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© 2003

Un cuento He’ Mem

Una nueva oportunidad (Mamá chica)

Segunda edición

Mayo 2010

Publicado por:

Escritores Teocráticos Ediciones

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Cuento

"UNA NUEVA OPORTUNIDAD (Mamá chica)"

Doña Angélica, se pasea nerviosa por la habitación. Su figura delgada y de porte digno, deja ver su

origen de familia culta y acomodada. De vez en cuando, atisba por la ventana impaciente. Recoge su

cabello rubio, con una cinta, amarrándolo por detrás, en una 'cola de caballo'. Por tercera vez entra en el

dormitorio de su hija, Camila. La muchachita oculta su rostro entre sus manos. Levanta la vista al sentir

que su mamá ha entrado en la habitación. Sus ojos rojos e inflamados denotan que ha estado llorando

por largo rato.

–– ¿Llegó mi papá? –pregunta con voz entrecortada.

–– No. No ha llegado –responde su mamá, sentándose a su lado, sin atreverse a tocarla.

Doña Angélica observa a su hija con una mirada indefinida. Mezcla de amargura, pena y frustración.

Se la queda mirando impávida, sin saber qué mas decir, o qué hacer. Ya ha derramado suficientes

lágrimas, en estas últimas noches. Ya no tiene nada más que decir a Camila. Ella, precursora regular, y su

esposo don Gerardo, uno de los ancianos de su congregación, ya le han dicho de todo. Primero fue

estupor y espanto. Luego acusaciones mutuas y vergüenza. Sus ojos están secos de tanto llorar. Solo la

observa.

–– ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te prepare algo?

–– No, mamá. No tengo hambre. Siento nauseas.

–– Es por tu estado.

–– ¿Se sienten nauseas?

–– Por supuesto. Yo las sentí cuando esperaba a tu hermano.

–– ¿Y cuando me esperaba a mí?

–– No. Contigo fue distinto. Me vine a dar cuenta que estaba embarazada de ti como a los tres meses.

–– Mamá...


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La muchachita se arrima a su madre, con mirada suplicante, deseando una caricia, o una pequeña

muestra de comprensión. Hasta ahora solo ha recibido la fría mirada de doña Angélica, quien ha logrado

mantener, hasta ahora, su entereza delante de su hija.

–– Mamá...

–– ¿Sí? –responde impávida.

–– ¿Por que me odia? –pregunta con sus ojos vidriados.

–– No te odio, hija. Solo estoy muy dolida contigo.

–– Es que necesito que me abrace y no... –su voz se quiebra.

La mujer se acerca a la joven, poniendo la cabeza de ella en su regazo, mientras le acaricia el

cabello, sin decir palabra. Lentamente desliza la cinta que amarra el pelo de su hija, retirándola

suavemente. El cabello suave y fino de la muchacha, se suelta rápidamente, cubriéndole el rostro. Doña

Angélica recoge el rubio cabello entre sus manos y con ademanes que denotan una gran ternura, vuelve a

atar la cinta. Una incipiente lágrima comienza a deslizarse por la mejilla de la mujer.

— Mamá...

— ¿Sí?

— Yo no quería... no quería que pasara esto...

— Nadie lo quería, hija. Pero pasó...

— ¿Qué va a hacer de mi papá? ¿Va a perder su privilegio por mi culpa, como dijo?

— No lo sé, hija. Eso lo sabremos cuando regrese de la reunión que tiene con los demás ancianos de

la congregación.

— ¿Me va a pegar?...

— No, Camila. Cómo se te ocurre –responde la mujer, cerrando los ojos–. A los hijos se les disciplina

según el consejo de Jehová. Y a ti ya se te disciplinó en el comité judicial. Además lo fuiste cuando se leyó

la censura pública en la congregación. No fue fácil para ninguno de nosotros. De algún modo Jehová nos

disciplinó a todos.

— Pero a ti no se te quitó el privilegio de precursora...


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— Es que los ancianos estimaron que no había responsabilidad de mi parte. Sin embargo siento que

todos tenemos parte de culpa, hija.

— Pero ¿y mi Papá...?

— Bueno, no lo sé, hija. Pero él se responsabilizó por ti cuando te dio permiso para quedarte fuera de

casa a pesar de que yo no estuve de acuerdo.

