Pero no sé si me sorprendió más ésta o la que sigue.

Dos días después del lío del metro, apareció mi padre por París. Mamá

estaba en Túnez trabajando con Hugo y yo, como era habitual, pasaba esos días

con los abuelos quienes la víspera de su llegada me dijeron con cierto misterio que

mi padre venía pero que se instalaría en un hotel porque estaba con unos amigos.

Ya en la cama los oí murmurar largo rato. Con sigilo entreabrí la puerta para

poder escuchar, pero, los muy puñeteros, cuando no querían que me enterara de

algo, hablaban en catalán y, aunque a veces pescaba algo, esa noche conversaron a

tal mecha y tan bajo que me fue imposible. Luego hubo una breve pausa y empezó

el concierto de ronquidos. Fiuuu ggggff, fiuuu, ggggff. El fiuuu era de la abuela y

el ggggff, del abuelo. Me solía dormir contándolos.

Al día siguiente, al llegar del colegio, supe que papá había pasado un rato

por la mañana y que lo esperaban a cenar con su amiga, dijo la abuela como de

pasada.

- ¿Qué amiga, abuela?

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- Bueno, es algo así como su manager. Se ocupa de los contratos de tu

padre, es una mujer muy bien relacionada y lo está ayudando mucho.

- ¿Y por qué estás tan nerviosa?

- No estoy nerviosa, lo que estoy es vieja, renacuajo. ¿O crees que tengo

la misma resistencia de tu madre? ¿EH? Pues no, ni hablar – farfulló -.

Luego continuó hablando mientras iba y venía de la cocina sin que hubiese

forma de entenderla. Pero comprendí que algo la tenía desquiciada.

Desde mi cuarto oí a los abuelos musitar nuevamente como la noche

anterior: quedo, rápido y en catalán. Duró poco porque de repente entró la abuela

y me dijo que fuera a la salita porque ella y el abuelo tenían que hablar conmigo.

Repasé lo que había hecho aquel día y también el anterior, pero no encontré nada

por lo que cargármelas; de hecho mi vida aquel invierno estaba resultando tediosa.

, empezó el abuelo de forma solemne. Luego se enrolló a

explicarme que mi padre necesitaba alguien en quien confiar para ocuparse tanto

de sus asuntos y como de él mismo. Que todavía era un hombre joven y que,

lógicamente, debía rehacer su vida.

- Bueno, para ya, Pere, no hace falta que le andes con tantos rodeos al niño

- le interrumpió mi abuela -. Te lo resumiré Mateo: la mujer con la que

vive tu padre tiene cincuenta años, esa es su particularidad. Por lo demás,

65


se llama Blanche, escribe guiones para el cine y se ha casado dos veces: la

primera con un compañero de estudios y la segunda con Phillippe Boulon,

el actor, ¿sabes a quien me refiero? ¿Sí?, pues ese. Pero sucedió que él se

fue a vivir con otro hombre y ahí acabó el matrimonio. A tu padre lo

conoció en un concierto el verano pasado y ahora viven juntos. ¿Estamos?

- ¿Y tiene hijos esa señora, abuela?

- Sí, un chico del primer matrimonio que vive en la India. Para más

detalle, te diré que tiene casi la misma edad de tu padre. Y ahora se

acabó: el resto se lo puedes preguntar tú mismo.

No pregunté nada y mi padre tampoco me dijo en ningún momento que

deseara

hablar conmigo. Recordé, entonces, cuando mi madre decía que los hombres

acobardados podían ser la pera. En fin.

Blanche me pareció, sobre todo, muy rara. Tenía la piel blanquísima y el

pelo, cano, lo llevaba recogido en un moño sujeto por un pirulí muy largo. Los

labios, muy rojos, resaltaban una boca que, al reír, dejaba al descubierto una

pequeña dentadura muy regular y blanca sostenida por unas enormes encías.

Blanche iba vestida con varias cosas superpuestas: algo así como dos faldas

desiguales, una chaqueta corta sobre una blusa larga, una bufanda que parecía una

capa y todo era de color negro: de los pies a la cabeza. En su conjunto, daba cierto

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miedo. Aunque lo que más me asombró es la solicitud con la que la trataba mi

padre quien se pasó toda la velada pendiente de ella.

- Cheri - le dijo Blanche -, hoy me vendría bien algo que no fuera vino.

- ¿Agua, cheri, o tal vez un poco de sidra? - respondió mi padre

acariciando su mano.

- Oh, non, cheri - respondió Blanche displicente - : ¿puede ser una copa

de champán?

Y mi padre salió disparado a buscar una botella en el bar más cercano.

Cuando subió, Blanche había encendido un puro e intentaba mantener conmigo

una conversación - más bien surrealista - acerca de mis progresos en el piano; la

abuela había desaparecido en la cocina y el abuelo hacía ver que dormitaba. Poco

después de sentarnos en la mesa, yo, que conocía bien a los abuelos, me di cuenta

de que aquella reunión no tenía mucho futuro. Pero, una vez más, mi padre había

conseguido asombrarlos. Al despedirse, me dijo que al día siguiente iría a

buscarme para comer juntos porque quería que le contara lo del metro. Desde

luego...

Aquella noche no hubieron murmullos; creo que para los abuelos aquella

velada había sido lo más parecido a una sobredosis.

5.

67


En el discurrir de aquel invierno, las cartas de Yael me permitieron seguir

la vida en Hammersmith. A través de sus líneas y de su ingenio, podía imaginar la

casa con el río fusco por el cielo opaco, el embarcadero y el jardín cerrados, y la

noche instalada al inicio de la tarde. Yael parecía bastante feliz pese a que

continuaba discutiendo con Max al tiempo que mantenía sus discrepancias con

Dinah. Decía echarme de menos y que ahora solía jugar al ajedrez con Violet, una

vecina que rondaba los setenta años, ilustradora de cuentos infantiles de la que

decían era lesbiana. Lo cierto es que Violet había vivido quince años con Alice,

una escritora escocesa, hasta que, poco antes de Navidad, ésta se había largado

con Johny Black, el chofer de Bob Miller: un rico y esnob publicitario que vivía

junto a la casa de Violet y al que, durante las semanas que estuve en

Hammersmith, vi con varias tías buenísimas. Cavilo que si Alice hubiera sido

lesbiana de verdad, se hubiera prendado de cualquiera de ellas en lugar de fijarse

en Johny Black: un tipo cuadrado, tosco y peludo, que se distraía los ratos de

espera cascándosela en el coche. Lo puedo asegurar porque Yael y yo lo

descubrimos desde la pequeña ventana del closet de Dinah. El ángulo desde el que

lo veíamos cogía justamente su asiento, y, muy claramente, la revista porno que

utilizaba para ponerse cachondo sujeta de una mano, mientras la otra, subía y

bajaba, subía y bajaba - justo entre sus piernas -, primero despacio y luego a toda

mecha. Si Bob Miller tardaba en bajar, repetía la operación una o dos veces más,

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no sin antes cambiar de página. Una tarde, estando en nuestros puestos de

observación, Yael me preguntó si yo lo hacía y si me excitaba ver a mujeres

desnudas. A su primera pregunta le contesté que no. Aunque era cierto que me la

solía restregar sin grandes resultados. A los nueve años mi cuerpo daba para muy

poco. En cuanto a las mujeres desnudas le dije que sí, que un montón. Yael

entonces se subió la camiseta y aparecieron dos bultitos rosados.

- ¿Te gustan mis tetas? - me preguntó sin apiadarse.

- Sí, claro. Pero no son muy grandes - le contesté medio muerto.

- Claro burro, ¿cómo quieres que las tenga? Pero en cuanto me venga la

regla se me pondrán como melones.

La voz de Dinah, reclamándonos para merendar, me salvó de aquel

machaque tan propio de las mujeres; pero, alguna vez, estando en nuestro puesto

de observación, Yael me cogía la mano poniéndola sobre sus minúsculos pechos.

Dos días antes de mi marcha, quiso que le tocara el pubis por encima de sus

braguitas blancas. A punto de empezar a moverla, como me había enseñado

Âdele, entró Dinah en la habitación, algo que sucedía con frecuencia y que

formaba parte de la emoción, pero, advertidos por sus pasos, que ya resonaban en

la escalera, nos escondíamos en un recoveco, entre enormes cajas y algunas

maletas. La tarde siguiente a aquella especie de coitus interruptus, al llegar a casa

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con Dinah, Yael y yo vimos a Johny Black con la mirada absorta en una revista

sobre la que aparecía el dedo pulgar de su mano izquierda.


Pensé que de haber visto mi madre a Johny Black, hubiera dicho sin dudar:

Bueno,

tal vez no lo hubiera dicho entonces tan crudamente en consideración a mi edad.

Pero pensarlo, seguro. Y de suceder ahora, de no haber muerto olvidando su

promesa de que me esperaría siempre, lo soltaría sin titubear.

Pasaban los meses y Dinah no encontraba el momento adecuado para que

Yael viniera a París. Elías, sin embargo, preocupado por el inminente traslado de

los abuelos, nos visitaba con frecuencia: a veces, apenas 24 horas, o incluso

menos, y siempre aparecía cargado con regalos de toda la familia que me

encantaba recibir. Dinah me solía enviar mi postre favorito: bizcocho de chocolate

y nueces; Max, casetes con lo más nuevo de la música pop británica y Yael fotos,

algunas rarísimas, de los temas más estrambóticos que nadie pueda imaginar. Pero

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entre ellas había alguna de la familia que me recordaba mis felices días en

Hammersmith. Y tampoco estuvo mal la serie que me envió de Johny Black antes

de que se largara con la amiga de Violet. Para cualquier otro, esas fotos - en las

que sólo se veía su cabezota, un trozo de revista y dos dedos - carecían de interés.

Pero yo, que conocía cada gesto, pude imaginar, tronchándome, la frenética y

solitaria actividad sexual del chofer de Bob Miller.

En sus visitas a París, Elías también me traía unos libros fantásticos que

me llegaron a convertir en un lector insaciable y que, creo, determinaron mi

vocación literaria. A los diez años empecé a leer compulsivamente a Chesterton y

sus historias del Padre Brown; los “Cuentos” de Wilde; El Fantasma de

Canterbury; Oliver Twist y sus “Grandes esperanzas”; a Salgari; a Kypling y, con

devoción, a Roald Dahl.

Cuando ya desesperaba, llegó una carta de Yael proponiéndome llegar a

París la tercera semana de junio; después ambos iríamos a Hammersmith, donde

yo pasaría nuevamente el mes de julio con su familia. Mi madre dio su

aprobación: había reservado esas semanas para organizar nuestro traslado a

Barcelona, así que, salvo algún día de trabajo en el estudio, podía ocuparse de

nosotros. Escribí a Yael de inmediato para que preparara su viaje, pero también le

hablé del miedo que me producía un nuevo cambio, explicándole, asimismo, la

famosa cena de mis abuelos con mi padre y Blanche. En el fondo, con rabia -

71


temeroso de que nos encontrara a todos medio locos -; y celoso de su entorno, de

aquel bienestar inamovible que le proporcionaba el entendimiento de sus padres

mientras que en mi familia proliferaba el desorden. Sólo años después, sólo

después de la gran hecatombe, supe que cuando Yael leía mis cartas suspiraba

porque en su vida pasara siquiera una décima parte de lo que sucedía en la mía.

Claro que cuando sucedió, cuando ya no tuvo necesidad de fantasear porque los

acontecimientos superaron sus anhelos, inició una existencia errante y solitaria.

Aunque pensándolo mejor, tal vez los hechos precipitaron lo que tanto ansiaba:

tener una excusa para largarse.

72


Céfiro

1.

El primer domingo de abril, mis abuelos se despidieron de sus amigos y

parientes con una comida en la Couppole. Mi padre, de gira los días precedentes,

había seguido los últimos pormenores a través de mi madre; cuando la

conversación llegaba a la tía Paulette y a su prole, parecían pasárselo en grande.

Paulette había enviudado dos años antes de Xavier Borés tras cuarenta y ocho

años de matrimonio en los que apenas se trataron con mis abuelos puesto que

Paulette consideraba a sus cuñados como ‘esos pequeños españoles exilados’. Es

decir: un grano en el culo para su ilustre familia tintorera.

No creo que mi abuela sintiera la muerte de Xavier como la de Didac, su

hermano del alma y tan idealizado en su recuerdo por su temprana muerte. Por

Xavier sentía un cariño lejano, nada cómplice; todo lo cual no le impedía sentir

una franca alegría cuando éste iba solo a ver a sus padres. Pero las pocas veces

que se vieron con Paulette, el encuentro era un desastre. Paulette se podía pasar la

velada hablando de sus hijas, a su entender guapas e inteligentes, sin olvidar , decía

aquel monstruo grosero sin mirar a mi abuela. Otro monólogo favorito era el de

sus clientes entre los que citaba, bajando la voz, algunos apellidos ilustres como si

la relación establecida a través de las prendas la hubiera hecho poseedora de

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secretos inadecuados para la plebe española. Poco después de morir los bisabuelos

Borés, el abuelo se dio de baja de cualquier obligación con Paulette. La abuela, sin

embargo, continuó visitando al matrimonio. Decía que aunque su hermano fuera

un calzonazos casado con una imbécil, seguía siendo su hermano.

En 1965, fallecidos los padres de Paulette, Xavier se trasladó con su

familia al piso de sus suegros. El cambio empeoró a Paulette. Dejó de trabajar y

salía a la calle hasta para ir a buscar el pan con todas las joyas que había heredado

de su madre. Además Paulette, que se acercaba a los cincuenta, parecía un

esperpento loco. En el esplendor de Brigitte Bardot había copiado el estilo de la

actriz, una imagen de la que - veinte años después - no sólo no se había

desprendido sino que había exagerado hasta lo grotesco. Por algún cajón de casa

de los abuelos rondaba una foto de ella en un festejo en la que estaba francamente

alucinante.

Mi padre tampoco tuvo gran contacto con sus primos. Todavía niño, iba a

verlos con su madre pero pronto se apuntó a la deserción de su padre. Entonces la

abuela Camila continuó visitándolos sola hasta que su hermano murió de un

cáncer. Cuando lo ingresaron por última vez, la abuela tuvo ocasión de hablar con

él largamente y así despedirse con todo el cariño que no había podido expresarle

en años. Un día, al llegar junto a su cama, vio que se había quedado grogui:

entonces ya no volvió hasta que le avisaron de su muerte. Y el abuelo, poco antes

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de que su cuñado perdiera el mundo de vista, también acudió al hospital. Llegó

pronto por la mañana, aprovechando el rato que utilizaba Paulette para colocarse

todos los abalorios en su casa.

- Esto se acaba, le dijo Xavier.

- Buff, nunca se sabe – le contestó lacónico el abuelo.

- Lo sabemos los dos, la prueba es que has venido y me alegro, así te

puedo pedir algo que me has de prometer: he dejado escrito que me

incineren.

- Bien, no creo que haya ningún problema.

- No lo habrá. Paulette lo sabe, pero ignora que tiene que entregaros mis

cenizas; se enterará cuando me muera. Lo he dejado escrito.

- Ah. ¿Y qué hacemos con ellas?

- Llevarlas a Barcelona.

- De acuerdo, aunque no sé qué haremos contigo hasta verano, porque,

antes, no pensábamos ir.

- Pues las metéis en un armario o donde sea. ¡Qué más da!, no creo que me

entere.

- Si crees que no te vas a enterar, ¿para qué diablos quieres ir a Barcelona?

- Nunca se sabe, a lo mejor resulta que uno sí se entera. Además, yo

también tengo mis recuerdos. Prométemelo.

75


asegurar.

- Ya lo he hecho. Ahora dime qué hago con ellas; en Barcelona se

entiende. ¿Las tiro al mar como todo el mundo?

- No, ni hablar, ya está bastante lleno de cadáveres. Mi hermana sabe que

se las tenéis que entregar a alguien que me espera. La dirección la

encontrarás en una carta que le di a tu mujer hace unos días y que no

podéis abrir hasta que me muera.

- Está bien, no te alteres. Por mi parte haré lo que sea preciso aunque, si mi

mujer ya estaba al corriente, no tenías por qué pasar por el mal trago de

decírmelo, pero te agradezco la confianza.

- Es que ella también se puede morir antes de llevarlas y me quería

- Oye, no fotis, Xavier, que tu hermana está como una rosa.

- No te enfades, Pere, pero tu mujer ya es vieja, lo somos todos, ¡coño!

- Está bien, cálmate y no te preocupes, no se morirá: está como un roble.

Antes me iré yo. Pero si le sucediera algo, yo te llevo. Tranquilo. Te quiero

bien. ¿Comprendes?

Xavier le apretó la mano y cerró los ojos. Mi abuelo le besó en la frente y

se fue; en la puerta se giró un segundo para mirarlo por última vez. Su cuñado

jadeaba por el esfuerzo que había supuesto la conversación y porque se moría,

76


pero tenía los ojos clavados en Pere, como si esperara un último gesto que lo

tranquilizara. Mi abuelo comprendiendo asintió con la cabeza. No, no le fallaría.

77


2.

A la Couppole fueron algunos vecinos de los abuelos; más Francis, Jackot

y Boris, los tres compañeros del abuelo en el dominó; y la tía abuela Paulette con

sus dos hijas, ambas acompañadas por sus maridos.

A las doce y media en punto llegaba con mis abuelos al restaurante. Los

dos iban muy elegantes: el abuelo llevaba un traje oscuro con una corbata que mi

madre le había regalado en Navidad y sus únicos gemelos de oro, regalo de boda

de los Sholem, los pasteleros judíos para quienes había trabajado al llegar a París.

La abuela llevaba un sombrero muy gracioso con una plumita a un lado. A los dos

se les veía contentos, hablaban por los codos y reían por cualquier cosa como

niños. La aparición de Paulette y su tribu nos cortó por unos segundos la

respiración. Paulette, que era muy bajita y regordeta, llevaba un chaquetón rojo

con cuello de piel blanca - de conejo, diría más tarde la abuela - y seguía

peinándose con el moño Bardot; en la cara llevaba una pasta blanquecina y en los

párpados una sombra verde con alguna raya más oscura e irregular fuera del

contorno de los ojos. Y es que la pobre había perdido mucha vista y se maquillaba

a bulto. Los labios pintados en rosa intenso y el colorete fucsia, repartido a

brochazos a lo bestia, le daban un aspecto patético y muy envejecido, mucho más

de los setenta y dos años que en aquel momento tenía. Al entrar, caminando sobre

unos zapatos de tacón muy alto y fino, se desequilibró abalanzándose sobre un

78


camarero que llevaba una bandeja con dos platos de ensalada que volaron por los

aires.

- Es mi cuñada, les dijo la abuela a sus invitados, antes de que Jackot o

Francis, que eran muy brutos, soltaran cualquier barbaridad.

- Vraiment, elle est un peu bizarre, comentó Francis cauto.

Las ‘paulettes’ tampoco estaban mal. La mayor, Simone, era idéntica a su

madre. Simone llevaba un vestido con dibujo de pantera muy ceñido al cuerpo y

zapatos y bolso negros con cachivaches dorados colgando por todas partes. Su

marido sólo me pareció muy anodino. La abuela me explicó luego que era

empleado de banca y que siempre le había parecido muy enamorado de su mujer a

quien consentía todos los caprichos que su sueldo le permitían.

–, oí

que le decía al abuelo aquella noche en su cuarto creyendo que no la oía.

Monique, la menor, era la rebelde. Alta y con buen tipo creo que me

hubiera parecido mona de no ir con todo el pelo cortado a centímetro y teñido de

color violeta a excepción de un largo mechón verde que se había dejado crecer en

medio de la cabeza. Vestía una chaqueta militar que llevaba sobre unos viejos

pantalones de cuero negro y calzaba botas altas con gruesos roblones de metal.

Monique estaba casada con Pascal, quien iba exactamente igual que su mujer, sólo

79


que la coleta de él era un recogido de los pocos pelos que le quedaban en la cosca.

Se habían conocido en el metro, donde coincidían a menudo de camino a sus

trabajos. Monique trabajaba entonces como dependienta en Cancan, una tienda de

lencería que todavía está en las galerías Arcades des Champs Elysees. Al conocer

al novio, Paulette lloró compulsivamente durante varios días preocupada por lo

que dirían vecinos y conocidos. Cuando a los dos meses Monique le dijo que se

iba a vivir con Pascal, respiró aliviada al pensar que dejarían de ser un espectáculo

para el vecindario. Se casaron unos meses más tarde sin más presencia que dos

amigos que actuaron de testigos; y por la noche llamaron a sus padres para

notificarles la boda. Entonces Paulette volvió a llorar unos días más. Xavier, sin

embargo, se lo tomó con calma: les felicitó y quedó para cenar con ellos. Vivían

en un minúsculo apartamento en les Halles donde cenaron comida vegetariana en

platos de cartón sobre una mesa india a dos palmos del suelo. Pero Xavier no se

dejó impresionar: vio que Pascal atendía su pequeña tienda de ropa de segunda

mano - con la que su hija no se moriría de hambre - y que, con los años, si el

matrimonio resistía los avatares de cualquier mortal, no serían muy distintos de lo

que habían sido él mismo y Paulette. El día de la Couppole llevaban diez años

casados y parecían contentos: su negocio había prosperado tanto como para

comprarse un piso que además amueblaron de la forma más convencional posible.

80


Es decir, Xavier Borés no se había equivocado y no era descabellado imaginar

que, con el tiempo, también moderarían su atuendo.

La aparición de mis padres fue luminosa, pese a que mi padre había

empezado a vestirse como Blanche quien, para nuestra suerte, no pudo asistir. Mi

madre me pareció muy guapa, especialmente guapa por la sobriedad de su atuendo

en medio de aquel carnaval paulletiano. Llevaba un gran abrigo de color marrón

oscuro sobre el que reposaba su trenza, siempre algo deshecha. Debía llevar los

ojos maquillados porque me parecieron profundos y brillantes, como dos piedras

de ópalo noble fulgiendo sobre la piel muy blanca. Al quitarse el abrigo apareció

su cuerpo esbelto y armonioso enfundado en un vestido negro sobre el que

resaltaba un pequeño collar justo alrededor del cuello y, al mover la cabeza, unos

pendientes de una piedra traslúcida cintilaban prendidos en sus lóbulos. ¡He

mirado tantas y tantas veces las fotos de ese día! Al verlos juntos y, de alguna

forma, tan parecidos, siempre he pensado que mis padres ofrecían la imagen de

una pareja cuyo transcurrir había sucedido sin fisuras. O el de unos hermanos

estrechamente unidos.

A mí me sentaron al lado de mi madre y en el otro tuve a Monique quien

inmediatamente me manifestó su admiración por mis padres. A mi padre lo había

visto alguna vez por su casa, pero hacía ya muchos años y apenas lo recordaba; y

a mamá, no la conocía.

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- Cuando tus padres se casaron mi madre estaba muy celosa – empezó a

enrrollarse Monique -, y sólo se consolaba pensando en que no habían

tenido una boda lujosa como le hubiera correspondido a tu madre.

Durante semanas no habló de otra cosa, hasta que mi padre, harto, se

largó varios días sin que nadie supiera donde estaba. Cuando volvió,

mi madre le organizó un buen drama pero, en cuanto mi padre se

ablandó, volvió a la carga: que si tus abuelos nunca dejarían de ser

unos pobres exilados, que aquel matrimonio no duraría ni dos días,

que si patatí-patatá… ¡Uf! de repente mi padre gritó un basta que se

oyó hasta Montmatre. Le soltó que ella se había exilado del mundo

hacía más de veinte años cuando decidió ir vestida como una loca y le

juró que si volvía a criticar a su familia desaparecería para siempre.

Desde entonces mi madre nunca ha vuelto a hablar en casa de ninguno

de vosotros, pero se desquita con Mimí, la dueña de la perfumería

donde compra sus potingues, que ya se ve que son muchos; así que

Mimí le da toda la cuerda que ella quiere. Lo sé porque una vez que mi

madre no se encontraba bien y que me pidió le fuera a buscar un

encargo a su tienda, Mimí, después de interesarse vagamente por su

salud, al punto me preguntó si era cierto que tus padres se habían

separado. La historia le debía apasionar porque cuando, yo apresurada,

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le contesté que no tenía ni la menor idea, ella ya se había lanzado a

decir que mamá siempre había vaticinado que aquel matrimonio no

podía durar y que tenía razón cuando aseguraba que un músico sin un

duro ‘meaba fuera de tiesto’ al casarse con la hija de la gran burguesía

de París.

- Oye, que te equivocas, que mi madre no es una burguesa - le

interrumpí sorprendido.

- ¿Ah, no?, pues si ella no lo es, ya me dirás qué entiendes tú por

burgués. Pero lo más inalcanzable es su distinción - siguió Monique

sin hacerme caso y adaptando un tono más trascendental -: es algo que

proviene de lejos, de cómo y dónde te has educado. Fíjate en mi madre

y en mi hermana, son de una vulgaridad acojonante. Y te diré más, si

mi hermana llevara lo que lleva puesto tu madre, probablemente estaría

mejor, pero nada más. Porque nunca tendrá esa forma de moverse, ni

de hablar y reír tan encantadora, que es lo que la hace aún más guapa.

- Y tú que sabes tantas cosas y que me pareces bastante mona, ¿por qué

vas tan rara? - le pregunté viendo que ella no se cortaba un pelo.

- Buff, no sé. Hace muchos años iba como mi madre. Bueno, no tanto;

pero como era muy joven y no sabía ni quién era, me ponía lo que veía

en casa. Luego, a los veinte años, empecé a trabajar en una boutique de

83


opa interior sexi que era de madame Eliane, una tía muy simpática con

la que aprendí mucho del negocio, pero mucho más de la vida porque

me enseñó a mirar las cosas de otra manera. Era la amante de un tipo

muy importante y la mujer más lista con la que me he topado. Por

cierto, ¿ya sabes lo que es ser amante?

- Más o menos - contesté a ciegas pensando que debían ser novios

viejos.

- Mejor, porque no seré yo quien te lo explique. El caso es que cuando

un año más tarde Pascal apareció en mi vida, yo ya estaba preparada

para volar gracias a todo lo que me había explicado madame Eliane. El

día que Pascal me propuso que viviéramos juntos, decidí realizar

estéticamente mi proceso de identificación con él y de paso, romper

con mi familia. Bueno, con mamá y con mi hermana, que me parecían

horribles. Pero tampoco íbamos como vamos ahora, no: piensa que

todo eso pasó hace muchos años, en pleno apogeo hippy, así que

Pascal llevaba unas túnicas preciosas y el pelo, aunque ahora no te lo

puedas ni imaginar, como tenía mucho, lo llevaba suelto y estaba muy

guapo. Los dos estábamos guapos porque a los veinte años uno se

puede vestir de comanche y no pasa nada. Es ahora que ya hemos

84


ebasado los cuarenta que cada día estamos más feos, pongamos lo que

nos pongamos.

- Pues a mi me pareces muy graciosa y tienes muy buen tipo. El pelo, la

verdad, me gusta menos. Te lo podrías teñir de un color menos brutal.

¿No?

Monique me revolvió el pelo riéndose al tiempo que me aseguraba que

consideraría sin falta mi sugerencia. Entretanto habíamos llegado a los postres, al

último brindis y a los discursos. Boris habló en nombre de los tres amigos. Casi

no oí lo que decía porque el restaurante estaba a rebosar y porque él tenía la voz

ronca y baja. Ahora me doy cuenta de que no sólo porque era viejo, sino porque le

ahogaba la pena. El abuelo, para aguantar el llanto, tenía el maxilar apretado y le

temblaba la barbilla. Francis, Jackot y Boris le regalaron una aguja de oro para la

corbata y una foto en blanco y negro enmarcada en la que se veía a cuatro

hombres jóvenes, erguidos y apuestos sentados en una mesa de bar sobre la que

se veían fichas de dominó; alguno sostenía en la mano una copa de licor. Al ver la

foto el abuelo rompió a llorar y sus amigos también. La instantánea tenía cuarenta

y cinco años y eran ellos mismos, o mejor dicho, lo que habían sido. La abuela

intentó consolarlos pero la emoción por la despedida y el ajetreo de los días

precedentes habían agotado su resistencia y también empezó a sollozar. Hubo un

momento muy caótico en el que todos se levantaron para abrazarse y consolarse

85


mutuamente. Mis padres estrecharon hasta al pobre Jackot, del que siempre decían

que olía a tigre. Fue entonces cuando me fijé en Paulette quien, aprovechando el

desbarajuste, había sacado una polvera y toda la artillería que componían sus

enseres de maquillaje repintándose los labios una y otra vez hasta rebasar las

comisuras. La pobre estaba hecha un horror: había comido y bebido en exceso y,

bajo varias capas de polvos, se le veía la cara muy congestionada y descompuesta,

mientras por un lado de la cabeza, bajo el moño, se le deslizaba un postizo viejo y

descolorido.

- Mamá, ya te arreglarás luego; ahora brinda con nosotros, ¿de acuerdo?

- le dijo Monique con cariño.

- Ah sí, querida, ya voy – le contestó Paulette guardando sus cosas

torpemente -. Cuando traigan el pastel soplaremos las velas, ¿verdad

Pierre? ¿Cuántos años cumples?

- Mamá, es la fiesta de despedida. ¿No lo recuerdas? Y no le llames

Pierre, por lo menos, hoy no. Hoy, Pere, ¿de acuerdo?

- Pero no es mi padre, querida.

- Anda, mami, sé buena.

El incidente cambió el humor de todos unos minutos pero pronto olvidaron

a Paulette y los abuelos continuaron abriendo sus regalos sin más llantos. Paulette

le había comprado un batín con su nombre bordado en el bolsillo y el abuelo no se

86


enfadó como otras veces al ver que había hecho bordar Pierre. Y se lo puso; se lo

puso los años que vivimos en Barcelona, si bien es cierto que la abuela debió

descoser el bolsillo porque no volví a ver el Pierre por ninguna parte.

Durante ese rato todos se olvidaron de mí, lo que me permitió observar con

tranquilidad así como apuntar alguna cosa en mi libreta. De no ser por esas

anotaciones, tal vez ni hubiera recordado que Monique me comentó que ya no le

importaba aquel lado grotesco de su madre, que lo que le empezaba a preocupar

de verdad eran las lagunas que confundían su mente.

Unos meses más tarde, ya en Barcelona, recibimos una carta de Monique

en la que nos comunicaba que su madre por una lesión en el lóbulo temporal,

padecía el Síndrome de Korsakoff.

Paulette vivió hasta su muerte - tres años después - con Monique quien, día

a día, durante los más de mil que la cuidó, le enseñaba su cuarto; dónde estaban

sus efectos personales así como cada rincón de la casa pues Paulette cada mañana

creía despertar en su antigua casa.

87


3.

Pocos días después de aquella despedida, los abuelos, mi padre y yo

salimos hacia Barcelona donde mamá nos esperaba. Recuerdo los últimos

momentos antes de salir hacia el aeropuerto: a la abuela trasegar por el piso; el eco

de sus pisadas; su ir y venir, abriendo una y otra vez todos los armarios vacíos.

Crack, crock, crack, crock. Me extrañó ver que el piano de mi padre continuaba en

su sitio tapado con unas mantas.

- Abuela, ¿este piano tampoco es vuestro?

- Sí lo es, pero se queda en esta casa. Tu padre cada vez tiene más

trabajo en París así que pronto vivirá aquí siempre que no esté de gira.

Además, Mateo, ¿qué quieres decir con eso de que el piano tampoco es

nuestro?

- Bueno, como veo que casi todos los muebles se han quedado aquí y

creo que vosotros vivíais realquilados con los bisabuelos, pues...

- Oye mocoso, cuando uno vive con sus padres no vive realquilado y,

además, hace más de diez años que compramos este piso que

lógicamente será para tu padre. ¿Te ha quedado claro?

- Entonces, ¿qué piano hay en Barcelona?

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- ¿Esa es tu preocupación? Pues tranquilízate: ninguno Mateo. Ya has

convencido a toda la familia de que Dios no te ha dotado para la

música.

Durante unos segundos hasta sentí cierta tristeza recordando al abuelo a mi

lado mientras hacía mis paupérrimos ejercicios en el teclado. Y también a Âdele.

Pero me repuse rápidamente. No había que idealizar aquellos excepcionales

momentos de gloria.

Justo antes de salir hacia Orly, la abuela cogió una caja de madera con una

rosa de marquetería en el centro. La guardaba desde dos años atrás en una vitrina

junto a pequeñas figuras artesanales que, unos y otros, le habían ido trayendo de

sus vacaciones. La noche anterior lo había tirado todo, lo que me pareció un

acierto puesto que la colección era un cúmulo de pequeños horrores pero, al ver

que cogía la caja, no entendí qué especial gracia había justificado salvarla de la

quema y hasta llevarla a Barcelona.

- Gracia no es la palabra adecuada porque dentro va mi hermano. Tu

abuelo y yo le prometimos llevárnoslo.

- ¿Y habéis vivido todo este tiempo con su cadáver al lado? – le

pregunté atónito.

- Son cenizas Mateo, como si hubiera juntado las de la pipa de tu abuelo

durante mucho tiempo.

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- No es lo mismo, ¿y su alma? ¿Crees que nos habrá estado observando

desde que lo dejaste ahí?

- Espero que su alma esté con Dios, al fin tranquila. En cuanto al

cuerpo, eso no es nada Mateo. Es un pellejo que envejece, muere y se

desintegra. ¿O acaso piensas que tus abuelos no han sido como tú,

jóvenes y fuertes?

La observé intentando imaginar su cuerpo como el de las niñas de mi

clase, o al abuelo corriendo. Pero no podía. Mis abuelos siempre habían sido así.

¿O el tiempo era eso?

90


4.

Nada más entrar en nuestra nueva casa de Barcelona percibí que un cálido

bienestar me invadía, una sensación que me devolvió a mis primeros años en

Chateaurenard. En algun viaje anterior, la había visitado en pleno trajín de los

operarios que la ultimaban, pero, reacio a aceptarla, la observaba como algo que

siempre me sería ajeno. Así que aquella inesperada magia despertó mi curiosidad

y, por primera vez en mucho tiempo, pensé que habíamos llegado a un destino que

nos pertenecía.

En la planta baja, tras pasar por un angosto recibidor se accedía a un gran

salón con diferentes ambientes cuyo centro quedaba delimitado por una hermosa

chimenea de mármol; a cada lado de la misma, sendas puertas se abrían al jardín.

El suelo era de madera y en las tapicerías predominaba el blanco, apenas roto por

alguna pieza marrón entremezclada con otras en rojo oscuro. En las paredes

pendían cuadros que nunca había visto; me detuve entonces a inspeccionarlos

descubriendo dos que me causaron de inmediato una viva impresión: en uno

aparecía una mujer casi de cuerpo entero; la luz que lo iluminaba permitía

adivinar una minúscula gota saliendo del lacrimal y su expresión denotaba

melancolía y misterio. Me pareció bellísimo. Prendado, le pregunté a mi madre

quién era.

91


El otro cuadro que me había subyugado era el retrato de un hombre joven,

muy pálido y de mirada penetrante. Vestía un gabán negro y el fondo del lienzo

era azul. ¿Y éste, quién es?

, me contestó de forma evasiva eludiendo otra posible

cuestión.

La habitación de los abuelos también me pareció muy bonita. Como el

salón, daba al jardín y era muy espaciosa, hasta el punto que se prolongaba con

una agradable zona de estar. Me gustó ver que habían trasladado sus camas de

París, aunque aquí las habían puesto separadas. , le pregunté a la abuela.

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A las dos plantas superiores se accedía, o bien por un pequeño ascensor, o

por una amplia escalera de madera por la que subí salvando los escalones de dos

en dos. Al final del primer tramo, me encontré con un inmenso espacio central

convertido en biblioteca con todas las paredes forradas de estanterías, alguna ya

completamente atiborrada de libros. En una esquina había una gran mesa de

lectura con dos puntos de luz. El otro ángulo del mismo espacio lo constituía una

zona de estar con el equipo de música y televisión. Dos grandes puertas laterales,

una frente a otra, comunicaban con nuestros respectivos dormitorios y baños. El

tercer piso era el estudio de mi madre: una única estancia amplia y luminosa de la

que sólo había rescatado una esquina para su laboratorio, un minúsculo cuarto

cerrado y oscuro donde poder revelar.

Desde ese piso pude observar las casas del barrio de Gràcia, algunas muy

graciosas, con patios interiores repletos de macetas entre las que se veía ropa

tendida, lo más opuesto a cuanto rodeaba al estudio de la avenida Ingres en París,

en el corazón del elegante distrito XVI. Pero nada de eso importaba; por el

contrario, todo me pareció familiar y accesible: una mezcla del Marais y

Chateaurenard de forma que, aunque comprendí que Les roses había quedado

atrás para siempre, pensé que ahora sí tenía motivos para creer que empezaba una

vida para los dos sin más interrupciones; ni idas ni venidas. Sino un lugar donde

inventar un mundo a nuestra medida.

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5.

Lo primero que aprendí de España fue que los horarios de las comidas no

tenían nada que ver con los de Francia, pero mi madre dispuso desde el primer día

las cenas para las ocho y media de la tarde. Una costumbre que mantuvo hasta

nuestros últimos días en Barcelona porque solía decir que, en este sentido, los

hábitos españoles eran una auténtica salvajada.

Otra novedad, que acabaría siendo muy importante en nuestras vidas, fue

Marcia. Marcia era chilena. Una de las muchas que se fueron durante la dictadura

militar huyendo de la acusación de colaboracionista que pesaba sobre Roberto, su

marido: un español de nacimiento al que habían detenido y torturado durante más

de un año. Cuando a precario consiguió la libertad, ambos consiguieron dejar el

país clandestinamente. En Santiago, él había sido maestro de escuela y ella de

pintura. En 1977, ya en Barcelona, no les dejaron ser nadie. Un pariente le

consiguió trabajo a Roberto como contable en un almacén de vinos y Marcia

trabajó unos meses dando clases en una modesta escuela de artes plásticas para

niños, hasta que, un día, mirando anuncios en busca de trabajos que

complementaran su exiguo sueldo, descubrió que las mujeres de servicio cobraban

- por cada hora de trabajo - el doble de lo que ella percibía. , se dijo y continuaba diciendo.

94


Mamá encontró a Marcia por el encargado del parking que estaba justo delante de

casa, un argentino con el que Marcia y su marido compartían piso. De los tiempos

en Chateaurenard, mi madre había aprendido a preguntar por el barrio cualquier

cosa que precisara. Algo impensable en París, donde nuestro vecindario se trataba

con la cortesía imprescindible. Y en ocasiones ni eso.

Marcia nos sirvió la cena en una preciosa mesa en la que chispeaban flores

y velas. A la abuela se la veía un poco atolondrada, pero estaba muy guapa con su

suave cabello blanco recogido con dos peinetas de carey, los labios sonrosados y

un echarpe azul sobre los hombros. Acostumbrada a ocuparse de todo, hizo el

gesto de levantarse varias veces en busca de vino, pan o las medicinas del abuelo.

Pero mi madre la retenía y, como por arte de magia, en dos segundos, aparecía

Marcia para procurar cuanto fuera preciso. Pronto comprendí que no había más

magia que un timbre bajo la mesa que la avisaba.

En el momento de acostarnos, nos descubrimos inquietos y expectantes

pero, al despertar, recuperados de las primeras emociones, resurgimos dispuestos

a emprender aquella nueva vida.

95


6.

Después de un copioso desayuno, me quedaba en casa leyendo o hurgando

por los rincones. A las doce en punto, aparecían los abuelos, arreglados como los

domingos en el Marais, dispuestos a dar un paseo. Entretanto, mi madre hizo un

intensivo con Marcia para enseñarle cómo deseaba que funcionara la casa,

deteniéndose y haciendo hincapié en los detalles, en las mesas bien puestas o en

las flores de cada estancia . En esos

primeros días de Barcelona, descubrí en ella mil facetas que desconocía y,

además, me encantaba tenerla siempre en casa. Pero cuando le pregunté si al

instalarnos en Barcelona dejaría su trabajo, me respondió que era una posibilidad

que ni siquiera se había planteado y que antes de preguntárselo era yo quien debía

reflexionar sobre si realmente deseaba que así fuera.

- ¿Puedo tomarme unas horas para contestarte?

- Debes tomártelas. Y si son días, mejor.

Cada tarde salíamos con los abuelos. A ambos les gustaba bajar por La

Rambla donde comentaban, una y otra vez, los edificios y comercios

desaparecidos. La sastrería de la calle Portaferrisa - en la que había trabajado el

bisabuelo Borés -, fue uno de los primeros destinos. Al llegar, la abuela me señaló

la ventana de la primera planta donde había estado la mesa de corte de su padre

desde la que se veía el ir y venir de los transeúntes.


muy bien, Mateo: con trajes bien cortados, guantes de gamuza y tocadas con

sombreros. Yo venía mucho a buscar a mi padre sólo para verlas.> Luego nos

tomábamos un chocolate con melindros y ensaimadas en la calle Petrixol y a las

seis regresábamos a casa con flores blancas del kiosco de Carolina.

Un día precioso fue aquel en que comimos sentados en las mesas sobre la

arena del Merendero de Ca la Mari. Recuerdo que la mañana era espléndida pero,

con la brisa, la fuerza del sol parecía atenuada; unas horas después, el abuelo y yo

- que no quisimos resguardecernos - parecíamos dos tomates, pero el lugar me

encantó.

- Pues a mí me gusta, ¿qué ventaja sino habernos ido de París?

- No nos hemos ido huyendo de París por ser París, Matt: nadie duda de

que es una gran ciudad. Pero el temperamento español y el clima hace

que la vida sea más agradable aquí; menos dura, creo. Y eso no

cambiará aunque no quede ni un solo chiringo de playa.

Alguna noche nos quedábamos jugando al dominó con los abuelos; otras,

tras una breve sobremesa, mamá y yo subíamos al piso superior a leer y a

escuchar música. Curiosamente, desaparecido el piano de mis obligaciones, sentía

97


un enorme placer en redescubrir a Bach, a Schumann, a Beethoven, a Brahms,

Rachmaminov, a Satie… hasta el punto de que, para mi sorpresa, una de las

principales conversaciones con mi madre solía ser qué solista o director prefería

para uno u otro concierto.

Tres días antes de nuestro regreso, una noche llamó Mich a quien mi

madre había prometido visitar de camino a París. Mamá estaba viendo un vídeo de

danza y yo miraba las musarañas con una cinta de Georges Michel enchufada a

todo taco en las orejas; así que, en un principio, no me di cuenta de que era con mi

adorada Mich con quien hablaba. Cuando la cinta llegó al final oí a mi madre

tranquilizarla asegurándole que intentaría llegar lo antes posible para acompañarla

al hospital.

- No te preocupes Mich, todo irá bien. Claro que te han hecho un

montón de pruebas. Tendrás tu primer hijo a los treinta y cinco años.

Eso es todo. ¿Cómo está Alain?, la última vez que hablamos todavía no

se había recuperado de su afección pulmonar. ¿Mejor? Excelente.

Tengo a Matt a mi lado pegando botes para hablar contigo, te lo paso.

Sí, llegaremos el sábado a comer. Cuídate. Un beso.

Mich me dijo que si era un chico se llamaría Claude, como su padre; y

caso de ser chica, Alexandra, como mamá, y que yo sería el padrino. Mientras

hablábamos me vi a mí mismo abrazando a Mich cuando me recogía en la

98


escuela; y a ambos dibujando, sentados en la mesa de la galería de mamá. Sentí

una nostalgia infinita por Mich y por mí: por lo que habíamos sido. Una congoja

absurda o, peor, egoísta. Tal vez presentí en el silencio de mamá – nuevamente

sumida en las imágenes de baile – que con aquel embarazo nada empezaba, sino

concluía.

99


7.

La víspera de nuestro viaje, acabada la cena, mi madre me indicó que la

esperara arriba pues debía hablar con mis abuelos de cosas que no harían sino

aburrirme. Mientras Marcia recogía los últimos cacharros, merodee una rato por la

cocina intentando escuchar de qué iba la conversación del salón pero pronto

comprendí que, mientras no tuvieran la certeza de que yo había subido, hablarían

de cosas intrascendentes. Así pues, volví a despedirme de todos y subí las

escaleras trepando ruidosamente. Entonces, desde dentro, abrí y cerré la puerta

que daba al piso superior y permanecí sentado en el último escalón: quieto,

conteniendo la respiración y a oscuras. Al poco oí a Marcia cerrar la puerta de la

calle. Por el ruido supe que los tres se habían sentado alrededor de una pequeña

mesa en la que solían hacer tertulia. ¡Genial!, me dije a mi mismo. Era la zona del

salón que más cerca quedaba de la escalera y, por tanto, de mi escondite.

- Alexandra, hija mía – empezó la abuela inmediatamente -, es lo último

que podíamos esperar. Xavier nunca me dijo nada, nunca; ni siquiera

en sus últimos días. Ha sido tan sorprendente encontrar aquel hombre

tan parecido a todos nosotros, y sobre todo a mi hermano Didac.

Bueno, el caso es que su madre es ya muy mayor, como nosotros,

claro. Debió ser una mujer muy guapa, eso todavía es evidente pese a

que está muy cascada. Tú misma, con pocos medios y un Parkinson

100


que dura ya diez años, a la pobre le tiembla todo. Menos la cabeza, que

la tiene bien clara. Cuando le dimos las cenizas de mi hermano, creí

que acabarían por el suelo en pocos segundos, pero no, no: las cogió

con fuerza, las abrazó, les dio un beso y le pidió a su hijo que las

colocara en su cómoda. , le indicó. Nos

había preparado unos buñuelos muy buenos que tomamos con moscatel

y durante unos minutos ninguno dijo nada. Luego ella, que se llama

Rosa – ahora entiendo lo de la rosa en la caja de mi hermano -, se me

quedó mirando y me preguntó si no la reconocía. Le dije que no, que

me disculpara y que no me lo tuviera en cuenta porque si tampoco me

reconocía en la vieja que cada mañana estaba al otro lado del espejo

del baño, ¿cómo iba a reconocer a alguien a quien probablemente no

veía desde que salimos de Barcelona?


La reconocí entonces por sus ojos – continuó la abuela –, verdes e

inmensos; aún ahora, son esos ojos los que todavía la hacen tan guapa.

El caso es que cuando todo eso sucedió, un año antes de la guerra, las

101


dos debíamos tener dieciocho años, supongo, porque fue cuando

empecé a trabajar. Pero a ella se la veía más niña, tal vez porque sus

padres la vestían como a una cría. Y la pobre, sólo de verlo pasar, se

había enamorado de Xavier, aunque él ni se la miraba. Porque ese

hermano mío, de soltero, había sido muy pendón: le gustaban las

mujeres más vividas, lo que nuestra madre llamaba cabareteras. Y ya

ves, un día de mayo de 1937 cuando se cruzaron por la calle - como

mil veces durante aquellos años -, Xavier se fijó. Empezaba el buen

tiempo y debió darse cuenta de que la vecina del horno además de ojos

tenía tetas. Salieron a escondidas unas semanas hasta que, a final de

julio, Rosa le dijo que se iba con su familia a Olost de Lluçanés, un

pueblo del Montseny de donde era la madre. El día antes, Xavier la

convenció - ya entiendes a lo que me refiero, ¿verdad Alexandra? -; le

dijo que, por una vez, no pasaría nada; asegurándole, además, que si

pasaba, se casarían enseguida y que sino también, pero con más tiempo

para preparar una gran boda. Quince días más tarde mataron a Didac y

mis padres decidieron nuestra marcha inmediatamente. Recuerdo

vagamente que Xavier se quería quedar unos días más porque

precisaba despedirse de alguien, aunque nunca nos dijo de quién. Pero

nuestros padres le suplicaron que les acompañara, que aquello no podía

102


durar mucho y que entonces todos volverían. Como Xavier nunca me

explicó nada, he de suponer que no nos quiso dejar solos. En cuanto a

Rosa, tampoco regresó hasta pasados dos años. Pero aquel agosto, su

padre se reunió con su mujer y con su hija en Olost y, en septiembre,

bajó solo a Barcelona: el pueblo parecía más seguro en aquella época

de revueltas. En Navidad subió de nuevo mientras la situación, aquí,

empeoraba día a día. Al final, los tres acabaron quedándose en el

pueblo hasta que acabó la guerra,. Cuando el embarazo de Rosa fue

evidente, sus padres por poco no la matan pero ella no quiso decir de

quién era y la pobre les aseguró que su novio la quería, y que no

tardaría en regresar para hacerse cargo de lo que viniera. Pasado un

año, la casaron con un viudo de Vic que le llevaba treinta años; el

vejete le dio apellidos al crío con tal de tener una mujer joven y guapa

en la cama. Al acabar la guerra, Rosa se vino a Barcelona a buscar a

los Borés, pero los vecinos le dijeron que estaban en Francia y que,

siendo como eran todos tan rojos, que no creían que pudieran volver.

Entonces, como no quería seguir con su marido, le pidió a su padre que

le permitiera vivir en Barcelona. Su madre estaba ya muy enferma y él,

precisando una mujer que lo ayudara, accedió. En resumidas cuentas,

para todo el mundo, aquel niño era del vejete y en la guerra hubo bodas

103


tan raras que nadie se extrañaba de nada. Un tiempo después, murió la

madre y el padre se volvió a casar. La nueva mujer no paró hasta que

su marido sacó a Rosa y al crío de su casa, aunque tampoco la dejaron

en la calle: su padre le cedió un piso, un sueldo que debía ser una

porquería y prometió pagarle los estudios al niño. De hecho fue lo

único que le dio, porque la panadería la heredaron unos gemelos que

tuvo en aquel segundo matrimonio. El chico se hizo aparejador y ahora

se gana bien la vida, lo suficiente para mantener a su familia y ayudar a

su madre cuando lo precisa; aunque cuando Xavier la encontró arregló

sus cosas para que no le faltara nada.

Después de este largo y sorprendente relato, se hizo un silencio expectante.

Oí a la abuela levantarse y luego a mi madre dirigiéndose a la cocina. Yo seguía

mudo al final de la escalera preguntándome si en todas las familias había tantas

historias rocambolescas. Porque, entre unos y otros, en la mía proliferaban como

setas.

- Pero, ¿cómo y cuándo fue que la encontró Xavier? – oí que le

preguntaba mi madre.

- La verdad es que toda la historia fue muy triste. Al parecer, cuando

acabó la guerra, a través de amigos que habían regresado, Xavier

intentó dar con Rosa hasta saber que, durante la guerra, se había casado

104


en Vic. En definitiva, la verdad. O lo que parecía serlo. Mi hermano

dio entonces el asunto por zanjado. Hasta que un día, hará diez años,

en un viaje en el que nos acompañó, entró en una pastelería instalada

donde antes había estado el horno. Le atendió un hombre, que resultó

ser uno de los gemelos del padre de Rosa. Casi sin esperar nada, le

preguntó por los antiguos propietarios y por Rosa. El chico fue amable

y le dio el teléfono y la dirección. No la llamó, pero se acercó a su casa

sin más intención que ver dónde vivía; o cómo era. Vete tú a saber. Ya

ves, nunca hubiera dicho que mi hermano era un romántico; pero debió

serlo, sin duda. La cuestión es que, después de merodear un rato, entró

a tomar un café en un bar situado frente a la casa de Rosa; y, desde allí,

vio salir de la portería que observaba a una mujer del brazo de un

hombre. Inmediatamente, no la identificó; lo que le llamó la atención

fue el hombre: su enorme parecido con nuestro hermano Didac, y

también con él mismo. Entonces salió a su encuentro y, nada más

mirarse, pese a lo viejos que estaban, Rosa y él se reconocieron y,

desde aquel día, nunca dejaron de verse. Imagínate, con un hijo de

cuarenta y tres años ya no podían perder más tiempo. ¿Recuerdas que

los últimos años Xavier empezó a venir a Barcelona con frecuencia?

