El Viejo Rosal- Cuento letra grande.pdf - Escritores Teocráticos.net

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El Viejo Rosal- Cuento letra grande.pdf - Escritores Teocráticos.net

El viejo Rosal Silvia Espiño

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El viejo Rosal Silvia Espiño

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El viejo Rosal

—UN CUENTO SLEM—

(Abril- 2009)

1ra.Edisión

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El viejo Rosal Silvia Espiño

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Primera edición:

© 2013

Un cuento Slem

De la serie Experiencias

El viejo Rosal

—Abril 2009—

Publicado por:

Escritores Teocráticos Ediciones

www.escritoresteocraticos.net

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.

Autorización:

ESTÁ PERMITIDA la producción y difusión total o parcial de este cuento, su tratamiento

informático, la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea electrónico,

mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos.

ESTÁ PROHIBIDA la comercialización de este cuento, o el cobro de dinero para

recuperación de gastos de producción. Su distribución sólo se autoriza de forma gratuita.


El viejo Rosal Silvia Espiño

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El Viejo Rosal

Cuento

1ra. Edición

Enero 2013

I gnacio regresó al país después de 30 años de ausencia. Siendo

aún muy joven debió escapar por su vida hacia Europa. No le fueron fáciles

los primeros tiempos en Madrid, hasta que pudo hallar su lugar. Trabajó,

terminó sus estudios y se dedicó a lo que más le gustaba: escribir.

Siempre fue muy tenaz y a pesar de los contratiempos y escollos, logró

imponer un estilo propio: novelas ambientadas y enmarcadas en hechos

históricos. Poco a poco, con el tiempo se fueron haciendo conocidas y muy

leídas por personas de todas las edades. Pero Ignacio tenia una historia

que venia rondando en su cabeza desde hacia años y no encontraba la

manera de darle forma.

Quería contar la historia de su casa natal, la historia de su familia, gente

normal desde todo punto de vista, nada especial ni extraordinario, pero esa

casa y lo que allí se vivió era muy especial para él. Había recuerdos propios

y otros contados en las reuniones familiares, pero como nos sucede a todos

durante la juventud, apenas si le damos importancia y mucho menos a

algunas contadas entre dientes, como enormes secretos familiares.

Con el paso del tiempo y la madurez hace que valoremos cosas que antes

creíamos inútiles y aburridas.

Al comenzar a escribir su última novela, sobre los ferrocarriles en la

Argentina, como de costumbre, inició una investigación sobre los

personajes y su tiempo. Entre los datos recabados, halló con enorme

sorpresa un nombre conocido: Henry Douglas Harvey. No podía ser, era el

nombre de su bisabuelo, seguramente era un homónimo, habría un error.

Investigó aún más y comprobó que, sin lugar a dudas sí se trataba de él.

Lo que sabia Ignacio es que su bisabuelo, de origen ingles, viajó a la

Republica Argentina cerca de 1880, como empleado de una empresa de

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ferrocarril, que se encargaría de la instalación de las vías por todo el país.

Estaba asignado a los talleres que se encontraban en una zona rural, en el

sur, cerca de la capital.

El lugar era muy bello, le hacia recordar su casa en la ondulante campiña

inglesa, y era de una notable paz y tranquilidad, no tenía muchos

habitantes. En el pueblo había una colonia inglesa y otra alemana, la

mayoría empleados del ferrocarril.

Algo recordaba Ignacio de la historia que le habían relatado de joven sobre

su bisabuelo, pero muy vagamente, fue por eso y por otra razón

importante que le punzaba el corazón, que lo llevó a reavivar aquella idea

de escribir sobre la familia. Llamó a su padre que vivía en Argentina, le

pidió datos, pero su respuesta fue vaga, desinteresada, algo que le

confirmaba que evidentemente no quería recordar, no había cambiado a

pesar de los años. Debido a su insistencia, le sugirió que hablara con su

hermana, la tía Elenita, quien podría darle datos precisos.

La tía Elenita, hermana menor de su padre, tenía más de 80 años, estaba un

poco sorda por lo que no se podía hablar mucho por teléfono y tener

información precisa.

Muchas veces Nacho, quiso volver a Bs. As y nunca encontró una razón,

hasta ahora, y esto lo llevó a decidir volver a su país.

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II

CAMINO A LA VILLA DEL ROSAL

La tía Elenita, hermana menor de su padre, vivía en la vieja casa de la

familia, acompañada por una de sus hijas y su familia.

Cuando Ignacio o Nacho, como lo llamaba la familia, se habló por teléfono

con la tía y le comentó su idea, ella quedó fascinada. Tenia una habilidad

especial para relatar historias y una gran memoria, bien pudo haberse

dedicado a escribir novelas y con mucho éxito. Seguramente esa veta

artística la había heredado de ella y con su ayuda podría plasmar la idea,

que lo acompañaba hacía tanto, en el papel y le daría una gran satisfacción

a la anciana tía.

Hacían ya muchos años que Nacho no visitaba la casa familiar, no solo los

30 años que estuvo fuera del país, en el exilio, sino que se sumaban diez

años más.

¿La razón? Cosas que ni él tenía claras y que pensaba aprovechar la visita

para averiguar los detalles de lo qué había pasado.

Mientras se acercaba a la casa notó el paso del tiempo transcurrido.

Muchas cosas estaban aún como las recordaba de su niñez, las calles

adoquinadas, los árboles añosos en las veredas, algunas casas bajas con

cuidados y generosos jardines y los chalets estilo ingles, muchos menos

claro de los que podía recordar, pues dieron lugar a nuevas construcciones

de líneas rectas, modernas, prácticas, pero sin amplios jardines cuidados y

coloridos…

Al llegar al portón de la casa, dudó un momento si de ella se trataba, es que

en sus recuerdos era un tanto diferente. La casa se veía igual con su jardín

bien cuidado y en el frente esos grandes rosales que le daban el nombre a

la casa: Villa del rosal. Pero la imagen que guardaba en su memoria, el

parque era mucho más grande. Las propiedades a uno y otro lado de la

casa, no las recordaba, además el parque llegaba hasta la esquina. Pero

pensó que tal vez era cosa de él, cuando uno es pequeño ve las cosas más

grandes e importantes…

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Luego de llamar a la casa, segundos después, salió una mujer de

aproximadamente 60 años, con una enorme alegría reflejada en el rostro.

Asomándose en la puerta principal de la casa, una anciana, de cabellos

blancos cuidadosamente arreglados, con prestancia y delicadeza en el

porte, hizo que Nacho no dudara un instante en reconocer a la tía Elenita,

tan hermosa como siempre.

La mujer que lo recibió, no era otra que su prima Susana, hija de Elena.

No la reconoció en primera instancia. ¡Habían pasado tantos años! Cuántos

momentos, de la infancia compartida, se agolparon en un segundo en el

corazón de los primos reencontrados. Se abrazaron fuertemente. Susy

acarició dulcemente el rostro de Ignacio y se reía al verlo con esos bigotes

entrecanos de literato importante, luego juntos del brazo, como cuando

niños, cruzaron el jardín hasta la puerta principal donde esperaba ansiosa

la tía.

¡Qué dulce y largo fue ese abrazo!! Elena lloraba y reía, Susy secaba sus

lágrimas y bromeaba para evitar que Elena se emocionara en demasía,

pues podría hacerle mal, Ignacio contagiado por la emoción, volvió a

sentirse niño, bajo el techo familiar.

En la sala, Nacho miraba a su alrededor mirando cada detalle, buscando en

sus recuerdos cosas que la memoria conserva, como colores, texturas y

aromas familiares…

Todo estaba casi igual, la misma distinción de los muebles, el piso de

madera por el cual la abuela Clarita se enojaba tanto cuando los chicos

saltaban y los muebles se sacudían y la cristalería se quejaba con el peligro

de romperse… ¡Cuántos recuerdos!!!

Después llegaron las preguntas de rigor:

-Contame cómo estás, Nachito, cuántos chicos tenés?

-¿Te va bien?,

-¿Hasta cuándo te quedás?....

Nacho les habló sobre su idea de escribir una novela sobre la familia, y de

la ayuda que esperaba recibir de la tía.

