El cuento y los afectos - Los afectos no son cuentos

marcelocaballero8966

EL CUENTO Y LOS AFECTOS

Los afectos no son cuento

Mónica Bruder

Buenos Aires, abril 2020


Bruder, Mónica

El cuento y los afectos / Mónica Bruder. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos

Aires : Petricor, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-47563-2-9

1. Pedagogía. 2. Psicopedagogía. 3. Psicología. I. Título.

CDD 370.153

Petricor by Pampia Grupo Editor

Diseño de tapa: Arte editorial

Diseño de interior: Arte editorial

© 2020 de esta edición by Pampia Grupo Editor

ISBN 978-987-47563-2-9

Primera edición eBook: Abril de 2020

Pampia Grupo Editor

Avenida Juan Bautista Alberdi 872

C1424BYV – Ciudad Autónoma de Buenos Aires

www.pampia.com

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Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni

registrada en, transmitida por un sistema de recuperación, en ninguna forma

ni por ningún medio, sin el permiso expreso por escrito de la editorial.

Editado en Argentina


A mi abuelo, Zeide lindo, cuya mirada y caricias,

a pesar de su ausencia, aún hoy me siguen acompañando.

A mis padres, Juanita y José; para ellos la familia fue y es

el primer marco en donde se aprenden los afectos.

A mi compañero de ruta, Nuni, con quien me sigo descubriendo como

mujer.

A mis hijos, Leila y Alejandro, a los que espero dejar la mejor herencia

que podemos legar los padres: los afectos.


—¿No sufre de insomnio?

—He sufrido mucho de insomnio y he escrito un cuento que refleja eso.

—Por eso le preguntaba. Pensaba en “Funes el memorioso”.

— Ese cuento... voy a contarle un detalle que quizá pueda interesarle. Yo

padecía mucho de insomnio. Me acostaba y empezaba a imaginar. Me

imaginaba la pieza, los libros en los estantes, los muebles, los patios. El

jardín de la quinta de Adrogué... esto era en Adrogué. Imaginaba los eucaliptus,

la verja, las diversas casas del pueblo, mi cuerpo tendido en la

oscuridad. Y no podía dormir. De allí salió la idea de un individuo que

tuviera una memoria infinita, que estuviera abrumado por su memoria,

no pudiera olvidarse de nada, y por consiguiente no pudiera dormirse.

Pienso en una frase común: “recordarse”, que es porque uno se olvidó

de uno mismo y al despertarse se recuerda. Y ahora viene un detalle casi

psicoanalítico: cuando yo escribí ese cuento se me acabó el insomnio.

Como si hubiera encontrado un símbolo adecuado para el insomnio y me

liberara de él mediante ese cuento.

— Como si el escribir el cuento hubiera tenido una consecuencia terapéutica.

— Sí.”

(De “Yo querría ser el hombre invisible”. Jorge Luis Borges entrevistado

por María Esther Gilio. “Conversaciones”, Ediciones Instituto Movilizador

de Fondos Cooperativos, 1993.)


AGRADECIMIENTOS

A todas las personas que desde sus distintos lugares me permitieron dar

vida a este libro, les agradezco las posibilidades y la ayuda.

A mi amiga y colega Felisa Rochman, que me acompañó y me acompaña

en varios de los talleres de “El cuento y los afectos”.

A mi amiga y colega Paula Morgan, con quien compartimos el proceso

psicopedagógico de un grupo de niños escolares, experiencia que

recojo en uno de los capítulos de este libro.

A mi amiga, Licenciada en Psicología Claudia Spektor, por sus valiosos

aportes teóricos.

A mi profesora, Licenciada en Ciencias de la Educación Teresa Tarnaruder,

por su confianza al darme la oportunidad de retomar el taller en la

Universidad de Buenos Aires, Extensión Universitaria, Martínez, espacio

del que es una de las responsables.

A la narradora Ana María Bovo por sus respuestas tan pertinentes,

desinteresadas y valiosas.

A la profesora Graciela Komerovsky, por la posibilidad del contacto

con una alumna de su taller literario: Analía Sivak y su cuento.

A la Licenciada en Psicología Beatriz Galperín, una de las impulsoras

clave para que se llevara a cabo mi proyecto.

A mis pacientes, sus familias, a los alumnos de los distintos talleres, a

los amigos, que con sus aportes enriquecieron este libro.

Al escritor, poeta y amigo Rodolfo Braceli, que una noche calurosa de

febrero, en su espacio de trabajo en su casa, me alentó con un ¡adelante

con el proyecto!

A mi guía literaria, Memi Varrone, porque sin su cuidado y su presencia

permanente este cuento —éste, mi primero libro—, no hubiese

tenido un “final feliz”.

A todos, ¡gracias!


PRÓLOGO

Los afectos no son cuento. Y los cuentos tampoco

Hace años, allá por 1940, Jorge Luis Borges vivía acosado por el insomnio.

Por más Borges que alguien sea, sin dormir no se puede estar despierto.

Y cierto día, o cierta noche, Borges gestó un cuento notable, Funes, el

memorioso. Tras contárselo a la humanidad, Borges se curó del mal que lo

aquejaba. Luego advirtió y confesó que contar el cuento había resultado

terapéutico para él.

Este libro de Mónica Bruder se ocupa precisamente de eso: la función

terapéutica del cuento.

El eje que la autora propone puede sintetizarse en esta pregunta:

¿Para qué sivre contar un cuento?

Las respuestas vienen con sucesivos ejemplos:

Puede servir para sobreponerse a una situacion de pérdida. Puede

servir para destrabar un conflicto de pareja. Puede servir para desbloquear

un problema de educación. Puede servir para solucionar un problema

laboral. Puede servir para elaborar un luto. Puede servir para resolver

problemas de comunicación entre padres e hijos. Puede servir, en suma,

para curar. Ser una herramienta cotidiana para desanudar afectos y entuertos

íntimos, para transformar conflictos.

