Excodra XX: La Historia

ExcodraRevista

ÍNDICE

Editorial

Prosa

Las exclusiones de la Historia, Jorge Rodríguez Hidalgo

Mentira, Franco Chiaravalloti

Micros, Jesús Esnaola

Un susurro de España, Jordi Corominas

Grandes acontecimientos de la Historia, Beti Mármol

Mitrídates y las flores de Rimbaud, Justo Sotelo

Medida por medida, Carlos Vitale

Poesía

Historia de mayúsculos nombres comunes, Felipe Zapico Alonso

Hoax story, Juan Trigo

Lo que no sabemos, Chema Lagarón

Oraciones de pronóstico reservado, Abel Santos

Pintura

Carlos Esteban Resano Vasilchik

Fotografía

Eli Mora

Entrevista

Ignacio Merino


EDITORIAL

Queridísimos, en este nuevo número de la Revista Excodra, sobre La Historia,

tenéis un buen racimo de pensamientos sobre cómo sentimos a la Historia,

dejando la sensación de que interesa más lo que se calla que lo que se

muestra... hay ahí como una espina clavada sobre lo que se omite y en el por

qué se omite, porque ¿qué es la Historia? Aparte de tenerla frente a nuestros

ojos a cada instante, relatándonos el pasado para ser interpretado por

nosotros y a nuestra manera, la Historia, como palabra escrita, no es sólo un

relato de lo que sucedió, porque ¿qué es lo que sucede? La Historia es la

huella escrita de un presente que narra lo anterior, es el relato de nuestro

pasado desde la óptica de nuestro presente, y esto hay que tenerlo muy en

cuenta, porque lo sucedido, en cada época y geografía desde la que se mire, es

diferente. ¿Qué sucedió en el año 1492, el “descubrimiento de América”? Y es

que este epígrafe, tan clásico, hace entender perfectamente que nuestro

pasado se escribe desde el hoy y desde el nosotros, porque obviamente los

Mayas no encontraron aquello como un descubrimiento y su Historia, su

relato, de esos años, es bien diferente. Hechos están ocurriendo

continuamente pero sólo unos pocos, muy pocos, casi cero, serán relatados y

conocidos con el paso de los años, pero conocidos desde el hoy. ¿Qué se

escribe? ¿Quién lo escribe y por qué? ¿Cómo llega a nosotros? ¿Cómo tenemos

noticia de lo que ocurrió hace trescientos, cincuenta o mil años? Más allá de

pensar en la Historia como una suerte de periodismo, me gusta pensar en la

Historia como la visión que tenemos de nuestro pasado.

Disfruten este número, es una gozada, además, ya es Historia.


PROSA

Las exclusiones de la Historia

(O la Historia como ficción o...)

A las ocho en punto de la mañana, los diez estudiantes de medicina entramos

en el departamento de anatomía donde nos esperaban, sin esperarnos, sendos

cadáveres destinados a su estudio. Era la primera vez que nos enfrentábamos

a unos cuerpos inertes; algunos condiscípulos incluso dudaban de que la

muerte pudiera residir en un cuerpo impasible sin afectar expresión alguna de

dolor, abatimiento o desidia. Los muertos, además, más bien parecían seres

meditadores, vestidos como estaban con ropa de calle. Por supuesto, novicios

todos, no vimos en esa irregularidad la huella de la novatada que los alumnos

de cursos superiores nos habían gastado. Al contrario, casi agradecimos no ver

la desnudez de aquellos infortunados, lo que suavizó en buena medida la

tensión previa a la manipulación de sus restos mortales, dispuestos en

camillas. El profesor que unos minutos más tarde se presentó ante nosotros no

mostró ninguna contrariedad por el hecho, prueba evidente de su connivencia

con los autores de la chanza. De forma aleatoria, cada cual se situó junto a un

finado. Con una indisumulada sonrisa, el docente nos reveló que ‘van a

conocer ustedes la historia de estos cuerpos y, por ende, la historia de sus

vidas’. Cuando recibimos la indicación de quitarles las vestiduras, una violenta

conmoción se apoderó de nosotros, hasta tal punto que hubo quien no pudo

evitar ser víctima de un desorden humoral. Aunque no fue mi caso, reconozco

que hube de recurrir a mis ya escasas reservas de templanza para no salir a

toda prisa de la sala y alejarme de aquel pingajo que otrora fuera un hombre y

cuya muerte le sobrevino, como poco, a los setenta años. Tiré del pantalón

raído con sumo cuidado, con una mezcla de miedo y vergüenza. Apenas logré


despojarlo, y antes de poder reparar en su sexo, noté que algo se desprendía

del interior del andrajo y caía al suelo. Me agaché y nada vi, azorado como no

recordaba. Me levanté lentamente, eché un vistazo a la camilla, nada. Volví a

agacharme. Junto a una de las ruedas destacaba ahora la blancura de lo que

parecía un trozo de papel. En efecto, comprobé que se trataba de un folio que,

tras ser enrollado, había sido chafado y doblado varias veces, pese a lo cual

presentaba un buen estado de conservación. En vez de devolverlo al lugar del

que salió, con disimulo lo guardé en un bolsillo de la bata a fin de desplegarlo

después de la clase. La experiencia con el cuerpo del, supuse, septuagenario

fue tan desagradable que durante la hora y media de la práctica no me acordé

en ningún momento de él. Cuando me desprendí de la blusa, el papel volvió a

caerse, esta vez de uno de sus bolsillos. Sin más, lo desdoblé. Un texto sin

tacha alguna se ofreció a mi curiosidad. Rezaba como sigue:

La historia no existe”, me dijo. “En realidad, nunca ha existido para la

mayoría de los hombres; no ha habido un principio ni un final para ellos, nada

ha sucedido entre su azaroso alumbramiento y el ocultamiento consecutivo”.

Calló un instante, el preciso para operarse en él la floración de nuevas

palabras. “Porque eso que pomposamente llaman historia los manuales

escolares no pasa de ser la representación del árbol genealógico del

reducidísimo grupo de hombres que, con rostros y afeites diferentes, marcan

el compás de los latidos telúricos. Nadie más cabe en la memoria”. La

memoria. Cuando pronunció esta palabra, los párpados se le cayeron a los

pies, pesados de fin o de ignorancia. En ese momento recordé qué había

motivado mi encuentro con él, y no sé si eso me ayudó a dar crédito a sus

palabras o si por el contrario me indujo a despreciarlas. Pero... “pero, pero,

pero... ¿Pero puede alguien quedar fuera de la memoria? ¿Y de la historia?

¿Puede ésta no ser memoria? ¿Y a su vez, esta última puede no responder a

aquélla? ¿Pueden centenares de millones de hombres, no desaparecer, sino no


haber sido? Pueden, sí, pueden, digo”. Mas dejó de decir. “Ah” ­volvió como el

tigre con los ojos severos, al cabo de unos minutos de espesa e incómoda

mudez­, “claro que es posible, e incluso avanzar y retroceder en el tiempo, si

se les otorga la gracia del ser en el papel, si se les nombra sin nombres, si se

deslíen en el mágico mar de los arcanos. La prehistoria, la protohistoria, la

historia, sus edades. Entrar y salir de las escalas, ralentizar o acelerar los

ritmos del devenir, desorganizar la armonía, u organizarla subversivamente”.

Rescató un libro de la pila que esperaba alimentar la voracidad de la estufa. Y

leyó: “’Lo que antes se contaba en siglos, se medirá ahora en decenios, de tal

manera que nuestra generación no conocerá en vida más horizonte que éste”

(Minc, 1994). ¿Lo ves? Incluso el tiempo es obra de esos pocos... demiurgos,

llamémosles, de momento. Aunque, eso sí, esa generación, y la anterior, y la

otra, y todas las generaciones serán tan anónimas como los gusanos o los

insectos, seres con los que guardan un mayor parecido genético. Y como a

éstos, no hay historia que los mencione. Ni Minc se atreve a señalar a los

fautores que tiran de las sociedades hacia una nueva Edad Media ‘que se

plasma en la ausencia de sistemas organizados, en la desaparición de

cualquier tipo de centro, en la aparición de las solidaridades fluidas y

evanescentes, de la indeterminación, de lo aleatorio, de lo vago y de lo

indefinido. Nueva Edad Media por el crecimiento de las “zonas grises” que se

multiplican al margen de toda autoridad, desde el desorden ruso hasta el

socavamiento de las sociedades ricas por las mafias y la corrupción. Nueva

Edad Media por el hundimiento de la razón como principio motor, en

provecho de ideologias primarias y de supersticiones que habían desaparecido

durante tanto tiempo. Nueva Edad Media por el retorno de las crisis...’ Las

crisis. ‘Las crisis’, dijo para sí mientras se pellizcaba el pellejo que se le

desbordaba por todo el cuerpo. “La decadencia, la muerte. ¿Puede morir lo

que no ha nacido, lo que no es; acabar lo que no ha empezado? Si la historia

no existe, si no existe para la mayoría de los hombres, ¿puede acabar, morir?


¿De verdad el fin de la historia que Fukuyama pensó consiste en el fin de las

guerras y las revoluciones? ¿El sueño de la justicia y la paz universales es el

epitafio de la historia?” Introdujo un par de libros en la cámara de combustión

de la estufa. “La historia, la memoria, el helor de la ignorancia. Los volúmenes

que me van a calentar hablan de un mundo que no conozco, elogian a grandes

asesinos ­todos ellos tan bajitos y que, por supuesto, LA HISTORIA absuelve

tras un juicio justo­ y nada dicen de sus víctimas, no existen, salvo contenidas

en un número obtenido por medio de falsos métodos científicos. Eso que

llaman historia... Pero sí, un poco de intrahistoria consuela a quienes sostienen

como Atlas el mundo sobre sus hombros, al tiempo que neutraliza su

individualidad y su deseo de notoriedad. Pienso en los brazos que han puesto

todas las piedras de las grandes y pequeñas construcciones después de que

alguien pusiera la primera con la conciencia de estar creando él solo LA

HISTORIA. La historia. LA HISTORIA la escriben los que pueden, los que

vencen en las batallas de la vida, los que ordenan el silencio y las paces

quirúrgicas, los que agazapados manejan el gobernalle de la nao y cuyos

nombres son anteriores a la invención del nombre, del fonema que lo

compone. La escriben los dueños del agua, los custodios del fuego, los

inventores eternos de la rueda y los administradores del tiempo. Y también la

reescriben, si es preciso. La historia no es inocente. Como los perros a sus

amos, la historia se parece a quienes deciden su rumbo, a quienes imponen un

estrecho futuro”. Miró fugazmente los libros y la estufa. “El frío. La historia, su

cadáver. El frío es la puerta de entrada en la historia, en el cadáver de la vida,

por eso lo combatimos. ¿Querré yo mismo ser historia? ¿Querré no existir

después? Ha venido usted a averiguarlo, ¿verdad? Quiere saber qué sucederá

al calor de la sangre, cuál es el origen del frío. Quiere usted conocer de otra

manera a un hombre que olvida a ratos, pero que aún no olvida que olvida.

Pero repare en que la historia del hombre futuro es la ficción del pasado.

Fíjese”. El hombre se sumió en un prolongado silencio. En silencio, troceó


unas hojas escritas que, como un mago, se introdujo en la boca y comenzó a

masticar. Me alarmé, o tal vez no, porque no hice nada por impedir que el

hombre cuya memoria yo quería escuchar se obturase la boca y quizá se

ahogase. Tras unos minutos de extraña espera, me hizo una indicación con la

mano que no logré entender. Se la llevaba a la boca, a cuya entrada remedaba

el movimiento de un rastrillo que parecía instarme a sacar algo de su interior.

Como quiera que insistiese, introduje en la cavidad dos dedos a modo de

pinza. De inmediato, detecté la textura de un papel, del que comencé a tirar.

Yo que jamás había creído en la magia, estaba tomando parte en un truco que

se resolvía con la reconstrucción o creación de una tira de papel que se

deslizaba entre sus labios. Entornó el hombre sus ojos al par que los míos casi

se desorbitaban a causa del prodigio, y más cuando advertí que el papel

contenía un texto escrito que formalmente semejaba un poema. De un tirón

extraje el resto del papel. Los ojos del mago se habían cerrado por completo y

su boca no recuperaba la posición habitual. Su piel estaba fría, la estufa se

había apagado. No pensé. Guardé precipitadamente el papel en el bolsillo

trasero del pantalón y me fui, me alejé, me alejé, o eso creía mientras la calle

me ofrecía todos los caminos del futuro y el acicate del olvido tras el que

recordar el pasado que nunca existió. Sin embargo, tras comprobar que el

papel seguia en su sitio, busqué un banco donde poder leer, leer, leer antes de

pensar, antes de saber. Y oír, oír, ¿lo oís? Escuchad, escuchaos:

“Salgo a la calle, echo a correr con todos los sentidos

abiertos, como una vela que quiere para sí

todo el aire; miro a fin de saber, acojo en mi

museo interior cuantas imágenes aprehendo;

huelo, palpo la nada que en pura brisa me envuelve,

me interno en la transparencia; indago

rítmicamente el sentido de los pasos dados,


pero nada esclarezco; más pasos, más incógnitas;

miro hacia atrás, sé que no volveré a hollar

la misma tierra, pero tampoco veo camino

alguno, ni rastro queda del esfuerzo. Miro

ahora adelante. El horizonte, varado

en su imposible, como las sirenas del poema

canta; más pasos, más incógnitas, más deprisa,

más cansancio también; llama, flamea, reta en

la cicatriz del orbe, me impele a tender destinos,

a embutir de sangres las tripas de la vida,

pero de inmediato un dolor agudo me hace ver

sin mirar, saber al fin que los abrojos se levantan

como leviatanes en el desequilibrado mar

de los propósitos o en el proceloso desierto

de los espejismos; más pasos, más cansancio, el

dolor para nada, la ideación del olvido;

levántase el perfil de lo que no será,

y corro más, más y más, más deprisa, más cansancio,

el dolor por lo que es y que sólo será

inenarrable; corro con la esperanza de los saurios,

con la premonición del fuego en los pies de hielo,

corro al interior del páramo, a la extensión

del abismo en cuyo principio los hombres despeñan

la semilla de la inocencia para que vuelva

a brotar la nada; corro, en efecto, para nada,

pero con todo lo que soy corro, que es nada

porque es todo. La potencia, el pie en el aire es,

mas al caer en el suelo el mundo se deshace,

no ha existido, arde como combustible


desmemoria, consunción del paso primordial.

