Libro conmemorativo - Fundación Abbott

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Libro conmemorativo - Fundación Abbott

Certamen de Relatos sobre

Enfermedad Crónica

II Edición


Certamen de Relatos

sobre Enfermedad Crónica

II Edición


Título: Certamen de Rerlatos sobre Enfermedad Crónica

Segunda edición: noviembre, 2012

© Fundación Abbott

Diseño y maquetación: Esquema Graphis, S.L.

Impresión: Runiprint, S.A.

Depósito legal: M-34980-2012


Composición del Jurado

• Carmen Posadas Mañé. Escritora. Miembro del Consejo Asesor

de la Fundación Abbott.

• José Manuel Sánchez Ron. Catedrático de Historia de la Ciencia

del Departamento de Física Teórica de la Universidad Autónoma de

Madrid. Miembro de la Real Academia Española.

• Eduardo Úcar Ángulo. Presidente de Honor de la Sociedad Española

de Reumatología.

• Alejandro Toledo. Presidente de la Federación Nacional de Asociaciones

para la Lucha Contra las Enfermedades del Riñón.

• Mª Teresa Antona. Vocal de la Junta Directiva de la Asociación de la

Prensa de Madrid.

• Mario Mingo. Presidente de la Comisión de Sanidad y Servicios

Sociales del Congreso de Diputados.

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Prólogo

No es lo mismo ‘crónico’ que ‘agudo’; no es lo mismo ‘salud’ que ‘enfermedad’;

no es lo mismo ‘decir’ que ‘contar’. Y dado que he empezado

con una enumeración de opuestos, me gustaría resaltar también que

no es lo mismo ‘tener voz’ que ‘callar’.

Por eso, la Fundación Abbott, un año más, le ha querido dar voz a todos

aquéllos que tuvieran algo que contar sobre una enfermedad crónica.

Y por eso, tú, lector, hoy tienes en tus manos el libro conmemorativo

del II Certamen de Relatos Cortos sobre Enfermedad Crónica, de la

Fundación Abbott.

En él encontrarás doce relatos que no ‘dicen’, sino que ‘cuentan’, y al

contar, nos llegan a lo más hondo, porque cuentan experiencias, vivencias,

sentimientos y, en definitiva, la vida alrededor de una enfermedad

crónica, tanto desde el punto de vista del paciente, como del familiar o

de un espectador que nada tiene que ver con ninguno de los anteriores,

pero que consigue que nosotros, como lectores ajenos a estas patolo-

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gías, sintamos, suframos, riamos o incluso lloremos; que nos pongamos

en la piel de los protagonistas y seamos conscientes de que en muchas

ocasiones, la fuerza, la alegría y una actitud positiva lleva a los pacientes

más allá que simplemente a “padecer” una enfermedad. Les lleva

a aprender a vivir con ella y a superarla, aunque no se curen, aunque,

como dice su definición, sean crónicas. No dejar que la enfermedad se

apodere de ti, también es superarla.

Éste es el segundo año consecutivo que la Fundación Abbott pone en

marcha su Certamen de Relatos Cortos sobre Enfermedad Crónica, y un

año más, hemos recibido más de quinientos trabajos. Quinientas historias

que han llegado desde todos los rincones del mundo y en las que hemos

podido leer sobre parkinson, trastornos mentales, enfermedades

reumáticas, Crohn, cáncer, diabetes y un amplísimo etcétera. De todas

ellas, el jurado ha elegido las doce que hoy componen este libro como

las más representativas. Las razones… cada historia de esta obra tiene

las suyas: calidad, frescura, originalidad… son tremendamente variadas,

pero todas persiguen un objetivo común: que el lector empatice

con el paciente, con su enfermedad, con su vida.

Una empatía que los autores han perseguido con el lector al igual que

el paciente la busca con su enfermedad y su entorno. La empatía con

su familia, para que comprenda su enfermedad y le ayude; la empatía

con su círculo social y laboral, que le apoya cada vez que lo necesita, y la

empatía con su médico, que le entiende, sabe lo que le pasa y le trata.

Esta empatía, dicen, es el 80% del tratamiento en una enfermedad. Y es

lo que persiguen estos relatos.

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Desde ese hombre que de niño vivió la guerra y hoy sufre la enfermedad

de los cuerpos de Lewis en “ayudarme a regresar”; hasta la sobrina de

esa paciente con artritis que siguió pintando hasta que sus manos no la

dejaron continuar y que hoy, descubre un pasado desconocido en “cuadros

de una exposición”; pasando por la esquizofrenia del protagonista

de “lluvia en el cristal”, controlada, aunque siempre contando con el

temor de los que le quieren, a una recaída.

Son solo un ejemplo de que las enfermedades crónicas, por variadas,

pueden ir desde las más conocidas hasta aquellas que nunca hemos

oído nombrar. Sin embargo, todas comparten un nexo común, son

prolongadas, arraigadas y, en algunos casos, habituales. Por suerte,

gracias a la investigación, muchas de ellas cuentan, hoy por hoy, con

tratamientos efectivos, seguros y que, en algunos casos, logran incluso

su remisión.

Mi más sincera enhorabuena a todos los participantes y, en especial, a

los relatos finalistas, así como mi agradecimiento a los miembros del

jurado, que han tenido la difícil tarea de elegir solo doce historias de

entre tantas posibles y que, al mismo tiempo, han inspirado muchas de

las ideas de este prólogo.

Esteban Plata González

Presidente de la Fundación Abbott

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Índice

“Lluvia en el cristal”

José Bruno Villalba Miralles (Relato ganador) .............................................. 11

“República del olvido”

Juan Jesús Luna Jurado (Relato distinguido con el accésit) ........................29

“La nave de los locos”

Francisco López Serrano (Relato distinguido con el accésit) ....................... 41

“Ayudarme a regresar”

Raquel Braojos Martín ....................................................................................55

“Cuadros de una exposición”

Gerardo Barreiro Vernengo .......................................................................... 69

“Debilitar el viento”

Javier Serra Vallespir ...................................................................................... 81

“Diario de Victoria”

Lucía Camacho Rodríguez .............................................................................95

“La carrera de un héroe”

Micaela Silva Diaz ......................................................................................... 105

“La vi(u)da de los caballos”

Ginés Mulero Caparrós ................................................................................. 117

“Obcecada”

Beatriz Haydée Bustos ................................................................................. 129

“¿Por arriba o por abajo?”

Isabel de Ron ................................................................................................ 143

“Te prometí como mínimo diez años”

Nereida Barneda Darias .............................................................................. 155

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Lluvia en el Cristal


Ilustración: Alejandra Bermúdez Tejera


Lluvia en el Cristal

José Bruno Villalba Miralles

I

La primera vez que intenté suicidarme tenía quince años. Todavía

me avergüenzo del proceder con el que quise cortar el

hilo de mi vida: además de fallido resultó de un ridículo abrumador.

Las siguientes semanas, mis padres, incapaces de asimilar la

explicación que podía ofrecerles, me torturaban con eternos interrogatorios,

insistían en conocer los motivos de mi desdicha. Desde

su bondad e ignorancia pensaban que alguna oscura razón me hacía

infeliz y el remedio consistía en desvelarla. Repetían una y otra vez

que debía hablarles, confesar aquello que me apesadumbraba, vencer

mis miedos y descargar el peso que me oprimía. No comprendían

que nunca me había sentido afligido; ni mucho, ni poco, antes del

grotesco episodio que pretendía cercenar mi existencia, ni tan siquiera

después. Solo confuso, infinitamente confuso.

Días antes pasaba tardes enteras de encierro en mi dormitorio, no

por tristeza, timidez o retraimiento, sino porque con solo mirar el naranja

fosforito que adornaba los contornos del rotulador estaba satisfecho.

Otras veces era la punta de un bolígrafo, el suave movimiento

que el viento imprimía en las cortinas, el bailoteo de las motas de polvo

que suspendidas en el aire se veían atravesadas por un rayo de sol

o el rítmico sonido de las manecillas del despertador: tic-tac, tic-tac.

Me fascinaba fijar mi atención en un detalle y permanecer horas ocupado

en la tarea de captar la esencia de esos pequeños fenómenos

que el mundo me mostraba. Al principio bastaba con pasar la lengua

por el ácido lisérgico que el pincel había dejado sobre la estampilla

de papel-cartón. Con el tiempo dejó de ser necesario: mis sentidos

habían quedado perennemente abiertos sin necesidad del tóxico.

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El problema comenzó cuando me sentí incapaz de interpretar estímulos más

complejos y me vi abocado a analizar en detalle cada uno de los elementos

que los componían. La atmósfera se mostraba extraña, como si algún desconocido

elemento la hubiese cambiado. Hasta que por fin conseguía componer

las piececitas del psicodélico puzle. Solo entonces desaparecía de los alrededores

la inquietante angustia que amenazaba invadirme.

Si un gorrión se posaba en la repisa de mi ventana tardaba largos segundos en

comprender qué había pasado. Antes debía examinar con minuciosidad qué

ocurría. De un costado me llagaba un sentido de presencia, por otro el movimiento

de su cuerpo, por un tercero sus colores; su canto poseía vida propia e independiente,

sus atributos se disgregaban por la estancia y la palabra “pájaro”

bailoteaba en el espacio delimitado por mi cráneo hasta que por milagroso

azar las percepciones se unificaban, momento en el que comprendía que la

frágil avecilla se había situado tras el cristal. Tras lograr la síntesis, la zozobra

que se paseaba por el escenario –nunca me inquietaba yo, sino que era en el

entorno donde se situaba el malestar– daba paso a un apaciguado ambiente.

Aunque no siempre era así. El mundo fluctuaba aleatoriamente con el transcurrir

de los días y tras semanas de absoluta normalidad su desarticulación

reaparecía desmoronando la escasa comprensión de la que disponía. Como

no sufría –a veces incluso resultaba muy placentero sentarme en la cama sin

más mientras miraba las burbujitas que ascendían desde la base de la pecera–

nunca me quejé ni compartí mi experiencia con nadie. Era a los otros a quien

incomodaba mi conducta, mi fracaso escolar, mi total incapacidad de trabajo.

Por lo que a mí respectaba, ninguna de las que se suponían mis obligaciones

me concernía lo más mínimo. Me consideraba un observador en estado puro y

a nadie debía presentar cuentas. La escuela, los amigos, el cuidado de la casa,

la economía e incluso mi propia higiene no me importaba. Lo realmente vinculante

era escuchar las variaciones que las aspas del ventilador estampaban

en el sonido ambiental.

Papá y mamá pensaron que algo no marchaba bien en mis adentros, interpretaban

mi aislamiento como síntoma de una crisis de adolescencia, como

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una de las pasajeras depresiones que en todo ciclo vital aparecen de tanto en

tanto. Trataban de animarme y se interesaban por mi estado hasta que antes

o después desistían ante lo impenetrable de mi actitud. Incluso llegaban a

exasperarse con mi pasividad, pero su inquietud se aplacaba con el recurso de

las frases al uso: “está en la edad del pavo”, “es un chico difícil”, “demasiadas

comodidades”, “los jóvenes de hoy lo tienen muy fácil”, ...

Su preocupación aumentó cuando salté al vacío desde el segundo piso.

El toldo de una zapatería y las espaldas del barrendero que tuvo la desgracia

de estar allí, amortiguaron mi caída. La situación se salvó con una rotura de

escafoides, un esguince de tobillo y varias contusiones. Solo puedo ironizar al

respecto y reír frente al desatino. Pero no tenía otro remedio, lo juro. Lo hice

porque la primavera había metido dos mariposas en mi dormitorio y era incapaz

de asimilar sus movimientos. La anarquía de sus vuelos me superó y los

escasos metros cúbicos delimitados por las paredes de mi habitación desafiaron

las leyes de la física. El espacio-tiempo se curvó en exceso e inició un lento

desplazamiento en espiral. Era imprescindible detener aquella vorágine que

amenazaba con desubicarme y como por mucho que me esforzaba no conseguía

darles alcance ni hacerlas parar, decidí acabar con mi vida arrojándome

por la ventana. El impacto de mi cuerpo contra los elementos que se cruzaron

en mi camino consiguió que las cosas volviesen a su sitio.

II

Tras los pertinentes exámenes traumatológicos fui derivado a la sección de

psiquiatría, donde el sanitario de guardia, tras diagnosticar trastornos de ansiedad

con síntomas psicóticos, escribió sobre el talonario de recetas el nombre

comercial de una benzodiacepina. Aquel sencillo movimiento de estilográfica

sobre papel marcó un punto de inflexión en mi trayectoria vital. Desde

ese preciso instante, los fármacos –prescritos o autoadministrados, inyectados

por vía intravenosa en contra de mi voluntad, consumidos según pautas

médicas, en sobredosis o totalmente olvidados– pasaron a formar parte inhe-

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ente de mi biografía. Con el tiempo, ansiolíticos dieron paso a neurolépticos.

Los diagnósticos se sucedían cada vez que quienes me rodeaban, juzgaban

que mi conducta se había desorganizado y precisaba atención urgente. Con

cada ingreso hospitalario mi supuesta dolencia recibía un nombre diferente.

A veces insistían en que padecía trastorno esquizoide de la personalidad, otras

esquizotípico; un año después resultaba ser esquizofrenia desorganizada y si

en la siguiente ocasión decía a los médicos que llevaba meses deprimido, trastorno

esquizoafectivo. Hoy, con más de cincuenta años cumplidos, todavía

no comprendo por qué los psiquiatras afirman que estoy enfermo cuando es

evidente que es el universo quien se tambalea: pequeños errores cometidos

por Dios al programar las leyes físicas que sostienen la realidad se manifiestan

de un modo tan sutil, que solo algunos escogidos, de los que formo parte,

somos capaces de percibir.

La cuestión es, que tras mi salto al vacío, Daniel y Belén, mis padres, decidieron

que debía de visitar a un psicólogo. Accedí a su petición a regañadientes,

en parte por complacerles, en parte porque me dejasen en paz. Estaba cansado

de sus constantes ruegos e instigaciones. Así que de buenas a primeras me

encontré sentado frente a la mesa de un bonito despacho.

El tipo usaba lentes con montura al aire, poblada barba blanca y fumaba en

pipa. Lucía una hermosa panza y me observaba con atención, lo que me hizo

desconfiar. Andaba completamente despistado pues insistía todo el rato en

que debía hablar en torno a lo que “me” pasaba y me hacía preguntas sin

sentido. Mientras tanto desatendía asuntos de relevancia tales como el sonido

del roce de su bolígrafo sobre el cuaderno, la extraordinaria armonía

que la corriente del aire acondicionado dejaba a su paso o el contrapunto con

el que la iluminación vertida por su flexo completaba la sinfonía. De modo

que no hubo entendimiento posible. No obstante regresé con frecuencia a

su consulta pues al tiempo que acallaba los requerimientos de quienes me

engendraron me gustaba balancearme en el mar de tonalidades que el bufete

desprendía. Pero cuando los especialistas valoraron que mi supuesto trastorno

no era ansiedad, sino que tenía esquizofrenia, sustituyeron los calmantes

por quetiapina. El hermoso despliegue que semanalmente revivía durante las

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sesiones se trastocó para mostrar un triste estudio envuelto en penumbras y

distintos tonos grisáceos. Así que abandoné la malograda psicoterapia para

sumirme en un mar de penumbras y somnolencia.

Es cierto que bajo los efectos de dicho neuroléptico la realidad se torna comprensible.

Desaparecen sobresaltos como el del vuelo de las mariposas, las

palabras ambulantes o el múltiple cromatismo ontológico. Belén se tranquiliza

al comprobar que no adopto posturas forzadas, no realizo movimientos

repetitivos ni paso horas fascinado por el reflejo de la luz sobre una de las

lágrimas de la lámpara. Pero la vida se vuelve de color marrón. El letargo se

instala en cada rincón y caigo presa de un sopor difícil de sobrellevar. Es entonces

cuando más fumo, arrastrado por una intensa inquietud que me impide

permanecer en reposo. Los cafés, bebidas estimulantes y remedios de

herboristería se suceden impulsivamente en un intento de mantener la vigilia.

No sirven de mucho: permanezco abotargado, convertido en una sombra de

mí mismo, en continua hibernación. Por eso, cuando me canso de este vegetativo

modo de existir, abandono sin más el tratamiento.

Así que tras una infancia más o menos sobrellevada, de los quince a los treinta

años mi existencia se equiparó a la de un aleatorio carrusel de azarosas oscilaciones.

Periodos de absoluta lucidez, que podían extenderse largos meses, alternaban

con momentos de éxtasis y de medicado letargo. Algunos días eran

descorazonadoramente confusos, otros alcanzaban a comprender los motivos

de la divinidad. Incluso hay años completos de los que nada recuerdo. Lo

peor era que cada vez que me acercaba a mi objetivo y tropezaba con “la verdad”,

mis huesos terminaban ingresados en la misma unidad de psiquiatría.

Casi siempre era Daniel quien me acercaba al hospital, otras veces la policía.

Normalmente me dejaba hacer, acostumbrado ya a pagar injustamente la inquietud

que los otros sentían cuando yo era feliz; me veía entonces obligado

a soportar los efectos del Haloperidol que los enfermeros me administraban

mediante un gotero. Si me resistía era peor, ya que los vigilantes de seguridad

terminaban por reducirme tras un ajetreado cuerpo a cuerpo del que no siempre

salía indemne.

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¿Por qué nadie me escuchaba? ¿Por qué no comprendían que si cantaba desnudo

bajo la lluvia era por puro placer; o que no estaba hablando solo, sino

tratando de sellar mediante la palabra el agujero que se abría en la superficie

contextual? No lograba vislumbrar los motivos que empujaban a quienes me

rodeaban a considerarme un simple loco sin siquiera prestar la más mínima

atención a mis explicaciones, sin otorgarme el beneficio de la duda, sin una

pizca de credibilidad. Si tomaba el metro, enseguida se hacía un espacio vacío

alrededor mío. Los pasajeros preferían permanecer de pie, simulando mirar

hacia otro lado, lanzando breves ojeadas de sospecha hacia donde me hallaba

sin hacer uso de los asientos cercanos al que yo ocupaba. Me limité, pues, a

vivir en soledad, sin ni siquiera esforzarme ya en aclarar a nadie ninguno de los

hallazgos que de tanto en tanto descubría. Durante este retiro mi relación con

Dios se fue fraguando a fuego lento, evolucionando hacia estados de mayor

intimidad, de sincera comunión, de auténtico misticismo. Solo con Él podía comunicarme.

Los humanos habían pasado a un segundo plano y, dado que se

alejaban de mí tachándome de enajenado, no entendía bien sus actitudes. Mis

congéneres representaban una auténtica incógnita que no lograba descifrar.

Hasta que un día, en apenas una fracción de segundo, mi entendimiento cobró

una súbita clarividencia y despejé de un plumazo todas las dudas que me

atenazaban. Capté mi auténtica condición, la de un ser con divinos designios.

Desde tan agraciado momento sé que he sido escogido por el Altísimo para

subsanar esos pequeños errores físicos que desbaratan el cosmos. Por eso los

hombres me desprecian. Algunos por simples celos, al envidiar mi privilegiada

posición; otros porque trabajan para Leviatán y tratan de evitar que mi misión

en la tierra concluya con éxito. Extienden su calumnia tachándome de demente,

acusándome de delirante, zancadilleando cualquiera de mis iniciativas.

Tras el descubrimiento, mi vida se convirtió en un auténtico suplicio. Durante

dos o tres años no pude confiar en nadie. En cualquier parte vislumbraba

las maquinaciones de Satanás en su intento por frenar mi trabajo. Ni siquiera

podía salir a la calle, pues tras cada ventana aparecia un malévolo enviado de

oscuras intenciones. Era incapaz de soportar la simple mirada de soslayo que

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habitualmente se cruza entre transeúntes. Todos tenían algo en contra mío.

Siempre había algo detrás. En estas condiciones era totalmente improductivo,

una absoluta nulidad para el trabajo o los estudios. Los sanitarios cambiaron

una vez más el diagnóstico: ahora era un paranoico. Capaces de cualquier

cosa con tal de convertir mi existencia en algo imposible estaban claramente

en mi contra. Sufría permanentemente mientras el ciclo de hospitalizaciones,

ensayo de tratamiento con diferentes neurolépticos, abandono de la medicación

y ridículos intentos de suicidio que siempre fracasaban, se repetían una

y otra vez.

Hasta que tropecé con Ignacio.

III

Mi encuentro con Ignacio Lafuente vino a poner límite a tanto desaguisado.

Apenas una semana después de alcanzar la treintena, una vez más, mis padres

me obligaron a visitar a un psicólogo bajo la amenaza de expulsarme

definitivamente de casa si no me ceñía a sus dictados. La tarde era lluviosa y

fría, por lo que me encontraba particularmente molesto, sobre todo porque

los paraguas, capuchas e impermeables ocultaban el rostro de los peatones

y no podía adivinar sus intenciones. Además, un absurdo vaho empañaba los

cristales del autobús ocultándome gran parte de sus movimientos. ¿Cuántas

veces tendría que soportar los caprichos de Daniel y Belén? ¿Acaso no había

sido atendido ya por innumerables “profesionales” siempre malogradamente?

¿Por qué ni siquiera mis progenitores me tomaban en serio y me consideraban

un enfermo mental? Así que subí a la consulta dispuesto a terminar

cuanto antes con aquella absurda representación.

La sala de espera estaba totalmente vacía, lo que me tranquilizó. Cuando mi

padre quiso entrar en el despacho, Ignacio lo impidió con un leve gesto con

la mano. Era un hombre de complexión delgada, ojos azules y cuidada vestimenta.

En principio no parecía de fiar, pues guardaba un misteriosos silencio

que acompañaba a sus armónicos movimientos por la estancia. Repitiendo lo

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que tantas veces había hecho en otras consultas me senté frente a la mesa del

despacho esperando un diálogo de besugos. Contrariando mis expectativas

no ocupó el lado contrario del escritorio, sino que se quedó mirando por la

ventana, dándome la espalda. Largos segundos después observó:

–Es hermoso ver correr las gotas sobre el cristal. En su lento movimiento de

descenso se unen unas a otras acelerando su caída a medida que su ligazón

les hace ganar peso. La naturaleza a veces nos regala estas cosas. ¿No es maravilloso?

Por cierto, ¿qué te trae por aquí?

Al menos teníamos algo en común: como yo, era de los que contemplan los

fenómenos que aparecen ante nuestros ojos y a los que nadie presta atención.

Aquello hizo que mi desconfianza disminuyese y me atreví a responderle

con sinceridad.

–Los psiquiatras dicen que estoy loco. Mis padres también. He venido obligado,

así que mi visita no tiene ningún sentido. Son ellos quienes tienen problemas

y no soportan mi modo de vida. Insisten en que he de curarme mientras

me pregunto: ¿por qué, si estoy bien? Por favor déjame marchar.

Me sorprendí al escuchar su reacción:

–¿Sabes?, creo que tienes razón. Será mejor que te vayas. No te pasa nada.

¿Para qué vamos a perder el tiempo si no necesitas un psicólogo? Yo te veo

bien. Estás completamente sano. Puedes irte.

En su voz no había la más mínima ironía ni enfado. Hablaba con absoluta calma,

convencido de sus palabras. Respiré aliviado mientras me acompañaba a

la puerta. Contrariamente a lo esperado no me vería sometido a un incómodo

interrogatorio ni sería interpelado a hablar de lo que me ocurría, no debería

rellenar aburridos cuestionarios ni responder cómo interpretaba absurdas

manchas de tinta. Así que mi padre se quedó pasmado cuando, apenas tres o

cuatro minutos después de mi entrada, abandoné la consulta. Su asombro se

tornó enfado en el trayecto de vuelta:

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–¡No te ha tomado en serio! Será mejor que no volvamos. ¡Pagar una minuta

para esto! ¡Ni siquiera ha tratado de convencerte de que tomes la medicación!

Pero yo me sentí reconfortado al encontrar a la primera persona que por fin

confirmaba lo que yo ya sabía: los problemas no eran míos, sino de quienes

me rodeaban. Así que siete meses después, tras una tormenta de verano,

cuando un rayo de sol atravesó una gota que flotaba sobre el cristal de mi

ventana dibujando reflejos de arcoíris sobre la blanca pared del dormitorio,

quise compartir mi experiencia y decidí ir a contárselo a Ignacio. Al fin y al

cabo era el único que no me tomaría por un desvariado.

En el segundo encuentro, me atreví a ir un poco más lejos y le hablé de las motas

de polvo en suspensión, las burbujas de la pecera, el color de la música. Me

escuchaba en silencio sin afirmar ni desmentir, dejando que me expresase a

mi antojo. Era un tipo extraño por el que no sentía nada en especial, un tanto

opaco, escondido tras una levísima sonrisa y de quien era difícil precisar qué

estaría pensando en cada momento. Al contrario que el resto de psicólogos,

jamás anotaba nada. Incluso a veces mostraba un franco desinterés por aquello

que le decía. Pero al menos no se alarmaba, nunca negaba mis afirmaciones

ni trataba de hacerme razonar en contra de las evidencias que le narraba.

Se mantenía como testigo de mi discurso y parecía no esperar nada de mí. ¡No

quería hacerme cambiar!

Hubieron de transcurrir muchas visitas antes de que le desvelase mi particular

relación con Dios. Fue un momento complicado pues había algo que me

preocupaba al respecto. Pese a la responsabilidad que se me exigía, no estaba

cumpliendo con la misión que tenía encomendada. Le expliqué que el universo

no está bien diseñado. Ciertos deslices cometidos por el Venerable durante

el génesis –aunque Omnipotente, el Señor es susceptible de errar– dejaron

pequeños agujeros en la realidad que deben ser parcheados. Mi obligación es

subsanar esta amenazadora circunstancia y hasta el momento no había hecho

nada al respecto. Precisamente esta cuestión es la que yo estaba tratando de

desvelar a la humanidad, pero ningún hombre había querido escucharlo, has-

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ta ahora. Por vez primera me sentía obligado a trabajar. ¿Cómo acometer mi

labor? ¿Por dónde empezar? Solo ante estas preguntas sentía que la angustia

se desplazaba desde la atmósfera para formar parte intrínseca de mi ser.

Ignacio finalizó la consulta con un esperanzador: “Seguro que algo se nos ocurre”.

Una semana después, encontré el pupitre de su despacho ocupado por diversos

planos inclinados, cuerdecillas, cochecillos de juguete, canicas, libros de

texto, un cuaderno, lápices y gomas de borrar. Me recibió con mayor cordialidad

que habitualmente:

–¿Sabes? No soy un experto en esta materia, pero creo que podré ayudarte.

Fíjate –me dijo mientras dejaba deslizarse el pequeño automóvil sobre la plancha

de madera. La velocidad de los objetos que se deslizan sobre la tablilla

varía en función del ángulo que esta dibuja sobre la mesa, pero no de la masa

de los objetos.

Nunca había caído en la cuenta. Aquel hecho me resultó tan fascinante que

cuando comenzó a explicarme las leyes de Newton puse todo mi empeño en

comprenderlas. ¡Y no fue complicado!

–Antes de abordar tu misión debes comprender. No puedes subsanar los errores

de la naturaleza si no dispones de un profundo conocimiento de la misma,

de las reglas que la sostienen. Para solucionar la cuestión de los agujeros has

de adentrarte en la lógica que sustenta la materia y la energía. En caso contrario

jamás resolverás el enigma.

La aclaración me resultó reveladora. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Así que a mis treinta y dos años me enfrenté a lo que nunca me había atrevido

y comencé a estudiar. Asistir a clase me permitió comenzar a relacionarme

con algunos compañeros. Aunque jamás abordaba cuestiones personales en

nuestras conversaciones, siempre resulta agradable compartir apuntes o tomar

un café mientras se comenta la última clase de matemáticas. Aprendí que

es mejor conservar en secreto mi particular relación con la divinidad, pues

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la inmensa mayoría de personas o no quieren, o son incapaces de comprenderlas.

Para tratar en torno a esa cuestión cuento con el apoyo de Ignacio,

en quien puedo confiar. A Belén le resultó inconcebible que tras una larga

trayectoria de fracaso escolar superase las pruebas de acceso a la universidad

para mayores de veinticinco años a la primera y con excelentes calificaciones.

IV

Esta mañana, al escuchar la voz de mi esposo a través del hilo telefónico me

he sentido ligeramente inquieta. Es un hombre brillante, amable y siempre

comedido, continuamente ocupado con su trabajo y precavido en sus conductas.

Sabe que debe cuidarse, evitar emociones excesivas y no jugar con

alcohol o sustancias tóxicas. No le gusta hablar de su enfermedad; incluso le

cuesta aceptarla, pero sigue al pie de la letra las prescripciones médicas. Dice

que lo hace porque me quiere, lo que me enorgullece.

