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J Ε A N H G Β Ν O

CLAUDIO IY1AGRIS: ¿LOS POETAS EXPULSADOS DE LA REPÚBLICA?

POEMAS DE GERARDO DENIZ, VICENTE QUIRARTE Y JOHN HUDCINS

IHARA SAIKAKU, ALFONSO MONTELONGO, LUIS RAMÓN BUSTOS


BIBLIOTECA DE MÉXICO

NOL

«ACONACULTA

NÚMERO SESENTA Y UNO

ENERO-FEBRERO DEL 2001 · Í30.00

PLAZA DE LA CIUDADELA 4, CENTRO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE MÉXIC

TELÉFONO 57 09 11 07 FAX 57 09 11 73

CERTIFICADO DE LICITUD DE TÍTULO NÚM. 6270

CERTIFICADO DE LICITUD DE CONTENIDO NÚM. 4830

CONSEJO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES

REVISTA BIBLIOTECA DE MÉXICO

DIRECTOR FUNDADOR: JAIME GARCÍA TERRÉS t

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DIRECTOR: EDUARDO LIZALDE

EDITORES: JAIME MORENO VILLARREAL Y RAFAEL VARGAS.

SECRETARIO DE REDACCIÓN: MAURICIO MONTIEL FIGUERAS.

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COORDINACIÓN ADMINISTRATIVA: MIGUEL GARCÍA RUIZ

DISEÑO: GERMÁN MONTALVO, MELBA ZARED LAMADRID Y MARÍA ARTIGAS

ASITENCIA: PAOLA ÁLVAREZ

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IMPRENTA: OFFSET ESTILO

PORTADA: DETALLE EN GRANO ABIERTO DE UNA FOTOGRAFÍA DE J05É

REVUELTAS EN LECUMBERRI, 1969, QUE APARECE COMPLETA EN LA PÁGINA 56

IA. FORROS: FOTOGRAFÍA DE JEAN GIONO, CA. 1949

GERARDO DENIZ

ABATE

CLAUDIO MAORIS

¿LOS POETAS EXPULSADOS

DE LA REPÚBLICA?

LUIS RAMÓN BUSTOS

CALDOS Y LOS VAIVENES

DE LA FAMA

ALFONSO MONTELONGO

LA RESPUESTA A SOR FlLOTEA

O LA VERDAD QUE SE LEVANTA

PHILLIPE OLLÉ-LAPRUNE

GIONO, UN ESCRITOR

EN BUSCA DE LO ABSOLUTO

BERNARD FAUCONNIER

RETRATO DE UN PADRE

VICENTE QUIRARTE

SIN CONVITE A TU FIESTA

DE FANTASMAS

PIERRE CITRON

EL DIARIO DE JEAN GIONC

JEAN GIONO

TRES HISTORIAS PARA LA

TELEVISIÓN

IHARA SAIKAKU

MAESTRA DE ETIQUETA Y DE

ESTILO EPISTOLAR

EDUARDO LIZALDE

JOSÉ REVUELTAS, 1914-1976

JOSÉ REVUELTAS

TRES CARTAS INÉDITAS

PHILLIPE CHERON

JOSÉ REVUELTAS: LA CÁRCEL

DEL DOGMA,EL ÁRBOL DE ORO

DE LA LITERATURA

FLORENCE OLIVIER

AURA DE LO GROTESCO Y LO

MONSTRUOSO EN LA OBRA DE

JOSÉ REVUELTAS

JAVIER DURAN

NOTAS SOBRE EL MÉXICO

DE AFUERA

JOHN HUDGINS

FAMA

LUIS E. MARENTES

EL APANDO: METÁFORA

DE LA OPRESIÓN Y LA

RESISTENCIA


GERARDO DENIZ

A Β A Τ Ε

Nacido en España en 1934, el poeta y narrador

mexicano GERARDO DÍNIZ acaba de publicar una

breve antología bilingüe con el sencillo título de

Poemas/Poems, bajo el doble sello de Ditona y

Lost Road Publishers.

Cuando deseo escalar primermundo del mío,

me coloco junto a Liszt chocho-

tras el atril aguas entre frondas,

ninfas trescuartos con pincel de guasa,

cuando se las mordisquea,

genial entre troncos aromáticos

surtidores de la Villa d'Este,

trenodias dudando de sí propias

al enlazar talcuál ciprés planchado-

hasta que de pronto se arremanga con soltura,

salta a una escoba (apoyada en el piano

junto a la calabaza con vela arde dentro

aunque en fotos nunca salga)

y huye por la chimenea.

se abren las esclusas del más allá,

que los norteamericanos rigieron con injusticia.

(Liszt, empero, se llevó bien

con las discípulas

asimismo gringas.

¿Cómo desdeñar idiomas —cuales sean- de la fuente,

travesura entre árboles

no de ellas, ni tuyas, sino para

pisarse la sotana?)

deletrea

Noche, 1 de noviembre;


La literatura se asemeja a un periódico y a

veces a un periodicucho de la vida, de su

cotidianeidad baja y estrujante; Dostoievs­

ky o Dickens -pero también Dante y la Bi­

blia- son cronistas de lo efímero, sobre el

que ellos proyectan la luz de lo eterno, vio­

lenta como un reflector que ra sga la no­

che o como la lamparita de bolsillo de un

detective en un lugar tenebroso. En este

descenso al quinto infiemo puede haber sal­

vación, la caridad de quien participa en el

fango de la existencia para asumirlo sobre sí

mismo como un Mesías doliente, pero tam­

bién complicidad, la complacencia en la mi­

seria antes que la esperanza de lenificarla.

En su fidelidad al fluir limoso de los

acontecimientos, la literatura también es

un sismógrafo de los acontecimientos po­

líticos, que en el desorden de su inmedia­

tez, a menudo, no dejan entrever su lógica

y su significado. Ca rla Bo, volviendo a evo­

ca r los momentos confusos y dramáticos

en el país y en el parlamento que llevaron

a la elección de Scalfaro como Presidente

de la República, decía que esos turbios y

convulsos acontecimientos parecían estar

esperando a que un narrador les diese for­

ma. En su ensayo sobre las relaciones en­

tre narrativa, periodismo y secciones cultu­

rales, Letterotura bastardo, Claudia Marabini,

recordando que literatura, antes que nada,

significa «ponerse, lo más posible, en los

zapatos de los otros», observa cómo el sa n­

gri ento embrollo de los últimos años o lus­

tros de nuestra vida colectiva -el asesinato

de Moro, la muerte de Calvi, «Manos Lim­

pias» y tantos otros acontecimientos ora luc­

tuosos ora tragicómicos- es el material de

un gigantesco, laberíntico feuilleton que

espera a su narrador. Quizá cuando tenga­

mos - si es que llegamos a tener- esta gran

novela, podremos saber qué es lo que ha

sido esta Italia, de la que nadie -ni siquiera

quienes vivieron esos años muy cerca de

los acontecimientos, en el ojo del huracán­

ha logrado verl e el rostro.

Quizá nunca como en nuestra época la

literatura ha reclamado y desarrollado una

función cognoscitiva: en el periodo com­

prendido entre el fin de siglo y los años

treinta -la gran estación cultural del siglo

XIX, la frontera más avanzada que haya al­

canzado la literatura- escritores como Mu­

sil , Joyce, Proust, Svevo, Mann, Broch, Faulk­

ner y. otros le exigieron a la narrativa ese

conocimiento del mundo que precisamen­

te el enorme desarrollo de las ciencias no

permitía confiar a estas ultimas, porque ellas,

con su extrema especialización que hacía a

cada una inaccesible para los cultores de

todas las demás y aún más para el hombre

Claudio MagFÍs

medio, habían hecho pedazos todo sentido

de la unidad del mundo. Sólo una novela

que asumiese esas problemáticas científicas,

mostrando cóm o vivían los hombres ese

mundo disgregado, podía y puede atrapar

el sentido de la rea lidad y de su disolución,

imitada pero también atrapada a fondo y

dominada en las mismas formas experimen­

tales de la narración, en la disgregación y

recreación de las estructuras narrativas.

La li teratura defiende lo individ ua l, lo

particular, la s cosas, los colores, los se n­

tidos y lo sensible contra lo falso univer­

sal que regimienta y nivela a los hom­

bres y se opone a la abstracción que los

esteriliza . A la Historia , que pretende

encarnar y realizar lo universal, la litera­

tura le contrapone lo que ha quedado a

la s márgenes del devenir histórico, dá n­

dole voz y memoria a lo que ha recha ­

zado, removido, destruido y borrado de

la carrera del progreso. La literatura de­

fiende la excepción y lo desechado con­

tra la norma y la s reglas ; nos recuerda

que la totalidad del mundo está rota y

que no se puede puede pretender re­

construir una imagen armoniosa y unita­

ria de la rea lidad.

Desde hace casi dos siglos la más alta

literatura occidental se enfrentó a la historia

como la otra ca ra de la luna, como la zona

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que ha sido dejada en la sombra por el de­

venir y por el curso del mundo. Esta denun­

cia de la insuficiencia de lo existente, este

sentimiento de una gran carencia en la vida

y en la historia, es la exigencia de algo irreductiblemente

diferente, de una redención

mesiánica y revolucionaria, negada, por otra

parte, por toda revolución históricamente llevada

a la práctica. Desde su nacimiento -es

decir, desde el Romanticismo y ya desde fi­

nales del siglo XVIII-la literatura contempo­

ránea está marcada por el sentimiento de

una profunda herida que la historia parece

haber infligido al individuo, impidiéndole rea­

lizar plenamente su personalidad en con-

cordancia con la evolución social y hacién­

dole sentir la imposibilidad y la ausencia de

la vida verdadera, el exilio de los dioses y la

fragmentariedad de su propia existencia. El

progreso social, que no es en absoluto de

conocido a la gran literatura innovadora,

como sucede, en cambio, con las reaccio­

narias nostalgias de resonancias románticas,

pone aún más en evidencia el malestar y la

incertidumbre de lo particular.

La poesía de los modernos -escribe

August Wilhelm Sch legel, fundador del

Romanticismo- es la nostalgia de una im­

posible plenitud del vivir y, por lo tanto, ex­

presa el vacío, la ausencia, el incumplimien­

to de la vida y de la representación que

pretende se ri e fiel, sin ceder a la tentación

de embellecerla retóri ca mente, como si

todo estuviese en su luga r y sin proble­

mas. Gran parte de la literatura contempo­

rán ea aún es romántica, en el sentido en

que fue el Romanticismo (observa Giuse­

ppe Bevilacqua) el que soñó la utópica re­

dención global de la sociedad y de la vida

-desilusionado por el fracaso de la revo­

lución, que por reacción indujó a muchos

románticos a alinearse políticamente en po­

siciones conservadoras y retrógradas- y el

que confió a la poesía la ta rea, igua lmente

imposible, de rea li za r un absoluto poético­

existencial (la vida verdadera, el vivir poéti-


camente) en una sociedad que, entre más

perfecta se pretende, más sofocante e in-

vivible nos parece.

«Querer vivir es cosa de megalómanos»,

escribió Ibsen en un apunte, señalando así

que sólo la certeza de lo arduo y temerario

que es aspirar a la vida plena y auténtica

puede permitirnos ir hacia ella. El arte mo­

derno ha asumido, en su propia estructura

formal, la disonancia de la condición hu­

mana y ha rechazado toda consumación

artística, sintiéndola falsa respecto a la exis­

tencia, como también sería falsa una llana

estatua neoclásica de la Victoria levantada

para celebrar la derrota del nazismo de

pués de Auschwitz.

No sólo las obras más arduas y difíciles,

como las de Joyce y de Beckett, sino tam­

bién algunas aparentemente más accesi­

bles pero igualmente radicales en la repre­

sentación del desencanto y de la nada,

como La Educación Sentimental de Flau­

bert, han rechazado toda retórica de noble

y fácil humanidad. La literatura que ha ex­

presado las verdades más radicales sobre

la condición existenaal e histórica es la lite­

ratura de la negación y del rechazo, que

pone el acento sobre el malestar de la cul­

tura y sobre la laceración del yo individual,

ya no Su Majestad el Yo que emite actos

de Gobierno, sino un yo cada vez más es­

cindido y hecho añicos, reducido a un pro­

visorio y oscilante punto inconsciente de

acontecimientos y sensaciones, poco más

que el sedimento dejado por una tradición

y por una historia volatizadas.

Bartleby el escribiente, el inmortal pro­

tagonista del cuento homónimo de Melvi­

lle, responde a cada pregunta, ofrecimien­

to u orden: «Preferiría no hacerlo, Señor».

En este firme y extremo no, semejante a la

renuncia de los personajes kafkianos, exis­

te un amor a la vida más profundo que todo

fácil consenso, un amor que se expresa en

la soledad, en el silencio, en una anarquía

mucho más radical por cuanto es tímida y

huraña. También la ironía puede, a la vez,

ocultar y revelar el abismo, como la leve,

demoniaca y vertiginosa ironía de Svevo,

una de las miradas más inexorables dirigi­

das a la Medusa. La enseñanza de la litera­

tura, su papel en la formación de la perso­

nalidad es, hoy más que nunca, la liberación

de los falsos ídolos, de todo aquello que

pretende reemplazar los valores auténticos.

Como dicen los versos de un gran poeta

que ha honrado al Senado, Eugenio Món­

tale: "Solo esto podemos decine, / lo que

no somos, lo que no queremos". Para la

literatura vale igualmente lo que está dicho

en El Evangelio a propósito de la palabra

de Cristo: también ella nos trae, no la paz,

sino la espada; vino a separar al hijo del

padre y al hermano del hermano, a espar­

cir desasosiego, a poner en duda todo or­

den social y político. Botero, el teórico de la

Ragion diStato, decía que las letras no les

son muy útiles al Príncipe, porque inducen

a la melancolía. Acto de comunicación y

por consiguiente acto social por excelen­

cia, la literatura también posee su irreducti­

ble núcleo antisocial como bien lo sabía

Platón. A menudo comprometida política­

mente, la literatura es también sabotaje de

todo proyecto político.

En la negación la literatura puede ex­

presar un apasionado sí a la vehemente

vida, como la llamaba Saba. Ella también

es liberadora porque está libre del princi­

pio de no contradicción; puede proferir ver­

dades antitéticas, porque no formula juicios

teóricos, ni mucho menos proclama ide

logías, sino que expresa experiencias y por

consiguiente puede expresar tanto fe en

Dios como negarlo, y la literatura expresa

esta experiencia sin dejarse constreñir en

la formulación de cualquier credo. En los

cuentos de Singer se encuentran la epifa­

nía de la fe y la epifanía de la nada más

radical, y no es posible saber -y carece de

importancia preguntárselo en éste y otros

ejemplos de contradicción— si Singer es

creyente o no. Shakespeare no es reduci­

ble al poeta de la fábula sin sentido narra­

da por un idiota, como es definida la vida

en Macbeth, ni al cantor del encanto de

Julieta: es ambas cosas, es todo o nada,

todos y ninguno, como todo poeta debería

ser: alguien que desaparece en una plurali­

dad de hombres, como Homero.

Todo escritor sabe bien —la advierte físi­

camente— la diferencia que existe entre lo

que escribe para sí mismo, para expresar

su posición o su juicio, y lo que dice ha­

blando a través de sus personajes o de sus

paisajes, escuchando lo que ellos le sugie­

ren y que quizá hasta ese momento él ig­

noraba que llevaba dentro de sí. En la lite­

ratura todo es metáfora, algo que dice algo

de otro; un no puede ser un sí, y ésta es su

libertad, su ángulo de trescientos sesenta

grados abierto sobre el mundo. En la litera­

tura no cuentan las respuestas dadas por

un escritor, sino las preguntas que plantea

y que siempre son más amplias que toda

respuesta, por concluyeme que sea. En la

vida, de la misma manera, las personas que

cuentan para nosotros no son tanto las que

comparten nuestras respuestas acerca de

las cosas últimas, como las que se plan­

tean nuestras mismas preguntas en torno

a esas cosas.

La literatura tiene su férrea necesidad,

pero ama el juego. La necesidad supraper-

sonal, a menudo, traspasa el deseo y la vo­

luntad del mismo autor; a veces queremos

decir algo que nos es querido pero que el

texto rechaza, o bien silenciar algo que el

texto exige. En la fábula La Radura (El claro

del bosque) de Mansa Madien, la pequeña

Dafne quisiera escribir cuentos sobre sus tri­

bulaciones personales eliminando el episo­

dio del mirlo que se tragó la serpiente, pues

turba su encanto del mundo, pero se da

cuenta de que no puede hacerlo. Sin em­

bargo, la literatura ama el juego, la libertad

de inventar la vida como el Barón Münchhau-

sen; de poder hacer ligera incluso a la trage-

MENTIBEftt

DEL GENIO Y LOS LAURELES

El popular y antiguo dicho: "cría

fama y échate a dormir" hace re­

ferencia naturalmente a la con­

dición de los afortunados morta­

les que, en cualquier actividad,

incluida la literatura, han desco­

llado sobre sus congéneres y

pueden permitirse plácidamente

—como también se dice- "dor­

mir en sus laureles" y no esfor­

zarse nunca más en realizar las

arduas empresas creativas que

los llevaron ya a la fama o la ce­

lebridad.

Pero, por lo pronto, en el te­

rreno de las artes y la literatura,

donde los juicios de valor son

siempre más controvertibles y ex­

puestos que en el terreno de las

ciencias, por ejemplo, el asunto

de la celebridad o la grande fama

pública tiene muchos rostros.

Suele un creador —ya lo sabe­

mos, por un golpe de suerte, una

coyuntura social favorable o una

exitosa promoción comercial, con­

seguir un reconocimiento univer­

sal gracias a un libro, un cuadro,

una obra musical que los espe­

cialistas en la materia consideran

mediocre y aun menos que me­

diocre. Pero también ocurre que

los más calificados críticos, edito­

res y cofrades de un determinado

escritor, consigan la riqueza y la

gloria para autores cuyas criatu­

ras no resisten el paso del tiempo

y se desploman en pocas déca­

das o quinquenios, arrastrados

por la fuerza de las aguas estéti­

cas, crueles e impredecibles, so­

bre las que navegan creadores

más visionarios y adelantados. Se

dan casos extremos de celebridad

y reconocimiento incontestables

en que se favorece a ciertos auto­

res de genio desde la aparición de


dia; como un globo de colores que se escapa

de las manos y que se va por el aire por

su cuenta; de esconder la profundidad en

la superficie como decla Hofmannsthal; de

disimular los abismos más inquietantes en

la levedad de la sonrisa y de lo aparentemente

fútil como sucede en Sterne; y de

hacer sentir de tal modo, aún con mas intensidad

los vértigos de ese oscuro abismo.

Inventa el lenguaje, transgrede la gramática

y la sintaxis, pero creando un nuevo orden;

crea palabras, casi como regresando cada

vez al origen de la vida. Esta airosa libertad

es quizá el don más grande de la literatura,

una levadura que vivifica a la persona.

Hay una irresponsabilidad que la literatura

reivi ndica como su derecho inalienable

y que protege de la insoportable seriedad

de la vida, de sus obligaciones y de

sus tábanos, recordando que es necesario

ir a la escuela, pero también irse de pinta.

La literatura enseña a reírnos de eso que

se respeta y a respetar eso de lo que nos

reímos, como sucede en la escuela, con

ciertos profesores venerados y de los que

uno se burla, con una afeduosa ironía y

autoironía que es lo opuesto al acre y presumible

escarnio. Esta resuelta desenvoltura

de la persona es una aditud clásica y

la clasicidad hace libres, como dice un personaje

de Fontane, el gran narrador prusiano

del siglo XIX, porque da sentido del

espesor, de la complejidad pero también

de lo absurdo y de la vanidad de las cosas,

enseñando a acepta rl as y amarlas sin llegar

a idolatrarla s. Entre las tantas razones

para estudiar las literaturas y las lenguas

clásicas está lo gratuito de esas lenguas

muertas, de esas perífrasi s, de esas conjunciones

y de todos esos «esse videatur¡¡

que no parecen servir para nada y que

quizá, también por eso, ayudan a entender

a los hombres con desilusionada benevolencia

y sobre todo enseñan, con el

Claudi!» Magris en 1991. Fotografía de Gabriela Bautista

orden del lenguaje, la corrección moral :

muchas bellaquerías nacen cuando se enmaraña

al lenguaje y se pone al sujeto en

el acusativo o el objeto diredo en el nominativo,

enredando los papeles e intercambiando

los roles entre vídimas y culpables,

aboliendo distinciones y jerarquías en un

timo amontonado de conceptos y sentimientos

que deforman la verdad. Quizá, si

aprendiéramos lo gratuito de todos esos

proparoxítonos y properisponemas o de

ese bendito paradigma del verbo hystemi,

el resto ya sería ganancia.

Irresponsabilidad, juego de la literatura.

Pero el verdadero juego es algo muy serio:

lo saben los niños, que juegan a policlas y

ladrones conscientes de la ficción, pero con

una seriedad y una pasión que raramente,

más tarde, investirán en las ficciones aparentemente

reales de sus adividades de

adultos. Existe también un juego estéril y

árido, del que a menudo se complacen los

literatos, una aridez enmascarada por las

palabras que celebran los sentimientos, casi

una proterva autorización a no participar

en la vehemente vida en el ado mismo

en el que se le canta. Quien ame la literatura

debe hacer cuentas a fondo, como lo

aclaró de una vez por todas Thomas Mann,

con el peligro - que siempre tiene incumbencia-,

de que el amor por la palabra se

convierta en idolatría, fetichismo. En todo

escritor, no sólo en un esteta común y corriente,

serpentea la tentación que la tradición

le atribuye, probablemente con injusticia,

a Nerón, es decir, el impulso a

preocuparse, cuando Roma estaba en llamas,

más en los versos que lloran la hoguera

y sus vídimas que en las vídimas

mismas y en su dolor. Muchos escritores,

incluso grandes, que han sabido hablarle al

corazón han revelado tener un corazón muy

pequeño y árido; los grandísimos escritores

-basta pensar en Tolstoi o en Dostoievs-

6

ky- han sido, por otra parte, los primeros

en denunciar, incluso en sí mismos, esta

mezquindad humana de la literatura. Es el

mismo ejercicio de esta última -un ejercicio

ascético y totalizante, que absorbe la

atención y la energla de toda la personael

que comporta este riesgo, inevitable y

necesario, de inhumanidad. La escritura

busca la vida, pero puede perderla precisamente

porque está toda concentrada en sí

misma y en su propia búsqueda.

Una vez, en París, durante una discusión

sobre mi Danubio, Maurice Nadeau

me preguntó si para mí, viajero danubiano,

la literatura era un medio para alcanzar

el sentido de la vida o un obstáculo en

dicho camino. Luego de muchas vacilaciones

le dije que, si realmente tenía que responderle,

la literatura era 50,001 salvación

y 49,999 perdición y que ella sólo puede

ser salvación si uno está consciente de este

su alto potencial negativo.

Nadie ha entendido como Kafka este

intrincado nudo de bien y del mal enraizado

en la literatura. ti dice que hubiera querido

ser Amshel, como suena su nombre

judío, es decir, arraigado en aquel tejido de

valores y afedos humanos, en aquella plenitud

vital y moral que para él estaba representada

por el judaísmo. La literatura fue

para él el camino de esta búsqueda de lo

humano, pero lo enredó en esta búsqueda,

a la que él le terminó por dedicar toda su

energía y su atención, extraviando la meta

porque había sido atrapado por el ansia de

llegar a ella. Así, él no pudo convertirse en

Amshel, el hombre completo, y se convirtió

en Franz Kafka, gran escritor porque es hombre

manco y culpable de su perfección literaria

que era también mutilación humana.

Pero sin Franz Kafka no sabríamos lo que

significa ser Amshel, lo que significa esa vida

que al escritor le hizo falta.

Ya desde el más grande de los libros,

La Odisea, la literatura es un viaje en la

vida. La literatura moderna no es un viaje

por mar, sino a través del polvo y de la

desolación, como el de Don Quijote, a través

del desierto. La literatura no puede ser

reclutada por religión, filosofía o política alguna

que proclame haber llegado ya a La

Tierra Prometida o que está a punto de llegar

a ella, arrastrando trás de sr a sus secuaces.

