El duende quiso madrugar. nº 7

franciscojavier2015

Bienvenido de nuevo, lector, a un nuevo número de esta revista, que mes a mes renace con el entusiasmo de su inicio, cuando el duende de la literatura llenó de bellas luces la imaginación de quien la edita. Con más o menos esfuerzo, seguimos adelante en la publicación de tan ambicioso proyecto, cuyo único fin es la divulgación de la cultura a un público siempre voluntario de hallarla en tan extenso universo como son las letras y los medios por los que las encontramos. La universalización es un panorama tan amplio como complicado, pero no dejaremos que intentar llegar al lector con lo mejor de nosotros y de la literatura mundial a lo largo de su historia.

Este séptimo número, al igual que los anteriores, recogen el entusiasmo y las ganas de hacer un mundo mejor mediante la cultura y el conocimiento. Dejemos la ignorancia para los pobres de espíritu, y emprendamos cada día el hábito del buen leer.

2 de abril, día mundial del autismo

EL DUENDE QUISO

MADRUGAR

Revista Literaria

SÉPTIMO NÚMERO. ABRIL 2016.

COMO SIEMPRE, NOS

ACERCAMOS A LOS

ARTÍCULOS DE LARRA.

NO SE PIERDA EL LECTOR

UN REO DE MUERTE.

FLOR Y CANTO, LA POESÍA

NÁHUATL MÁS BELLA

Y QUE POCOS LECTORES

CONOCEN.

EL PROFESOR EN EL AULA,

O COMO LOS SISTEMAS

EDUCATIVOS NO TIENEN EN

CUENTA LA DIVERSIDAD.

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EL DUENDE QUISO MADRUGAR

El duende quiso madrugar

Número séptimo. Abril de 2016.

Publicación de Francisco Javier González de

Córdova.

Es una revista literaria de publicación mensual

de difusión gratuita vía internet.

Esta publicación se terminó de editar el 2 de

abril de 2016 en Ciudad de México.

El contenido de los textos es responsabilidad

del autor, cuya libertad de expresión viene

amparada en la Carta de Derechos Humanos.

Publicación sin fines de lucro. No patrocinada

por ninguna organización o empresa.

PROHIBIDA SU VENTA

Pintura de logotipo: Caprichos de duendes y monjes, 70, de Francisco

de Goya.

Pintura de portada: La noche estrellada (1889), de Van Gogh.

Revista de edición libre para:

http://hamartia-world.blogspot.com.es/

Esta obra está licenciada bajo la Licencia Creative

Commons Atribución-NoComercial-

SinDerivar 4.0 Internacional. Para ver una copia

de esta licencia, visita http://

creativecommons.org/licenses/by-ncnd/4.0/.

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Bienvenido de nuevo, lector, a un nuevo número

de esta revista, que mes a mes renace con el entusiasmo

de su inicio, cuando el duende de la literatura llenó

de bellas luces la imaginación de quien la edita. Con más

o menos esfuerzo, seguimos adelante en la publicación

de tan ambicioso proyecto, cuyo único fin es la divulgación

de la cultura a un público siempre voluntario de

hallarla en tan extenso universo como son las letras y los

medios por los que las encontramos. La universalización

es un panorama tan amplio como complicado, pero no

dejaremos que intentar llegar al lector con lo mejor de

nosotros y de la literatura mundial a lo largo de su historia.

Este séptimo número, al igual que los anteriores,

recogen el entusiasmo y las ganas de hacer un mundo

mejor mediante la cultura y el conocimiento. Dejemos

la ignorancia para los pobres de espíritu, y emprendamos

cada día el hábito del buen leer.

Larra es nuestra inspiración; por él nacimos, y a

él admiramos, deseando hacer llegar al lector la crítica

social que con tantas ansias nos transmitía este sensacional

escritor que pretendía acabar con la mediocridad de

una sociedad que estaba consiguiendo autodestruirse,

hasta que se autodestruyó, y con ella a muchos que tenían

a la cultura como la máxima expresión.

Una vez que se hunde una sociedad, se necesitan

décadas para volver a alzarla; pero el camino es difícil

cuando surge el pulso entre aquellos que intentan sacarla

adelante, y aquellos que quieren someter al pueblo mediante

un arma cruel y envenenado, como es la ignorancia.

Una batalla que está lejos de ganarse, porque actualmente

es la televisión la mejor propaganda de la que se

sirven los tiranos.

Índice

Un reo de muerte, de Mariano José

de Larra.

7

El profesor en el aula.

Hamartía.

11

13

Rincón de la Poesía: Diálogo de la

poesía: Flor y canto.

14

Noticias Pifias.

Citas célebres.

17

18

Si la cultura sigue por los suelos, nosotros estaremos

dispuestos a levantarla, aunque sean varios centímetros,

aunque tan sólo le llegue a una solitaria alma

que sepa agradecerlo, que quiera mantenerse viva en

este enorme camposanto que forma la sociedad del siglo

XXI. Bienvenido lector a este nuevo renacimiento.

Francisco Javier González de Córdova

Lectura recomendada.

El teatro del fin del mundo.

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MARIANO JOSÉ DE LARRA

Un reo de muerte

de Mariano José de Larra

Cuando una incomprensible comezón de escribir

me puso por primera vez la pluma en la mano

para hilvanar en forma de discurso mis ideas, el

teatro se ofreció primer blanco a los tiros de esta

que han calificado muchos de mordaz maledicencia.