¿Y desde cuándo contar un cuemnto sirve para tabntas cosas primordiales?

Desde siempre. Desde el fondo de los tiempos. La herramienta estaba

al alcance de los humanos, pero no había conciencia de ella.

Easte libro alumbra las posibilidades del cuento en relación con los

afectos. En su primera parte explica cómo hacerlo; analiza el qué, el cómo

y el para qué de los cuentos. En su segunda parte entran en acción los

cuentos mismos. Y se demuestra cómo funciona terapéuticamente en


muy diferentes situaciones.

(Dicho sea de paso: el orimer cuento, el que sirve de introducción

al libro, es conmovedor. Lástima que su autor prefiera el anonimato. De

todas formas digamos que allí, en ese relato, hay escondido por lo menos

un cortometraje).

En la presente propuesta queda en clasro no sólo la posibilidad terapéutica

del cuento sino, además, que contar un cuento es algo que todos

podemos hacer, sin distinmción de edad, de profesión o de género. En

otras palabras, que el cuento no es propiedad exclusiva de los escritores.

Es algo inherente a los humanos.

Todos tenemos, muy guardados, cuentos para contar. Y contarlos nos

puede liberar angustias, bloqueos y agobios que van desde luto hasta la

incomunicación.

Un concepto de Jean Piaget marca este libro: El afecto esa el motor

de la inteligencia. Siguiendo a Piaget podríamos decir que el afecto es

motor de tod ciomunicación.

Mónica bruder, psicopedagoga de profesión, concreta aquí su primer

libro. Está dando el más difícil de los pasos, el primero. Puede aser que

siga cavando, ahondando en la veta que ha empezado a transitar. Pueda

ser que su arrollador entusiasmo no deje de flamear. El asunto que tiene

entre manos cuenta con los afectos y está directamente relacionado con

el más delicado e ignorado de los oficios: el oficio de vivir.

Rodolfo Braceli


INTRODUCCIÓN

El afecto es el motor de la inteligencia.”

Jean Piaget

Primero fue el título.

Antes de comenzar a escribir este libro, el significante ya tenía su

marca.

Pero para tomar vida, el libro necesitó, más que nueve meses, algunos

años que le dieron la fuerza, el empuje, el deseo: la necesidad de

nacer.

Haberle dado un nombre antes de escribirlo fue quizá como pensar

el nombre del hijo antes de que el hijo nazca, antes del principio mismo.

Un poco de historia

Hace muchos años, cuando recién empezaba a trabajar como psicopedagoga,

la directora de un jardín de infantes me pidió que organizara un

taller para sus maestras.

Fue entonces, allí, cuando surgió esta idea: a ese taller lo llamaría “El

cuento y los afectos”.

¿Por qué el cuento y los afectos?

El cuento fue la excusa, o mejor dicho el medio que encontré en ese

momento para reflexionar acerca de los afectos.

Siempre me había inquietado encontrar la relación existente entre la

inteligencia y las emociones, integrar el mundo cognitivo con el mundo

afectivo del sujeto. Sobre todo del sujeto en crecimiento: el niño.

Paralelamente al trabajo con maestras de jardines de infantes y escuelas

primarias, fui trabajando intensamente en psicopedagogía clínica

tanto en ámbitos institucionales como privados. Con niños y adolescentes,

con padres, familias, con abuelos... fui descubriendo casi mágicamente

el valor del cuento en sí mismo: lo que había nacido como medio se fue


transformando en un fin.

Aquellos primeros talleres comenzaron en 1986, hace alrededor de

catorce años, impulsados por quien era en ese momento inspectora de

la Asociación Mutual Israelita Argentina (A.M.I.A., sede de la comunidad

judía argentina que cubre las áreas de educación, asistencia social, etc.,

destruida por una bomba asesina el 18 de julio de 1994).

Esa misma experiencia me permitió recorrer un gran número de escuelas

de la Capital Federal y del Gran Buenos Aires, trabajo que desarrollé

con gran entusiasmo durante todo un año.

Después, el proyecto se cerró y así permaneció durante mucho tiempo.

Pero el 18 de julio de 1994, en Buenos Aires, Argentina, esa aniquilante

bomba en la AMIA, paradójicamente le insufló nueva vida.

Volví entonces a reencontrarme con mi viejo taller. Ya con mayor madurez

lo dirigí no sólo a maestras jardineras, sino también a docentes de

todas las áreas de las escuelas primarias y lo dicté en el ámbito de la Universidad

de Buenos Aires.

¡Vaya preguntas!

¿Y por qué la necesidad de volcar aquí, hoy, los años de trabajo transcurridos?

¿Para qué?

¿Para quién escribirlo en un libro?

Para qué: es posible que a medida que la vida nos transcurre y maduramos,

mientras nuestra identidad se fortalece algo necesita ser dicho,

salir a la luz.

Para quién: contestar a esto me resulta inquietante: deseo, y necesito,

que este libro sea útil. Y útil no solamente para mis colegas, sino para

todos aquellos que de alguna u otra forma están buscando respuesta al

sentido de la vida, están buscando respuesta a los afectos.


Por qué: quizás sea este fin de milenio, tan veloz, caótico, individualista,

de escasos valores, sin ideales, sin modelos a quienes imitar, tan

rápido en avances tecnológicos y tan lento en avances humanos; tal vez

sean estos tiempos de la imagen, del video clip, del ya fue; esta era de la

posmodernidad en la que no queda espacio ni tiempo para la reflexión,

cuando las utopías parecen desaparecer... Sí, quizá sea esta época del

sálvese quien pueda, en fin, lo que ha generado mi necesidad y mi deseo

de escribir este libro.