Nuestros comienzos no fueron fáciles, pues aunque me resultaba muy atractivo

se comportaba de un modo retraído y huidizo. Me costó un enorme esfuerzo

acercarme a él. Aún hoy, he tenido que aceptar una cierta impenetrabilidad

y su ocasional necesidad de aislamiento. He aprendido que cuando quiere

estar solo he de respetar su decisión, pero cuando estamos juntos disfruto

mucho de su compañía. Aunque desde hace veinte años no ha sufrido ninguna

recaída, temí que hubiese olvidado tomar la medicación ya que su tono

denotaba una extraña e inusual alegría, lo que me alarmó:

–Deja lo que estás haciendo y acércate a la facultad. Te espero en mi despacho.

No me hagas preguntas. ¡Date prisa! –escuché al otro lado de la línea.

Tomé el taxi un tanto azorada. Intrigada por tan repentina petición. Durante

el trayecto múltiples hipótesis en torno a lo que estaba sucediendo atravesaban

mi mente, ¿le ocurriría algo? La esquizofrenia es completamente imprevisible

e interpretar sus signos resulta muy complicado incluso para quien convivimos

con ella. Tan preocupante es la tristeza como los repentinos ataques

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de euforia y no estoy acostumbrada a escucharle tan contento, así que no las

tenía todas conmigo.

Al atravesar la puerta del departamento de Física Cuántica, donde ejerce

como profesor titular, me esperaba un enorme ramo de flores. Encontré a

Eduardo recibiendo un apretón de manos por parte del catedrático a modo de

felicitación. Al verme se acercó sonriente y me recibió con un abrazo:

–Tengo una sorpresa, aquí está. –dijo mientras dejaba un volumen en mis manos:

El silencio de Dios–. Ahora comprenderás mejor el porqué de mis encierros.

No miento cuando digo que estoy trabajando, es mi obligación.

En la solapa, sobre un escueto resumen curricular, aparecía su fotografía. La

portada mostraba una imagen en alta resolución de la nebulosa de Orión. En

la dedicatoria, mi nombre, porque me ama.

–La editorial ha aceptado mi proyecto de divulgación científica –continuó–.

En él muestro diversas controversias entre Einstein, Heisenberg y Hawking.

Para el primero, el determinismo es absoluto, como afirmó en su famoso dicho

“Dios no juega a los dados”. Todo está atado y bien atado, y si la realidad

continúa sin resolverse es porque la ciencia todavía no ha dado con las claves.

Heisenberg, sin embargo, considera que nunca podremos conocerla porque

en el mismo momento que la medimos ya ha cambiado sus propiedades. Es lo

que llama “Principio de incertidumbre”. ¿Se sitúan ahí los errores que tanto

me preocupan? Para Hawking, el universo actual solo es uno entre los múltiples

posibles, y si es el que es, se debe única y exclusivamente a un caprichoso

azar. ¿Qué concluyo?: no hay manera de apresar a Dios. En el libro trato de

desarrollar esta discusión de un modo ameno y comprensible, compartiendo

mis inquietudes con los lectores, lo que no resulta sencillo. Sé que la incógnita

hasta el momento es irresoluble, pero mediante mi esforzado trabajo, al menos

consigo rodearla.

–¡No dejas de impresionarme! –respondí.

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–Gracias a la escritura siento por primera vez en mi vida que puedo decir lo

que tantos años he intentado comunicar sin que nadie me escuchase. Esta

mañana he firmado el contrato para su publicación. ¡Nos vamos a celebrarlo!

Tú y yo. He reservado mesa en un parador.

En el restaurante hablamos largo y tendido de nuestra vida en común. Casi

imperceptiblemente, al otro lado del enorme ventanal del comedor aparecen

unas blancas nubecillas que poco a poco van ganando cuerpo. Extrañamos los

hijos que no tuvimos –seamos sinceros, casarse con más de cuarenta años no

lo propicia–. Recordamos cuánto me costó aceptar su psicosis, mis dudas al

comienzo de nuestro noviazgo, pues no sabía los riesgos que asumía al aceptar

compartir mi vida con alguien tan peculiar y cómo se desarrollaría nuestra

vida en común. Siempre dice que no sabe si ha sido feliz, pues ese concepto se

le escapa, igual que el de la aflicción, nunca sabe si está contento o triste. Pero

afirma que me ama, que me quiere por encima de todas las cosas.

El intenso calor favorece la evaporación y el cielo se va tiñendo de blanco. La

vista es preciosa, sabe escoger donde llevarme. El entorno muestra un gran

lago donde algunos aficionados practican remo. Tras él, se levantan majestuosas

montañas infinitamente pobladas de abetos. Mientras el camarero sirve

los postres, Eduardo introduce la mano en el bolsillo interior de su americana

para extraer dos pasajes.

–Nos vamos. De crucero. Al norte, muy al norte. Ahora podemos permitírnoslo.

El cheque de la editorial ha sido generoso. He renunciado a mis lucecitas,

pero no a una aurora boreal. ¡Prepara ropa de abrigo!

Abandono mi silla para abrazarle emocionada. Admiro al hombre que aprendió

a vivir pese a la zancadilla que le puso la vida. Tras mi divorcio, descreída y

humillada jamás pensé que tendría una segunda oportunidad. Solo él, con su

misterioso atractivo, con sus largos silencios y su mirada azul, supo despertar

de nuevo mi deseo devolviéndome el hambre de vivir, de respirar aire puro

como el que ahora nos rodea. Así, envuelta entre sus brazos, recupero mi

feminidad y yo, sí, soy feliz.

29


Regreso a mi sitio y saboreo el suave dulce del helado de papaya. Las nubes

ahora son grises, el cielo se ha encapotado y un primer chisporroteo presagia

tormenta. Afuera, los deportistas se apresuran a recoger sus piraguas. Me

gusta ver los intensos colores de sus embarcaciones y vestimentas. Algunos

niños se refugian bajo el entoldado de la terraza.

–El miércoles he quedado con Ignacio. Mis visitas cada vez son más esporádicas,

pero me gusta hablar con él. ¡Aunque después de tantísimos años ni

siquiera tenga ni pajoleta idea de quién es! ¡Ni el más mínimo detalle en torno

a su vida privada!

Sonrío. El firmamento ahora es gris y la lluvia cobra fuerza en el exterior. Mientras

doy vueltas a la cucharilla de café me invade la nostalgia. La añoranza

de lo que nunca se tuvo y que el olor a tierra mojada despierta. Me quedo

embobada con su aroma, contemplando las cambiantes figuras que la espuma

dibuja en la superficie de la taza. Tardo en reaccionar. Cuando lo hago

sorprendo a mi marido con la mirada perdida en el horizonte. Atravesando el

cristal para perderse en la copa de un abeto. Las cejas levemente arqueadas,

el semblante ausente y el gesto hermético. Después de tanto tiempo, todavía

me inquieto cuando no sé interpretar su expresión. ¿Qué estará pensando?

¿Volverán las lucecitas? Después de tanto tiempo no creo, pero las emociones

intensas nunca le favorecen y de repente este optimismo… Un tanto preocupada

pregunto:

–¿Te ocurre algo?

–No, cariño. Tan solo me preguntaba cómo hubiese sido mi vida si aquel día

no hubiese llovido.

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La República del Olvido


Ilustración: Daniel Sevilla Cervera


La República del Olvido

Juan Jesús Luna Jurado

El sol de la tarde tiñe la lápida de cobre. Pronto la luna plateará

las letras labradas en el frío mármol donde el clavel rojo, las dos

rosas amarillas y el lirio morado, ofrendas póstumas y tardías,

se marchitan sobre los huesos y la calavera de una mujer, eterna madre

perdida para el hijo que al fin llora ante su tumba.

Mi padre sucumbió, lenta e inexorablemente, bajo el peso del Alzheimer.

Una losa terrible que aplastó sus neuronas dejándolo postrado

en una silla, consumido y casi vacío de recuerdos. Ausente de sí mismo,

se limita a alimentarse y a subsistir bajo el cálido sol que se filtra

por los árboles de la residencia donde espera el fin de sus días. Languidece

frente a un cuadro inacabado. Las enfermeras le impregnan

los pinceles de pintura y con dificultad y paciencia guían sus manos

por un lienzo manchado de arco iris mientras charlan de asuntos banales,

desentendidas del viejo que, sentado frente al caballete, vuelve

a ser el joven que soñaba con pintar el mundo.

Me gustaría visitarlo con más frecuencia, pero es verdad que no puedo.

Y ese hecho me corroe por dentro. La conciencia no me deja vivir,

pero el trabajo, los hijos, el matrimonio y tantas otras cosas que

arrastro no me permiten buscar un hueco para compartir más tiempo

con él. Y duele mucho. No se crean que soy un ser frío e insensible. A

veces le acaricio la cara y sus manos, rígidas e inestables, me buscan.

Yo las aprieto con fuerza y él se siente reconfortado. Sus ausencias

desaparecen cuando nuestras miradas se encuentran. Cálida y tierna

la suya. Triste y culpable la mía.

Vencido por la enfermedad, ya no habla; solo balbucea alguna frase

inconexa.

Aquel domingo decidí, no sé muy bien por qué, pasear por el pueblo,

ya convertido en ciudad, donde transcurrió la mejor parte de su vida.

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Torre Ulía se encogía con el frío que bajaba de la sierra sin que los bosques de

robles y fresnos hicieran nada para impedirlo. Paseamos por el casco antiguo.

Yo empujaba despacio su silla y él se dejaba conducir entre la bulla de niños

que salían de la iglesia y las parejas que se perdían por las callejuelas. Volví a ser

el crío de bañador rojo que quedó atrapado para siempre en una postal de los

años setenta, llorando junto a su padre al lado de una fuente ya desaparecida.

Nos detuvimos frente a las cristaleras de una vieja taberna. Papá quedó petrificado

mirando hacia el interior hasta que de buenas a primeras comenzó a

cantar, casi de manera imperceptible, una melodía que yo identifiqué como el

Himno de Riego. Maravillado de ver cómo mi padre, zafándose del yugo de su

enfermedad, se comunicaba alegremente, presté atención a las palabras que

sus labios susurraban con una fluidez inusual:

La reina se ha puesto mala, el rey ya no la quiere.

Llamaron a Don Benito. ¡Esta mujer no se muere!

Le abren la boca, le meten un grano.

Le hacen tragar a un republicano.

¡Trágala, trágala, perro pachón.

Ya que no quieres la revolución!

La canción rebotó en la fachada del bar antes de desaparecer calle abajo

arrastrada por un suave viento. Miré a mi padre con ternura y le subí el cuello

de la gabardina, quedando atenazado por una desazón alentadora que me

mantuvo en vilo toda la semana.

Por ese motivo, el domingo siguiente, dejando atrás el bullicio de la capital, volví

junto a mi padre a la pequeña ciudad donde tal vez aún perviviera la esencia

de un hombre ya perdido. Busqué de nuevo el bar. No esperaba nada. Era una

vana ilusión pensar que mi padre pudiera volver a ser el hombre fuerte y recio

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que arropó mi niñez. Solo se trataba de una simple casualidad. Una imagen

que reactivó momentáneamente unas células muertas y deterioradas.

Al pasar por la taberna, empezó de nuevo a tararear la canción y por ello, nervioso

y esperanzado, me decidí a entrar. Ocupamos una mesa en un rincón y

mientras papá miraba embelesado los cientos de trastos y objetos que decoraban

las estanterías, pedí unas tapas y dos cañas que casi derramo cuando,

al sentarme, dijo de repente:

–Tu madre te hacía ropa con una máquina de coser igual que aquella.

Papá estaba hablando. Tras años de silencio y alejamiento hundido en un

pozo de incertidumbre, volvía a comunicarse como si la enfermedad hubiera

sido algo pasajero, un simple resfriado que ya se había curado. Señalaba una

preciosa Wherteim de principios del siglo xx que ocupaba un estante detrás

de la barra. Temeroso de romper el encantamiento no dije nada y escuché sus

palabras confundidas con los fuertes latidos de mi corazón.

–Te sentaba en el regazo y bordaba pétalos de rosa que tú mirabas ensimismado.

La pequeña aguja dibujaba ante ti un jardín de color. Escuchabais canciones

en la radio toda la tarde y tu madre cantaba, hasta que un ratón anidó dentro

del aparato y royó los cables.

Papá cortó la conversación, sin previo aviso y fatigado desapareció en sí mismo,

convertido de nuevo en un autómata sin destino.

Yo no recordaba a mi madre. Murió cuando era muy pequeño y mi padre no

quiso nunca mencionarla. De manera natural la fui olvidando y luego mi padre

enfermó. Cuarenta años después, sin previo aviso y de la manera más

inesperada, me era devuelta como si de un tesoro dejado en depósito se tratase.

Esperanzado en una posible mejoría llamé diariamente a la residencia,

durante toda la semana, esperando una noticia que sabía nunca llegaría. Su

cura, la vuelta a la vida. Pero papá seguía ausente, cómo un árbol centenario

que guarda recuerdos y con nadie los comparte. Esperé la visita del domingo

siguiente con desesperación.

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Nos sentamos en la misma mesa. Papá no dijo nada durante más de una hora.

Entretenido con la bulla de la barra y las conversaciones de los parroquianos

que inundaban la sala, sus facciones se habían ido relajando. Era evidente que

se encontraba tranquilo y a gusto en aquel lugar, pero no se comunicaba conmigo.

Desalentado, llamé al camarero para abonar la consumición.

–Prostíbulo de madame Sitri. Aquí no se pierde el tiempo, sino se folla.

Mi padre hablaba de nuevo. Tomé asiento con cautela.

–¿A qué te refieres? –le inquirí, mientras miraba de reojo a los camareros, pendiente

y avergonzado de que pudiera referirse a ellos y de que nos hubieran

escuchado. Con un dedo señaló en la pared un pequeño cartel de latón que

mostraba una frase en italiano y que había estado oculto por un señor que ya

se levantaba.

–Se lo escribieron en la calle, delante de la puerta de la casa, con pintura y letras

grandes, al poco de llegar a Torre Ulía. Pero tu madre no era como madame Sitri.

Era una buena mujer. Las malas lenguas decían que un ministro la dejó preñada,

ya vieja, en una casa de citas. En misa nadie se sentaba junto a ella y todo el mundo

chismoseaba. Envidia, pura envidia, pues era una persona culta e inteligente,

no como los paletos ignorantes que la repudiaron y que no abrieron un libro en

la vida. En el pueblo se asombraban de que leyera la prensa diariamente. Mandaba

a comprar el periódico a algún niño vecino de la calle y le regalaba un pequeño

indio o un vaquero de plástico. Los niños se daban tortas por el recado. Por eso

remoloneaban a la puerta de su casa, a ver si caía la breva…

El camarero llegó con la cuenta y mi padre interrumpió el relato bruscamente.

Los odié a los dos. Al camarero por romper un sortilegio tan difícil de

activar y a mi padre por encontrarse enfermo y no haberme contado nunca

nada. Luego me calmé al comprender que realmente ninguno de los dos era

culpable, mas al contrario formaban parte de la magia que me estaba devolviendo

mi pasado.

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–Era maestra. –Mi padre reanudó la charla sin ni tan siquiera mirarme. El camarero

se marchó.

–Fue depurada por el régimen y la mandaron a aquel pueblo perdido. Se formó

como maestra y además fue una de las primeras mujeres que lograron una plaza

de bibliotecaria. Su magnífico expediente académico la llevó hasta Madrid, a la

biblioteca de la Presidencia del Consejo de Ministros. Cuentan que Manuel Azaña,

el presidente de la II República, la nombró secretaria particular. A ella no le

interesaba la política, tan solo el deseo de prosperar en la profesión y empaparse

de las innovaciones pedagógicas que pregonaba la República. Pero la guerra la

pilló de pleno y al claudicar el Gobierno, ingresó en prisión. Se libró por los pelos

de ser fusilada, pero a cambio la señalaron como desafecta al Régimen y la desterraron.

Depurada por el franquismo, sufrió como castigo un traslado forzoso a

un pueblo perdido de la sierra, adonde llegó sola y embarazada. Desde el primer

momento congeniamos y me enamoré perdidamente. Yo era más joven que ella,

que ya rozaba los cuarenta. Nunca me abrió su corazón. Se excusaba en mi juventud

y en que yo no estaba enamorado. Estaba convencida de que, en realidad, lo

que yo sentía era lástima por su barriga y por su desamparo. Cansada de no recibir

los informes favorables del cura y las autoridades locales para la reinserción

en el magisterio, se dedicó a sobrevivir de los ahorros y a criar a su recién nacido.

Yo la visitaba diariamente, hablábamos de libros y me explicaba la historia del

arte. Un día pidió que le hiciera un retrato y yo accedí. Posó vestida con una camisa

roja, una faja dorada y un bonito peinado. Durante una semana plasmé sus

facciones y su cuerpo sobre el cuadro sintiendo que con cada pincelada se me

escapaba un poquito de corazón.

Cuando estuvo acabado, escribimos nuestros nombres en la parte posterior del

lienzo. Fue la única vez que me besó.

Papá calló de nuevo. Ni en mis mejores sueños podía imaginar un destello de

lucidez como el que acababa de regalarme. A retazos me mostraba una vida

que yo daba por perdida. Una obra por entregas, un fascículo semanal de una

novela en la que el protagonista era yo.

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La desazón no me permitía hacer otra cosa que esperar la próxima visita que

parecía alejarse día a día. Las horas alargaban eternamente la semana. Tal vez

se tratara de una recuperación pasajera y yo estuviera desperdiciando la ocasión

de hablar con mi padre y así conocer un poco más de mi niñez. Decidí

no perder el tiempo y conseguí un día de asuntos propios en la empresa, a

cambio de dos días de vacaciones y una bronca asegurada con mi mujer que

consideraba del género fantástico las historias de papá, a las que yo estaba

totalmente entregado.

Todo fue en vano, pues mi padre se dedicó durante dos horas a mover la cabeza

sin sentido y a mirar a la nada. El médico me explicó que se trataba de

episodios pasajeros de lucidez y mejoría e insistió en que abandonara la esperanza

de una recuperación milagrosa. Su cerebro, del mismo modo que una

vela al consumirse, nos regalaba una última luz fulgurante.

Al domingo siguiente papá estaba apático y decaído, mostrándose ajeno a

todo lo que le rodeaba. Su rigidez se había acentuado. La enfermera me recomendó

que no viajáramos ese día, pero de forma egoísta me negué a perder

la oportunidad de volver a escuchar parte de mi historia por boca de mi padre,

y para ello teníamos que desplazarnos al bar donde milagrosa y únicamente

él volvía a ser el de antes.

Había demasiada bulla y resultó imposible sentarnos en el lugar habitual. Conseguimos

una mesa al lado de una estantería desde la que nos observaba,

con ojos desencajados, el busto de un niño pretérito. La cabeza de un monaguillo

de cartón piedra que durante muchos años sostuvo el cepillo petitorio

a la entrada de la iglesia. Papá se mostró especialmente nervioso, comenzó a

sudar y tiró de un manotazo la caña de cerveza sobre el mantel de hilo. Pedí

excusas al camarero, que nos miraba desde la barra con curiosidad. Papá miró

con recelo la escultura del desconcertante niño de ojos estrábicos y exclamó

con inquietud:

–Encontré al niño junto a su madre muerta. La miraba con ojos desencajados. Ella

no compartió con nadie la enfermedad que la carcomía por dentro y se fue sin avi-

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sar. Los encontré por casualidad. Si no se me ocurre ir a la casa no sé qué podía haber

pasado. El pobrecito estaba solo y asustado, por eso se abrazó a mí llorando.

–La enterramos en soledad y tú te quedaste para siempre conmigo. La gente

pensó que en realidad era tu verdadero padre y yo no dije nunca lo contrario. El

juez no puso objeción para la custodia.

Papá volvió a mirar la cabeza esculpida del niño y empezó a gimotear asustado.

–Al final tendremos que quitarla de ahí y esconderla un poco –dijo el camarero,

que se había acercado hasta nosotros.

¿Era realidad todo lo que me contó papá durante las conversaciones en aquella

taberna o fueron fruto del azar y de una imaginación extravagante y postrera?

El caso es que mi vida había sufrido un revés y ahora mis recuerdos se desencajaban.

Desde que tuve uso de razón conocí a papá enfermo. Mi infancia y

niñez eran cántaros vacíos que ahora bebían de una fuente incierta.

Tal vez el próximo domingo mi historia recobrara un poco más de sentido.

El teléfono me despertó a media madrugada y se cumplió el mal augurio de

las llamadas a deshoras. Papá había muerto. Su cuerpo inerte descansaba en

la desolada habitación del geriátrico. En su boca se dibujaba una sonrisa de

tranquilidad. Los rasgos de su rostro se mostraban suaves y relajados. Se había

marchado sosegado, como si hubiera saldado una cuenta pendiente. Pero

con él se rompía el único hilo del que pendía mi niñez. Una pieza fundamental

en mi ser.

¿Cómo decirle ahora que era él a quien más quise? Que aunque me dolían sus

olvidos y silencios, era mi padre y me dejaba desgarrado y solo; que había

sufrido con él la maldita enfermedad aunque, a veces pareciera lo contrario.

Se fue dejándome confusión y pesadumbre. Un tormento que me convertía

en un ser incompleto.

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Seguí frecuentando Torre Ulía. Me gustaba entrar en la taberna y contemplar

sus paredes cargadas de objetos y cachivaches de tiempos pasados. Llegué a

pensar que tal vez mi padre se dejó embaucar por tantos recuerdos e inventó

una historia febril y ficticia.

Siempre que voy no puedo dejar de observar el cuadro desde el que me mira,

colgado en el fondo de unas escaleras, una mujer con camisa roja, faja dorada

y un bonito peinado. El cuadro no está firmado y sus trazos me resultan

familiares. No sé si algún día sentiré la tentación de dar la vuelta al lienzo y

comprobar si tiene grabados los nombres de un hombre y una mujer.

Pido otra caña apoyado en la barra y veo mi reflejo en el espejo del fondo.

Pienso que soy una fotografía más de las que cuelgan en las paredes, que mi

vida se desvanece en trazos y recuerdos polvorientos de rastros y mercadillos

callejeros y del mismo modo estaré condenado al olvido.

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La Nave de los Locos


Ilustración: Samuel Luque Prado


La Nave de los Locos

Francisco López Serrano

1

Llevamos largo tiempo aprendiendo a encestar. Un mes, dos

meses, quizá más. Para mí todo esto resulta ya tedioso. Pero

para ellos cada día de entrenamiento es una novedad. Y lo

disfrutan. Aunque la distancia entre la posición de tiro y la canasta es

mínima, embocar la pelota resulta para ellos toda una proeza. Ayer

Úrsula logró encestar cinco veces seguidas. Estaba exultante. Convencida

de que era un fenómeno por haber acertado todos los lanzamientos

la primera vez que tocaba un balón.

–Pero Úrsula –le dije–, en realidad no es la primera vez que tiras a

canasta. Llevas ya meses haciéndolo. La primera vez que lanzaste no

encestaste ni una.

Ella me miró con aire incrédulo y dijo:

–Qué cosas tiene, señorita, pero si es la primera vez que toco una

pelota. ¿Para qué iba yo a jugar a estas cosas de críos?

Aunque ellos no se percaten, el entrenamiento resulta eficaz. Han

adquirido una destreza de la que no tienen conciencia. Su cerebro,

a pesar de la enfermedad, aún no ha perdido plasticidad y es capaz

de crear nuevas sinapsis, de desarrollar nuevas habilidades. Sin ser

conscientes, en algún lugar de su mente ha quedado registrado todo

el proceso, la posición, el gesto y el impulso preciso que deben dar al

balón para que penetre en la cesta. No cabe duda de que el entrenamiento

está haciendo su trabajo.

¿De dónde han llegado estos seres? ¿Adónde van? Siempre recién caídos

en mitad de un instante sin nexo, árido y sin contornos, como un

océano, como un desierto, como un paisaje lunar. Hay un punto donde

el lenguaje, el espacio y el tiempo confluyen, y ellos han sido ya

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definitivamente excluidos de esas coordenadas. Son viejos, están enfermos y

la muerte les ronda, aunque no parece que tal cosa les preocupe demasiado.

Por otra parte, qué triste conquista hace la muerte al señalar a uno de estos

seres excluidos. Si la muerte viene a vaciar lo que ya está vacío, ¿de quién es la

victoria? La risa del demente sin duda es una risa de triunfo que proclama su

victoria sobre la muerte. Pero mis usuarios son solo un rebaño de locos tristes

que ni siquiera son capaces de celebrar su pírrica victoria con una carcajada.

Hay una ecuación que determina el sino adverso de la raza humana. Esta

ecuación es la siguiente: conciencia igual a dolor. A mayor conciencia, mayor

dolor. La enfermedad viene a restringir esa conciencia, la pone en sordina,

reduciendo por tanto la percepción del dolor, o al menos su sentido. El dolor

parece haber perdido en ellos todas sus connotaciones sensoriales y emocionales,

todos sus nexos, todas sus implicaciones y sus condicionamientos de

causa y efecto, hasta convertirse tan solo en un rumor en el vacío. Cuando

hablamos de nuestra propia muerte, casi siempre coincidimos en que desearíamos

no encararnos con ella de frente. Desearíamos que nos sorprendiera

durante el sueño, sin tener conciencia de su llegada. Creo que la enfermedad

es algo parecido. He llegado a pensar que se trata en realidad de una añagaza

para no mirar de frente a la muerte. Un entrenamiento, como el que permite

a mis usuarios encestar a canasta, que se adquiere sin consciencia del coste.

Un modo de alcanzar de forma inconsciente la destreza para morir. A veces

miro a Juan, a Úrsula, a Virgilia, a Eladio, a Marcelino, a Rosa, a Carmina…,

los miro mientras miran perplejos alternativamente el balón en sus manos y

la canasta frente a ellos, como si la pelota en su mano y la canasta enfrente

fueran lo que en el fondo son, un fenómeno incomprensible, antes de lanzar

y encestar con una facilidad pasmosa. Y digo para mis adentros; ah, granujas,

habéis conseguido burlar a la muerte y entraréis en ella con la misma suavidad

y facilidad con que ese balón, que ahora miráis como si fuera un objeto extraterrestre,

penetra en la cesta.

Quizá por eso decidí hacerme terapeuta y trabajar en un centro de afectados

por la enfermedad, para observar esa sabiduría inconsciente del enfermo.

Y aprender de él.

48


Todos los días me presento a mi grupo de nivel tres y todos los días mis usuarios

muestran ante mis palabras el mismo rostro de curiosidad o de indiferencia,

de recelo o de moderada expectación. Cada mañana los mismos rostros

con los que llevo trabajando varios meses me reciben y me aceptan con las

mismas expectativas o el mismo desdén del primer día.

Virgilia, que pese a la enfermedad ha preservado intacta su beatería, me pregunta

a qué hora es la misa y se queja, tal como ha venido haciendo desde el

primer día, de que le han puesto un pañal como a un bebé.

–Debes aprender a disfrutarlo como si fuera un cilicio –le digo.

–cio cio cio cio cio… –dice Juan que en su día fue ingeniero de montes y que

padece ecolalia como efecto colateral de la enfermedad.

Úrsula se detiene ante el abrillantado linóleo del corredor en penumbra, que

resplandece como un espejo, y vacila antes de dar un paso. Su parkinsonismo

asociado a la enfermedad le hace ver la superficie del suelo como un abismo

sin fondo. Carmina, a quien la enfermedad ha vuelto desinhibida, intenta quitarse

el pañal y consigue arrancar por encima de su falda un puñado de guata

que mira perpleja como si sujetara en su mano una inocua bola de nieve.

–Debes aprender a disfrutarlo, Carmina –le digo–; no es un cilicio.

Aunque llevan ya varias horas juntos practicando manualidades en los talleres

de terapia ocupacional, cuando abandonamos la sala en dirección al ascensor

para bajar al gimnasio, el cambio de escenario les produce la sensación de un

reencuentro, por lo que vuelven a saludarse como si acabaran de verse.

Espero la llegada del ascensor con mi grupo de siete enfermos y en cuanto

este se abre le digo a Rosa, que es la más cercana a la puerta, que pase hasta

el fondo. Rosa entra en el ascensor, llega hasta el fondo y dice: “No puedo ir

hasta el fondo, señorita”. Cuando le pregunto por qué, responde golpeando

con la mano la pared del fondo del ascensor: “Pues porque la pared no me

deja”. ¿Qué es entrar?, me digo recordando unos versos. ¿Y dónde se entra de

verdad llegando al fondo?

49


Úrsula se detiene de nuevo, esta vez ante el umbral del ascensor, su parkinsonismo

le obliga a pensar cada paso que da y a veces se despista. Tiene que

pensar durante unos instantes qué pie debe adelantar primero. Como el riesgo

de caída es alto, no puedo quitarle los ojos de encima un solo instante.