— ¿Por qué no te hice caso, mamá? –dice, retirándose del regazo de su madre–. Me habría ahorrado

tanta angustia. Fui una tonta.

— Eso ya lo hemos conversado, hija. El hecho de que ese muchacho estuviera estudiando la Biblia y

asistiendo a las reuniones, no era garantía de que amara a Jehová y que apreciara sus elevadas normas

de moralidad.

— Pero él se veía tan responsable, tan amable y atento conmigo mamá...

— ¿Tan honorable...?

Camila calla avergonzada. Sabe lo que su madre quiere decir. ―Honorable‖, ―el más honorable de toda la

casa de su padre‖. Ese calificativo se le aplica en la Biblia a Siquem, hijo de Amor el heveo, quién violó a

Dina, la hija de Jacob quien ―solía salir para ver a las hijas del país‖. Seguramente a Dina también se le

había advertido de la imprudencia de frecuentar amistades que no amaban a Jehová. Los resultados

finalmente fueron desastrosos, tan desastrosos como los de Camila.

Cándidamente había pedido permiso a su padre para asistir a la casa de Miguel, el estudio del

hermano Juvenal, precursor regular. ―Su hermano llega de España y la familia le va a hacer una

bienvenida‖. Recuerda que sus padres ya le habían advertido de no frecuentar al joven. Pero como iba a

asistir el hermano Juvenal, finalmente su padre había accedido sin el consentimiento de su madre.

Siempre se sintió regalona de su padre. Difícilmente don Gerardo le negaba algo. ―La quiere tanto que la

tiene malcriada‖ se quejaba doña Angélica, medio en serio medio en broma. Por ello se siente tan

culpable de que su padre esté arriesgando su privilegio por su causa. Sin embargo su madre siempre fue

más perspicaz y más estricta con ella. ―Te veo muy encandilada con ese joven, Camila. Y solo tienes

dieciséis años, hija.‖ ―Ese joven aún no es testigo, mi amor. No sabes sus intenciones‖ ―Recuerda que el

corazón es traicionero, hijita.‖ ―No veo que sea prudente acompañar siempre al hermano juvenal a hacerle


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estudio al joven‖. ―¿No te parece extraño que el joven insista tanto en que acompañes a Juvenal?‖. Las

recomendaciones de su madre parecen golpear su angustiado corazón, pero demasiado tarde para ella.

Esa noche, en la bienvenida del hermano de Miguel, estaba toda su familia. Parecían tan simpáticos.

―Es como si fueran testigos, papá‖, había dicho a su padre por teléfono. ―Su mamá dice si me das permiso

a quedarme un rato más, porque el hermano Juvenal tiene que irse a conducir otro estudio‖. ‖Ellos me

irían a dejar en su auto después‖.

Lo que pasó esa noche, en el cuarto de Miguel, mientras los demás estaban entretenidos festejando

al recién llegado, la atormentó durante los siguientes dos meses. Su vergüenza y el terror de tener que

contarlo a sus padres, la hizo ocultar el hecho. Pero cuando comenzó a sentir esos extraños mareos

decidió hacerse una prueba de embarazo aconsejada por una compañera de colegio. El solo recordar lo

que sintió cuando el examen dio positivo, la hace revivir el pánico que se apoderó de ella aquella vez. No

lo podía creer. Sintió que Jehová la estaba señalando delante de todos. Recordó lo que Jehová le había

dicho a David, cuando éste había ocultado su pecado con Bat-seba: ―Mientras que tú mismo obraste en

secreto, yo, por mi parte haré esta cosa enfrente de todos y enfrente del sol‖. Su embarazo sería como un

sol en la oscuridad. No pudo soportarlo. Su conciencia y su joven corazón la condenaban. Arrepentida en

lo más profundo, confesó su pecado. Primero a sus padres, luego a los ancianos de su congregación. El

que no la hayan expulsado, le parece una bondad demasiado inmerecida de parte de Jehová para ella. Se

siente tan culpable, e indigna de estar en el pueblo limpio de Dios. Los ancianos fueron muy amorosos

con ella, al ver su sincero arrepentimiento. Y los hermanos también se comportaron muy comprensivos

con ella después que se anunciara su censura pública, a pesar que siente haberles traicionado a cada uno

de ellos.