El contenido y la forma

Mi trabajo consiste en tratar el cuento desde el siguiente enfoque:

dado mi supuesto de que el cuento es afecto, el cuento resultará, en sí

mismo, terapéutico.

Porque sostengo: cada cuento encierra un mensaje afectivo que provoca,

precisamente, lo terapéutico.

En cuanto a la estructura: al comenzar a pensarla fueron apareciendo,

lógicamente, distintas ideas. Lo que sí surgía con total claridad era mi

necesidad de que aquí estuvieran narrados diferentes cuentos que dieran

testimonio de la hipótesis que propongo.

En el comienzo pensé incluir, además de los cuentos creados por los

maestros en mis talleres, cuentos de escritores consagrados. Finalmente,

me decidí sólo por los de aquellas personas no profesionales que por diferentes

circunstancias los escribieron.

Según mi concepción, en “El cuento y los afectos” toda historia humana,

toda vida, pueden ser narradas a la manera de un cuento: entonces

ese conflicto presentado desembocará en una resolución y así le otorgará,

más allá de las circunstancias, un sentido a la vida.

Vaya pues mi profundo reconocimiento a todos aquellos que figuran

en este libro con sus propios cuentos, y que a raíz de sus avatares, de sus

sufrimientos, lograron “contar el cuento” y así, como dice la canción de

Eladia Blázquez, ¡honrar la vida¡ Y vivirla a la manera ¡de un cuento!


Abriendo puertas

Con esta introducción estoy abriendo las puertas de mi libro.

Pero para abrirlas de par en par, permítanme entregarles el primer

cuento que avalará mi trabajo. (El autor prefiere reservar su identidad.)

CUENTO: Mi papá

Cada vez que veo un barrilete volar, veo en el cielo la imagen de

él.

Era primavera. Todo lucía floreciente. Las pocas casitas construidas

en cada manzana tenían sus árboles, sus frutales, sus cercos

y sus enredaderas creciendo con esfuerzo, como si quisieran

igualar la vida de las familias que moraban en el barrio Villa Paraíso,

de Castelar.

El resto, la tierra que nadie cuidaba, estaba llena de yuyos y de

cardos. Una frondosidad casi impenetrable de más de un metro

y medio de alto.

En aquel septiembre del año 1956 me había decidido, después de

mucho pensar, a tener un barrilete.

Siempre iba caminando ese kilómetro que nos separaba de la

ruta, iba con mi perro, para ver los autos de las familias pudientes

que paraban allí a comprar los barriletes para sus hijos

Entonces yo me deleitaba viendo cómo los chicos los remontaban

ni bien los tenían en sus manos.

Imaginaba que alguna vez iba a juntar moneda por moneda

para poder comprarme uno yo.

Decidí contárselo a mis padres. Ellos al principio me negaron la

posibilidad, siempre había muchas cosas más importantes para

comprar que un barrilete.

Pero esa vez me habían visto tan deseoso y esperanzado que un

sábado por la mañana, al despertarme, en el único cuarto que


tenía nuestra casita encontré, a los pies de mi cama, caña, papel,

harina, hilo. Es decir: todos los elementos para poder construir

mi barrilete.

Desayuné presurosamente con la promesa de que al terminar, mi

padre, con mi ayuda iba a construírmelo.

Con ojos que no veían otra cosa, yo fui observando cómo científicamente

él lo realizaba.

Por fin el engrudo se secó. Entonces atamos los tiros, colgamos la

cola, y después de anudarlo con ese doble de hilo que se vendía

nos aprestamos a remontarlo.

Había bastante viento, y también bastante polvo se levantaba en

las calles de tierra que dividían a Villa Paraíso de la ruta.

¡Por fin! El barrilete volaba ya bien alto.

Él me lo dio. Y con las dos manos agarrando el trocito de caña

que servía para enrollar el hilo, yo estaba feliz.

El fuerte viento mantenía el barrilete allá arriba, altísimo. Mi padre,

a mi lado, estaba orgulloso de ver a su hijo con el pecho

hinchado de alegría y haciendo fuerza para poder sostener ese

barrilete que las ráfagas de viento hacían colear.

Entonces sucedió: mis manitos no pudieron soportar un tirón y

mi barrilete se me escapó. Comencé a ver cómo se iba alejando.

Cada vez más alto. Cada vez más lejos.

No pude hacer otra cosa que mantenerme rígido, duro, parado

en medio de la calle de tierra. Y mis mejillas comenzaron a ser

recorridas por lágrimas.

¡Qué poco había durado mi deseo de tanto tiempo!

Como un rayo, mi padre salió corriendo en dirección al barrilete.

Al principio yo lo veía todavía por la calle de tierra levantando

más polvo que el que levantaba el viento. Hasta que se internó

entre los yuyos, entre las malezas y los cardos.


Y ya no lo veía más .

El barrilete seguía alejándose, y no podía imaginarme a mi padre

corriendo entre esa espesura para poder tomar el hilo nuevamente.

Apoyé mis rodillas en el camino, agaché la cabeza, y mis lágrimas

se convirtieron en un llanto de angustia y desesperación.

Después de unos minutos, eternos para mí, al levantar la cabeza

pensando ya no ver más en el cielo y en el infinito a mi barrilete,

¡lo estaba viendo regresar! Y milagrosamente vi salir de entre

los altos cardos a mi padre con la cañita agarrada en una de sus

manos.

Me paré todavía llorando. Él me ofrendaba, como un trofeo, de

nuevo mi barrilete:

—Tomá, es tuyo — me dijo—.

La alegría que invadió mi corazón me impidió en un primer momento

darme cuenta de la cantidad de espinas y de raspones, y

la sangre que se deslizaba por los brazos, la cara y las piernas

de mi padre, producto de su desesperada carrera por entre las

malezas de esos terrenos abandonados.

Ahora yo tenía nuevamente el barrilete en mis manos.

