Buscando a mi madre

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GRAN REPORTAJE

Treinta años después de haberse

extraviado y ser dado en adopción,

Joel de Carteret regresó a su país

natal para lograr lo imposible.

Buscando

a mi

?madre

ROBERT KIENER


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“¡N

O PUEDO CREERLO! ¡ES IMPOSIBLE!”, piensa Joel de

Carteret cuando un vendedor del ruidoso mercado

Muñoz, en Gran Manila, le da una gran noticia.

Joel, de 35 años, siente su corazón latir como un

tambor militar y gotas de sudor bajarle por la frente cuando el dueño

del puesto le da la información que ha estado cazando durante tanto

tiempo: “Creo que sé quién es tu madre y dónde está”.

A partir de este momento, Joel se da cuenta de que su vida jamás

volverá a ser la misma.

Tres décadas después de haber

sido adoptado y criado por una familia

australiana de Melbourne, Joel

de Carteret ha regresado al país que

lo vio nacer. Emprende la búsqueda

de su madre biológica; una tarea imposible

en apariencia.

Aunque no sabe cómo se llama ni

recuerda su aspecto, está decidido

a encontrarla. Ha pasado gran parte

del último mes en Filipinas siguiendo

pistas sobre su identidad sin cesar y

sin resultados. Y entonces sucede esto.

Sus amigos y familiares de Australia

le dijeron que había muy pocas posibilidades

de ubicarla transcurridos tantos

años. Como muchos de ellos, Julie

de Carteret, su madre adoptiva, preocupada

por él, le dijo: “Lo único que

conseguirás será partirte el corazón”.

Sin embargo, la idea de reunirse

con su madre filipina había estado

carcomiendo a Joel. “Tengo que hacerlo”,

decía a menudo. “Me lo debo

a mí mismo y a la mujer que me dio

a luz. De seguro le he hecho pasar

un mal rato desde que me perdí”. Si

bien no lo expresaba, también sentía

que debía hallarla para descubrir

esa parte de él que le “había faltado

todo este tiempo”. No obstante, Julie

intentó disuadirlo.

Hace no mucho, en un restaurante

en Sídney, cuando Joel le dijo que tenía

la intención de ir a Filipinas a fin

de buscarla, ella le dijo:

—Pero, Joel, ni siquiera sabes tu fecha

de nacimiento o dónde vivías. Es

más, ni siquiera sabías cómo te llamabas

cuando llegaste al orfanato.

Gracias a los documentos, Joel se

enteró de que la casa hogar lo había

bautizado. El camarero les sirvió más

agua; ella continuó:

—Tampoco sabes dónde podría estar.

Es más, ¿sigue viva? ¿Y cómo planeas

descubrir su paradero?

Julie contuvo las lágrimas y se desmoralizó

cuando Joel repuso:

—Sí, ya lo sé, mamá; aun así, tengo

que intentarlo.

Su mamá australiana insistió con el

afán de evitarle un mal trago. Se inclinó

sobre la mesa y preguntó:


FOTOS: CORTESÍA DE JOEL DE CARTERET

—¿Cómo te vas a sentir si no la encuentras?

¿Podrás seguir con tu vida?

Joel hizo una pausa, comió un bocado

de su ensalada, la miró a los ojos

y le explicó:

—Sé a qué te refieres, mamá, y lo

entiendo. Pero tengo que hacerlo:

averiguar quién soy y de dónde vengo.

Pocas semanas después, Joel llamó

a Julie mientras esperaba el vuelo a

Manila para empezar su travesía.

—Estoy a punto de despegar, mamá.

Deséame suerte.

Pese a sus escasas esperanzas de

que lograra su cometido, esta contestó

al borde del llanto:

—Te amo, Joel. Buena suerte.

Pasados años de incertidumbre y

angustiosas semanas de buscar a una

mujer que apenas podía recordar,

en un país cuyo idioma ignoraba, está

seguro de que ha encontrado, en

cierto modo, una aguja en el pajar.

Gracias a una persona desconocida

y bien intencionada, está a punto de

reunirse con su madre biológica.

TREINTA AÑOS ANTES, la mañana del

25 de julio de 1985, Linda Rio vio que

su hijo de cinco años dormía profundamente

en su modesta casa en

Ciudad Quezón, a las afueras de Gran

Manila, Filipinas. Lo dejaré dormir,

pensó mientras notaba la contracción

de su diminuto pecho al respirar.