A veces, a la vista de sus dificultades, me da por pensar de forma un tanto frívola

en manuales para todo. En confeccionar manuales de instrucciones para

reír o para llorar. En lo que una debe hacer para permanecer de pie, para sentarse,

para respirar. Manuales para explicar lo que es leer y lo que es un manual,

y qué palabra hubo antes y qué palabra hubo antes de antes. Y enunciar

todas las palabras en sentido inverso hasta llegar a la primera. A la palabra de

la cual derivó todo.

Como la capacidad de concentración de todos ellos es escasa, una vez dentro

del ascensor, los coloco en posición enfrentada preparándolos para los ejercicios

que vamos a practicar en el gimnasio.

–Somos pocos hoy –dice Eladio como siempre que va en ascensor.

–No, Eladio –respondo yo–, no somos pocos. Estamos los de siempre, los que

tenemos que estar. Cuenta y verás, somos ocho y en ese cartel dice que podemos

ir hasta nueve personas.

–Pues lo que yo le digo –concluye él como suele ser habitual–, somos pocos.

El ascensor provoca siempre las mismas reacciones. Durante los escasos segundos

que dura el descenso se repiten siempre los mismos comentarios.

Pero hoy ha sido distinto. Un incidente ha venido a romper la rutina. El ascensor

se ha parado de repente entre dos plantas.

Soy algo claustrofóbica y me cuesta contener la angustia, sin embargo debo

mantenerme firme y sobreponerme. En un espacio tan reducido, lleno de enfermos,

no puedo permitirme perder la calma. No resulta fácil. Durante unos

instantes la luz se apaga, al momento se oye un ruido de reactivación y a continuación

advierto con alivio que la luz de emergencia se enciende.

50


–¿Qué es lo que pasa? –pregunta Rosa.

–Nada –respondo–; hemos decidido hacer una pequeña parada para tocar el

timbre. Es solo un simulacro de emergencia.

Toco el timbre de alarma y pregunto si hay alguien al otro lado. Nadie contesta.

Por ahora mis usuarios parecen tranquilos. Confío en que la cosa no

se desmande.

–Verá, señorita –dice Carmina–, yo no sé qué es lo que hago aquí con todos

estos viejos, pero no puedo quedarme más tiempo, si llego tarde a casa mi

padre se enfada.

–Deja a tu padre en paz, Carmina –contesto tratando de desviar su atención–.

No metas a tu padre aquí, que no cabe.

Hay una risa general.

–Y por qué no –observa Eladio señalando el cartel–, si todavía cabe uno.

-No, no, no, no, no –dice Juan señalando a su vez el cartel.

–Pero usted no sabe cómo se pone si llego tarde. No conoce a mi padre –insiste

Carmina.

–¿Cómo que no conozco a tu padre? ¿No se llama Pedro?

–Noooo.

–¿Y entonces, Pedro de quién es padre?

–Mío –responde Marcelino–, pero mi padre no se enfada cuando llego tarde,

con los chicos es distinto.

–Me parece que nos hemos quedado atascados –digo, procurando disimular

mi voz temblorosa–. Voy a llamar otra vez para que sepan que estamos aquí.

51


Vuelvo a tocar el timbre con insistencia.

–Fijaos qué bien suena, lo voy a hacer sonar de nuevo.

Se trata de hacer terapia de todo, de las situaciones inesperadas e incluso de

las situaciones desesperadas. Cuando veo que la cosa puede descontrolarse

intento desviar su atención hacia cualquier tema, pues, como dije, su concentración

no suele ser constante y es fácil distraerlos.

Con ellos no hace falta tener un gran repertorio. Puedes repetir infinitamente

los mismos chistes siempre con éxito, siempre saludados como nuevos,

siempre frescos como el primer día. ¿Cuando yo esté así podré ver Casablanca

todos los días como si fuera la primera vez? Y sin embargo todo es siempre

nuevo porque yo cambio, y al cambiar yo las cosas cambian conmigo. Aunque

a veces resulta difícil comprender. Resulta difícil comprender la caprichosa

mecánica del ascensor y la caprichosa mecánica de la ecolalia y la del parkinsonismo

y la mecánica de dar un paso y después otro. Comprender la terrible

verdad de lo que es dar un paso. Lograr que un vaso de agua no pierda su

sentido por completo en el breve trayecto que separa la mesa de la boca. Luchar

denodadamente para que tú sigas siendo tú, para que él siga siendo él.

Conseguir que todo deje de escapar. Tan deprisa.

–Señorita –dice Eladio–, tengo que ir al baño.

–Año año año año año… –repite Juan interminablemente moviendo la boca

de forma espasmódica.

–Pues haz como yo –digo apretando las piernas con fuerza– y aguanta hasta

que nos abran.

Eladio aprieta con fuerza las piernas y de inmediato observo con aprensión

cómo una mancha oscura se va formando en su pantalón. Eladio no padece

incontinencia, y siempre avisa con tiempo antes de ir al baño, por lo que hasta

ahora no ha llevado pañal.

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De pronto siento que estoy hiperventilando, así que me desplazo hacia el lado

de la puerta para ver si me llega, a través de la exigua ranura donde las puertas

se juntan, un poco de aire extra.

–Ahora vamos a cantar una canción –propongo y entono–: “Adiós con el

corazón…”.

Todos me secundan enseguida. Varias octavas por encima del coro se deja oír

la voz de Virgilia dándole a la canción su habitual y extemporáneo tono misacantano.

Virgilia siempre entona las canciones populares que solemos cantar

como parte de la terapia como si cantara en misa. Quizá se deba a una asociación

de ideas, pero de pronto, en el interior del exiguo cubículo del ascensor,

los veo investidos de una especie de aura. Su desmantelamiento parece tener

un extraño componente sagrado. Es como la prueba de un dios implacable,

un despojamiento cruel, o mejor aún, una forma profunda de desnudez que

revela la parte más aterradora que hay en cada ser, su parte de vacío, la vecindad

imperiosa de la muerte.

–Callad un momento, parece que hay gente afuera –digo al oír que alguien al

otro lado golpea la puerta a la altura de nuestros pies.

Al fin se oye una voz desde el exterior. Se trata de Vanessa, la auxiliar.

–¿Qué pasa? –pregunta.

–Nada grave. Ocho personas dentro del ascensor –digo de corrido con voz

neutra y rutinaria, agachándome y dirigiéndome hacia la parte baja del ascensor,

de donde parece venir la voz de fuera–. Nos hemos quedado parados entre

dos plantas y aunque nos lo estamos pasando en grande –y esto lo recalco

con una ironía que mis usuarios no pueden captar pero sí mi interlocutora–,

os pido por favor que, cuando podáis, nos abráis para hacer la gimnasia.

–¿Cómo estáis? –pregunta.

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–Muy bien, estamos en la gloria –respondo tratando de que no se me note

el nerviosismo.

–Oria oria oria oria… –repite Juan.

–¿Seguro? –pregunta Vanessa con incredulidad.

–¿Cómo están ustedes? –les grito a mis usuarios.

–Bieeeeeeen –responden a coro.

–Ya lo oyes, estamos todos perfectamente.

–Bueno, pues me alegro –responde la auxiliar–. No os preocupéis, que enseguida

doy aviso.

Y oigo sus pasos lentos, el repiqueteo de sus zuecos sobre el linóleo, y hasta

puedo adivinar su contoneo mientras se aleja por el pasillo, tan tranquila.

Aunque la claustrofobia me tiene ya al borde de la histeria, tengo que seguir

disimulando a toda costa ante mis usuarios. No puedo ponerme a gritar para

evitar que cunda el pánico. Ante todo debo dar muestras de normalidad y de

entereza. Pero la idiota de afuera es incapaz de deducir que mi aparente normalidad

es algo impostado y parece concluir: “Bueno... si tan bien estáis ahí

adentro, no importa que sigáis encerrados un poco más”.

De pronto una voz remota, enmarcada en un zumbido, se deja oír dentro de

la cabina del ascensor.

–Aquí central de alarmas: ¿qué es lo que ocurre?

Aunque me sobresalto, la voz no es para mí un fenómeno desconocido, pues

es frecuente que algún usuario haga sonar la alarma al apoyarse en ella.

Repito otra vez la misma cantinela y de nuevo se me pide paciencia.

Carmina ha comenzado a desabrocharse la blusa y tiene intención de seguir.

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Juan repite ya frenéticamente el final de cada palabra que se pronuncia. La

mancha de Eladio se ha extendido a lo largo de su pernera derecha y un fuerte

olor a amoniaco invade la cabina del ascensor. La situación comienza a ser

desesperada. Tengo que conseguir que se distraigan. En realidad, soy yo la

que debo conseguir distraerme, o esto se va a convertir en un infierno. Al

menos para mí.

–Ahora –les digo– vamos a cantar “Desde Santurce a Bilbao”, seguro que

la recordáis.

De nuevo todos comenzamos a cantar a voz en grito. Y mientras entono la

canción con ellos, pienso que en aquel exiguo espacio, rodeada de enfermos

que cantan sin la menor alteración, sin la más mínima señal de inquietud en el

rostro, soy el único ser que ha perdido la calma y a quien la situación ha conseguido

alterar. Y, acto seguido, me pregunto si en medio de esta situación

absurda, que me afecta solo a mí, no seré yo el único ser absurdo, el único ser

incoherente. Sin duda mi angustia me coloca en una posición de inferioridad.

Mientras que a ellos, el espacio cerrado en el que nos hallamos y la situación

misma de suspensión, parece conferirles una secreta lucidez que da, de algún

modo, coherencia a su desvarío. En este espacio cerrado, detenido entre dos

lugares en mitad de ninguna parte, estos seres colgados siempre entre un

pasado borrado y un futuro borroso, parecen haber encontrado por fin su

lugar y resplandecer con una nueva luz, imbuidos de una secreta coherencia,

de un rigor absoluto.

Y de repente advierto que estoy empezando a tomar conciencia de un extraño

fenómeno, que algo crucial está a punto de revelárseme. En este reducido

espacio ha quedado atrapado durante unos instantes, como el insecto en una

gota de ámbar, un fragmento de realidad pura. Cualquier atisbo de razón, de

claridad, de cordura, son solo una pausa en la respiración del caos, un instante

de silencio entre los dos ruidos que determinan su latido, el latido de ese caos

fundamental que rige la esencia secreta del universo. Pues toda apariencia de

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orden no es sino una resistencia condenada al fracaso, y la locura un dejarse

ir, un reintegrarse al caos primordial del que el ser dimana y, en definitiva, una

forma de volver a casa.

Quizá, pienso, haya lugares remotos, dimensiones inexploradas, espejos que

son puertas que se abren a incógnitos mundos donde la locura es razón y la

razón locura, y recuerdo que en las residencias de dementes no hay espejos

porque el enfermo no se reconoce en ellos y solo es capaz de atisbar en su

propia imagen una presencia hostil que quizá le devuelva ese rostro pavoroso

y real de sí mismo que jamás alcanzó a ver. De un modo absurdo concluyo que

si en las residencias no hay espejos es en realidad para evitar que los enfermos

puedan escapar.

Súbitamente se deja oír un zumbido seguido del ruido de un engranaje que se

pone en marcha: el ascensor vuelve a descender. Y observo cómo los rostros

de mis usuarios, que no han tenido la menor posibilidad de sentir angustia al

no poder seguir la secuencia de acontecimientos, siempre recién aterrizados

en mitad de la realidad, sin inquietud y sin sosiego, sin esperanza y sin nostalgia

que les haga ir hacia delante con el lastre de lo que dejan detrás, sonríen

ante la sensación de un movimiento que les arrastra no importa hacia dónde,

en perfecta y secreta armonía con el universo.

Una vez fuera le digo a una auxiliar que los conduzca al gimnasio, que acudiré

allí enseguida y que tengo una necesidad imperiosa de ir al lavabo. Ya en el

lavabo de personal, me miro al espejo, un espejo por el que jamás podré escapar

y que jamás me llevará a ningún lugar que no sea yo misma. ¿Por cuánto

tiempo aún, me digo, me devolverá este espejo una imagen que no me sea

desconocida? Y acto seguido me echo a llorar.

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Ayudarme a Regresar


Ilustración: Julia Lima Tieri


Ayudarme a Regresar

Raquel Braojos Martín

Cualquier persona inteligente trataría de huir de los suburbios

de Madrid. Sobre todo en aquellos años. Cualquiera que poseyera

riquezas se escabulliría de un lugar por el que los ancianos

vagan callados. Era sencillo percibir el peligro en los labios

sellados, o en la presura de los pasos. Pero ¿Adónde escapar cuando

todo lo que está al alcance yace sobre cimientos inestables? En eso

pensaban los adultos esos días, en la posibilidad de encontrar alternativas

a las palabras vacías. Sin embargo, los niños, ajenos a esta

desdicha, no daban tanta importancia a la vida, ni tenían, en general,

ese tipo de preocupaciones.

Por eso los niños siempre juegan a las guerras. Cuando las batallas

dejan de ser juegos y se atreven a atravesar la barrera de la realidad,

la infancia muere. Por eso, un niño en una guerra jamás será un niño.

–¡Noventa y ocho! ¡Noventa y nueve! ¡Cien!

Unos ojos negros se abrieron anhelantes, mientras trataban de acostumbrarse

a la luz que franqueaba las oscuras nubes que coronaban el

cielo. Claudio tenía las piernas escuálidas y las pupilas opacas de quien

ha vivido situaciones amargas. Pero era un crío y poseía ese extraño

don que Dios le otorgó para esconder su preocupación en lo más

hondo de su corazón. Y además, sabía usarlo. Sabía cerrar la puerta

y dejar la llave a buen recaudo, incluso mientras jugaba al escondite.

Claudio se retiró de la pared con rapidez, y giró sobre sí mismo. Obviamente,

no había ningún otro niño, no se lo iban a poner tan fácil.

Sus comisuras se permitieron el lujo de sonreír al aire.

Las calles tenían más tránsito que los días pasados, o eso le había

dicho su padre. Claudio había estado las últimas semanas recluido en

su propia habitación, en los brazos temblorosos de su madre, escu-

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chando sus susurros y sus desvaríos locos, a la espera de que las explosiones

y los temblores cesaran. De que su mamá dejara de recitar las alabanzas que

se ruegan solo cuando acecha lo desconocido. Ella rezaba con las velas apagadas

y las cortinas cerradas, como si la oscuridad fuera un manto de protección

extendido por Dios en el que, ciegamente, confiaba.

Después de dos días de calma e insistencia, Claudio había conseguido traspasar

el umbral de su hogar. Hacía semanas que en la calle no se escuchaban risas. La

gente caminaba rápido, en silencio; él era el único que se atrevía a romperlo.

–¿Dónde estáis? ¡Os encontraré!–. Los adultos le dedicaron miradas lánguidas

y sonrisas torcidas, mientras comentaban que solo los niños podían disfrutar

de la vida en medio de la agonía.

Claudio recorrió los rincones acostumbrados. Era casi un ritual. A veces Julián

se introducía en los cubos de basura a riesgo de apestar. No le importaba con

tal de ganar. Por su parte, Catalina, aprovechándose de su escasa estatura y

su cuerpo esmirriado, se camuflaba entre la gente y objetos cotidianos.

El familiar trote de sus zapatos agujereados contra la gravilla le hizo sonreír

con ironía. Era extraño percatarse de que el dolor de sus pies no era importante.

Aún estaba observando sus roídas suelas cuando un sonido profundo

paralizó su pecho.

No le dio tiempo a alzar la vista al cielo. Pero aun así el niño se percató. ¡Cómo

no hacerlo! Algo se atrevía a cortar el viento… Y extrañamente, por mero reflejo,

el aire se heló en su garganta. A su alrededor todos enmudecieron. Por

frío instinto se sumieron en aquella afonía, aquel silencio que muchos reconocían…

el preludio a la masacre.

El estrellar de las bombas al final de la calle hizo temblar el firmamento.

A Claudio sus piernas le fallaron y cayó al suelo polvoriento.

Oyó sollozos, gritos desgarrados, un silbido incesante. No veía. El polvo y el

humo habían empañado sus pupilas. Sus ropas se evaporaron hasta convertirse

en harapos.

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Lentamente, a duras penas, se levantó. El instinto le invitó, le apremió a huir.

Pero su razón gritaba con aullidos los nombres de sus padres y amigos.

–¿Dónde estáis? ¡Papá! ¡Mamá! ¡Cata! ¡Julián!... –El pitido que se instaló en sus

oídos le impide incluso oírse a sí mismo. El niño corrió. Los juegos se acabaron.

La llave había abierto la puerta de par en par, y sobre él recaía la responsabilidad

de poderlos encontrar. El juego se convirtió en realidad.

–¿¡Adónde vas, Claudio!? ¡Muchacho! –gritó un vecino del barrio, pero apenas

fue un susurro, y fue fácil ignorarlo. El niño no supo en qué momento comenzó

a correr como una rata callejera, buscando un agujero que lo salvara de la

inminente tragedia.

No eran muchos los que paseaban por la callejuela; pero la locura y la confusión

logran que las caídas, los choques y las agresiones se vuelvan tan habituales

como las tormentas en un día gris. Hacen que de repente la ciudad de

Madrid se vuelva selva, donde animales instintivos y enfebrecidos luchaban

por la supervivencia.

Claudio se retorció las manos, indeciso. No quería ir donde cayeron las bombas,

no quería buscar entre escombros…Buscar allí supondría asimilar cosas

para las que aún no estaba preparado..., ni lo estará jamás.

El niño correteó por las calles, buscando una voz conocida. Le extrañó que

sus padres no salieran a buscarle, y es ahí cuando el miedo se adueñó de su

alma. La indecisión le envolvió. Con un gesto brusco se giró hacia su destartalada

casa, seguía en pie, pero nadie se asomaba a las ventanas.

“¿Entonces qué pasó?”

Una voz repentina… fuerte, chillona, cantarina… Claudio miró a su alrededor,

allí no había ninguna niña. Nadie. Tampoco era la voz de Cata. A su alrededor,

solo corrían hombres y no mediaban palabra. No tenía tiempo para pensar en

ello, aunque Claudio sabía las consecuencias de oír voces procedentes de a

saber dónde.

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En ese momento recordó lo que su padre, poco culto, pero rico en golpes y

experiencias, le dijo una vez: “La guerra cambia a las personas, hijo mío; la

guerra enloquece al más cuerdo, la guerra convierte al santo en un demonio

egoísta y fiero”.

“Cierto.”

La voz habló de nuevo, pero el niño la ignoró con facilidad, era fácil menospreciar

la locura propia cuando estaba en juego la vida de personas que te importan.

La gente ya no lloraba, la gente indagaba desesperada tratando de hallar

algo real a lo que aferrarse. Un hermano, un conocido, un amigo, un recuerdo

importante…

Un olor nauseabundo se coló en la nariz de Claudio, y el vómito llegó sin haberlo

anticipado. El niño, asqueado, trató de escupir en vano los restos de

ácido que se habían asentado en su lengua y laringe. Intentó seguir avanzando,

ignorando sus retorcidas entrañas. No quería imaginar que quizá ese olor

a carne quemada procediera de una persona humana;…pero realmente no

podía dejar de pensar en ello. Entonces, llegó algo incluso peor…

Un disparo… dos… un sinfín de ellos.

Las voces asustadas, como autómatas, gritaban con voz seca y sin ánimo:

–¡Han llegado los soldados!

Y lo repetían:

–¡Los soldados! ¡Los soldados! ¡Han llegado los soldados!

El niño no sabía de qué color vestían, ni si iban a juzgarlos o salvarlos, él solo

quería que se marcharan. Él solo quería volver a jugar, decirle a Merceditas lo

mucho que la quería, que aunque tuviera solo ocho años la iba a amar toda

la vida…; solo deseaba buscar a sus padres y volverlos a abrazar, solamente

vivir en paz...

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“Aquí no hay soldados”

Ese maldito timbre sonoro volvió a resonar... A pesar de la confusión, la evidencia

de que no había nadie a su alrededor le atormentó. ¿De dónde surgía la

voz de esa chica? Claudio sintió que su cuerpo no le obedecía mientras saltaba

muros caídos y cuerpos sin vida…esquivando la infancia que esas bombas le

habían arrebatado.

El flato le aguijoneó, Claudio se sintió traicionado por sus propios costados.

Oyó voces, alguien le chistó, y murmuró su nombre tan bajo que a duras penas

lo registró. Había una puerta de madera vieja entreabierta, por la que se

colaba un resquicio de luz de velas. Por un momento Claudio pensó que podía

ser como la luz de la que hablaba siempre el cura en la iglesia: el famoso resplandor

de la salvación.

Algo o alguien le empujó y con un tropiezo cerró tras de sí. Aún estaba desorientado,

pero se alegró al reconocer el lugar. Se encontraba apiñado en el almacén

de grano en el que tantas veces se había colado y habían jugado…

“¿Te colabas a jugar en un almacén?”

La voz parecía divertida, como si disfrutara mofándose de sus desdichas. Eso

le irritó. Aunque, por otra parte, su falta de cordura menguaba su agonía, pues

alimentaba la esperanza de que aquello que vivía fuera una simple pesadilla.

Claudio se dejó guiar por sus propios pasos, se encogió y escondió entre ese

grupo de personas que permanecían apiñadas, como si la carne protegiera de

las balas.

Los susurros regresaron, pero no eran más que ecos lejanos. Entonces alguien

agarró su mano, acabando completamente con la atención que tenía

puesta en la voz. La muñeca era pequeña, áspera y temblaba. El chico se giró

para encontrarse con los ojos rasgados y los rizos despeinados de Catalina.

¡Por fin una alegría! Ella le sonrió de medio lado, y ambos supieron que el

gesto era falso.

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–Tus padres están a salvo, los he visto, te estaban buscando –El alivio se reflejó

en el rostro de Claudio y fue tal la tranquilidad que le otorgaron sus palabras,

que se olvidó de preguntar por su amigo Julián. Y Catalina en el fondo lo

agradeció. Aún no estaba preparada para confesar que la sangre que impregnaba

su jersey era del amigo que nunca más volverían a ver...

En ese instante Claudio sintió que debía confesar sus sentimientos. ¿Quién sabía

dónde estarían mañana? Pero en aquel breve segundo se percató de que

no tenía dominio sobre sus palabras, de que ni siquiera lo tenía sobre su cuerpo.

Hasta entonces sí podía hacerlo ¿O no? ¿Él pánico lo había paralizado? Las

dudas le carcomían, y los susurros que solo él oía se escuchaban difuminados,

lo suficientemente lejanos para poder ignorarlos.

Unos soldados abrieron la puerta de un empujón, y ahí fue cuando Claudio

comenzó a emitir grititos muy bajos producidos por el pánico.

Sin poder evitar la desgracia, los niños apretaron los párpados y se taparon

los oídos, como si cerrando los sentidos consiguieran escapar de la realidad.

Como si alguien en la guerra pudiera sentir pena de una imagen indefensa.

“Cálmate, por favor, no pasa nada”

En esa ocasión la voz de la niña llegó acompañada:

“Dentro de poco será la hora de su medicina”

¿Qué? Claudio abrió los ojos desmesuradamente, la realidad estaba tan empañada

como sus lágrimas. ¡Eso no podía ser! ¡Esa voz! ¡Ese tono tan peculiar era

de la persona que estaba a su lado! De quien apretaba con firmeza su mano

derecha… ¿O no? Quizá era más grave, áspera… quizá diferente, sí; pero igualmente

inimitable. Cata, a su lado, tenía los labios tan prietos como los párpados,

sin embargo era ella. ¡Estaba seguro de que era ella! ¿¡Qué otra persona

en ese mundo y en esa vida tendría esa forma tan característica de decir ina!?

“Sabes que tiene alucinaciones”

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Eso decía la mujer que parecía Catalina. Claudio clavó la mirada en el techo

rogando a Dios por su vida y por su mente. Llegado a ese punto de desesperación,

incluso creyó ver dos rostros familiares que le miraban con peculiaridad.

Ya no le quedaba duda alguna, había traspasado los límites de la cordura.

Los soldados alzaron la voz, preguntaron por un nombre, o por un hombre.

Claudio no lo pudo saber con certeza. Puesto que las frases de esas dos mujeres

debatían bulliciosamente en su cabeza e ignorarlas era nadar contra marea.

“Tienes que asimilar que casi nunca nos escucha”

“Pero si no le hablamos no recordará”

Sus rostros se iban haciendo más claros, más nítidos en el destartalado tejado.

Claudio las observó tratando de evitar el infortunio que le acechaba a sus

escasos ocho años. En el impoluto silencio los soldados caminaban raudos,

arrastrando sus botas con fiereza. Claudio vio de reojo cómo los más descomedidos

cargaban sus armas ante la presencia de él y otros chiquillos.

Los rostros de las dueñas de las voces parecían más cercanos. Ya no las veía

en el tejado, las veía frente a él…; con él. Repentinamente, lo que le rodeaba

no parecía tan real. Entonces, Claudio sintió cómo la presencia del granero se

desvanecía, como si se sumergiera en una neblina poco precisa. El niño temió

que eso fuera una alucinación creada por el pánico. Sabía que si se desmayaba

delante de esos soldados era posible que se llevara de regalo un disparo.

“Ni aunque le hables, mi niña”

La voz rota de esa mujer, tan parecida a la de Catalina, suena abatida.

“Hace meses que no habla de otra cosa que no sea la guerra, guerra y más guerra”

Entonces la certeza, hasta entonces cubierta por un velo de dudas, se desvela,

dejando a su único espectador descorazonado. Ahí es cuando todo cobró sentido.

Y al hacerlo, Claudio se sintió ridículo, sumamente ridículo.

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Eso no era real.

Esa guerra no era real. Y para su desventura ni siquiera era un mal sueño del que

fuera a despertar… Realmente esa batalla la vivió…, eso era innegable. Pero

la autenticidad de ese momento se había perdido entre los huecos del tiempo.

Él…estaba enfermo. Lo recordaba, recordaba perfectamente el rostro del doctor

cuando le mencionó el extraño nombre de su enfermedad degenerativa.

«Enfermedad de los cuerpos de Lewis». Eso dijo. Le recordaba a la perfección,

con sus gafas ladeadas, mientras explicaba vulgarmente que en cuestión de

meses su cordura se esfumaría y que con ella se iría lo más preciado que puede

tener un hombre, sus recuerdos.

El rostro viejo de Catalina estaba acuñado por las desgracias de la vida. Sus

ojos seguían siendo castaños y tristes. Las arrugas formaban caminos sinuosos

a lo largo de su rostro, para desembocar en una barbilla afilada muy diferente

de la redondez que presentaba en su infancia. Había una jovencita a

su lado, y Claudio no tardó en reconocerla. Era su nieta, su única nieta, viva

imagen de su madre y de su abuela. ¿Cómo podía por unos instantes haberlas

olvidado? ¿Cómo había estado tan ciego mientras revivía una de las muchas

batallas que vivió en su día?

A su alrededor todo se volvió menos preciso, como si se hallara en el interior

de una película que no tiene color. Un amasijo de recuerdos inconexos llegó a

él como un torrente. Recordó todo aquello que vino después de aquel recuerdo:

la tumba y el entierro cristiano de Julián; los vecinos fallecidos; cómo apilaron

los cuerpos mutilados para arrojarlos a una fosa sin molestarse demasiado;

y el abrazo desesperado de sus padres al encontrarlo..., lo recordaba.

“Él muchas veces me escucha, y a veces me responde”

¡Ahora lo sabía! La irritante voz cantarina pertenecía a su nieta Lucía.

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“Pero nunca habla, solo desvaría, solo habla consigo mismo…Tenemos que admitir

la realidad, nunca más volverá a ser el mismo”

Cata sonó tan autómata, que por un momento el alma de Claudio se rompió

en mil pedazos.

“Si le hablamos, él puede recordar. A veces él sabe que estoy con él”, dijo su nieta.

Los soldados se fueron por donde habían venido, arrastrando los pies y con

los hombros caídos. La pequeña Catalina soltó su mano con alivio.

“Mira su mirada: está vacía, está en la guerra. ¿No lo oyes? ¡Tiene alucinaciones!”

“Claro que le oigo, pero a veces, cuando le hablo, me responde.”

Claudio tampoco supo en qué momento el recuerdo de la guerra había vuelto

a hacerse más nítido. Menos aún en qué instante había rodeado el hombro

de aquella niña que por aquel entonces era Catalina. Claudio se sorprendió al

notar el cosquilleo de enamorado que competía en sus tripas. Ese lugar era

tan real, tan lleno de detalles, que no se podía explicar cómo su torpe mente

lo podía crear. El niño de sus recuerdos vio a un rígido soldado frente a él y

automáticamente cerró los párpados ante lo inevitable, ante esa muerte que

ya sabía que no se produciría.

Un silencio profundo hizo eco en su mente. Valientemente, abrió los ojos, que

reaccionaron extrañados a la luz del lugar. A aquel fulgor tan diferente de la

tenuidad del viejo granero.

Lo intuía…, lo sabía…, había regresado.

Realmente había vuelto a esa estancia amarillenta repleta de objetos más

nostálgicos que útiles.