Sin embargo, la literatura, el arte, señalan

el camino hacia La Tierra Prometida, la

dirección correda. Es comprensible que los

poetas sean expulsados de la República,

como inmigrantes ilegales y clandestinos.

Pero estos vagabundos, al igual que los

nómadas del desierto, son los guías que nos

muestran las pistas para atravesa rlo.

Traducción de María Teresa Meneses

El ensayista y narrador CLAUDia MAGRIS (Trieste,

1939) es uno de los escritores Italianos más

difundidos en nuestro idioma. En estos meses

Anagrama ha puesto en CIrculación su más re­

Ciente libro: Utopla y desencanto.


Caldos

Y Lüb VAIVENES DE LA FAMA

Luis RAMÓN BUSTOS

Sucede a menudo que los libros menos la biblioteca de mi padre, alguna mañana en

conocidos de los grandes maestros de la que escapé de la obligación de la preparato-

literatura resultan ser los más interesantes na, encontré el tomo, con el sello de alguna

o entretenidos. Andando con tal pensa- editorial española (no recuerdo cuál), y lo leí

miento, acudí a la calle de Donceles en primero con reticencia y después con autén-

pos de la novela El Abuelo, de Benito Pé- tico agrado. De entonces a acá, hubo alguna

rez Caldos. A ese corredor oloroso a polvo relectura y después un olvido de décadas,

de página, donde es posible hallar desde Pocos meses atrás me percaté de que esta

libros de texto hasta ediciones del Quijote novela y Misericordia, habían sido publicadas

del siglo XVII, suelo ir en busca de los li- el mismo año (1897) y que son considera­

dos rancios que son de mi preferencia. das por la crítica como sus últimas novelas

Allí, "Los Hermanos de la Hoja" (acaso no de calidad; Misericordia tiene abundantes

sea tan fortuito este nombre alusivo a la ediciones en el mercado, pero El Abuelo re-

novela de Inclán, ya que lo oficios de con- sulta casi un incunable. Recorrí muchísimas

trabandista de tabaco y de comerciante de librerías: en las del sur, del centro y de la

libros viejos tienen bastante parecido), Condesa, no pude hallar ni rastro de ella. En

poseen una sene de librerías donde el in- Porrúa Hermanos, hallé algunos tomos de

cauto puede caer redondito: si uno va a las Obras completas de Galdós; su tomo VI

vender libros —seguramente apremiado incluye mi elusiva narración. Pese a que es-

por necesidad hambruna, resulta que va- taban incompletas, no me quisieron vender

len unos pocos pesos (iy a veces ni eso!); el tomo suelto y un tanto desanimado pro-

y si vende una biblioteca entera, no pagan seguí en mi afán. Finalmente compré el mis-

más de lo que valen cincuenta libros nue- mo tomo a "Los Hermanos de la Hoja", por

vos. Y claro, cuando uno es el comprador, la módica cantidad de quinientos pesos. Mal

entonces los libros readquieren mágicamen- negocio, pues, para mí, mas estupendo para

te su valor, y son ponderados su edición, la los hermanitos de Donceles,

calidad del papel, el que esté agotado en el Misericordia y El Abuelo, obras de ma-

mercado, el año en que se publicó y sus durez, resultaron un gustoso pretexto para

características tipográficas. Gajes del oficio, desempolvar al viejo y bonachón canario,

dicen esos maestros de la compra-venta; Aquel hombre callejero y fisgón, que con

pero a mí me parece sólo un vil despojo. los años se naturalizó madrileño a fuerza

Mis deseos de saborear El Abuelo pro- de curiosear obsesivamente por esa ciu-

venían de un viejo recuerdo adolescente: en dad, tiene aún mucho que decir y aún

lyiENTIBEft»

sus Sus Sus primeras obras -así

sean sólo miembros de una

minoría crítica calificada los que

advierten el fenómeno—, pero al

fin de cuentas todos los

verdaderos innovadores y todos

los autores de obras atípicas,

inimitables e irrenunciables para

los públicos y los artistas de una

era o varias, son siempre como

bombas de tiempo, de alto poder,

que conforme pasan los años, los

siglos, y a veces los milenios, continúan

expandiendo sus capacidades

de conmoción espiritual en

tpdos los ámbitos. Y rara vez, por

cierto, esos propios supremos

gestores de obras únicas saben en

yjda hasta qué punto serán venerados

por la posteridad, y en muchas

ocasiones, ni siquiera se ocupan

de pensar en el tema.

Por eso mismo, la preocupación

principal de editores, críticos

y escritores sensatos, es impedir

que se pierda la memoria de esas

figuras capitales, con frecuencia

oscurecidas o sepultadas durante

décadas por el huracán de los

bestsellers y las estrellas golondrinas

que la publicidad, la fortuna,

la ignorancia o la moda imponen

a las huestes ingenuas de sus seguidores.

Escritores muy famosos en su

momento, pero desaparecidos

apenas hace un cuarto de siglo o

más, comienzan en México y en

otros países a eclipsarse para los

lectores; lo que no ocurre con

aquellos que se han convertido en

paradigmas de una época, una

lengua y una cultura entera, sea

en los tiempos antiguos o los

modernos.

Un personaje de obra tan vasta,

singular, brillante y decisiva como

Benito Pérez Galdós (1843-1920),

pongamos por caso, el Dickens, el

Balzac, o el Emilio Zola ibérico, alcanzó

grande gloria al final de su

vida y se tranformó en el novelista

emblemático de su lengua. Pero,

como bien lo recuerda Luis Ramón

Bustos en el ensayo que aquí publicamos,

también sufrió Don Benitp

el desprecio de sus lectores coterráneos

que durante décadas

prefirieron leer por carretadas en

malas traducciones españolas a

numerosos autores de lengua inglesa^

francesa o rusa, que en su enérgico

y pulcro castellano al autor de

Los Episodios Nacionales.

No importa que las obras de

Caldos -y los personajes de sus

povelas— hayan servido de buen


más que contar; sólo que las nuevas ge­

neraciones lo desconocen por completo,

pues incluso cuando les obligan a leer

Doña Perfecto o MarianeJa, lo hacen de

mala gana y a ojo de pájaro. Por ello no

es un ejercicio banal retroceder a su épo­

ca y delinear -como quien a hurtadillas

persigue un fantasma añoso- la vida del

autor y 105 vaivenes de su fama literaria.

En aquella España en crisis, plagada por

guerras civiles, revoluciones petarderas, aso­

nadas militares y regresos a la monarquía;

en aquella España de Isabel II (1834-1868),

de la Primera República (1868-1874) y de

la Restauración Monárquica (1875-1931),

donde la clase media empieza a levantar

cabeza y la clase alta, añorosa de esplen­

dores, se resiste a dejar sus privilegios; en

aquella España ávida de lagrimones román­

ticos y consciente de que los tiempos ha­

bían ya mudado, Benito Pérez Galdós vino

a ser un espejo que reflejó a la sociedad

entera y una pregunta dolorosa -que aún

las nuevas generaciones no responde

respecto a la debacle del espíritu hispáni­

co. Espejo y pregunta que en un principio

no fueron percibidos cabalmente, ni por la

crítica ni por el público.

Benito Pérez Galdós (1843- 1920) na-

Retrato de Benito Pérez Cialdós (1843-1910) por Joaquín Sorolla

ció en Las Palmas de Gran Canaria; sin

embargo, desde sus primeras novelas -Lo

Fontana de Oro (1870), Lo Sombro (1871),

EJ Audaz (1872), Doña Perfecto (1876),

Glorio (1877), MarianeJa y Lo FamiJia de

León Roch (1878)- describió la vida ente­

ra de la. península. Estos inicios tuvieron

poca resonancia entre la crítica y apenas

despertaron un pequeño eco entre 105 lec­

tores. Igual suerte corrió MarianeJa, su no­

vela de más evidente parentesco con el

folletón romántico, y aunque esta historia

terminó siendo favorita como instrumento

de lectura escolar, en su momento de apa­

rición fue poco apreciada. Décadas de

pués, con Doña Perfecto ocurrió algo com­

pletamente inesperado: la crítica le favoreció

con entusiasmos desmesurados y con 105

años este reconocimiento decayó y se le

tuvo por un trabajo menor. Giner de 105

Ríos incluso la distinguió como el mejor tra­

bajo galdosiano o el único salvable, ya que

este avispado critico pensaba que nuestro

autor carecía de grandes virtudes. Ahora,

con cientoveintiún años de edad entre sus

páginas, Doña Perfecto sirve casi exclusi­

vamente como libro de cabecera para mejor

dormir a 105 adolescentes. Con MarianeJo

ocurrió lo opuesto: 105 chamacos

8

secundarinos la leen con gusto sentimen­

talón y poniendo ojitos melosos.

Si con la crítica especializada -siempre

tan sagaz y generosa- el escritor canario

no tuvo demasiados adeptos al comienzo

de su carrera novelística, si con el público

apenas obtuvo algunos reconocimientos,

asaz distinta fue su suerte cuando decidió

publicar sus Episodios Nocionales (bajo el

tutelaje amistoso de su director de El Debate,

José Luis Alvareda), ya que su resonancia

fue mayúscula, llegando a ser estos

relatos históricos libros de sobremesa de

muchísimas familias españolas de clase

media y baja. Vamos, que hasta los leían

los más pobres de los pobres, incluso algu­

no que otro ganapán del sur de Madrid, tal

vez hasta uno de aquellos que le sirvieron

de modelo para su Misericordia. El éxito

«masivo» de los Episodios fue punta de lan­

za para intentar todo lo intentable: fraguó

relatos a partir de anécdotas callejeras, pin­

tó tipos estrambóticos y tipos muy comu­

nes, entreverándolos de tal modo que por

su interés dramático despertaran la curiosi­

dad de 105 lectores. Leyó y releyó la historia

de la España decimonónica y con ladrillos

de esa construcción errática forjó estructu­

ras bien sólidas, que fueron un espejo para


varias generaciones de peninsulares. Para

muchos de ellos aquel Galdós significó una

recompensa ante tanta derrota, una mane­

ra de no sentirse tan vulnerables frente a

un mundo que ya no creía ni mínimamen­

te en las viejas glorias de España. Tal vez su

éxito naciera de esta especie de mentira

piadosa, aunque también los Episodios tie­

nen el toque de su genialidad narrativa y

en ellos, con amenidad y gran oficio, revela

hasta qué punto se pueden entreverar los

hilos que unen historia y novela.

Para cuando las siguientes generaciones

de españoles ilustrados entran en contacto

con sus libros, los vientos le favorecen com­

pletamente. Hacia la vuelta del siglo XIX, Gal­

dós era ya El Escritor de España, el dramatur­

go de los teatros a reventar, el historiador que

con toque risueño hacía cotidiano el pasado,

el novelista que pintando tipos singulares y

simplones retrataba la manera de ser de todo

un pueblo. Exitoso, galardonado, se paseaba

por Madrid despertando curiosidades o vera­

neaba en Santander, entre murmullos de

escritores nóveles que acudían a su tertulia.

Consagrado plenamente, sus textos circula­

ban por todas las aulas del país y no había

biblioteca que careciera de ellos.

Grandes especialistas e historiadores de

la literatura escribieron ensayos y biogra­

fías durante aquellos años: Navarro Ledes-

ma, Clarín, Menéndez Pelayo, Emilio Pardo

Bazán y otros. Pero quien realmente le es­

tudió a fondo y aportó las líneas claves de

su trayectoria literaria fue Azorín, que con

sus dotes generosas dio la señal para una

revaloración de la obra galdosiana. Sin Azo­

rín, sin sus textos penetrantes y esclarece-

dores, la obra crítica de Casalduero, Ricar­

do Gullón, Pattison, Berkowitz, Julián Marías

y José F. Montesinos, sus biógrafos e histo­

riadores mejor dotados, sería francamente

imposible. De Azorín, de su pluma, salie­

ron los puntos cardinales que dieron direc­

ción a todos los estudios posteriores. Sin

embargo, para el resto de la Generación

del 98 y para casi todos los que pertene­

cieron a la del 27, Benito Pérez Galdós sig­

nificó poco. Se le llegó a motejar de escri­

tor garbancero por su supuesta índole

grosera y popular; los tiempos apuntaban

—con el arte del siglo XX dirigido por las

vanguardias— hacia una sofisticación que,

en su ceguera elitista, no pudo apreciar su

profundo humanismo. Cegueras de anta­

ño que no se curaron en España hasta muy

recientemente, pues aún el centenario de

su nacimiento (1943) no tuvo el lucimien­

to intelectual que se esperaba, ya que el

homenaje corrió a cargo del gobierno y del

pueblo, sin una presencia significativa de

los escritores. En la actualidad, con la pers­

pectiva de una centuria, sin los dogmas que

hacen que una generación literaria nueva

rechace virulentamente a la anterior, con el

trabajo de muchos galdosianos que lo han

aquilatado serenamente, su figura adquirió

su verdadera medida y es ya, otra vez, maes­

tro indiscutido.

1

En México, los vaivenes de su fortuna

literaria han corrido por diferentes sende­

ros. Hacia el siglo XIX, sus contemporáneos

de acá no le valoraron debidamente, un

poco por ignorancia y un mucho porque se

trataba de un escritor español (en aquellos

tiempos afrancesados nada de aquel país

interesaba). Nuestros escritores de fines del

siglo XIX lo leyeron muy poco y fuera de

algunas noticias superficiales, en realidad

desconocieron su hondura, su gran oficio y

calidad. Con el auge de la Novela de la Re­

volución Mexicana, con el interés desperta­

do por la problemática social en la literatu­

ra, el nombre de Galdós, como fiel retratista

de todas las clases sociales de España, fue

recuperado y ensalzado. Sus libros cono­

cieron mejores tiempos y las ediciones es­

pañolas y argentinas de sus obras llegaron

ampliamente a nuestras librerías.

Hacia los años cuarenta, Aguilar Editor,

hizo circular con mayor profusión sus obras

completas, y entonces pudieron conocer­

se algunas antes leídas. Por ejemplo, sus

textos biográficos, sus últimas novelas y

Episodios Nacionales, sus bitácoras de via­

je, sus amorosos bocetos de Toledo, su

Guía de Madrid y otras obras reunidas bajo

el titulo genérico de Miscelánea. Nuestros

escritores, nuestros lectores, por vocación

realista, acogieron con beneplácito dicha

edición. Incluso en primarias, secundarias

y preparatorias, algunas de ellas tuvieron

cabida: Doña Perfecta, Mananela, Trafal­

gar, La Corte de Carlos IV, Fortunata y Ja­

cinta, sirvieron de incitación hacia la lectu­

ra a muchos profesores de español y

literatura. Ahora en estos tiempos de com­

putación desaforada, y programas televisi­

vos intergalácticos, los profesores continúan

buscando interesar a los jóvenes en dichas

novelas. Pero si el mismísimo Principito

causa bostezos, qué esperar de Fortunata

y Jacinta o Doña Perfecta que, con su ex­

ceso de páginas y su olor a vejez, escasa­

mente parecen atractivas.

Leyendo El Abuelo —como quien recono­

ce lo ya andado-, me fui adentrando gustoso

en la charla de aquel curioso empedernido,

de aquel infatigable caminador de la ciudad

de Madrid que fue Benito Pérez Galdós. Su

trama sencilla, basada en la fábula medioeval

del Rey Ciego que debe reconocer a su ver­

dadera nieta, me devolvió a los años en que

la lectura era para mí un gran placer, no una

obligación de trabajo. Novela dialogada, trans­

parente y límpida, ingenua y sabia, que revela

la mano del maestro, en sus páginas supe

reencontrara ese escritor imperecedero, siem­

pre joven y siempre actual.

Luis RAMÓN BUSTOS (México, D. R, 1955) Ensa­

yista y periodista, es un atento lector de la

literatura del siglo XIX, como lo probó desde su

primera colaboración con esta revista, el ensayo

sobre la correspondencia entre el portugués Ega

de Queiroz y el brasileño Machado de Assis,

aparecido en nuestro número 52.

pasto a los productores cinema­

tográficos y series hispanas para

la TV (muchas de ellas magistra­

les como Fortunata y Jacinta); el

gran público suele admirar esas

obras sin advertir la estatura del

escritor en que se apoyan y, por

supuesto, sin animarse a comprar

y leer sus libros.

Muchos otros escritores favo­

recidos por la fama y el prestigio

intelectual suelen sufrir el descon­

suelo de no ser ensalzados por

alguna sección de su obra que sus

lectores no aprecian. Por ejemplo,

Jean Giono, de quien se publican

aquí fragmentos de su Diario y tres

desconocidas historias suyas para

la televisión, hubiera querido al­

canzar algún reconocimiento como

autor de ciertas obras de ficción;

así lo hace ver la entrevista de Ber­

nard Faugonnier con Sylvie Giono

("Mi padre", que también publica­

mos), cuando afirma que fue "un

fabulador injustamente soslayado

τ nuestras latitudes".

Aun los autores de obras ma-

úsculas, que son la piedra angu-

ar de los cinco siglos de literatu­

ra que los suceden, llegaron a

creer que no eran esas, sino otras

predilectas suyas las que los con­

ducirían a la posteridad. No es

necesario ofender la cultura de

nuestros desocupados lectores

recordando que el propio don

Miguel de Cervantes tenía en más

alta estima estética su Persiles que

su Don Quijote.

En la presente entrega de la

revista, y para conmemorar el vi-

gésimoquinto aniversario luctuoso

de José Revueltas (1914-1976),

publicamos tres cartas inéditas

suyas de los años 30, con un apun­

te de Andrea Revueltas y un ensa­

yo de Philippe Cheron (ambos

editores de la vasta obra completa

del autor de Los Días Terrenales),

sobre la obra narrativa del autor

de enorme talento, que adquirió

desde la juventud considerable

fama y fue objeto de controversia

política constante, pero que no

consiguió tampoco el aplauso

mayor por la sección de su trabajo

novelístico y ensayístico, aunque sí

lo hizo por sus magistrales cuen­

tos y relatos cortos de la juventud

y de la madurez, desde su Dios en

la Tierra, de 1944, hasta Dormir

en Tierra, de 1960, El Apando, de

1969 o Material de los sueños, de

1974. En páginas interiores hace­

mos otro breve comentario sobre

Revueltas y su obra.


LA A

ESPUEST

o la verdadque se levanta

ALFONSO MONTELONGO


Loin d'étre oux lois d'un homme osservie,

Moriez-vous, mo soeur, o la philosphie l

Moliére

A más de trescientos años de que murió sor Juana, nuestras

certidumbres acerca de su vida no son tantas como

podría creerse, dada la cantidad de escritos que ha suscita­

do. El crítico maneja un conjunto de datos sospechosos, pues

no hay otros; acepta algunos, rechaza los demás, y sobre tal

fundamento edifica biografías verosímiles y/o agradables a

su paladar. Este carácter especulativo general no quiere de­

cir que todos los ensayos biográficos sorjuanescos sean igua­

les, claro; hay algunos que arrastran al lector con blanda y

apetecida violencia, que provocan admiración no sólo por la

poetisa, sino también por el crítico. Tal es el caso de Sor

Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, de Octavio Paz,

y «Sor Juana y los hombres», de Antonio Alatorre. Éstos son

los que me han impulsado a escribir lo que sigue.

Correré el riesgo de establecer relaciones descabella­

das, pero aspiro a tener antepasados ilustres: Alfonso Reyes

equiparó a sor Juana con Paul Valéry; Paz, con Stéphane

Mallarmé; Robert Graves descubrió lo irlandés de la monja y

por eso la comparó con la poetisa medieval Liadan de Cor­

kaguineyJ ; yendo un paso más lejos, Xavier Villaurrutia la

equiparó a Simbad y Ulises, figuras francamente mitológi­

cas. Aunque por supuesto no me creo capaz de igualarlos,

me propongo analizar el principal documento sobre la vida

de la poetisa, su Respuesta a sor Filoteo de la Cruz, aplican­

do un concepto actual de autobiografía. Para terminar me

uniré al coro de especulaciones sobre la «conversión» de la

inmensa escritora colonial.

A continuación refiero en pocas palabras la historia de la

Respuesta. En 1690, a instancias del obispo de Puebla,

Manuel Fernández de Santa Cruz, sor Juana escribió la Carta

otenogórica en la que criticaba un sermón pronunciado por

el célebre pensador jesuita Antonio Vieira unos cuarenta años

antes. Se dice que este acto fue de rebeldía y causó represa­

lias contra su autora. Me permito dudarlo, pues el teólogo

portugués le había mejorado la plana a San Agustín, Santo

Tomás y San Juan Crisóstomo, por lo que sor Juana defen­

dió a las grandes autoridades de la Iglesia; pero ya volveré a

este punto. De cualquier modo, en noviembre de ese año el

obispo publicó la Carta junto con una admonición a la mon­

ja firmada por él con el seudónimo de sor Filotea. En ésta la

'Éstas son las palabras del gran escritor:

Now, though both Liadan and Juana were young and famous women poets

who took vows of celibacy and submitted to ecclesiastical discipline, it was

Juana's Irishness, rather, that the first led me compare them. Juana not only

combined Christian ethics with pagan emotion, and profound learning with

easy Iyricism, like the o/lomhs, but had inherited their technique by way of

the early medieval Latin hymns and the anti-monastic ballads of the Golliards.

." •

Ahora bien, aunque tanto Liadan como Juana fueron poetisas jóvenes y

famosas que hicieron votos de celibato y se sometiron a disciplina eclesiástica,

lo irlandés de Juana fue lo que me llevó a compararlas. Juana no sólo

combinaba la ética cristiana con la emoción pagana y el saber profundo

con la facilidad lírica, como los o/lomhs, sino que había heredado su técnica

a través de los primeros himnos latinos medievales y las baladas antimonásticas

de los goliardos.

Las traducciones de citas son mías. (A)

11

exhortaba a dejar las letras profanas por las sacras y critica ba

su opinión de que «la mayor fineza de Cristo» (la mejor prueba

de su amor) es no hacer ninguna, lo cual, en el catolicismo,

es atribuir demasiada importancia al libre albedrío.

Luego de tres meses, sor Juana contestó con la Res­

puesta, la cual, como afirma Paz, es «un documento único

en la historia de la literatura hispánica, en donde no abun­

dan las confidencias sobre la vida intelectual, sus espejis­

mos y sus desengaños». En ella expone estos puntos bási­

cos: la contradicción entre vida religiosa y estudios profanos

es formal, no esencial; éstos últimos son peldaños legítim os

hacia los sacros, más arduos y elevados; el ejercicio honesto

de la poesía no es censurable; todas las mUjeres merecen la

oportunidad de cultivarse en las artes y ciencia s, tantos las

sacras como las profanas; nada de lo anterior contraviene

los mandatos de la Iglesia.

Desde el punto de vista de la retórica clá sica,2 la Res­

puesta es una cruza de discurso forense (oratio) y «carta

familiar», género derivado del anterior; sor Juana demuestra

manejar ambos con virtuosismo. Su estructura corresponde

a la del primero: «exordio» (o introducción), «narración» (re­

cuento de los hechos del caso, líneas 216-844), «prueba»

(confirmación o demostración del argumento y refutación

de las afirmaciones contrarias, 11. 845- 141 8) Y «perora ción»

(o conclusión, 1419-38). Dada su intención de informali­

dad, la «narración» es la parte más extensa, no la «prueba», a

diferencia de la Carta otenogórica.

Esta aparente informalidad se debe a que el obispo la

había reprendido por sus «excesivos» conocimientos profa­

nos. No le convenía responder con un despliegue de saber

escolástico en tono formal ; por eso disimuló el carácter de

su contestación, defensa de sus derechos intelectuales, con

el maquillaje de la confidencia.