La madre soltera tomó su bolso y se

fue a la fábrica de ropa cercana en la

que laboraba, dejando al pequeño en

compañía de su pareja.

Una foto de Joel, a los cinco años, tomada

al llegar al orfanato. Dieciocho meses

después sería adoptado.

Una hora más tarde, el niño despertó,

saltó de la cama y buscó a su

“Ma”. Recorrió toda la casa y empezó a

asustarse, pues no daba con ella. Era

algo inusual: a diario abordaban los

coloridos vehículos de transporte público,

llamados yipnis, e iban juntos a

donde trabajaba.

Cuando se dio cuenta de que ella

se había ido, salió disparado a la calle

para alcanzarla. Esquivó a extraños,

perros callejeros, yipnis y camiones

de reparto que transitaban por la

bulliciosa calle. No estaba a la vista.

Empezó a llorar conforme deambulaba

por los concurridos callejones de

Ciudad Quezón. ¡Ma!, se decía a sí

mismo. ¿Dónde estás?

Al poco tiempo llegó al inmenso y

abarrotado mercado Muñoz, donde


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recorrió pasillos atiborrados de vendedores

que pregonaban todo, desde

pollos recién sacrificados hasta pescado

fresco o lechones atados que gruñían.

Sus sentidos fueron invadidos por

visiones y sonidos caóticos, enormes

cuchillos destellantes que picaban la

comida y gritos de clientes pidiendo

cosas a los comerciantes, así como un

áspero aroma, a menudo empalagoso,

de las mercancías.

Empezó a plañir y a caminar sin

rumbo fijo por los rebosantes andadores

esperando localizar a su mamá;

calzaba sandalias y vestía shorts y

una pequeña camiseta. Después de

horas de búsqueda y tras adentrarse

en ese laberinto que era el mercado

sin hallar rastro de Linda, el menudo

y tímido chico cayó en cuenta de que

no la ubicaría y le aterró saber que él

estaba extraviado.

Un conductor de yipni llamado

José Manselo lo vio llorando y hecho

un ovillo casi al fondo del enorme inmueble

comercial. De inmediato supo

que algo estaba mal, aunque la criatura

estaba demasiado asustada como

para decir algo más aparte de que se

había perdido. Manselo lo llevó a su

casa y luego a la estación de policía.

La única información que pudo proporcionar

el infante fue: “Ma es costurera

y papá trabaja en un yipni”.

Mientras tanto, Linda había regresado

a casa para comer y se asustó al

ver que su hijo no estaba. Lo buscó

en el vecindario e incluso volvió corriendo

a la fábrica de ropa, pensando

que quizá la había querido alcanzar

ahí. Nadie lo había visto. Ella y varios

amigos lo buscaron por todos lados y,

al poco tiempo, ella dejó de trabajar

para dedicarse a rastrearlo. Incluso

fue a las emisoras de radio locales,

implorando auxilio a la audiencia.

Fue inútil: nadie lo había visto. Pasaron

meses sin noticias. Parecía que se

había esfumado.

SON ALTOS COMO LOS ÁRBOLES Y

parecen fantasmas blancos, pensó Joel

cuando vio las figuras de George y

Julie de Carteret, pálidas y altas como

una torre, en el orfanato RSCC de

Manila, al que había entrado hacía 18

meses. Y huelen raro.

La pareja australiana visitaba la

casa hogar a fin de conocer a Joel;

estaban interesados en la adopción.

Julie no había podido embarazarse;

ella y George deseaban, con ansias,

formar una familia.

Joel era demasiado joven para saber

el nombre de su madre. Dado que

nadie había preguntado por él, lo

etiquetaron como un “expósito”, un

“niño sin identidad” que padecía una

grave desnutrición. Una vez que los

trabajadores sociales agotaron todos

los métodos a su alcance para hallar

a sus padres, fue declarado como

“abandonado”: ya podía ser adoptado.

Primero se escondió detrás de una

empleada del hospicio, pero pronto

se sintió cómodo tanto con George

como con Julie. Tenían una mirada

muy amable; sus voces cálidas y


tranquilizadoras lo relajaron. Cuando

una funcionaria del gobierno le preguntó

a Joel si quería ir a Australia, él

asintió de inmediato. Después de un

año y medio de soledad volvería a

tener un hogar y unos padres nuevos

que eran adorables y altísimos.