La anciana sentía que a su juego la llamaban, se acomodó los lentes, como

si así pudiera mirar mejor dentro de sí, recuerdos tan dulces y tan amargos

a veces, tanto de ella como de la familia.

Elena no entendía muy bien por qué Nacho quería escribir sobre la familia,

eran una familia común, nada diferente a muchas de la zona, sin héroes ni

heroínas, ¿qué podía tener de especial su familia?

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Nacho, se asomó a la ventana que daba al jardín y mirando hacia los

rosales, reparó en uno especialmente, cuya rama central era un tronco

oscuro y retorcido con muchas ramas que de él salían, aun sin flores pues

no era el tiempo, pero ya se anunciaban debido a lo colmada de botones

que presagiaba el colorido en primavera. Sin darse vuelta preguntó

cuántos años tenía ese rosal, pues desde que recordaba allí estaba, como

símbolo de la casa, como un miembro más.

Elena sacándose los lentes y con total seguridad respondió:

-“¡Más de cien años, hijo!”

Entonces Nacho se volvió a su tía, se arrodilló para estar a la misma altura

de sus ojos azules y tomándole las manos, con mucha emoción le preguntó,

si no le parecía, que era suficiente razón para contar la historia que ese

rosal, mudo testigo, vio pasar por esa casa, la historia de toda su familia.

Susy sirvió el té al estilo ingles, costumbre que se mantuvo a través del

tiempo en esa casa. Elenita se acomodó en su sillón, con su taza de

porcelana inglesa, mirándola fijamente, como si ella provocara que

surgieran claros los recuerdos de tanto tiempo atrás, le sugirió a Nacho que

tomara nota o mejor aún que la grabara, que ella le relataría la historia de

la familia, pero que no la interrumpiera…

III

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EL ROSAL Y LA CASA

Con todo listo para grabar y no perder ni un punto ni una coma del relato,

la tía comenzó así:

El abuelo Henry llegó al país cerca de 1879, como empleado del

ferrocarril.

Desde muy jovencito su sueño era viajar, quiso ser marino, de hecho se

embarcó como grumete en una goleta, pero a su estómago no le caía bien el

mar. Luego, entró en un taller de locomotoras como aprendiz y allí

aprendió el oficio.

Pasados algunos años, la Compañía lo envió a la Argentina, para hacerse

cargo de los talleres que se abrirían en el llamado Ferrocarril del Sud. Llegó

una tarde al pueblo de Temperley, al sur de la ciudad capital, Henry era un

joven alto, delgado, muy simpático y pelirrojo, aprendió rápidamente a

defenderse con el idioma.

Siendo jefe del taller que aun estaba en construcción, no tenia muchas

cosas por hacer, así es que tenia tiempo para relacionarse con los vecinos.

Trabó amistad con el tendero, el médico del pueblo, con el comisario, el

boticario… Se reunían por las tardes, en el comercio que hacía las veces de

tienda de comestibles y bar, para tomar alguna bebida, como el Wiski, del

mejor, de su tierra, con sus nuevos amigos aprendió a jugar al truco, un

tradicional juego de naipes.

Si bien Henry era de unos veintitantos, los hombres mayores se sentían

cómodos con su compañía, al punto que lo invitaban a sus hogares. De

estas asiduas y corteses visitas conoció a la hija del doctor, Catalina, de 15

años, de la que se enamoró.

Henry le llevaba cerca de 10 años, pero esto no fue impedimento, ya que

era común en la época que la mujer fuera tan joven y el hombre le llevara

varios años, era mejor, decían las señoras mayores, además que lo

consideraban un buen matrimonio…

En el otoño de 1880 se casaron, fueron a vivir a casa de los suegros por un

tiempo, en tanto terminaba la construcción de la casa.

Catalina era una muchacha muy hacendosa, muy bien preparada como

toda niña que se preciara y además amaba las plantas.

Al tiempo que terminaban la casa, ella se había hecho cargo del jardín, su

diseño y preparación. Puesto que Henry, por su trabajo, viajaba

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regularmente al sur del país, le encargó trajera retoños de pinos, cedros y

alerces para plantar en el amplio parque.

La esposa del boticario, Ana Lucía, era su amiga desde la infancia y tenía en

su jardín un rosal hermoso, de una especie que daba unas enormes rosas

rojas, lo había traído desde Inglaterra, cuando fue de luna de miel y le dio

un gajo, siguiendo la técnica que le explicó su amiga, lo plantó en el frente

del jardín de su nueva casa. Al comienzo pareció haberse malogrado, a

pesar de los cuidados amorosos de la joven, hasta que llegó la primavera y

explotó en brotes pequeños que daban señal de estar vivo. Para esos días

se instalaron en su hogar ya terminado, un chalet, de estilo ingles de dos

plantas, con un amplio parque y jardín al frente, que ocupaba más de un

cuarto de manzana.

Los arbolitos, plantados pocos meses atrás, ya daban una idea de lo que

sería en no mucho tiempo, un hermosísimo parque. Pero noticias más

lindas darían mejor marco a ese feliz hogar, ¡Catalina esperaba su primer

hijo!

Todo estaba preparado y previsto para la llegada del bebé, el padre de

Catalina le había pedido a un colega se encargara del parto, junto a la

comadrona del pueblo, doña Ramona.

Durante el parto la joven se comportó muy valiente, y en pocas horas la

casa se llenó de alegría, pues nació el primogénito de la familia, Juan

Ignacio Harvey,

¡¡Qué más se podía pedir!!

Luego vinieron los efusivos abrazos con su suegro y su amigo López el

boticario, claro está, sin perder esa compostura y seriedad que lo

caracterizaban.

Juan Ignacio creció rápidamente al mismo paso que el parque y el jardín,

aquel gajo del rosal de Ana Lucía, año tras año se fue multiplicando en

nuevas y fuertes plantitas y todo el frente de la casa se engalanó con las

rosas rojas y otras de otros colores que fue cultivando.

Cuando el niño jugaba en el jardín, Catalina le enseñó, desde muy pequeño

que al rosal había que cuidarlo y protegerlo. El rosal se había convertido en

un miembro más de la familia.

Cuatro años después nació la pequeña Carolina y su llegada colmó de

felicidad a la familia, nada les faltaba, lo tenían todo.

Los niños fueron creciendo, Juan Ignacio era fuerte y muy atlético.

Al cumplir los dieciséis años Henry lo envió a Inglaterra, a casa de sus

padres, para que ingresara en la universidad y estudiar ingeniería.

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La partida de su hijo destrozó a Catalina, no quería separarse de él, cinco

años era demasiado tiempo, pero no había nada que hacer, era una

decisión tomada. El muchacho se marchó al tiempo previsto, y con él la

alegría de Catalina. Ya no sonreía, ni prestaba atención a su hija. Carolina

resintió la falta de atención de su madre y fue creciendo sola e

independiente. La falta de Juan Ignacio y la conducta de su hija la tenían

tan enferma que dejó de cuidar el jardín y de sus rosas, al punto que uno a

uno fueron muriendo, menos el primero que plantó en el jardín, éste se

mantenía fiel, ese rosal estaba unido a la familia.

Mientras que en Inglaterra Juan Ignacio era un alumno distinguido y

excelente deportista, Carolina parecía solo dar dolores de cabeza a su

padre, quería ser artista. Dibujaba y pintaba maravillosamente, pero

aquellos días de tanta soledad en su cuarto, le forjaron una imaginación

frondosa y lo que más le atraía era el teatro, quería ser actriz, cosa

impensada en una niña de sociedad, bien educada.

Faltando un año de lo previsto para que volviera Juan Ignacio, ese mes de

octubre, el viejo rosal explotó prematuramente, dando las rosas más bellas

que jamás hubiera dado. Catalina pensó que algo sucedería, esa ilusión la

animó un tanto, le devolvió la sonrisa perdida, y no se equivocó. Una

mañana a comienzos de noviembre, alguien se acercó a la casa, se asomó

por la ventana viendo cómo se marchaba un sulky, le extraño mucho pues

era el de Don Ramiro, que siempre estaba en la estación de tren esperando

pasajeros… Bajó corriendo las escaleras y al llegar a la sala, vio de espaldas

a un joven alto, delgado pero fuerte, su instinto de madre le dijo que era su

muchacho, pero no podía creer que había crecido tanto, ya era un

hombre….