Pues ahora ya sabemos para qué. Y yo creo que para mi pobre hermano

105


debió ser un alivio descubrir este hijo y pasear con Rosa como dos

novios. Pobre Xavier, tan callado y siempre aguantando a la tonta de

Paulette. En el tiempo que les quedó, también consiguieron arreglar los

papeles de adopción para que el chico llevara nuestro apellido, así que

se puede decir que Xavier ha dejado, sentimentalmente, dos viudas y,

legalmente, tres hijos.

- Paulette no sabe nada, claro – musitó mi madre.

- Ni se enteró. Ya sabes lo chiflada que siempre ha estado y como

tampoco quiso venir nunca a Barcelona… Recordarás, por cierto, que

ella también se casó embarazada – musitó como para ella misma -.

Aunque mi hermano, todo hay que decirlo, desde entonces fue un

hombre formal y también un buen padre. Claro que aquella boda, para

nuestras exiguas posibilidades, le supuso lo que se llama un

braguetazo.

Después del relato de la abuela Camila, los tres deliberaron unos minutos

decidiendo que en la próxima visita de mi padre se lo explicarían. Y que si Xavier

los había convertido en portadores de su último mensaje, debían entenderlo,

asimismo, como el deseo de que incluyeran a Rosa y a su hijo en la familia.

- En la carta que nos dejó – recordó la abuela - nos pedía que

entregáramos sus cenizas lo antes posible y que lo hiciéramos

106


dedicándole a las personas receptoras atención y respeto para siempre.

El primer verano después de su muerte fue aquel que operaron a Pere

del menisco, así que las cenizas siguieron en el Marais. El siguiente,

llegó el ofrecimiento de Elías para que buscáramos sin más dilación un

piso en Barcelona y el viaje en el que encontraste esta casa. Decidí

entonces que Xavier regresaría cuando nosotros lo hiciéramos

definitivamente, creyendo que lo que quedaba de mi hermano estaría

más seguro. Espero que no esté muy enfadado por lo que hemos

tardado: al fin está donde hubiera querido estar siempre. Una guerra es

esto, hija, te separa de lo que más quieres; y no sólo de las personas,

sino de todo: de tu vida, de tu trabajo, de tus amigos... De tu casa, en

suma, porque tu casa es tu alma a la que deja exangüe porque usurpa el

pasado obligándote a vivir como si jamás nada hubiera existido. Y,

¿sabes?: lo haces. Lo haces porque si vives recordando, el dolor se

hace insufrible, como le sucedió a mis padres.

‘Matt, en la memoria, las huellas del dolor nunca desaparecen’

107


Dítono

1.

Delante de casa de Mich, sin bajar del coche, mamá se quedó observando

la calma de ventanas y postigos sin vida, cerrados a cal y canto. Mi madre cruzó la

pequeña verja de madera dirigiéndose a la puerta principal primero y luego a la

parte trasera de la casa de donde regresó con un papel que había encontrado bajo

la maceta donde antaño Mich y ella solían dejarse mensajes. < Nos vamos a

Nîmes, Matt. Algo no funciona.> Recorrimos el trayecto sin hablar, en un silencio

inquieto; al llegar al hospital Carémeau, mi madre había decidido que la esperara

en el coche.

- Nunca te han gustado los hospitales, Matt, así que sacaré del maletero tu

mochila y esperas aquí leyendo mientras intento saber qué sucede.

- Pero se trata de Mich, mamá, me gustaría verla - le contesté saliendo

decidido.

- No es Mich, es Alain. Pero, de acuerdo Matt, acompáñame; aunque

será mejor que cojas tu bolsa porque no sé el rato que estaremos, ni si

la podrás ver. Anda, sé bueno, me temo que las cosas no están bien.

108


Mi madre desapareció entonces en los pasillos de ese laberinto abarrotado

que suele conducir al dolor y la muerte.

Después de una hora que se me hizo eterna, en la puerta de la cafetería

apareció Mich extendiendo sus brazos hacia mí en los que me abalancé con

fuerza. Mich lloraba y yo me quedé quieto dejando que sus lágrimas

humedecieran mi frente. Tomó un café y quedó con mamá en que se llamarían por

la mañana. Inmediatamente después salimos hacia París. Creo que es la vez que he

visto conducir a mi madre más rápida y brutalmente: pensé que acabaríamos

pegándonosla. Por suerte acabé por dormirme hasta que mamá me despertó en el

garaje de la avenida Ingres. Al día siguiente, reanudaba mis clases empezando mi

último trimestre escolar en París, tiempo en el que mi madre preparó nuestra

mudanza a Barcelona.

Alain tenía sida. Desde mucho tiempo atrás, sabía que estaba afectado sin

habérselo dicho nunca a Mich. Es cierto que fue al hospital para iniciar un

tratamiento de desintoxicación, y que lo siguió pero, en los análisis previos, ya le

advirtieron que era seropositivo. Un resfriado, que acabó siendo una neumonía,

obligó su ingreso en el hospital donde detectaron que la enfermedad se había

manifestado. Ahí lo supo Mich, embarazada de cinco semanas y seropositiva a su

vez. Existía la posibilidad de que el feto no se contagiara – le dijeron - pero

109


existían múltiples riesgos antes de llegar al parto. Pese a todo, Mich había

decidido continuar con su embarazo.

- Mami, ¿Mich se puede morir? - le pregunté después de haber

permanecido varios días mudo, incapaz de hablar al respecto.

- Se pueden morir todos, Matt: Mich, el hijo que espera y Alain; éste

último tal vez muy pronto. Pero es su decisión y debemos ayudarla, así

que no vuelvas a meterte en el baño cada vez que hablo con ella para

que no te la pase. Nos necesita, ¿comprendes?

- Tengo miedo a perderla mamá. Y a que ella note mi miedo.

- Pues te aguantas y aprendes a mostrarte fuerte. Tu fuerza, la que le

demos todos, será la suya.

- Pero tú no querías a Alain.

- Estamos hablando de Mich y a ella le esperan unos meses muy duros,

llenos de incertezas. Sin contar con la enfermedad de Alain.

Alain, salvo breves estancias en casa junto a Mich, quien siempre lo cuidó

con aquella pasión maternal que la había atado a su destino, estuvo en el hospital

prácticamente los seis meses siguientes. Unas semanas antes de morir, se casaron.

Fue al final del siguiente octubre, cuando ya vivíamos en Barcelona. Y mamá y yo

acudimos a la ceremonia. Al salir del ayuntamiento, Alain se desvaneció en la

acera.

110


- No te preocupes Matt, sólo está un poco débil – me dijo Mich

sosteniendo a su marido vencido en su regazo.

Mi madre los llevó a casa de Mich, pero la misma tarde lo volvieron a

ingresar y ya no salió más. Aquella noche, mamá, Mich y yo celebramos un

particular banquete de boda en la Hostellerie Les Frênes, donde mamá y yo nos

alojábamos. Mich estaba muy guapa, y hasta más delgada que años atrás pese a su

embarazo de ocho meses. Me encantó verlas reír y hacer bromas como antes, pese

a que muchas eran a mi costa y a que estaban un poco tontas por la botella de

champán que se habían pimplado. En los postres apareció un pastel de boda

encargado por mi madre y Mich no pudo contener el llanto pero, entonces,

sucedió algo prodigioso: el resto de los comensales del restorán, advirtiendo que

aquella era una celebración inusual, se pusieron a aplaudir. Suerte que el local era

pequeño y el pastel bastante grande porque Mich quiso repartir un trozo en cada

mesa; aunque los novios me los regaló a mí. Desde aquel día están encima de mi

ordenador, así los veo constantemente: cada día más viejos y más débiles por los

trompazos que se van pegando al caerse. Mamá solía decirme que si los quería

conservar debía colocarlos en un lugar menos inestable; pero a mí me parece que

ahí están bien: me recuerdan lo efímero y frágil de la condición humana y, pese a

ello, o por ello – justamente - sé que siempre recordaré esa velada con una gran

ternura.

111


Al advertir que se acercaba el fin, Mich llamó a los padres de Alain. El

padre no acudió a despedirse de su hijo, ni tampoco al entierro. Su madre, en

cambio, permaneció junto a él hasta el último instante. Pero al regresar del

hospital, su marido se había ido de casa con unas pocas pertenencias.

112


Al entierro de Alain, apenas acudimos un puñado de conocidos. Cuando le

pregunté a mi madre dónde estaban todos los amigos de Mich, me contestó que la

vida va poniendo pruebas de forma que al final quedan pocos, muy pocos. Aquella noche volvimos a

cenar en la Hostellerie de Frênes, como el día de la boda de Mich. Pero a solas,

algo que desde entonces haríamos con cierta frecuencia y que a mí me encantaba

porque me hacía sentir importante, y también más próximo a la vida de mi madre

– a veces tan imprevisible -. Por otra parte, solíamos ir a restoranes de iconografía

sofisticada, lo que propiciaba otro tipo de conversación, y también de conducta.

Así, poco a poco, fui descubriendo que detrás de aquella mujer que había sido

esposa de un músico, profesora de danza y alguna cosa más que contribuyera en

la economía familiar, se escondía una desconocida.

El padre de Alain regresó a su casa un mes más tarde; radiante cuando

supo que Mich había tenido un niño que no estaba afectado, sino inmune y fuerte.

Mamá le prometió a Mich que iríamos a visitarla los primeros días de mis

vacaciones escolares, justo antes de Navidad. Mich inscribió a su hijo como

Claude Alain, pero todos le llamaron Alain desde el principio.

- Espero que este Alain los haga a todos más felices que su padre –

comentó un día mi madre.

- ¿Estás enfadada con Mich porque ha llamado a su hijo Alain?

113


- ¡Qué tontería Matt! ¡Qué importa cómo llame al niño! Lo que he dicho

no ha sido más que una reflexión en voz alta. Lo que sí pienso es que

lo sucedido con Alain era previsible y, pese a ello, Mich se empeñó en

quererlo y en cuidarlo como a un hijo. Ahora tiene realmente un hijo y

unos suegros; en suma, una familia, algo que nunca había tenido. Con

lo que hizo bien en no hacerme caso porque tal vez este era el camino

para que Mich la tuviera.

- Estás diciendo cosas muy raras, mami.

- Seguramente. Pensaba en voz alta intentando encontrar una respuesta a

todo esto. Y creo que ya la tengo, de hecho es muy simple: nada ni

nadie es igual; lo que es lógico y conveniente para unos, es desacertado

para otros. Yo pretendí ayudar a Mich sin darme cuenta de sus

carencias afectivas y de su enorme inseguridad al respecto. Al fin, ella

sola las ha resuelto y quién sabe si mejor que yo.

- Pero ¿qué dices, mamá?, Mich está enferma.

- Bueno, ¿y dónde está escrito que la vida deba tener una duración

concreta? ¿O acaso los ancianos son más felices? A eso me refiero,

Matt: no sé cuántos años le quedan a Mich; quién sabe, tal vez muchos.

Pero algo me dice que lo que le quede, sea el tiempo que sea, será una

etapa de afecto que velará por ella.

114


2.

Durante nuestro último trimestre en París, volví a sentirme muy solo, como

cuando nos instalamos al dejar Chateaurenard, con el agravante de que los abuelos

no estaban. Mi madre, además, había dado vía libre a sus diablos que pululaban

enloquecidos a nuestro alrededor. Trabajaba todo el día, en general fotografiando

en exteriores de los que volvía como si hubiera corrido un maratón. Cenábamos

casi sin hablar y luego, después de un baño, se quedaba hasta bien pasada la

medianoche preparando nuestra mudanza con una meticulosidad desquiciante:

anotó cuanto precisábamos llevar, clasificó en carpetas todas las facturas y la

documentación de París y hasta etiquetó todos los botes y cajas de la casa con el

detalle de su contenido. Si le preguntaba para qué se mataba en hacer todo aquello

en lugar de quedarse un rato conmigo, me contestaba con un gruñido arguyendo

que ya me tenía a su lado y que la dejara tranquila. El día antes de empezar mis

exámenes, le propuse que fuéramos al cine.

- No puedo - rechinó -, ¿o acaso crees que las cosas funcionan solas

¿EH? Tú tienes como única obligación tus estudios y yo las tengo

todas, incluidas las tuyas. ¿O es que no entiendes nada? Es importante

que nuestra vida en Barcelona funcione, que tenga sentido. ¿PUEDES

ENTENDERLO?

115


- Pero mamá, ¿y qué tiene que ver todo esto con el montón de días que

llevas ordenando cosas que nunca han estado desordenadas y que lo

anotes todo como si fueras una vieja maniática?

¡Dios!, ¿por qué dije eso? Primero empezó a bramar que efectivamente no

es que lo pareciera, sino que ya lo era. Y, de pronto, empezó a llorar quedo, con una pena honda que me

paralizó impidiéndome abrazarla y protegerla. Así que, impotente, la contemplé

sollozar sentada en el suelo con la cara hundida entre las manos.

- Mami, por favor, perdóname. ¡Cómo vas a ser vieja si eres la mujer

más guapa del mundo! Lo que sucede es que estás tan rara. ¡Díme qué

te pasa, por favor! Si es por las bambas que te he pedido y no tienes

dinero, no me las compres; las mías todavía tiran.

Mi madre levantó un segundo la cabeza sonriendo entre aquel montón de

lágrimas. Luego, incorporándose, me tendió su mano que yo besé en el dorso y en

la palma, una y otra vez.

- Iremos el sábado a comprarlas, ¿de acuerdo, Matt? Y no te preocupes

por el dinero. No, no nos falta; el que no me guste hablar de ello es una

cuestión de respeto hacia uno mismo. Pero también yo - como tú con

tus bambas - sucumbo a varios deseos que se me hacen irresistibles y

que, en ocasiones, me ayudan a superar un mal día; lo que no dice

116


mucho en mi favor. Y perdóname, sé que estoy insoportable y la única

razón es que tengo miedo: miedo a equivocarme de nuevo, miedo a no

darte una vida sosegada, a trabajar en otro país, a fracasar… y también

a no querer nunca más a ningún hombre, y no porque precise una

presencia masculina como defensa ante una sociedad que todavía es

muy machista, sino por mí, porque debe ser muy dulce compartir el día

a día, aunque sólo sea unas horas; tener una compañía en la que

reposar, así como vivir con alguien que pueda reposar en ti.

- Pero, ¿y yo, mamá? – le pregunté dolido.

- Ese es otro amor, Matt. Para empezar, es incuestionable. Pero los

hijos no podéis suplir otro amor más terrenal, pero no menos profundo.

Es un amor con el que todo ser humano aspira a recorrer el camino

mientras que vosotros os vais alejando para construir vuestra propia

vida; una vida que los padres miramos con tanta ilusión como angustia,

sabiendo que si algo no nos pertenece sois justamente vosotros,

nuestros hijos. Bueno, no me hagas mucho caso: ese rollo que te he

endosado es filosofía barata, pero también son mis sentimientos, ya se

me pasará. Voy a caminar un poco, ¿me acompañas?

117


Terminaba una primavera lluviosa. Las aceras olían a hojas húmedas sobre

las que caminamos en silencio hasta llegar al parque de Ranelagh. Al llegar a casa

me quedé un rato en el cuarto de mi madre.

- Hoy me mimarás tú – me dijo esa madre que a veces se volvía niña –:

quédate aquí mientras me aseo, esperas a que me acueste, me tapas y

me das un beso para que sueñe cosas preciosas.

Llovía de nuevo. El ruido se mezclaba con un concierto para piano de

Rachmaninov que a mi madre le gustaba tanto, que en ocasiones la encontraba

acurrucada escuchándolo. , le pregunté asustado la

primera vez que la encontré en ese estado.

- Me duele, Matt.

- ¿Qué te duele, mami? ¿Estás enferma?

Entonces cogió mi mano y la puso sobre su corazón, que se esforzaba por latir.

- No, no estoy enferma. Me duele aquí: es la música. Y, para resistir ese

dolor, intento soñar. ¿Comprendes?

Nos abrazamos muy fuerte antes de que se acostara y pensé que la

explosión de aquella noche le había hecho bien; que, en cuanto despertara,

volvería a reírse de su sombra y de la mía. A ser la de siempre. Entonces apagué el

equipo de música y me acerqué a darle el beso prometido. Pero aún lloraba.

118


3.

La tercera semana de junio llegaba Yael. Esta vez era yo quien, con mi

padre, la iría a recoger al aeropuerto. Un cambio de situación por la que me sentía

exultante. Pero nada más verla, la impresión me dejó turulato: me pareció muy

cambiada, muy mayor, quiero decir; por lo que, en dos segundos, mi autoestima

empezó a reptar por el suelo. Mientras se acercaba a nosotros le miré los pechos.

Aquellos pequeños bultos que me enseñaba en el closet de Dinah habían crecido

mucho y, además, era más alta que yo. Sentí no ser mi padre para poder abrazarla

con aquel desenfado en lugar de mirar hacia otro lado y sentirme una pulga. Los

más negros pensamientos poblaron un buen rato mi alma. Me ví pequeño e

infecto: un ser despreciable con quien Yael ya no querría saber nada más. Pero,

mientras circulábamos por los cinturones, Yael bajó el espejo embellecedor y su

mirada y la mía se cruzaron como el verano anterior cuando, al llegar a Heathrow,

hicimos el trayecto hasta su casa. A través del espejo, Yael sonrió guiñándome un

ojo con aquella cara de trasto que tanto me divertía. Comprendí entonces que Yael

seguía siendo la misma y que nada había cambiado entre nosotros. Es decir, yo

volvería a ser su esclavo. Y encantado con tal de no perderla.

La primera noche de Yael en París cenamos los cinco. Por los cinco

quiero decir: mi padre, Blanche, mamá, Yael y yo mismo. La idea no me

entusiasmaba pensando que en casa de Elías jamás se hubiera dado una situación

119


parecida pero, ¿acaso podía objetar aquel entendimiento al que habían llegado mis

padres? Cuando mi madre se reunió con nosotros en el Café de la Jatte, enseguida

comprendí que también Yael sucumbiría a su hechizo. Aquella noche, sentados en

mi cuarto, se mostró fascinada por todo: por la cena, por la excelente relación de

mis padres y por la belleza de ambos.

- ¿Sabes, Matt?, siempre he pensado que tu padre era de cine: el hombre

más guapo del mundo, pero tu madre me encanta porque es distinta. No sabes

cuanto me gustaría ser así. En casa siempre había oído decir que era muy guapa,

pero yo me la imaginaba como las amigas de mi madre y, la verdad, ni la mejor ha

sido jamás una referencia para mí. ¿No la adoras?

- Sí, claro que sí, pero te aseguro que ser su hijo no es nada fácil. Tu

madre también es una mujer muy guapa y sin embargo, aunque tú te

pases la vida pelándote con ella, a mí me parece menos complicada.

No sé cómo explicártelo porque aunque me guste que mis padres sean

diferentes, que lo sean para todo hace que, en ocasiones, desee tener

unos padres absolutamente normales.

- Pues eres un idiota, Matt. Gente normal, como la misma palabra dice,

es lo normal. Lo raro y fascinante es ser diferente. Y tu madre lo es en

el mejor de los sentidos.

120


- Está bien Yael, no te lo voy a discutir. Ya te darás cuenta de lo que te

quiero decir – respondí fastidiado.

Yael no se dio cuenta entonces porque mi madre, tal y como me había

prometido, nos dedicó prácticamente toda la semana y el único día que tuvo una

sesión de fotos invitó a Yael a que la acompañara al estudio donde podría

fotografiar con su cámara para analizar luego juntas el resultado. Yael se derretía

y yo, irritado ante su mutua complacencia, pasé aquellos días celoso de ambas,

harto de que Yael fuera sucumbiendo mientras yo pensaba que sólo había una

cosa peor que una mujer: una mujer fascinada por otra. Pero lo pasamos bien, es

cierto. Y París nos regaló, además, unos días llenos de luz y sin lluvia. Una

semana más tarde, Yael y yo salíamos hacia Londres donde me quedaría

nuevamente el mes de julio mientras mamá ultimaba nuestro traslado a Barcelona.

Los abuelos proseguían su vida allí encantados, pese a que el abuelo

añoraba a sus amigos del Marais y las partidas de dominó. Aunque, finalmente, en

una de sus visitas, mi madre encontró un bar cercano donde ambos podrían jugar

y, tal vez, encontrar nuevos amigos. El abuelo protestó: en su opinión, el dominó

siempre había sido una reunión de hombres.

- De hombres del medievo – le increpó la abuela –, ¿o acaso crees que

no te puedo ganar?

121


La abuela resultó un contrincante imbatible. La muy puñetera, además de

tener una suerte bruja, se había pasado todos aquellos años observando las jugadas

de su marido mientras tomaba su pastis. Jugaron solos apenas una semana al cabo

de la cual se fueron uniendo a su mesa algunos vecinos del barrio con los que

acabaron confraternizando. Los abuelos, además, fueron inmediatamente muy

respetados gracias al status que les proporcionaba su casa, de la que se murmuraba

por el barrio lo bonita que era; y también porque disponían de una Marcia para

atenderlos. Poco importaba que el abuelo, muy aficionado a explicar batallitas, les

contara su exilio, la muerte de su cuñado republicano y las penurias de muchos

años en París. Lo que contaba era el ascensor privado.

Mi segundo verano en Hammersmith voló de nuevo entre paseos en

bicicleta; pic-nics en la barca; incursiones por Londres con Dinah; cenas con la

familia del doctor Scott Brown y visitas a Violet, ahora sola desde la huida de su

amante con el chofer de Bob Miller. Pero las charlas en mi cuarto con Yael

después de cenar, mientras Elías mantenía su costumbre de pasear con Max,

seguía siendo el momento del día que más me gustaba, pese a que a Yael ya no le

gustaba bromear con el sexo y a que mi madre se convirtió en el tema más

recurrente de nuestras conversaciones. Por mucho que yo intentara evitarlo, Yael

volvía a él una y otra vez.

- ¿Tiene novio? – me preguntó un día.

122


- No lo sé – le contesté irritado y harto de su obsesión -. Mamá sale con

frecuencia y creo que tiene muchos amigos pero, a excepción de

Hugo, apenas los conozco.

- ¡Pues debes estar contento!, con lo celoso que eres, seguro que

preferirías tenerlo todo controlado.

- Es posible pero, si lo intento, no me aclaro. Una vez le monté una

escena tremenda por un tío que vino a buscarla y al que se abrazó en

mis narices, pasando de que se me podían revolver las tripas y ¿sabes

una cosa?, pues que metí la pata a lo bestia porque el tipo era el marido

de una amiga y ambos acababan de perder a su primer hijo en el parto

por lo que el abrazo de mi madre era de consuelo y no otra cosa como

creí, pero ¿crees que fue ella la que me lo explicó? ¿Crees que fue tu

idolatrada Alexandra la que me consoló asegurándome que no se

largaría con él? No, no, dejó que le montara un número de circo y su

único comentario fue que debía respetar su libertad y que además y,

sobre todo, era preciso preguntar antes de juzgar nada pero de no ser

por Mich, ni me entero de la historia. Además, como no sólo nunca

explica nada sino que tampoco demuestra nada, es imposible

entenderla. A veces, en plena pelotera conmigo, coge el teléfono y

contesta como si estuviera en el mejor de los mundos. Un día de esos

123


ien chungos, habló con los abuelos de forma que nadie hubiera

podido adivinar que me estaba metiendo una bronca tremenda. Cuando

días después le pregunté cómo podía hacerlo me contestó que la

confianza no nos da derecho a abusar agobiando a nadie con nuestros

problemas y que tuviera en cuenta que a los abuelos era inútil

preocuparlos; que a los amigos no se les puede abrumar y que a los

conocidos jamás hay que mostrarles ninguna debilidad. Si con todos

estos antecedentes supiera si mamá tiene un novio, querría decir que

estás ante un brujo.

- Oye, ¿y a ti te hace falta que te lo cuenten TODO? ¿No sabes mirar, o

es que eres lelo como todos los tíos? Deberías adivinarlo fijándote en

cómo se arregla o indagar en sus viajes.

- ¡Y yo qué sé cómo se arregla! Casi siempre va con tejanos. Tú misma

la has visto una semana entera ¿y qué, has notado algo?

- Pues sí. Una noche se puso especialmente guapa y pegó un brinco

cuando sonó el teléfono.

- No me di cuenta. ¿Quién era?

- Alguien que vino a buscarla en un coche negro que conducía un chofer.

Tu madre, literalmente, voló a su encuentro. Y llegó de madrugada;

miré la hora: para tu información, eran más de las tres.

124


- Lo que sucede es que las mujeres sois pajoleramente curiosas.

- Como vosotros, sólo que nosotras, además, lo olemos todo, en cambio

vosotros sois unos zoquetes.

Mi madre solía llamar un par de veces a la semana poniéndome al

corriente de todas las novedades. Aquel julio había pasado varios días en

Barcelona estableciendo los primeros contactos para trabajar en ese futuro

inmediato que ya era septiembre. También me llamó desde Praga, desde Milán y

un día de la tercera semana de julio, desde Hamburgo, desde donde me anunció

que cogía un avión para estar dos días en Londres.

- ¿Vienes a trabajar, mami?

- No, Matt, estoy con unos amigos y puesto que ellos han decidido pasar

el fin de semana en Londres, he pensado que no estaría mal darte un

beso. ¿Te parece?

No, no me parecía. Yael y mi madre nuevamente juntas era una

combinación que en París había agotado mi capacidad de celos por una larga

temporada, pero ¿cómo impedírselo? Quedamos que la mañana del viernes, antes

de coger el avión, me llamaría para encontrarnos en Londres. Cuando anuncié su

llegada, Yael, en pleno éxtasis, le propuso a Dinah que mamá durmiera en casa.

Afortunadamente zanjé de inmediato esta posibilidad puesto que mi madre no me

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había dejado ni la menor duda acerca de su intención de quedarse en un hotel con

sus amigos.

- Le podrías proponer a tu madre que pasara el sábado con nosotros. Si

no ha estado en Hammersmith, este es un mes precioso para conocerlo

– me dijo Dinah con su habitual amabilidad.

Mi madre llegó poco antes del mediodía. Yo estaba con Max y Elías

ayudándoles a preparar la barca para salir. El sol, en su cenit, refulgía. Estábamos

colocando el toldo cuando Dinah, Yael y mi madre aparecieron en el embarcadero

con las cestas de comida. Una suave brisa movía la falda del ligero vestido de mi

madre de forma que se iba adhiriendo a su cuerpo. La expresión embelesada de

Max, quien por aquella época adoraba lo que él llamaba mujeres maduras, me

repateó el estómago. Pero mucho más elocuente y doloroso fue observar el saludo

entre mi madre y Elías. Hubo un instante en el que ambos retuvieron sus manos

prolongando innecesariamente el gesto. ¿Lo advirtió Dinah? Todavía hoy no lo sé,

pero desde ese momento flotó entre nosotros una tensión a la que sólo con el

tiempo he podido denominar: era la sensualidad que desprendían los cuerpos de

mi madre y Elías.

El día transcurrió sin que apenas hablara con mi madre quien se dedicó a

desplegar aquellas implacables alas con las que apresaba a sus nuevas víctimas. Al

regresar a casa, hasta Max, en lugar de salir disparado para reunirse con sus

126


amigos, anunció que se quedaría a tomar el té con nosotros. Y yo observaba.

Miraba a Dinah siempre solícita, a Yael pegada a mi madre y a Elías afectuoso

con su mujer pero siguiendo con la mirada a mamá. Cuando mi madre anunció

que debía estar en la ciudad a las siete, Dinah la invitó a quedarse a la tertulia de

los sábados con los Scott- Brown y otros amigos. Respiré muy hondo al oír que

mi madre se excusaba.

- Es una lástima, Alexandra, ya ve que este es un rincón precioso y ésta

sería una excelente ocasión para que lo conozca bien puesto que

nosotros regresaremos a Nueva York antes de Navidad, ¿por qué no

llama a sus amigos? – todavía insistió Dinah -. Elías y yo estaremos

encantados de recibirles; nuestras cenas de los sábados están abiertas a

los amigos de nuestros amigos, sería un placer que se sumaran.

¿Verdad Elías?

De nuevo, para mi alivio, mamá volvió a declinar la invitación. Se sentó

un rato con Yael para comentar las fotos que ésta había hecho en el estudio los

días que estuvo en París; luego, Yael y yo, paseamos con ella bordeando el río; la

llevamos a nuestro banco de Saint Peter Square donde nos fotografió; fuimos unos

minutos a saludar a Violet y, por último, tomamos una limonada con Dinah y

Elías mientras llegaba un taxi a recogerla. En el último instante, me susurró al

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oído que no olvidara cuanto me quería. El taxi arrancó y ella, sin girarse, sacó la

mano por la ventanilla en el último adiós de aquel encuentro.

Unos días después, mi madre le envió a Dinah las fotos de aquel sábado en

Hammersmith con una nota agradeciéndole el precioso día con su familia. Una

vez enmarcadas, Dinah colocó las mejores en el salón. Estaba muy contenta, hacía

tiempo que no tenía fotos tan bonitas de toda la familia.


Le contesté a Dinah que mi madre estaría encantada. Mientras agradecía al

diablo que nadie hubiera fotografiado a Elías con mamá.

128


4.

Cuando el 30 de julio regresé a París, abracé a mi madre con todas mis

fuerzas, como si temiera perderla, y arrepentido de mi alejamiento durante los días

en Inglaterra. La encontré contenta y, diría, algo excitada. Podía ignorarlo todo

sobre ella pero, sólo por cómo leía el periódico mientras desayunaba, sabía con

certeza si tenía un buen día o si amenazaba tormenta.

Los dos últimos días en París los pasé acompañándola a todas partes

mientras, frenéticamente, iba llenando el todo terreno de utensilios y ropa de casa

que compró aprovechando las rebajas. Hacía un calor mortal y ambos, sudorosos

y derrengados, al llegar el final del día parecíamos unos facinerosos.

- Mamá, ¿y no crees que todo eso lo habrías podido comprar en

Barcelona?

- Seguro Matt. Pero lo que aquí puedo hacer en unas horas, en Barcelona

me llevaría días. Ni sé dónde buscarlas, sin contar con que en la

búsqueda me perdería mil veces por la ciudad.

Cierto, mi madre se podía perder en un campo de lechugas. Su sentido de

la orientación siempre había sido nulo. Aún no me explico cómo regresaba

siempre al punto de partida; aunque, con suma frecuencia, me consta, que después

de dar mil vueltas alrededor del mismo sitio. Y es que creo que siempre iba

pensando en otras cosas, colgada de sus musarañas.

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La víspera de nuestra marcha, llevamos el coche pequeño a la estación

para que a nuestra llegada ya estuviera en Barcelona. Era un Fiat 500, ya muy

tronado, que mamá había comprado años atrás, todavía en Chateaurenard.

De vuelta a casa en metro, en nuestro vagón no habría más de diez

personas; todas absortas, con la mirada vacía. Como la nuestra, probablemente. A

cuatro estaciones de Ranelagh, nuestro destino, entró un hombre que según mamá

estaría en la cuarentena. Su ropa era sencilla, pero iba con traje, corbata y un

maletín que dejó en el suelo sujeto entre las piernas, quedándose de pié. De pronto

cerró los ojos, levantó los brazos y, para mi estupor, se convirtió en el director de

una orquesta imaginaria. A veces paraba, hacía una severa advertencia a un

intérprete invisible y luego proseguía con gran solemnidad. Cuando llegamos a

nuestra parada, parecía estar en pleno éxtasis.

- Mamá, este hombre está muy loco, ¿verdad? – le dije mientras

caminábamos hacia casa.

- Bueno, muy bien no debe estar, Matt. Pero vete a saber cual es su

punto de locura: a lo mejor es capaz de comportarse con normalidad en

su casa o, incluso, mientras trabaja. Quién sabe lo que pasa por su

cabeza; o cuales son sus frustraciones. Madame Louise no sólo es una

mujer muy cordial sino que atiende bien la portería, y, sin embargo,

cada noche, habla con su marido un buen rato mientras le sirve coñac y

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le enciende la pipa. Si tenemos en cuenta que él se largó hace diez

años…

- Es verdad y, oye, ¿nunca ha protestado nadie? ¿Qué dicen los otros

vecinos?

- Pues sólo recuerdo una vez que, entre las cuestiones que se debatieron,

estuvo si madame Louise debía o no debía quedarse, dada esta

peculiaridad. Y yo voté que sí, pese a que soy quien mejor oye sus

parlamentos al compartir un tabique.

- ¿Y con quién se fue su marido?

- Con la cocinera del matrimonio que ocupa la segunda planta; dicen que

era una mestiza muy guapa. El marido de madame Louise se pirró

tanto por ella que la siguió hasta Cascais, en la costa de Portugal: allí

montaron un restaurante, se casaron y creo que han tenido dos hijos.

- Y su mujer, quiero decir madame Louise, ¿por qué sigue hablando a

las paredes?

- ¿Y el señor del metro, por qué crees que dirige una orquesta? A lo

mejor esa batuta imaginaria le permite sobrevivir a otros traumas,

como madame Louise con esa conversación a la nada. En suma, no

hacen daño a nadie. Peor es sembrar el mal esparciendo rencor. Jamás

he oído a madame Louise hablar sobre lo sucedido. Ni que dijera, por

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ejemplo, ‘aquella negra hijaputa de mierda que se tiró a mi marido

etcétera, etcétera’. Bueno, no sé si comprendes lo que te quiero decir,

pero te prometo que, incluso en personas educadas en un entorno social

muy superior, es sorprendente lo que les hace decir su amor propio,

que no es lo mismo que el amor. Si fuera amor, callarían o intentarían

dialogar cuestionándose qué ha fallado y, sobre todo, sabrían que el

contencioso, en todo caso, es con su pareja y con nadie más.

Teniendo en cuenta la educación recibida, siempre me resultó chocante, y

divertida, la brutalidad con la que mamá, tan refinada siempre, podía en ocasiones

despachar una cuestión.

En cuanto a su explicación, tardé unos años en entenderla; pero estoy de

acuerdo con mi madre. Madame Louise continúa en la portería de la avenida

Ingres; tendrá ahora unos cincuenta años y siempre me ha parecido una persona

amable a la que rara vez se ve cariacontecida. Será porque cada noche habla con

su marido como una cotorra.

5.

A las 8 de la mañana del dos de agosto de 1991, mamá y yo salimos hacia

Barcelona. Nuestra casa quedó cubierta de sábanas blancas y la nada se fue

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filtrando por todos los rincones como una bruma baja y espesa. Clock. La puerta

cerró una etapa y emprendimos viaje.

A las diez de la noche llegábamos a la calle Vilaplana donde, impacientes,

los abuelos quisieron esperarnos despiertos y, con ellos, Marcia quien nos había

preparado una riquísima cena compuesta por sopa de tomate y un rostbeaf que

mamá y yo devoramos. La casa me volvió a parecer muy agradable y aquella

noche dormí profundamente: se habían acabado las idas y venidas de nuestra casa

en la avenida Ingres al Marais y, con ello, el miedo a perder a mi madre; así como

las tardes esperándola con la ausencia nunca superada de Mich.

Los tres días siguientes fueron frenéticos. En Barcelona hacía calor por lo

que mamá decidió que los abuelos y yo pasáramos todo el mes de agosto fuera de

Barcelona: hasta el dieciocho en Ordino, un pequeño pueblo de Andorra, y luego,

hasta fin de mes, en Cadaqués. La noticia no me entusiasmó: otra vez sin mamá

quien no se reuniría con nosotros hasta la última semana de agosto, sin olvidar

que lo que me apetecía era husmear el nuevo territorio. Pero no sólo mamá se

mostró tajante arguyendo que estaríamos mejor fuera de la ciudad, y que además

Marcia precisaba vacaciones, sino que yo mismo no tardé en constatar que el

barrio se iba quedando desierto y que los manguerazos de Marcia en el jardín para

refrescarme no calmaban mi energía.

- Y tú, mami, ¿qué harás?

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- Organizar todo esto y después iré a Edimburgo unos días.

- Eso es nuevo, ¿por qué no fuiste desde Londres?

- ¿Me estás interrogando, Matt? ¿Acaso no sabes cuánto detesto que me

vigilen?

- Sólo quiero saber si volverás.

- No seas pelma Matt. Mamá tiene treinta y un años y necesita respirar

un poco. Nada más. A partir de ahora viviré siempre con tus abuelos

que son muy mayores. ¿Puedo divertirme un poco?

- El otro día me dijiste que eras vieja…

- Esto es un golpe bajo, Matt. Prefiero no contestar.

Tres días después, un taxi nos recogía a los abuelos y a mí. A la hora de

comer llegábamos al hotel Coma de Ordino. Reconozco que aunque hice todo el

trayecto hecho una piltrafa, la vista de aquel pequeño pueblo, la piscina y el jardín

en el que jugaban un montón de niños de mi edad, me hicieron olvidar el enfado

con mi madre quien se había mostrado los últimos días nerviosa y distante. !Que

la bombeen!, pensé.

Los días de Ordino se convirtieron en el primer veraneo de mi vida. Es

cierto que en Chateaurenard solíamos ir a la playa, y también estaban mis dos

años en julio con los Nathan, pero aquella sensación de ocio canicular en familia

resultó muy placentero. Hasta Yael, Mich y mi madre dejaron de ser

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imprescindibles de forma que casi las olvidé entretenido con mis nuevos amigos,

huéspedes como yo en el hotel y en su mayoría franceses. Sí, fue un verano

especial que nunca más pude repetir pese a que, al despedirme de todos al salir

hacia Cadaqués, mis últimas palabras fueron: hasta el próximo verano.

Ahora, siempre digo adiós.

135


Efugios

1.

Mientras agosto discurría, mi madre nos iba llamando desde Barcelona,

desde París y, por último, desde Londres; ese día lo recuerdo especialmente

porque fue el día de nuestra llegada a Cadaqués, cuya primera visión me

impresionó tanto que el brillo del Támesis o mis recuerdos de niñez en la playa

junto a Mich, se oscurecieron.

teléfono.

- ¡Mateo!, ¿quieres venir?, es tu madre – me reclamó la abuela al

- Hola mami. Sí, Cadaqués me gusta mucho. ¿Dónde estás? Ah, en

Londres. ¿Llamarás a los Nathan? ¿No? Bueno, pues espero que no te

los encuentres. ¿Cómo que por qué? Ya veo que sigues en plan pasota.

No, no estoy tonto. Sí, estoy muy bien. De acuerdo, hasta el domingo.

Muaaa – le dije sintiéndome un capullo. ¡Dioses! cómo la odiaba

algunas veces.

La vida en Cadaqués, de todas formas, estaba siendo un maravilloso

descubrimiento. La abuela decía que la gente iba vestida con harapos pero yo me

quedaba colgado viendo mujeres guapísimas, con la piel bronceada y los cabellos

sueltos y sin artificio. Sigo pensando que esa forma de vestir, en la que la

naturalidad resulta tan sofisticada, es de una gran belleza. En Cadaqués, además,

136


los abuelos me permitían salir solo porque el pueblo resultó como un gran parque

con varias playas y escondites pero con el límite que suponía la entrada: a partir

de ahí, una carretera llena de curvas hacía las veces de una barrera, en aquel

momento, del todo infranqueable para mí.

Estábamos instalados en el hotel Sol y Mar, que era exactamente lo que su

nombre indica: un hotel de playa, sin lujos ni grandes comodidades pero cuya

ubicación lo convertía en un lugar privilegiado por su espléndida vista sobre el

pueblo. Yo dormía en un pequeño cuarto que daba al jardín, en la zona posterior;

delante, los abuelos ocupaban una habitación espaciosa con una terraza sobre la

bahía. Ahí pasé mis primeras mañanas en Cadaqués leyendo o escribiendo en mi

diario. Los abuelos, quienes cada día estaban más dicharacheros y sociales, pronto

encontraron a una pareja de su edad con la que charlar y jugar al dominó. Aunque,

curiosamente, parecían condenados a no salir de Francia ya que no sólo este

matrimonio sino medio Cadaqués, eran veraneantes franceses. Exactamente igual

que en Ordino.

Los primeros días anduve algo perdido hasta que una tarde de fuerte

tramontana, sentado en la pequeña playa delante del hotel, vi a un chico peleando

por entrar con su barca contra el viento. Nadé hasta él y, aunque siempre he sido

muy patoso para estos menesteres, me encontré ayudándolo. Se llamaba Batiste y

nos entendimos de inmediato, desde la primera frase, desde la primera indicación

137


para que el vendaval no lo siguiera zarandeando. Pese a mi total desconocimiento

de aquellos elementos hechos para el mar, nos entendimos como si no hubiéramos

hecho otra cosa en la vida más que estar juntos. Fue algo muy especial y lo sigue

siendo todavía ahora. Creo que ni podría contar cuántas veces he recurrido a la

compañía de Batiste cuando la vida se me ha hecho incomprensible.

Pero, volvamos a ese verano. Encontrar a Batiste me supuso conocer

Cadaqués desde el mar, una vida distinta en la que el día transcurría en la barca de

su padre con la que recorríamos las escarpadas y rutilantes calas del Cap de Creus.

Batiste era hijo de madre desconocida, como Mich. Y hacía una vida, en cierta

forma, parecida a la que yo mismo había hecho los dos últimos años: durante el

invierno vivía con sus abuelos paternos en Bordeaux y el verano lo pasaba en

Cadaqués con su padre, un pintor que vivía allí todo el año. Tenían una casa junto

a la iglesia que me encantaba: tres pisos de treinta metros cuadrados cada uno y

una azotea desde la que se veían los gastados tejados de las viejas casas del pueblo

y al fondo el mar, unos días gris, otros casi blanco, otros azul - intenso o claro -

según la hora y el viento.

Los abuelos fruncieron el ceño cuando supieron que Batiste era hijo de un

pintor cuyo aspecto les pareció estrambótico, aunque sin dilación tuvieron que

admitir que mi padre – e hijo de ellos – no parecía menos bohemio. Ahora me doy

138


cuenta de cuán rápidamente se habían acomodado a la vida y a los prejuicios

burgueses.

- Pero tu padre es distinto – aún insistió la abuela una mañana de debate

al respecto.

- ¿En qué, abuela; o acaso no te hartas de decir que va vestido como el

conde Drácula?

- Bueno, es un decir. Además, no es lo mismo ir de negro que de hippy y

menos aún un hombre que se acerca a los cincuenta años.

- Papá va así por Blanche. Si viviera en Cadaqués también iría como el

padre de Batiste, tuviera los años que tuviera.

Al fin dejaron de estar inquietos al comprobar que después de un día de

mar con ellos, regresaba en plena forma y pletórico, soñando que pronto emularía

a Stevenson. En pocos días mi piel se oscureció, y mi cabello, rojizo como el de

mi madre, se veteó con grandes mechas blancas. A la abuela dejó de preocuparle

que fuera todo el día en traje de baño y que me vistiera sólo para cenar. Y a veces

ni eso: los días que cenaba en casa de Batiste pasaba directamente al pijama.

Cuando llegó mi madre, sentí que había crecido de forma que, tal vez - me

dije -, dejaría de estar sometido a mi desmesurado amor por ella. Pero no sólo

pronto comprendí que seguía bajo su influjo, sino que tanto Batiste como Henry,

su padre, también caerían bajo su hechizo. Pero reconozco que los últimos días en

139


Cadaqués fueron fantásticos. Mi madre se apuntó a las excursiones en el mar y su

aportación gastronómica hizo que nuestros pic-nics fueran un verdadero lujo.

Además, era muy gracioso verla pasear por las rocas con un paraguas que usaba a

modo de sombrilla temiendo que su piel, muy clara y pecosa, se dañara. Henry le

enseñó a coger mejillones, que cocíamos donde recalábamos; a pescar con el

curricán y a hacer pan con tomate que devorábamos con embutidos. Mamá hizo

muchas fotos de esas primeras vacaciones en Cadaqués y Henry, dibujos; unos, de

ella sola y otros conmigo, en aquellos plácidos momentos de siesta cuando me

adormilaba con la cabeza en su regazo pensando en la nada. Mis recuerdos de esos

días son muy gratos: con mi madre risueña y desplegando tal ternura que cuando

me di cuenta había olvidado lo que me parecían agravios, abandonos y cuanto

vivía como traición.

Llegado el momento de nuestro regreso, se organizó una cena de

despedida en el restorán del faro del Cap de Creus. , objeté. Henry hizo falta para algo más que para que a los abuelos no se los

llevara el viento ya que la primera operación fue meterlos en el todo terreno de mi

madre al que subieron en volandas - sostenidos por Henry y Batiste - mientras

140


ellos renegaban porque les parecía innecesario hacer ningún kilómetro , protestaba la

abuela Camila.

- Hagamos una cosa, papis - les dijo mi madre -: vamos hasta allí y si no

os gusta, cancelamos la mesa y bajamos al pueblo a cenar.

- Pues mira hija, ni hace falta que hagamos la prueba. Dile a este amigo

vuestro que nos saque ahora mismo de este trasto porque tu abuelo y

yo nos vamos, chino-chano, a cenar a Can Rafa y todos contentos.

- A eso siempre estamos a tiempo y ya os lo he prometido; anda, cuanto

menos no me neguéis el paseo, os irá bien – insistió mamá.

Los abuelos iniciaron el trayecto primero mudos por el enfado y luego

deslumbrados por aquel paisaje infinito de roca gris que, fundido con el sol,

resplandecía rosa en su descenso tras el mar hacia el averno.

En una mesa junto a la ventana vimos desaparecer el día y avanzar la

noche. Yo creo que aunque la abuela decía que a su edad no había más milagro

que la salud, esa noche tuvo que admitir que la vida seguía dispuesta a depararle

otros; incluida aquella tertulia alrededor de un riquísimo pescado al horno con

cebolla y patatas además de los postres compuestos por pasteles de chocolate, de

manzana, de plátano y de nueces que entre todos compartimos. Sí, aquella reunión

que los abuelos habían vaticinado disparatada y que estaba resultando grata, la

141


fueron aceptando como un regalo más al tiempo que constataban cuán felices nos

habíamos sentido mi madre y yo en aquel pueblo.

- Pere, ¿te acuerdas de cuando mirábamos, una y otra vez, aquel atlas tan

tronado que compramos junto al Sena para señalar los lugares adonde

iríamos cuando fuéramos ricos?

- Tu abuela, Mateo, se pasaba el día fent volar coloms. Claro que era la

única forma de hacer el viaje de novios que nunca hicimos; pero, por

llegar, llegamos hasta la Tierra de Fuego sin salir del Marais, lo que da

cuenta de su imaginación. Y, ¿sabes? a mí me parecía que no podía

haberme casado con nadie mejor porque gracias a ella resistí no pocos

momentos de desánimo. Aunque lo que es hoy, Camila, de no ser por

nuestra nuera, nos quedamos sin ver ésto que es como haber llegado al

fin del mundo.

- Eso, Pere, es robarme lo que yo iba a decir; aunque yo lo hubiera dicho

mejor porque esta visión, que te obliga a estar en paz con el mundo y

que te mueve a creer en ese más allá - que no entendemos -, bien

merecía algo de poesía.

- A la abuela aún se le nota que fue maestra, ¿verdad? Y poetisa. Los

meses de noviazgo me dormía leyendo sus versos de amor a la luz de

una vela para que su padre no chillara por el gasto.

142


- Oye Pere, que a los chicos no les interesan nuestras cosas: será mejor

que no bebas más.

Y yo los escuchaba incapaz de imaginar su deseo. Eran tan viejos…

A primera hora de la mañana, Henry y Batiste vinieron a despedirse al

hotel. Henry le dio a mamá varios de los dibujos que le había hecho aquellos días

y mamá prometió subir lo más pronto posible con las fotos.

Mis abuelos regresaron a Barcelona en un taxi y mamá y yo en el 4 x 4. Al

desaparecer aquel prodigio tras las montañas, temí que el encanto se desvaneciera

y que mamá, de pronto, frunciera el ceño. Pero en la última curva desde la que se

podía divisar Cadaqués, se detuvo unos segundos para mirar aquella bahía que

Dios debió recortar el séptimo día

- Ha estado muy bien, ¿verdad, Matt?

- Han sido los mejores días de este año, mami. ¿Volveremos?

- Siempre. Cadaqués ya es nuestro.

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2.

Nuestro primer otoño en Barcelona sólo fue fácil para los abuelos quienes

ya se habían acostumbrado a su nueva vida y amigos. Mientras, yo empecé mis

clases en el Liceo Francés y mi madre, sin más trabajo que algún reportaje

esporádico, se pasaba el día en agencias con su book bajo el brazo. Ahora que ya

nada importa, que ya es dolorosamente tarde, admito mi egoísmo puesto que no

era difícil vislumbrar su tristeza. Pero, en aquel momento, preferí pensar que se le

habían girado los cables como tantas otras veces. Y, sin esfuerzo, ignoré sus

silencios.

Si fuera posible regresar a aquel momento, la hubiera abrazo fuerte, fuerte,

protegiéndola de sus miedos.

La única vez que la vi alegre fue aquel fin de semana que fuimos a

Avignon para la boda de Mich. Sin embargo, la vida en casa era agradable. Mamá

seguía controlando el menor detalle para que la convivencia y la propia casa nos

fueran gratas y, para todo ello, encontró en Marcia una gran colaboradora; tanto

que, un día en que yo intentaba consolarla porque tuvo que rehacer toda la mesa

por haber puesto un mantel equivocado, Marcia me contestó que con quien estaba

disgustada era con ella misma por no haber prestado atención a algo que sabía

sobradamente.

- Sí, pero por una vez no pasaba nada – todavía insistí.

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- No, Mateo, las cosas no se deben dejar pasar.

Tal para cual, concluí.

El uno de diciembre no sólo fue un día mágico sino que el día en que

empezaron a cambiar las cosas. La noche anterior mamá había decidido que los

abuelos y yo iríamos a merendar al centro acompañados de Roberto, el marido de

Marcia. El abuelo protestó porque le quitaban su mejor tarde de tertulia.

- Además hija - rebatió a mi madre -, ¿en qué coche quieres que

vayamos? En el pequeño, la abuela y yo, no nos podemos meter sin

que se nos rompan las piernas y si vamos en ese tanque que llevas, nos

partiremos la crisma.

- No te preocupes, papá, iréis en el coche de Roberto. Es amplio y

confortable. Anda, ve con ellos – insistió dándole un beso en la mejilla.

Como el abuelo era incapaz de negarle nada a mamá, a las cinco en punto

estaban los tres a la puerta del colegio desde donde Roberto nos llevó hasta la

catedral y de ahí, caminando, a la calle Petrixol. A medida que el coche se

acercaba al centro fueron apareciendo radiantes, una a una, las primeras luces de

Navidad. La abuela, sin embargo, dijo que la Navidad le entristecía.

- ¿Por qué, abuela? ¡A mí me encanta!: es el mes de los regalos.

- Cuando seas viejo como nosotros, Mateo, te darás cuenta de que los

regalos no suplen las ausencias.

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- Pero, ¡si estaremos todos! Hasta papá me ha asegurado que vendría.

- La peor ausencia, hijo, es el tiempo que hemos dejado atrás – continuó

ella filosofando.

- ¿Te arrepientes de haber dejado París, abuela?

- No es eso, Mateo, lo que sucede es que tu abuelo y yo somos ya muy

viejos.

Pero, una vez nos adentramos en la plaza del Pi, donde había una feria de

‘brocantes’, a la abuela se le pasó la morriña yendo de un chamarilero a otro. Ahí

la dejamos con Roberto mientras el abuelo y yo empezábamos nuestra merienda

en la granja Dulcinea; al rato, apareció la abuela radiante con un broche en forma

de flor prendido en la solapa.