Ya en su nueva casa, en Melbourne,

Joel se puso en buena forma. Aunque

EN SU PRIMER AÑO

ESCOLAR, SU MAESTRA

ALGUNA VEZ LE HIZO

NOTAR A JULIE QUE

“JOEL ERA UN NIÑO

MUY, MUY PERSISTENTE”.

no sabía nada de inglés, pronto se

hizo amigo de los niños de su calle; le

encantaba jugar críquet y aprendió el

idioma viendo televisión. A menudo

Julie se quedaba asombrada viéndolo

escuchar un famoso programa

de concursos nocturno y repitiendo

muchos de los vocablos extraños que

le oía al presentador.

En su primer año escolar se las ingenió

para comunicarse en conversaciones

en las que señalaba objetos

a la vez que intentaba expresarse; no

temía detenerse a recordar la palabra

adecuada mientras sus compañeros

lo miraban expectantes. Alguna vez

la maestra le dijo a Julie: “¡Joel es un

pequeño muy, muy persistente!”.

Julie y George estaban impresionados

por la manera en que Joel se

adaptaba a su nuevo entorno y al

estilo de vida australiano, diametralmente

opuesto al de su complicada

existencia en Filipinas. No obstante,

había indicios de que algo se estaba

gestando bajo su alegre apariencia.

Un día, seis meses después de llegar

a Australia, Joel le preguntó a Julie:

“¿Cuándo me volveré blanco?”. Ella

descubrió que él esperaba que su piel

se aclarara “como por arte de magia”

tras vivir un tiempo en aquel país.

En otra ocasión, a los 10 años, entró

en la cocina cuando Julie estaba haciendo

la cena e indagó:

—¿Cuándo buscaremos a mi mamá?

Julie se sobresaltó; sin embargo,

sentó a Joel y le dijo, con delicadeza,

que por mucho que desearan hacerlo,

ni ella ni la agencia de adopción de

Manila sabían el apellido de Joel ni el

de su madre, ni dónde vivía.

—¡Lo siento, cariño! —le dijo tomando

sus pequeñas manos morenas—.

No hay manera de encontrarla.

Ojalá pudiéramos, pero es imposible.

Te puedo asegurar algo: ella te amaba.

LINDA NO HABÍA CEJADO en su búsqueda.

Todo había sido infructuoso:

sus visitas al barangay [oficina de gobierno

de la unidad territorial administrativa

más pequeña en Filipinas],

a la policía, a las emisoras de radio de

Manila, que le abrieron las puertas, y

hasta sus propias averiguaciones. Incluso

imprimió y repartió volantes


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con la foto de Joel; decían

“Se busca” con enormes

letras y tenían su dirección,

así como la información

de contacto del barangay.

Todo fue en vano.

Escudriñaba las caras

de todos los niños a cualquier

lugar al que fuera,

preguntándose si alguno

de ellos podía ser su hijo.

Los cumpleaños de Joel

eran días difíciles. Cada

año Linda invitaba a su familia

y amigos a celebrarlo y rezar por

él cenando su plato favorito: cerdo

asado y fideos chinos; siempre reían

y lloraban. “Dondequiera que esté”,

le comentó a su hermana en una de

estas ceremonias, “sé que está bien”.

Linda colgó un retrato de Joel en la

puerta de su armario con el propósito

de que fuera la primera imagen que

viera tras despertar. También dejó

la bicicleta del niño en la fábrica y

pensaba en él cada vez que la veía

apoyada en la pared. A él le fascinaba

andar en ella mientras Linda cubría

su turno. “Estoy esperando el día en

que vuelva y la use otra vez”, le explicó

a una de sus compañeras.

El pequeño Joel empezó la frenética búsqueda de su

madre a las afueras del concurrido mercado Muñoz.

CONFORME CRECÍA EN AUSTRALIA,

Joel a menudo pensaba en su madre

biológica y se preguntaba qué había

sucedido en realidad. Recordaba su

encantadora sonrisa y la manera en

que le enjugaba las lágrimas con su

eterno pañuelo cuando lloraba. Entonces

lo invadían sórdidos pensamientos.

A veces lo asaltaba la idea

de haber sido abandonado y una

vez consultó con un amigo: “¿Y si mi

mamá no quería saber nada de mí y

por eso me dejó en un orfanato?”.

En 2000, Julie llevó a Joel, de 18

años, y a Grace, su hermana nacida

después de que él fuera adoptado, a

Filipinas. Recorrieron el país y visitaron

la casa hogar en la que había

vivido 16 años antes.

