Infierno_en_la_torre

selecciones

El revestimiento en

llamas se desprendió y

cayó, poniendo en riesgo

a la gente en la calle.


GRAN REPORTAJE

INFIERNO

EN LA TORRE

El devastador incendio en el condominio Grenfell,

de Londres, mató a decenas y conmocionó a una nación

entera. Esta es la historia de lo que se siente combatir

el fuego, quedar atrapado y huir para salvar la vida.

TOM LAMONT

TOMADO DE GQ


SELECCIONES

LA PRIMERA LLAMADA a los servicios de emergencia se

hizo desde la torre Grenfell a las 12:54 a. m., el 14 de

junio de 2017. Un refrigerador averiado incendió la

cocina de un residente en el cuarto piso. A las 12:56

a. m., dos estridentes camiones de bomberos de la

estación de North Kensington estaban en camino.

Grenfell quedaba a menos de 2

kilómetros. Cuando las unidades se

detuvieron frente al condominio, aún

no había ningún indicio de fuego. Los

hombres descargaron mangueras enrolladas

de sus vehículos, las conectaron

a los hidrantes y se prepararon

para entrar al edificio.

Los incendios accidentales en los

rascacielos de concreto son eventos

rutinarios. Si estos se construyen y se

mantienen con el debido respeto y temor

a las llamas, los brotes son fáciles

de controlar. Los bomberos responden

al llamado, entran rápidamente,

aíslan el siniestro y lo apagan.

Los rescatistas se internaron en la

torre y subieron al cuarto nivel; en las

escaleras se encontraron con inquilinos

que se habían despertado por el

bullicio y el humo. Dos bomberos con

equipos de respiración autónoma (ERA)

tiraron la puerta del apartamento

señalado y apuntaron a las llamas.

Anegaron todo lo que ardía.

Abajo, en el vestíbulo, el experimentado

bombero David Badillo

transportaba más instrumentos. El

ciclista y maratonista de 44 años llevaba

17 trabajando en el distrito. Antes

de elegir esta profesión, había sido

salvavidas en una piscina cercana y

conocía a algunas personas del condominio.

En la jerga del gremio, él es

un “ocupado”, es decir, que en él confluyen

una cierta dosis de audacia y

el afán de ser el primero en cualquier

empresa peligrosa. Era alguien que

hacía y ayudaba, un lanzado.

Atravesó la antesala camino a los

camiones para traer más herramientas,

y una joven lo detuvo cerca de la

entrada. Ella era inquilina, explicó, y

su hermana de 12 años estaba en la vigésima

planta. La mujer manifestaba

angustia: su hermana se encontraba

sola. Su madre trabajaba en el turno

de la noche, su padre estaba fuera,

visitando a un amigo. La chica le preguntó

a Badillo si podía subir rápidamente

con él a buscar a la niña.

Él lo pensó. “No, quédate aquí”, le

dijo. “Yo buscaré a tu hermana”. Averiguó

el nombre, Jessica, y le pidió las

llaves. No tenía ERA y, sin embargo,

subió al ascensor y oprimió el botón

adecuado para la exploración.

Mientras subía, gente que dejaba el

edificio contaba que había visto fuego

en el quinto piso e incluso en el sexto.

Para un bombero citadino avezado

resultaba ilógico. Un incendio en un

FOTO DE LA PORTADILLA PREVIA: GUILHEM BAKER/LONDON NEWS PICTURES/PRESSFRAME


Rápidamente, el fuego subió en ráfagas alrededor del edificio,

atrapando a la gente en sus hogares.

FOTO DE ESTA PÁGINA: NIGEL HOWARD/EVENING STANDARD/EYEVINE

rascacielos debería ser contenido por

las paredes de concreto del apartamento

que ardía. Si el siniestro era en

el cuarto piso, debía quedarse ahí.

El ascensor que abordó llegó a la

planta 14 o 15, y se detuvo de pronto;

las puertas se sacudieron al abrirse.

De inmediato se vio rodeado por un

humo negro, enceguecedor, silencioso.

El fuego del cuarto nivel había alcanzado

una pared externa de la torre

e, insólitamente, había encendido los

costados exteriores. Gruesas llamas

ámbar lamían el flanco nororiental de

Grenfell. Lo que adentro parecía un

ligero accidente causado por un electrodoméstico,

en el exterior se transformaba

en una catástrofe y una grave

amenaza para estos londinenses.