En la indagación del fuego está la historia

del hombre, mi historia, no en el pasado de las cenizas.

Cuando me detenga, nada habrá sucedido”.

ººº

Haciendo sombra entre las sombras de un parque, arrellanado en un banco y

con un papel en la mano, la brigada municipal de limpieza encontró a un

hombre que parecía leer sin desmayo y sin aliento. Carecía de documentación,

no era nadie, sólo un hombre solo, un setentón desgraciado, se dijeron los

trabajadores. Uno de ellos tomó el papel, lo enrolló, chafó y dobló varias veces

antes de introducirlo en uno de los bolsillos del pantalón del desamparado.

Pese a la lividez y la marmórea frialdad de su piel, el lector asombrado no

mostraba signos trágicos y todos convinieron en que aún era capaz de ofrecer

compañía. Luego estaban en presencia de alguien.

JRH


Mentira

Hacer la Historia es como elaborar vasijas de cerámica, o, peor aún, toscos

muñecos de plastilina: manos expertas o nefastas que quitan lo molesto y dan

forma a aquello sobrante con mejor o peor sentido de la estética. Hacer la

Historia se parece al trabajo que llevan a cabo los que traducen los títulos de

las películas americanas, donde depende el ánimo del titulador y los caprichos

del director de marketing de la distribuidora para acabar en ideas del tipo “Jo,

qué noche” o “Intriga fatal”. “Historia es todo lo que el hombre hace”, me

había dicho un profesor del primer año de instituto; “historia es todo lo que el

hombre produce”, corrigió otro profesor, el año siguiente.

Y sin embargo yo sostengo que la Historia de la humanidad, más que de la

lucha de clases, es la Historia de la guerra. La Historia se escribe con

testosterona. El resto no existe, se olvida, se extermina. El resto aburre, igual

que aburren las películas a las que les mantienen el nombre original.

Tzun­Tzu, aquél de El arte de la guerra –ese librito místico que hoy sobaquean

los lobos de Wall Street camino a sus madrigueras– decía:

El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar,

ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar

inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está

lejos, aparentar que se está cerca.

Es ese momento de quietud en que los que mejor dominan el arte del engaño

salen a atacar, ya sean conquistadores españoles en América o imperialistas

británicos en India, atacan, dominan, atesoran, expelen pólvora. Y empiezan a

escribir. El arte de escribir la Historia –la Historia Oficial– es el arte del

engaño, ya que todo aquello que ensucia la imagen del vencedor debe

permanecer más oculto que los rollos del mar Muerto. Quien mejor engañe,


más tinta tendrá en su pluma de ganso y dispondrá de más páginas para

rellenar en el Sagrado Cuaderno de la Humanidad.

Pero la guerra no sólo se hace con pólvora, claro. Si hablamos en términos

gramscianos, el dominio verdadero es aquél que consigue convencer no

mediante métodos coercitivos, sino a través del consenso. Tal es la maestría

del buen engañador: desplegar los más sutiles tentáculos para conseguir que

el individuo no desee alcanzar sus propias metas, sino que acabe abrazando –y

con fervor– las metas del engañador. Un engañador que domina los medios de

producción, y que, por supuesto, jamás soltará prenda. Sólo así, decía

Gramsci, se obtiene la hegemonía auténtica. Y ésta es la guerra que estamos

librando en este preciso momento, mientras Internet te trae estas letras

impresas en pantalla, mientras estás bebiendo tu café con tres de azúcar. Tal es

la más sutil y perfecta de las guerras humanas, cuyas víctimas son, en primer

término, las conciencias.

Porque hablar de Historia es hablar de la Historia Oficial, aquella que

trasciende la frontera de los tiempos y hoy vilipendia a Napoleón pero no al

almirante Nelson, aquella que nos hace olvidar que California alguna vez fue

mexicana y que la Patagonia alguna vez tuvo más población que hoy día,

población indígena de la que hoy sólo quedan los huesos. ¿A quién se le

ocurre que “Costa de Marfil” pueda ser buen nombre para un país? Por

supuesto: al tipo que llegó a esa costa para buscar precisamente eso, grandes

dientes de elefante que hicieran el deleite de los pianistas vieneses, y daba

igual la sangre vertida en esa lejana tierra de negros. ¿Y por qué llamar

“Venezuela” a Venezuela? Claro, una Venecia pequeña, qué prosaico fue

Americo Vespucio al llegar por primera vez a la hoy demonizada tierra del

demoníaco Chávez. Y lo mismo con Colombia, con Costa Rica o con Puerto

Rico. Y con Hispania, y con Galia y con la Hibernia no conquistada. Desde el

inicio de los tiempos, la Metrópoli no sólo escribe la historia, también la titula.

La historia de la Historia no es una historiografía sino una hagiografía, ya que


todos los cambios sociales, culturales y políticos que aterrizan en nuestra

retina –hoy mayormente en nuestra retina– configuran el futuro a partir de un

minucioso y parcial acto de selección, un fino trabajo de ceramista donde

permanecerán en los libros sólo los hechos escogidos por el puño fuerte de

turno, en desmedro de lo que ese puño fuerte considere secundario.

Y la verdadera Historia es ésa, dijera aquella vieja canción: la historia

marginal, la abandonada. La que no consigue sobrevivir a la presión y al

tiempo, aquellos hechos no registrados que son tan importantes como los

seleccionados, porque ambos ladrillos son necesarios para construir esta casa

llamada presente, a pesar de que sólo identifiquemos el ladrillo de quien

detenta el poder de seleccionar. Recuerdo que otro profesor, ya en la

universidad, me había sugerido que la historiografía –el registro escrito de los

hechos históricos– es la parte literaria de la Historia. En efecto, estudiar los

hechos del pasado a partir de los legados escritos supone llevar a cabo tareas

hermenéuticas, propias de un comparatista, en el que el trabajo de

contextualización requiere de una delicada mano de orfebre, de poeta más

bien, para dar con ese discurso que retrate determinados hechos de una

manera perenne, capaz de saltar las vallas del olvido.

Suele decirse que el pasado determina el presente. Pero, desde esta

perspectiva, en realidad es el presente el que determina el pasado. Y en

términos prácticos, en esta época contemporánea exacerbada por la búsqueda

a ultranza de resultados, pasado y presente se hacen maleables, como la

cerámica ardiendo, como la plastilina, una selección y embellecimiento del

discurso histórico que viene dado por testosteronas varias, por sutiles ardides

en busca de un consenso tan amistoso como nocivo.

FCh


Micros

I. Armisticio

La Guerra de las Aves finalizó con el execrable y vil bombardeo de Olvido. Dos

escuadrones de aviones salieron de la base aérea de Ciudad y soltaron sobre

Olvido miles de toneladas de bombas que, como era de suponer, nunca

llegaron a su objetivo. Las bombas olvidaron su destino a mitad de camino,

por no hablar de que nadie en Olvido recuerda la Ley de la Gravedad.

Tampoco corrieron mejor suerte las fuerzas terrestres que atravesaron Olvido

ante la estupefacción de sus habitantes, atrincherados en sus casas pero

ignorados como si fueran invisibles. Así que el informe del teniente general

Quincoces dejó bien claro que Olvido había sido borrado del mapa y, con su

exterminio, la guerra podía darse por finalizada.

Años más tarde, las pruebas de que Olvido seguía en su sitio, intacto, eran

irrefutables, pero desde Ciudad nunca lo reconocieron y las autoridades

siguieron comportándose como si fuera poco menos que un espejismo que

engañaba los sentidos de los más románticos.

II. Educación

Los niños han comenzado a organizarse desde que en la escuela les leyeron el

cuento de Hansel y Gretel. Ahora miran con recelo a los mayores en general y,

en particular, cada uno a sus padres. La sequía de los últimos meses y las

consecuentes malas cosechas no han hecho más que acentuar esta

desconfianza. Quién más, quién menos, oye en su casa conversaciones

susurradas de preocupación, de desesperación.


Ahora están preparados.

III. Destino

Incomprensiblemente, lo que para todos es caos y entropía, para Collins es

lógica, orden y justicia. Como si la realidad se hubiera vuelto estática, Collins

puede anticiparse a cualquiera de las maniobras, de las acciones o de los

disparos de los alemanes en las playas normandas. Eso no es óbice para que se

quede mirando mientras tres proyectiles, salidos del cañón de una MG 42

alemana, atraviesen el pecho de Norton, reventándolo por dentro. Collins se

agacha y recoge su chapa identificativa. Tampoco mueve un dedo para evitar

que Hopkins y McKinley se cuelen en un campo de minas que los zapadores no

han señalado. Se limita a echar cuerpo a tierra y, después, recoge las chapas

de los cuerpos mutilados. Unos metros más.

De sus amigos de la sexta acorazada, sólo quedan Jackson y Harry Stanton, el

único al que siempre llama por el nombre. Ambos avanzan hacia las líneas

alemanas, unos ciento cincuenta metros por delante de Collins. Ambos tienen

su destino escrito en algún lugar, pero Collins desconoce en cuál. Él ya ha

cumplido su misión. Se interpone en la trayectoria de la bala disparada por el

soldado Weigel y no por otro, tal y como está escrito.

IV. Versiones

A veces la misma Adela lo cuenta, cuando nos juntamos con Rosalía y la Trini

y tomamos café como si fuéramos de ciudad.

La misma Adela lo cuenta, que al fin y al cabo es a quien le ocurrió y quien

sabe cómo pasó todo, quien estaba con el Pluto, que así lo llamaban por


cobarde y huidizo.

Nos encontramos con una vaca en el prado, dice, y el Pluto quiso

impresionarme y se acercó a la vaca y mira que le dije, que la vaca era pegona,

que a mí no tenía que demostrarme nada pero él empeñado, él decidido, que

no era ningún gallina y la vaca que echa a correr hacia él y el Pluto que si me

mira que si la encara, pega un resbalón en la tierra blanda por la lluvia de la

noche y la vaca lo golpea en la cabeza, la vaca grogui y los mozos tirados de

risa y el Pluto en coma más de tres años que cuando despierta pregunta si está

la cena y todos se ríen de nuevo como si todo hubiera sido ayer.

La Adela no cuenta que quedó tonto pero no del todo, que de algo se entera

menos cuando se sopla dos chatos y comienza a desvariar, y se le cae toda la

baba por las comisuras. A veces llora y molesta un poco hasta que lo echan del

bar balbuceando que fue Adela, dándose con el puño en la frente, Pluto no

tienes huevos, a ver qué eres capaz de hacer por mi amor, pero sólo yo le creo,

le creo porque a veces lo veo de noche, ciego de chatos, tieso en mitad de la

calle, vuelto hacia atrás diciendo mira, verás cómo lo hago, aunque me muera

de miedo, y en el fondo de la calle la vaca pegona que corre hacia él.

V. Sachsenhausen

Impresiona pasear por Sachsenhausen, imaginar lo que ocurrió allí hace

setenta años. Ver los barracones en los que los apilaban como ganado, el poste

de madera que se usaba para los ahorcamientos ejemplares, el foso donde los

fusilaban a decenas. Pero nada me sobrecogió como el cuartucho en el que

sigue encerrado Aaron, con la piel tan ceñida a los huesos, la mirada vacía y

ovillado en una esquina.

Desgraciadamente no nos dejaron usar el flash para que no se deteriorara.


VI. Gernika

Inestabilidad histórica, le dicen. Como si no fuera suficiente que tu pueblo lo

arrasaran en un bombardeo hace ochenta años. O no. Que hubieran muerto

miles de personas. O cientos. O, tal vez, sólo decenas. Que la devastación

hubiera acabado con todo el centro del pueblo, que en el caso de los pueblos

lo es todo, los pueblos no tiene afueras; o tal vez todo se debiera a la tardanza

de los bomberos en sofocar el incendio. Como si importara. Y así, en el pueblo,

la población y los edificios fluctúan en función de la corriente histórica

prevalente en el momento. Te quedas sin abuelo, de repente, o donde estaba

el salón de tu casa aparece otra estancia que no habías visto nunca, desde

luego. Y te agarras al sillón, sabes lo que se viene, como una ola gigante que lo

barriera todo, como si fuera necesario limpiar lo que no debía estar allí según

la Historia, como si el rugido de motores que se adivina en el cielo no

precediera un nuevo bombardeo, ochenta años después del primero.