- Pero si es quincalla, dona – rió el abuelo.

- ¿Y qué?: por mil quinientas pesetas no me iban a dar diamantes, pero

es precioso, y también he comprado una pulsera bien bonita a nuestra

nuera. Se la pondré en el árbol.

Fue bien curioso: poco rato antes, la abuela era una anciana sin futuro a

quien la Navidad deprimía, y de pronto un brillo falso la convertía en una

quinceañera coqueta. Dicen que los hombres somos unos eternos inmaduros. Es

posible. Pero el menor brillo convierte a las mujeres en princesas.

146


Eran más de las ocho cuando llegábamos a casa y, nada más entrar,

comprendí la insistencia de mamá para que la despejáramos aquella tarde:

resplandecía de adornos, luces y un inmenso abeto. Así llegó a casa la Navidad de

1991 y nunca dejó de ser igual. Aún y cuando los abuelos nos dejaron para

siempre. Pero hubo más novedades aquella noche: empezábamos a cenar, cuando

llamaron a mi madre por teléfono. Era Iñigo Azcárate, el director de una revista de

arte y decoración, promotor y director asimismo de una asociación de interioristas

quien, finalmente, le confiaba su primer gran encargo en Barcelona para uno de

sus mejores clientes, un conocido empresario y mecenas, quien había accedido a

que la revista fotografiara su casa así como algunas piezas de su cuantiosa

colección de arte; Azcárate y el propio empresario querían un objetivo que

realizara un trabajo distinto y delicado. Valorado el book de mi madre, por

recomendación de Blanche, amiga de Azcárate de antaño, ambos acordaron que

podía ser la persona indicada para hacerlo.

- Blanche me ha comentado que Azcárate es un tipo especial:

inteligente, culto y lleno de humor, pero un tanto agresivo si se le lleva

la contraria. Espero no tener que llevársela. Hemos quedado en la

redacción pasado mañana; veremos cómo va – comentó mi madre

quien regresó a la mesa transformada y algo alborotada.

147


En aquel entonces mi madre tenía ya un dossier nada despreciable, pero no

dejaba de ser curioso que fuera finalmente Blanche quien le abriera puertas en

Barcelona. Mi familia me seguía pareciendo muy peculiar.

148


3.

La tarde que mamá había quedado con Azcárate, me recogió dos horas

antes en el colegio para llevarme al dentista; pero, al salir de la consulta, siendo el

tiempo muy justo para dejarme en casa, la acompañé a su cita.

- No creo que la entrevista dure mucho, Matt. Entretanto podrías hacer

tus deberes.

Acepté sin rechistar. Sentía como siempre una enorme curiosidad por

aquellos acontecimientos y personas que irrumpían en nuestra vida, en ocasiones,

alejando a mi madre de casa. Así, cuando desaparecía días enteros, podía imaginar

cómo vivía, con quién estaba, qué hacía y cómo era lejos de todos nosotros.

El despacho de Azcárate estaba en un piso a pocos metros del Born, en la

última planta de un antiguo edificio muy tronado y sin ascensor. Una joven

secretaria nos franqueó la puerta indicándonos que debíamos esperar unos

minutos pues acababa de pasar una llamada al señor Azcárate. A falta de otra

estancia de espera, nos acomodó delante de su mesa sobre la que había cientos de

cartas a las que pacientemente les iba colocando un sello. A través del fino tabique

que nos separaba del despacho de Azcárate, oímos cómo éste libraba una ardua

batalla telefónica.

149


, se le oía bramar.

La secretaria continuaba pegando sellos sin levantar la cabeza. En un

momento particularmente estrepitoso, mamá y yo nos miramos de reojo apurados

por aguantar la risa. La secretaria le dijo algo a mamá. No se oía nada, pero vi a

mamá asentir con cara de despiste. La chica se levantó y mamá y yo nos volvimos

a mirar a hurtadillas. ¡Uf!, qué apuro. Volvió a aparecer la secretaria con una taza

de café para mamá quien la cogió con una sonrisa divertida. Desde luego no se

había enterado de nada puesto que mi madre detestaba el café.

,

continuaba Azacárate.

Un golpe anunció el fin de la conversación. Un minuto después, Iñigo

Azcárate abría la puerta de su despacho tendiendo la mano a mi madre. Era muy

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alto, extremadamente delgado y sólo le quedaban cuatro pelos muy largos en un

cráneo afilado. Tenía entonces cincuenta y tres años y se parecía mucho a los

dibujos que había visto de Don Quijote.

- Pasa, pasa Alexandra. Ya me perdonarás pero a veces hay que

recordarle al enemigo cual es su posición y, en este caso, es débil, muy

débil. Sólo que siendo como son una pandilla de mediocres lameculos,

todavía ignoran la fuerza del que tiene el verdadero poder. ¿Este

jovencito es el hijo de Daniel? – condescendió poniendo su garfio

peludo sobre mi hombro -. Perfecto, ya habrá ocasión de conocernos:

ahora me dejas un rato a tu madre, no tardaremos; si quieres algo se lo

pides a Teresa, ¿de acuerdo? Podrías bajar a comprarle al chico una

pasta o lo que le apetezca -, le dijo a su secretaria quien asintió

mientras continuaba con los sobres impertérrita.

- Gracias, señor, pero me acaban de poner aparatos en la boca y no creo

que pueda masticar. No se preocupe, haré los deberes.

Mamá entró en la cámara de los horrores pero, aunque permanecí alerta, ni

siquiera oí sus voces y ambos salieron un largo rato después hablando

animadamente. De hecho, a partir de aquel día y durante un tiempo, Azcárate no

sólo se convirtió en el principal valedor de mamá sino que en un amigo

frecuentemente invitado en casa. La primera vez que vino, estuve rondando por la

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cocina un buen rato. Expectante. Temiendo se enfadara y montara un buen

número. Pero, pese a que su voz sobresalía apabullando con su potencia a la del

resto de los invitados, no cesó de reír ni de mostrarse especialmente atento con mi

madre. Porque uno de los primeros beneficios que aportó la entrada de Azcárate

en la vida de mamá, fue que la introdujo en el ambiente artístico e intelectual de

Barcelona que la acogió primero con la habitual cautela de los catalanes, y poco a

poco sin reservas, consiguiendo que ella dejara de sentirse una extraña.

Pero volvamos a aquella Navidad, ya que las novedades no terminaron ahí.

El veinte de diciembre - según mi diario -, Elías llegaba a Barcelona cumpliendo

con su habitual visita navideña. Mamá y yo nos lo encontramos en casa un

domingo por la tarde después de haber pasado el fin de semana con Mich. Me

gustó mucho ver a Elías, pese a la evidente inquietud que le causaba mi madre lo

que creaba un extraño clima en el ambiente. Pero los abuelos estaban tan

contentos que, en un principio, no creo lo percibieran. Mamá le enseñó la casa,

que aún no había visto terminada, los tres dimos un breve paseo por el barrio y a

las ocho y media nos sentábamos a cenar. Supe entonces que Dinah, Max y Yael

regresaban a Nueva York en enero. Dinah, propietaria de una empresa de

catering, no podía prolongar más su ausencia – nos contó Elías - y, por otra parte,

si bien él se sentía muy bien en Europa, su mujer prefería la vida en Estados

Unidos donde vivían tanto sus padres como su única hermana.

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Aquellos planes significaban el fin de Hammersmith aunque, dado que

Elías se quedaría en Londres, cuanto menos hasta septiembre, le había propuesto a

Dinah pasar un último verano junto al Támesis. Noté que me sentía mal, que todo

daba vueltas a mi alrededor, tal es el efecto que me produjo la idea de perder en

un futuro casi inmediato aquellas semanas junto a Yael y el río.

La noche siguiente cené con los abuelos y Elías en el Botafumeiro, sin mi

madre, quien pretextó un compromiso ineludible. Recuerdo que me sentó fatal

porque, una vez más, no podía entender cómo se las arreglaba para desaparecer

siempre que yo contaba con su presencia. Enfurecí tanto que me pasé la noche

mirando hacia la puerta, girándome cada vez que me parecía oler el perfume de

su piel. Al parecer no recordé que era costumbre de mi madre evaporarse mientras

yo, desquiciado, me consumía siguiendo su rastro.

Cuando llegó el último día de Elías en Barcelona, lo encontré esperándome

en la puerta del colegio.


Estuve por hacerle una declaración de amor, por decirle cuantas veces lo

había observado pasear con Max deseando ocupar el sitio de su hijo. Pero aquella

debilidad manifiesta, aquel profundo sentimiento de orfandad paterna no era lo

que mi madre me hubiera consentido mostrar, así que asentí sin manifestarle mi

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emoción por ver realizado mi deseo. Aunque sólo fuera una vez. Comimos en la

Fundación Miró, donde había una exposición de Calder y luego bajamos andando

hasta la calle Lleida mientras yo, a instancias y preguntas de Elías, puse en

marcha mi máquina parlante y le fui contando nuestra vida en Barcelona.

- Veo que todo va bien, Mateo. Por un momento temí que tu madre y tú

no os adaptárais a esta ciudad. Tu madre ha sido muy valiente haciendo

este cambio que, en un principio, sólo beneficiaba a tus abuelos. Pese

al deseo de ambos de regresar, no hubiera sido lo mismo de no estar

vosotros.

- Ya, sí – asentí dubitativo -. Pero siendo la tercera vez que cambiamos

de ciudad, yo no veo tan claro que a mamá no se le puedan girar

nuevamente los cables y yo vuelta a cambiar de colegio, de amigos y

quién sabe si de idioma.

- Comprendo tu inquietud, Mateo, pero creo que este nuevo cambio

contiene, cuanto menos, una intención más firme de permanecer unos

años aquí, de lo contrario tu madre no se hubiera instalado como lo ha

hecho. Si observas, verás que vuestra casa no tiene ni un solo

elemento provisional. Al margen de cómo la encontró, que fue puro

azar, todo ha sido muy pensado. Pero, ¿y tú, has hecho nuevos amigos?

154


- Mi único amigo es Batiste, pero sólo lo puedo ver en Cadaqués

porque, como es hijo de madre desconocida, como Mich, y su padre

quiere que estudie en Francia, en invierno vive con sus abuelos en

Bordeaux.

- Veamos Mateo, ¿me quieres explicar eso de que tu amigo es hijo de

madre desconocida de lo que hablas como si fuera lo más natural del

mundo? Y ¿quién es este o esta Mich que está en la misma situación?

A Elías le intrigó mucho la historia de Mich, lo que me dio pié a

extenderme en todos los detalles que sabía: un recuento que puso de manifiesto

cuanto me dolía su ausencia. Como me dolía la carencia de aquella vida en la que

no recordaba haber contado nunca el tiempo. Ni casi nada.

Creo que fue entonces cuando le dije a Elías que nunca debimos dejar

Chateaurenard.

- ¿Lo dices porque crees que de haberos quedado allí tu padre aún

viviría con vosotros?

- No, no es eso. A mí, en general y aunque te extrañe, ya me está bien

vivir solo con mi madre. Pero hubiera preferido continuar en

Chateaurenard.

- Aunque ahora no lo entiendas, Mateo, créeme que no tardarás en darte

cuenta de que el mundo se te hubiera quedado minúsculo en poco

155


tiempo. Cuando tengas la preparación necesaria, será el momento de

decidir dónde quieres vivir y tal vez entonces - por qué no -, desees la

tranquilidad que tenías en Provenza. Pero para el futuro inmediato,

verás cómo acabarás admitiendo que los lugares pequeños son

claustrofóbicos. Las cosas suceden en los grandes núcleos: lo que fue

la ágora griega o el foro romano, y es ahí donde probablemente deberás

pelear largo tiempo. Ya llegará el momento de observar desde lejos.

- Por favor, Elías – le rogué -, no le digas a mi padre ni a mis abuelos

que prefiero vivir solo con mamá. Se disgustarían. Además, también es

cierto que con frecuencia siento una gran envidia hacia todos los que

tienen una familia más normal que la mía: la vuestra; la de los Scott-

Brown o la de cualquiera de vuestros amigos. Aunque todos bebierais

un poco y yo me pusiera del lado de Yael para fastidiaros, en el fondo,

suspiraba por tener una vida así.

- He de suponer, Mateo - respondió Elías, de pronto inquieto -, que no

ignoras que Yael es tan crítica con nosotros como tú puedas serlo con

tu familia. Y lo cierto es que ambos tenéis razón porque muchas veces

nada es lo que parece.

Al llegar a casa, hicimos un largo rato de tertulia en el saloncito de la

abuela puesto que mamá y Marcia, ocupadas en los preparativos de la cena, no

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nos querían a ninguno rondando por la casa. Elías le anticipó a la abuela que

hablaría con mamá para que me permitiera pasar el mes de julio nuevamente con

su familia; fuera en Hammersmith o en la casa familiar de Dinah en Long Island.

Empezaba a aburrirme la conversación cuando la abuela bajó la voz para

explicarle a Elías la comida prevista para después de Navidad con aquella señora

amiga de su hermano Xavier,

Elías la miró con expresión confundida: parecía haber olvidado aquella

historia rocambolesca de la que había sabido por teléfono en los días inmediatos al

gran suceso; tiempo que coincidió con una semana que la abuela se la pasó sin

dientes y sólo la entendíamos los de casa.

- Elías, hijo - le decía ahora claramente con su nueva e impecable

dentadura -, ya te lo expliqué. Una amiga de la que fue novio hasta que

mi familia tuvo que exiliarse…

- Y que tuvo un hijo que resulta que es primo de papá – acabé yo.

- Y tú, renacuajo, ¿de dónde has sacado esto? ¿O acaso te dedicas a

escuchar por las paredes? – me increpó la abuela.

Opté por irme a mi cuarto. De Rosa y de su hijo, todavía se continuaba

hablando en voz baja y, aunque me constaba que los abuelos comían regularmente

con ellos, ni mi madre ni yo los habíamos conocido. , le oí decir un día el

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abuelo. Me pareció curioso que aquel misterio se lo llevaran por mí, habituado

como estaba a nuestros propios desórdenes e ignorando que lo único que me podía

perturbar era cualquier suceso que pudiera alterar nuestro apacible presente.

Hacia las ocho subió mamá como un torpedo increpándome para que me

duchara y cambiara para la cena. Decidí pirármelas cuanto antes: mamá como una

moto más valía tenerla lejos y, puesto que ya me había duchado, le dije que

acompañaría a Elías a buscar al abuelo apalancado en el bar. Al releer estas líneas

en mi diario, pienso que cualquiera podría pensar que hablo de un alcohólico. Pero

no, el abuelo era sólo un hombre a quien le gustaba mantener su tertulia de amigos

con los que se enrollaba a discutir acaloradamente de política, su tema predilecto,

con el aliciente de que ahora lo podía hacer en catalán. Había cuestiones que

todavía lo encolerizaban tanto, que se tomaba tan a pecho, que con frecuencia

regresaba a casa con la cara a punto de reventar por el enfado. La abuela le

vaticinaba entonces que acabaría petándola de la manera más idiota. Trajimos al

abuelo y yo me quedé con Elías en el salón de arriba. Mamá había puesto música

y ambos nos quedamos en silencio mientras fuera la lluvia susurraba al romper sus

hilos contra las ventanas. Elías se levantó acercándose a mirar aquel interior de

manzana que tanto me gustaba. Lo miré un instante pensando en qué aspecto

tendría mi padre cuando tuviera su edad; y si entonces hablaríamos, como él hacía

con Max.

158


No era un hombre alto Elías, pero sí muy delgado y con una elegancia muy

personal; pensé que de mayor me gustaría parecerme a él. Y ser como él. Un día,

en un arrebato, se lo dije. Recuerdo que, para mi sorpresa, se sonrojó un instante;

luego me contestó que, en lo posible, me aceptara tal cual era y que si, pese a ello,

había algo que me parecía inaceptable, que intentara corregirlo, que lo más

importante era hacerme a mí mismo partiendo de mi pensamiento. Sin tracionarlo

y sin hacer concesiones. .

Aquella cena de Navidad fue prodigiosa: la casa y mi madre resplandecían.

Esta capacidad de transformarse en lo que deseara o fuera preciso, era una de las

características que más me encandilaban de ella. Apenas unos minutos antes, un

bólido se había metido en su cuarto y, de pronto, una imagen preciosa y sonriente

nos invitaba a Elías y a mí a acompañarla. Es cierto que todavía se ajustaba un

pendiente. Pero no creo que fuera ningún gesto apresurado, sino coqueto.

Los años siguientes a esa noche tuve muchas ocasiones de convivir con lo

que se entiende como refinamiento y lujo, pero aquella fue la primera y, mientras

todos hablaban, yo me preguntaba pasmado quién diablos pagaba aquel baile.

¿Acaso mis abuelos no eran los mismos jubilados que unos meses antes vivían en

el pequeño piso del Marais? Y mi madre, ¿por qué estuvo tan desesperada por la

falta de trabajo si jamás había vivido de aquella forma hasta donde la memoria me

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alcanzaba? Finalizada la cena, Elías hizo de espléndido Papá Nöel con regalos

para todos; alguno provenía de Londres, con el inequívoco sello de Dinah; otros

los habíamos comprado juntos aquella misma tarde durante nuestro paseo: un

montón de libros para mí, un pañuelo para Marcia y un sólido bastón con una

antigua empuñadura de plata para el abuelo. A mi madre le regaló unos pendientes

que le encantaron. Lo fatal fue que Elías se empeñó en justificar su procedencia

como si fuera tan normal que los hubiera comprado en Nueva Delhi adonde había

ido aquel último otoño para un congreso médico. Como temía, la abuela se mostró

extrañada de que se acordara de mi madre nada menos que en India y, como no

tenía pelos en la lengua, se lo comentó mientras observaba a mi madre ponérselos.

Pero Elías aguantó el comentario respondiéndole que los había encontrado en

Barahny, un conocido anticuario de la ciudad, y que aquellas joyas, extrañas y

exquisitas, le habían recordado a mamá.

- Es cierto, hijo, parecen hechos para nuestra Alex, lo que ignoraba es

que los psiquiatras observárais con tal precisión estos detalles – le dijo

la abuela mirándole a los ojos al tiempo que le cogía afectuosamente la

mano.

A medianoche, mi madre y yo acompañamos a Elías a su hotel. En el

trayecto comentaron las últimas palabras de los abuelos al despedirse,

obsesionados como estaban cada vez que veían a Elías respecto a que,

160


posiblemente, no los volvería a ver con vida. –, gimoteaba

la abuela.

- Lo cierto es que los he encontrado en plena forma, Alexandra. Ha sido

una inmensa suerte, y una inestimable muestra de afecto tu decisión de

trasladarte aquí con ellos. Viéndolos ahora me doy cuenta de que, al

margen de las bromas macabras de tu suegra, efectivamente eran muy

mayores para empezar a vivir lejos de vosotros. Se hubieran

encontrado muy perdidos y pronto hubiera podido más la añoranza

hacia Mateo y hacia ti que hacia Barcelona.

- No me sobrevalores Elías, ya sabes que decidí venir casi por

casualidad. Me gustaba Barcelona… luego apareció la casa y, sí,

también es cierto que no me imaginaba a mis suegros solos. Daniel

viaja demasiado, vive con Blanche… en fin, su vida ahora está en

París. Las cosas empiezan a irle muy bien. ¿Sabías que Rohmer le ha

encargado la banda sonora de su próxima película?

- Sí, hablé con él la semana pasada. Pero volviendo a tus suegros: sea

cual sea la primera causa, insisto en la suerte de tu presencia puesto

que a Daniel – quien, como tantos hombres etéreos, precisa una niñera

- no me lo imagino a su vez cuidando de nadie. Además, ¿te los

imaginas viviendo juntos? Con Blanche también, quiero decir.

161


Mamá denegó riendo. Al llegar a la puerta del hotel ayudé a Elías a sacar

todos sus regalos.

- Espero, Mateo, que en el aeropuerto a nadie se le ocurra pensar que

este oso que le has comprado a Yael esté lleno de droga y lo

despanzurren. ¿No podías haber encontrado otro más pequeño?

- Sí, pero Yael me pidió el más grande.

- Mateo, ¿cuándo dejarás de complacer a la loca de mi hija? Además,

este bicho habrá acabado con tus ahorros.

- No creas, se lo compré a un amigo del abuelo quien, por el dinero que

tenía, me dejó coger el que quería. Además, Yael tampoco me falla

nunca.

Elías asintió con un gesto de impotencia, me dio un beso en la frente y

tendió la

mano a mamá.

- Felices días, Alexandra. ¿Te marchas para fin de año, verdad?

Cuidaros mucho ambos.

- ¿Te vas, mamá? - le pregunté nada más arrancó el coche de vuelta a

casa, dispuesto a patalear a fondo.

- Nos vamos, Matt. Pasaremos estos días esquiando en Courchevel. ¿Te

apetece?

162


La vida no me podía parecer mejor.

163


4.

Sin embargo, nada más llegar al aeropuerto de Ginebra, lo que me pareció

la vida fue muy rara.

Un hombre vestido con traje oscuro se acercó solícito para ayudar a mi

madre quien, de pronto, me pareció una desconocida de gestos distantes y altivos.

Aunque el verdadero susto me esperaba fuera en un gran coche negro.

- Cheri, tout va bien? – le preguntó a mi madre un hombre sentado en el

interior al que había visto alguna vez en algún sitio sin realmente

haberlo visto nunca antes.

Al instante comprendí que aquellas vacaciones que me habían parecido tan

maravillosas serían compartidas y que, además, aquel señor era el que había visto

Yael cuando estuvo en París. Mientras iniciábamos el viaje a Courchevel, mamá

me presentó a Maurice Chauvertin, un hombre de edad para mí imprecisa aunque

sin duda mucho mayor que ella. Chauvertin me pareció cordial pero también

arrogante, e insolente, y nada amable pese a su mirada lúdica. Sentado al lado del

chofer, estiré las orejas a tope sin éxito porque sólo me llegaba alguna frase de la

conversación entre ambos, una charla que fue languideciendo hasta que no oí más

ruido que el de las hojas del montón de periódicos que Maurice iba leyendo y

tirando en un rincón. Mi madre se había dormido. Poco antes de Aix-les Bains, el

coche salió de la autopista parando en un pequeño restaurante donde comimos

164


opíparamente. Mamá y Chuavertin hablaron de unos tal Soskine, con quienes, al

parecer, nos reuniríamos en Courchevel.

- ¿Cuántas veces has esquiado? – me preguntó Maurice.

- Dieciocho días, señor.

- ¿Así?, ¿todos seguidos?

- No, en tres años, durante la semana blanca con el colegio – le contesté

molesto al adivinar su sorna.

- No lo asustes, Maurice. Es un niño, no tardará en desenvolverse sin

problemas. Y si no sigue a los gemelos Soskine, tampoco pasa nada.

Será mejor que ellos esquíen por su cuenta y mi hijo con el grupo de la

escuela de monitores. Matt es muy fuerte y pronto los alcanzará. No lo

chinches, Maurice, que te conozco. ¿De acuerdo?

El novio de mamá era, decididamente, un tío mierda, pensé. Pero

finalmente aquella semana en el Hotel de Neiges estuvo francamente bien. Los

gemelos Soskine, quienes esquiaban infinitamente mejor que yo, aseguraron a mi

madre que se ocuparían de mí haciendo excursiones donde los pudiera seguir y

que no se inquietara, insistieron, pues con ellos aprendería más; proeza que

conseguí después de superar los primeros terrores porque los hermanos,

saltándose su promesa a la torera, recorrían las montañas de una cota a otra entre

abetos, fuera de caminos trazados. Lo que no me impidió reírme un montón

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porque eran delirantemente divertidos y locos, y, además, a su manera,

cumplieron: jamás me perdieron de vista, rescatándome no pocas veces de

batacazos infames.

Nuevamente se presentaba ante mí otra vida que, de alguna forma,

explicaba por qué mi madre podía tener varias personalidades a las que se iba

adaptando cual camaleón según la circunstancia. ¿Cómo entender sino que la

misma persona que se había largado de su casa para casarse con un músico sin

fortuna; la misma que peleó por sacar adelante una pequeña galería de arte en

Avignon al tiempo que daba clases de danza; la que tenía por amigos del alma a

Mich y a Hugo, fuera la misma que ahora pijeaba en las pistas con Maurice,

presidente de la Banque National y una autoridad en el mundo económico y

empresarial?

Para mi suerte, los Soskine eran otra cosa. Probablemente tan adinerados

como Maurice, pero de distinto talante. Negocios, me indicó mi madre era la

ocupación de Josha Soskine, un judío suizo casado con Muriel, una mujer más

bien gordita y no muy guapa pero tan lista y risueña que lo tenía encandilado.

Muriel era, además, el tipo de madre que, en ocasiones, yo envidiaba tanto: una

madre que dejaba que el día transcurriese leyendo o caminando pero,

esencialmente, esperando solícita a que regresaran su marido y sus hijos. Mamá,

en cambio, esquiaba con Maurice y Josha hasta el cierre de los remontes y,

166


únicamente, entre seis y ocho, se instalaba en nuestro cuarto donde pasábamos

aquel par de horas contándonos los últimos acontecimientos.

Todos los días comíamos en las pistas, pero por la noche, salvo alguna vez

que nuestros padres fueron a otros restaurantes, cenábamos juntos en el hotel;

cenas en las que yo me situaba de forma que Maurice no me tuviera a su alcance.

Los mayores, cuando hacían recuento de la excursión del día, parecían encantados

con mamá quien seguía por todas partes a Maurice y a Josha, expertos

esquiadores. Reconozco que me enorgullecía tener una madre así, pero también

suspiraba porque se pareciera siquiera un poco a Muriel. Pensé que un día le

preguntaría a Elías qué pensaba al respecto. Sí, era una buena idea. Él, que parecía

felizmente casado con Dinah - en varios aspectos tan parecida a Muriel - y que,

sin embargo, seguía con la mirada a mamá.

El día de Nochevieja estaban todos un poco tontos, con esa alegría

bobalicona que propicia una de las fiestas más pesadas del año. A media tarde, los

gemelos, hartos de la histeria colectiva, arramblaron dos botellas de champán que

nos bebimos aprovechando el ajetreo de los preparativos. Debió ser la curda lo

que me permitió preguntarle a mamá si pensaba casarse con Maurice.

- ¡Qué pregunta, Matt! Pero, no; en principio, no.

- Mejor, mami. Porque parece tu padre; es como lo de Blanche y papá

pero al revés – le dije con crueldad.

167


- Matt, Matt – me reprochó -: eso no es cierto. Lo que sucede, y todavía

no sé por qué, es que Maurice no te gusta. ¿O me equivoco?

- Es que, de verdad mamá, no sé si te das cuenta de que no eres la misma

cuando estás con él.

- ¿La misma que cuándo, Matt? Tú eres el primero en decir que varío

constantemente.

- Es cierto, pero, en el fondo, siempre estás tú. Y con Maurice, no.

- No te preocupes Matt, no creo que jamás me case con Maurice; pero

es una cuenta pendiente que debo resolver.

- ¿Y desde cuando tienes esa cuenta pendiente si te casaste con papá a

los dieciocho años?

- En concreto, desde los quince años – me contestó tan tranquila -.

Maurice era amigo de tu abuelo, de mi padre quiero decir; sí, no

pongas esa cara, tampoco tiene setenta años, tiene cincuenta y cinco. Y

cuando me fijé en él, se acercaba a los cuarenta. Lo encontraba muy

guapo y fantaseaba con él, como se hace a esa edad con las películas y

sus actores. El caso es que para inquietarlo, e inquietarme, cuando

venía por casa lo miraba mucho con esa perversidad inconsciente tan

propia de la adolescencia. Pienso que mis padres no se dieron cuenta,

pero él sí. Dos años después, una mañana en la que salimos a esquiar

168


con mi padre y mi hermana, la casualidad quiso que él y yo subiéramos

solos en el telesilla. En esos minutos, Maurice me preguntó si me

gustaría ir a esquiar con él a Colorado. Entonces sí lo vi mayor, tal vez

influyera el hecho de que se hacía realidad algo que yo había deseado

como una idea ilusoria, como un juego, incluso; aunque lo más

importante fue que yo entonces ya salía con tu padre quien, aunque era

un sueño prohibido, no me producía miedo, ni tampoco angustia. En

cambio, Maurice sí. Y aquel coqueteo quedó como un recuerdo

pendiente.

- ¡Pero si han pasado un montón de años! ¿Por qué ahora? No lo

entiendo. Y, digas lo que digas, es más viejo.

- La perspectiva de los años cambia, Matt. No es lo mismo una

adolescente que una mujer que ha cumplido treinta años; y esto hace

que la distancia se haya acortado a su favor. En cuanto a por qué ahora

Maurice, pues no lo sé: el azar quiso que me lo encontrara este

invierno en un restaurante, y que, en ese momento, yo estuviera

dispuesta a liquidar mi cuenta. No le tengas tanta manía. Es inútil.

- ¿Me estás diciendo que lo dejarás?

- Quiero decir que cuando pienso en el futuro, no pienso en él. Lo que

no impide que además de solventar mi cuenta pendiente, sucede algo

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con lo que no contaba y que, por lo visto, ahora, preciso: y es que él

me procura la misma vida que hacía con mis padres. Pero no creo que

sea un deseo definitivo, es una mirada atrás para poder continuar.

El día de Nochevieja olvidé por unas horas mi animosidad hacia Maurice.

Sentimiento conciliador al que no fue ajeno el hecho de que poco antes de bajar a

cenar nos mandara dos paquetes. El de mamá, pequeño; el mío inmenso y de

forma que hacía evidente su contenido: unos esquís, los primeros de mi vida.

Mamá, que aquella noche estaba deslumbrante, se puso su regalo: una gargantilla

con una perla gris en el centro rodeada de brillantes. Cuando Maurice desapareció

de nuestras vidas, mamá se la continuó poniendo con frecuencia. Una noche que

la llevaba le pregunté si se acordaba de él. Me contestó que a veces, pero que su

recuerdo había seguido un camino y sus regalos otro, del todo independiente. Ese

día concluí que las mujeres eran unas recaudadoras feroces.

Los esquís y el champán fueron una excelente medicina para la mala uva

que me despertaba Maurice. En consecuencia, la noche del 31 de diciembre de

1991 pude observar sin desquiciarme cómo mi madre bailaba entre sus brazos. Y

lo cierto es que fue muy gracioso ver a Maurice bailar tanto con Muriel como con

las señoras de las mesas vecinas propiciando un ambiente distendido. Con el

tiempo he comprendido que Maurice hacía estas pequeñas concesiones para

seducir, halagando a la plebe con su distinguida presencia. Años después,

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comentándolo con mamá, me dijo que efectivamente Maurice, distante y vanidoso

en general, podía hacer estas cosas.

- ¿Aquella noche también, mamá?

- No lo sé, Matt. Las presas de Maurice eran de los más variado: podía

ser desde la mujer de su más íntimo colaborador, con el morbo que

aquella sumisión le producía, a una camarera de un restaurante de paso.

Había un tipo de vulgaridad que le encantaba. Y en el intermedio, un

inmenso abanico: prostitutas, dependientas, azafatas… Maurice era un

gran cazador, siempre alerta.

El último día de Courchevel salimos a esquiar todos juntos: Maurice,

mamá, Josha, los gemelos y yo. Una excursión en la que empleamos casi once

horas recorriendo los tres valles; cuando llegamos al hotel, exhaustos, empezaban

a llegar las sombras de la noche. Fue divertido, pero protesté por el largo periplo.

Mamá me contestó que no fuera quejica y que diera el esfuerzo por bien

empleado, que cuando volviera a ponerme los esquís comprobaría lo que había

avanzado aquel día.

171


- Mira, si no quieres apreciar a Maurice, no lo hagas. Nadie lo espera.

Pero no pases por alto la tenacidad con la que conserva su fuerza física

ni su curiosidad por todo aquello que le proporcione una visión amplia

sobre los acontecimientos y también sobre las personas. Esas son sus

cualidades, y ya que son asimilables, hazlas tuyas. O inténtalo, cuanto

menos. Si te hubieras conformado con lo aprendido estos días, sin

forzar un poco más, como has hecho hoy, no hubieras llegado hasta la

cota más alta. Y llegar a la cima siempre es importante: desde arriba

las cosas se ven de otra manera. ¿No te han parecido espléndidos la

vista, el viento helado y la luz?

- Cuándo me has dicho que era importante mirar las cosas desde arriba,

¿sólo te referías a la montaña?

- No, claro que no: me refería al todo. Luego, evidentemente, hay que

saber bajar. La oscuridad no sólo se cierne en la montaña y en los

caminos de nieve cuando cae la tarde; muchas veces invade nuestro

entorno, nuestro pasado y lo que divisamos de nuestro futuro. Es

entonces cuando hay que apretar los dientes y subir un poco más. Por

dentro quiero decir.

- ¿Y Maurice sabe hacerlo?

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- Sí sabe. Es más, pienso que Maurice debe haber apretado los dientes

un montón de veces; aunque es cierto que, en general, su trayectoria

siempre ha sido ascendente.

- ¿Y si se arruinara? Si lo perdiera todo, ¿aguantaría? ¿Sabría crecer?

- Maurice perdiendo sería una catástrofe porque siempre contó con un

exceso en todo, y, este exceso le ha hecho perder, en lo más profundo,

el mundo de vista. Sobre todo de sus propios límites. Espero no verlo.

En Courchevel aprendí a esquiar casi bien. Conocí al desconocido que en

ocasiones me arrebataba a mi madre. Supe que fue con él con quien estuvo en

Edimburgo aquel verano y que, a partir de aquellas vacaciones, viviría pendiente

de que desapareciera de nuestras vidas.

- Adiós señor, gracias por los esquís.

- De nada jovencito, cuida a tu madre.

¡Uff!

173


Fluía

1.

Desde el primer encargo de Iñigo Azcárate, en poco tiempo, mi madre se

convirtió en su fotógrafo fetiche y en su musa. Solterón, muy esteta y elitista, a

Azcárate le encantaba acudir con mamá a cualquier acontecimiento social. No

cabe duda de que ambos se convinieron mutuamente, pero no deja de ser cierto,

asimismo, que a los dos les encantaba dar largas caminatas, recorrer anticuarios y

librerías y mantener charlas interminables en las que debatían temas de actualidad

sobre los que Azcárate se manifestaba con aquella pasión - quijotesca y

desmesurada – que lo habían convertido en un personaje polémico y difícil, pero

también muy ameno.

En Azacárate anidaban dos personalidades tan marcadas como complejas

que despertaron en mi madre más inquietudes. Hasta ese momento su deserción

podía calificarse de forma simple: burguesa inquieta se rebela por sistema contra

el sistema rompiendo con su pasado, su condición y su familia en busca de lo que

llama paraísos. En suma, en busca de otras verdades, segura de que cada individuo

tiene derecho a elegir su propia verdad; aunque esté fuera de todo orden y sistema.

Azcárate, por su parte, de familia aragonesa y carlista, por influencia de su

hermano mayor, un comunista histórico de halo romántico, muerto

prematuramente, vive con la ilusión de retomar el discurso del hermano

174


idealizado, pero le falta carisma y su discurso, aunque erudito, no obtiene el

reconocimiento que anhela. En vida de su hermano, por razones obvias que

asume; fallecido éste, se da cuenta de que no sólo le falta su fuerza sino su

capacidad de sacrificio. Es inútil, por tanto, que todavía clame por la matanza de

Tianamen; que vaticine el peor destino para Europa sin el poder del comunismo

tras el telón; que lamente el desatino en el que sucumbirá el sistema capitalista;

que, con buen olfato, prevea la catástrofe que se cierne sobre los Balcanes… Es

inútil porque, a diferencia de su hermano, es también un hedonista y, como decía,

un esteta. Por todo ello, mi madre simbolizaba lo que más amaba: rebeldía,

belleza y una educación cosmopolita.

Juntos se convirtieron en invitados imprescindibles entre las gentes más

progresistas y cultivadas de la ciudad, triunfando de forma que no había tertulia o

cena relevante a la que no asistieran. El nuevo entorno procuró a mi madre

encargos en distintos sectores y, de la mano de un editor, su primer libro que

realizó con un periodista entusiasta como ella de situaciones límite y temas

marginales. “Travesti”, se llama y - como su nombre indica - es un extenso

recorrido, a través de catorce historias, de la experiencia vital que lleva a un ser

humano a esa transformación profunda. Afortunadamente los abuelos ni se

enteraron de este trabajo que los hubiera puesto al borde del colapso cada vez que

mamá salía con sus bártulos en busca de los protagonistas del libro. Por su parte,

175


Azcárate seguía de cerca el trabajo de su pupila, complacido con su trayectoria de

la que hablaba como de una propiedad. Mi madre le correspondía ofreciendo

espléndidas cenas a sus amigos; éxitos que Azcárate pregonaba ufano como si mi

madre, la impagable Marcia y nuestra casa fueran también creación suya. Dado

que jamás pude imaginar a aquel hombre como a un rival, no me molesté en

protestar a mamá por aquella posesión del todo ilícita.

Maurice, por su parte, continuaba teniendo su parcela. Conversaciones en

un tono cómplice, que me sacaban de mis casillas, y alguna ausencia de mamá de

las que volvía con regalos de medio mundo, me indicaban que, por el momento,

había decidido no pensar en el futuro, excluyendo a Maurice como me había

asegurado. Pero no podía quejarme: mi madre, más que en cualquier otra cosa,

parecía mucho más interesada en trabajar, en adaptarse a su nueva vida y en

hacernos a los abuelos y a mí la vida grata en Barcelona.

En cuanto a Mich, nos llamaba con frecuencia radiante por los adelantos

de su hijo; y su salud, aunque herida, parecía resistir. Mich seguía siendo

importante para mí, pero yo sentía que lo era menos para ella lo que hizo que, en

ocasiones, me quejara a mamá de su desapego, a lo que ella respondía

reprochándome mi falta de generosidad.

- Pero Matt, ¿Cómo puedes decir esto? Nosotros hemos hecho nuestra

vida yéndonos primero a París y luego a Barcelona incumpliendo,

176


ien.

además, la promesa de pasar los veranos con ella. ¿O acaso no

encuentras fantástico que Mich tenga ahora una familia?

- Oye mamá, no sé por qué hablas en plural. Fuiste tú la que decidiste

por los dos: Barcelona y París nunca fueron cosa mía. A mí me gustaba

Chateaurenard, ¿recuerdas?

- Mira - me contestó un día en el que estaba para pocas monsergas -, sé

que intentas provocarme, pero como no estoy para tus batallitas,

cuando quieras te hago las maletas y te largas con Mich.

- De acuerdo - le contesté bravucón-: ahora mismo.

- Ahora mismo no puedo. Pero mañana miraremos en qué medio de

locomoción te puedo empaquetar.

Glups. Tampoco era eso.

- Muy bien, pero primero me gustaría ir a Londres con los Nathan – le

contesté más chulo que la puñeta aunque francamente asustado.

- ¿Para qué? ¿No te gusta tanto la vida en Provenza? Ni hablar. Una

gran ciudad contaminaría el espíritu puro que anida en ti.

- ¿Me lo puedo pensar hasta mañana, mami? Yael me espera este

verano.

No hablamos más del asunto. De hecho hacía tiempo que no me sentía tan

177


En junio, pocos días antes de acabar el curso, llamó Monique para decirnos

que su madre había muerto aquella tarde. Serían casi las once de la noche cuando

sonó el teléfono. Me extrañó ver a mamá preocupada y tristona: no podía imaginar

un sentimiento especialmente doloroso hacia la pobre Paulette.

- No es por ella Matt, es por tus abuelos. A los viejos les asusta la

muerte en personas tan próximas. Tu abuelo le dirá a tu abuela: se fue

Xavier y ahora su mujer, sólo faltamos tú y yo. Lo que a tu abuela le

sentará fatal y entonces empezarán a discutir sin darse cuenta de que

discuten por miedo.

Al entierro de Paulette acudió papá en representación de la familia aunque

fue mamá quien se encargó de notificar a los abuelos la muerte de su cuñada.

Entonces el abuelo dijo aquello de que los próximos serían ellos y cuando ya

pensaba que se iba a armar, como había vaticinado mamá, la abuela salió diciendo

que ahora ya podrían invitar a Rosa y a su hijo a casa.

- Es cierto – asintió el abuelo -. Así nuestras sobrinas no podrán decir

que hemos faltado el respeto a su madre.

- Oye, mami – le pregunté luego -, ¿tú te imaginas a Monique

protestando por esta historia? Además, ¿sabe algo?

- Que a mí me conste, no; y más bien me imagino a Monique

asimilándola sin problemas. Pero el que Monique sea la única de esa

178


familia que te cae bien, no quiere decir que sea la única hija del

matrimonio de Xavier y Paulette. En fin, y yo tampoco descartaría que

a tu abuela se le haya ocurrido sacar lo de Rosa por distraer a tu abuelo

quien empieza a tener muchos achaques; ya has visto cómo ha vuelto

alguna vez que ha discutido con sus amigos. ¿Recuerdas lo que a tu

abuela le gustaba provocarlo? Pues observa y verás cómo ahora no lo

contraría nunca aunque le cueste morderse la lengua o ir hablando sola

por los pasillos.

Un momento de la semana importante para mis abuelos era el sábado a

media tarde, momento en que los amigos de París, reunidos en el bar del Marais,

esperaban su llamada. Las conversaciones terminaban con la promesa de visitarse

cuando empezara el buen tiempo, pero, cuanto menos mis abuelos, sabían que su

último esfuerzo había sido aquel regreso a sus orígenes. Al colgar, la abuela

lloriqueaba diciendo que no se verían más. Y, unos y otros, vivían pendientes de

cual de ellos causaría la primera baja.

Así llegó el fin de curso y el verano. Un verano especial en Barcelona

puesto que se celebraban los Juegos Olímpicos. Mi madre decidió que para ella

era un momento interesante, pero que, dado que la ciudad estaría insoportable,

nada más conveniente para los abuelos y para mí que alejarnos cuanto antes. Se

decidió, entonces, que los abuelos estuvieran nuevamente el mes de julio en

179


Ordino mientras yo me reunía con los Nathan en Hammersmith puesto que

Dinah, finalmente, había decidido pasar el verano en Londres. Luego, yo visitaría

unos días a mi padre en Normandía para finalizar las vacaciones en Cadaqués. Un

plan casi perfecto, pensé. Y el casi sólo se refería a Blanche.

Mi madre y yo hicimos nuestra despedida el último fin de semana de junio

yendo a visitar a Mich. Las dos seguían hablando como cotorras y riéndose hasta

de su sombra. En cambio, yo me sentí muy lejos. Mamá, al fin, tenía razón: seguía

queriendo a Mich y ella a mí pero empezaba mi propia aventura y aquella vida,

aunque pertenecía a lo mejor de mi corto pasado, ya no me producía ninguna

emoción. Me gustó pasear nuevamente por Avignon y hasta subí en los caballitos

con mi ahijado en brazos, para más embeleso de Mich que del niño, sin contar con

la sensación de gilipollas que sentí sentado ahí dando vueltas en una carroza

mientras pensaba en lo buena que seguía estando Mich. Por primera vez pensé en

cuan atrás había quedado mi niñez y preguntándome de qué forma recorrería mi

camino hasta la muerte.

180


2.

Cuando llegó mi tiempo junto a los Nathan, una vez más, en Heathrow me

esperaban Elías y Yael y yo me abracé a ellos dispuesto a iniciar mis cuatro

semanas prodigiosas junto al Támesis. Pero, nada más subí al coche, supe que me

esperaban cambios: una percepción que me llegó a través de las pausas, de los

silencios y de un hilo invisible que cuarteaba el pasado. Al llegar a casa, ningún

síntoma aparente. Como siempre, Dinah nos había dejado preparado té frío y unas

pastas. Pero también nos esperaban dos torres: Max y Molly, su novia. ¡Dioses,

qué susto! Con dieciséis años Max se había convertido en un hombretón de casi

dos metros de altura y una espalda de gorila conseguida en su intensa dedicación

al rugby. En cuanto a Molly, era una rubia con unas curvas que me dejaron sin

habla. Al rato percibí de nuevo el hilo que separaba el pasado del presente, y a

Elías de Max. ¿Molly? No, no era ella.

Subí con Yael a deshacer mi maleta. Echada sobre mi cama, también ella

me pareció mayor, y muy guapa. , me preguntó tendiéndome un

paquete. , acepté para crecer siquiera la mitad de lo que ellos lo habían

hecho. Mientras arreglaba mis enseres, Yael

me contó las últimas novedades del barrio: Margareth Scott Brown tenía serios

problemas con el alcohol; Violet se había repuesto de su fracaso sentimental y

181


tenía otra novia, una joven mulata de la que Max y Steven decían que estaba como

un tren. A Yael le parecía que tenía el culo muy gordo pero como se sentía

incapaz de entender a los hombres, prefería no opinar. Steven también tenía novia:

Nabuko, una japonesa estudiante de literatura inglesa - minúscula y casi muda -

que aunque a ella le parecía un coñazo tenerla siempre rondando por la casa tras

Steven, no contaba con sacársela de encima porque había oído a éste decirle a

Max que le hacía unas mamadas gloriosas. De Molly me contó que Max y sus

amigos siempre la habían encontrado buenísima, lo que hacía que su hermano la

considerara un trofeo. Molly era hija de unos vecinos de sus abuelos en Long

Island y había empezado a salir aquel verano con Max. A Dinah no le gustaba

pero la admitía porque creía que cuanto más Molly tuviera Max, antes se cansaría.

La pareja dormía en dos sofácama que estaban en lo que llamábamos el cuarto de

música: una pequeña leonera situada en el semisótano donde hasta ese verano

Yael y yo nos solíamos instalar para escuchar nuestros compactos a todo trapo.

Ahora sólo lo hacían ellos y, con frecuencia, sonaba el mismo una y otra vez

durante horas. , me dijo Yael. No, no lo entendía,

pero asentí. Vigilaría para intentar comprender de qué hablaba.

Se acercaba la noche y el río brillaba oscuro cuando oímos la voz de Dinah

en el vestíbulo. No sé por qué al oír su voz supe que era a ella a quien habían

apresado los silencios. Aún y así pasaron tres semanas que recordaré como las

182


mejores de cuantas había pasado en Hammersmith; tal vez porque fueron las

últimas y porque nunca más volví a ver a los Nathan juntos. Una certeza que intuí

desde mi primer momento en Londres aquel verano y que Yael me certificó al

enseñarme la nueva vivienda de su padre situada tras Saint Perters Square. Y es

que Elías había decidido quedarse un año más en Inglaterra. , me dijo Yael en una de nuestras

charlas nocturnas.

- ¿De qué hablas? – le pregunté inquieto.

- ¿Acaso no lo ves? Nunca más seremos lo que fuimos.

- ¿Por quién lo dices?: ¿por Max o por tí?

- ¡Joder, Matt, siempre estás en la parra! ¿De verdad crees que las tetas

de Molly pueden cambiar tanto las cosas? Son mis padres, MIS

PADRES ¿o no te has dado cuenta?

Sí, claro que había visto cómo Dinah y Elías se esforzaban en complacerse

de tanto esfuerzo como hacían. Y cuán tarde llegaba Elías del hospital; y cómo su

mujer, para no vivir aquella espera, pasaba las tardes con Margareth y no aparecía

hasta la cena.

- ¿Estás enfadada Yael?

- No, ¿con quién iba a estarlo? Max sí lo está, pero Max siempre ha

protegido a mamá. Estamos tan divididos, Matt…

183


- Pero Yael, un año pasa rápido, un día u otro tu padre querrá regresar a

Nueva York.

- A Nueva York, tal vez. Pero con mi madre, no.

La mañana siguiente a esta conversación hicimos una excursión por el río.

Un mes después llegaron las fotos de Yael de ese día. Sólo había una de Elías con

Dinah. Él tenía una mano apoyada en el hombro de su mujer y la otra en el mío.

Pero mientras entre Elías y yo sólo brillaba la luz del atardecer, entre Dinah y él

aparecía una rayo oscuro hecho de silencios.

184


3.

El 25 de julio nos reunimos todos en casa de los Scott Brown para ver en

la televisión la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos en Barcelona. El

espectáculo les dejó tan impresionados que los dos matrimonios hablaron sobre la

posibilidad de viajar juntos un fin de semana antes de que finalizaran los Juegos.

Pero, a pesar de la tregua de aquella velada - que transcurrió amable y distendida

-, todos estaban muy lejos de ser lo que habían sido. La cita, sin embargo, quedó

en pié y, además, como se acercaba mi regreso, prepararon como cada año mi

despedida. Aunque también eso cambió, ya que en lugar de la habitual tertulia en

el jardín de una u otra casa, como en los viejos tiempos, justo para evitarla

buscaron en el restaurante Butler’s Wharf Chop House, un lugar más neutro.

Claro que ahora no había tertulias porque se habían constituido bandos: el de

Max, Molly, Steven y Nabuko; el de Dinah y Margareth; el de Elías y Edouard

Scott-Brown; así como el de Yael y yo mismo. Así que los cuatro bandos

comimos con pocos intercambios. Yo tenía a Molly delante con un escote

vertiginoso que me mantuvo bastante distraído, aunque lo mejor lo descubrí

cuando se me cayó la servilleta porque, al inclinarme a recogerla, vi que iba sin

bragas. ¡Dioses!, ¡qué escalofrío me produjo aquella abertura insondable, poblada

de una selva rubia y desordenada! Durante unos segundos eternos, no pude ni

moverme ni incorporarme, temeroso de encontrar la mirada de Molly. Cuando al

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fin lo hice, me observaba riendo. El resto de la velada la pasé turbado por aquel

prodigio.

Al llegar a casa Yael y yo estábamos tan alicaídos que nos fumamos en mi

cuarto un par de cigarrillos en silencio. Mi padre había insistido en que Yael

pasara unos días con nosotros en Normandía, pero Dinah quería regresar a Estados

Unidos antes del veinte de agosto y estaba demasiado nerviosa para hacer

concesiones, así que, irremisiblemente, observábamos el fin de nuestro verano.

- ¡Me gusta tanto! - suspiró Yael mirando cómo se deslizaba el

Támesis -. ¿Sabes?, aunque papá ya no viva en esta casa, vendré

siempre que pueda por más que mamá se empeñe en que Max y yo

borremos Londres de nuestras vidas.

- ¿Borrar? ¿Qué tenéis que borrar?, Yael, ¿y cómo?

- Tal vez piensa que si todos olvidamos estos dos años, las cosas

volverán a ser como antes. Y eso es una tontería porque no es sólo

papá el que ha cambiado. Mira a Max, aunque siga siendo el niño de

sus ojos, ahora tiene a Molly y aunque ella se acabara, vendría otra y

luego otra, y otra... y ya no volverá a tener a ‘su’ Max, entre otras

cosas porque, para controlar la situación, ha preferido meter a Molly en

casa consiguiendo que se descontrolara todo porque a partir de ahora

siempre habrá Max y compañía.

186


Desde el balcón vimos a Elías pasear solo bordeando el río. Pensé en

cuánto me hubiera gustado ocupar el sitio que Max había abandonado, pero

apunto de proponerle a Yael que bajáramos, aparecieron Violet y su nueva amante

con quienes Elías prosiguió su paseo. Yael me comentó que si su madre lo veía se

pondría de muy mal humor. Al parecer Dinah hacía responsable de las

desavenencias entre ellos al carácter liberal y promiscuo de los europeos de

quienes su marido se habría contagiado.