Yo no sé si la humanidad bien considerada

tiene derecho a quejarse de ninguna especie de

murmuración, ni si se puede decir de ella todo el

mal que se merece; pero como hay millares de

personas seudofilantrópicas, que al defender la

humanidad parece que quieren en cierto modo

indemnizarla de la desgracia de tenerlos por individuos,

no insistiré en este pensamiento. Del llamado

teatro, sin duda por antonomasia, dejeme

suavemente deslizar al verdadero teatro; a esa muchedumbre

en continuo movimiento, a esa sociedad

donde sin ensayo ni previo anuncio de carteles,

y donde a veces hasta de balde y en balde se

representan tantos y tan distintos papeles.

Descendí a ella, y puedo asegurar que al cotejar

este teatro con el primero, no pudo menos de

ocurrirme la idea de que era más consolador éste

que aquél; porque al fin, seamos francos, triste

cosa es contemplar en la escena la coqueta, el avaro,

el ambicioso, la celosa, la virtud caída y vilipendiada,

las intrigas incesantes, el crimen entronizado

a veces y triunfante; pero al salir de una

tragedia para entrar en la sociedad puede uno exclamar

al menos: «Aquello es falso; es pura invención;

es un cuento forjado para divertirnos»; y en

el mundo es todo lo contrario; la imaginación más

acalorada no llegará nunca a abarcar la fea realidad.

Un rey de la escena depone para irse a acostar

el cetro y la corona, y en el mundo el que la

tiene duerme con ella, y sueñan con ella infinitos

que no la tienen. En las tablas se puede silbar al

tirano; en el mundo hay que sufrirle; allí se le va a

ver como una cosa rara, como una fiera que se

enseña por dinero; en la sociedad cada preocupación

es un rey; cada hombre un tirano; y de su

cadena no hay librarse; cada individuo se constituye

en eslabón de ella; los hombres son la cadena

unos de otros.

De estos dos teatros, sin embargo, peor el uno

que el otro, vino a desalojarme una farsa que lo

ocupó todo: la política. ¿Quién hubiera leído un

ligero bosquejo de nuestras costumbres, torpe y

débilmente trazado acaso, cuando se estaban dibujando

en el gran telón de la política, escenas, si no

mejores, de un interés ciertamente más próximo y

positivo? Sonó el primer arcabuz de la facción, y

todos volvimos la cara a mirar de dónde partía el

tiro; en esta nueva representación, semejante a la

fantasmagórica de Mantilla, donde empieza por

verse una bruja, de la cual nace otra y otras, hasta

«multiplicarse al infinito», vimos un faccioso primero,

y luego vimos «un faccioso más», y en pos

de él poblarse de facciosos el telón. Lanzado en mi

nuevo terreno esgrimí la pluma contra las balas, y

revolviéndome a una parte y otra, di la cara a dos

enemigos: al faccioso de fuera, y al justo medio, a

la parsimonia de dentro. ¡Débiles esfuerzos! El

monstruo de la política estuvo encinta y dio a luz

lo que había mal engendrado; pero tras éste debían

venir hermanos menores, y uno de ellos, nuevo

Júpiter, debía destronar a su padre. Nació la censura,

y heme aquí poco menos que desalojado de

mi última posición. Confieso francamente que no

estoy en armonía con el reglamento; respétole y le

obedezco: he aquí cuanto se puede exigir de un

ciudadano, a saber, que no altere el orden; es bueno

tener entendido que en política se llama

«orden» a lo que existe, y que se llama «desorden»

este mismo «orden» cuando le sucede otro

«orden» distinto; por consiguiente, es perturbador

el que se presenta a luchar contra el orden existente

con menos fuerzas que él; el que se presenta

con más, pasa a «restaurador», cuando no se le

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quiere honrar con el pomposo título de

«libertador». Yo nunca alteraré el orden probablemente,

porque nunca tendré la locura de creerme

por mí solo más fuerte que él; en este convencimiento,

infinidad de artículos tengo solamente

rotulados, cuyo desempeño conservo para más

adelante; porque la esperanza es precisamente lo

único que nunca me abandona. Pero al paso que

no los escribiré, porque estoy persuadido de que

me los habían de prohibir (lo cual no es decir que

me los han prohibido, sino todo lo contrario,

puesto que yo no los escribo), tengo placer en

hacer de paso esta advertencia, al refugiarme, de

cuando en cuando, en el único terreno que deja

libre a mis correrías el temor de ser rechazado en

posiciones más avanzadas. Ahora bien, espero que

después de esta previa inteligencia no habrá lector

que me pida lo que no puedo darle; digo esto porque

estoy convencido de que ese pretendido acierto

de un escritor depende más veces de su asunto

y de la predisposición feliz de sus lectores que de

su propia habilidad. Abandonado a ésta sola, considérome

débil, y escribo todavía con más miedo

que poco mérito, y no es ponderarlo poco, sin que

esto tenga visos de afectada modestia.

Habiendo de parapetarme en las costumbres,

la primera idea que me ocurre es que el hábito de

vivir en ellas, y la repetición diaria de las escenas

de nuestra sociedad, nos impide muchas veces

pararnos solamente a considerarlas, y casi siempre

nos hace mirar como naturales cosas que en mi

sentir no debieran parecérnoslo tanto. Las tres

cuartas partes de los hombres viven de tal o cual

manera porque de tal o cual manera nacieron y

crecieron; no es una gran razón; pero ésta es la

dificultad que hay para hacer reformas. He aquí

por qué las leyes difícilmente pueden ser otra cosa

que el índice reglamentario y obligatorio de las

costumbres; he aquí por qué caducan multitud de

leyes que no se derogan; he aquí la clave de lo mucho

que cuesta hacer libre por las leyes a un pueblo

esclavo por sus costumbres.

