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Formato PDF - Casa de la Danza

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Antonio Monllor (1ª

Antonio Monllor (1ª parte) Por Javier Bagá Por la derecha el cuarto Antonio Monllor y a su izquierda Juan Tena Es todo vitalidad. Su aspecto aniñado esconde una dilatada madurez. Vivió los años dorados del Ballet del Gran Teatro del Liceo, aquellos que lideró Magriñá y que arrastraron a algunos a seguir sus pasos y trazarse una carrera artística. En los años 40 su ansia de bailar le hizo valiente y le ayudó a marcharse hacía un futuro incierto. Pero tenía talento y eso le abrió puertas; puertas que en las posguerras pesaban como lápidas. El no descubrió la danza porque, como dice, la danza ya estaba en él. No fue consciente hasta que un día, cuando tendría unos 5 años, vio una película de Fred Astaire "El sombrero de copa" y se dijo "Yo soy ese. Yo quiero ser eso". A Antonio Monllor no se le puede catalogar más que de personaje entrañable. A los finales de su dilatada y extensa carrera, coincidimos en la Compañía de Ballet del Liceo de Barcelona; eran los años 70. Yo era adolescente y él ya había recorrido el mundo varias veces. En el Liceo pasábamos, con mucho gusto, horas y horas de montajes, clases, ensayos de escena, funciones…, pero siempre había un momento para ir al camerino de Antonio a escuchar sus "batallas". Las contaba sin ostentación, sólo con la ilusión de relatar sus experiencias, transmitiendo emociones, pasando de París a Hollywood, y de New York a Copenhague, eso sí, siempre hablando con magnífico acento en el idioma del lugar que describía y levantándose constantemente para bailar por el camerino las piezas sobre las que hablaba. Era irresistible imitando a Gene Kelly en su inmortal "Singing in the rain", pero emocionaba hablando de Balanchine, Lifar y la Ópera de París. Siempre había una palabra común en sus historias: felicidad. A pesar de que no todo fueron momentos gloriosos en su carrera decía constantemente "he sido tan feliz". Hoy ya después de haber transcurrido el tiempo y viviendo una jubilación "ajustada" sigue diciendo "a pesar de todo soy feliz, no necesito más de lo que tengo porque la vida me ha dado mucha felicidad". Su primer referente fueron las películas musicales, le fascinaban y en casa las repetía cantando y bailando todo el tiempo. Su madre observando esa afición en el niño decidió llevarle a clases de danza. Acudió primero a la escuela de Pauleta Pamies que se encontraba a escasos metros del barcelonés Teatro del Liceo. Al igual que le sucedió a Juan Magriñá, el pequeño Antonio no fue admitido en la escuela de la Pamies, ella no aceptaba varones en sus clases. Por otro lado la maestra dijo a la familia, "este niño es demasiado pequeño, déjenle que juegue y salte". Para consolarse fue a parar a unas clases de claqué. Aprendió rápido y eso le hizo participar en exhibiciones que organizaba la maestra; bailaban en onomásticas, cumpleaños, actos sociales…. Al estallar la Guerra Civil, la familia Monllor se trasladó a la localidad barcelonesa de Vegues, lugar donde residía también la popular cómica catalana Mari Sampere. Esta daba representaciones en el teatro local y fueron las hermanas de Antonio quienes hablaron con ella para que opinara sobre las facultades del niño. Sampere lo presentó en el escenario de Vegues y juntos hicieron varias actuaciones. Así mismo dijo a la familia que el niño tenía facultades artísticas incuestionables y les indicó que lo llevaran a las clases del maestro Magriñá. Años más tarde el destino puso a Monllor frente a Juan Magriñá, y ese sería el inicio de su carrera profesional. 26 Danza en Escena nº24_2009

Antonio Monllor, decidido a convertirse en artista teatral, ingresó en el Instituto del Teatro de Barcelona, pero no para formarse como bailarín, sino como actor. Los estudios de arte dramático incluían clases de rítmica y esgrima, asignaturas que no impartía otro que Juan Magriñá. Al terminar el primer día de clase, este se le acercó y dijo "Yo no pretendo influenciar para que deje su carrera de actor y se dedique a la danza, pero le aseguro que usted es un magnífico bailarín. Hay muy pocos chicos que se dediquen a la danza y con sus condiciones, menos" Como la verdadera ilusión de Antonio era bailar respondió "Yo ya estoy matriculado en arte dramático, pero si usted puede hacer que me cambien la matrícula…, yo me paso a danza. A los pocos días estaba agarrado a la barra". Como sucedía a menudo con los chicos dada su escasez, Monllor pasó de inmediato a formar parte del Ballet del Liceo. Allí compartió escena con Maruja Blanco, María de Ávila, Aurora Pons, Emilio Altés, José Ferrán…, e interpretó el extenso repertorio de la compañía formado por ballets clásicos y españoles. Su "master piece", al menos la primera y por la que todavía algunos le recuerdan, fue un personaje que Magriñá creó para él, "El pelele" del ballet "Los tapices de Goya", rol por el que conseguiría las primeras ovaciones. En el Liceo permaneció diversas temporada, siendo esa etapa la que recuerda con mayor emoción, eran las primeras experiencias como bailarín profesional y además estaba donde quería, bailando y en el Liceo. "En el Liceo, bailábamos mucho, las óperas, los ballets, reforzábamos las compañías internacionales que pasaban por el teatro: Coronel de Basil, las compañías rusas de ópera y de ballet…, estábamos tantas horas… Éramos felices. Cobrar no cobrábamos pero bailar…, todo lo que queríamos y más". Como a todo artista inquieto, las fronteras le apretaban. Antonio quería hacer una carrera internacional y se tuvo que marchar al extranjero. El propio Magriñá le aconsejó irse por duro que fuera, y lo hizo. El no lo sabía, pero le esperaban Europa y América. Antonio Monllor, Sostakovich Polca Antonio Monllor, el tercero por la derecha, en Tapices de Goya Danza en Escena 27 nº24_2009

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