El «exordio", cuya función es obtener la atención y bene­

volencia del destinatario, introduce la nota de «modestia afec­

tada» que recomienda Cicerón ; luego sor Juana presenta

cautelosamente parte de la exposición. Tras declararse hu­

milde y arrepentida (11. 117-20), justifica su inclinación a las

letras, por ser un impulso de origen divino, y su escaso cul­

tivo de las letras sacras, porque se las prohibe «el sexo, la

edad y, sobre todo, las costumbres». Después, apelando a la

simpatía del destinatario, refiere las amonestaciones y difi­

cultades que ha padecido. Para terminar esta sección pro­

mete decir cosas que nunca ha dicho (11. 207- 14).

A lo largo de la carta sor Juana insiste en presentarse

como servidora humilde y respetuosa. Por un lado pone a

su interlocutor en las nubes; por otro, rebaja su s propios

méritos hasta el punto de que considera necesario anticipar­

se a la acusación de insinceridad (11. 44-45).

En la «narración» muestra qué la lleva a estudiar y los

sufrimientos que le ha acarreado hacerlo; tanto el principio

como el fin de esta parte están claramente señalados, lo

cual puede ser indicio de la importancia que le atribuye. En

ella expone sus méritos y los obstáculos que ha vencido.

En las líneas 835-38 presenta sus puntos principales; luego

pone el caso en manos del juez (11. 840-42), cambiando al

tono más formal de la «prueba», que defiende el derecho

' En este párrafo y los siguientes seis adopto ideas de Rosa Perelmuter

Pérez.


femenino a estudiar y escribir, enumerando mujeres célebres

por su saber en la antigüedad y en su propia época. 3

Demuestra que redactar la Corto no fue un delito, que no lo

es componer versos, y que su condición femenina no podría

volver criminales dichas actividades. Sor Juana dedica el

resto de la « prueba» a mitigar la impresión de que ha escrito

una defensa, llegando a negar abiertamente el carácter de la

misiva (11. 1303-10). Después vuelve al tono h"umilde empleado

en el «exordio» (11. 1321 -52). Para terminar esta sección

vuelve a subrayar los aspectos favorables de su carácter

(generosidad, indiferencia ante la fama, etc.).

Para no destruir el efecto de intimidad creado, la «peroración»

apela a las emociones del juez (en lugar de recapitular

los argumentos, como el discurso forense tradicional),

siguienJo una recomendación de Quintiliano.

El propósito de esta descripción detallada de la Respuesto

es subrayar su carácter artificioso, que es precisamente

lo que deseo comentar. Varios poetas ilustres han

interpretado la vida y obra de sor Juana: Octavio Paz, Gabriela

Mistral, Pedro Salinas y Amado Nervo; el padre Diego Calleja

es el primero reconocido como tal, pero, en mi opinión,

la propia monja debería encabezar la lista.

Frederick Luciani nos recuerda que, cuando sor Juana escribió

la Respuesto, los lectores de ambos lados del Atlántico la

llamaban ya Fénix y Décima Musa; no podía sino tener presente

a la sor Juana textual que circulaba. Es seguro que también

ella releyó su vida en términos literarios, que le sirvieron de

paradigma las biografías de mujeres (históricas y ficticias) que

habían leído. Así, es muy posible que se apropiara de una forma

literaria como la erudita «mujer esquiva» de las comedias

del Siglo de Oro (entre otras, la doña Leonor de Los empeños

de uno coso), que solía disfrazarse de hombre, e inventara

algunas anécdotas como parte de su defensa feminista. Decir

esto no significa cuestionar su validez fundamental, ya que sor

Juana vivió la mayor parte de su vida en el reino de los libros. 4

En la Respuesto hay mentiras evidentes que apoyan esta

idea. Por ejemplo: no juzgo que se habrá visto una copla

mía indecente. Demás, que yo nunca he escrito cosa alguna

por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos» (11.

1263-65); «en lo poco que se ha impreso mío, no sólo mi

nombre, pero ni el consentimiento para la impresión ha sido

dictamen propio, sino libertad ajena que no cae debajo de mi

dominio» (11. 1384-87). Respecto a la decencia de sor Juana,

recuérdense los sonetos satírico-burlescos que le debemos;

'Aquí viene a cuento esta afirmación de Angelo Morino:

[L)o que Sor Juana Inés pretende fundamentar, con su búsqueda de testimonios

del pasado, es una tradición inexistente. La monja alcanza sólo a

trazar una línea de excepciones nunca organizadas en un sistema reconocido.

(27)

' Luciani termina su atinada crítica a Las trampas de la fe con estas palabras:

[L)ike the Sor Juana of the Reply of Sor Filotea, the Paz of the Pitfalls of

Faith is "late Paz", a Paz who has long ago passed into the literary canon ... He

is also, like the late Sor Juana, a writer at the peak of his talents. That is why

Sor Juana he "restores" seems so palpably alive, despite the obvious -and

acknowledged- lIusioriness of the portrait. as consummate writer, Paz cannot

read fidions without engendering new ones, or dissed a metaphor

without bringing it to new life. (22)

Al igual que Sor Juana de la Respuesta a Sor Filotea, el Paz de Las trampas

de la fe es "Paz maduro", un Paz que lleva mucho tiempo de pertenecer al

canon literario ... Además, al igual que la Sor Juana madura, es un escritor en

la plenitud de su talento. Por eso la Sor Juana que "reconstruye" parece tan

viva, no obstante el obvio (y reconocido) caráder ilusorio del retrato. Como

escritor consumado, Paz no puede leer ficciones sin engendrar otras, ni

analizar metáforas sin da rles vida nueva.

11

en cuanto a su indiferencia ante las publicaciones, Octavio

Paz describe sus afanes por verse en letras de molde: juntó

sus poemas, los mandó copiar, los envió a España y escribió

un prólogo en verso que va al frente del volumen. Los textos

que componen el segundo tomo de sus obras también fueron

recopilados, copiados y enviados a España por ella.

Estas reflexiones suscitaron otras sobre la naturaleza de

la Respuesto. En primer lugar, ¿es autobiografía? En segundo,

¿cuál es el valor documental de una autobiografía? Según

los criterios de Philippe Lejeune (para mí, por ahora, la

máxima autoridad en este campo), la Respuesto tiene mucho

en común con la autobiografía, y lo que la diferencia no

es su carácter de autodefensa. En efecto, el documento reúne

las características definitorias del género:

1. La forma del lenguaje:

a) relato

b) en prosa

2. El tema tratado: vida individual; historia de una personalidad

3. La situación del autor:

a) identidad del autor con el narrador y el personaje

b) visión retrospectiva del relato

Lejeune sitúa el nacimiento de la autobiografía alrededor

de 1760; al igual que a su coetáneo, el diario íntimo, la

considera uno de los signos de la transformación del concepto

de persona ligado íntimamente al comienzo de la civilización

industrial y al encumbramiento de la burguesía. Para

él, emplear esta categoría para clasificar textos anteriores es

exponerse, por una parte, a errores de lectura (falsear los

textos para hacerlos entrar en nuestras categorías) ; por otra,

a un error global sobre la literatura de esa época. La existencia

de una verdadera historia de la personalidad, el sentimiento

de la originalidad e incluso la distinción entre biografía

y autobiografía son fenómenos modernos. Sin embargo,

me gustaría señalar los principales rasgos que la epístola de

sor Juana comparte con género tan actual.

En primer lugar tenemos un «pacto autobiográfico» (una

especie de acta de nacimiento del discurso) en el que el

autor se interroga sobre el sentido, los medios y el alcance

de su gesto; afina la voz, elige el tono, el registro en el que

va a hablar; define a su lector y a las relaciones que se propone

tener con él; en general. escoge su papel. Es la clave

del discurso: «y hablando con más especialidad os confieso,

con la ingenuidad que ante vos es debida y con la verdad y

claridad que en mí siempre es natural y costumbre ... » (11.

128-31). Además, no basta que el autor use palabras como

éstas, es menester que el lector tenga razones para creerlas.

En segundo, esa conducta exhibida, esa interrogación

sobre lo que se hace no termina con el pacto autobiográfico;

a lo largo de la obra la presencia del narrador sigue siendo

explícita y a veces indiscreta. Esto es lo que distingue al

relato autobiográfico de otras formas de relato en primera

persona : establece una relación constante entre el pasado y

el presente; pone en escena la escritura.

En tercero, la autobiografía no es simplemente un relato

en el que predominan los recuerdos íntimos; implica un

esfuerzo de ordenar esos recuerdos y formar una historia de

la personalidad del autor. Escribir una autobiografía es tratar


de captar la propia persona en su totalidad, en un movimiento

de recapitulación y síntesis del yo. Uno de los medios más

seguros para reconocer una autobiografía es ver si el relato de

la infancia ocupa un lugar significativo o, más en general, si el

relato pone el acento en la génesis de la personalidad.

En cuarto, la retórica de la autobiografía se desarrolla en

dos direcciones: lo inconfesable y lo inefable. Por un lado, mostrándose

al destinatario por amor a la verdad, el autor tiene que

vencer la vergüenza. Lo que da valor a la confesión es la reticencia,

por lo que es necesario exhibirla : «Si yo pudiera pagaros

algo de lo que os debo, Señora mía, creo que sólo os pagara en

contaros esto, pues no ha salido de mi boca jamás, excepto

para quien debió salif) (11. 207-10). Por otro, el autor no se cree

capaz de referir ciertas emociones; hay momentos misteriosos,

cuya vibración percibe, que están más allá de todo lenguaje: « ...

de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es

menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se

entienda que el callar no es no haber qué decir, sino no caber

en las voces lo mucho que hay que decif) (11. 79-83).

En quinto y último, el autor escribe casi de mala gana, a

pesar de su vanidad ; lo hace por altruismo, por generosidad

o por sentido del deber: 5

Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo

por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva

repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de

letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe. (11. 167-72)

Examinemos ahora la veracidad de la autobiografía. No

es seguro que la verdad exista independientemente de quien

la busca e independientemente del tipo de discurso que

emplea. Sin embargo, a diferencia de la mitomanía ingenua

que diariamente ejercemos al pensar en nosotros mismos, el

autobiógrafo intenta hacerse consciente de su mito y darle el

máximo de realidad. En ello insiste Ralph-Rainer Wuthenow:

11 faut tenir compte du fait qu'on ne peut qu'assez naivernent

considérer une histoire de soi comme source historique ou document

d'une vie qui serait hors de toute fidion. Au contraire: la fiction

y entre malgré I'intention de l' auteur d' etre sincere, car se souvenir

c'est aussi un peu s'inventer.

[Hay que tener en cuenta el hecho de que se ría muy ingenuo ver

una historia de sí mismo como fuente histórica o documento de una

vida, al margen de toda ficción. Al contrario, la ficción se mezcla

aunque el autor tenga la intención de ser sincero, pues recordarse

también es un poco inventarse.]

Si bien tenemos el derecho de exigir a la autobiografía un

proyecto de sinceridad, tenemos el deber de no dejarnos

engañar por la oposición sinceridad/ficción que implica.

Debemos tener presente que la autobiografía no es más

que una ficción producida en condiciones particulares.

Es interesante observar los paralelismos de la Respuesta

con otras ilustres autobiografías. A continuación señalaré

(y nada más) algunos.

1. El Discours de la méthode de René Descartes tal vez

' Los autobiógrafos religiosos anteriores a la Revolución Industrial escribier·

on casi siempre por órdenes de sus superiores; su relato debía servir de

obra para la edificación de la comunidad o de base para alguna hagiografía.

13

sea el prototipo de la autobiografía por la forma al mismo

tiempo sencilla y poderosa en que el relato exp li ca cómo se

construye una personalidad intelectual en reacción contra el

mundo que la rodea ; además, el Discours ocupa un sitio

muy especial en la producción de Descartes: no funciona

como obra teórica, sino como balance personal. 6

2. La experiencia que inspiró Les confessions de Jean­

Jacques Rousseau fue la de una gran inadaptación: su

lucha se debió a que en realidad nunca pudo encontrar

su lugar en su profesión ni en algún estado civi l (padre de

familia, esposo, etc.) . Me parece que esta experiencia tiene

mucho en común con la de sor Juana. Por otra parte,

como bien señala Marie-Cécile Bénassy-Berling (


3. Los escritos científicos de Johann Wolfgang von Goethe

contienen muchas reflexiones de carácter autobiográfico; el

autor explica las circunstancias personales de sus observa­

ciones, experimentos y descubrimientos, pues no quiere

separar las ciencias naturales del individuo que se ocupa de

ellas. Como el individuo es quien practica el conocimiento

de la naturaleza, empieza a conocerse dirigiéndose a la na­

turaleza en vez de observarse a sí mismo. Esto es lo que

hace sor Juana en las 11. 736-834 de la Respuesto .

4. Las circunstancias en las que el cardenal John Henry

Newman escribió su Apología pro vito suo hacen sospe­

char de su franqueza : en lugar de la tranquila relación

retrospectiva del autobiógrafo tradicional, es una obra pu­

blicada en siete partes semanales para responder a una

acusación de falsedad.

Por último, como dije al principio, quiero dejar claro que

no estoy de acuerdo con la opinión dominante (la de Paz)

sobre la «conversión» final de sor Juana: que fue víctima de

una intriga entre jerarcas de la Iglesia. Según esta hipótesis,

el obispo de Puebla estaba resentido con el arzobispo de

México, Francisco Aguiar y Seixas, quien se había valido de

artimañas para apoderarse de ese puesto, que Fernández

de Santa Cruz merecía. Así pues, indujo a la monja a escri­

bir la Corto otenogórico, que atacaba a Vieira e indirecta­

mente a su amigo Aguiar y Seixas; después la publicó, fin­

giendo reprender a su autora. Esta contestó con la insolente

Respuesta, que la hizo perder a su protector y ganar el

odio del arzobispo. Aterrada por vagas presiones de esos

dignatarios, resolvió abandonar su verdadera vocación para

salvar una vida que así despojada carecía de valor.

Este final no está a la altura del mito de sor Juana. No se

entiende cómo podía cerrársele el mundo a una mujer que

había demostrado tanta habilidad en los asuntos terrena­

les. Yo preferiría creer que fue una decisión libre, tan libre

como puede ser una decisión humana. Reyes lo dice así:

«Cuando ya nada le faltaba, descubre que le falta todo»

(106). En los artículos «Hipótesis sobre la 'conversión' final

de sor Juana» y «Más sobre la conversión de sor Juana»,

Bénassy-Berling apuntala esta idea. Sus argumentos son

los que siguen:

a) En la Respuesto la monja no se muestra particularmente

medrosa. No hablaría de la Inquisición si ésta la

hubiera amenazado; no compararía sus padecimientos con

los de Cristo si altos clérigos hubieran intentado someterla

al orden.

b) Al obispo de Puebla no le desagradó la Respuesto,

puesto que, unas semanas después de recibirla, dio su visto

bueno para la impresión de los Villancicos o Santo Cotorino,

aún más atrevidos que la misiva. Por otra parte, Fernández

de Santa Cruz ayudó a sor Juana, pero no podía defenderla

más abiertamente: habría sido inmiscuirse en los asuntos

de una diócesis ajena.

c) No es probable que hubiera enemistad entre el obispo

de Puebla y el arzobispo de México. En realidad, Fernández

de Santa Cruz rechazó otros altos cargos: desde 1692 insis­

tió en renunciar a su obispado y, en 1696, no aceptó el

cargo de virrey de la Nueva España.

d) En enero de 1692, tras la publicación de los Villancicos,

sor Juana compró una celda (de varias habitaciones)

en el convento. Esto iba contra su voto de pobre­

za, por lo que requería una dispensa del arzobispo; éste

15

le demostró su «i nquina» co ncediéndosela en menos de

una semana.

e) Lo que sor Juana hi zo en 1694, ya lo había intentado

en 1667, cuando pasó tres meses en un co nvento de carmelitas

descalzas.

Pasando al terreno de las especulaciones, postulo que

en ese tiempo la monja resolvió que le era imposible su­

perarse en lo artístico y por ello decidió cambiar de vida.

Otros grandes autores han renunciado a la escritura : Nikolai

Gogol, Arthur Rimbaud, Juan Rulfo ... Para mí, estos ca­

sos son del todo incomprensibles, pero su realidad es sólida,

contundente, irrefutable.

Obras citadas

A1atorTe, Antonio. «Sor Juana y los hombres.» EstudioS [ Méxlcol7 ( 1986): 7-27

Bénassy-Berling, Marie-Cécile. «Hipótesis sobre la 'conversión' final de

sor Juana .» UniverSidad de MéXICO 30.3 (1975): 2 1-24.

- «Une intelleduelle dans I'Amérique coloniale: Sor Juana Inés de la

Cru z.» Les longues néolotlnes 187 (1968): 3-35.

- «Más sobre la conversión de sor Juana.» Nuevo Revisto de Fdologío

Hispánica 32 (1983) 462-71.

Cruz, Sor Juana Inés de la. Corto otenogórlco. Obras completos. Ed. Alberto

G. Salceda. Vo l. 4. México: Fondo de Cultura Económica, 1957. 41 2-39

-- Festejó de los empeños de uno caso. Obras completos. Ed. Alberto

G. Salceda. Vol. 4. México: Fondo de Cultura Económica, 1957 3- 184

-- Respuesto o sor Filo tea. Obras completos. Ed. Alberto G. Salceda.

Vol. 4. México: Fondo de Cultura Económica, 1957440-75

Graves, Robert. «Juana Inés de la Cruz.» Encounter 1.3 ( 1953): 5- 13 ..

Lejeune, Philippe. L'outoblógrophle en Fronce. Paris: Armand Colin, 197 1.

Luciani, Frederick. «Odavio Paz on Sor Juana Inés de la Cruz: The Metaphor

Incarnate.» LoM American Llterory Revlew 15 (1987): 6-25.

Morino, Angelo. «Respuesta a sor Juana Inés.» Cuadernos Hispanoamericanos

die. 1987: 7-36.

Paz, Odavio. Sor Juana Inés de lo Cruz O los trompos de lo fe . 3a. ed.

México: Fondo de Cultura Económica, 1983.

Perelmuter Pérez, Rosa. «La estrudura retórica de la Respuesto o sor

Flloteo .» Hlspomc Revlew 51.2 (1983): 147-58

Reyes, Alfonso. «Virreinato de filigrana .» Letras de lo Nuevo España. Por

Reyes. Tierra Firme, México: Fondo de Cultura Económica, 1948. 87-1 18.

Villaurrutia, Xavier. «Sor Juana Inés de la Cru z.» Obras. Por Vi llaurrutia.

2a. ed. México: Fondo de Cultura Económica, 1966. 773-85.

Wuthenow, Ralph-Rainer. «Le passé composé.» Auloblogrophle el blographle:

Colloque de Heidelberg. Ed. Mireille Ca lle-Gruber y Arnold Rothe.

Paris: A.-G. Nizet, 1989. 39-52.

El escritor mexicano ALFONSO MONTELONCO, profesor de literatura en la State

University of New Jersey, Rudgers, ha colaborado en dos ocasiones más

con nuestra revista (véanse los números 43 y 55).


s Sylvie Giono dedica a su padre un hermoso libro de devoción filial, j

La Provence gourmande de Jean Giono, servido con espléndidas fotos de

André Martin. En una obertura y cuatro estaciones, entramos primero a los !

paisajes de Giono a través de una antología de textos en donde canta

a la gloria de los sentidos. Luego, Sylvie Giono presenta algunas recetas de

platillos que se encontraban en la mesa del Paráis. Al final del volumen I

venen i as «recetas literarias» del mismo Jean Giono.

Uno de los rasgos característicos del escritor fue la relación distante que a

veces mantenía con la realidad, por lo que no se gar^gtiza jpie sus recetas

aparezcan en los platos tal y como él las .(Ni J

Actualmente, la casa del Paráis en Manosque, provista de verdaderas

riquezas, ha permanecido tal y como estaba cuando Giono vivía. La asocia­

ción que administra el patrimonio Giono, una especie de multinacional fami­

liar dirigida por su hija, se ha instalado allí y la viuda del escritor, casi

centenaria, sigue viviendo en ella. Amplia, llena de libros V rodeada de

un jardín, domina la ciudad. Desde su estudio en el primer piso, Giono veía

los techos de Manosque que le hicieron imaginar la aventura de

Angelo en Le hussardsurle toit (El húsar en el tejado). En una de las recáma­

ras de la planta baja, en donde a Giono le gustaba fumar su pipa después de

comer y antes de retomar el trabajo, yace una magnífica cabeza tallada en

piedra, manchada por la transpiración de la palma de su mano, que parece

un vestigio precolombino. De hecho, ésta adornaba la fachada de

una granja en la región de Die, y tanto había impresionado a Giono, que para

comprarla tuvo que adquirir la granja al campesino que se negaba a venderle

solamente la cabeza. La biblioteca , de una riqueza prodigiosa,

revela el eclecticismo y la bulimia de lectura de Giono.


eun

(ENTREVISTA CON SYLVIE GIONO)

Hablemos primero de su libro. Giono goloso es un buen

pretexto para entrar en la familiaridad del personaje ...

Así es, se trata de un paseo por los gustos de mi padre. Son

los platillos que él comía, que su madre le hacía, que mamá

continuó haciéndole, y después, cuando venía a comer a casa,

le hacía yo. Él se alimentó de todas esas recetas porvenzales.

¿Cuáles eran sus gustos culinarios?

Era un hombre de olfato muy fino. No le gustaban los platillos

complicados. Habría detestado la llamada «nueva cocina»; todas

esas mezclas estéticas de salado-dulce, de kiwis, de pequeños

jitomates no le importaban en lo más mínimo. Lo

que le gustaba eran los abundantes platillos familiares; nada

de entradas y nada de postres ni ensaladas. Estofados, encebollados

y demás platillos copiosos y cocidos a fuego lento, o

simplemente picar: gruesas rebanadas de pan de campo untadas

con ajo y aceite, salchichón o queso de cabra. Cuando

se iba a caminar por las colinas, ésa era su comida -pan de

campo, salchichón y queso-, y después, a la hora de la comida,

sus suculentos platos. Es lo que le hizo tanto daño. Adoraba

las menudencias -higado, corazón, riñones, tripas- y el

queso de puerco lo volvía loco. Pero todo eso, junto con los

platos de carne de animales silvestres y los estofados, le producía

gota, que desgraciadamente tuvo en el pulgar del pie derecho.

Cuando tenía crisis de gota no podía escribir, y en esos

momentos decía que sufría una crisis de injusticia aguda ...

¿Solía ir de caza?

Para nada. Comía carne de animales silvestres cuando al-

Con su hija Sylvie

19

guien le llevaba, pero si hubiese tenido que alimentarse de

la caza, se habría vuelto vegetariano. Mi padre nunca tuvo

una escopeta o cualquier otra cosa que pudiera matar.

Pacifista hasta el final ..

Sí, pero también algo cobarde, pues teníamos un gallinero y

de vez en cuando teníamos que sacrificar una gallina vieja

para prepararla a la cacerola, y tenía que venir el vecino a

matarla ¡porque mi padre jamás habría matado una gallina l

¿Esta casa no ha cambiado desde su muerte?

La casa sigue como si mi padre estuviera en ella; trabaJamos,

siempre es alegre, mi madre está aquí. ..

¿Qué edad tiene su madre?

Va a cumplir 98 años el dos de febrero, el día de las crepas.

Mi padre le llevaba dos años.

Giono salía poco de esta casa ...

Era un viajero sentado. Viajaba a través de sus libros. Pero

salía todos los días, iba al correo, se paseaba por el canal de

riego que pasa justo detrás de la casa, y al borde de la colina,

a ocho kilómetros, hay una vista espectacular del valle

del Durance.

Sus viajes ...

