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El encantador de elefantes

FOTO: CORTESÍA DE

FOTO: CORTESÍA DE MACMILLAN PUBLISHING GROUP Lawrence y Françoise se conocieron en 1987. Aquí con su perro, Bijou. la manada. Se trepó al tráiler y David saltó para ayudarle. Cuando David llegó al techo, una trompa se escabulló por las rejillas de la capota, rápida como una serpiente, e intentó asirlo del tobillo; él saltó hacia atrás para esquivarla. De agarrarlo, le habría provocado una muerte horripilante. Así de sencillo. Por suerte, todo salió bien. Tan pronto como se aplicaron las inyecciones, abrieron la puerta y salió la matriarca. Pisó tierra en Thula Thula para convertirse en la primera elefanta silvestre en la zona en casi un siglo. Otros seis le siguieron: el bebé macho de la matriarca, tres hembras, un macho de 11 años y otro de 15. Este último caminó unos pocos metros, giró la cabeza y nos miró fijamente. Luego, irguió las orejas, lanzó un bramido agudo de rabia, dio media vuelta y nos embistió. Frenó justo antes de estrellarse contra la reja que nos separaba. No pude más que sonreír de admiración. Apenas era un adolescente y ya defendía a su familia. De inmediato, David lo bautizó Mnumzane, que en zulú significa “don”. A la matriarca la llamamos Nana; a la segunda hembra al mando, la más belicosa, la nombramos Frankie, en honor a Françoise. Nana reunió a su clan, se acercó corriendo a la cerca, estiró la trompa y tocó los cables eléctricos. Los 8 kilovatios sacudieron su cuerpo entero. Retrocedió al instante. Luego, con su familia atrás, recorrió todo el perímetro del boma, con la trompa encogida a centímetros del cableado para sentir la corriente y encontrar un punto débil. Yo la observaba; apenas si podía respirar. Completó su inspección y al oler el abrevadero, llevó a su manada hacia allá para beber agua. El problema con el boma es decidir cuánto tiempo dejar a los animales dentro. Muy poco y no aprenden a temer la cerca eléctrica; demasiado y comprenden que es posible soportar los agónicos segundos que toma romperla. En cuanto esto sucede, la corriente no los vuelve a asustar. Luego de correr los cerrojos del portón, todos nos retiramos del boma salvo por dos guardias que vigilarían desde lejos. Cuando nos íbamos noté que los elefantes se alinearon viendo

SELECCIONES hacia el norte, la dirección de su antiguo hogar, como si sus brújulas internas les indicaran algo. Me pareció que era un presagio. Me fui a la cama con un mal presentimiento. Contra el tiempo UN MARTILLEO repicaba en mi cabeza. Parpadeé y abrí los ojos. Luego oí gritos. Era Ndonga. “Los elefantes se escaparon del boma. ¡Se fueron!”. Salté de la cama. Françoise también se despertó. “Ya voy. ¡Espera!”, grité empujando la puerta al jardín. Ndonga, perturbado, estaba parado afuera. “Las dos más grandes se pusieron a empujar el árbol”, me informó. “Trabajaron en equipo, lo sacudieron hasta que lo tiraron sobre la cerca. Hubo un corto y los animales salieron. Así de fácil”. “¿Qué árbol?”, pregunté. “El tamboti. El que todos decían que era muy grande para ser derribado”. El árbol medía 9 metros de alto y seguramente pesaba varias toneladas. Sin embargo, Nana y Frankie dedujeron que si trabajaban juntas podrían tumbarlo. Definitivamente, estos animales eran algo fuera de lo común. La manada iba en estampida hacia la reja. Si derribaban esa barrera, pisotearían los caseríos desperdigados en las afueras de Thula Thula. Corrí al cuarto de David, al otro lado del jardín. “Despierta a todos. Los elefantes se escaparon. Tenemos que encontrarlos… ¡pronto!”. A los pocos minutos tenía un grupo de búsqueda listo. La parte superior del árbol se había caído. Parecía como si una división de tanques hubiera arrasado la reja. El guardia ovambo señaló el rumbo que tomó la manada. Corrimos tras ellos, siguiendo el rastro hasta los límites de la reserva. Llegamos demasiado tarde. La valla estaba derribada y los animales prófugos. A juzgar por las huellas, los elefantes llegaron a la reja de 2.5 metros de alto, dieron vueltas un rato y regresaron a la reserva hasta que, increíblemente, encontraron el electrificador. Nos desconcertó que supieran que ese pequeño e insulso dispositivo, escondido entre la maleza a 800 metros de distancia, era la fuente de la corriente. Pero lo intuyeron y lo pisotearon como a una lata antes de regresar a los límites de la reserva, donde los cables estaban muertos. Entonces sacaron los postes encementados del suelo como si fueran palillos de fósforos. Su rastro se dirigía al norte. No había duda: iban a casa, al único hogar que conocían, a casi 1,000 kilómetros, donde seguramente los matarían… si los guardias o los cazadores furtivos no los encontraban antes. Al amanecer, un conductor divisó a la manada por la carretera, a unos 5 kilómetros de ahí. Vio la cerca destrozada, mantuvo la calma y nos llamó para darnos información actualizada. La persecución estaba en marcha. Apenas habíamos salido de la reserva

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