— Mamá, ¿cuándo se me notará el embarazo?

— Bueno hija, a partir del tercer mes ya se comienza a notar, pero eso es relativo. A mí se me

evidenciaron como al cuarto mes. De modo que es posible que a ti también.

En el marco de la puerta, Francisco, hermano menor de Camila, ha estado observando con curiosidad

la escena. Al percatarse que su madre ha notado su presencia, se acerca a las dos mujeres.

— ¿Estás hace mucho rato escuchando, hijo? –pregunta doña Angélica preocupada.


madre.

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— ¿Porqué está llorando mi hermanita, mamá? –responde el pequeño, sin contestar la pregunta de su

— Es que está muy triste –contesta doña Angélica, por decir algo.

— ¿Porque mi papá le pegó?

— No, hijo. Tu papá nunca le ha pegado a tu hermana.

— A mí no me gustaría que mi papá le pegara a mi hermanita –dice tristemente el niño, mientras se

acerca a su hermana, abrazándola por el talle.

— A los padres tampoco nos gusta tener que hacerlo, hijo –responde doña Angélica, acariciando la

cabeza del niño–. Pero a veces es necesario cuando los hijos no obedecen de otra manera.

— Qué es estar embarazada, mamá? –pregunta sorpresivamente el niño.

— ¿Dónde escuchaste eso, Panchito? –pregunta doña Angélica, sorprendida.

— Yo la escuché a usted, cuando se lo dijo a mi hermanita.

Doña Angélica y su hija cruzan miradas interrogativas. La mirada inteligente del niño, recuerda a doña

Angélica, a su propio padre, de quién su hijo, al parecer, heredó esa agilidad mental con que parece

entender las cosas, a diferencia de otros niños. Al menos así lo cree su padre, cuando regalonea con él.

— Mamá, ¿cómo le vamos a explicar cuando me crezca la...? –dice en voz baja la joven, deteniendo su

comentario, al notar que su hermanito abre sus ojos como si quisiera no perderse nada de los que ellas

conversan...

— Supongo que tendremos que explicarlo de todos modos –responde la mujer–. Después de todo lo

que Francisco no entiende, lo inventa –dice sonriendo, dando un toque de humor a la tensa situación.

— ¿Qué es lo que invento, mamá? –dice sonriendo el niño, sin entender mucho.

— Nada, hijo. Nada –responde su mamá, acariciando su cabello, mientras su hermana sonríe por

primera vez, desde que comenzó toda la tensión que se inició con su voluntaria confesión.

— ¿Qué es lo que le va a crecer a la Camila, mamá? –dice Francisco, haciendo gala de su buen oído.

— ¿Te das cuenta mamá? –exclama sonriente Camila–. El Panchito tiene antenas en vez de oídos.


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— Ay, este niño –responde doña Angélica, meneando cariñosamente la cabeza de su hijo, quien se ríe

haciéndose el gracioso–. Es igual que mi papá... No se le escapa nada, ja, ja, ja. Al menos nos ha hecho

reír un poco.

— Ya, pu' mamá. ¿Qué le va a crecer a la Camila? –insiste el niño.

— Mira Francisco, lo que te vamos a decir, es muy, muy delicado –dice doña Angélica, sentándose al

lado de su hijo–. Es muy importante que no lo cuentes a nadie... ¿entiendes, hijo?.

— ¿Ni siquiera al Juanito?

— Ni siquiera al Juanito. Aunque sea tu mejor amiguito. Este es un secreto ¿De acuerdo?...

El niño asiente con su cabeza, con sus ojos muy abiertos, y muy atento a lo que va a escuchar, como si

intuyera algo muy grave.

— Mamá... ¿Estás segura...? –pregunta preocupada Camila.

—Hija, de todos modos se va a dar cuenta... Es mejor que lo sepa desde ahora, y sepa como

comportarse en esta situación –responde la mujer. Luego se dirige al niño–: Mira hijo. Tu hermanita va a

tener... un hijo de ella.

dos.

bebé.