Al sentir a su madre el joven se dio vuelta y corrió a sus brazos, ella lloraba

y reía, lo miraba, lo besaba, ¡¡¡Era tan grande su emoción!!!

Por fin volvió a reír, después de cuatro años.

¡Otra vez juntos!

¡El nuevo siglo los encontraba juntos!

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IV

LA BODA

Debido a que fue un alumno ejemplar, el primero de su clase, Juan Ignacio

pudo terminar con sus estudios de ingeniería antes del tiempo previsto y

con poco más de veinte años estaba listo para ingresar a la Compañía de

ferrocarril en la que trabajaba su padre.

Henry ya no viajaba supervisando las obras por el interior del país, así es

que su hijo, Juan Ignacio tomó su lugar. El muchacho era muy serio y

responsable, disfrutaba del trabajo y aunque viajaba bastante, Catalina

sabía que era momentáneo, que nada la separaría jamás de su hijo.

Organizó una fiesta para darle la bienvenida, Juan Ignacio se reencontró

con varios amigos de la infancia, entre ellos, una jovencita con quien

compartió juegos desde que nacieron, Clarita, hija de López, el boticario y

de Ana Lucía. Clarita era dos años menor que él, pero se veía tan seria y

recatada que contrastaba con muchachas de su edad y más aún con

Carolina. La jovencita no pasó desapercibida a los ojos de Juan. A partir de

entonces las salidas a pasear se incrementaron, las invitaciones a tomar el

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té… Hasta que un día paseando por el parque de la casa, muy cerca del

viejo rosal, Juan Ignacio cortó una rosa de él, se la entregó a Clarita y le

pidió que fuera su novia. Una vez más el rosal, mudo testigo de la familia,

escuchó el delicado y trémulo sí de la jovencita.

Luego los pasos se sucedieron según las costumbres de la época.

Presentaciones formales, aunque se conocían de toda la vida y pedido de

mano… Si bien Henry no estaba muy de acuerdo con la elección pues

hubiera preferido a alguna de las jóvenes inglesas, terminó aceptando con

gran alegría a la dulce Clarita.

El noviazgo de Juan Ignacio y Clarita llevaba casi tres años, fue cuando

Henry le comentó al joven que quería volver a su patria y llevar a Carolina,

para que estudiara arte en una buena escuela de señoritas, tal vez así se

corregiría en la férrea disciplina inglesa. Le dejaría la casa y cuando

volvieran, quizás en un par de años, se instalarían en otra propiedad. Era

una gran oportunidad, podrían casarse antes de lo esperado, teniendo

donde vivir y con su sueldo podía mantener sin problemas el nuevo hogar.

Catalina no estaba feliz con la idea de ir a Inglaterra, quería a Clarita como

una hija, sabía que haría feliz a su hijo y cuidaría de esa casa y del jardín,

que tanto amaba y especialmente a ese rosal en especial.

Se organizó la boda con rapidez pues el barco de pasajeros que salía hacia

Inglaterra, lo haría en un mes y medio

La ceremonia civil y religiosa se realizó allí, en la Villa del rosal.

El parque y la casa bien iluminada, aún a gas, pues no había llegado la

nueva luz incandescente, se mostraba como un faro brillante. La casa era

un hervidero de gente, todos de acá para allá. Catalina dando instrucciones

de último momento; el novio tan nervioso estaba que no podía hacerse el

nudo de la corbata. Faltando minutos apenas para la hora fijada

comenzaron a llegar los invitados, en su mayoría vecinos, algunos que

vivían cerca, caminando, otros en sus sulkys, o coches que se detenían en el

portón principal y un joven ayudaba a las damas a bajar. Casi todo el

pueblo había sido invitado, los Harvey eran muy queridos y esa boda era

un evento para la sociedad del lugar. El parque iluminado con farolas

demarcaba el lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia, por lo que a

medida que llegaban los invitados se ubicaban allí. Con puntualidad

inglesa, llegó el coche sin capota trayendo a la novia. Estaba engalanado

con cintas blancas, tules y flores blancas adornando la puerta. Clarita

caminaba del brazo de su padre, lentamente al encuentro del novio, llevaba

en su mano un ramo de rosas rojas. Él, al lado de su madre, no perdía

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detalle de su futura esposa, quien avanzaba delicadamente como flotando a

su encuentro. Ana Lucía y Catalina, cruzaban sus miradas llenas de

emoción al ver que una amistad nacida de tan pequeñas ahora se veía

coronada por la boda de sus queridos hijos.

La ceremonia se desarrolló como estaba previsto, lo usual, las mujeres

lloraban emocionadas y los varones sonreían tratando de calmar a sus

esposas, madres, hermanas y novias… Luego los saludos, el brindis, el vals

de rigor, ejecutado por Carolina magistralmente en el piano, que fue

llevado al jardín, para luego unirse a la banda del pueblo, contratada para

delicia de jóvenes y mayores y de las madres casaderas, pues entre un vals

y una polca era buena ocasión para que sus niñas se mostraran y algún

festejante se animara o descubriera a la joven de sus sueños. Si bien la

fiesta estaba muy animada, las costumbres decían que ya se estaba

haciendo tarde y luego de despedir a los novios, que irían a la estación de

tren, para ir a un pueblo cercano, Adrogué, a un cálido y renombrado hotel

llamado “Las Delicias” donde pasarían su luna de miel. La despedida fue

muy emotiva, mucho más aun pues al volver la joven parejita de su luna de

miel, Henry, Catalina y Carolina estarían camino a Inglaterra, Juan Ignacio

siempre controlado en sus emociones, se abrazó fuertemente a sus padres

y hermana, como presintiendo que la separación sería larga, muy larga…

Luego, cada uno de los invitados comenzó a volver a sus hogares,

comentando, el tan grato momento pasado y augurando la felicidad de la

joven y hermosa pareja.

La Villa del Rosal tenía nuevos bríos, nueva pintura, barniz que resaltaba la

abundante madera de los tejados, plantas nuevas, un juego de jardín para

sentarse por las tardes a tomar el té, y el viejo rosal de siempre, el fiel

testigo de la vida familiar Harvey.

Clarita era muy trabajadora en la casa, pero también sumaba otras

actividades sociales. Con la ayuda de algunas de sus amigas cosían y

remendaban ropa para las familias de tantos obreros del ferrocarril, la

mayoría inmigrantes que no poseían nada en absoluto.

Un par de meses después de la boda llegó la primera carta de Londres

escrita por Catalina. Allí contaba el recibimiento de la familia Harvey,

agradable pero como imaginaba, muy poco demostrativos, de cuánto

extrañaba su pueblo, a ellos y a toda su casa. Que tardarían en regresar,

pues Henry aprovechó para entrevistarse con los dueños de la Compañía

del ferrocarril y le pidieron que se quedara un tiempo, debido a la

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experiencia que obtuvo en los veinticinco años en el país. Les contó lo

preocupada que estaba por él, parecía que no le caía bien el clima, pues lo

veía muy cansado y desmejorado; que Carolina en su debut social fue un

suceso y había conocido a jóvenes muy correctos de buenas familias

interesados en ella, y que pronto les escribiría más.

La vida de la feliz pareja transcurría placida, entre los viajes por trabajo de

Juan Ignacio y el trabajo de Clarita con la casa y sus amigas. Durante uno de

esos viajes, comenzó a sentirse mal, recurrió a su madre, quizás en la

botica de su padre hallaría algo para su malestar. La mamá intuyó, ni bien

la vio, qué estaba pasando y la llevó al nuevo médico, ya que el abuelo de

Juan Ignacio había muerto cuatro años atrás, con los festejos del nuevo

siglo, confirmando la sospecha de Ana Lucía, en pocos meses Clarita sería

mamá.

Al recibir la noticia por un telegrama, Catalina quiso volver de inmediato,

pero la salud de Henry no era la mejor, los doctores recomendaron que

esperara hasta la primavera para el viaje.

Carolina estaba a sus anchas en Londres, hizo amistad con una joven de la

nobleza y con su hermano, y salían a menudo por los teatros de Londres,

cosa que su madre no veía con buenos ojos, pues conocía de la afición por

la actuación de su hija.

