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el arte de crear el tiempo

Texto por JAVIER NICOLÁS GARCÍA

“LA ALTA RELOJERÍA ES UNO

DE LOS RAROS OFICIOS

EN LOS QUE LA

COMPLICACIÓN ES UN PLACER”

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FUE EN 1880

CUANDO LA CASA

DECIDE ADOPTAR

LA FAMOSA

CRUZ DE MALTA

Nada presagiaba que un cabinotier llamado

Jean Marc Vacheron abriría un

taller de relojería en el barrio ginebrino

de Saint Gervais. Corría el año 1755, y el

hombre en su pequeño habitáculo realizaba

sus primeras piezas, ajeno a la fundación

de una dinastía, que marcará la

historia del paso del tiempo en nuestras

muñecas. Tras la contienda napoleónica,

su amigo François Constantin se une a la

empresa. Recorre Europa infatigablemente

al reclamo de nuevos mercados,

demandados por las maravillas de ingeniosidad

de la firma.

En 1939, la empresa muestra el as que con

tanto celo guardaba en la manga, contratando

al genio de la mecánica, Georges

Auguste Leschot, para dirigir el proceso de

fabricación. Revoluciona la producción

poniendo a punto las primeras máquinas

capaces de realizar la intercambiabilidad de

las piezas. El avance técnico permite tomar

ventaja a la firma, encontrándose pronto

limitada en sus paredes, necesitando ampliar

locales mudándose a la Rue-des-Moulins.

Circula cierta leyenda alrededor de su símbolo

emblemático. Aseguran que fue en

1880 cuando la casa decide adoptar la

famosa Cruz de Malta, derivada de un

componente que antiguamente se fijaba

en el cilindro –tambor para mejorar la precisión

de cuerda del reloj–. Pero completando

esta versión, su logo se inspiró en

un pequeño componente de la tapa de

barrilete que antaño, regulaba el grado

de armado del muelle real, para un mejor

funcionamiento de la pieza.

Pero una pregunta subyace inherente a la

manufactura relojera más antigua del

mundo de forma ininterrumpida. ¿Por qué

las creaciones de Vacheron Constantin

resultan inconfundibles? Sus creadores

encontraron la sempiterna respuesta por la

fusión de tres factores: sus relojes se caracterizarían

por la técnica, la estética y el acabado.

Con la primera, quisieron conjugar su

saber hacer secular, con el equipamiento

más avanzado, sin renunciar a mecanismos

que oscilarán entre lo sencillo y lo sofisticado.

Los relojes con líneas y volúmenes

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Boutique de Vacheron en Quai de l’lle

VACHERON CONSTANTIN SIMBOLIZA Y PERPETÚA

EL ESPÍRITU TRADICIONAL ARTESANO AL TIEMPO

QUE AFIANZA SU VINCULACIÓN CON LOS

VALORES CULTURALES CONTEMPORÁNEOS

Oficinas en Plan–les–Ouates

ejemplares dentro del más puro espíritu

contemporáneo, sabiendo mantenerse refinados

y elegantes dieron razón a la segunda.

El acabado avaló los esfuerzos

emprendidos en el ámbito técnico. Son

reconocidos de inmediato por su sentido del

detalle y la búsqueda de la perfección, el

sello distintivo con que los maestros-relojeros

de la firma, invisibilizan su autenticidad.

Ocupando un lugar tan destacado como la

propia historia de la marca se encuentra su

Maison. Ubicada en pleno barrio de Saint

Gervais, cuna de la excenlencia relojera

ginebrina ocupó diferentes emplazamientos.

Pero el sueño de su fundador era que la

construyera el arquitecto que ideó el Gran

Teatro de Ginebra. Su deseo se hizo realidad

en su actual emplazamiento de Quai de I’lle,

donde implantó su museo e inauguró la

tienda situada en la planta baja.

Actualmente simboliza y perpetúa el espíritu

tradicional artesano al tiempo que

afianza su vinculación con los valores culturales

contemporáneos. La particularidad

persigue hasta la elección de los materiales

empleados en su construcción: madera,

bronce y cuero. Como si por ellos mismos

la exclusividad, originalidad y alto nivel de

elaboración impregnaran sus creaciones a

modo de simbiosis.

La Sede Internacional de la marca, situada

en Plan–les–Ouates, la poetizaron con el

verso “una forma intemporal acorde con

nuestro tiempo”. Caracterizado por un

atrevido diseño y transparencia, el edificio

obra del arquitecto franco-suizo Bernard

Tshumi, alberga en un mismo lugar la

administración y producción. Ciento

setenta colaboradores, representantes de

los oficios y el espíritu de la casa, aspirando

a ser doscientos cincuenta, incluyendo

el sello de Ginebra, llevan a cabo todas las

fases que conforman las tripas del reloj:

creación, ensamblaje, ajuste, encajado,

control y servicio post-venta.

El presente de sus números asustan, el

grupo Richemont, al cual pertenece

cuenta con trescientos cincuenta empleados,

diecisiete filiales, nueve tiendas

propias, una red de ventas en más de

setenta países y más de seiscientos puntos

de venta en todo el mundo. Cerca de

quince mil piezas al año evidencian la

tradición, modernidad y dinamismo

con que han llegado a nuestros días.

Uno de los secretos mejor guardados en

es que el corazón de cada reloj se termina

totalmente a mano. Por ello seguramente,

se acerquen tanto al nuestro.

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