— ¿Un hijo? ¿Como una mamá? –interrumpe el niño, abriendo sus ojos sorprendido, y mirándolas a las

— Sí, hijo. Como una mamá. Primero su barriguita va a crecer por un tiempo, y luego va a tener a un

— Pero... pero ella es muy chica. ¿Las niñas también pueden ser mamás? –pregunta, mientras mira de

reojo el vientre de su hermana, para constatar si ya ha comenzado el "crecimiento".

— Sí, hijo. Lamentablemente también pueden ser mamás, aunque no es lo mejor para ellas, puesto

que primero deberían hacerse adultas antes de casarse y tener hijos.

— ¿Una mamá? ¿Una 'mamá chica'? –pregunta el niño, aún sin poder entender mucho.

La muchacha baja la vista, avergonzada, mientras su mamá habla con su hermanito. Sus ojos

nuevamente lucen vidriosos.

— ¿Y va a ser hermanito mío? –continúa el niño–. ¿Voy a poder jugar con él, mamá?


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El repentino entusiasmo de Francisco, deja ver que aún es niño. Le da gusto tener un hermanito con

quien jugar. Es todo lo que el problema significa para él. Doña Angélica siente una desazón, mezcla de la

pena que le provoca la situación a la que se tendrá que enfrentar su hija y la inocencia infantil de su hijo.

— ¿Será mi hermanito, mamá?...

— No, hijo. No será tu hermanito –responde doña Angélica–. Será tu sobrino. Pero será como si fuera

tu hermanito. Deberás cuidarlo y quererlo mucho.

— Panchito, ¿podrías ir a tu pieza a ver "monitos" en la televisión? –pregunta doña Angélica a su hijo–

. Quiero conversar algo con tu hermanita.

— Puchas, yo quería escuchar –protesta taimado, el niño.

— Ya escuchó todo lo que tenía que enterarse, hijo. Ahora déjenos con su hermana. Y cierre la puerta

de su dormitorio.

— Sí, mamá. –El niño obedece, no de muy buenas ganas, cerrando la puerta de su habitación.

— Quería preguntarte, hija... ¿Qué dijo el muchacho que te... embarazó cuando le contaste.

— Me decepcionó tanto mamá –responde la muchacha, con tristeza–. Yo estaba enamorada de él.

Todavía lo quiero, pero se portó tan... –su voz se quiebra.

— ¿Qué te dijo?...

— Dijo que yo solo lo quería perjudicar. Que él no tenía pensado casarse, que primero tenía que salir

de la escuela. Yo jamás le insinué que quería casarme con él. Me sentí tan mal... Usted sabe que yo

nunca he tenido novios...

— ¡Infame! –exclama doña Angélica, abrazando a su hija–. Nadie le iba a exigir que se casara

contigo, pero su reacción muestra la clase de muchacho que es... ¿Y tú qué piensas ahora de él?

— No quiero saber nada de él, mamá. Pero tampoco puedo dejar de pensar en él. ¿Qué voy a hacer,

mamita?

— Es que todavía te sientes enamorada, hija –responde su madre, con un dejo de ternura en la voz–.

Pero ya te repondrás con la ayuda de Jehová. El tiempo lo cura todo. Quién hay que sepa si este

muchacho recapacita con el tiempo, o el ver a su hijo lo haga madurar. Además si con el tiempo dejas de


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pensar en él, significará que en realidad no estabas enamorada, y que solo se trataba de un

encaprichamiento pasajero.

— ¿Usted cree...?

— Estoy convencida de ello. Por lo pronto, creo que esta dolorosa experiencia nos ha enseñado a

todos. Que es mejor escuchar el consejo de Jehová y esperar a que estés más madura para fijarte en otro

joven. Y de entre los jóvenes de la organización. Así, al ser mayor de edad podrás elegir con sabiduría y

experiencia, y será más difícil que te equivoques ¿No crees?

— Tiene razón, mamá –responde la muchacha, abrazando tiernamente a su madre.

El sonido del motor del automóvil de don Gerardo, hace que doña Angélica de ponga de pié.

Camila no puede evitar agitarse nerviosa. Doña Angélica sale a abrir la puerta.

Después de entrar el vehículo y cerrar la reja, don Gerardo entra a la casa...

— Hola, cariño.

— Hola, Gerardo. ¿Cómo te fue con los ancianos?