Los hizo muy tarde. Tenía ya más de cincuenta años cuando

empezó a viajar. Mi hermana y yo hicimos un viaje a Italia

cuando jóvenes. Regresamos llenas de entusiasmo y le con-


tamos' nuestra visión de Italia (por una vez nos tocaba hablar en

lugar de él) y él quilO ir a ver por sí mismo. Preparó su viaje

durante dos años, como un alpinista que va a escalar una montaña

muy lejana, y se fue con unos amigos y mi madre en un

automóvil pequeño. Fue en 1954 o 1955. Después volvió varias

veces. Adoraba Italia; allí encontraba sus raíces. También fue a

visitar a mi hermana que trabajaba como maestra en Chichester,

en Inglaterra, y viajaron por Escocia, donde descubñó el país en

que le habría gustado vivir, pues es un país de brumas, de montañas,

un país poco habitado. A él no le gustaban los lugares en

donde hay demasiada gente. Le gustaba Manosque cuando sólo

tenía cinco mil habitantes; cuando comenzó a volverse una ciudad

importante y fea por crecer anárquicamente, sin planeación

arquitectónica y de mal gusto, le desagradó profundamente. En

Escocia no había falta de gusto ... Regresó muy asoleado, mientras

que aquí no le gustaba el sol, siempre se tapaba.

Él mismo decía que se sentía más hombre del norte que

del sur

Ciertamente, él tenía la piel blanca, los ojos azules, el cabello

claro y su madre era de Picardie ... pero en ese sentido era

un verdadero provenzal. Los provenzales desconfían del sol,

pues quema; nunca verá usted a un campesino sin camisa.

Aquí todos se cubren para salir al sol. Hay que ser parisino

para tirarse desnudo al sol. Él detestaba esos cuerpos desnudos

estirados sobre la playa, ipara él era como carne secándose

l

Su padre tenía hábitos de trabajo muy regulares. En

esta casa ustedes lo vieron durante años, ¿cómo era

Giono en la vida cotidiana?

iEra muy sencillo! Teníamos la posibilidad de tener a nuestro

padre todo el tiempo aquí. iÉI no necesitaba salir para trabajar!

Se levantaba por la mañana después de que nos íbamos,

desayunaba y subía tranquilamente a su estudio. Trabajaba

la mañana, atendía su co rrespondencia, luego otra

vez en la tarde. De hecho, trabajaba todo el tiempo. Para él

la palabra «trabajo» nunca existió, era su placer.

No era muy madrugador. ..

No, pero eso no quiere decir que no trabajaba. En su cama,

a medio dormir, ya empezaba a trabajar. A fin de cuentas,

creo que lo que se llama la verdadera vida, la vida activa, la

vida real, no le interesaba. Para él, el trabajo era un estado,

un estado de gracia, era encontrar un equilibrio. Murió cuando

ya no pudo escribir más. Ya no tenía razón de ser.

¿Alguna vez lo escuchó quejarse de la falta de ganas o

de insipración, de la dificultad al escribir un libro?

Claro, había momentos en que la inspiración se acababa, en

los que se bloqueaba . Entonces no insistía, hacía otra cosa.

Escribía, siempre escribía. Comenzaba otra novela o escribía

una crónica, o hacía un prólogo ... Siempre tenía algo a la

mitad. Eso no le angustiaba. Por ejemplo, le llevó años escribir

Le hussord sur le toit, pero entre tanto escribió Noé, Ennemonde

y Un roi son s divertissement, todo en paralelo.

iLlegó a suceder que su hermana y usted entraran a su

estudio? ¿Verlo trabajar? iLas aceptaba? iLas sacaba

de allí?

iJamás, jamás l Mi padre era la amabilidad en persona y

10

teníamos permiso de hacer cualquier cosa. No abusábamos,

pues teníamos mucho respeto por lo que él hacía. Sabíamos

que él trabajaba. Decíamos que él hacía su tarea. Pero

no teníamos prohibición alguna, podíamos ir a molestarlo

cuando quisiéramos, incluso cuando escribía ... Sentíamos que

le molestaba, pero nunca tuvo para nosotros alguna palabra

mala o agresiva. Cuando sentía que lo necesitábamos -tenía

mucha psicología-, nos mantenía junto a él y nos daba

libros, de los ilustrados, y continuaba escribiendo.

iLas ayudaba con sus tareas de la escuela?

No, ilo detestaba! Sólo le encantaba ayudarnos en nuestras

tareas de matemáticas. No era muy ducho en ellas, pero

quería ayudarnos. Tal vez era un genio matemático, pues

cuando nos ayudaba el desarrollo de las operaciones era

completamente falso, pero siempre llegaba a resultados verdaderos,

lo que ocasionaba que tuviéramos pésimas notas

y que algunas veces nos castigara el profesor, pensando que

habíamos copiado y pegado el resultado a un razonamiento

completamente falso ...

¿Era un padre autoritario, un pater familias provenzal, o

un padre liberal?

iMuy liberal! En aquella época mi hermana y yo debimos

haber sido las únicas en hacer exactamente lo que queríamos.

iNo se inmiscuía más que en las matemáticas! A tal

punto que el año en que pasé mi examen de bachillerato,

regresé de Digne muy insatisfecha del examen y no sabía

cómo decírselo a mis padres. Llegué, mi hermana me abrió

la puerta y me dijo: «iVen pronto! Papá acaba de recibir un

nuevo disco de Vivaldi». Nos sentamos a la mesa, hablamos

de todo, de Vivaldi, de las pastas, y nadie me hizo una sola

pregunta sobre el examen que acababa de hacer. Al fin, en

la tarde, papá me dijo: «Por cierto, ¿cómo te fue?» Le dije

que no estaba contenta, y el me dijo: «Querida, no importa.

Si no lo pasas, lo volverás a presentar, y si lo pasas, iqué

bueno!» Le valía por completo.

No tenía parámetros sociales ...

Ninguno. Él era autodidacta y se las arreglaba muy bien, por

lo que para él los exámenes no tenían ningún valor. Lo que

contaba era el carácter.

(Tuvo la sensación o le hicieron sentir que usted era la

hija de un padre célebre?

En lo absoluto. En primer lugar, no sabíamos muy bien qué

es lo que hacía nuestro padre, e incluso había cierto desprecio

hacia él porque no era ca mpesino ni comerciante. La

gente se preguntaba cómo hacía para vivir bien sin salir de

su casa. Había una cierta curiosidad cuando, al iniciar cursos,

el maestro nos preguntaba el oficio de nuestros padres, y yo

decía: «Hombre de letras». Me ponía muy contenta porque

era la única, pero después no se hablaba más del asunto.

Hacía algunos viajes obligatorios a París. Le agradaban,

siempre y cuando no duraran mucho.

Decía que el monumento más hermoso de París es la

estación del ferrocarril que va a Lyon ...

Sí, el reloj de la gore de Lyon, pues lo veía en el momento

en que iba a tomar el tren de regreso. Cuando mi hermana

Aline v:vió en París le gustaba ir allá y pasear con ella, pero


era muy tímido. Le gustaba más bien que la gente lo visitara

aquí, en pequeños grupos. Se sentía con energía. Los recibía,

contaba historias, era el más feliz. Le agradaba seducir,

pero no era de espíritu muy vivo, que brillara, como el espíritu

parisino.

lríene recuerdos de momentos difíciles de su vida? La

guerra, la cárcel ...

La primera vez que lo llevaron a la cárcel, en 1939, yo tenía

sólo cuatro años y no recuerdo nada, pero mi madre me decía

que yo estaba muy orgullosa de mi padre. Yo iba a la escuela y

al estar brincando la cuerda, cantaba: «Mi papá está en la cárceL»

y qué, ¡él no había matado a nadie!, fue por delito de

opinión. ¡No veo porque no podría estar orgullosa de mi padre!

Después, la época de la guerra fue un momento muy difícil. No

teníamos dinero en la casa, mi padre ya no se leía, ya no se

editaba. Tengo toda la correspondencia con Grasset y Gallimard,

en la que él mendigaba sin parar mil francos para terminar el

mes, dos mil francos para pagar los impuestos ... Y durante todo

ese tiempo eramos doce o catorce los que comíamos aquí,

pues él recibía a todo mundo: primos comunistas que habían

llegado sabiendo que él los protegería; un alemán, Charles Fiedler,

que huía de la Gestapo y que vivió aquí cuatro años ... La

mesa estaba siempre llena y mamá tenía enormes dificultades

para dar de comer a tanta gente. Por suerte teníamos una granja.

Papá se iba en bicicleta a buscar provisiones a la granja. Para

mí, toda esta época está llena de buenos recuerdos. La casa

estaba siempre repleta de gente ... En esta época había muchas

dificultades para poder escribir. Una noche, la casa sufrió un

atentado con explosivos. Debió haber sido en 1942. El muro

casi mata a mi hermana. La casa fue invadida por la policía. Fue

un miembro de la Resistencia que lo hizo, un amigo de papá.

Poco después le escribió para disculparse, explicándole que

estaba moralmente obligado a hacerlo para poder conservar su

influencia en el movimiento. Mi padre le dijo que ¡mejor habría

sido que le previniera para hacemos salir de la casa! Después lo

volvieron a meter a la cárcel, por cierto, gracias a los habitantes

de Manosque. Estuvo diez meses en Saint-Vincent Nosotras lo

íbamos a ver con mi madre. El autobús nos dejaba abajo y

debíamos subir toda la cuesta a pie en la nieve. Pero todo esto

pasaba sin angustia. Él se fue prometiéndonos que todo saldría

bien. Trataba siempre de tranquilizamos, y cada vez que había

problemas, incluso problemas de dinero, nos enterábamos

después, nunca en el momento. Teníamos que vivir felices.

Toda su vida qUilO protegemos.

En la cárcel, incluso si sentía amargura, no nos lo decía. Eso

se vertía en sus novelas. Estaba lleno de historias, y esas cárceles

eran una mina fabulosa para contamos historias. Sin duda

estaba amargado, pero eso se encuentra en su estudio del

carácter, después de la guerra. Esa fue su terapia.

Contaba historias todo el tiempo. Vivimos una vida de imagi-

Jean Giono escribiendo una novela, y con sus dos hijas: Alma y 5ylvie

11

nación y no una vida real. Lo real no nos interesaba, lo que nos

interesaba era la vida imaginaria que nos hacía vivir nuestro padre.

Al terminar la guerra él sufrió mucho por traiciones a la

amistad, pues tenía un gran sentido de la amistad. En verdad,

para él no contaban más que los sentimientos. Fue a

partir de ese momento que dede creer en el hombre y

se interesó en hacer estudios de caracteres duros. Hasta

en el héroe de novela del ciclo de Le hussord hay una

dureza terrible, una indiferencia, un desprecio ... El retrato

de Angelo corresponde verdaderamente a los sentimientos

que experimentaba mi padre en ese momento.

ita resintieron ustedes en la vida cotidiana?

Para nada. Mi padre siguió siempre tan apasible, plácido, generoso,

afectuoso, amante de las bromas, sonriente ... Uno se da


cuenta solamente en sus escritos, en donde se desahogaba,

exactamente como un asesino que necesita matar para recuperar

la calma. Cuando mataba en sus libros volvía a ser normal.

Le gustaba mucho la música ...

En casa había música todo el tiempo. Desde que pudimos

tener un gramófono «La voz de su amo» no dede girar la

manivela; él comenzó a tener discos de 78 revoluciones

que le llevaba Lucien Jacques. Lucien se escapaba siempre

a Niza, a París, al extranjero, y traía cosas extraordinarias,

principalmente música. Fue gracias a él que la música

entró en la familia . Empezamos con Bach. Recuerdo que

Giono en compañía de sus dos. hijas Aline y Sylvie (Manosque. 1938)

12

en esta terraza, allí atrás, poníamos el gramófono bajo el

árbol y escuchábamos los Conciertos de Brondenburgo.

Yo tenía cinco o seis años y brincaba la cuerda a ritmo de

los concierto brandenburgueses.

Cuando él era joven iba con mi madre a los conciertos en

Marsella. Eran casi dos horas de tren, escuchaban el concierto,

dormían en un hotel; toda una expedición. Más adelante, a

partir de 1949, asistía siempre al festival de Aix. Para él era un

gozo inmenso. Era su Mozart, Mozart solo. Ocho días antes ya

hablábamos de ello. Regresábamos tarde, por la noche, en

taxi, chiflando todas las arias de Don Juan o de Casi fon tutte.

Conocíamos todas las óperas de Mozart de memoria.


¿Cantaba bien?

No, pero silbaba como un pájaro, con gorgoritos y trinos;

podía hacer lo que quisiera. Tocaba un poco la armónica.

Cuando se conocen bien sus obras y se leen sus cuadernos

de trabajo, en los que anota, por ejemplo: «Quisiera que

este pasaje fuese escrito como Bach escribió sus fugas», se

da uno cuenta que siempre hay una referencia a la música.

Mucha gente pasaba por esta casa, con frecuencia personajes

célebres. iTiene recuerdos precisos de todas esas

personas?

No. Yo era pequeña cuando ellos venían. La única cosa es que

comían con nosotros, pues papá no podía recibir a alguien a las

once del día sin que fuera invitado después a comer. Nosotras

estábamos siempre en las comidas, no nos hacían a un lado. Y

al momento de regresar a clase, cuando la conversación estaba

muy interesante, nos decía a mi hermana y a mí: «Es la tarde;

no vale la pena ir a clase. Lo que aquí escucharán es mucho

más interesante que lo que van a aprender en la escuela». Y

luego, por supuesto, nos preparaba exquisitos escritos que jus­

tificaban la falta. Lo que es curioso, es que cuando venían aquí

hombres de letras, ellos no hablaban mucho, más bien escu­

chaban a mi padre, escuchaban al narrador.

¿Llegaba a hacer comentarios ácidos de algunos de ellos?

Estaba lleno de contradicciones y de una mala leche terrible.

Podía decir las cosas más feas sin pensar una sola palabra.

Lo que es duro para un hombre de letras, cuando lleva un

diario, es que eso perdura, y luego es en eso que los demás

se fijan y lo vuelven definitivo, mientras que eso podría ser

sólo un impulso ocasionado por su humor ... Era un hombre

profundamente bueno, no era malo. Pero sus palabras po­

dían serlo algunas veces.

Sin embargo, para las heridas profundas podía ser muy

rencoroso. Nunca perdonó a los del Contadour. Se dio cuenta

que había sido utilizado por gente que lo ponían por delante

para defender sus ideas. Y él se dejó porque era demasiado

ingenuo, y digo «ingenuo» para no ser dura; era idiota. Pero

la traición a la amistad era algo definitivo, como una barrera

que se levantó. Nunca lo perdonó.

¿Sufrió por el malentendido acerca de su regionalismo?

Sí, porque él no se sentía nada regionalista. Ahora se habla

menos de ello, creo que la gente lo ha comprendido. Si leen

las obras de mi padre pensando que es un regionalista, ¡es

que no saben leer!

Quzá vale la pena repetirlo ...

¡No era más regionalista que Shakespeare! Describía la

Prevenza porque era el paisaje que tenía frente a los ojos.

De hecho, es una Provenza transfigurada. Les ames far­

tes, que es un gran libro, no sucede en Provenza, es un

estudio acerca del carácter de los hombres y puede suce­

der en cualquier parte.

Le irritaba que lo compararan con Pagnol...

¡Me esperaba eso! -risas-, ¡claro que le irritaba! Eran amigos,

se hablaban de tú, eran dos hombres de la región del Midi,

eran dos narradores. Se querían mucho, pero uno era inge­

nuo y el otro era un comerciante un tanto timador. Mi padre

lo llevó a procesos legales. ¡Pobre desdichado! A cada vez

13

tenía que esperar años antes de iniciar un proceso. Pero cuando

el otro se pasaba, cuando hacía desaparecer su nombre del

cartel de Lo femme du baulonger, lo llamaba y le decía «Ca­

ray Marcel, ¿por qué haces eso!», y Marcelle respondía : «No

lo puedo evita o>. Y papá se veía obligado a atacar, no sola­

mente para recuperar sus derechos comerciales, sino, decía:

«Es mi obra, ¡es mía!» Era como si le hubieran arrancado un

hijo. Quería su nombre en lo que él había escrito.

Pero le hacía muy feliz que lo compararan con Faulkner,

pues era un hombre del sur, como él.

¿Hablaba con la familia de su trabajo?

Hablaba a la hora de comer. Todos los días nos leía lo que

acababa de escribir, nos hablaba de sus dificultades, de lo

que quería hacer. Acerca de este punto trata Noé, que es la

novela del novelista; de cómo los personajes lo incitan, de

qué manera forman parte de su vida ... A través de mí él veía

a Langlüis llegar a caballo ... Pero mi hermana y yo no le

servimos de modelo para sus personajes. Éramos demasia­

do cercanas a él y carecíamos por completo de algo nove­

lesco. Estábamos demasiado vivas yeso no le interesa ba.

Cuando alguien venía a verlo y le decía : «Señor Giono, mi

vida es una verdadera novela, debería escribirla», él respon­

día :


*

Nuestra infancia. Ese país lejano

donde vuelvo a buscarte.

¿Recuerdas aquel episodio

del Deslizador de Plata

donde enciende una llama votiva

en homenaje al sacrificio de un hombre

que murió en beneficio de la especie?

Tú nada más moriste y nuestros nombres

aparecieron juntos

en una edición de Últimas Noticias,

esa suma de duelos y quebrantos.

Leo el libro de Vladimir Marinovich Posso

Los últimos pasos del poeta Raúl Gómez Jattin.

Cóleras, miserias, humillaciones inflingidas

por el ilustre muerto se perdonan

-incluso se celebran- porque fue poeta.

De ti no puedo hablar sino en voz baja

porque no hiciste ruido para irte,

como si no quisieras más decir presente

cuando pasaban lista

y soñabas con ser hombre invisible.

*

Ayer domingo levantamos tu casa.

Pusimos en cajas cuanto sigues siendo,

aunque ya no estés.

Empacamos, atamos, rotulamos

todo cuanto formaba parte de la vida,

con la que ya nada querías,

con la que ya no podías.

Javier miró por la ventana y descubrió

la cola de una ardilla. Yo miraba el prodigio

del cacto que alzaba su soberbia

entre los roquedales, en ese mar de lava

que tardó tantos siglos en enfriarse.

Por qué, de la belleza, separarse.

Que el agua limpie la garganta

y al cumplir su tarea

resucite el milagro.

Que podamos vivir para tenerla.

No hay otra transparencia.

No hay oro que la compre.

Pero tú no sabías. Pero ya no sabías.

25

*

Nuestra Señora de la Muerte tejió toda la noche.

La ciudad despertó en daguerrotipo.

El suicida encontró razones de sobra para ser.

El día fue la ofensa del taxista, el regalo de niños

que salieron con traje de astronauta

a inventar un planeta sin sonido.

La nieve cayó en silencio durante horas,

las últimas del siglo.

Sea feliz, sonría, vea el futuro.

El mundo en blanco y negro. Sus horrores.

La tersa nieve que cambiará su albura

por la mugre y la sal y la caída.

Por el East River, un carguero

con voz de bajo profundo,

rojo y elemental, como un juguete. El milagro de estar.


Durante la redacción de

Vrais Richesses (1935)

9 de octubre

El trabajo ha recomenzado, y bien recomenzado.

Hoy escribí por la mañana 3

páginas excelentes y seguro de escribir otro

tarito esta noche. Todo va bien. Este libro

será algo útil e importante. Trabajo 12 y a

. veces 15 horas por día.

10 de octubre

El trabajo ha recomenzado. Magnífico yaún

mejor de como estaba. André Gide va a

venir a pasar algunos días aquí. Me preguntará,

lejos de París, acerca de la posición

que he tomado ante todos los partidos

políticos -incluso los comunistas-,

que es PAZ por todos los medios y contra

todos los gobiernos. El está de acuerdo conmigo,

pero no se atreve a decirlo. Yo lo

haré atreverse. Pero si no se atreve, me da

lo mismo estar solo, ya que tengo razón. Y

al final tendré razón.

12 de octubre

El trabajo se ha convertido en un paraíso

desde hace cuatro días y todo anda bien, y

lo árboles, los pájaros y los mundos admirables

llegan a la pluma en el momento

en que son necesarios. Todo va bien. Voy

a terminar el capítulo 3 y el libro tendrá 5

en total, tal vez 6. Veo el último capítulo, e

incluso la última palabra.

1 5 de octubre

El trabajo marcha y adelanta, yes hermoso.

Me retrasaré muy poco para entregar. Esta

mañana trabajé de la 6 a las 12. Hace cinco

días que no me rasuro, ni me lavo, ni me

visto (training), pero desde entonces hay

veinte páginas de más que son lo más puro

que he escrito, lo más útil, lo más bello seguramente.

Y la juventud lo escucha, y parece

entenderlo cada vez más. En muchas

partes los estudiantes se agrupan bajo mi

nombre, en Aix, Lyon, Poitiers, Grenoble,

París, Nancy. Lo que ahora escribo los va a

dejar completamente fríos.

16 de octubre

La redacción de Vrais Richesses avanza.

Este libro será más valioso que los otros

( ... ) Firmé el manifiesto de los intelectuales

antifacistas contra la guerra de Italia. De

acuerdo con las sanciones contra el gobierno

italiano, pero sólo por la apatía del gob.

francés. Lava I es miserable. Ni un solo hombre

capaz de tener valor. Cretinismo de la

burguesía francesa . Cada vez desconfío

más de los comunistas.

Durante la redacción de

Batailles dan s la montagne (1937)

27 de enero

En medio de una tormenta de granizo y

de viento, y de lluvias de carbones que


Contemporáneos puntuales, Jean Giono y el cine

trabaron estrechas relaciones. Adaptando novelas

para la pantalla, escribiendo guiones ori­

ginales, produciendo, dirigiendo e incluso

teorizando, Giono desplegó una vasta y desper­

digada obra cinematográfica que complementa y

enriquece su universo novelesco.

Pero Giono es ante todo hombre de palabras.

A su pluma debe el Midi francés -la

Francia mediterránea- un alto porcentaje del

encanto que se le atribuye.

Las Tres historias para la televisión, plagadas

de referencias ailtoblOgráf ICaS, fueron

escritas en 1959 y terminaron en el fondo del ca­

jón. Nos revelan lina faceta poco conocida

-el relato fantástico- de la obra de un gran fabula­

dor injustamente soslayado en nuestras latitudes.


I

Tres amigos deciden partir de viaje, con Roma como destino

último, valiéndose del automóvil como antaño se usaba la

diligencia, es decir, viajando lentamente de etapa en etapa,

tomando pequeñas rutas apenas transitadas, huyendo de

las gastronomías turísticas, intentando ver lo esencial de las

regiones atravesadas en sosegada y amorosa búsqueda de

la anécdota y del rasgo de cáracter (viajar como Brosses,

Montaigne, Stendhal).

Una noche, sufren una avería en los grandes bosques montañeses

de la región de Die. El punto habitado más próximo en

el mapa es La Vachette, a nueve kilómetros, al parecer un pequeño

caserío. Mientras están entretenidos en calcular sus provisiones,

escuchan ruidos en el negro bosquecillo y ven salir de

él a quien, en nuestro siglo, se consideraría un cazador, es decir,

a un hombre con morral en bandolera y fusil al hombro. La

noche, el paraje solitario, dan al hombre un aspecto feroz y les

resulta grato poder imaginarlo como cazador. Les dice que no

hay ni mecánico ni garajista en La Vachette, mera aldehuela de

cuatro casas. Hay, sin embargo, una cabina telefónica. Se ofre-

defenderse más contra misterios que contra peligros catalogados.

Nada, en los alrededores, podría atacarla, salvo la soledad

y la melancolía. Al contrario de este bosque profundo

que aquí nos rodea, Taravellier Marcel tenía ante los oJos una

suerte de rubia Judea apenas marcada por almendros de

negros troncos y por pequeños valles llenos de hayas. La granja

más próxima estaba a tres kilómetros y era necesa rio todo un

día de marcha para llegar por los senderos a una pequeña

aldehuela de treinta granjas. Taravellier explotaba las lavandas

salvajes de sus tierras sin cultivar y vivía con quinientos quintales

de trigo, una pequeña hortaliza, seis puercos y veinte ovejas.

Iba tres veces por año, para las ferias, a la cabecera del

cantón, y cazaba los domingos de invierno.

