Giallo 0

artisnucleus

Giallo 0
Ejemplar de lanzamiento

Giallo


DIRECTORIO

CEO

ANTONIO CARLIN LYNCH

giallo@artisnucleus.com

EDITOR IN CHIEF

CARLOS ALBERTO AYALA OJEDA

coo@artisnucleus.com

COLABORADORES

OMAR GONZÁLEZ

http://wwww.artisnucleus.com/alianzas/

omar-gonzalez/

OMAR GONZÁLEZ

diseño de logo en co-autoría con

ANA BERTHA CASAS

CARLOS ALBERTO AYALA OJEDA

MELISSA POWER

http://www.artisnucleus.com/alianzas/melissapower/

OMAR GONZÁLEZ

caricaturización del logo de Giallo. Idea

original de DARIO ARGENTO, tomado de

una escena de la película L’uccello dalle

piume di cristallo

www.artisnucleus.com/giallo

giallo@artisnucleus.com

www.facebook.com/giallomagazine

GIALLO MAGAZINE #0 2016. NÚMERO DE CERTIFICADO DE RESERVA OTORGADO POR EL INSTITUTO

DE DERECHOS DE AUTOR: EN TRÁMITE. NÚMERO DE LICITUD DE TÍTULO: EN TRÁMITE.

NÚMERO DE CERTIFICADO DE LICITUD DE CONTENIDO: EN TRÁMITE. ISSN: EN TRÁMITE.

PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN PARCIAL O TOTAL, INCLUYENDO CUALQUIER MEDIO

ELECTRÓNICO SIN AUTORIZACIÓN POR ESCRITO DEL EDITOR, LAS OPINIONES VERTIDAS

EN LAS COLABORACIONES FIRMADAS SON RESPONSABILIDAD EXCLUSIVA DE LOS AUTORES.


CONTENIDO

TOMSK

LUIS ERNESTO MARTÍNEZ QUIROZ

5

AQUEL QUE VIENE A JUGAR

ANTONIO CARLIN LYNCH

15

LA CAJA DE MÚSICA Y LOS MONJES SINIESTROS

SONY VOOODOO

32

LOS GRITOS DE LOS NIÑOS

JAVIER MONZÓN

39

UN BRAZO

YASUNARI KAWABATA

43


Tomsk

Eran los inicios

de noviembre,

las ventiscas no

eran raras para la fecha.

Nevaba casi todo el día,

salvo por unos minutos

durante la tarde. El frío

era intenso y la nieve se

acumulaba delante de las

puertas tanto del puesto

de investigación, como del

cobertizo de suministros, lo

que provocaba que el andar de

uno al otro se convirtiera

en una tarea casi titánica

por tanta acumulación de

nieve y el estar desprovisto

del equipo necesario para

ese frío; la oscuridad era

lo peor, sólo una tenue luz

de vez en cuando te avisaba

que era de día.

El puesto de investigación

biológica de la tundra en

Siberia era cómodo, pero, no

muy cálido: el laboratorio,

la cocina, el comedor y el

puesto de radio estaban

en la planta baja de la

estructura, la segunda

planta era para el área de

estar y los dormitorios que,

en este caso, solo uno se

ocupaba, ya que los demás

científicos habían partido

cinco días atrás. – Si tan

solo me hubiera marchado –

pensaba sin cesar al ver

como la nieve se estrellaba

contra las ventanas y el

viento silbaba a través

de pequeñísimas aberturas

entre los vidrios que se

esforzaba por cerrar apenas

los escuchaba.

Una muestra a mediana

profundidad era lo que la

había detenido ahí; días

atrás se perforó un hoyo en

el permafrost y al llegar

a los veinticinco metros

se habían topado con algo

diferente, rojo brillante,

que estaba congelado allí,

justo la mañana antes de la

partida. Les rogó quedarse

a revisarlo para regresar

a Tomsk con algo nuevo que

enseñar en la universidad,

porque era obvio que, durante

el trayecto, no tendría

el tiempo ni los cuidados

hacia la preciosa muestra.

Uno de sus cuatro compañeros

insistía en quedarse, pero

era casado y su esposa e hijo

recién nacido le esperaban

en casa y retrasarlo sería

contraproducente.

– En fin – pensaba – quince

días más en el puesto no

harían la diferencia en mi

vida – la estadía de quince

días en el laboratorio de

la universidad con todos

esos pasantes inútiles y

preguntones parecía una

pesadilla y ahora, se

presentaba la oportunidad de

trabajar sola, a su ritmo,

con sus reglas; quince días

de soledad únicamente a

cambio de un ambiente de

trabajo deseado: era hermoso

e irresistible.

– Una muestra más para

el control – se repetía y

sin más, tomó el trineo, se

encontraba enfadada con ella

misma, por su gran ineptitud

de “pasante”, ya que había


contaminado la primera y

está de más ser precavida –

nueces, para pan y comida

también la casa encantada

muy preciada muestra, pero,

se decía, mientras cargaba

y que nunca volvieron a

que corría por la estepa

era temprano, tenía tiempo

la caja con los alimentos y

Tomsk, reclamados por la

con unas enormes patas de

suficiente para viajar más de

entraba al laboratorio, con

madre Rusia hacia su suelo…

gallina, cargando brujas

cuarenta minutos al sitio de

la oscuridad y el bosque

y esbirros del demonio en

toma y tres horas para lograr

detrás de ella.

Leyendas aún más

su interior, así mismo,

la extracción definitiva.

extraordinarias

recorrían

recordó el susurro del

Cuando miró hacia el cielo,

Con todo el tiempo por

su memoria, no sólo las de

viento que en los gélidos

nubarrones negros anunciaban

delante, comenzar a trabajar

los lobo-hombre que hablaban

meses de invierno nos daba

la terrible tormenta que,

en el análisis de la muestra,

como humanos, pero corren

un nombre, como el canto de

si no se apresuraba, la

ahora era su prioridad.

en cuatro patas por las

una sirena que perdía a los

dejaría varada en medio de

Desentrañar los secretos

llanuras y bosques devorando

exploradores bajo una sola

la tundra. Se apresuró y

que ese rojo carmesí le

infortunados cazadores, sino

melodía, “Baba Yaga”.

realizó la faena en tiempo

brindaría la oportunidad de

record, con casi cuarenta y

regresar a la universidad

cinco minutos antes de lo

con un nuevo descubrimiento:

previsto, agarró el trineo,

tal vez un alga o algún

su nueva muestra y partió a

otro ser vivo, congelado y

toda marcha por el solitario

preservado en esa sustancia

paisaje blanco hacia el

roja… Cientos de conjeturas

puesto de investigación.

llenaron su curiosa mente

científica y ahí fue cuando

Cuando llegó, supo

la asaltó el recuerdo de

que analizar la muestra

las leyendas de esa área:

tendría que esperar, al

la hambruna de 1911 donde

menos, un día más. Comenzar

más de cien mil personas

los preparativos para el

encontraron su muerte; cómo

evento climático atípico se

los perros, gatos y ratas

convirtió en la prioridad:

les sirvieron de alimento

aseguró el cobertizo, cubrió

en esos años y, en algunos

la gasolina con un par de

casos extremos, la carne

mantas térmicas, al igual

humana llegó a ser comida

que el trineo y despejó la

para los sobrevivientes…

entrada. Tomó comida, más de

cómo miles marcharon en

la necesaria, algo así como

las mismas condiciones que

para cinco días extra – nunca

ahora, a buscar cortezas y


Pero eso fue un salto, una

tomara precauciones y si

soplador, una y otra vez,

las demás –, pensó mientras

jugarreta de su mente, un

algo sucedía irían lo más

logró encender los leños.

cuidaba la flama de la

desliz en la certeza y en su

pronto posible, pero que

Suspiró con la recompensa

preparación. Se podía ver

escepticismo; es al hombre

se cuidara, ya que, si esa

del calor y se sintió

el blanco del hielo, por la

y a la locura a lo que una

tormenta continuaba así,

satisfecha, como si hubiera

parte de abajo y arriba de

científica tiene que temerle,

lo más pronto posible se

logrado una hazaña épica,

la puerta, que se aferraba

a esas extrañas leyendas

convertiría en una espera

sonrió al tiempo que se

a entrar y sólo el calor

no, tal vez a la helada que

de unas 24 a 36 horas, según

decía – es hora de cenar –.

dentro de la habitación

se aproximaba, pero a las

las condiciones climáticas

luchaba por impedirlo.

leyendas no, a contaminar

y de los caminos.