Esta era una construcción de concreto,

un material no inflamable. Por

ello, los primeros en intervenir refirieron

experimentar desconcierto

(“como una pesadilla”) al ver el fuego

rodear la edificación en ráfagas hasta

envolverla toda. Uno de los primeros

policías en llegar a la escena afirmaría

después que “el edificio se derretía”.

El rascacielos se había restaurado

hacía poco. Quitaron las antenas parabólicas

atornilladas y las reemplazaron

con pulcros cuadros de paneles

aislantes, de forma que el esqueleto

de concreto de los 70, expuesto durante

cinco décadas sin artificios,

quedó escondido tras un flamante revestimiento

exterior plateado azuloso.

Era esto lo que ardía.


SELECCIONES

Algunos inquilinos recién despertados, esperan cerca de los vehículos de emergencia.

Unas 350 personas vivían en el condominio,

en apartamentos de uno o

dos dormitorios, apilados en 24 pisos.

Por lo menos 320 estaban dentro.

PARED DE HUMO

La mayoría de los inquilinos, como

Oluwaseun Talabi, estaban dormidos.

Talabi, musculoso y de 30 años, trabajaba

en la industria de la construcción;

vivía con Rosemary, su esposa, y

su hija de cuatro años en una vivienda

de dos habitaciones en el piso 14.

Talabi se despertó a la 1:30 a. m.,

perturbado por los gritos. Supuso

que era una fiesta. Una reunión en la

planta inferior lo había despertado

la noche anterior. Era verano y los

festejos se prolongaban hasta tarde.

Quiso divisar el bullicio desde la ventana

del dormitorio, pero no vio nada.

Su pequeña niña se había metido a la

cama de sus papás mientras descansaban;

el hombre se acostó a su lado

y trató de conciliar el sueño de nuevo.

No había una alarma comunal sonora

en la torre Grenfell. El edificio

tampoco tenía rociadores. (La ley inglesa

que los exige en rascacielos de

más de 30 metros solo es aplicable a

los nuevos). Alguna vez, el boletín del

condominio había detallado el protocolo

en caso de fuego. “Nuestra vieja

política de no moverse se mantiene

vigente”, afirmaba la publicación. “Se

debe a que Grenfell ha sido diseñada

bajo rigurosas normas de seguridad

contra incendios”.

Como recomendación, “no moverse”

tiene cierta lógica, por lo menos

en un rascacielos de concreto.

El razonamiento, respaldado por el

FOTO: DANIEL LEAL-OLIVAS/AFP/GETTY IMAGES


cuerpo de bomberos, es que al quedarse

donde están mientras las llamas

no estén a la vista, los residentes no

huirán de una zona relativamente segura

para entrar a una peligrosa. No

obstante, resulta inútil si estas se propagan

por un lado del edificio, lejos

de la estructura de concreto.

Talabi se despertó de nuevo, y esta

vez pudo entender lo que gritaban

desde la planta baja: “¡Fuego, fuego!”.

Sacudió a Rosemary para que despertara

y se vistió rápido; ella se puso

una bata. Él sí se movería. Cargó a

su hija, tomó de la mano a su pareja

y corrieron a la puerta principal. La

abrieron, y una pared de humo denso

y fétido los recibió. Sabía a químicos;

Talabi no creía que resistirían más que

unas cuantas bocanadas. Por lo que

jaló a todos adentro.

Pegaron toallas húmedas alrededor

de las rendijas de la puerta. Luego,

Talabi reunió todas las sábanas que

encontró. Miró por la ventana del dormitorio.

El apartamento estaba en el

piso 14. Tenía 14 sábanas.

Corrió a la cocina en un intento

por identificar el incendio. Lenguas

de fuego se retorcían alrededor del

condominio. Veía cosas inexplicables

y contradictorias. Humo abajo; llamas

arriba. Estas caían y hacían tsk, tsk, tsk

a la vez que fragmentos incandescentes

de algo se desprendían de los pisos

superiores y pasaban ante la ventana

de su cocina.