Pero nos apartamos demasiado de nuestro objeto;

volvamos a él; este hábito de la pena de

muerte, reglamentada y judicialmente llevada a

cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable,

supuesto que la sociedad al aplicarla no

hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de

sus miembros, es causa de que se oiga con la mayor

indiferencia el fatídico grito que desde el amanecer

resuena por las calles del gran pueblo, y que

uno de nuestros amigos acaba de poner atinadísimamente

por estribillo a un trozo de poesía

romántica:

Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar.

Ese grito, precedido por la lúgubre campanilla,

tan inmediata y constantemente como sigue la

llama al humo, y el alma al cuerpo; este grito que

implora la piedad religiosa en favor de una parte

del ser que va a morir, se confunde en los aires

con las voces de los que venden y revenden por las

calles los géneros de alimento y de vida para los

que han de vivir aquel día. No sabemos si algún

reo de muerte habrá hecho esta singular observación,

pero debe ser horrible a sus oídos el último

grito que ha de oír de la coliflorera que pasa atronando

las calles a su lado.

Leída y notificada al reo la sentencia, y la última

venganza que toma de él la sociedad entera, en

lucha por cierto desigual, el desgraciado es trasladado

a la capilla, en donde la religión se apodera

de él como de una presa ya segura; la justicia divina

espera allí a recibirle de manos de la humana.

Horas mortales transcurren allí para él; gran consuelo

debe de ser el creer en un Dios, cuando es

preciso prescindir de los hombres, o, por mejor

decir, cuando ellos prescinden de uno. La vanidad,

sin embargo, se abre paso al través del corazón

en tan terrible momento, y es raro el reo

que, pasada la primera impresión, en que una palidez

mortal manifiesta que la sangre quiere huir y

refugiarse al centro de la vida, no trata de afectar

una serenidad pocas veces posible. Esta tiránica

sociedad exige algo del hombre hasta en el momento

en que se niega entera a él; injusticia por

cierto incomprensible; pero reirá de la debilidad

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de su víctima. Parece que la sociedad, al exigir

valor y serenidad en el reo de muerte, con sus

constantes preocupaciones, se hace justicia a sí

misma, y extraña que no se desprecie lo poco que

ella vale y sus fallos insignificantes.

En tan críticos instantes, sin embargo, rara vez

desmiente cada cual su vida entera y su educación;

cada cual obedece a sus preocupaciones hasta en el

momento de ir a desnudarse de ellas para siempre.

El hombre abyecto, sin educación, sin principios,

que ha sucumbido siempre ciegamente a su instinto,

a su necesidad, que robó y mató maquinalmente,

muere maquinalmente. Oyó un eco sordo de

religión en sus primeros años y este eco sordo,

que no comprende, resuena en la capilla, en sus

oídos, y pasa maquinalmente a sus labios. Falto de

lo que se llama en el mundo honor, no hace esfuerzo

para disimular su temor, y muere muerto.

El hombre verdaderamente religioso vuelve sinceramente

su corazón a Dios, y éste es todo lo menos

infeliz que puede el que lo es por última vez.

El hombre educado a medias, que ensordeció a la

voz del deber y de la religión, pero en quien estos

gérmenes existen, vuelve de la continua afectación

de despreocupado en que vivió, y duda entonces y

tiembla. Los que el mundo llama impíos y ateos,

los que se han formado una religión acomodaticia,

o las han desechado todas para siempre, no deben

ver nada al dejar el mundo. Por último, el entusiasmo

político hace veces casi siempre de valor; y

en esos reos, en quienes una opinión es la preocupación

dominante, se han visto las muertes más

serenas.

Llegada la hora fatal entonan todos los presos

de la cárcel, compañeros de destino del sentenciado,

y sus sucesores acaso, una salve en un compás

monótono, y que contrasta singularmente con las

jácaras y coplas populares, inmorales e irreligiosas,

que momentos antes componían, juntamente con

las preces de la religión, el ruido de los patios y

calabozos del espantoso edificio. El que hoy canta

esa salve se la oirá cantar mañana.

Enseguida, la cofradía vulgarmente dicha de la

Paz y Caridad recibe al reo, que, vestido de una

túnica y un bonete amarillos, es trasladado atado

de pies y manos sobre un animal, que sin duda por

ser el más útil y paciente, es el más despreciado, y

la marcha fúnebre comienza.

Un pueblo entero obstruye ya las calles del

tránsito. Las ventanas y balcones están coronados

de espectadores sin fin, que se pisan, se apiñan, y

se agrupan para devorar con la vista el último dolor

del hombre.

–¿Qué espera esta multitud? –diría un extranjero

que desconociese las costumbres–. ¿Es un rey

el que va a pasar; ese ser coronado, que es todo un

espectáculo para un pueblo? ¿Es un día solemne?

¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos

esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?

Nada de eso. Ese pueblo de hombres va a ver

morir a un hombre.

–¿Dónde va?

–¿Quién es?

–¡Pobrecillo!

–Merecido lo tiene.

–¡Ay!, si va muerto ya.

–¿Va sereno?

–¡Qué entero va!