Entonces me di cuenta: mi padre no había medido el riesgo, el

peligro que encerraba correr detrás del barrilete. Lo único que

había pensado había sido cómo recuperarlo. Pero no sólo al barrilete,

sino especialmente a mi momento de felicidad.

Ahí fue cuando yo no solamente me sentí feliz, sino orgulloso de

él.

Até el barrilete en el arco y me fui adentro de la casa para ver

cómo mi madre desinfectaba y curaba sus heridas.

Lo miré por unos cuantos segundos interminables, y le dije ¡gracias!


PD/ Hoy tengo casi 60 años. Hace cinco que mi papá ya no está conmigo.

Por eso es que busco ver barriletes volar: porque en cada barrilete

que miro aparece la imagen de mi viejo dibujada en el cielo.


Primera Parte

EL CUENTO Y LOS AFECTOS


CAPÍTULO 1

¿QUÉ ES EL CUENTO?

“Lo que dicen las palabras no dura,

duran las palabras porque las palabras son siempre

las mismas y lo que dicen no es nunca igual.”

Antonio Porchia

“Voces”

La palabra cuento proviene del latín computare, y significa contar, enumerar

hechos; es decir relatar, narrar una historia que, como toda historia,

necesita de un argumento que la sustente, que le otorgue un sentido, una

razón de ser: que le dé vida.

En el discurso cotidiano, cuando hablamos con nuestros amigos o

familiares, el verbo contar aparece en un sin fin de momentos: “¿Te cuento?”

“Me contaron que...” “Contáme...” ¡No me cuentes!”.

¿Qué misterio encierran los cuentos?

¿Qué aparece en ellos que hace que algunos adquieran sentido y

otros no?

¿Cuál es el mensaje que llevan implícito?

¿Por qué ciertos cuentos atraviesan la historia (como ocurre con los

cuentos tradicionales) y perduran en el tiempo?

El misterio, el sentido, el significado de cada cuento, dependen de

cada individuo, de cada historia personal, de cada biografía en particular.

Dice Bruno Bettelheim en su libro “Psicoanálisis de los cuentos de

hadas”:

“A través de los siglos (si no milenios), al ser repetidos una

y otra vez, los cuentos se han ido refinando y han llegado

a transmitir, al mismo tiempo, sentidos evidentes y ocultos;

han llegado a dirigirse simultáneamente a todos los niveles


de personalidad humana y a expresarse de un modo que

alcanza la mente no educada del niño, así como del adulto

sofisticado. Aplicando el modelo psicoanalítico de personalidad

humana, los cuentos aportan importantes mensajes

al consciente, preconsciente e inconsciente, sea cual sea

el nivel de funcionamiento de cada uno en cada instante.

Al hacer referencia a los problemas humanos universales,

especialmente aquellos que preocupan la mente del niño,

estas historias hablan a su pequeño yo en formación y estimulan

su desarrollo, mientras que, al mismo tiempo, liberan

al preconsciente y al inconsciente de sus pulsiones, a medida

que las historias se van descifrando, dan crédito consciente

y cuerpo a las pulsiones del ello y muestran los distintos modos

de satisfacerlas, de acuerdo con las exigencias del yo y

del super—yo.”

¿Qué es el cuento?

1. Un cuento es una metáfora, y como toda metáfora el cuento tiene

aquí un significado cuya profundidad da sentido a este libro.

La metáfora tiene valor en sí misma, representa un lenguaje simbólico

que permite conectarnos con lo más íntimo de nosotros.

Todo cuento valioso es una obra de arte, y como tal nos recuerda que

somos personas. Un cuadro de Picasso, una sinfonía de Beethoven, una

obra de Miguel Ángel o de Leonardo da Vinci, el Quijote de Cervantes..., y

también los cuentos, nos sintonizan con nuestras emociones.

Cuando escuchamos determinados cuentos, ya sean conocidos o

desconocidos, nos movilizamos, algo vibra en nosotros. Dijo el dramaturgo

Roberto Cossa: “Sin arte no hay belleza, sin belleza no hay ternura, sin

ternura el hombre está perdido”.

2. En el cuento el tiempo y el espacio están condensados, sometidos

a una presión espiritual y formal. Podríamos homologarlo con el sueño: al

igual que en el cuento, en el sueño los contenidos aparecen condensados,


sintetizados.

Si “la vida es sueño y los sueños sueños son”, como nos dijera Calderón

de la Barca, podríamos parafrasear al brillante poeta y decir que la

vida es un cuento y los cuentos cuentos son.

Cuento es sueño.

Y citamos también a Carl Jung: “El sueño es la pequeña puerta oculta

en la recóndita y profunda intimidad del alma; la puerta que se abre a esa

primitiva noche cósmica que fue alma mucho antes de que hubiera un yo

consciente y que será alma mucho más allá de lo que jamás pudiera llegar

el yo consciente.”

En realidad, la vida de cada uno de nosotros es una ficción y el tiempo

se ocupa de entretejerla.

En el libro “Había una vez... Del drama familiar al cuento sistémico”,

de Philippe Caille— Yveline Rey, los autores escriben:

El cuento habla principalmente del tiempo. Había una vez..., esta

frase ritual, indica que el comienzo de la historia se sitúa en una época

pasada, a una distancia tranquilizadora. Pero sobre todo, Había una vez...

introduce un ritmo, promete fases, desarrollos, alternancias. El tiempo

se transforma en duración y la duración en evolución. (...) El cuento dice

también que la vida es un movimiento, un proceso, y son los hombres a

través de sus acciones y reacciones quienes la fijan en el malestar o en la

infelicidad. Había una vez ... nos enseña que el tiempo es la filosofía del

cambio.”

3. Todo cuento consta de un principio o exposición, un nudo y un

desenlace. En el nudo se manifiesta el conflicto que deberá resolverse en

el final.