Sopa de lata era la cena

Al fin comenzó a sentir

la muestra y no poder volver

del día, dentro de su

preocupación, una sensación

o no encontrar el sitio de

Ella contestó que no se

percepción del tiempo, creía

recorrió su piel, de ésas que

la toma en la nevada, pero

preocuparan, pues ya había

que a las 11:30 de la noche

anteceden a una catástrofe,

a las leyendas no. Hacía

comenzado los preparativos

era una buena hora para

a un mal presentimiento;

aplomo de su educación e

para la tormenta y se

cenar, la preparación debía

algo no estaba nada bien, no

inteligencia para no volver

reportaría cada 12 horas.

ser siempre simple. El sabor

encajaba, era diferente, y

a caer en esas patrañas de

Se despidió diciendo de

del día: camarones con fideo.

no sólo fuera de la cabaña,

leyendas y poder dormir bien

manera sarcástica – ¡Oh!,

Mientras estaba junto a la

también dentro de la misma.

aquella noche que, con cada

se aproxima una tormenta,

estufa calentando el agua

hora que pasaba, se tornaba,

díganme algo que mis

se imaginaba un gran plato

Miró a su alrededor,

cada vez, más fría.

sentidos no perciban – y,

de camarones, –mataría por

la luz de la chimenea y

dejando el micrófono, se

unos camarones con fideo,

lámpara iluminaban muy bien

Usando la radio llamó a

retiró a dormir un poco;

pero preparados en Fiji,

la planta baja, pero había

la Universidad de Tomsk

el trabajo a marcha forzada

en el calor de la isla, no

algo afuera… sentía como si

avisando que estaba bien,

de la extracción y recoger

en la marmita de todos los

alguien la observara desde

tal como decía en el manual

los suministros la habían

días de este blanco y gélido

la tormenta, atravesando

de procedimientos del

cansado mucho.

paraje–, se dijo.

las paredes y la sensación

laboratorio. La respuesta fue

crecía… siguiendo con la

una advertencia: en la zona

Un súbito ruido la

De pronto, un fuerte viento

vista sus movimientos de

en la que se encontraba, se

despertó, la oscuridad de

hizo vibrar las ventanas con

un lado a otro de pared a

estaba formando una tormenta

la cabaña era profunda.

sus protectores, el aire

pared, de pronto, la cena ya

muy extraña. Provenía de 50

En la chimenea apenas si

aullaba a través de ellas

no importaba. Una repentina

km más allá de donde se tomó

quedaban las brasas del

por ínfimas rendijas, movía

subida de adrenalina avispó

la muestra y seguía una línea

fuego anterior, encendió la

las llamas de su chimenea

sus sentidos y sin más,

recta hacia donde estaba el

luz y echó leña sobre esas

y pequeña estufa, –esta

corrió hacia la estantería

laboratorio, le dijeron que

casi cenizas. Usando el

tormenta no era igual a

donde estaba la escopeta, a


trastadas sacó las llaves

para reforzarla, – por lo

estuviera afuera caminando,

suyo, en la chimenea...

y lo más rápido que pudo

menos nadie entrará por

acechando… una vibración

respiró profundo y un golpe

abrió el candado y tomó

aquí –, pensó.

tras otra y, de repente,

tremendo inundó de ruido y

el arma. Después de cortar

un ruido muy conocido: un

miedo la cabaña… “eso” ahora

cartucho, el viento cesó,

Se acercó a la ventana y

raspar de madera, un simple

estaba en el techo. Paso tras

como si supiera que estaba

al mover la persiana vio que

raspar continuo de madera

paso, recorría las tejas y se

dispuesta a usarla contra

la nieve tenía ya unos 40

que iba de una esquina a

escuchaba el crujir debajo

lo que fuera y allí, junto a

centímetros de acumulación, lo

otra. Saltó del catre y

de sus pies, pero… ¿qué cosa

la chimenea, esperó mirando

cual era muy inusual con esos

tomó su arma, conforme

era lo que saltó casi seis

hacia todas direcciones.

vientos – debo de cuidar la

se acercaba a la puerta,

metros de altura al techo?,

leña – dijo suavemente, – no sé

levantó el arma y apuntó. Con

sus dedos estaban ávidos por

El corazón le latía muy

si la nieve me deje ir mañana

ese peso, evidentemente no

disparar, sin embargo, estaba

fuerte, la respiración

al cobertizo por más –.

sería complicado derribar un

consciente que, si hacía un

acelerada rompía el

cerrojo y un tablón, su mente

hoyo en el techo, la tormenta

silencio de la cabaña, sus

Subió a la habitación y

deseaba reaccionar, pero el

acabaría derrumbando todo y

músculos estaban tensos,

bajó un catre hacia la sala,

miedo la invadía… temblaba,

ella moriría congelada. Esa

así de pronto, movió la

volvió a subir, aseguró las

quería gritar, pero no había

no era opción…

cabeza para despejarse –

cuatro ventanas y cerró las

porque hacerlo, era claro

esas leyendas me provocan

persianas. Tomó suficientes

que “eso” sabía que estaba

Salir y correr al trineo

estos espasmos de

mantas y bajó un pequeño

sola, pero no armada, por

significaría alejarse de

simpleza – dijo sin mayor

reproductor para escuchar

lo tanto, el factor sorpresa

la cabaña, correr doce

preocupación. Dejó la

música, atrancó con una silla

aún estaba de su lado.

metros en ese clima, abrir

escopeta recargada junto

la puerta, cerró persianas

el cobertizo, encender el

a la mesa y continuó con

y cortinas de la parte baja,

Cuando el ruido llegó a

motor y manejar a toda prisa

la sopa que ya casi estaba

apagó el generador y las

la puerta, esta no se movió,

en medio de una tormenta

lista. Comió despacio

luces se fueron, sólo el

pero veía como el hielo

ártica en Siberia, sería un

mirando a su alrededor,

resplandor de la chimenea

comenzaba a envolverla,

suicidio, no existía opción.

pensando en atrancar la

iluminaba la planta baja

tomando todo el color gris

Esperar y sólo esperar.

puerta; no fueran los

y, sin más, se dispuso a

y transformándolo en blanco

osos o los lobos los que

dormir, no sin antes dejar

nieve. Sus manos temblaban,

De pronto, rompiendo el

se habían acercado al

bajo el catre la escopeta,

pero se aferraba al arma

silencio, escuchó – sé que

oler la sopa en este frío

– nunca está demás –.

como única medida para

estás allí – dijo una voz desde

repentino… se levantó

sobrevivir… retrocedió y el

arriba de su cabeza. – Ansiabas

con la taza de sopa en

Una vibración intermitente

ruido continuó su recorrido

que pasara algo extraordinario

la mano, corrió el seguro

en el suelo la sacudió y

por el resto de las paredes

– sonaba otra voz afuera de

de la puerta y el tablón

despertó, como si algo pesado

hasta situarse justo detrás

la puerta, – algo que nadie


hubiera visto y solamente tú

a mediodía. La tormenta

atrás… hasta llegar a

techo con las piernas

lo relataras – la voz hacía

había cedido y sólo la nieve

Moscú. Claro, no sin antes

rotas, uno en la puerta

eco en el tiro de la chimenea.

impedía que abriera la

relatarnos lo sucedido

con las manos destrozadas,

Ella miraba a su alrededor…

puerta, con incertidumbre

en ese laboratorio de la

y uno cerca de la chimenea

uno, dos, tres… tres disparos,

abrió una de las ventanas del

tundra siberiana, y ahora

con la espalda partida,

fácil de hacerlo si fuera una

segundo piso y se dio cuenta

comprendo sus razones para

supuestamente todos habían

cazadora… pero no, era solamente

que había unos dos metros

no volver, entiendo porque

muerto de hambre y lo más

una rata de laboratorio. Pensó

de nieve sobre la entrada

no miró atrás… siete meses

extraño fue que uno de ellos

de nuevo que tal vez sería

principal. Se armó de valor y

después que otros científicos

tenía una perforación en el

su mente jugando y no habría

tomó lo más importante de su

fueron a esa cabaña,

pecho, del tamaño exacto

nadie afuera… ninguna persona

investigación: metió en una

encontraron tres cadáveres

del taladro de muestras de

sobrevive a 35 grados bajo cero

hielera la preciada muestra,

descompuestos: uno en el

nuestra amiga.

y menos con esos vientos.

provisiones para el camino

y dispuesta a viajar 280 km

– No queremos entrar,

hacia el pueblo más cercano,

tarde o temprano

abandonó la cabaña, subió al

saldrás. Estaremos afuera

trineo y comenzó su viaje.

esperándote

pacientemente

– decían las voces al

Nada logró hacer que

unísono. – En un día de

volviera la vista, ni que

tormenta, estés en donde

hablara algo de lo que

estés, te encontraremos – se

había pasado los tres días

escuchaba por la chimenea,

posteriores a su salida

llenando toda la cabaña de

de la cabaña, hasta que

sus horribles voces, – en

llegó a Kustov, donde la

el frío invierno estaremos

encontraron,

caminando

esperando por ti –.

apenas, deshidratada y

exhausta… aferrada al

Las horas pasaron y no se

recipiente de la muestra

escuchó más, sólo el sonido

y la correa de la escopeta

del viento golpeando las

que tenía el cañón doblado…

paredes, el cansancio al fin

estaba casi muerta… esos

la derrotó. Cayó dormida en

hombres que la encontraron

la silla junto a la chimenea.

le arroparon, cuidaron y,

Despertó de golpe al día

a los cinco días, vinieron

siguiente,

aproximadamente

por ella y se fue sin mirar


Aquél que viene a jugar

La oscuridad era abrumadora…

Su cuerpo aún estaba rígido, y aunque su corazón se

mantenía en funcionamiento, era claro que ya no era

la misma maquinaria de antes, de ayer, por ejemplo.

Compararlo con un reloj hecho en Suiza, sería más

que grosero. El punto más cercano de comparación

sería tal vez un espárrago.

Pero al menos estaba vivo.

Jerry se encuentra postrado en una cama donde su

cuerpo encaja perfectamente. Mide un metro noventa

y dos; así que encontrar una cama donde él se sienta

cómodo no fue nada fácil. Pero a Jerry no le han

preguntado si se siente cómodo o no. Al menos que ese

que pregunte quiera un silencio por respuesta.

Jerry se encuentra en coma, hace apenas dos horas

sufrió una hemorragia cerebral, tiene una hora y

quince como nuevo inquilino de este hospital. Pero

hace sólo veinte segundos se dio cuenta que no estaba

muerto; quiso abrir los ojos y sus párpados no le

respondieron.

Lo que vio fue la oscuridad, y esta era abrumadora.

Jerry comenzaba a tener recuerdos: regresaba

a su remolque después de una prolongada tarde de

tragos. Faltaban veinte minutos para la medianoche,

trastabillaba por el camino apestando a ron y

tabaco barato. Siempre que sentía la necesidad de

alcoholizarse sabía que tenía que aventurarse a pie

de regreso hasta su lugar de residencia; es casi un

kilómetro completo a lo que tiempo atrás solía llamar

“hogar”, a poco menos de trescientos metros de la

carretera estatal 495, en la tranquila y aburrida

localidad de Lowell, a 37 kilómetros de la ajetreada

y ruidosa ciudad de Boston.