He aquí las preguntas y expresiones que se

oyen resonar en derredor. Numerosos piquetes de

infantería y caballería esperan en torno del patíbulo.

He notado que en semejante acto siempre hay

alguna corrida; el terror que la situación del momento

imprime en los ánimos causa la mitad del

desorden; la otra mitad es obra de la tropa que va

a poner orden. ¡Siempre bayonetas en todas partes!

¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas?

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¡No se puede vivir sin instrumentos de muerte!

Esto no hace por cierto el elogio de la sociedad ni

del hombre.

No sé por qué al llegar siempre a la plazuela de

la Cebada mis ideas toman una tintura singular de

melancolía, de indignación y de desprecio. No

quiero entrar en la cuestión tan debatida del derecho

que puede tener la sociedad de mutilarse a sí

propia; siempre resultaría ser el derecho de la

fuerza, y mientras no haya otro mejor en el mundo,

¿qué loco se atrevería a rebatir ése? Pienso

sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela;

en la que la manchará todavía. ¡Un ser que

como el hombre no puede vivir sin matar, tiene la

osadía, la incomprensible vanidad de presumirse

perfecto!

tía ya; todavía no eran las doce y once minutos.

«La sociedad –exclamé– estará ya satisfecha: ya ha

muerto un hombre.»

Revista Mensajero, n.º 30,

30 de marzo de 1835.

Firmado: Fígaro.

Un tablado se levanta en un lado de la plazuela:

la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es

noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué

quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente

que no hay idea positiva ni sublime que el

hombre no impregne de ridiculeces.

Mientras estas reflexiones han vagado por mi

imaginación, el reo ha llegado al patíbulo; en el

día no son ya tres palos de que pende la vida del

hombre; es un palo sólo; esta diferencia esencial

de la horca al garrote me recordaba la fábula de los

Carneros de Casti, a quienes su amo proponía, no

si debían morir, sino si debían morir cocidos o

asados. Sonreíame todavía de este pequeño recuerdo,

cuando las cabezas de todos, vueltas al

lugar de la escena, me pusieron delante que había

llegado el momento de la catástrofe; el que sólo

había robado acaso a la sociedad, iba a ser muerto

por ella; la sociedad también da ciento por uno: si

había hecho mal matando a otro, la sociedad iba a

hacer bien matándole a él. Un mal se iba a remediar

con dos. El reo se sentó por fin. ¡Horrible

asiento! Miré el reloj: las doce y diez minutos; el

hombre vivía aún... De allí a un momento una

lúgubre campanada de San Millán, semejante el

estruendo de las puertas de la eternidad que se

abrían, resonó por la plazuela; el hombre no exis-

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ARTÍCULO CRÍTICO

El profesor en el aula

Este escrito quizás sea más bien dirigido al

profesorado, como también a los padres de alumnos

que buscan una buena calidad en la enseñanza

y quieren ejercer su derecho para exigirla.

¿Qué es un profesor? Independientemente

del grado al que le dé clases, un profesor es aquél

que ha de transmitir un conocimiento con el fin de

que éste sea aprendido por sus alumnos, para que

éstos consigan adquirir una preparación que les

haga competentes en la vida, elijan el camino que

elijan. Pero no sólo es el profesor un expendio de

conocimientos científicos y/o artísticos, sino también

un referente moral que ha de influir en la

maduración de los jóvenes a la hora de enfrentarse

a los problemas que van surgiendo en sus vidas.

Por todo esto es necesario que adquieran la labor

de profesor aquéllos que no sólo hayan demostrado

un nivel apropiado de conocimientos, sino

además una moral adecuada, comparable a la de

un padre o madre ejemplar.

En el mundo laboral no dejamos de encontrarnos

ofertas de trabajo para ejercer de profesor,

exigiendo una edad joven (muchas veces

demasiado joven) para la función docente de cualquier

rama en específico. Bien es cierto que lo que

se gana en vitalidad y energía, propias de la juventud,

se pierde por la falta de experiencia en la vida,

tanto personal como docente. Obviamente hay

que tener en cuenta las excepciones, por las que

muchos jóvenes, por circunstancias de la vida, se

han visto obligados a madurar antes de tiempo.

Por eso es comprensible que muchas instituciones

privadas se valgan de una prueba psicotécnica que

evalúe al docente en este grado.

Un problema, a nivel gubernamental, lo

encontramos en la diversidad del alumno. En casi

todos los estatutos que mencionan a la educación,

en los distintos países llamados “democráticos”,

hay una mención muy señalada a la diversidad en

las escuelas y centros educativos, y cómo ésta debe

tenerse en cuenta para la adecuada integración

en la sociedad y en la participación del Estado de

los diferentes ciudadanos que lo componen. Seguramente

hayan oído a estas alturas múltiples casos

en que dichos estatutos son violados en numerosas

escuelas, así como la inefectividad de muchos gobiernos

en este problema de graves dimensiones.

Objetivamente, la mayoría del profesorado no está

preparada para atender a la gran diversidad que se

presenta en sus aulas, ya sean presenciales o virtuales;

incluso muchos psicólogos que trabajan en

estas instituciones han demostrado no tener el

nivel exigido en los diferentes casos (téngase en

cuenta las excepciones de las que no trataremos en

este momento aquí). Lamentablemente, he sido

testigo de dichos hechos. He podido observar, en

tercera persona, como un puesto docente ha sido

cubierto por personas con dificultades de lectura y

escritura, y con un obvio problema para poder

transmitir a sus alumnos; ni el hecho de tener una

licenciatura en psicología, de la que se supone

tendría que tener un mayor tacto a la hora de tratar

la diversidad, le daba la sensibilidad esperada y

marcada por los estatutos referentes a la educación.

