VE-12 ABRIL 2015

rafasastre

Número 12 – Abril 2015


Velero en ocres – Evelyn Carell (Valencia)

http://evelyncarell.artelista.com

© Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografías o

ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus

respectivos autores (aunque en algunos casos no se citen los nombres)

Portada: Remember you are dreaming - Autor desconocido

Imagen obtenida de http://rememberyouaredreaming.com/

Diseño y edición: Rafa Sastre

Colaboraciones: revistave@hotmail.com

La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.

Jorge Luis Borges (1899-1986)

Visita nuestro blog: http://valenciaescribe.blogspot.com.es/


Índice

Gracias (Rafa Sastre) Pág. 1

Los lirios del delfín (Eva Franco) Pág. 3

De flor en flor (Susana Gisbert) Pág. 5

Voy a morir esta noche (Pernando Gaztelu) Pág. 7

Amants (María Luisa Pérez) Pág. 11

Recuérdame (Macu Joan) Pág. 13

El Cazador y la Bruja (Christine Carcosa) Pág. 15

Nostalgias (Isabel Sifre) Pág. 19

Silencio (Alicia Muñoz) Pág. 21

El pelo (Matilde Lledó) Pág. 23

Prismáticos (Adrián García) Pág. 25

Fantasmas y siluetas (Héctor Vázquez) Pág. 27

Trazo de carbonilla (Jorge Richter) Pág. 29

Orden mundial (Lidia Castro) Pág. 31

El regalo de la vida (Santiago Herrero) Pág. 33

El columpio (Rosi Serrano) Pág. 35

Remanso (Marga Alcalá) Pág. 37

Tirso y Valeria (Isabel Muñoz) Pág. 39

Día de los muertos (Luciano Doti) Pág. 43

Errante (Concha García) Pág. 47

Hay unas voces ahí fuera (Lu Hoyos) Pág. 49

El gatillazo (Nicolás Jarque) Pág. 51

Daniela (Manuel Navarro) Pág. 53

Preludio a una historia (Marco Antonio Torres) Pág. 55

Adela (David Rubio) Pág. 57

Desde la libertad (Rafa Sastre) Pág. 61

La princesa de San Petersburgo (Vicente Carreño) Pág. 63

A punto de rendirme estoy (Marisol Santiso) Pág. 65

Madrugada de flamenco (Fran Rubio) Pág. 67

Al son de un vals (Pilar Descalza) Pág. 69


El lector (Luisa Berbel) Pág. 73

Cachito (Luis Alberto Molina) Pág. 77

Siete de la mañana (Pepe Sanchis) Pág. 81

Quiero tanto a los vampiros (Javier Vayá) Pág. 83

Diluvio (Aldana Michelle Giménez) Pág. 87

La fiesta del fuego (Esther Moreno) Pág. 89

Caos en la tierra (Amparo Andrés) Pág. 91

Las musas van de fiesta (Amparo Hoyos) Pág. 93

Impasible (José Luis Sandin) Pág. 97

Malabarista (Asun Ferri) Pág. 99

La cita (Marisa Martínez)

Pág.101


Gracias

Escribir la introducción de una revista en la cual unos amigos

prestamos a otros nuestras inquietudes literarias es tarea cuanto

menos baladí. Ahora mismo no se me ocurre decir otra cosa que no

sea gracias. Por vuestra fidelidad, por vuestro ánimo, por vuestra

confianza, por esos amables comentarios que a menudo instaláis en

mi corazón; pero gracias, sobre todo, por vuestra amistad. Nunca

habría imaginado que se pudieran forjar relaciones de afecto como

las que tengo el privilegio de disfrutar gracias a una publicación tan

sencilla como esta. Por eso, gracias a todos y cada uno de vosotros.

En la revista de este mes nos complace recibir por vez primera

los trabajos de Isabel Muñoz, Luciano Doti, Amparo Andrés, Marisa

Martínez y del fotógrafo Miguel García, que esperamos hayan venido

para quedarse.

Para concluir, una frase sobre amistad, literatura y felicidad:

«Deben buscarse los amigos como los buenos libros. No está la felicidad

en que sean muchos ni muy curiosos, sino pocos, buenos y bien

conocidos» (Mateo Alemán, 1547-1614)

Y como jamás me cansaré de repetir, sed muy felices.

Rafa Sastre

1


Paradise – Jan Staes (Holanda) https://500px.com/janstaes

2


Los lirios del delfín

Sumergido en las aguas, un viejo delfín quedó atrapado entre

redes ambulantes abandonadas en el mar. El cetáceo, al verse

atrapado, trató de liberarse con la fuerza de su experiencia, pero por

más que aleteaba, le fue imposible emerger.

Cansado se intentarlo, se dejó hundir hasta lo más profundo del

mismo mar que un día fue cómplice de su amada libertad. Allí, justo

donde el silencio se viste de paz, y el dolor se diluye con el frío de sus

profundidades, se dejó llevar por lo incierto, aceptando el lugar de su

muerte.

Sin embargo, un regalo de emociones matizaron con colores

cálidos sus últimos momentos, mostrándole tres lirios de mar,

desprendiéndose de entre las rocas.

El primer lirio llegó a él con la fuerza de sus aleteos, y estaba

formado por pétalos de querencias, de cada surco dibujado en la

marejada que vivió.

El segundo lirio, el que más parecía una estrella, pasó

forcejeando entre los orificios de la red, para quedar abrazado a él.

El tercer lirio, a diferencia de los otros, se desprendió hacia la

superficie, donde asumió entregaría su último suspiro.

Y así fue, porque emergió para renacer, dejando una red rota

esparcida entre las rocas vestidas de sepulcro. En su trompa llevaba

el lirio de sus querencias, y abrazado a una de sus aletas, el lirio que

jamás renunció a él.

Mientras, el tercer lirio terminó difuminándose con la luz del

sol, mostrándole que rendirse jamás será una opción, si necesario es

vivir.

Eva C. Franco (Isla de Margarita, Venezuela)

3


Tears of a flower – freaky208 http://freaky208.deviantart.com/

4


De flor en flor

La primera vez que vi a Julia pensé que jamás había visto una

cara tan radiante. Su sonrisa abierta y sus ojos brillantes asomaban

por detrás de la enorme y exquisita orquídea blanca que yo misma le

había entregado, y hasta me pareció ver deslizarse por su mejilla una

lágrima que no podía ser sino de alegría. Me dio las gracias con una

risa nerviosa y me entregó una propina desmesurada para lo que era

habitual. Era una mujer feliz.

El suyo era el primero de los encargos que tenía para aquella

mañana. Mi madre tenía un puesto de flores en el mercado, y yo la

ayudaba haciendo el reparto un día tras otro. No era un mal trabajo.

Aunque a veces era agobiante sortear el tráfico a bordo de una

cochambrosa furgoneta que hacía ya mucho que vivió tiempos

mejores, las caras de los destinatarios de mi mercancía,

mayoritariamente mujeres, cuando la recibían, solía compensarme. Y

a mí me gustaba imaginar las historias que se escondían detrás de

aquellos ramos y centros de flores.

Julia me llamó la atención desde el primer día. El brillo de sus

ojos al recibir aquella flor exquisita hubiera sido capaz de iluminar

una ciudad entera.

No tardé demasiado en volverla a ver. Apenas habían pasado un

par de meses desde aquel día volví a recibir el encargo de llevarle

algo. Se trataba de un ramo de rosas rojas, veinticinco exactamente,

tantas como años cumplía, según rezaba la tarjeta que ella misma

abrió nerviosa ante mis ojos. Me alegré de volverla a ver. De nuevo

sonreía, aunque me pareció advertir que sus ojos no brillaban de la

misma manera que la primera vez. Pero pensé que quizás el tiempo

transcurrido había deformado mi recuerdo.

5


Poco a poco, los encargos destinados a Julia pasaron a ser una

constante en mi trabajo. Con mucha más frecuencia que cualquier

otro cliente que nunca hubiéramos tenido, el hombre que enviaba

flores a Julia usaba nuestros servicios. Mi madre, que jamás

participaba en las entregas, decía que debía estar muy enamorado, y

así debía ser. Pero a mí había algo que no me encajaba. Nunca volví a

ver aquella cara de alegría que ella tenía el primer día, y a cada

entrega parecía apagarse más y más su mirada.

Pese a todo, no empecé a sospechar lo que pasaba hasta

transcurrido un tiempo. Al cabo de unos veinte días del día de su

cumpleaños, fui de nuevo a llevarle un ramo. Esta vez se trataba de

un bonito y alegre manojo primaveral, con lirios, claveles, margaritas

y pequeñas flores de todos los colores. Sólo con verlas entraban

ganas de reír. Pero Julia esa vez me abrió la puerta y sin apenas

despegar los labios, tomó el regalo y susurró un simple “gracias”. Ni

siquiera me dio propina alguna, ni creo que llegara a pensarlo. Sus

ojos habían perdido el brillo casi por completo, aunque sus labios se

esforzaban en esbozar una leve sonrisa.

A ese encargo le siguió otro, y otro, y otro más. Preciosos

tulipanes amarillos, centros de flores exóticas, primorosas violetas. Y

la mujer que los recibía parecía ganar años cada vez. Y tenía una

permanente mueca de asco que fingía ser una sonrisa sin lograrlo. En

un par de meses, apenas recordaba aquella Julia de mi primera

entrega.

No tardó en llegar el día en que se confirmaran mis sospechas.

Debía entregar un maravilloso ramo de rosas blancas de tallo largo a

su nombre, pero en vez de a su casa, a la dirección de un hospital. Me

maldije a mí misma. Sabía que ese día había de llegar, pero había

mirado hacia otro lado. Y ahora Julia yacía en una clínica,

seguramente con el cuerpo y el alma rotos.

6


Habían transcurrido unos días cuando el siguiente encargo me

dejó helada. El último pedido recibido a nombre de Julia era una

corona de flores. No volvería a ver la mirada de Julia. Había podido

hacer algo por ella, y no lo hice. Lloré de rabia y dolor y me maldije a

mí misma.

Nos dijeron que vendrían a recoger el pedido. Mi madre y yo nos

sentamos a esperar sin pronunciar palabra, y, de pronto, nos

quedamos boquiabiertas ante lo que vimos.

Julia, en persona, apareció allí y, tras pagar la corona ante

nuestra mirada atónita, dijo que iba a enterrar su vida anterior. Su

vida con él. Para eso quería la corona de flores.

No hemos vuelto a ver a Julia nunca más pero sé que ahora sus

ojos brillarán de nuevo.

(Relato ganador del Premio Literario Mujeres de Benetússer 2004)

Susana Gisbert Grifo (Valencia)

http://conmitogaymistacones.com/

7


Waiting for summer – Aris Kamarotos (Grecia)

http://ar-ka.deviantart.com/

8


Voy a morir esta noche

Voy a morir esta noche,

quizá resucite al alba.

Si hoy es un presente,

¿El mañana se acaba?

Voy a morir esta noche,

y me da igual si no vuelvo,

porque no es mi deseo,

ni vuestro, ni del cielo.

Voy a morir esta noche,

estoy tentando a la suerte.

Vos lloráis al oírme,

pues no entendéis perderme.

Me mata en silencio,

me lleva al averno y al edén.

Nadie sabe el oscuro secreto,

de este gran misterio.

Voy a morir esta noche,

iré a un lupanar y a las tinieblas,

soplaré sobre tus suspiros,

y volveré para contaros un cuento.

Voy a morir esta noche,

y, ¿sabéis qué?

Me muero por veros en sueños...