El saludo tranquilo y amable de su esposo, llama la atención a doña Angélica. Esperaba encontrarlo

angustiado. Después de todo desde que Camila les comunicó su situación, apenas ha dirigido palabra,

por considerarse responsable, al permitir que su hija se expusiera de ese modo.

— No muy bien –responde–. Te contaré adentro.

Después de colgar su abrigo y pasar al baño, se dirige al despacho personal, invitando a su esposa a

pasar. Doña Angélica no puede evitar sentirse nerviosa. Nunca le ha sido fácil a su marido separar su

papel de esposo y padre de familia, de sus responsabilidades en la congregación. Doña Angélica solo se

limita a observar a su esposo que se pasea con una mano en la barbilla y la otra a su espalda. Pareciera

que estuviera buscando las exactas palabras que comunicar a su esposa.. Ella espera con paciencia.

— El comité consideró que yo falté seriamente a mi responsabilidad de padre, de modo que

removieron mis privilegios.

Doña Angélica se incorpora con sus ojos vidriosos del sillón. Se dirige emocionada donde su esposo.

Instintivamente lo rodea con sus brazos, poniendo su cabeza en el hombro de su marido.


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— De todos modos los hermanos fueron muy bondadosos al comunicármelo. Me reiteraron su amor

cristiano y su amistad. Dijeron que a cualquiera que sea padre se le haría fácil entender cómo uno puede

llegar a confundir el amor de padre y la falta de previsión y cuidado de nuestros hijos. Citaron el caso del

sacerdote Elí, quien llegó al extremo de excusar la maldad de sus hijos en el templo de Jehová. Pero que

yo estaba muy lejos de llegar a ese punto. Sin embargo me recomendaron que hiciera parte de mi estudio

personal, el investigar acerca del significado de criar a nuestros hijos en la regulación mental de Jehová.

Con prudencia me advirtieron el peligro de llagar a ser culpable de la muerte espiritual de mis hijos, ya

que es a nosotros, los padres, a quienes Jehová ha encomendado el cuidado, entrenamiento y protección

de ellos. Aunque esto en algún momento requiera disciplina fuerte.

— ¿Crees que hemos sido negligentes con nuestra hija, amor...? –pregunta emocionada doña

Angélica.

e n t o s .

D o n G e r a r d o a c a r i c i a e l c a b e lo d e s u e s p o s a . P o r u n i n s t a n t e g u a r d a s i l e n c i o , sumido e n sus p e n s a m i

— Es lo que me he estado preguntando desde que Camila nos confesó su falta –susurra con un suspiro

Don Gerardo–. En realidad creo que el negligente fui yo. Tú siempre te opusiste a que yo diera permiso a

Camila para que acompañara al hermano Juvenal en sus estudios. Hasta insinué que eras exagerada y no

confiabas en nuestra hija. Me siento tan ingenuo y ridículo.

— C a r i ñ o . . . no te culpes tu solo. Yo también pude haber sido más firme en mi posición y no

simplemente dejarte toda la responsabilidad de las consecuencias de tus decisiones. Después de todo se

trataba de nuestra hija. No fui como Sara, en defender lo que consideraba correcto. Perdóname...

— Mi amor...

— ¿ S í?

— C r e e s q u e f u i m u y d u r o c o n C a m i l a ?

— L o f u i s t e .

Nuevamente don Gerardo se queda un instante en silencio...

— En realidad debería haber alguien que fuera así de estricto conmigo también. Si yo hubiera sido más

cuidadoso y hubiera escuchado tus advertencias, nada de esto habría sucedido.


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— Bueno, Jehová nos está disciplinando a ambos también, cariño. No será fácil mirar a los hermanos

después que se lea tu remoción en la congregación. Seguir con nuestras actividades de congregación va a

requerir mucha humildad y entereza. De ambos y de Camila.

— ¿Sabes?...Uno piensa que los hijos siempre serán niños. De pronto Camilita se está convirtiendo en

una mujer, y yo ni siquiera me he dado cuenta de ello.

— Bueno, aún le falta para ser mujer –responde sonriente doña Angélica, aún abrazada a su esposo,

con la vista perdida hacia algún punto de la sala.

— Ahora la vida la empujará más rápido a serlo –responde don Gerardo, con voz temblorosa–.