La pareja volvió a la habitación e

iba de un lado a otro, tratando de pensar;

llamaron a los servicios de emergencia.

Algunos vecinos se reunieron

con ellos en su apartamento, el humo

los hizo salir de los suyos. Dos de ellos

eran hermanos sirios de veintitantos

años. Uno notó que Talabi amarraba

varias sábanas y le preguntó por qué.

Él solo respondió: “Hermano…”.

Las llamas se acercaban a su sector

del edificio. Talabi aseguró un

extremo de las telas anudadas dentro

del dormitorio, lanzó el resto por

la ventana y luego salió. Colgaba del

exterior de la torre Grenfell, con los

dedos doblados alrededor del marco

de la ventana. Le dijo a Rosemary

que le pasara a su hija, pero la niña

lloraba, forcejeaba y no dejaba que la

recibiera su padre. Empujó el marco,

alejándose. En ese momento, Talabi

supo que su plan de bajar sujetando

la cuerda hechiza con un brazo y a su

hija en el otro no funcionaría.

Cuando perdió la fe en su idea, él

también flaqueó. Se dio cuenta de que

no lograría entrar otra vez. Pateaba en

busca de un punto de apoyo, pero los

paneles del edificio eran muy resbalosos

y no lograba afirmarse. Dejó

de tantear con los pies y se aferró al

borde de la ventana.

DECISIONES TORMENTOSAS

En el piso 22, una madre de tres

oraba. En el 17, una familia recitaba

plegarias del Corán. Había creyentes

de todas las religiones en el inmueble,

personas que hacían todo tipo de

trabajos, con muchos hijos, y también


SELECCIONES

Un día después de que el incendio devorara la torre de 24 pisos, aún salía humo.

ancianos. Había maestros ahí dentro;

alumnos, algunos tenían clase la mañana

siguiente en una escuela justo al

norte del edificio. En Grenfell vivía un

estilista, un proveedor de alimentos,

un conserje, un guardia de seguridad.

Una mujer jubilada del piso 16 se dedicaba

al arte y un hombre del 21 diseñaba

sitios de Internet.

Había un graduado de la facultad

de arquitectura que alquilaba en el

último nivel; un joven profesor de

criminología que esa noche se quedó

a dormir en casa de su tía. Los hermanos

que vivían en la planta de Talabi

eran refugiados recientes de la

guerra de Siria. Un hombre en el 23

se había trasladado a Londres décadas

atrás, para huir del conflicto en

Afganistán. Un sudanés visitaba a su

madre esa noche. Después encontraron

su cuerpo en la calle, cerca de la

torre. Saltó. El afgano hizo lo mismo.

A la artista del 16 la identificaron por

sus registros dentales; al proveedor de

catering, por su ADN.

La gente murió en las escaleras,

cerca de los ascensores, en sus viviendas.

Hablaban por sus celulares

con los servicios de emergencia y con

parientes y amigos, en varios idiomas,

hasta que las líneas se desconectaban

FOT0: VICTORIA JONES/PA ARCHIVE


o simplemente quedaban en silencio.

Los parientes de la madre de tres del

piso 22 contarían que las últimas palabras

que les dirigió hablaban sobre

el perdón. “Transmitía la sensación

de que el paraíso te esperaba”, dijeron.

Esa noche los bomberos guiaron,

cargaron y arrastraron a la gente lejos

del fuego. Aunque también dejaron

atrás a otros a su merced. Tomaron

cientos de decisiones tormentosas.

David Badillo nunca encontró a la

niña del 20, la hermana de 12 años de

la angustiada joven en el vestíbulo.

Cuando el ascensor en el que iba

Badillo abrió sus puertas, él tuvo

que encontrar, a ciegas, el camino a

la escalera de emergencias. Descendió

corriendo hasta la planta baja,

donde tomó un ERA y encontró a otro

bombero dispuesto a entrar al edificio

una vez más. Subieron 20 pisos

hasta el apartamento de la niña. En

ese momento, en las plantas superiores,

el humo era tan denso que los

rescatistas tenían que poner sus máscaras

contra las puertas para leer los

números en ellas. Cuando Badillo y su

compañero encontraron la vivienda,

la puerta estaba entreabierta, como si

Jessica ya hubiera escapado.