Frente a Claudio estaban ellas, y con él su boca, boca que deseaba plasmar

todo lo que sentía. ¡Con cuánto ahincó les habría repetido lo mucho que las

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quería! Pero no se sentía dueño de su cuerpo, como si él estuviera compuesto

solo de alma, o retales de viejos recuerdos.

Algo ininteligible salió de su boca, palabras que por un instante hicieron brillar

el rostro de sus niñas. ¿Cómo explicarles que eran su todo? ¿Qué no habría

cosa que le hiciera más feliz que volver a ver a Cata sonreír? ¿Qué recordaba

aquel paseo por la orilla del río, donde con torpeza y un anillo barato consiguió

su mano?

–No llores, abuelo.

Unos dedos suaves se pasearon por sus ojeras con delicadeza. La certeza de

que no era dueño de su cuerpo le golpeó, y aunque deseaba hablar, sus labios

seguían callados…

El envejecido rostro de Claudio sonrió sin buscarlo. Ahora él sabía que sus

voces tenían la facultad de traerlo a la realidad. Que por un efímero momento

podía, gracias a ellas, esquivar su enfermedad y volverlas a contemplar…,

aunque solo fuera una vez más…

Y mientras las batallas, las vivencias, y las siluetas se entremezclaban en su

cabeza, su cuerpo pareció reaccionar, y sus anhelos, o su voluntad, decidieron

hablar:

–El amor que os tengo no se puede olvidar; por favor, no dejéis jamás de ayudarme

a regresar…

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Cuadros de una Exposición


Ilustración: Jessica Paola González Tello


Cuadros de una Exposición

Gerardo Barreiro Vernengo

A

medida que se acercaba el final del trayecto, el cansancio

acumulado después de atravesar el Atlántico iba perdiendo

fuelle ante la visión fantasmal de la cima del Aneto,

flotando en la bruma matinal, insinuándose o desvaneciéndose en el

verdor de los bosques con cada curva del camino. Descendíamos trazando

círculos, siguiendo el curso del río Cinca, adentrándonos en el

valle de Benasque en dirección al pueblo de Cerler. Una vez allí, debía

realizar una llamada para avisar de mi llegada, y luego buscar un taxi

que me llevase hasta la finca que tía Elisa había comprado a cinco o

seis kilómetros del pueblo, escondida entre la maleza y los desniveles

del terreno, a duras penas señalada por un discreto portón de hierro

color canela.

Una semana antes de mi partida, recibí en Quebec un par de faxes del

albacea de tía Elisa, un abogado de Barcelona que con anterioridad había

intervenido en la venta de algunas de sus pinturas en Norteamérica.

Uno reproducía su testamento, y el otro tenía carácter meramente

informativo. Sin embargo no pude escapar a la tentación de releer

este último varias veces durante el viaje, como si inconscientemente

esperase encontrar alguna clave escondida que mitigara en parte la

tristeza, y en parte la excitación producida por todo el asunto:

“El señor Mestre la estará esperando para darle las llaves de la casa.

Ha sido un fiel asistente de su tía durante los últimos cuatro años y

lo habrá dispuesto todo de modo que pueda usted instalarse cómodamente.

Su tía me dijo que Mestre también le entregará las llaves

de una caja de caudales que, a falta de dinero, contiene algún objeto

y un documento destinado a ser leído por usted. Solo puedo anticiparle

al respecto que su tía dejó bien claro que el contenido de ese

documento no tenía implicación legal alguna, y que solo se trataba

de un asunto familiar privativo de ustedes dos, aunque llegado a este

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punto me veo obligado a hacer un inciso, porque a lo largo de mi vida profesional

he visto muchas últimas voluntades harto más caprichosas que las de

la señora Zumaya, pero jamás me había topado con una cláusula de tan fácil

cumplimiento, expresada con la vehemencia con que su tía me rogó –quizá

sea este un adjetivo que haga justicia a su estado emocional– que me encargara

de transmitirle su voluntad de que lo primero que haga usted tras su llegada

a la finca, sea proceder a la lectura del citado documento. Esta segunda

cláusula, que como habrá podido comprobar, no figura en el testamento de

su tía, me fue comunicada por ella mediante llamada telefónica a mi despacho,

quince días antes de su fallecimiento. Por tanto, aunque no sea materia

legalmente exigible, le ruego que satisfaga usted su voluntad, y mi empeño

en hacer todo cuanto esté en mis manos para propiciarla.”

El testamento, dejando de lado los muchos detalles meramente formales, de

ardua lectura, podría resumirse con suma sencillez, porque Elisa había testado

a mi favor, legándome el terreno, la casa y todo su contenido, a condición

de que no procediese a la venta o remate de esos bienes, sin haber pasado allí

cuando menos dos días con sus noches.

Tía Elisa tenía sus rarezas, sin duda alguna, aunque esta pequeña intriga post

mórtem no fuera ciertamente la mayor. Por lo pronto, se había esfumado del

horizonte familiar en muchas ocasiones y durante largas temporadas, y estas

desapariciones, siempre según la malsana óptica de mi madre, no hacían sino

confirmar su malvada excentricidad, ya que acusaba a Elisa de sumirle deliberadamente

en la inquietud, con la intención de socavar su salud, seriamente

minada por problemas cardíacos. Supongo que los lazos de sangre pueden

abrirse paso a través de lo irreconciliable, y dar pábulo a la paradoja de un

amor fraternal que tan pronto es ensalzado o mitigado por la ausencia, como

puede ser arropado o aniquilado por la cercanía, según soplen los vientos. Entre

ambas hermanas existía un abismo insalvable, excavado pacientemente

por mi madre desde que, siendo tan solo unas niñas, tomaron conciencia de

los opuestos que representaban con precisión paradigmática. La belleza, el

talento y la alegría de la pequeña Elisa no hacían más que subrayar el carácter

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esquivo y la poco agraciada vulgaridad de mi madre, que sucumbió a los celos

y a la envidia, y jamás pudo desprenderse de esa coraza de resentimiento.

Uno de los escasos momentos en que he visto la tristeza instalada en la mirada

de tía Elisa fue el día en que me relató la mal disimulada euforia de mi madre

al conocer la confirmación médica de la presumible esterilidad de su hermana

menor. Mi madre estaba a punto de casarse, y quedar embarazada cuanto

antes fue una carrera contrarreloj por acunar su carnal triunfo frente a los ojos

de la Yerma Elisa, como más de una vez le escuché referirse a ella, incapaz de

comprender que su hermana pudiera alegrarse sinceramente de su fertilidad.

A medida que el embarazo de mi madre avanzaba, Elisa contempló ilusionada

cómo gran parte de su belicosidad iba desapareciendo, quizá ahogada por la

marea hormonal, y según pasaban los días, la prolongación de aquella entente

silenciosa auguró una nueva época en sus relaciones. Todo parecía marchar

sobre ruedas hasta que cumplí un año de vida y Elisa constató decepcionada

que mi madre volvía progresivamente a las andadas. Mes tras mes, el motivo

del fracaso del prolongado alto el fuego se fue haciendo cada vez más evidente

en mi rostro, ya que mis facciones remedaban con fidelidad creciente las

de tía Elisa en las fotografías de sus primeros cumpleaños: yo tenía la nariz,

la boca, el cabello, los ojos, la mirada y hasta la sonrisa de mi tía, y el rápido

paso de los años se encargó de demostrar que también había heredado su tipo

espigado y su creatividad.

Seguramente las pinturas de Elisa influyeron vigorosamente en mi sensibilidad

infantil. La recuerdo enfrascada en sus lienzos, la mirada ausente, sosteniendo

el pincel y la paleta con el gesto detenido en el tiempo de un autómata,

ignorante de mis merodeos y de las airadas irrupciones de mi madre,

sacándome de su estudio poco menos que a empujones, amparándose en la

hipócrita excusa de dejar trabajar en paz a la tía. Recuerdo sus exposiciones en

Barcelona, las primeras críticas en revistas especializadas, el alza considerable

de la cotización de sus obras tras una exitosa exposición en Nueva York, y

de repente: el silencio. Mi tía desapareció de nuestras vidas casi por completo,

enviando de tanto en tanto cartas breves como telegramas sin remiten-

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te, cuyo objetivo era tan solo dar fe de vida. Jamás volvió a telefonearnos, y

tampoco volvimos a tener noticias sobre su paradero o sobre la marcha de su

obra. La última vez que vi a Elisa fue durante el entierro de mi madre, fallecida

por un infarto hace más de dos años. Su inesperada aparición debería haberme

llenado de dicha, pero sin embargo no hizo sino hundirme en la más absoluta

desazón. Mi emocionado abrazo no fue correspondido, y al separarse de

mí con un respingo, tuve la intuición de que algo había estallado en su interior,

liberando sentimientos contrapuestos, porque si bien su mirada conservaba

casi intacta aquella llamarada cómplice con que siempre me observaba, su

lenguaje corporal la asimilaba contra todo pronóstico a mi madre.

El señor Mestre me esperaba junto al portón color canela, tal como el abogado

había puntualizado que sucedería. Me recibió con emoción a duras penas

contenida, sonrojándose e intentando disimular con gesto nervioso el rictus

de asombro que en su rostro delataba el retorno de un pasado entrañable.

“Usted perdone”, dijo deshaciendo aquel incómodo paréntesis con sonrisa

franca. “Verle ha sido como si el autorretrato de juventud que su tía colgó sobre

la chimenea del salón hubiera cobrado vida. ¡Son ustedes tan parecidas!”

Detrás del portón había una senda que más adelante quedaba oculta por los

pronunciados desniveles del terreno. Era necesario caminar un buen número

de metros para ver asomar entre la maleza la veleta que coronaba el tejado,

y otros muchos hasta poder discernir la segunda y la primera planta, hasta

que un gran claro en el bosque dejaba al descubierto la fachada de una masía

aragonesa del siglo xvii, seguramente reformada varias veces y en buen estado

de conservación. Mestre se adelantó, subió con agilidad la escalinata que

salva un desnivel de más de un metro entre el suelo y el soportal, y sacando

un manojo de llaves del bolsillo, abrió la gran puerta de entrada de par en par:

“Que entre el aire”, dijo en tono melancólico, abarcando la fachada con sus

recias manos de campesino. Luego me extendió el manojo de llaves: “Disculpará

que no la acompañe, pero desde que murió su tía intento estar allí dentro

el menor tiempo posible. Le he preparado un dormitorio en el primer piso, primera

puerta a su derecha. El lavabo comunica con la habitación, y en la planta

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aja tiene la cocina, con gas suficiente para unos quince días de uso intensivo.

Durante el último mes de vida, su tía me recordó insistentemente que le indicara

cuál es la llave de la caja de caudales, donde nunca se guardó dinero,

ya que no tiene combinación y no es mucho más segura que el cajón de un

escritorio, pero me dijo que hay allí algunas cosillas que estarían esperándole

a usted. Como puede ver, las llaves están todas claramente identificadas.

Encontrará la caja fuerte empotrada en un ángulo del estudio, en la segunda

planta, y si necesita de mis servicios, por favor, no dude en telefonearme”.

En cuanto Mestre se marchó abrí las puertas del salón, encendí las luces y por

poco perdí el pulso ante la visión del autorretrato de Elisa. La turbación del

pobre hombre debió haber sido mayúscula, habida cuenta de la mía, pese a

estar de sobra acostumbrada a nuestro parecido. Sin embargo, era precisamente

el verismo de la obra el que certificaba la inequívoca identidad de Elisa

Zumaya en esa mirada que parecía beberse el mundo de un trago, atizando el

fuego interior que la iluminaba.

Subí de dos en dos los escalones hasta la segunda planta, toda ella una gran

sala luminosa y casi vacía donde poco quedaba del estudio de Elisa. Era evidente

que habían unido dos de las antiguas ventanas, conformando una de

grandes proporciones, y reforzado los antiguos dinteles con vigas de acero,

cubiertas con un faldón de madera tallada. Cerca del ventanal había un robusto

caballete para cuadros de mediano formato, y en la pared opuesta,

un sistema de soportes correderos para exponer varios lienzos. El parqué

conservaba unos pocos rastros de pintura, apenas insinuados luego de una

limpieza concienzuda, y todo estaba esmeradamente recogido: unos cuantos

bastidores enfilados junto a una de las paredes, botes de pintura ordenados

por gamas de colores en sus estanterías, y sobre una gran mesa que ocupaba

el centro de la habitación, unas cuantas cajas de plástico translúcido que dejaban

entrever pinceles ordenados por tamaños y grosores. En una esquina de

la pared opuesta a la puerta de entrada, bajo una repisa de madera que unía

ambas paredes en diagonal, estaba la caja de caudales en su nicho de cemento.

Mestre quizá había subestimado la facilidad de apertura del armatoste, o

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quizá fuera mi ansiedad, no exenta de temor reverencial, la cuestión es que

solo después de numerosos intentos pude acceder al contenido de aquella

antigualla. En su interior tan solo había un LP de vinilo dentro de su funda protectora

de papel, un pequeño sobre blanco sin leyenda y una libreta de notas,

con tapas de cuero repujado color azul marino:

“¿Recuerdas Cuadros de una exposición, de Mussorgsky?, eras tú quien me

los describía según el giradiscos iba desgranando los temas musicales que los

representaban. Bastaba con que te anticipara los títulos para que tu imaginación

te llevara al interior de cada lienzo y contaras lo que ibas descubriendo,

porque yo sé que no inventabas nada, sino que sencillamente estabas allí, describiendo

lo que veías. Pues bien, la libreta que lees en estos momentos solo

existe porque tú la ves, y es tan real como aquellos retablos, o la voz de tu tía

Elisa, dándote una lata de ultratumba. Lamento que la actitud de tu madre

haya logrado avasallar el amor que te tengo y mantenerme alejada de ti durante

tanto tiempo. ¿Sabes por qué dejé definitivamente de ir a veros? ¿Por

qué me borré del mapa? La respuesta es que había amado tanto la belleza

que llegué a pensar que era un valor en sí misma, y cuando me tocó perderla,

acelerada y despiadadamente, sucumbí al espejismo de suplantarla con el recuerdo

que de mí tenían quienes me conocían.

¿Sabes por qué no te devolví el abrazo durante el entierro de tu madre?, Porque

no me atreví a sacar de los bolsillos del abrigo aquellas grotescas ramas

retorcidas en que la artritis había convertido mis manos, y entonces me alejé

de allí poco menos que corriendo, incapaz de sopesar el daño que mi debilidad

podía causarte, espantada de haber claudicado ante la belleza: la tuya,

plantada frente a mis ojos, y la mía clamando desde el recuerdo.

¿Podrás perdonarme? ¿Seguirás siendo la niña de mis ojos? No te imaginas

hasta qué punto he llegado a comprender el carácter de tu madre, y cuánto

me duele que haya muerto sin vislumbrar su error. Yo en cambio he tenido

la inmensa suerte de intuir que me llegaba la hora, y de haberme propuesto

sacar fuerzas de flaqueza, para marcharme sin ira y sin rencor. Que estés le-

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yendo este descargo avala mi intuición, pero seguramente no habrá testigos

que puedan certificar el estado de ánimo que precederá a mi último suspiro,

porque he decidido morir en soledad, ahora que, gracias a las reiteradas

complicaciones de mi enfermedad, estoy aprendiendo a marchas forzadas a

pactar con los monstruos del sueño de la razón.

Cuando durante las primeras horas de la mañana, la rigidez, la hinchazón y el

dolor me hacían casi imposible cualquier actividad, comenzaba a bosquejar

mentalmente lo que horas después dibujaría en el estudio, en cuanto el marasmo

matutino fuera cediendo paso a una relativa normalidad. Mi método

consistía en emular a aquella chiquilla que construía fabulosos cuadros en su

mente, con la naturalidad de quien vuela una cometa, y mi secreto para conseguirlo,

a una edad en la cual se está de vuelta de todo, consistió en desprenderme

de mis señas de identidad, de la experiencia, que siempre es sinónimo

del pasado, y también de la esperanza, que como el futuro, en cuanto llega

se desvanece. La magia verdadera, créeme, solo existe en el presente, y su

consecuencia inevitable es la dicha.

Al caer el sol los dolores recobraban su habitual intensidad y su empeño en

doblegar todos los rincones de mi cuerpo con simétrica puntualidad. Eran dos

ejércitos, sitiando a un mismo tiempo ambos tobillos, avanzando lentamente

hacia las rodillas una vez aniquilada toda resistencia en las Tierras Bajas, y

continuando su avance imparable hacia las indefensas manos, plaza que aprovechaban

para recobrar el aliento y organizar meticulosamente el asalto final

en las alturas. Cuando comenzaban a instalar sus baterías en los ojos resecos,

que a duras penas distinguían los trazos del lápiz, y la blancura de la tela reverberaba

como una inmensa salina, solo entonces, me iba a la cama e intentaba

conciliar el sueño imaginando los colores que al día siguiente mezclaría

pacientemente con las puntas de los dedos, a falta de la habilidad necesaria

para poder manejar una espátula.

No pretendo abrumarte, sino dejar constancia de cómo llegué a pintar los

quince cuadros que encontrarás en el sótano, embalados y numerados por

orden de ejecución. Todo lo que he sido ha quedado plasmado en esas pintu-

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as, y la inclusión del autorretrato de mis manos, el último cuadro de la serie,

escenifica mi pequeño triunfo sobre la adversidad.

¿Te gustaría organizar mi última exposición? Puedes obrar a discreción, y sé

que encontrarás la solución más adecuada para cada contratiempo, pequeño

o mayúsculo, que pueda surgir. El sobre blanco, que estoy segura aún no has

abierto, contiene una misiva para mi marchante de Barcelona. Él te asesorará

adecuadamente en todo aquello que por fuerza desconoces de este mundillo.

Sin embargo, hay algo que solo tú, que tanto has contribuido sin saberlo a

la consecución de esta difícil empresa, puedes hacer, y es titular mis cuadros.

Yo solo atiné a fecharlos, porque cuando le di el último retoque a mis dedos

sarmentosos, supe que era la última pincelada de mi vida, y que el final estaba

lo suficientemente cerca como para despojarme definitivamente de todo, y

en especial de las palabras.

No es casualidad que hayan sido quince las obras de este último ciclo, como

quince son los tableaux de Mussorgsky. El vinilo que has visto contiene en sus

surcos, arados hasta la saciedad, una parte importante de nuestra historia

personal, y por tanto, querida Amanda, permíteme que sea yo quien ponga la

música. Tú solo tienes que dejarte llevar.”

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Debilitar

el Viento


Ilustración: Alejandro Tio Gary


Debilitar el Viento

Javier Serra Vallespir

“Incluso los pobres de espíritu se vuelven muy inteligentes

después de un gran dolor”

F. M. Dostoyevski

“Guárdeme bien, si puedo, de que mi muerte diga algo

que no haya dicho antes mi vida”

Michel de Montaigne

Nací con un Don insólito que ha vinculado mi vida al amargo

sello del dolor en cualquiera de sus tortuosas vertientes,

aunque siempre se haya tratado del ajeno. Centenares

de personas con enfermedades que cursaban con grandes dolores

han acudido a mí con la falsa creencia de estar encomendándose a

un exorcista capaz de expulsarlos de sus cuerpos. ¡Qué más quisiera!

Pero una cosa sí puedo decir: quienes han demostrado soportarlo

mejor son también quienes lo sufren en mayor medida, los enfermos

crónicos. Esta aparente paradoja se debe a la angustia que genera la

imposibilidad de zafarse de él, claro, pero sobre todo a la impotencia e

incomprensión que sienten cuando ni familia ni sociedad son capaces

de ofrecer el apoyo que necesitan. Constatarlo me sirvió para darle

una finalidad a mi Don y sacarle partido, si bien durante este último

año se ha cobrado venganza haciéndome encajar la mordedura del

dolor en mis propias carnes con cada aliento. Ahora que podría hablar

del tema con auténtico conocimiento de causa, la vela se apaga. Mi

vida toca a su fin. Pero hoy el demonio del dolor se ha tomado el día

libre y eso me da una tregua que me permite rendir cuentas. Quizá

esté agonizando: ¿no dicen que cuando uno está a punto de morir

los instantes más importantes de su existencia desfilan como en una

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pantalla de cine ante sus ojos? Atentos, el proyector se ha encendido. Pero

antes de que se abalancen sobre las palomitas debo dejar claro que nadie me

consultó si quería ese talento que me tocó en suerte administrar y que marcó

mi vida. Tuve que aceptarlo sí o sí. Algunos dirán que no fue obra de la suerte,

sino de un designio superior. Me temo que no tardaré mucho en averiguarlo.

Me llamo Daniel Simó, y la primera vez que mi Don se manifestó tenía siete

años. Fue en un parque público. Una amiguita se precipitó desde un tobogán

y se hizo daño en una pierna. Yo fui corriendo a avisar a mi madre, la cogí de la

mano y la llevé hasta donde lloraba la pequeña. Sin soltar a mamá tomé también

la mano de la niña, que parecía pedir ayuda para levantarse. Entonces

sucedió. Recuerdo que me atravesó una corriente de aire frío, como si alguien

hubiera abierto de repente todas las ventanas de una casa en pleno invierno.

Por su parte, mamá notó algo más. Lanzó un grito de sorpresa y dolor y se

tambaleó agarrándose la pierna derecha, la misma en la que se había lastimado

la niña. Varias personas acudieron atraídas por el jaleo, entre ellas una

enfermera que dictaminó que la niña se había fracturado la tibia. Luego se

interesó por mi madre, que permanecía recostada en el tronco de un pino con

una palidez mortal y mirándome de forma muy extraña. Esa mirada aún me

provoca escalofríos. Cuando le preguntó, mi madre dijo que no pasaba nada,

que solo había sufrido un pequeño mareo, compuso la mejor de sus sonrisas

y me sacó discretamente de allí.

Pero sí había pasado algo. Vaya que sí. Había sentido el dolor de la niña como

si fuera ella la que se hubiera roto la tibia. Sintió el crujido de su hueso al astillarse

y la brutal onda expansiva que ascendió por su torso y extremidades

abrasándole los nervios a su paso. Lo sé porque a lo largo de mi futura carrera

(si se la puede calificar así) provocaría incontables experiencias similares a

esta, la mayoría mucho más intensas, pero en ese momento yo no fui consciente

de lo que había sucedido.

Al principio mi padre no creyó a mi madre cuando se lo contó, y atribuyó lo sucedido

a su “carácter histérico y supersticioso”. Papá era así de cariñoso con

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nosotros. Sin embargo, bastó realizar una prueba con mi abuela, que padecía

artrosis, reúma y unos cuantos achaques más, para convencerle de que su

vástago sí tenía la capacidad de transmitir las sensaciones de dolor, malestar

y sufrimiento de una persona a otra con la misma facilidad que los estudiantes

de hoy realizan un “copiar-pegar”. Era suficiente con que tocara la mano

de las dos personas al mismo tiempo. De ese día solo recuerdo las diferencias

de tacto entre la mano nudosa de la abuela y la de papá, además de la corriente

fresca que me atravesó durante el trance y que, debo confesarlo, se parecía

al escalofrío de placer que siente uno cuando le acarician la espalda. Mi

madre también disfrutó viendo cómo papá se desencajaba al recibir el impacto

del alud de dolor que manaba de la abuela y que le daba la razón: fue una

de sus poquísimas victorias frente a la dictadura a la que mi padre la sometía.

A ella y a mí. Papá determinó que debía mantenerme alejado de todo el mundo.

Se inventó que era portador de una rara enfermedad transmisible por

contacto y avisó al colegio de que nadie debía acercarse a mí. Me prohibió

jugar con otros niños y hacer o recibir visitas. Crecí solo, confundido, arrinconado

y asustado sin comerlo ni beberlo. “¡No te acerques a ellos!” era la

orden preferida de papá cuando no quedaba más remedio que ir a alguna

parte donde hubiera gente. A mi pobre madre ni siquiera la permitía protestar.

Años después él decidió mi ingreso en el seminario. Pensaba que de esa

manera mi maldición, porque así era como interpretaba mi Don, estaría bajo

una especie de supervisión divina que la mantendría controlada, o quizá tan

solo pretendía ocultar mi anormalidad para protegerse de las habladurías y

deshonras que poblaban su retorcida imaginación. En cualquier caso sus planes

salieron al revés, aunque ni él ni mamá, pobre mamá, llegaron a saberlo

nunca. Murieron en un accidente de tráfico cuando yo apenas llevaba un mes

de internamiento. Conducía ella, y aún hoy la duda sobre si realmente fue un

accidente o una forma de tomarse la revancha de tanto desprecio acumulado

me sigue causando un dolor más insoportable que el de mi marchito cuerpo.

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Sin embargo, las cosas no cambiaron demasiado para mí. Me había habituado

a la soledad y la desaparición de mis padres no supuso aliciente alguno para

que abandonara mi retiro. Al contrario, era un adolescente avergonzado de

sí mismo que había incubado un pánico cerval al contacto humano. Me sentía

como una plaga, un vector de propagación del dolor. Por eso, cuando la diócesis

propuso como parte de nuestra formación realizar un viaje a El Salvador

para apoyar a los misioneros que colaboraban con los pueblos indígenas, no

me lo pensé. Cuánto más aislado, mejor. Mi primera decisión autónoma consistió

en hacer de la necesidad virtud.

Fue entre los Lenca, que hablaban su propia lengua y nada de castellano, donde

entreví cómo encauzar mi Don. Fui testigo sobre el terreno de las dificultades

de los médicos para comprender qué les pasaba a los niños enfermos que

acudían al campamento solicitando ayuda. No tenían forma de explicar sus

dolores ni su malestar, sobre todo los más pequeños, ni tampoco sus padres

podían hacerlo por ellos. A veces, debido a la falta de comunicación fluida, el

diagnóstico era equivocado o tardío, y por lo tanto también el tratamiento. Ya

no podía soportar más el dolor inútil que sufrían esas criaturas, y a pesar de

mis reticencias y miedos me decidí a intervenir. La oportunidad se presentó

cuando me quedé a solas en la tienda que utilizábamos como ambulatorio

junto con un niño febril que sufría espasmos y un pediatra de Médicos Sin

Fronteras que sudaba a borbotones tratando de saber qué le pasaba. Mientras

le auscultaba y ante su perplejidad, tomé las manos de ambos como si

improvisara una sardana. Inmediatamente me invadió el conocido escalofrío,

con idéntico resultado para el médico que en las dos ocasiones anteriores que

lo había experimentado. Les ahorraré detalles: una vez recuperado del trauma,

el pediatra diagnosticó apendicitis y el niño fue operado con éxito. Cuando

asumió lo sucedido (y le costó: tuve que demostrarle mis capacidades un

par de veces más) me confirmó que mi talento podía salvar vidas ahorrando

tiempo en el diagnóstico y aumentando su precisión: ¿qué mejor explicación

puede haber para un médico que hacerle sentir los síntomas de sus pacientes?

Esto sucedía a principios de los noventa. En un par de meses el rumor de que

un curandero, un chamán o un ángel de la guarda actuaba en la región cobró

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fuerza. Sorprendentemente, a pesar del incremento de curaciones no todos

las interpretaban como una buena señal. Algunos de mis compañeros empezaron

a señalarme con el dedo como si fuera un embaucador o un pariente

del Anticristo, y parte de la población local empezó a evitarnos. Esta rumorología

debió inquietar al Obispado, porque se ordenó mi regreso inmediato.

Pero yo ya sabía cómo aprovechar mi Don, y no iba a consentir que nadie

volviera a encerrarme en ninguna mazmorra por su causa. Lo pondría a disposición

de los que más dolor sufren para intentar mitigarlo. Podría presumir de

que me impulsó el sentido del deber, mi generosidad y bla bla bla, pero sinceramente,

creo que pesó más en mi decisión el hecho de rebelarme contra el

Superyó henchido de vergüenza, nula autoestima y miedo que había erigido

mi padre en mi mente, por lo menos al principio. Mi padre me hizo sufrir inútilmente

para enterrar mi Don. Pues ahora yo lo sacaría a la luz precisamente

para paliar el sufrimiento. Chincha.

No tardé en desvincularme del seminario, porque limitaría mis posibilidades

(vale, también lo dejé porque ingresar en él había sido idea paterna). Luego

me puse en contacto discretamente con médicos de renombre para que

valoraran de qué forma podría ser de más ayuda. Ninguno de ellos daba crédito

a mis palabras hasta que hacíamos la prueba, como el apóstol Tomás,

que necesitó introducir la mano en el costado abierto de Cristo para creer

en su resurrección. Yo se las embutía hasta las entrañas. Entonces sus dudas

se disipaban mucho más rápido que sus rictus de dolor. Así dio comienzo mi

intensa colaboración con el mundo de la medicina. La única condición que

puse fue que nadie revelara mi identidad. Deseaba mantener el anonimato

para no tropezarme con inquisidores como mi padre. Es de justicia destacar

que nunca busqué fama, honores o beneficio económico, a pesar de que mi

Don podría haberme hecho millonario: ¿Qué me habría ofrecido la industria

farmacéutica? ¿O ricachones hipocondríacos? ¿O David Copperfield? Gracias

a Dios, siempre conseguí resistir semejantes tentaciones y escabullirme del

acoso del poder. Supongo que en parte debo agradecérselo a mi padre: me

habituó a ocultarme.