Les voy a poner un ejemplo de lo que digo.

Imagínense que en un aula tenemos a quince

alumnos neurotípicos, y a un alumno con síndrome

de Down (soy consciente de que este número

tan reducido de alumnos en un aula forma parte

de la fantasía, puesto que la realidad es más difícil

de digerir). ¿Podremos evaluar de la misma manera

a este alumno que al resto de sus compañeros?

Obviamente nunca podremos exigirle el mismo

nivel que a la mayoría, y, por tanto, nuestro sistema

de evaluación con respecto a él ha de darse en

proporción a su esfuerzo más que a su nivel de

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comprensión. Aún conscientes de que su nivel

pueda ser inferior al del resto de sus compañeros,

podrá conseguir la máxima nota de acuerdo a

otros parámetros exclusivos de su nivel. Si un profesor

no comprende esto, no debería ejercer la

docencia; pero como ya he mencionado antes,

muchos profesores y maestros violan constantemente,

con o sin conocimiento de causa, los derechos

del menor y de la diversidad misma, ante los

ojos de los gobiernos que han escrito estas mismas

leyes.

Uno de los grandes problemas por lo que

existe esta violación en los derechos de la diversidad

es el número excesivo de alumnos por aula, lo

que supone a los gobiernos un ahorro considerable

que deciden redirigirlo a asuntos particulares, lejos

de los intereses ciudadanos. Como es de esperarse,

los gobernantes no van a admitir la sobrepoblación

en las aulas y el número tan limitado de

maestros y profesores contratados para las mismas,

así como la falta de centros escolares, que

podrían facilitar la solución al problema que tratamos

aquí. Si pensamos mal, hasta pareciera que

hay un acuerdo entre partidos para deteriorar gradualmente

todos los sistemas educativos, desviando

la vista del ciudadano a otros problemas, muchas

veces inventados, como las crisis económicas

que, casualmente, afectan a la población más pobre,

mientras que enriquece a los que ya son ricos

y a sus escuelas correspondientes.

en la creación de un mundo mejor. Cuando la base

de nuestra sociedad, que son los menores, queda

dañada por la mala atención e intención, el futuro

de un país (debemos saber) va a quedar en las manos

de gente despiadada y dictatorial, deseosa de

ver sometido a su pueblo, que no debe conocer

los instrumentos que le permitan defenderse. Con

opio se alimenta al ignorante, que el opio exige,

porque así lo aprendió, desechando las letras, que

termina viendo trabajosas (porque nunca le motivaron

acercarse a ellas), para hacer de su vida una

miseria que nunca querrá aceptar como tal, porque

la aprendió a querer como suya, por ser lo

único a lo que aspira. El mediocre, o está predispuesto

genéticamente, o los gobiernos se encargan

de crearlo.

Francisco Javier González de Córdova.

Veamos ahora, nuevamente, al maestro y

al profesor como individuos. ¿Cuál debe ser su

papel ante el deteriorado sistema que le rodea, en

el que está observando constantemente que el futuro

alumnado está perdiendo una gran oportunidad

para ser una persona competente y necesaria

para el correcto funcionamiento de su país, bajo

los valores de bondad y justicia? Porque sin el conocimiento

es imposible la constitución de la bondad,

y sin bondad nunca puede haber justicia; y sin

justicia nunca habrá oportunidades de crecimiento,

ni la paz que tanto ansiamos los que creemos

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RINCÓN DE LA POESÍA

Diálogo de la poesía: Flor y canto

La poesía náhuatl es un conjunto de poemas cosmogónicos —es decir que intentan explicar el

origen del humano universo— rituales y de celebración al sol y a los demás dioses, así como al amor, la

belleza y el heroísmo; reflexionan sobre el sentido de la vida y expresan el sentimiento de la brevedad de la

misma y de la servidumbre, es decir, haber nacido para servir a los dioses; además hacen con frecuencia

presente a la muerte.

En náhuatl la poesía se llamaba “flor y canto” (in xóchitl, in cuícatl), un rico nombre compuesto

que describía simultáneamente varios aspectos de la actividad poética. “La flor-y-el-canto” consistía en un

diálogo con el propio corazón, con lo divino, con el mundo y con el pueblo, y tenía mucha importancia en

la sociedad de los nahuas. Los poetas eran príncipes o sacerdotes que representaban el sentimiento de la

colectividad. Los cantos e historias se aprendían de memoria, pero existían grandes carteles (algunos de los

cuales se conservan en códices europeos) con diseños y signos fonéticos que el sacerdote indicaba con el

dedo mientras entonaba el poema correspondiente. Esta actividad se llamaba “cantar pinturas”.

La poesía en náhuatl tiene y ha tenido un importante desarrollo a lo largo de muchos siglos, aún se pueden

encontrar libros en los cuales se rescatan las formas de expresarse de los habitantes las antiguas civilizaciones

que hablaban esta lengua; y en las comunidades de nahua-hablantes se pueden rescatar muy variadas

formas de este importante arte. El náhuatl es aún hablado en muchas regiones de México inclusive por personas

que tienen mínimo contacto con el español, por lo tanto conservan muy buena parte de su cultura.