Aunque estaba emocionado y

conmovido hasta las lágrimas tras

recorrer su antigua residencia, le

consternó el hecho de que las trabajadoras

sociales no supieran nada

de sus padres ni dónde vivían. Quiso

volver al mercado Muñoz donde fue

encontrado por Manselo, el conductor

de yipni; a Julie no le pareció una

buena idea: era una peligrosa zona

con un alto índice delictivo. Joel insistió.

Ella no dio su brazo a torcer y

subrayó: “¡No es seguro ir ahí, Joel!”.


No obstante, los tres espulgaron

el directorio telefónico rastreando a

cualquier Manselo. Fue inútil. Julie le

dijo a Joel: “Lo siento mucho. No sé

en qué otro lugar podríamos encontrarlo”.

Notó la decepción de Joel, pero

pensó que quizá así se daría cuenta

de lo difícil e infructuoso que sería

insistir en su empresa.

Sin embargo, este primer viaje a su

tierra natal fue también muy alentador

para Joel. Estar rodeado por gente

de piel morena que se parecía a él le

“POR PRIMERA VEZ EN

LA VIDA, SIENTO QUE

EN VERDAD ENCAJO

EN UN SITIO”, LE DIJO

JOEL A JULIE.“TODOS

SE PARECEN A MÍ”.

hizo sentir que por primera vez en su

vida encajaba en un sitio, le confesó

a Julie. “Todos se parecen a mí”. Sus

ojos lagrimearon y con un nudo en

la garganta siguió diciendo: “Mamá,

aquí no soy la excepción”.

Fue una visita a un asilo tailandés

en 2015 lo que convenció a Joel, quien

ya era un documentalista de 34 años,

de buscar a su madre biológica. Mientras

estaba filmando el hospicio para

una organización benéfica australiana,

se le acercó un niño y le tomó

la mano. Parecía tener cinco o seis

años, la misma edad a la que él entró

al asilo de Manila. El niño tailandés

lo llevó al dormitorio para enseñarle,

orgulloso, la cama en la que dormía.

Cuando el despeinado huérfano le

mostró a Joel los pocos juguetes que

tenía, los recuerdos lo desbordaron.

Yo dormí en una cama similar, pensó

Joel con el parloteo en tailandés del

chico como fondo. Ambos perdimos a

nuestros padres. Me pregunto si…

De regreso en Australia no podía

dejar de pensar en ese episodio. “Me

di cuenta de que necesitaba despejar

tantas incógnitas. ¿Quién era yo? ¿De

dónde venía? Ya sabía lo que tenía

que hacer”, admitió tiempo después.

ES UNA APACIBLE MAÑANA de diciembre

de 2016 y Joel ha venido al

mercado Muñoz de Ciudad Quezón,

el lugar en el que se perdió y fue rescatado

hace tres décadas. Llegó a Filipinas

con un equipo de rodaje, un

traductor y un sueño: encontrar a su

madre biológica.

Mientras pasea entre la caótica

multitud de vendedores de comida

y otras mercancías, él y su traductor

muestran una foto suya a los cinco

años a tantas personas como pueden

y les dicen: “Niño desaparecido. ¿Conocen

a alguien que haya extraviado

a un pequeño de cinco años en 1985?

¿Ha perdido a un niño?”.

Todo el mundo niega con la cabeza

y sigue su camino.

Joel está en contacto con Julie. Le

jura que el mercado Muñoz es seguro


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y que lo más importante es que siente

que encaja aquí.

—Puede que no hable el idioma,

mamá, pero al menos me parezco a los

de aquí; todos intentan ayudarme. Así

que no te preocupes por mí.

A Julie le conforta saber que está

sano y salvo; le alegra el vínculo que

está formando con su país natal.

—Cuídate —le ruega ella.

Joel pega panfletos con su foto por

doquier. El título cuestiona en inglés

y tagalo: “¿Lo conoce?”. Además, proporciona

un número de teléfono local.

Con la esperanza de contar con la

“HABÍA UNA MUJER QUE

VIVÍA CERCA DE AQUÍ

Y EXTRAVIÓ A SU

HIJO EN LOS 80”, DIJO

EL LOCATARIO. “TENÍA

CINCO O SEIS AÑOS”.

ayuda de las emisoras de radio y televisión

de Manila, Joel toca puertas

para contar su historia, pero es rechazado.

“Hay muchos niños desaparecidos”,

escucha una y otra vez de los

medios de comunicación. “Lo sentimos

y le deseamos mucha suerte”.