Desde Freud podemos remarcar que la vida es conflicto. El objetivo

del psicoanálisis sería, entre otros, la posibilidad de ayudar a los sujetos a

enfrentar los conflictos y no evadirlos.

Y si la vida es conflicto: ¿cómo lo enfrentamos?, ¿con cuántos recursos

internos contamos para resolverlo y seguir adelante?


¿Qué sucede cuando esquivamos los conflictos?, ¿y cuándo nos paralizan?

¿Por qué algunas personas los enfrentan, y otras los evaden y se deprimen,

y no toman las crisis (conflictos) como oportunidades de vida?

La palabra crisis tiene dos acepciones: una, como oportunidad, en

sentido positivo, de crecimiento; la otra, en sentido negativo.

Cuando enfrentamos una crisis como oportunidad de vida, seguramente

que distintas alternativas, distintas posibilidades, se abrirán en

nuestro camino. Por el contrario, si las crisis son vividas negativamente,

no lograremos encontrar el o los senderos de salida.

Si lo relacionamos con el sentido de la vida y la búsqueda de caminos

posibles, el cuento se convierte en un medio antropológico.

En el cuento, la presentación de un conflicto y su resolución final nos

identifica con el concepto de crisis según el primer criterio, es decir como

oportunidad de vida.

4. El cuento es juego, es un objeto transicional.

Dice D. W. Winnicott en su libro “Realidad y juego”:

“Lo universal es juego, y corresponde a la salud, facilita el

crecimiento... (...) ...el juego es una experiencia siempre

creadora, una forma básica de vida. (...) Hay un desarrollo

que va de los fenómenos transicionales al juego, de éste al

juego compartido y de él a las experiencias culturales.”

El niño que no juega no tiene la posibilidad de descubrir todo su potencial:

algo queda encapsulado en él, cerrado, no dicho, no expresado,

no hablado, no transmitido.

Tanto en el juego como en el cuento el mundo de los afectos cobra

vida; una puerta que estaba entrecerrada nos recuerda que somos algo

más que números, porcentajes, estadísticas. Un nuevo universo puede

llegar a desplegarse.

La creación de un juego, como la creación de un cuento, amplifica lo


esencial y lo singular que cada uno de nosotros lleva dentro.

A través del juego, como en el cuento, el niño expresa o confronta

sus angustias. Un niño que juega “aprehende” el estar solo, ejercita la

capacidad de encontrarse una y otra vez a sí mismo.

En “Homo Ludens“, el pedagogo J. Huizinga nos recuerda cuáles son

las características más importantes que tiene el juego:

· Es una actividad libre.

· Es una evasión de la vida diaria.

· Es un suceder en el espacio y en el tiempo.

· Puede repetirse.

· Es y crea orden, y ello lo sitúa en el campo estético.

Bien pueden homologarse estas características con los cuentos.

5. El cuento es síntesis.

Es a la fotografía lo que la novela al cine.

La posibilidad de transmitir emociones en un espacio—tiempo tan

breve seguramente hace a la fuerza de los cuentos.

6. El cuento es memoria.

Es la memoria que captura cada historia personal, la de cada sujeto,

de cada familia; es la memoria de cada cultura, de cada pueblo.

¿Y qué no es cuento?

1. El cuento no es fábula. Se diferencia de la fábula.

¿Cuáles son esas diferencias?

En relación con los cuentos de hadas, dice Bruno Bettelheim en su

libro:

“Una fábula es en su estado original una narración en la que,

con fines moralistas, unos seres irracionales y a veces inani-


mados actúan y hablan como si tuvieran intereses y pasiones

humanas. (...) Ya sea de modo beato o divirtiéndonos, las

fábulas afirman siempre y explícitamente verdades morales,

no hay ningún significado oculto, no queda nada para

nuestra imaginación. (...) En cambio, el cuento de hadas deja

cualquier decisión en nuestras manos, incluso la decisión de

no tomar decisión alguna .”

La fábula es dogmática, rígida, moralista. La moraleja que encierra

alude a un deber ser: existe un único camino posible a cumplir, de lo contrario

surge el castigo.

Esto genera en quien escucha, la creencia de que sólo se puede crecer

a partir del miedo, la culpa, y del castigo por no haber cumplido con

lo establecido.

En cambio, el cuento es una toma de distancia que permite una mejor

descripción de las conductas humanas: no presenta la verdad sino una

verdad, por lo general la que guía la escucha de cada oyente.

El cuento orienta el pensamiento y las emociones del niño y del adulto,

sin más que otorgarle la libertad de extraer sus propias conclusiones.

El cuento alivia la culpa.

Es a la ética lo que la fábula es a la moral.

Sigue diciéndonos Bruno Bettelheim:

“Si explicamos al niño lo que debe hacer lo único que conseguimos

es sustituir la esclavitud de su inmadurez por la

servidumbre que implica seguir las órdenes de los adultos.”

En la medida en que les sea permitido explorar el interjuego entre

los mundos interno y externo, entre los sueños y la realidad sin anular ni

impedir la intrínseca capacidad de soñar y de crear, favoreceremos sólo

sujetos autónomos, libres, conectados con sus deseos.

2. El cuento no es mito.

El cuento se diferencia del mito.


Éste, como señala Ana Padovani en su libro “Contar cuentos”:

“Es una narración que da cuenta del origen y sentido del Universo,

con explicaciones cosmogónicas de los comienzos, generalmente

a través de seres fantásticos. Tiene que ver por

tanto con lo ejemplar y paradigmático.”

Los finales en cada caso son bien opuestos: en el mito el final es trágico,

pesimista; en cambio, en los cuentos es “feliz” (por lo armonizador)

a pesar de lo terrible que puedan resultar sus historias.