Pareciera que fue ayer cuando la cargaba en hombros, con esa risita tan contagiosa...

— Me da tanta pena por nosotros, amor –dice su esposa, tomándole por los brazos y mirándole al

rostro–. No dejo de pensar que, tal vez, no hemos sabido ser verdaderos padres. Por no haberla cuidado y

guiado como debía ser.

— Quizás tengas razón –responde–. Pero tampoco olvides que no es fácil para los padres proteger a

sus hijos, con toda la presión e influencia malsana que existe hoy.

— Pero si te inclinaras a escuchar los consejos de los demás de vez en cuando...

— ¿Tan testarudo he sido?

— No es que hayas sido testarudo, cariño. Lo que pasa es que da la impresión que siempre pones tu

opinión por encima de la de los demás.

Una manera muy elegante de decir que soy testarudo, ja, ja, ja.

La mujer le mira con sus ojos húmedos.

— ¿Qué pasa? ¿Dije algo malo?...

— No, no. Es que hace tanto tiempo que no te oía reír así.

— Cada vez me convenzo más que ni yo mismo me conozco. ¿De qué sirve un anciano si no es capaz

de prever las necesidades espirituales de su propia familia?

— No eres el único –replica su mujer–. Yo también no dejo de pensar en que siendo Asistente social y

precursora regular, no haya sido capaz de prever las necesidades emocionales de mi propia hija.


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— Hemos estado más preocupados de los demás, que de nuestra propia familia. Al menos hablo por

mí –dice desalentado Don Gerardo.

— No seas tan duro contigo mismo, cariño. –Doña Angélica se apoya en el hombro de su esposo.

— Me imagino lo que debes haber sentido, con mi negligencia, y lo que debe sentir Camila...

— Está muy asustada por lo que tendrá que enfrentar...

— Ay, no. Tendré que hablar con ella. Pobrecilla.

— Creo que lo mejor será que los dos hablemos con ella. Pero antes me gustaría saber qué haz

decidido con respecto al muchacho que...

— Mira, eso está decidido -dice con seguridad don Gerardo, invitando a su esposa a sentarse en el

sofá–. Creo que no tenemos nada que exigir de él. Los ancianos me preguntaron si me entrevistaría con

sus padres. Parece que ellos quieren hablar conmigo.

— Y tú, ¿qué le dijiste?

— Lo que pienso. No creo que sea necesario hablar con ellos. Después de todo ese mocoso no debe

tener nada que ofrecer. Además si le damos cabida, después comenzará a exigir sus derechos como

padre de la guagua. Y después lo tendremos metido aquí en la casa.

— Pero ¿No crees que por lo menos deberíamos escuchar a los padres del muchacho, y saber qué

piensan?

— ¿Y para qué?. Lo que hizo "su niñito" es suficiente problema, para que tengamos que hacernos de

otros. Además nosotros podremos criar a... nuestro... nieto, sin la necesidad de la ayuda de ellos.

— Pero los niños crecen, y naturalmente quieren saber quiénes son sus padres. Pienso que,

prescindiendo de lo que decidamos, no podemos negarle el derecho de ver y conocer a su padre, ¿no

crees?.

— Angélica... –responde don Gerardo, en tono conciliador–. Otra vez estoy haciendo lo mismo. No

escucharte. Y tienes razón, cariño. Creo que tendremos que escucharlos al menos y ver qué es lo que

desean decirnos. Ahora vamos a conversar con Camila. Y tengamos cuidado que no vaya a escuchar

Panchito...

— Está bien, pero Francisco ya lo sabe todo...


— ¿Lo sabe?... ¿Cómo...?

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— Es que nos escuchó cuando hablábamos con Camila. Además escuchó cuando discutíamos contigo,

ese día que tú la reprendiste...

— La "discipliné", Angélica. Lo dices como si yo fuera un ogro...

— No quise sugerir eso. De todos modos, tú estabas muy enojado cuando la... "disciplinaste", y él

escuchó cuando yo te reprochaba el que ella estuviera embarazada. Quiso saber qué significaba estar

embarazada...

— ¿Y tú se lo dijiste?

— Naturalmente. Tú sabes que a Francisco no se le escapa nada. Pensé que como de todos modos lo

notará tarde o temprano, mejor era decirle ahora...