Eso no desanima ni a Joel ni a su

equipo. Siguen yendo al mercado,

abordan a los vendedores, preguntan

si saben de alguien que lleve décadas

trabajando en el lugar. Tras varios

días de respuestas negativas y pistas

falsas, Joel y su equipo se enteran de

un locatario que ha laborado aquí

desde hace mucho. Joel llama a Julie:

“¡Mamá, este puede ser el golpe de

suerte que he estado esperando!”.

Localizan a Badan Pisngot, quien

confirma que ha vendido artículos

para el hogar en su modesto local

desde los 80. Joel le entrega el panfleto

que ha mostrado a tanta gente, y

su traductor inquiere:

—¿Sabe algo del niño de la foto?

El comerciante niega con la cabeza.

—No lo reconozco.

No obstante, Joel le pide al traductor

que siga cuestionado.

Un hábil interrogatorio refresca la

memoria del señor Pisngot.

—Pero… había una mujer que vivía

cerca de aquí y extravió a su hijo en

los 80. Me parece que el niño tenía

cinco o seis años.

Joel empieza a temblar al oír la noticia.

De pronto, el canoso señor Pisngot

se muestra renuente a revelar algo más

y se pone a reacomodar las cacerolas,

sartenes y recipientes de plástico que

vende. El traductor le aconseja a Joel

dejar tranquilo al hombre para no correr

el riesgo de hacerlo enojar.

Tras visitarlo varias veces en un par

de semanas, el señor Pisngot le da la

sorpresa: “Creo saber quién es su

madre… su nombre es Vicky”. Esta

misma tarde Joel llama a Julie: “Sí,

¡parece que he dado con ella!”.

Al día siguiente, cuando Joel conoce

a Vicky, ella se muestra recelosa


hasta que Joel le enseña una

fotografía de él y otros 12 niños

tomada en el orfanato en

1985. Vicky señala de inmediato

a Joel en la imagen y

rompe a llorar y gritar.

—¡Es Dante! ¡Es mi Dante!

—exclama entre sollozos.

Joel la abraza con fuerza

mientras ambos dejan correr

lágrimas por sus mejillas.

—Dante —murmura ella—.

Mi Dante.

Está convencida de que

Joel es Dante, el hijo que se

le extravió en los linderos del

mercado Muñoz hace tanto tiempo.

Se seca los ojos. Señala su nariz,

luego apunta a la de Joel y ríe.

—¡Son idénticas! ¡Igualitas! —afirma.

JOEL ESTÁ A BORDO DE una montaña

rusa emocional. Contra todo

pronóstico ha localizado a su madre

biológica y, por primera vez, tiene a

su alcance la respuesta a la pregunta

que lo ha angustiado durante tanto

tiempo: “¿De dónde vengo?”.

Llama a Julie para compartir las

buenas noticias:

—¡Creo que la ubiqué!

Después de quedarse sin habla, Julie

rompe el silencio con una broma:

—¡De haber sabido que sería tan fácil,

te habría acompañado!

—Era algo que tenía que hacer solo,

mamá —contesta Joel.

—Lo sé. Y estoy sumamente orgullosa

de ti — repone ella, recordando

Joel en Australia con su madre adoptiva, Julie,

y Grace, su hermana, quien nació después de que

él fuera adoptado.

lo persistente que ha sido su hijo

desde siempre.

No obstante, una duda asalta a Joel.

Durante su primera reunión, Vicky

mencionó que Dante nació en 1983 y

que desapareció unos seis años más

tarde. Joel se quedó pasmado. Él nació

en 1980 y, según los registros del

orfanato, se perdió en 1985. ¿Acaso

Vicky está confundiendo las fechas?

Joel sabe que es complicado establecerlas

con precisión en Filipinas; es

bastante probable que Vicky esté confundida.

Además, se parecen mucho

entre sí. Si bien Joel confía en que por

fin está frente a su madre biológica,

necesita estar seguro y le pide que se

hagan una prueba de ADN.

TRAS UNAS SEMANAS LLEGAN los

resultados del análisis que ha hecho

un laboratorio japonés. Joel, nervioso,

abre el informe y, sin preámbulos, ve


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la parte inferior de la primera página.

“Probabilidad de parentesco:

0%”. Vicky no es la madre biológica

de Joel. La cruda realidad le asesta

un duro golpe. Joel lo explicaría así

tiempo después: “Anhelaba que fuera

ella. Quedé devastado”.

Vicky está igual. Se desploma en sus

brazos una vez que escucha el dictamen.