Perdió a su mujer, quien lo dejó sin hijos. Volvió a casarse

con una italiana de su edad quien tenía un hijo de diecisiete

años. Vivían con la familia, a la manera patriarcal, un ayudante

de granja y un pastor. Taravellier se entendía muy bien

con la italiana, y el hijo de ésta era gentil.

Cierta noche de fines de otoño, estando ellos a la mesa,

Jean Giono: tres historias para la televisión

ce a llamar por teléfono a un garajista que vendrá a repararles

el auto. Lo importante es que llegue a tiempo a La Vachette,

pues una vez pasadas las nueve de la noche no hay ya contacto

telefónico. Antes de partir, los pone en guardia: las aves

de corral de la región y los pequeños rebaños están, desde

hace algún tiempo, siendo diezmados por un animal desconocido,

harto más grande que un zorro a juzgar por los estropicios

que hace y por la calidad de las heridas que inflige a

sus víctimas. El animal llegó incluso a degollar la mula de un

campamento de carboneros. Él-el cazador- y cuatro o cinco

habitantes de la región batieron el bosque todo el día en busca

de esa fiera que acaso sea un lobo, uno de los últimos

lobos. Lo oyeron gruñir en el monte baJO, pero sin poder verlo.

Los tres amigos se instalan en el auto y aguardan. Conversación.

Ese hombre, ¿irá a telefonear? ¿Verdaderamente se

dirige a La Vachette? Al partir no siguió por la ruta, sino que de

inmediato salió oblicuamente del camino. ¿Será un atajo? El

hombre, ¿es verdaderamente un cazador? El fusil que llevaba

al hombro no esa un fusil de caza de dos tiros, sino un mosquetón

de caballería de la guerra. Debe ser porque esperaba

cazar un lobo, o quizás algo peor. No hay ya lobos desde hace

mucho tiempo, todo el mundo lo sabe. Y «algo pea!) jamás lo

hubo: no estamos en un país de fieras.

No estamos en un país de fieras, pero algo peor que un

lobo bien podría existir. Ya que vamos rumbo a Roma, quizá

no sería tan malo que esta noche nos topáramos con el demonio.

Hacia 1920, en una región casi tan salvaje como ésta,

tenía un amigo llamado Taravellier Marcel que explotaba una

granja en esos parajes desiertos. Aunque la tierra que poseía

era poco fértil, las construcciones de la granja eran considerables

y de importan!ia. Habían sido edificadas en una época

en que todas las granjas del país eran otras tantas fortalezas.

Uno sentía que ésta había sido construída para defenderse, y

33

tocan a la puerta. Y, como se estila en esas regiones, alguien

entró sin esperar a que le abrieran. Era uno de los granjeros

vecinos. Llevaba el fusil a la mano y era también un mosquetón

de cavallería como aquél que hace un rato portaba el

cazador que nos intriga. Se trataba, sin embargo, de un mosquetón

de la guerra del 14 mientras que el de hace un rato

era un mosquetón del 39.

El visitante dijo que había venido a prevenirlos. Él y otras

cuatro o cinco personas estaban patrullando los alrededores.

Hacía un rato, al comenzar la noche, una fiera (aquella vez se

dijo todavía «un lobo») había entrado a su establo y había

degollado a todas las gallinas, a las diez o doce ovejas e incluso

al caballo. Éste último, al que aún intentaban salvar, tenía

en el cuello una pavorosa herida. El veterinario que estaba

allá había dicho que jamás había visto una herida más profunda,

más lacerada, más grande. Si no estuviera en Francia, él

(el veterinario) diría que los dientes y las mandíbulas que

habían desgarrado el cuello del caballo eran los dientes y las

mandíbulas de un león o hasta de un tigre. Ningún animal

había sido devorado. Se los había matado, así, sin más.

Taravellier se ofrece para participar en la batida. El visitante,

sin embargo, le dice que para esa noche ya no vale la pena:

todos van a regresar a sus casas, la noche está negra como

un horno y, además, la fiera debe haberse alejado a las alturas

donde es imposible, a esta hora, intentar rastrearla. Vino, más

que nada, a prevenirlo para que Taravellier montara guardia.

Eso hace; son cuatro hombres: el ayudante, el pastor, el

hijo de la italiana, y él mismo. Toman sus fusiles (y entre el

lote hay aún un mosquetón de caballería. Después de tantas

guerras, hay siempre mosquetones de caballería en todos los

rincones de la campiña) y montan guardia alrededor de la

granja. La italiana prepara café. Noche apacible. Y no obstante

parece que se escucha rugir o aullar o gruñir en las alturas de


la montaña. Al alba, nada ha pasado, y, como la catástrofe ha

ocurrido en casa del vecino, se la olvida pronto.

Pasan algunos días y, de nuevo, un establo es saqueado.

Patos, gallinas, conejos son no sólo degollados sino despedazados;

esta vez fue un chivo, con reputación de malvado, el

que fue desangrado como un vulgar conejo.

La repetición de la carnicería despierta los egoísmos.

Aún se patrulla, se escuchan (o aún creen escuchatse) aullidos

y gruñidos, se disciernen rastros en el barro de los abrevaderos

en la montaña. Nada lo prueba, pero se imagina fácilmente

en esos desiertos el deambular solitario de un monstruo.

Se piensa en la bestia de Gévaudan.

Hacia el fin de la siguiente semana, es la granja misma

de mi amigo Taravellier la que es visitada de noche por la

fiera . Como en los otros lados, ésta masacra el gallinero,

pero se ensaña sobre todo con un potrilla que era propiedad

del hijo de la italiana: Tino. Ese portillo está literalmente

destazado y parece que la fiera tuvo un particular placer

por desgarrar las entrañas. Allí, como en los otros lados,

ninguna víctima es raptada, ninguna víctima es, a decir verdad,

comida. No hay sino ruina y masacre.

Se organizan batidas que incursionan más y más profundamente

en la montaña. Tino, desesperado por la muerte de

su potro (al que cuidaba tiernamente y que era su orgullo. Era

la primera vez que poseía algo propio.), patrulla encarnizadamente,

a veces con los vecinos, de seguido solo, buscando

los rastros de la fiera, con la nariz sobre las pistas como un

perro de caza.

Tal estado de cosas dura hasta el domingo 23 de noviembre.

Es un día triste y nublado. Las nubes cubren la montaña.

Hacia las seis de la mañana, un hombre enloquecido llega al

poblado. Encontró, en el lugar llamado «Champ Bernard», el

cadáver de un pastor atrozmente desfigurado. Se da aviso a la

brigada de gendarmería de v. .. Mientras que se espera a los

gendarmes, cuatro habitantes del poblado, armados hasta los

dientes, suben hasta Champ Bernard. En el camino, pasan

por una pequeña fábrica de carbón vegetal que explotaba

una familia piamontesa. Son, para ese momento, las ocho de

la mañana; aún no ha terminado de amanecer. En la semiobscuridad,

ven que la carbonera está en llamas. Ahora bien,

nadie se empeña alrededor para extinguir el fuego que devora

el carbón vegetal. Llaman; nadie responde. Finalmente,

encuentran alrededor de la carbonera seis cadávers: el Piamontés,

su mujer, sus dos ayudantes, su hijo mayor, su pequeña

hija. Todos, los seis, han sido atrozmente desgarrados

por la pavorosa mandíbula. Al anochecer, cuando se hayan

bajado las siete víctimas al poblado (contando al primer pastor)

y mientras se esté realizando la primera autopsia sumaria, se

descubrirá aún otro cadaver, de un pastor. Con ese suman ocho

muertos en total. El mayor terror reina en la región.

Están inquietos también por Tíno. Partió desde la mañana a

buscar a la fiera como ha hecho cada día después de la muerte

de su potro. Se teme, pues, que haya una nueva víctima. Taravellier

parte en busca de Tíno, pero pronto se ve rodeado de

niebla y, juzgando inútil su búsqueda, regresa a la granja. Se

monta guardia toda la noche en la granja de Taravellier.

Habiendo terminado su turno de guardia, el pastor va a acostarse.

Duerme en el granero, sobre el heno. Está en su cama

desde hace a penas diez minutos cuando escucha la gran puerta

que se abre suavemente. Algo se mueve en silencio entre las

sombra s. El pastor está desarmado. No tiene más que su

34

cuchillo. Cuchillo en mano, trata de distinguir. Alguien trepa

por el heno. Armándose de valor, el pastor prende su encendedor.

Es Tíno. Pero un Tíno de mirada extraviada. «LOe dónde

vienes? -No lo sé.» Y bruscamente el pastor comprende.

«(Qué has hecho? -No lo sé. -¿Eres tú el que mató a todas

esas gentes? -No lo sé. -¿Eres tú la fiera? -No lo sé.» Tíno se

deja deslizar del montón de heno y sale del granero. Lleva su

fusil en la mano.

El pastor corre a la granja. Nadie, de entrada, quiere creérle.

Después se sabe que todas las víctimas fueron antes abatidas

a tiros (un mosquetón de caballería, balas que son identificadas

como salidas del fusil de Tíno). Las pavorosas heridas

eran infligidas a las víctimas con ayuda de una trampa para

zorros que tomaba el lugar de unas mandíbulas. Se encuentra

la trampa para zorros bajo la cama de Tino. Pero, ¿por qué

mató a su propio potrill0 7 Nadie puede explicárselo. «Los que

sabemos que se mata siempre aquello que se ama podemos

explicárnoslo», dice un comisario erudito.

Se rastrea a Tino. Se ha refugiado en un pequeñ granero

solitario. Se le sitia. Se le conmina a salir. No responde. Se

disparan al granero más de doscientos tiros de fusil y de carabina.

Él no dispara. Por agotamiento, se prende fuego al granero

donde él arde sin un grito. Extinto el fuego, se le encuentra

muerto y parcialmente carbonizado contra un muro sobre

el cual dejó su imagen: vino a esconderse ahí y se puso de

rodillas contra el muro. De allí no se movió.

La historia ha terminado, los tres amigos continúan averiados

en medio del bosque. Escuchan y ven los faros de un

auto que se acerca. Uno de ellos sale del coche y se para a

mitad del camino para obligar al auto a detenerse. Éste no

parece tener intención de detenerse y se precipita sobre el

hombre que está enmedio del camino ...

(Continuará en el próximo episodio.)

Encadenamiento entre la primera y la segunda historia

El auto, que parecía precipitarse sobre el personaje que le

hacía la señal de detenerse, se detiene. Era, simplemente,

conducido por un campesino poco diestro. Puesto al corriente

de la descompostura, éste les propone remolcarlos hasta

La Vachette. Lo hace. En La Vachette, contra lo que esperaban,

hallan un albergue aceptable, una buena cena, un buen

fuego. Mientras nuestros amigos se calientan tras la cena fumando

pipa y bebiendo ponche, se asombran por la belleza y

el noble porte de una mesera. Claro es que nada tiene de

campesina. Resulta tan insólita allí como una locomotora en

el retrato de la Gioconda. Entre más la examinan y la observa

n, más se convencen de que en el menor de sus gestos

hay una insólita nobleza, una grandeza estupefaciente.

Estoy seguro, dice el orador, de que estamos ante la presencia

de uno de los misterios más cautivantes del mundo

moderno. Me fue concedido, hace algunos años, acercarme a

ese misterio casi hasta su esencia misma.

11

Tengo un amigo que posee una propiedad en uno de los

paisajes franceses más admirables del mundo. El parque

de tal propiedad se extiende por las colinas sa lvajes; pero


no son salvajes a la manera gala, como las que aquí nos

rodean, sino en un estilo griego: desiertos de cistáceas y

pinos negros quemados por el sol, peñascos blancos, un

río de tiza y juncos semejante al Eurotas, montes Olimpo

de un azul puro. En el fondo mismo de ese parque -o

mejor dicho, de ese desierto-, en los repliegues enmarañados

de un pequeño valle, quedan incluso las ruinas de

un templo. No se sabe a quién estuvo antaño dedicado.

Unos sabios vinieron a examinarlo y a estudiarlo (puesto

que las ruinas son muy bellas), y no lograron ponerse de

acuerdo. En los alrrededores del pequeño valle se desentierran

a veces medallas y lámparas votivas de arcilla . Se

habría podido, gracias a las medallas, identificar al dios o

los dioses que tuvieron aquí su templo, pero todas las

medallas están muy gastadas o, cuando se las halla intactas,

su acuñación se borra velozmente al entrar en contacto

con el aire. Mi amigo tiene toda una colección de ellas

que no sólo han perdido todo su relieve sino que día con

día lo pierden, casi ante la vista de uno, hasta volverse tan

anónimas como fichas de un juego de damas. Tal particularidad

no interesó a los sabios.

Cierto día, en la propiedad, viene en falta una nueva ayuda

doméstica, más exactamente, alguien que lave los platos. La

mujer que había tenido hasta entonces aquel puesto se había

clavado una espina en el dedo yendo a recoger varas para

escoba en las landas y la espina le había provocado un panadizo.

Antes incluso de se comenzara a buscar una lavandera

de loza entre las campesinas de los alrededores, una joven se

presenta. No se lo piensa más, al momento se le contrata, y

no es sino hasta días después que surge la duda de de dónde

viene: no es la hija de nadie, ni viene de esta granja o aquella

otra, no es de aquí y cuando se le pregunta de dónde es

responde vaga aunque muy gentilmente. Es tan naturalmente

encantadora que se aceptan sus explicaciones (que no

satisfacerían a nadie si se tratase se alguien menos encantador).

No solamente lleva a cabo su humilde tarea a satisfacción

de todos, sino que debido a que es ella quien la desempeña

la tarea ya no parece humilde. Todo, además, parece

conspirar para que todo el mundo se entregue a la indulgencia,

e, incluso, a la despreocupación gozosa. El negro fin de

otoño que transcurría -días grises, lluvias, borrascas- se transforma

casi súbitamente en una estación rosada y vermeja. Hay

un resurgir de flores en el jardín, los rosales dan rosas exquisitas;

hay incluso en el aire como un perfume azucarado semejante

al de las acacias en mayo. Incluso ciertas preocupacianes

que nada tienen que ver con la estación se disipan, los embrollos

se disuelven, no se reciben sino buenas noticias, etc. Pasa

el invierno, que resulta exquisito. Y curiosamente exquisito,

porque a pocos kilómetros de allí, al otro lado del río por ejemplo,

o detrás de las colina s, hace frío, llueve o neva, y las cosas

transcurren como de costumbre. Pero aquí hace buen tiempo.

Pasa pues el invierno y se ven obligados a echar al chofer. Ha

cometido diferentes hurtos en la granja: huevos, aves de corral

que ha ido a vender al mercado para provecho personal; ha

alterado las notas de gasolina y sobre todo, después de una

pesquisa de la comisaría, se ha sabido que el hombre, amparado

con papeles falsos, era en realidad un prófugo de la justicia,

chulo notorio de Marsella que había huído a la campiña

después de un pequeño asalto frustrado. Parte, no sin escándalo,

y le dice a mi amigo que en lugar de tomarla contra él

haría mejor en vigilar a Julie (que así se llamaba la lavandera

35

de loza). Se le piden explicaciones y las proporciona.

Afirma que desde que Julie fue contratada, y seducido como

todo el mundo por su belleza pero teniendo ideas precisas

sobre la utilidad de la belleza de las mujeres, trató de ir a

buscarla a su alcoba. Desde la primera noche, la alcoba estaba

vacía. Julie se había levantado de la cama todas las noches.

Nunca supo él como hacía ella para irse, ni a dónde iba.

La había vigilado de muy cerca, y había sido burlado cada vez.

Es un misterio, pero a su parecer, ese misterio debe esconder

bajezas más grandes que las suyas.

Se vigila a Julie. Lo que el chofer dijo resulta verdad: desaparece

todas las noches. Desaparece es la palabra justa, pues

no se sabe cómo hace: a las nueve (por ejemplo) está allí; a

las nueve y uno ha desaparecido. Las puertas están cerrada s,

las rejas están cerradas, los perros se quedan atrás en un

minuto, en menos de un minuto. Por la noche, desaparece

en cosa de segundos. En la mañana allí está, no como una

aparición, sino como una mujer carnal que duerme en su

cama, se asea, se peina, se refresca el rostro con agua de

colonia, baja las escaleras, desayuna, ríe, se involucra en la

vida, trabaja. Pero en la noche, su alcoba está vacía. Y se siente

que está vacía incluso si se va a visitar la alcoba durante el

día como lo ha ce una vez -para cerciorarse- el dueño de la

propiedad. Se percatan -tras una pesquisa- de que no tiene

amoríos en los alrededores, que nadie la conoce, que los

animales le guardan un afecto peculiar que raya en la adoración:

perros, caballos, vacas, puercos, gallinas, avecillas silvestres

e incluso animales salvajes. El hija de un granjero, cazador

por excelencia, certifica que un día en que cazaba zorros

vio a la bestezuela correr hacia ella -que regresaba de los

lavaderos- y refugiarse en sus faldas. Y ella tomó a la zorra en

sus brazos como si de un gato se tratara. Se le advierte que

hay en la propiedad un enorme gato rojo de angora que asemeja,

de lejOS, un zorro. Sin duda era al gato al que cazaba. Él

se defiende. Asegura que era un zorro.

Ella, sin embargo, recibe cierto día una visita. Es un hombre

joven, grande y rubio, muy bello también él, muy noble,

muy luminoso. A no ser porque iba vestido de overol se le

tomaría por un aristócrata. Es cortés, habla bien, dice ser

empleado de la planta nuclear que está adelante del Rhóne.


Su conversación, por lo demás, lo demuestra: emana de él

cierta irradiación verbol como la que emana de ciertos inge­

nieros superiores.

Al reflexionarlo, se preguntan qué medio de locomoción

lo habrá traído: no vino en moto, no vino en automóvil; no

vino en transporte público y la planta está demasiado dis­

tante para imaginar que hubiera venido a pie. Él y ella (que

pidió dos horas de permiso) se pasean por el prado'. Son tan

bellos y parecen tan bien pareados que se les pregunta, en

broma, «¿para cuándo la boda 7». Ambos rompen a reír. Se

percibe en sus risas una ironía sumamente curiosa. Lo que

también resulta curioso es que el visitante parece dotado

del mismo don de desaparición que Julie. Estaba, hace un

instante, con ella en el prado, y ahora ella está ahí, sola, y

regresa a la casa. Tan lejos como se alcanza a ver, 105 prados

están desiertos.

En la quinta se la ve tan amable, tan bella, tan noble, tan

graciosa, que se le confía un trabajo distinto al de lavar la loza.

Se convierte en ayuda de cama. Primero un tanto recelosa, la

señora de la casa termina por aficionarse genuinamente a

aquella muchacha que le prodiga cuidados tan exquisitos, tan

extraños, y que parece conjurar, con sus dedos y sus gestos, a

la belleza misma. Después de que Julie arregla a la Señora, la

Señora se pone muy bella.

Pero cada noche Julie desaparece.

Una noche de invierno, el guardamonte pide ser recibido

por el patrón. Algo extraño ocurre en el páramo. Estaba (él, el

guardamonte) en ronda la noche anterior y pasó por el pára­

mo. Eran las siete de la noche. Vía luz en el vallejo de las ruinas.

Fue a averiguar. Al acercarse, se percató primero de que la luz

era de un curioso color; que no provenía de una fogata, ni de

una linterna, ni de varias lámparas eléctricas de mano; esa sim­

plemente una luz muy viva, que de cuando en cuando mostra­

ba colores como los del arcoiris. -y sin embargo no llovía y era

de noche. No, no llovía y era, en efecto, de noche, pero hay

algo más curioso aún : había, allá entre las ruinas, justo en don­

de están las columnas tiradas, una asamblea de unas quince

personas. Entre esas personas él (el guardamonte) reconoció

en primer lugar a Julie (que se mantenía un poco apartada), y

al joven rubio y grande que trabaja en la planta atómica, quien

estaba mezclado con el grupo. Allí estaba, por otra parte, el

herrero de Vente rol (un pueblo que queda a seis kilómetros).

Ese tipo rechoncho, mal vestido y cojo, que tiene una mujer en

verdad bella (quien estaba alIQ, esa mujer, usted sabe, ligera,

que da mucho de qué hablar, que tiene enredos con un co­

mandante de aviación del campo de Salan, piloto de avión

supersónico. Sabe usted, él también estaba allí, el comandante.

y también estaba, sobre todo, ese viejo barbón, de grandes

barbas blancas que es zapatero en Saint-Chritol (un pueblo a

tres kilómetros). Ese tipo, derecho como vara, hombre muy

apuesto y fornido, un tipo que tiene, no sé, quizá setenta años,

quizá setenta y cinco, quizá más, quizá menos, habría que verlo

sin barba, pues tiene un rostro joven. Usted lo ha visto. Usted lo

conoce, allí estuvo para las elecciones, llevando la contraria a

todo el mundo. Es él quien tenía el aire de jefe. Y toda la banda

hablaba en una lengua que no comprendo. Puede que sea

ru so, quién sabe. También había otras gentes que no reconocí

pero que, cosa rara, no parecían extranjeros. Me parecía cono­

cerlos. LOe cuánd0 7 No lo sé decir.

Intenté acercarme para ver mejor, y entonces vi a ese

zapatero de la barba blanca ha ce r hacia mi dirección un

36

pequeño gesto con los dedos. No sé si dijo alguna cosa

porque justo en ese momento, cayó un rayo (sí, dice el

partón, escuché el trueno ayer por la noche. Incluso me

extrañó, pues el cielo estaba despejado y soplaba un

poco de mistral) y quedé plantado en la tierra sin poder

mover un dedo. Después se hizo la noche y al cabo de

no sé cuánto tiempo pude moverme de nuevo. Primero

creí haberlo soñado, después pensé que más valía venir

a contárselo.

Intrigado, mi amigo (el patrón) manda llamar a Julie a

su despacho. Ella acude, sonriente; es la gracia misma. Él

le refiere la visión del guardamonte. Allí está ella, la gracia

misma, pero muda. Mi amigo insiste, perturbado por la

belleza, la gracia, la nobleza y por un inmenso sentimiento

de respeto inexplicable. Ella sólo sonríe, no responde. Pa­

rece que dice: «¿Comprende usted 7 ¿Necesita de alguna

explicación?» En el momento en que mi amigo va a res­

ponder esa pregunta muda cae un relámpago fulgurante

que sacude violentamente la casa. Mi amigo cierra instinti­

vamente los ojos. Cuando los abre, Julie aún está allí, pero

es una muchacha común y corriente que responde torpe­

mente: «No sé, Señor.» Al día siguiente ha desaparecido.

Se pregunta en Ventero!: el herrero y su mujer se han ido.

La fragua está cerrada. En Saint-Christol, el gran zapatero

se ha marchado. En la planta atómica, el obrero se ha ido.

En el campo de aviación, el comandante ha sido transferi­

do a no se sabe dónde. El oficio en que se ordenaba su

transferencia ha desaparecido.

(Continuará en el próximo episodio.)

Encadenamiento entre la segunda y la tercera historia

Uno de los tres amigos dice: «Los antiguos dioses, los dioses

griegos. Reconocí a Zeus, Vulcano, Afrodita, Apolo, Marte, y

Julie sin duda era una ninfa.» En ese momento, la joven me­

sera atraviesa el salón, es la gracia misma, la gracia que son­

ríe. Una gracia inquietante. La puerta se abre. Entra un hom­

bre grande y apuesto, de barbas blancas, lleno de majestad.

Los amigos interrogan al patrón del albergue: «¿que quién es

ese7 -Es el zapatero. Formidable, ¿no?» Se escucha rodar un

trueno por las montañas.

«Si desean que les muestre sus cuartos ... », dice el patrón.

Son cuartos cómodos. Comodidad campesina sin agua

corriente pero con pequeños lavamanos de palanganas de­

coradas. Camas blancas y antiguas. Nuestros amigos, intri­

gados por la llegada del zapatero parecido a Zeus y de

pués del trueno intempestivo, se reúnen en una de las

habitaciones para conversar antes de acostarse. Unos gra­

bados cuelgan en las paredes: Ruinas de Roma, copias de

las Prisiones de Piranesi ; asombro al encontrar allí esos

valiosos grabados en lugar del habitual Angelus de Millet.