Llamaba ahora “morada” a lo que antes era “hogar”,

pero bien podría llamarse “Reikiavik” o “la casa que

no rueda” … nadie notaría la diferencia. Ni a nadie

tampoco le importaría. En la taberna de Zigfried se

la estaba pasando en grande. Cantando a pleno pulmón

clásicos de Billy Joel, Cat Stevens y hasta de Van

Morrison. Pero los billetes se terminaron. Después de

más de seis horas allí sabía que tarde o temprano eso

iba a suceder, era algo en lo que estaba plenamente

consciente, además, de emprender el regreso a pie

Carl ya no quiso invitarle más tragos gratis, se

conocían desde los nueve años.Habían jugado béisbol

juntos desde niños infinidad de veces; no significa que

siempre tuviera que invitarle las rondas. Zigfried

ya lo había comprendido tiempo atrás, y eso que él y

Jerry nunca jugaron juntos. Es más, Zigfried nunca ha

jugado béisbol en su vida. ¿Alguna vez han visto a un

austriaco jugarlo antes?

— Creo que es mejor terminar la juerga aquí Jerry

— le decía un Carl tambaleante y doble (o al menos

Jerry así lo veía) mientras regresaba del mingitorio,

peleándose con su bragueta — el dinero nos ha

abandonado. — “Abandonado”, la palabra maldita que no

se debía pronunciar frente a Jerry. Afortunadamente

este no la había escuchado. Se divertía viendo a Carl

y recordando una vieja portada de Alice Cooper donde

se pescaba la verga con el zipper del pantalón.

— Carl tiene razón — intervino Zigfried, en el

momento en que terminaba de limpiar los ceniceros.

No quedaban más clientes, — anda chico, ha habido

reportes de saqueos a remolques en la zona, hace unas

noches entraron al de…— interrumpe Jerry — ¡M-m-mi

remolque seguirá en su lugar!, ¡y a salvo! Al igual que


lo poco que me queda dentro d-d-d…— Jerry arrastraba

la “d” en el momento mismo que Alice Cooper comenzaba

a cantar “I`m Eighteen” en la rockola…— ¡vaya. Por fin

Carl! ¿No pusiste esa canción hace más de dos horas? —

Jerry era capaz de arrastrar una letra estando ebrio,

pero jamás desentonaría si se trataba de cantar un

himno como “Tengo dieciocho años”. Aunque se halle a

veinte años de eso. Zifgried salió de la barra, y de

un tirón desconectó la rockola.

— La fiesta terminó —

— Zigfried tiene razón, no es buena idea que dejes

la casa tanto tiempo sola. —

— Para su información, señoresss (ahora arrastraba

la “s”), La Pequeña Cosa Salvaje está resguardando,

celosamente, nuestra sagrada residencia; si alguien

se atreviera a entrar… podría salir con los huevos

arrancados. —

— ¡Desdichado de él! —

Un estruendoso “Jajajaja” se escuchó hasta el Fenway

Park de Boston. Zigfried dejó escapar el vaso que

limpiaba, que irremediablemente se hizo añicos en el

piso. Y de puro gusto, encendió la rockola de nuevo,

puso tres créditos más e invitó rones para todos.

Cortesía de la casa.

Bárbara no dejó una nota para decirle a Jerry que

lo abandonaba. No, Bárbara se lo gritó de frente; se

lo gritó hacia arriba, parándose levemente sobre las

puntas de sus pies y apuntándole con su dedo índice,

como si deseara metérselo por la nariz, y rasgarle el

cerebro por dentro.

Jerry sentía cosquilleos en la nariz.

Como si alguien se la estuviera rascando.

Una rasposa y fría manita.

“Rasgarle el cerebro por dentro”; vaya que algo así

provoca miedo.

Ese era el motivo por el cual Jerry no quería regresar

a su casa. Tres rondas con Zigfried se convirtieron

en seis, luego en nueve y Engelbert Humperdinck en la

rockola. A Zigfreid le encantaba Engelbert, además

él ni siquiera estaba bebiendo y conocía bien la pena

que pasaba el pobre Jerry. ¿Qué no están para eso los

cantineros?

Suficiente: doce tragos eran demasiados. La casa

pierde, a fin de cuentas. Jerry iba haciendo “zetas”

por el camino. Cigarro en mano, un Zebra. Cuando

conoció a Bárbara ella fumaba Zebra. Ahora Bárbara no

debe de estar fumando si quiera: espera un bebé, que

obvio, no es de Jerry.

Si eso fuera estaría celebrando, y no, lo que quería

es olvidar.

Su método es el alfabético. Sus prioridades son

las dos primeras letras del abecedario: la “A” de

aniversario y la “B” de Bárbara.

Cincuenta minutos de caminata después, Jerry ya no

se siente tan ebrio. ¡Demonios!, eso encabrona como

no tienen idea. Estar tantas horas bebiendo para luego

sacar todo ese alcohol transformado en sudor, lo hacía

sentir como la típica señora obesa que hace dos horas

de bicicleta, para luego, al terminar, engullirse una

hamburguesa con doble carne, pepinillos y papas a la

francesa. Con su respectivo refresco de dieta, hasta

las gordas saben que ante todo la figura.

Diez metros antes de llegar a su casa rodante, Jerry

se detuvo; se inclinó un poco y tocó sus rodillas

con ambas manos, jadeó, tomó aire, vomitó y se sintió

mucho mejor.

A lo lejos: un ladrido ahogado, Jerry sonrió. Otro

ladrido…las luces estaban encendidas.

— ¿Las habré dejado encendidas? — Un ladrido más,


luego otro, otro… y otro; la Pequeña Cosa Salvaje,

pensó Jerry, y avanzó a paso decidido.

Al abrir la puerta, La Pequeña Cosa Salvaje le saltó

encima. Sí, era “ella”, era “pequeña” si quieren le

pueden llamar “cosa”, pero de “salvaje” no tiene nada.

Más bien era “salivable”; una schnauzer estándar de

tamaño mediano, color gris con blanco hizo que Jerry

perdiera el equilibrio, y cayera con todo su peso de

espaldas.

Su cráneo chocó contra un pedazo de concreto al que

siempre amenazaba: — “un día de estos, el que menos

te esperes, te moveré a donde menos estorbes”. —

La Pequeña Cosa Salvaje (que no tiene nombre,

herencia de Bárbara), lamiéndole el rostro. Su cabeza

se convirtió en un cascarón de huevo.

¡CRANK!

Y se quiebra, partido a la mitad.

Un charco de sangre.

Ladrido, lengüetazo, ladrido, lengüetazo…los brazos

se relajan.

La Pequeña Cosa Saltarina salta a su estómago.

Jerry Keller tiene otro flashazo. Más recuerdos

llegan.

¿Fue hace dos días? o, ¿fue hace un momento?

La oscuridad sigue siendo abrumadora.

¿Por qué diablos no puedo abrir los ojos?

¿Qué me está brincando en el pecho?

Las palabras no salen, sus labios no se mueven.

Allí hay alguien, para nada está solo. Es como estar

muerto en vida…un vegetal tiene más vida.

Y además consciente.

Como esos soldados que sobreviven a Vietnam, Jerry

miraba muchos programas de guerra después de que lo

dejara Bárbara, se pasaba horas tumbado en la cama;

La Pequeña Cosa Salvaje de un brinco le saltaba a la

barriga. Como ahora.

Algo le oprimía el estómago, exhalaba su aliento en

el rostro, rancio, desagradable.

Y ahora le estaba tocando uno de sus ojos; deditos

rasposos, callosos, le sujetaban uno de sus párpados.

Y lo abría: Jerry pudo ver la luz, y no le molestó,

fue el horror lo que le hizo gritar… Sólo que el grito

no salió… más bien se ahogó.

Era un pequeño ser de no más de medio metro, con la

piel arrugada y color marrón; parecía un viejo, pero

Jerry dudaba que fuera humano. Lo primero que cruzó

por su mente, fue la leyenda de los leprechaun, y

quiso esbozar una sonrisa para calmar su miedo. Pero

no pudo mover ni un músculo de su rostro; y el no

poder le hizo sentir más terror.

No usaba sombrero ni estaba vestido de verde, pero

¿era una regla?, sus dos orejas eran puntiagudas,

tenía ojos vidriosos y celestes ¿eran de ese color?

La criatura debió de adivinar la incertidumbre de

Jerry porque se acercó tanto para que él pudiera

verlos bien. Sí, eran celestes.

Traía puesta una chaqueta roja con botones brillantes

y plateados, aunque no podía verle los zapatos, estaba

seguro que eran de punta muy filosa. De metal. Ya que

le clavaba uno de ellos en las costillas. Con un

vertiginoso movimiento y precisión quirúrgica, el

diminuto ser hizo uso de una de sus filosas uñas (que

sólo tenía en los dedos índices, similares a las de

los halcones), de un tajo le arrancó el ojo derecho

a Jerry, fue todo tan rápido que ni una sola gota de

sangre brotó. De su bolsillo izquierdo, el espectro o

duende si así gustan llamarlo, sacó un pequeño ojo de

cristal y lo insertó en el negro orificio donde antes

Jerry tenía el suyo.

Muy apenas se enteró de lo sucedido.


Seguía consciente y presa del pánico. La oscuridad

ya no era tan abrumadora. Ahora lo que lo molestaba

era la asfixia que sentía.