JE


Un susurro de España

Hace pocos meses abdicó el Rey Juan Carlos I. El paso del tiempo suele situar

determinados acontecimientos en una óptica del recuerdo colectivo. Todos

sabemos qué hacíamos cuando cayeron las Torres Gemelas, algo que en

Cataluña es más bestia todavía porque ese día era festivo y nos pilló con la

mesa puesta, casi con la comida en la boca. Sin embargo, el día de la renuncia

del heredero de Franco era lunes y tras saber la noticia decidí salir a la calle.

La vida seguía su curso con ejemplar normalidad, sin aspavientos. Aún era

temprano y supongo que el resto de la jornada tomó otros derroteros

abocados a una de las máximas absurdas de nuestra época.

Hacer Historia. La gente nunca la escribe en mayúsculas pero siente una

necesidad brutal de protagonizarla porque suele ignorar cómo se redactan sus

actos. Esa tarde se convocaron manifestaciones republicanas por toda España

y las redes sociales ardían de lemas que evocaban el 14 de abril de 1931,

como si nuestros abuelos hubieran revolucionado el país en un abrir y cerrar

de ojos. Es triste que Warhol acertara con sus quince minutos de gloria. Las

trayectorias, al menos desde el culto al instante, han quedado eclipsadas. Ya

ajustará cuentas el reloj.

Esta sensación eufórica ha recorrido nuestra geografía a lo largo del último

lustro desde la inconsciencia de ignorar lo que significa un proceso. Puede que

los soberanistas, con cierto criterio, usen el vocablo. Los demás ni siquiera lo

mencionan en su base porque se mueven por impulsos que salen desde un

desconocimiento brutal que marca la pauta en casi todas las facetas de nuestra

sociedad de fachada elevada al cuadrado. Sin conocer la tradición, en este

caso el pasado, no puedes aspirar a ir más allá del umbral presente y superarlo

para crear nuevas circunstancias. La lección sirve tanto para algunos escritores

como para los que fueron a la plaza y pensaron que con el mero hecho de

ocuparla iban a derribar el poder.


¿Por qué tanto desconocimiento? La Historia que se enseña en las escuelas

españolas es lamentable y sus programas, al menos hasta hace bien poco,

lamentables. Yo mismo no pude cursar ningún tipo de asignatura relacionada

con la República o la Guerra Civil hasta el segundo año del doctorado. Eso no

era un problema porque mi curiosidad había resuelto la papeleta con

antelación. En otros casos deduzco que muchos han preferido seguir en una

ignorancia que se podría comprobar con mucha facilidad por la calle mediante

pocas preguntas.

El sistema educativo ha propiciado esta basura cósmica que aturde a muchos

ciudadanos que han elegido ser hijos de su tiempo sin sumergirse en otros, lo

que también implica conformarse con una cultura de fachada muy parecida a

un quesito de trivial pursuit. La enseñanza se articula a partir de unos

esquemas que más que aprender propician vomitar datos que a posteriori se

olvidan e internet ha reforzado esta tendencia desde un enciclopedismo

popular capaz de elevar a la quintaesencia el fast food mnemotécnico. Ello

implica una pérdida colectiva que se notará más en el futuro, pues por mucho

que se hable de los enlaces cada vez se desaprovechan más. La Historia es una

especie de gran línea donde todos los puntos están entrelazados. Por desgracia

cada vez se valoran menos estas conexiones fundamentales porque se prefiere

alardear con una fecha o una anécdota que relance el simulacro donde nos

hemos instalado.

Sin comprensión de lo pretérito es imposible entender un presente donde

muchos creen ser protagonistas a partir de la opinión masiva cuando en

realidad sólo comentan elementos de unas casillas rellenadas por los que

mandan, bien tranquilos al conseguir su propósito de marcar una agenda de

debate dominada por una rapidez que genera obsolescencia programada de

las noticias. Uno de los grandes fracasos de mi generación fue, pese a los

nuevos partidos políticos de los últimos tiempos, el 15M. Algunos salimos.

Otros prefirieron manifestarse delante del teclado para perpetuar la melodía


de los zombies modernos que son incapaces de mirar el horizonte, metáfora

bien indicativa de cómo van las cosas. Exterior versus interior. Activismo

contra la pasividad que predomina sin límite.

De todos modos es posible cambiar los acontecimientos desde una habitación

si se tienen los rudimentos para navegar por los mares de Clío, sí, la musa del

tema que nos concierne porque desde las comparaciones con otros hechos

podemos acercarnos a la actualidad y formularla desde estructuras

internacionalistas en el doble sentido de interesarse por las vivencias de otras

tierras y aceptar que en nuestra era las fronteras carecen de vigencia desde lo

nacional, algo mucho más normalizado en el resto de Europa, donde la

acuciante presencia de la Historia ha unido la os pueblos en conflictos y

hermandades que de las batallas han avanzado hasta lo cultural,

imprescindible en el ámbito de estudios comparados de muchas universidades

del Viejo Mundo que de este modo muestran al alumnado las relaciones entre

los países del Continente para mostrar diferencias y vínculos en común.

¿Y España? Puede que la neutralidad en las dos guerras mundiales y la larga

dictadura franquista hayan alargado nuestro catequismo del catetismo, teñido

de uniformidad y contrario por norma a la pluralidad. Ir a contracorriente

suele pagarse, por eso éste en muchos aspectos es un país de capillitas que

protegen intereses porque más que el verdadero progreso creen en el

caciquismo, típico en la banalidad de arquetipos provincianos demasiado

vigentes, grupos con mucha cháchara y poca chicha, amigos de vender humo

que se asustan si una mosca se desvía de la trayectoria convencional y

propone otros rumbos. No intenten leer entrelíneas, o bueno, háganlo, pero lo

explicado es una mera constancia histórica española. Corran, consulten las

hemerotecas. Marx tenía razón.

JC


Grandes acontecimientos de la Historia

En el principio de los tiempos fue Andrea, alta, morena, de caderas generosas,

ojos verdaderamente negros y facciones casi perfectas. Siendo muy joven,

Andrea desposó con David, que para entonces era viudo y tenía cinco hijos.

Andrea amó sin reservas a aquellos cinco, y parió otros doce, ocho mujeres y

cuatro hombres, a los que crió a base de sopas de leche, besos y garbanzos,

así, intercalados, mientras su esposo, hombre responsable y honesto hasta la

exasperación, trabajaba duro para otros, consciente de formar parte de una

familia verdaderamente extraordinaria. Pasados los años, Andrea y David

vieron cómo dos guerras diferentes se llevaban la vida de dos de sus hijos

varones, Eduardo y Pedro. Aunque pasaron el resto de su vida intentando

sobreponerse, después de aquello, David quedó sumido en una melancolía

crónica y silenciosa, y el amor de madre de Andrea, desmedido y gozoso, se

vio violentamente desgarrado por unos acontecimientos de los que más tarde

leyó mucho en los libros, pero que nunca alcanzó a comprender. Adoptó luto

de por vida, y sufrió tanto y de forma tan profunda, tan absoluta, que una de

sus hijas, la nacida en undécimo lugar, acaba de cumplir ochenta y siete años

sin olvidar la desolación que tuvo ante sus ojos cuando sólo era una cría.

Aquella niña es mi madre, la historiadora oficial de la familia.

BM


Mitrídates y las flores de Rimbaud

Mitrídates fue rey del Ponto y murió el año 63 a. de C. En su juventud, para

evitar las conspiraciones que se cernían sobre él, se dedicó a estudiar los

venenos conocidos en su época. Gracias a esa forma de actuar acostumbró

progresivamente su cuerpo a tales venenos, ingiriéndolos en pequeñas dosis.

Proust se hace eco de este “efecto” en Sodoma y Gomorra, la cuarta parte de

En busca del tiempo perdido.

La historia es el teatro de la antropología. Hubo un tiempo en que el

cristianismo rompió con el fatalismo grecolatino con la ayuda de palabras e

ideas como libertad, persona, historia, creación, salvación, etcétera. Se

produjo, así, una transición sin posibilidad de retorno del paraíso perdido al

paraíso recuperado. En el Génesis se lee que el hombre es hombre, no es Dios,

del “seréis como dioses” se pasa al “sois hombres”, en esa respuesta bíblica al

prometeísmo filosófico. Frente a la materia eterna y determinista somos

capaces de contar con la energía de la creación, la fuerza de la historia y la

necesidad de libertad. El hombre interviene, da nombre, transforma la

naturaleza, es el quehacer histórico en sí mismo.

Todos los mesianismos, especialmente el marxismo y las confesiones derivadas

del judaísmo, mantienen ese esquema básico de comprensión. Resulta

interesante comprobar cómo en la llamada edad moderna europea, el

humanismo, el racionalismo, la reforma protestante y, más tarde, el marxismo

y el cientificismo, aún siendo fenómenos tan distintos, van a generar una

cultura, un sistema filosófico, unas creencias religiosas.

La actividad profesional, la acumulación, las relaciones laborales, la

autonomía científica, los salarios o la propiedad constituyen el campo de

batalla de las ideas y las creencias del hombre europeo, que darán pábulo a los

dos grandes sistemas: el liberalismo y el marxismo. Frente a estas dos

prácticas sociales, el cristianismo buscará una tercera vía que logre hacer


compatible la libertad de la persona frente al marxismo y la justicia social

frente al liberalismo. El problema se produce por la quiebra existente entre la

justicia social y el liberalismo.

Los derechos humanos pueden clasificarse como de primera generación (son

los derechos civiles y políticos), de segunda generación o de solidaridad (son

los derechos culturales, económicos y sociales) y de tercera generación (son los

derechos a un medio ambiente equilibrado y a la paz mundial). Sin embargo

el pensamiento único, liberal, que domina en el mundo occidental de forma

abrumadora desde la década de los ochenta del siglo 20, se empeña en

anestesiar a los que no comparten sus argumentos. Tal modelo se ha

convertido en una especie de sabiduría convencional que domina en las

empresas, universidades y casi todos los gobiernos influyentes.

La concepción de la vida como algo puramente económico y evaluable se basa

en otras ideas: un equilibrio económico a largo plazo, una economía de

mercado eficaz y unos agentes que buscan la optimización de sus

comportamientos. En el primer caso se considera que el equilibrio es

atemporal, y en algún momento los mercados se autorregularán o vaciarán. En

el segundo, se da una de las paradojas más notorias de la tradición liberal, ya

que la economía de mercado, con mercados autorregulados, en sustitución de

los mercados aislados y regulados, ha sido lo que es gracias a la intervención

de los gobiernos, a pesar de que la ideología defendiera ese mercado liberal

como el resultado de un proceso natural. Cuando lo necesita, el liberalismo

utiliza la intervención del estado y critica el “laissez faire”, y a la inversa. La

tercera idea también es clave, pues en ella se sustentan tanto la teoría del

consumidor como del productor, fácilmente criticables pues no se ha llevado a

cabo ninguna verificación robusta sobre las características psicológicas de la

conducta de los consumidores (básicas para la función de consumo), ni de los

productores.


Así las cosas, nos encontramos ante formalizaciones teoréticas cada vez más

alejadas de esa realidad que se quiere comprender. Esta nueva escolástica

cuenta con auténticos cruzados de la fe que se olvidan de las vertientes social

y ética. Es como si se nos intentara anestesiar, para que, como Mitrídates, nos

inmunicemos ante los "enemigos".

En la actualidad se puede observar con precisión ese afán oportunista de

supuesto re­equilibrio de las fuerzas económicas de mercado. A algunos países

(por otra parte, casi siempre los mismos) les sobran determinadas cantidades

y a otros, como es bien sabido, les faltan. Ha habido un cambio de siglo y no

se puede decir que el mundo viva la edad de oro de la abundancia, de la

justicia social… Y esta situación resulta paradójica si comparamos nuestra

sociedad con otras más atrasadas, donde tal vez existiera antiguamente más

abundancia que en la actualidad. La comparación es reveladora si la

practicamos con las sociedades primitivas. Hay estudios que apuntan que tales

sociedades superaron, en cierto momento de su historia, el nivel mínimo de

subsistencia, logrado inclusive con menos horas de trabajo que las casi

seculares cuarenta horas de nuestros días. Si en tales sociedades no llegaba a

producirse la acumulación de la producción era por el convencimiento de que

no resultaba preciso que se hiciera, y no porque se encontraran con

dificultades técnicas. Este hecho tiene su principal sorpresa en los casos de

destrucción periódica de excedentes practicada en las sociedades ricas.