Él le acaricia el pelo con cariño

y, en ese momento, decide continuar

“¿QUÉ SIGUE, JOEL?”,

PREGUNTÓ JULIE.

“TENGO QUE SALIR Y

EMPEZAR DE CERO”,

CONTESTÓ ÉL.

“SABÍA QUE DIRÍAS ESO”.

su pesquisa. Haber estado tan cerca,

lo anima aún más. “Necesito llegar a

buen puerto”, le asevera a un amigo.

Telefonea a Julie solo para decirle:

“Negativo”. Ella queda desolada por

lo que acaba de descubrir su hijo.

Durante mucho tiempo temió que

todo el asunto le partiera el corazón;

ahora se muere de ganas por pedirle

que vuelva, aunque sabe que sería en

vano. Joel es tenaz y persistente desde

que era un pequeño que batallaba

por aprender inglés. Ella sabe que no

abandonará su misión así de fácil y

solo atina a preguntarle:

—¿Ahora qué sigue, Joel?

—Tengo que salir y empezar de cero

—replica sin chistar.

—Sabía que dirías eso.

AUNQUE JOEL HA SIDO rechazado

muchas veces por los medios de comunicación

filipinos, cuando los productores

de GMA Network, una de las

principales emisoras de radio y televisión

del país, se enteran de que podría

estar cerca de lograr su objetivo,

empiezan a interesarse por su historia.

Lo invitan a narrar su búsqueda por

la radio. Un equipo de rodaje del programa

Kapuso Mo, Jessica Soho (“De

corazón, con Jessica Soho”), conducido

por la equivalente filipina de la

estadounidense Oprah Winfrey, comenzó

a trabajar en un documental

televisivo dividido en tres episodios

al saber que Joel había dado con

Vicky. Se tituló La búsqueda de Jo-Jo,

un apodo local muy común.

La cobertura llega justo a tiempo.

Joel y su equipo ya habían escudriñado

todos y cada uno de los rincones

del mercado Muñoz y el vecindario

aledaño, pero cuando la prueba de

ADN de Vicky desmintió todo, ansiaron

una plataforma más grande para

contar la historia.

Joel aprovecha la oportunidad para

contar una y otra vez su historia. Colabora

con el equipo de Jessica Soho,

les proporciona filmaciones del documental

que ellos mismos habían

rodado desde su llegada a Filipinas.

Participa en un famoso programa de

radio transmitido en horario estelar,


presentado por el vicepresidente de

GMA, Mike Enriquez. Joel espera que

alguien que escuche las entrevistas en

la radio o vea el documental de televisión

pueda ayudarle.

En efecto, alguien está viendo.

Sorprendentemente, Linda, que

todavía celebra el cumpleaños de su

hijo y que nunca ha dejado de rezar

para que él esté a salvo, vio la primera

entrega del documental sobre la búsqueda

de Joel en su casa, en Ciudad

Quezón. La historia le intrigó, pero

también la encontró dolorosa: le trajo

amargos recuerdos de su pérdida.

Cuando se enteró de que el joven

que hablaba inglés —y aparentaba

más o menos la misma edad que tendría

su hijo— había encontrado a su

madre biológica, apagó la televisión.

Más tarde confesaría: “Estaba celosa

y triste a la vez. No pude tolerarlo. Ella

había encontrado a su niño y yo no”.

Nunca supo que la prueba de ADN

había arrojado un resultado negativo

y que Joel seguía tras su huella.

GMA RECIBIÓ INFINIDAD de correos

electrónicos después de la primera

transmisión de su documental sobre

Joel. En su mayoría eran de personas

que querían hacer llegar sus buenos

deseos o solicitudes de ayuda para

encontrar a otros niños extraviados.

No obstante, un mensaje captó la

atención de los productores del programa

de inmediato. Dolly Arcaido,

filipina que había emigrado a Japón

décadas atrás, había visto el primer

capítulo del documental gracias a su

servicio de cable y le había refrescado

la memoria. Explicó que su madre

tenía una amiga que vivía en Ciudad

Quezón, cerca del mercado Muñoz.

El niño de cinco años de esta mujer

desapareció en la época en la que Joel

decía haberse perdido. La mujer, dijo

Dolly, se llamaba Linda.

Envió al programa fotos de Linda y

de su hijo a inicios de los 80 y añadió

detalles sorprendentes. Señaló

que Linda había sido costurera y que

luego de que su marido la abandonara,

empezó a salir con un conductor

de yipni. No tenía ni idea de dónde

vivía ahora; también agregó que el

niño se llamaba Joel, un nombre muy

común en Filipinas.