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Entonces recibí la inesperada llamada del presidente del Gobierno solicitándome

una cita. Fue el año en que la UE, obsesionada por reducir gastos y contentar

a los tiburones de la bolsa, se sumió en la mayor depresión económica

desde el crack del 29. Los ciudadanos estaban hartos de recortes que granizaban

sin que supieran bien por qué. La mayoría llegó a dar por sentado que

la sanidad, la educación, el estado de bienestar en su conjunto y la UE misma

acabarían yéndose al garete. Por suerte, no tuvimos que comprobar si estábamos

tan domesticados como para aceptarlo sin rechistar, y me gusta pensar

que tuve algo que ver en los cambios que hicieron posible evitar la debacle.

Ignoro quién violó su promesa y le habló de mí a algún jerifalte del Gobierno

que hizo que me localizaran, pero estuve acordándome de toda la familia del

chivato durante los dos días que tardó la comitiva presidencial en plantarse en

mi casa. Porque, en contra de mi primer impulso, concertamos la cita. Seguro

que padece alguna enfermedad grave que se resiste a ser identificada, pensé.

¿Y qué pasaría si en medio del caos el presidente se veía obligado a renunciar?

Además, no iba a discriminarlo por ser poderoso. O un gobernante de dudosa

eficacia. O por usar peluquín, ya puestos. Casi me da un ataque de pánico

cuando apareció frente a mi puerta aquel escuadrón de gorilas y personas

trajeadas. Sin embargo, el presidente me pareció muy sano cuando entró. Resulta

que yo estaba completamente equivocado: no era él quien precisaba de

mis habilidades, sino su hijo. Yo ni siquiera sabía que fuera padre. Quien me

expuso el caso fue su psiquiatra: se trataba de un adolescente que padecía

una enfermedad mental cronificada de diagnóstico incierto, y no se lograba

hallar la medicación adecuada. El chaval sufría enormes altibajos emocionales,

jaquecas e incluso episodios de alucinaciones. El facultativo me pasó la

pelota con descaro y en voz bien alta: solo si yo era capaz de hacerle sentir

con exactitud qué fallaba en su mente podría hacer un diagnóstico certero

del caso. Antes de aceptar el envite me tomé unos segundos para pensarlo:

nunca me había planteado utilizar mi talento con enfermedades mentales.

¿Podría transmitir ese tipo de trastorno? ¿Sería peligroso para el médico, para

el chico o para mí? Iba a rechazar el caso, por mucho presidente que fuera,

pero en ese momento dos enfermeros entraron empujando una camilla. El

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presidente no se dignó a levantarse de su butaca para acompañar a su hijo,

que estaba sedado y gimoteaba en sueños. Ni siquiera volvió la cabeza. Eso

me dejó bien claro que realmente no le preocupaba la salud de su hijo. De

hecho, su forma de manejarse me recordó mucho a papá. Creo que solo temía

que el caso llegara a ser de dominio público y le perjudicara de cara a una

posible reelección. El principio que le movía a actuar era el mismo que había

llevado a mi padre a tratar de apartarme del mundo. Y si quiso estar presente

durante la sesión fue para darle más énfasis al caso y para presionarme por

si me echaba atrás. Cuando la camilla pasó frente a él y se le hizo inevitable

afrontar su visión, comprobé el desprecio con que le miró. Si la consideración

que les merecía el pueblo a la mayoría de mandatarios era equivalente a

la que demostraba el presidente por su hijo, esa mirada explicaría mucho mejor

que un regimiento de economistas el porqué de la crisis y la merma en

derechos y servicios. Eso fue lo que hizo que yo cambiara de idea.

El chico dormía y babeaba. Me parecía oír su maquinaria mental desafinada

chirriando en su cabeza. Expliqué que debíamos esperar a que se le pasara el

efecto de la sedación, pues en aquel estado pocas cosas aparte de su modorra

podría transmitir. En el ínterin, el presidente y yo mantuvimos una charla

cordial por fuera, afilada por dentro, que confirmó todas mis sospechas. Actuó

como el político curtido que era, sonriendo y contestando con evasivas

a cualquier cuestión complicada. Cuando pasé a hablar de su hijo, empezó a

picarle todo el cuerpo. Las evasivas se tornaron silencios. Por suerte para él,

el chico despertó en ese momento, y lo hizo gritando. “¡Papá! ¿Dónde estoy?

¿Quién es esta gente? ¿No irás a encerrarme?”. Los dos enfermeros que lo custodiaban

tuvieron que sujetarle. El presidente agachó la cabeza avergonzado.

Entonces el psiquiatra, que durante nuestro intercambio de impresiones se

había mantenido en un discreto segundo plano, se colocó a mi lado y cerró los

ojos en la pose de concentración que adoptaría un mentalista de circo y tendió

la mano derecha. “Cuando quiera”, proclamó con afectación. Y yo, nada

afectado, repuse “no”. El hombre abrió los ojos como si le hubiera empujado

por la ventana de un décimo piso mientras su cara se transformaba en un

signo de interrogación.

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“Usted no”, aclaré. “Debe ser él”, afirmé señalando al presidente.

Este abrió los ojos aún más que el psiquiatra y dio un paso atrás. Fue una

reacción instintiva, no sé si de sorpresa o de asco ante la perspectiva de tener

que implicarse y tocar a su hijo, que curiosamente se había tranquilizado al

acercarme. “¿Por qué yo?”, preguntó. “No puedo ayudarle, no soy médico.

No serviría de nada”.

“No precisa conocimientos de psiquiatría para ayudarle. Tan solo relájese”,

dije con una voz mística y a lo Leonard Cohen que imposté en aquel momento.

Fue un buen truco, porque logré que no se alejara más. Entonces sujeté

la mano del chaval con mi diestra, salté como una cobra hacia el presidente y

tomé la suya con la zurda sin darle ocasión de retirarla.

Fue cuestión de un segundo que no me acribillaran. Contemplé horrorizado

pero sin soltar a mis presas como sus guardaespaldas, que pensaron que atacaba

a su protegido, desabrochaban las fundas de sus pistolas para encañonarme.

Improvisé un padrenuestro acelerado, como en el seminario. Sus dedos ya

acariciaban los gatillos cuando el presidente logró articular un gemido que pareció

brotar de un pozo lleno de fango. “No, déjenlo, estoy… bien”, gorgoteó.

No lo estaba en absoluto. Los tendones de su cuello se habían tensado como

amarras de mercante. Apretaba los dientes y su rostro se había contraído en

una parodia espantosa del que aparecía distendido y amable en los medios.

Estaba irreconocible. Los gorilas, estupefactos, habían ido bajando sus brazos

extendidos y sus armas a media asta acabaron apuntando directamente a mis

pelotas, en una actitud comprensible pero poco profesional que me tuvo con

el alma en vilo mientras duró el contacto.

Permanecimos así tal vez un par de minutos, no más, aunque a ciencia cierta

supusieron una eternidad para el presidente. Por el contrario, a mí nunca me

sentó mejor el estremecimiento que serpenteó por mi cuerpo hasta que él

rompió la cadena de tres eslabones que habíamos forjado. Se sentó al borde

de la cama y en dos arcadas, uag, uag, vomitó hasta la primera papilla.

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“Mierda”, fue la primera declaración presidencial tras enjuagarse la boca y

adecentarse un poco. “Ni se me había pasado por la imaginación que sufriera

semejante calvario”, añadió con la respiración aún entrecortada. Me anoté mi

éxito rotundo a la hora de transmitir el dolor mental. Nadie más que él sabrá

nunca qué sintió al ser invadida su conciencia por los fantasmas que atormentaban

a su hijo, pero se trató de una de esas experiencias que transforman

tu visión del mundo “Sí, el dolor es un demonio que habla su propio idioma,

señor presidente. Resulta difícil hacérselo entender a las personas que no lo

sienten. Yo me limito a actuar como, digamos, intérprete. No puedo hacer

más para aliviarlo, pero usted sí. Y no solo por su hijo, si me permite la observación”,

indiqué.

Entendió perfectamente y a la primera lo que quise decir, al contrario que el

psiquiatra. “¿Por qué se me ha hecho venir si no puedo conectarme con el enfermo

para catalogar su dolencia?”, preguntó con un despecho mal disimulado

llevándome a un rincón. “Dándole un nombre a su trastorno no va a poder

ayudarle mejor”, respondí. “Psicosis, esquizofrenia, depresión, TOC, solo son

palabras, y para el chico cuentan menos que un sin papeles para este Gobierno.

No se ofenda, pero créame, hoy le hemos ayudado más logrando que su

padre comprenda lo que significa padecer una enfermedad crónica que con

cualquier fármaco que pudiera recetarle. Y ojalá de paso hayamos curado la

locura del presidente, que aún me parece más grave”, agregué.

El presidente, que se nos había aproximado sin darnos cuenta para despedirse,

oyó mi comentario. Meneó la cabeza, aún con las llagas del lance en su

expresión, y compuso una sonrisa circunstancial. “Le estoy muy agradecido”,

expresó estrechándome, aún con cierto temor, la mano. “No me tome por un

caso perdido, señor Simó”, afirmó. “No lo haré, y recuerde que el viento se

debilita si a su paso encuentra bosques”, sentencié. Reconozco que tenía la

frase preparada, como Armstrong al pisar la Luna, y no iba a guardármela. El

presidente se tocó el ala de un sombrero imaginario y en un suspiro él y toda

su pléyade se habían esfumado.

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Me volqué a partir de entonces en los enfermos crónicos. Como en el caso del

hijo del presidente, muchas veces no eran sus médicos, sino sus familiares y

su entorno, quienes necesitaban percibir su dolor, aunque fuera unos instantes,

para entenderles. Yo lo sabía bien: me habían tratado y habían hecho que

me viera como tal los primeros veinte años de mi vida. Si conseguí que algunas

familias brindasen más amor y dedicación a sus enfermos ya me doy por

satisfecho. No les curaba, pero compartir su sufrimiento aplacaba el poder

del demonio del dolor que les azuzaba con su tridente. Ya saben, el viento se

debilita si a su paso encuentra bosques.

No volví a tener contacto con el presidente, pero sí con otros políticos, jefes

de Estado algunos, magnates y personalidades de reconocido prestigio.

¡Quién me iba a decir cuando me creía un apestado que los hombres y mujeres

más relevantes del planeta harían cola para sentir dolor ajeno a través

de mí! ¿Por qué? A algunos les movería la curiosidad o el morbo, pero tengo

la convicción de que otros muchos acudían a mí para sentirse humanos, para

tocar el alma de quienes sufren. Resulta una experiencia aleccionadora, como

visitar un campamento de refugiados o sumergirse en una región que padece

hambruna. No es lo mismo que verlo en un noticiero. Sea como fuere, en

aquellos meses la política europea viró para volver a centrarse en las necesidades

de los ciudadanos y dejar de desmontar lo que tantas décadas habíamos

tardado en construir. Creo que personas muy poderosas comprendieron

lo que de verdad importa y aquello por lo que merece la pena luchar a partir

de sus experiencias con los enfermos, sobre todo los crónicos y los mentales.

Y me conforta creer que todo ello fue posible gracias a mi Don.

No obstante, el esfuerzo me estaba minando. Mi piel se comenzó a acartonar

hasta transparentarse como papel vegetal. Con cada contacto, lo que mis

pacientes ganaban, yo lo perdía. Mi Don me pasaba factura regalándome por

duplicado todo el dolor que había contribuido a aplacar. Me aparté de amigos

y conocidos, ¿quién sabe lo que podría haberles transmitido si les tocaba?

Y así alcancé el presente.

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Disfruto de dos cuidadores a tiempo completo (la cobertura sanitaria hoy es

universal y gratuita, ¡oh, là, là!) y, aunque apenas estoy consciente un par de

horas al día, desde esta mañana tengo un subidón. He recibido una carta del

hijo del presidente donde me cuenta los progresos en su recuperación. Está

estudiando Ciencias Políticas. ¡Los hay que no escarmientan! Pero lo que más

me gusta de su misiva es la posdata:

“GRACIAS POR DEBILITAR EL VIENTO”

Solo me queda ofrecerles en bandeja la revelación definitiva: por desgracia

todos sabemos lo que es el dolor, y muchos lo paladean a cada segundo, pero

nadie sabe qué se siente al morir. Nadie. ¿Quieren saberlo? ¿Traspasar el umbral

conmigo y poner un pie al otro lado? Solo tienen que tomar mi mano.

¡Vamos, adelante! Así, sin miedo. Muy bien. ¿Están preparados? Morir es esto:

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Diario

de Victoria


Ilustración: Pedro Paulo Oliveira Andrade


Diario de Victoria

Lucía Camacho Rodríguez

VIERNES 18 de septiembre de 1990

H

oy cumplo siete años, y papá y mamá me han regalado este

diario. Bueno... y una bicicleta azul que llevo pidiéndoles

desde hace tantos años que ni me acuerdo, cuando solo era

una niña. Nunca había estado tan contenta. En realidad este regalo no

me ha hecho tanta ilusión, pero como ya soy mayor no me he quejado.

Papá dice que tengo que escribir todo lo que pase, y que el día

de mañana me gustará leerlo. No sé, yo no creo que cuando sea vieja

me apetezca hacer eso, pero papá siempre tiene razón, así que voy a

empezar a contarte lo que hago, aunque sea solo para verle sonreírme

como en este mismo instante.

Pero hoy ya estoy cansada, y es mi cumpleaños, me voy a jugar con mi

bici. ¡Un besito!

DOMINGO 20 de septiembre de 1990

Tendría que haber escrito ayer, pero estuve muy liada. Vinieron mis

abuelos y comimos todos juntos. También me han hecho regalos, qué

guay. Lo mejor del día fue que mamá hizo una tarta, y en vez de azúcar

se equivocó y le echó sal, ¿te lo puedes creer? Nos partimos todos

de risa. Bueno, menos papá, que estaba algo raro y no le hizo ninguna

gracia el error. Cuando se fueron los abuelos se encerró con mamá

en su cuarto un buen rato, y los dos estuvieron muy serios en la cena,

por más que mi hermano Pedro bromeaba sobre el tema. Por cierto, el

muy tonto ha amenazado con leerle, se cree mejor que nadie por tener

doce años. No lo soporto.

Hoy estoy un poco aburrida. Está lloviendo y no puedo salir de casa.

Pedro está con su ordenador y no quiere jugar. Y ya está. Tengo ganas

de que sea mañana y ver a mis amigas en el cole. ¡Un besito!

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LUNES 21 de septiembre de 1990

Me tengo que ir a la cama, ya me han regañado por no apagar la luz. Todo bien,

un día guay.

VIERNES 25 de septiembre de 1990

Hoy ha pasado algo muy raro. Mamá tenía que venir a buscarnos al cole y no ha

aparecido. Pedro se ha portado como un valiente y no me ha soltado la mano

en las tres horas que ha tardado en aparecer papá. Incluso me ha dado parte de

una chocolatina que llevaba en la mochila. Hoy me cae mejor.

Papá no ha querido contarnos nada. Nos dio un abrazo enorme a la puerta del

colegio, hasta que Pedro le empujó, ya no le gustan esas cosas. Antes de ir a

casa hemos parado en la pastelería de la esquina que tanto nos gusta y nos ha

comprado dos pasteles gigantes, así que al final la espera nos ha salido bien,

aunque Pedro me ha quitado el último trozo que me había reservado, pero bueno,

hoy se lo perdono.

Me hubiera gustado preguntarle a mamá por qué no ha venido a buscarnos,

pero estaba dormida cuando hemos llegado. Pobre, seguro que está malita.

SABADO 26 de septiembre de 1990

Estoy enfadadísima, más que nunca. Nos habían prometido que hoy iríamos al

cine. Me moría de ganas de ver la nueva película de Disney. Mamá iba a ir conmigo

y papá entraría con Pedro a ver un rollo de peleas, y de pronto papá nos ha

dicho que no puede ser, que mamá no se encuentra bien y lo dejamos para otro

día. No me lo creo, mamá no parecía enferma en la comida, ha tomado pollo

con patatas igual que todos, nada de arroz blanco o yogur natural. ¡No es justo!

No voy a volver a hablarles nunca.

MIERCOLES 30 de septiembre de 1990

Estoy en casa de la tía Susana, que es la hermana pequeña de papá. Nos ha

recogido del cole y vamos a dormir aquí. Por lo visto papá tiene que llevar a

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mamá al médico y llegarán tarde. Es divertido estar aquí. Siempre que venimos

nos deja ver la tele hasta tarde y comer palomitas, y a veces incluso me pinta las

uñas y me deja ponerme una barra de labios de las suyas. Pedro dice que lo del

médico es mentira, que querrán estar solos y se han librado de nosotros. Puede

ser, pero nunca habíamos dormido fuera entre semana. Te dejo, que me están

llamando para cenar. ¡Un besito!

VIERNES 2 de octubre de 1990

Seguimos en casa de la tía Susana. Pedro dice que papá y mamá se han debido

ir de viaje de enamorados porque no tiene sentido que tenga que ir tantos días

al médico. A mí me da igual, quiero mucho a la tía. Esta tarde ha dejado a mi

hermano en casa de un amigo y me ha llevado al cine a ver la película de princesas

que tenía tantas ganas de ver, y me ha comprado una bolsa extragrande de

chucherías. Ya le he dicho que esto nunca se me va a olvidar, que es la mejor.

Espero que papá y mamá no se enteren, pero no me importaría quedarme unos

días más aquí, esta mañana incluso me ha dejado desayunar dos donuts de chocolate.

Es genial.

DOMINGO 4 de octubre de 1990

Hemos vuelto a casa. Papá y la tía han discutido cuando ha ido a recogernos.

No me he enterado de mucho. Creo que Susana no quería dejarnos marchar, y

papá se ha enfadado de verdad. No entiendo que se haya puesto así, al fin y al

cabo, la tía vive sola, y es normal que le guste tenernos con ella. A veces papá

se pone imposible. Mamá nos estaba esperando en el coche, en lugar de subir

como siempre, y ha estado muy callada en el camino hasta casa, ignorando

todo lo que he ido contando. Me han entrado ganas de decirle que la tía nunca

pasaría de mi cuando le cuento cosas tan interesantes, pero la cara de enfado

de papá me han hecho cambiar de opinión. Y encima ni siquiera me ha preparado

la merienda al llegar. Se ha ido directamente a su cuarto con papá detrás. Y

Pedro me ha puesto un bocadillo asqueroso que no me pienso comer.

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MARTES 6 de octubre de 1990

Hoy hemos pasado una vergüenza espantosa. Papá nos había dicho que iría él a

buscarnos al colegio, que esperáramos juntos porque si encontraba tráfico no

llegaría puntual. Y justo al salir, mamá estaba en la puerta, ¡en pijama y descalza!

Ha venido a abrazarnos y todos los niños se reían a nuestro alrededor. Yo le he

devuelto el abrazo, pero Pedro le ha gritado que estaba loca y ha salido corriendo.

Menos mal que papá no ha tardado en llegar. He agarrado a mamá con mucho

cariño, como cuando me coge a mí, llevándola hasta el coche mientras ella

lloraba. Nunca la había visto así. Me ha dejado con ella mientras iba a buscar a

mi hermano. Mamá me ha calmado muchas veces, pero yo no sabía qué decirle,

¿qué le habrá pasado? Seguro que alguien le ha mentido, o le ha regañado por

algo. El que debe haberse llevado una buena es Pedro, que al llegar a casa se ha

encerrado en su habitación dando un portazo que le ha costado la cena. Será

idiota… Yo voy a ir ahora mismo a darle un beso a mamá y me voy a dormir.

Seguro que así se le pasa la pena.

JUEVES 8 de octubre de 1990

Un señor muy raro lleva toda la tarde hablando con papá y mamá en el salón. No

nos dejan entrar. ¿Será él quién hace llorar a mamá? No me gusta.

MARTES 13 de octubre de 1990

Hoy mamá ha venido a recogernos al cole, pero venía con la tía Susana, ¡que

me ha regalado un brillo de labios precioso! Solo por eso merece la pena verla.

No sé por qué conducía ella el coche, nunca se lo dejan llevar. Qué buena es

mamá, seguro que le ha dejado esta vez para que practique. Pedro se ha ido

a un cumpleaños y a mí me han llevado al centro comercial. Ha sido divertido.

Tengo mucho sueño, ¡un besito!

MIÉRCOLES 14 de octubre de 1990

Estoy realmente enfadada con mamá. Anoche nos prometió que nos haría canelones

para cenar, pero nos ha mentido porque lleva toda la tarde encerrada

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en su cuarto, dice que le duele la cabeza, y papá está cociendo judías verdes.

¡Pues vaya cambio! Últimamente parece que no nos quiere. Paso de ir a darle

más besos.

VIERNES 16 de octubre de 1990

Hoy ha pasado un cosa que me ha puesto muy triste. Como es viernes, papá ha

salido antes de trabajar y ha venido con mamá a recogernos al cole para comer

juntos en algún sitio especial, pero cuando nos hemos montado en el coche,

mamá ha empezado a gritar que nos bajáramos, que no nos conocía y no podíamos

estar ahí. Yo me he puesto a llorar y Pedro me ha empujado fuera mientras

papá le decía algo que la ha tranquilizado. Al final nos hemos ido directamente

a casa. Papá nos ha dicho que era una broma, pero la verdad es que a mí no me

ha hecho ninguna gracia. No sé qué he podido hacer para que esté tan enfadada

conmigo. Ahora vuelve a estar encerrada en su cuarto, y aunque papá me ha

obligado a darle un beso al llegar, ni siquiera la he abrazado al hacerlo. Es mala.

LUNES 19 de octubre de 1990

Siempre es lo mismo. Los mayores deciden lo que quieren sin contar con nadie

más. Desde hoy vive con nosotros María, una señora muy fea que nos ha explicado

papá que tiene que cuidar de mamá. Cuando llegamos de clase ya estaba

en casa, y aunque por lo menos se va por la noche, es un rollo que esté todo el

tiempo aquí. Huele raro y es muy antipática. En una sola tarde me han dado más

órdenes que mamá en todos estos años, y me trata como si fuera un bebé. Y lo

peor, está pegada a mamá como si ella también fuera un bebé. ¡Es insoportable!

Papá ha estado hablando un buen rato con Pedro y conmigo. Nos ha contado

que mamá tiene alcimer o algo así, y que la veríamos rara algunas veces. Nos ha

pedido que la tratemos con cariño, que no la agobiemos y que seamos buenos.

Qué tontería, yo siempre soy buena. La verdad es que yo a mamá no la veo nada

enferma; está tan guapa como siempre, y no toma jarabes ni infusiones de esas

que saben tan mal. Pero papá estaba triste al contárnoslo, y Pedro me ha dicho

que le tenemos que hacer caso, que es importante. Los mayores están locos. Lo

único bueno de todo esto es que hoy hay pizza para cenar, ¡genial!

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JUEVES 22 de octubre de 1990

Tengo que irme a la cama, pero antes quería decirte que igual María no es tan

antipática como pensaba. Hoy ha traído una cámara y nos hemos pasado toda

la tarde haciéndonos fotos con mamá. Ha prometido que las imprimirá y nos

las traerá lo antes posible, que es importante que tengamos recuerdos de esta

época. Por mí fenomenal, ¡pero como sigamos haciendo tantas fotos cada día

hasta que seamos viejos como ella no nos van a entrar en casa!

DOMINGO 25 de octubre de 1990

Mamá ha hecho algo terrible hoy, tanto que no parece mamá. Por la tarde, estábamos

las dos viendo la tele en el sofá. Papá estaba en el despacho con sus cosas,

y María al ser fin de semana no ha venido. Pedro iba a salir con sus amigos

y ha entrado en el salón para cogerle cinco euros a mamá del bolso, avisándola

mientras lo hacía. Al verlo, mamá se ha levantado del sofá empujándome y haciéndome

daño, gritando a mi hermano que quién era y por qué iba a robarle.

Le ha zarandeado insultándole como nunca lo había hecho, diciéndole que si

no se iba llamaría a la policía. Papá ha llegado enseguida y se ha metido con

ella en la cocina. Hemos oído ruidos de golpes y al final han salido y han vuelto

a encerrarse en el dormitorio. Pedro lloraba tanto como yo. Al rato ha salido

papá y nos ha abrazado tanto rato que me dolían los brazos. Ahora va a venir a

buscarnos la tía Susana para llevarnos a dormir a su casa. No entiendo por qué

mamá ya no nos quiere.

MARTES 27 de octubre de 1990

Es la última vez que voy a escribirte. Es estúpido y no sirve para nada.

Hoy es el día más triste de mi vida. Mamá nos ha abandonado y no sé por qué.

Por la tarde nos ha recogido papá de casa de la tía, y nos ha llevado a una especie

de hotel lleno de viejos muy raros que nos decían cosas y nos miraban

sin parar. Y mamá estaba allí. No ha parado de llorar en el tiempo que hemos

estado con ella. Dice que está muy enferma y no puede seguir en casa, que algún

día lo entenderemos. Yo también he llorado y la he agarrado muy fuerte y

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dado muchos besos para que vuelva con nosotros. Le he prometido que voy a

ser buena siempre, pero no ha servido de nada. Pedro también está enfadado,

pero menos que yo. ¿Pero sabes una cosa? Yo tampoco la quiero.

MARTES 18 de septiembre de 2012

Hoy cumplo veintinueve años, y haciendo memoria no sé por qué he recordado

ese diario que me regalaron mis padres hace tanto tiempo que parece otra

vida. Te he leído llorando casi desde la primera línea, y al acabar he decidido

completar aquello que empecé, porque no podía dejar plasmado en estas líneas

un pensamiento tan equivocado sobre la persona que me dio la vida y que

demostró amarme sobre todas las cosas.

A mamá le diagnosticaron Alzheimer cuando tan solo tenía cuarenta y tres

años; algo excepcional pero posible, y le tocó a ella. En ese momento yo no

podía entender lo que significaba esa enfermedad, lo sola y desesperada que

se encontraría, y el dolor inmenso que pudo llegar a sentir al admitir que jamás

podría vernos crecer, ni ayudarnos, ni amarnos como habría deseado. Ahora sé

que la idea de marcharse a una residencia supuso para ella la decisión más dura

y difícil que una madre podría tomar, y que su miedo por hacernos daño era superior

a la esperanza egoísta de vernos cada día. Porque sabía que poco a poco,

por mucho sufrimiento que aquello le causara, dejaría de ser ella, y nosotros

no nos merecíamos eso. Nos amaba más que a nada en el mundo, y solo con el

paso del tiempo lo he llegado a comprender. Mamá murió ocho años después

de que el Alzheimer se apoderara de su cuerpo, cuando ya no nos reconocía en

absoluto, aunque en realidad nos había dejado mucho antes.

Mi madre fue la persona más buena y generosa del mundo; sacrificó los pocos

momentos de vida consciente que le quedaban por nosotros, y lamentablemente

jamás se lo podré agradecer. Ahora, leyendo lo que escribí entonces

desde un punto de vista infantil e ignorante y viendo algunas de aquellas fotos

que María afortunadamente nos obligó a hacernos los últimos días con mamá

en casa, recuerdo tantas cosas de ella que sé que nunca la olvidaré, que estará

eternamente dentro de mí, y que nada es comparable al amor que incondicionalmente

nos entregó.

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La Carrera de un Héroe


Ilustración: Patricia Pérez Fernández


La Carrera de un Héroe

Micaela Silva Diaz

En el silencio del salón de clases se escuchaba una única voz.

–…con doble cámara para grabar vídeos y poder tener videollamadas,

teclado qwerty, bluetooth y doble chip para

tener dos líneas telefónicas. –Esteban le daba la espalda al pizarrón,

parado frente a todos sus compañeros, terminaba de leer la hoja en

la que había escrito su tarea.

–Muy bien, Esteban, gracias. –Le dijo la profesora Esther a su alumno, y

luego añadió en un susurro para sí misma–: Otro celular, qué sorpresa.

Uno tras otro los adolescentes del salón caminaban al frente y leían

sus hojas.

–Un celular…

–Una tablet…

–Una consola de videojuegos…

–Celular con internet…

–Una laptop.

–Celular touch.

–Celular con pantalla de siete pulgadas…

–Tablet con cámara de doce megapíxeles.

Martín miró resignado a sus compañeros, algunos miraban fijo a sus

mesas, jugueteando con el lápiz, haciendo dibujos en sus cuadernos

o en la madera, repleta de nombres grabados con plumas de colores.

Unos pocos lo miraban con rostros de profundo aburrimiento

y fastidio. A su derecha la maestra lo miraba expectante, pudo ver

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a Lorena, en el pupitre más lejano de la izquierda, que pintaba sus uñas con

corrector. Bajó la vista hacia sus manos algo temblorosas.