Aunque principalmente estos poemas se transmitían oralmente de generación en generación por medio de

cantos y rituales, se pueden rescatar diversos autores distinguidos a los cuales se les atribuyen muchos cantos

en náhuatl, por ejemplo Nezahualcóyotl, su hijo Nezahualpiltzin, príncipes-sacerdotes como Tecayehuatzin,

Temilotzin y Yoyontzin.

Fuente: Wikipedia.org

TECAYEHUATZIN

Invitación a los poetas.

Su llegada

al lugar

de la música.

"Flor y canto":

el don del pájaro

cascabel.

¿Dónde andabas, oh poeta?

Apréstese ya el florido tambor,

ceñido con plumas de quetzal,

entrelazadas con flores doradas.

Tú darás deleite a los nobles,

a los caballeros águilas y tigres.

Bajó sin duda al lugar de los atabales,

allí anda el poeta,

despliega sus cantos preciosos,

uno a uno los entrega al Dador de la vida.

Le responde el pájaro cascabel.

Anda cantando, ofrece flores.

Nuestras flores ofrece.

Allá escucho sus voces,

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en verdad al Dador de la vida responde,

responde el pájaro cascabel,

anda cantando, ofrece flores.

Nuestras flores ofrece.

La poesía del

príncipe Ayocuan.

"Flor y canto", ¿lo

único verdadero?

Invitación y

alabanza de los

príncipes poetas.

Como esmeraldas y plumas finas,

llueven tus palabras.

Así habla también Ayocuan Cuetzpaltzin,

que ciertamente conoce al Dador de la vida.

Así vino a hacerlo también

aquel famoso señor

que con ajorcas de quetzal y con perfumes,

deleitaba al único Dios.

¿Allá lo aprueba tal vez el Dador de la vida?

¿Es esto quizás lo único verdadero en la tierra?

Por un breve momento,

por el tiempo que sea,

he tomado en préstamo a los príncipes:

ajorcas, piedras preciosas.

Sólo con flores circundo a los nobles.

Con mis cantos los reúno

en el lugar de los atabales.

Aquí en Huexotzinco he convocado esta reunión.

Yo el señor Tecayehuatzin,

he reunido a los príncipes:

piedras preciosas, plumajes de quetzal.

Sólo con flores circundo a los nobles.

AYOCUAN

Respuesta de

Ayocuan. El origen

de la "flor y el

canto". Elogio

de Tecayehuatzin

y de la amistad.

Del interior del cielo vienen

las bellas flores, los bellos cantos.

Los afea nuestro anhelo,

nuestra inventiva los echa a perder,

a no ser los del príncipe chichimeca Tecayehuatzin.

¡Con los de él, alegraos!

La amistad es lluvia de flores preciosas.

Blancas vedijas de plumas de garza,

se entrelazan con preciosas flores rojas:

en las ramas de los árboles,

bajo ellas andan y liban

los señores y los nobles.

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Las flores y los

cantos de los

príncipes, ¿hablan

acaso al Dador

de la vida?

Anhelo de hallar

flores y cantos.

"Flor y canto":

recuerdo del

hombre

en la tierra.

Las "flores y

cantos" perduran

también con el

Dador de la vida.

Expresión de

duda: aquí es

la "región del

momento fugaz",

¿cómo es en el

más allá?

Vuestro hermoso canto:

un dorado pájaro cascabel,

lo eleváis muy hermoso.

Estáis en un cercado de flores.

Sobre las ramas floridas cantáis.

¿Eres tú, acaso, un ave preciosa del Dador de la vida?

¿Acaso tú al dios has hablado?

Habéis visto la aurora,

y os habéis puesto a cantar.

Esfuércese, quiera las flores del escudo,

las flores del Dador de la vida.

¿Qué podrá hacer mi corazón?

En vano hemos llegado,

en vano hemos brotado en la tierra.

¿Sólo así he de irme

como las flores que perecieron?

¿Nada quedará en mi nombre?

¿Nada de mi fama aquí en la tierra?

¡Al menos flores, al menos cantos!

¿Qué podrá hacer mi corazón?

En vano hemos llegado,

en vano hemos brotado en la tierra.

Gocemos, oh amigos,

haya abrazos aquí.

Ahora andamos sobre la tierra florida.

Nadie hará terminar aquí

las flores y los cantos,

ellos perduran en la casa del Dador de la vida.

Aquí en la tierra es la región del momento fugaz.

¿También es así en el lugar

donde de algún modo se vive?

¿Allá se alegra uno?

¿Hay allá amistad?

¿O sólo aquí en la tierra

hemos venido a conocer nuestros rostros?

Fragmentos recogidos del libro

Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares,

de Miguel León-Portilla

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NOTICIAS PIFIAS

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CITAS CÉLEBRES

“Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la

zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el paso a compás de

sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan a los que

no pueden igualar, como si con sólo existir los ofendieran. Sin alas para elevarse

hasta ellos, deciden rebajarlos: la exigüidad del propio valimiento les induce a

roer el mérito ajeno: Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin

sospechar que nunca es más vil la conducta humana. Basta ese rasgo para distinguir

al doméstico del digno, al ignorante del sucio, al hipócrita del virtuoso, al

villano del gentilhombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes

no saben envenenar la vida ajena”.

El hombre mediocre, de José Ingenieros.

“He decidido apegarme al amor. El odio es una carga demasiado grande para soportar”.

MARTIN LUTHER KING

“Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y

maravilloso mundo del saber”.