Dice Bruno Bettelheim:

Los mitos proyectan una personalidad ideal que actúa de

acuerdo con las demandas del super—yo, mientras que los

cuentos de hadas representan una integración del yo que

permite una satisfacción adecuada de los deseos del ello.

Esta diferencia explica el contraste entre el pesimismo característico

de los mitos y el optimismo esencial de los cuentos

de hadas.”

Veamos ahora algunas diferencias y también interrelaciones entre

cuento y mito:

Si tomamos el significado de los cuentos tradicionales, como por

ejemplo “Caperucita Roja” —que atravesó siglos—, no podemos dejar de

mencionar la importancia del mito edípico subyacente en él, que le otorga

una vigencia tan actual como bien queda señalado en el análisis de

Bettelheim. En ese cuento tradicional se incluye un mito.

Si bien los mitos son pesimistas y trágicos —en el sentido de lo fatal—

no todos los cuentos tienen, tampoco y necesariamente, un final

feliz.

Sin embargo, sigo insistiendo en la importancia de los cuentos desde

este aspecto: como manera de permitirle al sujeto tomar de ellos la

fuerza terapéutica. Porque mientras los mitos condicionan, los cuentos

liberan.

Los mitos hacen referencia al macrocosmos, los cuentos al microcosmos.


Los mitos son arquetípicos, constituyen una guía de comportamiento,

son culturales. Los cuentos son creativos, permiten el aflorar de las

emociones y las sensaciones cotidianas.

En el libro “IV Simposio Internacional sobre mitos: enfoque multidisciplinario.

Los mitos y su ámbito de expresión”, Nancy Yampey dice:

El mito aparece en la historia como constituyente básico de la cultura,

conforma el sistema de valores y el ethos comunitario. Cada cultura

desarrolla un conjunto de mitos entre las otras formas literarias (leyendas,

sagas, epopeyas, cuentos populares). En razón de la abigarrada variedad

de temas, de caracteres y estilos narrativos, resulta difícil hacer

enunciados generales acerca de su naturaleza. Todos ostentan un trasfondo

de tragedia o drama que requiere, para su cabal comprensión, la

interpretación histórica, psicoanalítica y filosófica.”

Y Campbell, en “El héroe de las mil caras”, señala:

“Se ha dicho que la mitología es la penúltima verdad porque

la última no puede traducirse en palabras. La mitología pone

en contacto a la mente con el más allá de ese límite, con lo

que puede ser conocido pero no dicho, por eso es la verdad

penúltima.”

3. El cuento no es novela.

A diferencia de la novela, el cuento no tiene por aliado al tiempo. Su

recurso esencial es trabajar en profundidad instantáneamente.

Mariano Baquero Goyanes en su libro “¿Qué es el cuento?” nos dice:

“De una novela se recuerdan situaciones, momentos, descripciones,

ambientes, pero no siempre el argumento. (...)

Un cuento se recuerda íntegramente o no se recuerda.”

Desde tal hipótesis, este aspecto del cuento adquiere un valor, una

fuerza particular, un sentido esencial, que lo llevan a poder cumplir con

su efecto terapéutico.

Continúa diciéndonos el mismo autor:


“En el cuento los tres tiempos o momentos de las viejas preceptivas

—exposición, nudo y desenlace— están tan apretados que casi son uno

solo. (...) Con razón ha dicho el gran cuentista argentino Julio Cortázar

que ´la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine

y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un orden

abierto, novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una

ceñida limitación previa´.”

4. El cuento no es leyenda.

Las leyendas están relacionadas con las creencias, y relatan circunstancias

determinadas.

Mientras que una de las funciones fundamentales del cuento es la

diversión, en las leyendas la finalidad tiene que ver con el esclarecimiento

de alguna circunstancia en particular.

5. El cuento no es poesía.

Sin embargo, hay muchos aspectos en ambos géneros que pueden

homologarse: tanto el cuento como la poesía son creaciones “instantáneas”.

Y, además, el cuento puede contener a la poesía, o ser poético.

En 1944, Azorín señaló que “el cuento es a la prosa lo que el soneto

al verso”.

Tanto el tono del uno como del otro, su musicalidad, pueden asociarse.

A manera de conclusión, Mariano Baquero Goyanes nos acerca una

definición adecuada a nuestro enfoque:

El cuento es un preciso género literario que sirve para expresar

un tipo especial de emoción, de signo muy semejante

a la poética, pero que no siendo apropiada para ser expuesta

poéticamente encarna en una forma narrativa próxima a la

de la novela, pero diferente de ella en técnica e intención. Se

trata pues de un género intermedio entre poesía y novela,

apresador de un matiz semipoético, seminovelesco, sólo ex-


presable en las dimensiones del cuento.”

Pero entonces:

¿Qué es el cuento?

El cuento es:

vida,

metáfora,

emoción,

sueño,

oportunidad,

libertad,

memoria...

¡afecto!


CAPÍTULO 2

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS CUENTOS?

“Quien no conoce nada no ama nada,

quien no puede hacer nada no comprende nada,

quien nada comprende nada vale.

Pero quien comprende también ama, observa, ve...

Cuanto mayor es el conocimiento inherente a una cosa

más grande es el amor...

Quien cree que todas las frutas maduran al mismo tiempo

que las frutillas, nada sabe acerca de las uvas.”

Paracelso

Los cuentos sirven:

1. Para el desarrollo de la creatividad.

2. Para el desarrollo de la inteligencia.

3. Para el desarrollo de las emociones.

4. Para estimular el lenguaje.

5. Para crecer.

6. Para estimular el humor.

7. Para discriminar fantasía de realidad.

8. Para aprender a dar y a recibir.

9. Para el desarrollo del arte.

10. Para sublimar.

11. Para jugar.

12. Para aprender a enfrentar conflictos.

13. Para desarrollar una identidad armónica.

Pasemos ahora a desarrollar estos puntos:


1) Creatividad

La palabra crear deriva del latín creare y significa criar, formar, componer

algo novedoso. Para el diccionario Larrouse, creatividad es “poder de invención”.