–L-Lo que más quisiera tener en este mo-mento… –su voz tenía un tono nasal,

tartamudeaba ligeramente mientras leía su tarea– …no es algo material.

Lo que m-más quisiera es una oportunidad de ser normal. Si fuera una persona

normal, con mis pier-nas podría correr, saltar, bail-ar y hacer deportes. Mi

familia me dice que t-tengo que ser agradecido porque muchas p-personas

no pueden ni siquiera caminar, que tengo que estar contento porque puedo

venir a la escuela y aprender y estudiar, mientras otras personas no podrían

entender lo que yo entiendo, lo que todos entendemos y ap-prendemos aquí

en la escuela. Pero yo no puedo estar contento, porque tengo parálisis cerebral

y mi cuerpo no me responde como a los demás, porque no puedo hacer

l-lo que yo quiero, no puedo correr, ni saltar, ni bailar ni hacer deportes como

todos los demás. Por eso l-lo que más quisiera tener es una oportunidad de

ser normal.

Levantó la vista con temor, la mayoría aún continuaban distraídos e indiferentes.

Unos pocos lo miraban fijamente, interesados y pensativos ante lo

que acababa de leer. El silencio era absoluto, giró la cabeza para mirar a la

maestra, que lo miraba emocionada.

–Muy bien, Martín; gracias. –Le dijo cuando por fin fue capaz de hablar.

Martín se levantó de la silla y caminó lentamente y con dificultad hacia su lugar.

Sus rodillas dobladas todo el tiempo, al no poder extender las piernas, se

movían una delante de la otra en su dificultoso caminar.

Esther caminaba saliendo de la escuela, miró con ternura el mismo paisaje

de siempre: Martín y su único y mejor amigo Nicolás, sentados en una banca

de piedra, mirando la práctica del equipo de fútbol americano. Más allá de la

cancha, unos niños corrían carreras entrenados por otro profesor. Se escuchó

un claxon y Nicolás se despidió de Martín, corriendo hacia la camioneta

de su mamá.

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Esther caminó un poco insegura, se acercó a Martín y se sentó en la banca a su

lado sin decir nada, mirando a los alumnos de años superiores correr y gritar

en el campo deportivo de la escuela. El entrenador miraba a su equipo atentamente,

arbitrando el juego de práctica, de espaldas a los dos. El ovalado balón

salió despedido al ser soltado por un jugador tacleado, giró irregularmente

rebotando hasta detenerse a unos dos metros de la banca.

Martín sintió que su corazón latía con fuerza, con determinación se puso de

pie y caminó lo más rápido que pudo hacia el balón. Un jugador ya estaba

corriendo hacia él, pero Martín llegó primero, lo levantó con las dos manos y

girando el torso lo meció hacia atrás a la altura de su cintura, y con un rápido

movimiento de sus brazos lo tiró hacia la cancha. El balón giró en el suelo

dando saltos y recorrió unos pocos metros con lentitud. Todos los jugadores

rieron ante el débil y torpe pase de Martín, que se quedó congelado en su lugar,

mirando a Carlos, que le dirigió una mirada de desprecio mientras recogía

el balón con una mano y con un mínimo esfuerzo hacía un pase hacia sus compañeros

en la cancha. Martín bajó la cabeza y caminó rendido y avergonzado

hacia la banca, Esther sintió que se le partía el corazón.

–No les hagas caso, Martín; ellos tampoco podían hacer pases largos cuando

eran menores. –Le dijo intentando consolarlo. Él continuó mirando fijamente

a los jugadores, sin mirarla ni contestarla. No quería hablar de ello, no quería

la compasión ni la lástima de nadie. Pasaron varios minutos sentados sin hablar;

la madre de Martín siempre llegaba media hora más tarde de la salida,

por su trabajo.

–Deberías intentarlo… Hacer algún deporte. –Martín giró la cabeza y la miró

con rabia. Esther se asustó al ver su rostro de ira.

–¿Acaso no vio lo que acaba de pasar? –le preguntó furioso.– Casi no puedo caminar.

¡Nunca voy a poder jugar un deporte! ¡Nunca voy a ser normal! –le gritó

al sentir una mezcla de impotencia, rabia, vergüenza y tristeza mezcladas en su

interior. Luego suspiró con fuerza para calmarse, siguió mirando el partido con

la respiración agitada y sus ojos húmedos, intentando no llorar.

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–Si yo te dijera que puedes hacer un deporte, pero que tendrías que entrenar

muy, muy fuerte... ¿Lo harías? –le preguntó con seriedad. Un automóvil se

detuvo frente a la escuela, Martín estiró el cuello para verlo, luego se levantó

con dificultad de su lugar y comenzó a caminar. A medio camino entre el coche

de su madre y Esther se detuvo y giró ligeramente. Estudió el rostro de

su maestra buscando signos de lástima, pero solo vio determinación, genuina

preocupación y deseos de ayudar.

–¡Sí! ¡Lo haría sin pensarlo! –le gritó para después continuar su camino y subir

al coche. Esther se levantó de la banca y caminó hacia la cancha. Habló con el

entrenador y luego habló con la directora, quien llamó a los padres de Martín

para concertar una reunión al día siguiente.

–De ninguna manera. Mi hijo no va a hacer tal cosa –dijo con autoridad Lucía,

la madre de Martín. Esther y la directora la miraron sorprendidas–. No voy a

permitir que mi chiquito pase por esto. –Daniel, el padre de Martín, la miraba

con tristeza, sin emitir opinión.

–¿De qué habla? –le preguntó Esther.– Esto es para su bien.

–¡Claro que no! Lo que quieren es que mi hijo haga un esfuerzo que no puede

hacer. ¿Y todo para qué? No va a llegar a ningún lado, no quiero que pase por

otro fracaso en su vida. ¡Esto es una pérdida de tiempo!

–Por favor, cálmese, Lucía. –La directora habló con tono suave y conciliatorio–.

Solo buscamos lo mejor para su hijo. Esto es lo que él quiere hacer, si

todos los que hacen algún deporte lo hicieran para ganar trofeos entonces

nadie los practicaría. La gente juega deportes para divertirse, desestresarse y

despejarse de sus problemas. No le estamos diciendo que su hijo va a ser un

ganador de medallas y trofeos, solo que le haría muy bien que hiciera esto…

Tanto en su salud como en su autoestima. Aquí no hay perdedores ni fracasos…

–Lucía se quedó mirando al suelo pensativa.

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–No –contestó con firmeza mientras se ponía de pie para retirarse de la oficina

de la directora–. Sé cómo son los muchachos de hoy en día: son malos, se

burlan de mi hijo y él llega llorando a casa. No voy a darles otra excusa para

lastimarlo todavía más. –Esther le dio a Lucía la hoja en la que Martín había

escrito su tarea.

–¿Ya leyó lo que escribió Martín? –Lucía leyó en la letra deforme de su hijo las

palabras que le humedecieron los ojos, hasta que las lágrimas la cegaron y ya

no pudo leer más. Daniel la abrazó y habló por primera vez.

–Mi amor. Yo sí quiero intentarlo. No podemos tener a Martín en una burbuja.

Al día siguiente después de clases, Martín y Nicolás caminaban hacia la parte

deportiva de la escuela. Los jugadores de fútbol americano comenzaban a

reunirse en el centro del lugar. Al pasar caminando frente a ellos, todos los

miraron con curiosidad. Martín sintió que se tardaron una eternidad en llegar

hasta el entrenador.

–Hola, Martín; te estaba esperando –le dijo con amabilidad Óscar–. ¿Tu amigo

también viene a entrenar?

–No, yo ya me tengo que ir –Le contestó Nicolás.

–Bueno, Martín; tenemos mucho que entrenar. Vas a tener que esforzarte

mucho más que los demás. Empieza caminando lo más rápido que puedas,

hoy vas a dar cinco vueltas a la cancha. –Martín comenzó no muy convencido,

mientras él caminaba con lentitud y dificultad, los demás corredores pasaban

a su lado primero trotando, y luego corriendo. Mientras daba vueltas los veía

correr a toda velocidad en cortas carreras que Óscar cronometraba. Nadie

más que el entrenador parecía notar que él estaba ahí, sus compañeros

simplemente lo ignoraban. Al día siguiente, Óscar le pidió que caminara tres

vueltas y corriera una. Corrió junto a él animándolo y empujándolo ligeramente

para que no se detuviera, pero no pudo completar una vuelta corriendo.

Al terminar el tercer día, Martín sentía sus piernas doloridas, tenía raspaduras

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en las rodillas de algunas caídas que había sufrido, y se sentía muy desanimado.

Esther casi tuvo que obligarlo para que continuara con su entrenamiento,

porque Martín ya se sentía muy cansado y quería renunciar.

Luego de algunas semanas, Martín comenzó a sentir más resistencia, ya podía

correr dos vueltas, y las caídas ya eran cosa del pasado. Comenzó a notar que

le era más fácil caminar, se sentía menos torpe y mucho más ligero.

Pasaron unos pocos meses, en los que cada día Martín se exigía un poco más,

si bien a veces se sentía desalentado por la lentitud del progreso, sus padres,

la profesora Esther y Óscar lo animaban para que continuara. Sus delgadas

piernas se hicieron más fuertes, sus compañeros lo miraban sintiendo lástima

por él, al verlo correr de esa forma tan extraña, las rodillas flexionadas todo

el tiempo, uno de sus pies siempre lo apoyaba torcido, sus brazos abiertos a

los costados con las manos abiertas... Se veía tan frágil que parecía a punto

de quebrarse.

El día que pudo trotar casi al mismo paso que el resto del grupo mientras calentaban,

casi se desborda de la alegría. Esther se sentaba en la misma banca

en la que solía sentarse con Nicolás y lo miraba antes de irse a su hogar. Se

acercó a hablar con el entrenador nuevamente.

–Esther… Yo fui muy claro contigo. Solo pueden correr los competidores reales,

no puedo ponerlo en la lista de corredores –le dijo Óscar.

–Tiene que haber algo que se pueda hacer… Por favor… –le rogó Esther.

–No te prometo nada, pero voy a hacer algunas llamadas a otros compañeros

entrenadores para ver si existen carreras para discapacitados. Por lo

pronto, el entrenamiento le está haciendo mucho bien a Martín, aunque no

pueda competir…

–Ponlo a correr en las carreras de este domingo. –le pidió Esther.

–Pero… Va a ser el último en llegar, no quiero que se sienta mal.

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–No importa que sea el último, siempre alguien debe llegar al final. Lo importante

es que le des la misma oportunidad que a los demás.

–Está bien, Esther; Martín va a correr con los demás… Solo espero que esto

no sea un error.

El viernes, Óscar anunció a sus corredores que Martín iba a ser parte de la

carrera del domingo. Martín estaba muy sorprendido. Los niños, que estaban

sentados en el pasto, lo miraron en silencio inconformes, hasta que Marcos,

el más rápido de todos, levantó la voz.

–Todos se van a burlar de nosotros si él corre. Van a pensar que somos unos retrasados.

–Los demás corredores asintieron, los murmullos fueron subiendo de

tono entre el joven grupo, al comentar la participación del indeseado corredor.

–¡Silencio! –gritó Óscar con enfado. Todos callaron–. La carrera es para todo

el que quiera correr, eso incluye a Martín, que estuvo entrenando muy duro y

se lo merece. No quiero escuchar ni una palabra más. Nos vemos el domingo

–les dijo con dureza. Todos se pusieron de pie con rostros inconformes, y se

retiraron sin decir nada; Martín se quedó sentado, sin atreverse a levantar su

rostro, solo podía mirar el piso avergonzado y preocupado por lo que acababa

de decir Marcos. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

–¿Qué te pasa? –le preguntó Óscar mientras se sentaba a su lado.

–Nadie quiere que corra, no tiene caso que participe en la carrera –le contestó

sin mirarlo, con la voz quebrada por el llanto.

–Martín… Lo importante no es ganar, lo importante es luchar. Todo el grupo

va a correr, y tú eres parte del grupo. ¿Verdad? Esto es lo que querías; entiendo

que tengas miedo, pero tienes que ser fuerte y correr. No importa que

llegues el último, lo importante es que estás dando un mensaje a todos los

demás. –Martín se enjugó las lágrimas con las manos.

–¿Qué… m-mensaje? –le preguntó con curiosidad, Óscar le puso la mano en

la cabeza.

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–Que todos somos iguales. Que sin importar tus limitaciones puedes hacer lo

que te propongas. Y que la perseverancia puede vencer cualquier obstáculo.

El domingo, al terminar el partido amistoso de fútbol americano, todos los

niños del grupo se pararon en línea en un extremo de la cancha, junto al grupo

de niños competidores. Lucía, Daniel y Esther, que nunca acudían a estos

eventos deportivos, estaban sentados en las gradas, con caras de pánico

y preocupación por Martín. No se imaginaban que iba a haber tanta gente,

pero el lugar estaba abarrotado por los padres y familiares de las dos escuelas

que habían competido en fútbol americano y que estaban por competir

en la carrera.

Un fuerte ruido anunció la salida, todos corrieron rápidamente el largo tramo,

escuchando los gritos de la gente que los animaba. Pronto hubo un ganador,

era de la escuela rival, el segundo lugar también de la escuela rival, y Marcos

en tercer lugar. Los gritos emocionados de la gente se detuvieron de improviso

al ver que, muy atrás, todavía había un competidor que recorría el tramo

con una lentitud inusitada. No se escuchaba ni un solo ruido, todos estaban

sorprendidos y no entendían qué estaba pasando.

Martín corría solitario con todas sus fuerzas, con sus rodillas torcidas y sus

brazos abiertos, haciendo su mejor esfuerzo. Al llegar a la mitad de la cancha

sufrió una fuerte caída hacia adelante, sus rodillas golpearon fuertemente

el pasto y por suerte pudo poner sus manos al frente para evitar golpearse el

pecho y la cara.

–¡¡¡Oh!!! –Se escuchó un fuerte grito unánime de lástima, de toda la gente

que lo había estado mirando en completo silencio. Martín se quedó arrodillado

en el medio del lugar, se llevó las manos a la cara y comenzó a sollozar

de vergüenza.

–¡Lo sabía! –dijo Lucía tapándose la boca con ambas manos, con sus ojos húmedos

y preocupados–. Esto fue una muy mala idea –dijo mientras comenzaba

a caminar hacia su izquierda para salir de las gradas.

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–¿Adónde vas? –le preguntó Daniel.

–Voy a sacar a mi chiquito de aquí. ¡Nunca debimos dejarlo pasar por esta humillación,

esto es mi culpa! –gritó con enojo y preocupación mientras se abría

paso entre la gente.

–¡Vamos, Martín! ¡Tú puedes! –Sse escuchó un grito a lo lejos. Era Marcos que

lo animaba a seguir. Toda la gente comenzó a animar a Martín, todos gritaban

para que siguiera corriendo. Martín miró a su alrededor sin entender qué

estaba pasando, hasta que se dio cuenta que lo estaban animando a él. Lucía

por fin pudo salir de entre la muchedumbre, pisó el verde pasto y lo miró emocionada

mientras se ponía de pie y comenzaba a correr nuevamente con la

misma determinación que antes. En vez de correr hacia él, corrió por el borde

de la cancha, en el mismo sentido que su hijo, para acompañarlo a la meta; las

lágrimas caían incontrolables de sus ojos.

Al llegar a la línea de meta los gritos y festejos se escucharon tan fuerte, que

opacaron los gritos del partido y de los ganadores de la carrera. Óscar lo felicitó

con un abrazo breve mientras Lucía llegaba hasta su hijo. Al encontrarse

se abrazaron con fuerza, los dos llorando de emoción.

–Tú eres el verdadero ganador de esta carrera, hijo –le dijo llorando de felicidad.

Marcos se acercó sonriente y le extendió la mano, que Martín estrechó

con gusto devolviéndole la sonrisa.

La proeza de Martín se convirtió en noticia. En el periódico local pusieron

su foto en la primera plana, con la palabra “¡HÉROE!” en la parte superior,

y como subtítulo: “El ganador absoluto de la carrera llegó en último lugar”.

Martín siguió entrenando y esforzándose mucho. Participó en todo tipo de

competencias para discapacitados y llegó hasta lo más alto: los Juegos Paralímpicos.

Se convirtió, no sólo en orgullo de la escuela y de sus padres, sino en

orgullo del país. Y finalmente pudo demostrar que él sí podía ser ganador de

medallas y trofeos, cuando le dieron la oportunidad de ser normal.

FIN.

119


La Vi(u)da de los Caballos


Ilustración: Sandra Romero Sánchez


La Vi(u)da de los Caballos

Ginés Mulero Caparrós

P

or mucho que corramos, es cierto –comprobado–, siempre

habrá un frío existencial que va un metro por delante, que

nos saca una cabeza, tal vez una quijada de muerte. Adelina

López se ha preparado un té bien caliente sobre el hornillo, ha esperado

que hierva a fuego fuerte, mientras le rondaba por la pista ovalada

de la mente esa frase tan inquietante. Como el armazón de un

cuento, el esqueleto del caballo salvaje va dando vueltas controladas

en cierta medida hasta conformar de organismos, músculos, nervios,

arterias, piel y sentimientos, nuestra narración. La viuda nos inspira.

Escancia el líquido desde el cazo abollado hasta un vaso amplio que

parece forjado con agua cristalina de manantial. El espacio alto del

vaso ancho, el que no ocupa la infusión, milagrosamente no se ha enturbiado

por el calor, es tan transparente que un místico, en un momento

de inspiración, lo describiría como sagrado, sin ser para tanto.

La cocina está a medio ordenar, el fregadero lleno: con las migas de

la tarta de arándanos y moras de la noche anterior, con los platos

y cubiertos del mediodía anterior, con las tazas nocturnas… Sobre

la enorme mesa de formica hay desperdigados ampulosos álbumes

familiares de fotografías –toda una vida– y una carta del Centro Médico,

con los resultados de la última exploración; la carta que acaba

de dejar el itinerante cartero preside la anarquía y los recuerdos concentrados

en aquel campo de batalla, como un capitán amenazante.

Afuera, las crines de un viento suave patrulla distraído a oleadas rítmicas

de negra-corchea mientras cadenciosas repican las contraventanas

unidas a la fachada de enredaderas con unas alcayatas oxidadas.

Adelina descorre las cortinas blanquísimas de punto que tejió su

abuela y deja entrar la luz, entre diáfana y azulona. Las nubes están

altas despejando una atmósfera henchida de claridad reverberante:

en días como hoy se pueden ver los Pirineos, con sus crestas nevadas,

con su inaprensible majestuosidad…

123


Ella abre parsimoniosa las ajadas hojas de la ventana y respira con inhalaciones

medidas un poco de aire frío, en parte le reconforta sentir la gélida sensación

en los pulmones cálidos. Desde el altonazo de su casa rural observa en perspectiva

los tejados desconchados, el Mercado de Abastos que comienza su

actividad sin prisas, el Parque con sus dos patos sobrealimentados en el estanque,

tan quietos que parecen de porcelana, la taberna del Anselmo abandonada

hace un año y oscura como boca de lobo, el horno de Joaquín, que

tiene una hija de diecinueve años de ojos lapislázuli, tan hermosa, tan extraterrestre,

que quieren llevársela los de la capital a una cadena de televisión para

que retransmita las noticias deportivas y hacerle competencia a la Carbonero

y, también, cómo no, la torre gótica de la Iglesia de Nuestra Señora del Gran

Poder, del siglo xiii, agujereando el cielo mientras un cumulonimbo de tono

bronceado que desciende amenaza encajarse hasta las mismísimas campanas.

Si al menos estuviera Martín… se acodarían juntos en el alféizar y suspirarían

serenamente debatiendo sobre la importancia de la paz en las calles y en los

pueblos y en las montañas y… en las almas de ellos mismos, o cabalgarían en

silencio con las riendas flácidas, abandonados de preocupaciones, bebiéndose

una parte de la brisa que se les viniera a la cara. Cuánto lo echa de menos,

es así; negarlo tendría atisbos de injusticia o de indolencia. Era a ella a quien

le habían diagnosticado la enfermedad sin esperanza, era a… ella. Cuando lo

hicieron, Martín adquirió el papel de Optimista mientras su esposa se envolvía

con dos caparazones de lozadura, primero el de la culpa, segundo el de la autocompasión.

Entonces vivían en medio de la ciudad, y ella podría echarle la culpa

a la contaminación, a la alimentación, a los hábitos de vida, a los genes…, a

la madre que los parió a todos y a cada uno. Pero de qué serviría mirar al pasado

con ojos de victima o de gacela, de qué serviría lamentarse o acurrucarse en

un rincón del universo, de qué serviría vivir sin sueños… Al principio Martín se

armó de comprensión. Durante un tiempo le regaló todos los días al llegar del

trabajo flores frescas, flores que ella abandonaba en un jarrón sin agua hasta

que se marchitaban, de un día para otro: estaba claro que mustio era su ánimo,

el deseo de otro paso, por pequeño que fuera. El intento de Martín de hacerla

sonreír chocaba contra un muro de desesperanza y aborrecimiento de la

vida: una tarde Martín, a pesar de sus cincuenta años y de su temor al ridículo,

124


llegó con un arsenal de globos de colores y disfrazado de Pato Donald, hablando

con su singular desparpajo incomprensible, pero no sacó de ella ni el

esbozo de una sonrisa en la comisura de los labios, tumbada en la cama como

estaba, así se quedó, como un rastrojo estrujado y cercenado por la base, seca

e… ida. Adelina había tomado la determinación de dejarse morir. Ya no quería

comer, y apenas bebía agua. Había adelgazado más en quince días que con

todas las dietas de endocrinos y las recomendaciones de amigas de revista:

sirope de savia de arce, fruta dos días a la semana, Montignac para mujeres…

Martín con paciencia y carisma la obligaba tiernamente a que ingiriera al menos

una tortilla francesa o un caldo de gallina o un zumo natural. Martín se

acicalaba con más encomio que nunca para estar atractivo para ella. Martín

lloraba a sus espaldas, pero delante de ella mostraba un arrojo de hombre

pertinaz e inquebrantable que no permitiría que una alienígena agresiva en el

pulmón jodiera con una metástasis galopante. “Lucharemos, cariño, mientras

quede una oportunidad, yo seré tu voluntad”, y le ponía la mano entre los

senos helados transmitiéndole calidez. Adelina López negaba con la cabeza,

porque estaba en una fase en que su propia palabra, hablada como esfuerzo

vacuo, le recordaba los chirridos del tren al intentar frenar inútilmente sobre

las vías de hierro antes de un descarrilamiento final y anunciado. A veces, intermitente,

a la mente de Adelina llegaba, como a fogonazos, la imagen de una

metáfora críptica: Bucéfalo, el caballo azabache que portaba en la frente una

estrella blanca con “cabeza de buey”, del gran Alejandro Magno, se encontraba

con la irregular valla descuajaringada de una “costra maligna”, y relinchaba,

y levantaba las patas delanteras, y daba un brutal respingo que lo doblaba para

atrás, con las pupilas del miedo reverberando chispas de láser.

Martín se pasaba las noches en blanco, investigando en internet, buscando un

brote verde de esperanza. Escudriñaba alternativas, los mejores cirujanos, el

mejor hospital. Pensó llevarla incluso a los Estados Unidos de Norteamérica.

En medio de la noche pensó, acertadamente o no, pedir una excedencia en el

trabajo y dedicarse en cuerpo y alma a su esposa, durante el día y durante la

noche. Seguramente lo haría cuando lo avisaran del día de la operación, que no

podía estar muy lejano porque lo habían tramitado con el sello alarmante de

la urgencia. Adelina López se negaba también a pasear, con los ojos vueltos,

125


se había recluido en su piel. Un sábado del mes de noviembre Martín la obligó

a subirse al coche y saliendo de Madrid la llevó hasta Getafe con un halo de

misterio. “¿Adónde me llevas?”, preguntó con la desgana de los que van a morir.

Él calló hasta que, llegando a su destino… “Hay una curandera…” Adelina

quería abrir la puerta y saltar del coche en marcha –fue un segundo heavy que

poco tenía que ver con la música, la verdad– y el pobre Martín, asustado como

nunca, lo impidió por la fuerza, con el corazón en vilo. “Es aquí, pero si no

quieres entrar, no lo haremos, no te obligaré.” Ella negó con la cabeza, enfuruñada.

Y él dio media vuelta. Adelina parecía estar más tranquila. Las ventanillas

abiertas, los ojos cerrados ocultaban una mirada afilada, sus mandíbulas demacradas

dejaron la tiesura atrás, y su pelo volando al viento…, qué hermosa

veía a su diosa. “Quería explicarte que esa bruja afirma que si una persona

afectada con tu enfermedad cree fervientemente en la recuperación, el cuerpo

con su sabiduría innata crea un ejército de anticuerpos, de forma natural

que…” “Déjame disfrutar del aire que me azota, no me sermonees…”, dijo

ella manteniendo los ojos cerrados, impenetrable a las sugerencias. Fue en ese

instante, porque la vida está tejida de instantes, cuando Martín calibró sus siguientes

acciones. Vendería todo, se irían al campo, a ella le gustaban tanto los

caballos… Martín había rememorado mentalmente escenas de su infancia que

ella le había contado ciento y una vez, con Furia, aquel pura sangre negro que

Adelina había bautizado, como el de la antigua serie de televisión. Qué época.

La equinoterapia en la actualidad, vale, pero en aquella época era para abatir

al galope más intenso la desesperación hormonal que daba la soledad en la

adolescencia. Qué sabio es Martín, inyectándole buenas vibraciones, visiones

de un pasado que pueden ser vecinas de un cambio de ánimo. Qué no daría él

por cambiarse por ella. Joder, eso es Amor. Y nadie del siglo xix vendrá a discutirlo,

y si viene, de espaldas nos caeremos. Perdonen, es para desentumecer

un poco la luctuosidad.

Los meses de quimio fueron duros, rigurosos, rígidos, inenarrables. Muchos

días tuvo que llevarla a rastras. No desmenuzaré aquí tortuosamente el dramatismo

de las consultas. No es el objetivo, bastante hubo con la tortura de

las sesiones que te sorben el ánimo, con esos días crudos en los que miras

frente a frente a los ojos jaspeados de la mismísima muerte. Y llegó el día de la

126


operación. El cirujano del Hospital Quirón de Madrid, el doctor Javier Calleja,

jefe de la Unidad Integral de Oncología, fue el encargado de decirle a Martín

que su esposa había estado seis horas en el quirófano y que no habrían quedado

restos, pero que tendría que hacerse las revisiones protocolarias durante

un tiempo. Aquella noche, cuando Adelina despertó de la anestesia y Martín

le comunicó las buenas nuevas, a los dos se les llenaron los ojos de lágrimas

buenas. Fue el momento en el que Martín le confesó: “He dejado el trabajo

con un par. He vendido nuestra piso de Madrid y he comprado una casa de

campo en un pueblecito de trescientas personas con vistas a los Pirineos, una

acogedora mansión con cuadras y más de treinta caballos…”. Un sofoco de

felicidad asomó a las mejillas de Adelina… “Es maravilloso, pero, ¿y nuestros

hijos?” “Ya vendrán a vernos, son grandes, autónomos, sabrán salir adelante,

no te preocupes.” Han pasado los años, tres, para ser exactos. Cuando Adelina

salió del hospital se trasladó directamente a ver los caballos. El pecho le

dolía un poco, pero qué bien se respiraba en la sierra, qué paz la de las montañas…

Tuvo que ir a más sesiones de quimioterapia, por si acaso, decían,

pero la intervención había sido un éxito, parece ser que lo habían pillado en el

proceso de ignición y los principales médicos de la Unidad Integral Oncológica

se daban palmadas en la espalda jactándose por los ulteriores resultados. Adelina

recuperó un cabello hermoso que creía perdido para siempre.

Martín y Adelina cambiarían los hábitos de vida, comerían sano, harían ejercicio,

darían una patada en los testículos al estrés de la ciudad, y ahí se quedará,

con toda su parafernalia. La pareja de cincuentones no ganaban para derrochar,

pero tampoco necesitaban tanto; el huerto que cuidaban ellos mismos,

les abastecía de patatas, tomates, lechugas, pimientos, cebollas, remolachas...

En la parte de atrás tenían árboles frutales, pocos, pero suficientes para el consumo

propio y vender al pueblo las excedencias. A montar a caballo venían de

los pueblos de alrededor y daba para ir tirando. Tenían un capataz mayor, un

solitario como ellos, que entendía mucho sobre caballos y se hizo muy amigo

y tenían interminables veladas. La enfermedad frenada, el viento pululante, el

sol montañés, la soledad y la compañía deseada, la paz, la tranquilidad, un manantial

cerca que transmitía sosiego con el fragor de su curso, sus hijos venían

a verlos los fines de semana, para Navidad, para Semana Santa, en agosto…

127


Todo chorreaba felicidad. En el Rancho Grande tenían un semental que se llamaba

Tormenta, lo había comprado Martín en la Feria del Caballo de Jerez.