Pernando Gaztelu (Iruña, Navarra)

http://lokos-a-disfrutar.blogspot.com.es/

9


Lovers – Laura Makabresku (Polonia)

http://laura-makabresku.deviantart.com/

10


Amants

(sobre un poema de Vicent Andrés Estellés)

Cómo puede el amor ser un tornado.

Cómo añorar la tranquila armonía de dos cuerpos amándose.

Cómo sobrevivir al tiempo y a los besos.

Cómo ignorar las horas y los días y las eternidades

y hasta entonces haber sobrevivido,

sin amarte, sin sentirte, sin tenerte.

Cómo el huracán puede apaciguar al ansia.

Cómo estrecharte y no quererte.

Cómo los amantes perpetúan el instante.

Cómo el tenerte me asegura

una eternidad, un mundo, un paraíso

del que salir no quiero.

María Luisa Pérez Rodríguez (Valencia)

http://marialuisaperezr.blogspot.com.es/

11


Remember me – Miranda (EUA) http://x-xlithiumx-x.deviantart.com/

12


R3CUéRd4M3

Te dejaré impresa mi alma en papel.

Tatuaré cada palabra no pronunciada bajo tu piel.

Ahuyentaré tus miedos, romperé tus cadenas. Abrazaré tus

sueños, mutarán tus creencias.

Idearé pensamientos que abrasen tu timidez.

Enhebraré hilos que remienden tu vejez.

Sorberé tu veneno, acallaré tu ausencia. Delinearé tu cuerpo, se

quebrará tu firmeza.

A cambio, sólo una PROmeSA.

Mírame.

Escúchame.

Léeme.

Recuérdame.

Macu Joan (Carlet, Valencia)

http://macujoan.blogspot.com.es/

13


The Raven – Evelyn Murphy EUA)

http://www.fotoblur.com/people/emurphy

Imagen sugerida por la autora

14


El Cazador y la Bruja

La espera se estaba haciendo insoportable. Habían hablado

varias veces por Facebook, bajo nombres falsos, por supuesto, pero

Alana quería más. Se había cansado de jugar al escondite, como

llevaba haciendo varios meses. Deseaba que la atraparan. Pero no

cualquier poli de mierda, no. Tenía que ser él.

Había oído hablar del Cazador un tiempo después de empezar

su particular reinado del terror. A los periodistas les encantaban esas

terminologías tan estúpidas. Cuanto más estúpido era el titular,

mayor tirada. Borregos lanzándose a por el último ejemplar, señoras

abriendo sus enormes bocazas en forma de “O” al leer algo

mínimamente escandaloso, niños temblando de miedo al ver las

morbosas fotos que acompañaban al artículo.

Desde que empezó con los empollones universitarios, ella había

sido literalmente la reina de las portadas. Se había encargado de que

supieran que era obra de una mujer, oh sí. Las marcas de los

mordiscos con su sutil huella de pintalabios de Dior. El perfume

impregnado en sus ropas. Las perforaciones de sus tacones de aguja.

Y siempre, siempre, un ejemplar de la revista Vogue a los pies del

cadáver.

Pensaba que la atraparían enseguida, pero pronto descubrió que

los policías encargados del caso eran nefastos hasta un punto

verdaderamente preocupante. Toda la ciudad cagada de miedo y

ellos…Nadie entendía muy bien qué hacían exactamente. Alana

compraba la Vogue en el súper más cercano al campus donde iba a

efectuar el ataque minutos después. ¡Con sólo interrogar a la cajera

tendrían pistas (no demasiadas) sobre su aspecto! Pero los días

pasaban, y nadie llamaba a la puerta de Alana.

15


Y entonces él estropeó su habitual portada en los periódicos

locales. Un intruso en su reinado del terror. Se hacía llamar El

Cazador de Brujas.

La ira golpeó a Alana la primera vez que se topó con una

portada robada. El Cazador había irrumpido en el periódico con una

carta al editor. Se presentaba como un justiciero en un “mundo

repleto de malas brujas”, y declaraba no tener piedad ninguna.

Adjuntaba fotos, que el nauseabundo editor ni siquiera se había

molestado en censurar. Se despedía con un rotundo “Te encontraré,

reina de pacotilla”.

Alana escribió una carta de respuesta minutos después de

arrancarse varios mechones de su preciosa cabellera. La batalla del

periódico duró unas dos semanas. Los ciudadanos, decididos a no

asomar las narices fuera de sus domicilios, seguían la lucha de titanes

desde la sombra. Las mujeres se posesionaban a favor de Alana,

“defensora del feminismo en un mundo de asesinatos donde

predominaba la masculinidad”. “Yo no justifico el asesinato”—

afirmaba una señora de mediana edad—“pero ya está bien de que

seamos nosotras las que tengamos miedo de salir a la calle. Ella ha

cambiado las cosas en ese sentido. Ahora son los hombres los que están

temblando en sus casas. Eso está bien, ¿sabe?”

Los hombres se sentían identificados con el Cazador. Enviaban

armas de diversa índole a los periódicos locales, para que éstos se los

reenviaran al “hombre que iba a acabar con la maldita bruja”. La

ciudad estaba atravesando una terrible crisis. En las casas no se

hablaba de otra cosa. El hashtag #cazaralabruja era Trending Topic

en Twitter. Todos los días había separaciones, eso en el mejor de los

casos. En el peor, uno de ellos desaparecía sin dejar mayor rastro que

diminutas gotas de sangre en el congelador. La creciente y adictiva

violencia golpeó cada rincón de los impolutos hogares.

16


Mientras tanto, Alana y el Cazador hablaban por Facebook. El

tiempo corría en su contra. La víctima deseando ser atrapada, el

cazador deseando introducirse en la madriguera y atrapar al molesto

roedor.

Harta del juego sin fin, Alana dio el primer paso y le proporcionó

su dirección real. “Te estaré esperando”, escribió y se desconectó,

satisfecha de haber sido la última en tener la palabra.

Pasaron quince minutos. Alana estaba nerviosa, pensando en el

ansiado encuentro, mientras contemplaba por la ventana (sin poner

demasiado interés) las primeras peleas en las calles. La gente se había

cansado de observar desde las sombras. Todos querían participar.

Todos querían ser piezas de vital importancia en el enorme tablero.

Se escucharon varias explosiones seguidas por desgarradores gritos.

El Cazador estaba tardando demasiado.

Por fin sonó el timbre. Visiblemente emocionada, Alana abrió la

puerta sin más preámbulos. Él era demasiado alto y llevaba una

máscara de lobo. Blandía un cuchillo de cazador en la mano

izquierda. Se miraron durante varios segundos. Ella reaccionó

primero y salió corriendo en dirección al dormitorio, pero el Cazador

era más rápido y la atrapó, abalanzándose sobre ella y destrozando

todo cuanto había a su paso. Forcejearon un rato hasta que ella le

invitó tímidamente a un café, desde una nada ganadora posición de

abajo. Él aceptó, tras meditarlo unos segundos. Ya tendría tiempo de

matarla. Tan sólo unos metros más abajo, el mundo pareció haberse

olvidado de ellos.

Tomaron café hasta el amanecer, mientras la antaño pacífica y

aburrida ciudad se engullía a sí misma y mostraba su verdadera

naturaleza, convertida en caos.

Christine Carcosa (Murcia)

https://christinecarcosa.wordpress.com/

17


Petite Fille – Amedeo Modigliani (1884-1920)

Imagen sugerida por la autora

18


Nostalgias

Me hace falta tu olor, tu cercanía

porque me son extraños

el huerto y el aljibe,

la casa y las adelfas del camino

la luna que me acecha

tras el visillo lila

y el sol que entra a raudales por el patio.

Me hace falta tu aliento y que tus brazos

me agarren otra vez por la cintura

porque me duermo al filo de la madrugada

reviviendo

pero a medida que amanece

la luz se me hace turbia

y me voy con las horas marchitando.

(Del libro Boceto para una noche)

Isabel Sifre Puig (Valencia)

19


Silence – Michael McDevitt (EUA)

http://youngchristianartist.deviantart.com/

20


Silencio

Silencio. No hay más que silencio,

ni murmullos ni lamentos,

solo silencio.

Ni siquiera alaridos, titubeos,

ni proyectos de frases, ni tanteos.

Silencio muerto.

El silencio todo lo perfora, lo hace lento.

Quedas esperando la palabra dicha,

el encuentro, la oportunidad, el beso.

Nada se halla.

Te golpea el silencio en las sienes:

“no me dejes así, por favor, di algo”

y lo no dicho es mucho y duele,

más allá del reproche y los antiguos quereres.

El silencio pone un punto

y rara vez es seguido.

Si ya no se desparrama el verbo,

si no te sirve la explicación,

ni el desahogo, ni el duelo,

tan sólo habla el silencio.

Y el silencio sentencia,

acusa, mata inquietudes,

impide acercamientos,

destapa tristezas, cobardías,

acuna vuelos.

Alicia Muñoz Alabau (Valencia)

https://www.facebook.com/PonerseAlas

21


Mirror – Nikolaj Djatschenko (Alemania) http://nik159.deviantart.com/

22


El pelo

Aquel pelo rubio en la mitad de su pecho le tenía obsesionado.

Era de un tacto sedoso que le evocaba algo amable que no conseguía

recordar. Pero a la vez le producía una desazón que le aterraba. Él

siempre había sido barbilampiño y sin vello. Eso era, precisamente, lo

que le daba aquella expresión infantil. “Por ti no pasan los años

chaval”, se decía cada mañana al mirarse al espejo. Y ahora aquel

pelo, extraño y recalcitrante, estropeaba su inmaculada piel de

impúber.

Intentó arrancarlo de cuajo. Con la cuchilla, con pinzas, incluso

con la tortura de la cera caliente. Todo era inútil. Volvía a aparecer

de nuevo obstinado y provocador.

Cuanto más tiraba de él, más largo se hacía. Se había convertido

en un desafío acabar con aquel intruso. ¡Qué ridículo¡ pensaba, solo

tengo que agarrarlo con fuerza y sacarlo de raíz, no puede ser tan

largo. Pero, por algún motivo extraño, en cuanto aquel pelo

comenzaba a crecer paraba de inmediato, atemorizado.

Aquella mañana se despertó decidido. Iba a terminar de una vez

por todas con aquella chifladura. Aferró con fuerza a su adversario y

tiró de él dispuesto a llegar hasta el final.

En la maraña de hilos del suelo, los grandes botones negros

estaban humedecidos. En el último momento de conciencia recordó.

Aquella dulce viejecita de sus sueños tejía con lana amarilla.

Matilde Lledó Pérez (Madrid)

23


Binoculars – Edgards (Letonia) http://edgars.deviantart.com/

24


Prismáticos

Con prismáticos en los ojos

Solo puedo ver esbozos

Confundidos en la lejanía

Como pequeños trazos

De un futuro de plastilina

Cuando lo distante está a tu alcance

Lo cercano parece alejarse

Pues apenas te das cuenta

Que todo se mueve tan deprisa

Que cobra vida si no le miras

Con prismáticos en mis ojos

Siento que el momento se escapa

Son demasiados puntos ciegos

Para este mundo que te atrapa

Si no te paras a pensar en él

Quitarse los prismáticos de los ojos

Y enfrentarse a todo

Notar que la realidad te toca

Como si quisiera decirte

Ha llegado tu turno, toca decidirse

Adrián García Raga (Valencia)

http://unaestrellaenelcosmos.blogspot.com.es/

25


Juan Luis López Anaya (Castell de Ferro, Granada)

http://dididibujos.blogspot.com.es/

26


Fantasmas y siluetas

Foto de Danna Juárez Montemayor (aportada por el autor)

Quiero perderme en la noche

entre el calor de tus latidos,

recostarme sobre tiernas hojas

y hacerlas crujir con leves mordiscos.