- Si es cierto que los psiquiatras se dejan influenciar por lo que ven, las

consultas deben ser un disparate – farfulló Yael cabreada -. Será mejor

que baje al cuarto de mi madre y la distraiga un rato, así no vigilará a papá.

Escríbeme mucho, ¿de acuerdo hermanito?

- Shalom Yael.

- Shalom Matt.

Aquella noche dormí mal. No me apetecía ir a Normandía y, además,

había algo intangible que me dolía profundamente. Me fui despertando una y otra

vez hasta que, harto de dar vueltas, decidí bajar a beber un vaso de leche con un

trozo del maravilloso pudin de Dinah. Al salir de mi habitación supe que mi

desventura provenía de la casa, de mi adiós a la casa y a aquellos tres veranos.

Del semisótano llegaban, amortiguados, música y ruidos diversos.

Intrigado pegué la oreja a la puerta del cuarto de música sin lograr acertar qué

187


pasaba ahí. Entonces, saliendo por la puerta trasera que daba al jardín, me deslicé

entre la pared y el seto hasta la ventana de aquella habitación, prácticamente a ras

de suelo. Y los vi: eran Max, Molly, Steven y Nabuko desnudos y copulando

frenéticamente intercambiando sus parejas. No sé cuánto rato pasé observándolos

al tiempo que me masturbaba una y otra vez; tanto me perturbó aquella primera

visión explícita de sexo. A partir de ese día y durante mucho tiempo, cascármela

se convirtió en una necesidad compulsiva en cualquier momento y lugar. Ni

precisaba revistas de mujeres desnudas, como le sucedía a Johny Black; ni nada:

sólo aquel recuerdo. Tal fue el impacto erótico que me causó. Y, si lo pienso, aún

me causa.

188


4.

Encontré a Blanche esperándome en el aeropuerto. Me dijo que mi padre

precisaba descanso y mucho silencio; que estaba li-te-ral-men-te agotado así que

habían convenido que no se moviera del campo. Ante el montón de kilómetros

que nos esperaba y la idea de darle palique, pensé si no sería mejor simular sueño;

conversar con Blanche siempre me había resultado muy complicado ya que, por

ejemplo, seguía preguntándome por mis adelantos en el piano, lo que indicaba que

no se enteraba de nada o que yo le importaba un bledo. Y había en ella una

actitud, ¿cómo diría?, ¿trágica? Sí, trágica y trascendental que me desconcertaba.

Finalmente hicimos el trayecto casi en silencio, aunque, de todas formas, creo que

aquel día hubiera sido incapaz de mantener una conversación coherente con nadie.

Tal era el descontrol de mi libido.

Blanche y mi padre vivían en una casa que había comprado, cuarenta años

antes, un tío de Blanche, un solterón místico notario en Rouen. Después de

sucesivas reformas, en aquel momento era una casa con especial encanto y una

vista preciosa. Apreciación que ahora puedo hacer sin dificultad pero aquel 2 de

agosto, aterrizar ahí me pareció una condena. Por fortuna, en Londres había

comprado muchos libros y bastantes casetes que escuchaba todo el santo día con

los walkman puestos, aislándome de tutti quanti. Porque además de mi padre, a

quien Blanche tenía prácticamente secuestrado, estaba Sacha, el hijo de Blanche

189


que vivía en la India, y Lolon, un amigo de papá y Blanche, director de arte en

una agencia de publicidad, así como su amante, Roman, un chico belga de veinte

años, profesor de aeróbic.

El primer día lo pasé rabiando, una furia que solo conseguía calmar

masturbándome frente al espejo del baño. Lo hice tantas veces que al acostarme

tenía la polla roja como un tomate. Me asusté al punto que prometí moderar mi

frenesí intentando, como decía la abuela cuando me veía revuelto, ver el lado

bueno de las cosas. Como Blanche cocinaba de maravilla y siempre había tartas

de frambuesas, de limón o de chocolate, además de otras exquisiteces varias, me

relajé pensando que aquellas serían las vacaciones de mi tripa. A papá lo ví poco,

de hecho, sólo en las cenas, pero me acostumbré a distraerme observándolos a

todos. Un entretenimiento que a mi madre le encantaba pues decía que le había

procurado un profundo conocimiento del género humano y, todo hay que decirlo,

aquella era una comunidad bastante singular: Sacha, el hijo de Blanche, circulaba

todo el día en pelotas, exhibiendo por toda la casa su cuerpo esquelético y sus

genitales de perro callejero hasta la hora de cenar; entonces se ponía un taparrabos

y una camiseta, siempre la misma, con el eslogan “fuck or they’ll fuck you”.

Lolon, por el contrario, siempre iba ataviado como si estuviera pasando

unos días en Deauville mientras su amante se pasaba el día tumbado al sol con un

diminuto tanga. Blanche y papá continuaban vistiendo túnicas superpuestas con la

190


variante de que ahora eran blancas por las mañanas y negras por la noche. Los dos

continuaban muy pálidos porque jamás se exponían al sol. Mi padre se quedaba en

su estudio casi todo el día y jamás comía con nosotros; Blanche decía que su

espíritu, demasiado frágil, precisaba aquel aislamiento. Solían comer mano a

mano en la terraza de su dormitorio y cuando Blanche no estaba con papá, se

instalaba a charlar con Lolon, siempre situado estratégicamente en algún lugar del

jardín desde el que pudiera observar a Roman.

Así transcurrió una semana entera sin que el resto del mundo pareciera

existir. Salvo una tarde que fui a Honfleur con Blanche, Lolon y Roman. Al ver el

pequeño puerto añoré Cadaqués y a Batiste, deseando pasaran los últimos días

cuanto antes, pero ese día Blanche estuvo muy simpática y parlanchina y hasta me

compró una camiseta a rayas muy bonita y un libro sobre Normandía. Después de

callejear un rato, nos sentamos los cuatro a merendar en una terraza. Lolon y

Blanche se pusieron a ojear un Paris Match mientras Roman, para no variar, se

quedaba despatarrado al sol y yo escribía.

- Tiens, mais voilà, c,est ta mère, Matéo.

¿Eh?

Pues sí, era mi madre con Maurice en una fiesta en un velero del Club

Med, anclado esos días en Barcelona como sede de la embajada francesa durante

las Olimpíadas. Aunque mi verdadera madre poco tenía que ver con aquella

191


mujer vestida y maquillada como si fuera la amante de un capo de la mafia. Pero

Lolon y Blanche comentaron que estaba ravissante et superbe y que llevaba un

collar deslumbrante.

¡Cómo me tocaba las pelotas Blanche y su manía de apropiarse de todos

nosotros! ¿Qué sabía ella de mi madre? Ni de nuestros pactos; ni de Maurice; ni

de aquel día, poco antes de instalarnos en Barcelona, en que mi madre se

desmoronó abrumada por la confusión que le producía un nuevo cambio. Por no

decir de mis abuelos, de los que ella y papá vivían tan alejados. Y a mi padre ¿en

qué cojones lo estaba convirtiendo? El Paris Match llegó a casa donde Blanche y

Lolon continuaron cotilleando página a página como dos mujercitas tontorronas.

Me pregunto qué pensó papá al ver aquella foto de mamá sobre la que no hizo

ningún comentario.

¿Recordaría el tiempo de amor y lo que mi madre dejó atrás para seguirlo?

Cuando llegué al aeropuerto de Barcelona y vi a mi madre esperándome la

volví a querer intensamente, preso, como decía Batiste, de un feroz ataque de

Edipo. Estaba muy mona con sus habituales tejanos, una camiseta blanca, la

trenza descompuesta y el gesto gruñón porque el avión había llegado con más de

192


una hora de retraso. La quise porque aquella sí era mi madre y no me importó que

despotricara un rato mientras cargábamos mis bultos en el coche.

Sólo tenía que esperar a que se calmara para disfrutar nuevamente de su ternura.

- En casa hay una sorpresa que te gustará – me dijo ya sonriente.

- ¿Me has comprado la bici, mamá?

- ¡Penco materialista! –me contestó riendo –; lo siento, no es eso.

En casa estaban Elías y Yael, en eso había quedado el viaje proyectado en

Londres por los matrimonios Nathan y Scott-Brown. Habían llegado la noche

anterior y se quedarían cinco noches más. En Barcelona el calor era tremendo y

las calles del centro estaban abarrotadas, pero fueron unos días extraordinarios.

Elías había conseguido entradas para varias competiciones, mientras mamá,

acreditada como prensa, hacía su propia recorrido. Pero nos íbamos citando en

uno u otro lugar para comer o simplemente para cambiar impresiones,

encontrándonos de nuevo para la cena con el ánimo excitado por el trajín del día.

La última noche nos fuimos al Otto Zutz, la discoteca más “in” de la ciudad donde

Yaël y mamá bailaron hasta caer rendidas mientras Elías y yo las mirábamos,

escondidos cada cual en sus afectos y pasiones: los dos queríamos mucho a Yael

y los dos, también, compartíamos nuestra pasión por mamá. Al llegar a casa, nos

instalamos en el jardín con una jarra de clara fría que nos tomamos con el ánimo

colmado, aunque, al tiempo, apresado por la melancolía: llegaba el final de

193


aquellos días que para Yael y para su padre significaba, además, el inicio de una

etapa de consecuencias imprevisibles.

La mañana siguiente, Roberto, cada día más incorporado a la casa en sus

horas libres, nos vino a buscar para dejar primero a Elías y a Yael en el aeropuerto

y para acompañarme luego a Cadaqués. Poco después, llegó mamá y los días se

fueron sucediendo con secuencias casi idénticas a las del verano anterior. Sólo que

Batiste y yo vivíamos obsesionados por nuestra sexualidad que cabalgaba fuera

de todo control hasta el punto de que nos convertimos en ladrones de la intimidad,

acechando los movimientos de las parejas a las que seguíamos hasta sus

dormitorios, tras la puerta o la ventana. Apenas veíamos nada, sólo los oíamos

retozar gimiendo. Luego, enloquecidos, nos ocultábamos en cualquier rincón

solitario, donde cada cual derramaba su furia blanca y desmedida.

Durante aquellos días, no hubo desayuno en el que los abuelos no me

preguntaran qué habíamos hecho la noche anterior. A lo que yo siempre les

contestaba lo mismo: jugar al futbolín. Entonces me preguntaba a mi mismo si es

que los viejos olvidan o si era que en su época el sexo era otra cosa. O, incluso, si

existía.

194


5.

En otoño, regresé al colegio; los abuelos, aunque más achacosos, a sus

tertulias; y mamá, ese curso en plena forma, alternaba su trabajo con alguna

escapada con Maurice mientras en Barcelona seguía frecuentando a Azcárate y a

sus amigos. Cuando me di cuenta, era diciembre y la casa lucía sus galas

navideñas. A mitad de mes, Elías llamó a los abuelos para decirles que esta vez

los visitaría después de fin de año ya que antes estaría unos días en Estados

Unidos con Dinah y sus hijos. Este plan mandaba al traste el de Yael, quien

suspiraba por venir a Europa. En cuanto a nosotros, a mi madre y a mí, todo

estaba reservado para que el 27 de diciembre fuéramos nuevamente con Maurice y

los Soskine a esquiar. Había pasado un año desde Courchevel y yo empezaba a

preguntarme en qué momento consideraría mi madre que había llegado el futuro

largando a Maurice. Ignorando que lo que me tocaba ahora era regresar al pasado.

Empezaba el día de San Esteban cuando llamó Maurice desde Roissy a

punto de coger un avión hacia Barcelona. Oí a mamá preguntarle inquieta qué

sucedía. Cuando regresó me pareció aturdida: al parecer había algún problema en

su familia. En la de aquellos padres a los que nunca veía. No, no habían muerto;

pero Maurice venía a recogerla para ir a París. Aquel era el día en que, por fin, los

abuelos me llevaban a comer a casa de Rosa, y mamá y yo nos habíamos

reservado la tarde para preparar nuestro equipaje de esquí pero cuando fui a

195


despedirme de ella, me dijo que, probablemente, tendríamos que anular nuestras

vacaciones.

- Cuídate mucho Matt, y cuida a los abuelos; no me falles. ¿ De

acuerdo?

- Sí, mami. Pero no te vayas a esquiar sin mí.

- No seas tonto, Matt – me contestó abrazándome con una mezcla de

ternura y desamparo.

Pasé dos días sin saber nada de mi madre, aunque sorprendí alguna vez a

los abuelos cambiando de conversación: lo que indicaba que ellos sí sabían. El

tercer día, la abuela me dijo que preparara mi equipaje para pasar unos días en

París. No, no podríamos ir a esquiar pues los padres de mamá nos necesitaban.

¿A nosotros? ¡Pero si ni siquiera los conocía!


Aunque desde mi primer viaje en avión había pasado mucho tiempo,

aquella travesía sí me pareció excesivamente rápida. Ahora que todo parecía

calmado y que nuestra vida transcurría sin grandes sobresaltos, vuelta a París. ¿Y

a qué más?

196


De camino a casa le pedí a mamá si podíamos parar a tomar un chocolate

en el Yamazaki.

Hacía frío y lloviznaba, ese tiempo habitual en París tan distinto de la luz

de Provenza y más aún, del fulgor mediterráneo; pero mamá me dijo que el barrio

estaba precioso y que se acordaba mucho de cuando por las mañanas, sorteando

los charcos, iba caminando a la escuela. Sabía que en mi madre existía un antes, lo

que me sorprendió fue que, de pronto, me hablara con tanta nostalgia. Y es que en

aquel momento no podía ni sospechar hasta qué punto ese antes se había alejado

de su presente. Entonces, de carretilla, me explicó que la noche de Navidad,

Charlotte, su hermana mayor, había perecido con sus dos hijas en un terrible

accidente de camino a Mêgeve. Yo la escuché en silencio y estupefacto, de forma

que ni se me ocurrió preguntar por su cuñado ya que me era muy difícil asimilar

aquella historia situándola con algo que nos concerniera. Un tiempo después, supe

que localizaron al marido en casa de su amante, una modelo afro americana,

estrella en los desfiles de Ives Saint Laurent.

- No podemos ir a Courchevel, Matt. Supongo que lo entiendes. Ya sé

que te hacía mucha ilusión, pero como la temporada acaba de empezar,

prometo llevarte en algún momento. Esta noche nos esperan mis

197


padres a cenar y los próximos días intentaremos hacerles compañía.

Les alegrará conocerte.

- ¿Te puedo preguntar si aún los quieres, mami?

- Ya lo has hecho. Pero, lo siento, ignoro la respuesta. Me enterneció ver

a mi madre y en el transcurrir de estos años, hasta he llegado a

entender algunas de nuestras diferencias. Debe ser que me hago

viejecita, como siempre dices. En cuanto a mi padre, es otra cosa. No

lo sé. Tendremos ocasión de hablar al respecto; tal vez incluso así me

aclare.

A las siete y media en punto mamá revisaba mi indumentaria. Llevaba mi

único pantalón de franela gris modelo bodas-bautizos-funerales, así como un polo

de lana azul marino. Mi madre dio su visto bueno aunque me hizo cambiar las

bambas por unos zapatos que me apretaban un montón porque eran de la

primavera anterior.

- ¿Vamos a ir caminando, mamá? Todavía llueve.

- No te preocupes, con el paraguas será suficiente. Estamos muy cerca.

¡Dioses cerca! Mis nuevos abuelos vivían en la rue du Ranelagh, apenas a

tres minutos de nuestra casa, en un hotel particular que hacía esquina con

Ranelagh Square por el que había pasado cien veces deteniéndome en ocasiones a

curiosear. ¿Así que en aquel coche que salía cada mañana a las ocho en punto, iba

198


mi abuelo? Y si era él, ¿cuántas veces nos habríamos cruzado en aquellos dos

años? Pero lo que más me intrigó, al constatar cómo había vivido mi madre hasta

casarse con papá, fue en busca de qué paraísos se había ido.

Entré en el salón literalmente acojonado y con el ánimo lleno de

contradicciones mientras recordaba las pocas conversaciones que había mantenido

con mi madre sobre su familia. Un hombre alto y elegante, que resultó ser mi

abuelo, me tendió la mano. La abuela, no menos distinguida y muy guapa, me dio

un beso en la frente y me senté junto a mamá. Por un momento, aterrado, pensé

que me acribillarían a preguntas. Pero, prescindiendo de mí, los tres empezaron a

hablar de una manifestación que había colapsado los campos Elíseos. Poco

después llegó otro matrimonio, los Roschtadt; mi madre me explicó que él era el

abogado de la familia. Entretanto un mayordomo había traído unas bandejas con

un aperitivo fantástico sobre el que normalmente me habría abalanzado, pero me

sentía afectado por una parálisis que inmovilizaba todos mis miembros entre otras

cosas porque hasta ese momento no me había fijado en que llevaba los calcetines

de diferente color. A veces mi mirada se cruzaba con la de mis abuelos. Si era la

de mi abuelo yo la desviaba. La de mi abuela no: había algo encantador en ella

que me pareció muy dulce.

Cuando pasamos al comedor mi madre me cogió la mano. ¡Uf! menos mal;

aquel era un claro indicio de que, aunque no lo pareciera, estaba pendiente de mí.

199


Lo que no me impidió observar que mi abuelo desaprobó el gesto. Ya en los

postres, el abogado Roschtadt me preguntó en qué curso estaba y si me gustaba

vivir en Barcelona. Me sorprendió que todos callaran como si realmente esperaran

mi respuesta. Salió, de pronto, una fuerza inesperada, fruto de las muchas

conversaciones con mi madre y de su implacable exigencia; en suma, de la

educación que ella había recibido y, que a su vez, me había procurado. Sí, cavilé,

también me puedo defender en este mundo. Entonces, aunque en el fondo

temblaba, empecé a explicar con tal seguridad y entusiasmo nuestra vida en

Barcelona que mis abuelos y sus amigos acabaron por hablar sobre la posibilidad

de visitar la ciudad, convertida en un punto de referencia a raíz de las Olimpíadas.

A punto de levantarnos mi abuelo me hizo su primera y única pregunta de aquella

velada.

- ¿Y ya sabe usted a qué piensa dedicarse jeune homme?>

- Oui, monsieur. Je serais ecrivain.

, contestó con evidente escepticismo. Y ya no volvió a interesarse por

mí.

Tomaron el café en otro salón, aún más amplio que el anterior cuyas

paredes estaban cubiertas por enormes vitrinas en las que había figuras y

diferentes objetos que me parecieron preciosos y llenos de misterio. Luego supe

que formaban parte de una gran colección de arte precolombino atesorada por mi

200


abuelo y que en aquella sala estaban las piezas que le eran más preciadas. En la

conversación se habló de un viaje que tenían previsto a Nueva York para final de

enero y que, al parecer, mantenían en sus planes; y también de la boda del hijo de

un amigo común; de una subasta en Londres..., pero en ningún momento, de mi

tía muerta ni de aquellas primas a las que ya nunca conocería. En cuanto a mi

madre, observé que se desenvolvía en aquella casa sin ningún problema y con

toda naturalidad; que cada uno de sus movimientos era tan perfecto que parecía

ensayado mil veces, como de hecho así era. Y lo cierto es que, aunque aquella

casa era mucho más impresionante y solemne que la nuestra de Barcelona - más

íntima y familiar - contenía no pocas similitudes: los detalles de la mesa, los

búcaros de flores blancas; no sé, sobre todo una atmósfera. Hasta la misma Marcia

y Roberto, se estaban convirtiendo en una réplica del mayordomo y la camarera

que nos habían servido la mesa. Pese a mi corta edad, creo que ese día comprendí

por qué mi madre podía ser tan diferente según la ocasión. En ella estaba aquel

pasado así como las mil dificultades con las que se había visto obligada a bregar a

raíz de su huida.

- Mamá, ¿por qué te fuiste si lo tenías todo? ¿Qué te faltaba?

- Pienso que lo que justamente me faltaba era lo que estaba por debajo

de esta vida. Creía, y ahora te puedo decir que así es, que los caminos

por recorrer cuando careces de casi todo, son infinitos. Supongo que

201


escapé en pos de ellos para probarme y saber qué había detrás de esa

barrera que te aísla con privilegios de otras realidades, por cierto más

numerosas. Pero también es cierto que fui en busca del paraíso de la

libertad. Ahora sé que, en el sentido absoluto, no existe, pero la

experiencia vale la pena porque he podido vivir varias vidas y todavía

estoy dispuesta a conocer otras tantas pese a que, cuando avanzo

hacia caminos inciertos, siempre debo contar con renunciar a algo.

Pero es entonces cuando me esfuerzo por encontrar más paraísos que

los perdidos.

- ¿Y los encuentras cada vez?

- No, claro que no, Matt. Pero cuando dejé esta casa, en la que a ti te

parece que no debía faltarme nada, encontré la vida en Provenza; a

Mich; la locura y la inconsciencia con la que vivíamos; tenerte a ti en

libertad y, sobre todo, ser Alexandra, sólo Alexandra; o en todo caso

Alexandra Cases. Ahora ya la he perdido, pero a mí me pareció un

paraíso. Hay que intentarlo, ¿sabes?

Luego le pregunté por qué en ningún momento de la cena se había

hablado de su hermana. Si sus padres no estaban muy tristes.

202


- ¿Te imaginas a los abuelos, a los de papá - quiero decir - hablando de

largarse a Nueva York el mismo día que han enterrado a su hija y a dos

nietas?

- No, claro que no. La de tus abuelos Cases es otra cultura, en el sentido

de que han recibido una educación más espontánea, más cerca de la

tierra. Mis padres no manifiestan su dolor simplemente porque la

ostentación sentimental les parece obscena.

- Tú tampoco lloras mucho, mamá.

- A lo mejor es que soy muy feliz, Matt – me contestó riendo -. Bueno,

sin bromas. Me cuesta llorar, me cuesta mucho, es cierto. Pero es que a

mí me han educado mis padres, no tus abuelos. El que haya optado por

otra vida no quiere decir que mi formación haya desaparecido.

- Es decir, que si yo me muriera, te comportarías exactamente igual a

como lo han hecho tus padres: sin derramar ni una lágrima.

- Esa es una reflexión que nunca me he permitido porque me niego a

aceptarla siquiera como supuesto. Pero como comprendo tu pregunta,

intentaré contestártela: si tú murieras yo moriría contigo; y no me

refiero a mi cuerpo, me refiero a mi alma. ¿Lo notaría alguien?

¿Lloraría o resistiría como me han enseñado? No lo sé. Ni siquiera sé

203


dónde y en qué me refugiaría. Lo que es seguro es que no volvería a

buscar más paraísos porque sin ti ya no serían posibles.

- ¿Y crees que tus padres, que no lloran, se han quedado sin alma?

- Si has estado atento, habrás observado que a tu abuelo no le ha gustado

que te cogiera la mano. ¿Sabes por qué?: porque, como te decía,

detesta las demostraciones de afecto. Cree que debilitan el carácter. En

cambio yo, aún a riesgo de que te vuelvas un poco ñoño, prefiero que

cuentes con mi amor; tampoco te vendrá mal algo de lo que se atribuye

a la sensibilidad femenina. Así que aunque apenas llore, como dices,

ya ves que sí soy capaz de manifestar mis sentimientos. En cuanto a

mis padres, te aseguro que con la muerte de Charlotte y de tus primas

también ellos empezarán a morir porque para poder continuar, a partir

de ahora, cada día deberán olvidar algo: sus primeros años de

matrimonio, el nacimiento de Charlotte; nuestros primeros juegos en la

playa y luego en la nieve y así, sucesivamente, todos y cada uno de los

momentos más dulces. Y eso, Matt, es empezar a morir.

204


6.

Permanecimos una semana más en París en la que, a partir de esa primera

cena con mis abuelos maternos, repetí cada día el camino hacia su casa. Salía a

primera hora con mamá quien, tras tomar un té con la abuela, desaparecía hasta la

tarde ocupada con el abogado Roschtadt de los bienes y efectos personales de mi

tía, ya que mis abuelos no deseaban tratar con su yerno. Las desavenencias entre

el matrimonio eran conocidas desde dos años atrás; encontrarlo con su amante el

día del accidente, supuso la ruptura total y sólo el día del funeral todos

cumplieron con su rol social para no propiciar más comentarios de los que ya

corrían.

La semana transcurrió sin que consiguiera vencer el miedo que me

producía el abuelo, pese a que un día en que estaba merendando con la abuela

vino a buscarme para llevarme a la biblioteca: una habitación inmensa, con doble

altura y una bonita escalera de madera con ruedas que permitía acceder hasta el

último estante.

- Todo está escrito, jovencito. Tu única aportación será en cómo lo

escribas. Sólo eso te diferenciará. Sé que eres un buen lector; aquí, entre otras

cosas, encontrarás lo mejor de la literatura clásica: Tolstoi, Dostievski,

Beaudelaire, Rimbaud, Balzac, Proust… Tu madre y tu tía aprendieron mucho de

estos libros. Tu madre demasiado, porque fueron esos libros las que la incitaron a

205


volar a su manera. Espero que tú sepas utilizarlos. Puedes coger lo que quieras

con la única condición de que anotes el que te llevas y que luego lo devuelvas.

En mi abuela Solange, descubrí una mujer muy especial. No sólo todavía

era muy guapa sino que también se mostró como una buena y paciente

conversadora de forma que a su lado las horas me resultaban muy agradables.

Leíamos periódicos, intercambiábamos noticias o simplemente charlábamos,

interesándose ella por nuestra vida y por mis inquietudes. Aunque lo que más me

sorprendió fue cuánto se le parecía mi madre pese a que la falta de entendimiento

entre ambas persistía. Así que, en contra de mis temores, también me gustó aquel

París que me permitía imaginar cómo había sido la vida de mamá antes de

conocer a mi padre. Y tal y como ella había hecho con su familia política, también

yo me acostumbré sin dificultad a mi nueva familia y entorno, sin que por ello

cambiara mi apreciación y profundo afecto hacia mis abuelos paternos.

La abuela Solange y yo solíamos pasar el día en un salón que estaba junto

a su dormitorio, su lugar predilecto y que también acabó siendo el mío pese a que

la primera mañana me acompañó a conocer toda la casa para que escogiera mi

propio espacio. La casa había sido reestructurada después de que mamá y mi tía la

dejaran de forma que los abuelos dormían en cuartos separados con una zona de

estar para cada uno más una habitación en la que había un gran piano de cola, un

excelente equipo y una discoteca de música clásica con antiguas grabaciones en

206


vinilo extraordinaria. Pero yo continué a su lado. Me importaban

más las fotos repartidas en diversas mesas y cualquier objeto que escondiera el

pasado de mi madre. Así pude ver a Charlotte y a mis dos primas muertas. Había

una foto que me gustaba mucho: aparecían las tres sentadas en una playa de arena

blanquísima y al fondo el mar color esmeralda; pero lo que atrajo mi atención es

que una de mis primas estaba literalmente agarrada al cuello de su madre mientras

la otra, unos pasos tras ambas, sacaba la lengua a quien hubiera disparado la

instantánea, tal vez a su padre. , comentó mi abuela. Mis primas me parecieron muy graciosas: llenas

de pecas, pelirrojas y con los ojos claros e inmensos, idénticos a los de su madre,

muy parecida a mamá, aunque su estilo más convencional pudiera despistar.

Habían otras fotos de mis primas en distintas épocas; una de los abuelos con

mamá y mi tía cuando eran muy pequeñas al pié de un tele arrastre; también otra

de las dos con una señora muy bajita que resultó ser la nurse; alguna de la abuela

y mi tía y sólo una de mamá haciendo el idiota sobre una bicicleta.

207


- ¿Cuántos años tenía aquí mamá? – le pregunté a la abuela.

- Quince – me contestó mirándola sonriente -, está tomada en Cannes el

día del cumpleaños de su abuela Claire, ¿sabes quién es? Sí, claro.

Debes haber oído hablar de ella porque fue la gran protectora de tu

madre.

- ¿Y no tienes más fotos de mamá? – le pregunté molesto.

- Tengo cajas enteras, Matt. Pero cuando se fue, y empezaron a pasar los

años, preferí imaginarme cómo sería a tener siempre las mismas fotos

como si hubiera muerto. ¿Ves esta de tu tía?, me la dio pocos días

antes del accidente. Ahora siempre será así; y tus primas también

porque el tiempo se ha detenido para ellas. No creo que haya nada más

cruel.

A mi abuela se le quebró la voz y yo me prometí llevarle una nueva foto de

mamá. Cuando llegó fin de año, cenamos nuevamente con los Roschtadt; y

también vino Maurice, pero antes de medianoche la velada había concluido. Al

llegar a casa mamá sacó una botella de champán y unos dulces que nos tomamos

sentados en su cama.

- Feliz Año, Matt.

- Feliz Año, mami.

- ¿Todo va bien en casa de tus abuelos?

208


- Sí, la abuela me gusta mucho.

- Me alegro, porque a partir de ahora se va a sentir muy sola.

- ¿Se os ha pasado el enfado?

- Lo que ha pasado es el tiempo y, sobre todo, la muerte de mi hermana

y de sus hijas. ¿Qué quieres que haga? ¿Regresar al último punto de

encuentro, o mejor dicho, de desencuentro?

- Dime mamá ¿y ahora, te cuesta hablar con los abuelos?

- Con tu abuelo siempre me costará; y a él también. ¿Crees que le gusta

tener una hija divorciada, medio bohemia y viviendo en Barcelona con

sus ex suegros, unos exilados españoles? Pues no, no le debe gustar

nada. De hecho nunca le gusté, siempre me contempló como una

réplica de su propia madre quien, para colmo, me proveyó de los

medios suficientes para hacer la vida que yo deseaba.

- ¿Me estás diciendo que al abuelo no le gustaba su madre?

- Mi abuela Claire era una mujer guapísima, además de elegante y

encantadora. Y tu abuelo, tan esteta, apreciaba estas cualidades pero

detestaba su historia, tanto que no ha vivido para otra cosa más que

para borrarla; de ahí su intransigencia, su dureza, su empeño de que

nada escape a su control, y su perseverancia por salvaguardar las

apariencias.

209


- ¿Pero, qué hizo que el abuelo no haya podido soportar?

- Bien – asintió con gesto gracioso - no se puede negar que para la

época, llevó una vida digamos intensa. Verás: a los dieciséis años se

escapó con su profesor de tenis, probablemente un pinta caza fortunas

a quien la única hija de un gran banquero le venía de perlas. Pero los

encontraron y mi abuela fue enviada a Londres a casa de sus tíos;

aunque parece que antes hicieron desaparecer un embarazo. Ya en

Londres, una noche en el Covent Garden conoció a Claudio Barbieri,

un tenor en el esplendor de su carrera – casado - con quien se embarcó

en un tórrido idilio. Aunque esta vez, sus tíos, alertados a tiempo,

evitaron otra catástrofe acompañándola de vuelta a París donde sus

hazañas hubieran sido la comidilla de no ser porque su padre se había

apresurado a encontrarle un marido: Léon de Beaumont-Rochelle, el

ambicioso hijo de un amigo de la nobleza francesa, completamente

arruinado, a quien la fortuna de la abuela Claire convenía

enormemente. Así que el estrépito del affaire Barbieri quedó

inmediatamente olvidado porque, como todos preferían asistir a la

boda, dejaron de chismorrear al respecto. Además de la boda y de la

cuantiosa dote, Léon entró en el banco donde se mostró como un gran

gestor, emprendedor y hábil. Del matrimonio, que como pareja no fue

210


una maravilla, sólo nació mi padre. Cuando tu abuelo se casó, su

madre fijó su residencia en Cannes y sólo iba a París cuando su

presencia era realmente imprescindible. Dicen que aún tuvo algún

amante más. No lo sé. Nunca vi a su alrededor nadie que me pareciera

sospechoso; lo que sí recuerdo es que era una gran anfitriona. Ofrecía

unas cenas espléndidas y muy divertidas en las que mezclaba

aristócratas, vividores, millonarios retirados en la Costa Azul, actores

y, especialmente, pintores. A ellos se debe su magnífica colección de

arte. Mi abuela tenía una gran sensibilidad y un olfato extraordinario

para detectar lo que sería reconocido. Pero lo cierto es que tu abuelo

siempre observó de forma muy crítica la vida de su madre.

- ¿Y en qué te pareces tú a tu abuela?

- Pues no me importaría parecerme en muchas cosas: de haber tenido su

instinto y su capacidad negociadora, la galería, por ejemplo, hubiera

sido más rentable. Pero contestando a tu pregunta, te diré que, además

de las mil diferencias surgidas durante toda mi adolescencia, para tu

abuelo mi huida con tu padre fue una réplica de lo sucedido con su

madre. Y alguna similitud hay. Lo que me diferencia es que pertenezco

a una generación en la que la mujer no sólo se ha incorporado al

mundo profesional sino que, por lo mismo, difícilmente mantendrá un

211


matrimonio sin amor; y, si se equivoca, asume las consecuencias e

intenta defender su intimidad y su trabajo en un mundo en el que, pese

a lo que te acabo de decir, todavía es patrimonio de los hombres.

Le pedí a mamá que buscáramos una foto para la abuela, así que nos

entretuvimos un rato más hurgando entre las cajas clasificadas por meses y años.

Al fin nos decidimos por una de las últimas que le hizo Hugo.

- Mami, ¿le guardas rencor a la abuela?

- No, Matt: de eso ya hemos hablado. Además, mi madre sólo ha sido

una víctima más de mi padre.

- ¿Y hacia tu hermana, qué sientes ahora? ¿Porque fue ella? - ¿no? -

quien chivó a los abuelos que te había visto con papá en el cine?

- Sucede que no soy capaz de definir mis sentimientos. No soy una santa

y, por tanto, si pienso en los últimos meses que estuvimos juntas, su

recuerdo me pesa porque me inquieta. En cambio, a veces siento

nostalgia de nuestros juegos y de cuando, muy pequeñas, fuimos

cómplices. Luego, dominada por tu abuelo, mi hermana sólo deseaba

ser lo que él quería. Y lo consiguió, a veces hasta parecía un calco.

Probablemente ambos han ignorado que detrás de la intransigencia está

la infelicidad porque distancia de los seres más queridos. Mi padre, en

esta opción, ha obtenido reconocimiento social y profesional y una

212


mujer envidiada por su belleza y refinamiento. El que además fuera

feliz, no entraba necesariamente en el guión. En cuanto a Charlotte,

debió vivir mucho tiempo obsesionada porque su casa y la educación

de sus hijas fuera un modelo de perfección y así contentar a nuestro

padre. Mientras, su marido, un hombre al parecer muy vital, se alejaba

de aquella cárcel dorada de la que Charlotte no podía escapar,

sucediera lo que sucediera entre ellos, porque, de hacerlo, hubiera

estallado el tipo de escándalo que nuestro padre detestaba. En cuanto a

la historia del cine y tu padre, es cierta y por supuesto me distanció de

Charlotte, tanto que nos separamos para siempre. Estos días me he

preguntado si, en este tiempo, no debí olvidar y ponerme en contacto

con ella; en suma fui yo la que desapareció. Pero no sólo ya no es

posible sino que creo que no hubiera funcionado porque el destino de

muchos hermanos, con toda la relación compleja que conlleva, es ser

hermanos, no amigos. Pero díme Matt, ahora que has estado en casa

de mis padres, ¿te imaginas a Mich en esa casa?

La suposición nos hizo reír un buen rato y ambos recordamos cuando Mich

vivía con dos amantes; y también su grito estentóreo en la estación cuando vino a

París o aquella mañana en la que se instaló con sus bártulos en la Place du Tertre.

213


No, dioses. Sólo lamento no poder repetir esos momentos una y otra vez.

Volver atrás; impedir que despuntara el primer día del 93; esperar a Mich en el

patio del colegio; los días de playa con las dos; el último beso de mi madre antes

de dormir y el calor de su piel. Si fuera posible, yo también huiría en busca de

estos paraísos.

214


Girante

1.

Cuando llegamos a Barcelona, Elías ya había regresado a Londres pero,

junto al árbol de Navidad, encontré su regalo: una superbicicleta con marchas. Mi

primer vehículo de independencia. La mañana siguiente, ya dispuesto a hacer mi

primer trayecto para ir al colegio, los abuelos me hicieron mil recomendaciones

mientras mi madre me miraba inquieta intuyendo que, como ella misma había

hecho, yo volaría tan lejos como me fuera posible. Recuerdo el viento frío de

enero y yo corriendo en su contra sintiéndome libre y fuerte. Los primeros días los

dediqué a investigar cual de los distintos trayectos me convenía: a la ida para

llegar rápido al colegio, de regreso a casa, los minutos que podía rescatar al

tiempo permitido para adentrarme en la ciudad y conocer otros mundos.

Así conocí a Sarita aquella primavera. Sarita vivía en la Barceloneta, uno

de mis destinos preferidos. Fue un día que me cayó encima una sábana que ella

descolgaba en el justo momento en que yo pasaba bajo su balcón. Crrooock. Y fui

a parar al suelo envuelto en una tela floreada. , me

preguntaron unas pantorrillas rotundas mientras yo intentaba salir de la

emboscada. Tras las pantorrillas aparecieron dos pechos impresionantes, más

215


grandes y blandos que los de Molly. Y más maduros. Luego apareció una cara

chata y una cabeza roja llena de rulos.

- Ven, sube conmigo; te curaré esos arañazos.

- No puedo dejar la bici en la calle, señora – le contesté todavía

aturdido.

- Pato, anda vigílale la bicicleta al chico – le dijo Sarita a un hombre que

leía un diario sentado a la puerta de un minúsculo bar vecino - .

¡Patooo!, no te hagas el sordo que me has oído perfectamente.

- Como no te voy a oír, chillona; anda chico, éntrala en el bar y la dejas

apoyada en un lado de la barra. La Paqui te la vigilará –, me dijo el

hombre quien, al apartar el diario comprobé asombrado que tenía cara

de pato.

- Hay que joderse, este marido mío se piensa que no tengo nada más que

hacer – refunfuñó una rubia estilo Paulette que apareció en la puerta

del garito –. Y tú Sarita, a ver si andas con más cuidado; parece

mentira que no hayas escarmentado con lo que le pasó a la señora

Ramona.

- ¡Coño!, por un gato que maté… Vamos chico, no les hagas caso.

Y yo la seguí, hipnotizado por sus nalgas, subiendo unas escaleras

descascarilladas, estrechas y muy altas, hasta el segundo piso.

216


- ¿De verdad mataste a esa señora?, le pregunté a Sarita mientras ella

empezaba a curarme sentado en la tapa del váter.

- No, hombre. (¡Joder con las uñas, tendré que pintármelas otra vez!) Si

no fue nada, lo que pasa es que la Ramona tiene más años que

Matusalén y se rompió no sé qué hueso de la mano al resbalar con una

blusa que se me escapó al tenderla.

Mientras Sarita me curaba, yo observé su casa: un cubículo de dos

habitaciones minúsculas lleno de puntillas, flores de plástico e imágenes de santos

y vírgenes; y el aseo con ducha en el que estábamos donde apenas cabíamos.

- ¿Te gustan las madalenas?

- Sí, pero no se preocupe señora. Estoy bien.

- Ni hablar, las cinco es buena hora para la merienda y estas madalenas

son las mejores del mundo: me las manda una compañera que se retiró

al pueblo. ¿Con qué las quieres? ¿Te gusta el café? Ah, y no me

llames señora aunque tenga edad de ser tu madre, y hasta tu abuela, me

hace el efecto de que no es conmigo con quien hablas. ¿Me explico?

Aquí todos me llaman Sarita.

- Como quieras; pero el café no me gusta.

- Seguro que las prefieres con Coca-Cola.

- Sí.

217


- Lo que yo te diga: madalenas con Coca-Cola...; si es que los jóvenes

no sabéis comer, ¡coño! ¡¡¡Pato, dile a la Paqui que la niña me suba dos

Coca-Colas!!! - gritó Sarita desde el balcón.

Mientras me comía las madalenas Sarita se repintó las uñas, se sacó los

rulos, se maquilló y cambió la bata floreada por una falda negra y una blusa

blanca con volantes en las mangas sin dejar de hacerme preguntas. Cuando le dije

de dónde venía se extrañó mucho.

- ¿Y a ti?, ¿ qué se te ha perdido por aquí?

- Nada, me gustan estas calles.

- Pues a mí me gustaría vivir donde tú vives. ¿Y ese acento, es porque

eres extranjero o es un defecto?

- Es porque viví en Francia hasta hace dos años.

- Siendo eso, al revés: hablas muy bien. ¿Cómo has aprendido tan

rápido?

- Mis abuelos nacieron aquí pero durante la guerra se tuvieron que

exiliar y tanto ellos como mi padre me han hablado siempre en español

o en catalán, así que lo aprendí a hablar todo junto.

- ¿Y tu madre? Porque tendrás madre, lo que no se tiene a veces es

padre.

218


Me acordé de Mich y también de Batiste, pero sólo le dije que mi madre

era francesa y que, aunque con más acento que yo, también ella hablaba bien

ambos idiomas.

- He de irme Sarita, gracias por todo.

- La verdad es que eres la mar de educado; les convendrías a muchos

chicos de este barrio. Bueno, será mejor que yo también me apresure:

esta tarde me espera un cliente de Lérida; de esos que no molestan y

que los tengo en la parroquia desde hace tiempo.

- ¿Trabajas en la Iglesia?

- ¿¿¿Eh??? No, hombre, no. Pero yo también tengo mis fieles.

Mientras Sarita se daba los últimos retoques yo miré con disimulo dos

cartas que estaban en una estantería apoyadas en un niño Jesús. Ambas iban

dirigidas a Paloma Expósito.

- Si bajas otro día, Mateo, ven a enseñarme cómo te han quedado los

rasguños. Hasta las siete suelo estar en casa, o por el barrio; si ves que

no contesto, el Pato o la Paqui te dirán dónde estoy. Te llevaré a

comer jamón; conozco un sitio que lo tienen riquísimo y la primera

semana de cada mes me mandan las madalenas. ¿Quieres llevarte unas

cuantas?

- No, gracias Sarita. Bajaré a tomármelas contigo.

219


El olor de la Barceloneta sólo está ahí. Da igual qué época del año sea.

Proviene de sus calles estrechas, de los restaurantes, de la cercanía del mar, de la

ropa tendida y de sus gentes. Cuando cumplí dieciocho años mi madre me

preguntó en qué sitio me gustaría cenar: escogí la terraza de uno de sus

restaurantes más típicos y antiguos, Can Ramonet, delante del mercado. Nos

comimos unas gambas enormes y una lubina a la sal. Mamá todavía tenía color de

verano y, aunque pasábamos por una de aquellas temporadas en las que sólo

coincidíamos en encontrar motivos de desencuentro, ella se mostró cálida y a mí

me pareció radiante y seductora. Luego dimos un paseo por las calles colindantes

hasta llegar a la plaza de la Barceloneta, delante de la iglesia de Sant Miquel del

Port adonde iba Sarita todos los lunes, el día de la semana que no trabajaba y que,

por lo mismo, se sentía ‘limpia’. Mi madre me preguntó cuán asiduo había sido de

aquel barrio, y por qué. No le hablé de las muchas veces que había bajado a ver a

Sarita; ni de la fascinación que había ejercido sobre mí su mundo oscuro; ni de

cuando me confesó que desde los quince años se hacía llamar Sarita, por su actriz

favorita, Sarita Montiel, pero que en realidad se llamaba Paloma Expósito porque

nunca supo quién era su padre. Ni de cuando, dos años antes, enfermó para

siempre. Le contesté a mi madre que me había aficionado al barrio paseando en

bicicleta, lo que no dejaba de ser cierto.

220


- Pues yo no conocí estas calles hasta el verano pasado, cuando al

empezar el libro sobre Barcelona, tuve que recorrer la ciudad de punta

a punta. Y eso es lo fascinante de las ciudades: que siempre hay un

rincón por descubrir. La prueba es que hasta ese momento sólo había

llegado a los restaurantes del Port Vell. Bueno y a esa calle que hay

más arriba, la que parece un bazar. ¿Sabes a cual me refiero, Matt? Es

fantástica. Y me encanta su nombre: Reina Cristina, se llama. ¿A quién

se le ocurriría mantener tan pomposo nombre para unos pocos metros

repletos de tiendas de las que se dice que todo lo que venden es de

estraperlo?: radios, televisiones, equipos de música, relojes, plumas,

oro… de todo. Los últimos walkman me los compré allí.

- Pero mami, tú estás loca. Te pueden engañar.

- Pues por el momento la televisión de tu cuarto, que también es de ahí,

funciona como un reloj. Aunque lo mejor fue lo bien que me lo pasé

comprándola: ya sé que es más sencillo ir a una tienda conocida, pero

cambio la comodidad, y hasta la seguridad, por vivir ese ambiente y,

además, he hecho unas fotos fantásticas. En unas semanas te podré

enseñar las que hemos seleccionado para el libro y las de esa calle, y

alguna de las de la Barceloneta, están entre las mejores.

221


- Ya eres bien rara, mamá. ¿Te imaginas a cualquiera de las abuelas

comprando en esas tiendas?

- Claro que no, Matt, ¡qué tontería! Pero es que mi madre jamás intentó

escapar a su destino y a tu abuela Camila nunca le han gustado los

riesgos innecesarios. Supongo que con la guerra y el exilio, tuvo

bastante. Pero, ¿de qué te extrañas? Con la cantidad de restaurantes

que hay ahora en el nuevo puerto, quien hoy me ha traído aquí eres tú.

- Debe ser, aunque nos fastidie, porque en algunas cosas nos parecemos.

¿Eh, mami? – le dije con ánimo de provocarla –. La prueba es que a los

dos nos gusta salir de nuestras fronteras: tú para fotografiar y yo para

escribir.

- Ya me doy cuenta, ya – me contestó de pronto pensativa -, pero a veces

siento que hayas heredado mi locura porque cada vez querrás ir más

lejos y, aunque siempre te he dicho que eso es vivir, en ocasiones el

viaje te dolerá tanto que lamentarás tu osadía. Y no sabes cuánto Matt.

No sabes cuánto.

222


2.

El reencuentro de mi madre con los abuelos Beaumont-Rochelle conllevó

un nuevo cambio en nuestras vidas: mamá iba a verlos con frecuencia y yo, un fin

de semana cada mes. Las comidas en las que estaba el abuelo, todo seguía siendo

muy tenso, el aire no corría. Pero las ratos con mi abuela nunca dejaron de ser

muy agradables tanto si nos quedábamos en casa como si íbamos al cine, una

afición que compartíamos y que propició conversaciones que me desvelaron a una

mujer que me pareció sensible, aguda, irónica y hasta joven; muy distinta a la

abuela Camila y a cualquier otra abuela que hubiera conocido. De regreso a casa

solíamos detenernos en el Yamazaki, pese a que sentía como si traicionara a

mamá, puesto que ese era un lugar que nos pertenecía.

Así, en los varios encuentros que se fueron sucediendo, le fui explicando a

la abuela quienes éramos y cómo vivíamos. Luego regresaba a Barcelona, al

colegio, a mis paseos en bici y a los abuelos Cases, tan distintos de los

Beaumont-Rochelle. Y en ambas familias me sentía bien. Claro que mi educación

y la casa de Barcelona dependían del criterio de mamá y, por tanto, con más

similitudes con los hábitos de sus padres de los que ella misma hubiera sido capaz

de admitir. Pero en Barcelona ningún chofer esperaba en la puerta a los abuelos;

ni la abuela Camila tenía el porte de la abuela Solange; ni los abuelos Cases se

desplazaban por todo el mundo como los Beaumont-Rochelle, con la misma

223


naturalidad que ellos a las calles del centro; todo lo cual – como decía - no me

impidió nunca sentirme bien en uno u otro lugar. Aunque, como mi madre, acabé

por preferir la vida en Barcelona, donde, de alguna forma, me sentía más libre.

- Mamá, ¿somos libres? ¿Alguien es libre?

- No Matt, pese a que el dinero, de alguna forma, te permite escoger. De

eso ya hemos hablado; aunque, personalmente, lo que más valoro es

que hace posible la lealtad hacia uno mismo. Pero esta libertad,

tampoco es ilimitada porque está condicionada a tu realización

personal, a tu educación y, sobre todo, a tus afectos. Hay quien, al no

ser capaz de asumir esta realidad, desaparece para siempre: tal vez

para éstos la carga del pasado resulta más liviana. Pero es una

suposición. Un buen ejemplo sería la madre de Mich. Me encantaría

preguntarle si realmente ha podido olvidar.

Pensé entonces que mi padre también se encontraba en el grupo de estos

desertores. No es que no lo viéramos jamás: una vez al mes venía a vernos pero se

iba el mismo día y las constantes llamadas de Blanche nos impedían tenerlo por

completo siquiera esas pocas horas. Su desapego era tal que hasta olvidaba en qué

curso estaba o cuales eran mis aficiones pero creo que, de alguna forma, acabé

por acostumbrarme a no contar ni con su conversación ni con su atención.

Delgado, etéreo y cada vez más ausente, un día en que fuimos a comer a un

224


estaurante junto al mar y el viento soplaba fuerte, lo vi claramente elevarse

desapareciendo entre las nubes. Fue, por supuesto, una alucinación ya que ahí

estaba. Pero sin estar.

- Mamá, ¿papá siempre ha sido así? ¿Se ha ocupado alguna vez de los

abuelos o de ti?

- Supongo, Matt, que siempre fue así. Y, si reflexionas, concluirás que

es lógico: tus abuelos lo tuvieron siendo ya muy mayores, cuando ya

desesperaban. Desde el momento en que nació, la vida de aquella casa

sólo giraba a su alrededor de forma que para él lo más natural es ser el

centro de atención; por eso no puede prescindir de Blanche, que le

aporta la dosis de protección y admiración que precisa aunque sea a

costa de vivir apartado de su familia. Espero que vuelva a tiempo. Y no

lo digo sólo por ti, sino por tus abuelos.

- Pero se escapó contigo: ¿te quería, verdad?

- Nos quisimos mucho, Matt; no lo dudes. Todo el noviazgo y los

primeros tiempos de matrimonio fue la etapa más romántica de nuestra

vida, lo que sucede es que romanticismo y realidad tienen difícil

convivencia: está el día a día, las necesidades económicas más simples,

la responsabilidad de un hijo así como aprender a querer a tu pareja

con más ternura que pasión porque lo que te conmueve es el profundo

225


conocimiento de esa piel que compartes cada día. Claro que esta

sabiduría llega con la madurez que tu padre y yo no supimos alcanzar

juntos. ¿No me estás entendiendo, verdad Matt?

- No mucho mamá. Pero y yo, ¿crees que le importo?

- Estoy segura. Lo que sucede es que todavía no ha aceptado su

condición de padre y tampoco creo que sea capaz de hacerlo al cien por

cien. Pero es buena persona, como lo son tus abuelos. Si yo no

estuviera; si lo precisaras realmente, acudiría. Verás cómo algún día, a

su manera, hará de padre.

- ¿Sabes que he hablado mucho más con Elías que con él?

- Me lo puedo imaginar, Matt, y me alegro. Ya que no tienes hermanos

ni primos, está bien que tengas una figura masculina cerca de ti;

además, de alguna forma, Elías también es tu familia.

Para Elías, aquel debió ser un año muy difícil. Recluido entre su pequeño

apartamento de Hammersmith y su trabajo en el hospital, quiso pasar en soledad

lo que debió ser una gran crisis. Supe por Yael que su visita en Navidad había

sido un desastre a fuerza de tensión y desencuentros hasta que la casa se convirtió

en un infierno. La traca final fue el día en que Dinah lo encontró en el garaje

abrazado a Molly. Yael me lo explicó por carta de forma espléndida, alternando

los detalles con comentarios de humor, como si aquel hecho no le concerniera, lo

226


que evidenciaba su enorme y especial talento. El caso es que, según Yael, Elías ni

se esforzó en disculparse pese a que Molly le dijo a Dinah que su marido se había

abalanzado sobre ella. Coincido con Yael en que más bien sucedió al revés, y que

si Elías ni se molestó en negarlo fue porque así encontró la forma - todo sea dicho,

bastante bestia - de poner fin no sólo a aquellos días, sino que a su matrimonio.