¿Sería posible? ¿Podría ser ella? ¿O

acabaría, al igual que en tantas otras

ocasiones, en otro callejón sin salida?

Cuando Joel vio las fotos y supo lo

que Dolly había referido, se le puso

la piel de gallina. ¿Sería posible?, preguntó

a su equipo. “¡Se parece a mí,

era costurera y su hijo se llamaba

Joel!”. Pero pronto guardó la calma al

recordar la decepción que le produjo

aquella prueba de ADN. Esta vez prometió

no precipitarse y mantener sus

emociones bajo control. Como él lo

expresó: “No quiero ilusionarme de

más y ver que todo se derrumbe”.

No obstante, cuando Julie recibió

la foto de la mujer sujetando la mano

de su hijo, no tuvo dudas. Le escribió a

Joel: “¡Eres tú! ¡Te reconocería en cualquier

sitio! No puede ser nadie más”.


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Linda y Joel, de tres años; están en la casa que

habitaban. Los acompañan amigos de la familia.

De pronto, todo el proyecto marchaba

por el camino correcto.

EQUIPADO CON LA FOTOGRAFÍA tomada

hace 30 años de Linda con Joel

sentado en su regazo, este volvió a las

mismas calles de Ciudad Quezón que

ya había recorrido. “¿Conoce a esta

mujer?”, preguntaba a todo el mundo.

“Se llama Linda”.

Volvió al mercado Muñoz y mostró

la imagen a los comerciantes. Nadie

reconocía a la veinteañera. Joel se

percató de que había pasado mucho

tiempo y que la probabilidad de que

alguien la reconociera era escasa.

Pero siguió indagando.

Sin desanimarse, regresó

a la radio y contó su historia

una y otra vez preguntando si

alguien conocía a Linda o recordaba

algo sobre ella. En el

espacio radiofónico de Mike

Enriquez se dirigió a ella: “Soy

Joel, tu hijo extraviado en 1985.

Lo único que deseo es conocerte,

saber quién eres, y que

sepas que estoy bien”.

Habló conmovido en el programa

de Jessica Soho y, de

nuevo, le habló a su madre

perdida: “No importa lo que

sucedió en el pasado. Espero

que podamos dejarlo atrás

y que nos encontremos de

nuevo para decirte que he

sido afortunado”. Contuvo una

lágrima y añadió: “No puedo

seguir con mi vida ahora que

sé de tu existencia”.

Siguió las contadas pistas que le

llegaban. Una decía que Linda había

sido localizada viviendo en la indigencia

en el peligrosísimo cementerio

norte de Manila, en La Loma. Joel,

su equipo y una escolta se apostaron

junto al camposanto durante varios

días pidiendo informes sobre ella.

Nadie la había visto.

En una de sus entrevistas, acabó su

mensaje dirigido a Linda diciendo:

“Me encantaría conocerte y rezo por

que tú también me quieras conocer”.

Cuando los rastros llegaban a un punto

muerto, las dudas asolaban la mente

de Joel. ¿Y si Linda me abandonó? ¿Y si


no le interesa conocerme?, se atormentaba.

¿Estará viviendo lejos de aquí,

en la precariedad? ¿Estará muerta?

Joel luchaba contra estos negros pensamientos

e intentaba ser positivo

y encontrar a su madre contra todo

pronóstico.

MIENTRAS CONDUCÍA SU PEQUEÑO

camión de reparto para entregar un

pedido por las bulliciosas calles de

un suburbio en las afueras de Manila,

esquivando yipnis y peatones

LAS DUDAS ASOLABAN

A JOEL. “¿Y SI LINDA ME

ABANDONÓ? ¿Y SI EN

REALIDAD NO TIENE

INTERÉS ALGUNO

EN CONOCERME?”.

imprudentes, Amado Rio escuchaba

el programa de radio de Mike Enriquez.

Cuando oyó a Joel explicar su

cometido y las peripecias vividas durante

su estancia en Manila, de pronto

cayó en cuenta de que Herminia, con

quien se había casado hacía casi 25

años, podía ser la mujer que Joel estaba

buscando. Sabía que ella había

perdido un hijo tiempo atrás, antes de

que se conocieran. Pero no conocía a

ninguna Linda.

Amado no tenía muchas ganas de

mencionar la historia de Joel a su

mujer. Recordaba que tras ver aquel

documental de GMA sobre un niño

extraviado que posiblemente encontró

a su madre biológica se había

puesto de muy mal humor. Incluso

había apagado el televisor antes de

que acabara el programa. No obstante,

a la mañana siguiente le preguntó:

—¿Antes te llamaban Linda?

