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Las desventuras del joven Werther (Fragmento) - sistemauno.com.co

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LENGUAJE C - EVALUACIÓN Nombre: Curso: Fecha: 1 Lee el siguiente texto. Las desventuras del joven Werther (Fragmento) Werther es un joven desventurado. Ha perdido la ilusión por el amor de Carlota, también su empleo en una embajada y, además, es rechazado por la sociedad tras haber defendido a un reo por homicidio. Desilusionado de todo, escribe en su diario. 12 de agosto. (…) Yo acabé por no escucharlo y, meciéndome en un mar de sueños, con súbito movimiento apoyé el cañón de una pistola sobre mi frente, más arriba del ojo derecho. “Aparta eso”, dijo Alberto, echando mano a la pistola. “¿Qué quieres hacer?”, repitió con impaciencia. “No comprendo que haya quien quiera levantarse la tapa de los sesos. Solo el pensarlo me horroriza.” “¡Oh, hombres!”, exclamé, “¿No sabréis hablar de nada sin decir: ‘Esto es una locura, eso es razonable, tal cosa es buena, tal otra es mala?’ ¿Qué significan todos esos juicios? Para emitirlos, ¿habéis profundizado los resortes secretos de una acción? ¿Sabéis distinguir con seguridad las causas que la producen y que lógicamente debían producirla? Si tal ocurriese, no juzgarías con tanta ligereza”. “Tú me concederás”, dijo Alberto, “que ciertas acciones serán siempre crímenes, sea cual fuere el motivo que las produzca”. “Concedido”, respondí yo, encogiéndome de hombros. “Sin embargo, advierte, amigo mío, que eso no es verdad en absoluto. Indudablemente, el robo es un crimen, pero si un hombre está a punto de morir de hambre, y con él su familia, y ese hombre, por salvarla y salvarse, se atreve a robar, ¿merece compasión o castigo? ¿Quién puede acusar a la sensible doncella que en un momento de voluptuoso delirio se abandona a las irresistibles delicias del amor? Hasta nuestras leyes, que son pedantes e insensibles, se dejan conmover y detienen la espada de la justicia”. “Eso es distinto”, respondió Alberto, “el que sigue los impulsos de una pasión pierde la facultad de reflexionar, y se le mira como a un ebrio o un demente”. “¡Oh, hombres de juicio!”, exclamé sonriéndome. “¡Pasión! ¡Embriaguez! ¡Demencia! ¡Todo esto es letra muerta para vosotros, impasibles moralistas!”. 19 de octubre. ¡Ay de mí! ¡Este vacío, este horrible vacío que siente mi alma…! Muchas veces me digo: “Si pudiera un momento, uno solo, estrecharla contra mi corazón, todo este vacío se llenaría”. 27, por la tarde. ¡Siento tantas cosas… y mi pasión por ella lo devora todo! ¡Tantas cosas!... Y, sin ella, todo se reduce a nada (…) ¿Qué otro destino le cabe al hombre sino el de llenar todo el camino con sus dolores, y beber su cáliz? Y puesto que este cáliz fue amargo al mismo Dios del cielo, cuando lo acercó a sus labios de hombre, ¿por qué no he de confesar mi angustia en este momento en que mi ser tiembla y fluctúa entre ser y no ser… en que todo lo que me rodea se desploma y en que el mundo parece acabarse conmigo? (…) El editor al lector ¡Cuánto hubiera yo deseado tener, respecto a los últimos días de nuestro desgraciado amigo, suficientes pormenores escritos por su propia mano, para no verme en la necesidad de intercalar relaciones en la continuación de las cartas que él nos ha dejado! (…) El lunes por la mañana, 21 de diciembre, escribió a Carlota la siguiente carta: “Es cosa resuelta, Carlota; quiero morir y te lo participo sin ninguna exaltación romántica, con la cabeza tranquila, el mismo día en que te veré por última vez. Cuando leas estas líneas, mi adorada Carlota, yacerán en la tumba los despojos del desgraciado que, en los últimos instantes de su vida, no encuentra placer más dulce que el placer de conversar mentalmente contigo. He pasado una noche terrible; así y todo, ha sido benéfica, porque ha fijado mi resolución. ¡Quiero morir! Al separarme de tu lado, un frío inexplicable se apoderó de todo mi ser; refluía mi sangre al corazón, y respirando con angustiosa dificultad pensaba en mi vida, que se consume cerca de ti, sin alegrías, sin esperanza. ¡Ah, estaba helado de espanto! Apenas pude llegar a mi alcoba, donde caí de rodillas, completamente loco. ¡Oh, Dios mío! Tú me concediste por última vez el consuelo de llorar. Pero, ¡qué lágrimas tan amargas! Mil ideas, mil proyectos agitaron tumultuosamente mi espíritu, fundiéndose, al fin, todos en uno solo; pero firme, inquebrantable: ¡morir! (…) Sí, Carlota, ¿por qué te lo he de ocultar? Es preciso que uno de los tres muera, y quiero ser yo”. Johann Wolfang von Goethe 1 / 4

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