Entretanto, mamá volaba de Barcelona a París y de un lugar a otro según

los encargos cada día más numerosos. El gran despegue, sin embargo, llegó a final

de aquel mayo de 1993 cuando una foto suya de las Olimpíadas fue escogida por

la agencia Century Press como la mejor del año. Este hecho cambió radicalmente

la trayectoria de su trabajo y sobre todo la relación con ella misma. El único que

frunció el ceño fue Azcárate quien veía alejarse lo que consideraba su

descubrimiento y, de alguna forma, su propiedad. Desbordado, sin embargo, por

el protagonismo de mamá y porque las cenas a las que eran invitados se

multiplicaban, salvo algún que otro comentario lleno de amarga ironía, y que

mamá prefirió ignorar, simuló dejar paso a la nueva estrella al tiempo que, para

comprobar su dominio sobre ella y - me temo que - para hacerla dudar de su

talento, en su revista sólo le encargaba trabajos menores, más propios de un

principiante que de una estrella emergente. Puesto que su colaboración con

Azcárate no le ocupaba más que unos pocos días al mes, mamá cedió.


de ser cierto – dijo -que fue él quien me brindó la primera oportunidad y los

primeros amigos. Espero que pronto se le pase la rabieta.>

Como ya he comentado, lo que más le gustaba a mi madre no era la

fotografía de arte sino la testimonial. Las fotografías del público en la final de la

liga de fútbol de aquel año, publicadas en el dominical de La Gaceta, uno de los

diarios más importantes de la ciudad, fue su segundo dardo. Yo mismo, que era un

tibio espectador del deporte con más adictos, me quedé flipando ante aquellas

imágenes: hombres y mujeres, todos con las caras desencajadas, sudorosas, al

borde del colapso, cada cual con la frente pintada con los colores de su equipo y

ataviados con gorros, camisetas y bufandas del mismo, constituían todo un

documento antropológico. Las fotos publicadas sólo fueron tres por las que,

además, pactó un precio simbólico. Efectivamente, pocos días depués,

el diario le proponía una colaboración mensual, ya mejor pagada, además de un

pase de prensa como reportera. En junio, un conocido galerista le propuso

inaugurar el otoño con una exposición. Con todo ello, es fácil imaginar que aquel

semestre mamá desplegara una actividad febril; sin embargo, una vez a la semana

venía a buscarme para ir a la última sesión de tarde del vecino cine Verdi. Luego,

mano a mano, cenábamos en el Café Salambó mientras solíamos comentar la

228


película apasionadamente, prolongando así aquella afición que compartíamos.

Una costumbre que continuaría luego nuevamente en París, hasta el día que me

llamó Bonny Spencer anunciándome su muerte.

¿Y Maurice? Su historia con Maurice parecía seguir. A veces la oía hablar

quedo a medianoche. Otras, hacía veloces escapadas de las que regresaba radiante.

Y yo odiaba a Maurice. Detestaba su tono prepotente y sus burlas; y, sobre todo,

que me la arrebatara. La complicidad que suponía entre ambos, conseguía sacarme

de quicio hasta el punto de que con frecuencia extendía mi rabia hacia mi madre,

preguntándome una y otra vez para qué diablos había huido de sus padres si

Maurice le ofrecía lo mismo que había abandonado.

Maurice venía alguna que otra vez a Barcelona. En cuanto ponía un pié en

casa, los abuelos, tras un brevísimo saludo, se pertrechaban en su habitación

esperando a que se largara que, todo hay que decirlo, lo hacía rápido: solían ser

los minutos que mamá tardaba en arreglarse. Si me topaba con él, me miraba con

su habitual sorna y, con la misma, me preguntaba por mi futuro como escritor, o

qué leía en aquel momento. A Maurice le gustaba el cuadro de Bacon que mamá

había traído aquel invierno y la colección de dibujos de Fortuny: solía quedarse

varios minutos contemplando el hombre descompuesto y multiplicado del

primero. Luego aparecía mamá ‘vestida de cena con Maurice’ y él siempre se

229


despedía aclarándome que me la devolvería. ¡Pues claro, tío mierda!, pensaba yo

mientras entre dientes mascullaba un buenas noches apenas cortés.

Para los abuelos Cases aquel fue un buen año: el grupo de París continuaba

entero; el abuelo proseguía con sus tertulias en el bar y la abuela encontró

afectuosa compañía en Rosa, su cuñada de estranquis. Las tardes que Roberto

tenía libres, las solía llevar a merendar a la pastelería Mauri, en la Rambla

Catalunya. La abuela protestó unos días porque hubiera preferido seguir yendo a

la granja Dulcinea, en el centro; pero mamá y el abuelo acabaron por convencerla

de que no era sensato que anduvieran solas por esas calles.

A mamá le gustaba mucho verlas salir: bien arregladas y alegres como dos

escolares haciendo novillos. < ¿Están monas, verdad Matt? > Sí lo estaban; eran

muy graciosas. Comprendo que mamá se sintiera contenta por haberles

proporcionado aquel bienestar.

Mediado junio, Elías nos comunicó que Yael sólo iría a Londres la primera

semana de julio para regresar inmediatamente a Estados Unidos donde pasaría en

Long Island el resto del verano. El día que nos llamó, hacía mucho que no hablaba

con él; sus noticias me llegaban por Yael quien en marzo me envió unas fotos

sorprendentes: secuencia a secuencia, desde que sonó el primer rugido de Dinah

en el garaje, había obtenido, con su cámara disparando a toda velocidad, un

documento completo de aquel día funesto. Ahí estaba Molly, enfundada en un

230


vertiginoso y mínimo vestido rojo, lloriqueando sobre el hombro de Max; Dinah

gritando y finalmente Elías metiendo su equipaje en un taxi. Cuando ví esas fotos

- pese a la dudosa calidad de las mismas - no dudé de que, con el tiempo, Yael

superaría la temeridad de mamá por estar lo más cerca posible de las situaciones

más peliagudas.

Cuando Yael llegó a Londres, esa vez era yo quien con Elías la esperaba

en el aeropuerto. Al verla acercarse hacia nosotros, caminando segura de su

cuerpo rotundo y luciendo aquella sonrisa deslumbrante y seductora, un deseo

oscuro - como el que sentía hacia mi madre - se apoderó de mí de tal forma que al

saludarla sólo le tendí la mano. , me dijo

aprovechando el gesto para iniciar una llave de judo que por los pelos no me dejó

en el suelo. < ¿Y tú, cuando dejarás de ser tan bruta? >, le contesté cabreado.

, me contestó impertérrita colgándose de mi cuello. Yael.

Yael.

Disponíamos de tan pocos días que, salvo alguna tarde que fuimos al cine,

engullimos aquella semana haciendo recuento de aquel invierno sin apenas salir

de Hammersmith. Pese a su resistencia anímica, Yael se sentía confundida por lo

sucedido entre sus padres y, sobre todo, por cómo su padre se había alejado de su

mujer y de todo cuanto ambos habían construido: casa, amigos y hasta país.


mi padre jamás hubiera roto con mi madre con todo lo que ello significaba: desde

Max y yo misma a la familia de mamá, a quien estaba muy unido. Ningún judío,

Matt, ninguno que haya pasado por la pérdida de toda su familia en el holocausto,

como es su caso, abandona su casa por una crisis existencial.>

Pero Yael y yo también empleamos nuestro tiempo en plácidos paseos en

barca y en dorarnos en el minúsculo jardín de la nueva casa de Elías mientras

hacíamos planes para el futuro: Yael persistía en su idea de dejar Estados Unidos

lo más pronto posible y vivir en Europa. , le advertí circunspecto.

- Ya. Pero a lo que te he dicho antes, cuando hablábamos de mi padre,

puedes añadir que es propio de los judíos asumir su condición de

pueblo en permanente diáspora.

Como estaba previsto, Yael pasó el verano en Long Island. En algunas de

sus cartas me enviaba fotos en las que pude comprobar que Max continuaba

literalmente pegado a Molly; que sus abuelos maternos, nonagenarios, eran tan

graciosos que parecían surgidos de un guión de mi idolotrado Woody Allen y que

Yael, quien utilizaba el dispositivo automático para enviarme sus propias fotos,

pese a aparecer siempre haciendo el burro, desbordaba una sensualidad

irresistible.

232


Yo pasé mi verano en Cadaqués soñando con ella y con su cuerpo: una

ilusión que me procuró éxtasis solitarios de gran intensidad. Y cuando llegó mi

madre y ambas imágenes se fundían en mi deseo, lloraba hasta la desesperación

por una y por otra. Incapaz de admitirme ni como Edipo ni como lord Byron.

233


3.

Como aquel año, no recuerdo nunca haber deseado tanto volver al otoño, a

la rutina escolar y a mis largos paseos en bicicleta. Ya en Barcelona, los sábados

por la mañana de aquel final de septiembre se convirtieron en un día óptimo para

campar por mis fueros y visitar a Sarita quien, sustituyó las madalenas por unas

almejas inmensas y gustosísimas que tomábamos en la playa sentados sobre una

manta y protegidos del sol bajo una sombrilla estampada de vistosas flores. A

veces me preguntaba qué diría mi madre si nos llegara a encontrar: ¿saldría su

parte bohemia o su condición burguesa? Sarita conservaba con orgullo la piel

muy blanca porque un cliente de muchos años – y de familia con señorío, decía

ella – le había advertido años atrás que la piel oscura no era apropiada para una

dama. , me aclaraba Sarita quien para

entonces – aunque sin detalles - ya hablaba con soltura de su oficio sobre el que

me explicó que se había metido cuando se hartó de limpiar lavabos en un hotel de

Torremolinos.


de inmediato o me iba a la puta calle. Pensé en mis posibilidades y cuando llegué

a la conclusión de que no me quedaban más cojones que seguir limpiando

cagarros, fuera donde fuera, decidí hacerme puta de calle, que es lo mismo que esa

cabrona me decía pero al revés. Así me hice puta, como lo habían sido mi madre y

mi abuela; y, en cuanto lo tuve decidido, me olvidé de las monjas, del hospicio,

de buscar marido y me vine a Barcelona. Y no me ha ido mal. Los mejores, los

primeros años. Ya me dirás, con veintidós años, te comes el mundo. Aunque lo

único que yo quería era comprarme un piso y el que tengo para otros será un

cuchitril pero para mí, no hay mejor palacio.>

- ¿Y tú nunca has tenido novio Sarita?

- Sólo hubo uno por el que por poco no me vuelvo loca: El Chano, se

llamaba. No tenía un duro pero, como era por amor, se lo hacía gratis.

Trabajaba en un restaurante de esos que estaban en la playa: el Can

Costa, que tenía una clientela tan fina que hasta los señoritos bajaban.

Pero con quien él pendoneaba era con las extranjeras. Lo nuestro duró

casi tres años en los que sufrí mucho y en los que, además, el Chano se

gastó lo suyo y lo mío hasta que un día me dijo que se casaba con su

novia de toda la vida pero, que si a mí no me importaba, por él,

continuábamos. ¡Hay que joderse!, ¿no? Me vi como una idiota

pagando la boda y los colegios de los churumbeles que vinieran; así

235


que, sin pensarlo ni un minuto, lo mandé a la mierda. Por aquel

entonces, yo tenía treinta años y unos ahorros que, por suerte, siempre

le escondí. Me prometí que nunca más me volvería a pasar, que no

habría más chuloputas que me jodiera la vida. Lloré mucho y mucho

tiempo, no te creas; pero hace ya dos años que mi casa es mía. Ahora

tengo cuarenta y cuatro años y menos clientela, claro, pero la que tengo

es buena y ya lo tengo contado: si trabajo hasta los cincuenta, con lo

ahorrado me retiro. Además, el mosén me ha prometido conseguirme

trabajo. Al pobre le gustaría que lo dejara antes, pero ya le dicho que

primero son los ahorros y luego lo que la Virgen quiera. Y si Ella me

pide que limpie cagarros, pues lo haré, Mateo, porque por llegar al

cielo, purgaré lo que sea.

Pasamos la Navidad en Barcelona y al día siguiente mi madre y yo nos

fuimos a Megêve. La casa de los abuelos me gustó enseguida por su amplitud y

porque a través de los ventanales se filtraba la luz del resplandor de la nieve. La

abuela me esperaba cada tarde después de una ducha que me reconfortaba de una

larga jornada de esquí guiado por un monitor americano que reía sin parar y sin

motivo, como si le hubieran dado cuerda. Y yo regresaba atacado por aquel

imbécil, pero todo era mejor que esquiar con el abuelo, mamá y Maurice quienes

no regresaban hasta el cierre de las pistas. Para cuando todos aparecían, yo ya

236


llevaba dos horas con la abuela hablando o mirando las fotos de sus álbumes

ordenados en dos etapas: la primera me encantaba porque había muchas fotos de

mi madre y de la tía Charlotte vestidas con unos equipos de esquí muy graciosos;

y las de las cenas de fin de año eran geniales. En estas últimas, mamá iba siempre

muy elegante pero en casi todas hacía gañotas; había una, incluso, sacándole la

lengua por detrás a la niñera: me pareció evidente que la tía debió ser una niña

más formal y tranquilizadora. En la segunda etapa, mamá ya no aparece más y

empieza con el primer fin de año en el que se incorporó el entonces prometido de

Charlotte. Y luego ya van apareciendo mis primas casi recién nacidas primero; sus

primeros pasos más tarde; sus primeros esquís… hasta las últimas con cascos

dispuestas a esquiar. ¡Qué monas! El último álbum era del año anterior al

accidente. Recordé lo que la abuela me había dicho respecto a que no le gustaba

tener fotos antiguas porque ello quería decir que el ser querido, de alguna forma,

ya no estaba. Como cuando mamá se fue con papá y ella escondió sus fotos.

La noche de fin de año no hubo cena sino un largo aperitivo del que todo

el mundo se retiró a las once. Cerca de medianoche mamá vino a mi cuarto con

champán y una enorme caja de bombones.

- Feliz año, Matt. Ya sé que no te lo pasas muy bien pero no puedo, o

no sé, hacer otra cosa.

237


- Feliz año, mamá. No te preocupes, estoy bien. Y a ti, ¿cómo te va con

el abuelo?

- Como siempre Matt; además, esquiando no se habla mucho. Aunque la

única diferencia no se refiere a mí, sino a él: pierde las cosas

constantemente, o peor, busca cosas que ha puesto, por cierto, en sitios

bastante raros y luego ni se acuerda. Mi padre, que siempre fue un

hombre muy metódico, de pronto tan despistado… en fin, no sé, tal vez

todo esto sea fruto de la muerte de tu tía. ¿Y tu abuela cómo está?

Apenas he hablado con ella.

- ¿Y por qué no lo intentas? Yo hablo mucho y siempre me pregunta por

ti.

- Pues a mí nunca me pregunta nada, así que no sé qué debo intentar. En

ocasiones pienso que tal vez podríamos hablar de algo si tu abuela se

derrumbara unos segundos, los justos para empezar a hablar, y, sobre

todo, si se rebelara: si me dijera cuánto le duele el alma y la vida, y

empezar el día cada día. Bueno, no sé si me entiendes. Ya sé que la

educación pasa por la resistencia y por la discreción, pero ante mi no

precisa mostrar este refinamiento extremo: lo que perdió fue una hija y

dos nietas. ¿Qué más se puede perder?

- A ti, mamá.

238


- Ya lo hizo. Y sin embargo aquí estoy y yo me pregunto: ¿le sirve de

algo mi presencia? Bueno, me doy cuenta que la tuya le compensa.

Algo es.

- ¿Sabes que en París tiene guardados un montón de reportajes y trabajos

tuyos porque me los pidió?

- Y tú, ¿sabes que nunca me ha preguntado nada sobre mi trabajo, ni

sobre mi vida? Si lo pienso, ni siquiera por Maurice. Por no decir por

tu padre.

- Si te preguntara por Maurice, ¿le dirías como a mí que nunca estará en

tu futuro?

- Veo que te sigue preocupando, Matt. Pero sí se lo diría y,

probablemente, ésta sería mi única decisión que aprobaría.

- Creí que eran amigos.

- Justamente: no creo que tu abuela piense que Maurice haya cambiado

sus hábitos de devorador infatigable. Recuerda que mis padres vivieron

su primer matrimonio y cómo se fue al garete a causa de sus líos.

- Mamá, por favor: haz las paces con la abuela, ella te quiere. Te lo

aseguro.

- Ya las he hecho; la prueba es que aquí estamos, ¿no? Pero si lo que

insinúas es que, además, hablemos de todo lo que quedó atrás y del

239


futuro, eso, por ahora, es inviable. No puedo. Desde que vuelvo a ver a

tus abuelos ni un solo segundo he dejado de pensar en que, si cedo un

punto más, me reprocharán estos años, mi huida con tu padre, nuestra

boda y el final de nuestro matrimonio. Y eso, Matt, no quiero oírlo.

Cuando uno escapa a las normas ha de estar dispuesto a pagar las

consecuencias, algo que hice puntualmente en su momento sin

lamentarme, entre otras cosas, porque no lamento lo que hice. Durante

un tiempo tu padre y yo vivimos con pocos medios, a veces, incluso,

con muy pocos. Al mínimo reproche, le diría a tu abuela que casi

nunca me gusto como soy pero que si de algo estoy segura es que

todavía me hubiera gustado menos quedándome en París y viviendo a

su manera. Eso, para mí, es estar muerta.

- Eres muy dura, mami. Luego te quejas de la abuela No veo diferencia

alguna entre una u otra intransigencia.

- Touchée, Matt. A lo mejor es hereditario y cuando te toque tu turno

recordarás nuestra historia con la misma dureza.

Debí decirle entonces que, por difícil e inesperada que a veces se mostrara,

nunca olvidaría su gracia y su ternura.

240


4.

Encontré a Yael esperándome en Barcelona con su padre, quien hacía su

habitual visita navideña a los abuelos. Disponíamos de dos días que, de nuevo, se

nos pasaron en confidencias. Sin dejar de ser una fuerza de la naturaleza, Yael

seguía tristona: no le gustaba vivir con Dinah y, menos aún, con Dinah, Max y

Molly quien no sólo se había instalado en su casa sino que ahora trabajaba con

Dinah en su negocio de catering; la única solución que su madre había encontrado

para mantener a Molly fuera de casa aún sabiendo que trasladaba el caos de un

lugar a otro, con el solo alivio de que no se pasearía en bragas por el despacho

como hacía en casa. El trabajo de Molly constituía en ser, digamos recepcionista,

pero sin más responsabilidad que tomar nota de las llamadas. Además tuvieron

que prohibirle pintarse las uñas en horas de trabajo, fumar y colgarse del teléfono,

pero a Dinah le aliviaba no pensar en Molly rondando por la casa sin más

quehacer que esperar a que Max se la tirara o entreteniéndolo en la cama de forma

que éste perdía clases. Entretanto, el abismo entre Yael y su madre se había vuelto

infinito. Cuando Dinah perdía el control, algo frecuente desde su separación, le

reprochaba a Yael parecerse a su padre. Más abismo.

En Barcelona, Yael me dijo que le había pedido a Elías instalarse con él en

Londres al inicio del siguiente curso.

- ¿Y tu padre, Yael?, ¿está de acuerdo?

241


- No mucho, quiere estar solo y su mejor excusa es que no puedo dejar a

mamá. Pero yo se lo pido cada día y creo que al final no le quedará

más remedio que acceder porque sabe que nunca, nunca, me rendiré.

- Lo siento mucho Yael, cuando os conocí nunca imaginé que en tu

familia podía pasar algo así: todo parecía encajar perfectamente, justo

lo contrario de lo que sucedía en la mía. ¿Recuerdas los dos primeros

veranos en Hammersmith? Pues no sabes con cuanta envidia os

observaba, sobre todo los sábados, cuando tu madre o Margareth daban

aquellas cenas en las que todo era perfecto. Más aún, mágico.

- No seas idiota, Matt. La única magia estaba en la casa y en la vida de

verano: eso también yo lo echo de menos. Pero ¿crees que la mujer de

Scott Brown tendría problemas con el alcohol si su matrimonio fuera

una maravilla? El primer verano que viniste, poco antes, ella y su

marido habían estado a punto de separarse porque Margareth se enteró

de que él estaba liado con una psiquiatra de su equipo. Se armó tal

marimorena que Scott Brown debió decidir que no le convenía aquel

escándalo y su amor fue trasladada a otro hospital; lo que no evitó fue

que Margareth empezara a beber más y más para llamar la atención de

su marido, supongo; o simplemente para que no la dejara. Mi abuela

Gertrude, la madre de mamá, siempre dice que los hombres son muy

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cobardes y me temo que es verdad. Así que el doctor Scott Brown se

ha quedado con su mujer. Si eso es quedarse: por la mañana se va muy

temprano y no regresa hasta muy tarde; en cuanto a los fines de

semana, los pasa jugando a golf y si viaja, siempre va solo. ¿Me

quieres decir con qué se ha quedado Margareth? Respecto a mis

padres, tienes razón; en casa los únicos que discutíamos éramos Max y

yo; además, pese a que papá se sintió muy querido tanto por tus

abuelos como por los tíos con los que vivió en Chicago, estaba

profundamente herido por cómo perdió a su familia; él mismo me

contó, no pocas veces, que sólo se consoló cuando formó su propia

familia. Y, sin embargo, un día empezó a alejarse de mamá con quien

había estado casado veinte años aparentemente felices. Yo no me

entiendo con mamá, pero la comprendo cuando dice que detesta

Londres porque fue poco después de instalarnos en Europa cuando

cambió la relación entre ellos. Y, todo hay que decirlo, el que cambió

fue papá. Ya sabes que siempre me pregunto si hay otra persona…

Bueno, hermanito, lo que te quiero decir es que no idealices nada o

escribirás muchas tonterías.

Pasaron aquellas cuarenta y ocho horas, intensas en cualquier sentido y,

finalmente, nuestras conversaciones, las comidas con los abuelos, nuestros paseos

243


por la ciudad, así como las cenas con mamá y Elías - recuperando el humor y la

complicidad de su visita durante las Olimpíadas -, reconfortaron a Yael. Antes

de irse quedó prácticamente decidido que pasaría aquel verano de 1994 en Europa,

repartiendo ese tiempo entre Londres, Barcelona y Cadaqués si - como dijo la

abuela Camila -: Dios y Dinah lo permitían.

Yo volví al colegio y mamá a su vida de trabajo. Entretanto, los abuelos

empezaron a discutir por nimiedades con frecuencia, enfadados con ellos mismos

al comprobar que su cuerpo les traicionaba a pasos agigantados. A partir de

entonces, cuando mamá viajaba, Marcia dormía en casa vigilándolos como si

fueran niños alborotados. A final de mayo, murió Boris por quien el abuelo

enmudeció una semana. Poco después, Rosa se caía rompiéndose la cadera. Para

la abuela, se habían acabado los días de merienda; tiempo que sustituyó haciendo

compañía a su casi cuñada, inmóvil en la cama.

- Los abuelos ya no están tan graciosos, ¿verdad, mamá?

- Lo que están es muy viejos. Y eso Matt, no debe tener ninguna gracia.

¿Y mi padre? Mi padre seguía bajo la custodia de Blanche, y a veces, muy

pocas veces, aparecía y desaparecía el mismo día. Decía que no podía soportar

verlos tan mayores, pese a que cuando los visitaba ambos hacían un enorme

esfuerzo por superar los años y el dolor de su ausencia. La vida no es justa,

pensaba yo: mi madre convive con la amargura que la vejez provoca en los

244


abuelos y, sin embargo, esa tristeza ellos sólo la ocultan ante su hijo. ¿Acaso ese

esfuerzo no le corresponde a ella?

- No te preocupes por mí, Matt. Ambos sabemos que nos quieren y que

si algo les tranquiliza es nuestra presencia; lo que no pueden es

disimular a diario. Eso es la convivencia. No te enfades con tu padre

por esto porque a mí nadie me obligó a nada. Yo escogí esta ciudad y

esta vida. Pasará.

- ¿Quieres decir que pasará cuando los abuelos mueran?

- No veo con qué motivo antes, Matt.

La segunda semana de junio, un fin de semana en el que normalmente

hubiera ido con mamá a París, de pronto decidió que era mejor que me quedara en

Barcelona. El abuelo Beaumont-Rochelle no se encontraba bien y la abuela no

podría estar por mí, me aclaró. A veces mi madre parecía olvidar que a mis quince

años era yo el que acompañaba a la abuela y no a la inversa. Pero así pude ir a ver

a Sarita a quien no veía desde que había empezado los exámenes.

Me abrió la puerta con la bata de flores que llevaba el día que la conocí y,

al verme, se puso muy contenta pero yo notaba enseguida cuando a Sarita las

cosas no le funcionaban así que pronto comprendí que algo fallaba.

Con Sarita no hablábamos, hablaba ella y a mí me gustaba mucho

escucharla: recordaba cuando mi madre me dijo que la vida sin dinero tenían

245


infinitas variedades. Antes de que leyera una existencia semejante, Sarita ya me la

había contado: vivió con su abuela, ya retirada del oficio más antiguo del mundo,

hasta que ésta murió; Sarita tenía entonces siete años y su madre la dejó en el

hospicio adonde iba a visitarla de tanto en tanto. Una vez se la llevó a pasar dos

días con ella y con su chulo. La segunda noche el chulo se metió en su cama y se la tiró con su

madre en la cama de al lado; dice que le gustó. Sarita tenía entonces trece años.


quitara el título, la casa y todos los caprichos que le venían en gana, tragaba lo que

fuera. Pienso que en cuanto se quedó en estado, ya no se volvieron a acostar, y los

dos contentos. El hijo no les salió marica pero a gamberro no le ganaría nadie de

este barrio. Estuve tres años sirviendo en esa casa, aunque la mitad del tiempo

ellos se lo pasaban en Madrid y a mí me dejaban con la abuela. ¡Pobre mujer!, aún

la recuerdo: sólo me pedía que la acompañara a la iglesia cada día. Ya me dirás,

con toda la mierda que tenía en la familia necesitaba rezar lo que le quedaba de

vida. Un día una amiga me habló de trabajar en hoteles en la costa y me fui. Por lo

menos tendré las noches para mí, pensé.> Luego Sarita volvía a hablar de lo del

hotel de Torremolinos y de la historia de los cagarros. Y también del novio; aún se

le escapaban las lágrimas al recordarlo. De su vida de prostituta nunca me

explicaba nada.

Pero aquel sábado Sarita no estaba para contar historias.

- ¿Quieres que te lleve al cine, Sarita?

- ¿Me llevarías?

- Pues claro.

247


- A ti te han educado bien raro, ¿no te ha dicho que con putas no se

anda?

- No, de eso nunca me han dicho nada. De hecho más que lo que no

tengo que hacer, lo que mi madre me dice es, sobre todo, lo que no

puedo dejar de hacer. Al final es lo mismo, aunque me lo diga al revés.

- Pues a mí me parece que debe ser más fácil decir: no hagas eso, ni lo

otro; bueno, yo no tengo hijos pero es lo que oigo todo el día. ¿Y tú ya

has ido con una mujer, Mateo? Bueno, si te jode no me lo digas.

- Aún no - le contesté aterrado ante la perspectiva de iniciar una

conversación de este tipo.

- Bueno, cuando te decidas, me lo dices. No quiero que vayas con

cualquiera; hay mucha porquería por ahí.

- Tengo decidido que la primera vez será con mi novia.

- Pero niño ¿tú tienes novia?

- No, pero no me importa: esperaré a tenerla.

- Pues no te la vas a cascar pocas veces… Lo que te decía, que eres raro

Mateo. Buen chico pero raro.

Sarita cantaba cuando se arreglaba y a veces se ponía tan guapa que hasta

parecía que quien la esperaba no eran unos cuantos billetes sino el Chano, su

único novio. Pero aquel día se vistió en silencio.

248


- No tardes tanto en venir, me dijo cuando bajábamos por la escalera.

- Bajaré si me prometes ir al médico, toses mucho Sarita.

- Eso es el relente. No te preocupes que con la Sarita no hay quien

pueda.

- Adiós, Sarita.

De alguna forma, aquel fue el último día que vi a Sarita porque, cuando

dos semanas después la encontré en el hospital del Mar, enferma de un cáncer de

pulmón con el que peleó dos años, Sarita era Paloma Expósito y hasta acabó por

gustarle su nombre.

249


5.

Al abuelo Beuamont-Rochelle le diagnosticaron un Alzheimer. Por el

momento todavía era posible controlarlo, pero la abuela y mamá decidieron

contratar a una persona que lo atendiera. El abuelo, acostumbrado a decidir sus

asuntos, rechazó la ayuda pero la abuela se lo presentó como un recomendado de

los Roschtadt quien, precisado de ingresos, le podría ayudar a reorganizar su

biblioteca como tantas veces había comentado. Así inició el abuelo el engaño en

el que se sumiría para siempre.

Otra novedad fue la decisión de mamá de recuperar el piso grande de

París: los inquilinos lo dejaban en julio y, dadas las circunstancias, con el abuelo

enfermo y la abuela muy sola, prefería tener una casa en condiciones en lugar del

habitáculo en el que nos habíamos instalado al llegar de Provenza. Pensé que las

cosas nunca volverían a ser como antes; que, aunque Mich volviera, la casa no

volvería a parecer la guarida de una pitonisa trashumante porque, entre otras

cosas, había sitio para seis Mich campando por sus fueros sin que se notara. Me

volví a preguntar quién era mamá, una inquietud a la que había que sumarle si

Maurice no sería también una de las causas por las que mamá doblaba su

residencia principal.

Cuando Yael dejó Nueva York, mamá se apresuró a organizar nuestro

verano con todos los condicionantes a los que estaba sometida: con los abuelos de

250


uno y otro lado en condiciones precarias; ella misma con mucho trabajo, sin

olvidar los días que yo debía pasar con papá en Normandía. A punto de decirle a

mamá que ahí no quería ir, llamó Blanche para advertirnos que aquel año papá

tenía programados conciertos todo agosto con lo que no se tomarían vacaciones

hasta septiembre. Papá descansaba y Blanche no quiso despertarlo. Mamá, aunque

evidentemente enojada, no insistió mientras yo calculaba con desánimo que hacía

más de un mes que no hablaba con mi padre, pero me sobrepuse pronto: sólo tuve

que pensar en Yael y en toda su familia despanzurrada buscando paraísos.

Los primeros días de julio fui unos días con mamá a París donde pude

comprobar la magnitud de los arreglos del nuevo piso. Sentí, entonces, que

nuestra vida se volvía a tambalear; pero esta vez mamá parecía tan fuerte que no

me atreví ni a cuestionarle los mil interrogantes que se abrían con este nuevo

cambio. Una tarde fui hasta el Marais donde los postigos entreabiertos me

permitieron escuchar con nitidez el piano de mi padre. Permanecí inmóvil en la

acera de enfrente esperando un aviso, aguardando a que papá presintiera mi

presencia. Como es lógico, fue una esperanza vana. De regreso a casa, vi unas

imágenes que había olvidado: me vi saltando sobre sus hombros y, a su lado,

mamá riendo y besándolo en la mejilla mientras me rescataba de aquella grupa.

251


¿Hasta dónde resiste la memoria? ¿O acaso morimos habiendo olvidado cuanto

hemos amado?

- Hola Mich.

- ¡Matt! Pensaba que me habías olvidado. ¿Dónde estás?

- Estoy con mamá en París, Mich, pero ahora todo es muy distinto de

cuando tú estuviste.

- Lo sé, pero te espera una vida preciosa. ¿No te das cuenta?

- No. De lo que me doy cuenta es que mamá se ha pasado diecisiete años

dando vueltas para regresar al punto de partida sin pensar que tal vez

yo hubiera preferido saber cual es mi sitio y mi casa.

- Tu sitio tendrás que encontrarlo tú, Matt. En cuanto a tu madre, no ha

regresado al punto de partida. No lo veo así, más bien al contrario,

ahora sabe cómo quiere vivir y es capaz de hacerlo donde quiera: sea

en Barcelona o en París. De lo único que la puedes acusar es de haber

reiniciado la relación con tus abuelos con todas las consecuencias que

está conllevando y, estarás conmigo, en que es lógico que sea así. Todo

cuanto pasó, queda lejos ¿O acaso crees que somos libres; que

podemos olvidar y abandonar del todo nuestro pasado?

- Cuando sea mayor te lo diré por mi mismo, Mich; pero mamá dice que

nadie es libre.

252


- Pues claro que no, Matt. Ese paraíso no lo busques porque no existe.

.

253


Histéresis

1.

El verano del 94 fue el último que pasaron mis abuelos en Cadaqués.

Aquellos viejecitos encantadores padecían un deterioro imparable que acusaban

tanto anímica como físicamente y, pese a que Marcia vino con nosotros para

atenderlos, la estancia se convirtió en un caos. Al abuelo le dio por salir solo a

pasear y como ya el primer día se perdió, a Marcia no le quedó más remedio que

seguirlo cada vez que se largaba para acabar la tarde haciéndose la encontradiza y

acompañarlo de vuelta al hotel. En su habitual parte, una vez oí cómo Marcia le

explicaba a mamá que el abuelo se iba a ver chicas guapas y que un día se lo

encontró llorando porque ninguna de ellas quería saber nada de un viejo como él.

Que lo que quedaba, le había dicho el abuelo, no era un hombre, sino un guiñapo

moribundo. Por otra parte, la vida en el hotel le exasperaba por motivos tan

evidentes como el mar tan cerca y sin embargo tan inaccesible; y también porque

no pasaba día en el que la dueña del hotel no se quejara con malos modos a

Marcia y a la abuela de encontrárselo perdido por los pasillos. Cierto es que el

abuelo confundía los pisos o, sin otra cosa mejor que hacer, rondaba por ellos para

distraerse: pero de aquellos chaparrones diarios acabamos todos hasta el cogote.

Bueno, ahí sigue el Hotel Sol y Mar, y seguirá sin problemas porque su

254


extraordinaria ubicación lo salva de una decoración provinciana y algo cutre y,

efectivamente, del horrible carácter de su dueña.

Mamá nos llamaba cada día, fuera desde Barcelona o París, ciudad esta

última donde pasó buena parte de ese verano para controlar las nuevas obras.

Mientras, Batiste y yo campábamos por todas partes a fin de enseñarle a Yael

aquel lugar y aquella vida que Yael pronto hizo suya cada día más contenta y

revoltosa, como aquella niña radiante que conocí. Cuando mi madre se reunió con

nosotros, decidió en pocas horas que se imponía el regreso de los abuelos.

Entonces Roberto los recogió y nosotros proseguimos nuestras vacaciones

apurando los últimos días de barca así como las cenas en la terraza de Henry. Fue

una noche de estas cuando mamá, acodada sobre la barandilla, preguntó por una

casa vecina, siempre vacía y cada día más ruinosa.

- Parece un champiñón, pero me gusta. ¿Te gustaría tener un champiñón en

Cadaqués, Matt?

Era una de las más antiguas casas del pueblo y muy parecida a la de

Henry: con tres pisos angostos y una azotea. Observando lo que otros vecinos

habían hecho con las suyas, te podías hacer una idea acerca de sus posibilidades:

255


un minúsculo rincón cuyo mayor encanto residía en el terrado desde el que se

divisaba Portdoguer y el mar alcanzando el horizonte.

La compra del champiñón hizo que nuestras excursiones en barca fueran

más cortas y que yo volviera a perder de vista a mi madre enfrascada en la

negociación y en preparar con Henry las reformas. Todo esto sin contar con que

Batiste había enmudecido, preso de un furioso ataque de amor por Yael. Sólo el

desinterés de ella por mi amigo me permitió no sentirme de nuevo a la deriva.

Entretanto, Yael proseguía su personal combate con sus padres para quedarse en

Europa; de hecho, mientras libraba las últimas batallas, ya debía haberse

incorporado a su escuela en Nueva York. Al fin, Elías y Dinah le concedieron

unos días más en los que ellos volverían a reflexionar; a su término Elías, quien

debía ir a Ginebra antes de regresar a Londres, viajaría a Barcelona donde le

comunicaría a Yael la irrevocable decisión de ambos.

Cuando finalizaron nuestros días en Cadaqués, el champiñón ya era de

mamá y las obras se iniciarían en octubre bajo la vigilancia de Henry.

- Me gusta mucho que hayas comprado esa casa, mamá.

- ¿De verdad? Pues no es gran cosa y te hartarás de subir y bajar

escaleras; pero sí, es graciosa.

- Te parecerá raro, pero a mi me recuerda a “Les roses”.

256


- Claro, Matt, eso te sucede porque el champiñón significa regresar a un

tipo de vida y al pueblo como entorno; pienso que nos hará bien por

más que ya no sea posible regresar al punto de partida.

Yo sí, pensé. Aunque tarde mil años.

Esta conversación la mantuvimos pocos días después de regresar a

Barcelona mientras mamá preparaba su maleta para viajar a Milán adonde creí

que iba para reunirse con Maurice, para mi sorpresa - y por primera vez - sin que

ello me molestara. Era tan incuestionable que mi madre hacía sus planes conmigo,

al margen de su relación con él que, al fin, me sentía liberado y de un excelente

humor. Cierto que en apenas unos días habíamos encontrado a los abuelos aún

más envejecidos al tiempo que los altercados entre ellos se habían multiplicado,

pero mi madre me advirtió que había que apretar los dientes y resistir porque,

probablemente, empezaba lo peor. Y a mí este compromiso me parecía un lazo

tan sólido, tan incuestionable, que decidí que lo mejor era dejar de pensar en

Maurice y en el futuro.

- Matt, por favor, ¿quieres alcanzarme mi agenda?: la encontrarás sobre

mi escritorio.

Justo al lado de lo que me pedía estaba su cartera de la que sobresalía el

billete de avión. Aún no sé qué me impulsó mirar el destino. No era Milán, sino

Ginebra.

257


- Perdona mamá, he de irme; he quedado con unos amigos para dar una

vuelta en bici. ¿Me llamarás? - le dije apresuradamente tendiéndole lo

que me había pedido.

- Claro Matt. Pero ¿qué te pasa?, ¿a qué viene de pronto tanta prisa?

¿Nada? Bueno, mejor. ¿Y Yael, qué hará esta tarde?

- No te preocupes, quiere ver los campeonatos de gimnasia por la tele.

Bajé a la Barceloneta raudo, empujado por la rabia, mientras las piezas del

puzzle se iban colocando de forma que, de pronto, todo se hizo diáfano.

Comprendí que, desde mucho tiempo atrás, el hombre con quien mi madre

susurraba al teléfono no era Maurice, sino Elías. Evoqué la visita de mi madre a

Hammersmith así como la tarde del día siguiente en la que Elías desapareció con

una excusa que a todos nos sorprendió. Y también algún viaje en el que yo mismo

le había dicho Sin olvidar que Yael me había comentado que su padre había pensado

instalarse en París aquel próximo invierno. Entonces: ¿era mamá la causa del fin

entre Elías y Dinah? ¿Era ella la mujer de cuya existencia Yael sospechaba? Sí. La

respuesta a todas estas incógnitas era sí. Elucubré, por un instante que, en suma,

era lo mejor que podía pasar. ¿Acaso no éramos felices juntos Elías, Yael, mamá y

yo mismo?: Seguramente, pero ello no lo convertía en posible.

- Sarita, me prometiste… ¿Recuerdas?

258


- Pero chiquillo, ¿cuántos años tienes?

- En pocos días cumpliré dieciséis. Me lo prometiste Sarita – insistí.

- Y tú, Mateo, me contestaste que lo harías con tu novia.

- No tengo y no quiero esperar más. Quiero saber qué se siente. Entender

lo que tú sentías por el Chano.

- ¿Y crees que así, a la primera, lo vas a descubrir Mateo?

Sarita comprendió que no me iba a convencer, así que, finalmente, asintió.

- ¿Y ha de ser ahora, niño? – me preguntó por preguntar, sin esperanza.

- Sí, tengo prisa.

- Está bien. Espera aquí porque tendré que hacer una llamada – me dijo

encerrándose en su cuarto.

Cogimos un taxi donde, nada más subir, Sarita rompió a llorar. Pensé que

lloraba porque se encontraba mal y le propuse regresar.

- No chiquillo, cumpliré mi promesa. Además, no lloro por lo que

piensas. Me han dejado calva y hecha un asco, pero ese tumor hijoputa,

de momento, no ha podido conmigo. Lloro por ti. Y, si no lo entiendes

ahora, cuando yo ya no esté aquí - y tú recuerdes esta tarde -, lo

entenderás.

259


Mi primera mujer se llamaba Luz por su melena larga y roja que lucía

desparramada sobre la almohada cuajada de brillantitos chispeantes como luces de

Navidad.

- Me puedes tocar lo que quieras menos el pelo – me dijo Luz

tendiéndose en la cama.

No le toqué nada. Me corrí nada más entrar entre sus piernas.

Sarita aguardaba dentro del taxi que nos había llevado hasta Luz.

- No tenías que haberme esperado tanto, Sarita. Este taxi te va a costar

una fortuna.

- No te preocupes, Mateo, diez minutos nunca serán una fortuna.

Acompañé a Sarita y regresé a casa temblando, recordando a Luz; el

contacto de mi piel sobre la suya y las lucecitas de su pelo brillando sobre la

almohada. Eran más de las diez de la noche cuando entraba por la puerta ante el

estupor de Marcia que no sabía ni qué decir a la vista de mi primer desorden. En

cuanto a Yael, la dejé bramar pensando en que mi retraso le parecería una tontería

cuando supiera la que se nos venía encima

- Tu madre acaba de llamar por tercera vez en poco rato: ¿se puede saber

qué cuerno te ha pasado?

- Pues que me he ido con una pelirroja llena de luces, cotilla.

260


- Mira Matt, no estoy de humor para tus tonterías. Llama a tu madre

ahora mismo.

- Yael que hagas de hermana mayor, no es sólo que me repatee, es que

me JO-DE: ¿te enteras? Por cierto, ¿mamá te ha dejado el teléfono?

- No, querido hermanito, lo debe tener Marcia.

- ¿De verdad? Pues que nos lo dé: ¡Marcia!, ¿tienes el teléfono de

mamá?

- No Mateo. Ya sabes que siempre llama ella.

- ¿Lo ves, Yael? Mamá tiene secretos inconfesables.

- Mira capullo, el secreto de tu madre se llama Maurice y ya es hora de

que se te pase el cabreo. No sé cómo no te aburres contigo mismo y

esta historia.

A punto estuve de espetarle a Yael que Maurice no era más que la tapadera

de su padre, pero me detuve al pensar en que sólo que le hiciera la mitad del daño

que me había hecho a mí, ya era mucho. Por más que Yael llevara tiempo

sospenchando de su padre, no era lo mismo que tener la certeza de que llevaba

mucho tiempo engañándonos a todos con mamá.

Mi madre volvió a llamar y yo excusé mi retraso con el primer cuento

chino que me vino a la cabeza.

- ¿Se está bien en Milán, mami?

261


- Normal, Matt, ¿por qué?

- Por nada en concreto. Hazme un favor: delante de la Rinascente hay una

tienda con unas cazadoras que son una pasada. Tráeme una, por favor.

- ¡Uf, Matt, ya sabes que últimamente nunca acierto con lo que te gusta.

Cuando regrese iremos juntos a comprar una.

- Adiós, mamá. Cuídate y dale recuerdos a Elías.

Clock.

262


2.

Yael aceptó rendida la decisión de sus padres: regresaría a Estados Unidos

sólo un curso más con la promesa de que aquel año podría pasar todos los días de

vacaciones con Elías en Europa. Entretanto, él se instalaría en París después de

Navidad y Yael en junio. Mamá y yo los acompañamos al aeropuerto desde donde

cada cual partiría a su destino. Con unas horas de diferencia, Elías y mi madre

habían regresado de Ginebra sin que desde su llegada mamá y yo hubiéramos

cruzado más de dos palabras. Pero cualquiera sabe que no hacen falta palabras

para mostrarse esquivo y perverso interponiendo un hilo acerado que yo tensaba y

tensaba. Era joven; soy joven. Esa es mi disculpa. Algún día todos estos recuerdos

dejarán de atormentarme: tal vez cuando me haya equivocado lo suficiente como

para no cuestionar a nada ni a nadie que no sea yo mismo.

Volví a la escuela, recuperé mis hábitos, los paseos en bicicleta, las visitas

a Sarita… Mientras, mi madre empezó a preparar un libro sobre boxeo para el que

tendría que viajar a diversas ciudades de Estados Unidos durante todo febrero.

También iba mucho a París, donde las obras del piso, demoradas, se prologarían

hasta Navidad; momento en el que Elías tenía previsto dejar Londres para

incorporarse al hospital psiquiátrico Sainte Anne en París. Pero cuando mamá y

yo hablábamos de Elías, lo seguíamos haciendo como si Ginebra jamás hubiera

existido, aunque ambos sabíamos que era una cuestión pendiente.

263


Iniciado otoño, al abuelo Cases le diagnosticaron una esclerosis. Mientras,

la abuela Camila simplemente envejecía cada día más rápido y cada instante más

sola. Rosa murió el 21 de diciembre.

Y en casa de mis abuelos maternos, las cosas tampoco iban mucho mejor.

El abuelo empeoraba y arremetía contra su mujer sin pausa hasta que ésta decidió

desaparecer de su vista. Entonces su marido, después varias semanas de buscar

por todos los rincones a su hija muerta, acabó por no salir de sus habitaciones. En

consecuencia, las vacaciones en Megêve quedaron suspendidas. Poco antes de

Navidad dormía por primera vez en nuestro nuevo piso de París; faltaban algunos

detalles pero rodeada de amplios ventanales por los que el pálido invierno invadía

hasta el último rincón de la casa, me pareció muy bonita; y también cálida. Mi

madre, quien por su trabajo conocía bien el valor de la luz sobre cualquier

ambiente, poseía la sabiduría que le permitía hacer de un espacio inánime un

rincón lleno de encanto.

- Sí, mucho. Lo que me pregunto es dónde piensas vivir. ¿O acaso has

pensado dejar a los abuelos solos en Barcelona? – le espeté.

- ¡Qué tontería, Matt! Hemos hablado tanto al respecto que no sé qué

más puedo decirte: no, no voy a abandonar a tus abuelos; es más,

nuestra casa sigue estando en Barcelona pero, dado que los inquilinos

se iban y que tú y yo venimos con tanta frecuencia a París, me pareció

264


lógico trasladarnos a este piso. Supongo que coincidirás conmigo en

que el estudio resultaba incómodo.

- No, estaba bien. Sólo que tú has cambiado, o tal vez no lo hiciste

nunca y estos años sólo han sido una huida para regresar al punto de

partida. Pienso que la abuela tenía razón al oponerse a tu boda con

papá y sino mira dónde estás y cómo es tu nueva casa. ¿Qué diferencia

hay entre la abuela y tú? Porque distancia, apenas una manzana.

Una de las costumbres de mamá que más me fastidiaban era que, al menor

desacuerdo, desaparecía horas, incluso todo el día, sin decir siquiera adónde iba.

El día de esta conversación, nada más le dije la última frase, se largó,

evidentemente, sine ore. La abuela Solange me esperaba a comer así que, pese a

que yo a mi vez tomé la determinación de concederme el día tan libre como

mamá, mi abuela parecía alegrarse tanto cuando me veía, que pospuse mi

escapada para la tarde. Me parecía justo recompensar su esfuerzo por comprender

mis inquietudes y gustos y hasta intentar adaptarse a ellos. Aquel invierno mi

descubrimiento era Bukowski así que, ante mi entusiasmo, pese a haberle

advertido que era un autor un poco bestia, la abuela se zampó “El cartero”

comentándome luego, que si bien se había reído mucho, ya tenía bastante

Bukowski para hacerse una idea de mi ídolo del momento.

265


A las cuatro en punto iniciaba mi tarde libre con un regreso al pasado; en

concreto, a aquella comida de despedida en la Couppole. Monique - la hija menor

de Paulette - y Pascal, su marido, habían ampliado su negocio: la nueva tienda se

había convertido en una gran superficie dedicada únicamente a las grandes marcas

con prendas de temporadas anteriores. Cuando entré, Monique supervisaba el

retoque de un espectacular vestido de noche. Al notar mi presencia, levantó un

segundo la cabeza, pero, al punto, se desentendió. Me sentí mal, pero pronto

comprendí que, simplemente, no me había conocido. ¿Cuánto tiempo había

pasado desde el día en la Couppole?, cavilé. Casi tres años.

Monique estaba muy cambiada: había engordado y aquel pelo provocador,

cortado a lo punky y teñido de granate, se había convertido en una melena clara de

un color impreciso y desvaído. De habérmela cruzado por la calle, ni la habría

reconocido. Recordé mi recomendación de aquel día lamentando mi error, pues

toda su gracia, que la tenía, había desaparecido. ¡Madame! -, le advirtió una de las

dos dependientas de las que ahora disponía - ¡su marido está aquí, salgo a

ayudarle! Efectivamente, justo delante de la puerta, había una furgoneta negra con

un gran cartel que decía: “Soyez élégant avec Monique et Pascal”. Mientras un

chico maniobraba el vehículo, a fin de no cerrar la circulación de la calle, un

hombre calvo entró apresuradamente requiriendo más ayuda al tiempo que se

despojaba de la gabardina dejando al descubierto un bonito chaleco de punto que

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se entreabría justo a la altura de su incipiente barriga. Me gustaron sus gafas,

redonditas como las de Kafka. Pero eso era todo cuanto había quedado de aquel

Pascal, provocador y estrambótico.

Regresé a casa preso de una tremenda melancolía. Capítulo cerrado, pensé

furioso y revuelto contra mí mismo. Cuando pasadas las ocho mamá entró por la

puerta, me sentía dispuesto a librar un combate. Por arduo que fuera.

Para empezar, no la seguí hasta su cuarto como solía hacer a su llegada:

esperé a que ella dirigiera la siguiente secuencia. Tardaba. Al conocer muy bien

sus hábitos, comprendí que se estaba dando un baño espumoso y placentero.

Mejor, mejor; relajada estará más vulnerable - pensé -. Me podré ensañar.

- ¿Cenamos, Matt?

Comimos en silencio un excelente roostbeaf acompañado de finas judías

verdes cocidas al vapor. Antes del postre, tarte ta-tin con crema inglesa, mamá

inició una conversación insulsa acerca de los próximos días navideños: nos

quedaríamos en Barcelona hasta después de Navidad y luego regresaríamos a

París para estar con la abuela la noche de fin de año, como venía siendo habitual

desde la muerte de Charlotte. No, no habría cena en casa de los abuelos

Beaumont-Rochelle - comentó con apatía -: dado el estado del abuelo, la abuela

había pospuesto la celebración a un brunch el 1 de enero, pero los pormenores

estaban por decidir ya que los Roschtadt insistían en organizar una velada en su

267


casa la noche del 31 y así obligar a la abuela a salir y distraerse. En este caso, ya

vería.

- Pues, la verdad, mamá, llegado el caso, no sé qué tienes que ver.

- Desde el accidente de tu tía, Matt, siempre hemos pasado esa noche

con mis padres, y la Navidad con tus abuelos Cases, pero te prometo

que detesto la obligación de estos días que no hacen sino que

evidenciar ausencias en algunos; tensiones en otros y dificultades en

los más numerosos. Despojados del sentido religioso, me pregunto qué

ventaja tiene mantener estos ritos. Por lo que a mí respecta, te adelanto

que, una vez fallezcan tus abuelos – unos y otros –, quedas dispensado

de la Navidad. Podrás volar cuanto quieras.