Quiero comerme al mundo

empezando por tu boca,

desnudarte hasta las raíces

con mis labios mudos.

27


Mirar por horas el espacio

en esos ojos nocturnos,

aferrado a tu carne fría

como si proviniéramos del cincel.

Rubén Vázquez Charolet (Puebla, México)

http://dependientedeltiempo.wordpress.com/

28


Trazo de carbonilla

Sometimes lost – Gabrielle (EUA) http://gabbyd70.deviantart.com/

La mano se desliza, sosteniendo entre los dedos un trozo de

carbonilla, surgen trazos sobre el papel.

Líneas curvas, líneas rectas que van perfilando un rostro. Aquel

rostro del sentimiento brotado, ya transformado en carbón y papel.

La copa de ron, junto al cuaderno de la vida, refleja la acción.

Entre sorbo y sorbo, detalles y más detalles, en el reflejo del

cristal se pierden.

Mientras transmutan en brasas el carbón, papel, ron y pasión.

Jorge Richter Vázquez (Valencia)

29


Foto de Costică Acsinte (Rumanía)

https://www.flickr.com/photos/costicaacsinte/

30


Orden mundial

—Marcela… ¡no encuentro la agenda! Estaba acá sobre el

televisor y ahora no está. En esta casa debe haber un poltergeist…

¿Puede ser que cada vez que necesito algo no lo encuentro donde lo

dejé?

—¡Calmate un poco! Vení, tomate un café que ya despaché a los

chicos al colegio.

—Sí, para vos todo se arregla con un café… a ver… decime cómo

era el programa para hoy, si podés… y del fin de semana, hasta que

encuentre la agenda.

—Hoy los tuyos van con la mamá y yo me quedo con los míos y

los nuestros. El domingo nos quedamos con los míos y los tuyos, y

los nuestros se van con los abuelos…

—Vos sos una computadora y yo un tipo simple y normal… A

ver si entendí bien. ¿Los míos se van hoy? Me parece que yo tenía

otra cosa en la maldita agenda.

—Sí, lo arreglamos así con Elvira porque el sábado no podía.

Tiene que llevar a los hijos de su marido a un cumpleaños. Pero la

semana que viene me aseguró que todo vuelve a la rutina de siempre.

—¡Ché, te olvidaste que la semana que viene nos vamos al

campo los dos solos!… ¡Vos y yo!

—No me olvidé. Sencillamente no va a poder ser… El

benemérito padre de mis hijos planeó unas mini vacaciones de

Semana Santa antes que nosotros. Nos ganó de mano… y encima… ¡no

te pongas como loco, eh! tenemos que cuidarle los tres chicos.

—¿Qué?

—¿No soñaste siempre con una familia numerosa? El domingo

de Pascua seremos nosotros dos más los cuatro tuyos, más los tres

31


míos, más los dos nuestros, más los tres de Esteban. Sin contar que

seguro caen tus viejos y mis hermanas con sus chicos… Respirá

hondo y anotá todo para no hacer descalabros. ¿No estás contento, mi

amor?

—¡Muy contento! ¿No se me nota? Al menos tengo todo en la

agenda. Espero que no se peleen porque salvo los míos, todos son

unos lieros.

Marcela se viste para ir a la oficina, mientras Daniel toma su café

y lee los titulares del diario. Afuera, empieza el movimiento cotidiano

en el barrio: los comerciantes suben las persianas de los negocios.

Algunos vecinos se cruzan mientras pasean a los perros, su única

familia. Daniel lee: “Un bebé es abandonado en el baño del hospital.”

“Los Tribunales están atestados de parejas que esperan que se dicte

sentencia de divorcio y régimen de visitas.” “Las Damas de

Beneficencia dan el desayuno a decenas de huérfanos.” “En el país, la

deserción escolar aumenta un 5%: los padres prefieren mandar a sus

hijos menores a trabajar.” “La tasa de matrimonios disminuye un

40% por año.” “En el centro de la ciudad, los sin techo acomodan sus

pocas pertenencias en carritos de supermercado dejando paso a los

que entran por donde ellos se cobijaron durante la noche (foto)” “En

Europa, la familia tipo tiene sólo un hijo.” “En China, el gobierno

premia monetariamente a las parejas que deciden no tener hijos. “La

inflación mundial aumenta la brecha entre ricos con pocos hijos y

pobres con familia numerosa.” “La UNESCO alerta sobre la

disminución de alimentos en los países del tercer mundo. La

deficiencia nutricional ha bajado el índice promedio de cociente

intelectual en niños menores de diez años.” Daniel apoya el diario.

—Decime… Marcela: ¿en qué luna de Valencia estábamos

cuando decidimos casarnos y tener chicos?

Lidia Castro Hernando (Mar del Plata, Argentina)

http://escritosdemiuniverso.blogspot.com

32


El regalo de la vida

Imagen del autor (Santiago Herrero)

La vida nos da vueltas,

ave de vertiginoso vuelo;

intentas ver qué forma tiene

-te cantaron su promesamanteniendo

tu mirada en ella,

o intentándolo;

girando a la vez que ella,

o intentándolo;

33


ápido, más rápido,

girando tan deprisa

sobre ti mismo,

sin mover del sitio

-carrusel desquiciado-;

pero sólo consigues marearte

y caer al suelo.

Y al golpear con tus huesos

sobre el duro frío,

es entonces que viene el vómito

y percibes lo real:

que eres carne y que eres hueso,

acervo de mierda y sangre,

que la vida gira y gira

y te da vueltas,

pero tu culo

-tuyopuedes

sentirlo;

porque, joder,

debe haber algo más

que seguir al pájaro.

Santiago Herrero Gea (Valencia)

www.alasombradelparnaso.blogspot.com.es

34


El columpio

Columpio – takemybones http://takemybones.deviantart.com/

He asomado por la ventana y te he visto venir despacio, con ese

andar de los que no tienen prisa por llegar, quizás porque tus ojos

cansados han estado en todas partes.

Apoyada en la ventana tuve la sensación de oír tu moto, girabas

la última curva de la calle de las rocas, y allí estabas tú, dejabas la

moto encendida y venías en mi rescate como el caballero que baja de

su caballo para salvar a la dama, olías a sudor, gasolina y arcilla de la

vieja cerámica, donde se cocían los azulejos y tus manos cada día y

alguna que otra noche.

35


Pero llegaba el domingo y aquellos olores cambiaban a pino y

lavanda, cuando entre tú y mamá viajaba a Montserrat para pasar el

día de descanso.

Allí en un viejo pino estaba mi columpio, el que me habías

construido para mi alegría y disgusto de mamá, pero allí estabas tú

para que no me cayera, me fuiste dando empujones como en la vida

misma, poco a poco fuiste soltándome y cada vez llegaba más alto,

pero cuando estaba alcanzando las ramas, llegaron mis hermanos,

compartí mi columpio con ellos y empezó una época en la que

tratábamos a la felicidad de tú a tú.

Pero tus raíces te abrazaron con la nostalgia del pasado y el

columpio se giró hacia tierras castellanas, donde olí por primera vez

el vino y la paja trillada, aunque tú seguiste oliendo a sudor.

Por eso ahora, cierro los ojos y pienso que nos ha faltado tiempo

para darte las gracias por empujar el columpio de mi vida, por tu

sudor y abrazos, pues la vida en el fondo es como un columpio que va

y viene.

Ahora te toca subir a ti y empujar a mí.

El día que te bajes subiré a mi hijo y le daré a él todo lo bueno

que me diste, para que nuestros recuerdos se mezan en el viejo

columpio eternamente, y tu recuerdo me acompañe cuando la vida

me empuje demasiado fuerte, pues la vida es una puerta con muchos

topes en los que tropezar.

Por todo ello, “gracias papá, te quiero “

Rosi Serrano Romero (Móstoles, Madrid)

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Remanso

Estar ahí,

como rabión en cauce estrecho,

sorteando piedras del camino

en vertiginosa pendiente.

Deseando,

por una vez,

ser remanso,

reflejo callado de luna.

Y verte en la orilla,

apaciblemente sentado,

observar el agua

tropezar con las rocas,

las últimas hojas secas

del invierno,

y algún pájaro que distraído

bebe a tu lado.

Imagen aportada por la autora

Marga Alcalá (Valencia)

http://comolaspiedrasoelviento.blogspot.com.es/

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Passion – Ariel (EUA) http://arielroggow.deviantart.com/

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Tirso y Valeria

El crepitar de los troncos en la magnífica chimenea resonaba,

atrayente y casi hipnótico, inundando toda la estancia. Valeria

prefirió sentarse sobre la tupida alfombra de lana en la que, además,

se encontraban desperdigados algunos cómodos cojines. La visión del

fuego la envolvió de tal manera que se permitió ignorar cualquier

tipo de pensamiento. Sin embargo, apenas su mente comenzaba a

desconectar cuando el sonido del descorche de una botella desde la

cocina se encargaba de devolverla a la realidad. Aunque ésta tampoco

estaba tan mal. Suspiró y sonrió de manera pícara. Encogió sus

rodillas rodeándolas con los brazos y apoyó, cariñosa, su barbilla

sobre ellas. ¡Ah, Tirso! La sonrisa se amplió. Hacía muy poco tiempo

que salían juntos pero parecía que la relación estaba destinada a

cuajar. En medio de citas informales o de inesperados encuentros, les

había dado tiempo para susurrarse los secretos, para confesarse

pasadas tribulaciones y, por supuesto para comenzar a amarse. De

manera que, ambos, llevaban tiempo esperando lo que parecía que

iba a ocurrir aquella noche. Tenían alquilado aquel acogedor refugio

campestre por todo el fin de semana… Se dejarían llevar.

Tirso se acercó con una copa de champagne en cada mano. Iba

descalzo. La caldeada madera del piso invitaba a disfrutarla. Se había

subido el bajo de los vaqueros hasta los tobillos y desabrochado algo

la camisa que llevaba por fuera de los pantalones. Al tiempo que se

sentaba junto a ella le alargó una de las copas. Saborearon, en silencio

y frente al atrayente fuego, la elegante calidez del Moét Rosé

Impérial. Tirso la había adquirido a propósito para esta ocasión,

sabedor de que era la más apropiada para una noche especial. Y

ambos esperaban que lo fuera.

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Acercó su mano para juguetear con el tirante del vestido que

Valeria llevaba puesto. Con el dedo índice se lo dejaba caer y a

continuación lo volvía a subir. Ella lo miró y volvió a sonreír,

acercando su cara hasta el hombro para atrapar, de esa manera, la

mano de Tirso. Fue entonces cuando sus miradas quedaron

atrapadas. Los ojos azules de ella, grandes y ligeramente rasgados,

honestos y valientes. Los verde oscuro de él, sombreados por tupidas

pestañas, decididos y seguros. La mano de Tirso acarició el cuello

femenino mientras se acercaban, lentamente, el uno al otro. Y en

apenas un instante unos labios, perfilados y duros, se encontraron

con otros que los esperaban, rojos y entreabiertos. Se fundieron en

un beso suave al principio para, a medida que transcurrían los

segundos transformarse en algo más ávido, con más necesidad. Las

lenguas de ambos exploraron un terreno ya conocido aunque no por

eso menos apetecible.