El ámbito académico de la economía continúa dominado, por tanto, por los

elementos epistemológicos de la teoría económica convencional basada en el

modelo de la mecánica clásica. En este sentido considero esencial el análisis

del conocimiento de la filosofía de las ciencias, del método científico y de las

reglas metodológicas más adecuadas para comprender tal hecho. Este no es el

lugar ni el momento adecuado para proceder a tal análisis, pero sí quiero decir

que la lógica deductiva es, en principio, prioritaria a la hora de enunciar


proposiciones contrastables de una teoría, que a su vez se derivan de un

conjunto de supuestos, o proposiciones, de alto y bajo nivel. En el mundo de la

ciencia no existen verdades absolutas, todo el conocimiento científico es

provisional y, por tanto, nada se podrá conseguir sin un espíritu crítico que

incida sobre toda actividad científica. La situación actual del método científico

es compleja, teniendo en cuenta que se cuestiona incluso su misma existencia,

no se admiten experimentos y a las evidencias se les asigna poca credibilidad,

lo que obstaculiza el proceso de sustitución de las teorías. Lakatos y Kuhn no

se ponen de acuerdo en cuáles son los motivos por los que se cuestionan las

teorías; según Kuhn el rechazo lo toma la comunidad científica, mientras que

Lakatos considera que la sustitución se realiza siguiendo criterios racionales.

En definitiva, se puede afirmar que el sistema capitalista es el único que ha

sobrevivido en un siglo XX convulso, lleno de guerras y totalitarismos, pero

eso no significa que sea perfecto. Y si, por una parte, estamos más

comunicados que nunca, por otra, la sensación de incomunicación también

resulta patente. Muchas personas tienen miedo a no verse reflejadas en el

espejo de la vida, incluso de que el espejo no exista. El aislamiento y la

soledad pueden ser terribles para los que sienten que no tienen ningún control

sobre su existencia.

¿No somos capaces de asimilar tanta información que tenemos en nuestras

manos, y saber que hay un lugar en el mundo para nosotros? Nos sentimos

libres, pero a la vez prisioneros. Ya no existe la esclavitud como tal, pero ha

surgido una especie de esclavitud "mental" que lleva a algunas personas al

suicidio y a otras a los sillones de los psicólogos. Ahí radica parte del mundo

invisible del que hablaba Kafka en sus relatos, y que es fruto de un sistema

económico sin alma y sin corazón.


¿Qué ocurriría si cualquier mañana alguien tocara en nuestra puerta porque

nos han denunciado por alguna cosa, y nos metieran en la cárcel? ¿Qué

sucedería si no pudiéramos pagar la hipoteca del piso? ¿Y si el banco donde

tenemos los ahorros de toda la vida se declarara en suspensión de pagos, o el

gestor de nuestro patrimonio nos llevara a la ruina por su desmedida

ambición? Y eso que ni siquiera hemos mencionado a los mil millones de

personas que malviven con un dólar al día, aunque puedan conectarse a

Internet desde el lugar más remoto que podamos imaginar.

A pesar de los avances en todos los órdenes de la vida (por supuesto,

positivos), somos incapaces de construir mapas cognitivos que abarquen el

mundo por completo y den sentido a la posición que nosotros mismos

ocupamos en el mapa. Ya no sentimos placer ante las flores mágicas de

Rimbaud ni los torsos griegos de Rilke. Ahora sólo tienen valor los sujetos que

han sido convertidos en objetos, y si miramos hacia atrás nos encontramos con

el Grito de Munch, que, de alguna forma, representa la alienación, la

fragmentación social, la soledad y el aislamiento.

JS


Medida por medida

El cardenal juzgaba que el gran error del régimen franquista había sido

permanecer en el poder cuarenta años. La duración ideal de una dictadura

debía ser de diez años.

CV


POESÍA

Historia de mayúsculos nombres comunes

(Hay miles de nombres que hacen historia,

aquí tenemos tres casos de nombres

para no olvidar)

I. Grisú S.A.

Siempre supe

que el lado más salvaje

de la vida

y de la muerte también

estaba en lugares muy cercanos

a las minas

y

sus entornos de vicio y perdición.

Hoy el grisú de una sociedad anónima

ha matado

a seis mineros

de repente

sin alarmas

sin canarios

en el pozo

bautizado con el nombre

de un patriarca


de la explotación del hombre

por otros pocos hombres

y mujeres

desde sus despachos

sus consejos de administración

sus

ministerios.

Aunque estos mineros hayan muerto en acto de servicio

nadie impondrá medallas

sobre sus féretros

abrazarán presurosos y como sin querer

a las viudas

a los huérfanos

a las madres

y

mañana nadie lamentará

tanta muerte

tanta desolación

tanto abandono

allá abajo

donde todo está oscuro

y vacío

donde han quedado

los sueños

las ilusiones

el jornal

de seis mineros

seis trabajadores

seis paisanos.


Roberto

José Luis

Carlos

Manuel

Antonio

Orlando

no

los olvides

no

los olvides

nunca

los olvides.

II. Sin iniciales

No habéis tenido derecho a iniciales

sólo los ricos delincuentes

gozan de ese derecho.

Todos sabemos vuestros nombres y apellidos

incluso los de las menores

vuestro buzón sale en todos los sitios

la puerta precintada de vuestro hogar

que dicen que es del banco, maldito banco.

No habéis tenido derecho a iniciales

y

se cuenta lo que se quiere

lo

que se inventa cada cual


la vecina

el de la esquina

el periodista sin escrúpulos.

Sólo sé que la muerte

os ha sorprendido

en vuestra dignidad

en mi indignidad

y

no

puedo

perdonarme

que no supiera

vuestros nombres de vivos

y

los haya tenido que aprender

de muertos

Enrique,

Concepción

y

Tamara.

III. Que nadie quede sin nombrar

Todos tenemos un nombre

el que nos

ponen nuestros

padres

un nombre por el que nos llaman


un nombre por el que atendemos

los hermanos africanos

dejan su nombre

junto a sus padres

sus hermanos

sus amigos

sus amores

dejan su nombre

y

ya no lo recuperarán

ni siquiera

con la muerte

verde y de charol

en la playa de Tarajal

sólo


que algunos se

llamaban

Larios,

Blasie.

Armand

o

Yves

que con esa extraña sensación

entre desesperados

e

ilusionados

querían una vida.

Les hemos regalado


una muerte

la más indigna

de las muertes

la muerte

de los inocentes

mientras

muchos

miran

para otro lado

se ponen de lado

algunos incluso

con desprecio.

FZA


Hoax story

Me resulta complicado entender mi historia

Como para comprender la vuestra

Cuando el desgarro es unánime y el remiendo certero

Al ominoso faraón Ramsés le pitan los oídos

‘¡Tenemos hambre!’ y se sentaron a espaldas del templo de Tutmosis III

En el límite de los campos cultivados

La primera huelga en papiro, sermones en códices calixtinos

El escriba no da abasto entre tanto pasto

Es creativo, un tipo vivo, descarga el ojo en la tinta

E inventa entre onanismos

En su iris está el destino, el futuro en su rostro de alabastro

De entre todo este sincretismo de barrio de chabolas

En una cofradía, un ser puro e iluminado, con reflujo de

Cornezuelo del centeno

Cosió con hilo dorado el bordado y en la imaginativa antesala

Reunió a Yeshúa hebreo, a su homónimo griego, a Mitra, a Zaratustra y a

Saladino

Desde entonces tratamos de entender los acontecimientos

Con el sesgo bizco que Kant aplicaba al individuo

Interpretando unos hechos desde un limbo moral

Un imperativo categórico de obra moralizada y moralizante

Encontramos la paradoja de encontrar en la misma porción de cielo


A Unamuno y a Pinochet, a Gadafi y Barrabás

A Joseph y a Adolf saltando las concertinas de terciopelo

Entre ideologías, cismas y cosmovisiones de usar y tirar

Hari Seldon estará más acertado cuando concilie la psicohistoria

Con el fin del comercio, la Ruta de la Seda de la telaraña

Mueve el mundo en un vaivén de atracción de feria

Mueve el gas de Qatar a Cracovia, regando de sangre Alepo y el Dombass

El motor histórico en sí es la lucha, el juego de opuestos

De clase, de raza, de sexo, de credo, la ambigüedad de los espejos

Temujin todavía conservaría estatuas de acero en sus kanatos

Si no fuera porque la pólvora china liquidó todos sus caballos

Me resulta complicado entender tu historia

Como para comprender la nuestra

Catástrofes: La casualística histórica es pura balística

Si no hubiera sido tan coqueto el archiduque en Sarajevo

Zurciéndose la guerrera con pespuntes en intrincados vericuetos

Quizás la Gran Guerra no sería la Panacea interimperialista

Doctrinas: Epistemologías de bazar y de diván

Para entender que todas las corrientes historiográficas

Han incurrido en el mismo fallo metodológico de manual

No se metieron en el papel de

Aquel campesino Iván que perjuraba contra el Zar

De ese objetivista hikikimori que no fornicaba

De este pedigüeño harapiento que saqueaba bibliotecas


Todos los hombres y mujeres que danzaban

alrededor de las hogueras de ojos brillantes de Heidegger

Sin olvidar todo ese materialismo diabólico

Que dirigía sus existencias con mano de hierro

Tartamudea Claudio confesando que su familia

era una hipérbole bastante lúcida del universo

Logros: Es indisoluble la evolución humana de la científica

El Kultur que el señor Splenger atribuía a un simple ciclo

No se puede entender sin el baile de dragones de la tecnología

De las canalizaciones romanas pasamos a la red de bits del nuevo siglo

Decadencia: Bello panegírico que le dedicamos a los escombros

Zivilisation, invasión de tribus bárbaras, delirios de Napoleón

De fondo un adagio de Wagner, de frente una tormenta de sombras

Repitiendo el patrón, sólo existe un cráter donde todo era esplendor

Crisis: Sistémica, económica, de valores y de identidad

Las sociedades en colmena se refundan en venenosos avisperos

Aquellas caídas de imperios coloniales de pies de barro

Que durante la Guerra Fría se desbordaron por el sumidero

Funcionamiento: Tratar de desentrañar su funcionamiento

Es un enigma milenario, por eso su estudio es reservorio del pasado

Mi opinión es que todo es bastante más sencillo y por ende biológico

Las transacciones químicas y sus estructuras resultantes forjarán nuestro

legado.

JT


Lo que no sabemos

Todo lo que no sabemos de la historia

Está en el relato de nuestro futuro

Queda escrito en el jeroglífico de lo desconocido

En la repetición cíclica del tiempo genocida,

Sólo el dolor es coetáneo

Y nos reconoce al pasar de nuevo

Por la calle del paladar triste

La historia es el raciocinio de los dioses

Tratando de quitarnos la razón

La suma de los adioses

Para hacer una ola de porvenir

En los días de la Revolución consumada

La escarcha histérica de las gárgolas

Nos recuerda que hay fantasmas

Que todavía viven "sideways"

Esperando recibir una respuesta

Acerca de qué sigue a la muerte

Y al sentido del sacrificio heroico,

Juntos rellenan las termas

Buscando un poco

del ansiado calor del infierno

El que se niega a morir en sus días

Está condenado a la vida


Recuerdo

Que aquella mañana me lavé el sudor

de la noche de la aurora boreal

Con agua limpia de rocío

Como hacen las libélulas

que no tienen miedo al pantano,

Esa historia nunca se volvió a repetir

Todos los días son lo que nos ocurre

Sin distinción de género o raza

Y nada cambia la historia de nuestros cuerpos

hundidos en el azul

del sabor de las bocas

No hay mayor acertijo

que vivir a través del arte

la perfección de lo que no se consigue

Jamás

ChL


Oraciones de pronóstico reservado

Porque yo no he venido aquí

a hacer dormir a nadie:

Ni a los niños ni a los hombres ni a los dioses.

León Felipe

Tal vez haya todavía corazones vivos

en ese inmenso estercolero de los corazones

y por ellos quiero escribir.

León Bloy

Me siento delante de vuestra religión,

de vuestro canal 24 horas sintonizado –lo mismo

que frente a una de esas pinturas abstractas

de manchas sangrantes sobre blanco–

y me digo: el futuro ya no está para historias,

y por historias se entiende

esa tienda en que se venden al público las palabras

del mismo color que las quiere

que dijo Balzac, acerca de los periódicos.

Civiles, reyes, hombres de letras y de fe,

se han arrodillado por igual,

para rezar por su victoria,

en ambos lados del espejo prohibido,

y es tan inhumano su mutuo odio


por ese otro dios emblemático del enemigo

que algo me dice

que el único infierno de todos ellos

es no poder matar a los otros dos veces,

matar a los otros dos veces, matar

a los otros, a los otros, dos veces, dos veces.

Una vez más me toca

romperme la cabeza en distinguir

quién es Abel y quién es Caín

en esta estampida de sangre y huesos.

AS


PINTURA

Carlos Esteban Resano Vasilchik


FOTOGRAFÍA


Eli Mora


ENTREVISTA

Ignacio Merino, por RDF.

Inmensa entrevista con Ignacio Merino, de las que ofrecen tanto y tantos

matices, que en la cuarta lectura aún se descubren nuevos paisajes. Y es que

Ignacio Merino tiene las cosas muy claras y es por ello que escribe con una

claridad, una claridad serena, tranquila, erudita pero cercana, que quita el

hipo y nos hace aprender, pero sobre todo, nos invita a la reflexión y nos deja

con ese gesto de bascular la cabeza, diciéndonos: pues sí. Profundiza en la

manera en que se escribe la Historia, profundiza en la Historia en sí, y además

nos deja ver su mirada sin tapujos, agradezco desde aquí el esfuerzo ­quiero

decir, la naturalidad­ de Ignacio por no cortarse un pelo en mostrar, cosa nada

sencilla, lo que llevamos dentro. Para el lector que aún no le conozca, que

serán pocos, destacar que Ignacio Merino es un escritor apasionado de la

Historia, que ejerce su oficio con cariño, dedicación y muchísima sabiduría.