- ¿Estás preparando el terreno para desaparecer?

- ¿De dónde, Matt? ¿Qué te sucede? ¿No estoy aquí contigo y también

con mis padres?

- Sí, no lo niego. Pero, aún no sé para qué. Por ejemplo: ¿de qué hablas

con la abuela? ¿Le cuentas qué proyectos tienes, tus planes o tu vida?

Y ya que hablamos de esto, dime, por favor, qué quieres que le diga o

qué prefieres que sepa ya que no sé hasta dónde puedo responder a sus

preguntas.

268


- No empieces a atacar una vez más con la misma historia, Matt, y

reflexiona, en cambio, por qué no me lo pregunta a mí. Soy su hija.

- Porque sólo la ves lo imprescindible y porque mantienes con ella una

relación más social que familiar.

- De acuerdo. No veo otra forma de entendimiento y tampoco lo

pretendo.

- ¿Lo ves? Pues intenta lo contrario: entenderla a ella.

- ¿Qué se supone que he de entender? ¿Qué se sometiera a un marido

déspota a cambio de un inamovible estatus social dejando oculta su

enorme personalidad para que sólo brillara mi padre? ¿Qué pretendiera

que mi vida fuera exactamente igual, como si fuera la única opción y

como si el mundo no estuviera cambiando? ¿Qué no aceptara mis

inquietudes y admitiera que mi padre me tratara de cualquier forma

despectiva por enamorarme de tu padre? No, Matt. A mí no me fue

posible hablar con tu abuela en el pasado y, ahora, algo nos lo impide.

Pero a ambas. No sólo a mí.

- Pues te prometo, mamá, que yo hablo con la abuela de todo cuanto me

interesa y siento que es un privilegio poder hacerlo. Y no se trata de

que me dé la razón como a los tontos, ya imagino que debe observarme

269


en muchas cosas con bastante indulgencia; de hecho, ni disimula. Es

más, se ríe mucho con mis discursos. Pero jamás me ha desalentado.

- Eres hombre, querido. De haberlo sido yo las cosas hubieran discurrido

de otra forma. Pese a su inteligencia, pertenece a una generación

machista y por defender los sueños de un hijo varón hubiera sido capaz

de librar cualquier batalla.

- ¿Y qué has hecho tú con esa libertad que te concediste? ¿Casarte con

papá? ¿Esa fue tu proeza? ¿Y qué más?, además de haber liquidado ese

matrimonio y acabar teniendo casi tantas casas como los abuelos con

un dinero que proviene de la familia.

- Matt, me horroriza esta conversación. La tuve mil veces con tu padre y

acabó con nosotros. Pero, si te empeñas, continuamos: al casarme con

tu padre, del que, por inmaduro que fuera ese amor, estaba muy

enamorada, emprendí un tipo de vida más próximo a mis ideales, con

una mentalidad más abierta y plural. Y te diré que, muchas veces,

muchos días, todo fue muy duro; había semanas en que comprar

comida era lo máximo a lo que podía aspirar. Y no esperé, tampoco, a

que fuera tu padre el único responsable de la economía familiar. Sé

que, visto ahora, no te parece una proeza, pero si haces el esfuerzo de

contemplar no sólo de dónde provenía, sino mi edad, acordarás en que

270


hice algo más que casarme con tu padre. Luego, es cierto, llegó la

ayuda de mi abuela y más tarde su herencia. ¿Qué se supone que debía

hacer para que no me juzgues ahora con tanta dureza?: ¿rechazarla?

Además, si bien es cierto que este dinero cambió nuestras

posibilidades, incluidas las tuyas, yo nunca dejé de trabajar y estarás

cuanto menos de acuerdo de que con cierto éxito. ¿Quieres más?: tus

abuelos, los Cases, quiero decir. ¿A cargo de quién están? ¿Quién se

ocupa de que nada les falte? ¿Acaso he renegado de ellos? Si me

acusas de ser pura contradicción, lo acepto. Algo frivolona, también;

pero en la esencia, no. Y todo eso es lo que hace imposible que hable

con mi madre. Lo que parece dispuesta a aceptar de ti, de mí no lo

haría jamás. Por eso no me pregunta nada acerca de mi vida, ni de la

nuestra con tus abuelos. ¿Eso no te duele?

- Tal vez sea cierto que no pregunte explícitamente, pero, los abuelos, la

casa de Barcelona, papá..., todos estamos en la conversación cuando

hablamos de mi vida; de la nuestra, quiero decir.

- Ah, ¡muy generoso por su parte! Si has acabado me gustaría escuchar

un poco de música. ¿Qué te apetece?

- Una última pregunta. Al principio de nuestra conversación me has

dicho que, en cuanto mueran los abuelos, se habrán acabado las

271


Navidades. ¿Lo he entendido bien? ¿Sí? Pues oye, para no gustarte es

impresionante cómo adornas la casa: parece una tienda especializada

en productos navideños.

- ¿Y qué? Me encanta el aspecto de ensueño que adquiere todo, como

esos preciosos cuentos navideños o como los calendarios de Adviento.

¿Acaso no te he dicho que soy pura contradicción? Creo que aunque

me largara a vivir a una isla del Pacífico, en Navidad, siempre habría

un chirimbolo que me recordara estos días. Debe ser nostalgia de lo

que no es, del fraude con el que crecemos. ¡Yo qué sé! No pretendo

que me entiendas: bastaría con que me aceptaras sin cuestionar

constantemente cuanto hago.

A punto de preguntarle si también debía aceptar su engaño con Elías,

mamá se levantó y empezó a sonar Gould y “Las variaciones Goldberg”, cerrando

la conversación. Llovía y recordé mis primeros días en París cuando nos

instalamos en el estudio de la planta baja. Recordé cuánto la quería entonces y

cuánto la seguía queriendo pese a que nuestros desencuentros crecían.

272


3.

Dos días antes de Navidad, me llamó Yael más cabreada que una mona:

con la excusa de que durante estas fechas precisaba ayuda en su servicio de

catering, Dinah le había montado un buen número de lamentos y quejas para que

no se fuera.

- Pero si somos judíos, mamá – protestó Yael.

- ¿Y QUÉ? – había bramado Dinah –: es Navidad y, aunque uno se

empeñe en ignorarlo, en cuanto abres la puerta, se te caen encima

cientos de abalorios rojos y unos cuantos Papá Nöel en cada calle.

Así que Yael había optado por no seguir discutiendo y quedarse con su

madre. En cuanto a Elías, supe que permanecería en Londres hasta los primeros

días de enero.

Papá y Blanche llegaron a Barcelona la tarde del 24 de diciembre, visita

que nos obligó a hacer un intensivo con ellos hasta el 26 por la mañana lo que,

añadido a la evidente decadencia de los abuelos, dio como resultado un maratón

extenuante. Cuando mamá y yo los acompañamos al aeropuerto, ya de regreso,

creo que ambos respiramos aliviados al verlos cruzar el último acceso de

seguridad. En el último segundo, papá se giró haciéndome un guiño muy

273


simpático, y hasta tierno. Sí, probablemente me quería pero prefería la protección

de Blanche a responsabilizarse de otros afectos.

Nos quedamos en Barcelona tres días más en los que mamá terminó un

trabajo para Azcárate. Era un trabajo de principiante y mamá sabía que se lo

encargaba justamente para fastidiarla, para recordarle que fue él quien le había

proporcionado su primera oportunidad en Barcelona así como los primeros

amigos y contactos. Dado que pasábamos por unos días más apacibles, le pregunté

que por qué aceptaba. Me contestó que su amistad con Azcárate estaba condenada

a irse al garete pero que no podía evitar sentirse en deuda con él.

- Pero mamá, si has hecho mil cosas más desde entonces: ¿hasta cuando

piensas tragar?

- Hasta que explote. Algo que sucederá en cualquier momento.

No explotó aquellos días en los que mamá siguió fotografiando bodegones

además de cumplimentar a Azcárate y a su grupo con una preciosa cena navideña.

Al verlos juntos, nadie hubiera dicho que existía una fisura irreparable. Esa

noche, incluso, me pareció que seguían disfrutando de la complicidad de antaño y,

además, Azcárate se deshizo en elogios hacia mi madre alabando la excelente

cocina y la elegancia de la mesa.

- Pero habrás percibido, Matt, que no ha hecho ni un solo comentario

sobre mi trabajo. Me sabe mal porque esa avenencia que has visto, era

274


cierta. Cuando nos conocimos se nos pasaban las horas sólo charlando.

Azcárate ha sido un interlocutor inapreciable para mí; sé que cuando

llegue el desastre sentiré su pérdida.

- A lo mejor es que está enamorado de ti, mami.

- ¡Qué tontería, Matt! Azcárate es homosexual; muy discreto, pero lo es.

El 30 de diciembre salíamos hacia París. En el avión pensé que ni siquiera

le había preguntado a mamá cuales eran finalmente sus planes, seguro de que

escaparía. Decidí callarme para, llegado el momento, montarle un número

impresionante con el sinnúmero de reproches guardados celosamente en el papo.

Pero el fin de año del 94 permanecerá siempre en mi recuerdo con una dulzura

infinita. A mediodía, mamá me dijo que aquella noche me pusiera muy elegante

para cenar con ella, mano a mano. Me quedé tan sorprendido y contento que ni

siquiera importó que en el momento de salir llegara un inmenso ramo de Maurice.

Mamá resplandecía y yo, sin saber aún adónde íbamos, me puse mi mejor

pantalón y chaqueta así como una corbata que me había dejado la abuela.

Cenamos en l’Orangerie donde bebimos champán en el aperitivo, en el

primer plato, en el segundo, en el tercero y en el postre. Reíamos por cualquier

cosa y yo olvidé esas horas que fuera nos esperaba la vida. Al llegar a casa mamá

puso “..Nothing Like The Sun”, aquel compact de Sting que tanto le gustaba, y me

275


invitó a bailar. Nos abrazamos y giramos dulcemente; conscientes de que aquellos

minutos preciosos, jamás volverían.

“No flowers on the alter

No white veil in your hair

No maiden dress to alter

No Bible oath to swear

The secret marriage vow is never spoken

The secret marriage can never be broken”

- Me gustaría pasear, Matt. ¿Me acompañas?

Seguía lloviendo en París, pero cobijados bajo un enorme paraguas,

andamos hasta el Museo Marmottan. Mamá me dijo cuán bonita le había parecido

siempre aquella casa y que, siendo niña, imaginaba que algún día viviría allí.

- ¿Ves el balcón de la segunda planta?: pues ahí estaba mi cuarto.

- Cuando sea rico y famoso, te la compraré, mami, y nunca más querrás

irte a ningún otro lugar.

- Tampoco es eso Matt, no querrás encerrarme en una jaula dorada

porque entonces querré justo lo contrario no más que por campar por

donde quiera. Es sólo un sueño.

276


Ahora son suyos la casa y el jardín, y nunca más podrá salir. La muerte es

esto. ¿O tal vez el alma pervive y escapa para empezar de nuevo?

277


4.

Los seis meses siguientes transcurrieron sin grandes sobresaltos. Los

abuelos, después de los sucesivos bajones, parecían estabilizados de forma que el

abuelo, aunque siempre acompañado por Roberto, volvió a las tertulias en el bar.

La abuela, por el contrario, antaño tan callejera, se quedaba todo el día en casa

tejiendo jerséis para todo quisque y escribiendo a los amigos de París, y también a

Monique, la hija de Xavier y Paulette. Curiosamente, pese a mis frecuentes viajes

a París, nunca me pidió que la llamara o que fuera a verla. Ni yo le conté el día

que fui a la tienda sin darme a conocer.

Desde aquella visita que me dejara tan abatido, mi vuelta al pasado sólo se

producía al ir a visitar a mi padre en el piso del Marais. Pero eran visitas muy

rápidas, de las que salía pensando que lo único que había hecho era dejar los

jerséis de la abuela sin apenas hablar con mi padre, quien continuaba secuestrado

por Blanche. Además, me sentía desolado después de haber buscado mi sombra y

mi voz por los rincones y viendo cómo Blanche había acondicionado mi antiguo

cuarto para su hijo.

En fin, lo cierto es que la abuela sólo salía un ratito cada tarde para ir a la

iglesia donde rezaba el rosario diario que le había prometido a Rosa. La

acompañaba Marcia y resultaba conmovedor verla caminar a pasitos cortos cogida

de su brazo con las cuentas de Rosa entre los dedos. El abuelo, quien desde el

278


exilio no había vuelto a poner los pies en una iglesia, protestó al comprender que a

su mujer esa visita la reconfortaba: le parecía una traición a su pasado, a sus

muertos y a sus ideales.

Los días que la abuela estaba de mal humor, aún y sabiendo que era injusta

y algo cruel, lo mandaba a la porra señalándole que frecuentar bares - como él

hacía - era cosa de borrachos. Pero en general, se callaba o, como máximo, le

contestaba que le había hecho una promesa a Rosa y que la pensaba cumplir hasta

que la petara.

En cuanto a nosotros, a mamá y a mí, pasábamos días enteros sin apenas

vernos, yo enfrascado en mis clases y ella en su trabajo. El mes de febrero, como

había previsto, lo pasó en diversos puntos de Estados Unidos fotografiando

combates de boxeo. A su regreso esquiamos un largo fin de semana en

Courchevel y, aunque yo no olvidaba nuestras cuentas pendientes y, en ocasiones

me salía la parte más hiriente y celosa, con frecuencia nos encontrábamos

279


charlando y riendo de nosotros mismos como antaño. A veces hurgaba entre sus

cosas, buscando el rastro de Elías. O de quien fuera. Pero no había nada. Es más,

pude constatar que en París cenaba frecuentemente con Maurice y en Barcelona

seguía saliendo con Azcárate y sus amigos. A medida que pasaban los meses y se

acercaba junio, momento en que Yael pensaba instalarse en París, llegué a

decirme, aliviado, si no me habría equivocado. Claro que otro frente a controlar

era Elías, pero éste parecía llevar una vida totalmente ajena a mi madre, al tiempo

que muy estrecha con los abuelos. ¿Cómo?: viniendo a Barcelona justo cuando

mamá estaba en cualquier otro lugar; o cenando a solas conmigo los fines de

semana en que yo estaba solo en París. De no ser todo tan preciso, tan

curiosamente exacto, no habría continuado dudando.

El primer fin de semana de mayo, fuimos unas horas a Cadaqués para ver

cómo avanzaban las obras de nuestra pequeña casa y a última hora de la tarde

salimos hacia Avignon para visitar a Mich. Aquella noche me dormí sintiéndome

afortunado: me gustaba mucho tener un habitáculo en Cadaqués y, además, la

mañana siguiente vería a Mich, después de casi un año.

Sabía por mamá que Mich volvía a vivir con sus suegros y que ya no

trabajaba, aunque los domingos solía coger sus bártulos para ir a retratar a los

turistas. Parecía muy feliz con su hijo, como único hombre en su vida, y los

padres de Alain cuidaban de ambos con mucho afecto. Pero la mañana de aquel

280


sábado, que yo esperaba risueño, nunca la olvidaré porque, en cuanto vi a Mich,

comprendí que su tiempo se había acabado. Me encontraba sentado en el jardín

esperando a mi madre cuando, a contraluz, entreví una figura alta y muy delgada

acercándose hacia mí. Cerré los ojos pensando en Mich mientras rememoraba el

día de su llegada a París, sin relacionar su recuerdo con la silueta que ahora se

aproximaba. Una mano me apartó el pelo para darme un beso en la frente, algo

que Mich siempre hacía.

- ¡Mich!, perdona, todavía estoy un poco dormido – le dije

incorporándome sin saber si abrazarme a ella como en otros tiempos o

sólo estrecharle la mano.

- ¡Matt, qué alto estás!

- Ya – le contesté turbado -. ¿Y mi ahijado?, ¿ha venido contigo?

- Lo he dejado con mis suegros; lo verás luego. Es despierto y muy

simpático, como lo eras tú a su edad.

Me dolían el alma, los recuerdos y mi infantil deseo por Mich. Como me

dolía también no desearla ahora.

Mamá y Mich, seguían sin parecerse en nada, pero los brazos con los que

Mich rodeó a mamá eran ahora más delgados que los de ella. Y el abrazo en el

que se fundieron, no fue alegre como antaño, sino desesperado.

281


Mich había enfermado. Ya no era únicamente seropositiva: la enfermedad

se había manifestado. ¿Tiempo?

Al conocer su estado volví a quererla con un amor incuestionable y

agradecido por todo el tiempo que fue mi refugio.

- No, Matt. No la verás más, no quiere. Estás aquí para despedirte.

- ¿Y a ti? ¿No te necesita? – le dije conteniendo el llanto.

- Sí, pero una única y última vez: le he prometido acompañarla a

Florencia para ver a su madre; de hecho se lo prometí hace muchos

años. Como el tiempo se acaba, iremos a fin de mes.

- Pero, mami, si su madre nunca ha querido saber nada de Mich. ¿Ya

sabe que vais?

- No creo que ni siquiera sepa qué ha sido de ella desde que la abandonó

pero, aún a riesgo de que las cosas vayan mal, no le puedo negar a

Mich esta promesa.

- ¿Y cómo ha conseguido localizarla?

- Mich siempre ha sido muy tozuda así que, el día que se propuso buscar

a Ada Corbi, decidió que, aunque no quedara más que una lápida, no

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pararía hasta dar con ella. Entonces empezó la búsqueda teniendo

como único punto de partida el nombre completo de su madre, así

como el año y lugar de nacimiento, que no era mucho. Pero hará dos

años, cuando ya había empezado a buscar a través del consulado, en

una exposición conoció a un joven artista de Florencia quien aquel

verano se quedó unas semanas en Avignon: tiempo suficiente para que

Mich se fuera aproximando a él y a Rosetta, su mujer, de forma que

ambos quedaron cautivados por su simpatía, por cierto tan italiana.

Para más inri, Rosetta, en estado de cinco meses, tuvo que hacer

reposo unas semanas en las que Mich se desvivió por hacérselas más

agradables. Un día le explicó que tenía un familiar en Florencia, una tía

materna con la que le gustaría contactar. Ni Rosetta ni su marido

conocían a Ada Corbi pero le prometieron hacer cuantas

averiguaciones fueran precisas: tenían algún conocido en el

ayuntamiento, un primo de Rosetta era comisario… como fuera, se las

arreglarían para encontrar a Ada; además, ignorando la verdad

absoluta, esta búsqueda les pareció apasionante. Dos meses después,

Rosetta llamó excitada a Mich: había localizado a su presa. Tenía su

dirección y teléfono, sabía que estaba casada y que, con su marido,

regentaba dos comercios de marroquinería aunque ella solía estar en el

283


que se encontraba junto a la plaza de la Signoria. Rosetta no pudo

contestar a la pregunta de Mich sobre si Ada tenía algún hijo. , se ofreció

Rosetta. Mich le contestó que Ada y su madre se habían distanciado

muchos años atrás y que no habían vuelto a verse. Que tal vez Ada

Corbi hasta ignoraba que su hermana había muerto.

284


5.

Comimos con los suegros de Mich quienes estaban literalmente

embelesados con el pequeño Alain, un niño de aspecto divertido y respuestas

sorprendentes. Aquella tarde, mi ahijado se lo pasó en grande ya que mamá le dijo

que disponía de 1.000 francos de su padrino y de una hora para escogerse un

regalo. Pero fue astuto porque consiguió arrancarle a mamá veinte minutos más

para prepararse una lista. , nos dijo el muy carota,

sabiendo que el único que ganaba era él. Pero fue una tarde fantástica y me gustó

mucho que Alain se decantara por una bicicleta. Después, Mich nos llevó a la

Hostellerie donde se quedó a cenar con nosotros. Mamá y ella seguían siendo muy

graciosas y Mich reía como siempre: con cierto estruendo y hasta saltarle las

lágrimas.

La despedida, luego, fue apresurada. Se abrazó a mí de forma que pude

constatar de nuevo que casi le pasaba una cabeza y que su cuerpo, en mi recuerdo

tan voluptuoso, ahora era muy frágil.

- Matt, ¿cuidarás de tu madre?

- Bueno Mich, ya sabes lo difícil que es cuidarla entre otras cosas

porque casi nunca sé dónde está – le contesté intentando quitar

dramatismo a aquella última despedida.

- Sólo conque esté en tu corazón, ya es bastante Matt.

285


- Hasta la vista Mich.

- Adiós Matt y gracias por tu regalo. No podía escoger mejor padrino

para mi hijo.

Mamá y Mich fueron a Florencia donde pasaron dos días dando vueltas

alrededor de Ada Corbi. La hipotética compra de un bolso justificó un buen rato

en la tienda, tiempo en el que hubieran podido identificarse porque Ada estaba

sola. Pero salieron sin comprar, con la vaga promesa de volver y sin pronunciarse

respecto a sus verdaderas intenciones. Al día siguiente regresaron, encontrando

únicamente a una joven. Tal vez – pensaron - la que había mencionado Rosetta.

Como la chica no las conocía, se fueron después de simular otro vistazo. Pasaron

la mañana paseando por el mercado de San Lorenzo; fueron a la Farmacia de

Santa Maria Novella; en Ponte Vecchio compraron unos pendientes para la suegra

de Mich …un largo y, sobre todo, dificultoso periplo para la salud de Mich.

Cuando mamá empezaba a desesperarse, Mich se decidió y volvieron a la tienda

de Ada Corbi quien, reconociéndolas, las acogió con una amplia sonrisa dando la

venta por hecha. Pero se entretuvieron de nuevo, entre otras razones porque esta

vez también estaba la dependienta, aunque pronto comprendieron que, en efecto,

se trataba de su hija. Mientras simulaban dudar, ambas observaban a Ada. A mi

madre le pareció una mujer que irradiaba encanto, muy guapa todavía, de formas

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edondas, como había sido Mich, y unos preciosos ojos verdes que ella resaltaba

con un maquillaje intenso.

- ¿De qué parte de Francia sois? - les preguntó Ada mientras envolvía el

bolso finalmente escogido.

- Yo nací en París - contestó rápido mamá -, pero ahora vivo en

Barcelona.

- ¿De verdad?, mi hijo sale con una chica catalana con la que no me

importaría nada que se casara porque es encantadora pero es que,

además, así yo tendría una excusa para que mi marido me llevara a

Barcelona; creo que es una ciudad preciosa. ¿Tú también vives ahí?, le

preguntó a Mich.

- No, señora, yo siempre he vivido en Avignon, de hecho casi no he

salido de allí. ¿Ha estado alguna vez?

Ada Corbi levantó despacio la cabeza hasta encontrar la mirada de Mich.

Pasó unos segundos inmóvil, sin decir nada, con las manos detenidas en el

paquete a medio hacer. ¿Qué hubiera sucedido de no haber entrado, justo en aquel

momento, un hombre con un bebé? La joven se abrazó a los recién llegados y Ada

tomó en sus brazos al pequeño al tiempo que le decía a la chica.

- Hija, cariño: ¿quieres acabar de envolver este bolso? Me llevo unos

minutos a nuestro pequeño para que lo vea tu tía Dacia.

287


- ¡Pero mamá - protestó la joven -, tenemos que llevarlo al médico!; ¿no

ves que llegaremos tarde?

- Volveré en unos minutos, no te preocupes y, por favor, pon un bonito

lazo en el paquete de nuestras simpáticas clientas. Ciao. Lo siento.

Creo que sí estuve en su ciudad, querida - le dijo ya en la puerta a

Mich -, pero hace tantos años que no recuerdo nada. ¿Tienes hijos tú?

¿Un chico?, ¡muy bien! ¡Auguri, cara!

Ada desapareció y ahí acabó la búsqueda de Mich. Mientras terminaba de

envolver el paquete, la joven comentó malhumorada que a veces su madre hacía

cosas muy raras y que la disculparan.

, le dijo al hombre que había traído al niño mientras le daba el paquete a

Mich, desentendiéndose ya completamente de sus clientas.

Unos minutos después, Ada regresaba a la tienda no sin antes

cerciorarse de que mamá y Mich se habían ido. Luego salieron apresurados el

joven matrimonio con el crío y, al poco, Ada bajaba la persiana mirando a una

lado y a otro y - como si intuyera que la estaban acechando - permaneció dentro,

casi a oscuras. Cerca de las ocho, paró un coche delante y Ada volvió a prender

las luces haciendo gestos de auxilio al conductor. Apenas unos segundos más

288


tarde, salió por la portería del edificio y se metió en el coche abrazándose al

hombre que la esperaba. , lloraba Mich.

- Seguramente – le contestó mamá -. Pero cierra este capítulo, Mich, y

no te tortures más.

- Alex, es que se ha dado cuenta, ¿verdad?: sabe que soy la hija que tuvo

con Claude Béziers y, sin embargo, no me ha retenido. ¿Crees que ha

visto que estoy enferma?; una madre siempre ve estas cosas.

- Mich, creo que ha sabido quien eras pero no creo que haya advertido

nada más. No te culpes ahora: por lo que sea, tu madre escogió olvidar.

- Pero se ha casado, Alex, y ha tenido dos hijos a los que quiere. ¿Por

qué no me quiso a mí?

- Mich, yo no sé lo que pasó después de Avignon. Ni siquiera sé lo que

pensaba cuando te tuvo. Sólo puedo imaginarme que era demasiado

joven y que luego prefirió no retroceder.

- ¿Y ahora?

- Basta ya, Mich. Si te consuela, te diré que estoy segura de que si

alguna vez consiguió ignorar su pasado, a partir de ahora, siempre

recordará esta tarde.

289


- Este precio me parece exiguo si lo comparas con el mío. Hazme un

último favor Alex: cuando me muera, no sólo quiero que se lo

comuniques sino que le digas la causa de mi muerte. Prométemelo.

- Prometido.

Mich murió dos días antes de la Navidad del 95. Al fin quiso ver

nuevamente a mi madre quien la visitó las últimas horas de su última noche de

vida.

- ¿Recordarás tu promesa?, le preguntó Mich.

- Puedes estar segura. ¿Quieres algo más?

- Sí, que la próxima vez me traigas agua de mar. ¿Crees que llegarás a

tiempo?

- Seguro Mich.

Media hora después la sedaron y murió cuando amanecía. Creo que fue la

pena lo que le dio fuerzas a mamá para llamar a Florencia: , le dijo de un tirón para impedir que le colgara. La

madre de Mich, enmudeció unos segundos. Al fondo se oía el trajín de la tienda en

plena venta navideña.

290


- Lo siento, tengo mucho trabajo y dos hijos y un nieto que me esperan. Yo

olvidé todo aquello, ¿sabe? No tenía que habérmelo dicho porque Dios ya

me ha perdonado.

- Es posible, para eso están Ahí arriba. Pero, personalmente, le deseo

que usted no se lo perdone y que, en cada niña, vea a Mich. Y, por

cierto no tiene un nieto, tiene dos. ¡Feliz Navidad, señora Corbi!

Tengo fotos de Mich por todas partes, sea en Barcelona, en Cadaqués o en

París. Hay alguna de las últimas que mamá le hizo en Florencia, pero también

tengo otras, de cuando era muy pequeño, sentado en su regazo; y una fantástica en

la que estoy sobre sus hombros en la puerta de la galería de Avignon. Y varias en

la playa; y otra en la place du Tertre, cuando Mich se instaló con sus enseres de

pintora durante su viaje a París.

Todavía ahora, cuando suena el teléfono a media tarde, con frecuencia

pienso que oiré aquella risa contagiosa que parecía inagotable, y su querida voz

preguntándome qué hacía. Y si todo iba bien.

Donde quiera que estés, Mich, tú fuiste uno de mis paraísos más queridos.

291


Iris

1.

Seis meses más tarde, la primera semana de junio Yael llegaba a París

después de haber librado con Dinah su último y más arduo combate sobre el que

me iba informando puntualmente al tiempo que insistía en que me reuniera con

ella cuanto antes. Me costó un huevo que aceptara que en España todavía

estábamos en plenos exámenes y que, si bien era cierto que entre París y

Barcelona sólo había hora y media de avión, también lo era que yo precisaba de

las máximas horas posibles de estudio si quería aprobar mi curso.

Aquel verano, ambos deseábamos instalarnos cuanto antes en Cadaqués

pero, cuando me disponía a conseguir la aprobación de mi madre, resultaba

imposible: volvía a estar irritable y, creo que también muy triste, pero como yo no

me sentía dispuesto a consolarla, jamás le pregunté qué le causaba aquella mirada

ausente y a veces tan brillante.

Cuán fácil me resulta ahora admitir que me comporté así por cobardía y no

- como me decía a mí mismo - porque subsistiera mi enfado porque ella me

negara una parte de su vida; la única verdad es que temí que se derrumbara, como

aquél día en París, justo antes de nuestro traslado a Barcelona.

292


Al fin pude prometerle a Yael que iría a París la última semana de junio,

en cuanto acabara el curso. – gruñó ella.

- Pero, Matt, no dejes que te trate con esa déspota exigencia de hermana

mayor - me dijo una noche mi madre al oír nuestra conversación.

- Le hago falta, mamá: Elías se pasa todo el día en el hospital y ella no

conoce a nadie en París; tú, que siempre dices que los amigos son muy

importantes, ¿quieres que ahora deje sola a Yael quien en el fondo se

siente muy mal por haber dejado a Dinah?

- Claro que no Matt, ¡qué tontería! Lo que deberíamos pensar para este

verano es en algo más que unos días en París, no vais a estar todo julio

dando vueltas por la ciudad – caviló en voz alta -. Si os apetece,

todavía estamos a tiempo de organizar unas semanas en algún lugar de

Inglaterra, el mundo no acaba en Hammersmith. Edimburgo, por

ejemplo, es una ciudad fantástica y a tu inglés le vendría perfecto.

Le dije a mi madre que hablando siempre en inglés con Yael, por el

momento, no existía el riesgo de que este se oxidara y que, de hecho, aspirábamos

conseguir su permiso para que nos permitiera pasar todo el verano en Cadaqués.

Mi madre se quedó unos segundos pensativa.

293


- Lo podrías hablar con Elías – le sugerí al ver que no se pronunciaba –;

no somos unos niños, mami, y podemos estar solos sin que os

preocupéis.

- Sí, claro - me contestó indecisa -, lo haré en cuanto tenga un

momento.

Sin darle tiempo a reaccionar e intuyendo que en aquel punto de

desconcierto accedería, marqué el número de Elías y le pasé el auricular. Los dos

acordaron darnos un voto de confianza dejándonos solos en Cadaqués, a

excepción de la primera semana de agosto en que iríamos a Megêve con la abuela

Solange. Observé a mi madre mientras hablaba con Elías, buscando una palabra

que la delatara. Pero, por lo único que persistieron mis sospechas fue por el tono

neutro, casi glacial que mantuvo aquellos minutos. Sí, aquella conversación era

falsa y algo sucedía para que ambos ya no hablaran con la lúdica complicidad de

antes.

Dos días antes de salir hacia París, fui a ver a Sarita nuevamente ingresada

en el Hospital del Mar. A Sarita le chispeaban los ojos cuando me veía y apretaba

los dientes y el alma para que yo no notara cómo la enfermedad se la estaba

llevando. Y hasta se reía con mis historias: unas ciertas, otras robadas a mis

amigos y muchas imposibles por disparatadas; pero ella hacía como que se las

creía todas.

294


- Resistiré hasta septiembre, Mateo, aunque solo sea por volver a verte -

me dijo Sarita al despedirse.

- Resistirás, Sarita, de lo contrario el mosén pensará que te largas para

no cumplir tu promesa de trabajar a su lado. Mira, cuanto menos,

hasta Navidad, que el pobre va de bólido repartiendo comida y

paquetes y le harás falta. Entonces pondremos otro plazo.

- De acuerdo, niño, pero, entretanto, no me olvides.

Le di un beso a Sarita justo entre los ojos porque la frente, ahora, le

llegaba hasta el cogote.

En cuanto a los abuelos Cases, custodiados por Marcia y Roberto, aquel

año sólo irían dos semanas de agosto a Ordino. A la abuela le costó prescindir de

Cadaqués: decía que la proximidad del mar y aquel pueblo precioso y libre la

alentaban largo tiempo.

- Libre, ¿has dicho? Y adónde leches piensas que vas a ir con tus años -

le espetaba el abuelo.

- No se trata de mi cuerpo, viejo antipático, es mi cabeza la que se airea

y, de no ser por ti, seguiríamos yendo.

- ¡Cómo que de no ser por mí! Mira, a mi el mar, sin poder bañarme, me

importaba un rábano pero, bueno, si a ti y al niño os gustaba, no iba yo

295


a incordiaros. Además, que Cadaqués es bonito, nadie te lo discute. LO

QUE NO SE AGUANTA es la bruja que lleva el hotel.

- Mira Pere, no me saques de mis casillas - rabiaba la abuela -: lo que

sucedió es que tú querías ir a tu aire y un hotel es un hotel, con sus

horarios y sus normas y, no te diré que la dueña fuera muy amable,

pero tú te pasabas todo el rato provocándola.

- Camila, Camila – se revolvía el abuelo -, ya sé que me estoy

volviendo turulato, pero no m'emprenyis porque ¿sabes aquello de que

el cliente siempre tiene razón?, pues cualquiera sabe que esto va a

misa. Y si el hotel funciona, no creas que es por la bruja: es por la

vista; porque sólo con abrir el balcón tienes a tu Cadaqués delante. Y si

no, piensa en el montón de dinero que ha dejado nuestra nuera estos

veranos sin que recibiéramos ninguna deferencia; sin contar con la

habitación que nos dieron el verano pasado, justo al lado del rótulo con

la terraza más pequeña e incómoda del hotel. Y todo por el mismo

precio de las buenas. ¿O no?

O sí. El abuelo tenía razón. Porque, aunque mi madre y yo estuviéramos

exultantes ante la perspectiva de tener un refugio en Cadaqués, lo que precipitó la

compra de la casa fue que mamá estaba harta de la vida de hotel y de su dueña.


gobernarlo pero esta mujer podía haber ayudado a que se sintiera bien. Dirás que

soy muy pesada, pero no olvides nunca ser extremadamente educado, que no es

otra cosa que ser respetuoso y tolerante en el más amplio y profundo sentido de la

palabra; no sólo parecerás mejor persona, sino que acabarás siéndolo.>

297


2.

Elías vivía en un bonito apartamento de dos plantas en la calle Visconti, en

el corazón de Saint Germain, a diez minutos escasos de la Escuela de Bellas

Artes, donde había estudiado mi madre y donde estaba previsto que estudiara

Yael. Alquilado sin muebles, aunque carecía de los múltiples detalles propiamente

femeninos que tenía la casa de Hammersmith, dentro de un estilo sobrio y

masculino, Elías había adquirido cuanto hace una casa confortable, dejando a su

hija la elección de los muebles para su cuarto. Yael estaba tan contenta que me

comentó que los hombres, en apariencia tan inútiles para la casa, acababan

espabilando cuando no les quedaba más remedio.

- ¿O crees que es una tía quien le ha organizado todo esto? - dijo de

repente con cara de sabueso callejero mientras abría todos los cajones

de la cocina.

- Eras tú la que aseguraba que tu padre debía tener una novia - le

comenté como al azar.

- Sí, claro - me contestó Yael con cara de fastidio -, pero eso era en

Londres. ¿O crees que aquí habrá encontrado otra? Bueno, mientras

quien sea no meta las narices en nuestra vida, me da igual. Claro que,

bien pensado, si ha sido ella quien ha comprado todos estos artilugios,

298


quiere decir que, de alguna forma, está metida en casa, ¿no? Bueeeno,

¡cojones!, di algo.

- Oye, que la que va a vivir aquí, eres tú; así que averígualo y déjame

tranquilo. Bastante tengo con mamá y todos los líos de mi familia.

- ¿SABES lo que te digo? - empezó a bramar Yael -: pues que eres un

egoísta asqueroso. ¿Qué líos tienes tú? ¡Ninguno¡, ¿me oyes?

¡Ninguno! ¿Te hago el recuento? Mira: tus padres se llevan de

maravilla y tu madre no sólo es fantástica sino que se ocupa de sus

suegros, pero al niño le fastidia un tal Maurice como le molestaría

cualquier otro. Y, sólo por esta memez, ¿te comparas conmigo y con

todo el jaleo que se ha montado con la separación de mis padres? Eso

por no hablar del idiota de Max y su encoñamiento por Molly. ¡Te lo

cambio, te lo cambio todo ahora mismo! Si quieres, vives aquí y te

pones el cuarto a tu gusto mientras yo me largo con tu madre a la que

ayudaré cada noche que salga con un tío A PONERSE

RABIOSAMENTE GUAPA. ¿Me has oído, capullo?

- Era imposible no hacerlo, Yael, parecías un carretero. Por cierto, un

inciso: si mis padres se llevaran tan bien como dices, vivirían juntos,

¿no te parece? Y una última objeción: yo no he visto a tu madre

enfadada jamás, por lo que no puedo dudar que se ponga como una

299


pantera como aseguras. Pero, ya que te molesta tanto, podrías

considerar tus propios decibelios cuando das rienda a tu mala leche.

- Eso es ser un repelente y un zafio que utiliza la información que yo

misma le he procurado para hacerme daño. Y entérate de que yo no

chillo, ni por asomo, como mi madre.

- Si es así, todos cristales de vuestra casa deben estar rotos.

- ¡Vete a la mierda!

- Buena idea. Olerá, pero no tendré que oír tus bramidos.

Yael desapareció dos días que se me hicieron eternos. Cuando estaba a

punto de ir a su casa, dispuesto a suplicarle lo que fuera preciso, me llamó para ir

al cine. Así empezó nuestro verano y nuestros días en París en los que

rápidamente recuperamos nuestra complicidad básicamente porque yo seguía

sometido a ella sin condiciones. Una mañana en la que ambos comeríamos luego

en casa de los abuelos Baumont- Rochelle, acompañamos a la abuela al

cementerio donde cada quince días visitaba la tumba de mi tía y sus hijas.

300


- A mi tía no la educaron para proteger a mi madre, sino para vigilarla. Y,

por lo visto, se tomó el encargo muy a pecho. De no ser así, tal vez las

cosas entre ellas hubieran ido mejor. Pero bueno, mi madre dice que son

muchos los hermanos mayores que actúan con prepotencia y que la

responsabilidad de esta actitud es de los padres.

- ¿Ah sí? Pues a Max lo debieron educar para pasar de mí o para

hacerme la vida imposible.

- No creas, en el colegio tengo dos amigos que se llevan a matar con sus

hermanas pero si, alguno de los que vamos por su casa, decimos que

están buenas, se ponen como motos. ¿Crees que en este caso también

tienen algo que ver los padres?

- No lo sé. Max ni me mira así que, aunque me violara la armada entera

en sus narices, seguiría sin inmutarse. Y las pocas veces que hace

algún comentario sobre mi físico, es para decirme que soy francamente

espantosa, lo cual, aunque me cabrea, teniendo en cuenta cómo es

Molly, me parece un piropo.

Yael tenía entonces dieciocho años y no sólo yo la encontraba muy guapa,

sino mi madre; y también la abuela Solange, lo que tenía más mérito. Sin contar

que en nuestros paseos encandilaba a no pocos tíos. Sobre todo, si hablaba con

ellos, fuera quien fuera. Y es que Yael irradiaba vida y sensualidad. Para ser una

301


americana de la nueva generación, no era excesivamente alta: tal vez metro

setenta, no más; con lo que yo aquel verano ya le pasaba unos cuantos

centímetros, un logro de mi naturaleza que me ayudó a estar, de alguna forma, a

su altura. De Yael me gustaba mucho su pelo, castaño claro, como el de su padre,

pero lleno de rizos que enmarcaban un hermoso óvalo del que sobresalían unos

ojazos oscuros y relucientes y unos labios carnosos. No era muy delgada, era

grandota y calzaba un cuarenta pero, muy deportista, se movía con agilidad y con

desenfado gracioso. Sí, Yael era muy guapa justamente porque se apartaba de

cualquier canon de belleza establecido. En aquella época, además, había cambiado

una indumentaria algo agresiva - adquirida a fuerza de comprar su vestuario en

Camden Market durante los años que vivió en Londres, para desespero de Dinah -,

por una imagen fresca y natural, algo grunch, tal vez, pero que le sentaba bien. Y

no llevaba otro colorín en la cara más que un carmín que resaltaba la blancura de

su piel.

Mi madre se presentó en París poco después de mi llegada. Un mediodía

comimos los cuatro: la abuela, mamá, Yael y yo mismo y, por primera vez, vi a la

abuela reír escuchando a mamá quien nos explicó su reciente viaje a Berlín

adonde había ido para asistir a la apertura de una exposición de HugoTheuler

quien, por amor a un joven médico alemán, dos años atrás se había trasladado a

Munich. Por respeto a la profesión de su nuevo amor - y a su incipiente calva -,

302


Hugo se había cortado la melena de vikingo y ya no vestía aquellos faldones que

tanto flipaban a la abuela Camila: ahora llevaba el pelo rapado y vestía trajes casi

convencionales. Todo y así, cuanto rodeaba a Hugo seguía siendo teatral y algo

surrealista. Después mamá recordó otros momentos de Hugo, como cuando,

estando en Marraquesh, se prendó de un adolescente cuyos padres le pusieron

precio para que Hugo se lo llevara a Europa; así como el día en que me quedé

encerrado en el metro y la poli lo miró aviesamente como si fuera un residuo de la

banda Baader Meinhoff. Y la abuela escuchó todas estas historias encantada y

hasta muy divertida. Reconozco que ese día pensé que, de haberse quedado mamá

en la calle Ranelagh, jamás hubiera podido contar la historia de Hugo, ni la de

Mich, ni la de ella y papá… Episodios que la abuela todavía ignoraba y que

habían hecho de la vida de su hija una existencia diversa a como seguramente ella

había imaginado. Comprendo que a mamá le costara olvidar el destierro y

abandono de sus padres. En suma, ella había sido la primera en pagar por su

osadía y el precio siempre le pareció justo.

Mientras la abuela reía, Yael miraba a mi madre con aquel embeleso que

ya era habitual. Idiota, idiota. Ese encanto tan arrebatador que le ves es el que

también ha subyugado a tu padre. ¿O no?, pensé. Uf, ¡qué lío! Todo era tan

desconcertante... El día antes de salir hacia Cadaqués, cenamos con mi madre y

Elías. Un encuentro para el que había insistido Yael.

303


- ¿Crees que nuestros padres tienen algún pique? - me preguntó la

víspera.

- No me consta, ¿por qué?

- Bueno, porque siempre se han llevado muy bien; o, cuanto menos, a mí

me lo parecía. Me encantaba verlos juntos, vernos todos, quiero decir.

Como cuando estuvimos en Barcelona, ¿recuerdas? Pero para esta

cena, en cambio, ninguno de los dos encontraba nunca el día.

Claro que me acordaba de Barcelona, pero qué le podía a explicar a Yael:

¿que unos meses antes había encontrado una extraña coincidencia en un billete de

avión que cencajaba a la perfección con algunas ausencias simultáneas? Porque,

de hecho, no tenía nada más. Y, a decir verdad, en aquel momento sólo deseaba

llegar a Cadaqués y olvidar aquella historia. Ya explotaría, ya.

Cenamos mientras una luz cálida se volvía a encender a nuestro alrededor.

Yael reía contenta, ignorando que aquel calor provenía de nuestros padres.

Yael.

304


3.

Si aquel año hubo algo extraordinario, fueron aquellas semanas de julio.

Yael y yo dejamos atrás cuanto quedara más allá de la montaña que separa

Cadaqués del resto del mundo: no más Dinah, ni Elías, ni Max, ni Molly. Nadie.

Sólo nosotros acompañados del mar y el viento que actuaron como un bálsamo

sobre nuestra piel y nuestro espíritu. Y, aunque mamá venía con frecuencia, ni se

le ocurría hacernos regresar de aquel limbo deslumbrante; pero es que mamá

también era otra en Cadaqués. Imagino que, como nosotros, en la primera curva

desde la que se divisaba el pueblo, se desprendía de todo cuanto la podía

preocupar.

Batiste había crecido mucho aquel invierno, pero no lo bastante para Yael

quien lo seguía considerando un niño. En cambio, a mí Yael me vino de perlas; de

no ser por ella tal vez Caroline, una chica francesa de su edad, jamás se hubiera

fijado en mí. A Caroline la conocimos en La Sala, cuando yo llevaba unos días

observándola jugar al futbolín con un amigo. Una tarde Yael, que jugaba de

maravilla, le propuso hacer una partida a cuatro que contábamos ganar sin

esfuerzo, pero lo que hicieron es darnos una tremenda tunda que me dejó

boquiabierto pues no contaba que Caroline, quien ocupaba la mitad del espacio

físico de Yael, dispusiera de una inmensa fuerza en las manos además de una gran

agilidad. Su proeza me encandiló de forma que, en la partida siguiente, le propuse

305


intercambiar nuestras parejas y desde ese momento ya no me separé de ella. No sé

si Caroline fue mi primer amor; antes habían estado Mich, Âdele, varias

compañeras de clase, y siempre Luz, cuyo recuerdo no había tenido ocasión de

traicionar. No, no creo que fuera amor, pero fue fantástico porque Caroline fue

algo así como mi primera novia lo que subió notablemente mi autoestima pese a

que a mamá le exasperaba su risa así como su empeño en asegurar que era de

París, esa manía que tienen tantas francesas aunque su casa esté a mil kilómetros

de la ciudad de sus sueños.

- Oye mamá ¿y es importante de dónde sea? Además, ¿por que estás tan

segura de que no es de París?

- Entre otras cosas, porque uno sabe concretar la calle en la que vive, no

sólo el barrio. Y no, no es importante de dónde sea, pelmazo. Si te

gusta...

Caroline me enseñó las primeras reglas del sexo; algo sumamente importante para

mí ya que mi única experiencia – a aquellas alturas – seguían siendo las clases de

mi profesora de piano.

- ¿Te gusto más que Yael?, preguntaba Caroline después de hacer el

amor.

- Bueno - le contestaba yo, dándome importancia -. Yael y yo somos

muy amigos desde hace años y es muy atractiva, ¿verdad?

306


- Sí, pero es muy grandota. Mi padre dice que somos más femeninas las

mujeres menudas.

Caroline vivía con su padre desde que aquel invierno su madre los plantara

a ambos para irse con un tipo que vivía en una población cercana. Porque,

finalmente, resultó que Caroline no vivía en París, sino en Nangis. Bastante cerca,

sí; pero mamá tenía razón. ¡Mierda!

Al amanecer, cuando me vestía para regresar a casa, solía mirar la melena

de Caroline esparcida sobre la almohada, imaginando a Luz. El día que vea ese

resplandor será que me he enamorado - pensaba-. Como Sarita del Chano.

Luego Yael y yo pasamos unos días con la abuela Solange en Megêve y

de ahí salimos a Buchy, para visitar unos días a mi padre.

- Oye, Matt, esto es genial - me dijo Yael la misma noche que llegamos.

- ¿A qué te refieres?

- A qué va ser: a todo. Oye, no te enfades pero ¿no encuentras que

Blanche y tu padre son un poco raros?

- Lo que son es rarísimos. Pero mi madre dice que lo único que cuenta

es que mi padre esté bien.

- Ya pero, ¿a ti te gusta Blanche?

- A mí lo único que me gusta de Blanche son sus pasteles, pero a mi

padre le deben gustar otras cosas que no consigo ver.

307


- Pues lo verás, porque pienso aprovechar estos días para fotografiarlos.

Creo que en el objetivo serán geniales. Pero no sólo ellos, ¿eh?, porque

Lolon y Roman, ¡qué pasada!

- Pues lástima que no esté Marc, el hijo nudista de Blanche. Así tendrías

el retrato completo de la troupe de mi padre.

Yael se lo pasó pipa durante los cinco días de Buchy y papá - atraído por

su fuerza y alegría - me pareció que algo despertaba de su letargo. Percibí que de

Yael no le era indiferente ni su risa, ni sus ojos, ni su pecho, joven y rotundo. La

prueba es que, con la excusa de que apenas me veía, empezó a salir de aquella

celda dorada en la que Blanche lo velaba para que no descubriera otros placeres.

Seguramente no pasó nada porque Yael no quiso, pero aún recuerdo la expresión

de mi padre al despedirse mientras la besaba en la sien aspirando su aroma de

mujer plena.¡Bueno, bueno! Menos mal que a Yael no se le giraron los cables

porque sólo nos hubiera faltado eso: todos bien revueltos, como los huevos que

hacía la abuela Camila.

Antes de regresar a Cadaqués estuve dos días en París, a tiempo de ver las

fotos que Yael había hecho aquel verano. Yael había aprendido rápido cuanto

mamá le había ido enseñando y el resultado, a mi parecer, era cuanto menos

interesante. La animé a que me hiciera unas copias para enseñárselas a mamá.

308


Claro.

El 25 de agosto mamá y yo regresamos a Cadaqués donde mamá miró las

fotos que Yael me había confiado. También le

enseñé las fotos de nuestra estancia en Buchy, pero a mamá no le gustaba

pronunciarse sobre Lolon, sobre Blanche, ni sobre nada de cuanto rodeara a mi

padre; así que lo que hicimos fue reconstruir la vida en Buchy a través de las

imágenes de Yael sin más comentarios.

Mientras el sol descendía hacia el invierno, llegó septiembre, las últimas

salidas en barca y vuelta a Barcelona.

- Ha sido un buen verano, ¿verdad Matt?

- Sí, para mí, sí.

- Y para mí también, tonto. Ya sé que te he hecho rabiar con Caroline

pero no me hagas caso: será que tengo celos. Pensaba que yo era la

única mujer de tu vida – añadió sonriendo.

- Aún lo eres, mami, pero, si consideras tu edad, estarás conmigo en que

tienes que hacer concesiones.

- Las mismas que tú me hagas.

309


- Nunca me has pedido permiso para tomártelas – gruñí.

- Decíamos que ha sido un buen verano, ¿verdad, Matt?

Cuando aparecieron las primeras luces de Barcelona ante mí, recuerdo

cuánto me dolió el alma. Pensé que, durante aquel tiempo, apenas había recordado

ni a los abuelos ni a Sarita; entonces me sentí culpable por haber sido tan feliz,

sabiendo como sabía que a todos ellos les perseguía la muerte.

310


4.

En octubre el Pato me dijo que habían desahuciado a Sarita, que el médico

se lo había dicho a ella misma porque nunca había ido a la visita con ningún

familiar. Así que, también ella misma, pidió que no le diera más porquerías, que

lo único que quería era que la ayudara para que todo le doliera menos; y que la

dejara morir en su casa porque no pensaba volver al hospital. Sarita, tan

exuberante, se había quedado en los huesos pero, los días que tenía fuerzas, se

ponía guapetona y hasta bajábamos al bar del Pato a tomarnos una lata de almejas.

Pero en diciembre Sarita no tuvo humor ni para poner el pesebre. ¡Con lo que le

gustaba! Se lo había comprado al mejor artesano de la Feria de Santa Llúcia,

delante de la Catedral, y le había costado más caro que el anillo de oro con una

perla que se compró al cumplir los cuarenta años. El caso es

que, cuando la visitaba, me iba hecho polvo pensando en que Sarita se podía morir

sola cualquier día. Pero Sarita no murió sola: Hortensia ‘la Cabriola’, la amiga que

se había retirado al pueblo, la que le mandaba las madalenas, se plantó en

Barcelona cuando Sarita le dijo que no se sentía con fuerzas ni para ir con ella en

Navidad. ‘La Cabriola’ se quedó casi dos meses;

311


hasta que cerró para siempre los ojos de su amiga la primera semana de febrero de

1997.