Aquel viaje, donde Adela y Martín parecían recién casados, fue precioso. Puede

que sea verdad eso de que hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar,

y que lo importante sea rastrillar la risa en el campo de las malas hierbas. Adela

había tenido tiempo para que creciera su cabello: “Casi es tan lustroso como

el de esa yegua”…, bromeaba Martín en medio de la Feria, y ella le golpeaba

cariñosamente con la mano abierta en un cogote rasurado que invitaba al

gesto. Allí asistieron a exhibiciones de doma de alta escuela, de enganche, de

volteo, de doma clásica… Se lo pasaron muy bien los tres días con las tapitas

y el vinito comedido, nada, apenas mojarse los labios. Y por las noches, en el

hostal que reservaron, montaron escenas libidinosas jugando a cowboys como

niños. Adelina volvía a ser la que era en su juventud, una mujer rebosante de

vida. Fue el último día de la Feria cuando vieron al alazán, sucio pero apuntando

maneras, cojitranco pero soberbio. Martín preguntó si lo vendían a un

grupo de hombres que fumaban enormes puros como si pertenecieran a la

Hermandad del Humo y contestó un ganadero de más de dos metros con barba

rala que escupió una brizna de su puro Dunhill sobre un racimo de boñigas

atacado a la sazón por unos moscardones azulones, sus pocos escrúpulos y

su mala educación lo alentaron a rascarse la entrepierna mientras contestaba:

“Ese caballo inmundo y mugriento está en la lista para la carnicería, es carne

muerta…” “¿Cuánto…?” “Doscientos pagan por la carne de potro…”, le plantó

dos dedos con las uñas renegridas en el rostro. Así fue como fueron dos y

volvieron tres, con Tormenta en una roulotte alquilada, un animal que limpio y

bien comido, resultó ser un ejemplar esplendoroso, y buen amante…, no digamos;

tenía revolucionadas a todas las jamelgas de Rancho Grande, digámoslo

así. Siguieron los buenos tiempos, pero hay un dicho que afirma que cuando

el péndulo de la felicidad apunta al norte, a partir de ahí solo puede bajar. Y a

veces, solo a veces, los golpes más bárbaros vienen donde menos te lo esperas.

Martín y Adelina siguieron estudiando sobre el cáncer de pulmón; Martín

procuraba que Adelina no dejara las medicinas, ni la terapia, ni el buen humor.

Investigaron juntos, también, sobre la obesidad, la diabetes, las enfermedades

cardiovasculares, la hipertensión arterial y los problemas articulares, intentaban

por hobby instruirse para poder llegar a una vejez digna; Adelina se reía

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afirmando que eran medio médicos, medio veterinarios. Fue en una de aquellas

tardes tranquilas cuando la desgracia se alzó para propinar un puñetazo

mortal de herradura, qué paradoja.

Por la mañana de aquel día trágico Adelina y Martín habían estado paseando a

caballo por las grandes praderas de alrededor de su casa de campo: vieron vacas,

cabras, algunos percherones. Por la tarde, Martín había quedado para una

monta de Tormenta con una yegua, Juliana, que tenía a pupilaje, de un amigo

suyo, Anselmo, el de la taberna, que luego abandonaría y quedaría para siempre

oscura como boca de lobo, como caída en desgracia. Anselmo le pagaba

ciento cincuenta euros si quedaba embarazada. La tragedia y la mala suerte

quisieron que el mamporrero circunstancial de Martín recibiera una coz brutal

de aquel animal irascible e impenetrable. Sin ahondar en detalles escabrosos

(tampoco), el testarazo de herradura de Juliana destrozó el cráneo de un

hombre bueno. La nueva tragedia estaba servida. Eximámosle de culpabilidad

por no poder seguir cuidándola, con el corazón y con el alma, la fuerza es de

causa mayor. Pasó otro año. Vivió el color del luto. En ese tránsito temporal

Adelina conoció la verdadera dimensión de la soledad –mucho mayor que la

de la adolescencia– y especialmente el valor aciago de la tristeza. La ausencia

de Martín provocaría en la viuda de los caballos –así la apodaron los lugareños–

un dolor tan grande en su corazón que podría equiparase al peor cáncer

pulmonar, en su fase terminal. Reciente la muerte de su amado esposo, pensó

en el abandono de sí misma, en la desidia, en la indiferencia, en no seguir con

las sesiones terapéuticas, en el suicidio… Pero hacerlo hasta las últimas consecuencias

hubiera sido una traición al amor que Martín le profesó en vida. Y eso

no. Eso no era lo que había aprendido de él. Debía creer: en brujas, en santos,

en vírgenes, en… sí misma. La recuperación definitiva iba por buen camino, no

había indicios de otra cosa, esa carta del Centro Médico lo confirmaría… Aun

así, el miedo a abrirla la acobardaba y alargó masoquistamente su agonía. El

té se había enfriado. Con una cucharita removió el azúcar moreno hasta disolverlo,

sin ser consciente de que dibujaba en el poso del amplio vaso… círculos

concéntricos. Primero dio un sorbo, luego dos, hasta acabarse como si fuera

una medicina de ajenjo todo el contenido líquido. Durante un instante recordó

cómo Anselmo había sacrificado a la yegua Juliana y cómo marchó del pueblo,

129


sin que nadie supiera su destino. Adelina tomó la carta, la miró al trasluz. Pensó

en abrirla con vapor de agua, como había visto en las películas; luego la dejó

sobre los álbumes, todavía lacrada, todavía inédita. Qué suplicio nos está dando

esta mujer, aunque ella no es consciente de que estamos retransmitiendo

en vivo y en directo. Hasta el narrador quisiera saber del contenido y ella lo

alarga todo, estirando el misterio como un chicle. Cuál será su presunción. Que

nos dé al menos una pista, que nos deje hurgar por un resquicio. Pero ahora

ella se ha cerrado en banda: y no vulneraremos su correo, menos su intimidad.

Viviremos los de aquí expuestos a lo que nos deje ver superficialmente allá, en

la historia, a lo que nos transmita con sus vibraciones atenuadas. Ahora coge

una barra de pan duro que hay sobre la alacena. Dónde va. No nos contesta.

Pero la vemos pulcramente que va al Parque, que se sienta en un banco frío

de hierro y echa pan a los patos, patos gordos, patos obesos que por fin descubrimos

no son de loza ni de cerámica blanca, ni siquiera son un espejismo.

La hija de Joaquín el del horno aparece de la Nada. De verdad que es joven. De

verdad que es bella. De verdad, sus ojos lapislázuli son un imán, seguro que

triunfarían en cualquier noticiario deportivo de cualquier televisión, pero ella

ha renunciado a los contratos millonarios y se ha quedado a ayudar a su padre

viejo, que la necesita y que la quiere. La jovencita lleva un vestido blanco de

lino, vaporoso, y se acerca a la estatua de Adelina. La besa sonoramente en la

mejilla. Le dice que si la necesita… allí está, qué bonita, qué humana. Saludémosla

al unísono aunque ella no nos vea, algo intuirá, tal vez una luz cenital o

un destello enternecedor de nuestras pupilas o una vibración al levantarnos

la gorra encajada. Su mano joven y blanca, tersa, toma la de Adelina, vieja y

tostada, arrugada. El sol frío se ha levantado por encima de los Pirineos, tiene

un amarillo-limón que embelesa y encandila. Ella agradece las palabras reconfortantes,

misericordiosa medicina para el alma, con un gesto reverencial de

las pestañas, y sin mediar palabra las dos se quedan mirando las ondas del

estanque e imaginan las montañas reflejadas en el agua del estanque o peces

que no existen. Pasa Cronos al cabo de un rato, delante de ellas, bordeando

el estanque, en bicicleta va. Ellas se miran: sus ojos sonríen, parecen madre e

hija, y por qué no decirlo, confidentes. Luego la hija de Joaquín se va, tiene que

trabajar en el horno. Aún le queda un poco de pan duro en el regazo, los patos

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van a explotar y decide encestarlo en la papelera que está junto a unas azaleas

naranjas que brillan con destellos como si estuvieran bruñidas. Adelina quiere

volver a Rancho Grande, la carta le espera con su futuro, pero se encuentra a

unos y a otros, gentes sencillas, gentes humildes. El capataz octogenario que

la invita a un café descafeinado y a unos dulces de miel. La señora Encarna tiene

noventa y dos años y le regala una cesta con membrillos que dan fuerza de

espíritu, “Para tirar del carro…”, dice. Qué maja. El señor Adriano tiene cerca

de los cien y todavía conduce: se ofrece para llevarla a la capital, “cuando quiera…”.

Qué buenas gentes, piensa la viuda de los caballos, y qué longevos. Qué

importa que la carta confirme que lo suyo se ha reproducido, ella seguirá combatiendo

y dedicará su esfuerzo y su valentía a su Martín Retirado, al hombre

que en vida suavizó generosa y altruistamente su tragedia. Martín, te quiero.

¿Sí…?, sí, he oído bien. Voz dulce. Pero no nos fijemos en la calidez de su voz,

sino en su contenido. ¿Hay algo más susceptible para emocionarnos? Ustedes

dirán… Y mientras la carta espera cerrada sin presidir ya nada, ella quiere montar

a caballo –sintiendo su conjunción con los planetas en cada latido, sintiendo

su conexión con el universo…– un ratito, a pelo mismo, sin silla, qué más

da la montura ahora mismo –Pa qué; sentir lo natural del vínculo que establecen

los latidos del equino con los humanos-, diría aquel hombre, el Martín bendito–,

hay prisa en serenarse con la cadencia armónica que proporciona aquel caballo

terapéutico que al auxiliar, se convierte en el más hermoso del mundo;

admirémosla también a ella, al trote va, recibiendo gratis un viento fresco en

la cara que alisa sus arrugas, viviendo la vida como si fuera un milagro segmentado,

un prorrogable que encandila o que cautiva, respirando a compás,

asentándose en cada trote los amables consejos de su amado, destapando

despaciosamente el regalo de vivir como un misterio delicado y delicioso, y…

que bailen en sus ojos, arriba y abajo, abajo y arriba, con sus crestas nevadas,

los mismísimos Pirineos.

Lo único que me duele de morir es que no sea de amor.

Gabriel García Márquez.

(Dedicado a él, que superó un cáncer linfático con un pelotón de quimioterapia

que fusilaba neuronas y ahora le sobreviene una injusta demencia senil.)

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Obcecada


Ilustración: Álvaro García Martínez


Obcecada

Beatriz Haydée Bustos

En cuanto llegué de la calle, me planté frente al espejo. Había

recorrido algunas vidrieras. Pocas cuadras, y lentamente. Estaba

contenta de poder hacerlo. Hacía meses que no caminaba

por el centro del pueblo. El descenso de la dosis de corticoides

me daba el permiso. Ya no era ese ser irreconocible de hace un año o

dos. Mis rasgos, aunque todavía bastante deformados, habían dado

paso a mi cara… o a algo parecido.

Saludé con esperanza a los mismos viejos conocidos que hace meses

habían pasado de largo sin registrarme, cuando era un globo

aerostático y no podía sonreír. Aunque deseaba hacerlo, mis labios

no se abrían.

Pero eso había sido antes.

¡Ahora había cambiado mucho!

Saludé sonriente, estaba segura de que mis labios se abrían en una

amplia sonrisa. Esta mañana sí que pude hacerlo. Y esperé.

Me quedé esperanzada con la sonrisa puesta.

Dos conocidos pasaron a mi lado. Me miraron y retiraron la mirada.

Habrán creído que no era para ellos. Descubrí que mi cara era la única

que me respondía. En la vidriera, sobre un delgado maniquí con ropa

hindú, mi rostro redondo me saludaba amigable. Tragicómico saludo

a mí misma.

No lo intenté más. Y me volví.

En cuanto llegué a casa, fui directamente al espejo grande. El mismo

que evité durante tanto tiempo, y con quien me estaba reconciliando.

135


Me miré detenidamente.

Me miré con frialdad, como se observa a un desconocido.

Vi una mujer muy redondeada toda, mejillas sonrojadas, mandíbula sin ángulos

visibles, cuello ancho, hombros subidos que acortaban la distancia entre la

cabeza y el tórax. Esa mujer que tenía enfrente, que soportaba mi inspección

minuciosa y estricta, en algún lugar de sus días había perdido el rostro anguloso

y mate, los ojos oscuros y grandes y las ojeras que los enmarcaban. Había

extraviado la cintura y el cinto, los pantalones negros ajustados, las blusas

adentro… Ahora se envolvía con un exceso de telas superpuestas y sueltas.

Volví a observar esa cabeza de melena corta y floja, de pelo brillante y absolutamente

blanco. Blanco. Blanco. Desde el fondo de las palabras dichas con

tono categórico, aparecieron las que había repetido ante mis amigas con orgullo:

¡Nunca me verán sin teñir! Sucede que a lo categórico se le pasa el cuarto

de hora, muchas veces… (Dejé de teñirme cuando advertí que me cansaba

demasiado hacerlo y que con mi nueva apariencia, nada artificial me ayudaba.

Así descubrí que cubierta por aquel castaño nogal, existía una realidad blanca

definitiva. Vaya a saber desde cuándo.)

Miré el bastón que me brinda la seguridad perdida y, a su manera, cierta elegancia

comparada con los vaivenes del bamboleo al caminar. Aunque si me

concentro y camino pausadamente, voy en línea recta. ¡Admirable recta, aunque

muy breve!

Los ojos han recuperado algo de su antigua apariencia. Solo algo. Ni el mechón

de pelo que cae con premeditación sobre el ojo izquierdo, ni tampoco

los anteojos con una leve tonalidad, pueden disimular ese párpado que insiste

en bajarse, como una cortina de enrollar cuya cinta estuviera falseada.

Tenían razón los viejos amigos que no me saludaron por la calle. Una desconocida,

con 30 kilos de más, de pelo blanco y bastón. Con ropa suelta, demasiado

suelta. Manchones rojizos en las mejillas que antes fueran mate.

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Debía parecer otra. Otra.

¡Pero era yo!

¡Soy yo!

Me envolví en mi propio abrazo y así permanecí hasta sentir la tibieza del contacto

de mis manos en los brazos.

Soy yo.

Mi gesto crítico se esfumó. Apareció la sonrisa que sí tenía. Ahora puedo de

nuevo sonreír, y no es solo que lo quiero, lo puedo hacer. Retornó la mirada

de aceptación amorosa que suelo tener con los seres que quiero.

Apareció el respeto por mí misma. El mismo que me acompaña todas las mañanas

cuando me levanto con esfuerzo, pero temprano y con deseos de hacer

cosas. El mismo que me estimula cuando mis músculos se vencen en la

colina de la derrota si no les llegan los refuerzos nerviosos, detenidos por un

error de logística en un puente.

Y…sí, me acostumbré a usar la metáfora y generalmente me divierto con ella

para nombrar a las dos enfermedades autoinmunes (primas hermanas) y algún

cómplice advenedizo, que se adueñaron de mí, un día cualquiera. O tal

vez fuera una noche, solapadamente, como ingresa un ladrón. ¿Dos ladrones?

¿Tres? Una mañana, al levantarme, las piernas no quisieron acompañarme, no

soportaron mi peso, no se movieron. Me caí. Desde ese momento comprendí

que habían desordenado mis pertenencias. Ya nada estaba en el mismo lugar,

ni cumplía su función. Grité. Me habían quitado la voz grave y me dejaron una

quebrada y desentonada. No pude desayunar, solo el líquido pasaba por la

muralla en la garganta. Imposible masticar. Las tostadas quedaron olvidadas.

Todas mis pertenencias desparramadas, sin orden ninguno, ni motivo aparente,

ni ventanas forzadas… Simplemente entraron y decidieron quedarse. Intrusos.

Modificaron mi vida. Permanecieron en ella.

137


Me fueron quitando cosas. No soy presa fácil para ningún ladrón que quiera apoderarse

de lo mío. Les presento batalla. Pero de a poco y con astucias me escondieron

las cosas en algún ignoto lugar.

Está bien…¡No tan bien, no tan bien! Pero “bien” es solo una expresión que se

cuela en mis diálogos y soliloquios para despejar cualquier asomo de pena por mí,

de parte de los otros y de mí misma.

Los intrusos me robaron, es así, pero todavía no pudieron apoderarse de algo tan

personal como la capacidad de decisión y la voluntad para querer hacer. Pero “Del

dicho al hecho, hay mucho trecho”. ¡Y vaya que hay mucho, muchísimo trecho!

Es esforzado el camino hasta el hecho. El camino es lo importante, lo sé, es muy

importante, pero también llegar. ¡Y cuesta!

Yo quiero hacer. Yo quiero. Mando mensajes a mis músculos para que obedezcan,

pero ellos a veces no escuchan, otras veces lo intentan pero declinan el intento.

¡Es demasiado esfuerzo! Y en ese juego de recibir y no aceptar se marchita el deseo

de la acción, se opaca el fin.

Como ahora.

Me gritan: ¡Eh, no nos agotes! ¡Queremos descansar tranquilos! Sentate en el sillón

al lado de la estufa hogar y dedicate a leer.

Les hago caso. Tienen razón. Merecen un descansito. He caminado mucho, ¡casi

seis cuadras! y el hecho de que no me reconocieran mis amigos, me golpeó más

de lo que hubiera querido. Gastos físicos, gastos emocionales, todo suma para

restar movimientos. Me siento en el sillón mullido. ¡Ahhh!. ¡Qué bueno! Pero los

leños se están agotando (como yo) y debo reponer nuevos troncos… pesados.

Y levantarme.

Lo hago. La respiración se agita, se entrecorta. Respiro hondo. Me cuesta convencer

al diafragma para que ayude con el aire…

¡Muy pesados estos leños!

138


Lo hice.

Y ahora hay que echarles un poco de aire con el fuelle. Ah, no parece, pero

eso cansa.

Por fin me siento en el sillón al lado de un buen fuego. Diría que más bien

me desplomo, si fuera literal, pero no me gusta esa palabra. Miro el fuego.

Lo escucho crepitar. Es que lo alimenté con unas piñas. Me produce

deleite. Lo contemplo un rato. Busco el libro que estaba leyendo…¡Me quedó

en la biblioteca…arriba! Observo la escalera de madera, tan acogedora,

tan cálida…, pero su problema mayor son…¡los escalones! Siempre tuve un

especial amor por mi estudio, con su enorme biblioteca, su escritorio grande,

mi computadora y el gran ventanal que mira al tilo y al cielo. Y no he querido

desarmarlo y bajarlo. No quiero. Ese lugar es mi refugio, mi lugar de inspiración,

de lectura, de reflexión.

Además ahora significa un reto. ¿No puedo subir? ¡Pues sí que puedo! Solo mi

tenacidad puede superar el agotamiento de las piernas, de los mensajes que

no les llegan, de los silencios musculares.

¡A veces puede superar ese límite urgente y sin atenuantes!

A veces.

Otras, miro la planta alta, los barrotes de la baranda, y me quedo abajo, buscando

qué otra cosa hacer en el llano.

Como ahora. Tomo el bastón. El fuego y su excitante ondulación blanda y

caliente me seducen para quedarme. Me demoro en esa idea descansada

y complaciente, me arrimo a las llamas para cobijarme en su calor y ¡descansar!

Pero esa voz irritante me surge de adentro y me empuja a hacer un poco más.

Me dice: Necesitás leer acá. Y necesitás traer ese libro. ¡Y necesitás subir! ¡Vamos,

movete!

139


Allá voy. Me cuesta un enorme esfuerzo levantarme del sillón. El bastón sostiene

mi cuerpo demasiado cansado e indeciso de mantener una recta en el

parquet, y una línea vertical (no un gancho de interrogación ridículo) y un

objetivo: la escalera que se aleja de mí. Cada vez se va más metros hacia delante.

¡Es escurridiza! Los sillones que hay en el camino me llaman para que

me siente, y yo sigo enarbolando la bandera de la dignidad. Ya respiro con

mucha dificultad, esa broma me sucede cuando estoy al borde del agotamiento.

Es una señal fuerte. Tendría que escucharla. Pero leer es mi necesidad y

mi respaldo. Cuando pensé que perdería la vista por una arteria perturbada,

y mis piernas tampoco me dejaban caminar, me dediqué a leer, a leer y a leer.

No podrán conmigo, les decía a las primas, no podrán. Y no pudieron. Por eso

tengo que buscar el libro.

Llego por fin al pie de la escalera. Dejo el bastón antes de subir, contra la

pared. Me tomo del primer barrote más grueso y lustrado. Subo. Una pierna.

Descanso. La otra. Descanso.

Así me voy de barrote en barrote. El cansancio ya es agotamiento. No debí

hacerlo, me digo. Pero estoy en la mitad de la escalera. Disyuntiva. Si bajo

cierto mareo que me acompaña me podría jugar una mala pasada, y también

necesito usar mis músculos que están por hacer paro. Si subo… ¿Cómo subo

si mis piernas no pueden?

Y decido hacer el mayor esfuerzo. Pienso en los andinistas que ponen en los

últimos metros sus pies congelados contra la montaña áspera, sus rodillas

que no quieren moverse que se raspan y sangran, su respiración jadeante y

helada…, todo al servicio de una voluntad suprema. ¡La cima!

Y pienso en mi cima. La biblioteca, el libro, mi orgullo…

¡Llego! Me tiro en el sillón giratorio, que se mueve peligrosamente con mi

impulso. Pero la alfombra lo frena a tiempo. Descanso. Agotada. Disneica. Las

piernas me reclaman con urgencia la posición horizontal. Pero si me acuesto

sobre la alfombra, ya no podría incorporarme. Y estoy sola. Me sobran los

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azos, las piernas y la cabeza caliente, y quedan colgando del sillón de cuero

negro que se desliza ahora suavemente con mis movimientos.

Alcanzo a ver mi libro. Ya voy, le digo, pero cierro los ojos y así me quedo un

rato. Largo. Eterno…No tendría que haber forzado así a mis pobres músculos.

Ya me lo han dicho.

El agotamiento muscular se transformó en dolor intenso. En esto se unen las

primas hermanas y el advenedizo: una me agota, me deja sin combustible

para los movimientos, la otra me produce un calor insoportable en la cabeza,

y el cómplice me provoca dolor. El equipo se regodea con mis músculos. ¡Qué

trío simpático! Y con ellos debo vivir.

Arriba no tengo los remedios. Pero de todas maneras no me calmarían de

inmediato. Suena la alarma del celular. Es la hora de un medicamento fundamental.

Cada cuatro horas solo ese, y en el medio ¡tantos otros! Pero está

lejos también. Todo está muy lejos de mí.

Pasaron varios minutos. Miro el reloj del celular, ya debe estar por llegar mi

hija. No quiero que me vea en esta situación. Sí, es grande, es una mujer. Pero

no me gusta que me vea así, cuando el agotamiento se transforma en una

neblina densa que me envuelve, y el dolor me transforma la expresión.

Respiro hondo. Estiro el brazo y tomo el libro. Con la otra mano me apoyo

en la pared. Y lo voy intentando. Ya descansaste, me decía, ¡ya descansaste y

ahora movete!

Y me levanto lentamente. Camino pesadamente. Llego al borde de la escalera.

Me tomo con firmeza de la baranda lustrada y comienzo a descender. Me

acuerdo del descenso del Dante al Infierno. La Divina Comedia me entretiene

con sus escenas torturantes. Así me voy de mi escena. Escalón por escalón,

escena por escena.

Finalmente llego.

141


Tomo el bastón y sigo hasta el sillón de la estufa hogar.

Me siento. Un suspiro tan largo como el de los condenados del Infierno dantesco

me envuelve toda. Otro suspiro fuerte. Me hace bien. Y hasta me río. Yo

nunca suspiro. No me gusta, pero ahora…

Abro el libro en la página que señalé. Leo. Quiero leer, pero mis piernas me

duelen mucho. Los brazos están tan agotados que no quieren sostener este libro

de 400 páginas. El calmante sigue lejos, el remedio fundamental también.

Y yo no tengo la fuerza para caminar otra vez hasta el dormitorio. Allí están

mis medicamentos, el vaso de agua, y ¡la cama!

El fuego sigue bien, calienta, crepita. Parece que hubiera encontrado el alma

de un duende. Me sonrío. El fuego siempre me hace bien. Me relaja, me centra.

Me atrapa. Y aunque resulte ridículo me abanico la cabeza con el libro,

hasta que le devuelvo su función. Lo abro y comienzo a leer.

Leeré hasta que haya descansado un poco más. Leo bastante bien, me digo.

Bastante bien. Pero una mancha gris insiste en taparme las letras. Corro la mirada,

la mancha también se corre. Además ambos párpados están cediendo

demasiado al cansancio muscular. Apenas si puedo espiar las letras. Y además

los signos alfabéticos se encaprichan en duplicarse y pierden su sentido. ¡Bah!

Miro el fuego sinuoso. ¡Cómo me atrapa! Y me dejo atrapar a conciencia, entregada

al placer de la contemplación tibia.

La voz de mi nieto. ¡Abuela! ¡Abue! Es una voz perentoria, cálida de cinco años

curiosos y creativos.

¡Acá estoy, mi amor!

Se sienta sobre la alfombra, me mira con esos ojos oscuros y profundos. ¡Contame

que hay en el fuego! me dice y apoya su cabeza sobre mi pierna. Cada

vez que me encuentra frente a la estufa hogar, me pide lo mismo. Yo aprovecho

a pedirle mis pastillas y el agua, mientras me concentro en las llamas y

descubro sus secretos para él.

142


Vuelve apurado con todo.

¿Y qué encontraste, abue?

Más tranquila por haber tomado la medicación, comienzo a recorrer, sin cansarme,

el largo fascinante camino de un cuento para mi nieto. Un cuento que invento

incentivada por sus ojos anhelantes y por el fuego maduro y cambiante.

–Se asoma, se asoma! Es una duendecita y se mueve mucho, parece bailar.

Nos vio. Te mira… Se quiere esconder.

–¡Eh, duenda, no te escondas!

–Dice que tiene hambre y se va a comer con sus hermanitos duendes.

–No! ¡Mejor que se quede! Yo le traigo un chocolate que tiene mamá en el

placard. Esperá. Ya vuelvo.

Y mi nieto lleno de luz e inocencia corre hacia la puerta de atrás que conduce

al patio de su casa. ¡Felizmente vivimos tan cerca!

Me estiro. Sonrío. Abro el libro y comienzo a leer. Las palabras se quedan en

su lugar. Las manchas aún no aparecen. Lo disfruto.

Advierto que ha pasado casi una hora y Mariano no vuelve. La mamá le habrá

preparado su merienda. Continúo leyendo, pero mis párpados se están

bajando…

Abren la puerta y entran la vocecita fresca de mi nieto, la torta que trae en su

mano, y un pedacito de chocolate con maní.

–Esta es para vos, abue –me da la torta–, y esto es para la duenda roja –y arroja

el cuadradito negro al fuego.

Aplaudimos.

–Abue, má te dijo una mala palabra.

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–¿Para mí?

–¡Sí! Y es muy fea. Refea.

–¿Cuál?

–¿Estás segura de que querés que te la diga? ¿Y si no te gusta nada, nada?

–En ese caso, no me la repitas más. Pero ahora tengo curiosidad.

–Bueno… Le dijo a pá que sos ¡una obcecada!

Me mira buscando mi reacción. Siento deseos de reírme pero intento controlarlos.

–¿Qué es obcecada, abue?

–No es una mala palabra. No es un insulto, aunque parezca, pero …

–¡Vos no sabés con la cara que se lo dijo! ¡Enojada!

–Sí. Puede ser que esté enojada conmigo porque soy obcecada. Obcecada es

una persona que hace lo que otros le dicen que no haga…

–¡Eso es traviesa!

–También. Pero es alguien que se empeña en hacer algo aunque le cueste mucho,

casi con fervor, llevando la contra , un poco sin medir las consecuencias…

–Ahh. ¿Y sos así?

–Un poquito, tal vez. Pero cuando lo hago es para mejorar y no para quedarme.

Es para insistirme a mí misma, para obligarme a hacer más esfuerzos. Yo

diría más bien que soy tenaz, pero… también obcecada.

–Y eso no es malo, abue. A mí me gusta que seas así. Cabezadura, ¿no?

Tomo la cabecita con mis manos y le doy varios besos. Me detengo en su olorcito

a pelo limpio, se nota que la mamá hizo que se bañara también.

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Pienso en sus palabras. Aunque mi hija diga que es un defecto, a mí me parece

en determinados momentos una virtud. Es la que me mantiene activa.

La voz de mi hija llega desde el patio. Lo llama. Me avisa que vendrá después.

¿Obcecada, eh? Vuelvo a reírme. ¡Sí, un poco! Me levanto del sillón, voy caminando

lentamente a la cocina a preparame un té para tomar con la torta.

Vuelvo al lado del fuego con la merienda en una bandeja. Cuido de no volcar

nada, ni siquiera a mí misma. Me sonrío. Me siento y suspiro contenta.