Después del beso y mientras recuperaban el aliento, Tirso

aprovechó para mordisquearle la pequeña y apetecible barbilla. Le

hubiera gustado apretar el mordisco, el deseo lo consumía pero,

controlándose, bajó por el suave cuello recreándose con pequeños y

numerosos besitos.

De esta manera alcanzó el canalillo de Valeria. Adoraba aquella

unión de los generosos pechos de su chica. Estaba seguro que podría

pasar horas enteras perdido entre ellos, besuqueándolos; y seguro

también de que jamás se cansaría pero, en ese momento acuciaba

otra necesidad. Encontró la cremallera del vestido en la espalda y la

deslizó, suavemente, hacia abajo. Y, cuando la mano volvió a subir por

el suave dorso femenino desabrochó, de un solo toque, el molesto

sujetador.

Ella sonrió escondiendo su cara entre los anchos hombros

masculinos. Tirso parecía muy diestro en estos temas. Parecía que se

desenvolvía bastante bien. Sin nervios, sin premura. Seguro del paso

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a seguir tras haber concluido el anterior. Dejaría para más adelante el

preguntarle sobre el tema. No es que le molestara que hubiera estado

con algunas chicas, pero le picaba un poco la curiosidad.

Una mano rodeándole un pecho la devolvió al presente. Desde

abajo, subiéndoselo hacia arriba y atrapando entre el pulgar y el

índice el sensible pezón. Ella dejó escapar entonces tal ardiente

suspiro que abrasó el cuello de Tirso allí dónde había incidido.

Advirtiéndolo, se abalanzó sobre ella en un apasionado arrebato

cayendo, los dos, sobre los estratégicamente bien dispuestos cojines.

Besos, caricias y revolcones hacia ambos lados contribuyeron a

deshacerse de las incómodas prendas de ropa.

Durante un buen rato, en la penumbra de la estancia, dos

cuerpos desnudos se perfilaban ante el sugestivo rojo-amarillento de

la magnífica chimenea.

Aquella noche comenzaba siendo muy especial…

Isabel Muñoz Valenzuela (La Nucia – Alicante)

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Día de los muertos – Jon Robinson (EUA) http://jonc20.deviantart.com/

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Día de los muertos

Esa noche, Leo fue al pub “Saint Andrew” por una cerveza. Era

viernes, no buscaba una relación ocasional; pero tampoco la

rechazaría en el supuesto caso de que se presentara esa oportunidad.

Se sentó en un rincón de la barra y pidió su bebida. Sobre una

pequeña tarima dos músicos, munidos de gaita y guitarra acústica,

ambientaban el lugar impregnándolo con el dulce y melancólico

ritmo de la música celta. Comenzó a beber la cerveza y se dejó llevar

por la melodía. Entre trago y trago cayó en un sopor; así pasó casi

una hora. Cuando recobró el sentido, se hallaba sentado aún en la

barra de ese pub, obviamente; pero ahora una joven, de

aproximadamente unos treinta años, ocupaba el asiento contiguo al

suyo. Ambos estaban sentados acodados en la barra, de manera que

sus brazos se tocaban uno al otro. Leo se dio cuenta de ello y miró a la

joven, entonces hicieron contacto visual y ella lo saludó.

—¡Hola!, me llamo Sara —dijo ella, con un acento foráneo.

Luego Leo sabría que era mexicano.

—Yo soy Leo, ¿cómo estás?

Ahí fue que comenzaron la conversación en la cual se contaron

sus vidas, o el resumen de ellas, para hablar con propiedad. Viuda

ella, soltero él. Después él le propondría salir de allí, ella aceptaría,

irían a un hotel...

A la semana de eso, Sara tenía que regresar a México. Leo estaba

dispuesto a seguirla a donde hiciera falta; así que, cuando ella le

propuso acompañarla, él aceptó.

Dejaron Buenos Aires en un vuelo de Copa Airlines. Una vez que

el avión, tras el despegue, se estabilizó en el aire, Leo respiró

profundo, se apoltronó en su butaca y se puso a pensar en lo

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sorprendente que es la vida. En una semana su vida había cambiado.

Ya no era ese joven sin rumbo trajinando las calles de ”La Reina del

Plata”; era ahora un hombre, que había decidido tomar las riendas de

su vida en sus propias manos, y partía a México, con una mujer al

lado, en busca de su destino.

El otoño mexicano los recibió con un sol esplendido. El taxi, que

los acercaba desde el aeropuerto al departamento de Sara, pasó por

delante de un cementerio. Mucha gente se amuchaba en sus

inmediaciones; varios portaban la imagen de una parca.

—Es San La Muerte —le explicó Sara, cuando Leo quiso saber.

Después le contó que ese día, 2 de Noviembre, los mexicanos

celebran año tras año el “Día de los Muertos”, que suelen ir a comer

sobre la tumba de sus seres queridos, en una suerte de picnic, y que

ella había hecho eso mismo, sobre la última morada de su difunto

esposo, hasta el año pasado; por lo que era éste el primer año que le

fallaba.

Una vez que estuvieron en el departamento, Leo decidió tomar

una ducha. Ella le indicó dónde se encontraba el baño y le entregó

algunos elementos de aseo, tales como jabón, champú, etc. Después,

Leo comenzó a bañarse. Bajo la ducha, con el agua cayéndole encima,

oyó la voz de Sara:

—Voy hasta aquí cerca, a comprar unas pocas cosas que

necesitamos para la cena.

Luego escuchó el timbre. ¿Acaso Sara se había olvidado la llave?

¿Podía estar ella de regreso tan rápido? Se cubrió atándose un toallón

a la cintura y salió del baño para abrirle. Cuando abrió la puerta, la

vio. No a Sara, sino a La Parca. Fue un instante antes de sentir el filo

de la guadaña en su cuello.

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Sara regresó y encontró la puerta del departamento ligeramente

entornada. La empujó y sintió que algo la estaba trabando; alguna

cosa detrás de la puerta obstaculizaba la normal apertura de la

misma. Entró de refilón por la pequeña abertura que había entre el

marco y el borde de la puerta. Después miró en el piso para ver de

qué se trataba; entonces dejó caer la bolsa con las provisiones, se

llevó una de sus manos a la boca y comenzó a sollozar con un llanto

estertóreo. Su respiración era agitada; esos espasmos aumentaron

cuando creyó reconocer a San La Muerte dentro de su living.

—Sara... —la llamó este ser mitológico.

—¿Qué quieres de mí? —le preguntó ella, totalmente aturdida.

—Vine por ti para que te reencuentres con tu esposo.

—¿Por qué?

—Porque hoy no fuiste a su tumba, lo que no hiciste por las

buenas lo harás por las malas. Ahora morirás para unirte a él.

—Pero yo quería estar con Leo.

—Él ya no puede ayudarte, como verás, ya me ocupé de él.

—Él era inocente en esta historia

—Él te hizo olvidar a tu esposo, por lo tanto no era inocente.

Nadie en esta historia lo es.

Tras oír eso, Sara se arrodilló frente a San La Muerte y comenzó

a suplicar por su vida:

—Por favor, perdóname.

—Ahora pides por tu vida, luego de que olvidaste a tu esposo y

tu cultura, dejando de lado la tradición de tu pueblo, el legado de tu

sangre.

—Perdóname.

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—No, tu alma le pertenece al difunto que te desposó por vez

primera.

Sara escuchó esta última sentencia aún de rodillas y con la

cabeza gacha. Inmediatamente vio la sombra de la guadaña elevarse

justo frente a ella. Después, la misma sombra bajando con fuerza y un

dolor lacerante en su cuello.

Luciano Doti (Buenos Aires, Argentina)

http://letrasdehorror.blogspot.com/

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Errante

Hace un año la encontré tumbada en la cuneta. No sé de dónde

viene, ni cómo se llama.

Me gusta verla despertar, despega los párpados y su luz verde

divaga incapaz de posarse un instante. Inocente me abraza, a veces

riendo, otras gritando. En ocasiones se muestra esquiva y desaparece,

hasta volver con la prueba de su victoria.

Hoy ha sido un mechón de pelo. Me lo muestra eufórica

mientras me cuenta que la ha vuelto a vencer. La nueva calva afea su

aspecto. Sin saber qué hacer la beso, esperando romper algún día el

encantamiento.

Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

Eye am a green fairy – Irene Zeleskou (Grecia)

http://ftourini.deviantart.com/

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Eulalia Rubio (Valencia) http://jardinesrioturia.blogspot.com.es/

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Hay unas voces ahí fuera

Hay unas voces ahí fuera

Que cantan himnos de marzo

Mientras lustran los pasillos.

Yo estoy sola,

Entran azules de mar y cielo

Por la ventana.

Las tierras húmedas

Del arrozal cercano

Aún no verdean

Al otro lado;

Ese es regalo más tardío,

Del verano,

Cuando sus plantas

Se yerguen frescas.

Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

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It Ends with a Bang!- Eugenia Loli (EUA) http://eugenialoli.tictail.com/

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El gatillazo

Le chupa la oreja. Le manosea las tetas. Le encañona con su

polla. Todo al mismo tiempo. Diana le susurra: «Métemela». Toni

sonríe. Le introduce solo la punta, la saca. Repite proceso, alargando

el castigo. Diana intenta apresarlo, aunque con sus manos atadas a la

cama la cuestión se complica. De repente el llanto de Lucy se

interpone entre los dos. Se detienen. La pequeña grita con desgarro.

Toni pide perdón en nombre de su hija y se cubre. Sale al pasillo

oscuro y la niña, como si ya lo viese, le reclama con más vehemencia.

Toni, que preferiría perder un ojo al sufrimiento de su pequeña por

nimio que sea, corre. «Mi cielo, ya llega papá». Pero no es cierto: A

medida que avanza el pasillo se torna infinito, gélido, desapacible.

Aturdido, se desespera. Escucha los lamentos de Lucy y a su corazón

desbocado. Cae al suelo. Quiere levantarse, no puede. Gatea, se

arrastra. La niña aumenta sus llantos y él su impotencia. Continúa.

Por fin, después de superar una niebla plomiza, arriba a la habitación.

Se incorpora. Al verlo, Lucy se lanza a sus brazos y, entre gimoteos,

murmura: «Lo siento. Mamá me obligó». Sin tiempo para reaccionar,

Diana clama auxilio y calla.

Nicolás Jarque Alegre (Albuixech, Valencia)

http://escribenicolasjarque.blogspot.com

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Red Umbrella – Taylan Kiraly (Turquía) https://500px.com/taylankirali

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Daniela

Cuando llega Daniela ya estoy despierto. La oigo dejar las llaves

en el plato de la cómoda, caminar hasta el baño, encender la luz.

Tiene la piel oscura y los pechos grandes. Luego de cambiarse, abre la

puerta de mi habitación, pregunta si he dormido bien, levanta la

persiana con energía, enciende la radio y dice:

—¡Hace un día estupendo!

Lo dice siempre, aunque llueva o haga viento. Me besa, me

desnuda y me lleva en brazos al cuarto de baño. Menos mal que peso

poco. Me coloca con suavidad en la tina. Al principio sentía vergüenza

de que me viera desnudo. Ahora no. Ahora deseo que vea mi cuerpo,

incluso cuando se me pone dura, que es casi siempre, sobre todo,

cuando pasa la esponja por ahí abajo. No puedo evitarlo. Me encanta

que pase la esponja por todo mi cuerpo, pero cuando enjabona mis

partes, me vuelvo loco. Sé que ella sabe que disfruto con eso. A veces

lo hace mirándome a los ojos, como preguntando:

—¿Te gusta así, cariño?