Hortensia me llamó para ver si quería ir al sepelio. Fuimos seis los que

acompañamos a Sarita en su último paseo: el mosén, el Pato y la Paqui, Hortensia,

un hombre al que no conocía y yo. Luego, todo fue rápido. , decía mucho Sarita. Cuando acabó el entierro,

Hortensia me dijo si podía esperar un momento. Entonces, el hombre al que no

conocía, se acercó a despedirse.

- Como Sarita era medio bruja y muy buena, Chano, seguro que te ha

visto desde Allá arriba. Se lo debías, ¿sabes?

- Mejor está donde está que conmigo.

- Eso ni lo dudes. Pero, cuando estuvisteis juntos, pudiste haberle dado

mejor

vida. Digo yo, vamos.

- No, Cabriola. Le di lo que entonces tenía. Y digas lo que digas, Sarita

conmigo supo lo que es querer. Y eso es mucho, tía.

El Chano no se parecía en nada a la foto que de él guardaba Sarita: ni era

delgado, ni alto, ni siquiera moreno, porque no le quedaba ni un pelo.

- Será. ¿Cuántos hijos tienes, Chano?

312


- Dos: el chico se llama como yo, Amancio; y la chica, Paloma. Ahora

tiene diez años.

Entonces Hortensia le dio un beso y salimos del cementerio.

313


5.

En cuanto a los abuelos, al regresar con mi madre de Cadaqués, Marcia

nos había advertido inquieta que en Ordino todavía habían disfrutado mucho pero

que, nada más llegar, comprendió que se estaban apagando. La abuela ni siquiera

tricotaba: se quedaba horas y horas sentada en la cocina mirando la nada a través

de la ventana aunque Marcia, en vano, intentara animarla. Pero la abuela no

quería.

- Que no, Marcia, que por ahí hay mucha juventud con patines y no

quiero que me pase como a la abuela de la floristería que lleva dos

meses en la cama desde que aquel chico se la llevó por delante.

Además, yo no miro la calle.

- Ah. ¿Y qué mira?

- Miro para adentro y hacia atrás, Marcia, y, si quiero, hasta me veo

paseando con mis padres los domingos cuando era niña; y a Pere,

cuando llegó a París y me enamoré como una loca. Porque, ahí donde

lo ves, a guapo no lo ganaba nadie. No, si estoy la mar de bien, no te

preocupes. Veo momentos preciosos que había olvidado.

314


En cuanto al abuelo, al bar sólo fue un día y se armó una tremenda porque

veía más fichas de dominó de las que había, asegurando que todos lo engañaban

porque había más de seis juegos rondando por la mesa.

- Escolta Pere, no fotis. Si vols, les comptem una altra vagada. Mira,

vint-i-vuit exactes. ¿Ho veus?

- ¿I aquestes altres?

- Coi, ¿quines? – le decían atónitos sus compañeros de mesa.

- Doncs, totes aquestes.

Y así, un buen rato y un buen lío, hasta que Roberto se lo llevó de vuelta a

casa. A los pocos días, le preguntó a Marcia por el vino de Alsacia que papá le

había mandado y cuando Marcia le contestó que estaba como siempre en la

nevera, el abuelo le preguntó que en cuál de ellas.

- Señor Cases, pues en la nevera – respondió Marcia desconcertada.

- Ya sé, nena, ya sé pero ¿en cual de todas las neveras?

El abuelo ya no volvió al bar, ni a ningún sitio. Se quedaba siempre en

casa con la abuela, a quien seguía por todos los rincones como un niño perdido. A

final de noviembre, un fin de semana que estuve con mamá en París, fuimos a

comer al piso del Marais con papá y Blanche. Mamá quería poner a mi padre al

corriente del estado de los abuelos.

315


- Pienso que deberías ir más a menudo a verlos, Daniel. Tengo la

impresión de que pueden morir en cualquier momento; obviamente

porque son muy mayores, pero también porque te añoran y porque todo

empieza a importarles un rábano. Todo menos tú, claro; por lo que tu

ausencia aún les resta más fuerzas. Por otra parte, no sólo mi trabajo

me obliga a viajar con frecuencia, sino que ahora estoy varios días al

mes en París y, aunque Marcia se queda con ellos, parece que

deambulan por casa como dos fantasmas. Además, espero entiendas

que tampoco quiero ser yo quien tome todas las decisiones.

- Tienes razón, Alex - asintió mi padre de inmediato -, llevas mucho

tiempo ocupándote de mis padres mientras yo he antepuesto mi carrera

a ellos y también a Mateo. Esta tarde miraré con Blanche la

programación de los próximos meses de forma que podamos ir a

Barcelona en todos los huecos libres.

- He de advertirte, Daniel - dijo de pronto Blanche, quien había

permanecido tensa pero callada -, que tú precisas tiempo para ti, para

trabajar sin interrupción, sea aquí o en Buchy, de lo contrario te

desconcentras por el cansancio o la dispersión.

- Blanche, ya hablaremos luego. Pero Alex tiene razón: son mis padres y

apenas me ven.

316


- Pues no sé cómo, cheri, tenemos la agenda prácticamente llena. Si

además la banda de la película de Peroussi obtiene alguna nominación

en el próximo festival de Cannes, como se habla, estaremos

desbordados. Lo siento, Alex, tendrás que solucionarlo sola; en

definitiva, nadie te obligó a vivir en Barcelona. Si tus suegros se

hubieran quedado en París, ahora no vendrías exigiendo la presencia de

Daniel ni tendrías que pedir ayuda para una situación que tú misma has

provocado.

No sé si ha quedado claro después de tan largo relato, que mi madre,

habitualmente muy educada, podía, inesperadamente, mostrarse feroz.

Inesperadamente para los demás porque, cuando se avecinaba tormenta, sólo

observando cómo ladeaba la cabeza, o, simplemente, el dedo índice de su mano

derecha recorriendo las comisuras de los labios, yo veía que, sin duda, llegaba una

debacle. Si además también encendía un cigarrillo, la debacle se podía prever

apocalíptica.

- Creo, Blanche, que estamos hablando de cosas que no te conciernen.

¿O crees que ahora, después de haberte mantenido al margen de la

familia de Daniel, al que por cierto tienes secuestrado, puedes opinar

sobre sus padres, sobre nuestro hijo o sobre mí?

317


- Puedo, querida, porque, como te decía, empujaste a dos pobres

ancianos a dejar París; de no haberlo hecho, ahora Daniel podría

visitarlos sin NINGÚN problema. ¿Me entiendes?

- Entiendo y, REPITO: no te concierne.

- Blanche, cheri, deja que solucione esto con Alex; se trata de mis

padres, de mi familia – intervino mi padre.

- No es con tu familia con quien te estás haciendo un nombre, Daniel.

¿Qué quieres?: ¿echar todo nuestro esfuerzo por la borda? Además,

podemos encontrar otras soluciones sin que nadie tenga que alterar su

vida.

- Blanche, la vejez de mis padres es un hecho al que no puedo

permanecer al margen; eso es todo.

- Eso no es todo, porque lo que NO PUEDES es eludir compromisos que

afecten a tu carrera en un momento como este. Alex tenía que haber

previsto las consecuencias de vivir con tus padres, de haberlo hecho no

vendría ahora quejándose.

- No se queja Blanche, sólo…

- ¡Basta Daniel! - interrumpió mi madre -. Nos vamos; ahora ya sabes

cómo están tus padres. Porque tiene padres, ¿comprendes abuelita? –

ay, ay, lo que le había dicho a Blanche – Y también un hijo al que

318


apenas ve. Sin olvidar que esta habitación de la que se ha apoderado el

tuyo, era de NUESTRO hijo. ¿Se te ha ocurrido pensar que a Matt le

hubiera gustado conservarla? ¿O crees que estás en posesión de algún

derecho que te permita borrar nuestro pasado?

- SOY SU MUJER, SU MUJER a todos los efectos y lo soy desde hace

muchos años, sin más ambición que Daniel fuera feliz y ahora él me

ha dado la más bella prueba de reconocimiento y amor por mi entrega.

Porque, por cierto mon trésor – se dirigió un segundo a papá -: ¿ya les

has dicho que nos casamos este verano en Buchy? ¿Comprendes lo

que significa esto, querida? ¿O acaso te molesta que Daniel prefiera

una mujer madura, que le ayuda y comprende, a una insensata sin

escrúpulos como tú que ha utilizado a Azcárate para ignorarlo ahora

que las cosas le funcionan? En cuanto a la habitación que había sido de

Matt, madame la marquise, ¿cuántas habitaciones le hacen falta a tu

hijo en París?

- Daniel, nos vamos – dijo mamá levantándose - y, por favor, contéstale

a tu mujer cuántas habitaciones te hacen falta para dormir cerca de tu

hijo.

Sólo Dios sabe cuanto odié a todo y a todos. Y cuán evidente se hizo de

pronto el caos familiar en el que vivíamos: mamá y yo viviendo en Barcelona con

319


los padres de su ex marido. Mamá y su vuelta a sus orígenes y a París. Mamá y

Maurice, mamá y Elías…y ahora mi padre, que se había casado con Blanche,

quien no perdonaría jamás a mi madre haberla llamado abuelita.

Cuando llegamos a casa, mamá no había vuelto a abrir la boca y los dos

cenamos en silencio, aunque, nada más llegar, mamá había llamado a alguien para

cancelar una cita. Pensé si sería Elías. ¿O sería Maurice? ¡Qué más daba! Luego

nos fuimos a la biblioteca donde me dispuse a leer los diarios del día. < Si te

apetece, aún podríamos ir al cine, mami>, le dije sin atreverme a mirarla. Es

innegable que aquella tarde durante el trayecto de regreso, la detesté un buen rato,

pero a medida que fui recuperando el aliento, comprendí que volvía a sentirse

sola; en esta ocasión, ante la vejez de los abuelos. Y que no le faltaba razón al

requerir de mi padre su atención como hijo. Intenté, asimismo, recordar alguna

discusión entre mis padres. Revivir cómo llegaron al fin de sus propios límites.

Pero ahí, el vacío era total y, después de haber presenciado aquella escena,

agradecí no haber sido nunca testigo de cuanto se dijeron hasta llegar al desamor.

- Matt, gracias: tal vez hubiera estado bien ir al cine. Pero estoy flojucha

y mañana nos espera tu abuela a comer; será mejor que descanse.

Iremos al Verdi en cuanto lleguemos a Barcelona, ¿de acuerdo, cariño?

Buenas noches.

320


No niego que mi pasión de Edipo me hiciera considerar a mi madre

incuestionablemente guapa, lo fuera o no. Pero también advertía ‘sus fundidos’

cuando se sentía abrumada por aquellas lagunas de tristeza tan frecuentes.

Entonces se convertía en una sombra de la sombra de su belleza.

Al día siguiente, encontré una nota de mamá advirtiéndome que había ido

a Passy a comprar flores y bombones para la abuela. A su regreso, me encontró

desayunando. Todavía llevaba el abrigo puesto y un sombrero del mercado de las

Pulgas que se había comprado justo antes de la hecatombe: un tocado muy extraño

pero que le favorecía tanto que, en conjunto, volvía a tener buen aspecto. Aunque

también concluí aliviado que el descanso le había procurado nuevas fuerzas.

La comida discurrió agradable y la abuela, como solía suceder en los

últimos tiempos, parecía contenta de tenernos a ambos. Luego mamá subió a ver

unos minutos al abuelo, quien ya no aparecía jamás, y regresamos a casa. Frente al

portal nos esperaba papá.

- ¡Pero Daniel!, ¿cuánto rato llevas ahí? Debiste llamar.

- He venido este mediodía pero como ya no estabais, me he ido a dar un

paseo por el barrio. Apenas ha cambiado, ¿verdad Alex?

- Sí, es cierto – le dijo con dulzura -. ¿Recuerdas el día en que por poco

no nos pesca mi padre? ¿Sabes una cosa Matt?: tu padre y yo nos

pasamos dos años escondiéndonos por todas partes y uno de nuestros

321


juegos preferidos era acercarnos lo más posible a mi casa sin ser vistos.

Eso nadie nos lo podrá quitar, Daniel. Por cierto, ¿has comido algo?

Mi padre no había comido, así que mi madre le hizo una taza de chocolate

caliente que se tomó con un brioche. Luego mi padre le dijo a mamá que Blanche

era su mujer; que lo sería, incluso, aunque no hubieran legalizado su situación; y

que le debía su carrera. Mi madre lo escuchaba sin decir nada, trenzándose y

destrenzándose el cabello, con aire ausente. ,

añadió casi riendo. Mi padre

asintió con la cabeza, luego se encogió de hombros en un gesto de clara

impotencia y ambos se quedaron callados unos segundos.


promocionarme, de conseguirme un nombre y hasta cierto carisma.

Probablemente, sin ella, me hubiera quedado en pequeñas orquestas de provincias.

Le estoy agradecido, ¿me comprendes Alex?, es agradecimiento y por ello pago.

Pero os quiero, lo que sucede es que apenas lo recuerdo. Debo ser un egoísta.

323


Jusente

1.

La muerte de los abuelos llegó precedida por dos acontecimientos que

marcaron nuestro devenir. Ambos, sin duda, previsibles. Una noche llamó

Azcárate quien ya me pareció muy irritado cuando le dije que mamá estaba de

viaje. , preguntó suspicaz. Le dije, la verdad: que no lo

sabía. Pero me pareció que no me creía lo que indicaba su enojo pues él sabía muy

bien cuán incontrolable era mi madre. Muy bien.

Mamá llamó cinco minutos después escuchando, sin hacer comentario alguno,

el relato de mi conversación con Azcárate. Cuando le pedí que no volviera a

hacerle más trabajos de fotomatón, me contestó que no me preocupara, que su

deuda había quedado saldada con los últimos bodegones. Dos días después

llegaba de Madrid. Se duchó, estuvo un rato con los abuelos y me dijo que si no

me importaba iríamos al cine después de cenar. , respondió sorprendida. Cuando era pequeño, y no me quedaba más

cáscaras que acompañarla - porque no tenía con quién dejarme - me aburría hasta

324


el sueño. De repente, después de tantos años, sentí nostalgia de algún recuerdo

vago además de la sensación de que me había perdido algo.

Me senté en el suelo, en una esquina junto al equipo de música

esperando a que entraran los alumnos. La clase duró exactamente 55 minutos

que bailaron con música de Wagner. Recordé, entonces, que mi madre me solía

decir que cualquier música se podía bailar y que las partituras clásicas no sólo

se adaptaban perfectamente a la danza contemporánea sino que a movimientos

muy poco académicos, como lo que se bailaba en las discotecas. Que el

inmenso logro de la danza de la segunda mitad del siglo XX es que había

hecho libre al bailarín.

Aquella clase fue de estricto contemporáneo y, una vez finalizada,

mamá le pidió a la profesora que pusiera la Obertura del Tannhaüser. Entonces

bailó algo inclasificable que me pareció bellísimo. , me dijo de camino a casa haciendo uso del humor

negro que tanto le gustaba entre otras cosas porque me hacía rabiar. Pero era

agradable, muy agradable, estar a solas con ella: verla reír echando la cabeza

hacia atrás y observar cómo iba secando su cabello acercándose a la

calefacción del coche.

325


Regresamos a casa para cenar rápido antes de ir al cine cuando sonó el

teléfono. Creo que mi madre, en aquel momento, ni se acordaba de Azcárate.

, respondió alegre.


Sentado a unos pasos de mi madre, oí cómo los bramidos de Azcárate

empezaban a llegar esparciéndose por toda la sala: precisaba tener el lunes en

su mesa unas fotos de un restaurante del Empordà para la revista de enero.

Mamá se disculpó, llevaba casi quince días dando vueltas y quería quedarse en

casa con nosotros todo el fin de semana. Pero ante la exasperada insistencia de

Azcárate, le contestó de forma más contundente.

- Lo siento, Iñigo, no puedo y no quiero. Llevo meses haciéndote todos

los restos de serie: trabajos que nadie, con cara y ojos, te haría. De ahí

a que también dispongas de mi tiempo a tu manera, me parece

excesivo.

- Si estas tenemos, te diré una cosa señora de Baumont-Rochelle: es

propio de las hijas de puta como tú dejar tirados a los amigos que le

ayudaron a no ser una carroña desconocida. ¿ME ESTAS

ESCUCHANDO? ¿O acaso crees que hubieras podido hacer algo tú

326


dilación.

sola con ese acento de francesa pija y asquerosa? Me debes la vida,

¿TE ENTERAS? Me la debes. Y a Blanche también, aunque ya sé que

la has tratado como la rata que eres: juro que arruinaré tu carrera y tu

vida en Barcelona y que jamás…

Clack. Cortó mi madre. , me dijo sin más

Vimos “Carrington”, aunque no sé si madre vio gran cosa.

- Vamos, mamá, no estés triste. Siempre supiste que con Azcárate las

cosas acabarían así, estabas advertida desde el principio. Fíjate en sus

amigos: sólo le quedan los que no trabajan con él o los que se han

incorporado recientemente. Esta es su trampa y su habilidad: sabe

rodearse bien para acabar haciéndoos creer a todos que no seríais nadie

sin él. Por eso rabia tanto cuando alguien se vuelve inaccesible a su

control, sobre todo si es mujer, tú misma me lo has dicho mil veces. No

le debes nada que no te hayas ganado tú misma.

- Sí, Matt, pero me siento mal. Podía haberme conformado con menos:

ser un fotógrafo de aspiraciones sencillas y vida tranquila de forma que

mis amigos pudieran contar siempre conmigo, fueran justos o no. En

cambio, he convertido mi vida en una búsqueda sin fin, en una

reafirmación y en un reto imparable. No es que crea que he traicionado

327


a Azcárate en el sentido exacto de la palabra, pero quería avanzar

sabiendo que, si lo conseguía, dejaba atrás a Azcárate y a quien fuera.

- Mamá, no te entiendo. No has matado a nadie, ni has usurpado nada.

Has avanzado, ¿y? El egoísta es él.

- Sí, lo es. Pero ¿recuerdas lo que me alegró su primer encargo y lo

colgada que me sentía yo entonces?

- Por este razonamiento un escritor jamás debe aspirar a ningún premio

ni a nada que lo aparte del primer editor que creyó en él. Un actor

debería hacer eternamente papeles secundarios para no traicionar a

quien le proporcionó el primero. Y así, etcétera, etcétera.

- De acuerdo, Matt. Pero deja que haga mi duelo por él. No importa las

barbaridades que haya dicho; como tú mismo has recordado,

contábamos con este momento. Mi duelo es por nuestros primeros

paseos por Barcelona, por los libros que hemos comprado juntos y por

todas nuestras conversaciones. Y para mí fue mucho.

En un principio, la desaparición de Azcárate no cambió la vida ni el

trabajo de mi madre: para entonces llevaba mucho tiempo alternando reportajes

para la Century Press, con su colaboración en La Gaceta, algún encargo de

publicidad y, sobre todo, con sus libros temáticos, habiendo publicado ya el de

Barcelona, el de boxeo, otro de fútbol y, en aquel momento, estaba preparando

328


uno sobre manicomios y enfermedades mentales; todos ellos con textos y

entrevistas realizados por escritores o periodistas reputados. Un trabajo que

contenía tanto un enorme valor documental como de investigación. Sin Azcárate,

además, se ahorraba trabajar en días festivos o entre semana a deshora, como

había hecho con frecuencia para retrasar lo más posible aquel final anunciado.

Pero una parte de la venganza anunciada, se cumplió. Habían transcurrido dos

semanas desde el final con Azcárate, cuando recibió una llamada del redactor jefe

del que dependían sus colaboraciones en La Gaceta citándola en el diario para

hablar. Confiada, pensó que se trataba de concretar los contenidos de su próximo

reportaje. Después de un largo rodeo, el redactor le dijo que sus honorarios eran

demasiado elevados para el diario y que, no se trataba de regatear los mismos

porque, evidentemente, su tarifa correspondía a una reputación merecida, pero le

habían recortado los presupuestos de forma que, a partir de aquel momento, tenía

la orden irrevocable de trabajar únicamente con los fotógrafos de la casa. Mi

madre aceptó la explicación sin más, escuchando las embrolladas aclaraciones

mientras recordaba que Azcárate, desde que el diario cambiara su director antes de

verano, solía alardear de su antigua amistad con el mismo.

Aquella noche me contó que, sin embargo, estuvo un buen rato dando

vueltas por La Rambla y aledaños, sintiéndose triste, impotente y extranjera.

329


En cuanto a los amigos que se habían convertido en comunes, alguno

llamó: Uno hasta apretó a mamá

para que fuera a un cóctel al que también estaba invitado Azcárate.


desastre>, me anunció acertando porque el encuentro fue, al parecer, peor de lo

que había imaginado. Así que desapareció de su entorno; un poco más. Porque, de

hecho, mi madre vivía entonces un poco por todo el mundo y de avión en avión,

de forma que cuando llegaba a Barcelona prefería quedarse en casa preparando

sus próximos trabajos. Luego había que contar el mucho tiempo que pasaba en

París tanto por los abuelos como porque en París estaba la sede de la Century

Press, así como su editorial y su agente.

¿Y Elías?, todavía me preguntaba entonces.

Dos años después de la ruptura con Azcárate, mamá supo que éste se

estaba muriendo de sida en un hospital.


Cuando murió y la llamaron para comunicárselo, quien fuera, le

preguntó si no lo sentía. Mamá contestó que no, que su duelo por Iñigo había

terminado después del final entre ellos. Sin embargo, un mes después de su

muerte, una mañana me contó que había tenido un sueño muy inquietante:

había visto a Azcárate con la mano tendida hacia ella y que ella, desde muy

lejos, lo había observado sin decir nada. El sueño se repitió varias veces

durante unas semanas hasta que un día constató que ya no volvería. Entonces

repitió un tiempo más su duelo volviendo a hablar de él como de un ser lleno

331


de rarezas, muy solitario, buen conversador, cultivado, apasionado, gruñón. Y

entrañable.

332


2.

Desde la conversación en París, mi padre cumplió su palabra viniendo a

Barcelona con frecuencia, sin dejar – como antes - que pasaran semanas enteras

sin dar señales de vida. Mi madre continuó solventando el sin fin de problemas

que surgieron a lo largo de los últimos meses de vida de los abuelos, pero papá la

ayudó a sostenerse. Cuando llegó Navidad, le propuso que fuera a París para estar

con la abuela Solange puesto que él vendría a Barcelona aunque los abuelos

apenas se enteraran siquiera de en qué día vivían. Mi padre se quedó entonces

cuatro días en los que hizo un descubrimiento que yo anhelaba desde años atrás:

, me dijo la noche de su llegada. No pudo

poner su mano sobre mi hombro, como hacía Elías con Max - porque yo ya le

sobrepasaba un palmo -, pero iniciamos una conversación que, con los años, se ha

ido haciendo indispensable para ambos y que aquellos días nos ayudaron a

superar la desoladora visión del imparable deterioro de los abuelos.

Antes de irse, mamá nos había dejado la casa adornada como cada año y

también el menú dispuesto, pero la mañana de Navidad el abuelo anunció que no

pensaba salir de su cuarto porque no estaba - dijo textualmente - para ningún

‘coño’ de Navidad. En cuanto a la abuela, se despertó llorando y no hubo forma

de tranquilizarla hasta que a mediodía cayó en un profundo sueño hasta el

333


anochecer. Y es que en pocas semanas habían muerto sucesivamente monsieur

Charban, Martine y Jackot, causándoles una pena que los dejó postrados.

El abuelo murió en marzo de 1997. Seis días antes se había despertado a

las cinco de la mañana reclamando su desayuno; mamá estaba en París y Marcia

le preparó el desayuno que pedía. A las ocho le preparó el segundo porque el

abuelo aseguraba no haber comido nada desde la noche anterior. A las once

reclamó un tercero, a la una la comida… Marcia localizó a mi madre cerca de las

tres, el abuelo iba por el quinto refrigerio y la primera descomposición. Cuando el

médico de cabecera llegó a las siete de la tarde, el abuelo continuaba zampando y

cagando. A las ocho llegó una enfermera para sustituir a Marcia rendida. Pese a la

medicación que lo había adormecido, el abuelo reclamó su cena poco después de

las nueve; según las instrucciones del médico, sólo podría tomar un caldo de arroz

que el abuelo lanzó por los aires de una patada. La enfermera no quiso quedarse ni

un minuto más y fue sustituida por Roberto. Vivió cinco días más; los dos

últimos, prácticamente inconsciente.

Mi padre había llegado 48 horas después del inicio de aquel desastre.

La abuela le pidió a mamá que se la llevara lejos, que aquel no era Pere,

sino el diablo. Así que la trasladaron al dormitorio de invitados. Cuando murió el

334


abuelo, no puso los pies en la habitación en la que había expirado su marido hasta

que Marcia, papá y Elías, sacaron todos los enseres del abuelo. Cuando volvió a

instalarse, la abuela empezó a decir que el abuelo, con lo viejo que era, ahora le

había dado por la parranda; que salía cada noche para dormir con otras. Vivió dos

meses más sin moverse de su cuarto, mirando sus recuerdos en la luz de la

ventana. Murió la última semana de mayo, apenas unos días después de que a

papá le concedieran una mención especial del jurado del Festival de Cannes por la

banda sonora de la película de Fitoussi. Pero papá llegó a tiempo de estar a su lado

antes del final. Cuando llegó a casa, la abuela llevaba veinticuatro horas en estado

de una inquieta semiinconsciencia de la que despertó unos minutos al oír las voces

de mi padre y Elías, entonces abrió los ojos, sonrió, retuvo la mano de ambos y

respiró profundamente iniciando, suave y tranquila, su último vuelo.

El mismo día que enterramos a la abuela, papá le dijo a mamá que tal vez

había llegado el momento de que regresara a París. , le

contestó abstraída. Mamá conducía con papá a su lado; en el asiento trasero yo

con iba con Elías. Desde ahí pude observar cómo los ojos de mamá se cruzaban

con los de Elías a través del retrovisor, y cómo se secaba una lágrima con el

dorso de la mano.

335


- Alex, no estés triste – la consoló mi padre acariciándole la nuca -.

Gracias a ti mis padres han tenido unos años con los que se habían

pasado toda la vida soñando.

- Bueno, este último no ha sido excelente, Daniel. A veces me pregunto

si, efectivamente, no fui yo quien los empujó a vivir en Barcelona. Y,

al final, para tan poco tiempo.

- Pero ¿qué dices? Si de algo puedes estar segura es que a mis padres, en

los peores momentos, siempre les sostuvo la esperanza de regresar a

Cataluña aunque sólo fuera para morir. En su lugar, han vivido seis

años con nuestro hijo, en el barrio en el que nació mi madre y nunca

han estado solos. ¿Te imaginas este último año sin vosotros? No, Alex,

ellos reposan ahora en su paraíso. Es hora de que pienses en el tuyo.

- Pero, Daniel, si no hay más paraísos que los perdidos – le contestó mi

madre sonriendo entre lágrimas.

- Eso lo decía Milton y yo te lo recordaba para hacerte rabiar; pero tú

nunca dejaste de contestarme que hay que seguir buscando porque

siempre existirán otros.

Me desperté a medianoche, la quietud me parecía excesiva y es que una

presencia ocupa un espacio palpable: con sus ruidos y sus silencios. Crucé el salón

que separaba nuestros cuartos, abrí su puerta y ví la cama cerrada. Por unos

336


segundos temí que mi madre hubiera desaparecido para siempre, tan tenue era el

rastro de su aroma aunque sabía dónde estaba. Desvelado, bajé a la primera planta

por la que merodeé unos minutos buscando las sombras y las voces de mis

abuelos. Mi padre debió oírme porque apareció en la cocina.

- ¿Estás bien, Mateo?

- Sí. Sólo tenía sed. ¿Te quedarás unos días, papá?

- Me voy mañana, pero regresaré enseguida para arreglar los asuntos de

tus abuelos. Mientras, trata de ayudar a tu madre en lo que precise.

¿Qué piensas sobre la posibilidad de volver a París?

Le contesté que si mamá quería, yo no pondría ninguna objeción, siempre

que ello no significara perder Cadaqués.

No le dije que mi madre, siguiendo su propio consejo, aquella noche había

ido en busca de su paraíso cruzando la frontera que la separaba de Elías.

337


3.

Mientras la muerte acechaba a los abuelos, los primeros días de aquel

enero del 97, fui unos días a París donde Yael, como era habitual – pasara lo que

pasara -, me esperaba impaciente. Ahí tuvo lugar el acontecimiento que iba a

cambiar mi vida causando una convulsión que, aún hoy, me pregunto si superaré.

Yael había pasado diez días en Nueva York con Dinah de los que había

vuelto con novedades significativas, más acelerada que nunca: Dinah tenía novio.

Ricky Burton, se llamaba, y, según Yael, era un hortera tremebundo que había

hecho una fortuna con la más importante cadena de supermercados de la costa

oeste. Yael quien, como siempre, ilustraba los

acontecimientos con su material fotográfico, trajo unas fotos que nos dejaron tanto

a mamá como a mí realmente atónitos. Dinah, había desechado el look Debbie

Reynolds, para convertirse en la sosia de Pamela Anderson: con tanta silicona,

338


que apenas la reconocimos. En cuanto al novio era un tiarrón inmenso con quien

Dinah aparecía minúscula, fotografiada en la casa de Ricky en Sarasota, justo al

borde de la piscina en cuyo fondo se veía un escudo con el logotipo de los

supermercados Burton.

- ¡Dioses! - exclamó mi madre - ¿Dónde lo ha conocido?, le preguntó a

Yael.

- Verás, es una historia encantadora: el hijo de ‘hortera Ricky’ se casó

en septiembre con una chica de Nueva York; del catering del banquete

se encargó la empresa de mamá y ¡oh, flechazo! Suerte que papá

todavía no ha enloquecido. Si también lo hace, me largo a Tanzania.

Al día siguiente Yael y yo estábamos en casa haciendo el gandul;

aquella tarde habíamos pensado en ir al cine, pero diluviaba y, remolones,

optamos por no salir. Le propuse a Yael zamparnos una merendola mientras

veíamos en vídeo “Perdición”, de mi adorado Billy Wilder.


archivo.>

- ¡PELMAAA!

Aquí empieza el final de esta historia y lo último que dijo Yael antes de

enfrentarse a la vida mientras yo me quedaba, primero ensimismado y luego

adormilado, viendo a Barbara Stanwyck. Yael bajó al estudio donde mi madre

había clasificado material fotográfico de aquella forma tan precisa y

meticulosa con que ordenaba todas sus pertenencias. La mayor parte de las

estanterías, contenían documentos profesionales desde su inicio en la fotografía

al lado de Hugo. Había también un espacio con fotos familiares; algunas de su

niñez, dos del día que se casó con mi padre; luego el tiempo de Chataurenard;

Mich en París… y dos cajas idénticas y especialmente distintas porque fuera no

ponía absolutamente nada. De haber puesto el año, solo el año, tal vez a Yael

no le hubieran llamado tanto la atención. Pero aquel silencio escrito…

340


4.

“Alexandra, qué difícil será la vida ahora que llevo el sabor de tu piel

donde quiera que esté, pese a que intento olvidar. Esa unión perfecta y

enloquecida de los sentidos fue tan deslumbrante… Olvidaré, olvidaremos,

como dices. Pero presiento que mi herida permanecerá abierta hasta el último

aliento.”

E.N.

23 de julio de 1991

“No debiste llamarme, prometimos olvidar”, había escrito mi madre el

5 de agosto en un fax cuyo original había fotocopiado y, ¡cómo no!,

conservaba.

“Un día más para nosotros y luego, de acuerdo, nunca más. Te espero

a las 4 en el Hempel, en el 31 de Craven Hill Gardens. Te quiero.”

18.8.91

E.N.

Ahí Elías no había puesto la fecha, pero mi madre se la había añadido:

341


En aquellas dos cajas había más de cien cartas de Elías, así como notas

escritas en las minúsculas libretas de los hoteles en los que se habían ido

encontrando a lo largo de cinco años repletos de encuentros y desencuentros.

Años interrumpidos, fuera por la voluntad de uno u otro, en los que ambos

procuraban olvidarse. Mamá con Maurice; Elías refugiándose en el trabajo y, a

veces, en Dinah “pero su cuerpo me es tan extraño, Alexandra; no puedo, amor

mío. No puedo, ni quiero olvidarte. Aunque me cueste vivir.”

El 23 de julio de 1991, fecha de la primera misiva, era, exactamente,

dos días después de la visita de mamá a Hammersmith; aquellas horas en las

que percibí la tensión que causaba el deseo entre Elías y ella. El segundo

encuentro se produjo probablemente cuando mi madre regresó de Edimburgo.

Había cartas llenas de dolor, otras de furia, de desespero, luego

silencios, y nuevos encuentros y nuevas notas. Mamá guardaba hasta el más

corto mensaje de Elías. “He preferido dejarte dormir, era tan hermoso ver tu

cuerpo dulce reposando. Regresaré a las 12. Te quiero tanto.” Esta nota estaba

escrita con papel del hotel “Vier Jahren Zeiten” de Hamburgo. Cuando Elías

iba a París se encontraban en l’Hotel. En Barcelona, en el Hotel Claris, donde

tantas veces yo mismo lo había acompañado. En Ginebra, en el Richmond… El

intervalo más largo se produjo en 1993, después de aquellas Navidades que

342


finalizaron con el estruendoso episodio de Molly y Elías en el garaje. A su

regreso a Londres, después de haber pasado dos días en Barcelona el año que

me regaló la bicicleta, Elías había escrito a mi madre:

“ Alexandra, han sido unos días terribles en los que no he cesado de

imaginarte con Maurice de forma que unas veces amaba tu recuerdo y otros lo

odiaba atormenándome sin cesar tal vez porque sabía que no era otro más que

yo mismo la causa de nuestra separación. He de llamarla, pensaba, y decirle

que nada podrá separarme de ella. Pero entonces, entre tú y yo, surgían Max y

mi pequeña Yael; Mateo, Daniel y nuestros padres, así como el tiempo en que

conocí a Dinah y nos casamos, prometiéndome a mí mismo que mantendría

nuestro hogar unido, al resguardo de cualquier guerra.

Sin embargo los días en casa han sido un desastre: Dinah y,

especialmente, yo mismo, no podemos salvarnos. El camino se ha cerrado.

Ahora debo intentar que mi familia no sufra más; pero aún no sé cómo, pues

sólo respiré aliviado cuando la puerta se cerró tras de mí, dejando todo

aquello con lo que, hace veinte años, creí que me comprometía para siempre.”

E.N.

10 de enero de 1994

343


Aquel fue el invierno en el que mamá volvió a salir mucho con

Maurice. Desde esta última carta de Elías hasta la siguiente, a excepción de dos

breves notas escritas en verano, pasaron ocho meses. Las notas, no por

escuetas, eran menos elocuentes.

“No deja de ser paradójico que un psiquiatra sea incapaz de resolver

sus sentimientos y controlar sus pasiones. Y, sin embargo, Alexandra, amor

mío, aunque me hace muy feliz el afecto entre nuestros hijos, me tiembla el

alma cada vez que forzosamente debemos hablar. No te he olvidado, ni creo

que jamás pueda hacerlo. Ahora que el verano de Yael y Matt ha quedado

resuelto y no sé cuándo volveré a oír tu voz, constato, una vez más, cuan

dolorosa me es tu ausencia.”

E.N.

4 de julio de 1994

“Alexandra, hoy me ha llamado Yael. Le encanta Cadaqués; dice que

el lugar es precioso y que se siente en plena forma. Pero mantiene, tozuda

como siempre, su petición para que le permita vivir conmigo en Europa. Le he

contestado que debía hablar nuevamente con su madre y que haría lo

imposible por convencerla. Aunque al colgar me he dicho a mí mismo, por

344


primera vez, que dejaba Londres para estar cerca de ti y que si no había

insistido con Dinah, como mi hija me pedía, era únicamente para ser libre. Te

ruego hablemos.”

E.N.

22 de agosto de 1994

Y luego, ya está Ginebra. Aquel viaje cuyo destino descubrí por azar y

que a la vista de las cartas que se suceden, fue donde sellaron nuevos pactos

reanudando la relación.

“Como sea, Alexandra, encontraremos la forma de hacer el menor

daño posible a nuestro alrededor; deja que te convenza con hechos de que no

quiero renunciar a ti. Sé que no es fácil. No sólo están nuestros hijos, sino

Daniel y nuestros padres. Si bien nuestro primer encuentro en Londres fue el

principio de un camino que hemos recorrido a fuerza de pasión, Ginebra

quedará para siempre como el lugar donde nos hemos replanteado nuestra

vida sin más concesiones. Sé que es a mí a quien corresponde el mayor

esfuerzo para recuperar ante todo tu confianza y que no es imposible que me

tambalee pero, amor mío, no pienses, nunca más, que mis dudas y eternos

345


miedos se refieren a ti. Mi condición de hombre me hace vulnerable. Y

culpable. Acéptame, por favor, porque en lo esencial no te fallaré.

Esta mañana, cuando íbamos hacia el aeropuerto, el día me parecía

resplandeciente; luego, cuando has pasado el control de pasaportes y me has

sonreído antes de desaparecer, todo, absolutamente todo, se ha oscurecido.

Finalmente, terminada la última sesión del congreso, no he asistido a la cena

de clausura y de forma desesperada he vuelto al Lipp, buscando tu sombra en

la mesa que ayer compartimos. Aquí en Ginebra, como cualquier lugar adonde

vaya, me persigue tu recuerdo. Y, así será hasta que cada instante sea nuestro.

1994

E.N.

8 de septiembre de

Aquel invierno mamá viajó mucho. De esos tres últimos meses del año

hay muchas cartas de Elías escritas todavía en su apartamento de Londres y, en

ellas, aunque todavía es patente su angustia, y especialmente su temor por

Yael, su decisión por amar a mi madre permanece irrevocable. Hay notas de

breves encuentros en distintos lugares en los que, uno y otro, reafirmaban su

deseo como una fuerza incuestionable a la que se sometían. Pero durante la

Navidad del 94, Elías se sumió de nuevo en una profunda crisis. Eran los días

346


previos a dejar Londres para instalarse en París y, malgré tout, también él, tan

judío, sucumbió a la presión de estas fiestas con su familia desperdigada y él

abrumado y perdido.

“Esta es mi penúltima noche en Hammersmith. La decisión está

tomada y mis enseres empaquetados, esperan la mudanza. Pero yo, Alexandra,

ignoro si mi corazón quedará apresado en el pasado. No sé si puedes

entenderme, pero me duele hasta la piel. Recuerdo a mis padres, a Sarah y

Eugen Nathan, la familia en la que nací; la comida del Shabat, el pan caliente,

el delicioso sabor del ‘gefieltefisch’ y a mis padres tocando el piano a cuatro

manos. Cuando se los llevaron, mi hermana Yael tenía cuatro años. Era

preciosa y alegre. Cuando nació mi hija, pensé que Dios me devolvía una

parte de aquella infancia perdida. Pero nada es recuperable. Mis padres y mi

hermana murieron, asesinados, masacrados y solos; y yo he matado a mi

familia.

Alexandra”

1994

Que el año que ahora empieza te de cuanto deseas. Shalom,

E.N.

22 de diciembre de

347


En el mismo sobre, había una nota escrita por mamá en el final de una

hoja rota. Como si fuera un borrador. O tal vez un pensamiento que jamás

envió. No lo sé.

“En la memoria, las huellas del dolor nunca desaparecen, Elías. Y ello

nos hace cada vez más vulnerables. Yo puedo, tal vez, hacerte feliz algunos

instantes robados, lo que no podré jamás es borrar tu infancia, ni tu boda con

Dinah. Ni vuestros hijos. Tú y yo, no tenemos pasado que nos sostenga. Y, lo

siento, pero yo sola no puedo, ni podré jamás, suplir las carencias de ambos.

¿O acaso crees que yo parto de la nada?. En ocasiones, es tanto el dolor, que

hasta la brisa más ligera, abre una a una, cada herida del pasado y, cuando

esto sucede, prefiero no ver el mar azotando la costa, ni oír música, ni el

murmullo de las hojas. Prefiero la nada porque la belleza me duele. Me queda,

por fortuna, el baile, ese camino interior que se vuelve infinito y que me

conduce, de nuevo, hasta ti. Empieza el año…”

Ahí termina la carta de mi madre quien, al parecer, se sumergió

nuevamente en un largo silencio. Fue el invierno que pasó el mes de febrero en

Estados Unidos fotografiando para su libro sobre combates de boxeo; luego

348


llegaría la última primavera de Mich, el viaje que hicieron ambas a Florencia, y

después su muerte. Una ausencia que a mamá le costó mucho superar, como a

mí, y que hizo que, desolados, pasáramos mucho tiempo juntos. Dentro de lo

posible, de sus viajes, de nuestras idas y venidas a París, volvimos a encontrar

tiempo para ir juntos con frecuencia al cine, una cita que yo esperaba con el

corazón en un puño hasta que aparecía mi madre por la puerta con un Entonces

corríamos calle abajo, y, mientras mamá sacaba las entradas, yo me compraba

una enorme bolsa de palomitas pese a que cada vez refunfuñaba porque decía

que apestaban; y luego, hacia las diez, cenábamos en el Salambó o en casa,

donde nos esperaban los estupendos refrigerios de Marcia, delicias que

devorábamos en un santiamén mientras comentábamos la película. Momentos

únicos en los que, a veces, pensaba que debía hablarle de Sarita enferma, y de

Luz, pero la complicidad entre nosotros no abarcaba todas las facetas; nunca

fue así, ni en nuestros mejores años. Además, me decía a mí mismo, ¿acaso ella

no me oculta no pocos secretos? O, por el contrario, ¿seremos imbatibles si

ambos afrontamos la verdad absoluta? Pero entonces, no sólo me acobardaba el

hecho de desnudarme sino que recordaba que ella misma decía que en ninguna,

absolutamente en ninguna relación la verdad se debía exponer en su totalidad

porque algo de nosotros siempre podía dañar al ser querido, fuera amigo,

349


amante, esposo o hijo y que, en consecuencia, esa verdad, que probablemente

no era esencial, sino circunstancial, no haría sino más que crear una inmensa e

infranqueable barrera.

Cuando llegó junio, momento en que Yael se instaló en París, mamá

volvió a enmudecer de forma que siempre me parecía ausente. Páginas atrás ya

he explicado que nunca fui capaz de preguntarle qué le sucedía. Y que no lo

hice por miedo, y también porque era más cómodo, más fácil, dejar que se las

apañara sola. Que se ocupe Maurice, o Elías, ¿no?, me decía a mí mismo

excusándome. Hay una breve nota de Elías escrita en julio, justo después de la

cena de despedida, antes de que Yael y yo empezáramos nuestro verano en

Cadaqués; el verano en el que Caroline me enseñó a hacer el amor mientras yo

suspiraba por ver luces en su pelo. Y en el que luego fuimos con la abuela

Solange a Megêve; y a Buchy con papá.

“Querida Alexandra, mi hija está entusiasmada y sorprendida con

nuestra nueva vivienda. Le parece imposible que yo solo haya sido capaz de

arreglar una casa con todos esos detalles que hacen que un espacio se

convierta en un hogar. En cuanto a la chica portuguesa, es una mujer

dispuesta y alegre. Gracias por toda tu ayuda. La noche que cenamos juntos,

nuestros hijos me parecieron felices y excitados ante sus vacaciones. No

350


debiera decírtelo, pero estabas radiante: tu sola presencia inundó de luz la

velada. Una luz que nunca ha dejado de acompañarme, ni atormentarme.

Cuídate, por favor. Shalom.”

E.N.

9 de julio de 1995

El membrete era de Berlín. Recuerdo que aquel año Elías participó

activamente en varios de los actos que se celebraron en memoria del cincuenta

aniversario del fin de la II Guerra Mundial y de la liberación de los campos de

exterminio. En cuanto al contenido de la carta, me parece evidente que está

escrito por alguien que intenta contener sus sentimientos. Pero habían pasado

casi siete meses desde que le escribiera aquella víspera de Navidad, todavía

desde Londres y, aunque es obvio que de alguna forma estuvieron en contacto

de forma que mi madre ayudó a Elías a instalarse en París, también lo es que,

nuevamente, estaban alejados. No deja de ser más que probable que mi madre

se ocupara del apartamento de Elías antes de que éste se instalara y que, al

recibir aquella carta de un Elías, nuevamente culpable e indeciso, a su vez

retrocediera protegiéndose.

Alexandra, sólo quiero saber por qué no te has puesto al teléfono ni

una sola vez. Era una situación absurda porque aunque mis padres no se

351


dieran cuenta porque, efectivamente, los he encontrado muy envejecidos, ¿no

comprendes que has puesto a Mateo en un apuro? ¿O acaso crees que no eran

evidentes tus excusas?

Mañana regreso a París: te ruego recapacites porque, en algún

momento tendremos que vernos, y hablar. Espero con normalidad.

E.N.

29 de agosto de 1995

Elías pasó unos días en Barcelona, las fechas coincidían con nuestros

últimos días de vacaciones en Cadaqués en los que, al final de la tarde, mamá

siempre llamaba a casa para comprobar cómo seguían los abuelos. Una

conversación cada vez más disparatada y a gritos porque ellos, cada día más

sordos, chillaban desesperados porque pensaban que no les oíamos. , decía la abuela. Y mamá,

llegado este punto, me pasaba el auricular y se largaba escaleras abajo a dar

una vuelta. Por fortuna, Elías sólo estuvo cuatro días con los abuelos.

- Pero mamá, ponte, por favor, que ya no sé qué decirle.

- Pues dile lo primero que te pase por la cabeza. Algo tan sencillo como

‘mamá no está’. ¿Te parece suficiente?

- ¡Pero si estabas un segundo antes y él lo sabe!

352


- Bueno, pero al segundo siguiente, ya no.

Después de que Elías regresara a París, una noche sentados en el bar

Maritim frente al mar, le pregunté a mi madre si finalmente se casaría con

Maurice. Sonrió y me contestó que no, que nada había cambiado desde que,

tiempo atrás, le preguntara lo mismo.

- ¿Te gustaría que me casara?

- No sé, mamá: unas veces sí y otras no. Bueno, en general no. Pero a

veces recuerdo aquel día en París, la víspera de nuestra mudanza a Barcelona,

cuando te pusiste a llorar diciendo que tenías miedo y que te sentías sola. Si

pienso en ese momento, entonces, deseo que te cases y que tengas a alguien

que te cuide. Alguien mayor que yo; que pueda contigo, quiero decir.

- ¿Y para qué ha de poder alguien conmigo? ¿Qué quieres decir con

eso? Además, Maurice nunca te gustó – me contestó riendo.

- No, claro. Y a ti tampoco, sino no te hubieras ido con Elías a Ginebra.

Ya estaba dicho.

entonces.

- Y si a ti te hubiera parecido bien, no estarías enfadado desde

- No estoy enfadado, mami; o tal vez un poco, no sé. Tampoco nos ha

ido mal estos últimos meses, ¿no?

353


Mamá se encogió de hombros y cerró los ojos un instante que se me

hizo eterno porque pensaba que, pese a todo, había pasado el suficiente tiempo

como para que ambos pudiéramos hablar de aquel viaje y de la verdad que

escondía.

- Si alguien no puede preguntarme por Elías, eres tú Matt. Lo siento, no

lo hagas porque no te contestaré.

- Pero mamá, ¿no te das cuenta de que Elías no es solamente Elías, sino

que están Yael , Max, los abuelos y también papá?

- No deja de ser paradójico de que seas tú quien me lo recuerdes, Matt.

Pero te diré que si, hoy por hoy no puedo hablar con Elías, es por todas

las personas a las que has mencionado. Y, por cierto, te dejabas a

Dinah.

- No me la dejaba, mamá: Max y Yael, son Dinah.

- Hace una noche espléndida, ¿me pides un Baileys, por favor?

Estaba ante un clásico de mamá cuando no quería proseguir una

conversación, pese a que en ésta debo admitir que, cuanto menos, había

conseguido que aceptara Ginebra. Luego llegaron Henry y Batiste con quienes

continuamos charlando mientras contemplábamos aquella belleza quieta y

deslumbrante de la bahía, pero si la observabas hablar y reír, mi madre no era

354


la mujer mundana y feliz que podía parecer. Era alguien que, herido, intentaba

remontar el vuelo.

“Alexandra, perdona mi última carta, sé que no tengo derecho a

pedirte nada. Sólo deseaba oír tu voz. Matt me ha dicho que os quedaréis en

Cadaqués hasta mitad de mes. ¿Sabes que en mi desesperación estuve a punto

de postergar mi regreso a París y subir a veros? Ni siquiera conozco este

lugar que tanto os gusta a ambos. Pero aquí estoy, nuevamente en París, cada

día más solo y abatido por tu ausencia. Una carencia que intento suplir con

mis horas de trabajo duplicadas hasta el agotamiento. Pero, aún y así, mi

último pensamiento antes de dormirme exhausto, es para ti.”

1995

E.N.

5 de septiembre de

“Todavía estoy confuso. No esperaba encontrarte. Estabas preciosa y

me dolió verte feliz. ¿Lo eres? ¿Has olvidado? ¿Quiénes eran tus amigos? Sé

que te estoy preguntando algo tan inconveniente, como si tienes otra vida y

otro amante. Pero el amor no atiende a razones ni a fórmulas de cortesía. Yo,

que me tengo por un hombre reflexivo, de haber cedido a la cólera que me

355


invadía, me habría acercado a vuestra mesa para reclamarte. Pero proseguí

mi conversación con el doctor Delormes; luego, oí cómo pedíais la cuenta

“rápido, por favor, que vamos al teatro”, le dijisteis al camarero riendo. Al

salir, me saludaste con la mano, como se saluda a un conocido ajeno a tu

vida.

No sé si todavía estás en París. Tal vez. Así, cuando llegues a

Barcelona, aunque hayas decidido olvidarme, no podrás; cuanto menos

durante los minutos que leas mi carta. Y, entonces, recordarás.

1995

Te quiero, Alexandra, nunca he dejado de hacerlo.

E.N.

27 de septiembre de

Mi madre no contestó a esta carta; ni a las siete, cada vez más

desesperadas, que le siguieron en los tres meses siguientes. La primera

respuesta debió llegarle a Elías a mitad de diciembre, poco después de una de

las frecuentes visitas que papá y él empezaron a hacer a los abuelos en sus

últimos meses de vida. He intentado rescatar de mi memoria y de mis notas

impresiones precisas de estos encuentros, pero lo más evidente es que mamá, o

bien ni estaba en Barcelona, o si así era, desaparecía todo el día dejando a papá

356


y a Elías con los abuelos. Encontré, sin embargo, una cena descrita con

bastante precisión: la noche del cinco de diciembre, víspera del cumpleaños de

Elías, estuvimos los cuatro cenando en un restaurante. Puesto que mamá nos

previno que se reuniría con nosotros algo más tarde, papá y Elías se

entretuvieron tomando una copa en el bar en el que Elías se situó frente a la

entrada hacia donde, inquieto, miraba con insistencia. Transcurrido un rato,

pasamos a la mesa. Mamá llegó justo cuando el chef nos señalaba los platos del

día. Entonces Elías cerró los ojos un segundo en un claro gesto de alivio. La

situación de los abuelos ocupó los primeros minutos de la cena, conversación

que papá cortó.

Entonces pasaron un rato metiéndose conmigo y lo que ellos llamaban mis

rarezas. Papá le preguntó a Elías por Yael, si continuaba tan guapa. Ay papi,

sólo nos faltaría eso, pensé. Y ambos recordaron aquella noche en

Hammersmith en la que Yael y yo nos emborrachamos: un clásico cuando los

padres se reúnen. Luego papá le preguntó a mamá por Azcárate, tranquilizando

su preocupación puesto que parecía estar al corriente de otros incidentes con

amigos muy próximos con los que Azcárate había acabado cortando

violentamente. Y así, poco a poco, mamá, no sé si por el champán o por Elías,

fue saliendo de su mutismo. En el postre, ella y Elías detuvieron largamente

uno la mirada en el otro.