— ¿Y qué dijo?

— Está fascinado con la idea de tener un sobrinito con quien jugar.

— Quisiera hablar con Camila. Debe estar muy nerviosa –dice don Gerardo, un tanto apesadumbrado.

— Pensándolo mejor, creo que es mejor que converses tú a solas con ella. ¿No crees?

— Preferiría que estuvieras tú presente, cariño. Aunque solo sea para darme algo de tranquilidad.

— Está bien. Creo que tienes razón...

Después de asegurarse que Francisco se quedara ensimismado viendo "monitos" en el televisor de su

habitación, Don Gerardo y doña Angélica, entran a la habitación de su hija. La muchacha no puede evitar

ponerse tensa al percibir que sus padres han tomado alguna clase de decisión. El ver a su madre del

brazo de don Gerardo, le infunde una extraña sensación de sosiego, sin entender bien por qué. Al menos

es obvio que ya no están peleados.

— Hija, tu madre y yo queremos hablar contigo –dice don Gerardo, tomando asiento en la única silla

de la habitación. Doña Angélica se sienta al borde de la cama, cerca de su hija, con sus manos

entrecruzadas en su regazo, observando a su esposo mientras éste habla. Camila solo asiente con un

movimiento de cabeza, sin atreverse a decir nada.

— Yo sé que no fui muy equilibrado contigo Camila, al tratar esta penosa situación. Pero

comprenderás que no es algo muy fácil de asimilar, hija.


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— Sí, papá – balbucea la muchacha, con la cabeza gacha–. Lo entiendo.

— Sin embargo con tu madre hemos reconocido que aquí todos tenemos algo de culpa en esta

situación. No toda la responsabilidad es tuya. Yo debí preocuparme más por pasar más tiempo contigo.

Previendo lo que podía suceder cuando una jovencita como tú, entra en esta etapa complicada de la

adolescencia e inicia amistades con otros jóvenes. Por otro lado, tu mamá debió ser más firmes en

defender sus convicciones. Así podríamos haber evitado este... este resultado. Pero ya está hecho. No hay

nada que podamos hacer al respecto.

Por un instante don Gerardo guarda silencio, repasando en su mente las palabras apropiadas...

— Todo lo que dije acerca de estar muy decepcionado de ti y de que ya no te dirigiría la palabra nunca

más –continúa un tanto compungido–, lo dije en un momento de irreflexión. Por favor, perdóname, hija.

Queremos que tengas a esa criatura con nuestra ayuda. Después de todo, ella no es culpable de lo que tú

y ese... muchacho hicieron.

Camila, sin poder contenerse, se abraza a su madre llorando. Se siente tan desvalida frente a lo que se

viene encima. El contar con el apoyo de sus padres es tan tranquilizador. Luego de un instante se abraza

a su padre, quién con ojos vidriosos, siente una inmensa pena por su hija, al verla tan vulnerable y tan

niña. Acaricia sus cabellos por un instante, sin decir palabra. Camila, luego de reponer su compostura

pregunta:

— ¿Te quitaron tu privilegio de anciano, papá?

— Sí hija. Pero es lo que corresponde. Y estoy dispuesto a recibir también la disciplina de Jehová por

haberte fallado como padre.

— ¿Me darán algún castigo con mamá, papá?

— Ya estás siendo castigada, hija. No por nosotros, si no por todo lo que tendrás que enfrentar... No

necesitas que se te castigue más...

La muchacha mira a su madre, sorprendida, como interrogándola con la vista...

— No es fácil ser mamá soltera, hija –dice doña Angélica, como respondiendo a la mirada de su hija–.

Muchos de los hermanos buscan una compañera como esposa para que les acompañen en metas

espirituales, tal vez en el precursorado. Tú ya no serás elegible en ese aspecto. Tendrás que dedicar


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mucho de tu tiempo, que antes dedicabas a ser joven e independiente, a tu bebé. Cuando desees salir, o

divertirte con los hermanos, el niño demandará cuidados, tendrá hambre o llorará por ti, para que lo

atiendas. Y tendrás que hacerlo. Los bebitos son fuente de muchas alegrías, pero también de muchas

preocupaciones. Tendrás que levantarte a medianoche a hacerle su mamadera, o a cambiarlo por que

está mojado, o por que está enfermo. Y sentir la angustia de no saber qué tiene, en fin... deberás ser su

mamá.