—Sí, hace mucho tiempo.

Amado guardó silencio y después

tomó a Herminia de la mano.

—Me parece que tu hijo te está buscando

—concluyó.

APENAS PASAN DE LAS 11 de la mañana;

es el 9 de febrero de 2017. Herminia

Rio viaja por las congestionadas

vialidades de Ciudad Quezón a bordo

de una camioneta de la GMA Network.

No ha podido conciliar el sueño durante

las últimas 24 horas, desde que

se puso en contacto con la difusora

para informarles que ella era Linda, la

misteriosa mujer de la fotografía que

estaban difundiendo.

Cuando los productores de televisión

fueron a su casa y le mostraron

un retrato de Joel a los cinco años,

ella rompió a llorar. “Mi Joel” fue todo

lo que pudo decir al principio. Después

de que les mostrara otras fotos

de ella y Joel de comienzos de los 80,

se convencieron de que estaban ante

la persona correcta. Entre sollozos, la

señora exclamó: “¿Dónde está Joel?

¡Quiero abrazarlo!”.

Ahora está a punto de reunirse con

el hombre que, está segura, es su hijo


Joel, acompañado de Julie, su madre adoptiva, y Herminia, su madre biológica.

perdido. Cuando el vehículo dobla la

esquina para llegar al sitio en el que

se va a encontrar con Joel por primera

vez en tanto tiempo, su llanto vuelve a

estallar. “Por favor, denme un minuto”,

pide a uno de los empleados del programa.

“Necesito tranquilizarme”.

Unos minutos después de secarse

los ojos y respirar profundamente

para serenarse, ve a Joel de pie en la

intersección de un par de calles. Él

la está esperando rodeado por un

equipo de televisión y varios transeúntes

curiosos.

Incluso a la distancia reconoce a su

hijo de inmediato. Es Jo-Jo, dice para

sus adentros. Su hijo, al que no ha

visto en 30 años, se encuentra ahora

a solo unos metros de distancia. Ella

siente latir su corazón cada vez más

rápido a medida que se va acercando

a él. Lleva las fotos de Joel cuando tenía

cinco años en su mano izquierda;

se acerca de manera tímida y nerviosa

y le pregunta:

—¿Eres Jo-Jo?

—Sí —responde Joel devolviéndole

una sonrisa nerviosa. Entonces, él

quiere saber—: ¿Eres Herminia?

Ella asiente con la cabeza. Ambos

se quedan callados durante un instante.

Luego, Herminia, demasiado

abrumada para poder decir algo más,

empieza a sollozar y se derrumba en

los brazos de Joel. Las palabras sobran

cuando madre e hijo se enganchan

en un fuerte abrazo y lloran.

Las cámaras de televisión capturan

el caluroso gesto y también el

momento que tocará el corazón de


millones de espectadores. Envueltos

en los brazos del otro, Herminia ve a

Joel llorar y, suavemente, le seca las

lágrimas con su pañuelo, tal como lo

había hecho tantas veces hacía tanto.

Por fin, y contra todo pronóstico, su

hijo había vuelto a casa.

Nota del editor: una prueba de ADN

confirmó lo que Herminia y Joel ya sabían:

que ella era su madre biológica.

Julie no necesitó esta confirmación.

Tan pronto como vio el video —que,

según ella, ha reproducido “cientos de

veces”— de Herminia secando las lágrimas

de Joel, supo que, por fin, él había

encontrado a la mujer que lo dio a

luz, porque “solo una madre actuaría

de esa manera”.

Después de haberse reunido con Joel,

Herminia conoció a Julie, la madre

adoptiva que había ocupado su lugar

en la vida de Joel en Australia. Eventualmente

también viajó a Australia

para conocer el lugar en el que su hijo

había estado viviendo. En el proceso,

Joel también localizó a su padre biológico,

que ahora vive en Estados Unidos.

No consiguió localizar al hijo perdido

de Vicky, Dante, ni a José Manselo,

el taxista que rescató a Joel en el

mercado Muñoz, pero ha prometido

seguir buscándolos. Está trabajando

en un documental basado en su propia

historia que espera despierte la

conciencia de la adopción y, como

dice él, ayude a los adoptados a “escribir

sobre las páginas en blanco de

su propia historia”.

Juegos mentales: Soluciones

DE COLORES

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