Cuando termina, me seca con una toalla grande y pone

desodorante en mis axilas. Me gusta sentir mi cuerpo limpio y oler

bien. Después me viste, me coloca en la silla y ata mis pies con las

correas de cuero. Las manos no me las ata. Las manos las puedo

llevar sueltas, pero hago con ellas movimientos extraños, sin querer.

Después de darme el desayuno y las medicinas, me lleva a la parada

de la ruta. Cuando llega el autobús, Daniela me da un beso de

despedida. A las nueve y media estoy en el Centro. Paso el día

pensando en ella, pero soy incapaz de decirle que la quiero, que

desearía acostarme con ella. Podría marcharse y no volvería a verla

nunca.

Manuel Navarro Seva (Madrid)

http://manuelnavarroseva.blogspot.com.es/

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Knight Pray – Johnny Corcoran (Irlanda)

https://500px.com/JohnnyCorcoran

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Preludio a una historia

Soy el que es nadie, el que no fue una espada

en la guerra. Soy eco, olvido, nada.

Soy, de Jorge Luis Borges

La fortaleza que debe conquistar está situada justo al otro lado del

espeso bosque en el que han acampado. Sabedor de que al alba ya todo se

habrá iniciado, le es imposible conciliar el sueño. Los exploradores le

han suministrado la información necesaria: situación exacta, tipo y

materiales de construcción, el momento justo del cambio de guardia. Es

consciente de que su ejército supera en número de hombres, bestias y

armas al del enemigo, pero la experiencia le dice que atacar no es igual

que defender. Por eso pasea a la luz de la luna por el disperso

campamento, entre los soldados dormidos y los centinelas, que se

yerguen como torres cuando pasa a su lado como si fuese un espectro. En

su tienda ha dejado preparada su armadura, su espada, su escudo. Sobre

la mesa donde se despliega el mapa que marca el territorio a usurpar hay

dos cartas. Una de ellas es de su rey, su soberano, su hermano. En ella le

desea que los dioses le sean propicios para la dura batalla. La otra carta

es de su mujer, su compañera. A través de ella le llega la noticia de la

muerte de su hijo primogénito, fruto de unas fiebres que ningún

preparado de hierbas ha podido vencer. Y si la naturaleza entera, piensa

mientras llega a un claro del bosque, con sus miles de plantas, flores y

semillas no ha podido combatir y derrotar una fiebre en un pequeño

cuerpo, ¿por qué iba a poder mi poderoso ejército atravesar esas murallas

y ese castillo y mi espada cercenar la cabeza que porta esa corona? Como

si una fuerza lo atrajera hacia el mismo centro de la tierra, sus rodillas se

hincan en el suelo, sus manos se sellan y de sus labios comienza a salir

una plegaria. La luna, en lo alto, acaricia su figura.

Marco Antonio Torres Mazón (Torrevieja, Alicante)

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/

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Old days – Tracey Kackrix (Australia) http://tradan.deviantart.com/

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Adela

—¡Adela!, ¡Adela! —vociferó Don Pedro al irrumpir entre las

tiras de la cortina de boliches de la puerta.

La mujer, de rodillas sobre las baldosas, escurrió el trapo

húmedo en el cubo. Cualquier otra de aquel pueblo almeriense

hubiera renegado al Santísimo por ser importunada mientras

escuchaba “La intrusa” en ese nuevo ingenio que llamaban radio.

Pero ella no. Nadie la vio jamás fruncir el ceño. Y eso que Dios parecía

obsesionado en probar su fe, pues había enterrado a tres hijos y a su

marido, quedándole una hija afectada de una extraña enfermedad

que la postraba en la cama.

—Don Pedro, ¿qué son esas urgencias?

—¡Mira a quién traigo conmigo! —exclamó el anciano médico

del pueblo.

Tras él, apareció un hombre más joven, de atavío elegante, que

se quitó respetuosamente el sombrero. La anciana dejó caer el trapo

dentro del cubo, y secó sus manos en el delantal.

—Es el Doctor Méndez. Ejerce las artes de Galeno en la ciudad.

¡Una eminencia! Le conté lo de Pilar y quiere reconocerla.

—Bendito sea nuestro Señor, que lo ha enviado.

La habitación de Pilar permanecía en penumbra. Todo en ella

era verde: paredes, mobiliario y hasta las sábanas. Un verde

esmeralda, brillante, del que solo se libraba el crucifijo que presidía la

cama y la tez pálida de su hija, que dormitaba encogida.

Un fuerte olor agrio provocó un picor en la nariz de los médicos

que, al unísono, se sonaron en sus pañuelos.

—Pinté hace poco —se excusó Adela con apuro—. A Pilar

siempre le gustó pasear por los prados y como ya no puede…

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—¡Lo ve doctor! ¡Un ejemplo de madre!

El Doctor Méndez se acercó a la cama y sacó un estetoscopio de

su maletín.

—Con su permiso —dijo mientras descubría el pecho de la

joven.

—Ya verá como él sabrá descubrir su mal.

—Dios le oiga, Don Pedro.

De fondo, seguía el serial radiofónico. La hija del difunto

terrateniente decía a su madre que marchaba a la ciudad, pero solo

unos meses.

—Pobre mujer, esa niña no respeta ni el luto —comentó Adela

que guardaba un oído para la retransmisión.

Cuando acabó de explorarla, el médico de la capital buscó una

jeringuilla.

—¿Qué va a hacer? —preguntó, alarmada, Adela.

—Solo tomaré un poco de sangre.

—Ay, eso no, que por una sangría murió mi abuelo.

—Ya no se hacen esas carnicerías —la tranquilizó Don Pedro—.

Ahora se puede analizar la sangre. ¡El progreso, querida mía!

Tras aplicar un poco de alcohol, penetró la aguja en la vena del

brazo.

—Ya he terminado —concluyó el Doctor Méndez cerrando su

maletín—. Le enviaré los resultados —dijo a Don Pedro.

Un mes después, Don Pedro se presentó en casa de Adela, que se

encontraba sacando el polvo a los muebles, mientras escuchaba como

la viuda del terrateniente leía una carta de su hija diciéndole que no

volvería al pueblo.

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—¡Ya tengo los análisis! ¡Sé qué consume a tu Pilar!

—¿Será eso posible?

—¡Arsénico! —dijo el médico mostrando el informe—. Ese es el

veneno que la tiene mala.

—¡Virgen santísima! ¿Cómo pudo…? —Adela se llevó la mano a

la boca—. Por nuestro Señor, le juro que yo…

—¿Qué tonterías dices? ¿Cómo va a ser culpa tuya? Anda,

acompáñame a su dormitorio.

Entraron en aquella habitación toda pintada de verde. Pilar

levantó débilmente el brazo. Don Pedro, estornudó.

—Todavía huele —dijo mientras tocaba la pared—. ¿Y de dónde

sacas esta pintura?

—El hijo del Arremangao. Trabaja en el puerto y la consigue

barata. Me dice que este verde es el que luce en las casas de los

nobles.

—¿Guardas los botes?

Bajaron al sótano. Una vez allí, el doctor se caló un monóculo y leyó

la etiqueta de una de las latas.

—¡Pintura del diablo! ¡Contiene arsénico!

—¡Ay, Señor! ¡Yo he sido la causa de su mal!

—¿Qué ibas a saber tú, alma de Dios? Vamos a sacarla de esa

habitación.

Después de acomodar a Pilar en el dormitorio de Adela, Don

Pedro consoló a la madre que lloraba desconsolada.

—¡Ánimo, Adela! Pronto sanará y todavía está en edad de

casarse. ¡Eso es lo importante!

El médico marchó. Adela cerró la puerta tras él y se apoyó

contra ella.

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—¿Es verdad eso, madre? ¿Me pondré buena? —oyó decir a su

hija—. ¡Podré ir a la ciudad como todos!

La anciana calló.

Pensó que le había parecido ver ratas en el sótano.

Y en azufre.

Y en que una buena cantidad bajo su cama, las alejaría de Pilar.

David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

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Desde la libertad

Srta. Cecilia Garay Camino

Calle Mayor, 18

Santa Abulia

Villa Decepción, 6 de Febrero de 1925

Cecilia,

Es un placer comunicarte que he tenido la increíble fortuna de

encontrar en una librería de viejo el último vestigio material de

nuestro desdichado amor, aquella novela romántica que hace muchos

años te regalé y en la que, a través de una sincera dedicatoria, me

declaraba tu eterno y fiel esclavo. Al prenderle fuego en el hogar, me

he sentido completamente liberado de una promesa que solo tú

impediste que se cumpliera.

Mis mejores deseos, tanto para ti como para tu familia.

Respetuosamente,

Eulogio.

Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com

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Photomanipulations8 – Robert Jahns (aka Nois7) http://www.nois7.com/

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La princesa de San Petersburgo

Se sentó en la acera del Boulevard Clichy, frente al Moulin

Rouge, al pie de Montmartre. Dejó la cajita en el suelo y la abrió.

Empezó a sonar un fragmento del Lago de los Cisnes al tiempo que

una bailarina emergía de dentro girando como una peonza sobre sí

misma. Irina cerró los ojos y soñó:

Irina Polioskaya estaba más nerviosa que nunca aquel día. En el

palco imperial del Teatro Mariinsky de San Petersburgo presidían la

Gran Duquesa Olga Nicolaiedvna Romanov, la hija mayor del zar

Nicolás II, y a su lado el príncipe Félix Yusupov, la mayor fortuna de

Rusia, quien años después asesinaría en su palacio con la ayuda de

otros nobles al monje Rasputín, al que culpaban de los males del país

por tener hechizada a la zarina Alejandra. La Gran Duquesa, con un

abanico de plumas de águila blanca en la mano, lucía deslumbrante

un vestido en el que brillaban pequeños diamantes.

Cuando se alzó el telón y sonaron las primeras notas

compuestas por Tchaikovsky con coreografía de Marius Papite,

maestro de baile del Ballet Imperial, Irina supo que esa era la gran

noche de su vida. Anna Pavlova estuvo magnífica en el papel de

Odette, la reina de los cisnes, enamoró a Sigfrido, interpretado

magistralmente por Fedor Ramanikoff, y al público que abarrotaba el

teatro. Irina formó parte del ballet, un cisne blanco poseído por la

belleza de la música y seducida por el genio de la Pavlova. Se sintió en

el cielo al ejecutar con tres compañeras la Danza de los Pequeños

Cisnes en el segundo acto. Irina era hija de Dimitri Ostrov, un

poderoso terrateniente, heredero de una familia prominente de San

Petersburgo, y de la pianista Tamara Klaskina. Su madre le inculcó la

pasión por la música y la metió a los doce años en la Escuela de

Teatro Imperial, donde se forjó como bailarina al lado de Eugenia

Sokolova.

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En el Mariinsky Irina sintió que se cumplían sus sueños. Agotada

y obnubilada, todavía con el corazón palpitándole en el pecho,

recogió la catarata de aplausos con la que premiaron la actuación

agarrada de la mano de sus compañeras y a unos pasos de la Pavlova

y de Ramanikoff. El príncipe Yusupov envió un emisario al camerino

con una misiva para que los componentes del ballet asistieran a la

recepción en su palacio, uno de los más lujos de San Petersburgo,

situado en el malecón del Moika. Allí Irina conoció al príncipe

Voronin, un noble ruso elegante y seductor, criado en Inglaterra. Se

enamoró como una loca de él y vivió una historia apasionada. Fueron

los mejores años de su vida.

De aquel pasado destruido por el tiempo le quedaban los

recuerdos y el regalo de la Gran Duquesa Olga, la cajita de música que

llevaba una plaquita de plata con su nombre grabado en la tapa. Al

abrirla emergía una bailarina y sonaba un fragmento del Lago de los

Cisnes.