El que habla se levanta a abrir la puerta hacia el corredor y

regresa. «Fui a ver, dice, si el pasillo aún estaba en su lugar.

-¿y dónde quieres que esté7- En estos remotos recodos

de provincia, dice, llega a suceder que los pasillos estén

dotados de una vida particular, una vida de pasillo, evide

temente, pero cuando esa vida de pasillo se entrecruza

con una vida de hombre o simplemente, como me suce­

dió, con un hombre en la noche, ocurren aventuras abra­

cadabrantes.»


111

Allá por 1920 -volvía de la guerra, estaba joven- era mi oficio

recorrer los campos para provecho de un gran banco para el

que repartía certificados de valores. Mis clientes estaban dispersos

por un territorio muy extenso. No sabiendo conducir

automóviles, me valía, para desplazarme, de los pequeños carros

campesinos de horarios inverosímiles. Uno de ellos, notablemente,

partía de mi residencia hacia las cuatro de la tarde

para arribar a eso de las seis -en plena noche de invierno- al

pequeño pueblo de v. .. en el corazón de una comarca aislada,

extraña y montañosa. Allá dormía, una pequeña taberna me

reservaba un cuarto. Otro, por lo demás, no había. En ocasiones,

para ocupar el tiempo antes de la cena, hacía ciertos negocios

en el pueblo. Era una hora conveniente, la gente, habiendo

vuelto de los campos, se aburría al lado de la estufa y me

escuchaba de buena gana. Otras veces, cuando sabía que me

había hecho, por el momento, de todos los ahorros de mis

clientes, me quedaba en la sala de la taberna hasta la cena,

después me iba a acostar, reservando para el día siguiente, en

la mañana, la visita de las granjas y el castillo que estaban, el

uno y las otras, algunos kilómetros más retirados en el campo.

Kilómetros que remontaba a pie; campos que en nada incitaban

a los paseos nocturnos por tratarse de un país de sombras

y de ecos cargado de reminisencias novelescas.

Las veladas pasadas en el café no me eran muy gratas. Era

yo el único cliente, o si no, el único consumidor; verdad es

que los demás, dos o tres viejos de más de ochenta años, en

asamblea en torno de la estufa, no consumían más que calor.

Yo me bebía un vaso de agua de Vittel (que salía directamente

del grifo -agua excelente, por cierto). Para la pequeña asamblea,

no se encendía más que una lámpara, eléctrica evidentemente,

pero que no emitía más que una débil luz rojiza. La

sala del café (que se llamaba El círculo republicano) era inmensa;

servía de sa la de baile en las grandes ocasiones. La

atmósfera no predisponía a la alegría loca. Encima de eso, la

historia de la región hormigueaba con aventuras trágicas, que

habían tenido lugar hacia fines del siglo XIX. El pueblo había

sido, en 1880, lugar de reunión de una banda, llamada la

banda de la Taille, que detenía a los viajeros, a los carros públicos,

y había quemado algunos pies. Más atrás en el tiempo,

en la época revolucionaria, allí mismo se habían cortado vilmente

algunos cuellos, incluso cuellos de mujeres y niños.

Ese salón del Círculo republicano había tenido, casi en todos

los casos, que desempeñar un papel.

Una noche aún más particularmente siniestra -había cerca

de la estufa un vejete asmático que se ahogaba en estertores-

me armé de coraje y decidí irme, en ese mismo momento,

al castillo donde tenía asuntos pendientes. El camino

atravesaba un llano, una colina, otro llano, y el castillo quedaba

en el flanco de la siguiente colina. Había que atravesar

saucedales, bosques de robles y un trecho de matorrales, en

total, unos dos kilómetros a lo más. Llovía. Soplaba un poco

de brisa, las sombras cobraban vida. Yo me aferraba a mi valor

y mataba a mi imaginación pensando en esas noches de

guerra en las que no había fantasmas, sino peligros concretos

de los que estaba felízmente a salvo. El castillo es de un siglo

XVII, retocado de XVIII, retocado de XIX, retocado de XX, siempre

con retraso con respecto a las comodidades de la época

(así, para el siglo XX, se había de hecho quedado en 1907).

37

De sus orígenes conservaba sus dimensiones colosales, las

espaldas ásperas, el pecho abrupto, la tez oIivácea y una propensión

a la voz fúnebre. Debía al siglo XVIII los enyesados

con polvo de arroz perfumado, los estucos galantes, los afeites

dispuestos aquí y allá sobre los muros de galerías, alcobas

y corredores; el XIX le dió algunas estufas de cañerías fantásticas

y el XX una sala de baño, la única para cuarenta y ocho

habitaciones, pero vasta como estación de trenes, orientada

hacia el norte y tan fresca que allí se conservaban, en verano,

la carne y el pescado.

Es la morada de Anselmo de B ... , último descendiente del

linaje, soltero, sesenta y tres años (murió en 1945 -de muerte

natural). Vivía solo en ese inmenso castillo con un ama de

llaves conveniente, barbuda, irreprochable salvo sobre el asunto

de las cuentas, como se vió a su muerte (1953), para gran

regocijo de tres de sus sobrinos (que después cambiaron el

tono: procesos, demandas, e incluso insultos y golpes, sucesos

consignados en L'lndépendace du Var del 16 de enero de 1954).

El ama de llaves, la Srta. Barbe (la bien llamada), de gran osamenta,

gran cuerpo de mujer, construída -como el castillo- a

la usanza del siglo XVII, con carnes del XIX cuando la abundancia

no le metía miedo a nadie. Anselmo, fin de raza, incluso

extremo fin, un poco de anglomanía en las polainas. Ésta le

viene de su padre, quien se enlistó en la guerra de los Boers,

del lado de los Boers, evidentemente. Anselmo, como segundo

nombre, se llama Kruger. Además de su anglomanía, cantidad

de otras manías más internacionales: gran lector de periódicos,

pero únicamente periódicos y Jamás libros, gran amante

de la siesta, manía de adormecerse junto al fuego, manía de la

ociosidad total, manía de canturrear a labios cerrados, manía

de llevar el compás con el pie sobre los morillos de la chimenea,

compás por compás, viene al caso decirlo, ya que la música

le es completamente ajena. De hecho, para la música no

está más dotado que un mojón, sabe sin embargo que la cosa

existe, pero apenas, yeso es todo; manía del porte real, en la

que tenía éxito: siendo un hombre apuesto, tuvo sus aventuras,

creo que una vez con alguien bien que ya no regresó, y numerosas

veces con campesinas, con granjeras que, aunque sin

imaginación, todavía están atónitas del vacío total con el que se

entregaron al placer. Algunas de ellas se volvieron novelescas y,

favorecidas por el mercado negro, se compraron sus pianos.

Reflexiones de hoy. En aquella época, estaba lejos de encontrar

simpático a Anselmo de B

... y a la Srita. Barbe, sobre todo de

noche, sobre todo en invierno, sobre todo con un trabajo que

dependía de ellos.

Tuve que servirme de mi lámpara sorda para hallar la entrada

del castillo; era sin embargo majestuosa, aunque estuviera

escondida tras la hiedra. Las primeras gotas empinadas

de un chaparrón crepitaban en esa hiedra. La Srita. Barbe no

se asombró de mi llegada tan tardía : puesto que yo «trabajaba»

para el castillo, cualquier hora era buena. Me anunció no

obstante que el Señor barón estaba ausente, que se había

visto obligado a transladarse precipitadamente a Toulon, pero

que me había dejado instrucciones en manos de su prima.

No le conocía yo ninguna prima.

Tal prima, me informó la Srta. Barbe, estaba en el castillo

desde hacía ocho días, y ella misma me condujo a la salita de

música donde la Sra. baronesa Agnes se calentaba los pies.

La Sra. baronesa Agnes, a quien veía por vez primera, era

un gran caballo, pero un gran caballo de batalla. En los cincuenta

o sesenta años, bien conservada, aunque agrietada en


ciertas pártes. Rosada, de voz fuerte, una especie de Napo­

león, no solamente femenino, sino del norte, y gigante.

Supo darme, en efecto, todas las instrucciones que se pre­

cisaban y arreglamos el asunto en curso con bastante rapidez.

Para esas horas, se había desatado en el exterior una de esas

violentas borrascas que son el principal encanto de la región.

A pesar de su anchura de espaldas siglo XV II, el castillo gemía

en todos sus entablados y crujía en todos sus goznes. Las chi­

meneas rugían y el granizo crepitaba en los vidrios. «No puede

usted partir con este tiempo», me dijo la baronesa Agnes.

Charlamos cerca del fuego esperando de la tormenta una

ca lma que no llegó, al contrari o. Hacia las nueve de la no­

che, el tiempo, decididamente horroroso, estaba de no po­

ner un pie a la puerta. «Va usted a compartir mi huevo pa sa­

do por agua», me dijo la baronesa Agnes.

Era, felizmente, sólo una expresión, tuve un huevo pasa­

do por agua, entero, para mí. De nuevo charla, de nuevo

borrascas que empeoraban. Mientras, largos relámpagos di­

fusos estremecían las ve ntanas y el trueno cavaba en la no­

che ecos profundos.

«Va usted a dormir aquí, me diJO la baronesa Agnes, Bar­

be le hallará una recá mara .»

Barbe la halló. Era una recá mara de pesados cortinajes en

rojo y oro; tenía tres puertas que casta ñeteaban los dientes.

Llevaba acostado diez minutos y apenas entraba en ca lor,

pues encontré las sábanas heladas y ligeram ente húmedas,

cuando me aterrorizó la id ea de tener que leva ntarme al

baño. Ma l que bien me aguanté cerca de una hora, de

pués, me decidí a pararme. El cuarto era glacial. Abrí una de

las puertas que seguían castañeteando del pestillo. Daba a

un corredor, la otra también. La tercera abría al corredor por

donde había venido. Era alrededor de medianoche. Todo el

castillo estaba silencioso. Afuera, truenos y relámpagos de

azufre, aunque no se trataba del diablo. Me puse el panta­

lón y tomé mi ca ndelero. Primer corredor. Por él se iba hacia

el Este; hacia el Este y finalmente, hacia una escalera. Bajo la

esca lera : un nuevo corredor. Lo recorro: cinco puertas. In­

tento abrir la primera: cerrada. Tengo la mano sobre el pi ca­

porte de la segunda cuando me digo: ¿y si fuera la puerta de

la Sra. baronesa Agnes 7 En fin, trato de abirla. Cerrada. Inten­

to en la tercera: abierta. La empujo, gemidos lúgubres que

desperta rían a un muerto. Me hielo, me paralizo, aguardo.

Nada. Levanto mi vela. Estoy en un salón de gala, con tapi­

ces en los muros, El león de Nemea, si no me equivoco. Mi

mirada recorre la pieza. Se me encoge el cora zón: una cama

con un baldaquín, pero feli zmente, vacía. Si tiene baldaquín,

esta recámara debe tener un baño. En los muros del cuarto

hay ci nco puertas (un muro cuenta con dos). Abro una de

ella s: armario. Abro otra: pa sillo. Abro una tercera: baño, ru­

dimentari o, pero ¡ufl

De regreso a la re cá mara, la exa mino. Cama con balda­

quín, además si llones Lui s XIII y bibelots que las sacudidas

de la borrasca hacen sonar. Los tapices, efectivamente son

de El león de Nemea. Ahora se trata de regresar a mi alcoba.

Corredor, esca leras que remonto. Hace un rato no me per­

caté de que a lo largo de la escalera había una ga lería de

retratos ariscos: hombres de ley, obispos, arzobispos, viejas

desagradables. He ah í el corredor superior, una puerta, he

ah í la mía. Abro: estupor: no es, de ninguna manera, mi

cuarto roJo y oro. Es un ga binete de trabajo: biblioteca, escri­

torio atestado de papeles. Sin embargo, seguí bien, en sen-

38

tido inverso, el camino que llevaba a la recámara del balda­

quín. Veamos, rememoro, corredor, escalera, corredor, ter­

cera puerta, no hay duda y sin embargo, aquí tampoco cabe

duda. Es un gabinete de trabajo.

Bien, no se trata más que de regresar a la habitación de la

cama con baldaquín, es allá donde me debo haber equivo­

cado de puerta (allí eran cinco), debo haber tomado un

corredor en vez del otro. No se trata más que de estar aten­

to. Entonces, corredor, bajar las escaleras, tercera puerta a la

izquierda. Abro : estupor, no es la habitación de la cama con

baldaquín, es un saloncito. Comienzo a sentirme seriamen­

te fastidiado. Me digo que hace falta reflexionar. Reflexiono,

y entre más reflexiono más perdido me veo entre el rojo y el

oro, el baldaquín, El león de Nemea. Me digo: ya perdido,

no queda más que ir hasta el final del corredor, que bien

debe terminar en algún lado. Es más: a grandes males, gran­

des remedios. Camino, vuelvo a bajar una escalera, subo


por otra, doy vuelta a la izquierda, doy vuelta a la derecha. El

corredor no tiene fin, debe dar vuelta a todo el edificio. Lo

fastidioso es que no me habían dado más que un cabo de

vela que se consume con mucha rapidez. No nos aloquemos.

Creo reconocer una puerta. La empujo. iAh!, magnífico,

es el cuarto de la cama con baldaquín. Pero, ¿miré bien

hace rato? LOe donde saqué se me ocurrió eso del león de

Nemea? Los tapices representan a Don Quijote y a Altisidor,

sin duda. Debo haberme equivocado hace un rato. Las cinco

puertas, helas aquí. No, cuatro: un, dos, tres, cuatro. Esto

me parece ya prodigiosamente fastidioso. Tengo frío además.

Deben ser bien entradas las dos de la mañana.

Bueno, prosigamos. No veo. Por un momento pienso que

lo más sencillo sería que me acostara en la cama del baldaquín

que está allí, pero la cama no está tendida, no hay sábanas,

no hay más que una colcha. Busquemos una cama. Corredor,

escalera, he aquí de nuevo la galería de retratos. No,

39

me parece que en ésta hay más obispos que en la otra, o

más viejas, en fin, no lo sé. Una, dos, tres, tercera puerta, abro:

un pequeño gabinete de lectura (sin mesa, sin papeles), una,

dos, tres puerta s, abro: nada, un guardarropa vacío.

Puetra, puerta, puerta; armario de blancos, de trastos,

cocina fuera de uso, corredor, escalera, puerta: una alcoba

azul, verde, blanca, en ninguna está tendida la cama. ¿Será

que cambié de piso? Esas alcobas parecen menos lujosas,

menos cuidadas. Debo estar en un área de cuartos comunes.

Empujo puertas con desenvoltura y alguien lanza un

grito. Fatal. Estoy en la alcoba de la baronesa Agnes.

Me excuso, me explico, ella tiene tanto miedo que a su

vez se excusa y se explica: escuchó a alguien rondar afuera

de su alcoba y hace un cuarto de hora que esconde la cabeza

bajo las sábanas. Finalmente, una vez tranquila, me dice:

«Sa lga un par de minutos, me pongo una bata y lo acompaño

a su cuatro. Es cosa de niños. Conozco este castillo como

la palma de mi mano.»

Me alcanza afuera, vela en mano también, y partimos.

Corredor, escalera, galería de antepasados (me parece que

hay más guerreros que la vez anterior), corredor y henos aquí.

«Muchas gracias, Señora», abro la puerta. No hay ninguna duda,

ese no es mi cuarto. ¿Cómo que no es su cuarto? No, imire l

En efecto. Ah, sí, cómo soy tonta, - sí, sí, es sencillo. Esta es la

recámara del condestable, había que torcer a la derecha, pero

claro, cómo soy tonta, discúlpeme, venga. Corredor, escalera,

galería de antepasados (no los miro más), corredor, puerta,

henos aquí. No lo creo, Señora, mi puerta era cuadrada, ésta

es redonda. No, de ninguna manera, abra usted y verá. Abro.

No es lo, sino uno recámara con cama de baldaquín, hay

también un tapiz: El elefante del rey de Siam.

Estupefacta, la baronesa me dice: «iNo conozco esta alcoba

l» Nos quedamos fríos. Fríos es poco decir: estoy helado.

«Volvamos a mi cuarto», dice la baronesa. Bien lo quisiera,

pero es fácil decirlo y difícil hacerlo: corredores, escaleras,

corredor, baldaquines, tapices (todo sucede en ellos: el Orlando

furioso, el Coloso de Rodas, la jirafa, Pablo y Virginia,

etc.), galería de antepasados (todo Saint-Simon). Vamos a

parar a una especie de locutorio de muros desnudos, con

asientos de madera y un gran crucifiJO. «Es la primera vez en

mi vida que vengo aquí», dice la baronesa. También yo. Abrimos

una puerta. Da a una terraza, un soplo de viento nos

apaga las velas.

Terminamos la noche, la baronesa y yo, lado a lado sobre

una poltrona, no del sino de un salón de música, miserablemente

envueltos en un tapete para Jugar a las cartas. «Estréchese

contra mí, no tenga miedo, vamos, vamos», me decía

la baronesa Agnes en una voz desprovista de toda ternura.

Encadenamiento con una próxima historia.

Pero los pasillos del albergue están en sus respectivos lugares.

Nuestros amigos han pasado un buena noche. Desde la

mañana, un tiempo radiante. Han coseguido gasolina y la avería

ha sido reparada (no era nada, ha bastado con el muchacho

de la tienda quien apretó quién sabe qué.)

Ruta magnífica, un gran sol. Paisaje a la Poussin, cada vez

más novelesco. «Qué admirable país», dicen. Vemos, sobre el

camino, crecer un castillo.

Traducción de Alain-paul Mallard


los pies levantados y la boca pequeña,

al responderme: «Para no ocultarle

nada, no estoy dispuesto a gastar di­

nero, incluso en la mujer a la que lo

hago la corte. En cuanto a usted, no

podría ni siquiera ofrecerle un cintu-

rón. Incluso después de hacernos to­

talmente íntimos, a la pre­

gunta de: "¿Tiene usted a

algún vendedor de telas

entre sus conocidos?" real­

mente no podría responde

le haciéndole la prome­

sa de un

dob

retazo

de seda

ni la de

medio retal de un doble forro momi

rojo. Tengo que advertírselo desde

ahora, al no poder cumplir con lo que

habría prometido en un principio.»

Siendo que yo le otorgaba tanta pre­

ferencia, la impertinencia de sus pa­

labras hizo que lo encontrara odioso

e innoble. En los barrios de esta gran

capital seguramente no había "se­

quía" de hombres y me ima­

ginaba que muy bien po­

dría encontrar a otro

cuando precisamente en

ese momento, en la pe­

netrante tranquilidad

provocada por la lluvia

de verano que había em­

pezado a caer, un gorrión,

proveniente de una maleza

de bambúes, entró volando

por la ventana y extinguió

la luz. Ayudado por la

oscuridad, el hombre

me atrapó vigoro­

samente.Empe­ zaba a res-

p i ra r

con fuerza; extendió cerca de la almo­

hada algunos pañuelos de papel de

nombre «Kosugiwara»; y me dijo, gol­

peándome ligeramente la cintura: «¡Tuyo

por cien años! i Estúpido temerario, ig­

norante de los peligros de la existencia!

¿Acaso crees que te dejaré vivir noven­

ta y nueve? iLo que me dijiste hace

un momento fue muy vejatorio! En

menos de un año te obligaré a cami­

nar con un bastón, te demacraré la

barbilla y haré que te despidas de

este mundo efímero.» Así pensaba yo.

Y a partir de entonces, de día y de

noche, lo provocaba a la fornicación.

Cuando se sentía débil, lo hacía que

tomara un caldo de locha, huevos y

ñames de montaña. Como lo había

previsto, el hombre se agotó poco a

poco. Sucedió algo lamentable: en el

cuarto mes del año siguiente, hacia

la época en la que se efectúa el cam­

bio de ropa forrada de algodón por

la de entretiempo, a él lo resultó im­

posible. Permaneció vestido con un

traje doblemente forrado. Desahucia­

do por la mayor parte de los médi­

cos, con la barba larga y enmaraña-

las uñas crecidas, obligado a

colocarse la mano en la oreja

para poder oír, sacudía la

aspecto rencoroso, .o, incluso

cuando se contaban delan-

k te de él agradables his-

tonas sobre mujeres.

Traducción de Glenn

IHARA SAIKAKU (16427-1693), es una de las figuras más brillantes de la literatura

japonesa del siglo XVII. Célebre por su asombrosa facilidad para componer haikús, es

considerado también como el renovador de las artes narrativas de su tiempo.

\

cabeza

con un

Gallardo y Mar¬

k ta IVHIÍC


Febril revolucionario desde la adolescencia, José Revueltas

ya militaba a los 14 años en las filas del socorro

Rojo Internacional y en 1932, a los 18 años de

edad, se afiliaba al Partido Comunista Mexicano para

capitanear de inmediato la organización de las juventudes

comunistas en el país. Comprometido desde

entonces con los movimientos sindicales, y durante

un conflicto huelguístico en la fábrica de El Buen

Tono, fue aprehendido y condenado a su primera

prisión en el penal de las Islas Marias, cuyo director

era el general Francisco J. Múgica. Los muros de

agua, su primera novela es fruto de esa reclusión

de cinco meses, de la que seria liberado (era menor

de edad) gracias a las gestiones del propio general

Múgica.

Desde esos tempranos años, de escritor y de militante

revolucionario, aceptó su destino penoso de implacable

crítico y osado opositor tanto de las fuerzas políticas de la

derecha, el fascismo y el capitalismo nacionales e internacionales,

como de los complacientes simuladores de

la izquierda marxista y las organizaciones obreras, que a

juicio de los militantes no ortodoxos del mundo entero

no cumplían con el papel histórico y moral que estaban

obligados a cumplir. De una segunda reclusión en las

Islas Marías, adonde fue enviado (aunque continuaba

siend!J menor de edad), lo libraría una orden del Presidente

Lázaro Cárdenas. Pero retornó de inmediato a la

lucha revolucionara de militante y de periodista para afrontar

el resto de su vida -como se sabe- innumerables encarcelamientos

y condenas por supuestos delitos políticos

(la última de ellas la purga en Lecumberri tras los

sucesos violentos de 1968 en Tlatelolco).

En el campo de sus propios correligionarios -los partidos

y grupos de la izquierda radical a los que perteneció-,

las expulsiones y las condenas ideológicas fueron

tan numerosas para Revueltas como las que sufriera

a manos de las autoridades judiciales y políticas del

país. Desde su primera expulsión del PCM en 1943,

junto a otros disidentes marxistas, recorrió un largo camino

de ingresos, reingresos y nuevos repudios tanto

1914

, EDUARDO

LIZALDE

s

en el Partido Popular, como en el propio PCM, el POCM

y la Liga Leninista Espartaco, que fundó en 1960 y de la

que fue expulsado con un pequeño grupo de militantes

en 1963. La historia consta en múltiples libros de José

Revueltas y otros autores.

En estas cartas inéditas del final de los años 30, que

aquí se publican -una de ellas a un no identificado camarada

y poeta, la de mayo de 1938 a su compañero

del PCM, Carlos Sánchez Cárdenas (también valeroso

militante desde los años mozos, con quien tuvimos en

los años 60 Revueltas y otros camaradas del desaparecido

POCM graves diferencias políticas), lo mismo que

la carta al escritor Octavio G. Barreda, dejan ver de qué

manera se entregó siempre Revueltas, en cuerpo yalma,

a las tareas de la organización revolucionaria y en qué

medida el fuego de la pasión política lo consumió desde

el principio para conmover, atormentar a veces, a lo

largo y a lo ancho, su vida y su obra entera de escritor.

Una iluminada furia y devoción de mártir ateo, de incrédulo

cristiano (como dijo en otras palabras -1977- su

coetáneo Octavio Paz, que firmaba con él aquella carta

a Barreda), lo alentaron siempre a vivir con una implacable

fidelidad a unos principios y unas convicciones

ideológicas que, como en el alma de todos los revolucionarios

del mundo, empezaron a flaquear desde los

cismas de las revueltas antiestalinistas de los años 50 y

los 60 en Europa.