Académicamente hablando, es Diplomado en Psicología y Filosofía Pura y

Licenciado en Filología Inglesa, con una amplia trayectoria de publicaciones,

tanto en prensa y revistas como novelas de índole histórica, además de haber

trabajado en radio y dirigido el canal on­line Literalia.tv.

Estamos encantados de mostrarles esta entrevista, disfrútenla.


ENTREVISTA a Ignacio Merino

¿Qué es la Historia?

En sí misma una herencia, creo yo: el patrimonio antropológico de una

comunidad que a modo de legado de los antepasados contiene diversos bienes

y riquezas junto a pérdidas, ganancias y hasta deudas. Incluye hábitos y

costumbres, cierta forma de ser y de sentir, arquetipos lingüísticos y culturales,

símbolos e iconos comunes, viejos palacios, catedrales... Pero esto no sería más

que una testamentaría fósil, de piedras y documentos, como quiso verla el

Positivismo decimonónico, si no añadiéramos otros valores intangibles pero

igualmente importantes e incluso cuantificables. Un pueblo, una ciudad, una

provincia, una región, una nación de pueblos, un continente de naciones,

tienen su pequeña y gran historia. La Historia aporta identidad, épica en la

formación de la psicología común, mentalidad, arte, literatura, técnica, etc.

Como abstracción podría ser una matrona fecunda y magnánima, parecida a

esas esculturas romanas de las diosas que suelen verse en los frontispicios de

las Academias; entidades superiores e inalcanzables para el ser humano

aunque estén formadas de su misma esencia; madres nutricias que acogen en

su seno a los humanos para fomentar su evolución, protegiendo con sabiduría

más que guiando, pues sólo la luz de la inteligencia puede alumbrar el incierto

camino del futuro. Digamos, ya de una vez, que esa frase que dice “Quien no

conoce su Historia está condenado a repetirla” es una solemne majadería

basada en un artificio del lenguaje y una falacia de la realidad pues, ay de

nosotros, cuántas veces habremos repetido aquí y allá idénticos errores, no por

conocidos menos evidentes.


Como disciplina entraña el estudio reposado de lo que sucedió e hizo que los

tiempos evolucionaran y cambiaran. Logro difícil, ya sabemos, que pocos

estudiosos alcanzan y aun así, como dijo el maestro John Eliot, sólo como

chispa o fogonazo de lo que de verdad ocurrió. Porque la Historia entraña

muchos vectores antropológicos, económicos, político­sociales y de otra

índole, aunque siempre ha habido un Heródoto equilibrado frente a un Polibio

enardecido, un Tucídides que consigna frente a un César que publicita, un

Sánchez Albornoz erudito y cascarrabias frente a un Américo Castro cirujano

con espíritu de autopsia que sólo ve lo grosero, lo que queda del cadáver.

Como afición, la Historia suele significar pasión, pues es la auténtica parábola

que nos enseña a través de mil bocas. Es como un friso extraordinario en el

que zambullirse, un océano cuajado de tesoros. Viajar por la Historia, de la

mano de una pluma amena, constituye un placer exquisito reservado a

paladares enseñados, pero cualquier libación hecha con tino gusta y hasta

arrebata al común de los mortales, como el buen vino. Y como éste despierta

emociones latentes, obliga a aspirar a más, adorna los sueños, proporciona

argumentos, presta brillantez al discurso social si se maneja bien. Y además de

enseñar, pues ellos fueron como nosotros somos, hace disfrutar de lo lindo.

Como crónica, finalmente, es lo que es, una larga consignación de las mayores

lacras humanas: ambición, envidia, crimen, latrocinio, codicia, opresión...

junto al libro áureo de las hazañas humanas en las que brilla la mejor

condición, el afán de superación, la justicia, el heroísmo, la reconciliación, la

largueza y hasta la arquitectura, por decir sólo una de las expresiones más

genuinas desde que la especie salió de las cavernas y comenzó a construir

templos, palacios y ciudades junto a los grandes ríos.


Ignacio, tú eres un apasionado del estudio de nuestro pasado, y es que

ese seguir el hilo desde nuestro presente hasta lo que ya sucedió, años,

siglos, milenios atrás, en nuestra geografía y en las restantes, es

verdaderamente trepidante, ese descubrir de dónde venimos y poder

llegar a entender dónde estamos y el porqué. Sin embargo, y ahí lo más

emocionante de todo, la ruta hacia nuestro pasado no es una autovía en

línea recta, sino un sendero tremendamente estrecho y sinuoso donde

hay más oscuridad que luz. Cuántos de nosotros se habrán dado cuenta,

estando presentes en un suceso que luego difundió la prensa, por

ejemplo, que de lo que se escribió sobre ello a lo que uno vio con sus

ojos, había un sesgo, o un añadido, tan grande, que parecieran dos

realidades distintas. Sin meternos en política, de momento, o al menos

no del todo, ¿cómo se enfrenta el historiador a la búsqueda del suceso

verdadero?

Yo no diría que es un sendero tremendamente estrecho ­tal vez estuvieras

pensando en algún suceso concreto­ sino un amplio continente con parajes

bien conocidos, otros por explorar y muchísimos sólo parcialmente. Lo bueno

del progreso es que vamos acumulando conocimiento y de esta manera cada

día disponemos de más datos y sabemos más del pasado. Aun así, ya lo he

dicho antes y cualquiera con gusto por la Historia lo sabe, no es fácil

‘aprehender’ el sentido total de un periodo o un hecho importante.

Personalmente creo que la interpretación psicológica ha aportado una gran

herramienta al estudio de la Historia. El análisis materialista del marxismo se

queda corto, en mi opinión, lo mismo que los principios del estructuralismo y

no digamos del positivismo con anteojeras. La Escuela de los Anales nos

enseñó que ‘la mentalidad’ era una fuerza invisible que guía a pueblos enteros.

Carl Gustav Jung lo confirmó con su espléndida definición de Lo Inconsciente

Colectivo. El afán de poder, como nos recuerda Adler, es una pulsión aún más


fuerte que el sexo o el afán de riquezas, aunque todo pueda llegar a mezclarse.

Y la opresión de las élites dirigentes sobre la masa trabajadora, tampoco es

suficiente para explicar la vitalidad del fenómeno histórico.

La Política, que es el arte de lo posible, debe estar fuera de la Historia como

lente correctora, todo lo más como frontón que dé impulso a la pelota del

historiador, como referencia o marco en el que desarrollar los fenómenos para

entender, en ocasiones, su mecánica.

Siguiendo con la búsqueda de lo cierto, hay una frase de Napoleón, que

leí recientemente, aunque claro, en realidad no sé si la frase será suya...

pero igualmente nos sirve para seguir: “La Historia es un conjunto de

mentiras pactadas sobre las que hay un consenso general”. Esto es algo

que me resulta apasionante, porque ciertamente el escenario político

desde el que el historiador narra la Historia es limitante. Una pregunta

curiosa me asalta sobre esto: ¿En qué momento de la Historia crees que

se escribió más verídicamente la Historia? Y también región geográfica.

Puede que la frase sea de Napoleón, no sé, dijo muchas majaderías el gran

vanidoso (como “resistir es vencer”, por ejemplo, otra perla del gran

perdedor/destructor). Creo que es una boutade, una verdad a medias

[considerando que fuera de comienzos del siglo XIX]. La Historia no se pacta,

simplemente ocurre. Que las fuerzas dominantes de un periodo la maquillen,

por supuesto, pero luego llegan otros que le quitan los afeites y hasta le

pueden poner otros peores hasta que un tercer contingente, más científico y

neutro, lo restaura a su aspecto original. Te pondré un ejemplo que se me

ocurre: la rebelión de Hermenegildo, el hijo de Leovigildo. En mi generación

se estudió como un mártir del catolicismo, por oponerse a su padre el arriano

Leovigildo, quien ordenó su decapitación. La España católica ha mantenido el


mito durante siglos, pero los estudios sin sesgo han puesto las cosas en su

sitio: Hermenegildo, que era el hijo amado de Leovigildo en quien iba a

confiar el reino unido de Hispania junto a su hermano Recaredo (sí, la España

que nace como estado hace casi mil quinientos años, con capital en Toledo y

con la forma de gobierno de una monarquía hereditaria y protofeudal), era

duque de la Bética, adorado por los sevillanos, un joven veinteañero que se le

subió el poder a la cabeza y quiso formar su propio reino alzándose contra su

padre. La conversión al catolicismo fue más una excusa que una razón para la

rebelión, aunque la apoyaron de forma fanática su tío San Leandro (hermano

de su madre) y su mujer Ingunda (princesa gala ultracatólica). Se unió a los

bizantinos del Levante, al rey suevo de Galicia y al rey merovingio para

arrebatar el poder a su padre, pero éste lo venció en sucesivas campañas. En

nombre de su padre, Recaredo le ofreció el perdón si desistía, pero el

testarudo Hermenegildo no quiso, no cejó y su delito de lesa majestad le costó

la cabeza. Tiene gracia que fuera Felipe II, quien también tuvo un hijo que se

le rebeló y un padre que le obligó a casarse con quien no quería, quien pidiera

al Papa su canonización; pero así es el fanatismo religioso, ciego y contumaz

como sabemos. El caso es que hoy la historia de Hermenegildo se conoce

perfectamente, sólo hay matices en los que los especialistas disienten, pero no

son cosa que empañen la verdad.

La cuestión es que hoy se puede ­y se debe­ llegar a la verdad de muchas

cuestiones históricas. Siguen las trincheras políticas y religiosas pero ya no

pueden contra la libertad de estudio y publicación de la Historia. Hay

muchísimos ejemplos más, claro está, lo que nos lleva a otra frase tan manida

como estúpida e incierta: “La Historia siempre la escriben los vencedores”. A

menudo ha sido así, pero ya no. Los vencedores escriben su historia y los

perdedores la suya. En medio, se escribe la más real y objetiva. Un ejemplo

paradigmático es la historiografía sobre la II República española y la Guerra


Civil del 36.

En cuanto a qué período es en el que mejor se escribe la Historia, el actual sin

duda. Y los ingleses y también en parte los norteamericanos (los del circuito

universitario, me refiero) siguen siendo los grandes maestros, por sus sistemas

universitarios más que nada, pero eso no quita para que haya grandes

historiadores en todos los países de la Europa occidental. Del resto, la verdad,

no sé decirte.

Puedo decir tranquilamente que soy un enamorado de Harnold Hauser,

su Historia social de la literatura y el arte me abrió tanto los ojos que

creo que aún los tengo como platos. Me descubrió la enorme conexión

entre política, economía y arte, que venía a ser cómo absorbemos nuestro

entorno, llamémosle el input, y luego cómo lo representamos mediante el

arte y nuestra vida en general, llamémosle el output, habiendo enormes

paralelismos entre artes muy distantes tanto en tiempo como en lugar,

porque con inputs similares suceden outputs casi idénticos. Ignacio, ¿la

Historia se repite una y otra vez? Para extenderte ad líbitum sobre

grandes y pequeñas repeticiones históricas...

No, lo he dicho arriba, no lo creo en absoluto. Se repiten errores y hasta

triunfos, claro pues ésa es la condición humana y unas generaciones pueden

caer en parecidas trampas que las anteriores, pero no creo que la Historia sea

un resultado automático, autónomo de la libertad sino el resultado de la

capacidad creativa del ser humano, unas veces limitadita sí, pero otras

asombrosa. En lo que sí creo es en ‘las rimas’ de la Historia, como lo ha

llamado recientemente una autora. Por ejemplo, la Restauración de Alfonso

XII el Pacificador en 1874 y la de Juan Carlos I el Demócrata en 1975. No sé,

es posible que la Historia sea también un fenómeno psicológico que tiene su


propio biorritmo, al margen de la voluntad humana, lo que explicaría las

modas, por ejemplo. En este sentido, me permití trazar una parábola que me

interesó mucho: mientras investigaba y me documentaba para mi libro Elogio

de la Amistad, me di cuenta de que el propio concepto y vínculo amical

variaba según los periodos históricos, con parecida evolución a la mentalidad

de cada época. Esto me llevó a pensar que podría haber una fuerza psicológica

reguladora ­como factor del gran impulso inteligente que ordena todo lo que

existe­ que encauza de alguna manera la Historia, que coordina sus muchas

notas, digamos, en un pentagrama coherente que produce una melodía, más o

menos agradable, más o menos compleja.

Vamos a derivarnos hacia la literatura, hacia la novela como vehículo de

mostrar nuestro pasado. La novela histórica es un género que llama

mucho mi atención, porque es una buena forma de contar lo ocurrido,

pues mediante la tensión de una intriga hace que el lector no abandone a

las primeras de cambio... también hay que tener cuidado con lo viciada

que pueda estar, la realidad sucedida, en manos y en favor de la ficción, y

siguiendo con aquello de la novela como vehículo de mostrar nuestro

pasado, nos encontramos con novelas, poemas y dramas de la

antigüedad, que son ahora fuente de la que descubrir el pasado. ¿Qué

novelas históricas contemporáneas, y qué textos del pasado, te han

ayudado más para escribir tus propios textos? Seguro que has tenido que

bregar muchísimo con algunos de ellos para sacar hechos fidedignos,

cuéntanos sobre ello por favor.