La Pequeña Cosa Salvaje siguió ladrando, como si

en eso se le fuera la vida o la de su amo. En tan

sólo quince minutos logró la atención de la señora

Roberts, una bebedora compulsiva de té, y jugadora

de bingo, viuda, de sesenta y seis años que vivía

desde hace tiempo con su nieto Hunter; fumador y

vendedor de hierba; se la pasaba entrando y saliendo

de la correccional. Fue él quien hizo la llamada a

emergencias médicas. Por suerte no andaba en uno de

sus viajes.

Inmovilizaron a Jerry, y luego lo subieron; Verónica,

una nerviosa y linda latina de ojos grandes color miel

no dejaba de mirarle. Mezcla de lástima, tristeza y

compasión. Era su primera noche como paramédico, lo

único que pasó por su mente durante el trayecto fue

tomarle de la mano, todo el camino, sin soltarlo.

Jerry en un impulso apretó fuertemente la suya.

O al menos así fue, durante tres segundos. Luego

Verónica le acarició la mejilla.

— “…está bien, todo estará bien”. — Jerry sintió la

fresca brisa que exhalaba su boca. No sabía si estaba

muerto o vivo, sólo sabía que iba a estar bien. Y fue

cuando las imágenes comenzaron a rondar en su cabeza.

La explosión fue una acción muy dolorosa. Desgarró

sus brazos, genitales y extremidades. Fue privado

de todo: menos de seguir pensando perfectamente. El

ejemplo más acertado de comparación sería: un torso

sin rostro; no ojos, no oídos, no dientes y no lengua.

Y eso es lo que es.

Cuando Jerry era un mocoso de tan sólo doce años,

había leído la historia de Joe Bonham; escondido en

el ático cuando debía de estar dormido por las noches

en su natal Dakota. Subía a escondidas, linterna en

mano y le dedicaba cuarenta minutos, mínimo, a la

lectura. Luego regresaba a la cama. Su padre era un

lector feroz, un devorador de libros; pero le había

dicho que ése no era el tipo de lectura apropiado

para un niño de su edad. Así que imaginó que por

estar prohibido sería una lectura excitante y tenía

que leerlo.

No se equivocó.

Desde entonces creció en él, un deleite por los

temas bélicos, películas, libros sobre la Primera,

pero sobre todo la Segunda Guerra Mundial. Después

de conocer a Bárbara, Jerry la llevó a una función de

medianoche; el Cinema Coliseum exhibía “Full Metal

Jacket”. Bárbara salió hecha un manojo de nervios,

con la mirada perdida, fumaba un Zebra tras otro,

la mano izquierda le temblaba. No quiso tener sexo

con Jerry esa noche, pidió que la dejara en su casa.

Si hubieran visto “Love Story” la cosa hubiera sido

distinta.

Cortando sus recuerdos y de regreso a la ambulancia,

Jerry tuvo una serie de preocupaciones. Sabía que

estaba vivo, más no completo.

Consciente de que podía sentir, aún tenía tacto,

sentía la suave mano de Verónica acariciándole de ratos

el pelo, apretando su mano, él le devolvía el apretón,

según sus fuerzas le permitían. Pero cada vez estaba

más débil. Los párpados no le respondieron, quiso

abrir los ojos pero al menos se dio cuenta que estos

no le faltaban. Sintió el roce de la palma de la mano

por uno de sus oídos, bien, tengo un oído, pensó, no

creo que se trate de un miembro fantasma, puedo oír


el barullo que hacen por aquí. ¿Cuántos son?, creo

que tres, una de ellos es una chica, sé que tengo mis

brazos (al menos uno) ya que puedo sentir una mano

entre la mía. Y ese aroma, es una combinación entre

dulce, agrio y penetrante, perfume de mujer, colonia

y sudor. Al menos mi nariz está bien… enseguida Jerry

quiso cerciorarse de que tenía sus dientes completos

y su lengua; así que trató de mordérsela y no pudo.

No hallaba su lengua ¡No tenía lengua!

Estaba firmemente sujeto a la camilla, y comenzó a

tener violentas convulsiones.

— ¡Carl! ¿viste eso?, ¡llama a la enfermera, Jerry

tuvo una convulsión! Dios, fue tan horrible, me asustó;

pobrecito ¿Por qué tuvo que pasarle esto a él? — era

Sam, la esposa de Carl olvidándose por completo que

estaba en un hospital gritaba como si se encontrara

en un juego de los Red Sox; y el tercera base hubiera

cometido una terrible pifia.

— Sssshhh… no levantes la voz — Carl volvía del

sanitario, y con el dedo índice señalaba que debía

bajar la voz a su esposa. Esta vez no sostenía ninguna

pelea con su bragueta. — Iré a buscar una enfermera

— le dijo en un susurro. Jerry podía oír claramente

las tranquilas y murmurantes palabras de Carl. Sabía

que había alguien más con él (Sam ¿Quién más si no

ella?), pero no le escuchó hablar.

No escuchaba los gritos, solamente las voces que

hablaban por lo bajo.

Y las risitas siniestras.

Cuando Carl fue en busca de la enfermera, Sam se quedó

con él. Tenía esa expresión afligida, ese semblante

que tienen las madres cuando ven a uno de sus hijos

postrado en una cama de hospital. Ellos no tenían

hijos, así que el instinto maternal de Sam brotó en

ese instante.

Las lágrimas hicieron acto de presencia, resbalando

por sus mejillas, y cuando se acercó a tomar un kleenex

de la cajita que se encontraba junto a Jerry, notó

algo que llamó su atención, Jerry también lloraba,

pero solamente con un ojo. Del derecho no asomaba

lágrima alguna.

Eran las dos y cinco de la tarde. Diez minutos antes

de que Carl y su esposa llegaran. En el piso nueve

todo era calma y quietud; aunque había momentos en que

el sentido auditivo de Jerry se despertaba en alerta

(igual que su pene; juraría que en estos momentos

estaba firme, en una asombrosa erección, como diciendo

“mira Jerry, ¡estoy vivo! ¡No eres un vegetal después

de todo!). Unas pisaditas se escuchaban claramente

en los alrededores de su gigantesca cama de metal

reforzado. Luego risitas, cuchicheos…más risitas.

En la mente de Jerry se dibujaba una sonrisa que sus

labios no podían mostrar (como ya se ha mencionado

antes), si viviera en un circo de fenómenos, sería

conocido como “El Hombre sin Expresión”. Pero eso no

le quitaba importancia ya que en su mente se veía a

él montando a una rubia de enormes pechos; haciéndola

gemir, pidiéndole, suplicándole una ración extra de

su miembro erecto. En una última embestida. Toda una

proeza para un hombre que se encuentra en coma.

Jerry se preguntaba si aún sería posible eyacular

en el estado en que se encontraba.

En ese momento ya había dejado de prestarle atención

a los ruiditos que se oían en la habitación. Cuando

de improviso, sintió de nuevo la rasposa manita por

debajo de su bata. Apretando con fuerza su firme

miembro. Duro como una piedra. Y de nuevo las risitas.

Y otra vez el grito ahogado; en ese instante, lo

único que pasó por su cabeza fue el intento de tragarse

su propia lengua. Intención fallida.


De una manera muy curiosa, la extraña criatura le

salvó la vida al maltrecho Jerry. Si no fuera por su

rapidez mental y quirúrgica, mezclada con una alta

dosis de sadismo o — quizás en el lenguaje de los de su

propia especie, ¿hay otros como él en el hospital? — sólo

sea una manera de jugar. Un sano jugueteo infantil.

Como los chicos que juegan en la mesa del comedor

al “Operando”. La criatura notó algo fuera de lo

normal en su entorno. Teniendo en cuenta si llamamos

“entorno” al larguirucho y comatoso bulto al que había

dejado ya sin un ojo. Lo más seguro es que lo haya

percibido. El terror huele a sudor frío, mezclado con

olor a heces fecales y adrenalina. Como la loción más

barata que se puede encontrar en un Seven Eleven.

El caso es que eso mismo percibió el pequeño-doctorquita-órganos-aquí-quita-órganos-allá.

Y en ese

momento dejo libre el pene (que se volvió tan flácido

como los espaguetis que Bárbara cocinaba cuando era

“la Bárbara, el amor de la vida de Jerry Keller”).

Si el miembro de Jerry pudiese hablar, hubiera dicho

“¡Gracias!” Si Jerry hablase, de seguro diría “hey,

hey ¡aléjate de mí!” El hombrecito color marrón de un

brinco volvió al pecho de Keller. Una sensación que

le era muy conocida. — “Oh Dios, Dios, si en verdad

existes, y yo sé que existes; no dejes que me deje

totalmente ciego”. —

Jerry Keller hubiera sacrificado con gusto su ojo

bueno.

La fuerza de tan sólo tres deditos fue necesaria

para abrir la boca de Jerry. Con la mano libre y de un

solo tirón, la lengua fue arrancada y sustraída de la

boca. Esta vez sintió un poco de dolor, y eso alegró

a Jerry. Bien pudo agradecerle a Dios por que aún

mantenía su ojo izquierdo y porque aún podía sentir

un poquito de dolor.

Significaba que estaba vivo.

Pudo darle las gracias a Dios, pero sin lengua ¿Cómo

se logra eso?

Del otro lado del país, casi hasta la frontera con

el Canadá. En una Amsterdam muy distinta a la que

todos conocemos; donde no cruza el río Amstel, no

existen los coffee shops, la marihuana legal, el sexo

en los aparadores, el barrio rojo, Ana Frank no tuvo

su casa y no se produce la cerveza Heineken…

En un pueblito hundido en las profundidades de

Montana, de nombre Amsterdam pero con apenas 200

habitantes, una mujer que ha perdido su bebé, mira

con tristeza una cuna vacía… sujeta con resentimiento

un muñequito alargado hecho de trapo. Como si él

fuera el causante de toda su desgracia, le ha clavado

alfileres en su ojo derecho, en medio de la boca, le ha

picado una y otra vez entre las piernas…ahora decide

si dejar el alfiler de una buena vez ahí, o jugar con

las uñas de sus pies.