No obstante, los dos bomberos entraron

a buscar, abriéndose paso a

tientas, gritando y gritando hasta que

se convencieron de que no había nadie

y hasta que el tanque en la espalda

del colega de Badillo empezó a emitir

un pitido agudo, señal de que se acababa

el oxígeno. Tuvieron que abortar

LOS BOMBEROS

TUVIERON QUE DIRIGIR

LAS MANGUERAS A SUS

CAMIONES, EN LLAMAS

POR EL REVESTIMIENTO

QUE CAÍA.

la búsqueda de la niña de 12 años, de

lo contrario habrían muerto.

Badillo y su compañero abandonaron

el apartamento del piso 20 y

volvieron a la escalera. Sufrían estrés

térmico y estaban a punto de desplomarse

cuando llegaron a la planta baja.

Esa noche, los bomberos tuvieron

que decidir cientos de veces entre

ayudar a los que estaban en peligro

en la escalera o dejarlos atrás y tratar

de socorrer a los de más arriba. El Departamento

de Bomberos de Londres

prohíbe prestar el ERA (una tentación

muy peligrosa siempre) a civiles. Esa

noche, sin embargo, sucedió y luego

se perdonó, como parte de una amnistía

por el desacato de tales normas

durante esta evacuación frenética, sucia,

atropellada, imposible.

En la calle, los rescatistas tuvieron

que apuntar las mangueras a sus camiones,

que el revestimiento exterior

que caía incendiaba. Para muchos

de los inquilinos que lograron salir,

la parte más terrorífica de su escape

empezó cuando ya estaban fuera, corriendo

frente al edificio, una tierra


SELECCIONES

de nadie, asediada por una lluvia de

metal incandescente. Los bomberos

comenzaron a correr de un lado a

otro, escoltando a los sobrevivientes

bajo escudos antimotines.

A las 2:00 a. m., a las 3:00 a. m., a las

4:00 a. m., horas después de que los

primeros bomberos habían llegado,

aún había residentes atrapados. Todavía

agitaban los brazos, todavía

gritaban “¡Ayuda!”. A las 5:00 a. m.

ya casi no se veía gente en las ventanas

de Grenfell. Los bomberos abajo

se sujetaban la cabeza, sofocados, y

hablaban entre sí con tono sombrío

y honestidad: “No podremos sacar a

todos”. Unas horas antes, al ver a un

hombre en el piso 14, agarrado al

marco de una ventana, con una estela

de sábanas atadas debajo suyo, lo

único que atinaron a hacer fue gritarle

que regresara a su casa.

ALGUNOS SALIERON,

OTROS NO

Un estudiante del octavo piso salió,

junto con la tía con la que vivía y

todos los vecinos de su planta, porque

estaba despierto y pudo avisarles

cuando empezó el incendio. “Un

PlayStation [consola para videojuegos]

les salvó la vida”, les diría después. A

un hombre del 16 le llamó un vecino y

le dijo: “¡Sal rápido!”. Se ató una toalla

alrededor de la cara y corrió.

Se registraron más de 600 llamadas

de emergencia de la torre Grenfell el

14 de junio. En aquellas efectuadas

antes de las 2:47 a. m., se les dijo a

los inquilinos que se quedaran en

sus hogares, según el protocolo para

incendios. Después de esa hora, se

abandonó el “no moverse” y se les

dijo a quienes marcaban que abandonaran

el inmueble como pudieran.

Antes de empezar el descenso, un

hombre les dijo a su esposa y sus dos

hijas: “No hay vuelta atrás”.

Después de guiar a su esposa e hija

a un lugar seguro, un inquilino del

piso 15 no podía sacudirse la sensación

de que había dejado algo importante

en el edificio. “Mi alma sigue ahí

dentro”, dijo después. “No creo que mi

alma esté aquí conmigo… está allá”.

A las 7:00 a. m., la hermana de David

Badillo, Jane, le mandó un mensaje

de texto: “¿Estás bien?”.

Acababa de enterarse del incendio

por las noticias. Badillo seguía

en el condominio, que continuaría

ardiendo hasta la noche. A las 7:00

a. m., los primeros bomberos en llegar

llevaban ahí seis horas. Pronto los

mandarían a casa.

Él respondió: “Algo aturdido”.