Ah, la novela histórica, cuánto vilipendio ha sufrido en sus carnes. Y todo por

meter en el mismo saco lo que es y lo que no. Convendría aclarar, aunque

estoy seguro de que tanto tú como los buenos lectores sabéis bien, que hay

mucho libro ‘de género’ que no es histórico sino novela de intriga con disfraz.


El disfraz puede ser la opulencia de un escenario histórico conveniente o el

apenas disimulado propósito de vender cuanto más papel mejor, como si el

autor llevara una escueta máscara de carnaval sobre su casero disfraz de

enfermera o senador romano. Hay muchísima morralla como todos sabemos y

también alguna novela de intriga con fondo histórico brillante. De hecho,

muchas de las grandes novelas (Guerra y Paz, por ejemplo) son ‘históricas’

porque describen con precisión una época.

Hay autores que me han fascinado desde muy joven y por quienes siento

gratitud y deuda, como Marguerite Yourcenar o Stefan Zweig, pero también

hubo otros que me inclinaron por la novela descriptora de una época que no

son considerados autores de novela histórica, como Scott Fitzgerald, por

ejemplo. Lo estudié en la carrera, leí The Great Gasby y fue como una

iluminación. Hasta entonces yo apenas leía novela. No me interesaba la

ficción, con lo real tenía más que suficiente: crónicas, biografías filosofía,

sociología, antropología... Con Fitzgerald me di cuenta de que en la novela

cabía todo, que la cuestión era ser capaz de enhebrar una historia y bordar

sobre ella lo que te diera la gana sin caer en el exceso. Fue cuando empezó mi

largo camino hacia la novela, que más que a la ficción en sí, que sigue

aburriéndome, es hacia el relato verosímil, que el lector lo haga suyo como

real. El ejemplo más acabado para mí es Bomarzo, de Mujica Laínez, un relato

esplendoroso de aquel extraño duque Orsini que construyó la villa más

alucinante y surrealista de Italia en pleno Barroco. En esta obra

extraordinaria, y tocho como casi todas las buenas, se mezclan con deliciosa

armonía un lenguaje maestro y cautivador, la reconstrucción histórica precisa,

la exquisitez del escenario más su contrapunto lóbrego y la intriga necesaria

en cualquier historia.

De niño leí mucho El Príncipe Valiente y hasta me tragué más de un Walter


Scott, pero la entrega vino luego. Amo la novela histórica, aunque ahora

menos, tal vez porque haya saciado en parte mi sed por el pasado. Y he escrito

unas cuantas. Al principio me guiaba un objetivo inconsciente por redimir

perdedores, reivindicar y sacar a la luz de las candilejas personajes que

tuvieron las riendas de la Historia en la mano y luego las perdieron,

protagonistas victimados y condenados después al limbo de lo secundario.

Puede que ese propósito tan quijotesco y español, que fue pulsión incontrolada

y tal vez poco recomendable, también se me haya ido pasando con la edad, de

hecho es así, pero de esta manera nacieron en la década anterior las biografías

noveladas de El Empecinado, Leonor de Guzmán, Juan de la Cosa y Serrano

Súñer y las novelas históricas El Druida Celtíbero y Alma de Juglar. En estas

dos preferí la técnica, más libre, de personaje central de ficción en medio

histórico estricto. En ambos libros, publicados en 2009 y 2011, quise narrar el

aprendizaje de un chico que en principio estaba destinado a ser un perdedor

pero que con su esfuerzo, coraje e inteligencia se erguía sobre el destino y

conseguía una vida incluso superior a sus propósitos. Ambos protagonistas,

Asio y Diego, conocen la ascesis de la persona que se cultiva y asciende en el

mundo por sus propios méritos, pero siempre fieles a su verdad, a sus

principios, que en ambos, y sin que me lo propusiera conscientemente,

basculaban sobre el rechazo total a la guerra como pasatiempo.

Asio es un joven arévaco, lo que me permitía describir y fantasear sobre los

celtíberos, pero también indagar y expresar cosas asombrosas y ciertas sobre

aquellos pueblos que vivían en la Península antes de que cartagineses y

romanos trajesen su enfrentamiento al solar spanio. Todo lo que hace Amílcar

en el libro es cierto, pero mi descripción como un anciano pervertido que goza

azotando al hermoso caudillo celta, es de mi cosecha. El hecho de adjudicar a

Asio un padre natural espartano que vive en Ampurias me permitió hablar de

las diferencias entre la mentalidad helénica y la celtíbera, y al mismo tiempo

colocar a este hijo bastardo de un linaje arévaco como un desclasado que sufre


la ignominia de una sociedad hipócrita y es capaz de enfrentarse a ella. La

descripción del rito de iniciación de su hermanastro, el príncipe Giscón, como

consagrado al régulo Istolacio, era algo que siempre quise escribir: una

ceremonia celta a la luz de la luna en un claro del bosque, una iniciación en la

que los hongos y brebajes de los druidas conseguían un potentísimo efecto de

‘trip’ en el recipiendario. Me lo inventé todo, por supuesto, pues no hay

testimonios directos de tales ceremonias, que yo sepa. Cánticos y plegarias

incluidos, la forma en que se administraban las drogas y el obligar al iniciado

a cabalgar completamente alucinado sobre un toro de piedra. Pero el relato

debía poseer tal grado de verosimilitud que me escribió un profesor de

Universidad (creo que de antropología), muy correcto y admirado,

preguntándome las fuentes en las que me había inspirado. Tuve que

contestarle que para encontrarlas tendría que abrirme la cabeza.

Y esta es la cuestión fundamental: verosimilitud. La novela, como el cine, se

basa en un artificio tácito entre autor y lector/espectador que se acepta con

naturalidad. Lo que sucede en la pantalla o en el libro es verosímil y por tanto

cierto, aunque sea una reconstrucción artística con mucha tramoya. Y lo es en

la medida en que la imaginación lo reconoce como tal. Podríamos decir, para

entender la naturalidad con el que el ser humano acoge la representación de

una realidad posible, que la capacidad de fabular y viajar por mundos

imaginarios es como el principio básico de la mecánica cuántica que nos

enseña la certeza de mundos paralelos que no vemos en la plana realidad.

Que una novela histórica enganche dependerá, pues, tanto de un estilo

depurado de escritura como del grado de verismo. A mayor grado, mayor

interés. ‘Las Memorias de Adriano’, por ejemplo, tienen un sustrato

absolutamente verídico, un aliento verosímil, un entramado histórico­lírico

capaz de emocionarnos y hasta trastornarnos por su intensa belleza. Este es


uno de los títulos que más influencia ha ejercido sobre mí. Lo leí en español,

en la inmensa traducción de Cortázar y luego tuve ocasión de leerlo en francés

(durante un viaje por Francia en los años 70) y en inglés (durante un verano

en Cambridge en los 80). En las tres ocasiones me estremecí de la cabeza a los

pies y lloré bastante. Confieso que la figura del emperador filósofo (y no me

refiero a su ahijado Marco Aurelio), de origen hispano, helenista, esteticista,

pacificador y honesto, siempre me fascinó como el verdadero ejemplo de

Príncipe, y no el retorcido hijoputa que pretende el adulador Maquiavelo

cuando ofrece el modelo a Il Magnifico para que lo perdone, fijándose al

parecer en Fernando el Católico, lo que significa que el avieso florentino

conocía mal al rey catalano­aragonés, pues junto a su habilidad diplomática y

frialdad política, aquel ilustre hijo del Renacimiento tuvo unas miras

superiores que permitieron que su reinado, junto a su inteligente y genuina

esposa, fuera un prodigio cultural y un modelo en la consecución de un Estado

unido sobre bases muy dispares [junto a otros grandes abusos y desgracias,

naturalmente], igual que Adriano, por cierto. Pero la guinda del pastel de la

Yourcenar, el postre exquisito al rico manjar que nos ofrece, es la

aproximación al muchacho bitinio, el ser angelical y bellísimo por el que

Adriano hubiera rendido el mundo y que prefirió por ello quitarse la vida no

fuera a estorbar el designio magnífico del amado. Un personaje que siempre

me estremece cuando lo invoco; no hay mayor ejemplo de entrega, aunque

fuera errada y dolorosa como un estilete directo al corazón.

Creo que me he emocionado en esta pregunta y me he alargado demasiado, lo

siento.

Nada que disculpar, gracias a miles por la extensión, las explicaciones y

por todos los apuntes históricos que nos muestras Ignacio, es un placer la

verdad. Me interesa mucho el concepto de verosimilitud como lo has


comentando, ese poder narrar verosímilmente sucesos que no hayan

sucedido más allá de nuestra imaginación pudiendo pasar por reales, en

cuanto a que sucedieron en un tiempo y en un lugar, cuando no fue así.

Es para tener muy en cuenta, tanto en periodismo, como en la recreación

de la Historia, como en el mismo día a día... lo dejo aquí como un simple

subrayado y me voy directo a tu literatura: Serrano Suñer, historia de una

conducta, con Planeta, en 1996. Tu primera publicación, ¿cómo fue el

proceso de publicación y qué supuso para ti? Creo que fue bastante

conflictiva, que tuvo muchas idas y venidas de opinión.

Tu pregunta tiene dos partes, así que empezaré por la primera. La

verosimilitud es la clave de la novela realmente histórica. Para empezar, y

aunque introduzcamos personajes o elementos de ficción, el entramado debe

ser verídico, contrastado y documentado. Pero si buscamos ‘narrar’ una

historia dentro de la Historia, debemos aportar algo más que la escueta

relación de documentos, piedras mudas y cronología. La Fenomenología nos

enseñó que la Historia tiene ‘espíritu’, vida propia y hasta sus leyes, las

comprendamos o no, la Escuela de los Anales enriqueció la perspectiva con los

distintos enfoques que debe tener la narración histórica y, por fin, el

postmodernismo llegó a la conclusión de que no se podía comprender la

Historia si no introducíamos la visión de la vida cotidiana y la psicología

humana. Lo verosímil son los trajes que ponemos a lo Veraz para que salga a

escena y no esté desnudo. Y ahí radica el arte de la novela histórica.

Con el primer libro que publiqué, el de Serrano, seguí este criterio y al

resultado lo llamé biopic. En 1996 el término no se había hecho aún popular y

la mayoría de los críticos lo adoptaron. Se trataba de una novela biográfica y,

como reproducía situaciones de hacía 50 años y ya muy superadas

(afortunadamente) se trata desde luego de una novela histórica. Resultaba

curioso que un antifranquista redomado como yo, que había sufrido cárcel a


los 18 años por luchar contra la dictadura (1971) me descolgara con un libro

sobre este señor. También fue muy curioso que entre la sorprendente buena

acogida general, los más entusiastas fueran precisamente gente de izquierdas,

empezando por Paul Preston que prologó el libro. Lo que ocurrió es que conocí

a Serrano durante mis estudios diplomáticos, fui a entrevistarlo y surgió el

flechazo, jajaja, vamos que nos caímos tan bien que me convertí en su

confidente. Entonces él tenía 89 años, estaba perfecto de cabeza, y tuvimos

muchísimos encuentros hasta que cumplió 100 y lo celebramos él y yo solos en

los jardines de su casa malagueña donde me invitaba una quincena todos los

años. Tras seis años de continuas conversaciones, me decidí a escribir el libro.

Ya tenía, pues, la primera condición objetiva para mi tarea: conocer a fondo el

personaje y su contexto (me empapé, por supuesto, de bibliografía). Cuando

lo llevé a Planeta lo quisieron publicar de inmediato como primero de la

colección La España Plural, aunque la cosa sufrió un montón de incidencias

hasta que salió y lo presenté en el Palace de Madrid junto a Umbral. De todos

modos esto se cuenta perfectamente, y con bastante humor debo añadir, en la

nueva versión que he publicado en diciembre del año pasado, mi

vigesimotercer libro y último de momento: Serrano Suñer: Valido a su Pesar

[La Esfera de los Libros].

Pero eso es lo bueno de la novela: podemos ampliar la verosimilitud mediante

escenas y subtramas del argumento principal, es decir que tenemos la

posibilidad de enriquecer la percepción que existe sobre un periodo histórico.

Aquí estamos hablando de una divulgación digna, no de erudición historicista

claro. Y esta capacidad que tiene la novela, o el cine, de ‘ponernos en

situación’ representa una herramienta muy valiosa para el autor, pero también

peligrosa. Se necesita mucha agilidad y conocimiento. Es como si quieres

hacer un documental sobre la mafia; no hace falta que hayas estudiado cinco

años sobre ello, pero sí documentarte bien, ‘empaparte’, captar la mentalidad,

entender el ambiente, conocer las costumbres, la jerga, el modo de hacer y,


por supuesto disponer de una visión panorámica sobre el contexto social,

político y económico. No es fácil escribir Historia, no, ni tampoco armar una

novela histórica, aunque está mal que lo diga alguien que lo ha practicado a

fondo. Lo que quiero decir es que hay que ser extremadamente cuidadoso.

Saberse muy bien el tema para poder jugar con él.

Eso es precisamente lo que me ocurrió con Historia de una Conducta.