Los meses pasaron veloces para algunos y muy lentos para otros, según

quien fuera. El vientre de Clarita crecía y con Juan Ignacio vivían los

mejores momentos. Muchos pensaban que él querría un varón, pero en

realidad soñaba con una nena dulce como su Clarita…

La fecha de parto era para los primeros días de diciembre, sin embargo, sin

previo aviso el bebé se adelantó y una noche cálida de noviembre, para la

alegría del papá, nació Ana Clara.

Semanas después, con Clara ya recuperada del parto, se reunió con sus

amigas en el jardín para tomar el té y celebrar el nacimiento, cuando

vieron llegar a Don Pérez, el jefe de correo, con un telegrama. El rostro del

hombre daba clara señal que la noticia no era buena. La triste noticia fue

que Henry había fallecido una semana después del nacimiento de Ana

Clara. Al instante, Juan Ignacio escribió a su madre para que volviera lo

antes posible. Catalina le respondió que Henry llegó a saber del nacimiento

de la niña, cosa que lo hizo muy feliz. Pero desmejoró al saber que Carolina

dejó sus estudios para unirse a una compañía teatral de gira por Europa, ya

muy sola en Inglaterra volvería en el primer barco.

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Algo más de dos meses después llegó Catalina sola, irreconocible, muy

avejentada y demacrada, el sufrimiento se reflejaba en su rostro. Había

perdido a su esposo y daba por muerta a su hija…

V

CAROLINA

La vida en la Villa del Rosal era plácida, sin sobresaltos. Juan Ignacio

ascendido a un puesto de mayor responsabilidad dentro de la Compañía

solo viajaba un par de veces por año al interior y lo acompañaban Clarita y

su creciente familia.

En 1910 nació Henry, en 1915 Lucía, en 1920 Ignacio y en 1925 Elena.

Catalina era muy feliz rodeada de sus nietos y el cuidado del jardín era su

pasatiempo y les fue enseñando todos los secretos a las niñas. Solo una

pena ensombrecía sus hermosos ojos negros, el no tener a su lado a su hija,

Carolina.

La muchacha, se convirtió en una famosa y reconocida actriz, se casó con el

hermano de su amiga. Solía escribirle un par de veces por año a su

hermano, pero aun, enojado y dolido por las penas y sufrimiento que les

produjo a sus padres, no las leía, así como llegaban las rompía y no quería

ni oír hablar de ella. Clarita y Catalina en cambio sí se carteaban con ella en

secreto, para que Juan Ignacio no se enterara.

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Alrededor de 1914 hubo un hecho en la vida de Carolina que le hizo

cambiar el rumbo de su vida, en Londres se hizo gran publicidad a la

exhibición de algo nuevo e impactante, el Foto Drama de la Creación, en el

Opera House, y allí estuvo presente con su esposo. Quedaron tan

impresionados por lo visto y oído que hubo algo que movió el corazón del

matrimonio y comenzaron a buscar más información sobre el Pastor

Russell y los Estudiantes de la Biblia.

La Primera Guerra mundial fue un gran obstáculo. James, el esposo de

Carolina, fue llamado a filas pero con lo poco que pudo leer y aprender,

sobre lo que decía la Biblia, pensó que matar no era para los cristianos y

solicitó la exención al servicio militar activo, la que fue aceptada tomando

en cuenta su nivel social, aceptando otras funciones no bélicas en Gales

hasta el fin de la guerra.

Los dos separados por la guerra, sin saber uno del otro, habían madurado

la decisión de seguir aprendiendo sobre la Biblia y lo que enseñaban los

Estudiantes de la Biblia. Al encontrarse revelaron sus sentimientos y con

gran alegría vieron que su inclinación espiritual era la misma. Tiempo

después llegaron al bautismo y vieron la importancia de compartir su

esperanza con otros y aprovechando toda ocasión, especialmente los

domingos.

Carolina dejó la actuación y abrieron un pequeño comercio, una casa de té

donde la gente hallaba un lugar de descanso donde siempre había

publicaciones Bíblicas disponibles. Escribió a su madre y cuñada, quienes

no tomaron en serio la noticia, pensando que era una nueva locura suya y

pronto se cansaría, además que ellas jamás habían oído hablar de los

Estudiantes de la Biblia. Sin embargo, esas pequeñas semillas sembradas

con paciencia en cada carta, podrían germinar en el corazón de alguien en

la casa.

Juan Ignacio ignoraba sobre el cambio de religión de su hermana, solo le

contaban cosas que pudiera serle de su agrado y que no lo enojaran.

Alrededor del año 1926 llegó a la Villa del Rosal un señor español, muy

educado y locuaz, que pidió hablar con los dueños de la casa. Lo atendió

Catalina y al oír el mensaje le pareció familiar, eran casi las mismas cosas

que su hija le escribía, pero pensó que se equivocaba, aquella era una

religión de los ingleses y norteamericanos, pero así y todo le comentó

sobre su hija, comprobando que era la misma religión. Se fue dando con el

tiempo una cierta amistad con Don Juan, que visitaba cada tanto el hogar,

pero ni Catalina ni Clarita veían con claridad la profundidad de sus

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palabras, sumado al hecho que Juan Ignacio se opondría de plano a tales

ideas. Ellas solo disfrutaban de su amable y cálida charla cada vez que

pasaba por Temperley. Pero más adelante… ¡Quién podía saber...!

VI

LOS CHICOS

La Villa del Rosal vio crecer a la familia de Juan Ignacio y Clarita, los juegos

de los niños, los paseos de las muchachas por el parque y cómo poco a poco

fue creciendo el pueblo, poblándose cada día más. Cada vez más casas

cercaban al parque y al jardín, pero el viejo rosal soportaba estoicamente

los ataques de los juegos de pelota de los niños y las construcciones

vecinas que le restaban un poco de sol.

Ana clara se había convertido en una joven hermosa y delicada, como su

madre, con cabellera negra y rizada, de ojos azules como el abuelo Henry.

Estudió magisterio y se dedicó con gran amor a la docencia. Un joven

maestro de origen alemán ganó su corazón y se casaron cuando Elenita aún

era un bebé, en 1925.

Durante un tiempo fueron maestros en el Colegio Alemán de la zona, hasta

que transfirieron al esposo a la capital, como director de un importante

colegio.

Henry era el vivo retrato de su abuelo paterno, no solo en lo físico, sino que

también en pequeños detalles de su personalidad, como el gusto por los

viajes. Siempre dispuesto para acompañar a su padre cuando viajaba por

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trabajo, pero amaba el mar por sobre todo, soñaba con viajar por los mares

del mundo y a los 12 años ingresó al Liceo naval y luego a la Escuela Naval

para llegar a ser oficial.

Lucía, era hermosa, de delicadas facciones, como la madre, pero con más

carácter, parecida a su tía Carolina, por lo que su padre casi a diario tenia

que reprenderla y castigarla, pero la niña solía salirse con la suya jugando

con su hermano Henry como un camarada más.

Ignacio, en cambio, era retraído, muy estudioso y desde pequeño se

aficionó a desarmar el motor del auto de padre, por lo que a nadie le

extrañó que quisiera estudiar ingeniería.

Elena, la más pequeña de la casa, mimada por todos, era dulce y delicada,

pero con una personalidad definida y fuerte desde niña. Era muy activa y

desenvuelta, vivía preguntando a sus abuelas, viejas historias de la familia,

para ella todo era importante, cada detalle, cada cosa…

Con Ana Clara viviendo en la capital, Henry luego de recibirse de oficial de

marina con destino en una base en la Patagonia y luego Ignacio en 1937,

viaja a Inglaterra para estudiar, quedaron Catalina y Clara solas, con Lucía

y Elenita. Desde hacía tiempo Juan Ignacio era una visita en la casa, sus

responsabilidades en el trabajo y en la política, a la que había abrazado con

fervor, le tomaban la mayor parte del tiempo. De aquel joven alegre y

cariñoso, la adultez lo había transformado en un ser hosco y distante de su

esposa e hijas, encerrado en sus propios intereses.