“Te quiero”, contestó su hermana.

Minutos después, Badillo se comunicó

con ella otra vez para preguntarle

qué decían las noticias. ¿Cuántas personas?

Jane dijo que cinco era la cifra

confirmada hasta entonces. Él escribió:

“Son muchas más”.

Se les prohibió a los primeros socorristas

rasos hablar con los medios

hasta que concluyeran las investigaciones.

Pero Jane reportó que cuando

Badillo y los demás bomberos fueron


elevados, se les mandó a tomar una

taza de té, dieron parte y los mandaron

a descansar. Badillo había ido en

bicicleta antes de iniciar su turno y

regresó en ella a su hogar, con la torre

humeante a plena vista. Al volver con

su esposa y su pequeña hija, inten

dormir, pero no pudo. Acabó leyendo

sobre Grenfell en su teléfono y, mientras

revisaba sus notificaciones de

CUANDO BADILLO LE

CONTÓ A SU HERMANA,

“ESTABA DESTROZADO”,

RECUERDA ELLA. “NO

LOGRABA QUITÁRSELO

DE ENCIMA”.

Facebook, vio mensajes de dos hermanos,

Carlos y Manfred Ruiz, viejos

amigos con los que había trabajado en

la piscina al lado de Grenfell.

Los hermanos Ruiz buscaban a su

sobrina de 12 años, a quien no se le

había visto desde el principio del incendio.

Badillo habló con ellos por

teléfono; dijeron que la niña vivía en

el 20. Se llamaba Jessica.

Algo se le agarrotó a Badillo en el estómago

y estuvo así semanas enteras.

Hasta entonces había vivido con

una culpa sorda, flotante, por la promesa

hecha a la mujer en el vestíbulo,

por la culpa de haber defraudado a

extraños. Ahora sentía que había decepcionado

a alguien que conocía.

Cuando Badillo le contó a su hermana,

“estaba destrozado”, recuerda

Jane. “No lograba quitárselo de encima,

¿sabes?”. Ella le dijo: “No podías

hacer nada más”. Los restos de la niña

se encontraron después en el piso 23.

Muchas víctimas del incendio, sobre

todo aquellas en las plantas superiores,

habían subido para intentar

escapar. Jane recuerda que Badillo repasaba

una y otra vez las decisiones

que había tomado en la torre. En ese

primer viaje en el ascensor, ¿debió seguir

después de que se atascó, en vez

de bajar? Jessica podía haber estado

en la escalera, uno o dos niveles más

arriba, y él podía haberle ayudado.

RESTOS Y RECUPERACIÓN

Tan cerca como lo permitía el cerco

policial, se levantó un anillo de ofrendas

alrededor de la torre. En las cercas

de jardines, contra las paredes de la

iglesia, en las barricadas de acero colocaron

fotos y mensajes. La niña que

vivía en el piso 20 (su nombre completo

era Jessica Urbano Ramírez)

estaba entre las víctimas cuyos restos

se identificarían semanas después.

Luego del incendio y al no tener noticia

suya, se distribuyeron pronto por

todo el vecindario carteles de ella, al

punto que la cara de Jessica se convirtió

en un símbolo desgarrador de lo

que esa noche había costado.

Los investigadores pudieron dar

una cifra de los fallecidos hasta diciembre:

71 personas (luego subió a

72). O tal vez más.


SELECCIONES

Los últimos restos humanos se retiraron

del condominio a principios

de julio. El trabajo que siguió después

se hizo con las puntas de los dedos,

tamices y arqueólogos. El incendio en

Grenfell ardió, en el momento más álgido,

a 980 grados Celsius. A los trabajadores

de recuperación les quedaron

toneladas de ceniza.

Es probable que no todos los ahí

presentes el 14 de junio fueran inquilinos

documentados. Si había visitantes

no registrados, en especial si

estaban en los pisos superiores, pudieron

haber muerto sin que quedara

alguien que pudiera identificarlos.

Un trabajador de recuperación dijo

que, tras el incendio, los apartamentos

“no tenían puertas ni ventanas; desapareció

todo el enlucido, ni siquiera

los bastidores quedaron en pie”. Tal vez

distinguías un colchón por los resortes.