Al final de su vida, algo desencantado y escéptico,

pero decidido a morir por la causa del socialismo "con

rostro humano", me recordaba a aquel trágico personaje

de una obra de Don Miguel de Unamuno: San Manuel

Bueno Mártir, un santo sacerdote, líder espiritual

de su comunidad provinciana que no tenía el valor de

confesar a sus admiradores y devotos feligreses el secreto

ateísmo que lo devoraba.

Entre 105 libros más recientes de EDUARDO LIZALDE, nuestro director, se en·

cuen tran la antología de poesía amorosa, Recuerdo que el amor ero uno

blondo furia y una compilación, en dos tomos, de parte de sus ensayos y

artículos literarios bajo el título de Tablero de divagaciones.

- 1976

42 Revueltas en 1975. Foto: Christa Cowrie. Archivo JR (inédita) •


Tres cartas inéditas de

José Reweltas

La primera (a Lidio, cuyo apellido no se ha podido determinar)

sólo es un borrador, por desgracia inconcluso e in­

completo (falta la segunda hoja), que ha de datar de 1937

o 1938; su gran interés es que demuestra a las claras las

preocupaciones estéticas y antidogmáticas del joven Re­

vueltas, que se ven confirmadas y ampliadas en la magní­

fica carta que escribió a su hermano Silvestre en abril de

1938 y publicada en Los evocaciones requeridos.

La segunda estaba destinada a su camarada de las Ju­

ventudes comunistas, Carlos Sánchez Cárdenas, al princi­

pio de la estancia de Revueltas en Mérida (de mayo a agosto

de 1938) para dar clases en una secundaria federal y rea­

lizar tareas del Partido. En plena efervescencia del periodo

cardenista, Yucatán, por sus experiencias socializantes, ejer­

cía un enorme atractivo para los jóvenes intelectuales. Re­

vueltas se encaminó a esa región un año después de Octa­

vio Paz (febrero-mayo de 1937). Militante activo del partido,

Revueltas tenía problemas con éste, e irse a Yucatán repre­

sentaba una salida temporal a estos conflictos. Desde su

llegada a Yucatán se sintió renovado y con gran entusias-

mo para trabajar con los jóvenes de la JSUM; llevaba un

nombramiento para desempeñarse como maestro, pero

encuentró ciertas reticencias de la parte del SUTEY, a quien

no le gustaba que les mandaran órdenes del centro sin

consultarlos. Finalmemente, Revueltas se quedó en Méri­

da y no en Uayalceh, el pueblo al que se iba a dirigir, im­

partió clases en secundaria y, como Paz, escribió artículos

para el Diario del Sureste.

La tercera es un manifiesto firmado por la crema y nata

de las promesas literarias de los años cuarenta. La tragedia

de España, la debilidad de Francia e Inglaterra frente a Hitler

(anschluss, Checoslovaquia, Munich ... ) y el pacto germano­

soviético cegaron a más de uno, y muchos son los que de­

fendieron la neutralidad en lugar de combatir decididamen­

te la barbarie nazi. Sólo fue hasta 1941, con la entrada en

guerra de la URSS, atacada por las fuerzas del Eje, cuando

revisaron su posición para apoyar al «bando de los valores

humanos».

Andrea Revueltas

Años 40. Foto: Hermanos Mayo

44


CARTA A LIDIO

Estimado Lidio:

Cumpliendo una promesa -a punto de envejecer casi- hecha

a nuestro común amigo Jesús Madueño [O], he querido

escribirte una larga carta que me ha sugerido la lectura de

tus poemas. Realmente no se trata sólo de opinar sobre tu

poesía. Ella es el pretexto para poder formular una serie de

ideas sobre las cuales todos nosotros, los jóvenes, debemos

pronunciarnos. Ha sido una preocupación mía -sobre todo

en los últimos tiempos-la de que contribuyamos, cada quien

en la medida de sus posibilidades, a elaborar los puntos

programáticos, de principio, que deben regir nuestra actividad

intelectual. Naturalmente que no se trata de que repitamos

simplemente los consabidos principios marxistas, sino

que, basándonos en ello, meditemos sobre los anchos campos

que nos ofrece el materialismo dialéctico para la crea ­

ción artística. Esto exige ante todo, y hay que repetirlo cien

mil veces, una actitud desposeída en absoluto de todo prejuicio,

de toda inclinación dogmática y de toda falsa ortodoxia.

Lo primero que nos ofrece el [ ... ]

al mismo tiempo, no superior ni inferior, sino que vive

simplemente en las condiciones siempre cambiantes e imprevistas

de la vida.

Para elaborar nuestra posición ante [ ... ]

CARTA A CARLOS SÁNCHEZ CÁRDENAS

Mérida, Yuc., 14 de mayo [de 1938]

Estimado Sánchez Cárdenas:

Hace dos días llegué a ésta e inmediatamente me pu se en

contacto tanto con los compañeros del P[artido] como con

los de Juventudes. Todavía no he podido realizar ningún

trabajO excepto informarme de la situación que se tiene en

la organización. Los muchachos de JSUM [Juventudes Socialistas

Unificadas de México] acaban de expropiar al ex

Club Mérida, un magnífico local que tiene tanque de natación,

cancha para basquet, teatro, etc. Pien sa n poner mesas

de billar y otras cosas más. Como podrás comprender,

esto será un gran centro de atracción para la Juventud.

Hernán Morales me informó de los propósitos que tienen

para la realización de un Congreso de la Juventud del Sureste

(Yucatán, Quintana Roo, Campeche, Tabasco y Chiapas)

y que al efecto, se han puesto ya en contacto con

algunos gobernadores. Yo pienso que después de afianzar

organizativamente a las JSUM en Yucatán, se puede plantear

inmediatamente la realización del congreso mencionado

que tendrá una gran importancia nacional. Necesitamos

que ustedes por su parte procuren lograr todo el apoyo

del CEN [Comité Ejecutivo Nacional]; ya hemos hablado

en ésta con Alvaro Pérez Alpuche quien no muestra ninguna

objeción, pero como te digo, el problema no lo planteamos

con carácter inmediato, sino sólo hasta despu és de

que consolidemos efectivamente a las Juventudes aquí.

Como tú conoces muy bien la situación de ésta no tengo

por qué informarte del estado que guardan las Juventudes.

A mí me parece un gran movimiento Juvenil, como no había

podido ver todavía en ninguna otra parte del país. Hernán

Morales me parece un líder Juvenil extraordinario, Ile-

45

no de dinamismo y de iniciativa un auténtiCO dirigente de

jóvenes

Presenté al Partido la credencial que se me extendiÓ como

representante de la Comisión JuveniL Alvaro Pérez me presentó

ante las Juventudes como delegado autonzado del CE N aquí. lo

que ha hecho que los muchachos se muestren muy dispuestos

para conmigo. El asunto de mi trabajO personal en Uayalceh me

parece que no les agradó del todo a los compañeros del SUTEY

[Sindicato Unificado de Trabajadores de la EducaCión de Yucatán].

Creo que no les gusta que deCidan las cosas desde MéXICO

sin consultarlos previamente. Yo les expresé claramente que SI

mi nombramiento da lugar a Incidentes con el Sindicato estoy

pefectamente dispuesto a renunciar al Instante. Por su parte los

compañeros del PC no qUieren que yo salga a Uayalcell argumentando

que encerrado allá en la fin ca no podré entenderme

del trabajO de las Juventudes. (Considerando las facilidades que

tengo para el trabajo entre los Jóvenes por la buena acogida que

me han dado, creo que tienen ra zón.) El compañero Gottdiener

se mostró también un poco disgustado porque no le avisarorl

previamente que yo venía a Mérida Yo te ruego que le escribas

una ca rtiJ diciéndole que por uniJ pura cuestión de trámite esto

no fue posible, y en esta forma sallsfacemos la demanda de los

compañeros acá que siempre


CARTA ·A OCTAVIO G. BARREDA (1940)

José Revueltas

Monte de Piedad 3. Desp. 406

México D.F.

Sr. Octavio G. Barreda

LETRAS DE MEXICO

Estimado Octavio:

Me permito adjuntarle el manifiesto de los escritores jóve­

nes con motivo del pri mer aniversa ri o de la guerra:

«Los escritores Jóvenes abajo firmantes, en ocasión del

primer aniversario de esta segunda guerra europea, elevan

su voz de protesta para hacer patente su indignación contra

aquellas fuerzas políticas y económicas que han permitido

el desencadenamiento de la infame lucha . En la guerra que

actualmente contempla el mundo sólo hay un bando que

defender: el de los va lores humanos, el de la cu ltura, el del

porvenir del hombre; y este bando no está representado, ni

co n mucho, por las potencias llamadas democráticas, que

traicionaron a España y propiciaron su derrota, y menos aun

46

por las potencias totalitarias de Alemania e Italia, enemigas

de todo progreso y todo anhelo profundamente humanos.

Al condenar la actual contienda, los escritores jóvenes de

México o que radican en él, manifiestan su fe en la fraterni­

dad última y definitiva de todos los pueblos de la tierra.»

Firman : Alberto Quintero Alvarez, Antonio Sánchez Bar­

budo, Arturo Echeverría Loría, Andrés Henestrosa, Antonio

Magaña Esquivel, Adolfo Sánchez Vázquez, AIf Chumacero,

César Garizurueta, César Ortiz, Clemente López Trujillo, Efraín

Huerta, Efrén Hernández, Enrique Ramírez y Ramírez, Gena­

ro Carnero Checa, Ignacio León, José Alvarado, José Revuel­

ta s, José Herrera Petere, Juan de la Cabada, Juan Rejano,

Jorge González Durán, Lorenzo Varela, Marco Antonio Mi­

lIán, Manuel Lerín, Miguel Bustos Cerededo, Miguel García

Cru z, Manuel Germán Parra, Neftalí Beltrán, Octavio Paz, Oc­

tavio Nova ro, Pedro María Anaya, Rafael Solana, Ricardo Cor­

tés Tamayo, Rodolfo Dorantes, Raúl González García, Raúl Ortiz

Avila. (Rúbrica s)

Esperando in serte Ud. en su magnífica publicación el re­

ferido manifiesto, me es grato sa ludarlo,

José Revueltas.


La vida y la obra de José Revueltas dan a veces la impresión

de no ser sino una sola, porque algunos aspectos de su

biografía se asemejan extrañamente a ciertos temas de sus

novelas. Si bien es necesario separar análisis textual y

biografía, literatura y política, y evitar la contaminación de

unos por otros, el problema ideológico-literario que se planteó

a raíz de la publicación en 1949 de Los días terreno/es I es

un ejemplo de la mezcla casi inextricable de estos aspectos.

Lo literario se vio entonces dominado a tal grado por la

ideología, que desapareció durante algún tiempo.

Con ésta, su tercera novela, Revueltas llegó a una cumbre

de su obra literaria. Pueden contarse con los dedos de la

mano los lectores lúcidos, como los poetas Salvador Novo o

AIí Chumacero, que supieron apreciar la calidad literaria de

aquella novela apenas salida de las prensas, sin inmutarse

por su carga político-ideológica, lo cual es sintomático, ya

que fue la crítica ideologizada la que rechazó aquel libro.

Años después, olvidada la polémica que su aparición

desencadenó en 1950, y transformado el contexto global,

se ha vuelto mucho más fácil celebrar una gran novela.

Con esta perspectiva que da el tiempo, ¿puede afirmarse

que su crítica está superada y lista para desaparecer

definitivamente en el "basurero de la historia", junto con el

dogma en que se basaba? ¿No sería una lección digna de

meditarl Resulta ahora claro para todos que el valor literario

de este texto domina majestuosamente las ruinas de la

ideología stalinista que combatía, y rebasa ampliamente su

aspecto anecdótico y contingente (la historia de los militantes

comunistas mexicanos durante la clandestinidad) en

I Ediciones Era, 1979. Véase también la edición crítica, Madrid, Unesco,

Col. Archivos, 1996 (2' ed).

PHILlPPE CHERON

47

provecho de la lucha eterna por la justicia y la libertad en

contra de cualquier poder y cualquier dogma. Si es cierto

que "Ia ideología es siempre una tentativa por legitimar al

poder, mientras que la utopía se esfuerza siempre en

remplazarlo por otra cosa", 2 ésta es indispensable y debe

alimentar en permanencia a la primera. Hay y siempre habrá

que impugnar la ideología, considerada aquí en su relación

con la política, como cristalización de cierto número de ideas

aplicadas en una sociedad humana dada y erigidas en un

sistema incuestionable.

Llama la atención, en Los días terreno/es, la excelente

integració n entre literatura e ideología a la que Revueltas

llegó relativamente joven (tenía treinta y cinco años en

1949). Esta obra de madurez muestra que había logrado

ya, en aquel entonces, elevarse hasta un nivel respetable

de desenajenación con respecto al stalinismo. Esa lucha le

permitió sacar la cabeza, como los presos del Apando, de /0

"celda" ideológica en la que estaba encerrado. Pero en su

intento de "evasión" de la cárcel dogmática, cometió una

imprudencia al no darse cuenta de hasta qué punto estaba

aislado y de que no poseía los elementos teóricos necesarios

para hacer frente a la tempestad que iba a provocar. Para

seguir con nuestra metáfora, le "cortaron la cabeza" y sedó

con ésta en la charola como el Bautista al que describe en

su última novela.

Cuando la ideología se erige en dogma, se convierte en

una verdadera cárcel, y el siglo XX conoció una variedad

extrema de "prisión" con el stalinismo (el nazismo fue más

brutalmente militar, menos insidiosamente ideológico y de

ninguna manera universal). Mientras más hipócrita y

2 Paul Ricoeur, L'ldéologie et /'Utopie, París, Seuil, 1997.


oposiciones dejan de serlo,7 si fuera posible arraigarlo

fuertemente en la realidad material y no sólo en el espíritu.

Toda la novela está como marcada por un ritmo de juegos

de oposición : antiguo/moderno, intuición/razón, arte/

reflexión, femenino/masculino, verdadero/falso (o verdadero/

no verdadero), así como por el gran dualismo de la vida y la

muerte, presente, claro está, desde el principio hasta el final.

Revueltas llega a conclusiones que se sitúan en la frontera

entre praxis y mística : aceptar su verdad así como su no

verdad. Más que renunciamiento, que olvido de sí,

típicamente cristianos, diríase entonces que hay disolución

del yo en el vacío. No obstante, este esfuerzo desesperado

por hacer estallar la cárcel en que está encerrado el

pensamiento occidental, del que el marxismo no fue sino un

avatar, llega a una toma de conciencia limitada al individuo

(Gregorio) y, por ende, insuficiente para una filosofía

apuntando a la salvación colectiva en esta tierra.

Los días terrenales es una novela que va mucho más allá

de una simple crítica del stalinismo: se entiende que su autor

haya sentido cierto temor frente a su audacia y que haya

preferido esperar mejores días para volver a dirigir sus baterías

contra el dogma. La elección de su personaje principal,

especie de alter ego que unifica en él la visión artística y el

discurso racional, coloca a Revueltas, de una manera

inesperada, en la corriente del pensamiento contemporá neo

que se oponía a la razón cartesiana y aspiraba a una síntesis

entre esos dos polos del espíritu humano, del que el

surrealismo -aliviado de sus oropeles provocadores y de su

gusto por lo estrafalario, pronto recuperados, asimilados, por

la sociedad mercantil- es un digno representante. El tema

"fundacional" de la obra de José Revueltas, aunado al de su

militancia, es el de la cárcel, el del encierro a todos los niveles,

tanto por sus enemigos como por sus amigos, lo cual no se

puede desligar de sus esfuerzos por escaparse. Lo logró en

buena medida en el plano ideológico, en particular desde el

punto de vista ético, y plenamente en el campo de la estética.

Ésta es la parte más importante de su obra y de su vida,

difícilmente separables salvo para las necesidades del análisis.

Lo esencial es la presencia manifiesta, voluntaria, decisiva,

en esta vida y en esta obra, de una lucha permanente por la

verdad como fundamento estético, filosó fico y moral. La

organización carcelaria de su obra -podríamos decir resumiendo

así el célebre ensayo de Sartre a propósito de Faulkner y de la

organización temporal de sus novelas- B es el punto central de

su puesta en escena de una desesperanza fundadora y de la

lucha por la libertad. La cárcel (el encierro) y el esfuerzo por

evadirse de ella constituyen, pues, su piedra angular.

Esta dimensión carcelaria puede proporcionar una explicación

a la veta religiosa que atraviesa muchos de sus textos:

encarcelado, aislado, quiere re-ligar a cualquier precio. Revueltas

toma la palabra religió n en su sentido etimológico de religare:

vincular Alienado y encerrado en sí mismo, el hombre busca

salir de esta situación, co municar, vincularse a los demás. Se

trata, pues, de una religión humana, social, y si Revueltas se

remite al catolicismo, es sencillamente porque lo encuentra en

su camino, muy vivo, arraigado en lo más hondo del pueblo

7 Un poco a la manera del punto definido por André Breton en el Segundo

manifiesto del surrealismo

8 "A propos de Le bruit et la fureur: la temporalité chez Faulkner", Situotions

/, París, Gallimard, 1947.

51

mexicano. Revueltas asumió su vida como una especie de vía

crucis materialista: si hay deseo de evasión, es en ultima instancia

horizontal y no vertical, concierne al autor y a sus semejantes, a

su pueblo y por extensión a toda la humanidad. Para él la

"religión" es inmanente, no trascendente. Hay evasión para

reencontrarse a sí mismo en los demás. ¿Nostalgia de una

comunidad primitiva, ideal, proyectada en el futurol Tal vez.

Pero al mismo tiempo y sobre todo lucidez frente a la vanidad

de este tipo de utopí a, porque la suya - y quizá fuese la más

utópica de todas en nuestras sociedades cada vez más artificiales,

obsesionadas por el fantasma de un mundo sin mal y por la

felicidad hueca- exige la resolución de los problemas

socioeconómicos para toda la humanidad sólo con vistas a

acceder al alegre sufrimiento de la conciencia de sí.

En efecto, Revueltas parece habitado por la idea mesiánica

de que su deber consiste en traer la libertad a los hombres,

en esta vida, en esta tierra, pero predicando que esta libertad

permitirá al hombre acceder a su condición de ser humano

consciente y, de ahí, llegar a ser "libremente desdichado".

Revueltas logró evadirse de la cá rcel de la ideología y del

dogma, pero fue para encontrar la cárcel más amplia de una

sociedad enajenada, escandalosamente "encerrada" en la

miseria y la injusticia o plácidamente "aprisionada" en el

confort y el hedonismo vacíos.

Retomando la célebre réplica de Mefistófeles en el Fausto

de Goethe: "gris es toda teoría, y verde el árbol de oro de la

vida", y haciendo de ella su divisa, Revueltas no opone la

sensualidad a la austeridad y a la aridez del trabajo intelectual,

sino que considera el renacimiento y la Juventud como antídotos

de la teoría alienada, es decir, ideologizada. Así, para volver a

uno de nuestros hilos conductore s, transformemos esta

sentencia en una defensa e ilustració n de la literatura y en

particular de la novela. En efecto, fuera de su contexto, esa

frase de Goethe puede interpretarse de esta manera: la teoría

es limitada, se cristaliza baJO la forma de la ideología y luego se

fija definitivamente en un dogma que hay que romper y superar,

mientras que la gran literatura permanece para siempre y que

las hojas siempre renacientes de su árbol maravilloso terminan

por sumergir este dogma. La literatura ha desempeñado y debe

seguir desempeñando su papel en la lucha de la utopía contra

la ideología. Mina inagotable de conocimiento, las obras maestras

permanecen eternamente jóvenes.

Más allá del contenido ideológico, que se puede juzgar

marchito y gris, más allá del hecho de que es la huella del

combate librado contra el dogma, la novela clave de Revueltas,

Los días terrenales, es un relato legible y disfrutable medio

siglo después -como es el caso de Los errores, El apando y

muchos de sus cuentos, en detrimento de sus escritos

ideológicos. Esta parte de la obra revueltiana sigue viva gracias

a aquel árbol frondoso de la literatura, aquel hermoso "árbol

de las letras" como lo llama Juan Goytisolo. Es un buen ejemplo

de la capacidad de ésta por penetrar más hondo -a su modo,

que no es el de la ciencia- en la esfera del conocimiento, por

adelantarse al raciocinio. ¿No se valió Rilke, en otro contexto,

de la misma imagen vegetal cuando aseveró que la poesía

"es el pasado que reverdece y brota en nuestro corazón"l

Con Andrea Revueltas, PHILLlPE CHERON ha dedicado más de veinte añ os a la

edición de la obra completa de José Revuelta s, y ha escrito aSimismo una

amplísima tesis dOdoral sobre su obra narrativa. El ensayo que presenta·

mas es un fragmento de ella.


José Revueltas en 1962. fotografía dedicada a Christa Cowrie


En el principio era el caos, lo real animado por una pulsión de

muerte, lo social regido por la alienación y, para clamarlo y

despertar fuerzas que le fuesen contrarias, la escritura. Tal podría

ser la última declaración de José Revueltas para cuya formulación

el novelista habría recordado la obertura de Los días terrenales.

Al soñar con semejante frase póstuma para resumir

la posición de un escritor, he de explicarme. Dicha posición

de Revueltas desconcertó a muchos críticos que lo tildaron,

según sus propias tendencias y según el momento, de marxista

ora dogmático ora desviacionista, de existencia lista, de

último de los realistas, de humanista cuyo marxismo cobraba

tintes de cristianismo. Sorteando estos discursos, Evodio Escalante

interpretó con originalidad, partiendo de los conceptos

de flujos esquizoides y paranoides del deseo tomados de

Deleuze y Guattari, «el lado moridof», o sea aquel que lleva a

cabo el trabajo de lo negativo en la realidad, de una literatura

que redefinió como « máquina literaria» y que su autor reivindicaba

como materialista y dialéctica.

o posición anormal de las partes) >> ; y «aquello que choca en

extremo a la razón y la moraL»

En efecto, la obra de Revueltas ostenta una constancia en

la elección, aunque sin duda no en el manejo, de las llamadas

«situaciones límites» para los argumentos de sus novelas

y cuentos. Situaciones que, al pintar lo terrible y el horror,

recurren a lo grotesco y lo monstruoso. Sin embargo, la articulación

entre unas y otras categorías dista de ser tan obvia

como parecería a primera vista.

Desde luego, el horror y lo terrible mantienen estrechos

vínculos con el realismo revueltiano. Según Revueltas, ser

realista consistiría en mirar de frente, sin pestañear, la realidad

en su vertiente más insufrible para aprehenderla y expresarla

ciñéndose a la compleja dirección de lo insufrible

y/ o a la tensión de la máxima alienación. En este mismo

movimiento de entrega a la expresión del horror como rasgo

paroxístico de la alienación, yacería la posibilidad de revertir

ésta, o sea, de poner al revés el fascinante velo que

DE LO GROT CO y LO MONSTRUOSO

EN LA OBRA DE JOSÉ REVUELTAS

Si me refiero aquí a la posición del novelista es porque, al

menos en un primer tiempo, apostaré a creer a Revueltas

cuando afirma que sus deberes de escritor y miltante no

son sino uno solo, apartándole así de la dicotomía entre

escritor y militante o de la simple definición del «escritor comprometido».

Revueltas estaba comprometido en el sentido

en que se hallaba metido en un puerta estrecha. Esa posición

suya que no lo ubica frente a la escritura sino dentro de

ésta, posición compleja, movediza, dinámica -él hubiese

dicho dialéctica- es la que intentaré definir aquí en torno de

las nociones de lo grotesco y lo monstruoso en las cuales se

alían lo estético y lo ético.

Lo grotesco revueltiano no deja de asemejarse a la definición

que dio Víctor Hugo de esta noción : «Lo grotesco crea

lo deforme y lo horrible. lo cómico y lo bufo. Lo grotesco

es, según nosotros, la fuente más rica que la naturaleza pueda

brindar al arte.» En cuanto al monstruo y a lo monstruoso,

propondré aquí dos acepciones que nos interesan : «Ser vivo

u organismo de configuración anormal (por exceso, defecto

FLORENCE OUVIER

53

oculta la única verdad de la condición humana : que el hombre

no tiene más horizonte del bien que este mismo ejercicio

del revertir, el ejercicio de su conciencia «libremente desdichada».