A fines de 1937, llegó una carta de Carolina. Hacía casi cinco años la familia

no sabía nada de ella. Clarita muy ansiosa, se sentó al lado de su suegra

para leerle, pues debido a las cataratas ya no podía sola. En la carta les

contaba que habían cerrado el negocio y vivieron en España por un corto

tiempo donde hablaron de su esperanza con muchas personas pero luego

se fueron hacia Australia, donde residían desde entonces. Allí encontró a

Henry en uno de los viajes que realizó con la Fragata Escuela, y que se

había emocionado mucho ver el parecido del muchacho con su padre, solo

que el muchacho era más cariñoso y agradable, como Clarita.

Volvió a animarlas y a hablarles sobre su esperanza y su fe, que buscaran la

verdad, y que prestaran atención, si las visitaba un Testigo de Jehová, que

le escucharan con atención. Catalina, interrumpió a Clarita para acotar: -

“¡¡¡Ves, que te dije que se cansa pronto de todo!!! Antes eran los

Estudiantes de la Biblia, ahora los Testigos de no se quien…”

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Pero su hija que la conocía bien, al escribir imaginó esas palabras y aclaró

que ese nombre es la nueva denominación de los Estudiantes y que tenían

base Bíblica para denominarse así.

Lucía y Elenita, sentadas a los pies de la abuela, no conocían ciertos

detalles de la vida de su tía, en la casa apenas se la nombraba y nunca

delante del padre, con lo curiosa que era Elenita, atormentaron a madre y

abuela a preguntas hasta que quedaron satisfechas, conociendo toda la

historia, solo les recomendaron que ni una palabra a su padre. Junto con la

carta les envió un libro titulado” Riquezas”, que Lucía, en calidad de

hermana mayor se lo apropió, prometiendo compartirlo con Elenita.

Carolina desde tan lejos, jamás podía imaginar lo que su obsequio provocó

esa tarde en las muchachas y en la familia entera.

VII

UN PROBLEMA TRAS OTRO

El año 1939 había comenzado trayendo nubarrones a Villa del Rosal.

Debido a la edad avanzada, Catalina dependía cada vez más de Clara y de

las chicas. Con Juan Ignacio no se podía contar para nada, entre su trabajo

en la Compañía y la política, pasaba casi todo su tiempo fuera de la casa.

Juan Ignacio estaba muy al pendiente de las noticias que llegaban de

Europa, se hablaba de una guerra segura, los nacional socialistas en

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El viejo Rosal Silvia Espiño

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Alemania, se estaban haciendo muy fuertes y al decir de muchos, probando

armamentos en España, como si fuera un gran campo de entrenamiento,

envuelto el país en una guerra civil y todo esto no presagiaba nada bueno.

Clara todavía no estaba al tanto de nada, demasiado ocupada estaba con

cuidar a la suegra y su esposo sabía que de enterarse de las noticias,

exigiría que hiciera volver a Ignacio urgentemente, cosa que no estaba en

sus planes, pues quería que terminara los estudios en Inglaterra.

Aquel día en que llegó la carta de Carolina trayendo el libro, Lucía, lo leyó

en una sola noche el libro. Fue tal el impacto, que le produjo, que volvió a

leerlo varias veces más y cada vez con más detenimiento.

Para ella fue revelador, descubrió en él una esperanza única, algo que

llenaba su corazón, sabía que no sería fácil…

Escribió a las oficinas centrales de los editores, en Estados Unidos, para

solicitar más libros y más información.

Tiempo después, tuvo la respuesta. Una señora llegó hasta la casa y le trajo

personalmente algunos libros. Lucía tenía muchas preguntas que la señora

le fue respondiendo amablemente, con su propia Biblia, una a una, siendo

para Lucía un placer aprender estas cosas tan profundas semana tras

semana, por más de un año.

Un día, llegó Juan Ignacio de manera inesperada y las descubrió estudiando

en la sala. Sin dar tiempo a nada, vio las Biblias y los libros y se dio cuenta

de que algo ocultaban. Con muy malos modos y a gritos desaforados, echó a

la señora y a Lucía la amenazó airadamente, la trató como nunca antes. La

muchacha, lejos de amilanarse, enfrentó a su padre por primera vez en su

vida. Se paró resuelta delante de él y con tono firme, pero respetuoso, le

preguntó qué era lo que no le gustaba, él respondió, en tono severo, que

debía respetar a la santa iglesia y todos los preceptos que había aprendido,

como las costumbres y la moral…

En ese punto a Lucía le cambió el rostro, sin alzar la voz, para que su madre

y su abuela no la escucharan, miró fijamente a su padre a los ojos y le pidió

que no fuera hipócrita y luego dijo:

-“Papá, usted no puede hablar así, no puede invocar el respeto a los

preceptos de su iglesia o a una moral a la que usted mismo no respeta.

Papá, hace tiempo que sé, porque lo he visto, que usted desde hace años

tiene como amante a su secretaria y mantiene dos casas…”

Herido en lo más profundo al verse descubierto, levantó la mano para

pegarle, pero la muchacha sostenida por la fuerza de la verdad y de su

nueva fe sin hipocresía continuó:

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El viejo Rosal Silvia Espiño

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-“Si me quiere pegar, está en todo su derecho. Pero un golpe no va borrar

lo que usted le ha hecho a mi madre y a la familia. Ella no sabe nada, ni lo

sabrá por mí, quédese tranquilo, la amo demasiado para verla sufrir. Solo

le pido que me deje continuar con mi fe, donde sí respetamos las leyes

morales que Jehová dio en Su Palabra y nos guiamos por ellas. Nada de

malo he hecho ni le falté el respeto, padre, si usted quiere que me vaya de

la casa, permítame quedarme hasta que pueda encontrar la manera de que

mi madre no sufra ni sospeche, luego me iré de la casa.”

Juan Ignacio no esperaba tal firmeza en su hija de 23 años, pero Lucía sabía

lo que hacía y estaba bien segura de lo que quería. Si bien ya trabajaba y

podría mantenerse, solo le preocupaba su madre y su abuela, que no

soportarían tal pena, tenía que prepararlas.

A partir de entonces su padre salió menos, estaba más en la casa trataba

bien a Clara otra vez, pero solo parecía ser una pantalla…

Poco después Lucía simbolizó su dedicación en agua y se bautizó como

Testigo de Jehová. Clara acompañó a su hija ese día tan memorable para

ella. Otra pena golpeó a la familia, apenas unos días después, fallecía

Catalina plácidamente, a los 73 años acompañada por su familia.

Sin haberse repuesto de esa pena, llegaron noticias malas de Europa,

Inglaterra le había declarado la guerra a Alemania. Henry era oficial de la

marina, y si bien el país era neutral por el momento, el mundo parecía un

reguero de pólvora, próximo a estallar.

De Carolina no se tenían noticias, enviar correspondencia no era seguro

que llegara y menos al otro lado del mundo, en un país dependiente de

Gran Bretaña. Otro motivo de preocupación era también Ignacio que seguía

en Londres. No había podido salir cuando aún era seguro, y no se sabía

nada de él.

Clara vivía angustiada por estas cosas y el trato tan frío de Lucía y su

padre, se dio cuenta de que ya no se hablaban, suponía que algo pasaba y

eso la tenía mal.

Para evitarle más preocupaciones no le contaron a Clara la carta de

Ignacio, con la noticia de su enrolamiento en las fuerzas británicas, en

1940. Por sus estudios de ingeniería era un elemento valioso y se

especializó en aeronáutica. No combatía, pero al estar en Londres, estaba

expuesto a los ataques aéreos alemanes que estaban haciendo estragos en

la población civil.

Para entonces Henry ya estaba casado y apostado en una base al sur del

país, estaba bien, pero siempre en estado de alerta. El mundo parecía

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estallar en cualquier momento, más naciones se sumaban al conflicto. Para

que Clara estuviese tranquila, Henry o su esposa, la llamaban una vez por

mes.

Ana Clara traía a los chicos los fines de semana y ponía alegría en el hogar

y consuelo para Clara al verlos correr por el parque y otra vez el viejo rosal,

como años atrás esquivando los juegos infantiles.

Los problemas se multiplicaban, la paz que por tanto tiempo reinó en la

casa parecía haberse esfumado. Clara y Juan Ignacio no eran los mismos,

aunque él estaba más en la casa y era mucho más atento, ella se mantenía

distante de él.