Sobrevivió parte de la porcelana,

como algún escusado. No había nada

más, solo las paredes de concreto”.

El rescatista agregó: “Podías darte

cuenta de que algunos de los que

perecieron se habían quedado en los

apartamentos por los patrones bajo

los escombros. Liso, liso, liso y de

pronto…”, con la mano dibujó una línea

a ras y luego una curva. “Como un

bulto. Debajo del polvo”.

En la tarde del 16 de junio, dos días

después del incendio, hubo una vigilia

junto al condominio. La gente llevaba

velas y rodeaba a los deudos. David

Badillo fue para allá, invitado por sus

amigos, los hermanos Ruiz. Conoce-

ría a la familia de Jessica por primera

vez. Badillo no sabía cómo reaccionarían

los parientes de la niña con

él. Sabía que había hecho lo posible

por salvarla, sin embargo, como dijo

un colega suyo: “Sabes que dimos lo

mejor de nosotros, pero igual tuviste

que dejar gente en ese edificio. Eres

un bombero que salió; pudiste salir”.

En la vigilia, la familia de Jessica sujetaba

con fuerza a Badillo. Él lloró y

les dijo que lo sentía mucho.

A medida que pasaban los días y las

semanas, los sobrevivientes dados de

alta de los hospitales fueron a vivir a

hoteles. A los inquilinos de planes sociales

de vivienda les habían ofrecido

nuevos hogares cerca del Consejo de

Kensington y Chelsea, aunque había

recelo sobre cómo serían esas nuevas

casas y dónde estarían ubicadas.

Después de la conmoción, la pena y

la ira, ahora, más que otra cosa, esta

comunidad estaba extenuada.

El 19 de julio, los sobrevivientes de

Grenfell asistieron a una reunión pública

en la sede del Consejo de Kensington

y Chelsea. Se invitó a algunos a

hablar en la cámara principal, pero a

la mayoría se le envió a una galería en

la parte superior del recinto. Un grupo

de sobrevivientes exasperados armó

un alboroto al intentar bajar al estrado.

Eventualmente a ellos también se les

permitió compartir su experiencia de

aquel día.

David Badillo estaba entre el público

como invitado de la familia de

Jessica. Luego salió de la cámara para


FOTO: ABC NEWS (ARRIBA); ANA OSPINA/PA WIRE (ABAJO)

Oluwaseun Talabi (arriba) escapó

del incendio con su esposa y su niña

de cuatro años; Jessica Urbano

Ramírez (abajo), que vivía en el piso

20, fue una de las 72 víctimas.

hablar con los sobrevivientes. Notó a

alguien cuya cara reconoció, alguien

cuyo escape de la torre fue muy comentado

por los bomberos. Se acercó

y se presentó a Oluwaseun Talabi,

apretando su mano con vehemencia.

Talabi y su familia estaban viviendo

en un hotel desde que salieron del

hospital, donde los atendieron por

inhalación de humo. La última vez

que los bomberos lo habían visto, estaba

aferrado a la ventana, agitando

los pies, agotado. Después, contó Talabi,

los dos hermanos sirios lo agarraron

y lo arrastraron dentro. Uno de

ellos había muerto; no alcanzó a salir.

Además, otros tres vecinos se habían

refugiado en el apartamento. Ellos

también estaban muertos.

De vuelta en su casa, miró a Rosemary

y luego a su hija; pensó: “Caray”.

Escapar parecía imposible.

Pero tenía que intentarlo. Le pidió

a Rosemary que atara a la niña a su

espalda. El plan era salir por la ventana,

pero esta vez con su hija atada

a su espalda. “Estábamos listos para

salir cuando los bomberos abrieron

la puerta y dijeron…”, Talabi se detuvo.

“No recuerdo la palabra exacta

que usaron. ‘¿Corran?’ o ‘¿Salgan?’ o

‘¿Huyan?’”, agregó.

Fue el tono lo que lo convenció, “parecía

una cuestión de correr o morir”.