Por supuesto, para ese marxista indómito, la salida colectiva

de la alienación hacia tan humilde ideal no había de separarse

de la utopía de la sociedad comunista final.

Con esta definición del realismo revueltiano, intento conciliar

mi lectura de la obra de Revueltas, la manera como éste

entiende su realismo literario y la manera como lo practica,

es decir su encarnizada búsqueda de una estética propia a la

vez que justa. Y es que las sucesivas formulaciones teóricas

del realismo que Revueltas intenta en sus ensayos dialogan

con su práctica del realismo en sus obras de ficción. 0, por

decirlo mejor, aquellos funcionan respecto de éstas a modo

de gramática que codifica o posteriori el uso de la lengua.

Así, la perspectiva consciente de un realismo propio, instrumento

y a la vez práctica de una filosofía activa, se inicia con

Los días terrenales, de 1949, y se refina en los años sesenta

con el prólogo a la segunda edición (1962) de Los muros de


da, la cual oscila entre la santidad del mártir y la animaliza­

ción. A un nivel literal, el oxímoron habría de leerse como un

síntoma del conflicto entre una expresión literaria desenfre­

nada y la ley coercitiva del sentido ideológico del texto. Por

fin, el simbolismo de las referencias bíblicas o míticas pre­

hispánicas convoca en los textos las imágenes fantásmaticas

de lo monstruoso como indiferenciación entre el mal y el

bien cuando se encuentran a punto de convertirse el uno

en el otro. De este modo, en estas primeras novelas de

dirección ética aparentemente unívoca, lo que aparece a

modo de conjuro es la virtual pérdida de sentido de lo mons­

truoso puesto que resulta doblemente equívoco.

¿Cómo se cumple más adelante en la obra la conversión

de lo monstruos0 7 ¿Cómo este signo de lo moralmente con­

denable, este recurso tan temible que había de sojuzgarse

en el plano estético, pasa a ser un recurso asumido por la

escritura donde se confunden las funciones estéticas y éticas?

Esta conversión sólo se produce plenamente en El apando

y en los textos posteriores, aun cuando su impulso

asomaba en la novela anterior, Los errores.

Puede contestarse esta pregunta observando que ésta

última, novelesca entre las novelescas, aún apunta a una

denuncia explícita del estalinismo inscrito en la lógica gene­

ral de la alienación. Puede decirse que este proceso de la

dinámica de los procesos de Moscú se funda en los actos y

discursos de unos personajes que son comunistas lúcidos y

desgarrados, objetivamente alienados, o comunistas cuya

mala fe y afición al poder los mantienen en una alienación

subjetiva. Puede notarse que, por primera vez en las novelas

de Revueltas, en El apando desaparece cualquier personaje

de comunista susceptible de representar un trabajo de lo

positivo en contra de la alienación y la abyección. Pero lo

que cambia con esto es la naturaleza de lo novelesco.

Los errores se asemeja en algunos aspectos a las novelas

de folletín decimonónicas. Si damos crédito a las declaracio-

nes de Revueltas acerca de sus predilecciones literarias, esta

novela de corte expresionista debería apuntar, mediante el

recurso de lo terrible y del horror, a un trágico dostoyevskia­

no. Sin embargo, fri sa en un patetismo de tenor romántico.

y el manejo de lo grotesco y del horror no es ajeno a este

resultado. En Los errores, se despliega toda clase de varia­

ciones en torno al tema de la alienación gracias a la urdim­

bre de dos argumentos entretejidos. El primero es político y

ligado a personajes de comunistas y fa scistas, el segundo es

criminal y lo viven personajes de ladrones, proxenetas, ena­

nos de circo y prostitutas. Esta novela voluminosa, típica­

mente urbana, se rige por el exceso expresivo a través de

una acumulación de personajes y anécdotas que provoca

una ca ri caturización del horror, demasiado contiguo a lo gro­

tesco. En ca mbio, el argumento de El apando es mínimo.

Esta novela brevísima se rige por la hipérbole a través de la

condensación de lo horrible. De lo urbano y de sus mitos de

inmoralidad sólo subsiste un lugar a la vez altamente simbóli­

co y tratado de manera realista gracias al uso de lo monstruo­

so en su afirma da anfibología la cárcel y, en su seno, su

quintaesencia, el apando. El texto se aprieta en un solo y largo

párrafo en torno de la alienación generalizada. En este continuum

narrativo se suceden imperceptibles cambios de pun­

tos de vista de uno a otro personaje a través de la contigüidad

de las imágenes, fantasías y actos de violencia que los persi­

guen y seducen a todos por igual. Así nace una suerte de

larga plegaria e imprecación, un magnífico oxímoron textual,

un objeto literario por fin propia y bellamente monstruoso. Así

es como se cumple la libre conversión de lo monstruoso.

FloRENcE OUVIER volvIÓ hace algunos años a Francia, después de viVIr una

larguisima temporada entre nosotro s. Adualmente hace Investigacion es y

da clases en la Universidad de Poitiers, donde continúa estudiando y traduciendo

a escri tores mexicanos


Con Los motivos de Ca/n, novela publicada

en 1957, 1 José Revueltas se convierte en

uno de los primeros autores mexicanos (si

no es que en el primero) que incorpora chicanos

como personajes viables. Según Evodio

Escalante, el interés de Revueltas en lo

chicano surge, tal vez, debido a que para el

autor mexicano, los chica nos, con su identidad

amenazada y una doble dosis de paciencia

para experimentar los efectos de la

discriminación racial, amén de la explotación

económica, se convierten en tema obligado

que debía tratar en sus obras. 2 Pero Escalante

también sugiere que la visión revueltiana

de los chicanos, o al menos su representación

literaria, tiende a verlos como una población

en fuga -desterritorializada podríamos

decir-, una población que siempre está

a punto de escapar de algo y que encuentra

en la incertidumbre de tal fuga, la única

"Los hombres en el pantano" de Dormir en

tierra (1960), Y aunque no abarca otros textos

de Revueltas, como sus crónicas de Visión

del Paricutín,4 sigue siendo uno de los

pocos estudios relevantes sobre el tema. Lo

que me interesa del anterior comentario es,

primero, la insinuación de que Revueltas incorpora

la noción de desprotagonización

(que, a mi modo de ver, es una forma de

des-territorialización) en su novela como un

punto de articulación fundamental de lo fronterizo,

y, segundo, lo incipientemente chicano

con lo mexicano en un periodo en el que

todavía retumbaban los ecos reprobatorios

que sobre el pachuco emitiera Octavio Paz

en El laberinto de la soledad (1950).

Jack Mendoza, protagonista de la obra,

actúa como elemento clave para representar

la tensión que surge de la des-temtorialización

fronteriza. Desertor de la guerra de

R L

entiende lo que es ser chicano a través

de "situaciones límite", es decir, situaciones

que llevan al ser humano a mostrar

sus formas más absolutas de despojamiento,

podemos decir que -jugando un

poco con los términos- Jack es un "ilegal

alien", un indocumentado, un personaje

que carece de "papeles de identidad" en

México. Y esta "ilegalidad" de Jack lo convierte

(en otro nivel) en un ser des-historizado,

sin documentos ni pasado, algo

que en el sentido de la ortodoxia marxista

revueltiana equivaldría a un ser sin historia,

un subalterno incapaz de hablar,

como diría Gayatri Spivak, y al cual Revueltas

ofrece su discurso marxista redentor

con el fin de salvarlo del infierno capitalista

dentro del cual, como chicano, será

sólo parte integral del margen social. Tal

vez por eso, al deambular perdido en el

DEAFUERA

LA CHICANIDAD EN LOS MOTIVOS DE CAíN, DE JOSÉ REVUELTAS

manera de asumir su existencia. Obviamente,

este juicio de Escalante responde a la

perspectiva de una época particular. 3 Su artículo

analiza la representación de los chicanos

en tres obras de Revueltas: el drama Israel

(1947), Los motivos de Caín, y el cuento

1 J. Revueltas, Los motivos de Caín, México, Era,

1979.

2 Evodio Escalante, "José Revueltas y la chicanidad",

Chicanos. El orgullo de ser. Memoria del

encuentro chicana 1990 (ed. Axel Ramírez),

México, UNAM, 1992, p. 125.

3 Hay una marcada escasez de estudios dedicados

a analizar la presencia de los chlcanos en la

literatura mexicana. De esa producción, los de

Juan Bruce-Novoa, "Chicanos in Mexican Literature",

Retrospace: Collected Essays on Chicana

Literature (Houston: Arte Público Press, 1990),

y de Luis Leal Leal, Aztlón y México: perfiles literarios

e históricos (Binghamton, NY, Bilingual

Press/Editorial Bilingue, 1985), se interesan en

escritores burgueses canónicos, excluyendo textos

como el de Revueltas.

.. En Lecumberri. 1970. Foto: Julio Pliego

Corea, Jack escapa a Tijuana donde se convierte

en un personaje enajenado, alien(ado).

La guerra es, pues, el mecanismo regulador

del accionar del texto revueltiano, y como

nos informa la voz narrativa cuando Jack atisba

la presencia de un policía militar norteamericano

en la calle y trata de ocultarse a la

entrada de un cabaret: "Desertor de una

guerra que aún no terminaba y en la que el

gran país norteamericano, ese 'hogar de los

libres y los bravos', ofrecía la sangre de sus

hijos para salvar al mundo democrático:'s Si,

como lo ha sugerido Escalante, Revueltas

4 Se trata de 'Viaje al noroeste de México", reportaje

de 1943 recogido en Visión del Paricutín

(y otras crónicas y reseñas), México, Era,

1983. Véase al respecto mi artículo "José Revueltas

y el 'México de afuera'" (primera parte

de este ensayo) aparecido en La Jornada Semanal,

10 de abril de 2001 .

s J.Revueltas, Los motivos de Caín , op. cit., p.

35. Todas las citas vienen de esta edición.

57

espacio fronterizo de Tijuana, Jack experimenta

una sensación de soledad demo­

Ipriora aun a pesar del lenguaje común.

Je siente enajenado e incapaz de pertenecer

a ese mundo donde "yo estoy fuera,

extraño, tal vez sin rostro, tal vez sin

labios, sin voz y nada tiene que ver el hecho

de que yo hable el mismo idioma y

que también sea mexicano -bien, mexicano

por ascendencia, ya que había tenido

la maldita suerte de nacer en Carolina

del Sur-, pero de cualquier modo un ser

ajeno que ha roto su relación con los seres

y las cosas y ahora ya no sabe nada,

nada, respecto a los demás ni respecto a

sí mismo". Se observa un sentido de desolación,

semejante a lo expuesto por Paz

en El laberinto y por el mismo Revueltas

en sus primeras observaciones (en su reportaJe

dé 1943) del "México de afuera".

Es decir, al igual que Paz, y a pesar de (o

tal vez debido a) sus fuertes convicciones

marxistas, Revueltas es incapaz de


JOHN HUDGINS

F A M

El poeta norteamerican o JOHN H UDGINS ( 1948)

es autor entre otros libros, de Curious World y

Waking ta the Cometo

Quién se burla realmente de la fama

cuando todo mundo la desea

en sueños me he visto mirándola de reojo

coquetear con ella acariciar sus rizos

pensando "soy un hombre casado"

pero la muchachita enloqueció con mi lectura

para mí esa es la fama

para otro será no tener deudas

manejar un porsche

disfrutar del aplauso

o encontrar en la compañía de otros

la seguridad que no tiene a solas

la fama:

mirar tu nombre en la tapa de un libro

al pie de una fotografía

tres invitaciones para participar en programas

fiestas exclusivas y cartas a raudales

alguien que te detiene en la calle y te dice

"te adoro" o Iteres un idiota"

la fama confunde tanto

como la carencia de fama

sólo que el ruido no es ya intermitente sino incesante

tú mismo contribuyes a él con tus declaraciones

por la noche zumba como un mosquito

gotea como una llave de lavabo descompuesta

compras tapones de cera

pero las sirenas ya están a tu lado

60

A


Cualquier estudio de la obra de José Revueltas

permanecería incompleto si no

considerara su larga historia de militancia

polftica. Desde su primer arresto en 1929

hasta su último que durara de 1968 a 1971,

su vida se caracterizó por la rebeldía y la

resistencia al poder del Estado mexicano

y, en muchas ocasiones, a los órganos oficiales

de la oposición comunista. Desde la

publicación de su primera novela, Los

muros de agua (1941), su obra literaria

mostró un marcado interés en conflictos

políticos, y si la militancia polftica de Revueltas

se refleja claramente en los personajes

y en las tramas de sus obras, ésta

también juega un papel crucial en la forma

de las mismas. El aparato teórico marxista-leninista

que guió al autor a través de

su vida polftica también marca su método

literario que es materialista y dialéctico. Es

con esto en mente que me acerco a El

apando -última novela de Revueltas, escrita

entre febrero y marzo de 1969 en el

·Palacio Negro" de Lecumberri, donde estuvo

encarcelado por su participación en

el movimiento estudiantil de 1968.

Como lo indica el título de un artículo

del Centro de Investigaciones Lingüístico­

Literarias (ClLL) dedicado a esta novela, El

apando puede fácilmente parecerle al lector

una "metáfora de la opresión". Comenzando

con la forma misma, la novela es

un texto opresivo y sofocante. Consiste de

un solo párrafo de cuarenta y cinco páginas

donde tiempo, espacio y movimiento

se condensan violentamente. La trama es

simple -un fallido intento de introducir

droga a la cárcel-, pero la forma narrativa

de Revueltas transforma esta simple trama

a una pesadilla desesperante en la cual

el sistema represivo carcelario domina a

toda la sociedad. Prisioneros y carceleros

son víctimas de un mismo sistema. Esto

es evidente desde la primera oración:

Estaban presos ahí los monos, nada

menos que ellos, mona y mono; bien,

mono y mono, los dos, en su jaula, toda-

LUIS A. MARENTES

n O

DE JOSÉ REVUELTAS:

ETÁFORA DE LA OPRESióN

y LA RESISTENCIA

vía sin desesperación, sin desesperarse del

todo, con sus pasos de extremo a extremo,

detenidos pero en movimiento, atrapados

por la escala zoológica como si

alguien, los demás, la humanidad, impiadosamente

ya no quisiera ocuparse

de su asunto, de ese asunto de ser monos,

del que por otra parte ellos tampoco

querían enterarse, monos al fin, o no

sabían ni querían, presos en cualquier sentido

que se los mirara, enjaulados dentro

del cajón de altas rejas de dos pisos, dentro

del traje azul de paño y la escarapela

brillante encima de la cabeza, dentro de

su ir y venir sin amaestramiento, natural,

sin embargo fijo, que no acertaba a dar el

paso que pudiera hacerlos salir de la interespecie

donde se movían, caminaban,

copulaban, crueles y sin memoria, mona y

mono dentro del Paraíso, idénticos, de la

misma pelambre y del mismo sexo, pero

mono y mona, encarcelados, jodidos. (11 )

El tono de la obra se establece desde

esta primera oración. Nos encontramos con

prisioneros enajenados de su condición

humana, seres jodidos sin memoria y sin

aparente escapatoria. Poco después, sin

embargo, descubrimos que estos monos

no son los prisioneros sino sus guardianes.

Paradójicamente "los presos eran ellos y

no nadie más, con todo y sus madres y

sus hijos y los padres de sus padres" (13).

De esta manera la opresión del sistema

carcelario se desborda de los muros de

piedra penitenciarios para incluir en ella a

la sociedad en general. A esto hace referencia

el propio Revueltas en una entrevista

con el ClLL: "La cárcel misma no es sino

un símbolo porque es la ciudad cárcel, la

sociedad cárcel" (ClLL 60).

61

Visto desde esta perspectiva, El apando

nos presenta un mundo totalmente

opresivo sin escapatoria aparente. Es por

esto que abundan interpretaciones del texto

como la del ClLL que opina que "en el

sistema narrativo empleado por Revueltas

comienzan a operar diversos procedimientos

tendientes a un último efecto ... mostrar

la realidad y el hombre en su proceso

y estadio definitivo de degradación" (43).

Encontramos una interpretación similar en

Jorge Ruffinelli quien escribe que "El apando

es de algún modo una suerte de testamento

literario, la clausura de un ciclo productivo

que después de casi cuarenta años

de escritura depositaba al autor en la soledad

y el fracaso" (133). Por su parte Sam L.

Slick, biógrafo del autor, considera que de

Los muros de agua a El apando Revueltas

transforma su perspectiva de un idealismo

marxista a un existencialismo realista (92).

Como las citas anteriores indican, la

opresión y degeneración llevadas al límite

en la última novela de Revueltas pueden

ser interpretadas como producto de la total

desesperación y crisis existencial del

autor. El apando ha sido leído como el

testamento de un hombre quebrado quien

ve en la condición humana una prisión sin

posibilidad de escape o trascendencia. Tal

apreciación de la obra de Revueltas es inadecuada

y peligrosa. El problema con este

tipo de interpretación ha sido claramente

identificado por Evodio Escalante, quien

abre su polémico libro sobre el autor advirtiendo

a sus lectores sobre las connotaciones

ideológicas de ciertos acercamientos

críticos a la obra revueltiana:

Colocada a mitad de camino entre los

textos literarios y el lector, la crítica ... no fun-


aparece como un ser humano llevado al

límite de la degradación. Lleva este nombre

"ya que valía un verdadero caraja para todo,

no servía para un caraja, con su ojo tuerto,

la pierna tullida y los temblores con que se

arrastraba de aquí para allá, sin dignidad,

famoso en toda la Preventiva por la costumbre

que tenIa de cortarse las venas cada

vez que estaba en el apando" (15). Sin

nombre o dignidad, mutilado, insultado por

sus compañeros, El Caraja parece carecer

de cualquier posibilidad de emancipación.

des carcelarias y se convierte en suyo una

vez más. Los supuestos intentos de suicidio

corresponden a un plan perfecto:

A propósito se arrimaba a la puerta de

la celda ... para que el arroyo de la sangre

que le brotaba de la vena saliera cuanto

antes· del estrecho andén, en el piso superior

· de la Crujía, y de ahí resbalara al

patio, con lo que se formaba entonces un

charco sobre la superficie de cemento, y

calculado el tiempo en que esto habría

ocurrido, El Caraja ya se sentía con la en-

Descansando durante un viaje a Belice. marzo de 1948. Archivo JR (inédita)

Sin embargo, en el mundo revueltiano de

contradicciones dialécticas, éste es el personaje

con mayor autoconciencia y, por lo

tanto, con más posibilidades de escape. En

el mundo de Revueltas, como apunta Evodio

Escalante, "paradójicamente, la mutilación

... proporciona al cuerpo una conciencia

potenciada de sí" (74-5). Por su parte,

el propio Revueltas escribe que "la lucha

por la desenajenación seguirá siendo ella

misma una lucha enajenada importante

considerar la relación de El Caraja con su

propio cuerpo. Una lectura superficial nos

puede llevar a pensar que los momentos

en que éste se corta las venas son momentos

de absoluta desesperación. Sin embargo,

éste no es el caso. El narrador insiste en

el control que El Caraja ejerce sobre su propio

cuerpo. Este nunca se suicida: "abandonado

hasta lo último, hundido, siempre

en el límite, sin importarle nada de su persona,

de ese cuerpo que parecía no pertenecerle,

pero del que disfrutaba, se resguardaba

, se es condía, apropiándoselo

encarnizada mente, con el más apremiante

y ansioso de los fervores, cuando lograba

poseerlo, meterse en él" (15-6). El cortarse

las venas no es un acto para perder la vida,

sino para ganar control sobre ella. A través

de estos actos el mutilado cuerpo del prisionero

deja de pertenecer a las autorida-

contra mas una mente plenamente consciente

de su lugar en el mundo.

Con la misma frialdad, El Caraja recluta

a su madre en el complot para introducir

la droga. Una vez que fracasa el plan, El

Caraja traiciona a su madre al anunciar a

las autoridades que ella tiene la droga escondida.

Esto parece convertirlo en un personaje

aun más ruin. El final de El apando

con el virtual descuartizamiento de los protagonistas

y la traición de El Caraja parecen

confirmar una lectura pesimista de la

obra. Con los protagonistas derrotados y

envilecidos, ¿dónde se puede encontrar la

esperanza en la obra? Propongo que precisamente

esta traición de la madre apunta

hacia cierta salida de las contradicciones.

Al acusar a su madre y, por ende, a sí

mismo como conspirador, El Caraja condena

y niega sus circunstancias. Su madre,

silenciosa y resignada, lo acompaña regularmente

durante las horas de visita. Ella le

da dinero para la droga, pero rara vez le

habla. Cuando lo hace es para decirle "La

culpa no es de nadien, más que mía, por

haberte tenido". Esta aseveración es ambigua.

No está claro si es una culpa hacia el

hijo por traerlo a un horripilante mundo o

hacia la sociedad por haber creado un drogadicto

criminal. La saña que expresa El

Caraja hacia madre, sus múltiples actos de

64

autodestrucción pueden integrarse a una

visión ortodoxa del marxismo como el último

paso de la conciencia de sí. Es la contradicción

a la que apunta Georg Lukacs

en su Historio y conciencio de clase al escribir

sobre la manera en que el proletariado

adquiere conciencia de clase al darse

plena cuenta de sus paupérrimas condiciones,

y una vez adquirida esta conciencia

la meta es destruirse a sí mismo como

clase para destruir las condiciones que lo

han formado como tal.

Es en casos como éstos - personajes

como El Caraja; el carnaval creado por la

protesta de las mujeres; la reapropiación

del deseo sexual; el puesto de observación

- que el aparente hermetismo de El

apando se abre y nos presenta con opciones

emancipadoras, difíciles de encontrar,

pero de todas maneras presentes. Con esto

en mente, parece adecuado compartir la

conclusión del libro de Escalante para decir

que: por encima de las lecturas existencialistas,

pesimistas, freudianas o de cualquier

otra ortodoxia - [la obra de Revueltas

tiene) un sentido, pero sobre todo un efecto

eminentemente revolucionario, capaz de

resistir y sobrepujar cualquier intento de

interpretación, cualquier intento de recuperación,

lo mismo burocrática que mercantilista.

(112-3)

Desde esta perspectiva, El apando

deja de ser una mera metáfora de la opresión

para convertirse en una metáfora de

la opresión y la resistencia.

Obras citadas

Bakhtin, Mikhail. Problems of Dostoevsky's Poe­

tics. Minneapolis: U of Minnesota P, 1984.

Centro de Investigaciones Lingüístico-Literarias

(C1LL). "El apando: Metáfora de la opresión:' Tex­

to Crítico, Xalapa, Universidad Veracruzana, año 1,

n° 2 (1975): 40-66.

Escalante, Evodio. José Revueltos: Uno literatu­

ra del "Iodo moridor': México: Era, 1979.

Foucault, Michel. Discipline and Punish: The Birth

of the Prison. Nueva York: Vintage, 1979 (en

español: Vigilar y castigar, México, Siglo XXI).

Revueltas, José. El apando. México: Era, 1985.

-. Dialéctico de lo conciencio. México: Era,

1982.

- . "Literatura Y liberación en América Lati­

na:' Cuestionamientos e intenciones. México:

Era, 1978. 287-3 18.

- . Los muros de aguo. México: Era, 1986.

Ruffinelli, Jorge. José Revueltos: Ficción, polftico y

verdad. Xalapa : Universidad Veracruzana, 1977.

Slick, Sam Uosé Revueltos. Boston : Taylor, 1983.

LUIS A. MARENTEs es profesor en el departamento

de español y portugués de la Universidad de

Massachusetts Amherst Este artículo es una

adapta ci ón del en sayo «José Revuelta s El

apando: Metaphor of Oppression and Resistance»

publicado en Monographic Review/Revista

Monográfico, vol. XI, 1995.

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