Una "mamá chica"... –repite como con pena Camila, las palabras de su hermano.

— Así es, hija. Y hasta que seas adulta... Siempre serás su mamá.

Los días pasan raudos. Francisco pregunta casi todos los días cuándo nacerá su sobrinito. A doña

Angélica le cuesta hacerle entender que nueve meses son más que unos cuantos días. La relación de don

Gerardo con su hija se fortalece cada día. Ahora se las arregla para salir con Camila. Muchas veces solo a

pasear por la orilla de la playa cercana, conversando acerca del futuro maravilloso que ofrece Jehová a los

que lo buscan con constancia, y de tantas cosas que no se dijeron. Más de las que le hubiera gustado

reconocer. A doña Angélica le resulta triste tener que haber experimentado tanta angustia para aprender

a ser mejor mamá. Ahora cada vez que hace alguna recomendación a uno de sus estudios bíblicos, piensa

en su hija primero. Su consejo es más personal, y recomendado con más empatía. Camila, por

recomendación de su mamá, se ha dedicado a investigar todo lo relativo a la crianza y cuidado de un

bebé. Además de conseguirse rigurosamente la materia con sus compañeros de curso. Su padre repasa

los fines de semana con ella, lo que ha estudiado. El profesor González ha sido muy amable en

proveerles las preguntas de los exámenes, para mantenerse al día. Los padres de Miguel, el padre del

bebé de Camila, han dejado de insistir en conversar con su papá.

Doña Angélica de vez en cuando recuerda la triste experiencia de su hija. En esas ocasiones

difícilmente puede controlar las lágrimas que le produce la pena que siente por su hija. Tan joven y

enfrentándose a situaciones tan difíciles. Por largo rato se queda sentada en el comedor, mirando un

punto indefinido de la habitación. Sus pensamientos son confusos. Después de un tiempo, indefinido en su

mente, se incorpora y se dirige hacia la ventana que da a la calle. En el paradero de la esquina, logra ver,


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desde su posición, a varias jovencitas, en sus "jumpers" escolares, que esperan la locomoción para ir a

sus colegios. De pronto le parecen tan indefensas, frente a la vida. Las muchachas ríen por alguna broma

que alguna de ellas ha dicho. Parecen tan inocentes... ¿Cuántas de ellas lograrán llegar bien a su

matrimonio? ¿Cuántas tendrán un matrimonio? Al subir al taxibús las muchachas, sus pensamientos se

dirigen a su hija. ¿Tendrá que enfrentar sola la crianza de su guagua? ¡Sola no!... Ahí estará ella para

apoyarla, si es que no aparece algún joven hermano comprensivo y bondadoso, a quién no le importe

hacerse cargo del hijo de la persona a quien ama. Piensa en su futuro nieto o nieta... Tal vez nunca

conozca a su verdadero padre. Pero tendrá a sus abuelos que lo querrán... y lo querrán muchísimo. La voz

de su hijo Francisco, la saca de sus cavilaciones...

— Mamá, ¿por qué mi hermanita está llorando? –dice, con sus ojos soñolientos, y enfundado en su

pijamas de franela, parado en el dintel de la puerta del comedor.

— Hijo... ya despertaste...

— ¿Por qué mi hermanita está llorando? –insiste.

— Es que está triste, hijo –responde, tratando de ocultar sus ojos húmedos–. Ella tiene una penita

porque se siente culpable de que tu papito ya no sea anciano.

— ¿Y mi sobrinito, está bien? –pregunta, subiéndose a los brazos de su mamá.

— Sí, hijo –responde divertida, doña Angélica–. Tu sobrinito es aún muy chiquito, pero está bien.

Tendrás que tener paciencia para esperar que llegue.

— ¡Qué bueno!.

— Ahora vamos a ver a tu hermana. Va a necesitar de nosotros, para aprender a ser mamá –dice

doña Angélica, llevando en brazos a su hijo.

— ¿Una mamá chica?...

— Sí, hijo. Una triste y tierna "mamá chica"...

- F I N -

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