En el libro “Las familias de creadores”, de Denise Morel, la autora

cita la diferencia que estableció Beaudot en “La Creativité” acerca de dos

formas posibles de pensamiento:

El pensamiento convergente, que sería el propio de sujetos

inteligentes que tienden a converger hacia las significaciones

estereotipadas, a imaginar su éxito personal según criterios

convencionales.” y “El pensamiento divergente, propio de

los individuos creativos que tienden a apartarse de las significaciones

estereotipadas, a dar prueba de una imaginación

original.”

¿Qué relación existe entre esta última forma de pensamiento, divergente,

y la posibilidad de crear cuentos?

¿Por qué los cuentos permiten el desarrollo de la creatividad?

En el capítulo anterior diferenciamos al cuento de la fábula señalando

que, mientras en ésta cabe sólo un significado posible, el cuento ofrece

la posibilidad de distintas lecturas (polisemia: varios significados).

Crear implica caos, desorden, libertad, descubrimiento de caminos

posibles.

Crear es lo contrario de repetir, y marca modalidades diferentes en

cuanto a cómo se comprende la educación, en cuanto a qué se entiende

por acompañar el crecimiento de los hijos.

En un artículo publicado por el diario Clarín el 12 de mayo de 1991, el

especialista en talleres de creatividad, Fidel Moccio, explica cómo fomentarla

en los adultos. Dice:

“Crear significa tener distintas respuestas para una misma cosa. Una

familia, por ejemplo, que va todos los años de vacaciones al mismo lugar

y alquila la misma casa, está perdiendo la posibilidad de descubrir gente


y lugares distintos. Le tiene cierto temor al cambio y apuesta a lo seguro.

Pero si exagera nunca va a conocer situaciones nuevas. (...) Hay una regla

que se cumple casi inexorablemente: a mayor desarrollo creativo mejor

percepción de la realidad.”

La creación implica vida, crecimiento, construcción, movimiento, libertad.

La repetición, en cambio, conlleva pasividad, detenimiento, rigidez,

estereotipia, rutina, inactividad, muerte.

Un cuento es una ficción, una fantasía: es un invento. Por lo tanto,

sólo podemos crearlos cuando somos libres, cuando estamos abiertos.

Cuando creamos nos sentimos vivos, nos sentimos más conectados

con nosotros, nos sentimos más nosotros mismos.

Para poder crear necesitamos tener despiertos todos nuestros sentidos:

lo olfativo, lo visual, lo táctil, lo gustativo, lo auditivo, lo cenestésico,

los afectos...

Al crear un cuento debemos poner en marcha todos los recursos posibles:

fantasía, imaginación, vivencias, experiencias, emociones, utopías.

2) Inteligencia

Todo cuento se desarrolla en un espacio y en un tiempo, categorías infralógicas

que favorecen el desarrollo de la inteligencia.

Jean Piaget definió a la inteligencia como la adaptación a situaciones

nuevas, entendiéndose la adaptación como el permanente equilibrio entre

los procesos de asimilación y acomodación a la realidad: equilibrio—

desequilibrio—equilibrio.

La inteligencia es adaptación. Existe adaptación cuando el organismo

se transforma en función del medio.

Dice Piaget en “El nacimiento de la inteligencia”:

“La adaptación intelectual, al igual que cualquier otra, es una puesta

en equilibrio progresivo entre un mecanismo asimilador y una acomoda-


ción complementaria.”

Mientras el proceso de asimilación implica incorporar el objeto al

sujeto, el proceso de acomodación implica su complemento, es decir la

acomodación del sujeto al objeto.

¿Por qué hacer hincapié en esta definición de inteligencia?

¿Qué relación existe entre esta definición y los cuentos?

En “La Formación del Símbolo en el Niño”, Piaget dice:

“La representación nace, pues, de la unión de significantes que permiten

evocar los objetos ausentes por medio de un juego de significaciones

que los relaciona con los objetos presentes. Esta conexión específica

entre significantes y significados constituye lo característico de una

función nueva que sobrepasa a la actividad sensorio—motora y que se

puede denominar en forma amplia función simbólica.” (...) “La función

simbólica es esencial para la constitución del espacio representativo así

como las categorías reales del pensamiento.”

El cuento ayuda al desarrollo de esta función. Para poder seguir su

hilo argumental es preciso evocar, representarse sus contenidos, haber

adquirido la función simbólica.

A partir del desarrollo de la función simbólica o función semiótica, el

sujeto ingresa en la categoría de hombre, ingresa a la cultura, adquiere

lenguaje, puede comunicarse con otros sujetos, puede comenzar a pensar

y a pensarse, a conocer y a conocerse.

Si la inteligencia es adaptación, y la adaptación es la puesta en equilibrio

progresivo entre acomodación y asimilación, los cuentos, a través de

su creación o re—creación, vehiculizarían estos aspectos.

Como todo cuento se da en un espacio y en un tiempo, se requiere

de su retención y de su evocación por medio de una imagen mental. Todo

ello implica, entonces, una serie de movimientos, de asimilaciones y acomodaciones,

de equilibrios y desequilibrios, para su comprensión.


3) Emociones

Un artículo del pedagogo Gianni Rodari, “La importancia de contar cuentos

a los niños”, nos dice:

El cuento es un instrumento ideal para que el adulto permanezca

junto al niño.”

La narración permite el encuentro con el otro, llámese amigo, abuelo,

abuela, nieto, nieta, hijo, hija, padre, madre, alumno, espectador, paciente.