Creo que la primera vez que te leí fue en la revista Historia y Vida, has

trabajado mucho para diferentes publicaciones y además has estado en El

Mundo, en radio también, y fundaste un canal on­line de literatura,

Literalia.tv, entre otras muchas facetas, pero siempre con el estudio de la

Historia y la literatura como centro. Me gustaría saber un poco sobre

cómo fueron tus sensaciones en estos diferentes medios, ¿nos harías una

breve Historia de tus sensaciones en estas vías de divulgación?

Es cierto que las sensaciones son distintas, incluso entre la Literatura y la

Historia, como es obvio. La más excitante es la radio, sin duda. Hay algo muy

erótico en tener esa alcachofa cerca de los labios y saber que a través de ella

alguien te escucha, que ese ‘alguien’ puede ser una mujer madura, un hombre

viajando, personas distintas, incluso gente que te conoce. Dispongo

afortunadamente de una voz ad hoc, bastante persuasiva, con la que me gusta

jugar. También me encanta la mezcla de libertad y decoro que exige la radio,

lo mismo que la televisión, lo que ocurre es que en la tele se ponen en juego

más elementos y cuando se habla de Historia de alguna forma y sin quererlo te

acabas envarando. Escribir temas históricos es un placer solitario. La forma en

que yo lo hago, tratando de descubrir las motivaciones psicológicas, te coloca

en una posición de ventaja porque, lo mismo que el arqueólogo apasionado o

el investigador, crees en tu trabajo, en tus posibilidades, tienes expectativas

ciertas de llegar a conclusiones propias que no tienen por qué ser la bomba


pero sí aportar alguna luz nueva. La novela histórica es un arma de doble filo:

emociona tratar con materiales auténticos, pero tienes que ser

extremadamente cuidadoso con la inserción de ficciones y a veces el trabajo es

muy laborioso. Hay que conservar la cabeza fría para que el cronista no

devore al escritor ni el fabulador se suba a la grupa del amanuense. Es un

trabajo combinado de abogado, fiscal y juez, con el toque de un hábil

secretario que debe saber consignar con soltura el meollo de la cuestión y sus

distintas capas.

Lo mejor es, sin duda, la ficción escrita, cuando trabajas en buenas

condiciones y la inspiración se convierte en una comunicación fluida con

algún sutil departamento cerebral que te va dictando, a veces tan deprisa que

no te da tiempo a poner todas las notas, como decía el doliente Tchaikovski.

La otra cara es muy cruda: cuando no puedes establecer comunicación

despejada, cuando lo que escribes no sale del tabernáculo sino de las capillitas

laterales del cerebro y resulta que luego te parece flojo, odioso, inmundo,

ridículo, excesivo, pobre o absurdo, según los casos. Lo mejor en esos casos es

poner la cabeza debajo del grifo de agua fría, servirte un whisky doble o

cocinar algo complicado, por ejemplo y después, como quien no quiere la

cosa, volver al tajo. El oficio de escribir, o el de hablar para el público,

requieren entrenamiento y técnica. Es como interpretar música en un

instrumento, hay que currar a tope para sacar lo mejor del instrumento, de la

partitura y de ti.

Estás preparando El rumor de la Verdad, y ya sólo desde el título y con lo

que comentas en tu biografía para la revista (Una Historia de España a

través de símbolos e imágenes), promete muchísimo. ¿Nos anticiparías

un poco sobre este nuevo trabajo?


Lo hago encantado porque no es secreto y me está apasionando, la verdad.

Fue una propuesta del editor de Ariel que hemos ido ahormando. Trata de

símbolos e imágenes que forman parte de este país, unos evidentes y otros

apenas reconocidos. Tirando del hilo de cada uno explico el contexto histórico

desde una perspectiva original, más psicológica. Ya he encontrado verdaderas

maravillas como el Octógono Andaluz, por ejemplo, que se remonta a

Tartessos, o la Niña Bonita que fue la representación de la I República antes de

llegar a simbolizar el número 15. Firmé el contrato en marzo y comencé

diversos enfoques hasta que di con el actual: un estilo culto –con perdón­ pero

desenfadado, con rigor pero con humor, agradable de leer y que aporte

conocimiento lo menos prescindible posible. El libro saldrá en 2015.

Para cerrar la entrevista Ignacio, ¿cuáles crees que serán los hechos de

nuestro tiempo que más se destacarán cuando ya seamos Historia?

Me gusta poco hacer previsiones o adivinaciones tanto en Historia como en

Política o Economía; todas fallan o no tienen en cuenta factores que aparecen

después de la previsión. De todas formas creo que los temas actuales se

concentrarán más en los fenómenos que en las personas, ya se ha acabado el

tiempo de las grandes figuras en el espacio público, salvo excepciones como el

Papa Francisco, por ejemplo, pero es que la Iglesia Católica es aún una

sociedad bajomedieval de organización cesárea y obediencia feudal. Se

resaltará, naturalmente, la Primavera árabe, con el fin de los regímenes laicos,

de falso socialismo, basados en el dominio de un clan como Irak o Siria y lo

que venga. El resurgir del yihadismo se verá a la luz de un grandísimo error de

finales de los 70 y principios de los 80, que fue el apoyo a Jomeini por parte

de los intelectuales de izquierda, esencialmente franceses. Yo no puedo olvidar

la imagen de mi admirado Foucault (admiración bastante crítica, por otra

parte) hablando en su favor y pidiendo su instalación en Irán. Se verá el


declive de la potencia USA como gendarme del mundo, afortunadamente,

aunque el proceso aún será lento. El principio del siglo XXI, las dos décadas

primeras al menos, pasarán como un tiempo de confusión civil y psicológica,

una especie de resaca del postmodernismo alegre, los regímenes comunistas

del Telón de Acero y una búsqueda más sosegada de un modelo de

convivencia social más tolerante hacia las minorías. La era del consumo se

diversifica y se vuelve cada vez más sofisticada, pero la conciencia ecológica

avanza y ya nadie intenta contaminar impunemente. Hace cien años acababa

la Belle Epoque en un conflicto provocado por el conflicto tajante entre una

oligarquía aristocrática con afanes imperiales y unos movimientos de masas

que exigían la participación de primer rango en la Historia. Hoy no es igual, a

pesar de lo que digan. La crisis es de conciencia y de convivencia entre

distintas sensibilidades. Las guerras son exocéntricas, las instituciones

mundiales pesan cada vez más aunque la ONU siga siendo en gran parte

inútil. En fin, que es muy difícil decir qué les va a interesar en el futuro, más

allá de lo que leemos a diario en los titulares de prensa, pero tal vez sea

porque lo más importante quede fuera de esos titulares y sean cosas que

atañen a la evolución y revolución de la persona y de la mentalidad de las

comunidades.


COLABORADORES

Jorge Rodríguez Hidalgo

Jorge Rodríguez Hidalgo (Cornellá de Llobregat, Barcelona, 1961) es Licenciado en

Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona. Ha colaborado en

diversos medios de comunicación barceloneses y madrileños, labor que ha alternado con

quehaceres editoriales. En el ámbito de la literatura, ha publicado los poemarios

Humanódromo (Barcelona, 1997) y La sobriedad de la distancia (Madrid, 2004). En la

actualidad, prepara en el mismo género las obras Suma de desmesuras. Paisajes con

derrotas y El revolt i la memòria, este último escrito en la bella llengua catalana, como le

gustaba decir a Cervantes. Rodríguez Hidalgo ha cultivado también la novela con La última

vuelta del perro (Zaragoza, 2007). En el sufrido terreno de la traducción, ha vertido al

castellano la obra francesa Brasil (Barcelona, 1999), texto a cuatro manos de Isabelle

Maltor y Monique Badaró­Campos. Por último, ha traducido al gran autor ampurdanés

Josep Pla en Diccionario Pla de literatura (2001), según la compilación del mallorquín

Valentí Puig, y La Segunda República española. Una crónica, 1931­1936 (2006).


Franco Chiaravalloti

Franco Chiaravalloti (Buenos Aires, 1979). Estudió publicidad, corrección de estilo, teoría

de la literatura. Vivió en Inglaterra, Argentina, Italia, Kenia. Viajó por Mongolia, India,

Siberia o Japón. Trabajó de profesor de castellano en África y en Londres, también hizo de

encuestador callejero, de publicista, de repartidor de pizzas, de corrector de estilo, de

empleado aeronáutico, de columnista radial, de copy creativo y de muchas otras cosas. Ha

coordinado proyectos para editoriales como Planeta o Círculo de Lectores. Ha publicado el

libro de relatos Como un cuentagotas que se presiona suave, muy suavemente (Hijos del

Hule, 2009) y la novela corta Volveré mil veces (Pulso, 2014). Hoy es escritor y profesor de

cuento en la Escola d'Escriptura del Ateneu Barcelonès y escribe artículos en las

publicaciones digitales Revista de Letras y Pliego Suelto.


Jesús Esnaola

Jesús Esnaola Moraza (Donostia 1966), vive en Hospitalet de Llobregat donde ha

desarrollado su breve carrera literaria. Ha participado en las antologías PervertiDos

(Traspiés), Mar de pirañas (Menoscuarto), Una navidad de muerte (Origami) y DeAntología

(Talentura), además de ser incluido en una breve selección de escritores actuales de

microrrelato realizada por Gemma Pellicer y Fernando Valls para la revista Confluencia de

la Universidad de Colorado. Publicó su primer libro de microrrelatos, Los años de lluvia, en

2012 en la editorial sevillana Paréntesis. En la actualidad trabaja en su segundo libro de

microrrelatos.


Jordi Corominas

Jordi Corominas (Barcelona, 1979) es una de las voces más innovadoras y poliédricas del

actual panorama español. Autor de más de una decena de libros, ha cultivado géneros bien

distintos. Ha publicado tres novelas, dos en catalán y una en castellano, entre las que

destaca José García. Es considerado un ensayista de prestigio, con obra publicada tanto en

Italia (Macrina la Madre, 2005) como en castellano, idioma de su esperado “Barcelona

1912: El caso Enriqueta Martí”, que verá la luz en otoño de 2014. Asimismo Corominas es

reconocido internacionalmente como poeta. Mediante su proyecto Loopoesía ha roto el

muro de la solemnidad del verso para acercarlo al público con una propuesta que mezcla

recitación en directo, mezclas musicales, audiovisuales y escenografías hasta crear desde lo

diverso una unidad absoluta. Entre sus poemarios más destacados figuran Paseos

Simultáneos (Vitruvio, 2010), Oceanografías (Vitruvio, 2012) y la trilogía de suites

loopoéticas publicas en Versos y Reversos: El gladiador silenciado, Los lotófagos y Al Aire

Libre. Corominas desarrolla una importante labor de crítica literaria y social en varios

medios, entre los que cabe mencionar Radio Nacional de España y eldiario.es. Entre sus

próximas publicaciones figuran la traducción de los poemas de Jean Cocteau al castellano,

el ensayo ya mencionado sobre Enriqueta Martí y el próximo poemario de Loopoesía, que

se centrará en la idea de tiempo y ruina. El teclado es su primera obra teatral.

http://www.corominasijulian.blogspot.com


Carlos Vitale

Fotografía de Ana Portnoy

Carlos Vitale (Buenos Aires, 1953) es Licenciado en Filología hispánica y Filología italiana.

Ha publicado Unidad de lugar (Candaya, Barcelona, 2004), Descortesía del suicida

(Candaya, Barcelona, 2008), Cuaderno de l'Escala / Quadern de l'Escala (fotografías de

Jaume Salvat, ilustraciones de Marc Vicens y prólogo de Carles Duarte, Vitel∙la, Bellcaire

d'Empordà, 2013), Fuera de casa (La Garúa, Barcelona, 2014) y El poeta más crítico y otros

poetas italianos (Emboscall Editorial, Barcelona, 2014). Asimismo ha traducido numerosos

libros de poetas italianos y catalanes: Dino Campana (Premio de Traducción “Ultimo

Novecento”, 1986), Eugenio Montale (Premio de Traducción “Ángel Crespo”, 2006),

Giuseppe Ungaretti, Gerardo Vacana, Sergio Corazzini (Premio de Traducción del Ministerio

Italiano de Relaciones Exteriores, 2003), Amerigo Iannacone, Umberto Saba (Premio de

Traducción “Val di Comino”, 2004), Giuseppe Napolitano, Sandro Penna, Antoni Clapés,

Joan Brossa, Josep­Ramon Bach, etc. Ha participado en festivales, lecturas y encuentros de

poesía en Argentina, España, Venezuela, Armenia, Italia, Suiza, Rumania, Estonia, Grecia,

Bulgaria y Francia. Reside en Barcelona desde 1981.


Abel Santos

Abel Santos (Barcelona, 1976) Criado en ciudades dormitorio del extrarradio, vive en

Cornellá hasta los 15 años. Desde entonces reside en Sant Boi de Llobregat con estancias

breves en ciudades como Madrid o Zaragoza.

Ha publicado los libros de poemas Esencia (Ediciones Az90, 1998), El lado opuesto al

viento (Parnass Ediciones, 2010), Todo descansa en la superficie (Ediciones Vitruvio,

Colección Baños del Carmen, 2013).

Pronto verá la luz una breve antología personal de su obra poética titulada Demasiado

joven para el blues, Antología Personal 1998­2014, con prólogo de Javier Cánaves.