Ya le había dicho su abuela en más de una ocasión:

“Si te vas con ese hombre que no es de nuestra

estirpe, caerás en desgracia”. Bárbara lo pasó por

alto. Y nunca se debe pasar por alto la advertencia

de una respetada gitana irlandesa. Nunca.

Postrado en la cama continuaba Jerry. No era una

especie de “Bello Durmiente” más bien algo como un

“Gigante Dormido”.

Pero, ¿en qué momento se despierta el gigante? Lo

mismo quisiera saberlo él. En su memoria se encuentra

la proyección de esa película que filmaron sobre Joe

Bonham. “Johnny toma tu fusil”. ¿Pero por qué Johnny

y no Joe? “Johnny, Joe, Jerry; ¿es que todo lo que


comience con la letra J se tiene que joder? —¡Joder!

“Señorita ¿Cómo se encuentra mi hermano? —

— “Le hemos administrado tranquilizantes”. —

— “Pero, ¿mejorará?” —

— “Hacemos todo lo que podemos”. —

Jerry seguía escuchando claramente los murmullos,

las conversaciones por lo bajo; como los diálogos entre

la enfermera y una angustiada mujer que preguntaba

por su hermano.

Lo que Jerry ignoraba era que ellas dos se encontraban

cuatro pisos debajo de él. Eran las 4:45 de la mañana,

los únicos murmullos en todo el hospital. “¡YO NO

QUIERO QUE HAGAN TODO LO QUE PUEDAN, YO QUIERO QUE LO

SALVEN!” La mujer gritó desesperante.

Jerry no pudo escucharlo.

Al principio sintió un cosquilleo en los dedos

del pie izquierdo, un alivio al pensar que había

recuperado el movimiento. Aunque sea el mínimo. Luego

el horror lo volvió a inundar, al darse cuenta que

era la misma manita rasposa de siempre. La Pequeña

Cosa horrorosa había regresado a jugar.

Primero fue la uña del dedo pequeño, esa no dolió.

Bárbara jadeaba, echaba la cabeza hacía atrás y

cerraba los ojos. Tenía las piernas abiertas y el

clítoris lubricado. Donald, su amante, todo un experto

en cuanto al sexo oral desde hace cinco años. Ella

se encuentra delirando. Mete la mano debajo de uno

de los almohadones y de él saca la figurita hecha de

trapo. Jerry convertido en uno de esos cactus para

poner alfileres, tirado en una cama de hospital cuando

en toda su vida jamás se había enfermado.

Aparte él ni siquiera es irlandés ¿Por qué está en

un Hospital exclusivo de la Comunidad Irlandesa de

Massachusetts?

Bárbara y un pequeño alfiler en la mano izquierda,

con la derecha sujeta al Pequeño Jerry Hecho de

Trapo; el alfiler es filoso y brilla a la luz de las

lámparas de techo en la habitación. Tiene uno más

diminuto encajado en la orilla del pie izquierdo.

Es el espacio suficiente para que entren cuatro más.

Cinco en el otro piecito de tela.

Pero una embestida imprevista y violenta de la

lengua de Donald hace que Bárbara se flexione y pierda

la concentración en un largo y climático alarido. Un

alfiler de no más de 7 cms. va directamente a clavarse

en medio de las piernas de la figura “voodoo” … Jerry

que en ese instante seguía divagando, ahora trataba

de recordar y revivir las cuarenta y seis victorias

de su equipo favorito de béisbol “las Rayas de Tampa

Bay” (que en esta temporada pelean el primer lugar

de división). Habiendo nacido en Dakota, ¿por qué no

hacerse fan del equipo que le de la gana?

En ese momento volvió a sentir la mano y un apretón.

Ahora en uno de sus testículos.

“Por favor, por favor, no me hagas daño”.

Literalmente, ¿han roto un blanquillo tan sólo

apretándolo con el puño cerrado? Puede llegar a ser

hasta asqueroso. Literalmente.

Afortunadamente, Bárbara tuvo un poco de compasión

hacia su indefenso y ya bastante atrofiado ex pareja;

así que quitó el alfiler (no, sin antes removerlo con

violentos movimientos un par de veces). Y lo encajó

en el centro de una uña, dedo gordo del pie derecho.

Vaya puntería. No debe de ser tan sencillo cuando

estás recibiendo el mejor sexo oral de tu vida. Se

necesita bastante concentración. U odiar mucho a tu

ex.

El dolor que sintió en ese momento se compara con la

marca de un hierro caliente. Al rojo vivo. El ardor

viajó por todo su sistema nervioso hasta su cerebro.


Su espalda no hizo arco, los brazos no se expandieron

hacia los lados. Simplemente porque no podía hacerlo.

Después sintió la uña de su torturador. Rasgar,

rasgar, en el lugar donde antes estaba la suya.

Y la risita:

“Ji ji ji “.

Y ningún susurro alrededor, ni en el piso de arriba,

ni en el de abajo.

“¿Qué nunca hay nadie en este jodido hospital?”

“¿Soy el único aquí que sufre?”

“Ji ji ji”.

“¿¡Por qué me haces esto!?” “¿¡Por qué juegas

conmigo!?”

Otra uña: ahora una antes del dedo gordo, mismo

pie: el derecho. Y luego otra, y otra, y otra… el pie

derecho quedaba libre de uñas. Por la frente de Jerry

surcaban dos gotas de sudor frío. Pero él ni siquiera

se daba cuenta de eso. Los oídos comenzaban a zumbar.

¡Su nariz se movió! Un micro-milímetro si gustan,

algo nulo para la vista humana. Pero movimiento al fin

y al cabo.

Jerry había sido castrado. Resultaba hasta irónico;

una acción completamente “fálica”; de toma y daca.

Un ojo por ojo. Miembro por miembro.

En un orgasmo final, Bárbara hizo un movimiento que

quizá no fue voluntario. En el fondo no era de su

intención. ¿Por qué tener que desgraciar a la persona

con la que había pasado tantos momentos a tal extremo?

Se puede vivir muy bien con un solo ojo. Las uñas

vuelven a crecer. Eso es seguro.

¿Vivir sin lengua? Jerry nunca fue hombre de palabras

inteligentes. No lo sería ahora.

Pero quitarle el placer sexual, y mandarlo a orinar

sentado. Si es que se le antojaba hacerlo de esa

manera. Eso sí era cruel.

Un movimiento brusco de su muñeca con alfiler en

mano, en el instante que Donald terminaba dentro de

ella fue la orden final.

“Ve por eso que estoy pinchando”.

Y La Pequeña Cosa obediente y monstruosa arrancó

de tajo. Como se sustrae una zanahoria de la tierra

fértil.

Quitando esa palabra del diccionario de Jerry Keller.

Jerry sintió dolor, y agradeció una vez más por

estar vivo. Y en ese momento deseó morir.

“Mátame” le dijo mentalmente a su verdugo.

“Ji ji ji” fue todo lo que hubo por respuesta.

Y ahí se quedó…

Las luces del hospital se apagaron.

Como las de él se habían apagado ya tiempo atrás.

12 horas después.

Aún continuaba allí, su soledad haciéndole compañía.

Viendo esa antigua película en su memoria. “Jerry

toma tu fusil”.

Si tuviera un fusil y el movimiento para poder

usarlo, sin duda lo haría de una manera útil. Pobre

iluso.

En el otro extremo del país, recostada en la cama,

cigarro en mano, yace desnuda Bárbara, sólo trae

puesta una gorra de los Red Sox echada hacia atrás.

Fuma. Nerviosa.

Era el juego decisivo para lograr el pase final a

la postemporada. Los Red Sox y las Rayas de Tampa

Bay se miden, ambos equipos con 87 victorias. Sólo

uno estará de pase. El otro a ver los play-offs por

televisión.

Treceava entrada, el juego empatado a tres. Steve

Winters de los Sox lanzando desde la entrada once;

ya ha dado dos bases por bolas y se le nota cansado.

Pero su manager confía en él, Bárbara no.


— ¡Mierda! ¿Qué te faltan para sacarlo? ¿Cojones? — grita

frente al televisor — haz un cambio de pitcher.

¡Ya!...Y tu Jerry, deja de poner esa sonrisa —.

Pero Jerry ya no estaba allí para disfrutar esas

tardes de béisbol. Bárbara miró a su lado y en lugar

de verlo a él, sólo estaba el cenicero y el muñequito

de trapo lleno de alfileres, trece en total.

Una mueca se dibujó en su boca, y las ganas de

llorar, de odiarse a sí misma por las atrocidades que

había cometido.

La caja de música

y

los Monjes Siniestros

Pero ya lo hecho, hecho está. Apagó su cigarro

y encendió de inmediato otro, en el partido las

cosas se veían muy tensionadas; el manager del Boston

después de una plática con su lanzador había decidido

dejarlo. Eso a Bárbara la tenía hecha una furia.

Varias partes de las tribunas abucheaban también la

decisión. Un corredor (Héctor González, latino que

por su velocidad apodan “Speedy”) ronda amenazante

la segunda base, ya se la había robado en un abrir y

cerrar de ojos. No por eso se había ganado su mote.

Winters prepara el lanzamiento, después de ponerse de

acuerdo con su catcher de origen polaco. Todd Helton

está listo en la caja de bateo.

¡Y es un hit al jardín de la derecha!

“Speedy” González dobla por tercera y llega… ¡Quieto

en home! Tampa Bay gana el partido cuatro a tres. En

ese momento Jerry Keller abre su ojo de verdad, da

una exhalación de aire nada puro, más bien de éter y

formol que le entra de lleno por los orificios nasales.