ALBERT EINSTEIN

“No podemos modelar a nuestros hijos según nuestros deseos, debemos estar con ellos y amarlos como

Dios nos los ha entregado”.

“Hay alguien tan inteligente que aprende de la experiencia de los demás”.

GOETHE

VOLTAIRE

“Del hablador he aprendido a callar; del intolerante, a ser indulgente, y del malévolo a tratar a los demás

con amabilidad. Y por curioso que parezca, no siento ninguna gratitud hacia esos maestros”.

“Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro”.

KHALIL GIBRAN

CONFUCIO

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LECTURA RECOMENDADA

El amor en los tiempos del cólera,

de Gabriel García Márquez.

Es difícil no encontrarse al espíritu romántico tras

sus páginas. Pero ha de reconocer el lector que el clímax de

la novela acaba con el espectro romántico que, por momentos,

se reaparece en ella. El amor es el tema principal que

recorre cada página de esta excepcional novela, que recomiendo

leer a todo aquél que aspira a escribir una. Olvidémonos

de las clases de redacción que pretenden vender, a

modo de producto, la salida de sus aulas de futuros escritores

exitosos. Si quieren aprender a escribir, primero deben

comenzar por leer. El ser un buen escritor no implica nacer

con dicho don; éste ha de adquirirse con el trabajo, pero no

en clases de redacción, sino desde la lectura, contando

además con clases de literatura, para tener un conocimiento

más generalizado de las corrientes que se dieron en la historia

de la humanidad.

Sea este libro, El amor en los tiempos del cólera, un

buen ejercicio para practicar una forma de estructura de excelente

presentación para el público lector. Las historias

paralelas de los personajes, encontradas en el mismo punto,

el espectro del amor, completa la sublime presentación de esta novela, que nos traslada a una época de

cambio en la realidad latinoamericana.

García Márquez nos vuelve a impresionar con la presentación de múltiples personajes, capaces de

intimidar con el lector al presentarlos en sus distintos aspectos psicológicos, identificables con los distintos

niveles socioeconómicos y culturales de la población. La oposición rico/pobre aparece en toda la obra,

otorgándole a ésta la óptica necesaria que mantiene al lector embebido en sus páginas. Así, la superación

de Florentino Ariza, bajo el escudo del amor, hace de su lucha una dignidad frente al que se deja derrotar

por situaciones difíciles. La motivación de una justicia divina, actuando en beneficio del ser humano, se

vuelve tangible al final de esta historia que comienza en el amor, inclinándose después al fracaso amoroso,

al estilo de la novela romántica, pero llegando a un clímax amoroso poco esperado por los personajes, que

consigue sobreponerse a los desatinos tan recurrentes de las novelas dieciochescas. El final feliz del protagonista,

después de varias historias y finales desgraciados, consigue el clímax esperado en el lector, que

sufre por las sacudidas tempestuosas en los diferentes capítulos de la novela. Al final, el destino o un dios

apiadado por el amor sufrido del personaje principal, parece hacer justicia, la misma que Florentino espera

en ésta u otra vida.

Disfrute el lector con esta magnífica novela, pudiendo reforzarla con una gran reproducción llevada

a la gran pantalla, bajo la dirección de Mike Newell; pero no se contente únicamente con la película,

pues, como siempre, el libro supera con creces las expectativas, y más procediendo de un escritor tan

magnífico como Gabriel García Márquez.

Francisco Javier González de Córdova

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EL TEATRO DEL FIN DEL MUNDO

Otra actuación acaba, esta vez entre vítores. El público, contento, comienza a salir del recinto. El

telón se baja, y, en pocos minutos, el teatro vuelve a quedar desnudo, sin la presencia del respetable ni los

actores; sólo queda el alma del arte que, por sí solo, embellece el lugar. En cambio, cuando la escena no ha

brillado, parece haber una decepción, sobre todo para aquéllos acostumbrados a convivir con el arte, en

varias de sus formas. Cuando el descontento se siente, es parecido a haber descubierto una mentira tan mal

expresada que se hace evidente a la persona culta. Tiempo perdido de quien se engaña al pretender engañar

a su prójimo con tan pésima representación, típico de tan mal actor que se atreve a subir a escena. No

crean que es mejor por ello el que mejor actúa en la mentira; más rabia suele dar al justo ver que quien

miente se termina creyendo lo que en un principio sabía por falso. El teatro no consiste en transmitir un

falso pensar, sino en dejarse invadir por el alma del arte, a tal punto de sentirlo recorrer las venas, hasta

que penetra en el corazón, convirtiendo el alma en pureza artística.

Muchos actores hablan de lo difícil que es hacer reír al respetable, dando a entender la facilidad

que es hacerle saltar las lágrimas. Desde mi punto de vista, considero más complicado conmover hasta las

lágrimas que provocar la risa, porque considero que nuestra sociedad actual aprendió a reírse de todo con

una facilidad alarmante. Si las lágrimas fueran parte común de nuestro mundo, no lo estaríamos despedazando

tan míseramente. Si el mundo trágico en que vivimos no nos hace llorar, no esperemos un cambio

radical del mismo. Mediante la risa, el ser humano pretende olvidar la desgracia que le rodea, sin enfrentarse

a las lágrimas que podrían justificar tanto mal que nos invade y nos destroza como sociedad. Aceptar

el llanto es aceptar la desgracia, y ésta, una vez comprendida, podría resultar un incentivo, para quienes la

sufren, que lleve a luchar, tanto individual como colectivamente, a una sociedad que necesita recuperar su

virtud mediante sus derechos y obligaciones, apegados siempre a la justicia suprema, que es diferente que

la justicia de la que habla el tirano.