Continúa diciéndonos Gianni Rodari:

“Un semiólogo podría decir que el niño no está interesado

únicamente en el contenido y en su forma, en las formas de

expresión, sino también en la sustancia de expresión: en la

voz materna, en sus tesituras, volúmenes y modulaciones,

en la música que comunica ternura, que hace desaparecer

toda inquietud, que nos defiende de los fantasmas del miedo.”

Cuando nos referimos a las emociones nos vemos obligados a repensar:

¿qué es una emoción?

Dice el diccionario: estado de intenso tono afectivo que se presenta

en situaciones subjetivamente importantes. Etimología: del latín movere.

¿Por qué a veces nos emocionamos ante ciertos cuentos y otras veces

no?

¿Y qué sucede cuando nada nos emociona, cuando sentimos que

nuestros afectos están anestesiados, dormidos; cuando perdimos, o nunca

pudimos desarrollar, nuestra capacidad de asombro, la ingenuidad,

nuestra sensibilidad?

Los cuentos son un buen camino para recuperar las emociones perdidas

o anuladas.


4) Lenguaje

¿Qué relación existe entre el desarrollo del lenguaje y la creación o la escucha

de cuentos? ¿Qué es el lenguaje?, ¿qué diferencia hay entre lengua

y lenguaje?

Como señalan los autores J. A. Rondal y S. Bredart, el lenguaje es

una función que permite expresar y percibir estados afectivos, conceptos,

ideas, por medio de signos acústicos o gráficos. Y la lengua es la que

especifica la manera de utilizar el material verbal para simbolizar la realidad

exterior o imaginarla: es decir, mientras el lenguaje es la función, la

lengua es el instrumento que pone en marcha dicha función a través de

los sintagmas: las palabras.

Los cuentos favorecen, además, el enriquecimiento del vocabulario

generando cada vez nuevas y más amplias posibilidades de expresión.

Si como señala Emilia Ferreiro a través de sus investigaciones en su

libro “Los sistemas de escritura en el desarrollo del niño” que “leer no

es descifrar y escribir no es copiar”, los cuentos incentivan, posibilitan el

desarrollo de la lecto—escritura en los sujetos entendiéndolo como un

modo de comunicación, de transmisión de mensajes, de transmisión de

ideas, de transmisión de pensamientos, de transmisión de una cultura y

de transmisión, también ... de afectos.

Por otra parte, escuchar un cuento favorece la construcción de estructuras

mentales: yo—tú—nosotros; ayer—hoy—mañana; antes—después;

los objetos reales—los objetos imaginarios.

Relata Gianni Rodari en su artículo el diálogo que mantuvo con una

niña de 3 años a propósito del lenguaje de los cuentos de hadas:

“—¿Y después que haré?

— Después irás al colegio.

—¿Y después?

—Y después a otro colegio para aprender más cosas.

—¿Y más tarde?


—Crecerás y te casarás.

—Ah , eso no.

—¿Por qué?

—Porque yo no vivo en el mundo de los cuentos, sino de las

cosas de verdad.”

En esta niña, el concepto “casarse” corresponde a una acción propia

de las princesas de los cuentos. Aún no puede distinguir el mundo real del

mundo de la ficción.

La estructura profunda del lenguaje es de naturaleza semántica, lo

central es el significado, y el nudo central y semántico de la frase es el

verbo.

Si todo lenguaje implica, entonces, la vehiculización de un significado,

los cuentos favorecen tal transmisión a través de los múltiples significados

que cada uno de ellos aporta a quien los lee o escucha.

5) Crecer

A medida que vamos creciendo dejamos atrás nuestros aspectos infantiles,

omnipotentes (o su contra cara: impotentes) y vamos avanzando

hacia un rumbo de mayor madurez.

Madurar no es lo mismo que envejecer. La madurez implica un proceso,

es un aprendizaje, se relaciona con el concepto de sabiduría, y no

concluye nunca salvo por la finitud de la vida.

El envejecer, en cambio, se relaciona con la pérdida de la capacidad

de asombro, de ingenuidad, de juego, de placer, de alegría.

Madurar implica evolucionar. Envejecer, detención o muerte.

¿Por qué considerar, entre los objetivos del cuento, el hecho de que

éste ayuda al crecimiento?

Algunas razones:

Para poder crecer se deben enfrentar distintas crisis vitales; crecer

lleva implícito tolerar frustraciones, esperas, aceptar límites.


El crecimiento implica regreso y progreso, idas y venidas, avances y

retrocesos; topa con las dificultades de no ser lineal.

El crecimiento marca aceptar un tiempo cronológico que muchas veces

no coincide con los tiempos internos.

El crecimiento se desarrolla en un espacio propio, separado, discriminado.

Nos otorga una marca, nos da una identidad y por lo tanto nos

señala que somos únicos, irrepetibles, originales.

Y los cuentos contribuyen a aproximarnos a la meta en nuestra búsqueda

por descubrir ¡quiénes somos¡, y crecer.

6) Humor

¿Por qué algunos cuentos se vinculan con el humor y otros no lo

hacen?

¿Qué es el humor?

En “El libro infantil: cuatro propuestas críticas”, Ana María Rodríguez

dice en el capítulo titulado “El humor en la literatura infantil”:

“Como intento de acercarnos al concepto humor podríamos afirmar

que el humorismo es una actitud que nace de una concepción del hombre

sobre la vida.”

En relación con el sentido del humor, recuerdo una película que trajo

consigo muchísimas controversias: me refiero a “La vida es bella”. Begnini,

su autor y director muestra, a través de una ficción paralela al drama

argumental implícito, el vínculo entre un hijo y su padre dentro de esa

situación límite, una de las mayores vividas por los hombres en este siglo:

el Holocausto. El padre intenta preservar al hijo frente a tanto horror,

frente a tanta locura, inventando una situación de humor a partir del juego.

Por esa mirada genial de Begnini la tragedia se convierte, para el

niño, en comedia.

Sigue diciendo Ana María Rodriguez:

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