Una mañana, Lucía salía para trabajar, su padre le reprochó lo poco que

estaba en la casa, sin responderle, los saludó y se marchó. Juan, indignado

porque su hija no le respondió, quiso salir a buscarla y traerla por la fuerza,

pero Clara, con una fuerza desconocida en ella, se lo impidió y como

esperando esta oportunidad por años, pues estaban solos los dos en la

casa, le reprochó su actitud, no tenía derecho a tratarla así. Lucia tenía una

conducta intachable, cosa que de él no se podía decir lo mismo…

Juan Ignacio quedó petrificado, mudo, ante la sorpresa de oír a su esposa

levantar el tono de la voz, Clara continuó revelándole que desde siempre

supo que la engañaba.

Ahora con más de 60 años, había quedado solo, había perdido todo, la

esposa de siempre, la que lo amó de verdad, aquella que lo soportó todo, no

la tenía más. Seguiría a su lado, claro está, respetándolo como su esposo,

como debía ser, pero las cosas entre ellos, no volverían a ser como en el

pasado.

Juan comprendió lo tonto, injusto y ciego que fue, Clara no merecía su

traición, pero ya era tarde, los años le comenzaron a pesar…

Desde ese día fue una sombra de lo que fue, no volvió a levantarle la voz a

Lucía, ni dejó que se fuera de la casa y aceptó, aunque no lo compartía, que

ella fuese Testigo de Jehová.

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El viejo Rosal Silvia Espiño

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VIII

ÉPOCA DE CAMBIOS

Al finalizar la guerra, Ignacio se casó con una joven inglesa, Mary y a pesar

de no haber podido terminar la carrera de ingeniería, el servicio que

brindó durante la guerra, lo capacitó y acreditó como ingeniero

aeronáutico. Al saber que sus padres no estaban bien, volvió a su casa

natal.

Su padre jubilado la situación económica no era la mejor. La propiedad era

grande, las cosas en el país no eran las mismas y ahora costaba mucho

mantenerla. Sugirió vender alguna porción del parque, la zona se había

vuelto muy selecta y pagarían bien por los lotes, solventando así, los gastos

inmediatos.

Restablecieron el contacto con Carolina, no veía problemas de que se

vendiera solo una parte, aprovechó para enviar una copia de su

testamento, dejaba la parte que le correspondía, a sus sobrinas Lucía y

Elena. Ana Clara estuvo de acuerdo que las muchachas tuvieran esa

herencia y Henry también, solo Ignacio no lo veía bien, si renunciaba a su

parte, decía, que fuera para todos por igual. La razón de su egoísmo, entre

otras cosas, se debía a la religión de sus hermanas, con la que estaba en

abierta oposición. Ignacio se comportaba igual que su padre, arrogante e

intransigente, pero no tenía opción, o soportaba la situación o se

marchaba.

El ambiente en el hogar no era de lo mejor, pero las muchachas ponían

buena voluntad.

En 1948, Ignacio y Mary fueron papás de un niño, al que llamaron Luís,

otra vez la alegría de un niño invadió la casa, a pesar de ya no ser el parque

tan grande, el jardín era suficientemente amplio aún. Se mantuvo adornado

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por los rosales y en especial el viejo rosal, que generoso daba sus rosas,

para las novias, los casamientos o para la sala, siempre estaba presente, en

medio de la familia, como un integrante más.

En noviembre de 1950, una enfermedad súbita afectó la salud de Juan

Ignacio y falleció. Durante ese tiempo, Clara lo acompañó y lo cuidó hasta

último momento, demostrando gran fortaleza. Unos días antes de su

muerte, como si supiera, Carolina le envió una carta a su hermano, la

primera después de muchos años y decía así:

-“Mi querido y nunca olvidado hermano:

Necesitaba escribirte, ya que nuestros días son contados, ya no somos los

niños que corrían en el parque, alrededor del rosal de mamá, viendo quién se

acercaba más sin arañarse, ¿recordás? Quería contarte, hermano, que

aunque papá y vos nunca entendieron ni compartieron mis decisiones, estas

no siempre fueron equivocadas.

Me casé con el mejor hombre, papá hubiera estado de acuerdo y feliz si lo

hubiera conocido, me amó y respetó hasta el último hálito de su vida. Amó y

crió a nuestros hijos como un padre ejemplar y un siervo leal de Dios, con él

siempre fui feliz, tuvimos una vida feliz.

Muchas veces escribí a tu oficina para contarte de la esperanza hermosa que

abrigo, pero nunca recibí respuesta tuya. Con mamá y Clarita nos escribimos

por años, pero no te dijeron nada por temor a tu reacción. Has perdido todos

estos años, hermanito, de escuchar un mensaje lleno de vida y lo siento,

porque con tu dedicación y denuedo por las cosas que te interesan y con lo

trabajador que sos, hubieras sido un excelente Testigo. Aún no es tarde, si

bien ya estamos grandes, sólo Jehová sabe cuánto le queda a este mundo y a

nosotros dos.

Te habrá sorprendido que les haya dejado mi parte de la casa a las chicas, no

es que no la valore, es que no necesito lo material, mis hijos Thomas (vieras lo

parecido que es a vos) y Carol tienen todo lo que necesitan, ellos viven felices

en otro país, sirviendo a Dios y kathy, la menor, que vive cerca mío, junto a su

esposo e hijos, están bien con lo que poseen.

Hablé con Ana Clara y con Henry, ellos no se opusieron, son muy generosos,

solo Ignacio no quiso hablar conmigo, pero sé que comprenderá que es lo

mejor, que las muchachas se queden con la casa cuando vos y yo no estemos.

Querido hermano, sé que no volveremos a vernos más, hasta el día en que

nuestro Maravilloso Padre Celestial nos reúna en el paraíso ya resucitados

los dos, pues desde hace años sé que mi esperanza es vivir aquí en la tierra.

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La imagen que tengo de vos, hermano, es la de aquel joven atlético y fuerte,

con la sonrisa amplia y fresca, de la última vez que nos vimos, así espero

verte cuando nos reencontremos.

Usá este tiempo en el que estas bien de salud para acercarte a Jehová, para

conocerlo, escuchá a las chicas, aprendé y llená tu corazón con la verdad.

Tenés unas hijas maravillosas y una familia hermosa y no es casualidad. Sí,

no te sorprendas, he sabido de ustedes conociendo cada detalle. Mantuve

correspondencia con todos tus hijos, menos con Ignacio. Aunque lejos

físicamente, siempre estuve con ustedes viendo cómo crecía la familia. Lucía

en cada carta me enviaba una rosa de mamá, las que aún conservo, era como

estar allí, junto a ustedes, como si nunca me hubiese ido y es el lazo que une a

mis hijos con la familia…

Hermano querido, siempre te amé, a pesar de la distancia, la

separación y el silencio, siempre estuviste en mi corazón y en mis más

hermosos recuerdos. Pronto nos veremos, ya lo verás.

Tu hermana, que te ama

Carolina Harvey-Spencer “

A medida que leía la carta, le brotaban lágrimas, nadie jamás lo había visto

llorar. Llamó a Clara, le entregó la carta para que ella misma la leyera y le

pidió que le explicara, si es que ella sabía, de lo que hablaba Carolina en la

carta. Después de mucho tiempo Clara le regaló una sonrisa, tomó su mano

con mucho amor, con ese amor que se mantuvo intacto a pesar del dolor y

la traición y quedaron solos en el cuarto por muchas horas charlando.

Al día siguiente, cerca del atardecer, Juan Ignacio, mientras miraba, a

través de la ventana, el viejo rosal, el mismo que lo acompañó toda su vida,

se fueron cerrando sus ojos poco a poco y se durmió en la muerte, lleno de

paz, de verdadera paz, con esa última imagen en su retina y asido de la

mano de Clara, su Clarita.

Ignacio tomó las riendas de la familia. Tenía un buen trabajo bien

remunerado, nada les faltaba, pero era tan intransigente que a veces la

convivencia era difícil.

Clara, aunque ya grande, con 67 años, después de la muerte de su esposo,

había desarrollado un valor y decisión nunca visto en ella anteriormente,

era firme y segura y no permitía que Ignacio tratara mal a sus hermanas,

como lo hacía su padre. Solía decirle:

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-“Con uno ya fue suficiente, ahora solo le obedezco a Jehová “. Clara había

abrazado la verdad con el mismo celo de sus hijas.