La cabecita de Mariano con olor a limpio. La cabecita tierna y castaña. Y los

ojos pardos que me miran con aceptación y sin crítica. Soy su abuela. Soy así.

Así me quiere.Y también me quiere “obcecada”. La sonrisa vuelve a mis labios

con facilidad.

Algo bulle en mi interior, las formas, los colores, las texturas.

A unos pasos de mi sillón me llama la tela en blanco sobre el atril. En la mesita

auxiliar manchada de pinturas viejas me reclaman los óleos para que los haga

vivir con mis formas. Hace tiempo que no los toco.

¿Qué espero?

Me incorporo y no me cuesta.

Elijo el pincel sin uso, el óleo marrón, el negro…

Siento la alegría de crear de nuevo, la ebullición de volcarme en la tela, la ternura

inmensa por la cabecita que comienza a esbozarse.

De pie, sí, de pie. Todo el cuerpo se aliviana. No hay malestares, ni dolores.

Estoy yo. Soy yo. Yo creando. Yo viviendo.

Allakai.

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¿Por Arriba o Por Abajo?


Ilustración: Daniel Sevilla Cervera


¿Por Arriba o Por Abajo?

Isabel de Ron

Siempre igual. Cada vez que pasa algo interesante en mi vida,

llega mi madre corriendo a pincharme. A pincharme en serio,

hasta que sale una gotita de sangre.

Si suspendo inglés, me pincha.

Si saco un diez en matemáticas, me pincha.

Si voy al cumple de una amiga, me pincha.

Todos los días por la mañana me pincha y antes de comer, también.

–¡¡Jara!! –me llama desde donde esté. Y yo tengo que ir rápidamente

para que no me gaste el nombre, que a veces ocurre.

Mi madre me pincha con una aguja especial en un dedo distinto cada

día. Luego, pone la gotita en una tira que se mete en un aparato donde

salen unos números que miden el azúcar que tengo, que según

mi madre está un poco loco, sube y baja como una montaña rusa.

Dependiendo de los números que salgan, como si fuera la lotería de

Navidad, mi madre sonríe o levanta una ceja.

–¿Por arriba o por abajo? –le pregunté esta mañana, porque cuando

encima de su ceja salen cuatro arrugas paralelas, sé que los números

no le han gustado nada y mi azúcar ha vuelto a hacer de las suyas.

–Por arriba –contestó mi madre–. Tienes el azúcar muy alto y hay que

ponerte insulina. Hala, venga, que te firmo en la barriga.

Y me pinchó de nuevo, esta vez con un boli especial que en vez de

tinta tiene insulina, mucho mejor que la otra inyección que me toca

todas las noches.

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Mi madre insiste en que tengo que conocer bien lo que me pasa, pero es un

poco rollo. Parece ser que mi cuerpo no produce suficiente insulina, que es

la encargada de convertir el azúcar en energía, algo así como mi abuela, que

hace unos bizcochos buenísimos. El azúcar se queda en mi sangre, navegando

como un náufrago que sigue flotando en el mar sin llegar nunca a ninguna

isla, sin encontrar una mísera célula que lo recoja y lo convierta en energía.

Por eso, antes me sentía cansada y muerta de sed y tenía que hacer pis todo

el tiempo. Ahora me miden el azúcar por si hace falta corregir algo, cosa que

se les da muy bien a todas las madres.

Otras veces, cuando sale “por abajo” es genial y existe una remota posibilidad

de que pueda merendar galletas normales.

Desde que soy diabética y mi sangre está llena de azúcar, me consuelo pensando

que estoy llena de millones de barras de regaliz rojo que navegan por

mis venas, porque las chuches en mi vida han pasado a ser ejemplares en

peligro de extinción y tengo que comer los dulces especiales para diabéticos,

que en el fondo no están mal, pero no son lo mismo.

Al principio de debutar, que es como se dice cuando descubren que eres diabética

o actriz –según te toque en la vida–, comía chuches a escondidas, pero

el resultado era otro pinchazo más, porque me subía mucho el azúcar, así que

dejé de hacerlo. Mi madre no perdona una y no tiene ningún problema en

convertir mi cuerpo en un colador, a la menor ocasión.

Lo bueno de todo esto es que se me ha quitado el miedo a la sangre y ya no

soy tan tiquismiquis como antes. Ahora me apasionan los insectos, especialmente

los llamados chupasangre, mis colegas. A mi madre no le gusta que me

chupe el dedo después de pincharme, pero yo lo hago sin darme cuenta, por

los instintos de vampira que me están saliendo, y me siento muy identificada

con ellos.

Tengo una estupenda colección de insectos vivos. Ya tengo cerca de veinte,

entre cucarachas, mariquitas, arañas y otros bichos, metidos en una caja de

150


cartón, escondida debajo de la cama. Los recojo los fines de semana con mi

padre cuando vamos a caminar. Él coge todo tipo de plantas y arbustos, que

le encantan, y por eso me llamo Jara, y yo cojo los insectos que se dejan.

Para ser de una principiante de incógnito, mi colección es bastante buena,

pero estoy deseando que llegue septiembre y volver al cole para ampliar mi

reunión nocturna de insectos con el más deseado de todos los chupasangre.

Cada año, cuando volvemos a clase, ocurre algo fascinante que mi madre y

todas las de su calaña se empeñan en hacer desaparecer, no solo de nuestra

vida, sino también de sus conversaciones. Es sorprendente, porque es algo

que nos pasa a todos los niños y niñas alguna vez en la vida, o en mi caso,

todos los septiembres puntualmente, pero rara es la ocasión en la que oyes a

alguien hablar en voz alta del tema. Es lo que se llama un tabú y solo se puede

hablar de ello susurrando. Es muy extraño, porque mi madre se pasa la vida

diciéndole a todo el mundo que soy diabética: al portero, a los profes, a la

teacher, a mis compañeros, a las madres y padres y abuelos y abuelas que ve

en el colegio, pero nunca, jamás de los jamases, ha comentado con nadie que

tengo piojos.

Pero yo, este año, voy a recibir con los brazos abiertos a mis amigos y sus piojos.

Las primeras semanas de cole no pasó nada, pero después de varios días observando

en el patio, ¡por fin! , vi a Nico, un chico de sexto, rascarse la cabeza.

Se la rascaba con tanto ahínco y desesperación que no me quedó la menor

duda: ¡YA ESTÁN AQUÍ! , grité con alegría. Los piojos habían llegado al cole.

–“¡Yuhuuu!”, grité entusiasmada y me acerqué a él todo lo que pude. Me puse

a su lado y apoyé suavemente mi cabeza sobre su hombro, como he visto

hacer en miles de pelis, aunque me quedó un poco demasiado romántico y

ahora Nico piensa que quiero ser su novia (¡puag!) pero no me importó, porque

así es el mundo de la ciencia y esperaba que mi acercamiento de pelos

hubiera dado resultado.

151


–¿Nico, me pasas algún piojo, por favor?, –le pregunté educadamente.

–Sírvete tú misma, Jara –me respondió sin moverse, porque los de sexto son

así, un poco chulos.

La verdad es que no tenía ni idea de cuánto tiempo tardaban los piojos en

contagiarse, desarrollarse y tener hijos, y me pasé toda la semana mirándome

la cabeza en el espejo, sin novedad a la vista.

Un día en el comedor del colegio pasó algo bastante habitual: nadie se comió

las zanahorias que venían acompañando al pescado; todos los niños las dejamos

en el plato, sin probarlas siquiera. Vino el director y nos obligó a comerlas,

incluso a mí, que a veces tengo un menú especial por lo del azúcar, pero

esta vez tenía que comerlas como los demás. Todos protestamos porque no

nos gustan nada.

–A comer y a callar –dijo el dire por el altavoz–. Ya es hora de que cambiéis

vuestros hábitos alimenticios. Cuanto antes empecéis, antes os van a gustar.

El paladar se acostumbra a todo.

Y al oír esas palabras, se me ocurrió una gran idea para acabar con la diabetes

en el mundo y que ningún niño tuviera que pincharse nunca más.

Necesitaba con más urgencia que nunca tener piojos. En cuanto los consiguiera,

les esperaría una dulce sorpresa que me iba a convertir en la científica más

joven de la historia, con premio Nobel y todo.

–Voy a cambiar el hábito alimenticio de los piojos para que en vez de toda la

sangre, se coman solo el azúcar, y así no me tenga que pinchar más, –le dije a

Nico en el recreo.

–En ese caso, toma más –contestó. Y, amablemente, se rascó su cabeza sobre

la mía.

Cuando volví a casa, empecé a preparar mi gran experimento científico.

152


Encontré una caja de bombones transparente y hermética y cogí una aguja de

coser y una bolsita de azúcar de las que mi madre siempre lleva en el bolso y lo

escondí todo en un cajón del cuarto de baño, a la espera de la llegada de mis

diminutos nuevos amigos.

Después de una semana sin observar ningún rastro de vida animal en mi cabeza,

un día por la mañana, mientras mi madre me pinchaba y levantaba una ceja muy

arriba, me di cuenta de que me estaba rascando por detrás de las orejas. ¡Me

picaba la cabeza! Salí corriendo al cuarto de baño mientras mi madre gritaba mi

nombre sin ningún resultado.

–¡Jara, vuelve inmediatamente! ¡Jara!

Me costó localizarlo entre tanto pelo, pero allí, subido en lo alto de mi coronilla,

estaba un piojo peludo, color marrón, mirándome fijamente a través del espejo.

Intenté cogerlo, pero entonces llegó mi madre preparada con el boli de insulina.

Como es muy fácil de usar y no duele nada, se lo arranqué de las manos y le dije

que ya me lo ponía yo, para acabar antes y que se fuera del baño antes de que

mi piojo desapareciera. Y me pinché en la barriga como tantas veces le había

visto hacer a ella. Mi madre se emocionó mucho y empezó a decirme que me

estaba haciendo mayor y responsable y que había asumido ya mi enfermedad

y esas cosas que te dicen los mayores casi con lágrimas en los ojos y que te

obligan a sonreír y mirar con cara de circunstancias aunque no hayas entendido

nada, y entonces, ¡horror!, mi madre empezó a acariciarme la cabeza.

–Tengo hambre –dije interrumpiendo sus peligrosas caricias–. ¿Desayunamos?

Y salí corriendo a la cocina intentando evitar que me pillara, pero mientras me

tomaba la leche, un piojo desalmado y traidor se descolgó por mi flequillo, al

mismo tiempo que mi madre me apartaba el pelo de la cara. Y ocurrió lo inevitable.

Primero, mi madre hizo muchos aspavientos y empezó a rascarse la cabeza

como si le hubiera caído encima un enjambre de abejas.

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–¡Lo sabía, lo sabía! –gritaba como una loca–. Hace días que me pica todo.

Y siguió rascándose sin parar hasta que me llevó a rastras al cuarto de baño y

arruinó mi experimento con un producto antipiojos que, según decía, era infalible

y acabaría con mi premio Nobel de investigación con una sola aplicación.

De aquella masacre, solo pude salvar un piojo vivo. Algo es algo. Lo metí en la

caja transparente en cuanto mi madre salió del cuarto de baño. Como ya tenía

la aguja preparada, me pinché en un dedo y dejé caer la gota de sangre y unos

granitos de azúcar cerca del piojo.

Esperaba que se fuera corriendo a chuparla, pero no hizo nada. Allí se quedó

mi piojo, cabizbajo y moribundo. Me fui al cole con la caja escondida en la

mochila y en el recreo les conté mi experimento a todos.

–¡Necesito piojos vivos! –grité en el patio del colegio–. Es para enseñarles a comer

azúcar. ¿Alguien tiene piojos? ¡Dona tus piojos a la ciencia! –seguí gritando.

Nico, mi primer donante de piojos de sexto, se acercó.

–¿Todavía te quedan piojos? –le pregunté.

–Claro –me contestó–. Siempre tengo un piojo preparado para ti.

Y se rascó la cabeza con mucha fuerza sobre mi caja, pero solo cayó uno, pequeño

y con poca pinta de querer vivir.

–Gracias, pero necesito más –le dije.

Nico fue a hablar con otros niños de sexto y les contó que era imprescindible

que yo consiguiera muchos piojos fuertes y sanos para someterlos a un experimento

científico.

Todos quisieron colaborar. Los de sexto se lo dijeron a los de quinto, estos a

los de cuarto y estos a los de tercero, al final; todos los niños del cole pasaron

de uno en uno a rascarse la cabeza sobre mi caja.

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Uno, dos, tres, cuatro…, hasta diez piojos enormes y peludos cayeron dentro,

más otros tantos que se fueron a disfrutar de la libertad por el patio del colegio.

–Os nombraré a todos colaboradores del experimento y compartiremos el

premio, –les dije para agradecerles la cesión de sus piojos a la ciencia.

Y con mi caja llena de esperanza, volví a casa muy contenta.

En cuanto pude esconderme en el baño, eché de nuevo en la caja más sangre

y más azúcar, esperando que se lo comieran todo, pero nada...

Al día siguiente, seguían sin comer y no me quedó más remedio que preguntarle

a mi padre cómo tomaban la sangre los piojos.

–Primero pican y luego chupan. Si no pican, no pueden chupar –me contestó

mi padre, haciendo un gesto de vampiro, enseñándome los colmillos.

Mi experimento había sido un fracaso rotundo. No solo no les había enseñado

a comer azúcar, sino que tenía una caja llena de piojos desnutridos. Y entonces

se me ocurrió otra cosa, si el problema era que tenían que picar antes de

comer, me sacrificaría por el bien de la humanidad.

Sin pensármelo dos veces, abrí la caja y me eché los diez piojos sobre mi cabeza.

Y luego, esparcí dos sobres de azúcar enteros por mi pelo.

Enseguida dio resultado. Los piojos empezaron a picar, y estoy segura de que

se tomaban el azúcar al mismo tiempo, como si mojaran las galletas en la leche.

Estaba muy contenta, porque los hijos que nacieran de esos diez piojos pioneros

serían los primeros piojos comedores de azúcar de la sangre humana.

Mantuve en secreto mi experimento tapándolo con una gorra y huí de mi

madre todo el día. Por la noche, cuando ya consideré que mis piojos habían

tomado suficiente azúcar, decidí hacer la prueba definitiva y medir el azúcar

de su sangre con mi aparato.

155


Lo malo era que para sacarle la sangre a un piojo tenía que espachurrarlo y

me daba mucha pena y algo de asco, pero así es la ciencia: cuando hay que

espachurrar un bicho, hay que espachurrarlo.

Cogí una de mis agujas especiales y se la clavé al piojo más grande que encontré.

Luego la metí en el aparato como siempre hace mi madre.

–¿Por arriba o por abajo? –le pregunté al aparato, pero no funcionó. Se quedó

en blanco, tan blanco como el color de la cara de mi madre cuando entró en

mi habitación y me vio el pelo lleno de azúcar y un piojo clavado en una de mis

agujas especiales.

–¡Jara!, ¡Jara!, ¡Jara! –mi madre repitió mi nombre más de mil veces, cada vez

más alto. No podía decir nada más, se quedó atascada en mi nombre por un

buen rato.

Esa noche, mi cabeza se convirtió en una ensalada. Como era sábado y el producto

infalible ya se había acabado, mi madre me llenó la cabeza de vinagre,

sin decir palabra. Con el olor tan agrio y la muerte de mis piojos sobre mi cabeza,

yo ya tenía bastante disgusto.

Tuve que contárselo todo, porque ni mi madre ni mi padre se explicaban que

en solo un día se me hubiera llenado la cabeza de piojos otra vez. Mi madre

seguía pronunciando mi nombre sin parar (Jara, Jara, Jara…) y mi padre me

explicó que mi experimento estaba mal planteado, que el azúcar no era lo

malo que tenía que eliminar, porque era necesario en la sangre para producir

energía y mantenerme fuerte y sana, que el problema era que mi cuerpo no

producía suficiente insulina (la abuela que hace los bizcochos) y que si hubiera

escuchado todo lo que me decían sobre la diabetes, no hubiera cometido

un error científico tan grave.

Un poco avergonzada por mi ignorancia, me fui a la cama y me consolé mirando

mi colección de insectos. Entonces, se me ocurrió el experimento que

realmente iba a eliminar la diabetes de la faz de la tierra y evitar que ningún

otro niño del mundo se tuviera que pinchar nunca más.

156


¡Tenía que conseguir muchos mosquitos, arañas y todos los bichos que pican

y te inyectan veneno, para enseñarles a comer insulina y que luego, a través

de sus picaduras, la fueran propagando por toda la humanidad!

FIN.

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Te Prometí Como Mínimo

Diez Años


Ilustración: Elena Morales Verdejo


Te Prometí Como Mínimo

Diez Años

Nereida Barneda Darias

Te prometí como mínimo diez años. Cuando te los prometí

no era consciente que el tiempo pasa más rápido de lo que

uno desea.

Estabas delante de mí, sentado en el incómodo sofá azul de Ikea.

Hacía poquito que habíamos empezado a salir cuando, en la cocina,

te abordé y me dijiste que me querías, pero necesitabas poner las

cartas sobre la mesa. Nos fuimos hacia el comedor y nos sentamos.

Hablamos durante mucho rato, intenté encontrar las palabras más

sencillas para contarte que tenía síndrome de Eisenmenger, que no

podía hacer esfuerzos, ni cansarme, ni practicar deporte, que debía

evitar resfriarme, que no podía tener hijos, que no se podía curar y

que llegaría el día en que necesitaría un trasplante y que el pronóstico

no era bueno.

Ibas digiriendo todas mis palabras aunque ya sabías todo lo que te estaba

contando pues nos conocíamos desde la facultad; lo único que

no sabías era cuánto tiempo podríamos estar juntos.

–¿Cuántos años tenemos? –me preguntaste.

Ya hacía unos años le había preguntado lo mismo al neumólogo que,

mirándome a los ojos, me preguntó que si deseaba saber la verdad.

Le dije que sí, con el corazón fuerte y la cabeza bien alta, pero cuando

salí de la consulta me arrepentí durante muchos años de haberlo

preguntado. También había leído un montón de artículos y publicaciones

de comunicación interventricular e hipertensión pulmonar, así

que me resultó bastante ‘sencillo’ darte un número.

Las estadísticas daban una esperanza de vida media de 37 años, con

lo que te prometí como mínimo diez años.

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Continuamos hablando, lloramos, nos besamos y me dijiste con vehemencia

que diez años valían la pena. Entendía tu miedo y no te hubiese reprochado

una retirada a tiempo, como tampoco te la reprocharía ahora. Han pasado ya

diez años.

162

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Me diagnosticaron a los 12 años después de ponerme cianótica como un “pitufo”

tras una intervención de amígdalas.

–Su hija tiene síndrome de Eisenmenger, es muy grave y la esperanza de vida

es muy limitada, solo se puede curar con un trasplante y hay muy pocas garantías.

Puede morir en cualquier momento. Es preciso que no haga ningún

esfuerzo, que lleve una vida reposada, que no se ponga nerviosa, que nada la

altere. No podemos hacer nadas más, lo sentimos.

Esta fue la sentencia.

Mi vida dio un giro de 180 grados, me hicieron adulta de golpe y porrazo. Dejé

el deporte, me apuntaron a piano y nunca más jugué durante el recreo; miraba

cómo mis amigas saltaban a la comba, mientras yo anotaba los puntos en

una libreta. En las clases de gimnasia, sentada en un rinconcito soñaba que

era una patinadora famosa o una gimnasta que se preparaba para las olimpiadas.

Se acabaron los campamentos y las excursiones, pero descubrí mi gran

pasión: “devorar” libros.

Al cabo de unos meses, mis padres me llevaron al más prestigioso cardiólogo

de Barcelona; necesitaban una segunda opinión. Este corroboró el diagnóstico,

se acercó a mí y me dijo:

–Tienes que pensar que tu vida es una bolsa llena de monedas. Debes gastarlas

poco a poco, pues llegará el día en que se terminen. Solo tú puedes

escoger cómo gastarlas; pronto y rápido, o despacio y de forma controlada

para que duren más.


A esa edad, la consciencia de “morir” es relativa, el pensamiento mágico aún

está presente y crees que las monedas se van a multiplicar por acción divina

o simplemente, como dice el anuncio, porque yo lo valgo. Es ahora cuando,

a un año de lo que yo llamo el día de “la tapa del yogur”, me doy cuenta del

valor del tiempo y de que aunque haya vivido bien, deseo tener muchas más

monedas para continuar viviendo. Es ahora cuando, sabiendo el valor de los

segundos, no me arrepiento de haberle preguntado a mi neumólogo cuántos

años me quedaban.

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Durante el transcurso de estos diez años hemos pasado todo tipo de momentos,

de los cuales recuerdo uno en especial; el día que fuimos al médico

en Valencia para cuando necesitase el trasplante. En la sala de espera me

empecé a poner nerviosa, ya que más de la mitad de los pacientes estaban

conectados a bombonas de oxígeno o llevaban mascarilla. Veías cómo me

iba cambiando la cara de color, y me dijiste que me sentase, que no me los

quedase mirando fijamente, que era de mala educación. Te miré y te dije que

yo sería incapaz, que antes me echaría por un puente que ir arrastrando la

bombona por la calle. Después de la visita, salí con prescripción de oxígeno

12 horas al día para empezar.

De vuelta a casa no pude parar de llorar durante las cuatro horas que duraba

el trayecto. Desde el tren de vuelta llamaste a Fran y Silvia, que vinieron a la

estación a esperarnos porque solos no podíamos con todo lo que se nos venía

encima. Éramos incapaces hasta de imaginar qué haríamos al día siguiente.

En la cafetería de la estación de Sants hablamos de cómo afrontaríamos este

cambio en nuestra vida, nos planteamos la posibilidad de pedir a nuestro jefe

que me dejase trabajar desde casa, incluso de dejar de trabajar, pero yo quería

continuar trabajando. Me dolía la cabeza y aún no se lo había contado a

mis padres. No quería hacerlo, no podía…

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Al día siguiente por la mañana llamaste a Toni, mi neumólogo. Te tranquilizó.

Dijo que él no lo veía necesario y nos citó a consulta. Nos explicó que

en la literatura no estaba suficientemente probado el beneficio del oxígeno

en Eisenmenger y que era un tema controvertido. También nos dijo que mi

cuerpo ya estaba acostumbrado a saturar por debajo del 80% y que, si más

adelante creía que lo necesitaba, ya volveríamos a hablar de ello. Me eché

a llorar y le dije que prefería cinco años con calidad de vida que diez dependiendo

de una bombona.

Ahora ruego que sean diez y, aunque no necesito oxígeno por el momento,

me conectaría a mil bombonas si fuese preciso para asegurarme el continuar

viviendo.

Estos diez años a tu lado me han enseñado muchas cosas. Una de ellas ha sido

que no vale rendirse. Quien se rinde tiene la partida perdida de antemano.

Quizá por ello, a día de hoy me encuentro como nunca he estado. Es evidente

que no tengo la energía que tendría alguien de mi edad, ni tampoco puedo ir

en bicicleta, patinar o echarme unos largos en la piscina, pero tengo y puedo

hacer muchas otras cosas más, que me llenan y dan vida.

De qué me sirve amargarme por no poder reírme a carcajadas por el riesgo

de reventar una capilar pulmonar, de nada. Por eso, sonrío por fuera y me río

sonoramente por dentro.

Cuando he tenido episodios de hemoptisis y me ha abordado un ataque de

pánico, tú has estado a mi lado, tranquilizándome, y aunque sé que estabas

aterrado por dentro, nunca me has mostrado ni una pizca de temor. Cuánto

te lo agradezco. Has sido en todo momento mi media naranja, la palanca que

me levanta cuando me caigo y el contrapeso que me baja hasta el suelo cuando

me da por soñar demasiado.

Contigo he descubierto el valor de las cosas pequeñas, y el orgullo de verme

como los demás. Todos estos años he trabajado duro para demostrar que no

soy una enferma, ni un síndrome de Eisenmenger, ni una hipertensión pulmonar,

ni un episodio de hemoptisis. Estoy enferma, sí; pero no soy distinta y

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no quiero ser tratada de forma diferente por ello. Sé cuáles son mis límites

y adapto mi vida a ellos. No es ni ha sido fácil y el orgullo me ha hecho mucho

daño; he subido escaleras para que no me viesen coger el ascensor por subir

un solo piso, he tomado taxis hasta tres calles más allá de la universidad para

que no me viesen llegar en él, pero poco a poco me he dado cuenta que a

quien estaba engañando no era al mundo, sino a mí. Cuando he dejado de

pensar y preocuparme por el qué pensarían los demás he empezado a ser

feliz y estar bien conmigo misma.

Un día, en el hospital, la enfermera que me hace el walking, al ver que andaba rápido,

me preguntó qué hacía cuando llegaba tarde a los sitios; a lo que contesté:

–Salir antes de casa.

Pudo parecer un desaire por mi parte, pero no lo fue. Intentaba explicar cómo

me estaba adaptando a mi limitación.

He adaptado mi vida a mis condiciones, y por ello ahora no me siento diferente.

A veces, la adaptación es por necesidad; otras veces, por decisión propia.

Pero, en todos los casos, es igual de válida.

Tener una enfermedad crónica exige paciencia y resiliencia y, de verdad, la

capacidad que tenemos de ambas cosas todas las personas no la conocemos

hasta que la necesitamos.

Cuanto más adulta me he hecho, más me he dado cuenta de la relatividad de

tiempo y del orden correcto de las cosas importantes. Es importante mostrarme

madura, pero también conservar la niña que tengo dentro y me hace soñar.

Es importante tener planes, pero también improvisar (da vida a los días);

es importante estar acompañada, pero también aprender a estar sola. Es importante

saber cuáles son mis límites, pero no dejarme coartar por ellos. Es

importante todo lo que hago, digo y pienso, pues me hace vivir de una forma

u otra y encarar las adversidades con estilo o con amargura. Es importante

quererme a mí misma tal y como soy.

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Para mí, una de las cosas imprescindibles que en estos diez años me ha ayudado

a no caer ni abandonar ha sido hacer planes: diseñar un viaje, pensar en

preparar una cena sorpresa, mirar el calendario para ir un fin de semana a la

playa, anhelar leer el último libro de mis autores favoritos … Mientras tenga

cosas por las que vivir, sacaré la energía de debajo de las piedras.

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~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Dentro de unos meses haré los 37, daré una fiesta donde todo el mundo llevará

una camiseta con el lema “soy como un yogur: consúmeme preferentemente

antes de…”, pero hasta entonces, y también después de la fiesta,

continuaré haciendo planes, soñando en envejecer a tu lado, ilusionándome

con películas románticas y trabajando para demostrar que estoy enferma,

pero no soy diferente. La tecnología y la ciencia avanzan a pasos de gigante

y estaré allí para cuando tener un agujerito en el corazón y un torrente en los

pulmones sea solo algo anecdótico.

Tengo esperanza.


Fundación Abbott

La Fundación Abbott se constituyó oficialmente, en Madrid, el 11 de

abril de 2003, con el objetivo de contribuir a la mejora de la salud de

la población a través de la puesta en marcha de distintas iniciativas

encaminadas a atender las necesidades del sistema sanitario español,

de sus profesionales y de la sociedad en general.

A través de una estrecha colaboración con los distintos agentes que

forman parte de la sanidad española, la Fundación Abbott ha trabajado

en áreas trascendentales para el avance de la salud y la organización

sanitaria. De este modo, las actividades desarrolladas en

los últimos años se han concentrado en áreas tan diversas como la

investigación, la formación, la divulgación científica, el análisis de la

actualidad, la cooperación y la educación para la salud.

Uno de los principales objetivos de la Fundación Abbott es desarrollar

los principios de Responsabilidad Social Corporativa, afianzando

así el compromiso contraído con la sociedad para tratar de devolverle

la confianza que ha depositado en esta Fundación con el paso

de los años.

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De acuerdo con sus estatutos, los fines específicos de la Fundación

se centran en:

• Fomentar la investigación científica y técnica en España en el

campo de las ciencias médicas, tanto en sus aspectos básicos como

epidemiológicos, preventivos, económicos y sociales.

• Potenciar la formación continuada de los profesionales de la salud,

así como la educación sanitaria de la población española.

• Colaborar con asociaciones de pacientes y ONG,s de ámbito

sanitario mediante foros de debate y otras actividades que, por su

contenido y organización, sean de interés general y permitan una

acción eficaz frente a las enfermedades.

• Desarrollar acciones en el marco social, político y científico de

la sanidad española, que contribuyan a mejorarla siempre en

dinámicas de intercambio y colaboración con las instituciones,

comunidades autónomas, entidades y organismos públicos y

privados comprometidos con el mismo fin.

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La Fundación Abbott agradece afectuosamente

a los estudiantes de la Universidad Europea de Madrid

la creación de las ilustraciones que acompañan

los relatos de este libro conmemorativo.

08300526 (NOV12)

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