357


- Le haim, Alexandra - le dijo Elías besándole la mano antes de

brindar.

- Le haim, Elías.

- Me ha dicho Matt que la semana próxima estaréis unos días en

París, ¿querrás cenar conmigo?

- Te llamaré.

- ¿Seguro?

- Sí, haré lo posible.

Unos segundos en los que parecieron olvidar que no estaban solos. Sin

embargo, papá no pareció inmutarse. ¿Sabía algo?

“No descarto que al leer estas líneas te preguntes cuantas veces te he

prometido no volver a atormentarme y retroceder. Deben ser incontables. Pero

nada, absolutamente nada, Alexandra, sucede baldíamente. Hasta la sucesión

del tiempo proporciona respuestas que en un momento de convulsión no somos

capaces de hallar. Nunca he dejado de amarte ni desearte de una forma

desesperada; de no haber sido así, tampoco te hubiera rechazado tan

furiosamente una y otra vez esperando que el tiempo sembrara el olvido. Y, sin

embargo, sólo ha sembrado más amor esparciéndolo hasta el infinito. Dices

que ahora eres tú quien precisa tiempo. Me cuesta; y no sabes cuánto me costó

358


llorar de deseo no poder amarte la otra noche. Pero soy consciente de que, a

pulso, me he ganado tus dudas y si ahora eres tú quien precisa tiempo,

esperaré a que algún día vuelvan los días de esplendor y gloria.

Como me dijiste una vez, Alexandra, nuestra memoria está hecha de

recuerdos por lo que estoy condenado a sobrevivir con los míos, aunque a

veces me duelan tanto. Pero en estos recuerdos, ahora, no sólo está aquel niño

judío que prometió salvaguardar a su familia de todas las tormentas. Ahora

estas tú, a cuyo recuerdo no podría sobrevivir sino como un infeliz. Espero me

perdones y creas. En cuanto a mis hijos, hablaré con ellos, y también con

Dinah. Conociendo a Yael y lo que nos quiere a ambos, a ti y a mí, es posible

que reaccione con aquel genio endiablado y que nos deteste por el engaño que

intuirá, con razón, largo. Entonces nos tocará esperarla a nosotros. Dejar que

la vida le explique lo que tal vez ahora no acepte. Entretanto, tú y yo,

construiremos nuestro futuro y nuestros recuerdos. Te quiero, Alexandra te

quiero desde el primer momento en que me miré en tus ojos.

1995

E.N.

20 de diciembre de

359


5.


Yael, por cierto. Eran casi las ocho: tres horas desde que me había

preguntado por el estudio. Ahí la encontré, tan absorta leyendo estas cartas que

ni me oyó bajar.

- Yael, ¿qué haces?

- Lo sabías, ¿verdad? TÚ LO SABÍAS – me gritó de inmediato.

- Si sabía qué, Yael – le contesté confuso mirando el montón de cartas

esparcidas a su alrededor.

- ¿CÓMO QUE QUÉ? CUATRO AÑOS, ¿ME OYES?: CUATRO

AÑOS

Y ME VAS A DECIR QUE TÚ, CON LA OBSESIÓN QUE TIENES

POR TU MADRE, NI TE HAS ENTERADO: PUES NO ME LO

CREO, Y ¿SABES LO QUE TE DIGO?, PUES QUE SOIS TODOS

UNA PUTA MIERDA Y UNOS MISERABLES.

- Para Yael, ¿me oyes? Para.

360


- No puedo, Matt. ¿O acaso crees que mi madre no será siempre mi

madre aunque a veces me resulte tan difícil? Y ¿de verdad tampoco has

pensado que tal vez las cosas entre ella y yo hubieran ido mejor de no

ser porque la desquició la separación de mi padre?

- Perdona, pero no lo creo. Hasta donde la memoria me alcanza,

siempre te recuerdo en permanente discusión con ella. Y, además, no sé

de qué cuatro años me hablas. ¿O me estás diciendo que en esos cuatro

años siempre ha estado mi madre?

- ¿LO VES? Ni lo has dudado. PUES CLARO QUE SÍ,

MENTECATO. Nuestros padres, es decir: tu madre y mi padre llevan

cuatro años liados, justo el tiempo que en casa empezaron a ir mal las

cosas. Y resulta que tú no sabías nada. PUES NO ME LO CREO.

¡JODER!

- Cálmate, Yael. Aunque no me creas, lo único que una vez descubrí es

que los dos estaban en Ginebra.

- ¡COÑO! PUES BAJA DE LA PARRA: En Ginebra, en París, en

Londres, en Hamburgo, en Berlín, en Marruecos… ¡LLEVAN

CUATRO AÑOS FOLLANDO POR TODAS PARTES!

Yael se puso a llorar como una loca y a pegar patadas a las cartas.

361


- Yael, por favor, hablémoslo con calma. No sé, es posible que sea

cierto lo que dices, pero ahora ya ha pasado. Tú madre, incluso, ha

rehecho su vida y es feliz.

- ¡CON UN HORTERA QUE NI SIQUIERA ES JUDÍO! ¿ME OYES?

Y de no estar tu madre, eso jamás habría sucedido.

- ¿Has pensado que de no ser mi madre, habría sido otra? Tú misma me

descubriste que el matrimonio del doctor Scott-Brown era un simulacro

y decías que para esto es mejor no seguir juntos.

- Mira, IDIOTA, a mí Scott- Brown no me importa nada. Pero se trata

de mi padre. DE NUESTROS PADRES. ¿O es que no lo entiendes?

Han traicionado a toda la familia, además de deshacer la mía.

Yael empezó de nuevo a pisotear las cartas con furia y yo la aparté

intentando que se calmara, obligándola a sentarse en el viejo sofá donde Mich

había dormido aquellos días en París.

rodea.

- Quédate ahí, Yael, será mejor que recoja todo esto y hablemos. Eso es

lo mejor. Hablar con calma y decidir qué hacemos. ¿De acuerdo?

- ¿Y por qué no las lees? ¿Tienes miedo?

- Bueno, sí – admití.

- Pues te las recomiendo. Comprobarás cuán falso es todo lo que nos

362


- Yael, deja de llorar – le dije apesadumbrado sentándome a su lado.

- ¡No puedo, no puedo! – siguió llorando mientras apoyaba su cabeza

en mi hombro.

Con mis dedos peiné sus rizos alborotados y secándole las lágrimas, la

besé en la sien, luego en los ojos, en la oreja… Cuando empezamos a besarnos

en la boca con una furia incontenible, recordé cuánto había deseado hacerlo en

mis sueños. Y cuánto me había avergonzado por ello. Pero seguimos

besándonos y mordiéndonos recorriendo nuestros cuerpos. Perdí el mundo de

vista, nublado por el deseo y por la rabia. Y, toda la sabiduría de mis noches

con Caroline, apareció desafiante y feroz, ávida de complacerse en cada rincón

de su piel tersa y suave. Cuando me corrí dentro de Yael bramando como un

loco, vi mil luces brillando antes de caer exhausto sobre su pecho.

- Adiós hermanito – me despertó Yael.

¿Cuánto rato había pasado?

- ¿Ha vuelto mi madre? – le pregunté incorporándome.

- No.

Debí dormirme unos minutos en los que Yael se había vestido. A punto

de irse se sentó en el sofá en el que era yo, ahora, el que yacía desvalido

mientras ella acariciaba mi cabeza.

- Yael, por favor, no te vayas. ¿Qué va a ser de nosotros?

363


- Nada, Matt. No va a ser nada. Hay cosas que no pueden ser.

¿Comprendes?

Fue lo último que Yael y yo nos dijimos en mucho tiempo.

La última imagen que conservo de ella es subiendo la pequeña escalera

del estudio con su mochila de colores en la espalda. A punto de desaparecer de

mi vista, se inclinó haciendo un último gesto de adiós con la mano.

Entonces lloré amargamente recordando mi primera estancia en

Hammersmith, el trayecto desde el aeropuerto y su mirada a través del

retrovisor; nuestros juegos y a Johny Black. Y al Támesis deslizándose al

atardecer.

364


Kirie

1.

Recogí las cartas pisoteadas, leyendo alguna que escogí al azar; luego

esperé a mi madre quien escuchó en silencio lo sucedido. Un relato incompleto

puesto que omití nuestro episodio sexual. Al acostarme, tardé mucho en conciliar

el sueño: aquellas dos horas transcurridas desde que encontrara a Yael en el

estudio habían sido las más intensas de mi vida, las más inesperadas y las más

turbadoras.

En cuanto a Yael, no esperó ni un segundo enfrentándose la misma noche

a su padre. Enfurecida, le dijo que, seguramente, ella no era mejor que él; que, de

haberle apetecido, se hubiera tirado desde a Scott-Brown hasta al pobre abuelo

Cases. Que le gustaban los placeres de la piel, que se masturbaba por sistema y

que desde los dieciséis años no era virgen, así como que su actual amante era

Olivier Anatoli, el asistente del doctor Delormes, casado el verano anterior, lo que

le importaba un bledo. Que el único amor que para ella había sido incuestionable,

aquel que la ataba a la tierra y a sus razones era el que sentía hacia él, como mujer

y como hija, pero que ahora la dejara volar. Aquella misma semana, Yael se

trasladó al antiguo apartamento de soltero de Anatoli.

365


Mamá y yo nos quedamos unos días más en París. En apariencia, todo

seguía igual. Yo solía comer con la abuela Solange con quien reanudé las sesiones

de cine y las meriendas en el Yamazaki. La abuela me preguntaba alguna vez por

Yael insistiendo para que la invitara a reunirse con nosotros, creyendo, la pobre,

que así yo me divertiría más. En cuanto

a mamá, me costaba hablarle hasta de lo más cotidiano, muy al contrario de ella

quien, la tarde siguiente al incidente de las cartas mantuvo un largo conciliábulo

con Elías. Cuando salieron de su encierro, ambos me parecieron muy serenos, y

hasta colmados. Como si lo sucedido les hubiera aportado una enorme fuerza. Y

lo cierto es que a partir de ese momento mi madre empezó a hablar de Elías como

de alguien que, de forma irrevocable, perteneciera a su vida. Pero, en aquel punto,

no me importaba nada, ni tampoco nadie; y tampoco soportaba mi aflicción; ni

siquiera a mí mismo.

En ocasiones miraba a mi madre imaginándola haciendo el amor con Elías,

con la misma furia que yo lo había hecho con Yael. Y esta visión, en

consecuencia, también me impedía estar con Elías. Y, por último, el silencio de

Yael, la vida que presagiaba sin ella, me sumió en una tristeza infinita.

Empecé a desear regresar a Barcelona cuanto antes y a contar, hora tras

hora, estirado en la cama, el tiempo que me separaba de mi otra vida, aunque en

366


esa otra vida sabía que, de forma inmediata, me esperaba la muerte de los abuelos

y también la de Sarita. La víspera de nuestro regreso, mamá me dijo que debería

llamar a Batiste:

Cuando oí su voz, sentí la tramontana

sobre mi piel como cuando navegábamos en su contra intentando alcanzar la

bahía, y evoqué a Batiste dándome aquellas instrucciones tan precisas. Y a ambos,

cubiertos de sal, amarrando la barca al muerto y llegando con el chinchorro hasta

la playa. Con Batiste las cosas eran así: siempre te devolvía a puerto.

El final de los abuelos obligó a mamá a que sus ausencias de Barcelona

fueran las menos posibles pese a que contó con la ayuda de papá, a la que se sumó

la de Elías. Y yo me acostumbré a verlos juntos, sin más; sin hacerme tantas

preguntas respecto a cómo funcionaba mi familia. Me pregunto si papá, entonces,

sabía algo. No lo sé. En cualquier caso, si bien lo sucedido en París marcó un

antes y un después, los encuentros más largos entre mamá y Elías, pude constatar

que tenían lugar en Barcelona, los días en que éste hacía su turno con los abuelos

y mi madre, a partir de ese momento, no hizo más viajes sospechosos. Todo eso

cavilo que ocurrió durante los meses que mamá se tomó para confiar de nuevo en

Elías, tiempo que concluyó en Barcelona el día que enterramos a la abuela. Pero

en ese intervalo, se llamaron cada día y yo, al ver a mamá sonreír de nuevo, pese

lo sucedido y a que teníamos a la Parca instalada en la entrada, me decía que,

367


cuando todo pasara, me podría ir tranquilo en busca de Yael pues mi madre no

lloraría nunca más abrumada por sus miedos.

De Yael fui sabiendo por alguna conversación. Oí que en abril había

dejado a Anatoli para instalarse con una compañera de curso en un pequeño

estudio, dejando a aquél desesperado. Yael continuaba sin ver a su padre, pero lo

llamaba alguna vez y Elías, pese al vacío de su ausencia, resistió junto a mi

madre.

- Mi hija nunca será una chica fácil – le decía un día a mamá -. No sé por

qué, pero nunca la he podido imaginar haciendo una tranquila vida de

casada; ni llevando puntualmente al colegio a sus hijos; ni preparando una

bonita cena para los amigos de un marido sosegado. Yael será Yael, que no

sé qué diablos es, pero otra cosa. ¿Y tú, Mateo?, sabes algo de ella?

De no ser porque estábamos cenando y no se me ocurrió ninguna excusa

para no seguir escuchando, me habría ido. Como siempre que se hablaba de Yael.

- No, no sé nada - respondí conteniendo mi rabia y mi congoja.

- No estés tan preocupado, Matt, mi hija está pasando por una etapa difícil

en la que no podemos hacer otra cosa más que esperarla y yo, de alguna

forma, vigilarla de lejos; eso es todo, porque tampoco quiero caer en una

actitud culpable persiguiendo a Yael con mi cariño, ya que de nada

serviría. Ha de aceptar la condición humana y ha de hacerlo ella sola. La

368


historia dice que no hay más experiencia que la propia; ni que decir, por

tanto, que más para Yael. Pero, no te preocupes, Matt, no creo que te libres

de mi hija este verano. Aunque sólo sea por Cadaqués, volverá.

Pero Yael no volvió ese verano, ni el siguiente, ni el siguiente. Entretanto,

en junio de 1997, Dinah se casaba con Ricky Burton. Y mamá, tal y como le había

sugerido mi padre, decidía nuestro regreso a París para septiembre.

No, no me importaba; incluso nada. Me importaba la ausencia de Yael, la muerte

de los abuelos y también la de Sarita. Pero sólo le contesté que me gustaría

llevarme la bici para ir a la escuela.

- París no es Barcelona, Matt: llueve con frecuencia y, en invierno, el

frío aprieta.

- No te preocupes, lo resistiré. ¿Y con la casa, qué harás? Y con Marcia

y Roberto, ¿lo has pensado?

- Pues, tal vez te sorprenda, pero ellos están dispuestos a venir con

nosotros.

- Ah. ¿Y la casa? – la azucé.

- Bueno, no tengo nada decidido; además, es tuya. Pero por el momento,

pienso que es mejor que no decidamos nada al respecto.

369


- Sí, será mejor – respondí sin ánimo -. Y tú, ¿te casarás con Elías?

- ¿Recuerdas con cuanta insistencia me preguntabas lo mismo de

Maurice?

- No sabía que estaba Elías, mamá.

- De hecho, todavía no estaba. Bueno, sí: es cierto que nos veíamos

alguna vez pero creyendo siempre que sería la última. Tanto fue así

que, en algún momento de cansancio, llegué a pensar seriamente en

Maurice. Sin embargo, cuanto más huíamos, más nos acercábamos. No

sé si puedes entenderme, Matt.

- Lo intento, mamá, aunque lo que más me cuesta es admitirlo. Creí que

confiabas en mí y sin embargo comprender, de pronto, que en realidad

no sabía nada, es tan difícil...

- No es una disculpa, pero me parece recordar que alguna vez hemos

hablado acerca de que todos tenemos derecho a parcelas exclusivas.

- Bueno, acordarás, cuanto menos, que es lógico que haya encontrado la

historia de Elías, digamos extraordinaria.

- Reconozco que para ser tú, con lo que siempre te ha gustado

provocarme, el juicio emitido ha sido muy delicado.

- Gracias. En compensación, pese a que alguna vez ya hemos hablado,

¿me puedes explicar qué sucedió con papá?

370


- Creo que lo que debe ser más importante para ti, Matt, es que nos

quisiéramos, algo que ya te he asegurado otras veces. Pero te diré más:

no puedes ni imaginar con cuánto amor nos casamos. Lo que sucede es

que, además de amor, hace falta voluntad de amor y eso ambos lo

ignorábamos porque es un trabajo de sabios y de pacientes, porque es

una labor a largo plazo. Excusarnos aduciendo que éramos demasiado

jóvenes, me parece tan evidente como fácil, puesto que hay quien ha

superado la prueba. Si una vez casados hubo algo en contra, fuimos

nosotros mismos: yo por inconsciente, creyendo que la vida al lado de

tu padre sería pura emoción, cuando en realidad me esperaba el día a

día sin más emoción cotidiana que nuestros escasísimos recursos y,

cuando dejamos de tener esta preocupación, nuestra relación estaba

seriamente deteriorada y ya no supe remontarla.

- ¿Me estás diciendo que fuiste tú la única culpable de vuestra

separación?

- No, Matt, salvo escasas excepciones, eso nunca es así. Tu padre debía

esperar algo que yo no le podía dar y su culpa fue no aceptarme; no

dejarme crecer, aunque fuera cometiendo errores, así como admitir el

dinero de mi abuela sin culpabilizarme por ello. Pero, todo esto, es la

voluntad de amor que antes te decía. En cualquier caso, pese a que en

371


los meses precedentes a nuestra separación hubo momentos en los que

nos hicimos mucho daño, al final nos dijimos adiós sin ningún

estruendo al comprender que no quedaba nada de aquellos locos que

unos años antes se habían escapado creyendo que sería para siempre.

Sin embargo, siempre he pensado que fue una suerte conocerlo porque

gracias a tu padre, yo puedo ser lo que sea preciso; adaptarme a

cualquier entorno y apreciar cualidades donde quizá antes no hubiera

mirado, lo que me ha proporcionado una visión de las cosas muy

enriquecedora, así como una notable capacidad de riesgo. Y este logro

permite comprender que nunca pasa nada si todavía puedes contar con

tu fuerza.

- Sin embargo, mami, siempre dices que en la memoria el dolor

permanece.

- Claro, Matt. Si no fuera así, ¿para qué la fuerza?

- Creo que lo entiendo, pero volvamos al origen de esta conversación: no

me has contestado si te casarás con Elías.

- Aunque te parezca que han pasado muchos años desde que empezó

todo, de hecho, jamás hemos tenido ocasión de vivir dentro de la

normalidad. Esa es una etapa que estamos iniciando ahora y, pese a

que yo tengo otra edad y otra forma de observar las cosas, puesto que

372


no quiero equivocarme de nuevo, nos tomaremos todo el tiempo que

sea preciso. A lo mejor resulta que soy una eterna inmadura, incapaz

de amar el día a día, esperando fuegos artificiales por sistema y -

aunque creo que ha llegado el momento de reposar -, mi curiosidad

sigue siendo infinita. Espero compensar esta faceta con mi trabajo.

373


2.

Una mañana llegó un camión que se llevó a Buchy algunos muebles del

cuarto de los abuelos. Hubiera preferido que se los llevaran todos porque, cuando

se fueron aquellos hombretones con los bultos envueltos en mantas y cuerdas

como fantasmas atados y en un rincón vi abandonado el sillón vacío de la abuela

Camila así como la silla donde todas las noches el abuelo ponía su ropa doblada

como si estuviera en un cuartel, empecé a llorar como un loco inconsolable

pertrechado en aquella habitación muerta. Marcia intentó sacarme pero yo insistí

en quedarme a solas con aquel silencio y recordando a la abuela mirándome con

sorna cuando yo regresaba más tarde de lo previsto aduciendo siempre el mismo

cuento: que se me había pinchado una rueda de la bici. , me decía

mirándome por encima de las gafas. Pobre abuela,

cualquiera le contaba lo de Sarita. Hasta la hora de comer, lloré sin parar por los

abuelos, por aquellos años en Barcelona que habían pasado volando, y, sobre

todo, lloré por Yael: porque sin ella yo vivía sin sueños ni paraísos.

Con todo aprobado le pedí a mamá me dejara estar de nuevo todo el

verano en Cadaqués. Dudó porque ella apenas podría subir, enfrascada como

estaba en preparar nuestro regreso a París y un trabajo por el que viajaría una

semana a Buenos Aires.

374


- Además, Matt, ¿no crees que deberías reservar unos días para estar en

Buchy con tu padre?

- No, mamá; creo que ya he tenido Blanche para rato.

- Intenta olvidar lo sucedido, Matt; tus abuelos han muerto, empieza una

- Sí.

nueva etapa para todos nosotros y ella es la mujer de tu padre. El

verano pasado me pareció que Yael y tú lo pasasteis muy bien, ¿no?

- ¿Quieres que hablemos de Yael?

- No.

- No se puede decir que estés muy expresivo. Lo siento, Matt, siento

mucho que tú también pagues su enfado; pero esto no puede durar,

verás como aparece en cualquier momento.

Es cierto que nadie sabía exactamente qué había sucedido aquella noche en

París pero de ahí a creer que Yael pasaría página con tanta facilidad, eso, era no

conocerla. Empezaba, por tanto, mi primer verano sin Yael en el que, nada más

acabar el curso, salí disparado hacia Cadaqués. Todavía ahora, cuando doblo la

primera curva desde la que se divisa el pueblo, siento que la nada y el infinito

empiezan en este confín deslumbrante.

Sin embargo, no hubo ni una mañana en que no me despertara el Támesis

con aquellas tardes preciosas en las que merendábamos junto al embarcadero; o el

375


ecuerdo de Yael riendo cuando me tomaba el pelo, que era casi siempre; y los

dos charlando en mi cuarto hasta que nos vencía el sueño. Pero Cadaqués suavizó

mis heridas. Su luz entraba hasta el último rincón de mi alma. Intenté, entonces,

volver a salir con Caroline, pero no pude. Intenté enamorarme de cualquiera de

aquellas muchachas que, espléndidas, paseaban exhibiendo sus cuerpos dorados,

pero no conseguí ni desearlas. Mis urgencias las resolví de nuevo con una

frenética actividad masturbadora alentada por el recuerdo de Yael. Aquel estado

de desesperación me hizo preguntarme si aquel deseo obsesivo y excluyente era el

mismo que sentían mi madre y Elías. Al comprender que probablemente así era,

entendí cuanto les había sucedido, aunque esa certeza me impedía mirar a mamá

sin turbarme. Con todo, cuando la tercera semana de agosto la vi aparecer en su

viejo todo terreno, gruñendo y llena de manchurrones grises en las manos y en la

cara porque había pinchado poco antes de la última curva, la quise como antes.

Mucho. Pasamos entonces tres semanas fantásticas y, de nuevo, cómplices. Y la

belleza de mi madre oscureció de alguna forma el recuerdo de Yael. Claro que

tampoco aquel deseo me era conveniente. Ninguna obsesión lo es.

La víspera de nuestro regreso, mamá y yo cenamos en el restaurante del

faro de Cap de Creus, oyendo al viento golpear las ventanas para anunciar el

otoño.

376


- Pronto empezarás tus clases en el Liceo Claude Bernard – me dijo con

dulzura -, espero que estés bien. Con tantas idas y venidas apenas te

doy tiempo de hacer amigos. Lo siento, Matt.

- No importa mamá, irá bien.

- Yael se ha instalado en Londres y proseguirá sus estudios allí este

invierno – dejó caer -. Elías ha ido a verla este fin de semana: es el

primer encuentro desde enero. ¡Cómo pasa el tiempo!, ¿verdad?; en

cuanto a vosotros dos, pienso que ya sería hora de que la llamaras,

¿no?

- No.

- ¿Cómo que no? Oye Matt, este es un asunto que, en concreto, sólo les

concierne a Elías y a Yael. Y te diré que jamás hay que buscar en los

armarios ajenos porque todo el mundo tiene sus cadáveres.

- ¿Me vas a decir que la culpa de lo sucedido es de Yael?

- No. La culpa es de la vida. Y sino, piensa en tus propios cadáveres.

- ¿A qué te refieres?

- A los que ya vas guardando. ¿Quieres jugar a sacarlos?

- No me chinches.

- No lo hago; es más, si pienso en lo sucedido, os tengo que estar

profundamente agradecida. Al ponernos contra las cuerdas, ante la

377


idea, tal vez definitiva de tener que escoger, ambos, Elías y yo, nos

escogimos mutuamente.

- ¿Y nosotros, mamá, pensasteis en nosotros?

- Como pudiste comprobar, pasamos unos años muy difíciles por temor

a haceros daño. Si pese a ello sois incapaces de admitir cuanto os

queremos, ya lo haréis. Te prometo que lo haréis. Y ahora, por favor,

pregunta si queda pastel de plátano; si tú pides el de chocolate, nos lo

podríamos partir, ¿hace?

- Hace, mami, hace pero, ¿por qué esa manía de cortar bruscamente una

conversación? No sabes la rabia que me da.

- Si quieres, la continuamos. Pero con una condición: que me expliques

todo, absolutamente todo lo sucedido aquella tarde en el estudio de

Ingres.

- ¿Y qué más quieres que pasara? – le contesté enrojeciendo.

- No lo sé. ¿Por qué te alteras? Entenderás que encuentre cuanto menos

sorprendente que no puedas hablar con Yael. ¿Pretendéis acaso que nos

sintamos aún más culpables?

- No es eso.

- Entonces será mejor que me des la mitad de tu pastel como te decía

hace un momento.

378


Antes de acostarnos, fuimos a despedirnos de Henry y Batiste quienes

esperaban nuestra visita sentados en la terraza arropados con unas mantas. La

tramontana rugía. , le ofreció Henry a mi

madre tendiéndole un enorme poncho de lana. Tomamos el último

cremat de la temporada, hablando de todo un poco y aspirando el último soplo del

verano. Batiste prometió venir a París lo antes posible y yo recordé la visita de

Mich pensando en todos los que, en poco tiempo, habían desaparecido de nuestras

vidas: Mich, Sarita, ¡Paulette!, los abuelos Cases y hasta los amigos de éstos en el

Marais.

La mañana siguiente, al iniciar el camino de regreso a Barcelona, le

pregunté a mi madre qué hacía para vencer la tristeza.

- Si puedo, escuchar música y bailar.

- ¿Qué quiere decir eso de que ‘si puedes’?

- Pues es evidente, Matt: la tristeza produce un estado de extrema

sensibilidad hasta el punto que, si sabes aprovecharla, se convierte en

un enorme caudal creativo. Pero, por lo mismo, la belleza excesiva,

379


como la música, se puede hacer intolerable porque hiere

profundamente. Bueno, cuanto menos, yo la vivo así.

- Ah. ¿Y qué prefieres: hablar sobre lo que te entristece o dejar que

pase?

- Las mujeres, Matt, todavía tenemos pocas ventajas sobre el hombre.

Muy pocas incluso. Pero hablamos: hablamos de lo que nos apena o

preocupa sin miedo a parecer débiles. Y no sabes cuán gratificante es

el consuelo que nos proporciona. Vosotros, en cambio, podéis

consumiros de desesperación sin soltar prenda. Claro que así, al

margen de cuanto se refiere a vuestra delirante sexualidad, nadie sabe a

qué sois vulnerables. Pero dado que ni callando podéis evitar la

traición, tal vez si aprendierais a hablar, a comunicaros… en fin, no sé.

Sonaba aquel antiguo disco de Ornella Vanoni, Vinicius de Moraes y

Toquinho, aquél con el que mamá y Mich bailaban todo el día cuando Mich nos

visitó en París. En el primer acorde de “La rosa spogliata”, de pronto, mi madre

paró el coche en la cuneta y nos abrazamos muy fuerte llorando por los años en

Chateaurenard; por Mich; por nuestro primer rincón en París; por papá y los

abuelos; por Charlotte y sus hijas a las que ya nunca conoceríamos y por el

destino de nuestro amor. Lloramos por todo cuanto habíamos perdido. Y por

haber sobrevivido.

380


3.

El tiempo que transcurrió hasta el 8 de mayo de 1999 mi madre siguió

siendo un ser imprevisible y escurridizo. Más atenta a cuanto me sucedía de lo que

podía parecer pero inatrapable. En 1998 ganó por segunda vez el premio Century

Press con la foto de un hombre judío abrazado a lo que quedaba de su hijo

desmembrado por la explosión de una granada. Gracias al premio, empezó a

colaborar en Liberation mientras seguía trabajando en sus libros.

A veces se ausentaba un mes en el que apenas teníamos noticias suyas

porque sólo podía llamarnos al llegar a alguna población importante. Como años

atrás, cuando se fue a fotografiar a Pablo Escobar en un lugar remoto de

Colombia, de donde pensé que no regresaría. Entretanto Elías se fue integrando

poco a poco en nuestra vida de forma que, si mamá estaba ausente, era él quien

con mi padre resolvía cuantos asuntos surgieran.

Creo que mamá encontró en Elías su alter ego. Si lo pienso ahora, sin

aquellos celos que aún entonces me corroían, reconozco que era evidente que su

mutuo entendimiento les colmaba de forma que por primera vez vi a mi madre,

381


que siempre fue tan independiente, y que lo seguía siendo, compartir sus días sin

ocultarlo; y feliz de hacerlo. La abuela Solange fue la única que se mantuvo al

margen; entre otras cosas, todo sea dicho, porque mamá también quiso que así

fuera. Lo que indica que nunca llegaron a superar sus diferencias pese a que la

abuela intentaba comprender a aquella hija suya corriendo siempre por el borde de

todos los abismos.

- ¿Crees que tu madre está bien con ese psiquiatra judío?

Y es que la abuela tampoco podía cambiar tanto como para adaptarse sin

reticencias. Pero desde que murió mamá, se ha ido como encogiendo, pienso que

abrumada por la pena. Ahora, además, ya no vamos al cine. Como hizo la abuela

Camila, ella también deja transcurrir el tiempo mirando el pasado en el jardín de

Ranelagh. Alguna tarde consigo llevarla al Yamazaki donde todavía charlamos de

muchas cosas; aunque, como no quiero asustarla con mis historias - y no digamos

con mis cadáveres -, procuro hablar de lo que sé que le gusta o interesa. Al abuelo

sólo lo vi la Navidad de los años 97 y 98. Hizo ver que sabía quienes éramos, pero

no nos reconoció: ni a mamá ni a mí; y pienso que a la abuela tampoco. Todavía

vive. Si eso es vivir.

Hasta el día que me llamó Bonny Spencer desde Pristina, mi madre y yo

continuamos yendo a Barcelona con periodicidad, aprovechando las idas y

venidas de Cadaqués adonde íbamos tanto como nos era posible. A principios del

382


invierno del 98, mamá trasladó a París los cuadros más valiosos, casi todos

nuestros libros y discos así como una colección de objetos de plata modernista,

colección heredada de su abuela Claire y que ella prosiguió en 1992 cuando

encontró una extraña jarra de la que se prendó continuando así una arraigada

afición de los Beaumont-Rochelle. Cuando murió, todavía descubrí una colección

de joyas de la India del sigo XVIII, cuya existencia ignoraba. Mamá y sus eternas

contradicciones. ¿No le había parecido siempre extremadamente burgués la

acumulación de objetos de arte como un signo más de ostentación?

A veces me pregunto qué voy a hacer con todo ello y con lo de los abuelos,

que algún día llegará, como me dice la abuela feliz porque cree que el único

heredero que ha quedado, en lugar de la trotamundos que fue su hija menor, será

un hombre de bien, de estudio y sensato. , suele apuntarme con

frecuencia. Si supiera mi locura, mis miedos y el caos en el que vive mi alma...

La casa de Gràcia, sigue teniendo mucho encanto: despojada de los

objetos y muebles que mamá trasladó a París, tiene un aspecto algo fantasmal pero

a mi me gusta porque este vacio está lleno de recuerdos. Ya instalados en París,

mamá me preguntó si la quería alquilar puesto que nos habían hecho una

excelente oferta.

- Mami, si nos hace falta el dinero, hazlo, por supuesto.

383


- Si fuera así, te lo hubiera dicho, pero ya estaría alquilada. Aunque

convendrás conmigo en que tampoco se trata de tirar el dinero y

mantener una casa que, tal vez, usaremos poco.

- No lo hagas, mamá. A lo mejor los abuelos todavía no se han ido,

porque, en algún sitio estarán, ¿no?

- En nuestra memoria, Matt: ahí están, pero si necesitas la casa un

tiempo más para preservar esta memoria, por el momento la

conservaremos.

Max, después de la boda de Dinah, prefirió continuar viviendo en Nueva

York donde estudió psiquiatría. En algunas facetas, cada día se parece más a

Elías y sé que vuelven a mantener una relación muy estrecha, como en los tiempos

de Hammersmith, aunque ni Elías se ha cuestionado regresar a Estados Unidos, ni

Max vivir en Europa. No sé cómo explicarlo, pero Max es muy neoyorquino. Me

lo imagino muy bien atendiendo a pacientes hipermillonarios en un espléndida

consulta con vistas a Central Park; o en un sofisticado loft en el Soho. Elías, en

cambio, siempre será un superviviente centroeuropeo.

Mi padre sigue con Blanche la vida de siempre. Voy poco tanto a Buchy

como al piso del Marais, pero ahora lo veo a menudo. Solemos comer juntos una

vez a la semana. Él me provee de excelentes grabaciones de música clásica y yo

de libros. Le encantan Cover, Auster, Amis, De Lillo, Sebald... Por mi parte,

384


ahora que nadie pretende que toque el piano, me he convertido en un gran

conocedor de los mejores registros. Me gusta Bach y también Satie. Aunque en

este momento estoy plenamente inmerso en los grandes clásicos del jazz: John

Coltrane, Dizzy Gillespie, Charly Parker... Al cine me encanta ir solo, pero como

a veces veo la misma película dos o tres veces, si creo que alguna le puede gustar

a Elías, vamos juntos y cenamos intentando ignorar la ausencia de mamá. Con

frecuencia aún creo que aparecerá de un mo mento a otro, diciendo aquello, de

‘perdón, perdón, había un tráfico espantoso, ¿si como sólo un plato, llegamos al

cine?’ Pronto hará dos años que murió, pero ni uno ni otro lo hemos aceptado;

aunque la vida continúe y a pesar de que intento olvidarlo inmerso en mis libros,

en la música y en Cadaqués.

Pese a ese dolor, pienso que mi madre, en cambio, tal vez tuvo suerte:

consiguió esquivar el tercer milenio, viviendo sin detenerse, y arriesgando mucho

los casi cuarenta años que le habían sido concedidos. Por una parte,

adelantándose muchas veces al comportamiento que la sociedad esperaba de una

mujer de su época y entorno y, por otra, conservando una educación y un gusto

por los detalles y por las formas más propio del los primeros años del siglo XX.

Una contradicción que, ahora que ha pasado algún tiempo y que he podido

reconstruir una parte de nuestra memoria, me doy cuenta que la incapacitaba para

afrontar plenamente otra época, otra sociedad y otros valores puesto que

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difícilmente hubiera sobrevivido, pese a su empeño por creer en el futuro de una

sociedad plural. Ella, justamente, que no acabó de escapar a su condición singular.

Al fin y finalmente también pienso, por disparatado que parezca, que tal vez se

fue a un frente de guerra simplemente con la esperanza de morir y así cesar de

buscar más paraísos. Pese a Elías y también a mí.

386


4.

Veo a mi ahijado cada año. Es un niño que me encanta. Divertido e

ingenioso como Mich, y muy inteligente. Tiene preguntas sorprendentes y

respuestas descojonantes para todo. Este año pasará conmigo su primera semana

en París: será mi regalo por su duodécimo aniversario. Y, si aprueba su curso,

también vendrá unos días a Cadaqués en verano.

Marcia y Roberto continúan en casa. Les gusta mucho París, aunque, desde

que murió mamá, van a Chile algunos días de febrero, cuando allí es pleno verano.

Este año, además, regresaron encantados con el arresto domiciliario de Pinochet,

pendiente de un posible juicio. Lo celebraron con una cena y un baile hasta el alba

con los pocos amigos que no habían desaparecido. Marcia está muy graciosa en

las fotos de ese día.

Henry y Batiste vinieron a la misa que mi abuela quiso celebrar en

recuerdo de mamá y a la que no pude negarme. Cuando los vi aparecer por la

puerta de Notre Dame de l’Assomption, di por buena aquella ceremonia que mi

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madre no habría querido. Henry, quien en los últimos diez años sólo dejaba

Cadaqués para visitar a sus padres en Burdeos y que siempre decía que, por el

bien de su alma y de su cuerpo, no volvería a París, rompió su promesa para

despedirse de mi madre. Nunca he sabido si Henry estaba enamorado de ella. No

es improbable: por algo conserva encima de su escritorio un bonito dibujo a lápiz

que le hizo el verano que nos conocimos, aunque, tal vez, consciente de sus

exiguas posibilidades, prefirió no insinuarle jamás ni el menor deseo y no

perderla.

En la última fila del templo, estaba Maurice. Lo vi al salir y sólo nos

saludamos un segundo con la cabeza. Un tiempo después lo encontré en Roissy, a

punto de embarcar con una muchacha muy joven y algo vulgar; aunque, como

apreciamos los hombres, estaba buenísima. Pero él nunca me pareció tan viejo.

El año pasado, Batiste empezó Biología y, cuando termine, vendrá a París

para estudiar Física Nuclear. No podemos ser más opuestos, pero me encanta su

capacidad poética para exponer cualquier tema de contenido científico y, además,

él es mi cabeza y mi conciencia cuando se me sueltan todos los tornillos. El correo

electrónico hace posible que mantengamos contacto diario, lo que me ha evitado

no pocos momentos de desesperación y desvarío. El año pasado empecé Filología

Inglesa y Filosofía y Letras. En el futuro no sé lo qué haré. Escribir, espero.

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Mientras el futuro llega, Elías controla mis gastos y mi patrimonio,

aunque, de alguna manera, intento vivir como si careciera de medios económicos;

entre otras cosas, dando clases particulares a chicos imposibles y mimados.

Empecé a hacerlo el curso antes de empezar la Universidad, cuando mi madre me

dijo que espabilara si quería más dinero de bolsillo. Y lo sigo haciendo porque

pienso que así no fallo a su recuerdo y porque sé que, como ella, quiero escapar al

sistema. Aunque todavía no sé cómo. Ni para qué.

Yael vivió un año en Londres. En septiembre de 1998 se fue a vivir a Tel

A-viv con un fotógrafo americano. Elías y mamá fueron a Londres a despedirse

de ella. Mamá me dijo que su novio era una persona con mucho encanto y que

parecía buen chico. Cuando mamá me enseñó las fotos de ese viaje, sentí ganas de

gritar fuerte, muy fuerte. Tal era mi dolor. Pero las miré y hasta seguí los

comentarios de mamá. Sí, la constitución de Yael hacía recordar en cierto modo a

Mich.


- De no tratarse de tus padres, Yael, no hubieran existido las cartas, ni

nuestra culpa.

- ¿Sabes? Durante este año he leído lo que Matt llamaría los grandes

clásicos del romanticismo: El rojo y el negro, Cumbres borrascosas,

Madame Bovary… Ésta última era una tía un poco pelma, ¿no? Pero,

bueno, me ha ayudado. Pienso que Matt me hubiera aconsejado añadir

alguna historia de pasión más actual.

Pero Yael no me preguntó nada. Primero conté los días, luego las semanas

y los meses, hasta que empecé a contar las estaciones.

Mi querido hermanito:

Como eres un cotilla, no te hablaré de mi novio que es lo que más te

gustaría para masoquearte a gusto. Ni me enrollaré como una persiana, como tú

harías, complaciéndote con una perorata existencial. Me largué porque pensé que

era lo mejor para que el futuro siguiera siendo nuestro. Porque yo quiero a mi

padre, mucho incluso. Y también a tu madre. Pero ellos son el pasado, cuanto

menos, nuestro pasado. Y nosotros, el futuro.

Soy razonablemente infeliz porque - aunque no tanto como tú - mi

capacidad para la felicidad es limitada. Sin embargo hace más de un año que

vivo con una persona que tiene mis mismos intereses, inquietudes, trabajo y etnia

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en un país que supuestamente me pertenece. Sé que lo que te gustaría ahora es un

discurso político. Pero no pienso. Lo decidí antes de llegar a Israel. Y lo decidí,

sobre todo, el día que le comenté a tu madre la foto del padre judío por la que le

dieron el premio. ¿Sabes lo que me dijo?

Cuídate, Matt. Y cuida a nuestros padres. Shalom

Yael Nathan

Tel A-viv, 10 de enero de 1999

Cuando murió mi madre, Yael estaba en Benarés haciendo un reportaje

para la televisión. Mi padre tardó cinco días en localizarla.

Matt, no hay muro lo bastante extenso en donde clamar por mi dolor y el

tuyo. Ahora siento que no ha habido nada más baldío que mi huida. Y, sin

embargo, no sabes cuanto envidio a tu madre. Podía haber renunciado a luchar y

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a seguir buscando, y más ahora, que a tu amor podía sumar el de mi padre. Pero

la envidio porque escogió vivir.

de 1999

Yael Nathan

Benares, 15 de mayo

En junio del mismo año, Yael dejó Israel y a su novio; vivió unos meses en

Estados Unidos y en febrero se instaló en Sidney contratada por la oficina de

prensa del Comité Olímpico. Supe por Elías que en el viaje de Nueva York a

Sidney, se detuvo un día en París para visitarlo. Elías me dio un libro de su parte,

una biografía de Bruce Chatwin escrita por Nicholas Shakespeare. Desesperado,

hice ver que la ojeaba buscando en realidad una nota, un aviso, el ticket de caja, lo

que fuera con tal de que le hubiera pertenecido siquiera un segundo. Elías me dijo

que había encontrado a su hija en plena forma y muy guapa. Intenté imaginarme

cómo sería Yael cumplidos ya los 22 años. Alguna noche me dormía mirando la

última foto que le había hecho mi madre en Londres: con la cabeza llena de rizos

largos, la mirada risueña y aquel gesto decidido y tan atractivo. Ya en casa,

constaté que el libro no contenía ningún mensaje oculto. Creo que fue Yael la que

me hizo ver que si bien los hombres cargábamos con la fama de ser unos

cobardes, las mujeres podían ser de una crueldad indescriptible.

392


Asunto: Libro

Fecha: Thu 14 Mars 2000 19:27:1:16+0100

De. “Matt Cases”

A: “Yael Nathan”

Mi querida hermanita, que tú dirías. Ya me he leído a Chatwin. ¿Debo

darte las gracias porque me estás sugiriendo que viaje y folle compulsivamente sin

mirar sexo y condición ? Porque si eso es todo cuanto tienes para decirme,

después de casi dos años y medio, el futuro del que me hablabas en tu carta, se

acaba de ir a la puta mierda.

Matt

Asunto: Re: Libro

Fecha: Fri 16 Mars 2000 9:23:47+0100

De: “Yael Nathan”

A: “Matt Cases”

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¿Sabes lo que te digo, Matt?: Que siempre serás un merluzo. ¿Desde

cuando esperas que los libros lleven un mensaje subliminal, además del propio

texto? Si leído Chatwin te quieres ir a La Patagonia, o donde sea, y follar a

destajo, por mí, bien; pero yo, querido, te lo compré sin más. Lo vi y pensé que a

mi erudito Matt le gustaría, sin que por ello nuestro futuro se fuera a la mierda.

Pero como no soy rencorosa y sé que se te pasará, te mando un beso.

Shalom.

Yael

¿Existe algo más cruel que una mujer?. No, creo que no. Así que leído este

maravilloso email, me dispuse a pasar otros dos años, o decenios, imaginando a

Yael.

Querido Matt:

Supongo que ya sabes que tengo dos hermanos gemelos, prodigio de la

inseminación artificial. Se llaman Sam y Ricky. Y tanto mamá como su marido

están embelesados. En fin, aunque la distancia entre nosotras no ha hecho sino

que pronunciarse, me alegra ver a mi madre contenta, aunque me desespere esa

felicidad suya, horrenda y dorada. A veces la observo intentando recordar cómo

era en Hammersmith. ¿Recuerdas que tú mismo procurabas convencerme de sus

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infinitas cualidades y de su disponibilidad para hacernos la vida agradable?

Pues, en este sentido, nada ha cambiado, sólo que entonces a mí me importaban

un pito sus excelencias culinarias; me crispaba la puñetera precisión con la que

cuidaba la casa y me repateaba su manifiesta adoración por Max.

Pues bien, superada su crisis y consecuente etapa de desesperación e

histeria, ahora vive idílicamente en un ambiente de casa de la pradera con un

marido que va llenando la costa oeste de Estados Unidos de unos supermercados

inmensos con cuyas ganancias ha construido una casa que merecería el Guinness

al peor gusto y despilfarro. Pero mamá es feliz porque Ricky le rinde pleitesía.

Cuando veas las fotos de estos días, lo entenderás. Ricky ha instalado un árbol de

Navidad tan espectacular que emula, de largo, al de la Casa Blanca. Porque

ahora mamá celebra la Navidad. Bueno, lo celebra todo. El nombre de mis

hermanos ya indica por dónde van los tiros: Sam mantiene las raíces judías y

Ricky la tradición presbiteriana de su padre quien por lo visto ignora que sus

hijos, por ahora, son judíos pese a que mamá y su marido convinieron que fueran

sus propios hijos los que decidieran en el futuro qué religión abrazaban. El caso

es que la dualidad hace que aquí se celebre TODO: Navidad, Fin de Año, Roch

Hachana, el día de Acción de Gracias, la Pascua católica, Yom Kipour,

Pèssa’h… En suma y como te decía, TODO. Max y yo nos quedaremos hasta el

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29 y luego iremos a Jackson Hole a esquiar con papá donde no has querido

reunirte con nosotros.

Matt, sé que con Batiste estarás bien y que Cadaqués es tu refugio más

seguro, pero cuando recuerdo lo cálidas y excepcionales que eran las Navidades

con tu madre, no entiendo tu empeño en hacerte la vida más difícil, como si el

aprendizaje del dolor fuera una enseñanza insoslayable. Lo es, Matt. Pero no

hace falta que no evites lo innecesario. Bien, como te conozco, sé que no voy a

convencerte. Pero aunque sólo sea como ejercicio, haz el esfuerzo de

reconsiderarlo.

En cuanto a mí, no sé si sabrás que, finalizadas las Olimpíadas, estuve dos

meses en Israel con mi novio, la persona más capacitada de cuantas he conocido

para proporcionarme ese espacio de felicidad al que todos, hipotéticamente,

aspiramos. Pero, por el momento, no soy capaz de tener más compromiso con los

afectos que con aquellos que ya existían antes: hacia mamá, por supuesto; así

como hacia papá, Max y hacia ti, merluzo. Tal vez porque soy una egoísta feroz

que cuenta con vuestra paciente espera y que, por ello, no preciso otra referencia

afectiva. En suma, tengo veintidós años y deseo vivir tal y como hizo tu madre.

Algún día llegará el tiempo de amor y tampoco quiero perderme la oportunidad,

una vez más egoísta, de tener un hijo. Todo eso llegará; pero como diría Grass

‘es tiempo largo’. Entretanto, pienso que me quedaré unas semanas en Nueva

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York donde tal vez me instale el próximo invierno; gracias a mi trabajo en Sidney

he podido establecer contactos que ahora prometen ser muy útiles.

Hecho a faltar nuestra casa junto al río y nuestras charlas y paseos. ¿Te

acuerdas de Johny Black? ¡Era genial! Y Violet, ¿qué habrá sido de ella?

Deberíamos ir y ver qué ha dejado el tiempo de todo aquello. Pienso que desde

París podríamos hacer un salto algún fin de semana esta primavera. Y luego, en

verano, Cadaqués ¿verdad, Matt?

Shalom.

2000

Yael

Sarasota, 20 de diciembre de

Recibí esta carta la mañana del 27 de diciembre, y la leí mil veces

pensando en cuán desconcertantes e imprevisibles eran las mujeres. O cuanto

menos las que yo había querido o deseado; desde la misma Âdele, con sus

singulares lecciones de piano. Por no decir mamá y Yael, ambas abandonándome

sin pausa al tiempo que vampirizaban mis sentimientos.

Tenía mi billete para salir la mañana siguiente a Barcelona donde me

reuniría con Batiste para pasar el fin de año en Cadaqués. Pero, aún así, miré por

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Internet todas las posibilidades que me permitían ir a Wyoming lo más rápido

posible. Tal era mi estado de desesperación.

- Matt, ¿cómo va todo? Dentro de una hora sale mi tren, ¿a qué hora

llega tu avión mañana?

- Bueno, creo que a las once menos cuarto - le contesté lacónico a

Batiste.

- Perfecto, si retomamos el horario español, a las 3 podemos estar en

Cadaqués y comer con papá en el Tao un delicioso basmati con

verduras y pollo.

- Sí, sí, claro – tartamudeé.

- ¿Oye, te pasa algo?

- No, Batiste. Es que esta tarde había pensado en que podríamos ir a

esquiar.

- Es una idea – contestó sorprendido – pero, ¿no crees que podemos

esperar a febrero? Además, ¿dónde pensabas que fuéramos a estas

alturas?

- A Wyoming.

- Oye, Matt, tengo prisa y no estoy para tus neuras: si quieres ir a

Wyoming, ve tu solo pero, yo, de ti, dejaría de hacer el capullo. ¿Sabes

cuántos años han pasado desde aquella historia?

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un libro.

- Casi tres.

- Pues, te prometo, que no viene de uno o tres más; pero haz lo que

quieras. Te esperaré hasta las doce en el bar Zurich.

Batiste me esperaba con su inmensa mochila atada a la silla, leyendo al sol

- ¿Qué estás leyendo?

- “Ravelstein”, de Bellow; me lo recomendaste tú.

- Ya lo terminarás en Cadaqués - le respondí contento dándole una

colleja.

El 1 de enero del 2001 vi cómo amanecía el siglo XXI en el restaurante del

Cap de Creus. Cuando despuntó el primer rayo de sol, pensé que no había más

felicidad que aquella ya que yo parecía incapaz de proporcionarme otra. Luego,

hace dos meses, regresé a París y a mis clases, diciéndome que, por una vez,

aunque fuera gracias a Batiste, había escogido la serenidad y que probablemente

me convenía no cambiar de guión.

Durante este tiempo, cuando me he desesperado acuciado por la tristeza,

he recordado las mil veces que mi madre me había dicho que, con el tiempo, nos

alejaríamos: que ella detestaría verme dar bandazos buscando mis paraísos y yo a

ella por no creer más en ellos. Y por su vejez.

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Pero como mi madre se fue antes de que se cumplieran estos pronósticos,

yo no he hecho más que verla por todo el piso trenzándose y destrenzándose el

pelo, como hacía mientras hablaba por teléfono; y desaparecer por las mañanas

con sus bártulos, dejando el perfume de su piel en cada rincón; e imaginar que

aquella noche cenaríamos juntos y que yo la esperaría tan dispuesto a dejarme

seducir por su encanto como a resistir que me ignorara por un inesperado cambio

de humor. Y, para colmo, me he dormido recordando a Yael, evocando su cabello

lleno de luz sobre la almohada. Y preguntándome cuándo desaparecería toda

aquella montaña de recuerdos convertidos en dolor y memoria.

Pero hoy, ya no sé nada. Yael llega mañana.

París, 5 de marzo de

2001

400