El tintineo de unas monedas al caer en su platillo le hizo salir de

su ensoñación y abandonar los salones dorados del príncipe Yusupov

para volver a París. Irina cerró la cajita de música, la acarició y la

guardó en su bolso, recogió las monedas del platillo y se levantó con

dificultad.

—Dicen que se llama Irina Polioskaya —le dijo a su

acompañante el hombre que acababa de dejar caer unas monedas en

el platillo—. La llaman la princesa de San Petersburgo, cuentan que

fue una gran bailarina en la Rusia de los zares, después de la

Revolución cayó en desgracia y pasó veinte años en el campo de

concentración de Kolima en Siberia. Sobrevivió a aquel infierno, pero

le rompieron las dos piernas y nunca volvió a bailar.

—¡Pobre mujer!

Irina se alejaba renqueante apoyada en sus dos muletas.

Vicente Carreño (Leganés, Madrid)

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A punto de rendirme estoy

Escapo dolorido en medio de la locura, huyendo de los gritos, las

luces y el fuego. Vago a la luz de la media luna, que de vez en cuando

se libera de las nubes negras que la tienen prisionera. Y me guía.

Estoy aturdido, sediento, pero intuyo que no alcanzaré el río. No

avanzo mucho. Mis pasos son torpes, debido al golpe brutal del que

he sido objeto.

Presiento que una sombra transparente, lenta y silenciosa

planea por encima de mi cabeza, murmura sobre los árboles y a mi

espalda, cuchichea con las acículas de los pinos silvestres, que las

agita con tal virulencia que el viento me transmite el eco de sus

lamentos y, me causa miedo. Un miedo que me transforma y nubla mi

mente, me asfixia el pecho, repta bajo mi piel, me encoge el corazón y

me produce un escalofrío que me recorre el cuerpo entero, por eso

tiemblo.

Nunca antes mi soledad me había parecido tan triste, angustiosa

y desesperante.

Me oculto entre los pliegues negros de una roca. Sospecho que

esa sombra que me espía, anuncia el fin de mi agonía. Pero no quiero

acabar como mis hermanos, que en el ocaso de una tarde de verano,

cuando los últimos rayos del sol incendiaban el cielo sobre las copas

de los árboles, les colgaron de las ramas de un sauce. Les arrancaron

la piel y quedaron a merced del aire. Tampoco quiero el final que

tuvo mi madre, cuando en una triste mañana de fina lluvia, la ataron

con una cuerda y la inmovilizaron para que no escapara, la molieron

a palos, la quitaron el pellejo y la dejaron tirada.

Sólo quieren la piel y que no contenga ni gota de sangre.

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Ya los oigo. Intento levantarme. Se acercan. No puedo moverme.

Me acechan. Debo enfrentarme a la muerte que ellos quieran darme.

Me ven. Lloro. Les miro con los ojos húmedos de tristeza, con

desconfianza, con timidez y hasta con cierto asombro. Parece como si

mis ojos quisieran disculparse y pedir perdón, por tan solo existir y

llamarme zorro.

Marisol Santiso Soba (Madrid)

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Madrugada de flamenco

Mural Cantaor Manuel Agujetas – Juan Carlos Toro (Jerez)

En el autocar había muchos asientos vacíos. A decir verdad,

solamente viajábamos en él cuatro personas. Pero el viejo que

acababa de subir se sentó junto a mí.

–Hola, me siento aquí y así vamos charlando durante el viaje –

dijo el hombre.

–Hola –dije yo.

Afuera, la oscuridad lo envolvía todo. La noche venía con prisa,

como un tren en viernes. Se escuchaba el viento arañando el lateral

del autobús que arrancaba sonidos mitad metálicos, mitad humanos.

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El anciano me preguntó si me gustaba el flamenco. Le dije que

no, y a pesar de ello comenzó a hablar de un tal Lagartijo y de un

Nosequién de La Puebla. Yo intentaba no hacerle caso y miraba a

través de la ventanilla como si pudiera ver otra cosa que no fuese el

negro de la noche. Antes de diez minutos el viejo ya dormía.

Estuvimos mucho tiempo detenidos por un accidente. Al

parecer, un turismo y un camión se habían precipitado por un

barranco. El abuelo no se enteró de nada, dormía. Al llegar a Ciudad

Bruma lo moví para despertarle:

–Eh, señor, que hemos llegado.

Pero el viejo ya no despertó. El corazón, dijeron después.

Cuando abrieron las tiendas fui a comprarme un disco de

flamenco, de un tal Lagartijo. Esa mañana llovía sin ganas.

Fran Rubio (Tavernes de la Valldigna, Valencia)

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Al son de un vals

Imagen aportada por la autora

Recomiendo su lectura mientras se está escuchando la música de un

vals, como por ejemplo el que me inspiró a mí:

La Belle et la Bête (Pierre Adenot)

http://www.goear.com/listen/86f5f28/la-belle-et-bte-pierre-adenot

Mientras él la guió hasta la pista de baile, ella notó un brillo en

sus ojos. Ambos llevaban puestas máscaras pero se reconocieron con

solo mirarse a los ojos.

Llegaron a la pista de baile y ella lo miró al tiempo que esbozaba

una sonrisa radiante.

La música empezó a sonar. Compases de vals: uno, dos, tres.

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Mientras él la cogía una mano y deslizó la otra por su cintura,

ella intentó relajarse cogiendo su mano y posando la otra en su

hombro. Su contacto fue cálido pero a ella le recorrió un escalofrío.

Entonces empezaron a moverse al compás de la música.

Él la hacía girar y girar, moviéndose al unísono.

Todo a su alrededor se congeló, solo existían ellos dos en el

salón de baile.

El vals era un baile demasiado íntimo, bajo la romántica y tenue

luz que emanaban de las lámparas, el olor de las flores que formaban

la decoración del salón y la música de violines y arpa.

Uno, dos, tres, giros, vueltas, uno, dos, tres.

No dejaban de mirarse. No había más parejas bailando en el

salón, no había más ojos que los miraran. Solo existían ellos y la

música.

Acabó el baile y acabó la magia. Ella se soltó de sus brazos y se

apresuró a salir al jardín por los ventanales que estaban abiertos. Él

la siguió, pero no con la suficiente rapidez pues la perdió de vista.

No volverían a verse más pero ambos recordarían ese vals.

Pilar Descalza (Valencia)

http://micuartosecret.blogspot.com.es/

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Miguel García Rodríguez (Valencia)

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The reader – Arca Devbil (Portugalete) https://500px.com/arkadevbil

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El lector

Otra vez estaba él, delante de la cama encorvado como cada

tarde, con un libro en la mano.

Valentina se disponía a merendar en su cocina igual que todos

los días al volver del trabajo y se sentaba junto a su espectacular

mirador. Tenía una cocina amplia y luminosa. Era su lugar preferido

de la casa y aunque disfrutaba de un estudio estupendo donde leer,

escribir o hacer cualquier tipo de actividad, siempre acababa

ubicándose en la cocina. Allí tenía todo lo necesario, una bonita mesa

de madera de arce, espacio, luz y sobre todo un gran ventanal en

forma de mirador sin cortinas.

Debía ser su punto voager que le predisponía a estarse horas y

horas observando todo lo que a través de ella pasaba. Desde hacía

tiempo su ansiedad por llegar a las seis de la tarde y sentarse en ella a

mirar, se hacía cada vez más obsesiva ya que había una escena que la

tenía totalmente atrapada.

Un tipo moreno y alto entrado en canas, con un toque atractivo

pero dejado, entraba en la habitación del edificio de enfrente todas

las tardes a las seis, se inclinaba para besar a alguien postrado en una

cama que no alcanzaba a ver con claridad, luego parecía contarle

alguna historia con mucha expresividad y finalmente cogía un libro

de su mochila se sentaba junto a ella y se disponía a leerle. Y así

estaba entre una y dos horas sin parar todas las tardes de lunes a

viernes.

Los fines de semana no le veía. Solían venir otras personas que

se disponían alrededor de la cama y hablaban entre ellas y en

ocasiones comían y bebían como si estuvieran celebrando algo. Se

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preguntaba qué poder tenía esa imagen para que ella no pudiera

parar de observar. Sería el tipo atractivo, la escena, la curiosidad por

saber quién estaba en la cama. Ninguno de esos motivos y todos a la

vez. Se daba cuenta que la imagen hipnótica de alguien leyendo

siempre le había transportado a otra dimensión.

¡Qué fastidio!, alguien llamaba a la puerta, no podía seguir la

escena.

-Hola, buenas tardes, venimos a revisar la instalación del gas.

-Sí, sí, disculpe, no lo recordaba. Pase, pase. Valentina le

acompañó por toda la casa hasta terminar la revisión y volvió con

desespero a la cocina. Cuál fue su sorpresa al ver que el tipo ya no

estaba en la habitación. Se puso algo nerviosa maldiciendo al revisor

del gas.

Hasta el lunes no volvería a poder seguir con su espectáculo

particular. Ella continuó con su rutina. Mientras, no paraba de pensar

el tipo de relación que aquel sujeto tendría con la enferma, ¿sería su

marido, su amante, tal vez una hija? No, esa mirada no era fraternal.

De cualquier manera le leía a una mujer, de eso estaba segura. La

enferma no podía leer. Probablemente había tenido algún trágico

accidente que la mantenía postrada en la cama, quizá en coma.

Esa noche Valentina por suerte tenía cosas que la ocuparían

bastante, porque el fin de semana iba a ir a un taller de narrativa

intensivo en el Rincón de Ademuz al que se había apuntado

recientemente, organizado por el club de escritores de “Valencia

Escribe”.

Se levantó muy temprano para llegar con tiempo suficiente al

albergue, los asistentes iban apareciendo y ella se iba haciendo su

composición de lugar sobre los alumnos que como ella iban

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apareciendo. Le sorprendió que hubiera mayoría de hombres con una

media de edad parecida a la suya y también lo numeroso del taller.

-Hola, buenos días, me llamo Juan Madrid y voy a ser durante

este fin de semana vuestro profesor de narrativa.

-Espero que estemos todos cómodos y que este taller nos

resulte lo más provechoso y creativo posible. Ha sido todo un éxito de

convocatoria y vamos a trabajar con dinámica de grupos y a

participar de forma activa.

Valentina se quedó totalmente petrificada al ver a su profesor

de narrativa, ¡Era él, su vecino, el lector! Juan Madrid era el hombre

que todas las tardes leía de forma cariñosa frente a una mujer

postrada en una cama. ¿Cómo podía estar allí? ¡Claro pensó, es fin de

semana y su amada tiene otras visitas que la pueden atender

mientras él trabaja!

Juan inició el taller de manera afable y distendida, intentando

romper el fuego y preguntando a sus alumnos ¿qué era para ellos la

literatura? Los más atrevidos se lanzaron a hablar de la literatura

como si fuera un ser personificado con rostro, cuerpo y sentimientos,

otros daban definiciones de lo más académicas sobre lo que significa

la literatura como acto de creación. Después de una decena de

intervenciones, Valentina levantó la mano tímidamente y dio su

particular visión de la literatura.