Despertó del coma.

Ha vuelto a nacer. Mutilado. Y su grito de terror y

clemencia, retumba en todo el lugar porque ha vuelto

a ver la luz. Y esta era abrumadora.

Ella quería irse a

descansar, su hora

estaba por llegar,

hasta el día de hoy estoy

convencida sin duda, le

pidió a la muerte se la

llevara de este plano.

Podía ver su cansancio, su

hermoso cabello con reflejos

de plata fina encerraba

todo el trabajo que había

realizado a lo largo de sus

120 años. Una vida muy larga

de llevar, y a pesar de lo

pesado de su carga, ella

seguía muy lúcida, fuerte,

y no necesitaba lentes para

leer; increíble, hermosa,

sabia y mística, así era mi

abuela.

El día que me regaló

su preciada caja de

música, yo me encontraba

muy feliz escuchando mi

banda favorita: Monjes

Siniestros. ¡Vaya que

disfrutaba cada acorde

y la secuencia de sus

canciones!, mientras mi

mente trataba descifrar

cómo era posible que cinco

mortales fueran capaces de

componer semejantes piezas

que me transmitían cosas

que no puedo explicar.

Mi abuela sabía que yo

amaba esa banda, ¡vaya

que lo sabía!, como muchas

otras cosas; era la única

persona en el planeta a la

que no le podía ocultar mi

alma, podía ver a través

de mí, lo sabía todo,

absolutamente todo, aún y

cuando trataba de mantener


secretillos, ella era

hasta que encuentres

de la música de las almas

“Murmur, creador de la

capaz de conocerlos, era

alguien digno de ella, o en

mientras se encuentren

caja, protector de la música,

muy astuta.

caso contrario terminará

adentro, ellos son obligados

yo soy la nueva vigilante

contigo -.

a complacerte tocando las

de tu hermoso trabajo

Se acercó y me dijo:

- Esta caja me la regaló mi

piezas que realizaron

realizado en madera, atrapa

- tengo un regalo, te lo

bisabuela, y ahora yo te la

mientras habitaron el

el alma de (Nombre de él o

has ganado y sé que algún

voy a dar a ti. Adentro vive

mundo.

La caja ahora es

las víctimas), deseo que me

día lo vas a amar con todo

el alma de Mortos, un gran

tuya, y tu podrás ponerle

acompañen hasta que yo muera.

tu ser, así como yo lo he

músico que en su época me

la música que tú quieras,

Murmur abre la puerta del

hecho. Debes primero poner

maravillaba, así que decidí

pero debes seleccionar

Limbo y atrapa la música en tu

mucha atención a lo que te

que su música me acompañara

muy bien, porque sólo

caja. Te ofrezco las almas,

voy a explicar, pues sólo

durante toda mi existencia.

funcionará una vez, puedes

acéptalas, con tu poder y mi

va a funcionar una sola

Siempre fui su gran

escoger cualquier artista

voluntad a partir de ahora.

vez en tu vida, y tendrás

admiradora, y celosamente

u orquesta y su música te

¡Oh poderoso Murmur, abre

que decidir si después se

lo guardé conmigo para

acompañará por siempre,

la caja, por favor, ahora

la vas a pasar a alguien

siempre, cuando lo puse en

pero cuando decidas a

y hasta mi muerte que sus

que realmente la merezca,

la caja el mundo se olvidó

quien elegir, debes tener

almas se queden dentro de

o si te la llevas a la

de él y todo lo que había

en cuenta que sus almas

tu creación!”

tumba. - ¿Qué es abuela?

hecho desapareció. Sólo yo

quedarán atrapadas en la

- Mi adorada cajita de

lo puedo escuchar, cuando

caja hasta que tú mueras.

Al final de todo ese

música -.

muera su alma será liberada

Puedes heredarla a alguien

conjuro vas a poner tus manos

y pasará a ser parte de

que tú creas la merece, los

encima de ella y cerrarás

Me quedé sorprendida y

la colección de almas de

años te darán la sabiduría

los ojos y los abrirás hasta

muy callada, pues yo sabía

Murmur... -

para percibir cosas que

que la música salga de ahí,

que ella adoraba esa caja.

ahora no puedes. Sólo

entonces podrás regresar a

Todos los días la escuchaba,

- No entiendo abuela, o

tú puedes abrirla, y para

tus aposentos y disfrutarás

y solo ella la podía abrir,

sea que la caja ¿ya no va a

que obtenga la música

de tu caja como yo lo he

nadie más la podía escuchar,

tener música? -

debes realizar un pequeño

hecho todo este tiempo -.

era un objeto muy peculiar,

ritual, tiene que ser en

único en su género, jamás

- Así es mi niña, la caja

sábado a la luz de la luna,

- ¿Quién es Murmur abuela? -

vi otra igual.

ya no tendrá música porque

en un lugar privado, vas a

- Murmur es el

el alma de Mortos pertenece

dibujar el sello que trae

diseñador y fabricante

- Empezaré por contarte

a Murmur desde el momento en

la caja en la tierra, y

de la caja, él también

la historia, la cual

que entra en ella. Murmur es

después tienes que ofrecer

es quien va a poseer

es ahora un importante

tan generoso que permite al

tu sangre mientras invocas

todas las almas que

secreto que debes mantener

dueño de la caja disfrutar

el siguiente conjuro:

entren en ella -.


- Abuela, gracias por el

de plata detalladas eran

su apoyo y así como si nada,

solía perderse por horas.

regalo, pero no sé si sea

un toque divino. Murmur…

simplemente se fueron. Me

Era sábado, había una luna

capaz de utilizarlo, el sólo

no podía dejar de pensar en

quedé en mi lugar paralizada,

brillante y hermosa en el

hecho de pensar que ésta caja

ese nombre, y pasaba mucho

viendo dolorosamente como

firmamento, iluminando mi

es en realidad una clase de

tiempo admirando su gran

quitaban sus instrumentos,

sendero, y llegué al lugar,

cárcel para atrapar almas

obra, la cual ahora decoraba

y como todo llegaba a su

lo sentí en mi ser, ahí debía

me da un poco de temor -. Mi

mi tocador, a lado de mis

amargo fin.

¡No puede ser!

realizar el ritual.

abuela se sonrío y dijo:

perfumes y cosméticos.

No más Monjes Siniestros.

- algún día vas a abrirla, lo

Hermosa la caja, muy hermosa,

La seguridad del lugar pidió

Dibujé en la tierra el

sé... Cuídala mucho mi niña,

pensé que se quedaría cerrada

que me retirara, y decidí

sello que estaba grabado

es muy hermosa y preciada,

para siempre, hasta que el

caminar a casa, pues una

en la caja, el sello de

sé que tú la vas a cuidar

día llegó.

hora entre las sombras me

Murmur. Corté mi mano con

bien, como yo lo hice -.

caería bien para asimilar

la piedra de obsidiana que

Le di un abrazo y volví a

Después de 25 años de

la ruptura de mi banda

uso como collar, tiene una

agradecerle, aunque para ser

música

ininterrumpida,

favorita.

punta filosa, no tuve dolor y

honesta, el concepto de la

piezas excelentes, giras

pude sentir la tibia sangre

caja me daba escalofríos.

promocionales, la más

Tal vez me lo estaba

corriendo por la piel,

terrible noticia llegó a

tomando muy a pecho, los

cayendo rápido encima del

A la mañana siguiente mi

romper mi corazón, la banda

integrantes de Monjes

sello, la tierra deseaba mi

hermosa viejita estaba en

que siempre había admirado,

Siniestros ni siquiera

sangre, y cada vez más tomaba

su cama, disfrutando la

con la que había compartido

sabían que yo existía, pero

la forma del sello. Proseguí

partida hacia el eterno

momentos en mi laberinto

ellos eran todo mi mundo,

a realizar el conjuro:

descanso, se le podía ver

de soledad, había llegado

su hermosa música me ayudó

su expresión pacífica y una

a su fin. Monjes Siniestros

a pasar ratos amargos, y

“¡Murmur, creador de

pequeña sonrisa. Bueno,

anunciaba su separación

llenaron de fuerza cuando

la caja, protector de la

ahora sí oficialmente yo era

definitiva, ya nada sería

lo necesitaba, así que no

música, yo soy la nueva

la dueña de la caja de ese

lo mismo, ya no van a

estaba dispuesta a dejarlos

vigilante de tu hermoso

tal Murmur.

componer más. Lloré mucho

ir. Murmur... Murmur...

trabajo realizado en

por la decepción, pero al

¡Sí!, ¡Murmur!

madera, atrapa el alma de

Murmur, qué nombre tan

menos podría acudir a su

Monjes Siniestros, mi banda

raro, ¡pero sí que era

concierto de despedida. Una

Me apresuré a casa,

favorita, deseo me acompañen

un gran diseñador!, la

noche maravillosa llena de

llegué a mi cuarto, con

hasta que yo muera. Murmur

caja era muy hermosa,

ansiedad y tristeza, pero

el corazón casi explotando

abre la puerta del Limbo

tallada finamente a mano,

como todo principio tiene

tomé la hermosa caja y salí

y atrapa la música en tu

y sobresalía ese sello tan

un final, la banda dio las

corriendo hacia el bosque

caja. Te ofrezco las almas

extraño, las aplicaciones

gracias a los fanáticos por

más cercano, donde mi abuela

de los cinco integrantes


de Monjes Siniestros,

la emoción, los Monjes

Ahora tengo 120 años y

amiga la muerte, pasa de vez

acéptalas con tu poder y mi

voluntad a partir de ahora.

¡Oh poderoso Murmur, abre

la caja, por favor, ahora

y hasta mi muerte, que sus

almas se queden dentro de

tu creación!”