En 1952 Ignacio y Mary tuvieron una nena, Alicia y en 1956 nació Ignacio

Henry, le decían Nacho.

Para el año de 1954 Lucía se casó con un hermano de la congregación,

Jorge González, que tiempo después se mudaron a Entre Ríos, para servir

como precursores. Ignacio y Mary, estaban a disgusto en la casa, no

aceptaban el ambiente de paz ni las actividades cristianas de Clara y

Elenita.

En 1958 se mudaron a Córdoba, por trabajo, luego de exigir su parte de la

herencia por adelantado, hubo que vender otro lote del parque.

Cada verano enviaba a los niños por unos días, pero cuando Nacho tenía

unos 9 años, tuvo una fuerte discusión con su madre y hermana y ya no

volvió a la casa ni llamaba a su madre. Recién volvió en 1971, al funeral de

Clara y luego en 1973, que falleció Ana Clara. Henry intentó interceder

para que doblegara su orgullo, pero se enojó aún más, distanciándose de él

también.

Pero, como la vida tiene sus idas y vueltas, el ser orgullosos no sirve de

nada… Pocos años después, un golpe militar, derrocó al gobierno y

comenzó una época muy difícil, pues hubo represión del gobierno, donde

se encarcelaba gente bajo sospecha de ser revolucionarios o sólo por estar

en la agenda de direcciones de un sospechoso, era en sí mismo peligroso.

Hasta los Testigos de Jehová fueron considerados peligrosos y se

proscribió la obra, cerrando Salones del Reino y reduciendo la actividad

cristiana, de manera precavida, pero siempre activos, sin dar motivos para

ser llevados por la policía. Muchas personas fueron detenidas, y no se supo

más de ellos.

En esos días Nacho, estaba en la universidad, y los estudiantes eran blanco

preferido, fue llevado por las autoridades acusado de activista político

estudiantil. Ante el temor de perder a su hijo, Ignacio dejó su orgullo de

lado y recurrió a su hermano, Henry, si bien ya estaba retirado, al haber

llegado a ser almirante tenía muchos contactos, y así logró que se pusiera

en libertad al muchacho. Henry le aconsejó se fuera inmediatamente del

país, por su seguridad.

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El viejo Rosal Silvia Espiño

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IX

ELENITA

Llegando a este punto del relato de la tía Elena, Nacho quedó impactado.

No sabía, que el alejamiento de su familia, se debía a la dureza e

intransigencia de su propio padre. Tampoco le contó su padre, que fue

gracias a su tío que salvó la vida. Sintió una mezcla de rabia y tristeza se

sintió en deuda, no podría agradecerle personalmente al tío Henry, había

fallecido en 1998.

Aún quedaban algunas cosas por saber, como por ejemplo la tía Lucía, qué

fue de su vida y la tía Elena, aún no había contado nada de sí misma en

todo el relato…

Lucía vivió hasta los 90 años como una sierva fiel de Dios, en la provincia

de Santa Fe, si bien no tuvo hijos propios, sí llegó a tener muchos hijos

espirituales a lo largo de su vida cristiana.

Antes de contarle sobre sí misma, Elena le preguntó a Nacho si sabía que

en la familia había varios Testigos de Jehová. Él, le respondió que muchos

de esos detalles no estaban todavía claros en su cabeza, pues en su casa

siempre que se hablaba de las tías y de la abuela decían que estaban locas,

sus padres evitaban hablar de la familia, y al haberse ido tan joven a

España, muchas cosas quedaron sin responder.

Elenita pasó varias horas contando la historia familiar, sin darse cuenta, la

noche había caído sobre la casa del rosal. La anciana se acomodó en su

sillón, encendió la luz de la lámpara, y como si recién empezara, continuó

con el relato, que transcribiré tal cual ella lo contó:

” Cuando nos llegó la carta junto con el libro, de tía Carolina, fue en 1937,

no sólo se destaparon los ojos de Lucía. Aunque yo tenía apenas 12 años,

comprendí que allí había algo más que un libro religioso. ¡Supe también,

como Lucía, que era la verdad! Como era muy chica no podía enfrentar a mi

padre, eran otros tiempos, debíamos ser respetuosos, pacientes y calcular

bien los movimientos por la paz familiar. En ese tiempo estudiaba en

capital, en la Escuela de Bellas Artes y Lucía era maestra allí. Papá no

sospechaba que esos días en que llegábamos más tarde que de costumbre,

era porque íbamos a las reuniones cristianas. Los domingos, cuando salía a

predicar, me llevaba un block de hojas para que al terminar la actividad,

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pasaba un ratito por la plaza a dibujar algo como para justificar mi salida.

Cuando Lucía enfrentó a papá fue muy oportuno, porque en esos días nos

bautizábamos y estuvo a punto de descubrirnos y no nos hubiera

permitido hacerlo, de ese modo al quedar al descubierto no pudo oponerse

más.

No fueron años fáciles, papá era muy difícil y nos apoyábamos las tres. Al

marcharse Lucia, con mamá tuvimos que lidiar con el carácter de tus

padres. Siempre tratamos de comprenderlos y disculparlos, la guerra deja

secuelas en las personas, que les cambia la manera de ser y sentir, tu padre

llegó a ser mucho más duro que mi padre…

Recuerdo la ocasión en que se vendió la primera porción del parque,

cuánto tuvimos que pelear con tu padre para salvar los rosales de la abuela

Catalina. Dirás que es tonto, cosa de vieja, pero todo eso es parte de la

familia, no todo es dinero, hijo, él parecía empeñado en borrar las cosas

queridas que hacían a esta familia y tu madre nunca se adaptó a vivir con

nosotros… Mamá sufrió mucho durante esos días…Pensar -siempre decía

lamentándose- que era tan cariñoso y generoso de niño…

Perdón, Nacho, me parece estar viendo a mamá secándose las lágrimas a

escondidas, cuando tu papá nos gritaba porque no le gustaba que

saliéramos de casa para predicar o ir a las reuniones… bueno, mejor

sigamos…

En 1950 me casé con José, luego nacieron tus primos Susana, Joaquín,

Carlos, Ana Lucía y Daniel.

Mucho del esplendor que tuvo esta familia se perdió, nada queda, ya ves,

esta casa vieja de más de 100 años, se mantiene porque Susana y su esposo

se esfuerzan y tus primos que dan una mano. Todos aman esta casa,

porque ella guarda las risas y alegrías, las penas y lágrimas, por tantas

cosas vividas de casi cuatro generaciones…

De golpe se interrumpió y tomando de la mano a Nacho, lo arrastró.

- Vení, hijo, acompañame al jardín, quiero que veas bien de cerca lo más

valioso que tiene esta casa.-le dijo Elena

Salieron juntos al jardín, la tía Elenita se apoyó firmemente en el brazo de

Nacho y fueron hacia el viejo rosal, que estaba cálidamente iluminado por

unos faroles, para que resaltase en la noche y continuó con el relato:

“-¿Ves hijo? Este es el rosal que plantó mi abuela, cuando se construía esta

casa, cuidándolo desde el primer día con amor. Cada rosa que dio estuvo en

los momentos más importantes de nuestra familia, en las graduaciones, en

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las bodas, los nacimientos, fue siempre parte de nosotros y de lo que

somos…

Me gustaría mucho explicarte esta esperanza que aprendí siendo niña y

que compartí con tantas personas y con tantos miembros de la familia.

¿Sabés Nachito?, uno de los hijos de Ana Clara, el menor, Esteban, también

es Testigo de Jehová, junto con su familia.

Henry a pesar de que nunca llegó a ser Testigo, escuchaba a mamá con

tanto respeto, que nos dejó enseñarles a sus hijos y no les impidió que ellos

eligieran con libertad. Con Lucía, plantamos la semilla de la verdad en ellos

y Jehová la hizo crecer, hoy toda su familia, hijos, nietos y biznietos están

repartidos en diferentes puntos del país sirviendo al Dios Verdadero, igual

que mis hijos y nietos…

Dale, vení, ya que me oíste tanto, escuchá esto que es lo más importante

que te quiero contar…

Nacho interrumpe a la tía, la invita a entrar y le dice que ahora es ella

quien tiene que oírle, hay una historia que ella no sabe.