-“Para mí, la literatura es imaginar que frente a la ventana de mi

cocina hay un tipo atractivo que cada tarde, de lunes a viernes le lee a

una mujer enferma postrada en una cama sospechando que

seguramente ella será el amor de su vida, que tras un brutal

accidente ha quedado en coma y él cada tarde le cuenta historias y le

informa de su día a día y le dice cuánto la quiere y le ruega que no se

marche, porque no puede vivir sin ella. Y se despide cada día,

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esperando que al siguiente se la encontrará despierta y recuperada

de su gran sueño y nunca más tendrá que volver a leerle porque

podrán hacerlo juntos, como tantas veces hacían cuando ella estaba

bien”.

Juan Madrid se sentó después de oír dicha definición y por un

momento no supo qué decir. Empezó a tartamudear, le brillaban los

ojos, se pasó la mano por su rizada cabellera, se volvió a levantar de

la silla y con un leve acercamiento hacia ella y voz tenue le preguntó

¿cómo ha dicho que se llamaba?

- ¡Valentina, me llamo Valentina!

Luisa Berbel Torrente (Valencia)

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Cachito

Deambulaba sólo y triste por la calle, sus pocos años cargaban

ya una pena. Nunca supo porque lo abandonó, dicen que era muy

joven, que tuvo miedo. Lo trajo al mundo en secreto, soportó el dolor

de parir, como no tuvo valor, le permitió vivir, y apenas envuelto en

una toalla, lo abandonó en el portal del viejo templo.

En el hospicio creció, sin caricias, sin un pecho que lo apañe,

soportando sus miedos. Le pusieron un nombre, no sabe quien lo

eligió, aunque hoy todos lo llaman Cachito.

Ya la tarde noche va cubriendo de sombras la ciudad, desde que

el sol se ocultó el frío implacable penetra los huesos, el hambre roe

sus tripas, pero él no presta atención, busca, siempre busca.

Se acerca a la mujer que luce su caro visón. — ¿Una moneda

señora? Es para comer…

Ella lo mira con desdén, e impasible continua su camino, la ve

alejarse y masculla un insulto, tiene frío, busca refugio en un bar

acercándose a las mesas para pedir una moneda, al verlo el mozo se

acerca pidiéndole que se retire, que molesta a los clientes, quiere

protestar pero es muy chico.

Casi a los empujones lo lleva a la calle, entonces él se levanta,

llama al mozo, pidiéndole que lo deje, este trata de explicar que los

clientes se sienten incómodos, pero insiste, toma al niño y lo lleva a

su mesa. El mozo está nervioso, desde la barra el patrón hace señas

que lo deje.

En la mesa ambos se miran en silencio, Cachito agradece con un

encogimiento de hombros al extraño que le permitió quedarse, él

pide una taza de reconfortante chocolate y algunas masas, que el

muchacho devora con unción.

— Soy Aldo— se presenta.

— Me dicen Cachito, gracias por el chocolate.

— ¿Dónde vives? ¿tienes familia?

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— No, estoy sólo, vivo por ahí…

— ¿Cuántos años tienes?

— Creo que siete, no sé.

— ¿Y tus padres?

— No sé.

Desde la barra patrón y mozo observan la escena, se preguntan:

¿Qué le pasa a este tipo? Para qué se complica con ese mocoso, vaya

uno a saber de dónde es. Algunos clientes observan con disimulo,

algunos avergonzados, otros indiferentes.

El par de ojos negros y penetrantes del muchachito les hace

desviar la mirada, sólo Aldo puede mantenerla, su rostro tranquilo y

sonriente tranquiliza al niño.

Carolina no sonríe, trabaja en esa casa hace ya mucho tiempo,

recuerda cuando la señora, la encontró llorando, se acercó a

preguntar que le ocurría, ella asustada no supo que decirle, sólo que

estaba sola, que no tenía dónde ir, que no sabía qué hacer.

Le ofreció trabajo y un lugar para dormir, aceptó, desde

entonces vive allí, trabaja en silencio, nunca sonríe, el dolor la

carcome por dentro, en sus veinticuatro años, no pudo conocer el

amor.

No puede olvidar aquella noche, estaba por cumplir sus diez y

siete años, tuvo que huir de su hogar, no la perdonaban, se sentían

humillados, la hija del pastor era una vulgar ramera, una pecadora

que había mancillado el buen nombre de su familia. Vagó por varias

ciudades buscando apoyo, alguien que la refugiara, pero sólo

consiguió alguna limosna, le negaban el trabajo, claro, en su

condición.

Con la ayuda de otra marginal tuvo a su bebé, aceptó la idea de

dejarlo en el templo, allí estaría más seguro. Volvió a huir, viviendo

de la mendicidad, hasta que aquella tarde en que esa alma caritativa

le ofreció un lugar decente, ya no recuerda cuanto tiempo pasó.

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Aldo disfrutó la charla, pero ya era noche, hacía frío, decidió

volver a su hogar, Cachito lo miraba, sabía que volvería a quedar sólo.

Le preguntó dónde pasaría la noche, el niño se encogió de hombros.

— Hace mucho frío.

— Lo sé.

— ¿Dónde irás?

— No sé.

— Vamos —dijo tras pensarlo.

— ¿Dónde?

— Donde puedas dormir abrigado, allí tengo el auto.

Viajaron en silencio, Cachito lo miraba de soslayo, él iba

pensativo. Llegaron a una gran casa de frente cubierto de

enredaderas.

— Vamos —dijo Aldo, deteniendo el motor.

— ¿Dónde estamos?

— En mi casa, ven —el muchacho lo siguió temeroso, más aun

cuando apareció tremendo perro y comenzó a saltar de alegría al ver

a su amo.

Al entrar la madre los recibió, preguntando por ese niño que lo

acompañaba, Aldo le refirió que en una noche tan fría no podía

dejarlo en la calle, mañana verían que hacer.

La mujer saludó al muchacho acariciando su cabello, le llamó la

atención sus rasgos y quedó pensativa.

Carolina respondió al llamado de su patrona, le pedirían que

prepare un baño y una cama para el pequeño, tras asentir se dirigió a

donde se encontraba. Algo sucedió, ambos se miraron, ninguno

imaginó por qué, se quedaron mirando, brotaron lágrimas

silenciosas, Aldo y su madre quedaron atónitos, no cabía duda.

La mañana amaneció cálida, el sol salió más temprano, Carolina

y el muchacho sonreían…

Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

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Juan Luis López Anaya (Castell de Ferro, Granada)

http://dididibujos.blogspot.com.es/

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Siete de la mañana

No más desahucios – Selu Pérez (Sevilla)

https://www.flickr.com/photos/seluperez/

Siete de la mañana. Calle de la Victoria, número 89. Hay un

extraño dispositivo policial frente a la casa. Situados de espaldas a

ella, como protegiéndola, una docena de números de la Policía

Nacional. Encarados a ellos, dos cabos y un sargento. A su lado, un

funcionario de la Oficina Judicial da lectura a un documento:

—“En cumplimiento de la Resolución 1776/2014 emitida por el

Sr. Magistrado-Juez del Juzgado de Instrucción número 37 de esta

ciudad, se ordena el desalojo de esta vivienda de forma inmediata. “

Por favor, dejen trabajar a la Justicia.

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En el umbral, dos ancianos con batines de colores y dos jóvenes

con chándales, sujetando a una niña que los mira, asustada.

La niña se suelta y se mete entre las piernas de los Policías. En

su mano, un osito de peluche que algún día fue blanco y negro. Si

sitúa debajo del sargento y le ofrece el juguete. Desde su altura, el

sargento la mira, sin mirar. La niña le dice:

—Oye, tú… ¿tú también tienes una niña como yo? ¿Cómo se

llama? ¿Qué está haciendo ahora?

Tras un minuto de espeso silencio, el sargento le coge el osito. Y

le contesta:

—No. Yo tengo un niño, que se llama Tomás. Ahora estará

durmiendo. Todavía no es hora de ir al colegio.

La niña, ladeando su cabeza le replica:

—Yo… yo también voy al cole. Y yo… yo también estaba

durmiendo. Pero habéis venido vosotros y me habéis despertado.

El sargento le devuelve el osito, se dirige a sus hombres y les

ordena:

—Vámonos. Dejemos dormir a la niña. Podemos volver otro día.

Pepe Sanchis (Massalfassar, Valencia)

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Quiero tanto a los vampiros

Vampire – Jason (EUA) http://djsin78.deviantart.com/

Quiero tanto a los vampiros.

Me fascina su delicada languidez, su elegancia. Son tan

atractivos y extraños. Mamá se escandaliza cuando me oye, dice que

esas cosas no son propias de una chica de mi edad, que debería

interesarme por lo mismo que las demás niñas, los vestidos, los

bailes, los chicos "normales". Papá se encoge de hombros y alega que

son extravagancias de adolescente, ganas de llamar la atención y que

ya se me pasará la tontería un día de estos.

Pero ellos no me comprenden, no saben hasta qué punto quiero

a los vampiros, cómo sufro cuando papá y los demás hombres del

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pueblo salen de caza, cuando escucho los gritos lejanos en el monte o

veo arder las hogueras.

Carlos tampoco me comprende, se burla de mí y me llama la

novia de los monstruos delante de su estúpida pandilla. Carlos es un

idiota y siempre me está fastidiando, mamá dice que es porque le

gusto, pero a mí me da asco y vergüenza.

Es injusto que con las pocas personas que quedaron en el

pueblo después de la gran bomba me las tenga que ver con tipos

como Carlos.

El otro día fue horrible. Yo andaba paseando cerca del río y vi a

Carlos y su pandilla que estaban riendo y alborotando más de lo

normal. Al verme, Carlos y otros dos chicos se acercaron corriendo a

mí y me obligaron a seguirlos hasta donde estaba el resto de la

pandilla rodeando algo. Carlos me dijo que ahora iba a comprobar

cómo eran en realidad esos bichos. Habían rodeado a un pobre

vampiro joven que había caído en un cepo y no paraban de pincharlo

con ramas y de tirarle piedras. El pobre emitía unos horribles

gemidos de rabia, dolor, e impotencia. Yo grité para que lo dejaran en

paz pero no me hicieron caso. Entonces Carlos ordenó a dos de sus

amigos que me sujetaran y me obligaran a mirar. “Observa, acaba de

comer, son como sanguijuelas. “ Dijo Carlos, y de pronto clavó una

estaca en el corazón del pobre Vampiro y este estalló en una

explosión de sangre que nos salpicó a todos. Carlos y su pandilla se

echaron a reír y yo salí corriendo llorando e insultándolos.

Quiero tanto a los vampiros.

Me gusta acercarme hasta el zoo nocturno, colarme por un

hueco de la valla evitando al zoquete del guarda y llegar hasta el

inmenso recinto en el que los encierran. Dicen que allí están mejor y

que el recinto imita su hábitat natural, con cuevas, sarcófagos,

tétricos árboles poblados por murciélagos, ruinas, candelabros,

telarañas, estatuas medio derruidas y hasta una especie de salón

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gótico en el que de vez en cuando bailan de forma decadente con un

gramófono que emite canciones añejas y olvidadas.

Pero yo me siento a observarlos y sé que están tristes, se nota

en sus pálidas caras, en sus suspiros privados de libertad. Está

prohibido darles de comer, los alimentan tres veces al día cuando

abren la puerta del recinto y dejan entrar a unos cuántos presos que

son inmediatamente devorados. Pero yo de vez en cuando les echo

alguna golosina hasta el foso. Hoy les traigo algo muy especial. He

quedado aquí con Carlos prometiéndole que le dejaría besarme. Sabía

que no se podría negar a venir.

Veo su cara de incredulidad cuándo cae al foso tras empujarlo,

veo su terror al observar como brillan en la oscuridad decenas de

ojos amarillos sedientos de sangre.