Ha coordinado la antología de poesía de varios autores La casa de los corazones rotos,

donde reúne a 22 poetas a los que admira, entre los cuales se encuentran Roger Wolfe,

Manuel Vilas, Karmelo Iribarren, Ana Pérez Cañamares, Itzíar Mïnguez Arnáiz, el aforista

Ramón Eder, y el cantante, músico y poeta Diego Vasallo.

Ha colaborado en numerosas antologías de poesía y narrativa, entre las que destacan En

legítima defensa, poetas en tiempos de crisis (Bartleby Editores, 2014), con prólogo de

Antonio Gamoneda; y Winnipeg: Poesía Chileno Española Contemporánea (Ediciones

Santiagoinédito, Chile, 2011), donde poetas españoles como Benjamín Prado y Andrés

Néuman, unen sus voces con poetas chilenos como Francisco Véjar para conmemorar el 50

aniversario del Premio Nobel a Pablo Neruda; también ha prologado libros como el I

Concurso de Microrrelatos Lorenzo Silva. Sus poemas han sido publicados en diversas

revistas impresas y digitales. En 2011 fue encargado de prensa y relaciones públicas del I

Festival de poesía y microrrelato: Vilapoética, de la ciudad de Viladecans.


Tras 8 años metido en drogas y alcohol, aunque sin abandonar la escritura, de todo ese

material adverso sale el libro de poemas El lado opuesto al viento, en el que advierte de los

peligros de traspasar ciertos límites.

Sin estudios relevantes y de formación autodidacta, su estilo, claro y afilado, de una lírica

casi en ruinas, trata temas urbanos y cotidianos, aunque casi siempre inclinado hacia un

crecimiento personal.

Él mismo ha bautizado su poética de Realismo Bastardo, que bebe tanto del mundo real

como del mundo poético o más introspectivo, sin una clara escuela o movimiento como

padre definido.

Algunos de sus poemas han sido traducidos al árabe y al inglés.

Desde 2010 administra su propio blog: Demasiado joven para el blues

www.abelsantospoesia.blogspot.com


Beti Mármol

Beti Mármol es el pseudónimo tras el que se esconde una jurista vallisoletana que escribe y

publica en Facebook pequeños relatos sobre cualquier cosa. En tan solo un año, ha

conseguido un grupo creciente de variopintos y fieles seguidores que le animan a seguir

publicando casi a diario. Si aun no le has pedido amistad para poder visitar su muro, ya

estás tardando. https://www.facebook.com/beti.marmol.7


Justo Sotelo

1. Teórico de la Literatura.

Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, por la Universidad

Complutense (2008).

Máster en Estudios Literarios (2009), por la Universidad Complutense.

Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (2011) por la Universidad

Complutense, con la tesis “La semántica ficcional de los mundos posibles en la novela de

Haruki Murakami”, dirigida por los profesores Antonio Garrido Domínguez y Fernando

Rodríguez Lafuente.

Profesor de Literatura en la Universitas Señoribus en los cursos 2008/10, y del Ateneo 1º de

Mayo en el curso 2011/12.

Columnista del Diario Progresista (www.diarioprogresista.es).

2. Novelista y ensayista.

He publicado cinco novelas y un ensayo, así como varios artículos de teoría literaria.

La muerte lenta”. (1995). Ediciones Libertarias, Madrid, 155 páginas.


“Vivir es ver pasar”. (1997). Editorial Huerga y Fierro, Madrid, 220 p.

La paz de febrero”. (2006). Editorial Huerga y Fierro, Madrid, 204 p.

“Entrevías mon amour”. (2009). Narrativa Bartleby, Madrid, 306 p.

Las mentiras inexactas” (2012). Izana Editores, Madrid, 232 p.

El ensayo: “Los mundos de Haruki Murakami” (2013). Izana Editores. Madrid, 329 pp.


Chema Lagarón

Chema Lagarón (José María Lagarón Cabello) nació en Ponferrada, donde vivió hasta los

dieciocho años, se tituló en la Universidad de Valladolid y actualmente vive en Valencia. Ha

vivido en varios países y trabaja como investigador en el CSIC, es profesor en varias

universidades y emprendedor. Chema es nieto de la poeta autodidacta Ponferradina Jacinta

Martínez Fuertes.

En abril de 2012 publicó su primer poemario Diez mil corazones y otras canciones “indie”

no escritas y en 2013 junto a Marcela Lokdos, Poesijazz y otros tangos indies.


Felipe Zapico Alonso

Fotografía de Babel Estudio. Autor Demian Ortiz.

Felipe Zapico Alonso. Mamífero anartista de la camada de 1960.

Tragos, se editaba por parte de Eloísa Otero en 2008 en la colección digital Traviesas de

Poesía; y en 2009 la editorial Eolas editaba Litro de versos, El hueco que me habita en

Banderines del Zaguán 2010, Nanoediciones edita el año 2010 un mini poemario titulado

Engendrando hábito y el 2011 Balances Parciales, en el 2013 Origami se encarga de sacar

El ladrón de peras. Ese mismo año Eolas vuelve a confiar en un proyecto en los que mis

poemas forman un libro unitario con las fotografías de Santos Perandones, Fotomatón.

Como no hay dos sin tres terminamos el año sacando Cosas en Zoográfico, el tercer

poemario del año.

En mayo de 2014 aparece The Bestiario, editado por la editorial digital ebookprofeno, con

100 ejemplares en papel, numerados y firmados.

En estos años he colaborado en prosa y verso en diversas antologías, proyectos conjuntos y

revistas y fanzines: Simpatía por el relato, Vinalia Trippers, El casco, La hamaca de tela,

Voces del Extremo, Poetas del 15M, Aftersun en Pulp Black Box, Gatos y Mangurrias, Esto

no rima, Infierno Suave, Poesía Armilar, Elefante Rosa Fanzine, Revista Ombligo, Alquimia

Tierra, Meando contra viento, La Conserva, El camino del corazón solidario Dos poemas y

un café, Antología Campamento Dignidad Poemas para la conciencia, Voces del Extremo,

Imagina cuantas palabras, Nómadas, Antología JA!MUSEU y Antilogía Dolores de poesía en


los bares.

Paseo por el mundo mirando y esa mirada trato de optimizarla tirando fotos de casi todo lo

que veo, todo lo que miro, lo que observo y por supuesto lo que admiro.


Juan Trigo

Nació el 1 de Agosto de 1982 en Zafra (Badajoz). Pasó su infancia en cuarteles de la

Comunidad Valenciana y después se trasladó de nuevo a Extremadura donde finalizó sus

estudios. Es Ingeniero informático y poeta, de los de la calle, de verso ágil y certero. El

poemario La deuda y la duda (Excodra Editorial, 2014) es su primera obra publicada.


Carlos Esteban Resano Vasilchik

Carlos Esteban Resano Vasilchik. Buenos Aires 22 de octubre de 1956. Vive en Buenos Aires

hasta 1976. Se traslada a Mar del Plata, provincia de Buenos Aires donde estudia

arquitectura. Obtiene el título de arquitecto en 1982 y comienza la tarea profesional. Dicta

cursos de dibujo arquitectónico para la ASOCIACIÓN DE ARQUITECTOS DE MAR DEL

PLATA. Exposiciones colectivas de arquitectura y dibujo artístico. Colaboración con revista

de arte i cultura (INTEGRARTE). Se traslada a Barcelona en 1988. Fija su domicilio en El

MASNOU, província de Barcelona.Desarrollat la tarea profesional juntamente acon la

plástica.Colaboración con publicaciones del àmbito local (Castelldefels) y de Argentina

(INTEGRARTE). Exposición Colectiva EL ARTE EN EL CÓMIC\" en Sant Pol de Mar, Galeria

Sant Pol Art (2003)Exposición Individual restaurant EL BLAU, El Masnou (2004)Exposició

Individual restaurant EL BLAU, El Masnou (2009)Exposició Colectiva \" RECORDANDO A

GENIA\", en Sant Pol de Mar, Galeria Sant Pol Art (2010). Exposición permanente en

Espacio de arte de ARQNOU scp. Exposición Indiv¡dual Sala Leix del Raval, Febrer/2011.


Eli Mora

Eli Mora. Nacida en Barcelona en 1984, licenciada en Biología. En la actualidad se está

perparando para doctorase en biología evolutiva. Fotográfa Amateur des de 2008, ha

colaborado con diferentes revistas y medios de comunicación. Puedes ver su trabajo aquí

www.elimoraphotography.com


Ignacio Merino

Licenciado en Filología y diplomado en Psicología y Filosofía Pura, máster en

Cinematografía e Historia de la Diplomacia. Ha sido jefe de Prensa en la embajada de

España en Londres (1986­88). Corresponsal periodista de United World Press en Praga,

Sofía, Lisboa y Montevideo para The Observer, USA Today y Jours de France (1991­92).

Colabora, entre otros, con El Mundo, El Norte de Castilla y Tiempo. Dirigió en Radio

Intercontinental “Claves de la Historia” y ha colaborado en RNE. Ha sido director literario

de Literalia.tv y presidente­cofundador de Ágora, Agrupación Cultural para el Diálogo del

Ateneo de Madrid.

Obra:

­Serrano Suñer, Historia de una conducta: novela biográfica sobre el enigmático político,

cuñado de Franco e íntimo amigo de José Antonio, todo un descubrimiento personal del

autor [1ª edición, con prólogo de Paul Preston: Planeta, 1996] (agotada); Serrano Suñer,

Conciencia y Poder [2ª edición revisada y ampliada con documentación de los archivos de

Serrano Súñer, editorial Edaf/Aldaba, 2004] (agotada); [traducido al inglés en Amazon].


­Los Dominios del Lenguaje: ensayo sobre los orígenes de la escritura y dos conferencias

más: ‘El Amor en Quevedo y Góngora’ y ‘Visión triple del mito prometeico’ [Editorial SM,

colección Flash, 1999] (descatalogado, no hay edición digital).

­Amor es Rey tan Grande: novela histórica sobre Leonor de Guzmán, la legendaria Favorita

de Alfonso XI de Castilla y fundadora del linaje Trastámara. [Cuatro ediciones: Maeva

2000/2001, rústica, formato grande] (agotadas); [Suma de Letras 2002, bolsillo]

(agotada); [Círculo de Lectores 2003 tapa dura] (agotada); total ejemplares en papel:

28.000; el título está descatalogado en papel, disponible digital en leer­e.

­La Ruta de las Estrellas: novela histórica sobre las andanzas del navegante y geógrafo Juan

de la Cosa, autor del primer mapa del Nuevo Mundo y descubridor de Venezuela. Premio

Nacional de Literatura de Venezuela 2003. [Anaya 2002]; dos ediciones digitales en leer­e y

Punto de Vista.

­Por El Empecinado y la Libertad: novela histórica y biográfica sobre el mítico guerrillero

liberal que combatió a los imperiales de Napoleón y a los absolutistas de Fernando VII; [dos

ediciones en Maeva: 2003 tapa dura/2008 bolsillo) (agotada la de 2003 y disponible la de

2008).

­Sobre Raíles: antología de relatos de 20 escritores que hicieron el viaje del tren

Transcantábrico en su 20 aniversario, [Imagine ediciones, 2003]; el relato del autor es

Poeta de culto.

­Reportaje de la Historia: antología de artículos del equipo de redacción de la separata ‘El

Reportaje de la Historia’ del diario El Mundo, coordinado por Alfonso Basallo [La Esfera,

2004].

­Agosto del 36: crónica periodística de la Guerra Civil. [Tomo 4 del coleccionable de El

Mundo, publicado por Unidad Editorial en 2004].

­Guías de viaje sobre el Mezzogiorno de Italia, Florencia y Toscana, las regiones de Borgoña

y Champaña, Baviera y las ciudades de Atenas, Bolonia y Toro [Anaya, de 2005 a 2013].


­Elogio de la Amistad: ensayo histórico y casuística de amistades. [Plaza y Janés, 2006]

(agotada); edición portuguesa: Elogio da Amizade]; [ edición digital en leer­e].

­El Druida Celtíbero: novela histórica ambientada en el tiempo de la invasión cartaginesa

de Amílcar. Un joven caudillo arévaco renuncia a la guerra y vive una aventura existencial

de intenso dramatismo. [La Esfera de los Libros, 2009] (agotado); versión digital en

Amazon.

­Biografía de la Gran Vía: ensayo literario. Orígenes de Madrid y su emblemática calle.

[Tres ediciones en 2010, Ediciones B].

­Alma de Juglar: novela histórica sobre el viaje iniciático de un pícaro cordobés del siglo XII

que lo lleva al conocimiento de la música, la alquimia, la diplomacia y el trato íntimo con la

reina Urraca de Castilla y León. [Ediciones B, 2011].

­Palabras de Unión. Masonería y Modernidad: ensayo sobre el significado y la práctica de la

Masonería. [Atanor Ediciones, 2012].

­Valido a su pesar: ensayo biográfico sobre Ramón Serrano Suñer, con la perspectiva de los

años de conversaciones personales con él.

En preparación para Editorial Ariel: El Rumor de la Verdad. Una Historia de España a través

de símbolos e imágenes.


Imagen de portada: Carlos Esteban Resano Vasilchik


LA HISTORIA

NÚMERO XX

SEPTIEMBRE 2014

REVISTA EXCODRA

http://www.excodra.com

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