¿El público supo entender alguna vez al payaso, que mientras deja caer una lágrima, pretende

hacer reír a quien le acompaña? Errada visión del payaso también, que se contenta con aflorar lo más sencillo

de expresar. Si no se transmiten esas lágrimas, no se transmite humanidad. La carcajada nos deshumaniza,

nos convierte en locos por un momento; locura muchas veces encantadora y sana, cuando sabe aliviar

las tensiones que nos matan; es insana cuando nos sirve para olvidar, alejándonos así de la gente que a nuestro

alrededor sufre. Es por eso por lo que el payaso debe dejar de fingir, y mostrarle al mundo con filosofía

lo importante que es el dolor, para conseguir que éste desaparezca verdaderamente del mundo. Pensamiento

romántico que nos intentan hacer olvidar, por temor a que la sociedad aprenda a levantarse por sí

sola.

Porque un público quede satisfecho no implica que sepa atender a la razón. La satisfacción es también

del equivocado, así como de quien acepta el opio a la autodeterminación. Satisfecho está el vago por

no tener que trabajar; así como satisfecho estará el filósofo tras haber buscado la verdad durante toda su

vida, y haber presenciado un leve resplandor de ésta. Lo malo, así como lo bueno, se nutre de su producto,

y ambos procuran expandir sus ideales. Nadie supo explicar bien la parábola en la que Jesucristo pone

la otra mejilla; sé que unos lo tildan de absurdo, pero tiene un significado lógico. Si uno responde al mal

con las mismas armas con que éste ha actuado, uno ya forma parte de ese mal al que ha respondido. Pero el

bien no significa aguantar, sino saber responder en la justa medida, sin permitir que el mal invada su alma.

Porque ese es el fin del mal, encontrar una respuesta tan feroz como los actos que produce; es el constante

provocador, que no parará hasta crear un número mayor de iguales, poniéndose él mismo como ejemplo

ante su máximo enemigo, el bien. El mundo es una guerra silenciosa que cada día va inclinando su balanza

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al resultado negativo, que utiliza el arma más poderosa que, como epidemia, va invadiendo el interior de

cada ser humano; esta arma es la ignorancia, el cetro de la maldad de nuestro pequeño universo.

No quiero que el lector ateo se incomode con mis menciones histórico-cristianas, pero hay una

cosa que no me va a poder negar, y es que en este mundo son indispensables las presencias del bien y del

mal; por algo, casi todos los gobiernos, han decidido construir una institución que habla de justicia, aunque

también sabemos que muchos líderes se apropian de ella para mantener a sus asuntos ilícitos intactos, queriendo

ajusticiar al ciudadano ejemplar, y protegiendo al que es ruin e injusto como él. El mal en el mundo

es indiscutible; lo complicado, en muchas ocasiones, es encontrarnos el Bien (sí, en mayúsculas). Tan escondido

se muestra tantas veces que hasta la conciencia humana mantiene incertidumbre en la hora de reconocerse

a sí misma. ¿Cuándo no hemos visto al malo poniéndose etiquetas de bondad, mientras que el

bueno, que muchas veces se siente miserable, teme verse a sí mismo? Y no hablo aquí de la falsa modestia,

que con el adjetivo “falsa” ya se define a sí misma. La humildad no se expone a sí misma como una virtud

frente a las otras; la humildad es una carga silenciosa que se lleva, y que desconoce aquél o aquélla que la

porta.

Puede parecerles a algunos que ya abandoné el tema inicial de este artículo, pero ¿acaso no estamos

hablando desde el principio del fingimiento o de la autorrepresión a la hora de no saberse definir el ser

humano como una persona buena o mala, así como sus gustos y su reconocimiento a todo lo que le rodea,

ya sea una obra de teatro? La incapacidad de apreciar la Belleza, así como las creaciones bien fundadas, implica

una incapacidad para observar y diferenciar lo bueno de lo malo, el bien del mal, así como el Bien del

Mal en mayúsculas, independientemente de cualquier ideal religioso.

Pido al lector que sea bueno, y ojalá termine por comprender que el mal no es la finalidad para

conseguir las cosas. Las cosas perecen tarde o temprano, pero nuestra conciencia perdura y se queda en

este mundo más allá de nosotros.

Nadie pierde ni gana en una escena;

no es realidad el teatro de la vida,

simple representación que no cuida

del beso entregado en la última cena.

Limitados papeles en escena

muestran lo corto del viaje de ida,

senda que para todos es la vida,

y para el buen visionario es condena.

El telón se abre por igual a todos;

unos deciden virtuosos caminos;

eternas decisiones que en el lodo

prefieren otros, oscuros destinos;

es el libre albedrío que nos marca,

el bien y el mal que antecede a la Parca.

Francisco Javier González de Córdova

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Esta obra pretende acercar al alumno,

tanto de secundaria como universitario, a

una visión más amplia del mundo histórico

literario que nos envuelve. A través

de una limitada selección de obras se servirá

al estudiante para encontrar los

ejemplos a la hora de iniciarse en la realización

de un comentario de texto, así

como los indicios de búsqueda para aventurarse

en la investigación que requiere

el estudio filológico.

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Hasta el próximo número

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