Quizá un día me decida y les ayude a escapar para que acaben

de una vez por todas con lo poco que queda de este asqueroso

mundo.

Y es que quiero tanto a los vampiros.

Javier Vayá Albert (Valencia)

http://actosinvisibles.blogspot.com.es/

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Ayer llovió – Ramiro Iriñiz (Uruguay)

https://www.flickr.com/photos/focusmind/

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Diluvio

Ni el agua tibia

me ha calmado un poco

ni estando en remojo

puedo descansar.

Veo las gotas de agua en mi piel

y parece ser suficiente,

pero luego escucho mi corazón

que molesta, golpeando fuerte.

Todo lo que tengo dentro de mí

dispara para otro lado,

entonces el agua toca mis hombros

y me cubro con las dos manos…

¿Sientes cómo se eriza mi piel?

Imagina si estuvieras a mi lado…

Sólo un roce, un beso tal vez.

Seríamos mutuos esclavos.

¿Sientes cómo me quemo de sed?

Mientras mi cuello pide tu aliento,

hasta que te desvaneces…

No me resigno. Empezaré de nuevo.

Aldana Michelle Giménez (Mendoza, Argentina)

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Nichols Canyon – David Hockney (Reino Unido)

http://www.hockneypictures.com/current.php

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La fiesta del fuego

La primavera se esconde en las alcantarillas.

El aire denso está sucio.

Días de fuego manchan las nubes.

La lluvia limpia el terreno.

Una ciudad vibra bajo los gritos de las gentes borrachas de vida.

La mecha acciona un estridente sonido.

El humo danza en el firmamento.

Los cañones disparan a los cirros. Partiendo sus esponjosos cuerpos

en mil fragmentos.

Las calles se llenan de lunáticos que bailan bajo las ocultas estrellas.

El cielo se pinta de colores por las noches. Brillantes formas invaden

el lugar de los astros.

Todo huele a pólvora.

Todo explota a cada paso.

Estallan las risas, las ávidas palmadas, los amores vespertinos, las

últimas lágrimas…

La primavera recupera su sitio, alejándose de las entrañas de una

ciudad que la reclama más que al sol de la mañana.

La fiesta del fuego se convierte en un vago recuerdo para unas y en

un ansiado deseo para otros.

Llegó a su fin, cubriendo las calles de cenizas y algunos corazones de

tormento.

Esther Moreno Morillas (Valencia)

http://elcascabelalgato.blogspot.com.es/

http://invisiblevoyeur.blogspot.com.es/

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Children of war – Mary (Irlanda) http://marymo1975.deviantart.com/

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Caos en la Tierra

Los despojos de las doctrinas

escupen gotas de muerte

entre gritos de ultratumba;

el destino tiembla apuntalado

entre restos de huesos y ceniza

canturreando su canción de cuna

bajo cien alfileres de sangre

sobre el tiempo extinto.

El sentido de la vida es un barco hueco

que los hombres llenan de quimeras,

los mares, eternos llantos de la Tierra,

se levantan enfurecidos

olas que devoran humanidad

bajo banderas inútiles

alimentándose en la herida

de un tiempo pagano:

dioses e idolatrías hueras

que el tiempo pronuncia en silencioso paso

diluyéndose en el devenir de la existencia

en el ayer, en el hoy, en el mañana.

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Futuro incierto y sombrío este nuestro

donde la Tierra llora su caos

sosteniendo su esperanza

en el frágil hilo de la cordura.

Amparo Andrés Machí (Valencia)

http://stmarch.wordpress.com/

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Las musas van de fiesta

Imagen aportada por la autora

Afrodita organizaba una de sus múltiples y sonadas fiestas a las

que siempre acudía la flor y nata del Olimpo. Nmemósine, diosa de la

memoria, llamó a sus nueve hijas. No podían faltar, ya que poseían

unas voces prodigiosas y el mejor repertorio de canciones para

amenizar tan suntuoso acontecimiento.

Reunidas en el salón, Nmemósine las contempló:

estaban perfectamente vestidas y peinadas, lucían un magnífico

aspecto pero, faltaba Calíope, como siempre.

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—Ha bajado un momento a la Tierra, está asesorando a un tal

Homero, que se había quedado atascado mientras escribía, pero

vuelve enseguida.

—Talía, haz el favor de llamarla inmediatamente. No podemos

llegar tarde.

Calíope acudió rauda y veloz arreglándose el vestido y el

peinado, se colocó al lado de sus hermanas y salieron de casa

cantando y danzando. Eran unas chicas la mar de alegres, en eso

habían salido a Zeus, su padre. Nmemósine era seria y estricta. Algo

normal, ya que las había tenido que sacar adelante sin la ayuda de su

omnipotente esposo, más ocupado en lanzar rayos y en zascandilear

por toda Tesalia, que en atender sus obligaciones paternas.

Cuando llegaron a la magnífica casa de Afrodita, las nueve

jóvenes ocuparon educadamente el sitio que tenían especialmente

reservado, un lugar grande como para cantar y bailar a sus anchas

acompañadas por la mejor banda de toda la región.

Afrodita hizo su aparición enfundada en un ajustado vestido

azul que resaltaba sus formas ¡Era tan sexy! ¡Los diseñadores se

peleaban por vestirla!

Las hermanas iniciaron la fiesta con un tema pegadizo que

provocó que los invitados se levantaran a bailar. En un palco,

sentados, se encontraban los abuelos de las niñas, Urano y Hera que

aplaudían y sonreían a sus nietas. ¡Estaban tan orgullosos de ellas!

Apolo entró y acaparó todas las miradas, femeninas y

masculinas. Su tez morena y sus broncíneos músculos se adivinaban

bajo su camisa de seda natural. Enseguida reunió a un montón de

gente a su lado, incluida la prensa del corazón, todos querían saber

quién era su última conquista. Si era dios(a), semidiós(a) o si había

subido al Olimpo con algún habitante de La Tierra. El se mostró

discreto, nada proclive a hablar de su vida privada. Dijo que venía del

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Santuario de Delfos, allí se sentía a salvo de los paparazzi y podía

consultar al Oráculo sus múltiples dudas sobre el futuro. Cuando se

acercó a las nueve Musas, pícaramente guiñó un ojo a Talía, quien le

respondió con el mismo gesto.

Cuando empezó a amanecer, los asistentes ya se encontraban

cansados de tanto bailar, comer y beber. Las Musas se encontraban

afónicas y su madre las llamó al toque de retirada. Entre grandes

besos y abrazos se despidieron con la intención de volver a reunirse

en el próximo guateque que iba a celebrar Artemisa. Apolo, como un

niño, continuó jugando al disco con un joven desconocido.

Nnemósine y sus hijas caminaron despacio hacia El Museo, su

confortable hogar junto a las fuentes del Parnaso…

Amparo Hoyos (Valencia)

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Apocalypse – morphi1972 (Suiza) http://morphi1972.deviantart.com/

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Impasible

El mundo se acaba, se resquebraja en finísimas partículas entre

las que se cruzan nuestras miradas. Tus eternos ojos azules se

compenetran con los verdejos míos, nuestros sexos son polvo que

gira en un pequeño torbellino con eje en el fin del mundo.

Me besas, te beso; y las caricias se traspasan hasta nuestras

almas, nos tocamos como cuando arrastramos los pies por la parte

seca de la playa, ¿recuerdas?, como cuando me preguntaste qué se

sentiría si yo fuese la arena bajo tus pies. Ahora tienes la respuesta,

ahora que caminas sobre mí, y cada paso tuyo es también mi pie, el

mismo que mueve con su dedo gordo las válvulas de tu corazón y

plasma un garabato con forma de tu voz.

Me dibujas con tus sonidos. Cada punto mío vibra y choca con el

punto contiguo tuyo, que es tú y yo, y sientes que te hablo con tus

propias palabras dichas al viento que nos arrastra al fin, que nos

convierte en mujer y hombre, con la diferencia de que estoy dentro

de ti en movimiento perenne, te mueves en mi interior con la

arenisca del desierto, calor que me excita, me enciende, te enciendo, y

rojos al vivo danzamos, nos tomamos de las manos, regiones inciertas

y movedizas que sabemos que están ahí para nosotros, el tú y el yo

entremezclados como un solo ser, único, el ideal del que charlábamos

en el parque, ¿recuerdas?, y ahora reconozco, reconoces a la felicidad

como el chorro de finísimas partículas en que nos hemos convertido,

cascada de emociones que se dispersa en el infinito del universo.

El mundo se acaba. Nos expandimos más allá, incluso

alcanzamos los confines prohibidos a la imaginación y a la fantasía.

Vivimos en un punto y en todos los que llena, llenamos. Abres azul

mirada que embelesa a mis ojos hoja de olivo en la mecánica cuántica

con que te acaricio. Me besas, te beso en este infinito que nos toca

97


vivir, en las caricias y la pasión que todo lo abarcan: universo nuestro

sin estrellas, donde nuestros polvos juegan a redondear la felicidad,

juegan a ser el hombre y la mujer en el acto sexual de chispas que

producen las tierras de pedernal al rozarse, cuando se requiebran, se

gimen, se ahogan, y se toman sus minutos de descanso también, los

nuestros.

Las flores tienen la dimensión de una hilera de puntos que se

enrosca en sí misma infinidad de veces, en la que sus pétalos dan

carnosidad a los labios de tu boca, y también a los de la mía que te

busca: engranaje de flores que se sacude las gotas del rocío, despierta

amanecer a nuestra señal, ciclos de vaivén en los que nos mecemos

uno a otro, tu a mí, yo a ti, y creamos vuelos de aves, y se nos

confunde, sin remedio, con nubes en las que un par de chiquillos

creen adivinar a una mujer y a un hombre que se besan.

Se acaba el mundo, ¿y qué más da?

José Luis Sandin (Valencia)

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Malabarista

Malabarista – Vitto (Perú) http://fotottiv.deviantart.com/

Andando al paso que te marcan, arrastras tras de ti tus

pensamientos, la agenda repleta de imprevistos y tu voz, queda, antes

torrente, semeja grotesca… Podrías ser soprano sin acompañamiento

de piano, podrías ser pintor de musas invisibles, podrías ser locuaz

actor de blanco y negro, acróbata de circo sin tirantes, naufrago en un

mar de botellas al final de un evento, poeta con la ropa imperfecta… y

todo eso eres cuando concentras la atención en lo que amas, tus

juegos malabares en un parque, o en la rayada alfombra de cebra

donde esperamos, con la mirada perdida en un mago, a que cambie el

semáforo del rojo al verde, mientras pasa la vida en desvaído

ambarino.

Asun Ferri (Valencia)

http://patadeelefanta.wordpress.com/

99


Foto aportada por la autora

100


La cita

Se encontraron en el hotel al que acudían cada semana. Le

prometió que esa noche seria única, distinta a todas las demás. Al

llegar a la habitación, él se preparó siguiendo el ritual acostumbrado

en tanto ella pasaba al baño. Cuando estuvo lista, le dijo que cerrara

los ojos, que le tenía preparada una sorpresa. Se sentó sobre él y

empezó a acariciarle con suavidad hasta conseguir excitarle. Mientras

abría su boca jadeante, le introdujo el cañón de la pistola y disparó.

Se incorporó tranquilamente, llamó a la policía y esperó impasible

contemplando su obra. Fue en este preciso momento, después de dos

años con él, cuando consiguió tener su único orgasmo.

Marisa Martínez Arce (Valencia)

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¿Quieres leer números anteriores de VALENCIA ESCRIBE?

Número 4 (Julio/Agosto 2014)

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Número 5 (Septiembre 2014)

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