Rosemary y él se tomaron de las

manos y, con su hija a cuestas, salieron

por la puerta otra vez. El espesor

del humo parecía haberse duplicado,

triplicado. Y, antes, Talabi había estado

seguro de que los mataría... Se

pasaron de la puerta de la escalera y

tuvieron que volver. Iban a tientas, a

ciegas; ya en la escalera, él encontró

el pasamanos. “Corrimos… nos agotamos…

Cada vez que respiras sabes

que inhalas algo tóxico. Y con mi pequeña

atrás de mí…”. Talabi asegura

que esa fue la peor parte: el ruido que

hacía su niña al tratar de respirar.

A trompicones pasaron el décimo

piso, el séptimo. Luego, él se dio


SELECCIONES

David Badillo (derecha) asistió a la vigilia cerca de la torre dos días después

del incendio, junto con los deudos y con Ramiro Urbano, padre de Jessica,

la niña de 12 años de la que no se tenía noticia.

cuenta de que se tropezaban con cadáveres.

“Sentía que me desvanecía.

Pensé: No voy a perder a mi familia

por nadie, por nada. Desde el quinto

nivel, ya podía ver algo de luz allá

abajo. Para mí fue como cuando te

queda dos por ciento en la batería del

teléfono. Así me sentía. Y cuando vi

esa luz, me dio un uno por ciento más”.

Talabi apenas recordaba esos últimos

segundos y niveles. Ya abajo,

los bomberos escoltaron a su familia

bajo escudos antimotines. Se sentaron

junto a un árbol y miraron el edificio.

Talabi ya pensaba en los vecinos que

había dejado, sopesando, lo haría durante

mucho tiempo, qué más pudo

haber hecho o dejado de hacer: trágico

recuento al que muchos de los sobrevivientes

de Grenfell se enfrentaron.

Talabi recordó a un vecino anciano

que se le acercó ofreciéndole agua y le

dijo: “Tienes suerte. Deberías agradecerle

a tu Dios”.

Un alarido interrumpió al anciano.

Talabi comprendió que otra familia

acababa de enterarse de lo peor. “El

hombre me dijo: ‘¿Ves? Tienes suerte’”.

SIEMPRE UNIDOS

Dos meses después de aquella noche,

unas 100 personas de la comunidad

se reunieron para conmemorar a los

difuntos y marcar una ligera, aunque

significativa pausa en su propia recuperación:

habían resistido 60 días.

Entre ellos estaba David Badillo,

cargando a su hija. Buscó a su amigo,

Carlos Ruiz, tío de Jessica, y los dos

hombres se apretaron mutuamente

el cuello como un saludo. A las 7:00

p. m., el grupo emprendió la marcha.

Iban en silencio mientras caminaban

por un sector, bajo cualquier

FOTO: DOMINIC LIPINSKI/PA WIRE


punto de vista, bullicioso y atestado

de tráfico. Por consideración a ellos, la

ciudad se silenció. Dejaron de platicar.

El paso disminuyó y los autobuses se

detuvieron. En todo el país, consejos

y propietarios perturbados ordenaron

que se revisaran minuciosamente

las medidas de seguridad contra incendios

en sus edificios. Kilómetros

enteros de revestimiento externo se

retiraron de los rascacielos. En North

Kensington se estaba planificando cubrir

los restos del edificio Grenfell con

una carpa hasta que este mausoleo involuntario

pudiera ser demolido.

La marcha se alejó de la torre para

luego dar media vuelta. Al volver a

Grenfell, David Badillo, con su hija, se

separó del grupo más grande. El bombero

se hizo a un lado para dejar pasar

a los afectados, como si se preguntara

cuál era su lugar entre ellos. Al final

siguió caminando, pasó la torre y se

dirigió a su estación, sujetando a su

hija contra el pecho.

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Siete monedas de 10 centavos

y 13 monedas de 5 centavos.

JUEGO DE FÓSFOROS

Nota del editor: Lo que sucedió la noche

del incendio es materia de una investigación

pública en curso, que más

adelante en este año se convertirá en

un peritaje. En su momento, se emitirá

el informe final. Las indagaciones

se han concentrado en el revestimiento

externo que se instaló en el condominio

durante la restauración, entre 2014

y 2016. Alrededor de 304 edificios en

el Reino Unido, de más de 18 metros,

tienen revestimientos similares a los

utilizados en la torre Grenfell.

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TOMADO DE GQ (DICIEMBRE DE 2017). © 2017 POR CONDÉ NAST, CONDENAST.COM

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