Puse mis manos encima de la

caja, cerré los ojos, y pude

Siniestros vivirían por el

resto de mi existencia y

sólo yo podía contemplarlos

y disfrutarlos. Después de

todo, ellos se portaron de

manera egoísta al intentar

privar a sus fanáticos de

su música, al ya no querer

continuar realizando sus

obras, y eso yo no lo iba

la cajita de Murmur me ha

dado la felicidad completa

durante todo éste tiempo,

no me arrepiento en absoluto

y ellos siguen ahí dentro

tocando para mí. Soy tan

egoísta que creo pediré me

entierren con ella si algún

día me canso de vivir. Mi

en cuando, me trae saludos

de mi viejita y le digo:

- Sabes querida, yo no

me quiero ir a descansar,

porque no podré llevarme

la caja -, sólo se ríe y me

dice asombrada, - “Todos

se cansan de ella algún

día -.”

sentir un movimiento dentro

a poder superar. Mi viejita

de ella, una fuerza me hizo

tenía razón: el día en que

temblar, quedé inmóvil por

abriría la caja llegó.

un tiempo, no supe cuánto.

Un fuerte viento se hizo

También era cierto que el

presente y la caja siguió

legado de Monjes Siniestros

vibrando, mientras esa

desapareció del mundo al

energía sensorial seguía

instante en que entraron

emanando por unos cuantos

a la caja, las copias de

minutos más, el viento cesó,

sus discos que poseía ya

y pude claramente escuchar

no estaban en su lugar,

unos acordes demasiado

acudí a las tiendas de

familiares, los tenía

música para preguntar por

grabados en mi memoria,

ellos y nadie los conocía,

eran los acordes de Monjes

me informaron que nunca

Siniestros, estaban en mis

habían escuchado hablar de

manos. Abrí la caja y ahí

ellos, en realidad no había

estaban los cinco integrantes

rastro, todos los artículos

de la banda en miniatura,

promocionales que tenía

tocando para mí, sólo para

alusivos a ellos también

mí, complaciendo mis oídos,

desaparecieron. Eran tan

y haciéndome feliz.

buenos que el mundo no los

merecía más, sólo yo los

Regresé a mi cuarto

escucharía a diario y hasta

y no pude ni dormir de

mi muerte.


Los gritos de los niños

Hay pocas cosas

tan horrendas

como perder la

libertad. Supongo que la

única es entregarla. Y

lo que puede superar eso

es ignorarla. La soledad

hace olvidar que eres

libre. Si entiendes este

concepto, y lo multiplicas

por treinta años, quizá

logres imaginarte lo que

es una condena en prisión.

Pero “El Ojos” no tenía

que imaginarlo. Él estaba

condenado a un par de

cadenas perpetuas por

los delitos de secuestro,

asesinato, posesión ilegal

de un jaguar, y sabrá Dios

como llame la ley mexicana

al acto de torturar a

alguien hasta hacerlo

reír.

Mi socio, José Luis Mora,

se interesó en el caso de

este pintoresco recluso

(parece ser, era culpable

de asesinar a la hija de

uno de nuestros clientes)

y decidió visitarlo. Las

averiguaciones que tuvo que

llevar a cabo fueron de mero

trámite, pero al localizar

la prisión donde tenían

encerrado a “El Ojos”, se

encontró con que no podía

visitarlo.

Al parecer este

recluso, se veía

involucrado constantemente

en situaciones de

violencia. Los guardias

no podían dar una

explicación concreta de

acuerdo a los papeles de

mi socio, pero recuerdo

me dijo que como una

medida de seguridad

había que tenerlo en

aislamiento.

No es precisamente legal

mantener a un recluso

en solitario todo el

tiempo, así que se decidió

encerrarlo, por lo menos,

sin compañero de celda y en

un bloque con otros reclusos

al azar. Al menos la parte

de ponerlo solo parecía

una buena idea, pues todos

sus ex compañeros habían

muerto bajo circunstancias

sospechosas. Mi socio

me delegó el trabajo de

averiguar en qué consistían

estas muertes, al menos

hasta donde los guardias

podían decir, “El Ojos” no

había tomado parte activa

ni física en esas muertes.

Después de muchos

sobornos e intercambio de

favores, mi socio logró

concretar una entrevista

con el recluso en cuestión,

pero sólo si antes accedía

a hablar con uno de los

guardias, el oficial Reyes.

El video de la entrevista

con Reyes es muy claro

y breve. El oficial sólo

indica que no tiene

interés en el caso, ni

en la situación actual

del recluso. Sólo señala

que por el bien de toda la

población, el prisionero

debía mantenerse aislado.

Al parecer la presencia del


eo en cuestión incita a la

gente a actuar de manera

violenta, ya sea contra

otros o ellos mismos, pero

nunca contra “El Ojos”.

Mi socio tomó notas de

las anécdotas en las cuales

este peculiar recluso

había estado presente y se

sorprendió de que, en una

ocasión, si no es por la

oportuna intervención del

equipo del Oficial Reyes,

pudo haber estallado un

motín en al menos toda el ala

donde se tenía prisionero

a “El Ojos”.

Un par de días después,

mi socio se entrevistó con

este elusivo reo.

Su nombre real, era

Eugenio Juárez Verón. Pero

por alguna razón prefería

que le llamaran “El Ojos”,

porque todo lo ve.

También indicó que tenía

otro nombre, pero que no le

diera importancia.

Los detalles de la

entrevista se perdieron

por completo, la grabación

muestra mucha estática y

ruidos que impiden sirva

como documentación, pero mi

socio me contó que “El Ojos”

predijo acertadamente el

suicidio del Oficial Reyes,

quien intentó arrojarse

en repetidas ocasiones a

través de una ventana con

barrotes del ala oeste

de la prisión (con una

precisión, donde todo

indicaba que él mismo lo

hubiera llevado a cabo

desde la seguridad de su

celda). Predijo también la

última palabra del oficial,

la cual pronunció antes de

mutilar su lengua con sus

dientes: Tezcatlipoca.

Durante la entrevista,

Eugenio Juárez mostró que

en realidad, él nunca

había cometido un crimen,

sólo se encargaba de que

sucedieran.

Se llamó a sí mismo un

“ejecutivo del odio” y

que nada más se encargaba

de repartir y sacar a

relucir lo que la gente

ya tenía en su interior.

Cuando mi socio le

preguntó por la hija de

nuestro cliente, aceptó

haber sido responsable

de la muerte de la niña,

pero negó haber actuado

en ningún momento.

Mi asociado se alejó

del tema al salir de la

entrevista. No quería

tener nada más que ver

con este caso o con este

reo, me pidió por favor

que lo dejara descansar un

tiempo. Yo continué con la

investigación, pero al tener

una confesión, el proceso

fue mucho más sencillo. O

al menos lo hubiera sido si

el reo hubiera permanecido

en la prisión.

Recibí una llamada donde

me informaban de esto, y

me solicitaban comunicara

cualquier información que

pudiera darles para dar

con el ahora fugitivo.

No atiné más que a

revisar el caso, pero

no encontré nada que

pudiera darme una idea de

su paradero. Y no hacía

mucha falta…

Por televisión, informaban

que un hombre paseaba por

el centro de la ciudad,

acompañado de un jaguar.


Un brazo

-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la

muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con

la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.

-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.

-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y

levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por

favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el

anillo.

-¿Es un anillo de compromiso?

-No, un regalo. De mi madre.

Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.

-Tal vez se parezca a un anillo de compromiso, pero no me

importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera

abandonando a mi madre.

Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo

y lo deslicé en el anular.

-¿En éste?

-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los

dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.

Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios

contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los

dedos.

-Ahora se moverán.

-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me

dirigirá la palabra?

-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo

tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos

debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.

-Seré bueno con él.

-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano

izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres

suyo, pero sólo por esta noche.

Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.

-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo

-dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo.

-Gracias.

Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles

envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si

tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo,

ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería

una exclamación.

Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano

derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la

gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la

mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí.

Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del

brazo sino de mi propia felicidad.

Ella se había quitado el brazo en el punto que más me

gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del

hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la

de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa.

Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y

elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca

y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil

redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que

duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa,

la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus

pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes

para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza

persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus

piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como

un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en


flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua

cuando besara.

Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro

de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel

poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor

de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no

deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había

comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro

de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como

el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical

que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del

hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El

vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo

suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de

los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia

de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de

los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se

detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados

hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una

sombra brillante sobre la redondez de los hombros.

Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había

prestado el brazo por esta redondez del hombro.

Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la

muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado

me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente.

Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de

la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi

mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos,

aún no tocados por un hombre.

La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y

mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba

desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que

tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla

estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora.

Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que

en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y

que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse

si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones,

pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la

humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como

el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé

frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me

enteré de que en noches semejantes los animales salvajes

del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su

malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos.

Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe

que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas

debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres

que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en

eliminar después el perfume.

Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la

advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado

rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi

inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta

no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció

que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en

cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé

que durmiera plácidamente.

Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra

la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y

tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el

brazo. Los dedos estaban crispados.

-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos.

Por eso hizo sonar la bocina.

Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas

direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé

que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de

donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los

faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta

pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la

acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida

de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba

con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que

la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces

recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso

la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo

habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser

muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes

de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también

de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la

niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de

pronto y desapareció.


«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir.

Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-.

¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»

Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de

muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad?

El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la

pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había

prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era

de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea?

¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una

mujer que conducía sola en una noche semejante? ¿Habría

hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche?

En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la

calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en

un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido

en vano. Había espiado mi secreto.

Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé

escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre

mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado

intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces

semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes

de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría

adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero,

para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba

de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la

luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como

luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin

embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al

error.