X

LA HISTORIA COMPLETADA

Elena quedó sorprendida, no esperaba una respuesta así, tan cortante y

contundente. No dejaba de mirar a los ojos Nacho, mientras él la llevaba a

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la sala, tomándola del brazo, con aquella misma curiosidad de cuando era

niña, esperando oír la historia. Esto fue lo que le contó Nacho:

“Tía Elena, cuando me fui del país, fue tanta la prisa que apenas si tuve

tiempo de llevarme algunas cosas, pero entre ellas quería llevarme algo

que me uniera a la familia, a quienes no sabía cuándo volvería a ver.

Del escritorio de papá me llevé dos fotos, una en la que estoy con mis

padres y hermanos y la otra de papá con los abuelitos y ustedes, los cinco

hermanos, junto al rosal de la abuela y también una Biblia de ella, que no sé

cómo la tenía papá.

Al llegar a España me sentía muy solo, era verano y sin embargo siempre

tenía una sensación de frío interno inexplicable. No conocía a nadie, solo

tenía una carta de recomendación que me había dado Alfredo, el hijo de tía

Ana Clara, para que pudiera estudiar en el instituto de un viejo colega. Eso

realmente me ayudó, pero la soledad tía, era mucha…

Una noche al irme a dormir, abrí la Biblia de la abuela y de allí se cayó una

carta amarilla por el tiempo, era de la tía Carolina para el abuelo. La leí,

realmente lo que sabía de ella no coincidía con la persona que escribía.

Papá no hablaba de ella bien, sí lo hacía despectivamente. Me impactó leer

el amor que le expresaba al abuelo, pero no entendí mucho las cosas que

explicaba. Cada vez que me sentía solo, releía algunas partes y era como oír

la voz de la familia y eso me animaba mucho. Pero como siempre pasa,

conseguí un trabajo, continué con mis estudios y al hacerme de un grupo

de amigos, claro está, la Biblia con la carta fue a parar a un cajón olvidada.

Con el tiempo me casé. La familia, los estudios y el trabajo ocuparon los

espacios de la nostalgia. Mi vida había tomado forma propia lejos de los

afectos que quedaron tan lejos.

Alrededor del año 2000, buscando un material para un libro, encontré la

Biblia de abuelita y me acordé de la carta. Se la leí a mi esposa, se emocionó

mucho, hacía poco había perdido al padre…

Una mañana semanas atrás, llamaron a casa dos señoras que al verla tan

triste por su pérdida le hablaron de volver a ver a su padre en la

resurrección. Como alguna vez le conté de la intransigencia de mi papá por

la religión, pensó que yo respondería de igual manera y mantuvo en

secreto que las señoras la visitaban regularmente, pero al leerle la carta y

ver mi emoción comprendió, que no era así.

Entonces se sinceró, me contó que estaba estudiando. Como no quería

parecerme ni a abuelito y ni a papá, la dejé que decidiera ella, aunque para

decirte la verdad, no me llamaba la atención, no me interesaba. Con el paso

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del tiempo noté cambios en ella y en mis hijos, que estaban en la

adolescencia… Todo eso me hizo reflexionar y recordé los veranos en esta

casa, y algunas cosas que vos nos contabas…

Un día, no puedo decirte por qué, se me ocurrió rastrear a la familia de la

tía Carolina, en Australia. La carta tenía una dirección, los nombres de los

hijos… ¡Y los encontré!

Kathy la hija menor aun vivía y Jerry, uno de los hijos me mandó un

hermoso mail y luego hablamos por teléfono. Sentí de inmediato que lo

conocía de toda la vida, me habló de Jehová y te digo tía, no sé por qué,

pero me llegó al corazón todo lo que dijo, lo recuerdo y me emociona. Sentí

algo muy especial…

No fue nada fácil para mí dar los pasos para cambiar algunas cosas, pero

acompañaba cada tanto a mi esposa a las reuniones. Estuve en los

primeros temas de mis hijos, en sus bautismos, pero había algo que me

impedía comprometerme. Lo hablamos mucho como familia, no sé qué era,

sentía un vacío grande dentro de mí, era como una deuda y hasta le pedí a

Jehová que me ayudara…

De un día para otro, mi editor me pidió una novela, fue cuando comencé la

investigación para este nuevo libro que encontré el nombre del abuelo

Henry.

Sentí, entonces la necesidad de volver al país, quería hablar con vos tía,

aclarar cosas que no entendía. Recordaba las palabras de tía Carolina al

abuelo, cuando le decía que “había perdido el tiempo” y no quería cometer

el mismo error.

Debido a mi trabajo no pude viajar inmediatamente, para no perder el

tiempo comencé a estudiar allá con un hermano, cuyo padre había

conocido la verdad, (esto te parecerá increíble), por la tía Carolina, cuando

estuvo en España…

Por eso volví, tía, por eso quería verte y oírte, para contarte que quiero

estudiar con vos o con alguien de la familia. Quiero continuar con mi

estudio, porque quiero llegar a ser Testigo del Dios Altísimo, y en el

momento que sea posible bautizarme y que, por fin, estemos todos juntos,

al menos la mayor parte de la familia…”

Susana, que estaba en la sala, el esposo, una de las hijas, todos lloraban de

alegría. Elena lo abrazó con todas sus fuerzas. Estaba muy feliz, no solo

había sacado del arcón de los recuerdos la historia de la familia, para que

se escribiera un libro, había oído una historia que no imaginaba, que la

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llenaba de orgullo, ver que otro miembro de la familia se ponía de parte de

Jehová.

Un año después, se encontró en la Villa del Rosal casi toda la familia.

Elenita con todos sus hijos y nietos, los hijos y nietos de Henry, los nietos y

biznietos de Ana Clara y claro está, Nacho y su familia.

No solo era una reunión familiar más que se juntaron para celebrar el

bautismo de Nacho, fue el reencuentro de los lazos familiares, de los

valores de la familia y de un amor que nació más de un siglo atrás en esa

casa que los vio nacer y se extendió por el mundo, en un gran número de

descendientes. Cuatro generaciones y la mayoría de ellos, cristianos

verdaderos, con una vida de servicio leal.

Ese sábado tan especial la casa volvió a lucir espléndida, como aquella

noche de 1903, en la boda de Juan Ignacio y Clarita, con todas sus luces

encendidas. El jardín más iluminado que nunca y el rosal aunque viejo, se

había adornado como en sus mejores épocas y celebró con toda la familia

regalándoles una rosa para cada uno. En medio de tanta alegría, alguien

oye de casualidad sonar el teléfono, Susana atendió, pero no podía oír bien,

y en un instante se hizo el silencio de golpe. Al preguntar quien era que

hablaba, su rostro se transformó y apenas le salió, como un susurro bien

audible – ¡¡¡Tío…!!!

Todo pasó en un segundo, Nacho quedó helado, sabiendo que se trataba de

su padre. El esposo de Susana, acompaña a Elena hasta el teléfono y la

sienta en el sillón. Emocionada, lleva el aparato a su oído y pudo escuchar

por fin, después de tantos años, la voz querida de su hermano Ignacio.

Se la escuchó decir – Yo también te quiero, hermanito. Aquí estamos todos

juntos, con Nachito y tus nietos…Son hermosos… Sí, estoy bien, también

quiero verte, ¿mañana? ¿Mañana venís?...

Elena rompió a llorar y Nacho le sacó el teléfono y habló con su padre.

La anciana no había oído mal, su hermano estaría al día siguiente con ella,

como antes, como hacia tantos años no estaban, bajo el mismo techo. ¿Qué

más se podía pedir esa noche?...

Ahora sí, la felicidad era completa. Ante tanta algarabía y festejo, los

vecinos se asomaron, para ver sorprendidos cómo esta enorme familia

posaba para una foto en conjunto, participando a un lado el viejo rosal, con

la alegría de poder estar nuevamente todos juntos, unidos como familia, y

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El viejo Rosal Silvia Espiño

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unidos adorando al mismo Dios y resueltos a hacerlo por toda la eternidad,

con la bendición de Jehová.

ABRIL 2009

FIN

Todos los derechos reservados …… Silvia Espiño

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