Evitando el ascensor automático, me escabullí por las

estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo,

tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo

intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada

por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome

dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y

no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha

ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me

esperaba allí para intimidarme.

-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando

por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a

encender la luz.

-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo

aquí dentro?

-¿Crees que puede haberlo?

-Percibo cierto olor.

-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí

arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra

esperara mi regreso.

-Es un olor dulce.

-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.

Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un

capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me

estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas

tinieblas sabía dónde se encontraba todo.

-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación,

viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.

-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora

nadie más que yo ha encendido las luces aquí.

Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta.

Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo,

sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el

cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan

brillantes.

La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era

un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había

estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres

que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los

contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre

la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y

a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la

papelera.

-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.

-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si

descansaras un poco?


Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié

suavemente.

-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha,

que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo

azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo

que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.

-¿Ah, sí?

-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.

La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas

con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos

sobrepasaban con mucho los dedos.

Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían

una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano.

Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera

la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí?

Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo

bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo,

no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen

parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha,

incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha

delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de

tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha

se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba

mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba

en rocío.

Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando

la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar.

Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña.

El dedo se dobló, y el codo también.

-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.

Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los

dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas.

Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido

a otras mujeres.

Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había

prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de

los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas

de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente

sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con

las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían

un cosquilleo cuando algo las rozaba.

Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y

ella continuó:

-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te

toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan

sucio…

¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña?

Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su

suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío

bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera

una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.

Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las

yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo.

Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen

muchos lugares sensibles.

En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado

el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las

yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría

culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo

para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.

-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino

que la cortina estaba descorrida.

-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de

la muchacha.

-Un hombre o una mujer, nada más.

-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.

-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?

-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-.

La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.

-¿Y llegan a encontrarlos?


-Muy lejos -repitió el brazo.

Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban

a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver

a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos?

El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría

la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría

dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión

de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el

brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún

no había visitado.

La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo

extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia

en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía

distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada.

No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.

-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.

También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana,

más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no

vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.

De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un

hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban

ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares,

occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal,

empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su

madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de

cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían

caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su

madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era

tan sólido que no existía el menor peligro.

-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté

de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado

era el mismo que el de la colcha.

-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla

-me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-.

Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.

Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el

hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.

-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-.

¿Te diviertes?

-Nada en absoluto.

Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo

como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de

la muchacha.

Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía

enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón

o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante

en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente

seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como

«los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los

dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo

y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento

armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con

el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo

casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por

los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos

a una persona cenando que a una música incitante de manos,

rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la

piel de su brazo.

El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba,

olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados

para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa.

Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las

largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el

codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso

cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y

desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre

mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.

-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo

permiso para cambiarte por mi propio brazo?

-Sí.

-En cierto modo, me asusta hacerlo.

-¿Ah, sí?

-¿Puedo?

-Por favor.


Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría.

-Dilo otra vez. Di «por favor».

-Por favor, por favor.

Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido

entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me

había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en

ella.

-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos

sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús

lloró. Entonces dijeron los judíos: “¡Miren cuánto la amaba!»

Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la

historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer,

lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.

Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron.

La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en

los ojos cerrados.

Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo

con el brazo.

-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.

Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca.

Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de

sangre que se iba hinchando en su cabeza.

-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con

facilidad. Al menor contacto.

Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento

pareció sacudir sus hombros, pero se controló.

Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando

se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo

inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo,

por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar

realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda

mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo,

me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas

mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o

incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza

que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más

joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez

una debilidad espiritual que padezco.

Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de

la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez.

El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.

«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la

otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces?

¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las

mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo

del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras

el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin

reservas, responsabilidad o remordimiento?

Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo

con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.

Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra

en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que

podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para

sorber la sombra.

-Me haces cosquillas. Pórtate bien -el brazo estaba en torno

a mi cuello, rehuyendo mis labios.

-Precisamente cuando bebía algo bueno.

-¿Y qué bebías?

No contesté.

-¿Qué bebías?

-El olor de la luz. De la piel.

La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia

se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la

radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve.

Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía

excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a

causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas


mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no

pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben

tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta

un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color.

Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente,

los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la

niebla adquiere un tono rosa o violeta.

-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?

Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía

condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento

que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de

la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla

parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía

y enroscaba algo terrorífico.

Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo

prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido

por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la

niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía

aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la

ventana.

-Vámonos a la cama. Nosotros también.

Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba

levantado. Estar levantado era el terror.

Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre

la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón

estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me

avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto

desnudándome en mi habitación.

Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a

su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó

inmóvil.

Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de

lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no

se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma

estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados

con los míos bajo la manta adquirieron más calor;

y el hecho de que no se hubieran calentado a mi

propia temperatura me comunicó la más serena de las

sensaciones.

-¿Estás dormido?

-No -replicó el brazo.

-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.

-¿Qué quieres que haga?

Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia

de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría,

la suavidad de la piel era agradable.

Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al

meterme en la cama.

-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.

Me apresuré a recogerlo.

-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-.

¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?

El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no

contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la

muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y

con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo,

dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería

tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería

mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera

dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el

interruptor.

Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto

a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya

fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad,

la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los

cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló

por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.

En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba

sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno

contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que

el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo

podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál

más lento.


Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve

período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con

el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una

muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias

del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres;

pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a

mí como este brazo.

Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso

que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se

alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.

Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció

aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy

infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su

destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber

tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el

interruptor que estaba junto a la almohada.

Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo

continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce

franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y

parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que

antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.

Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y

estiré el brazo. Le di unas vueltas en silencio, contemplando

el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro

hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento

de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior

del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de

la mano,y después los dedos.

«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las

palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo

sustituí por el de la muchacha.

Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o

del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré

del cambio.

El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en

el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.

-¿Duele? ¿Te duele?

-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.

Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.

Tenía los dedos en la boca.

De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la

muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese,

no formé ninguna palabra.

-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-

. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante…

Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha

en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran

los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o

mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no

pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro,

entre el brazo y el hombro.

-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?

Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la

cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de

mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría

detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente

y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido.

Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho.

Lo tomé, pero no hubo sensación.

-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío?

-Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.

Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que

el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en

mío, parecía más femenino que antes.

-¿El pulso no se ha detenido?

-Deberías ser más confiado.

-¿Por qué?

-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?


-¿Fluye la sangre?

-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»

-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»

-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena

noche, me lo susurro a mí mismo.

Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria

del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la

Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar

eterno.

-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la

propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita

a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará

toser hasta a los demonios.

-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el

mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.

Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no

parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de

su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan

completa.

-El pulso. El sonido del pulso.

Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la

muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo

en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo

estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho,

sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.

-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con

suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se

movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda,

la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era

la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el

meñique de la muchacha.

Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado

de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que

sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el

dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo

derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible

únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada

para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba

en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación

se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro.

De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba

formado por el dedo anular.

Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O

más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño

para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una

ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una

violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo

formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil

resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos,

y cerré el otro.

-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?

-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar

la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo!

-¿Y qué ves?

-Ha desaparecido.

-¿Y qué has visto?

-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños

círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo

círculos una y otra vez.

-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo

derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.

-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda

dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba

y venía?

Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me

lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía

en la memoria. No podía recordar qué había sido.

-¿Era una ilusión que querías enseñarme?

-No. Al final la he borrado.


-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos

dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta

inesperada.

-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?

-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una

manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello

frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.

Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos

nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le

hubiera resultado difícil describir la sensación del

cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo,

separado del cuerpo, se había separado también de la

timidez y la reserva?

En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez

de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en

la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez

de los hombros se convirtió en la suave redondez de los

pechos.

Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos

y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte

interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El

calor penetró en mis ojos.

-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está

fluyendo.

No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había

cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni

espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro.

¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y

su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la

interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha

estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de

mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo

fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina

y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba

a su hombro?

-No semejante traición -murmuré.

-Todo irá bien -susurró el brazo.

No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba

y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda,

envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío,

tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a

conocerlo. Este conocimiento los adormeció.

Me quedé dormido.

Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo

color se había tornado violeta pálido, y había rizos de

un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí.

La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi

mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo

derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran

estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos.

Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los

pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por

qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de

rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en

el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha

y el mío.

Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había

conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con

inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño

profundo de un niño.

La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma

de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño.

Desaparecí.

Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé

tambaleándome tres o cuatro pasos.

Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi

brazo derecho.

Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo

que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi

corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por

un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al

siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la

muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue

como un asesinato provocado por un impulso repentino y

diabólico.


Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y

froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida

que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde

una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.

-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.

Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre

el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El

brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.

Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza

contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño

a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis

labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las

largas uñas y las yemas de los dedos!


CRÉDITOS

Página 14 - 3 by Melissa Power

Página 43 - Un brazo. Yasunari Kawabata. Edición traducida al español.

Tradución original por Pilar Giralt Gorina (1978)

Página 63 - Left Hand by Hannah Stewart.

Original post - https://twitter.com/H_D_Stewart/status/600436980984471552

Hannah Stewart

https://twitter.com/H_D_Stewart

@H_D_Stewart

Freelance Scenic Artist, Prop Maker and SFX Makeup Artist/technician

trainee

London, UK

Left Hand, a character from Vampire Hunter D. Vampire Hunter D is a series

of Japanese novels written by Hideyuki Kikuchi and illustrated by Yoshitaka

Amano since 1983.

Todo el arte incluído en esta revista es propiedad intelectual de sus autores

incluyendo las omisiones, debido a que no se logró encontrar a sus creadores.

More magazines by this user
Similar magazines